© Libro N° 14786. Sylvia. Hathaway, Jill. Emancipación. Febrero 7 de 2026
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SYLVIA
Jill
Hathaway
Sylvia
Jill Hathaway
Sylvia
Jill Hathaway
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Traducción de Luis Noriega
Argumento
Sylvia Bell está segura de una cosa: Sophie, la amiga de su hermana, no se suicidó. Fue asesinada. Sylvia lo sabe porque ella estaba ahí. Todo el mundo cree que sufre de narcolepsia, pero de eso nada: durante esos instantes en que pierde el sentido, Sylvia se desliza dentro de la consciencia de otra persona. Es así como ha visto a su hermana copiar en un examen de mates, o a su profesor tomarse un trago antes de dar clase. Pero nada podía prepararla para el momento en que se encuentra en la mente de alguien que sujeta un cuchillo ante del cuerpo destrozado de Sophie. Sylvia quisiera contarlo, pero ¿quién le creería? Envuelta en una peligrosa maraña de secretos y mentiras, tiene que descubrir al asesino antes de que éste ataque de nuevo.
A mi madre,
que me inculcó el amor por las palabras,
y a mi hija,
con quien espero hacer lo mismo.
1
Me desplomo sobre la mesa, luchando por mantener los ojos abiertos. Una gota de sudor serpentea por mi espalda. Aunque apenas es octubre, debemos de estar a casi treinta grados aquí dentro. Cuando nos quejamos, la señora Winger farfulló algo sobre esperar a que el conserje repare el termostato.
Junto a mí, doblado sobre su pupitre, Icky Ferris lee a tropezones Julio César. Se supone que estamosleyendo la obra en parejas, pero su tono monótono, sumado al ininteligible lenguaje shakespeariano que pone calientes a los profesores de Lengua, me produce una modorra insoportable.
El calor es uno de los principales desencadenantes, y todo indica que Shakespeare es otro. Puedo sentir cómo el calor asciende por mi columna vertebral, arrastrándose como un ciempiés. Eso me recuerda la vez que, en pleno agosto, viajé en el coche de papá con el cojín calefactor encendido por
error.
En el libro, las palabras se apelmazan formando líneas borrosas de color gris, y sé que no tardaré en perder la conciencia. Todo se pone patas arriba y el salón comienza a girar a mi alrededor, mientras los bordes de los objetos se difuminan y se confunden. Busco algo en lo que pueda concentrarme y termino mirando fijamente un póster edificante con la foto de un gatito colgado de la rama de un árbol. La leyenda reza: ¡AGUANTA, CHICO! Mientras lo miro, la cabeza del gatito
empieza a fundirse. Me dejo escurrir en la silla.
Hay ciertas señales que anuncian que voy a desvanecerme: párpados caídos, músculos laxos como espaguetis, rostro lívido. Mis compañeros han visto lo que me sucede suficientes veces, de modo que pueden saber qué es lo que está ocurriendo.
—Sylvia —sisea Icky y aplaude delante de mi cara—. Espabila.
Parpadeo y me concentro en él. Icky lleva melena y tiene una obsesión muy poco saludable por las
armas de fuego, pero me cae bien. Sin duda, se muestra mucho más compasivo que la mayoría de los chicos de la escuela.
—¿Te encuentras bien? —
pregunta.
Para entonces, tengo a todos mirándome con atención. En realidad, el que me desmaye en mitad del salón no es ya ninguna novedad, pero sí es un acontecimiento capaz de romper la monotonía de un aburrido día de octubre. Desde que los perros antinarcóticos encontraron una bolsa de maría en la taquilla de
Jimmy Pine, no ha habido nuevos chismes, y eso fue hace ya un par de semanas. De ser posible, prefiero evitar desvanecerme delante de estos buitres.
Me levanto y me acerco a la señora Winger, mi maestra de Lengua. Algo en su ordenador la tiene absorta por completo: un solitario probablemente. Ella es la única que no se ha dado cuenta de que casi me desmayo. Su gran escritorio se encuentra al fondo del salón para permitirle ignorarnos. Unos tras otros, los ojos de mis
compañeros se alejan de mí y vuelven a sus libros.
—¿Puedo ir al lavabo? — pronuncio mis palabras en voz baja, con humildad.
Ni siquiera aparta sus ojos de la pantalla del ordenador. Si lo hiciera, podría darse cuenta de que soy yo, Sylvia Bell, la chica con el problema de narcolepsia, y recordaría que se le ha pedido que me deje abandonar el salón de clases siempre que lo necesite.
Venga, déjame ir. DÉJAME.
El salón da vueltas y siento que
las rodillas se me doblan.
—¿No puedes esperar a que la clase haya terminado? —la voz de la señora Winger está cargada de desprecio, me tritura dejándome convertida en trozos minúsculos que ella pueda tirar a la basura con facilidad.
Aún sin mirarme, mueve una pila de cartas con el ratón.
—¿No puede su juego esperar a que la clase haya terminado?
Me paso un mechón de pelo rosa detrás de la oreja. Sé que lo he dicho con mala leche, pero no me
importa. Era el único modo de obtener su atención.
Y por fin me mira, la irritación le marca las arrugas alrededor de los ojos.
—Muy bien. Ve. Tienes cinco minutos.
No respondo porque ya estoy fuera. Debería ir a ver a la enfermera, pero ella está obligada a informar a mi padre de cada episodio y no me apetece que me hagan preguntas. No hoy. Me siento tan cansada. El sueño me acecha durante el día, pero en las noches me evita.
Anoche apenas habré dormido cuatro horas en total.
De camino al lavabo, rezo para que esté vacío, pero no tengo tanta suerte: cuando empujo la puerta, veo a una chica arrodillada en el último cubículo, sollozando y vomitando alternativamente. Reconozco sus sandalias plateadas. Es Sophie Jacobs, la única de las amigas de mi hermana pequeña que soy capaz de soportar. Al menos ella no le dirá nada a nadie sobre mi episodio. En cualquier caso, tiene sus propios secretos que guardar, como el
desayuno del que probablemente acaba de deshacerse.
Me inclino contra la pared y busco en los bolsillos de mi sudadera con capucha el pequeño frasco color naranja del Provigil. El médico me lo recetó para mantenerme despierta, pero en realidad no sirve para nada. Así que tiré el Provigil y llené el frasco con pastillas baratas de cafeína, que al parecer es la única droga que me funciona (y solo si tomo unas seis pastillas a la vez). El Provigil me hace sentir como si estuviera
luchando por avanzar a través de la niebla, la cafeína, en cambio, hace que todo vuelva a estar enfocado. Con las manos temblorosas, pesco unas cuantas pastillas ovaladas y me las echo a la boca a pesar de que tengo el presentimiento de que es demasiado tarde.
Oigo descargar la cisterna. La puerta del lavabo que tengo a mis espaldas se abre y aparece Sophie, con los ojos vidriosos, limpiándose la boca con el dorso de una mano temblorosa. Su pelo es negro y brillante, pero un trozo de algo
amarillento se le ha quedado prendido en él y tengo que apartar la mirada.
—Puf, menos mal que eres tú —
dice.
Avanza y abre uno de los grifos
del lavamanos. Nuestra escuela no tiene precisamente agua fría o caliente, la temperatura del agua es una sola: ártica. Sophie recoge un poco de agua con las manos y se lava la cara.
—Últimamente he tenido náuseas —dice.
Abro la boca para responder,
pero todo lo que sale de ella es un chirrido extraño. Me duele la cabeza. En un instante el lavabo se oscurece. Me presiono la frente con las palmas de las manos y me hundo en el suelo.
Nunca podré acostumbrarme a la sensación de estar mirando a través de los ojos de otras personas. Es como si cada quién viera el mundo con un matiz ligeramente diferente. Lo complicado es averiguar quién es la persona a través de la cual estoy mirando. Es como armar un rompecabezas: lo que
veo, lo que oigo, lo que huelo. Todo es una pista.
Qué huelo ahora: moho y laca. Estoy en el vestuario de las
chicas. Unas espantosas taquillas de color rosa me flanquean por lado y lado. La chica en la que me he deslizado está poniéndose unas bailarinas negras. Sus pies, bronceados artificialmente, tienen un tono anaranjado. Y lleva las uñas pintadas de celeste con pequeñas margaritas en el centro.
La clase de educación física debe de haber terminado. Hay chicas
semidesnudas corriendo de acá para allá, contoneándose en shorts demasiado cortos para octubre. Algunas se cepillan el pelo, otras se aplican discretamente desodorante con olor a talco.
A poco más de un metro, reconozco a la chica rubia que está enfundándose unos vaqueros ajustados. En la cadera, en el lugar en que se pone una pegatina cuando se broncea, tiene una pequeña marca blanca con la forma del conejito de Playboy. Se llama Mattie. Es mi hermana y es mi opuesto absoluto en
todo sentido. Si ella es la purpurina rosa en tu tarjeta del día de los enamorados, yo soy el marcador negro con el que les pintas bigotes a tus maestros en el anuario.
Siento que mi boca se abre y lo que sale de ella es la voz de Amber Prescott, mi persona menos favorita de la galaxia.
—Uf. De repente tengo el peor dolor de cabeza de mi vida. No sé de dónde ha salido. ¿Tienes una aspirina?
Mi cerebro corre a toda prisa.
¿Cómo he podido deslizarme en
Amber? No estaba tocando nada suyo. ¿O acaso sí?
Mattie se hace una coleta con una goma elástica. Su pelo es sedoso.
—No. Lo siento. En cualquier caso, no es asunto mío si Sophie quiere empezar a salir con Scotch. Si le gusta ir de furcia, es su problema.
—Personalmente, creo que la forma en que se le está echando encima es asquerosa. Digo, una buena amiga no hace algo así. Ella sabía que tú estabas colgada por él.
¿Scotch? ¿Scotch Becker? ¿El mayor gilipollas de mi clase? La sola
mención de su nombre me produce ganas de vomitar. ¿Cuándo empezó a gustarle a Mattie el despreciable Scotch?
La cara de Mattie se arruga como si se hubiera comido una caja entera de caramelos superácidos, que es lo que hace siempre que intenta aparentar que algo no la afecta.
—Bueno, ¿qué más puedo hacer? No puedo obligarlo a quererme. Y, claro, ¿cómo no iba a gustarle Sophie? Ella es... espectacular —Mattie se deja caer en un banco y se cubre el rostro con
las manos.
Amber se acerca y le palmea la espalda.
—No me vengas con cuentos, Mattie. Scotch está loco si prefiere a esa capulla antes que a ti. Digo, Sophie no puede pasar cinco minutos sin meterse el dedo en la garganta. El hecho de que haya perdido casi la mitad de su peso no significa que no siga siendo gorda en su interior. Los tíos no olvidan. Ella sigue siendo la misma Pastel de Cerdo que era en sexto grado.
Pastel de Cerdo. El viejo apodo
de Sophie me trae recuerdos, ninguno de ellos bueno. Chicos tirándole galletas en el autobús. Aquella ocasión en que, en la sala de ordenadores, Scotch Becker buscó un diccionario en la red e hizo que una voz robótica le dijera «hipopótamo» una y otra vez. Después de todo lo que Scotch le hizo en la secundaria, el simple hecho de que Sophie le dirigiera la palabra me parecía ya inverosímil. Es más, ni siquiera puedo creer que le hable a Mattie o a Amber. Ellas solo empezaron a codearse con ella cuando bajó de
peso, y aún hoy el pasatiempo favorito de Amber es idear nuevas formas de torturar a Sophie. Amber siempre está diciéndoles sandeces como que su (inexistente) culo está gordo o preguntándole si hace bien en comerse ese trozo de pizza. Es obvio que el hecho de que Mattie y Sophie se hayan vuelto amigas íntimas la hace sentirse celosa. Y está aprovechando esta oportunidad para conseguir distanciarlas.
Mattie mira a Amber por entre sus dedos.
—¿De verdad lo crees?
—No te preocupes —dice Amber sacando un teléfono móvil color rosa intenso—. Tengo un plan para ponerla en su lugar.
—¿Sylvia? ¡Sylvi! ¿Estás bien?
¿Llamo a la enfermera? —dice Sophie, inclinada sobre mí y retorciéndose las manos con preocupación.
Siento el frío de las baldosas del lavabo contra mi mejilla. Me pregunto cuándo fue la última vez que pasaron la fregona por aquí. Me incorporo y, sentada en el suelo,
intento desentenderme de las imágenes de bacterias serpenteantes que me ofrece mi imaginación.
—No, no. Estoy bien.
—Oh, Dios. ¡Tu frente!
Alzo la mano y siento un chichón enorme.
Sophie coge varias toallas de papel del dispensador, las pone bajo el grifo y luego, con suavidad, presiona el papel, húmedo y frío, contra mi cabeza. Flipo con su instinto maternal. El otoño pasado, cuando ella y Mattie celebraron sus cumpleaños juntas, ella misma
preparó una tarta de chocolate. La cubrió con un glaseado de chocolate y lacasitos y escribió «Mattie» con las velas. Mattie, en cambio, le dio un pastelillo relleno de crema en un plato de cartón.
Solo pensar en esa fiesta me deprime. Sophie es una persona tan dulce, y lo es a pesar de sus amigos, lo que incluye a mi hermana. Mi hermana solía ser inocente y amable, pero en el último año se ha convertido en una auténtica perra. Yo le echo la culpa a Amber.
Pobre Sophie. No tiene ni idea
de que, en este mismo instante, las que supuestamente son sus mejores amigas están hablando pestes de ella. Y, al parecer, planeando algo que la ponga «en su lugar». Quisiera advertirle que debe cuidarse de ese par, pero me preocupa cómo se vería que lo hiciera: yo hablando mal de mi propia hermana. ¿Me creería?
Sophie me ayuda a ponerme de pie. Me inclino apoyándome en el lavamanos y me quito las toallas de papel de la frente para evaluar el daño en el espejo. No luce tan mal. Palpo el chichón con cautela. Es una
pequeña contusión. Es posible incluso que mi padre no se dé cuenta.
Sophie me mira a los ojos en el espejo.
—¿Estás segura de que te encuentras bien? —dice.
Me vuelvo para verla a la cara. Tiene los hombros caídos y agacha la cabeza. Sus piernas son dos palillos bajo su falda de animadora. No creo que pese más de cuarenta y cinco kilos.
—Sí, estoy bien. De verdad.
¿Cómo estás tú?
Su cara adquiere una expresión
divertida que me hace dudar de si está a punto de reírse o de echarse a llorar.
—Es mi cumpleaños —dice finalmente encogiéndose de hombros
—. Mattie no me ha dicho nada. Puedes darle esto. Lo he hecho yo.
Sophie saca una pulsera de la amistad tejida a mano, como las que aprendes a hacer en las colonias. Es roja y dorada, a juego con sus uniformes de animadoras.
Podría asegurar casi con total certeza que Mattie no ha hecho nada especial para el cumpleaños de
Sophie. De nuevo siento la necesidad de decirle que es hora de que espabile y se busque mejores amigas. Mientras pienso en la mejor forma de decirlo, me pongo la pulsera en la muñeca para que no se me vaya a perder.
—Sophie... —digo dando un paso hacia ella, pero antes de que pueda acercarme me esquiva y sale al pasillo, con los ojos bañados en lágrimas.
Frustrada, hago una pelota con las toallas de papel y la lanzo a la papelera. Fallo por un kilómetro.
Cuando me agacho para recogerla, del bolsillo de mi sudadera cae al suelo un billete de un dólar. Está manchado y casi rasgado en dos.
Mierda. Por eso he debido deslizarme en Amber.
De repente, todo me vuelve a la memoria: Amber corriendo hasta mí antes de entrar en clase y agitando el billete arrugado delante de mi cara.
—Esa estúpida máquina no me acepta este billete —gimió—. Necesito cafeína urgentemente.
¿Tienes cambio?
Estaba por completo fuera de sí,
o al menos lo bastante para dejar en el billete que llevaba en la mano una huella emocional suficientemente intensa como para que yo la captara menos de una hora después.
Encontré unas cuantas monedas, acepté el dólar a cambio y lo metí en el bolsillo de mi sudadera. Debí de rozarlo mientras buscaba el frasco de Provigil, justo cuando estaba a punto de desmayarme, justo cuando era más vulnerable. Si me vuelvo a guardar el billete en el bolsillo podría correr el riesgo de deslizarme de nuevo en Amber más tarde. Ese, sin embargo,
es un riesgo que no estoy dispuesta a correr, así que utilizo una toalla de papel para recoger el dólar y luego lo arrojo a la basura.
Nunca más quiero volver a estar en la cabeza de Amber Prescott.
2
Paso caminando a toda pastilla por la entrada de estudiantes y casi me tropiezo con Rollins, mi mejor amigo, que suele presentarse en la escuela cuando el primer bloque de clases ya va por la mitad.
—¡Sylvi! —dice riéndose y agarrándome del brazo—. ¿Adónde vas tan deprisa?
—A clase —digo alejando mi cara para que no pueda ver el chichón que me he hecho en la frente.
—Eh —dice—. Espera.
Le dejo echarme un vistazo, a la espera de las inevitables preguntas. Las cosas entre ambos parecen algo tirantes últimamente. Como si Rollins sintiera que le estoy ocultando algo. Es un tira y afloja. Él está presionando todo el tiempo y yo insisto en alejarme. Solo con que me dejara...
Rollins se retira el pelo que le cae delante de los ojos.
—¿Estás bien? ¿Acabas de...?
—Señor Rollins —lo llama una voz cargada de petulancia—. Veo
que llega un poco tarde hoy.
El señor Nast (a quien los estudiantes conocen como Nasty, desagradable) camina hasta nosotros con los pulgares metidos en el cinturón, como si estuviera en alguna película del Oeste. Es el momento de la confrontación final: Nasty, el director, contra nosotros, los infractores.
Nasty quisiera fulminar con la mirada a Rollins, cuyo rostro luce una sonrisita satisfecha. Esa actitud sarcástica no le ha granjeado precisamente el favor de la
dirección, de eso no hay duda. Por lo general, lo pillan una vez por semana. Sorprender a Rollins fumando en el aparcamiento o haciendo novillos es el pasatiempo de Nast.
No obstante, cuando el director me ve, su cara parece vacilar. Mi caso es complicado. Con mi extraña discapacidad y mi permiso permanente para salir del salón, no es mucho lo que puede hacerme. Rollins, en cambio, es otra historia, y sé que está a solo un retraso de ganarse una suspensión.
Por un momento, siento que Rollins me aprieta el brazo con fuerza, pero enseguida me suelta. Se prepara para la batalla cruzando los brazos y apretando la mandíbula.
Me interpongo entre ellos.
—Señor Nast, Rollins solo me estaba llevando a la enfermería. Me siento mareada —hago que mi voz suene temblorosa y me agarro a Rollins en busca de apoyo.
El señor Nast nos mira a mí y a Rollins alternativamente. Advierto en su rostro que no me ha creído, pero no hay nada que pueda hacer. Al final
nos lanza una mirada severa y farfulla que nos demos prisa.
Cogidos del brazo, Rollins y yo nos alejamos con rapidez en dirección a la enfermería, y una vez lo hemos perdido de vista, ambos estallamos en una carcajada. Cualquier tensión que pudiera haber entre los dos ha desaparecido.
—No sabía que fueras tan buena actriz —dice Rollins, resoplando.
—Oh, no fue una actuación. De verdad me siento mareada —digo y finjo que me desvanezco—. Soy una flor tan delicada.
—Y una mierda —dice él empujándome con el codo—. Eres tan delicada como un AK-47.
Su risa desaparece cuando descubre la herida en mi frente.
—En serio, ¿qué ha pasado? —
dice.
Me peino con la mano para
cubrir el chichón.
—Nada. Acabo de desmayarme en el lavabo, pero estoy bien. No es grave.
Rollins no puede ocultar su preocupación, aunque lo intenta.
—Si tú lo dices —concluye
frunciendo el ceño.
Yo me retuerzo. Su interés me produce picazón.
—Mira, tengo que volver a clase. ¿Nos vemos luego?
Rollins asiente.
—De acuerdo.
Cuando regreso a clase de Lengua es como si en mi ausencia alguien hubiera liberado en el salón alguna clase de gas somnífero. Prácticamente todos mis compañeros están echados sobre las mesas, con sus copias de Julio César abiertas
delante de sus caras para que no resulte tan evidente que están durmiendo. La señora Winger sigue absorta en su partida de solitario. Ni siquiera me mira cuando me acomodo en mi silla.
Samantha Phillips, con su cara enmarcada a lado y lado por una capa de pelo rojo, me ve desde el otro lado del salón. Lleva alta la falda de animadora para poder exhibir el horneado artificial de sus muslos. Me cuesta creer que en otra época yo misma usaba una de esas faldas. Me cuesta creer incluso que
alguna vez fui amiga de la chica que hoy es la capitana del equipo. Fue el año pasado, pero parece que hubieran pasado siglos.
Samantha mira mi camiseta de
Oasis con aire despectivo.
—Bonita camiseta. ¿Es de cuándo? ¿Cómo de 1994?
Por toda respuesta, le lanzo una mirada asesina hasta que ella aparta los ojos y vuelve a su iPhone.
Mi mirada cae sobre el ejemplar nuevo y reluciente deque sobresale de mi mochila negra. Tuve que comprarlo nuevo para evitar la
posibilidad de deslizarme mientras lo leo. La gente tiene lazos emocionales con los libros con más frecuencia de lo que se podría uno imaginar, y prefiero no arriesgarme. Astronomía: la perspectiva cósmica, Con la señora Winger tan embelesada en su juego de ordenador sería fácil sacar el libro y continuar leyendo el capítulo sobre agujeros negros que empecé anoche. Sin embargo, por desgracia, es poco probable que el examen sobre Julio C é s a r incluya preguntas sobre
agujeros negros.
—¿Qué me he perdido? —le pregunto a Icky.
—A ver... Los conspiradores apuñalaron a César. Te perdiste lo único bueno de toda la obra.
—Ah, mierda —digo con fingida contrariedad.
Me inclino sobre su mesa, cuidándome de no tocar el libro, y le echo un vistazo rápido a la parte que me he perdido. Blablablá, blablablá, blablablá, los conspiradores lo rodean, César es historia.
Pregunta de la guía de estudio:
¿Cuáles fueron las últimas palabras
de César?
Miro de nuevo el libro en busca de la respuesta. ¡Ajá! Inmediatamente después de que Bruto le hunda el cuchillo, César dice: «Et tu, Brute? Muere pues, César.»
Pienso en César camino del Capitolio, rodeado por los hombres a los que cree amigos suyos, solo para ser apuñalado repetidas veces por la espalda. Y ahí está Bruto, el cuchillo manchado de sangre en las manos. Lo único que le queda a César es morir pensando en cuán mierda tiene que ser él cuando incluso su mejor amigo
le quiere ver muerto.
El rostro de Sophie me vuelve a la cabeza. ¿Qué pensará cuando descubra lo que sus dos mejores amigas están tramando contra ella? En su cumpleaños, nada más y nada menos.
La gente apesta.
Mientras escribo la respuesta niego con la cabeza.
—Qué cosa tan retorcida, ¿no?
—dice Icky con una sonrisa.
—Sí que lo es.
Suena la campana y todo el mundo resucita de un salto.
Hora de comer.
Me siento en mi puesto habitual, bajo la tribuna descubierta, y espero a Rollins. Desde donde estoy, veo una lata vacía de Coca-Cola, media barra de chocolate y el envoltorio de un condón. Mientras revuelvo en mi mochila en busca de mi comida, me pregunto quién en su sano juicioso puede querer tener sexo bajo la tribuna. Aunque quizá, se me ocurre, lo hicieron en el campo y ha sido el viento el que ha traído el envoltorio hasta aquí... no es que eso sea mucho
mejor.
Las galletas que guardé esta mañana en la mochila han quedado convertidas en trocitos, así que me como los pedazos más grandes y luego inclino la cabeza hacia atrás y me echo el resto en la boca.
Esperaba que Rollins se acercara sigilosamente e hiciera un comentario sarcástico sobre mis refinadas maneras, pero no aparece. Esta es la tercera vez que me deja plantada a la hora de la comida. Después de unos pocos minutos, saco mi libro de astronomía y continúo
leyendo sobre los agujeros negros entre trago y trago de refresco caliente.
Estoy en mitad de un párrafo realmente grandioso sobre el hecho de que nada, ni siquiera la luz, puede escapar de un agujero negro una vez se alcanza el horizonte de sucesos cuando oigo un ruido metálico sobre mi cabeza. Son dos personas que bajan por la tribuna. Marco con un dedo el punto en que voy y levanto la cabeza, fastidiada por la interrupción.
Una voz familiar llega hasta mí.
Y me provoca náuseas.
Es Scotch.
Scotch y su acompañante se sientan encima de donde estoy. Entonces oigo la voz del otro chico.
—Tío, tienes que ver esto.
Lo dice con el tono de un conspirador, como si hubiera conseguido drogas o una revista porno.
Sin hacer ruido, devuelvo mi libro a la mochila. Tal vez pueda escabullirme sin que ellos se den cuenta.
—¿Qué es esto, tío? ¿De dónde
lo has sacado? —oigo preguntar a
Scotch.
—Una de las animadoras me lo envió esta mañana. Eh, tío, ¿tú no te follaste a esta chavala?
Scotch suelta un bufido.
—Sí, una vez.
Sintiendo que voy a vomitar, gateo hasta la apertura que hay bajo la tribuna. Algo afilado se clava en mi rodilla, y necesito todas mis fuerzas para ahogar un alarido de dolor. Cuando bajo la mirada, descubro que me he cortado con una botella de cerveza rota. El vidrio ha
rasgado mis tejanos y la sangre empieza a salir de la herida. Continuó hacia la salida mordiéndome el labio.
Tras salir de mi escondite, me arriesgo a echar un rápido vistazo hacia atrás. Scotch y otro futbolista están viendo algo en la pantalla de un teléfono móvil con una sonrisita autosuficiente. El corazón se me encoge pensando en la pobre chica de la que hablan, quienquiera que sea.
En el lavabo, agarro un montón
de toallas de papel para mi rodilla, pero la sangre no para de salir. Aunque antes conseguí evitar ir a la enfermería, ahora tendré que pasarme por allí. La botella no estaba exactamente limpia y la enfermera tendrá alguna crema antiséptica para aplicarme en la herida.
Cuando llego encuentro a la señora Price en su escritorio, hojeando unos papeles. Tiene el pelo gris recogido en un moño suelto y disparejo y usa las gafas con una cadena, lo que hace que parezca más una bibliotecaria que una enfermera.
Está tan inmersa en su trabajo que ni siquiera advierte mi llegada.
En un rincón hay un chico, al que nunca había visto antes, sentado en una silla plegable. Me mira de arriba abajo y su mirada se detiene en las toallas de papel ensangrentadas que llevo, eso hace que de repente me sienta cohibida. No parece la clase de tío que vaya detrás de chavalas con el pelo de color rosa. De hecho, con su pelo rubio perfectamente alborotado y su camiseta verde apretada sobre sus bíceps, parece la clase de tío que
sale con chicas que parecen modelos de Victoria’s Secret models. Con todo, él está ahí, sentado, sonriéndome como si me conociera o algo así.
—Ejem —digo.
La señora Price levanta la cabeza y sus cejas saltan cuando ve la sangre.
—¡Sylvi! ¿Otro accidente?
—Nada grave —murmuro, evitando hacer contacto visual con el chico—. Es un corte superficial. Solo necesito limpiarlo.
La señora Price frunce el ceño,
echa hacia atrás su silla y se desliza hasta donde estoy para examinar la herida.
—¿Te lo hiciste durante otro episodio, Sylvi?
—No —digo arreglándome el pelo para garantizar que no vea el chichón.
Si descubre que me he desmayado de nuevo, tendrá que llamar a mi padre y él tendrá que llamar a los médicos y ellos preguntarán por el Provigil y todo el rollo será para mí como una patada en el culo.
La señora Price se pone unos guantes de látex y me dice que me siente y me suba el pantalón. Me limpia la rodilla con alcohol, me pone un poco de Neosporin, una crema antibiótica, y luego me la envuelve con una venda limpia. Todo el tiempo soy en extremo consciente de que el tío guapo me está mirando la pierna.
La señora Price se quita los guantes y los tira a la basura. Se pone de pie y mira al chico.
—Todo tu historial está en orden, Zane. ¿Qué clase tienes
ahora? Sylvia puede mostrarte el camino. Sylvi, este es Zane Huxley. Es su primer día.
Elchico da un paso adelante y me estrecha la mano.
—Encantado —dice.
A continuación saca de su bolsillo un papel arrugado y lo mira entrecerrando los ojos.
—Tengo Psicología Avanzada con Golden.
—Perfecto —dice la señora Prince aplaudiendo—. Tú vas para allá, ¿verdad, Sylvi?
—Esto... sí, claro.
De camino al salón del señor Golden me mantengo mirando al frente, pero puedo sentir que los ojos de Zane están sobre mí.
—Y bien, Sylvia, ¿algún consejo para un recién llegado?
¿Sitios guays para quedar?
¿Profesores que deba evitar?
Estira una mano y recorre con un dedo un póster que dice, en letras redondeadas, STAR: «Seguro, Tolerante, Autónomo, Respetuoso», todo lo que los profesores desearían que los estudiantes fuéramos y que no siempre podemos ser porque somos
seres humanos y no robots.
—No muchos. Cuando el plato del día sea «Selección del Chef», vete a la barra de ensaladas.
Zane se ríe.
—Dalo por hecho —dice desdoblando su horario—. Tengo a Winger a primera hora. ¿Te ha tocado con ella?
Me arriesgo a echarle un vistazo. Su rostro es el de alguien franco y amigable e interesado. Para él soy una chica absolutamente normal. Bueno, una chica absolutamente normal con el pelo del
color de la Pantera Rosa. Pero, no obstante...
—Sí. De hecho, también tengo el primer bloque con ella. Desde que no la molestes mientras juega al solitario, no tendrás problemas. Se pone irritable.
—Solitario, vaya. ¿Y qué me dices de este tío, Golden? ¿Mola?
—Sí, realmente es guay —digo
—. Es joven, lo que significa que todavía no está quemado. Y siempre cuenta unas historias extrañas, como la de la vez que ayudó a una mujer a parir en el zoológico de Omaha.
—Ugh —dice Zane, pero luce fascinado.
—Sí. Y bien, ¿de dónde eres tú? Una chica vestida con una llamativa falda holgada avanza por el pasillo en nuestra dirección. Tiene los ojos puestos en Zane, pero él ni siquiera la mira. Tiene sus ojos
clavados en mí.
—En realidad, viví aquí cuando era pequeño. Pero luego mi padre murió y nos mudamos a Chicago para vivir con la abuela.
Violento. Siempre es tan violento que alguien mencione la
muerte, en especial cuando se trata de alguien que no conoces muy bien. Los extraños siempre dicen que lo sienten muchísimo cuando se enteran de que mi madre está muerta, pero se equivocan al pensar que la muerte es una pérdida. La muerte es algo que ganas. La muerte siempre está ahí, susurrándote al oído. En los espacios entre tus dedos. En tus recuerdos. En todo lo que piensas y dices y sientes y deseas. La muerte siempre está ahí.
Yo sé que no existe nada que puedas decir para que la muerte sea distinta de lo que es.
—Qué putada —digo. Él asiente en silencio.
Estamos frente a la puerta del salón del señor Golden.
—Bueno, hemos llegado —digo en voz baja.
—Intenta contener tu entusiasmo
—dice con una sonrisa mientras abre la puerta.
El salón al que entramos parece más una sala de estar que un aula de clases. Al señor Golden le gusta rescatar sofás, volver a tapizarlos y traerlos para que nos sentemos en ellos durante las discusiones de
clase. Las paredes parecen haber sido decoradas sin ton ni son. Junto a los pósters de Freud y los diagramas del cerebro humano, hay viejos carteles de conciertos de The Doors y Jimi Hendrix. El señor Golden tiene incluso una lámpara de luz ultravioleta que enciende en ocasiones especiales. Y en un rincón se alza imponente una gran planta verde que parece capaz de tragarte.
—Parece que tenemos un nuevo estudiante —anuncia con voz atronada el señor Golden—. Siéntate donde quieras. No me va el rollo de
los asientos fijos.
Zane se dobla en un puf. Es tan alto que sus rodillas casi le llegan a la quijada. Las chicas que no le echan miradas a hurtadillas están boquiabiertas. Siento que una semillita de placer brota dentro de mí cuando él mira en mi dirección y sonríe.
Rollins está sentado en el sofá color naranja del rincón, haciendo garabatos en el margen de su libro de texto. Me dejo caer junto a él y saco mi cuaderno. El señor Golden pueden dejarnos sentar donde nos
apetezca, pero para preparar sus exámenes se basa en sus exposiciones en clase. En el último obtuve una C, de modo que lo mejor es que intente seguir lo que está diciendo acerca del condicionamiento clásico.
—¿Quién es ese? —pregunta Rollins en un susurro, moviendo la cabeza en dirección a Zane.
Rollins no se molesta en tomar apuntes. Tiene una especie de memoria fotográfica; recuerda no solo lo que ve, sino también lo que lee, lo que oye e incluso lo que
huele. Pregúntale por el menú del martes pasado, y recordará con exactitud el desagradable olor a pastel de carne chamuscado que había en el pasillo.
—Este... es Zane Huxley — respondo también en un susurro cuando el señor Golden hace una pausa para sonarse la nariz—. Es nuevo. Lo conocí en la enfermería. Me hice un buen corte en la rodilla.
Los ojos de Rollins saltan como una flecha hacia mi pierna.
—¿Estás bien?
—Sí, sí, estoy bien.
Simplemente me arrodillé sobre una botella de cerveza rota cuando estaba en las tribunas. No fue nada. En cualquier caso, ¿dónde estuviste a la hora de la comida?
Rollins hace una pausa antes de responder. Estoy convencida de que sabe que hay algo más, pero no quiero repetir la conversación que oí por casualidad bajo las tribunas, que es sencillamente deprimente.
Mi amigo le da un tirón al pirsin en forma de aro que lleva en el labio.
—Estaba imprimiendo la última entrega de Miedo y asco en el
instituto. Mi mejor trabajo, si puedo decirlo.
Percibo el orgullo en su voz. Rollins produce su propio fanzine, en el que reseña conciertos y escribe artículos sobre lo mucho que apesta el instituto. Se lo monta todo él solo, es literalmente un corta y pega de los diarios y dibujos de Rollins.
—Guau, ¿me darás una copia?
—Las tengo en mi taquilla. Te la paso más tarde.
El señor Golden continúa con su exposición. Para cuando termina la clase, he cubierto toda una página del
cuaderno con mi descuidada caligrafía.
Cuando suena la campana, el señor Golden alza la voz.
—Recordad: esta noche tenéis que leer la sección sobre las diferentes teorías de la motivación. Es posible que haya una prueba escrita el lunes, solo para que lo sepáis.
Estoy guardando el cuaderno en la mochila cuando el señor Golden se dirige a mí.
—Sylvia, ¿podría hablar contigo un momento?
Rollins me da un golpecito en la espalda.
—Nos vemos luego —dice. Cuando estamos a solas, el
señor Golden se sienta en un sofá con los brazos cruzados sobre su pecho. Yo merodeo en mitad del salón, preguntándome qué puede querer de mí. A pesar de la C que recibí en el último examen, mi nota general es una B. De no ser por mi supuesta narcolepsia sería una estudiante completamente normal y corriente.
—Sylvia, ¿va todo bien? —
pregunta con voz cargada de
preocupación.
—Sí —digo mientras me pregunto sin éxito por qué razón el señor Golden iba a pensar que algo no va bien: debo estar emitiendo vibraciones realmente negativas hoy
—. ¿Por qué?
—Es solo que me he dado cuenta de que en el examen de la semana pasada sacaste una C. Tu anterior trabajo era muchísimo mejor. No quiero parecer entrometido, pero quisiera saber si algo anda mal. ¿No estudiaste para el examen?
Si quisiera, probablemente podría jugar con seguridad la carta de la narcolepsia y decir que no estaba en condiciones de concentrarme en mis estudios. Estoy pasando por un momento muy difícil, hice mi mejor esfuerzo, de verdad... pero eso sería mentir. Y hay algo en el señor Golden que me anima a ser honesta con él.
—Lo siento, señor Golden. Supongo que olvidé estudiar. Prometo esforzarme más.
Él se inclina hacia delante y baja la voz.
—Escucha, Sylvia, si alguna vez necesitas ayuda puedes decírmelo, te ayudaré encantado.
¿Por qué no te pasas después de clases una noche de estas?
Yo bajo la mirada y arrastro los pies, intentando pensar una forma cortés de decir que en realidad no necesito su ayuda: el problema es que no abrí mi libro de psicología durante casi un mes.
—Oh, sí, gracias, señor Golden. Aunque normalmente estoy muy ocupada después de clases. Estoy segura de que solo con estudiar un
poco más lo haré mejor en el próximo examen.
El señor Golden se endereza.
—Bueno, piénsatelo. A fin de cuentas, estoy aquí para ti.
Sonrío y asiento con la cabeza antes de marcharme. Él me acompaña hasta la puerta, que luego se cierra tras de mí con un sonoro clic.
3
Cuando terminan las clases, encuentro a Rollins esperándome junto a mi taquilla con una pila de folletos fotocopiados.
—Y bien, ¿qué quería Goldy?
—Oh —digo agitando una mano en el aire—. Solo quería saber por qué soy tan vaga. Le dije que soy perezosa por naturaleza. ¿Me das uno? —agrego señalando los fanzines.
Rollins saca una copia forrada
en plástico.
—Sé que les tienes fobia a los gérmenes —dice para picarme.
Esa es su explicación para el hecho de que no me guste tocar cosas que otras personas han manipulado: soy una obsesiva-compulsiva total.
Desenvuelvo el fanzine y lo examino. La cubierta dice Miedo y asco en el instituto núm. 7 e incluye un dibujo hecho a mano de un perro grotesco abriéndose paso por un pasillo flanqueado por taquillas y que lleva colgadas en sus mandíbulas babeantes bolsas de maría y cápsulas
(una referencia al arresto de Jimmy
Pine).
—Bonita ilustración —digo mirando todavía la cubierta.
Rollins realiza todos los dibujos y textos con marcadores y luego hace docenas de copias en Copyworld. Saca un nuevo número cada dos meses, más o menos. Los vende por un dólar la copia en la tienda de discos en la que trabaja, Eternally Vinyl, pero a menudo ocurre que termina dándolos gratis. En ocasiones toma el autobús y los mete a escondidas en las bolsas o los
bolsillos de los pasajeros.
Examino el índice: hay un artículo sobre por qué la dirección no tenía derecho a requisar la taquilla de Jimmy Pine sin una orden judicial; una reseña del concierto de una banda local, Who Killed My Sea Monkeys; y un artículo sobre la hipocresía de los chicos de Decisiones Sabias, el grupo estudiantil contra el abuso de sustancias.
Voy a la página cinco y le echo un vistazo al artículo, se titula
«Decisiones Tontas: los santurrones
de City High al descubierto». Rollins recortó la foto de Samantha Phillips del anuario del año pasado y le pintó una lata de cerveza en una mano y un porro en la otra. Además de ser la líder de las animadoras, Samantha es la presidente de Decisiones Sabias. Estoy segura de que lo hace solo para dejar constancia en sus solicitudes de ingreso a la universidad... o para despistar a sus padres de su rastro de borracha: desde segundo está dándole a la sangría.
—¿Quedamos esta noche? —
Rollins guarda el resto de los fanzines en su mochila, la cierra y me mira expectante.
—Claro —digo intentando que la sorpresa no se me note en la voz. Ver películas de terror y pedir pizza a domicilio los viernes en la noche ha sido una tradición para ambos, pero las últimas dos semanas él se ha escaqueado—. Es viernes del terror,
¿no?
Intento decidir de qué ánimo estoy, si para The Ring o para El exorcista, cuando recuerdo que Mattie ha invitado a Amber a
quedarse esta noche. Mierda. Definitivamente no estoy de ánimo para hacer de canguro de un par de animadoras.
—Eh, Amber Prescott se quedará hoy en mi casa. ¿Podemos ir a la tuya? —Cruzo mentalmente los dedos, sabiendo de antemano cuál será su respuesta, pero esperando equivocarme.
El pánico cubre el rostro de Rollins y a continuación desaparece con tanta rapidez que ni siquiera estoy segura de haberlo visto.
—Oh, vaya, mi madre ha
estado... pintando el salón. El lugar es un desastre. Trapos tirados por todas partes. Lo siento.
Desde que le conozco, Rollins nunca me ha pedido que vaya a su casa. Y cada vez que propongo hacerle una visita, él se inventa alguna excusa acerca de su madre y la reforma del cuarto de baño o los nuevos armarios o alguna otra cosa por el estilo. A día de hoy su casa debe de ser un palacio monstruoso con todas las remodelaciones que han hecho. Estoy convencida de que su madre es en realidad una
borrachina o acumula cosas compulsivamente o algo así.
Me encojo de hombros.
—No hay problema. Podemos desterrar a Mattie a su habitación.
Sus labios se curvan en una amplia sonrisa.
—Quedamos entonces.
Rollins se cuelga la mochila al hombro y se va caminando.
Después de pasar mis libros de texto a la mochila, cierro la puerta de la taquilla de un golpe y giro el tirador. Un par de chicas que antes eran mis amigas pasan junto a mí
cuchicheando y riéndose con una risita tonta. No se ríen de mí. De hecho, ni siquiera me ven. Es como si fuera un fantasma para ellas, como si no existiera. Las veo marcharse a toda prisa, probablemente van al entrenamiento de las animadoras. Suspirando, me marcho en dirección contraria.
Cuando paso delante del salón del señor Golden, veo algo extraño. Hay una chica sentada en un sofá y el señor Golden está inclinado hacia ella. No le puedo ver la cara, solo un trozo de pelo largo y negro. Suena
como si estuviera sollozando. El profesor mira por encima del hombro y me sorprende espiándolos. Avergonzada, miro al suelo y salgo disparada.
Camino a toda prisa rumbo a la salida, mirando mis zapatos y preguntándome qué hace una chica llorando en el salón del señor Golden después de clases.
Al empujar la puerta, me estrello contra alguien que entra en la escuela. Al principio todo lo que veo es una camiseta verde. Siento cómo mis mejillas se encienden al
descubrir a quién he estado a punto de tumbar en mi carrera por poner distancia entre el señor Golden y yo.
Zane me sonríe:
—¿Impaciente por empezar el fin de semana?
Le devuelvo la sonrisa:
—¿No lo estamos todos?
—Por Dios, claro que sí. Mis amigos de Chicago vendrán a conocer mi nueva casa. Iremos a algún espectáculo. ¿Tienes algún plan divertido para el finde?
—Oh, ya sabes, lo usual: tumbar vacas —digo.
—Guay. Que te diviertas. Ah, e intenta no atropellar a nadie más — dice y me guiña un ojo.
—Solo procura mantenerte fuera de mi camino —replico con una sonrisa y salgo a la luz moribunda del atardecer.
El aire huele a hojas quemadas. En el aparcamiento apenas quedan unos cuantos coches. Me pregunto cuál es el de Zane mientras me pongo los audífonos en las orejas y me dirijo hacia la acera.
Mientras camino de regreso a casa, sigo pensando en la escena que
vi en el salón del señor Golden. Me pregunto quién era la chica que estaba en el sofá y qué podía haberle pasado que la hiciera llorar tanto.
Hay un curioso trozo de papel pegado con celo en la puerta delantera de nuestra casa. El viento lo agita. Al acercarme un poco más, descubro que es una pequeña hoja cuadrada procedente de un calendario de escritorio. La arranco y entro con ella para examinarla con más detenimiento en casa. Alguien ha trazado varios círculos alrededor de
la fecha con un rotulador rojo.
19 de octubre, la fecha de hoy. Qué raro.
Me acuerdo de Sophie en el lavabo esta mañana, diciendo que Mattie había debido olvidar su cumpleaños. ¿Es este su intento de recordárselo? No parece propio de ella, pero la forma desesperada en que hablaba me hace pensar que su estado mental no es precisamente el mejor.
Me meto el papel en uno de los bolsillos traseros. Sophie no necesita darle a Mattie y Amber más
munición. Estoy segura de que todo se arreglaría solo con que se alejara de ellas durante un tiempo. Ellas encontrarían alguna otra cosa en la que fijar su atención y al cabo de una semana todas serían amigas de nuevo.
Permanezco en el recibidor durante un rato, sintiendo hasta los huesos el vacío de la casa. Las sombras se extienden por el suelo. No se oye otra cosa que el constante tictac que produce en el salón el reloj del abuelo. Estoy totalmente sola.
Mattie está en el entrenamiento de las animadoras. Papá en el hospital. Mamá... Bueno, mamá no ha estado aquí desde hace mucho, mucho tiempo.
Todo en nuestra casa está prácticamente igual a como estaba hace cinco años cuando mamá murió de cáncer. Las mismas cortinas descoloridas con pequeñas cerezas rojas. El mismo papel de colgadura amarillo. El mismo parqué de cerezo cubierto por una vieja alfombra con un diseño rojo y dorado.
Doy un paso hacia el espejo. La
chica que veo luce alocada con su pelo color rosa brillante, y rebelde y libre. Desearía sentirme así por dentro. Me teñí el cabello porque necesitaba un cambio drástico. Quería deshacerme de mi pelo rubio pálido, mi color natural, exactamente el mismo tono que tenía mi madre. Estaba cansada de mirarme al espejo todos los días y verla, extrañarla.
Sin embargo, teñir mi pelo no sirve de nada para esconder las demás partes de ella que viven en mí. La forma en que mi risa se acerca a la carcajada cuando algo me parece
comiquísimo, igual que le ocurría a ella. La forma en que mi piel se niega a broncearse sin importar cuántas horas pase tendida al sol.
Y sé que ella también tenía narcolepsia. Heredé de ella ese gen desgraciado. Recuerdo verla en ocasiones caer dormida mientras veíamos la tele o durante la cena. Cuando despertaba, tenía esa extraña sonrisita. Daría cualquier cosa por saber qué le ocurría mientras estaba dormida. Si era como yo. Si se deslizaba.
No recuerdo la primera vez que ocurrió, pero fue después de la muerte de mamá. Mi padre me contó que había entrado en mi habitación cuando tenía doce años y me había encontrado tendida en el suelo, inconsciente. Apenas respiraba. No pudo despertarme y me llevó a urgencias, pero nadie conseguía entender qué era lo que me pasaba. Llegado el momento, sencillamente me desperté y estaba bien, como si nada hubiera ocurrido.
Los médicos me hicieron una prueba tras otra. Finalmente, a falta
de una mejor explicación para mis periódicos ataques de inconsciencia, me diagnosticaron narcolepsia, una dolencia que al parecer puede empezar a manifestarse hacia la pubertad. Cuando intenté contarle a mi padre lo que realmente me ocurría, me envió a una psiquiatra, una mujer de pelo rojo y brillante, la doctora Moran. Ella le dijo que estaba inventando historias para hacer frente al dolor que me producía la muerte de mi madre. Era mi forma de pedir atención a gritos. A mi padre le pareció lógico.
Fue entonces que empecé a mentir.
Y con el paso del tiempo, me acostumbré a ello. Y empecé a aprender las reglas. Como aquella ocasión durante una salida escolar cuando tenía trece años. Llevaba puesto el jersey de la señorita Ryan porque de repente empezó a hacer frío y ese día yo no había llevado chaqueta. La señorita Ryan me pidió que no le regara nada encima porque su abuela se lo había tejido. Luego, estaba caminando por el museo, estudiando los cuadros colgados en
las paredes, y un instante después ya no estaba ahí.
Estaba de regreso en el autobús de la escuela. De repente, un hombre se me acercó por la espalda y me rodeó con su brazo por la cintura.
—Nancy, Nancy —me dijo. El nombre de pila de la señorita Ryan.
El hombre me hizo girar y entonces descubrí que era el conductor del autobús.
