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Libro N° 14785. Sueño En El Pabellón Rojo. Memorias De Una Roca. Xueqin, Cao. Parte Uno


© Libro N° 14785. Sueño En El Pabellón Rojo. Memorias De Una Roca. Xueqin, Cao. Parte Uno. Emancipación. Febrero 7 de 2026

 

Título Original: © 紅樓夢 (Hóng Lóu Mèng) Cao Xueqin, 1791


Traducción: Zhao Zhenjiang & José Antonio García Sánchez 


Versión Original: © Zhao Zhenjiang & José Antonio García Sánchez

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://ww3.lectulandia.com/book/sueno-en-el-pabellon-rojo/


 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

SUEÑO EN EL PABELLÓN ROJO

Memorias De Una Roca 

PARTE uno

Cao Xueqin




Table of Contents

Sueño en el pabellón rojo

Introducción

Nota y Agradecimiento

Capítulo I

Capítulo II

Capítulo III

Capítulo IV

Capítulo V

Capítulo VI

Capítulo VII

Capítulo VIII

Capítulo IX

Capítulo X

Capítulo XI

Capítulo XII

Capítulo XIII

Capítulo XIV

Capítulo XV

Capítulo XVI

Capítulo XVII

Capítulo XVIII

Capítulo XIX

Capítulo XX

Capítulo XXI

Capítulo XXII

Capítulo XXIII

Capítulo XXIV

Capítulo XXV

Capítulo XXVI

Capítulo XXVII

Capítulo XXVIII

Capítulo XXIX

Capítulo XXX

Capítulo XXXI

Capítulo XXXII

Capítulo XXXIII

Capítulo XXXIV

Capítulo XXXV

Capítulo XXXVI

Capítulo XXXVII

Capítulo XXXVIII

Capítulo XXXIX

Capítulo XL

Capítulo XLI

Capítulo XLII

Capítulo XLIII

Capítulo XLIV

Capítulo XLV

Capítulo XLVI

Capítulo XLVII

Capítulo XLVIII

Capítulo XLIX

Capítulo L

Capítulo LI

Capítulo LII

Capítulo LIII

Capítulo LIV

Capítulo LV

Capítulo LVI

Capítulo LVII

Capítulo LVIII

Capítulo LIX

Capítulo LX

Capítulo LXI

Capítulo LXII

Capítulo LXIII

Capítulo LXIV

Capítulo LXV

Capítulo LXVI

Capítulo LXVII

Capítulo LXVIII

Capítulo LXIX

Capítulo LXX

Capítulo LXXI

Capítulo LXXII

Capítulo LXXIII

Capítulo LXXIV

Capítulo LXXV

Capítulo LXXVI

Capítulo LXXVII

Capítulo LXXVIII

Capítulo LXXIX

Capítulo LXXX

Capítulo LXXXI

Capítulo LXXXII

Capítulo LXXXIII

Capítulo LXXXIV

Capítulo LXXXV

Capítulo LXXXVI

Capítulo LXXXVII

Capítulo LXXXVIII

Capítulo LXXXIX

Capítulo XC

Capítulo XCI

Capítulo XCII

Capítulo XCIII

Capítulo XCIV

Capítulo XCV

Capítulo XCVI

Capítulo XCVII

Capítulo XCVIII

Capítulo XCIX

Capítulo C

Capítulo CI

Capítulo CII

Capítulo CIII

Capítulo CIV

Capítulo CV

Capítulo CVI

Capítulo CVII

Capítulo CVIII

Capítulo CIX

Capítulo CX

Capítulo CXI

Capítulo CXII

Capítulo CXIII

Capítulo CXIV

Capítulo CXV

Capítulo CXVI

Capítulo CXVII

Capítulo CXVIII

Capítulo CXIX

Capítulo CXX

Anexos

Mapa

Familias

Notas

Autor

Sueño en el Pabellón Rojo es el gran clásico de la literatura china, «la novela más famosa de una literatura casi tres veces milenaria», como afirmó Borges, un libro imperecedero. El bello y trágico relato de los desvelos amorosos de Jia Baoyu y Lin Daiyu en la China del siglo XVIII, en el crepúsculo de un esplendor feudal que ya no es más que un sueño, no sólo constituye un abanico de todas las pasiones humanas, en el que se entremezclan dulzura y crueldad, sino que es a la vez una crónica deslumbrante de los claroscuros de la sociedad y la cultura de la China imperial. «Cada palabra me ha costado una gota de sangre», afirmó Cao Xueqin. Desde que la novela comenzara a circular en China en copias manuscritas que se vendían en ferias y mercados tras la muerte de Cao Xueqin, cuando éste contaba apenas cuarenta años y se hallaba en la miseria, Sueño en el Pabellón Rojo se ha convertido en una de las obras fundamentales de la literatura universal.

Cao Xueqin

Sueño en el pabellón rojo

Memorias de una roca

ePub r1.0

victordg 16.12.14

Título original: 紅樓夢 (Hóng Lóu Mèng)

Cao Xueqin, 1791

Traducción: Zhao Zhenjiang & José Antonio García Sánchez

Revisión: Alicia Relinque Eleta

Ilustraciones: Anónimo, Gai Qi, Qian Huian

Retoque de cubierta: victordg

Editor digital: victordg

ePub base r1.2

INTRODUCCIÓN

En la segunda mitad del siglo XVIII, durante el reinado del emperador Qianlong, de la dinastía Qing, se difundía en China una novela inacabada de ochenta capítulos con el título de Memorias de una roca. La obra, que se vendía en forma de copias manuscritas en ferias y mercados —a veces a precios muy altos—, narraba los desvelos amorosos de dos excéntricos personajes, Jia Baoyu y Lin Daiyu, sobre el telón de fondo del declive de una familia de aristócratas, los Jia, moradores de las mansiones Ning y Rong. El autor de la obra, Cao Xueqin, hijo él mismo de una familia rica caída en desgracia, había muerto en la miseria en torno a 1763 a la edad aproximada de cuarenta años. La novela se imprimió por primera vez en 1791 con el nuevo título de Sueño en el Pabellón Rojo (Hongloumeng) y un total de ciento veinte capítulos, después de que Cheng Weiyuan y Gao E declarasen haber encontrado en manos de un trapero cuarenta nuevos capítulos correspondientes a la conclusión. Para entonces, treinta años después de la muerte de su autor, Sueño en el Pabellón Rojo ya gozaba de una popularidad enorme, y las peripecias de sus protagonistas habían corrido como la pólvora entre aristócratas, funcionarios y gente común.

En la historia de la literatura china, Sueño en el Pabellón Rojo es considerada la cumbre de la literatura de la dinastía Qing, y una de las cimas más altas de la novela clásica. Su importancia en la cultura china es tan grande que incluso ha llegado a desarrollarse una disciplina propia, hongxue («rosología»), dedicada al análisis exhaustivo de la obra, y son famosísimas las versiones para radio, cine y televisión. Colmada de información sobre la vida cotidiana de la nobleza, sobre los símbolos culturales que la informaban, y sobre el misterioso día a día en los aposentos interiores de palacios y mansiones —reservados exclusivamente a las mujeres—, la obra ha sido llamada «enciclopedia de las postrimerías de la sociedad feudal» por la cantidad de datos que contiene: hábitos cotidianos, costumbres sexuales, secretos de todo tipo, confabulaciones domésticas de mayor o menor entidad, libros «buenos» que se exponen con orgullo y otros «malos» que se ocultan sobre los baldaquines de las camas, maldades tremendas y bondades inauditas, maneras de ocupar el ocio, supersticiones, adagios para ilustrar el buen camino, medicinas, comidas y bebidas, telas y vestidos de todas las clases, música, pintura y poesía, crítica literaria, objetos decorativos, ritos… el inventario de temas en Sueño en el Pabellón Rojo es interminable, hasta el punto de que la expresión «Es inútil leer todos los libros clásicos si no se sabe disertar sobre Hongloumeng», se ha convertido en un lugar común desde hace más de doscientos años. A través de la descripción del clan de los Jia y de sus poderosos parientes, así como de las múltiples intrigas entrelazadas en su seno, la obra resulta la pintura pormenorizada de una sociedad eminentemente ritual; de una nobleza decadente, de sus contradicciones y de los valores neoconfucianos imperantes —para nosotros de cierto sabor estoico— que en la novela son constantemente puestos en tela de juicio con gran escándalo de la mayoría de los personajes, firmemente sujetos a la ideología oficial del Estado.

Prohibida durante mucho tiempo —aunque nunca dejó de circular clandestinamente—, esta novela conoció un notable resurgimiento en el siglo XX amparada por la admiración que por ella sentía Mao Zedong, quien la consideraba sin rodeos uno de los orgullos de China, junto a la extensión de su territorio, la riqueza de sus recursos, su enorme población y la antigüedad de su historia. Por su parte, el novelista Lu Xun había afirmado años antes: «… Es un ejemplar raro entre las novelas chinas. Su rasgo característico reside en la audacia con que se relatan las cosas; estrictamente de acuerdo con los hechos, sin tapujos. Sus personajes están retratados como corresponde a su realidad y son completamente diferentes de los de las novelas anteriores […] En una palabra, con la aparición de Sueño en el Pabellón Rojo se rompen el pensamiento y la manera de escribir convencionales. Lo delicado y lo sentimental de esta obra es de importancia secundaria». En eso estaba de acuerdo con la opinión del reverendo Vanidad de Vanidades, en el capítulo I, quien al encontrar la obra percibió que «… aunque el tema principal era el amor, se trataba sencillamente de una crónica de acontecimientos reales». Sin embargo, como veremos más adelante, es precisamente el hecho de que el amor sea el tema principal lo que convierte esta novela en una de las grandes obras maestras del realismo y de la crítica social.

En definitiva, para la literatura china hay un antes y un después marcado por la aparición de la obra de Cao Xueqin, que, «con palabras falsas y en lengua vulgar», describe los innumerables y complejos fenómenos de la vida social, desde los estratos nobles hasta los ambientes de la gente común, configurando un retrato de la realidad de aquella época, y utilizando para ello todos los registros del lenguaje, desde los más elevados hasta los más vulgares.

Sueño en el Pabellón Rojo se compuso aproximadamente en la primera mitad del siglo XVIII, durante el reinado de Qianlong (1735-1796), de la dinastía Qing (1644-1911). El autor, Cao Xueqin, vivió en la fase de bonanza que en la novela se define como «un reinado próspero y duradero en el que el mundo está en paz», a partir de que los manchúes conquistasen las planicies centrales Han al sur de la Gran Muralla e hicieran de Pekín la capital de su imperio. Durante este período de cien años en el que reinaron cuatro emperadores (Shunzhi, Kangxi, Yongzheng y Qianlong), se logró la reunificación del Estado y se rechazaron las agresiones de la Rusia zarista. El emperador Kangxi (1661-1722) suspendió la ocupación de las tierras por parte de los aristócratas manchúes, redujo los impuestos, fomentó la roturación de eriales, impulsó la construcción de obras hidráulicas y abolió la prohibición del intercambio comercial marítimo. La economía urbana, con el comercio y la artesanía como centro, experimentó un desarrollo considerable. En particular, las ciudades de Suzhou y Yangzhou —en las que los antepasados de Cao Xueqin se habían encargado, por delegación del emperador, de administrar la fabricación de tejidos de seda— prosperaron notablemente, y el intercambio comercial entre China y varios países capitalistas occidentales creció de forma constante.

Más tarde, los reinados de Yongzheng (1722-1735) y Qianlong (1735-1796) constituyeron una era de prosperidad sin precedentes, aunque en el país persistiera el estado de cosas descrito en la obra: «… las cosechas se habían malogrado a causa de las inundaciones y la sequía, los bandidos bullían por la región apoderándose de los arrozales sin dar respiro a la población, y las expediciones punitivas de las tropas del gobierno no hacían sino empeorar las cosas…». No obstante, incluso Kangxi y Qianlong —monarcas que han pasado a la historia de China como dotados de gran talento y amplia visión—, adoptaron y aplicaron por la fuerza políticas conservadoras en todos los terrenos. A pesar de lograr un cierto grado de desarrollo productivo, la idea motriz de dichas políticas siguió siendo la consolidación de la pequeña economía campesina, la limitación del desarrollo de la producción mercantil, y el aislamiento del resto del mundo, todo lo cual indujo a la imposición del neoconfucianismo como ideología del Estado, ideología que venía expandiéndose ya desde la dinastía Ming (1368-1644). Se trataba de doctrinas que «actualizaban» el confucianismo, que había sido el credo oficial en China hasta el siglo VII, integrándole pensamientos y creencias budistas. El neoconfucianismo estaba destinado a perpetuarse hasta principios del siglo XX mediante la práctica del rígido sistema de exámenes imperiales, continuamente criticado por Baoyu en la novela.

La filosofía neoconfuciana, que duraba ya cientos de años, tuvo enfrente una corriente contraria que ejerció gran influencia en el arte y la literatura. Dai Zhen, contemporáneo de Cao Xueqin, desafió el poderío de la ideología dominante poniendo de manifiesto que el neoconfucianismo destruía a los seres humanos con su control absoluto sobre la vida de la gente, y subrayando que la filosofía debía basarse en los deseos, parte integrante de la experiencia humana, lo que en la práctica suponía, entre otras cosas, convertir el amor libremente elegido —negado por el neoconfucianismo—, en una de las trincheras dentro de ese campo de batalla ideológico. Esto tuvo en esa época una materialización inmediata en la literatura, con el precedente de El pabellón de las peonías, de Tang Xianzu (1550-1616), dramaturgo de la dinastía Ming, que tiene el amor como tema central. La obra de Tang Xianzu es continuamente citada en la novela de Cao Xueqin junto a una anterior, Historia del ala oeste, de Wang Shifu (s. XIII). Las reacciones a la lectura de estas dos obras, a caballo entre lo erótico y lo subversivo, son el origen de varias de las escenas más conocidas de Sueño en el Pabellón Rojo. Durante la dinastía Qing, incluso en el libro Extraños cuentos de Liaozhai, escrito por Pu Songling (1640-1715) en su vejez, se dedica gran espacio a reflejar la injusticia del sistema de matrimonio acordado por intereses familiares, y a retratar los amores apasionados de jóvenes que se han sacudido el yugo de la moral imperante. Como ellos, Sueño en el Pabellón Rojo se opone a las normas de la moral al conceder libertad sentimental a los protagonistas, que, a cambio, viven bajo una terrible tensión entre sus propios impulsos y la asfixiante atmósfera neoconfuciana, que lo predetermina todo.

Es comprensible, pues, que el amor como tema central, mezclado con la descripción de la decadencia de la familia Jia —ejemplo de familia noble y rica a la sombra del emperador, como la del propio autor—, diera como resultado un texto letal, absolutamente diferente a todo lo visto y leído anteriormente. «Abriendo de par en par las puertas de su corazón», lo que hizo Cao Xueqin fue levantar los cerrojos de los lujosos portones de las mansiones aristocráticas y reducir la altura de sus muros, de modo que todo el mundo pudo asomarse a los espacios hasta entonces misteriosos e inaccesibles de la clase dominante, y a los acontecimientos que en ellos tenían lugar.

El autor se llamaba Cao Zhan. El nombre con el que ha pasado a la posteridad, Xueqin, era en realidad un sobrenombre de cortesía, marca de respeto muy utilizada en la China clásica. Se conocen abundantes materiales sobre la historia de su familia, pero pocos, sin embargo, sobre él. Sólo en algunos poemas de los hermanos Duncheng y Dunmin, de la familia Aisin Gioros, y de Zhang Yiquan, quienes fueron amigos suyos, se desvela su extraordinario talento literario y artístico y la actitud crítica que mantuvo hacia su época. Podemos intuir el carácter de Xueqin a través de estos versos de Dunmin:

Es difícil encontrar tantísimo orgullo,

y es extraordinaria su roca incorruptible.

Se emborrachó. Blandiendo libre su pincel

divino, digno de un gigante, expresó

todo el conflicto que cabe en su corazón.

Por esos textos también sabemos que, tras la ruina de su familia, Cao Xueqin llevó una vida miserable; que cuando escribió la obra se había establecido en las colinas del oeste de Pekín, y que para subsistir vendía pinturas, aunque, a pesar de su desgracia y de las altas retribuciones que le ofrecían, nunca pintó para aquellos que despreciaba, ni aceptó las invitaciones de la Academia Imperial de Pintura, manteniéndose en ello inflexible.

Pintor, novelista, extraordinario poeta (como se aprecia en la multitud de composiciones de Hongloumeng), calígrafo, músico e incluso notable constructor de cometas (arte sobre el que llegó a redactar un manual), Cao escribió su novela en las peores condiciones materiales. En el primer capitulo de la obra describe orgullosamente su hogar como «una choza con techo de paja y ventanas de estera, horno de arcilla y lecho de lianas». En tal ambiente de pobreza, completamente alejado de lo bucólico y del lujo de su juventud, persistió durante diez años en la creación, corrigiendo la obra y redactándola cinco veces sucesivas, según expone en el capítulo I, haciéndose pasar por un simple revisor.

Que Xueqin, destinado por su origen a «reparar la bóveda celeste» (es decir, a formar parte de la élite dirigente del país), se viera finalmente convertido en una roca sin inteligencia, incapaz de prosperar en la vida, fue una tragedia propia de la época; ni fue el primer caso, ni sería el último, pero él conseguiría elevar ese fracaso a la categoría de arte mediante la redacción de sus Memorias de una roca. Poseedor de extraordinarias dotes artísticas, murió pobre y enfermo alrededor de los cuarenta años —cuando al parecer acababa de casarse—, sin haber terminado el manuscrito. Frente a los suntuosos funerales de la novela, los gastos de su entierro fueron pobremente costeados por algunos amigos del escritor.