Él y su bigote se acercaron todavía más. Su cara descendió sobre la mía y su lengua entró en mi boca. Ese fue mi primer beso. La
cosa más asquerosa que jamás me había ocurrido. Su boca sabía a cenicero y caramelos de naranja. Su mano se deslizó bajo mi blusa y empecé a rezar para que todo acabara pronto.
Cuando desperté, tenía delante la cara de un guardia de seguridad. Al desmayarme me había golpeado la cabeza. El hombre no me dejó marchar hasta que no estuvo convencido de que no tenía una conmoción cerebral o algo parecido. Recuerdo muy bien el momento en que le devolví el jersey a la señorita
Ryan. Entonces lo vi todo claro. Comprendí que el hecho de que me hubiera deslizado en ella tenía algo que ver con su jersey. Había dejado en él algo suyo, su esencia, y de algún modo yo lo había captado. No aprendería la palabra empatía hasta un par de años más tarde, pero entendía el concepto: es ver la vida a través de los ojos de otra persona. Y supe que tenía un don.
O una maldición, dependiendo de cómo se mire.
Cuando me subí al autobús para regresar a casa no pude evitar mirar
fijamente al conductor. Me guiñó el ojo y yo me apresuré a seguir hacia mi asiento. Durante años después de eso tuve pesadillas en las que él me comía a besos.
Al principio, no me ocurría con tanta frecuencia. Quizás apenas una vez cada varios meses. Pero la incertidumbre era suficiente para hacerme temer tocar cualquier cosa que no fuera mía. Era difícil determinar qué objetos tenían una carga emocional. Había cosas obvias, esos objetos que la gente aprecia y quiere, como los anillos de
boda o las fotos de los abuelos, pero me ocurría también con objetos inesperados. Un lápiz prestado. Un libro de la biblioteca. Cualquier cosa que alguien hubiera tocado mientras experimentaba una emoción extrema.
Durante un tiempo estuve forrando mis dedos con celo para evitar tocar por accidente algo peligroso. Pero luego me olvidé y un día, al sentirme somnolienta, descansé la cabeza sobre la mesa. Me deslicé en un chico mayor que yo que estaba robando cigarrillos en una tienda. Sentía su corazón latiendo
con fuerza bajo su gran abrigo negro y el sudor en sus brazos. Cuando mi profesora me despertó, la miré a los ojos, aterrada ante la posibilidad de que supiera del robo que acababa de cometer.
Pero luego comprendí que todos hacían cosas malas. Mi maestra bebía a hurtadillas un líquido que me quemaba la garganta. Mi hermana hacía trampas en las pruebas de matemáticas. El cartero metía ciertos paquetes en una bolsa especial para luego llevárselos a casa. Con todo, había personas que también hacían
cosas buenas: escribir notas de agradecimiento, abrir puertas a las ancianas, sonreír... pero esas personas no eran la mayoría. La cuestión es que la mayoría de la gente guarda secretos detrás de sus ojos.
Últimamente, me he estado deslizando con más frecuencia. Una vez al mes se convirtió en una vez a la semana y luego en un par de veces a la semana. Ahora, incluso si consigo pasar unos cuantos días sin deslizarme, termino agotada, incapaz de concentrarme y todavía más
propensa a deslizarme de lo normal. Es como si mis deslizamientos hubieran adquirido impulso. Como si hubiera una razón detrás de ellos. Solo quisiera saber cuál.
En mi habitación, tiro la mochila sobre la cama, pero la tensión que siento en los hombros no me abandona. Algo me agobia y no sé qué es. Quizá la forma en que esas horribles palabras brotaron de la boca de Amber. Quizá la desesperación de Sophie. Quizás el modo en que la sonrisa de Zane me
hizo estremecerme como si una descarga eléctrica recorriera mis venas. No sé exactamente qué es, pero necesito algo que me ayude a relajarme.
Necesito música.
En mi armario, tras mi montaña de zapatillas Converse de todos los colores del arcoíris, guardo una caja con los discos compactos de mi madre. No sé por qué los escondo; a mi padre no le molesta que los tenga y mi hermana no podría estar menos interesada en la música de los noventa, pero es como si al
mantenerlos guardados pudieran conservarse frescos y mantener a mamá a mi lado un poquito más.
Pongo un disco de Pearl Jam en mi ordenador portátil y me tambaleo hasta la cama. Recupero el libro de astronomía y paso mis dedos sobre la cubierta negra, salpicada de mirillas de luz. No hay nada tan hermoso como el cielo nocturno. Nada.
Hojeando las páginas, encuentro la esquina que doblé con cuidado para marcar dónde iba. Agujeros negros. Son tan apasionantes y tan tristes. Cuando las estrellas gigantes
mueren, sus núcleos se hacen tan densos debido a su propia atracción gravitatoria que terminan arrastrando todo a su alrededor, absorbiéndolo hacia el infinito. Los agujeros negros parecen imposibles, un desafío a las leyes de la física, pero aquí está todo, por escrito. Cómo me gustaría que hubiera un libro de texto capaz de explicarme el fenómeno del deslizamiento.
Suena la canción Alive y el corazón se me acelera un poco. Recostada contra la almohada escucho la letra. Trata de un chico
que descubre que su padre está muerto. A pesar de que el chico nunca conoció a su padre, la muerte deja una cicatriz en él. Una ausencia tan abrumadora que está presente incluso en sus momentos de mayor felicidad.
Cierro los ojos y pienso que me gustaría poder contarle a mamá cómo ha sido mi día. Contarle que estoy preocupada por Sophie y que hay un nuevo chico que es de verdad muy guapo y que creo que Mattie y Amber no están tramando nada bueno. Decirle que la echo de menos.
Decirle que la quiero. Decirle todo.
4
Un par de horas después, Mattie y Amber invaden la cocina, con sus coletas y sus risitas tontas y sus pompones. Me concentro en mi vaso de leche chocolatada. A través de la ventana de la cocina, veo el coche de Samantha Phillips alejarse del bordillo. Lo que me resulta ridículo es que en lugar de limitarse a dejarme como amiga, Samantha salga ahora con mi hermana menor, como si hubiera decidido actualizarse a
una versión de mí más nueva y reluciente. Supongo que era algo inevitable una vez que Mattie se unió al equipo de las animadoras. Y mi hermana tiene muchísimo más en común con Samantha de lo que yo nunca tuve. La he oída pasarse horas al teléfono con ella, debatiendo las virtudes de las tangas.
Mattie lanza su cartera y sus pompones sobre la mesa de la cocina antes de asaltar la nevera.
—¡Eh! —me dice haciendo una mueca—. Te acabaste la leche chocolatada.
Saca una botella de agua, la abre y le da un largo trago.
Amber coge otra botella de agua para ella y la agita en dirección a mi hermana.
—En cualquier caso, no necesitas leche chocolatada, cariño. Recuerda, nada de azúcar ni harinas.
Mattie le saca la lengua a
Amber.
—Y bien, ¿qué posibilidades hay de que consiga que os estéis calladitas esta noche? —les pregunto trepándome a la encimera de la cocina—. Rollins vendrá a ver una
película.
La sola mención del nombre de Rollins hace que Amber se enderece. Prácticamente puedo oler las feromonas que despide.
—¿Qué nos darás si nos quedamos en mi habitación? — pregunta Mattie, la cabeza siempre puesta en los negocios. Su mirada se desvía hasta una botella medio vacía de ron que hay encima de la nevera.
—El ron tiene un montón de azúcar —digo, incapaz de ocultar mi irritación.
—El alcohol no cuenta —
anuncia Amber—. Tu cuerpo quema las calorías del alcohol rapidísimo. En especial si practicamos nuestro nuevo número unas cuantas veces.
Dicho esto, hace girar las caderas y mueve su coleta en lo que parece un ataque de epilepsia, pero probablemente es solo su nuevo número.
—Por favor —los ojos de Mattie imploran—. Nos quedaremos en mi habitación. ¿Cierto, Amber?
Amber se encoge de hombros.
—Como quieras —dice.
Yo suspiro. Si de verdad se
quedan en la habitación de Mattie, podré disfrutar de la película sin tener que explicarle la trama a mi hermana, y Rollins no tendrá a una novata en calor avanzando lentamente por su regazo.
Además, si me opusiera a lo del ron, de todas formas terminarían llevándoselo a escondidas. Mejor que beban aquí, donde puedo tenerles un ojo encima, ¿no?
—De acuerdo —digo—. Pero os quedáis en tu habitación.
—¡Trato hecho! —dice Mattie y agarra la botella de ron.
Amber toquetea todo el contenido de la nevera hasta hallar una botella de dos litros de Coca- Cola.
—¿No tienes light? —se queja. Le disparo rayos letales hasta
que desvía la mirada.
Armadas con el ron, la Coca- Cola, vasos, hielo y un cuchillo de untar mantequilla para mezclar sus cubatas, las chicas abandonan la cocina y suben las escaleras. Justo a tiempo, además, porque en ese instante Rollins llega en su viejo Nissan Stanza.
Le veo bajar del coche y deambular por el sendero de entrada. Lleva algo bajo el brazo. Antes de tocar el timbre se peina con los dedos. Cuando abro la puerta, tiene ambas manos detrás de la espalda.
—Escoge —dice.
—¿Escoge qué?
—Una mano. ¿Izquierda o derecha?
Apunto a su mano derecha y él la descubre para mostrarme la peli que he elegido: El exorcista.
—Sabia elección —confirma.
—Sin duda —digo—. ¿Qué
había en la otra mano?
Lentamente Rollins descubre su mano izquierda. Tiene en ella un bulto de tela azul. Lo sacude y veo que es una camiseta. Me quedo sin aliento. Por delante tiene la cubierta del álbum Mellon Collie and the Infinite Sadness de los Smashing Pumpkins, con el ángel que emerge de una estrella. Mellon Collie es uno de mis discos favoritos. Llevaba tiempo intentando pescar una de estas camisetas en eBay.
—Llegó entre un cargamento de camisetas viejas —dice Rollins—.
¿Es la que querías?
—¡Por Dios! —grito dando saltitos—. Llevo buscándola desde siempre.
Mi excitación hace que Rollins se ría.
—¿Estás segura? Puedo devolverla si no es la que quieres...
—dice tirando de ella en broma y le doy una palmada en la mano para que la suelte.
Rollins me sigue hasta el salón y se deja caer sobre el sofá a cuadros escoceses, en su lugar habitual. Yo extiendo la camiseta con cuidado
encima del sofá con una risita cursi instalada en la cara y pongo el DVD en el reproductor antes de echarme en el sillón reclinable.
—Y bien, ¿a quién está operando hoy tu padre?
—Ah, olvidé contarte. A unos siameses.
Las cejas de Rollins se alzan con manifiesto interés.
—¿Siameses, de verdad? Impresionante.
Sabía que la perspectiva de unos siameses reales, vivos, le impresionaría. Un día, el año pasado,
estábamos tan aburridos que fuimos a una tienda y compramos una camisa talla XXXL en la que pudiéramos meternos los dos. Luego fuimos al centro comercial. Todo el mundo nos miraba mientras nos alimentábamos el uno al otro con bollos y subíamos y bajábamos por las escaleras mecánicas. Rollins incluso me acompañó al lavabo de las chicas y miró para otro lado mientras yo hacía pipí. Sé que no sería divertido ser de verdad siameses, pero la idea nos encantaba.
Le cuento los detalles de la
operación. De una forma un tanto extraña, envidio a los gemelos que pronto serán separados, dando por sentado que todo saldrá bien. En unas cuantas horas estarán encogidos en sus cunitas y podrán llevar vidas normales y libres de complicaciones. Me encantaría que hubiera una operación que mi padre pudiera llevar a cabo para reparar lo que sea que funciona mal en mí.
—Qué emocionante. Es estupendo que tu padre sea capaz de hacer algo que tendrá tanto impacto
—dice Rollins mientras tira de un
hilo suelto de su camiseta.
—Jared Bell al rescate, de nuevo —digo.
Me siento incapaz de poner freno a la sensación lúgubre que me atraviesa. Sí, mi padre ha tenido un impacto positivo en muchísimas vidas, solo que no en la mía. Quizá si lo viera algo más que apenas unos pocos minutos al día, si es que lo veo... De inmediato me siento terrible por pensar así. Egoísta. Los bebés enfermos son muchísimo más importantes que el hecho de que yo pase tiempo con papá. Él es un héroe
por ser capaz de enderezar lo que la naturaleza ha hecho mal.
Apunto el mando al reproductor de DVD para que la película empiece. Afuera acaba de oscurecer y el cielo se prepara para la noche. Cada pocos minutos Rollins interrumpe la peli con un comentario sarcástico. Yo me cubro con una manta, envolviéndome en el momento, en la familiaridad. Así es como solía ser nuestra amistad antes de que empezáramos a alejarnos. Lo echaba de menos.
La cabeza de Linda Blair está a
punto de empezar a girar como un surtidor de vómito cuando Mattie irrumpe en el salón. Amber viene detrás. Mattie se tropieza con la mesa de centro y suelta una risita tonta. Alguien le ha estado dando bastante al ron.
—Oh, hola, hermanita. Lamento molestarte, pero Samantha viene a recogernos: vamos a ir al cine — dice arrastrando las palabras ligeramente y vuelve a reírse.
Amber mira a Rollins con avidez. Se deja caer en el sofá al lado de él y le lanza una sonrisa
pícara. La envidia cochina se abre paso en mi corazón como el gusano en la manzana. No sé de dónde ha salido, pero me fastidia y la aplastó fulminando a mi hermana con la mirada.
—Mattie —gruño—. Dijiste que esta noche no saldrías.
Mis ojos se desvían hacia el sofá donde se encuentran Amber y Rollins. Mientras ella lo mira pestañeando con coquetería, él parece estar intentando alejarse disimuladamente.
—Venga, Sylvi. Todas las
animadoras irán. ¿Quieres que me lo pierda? —dice alzando el volumen como parte de su numerito de
«pobrecita yo», que siempre me hace caer.
Con el rabillo del ojo, veo a Amber acercándose a Rollins al tiempo que se sube la falda. Alza un dedo y lo estira hasta tocar el pirsin que Rollins tiene en el labio.
—Me gusta tu pirsin. Apuesto a que se siente genial...
La interrumpo:
—Está bien, Mattie. Ve al cine. Pero es mejor que vuelvas antes de
medianoche. No pienso encubrirte si papá llega a casa antes que tú.
De la calle llega un ruido estridente, probablemente Samantha dándole a la bocina.
Mattie deja escapar un hipido.
—No te estoy pidiendo que me hagas ningún favor. Venga, Amber, vámonos —dice tirando de su amiga para despegarla de Rollins, y las dos salen disparadas por la puerta.
Mi parte «hermana mayor» se estremece pensando que he dejado salir a Mattie con la borrachera que llevaba, pero el resto de mí se siente
repentinamente aliviada. Por lo menos se han ido. Ahora son el problema de Samantha. Y, en cualquier caso, ¿por qué tengo siempre que ser yo la policía de quinceañeras? No soy su padre. Tengo derecho a pasármelo bien esta noche, ¿no?
Rollins también parece aliviado.
—¿Retrocedes? Nos perdimos la mejor parte —dice.
Tardo un instante en entender que está hablando de la peli.
—Oh, sí, claro.
Encuentro el mando a distancia debajo de un cojín en el suelo. Retrocedo hasta donde estábamos viendo antes de que nos interrumpieran tan rudamente y le doy al play.
Regreso a mi silla y me cubro con la manta hasta el mentón. Después de un rato, los párpados se me empiezan a cerrar. Sacudo la cabeza para intentar despertarme.
—¿Sylvi? ¿Estás bien?
Alzo un dedo y respiro hondo, pero no funciona. Siento que estoy a punto de irme. Con rapidez, hago el
inventario de las cosas con las que estoy en contacto. Silla, manta, ropa. Podría deslizarme en cualquiera que se haya sentado en esta silla recientemente: papá o Mattie. Mierda.
Me levanto de un salto, pues no quiero deslizarme en mi padre en medio de quién sabe qué asqueroso procedimiento médico, pero es demasiado tarde. Me siento caer al suelo. Rollins grita.
Esté donde esté, no es un hospital. Y tampoco un cine. Estoy en
un dormitorio: un dormitorio de chica, parece.
La chica en la que he ido a parar llora como si alguien le hubiera partido el corazón en dos. Solloza aferrada a una manta de encaje con la que se limpia los mocos. Alguien le frota la espalda. La presión que siento sobre la piel se mueve en círculos de aquí para allá. Se siente bien. Se siente como todo lo que yo debería tener, pero no tengo.
La sensación me calma, pero no sirve de nada para poner fin al llanto
de la chica en la que me he deslizado. Llora como alma en pena durante diez segundos, y a continuación traga aire hasta que siento que sus pulmones van a estallar. Siento como si se me vinieran encima las paredes de color rosa salpicadas con fotos enmarcadas de bailarinas.
Una mujer de mediana edad, la que me frotaba la espalda, supongo, aparece ante mí. Tiene las mejillas rellenas y sonrosadas. Estira una mano y con suavidad despeina y acaricia a la chica. Esto es lo que es
una madre.
—Cariño, esas chicas no son buenas amigas. Te lo he dicho todo el tiempo.
La chica solo puede llorar todavía más fuerte. Apenas puedo ver algo a través de sus lágrimas.
—Sophie—dice la mujer.
El descubrimiento me sorprende: estoy dentro de Sophie Jacobs. ¿Qué puedo haber tocado que tuviera la huella de Sophie? Supongo que ha estado en nuestra casa bastantes veces. Es probable que se sentara en el sillón reclinable.
La escena de esta mañana en los vestuarios me asalta de nuevo. Amber y Mattie. ¿Qué otras podrían ser «esas chicas»? De algún modo la traicionaron y llevaron a cabo su plan para «ponerla en su lugar».
¿Pero cómo? ¿Qué le hicieron?
—No lo entiendo —dice Sophie
—. ¿Cómo pueden ser así de malas? Se supone que son mis amigas.
Se seca los ojos con el edredón, lo que aclara mi visión por el momento. Su madre se acerca hasta estar a unos pocos centímetros de distancia. Pone un dedo bajo el
mentón de Sophie, le hace levantar la cabeza y la mira directamente a los ojos.
—Sophie, escúchame. Unas amigas de verdad nunca te harían algo como lo que ellas te hicieron.
¿Me entiendes? Y menos el día de tu cumpleaños. ¿Qué clase de monstruo es capaz de hacer algo así? Lo mejor que puedes hacer es cortar con ellas. Sé fuerte. Estarás muchísimo mejor.
¿Qué le hicieron? ¿Qué pueden haber hecho Mattie y Amber que fuera tan horrible?
—Mamá, no soy fuerte. No lo
soy —farfulla Sophie.
Una imagen se abre paso en mi mente: Sophie, en cuatro patas en el lavabo. Me pregunto si es eso en lo que ella está pensando. Me gustaría poder llegar a sus pensamientos, sacarlos, examinarlos como un rollo de película. Pero carezco de esa clase de poder. Yo apenas soy un pasajero. Un testigo.
La madre de Sophie habla con voz firme:
—Eres más fuerte de lo que nunca sabrás.
Poco a poco, la respiración de
Sophie se torna más regular. Su madre extiende sus manos y Sophie las agarra con fuerza. Son suaves, se sienten suaves. Quisiera que no me gustara tanto esta sensación de lo que es tener una madre. No quiero saber qué es lo que he perdido.
—Ven, vamos a comernos un helado con pepitas de chocolate. Creo que no me había dado cuenta de lo delgada que te has puesto.
Sophie se pone tensa. Una vez más, la recuerdo a gatas en el lavabo. Algo dentro de ella se rompe. Su cuerpo se relaja, ha tomado una
decisión. Deja que su madre la conduzca fuera de la habitación.
—¿Sylvia?
El rostro de Rollins está a apenas a unos cuantos centímetros del mío. Estoy tumbada en el suelo, y él está inclinado sobre mí con el ceño fruncido. Me tira de las manos para ayudarme a sentar y sus dedos se enredan con algo en mi muñeca.
El brazalete que Sophie hizo para Mattie. Es eso lo que me ha hecho deslizarme. Debió haber dejado su huella mientras lo tejía.
Me lo quito y lo arrojo sobre la mesa de centro.
—¿Qué es eso? ¿Vas a unirte al equipo de animadoras?
—Uf, no. Era para Mattie.
¡Joder, mi cabeza! —digo masajeándome las sienes.
Rollins me frota el hombro comprensivo.
—Dos veces en un mismo día. Debes estar agotada —dice.
—Sí —suspiro.
Una parte de mí, una parte pequeña, pero que día a día crece, quiere contarle la verdad a Rollins.
Quiero decir: Rollins los sabe todo sobre mí. Todo salvo eso. Sin embargo, él se guía por la lógica, y sé que si le cuento que me deslizo en las mentes de otras personas, se reiría de mí.
¿O no?
Me asomo a sus ojos marrones preguntándome si le he juzgado mal. Quizá podría decirle. Tal vez podría hacerle entender.
—¿Creerías que estoy loca si...
—digo, pero no consigo seguir.
Y tampoco estoy segura de cómo debería hacerlo. Recuerdo la
expresión de mipadre cuando le conté lo que me ocurría, fue como si le hubiera dicho que un extraterrestre me visitaba en las noches.
—Lo siento —digo y me aparto de él—. En serio. Estoy bien.
Rollins luce decepcionado. Siento como si le estuviera fallando. Sé que quiere que me abra, que confíe en él, pero no puedo. Sencillamente, no puedo.
—Debería irme —dice y agarra su chaqueta de cuero del respaldo del sofá.
Cuando sale del salón le sigo, y
en la oscuridad del vestíbulo mi boca se abre y se cierra como la de un pez. Temo que este sea al final: si se marcha ahora, nuestra amistad nunca volverá a la normalidad. Quiero decirle «detente». Quiero decirle
«quédate», pero soy incapaz de pronunciar una sola palabra.
Estamos cerca de la puerta. La cara de Rollins se suaviza durante una fracción de segundo. Estira la mano y con delicadeza me quita el pelo de la frente para revelar el chichón que me hice esta mañana. No me gusta sentirme así, tan expuesta.
Con una mueca de dolor le hago retirar la mano.
Rollins niega con la cabeza y se vuelve para abrir la puerta.
—Nos vemos luego —dice, la quijada firme, y desaparece en el aire fresco de la noche.
Después de un rato, los faros de su coche se encienden y se aleja rugiendo. Yo me quedo allí, mirando sus luces traseras hacerse más y más pequeña. Tengo un regusto amargo en mi boca. Al final, le doy un golpe al interruptor de la luz del porche para que mi hermana pueda ver bien
cuando regrese a casa.
5
Deambulo hasta el centro de mi habitación y me quedo allí durante un minuto, de pie, incapaz de saber qué hacer conmigo misma. Estar sola un viernes en la noche tiene algo especial: las noches de los viernes, pienso, son más solitarias que cualquier otra noche. Es como si el ser una perdedora quedara subrayado por el simple hecho de estar aquí, sola, a las nueve de la noche de un viernes.
Para que el espacio sea un poco menos silencioso pongo algo de Weezer. Miro las paredes, los pósters de Nine Inch Nails y Green Day que cuelgan sobre mi cama. Me hacen acordarme de Rollins, él solía llamarme cada vez que llegaba a su tienda algo que, consideraba, podía interesarme.
—Tú y tu vieja música de los años noventa —decía con una sonrisa mientras negaba con la cabeza.
Sin embargo, la forma en que se marchó esta noche me hace temer que
lo haya perdido para siempre. He cortado todos y cada uno de sus intentos de averiguar qué me pasa realmente. Sé lo que diría la doctora Moran: estoy alejándolo antes de que tenga la oportunidad de decepcionarme.
Trato de encontrar algo en mi habitación de antes de que fuéramos amigos, una pista de cómo era mi vida entonces, pero no encuentro nada. Por último, voy al armario. Empujo a un lado la ropa que me pongo habitualmente y echo un vistazo a la parte de atrás. Es como
una cápsula del tiempo: mi viejo uniforme de animadora, los jerséis pijos que solía ponerme cuando salía con Samantha.
Cuando mis dedos se topan con el resplandeciente vestido púrpura que me puse el año pasado para la fiesta que organizaron los ex alumnos, retiro mi mano en el acto como si hubiera encontrado una cobra. Los venenosos recuerdos de esos días regresan en tropel.
El primer día de mi segundo año en City High sentía que en mi
cabeza bullían las posibilidades. Las pruebas para las animadoras se acercaban y Samantha y yo nos prometimos, enganchando los dedos meñiques y todo, que ambas entraríamos al equipo. Cuando lo hicimos, celebramos con una botella de sangría que sacamos a hurtadillas de la nevera de su hermano mayor.
Mi taquilla estaba exactamente al lado del de Scott Becker (era antes de que la gente empezara a llamarlo Scotch). Y Samantha y yo estábamos locas por él. En esa época era más bajo, pero tenía el mismo pelo rubio
arena y los mismos hoyuelos. Él solía quedarse mirándome hasta que yo le veía, y entonces se ponía todo rojo y desviaba la mirada al suelo.
El último viernes de septiembre me pidió que fuera su acompañante en la fiesta de los ex alumnos. Pensé que Samantha estaría feliz por mí. De acuerdo, es pura mentira. En realidad sabía que eso se le cabrearía. Pero en cualquier caso dije que sí.
Si pudiera eliminar algo de lo que me ha ocurrido en la vida (más allá de la muerte de mamá, por supuesto), elegiría haberle dicho que
sí a Scott Becker.
Samantha se volvió malvada, y consiguió poner en mi contra al resto de las animadoras. En clase de educación sexual tuvimos que hacer una de esas presentaciones en PowerPoint sobre las enfermedades venéreas. A Samantha le tocó el herpes, así que hizo un montaje con mi cabeza y un dinosaurio púrpura y lo llamó el Herpasaurus Rex. Todos se rieron, incluido el profesor.
Luego difundió el rumor de que yo se la había mamado a todo el equipo de fútbol. Mi número de
teléfono apareció en todos los cubículos de los lavabos de los chicos. Los sábados por la mañana, nuestros árboles amanecían llenos de papel higiénico.
Cada vez que una animadora ahuecaba su mano en la oreja de alguien para decirle un secreto, sin dejar de mirarme en ningún momento, me sentía morir. Pero rendirme era dejar que se salieran con la suya, y yo no iba a permitir eso, de ningún modo. Intenté fingir que los rumores no me molestaban. Como si me tuvieran sin cuidado.
Solo lloraba en las noches, cuando dormir me resultaba imposible.
El fin de semana antes de la fiesta de los ex alumnos papá nos llevó a Mattie y a mí al centro comercial para buscar un vestido. Me puso unos cuantos billetes en la mano, recién salidos del cajero automático, y se marchó a la zona de restaurantes. Mattie brincaba y hacía piruetas a mi lado, pero para mí lo que estábamos haciendo no tenía nada de divertido. Era la guerra.
Quería un vestido capaz de
dejarlos atónitos a todos, uno que demostrara cuán poco me importaban los rumores y las bromas. Que hiciera a los chicos ponerse de rodillas y a las chicas entrar en razón. Necesitaba que además de un vestido fuera una armadura.
En un extremo del centro comercial, junto a una pastelería, encontramos una tienda llamada Tonight, Tonight. El vestido saltó hacia mí desde el escaparate: una cosa de color púrpura oscuro, sedosa, brillante. Me recordó un arroyo en el bosque que hay detrás
de nuestra casa, el agua derramándose sobre las rocas y resplandeciendo a la luz de la luna.
Cuando me lo puse, me sentí fuerte de una forma en que nunca antes me había sentido. Sentí que era otra persona, una persona mayor y más sabia, una mujer que sabía qué quería de la vida. El escote caía peligrosamente bajo, casi rozando la parte superior de mis incipientes pechos, pero la vendedora sacó una especie de pechugas de pollo y me rellenó el sujetador con ellas, y fue como si hubiera florecido.
Cuando regresamos a casa, me probé el vestido y bajé las escaleras pavoneándome como una princesa. Papá, he de decir, no estaba precisamente encantado con el vestido y las pechugas de pollo, pero me dijo:
—Supongo que eres lo bastante mayor para elegir tu propia ropa.
Y también:
—Solo vas a tu primer baile de la secundaria una vez en la vida.
Y por último:
—Metida en esa cosa, te pareces a tu madre.
Y luego dejó de hablar y se marchó a su estudio.
Un chico del equipo de fútbol con perilla nos llevó al baile, pero antes nos llevó al parque Kapler y sacó un porro. No probé la maría, pero sí tomé unos cuantos tragos de la botella de whisky escocés que él había birlado de la licorera de sus padres. El alcohol me hizo sentir de la misma forma que el vestido: abrigada y mayor y libre. Cuando todos empezamos a sentirnos livianos y algo confusos, nos encaminamos al baile. En algún
momento se me ocurrió que el chico de la perilla no debía estar conduciendo, pero el alcohol me hacía sentir que en realidad nada malo podía pasarnos, y no quería parecerles una niñata.
—Bailemos —me susurro Scott al oído.
Le dejé llevarme hasta la mitad de la pista de baile, y pareció como si la multitud entera se abriera para dejarnos pasar, justo como en las pelis. Sonaba una canción lenta y me apoyé contra él y cerré los ojos. Olía a maría y champú de naranja. Todo
parecía perfecto. Pero entonces una sensación conocida se cernió sobre mí: estaba a punto de deslizarme. Le dije a Scott que necesitaba sentarme.
—¿Quieres ir a un lugar más tranquilo?
Asentí con la cabeza y me froté los ojos. Apenas podía tenerme en pie. Para cuando Scott consiguió llevarme hasta el otro extremo del gimnasio, junto a las puertas que conducen a los cambiadores, yo ya me había deslizado en otra persona.
Fue una sensación extraña. Dejé mi cuerpo, pero seguía estando en el
gimnasio. Fue solo como si hubiera cambiado de perspectiva. El cuerpo en el que me deslicé estaba junto al de la ponchera, bebiendo a sorbos un líquido dulce de un vaso de papel. Su hermoso anillo rosa brillaba bajo las luces de discoteca. Fue entonces cuando comprendí en quién me había deslizado. Llevaba puestos unos zapatos de tacón plateados que eran de Samantha que ella me había prestado mucho antes de que nos peleáramos. Eran unos zapatos que, según decía, la hacían sentirse como Cenicienta.
Mi ex mejor amiga vio a Scott arrastrando mi cuerpo a los cambiadores de los chicos.
Mis peores miedos estaban haciéndose realidad. Cuando abandonas tu cuerpo, este queda expuesto, vulnerable. Quizá Scott solo estaba buscando un lugar donde sentarse conmigo y esperar a que despertara, pero entonces ¿por qué no se limitó a apoyarme en una de las sillas plegables que estaban dispuestas a lo largo del perímetro del gimnasio? o, mejor aún, ¿por qué no buscó a alguno de los
supervisores y pidió ayuda?
Yo estaba bastante segura de saber por qué no lo había hecho, pero no podía soportar la razón. No podía pensar en lo que estaba a punto de ocurrirle a mi cuerpo sin mí para protegerlo. Deseaba con desesperación poder obligar a Samantha a seguir a Scott, pegarle en la cara o incluso solo gritar pidiendo ayuda. Pero no había nada que pudiera hacer.
Después de un rato, vi a un chico con el pelo castaño y largo y un pirsin en el labio zambullirse en
los cambiadores. El chico estaba en mi clase de español, era un chico nuevo que se llamaba Archie Rollins. Samantha y yo nos habíamos reído a carcajadas cuando la señora Gómez pasó lista el primer día. ¿Qué clase de gente le ponía a su hijo Archie?
Mi pánico aumentó. Recordé un libro que había leído sobre una chica que se emborracha en una fiesta y un chico cualquiera le toma fotos a su cuerpo desnudo y las pone en internet, donde todos las ven, incluidos los padres de la chica.
pensé.Venga, Samantha , Sé que
estamos peleando, pero ¿cómo puedes quedarte aquí y no hacer nada? ¿Cómo puedes?
Fue entonces que volví en mí. Desperté oyendo una refriega.
Mi cuerpo estaba echado sobre uno de esos incómodos bancos de madera de los vestuarios de los chicos y tenía el vestido alrededor de la cintura. Había dos figuras luchando y cuando la imagen se aclaró descubrí que eran Scott y ese chico, Archie.
Archie consiguió lanzar un buen puñetazo que aterrizó exactamente bajo el mentón de Scott, cuyos brazos
se agitaron como aspas de molino buscando algo a que aferrarse. Pero no había nada y Scott cayó con fuerza sobre su espalda, gimiendo y con cara de no estar en condiciones de levantarse por un buen rato.
Archie se volvió entonces hacia mí y me tendió la mano.
—Venga —dijo con voz áspera
—. Vámonos de aquí.
Le dejé que me sacara de los cambiadores y, luego, subimos las escaleras y salimos al frío aire de la noche. Dejé que me subiera a su coche porque no pensaba en otra
cosa que en lo mucho que necesitaba una ducha.
El lunes por la mañana, oí por casualidad a una de las animadoras susurrarle a otra estudiante de mi clase que durante el baile yo había bajado con Scott a los cambiadores de los chicos.
—¿Quién te contó? —preguntó la chica.
—Samantha —respondió la animadora—, así que tiene que ser cierto. Y luego Scott se lo dijo a todo el mundo.
Ambas soltaron una risita:
—Scotch Becker.
Así le llamaron. Y hasta el día de hoy, se le sigue conociendo por el apodo que se ganó la noche que intentó violarme. Cada vez que oigo llamarlo así, me dan ganas de vomitar.
Después de la clase de español, me enfrenté a Samantha.
—Tú lo viste —dije—. Viste a Scott arrastrarme a los vestuarios, pero te quedaste ahí, bebiéndote tu ponche, y no hiciste nada.
Me temblaba la voz y sentía que iba a ponerme a llorar, pero no
pensaba darle esa satisfacción.
Samantha, con su carpeta agarrada firmemente contra el pecho, no despegó los labios. En sus ojos había una mezcla de rabia, remordimiento y miedo. Tengo la certeza de que se estaba preguntando cómo sabía que ella lo había visto todo mientras yo estaba inconsciente. Me tenía miedo a mí, a lo que yo sabía y a cómo lo sabía. Pero no dijo nada, solo se dio media vuelta y se escabulló con rapidez.
Ese mismo día, a la hora de comer, me topé con Samantha
sentada en el regazo de Scotch. Todos los que estaban en su mesa me siguieron con la mirada mientras yo cogía un plato y lo llenaba con hojas de espinaca y picatostes y aliño ranchero. Me senté en una mesa vacía cerca de las ventanas. Fue entonces cuando Archie, es decir, Rollins, apareció y se sentó enfrente. Tenía un paquete de Doritos y una lata de refresco. Me miró sin complicaciones, como si no hubiera nada fuera de lo normal en lo que estábamos haciendo, como si comiéramos juntos todos los días.
Nunca le dije a nadie qué me había pasado esa noche. Quizá debería haberlo hecho. Seguramente debería haberlo hecho. Pero no lo hice, y solo pensar en hablar acerca de ello me da repelús. Me pareció más fácil fingir que jamás ocurrió. El problema es que sí ocurrió. Y lo llevo dentro de mí todos los días de mi vida.
Me echo encima del edredón, sin siquiera molestarme en desvestirme, repitiendo en mi mente la conversación con Rollins una y otra vez, deseando que hubiera sido
diferente. ¿Qué habría pasado si le hubiera contado la verdad? ¿Qué habría pasado si él me hubiera creído? ¿El hecho de que no pueda ser honesta con Rollins significa que no valoro en realidad su amistad?
Lanzo un suspiro y me giro hacia la izquierda. La luz de la calle ilumina el póster de La naranja mecánica que hay en la pared. Inicio una guerra de miradas con él, pero eso no me hace ningún bien. El ojo de las pestañas negras y gruesas siempre gana. Me obligo a levantarme de la cama y voy hasta la
ventana, donde me espera el viejo telescopio de mi madre.
Las estrellas le encantaban. Papá cuenta que a pesar de haberse especializado en literatura inglesa, mi madre tomó tantísimas clases de astronomía que consiguió hacerla su especialidad secundaria. Aunque hay tantas cosas acerca de mi madre que hoy resultan intangibles (su olor, lo que me susurraba en la noche antes de que me durmiera), esto es real para mí. Puedo ver a través de su telescopio y ver exactamente lo que ella veía. Eso me hace sentir cerca
de ella.
Me inclino y miro por el ocular. A pesar de la contaminación lumínica de nuestro barrio, consigo ver Polaris, la Estrella del Norte, y a partir de ella puedo identificar la Osa Mayor y la Osa Menor. Mamá osa y bebé osa. Las constelaciones tienen algo que me resulta enormemente confortante, la madre y la hija, acunadas en el cielo por toda la eternidad. Observo las estrellas hasta que me empiezan a parecer borrosas y mi respiración se suaviza.
Algo en mi bolsillo me pincha.
Lo saco y lo aliso contra mis tejanos. Es la hoja de calendario que Sophie pegó con celo en nuestra puerta. Empiezo a sentirme mareada, como si me fuera a deslizar de nuevo. Oh, no, no otra vez. Mi visión se torna intermitente y mis rodillas ceden y siento que caigo en un agujero profundo, muy profundo.
Estoy sentada en un escritorio blanco, delante de mí, formando un ángulo, hay un bloc de papel de escribir fino y adornado. Las palabras que fluyen del boli que
sostengo con una mano enguantada avanzan sobre la hoja como arañas.
¿Quién soy?
¿Y por qué llevo guantes?
Las palabras que escribo dicen:
«No me merezco esto.»
Mi posición me permite advertir las paredes de color rosa y las fotos de las bailarinas. Es la habitación de Sophie. No se oye nada.
Me alejo del escritorio y veo la cama. Definitivamente es la cama de Sophie, pero el color es diferente ahora. Antes, la cama estaba cubierta con un edredón de color blanco
impecable. Ahora la cama tiene un color granate oscuro. Y está húmeda. Empapada. Hay algo sobre la cama. Es Sophie. Su pelo, negro como la tinta, le enmarca el rostro. Sus brazos yacen indefensos a lado y lado, un tajo largo en cada muñeca.
No. No.
Esto no puede estar pasando.
Es entonces que veo lo que llevo en mis manos enguantadas: un cuchillo largo y plateado.
Oh, mierda. Oh, no.
¿Quién le ha hecho esto a
Sophie? ¿En quién me he deslizado?
Pero antes de que pueda averiguarlo, me he ido.
Mis ojos se abren de repente, y yo me incorporo, tocándome las piernas, la cabeza y la cara para asegurarme de que realmente estoy de regreso. La luz de la farola de la calle me encandila y durante un instante, mientras me muevo, no veo nada. Me levanto y miro a mi alrededor. Telescopio, mecedora, pila de ropa sucia. Sí, estoy de vuelta en mi habitación.
¿Qué ha ocurrido?
Mis ojos caen sobre el pequeño trozo de papel en el suelo, el que pensé que Sophie había pegado con celo en nuestra puerta. Pero si ella hubiera sido la que lo puso allí, entonces me habría deslizado en ella. Y no fue así.
Me deslicé en otra persona. Una persona mala. Alguien con un cuchillo.
El recuerdo de Sophie y sus muñecas rajadas me urge a actuar. Tengo que llamar, asegurarme de que está bien. El único problema es que no sé su número.
Pero Mattie y Amber sí.
Salgo disparada y recorro el pasillo a oscuras hasta la habitación de mi hermana, pero no hay nadie allí. La cama está vacía, las sábanas arrugadas no envuelven a nadie. Mattie y Amber siguen fuera.
Miro el reloj. Es casi medianoche.
Ya deberían haber llegado si de verdad iban solo al cine. De regreso a mi habitación en busca de mi teléfono me pregunto dónde estarán. Lo más probable es que terminaran quedándose a dormir en la casa de
Samantha.
Están bien, me digo para tranquilizarme. Mattie está bien.
Marco el teléfono de mi hermana y espero. No hay respuesta. Vuelvo a marcar. Tampoco hay respuesta.
Me obligo a sentarme y tomar aire. Respirar, solo respirar.
Por un momento me planteo la posibilidad de llamar a mi padre. Es extraño que no haya llegado todavía. La única razón por la que seguiría en el hospital es que hubiera algún problema con los siameses, en cuyo
caso realmente no puedo llamar y molestarlo.
¿Qué debería hacer?
Si buscara el teléfono de la casa de Sophie podría llamar a sus padres. Mi reloj marca las 00.03. Es demasiado tarde. Se podrían furiosos.
Niego con la cabeza: en realidad, me doy cuenta, lo que tengo que hacer es llamarlos. Si lo que he visto es real, alguien tiene que ayudar a Sophie. De inmediato.
Enciendo mi ordenador portátil y tecleo el apellido de Sophie:
Jacobs. En la guía telefónica aparecen seis números bajo ese apellido en nuestra zona. No tengo ni idea de cómo se llaman los padres de Sophie. Tendré que probarlos uno por uno.
Marco el primer número. Nadie contesta.
En mi segundo intento me responde una voz aturdida de mujer.
—¿Está Sophie?
—Te debes haber equivocado de número —dice la mujer con enfado. Y cuelga.
Por favor, que la tercera sea la
vencida. Por favor.
El teléfono suena.
—¿Hola? —responde un hombre con cautela.
—¿Está Sophie?
—Está dormida, como lo estaba yo hace apenas un momento.
—Por favor, señor, vaya a ver cómo se encuentra. Por favor.
—¿De qué va todo esto...?
—Por favor, no tengo tiempo de explicarlo. Vaya a ver cómo está, por favor.
Oigo que el hombre deja el teléfono. Pasa un segundo que parece
interminable.
Otro segundo. Otro más.
Y entonces empiezan los gritos.
6
Me confusa. Y, los ojos,
incorporo, aturdida y al pasarme la mano por regresa manchada de
maquillaje negro.
Mi despertador dice que es mediodía.
En el acto, todos los sucesos de la noche anterior se precipitan sobre mí como un mal sueño. Sangre en unas sábanas blancas. La sangre de Sophie. Los gritos. Esos terribles gritos.
El teléfono había muerto después de apenas un minuto, pero sé que el horror de esos gritos vivirá conmigo para siempre.
Luego intenté volver a llamar varias veces, pero la línea comunicaba. El padre de Sophie debió de colgar y llamar al 911.
Estuve sentada en mi cama muchísimo tiempo, mascando pastillas de cafeína y esperando que Mattie y Amber regresaran a casa. Estaba decidida a no cerrar los ojos hasta tener la certeza de que mi hermana estaba a salvo. Pero ese es
el problema del sueño: no puedes evitarlo para siempre. Espero hasta que mis defensas se agotaron y me absorbió.
Salto de la cama y corro a la habitación de mi hermana. Sigue vacía. ¿Dónde puede estar?
Oigo algo en el pasillo: alguien está en el lavabo, vomitando en el inodoro. Corro hasta la puerta e intento abrirla, pero está cerrada. Así que la aporreo.
—¡Mattie!
Los ruidos cesan el tiempo suficiente para que la persona que
está en el lavabo grazne una respuesta. Es Amber.
—Deja de gritar. Mattie está en la cocina.
Mis pies desnudos hacen sonar con fuerza los escalones de madera a medida que bajo a la cocina. Tengo que encontrar a Mattie, tengo que decírselo antes de que se entere por otra persona.
Sin embargo, cuando llego a la cocina me doy cuenta de que es demasiado tarde. Mattie está sentada en el suelo, recostada contra un armario. Su piel tiene una palidez
cadavérica. El rímel se le ha escurrido hasta las mejillas y la hace parecer un personaje japonés. Una mano lívida aprieta con fuerza su teléfono móvil.
—¿Mattie? —digo en voz baja. No da señales de oírme o
entenderme.
—Mattie...
Me acurruco junto a ella sobre las baldosas amarillas y la rodeo con mis brazos. El abrazo parece devolverla a la vida, y gira la cabeza hacia mí.
—Es Sophie —dice—. Está
muerta.
Mattie se agita entre mis brazos.
—Se suicidó.
Lo ocurrido la noche anterior vuelve a inundarme y me arrastra de regreso a la pesadilla. Puedo ver los ojos de Sophie, grandes, muertos. Recuerdo la forma en que el cuchillo se sentía en mi mano.
Sophie no se suicidó. La asesinaron.
Y yo estuve allí.
Para cuando consigo despegar a
Mattie del suelo de la cocina y
ayudarla a llegar a su dormitorio, Amber se ha ido, dejando detrás solo un pequeño charco de vómito en el lavabo.
Meto a mi hermana en su cama y le pongo la colcha hasta la quijada, como haría con una niña. Y ella es una niña, tengo que recordarlo. No importa cuánto ron beba o cuán cortas sean sus faldas o con qué grosería me diga que no me meta donde no me han llamado, ella es solo una niña. Las pruebas están por doquier: la colección de unicornios en el estante, el joyero con bailarina
en el tocador, la forma en que me toma de las manos y me pide que no me vaya. Le digo que solo me iré un segundo, apenas lo suficiente para llamar a papá y hacerle saber qué ha ocurrido, pero ella se pone a temblar hasta que cedo y me quedo.
Alrededor de la una de la tarde oigo que la puerta delantera se abre. Una voz entrecortada recorre el salón cantando una canción de moda. Es Vanessa, la señora de la limpieza. Viene todos los sábados a pasar la aspiradora, fregar los suelos y limpiar el polvo.
—Toc, toc —llama abriendo la puerta de la habitación de Mattie.
Lleva puestos unos tejanos superajustados y una camiseta negra escotada, más apropiada para ir a bailar a una disco que para limpiar una casa. Sus ojos se abren alarmados cuando advierte que Mattie está en cama, con aspecto de paciente terminal.
—¿Qué ocurre? —dice.
Me levanto y bloqueo su visión al tiempo que gesticulo para que me lea los labios: «Re-sa-ca.» Vanessa, que todavía está en la universidad,
asiente con la cabeza, comprensiva, y se apresura a salir de la habitación. Cierra la puerta con tanta delicadeza que apenas oigo el clic de la cerradura.
Cuando Mattie por fin se pone a roncar, salgo de puntillas y llamo a papá.
Ya es de noche. Mattie y yo estamos sentadas en las escaleras, esperando que la puerta delantera se abra. Papá dijo que estaría aquí en una hora, pero es casi la hora de cenar y no ha llegado. Algo debió de ir mal con los siameses. Algo grave
debió de ocurrir para mantenerle alejado cuando algo así de importante está sucediendo aquí.
Mattie reposa su cabeza contra la pared. Una foto familiar cuelga a unos treinta centímetros de su cabeza en un marco de plata; en esa foto, ella y yo estamos congeladas en el tiempo: ella tiene nueve años y yo once. Entre nosotras, Mickey Mouse sonríe, pero nosotras no podemos sonreír igual que él. Nuestra madre había muerto un mes antes. Cuando papá estaba atravesando la parte más densa de su bosque de pena, decidió
enviarnos a Disney World con sus padres, nuestros abuelos. ¿Por qué todos querían documentar ese viaje?
¿Por qué elegimos colgar esta fotografía en la pared cuando resultaba tan claro que éramos una familia rota? Nadie lo sabe. Quizá papá necesitaba probarse a sí mismo que la vida de verdad continuaba, incluso después de que tu esposa haya muerto, incluso después de que la madre de tus hijas se haya ido.
Mi mano izquierda sobrevuela el hombro de mi hermana. Siento que debería frotarle la espalda del mismo
modo que lo hacía la madre de Sophie cuando ella estaba tan mal, pero no logro animarme a hacerlo. Algo en el gesto sería falso. No puedo ofrecerle el consuelo que necesita en este preciso momento. Para poder dar algo, necesitas tener dentro algo que dar. Y en este instante no hay nada dentro de mí en absoluto.
Nada salvo la imagen del cadáver de Sophie. Eso es todo lo que puedo ver. Es todo lo que soy.
Todo el día he estado cogiendo el móvil e imaginando que marco el
número de la estación de policía. Pero entonces me bloqueo. No se me ocurre qué podría decir. No se me ocurre cómo podría explicarlo.