Sus antepasados, originalmente de la nacionalidad han, se asimilaron a la etnia manchú en la comunidad de Baiqi («Bandera Blanca»), y más tarde se convirtieron en sirvientes personales de la familia Aisin Gioros, fundadora de la dinastía Qing, y la siguieron en su marcha hacia el sur de la Gran Muralla. Poco a poco fueron promovidos a cargos de funcionarios y confidentes imperiales. Desde la época del bisabuelo de Xueqin, Cao Xi, los miembros de la familia fueron sucediéndose durante más de sesenta años en Suzhou y Yuanzhou como comisionados de la administración imperial de la fabricación de tejidos de seda. No era un cargo muy importante, pero se ejercía al sur del río Changjiang, zona floreciente, y estaba destinado exclusivamente a los confidentes del emperador. Dado que la esposa de Cao Xi había sido nodriza del emperador Kangxi, y que el propio Cao Yin, abuelo de Xueqin, había sido compañero de estudios de aquél, la sede de la administración regida por los Cao fue designada como residencia imperial durante los seis viajes de inspección del emperador al sur del río Changjiang. Esas visitas —un enorme privilegio— dejaron una profunda huella en la familia, rastreable en la novela con motivo de la visita de la consorte imperial, y en las quejas de uno de los personajes, Xifeng, por haber nacido demasiado tarde para contemplar la magnificencia de las visitas imperiales de la que se hacen lenguas los mayores del clan. Por su parte, Cao Yin, el abuelo de Xueqin, era un erudito notable que acogió como huéspedes de honor a muchos letrados y dramaturgos célebres, lo que sin duda hubo de ejercer gran influencia en nuestro autor y contribuir a asentar las bases para la futura creación de su obra. Por último, las relaciones políticas y económicas de los Cao con la familia imperial debieron proporcionar a Xueqin experiencias singulares y múltiples materiales volcados posteriormente en su novela.

Los sesenta años de la comisión de la familia Cao al sur del río Changjiang comprendieron el período del reinado de Kangxi —en cuya última época surgieron grandes conflictos por el trono en el interior de la aristocracia—, y los primeros años del reinado de su hijo Yongzheng, quien, una vez alcanzado el trono, aplicó contra los opositores una política represiva implacable, haciendo ejecutar y encarcelar a sus rivales, y a aquellos que se habían comprometido con facciones rivales en la lucha por el poder. Ejecutó o desterró a los ministros y esclavos allegados a sus adversarios, e incluso los confidentes de su padre llegaron a ser blanco de la represión. Esa rivalidad entre aristócratas duró hasta los tiempos de Qianlong. Las destituciones, los embargos de bienes o su confiscación, así como los destierros, operaron bruscos cambios en la ya inestable situación política. Precisamente a raíz de esas disputas políticas comenzó la decadencia de la familia de los Cao.

Xueqin nació cuando todavía no había comenzado ese declive. En su adolescencia, su tío Fu, el último comisionado de la familia Cao en la administración de la fabricación de sedas, fue destituido por el emperador Yongzheng, viéndose obligado a regresar a Pekín y sufrir la confiscación de sus bienes. En los tiempos de Qianlong, la familia Cao sufrió otros cambios devastadores que pusieron fin a la vida lujosa de Xueqin como hijo de familia rica y noble hasta conducirlo a la miseria. A través de la experiencia del largo declive familiar, nuestro autor logró profundizar en su comprensión de la sociedad feudal. En la descripción de la decadencia de las mansiones Rong y Ning, utilizó esa experiencia para forjar a los más de cuatrocientos personajes de Sueño en el Pabellón Rojo basándolos en personajes reales y dotándolos de perfiles inconfundibles, independientemente de su importancia en la trama, que sin duda hubieron de resultar muy cercanos a los lectores de su tiempo.

En la novela, las mansiones Rong y Ning, que hacen continua gala de opulencia y boato, son un reflejo del círculo de la nobleza en la corte imperial Qing. En ellas prima el lujo, el oropel y el despilfarro. En el pequeño reino de las dos mansiones, recorridas incesantemente por centenares de habitantes, el trajín cotidiano de la casa gira en torno a la búsqueda de placeres de los señores. Comen manjares exquisitos, son atendidos por infinidad de sirvientes y hay servicios exclusivos en todos los aspectos, incluso para una acción tan trivial como lavarse la cara. Obviamente, los enormes gastos se costean con el fruto de la explotación extrema de los campesinos incluso en años de mala cosecha. Para comprenderlo, basta leer en el capítulo LIII la lista de productos entregados en concepto de renta al jefe de la mansión Ning. Cuando los ingresos procedentes de la explotación de los campesinos no alcanzan para cubrir el creciente dispendio, los señores se ven obligados a empeñar y vender sus pertenencias y piden préstamos para soportar los gastos familiares manteniendo las apariencias exigibles a una familia noble, culta y rica, «a los pies del emperador», dando lugar incluso a que, en el mayor de los secretos, algunos miembros de la familia, como Xifeng, tengan que dedicarse a la innoble ocupación de la usura o el tráfico de influencias.

Por otra parte, la inestabilidad política fuera de las murallas de las dos mansiones, acorde con la incertidumbre creada por la represión del emperador Yongzheng, alarma a menudo a los jefes del clan; de vez en cuando, una atmósfera de terror e inquietud, y el presagio de que «hasta el festín más grande se acaba», atenazan a la familia. Las relaciones entre las cuatro familias de la novela funcionan de acuerdo con el principio citado en el capítulo IV: «Tocar a una es tocar a todas; honrar a una es honrar a todas». Se ayudan y se encubren, aunque en su interior existan también contradicciones complejas: los miembros de los cuatro clanes prefieren los matrimonios dentro de las familias para consolidar los lazos de ayuda mutua, pero los casamientos entre parientes dan como resultado la aparición en su seno de grupos diferentes que libran continuas disputas por la administración de los asuntos familiares y por la herencia de los hijos de esposas y concubinas.

Contando sólo a los personajes con nombre propio, en Sueño en el Pabellón Rojo aparecen más de cuatrocientos. A pesar de ser numerosos y diferentes, de toda condición y oficio, están descritos de manera enérgica y vívida, son «de carne y hueso» y tienen un carácter bien definido que impide confundirlos, aunque se les presente con pocas palabras. De entre todos los personajes, son dos los que se sitúan en el eje argumental de la obra: Jia Baoyu, marcado por lo extraordinario ya desde su nacimiento, puesto que llegó al mundo con un jade en la boca, y su delicada prima Lin Daiyu.

Las circunstancias novelescas en que vive Jia Baoyu están marcadas por la contradicción entre el rigor paterno y el cariño y la condescendencia de su abuela. Según Jia Zheng, su padre, hay que educar a Baoyu —a golpes, incluso— hasta convertirlo en un cortesano leal, un hijo respetuoso, un hombre afamado y un letrado excelente antes de llegar a funcionario; en una palabra, se espera de él que se convierta en una persona digna de heredar la fortuna ancestral y de conseguir las mercedes imperiales como depositario de las virtudes de sus antepasados. En cuanto a la Anciana Dama, su abuela, aunque admite lo conveniente de los deseos de Jia Zheng, necesita que su adorado nieto la entretenga en su vejez. Por eso impone que, contra todas las normas, Baoyu viva a su lado en los aposentos de las mujeres, escapando al control paterno; ese deseo de la anciana está además refrendado por Yuanchun, la consorte imperial, lo que termina de hacerlo incontestable. Este privilegio de Baoyu, el de ser el único hombre con permiso para vivir entre mujeres, hace de las descripciones de la misteriosa vida cotidiana en los cuartos interiores una fuente de información de primera mano que hubo de constituir sin duda uno de los factores de su éxito inmediato. Por otra parte, le permite entender y apreciar las doctrinas «heterodoxas» a través de la lectura de obras tales como Historia del ala oeste y El pabellón de las peonías, ya citadas, que fomentan su carácter rebelde e inflexible.

Jia Baoyu vive en un lugar idílico: el jardín de la Vista Sublime, un reino de muchachas. Allí, aparte de Jia Baoyu, sólo viven numerosas jóvenes: por un lado, muchas doncellas en situación deplorable, sufriendo malos tratos y humillaciones, y por otro, las señoritas nobles, cuyos destinos están a merced de la conveniencia de sus familias. No debe olvidarse que uno de los primeros títulos de esta novela, tal como se relata en el capítulo I, fue Las doce bellezas de Jinling, y que una de sus líneas argumentales es el destino trágico de las doce muchachas de familia noble que comparten con Jia Baoyu la bucólica vida en el jardín, y a quienes, en el capítulo V, está dedicado el grupo de canciones («Sueño en el Pabellón Rojo») que acabará dando título definitivo a la novela. Las jovencitas, con sus impulsos juveniles, sus alegrías y sus tristezas, constituyen, en el conjunto de la obra, un contraste violento con el yugo de las doctrinas confucianas, las normas de la moral, la lucha por la conquista de un rango oficial, el saqueo de riquezas, la corrupción y la abyección de los señores. Jia Baoyu, en consecuencia, extrae una conclusión completamente contraria a los principios morales imperantes: «… Es en las muchachas en quienes se concentran las más finas esencias de la naturaleza, siendo los hombres sólo desperdicios y escoria». Esta rara observación de Jia Baoyu lo conduce por un camino alejado de la ortodoxia, que se manifiesta en diferentes aspectos: rechazo a su pertenencia a una familia noble y rica pero carente de «libertad»; desdén por los funcionarios, el rango oficial y la fortuna, despreciando a los que estudian para prosperar, a los que llama «viles gusanos en busca de carrera»; crítica del ensayo en ocho partes (la forma impuesta para disertar sobre los libros canónicos en los concursos oficiales) al que califica de instrumento ridículo; burla de los dogmas formulados por los neoconfucianos de la dinastía Song, reclamando, a menudo de manera airada, respeto a la individualidad; puesta en tela de juicio de la autoridad religiosa…

Lin Daiyu, aunque de carácter diferente al de Baoyu y con experiencias distintas en la vida, tiene similitudes con él en ingenio, ideas y sentimientos. Está lejos de ser una «mujer virtuosa», que según el código ético al uso equivale a una «mujer sin talento». Al contrario, ella posee en alto grado un talento que la aristocracia no necesita, y en cambio carece de las virtudes, docilidad y moderación, que exigen las normas morales al uso y de las que, en cambio, disfruta en grado sumo su «rival» Xue Baochai, muchacha igualmente dotada de talento y grandes conocimientos, pero consciente de que son «inservibles» en las mujeres. «Deberíamos limitamos a las labores domésticas. Y, si en algún caso contamos con una educación elemental, deberíamos elegir libros apropiados. Si nos dejamos influenciar por esos libros heterodoxos pronto veremos nuestra naturaleza y nuestros sentimientos irremediablemente corrompidos», le dice Baochai a Daiyu en el capítulo XLII, advirtiéndole contra los gustos incorrectos en literatura. La dialéctica entre ambas muchachas es otra de las líneas argumentales de la novela. Daiyu manifiesta a menudo su inteligencia de una manera agresiva. La moral confuciana establece el principio de que el matrimonio de los jóvenes lo deciden los padres según los intereses familiares, pero Daiyu, desdeñando este principio, elige ella misma a su amado. Actuando en sentido contrario a las «mujeres virtuosas», Daiyu jamás trata de persuadir a Baoyu para que se esfuerce por obtener un rango oficial y fortuna; al contrario, compartiendo su impulso, desdeña el afán de los funcionarios.

Obviamente, una muchacha como Daiyu no es grata a los jefes de la familia Jia y, dentro de ella, sólo puede aspirar a ser una confidente del rebelde Baoyu. Sin embargo, ella, aunque hija de familia noble, sufre la opresión más que él. A su condición de mujer se une que la adversidad de perder a sus padres la obliga a vivir sin remedio en la mansión Rong bajo el amparo de su abuela materna. Es su amor por Baoyu, fruto de una amistad fomentada desde la niñez, el que la ayuda a resistir con fuerza las presiones y los prejuicios del mundo que la rodea, y el que la convierte en protagonista de esta tragedia a pesar de su tristeza y su frágil salud. Debido a sus experiencias como huérfana, a su sensibilidad y a su inconfesable amor, Daiyu sufre intensamente en el corto período que pasa en la casa de los Jia. Su aspecto triste y su carácter sombrío son consecuencia de la atmósfera que impone la moral reinante. Manifiesta su tristeza comparándose con las flores:

Trescientos sesenta días al año amenazan sin piedad

la daga del viento y el sable de la escarcha,

¿cuánto tiempo fresca y bella vivirá una flor

si cae de un golpe, se la lleva el viento y no se vuelve a encontrar?

Incapaz de adaptarse a las circunstancias como Baochai, no oculta su agresividad emocional. Sus palabras agudas, su temperamento, sus intereses nada vulgares y su pensamiento absolutamente original en la composición de poemas, son sus armas en la lucha contra el «casamiento del oro y el jade», metáfora del matrimonio predestinado por los intereses familiares. Abrumada por el ambiente impuro, no quiere resignarse:

Quisiera tener alas y emprender el vuelo

con los pétalos hasta el fin del mundo.

¿Pero quién sabe si allí existe

una tumba donde enterrar fragancias?

Mejor en bolsas de seda recoger sus restos de aroma

y en la limpia tierra, como una tumba, sepultarlos.

Pues puros partirán como puros llegaron:

sin dejarse cubrir por el sucio fango.

La descripción compleja y refinada de los amores de Baoyu y Daiyu es uno de los aspectos más bellos de Sueño en el Pabellón Rojo.

Sólo los primeros ochenta capítulos fueron escritos con seguridad por Cao Xueqin. Las anotaciones del manuscrito señalan la existencia y pérdida de fragmentos de capítulos posteriores a esos ochenta. Según Cheng Weiyuan, quien dijo haberlos encontrado entre papeles de desecho y en manos de un trapero, los últimos cuarenta también son originales de Cao Xueqin. Pero los especialistas contemporáneos debaten acerca de qué capítulos o fragmentos, de los cuarenta últimos, pertenecen a la mano de Xueqin, mientras otros afirman con rotundidad que fueron escritos directamente por Cheng Weiyuan y Gao E, o por Gao E como resultado del encargo de aquél.

En estos cuarenta últimos capítulos, los destinos de las doce bellezas de Jinling corresponden, en general, a los propósitos manifestados en las canciones del capítulo V. En cierto sentido, se desarrolla de manera creadora la trama de la tragedia de los amores entre Jia Baoyu y Lin Daiyu. Pero se dedican tres capítulos —XCVI, XCVII y XCVIII— a un relato incisivo y vivido de cómo los jefes de la mansión Rong, ante el problema matrimonial, hacen grandes esfuerzos para destruir los amores de Baoyu y Daiyu, lo cual no parece corresponder quizás al propósito de Cao. Además, algunos fragmentos tienen un matiz místico más acusado que en los primeros cuarenta capítulos escritos por Xueqin. Todos estos sucesos demuestran que, aunque los autores de los últimos cuarenta capítulos mantienen una actitud crítica con respecto al código ético feudal al describir la confiscación de la mansión Rong, sin embargo no hablan de lo inevitable de la ruina de las cuatro familias nobles durante la decadencia económica y las luchas políticas. Al contrario, dedican extensas páginas a relatar cómo las dos mansiones, por gracia del emperador, recobran cargos, honores y riqueza, contradiciendo así la trama trabajosamente urdida por Cao Xueqin al referirse a las postrimerías de la sociedad feudal y debilitando en buena medida sus críticas.

NOTA Y AGRADECIMIENTO

La historia de esta edición arranca a mediados de los años ochenta del siglo pasado, cuando la Casa Editorial en Lenguas Extranjeras de Pekín (Tu Xi) —ya extinta—, puso a disposición de la Universidad de Granada una primera versión en español inédita del clásico Hongloumeng (Sueño en el Pabellón Rojo), cuyo origen era la traducción inglesa. A partir de esta versión, un equipo formado por Zhao Zhenjiang y José Antonio García Sánchez, al que después se incorporaría Alicia Relinque Eleta, procedió a traducir de nuevo, revisar y anotar la edición que la Editorial Universidad de Granada —dirigida a lo largo de esos años por Manuel Barrios Aguilera y Rafael G. Peinado—, publicó entre 1988 y 2005, y que ahora, reconsiderada en algunos de sus aspectos, es asumida por Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores. Para su elaboración se utilizaron las ediciones chinas Hongloumeng, Shanghai guji, Shanghai, 1988, y Hongloumeng, Renminwenxue, Pekín, 1983, además de la edición inglesa de Yang Xianyi y Gladys Chang (A dream of red mansions, Foreign Languages P, Beijing, 1978), y la edición francesa traducida por Li Tche-Houa y Jacqueline Alézaïs (Le Rêve dans le Pavillon Rouge, Gallimard, 1981).

Sin el empeño imprescindible de Juan Francisco García Casanova, Pedro San Ginés Aguilar y Juan Mata Anaya, esta edición nunca hubiera sido posible. Además del empeño, Ángela Olalla Real regaló generosamente tiempo, indicaciones, discusiones, lecturas y muchísima paciencia. Durante los años invertidos en su elaboración, por los borradores de Sueño en el Pabellón Rojo se paseó la mirada de muchos amigos que dejaron acertadas sugerencias en el texto y, con ellas, su huella. Algunos de ellos, por desgracia, se marcharon para siempre; es el caso de Javier Jurado Molina, Javier Egea y Ángel González, de cuyo interés por la obra se beneficiaron muchos de los versos que la jalonan. Revisiones sucesivas, correcciones oportunas y aprecio por la novela de Cao Xueqin derrocharon Zheng Quan Zhang, José Tito Rojo, que se interesó por la información botánica además de por los poemas, y los colegiales del Carmen de la Victoria de la Universidad de Granada, jóvenes brillantes con la voluntad resuelta de los letrados, que compartieron las vicisitudes del Pabellón entre los años 1987 y 1990. Es igualmente de agradecer el apoyo de Yang Xianyi, traductor de la obra al inglés; Hu Wenbin, secretario general de la Asociación de Estudios sobre Hongloumeng; Zhang Zhiya, consejero cultural de la embajada china en España entre 1986 y 1990; Li Xifan y Liu Danzhai, autores respectivamente del prólogo y las ilustraciones de la edición granadina; y Fan Ye, director del Instituto Confucio de Granada.

Por último, este esfuerzo colectivo está dedicado a la memoria de Duan Rouchuan, mujer sabia y generosa que, si viera este Pabellón Rojo, pondría en su cara la gran sonrisa que tanto seguimos echando de menos.

CAPÍTULO I

En sueños, Zhen Shiyin ve el Jade de las

Comunicaciones Trascendentales.

En la miseria, Jia Yucun se enamora de una

flor del gineceo.

Así empieza el capítulo que abre esta novela. Su autor, que ha vivido largo tiempo entre sueños e ilusiones, admite que al emprender la escritura de estas Memorias de una roca[1] ocultó los verdaderos hechos de su vida detrás de la ficción de un jade al que llama «de las Comunicaciones Trascendentales»; por eso el primer nombre que emplea para un personaje es el de Zhen Shiyin[2].