Estoy a punto de levantarme e ir a la cocina en busca de algo que pueda calentar en el microondas para cenar cuando la puerta se abre. Papá está en el umbral. Lleva una bolsa de lona colgada sobre la gabardina y tiene ojeras.
—¡Papi!
Mattie corre y enrolla sus brazos alrededor de su delgado cuerpo. Él la rodea con sus brazos,
pero hay cierta rigidez en su movimiento.
Sus ojos se desvían hacia mí.
—Lo siento, chicas, lo siento mucho. La situación en el hospital era crítica. Creíamos que uno de los bebés tenía un coágulo. Era una cuestión de vida o muerte.
—Voy a ver qué tenemos en el congelador —anuncio poniéndome de pie.
Me avergüenza sentirme como me siento: resentida por el hecho de que esos bebés tengan prioridad sobre nosotras, que somos de su
propia sangre.
—No, Sylvi. Necesitamos comida de verdad. Prepararé algo — dice apartándose de Mattie con suavidad.
—Eso es ridículo, papá. Estás agotado. Podemos arreglárnoslas con una pizza congelada.
Con un gesto le resta importancia a mis preocupaciones, coge a Mattie de la mano y la conduce a la cocina.
—Estoy bien —dice.
Los sigo, aunque solo sea para cerciorarme de que mi padre no se
desmaya estando de pie. Mattie se sienta en uno de los taburetes que hay junto a la encimera, yo en el otro. Vemos a mi padre encender el horno y sacar ingredientes de la nevera: huevos, mantequilla, una berenjena.
Verlo cocinar me alivia más que cualquier cosa que pueda decirnos. Guía el cuchillo a través del bulbo púrpura con precisión de experto, cortando rodajas delgadas y uniformes. Cada huevo hace un satisfactorio crac cuando lo golpea contra el fregadero. Sumerge una a una las rodajas de berenjena en el
huevo batido, las pasa por pan rallado y luego las pone con cuidado en una bandeja. Por último, espolvorea queso rallado por encima e introduce la bandeja en el horno, deslizándola con delicadeza.
Aunque mi padre tiene la receta de las famosas berenjenas a la parmesana de mamá en un recetario naranja que está encima del fregadero, lo cierto es que las ha preparado tantas veces que ya no necesita ni siquiera echarle un vistazo.
El recetario, escrito a puño y
letra por mi madre, ha sido para él una guía a lo largo de estos años. Una receta para cada apuro, cada decepción, cada corazón roto. Esta es su forma de sintonizar a mi madre cuando no sabe qué hacer o qué decir.
Se vuelve y nos mira, sus dos niñas, y solo entonces veo las lágrimas.
Papá está sentado a la cabecera de la mesa, como siempre hace cuando viene a cenar a casa. Mattie baja la cabeza y cruza los brazos
mientras él pronuncia la oración. Yo juego con mi servilleta.
—Bendícenos, Señor...
Noto que Mattie se toca el crucifijo de oro de mi madre. Solo se lo ha quitado una vez, para ponerle una cadena más larga cuando la que tenía antes se le quedó pequeña. Su boca pronuncia las palabras de la oración, pero no produce sonido alguno.
¿Cómo puede creer en un Dios capaz de llevarse a nuestra madre y de permitir que una chica tan joven como Sophie sea asesinada?
—... y bendice estos alimentos que por tu bondad vamos a recibir, a través de Cristo nuestro Señor, amén.
—Amén —musita Mattie.
Yo me limito a lanzar un sonoro suspiro.
Mi padre se aclara la voz y estira la mano hacia un bol de guisantes.
—Hablé con los padres de Sophie —dice—. Creen que el funeral será el martes.
Se pasa la mano por el pelo, que es negro y abundante, algo que siempre hace cuando está nervioso.
Intenta pasar el bol a Mattie, que no hace ningún intento de cogerlo. Me estiro para hacerme con él y, pese a que no tengo apetito, me sirvo unos cuantos guisantes en el plato.
—Eh, Mattie, ¿estás bien?
Mattie tiene la mirada clavada en la nada.
—¿Mattie? —la voz de mi padre es severa: si no lo conociera bien, pensaría que está enojado, en lugar de tremendamente preocupado.
Mi padre se comunica mejor a través de sus creaciones culinarias
que verbalmente.
Mattie niega con la cabeza con suavidad y sus ojos se concentran en mí y, a continuación, en mi padre.
—No tengo muchas ganas de comer. Voy a recostarme, ¿puedo?
Mi padre asiente y ella empuja su silla hacia atrás y sale del comedor con pasos delicados.
Y ahora mi padre me mira a mí. Me aseguro de que mi pelo cubra el golpe que tengo en la frente para que él no pueda verlo. No quiero tener que explicárselo. No quiero hablar.
—Sylvi —dice después de un
rato—, necesitas comer algo. Estás en los huesos.
¿No lo estamos todos? ¿No es eso lo que somos todos? He visto la prueba por mí misma. La sangrienta escena de anoche sigue repitiéndose en mi mente. Me obligo a ensartar unos pocos guisantes, y aunque no tengo ánimos de comer, me los meto en la boca.
—¿Cómo estás? ¿Has tenido algún episodio esta semana? Has estado tomándote tus pastillas,
¿verdad?
Emito un ruido no
comprometedor. He estado tomando pastillas, sí, pero no el Provigil. La cafeína es lo único con lo que puedo contar ahora: para mantenerme despierta, para evitar deslizarme de nuevo en ese mundo de pesadilla. He estado tomándolas una tras otra prácticamente desde que encontré a Mattie en el suelo de la cocina.
—Estoy bien —digo antes de atragantarme con otro tenedor repleto de guisantes—. Solo tienes que preocuparte por Mattie.
Mi padre calla durante un momento. Los ojos en el plato, en el
vaso de agua. Mira para todas partes, salvo a mi cara.
—No pensarás que ella podría intentar algo como... —dice, pero es incapaz de terminar la frase: es evidente que le preocupa la posibilidad de que Mattie haga lo que hizo Sophie. Bueno, lo que todo el mundo creeque hizo.
A mí también me preocupa eso. Mattie no es tan fuerte como trata de hacerle creer a todos en la escuela. El año pasado lloró cuando el hámster de su clase murió. ¿Quién sabe cómo manejará la muerte de su
mejor amiga? En este preciso momento se encuentra conmocionada, pero ¿qué ocurrirá cuando salga del choque?
Niego con la cabeza: no, no creo que ella haga eso.
La mirada de mi padre descansa sobre la silla de Mattie.
—Voy a hablar con el hospital para tomarme unos cuantos días libres. Pero, Sylvi, si hay alguna emergencia, necesitaré que me ayudes con tu hermana.
Despego los ojos del plato y lo miro. Lo miro, de verdad, a los ojos.
Quisiera decirle lo que vi anoche, que Sophie en realidad no se suicidó como todos piensan. Quisiera empujarle a la cocina y ponerle el teléfono en las manos y hacerle llamar a la policía.
¿Pero entonces qué?
Ese es un camino que ya he recorrido. Y sé lo que ocurriría.
Nadie me creerá. Y tendré que volver a ir al loquero, que probablemente me atiborrará con nuevas medicinas, unas que me conviertan en un robot, que me maten por dentro.
No. Esto es algo que tengo que resolver por mí misma.
—¿Puedo levantarme?
Mi padre estudia mi cara y luego asiente.
—Claro, cariño.
Por un momento, apenas un instante, atisbo al padre que solía conocer: el que mataba a las arañas, el que comprobaba que no hubiera monstruos bajo mi cama, el que hacía que todo fuera mejor con solo una tirita y un beso. Su antiguo ser. Al coger mi plato y encaminarme a la cocina intentó recordar la última vez
que le vi así. Si tuviera que dar una fecha exacta diría que fue antes del día que intenté contarle qué sucedía cuando me deslizaba.
El día que no me creyó.
7
La luz fluorescente del lavabo alumbra mi crimen. Deslizo el espejo hacia la izquierda, paso del frasco casi lleno de Provigil y, en su lugar, alcanzo un recipiente de plástico pequeño que está detrás. Mi padre esconde el Zolpidem bien en el fondo del botiquín, para cuando su cabeza está llena de bebés destrozados y no puede dormir. Lo entiendo, quiero decir. Si yo fuera lo único que se interpone entre un bebé de seis días y
la muerte, el estrés también me vencería.
Me pongo en la mano dos de las pastillas blancas, mis pequeñas salvadoras, y me las meto al bolsillo antes de llenar un vaso de papel con agua y encaminarme a la habitación de mi hermana.
La única parte de su cuerpo visible son las uñas de los pies, que lleva pintadas de fucsia. Ella es un bulto en la cama, una montaña de sábanas.
—¿Mattie?
Sé que está despierta por la
forma en que la colcha se mueve. De debajo emerge un murmullo apagado.
—¿Hummm?
—Te he traído algo.
Mattie se descubre y me mira. Su mirada es vacía: nunca la había visto así. Toda nuestra vida ella ha sido la que se preocupaba de cepillarse el pelo, de que sus zapatos y su bolso combinaran. Ahora tiene el pelo enmarañado y sigue sin limpiarse el rímel seco de las mejillas.
Me siento a su lado en la cama y le enseño las pastillas en mi mano.
Ella las coge sin decir una palabra, las pone en su boca y las tragas ayudándose con el agua. Me mira de nuevo: sus ojos siguen igual de inexpresivos.
—No irá el lunes a la escuela
—dice como si acabara de darse cuenta de ello.
—No.
—Se suponía que íbamos a presentar nuestros proyectos de español.
El rostro de Mattie se arruga y las lágrimas empiezan a brotar. Se inclina hacia mí y entierra su cara en
el espacio que hay entre mi cabeza y mi hombro. Su llanto me moja la camiseta. Le doy palmaditas en las espaldas, sintiéndome extraña. No hay nada que decir, y solo espero que estar aquí sea suficiente.
Los minutos pasan, quizás incluso una hora entera.
Finalmente, Mattie habla:
—Es mi culpa —dice.
—No. No es así.
No tengo forma de explicarle cómo lo sé, pero no puedo permitir que ella cargue consigo una culpa que no le corresponde. Aunque ha
hecho montones de cosas estúpidas en su vida, no es responsable de esto, algo que nos supera a ambas.
—Le hicimos algo —susurra, pero en voz tan baja que apenas puedo oírla.
—¿Qué? —digo inclinándome para estar más cerca.
—Amber y yo. Hicimos algo realmente malvado.
Recuerdo que la madre de Sophie le decía que una amiga de verdad nunca le haría lo que ellas le hicieron.
—¿Qué pasó, Mattie? —
pregunto con tacto.
Mattie ahoga un sollozo.
—El año pasado Amber y yo dormimos un día en casa de Sophie. Estábamos haciendo copas de helado y tuvimos una guerra de comida. Solo tonteábamos. Amber le echó un chorro de sirope de chocolate a Sophie en el pelo.
—¿Y? —la animo a continuar:
eso no suena tan malo.
—Mientras Sophie estaba tomando una ducha, Amber se coló en el baño y le hizo una foto con su móvil. Yo le dije que la borrara.
Pensé que lo había hecho. Hasta ayer. A Amber se le ocurrió un plan para darle su merecido a Sophie por andar ligando con Scotch. Y yo... yo estuve de acuerdo.
En mi estómago empieza a formarse una bola de pavor. No quiero que continúe, pero tengo que oír el resto. Tengo que saber la verdad.
—¿Qué hicisteis?
Mattie tarda un segundo en responder.
—Amber se la envío al equipo de fútbol.
Me tapo los ojos. Eso era lo que Scotch y su colega debían de estar viendo en las tribunas: una foto de Sophie desnuda. Mierda. No se me ocurre nada más terrible para una chica que tiene problemas con su cuerpo.
—Intenté detenerla. De verdad lo hice. Pero tú conoces a Amber.
Oh, Sophie: Pobre Sophie.
Así que ese era su gran plan, el que Amber estaba tramando en los vestuarios, el destinado a devolver a Sophie a su lugar. Ahora todo adquiere su desgarrador sentido: la
escena en el dormitorio de Sophie, sus sollozos, su madre desesperada por consolarla. Pero incluso así, yo sé que Sophie no se suicidó. A Sophie la asesinaron.
—¿Crees... crees que por eso fue que...? —la voz de Mattie se quiebra.
La acerco a mí y digo:
—Eso no tuvo nada que ver con su muerte.
—Pero —dice Mattie, su voz reducida a un susurro fantasmal— oí que dejó una nota. Decía: «No me merezco esto.» ¿De qué más podía
estar hablando?
El recuerdo de la carta me asalta. ¿Por qué quería el asesino, o asesina, dejar esa nota? ¿Solo para hacer más creíble el escenario del suicidio? ¿Qué le había hecho elegir exactamente esa frase?
—No lo sé —digo e intento pensar en una explicación verosímil que pueda ofrecerle a Mattie, una que no involucre a un psicópata matando a su mejor amiga—. Quizá solo estaba hablando de su vida.
Me gustaría decirle que la muerte de Sophie no fue la
consecuencia final de una broma estúpida. Pero para hacer eso tendría que explicar cómo lo sé, e incluso en el estado en que se encuentra, lo más probable es que Mattie no me creyera.
Más calmada, Mattie vuelve a su almohada y tira de la colcha para cubrirse hasta la cabeza. La luz de la farola se cuela por entre las rendijas de su persiana veneciana. Me levanto y la cierro. Antes de salir, veo la luz de noche en forma de ovejita que tiene desde que era un bebé. La enciendo y dejo la puerta abierta.
A pesar de que mis manos están templando y mi campo de visión está lleno de manchas saltarinas, me trago otras cuatro pastillas de cafeína con un sorbo de refresco. Es el único modo de estar alerta, de evitar la vulnerabilidad que llega con la somnolencia.
Sobre mi cama, tengo abierto el manual de psicología, pero no he sido capaz de concentrarme en las diversas teorías sobre la motivación. La mirada vidriosa de Sophie no deja de atormentarme. Cada pocos
minutos revivo el terror de anoche.
El terror de ver a Sophie Jacobs muerta.
Oigo un ruido seco afuera, y se me congela la sangre. ¿Podría ser el asesino? ¿Se dio cuenta de que fui testigo de su maldad y ha venido para librarse de mí? Bajo de la cama y voy a gatas hasta la ventana. Reúno cuanto gramo de coraje poseo y me asomo a la oscuridad del patio. No hay nada diferente de las usuales sombras nocturnas.
Respirando aliviada, bajo la persiana y vuelvo a la cama.
Estoy dándole golpecitos a mi libro con un rotulador fluorescente cuando comprendo que tengo que ser quien tome la iniciativa. Si no voy a decirle a la policía lo que vi, entonces tengo que averiguar quién fue la persona que asesinó a Sophie Jacobs, y por qué. Me rompo la cabeza repasando todas las historias de crímenes misteriosos que he visto en la tele.
¿Qué suele hacer el héroe?
Al parecer lo primero que tengo que hacer es elaborar una lista de los principales sospechosos. Tomo mi
cuaderno y paso la página. De algún modo, poner por escrito mis pensamientos me hace sentir más productiva. Y bien, ¿por dónde empiezo?
Por un lado está Amber. Supuestamente era una de las mejores amigas de Sophie, pero en los últimos dos días ha demostrado de forma contundente que no era leal en absoluto. Y además, la forma en que huyó esta tarde sin decir una palabra fue tan extraña. Apunto su nombre. Estoy bastante segura de que estaba celosa de Sophie, si no por su
cercanía con mi hermana, definitivamente sí por la atención que le prestaba Scotch, uno de los tíos más populares de la escuela.
Ah, Scotch. Apunto también su nombre y lo subrayo dos veces. Aspirante a violador y completo imbécil. Pero ¿qué motivos tendría para matar a Sophie?
Las piezas del puzle se revuelven en mi cabeza, burlándose de mí. Algunos bordes son irregulares; otros, lisos. Pareciera que deberían encajar, pero me falta una pieza: la más importante de
todas.
Repaso lo que ocurrió anoche: me agaché junto al telescopio, miré por la lente, me entretuve mirando la perfección de las estrellas en el cielo nocturno. Y entonces algo me pinchó en el muslo, algo anguloso que llevaba en el bolsillo.
La hoja de calendario que sostenía cuando me deslicé.
Joder.
El asesino estuvo en nuestra casa ese día.
El asesino...
Espera un momento. Ese trozo
de papel es la mayor pista que tengo sobre el asesino de Sophie. Tengo que encontrarla. Dejo a un lado mi cuaderno y me lanzo al suelo, en una búsqueda frenética de esa hoja de calendario. No hay nada junto al telescopio. Quizá sin darme cuenta la pateé bajo la cama en medio de la conmoción. Con la mejilla pegada a la alfombra, echo un vistazo. No hay nada. Ni siquiera motas de polvo.
¡Vanessa! Es tan obsesiva que tiene la costumbre de mover las camas para aspirar debajo.
¡Vanessa!
¿Es posible que haya recogido la hoja pensando que era basura?
Miro en la papelera, pero lo único que encuentro es la bolsa que forra el interior.
Bajo corriendo las escaleras. A veces Vanessa vacía las papeleras pequeñas en el cubo de basura de la cocina. Cruzando los dedos, abro el armario debajo del fregadero e inclino el cubo para echar un vistazo dentro. Salvo una piel de plátano, no hay nada. Estoy a punto de salir para revisar el cubo de reciclaje, cuando percibo el olor de algo quemándose.
No, por favor, no.
Pero apenas pongo los pies en el patio trasero mis esperanzas de usar la hoja para encontrar al asesino se desvanecen. Mi padre, solo, se encuentra delante de una hoguera crepitante. Se vuelve a mirarme cuando, desalentada, me detengo a su lado.
—Me pareció una buena noche para encender la hoguera —dice.
La luz de las llamas rebota en su cara y arroja sombra en el lado más cercano a mí.
8
El lunes, en clase de Biología, mis ojos empiezan a cerrarse durante un documental sobre el sistema cardiovascular. Han pasado horas desde mi última pastilla de cafeína. En la pantalla, las células de la sangre, con ojos grandes y caritas sonrientes, bailan mientras nos explican cómo realizan su labor. Un corazón se expande, se llena de un fluido rojo rubí, y luego se contrae, bombea sangre por las arterias.
Yo cierro mis ojos y vuelvo a recordarlo todo.
Sus labios están separados como si estuviera a punto de decir algo, pero nunca volverá a hablar. Pelo negro contra piel blanca. La sangre se filtra en la colcha creando una silueta roja.
Me pregunto cuáles fueron sus últimos pensamientos. Me preguntó de quién fue el último rostro que vio. El rostro tras el que estaba yo. No consigo recuperar el aliento. Trago y trago y trago bocanadas de aire, bocanadas profundas, ardientes, pero
eso no es suficiente.
—¡Sylvia!
Oigo a lo lejos la voz de la señora Williams. Sus manos me agarran como una prensa, me sacuden. Una bolsa de papel aparece de la nada y yo la sostengo contra mi boca para contener el pánico.
Pronto el fuego en mi pecho se enfría, y puedo quitarme la bolsa. Miro a mi alrededor y veo millones de ojos y caras boquiabiertas.
—¿Estás bien? —me pregunta la señora Williams inclinándose hacia mí.
—Sí, yo solo... es que no dormí muy bien anoche.
Mis ojos se cruzan con los de Rollins, que me mira desde el otro lado del salón, pero él se apresura a mirar para otro lado. No hemos hablado desde el viernes en la noche, desde que tuve la oportunidad de sincerarme y confiar en él y, en lugar de ello, opté por alejarlo. Todo el fin de semana estuve pensando que me llamaría, en especial después de que se enterara de lo de Sophie. Pero no lo hizo. Eso me ensañará a confiar en la gente. Precisamente cuando más la
necesito, desaparece. Justo como hizo mi madre. Y como hizo mi padre.
De repente siento la necesidad de huir, de estar a solas.
—¿Quieres un poco de agua?
La señora Williams, entiendo, me está ofreciendo la oportunidad de recomponerme de modo que no parezca semejante bicho raro. Y la aceptó.
—Oh, sí, sí.
Mientras me levanto de mi mesa para escapar de las miradas me pone una mano en el hombro.
—Todos estamos afectados —
dice en voz baja.
Asiento con la cabeza y me apresuro a salir. Siento que todos me observan mientras huyo del salón. Ahora no solo soy la friki con narcolepsia; ahora soy la-chica-que- hiperventiló-en-biología. Sin embargo, sé que no será de mi de quien se hable hoy durante la comida. No cuando hay un suicido para comentar.
En el pasillo, miro a un lado y a otro. No hay nadie. El lavabo se encuentra apenas cruzando el
vestíbulo, pero caminar me agota. Me aseguro de que el lugar esté vacío y me encierro en el cubículo más alejado de la puerta. El mismo en el que Sophie estaba el viernes en la mañana.
Mi cabeza late con fuerza. Mientras me masajeo las sienes con los dedos, veo algo escrito en la puerta del cubículo. «Q. E. P. D. Sophie.» Estiro la mano y toco las letras, el frío del metal. El viernes, Sophie estaba aquí, viva, y ahora es solo unas palabras grabadas en la pintura roja.
«Que en paz descanse.» Es conmovedor, pero inevitablemente vuelvo a pensar en Sophie y en su piel de marfil, rasgada como un pañuelo de papel. Me vuelvo y vomito en el inodoro.
Minutos después, mientras me enjuago la cara en el lavamanos, el intercomunicador chisporrotea. La señorita Lamb, la secretaria, anuncia llorosa que echaremos mucho de menos a Sophie Jacobs. Mañana, dice, saldremos temprano para ir al funeral de Sophie. Si alguno de nosotros necesita hablar con alguien
sobre nuestra pérdida, la consejera ha cancelado todas sus citas y despejado su agenda. Esto me hacer reír amargamente. Si yo quisiera explicarle a la consejera el aprieto en el que estoy, tendría que despejar su agenda un año entero.
A la hora de la comida, evito ir a las tribunas. No quiero hablar con Rollins, y el recuerdo de Scotch y su colega mirando la fotografía de Sophie me causa náuseas. Vago por los pasillos sin rumbo.
Paso delante del salón del señor
Golden y le veo comiéndose un trozo de pizza en su escritorio. Su salón parece acogedor y cálido en comparación con el resto de la escuela. Y de repente me descubro a mí misma quedándome en la puerta, con ganas de hacerme un ovillo en alguno de los sofás y dormirme.
—¿Sylvia? ¿Estás bien?
Su voz me sacude. Tiene un trozo de pizza a apenas unos centímetros de la boca, como si estuviera a punto de darle un mordisco cuando le interrumpió cierta chica emo.
—Oh, lo siento. Yo solo... — digo señalando a algún punto del pasillo y empiezo a ponerme de nuevo en marcha.
—No, espera —dice el señor Golden, que baja la pizza y da varios pasos en mi dirección—. Adelante, por favor.
Intento ocultar el suspiro de alivio con el que acepto refugiarme en su salón y me dejo caer sobre uno de sus sofás. No me había dado cuenta de cuán cansada estoy. Tan cansada. Mis dedos hurgan en un bolsillo, en busca del frasco de
Provigil lleno de mis sagradas pastillas de cafeína, pero advierto que el señor Golden quizá tendría que informar a alguien si me ve mascando un puñado de pastillas. Así que decidido esperar, solo un poco más.
El señor Golden cierra la puerta y se hunde en un asiento reclinable cerca de donde estoy sentada. Permanecemos en silencio durante un rato. Eso es lo que necesito en este preciso momento. Tiempo para pensar. Espacio para existir. La tensión de mis hombros se evapora
mientras yo me fundo con el viejo y oloroso sofá, otra de las reliquias de la colección de objetos extraños del señor Golden.
—¿Nunca ha pensado que la vida es sencillamente demasiado desquiciada para explicarla con palabras? —le pregunto al final al señor Golden, pensando en que los últimos días han sido tan extraños que me resultan casi irreales, como salidos de una película, una película de la que no puedo escapar.
—Todo el tiempo —dice asintiendo con la cabeza.
Me miro las uñas. El esmalte negro está descascarado.
—Simplemente no entiendo cómo una persona puede destruir por completo a otra.
Pienso en la forma en que el cuchillo se curvaba en manos del asesino, cubierto con la sangre de Sophie, en el hecho de que Sophie no parecía ya una persona sino que, privada de su humanidad, parecía otro objeto inanimado en la habitación.
—¿Estamos hablando de
Sophie?
El señor Golden formula su pregunta en voz baja, con cautela. La plantea de una forma completamente opuesta a la que emplearía la consejera escolar. Su voz no suena clínica. No hay motivos ocultos. Solo curiosidad.
—Sí —digo soltando una larga exhalación.
Puedo sentir la presión de todo esto creciendo dentro de mí, una presa a punto de estallar. Quizás exista una forma en que pueda hablar acerca de lo que ocurrió, o algo así. No entrar en detalles ni nada
parecido e intentar hacerlo un poco menos doloroso.
—Era amiga de mi hermana.
El señor Golden se inclina hacia delante:
—Debe de ser duro. ¿Cómo lo lleva Mattie?
Yo juego con mis uñas.
—No muy bien. Se siente... siente que quizás haya tenido algo que ver con la muerte de Sophie. El día que murió le hizo algo no muy bueno.
—Eso es duro —el señor
Golden se rasca la barba con gesto
pensativo—. Pero nadie es culpable de que Sophie se suicidara. Es importante entender eso. Su decisión fue exclusivamente suya. Es terrible, pero nadie puso ese cuchillo en su mano.
Dejo caer mis manos sobre el regazo de forma abrupta: ¿cómo supo lo del cuchillo? ¿Acaso hubo una reunión del cuerpo docente para enterar a los profesores de los detalles más truculentos?
El señor Golden hace un gesto de dolor y se echa hacia atrás.
—Comprendo que esto debe de
sonar duro para ti, Sylvi, pero el suicidio es en realidad un acto egoísta. Piensa en sus padres. Piensa en sus amigos, que ahora se preguntan qué hubieran podido hacer para impedirlo. Fuera lo que fuese, lo que tu hermana hizo no era suficiente para empujar a Sophie a quitarse la vida.
—Pero Sophie no se... —de algún modo, me detengo antes de insistir en que Sophie no se suicidó.
¿Cómo podría explicarlo sin revelar mi secreto?
—¿Sophie no qué, Sylvi? —
dice el señor Golden, tenso, su dedos atenazados sobre su pantalón caqui.
Frustrada, tamborileo con los dedos sobre mi pierna. ¿Cómo podría hacerle entender?
—Yo solo siento que Sophie nunca haría algo semejante —digo y recuerdo las palabras de su madre—: ella era fuerte, más fuerte de lo que ella misma sabía.
La cara del señor Golden se suaviza.
—Es muy bonito eso que dices, Sylvi. Pero no puedes saber cómo se sentía en su interior. La depresión es
un monstruo insidioso. Te come desde dentro. No, yo creo que Sophie estaba sufriendo inmensamente.
Me llevo los dedos a las sienes y los muevo describiendo pequeños círculos. Nada de lo que yo diga, diferente de confesar que fui testigo del asesinato, hará cambiar de opinión al señor Golden. En apenas cuestión de segundos se ha transformado en una figura de autoridad que me suelta gilipolleces sobre las cosas que no podemos saber: de verdad pensaba que él era diferente.
Me levanto con indignación.
—Hay algo extraño en la muerte de Sophie. Y voy a averiguar qué es.
Me giro para marcharme antes de que el señor Golden pueda decir algo, pero ya el aspecto de su cara me resulta satisfactorio: las cejas levantadas, la quijada caída. Espero que algún día la verdad salga a la luz y se acuerde de todas las estupideces de psicología barata que ha tratado de colarme.
Cuando abro la puerta, me topo cara a cara con Samantha Phillips, que estaba empolvándose su
remilgada naricita en el espejo de la puerta de su taquilla. Sus ojos se encienden con regocijo al advertir la tenue luz del salón del que acabo de salir, probablemente pensando en los rumores que eso le permitirá difundir. Para cuando termine el día, me resigno, toda la escuela estará murmurando acerca de mi escandalosa aventura con el señor Golden.
—¿Haciendo créditos extra? —
pregunta con una sonrisita.
Le lanzo una mirada frunciendo el ceño y me doy media vuelta
decidida a seguir mi camino. El sonido de su voz me hace pensar en vestuarios y vestidos púrpura y manos que están donde no deberían estar.
—Mejor ten cuidado —la oigo decir a mis espaldas—. Sophie Jacobs se puso a intimar con el señor G. y mira donde está ahora.
Me detengo en el acto y me vuelvo para confrontarla:
—¿De qué estás hablando? Samantha cierra la puerta de su
taquilla.
—La vi con él. En su coche.
Todo lo que estoy diciendo es que es mejor que tengas cuidado. Le gustan jovencitas.
Dicho lo cual gira sobre uno de sus tacones y se encamina en la dirección opuesta, riéndose con disimulo.
Y entonces caigo en la cuenta: yo también los vi. Era Sophie la que estaba temblando y llorando sobre el sofá en el salón del señor Golden. Horas antes de ser asesinada.
9
Llego tarde a clase de Psicología, pero el señor Golden no lo tiene en cuenta. De hecho, no me dice nada en absoluto, ni siquiera me mira, y se limita a continuar hablando sobre la diferencia entre la motivación intrínseca y la motivación extrínseca.
Recorro con la vista el salón y descubro que solo hay dos lugares libres donde sentarme: junto a Rollins o junto a Zane. Como antes
hizo en clase de Biología, Rollins me ve y luego mira para otro lado.
Bajo la mirada, me hundo en el asiento vacío junto a Zane y saco mi cuaderno. El señor Golden deambula por el salón mientras habla y de vez en cuando apunta con el dedo en el aire o se tira de la barba. Su tono es más alto de lo normal, y pareciera que acabara de tomarse veinte tazas de café, pues sus frases de verdad no tienen sentido. No son más que un revoltijo de palabras.
¿Qué fue exactamente lo que pasó aquí el viernes?
¿Por qué lloraba Sophie con el señor Golden?
Es un buen maestro, y puedo entender que alguien sienta que es posible confiar en él. Quizá Sophie estaba teniendo problemas con Scotch y acudió al señor Golden en busca de consejo.
O quizá, por una vez en su vida, Samantha tiene razón.
O quizá Sophie y el señor Golden estaban teniendo una aventura.
Él es guapo a la antigua, tipo
Johnny Depp. Comprendería que una
chica se pudiera volver loca por él.
¿Y qué tío no querría algo de lo que Sophie tenía? Ella era despampanante.
Pero también era una niña.
Mi estómago se retuerce solo con imaginarlos juntos.
—¿Estás bien?
Una mano tira de mi manga y me rescata de mi retorcida ensoñación. Zane se inclina hacia mí y capto el olor de su colonia, que es penetrante y varonil.
Tiene un cuaderno abierto apoyado en su regazo, de modo que
parece que está tomando nota, pero sobre el cuaderno oculta un libro. Estiro la cabeza para ver el título: Suave es la noche, la novela de Scott Fitzgerald. Zane advierte mi gesto y me ofrece una sonrisa tímida y ligeramente ladeada.
Respondo también con una sonrisa y de inmediato siento cómo se me encienden las mejillas. Es tan bueno sentir algo distinto del miedo. Me siento mejor pensando en lo mono que es Zane, con ese mechón de pelo rubio que le cae en la cara, en lugar de seguir especulando sobre
quién pudo matar a Sophie. Zane vuelve a su libro, y yo intento concentrarme en lo que dice el señor Golden. Entonces descubro que alguien me mira fijamente desde el otro lado del salón. Es Rollins, y no parece para nada contento.
Al terminar la clase, Rollins sale disparado del salón sin decir una palabra, pero Zane espera mientras guardo mi cuaderno en la mochila.
—¿Buen fin de semana?
—Uf. No exactamente.
Zane me mira de reojo:
—¿Va todo bien?
—Bueno, obviando el hecho de que la mejor amiga de mi hermana ha muerto, me siento estupenda —digo, pero enseguida me doy cuenta de lo cortante que ha sonado—. Lo siento. Estoy teniendo una semana complicada.
Estira una mano hacia mí, como si fueras a ponerla en mi brazo, pero luego se contiene, como si no estuviera seguro de si debería tocarme.
—Lamento oír eso.
Decidida a no ir de depre, intento charlar un poco:
—¿Y tú? ¿Qué tal el fin de semana?
Zane se encoge de hombros.
—Fuimos a un concierto.
—¿En serio? ¿A quién habéis visto?
—A los Pelusilla Umbilical.
—Jamás los había oído mencionar.
—Tienes suerte —dice haciendo una mueca y se mete su novela bajo el brazo.
—¿Buen libro? —preguntó.
Zane sonríe:
—Soy fan de Fitzgerald.
—¿De verdad? El año pasado leí El gran Gatsby. No me encantó precisamente.
Somos los únicos alumnos que no hemos salido del salón, y soy consciente de la presencia del señor Golden, que ordena papeles en su escritorio, intentando parecer indiferente a nuestra conversación.
—Déjame adivinar. Lo leíste para clase de Lengua. Tuviste que seguir una guía de estudio de la obra. Y al final, escribiste un ensayo de
cinco páginas y analizaste los personajes, los símbolos y el tema.
Zane niega con la cabeza en un gesto de indignación.
—Algo así —digo dándole la razón: el ensayo era solo de tres páginas, pero vale.
—Joder, cómo me cabrean los profesores que le quitan toda la vida a la literatura. Por favor, prométeme que leerás El gran Gatsby de nuevo, pero esta vez hazlo fuera, bajo un árbol, en el crepúsculo. Es una experiencia completamente diferente. Si quieres, lee solo un capítulo, pero
dale una oportunidad. ¿Harías eso por mí?
La expresión de su cara es muy seria. Nunca antes había conocido a nadie tan apasionado por las palabras. Bueno, a Rollins le encanta escribir, pero más porque se siente obligado a denunciar la hipocresía que nos rodea, no porque sea una enamorado del lenguaje. La forma en que Zane habla de Scott Fitzgerald, en cambio, me recuerda mi relación con las estrellas. Son algo superior a mí, superior a todos nosotros, y es eso lo que las hace hermosas.
—Te lo prometo —digo, y la expresión en la cara de Zane me produce un cosquilleo.
Después de terminadas las clases, hay un puñado de chicos en el aparcamiento, matando el tiempo antes del entrenamiento del equipo de fútbol o del ensayo de teatro o de lo que sea. Un grupo de tíos está sentado en la parte trasera de una camioneta, discutiendo sobre quién comprará la cerveza el próximo fin de semana. Dos chicas de segundo año comparten audífonos apoyadas la
una en la otra y marcan con las cabezas un ritmo que no puedo oír.
Paso por delante del árbol bajo el que Sophie solía estacionar su pequeño Neon. Puedo imaginar su sonrisa sencilla y sus hoyuelos. Sus ojos abiertos de par en par. El oscuro corte en cada muñeca. El trozo de papel que se burla de mí con las falsas últimas palabras de Sophie. Tengo que detenerme. Dejo caer mi mochila y me apoyo en el árbol, presionándome los ojos con las palmas de las manos para intentar que el recuerdo me deje en paz.
Cuando vuelvo a descubrirme los ojos, veo que las chicas han dejado de bailar y me están mirando. Se echan hacia atrás, probablemente procurando evitar que les contagie la locura. Enderezo la espalda buscando parecer normal, o tan normal como puede parecerlo una chica con narcolepsia y el pelo teñido de rosa.
Y entonces una mano me agarra.
—¡Aaaaaaaaaaaaayyyyyyyyyy! Rollins sale de detrás del árbol
con un cigarrillo colgándole de la boca. Su chaqueta de cuero abierta
revela una camiseta de
Decemberists.
—Eh, soy yo.
Recupero el aliento fulminándolo con la mirada. ¿Cómo ha podido ignorarme todo este fin de semana, en especial después de la muerte de Sophie, y luego esperar que actúe como si no pasara nada?
—¿Por qué estabas escondiéndote detrás de un árbol? — le preguntó—. ¿Quieres que me dé un paro cardíaco?
Las dos chicas siguen mirándome con la boca abierta, y
Rollins avanza un par de pasos hacia ellas y alza sus manos, curvándolas como garras.
—¡Bu! —dice, y las chicas se alejan nerviosas.
Cuando regresa, me mira pidiendo disculpas.
—Lo siento. No pretendía asustarte. Nasty me dijo que estaría un mes castigado si volvía a sorprenderme fumando, así que digamos que me estaba escondiendo.
Espero un momento, me gustaría que se disculpara por haberse marchado de forma tan intempestiva
el viernes en la noche o, al menos, que me dijera algo sobre la muerte de Sophie. Pero en lugar de ello, Rollins se limita a mirarse los zapatos con las manos hundidas en los bolsillos.
—Y bueno, ¿qué pasó hoy en Biología? Te lo iba a preguntar en Psicología, pero parecías ocupada
—dice casi escupiendo la última palabra.
Si no hubiera estado tan ausente últimamente, quizá le diría la verdad, que no puedo librarme de la sensación de que el mundo es varios
tonos más oscuro desde que Sophie murió. Y que hasta mi propia sombra me produce miedo. Si él realmente estaba interesado en saberlo, tendría que haberme llamado. O haberme buscado después del ataque de pánico en clase de Biología. O me tendría que haber esperado para hablar después de Psicología, en lugar de cabrearse por el hecho de que yo estuviera hablando con alguien al que de verdad parece importarle cómo me encuentro.
La mentira, que no es exactamente una mentira, pero
tampoco la verdad, brota con facilidad: es la misma que ofrecí a la señora Williams.
—Nada. Lo que pasa es que no he dormido bien. Solo eso. Mucho estrés.
Rollins me mira entrecerrando los ojos, y me hace sentir que es capaz de ver a través de la coraza de valor que he llevado puesta todo el día.
—OK. ¿Y cómo está Mattie?
—¿Cómo te sentirías si tu mejor amiga hubiera muerto? —digo dedicándole una mirada fría y
distante, que podría rivalizar con las de la señora Winger y que, espero, le haga darse cuenta de cuán estúpida ha sido su pregunta.
Rollins me sostiene la mirada.
—Estará echa una mierda, supongo.
—Así es, está hecha una mierda.
Y nos quedamos ahí, mirándonos el uno al otro. Su rostro es inexpresivo.
—¿Por qué no llamaste? — pregunto finalmente—. Quiero decir: tuviste que enterarte de lo que
ocurrió el viernes en la noche.
Rollins baja la mirada. Es evidente que mi pregunta lo ha cogido desprevenido. Que nos estamos alejando es obvio, pero es como si él no esperara que yo dijera algo al respecto. Supongo que no lo culpo, en realidad. Por lo general no suelo ser alguien al que le gusten las confrontaciones.
—No lo sé —dice arrastrando los pies—. Estaba ocupado. Además, si necesitabas hablar, podrías haberme llamado.
Vuelve a mirarme a los ojos, y
esta vez soy yo la que mira para otro lado. Es cierto. Podría haberle llamado. Pero no lo hice. Si solo fuera capaz de sincerarme, de pedirle ayuda, de decirle lo que me pasa. Sin embargo, cada vez que me lo imagino, veo la cara de mi padre cuando le conté que me deslizaba: su expresión de pánico al pensar que era evidente que estaba loca.
No soy capaz de volver a pasar por ello.
Después de un largo silencio, Rollins recoge mi mochila del suelo, donde la había dejado caer, y me la
entrega.
—Está pesada.
—Sí —murmuro colgándomela al hombro—. Realmente pesada.
Quisiera que él dijera algo más, algo ligero y divertido que hiciera que todo entre los dos fuera mejor. Pero no dice nada, solo se queda ahí. Me gustaría saber cómo volver a la época en que no éramos él y yo sino nosotros, pero algo se ha roto entre ambos, y no importa cuánto lo desee, soy incapaz de repararlo.
10
Las hojas se aplastan bajo mis pies mientras camino a casa. Solo unas cuantas rezagadas permanecen en las ramas, y algunas de ellas caen al suelo cuando sopla el viento. Una hoja amarilla se retuerce y desciende bailando ante mí.
Es extraño que la muerte pueda ser tan hermosa.
De inmediato me siento culpable por haber pensado eso. Sophie no lucía hermosa. Lucía
agotada y derrotada, como si la vida la hubiera vencido. Intento pensar en otra cosa, pero ella siempre termina regresando a mi mente, esperando que actúe. En este mismo momento, en algún lugar, quien la asesinó continúa con su vida, creyendo que se ha salido con la suya.
Me aprieto la chaqueta, pero el viento logra meterse por entre el ligero tejido. Los árboles y los buzones proyectan sombras largas. Sobre un césped invadido por la maleza hay un triciclo abandonado. Se ve tan viejo y oxidado que
apuesto a que el niño que solía ir por ahí montado en él está ahora a mitad de sus estudios universitarios.
Estoy a apenas a unas cuantas casas de la nuestra, y ya puedo verla: una casa victoriana de color amarillo mantequilla y postigos verdes. Mi padre le paga a un chico vecino para que recoja las hojas y las ponga sobre el bordillo en bolsa de plástico. Salta a la vista que no ha venido desde hace un buen tiempo porque las hojas cubren la mayor parte del patio, ocultando la hierba moribunda.
Desde fuera nuestra casa luce normal. Si fuera un extraño que pasara por casualidad, quizá pensaría que dentro vive una familia bonita y perfectamente normal, una con una madre y un padre amoroso y dos hijas adolescentes equilibradas. Nunca se le ocurriría que la madre ha muerto hace mucho tiempo o que el padre vive en una concha impenetrable o que una de las chicas puede deslizarse en tu cabeza y ver las cosas que les ocultas a todos.
De repente, tengo la sensación, la certeza, más bien, de que alguien
me vigila. Doy media vuelta, pero no hay nadie detrás de mí, solo el mismo barrio adormecido que he conocido toma mi vida. La calle está vacía. La gente se ha guardado en sus casas y probablemente ve televisión o juega por internet o prepara la cena. Con todo, la sensación no desaparece. Con un escalofrío me aprieto la capucha de la sudadera y subo al porche.
Mi padre está en su estudio, doblado sobre su ordenador portátil. Lleva puestos sus audífonos blancos,
pero unas cuantas notas se escapan y reconozco que es Mozart. Mi padre parece el opuesto exacto de mi madre. Mientras que su cabello era largo y rubio, el suyo es oscuro y crespo. Ella era corpulenta y tenía unos buenos cachetes; él es delgado al punto de parecer demacrado. Por lo general, va afeitado, pero hoy tiene una barba de tres días.
Sus dedos vuelan sobre el teclado en un pequeño baile de productividad. Tec-tec-teclea, toma un sorbo de agua helada del vaso que tiene al lado, y sigue tecleando.
—Hola, papá.
Está tan absorto en su pequeño mundito que continúa tecleando. De modo que le quito un audífono de la oreja y digo, en voz más alta:
—¡Papá!
Una sombra de molestia le cruza el rostro, pero en un instante ha desaparecido. Sé que no le gusta que se le interrumpa cuando está en el ordenador, lo que prácticamente significa cada segundo que no está en el hospital o preparando alguna obra maestra en la cocina.
Modera un foro on-line para
personas que han perdido a sus seres queridos debido al cáncer. Esto tiene algo irónico: papá pasa todo su tiempo libre sanando a extraños vía internet mientras Mattie y yo nos refugiamos en nuestras habitaciones y hemos de arreglárnoslas solas.
—Hola, papá. ¿Dónde está
Mattie?
—En su habitación, durmiendo.
¿Me preguntaba si la acompañarías al funeral mañana?
Me cambio la mochila de brazo. De repente, el peso me parece insoportable.
—¿No irás?
Hace una mueca de vergüenza.
—Hoy preparé una quiche para la familia. Me tomé el día para estar aquí mientras estabas en la escuela. Mañana tengo que volver al trabajo.
Me empieza a doler el estómago. Realmente no quiero ver a Sophie de nuevo, pero alguien tiene que acompañar a Mattie. Alguien tiene que ser el adulto.
—Supongo que iré. Estoy cansada. Voy a echarme un rato. Nos vemos para la cena.
Papá parece alegrarse.
—Haré un asado.
La idea de cenar un buen trozo de carne me «pone verde», como diría la señora Gómez, mi profesora de Español, pero intento ser cortés.
—Deli.
Voy al salón y dejo caer la mochila al suelo. Tomo la foto de la boda de mis padres que está en la repisa de la chimenea. En ella mi padre se ve fuerte y feliz, y mi madre sin duda está resplandeciente. Mirando la fotografía, me echo en el sofá. Si solo mamá estuviera aquí: ella habría sabido qué hacer. Iría al
funeral de Sophie y cogería a Mattie de la mano y haría todo lo que hacen las madres.
Debo estar más somnolienta de lo que pensaba, porque me quedo dormida apretando la foto contra mi pecho.
Corro a través del bosque que hay detrás de nuestra casa, las ramas me arañan la cara y los brazos desnudos. Ella está aquí, en algún lugar. No estoy segura de a quién estoy buscando, pero la necesidad de encontrarla recorre
mis venas como el fuego.
Tengo que salvarla.
Algo dentro de mí me dice que corra hacia el arroyo. Puedo verlo más adelante, el agua titilando en los pocos lugares en los que se cuela el sol.
A medida que me acerco, puedo ver algo en el agua, entre los troncos y los guijarros. El agua es poco profunda aquí, y atisbo una falda roja y dorada que parece fuera de lugar contra los verdes y marrones. Una piel pálida bajo el agua. Largos mechones de cabello
negro ondeando alrededor de un rostro hinchado.
Es Sophie.
La sangre mana de sus muñecas formando volutas largas y delgadas.
Me hundo hasta las rodillas en el borde del agua y gimo ante los árboles implacables. He llegado demasiado tarde. Se ha ido para siempre. Me tapo los ojos y empiezo a llorar.
— ¿Por qué lloras? —pregunta una voz y descubro mi rostro.
¡El cadáver se está
incorporando!
Retrocediendo, resbalo en una raíz y termino cayendo sobre mi espalda. Sophie estira hacia mí sus dedos como garras.
Abro la boca y grito, pero mi voz ha desaparecido.
Sophie, esa cosa que ahora es Sophie, me agarra por los hombros y se inclina sobre mí. Puedo oler su aliento, su descomposición, como una fruta dulce cuando se pudre.
— ¿Qué pasa, Sylvi? ¿Te sientes culpable?
Sus manos me aprietan y siento
que sus uñas me rasgan la piel. No hay alma en sus ojos negros, no queda nada en ellos de la dulce chica que conocí.
— ¿Te sientes mal por no haber hecho nada cuando tuviste la oportunidad?
Cuando abre la boca veo sus dientes, pequeños y puntiagudos, suficientemente afilados para desgarrar la carne.
— Dejaste que me hirieran, Sylvi. No dijiste nada. ¿No es así?
Empiezo a llorar, pero las lágrimas me escuecen las mejillas.
— Lo siento, Sophie. Quería ayudarte. De verdad quería. Es solo que no supe cómo...
— Chorradas —bufa—. Tú. Me. Dejaste. Morir.
Su boca se abre como si no tuviera quijada, y todo lo que puedo ver son esos dientecitos perfectos que van a devorarme a trozos. Y sé que me lo merezco.
11
El timbre de la puerta me saca de mi pesadilla. Me incorporo con el corazón latiendo con fuerza, convencida de que Sophie ha venido a casa a por mí.
Ding dong. Ding dong. Ding dong.
No. Es solo el timbre.
Sophie no está aquí. Sophie está muerta.
La luz del atardecer rasga el aire polvoriento del salón e ilumina
el rayado suelo de madera. Me levanto y avanzo tambaleándome hacia la puerta. De camino, paso delante del estudio de mi padre, cuya cabeza se balancea al compás de un ritmo que no alcanzo a oír, pero que él oye lo bastante alto como para no advertir que han llamado al timbre.
Un hombre alto de mirada grave está en el porche. Va vestido con el uniforme de la policía. Joder. ¿Cómo ha podido enterarse la policía de que yo estaba allí cuando Sophie murió? Me obligo a relajarme.
—Hola. Soy el oficial Teahen.
¿Eres tú Mattie Bell?