Pero ¿cuáles son los hechos recogidos en este libro y quiénes son los personajes?

El autor declara:

Habiendo fracasado en todo cuanto emprendí en este mundo atareado y polvoriento, vine en recordar a todas las muchachas que antaño me rodearon. Entonces, como un trueno, me asaltó la idea de que cada una de ellas me había superado en conducta y raciocinio. ¿Cómo yo, orgulloso de mi condición de varón, podía ser menos que una mujer? Pero ya la vergüenza estaba de sobra y el arrepentimiento era inútil. Sí, realmente no había nada que hacer.

En ese momento decidí divulgar de qué manera, cubierto de sedas y delicadamente atendido por el favor imperial gracias a los méritos de mis antepasados, contravine la bondad de mis padres y los buenos consejos de maestros y amigos hasta disipar la mitad de mi vida sin haber aprendido un solo oficio. No puedo eludir mi responsabilidad, pero tampoco permitiré que, por culpa de mis errores o el deseo de ocultar mis defectos, se desvanezcan en el olvido aquellas adorables muchachas que conocí. Que hoy viva humildemente en una choza con techo de paja y ventanas de estera, horno de arcilla y lecho de lianas, no ha de impedir que abra de par en par las puertas de mi corazón. La brisa matinal, el rocío nocturno, los sauces en el umbral y las flores de mi patio me animan a tomar el pincel; y, aunque no sean grandes mi instrucción y mis talentos literarios, poco importará que escriba esta historia con palabras falsas y en lengua vulgar si ha de servir para dejar testimonio de todas esas jóvenes adorables, Por eso he llamado a mi segundo personaje Jia Yucun[3].

En este capítulo, las palabras «sueño» e «ilusión» que utilizo sirven para alertar la vista del lector, al mismo tiempo que dotan de sentido mi obra.

¿Saben ustedes, dignos lectores, cómo nació este libro? Su origen puede parecerles fantástico, pero no duden que, si se acercan a él con ánimo dispuesto, descubrirán que su lectura encierra mucho interés y puede ser de gran provecho. Permítanme explicárselo de manera que no quede en ustedes sombra de duda sobre el particular.

Cuando la diosa Nüwa necesitó rocas para reparar la bóveda celeste[4] acudió al Acantilado de lo Insondable, en la Montaña de la Inmensa Soledad, con la intención de fundir treinta y seis mil quinientos y un bloques de piedra, cada uno de doce zhang[5] de altura y veinticuatro de superficie sobre el suelo, de los que sólo empleó treinta y seis mil quinientos. El sobrante lo abandonó al pie del Pico de la Cresta. Azul. Aunque parezca extraño, aquella roca, después de ser templada por el fuego, había cobrado una esencia trascendental. Como el destino de las demás fue servir para remozar la bóveda celeste y sólo ella había sido desechada para tan alto menester, día y noche los pasaba en lamentaciones, desconsolada y llena de vergüenza.

La roca al pie del Pico de la Cresta Azul.

Anónimo de la dinastía Qing (edición de 1791).

Cierto día, mientras la roca se lamentaba de su suerte, vio venir a lo lejos a dos monjes, uno budista y otro taoísta, de porte imponente y apariencia distinguida. Se le acercaron y allí mismo se sentaron a conversar. Hablaron primero de montañas entre nubes, mares de bruma, dioses e ilusiones taoístas; luego, de las glorias y riquezas de los hombres. Al oír sus palabras, la roca se turbó con el profundó deseo de conocer ese mundo de los hombres y disfrutar ella también del placer y la felicidad. Se compadeció de sí misma por su rudeza y, sin poderse contener, habló en la lengua del género humano. Dijo al bonzo y al taoísta:

—Maestros, disculpad a este torpe discípulo que apenas es digno de saludaros. Me maravillan las glorias y riquezas de ese mundo del cual os he oído hablar. Mi cuerpo es áspero pero mi alma tiene algo trascendental, y como cuando os veo con vuestros hábitos entiendo que no sois gente ordinaria, sino con talento para salvar al mundo y virtud para procurar beneficios a la humanidad, os suplico que seáis bondadosos conmigo y me permitáis descender a ese mundo, donde pueda disfrutar algunos años de riquezas y placeres. Os quedaría agradecido eternamente por este inmenso favor.

—¡Bonitas palabras! —El bonzo y el taoísta sonrieron—. Es verdad que en el mundo de los hombres existen alegrías, pero también es cierto que no son eternas. Se dice que, allí, en la belleza se esconde el defecto, y que sólo se consigue el objetivo perseguido después de vencer muchos obstáculos. Además, en un santiamén nace del placer la tristeza, y todo, personas y cosas, se esfumará un día convirtiéndose en un sueño e ingresando en el vacío. No ir sería más sensato por tu parte.

Pero la roca estaba decidida y continuó con sus ruegos. Ambos inmortales supieron que sería imposible convencerla, así que suspiraron resignados:

—Siempre que uno permanece inmóvil mucho tiempo acaba deseando el movimiento, y todo lo que existe nace de la Nada. Puesto que tanto insistes conocerás esos placeres, pero no te arrepientas cuando las cosas te vayan mal.

—¡No me arrepentiré! —exclamó la roca.

—Tu alma es inteligente pero tu cuerpo es áspero, y además careces de algún valor extraordinario —prosiguió el bonzo—; por eso tendrás que prosperar en el mundo de los hombres haciendo un enorme esfuerzo. Ahora te ayudaré con la magia del budismo. Cuando termine el kalpa[6] retornarás a tu forma natural para poner fin a este proceso. ¿Estás de acuerdo?

La roca asintió, profundamente agradecida. Entonces el bonzo recitó ciertas fórmulas de encantamiento y puso en práctica toda su magia, de modo que redujo la roca gigante a un simple trozo de jade no más grande que un colgante de abanico; y poniéndolo sobre la palma de su mano le dijo sonriendo:

—Tienes la apariencia de un objeto precioso, pero todavía careces de auténtico valor. Te grabaré encima algunos caracteres para que la gente perciba de un simple vistazo que eres algo especial; entonces podremos llevarte a algún reino civilizado y próspero, a una familia culta de rango, a un lugar donde abunden las flores y los sauces, a un hogar de placer y de lujo donde te puedas establecer cómodamente…

La roca no cabía en sí de gozo.

—Maestros, ¿cuáles son esos dones maravillosos que me concederéis? ¿Y dónde pensáis llevarme?

—No preguntes —le advirtió el bonzo—. Ya lo sabrás a su debido tiempo.

Dicho lo cual se guardó el jade en la manga[7] y emprendió la marcha con el taoísta, pero se ignora en qué dirección.

Pasados quién sabe cuántos siglos y kalpas, otro taoísta conocido como el reverendo Vanidad de Vanidades llegó, en su búsqueda del Dao[8] y la Inmortalidad, hasta la Montaña de la Inmensa Soledad, el Acantilado de lo Insondable y el pie del Pico de la Cresta Azul. Sus ojos se posaron sobre la antigua inscripción todavía discernible de una enorme roca, y la leyó entera. Era un relato del rechazo sufrido por aquella piedra cuando se hizo la reparación del cielo, así como de su transformación en un jade y su posterior traslado al mundo de los hombres por el budista del Espacio Infinito y el taoísta del Tiempo Interminable; de las alegrías y tristezas, encuentros y despedidas, tratos cálidos y fríos que allí había experimentado. Detrás había un poema budista:

Indigno de ser parte del cielo,

¡tantos años en vano pasé en la tierra…!

Aquí se narra mi vida en los dos mundos,

¿a quién pediré que la divulgue?

Luego aparecía el nombre de la región donde la roca había ido a parar, el lugar exacto de su encarnación y la relación de sus aventuras, incluidos triviales asuntos familiares y versos livianos compuestos para aliviar las horas de ocio. No obstante, no figuraban los nombres de la dinastía, del año y del país, de modo que Vanidad de Vanidades concluyó:

—Hermano Roca, considero que la historia en ti grabada tiene cierto encanto y merecería alguna difusión; sin embargo observo que no figuran la dinastía ni el año, ni se encuentran referencias a ministros dignos y leales ni a cómo manejaron el gobierno y la moral pública. Sólo aparecen unas cuantas muchachas singulares en pasión y en locura, en pequeños dones o intrascendentes virtudes, pero incomparables en cualquier caso con aquellas damas de gran talento que fueron Ban Zhao y Cai Yan[9]. Aunque la transcribiera no sería del interés de nadie.

—Maestro, ¿cómo puede ser tan implacable? —protestó la roca—. Si la fecha no aparece bastaría con situar esta historia en las dinastías Han o Tang[10], pero ya que ése es un tópico común a todas las novelas, una manera de evitarlo sería transcribir sencillamente mis propios sentimientos y peripecias. ¿Qué necesidad hay de señalar tal o cual fecha precisa? Además, los lectores comunes prefieren la literatura liviana a los libros de Estado. Ya hay demasiadas obras que contienen anécdotas vilipendiosas contra soberanos o ministros, calumnias sobre las esposas o hijos de los demás, descripciones licenciosas y violentas… ¡Y son todavía peores esos escritos lujuriosos de la escuela de la brisa y la luz de luna que corrompen a los jóvenes con el veneno de su asquerosa tinta[11]! En cuanto a las novelas galantes, aparecen a montones siendo todas iguales y ninguna deja de frisar la impudicia, llenas como están de alusiones a jóvenes apuestos y talentosos y a muchachas bellas y refinadas de la historia; no obstante, para poder insertar sus propios poemas, el autor inventa héroes y heroínas manidos frente al inevitable villano intrigante, como aquellos pérfidos bufones de las obras de teatro… En esas novelas, llenas de contrasentidos y ridículamente engoladas, incluso las criadas acaban hablando con pedantes palabras sin sentido. ¡Eran mejores aquellas muchachas que yo mismo conocí en mis días de juventud! No me atrevería a ponerlas por encima de todos los personajes de anteriores obras, pero la historia de cada una puede servir para disipar el tedio y las preocupaciones, y los pocos versitos que he intercalado pueden provocar alguna que otra sonrisa y añadir gusto al vino… En cuanto a las escenas de despedidas tristes y jubilosos encuentros, de prosperidad y decadencia, todas son puntualmente ciertas y no han sufrido la más pequeña modificación para producir alguna sensación especial o apartarse de la verdad. En estos tiempos, la preocupación cotidiana de los pobres es comer y vestir, mientras los ricos no tienen hartura: ocupan su ocio en aventuras galantes, en acumular riquezas o en complicarlo todo. ¿Qué tiempo les queda a unos y a otros para leer tratados políticos y morales? Ni quiero que la gente se maraville con mi historia ni exijo que la lean por placer; sólo espero que les sirva para distraerse sentados en torno al licor y los manjares, o en el curso de alguna huida de las tribulaciones terrenales. Dedicando su atención a esta obra y no a otras vanas actividades podrán quizás ahorrar sus energías y prolongar sus vidas, librándose del daño que producen las disputas y rencillas o la aburrida persecución de lo ilusorio. Además, este relato ofrece a los lectores algo nuevo, distinto a esos trillados y rancios revoltijos de despedidas y súbitos encuentros, repletos de talentudos eruditos y adorables muchachas: Cao Zijian, Zhuo Wenjun, Hongniang, Xiaoyu[12] y los demás. ¿No le parece, Maestro?

El bonzo tiñoso y el taoista cojo.

Anónimo de la dinastía Qing (edición de 1791).

El reverendo Vanidad de Vanidades consideró sus palabras y volvió a leer cuidadosamente estas Memorias de una roca. Descubrió que contenían condenas a la traición y críticas a la adulación y al mal, y que no habían sido escritas para pasar la censura de los tiempos; pero en todo lo concerniente a las correctas relaciones entre los hombres y al encomio de actos virtuosos superaba a otros libros repletos de voluminosas descripciones de príncipes benefactores, ministros benévolos, padres complacientes e hijos henchidos de amor filial. Aunque el tema principal era el amor, se trataba sencillamente de una crónica de acontecimientos reales superior a aquellas falsas obras envilecidas que tratan de citas licenciosas y aventuras disolutas. Y, en fin, como no abordaba en absoluto acontecimientos de actualidad transcribió de principio a fin lo grabado y se lo llevó para buscar quien lo editara.

A partir de entonces el taoísta Vanidad de Vanidades percibió que todos los fenómenos del mundo nacen de lo vacío y despiertan la pasión, y como él convirtió la pasión en los fenómenos y desde los fenómenos percibió lo vacío[13], se cambió el nombre por el de «monje Apasionado». Modificó también el título de la obra por el de Crónica del monje Apasionado.

Kong Meixi, de Donglu[14], sugirió otro título: Precioso espejo de la Brisa y la Luna. Más tarde, Cao Xueqin pasó diez años en su pabellón de Luto por el Rojo revisando la obra y redactándola cinco veces sucesivas. La dividió en capítulos, a cada uno de ellos puso un encabezamiento y designó el libro con el título definitivo de Las doce bellezas de Jinling[15]. Luego añadió la siguiente estrofa:

Un reguero de lágrimas tristes,

páginas llenas de palabras absurdas.

Dicen que su autor está loco,

¿pero quién leerá su escondida amargura?

Ahora que tenemos claro el origen de la historia, veamos lo que había grabado sobre la roca.

Hace mucho tiempo la tierra entró en declive por el sudeste, y en aquel lugar había una ciudad llamada Guau[16]. El barrio de la puerta Chang de Gusu era uno de los más elegantes, ricos y bellos del mundo de los hombres. Al otro lado de la puerta se encontraba la calle de los Diez Lis[17], en la que venía a desembocar el pasaje de la Humanidad y la Pureza; allí había un viejo templo muy pequeño conocido, por su forma, como templo de la Calabaza. Cerca vivía Zhen Fei, cuyo nombre social era Shiyin. Su esposa, nacida Feng, era una mujer virtuosa y digna con un fuerte sentido de la moral y la decencia. Aunque ni muy rica ni muy noble, su familia era muy respetada en aquella localidad.

Zhen Shiyin era un hombre tranquilo y sencillo. En lugar de afanarse por la riqueza o el rango disfrutaba cultivando flores, sembrando bambúes, bebiendo vino o escribiendo poemas. Disponía de su tiempo casi como un inmortal, pero una cosa le faltaba: había cumplido más de cincuenta años sin un hijo varón; sólo tenía una hija de tres años llamada Yinglian.

Cierto agobiante día de verano, mientras se encontraba leyendo en su estudio, dejó caer Zhen Shiyin el libro de sus manos y, apoyando la cabeza en el escritorio, se quedó profundamente dormido. En sueños viajó a un lugar desconocido donde divisó a un monje budista y a otro taoísta que se aproximaban enfrascados en una animada charla. Oyó que el taoísta preguntaba al bonzo:

—¿Dónde piensas llevar ese estúpido objeto?

—Ten paciencia. El telón está a punto de alzarse para un drama de amor, pero hay actores que aún no han cobrado vida. Voy a colocar este estúpido objeto entre ellos para que viva la experiencia que desea.

—Así que otra tanda de amorosos pecadores se dispone a un nuevo drama a través de la reencarnación… —comentó el taoísta—. ¿En dónde tendrá lugar la representación?

—Es una historia entretenida. Nunca habrás oído una cosa igual. Al oeste, sobre las márgenes del Río Sagrado, junto a la Roca de las Tres Encarnaciones[18], crecía una planta de Perlas Bermejas regada cada día con dulce rocío por el jardinero Shenying, del palacio del Jade Rojo. Con el paso de los meses y los años la planta de Perlas Bermejas bebió las esencias del cielo y de la tierra y el alimento de la lluvia y el rocío hasta despojarse de su naturaleza vegetal y adquirir forma humana, si bien sólo la de una muchacha. Se pasaba los días vagando más allá de la Esfera del Dolor de la Despedida, saciando su hambre con el fruto del Amor Secreto y aplacando su sed en el Mar de la Pena Rebosante. Como no podía corresponder a las atenciones que le prodigaba el jardinero, anidaba en sus entrañas un sentimiento de ternura infinita que la obsesionaba. Precisamente en esos días, aprovechando la paz y la prosperidad de la dinastía reinante, Shenying deseó cobrar forma humana para poder visitar el mundo de los hombres. Formuló su deseo a la diosa del Desencanto, que vio una oportunidad para que Perla Bermeja pudiera saldar su deuda de gratitud. «Él me dio dulce rocío —dijo Perla Bermeja—, pero yo no tengo agua para compensar su bondad. Si baja al mundo de los hombres me gustaría acompañarlo; así podré saldar mi deuda derramando por él las lágrimas de toda una vida.» Esto indujo a muchos otros espíritus amorosos que no habían expiado sus pecados a ir con ellos y participar también en ese drama.

—Extraño asunto —comentó el taoísta—, nunca había oído hablar del pago de una deuda en lágrimas. Imagino que este relato será más fino y detallado que las vulgares historias de brisa y luz de luna.

—En los viejos relatos sólo se aportan unos pocos rasgos sobre las vidas de los personajes mediante algunos poemas —dijo el bonzo—, pero nunca se exponen los detalles íntimos de la vida familiar o las comidas cotidianas. Además, la mayor parte de las historias de brisa y luz de luna se ocupan de citas secretas y fugas, y nunca han expresado el verdadero amor entre un joven y una muchacha. Estoy seguro de que cuando esos espíritus desciendan a la tierra veremos locos de amor, enloquecidos por el deseo carnal, gente sensata, mentecatos e individuos indignos distintos a los de obras anteriores.

—¿Por qué no aprovechamos nosotros también esta oportunidad para bajar y liberar a unos cuantos de los sufrimientos que les esperan? Sería una buena acción.

—Precisamente venía pensándolo. Pero antes debemos llevar este estúpido objeto al palacio de la diosa del Desencanto para entregárselo. En cuanto todas las almas soñadoras bajen al mundo de los hombres podremos hacerlo nosotros, pero hasta ahora sólo ha bajado la mitad.

—En ese caso estoy listo para acompañarte —dijo el taoísta.

Zhen Shiyin había oído cada palabra de aquella conversación, pero ignoraba qué podría ser ese «estúpido objeto» al que se referían, de manera que no pudo resistir la tentación de averiguarlo y acudió a ellos con una reverencia.