—Oh, no. Es mi hermana. ¿Ha hecho algo malo?
El oficial suelta un soplido:
—Oh, no, no. Solo necesito hacerle algunas preguntas. Ella era amiga de Sophie Jacobs, ¿es correcto? —dice.
Antes de que pueda responder, siento una mano tibia sobre mi hombro.
—¿Puedo ayudarle? —dice mi padre colándose delante de mí y bloquea la puerta abierta.
—Señor Bell —dice el oficial
con cortesía—. Me preguntaba si podría hablar con su hija Mattie acerca de Sophie Jacobs. Me gustaría hacerme una idea de su estado de ánimo el viernes antes de... antes del incidente. ¿Está disponible?
Los músculos de la mano de mi padre se tensan, pero da una respuesta perfectamente cordial:
—Está arriba, en su habitación. Permítame ver si está dormida.
Papá retrocede, empujándome con él, y abre la puerta por completo para que el policía entre.
—¿Quisiera algo de beber,
oficial...?
—Teahen. Oficial Teahen —
replica el hombre entrando en casa
—. Un poco de agua sería estupendo.
Mi padre me da un golpecito en la espalda apuntando en dirección a la cocina, y yo continúo hacia allí para ir por el vaso de agua. Tengo demasiada curiosidad para molestarme por tener que encargarme de ello. Agarro un vaso de Scooby- Doo del armario y espero a que el agua salga fría antes de llenarlo.
Cuando regreso, Mattie está sentada en el sillón reclinable, y mi
padre y el oficial se han acomodado en el sofá. Le entregó el vaso de agua al policía, que toma un largo trago antes de dejarlo sobre la mesa de centro, y me escabullo sigilosamente para sentarme en el primer escalón, donde nadie puede verme, pero puedo oírlo todo.
El oficial Teahen se aclara la garganta.
—Bien, Mattie, ¿podrías empezar contándome un poco sobre tu amistad con Sophie?
Silencio. La pausa cuelga suspendida en el aire. Sé
exactamente en qué está pensando mi hermana: en las fotos de Sophie desnuda que Amber envió al equipo de fútbol. ¿Sabe el oficial algo al respecto? ¿Un amigohace algo así?
Cuando por fin habla, puedo advertir el nerviosismo que hay oculto en su voz.
—Fue mi mejor amiga desde el cole. La conocía desde que tenía trece años. Ambas éramos animadoras. Yo... yo la quería —las palabras de Mattie se disuelven en una cadena de hipidos y sollozos.
El oficial y mi padre
permanecen en silencio durante un rato, hasta que Mattie deja de llorar.
El oficial habla de nuevo, en un tono algo más compasivo.
—Siento mucho tu pérdida, Mattie. No tienes por qué preocuparte. Yo solo quiero saber cómo se sentía ese día. ¿Te pareció que estaba un poco mal? ¿Cuándo fue la última vez que hablaste con ella?
Mattie empieza a sonar algo más confiada:
—El viernes en la mañana, junto a su taquilla. Me dijo que no se estaba sintiendo muy bien. Pensaba
que el rollo de canela que había comprado en la cafetería debía de estar en mal estado.
—Entiendo. ¿Te pareció que estaba deprimida?
—No, solo enferma.
Pienso en Sophie vomitando su desayuno en el lavabo, justo antes de que me deslizara en Amber y las viera tramando ponerla en su lugar.
—OK —dice el oficial Teahen
—. ¿Y no la viste para nada el viernes por la noche?
—No. Fui al entrenamiento de las animadoras con Amber. Sophie
no fue, pero simplemente imaginé que estaba enferma o algo. Samantha nos trajo a casa, y Amber pasó la noche aquí.
—¿Estuvisteis tú y Amber toda la noche aquí?
Se produce una pausa larga. Mattie probablemente está calculando qué le traerá más problemas: mentirle a un policía o enfrentarse a la furia de mi padre.
—No —dice finalmente con voz culpable—. Fuimos a una fiesta.
Estampo mi mano contra las escaleras de madera y luego,
esperando que no me hayan oído, hago una mueca de dolor. Esto es una novedad para mí. Ella me había dicho que irían al cine con Samantha.
¡Qué mentirosa!
—¿La que hubo en la calle
Universidad?
Mi hermana guarda silencio.
—Ya he hablado con Amber — explica el oficial—. Solo quiero corroborar que de verdad fuisteis a la fiesta de la fraternidad. No vas a meterte en problemas por ello, al menos no conmigo. Solo responde con sinceridad.
Mi padre interviene.
—Escuche, oficial, ¿debería llamar a mi abogado para que esté presente?
—No, no. Como he dicho, solo quiero asegurarme de que tengo una buena idea de lo que ocurrió esa noche. Mattie, insisto, no te meterás en problemas si me cuentas qué pasó.
¿Fuisteis a la fiesta? ¿Y luego?
Mi hermana habla con lentitud.
—Después fuimos a comer algo a Marty’s.
Marty’s es un local que abre toda la noche y cuya clientela básica
es la horda de los universitarios. Siempre hay allí chicos borrachos a las tantas de la madrugada pidiendo café o tartas o, en el caso de mi hermana, un plato supergigantesco de tortitas. Rollins y yo solíamos ir después de tener maratones de películas particularmente largas.
—¿Y a qué hora fue eso?
—Hacia las once.
—¿A qué hora volviste a casa después de ir a Marty’s?
—A medianoche, quizás.
—¿Estaba Amber contigo?
—No. Samantha y yo fuimos a
comer algo. Amber desapareció. No la volví a ver hasta la mañana, cuando se arrastró hasta mi cama, toda resacosa.
—¿Cómo consiguió entrar en la casa si no regresó contigo?
—Dejé la puerta sin llave. Silencio. Imagino que el oficial
está anotando algo en su libreta.
Descanso la cabeza en las rodillas, mientras hago mis propios cálculos. Amber desaparece entre las once de la noche del viernes y el momento en que la vi a la mañana siguiente. Tiempo suficiente para...
¿para qué? ¿Entrar a hurtadillas en la casa de Sophie? ¿Cortarle las muñecas? ¿Falsificar una nota de suicidio? Eso es ridículo, ¿no? Amber quizá tuviera celos de Sophie, pero ¿la convierte eso en una asesina?
—Así que en la noche del viernes no hablaste en ningún momento con Sophie.
—No, señor —dice mi hermana gimoteando.
—¿Entonces por qué los padres de Sophie recibieron una llamada desde esta casa alrededor de la
medianoche pidiendo que fueran a verla a su habitación?
Oh, Dios. No había pensado que la policía fuera a rastrear la llamada. Eso no es bueno.
Mattie balbucea.
—Yo... Yo no sé de qué me habla.
Me levanto.
—Oficial Teahen, fui yo quien hizo la llamada.
El oficial me mira sorprendido, como si hubiera olvidado por completo a la chica de pelo rosa que le abrió la puerta. Entro en el salón.
Es el momento de pensar en una buena mentira. Rápido.
—Mattie no había llegado a casa —explico—. No sabía dónde estaba. Y pensé que tal vez se encontraba en la casa de Sophie. Por eso les pedí a sus padres que miraran en su habitación.
El rostro de mi padre se relaja, pero el oficial continúa mirándome fijamente. Al final, toma alguna nota y vuelve a mirar a mi hermana.
—De acuerdo. Una pregunta más, Mattie. ¿Sabías que Sophie estaba embarazada?
La noticia me deja sin aliento. Miro a Mattie. Ha quedado con la boca abierta y mira al oficial estupefacta. Es bastante evidente que Mattie no sabía nada acerca de un embarazo.
—Ya veo —dice el oficial asintiendo con la cabeza y se pone de pie—. Muchas gracias. Aprecio su colaboración.
El policía estrecha la mano de mi padre y luego se encamina hacia la puerta.
Mi padre espera unos buenos treinta segundos antes de empezar a
gritar.
—¿Una fiesta? ¿En el sector de las fraternidades? ¿En qué estabas pensando? No me lo puedo creer, Mattie. ¿Qué tienes que decir?
La cara de mi hermana se desmorona bajo el escrutinio de mi padre.
—Lo siento —dice llorando—. Lo siento. Lo siento. Lo siento. Lo siento.
Se cubre el rostro y corre escaleras arriba, empujándome para que me haga a un lado. Mi padre suspira y la sigue, pero no sin
mostrar con su postura que preferiría hacer cualquier cosa distinta a tener que calmar a una adolescente histérica.
Me desplazo hasta el sofá flotando, todavía asombrada.
¿Sophie estaba embarazada? El viernes en la mañana, cuando estaba vomitando en el lavabo, debía de tener las típicas náuseas de los primeros meses. Y Scotch mencionó en las tribunas que se había acostado con ella. Debió de dejarla embarazada.
O quizá Scotch no fuera el
padre. ¿Y si Samantha tenía razón y Sophie se estaba acostando con el señor Golden? Si él era el padre, tenía mucho que perder: su trabajo, para empezar. ¿Le importaba tanto su plaza docente como para matar con tal de conservarla?
Mi teléfono vuelve a la vida en el bolsillo y empieza a zumbar, interrumpiendo el hilo de mis pensamientos. Respondo distraída.
—Hola, Sylvia. ¿Cómo vamos?
—la voz de Rollins suena forzada.
—Escucha, ahora estoy un poco ocupada. ¿Qué quieres? —hago una
mueca de arrepentimiento tan pronto las palabras salen de mi boca: han sonado terrible.
—Mira, estoy intentando hacer un esfuerzo.
Respiro hondo.
—Lo sé. Lo siento. Es solo que las cosas se han puesto realmente estresantes. Ha venido un policía, estuvo interrogando a mi hermana.
—¿De verdad?
—Sí. Esto es de locos.
Durante un segundo ambos permanecemos en silencio.
—Oye, lo siento, sé que no he
estado muy presente últimamente — dice—. También estoy pasando por un momento intenso.
Pienso en el hecho de que jamás me haya dejado hacerle una visita.
¿Qué estará pasando?
—¿Quieres hablar de ello?
—No. Es personal —su voz suena ahogada, como si quisiera decirme lo que le pasa pero no lograra animarse a soltarlo todo. Sé muy bien cómo se siente eso. Desearía, más que nada, que él se sintiera cómodo compartiendo conmigo sus problemas, pero ¿cómo
puedo presionarlo cuando yo tengo mis propios secretos?
—Bueno. Si alguna vez quieres hablar, ya sabes que aquí estoy.
—Lo sé —dice—. ¿Estamos?
—Estamos —respondo—.
¿Quieres ir a un funeral conmigo mañana?
12
Vamos en el coche de Rollins. Mattie está en el asiento trasero, callada. Damos vueltas por el aparcamiento buscando un espacio libre, pero no hay ninguno. Incluso las plazas reservadas para los discapacitados están todas llenas. Tenemos que estacionar en la calle, a unos cien metros del tanatorio, y caminar hasta allí.
El viento me levanta el pelo y me pone la piel de gallina.
Normalmente no me lo pensaría dos veces y me arrimaría a Rollins en busca de calor, pero ahora nuestra relación parece tan frágil, como un hueso roto que aún no ha soldado bien, que quizá sea más prudente no intentarlo.
Somos un desfile negro. Rollins lleva vaqueros negros, camisa de cuello negra y una reluciente corbata negra. Yo me puse unos pantalones negros sencillos y una bonita camisa negra con un encaje púrpura oscuro en los bordes. Mi hermana se ha puesto el vestido negro ajustado que
planeaba lucir en la fiesta de los ex alumnos. No tuve valor para decirle lo inapropiado que era. En realidad, no tiene más ropa negra.
A pesar del frío que hace fuera, al entrar el edificio nos parece un horno. El lugar está abarrotado de gente, que deambula de un collage de fotos de Sophie a otro como si estuviera en un museo.
En una fotografía, tomada cuando tenía más o menos seis años, Sophie aparece, regordeta, enfundada en un tutú azul y con nariz, bigotes y orejas de ratón. En otra, posa
abrazada a Mattie y Amber, las tres llevan sus uniformes de animadoras. El tiempo vuelve atrás en otra imagen y una Sophie bebé juega en una bañera en forma de pato con una pudorosa toallita puesta sobre sus partes.
La madre de Sophie, con el pelo cardado, se acerca afanosamente y abraza a Mattie. Las lágrimas brotan de sus ojos e hilillos de maquillaje azul corren por las arrugas de su cara. Se ve demacrada.
—Me alegro tanto de que hayas podido venir —dice y Mattie estira
sus brazos y la abraza.
—Lo siento —susurra Mattie. Las palabras no son suficientes,
nunca pueden ser suficientes, y es como si todos estuviéramos de pie alrededor del creciente agujero de insuficienciaque son. La madre de Sophie estrecha a Mattie entre sus brazos una vez más y continúa su ronda.
Caminamos hacia la siguiente sala, donde se han dispuesto varias hileras de sillas plegables. La mayoría de ellas ya están ocupadas por la familia extensa de Sophie y
los profesores y, al parecer, todos y cada uno de los chicos de la escuela. Con suerte encontramos tres sillas libres en la parte de atrás.
Me siento entre Mattie y Rollins y estiro la cabeza para ver las caras de la gente, pero no encuentro el rostro que estoy buscando. No está Amber. No está Scotch. Y tampoco está el señor Golden.
Los asistentes tardan casi quince minutos en sentarse. Montones de personas tiene que permanecer de pie en el fondo de la sofocante sala. Se abanican con programas con la
foto de Sophie en la cubierta.
El ataúd está en la parte delantera, flanqueado por cirios largos y blancos y grandes ramilletes de lirios. Gracias a Dios es un ataúd cerrado. No sé si podría verla de nuevo. Mi hermana solloza en voz baja. Le tomo la mano.
Un hombre delgado con un terno azul se abre paso hasta el frente y se detiene delante del ataúd, sus manos flotan sobre la madera blanca sin llegar a tocarla. Permanece así, reverente, durante un momento, y todos los presentes intentamos no
mirar. Alguien a mis espaldas susurra que es el padre de Sophie. El hombre se vuelve para mirarnos. El labio inferior le tiembla, pero consigue recuperar la compostura el tiempo necesario para leer el poema que ha escrito.
Prácticamente todos bajan la cabeza, dándole tiempo para llorar su pérdida, pero yo repaso de nuevo el recinto con la esperanza de reconocer a alguno de mis sospechosos y ver cómo reaccionan ante todo esto.
Cuando el padre de Sophie
termina de leer su poema, una anciana empieza a tocar el piano en una esquina. Murmuro algo sobre tener que ir al lavabo y consigo salir de nuestra fila sin plantarle el culo en la cara a alguien ni tumbar a nadie.
Me escabullo por una puerta que hay al fondo. La puerta conduce a un recinto más pequeño, con un sofá azul y una mesa auxiliar repleta de cajas de pañuelos desechables. Hay una máquina de refrescos y un dispensador de agua en la esquina. Las puertas que hay a ambos lados de la habitación conducen a los lavabos.
Me acerco al de Señoras y pongo mi oreja en la puerta. Oigo un sonido extraño, casi como un graznido.
Giro el pomo y abro la puerta apenas lo suficiente para asomarme dentro y ver quién es la responsable de ese terrible ruido. Encogida en el suelo, con un montón de papel higiénico enrollado alrededor de los dedos, Amber Prescott está destrozada.
Entro y cierro con seguro la puerta a mis espaldas. Luego me dejo caer al suelo y me siento frente a Amber con las piernas cruzadas. No
digo una palabra y ni siquiera la miro. Solo me siento y respiro. Y espero.
Amber deja de llorar lo suficiente como para reconocer quién está en el lavabo con ella, pero luego continúa llorando, incluso más fuerte que antes. Si estuviera en su lugar, no pararía de gritar y gritar. No hago nada salvo dejarme inundar por su emoción desnuda. Aunque parece realmente hecha polvo, no puedo evitar preguntarme cuánto de lo que estoy viendo es culpa: la culpa por haber destruido a su mejor amiga.
Justo cuando empiezo a pensar en ir a traerle un vaso de agua, Amber deja de llorar. Usa el papel higiénico para limpiarse el rímel que se le ha corrido por toda la cara. Me pongo de pie y abro el grifo, y luego me retiro para que ella pueda usarlo y lavarse la cara.
Amber no me dice nada, y apenas me dedica una mirada agradecida antes de quitar el seguro y salir con gesto avergonzado. Cuando se marcha, miro en el espejo a la chica de las trenzas rosa con lazos negros, y todo lo que siento es
vergüenza. Amber quizá destruyera a Sophie, pero yo me mantuve al margen y la dejé hacerlo. Sabía que ella y Mattie estaban planeando algo horrible, y no hice nada, absolutamente nada, para detenerlas.
Cuando abro la puerta para salir, advierto algo que brilla en el suelo. Me agacho y descubro que es un pequeño pendiente de diamante, del tipo que Amber suele ponerse. Lo cojo y me apresuro a salir de los servicios para ver si consigo alcanzarla, pero no la veo por ninguna parte, así que me meto el
pendiente en el bolsillo.
El funeral ha terminado y la gente forma ahora pequeños grupos en el vestíbulo.
Veo a Mattie en una piña de animadoras en una especie de abrazo grupal, pero no encuentro a Rollins, de modo que salgo. Como supuse, encuentro a Rollins a varios metros de distancia del tanatorio, ocultando discretamente el cigarrillo tras su espalda.
—Todos andan diciendo que Sophie estaba embarazada —dice Rollins antes de dar una rápida
calada y volver a esconder el cigarrillo.
—Sí —suspiro—. Ayer el policía mencionó algo al respecto.
—¿Tienes idea de quién podía ser el padre? —dice y lanza una columna de humo.
—Tengo algunas teorías —digo
—. El favorito es Scotch Becker.
Rollins tira la colilla y la aplasta contra el pavimento con el tacón de su vota.
—Escoria —dice.
—Así es.
La sensación de una mano en mi
espalda me hace dar un salto y al girarme me encuentro con el rostro lloroso de Mattie.
—¿Quieres irte ya? —pregunto. En la mañana, Mattie me había dicho entre lágrimas que no quería ir al entierro. No quería ver cómo sepultaban el ataúd de Sophie. No la
culpo por ello.
—No —dice—, en realidad, creo que voy a quedarme. Samantha puede llevarme luego.
Mi hermana vuelve la cabeza y yo sigo su mirada hasta Samantha Phillips, que juega con las llaves de
su coche. Cuando ve que la estoy mirando, su rostro se nubla y mira para otro lado.
—¿Estás segura? —pregunto. Ella asiente.
—De acuerdo: nos vemos en
casa.
La veo regresar junto al grupo
de animadoras. Me siento extraña: de todas las personas que han estado hoy despidiéndose de Sophie, yo soy la única que sabe de verdad cómo dejó este mundo. De repente siento esa certeza en el fondo del estómago, lastrándome como una roca.
Rollins me pone la mano en el hombro.
—Vamos —dice.
13
Después de que Rollins me haya dejado en casa, mucho después, sigo sentada en el balancín que tenemos en el porche. No quiero entrar. La casa está tan vacía. Tan silenciosa. No quiero estar sola con mi recuerdo de la muerte de Sophie. No quiero correr el riesgo de quedarme dormida y tener que enfrentarme de nuevo a sus acusaciones. Afuera, el viento me mantiene despierta. El viento y mis pastillas de cafeína.
Agito una cuantas más en la mano, me las meto a la boca y las mastico hasta hacerlas polvo.
Una brisa sopla entre las ramas del gran roble y un nuevo grupo de hojas cae al suelo. Calle abajo, un movimiento llama mi atención. Un chico alto y rubio, vestido con una sudadera azul cobalto, avanza hacia donde estoy subida en un monopatín. Cuando se acerca lo suficiente, veo que es Zane Huxley. Y que mira en mi dirección. Mi estómago da un saltito.
Zane continúa deslizándose
hasta detenerse en frente de mi casa, entonces voltea el monopatín y avanza unos cuantos pasos hacia el porche.
—Hola —dice.
Un inconfundible gesto de placer le cruza la cara.
Lo saludo asintiendo con la cabeza al tiempo que me trago el polvo de cafeína para poder hablar.
—Hola. ¿Disfrutando de la tarde libre?
—Sí. ¿Fuiste al funeral?
—Sí. Fue... inconmensurable —
digo, incapaz de encontrar una
palabra más adecuada para el funeral de una adolescente—. ¿Y qué haces aquí?
Apenas pronuncio la pregunta, me siento tonta y quisiera poder anularla. Suena como si no me gustara que estuviera aquí, cuando lo cierto es que me gusta. Me gusta tener alguien con quien hablar. Alguien que no hubiera conocido a Sophie, alguien que no sepa nada de mí y mi narcolepsia y cuán complicado se ha vuelto todo.
Por suerte, Zane se ríe.
—Yo también estoy encantado
de verte —dice—. Vivimos en Arbor
Lane, al final de la calle.
—¿La casa azul con cerca? Llevaba siglos en venta.
Un silencio incómodo se instala entre nosotros. Intento pensar en algo gracioso o inteligente que decir. O simplemente en cualquier cosa qué decir: nunca más quiero volver a estar sola con mis pensamientos.
Otra ráfaga de viento frío sopla por el patio y me atraviesa. Tirito.
—Oye, ¿quieres entrar? Podría hacer café o algo.
—Por supuesto. Aquí afuera
hace un poco de frío.
Me levanto y abro la puerta. Zane apoya su monopatín en la pared y entra en casa detrás de mí. En la cocina, coge un taburete y se sienta con los codos apoyados en la encimera. Saco del armario dos tazas de café (una de la Universidad de Iowa y otra que dice «Mejor Papá del Mundo») y las pongo entre nosotros. Zane permanece en silencio mientras preparo el café, y eso me hace recordar la escena en el lavabo del tanatorio, yo dándole tiempo a Amber para recomponerse.
Lleno ambas tazas con el humeante líquido negro. En la nevera encuentro medio litro de leche desnatada y le pongo un poco a la mía. Luego le añado una cucharadita de azúcar. Tras remover durante unos segundos, doy un sorbo.
Por encima del borde de mi taza veo a Zane mezclar un poco de leche en su café con el dedo. Me parece increíble que esté aquí, en mi cocina. Tan increíble que casi podría olvidarme del asesinato, de la forma en que la boca de Sophie se abría ligeramente, un hilillo de sangre
escapando de ella. Casi.
Zane me guiña un ojo.
—Te ves mona con trenzas.
—Gracias —digo aventurando una sonrisa.
Sus ojos son tan azules, y la forma en que miran tan profunda, que podría perderme en ellos.
Un rato después, estoy tumbada en el sofá, las manos firmes alrededor de mi taza de café. Y apenas a unos cuantos centímetros, Zane bebe el suyo a sorbos perezosos. Puedo ver su rodilla a
través del gran rasgón que tiene en sus vaqueros. El pelo de sus piernas es fino y rubio, igual que el de su cabeza. Tengo que resistir el impulso de estirar la mano y acariciarlo.
—¿Así que antes vivías en Iowa City? —intento hacer que mi voz suene sexy y gutural, pero lo único que consigo es que suene chillona.
—Sí. Nací aquí. Nos mudamos a Chicago cuando era pequeño. Mamá quería regresar. No te ofendas, pero no soy exactamente un fanático de Iowa —dice sonriendo a modo de excusa.
Sus dientes son tan blancos. Una ligera barba de tres días cubre su quijada cuadrada. Me gustaría sentirla contra mis mejillas, contra mis labios. El estar cerca de él parece haber reducido mi foco y todo lo que veo es su cara.
—No hay mucha gente que lo sea —digo.
Zane toma una fotografía de papá, Mattie y yo.
—¿Qué hace tu padre? —dice señalando la foto.
—Cirugía pediátrica —digo—. Hoy está operando a un chico que
nació con las entrañas fuera.
Zane sacude su cabeza.
—Impresionante. Quiero decir, el trabajo de tu padre, no el bebé con las entrañas fuera.
—Lo sé —digo, consciente de la pizca de amargura que tiñe esa respuesta.
—¿Y tu madre? —ambos miramos la fotografía que Zane tiene en las manos, hacia el especio donde debería estar la madre, pero no está.
Me sorprende un poco que se haya atrevido a plantear semejante pregunta cuando salta a la vista que
mi madre ha muerto o está en otra parte, viviendo un vida que no me incluye a mí, pero entonces recuerdo que el primer día que nos vimos me contó que su padre estaba muerto. Supongo que es el curso natural de la conversación para ambos.
—Cáncer de páncreas. Murió cuando yo tenía once años.
Zane asiente con la cabeza, como si hubiera confirmado algo que ya sospechaba.
—Tuvo que ser muy duro.
Bajo la mirada y me concentro en mi taza de café.
—Lo fue. Lo es aún, incluso. No ayuda mucho que papá esté todo el tiempo fuera. Prácticamente me he convertido en el padre de mi hermana. Ni siquiera vino de inmediato para ayudarme a cuidarla cuando nos enteramos de la muerte de Sophie.
Zane hace un ruidito comprensivo.
—Sé a qué te refieres. Mi madre no ha sido ella misma desde hace años. Desde que mi padre murió, ha estado viviendo en su pequeño mundito.
—¿Qué edad tenías cuando tu padre murió?
—Se suicidó cuando yo tenía tres años.
La naturalidad con que menciona el suicidio de su padre me silencia por completo.
—No hay problema —dice, como para subrayar que es consciente de que no existe reacción adecuada para semejante noticia—. En realidad no lo recuerdo. Era muy pequeño. Aunque tengo una foto de los dos. Él está empujándome en un columpio. Y tiene una gran sonrisa en
la boca, pero en sus ojos puedes ver que no está feliz. Lo hizo un mes después de que nos tomaran esa foto.
Oh, Dios. Desearía poder deshacer esta conversación, regresar a la tenue nube de ensueño en la que me sentía flotando hace apenas un momento.
Con todo, las confidencias que hemos compartido han vencido mi timidez. Estiro la mano y tomo la suya y entrelazo mis dedos en los espacios entre los suyos. Su mano se aferra a la mía.
Baja su taza e inclina su cabeza
hacia mí. Su aliento es dulce a pesar del café, pero hay algo más en él: tristeza, tal vez. Sus labios se apoyan sobre los míos.
He aquí la esencia de un beso. Está repleto de todo lo que he echado de menos durante tantísimo tiempo. Sintonía. Comprensión. Calor. Y todo ello me atraviesa tan rápido que siento como si me estuviera ahogando. No puedo respirar. Sin pensar en lo que estoy haciendo, lo aparto y, de inmediato, veo en sus ojos que lo he herido.
En el acto, me arrepiento. Abro
mi boca para disculparme, pero él ya está de pie.
—Tengo que irme.
Antes de que pueda protestar, Zane se ha marchado. Me fundo sobre el sofá con la respiración entrecortada, consciente de que nunca he deseado algo tanto como poder retroceder en el tiempo y volver a ese beso. Y eso me asusta. Me aterra tener a mi alcance algo tan hermoso y tenue porque sé muy bien que, en algún momento, terminaré perdiéndolo.
Horas después, cambio una y otra vez de canal, intentando hallar algo lo suficientemente interesante como para mantenerme despierta hasta que llegue Mattie. Debería subir a mi habitación y buscar mis pastillas de cafeína, pero soy incapaz de moverme, me siento agotada, como si me hubieran pegado al sofá. No tengo la energía que necesitaría para subir las escaleras, así que me limito a quedarme aquí y ver la tele y esperar.
¿Quiero ver un documental sobre el síndrome de Diógenes? No.
¿Padres forzosos? Tampoco.
¿Gran hermano? Menos.
Me quedo en el canal de Ciencia. Pasan un programa en el que dicen que el mundo se acabará pronto, y eso de algún modo me anima porque al menos así el asesino de Sophie no tendrá tiempo de hacerme picadillo para silenciarme. Finalmente, me rindo.
Y antes de que pueda darme cuenta, me deslizo.
Cuero negro. Las vibraciones de un motor en marcha me suben por las
piernas y trepan por la espalda. Reconozco la inconfundible mezcla de gasolina y champú con olor a naranja.
Scotch.
Pero no creo que esté dentrode Scotch. No. La persona en la que me he deslizado va sentada en el asiento del pasajero y se frota el lóbulo de la oreja con el pulgar y el índice. Cuando caigo en la cuenta de que a la chica le falta un pendiente, saber en quién estoy es cuestión de sumar dos más dos: Amber. El maldito pendiente que recogí en el lavabo y
me metí al bolsillo de los vaqueros ha debido atravesar lo tela y pincharme el muslo.
Cuando Amber gira la cabeza, veo a Scotch mirando fijamente a través del parabrisas en dirección a la nada. La vista se extiende kilómetros y kilómetros. Casas de techos inclinados, árboles mudando de follaje, farolas brillantes. He estado aquí antes, es el mirador. Rollins y yo vinimos aquí la única vez que he fumado maría. Cumplimos a cabalidad con el tópico: echados sobre el capó de su coche, mirando a
las estrellas y preguntándonos si había algo más, cualquier cosa, ahí fuera, en la inmensidad del cielo estrellado.
—No puedes decírselo a nadie
—dice Scotch.
Parece que he llegado justo en medio de una conversación.
—Fue solo una vez, y usamos protección —la voz de Scotch está teñida de desesperación: estoy segura de que habla acerca del embarazo—. Probablemente el bebé ni siquiera era mío. Samantha me dijo que vio a Sophie en el coche del
señor Golden después de la escuela. Quién sabe con cuántos chicos se estaba acostando.
Finalmente, Amber habla:
—¿Cuándo te enteraste de lo del embarazo?
—La semana pasada. Antes de... Scotch no termina la frase. En
lugar de hacerlo le da un trago a la botella que sostiene entre sus piernas.
Dos nuevas lágrimas recorren las mejillas de Amber. Me pregunto cómo fue que terminó aquí, en el coche de Scotch, estacionada en el
mirador. ¿Se encontraron después del funeral? ¿Le propuso él dar un paseo? Supongo que eran dos cometas moviéndose a toda velocidad que chocaron el uno contra el otro: Scotch borracho y Amber necesitando a alguien a su lado.
—¿Piensas que fue por eso que lo hizo? —pregunta Amber.
Scotch golpea el volante con sus manos.
—No lo sé. Al principio, hablaba de hacerse cargo, marcharse a algún lado. Pero luego me dijo que no sabía si sería capaz de seguir
adelante con todo. Lo que debería haber hecho era librarse de él.
Desearía poder treparme a su cerebro y desmenuzar sus pensamientos. Cuando Sophie le contó que estaba embarazada, ¿entró en pánico? ¿Le insistió para que abortara? ¿Se negó ella?
Pero aunque consiguiera deslizarme en Scotch, no sería capaz de leer sus pensamientos. No es así como funciona. Lo único que podría hacer es ver el mundo desde su perspectiva, y esa, definitivamente, no es una posibilidad que me atraiga.
Amber cruza los brazos sobre su estómago y se mece sobre el asiento.
—Habría arruinado todos mis planes. Me habría arruinado la vida.
Scotch le da otro trago a la botella y luego sacude la cabeza como si le escociera la garganta. Después se inclina hacia Amber y empieza a acariciarle el cuello con la nariz. Ella lanza una exhalación que es como una mezcla entre un suspiro y un gemido. Y cuando Scotch desliza su mano en el regazo de Amber, comprendo para dónde va
todo esto. Los recuerdos me asaltan, y en lugar de estar apretada en el asiento delantero de un Mustang, de repente estoy echada sobre un banco en los vestuarios de los chicos. Cuando Scotch toca a Amber, siento náuseas, exactamente como si estuviera siendo testigo de lo que me hizo esa noche. Es tan, tan desagradable.
El cuerpo de Amber responde a las caricias de Scotch y se inclina a su vez sobre él. Su seguridad ya no me preocupa. Me preocupa mi cordura. Si permanezco aquí
mientras ellos hacen lo que van a hacer, me voy a enloquecer. Por fortuna, lentamente empiezo a sentir que me deslizo de nuevo.
Una sensación de alivio me inunda cuando descubro que estoy de regreso en el salón de casa. El corazón late con fuerza dentro de mi costillar y los recuerdos de lo que ocurrió el año pasado en el baile de los ex alumnos bullen en mi cerebro. En lugar del programa sobre el apocalipsis inminente que estaba viendo antes de deslizarme en
Amber, están pasando un documental sobre los rituales de apareamiento de los babuinos. Tomo el mando a distancia y apago la tele temblando.
Subo las escaleras de dos en dos, afanada por llegar a mi habitación cuanto antes y tomar mis pastillas cuanto antes. Hay ocasiones en las que cuanto antes no es lo suficientemente rápido, y esta es una de ellas. Agarro mi mochila y meto la mano dentro, tanteando en busca de la forma curva del frasco. La tapa a prueba de niños salta con un giro y al instante los óvalos blancos están
en la palma de mi mano y de allí saltan a mi boca. Me las trago sin agua y sin vacilar.
Mi corazón no desacelera y recupera su ritmo normal hasta que no las siento deslizándose por mi garganta. Me prometo no volver a bajar la guardia. Cuando mi cuerpo se sumerge en la relajación del sueño, quedo desprotegida. Prefiero no dormir en absoluto que verme arrastrada junto a aspirantes a violadores. Y asesinos.
Paso la noche entera echada en cama viendo viejos episodios de
Buffy, la cazavampiros en la red. Me imagino a mí misma empuñando una estaca y persiguiendo a una figura misteriosa y enmascarada armada con un cuchillo en el que la sangre de Sophie todavía está húmeda. Derribo a mi presa y le rasgo la máscara que le cubre el rostro: es Scotch. Levanto la estaca y se la clavo en el pecho y él se desintegra como polvo y se lo traga la tierra.
14
En la mañana me doy una ducha eterna, intentando quitarme de encima hasta la más mínima partícula de Scotch con mi jabón con olor a vainilla. Probablemente me habría quedado todo el día bajo la cascada de agua caliente si mi hermana no hubiera empezado a gritar que me diera prisa. Me envuelvo en una toalla deshilachada y abro la puerta.
—¡Venga, que es tarde! —dice. La ignoro y camino hasta mi
habitación, donde me pongo unos tejanos desteñidos y una camiseta de Minnie Mouse y, armada con el cepillo y una sarta de obscenidades, me enfrento a la mata de pelo rosa que tengo encima de la cabeza. Frente a mí, en el espejo, una chica con ojeras me mira fijamente.
Encuentro una nota de papá en la cocina:
«Reunión a primera hora. Nos vemos en la noche.»
Tengo que reconocer que me alivia un poco no haberlo visto antes de que se marchara. Habría
advertido mis ojeras y me habría preguntado si he estado tomando mi Provigil como una buena chica narcoléptica, y no estoy segura de que hubiera tenido fuerzas para mentirle.
Estoy cogiendo unas galletas de canela y metiéndolas en mi mochila cuando, a través de la ventana de la cocina, veo a Samantha detener su coche delante de casa. Mattie entra corriendo, agarra un plátano con manchas negras y sale disparada gritando algo acerca de que llegará tarde a su entrenamiento. Las ruedas
chirrían cuando Samantha vuelve a arrancar.
Si voy a tener que ir caminando, lo mejor es que yo también me dé prisa. Descuelgo mi chaqueta púrpura del perchero que está en el recibidor y me embuto en ella antes de salir corriendo de casa.
En el camino de entrada me topo con Zane, que está apoyado en un coche blanco. Tiene el pelo rubio desordenado. Parece que no hubiera dormido.
—Hola —digo, repentinamente
cohibida por mi aspecto.
Desearía haber dedicado algún tiempo a maquillarme. O, al menos, a ponerme un poco de corrector para ocultar las ojeras.
—Hola. Pensé que quizá necesitarías a alguien que te lleve. No tienes coche, ¿verdad? —dice barriendo con la mirada nuestra entrada.
—No —digo mientras camino lenta y pausadamente hacia él—. Quiero decir que no, que no tengo coche. Así que ofrecerte a llevarme es muy amable de tu parte. Gracias.
Zane me abre la puerta y luego rodea el coche para ponerse al volante. Dentro mis pies rozan vasos desechables y envoltorios de chocolates. Cuando el coche se enciente, una canción de Nirvana prácticamente me revienta los tímpanos. Zane se apresura a bajar el volumen hasta un nivel más aceptable.
—Lo siento.
—Yo también lo siento —digo sin querer, y aunque de inmediato me tapo la boca con la mano, es demasiado tarde: eres una idiota.
—¿Por qué?
—Por apartarte ayer. Solo estaba sorprendida, eso es todo.
Zane clava la mirada en su regazo.
—Bueno, yo no debí besarte. Apenas nos estamos conociendo.
Da marcha atrás para salir del camino de entrada y hace una pausa para mirar a ambos lados antes de tomar la calle.
Quiero decirle que el beso no fue un error. Quiero decirle que lo disfruté. Quiero decirle que me gusta tanto que me aterra. Pero en lugar de
todo eso lo que digo es:
—¿Así que te gusta Nirvana?
—Oh, sí. Kurt Cobain es mi ídolo.
—Con excepción de todo el rollo suicida, ¿no?
Pretendía que fuera un chiste, pero al instante recuerdo lo de su padre.
—Oh, por Dios, lo siento. No era mi intención... —mi voz se apaga.
Ambos permanecemos en silencio los cinco minutos que tardamos en llegar a la escuela. Kurt
Cobain se encarga de conversar en nuestro lugar.
Conseguimos llegar a Lengua unos treinta segundos antes de que suene la campana. Algo me resulta extraño en el salón, algo ha cambiado, y me cuesta un instante entender qué es: la señora Winger está adelante, sonriéndonos a todos, lista para empezar el día, en lugar de estar acurrucada frente a la pantalla de su ordenador jugando al solitario.
¿A qué se debe su excitación? Mientras explica la tarea que vamos
a realizar, grazna emocionada y agita sus brazos fofos. Piensa que necesitamos algún tipo de cura después de la desgarradora pérdida que hemos sufrido. Necesitamos hablar de nuestros sentimientos, sacar todo fuera... una chifladura jipi, una gilipollez. Lo haremos de forma anónima, explica al tiempo que nos entrega a cada uno una hoja de papel verde con una palabra clave escrita en la parte superior. La mía es
«amarillo». Echo un vistazo a las que han recibido mis vecinos. «Púrpura.»
«Negro.»
Con auténtica emoción, la señora Winger sigue parloteando acerca de lo importante que es que nos expresemos. Quiere que escribamos cómo nos sentimos ahora mismo, en este instante exacto. Quiere que nos desahoguemos en el papel. Mike Jones levanta la mano y pregunta si «cansado» cuenta como sentimiento. La señora Winger lo fulmina con su mirada de la muerte patentada y continúa su ridículo monólogo.
Después de que hayamos purgado nuestros pensamientos y
emociones, recogerá las hojas y las mezclará. Luego las repartirá de nuevo, al azar, y cada uno escribirá una respuesta sincera, amable y humana. Sabe qué palabra clave le corresponde a cada uno, así que nos advierte que ni se nos ocurra escribir nada malo. Se agacha junto a la mesa de Zane y oigo que le dice que dado que es nuevo y no conoció a Sophie, puede escribir sobre cualquier cosa que lo aflija.
Para terminar, pone música clásica, «para escribir», se sienta en su escritorio, enciende el ordenador
(probablemente pensando en tener una partida ininterrumpida de solitario) y se relaja. Todos nos quedamos en silencio, mirando las hojas que tenemos delante hasta que, finalmente, uno por uno, mis compañeros se inclinan sobre sus pupitres y empiezan a escribir. Zane escribe una palabra, luego hace una pausa, luego escribe otra. Samantha, encorvada por completo sobre su hoja, garabatea con furia.
Soy la última en empezar. Mi lápiz me resulta extraño y duro y es como si tenerlo en la mano me
hiciera daño. Tardo en entender que se debe a la fuerza con que lo estoy apretando. ¿Qué tengo que decir de Sophie? ¿Cómo me siento?
Sophie era una de las personas más buenas que he conocido.
Me detengo. Me parece equivocado decir solo que Sophie era buena. Buenaes lo que le respondes al extraño que te pregunta por una peli que viste y con el que no tienes ganas de explayarte. Bueno es el tiempo. No significa nada. Nada en absoluto.
¿ Realmente qué tengo que decir
acerca de Sophie?
Masticando el borrador del lápiz, me digo que a fin de cuentas se trata de un texto anónimo. De modo que le doy media vuelta al lápiz y borro lo de que Sophie era buena.
Sophie era una persona hermosa, por dentro y por fuera, pero todos la trataban como si fuera basura. Las chicas a las que consideraba sus amigas solo la aceptaron cuando adelgazó. El chico que le gustaba se la jugó. Detrás de la muerte de Sophie hay mucho más de lo que nunca sabréis.
Antes de que pueda escribir más, la señora Winger está de nuevo al frente del salón:
—¡Tiempo! Ahora doblad vuestras hojas y devolvedlas.
Doblo mi hoja en dos y la paso adelante. Una vez las ha recogido todas, la señora Winger las baraja y luego recorre los pupitres repartiéndolas.
Pone una sobre mi escritorio. No la toco.
Cuando termina, hace un gesto para que desdoblemos la hoja que nos ha correspondido.
—Leed y responded —dice—. Intentad conectar de verdad con quien os ha escrito.
Los maestros son tan tontos. Piensan que realmente pueden hacernos desnudar nuestra alma mediante una estúpida actividad escolar. Si las barreras sociales impiden que los guaperas saluden a los empollones en los pasillos,
¿realmente cree que con esta actividad va a convertirnos en apenas unos minutos en los mejores amigos, como los chicos de El club de los cinco? Poniendo los ojos en
blanco, desdoblo la hoja que me ha correspondido.
Hay una chica. Y estoy muy seguro de que me gusta. Quiero decir, sé que me gusta, pero la cuestión es que no sé cómo decírselo. La verdad es que no sé cuál es el protocolo para estas cosas. Pues bien, supongo que eso es todo. Si tienes algún consejo, te lo agradeceré muchísimo.
Miro de soslayo a Zane. Esto tiene que ser suyo. A nadie más se le dijo que escribiera sobre cualquier cosa que le apeteciera. ¿Es vanidad
pensar que pudo escribir esto acerca de mí? Recuerdo el modo en que sus labios cayeron sobre los míos, tan cálidos y repentinos. Desearía regresar a ese momento y, en lugar de arruinarlo, dejarme llevar.
—¡Dos minutos!
La señora Winger ya está dando vueltas por ahí, apurándonos. Mierda. ¿Qué puedo decir?
Con rapidez, escribo:
Dile que es tan bonita que te mata un poco.
Luego vuelvo a doblar la hoja y la pongo en la mano tendida de la
señora Winger. Termina de recoger el resto de los textos y a continuación empieza a desdoblarlos y entregarlos de acuerdo con la palabra clave que cada hoja tiene en la parte superior. Veo a Zane abrir la suya. Sonríe.
La señora Winger me entrega mi hoja. Paso por alto mi nota original y leo la respuesta:
Oh, creo que estás leyendo demasiadas cosas en lo que sucedió. La chica tenía problemas y eligió el camino fácil. Eso es todo.
Recorro el salón con la mirada. Samantha me está mirando con
atención. Le sostengo la mirada mientras, muy lentamente, arrugo la hoja de papel.
Suena la campana. Zane se detiene junto a mi mesa y espera a que recoja mis cosas. De camino a la puerta, tiro a la papelera la bola que he hecho con la hoja del ejercicio. Zane comenta que la señora Winger parece tener literalmente alas cuando va por ahí agitando los brazos, y yo me río.
Al salir al pasillo veo a Rollins, más allá, avanzando en nuestra dirección, probablemente para
encontrarse conmigo. Parpadea cuando me ve con Zane y parece un poco herido. Intento sonreír y saludarlo alzando la mano, pero se escabulle en los lavabos. Mi mano se queda revoloteando ociosa en el aire.
Todo el mundo me mira mientras camino por el pasillo junto a Zane. Es probable que ello se deba en parte a que Zane es el «chico nuevo», y el chico nuevo siempre llega envuelto en cierto aire de misterio, pero sé que la mayoría nos mira porque él es tan guapo que echa
humo. Saboreo las miradas de envidia que despierto al pasar junto a un grupo de novatas.
Zane se detiene en el surtidor de agua para llenar un botellín de plástico verde y yo lo espero cambiándome los libros de una cadera a la otra. Cada segundo que pasa el pasillo está más vacío, y los pocos que aún quedan corren para llegar a sus clases antes de que suene la campana.
—¿Qué tienes ahora? —le pregunto cuando termina de llenar el botellín.
—Gobierno con Carson. Supongo que podré echarme una siesta.
El señor Carson tiene que tener más de cien años. Ha estado enseñando en nuestra escuela desde su inauguración en la década de
1950. Su idea de una buena clase es encender el retroproyector y ordenarte que copies cinco páginas de notas garabateadas de forma desordenada y, luego, cuando has caído en un estado semicomatoso, darte un susto de muerte expectorando uno de sus pulmones en
un pañuelo púrpura en el momento en que menos te lo esperas. Cada año, los estudiantes hacen apuestas sobre si será o no su último curso.
—Oh, venga. Su clase es
«desternillante» —digo subrayando el adjetivo típico de las pruebas de vocabulario y Zane se ríe.
Su risa me revitaliza.
Toda la mañana he estado imaginándome los labios de Zane apretados contra los míos y superponiendo esa imagen de nosotros besándonos a la realidad. Solo estamos aquí, en medio del
pasillo, conversando, pero en mi cabeza tenemos los brazos el uno alrededor del otro y son nuestros cuerpos los que se encargan de la charla.
Suena la campana, la amenazadora realidad. Quisiera escapar a un universo alternativo, uno en el que pudiera liarme con Zane bajo las tribunas en lugar de andar preguntándome quién mato a Sophie Jacobs. De repente, entiendo la presencia del envoltorio de condón que encontré bajo las tribunas la semana pasada. Ese
envoltorio era la prueba de alguien huyendo de los deberes y los casilleros y las señoras de la cafetería, alguien huyendo de un mundo que permite que una chica desaparezca sin hacerse preguntas al respecto.
—¿Nos escaqueamos? —digo y la pregunta ha salido tan de la nada que me sorprende incluso a mí.
—¿Y adónde vamos?
—Conozco un lugar.
Zane sonríe. No sabe que él es mi refugio, el lugar al que quiero escapar.
Esta semana hace más frío. El viento zumba por entre las tribunas y atraviesa la delgada tela de mi camiseta. Debí haber pensado mejor mi plan, traer un abrigo o algo. Pero Zane saca uno de sus brazos de su descomunal abrigo de pana para que lo compartamos y yo pienso que todo es perfecto.
—¿Así que este es tu lugar? — dice mirando alrededor y abarcándolo todo: los envoltorios de caramelos, las colillas de cigarrillos, los montones de hojas secas.
—No es mayor cosa —digo—, pero sí, aquí es donde vengo.
Zane asiente con la cabeza.
—Tiene cierta... aura.
«Aura.» Una buena palabra para describir un lugar en el que puedes ver sin ser vista y donde puedes oír cosas que no quieres oír. Justo entonces entiendo por qué me siento tan bien bajo las tribunas. Acechar aquí abajo es como deslizarse. Soy un testigo, nunca un actor.
—Te has quedado callada: ¿qué tienes en la cabeza? —pregunta Zane chocando contra mí en tono juguetón.
Lo cierto es que sí tengo algo en la cabeza. No dejo de repetir la conversación entre Scotch y Amber que oí. Lo que dijo acerca de perder su beca: ¿sería Scotch capaz de matar a Sophie por negarse a abortar? ¿O es eso demasiado inverosímil?
Siento que necesito una nueva perspectiva. Podría contarle a Zane los aspectos básicos sin revelar mi secreto. Quizá me daría algunas luces.
—De acuerdo. Te lo contaré. Es sobre Sophie, la chica que murió.
Zane asiente.
—Pues bien, resulta que un policía fue a nuestra casa para hacerle preguntas a mi hermana acerca de cómo se encontraba Sophie en esos días, cómo se encontraba mentalmente, y, por casualidad, mencionó que Sophie estaba embarazada.
—Mierda, qué fuerte.