—¡Saludos, maestros inmortales! —dijo con una sonrisa, y apenas hubieron devuelto el saludo prosiguió—: Esta oportunidad de escuchar su conversación sobre causas y efectos ha sido extraordinaria, pero soy demasiado torpe para comprenderla; si pueden ilustrarme un poco sobre el particular prometo escuchar atentamente, pues percibo que su sabiduría puede procurarme la salvación.

Ambos inmortales sonrieron.

—Se trata de un misterio que no podemos divulgar. Cuando llegue el momento piensa en nosotros. Quizás entonces consigas escapar de las llamas.

Al oírlo, Shiyin supo que no debía insistir más.

—Sé que no debo inmiscuirme en un misterio —dijo—, pero al menos podrían enseñarme el estúpido objeto que acaban de mencionar.

—Si quieres saber de qué se trata, tu destino es verlo una sola vez —dijo el bonzo sacándose de la manga un bellísimo fragmento de jade traslúcido y entregándoselo a Shiyin.

En el anverso tenía grabadas las palabras «Jade Precioso de las Comunicaciones Trascendentales». Antes de que Shiyin pudiera observar con atención unas líneas de caracteres más pequeños grabados en el reverso, el budista se lo arrancó de las manos diciendo:

—Hemos llegado a la Tierra de la Ilusión.

Y, acompañado por el taoísta, pasó a través de un arco de piedra que mostraba la siguiente inscripción: «Tierra de la Ilusión del Gran Vacío». Sobre ambas columnas, en perfecta simetría:

Cuando se toma lo falso por verdadero, lo verdadero se torna

falso; cuando de la nada surge el ser, el ser permanece nada.

Shiyin quiso seguirlos, pero oyó de repente un pavoroso estrépito, como si las montañas se desplomaran o la tierra se resquebrajara. Despertó con un grito y miró en torno suyo. Allí estaba el sol brillando sobre las hojas de los plátanos. El sueño se había esfumado.

En ese momento se acercó la nodriza con Yinglian en brazos, y Shiyin pensó que su hija estaba más bella y adorable cada día. La tomó en brazos y la apretó contra su pecho, jugó con ella unos momentos y luego la llevó a la puerta para que viera pasar un cortejo que en ese momento desfilaba. Ya se disponía a entrar cuando, desde el otro lado de la calle, vio acercarse a un bonzo y a un taoísta riendo y platicando mientras gesticulaban como locos. El budista iba descalzo y tenía la cabeza tiñosa; el taoísta cojeaba y llevaba el cabello revuelto. Al llegar a la puerta de Shiyin, viendo a la niña, el bonzo prorrumpió en lamentos:

—¡Ay, señor! ¿Qué hace en sus brazos esa criatura de triste destino? ¡Será la desgracia de sus padres!

Pensando que el hombre desvariaba, Shiyin lo ignoró.

—¡Entréguemela! —gritó entonces el budista—. ¡Entréguemela!

Shiyin perdió la paciencia, apretó con más fuerza a la niña y se dispuso a entrar en su casa. El monje, señalándola con el dedo, dejó escapar una rugiente carcajada y recitó:

Me río de ti: quieres cuidar a esa tierna criatura

que habrá de ser un nenúfar sepultado por la nieve.

Cuídate de lo que llega: la fiesta de los Faroles:

evanescencia del humo cuando la llama se apaga[19].

Shiyin lo oyó claramente y quedó pensativo, como si todo aquello le recordara algo. Justo cuando iba a preguntar la procedencia de ambos, el taoísta le dijo al bonzo:

—Aquí se separan nuestros caminos; cada uno debe ocuparse de sus propios asuntos. Te espero dentro de tres kalpas en el monte de Beimang[20]; juntos podremos ir hasta la Tierra de la Ilusión para decirle a la diosa del Desencanto que la deuda está saldada.

—Muy bien —asintió el budista.

Y ambos se desvanecieron sin dejar rastro.

Fue entonces cuando Shiyin comprendió que no eran simples mortales, y lamentó no haberles prestado la debida atención. Sus lastimosas cavilaciones fueron interrumpidas por la llegada de un letrado pobre que vivía en las proximidades, en el templo de la Calabaza. Tenía por apellido Jia, y su nombre era Hua; su nombre social, Shifei, y Yucun era su seudónimo literario. Era el último de una estirpe de eruditos y funcionarios oriunda de Huzhou[21]. Sus padres, que habían consumido el patrimonio familiar, murieron dejándolo solo en el mundo. Puesto que nada ganaba quedándose en casa encaminó sus pasos a la capital con la esperanza de lograr una posición y restaurar su fortuna. Hacía dos años que había llegado, y cuando hubo gastado todo su dinero decidió mudarse al templo, donde se ganaba precariamente la vida trabajando como pendolista. De ahí que Shiyin lo viera con frecuencia.

Tras saludar a Shiyin le preguntó:

—¿Qué mira parado en la puerta, señor? ¿Algo que ocurre en la calle?

—Nada. Mi hijita lloraba, de manera que la saqué a jugar. Has llegado justo a tiempo, porque estaba empezando a aburrirme. Entra y ayúdame a pasar este largo día de verano.

Ordenó a un criado que se llevara a la niña y condujo a Yucun a su estudio, donde un muchacho sirvió el té. Apenas habían intercambiado algunos comentarios cuando entró un sirviente para anunciar la llegada de un tal señor Yan.

Shiyin se excusó diciendo:

—Disculpa mi descortesía. ¿Te molestaría esperarme unos minutos?

—Nada de formalismos, estimado amigo —dijo Yucun incorporándose—, soy un invitado habitual en su casa y no me importa esperar.

Cuando Shiyin salió del cuarto, Yucun se dedicó a hojear algunos libros hasta que oyó a alguien toser en el jardín. Se acercó a la ventana y vio a una joven sirvienta recogiendo flores; tenía los ojos brillantes y las cejas llenas de gracia, y, aunque no era propiamente una belleza, su gran encanto hizo que Yucun la contemplara absorto. Cuando se disponía a marcharse con sus flores, la sirvienta levantó de pronto la mirada y vio a un hombre que, aunque mal vestido, era apuesto, con un rostro abierto de labios firmes, cejas como cimitarras, ojos como estrellas, nariz recta y mejillas agradablemente curvadas. Se volvió pensando: «A pesar de sus harapos es un hombre de buen porte. Debe tratarse de Jia Yucun, del que mi señor habla todo el día y al que con gusto ayudaría si se le presentase la ocasión. Sí, ciertamente debe tratarse de él, nuestra familia no tiene otros amigos pobres. Con razón dice mi señor que es el tipo de hombre que no permanecerá mucho tiempo en su situación». No pudo resistir la tentación de volver a mirarlo un par de veces, lo que llenó de júbilo a Yucun, quien pensó que la muchacha se había prendado de él y que tenía buen juicio y era una de las pocas personas que podían apreciar su valor más allá de su mísero aspecto.

En ese momento volvió el sirviente e informó a Yucun de que el inesperado visitante se quedaría a cenar, lo que hacía inútil su espera. Se marchó por un corredor que conducía hasta la puerta lateral. Cuando también se hubo marchado el señor Yan, Shiyin no volvió a llamar a Yucun.

Llegó la fiesta del Medio Otoño[22] y, tras la cena familiar, Shiyin hizo colocar otra mesa en su estudio y fue paseando bajo la luz de la luna hasta el templo para invitar a Yucun.

Desde aquel día en que la doncella de los Zhen se volvió para mirarlo, Yucun se complacía pensando en su aprecio y le dedicaba sus pensamientos constantemente. Contemplando la luna llena, volvió a evocarla e improvisó el siguiente poema:

No sé si ocurrirá lo que deseo;

a menudo me toma la tristeza.

Me frunce el ceño la melancolía,

pues volvió su camino para verme.

Sombra soy en el viento, y me pregunto

si ella será quien me acompañe siempre.

Si viene a tocarme la luz de la luna,

que lleve mi amor a su pabellón.

Cuando lo hubo recitado, Yucun se revolvió el cabello y, suspirando al pensar en lo mucho que faltaba para poder ver realizadas sus ambiciones, declamó el siguiente pareado:

El jade del cofre quiere un buen precio alcanzar,

el alfiler del joyero muy alto espera volar[23].

Shiyin, que llegaba en ese preciso momento, lo oyó con claridad y, bromeando, le dijo:

—Veo que tienes grandes ambiciones, hermano Yucun.

—Nada de eso, no aspiro a tanto —respondió Yucun algo incómodo—. Simplemente recitaba versos antiguos. ¿A qué se debe el placer de esta visita?

—Esta noche es el Medio Otoño, comúnmente conocido como la fiesta de la Reunión, y pensé que te sentirías muy solo en este templo. En mi humilde casa tengo un poco de vino y me pregunto si aceptarías compartirlo conmigo.

Yucun no necesitaba mayor aliento:

—Oh señor, su bondad conmigo es excesiva. Nada me gustaría más.

Y se encaminaron hacia el patio delantero, frente al estudio de Shiyin. Pronto terminaron con el té y pasaron a catar vinos y degustar platos selectos. Primero bebieron pausadamente, pero con la charla fueron elevándose sus espíritus y se volvieron audaces. De todas las casas del vecindario llegaban sonidos de flautas y cuerdas, y por todas partes se oían canciones. Y, sobre todo ello, la luna brillaba en todo su esplendor. Copa tras copa, fue creciendo la alegría de los dos hombres.

Yucun, casi borracho, no pudo contener su euforia e improvisó un cuarteto a la luna:

El día quince la luna llena

baña con luz pura las balaustradas de jade.

Cuando surca los cielos su luminosa esfera,

alzan su mirada los hombres de la tierra.

—¡Excelente! No creo que dure siempre tu actual pobreza. Estos versos tan buenos auguran un rápido progreso. Pronto estarás caminando sobre nubes. Permíteme felicitarte —exclamó Shiyin llenando otra copa.

Yucun la bebió de un trago y después suspiró.

—No crea usted que son incongruencias de borracho —dijo—. Estoy seguro de que si tuviera ocasión saldría airoso en los exámenes oficiales, pero no tengo dinero para el viaje y la capital está lejos. Mi trabajo de pendolista no me permite reunir bastante.

—¿Por qué no me lo dijiste antes? —exclamó Shiyin—. A menudo he pensado en el asunto, pero ya que nunca lo mencionabas no quise ser yo quien abordase el tema. Ser un hombre de pocas luces no me impide saber lo que se le debe a un amigo. Afortunadamente las próximas oposiciones provinciales tendrán lugar este año; debes trasladarte a la capital cuanto antes y dar muestra de tus conocimientos en la prueba primaveral. Para mí será un privilegio correr con los gastos del viaje y aun con otros que puedan surgir.

Y a renglón seguido mandó traer unos cincuenta taeles de plata y dos juegos de ropa para el invierno.

—El diecinueve es un buen día para viajar[24] —prosiguió Shiyin—. Puedes alquilar un sampán y emprender el camino hacia el oeste[25]. ¡Qué feliz seré cuando te vuelva a ver el próximo invierno, alcanzadas ya las encumbradas cimas!

Yucun aceptó el dinero y la ropa con unas reverencias formales de agradecimiento, y sin añadir más sobre el asunto siguieron bebiendo y conversando. Estuvieron juntos hasta la tercera vigilia[26], momento en el que Shiyin despidió a su amigo y volvió a su cuarto, donde durmió hasta muy entrado el día. Al despertar recordó lo convenido durante la noche y se puso a escribir dos cartas de presentación de Yucun para algunos amigos funcionarios de la capital que podrían alojarlo.

Mandó a un sirviente que avisara a Yucun, pero aquél volvió con el siguiente recado:

—Dice el bonzo del templo de la Calabaza que el señor Jia partió a la capital esta mañana durante la quinta vigilia. Le pidió que le dijera que los eruditos no son supersticiosos en cuanto a los días favorables o nefastos, sino que actúan guiados por la razón. Todo ello le ha impedido despedirse personalmente.

Shiyin no tuvo más que resignarse.

Los días pasan rápido cuando no ocurren cosas notables. En un abrir y cerrar de ojos llegó la alegre fiesta de los Faroles y Zhen Shiyin encargó a su sirviente Huo Qi que llevara a su hija Yinglian a ver los fuegos artificiales y las linternas ornamentales. Hacia la medianoche Huo Qi dejó a la niña sobre los escalones de una casa mientras orinaba un poco más allá, y cuando volvió había desaparecido. La buscó toda la noche en vano, y al alba, desesperado e incapaz de presentarse ante el señor sin su hija, huyó a otro distrito.

La ausencia de su hija alarmó a Shiyin y a su esposa. Mandaron a los sirvientes en su busca, pero todos volvieron sin noticias. Era la única hija de esta pareja de edad madura, y su pérdida los volvió locos. Lloraron día y noche y se sintieron tentados de acabar con sus vidas. Un mes más tarde Shiyin enfermó a causa del dolor, y tras él su esposa.

Por si fuera poco, el decimoquinto día del tercer mes lunar se declaró un incendio en el templo de la Calabaza. En un descuido mientras disponía el ritual, el bonzo prendió un vaso de aceite; el fuego se extendió rápidamente a una ventana de papel, y, como la mayoría de los edificios vecinos tenían paredes de bambú, las llamas corrieron de casa en casa hasta que la calle entera ardió como un monte incendiado. Soldados y civiles intentaron aplacar el siniestro, pero el fuego escapaba a todo control. Duró toda una noche y destruyó no se sabe cuántas casas antes de consumirse. El hogar de los Zhen, contiguo al templo, quedó reducido a un montón de cenizas. Aunque unos pocos sirvientes tuvieron la fortuna de escapar con vida, al pobre Shiyin no le quedó sino patear el suelo y suspirar.

Se fueron a vivir al campo, pero en años anteriores las cosechas se habían malogrado a causa de las inundaciones y la sequía, los bandidos bullían por la región apoderándose de los arrozales sin dar respiro a la población, y las expediciones punitivas de las tropas del gobierno no hacían sino empeorar las cosas. Ante la imposibilidad de vivir allí, Shiyin se vio obligado a vender su tierra y acudir con su esposa y dos sirvientas a ponerse bajo la protección de su suegro Feng Su.

Feng Su, oriundo de Daruzhou, era un simple granjero, pero también un hombre rico al que agradó muy poco la lamentable llegada de su hija y su yerno. Por suerte, a Shiyin le quedaba un poco de dinero de la venta de sus tierras y pidió a Feng Su que lo invirtiera en alguna propiedad donde poder vivir en adelante. Sin embargo, su suegro lo engañó: invirtió sólo la mitad de lo recibido y le entregó unos campos exhaustos y una cabaña destartalada. Shiyin era un erudito que ignoraba todo acerca de los negocios y la agricultura; fue sobreviviendo durante un par de años mientras perdía paulatinamente todos sus bienes y Feng Su lo perseguía con sus reproches y, a sus espaldas, se quejaba ante toda la gente de su incompetencia, ociosidad y extravagancia.

Al golpe sufrido por Shiyin el año anterior y a las penurias que siguieron, vino ahora a sumarse la amarga evidencia del error cometido al confiar en su suegro. Entrado ya en años, y tan cercano a la miseria y la enfermedad, empezó a verse con un pie en la tumba.

Un día que se esforzaba por distraer sus tribulaciones paseando por las calles apoyado en su bastón, se le acercó de pronto un monje taoísta que andaba como un loco dando cojetadas, con sandalias de cuerda y cubierto de harapos. A gritos recitaba:

Los hombres anhelan la inmortalidad,

pero nunca olvidan los lujos y el rango.

¿Dónde andan ahora los grandes de antaño?

Las hierbas silvestres recubren sus tumbas.

Los hombres anhelan la inmortalidad,

pero nunca olvidan la plata y el oro;

se pasan la vida amasando dinero

para que la muerte les selle los ojos.

Los hombres anhelan la inmortalidad,

pero no olvidan a las bellas esposas

que juran amor eterno a sus maridos

y se vuelven a casar en cuanto mueren.

Los hombres anhelan la inmortalidad,

pero traen hijos al mundo sin cesar;

padres cariñosos veréis a montones,

¿quién ha visto que un hijo ame a su padre?

Hacia el final del parlamento, Shiyin se acercó:

—¿Qué es eso que recitaba a gritos? —preguntó—. Me dio la impresión de que trataba acerca de la vanidad de todas las cosas.

—Algo entiendes si eso has comprendido —respondió el taoísta—. Has de saber que en este mundo todo lo bueno tiene su fin, y que acabar es bueno, pues todo lo bueno se acaba. Mi canción se llama Todas las cosas buenas se acaban.

Con su natural inteligencia, Shiyin comprendió en el acto lo que le estaba diciendo. Sonriendo le contestó:

—Espere un momento. ¿Puedo hacer una glosa sobre lo que acaba de decir?

—Por supuesto —dijo el taoísta.

Y entonces Shiyin recitó:

Chozas humildes y salas vacías

donde colgaron antaño blasones;

hierbas marchitas, álamos resecos

que vieron cantar, danzar a los hombres.

Las telarañas recubren las vigas labradas,

retorna la gasa verde a los ventanales rotos;

frescos siguen y perfuman los afeites,

¿por qué en un segundo encanecen las sienes?

Ayer mismo acogió unos huesos la arcilla amarilla

y hoy rojas linternas alumbran el nido de los amantes;

ayer hubo unos hombres cargados de plata

que hoy son mendigos que todos desprecian.

La muerte ajena les hace suspirar,

pero ignoran que ya está llamando a su puerta.

¡Con qué celo a sus hijos educan!

¿Quién les asegura que bandidos no serán?

Con un joven noble la hermosa quiere casarse,

¿quién supone que en el Barrio Rojo[27] ha de acabar?

Un hombre se queja de su rango inferior

y le ponen entonces un cepo en el cuello.

Ayer apreció mucho su abrigo raído,

y hoy se queja de que le queda larga su túnica morada.[28]

Todo es lucha y tumulto en el escenario:

apenas uno acaba su canción, hay otro cantando.

Es locura incomparable confundir

con él propio hogar los parajes extraños,

y al final nuestro esfuerzo consiste

en coser las ropas que otra gente lucirá.

—¡Eso es! —exclamó satisfecho el taoísta excéntrico y cojo dándole una palmada en la espalda.

—Vamos —añadió escuetamente Shiyin. Y colgando de su hombro la alforja del monje, sin pasar por su casa, echaron a andar.