—Sí. Sea como sea, creo que tal vez sé quién era el padre.
¿Conoces a Scotch Becker?
Zane deja escapar un gruñido.
—¿Quién podría olvidar a un
tío llamado Scotch? Es el encantador colega que sugirió que me presentara al equipo de fútbol. Dijo que le parecía lo bastante guay como para hacerme cargo de sus descartes.
Durante un instante permanezco callada: esa frase ha acercado demasiado el dedo a la llaga.
—¡Qué asqueroso! En fin, que el día que Sophie murió, oí sin querer que Scotch le decía a uno de sus amigos que se había acostado con Sophie.
Zane mira fijamente al frente.
—Eso... eso es una putada —
dice.
Sigo su mirada hasta el campo
vacío. Es más fácil mirar a la nada al hablar de estas cosas que mirar a los ojos de Zane e intentar adivinar en qué está pensando. Lo que estoy a punto de decir podría desbaratar todo cuanto ha ocurrido entre nosotros en los últimos días. Quizá piense que estoy loca o paranoica como sugería la nota de Samantha en la clase de Lengua.
Pero quizá no.
—Bueno, pues ¿te parece una locura pensar que tal vez Sophie no
se suicidó? —digo.
Y en lugar de mirar a Zane, recojo una hoja seca de color ocre y empiezo a partirla en trocitos.
Zane guarda silencio durante un rato antes de responder:
—Vaya... ¿Qué quieres decir? Si Sophie no se suicidó, entonces
¿quién la mató?
Una nueva pausa.
—¿Piensas que Scotch la mató?
¿Por lo del embarazo? ¿Piensas que la mató e hizo que pareciera un suicidio?
Su voz revela sus dudas, pero
no suena como la de alguien convencido de que mi idea es tan descabellada que deberían encerrarme en un manicomio.
—Es una teoría —digo, diplomática—. Mira el caso de Scott Peterson, el tío que hace unos años mató a su esposa. Ella estaba embarazada de ocho meses. Ambos estaban casados. Pero él tenía deudas y una amante... Scotch tenía mucho que perder. Probablemente habría tenido que renunciar a su beca para la universidad y buscar trabajo como vendedor o algo así. Nunca habría
podido salir de Iowa.
Zane se inclina hacia delante arqueando la espalda y se frota la quijada, pensativo.
—Sí, supongo que sí. Con todo, me parece muy osado pensar que podría haber matado a una chica para no perder una beca.
Podría contarle a Zane lo que Scotch me hizo el año pasado. Sin embargo, si lo hiciera, me convertiría en una chica maltratada, y no quiero, así que decido disparar otra teoría.
—De acuerdo, he aquí otra
posibilidad. Los chicos han estado diciendo que vieron a Sophie en el coche del señor Golden. ¿Y si él era el padre? Ese sin duda sería un motivo para matar a Sophie, ¿no? Su trabajo estaría en peligro. E incluso podría terminar en la cárcel por haber tenido relaciones con una menor. En cambio, si la mataba y hacía que todo pareciera un suicidio, nadie sospecharía.
Zane tuerce la boca, como si estuviera considerando mis palabras cuidadosamente.
—Quiiiiiiizás. O quizás ella de
verdad se suicidó, Sylvia. Quiero decir, eso es lo que la gente hace cuando siente que no tiene escapatoria.
Me doy cuenta de que el suicidio de su padre es un peso que pende entre los dos. Zane, más que cualquiera, sabe que, para ciertas personas, cada día puede ser una carga tan abrumadora como para desear quitarse la vida. La cuestión es que él no conoció a Sophie. Si lo hubiera hecho, tal vez estaría más dispuesto a pensar de forma menos convencional.
—No estoy diciendo que estés equivocada, Sylvia. Solo estoy diciendo que, cuando se trata de estas cosas, la explicación menos complicada por lo general es la correcta. Sophie estaba embarazada. No sabía qué hacer. Es probable que estuviera asustada, que sintiera que no tenía salida. Me parece una receta para el desastre.
Tengo que reconocer que es un buen argumento.
Permanecemos un rato en silencio. Dejo que el calor de su cuerpo me invada. Compartir su
abrigo me recuerda aquella ocasión en la que Rollins y yo fingimos ser siameses. La diferencia es que cuando estaba con Rollins, mi corazón no parecía estar a punto de salir disparado de mi pecho.
A lo lejos oigo el sonido de la campana. Ha terminado la hora de clases. Es el momento de regresar a mi infierno personal, el instituto. Zane se quita la otra mitad de su abrigo para envolverme completamente en su calidez.
—Vamos —dice—. Y trata de no cortarte con los vidrios rotos. No
quiero imaginarte yendo a la enfermería y conociendo a algún otro chico.
15
Zane y yo nos mezclamos con el río de estudiantes que fluye por el pasillo. Alguien me coge por el codo y al volverme me topo con una animadora rubia con la que en otra época fuimos algo así como amigas. Sus ojos brillan y toda ella rebosa excitación.
—Te lo perdiste. ¡Mattie y
Amber se dieron de hostias!
—¿Qué?
—Acaba de pasar. Mattie le
dijo a Amber que era una zorra, así que Amber le dio un puñetazo. Fue tan... demente.
La chica se aleja de mí y se lanza hacia otro estudiante para continuar su transmisión de las últimas noticias.
—¿Pasa algo malo? —pregunta Zane cuando advierte la palidez en mi rostro.
—Es mi hermana. Dios, tengo que encontrarla. Hablamos luego.
—Claro, no hay problema. Nos vemos.
Tras apretarme la mano, Zane
desaparece entre la gente. Me pongo de puntillas e inspecciono la masa de estudiantes camino de sus clases en una búsqueda frenética de la cara de mi hermana. No la veo. Dejo que la corriente de cuerpos me lleve por el pasillo, pasando de largo salones y surtidores de agua. Cuando paso delante de la dirección, veo a Mattie a través de la ventana.
Mattie y Amber están sentadas fuera de la oficina del director, apenas las separa una única silla naranja bastante hortera. Ambas evitan mirarse y dirigen sus muecas a
sus regazos. La ropa de mi hermana está toda revuelta, el escote de su uniforme de animadora está rasgado.
El señor Nasty sale de su oficina. Gesticula y apunta con el dedo mientras habla, pero desde donde estoy no puedo oírlo. Dice algo a mi hermana y luego la hace salir con un gesto de la mano, como si estuviera cansado de verla.
Mattie sale disparada por la puerta y casi se estrella contra mí.
—¡Sylvi!
La tomo del codo y la conduzco a los servicios de las chicas. Una
alumna de último año en unos tacones ridículamente altos está delante del espejo, devolviendo a su lugar un lente de contacto rebelde. Parpadea unas cuantas veces, recoge su bolso rosa de la encimera y pasa a nuestro lado de camino a la puerta. Todos los cubículos están vacíos, así que puedo preguntar lo que se me dé la gana.
—¿Qué ha pasado? —pregunto cruzando los brazos sobre mi pecho.
De inmediato, Mattie estalla en lágrimas.
—Amber es una perra. Dijo que
Scotch había preñado a Sophie y que fue por eso que ella se suicidó.
Dejo escapar un largo suspiro.
—¿Eso dijo?
Mattie entra en un cubículo y empieza a coger papel higiénico. Se limpia las mejillas con él para quitarse las manchas de rímel que le surcan el rostro.
—Sí, bueno, estábamos junto a mi taquilla, y Samantha dijo algo acerca de que Amber se había marchado con Scott después del funeral. Amber nos dio a entender que él le había contado algo gordo y,
bueno, creo que la presionamos para que nos lo dijera.
—¿Y luego te pegó?
Mattie niega con la cabeza.
—No. Amber dijo que seguramente Sophie se había matado por eso: por el embarazo. Me enfadé, porque era como si eso la librara de toda responsabilidad. Quiero decir, después de lo que hicimos... Así que le dije que si ya se había olvidado de la foto que le habíamos enviado a todo el mundo, que si realmente pensaba que eso no había tenido nada que ver con la muerte de Sophie. Fue
entonces que me pegó.
Suspiro.
—No sigas.
Mattie se disuelve en una catarata de lágrimas. No puedo soportar su llanto sabiendo que se culpa por la muerte de Sophie. Desearía tanto poder decirle que, aunque Sophie se sintió insufriblemente herida por lo que sus amigas le hicieron, en realidad no se había suicidado. Pero me siento incapaz de decirle la verdad y me odio por ello.
En lugar de eso, la acerco hacia
mí y la envuelvo con mis brazos.
—Mattie, no puedes culparte o culpar a Amber por la muerte de Sophie. Hubo otros factores. Créeme. Si te arrepientes del error que cometiste, adelante, pero haz de ello un sentimiento productivo. Jamás vuelvas a hacer algo así. Pero no puedes ir por ahí pensando que Sophie está muerta por tu culpa.
Mattie se separa un poco de mí y me mira a los ojos.
—¿Estás segura?
—Por supuesto que lo estoy. Mattie. Te lo juro. Tienes que confiar
en mí.
Apoya su cabeza sobre mi hombro y se sorbe los mocos.
—De acuerdo.
Después de un rato, se aparta y va al lavabo. Se echa agua en la cara y se alisa el pelo. Al encontrar mi mirada en el espejo, me ofrece una pequeña sonrisa.
—Gracias, Sylvi.
—De nada, Mattie. ¿Qué dijo
Nasty?
—No fue demasiado duro conmigo por la muerte de Sophie. Dijo que sabía por lo que estaba
pasando y solo me dio tres días de suspensión dentro de la escuela. Se supone que debo ir y buscar algo en qué ponerme a trabajar.
Las suspensiones dentro de la escuela no son nada del otro mundo. Los chicos se refieren a ellas con ironía como «calabozo». Tienes que sentarte en una habitación pequeña que hay junto a la sala de profesores y escucharlos cotillear acerca de quién se está follando a quién, quién hizo trampa en el examen final de Macbeth, etc. Nada que no sepas ya. Y, si quieres, puedes pillar un
refresco en lata para que tu estancia resulte más agradable.
Mattie tiene el rostro lleno de manchas y sus ojos están enrojecidos e hinchados. En su mejilla se está formando un cardenal, allí donde, asumo, le pegó Amber. Parece a punto de echarse a llorar en cualquier instante.
—Mira, ¿quieres que vaya y busque tus deberes por ti?
—¿Lo harías? —pregunta aliviada—. No quiero que nadie me vea.
—Por supuesto. No estoy
precisamente de ánimo para ir a clases.
O, para ser sincera, no estoy precisamente de ánimo para toparme con Rollins después del desplante de esta mañana.
Mattie se abalanza sobre mí.
—¡Eres la mejor!
La llevo hasta la sala de profesores. El cristal está cubierto con periódicos, probablemente para que no podamos ver a los maestros ganduleando cuando deberían estar preparando sus clases. Mattie me despide diciendo adiós con la mano
y entra en la sala. Cuando desaparece, me pregunto a cuál de sus clases debería ir primero. Decido que Lengua, que es el salón más cercano. A su profesora no le gusta para nada que interrumpa su clase, pero encuentra una guía de lectura de Romeo y Julieta y me la entrega para que me vaya. Los demás profesores de Mattie son más agradables y me dan algunas hojas de ejercicios para que le lleve.
Después paso por su taquilla para recoger sus libros de texto. Es posible abrir el 97,3 % de las
taquillas de la escuela con solo golpearlas en el lugar adecuado, de modo que pronto aprendes que tienes que llevar tus objetos valiosos en todo momento. La taquilla de Mattie, que compartía con Sophie, es un desastre. Detrás de la puerta hay una serie de fotos pegadas con celo de forma caprichosa entre mensajes garabateados como «Scotch es metrosexual» y «Mattie + Sophie = MAPS» (Mejores Amigas Para Siempre).
Mis ojos caen sobre la fotografía que está en el centro de
todo, el ojo de la tormenta. Mattie está entre Sophie y Amber, las tres se abrazan entre sí por la cintura. Por sus caras pintadas como gatos, sé que la foto es de la feria estatal del verano pasado. Y, sin embargo, pareciera que hubiera sido tomada hace un millón de años. Una de las chicas está ahora muerta, y las otras dos estuvieron golpeándose en el pasillo. Esa foto es un recordatorio de cuán rápido cambia todo.
En el fondo de la taquilla, bajo unas zapatillas de deporte que apestan como el brócoli podrido y un
puñado de volantes publicitarios del lavado de coches organizado por las animadoras en septiembre y una bolsa de papel con algo sospechosamente baboso dentro, encuentro el libro de Lengua de Mattie. Negando con la cabeza, lo saco de un tirón, y termino sintiéndome como esos magos que consiguen quitar el mantel a una mesa repleta de porcelana.
Al levantarme, veo a Amber caminando en mi dirección. El pelo le cae en mechones largos y desordenados, y salta a la vista que
ha estado llorando. Lo cierto es que se ve bastante triste. Después de haberla visto encogida en el suelo de los servicios del tanatorio y, más tarde, liándose con Scotch Becker, lo más bajo de lo bajo, lo único que siento por ella es pena.
Se detiene en su taquilla y gira la manija, pero cuando trata de abrirla, no ocurre nada. Vuelve a intentarlo. Nada de nuevo. La taquilla sigue cerrada. Finalmente, Amber lanza un chillido y golpea el metal antes de bajar el puño derrotada.
—¿Amber?
Vuelve su rostro abatido hacia mí, pero no dice una palabra.
—¿Estás bien? ¿Puedo ayudarte en algo?
Se ríe con amargura.
—Sí, quiero muchas cosas.
¿Puedes retroceder el tiempo para mí? Porque eso sería estupendo. Podría volver al pasado y no ser tan idiota. No enviar esa foto a nadie. No ser una zorra. No pelearme de semejante manera con mi mejor amiga —dice mientras niega con la cabeza.
digo.
—Me refería a tu taquilla —
La aparto con suavidad y golpeó
la puerta justo en el lugar indicado y la taquilla se abre.
—Gracias —murmura.
Saca su mochila, se la echa al hombro y cierra la taquilla con un portazo.
—Supongo que nos veremos luego —se despide.
La veo alejarse por el pasillo y desaparecer en la esquina.
Quizá, se me ocurre, he estado equivocada todo este tiempo
respecto a Amber. Debajo de esa fachada fría y maliciosa parece ser una persona realmente vulnerable y alguien que es capaz de ver sus errores, y eso es mucho más de lo que puede decirse de cierta gente. Una vez Mattie se calme, prometo que intercederé por Amber para que vuelvan a ser amigas. Ambas podrían ayudarse mutuamente a superar la muerte de Sophie.
Armada con el libro de Lengua y las hojas de ejercicios me encamino a la sala de profesores. En el salón de los castigados, Mattie
está sentada dando la espalda a la puerta, la cabeza acunada entre sus brazos. En un primer momento, me pregunto si estará llorando, pero cuando la toco en la espalda y se vuelve, tiene la mirada despejada.
Pongo las hojas de ejercicios y el libro sobre la mesa, delante de ella.
—Gracias —dice.
—De nada. Tú harías lo mismo por mí —digo, pero en mi cabeza me pregunto si eso es cierto.
Cuando me vuelvo para marcharme, Mattie me sujeta del
brazo.
—No, es en serio —dice—. De verdad aprecio que estés aquí conmigo. Sé que no siempre nos llevamos bien...
—No te preocupes por eso. Es para cosas como estas que tienes una hermana con quien contar —siento cada una de esas palabras, pero cuando por fin salgo me descubro preguntándome con quién se supone que cuento yo.
16
Después de clases, me abro paso a empujones a través de la masa para llegar a mi taquilla. Pareciera que todo el mundo tiene algo que decir acerca de la pelea. Me gustaría llevar puestos un par de audífonos, así no tendría que oír todo el cotilleo acerca de mi hermana y Amber.
Justo cuando estoy embutiendo un cuaderno naranja en mi bolso, ya de por sí bastante lleno y con las costuras a punto de reventar, aparece
Rollins y se apoya en la taquilla que hay junto a la mía.
—Hola. Oí lo de tu hermana. Qué putada.
Le dedico una mirada gélida. Hay algo en el hecho de que me hubiera ignorado esta mañana y ahora venga de coleguita que me repatea.
—¿Así que ahora somos amigos? Porque esta mañana no estaba tan segura...
—¿Qué dices?
Rollins intenta parecer inocente y eso me enfurece.
Siento como si en los últimos dos días algo estuviera acumulándose dentro de mí, un c re s c e n d o de terror y rabia y frustración. La necesidad de dar salida a todo eso es tan fuerte.
Lo encaro.
—Repasemos los hechos. Te vas el viernes sin razón. Cuando la mejor amiga de mi hermana muere, no llamas, no escribes un mensaje, nada. Y ahora me evitas en los pasillos. Oh, sí. Te vi esta mañana. Tan pronto te diste cuenta de que estaba con Zane, diste media vuelta y
desapareciste. Déjame decirte algo, Rollins: ahora mismo necesito un amigo de verdad. ¿Lo entiendes?
En su quijada, un músculo se contrae. Pero él no dice nada. Solo da un giro de ciento ochenta grados y se va en dirección opuesta, apretando y desapretando sus puños.
—¿Qué ha sido eso?
Zane aparece de la nada, se detiene a mi lado y apoya su brazo en la puerta abierta de mi taquilla. Su sonrisa tiene una amplitud kilométrica, y es tan resplandeciente y cálida, que es casi como si el sol
me diera con fuerza en la cara.
—Nada —murmuro—. Es solo que estoy teniendo un día realmente espantoso.
—Veamos —dice, apoyando un dedo contra su mentón, como si estuviera pensando concentrado—. Solo hay una cosa que me hace sentir mejor cuando estoy teniendo un mal día: donuts rellenos de mermelada.
—¿Qué? —mi cara de funeral se resquebraja y deja escapar una sonrisa.
—Donuts rellenos de mermelada. Son como un orgasmo
instantáneo para tu lengua. Venga, vamos a comernos unos. Conozco el mejor sitio.
Cierro la taquilla de un portazo y dejo que Zane me lleve hasta el estacionamiento.
Una hora y 89.467 calorías
después, nos detenemos en el
sendero de entrada de mi casa.
Todavía estoy chupándome los dedos de esa deliciosa mermelada de cereza y, por supuesto, suspirando por el montón de azúcar que ahora tengo en la panza. El ambiente en el
coche es agradable y confortablemente cálido.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—dice Zane jugueteando con la radio.
Pone música vieja de los años ochenta. Es perfecto.
—Adelante.
—Rollins y tú, ¿estáis muy unidos?
—Somos amigos —digo, y de inmediato empiezo a sentirme bastante culpable por haber explotado así con Rollins. Para repararlo, añado—: los
mejoresamigos.
Zane absorbe esa información.
—Sigo pensando en lo que ocurrió ayer.
Tiene su mano sobre el apoyabrazos, no muy lejos de mi brazo desnudo. Se me pone la piel de gallina.
—Lamento haberte besado tan pronto. Siento que lo arruiné todo. Lo que quiero decir es que me pareces una persona realmente interesante y quisiera conocerte mejor.
Siento cómo una sensación cercana a la dicha se arremolina bajo
mi piel. Quiere conocerme mejor. Eso significa que no cree que esté loca como una cabra por ir lanzando esas teorías sobre asesinatos, ¿no es así? Eso significa que el también siente esta sintonía.
—No pasa nada. Es solo que está siendo un momento de verdad raro para mí —digo finalmente—. Todo lo ocurrido con Sophie y ahora con mi hermana, perdiendo el control así, no sé, es como si estuviera atascada en esta pesadilla y todos, excepto yo, estuvieran locos. O quizá soy yo la que está loca. No lo sé.
Cállate, Sylvi, cállate. Estás hablando más de la cuenta.
Después de un rato, Zane habla en voz baja:
—Yo tenía una hermana pequeña.
Ambos callamos. A pesar de que la calefacción no deja de soplarme aire caliente al rostro, me siento helada desde la punta de los dedos de los pies hasta la coronilla. La forma en que lo ha dicho, en pasado, hace que me entren ganas de llorar.
—Lo siento —digo, y luego
desearía haber dicho algo diferente, cualquier otra cosa—. ¿Quieres hablar de ello?
Zane se restriega los ojos y niega con la cabeza.
La bolsa blanca que llevo entre mis piernas se arruga cuando intento sacar un bollo:
—¿Un donut relleno de mermelada?
Nuestros ojos se encuentran y su sonrisa vuelve a brillar. Me levanta el ánimo tan rápido. Sus dedos acarician los míos al tomar el donut que le ofrezco. Le da un gran
mordisco, mastica y traga.
—Dios —dice—, eres tan hermosa. Me estás matando.
—Eras tú —digo en un susurro
—. En clase, quiero decir. Era tu nota.
Sus labios se curvan en una sonrisa.
El tiempo se congela. Y en este preciso momento, no me importa si esto terminará algún día. El miedo que me producía apegarme demasiado ha desaparecido, barrido por mi intenso deseo de hacer que este instante cuente, que sea tan
completo como puede ser.
Mi mano flota hasta su cara y le toca la mejilla. Inclinados el uno sobre el otro, nos besamos, con tanta dulzura. Sus labios saben a cereza. No sabía que esto pudiera ser tan maravilloso.
Cuando consigo obligarme a salir del coche de Zane, advierto que el coche de papá está en el sendero de entrada: un hecho inusual tan temprano. Pensaba que estaría en el hospital, poniéndose al día con el papeleo.
Una vez dentro, dejo mi mochila y voy a la cocina para servirme un vaso de agua. Un sonido extraño me hace detenerme en medio del vestíbulo. Es un murmullo... no, es alguien susurrando. El ruido proviene del estudio de mi padre. Me acerco un poco, esforzándome por entender qué es lo que dice.
—Para —bufa mi padre en voz alta—. Ya te lo dije. Por favor, no me llames nunca más.
Pasan unos pocos segundos y entonces él dice:
—No. No más. Adiós.
Me quedo paralizada. Sé que debería dar media vuelta e ir a la cocina a por mi vaso de agua como había planeado, pero mis músculos no me obedecen. ¿Con quién podría estar hablando mi padre? Sonaba como si estuviera poniendo fin a alguna especie de relación. Pero él ni siquiera salía con alguien... ¿o acaso sí?
Mi padre aparece en la entrada de su estudio con el teléfono móvil en la mano. Parece mayor, como si hubiera envejecido. Tiene arrugas profundas alrededor de los ojos y la
boca y camina encorvando la espalda. Y entonces levanta la mirada, sorprendido de verme.
—Sylvi —dice—. ¿Hace cuánto estás ahí?
Me encojo de hombros, intentado parecer despreocupada.
—No hace mucho. Acabo de llegar.
Papá guarda el móvil en el bolsillo y toma su chaqueta.
—Tengo que ir al súper por algunas cosas. ¿Necesitas que te traiga algo?
—No —digo.
—De acuerdo. No tardaré. Y se marcha.
Me quedo en la entrada de su estudio, intentando entender la llamada telefónica que acabo de oír. Tengo que reconocer que siempre me he imaginado a papá viviendo soltero el resto de su vida. Nunca se me ocurrió que pudiera querer ver a alguien más después de que mamá murió.
Sobre su escritorio hay una foto enmarcada de mi madre que me llama la atención. Es del día de su boda. En ella, mamá sonríe con
generosidad a la cámara, como si tuviera toda la vida por delante, como si nada malo pudiera pasarle nunca. Como si nunca fuera a morir, como si mi padre solo pudiera amarla a ella y solo a ella.
Mirar esa imagen hace que la tristeza me invada. Hace apenas un momento, estaba besando a un chico guapísimo, quizás incluso enamorándome un poco. Estaba lanzando la cautela al aire, permitiéndome sentirme ligada a algo. Pero ahora, delante de mí, tengo la prueba de que todas las
cosas buenas, sin importar cuán hermosas sean, llegan a su fin.
Me vuelvo y subo con dificulta las escaleras, cargando todo el peso de mi corazón.
17
La cena está resultando incómoda.
Mattie está allí sentada, retorciendo la cuchara entre sus manos y evitando hacer contacto visual con mi padre. Él llena nuestros platos con chili con carne humeando y los pone frente a nosotras en silencio. El chili es su forma de reparar el hecho de no haber estado cerca cuando Mattie estaba lidiando con la muerte de su
mejor amiga y confiarme a mí la tarea de ayudarla en semejante momento. También me pregunto si está buscando reparar algo más, acaso el no ser del todo sincero con nosotras. El hecho de mantener en secreto su relación con quien fuera que estaba al teléfono esta tarde.
Estira el brazo para alcanzar las galletas saladas y desmoronar algunas en su plato, después de lo cual pregunta de manera informal, casi demasiado informal:
—Y entonces, Mattie, ¿qué pasó con Amber hoy?
Mattie mira fijamente la cuchara que tiene en su mano.
—Dijo ciertas cosas acerca de
Sophie.
—¿Qué clase de cosas?
Papá toma un bocado y lo mastica metódicamente, sin dejar de mirar en ningún momento la cara de Mattie.
Después de una larga pausa, Mattie habla:
—Dijo que Sophie estaba embarazada de Scotch Becker.
Mi padre traga y frunce el ceño.
—¿Y por qué te molestó eso?
Mattie tamborilea con la cuchara sobre la mesa.
—Porque dijo que esa era la razón por la que Sophie se había suicidado, y yo sé que eso no es verdad.
—¿Y le pegaste por eso?
Mattie deja caer su cuchara al suelo.
—¡Yo no le pegué! Ella me pegó a mí. Yo solo la insulté. No tenían por qué suspendermepor eso.
Papá mantiene la calma.
—Bueno, el señor Nast simplemente no puede permitir que
los chicos se peleen en los pasillos. Dirige una escuela. Tiene que haber consecuencias, aunque...
—¿Aunque qué? —dice Mattie mirándolo a los ojos, desafiándolo.
—Aunque alguien se sienta herido.
Mattie lanza una larga exhalación.
—No tienes ni idea —dice.
Y, acto seguido, recoge su plato, con el chili intacto, y se marcha a la cocina. Oigo el ruido del plato al golpear con fuerza contra el fregadero. Mi padre hace una mueca
de dolor.
—Me voy a la cama —anuncia
Mattie de regreso en el comedor.
Sube las escaleras haciendo tanto ruido como puede y se encierra en su habitación dando un portazo.
Mi padre suspira y deja caer la cabeza entre sus manos.
Me muero de ganas de seguir el ejemplo de Mattie y retirarme de esta deprimente cena familiar, pero me parece cruel dejar a mi padre aquí sentado, solo. Cuando levanta su rostro, veo lágrimas brillando en sus ojos.
—No puedo hacer esto yo solo
—dice, más hacia el techo que dirigiéndose a mí.
No sé qué responder. No sé ni siquiera si debo responder.
—Dios. Si solo tu madre estuviera aquí —continúa—. Yo es que simplemente... no estoy preparado. No puedo lidiar con esto.
La forma en que añora a mi madre me abruma. En este momento, casi desearía que de verdad estuviera saliendo con alguien. Mi padre necesita a alguien en su vida, alguien diferente de Mattie y de mí,
alguien con quien hablar.
Estiro el brazo y entrelazo su mano con la mía.
—Lo estás haciendo bien, papá. Mattie solo está molesta. Se pondrá bien —digo esperando no estar diciendo una mentira.
Papá mira nuestras manos entrelazadas y deja escapar una lágrima que corre mejilla abajo. Me aprieta la mano e intenta sonreír.
—En ocasiones me recuerdas tanto a tu madre, Sylvi. Ella siempre sabía qué decir. Era como su pudiera ver dentro de ti y entender
exactamente cómo te estabas sintiendo. Así eres tú.
Sus palabras me hacen sentir incómoda. Por lo general, lo que yo siento es que sé demasiado acerca de otras personas: sus secretos me corroen por dentro.
—Sylvi, ¿me harías un favor? Ve con tu hermana. Ella necesita ayuda. Tú probablemente entiendes mejor que yo por lo que está pasando. Estoy seguro de que sabrás qué decirle.
Consigo sacar una pequeña sonrisa.
—Claro, papá.
El teléfono de mi padre zumba. Lo saca de su bolsillo, echa un vistazo a la pantalla y responde.
—¿Hola?
Mientras lo miro, sus ojos se secan y se tornan serios, eficaces.
—No hay problema. Estaré allí en media hora.
Cuelga y me mira.
—Lo siento, Sylvi. Tengo que irme.
—Lo sé, papá. Ve.
Arriba, Mattie está echada en su
cama, hojeando un álbum fotográfico de épocas más felices. En una página, mi madre me empuja en un columpio, y puede verse a mi hermana al fondo, en un cochecito rosa. Está sujeta con el cinturón y estira sus brazos hacia mi madre, como si quisiera sumarse a la diversión. En la página siguiente, papá y mamá preparan la cena juntos y yo, bailando entre ambos, pruebo algo con una cuchara de madera y hago muecas. Mattie aparece en su trona, con un montículo de cereal en su bandeja.
Me siento a su lado en la cama, pero ella no levanta la mirada. Y habla como si se dirigiera a las personas que aparecen en las fotografías.
—¿Qué recuerdas de ella? — dice recorriendo con un dedo la sonrisa de nuestra madre.
—¿De mamá?
Mattie asiente con la cabeza:
—Siento como si hubiera olvidado todo lo importante —dice.
Me echo de espaldas sobre la cama y miro al techo.
—No sé. Olía como las
violetas. Cuando íbamos de paseo en el coche, inventaba historias acerca de las constelaciones en el cielo. Para ella eran como personas. Cada una tenía un pasado y relaciones peculiares. Ella podía pasar horas contando cómo los gemelos Géminis se peleaban por Andrómeda.
Mattie pasa la página.
—¿Qué más?
—Le gustaba comer bocadillos de mantequilla de cacahuete y plátano. Solía poner la música duro y bailar saltando. Se pintaba de púrpura las uñas de los pies.
Mattie examina cada página del álbum de fotos con cuidado, como si buscara pistas de quién era nuestra madre. Finalmente llega a la última página, está en blanco. Siempre ha estado en blanco. No sé qué estaba esperando encontrar, pero arroja el álbum al suelo.
—Eso no es suficiente —dice, sus palabras ahogadas por sus sollozos.
Me incorporo y la abrazo.
—Lo sé —le susurro—. Sé que no es suficiente. Pero escúchame: nos tenemos la una a la otra. Si
necesitas hablar acerca de algo, puedes decírmelo. No importa sobre qué, ¿entendido?
Mattie asiente y coge un pañuelo de papel de la mesita de noche. Le froto la espalda mientras se suena la nariz. Afuera ha oscurecido. Nos rodean las sombras.
Finalmente, mi hermana se aparta y se reacomoda sobre la cama, abrazando una almohada contra su pecho.
—¿Puedo hacerte una pregunta, Sylvi?
—Por supuesto.
Mattie le quita una pelusa a su almohada antes de hablar.
—¿Por qué dejaste de ser amiga de Samantha y de todos esos chicos?
Suspiro. Me contentaría con dejar que Mattie piense que la gente popular de la escuela me rechazó por ser una friki, pero la forma en que me mira me hace querer decirle la verdad, o al menos tanto de la verdad como me siento capaz. Además, pienso que debería saber de qué son capaces las personas con las que se relaciona. Quizás eso la salve de ponerse en la misma situación en que
me vi yo.
—¿Recuerdas el vestido púrpura? —digo.
Asiente con la cabeza emocionada, como sabía que haría. Ella estaba conmigo cuando encontré el vestido. Estaba casi tan entusiasmada con él como lo estaba yo misma.
Y entonces le cuento lo que ocurrió.
Le cuento que a Samantha y a mí nos gustaba Scotch. Le cuento que fui la elegida y todas las cosas que Samantha hizo para castigarme por
ese hecho. Le cuento que bebimos en el parque Kapler antes del baile. Le cuento que me sentí mareada y me desmayé y que desperté con el vestido por la cintura, oyendo el sonido que hacían los puños de Rollins contra el cuerpo de Scotch.
Lo único que dejo fuera es el haberme deslizado en Samantha, pero ese no es un ingrediente esencial de la historia. Lo que me ocurrió esa noche pudo ocurrirle a cualquiera. No es un caso único. Pero es suficiente para que el rostro de mi hermana se arrugue de nuevo y
empiece a llorar, suficiente para impulsarla a rodearme con sus brazos y apretarme con fuerza contra su pecho.
Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que lloré por lo ocurrido esa noche. Pero por alguna razón, al contárselo a Mattie, veo lo ocurrido desde una perspectiva diferente. Mi corazón se agita por la chica del vestido púrpura, por la chica enamorada que se topó con bastante más que lo que estaba buscando. Al recordar cómo lo vi desde los ojos de Samantha, Scotch
arrastrándome a los cambiadores, empiezo a llorar para la niña que era antes.
Así que dejo que mi hermana me abrace, y cuando me pide que me quede con ella esa noche, se lo agradezco. Es como cuando éramos pequeñas, después de que mamá muriera, y Mattie tenía pesadillas. Entonces iba hasta mi habitación y yo levantaba las mantas para que ella se metiera en mi cama.
Miro su rostro mientras se va quedando dormida. Se ve tan joven, tan ingenua. Me da rabia que no haya
podido pasar más tiempo con nuestra madre, que yo sea la única persona a la que puede acudir en este momento. Esos pensamientos me dan vueltas en la cabeza y antes de que sea consciente también me quedo dormida.
Estoy en medio de una feria ambulante. Una noria gira hacia atrás y un payaso triste sostiene un racimo de globos negros. Mi madre monta sobre un unicornio púrpura en el tiovivo. La veo girar en mi dirección y ella me saluda agitando la mano, su
cara radiante de emoción. Su aspecto es el mismo de las fotografías, se ve joven y sensacional.
Parece un ángel.
Corro hasta la verja y, apoyada contra ella, la llamo. Alguien me toca en el hombro, y cuando me giro, allí está ella. Lleva unos vaqueros rasgados y una camiseta de Alice in Chains.
—Sylvi —dice con su voz suave y cantarina.
Mi madre me lleva hasta un banco y nos sentamos cogidas de las manos. Apoyo mi cabeza contra su
hombro y percibo su maternal aroma a talco y violetas y leche.
—Mamá.
Decir esa palabra me hace sentir bien. Tengo tantas cosas qué preguntarle. ¿Cómo supo que estaba enamorada de papá? ¿Sabían sus besos a donuts rellenos de mermelada? ¿Cómo seguir adelante cada día sabiendo las cosas terribles que la gente es capaz de hacer?
¿Cómo puedo ayudar a mi hermana a atravesar las tinieblas de la muerte de una amiga y la traición de otra?
Todos mis interrogantes se
desvanecen cuando la miro a los ojos azules contra el cielo negro.
Ella me quita el pelo de la cara.
—Mi bebé.
—Sí. Sí, mamá —no puedo dejar de decirlo—. Mamá.
Empieza a llover, y cada gota que se desliza por las mejillas de mi madre se lleva consigo un poco de ella. Me abraza por última vez y luego la lluvia se la lleva por completo. La lluvia se lleva todo.
Estoy llorando cuando despierto en la habitación de Mattie. La
almohada está mojada. Cuán injusto es volver a tener una madre durante unos segundos en un sueño solo para perderla de nuevo en el instante en que abro los ojos.
El reloj despertador dice que son un poco más de las diez. Necesito levantarme, hacer algo que me mantenga alerta. Me deslizo fuera de la cama de Mattie, salgo de puntillas al pasillo y dejo la puerta apenas entreabierta. Al entrar en mi habitación, enciendo la luz y el brillo me ciega. En un rincón, una cara llama mi atención, pero cuando
puedo ver bien me doy cuenta de que no es más que el rostro del ángel en la camiseta de los Smashing Pumpkins. La había colgado en el espaldar de mi mecedora y luego la había olvidado. Hay algo en los ojos del ángel, en la expresión de su rostro, que me recuerda a mamá.
Cojo la camiseta, meto mis brazos entre las mangas y me la pongo. La tela es más suave de lo que parece, pero sus caricias sobre mi piel son un pobre sustituto del abrazo de mi madre en el sueño.
Después de tragarme unas
cuantas pastillas de cafeína recupero mi libro de astronomía que había dejado en mi mesita de noche. Lo abro al azar y empiezo a leer acerca de la teoría del Big Bang. Apenas he leído un párrafo cuando las palabras empiezan a girar con brusquedad sobre la página.
Estoy mareada. Y siento un dolor leve detrás de los ojos.
Estoy a punto de deslizarme.
Y entonces me doy cuenta de que llevo puesta la camiseta que Rollins me regaló.
Un campo entero se extiende a mi alrededor, no un campo natural sino uno hecho por la mano del hombre. La pintura blanca marca el perímetro y las zonas en que se divide un campo de fútbol americano. Es oscuro, pero el perfil de la escuela es inconfundible. Más allá, el negro cielo canta con estrellas.
Rollins atraviesa el campo, en dirección a uno de los postes. Es extraño estar dentro de él. La forma en que su cuerpo se mueve, su andar encorvado, me resulta muy familiar,
pero jamás la había experimentado desde esta perspectiva. No sé cómo lo evité a lo largo del último año, desde que somos amigos. Pensaba que la razón era que él sabía contener muy bien sus sentimientos. Nunca dejaba una huella emocional en las cosas con las que entraba en contacto.
Salvo esta vez: en la camiseta que me regaló. Qué extraño.
A medida que se acerca al poste, veo la silueta de alguien que le espera: una silueta de mujer. Me sorprende sentir una súbita punzada
de celos. No sabía que estuviera viéndose con alguien. ¿Tanto nos hemos alejado que ya no me entero de estas cosas?
El pelo de la chica brilla en la tenue luz que despide una farola lejana. Solo conozco una chica que tenga el pelo exactamente de ese color marrón chocolate. Es Amber. Amber Prescott.
La confusión me abruma. Aunque Amber nunca ha mantenido en secreto que Rollins la atrae, él siempre la había ignorado. ¿Qué está pasando aquí?
Menos de cinco metros los separan cuando oigo que Rollins dice:
—Gracias por venir.
Amber sonríe y mete la mano en el bolso que cuelga de su hombro, un Prada blanco y negro. Saca un paquete arrugado, pero es demasiado oscuro para saber qué es.
—Me alegro de que llamaras. Me sentía sola —dice.
Rollins abre la boca para responder, pero antes de que pueda oír lo que dice me siento arrastrada lejos de la escena.
Me pongo de pie de un salto, respirando con dificultad. De inmediato me quito la camiseta de los Smashing Pumpkins y la arrojo al suelo.
Mi teléfono me despierta antes del amanecer. Me incorporo y tanteo a ciegas buscándolo. He debido quedarme dormida en las primeras horas de la madrugada, y ello a pesar del puñado de pastillas de cafeína que me tomé después de presenciar el encuentro de Rollins con Amber.
Por el tono sé que quien llama
es papá, pues fue él el que me lo hizo descargar el año pasado cuando estaba estresada por los exámenes finales: «Don’t Worry, Be Happy.» Juro que la melodía es peor que la alarma de mi reloj despertador.
—¿Papá? Son las cinco y media.
—Sylvi, tengo que hablar contigo.
Y al oír esas palabras sé de inmediato que ha ocurrido algo terrible. Es la clase de frase que dices inmediatamente antes de contar una mala noticia. Como cuando
tienes que decirle a un niño que no existe Papá Noel. O que a su gato le ha pasado por encima un camión.
O algo mucho, mucho peor.
De repente me descubro sentada, apretando con fuerza el móvil contra la oreja.
—¿Qué ha ocurrido?
—Los padres de Amber llamaron. No regresó a casa anoche. Querían saber si estaba con Mattie.
Eso no es todo. Hay más. Por el tono de su voz sé que hay algo que no me ha dicho.
—¿Y?
—Cariño, Amber está muerta.
La irreversibilidad descarnada de esas palabras me deja sin aliento.
Paso un rato luchando por encontrar mi voz, intentando recordar la última vez que vi a Amber. Fue en las taquillas. Esa fue la última vez que la vi con mis propios ojos. Pero anoche, a eso de las diez, estuve conella.
O, mejor, Rollins estuvo con
ella.
Me cambio el teléfono de oreja.
—El señor Golden oyó el
disparo y encontró su cadáver en el
campo de fútbol. Él es tu profesor de psicología, ¿verdad? Al parecer estaba en la escuela preparando sus clases. Sabe Dios qué hacía allí tan tarde. ¿Qué maestro se queda hasta las diez de la noche? La policía dice que... parece otro suicidio.
Yo, en cambio, estoy dispuesta a apostar que no fue un suicidio. Del mismo modo que la muerte de Sophie no fue un suicidio.
—Sylvi, ¿estás bien?
Papá quiere asegurarse de que estoy en mis cabales para que pueda hacerme cargo de Mattie. ¿Acaso
tengo alternativa? Tengo que estar bien. Tengo que mantener a salvo a Mattie.
Hay dos animadoras muertas. Ella podría ser la próxima.
—Iré a casa en la noche, ¿de acuerdo? Tenemos una situación crítica aquí y no podré ir antes. Necesito que estés con Mattie hasta que llegue a casa. No habrá clases hoy. La policía ha acordonado la zona.
En mi cabeza veo la cinta amarilla alrededor del campo de fútbol, mecida por el viento. La tiza
marcando el sitio en el que se halló el cuerpo. ¿Usan tiza sobre la hierba?
Mi padre interrumpe mis pensamientos.
—¿Estás bien? ¿Estás bien, Sylvi? ¿Puedes hacerte cargo?
Estoy asintiendo con la cabeza, pero él, por supuesto, no puede verlo.
—Sí, papá, puedo. ¿Debo contárselo?
Lo oigo exhalar.
—Supongo que es lo mejor.
¿Crees que podréis arreglároslas?
¿Estaréis bien?
La culpabilidad se cuela en su voz. Otro acontecimiento traumático en el que no estará a nuestro lado.
—No te preocupes —digo y, al instante, la melodía que identifica sus llamadas me viene a la cabeza: «sé feliz»—. Me encargaré de todo.
18
En la cocina, preparo una mezcla para tortitas mientras pienso en qué voy a decirle a Mattie. No parece haber una buena forma de darle la noticia. Me alegra no ser un médico. Mi padre debe de pasar por esto todo el tiempo: buscar en su mente las palabras perfectas para comunicar las malas noticias. Con tanta práctica, me pregunto por qué no sabe hacerlo mejor. Quizá debería pensar en lo que mi madre diría si
estuviera aquí.
Vierto círculos de mezcla en la sartén caliente, luego agarro un puñado de pepitas de chocolate y las dejo caer, una por una, en las tortitas. Un golpe en la puerta me asusta. Me asomo por la ventana y veo a Rollins de pie en nuestro porche. Durante un segundo, me quedo congelada, pero al instante reacciono y me agacho antes de que él pueda verme. Mi respuesta no tiene nada de meditado, es solo instintiva. Sin importar cuánto me esfuerce, no consigo encontrar una forma de explicar
cómo pudo morir Amber inmediatamente después de encontrarse con Rollins.
Vuelve a golpear la puerta. Cierro los ojos.
Vete. Vete ya.
Después de unos cinco minutos, me levanto y me asomo de nuevo. El porche está vacío. Rollins se ha ido. Respiro aliviada.
Sirvo las tortitas en un plato. Paso un buen rato de pie en frente de la nevera, mirando una fotografía de mi madre cuando estaba en la universidad, bronceada y delgada y
sonriente, con su pelo rubio y una camiseta sin mangas blanca. Debajo de esa foto hay una de mi hermana al terminar la primaria. A lado y lado, estamos papá y yo, poniéndole cuernos con los dedos. En cualquier otra nevera, esto sería una colección de recuerdos felices, pero en nuestra nevera es apenas un remedo de lo que fuimos en otra época, lo que podíamos haber sido. Una familia feliz.
Abro la puerta de la nevera y cojo el sirope para verterlo sobre las tortitas de mi hermana y que queden
exactamente como le gustan.
Empujo con el pie la puerta de la habitación de Mattie y entro con la bandeja con las tortitas y una naranja cortada en trozos. Ahora que estoy aquí, lo que he hecho parece tonto, como si las tortitas pudieran aliviar en algo el golpe que supondrá para ella enterarse de que otra de sus amigas ha muerto. Simplemente estoy actuando, como papá. Retrocedo un par de pasos, dejo la bandeja en el suelo del pasillo y vuelvo a entrar en la habitación. Voy a hacer esto a mi
modo.
Mattie ronca, sus pestañas apretadas contra las mejillas. Siento un deseo extrañísimo de meterme a hurtadillas en su cama, envolverla con mis brazos y sentir su pecho subir y bajar cada vez que respira. No obstante, en lugar de ello abro las cortinas y dejo que entre el sol, con la esperanza de que borre de algún modo la oscuridad de las noticias que traigo.
—¿Mattie? —digo sentándome cerca de ella para sacudirla con suavidad—. Mattie despierta.
Ella abre un ojo y me estudia. Luego se incorpora de un tirón, apartando las mantas color rosado princesa que la arropaban.
—¿Qué hora es? Oh, por Dios, llegaré tarde al entrenamiento. ¿Eso que huele son tortitas? ¿Es domingo?
—dice, mirándome confundida.
—Mattie, tengo algo que decirte.
En el acto, se paraliza y el miedo le anega el rostro. Sus
músculos se tensionan, como si
estuviera preparándose para el
impacto.
—No habrá clases hoy. Amber ha muerto.
Así, sin eufemismos, solo los hechos en palabras desnudas, desagradables. Como si le hubiera quitado una tirita adhesiva de un tirón, espero ahora el grito.
Mattie baja los hombros y luego los ojos. Puedo ver la noticia abriéndose camino a través de cada grupo muscular a medida que van perdiendo vigor. Primero la cara. Luego los brazos. Luego el tronco. Se desploma sobre la cama, desprovista de cualquier expresión.
—La encontraron en el campo de fútbol. Piensan que fue un suicidio.
Mientras lo digo, me pregunto quiénes son esos que piensan. Tengo una vaga imagen mental del oficial Teahen y un montón de figuras uniformadas rastreando palmo a palmo el campus en busca de pistas.
Mattie no dice nada.
Me da miedo dejarla sola, así que voy muy rápido a mi habitación y traigo unos cuantos discos y a mi viejo osito de peluche, Cleo. En el ordenador de Mattie pongo un CD de
los Smashing Pumpkins porque es lo que me gusta oír cuando siento que algo me arranca la vida. La voz de Billy Corgan es un bálsamo.
Poniéndole a Cleo entre sus manos, digo:
—¿Mattie? Vamos a superar esto. Te lo prometo.
Y me subo a su cama y la envuelvo entre mis brazos, como si estuviéramos en la Antártida y tuviera que utilizar el calor de mi cuerpo para mantenerla con vida. Es extraño: es solo después de que la abrazo que ella empieza a temblar.
La falta de sueño me está venciendo. Bebo una taza de café tras otra, pero ello no impide que los párpados se me cierren. Intento mantenerme de pie y ser productiva. Cada media hora voy a ver cómo está Mattie. A la hora de la comida, le llevo un bocadillo y un yogur, pero ella se limita a dejar la bandeja intacta en su mesita de noche.
Después de obligarme a darle un par de mordiscos a mi propio bocadillo, me refugio en el lavabo. Estoy desvaneciéndome. Lleno un
vaso con agua y lo uso para ayudarme a tragar unas cuantas pastillas de cafeína más, pero no soy lo bastante rápida. Demasiado tarde, me doy cuenta de que estoy sosteniendo el vaso de Scooby-Doo que usó el oficial Teahen el día que visitó nuestra casa.
Demasiado tarde, me doy cuenta de que debió dejar su huella en el vaso.
Demasiado tarde, me doy cuenta de que voy a deslizarme.
Y caigo rendida en el suelo del cuarto de baño.
El oficial Teahen está sudando. Su camisa está empapada. La tarde que estuvo en nuestra casa parecía muy calmado y sereno mientras interrogaba a Mattie, pero ahora descubro la fuerza con la que su corazón late. Realmente es muy bueno escondiendo sus sentimientos.