La noticia corrió por el vecindario y pronto llegó a la esposa de Shiyin, que se echó a llorar con desconsuelo. Tras consultar con Feng Su, éste organizó una búsqueda exhaustiva que no dio resultado alguno, con lo cual ella se vio obligada a volver al hogar de sus padres. Afortunadamente le quedaban dos doncellas, y así las tres, cosiendo día y noche, ganaban lo suficiente para pagar a Feng Su los gastos que ocasionaban. A regañadientes, Feng tuvo que aceptarlo así.

Un día la mayor de las doncellas se encontraba comprando hilo en la puerta cuando oyó a unos hombres que gritaban para despejar la calle, y a la gente comentando la llegada del nuevo gobernador. Se ocultó en el umbral para observar. Primero pasaron los soldados y los agentes de dos en dos, luego pasó un palanquín que llevaba a un funcionario con bonete de gasa negra y túnica roja. La doncella miró sorprendida y pensó: «Ese rostro me resulta familiar. ¿No lo habré visto antes?». Pero una vez que entró ya no volvió a pensar en el asunto.

Aquella noche, cuando ya se disponían a dormir, oyeron un clamor de voces y unos fuertes golpes en el portón. Unos mensajeros de la prefectura ordenaron a Feng Su que se presentara para ser interrogado por el gobernador. Al oírlo, Feng Su se quedó boquiabierto y consternado. ¿Acaso iban a continuar las calamidades?

CAPÍTULO II

La dama Lin fallece en la ciudad de Yangzhou.

Leng Zixing describe la mansión Rongguo.

Dice un poema:

Si se ganará en el juego, quién lo sabe de antemano.

El incienso se consume, se acaba el té, pero aún quedan.

Para hacer augurios de fortuna o decadencia

hay que buscar quien contemple todo con ojo imparcial.

Al oír tanto barullo en el portón de su casa, Feng Su salió a atender a los mensajeros.

—Dígale rápido al señor Zhen que salga —gritaron.

—Me llamo Feng, no Zhen —respondió él con una risita aduladora—. Es mi yerno el que se llama Zhen, pero hace dos años que se fue para entrar en religión. ¿Es a él a quien buscan?

—Cómo quiere que lo sepamos. Cumplimos órdenes del gobernador. Si es usted su suegro acompáñenos para aclarar todo este embrollo ante Su Señoría; así nos ahorraremos otro viaje.

Y sin darle tiempo a protestar se lo llevaron a rastras ante la mirada temerosa de los suyos, que ignoraban tanto como él lo que significaba aquello. Hacia la segunda vigilia, Feng Su regresó de muy buen humor. Le preguntaron qué había sucedido y contestó:

—El nuevo gobernador, Jia Yucun, es de Yangzhou y un viejo amigo de mi yerno. Cuando pasó por nuestra puerta vio a Jiaoxing comprando hilo y supuso que Shiyin se había mudado aquí. Cuando le expliqué todas las desgracias que le habían sucedido, así como su partida, se mostró muy afectado. Preguntó también por mi nieta y le conté que había desaparecido durante la fiesta de los Faroles. «¡No hay problema! —dijo Su Señoría—, ordenaré una investigación exhaustiva y la encontraré.» Acabada nuestra charla, cuando ya me iba, me entregó dos taeles de plata.

El relato de Feng Su entristeció profundamente a la esposa de Zhen.

Así pasó la noche, y a primera hora de la mañana llegó un mensajero de Jia Yucun con dos bolsas de monedas y cuatro piezas de brocado para la señora Zhen, como muestra de gratitud. También había una carta confidencial para Feng Su en la que el gobernador le pedía que persuadiera a su hija con el fin de que ésta le permitiera tomar a su doncella Jiaoxing como segunda esposa. Feng Su expresó ruidosamente su júbilo a pedos. Ansioso de complacer al gobernador forzó el consentimiento de su hija, y aquella misma noche hizo subir a Jiaoxing en un pequeño palanquín y la llevó a la prefectura.

No hace falta que nos detengamos en la satisfacción de Yucun, que entregó a Feng Su cien monedas de oro y envió muchos presentes a la señora Zhen pidiéndole que cuidara su salud en tanto averiguaba el paradero de su hija. Feng Su regresó a su casa, donde ya lo podemos dejar.

Jiaoxing, la doncella que se había vuelto para mirar a Yucun en Gusu, nunca hubiera podido sospechar que una mirada lanzada al azar pudiera tener consecuencias tan extraordinarias. Y tanta fue su suerte que al año de su matrimonio tuvo un hijo, y seis meses después la esposa oficial de Yucun cayó enferma y murió. Entonces Jiaoxing la sustituyó mejorando aún más su posición:

Tanto ha mejorado su condición

una mirada lanzada al azar.

Tras recibir el dinero que Shiyin le entregara en Gusu, Yucun había emprendido viaje a la capital. Tuvo tanto éxito en los exámenes oficiales que pasó a ser graduado de Palacio[1], y luego consiguió su nombramiento provincial. Ahora había sido ascendido a gobernador.

Administrador capaz, Yucun era sin embargo codicioso y despiadado, y su arrogancia e insolencia le habían procurado la enemistad de sus superiores. En menos de dos años éstos encontraron la oportunidad para acusarlo de falsedad constante, manipulación de los ritos y, bajo la apariencia de honradez, conspiración con sus feroces subalternos para fomentar disturbios en su distrito haciendo insoportable la vida de la población. Indignado, el emperador decretó su destitución. La llegada del edicto alegró el corazón de todos los funcionarios de la prefectura, pero Yucun siguió mostrándose tan jovial como siempre a pesar del tormento y la rabia que sentía. Después de dejar el cargo reunió todo el dinero atesorado durante su mandato y regresó a su ciudad natal, fijando allí su residencia. Cuando se hubo instalado, viajó por el imperio día y noche sin más carga que la brisa a sus espaldas y la luz de la luna en sus mangas.

Uno de esos viajes lo llevó de nuevo a Yangzhou[2], donde descubrió que el comisionado de la Sal de aquel año era Lin Ruhai. Este Lin Ruhai, nacido en Gusu, había quedado tercero en el concurso imperial y recientemente había sido ascendido a censor. El emperador lo había nombrado comisionado para la Inspección de la Sal y llevaba en ese cargo poco más de un mes. Cinco generaciones atrás, uno de los antepasados de Lin Ruhai había sido elevado al rango de marqués. El privilegio fue concedido por tres generaciones; luego, gracias a la benevolencia de Su Majestad Imperial se extendió a una generación más. Merced a ese favor especial el padre de Lin Ruhai había llegado a disfrutar del título, pero él, en cambio, había sido destinado a hacer carrera a través del sistema de exámenes, puesto que su familia era culta además de noble. Pero lamentablemente no era prolífica, a pesar de contar con varias ramas. Lin Ruhai tenía primos, pero no hermanos o hermanas. Ahora era un cuarentón cuyo único hijo había muerto el año anterior a la edad de tres años[3]. Tenía varias concubinas, pero el destino no le había concedido un nuevo hijo, y no había manera de remediarlo. Su esposa, nacida en la familia Jia, le había ciado una hija, Daiyu, que a la sazón tenía cinco años. Sus padres la amaban con locura, puesto que era muy inteligente y bella, y decidieron procurarle una buena educación que compensara y ayudase a olvidar la pérdida del único hijo varón.

Resultó que Yucun había cogido un enfriamiento que lo mantuvo postrado en la cama de su posada más de un mes. Agotado por la enfermedad, y escaso de fondos, andaba buscando un lugar donde convalecer cuando dos viejos amigos le informaron de que el comisionado de la Sal necesitaba un preceptor. Gracias a su recomendación Yucun obtuvo el puesto, y con él la seguridad que necesitaba. Afortunadamente sólo le fue encomendada una niña a la que acompañaban dos doncellas, lo que, sumado a la mala salud de la muchacha, que hacía irregulares las lecciones, aliviaba bastante sus obligaciones.

Un año había pasado cuando inesperadamente enfermó la madre de su alumna, y murió al poco tiempo. Durante la enfermedad fue atendida por la niña, que luego adoptó un luto riguroso. Vistas las circunstancias, Yucun estuvo a punto de renunciar al empleo, pero Lin Ruhai le pidió que lo mantuviera con el objeto de no interrumpir la educación de su hija durante el período de luto. En los últimos tiempos el dolor había provocado una recaída en la delicada salud de la niña, y eso la obligaba a abandonar el estudio durante varios días consecutivos. Entonces Yucun, aburrido, adoptó la costumbre de pasear después de las comidas siempre que el tiempo lo permitiera.

Uno de esos días fue paseando hasta las afueras de la ciudad para disfrutar del campo. Llegó a unas exuberantes arboledas y unos bosquecillos de bambú situados entre colinas y enhebrados por arroyos serpenteantes. Entre el follaje, medio oculto, había un templo. La entrada estaba en ruinas y las paredes se desmoronaban. Sobre la puerta, una tabla lucía la siguiente inscripción: «Templo de la Perspicacia». Flanqueándola había otras dos tablas enmohecidas en las que alguien había escrito estos dos versos:

Aunque mucho acumuló, olvidó retener la mano;

sólo al final del camino pensó en desandar sus pasos.

«A pesar de su tópico lenguaje, estos versos contienen una verdad muy grande —pensó Yucun—. Nunca he visto nada parecido en todos los templos que he visitado. Quizá se oculte detrás la historia de alguien que ha saboreado las amarguras de la vida, algún pecador arrepentido. Entraré a preguntar.»

Dentro del templo sólo encontró a un viejo bonzo tembloroso cocinando unas gachas. Algo decepcionado, Yucun le hizo unas cuantas preguntas. Además de sordo, el bonzo demostró tener el espíritu oscurecido, ya que masculló respuestas incoherentes.

Yucun salió disgustado y decidió mejorar su estado de ánimo bebiendo unas copas en la taberna del pueblo. Al entrar, se levantó uno de los hombres que allí estaban y lo saludó con una sonora carcajada:

—¡Tú aquí! ¡Quién lo hubiera pensado!

Era Leng Zixing, un anticuario al que había conocido en la capital. Como Yucun apreciaba su capacidad de iniciativa y sus habilidades, mientras Zixing gustaba de los conocimientos literarios de Yucun, ambos habían llegado a congeniar convirtiéndose en muy buenos amigos.

—¿Cuándo has llegado, hermano? —preguntó Yucun alegremente—. No sabía que anduvieras por aquí. ¡Qué casualidad haberte encontrado!

—A finales del año pasado fui a mi casa y, de regreso a la capital, me detuve para visitar a un viejo amigo que tuvo la amabilidad de pedirme que me quedara. Como no tengo mucha prisa, he interrumpido mi viaje un tiempo. Me marcho a mediados de mes. Hoy mi amigo estaba ocupado, así que salí a dar un paseo y me senté aquí a descansar. ¡Quién me iba a decir que me encontraría contigo!

Sentó a Yucun a su mesa y pidió más comida y más vino. Bebieron lentamente mientras comentaban todo lo que habían hecho desde su separación.

—¿Hay alguna noticia de la capital? —preguntó Yucun.

—Poca cosa —respondió Zixing—, pero dicen que en la casa de uno de tus nobles parientes ha sucedido algo curioso.

—No tengo parientes en la capital, no sé a quién te refieres.

—Aunque no pertenezcas al mismo clan llevas su mismo apellido.

Yucun preguntó a quién se refería.

—A la familia Jia de la mansión Rongguo[4]. No es para que te avergüences del parentesco…

—Ah, esa familia —rió Yucun—. Sinceramente, nuestro clan es muy grande. Desde los tiempos de Jia Fu, de la dinastía Han del Este, las ramas se han multiplicado tanto que ahora uno encuentra a los Jia en cada provincia. Es imposible seguir el rastro de todos. Aunque la rama Rong y la mía se encuentran en el mismo registro ellos están tan encumbrados que nunca hemos reclamado parentesco, de modo que nos hemos ido separando paulatinamente.

—No creas, amigo mío. Tanto la rama Rong como la Ning han decaído. Ya no son lo que eran.

—¿Cómo puede ser? Antes eran muy numerosos.

—Sí, ya lo sé. Es una larga historia.

—El año pasado —dijo Yucun—, cuando fui a Jinling a visitar las ruinas de las Seis Dinastías[5], pasé por la Ciudad de Piedra[6] y por delante de las puertas de sus antiguos pabellones. La mansión de Ningguo[7] estaba situada al este, y la mansión de Rongguo al oeste, y ambas se unían ocupando más de la mitad de la calle. Cierto que no había mucha gente ante sus puertas, pero por encima de los muros pude divisar imponentes salas y pabellones, y la opulencia de los árboles y colinas artificiales de los jardines traseros. Nada sugería una casa en decadencia.

—No eres muy listo para ser graduado de Palacio —replicó Zixing riendo—. Como dice un viejo refrán: «Un ciempiés muere pero no se cae». Aunque no son tan prósperos como antaño, siguen estando por encima del resto de las familias oficiales. El número de miembros de sus familias crece y sus compromisos se incrementan cada vez más, pero tanto los de arriba como los de abajo, los señores como los sirvientes, están tan acostumbrados a los honores y a la vida fastuosa que nadie sabe guardar para el futuro. Dilapidan el dinero día tras día y desconocen la palabra ahorro. Puede que sigan dando la misma impresión de esplendor, pero lo cierto es que sus bolsillos están a punto de agostarse. Aun así, ése no es su peor problema. Quién hubiera imaginado que cada una de las nuevas generaciones de este noble y erudito clan sería inferior a la que la precedió.

Sorprendido, Yucun objetó:

—Pero una familia tan culta y entendida en cuestiones de ritos seguro que conoce la importancia de una buena formación… No estoy seguro en cuanto a las otras ramas, pero siempre me ha parecido que en estas dos casas se preocupan mucho por la educación de sus hijos.

—Pues precisamente de esas dos casas estoy hablando —confirmó Zixing lamentándose—. Escucha. El duque de Ningguo y el de Rongguo eran hermanos de madre. El mayor, Ningguo, tuvo cuatro hijos; al morir heredó el título el mayor de ellos, Jia Daihua, que también tuvo dos hijos. El mayor de ellos, Jia Fu, murió a los ocho o nueve años dejando el título a su hermano menor, Jia Jing. Pero éste anda tan enredado con el taoísmo que no piensa sino en destilar elixires. Para poder dedicar todos sus esfuerzos a la búsqueda de la inmortalidad, cedió su título a un hijo que tuvo cuando era joven llamado Jia Zhen, de manera que, en lugar de volver a su lugar natal, se ha quedado en las afueras de la ciudad codeándose con los sacerdotes taoístas. Jia Zhen tiene un heredero llamado Rong que acaba de cumplir dieciséis años. Jia Jing se desentendió de todo asunto mundano y Jia Zhen nunca ha estudiado y sólo vive para los placeres. Está poniendo la mansión Ning patas arriba, pero nadie se atreve a pararle los pies.

Después de una pausa prosiguió:

—En cuanto a la mansión Rong, allí es donde ha tenido lugar el extraño suceso al que me refería. Cuando murió el duque de Rongguo le sucedió en el título su hijo mayor, Jia Daishan, quien se casó con una hija del marqués Shi de Jinling, que le dio dos hijos, Jia She y Jia Zheng. Jia Daishan murió hace muchos años, pero su esposa, la Anciana Dama Viuda, vive aún. Su hijo mayor, Jia She, heredó el título. Al menor, Jia Zheng, que era el favorito de su abuelo, le gustaba mucho el estudio desde niño y esperaba hacer carrera por el sistema de exámenes, pero cuando Jia Daishan murió dejando un memorial de despedida para el emperador, éste, por consideración a su antiguo ministro, no sólo confirió el título a su hijo mayor sino que además se interesó por el menor. Recibió a Jia Zheng en audiencia, y como favor adicional, le confirió el rango de secretario asistente con instrucciones para que se fuera familiarizando con los asuntos de la Junta de Obras, donde ahora es subsecretario. Su esposa, la dama Wang, dio a Jia Zheng un hijo llamado Jia Zhu, quien aprobó el examen de distrito a los catorce años y se casó antes de los veinte. Jia Zhu tuvo un hijo; después cayó enfermo y murió. El segundo vástago de Jia Zheng y la dama Wang fue una hija que nació el primer día del año. Pero más sorprendente aún fue el nacimiento de otro hijo que llegó al mundo con un pedazo de jade brillante en la boca que incluso tiene grabadas unas inscripciones. Por eso le pusieron el nombre de Jia Baoyu[8]. ¿No te parece éste un suceso extraordinario?

—Ciertamente. Ese muchacho tendrá un porvenir fuera de lo común.

—Sí, eso dice todo el mundo. —Zixing sonrió con ironía—. Por eso la abuela lo mima tanto. El día de su primer cumpleaños, Jia Zheng puso a prueba su temperamento colocándole delante todo tipo de objetos para ver cuál elegía. Aunque te parezca mentira, ¡los ignoró todos salvo el colorete, las polveras, los adornos para el pelo y unos pendientes! Su padre montó en cólera y predijo que el chico llegaría a ser un libertino disoluto. Por eso no lo quiere mucho, a pesar de que el niño sigue siendo el favorito de la abuela. Ahora debe tener siete u ocho años y dicen que es muy travieso y que posee una inteligencia extraordinaria. Tan pequeño como es, dice las cosas más extrañas. Declara que las niñas están hechas de agua y los chicos de barro. Dice que se siente tan limpio y fresco entre las muchachas que los hombres le parecen sucios y apestosos. ¿No es absurdo? Lo más probable es que luego se dedique a perseguir mujeres como un loco.

—No necesariamente. —La voz de Yucun adquirió una súbita gravedad—. Nadie sabe cómo llegó al mundo. Pienso además que el padre se equivoca si considera que el muchacho es un depravado. Para entenderlo es preciso haber leído mucho y tener una amplia experiencia, ser capaz de reconocer la naturaleza de las cosas, captar el Dao y comprender el Misterio.

Habló con tal seriedad que Zixing le pidió que explicara sus palabras.