Se encuentra en una habitación de paredes de cemento desnudas. El único mobiliario son dos sillas plegables y una mesa. Del techo cuelga una luz fluorescente que alumbra todos los rincones. En una
de las paredes hay un espejo que se extiende casi de un extremo a otro: he visto suficientes series de policías para saber que es un espejo polarizado. Sentado al otro lado de la mesa está el señor Golden. Su aspecto es el de alguien muy enfermo.
El oficial Teahen saca la misma libreta pequeña que usó cuando interrogó a Mattie y coge un lápiz que lleva en el bolsillo.
—Una vez más, dígame: ¿por quéestaba usted en la escuela anoche? —dice y mira a la cara al
señor Golden.
—No me estaba sintiendo bien, así que estaba preparando las lecciones para el profesor sustituto.
Sobre la frente del señor Golden se materializan unas gotas de sudor.
—¿A qué hora fue eso?
—Esto... a las nueve y cuarenta y cinco.
El oficial Teahen anota la hora.
—Dígame qué pasó entonces. Sin omitir nada.
El señor Golden respira hondo.
—Bueno, saludé con la mano a
Eddie, el vigilante nocturno, y fui a mi salón. Escribí los planes de clase en la pizarra y organicé algunas hojas de ejercicios sobre mi escritorio. Después me marché.
—¿Cuánto tiempo le tomó hacer eso? —dice el oficial Teahen mientras, pensativo, golpea su lápiz contra la libreta.
—Quince minutos. Quizá veinte.
—¿Y fue entonces cuando oyó el disparo?
El señor Golden cierra los ojos con fuerza.
—Sí. Alrededor de las diez y
quince.
—¿Y entonces qué hizo?
El señor Golden vuelve a abrir los ojos.
—Fui al campo de fútbol, donde oí el disparo. Y encontré... llamé al
911 de inmediato.
El oficial Teahen tarda un minuto en hacer la siguiente pregunta. Tengo la sensación de que le cuesta trabajo encontrar la forma de plantearla. Finalmente, dice:
—Señor Golden, ¿cuál era su relación con Amber Prescott?
El señor Golden luce aturdido.
—Era una alumna.
—¿Nada más allá de eso?
¿Nunca habló con ella fuera de la escuela?
—No —el señor Golden suena agitado.
—¿Qué me dice de Sophie Jacobs? ¿Cuál era su relación con ella?
—También era una alumna.
—Algunos estudiantes han declarado que la vieron en su coche.
¿Es eso cierto?
El señor Golden se encoge de hombros con nerviosismo.
casa.
—Algunas veces la llevé a su
—¿Eso es todo?
El señor Golden hace una pausa
y el oficial Teahen le urge:
—Señor Golden, ¿sabía usted que Sophie Jacobs estaba embarazada?
El señor Golden baja la cabeza. Y después de una pausa larga, muy larga, dice:
—Sí.
Un grito de Mattie me trae de vuelta a casa. El ruido que oigo tiene
varias capas de espanto y terror. Estoy hecha un ovillo en el suelo del lavabo.
—Mattie, para. Estoy bien. Estoy bien.
Gateo hacia ella y me pongo de pie. Cuando acuna su cabeza entre mi hombro y mi cuello, sus gritos por fin se apagan.
Oigo abrirse la puerta principal.
—¿Chicas? —llama mi padre. Mattie se separa de mí y corre
escaleras abajo al oír su voz. Yo la sigo y los veo abrazarse. Papá la aprieta con fuerza, y me hace desear
que yo también pudiera sentir su calor.
—¿Estáis bien, chicas?
Es una pregunta tonta. Y de hecho, se pone un poco colorado.
En el fondo de mi cabeza, repito la conversación del oficial Teahen con el señor Golden. Necesito salir, encontrar algún lugar en el que pueda ordenar mis pensamientos.
—Voy a salir —anuncio tomando mi chaqueta del perchero.
—¿Adónde vas? —pregunta mi padre agarrándome de la muñeca.
Hay pánico en su voz. Sé que
tiene miedo de quedarse a solas con Mattie y su pena, pero necesito un respiro. De modo que alzo la mano para que me suelte.
—Afuera. Estaré de regreso en un par de horas.
Dicho lo cual, me escabullo por la puerta.
Camino deprisa para mantenerme caliente. Pareciera que la temperatura descendiera cada día más y más. Antes de que nos demos cuenta las hojas muertas estarán cubiertas de nieve. Nieve pura,
blanca. Esa idea me levanta un poco el ánimo.
En mi cabeza, recreo la escena de la estación de policía. Parece claro que el oficial Teahen cree que Golden está involucrado de alguna forma en las muertes de las chicas. Parecía estar insinuando que el profesor estaba teniendo una relación inapropiada con Sophie o Amber, o incluso con ambas. Si alguien me hubiera preguntado hace apenas unas semanas si el señor Golden sería capaz de algo así, habría dicho que ni de coña. Era un maestro muy guay.
A todos nos gustaba. Pero supongo que las apariencias pueden ser engañosas.
Giro en la siguiente calle, Arbor Lane. En la esquina opuesta hay una casa azul claro con una cerca de madera que hasta hace poco tenía un letrero inclinado de SE VENDE clavado en el antejardín. Esa es la casa de la que Zane habló. Ahí es donde vive.
Sin pensarlo, subo al porche y con los nudillos golpeo la puerta con suavidad. Tras un momento de silencio, oigo voces en algún lugar
de la casa. Alguien baja por las escaleras ruidosamente.
Zane abre la puerta de golpe y me mira sorprendido.
—Sylvi. ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Está todo bien?
—Sí. No. Yo solo... Necesito un donut relleno de mermelada.
Zane frunce el ceño.
—No me queda ninguno. Lo siento.
Su seriedad me hace sonreír a pesar de todo.
—Oh, no. Quiero decir, donuts de mermelada metafóricos,
¿entiendes? Necesito hablar con alguien.
—Ah —dice—. Donuts de mermelada metafóricos sí que puedo ofrecerte. ¿Quieres sentarte?
Zane señala un par de mecedoras. Me siento despacio en una y miro la calle. El vecindario en el que he vivido toda la vida me parece de algún modo distinto desde este ángulo.
—¿Qué pasa?
Un sollozo me asciende por la garganta. Me llevo las manos a la boca, un poco avergonzada por el
sonido. Hace apenas unos días que conozco a este chico. Y realmente empieza a gustarme. ¿De verdad quiero berrear como un bebé delante de él?
Zane se sienta en la silla que hay a mi lado y me coge una mano. La sostiene entre las suyas, suaves y duras al mismo tiempo. Desliza su dedo una y otra vez sobre la piel entre mi pulgar y mi índice. Eso hace que me estremezca.
—Murió otra chica —digo—. Otra de las amigas de mi hermana.
Se inclina hacia delante,
preocupado. Le cuento la llamada de mi padre y que he pasado el día entero cuidando de Mattie.
Le digo que tengo miedo. Mucho miedo.
Tengo miedo de que mi hermana no consiga salir viva de esto.
Durante todo el tiempo que llevamos hablando, Zane no ha dejado de frotarme la mano y es su contacto el que me da valor para seguir adelante. Cuando termino, nos quedamos allí, sentados. Al otro lado de la calle, una niña con una capa púrpura persigue a un perrito que
ladra. Oh, cuánto daría por ser esa niña.
Me doblo en el espacio entre su brazo y su cuerpo. Me fundo allí, y siento cómo él me recompone.
—¿Zane?
—¿Sí?
—Ayer mencionaste a tu hermana. ¿Qué ocurrió.
Él respira y luego empieza a hablar, lentamente.
—Murió en el hospital poco después de nacer. No sé con exactitud qué tenía mal. A mi madre no le gusta hablar de ello.
Sus ojos se ensombrecen mientras habla. Pienso en todo el dolor que ha experimentado a lo largo de su vida: el suicidio de su padre, la muerte de su hermana. Me pregunto si algunos de nosotros sencillamente estamos destinados a conocer la tragedia en persona. En ese sentido, nos parecemos.
—Debe de haber sido muy duro.
—Como dije, no recuerdo mucho sobre ella. Pero me preocupo por mamá. Es como si el pasado hubiera empezado a atormentarla desde que regresamos. Está
permanentemente en una especie de bruma. Intento que salga de casa, que haga cosas, que vea gente. Pero no quiere. Está... obsesionada.
Su preocupación por su madre me enternece. Lo rodeo con mis brazos, con fuerza. Me acaricia la parte inferior del cuello con su nariz y luego sigue con sus labios.
Cuando me besa, siento que las mentiras y la muerte y el mal que me rodean se desvanecen lentamente y que yo me renuevo.
19
Voy a ver a Mattie antes de salir para la escuela. No se mueve. Duerme el sueño sin sueño del Zolpidem, pero eso es bueno. Sin él, no sé qué estaría soñado. Animadoras muertas, cuerpos destrozados. Está mucho mejor con la mente en blanco. Me detengo por un instante para preguntarme si no debería quedarme en casa para cuidar de ella, pero supongo que estará a salvo con papá.
En el sendero de entrada, Zane me espera en su coche. Me pongo el cinturón de seguridad, aunque este no servirá de nada para protegerme del desastre que nos espera en la escuela. El director ha cancelado las clases normales del día y en su lugar ha organizado una asamblea.
Cuando llegamos a la escuela, tenemos que estacionar al otro lado de la calle porque el cordón policial impide el acceso al campo de fútbol y la mayor parte del estacionamiento.
Un par de chicos de Decisiones
Sabias están conduciendo a todos los
que van llegado al gimnasio. Llevan camisetas que dicen ¿TE SIENTES DEPRIMIDO? CUÉNTASELO A ALGUIEN. Las tribunas están abarrotadas de estudiantes inquietos y unos cuantos padres con cara de preocupación. Durante un rato me quedo abajo, mirando a los asistentes. No veo a Rollins por ningún lado. Y, ya puestos, tampoco a Scotch.
El zumbido de los rumores inunda el ambiente. Cada quien tiene su propia teoría sobre lo que le ocurrió a Amber. Algunos chicos
murmuran que estaba celosa de la aventura que Sophie tenía con el señor Golden. Otros dicen que se suicidó sintiéndose culpable de haber llevado a Sophie hasta el límite. Todo el mundo sabe que le envió una foto de Sophie desnuda a todo el equipo de fútbol.
Quiero gritar mis sospechas a voz en cuello: Sophie no se suicidó. Amber no se suicidó. Hay un asesino entre nosotros y es mejor que cada quien esté vigilante. Pero en lugar de ello, me concentro en poner un pie delante de otro mientras Zane y yo
subimos por las tribunas. Encontramos asientos al fondo. Desde allí podemos ver a todo el cuerpo estudiantil y a los profesores, nerviosos y algo atontados.
Zane me aprieta la mano.
—Todo va a estar bien.
Aunque estoy segura de que se equivoca, aprecio su esfuerzo.
Han dispuesto tres pantallas gigantes en la pista. La del medio, paralela a las tribunas; las otras dos ladeadas ligeramente hacia ellas. De repente, las luces se apagan y un proyector empieza a disparar
imágenes y palabras sobre las pantallas al ritmo de una canción de rock que suena a todo volumen. Las imágenes son fotografías de adolescentes atractivos, pero deprimidos. Un pelirrojo pelea con sus amigos. Un chico con una gorra de béisbol y aspecto abatido se sienta en las escaleras de la entrada de su escuela, con la cabeza entre las manos. Una rubia hermosa, de pie delante de un espejo, contempla una botella de píldoras.
Palabras como «tristeza»,
«soledad» y «depresión» se
intercalan con las fotografías. El desfile de imágenes y palabras se prolonga durante cerca de cinco minutos hasta que, finalmente, llega la última diapositiva: el número de emergencia para suicidas potenciales aparece en las tres pantallas.
—Creo que voy a vomitar —
digo en voz baja.
Está haciendo tanto calor. No puedo respirar. Necesito. Salir. De. Aquí.
Suelto la mano de Zane y me pongo de pie para irme. Él también se levanta, como si quisiera
acompañarme, pero lo aparto. Solo quiero estar sola. Como sea, consigo bajar de las tribunas y escabullirme hasta la salida del gimnasio.
El aire en el pasillo es mucho más fresco. Me apoyo contra una vitrina de trofeos abarrotada de balones de fútbol y de baloncesto dorados y relucientes. Cierro los ojos con fuerza, intentando averiguar qué fue lo que me molestó tanto de la asamblea, más allá del hecho obvio de que quienes la organizaron lo hicieron partiendo de supuestos completamente falsos.
Se me ocurre, sin embargo, que me habría sentido igualmente enferma incluso si Sophie y Amber de verdad se hubieran suicidado. La presentación era tan comercial, tan fabricada. Era como un pase de diapositivas diseñado por la MTV. Estoy en: Vida real: alguien está matando a las animadoras y haciendo que parezca suicidio.
Cuando las ganas de vomitar pasan, me aparto de la vitrina y sigo por el pasillo hacia los servicios de las chicas. Doblo la esquina y me detengo en seco.
Hacia la mitad del pasillo, veo a Scotch revolviendo algunos papeles dentro de una taquilla.
Retrocedo para escapar de su campo de visión. ¿Qué puede estar haciendo Scotch en el pasillo de los novatos? Después de unos pocos segundos, lo oigo cerrar la taquilla de un portazo. Y me tensiono por completo cuando empiezo a oír sus pasos, pero estos se hacen cada vez más débiles. Se marcha en dirección opuesta.
Con cautela, asomo mi cabeza para comprobar que se ha ido y
alcanzo a vislumbrar la espalda de su chaqueta al doblar la esquina en dirección a la salida de estudiantes. En el suelo del pasillo, más o menos hacia la mitad, hay algo negro.
Cuento hasta diez, por si Scotch se da cuenta de que se le ha caído algo y regresa para recogerlo. Al ver que no lo hace, salgo de mi escondite y camino hasta la cosa negra. Es un guante de cuero.
Una idea se abre paso a través mi cabeza como un relámpago: Tal vez podría usar esto.
No sé por qué no se me había
ocurrido antes esa opción. Siempre había pensado que deslizarme era una especie de discapacidad, algo que me ocurría sin mi consentimiento. ¿Pero qué pasaría si pudiera de algún modo forzar el deslizamiento mientras sostengo este guante?
La idea de entrar en la cabeza de Scotch me produce escalofríos. Cada vez que lo veo me siento físicamente enferma. Apenas fui capaz de manejar mi encuentro con él cuando me deslicé en Amber. ¿Sería de verdad capaz de deslizarme
dentro de él a propósito?
Me imagino a mi hermana, en casa, en cama, en un coma de Zolpidem. Indefensa. Si no hago algo para averiguar quién es el asesino, ella podría muy bien ser la siguiente.
Mi decisión está tomada. Me agacho, recojo el guante y me lo meto dentro del bolsillo. Una vez lo tengo, me pongo un poco paranoica pensando en la posibilidad de que Scotch advierta que se ha dejado el guante y vuelva por él, así que regreso por donde vine.
Todos los salones están a
oscuras y vacíos salvo uno: el del señor Golden. Cuando pasé por aquí hace un momento, no me di cuenta de que la luz estaba encendida, pero ahora advierto que hay alguien dentro. Me acerco con cautela y me quedo justo fuera para echar una mirada. El director Nast está de pie con la espalda hacia mí y el señor Golden está sentado en su escritorio, mirándose las manos entrelazadas. Retrocedo un poco para que no me vea en caso de que levante la cabeza.
El señor Nast es el primero en hablar, suena un poco avergonzado:
—Joe, ¿es verdad que sabías acerca del embarazo de Sophie Jacobs?
Silencio.
—Sí. Vino el viernes para hablarme de lo que le estaba pasando.
Nast carraspea.
—¿Puedes decirme quién es el padre?
—Lo siento, Steve, pero sencillamente no me siento cómodo dándote esa información. La chica está muerta. ¿No debería tener algo de privacidad?
—Mira, esto es lo que ocurre. He estado recibiendo quejas. Todos estos rumores están poniendo nerviosos a los padres. Les preocupa que sigas enseñando. Cualquier información que me des en este momento me ayudará a limpiar tu nombre. De otro modo, voy a tener que pedirte que te tomes una excedencia hasta que todo esto haya pasado.
De nuevo, silencio.
—Joe, estoy intentando ayudarte.
El señor Golden no dice nada.
El señor Nast emite un sonido de frustración y abandona el salón. Cuando pasa junto a mí, me vuelvo hacia una taquilla cualquiera y hago girar el cierre. Una vez se ha ido, me asomo de nuevo al salón del señor Golden. No se ha movido. Sigue allí, mirándose las manos.
Mi nuevo yo, activo y emprendedor, me susurra que debería intentar obtener alguna información de mi profesor. Aunque fuera el asesino, no es mucho lo que podría hacerme aquí en la escuela. Quizá pueda incluso conseguir algo en lo
que haya dejado su huella emocional, algo que me ayude a investigarlo más adelante.
—¿Señor Golden? —digo y entro en el salón dando un paso.
Él levanta la cabeza, aparentemente confundido por el sonido de su propio nombre.
—Es que... tenía algunas preguntas acerca de las lecturas que debemos hacer. ¿Tiene usted un minuto?
Me mira fijamente como si viniera de otro planeta.
—¿Señor Golden? ¿Se
encuentra usted bien?
Lanza un enorme suspiro.
—No puedo creer que esta sea mi vida —dice, más como si estuviera hablando consigo mismo que como si estuviera respondiéndome a mí.
Camina hasta su armario, saca una caja y regresa a su escritorio, donde empieza a echar dentro sus cosas de forma aleatoria: una bolsa medio vacía de caramelos para la tos, un peluche de Homer Simpson, algunas revistas Newsweek.
—La gente está diciendo cosas.
Piensan que tuve algo que ver con las muertes.
Articula cada sílaba de forma monótona, sin ningún tipo de inflexión. No suena furioso o molesto o cualquier otra cosa. Sencillamente parece aturdido.
—¿Por qué iban a pensar eso?
—pregunto con cautela.
—Porque la gente quiere alguien a quien culpar —responde el señor Golden con amargura—. Sophie acudió a mí en busca de ayuda. Voy a su iglesia y conozco a su familia. Cuando quedó
embarazada, me pidió consejo. Supongo que alguien nos vio juntos y se hizo una idea equivocada.
Pienso detenidamente en sus palabras. Incluso siendo amigo de la familia, incluso perteneciendo a la misma Iglesia, ¿llevaría un profesor a una estudiante en su coche? El hecho continúa pareciéndome sospechoso.
—Y ahora que Amber está muerta, están inventando toda clase de historias. Te lo digo, la gente sencillamente quiere creer lo peor.
El señor Golden murmura algo
sobe una «maldita cacería de brujas» y luego sigue sacando sus cosas y metiéndolas en la caja.
—¿Qué hará? —pregunto, mirando a mi alrededor en busca de algo que pueda meterme al bolsillo.
—¿Qué puedo hacer? Irme a
casa.
Oigo voces en el pasillo. La
asamblea debe de haber terminado.
—Tengo que marcharme.
—Sí, deberías —dice el señor
Golden y vuelve a su escritorio.
Es entonces cuando lo veo, ahí mismo, sobre su escritorio, a la vista
de todos. Siempre ha estado ahí. ¿Por qué no me había fijado antes?
El calendario.
Parece tan inofensivo: es solo un calendario de escritorio sencillo como el que podrías comprar en cualquier papelería. Hojas blancas, mes y fecha en una fuente gruesa y negra. Exactamente igual que la hoja que encontré pegada en nuestra puerta principal el día que Sophie murió.
Siento que me falta el aliento. En mi pecho, mi corazón ha empezado a latir con fuerza. Como
sea, me obligo a dar media vuelta con fingida naturalidad y me encamino hacia la puerta. Antes de salir, miro hacia atrás para asegurarme de que el señor Golden sigue concentrado en guardar sus cosas, y en el acto estiro la mano con rapidez y cojo una figurita de la librería que está junto a la puerta.
Y me voy.
Siento la vibración de mi móvil en el bolsillo mientras me abro paso a través de una marea de estudiantes.
—¿Hola?
Es mi padre.
—Oye, Sylvi, ¿podrías hacerme el favor de recoger los libros de Mattie? Tengo el presentimiento de que se perderá por lo menos unos cuantos días más. Sería bueno que pudiera hacer algunos deberes en casa.
—Oh, claro, por supuesto —
digo y cuelgo.
Una vez he guardado el teléfono, me saco del bolsillo la figurita robada. Es una pequeña estatuilla de bronce de Sigmund Freud. Parece la clase de objeto por
el que el señor Golden sentiría aprecio. La devuelvo al bolsillo con la esperanza de que haya dejado algún tipo de carga emocional en él, pues, en realidad, no quisiera tener que regresar a su salón para buscar algo distinto.
Los estudiantes me pasan camino de la salida. Conversan con excitación, encantados de que el fin de semana haya empezado antes de lo previsto. Me abro paso hasta la taquilla de mi hermana. Un golpe en el lugar preciso hace que se abra.
Ahogo un grito.
Han revuelto todo el contenido de su taquilla: sus libros, su ropa de educación física, las fotos de ella con Sophie y Amber que antes estaban pegadas en la parte interior de la puerta. Todo eso está tirado en la parte de abajo de la taquilla formando un revoltijo desordenado.
Arrodillada, recojo un trozo de una fotografía que alguien ha hecho añicos. La mitad de la cara de mi hermana, pintada para parecer un gato, sonríe. Es la foto de la feria estatal del pasado verano.
Intento deshacerme de la
fotografía, pero se me queda pegada a los dedos. Está cubierta de una sustancia roja y pegajosa. Cuando comprendo qué es, se me revuelve el estómago y tengo que taparme la boca con las manos, temiendo que vaya a vomitar.
La base de la taquilla de Mattie está cubierta de sangre.
Abro la boca y grito.
—¿Qué ocurre, Sylvi?
Unas manos fuertes me agarran por los hombros. Doy media vuelta y, al ver que es Zane, sepulto mi cabeza en su pecho.
Estamos sentados en el coche de Zane, esperando que el estacionamiento se vacíe. Con la punta de un dedo, traza círculos en mi espalda mientras yo rezo para que mi padre conteste el teléfono.
—Contesta, contesta, contesta.
—¿Hola?
—¿Papá? —digo—. Intenté recoger los libros de Mattie, pero no pude recordar su combinación.
¿Podrías preguntársela tú?
No quiero decirle a mi padre que el fondo de la taquilla de Mattie
estaba cubierto de pintura roja. Primero tendré que averiguar lo que eso significa. Solo necesito que me diga que Mattie está bien.
Lo oigo caminar arrastrando los pies, rezando para que encuentre a Mattie sana y salva en su cama. Oigo voces apagadas, y dejo escapar un suspiro de alivio. Si los destrozos de la taquilla pretendían ser una señal de advertencia, el asesino todavía no ha atacado.
—Dice que la combinación es diecinueve, treinta y cuatro, ochenta y seis —dice mi padre—. Gracias
por encargarte.
—De nada —digo mirando la pila de libros que tengo a mis pies. Intenté limpiarlos lo mejor que pude, pero siguen estando bastante mal. Supongo que más tarde tendré que pensar en una explicación—. Estaré en casa pronto.
Después de colgar, permanezco inmóvil mirando el teléfono.
—¿Cuándo va a terminar? —me pregunto en voz alta.
—¿Cuándo va a terminar qué?
—pregunta Zane.
—Esta locura. ¿Cuándo va a
terminar? Sophie está muerta. Amber está muerta. Y ahora alguien va a por mi hermana.
En ese momento, recuerdo que Scotch estaba en el pasillo minutos antes de mi llegada. Si no estaba en la asamblea, ¿qué estaba haciendo?
—¿Realmente crees que alguien quiere hacerle daño a Mattie? —me pregunta Zane.
—¿Qué otra razón habría para que alguien hiciera lo que hizo en su taquilla? Es una broma demasiado macabra, enfermiza, para hacérsela a una persona que acaba de perder a
dos de sus amigas. Dios. De verdad que parecía sangre —digo al tiempo que me acuerdo de las sábanas de Sophie, rojas y húmedas, igual que lo que echaron en la taquilla de Mattie.
Las manos no han dejado de temblarme desde entonces.
—Estoy tan preocupada por Mattie —continúo—. Está deprimida. Sus dos mejores amigas se han ido. ¿Qué pasaría si...? ¿Qué pasaría si ella intentara...?
Zane me pone un dedo sobre los labios.
—Todo saldrá bien. Estaremos
con ella este fin de semana. Veremos pelis. Nos aseguraremos de que no salga de la casa.
Tiene razón, pienso. La mantendré a salvo si llego hasta el fondo de todo esto. Encontraré la forma de hacerme deslizar y averiguaré quién es el asesino. Y, como sea, haré que el culpable lo pague.
—¿Sylvi? —dice Zane.
—¿Sí? —respondo con la cabeza en otra parte: en deslizamientos y asesinos y sangre.
Pero cuando se inclina y me
besa, obtiene toda mi atención.
—Creo que me estoy enamorando —susurra.
Por alguna razón, no consigo hacer que mi boca funcione y no logro pronunciar las palabras que tengo grabadas en mi corazón. En lugar de hablar, lo envuelvo con mis brazos y me aferro a él con fuerza.
20
Sentada en mi cama, me tapo la boca con una mano y ahogo un bostezo. No he tomado ninguna pastilla de cafeína en aproximadamente nueve horas, desde antes de salir para la escuela. Cuando no las tomo me pongo mala. Tengo dolores de cabeza, me pongo irascible y siento nauseas.
Todo eso valdrá la pena si consigo averiguar qué les ocurrió a Sophie y Amber antes de que el
asesino ataque de nuevo, pienso mientras me froto las sienes.
Cuando empiezo a sentir que los párpados son pesas de plomo, decido que ha llegado la hora. Sujeto el guante de Scotch entre mis manos desnudas. Lo froto y la aspereza del material resulta desagradable al tacto.
Espero.
No ocurre nada. Sigo esperando. Nada.
Esto no va a ser tan fácil como pensé que sería, me digo golpeando
el guante contra el muslo. Supongo que es posible que Scotch no dejara ninguna huella en el guante. A fin de cuentas, no parece la persona más emocional del mundo.
¿Qué haré si esto no funciona? Me imagino colándome a hurtadillas en la casa de Scotch a altas horas de la noche para robar algo que con certeza le importe. Un balón de fútbol o una revista de chicas desnudas o algo así. Pero me estoy engañando. Sería estúpido entrar a robar en la casa de un potencial asesino. Esto tiene que funcionar.
A mi lado, el teléfono suena. Es Rollins de nuevo. Ha estado llamando toda la tarde. Todas las veces he dejado que el buzón atienda la llamada. Al principio, dejó varios mensajes diciéndome que le devolviera la llamada. Ahora solo cuelga al ver que no respondo.
No es que no quiera hablar con él. Quiero hacerlo. Quiero que me explique exactamente qué estaba haciendo con Amber en el campo de fútbol apenas unos minutos antes de su muerte. La cuestión es que no puedo plantearle esa pregunta. No le
puedo explicar cómo supe que estaba allí. Y hasta que no sepa con seguridad quién mató a Sophie, no debo correr el riesgo de que se acerque a mí y, lo que es más importante, a Mattie.
El móvil vuelve a quedar en silencio.
Así es mejor.
Vuelvo a mi tarea. Me froto el guante contra la mejilla, inhalo el olor de Scotch. Olor a sudor, a champú de naranja, a esa noche hace tanto tiempo. Mi estómago se retuerce.
Los segundos pasan. Pronto empiezo a sentirme somnolienta.
La habitación se oscurece y pierdo mi asidero en el presente.
Me deslizo.
Una habitación oscura se materializa a mi alrededor, la única luz la proporciona el partido de fútbol que pasan en la televisión. Láminas de madera falsa se extienden de pared a pared. Hay varios pósters enmarcados de jugadores de fútbol que no reconozco. Estoy repantingada en una silla de cuero con una lata fría en la
mano. Scotch levanta la bebida y le da un sorbo. Esperando algo dulce, me sorprende el sabor amargo que invade mi boca.
Es cerveza.
¿Qué hace Scotch bebiendo cerveza en su guarida a mitad de la tarde?
Abre la boca y una voz grave (mucho más grave que la de Scotch) grita:
—¿Tricia? ¡Trish! Creí haberte dicho que me hicieras un puto bocadillo.
Una mujer pequeña entra en mi
campo de visión sosteniendo una nueva cerveza en una mano y un plato en la otra.
—Lo siento, Hank. Estaba terminando de hacer la colada.
Hank.
No Scotch.
Me he deslizado en su padre. Maldita sea.
Me despierto en mi cama, la cabeza sobre la almohada.
Alguien llama a mi puerta y luego abre sin esperar a que responda.
—¿Sylvi? —dice mi padre—.
¿Trajiste los libros de Mattie?
—Oh, sí —digo incorporándome.
Apunto a la pila de libros que hay sobre la mecedora de mi madre. Todos tienen trazas de pintura roja, pese a mis esfuerzos por limpiarlos.
—Por desgracia —explico— los dejé en el pasillo mientras iba al lavabo y el conserje llevaba una lata de pintura. Y tropezó...
Miro a mi padre a la cara para evaluar si se está creyendo todo lo que le digo. Asiente distraído
mientras entra en la habitación. No creo que me esté prestando atención.
—Y esa asamblea a la que asististe hoy, ¿fue útil? Os hablaron de las señales de advertencia del suicidio, ¿verdad? —dice pasándose las manos por el pelo.
—Sí —digo a pesar de haberme salido antes de que terminara.
Papá se sienta en la cama.
—Sophie o Amber,
¿manifestaron alguna de esas señales?
Su pregunta me coge por sorpresa. Intento recordar las señales
de advertencia. Recuerdo que los consejeros nos hablaron al respecto cuando estábamos en secundaria. La única que recuerdo es regalar pertenencias personales. Siento un escalofrío cuando recuerdo s Sophie dándome el brazalete para Mattie. Pero era un regalo... Eso no cuenta,
¿no es así?
—No lo sé. Ellas no eran precisamente mis amigas.
—Creo que voy a llamar a la doctora Moran. Mattie debería hablar con alguien. Alguien que sepa de estas cosas, quiero decir.
Oír el nombre de mi vieja psiquiatra me irrita. Es la mujer fría y poco comprensiva a la que mi padre me envió cuando pensó que le estaba mintiendo acerca de mis deslizamientos. La que me acusó de inventar cuentos para llamar la atención. Sé que Mattie probablemente necesite ayuda profesional, pero odio la idea de mandarla a ver a semejante robot.
—Como quieras —murmuro, pero mi padre ya se ha levantado y está cruzando la puerta.
Desearía que por una vez se
diera cuenta de que a quien Mattie necesita es a él.
Después de cenar, se me ocurre una idea. Una auténtica revelación.
Abro la puerta de mi armario y durante un momento me quedo inmóvil, el corazón latiendo agitado. Luego hago a un lado mi ropa hasta que llego a la única prenda en la que sé que Scotch puso sus manos: el vestido púrpura que me puse para la fiesta de los ex alumnos.
Con las manos temblando, llevo el vestido a mi cama y, con cuidado,
lo extiendo sobre ella. Lo aliso con mis manos. La tela brilla al moverse. Mientras contemplo el vestido, me invade la certeza de que funcionará. Resulta claro que Scotch nunca dejó su huella en el guante. Pero este vestido... Sé que sintió algo fuerte cuando tocó este vestido.
Me arrodillo junto a mi cama y, con suavidad, poso mis manos sobre la tela. Y, justo como sabía que ocurriría, la habitación se desvanece.
Lápidas. Lápidas por todas partes.
Scotch está en el cementerio. El sol está a punto de ponerse. La temperatura parece varios grados más fría que en la mañana, pero luego me doy cuenta de que la sensación probablemente se debe a que Scotch solo lleva un guante. Alza la mano desnuda hasta su boca y sopla en ella, su aliento la calienta, aunque solo un poco.
Un árbol enorme y nudoso se alza amenazador ante nosotros. Cuando Scotch lo pasa, veo a una mujer vestida con un abrigo rojo delante de una lápida pequeña.
Agarra con firmeza un puñado de margaritas. La mujer se arrodilla y retira las hojas que han caído sobre la lápida, lo que me permite leer la inscripción.
ALLISON MORROW
17 DE OCTUBRE DE 1998 —
19 DE OCTUBRE DE 1998
La tristeza me exprime el corazón. El bebé murió después de haber vivido apenas dos días. Si la niña hubiera vivido, estaría en el curso de mi hermana.
La mujer se vuelve hacia Scotch y se quita el pelo blanco de la cara. Sus ojos son negros como el carbón y están llenos de tristeza, y yo me pregunto qué estragos puede causarte perder un hijo tan pequeño. La escena me hace acordarme del pasaje sobre los agujeros negros de mi libro de astronomía, la idea de que absorben todo hasta que no queda luz alguna. Eso es lo que debes sentir cuando ves morir a un hijo.
Scotch también debe de haber sentido la fuerza de atracción de su pena, pero mira para otro lado y
continúa caminando. Pasamos junto a una estatua de bronce de un ángel de casi tres metros que en otra época relucía. Años a la intemperie la han vuelto negra. Existe la leyenda de que si le das un beso al ángel, al cabo de un año caerás muerto.
Scotch sigue su camino hasta que llega a una tumba blanca y delicada y nueva.
SOPHIE JACOBS
Scotch se queda allí, de pie, mirando el trozo de piedra que
señala la tumba de una chica que acaso llevaba en su vientre un hijo suyo. De nuevo, desearía conocer sus pensamientos. ¿Por qué ha venido?
¿Para regodearse en su crimen impune? ¿Para hacer las paces?
¿Para llorar?
Estira su mano desnuda y recorre el nombre de Sophie con los dedos.
—Desearía que hubiera sido diferente, Sophie. De verdad —dice.
Luego retira la mano y la mete en su bolsillo.
—Supongo que Dios de verdad
quería que me fuera y usara esa beca de futbolista.
Una ira terrible crece dentro de mí. La furia es una energía que ruega ser utilizada. Reuniendo todas mis fuerzas, consigo hacer que la mano de Scotch se cierre en un puño y entonces lo descargo con violencia sobre sus huevos. El dolor es increíble, pero sé que para él es mucho peor.
Grita y eso es lo último que oigo antes de ser arrastrada fuera de su cuerpo.
21
Doy vueltas en mi cama, intentando apagar mi mente, intentando obligarme a caer dormida, pero no estoy cansada en absoluto. De hecho, nunca me había sentido tan viva, tan llena de energía. Cuando moví los músculos de Scotch, fue como si estuviera dentro de él, solo que no lo estaba. Fue como un videojuego, como si yo apretara botones con mi mente y él hiciera lo que le ordenaba. Fue una experiencia
vigorizante.
Durante tantísimo tiempo, he estado sin control, entrando y saliendo de las cabezas de la gente, prisionera de sus decisiones y sus acciones. Y ahora tengo un destello de luz, de esperanza: puedo elegir.
Si me deslizo en una maestra que liga con un conductor de bus en horario escolar, puedo elegir empujarlo y apartarme de ese bigote asqueroso.
Si me deslizo en Scotch cuando está poniéndole las manos a una animadora ingenua, puedo elegir
neutralizarlo. Oh, y que nadie piense que no sería capaz.
Si me deslizo en alguien que se encuentra en una habitación oscura y huele a sangre y veo un cuerpo en la cama, puedo...
Puedo...
Entonces no pude hacer nada al respecto.
No pude hacer nada para salvar a Sophie.
Y tampoco pude hacer nada para salvar a Amber.
Pero ahora. Ahora que tengo cierto control, quizá pueda evitar que
mueran más chicas. Quizá pueda proteger a mi hermana.
Salto sobre mi cama y empiezo a dar patadas de ninja y pegar puñetazos en el aire. Soy Buffy, lista para patearles el culo a los chicos malos. De mi garganta brota una carcajada. Me tumbo de nuevo en la cama y miro las pegatinas de estrellas y planetas que hay en el techo de mi habitación.
Esta sensación de tener el control de mi propia vida es embriagadora. Me siento ebria o colocada o algo. Quiero usar mi
nuevo poder, quiero experimentar con él.
Salgo de mi dormitorio y recorro el pasillo de puntillas. Me asomo por la escalera y veo luz en el estudio de mi padre. Probablemente está ocupado con su foro de internet, consolando a supervivientes del cáncer, diciéndoles lo que es necesario decirles gracias a que no tiene que sentarse frente a ellos durante la cena.
Continúo por el pasillo y llego a su dormitorio. La puerta está ligeramente entreabierta. La empujo
hasta abrirla y echo un vistazo dentro. La habitación está perfectamente arreglada. La cama está hecha y (a diferencia de lo que ocurre en mi habitación) no hay ropa por el suelo. Encima de la cómoda no hay nada salvo una vieja fotografía de mamá.
Mi padre guarda su alianza y la de mi madre en una caja de terciopelo en el cajón superior de la derecha. Después de su muerte, siguió utilizando su anillo durante años, hasta que una anciana del foro de supervivientes del cáncer le dijo
que debía quitárselo. Por una vez en la vida, era él quien aceptaba los consejos de alguien en lugar de ser el que los repartía. Cuando me di cuenta de que no se lo estaba poniendo, le pregunté al respecto. Me aseguró que lo había guardado, pero fue doloroso mirar su mano todo el día y echar de menos a mamá. En ocasiones vengo y abro el cajón y saco la caja, pero no para tocar los anillos, sino solo para mirarlos. Esta vez, con sumo cuidado, saco el anillo de mi padre de la caja.
Ya antes me he deslizado en mi
padre, por accidente, mientras me probaba su reloj u hojeaba un viejo álbum de fotos. En una ocasión me deslicé en él en medio de una operación, y eso prácticamente me espantó de por vida. Pero dado que sé que en este preciso momento está abajo, frente a su ordenador, supongo que es el blanco perfecto para mi pequeña prueba.
De regreso a mi dormitorio, salto sobre la cama y me pongo el anillo en la palma de la mano.
Me quedo así durante un buen tiempo, esperando que algo
(cualquier cosa) suceda. Los minutos pasan lentamente. Por un momento, empiezo a ponerme paranoica imaginando que papá sube para mirar en su cómoda. No hay razón para que lo haga, pero supongo que en eso consiste precisamente la paranoia.
Me pongo el anillo en un dedo y descanso la cabeza sobre la almohada. El dolor de cabeza que había tenido antes regresa, y pareciera que las pastillas de cafeína que guardo en la mochila me estuvieran llamando, rogándome que me trague unas cuantas. Ignorando el
dolor, cierro los ojos.
Y me dejo ir.
Me encuentro en el estudio de mi padre, sentada delante de su ordenador. Está leyendo un correo electrónico de una mujer que perdió a su hijo debido al cáncer el año pasado. Durante un momento, mira fijamente la pantalla, probablemente pensando en cómo redactar su respuesta. Luego hace clic en Responder y teclea unas cuantas frases para expresar sus condolencias y recomendar a la
mujer un libro que la ayudará a manejar su pena.
Después de enviar ese mensaje, minimiza la página con el foro de los supervivientes de cáncer y abre una revista médica en línea. Hace clic en un par de artículos sobre cirugías recientes. Una lectura bastante aburrida. Me pregunto si debería hacerle hurgarse la nariz o algo similar, solo para ver si puedo hacerlo.
Concentro toda mi energía en su índice derecho. Vamos, dedo, pienso. A la nariz de papá. Pero el dedo se
limita a quedarse flotando sobre el panel táctil del portátil de papá, llevándolo de artículo aburrido en artículo aburrido.
Frustrada, intento averiguar por qué no puedo controlar a mi padre como controlé a Scotch en el cementerio. Lo único que se me ocurre es la rabia que sentí cuando Scotch dijo que la muerte de Sophie había sido por su bien. Quizá la adrenalina tenga algo que ver con ello.
El teléfono suena, y mi padre da un pequeño salto en su silla. Se lleva
el teléfono a la oreja y dice «hola», pero todo lo que oigo es una respiración fuerte.
—¿Hola? ¿Hola? —repite mi padre, con cierto fastidio en su voz.
Nadie responde.
—Maldita sea, esto ya es el colmo. Si vuelves a llamar aquí, llamaré a la policía.
Quienquiera que estuviera en el otro extremo cuelga.
Me pregunto quién era. Me llena de aprensión recordar la llamada telefónica que oí por accidente el otro día, esa en que papá le decía a
alguien que no más. ¿Es posible que alguien esté acosando a mi padre?
Permanece en silencio durante un segundo antes de colgar, mirando la fotografía de mi madre el día de su boda. La coge.
Esperaba que acariciara la imagen de mamá o la besara o algo, pero en lugar de ello le da la vuelta y desmonta el portarretratos. Para mi sorpresa, hay una pequeña llave plateada pegada con celo en la parte inferior de la fotografía. Con cuidado, mi padre quita la cinta adhesiva y toma la llave. Después,
vuelve a ensamblar el marco y devuelve la foto a su escritorio.
Con asombro, veo que introduce la llave en la cerradura del cajón inferior del escritorio.
Mis padres compraron ese escritorio en un mercado de las pulgas hace años. Cuando éramos pequeñas, mi hermana y yo lo usábamos para jugar a hacer de profesoras. Intentamos abrir el cajón, pero nunca cedió. Papá nos dijo que el dueño anterior había perdido la llave, pero que el mueble era tan hermoso que en todo caso quería
tenerlo.
Nos mintió.
Abre el cajón y mete su mano dentro y, tanteando, busca algo. Finalmente saca una carpeta. En la cubierta hay un nombre escrito con la caligrafía descuidada de mi padre: Allison. Al abrirla me descubre un grueso fajo de documentos. Encima de todos hay una fotografía de una mujer despampanante de pelo rubio, casi blanco.
Y de repente me doy cuenta: he visto a esa mujer antes. En el cementerio, cuando me deslicé en
Scotch. Era ella la que estaba ante la tumba. La tumba de ALLISON MORROW. Intentando armar las piezas del rompecabezas, me pregunto quién es exactamente esa mujer. ¿Y quién demonios es Allison?
La mano de mi padre tiembla cuando vuelve a poner la carpeta en el cajón. Lo único que ha dejado fuera es la foto de la mujer de pelo blanco. Mira la imagen fijamente durante un largo rato, antes de arrugarla en su puño y arrojarla en la papelera que tiene bajo el escritorio.
—Déjame en paz —susurra. Luego cierra el cajón y regresa
la llave a su escondite, detrás de la foto de mamá.
Lentamente, siento como me arrastro de regreso a mi propio cuerpo.
Espero media hora después de oír a mi padre entrar en su habitación, entonces abro mi puerta sin hacer ruido y salgo. El dormitorio de papá está en silencio, ninguna luz se asoma bajo la puerta. Rezo porque esté dormido. Bajo las escaleras de
puntillas, con la madera fría helándome los pies descalzos.
El estudio de mi padre está a oscuras, solo lo ilumina la luz de la luna que se cuela por la ventana. Ahora que lo pienso, se trata en realidad de un espacio lúgubre. Cuando mamá estaba viva, decoraba cada habitación de acuerdo con su gusto, con pinturas y estampados de flores y espejos bonitos. Pero papá nunca la dejó tocar su estudio. De hecho, ni siquiera deja que Vanessa lo limpie. Hay una capa de suciedad en las ventanas. La habitación está
llena de cosas, sus polvorientos secretos.
Con rapidez llego a su escritorio y cojo la fotografía de mi madre. Quito la parte de atrás del marco y encuentro la llave justo donde mi padre la dejó. Su brillo es tan resplandeciente que es como si me retara a usarla.
La miro durante un momento. ¿A qué me conducirá esto? No lo sé. No estoy ni siquiera segura de que esté preparada para saberlo, pero tampoco sé si algún día estaré preparada, así que, con cuidado,
retiro el celo y sopeso la llave en la palma de mi mano. Es tan leve y tan pesada al mismo tiempo.
De rodillas, acerco la llave a la cerradura. Durante un instante, me acobardo. Se trata de papá, la persona que nos hace tortitas con pepitas de chocolate todos los domingos en la mañana. Debe de tener una buena razón para mantener bajo llave lo que sea que hay ahí dentro.
—¿O no?
Involuntariamente, mis ojos se desvían hacia la papelera, en busca
de la foto de la mujer de pelo blanco. Quizá todo está en mi cabeza. Quizá todo es mi imaginación. Pero no, ahí está la foto, aún.
Estoy cansada de los secretos. Estoy lista para la verdad. Introduzco la llave en la
cerradura y la giro hasta que oigo el clic de apertura en algún lugar dentro del escritorio de madera. Pongo la llave sobre el escritorio y abro el cajón. La carpeta de documentos está encima de un montón de viejas revistas médicas. La saco y hojeo el contenido. Es una especie de
historial. Saco un papel y lo examino.
Nombre: Allison Annette
Morrow
Allison. El nombre de la tumba. Es la niña que murió apenas dos días después de nacer. ¿Por qué conserva mi padre su historial médico?
Continúo leyendo. Hay un montón de jerga que no entiendo. La niña nació prematura, con una malformación anorrectal que requería cirugía inmediata. Paso a otra página. Cifras. Más jerga.
Voy a la última página de la
carpeta.
Fecha de la muerte: 19 de octubre de 1998.
19 de octubre. Allison Annette Morrow murió en la sala de cirugía hace exactamente catorce años bajo el bisturí de mi padre. Y él guarda su historia clínica en un cajón para nunca olvidarla. Me siento mal.
¿Por qué ella?
Sé de otras ocasiones en las que ha perdido bebés.
¿Por qué conservar este fracaso en particular?
Las manos me tiemblan.
Devuelvo la carpeta a su lugar con las revistas. Cierro el cajón y pongo de nuevo la llave en su escondite.
Tardo mucho, mucho tiempo en conciliar el sueño.
22
Hoy es el cumpleaños de Mattie y no tengo nada para ella.
Solo me he acordado cuando he visto el desayuno especial en la mesa de la cocina, el que mi padre reserva para los cumpleaños u otras ocasiones dignas de celebración. Es un guiso con huevos y beicon y queso y patatas. Y mantequilla. Montones de mantequilla. Normalmente, me desviviría por este tipo de cosas, pero hoy hay dos palabras que no
dejan de darme vueltas en la cabeza:
«malformación anorrectal». Busqué el término en Google anoche, pero conocer los detalles médicos no fue de mucha ayuda. Quiero saber exactamente qué fue lo que pasó el
19 de octubre de 1998 y por qué mi padre ha guardado esto durante tanto tiempo. ¿Qué hace tan especial a esta Allison? ¿Y cuál es su relación con la mujer de pelo blanco que vi en el cementerio? ¿Hay una relación? ¿O simplemente me estoy volviendo loca?
No veo la forma de sacar a
colación el tema. Y, además, Mattie se ha cepillado el pelo y está sentada en la mesa con cara de estar hambrienta: no quiero hacer nada que pueda arruinar el momento.
—Bueno, cumpleañera, ¿qué vas a querer para tu gran día?
Mi padre sirve un montón de guiso en un plato y se lo pasa a Mattie. La jovialidad forzada de su voz pareciera subrayar cuán cutre promete en realidad ser el día.
Mattie se encoge de hombros y luego clava el tenedor en el gran revoltijo de queso derretido que
tiene delante.
—No lo sé. ¿Estar por aquí? La verdad es que no estoy de ánimo para salir.
—Eso suena estupendo. Quizá podríamos alquilar Mulan para esta noche. ¿Pedimos pizza para cenar?
¿Te gustaría?
—No me gusta Mulan desde que tenía siete años —responde Mattie.
Su voz está desprovista de resentimiento, como lo habría estado si la frase hubiera sido mía. Ella solo está señalando un simple hecho.
—Bueno, ¿qué me dices de la primera temporada de Rumor Girl? He oído que es muy buena.
La cara de mi padre es tan seria que me resulta casi doloroso mirarla.
—Oh, ¿te refieres a Gossip
Girl?
Mi hermana se lleva otro bocado de guiso a la boca.
¿Existe la posibilidad de que mi padre de verdad oculte un secreto profundo y oscuro? ¿Este hombre que está dispuesto a ver Gossip Girl con su hija adolescente? ¿Es esto solo una fachada para que no
sospechemos de qué es capaz en realidad?