—Salvo los muy buenos y los muy malos —prosiguió Yucun— todos los hombres se parecen bastante. Los muy buenos nacen en tiempos propicios, cuando el mundo está bien gobernado; los muy malos, en tiempos de calamidad, cuando el peligro acecha. Ejemplos del primer suceso son Yao, Shun, Yu y Tang, el rey Wen y el rey Wu, el duque de Zhou y el duque de Zhao, Confucio y Mencio, Dong Zhongshu, Han Yu, Zhou Dunyi, los hermanos Cheng, Zhang Zai y Zhu Xi[9]. En cuanto al segundo, ahí tienes a Chi You, Gong Gong, Jie, Zhou, Qin Shi Huang, Wang Mang, Cao Cao, Huan Wen, An Lushan o Qin Hui[10]. Los buenos traen orden al mundo, los malos lo precipitan a la confusión. Los buenos encarnan la inteligencia pura, la verdadera esencia del cielo y la tierra; los malos, la crueldad y todo lo perverso, la esencia del mal. El presente es un reinado próspero y duradero en el que el mundo está en paz, y tanto en la ciudad como en el campo hay mucha gente dotada de buenas esencias. El exceso de tanta buena esencia, al no tener donde ir, se transforma en dulce rocío y en brisas amables que se dispersan por los Cuatro Mares.

Tras una pausa continuó:

—Pero la esencia de la crueldad y la perversidad no tiene un lugar bajo el brillante sol y los cielos serenos, de manera que se aquieta en las cavernas y en las profundidades de los valles. Si el viento la mueve o las nubes la presionan, entonces se agita y permite que escapen algunos de sus fluidos. Si alguno de éstos se encuentra con la esencia pura, el mal siente envidia del bien y el bien se niega a ceder frente al mal. Ninguno prevalece sobre el otro. Es como el viento, la lluvia, el relámpago y el trueno, que no pueden desvanecerse sin más, sino que luchan hasta consumirse. Buscando alguna vía de escape, estas esencias penetran en algunos seres humanos, que llegan al mundo como encarnación de ambas. Esos seres no llegan a convertirse en sabios ni en hombres perfectos, pero tampoco en perfectos canallas. Están dotados de una inteligencia pura que los eleva por encima de sus semejantes, pero su perversidad y su conducta extravagante les hacen caer igualmente por debajo de los demás hombres. Cuando nacen en el seno de familias ricas y nobles, esas personas se convierten en extravagantes soñadores; si nacen en familias pobres pero cultas, se vuelven eruditos o ermitaños de alma noble; si nacen en hogares humildes y desgraciados, nunca llegan a ser correos de alguna prefectura o sirvientes de amos vulgares, sino más bien actores o cortesanas célebres. Vimos en el pasado a ese tipo de gente en Xu You, Tao Qian, Ruan Ji, Ji Kang y Liu Ling, las dos familias de Wang y Xie, Gu Hutou, Chen Shubao, el emperador Minghuang de la dinastía Tang, el emperador Huizong de la dinastía Song, Wen Feiqing, Mi Nangong, Shi Manqing, Liu Qiqing y Qin Shaoyou[11]. Ejemplos más recientes son Ni Yulin, Tang Bohu y Zhu Zhishan[12]. Hay otros casos como Li Guinian, Huang Fanchuo, Jing Xinmo, Zhuo Wenjun, Hongfu, Xue Tao, Cui Yingying y Zhaoyun[13]. Todos ellos, cada uno en su terreno y en su época, fueron esencialmente idénticos.

—¿Estás diciendo que tales personas serán príncipes o ladrones, según triunfen o fracasen en lo que emprendan?

—Exactamente. Creo que no sabes que desde mi destitución he estado viajando por diferentes provincias; pues bien, me he cruzado con uno o dos niños extraordinarios. Por eso pienso que ese Baoyu que has mencionado; pertenece a la misma categoría. Te pondré un ejemplo bastante cercano: ¿Conoces al señor Zhen, el que fuera director de la facultad provincial de Jinling?

—¿Quién no lo conoce? Las familias Zhen y Jia están relacionadas y mantienen una estrecha amistad. He tratado de negocios con los Zhen en muchas ocasiones.

—Pues bien, cuando estuve el año pasado en Jinling alguien me recomendó a los Zhen como preceptor residente. Me sorprendió encontrar una casa tan grande que además supiera combinar la riqueza con la educación. Ese tipo de trabajo no se encuentra fácilmente, y no dudé en aceptarlo. Sin embargo, a pesar de que sólo estaba iniciando su aprendizaje, era más difícil enseñar a mi discípulo que a un aspirante a los exámenes provinciales. Escucha una muestra de las absurdas cosas que decía: «Necesito que dos muchachas me acompañen mientras estudio; de lo contrario los caracteres se me confunden en el cerebro y no puedo aprenderlos». A sus sirvientes les dijo: «La palabra “muchacha” es tan pura y honorable que ni los supremos títulos budistas y taoístas se le pueden comparar. Vuestras bocas sucias y vuestras lenguas viperinas nunca deben violarla: antes de pronunciar esa palabra os enjuagaréis la boca con agua pura o té fragante. Si no lo hicierais, los dientes os crecerán torcidos y se os clavarán en las mejillas». Tenía un carácter temible y podía llegar a ser increíblemente terco y violento, pero apenas concluían las clases se iba con las muchachas y entonces se transformaba en tolerante, sensible y gentil. Su padre le zurró en más de una ocasión hasta casi matarlo, pero eso tampoco mudó su carácter ni un ápice. Cuando el dolor se le hacía insufrible empezaba a gritar: «¡Hermana! ¡Hermanita!». Una vez, en los aposentos interiores, las muchachas se burlaron de él diciéndole: «¿Por qué nos llamas cuando te están zurrando? ¿Quieres que intercedamos por ti? ¿No te da vergüenza?», y tendrías que haber oído su respuesta: «La primera vez que grité no sabía que eso me aliviaría el dolor, pero luego descubrí que funcionaba como por ensalmo. Por eso ahora grito “¡hermana!” en lo peor de la paliza». ¿Has oído alguna vez algo tan absurdo?

Y añadió:

—Por amor a su nieto, la abuela llegaba a menudo a ser descortés conmigo, e incluso a culpar a su propio hijo. Por eso renuncié al empleo. Lo más probable es que un muchacho así pierda su herencia y desperdicie los buenos consejos de maestros y amigos. La lástima es que las jóvenes de su familia son admirables…

—¡Igual que las tres muchachas de la familia Jia! —dijo Zixing—. Yuanchun[14], la hija mayor de Jia Zheng, que nació el primer día del año, fue seleccionada en el Palacio Imperial y nombrada institutriz por su bondad, su piedad filial y sus talentos. La segunda, Yingchun[15], es hija de una concubina de Jia She. La tercera, Tanchun[16], es hija de una concubina de Jia Zheng. Xichun[17], la cuarta, es hermana menor de Jia Zhen, de la mansión Ning. Las llaman «las muchachas Primavera» porque todas tienen el carácter chun en sus nombres. Tanto quiere la Anciana Dama a estas nietas que las pone a estudiar a su lado, en la mansión Rong. De todas tengo muy buenas referencias.

—Prefiero el sistema de la familia Zhen para poner nombres a las hijas —comentó Yucun con desagrado—. Las llaman como a los varones en vez de utilizar nombres floridos como Primavera, Rojo, Fragante o Jade. ¿Cómo ha podido Ja familia Jia rebajarse a prácticas tan vulgares?

—No lo entiendes —repuso Zixing—. A la mayor la llamaron Yuanchun porque nació el día de Año Nuevo[18]. Por eso las otras también llevan la primavera en sus nombres. En cambio, todas las mujeres de la generación anterior tenían nombres como los de los varones. La esposa de tu respetado amo, el señor Lin, que era hermana de Jia She y de Jia Zheng de la mansión Rong, se llamaba de soltera Jia Min. Si no me crees, pregúntalo a tu regreso.

Con una carcajada Yucun golpeó la mesa:

—Con razón mi alumna siempre pronuncia mi en vez de min[19], y al escribirlo se come uno o dos trazos. Me tenía muy intrigado el motivo, pero ahora lo comprendo. Entiendo, además, por qué habla y se comporta de manera tan distinta a la del común de las damitas de hoy en día. Ya sospechaba yo que debía tener una madre muy especial. Si es nieta de la casa Rong, eso lo explica todo. Lástima que su madre muriera el mes pasado…

—Era la menor de las cuatro hermanas, pero ahora también ha desaparecido —dijo Zixing—. Ya no queda ninguna. Y ya veremos los esposos que encuentran para las hijas de la nueva generación…

—Ciertamente —asintió Yucun—. Hace un momento mencionabas al hijo de Jia Zheng, el que nació con un jade en la boca, y te referiste a un niño que dejó su hermano mayor. ¿Y qué hay de Jia She? ¿No tiene hijos?

—Después del nacimiento de Baoyu, Jia Zheng tuvo otro con su concubina, pero de ése no sé nada. O sea, que tiene dos hijos y un nieto. Pero vete a saber cómo son. También Jia She tiene dos hijos. El mayor, Jia Lian, ya tiene más de veinte años y hace dos se casó con una sobrina de la dama Wang, la esposa de Jia Zheng. Este Jia Lian, que se ha hecho con un cargo de subprefecto, no se interesa por los libros pero es muy hábil para las cosas del mundo; vive con su tío Jia Zheng y le ayuda en sus negocios. Desde que se casó se ha visto desplazado por su esposa, una mujer a la que todos elogian. Dicen que es muy guapa y elocuente, y tan astuta y llena de recursos que no hay hombre a su alrededor que se le pueda comparar.

—Todo eso confirma lo que te estaba diciendo. Lo más probable es que todos estos a los que hemos estado aludiendo sean una mezcla de esencias buenas y malas. Todos se parecen.

—Olvídate ya del bien y del mal —protestó Zixing—. No hemos hecho sino chismorrear como comadres. Bébete otra copa.

—Hablando y hablando, ya he bebido demasiado.

—El chismorreo acompaña bien el vino. ¿Por qué no bebes un poco más?

Yucun miró por la ventana.

—Se está haciendo tarde. Pronto cerrarán las puertas de la ciudad. Volvamos dando un paseo y continuemos nuestra charla por el camino.

Dicho lo cual pagaron la cuenta, y ya se disponían a partir cuando una voz resonó a sus espaldas.

—¡Enhorabuena, hermano Yucun! ¿Qué haces aquí, en pleno campo?

Yucun volvió bruscamente la cabeza y vio…

CAPÍTULO III

Amparándose en un personaje influyente,

Jia Yucun recupera su cargo perdido.

Abandonando a su querido padre, Lin Daiyu

emprende viaje a la capital.

Volviéndose, Yucun vio que se trataba de Zhang Ruguei, oriundo de esa localidad y antiguo colega que, tras haber sido depuesto de su cargo por los mismos motivos que él, había regresado a Yangzhou. Ahora bien, Ruguei estaba moviendo los hilos necesarios para encontrar un destino, ya que corría el rumor de que en la capital había sido decretada la restitución en sus cargos de los antiguos funcionarios apartados del servicio. Por eso había felicitado tan efusivamente a Yucun en cuanto lo vio, y, una vez intercambiados los saludos de rigor, no tardó ni un momento en darle la buena nueva. Naturalmente Yucun se alegró, y, después de unos cuantos comentarios nerviosos y apresurados, cada uno se marchó por su lado.

Leng Zixing, que lo había oído todo, propuso inmediatamente a Yucun pedir a Lin Ruhai que gestionase el apoyo de Jia Zheng en la capital. Aceptando el consejo, Yucun volvió para confirmar la noticia en la Gaceta de la Corte, y al día siguiente expuso su caso ante Lin Ruhai.

—¡Qué feliz coincidencia! —exclamó él—. Resulta que, desde la muerte de mi esposa, mi suegra ha estado muy preocupada porque mi hija no tuviera quien la criase, y ha enviado dos juncos con criados para llevarse a la niña a su lado, a la capital, pero yo he retrasado la partida mientras ha estado enferma. Me preguntaba cómo podría devolverle a usted el favor que me ha hecho instruyéndola durante todo este tiempo, y esto me da la oportunidad de mostrarle mi aprecio. Descuide. Escribiré una carta a mi cuñado pidiéndole que haga lo que pueda por usted, como modesta compensación por todo lo que le debo. No se preocupe por cualquier gasto que se ocasione, también eso lo aclararé con él.

Yucun hizo una profunda reverencia y dijo:

—¿Me permite preguntarle qué cargo ostenta su respetable cuñado? Temo ser demasiado vulgar para importunarlo.

Ruhai sonrió:

—Mis humildes parientes pertenecen al mismo clan que usted. Son los nietos del duque de Rongguo. Mi cuñado mayor, Jia She, cuyo nombre de cortesía es Enhou, heredó la graduación de general del primer rango. El segundo, Jia Zheng, cuyo nombre de cortesía es Cunzhou, es subsecretario de la Junta de Obras. Es hombre modesto y generoso como su abuelo. Por eso le escribiré exponiéndole su caso. Si se tratase de algún funcionario arrogante y frívolo yo estaría deshonrando sus altos principios, hermano, y a mí me resultaría despreciable hacer una cosa así.

Sus palabras confirmaron lo que Zixing había dicho el día anterior en la taberna, y Yucun dio de nuevo las gracias a Lin Ruhai.

—Para el viaje de mi hija a la capital he elegido el segundo día del mes que viene —prosiguió Ruhai—. ¿No piensa que a ambos les convendría emprender juntos la jornada?

Yucun asintió prontamente y con profunda satisfacción; luego tomó los presentes y los gastos para el viaje, y comió las viandas que Ruhai le había preparado.

Su alumna Daiyu, que acababa de reponerse de sus males, casi no pudo resistir la idea de separarse de su padre, pero a la postre tuvo que acatar los deseos de su abuela.

—Tengo casi cincuenta años y no pienso volver a casarme —le dijo su padre—. Tú eres joven y tu salud es delicada. No tienes madre que te cuide, ni hermanos o hermanas que se hagan cargo de ti. Yo me quedaré mucho más tranquilo sabiendo que estás con tu abuela y con tus primas. ¿Cómo puedes negarte?

Y la niña partió en un mar de lágrimas acompañada por su ama y algunas sirvientas mayores de la mansión Rong, seguida en otro junco por Yucun y dos pajes.

En su momento llegaron a la capital e hicieron su entrada. Yucun se acicaló, y acompañado de sus pajes se dirigió a la puerta principal de la mansión Rong, donde entregó una tarjeta de visita presentándose como «sobrino» de Jia Zheng.

Jia Zheng, que ya había recibido la carta de su cuñado, le hizo pasar enseguida. Yucun tenía una apariencia impresionante y su conversación distaba mucho de ser vulgar. Dado que Jia Zheng simpatizaba con los eruditos y que, al igual que su difunto abuelo, disfrutaba honrando a los letrados dignos y ayudando a los que estuvieran en apuros, y dado además que éste venía recomendado por su cuñado, Yucun recibió un trato extraordinariamente bueno y toda la ayuda que se le pudo prestar. El mismo día que lo solicitó al trono, Yucun fue rehabilitado y se le indicó que esperase un destino. En menos de dos meses fue enviado a Jinling para ocupar el cargo vacante de gobernador de Yingtian[1]. Despidiéndose de Jia Zheng, eligió un día para trasladarse a tomar posesión de su nuevo cargo. Pero basta ya de hablar de Yucun.

Volvamos a Daiyu. En el embarcadero la esperaban un palanquín de la mansión Rong y unas carretas para su equipaje. Su madre le había hablado mucho del esplendor de la casa de su abuela, y durante los días anteriores se había sentido impresionada por los alimentos, la ropa y la conducta de las sirvientas de rango inferior que la acompañaban. Decidió que debería comportarse con sumo cuidado en su nuevo hogar y mantenerse en guardia todo el tiempo, sopesando cada palabra para no ser el hazmerreír en un momento de descuido. Mientras era trasladada a la ciudad avistó a través de la cortinilla de gasa del palanquín la agitación en las calles, y una multitud como nunca antes había visto.

Tras lo que le pareció un lapso muy largo, llegaron a una calle en cuyo lado norte dos grandes leones de piedra flanqueaban un inmenso portón triple cuyos tiradores eran cabezas de animales, y delante del cual se hallaban sentados diez o doce hombres elegantemente ataviados. El gran portón central estaba cerrado, por lo que la gente entraba y salía por las dos puertas laterales. La puerta principal tenía encima una tabla con grandes caracteres: «Mansión de Ningguo construida por Mandato Imperial». Daiyu comprendió que allí vivía la rama mayor de la familia de su abuela.

Siguiendo un poco hacia el oeste alcanzaron otro imponente portón triple. Era la mansión Rong. En lugar de pasar por la gran puerta central, lo hicieron por una más pequeña del lado oeste. Los portadores llevaron el palanquín un tiro de arco más allá, lo posaron en un recodo y desaparecieron. Las sirvientas que acompañaban a Daiyu ya se habían apeado y se acercaban andando hasta ella. En ese momento tres o cuatro jóvenes de diecisiete o dieciocho años, muy bien vestidos, alzaron el palanquín y avanzaron, seguidos por las criadas, hasta una puerta decorada con diseños florales colgantes tallados en madera. Allí los jóvenes se retiraron y las sirvientas levantaron las cortinillas del palanquín, ayudaron a Daiyu a apearse y la sostuvieron mientras cruzaba el umbral.

En el interior galerías bordeadas por barandas conducían hasta un corredor con tres aposentos en cuyo centro descansaba un biombo de mármol enmarcado en sándalo rojo. Por allí pasaron al patio mayor del edificio principal, y cruzándolo llegaron a cinco aposentos de vigas talladas y columnas decoradas. A cada lado de estos aposentos había otros cuartos con pasadizos techados. De los aleros colgaban jaulas con loros de colores, tordos y otras aves.

Varias sirvientas vestidas de rojo y verde se levantaron sonrientes de la terraza para dar la bienvenida a Daiyu.

—Precisamente hablaba de usted la Anciana Dama —dijeron a gritos—. Aquí está.

Tres o cuatro sirvientas se precipitaron a levantar el cortinaje de la puerta, y pudo oírse una voz que anunciaba: «Ha llegado la señorita Lin».

Lin Daiyu.

Gai Qi (edición de 1879).

Al entrar Daiyu, se le acercó una anciana de cabellos plateados flanqueada por dos criadas. Supo que se trataba de su abuela, pero antes de que pudiera saludarla con un koutou[2], la anciana la rodeó con sus brazos.

—¡Corazón! ¡Carne de mi carne! —exclamó, y prorrumpió en sollozos.