—No me estoy sintiendo bien
—digo—. Voy a recostarme.
Al pasar junto a mi hermana, le doy un apretón en el hombro.
—Feliz cumpleaños, Matt.
Ella gira la cabeza hacia mí y me ofrece la sonrisa más desoladora posible.
—Gracias —dice.
La culpa me sigue escaleras arriba hasta mi habitación. Lo cierto es que debería haberle dado algo por su cumpleaños, pero ¿qué?
Repaso mis pertenencias preguntándome si tengo alguna cosa que ella pueda querer. La puerta de mi armario está entreabierta y la caja con los discos de mamá sobresale un poco. De un tirón, saco la caja hasta la mitad de la habitación.
Uno por uno saco los discos compactos y los esparzo por el suelo. Pearl Jam. Los Smashing Pumpkins. Veruca Salt. Nirvana. Liz Phair. Ani DiFranco. Esto es lo que me queda de mi madre, la música que la hacía sentirse viva.
Esto es lo que tengo que darle a
mi hermana, que era tan pequeña cuando mamá murió, que no puede recordar que su pelo olía siempre a violetas o cómo se arrugaban las esquinas de sus ojos cuando sonreía o la forma en que se reía a carcajadas cuando encontraba algo realmente comiquísimo.
Cojo el CD de los Smashing Pumpkins y lo sostengo contra mi mejilla. El plástico está frío por llevar tanto tiempo en un armario en el que se cuelan las corrientes de aire. Después lo pongo de nuevo en la caja. Sigo el mismo procedimiento
con cada CD, para estrecharlos y tenerlos cerca por un momento antes de despedirme de ellos.
Cuando he vuelto a poner todos los discos en la caja, la cierro y la llevo hasta la habitación de mi hermana. Aún no ha acabado de desayunar. Pongo la caja sobre la cama de Mattie, que está sin hacer, y salgo de nuevo.
Le he puesto una Post-it rosa que dice:
ASÍ ES COMO ERA ELLA.
CON CARIÑO, S.
23
Me apoyo contra mi almohada, sosteniendo la figurita de Sigmund Freud y preguntándome si será lo bastante personal como para proporcionar un vínculo con el señor Golden. Parece la clase de objeto que alguien te regala. Quizás un miembro de su familia. O un ex alumno. O una novia. Froto la figura con mi pulgar, pensando en lo que habrá visto en el salón del señor Golden.
Bostezando, le doy la vuelta al hombrecito. Es entonces cuando advierto la inscripción gravada en la parte de abajo. Las letras son tan diminutas que tengo que forzar la vista para descifrar el mensaje.
TÚ ME HIPNOTIZAS. N. P.
A ver... N. P. ¿Quién podría ser? Bueno, una cosa sí está clara: se trata de un objeto personal, justo lo que necesito. Solo espero que el regalo haya suscitado tanta emoción cuando lo recibió como para que mi
profesor dejara una huella en él.
Cuando siento que mi cabeza palpita y ante mis ojos empiezan a nadar unas formas negras, sé que así fue.
Mi habitación desaparece y la negrura me engulle.
El señor Golden está delante de una puerta blanca decorada con una corona naranja y marrón. Cierra la mano derecha y golpea la puerta, luego retrocede un paso y espera a que respondan. La puerta se abre para revelar un rostro golpeado por
la pena que me resulta familiar. Es el padre de Amber Prescott. Su pelo está desordenado y sus ojos enrojecidos.
—¿Señor Prescott? —pregunta el señor Golden con voz insegura—. Soy el señor Golden, el profesor de Amber. Llamé antes. Tengo el diario que ella llevaba en clase. Pensé que podían quererlo.
El señor Golden le muestra el cuaderno moviéndolo en el aire sin demasiado entusiasmo.
—¿Llego en mal momento? —
dice.
—Oh, no —responde el padre de Amber, pero su voz parece lejana, como si hablara a través de una niebla—. Pase. Puede llamarme Trent.
El señor Golden entra en la casa. Contemplo la escena con mucho dolor. En otra ocasión estuve aquí pero solo un momento, para recoger a Mattie después de que se quedara a dormir. Recuerdo que ese día me impresionó la decoración del lugar, sencilla y elegante, desde el color mate perfecto de las paredes hasta los sofás de ante negro. El
punto focal de la habitación era una pintura de lirios púrpuras agitados por el viento.
Ahora ese hermoso cuadro está torcido. Tumbado en la mesa de centro hay un único vaso de cristal en un charco de líquido marrón. El olor es garantía de que se trata de algo alcohólico. En la televisión muda, Seinfield parece reírse.
—¿Le gustaría beber algo?
—Oh, no. No puedo quedarme mucho tiempo. ¿Está su esposa en casa?
El padre de Amber se acomoda
en la silla reclinable de cuero negro, sus ojos pegados a la tele.
—Está en la habitación del fondo. No vendrá. ¿Por qué no le lleva el diario a ella? Quizá la consuele un poco leer las palabras de Amber.
El señor Golden se queda allí de pie, incómodo, y tengo la certeza de que está considerando la posibilidad de dejar el cuaderno sobre la mesa de centro y salir corriendo. O, en cualquier caso, eso sería lo que yo estaría pensando en su lugar. Sin embargo, el profesor me
sorprende.
Gira y avanza por un largo corredor hacia, ha de suponer, la
«habitación del fondo». A uno y otro lado, las paredes están cubiertas de fotografías. En una, Amber está junto a un caballo, la pequeña sostiene orgullosa una cinta azul. En otra, Amber parece tener diez años y está sentada junto a su hermano menor, al que abraza pasándole el brazo por el hombro. En otra más, aparece ya mayor, sonriendo enfundada en su reluciente uniforme de animadora de City High. Sonríe de la forma en que
solo tienen derecho a hacerlo las chicas populares, una especie de «El mundo es mío y así es como debe ser». Esa fue la Amber que conocí.
La puerta de la habitación al final del pasillo está ligeramente entrecerrada. El señor Golden levanta una mano y, con suavidad, empuja para abrirla. Durante un momento, todo lo que puedo ver son las luces parpadeantes de las velas pequeñas desperdigadas por el suelo. Luego me doy cuenta de que la madre de Amber está en medio de ellas, con los brazos alrededor de las rodillas,
meciéndose adelante y atrás, adelante y atrás.
—¿Nora? —dice el señor Golden, con una voz apenas por encima del susurro.
La disparidad de la forma en que se dirige a los padres de Amber me sorprende. ¿Por qué llamar al padre de Amber «señor Prescott» y a la madre «Nora»? La intimidad con que ha pronunciado su nombre es perturbadora.
La mujer levanta la cabeza un momento y luego, al ver de quién se trata, vuelve a bajarla.
—Nora. Estoy aquí por ti — dice el señor Golden poniéndose en cuclillas junto a ella—. Estoy aquí.
La ternura es palpable en su voz. Y entonces lo entiendo: Nora.
N. P.
Nora Prescott.
La madre de Amber debió de ser la mujer que le regaló la figurita.
Es como si ella ni siquiera lo hubiera oído. Habla, pero es como si continuara una conversación diferente. Y sus palabras apenas resultan reconocibles. En ese momento percibo el olor a alcohol en
su aliento.
—Recuerdo su primer día de secundaria. No quería volver. Odiaba el modo en que todos fingían ser lo que no eran. Ella no sabía quién ser.
Eso no parece una descripción de la Amber que conocí: la chica que para decidir con qué pareja ir a la fiesta de los ex alumnos calculaba cuál le reportaría más popularidad; la chica que examinaba con regla sus faldas para ver qué tan cortas podía llevarlas sin correr el riesgo de ser sancionada por romper las normas de
vestimenta de la escuela. La Amber que yo conocí era esa clase de zorra.
—Estaba asustada, pero pese a ello la obligué a regresar.
La mujer le da un sorbo a una bebida que, no me había dado cuenta, sostiene en la mano, y luego la arroja al otro extremo de la habitación. El vaso se rompe contra la pared y se hace añicos en un estallido de cubos de hielo y vidrios afilados.
—La obligué a ir.
—Tenía que ir a la escuela, Nora. Tú sin duda no la hiciste robar el arma de Trent y hacer lo que hizo.
No la hiciste hacer eso.
La madre de Amber se vuelve y mira al señor Golden a los ojos por primera vez desde que entró en la habitación.
—Ella sabía lo nuestro. El día del funeral de Sophie, regresó justo a tiempo para verte salir. Y al día siguiente se mató con la pistola de Trent. Por culpa de nosotros.
Dios mío. La idea de que Amber de verdad se hubiera suicidado no se me había pasado por la cabeza en ningún momento. Estaba segura de que alguien más había
apretado el gatillo, el mismo que arrastró el cuchillo por las muñecas de Sophie. Pero si Amber robó el arma de su padre, ¿no significa eso que se mató?
—Vamos, Nora. ¿Estás segura de que me vio salir? Quizá solo estaba abrumada por la tristeza. Quiero decir, su mejor amiga acababa de suicidarse. Volvía a casa de su funeral.
El señor Golden mira hacia el pasillo y luego estira la mano para quitarle el pelo de la cara a la señora Prescott. Suena calmado,
tranquilizador.
¿Qué pasa si Amber regresó después del funeral de Sophie y se topó con el señor Golden saliendo de su casa? ¿Lo enfrentó acaso? ¿Lo amenazó con decírselo a su padre? Y si el señor Golden tenía acceso a la esposa del señor Prescott, ¿tenía también acceso a su pistola?
El señor Golden intenta cogerle la mano a la señora Prescott, pero ella lo aparta y empieza a murmurar de nuevo. Él lanza un suspiro y vuelve a ponerse de pie, dejando el cuaderno en el suelo.
—Lo siento, Nora —dice y sale de la habitación sin decir nada más.
24
Por fortuna, cuando regreso, encuentro mi cuerpo tumbado sano y salvo en mi cama. Me siento y me limpio un poco de baba que tengo en la quijada. Deslizarme no es el modo más glamuroso de ir por ahí, sobre eso no tengo dudas.
A mi lado, mi teléfono timbra con insistencia. Es Rollins de nuevo. Mis dedos se doblan, deseosos de contestar. Mi mirada cae sobre la camiseta que me regalo. Está ahí,
arrugada en el suelo, en el lugar en el que la arrojé después de que le viera con Amber. Todo lo que tengo que hacer es ponérmela: estoy convencida de que tenía una buena razón para reunirse con ella esa noche, sé que él no es el asesino.
Podría deslizarme ahora en su vida y averiguarlo... averiguarlo todo. Qué hace todas esas horas que no está en la escuela o en el trabajo. Qué es lo que me oculta en su casa. Por qué nunca me ha invitado a visitarlo. Estoy ansiosa por conocer sus secretos, pero, al mismo tiempo,
me pregunto si deslizarme en él no sería como hackear su correo electrónico o leer su diario a escondidas. Cuando me deslicé en él por accidente, me sentí extraña, pero sabía que no era mi culpa. Pero si lo hiciera de forma premeditada, poniéndome de nuevo la camiseta, sería diferente. Sería como espiarlo.
Lo estaría haciendo por una buena razón... ¿no es así? Para limpiar su nombre. Si invades la privacidad de alguien con buenas intenciones, no es tan malo. Cierro los ojos y recuerdo cómo solíamos
ser. Echo de menos nuestras conversaciones necias sobre quién ganaría una pelea entre Chuck Norris y Mr. T. Echo de menos su sonrisa sarcástica. Echo de menos a la chica que era yo cuando éramos amigos.
Tengo que arreglar las cosas entre ambos, y deslizarme en él es la única forma en que sé cómo hacerlo.
He tomado mi decisión, así que me inclino, recojo la camiseta azul con el meñique y la extiendo sobre mi regazo. Acomodada sobre las almohadas, abrazo la tela contra mi quijada. Me asombro cuán rápido
funciona. Creo que cada vez se me da mejor.
El olor es acre, como a brócoli podrido u orina. Las manchas de agua y las grietas se abren paso por las paredes. Estoy echada en un colchón con sábanas azules de franela, mirando al techo.
La canción que suena es Thinking of You de A Perfect Circle. El año pasado, Rollins estuvo obsesionado con esa canción durante cerca de un mes, la ponía en su coche para que sonara una vez tras otra. La
batería es intensa y me retumba en el cerebro.
Estoy haciendo girar algo en mis manos como una baqueta. Sin siquiera verlo, sé qué es. Un marcador. La espada de Rollins para hacer añicos el mundo. Deja de darle vueltas y lo usa para imitar la batería sobre su estómago.
Su habitación es desolada, el mobiliario lo componen solo una cama, una pequeña cómoda y una librería repleta de viejas ediciones de bolsillo. Antes, cuando nos lo pasábamos juntos, solíamos ir a la
tienda de libros de segunda mano todas las semanas y comprábamos bolsas y bolsas de libros. Uno de sus anaqueles está dedicado a las novelas de Stephen King. Lo recuerdo diciendo que su favorita era La zona muerta.
Su puerta se abre, y un hombre de camisa de franela roja irrumpe. Debe de ser su tío Ned.
—Hoy no hiciste tu jodida mierda —manifiesta el hombre.
Es una acusación... ¿por qué? No tengo ni idea.
Rollins se incorpora.
—¿Qué jodida mierda?
—Es sábado. Te toca bañarla. Rollins maldice.
—¿No puede esperar a mañana?
—Es tumadre —dice el hombre apuntando a Rollins con el dedo.
Con un suspiro, Rollins se pone de pie y hace a un lado al hombre para salir. Recorre un pasillo y llega hasta una mujer enjuta en silla de ruedas que está viendo dibujos animados en la tele. Su pelo es una maraña enredada.
—Hora del baño —dice Rollins con voz lacónica.
No me sorprende que nunca me haya invitado a su casa. De su hosco tío a su madre discapacitada, ya tiene bastante como para además tener que preocuparse por lo que sus amigos puedan pensar de su difícil situación. Empiezo a creer que fue una mala idea venir aquí.
Rollins empuja la silla de ruedas por el corredor hasta un cuarto de baño, que parece no haber sido limpiado en años. Rollins abre el grifo y un chorro de agua empieza a llenar la bañera. Con cuidado, valora la temperatura: ni demasiado
caliente ni demasiado fría.
Ayuda a su madre a desvestirse, todo el tiempo mirando hacia el techo. Ella levanta las manos, y él le quita la camisa. Ella se inclina hacia él mientras le quita los pantalones y la ropa interior.
Siento como si Rollins, de alguna forma, se hubiera apagado a sí mismo. Está en piloto automático. Ayuda a su madre a meterse en la bañera. Soporta su peso de manera que no vaya a resbalarse y caerse. Llena un vaso desechable grande y le echa el agua en la cabeza, lo que la
hace aplaudir con regocijo. Cuando echa jabón en una vieja toallita y empieza a lavarle los hombros y el pecho, dejo de prestar atención.
En poco tiempo, el baño ha terminado y, tras secar a su madre, Rollins la lleva de nuevo a su lugar delante de la tele. Caminando pesadamente, Rollins se dirige hacia su habitación. Aprieta y desaprieta sus puños cuando pasa delante de su tío, que está abriéndose una cerveza.
Cuando entra en su habitación, veo algo en lo que no había reparado antes. Asomando debajo de su cama
(un catre para ser más exactos) hay una pila desordenada de fotografías.
Rollins se acerca. En una de las fotografías puedo discernir la forma de una chica en un biquini rojo echada sobre una toalla playera. Su pelo negro brilla alrededor de su cara, y tiene unas gafas de sol gigantes de color rojo. Es Sophie.
¿Qué demonios...?
El temor me invade. Tengo que averiguar por qué Rollins tiene fotos de Sophie. Antes de que me dé cuenta, estoy junto a la cama, esparciendo las fotografías por el
suelo.
Una parte de mi advierte que estoy controlando a Rollins, pero por lo demás estoy concentrada en la tarea que me ocupa.
Son fotografías de Sophie en la escuela. En su uniforme de animadora. E incluso en boxers y camiseta con su pelo cogido en una trenza francesa. Y ella no es la única: también hay fotografías de Amber Prescott.
Una de las fotografías en particular llama mi atención. La cojo con el fin de examinarla de forma
más detenida. Es una foto de Amber y Sophie en el entrenamiento de las animadoras. Al fondo, en la parte alta de las tribunas, Samantha Phillips está de pie, con un megáfono en la boca. Rollins le ha dibujado cuernos de diablo encima de su pelo rojo encendido y una cola puntiaguda enrollada a su costado. En la mano libre, se las ha ingeniado para ponerle una horca.
¿Por qué iba a tener Rollins estas fotos de las chicas muertas en su habitación?
Dejo la foto en el suelo y me
pongo de pie con la esperanza de poder hallar una pista en otro lugar de la habitación. Una puerta me llama. Cuando la abro, el contenido me entristece. Dos pares de vaqueros, colgados cada uno en su percha. Y una chaqueta de cuero, la posesión más preciada de Rollins.
Literalmente no hay nada más en el armario.
Justo entonces, siento que empiezo a irme.
No, me digo a mí misma. Me aferro a Rollins con cada fibra de mi ser. Pero así como me resultó tan
fácil deslizarme en él, soy incapaz de anclarme a su cuerpo. Retrocedo tambaleándome y dejo a Rollins echado en su cama.
Una cascada de agua fresca cae sobre mis hombros, quitándome la tensión que he sentido desde que regresé de mi último deslizamiento. Echo la cabeza hacia atrás y dejo que el agua me corra por la cara mientras pienso en lo que he visto en casa de Rollins.
Cuando decidí deslizarme en
Rollins, tenía la esperanza de
descubrir la razón de su encuentro con Amber la noche de su muerte. Pero lo único que obtuve fueron más preguntas.
Viendo el lado bueno, está el hecho de que fui capaz de controlar a Rollins. Creo que tiene algo que ver con la concentración. Cuando controlé a Scotch, estaba tan molesta que lo único que podía pensar era en darle la paliza que se merecía con urgencia. Cuando estaba en Rollins, fue mi deseo de averiguar por qué tenía esas fotografías. Entrecerrando los ojos, cierro el grifo y cojo la
toalla.
Mi móvil comienza a sonar. Lo había dejado en el borde de la bañera por si Zane me llamaba mientras me duchaba, pero el sonido que hace es el sonido genérico que suena cuando me llama alguien que no conozco. Entornando los ojos, cierro el grifo y alcanzo una toalla.
El número que aparece en la pantalla me resulta vagamente familiar, pero no consigo ubicarlo. El código es de Iowa City, así que no es un vendedor. Me envuelvo la toalla alrededor del torso, meto el
extremo bajo la axila y cojo el teléfono.
—¿Hola?
—¿Sylvi?
De nuevo, la voz me resulta familiar, pero no logro ubicar de quién es esa voz que pregunta por mí.
—¿Sí?
—Soy Samantha.
Una especie de nostalgia me invade, y me pregunto si al salir de la ducha no he viajado en el tiempo al año pasado, cuando una llamada de Samantha no era en absoluto algo inusual. Durante un minuto, me quedo
sin habla, y permanezco allí, de pie, con la boca abierta como una idiota.
—Oh, Samantha. ¿Por qué me llamas? ¿No te habrás equivocado de hermana? Puedo ponerte con Mattie. Es su cumpleaños, ya sabes...
—Sí, bueno, por eso es por lo que llamo.
—Ajá... ¿y qué es lo que quieres?
—Estoy organizando una pequeña reunión en mi casa esta noche. Pero es una sorpresa. Le pregunté si quería venir y ver una peli, pero me dijo que prefería pasar
el rato en familia...
El tono de la voz de Samantha me hace poner los ojos en blanco, es como si el hecho de que Mattie quiera pasar tiempo con su familia fuera lo más ridículo que ha oído.
—Samantha, dos miembros de vuestro equipo han muerto. ¿No es un poco... insensible dar una fiesta esta noche?
—Esa es exactamente la razón por la que necesitamos divertirnos un poco. Imagino que Mattie se lo ha pasado echada en cama los últimos días. ¿No es así? Ella necesita salir y
divertirse. Solo me interesa lo mejor para ella.
—Ajá. Bueno, Mattie puede hacer lo que quiera. Lo siento si eso arruina tus planes.
Samantha hace una pausa.
—Sylvi, en serio, estoy intentando hacer algo bueno para Matt. Estoy preocupada por ella. Con todo lo que ha ocurrido en la última semana... ella necesita a sus amigos.
Me callo un comentario insidioso sobre qué clase de amiga es ella en mi opinión y pienso en Mattie, encerrada en su habitación
como una ermitaña. Lo cierto es que quizá le convenga salir de la casa. Salir de su cabeza. Lo de Samantha acaso no sea tan mala idea.
—¿Qué necesitas que haga?
—Ven a la fiesta. Convéncela para que salga. Yo puedo ir y recogeros y todo. Sé que no conduces...
Sus palabras se van apagando y sé que nuestras mentes han vuelto a esa noche en el gimnasio del año pasado, cuando vio que Scotch se llevaba mi cuerpo exánime a los cambiadores de los chicos.
—Con una condición —digo.
—Lo que quieras —responde: juraría que está al borde de las lágrimas.
—No puedes invitar a Scotch
Becker.
—Hecho.
—De acuerdo. Recógenos a las siete.
La habitación de mi hermana está a oscuras, las suaves notas de Black, la canción de Pearl Jam, flotan en el aire llenando el cuarto con una angustia tan densa que siento
que podría tocarla. Mi hermana está echada en el suelo, envuelta en una manta rosa.
—¿Mattie?
—Calla, esta es la mejor parte
—dice sin abrir los ojos.
Eddie Vedder canta con tristeza sobre fotografías ennegrecidas. He escuchado muchas veces esta canción imaginando una mortaja sobre todas las fotos de nuestra madre muerta. Samantha tiene razón. Tengo que sacar a Mattie de este agujero.
—Me encanta esta canción —
digo mientras camino de puntillas
hasta su ordenador para pausar la canción—. Pero ¿no crees que te convendría escuchar algo más animado el día de tu cumpleaños?
Cuando la música se detiene, mi hermana se incorpora indignada.
—¡Eh!
—Lo sé, lo siento. Pero es que acabo de recibir una llamada de Samantha. Quiere que vayamos esta noche a su casa a ver una peli o alguna bobada. ¿Te animas?
Mattie frunce el ceño.
—¿Desde cuándo Samantha te llama a ti?
Dejo escapar un suspiro.
—Solíamos ser amigas. Y además, está preocupada por ti. Venga, será divertido.
La palabra «divertido» suena como si estuviera cubierta de cianuro. Sin embargo, supongo que Mattie está demasiado ida para advertir cuán mala soy para decir mentiras.
—Uf. ¿A qué hora?
—Nos recogerá a las siete. Eso te dará un par de horas más para revolcarte en tu propia mugre —digo sonriendo.
Mattie me saca la lengua y yo asumo que puedo irme tranquila.
25
Me miro a los ojos en el espejo preguntándome en qué me he metido.
¿Una fiesta? ¿En la casa de Samantha? No he ido allí desde hace más de un año.
Tengo un horrible déjà vu cuando me descubro pensando en qué color de pintalabios debo usar. En lugar de ello, me tumbo en la cama y saco mi libro de astronomía. Los Gin Blossoms tocan para mí mientras leo acerca de la evolución estelar.
Alguien llama a mi puerta, y luego papá asoma su cabeza.
—Rollins está aquí. ¿Debo decirle que suba?
El pánico me asalta y dejo caer el libro. Aún no me siento preparada para enfrentarme a Rollins. Necesito más tiempo para averiguar qué es lo que está pasando, qué hacía con esas fotos de Sophie y Amber. Pero luego me digo que quizás es el momento perfecto para interrogarlo sin piedad. Quiero decir, si él es el asesino, no se atreverá a matarme en mi propio dormitorio con mi padre al final del
pasillo. ¿No es cierto? Excepto por el hecho de que el asesino de Sophie la mató con sus padres ahí mismo, al final del pasillo. Mierda.
Llaman de nuevo.
—Adelante —grito bajando el volumen de la música.
Rollins abre la puerta, barriendo con ella las camisetas descartadas y las revistas de música que se acumulan en el suelo. Sus mejillas están encendidas, su pelo despeinado.
—Hola —dice titubeando un poco—. Tiempo sin verte.
Recuerdo cuando me agaché en la cocina el día que paso por casa.
¿Acaso me sorprendió haciéndolo?
—Lo sé. Lo siento. Es solo que... he estado ocupada.
La respuesta parece inadecuada. Pero ¿qué se supone que debo decir?
¿Acaso: Me deslicé en tu cuerpo cuando estabas viéndote con una chica que al día siguiente apareció muerta. Luego te vi darle un baño a tu madre y descubrí que tienes un alijo de fotos de las chicas muertas? Ni hablar.
—¿Con Zane? —pregunta
Rollins—. Oí que estáis saliendo mucho juntos.
Sus ojos marrones parecen oscurecerse un poco, o quizás es mi habitación la que se ha oscurecido. No estoy segura.
—Bueno, sí, con Zane, pero también, ya sabes, Mattie ha estado pasándolo muy mal. He tratado de estar a su lado.
Advierto que tiene en la mano un panfleto. ¿Es eso lo que ha estado haciendo en los últimos días?
¿Trabajar en un fanzine?
—Ten —dice entregándome el
folleto—. Te he traído esto. Recién salido de la imprenta.
Tomo el fanzine y lo examino. En la cubierta, hay una fotografía en blanco y negro de Sophie Jacobs y Amber Prescott en sus uniformes de animadoras. Reconozco la foto: es una de las que había en la pila que Rollins tenía en su habitación.
¿Había estado reuniendo fotografías de ambas para su fanzine? Eso era lo que debía de estar haciendo con Amber en el campo de fútbol esa noche. Recuerdo que Amber le entregaba algo: seguramente eran las
fotografías en que Sophie y ella aparecían juntas.
En la parte superior, escrito con marcador, está el título: Miedo y asco en el instituto núm. 8: La edición especial sobre Sophie Jacobs y Amber Prescott . Hojeo el contenido. La primera sección contiene recuerdos sobre las chicas muertas de prácticamente todo el condenado City High. A continuación hay una lista de las canciones que la gente dedicaba a Sophie y Amber. Incluso Mattie participó: le dedicó Stand by Me a sus dos amigas
fallecidas. ¿Por qué no me contó lo que estaba haciendo Rollins?
Siento burbujas de alivio dentro de mí, y me doy cuenta de cuán terrible y doloroso hubiera sido para mí que Rollins resultara ser el asesino. Lo agarro por los hombros y lo empujo hacia mí para darle un abrazo de oso, lo abrazo tan fuerte que mis pobres músculos se resienten.
—Oh, entonces te ha gustado.
—Es tan hermoso, Rollins. De verdad.
Doy un paso atrás y le miro a la
cara. Parece avergonzado y se tira del pirsin del labio.
—Quería hacer algo. ¿Cómo se encuentra Mattie?
Saca un marcador del bolsillo de su chaqueta y, distraído, empieza a hacerlo girar en su mano.
—No muy bien. Pero esta noche la llevaré a algo que hay en casa de Samantha: una fiesta de cumpleaños sorpresa. Va a ser insoportable, pero al menos conseguiré que Mattie salga de casa.
Rollins hace una mueca.
—En casa de Samantha?
—Lo sé, lo sé —digo haciendo también una mueca.
Y entonces me sobrecoge de nuevo un intenso deseo de abrazar a Rollins, el amigo que sabe lo que me ocurrió en la fiesta de los ex alumnos, el único que siempre ha estado ahí. Cuán tonta he sido al dudar de él.
—Lamento haberme portado tan mal contigo estos días —digo.
Él se encoge de hombros.
—Todos hemos tenido una semana difícil. Lo entiendo. Y, bueno, hay algo de lo que quería
hablarte.
Rollins se pasa el marcador de una mano a la otra. Irradia ansiedad.
—Claro —digo, y tiro de él hasta mi cama y me siento a su lado
—. ¿Qué pasa?
Con nerviosismo, tamborilea con el marcador sobre su pierna.
—La otra noche... —dice, pero se detiene y comienza de nuevo—.
¿La noche que Amber murió?
—¿Sí? —digo para animarle a continuar.
—Me vi con ella —dice sin despegar su mirada del marcador—.
Le había pedido algunas fotos de Sophie para el fanzine. Dijo que me las daría, pero que nos viéramos en el campo de fútbol. Estaba actuando muy raro.
Suspiro aliviada al confirmar que mi hipótesis sobre su encuentro de esa noche es cierta. Por desgracia para Amber, no sabía que estaba aportando imágenes para su propio fanzine conmemorativo.
—¿Muy rara en qué sentido? —
lo animo.
—Bueno, me dijo que debía decirle a Mattie que lo sentía y que
todo era su culpa. Y empezó a llorar y a decir que toda la escuela pensaba que ella era una puta y que toda su vida era una broma. Intenté decirle que eso no era cierto, pero se puso como loca y me dijo que me fuera. Pensé que solo estaba siendo teatrera, así que me fui. Nunca pensé que ella...
Sus manos están temblando, pero continúa:
—Sé que debí haber llamado a la policía cuando me enteré de que estaba muerta, pero estaba tan asustado. Pensé que me echarían la
culpa o algo así.
Tomo una de sus manos y trato de calmar su temblor.
—Rollins, confía en mí. Todo va a salir bien. Pero es indudable que tienes que decirle a la policía lo que sabes.
—Lo sé. Tienes razón. Tengo que decírselo.
Habla como si estuviera intentado convencerse a sí mismo.
—Oye, si quieres iré contigo — digo—. Pero tendría que ser mañana, porque esta noche tengo que ir a esa fiesta por mi hermana.
—¿Sylvi? —dice pasando un dedo por la palma de mi mano—. Te extraño.
—Yo también te extraño —
susurro.
Seguimos sentados allí por un largo rato, la electricidad fluyendo de sus dedos a los míos y viceversa.
Un golpe en mi puerta nos produce un sobresalto a ambos, y luego oímos la voz de mi padre.
—¿Sylvi? Tienes otro visitante
—dice con un tono extraño.
De inmediato retiro mis manos y me pongo de pie.
—Adelante —digo.
Zane entra en mi habitación, sus ojos nublados por la confusión. A pesar de no haber hecho nada malo en absoluto, siento como si lo hubiera hecho.
—Hola —digo demasiado efusiva—. Oh, Rollins, no creo que te hayan presentado oficialmente a Zane. Zane, este es mi mejor amigo, Rollins.
Rollins se pone de pie. Los dos se miran con sospecha, pero finalmente Zane da un paso adelante y extiende una mano, que Rollins
estrecha casi a regañadientes.
—Rollins estaba a punto de irse
—digo de repente.
Tardo menos de un segundo en entender cuán rudo ha sonado. Quisiera retirar lo que he dicho, invitar a Rollins a quedarse, pero él ya ha empezado a avanzar hacia la puerta. Antes de salir, se detiene ante Zane.
—Sé bueno con ella —dice.
Sus palabras contienen una amenaza soterrada, pero antes de que Zane pueda responder, Rollins ha desaparecido por la puerta. Siento
cómo la tristeza echa raíces dentro de mí. No estoy segura de que las cosas entre Rollins y yo puedan volver a ser como antes, no con Zane en la ecuación.
—Lo siento —le digo a Zane, aunque en realidad no estoy segura de por qué me estoy disculpando.
Solo sé que la escena probablemente le pareció sospechosa, y no quiero que piense que mis sentimientos hacia Rollins son de naturaleza romántica. Él es solo un amigo. Mi mejor amigo en el mundo entero.
—No te preocupes por eso — dice Zane, que me envuelve pasándome sus brazos por la cintura y me acaricia el pelo con su nariz—. Te está protegiendo. Y lo entiendo. Yo también lo haría.
Sus labios rozan los míos.
—Solo un segundo —digo apartándolo y levantando un dedo.
Cierro la puerta y entonces sí me fundo en sus brazos.
Inclino la cabeza para ver el despertador y compruebo que son casi las seis. Emito un gruñido
recordando que en una hora Samantha Phillips estará aquí para recogernos. La idea de asistir a una fiesta de las animadoras después de tanto tiempo casi me hace reír.
Zane me toca los labios.
—¿Qué es tan divertido?
—Puf. Tengo una fiesta esta noche. Es para mi hermana. Hoy es su cumpleaños.
Su rostro se ensombrece.
—Creí haberte oído decir que estabas preocupada por Mattie. Que nos quedaríamos en casa y veríamos alguna peli.
—Lo sé —digo—. Pero esto realmente es por su bien. Necesita salir fuera. Estaré con ella. Nada le pasará. Tú también puedes venir, si quieres.
Zane hace una pausa antes de hablar.
—Venga, de acuerdo, iré. Pero antes ¿podrías pasar por mi casa? Hay algo que quiero enseñarte.
—Podrías mostrármelo ahora mismo —digo en broma, pero su cara se mantiene seria—. Mentiras, claro, iré. Le diré a Samantha que me deje allí, ¿te parece? Y luego vamos a la
fiesta en tu coche.
El rostro serio de Zane se rompe en una sonrisa. Se inclina sobre mí y presiona sus labios contra los míos. Yo me hundo contra mi almohada, perdida en el momento.
Justo entonces, la puerta se abre de par en par. Asustados, Zane y yo nos separamos. Mi padre está en el quicio de la puerta. En parte luce avergonzado, pero más aún molesto. Se aclara la garganta.
—Sylvia, creo que es hora de que tu amigo regrese a su casa.
—Dios, papá, ¿qué tal si llamas
la próxima vez?
Me paso el pelo detrás de la oreja y le ofrezco a Zane una mirada de «lo siento».
—Está bien —dice Zane poniéndose de pie con rapidez—. Debería irme ya.
Mientras avanza hacia la puerta, saluda con la cabeza a mi padre, murmurando algo acerca de estar encantado de conocerlo.
—Nos vemos esta noche, Sylvi
—dice al despedirse.
Mi padre me mira con severidad.
—En cinco minutos. Abajo. Respondo con un gruñido. Cuando me levanto, advierto
una mancha roja en la alfombra cerca de mi cama. Me arrodillo para examinar la mancha. Incapaz de quitarla frotando, me doy cuenta de que es pintura. Pintura roja.
Qué extraño.
Antes de bajar a hablar con mi padre, consigo un trapo húmedo para limpiar la pintura. La mancha se niega a irse. Vanessa va a maldecir.
Siempre que alguna de nosotras
se mete en problemas, mi padre nos cita en su estudio. Quizá piensa que eso le da cierta ventaja psicológica porque es su territorio o algo así.
Espero en la entrada mientras él termina de teclear. Me hace esperar un poco antes de admitir mi presencia. Entonces, me hace un gesto para que me siente frente a él.
—Supongo que no hemos establecido una regla acerca de los chicos en tu dormitorio —dice después de un minuto que se me hace larguísimo—. Lo cierto es que hasta hoy no había sido necesaria.
—Jamás tuviste problemas con que Rollins subiera a mi habitación
—anoto.
—Sí, bueno, eso era Rollins. Este chico, Zane... nunca me habías hablado de él. Y un día aparece de la nada y os encuentro al uno encima del otro.
Siento que las mejillas se me ponen coloradas.
—No es eso.
—Bien, entonces ¿qué es
Sylvia?
Aparto la mirada. La fotografía arrugada de la mujer de pelo blanco
está en el fondo de su papelera, debajo de su escritorio. Aprieto los puños.
—¿Cómo te atreves a darme lecciones sobre no contarte cada mínimo detalle de mi vida? Entre tú y yo, creo que eres tú el que guarda más secretos.
Su mirada titubea, solo un poco, pero lo suficiente para que advierta la grieta en su coraza. He encontrado su talón de Aquiles, lo que nos ha ocultado todo este tiempo. Agachándome, recupero la fotografía y la aliso sobre su escritorio.
—¿Te molestaría decirme quién es esta?
Su cara palidece gradualmente. Mira la fotografía bajo mis manos como si estuviera viva, como si pudiera atacarlo, como si fuera un animal salvaje.
—Eso... todo eso está en el pasado —dice al final.
—¿Quées todo eso que está en el pasado?
Cierra sus ojos apretándolos con fuerza, como si intentara bloquear algo.
—Mi aventura.
Lo dice en voz muy baja, tengo que esforzarme para oírlo.
—¿Tu aventura? ¿Con quién tuviste una aventura? ¿Con esta señora?
Mi padre suspira.
—Sí. Pero, Sylvi, eso terminó hace mucho tiempo.
Cojo la fotografía y miro con asombro a la mujer de pelo blanco.
¿Esta mujer fue amante de mi padre?
—¿Cuándo exactamente estuviste con ella? —pregunto temiendo la respuesta.
—Cuando eras pequeña —dice
en voz baja, confirmando lo que me temía.
—¿Cuando mamá aún vivía? Asiente con la cabeza y estira la
mano intentando coger la mía, pero todo lo que yo veo en mi cabeza es a mi madre en casa, el cáncer devorándola silenciosamente por dentro, y a él juntándose con la mujer de pelo blanco. Me pongo de pie, todavía agarrando con firmeza la fotografía en mi mano. Examinando la foto, me asalta la necesidad de saber el nombre de la mujer.
—¿Quién es ella?
—¿Qué importancia tiene? Ya terminó.
—Si tenías su foto en tu estudio, no ha terminado. Si te llama, no ha terminado.
Mi padre luce desconcertado.
—¿Cómo sabes que me llamó?
—Eso no importa —digo con terquedad—. ¿Cuál es su nombre?
Estamos trabados en una competencia de miradas. Finalmente, es él quien mira para otro lado.
—Evelyn. Evelyn Morrow. Morrow. Conozco ese apellido.
Es el apellido de la tumba. El
apellido de la pequeña que murió bajo el bisturí de mi padre. ¿Se acostaba con la madre de Allison? Eso no tiene sentido. ¿Por qué iba a acostarse con la madre de uno de sus pacientes? Sin embargo, para preguntarle eso, tendría que explicarle que abrí a escondidas su cajón secreto y espié sus papeles personales.
En lugar de ello, lo que digo es:
—¿Por qué?
Odio la forma en que suena mi voz, como si se quebrara. Odio la debilidad, el dolor que cubre esa
sencilla pregunta.
La cara de mi padre está lívida. Pareciera que le hubiera dado una bofetada.
No habla.
Salgo de la habitación dando un portazo.
26
Estoy delante de la puerta de la habitación de Mattie, mirando las pegatinas brillantes de Mi pequeño p o n i con las que la decoró cuando era pequeña. Al fondo oigo de nuevo Black de Pearl Jam. Golpeo la puerta con la palma de la mano.
—¿Qué quieres?
—Son casi las siete. ¿Estás vestida?
En vista de que no responde, abro la puerta y entro en la
habitación. La encuentro sentada en su cama, en ropa interior, mirando por la ventana hacia la oscuridad.
—¿Te vas a poner eso para ir a la casa de Samantha?
No dice nada.
Voy hasta su armario y echo un vistazo a su ropa. Lleva días sin hacer la colada, y se ha limitado a tirar al suelo su ropa sucia. En las perchas apenas quedan unas cuantas camisas, un par de vaqueros y una falda. Saco una camiseta rosa de manga larga y la llevo hasta su cama. De camino, mis rodillas me fallan y
mis músculos se convierten en gelatina.
Lo siguiente que sé es que estoy mirando mi propia cara. Mi hermana está encorvada sobre mí y me he deslizado en ella. Estoy viendo todo desde su perspectiva, incluido mi propio cuerpo. Es algo absolutamente surrealista.
—¿Sylvi? ¿Sylvi? ¿Estás bien?
—Mattie me sacude los hombros y mis ojos se ponen blancos—. Oh, Dios. Oh, Dios. Lo siento. Es mi culpa. Voy a vestirme. Iré a la fiesta. Solo despierta, por favor.
Las lágrimas le bañan las mejillas y salpican sobre mi cara. No puedo soportar verla así, de modo que decido tomar el control solo para calmarla.
Secuestrar el cuerpo de mi hermana es casi tan fácil que casi ni me doy cuenta. Quizá tenga algo que ver con los genes, pero el hecho es que me siento natural moviendo sus extremidades. Hago que se siente y respire un poco.
—Está bien —digo, a pesar de que no estoy segura de que pueda oírme.
Ya no siento que esté allí, es como si se hubiera ido a dormir o algo parecido.
—Va a salir bien. Todo va a salir bien. Vamos a ir a esa fiesta, y vamos a divertirnos. Solo tranquilízate.
Cuando los músculos de mi hermana se han relajado un poco, la dejo asumir el mando, deseosa de regresar a mi cuerpo. Casi puedo sentir la energía que sale de su cuerpo y fluye de regreso al mío a apenas unos centímetros de distancia.
Abro los ojos y veo a Mattie
sentada tranquilamente junto a mí.
—No sé qué ha ocurrido —dice con una sonrisa—. Pero me siento mucho mejor.
A eso de las siete y cinco, Samantha aparece en el sendero de entrada de nuestra casa. Mattie salta al asiento del copiloto, y yo me escondo detrás. Samantha me lanza una sonrisa completamente falsa, como si el último año nunca hubiera ocurrido y todavía fuéramos las mejores amigas.
—¿Podrías dejarme donde
Zane? Él me llevará más tarde.
—¿Zane? —pregunta Samantha mirando hacia el asiento trasero.
—Sí. Vive en Arbor Lane.
Tiro del cinturón de seguridad y me lo pongo. He visto a Samantha conducir lo suficiente como para saber que nunca estoy realmente a salvo cuando ella va al volante, así solo se trata de recorrer unas cuantas calles.
—Supongo —dice de mala gana y dirige el coche hacia Arbor Lane.
—Ahí es —digo señalando la
casa.
Samantha sube el coche hasta la entrada y apenas si espera a que me haya bajado antes de dar marcha atrás y volver a la calle. Su coche desaparece en la esquina, y oigo el motor acelerar a medida que se aleja.
Golpeo en la puerta, y me quedo mirando un feo farol de calabaza tallado para que parezca un demonio. Me pregunto quién lo habrá hecho:
¿Zane o su madre? Quienquiera que sea tiene cierta habilidad con el cuchillo.
Llamo de nuevo y cambio mi peso de un pie al otro. Necesito
hablar con alguien de lo que pasó con mi padre. Necesito hablar con Zane.
Siguen sin atender a la puerta. Zane me dijo que viniera.
Supongo que puedo entrar sin parecer maleducada. Quizás el volumen de la tele está tan alto que no me ha oído. O quizás está arriba.
No obstante, timbro y espero otro rato.
Cuando es evidente que nadie va a venir a la puerta, pongo mi mano sobre el pomo y le imprimo un poco de presión. Con facilidad se desliza
hacia la derecha y la puerta se abre emitiendo apenas un crujido. Me asomo al recibidor con la esperanza de oír pasos porque alguien viene a ver quién ha estado llamando todo este tiempo.
Pero no, nadie viene.
—¿Hola? Nada.
Abro la puerta todavía más y veo algo extraño. Una mesa alta, el tipo de mueble que utilizarías para dejar tus llaves y guantes, está tumbada y junto a ella hay un jarrón hecho añicos. Los trozos de cristal
rodean una rosa marchita.
—¿Hola?
Doy un paso y miro el estropicio.
Esto no pinta bien. Debería marcharme. Sé que debería marcharme, pero algo me mantiene pegada al suelo. Tengo que encontrar a Zane, asegurarme de que está bien.
—¿Zane?
Levanto la mesa y miro alrededor. Un gran espacio abierto a la derecha parece ser el salón. Creo que puedo distinguir la forma de un televisor en la oscuridad. A mi
izquierda está la escalera. La única luz encendida brilla al fondo del pasillo que tengo directamente ante mí.
Mis pies me llevan hacia la luz. Me hallo en una pequeña cocina que está al final del todo. En el rincón hay una pequeña nevera color verde oliva cubierta de imanes de vaquitas. Pero la mayor parte de la habitación la ocupa una mesa redonda de madera.
Cada centímetro de la mesa está cubierto de papeles. Facturas. Correo basura. Reconozco algunas
de las cosas de la escuela de Zane. En medio de todo hay un pequeño calendario de escritorio genérico. La fecha de hoy está marcada en rojo.
27 de octubre.
El cumpleaños de Mattie.
El déjà vu me golpea con violencia: la hoja blanca que encontré en nuestra puerta el día que Sophie murió, el día de su cumpleaños. La fecha estaba marcada con un círculo rojo. Ese era el trozo de papel que estaba sosteniendo cuando me deslicé en el asesino.
Mis rodillas se estrellan contra el suelo.
Esa hoja de papel vino de esta
casa.
Esa hoja de papel era de Zane. Joder.
Mi mente se tambalea mientras
busco una explicación. Tiene que haber alguna razón para que ese calendario esté aquí. Quiero decir, mucha gente los tiene. El señor Golden tenía uno. Es solo un calendario de escritorio normal y corriente.
Pero no todas las personas
marcan las fechas con un rotulador rojo.
Repaso los hechos de la última semana.
El primer día de escuela de
Zane fue el día que Sophie murió.
¿Coincidencia?
Bajo las tribunas, Zane rechazó mi teoría de que Sophie había sido asesinada. ¿Temía que descubriera la verdad?
La mancha roja en mi alfombra.
¿Fue él quien destrozó el casillero de Mattie? Tuvo tiempo de sobra mientras yo estaba en el salón del
señor Golden. La pintura roja no era una broma: era una amenaza.
Todo este tiempo he estado tan desesperada por creer que un chico como Zane podía sentirse atraído por una chica como yo... Afrontémoslo: es terriblemente guapo. Podría conquistar a la chica que quisiera. Pero, no obstante, se acercó a mí.
¿Estaba demasiado ciega para ver la verdad? ¿Todo este tiempo me ha estado usando para acercarse a Mattie? Es su cumpleaños el que está marcado en rojo. Igual que el de Sophie.
Oh, mierda.
Mi novio tiene un fetichismo estrambótico con el asesinato de animadoras y probablemente va de camino hacia la casa de Samantha en este preciso instante. Tengo que llegar allí antes que él. Tengo que encontrar a Mattie. El único problema es que la casa de Samantha está al otro lado de la ciudad. Nunca llegaré a tiempo.
Desentierro el móvil de mi bolsillo y llamo a la única persona de este mundo con la que de verdad puedo contar. Rollins contesta al
segundo timbre.
—¿Sylvi? ¿Cómo vamos?
—Rollins —tengo que esforzarme para que mis palabras resulten comprensibles porque mi garganta ha empezado a cerrarse—. Rollins, tienes que ayudarme.
—¿Qué pasa?
—¿Puedes venir por mí? Estoy en la casa de Zane, en Arbor Lane. Apresúrate, por favor. Creo que va a ocurrir algo terrible.
Salgo de la cocina, sintiendo que podría vomitar si sigo mirando por más tiempo ese estúpido
calendario.
—¿Estás bien? ¿Cuál es la dirección? Voy en camino.
—Solo apresúrate. No te preocupes por la dirección, estaré esperándote delante.
—Allí estaré.
Una y otra vez trato de llamar a Mattie, pero nadie coge el teléfono. Brinco con nerviosismo mientras espero que Rollins llegue, rezando porque la explicación sea que la música está demasiado alta para que Mattie pueda oír el timbre del móvil. Porque no puedo permitirme pensar
en la otra alternativa.
Por favor, por favor, solo déjame llegar a tiempo.
—Y, bueno, ¿qué ocurre? — pregunta Rollins conduciendo hacia la parte de la ciudad en la que vive Samantha.
Repaso los acontecimientos de la última semana, intentando pensar en cómo construir una frase que tenga sentido para él. Pero mi cerebro está adormecido y se niega a funcionar de forma apropiada.
—Solo estoy preocupada por
Mattie. No debería haberla dejado ir sola a la fiesta.
Cuando giramos en la calle de Samantha, nos topamos con una muralla de coches.
Rollins gruñe frustrado, buscando un espacio para estacionar. Yo me retuerzo agarrada a la manija de la puerta.
—Déjame aquí. Después me buscas dentro.
—¿Estás segura?
Rollins pregunta sin convicción, pero en lugar de responderle lo que hago es abrir la puerta y saltar fuera.
Recupero el equilibrio y luego corro hacia la casa de Samantha. Incluso aunque nunca antes hubiera venido (lo hice un millón de veces en una vida pasada) sería fácil identificar cuál es su casa. Todas y cada una de las luces están encendidas y la música retumba en el aire nocturno. En el porche hay un par de alumnos de último año, bebiendo ociosos de litronas.
—Eh, rosita —dice arrastrando las palabras uno que lleva un jersey del equipo de fútbol—. ¿Quieres una cerveza?
—¿Habéis visto a mi hermana?
—pregunto.
El tío sonríe.
—¿Tu hermana? ¿Es tan bonita como tú?
Estira la mano y me coge del hombro. Le gruñó y retira su mano.
—Jo. De acuerdo, de acuerdo. Los empujo al pasar y entro en
la casa. La música reverbera a través de las paredes, más un sentimiento que un sonido. Huele a tabaco y a hierba y a cerveza añeja y a sudor.
El vestíbulo está abarrotado de pared a pared de chicos ebrios.
Mantengo mis ojos bien abiertos en busca de Mattie, pero no la veo por ningún lado. Con ansiedad, paso a las animadoras y los deportistas, que están jugando a beber tragos de tequila del ombligo de una chica, y entro a la cocina, donde un par de idiotas están tomando cerveza de un embudo enorme.
A través de la puerta de vidrio que da a la terraza veo un trozo de camiseta blanca moverse detrás de un árbol. Forzando la vista, miro a través de la negrura. Una figura sale disparada y pasa por una zona
iluminada por las luces de una de las habitaciones de la planta superior. De inmediato lo reconozco.
Es Zane.
Y lleva algo en la mano.
Abro la puerta y salgo al frío de la noche. El viento agita los árboles y los arbustos. Zane ha desaparecido de mi vista. Lentamente, cruzo la terraza y me asomo por el costado.
—¿Zane? —grito vacilante—. Sal donde pueda verte.
Una figura emerge de detrás de un árbol. Es Zane, las luces que tengo a la espalda iluminan su rostro. Se ve
afligido.
—¿Sylvi? ¿Qué estás haciendo aquí? Pensé que irías a mi casa.
—¿Qué estás haciendo, Zane? Mis ojos caen sobre el
recipiente de plástico rojo que lleva.
—Tienes que salir de aquí — dice mirando con nerviosismo los arbustos que hay detrás de él—. Sylvi, tienes que correr.
—Sé lo que hiciste, Zane. Estuve allí cuando mataste a Sophie.
Un gesto de confusión cruza la cara de Zane. Justo entonces alguien más sale de entre las sombras. Es la
mujer de pelo blanco.
Evelyn.
Mis ojos se mueven de Zane a Evelyn y viceversa. ¿Qué hace aquí la amante de mi padre? Su cara se retuerce con rabia y empieza a gritar.
—¿Qué quieres decir con que iba a estar en nuestra casa? Se suponía que ambas estarían aquí.
Mi mente se demora en las palabras «nuestra casa», y estoy intentando averiguar qué significan cuando un olor, inconfundible y aterrador, me llega desde abajo.
Gasolina.
—No importa —dice Evelyn—. Ahora ambas están aquí.
La mujer agita su brazo por encima de la cabeza y entonces me doy cuenta de que lleva una cerillas.
Una alarma se enciende dentro de mí.
Por alguna razón esta lunática va a causar un incendio.
Y Mattie está en algún lugar dentro de la casa.
¿Quiénes son estas personas?
¿Y por qué nos están haciendo esto?
Doy media vuelta, consciente de
que apenas tengo unos instantes antes de que la mujer arroje una cerilla a la trampa mortal que ella y Zane han creado. No es tiempo suficiente.
Abro la puerta de par en par y empiezo a gritar. Es como en los sueños: grito tan fuerte como puedo pero nadie me oye. Todos siguen riendo, asintiendo, bailando, hablando, moviendo las caderas. Me abro paso entre la masa, todavía gritando.
—¡Corred fuera! —mi voz naufraga en el mar de pésima música tecno y risas que inunda la casa—.
¡Salid de la casa! ¡Fuego! ¡Fuego!
¡FUEGO!
Finalmente la gente se vuelve hacia mí, sus caras cambian, el regocijo traducido en miedo. Sus bocas se contorsionan formando Oes a medida que entienden lo que estoy diciendo. Uno después de otro, los asistentes empiezan a hacerse eco de mis gritos.
—¡Fuego!
—¡Salid de la casa!
—¡Fuego!
Una persona tergiversa la situación y grita que llega la policía,
pero no importa. El efecto es el mismo. Cuerpos dispersos, empujándose unos a otros para salir.
¿Dónde está Mattie? ¿Dónde está ella?
Corro por el pasillo sin dejar de gritar. Necesito todas mis fuerzas para avanzar entre quienes vienen en dirección opuesta. En la habitación del fondo, echada sobre una cama, está mi hermana. Sostiene débilmente un vaso de plástico con un poso de cerveza chapoteando dentro. ¿Cómo es que se emborrachó tan rápido? Solo lleva aquí una hora.
—¡Mattie! ¡Mattie! ¡Levántate!
¡Hay un incendio!
—¿Sylvi? —dice con la cabeza colgando para un lado—. ¿Qué ocurre? Me siento divertida.
El humo me pica la nariz, es amenazadoramente denso.
Reúno toda mi fuerza y tiro de ella para ayudarla a ponerse de pie, la adrenalina circulando por todo mi cuerpo. Prácticamente tengo que cargar con ella para llevarla por el pasillo hasta el salón. Un humo denso ha llenado el recinto, pero puedo reconocer a una chica tumbada
despatarrada sobre un sofá tapizado con tela escocesa. Es Samantha.
Me siento incapaz de dejarla allí esperando una muerte segura, pero tampoco puedo cargarla a ella y a mi hermana al mismo tiempo.
Miro hacia la puerta principal. El vestíbulo ha quedado despejado. Llevo a mi hermana hasta el antejardín. Se han formado pequeños grupos de gente. Todos miran hacia la casa.
Alguien grita mi nombre. Me giro y veo a Rollins que corre hacia aquí. Pareciera haber enloquecido
del susto.
—Dios, Sylvi. Pensaba que seguías dentro.
—Aquí. Encárgate de Mattie. Tengo que volver —dejo a Mattie en sus brazos y me giro dispuesta a volver a la casa envuelta en llamas.
Rollins me coge del brazo.
—¿Qué? ¡No puedes hacerlo! Mentiría si dijera que justo ahí,
de pie en el antejardín mirando la casa, no hay un instante en el que piense en la noche de la fiesta de los ex alumnos. La escena se reproduce en mi cabeza y pienso en Samantha
mirando mientras Scotch me arrastraba a los cambiadores de los chicos. Ella no hizo nada. El instante es breve, pero es innegable que está ahí. Pero yo sé que nunca sería capaz de vivir conmigo misma si dejo que Samantha se queme.
—Samantha todavía está dentro
—grito y salgo disparada de regreso a la casa.
El aire se ha vuelto tóxico y empiezo a toser casi inmediatamente. Me cubro la boca y la nariz con una mano para intentar filtrar parte del humo.
Samantha está aún sobre el sofá. La sacudo con fuerza.
—¡Samantha! ¡Despierta!
Pero no despierta, no importa qué tan fuerte la sacuda. La agarro de los brazos y la bajo del sofá. Apenas puedo ver el camino hacia la puerta. Respirando con dificultad, inhalo una bocanada de negrura. El humo invade mis pulmones y siento que me asfixio.
Todo se vuelve negro.
27
Estoy de pie en un muelle, a orillas de un lago en el campamento al que iba cuando era pequeña. Desde que mamá murió, papá nos enviaba aquí todos los veranos. Era más barato que la guardería. Este lugar, sobre el muelle, era al que venía cuando sentía nostalgia. No de nuestra casa, sino de mamá.
El único sonido que se oye ahora es el chapoteo de las pequeñas olas. Una sensación de
sosiego me inunda. Me agacho hasta que mi estómago choca contra la dura madera y consigo bajar el brazo y acariciar la superficie del agua con el dedo. El lago está muy frío y en cambio mi cuerpo está caliente. Tan, tan caliente.
Una tos terrible se apodera de mi cuerpo y me derrumba. Mis pulmones están ardiendo. Tengo los codos y los dedos de los pies en llamas. Cuando la tos cesa, extiendo mi cuerpo mirando el cielo nuboso. Rezo para que la lluvia alivie mi piel quemada.
Gotas gruesas empiezan a caer a mi alrededor, rebotan sobre mi piel y corren sobre el muelle. Abro mi boca para dar la bienvenida a la humedad con mi lengua. La lluvia me empapa la ropa y el pelo.
— Sylvia.
Una voz dulce como la miel resuena sobre el agua.
Es mi madre.
Me siento y la busco con la mirada. Viene remando hacia mí en una canoa roja. Mueve el remo con seguridad a través del agua, primero a un lado del bote y luego al otro.
Parpadeo y ella está aquí, alineando el bote con el costado del muelle.
Miro el fondo del bote y veo un nido de mantas y un bebé de ojos oscuros. Mi madre se estira y coge al bebé y, luego, de repente, está junto a mí sobre el muelle.
—¿Te gustaría cargar a tu hermana? —mi madre me ofrece el atado de mantas con una sonrisa amable en su rostro.
—Esta no es Mattie —digo, insegura.
—No. Es tu otra hermana. No llegaste a conocerla.
¿Mi otra hermana? ¿De qué está hablando?
Tomo a la niña en mis brazos. No pesa más que una bolsa pequeña de manzanas.
Mi madre me mira como si estuviera intentando memorizar mi cara.
—Puedes quedarte aquí si quieres.
Hace un gesto con su brazo para abarcar el lago, los bosques, el cielo interminable.
— ¿Qué es este lugar? ¿El cielo?
Ella se encoge de hombros.
— No es por ofender, mamá, pero este lugar no me gustaba mucho cuando era niña, y estoy tan segura como el que más que no quiero pasar el resto de la eternidad aquí.
Ella sonríe.
— Te entiendo.
— Tengo que regresar.
— Sí —dice—. Todavía tienes mucho que hacer.
Empiezo a llorar.
Mi madre se acerca más, me pasa un brazo por la espalda y me
frota con su mano. Yo no me muevo, solo absorbo la sensación que me produce esa mano, la mano de mamá. El bebé se duerme en mis brazos.
— Lo has hecho bien —dice en voz baja.
Retira su mano. Aunque quisiera rogarle que no lo haga, no digo nada. ¿Cómo podría? Ella ya se ha ido. Acomoda al bebé en el nido de mantas que hay en la canoa y sube a ella, un pie y después el otro, balanceando con cuidado su peso para que no se ladee.
Se vuelve hacia mí y me sopla un beso.
Un instante después, se ha ido.
Las sirenas braman en la distancia, pero cada vez más cerca. La hierba que siento debajo de mí está fría. Me giro hacia un costado y toso hasta que la garganta me duele. Alguien ha estado acariciándome el pelo todo este tiempo. Por un momento creí que podía ser mi madre.
Abro un ojo y veo el cuerpo de
Samantha tumbado sobre la hierba
cerca de mí. Unas cuantas animadoras están inclinadas sobre ella, cogiéndola de la mano y llorando
—Sylvi. Di algo.
Giro de nuevo y veo a Rollins, patas arriba, mirándome con ojos desorbitados.
—¿Samantha está muerta? Él niega con la cabeza.
—No. Solo está inconsciente. La ambulancia viene en camino.
—¿Cómo conseguimos salir? Rollins baja la mirada.
—Yo... yo fui por vosotras.
Respiro hondo y me incorporo para que mis palabras tengan un impacto completo.
—¿Sabes cuán estúpido fue
eso?
Rollins sonríe.
—Mira quién habla —dice. Su
cara se pone seria—. Sylvi, jamás vuelvas a hacer algo así. Pensé que... que... Dios, Sylvi, ¿no sabes lo que siento por ti?
Aparto la mirada. Creo que sé lo que siente por mí. Creo que es algo a lo que ambos le hemos dado rodeos, prácticamente desde la fiesta
de los ex alumnos del año pasado. Quizá me he estado escondiendo de ello, reacia a explorar un vínculo fraguado en circunstancias tan perturbadoras, pero es imposible negar que hay algo ahí. Con todo, no se trata de sentimientos con los que pueda lidiar en este momento, no mientras estoy echada sobre la hierba fría después de que mi supuesto novio intentara matar a mi hermana y, de paso, a toda la gente que había en la casa.
Y hablando de eso: ¿dónde demonios está Zane? ¿Y Evelyn?
¿Qué dijo Evelyn antes de encender la cerilla?
Nuestra casa. Nuestra casa. Nuestra casa.
Esas dos palabras desfilan por mi cabeza.
Cuando por fin caigo en la cuenta, siento que voy a vomitar. Evelyn, la vieja amante de mi padre, es la madre de Zane. Allison Morrow debía de ser la hermana menor de Zane, la que murió cuando él era tan pequeño.
Ella estaba enferma. Necesitaba que mi padre la salvara, pero él no
pudo hacerlo. Así que Allison murió y Evelyn enloqueció.
Le gritó a Zane por intentar protegerme.
Estaba intentando matarnos. A mí y a Mattie.
Para vengarse de mi padre. Siento la bilis subir por mi
garganta.
¿Dónde está Mattie? Con rapidez, recorro con la mirada el césped, pero no la veo por ningún lado.
—Rollins, ¿dónde está Mattie? Él parece aturdido.
—La dejé aquí mismo cuando fui a buscarte. Estoy seguro de que no ha ido muy lejos —dice.
Rollins me ayuda a ponerme de pie y recorremos el perímetro del patio. Quedan unas cuantas personas, pero parece ser que la mayoría de los asistentes salieron disparados cuando oyeron las sirenas. Un camión de bombero llega a toda velocidad y se detiene frente a la casa de Samantha. Un par de hombres con gruesos sobretodos amarillos saltan del vehículo y empiezan a descargar el equipo.
Agarro del brazo a una de las animadoras llorosas y le pregunto si ha visto a Mattie. Ella niega con la cabeza y se gira de nuevo hacia Samantha.
Miro a Rollins y hablo con rapidez.
—Rollins, tienes que llevarme de regreso a la casa de Zane. No tenemos tiempo. Solo confía en mí. Tenemos que volver.
Rollins me mira confundido, pero asiente.
—De acuerdo, vamos.
De camino a la casa de Zane, voy agarrada con fuerza a mi asiento.
¿Es posible que Evelyn y Zane hayan secuestrado a Mattie aprovechándose de que estaba borracha? Mattie probablemente se iría sin problemas con Zane si él le dijera que yo le había pedido que la llevara a casa.
No tengo forma de saber adónde se la llevaron, pero tengo la capacidad de encontrarlos. Si consigo encontrar en su casa un objeto, un objeto significativo para Zane, podré deslizarme en él: con suerte, antes de que algo le ocurra a
Mattie. Envuelta en mis propios brazos, intento no imaginar qué puede estar pasándole en este preciso instante.
Después de lo que parece una eternidad, Rollins se estaciona en la entrada de la casa de Zane y pone el freno de mano. La casa luce igual que cuando la dejé, la puerta delantera está abierta y la luz de la cocina ilumina el antejardín.
—Vamos —digo y salgo del coche de un salto.
Corro hacia la casa, con Rollins siguiéndome de cerca. Una vez
dentro, le señalo el jarrón destrozado.
—Cuidado.
Subo las escaleras de dos en dos y una vez llego arriba hago una pausa. Hay un pasillo corto con dos puerta a la izquierda y dos puertas a la derecha. Pruebo la primera de la derecha, pero es solo un cuarto de baño.
Pruebo la siguiente. Lotería. Hay una cama estrecha con sábanas negras contra una pared cubierta de pósters de Nirvana. La ropa de Zane está esparcida por ahí, junto con
algunos cómics. En su mesita de noche está su ejemplar de Suave es la noche. Bingo. Esto tiene que llevarme hasta él. Esto tiene que funcionar.
—Bueno —digo volviéndome hacia Rollins—, llegó la hora. Solo tienes que confiar en mí. Voy a provocarme un desmayo. Solo te pido que te quedes aquí conmigo, ¿de acuerdo? Si llega alguien, sacúdeme hasta despertarme. ¿Lo harás?
Rollins se encoge de hombros.
—¿Tengo alternativa?
—No —respondo.
Agarro la novela, que tiene las páginas suaves y desgastadas de tanto uso, y me echo en la cama de Zane.
—Recuerda, si llega alguien, despiértame.
Y dicho eso, aprieto el libro y cierro los ojos con fuerza. Durante unos segundos largos y aterradores, temo que no vaya a funcionar.
Me doy cuenta de que estoy demasiado despierta y excitada para deslizarme. Mi pulso se acelera, y no puedo dejar de imaginarme lo que podría estar ocurriéndole a Mattie en
este preciso instante. Me obligo a respirar hondo y lento y procuro relajar todos mis músculos. Rollins pasa su mano por entre mi pelo, y eso marca la diferencia. Siento que me voy quedando dormida.
Y entonces empieza el mareo y el dolor.
Una carretera oscura se extiende delante de mí. Trozos discontinuos de línea amarilla desaparecen bajo el salpicadero a medida que el coche continúa avanzando por la carretera a toda velocidad. Zane está en el
asiento del pasajero, aferrando el bidón de plástico. El hedor de la gasolina me hace sentir enferma.
Evelyn es la que conduce. Con alivio descubro que Mattie no está aquí.
Zane abre la boca para decir algo. Su voz es temblorosa y quebrada. Me doy cuenta de que está llorando.
—No tenías que hacerle daño
—dice—. Con Mattie habría sido suficiente para vengarse de él.
—Maldita sea, Zane —suelta la mujer y se gira para echarle un
vistazo—. ¿Es que no te importa para nada tu hermana? Primero tratas de prevenirla con esa ridícula broma en la escuela, y luego intentas salvar a esa triste Sylvia. No me lo puedo creer. No de ti. Esas son las personas que destruyeron a Allison. Si esas chicas no existieran, tu hermana todavía estaría viva. Pero no. Jared tenía que proteger a su preciosa familita, aunque eso significara destrozar la nuestra.
—Pero esa chica, Sophie, no tenía nada que ver con lo que le ocurrió a Allison.
Zane está temblando. Ya no sostiene el bidón de gasolina con tanta firmeza, y me doy cuenta de lo estúpido que es llevar algo así dentro del vehículo.
Evelyn afila sus palabras y las lanza contra él como si fueran cuchillos.
—¿Nada que ver? Tienes que estar bromeando. Ella nació el mismo día que Allison murió. Recuerdo ese día muy bien. Estaba sentada en la sala de espera cuando la enfermera entró para decirme que mi bebé estaba muerta. Y la familia
de Sophie estaba celebrando con globos y champaña. ¿Acaso te parece justo?
Zane se cambia el bidón de gasolina de una rodilla a la otra.
—Pero la otra chica, Amber. Ella no te había hecho nada.
Su madre sonríe con desdén.
—Yo no la maté. Debió matarse ella misma. El suicidio resulta contagioso, ¿no es así? Una persona se mata y es como si desencadenara un efecto dominó.
Zane mira fijamente a su madre.
—Estás loca. Debí haber
acudido a la policía cuando tuve la oportunidad.
La mujer le da una palmada en la nuca.
—¿Cómo osas llamar loca a tu madre? ¿No crees que haría lo mismo si alguien te hiciera daño? En eso consiste ser una madre. En proteger a tus hijos.
—Tú no me has protegido — dice Zane—. Me has arruinado. Has hecho que toda mi vida gire alrededor de tu venganza. Me llenaste la cabeza de mentiras sobre un cirujano asesino y sus hijas
mimadas. Pero estabas equivocada, madre. Estabas equivocada.
Evelyn mira a su hijo como si estuviera hablando en otro idioma. Zane gira su cabeza hacia el salpicadero, y siento que sus ojos se abren como platos debido al pánico. Evelyn no ve que la carretera gira repentinamente a la izquierda. Zane agarra el volante, pero es demasiado tarde. El coche sale disparado de la carretera, directo contra un árbol.
Lo último que oigo es el grito de Zane.
Y entonces descubro que viene
de mí.
28
Alguien me sacude.
—¿Sylvi? ¡Sylvi! Es Rollins.
—Estoy aquí. Estoy bien —lo tranquilizo, parpadeando debido a la luz de la habitación de Zane.
Tengo la cabeza en el regazo de Rollins y la cara entre sus manos. Se ve preocupado. Me aparto de él con vacilación.
El grito de Zane todavía resuena en mis orejas. Siento que voy a
vomitar.
Intento ponerme de pie, pero mis piernas están sin fuerza. Rollins me ayuda a sostenerme. Mis manos parecen de caucho, pero me las meto al bolsillo en busca de mi móvil. Titubeante, lo saco, bajo hasta el número de mi hermana y oprimo el botón de llamar. El teléfono timbra una vez, dos veces, tres veces... pero nadie lo coge. Sin perder tiempo marco el número de nuestra casa.
Mi padre contesta al segundo timbre, su voz suena agitada.
—Papá, ¿está Mattie allí?
—¿Dónde estás, Sylvi? Estaba preocupado. Temía que estuvieras atrapada en esa casa...
—Estoy bien, papá. ¿Está
Mattie allí? —lo interrumpo.
—Sí. Uno de sus amigos la trajo a casa. Llegó haciendo eses, pero está viva. Gracias a Dios. ¿Vienes de camino?
—Sí —digo sosteniéndome en las mangas de Rollins—. Voy a casa ahora mismo.
Cuelgo y guardo el teléfono.
—¿Está bien tu hermana? —
pregunta Rollins.
—Sí —digo—. ¿Puedes llevarme? Solo quiero irme a casa.
—Por supuesto —dice con tono de estar desconcertado.
Doy un paso hacia la puerta y tropiezo, pero Rollins me ayuda a recuperar el equilibrio.
—Tranquila —dice—. Sylvi, vas a contarme de qué va todo esto,
¿verdad?
Le tomo una mano y la aprieto.
—Sí. Te lo prometo.
Con su brazo bajo mi axila, me ayuda a bajar las escaleras y a salvar los cristales rotos, y finalmente me
mete en su coche. Dentro, estamos calientes y a salvo. Eso me recuerda la noche del baile de los ex alumnos del año pasado, cuando Rollins me rescató de las inquisidoras manos de Scotch. Igual que esa noche, mi amigo me lleva a casa.
Estoy tumbada en mi cama, viendo las luces que los faros de los coches proyectan al pasar en el techo de mi habitación. No importa cuánto me esfuerce, no consigo sacarme de la cabeza el ruido del coche al estrellarse. Los chillidos de Zane y
su madre, unidos para toda la eternidad.
Llamé al 911 tan pronto llegué a casa, tan pronto se me ocurrió, para informar del accidente. La operadora dijo que ya había una ambulancia en la escena. Pregunté si todos estaban bien, pero ella no conocía los detalles. Sugirió que llamara al hospital, pero cuando lo hice, me dijeron que no estaban autorizados a dar información al respecto.
Los minutos parpadean en mi reloj despertador, alargándose una eternidad. Por primera vez desde que
mamá murió, rezo. Rezo por la vida de Zane. Rezo por la justicia: si eso significa la muerte de su madre o varias cadenas perpetuas consecutivas, es algo que no sé. Eso lo dejo en manos de las autoridades.
Rezo por que amanezca.
Cuando suena el timbre de la puerta, mi padre está en la cocina dándole vueltas a sus tortitas con pepitas de chocolate y Mattie aún duerme, así que soy la única que puede ir a ver quién llama. Camino hasta la entrada principal en
pantuflas y me asomo a través de la cortina. El oficial Teahen está ahí fuera, con las manos en los bolsillos y la cabeza inclinada hacia el cielo. Abro la puerta.
—Oficial Teahen —digo—.
¿Puedo ayudarle en algo?
—Oh, ¿Mattie? —me mira entrecerrando los ojos, como si yo tuviera el nombre grabado en la frente.
—No, Sylvia —digo.
—¿Está tu padre en casa? Asiento mirándolo con los ojos
bien abiertos. Después de respirar
hondo, llamo a papá, que aparece secándose las manos en una toalla de cocina.
—Oficial Teahen —la voz de mi padre es recia—. ¿Qué puedo hacer por usted?
Me fundo en el fondo y me siento en las escaleras. Leo un centenar de intenciones diferentes en los ojos del oficial. Zane y su madre están muertos. La policía encontró mis huellas en su casa y quiere preguntarme acerca de lo que ocurrió. O rastrearon la llamada al
911 y quiere saber cómo supe del
accidente. O Zane y su madre están vivos y la madre de Zane quiere que detengan a mi padre por haber
«matado a su bebé» hace tantos años.
El oficial saluda con la cabeza a mi padre y dice:
—Señor Bell, quisiera hacerle algunas preguntas en relación a una mujer llamada Evelyn Morrow.
Mi padre mira hacia donde estoy, luego sale al porche y cierra la puerta. No regresa en un buen tiempo. Cuando lo hace, tiene los ojos inyectados de sangre y llorosos. Nunca tiene ese aspecto. Nunca.
Avanza en mi dirección, con los brazos estirados hacia delante, como un zombi. No entiendo qué se propone hasta que se acerca y me abraza hasta que no puedo respirar. Pero no quiero que pare. No quiero dejarlo ir.
—Lo siento tanto, Sylvi —dice acariciándome el pelo, y entonces sé que ha acabado.
Zane ha muerto. Fui estúpida al pensar que tal vez no había sido así. Estúpida por tener esperanzas. Soy estúpida. Muy estúpida.
Mi padre retrocede y me mira a
la cara.
—Zane tuvo un accidente de coche. Cariño, lo siento. Zane ha muerto.
Es entonces cuando me desmayo.
La voz de mi padre me despierta.
—Sylvi, despierta. Despierta, Sylvia.
Abro un ojo y me doy cuenta de que estoy tumbada sobre el suelo de madera. Por un momento, pienso que esto es lo que se debe sentir en un
ataúd, todo frío y duro.
Tuerzo la cabeza hacia la derecha y vomito. Mi padre me sostiene el pelo.
Cuando he terminado papá vuelve a hablarme:
—Tranquila, Sylvi. No te preocupes. Vamos arriba a limpiarte.
¿Crees que puedes sostenerte?
No creo que pueda. De hecho, estoy bastante segura de que nunca voy a sostenerme de nuevo. Pero pongo mis pies en el suelo y paso mis brazos alrededor de su cuello y, quién lo iba a decir, estoy de pie.
Subimos las escaleras, un pie delante del otro, y luego caminamos por el pasillo hasta el baño.
Mi padre pone la mano bajo el grifo hasta que el agua tiene la temperatura correcta y luego me ayuda a desvestirme, todo el tiempo mirando para otro lado. Y pienso en Rollins y su madre y en que esto es justo lo que haces por quienes amas cuando ellos no puede hacerlo por sí mismos.
Después de bañarme, mi padre me ayuda a llegar a mi habitación. Le dejo apilar las mantas sobre mí.
Luego cierra bien la persiana y sale. Mis ojos están abiertos de par en par.
Pasan horas. No duermo.
Esa noche, muy tarde, renuncio a tratar de dormir y enciendo la luz. Mi biblioteca brilla como si me hiciera señas. Me arrodillo delante de ella, buscando el libro del que Zane me habló, el que me hizo prometerle que leería de nuevo, bajo un árbol, al atardecer. Mis dedos lo encuentran antes que mis ojos.
El gran Gatsby.
Bajo a hurtadillas las escaleras, agarro mi chaqueta del perchero y una linterna del cajón de los trastos. Teniendo cuidado de no hacer demasiado ruido, abro poco a poco la puerta trasera hasta que el espacio es apenas lo bastante amplio como para colarme a través de él.
La noche es fría, pero acojo el frío con agrado. Necesitaba sentir algo que no fuera esta pérdida, que no fuera este dolor. Solo hay un árbol en nuestro patio, un gran roble, pero es perfecto para lo que lo necesito.
Me siento debajo y abro el libro. No es el atardecer, pero servirá.
Justo como dijo Zane, la experiencia es totalmente diferente. No estoy leyendo para aprobar un estúpido examen de Lengua. Estoy leyendo por mi vida, por lo que fue la vida de Zane. Estoy leyendo para ver el libro a través de mis ojos. Al principio las páginas avanzan despacio, pero antes de que me entere voy por la mitad del libro.
Pronto, empieza a amanecer, y el libro está terminado. Me absorbió por completo y luego me liberó,
convertida en una persona diferente de la que era antes. Me tumbo de espaldas y veo el sol ascender lentamente en el cielo. Quizá nunca conocí de verdad a Zane, pero, por otro lado, quizá la parte que me dejó conocer fuera lo único que era real en él. Permanezco echada hasta que el sol hace que me ardan los ojos. Entonces me levanto del césped.
29
Mi padre está en la cocina, poniendo una capa de fideos encima de embutido italiano, queso mozzarella y espinacas. Mattie está sentada en la mesa del comedor delante de su ordenador. Es una escena familiar, pero no siento que nada en ella sea correcto. Ahora que sé que mi padre ha estado mintiéndonos todos estos años (no solo acerca de su aventura, sino también acerca de su otra hija), he
estado siendo cautelosa en todo lo que tiene que ver con él. Cortés, pero no abiertamente cálida.
He decidido que no podemos seguir así, viviendo en una mentira. Hubiera sido mejor que la idea se le ocurriera a él, pero estoy cansada de esperar. Necesito sacar las cosas a la luz, hablar abiertamente, aclararlo todo. Así que me siento en un taburete enfrente de él, con la fotografía enmarcada de mi madre sobre el regazo.
—¿Papá? Hay algo que necesito hablar contigo.
Él debe de haber visto la seriedad en mis ojos porque baja la bolsa de queso y se inclina hacia delante.
—¿De qué se trata, Sylvi?
Alzo la fotografía, quito la parte posterior del marco, recupero la llave y la pongo con suavidad sobre la encimera.
—¿Qué es esto?
Con calma, mirándome directamente a los ojos, dice:
—La llave de mi escritorio. La escondí porque guardo documentos importantes allí, como tu certificado
de nacimiento.
—¿Eso es todo lo que hay allí? Mi hermana ha dejado de
tontear con el ordenador y ahora nos mira con atención.
Mi padre baja los ojos, incapaz de sostenerme la mirada. Y cuando vuelve a mirarme sus ojos están llenos de lágrimas.
—Sé que es hora de que te lo cuente. Es solo que me acostumbré a ser el héroe, ¿me entiendes? El hombre que salva bebés y vuelve a casa con sus preciosas hijas. Porque después de lo que tengo que contarte,
no sé si volverás a sentir lo mismo por mí.
—Papá, ¿de qué estás hablando? —dice Mattie, que deja su lugar en el comedor y se sienta junto a mí en uno de los taburetes.
Me armo de valor y digo:
—Continúa.
—Supongo que ya echaste un ojo en el cajón. Y que viste los historiales médicos —dice dirigiéndose a mí.
Asiento con la cabeza.
—¿Qué está pasando? ¿De qué cajón hablas? —pregunta Mattie.
Mi padre respira hondo.
—Mattie, tuve una aventura. Hace años, cuando tu madre todavía estaba viva. Sylvi era todavía una niña pequeña. Tu madre estaba embarazada de ti.
Mattie luce desolada.
—¿Te acostaste con alguien?
¿Cuando mamá estaba embarazada?
Mi padre se mira las manos cubiertas de salsa marina. Su tristeza es patente. Casi siento pena por él. Pero necesitamos terminar con esto.
—Sí. Tuvimos una pelea. A ella le molestaba que trabajara tanto. Me
acusó de estar teniendo una aventura. Y pensé... pensé que quizá debería tener una, en vista de que ella creía eso era lo que estaba haciendo.
Mattie se tapa la boca con una mano. Yo estiro el brazo para frotarle la espalda. Recuerdo cuán horrorizada me sentí cuando me enteré y, después de todo lo que ha tenido que vivir últimamente, para ella debe de ser todavía peor.
—Fue solo una vez. Pero fue suficiente. Ese historial médico que viste, Sylvi, el de Allison Morrow: ella era mi hija. Vuestra hermana.
Nació prematura, con una malformación grave. Yo era el único que podía ayudarla. Lo intenté...
Cuando se disuelve en sollozos, me siento horrible. No importa qué haya hecho, es mi padre, y perdió a alguien al que quería, así como nosotros perdimos a mamá. Verlo tan emocionado me destroza por dentro.
—Hice todo lo que pude — susurra. Y al limpiarse las lágrimas con los dedos, se ensucia de salsa de tomate las mejillas—. Intenté salvarla.
No digo nada por el momento.
Lo único que se oye es el llanto de mi padre y mi hermana. Casi hemos terminado. Yo solo necesito saber una cosa más.
—Zane —digo en voz baja.
—Sí —dice él y agarra una toalla de papel para limpiarse la cara
—. Zane era su hijo.
—¿Por qué no me lo dijiste?
¿En especial cuando descubriste que estábamos juntos?
—Yo... yo no pude. No estaba preparado. Evelyn empezó a llamarme, y yo me paralicé. No sabía qué hacer.
Trato de digerir esa noticia: Evelyn estaba acosando a mi padre.
Él continúa:
—No sabéis lo culpable que me he sentido por esto durante catorce años. Es en eso en lo que pienso cuando me levanto por las mañanas, cuando me miro en el espejo. Pienso en eso cada vez que me lavo las manos y los brazos antes de operar a otro bebé, al hijo de otra persona.
Soy incapaz de imaginar cómo es eso: no poder salvar a tu propia hija. Algunas cosas son demasiado horribles de imaginar, y viniendo de
mí, esta es enorme.
Recorro con los dedos el retrato de mamá y trato de imaginarme a papá acurrucado en la cama junto a mí y mamá, Mattie en su vientre.
¿Acaso el hecho de que mi padre se haya acostado con otra mujer anula el hecho de que nos amaba tantísimo?
¿De qué habría hecho lo que fuera por mamá? ¿Anula los años que ha pasado cuidando de nosotras?
Lo miro de nuevo y lo veo como lo que es.
Un hombre.
Es solo un hombre. Una noche,
bebió algo más de la cuenta e hizo algo estúpido. Cometió un error. Pero él es mucho más que ese error. Es el hombre que nos prepara lasaña, el hombre que toma la foto de mamá y llora cuando piensa que nadie lo está mirando, el hombre que hace que niños sin posibilidades puedan vivir.
Es solo un hombre. Pero es un buen hombre.
—¿Podréis perdonarme algún día? —pregunta sin atreverse a levantar la mirada.
Me bajo del taburete, doy la vuelta a la encimera y lo rodeo con
el brazo.
—Sí —digo.
Mattie sigue mi ejemplo y se mete bajo su otro brazo.
—Sí —dice ella.
Ahí estamos, los tres, juntos. Una familia.
Para ser un domingo en la mañana el Marty’s Dinner está muerto. Una par de camareras hablan, apoyadas contra la barra, sobre la mujer y el chico que murieron hace una semana en un accidente automovilístico. En todos
los noticieros han contado cómo la policía fue a la casa de la mujer y encontró pruebas en el sótano: armas de fuego, soga, gasolina. Asimismo, encontraron un diario repleto de desvaríos lunáticos acerca de que Jared Bell había matado a su bebé y de cómo ella planeaba vengarse de nuestra familia y, también, de prácticamente todos los chicos y chicas del año de Mattie.
Su intención era matarlos a todos en la fiesta de Samantha, cuenta una camarera regordeta. La más alta de las dos mueve la cabeza
de un lado a otro con incredulidad.
Rollins está sentado delante de mí, viéndome jugar con los sobrecitos de azúcar.
—Sylvi, de verdad lamento lo de Zane.
Yo callo.
Él vuelve a intentarlo.
—Quiero decir, no era su mayor fan, pero lo importante era que te hacía feliz. Estoy seguro de que era un buen chico. Ya sabes, a pesar del hecho de que su madre estaba chiflada.
Estoy intentando construir una
pequeña casa con los sobrecitos, pero no deja de venirse abajo. Desisto.
—Quiero que estés feliz —dice poniendo su mano sobre la mía y los sobrecitos de azúcar dispersos.
—Yo lo sé —digo, mirándolo por fin a los ojos—. Las últimas dos semanas han sido realmente horribles. Una mierda... Una verdadera mierda. Pero siento haber sido tan capulla contigo.
Rollins me da un golpecito en la mano con su dedo índice.
—Te perdonaré si me explicas
qué sucedió esa noche en la habitación de Zane.
Suspiro. He estado temiendo este momento, sabiendo que estaba justo a la vuelta de la esquina, pero esperaba poder posponerlo unos cuantos días más. Sin embargo, hoy es tan buen día como cualquiera.
—De acuerdo.
Durante un minuto callo, buscando las palabras adecuadas para lo que tengo que decir.
—Voy a contarte algo acerca de mí, y va a sonar jodidamente demente.
Asiente con la cabeza para animarme.
—Adelante —dice.
—Bueno, ya sabes lo cuidadosa que soy en relación con no tocar las cosas de otras personas.
Rollins se ríe.
—¿Te refieres a tu trastorno obsesivo-compulsivo? Sí, claro que lo sé.
—No tengo un trastorno obsesivo-compulsivo. Y tampoco narcolepsia. Es algo distinto. Algo que yo misma no entiendo. Lo que pasa cuando me desmayo... no está
bien. Le hablé a mi padre sobre ello cuando empezó, y él me envió a una psiquiatra. Así que ya no le hablo a la gente de eso, ni siquiera a pesar de que no ha dejado de ocurrirme.
—¿Qué te ocurre? —pregunta atento.
Doy el salto.
—Abandono mi cuerpo. Me deslizo en las cabezas de otras personas. Y veo lo que ellos ven.
Haciendo una pausa, busco en sus ojos esa mirada, la mirada que tenía mi padre cuando se lo conté, una mezcla de miedo e incredulidad.
Pero la mirada que encuentro en la cara de Rollins es por completo diferente. Está interesado.
—¿Qué ves?
—Depende. Me deslizo en el señor Nast y lo veo bebiendo a hurtadillas vodka de una petaca. Me deslizo en mi padre y presencio una operación. Me deslizo en Mattie y la veo llorar en las noches. Es diferente con cada persona. La mayor parte del tiempo veo cosas que no quisiera ver.
—¿Como qué? —me anima.
No hay burla en su tono.
Sinceramente quiere saber.
Así que le cuento. Le cuento acerca de Amber y de la fotografía de Sophie desnuda que envió a todos los miembros del equipo de fútbol. Le cuento del señor Golden y su aventura con la madre de Amber. Le cuento que fui testigo de la muerte de Sophie. Le cuento que descubrí que la madre de Zane era la culpable de todo. Le cuento de mis últimos momentos con Zane.
Rollins deja su asiento para sentarse junto a mí. Me rodea con el brazo y percibo un olor a jabón bajo
el almizcle de su chaqueta de cuero.
—Lo siento —me susurra.
—Estoy bien —repito—. Estoy
bien.
Resulta evidente que las
camareras, aburridas, están mirándonos. Señalo con la cabeza en dirección a ellas.
—Rollins, ¿por qué no regresas a tu lado de la mesa? Nos estamos convirtiendo en su diversión.
Me da un último apretón y regresa a su lado.
Abriendo un sobrecito de azúcar, dice:
—Y bien, ¿alguna vez te has deslizado en mí? —y vacía el sobre en su boca.
Mierda.
Es la única parte que he omitido. Sé cómo se sentirá si se entera de que vi su vida doméstica. Su madre. Las cosas que tiene que hacer para cuidar de ella.
El hecho de que yo no responda le dice que la respuesta es sí. Antes había estado de buen humor, pero ahora su ánimo se ensombrece.
—Lo hiciste, ¿no es así?
¿Cuándo te deslizaste en mí?
—La semana pasada —digo sin saber dónde esconderme.
De repente ha empezado a hacer mucho calor.
—¿La semana pasada? ¿Y qué viste?
Me quito la chaqueta. No sé cómo decirle que vi a su madre desnuda, que vi cómo él la bañaba. La vergüenza me está asando.
—Sylvi. Respóndeme.
—Vi tu casa y vi a tu tío y vi a tu madre. Y sé que tienes que ayudarla a hacer sus cosas, como bañarse.
Su cara está lívida.
—¿Me viste... bañarla?
—No hay problema, Rollins, sé lo que es cuidar de alguien.
—Para —dice—. Tú no sabes. Tú jamás has tenido que darle un baño a tu hermana o a tu padre. Es imposible que sepas cómo es. Todos los días. Ser responsable de su bienestar cada día. Tengo que alimentarla. Tengo que vestirla. No hay nadie más. Solo yo.
No sé qué decir.
—Yo lo... lo siento, Rollins.
Se sostiene la cabeza con las
manos.
—No puedo creer que me vieras bañándola. Me siento... Me siento como si me hubieras violado.
Intento coger su mano.
—Rollins... —digo. Él se aparta.
—No. Déjame.
Se levanta y se encamina hacia la puerta. Cuando lo veo marcharse, no puedo reprimir un sentimiento de culpa. Tiene razón. Fue como si lo hubiera violado. No era mi intención, pero lo hice. Las personas tienen derecho a tener sus secretos. El
hecho de que yo no pueda evitar deslizarme no es excusa.
Recuerdo cómo me sentí cuando descubrí que Scotch estaba usando mi cuerpo sin mi consentimiento. Me pone enferma pensar que Rollins se esté sintiendo de la misma manera. Lo veo marcharse en su coche y trato de pensar en una forma de compensarlo.
30
Esa noche, mirando a través de mi telescopio, me pregunto por qué el cielo siempre parece el mismo cuando el universo se ha puesto completamente patas arriba.
—Sylvi —dice mi hermana.
Doy media vuelta y la veo merodear cerca de la entrada de mi habitación
—¿Sí?
Avanza unos cuantos pasos, se sienta en la mecedora y sube los
pies, la quijada toca sus rodillas. Me mira, pensativa.
—¿Estás bien?
Miro por la ventana de nuevo, buscando. Primero veo la estrella Polaris, brillando resplandeciente. A partir de ella, distingo la Osa Menor, la osita. Y cerca, la Osa Mayor, mamá osa.
—Sí —digo—. Lo estaré. Solo dame un tiempo.
—¿Quieres hablar acerca de él?
—¿De quién? ¿De Zane? —digo volviéndome hacia mi hermana.
—Sí, háblame de él.
Ladea la cabeza de la forma que solía ladearla cuando le leía cuentos antes de irse a la cama.
Me subo a mi cama y pienso un
rato.
Finalmente hablo.
—Él no tenía miedo. Había
pasado por mucho dolor en su vida, pero no se escondía. A pesar de que sabía cuán frágil era (o precisamente porque lo sabía) aprovechaba cada momento y lo hacía suyo.
Mi hermana permanece en silencio, como si estuviera digiriendo mis palabras.
—¿Lo amabas?
Tengo que pensar mi respuesta un minuto. Cuando Zane me dijo que se estaba enamorando de mí, sentí que me paralizaba. Me asustaba demasiado reconocer que lo amaba, reconocerlo incluso ante mí misma, porque eso significaba admitir que algún día todo eso llegaría a su fin y yo saldría herida.
Y eso fue lo que ocurrió. Cuando averigüé quién era y me enteré de que todo el tiempo había sabido lo que su madre estaba haciendo, de que iba a dejar que
Mattie muriera...
Salí herida. Malherida.
Pero eso no anula el hecho de que sentí cariño por él. Aunque solo fuera por un breve tiempo.
—Sí, creo que sí. Mattie suspira.
Ambas permanecemos en silencio un rato.
—¿Qué pasó con Rollins? Sacudo mi almohada y me
reclino sobre ella.
—Peleamos. Por una tontería.
—Tú sabes que él está
enamorado de ti, ¿verdad?
—Sí —reconozco finalmente—. Lo sé.
—Deberías reconciliarte con él. Es un buen chico.
La voz de Mattie es suave, y me recuerda cómo solía ser yo cuando era niña. Dulce. Amable.
—Quizá lo hagamos —digo, pero solo para tranquilizarla.
Rollins lleva mucho tiempo guardando sus secretos. Tengo el presentimiento de que va a tomarle un tiempo perdonarme por saber lo que sé.
—Oye —digo levantándome—,
¿quieres que te enseñe cómo usar el telescopio de mamá?
—Claro —responde con una sonrisa.
Le enseño cómo ajustar las lentes. Ella se agacha y mira por el telescopio, cerrando el otro ojo. La observo durante un rato y advierto que se parece mucho a papá cuando se concentra en algo. Ha crecido tantísimo a lo largo de las últimas semanas. Su expresión es más madura. Más adulta. Pienso que quizás algún día debería contarle
acerca de mis deslizamientos. No esta noche, pero pronto.
Cuando mi hermana sale, me echo en mi cama y miro el techo, pensando en lo que dijo: que Rollins está enamorado de mí. No sé si tengo mucho que ofrecerle en este preciso momento. Pero hay una cosa que sé con certeza.
No quiero perderlo como amigo.
Me pongo de costado y estiro la mano hasta mi mochila para sacar un cuaderno y un boli. Abro el cuaderno por una página en blanco. Muerdo el
boli durante un minuto, esperando que las palabras vengan. Cuando lo hacen, llegan en torrente, y tengo que perseguirlas con el boli, apresurándome para atraparlas todas antes de que escapen.
Querido Rollins: Desde que peleamos,
he estado pensando mucho. Pensé que debería hacer como tú y escribir. Entiendo por qué estás molesto, y no te culpo. Yo
también estaría enojada si alguien invadiera mi privacidad de esa forma. Con todo, yo desearía que hubieras sido capaz de compartir tu vida conmigo. Hay tanta mierda en la vida: ¿para qué son los buenos amigos si no para ayudarnos a llevar parte de la carga? Supongo que lo que trato de decirte es que quiero que me dejes estar aquí para ti. He probado lo que es la vida
sin ti como amigo, y no quiero volver a pasar por eso. Te extraño. Mucho. Muchísimo. Tengo la esperanza de que, una vez la rabia se te pase un poco, seremos amigos de nuevo.
SYLVI
Arranco la hoja, la doblo por la mitad y la meto en mi mochila. Mi respiración se ha agitado debido a la euforia que me produce exponerme
así. Se siente bien. No estoy acostumbrada a ser tan directa, pero me siento orgullosa de estar intentando llegar a Rollins. También estoy un poco asustada, he de admitirlo: ¿Quién puede asegurar que Rollins no desdeñará mi sentida carta, la arrugará hasta formar una pelota y la arrojará a la basura?
Sin embargo, tal vez no lo haga.
Epílogo
Mattie y yo decidimos que la nueva tradición familiar para la noche de los viernes implicará juegos de mesa y pizza de pepperoni . Incluso papá se suma al plan, después de quejarse de que la pizza a domicilio no está a la altura de su pizza hecha en casa.
—¿De dónde has sacado todos esos billetes de veinte? —le pregunta Mattie a mi padre con voz de quejica
—. No creo que debas seguir siendo
el banquero.
Riéndome, me quito mi nuevo pelo rubio de la cara. Hay algo lógico en este regreso a mi color natural. Estoy cansada de huir de lo que soy. Estoy dispuesta a abrazar todo lo que hay en mí, bueno o malo.
Acabo de comprar Park Place cuando suena el timbre. Le arrojo los dados a mi hermana, que no alcanza a cogerlos y tiene que agacharse bajo la mesa para recuperarlos.
—Yo abriré —digo levantándome de la mesa y me estiro.
Todavía estoy sonriendo cuando
abro la puerta.
Está allí como si formara parte del porche.
Está allí como solía estar.
Tiene las manos detrás de la espalda.
—Elige —dice.
—Ya he elegido —digo, y lo agarro de la manga de su chaqueta de cuero y lo llevo dentro.
Título original: Slide
Traducción: Luis Noriega
1.ª edición: marzo 2012
© 2012 by Jill Hathaway
© Ediciones B, S. A., 2012 para el sello B de Blok Consell de Cent 425-427 —
08009 Barcelona (España)
www.edicionesb.com
Depósito Legal: B.10384-2012
ISBN EPUB: 978-84-9019-044-9
FIN

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