Todos los presentes se cubrieron el rostro y lloraron, y la propia Daiyu no pudo reprimir las lágrimas. Cuando finalmente las demás lograron calmarla, Daiyu hizo un koutou ante su abuela. Ésa era la Anciana Dama Viuda de la familia Shi mencionada por Leng Zixing, la madre de Jia She y de Jia Zheng, que ahora empezaba a presentarle a los miembros de la familia.

—Ésta es la esposa de tu tío mayor, Ésta es la esposa de tu segundo tío. Ésta es la esposa de tu difunto primo Zhu…

Daiyu las fue saludando una por una.

—Traed a las niñas —dijo la abuela—. Hoy podemos dispensarlas de sus clases en honor de esta visitante llegada de lejanas tierras.

Salieron dos doncellas a cumplir la orden, y casi inmediatamente después aparecieron tres jóvenes acompañadas por tres amas y cinco o seis sirvientas.

La primera muchacha era algo gordita y de estatura mediana; sus mejillas tenían la textura de los lichis recién madurados y su nariz era suave como la grasa de ganso. Recatada y amable, parecía de trato fácil. La segunda tenía los hombros caídos y la cintura fina; era alta y delgada, de rostro ovalado, cejas bien marcadas y hermosos ojos danzarines. Se veía elegante y de mente ágil, con un gran aire de distinción. Mirarla era olvidar todo lo vulgar. La tercera aún no había terminado de crecer y conservaba un rostro de niña. Las tres vestían similares túnicas y faldas, idénticos brazaletes y tocados.

Daiyu se incorporó para saludar a sus primas, y después de las presentaciones tomaron asiento mientras las doncellas servían el té. Ahora la charla se centró en la madre de Daiyu. ¿Cómo había caído enferma? ¿Qué remedios recetaron los médicos? ¿Cómo fueron organizadas las ceremonias del entierro y del luto? Inevitablemente, la Anciana Dama fue la más afectada por el relato.

—De todos mis hijos, tu madre era mi preferida —le dijo a Daiyu—. Ahora ella me ha precedido en la partida sin concederme siquiera ver su rostro por última vez. ¡Contemplarte me rompe el corazón!

Y volvió a tomar a Daiyu entre sus brazos y a llorar, mientras las demás se esforzaban en consolarla.

Impresionó a los reunidos la buena educación de Daiyu, pues a pesar de sus pocos años y de su evidente mala salud tenía un aire de natural distinción. Al observar lo frágil de su apariencia le preguntaron qué remedio o tratamiento había estado empleando.

—Siempre he sido así —dijo Daiyu con una sonrisa—. Tomo medicinas desde que me destetaron. Muchos médicos célebres me han examinado, pero ninguna de sus recetas ha surtido efecto. Recuerdo que me contaron como en mi tercer año de vida sé acercó a la casa un monje de cabeza tiñosa que quiso llevarme con él para que me hiciera monja. Mis padres no quisieron saber nada del asunto, y el bonzo dijo: «Si no soportan separarse de ella, lo más probable es que nunca mejore. El único remedio es impedirle que oiga llorar a nadie y vea a otros parientes que no sean su padre y su madre. Solo así llevará una existencia tranquila». Claro que nadie prestó oídos a semejantes sandeces, y ahora sigo tomando píldoras de ginseng.

—Qué casualidad —dijo la Anciana Dama—, aquí estamos haciendo esas píldoras. Me encargaré de que también hagan para ti.

En ese preciso instante estallaron unas risotadas en el patio trasero y una voz exclamó:

—¡Llego tarde a saludar a la visitante que llega de lejanas tierras!

Sorprendida, Daiyu pensó: «Aquí la gente es tan respetuosa y solemne que todos parecen estar conteniendo la respiración. ¿Quién puede ser esa persona tan ruidosa y engreída?».

Así pensaba Daiyu cuando entró por la puerta trasera un tropel de matronas y doncellas rodeando a una joven. A diferencia de las otras muchachas, ésta venía ricamente ataviada y resplandecía como un hada. Perlas y otros dijes sujetaban su tiara de filigrana de oro. Sus peinetas tenían la forma de cinco fénix enfrentados al sol, y su gargantilla de oro puro la de un dragón enroscado con incrustaciones de gemas. Llevaba pendientes de perlas y aretes dobles de jade rojo y, prendidas de la falda, borlas de color verde alverja. Vestía una casaca ceñida de satén rojo bordada con mariposas y flores de oro; sobre su Capa turquesa, forrada en piel de ardilla blanca, diseños de seda multicolor; en su falda de crepé verde esmeralda, dibujos floreados. Tenía los ojos almendrados de un fénix; las cejas inclinadas, largas y lánguidas como hojas de sauce. Su figura era esbelta y sus modales vivaces. Mostraba su rostro un encanto primaveral que ocultaba una malicia latente, y antes de que sus labios carmesí llegaran a abrirse vibró el tintineo de su risa.

Daiyu se levantó de inmediato a saludarla.

—Todavía no la conoces. —La Anciana Dama soltó una risita—. Es el terror de esta casa. En el sur la llamarían Pimiento Picante. Llámala simplemente Fénix Picante.

Daiyu no supo cómo dirigirse a ella hasta que sus primas acudieron en su ayuda.

—Es la esposa del primo Lian —le dijeron.

Aunque nunca la había conocido, Daiyu sabía por su madre que Jia Lian, el hijo de su tío mayor Jia Shen, se había casado con la sobrina de la dama Wang, la esposa de su segundo tío. Había sido educada cómo un muchacho y recibido el nombre escolar de Xifeng, «Hermano Fénix». Daiyu la saludó enseguida sonriéndole:

—Prima.

Xifeng la tomó de la mano y acto seguido la miró de pies a cabeza. Luego, la condujo de vuelta a su lugar junto a la Anciana Dama.

—¡Bien! —exclamó con una carcajada—. Es la primera vez que pongo mis ojos encima de una criatura tan encantadora. ¡Todo su porte es distinguido! Nada tiene que ver con su padre, yerno de nuestra anciana abuela. Más parece de los Jia. Con razón tu anciana abuela no podía dejar de pensar en ti y sólo de ti hablaba. ¡Pobrecilla mi desdichada primita, perder a su madre tan temprano!

Dicho lo cual se enjugó unas lágrimas con su pañuelo.

—Acabo de secar mis lágrimas. ¿Acaso quieres que vuelva a empezar? —dijo la anciana con aire juguetón—. Tu joven prima llega de un largo viaje y su salud es delicada. Acabamos de conseguir que cese su llanto, así que no empieces tú ahora.

Xifeng trocó automáticamente su dolor en alegría.

—¡Claro! —gritó—. Ver a mi primita me sumió en dolor y alegría al mismo tiempo, y por eso olvidé a nuestra anciana abuela. Merezco que me apaleen.

Tomando a Daiyu de la mano le preguntó:

—¿Qué edad tienes, prima? ¿Ya has empezado tus estudios? ¿Qué medicinas estás tomando? No debes echar de menos tu casa entre nosotros. Si te apetece alguna comida especial o algo para jugar, no dudes en pedírmelo. Si las doncellas y las viejas amas no se portan bien contigo, dímelo enseguida.

Entonces se volvió a las sirvientas:

—¿Ya habéis entrado el equipaje y las cosas de la señorita Lin? ¿Cuánta gente ha traído? Daos prisa y disponed un par de cuartos donde puedan descansar.

Entretanto habían servido dulces y té, y, mientras Xifeng los repartía, la dama Wang le preguntó si había distribuido la asignación mensual correspondiente.

—Ya se distribuyó —confirmó Xifeng—. Acabo de llevar a una gente al almacén trasero de arriba para buscar brocado, pero a pesar de que buscaron durante largo rato no pudieron encontrar del tipo que nos describió ayer, mi señora. ¿Es posible que su memoria le haya jugado una mala pasada?

—No importa que no haya de ese tipo —dijo la dama Wang—. Tú elige dos cortes para hacerle alguna ropa a tu primita. No olvides buscarlos esta noche.

—Ya lo he hecho —respondió Xifeng—. Sabiendo que mi prima podía llegar en cualquier momento preferí dejar todo listo. El género está en sus habitaciones esperando que usted lo inspecciones. Si lo aprueba lo enviaré enseguida.

La dama Wang sonrió con un leve gesto de aprobación.

Después fueron retirados el té y los dulces, y la Anciana Dama ordenó a dos amas que llevaran a Daiyu a saludar a sus dos tíos.

Inmediatamente la dama Xing, esposa de Jia She, se incorporó para sugerir:

—¿No sería más sencillo que yo misma llevara a mi sobrina?

—Muy bien —accedió la Anciana Dama—, y ya te puedes quedar allí.

Asintió la dama Xing y luego pidió a Daiyu que se despidiera de la dama Wang, tras lo cual fueron acompañadas por las demás hasta el vestíbulo. Fuera, frente a la puerta decorada, unos pajes esperaban junto a una carroza de laca azul con visillos verde esmeralda a que subieran la dama Xing y su sobrina. Luego, las doncellas dejaron caer las cortinillas y dieron a los porteadores la orden de partir. Éstos llevaron la carroza hasta un lugar despejado donde le aparejaron una mula dócil. Salieron por la puerta lateral del oeste y desde allí se dirigieron hacia el este, más allá de la entrada principal de la mansión Rong, hasta cruzar un gran portón de laca negra y detenerse frente a una puerta ceremonial.

Cuando los pajes se hubieron retirado, se alzaron las cortinas y la dama Xing condujo a Daiyu hasta el patio. A la muchacha le dio la impresión de que esos patios y edificios aún debían formar parte del jardín de la mansión Rong, pues observó, después de cruzar tres puertas ceremoniales, que los salones, los aposentos laterales y los corredores techados eran más pequeños pero todavía de muy buena factura. No tenían el esplendor imponente de la otra mansión, pero no les faltaban árboles, plantas y jardines de rocas.

Al entrar en el salón central fueron saludadas por una multitud de concubinas y doncellas muy maquilladas y ricamente vestidas. La dama Xing invitó a Daiyu a tomar asiento, mientras enviaba a una sirvienta a la biblioteca para pedir a su esposo que viniera.

Un momento después la mensajera volvió con el siguiente recado:

—Dice el señor que no se ha sentido muy bien estos últimos días, y que un encuentro con la joven dama no haría sino turbar a ambos. Que por el momento no se encuentra con ánimo para hacerlo. Que la señorita Lin no debe entristecerse o incomodarse, sino sentirse como en su casa junto a la abuela y sus tías. Que quizá sus primas le parezcan algo tontas, pero le servirán de compañía y ayudarán a distraerla. Que si alguien la tratara mal debe decírnoslo y no considerarnos extraños.

Daiyu se había incorporado respetuosamente para recibir el mensaje. Poco después volvió a levantarse para partir. La dama Xing insistió en que se quedara a cenar.

—Gracias, tía, es usted demasiado amable —dijo Daiyu—. Hago mal en negarme, pero no estaría bien que demorase más la visita a mi segundo tío. Le ruego que me disculpe y me permita quedarme en otra ocasión.

—Tienes razón —dijo la dama Xing, y a continuación ordenó a varias sirvientas mayores que acompañasen a su sobrina de vuelta en el carruaje, hecho lo cual Daiyu se despidió. Su tía la acompañó hasta la puerta ceremonial, y después de dar algunas instrucciones adicionales a las sirvientas esperó hasta que hubieron partido.

De vuelta en la mansión Rong, Daiyu volvió a apearse. Las amas la llevaron hacia el este, a la vuelta de una esquina, y luego a través de un elegante salón de entrada que daba a un gran patio. El edificio norte tenía cinco grandes secciones, y alas a cada lado. Ése era el eje de toda la finca, más impresionante de lejos que los aposentos de la Anciana Dama.

Daiyu comprendió que se trataba de la principal edificación interior, pues una ancha avenida conducía directamente hasta su puerta. Una vez dentro del salón levantó la vista y llamó su atención una gran tabla azul sobre la que había nueve dragones dorados y, en enormes caracteres también dorados, la siguiente inscripción: «Salón de la Felicidad Gloriosa». Luego, unos caracteres menores registraban la fecha en que el emperador había obsequiado esa tabla a Jia Yuan, duque de Rongguo, y, por fin, el sello imperial.

Sobre una gran mesa de sándalo rojo tallado con dragones se elevaba un viejo trípode de bronce verde de tres pies de altura. De la pared colgaba un gran rollo con el dibujo de unos dragones negros cabalgando sobre las olas, y a su lado descansaban un vaso de vino de bronce con incrustaciones de oro, y un bol de cristal. Apoyados en las paredes se alineaban dieciséis sillones de cedro, y, sobre éstos, dos paneles de ébano con el siguiente pareado grabado en plata:

Las perlas de los sentados en torno a esta mesa brillan más que el sol y la luna;

las insignias de honor de los huéspedes relumbran en el salón como nubes iridiscentes.

Bajo el texto unos caracteres diminutos informaban de que éste había sido compuesto por el príncipe de Dong’an, que firmaba Mu Shi y se consideraba paisano y viejo amigo de la familia.

Las amas llevaron a Daiyu a este salón principal, puesto que la dama Wang rara vez lo utilizaba y prefería para su descanso tres cuartos del lado oriental.

El enorme kang[3] situado junto a la ventana estaba cubierto con una alfombra importada de color escarlata. En el centro había unos cojines rojos y unos cabezales de color turquesa; unos y otros estaban adornados con medallones de dragón que decoraban igualmente un largo colchón de color amarillo verdoso. A cada lado, una mesita de laca en forma de flor de ciruelo. Sobre la de la izquierda había un trípode, unas cucharitas, unos palillos y un recipiente para el incienso; sobre la mesa de la derecha, un estilizado florero de porcelana del horno de Ruzhou[4] con flores de la estación, así como tazones para el té y una escupidera. Al pie del kang, frente a la pared occidental, cuatro sillones tapizados de rojo brillante salpicado de flores rosadas, a cuyos pies había un escabel. A cada lado había una mesa con tazas de té y floreros. No es preciso describir detalladamente el resto del cuarto.

Las amas pidieron a Daiyu que se sentara sobre el kang, en cuyo borde había dos cojines de brocado. Sin embargo, ella consideró que hacerlo hubiera sido petulante, y eligió uno de los sillones del lado oriental. Las doncellas sirvieron té, y Daiyu las fue estudiando mientras lo bebía. Observó su maquillaje, su ropa y su conducta, claramente distintos a los que se daban en otras familias. Antes de que hubiera terminado su té entró una doncella con un abrigo de seda roja y casaca de satén azul sin mangas ribeteada de seda, que anunció con una sonrisa:

—La señora pide a la señorita Lin que vaya a sentarse junto a ella.

Inmediatamente las amas condujeron a Daiyu por el corredor oriental hasta un pequeño aposento con tres cuartos orientado al sur. Sobre el kang situado bajo la ventana descansaba una mesita cargada de libros y un servicio de té. Apoyados en la pared había un cojín de satén azul bastante usado, y una almohada. La dama Wang estaba sentada frente a la pared oriental, sobre una manta de satén azul que revelaba un uso considerable, con otro cojín y otra almohada. Invitó a su sobrina a sentarse frente a ella, pero Daiyu, intuyendo que ése era el lugar de su tío Jia Zheng, eligió uno de los tres sillones contiguos al kang, que tenían unas fundas punteadas de negro bastante gastadas. Su tía tuvo que insistirle mucho para que se sentara a su lado.

—Hoy es día de ayuno para tu tío; podrás verlo en otra ocasión —dijo la dama Wang—. Quisiera decirte una cosa. Tus tres primas son excelentes muchachas y seguro que te llevarás muy bien con ellas en las clases, o aprendiendo a bordar o jugando. Pero quien me preocupa es mi terrible hijo, la ruina de mi vida, que nos atormenta a todos como un verdadero demonio. Hoy ha ido al templo a cumplir un voto, pero ya le verás la cara cuando regrese esta noche. Simplemente no le prestes atención. Ninguna de tus primas se atreve a provocar su enfado.

A menudo su madre le había hablado a Daiyu de ese sobrino nacido con un trozo de jade en la boca, de su conducta cerril, de su aversión al estudio y de su pasión por jugar en los aposentos de las mujeres; y los mimos de su abuela lo hacían aún más incontrolable. Así, supo que era a él a quien se refería la dama Wang.

—¿Mi tía se está refiriendo a mi primo mayor, el del jade en la boca? Mi madre me hablaba de él a menudo. Sé que tiene un año más que yo, que su nombre es Baoyu, y que a pesar de sus travesuras es muy bueno con sus primas. ¿Por qué habría de provocar su enfado? Además, pasaré todo mi tiempo con las demás muchachas en los aposentos interiores, mientras que nuestros primos estarán en los patios exteriores.

—No lo entiendes —respondió riendo la dama Wang—. No es como los demás muchachos. Como es el preferido de su abuela, que siempre ha querido tenerlo cerca, se ha acostumbrado a vivir en los aposentos interiores, entre muchachas. Si no le hacen caso se queda tranquilo y, aunque se aburre, puede entretenerse gritando a alguno de sus pajes. Pero si las muchachas lo alientan lo más mínimo, entonces su entusiasmo le lleva a cometer todo tipo de diabluras. Por eso no debes prestarle atención, pues si un instante es encantador, al siguiente se vuelve recalcitrante y duro y un minuto más tarde está dando alaridos de lunático. No se le puede tomar en serio.

Daiyu prometió tenerlo en cuenta. A continuación una doncella anunció que la cena sería servida en los aposentos de la Anciana Dama. Entonces la dama Wang condujo a su sobrina a través de una puerta trasera por un corredor que avanzaba hacia el oeste, y a través de una puerta lateral, hasta un ancho camino que iba de norte a sur. En el lado sur había un bonito anexo de tres cuartos que daba al norte; en el lado norte había una gran pared-biombo pintada de blanco, detrás de la cual una puerta conducía a un cuarto.

—Allí vive tu prima Xifeng —dijo la dama Wang señalando el lugar—, así que la próxima vez ya sabes dónde encontrarla. Si necesitas algo, basta con que se lo digas.

Junto al portón, varios pajes muy jóvenes peinados con dos rodetes permanecían atentos a cualquier orden. A través de un salón de entrada que iba de este a oeste, la dama Wang condujo a Daiyu hasta el patio trasero de la Anciana Dama. Al cruzar la puerta posterior se encontraron con mucha gente allí reunida que empezó a disponer mesas y sillas en cuanto apareció la dama Wang. Li Wan, la viuda de Jia Zhu, sirvió el arroz, mientras Xifeng distribuía los palillos y la dama Wang servía la sopa.

La Anciana Dama ocupó sola un diván a la cabecera de la mesa, dejando dos asientos vacíos a cada lado. Xifeng tomó de la mano a Daiyu y la llevó hasta el primer lugar de la izquierda, pero la muchacha se negó con insistencia a tal honor.

—Tu tía y tus cuñadas no cenan aquí —precisó su abuela con una sonrisa—. Además hoy eres una invitada, así que debes ocupar ese lugar.

Daiyu obedeció mientras murmuraba una disculpa. Luego, la Anciana Dama dijo a la dama Wang que se sentara, y después pidieron permiso para sentarse las muchachas Primavera: Yingchun se acomodó la primera a la derecha, Tanchun la segunda a la izquierda y Xichun la segunda a la derecha. Las doncellas prepararon espantamoscas de crin, recipientes para enjuagarse la boca y servilletas, mientras Li Wan y Xifeng, de pie detrás de las comensales, les presentaban un plato tras otro.

El cuarto exterior hervía de amas y doncellas, y sin embargo no se oía ni una tos. La cena transcurrió en silencio, y apenas hubo acabado llegó el té en unas pequeñas bandejas. Lin Ruhai había inculcado a su hija las virtudes de la moderación, previniéndola del daño que causaba al aparato digestivo beber té directamente después de una comida. Pero aquí muchas costumbres eran distintas a las de su casa, y Daiyu consideró que tendría que adaptarse a esos nuevos usos. Por eso aceptó el té, y cuando vio que aparecían los recipientes para enjuagarse la boca, optó por hacer como las demás. Cuando se hubieron lavado las manos reapareció el té, esta vez para ser bebido[5].

—Vosotras os podéis marchar ya —dijo entonces la Anciana Dama—. Quiero charlar con mis nietas.

Inmediatamente la dama Wang se levantó, y tras unos cuantos comentarios protocolarios emprendió la salida, seguida por Li Wan y Xifeng. Entonces la abuela preguntó a Daiyu qué libros había estudiado.

—Acabo de leer los Cuatro Libros[6], pero soy muy ignorante —dijo Daiyu, quien, a su vez, preguntó qué estaban leyendo las otras muchachas.

—Sólo conocen unos cuantos caracteres, demasiado pocos para leer un libro.

No había terminado de decir estas palabras cuando se oyeron pasos en el patio y apareció una doncella que anunció: «Ha llegado el señor Baoyu».

Daiyu se preguntó entonces qué clase de bribón sin gracia o de tonto; sería, y sintió pocos deseos de conocer a criatura tan estúpida en el instante mismo en que entraba. Lucía una diadema dorada con incrustaciones de joyas y una guirnalda en forma de dos dragones combatiendo por una perla. Vestía una casaca roja de arquero con un bordado de flores y mariposas doradas, atada con una banda de palacio con Borlas de muchos colores. Cubriéndolo todo llevaba un abrigo de satén japonés color turquesa, adornado con relieves de flores dispuestas en ramos de a ocho. Sus botas de corte eran de satén negro con suelas blancas. Tenía el rostro radiante como una luna otoñal, la piel fresca como las flores primaverales al alba. Llevaba el cabello sobre las sienes recortado con una precisión que parecía proceder de un tajo de navaja. La negrura de sus cejas parecía trazada con tinta, sus mejillas eran rojas como flores de durazno, y sus ojos brillantes como los rizos de un lago en otoño. Hasta en sus momentos de furia parecía sonreír, e incluso con el ceño fruncido conservaba cierta candidez en la mirada. Al cuello llevaba un collar dorado en forma de dragón y un cordón de seda de cinco colores del que colgaba un bellísimo fragmento de jade.

La brusca aparición de Baoyu sobresaltó a Daiyu. «¡Qué raro! —pensó—. Es como si lo hubiera visto antes. Me parece tan familiar…»

Baoyu presentó sus respetos a la Anciana Dama y luego, por indicación de ésta, acudió a ver a su madre. Poco después regresó, vestido ya de otra manera. Ahora llevaba el cabello corto en pequeñas trenzas sujetas con seda roja y recogidas sobre la coronilla en una sola, gruesa, negra y lustrosa como la laca, con cuatro grandes perlas prendidas a lo largo de la misma y ocho colgantes dorados en su extremo. Su abrigo, de dibujos floreados sobre un fondo rojo vivo, no era nuevo. Llevaba todavía el collar, el precioso jade, un amuleto en forma de candado con su nombre búdico, y un amuleto de la buena suerte. Por debajo asomaban pantalones de satén floreado verde claro, calzas con puntos negros y bordes de brocado, y unos zapatos escarlata de suela gruesa. De tan claro, su rostro parecía empolvado; y sus labios, como pintados con carmín. Tenía una mirada llena de afecto y una conversación salpicada de sonrisas. Pero donde más se manifestaba su encanto natural era en las cejas, pues sus ojos emitían un mundo de sentimientos. Sin embargo, a pesar de lo atractivo de su apariencia era difícil percibir qué yacía bajo ella.

Mucho tiempo después alguien hizo, un admirable retrato de Baoyu en estos poemas, escritos sobre la melodía Xijiangyue («La Luna sobre el Río del Oeste»):

Angustia y melancolía cortejaba sin razón,

y a veces se comportaba como idiota o loco.

Aunque fue de porte apuesto,

díscolo y vacío tuvo el corazón.

Obtuso, no comprendía sus deberes;

terco, no se aplicaba en sus estudios.

Fue temerario en extravagancia,

y no escuchó el reproche y la difamación.

Privilegios y tesoros no sabía disfrutar;

cuando pobre, no podía soportar los sufrimientos.

Lástima que derrochara sus años mejores

defraudando al país y a su familia.

Era el inútil más grande del mundo,

no tiene par su indignidad.

Petimetres y noblecillos, permítanme aconsejar:

¡No imiten la perversidad de este joven!

Sonriéndole a su nieto, la Anciana Dama le riñó:

—¿Qué es eso de mudarse de ropa antes de saludar a nuestra invitada? Date prisa en presentar tus respetos a tu prima.

Baoyu había visto a su prima al entrar, y enseguida había adivinado que se trataba de la hija de su tía Lin. Se apresuró a hacer una reverencia, y tras el saludo tomó asiento. Al mirarla de cerca la encontró distinta a las otras muchachas. Tenía el ceño elevado, pero a la vez no fruncido; sus elocuentes ojos mostraban alegría y dolor al mismo tiempo; su delicada fragilidad le daba un aire singular. Sus ojos brillaban de lágrimas, su aliento era leve y suave. En reposo parecía una flor adorable reflejada en un estanque; al moverse semejaba un flexible sauce meciéndose al viento. Se la veía más inteligente que Bi Gan[7], más delicada que Xi Shi[8].

—Yo he visto antes a esta prima —observó Baoyu.

—Otra vez con tus tonterías —dijo su abuela riendo—. ¿Cómo la podrías haber conocido?

—Su rostro me resulta familiar. Tengo la impresión de que somos viejos amigos que se vuelven a encontrar después de una larga separación.

—Tanto mejor —la Anciana Dama se rió—. Eso significa que podréis ser buenos amigos.

Baoyu fue a sentarse junto a Daiyu y volvió a mirarla fijamente.

—¿Has leído mucho, prima? —preguntó.

—No —dijo Daiyu—. Sólo he estudiado un par de años y aprendido unos cuantos caracteres.

—¿Cómo te llamas?

Se lo dijo.

—¿Y tu nombre de cortesía?

—No tengo.

—Entonces te pondré uno —propuso con una risita—. ¿Qué mejor nombre que Pin-pin[9]?

—¿De dónde has sacado eso? —intervino Tanchun.

—De la Verificación general de hombres y objetos antiguos y actuales, que dice que en Occidente hay una piedra llamada dai que puede sustituir al grafito para pintar las cejas. Como las cejas de la prima Lin se ven medio fruncidas, ¿qué mejor nombre de cortesía para nuestra prima que esos dos caracteres?

—Te lo estás inventando todo —terció Tanchun.

—Fuera de los Cuatro Libros, casi todas las obras son inventadas. ¿Soy acaso el único que inventa cosas? —replicó con una sonrisa.

Y a continuación, para espanto de todos, preguntó a Daiyu si ella tenía una piedra de jade.

Imaginando que pensaba en su propia piedra, ella respondió:

—No, supongo que es un objeto demasiado extraordinario como para que cualquiera tenga uno.

Y en ese momento, inopinadamente, Baoyu sufrió un ataque de furia. Se arrancó el jade y lo arrojó con rabia al suelo.

—¡¿Qué tiene de extraordinario?! —rugió—. Ni siquiera sirve para distinguir a la buena gente de la mala. ¿Cuáles son sus facultades trascendentales? No me interesa nada este trasto.

Todas las doncellas se abalanzaron consternadas a recoger el jade, mientras la Anciana Dama tomaba desesperada a Baoyu entre sus brazos.

—¡Monstruo perverso! Rúgele a la gente si estás furioso, pero no tires ese precioso objeto del que depende tu vida.

Con el rostro cubierto de lágrimas, Baoyu sollozaba:

—Aquí ninguna de las muchachas tiene uno, sólo yo. ¿Qué grada tiene entonces? Ni siquiera esta prima recién llegada, adorable como un hada, tiene uno. Lo que demuestra que no sirve para nada.

—Una vez lo tuvo —le mintió la anciana para tranquilizarlo—, pero cuando tu tía agonizaba y no quería dejar atrás a tu prima, lo mejor que se le ocurrió a ella fue que su madre partiese con el jade. Fue como enterrar a los vivos con los muertos y reveló la piedad filial de tu prima. Por eso el espíritu de tu tía puede ver a su hija todavía. Te dijo que no tenía un jade por no jactarse de ello. ¿Cómo te atreves a compararte con ella? Y ahora vuelve a ponértelo con cuidado antes de que tu madre se entere.

Tomó el jade de manos de una de las doncellas y se lo puso ella misma. Y Baoyu, que había creído la historia, olvidó el asunto.

Entró en ése momento un ama preguntando qué aposentos se destinarían a Daiyu.

—Trasladad a Baoyu al cuarto interior de mis aposentos —dijo su abuela—. Por el momento la señorita Lin puede ocupar el bishachu[10]. Con la primavera haremos un arreglo distinto.

—Abuela, querida abuela —alegó Baoyu—, déjame quedarme en el exterior del bishachu. Estaré muy bien en esa cama del cuarto de fuera. ¿Por qué mudarme a un sitio donde sólo sería una molestia?

Tras dudarlo un momento, la Anciana Dama accedió. Cada uno sería atendido por un ama y una doncella, mientras otras personas estarían a su disposición durante las guardias nocturnas. Xifeng ya había hecho llegar al aposento de Daiyu una cortina floreada de color lavanda, cobertores forrados de satén y colchones bordados.

Daiyu sólo se había hecho acompañar por el ama Wang, su vieja nodriza, y por Xueyan, una doncella de diez años que también la servía desde niña. Consideró la Anciana Dama a Xueyan demasiado joven, y al ama Wang demasiado vieja para ser de utilidad, por lo cual cedió a Daiyu una de sus propias sirvientas, una doncella de segundo grado llamada Yingge. Al igual que Yingchun y las otras damitas, Daiyu recibió, además de su nodriza, cuatro amas de compañía, dos doncellas de servicio personal que cuidaran de su aseo y cuatro o cinco muchachas para barrer los cuartos y llevar recados.

El ama Wang y Yingge acompañaron a Daiyu hasta el aposento de gasa verde, mientras que el ama Li, la nodriza de Baoyu, iba con su doncella principal, Xiren, a prepararle al muchacho la cama grande del cuarto exterior.

Xiren, cuyo nombre original era Zhenzhu, había Sido una de las doncellas de la Anciana Dama. Tanto se preocupaba la anciana por el bienestar de su nieto que, para asegurarse de que estuviera bien atendido, le cedió a su favorita. Baoyu sabía que su apellido era Hua[11], y recordaba un verso que decía: «La fragancia de las flores atrapa a los hombres.» Por eso había pedido a su abuela autorización para cambiarle el nombre y llamarla Xiren[12].

Xiren era muy leal. Cuando cuidaba de la Anciana Dama no pensaba sino en la Anciana Dama, y tras recibir el encargo de cuidar a Baoyu no pensaba sino en Baoyu. Sólo le preocupaba que éste fuese demasiado terco y no escuchara sus consejos.

Aquella noche, cuando ya Baoyu y el ama Li dormían, Xiren se dio cuenta de que Daiyu y Yingge aún estaban despiertas en los cuartos interiores. Entró allí de puntillas en ropa de dormir, y preguntó:

—¿Por qué está aún despierta, señorita?

—Por favor, hermana, siéntate —la invitó Daiyu con una sonrisa.

Xiren se sentó al borde de la cama.

—La señorita Lin ha estado llorando de preocupación todo este tiempo —dijo Yingge—. Dice que el mismo día de su llegada ha provocado un ataque de ira a nuestro amo. Nunca se lo hubiera perdonado si ese jade llega a romperse. He estado tratando de calmarla.

—No lo tome en serio —dijo Xiren—. Temo que más adelante lo verá comportarse de manera más absurda todavía. Si se deja preocupar por su conducta no tendrá un solo momento de descanso. No debe ser tan sensible.

—Recordaré lo que me has dicho —prometió Daiyu—. ¿Pero puedes decirme de dónde vino ese jade suyo y qué dice la inscripción que lleva?

Xiren contestó:

—En toda la familia no hay nadie que sepa de dónde procede. Tengo entendido que fue encontrado en su boca cuando nació, y que ya tenía un agujero para pasarle un cordón. Déjeme traerlo para enseñárselo.

Pero Daiyu no aceptó, pues ya era tarde.

—Puedo mirarlo mañana —concluyó.

Charlaron un poco más y se fueron a dormir.

A la mañana siguiente, Daiyu fue a presentar sus respetos a la Anciana Dama y de allí pasó a los aposentos de la dama Wang, a la que encontró discutiendo con Xifeng una carta llegada de Jinling. Estaban acompañadas por dos matronas que habían traído un mensaje de la casa del hermano de la dama Wang.

Daiyu no comprendió lo que sucedía, pero Tanchun y las demás sabían que el tema de discusión era Xue Pan, el hijo de la tía Xue de Jinling. Amparándose en sus poderosos parientes, Xue Pan había mandado apalear a un hombre hasta matarlo y ahora estaba a punto de ser juzgado en la corte de la prefectura de Yingtian. Al ser informado de esto, Wang Ziteng, el hermano de la dama Wang, había enviado esas mensajeras a la mansión Rong para pedir que la familia Xue fuera invitada a la capital.

Xiren.

Gai Qi (edición de 1879).

CAPÍTULO IV

Una muchacha infortunada se tropieza

con un hombre infortunado.

Un bonzo de mente confusa propone

una sentencia confusa.

Daiyu y las otras muchachas habían encontrado a la dama Wang discutiendo asuntos familiares con unas mensajeras enviadas por su hermano; así supieron que su sobrino Xue Pan estaba implicado en un caso de asesinato. Como la vieron tan ocupada, las muchachas buscaron a Li Wan.

Li Wan era la viuda de Jia Zhu, el cual había muerto joven dejando afortunadamente un hijo, Jia Lan, que a la sazón tenía cinco años e iniciaba su aprendizaje. El padre de Li Wan, Li Shouzhong, un notable de Jinling, había sido responsable del Colegio Imperial. Todos los vástagos de su clan, hombres y mujeres, se habían dedicado al estudio de los clásicos, pero cuando él llegó a ser cabeza de su familia impuso la idea de que la mujer más virtuosa es la mujer sin talento. En consecuencia, los estudios de su hija Wan alcanzaron sólo el nivel suficiente para poder leer unas cuantas obras: los Cuatro libros al alcance de las muchachas y Biografías de mujeres ejemplares; obras que le sirvieran para aprender algunos caracteres, conocer los méritos de las mujeres dignas de anteriores dinastías, y le permitieran dedicar toda su atención al bordado y otras labores domésticas. Por eso la llamó Li Wan y le dio el nombre de cortesía de Gongcai[1]. Así pues, esta joven viuda que vivía en la opulencia era sin embargo madera muerta o cenizas frías, y el mundo exterior no despertaba su interés. Aparte de atender a sus mayores y cuidar a su hijo, su única ocupación consistía en acompañar a las muchachas cuando bordaban o leían. En su calidad de invitada, Daiyu disfrutaba de esas reuniones, y la compañía de sus primas le hacía sentirse como en casa, salvo en los momentos en que echaba de menos a su padre.

Pero volvamos a Jia Yucun. Apenas hubo tomado posesión de su nuevo cargo de gobernador de Yingtian cuando llegó a su despacho un caso de homicidio. Dos hombres habían reclamado a la misma doncella, a la que ambos aseguraron haber comprado. Ninguno quiso ceder ante el otro, y uno de ellos había sido golpeado hasta morir. Yucun citó al denunciante para que prestara declaración.

—La víctima era mi amo —testificó el denunciante—. Compró una doncella ignorando que había sido secuestrada, y pagó en plata. Nos dijo que la llevaría a casa cuando pasaran tres días, ya que ésa sería una fecha propicia, pero cuando acudimos a recogerla resultó que el secuestrador la había vendido en secreto a la familia Xue. Fuimos a exigirles que nos entregaran a la muchacha, pero, con su dinero y sus sólidos padrinos, los Xue roncan tranquilos en Jinling. Sus matones dieron una paliza a mi amo, a consecuencia de la cual murió, y después de haberlo matado desaparecieron junto a su señor sin dejar rastro, quedando atrás para dar la cara unas cuantas personas sin responsabilidad. Hace un año les puse una demanda, pero quedó en nada. Suplico a Su Señoría que arreste a los criminales, castigue a los malvados y ayude a la viuda y al huérfano. ¡La gratitud del muerto será eterna!

—¡Qué escándalo! —exclamó Yucun indignado—. ¿Cómo es posible que se cometa un crimen y los asesinos escapen impunemente?

Ya se disponía a cursar la orden para que fueran detenidos e interrogados los parientes de los criminales y así poder descubrir su paradero, cuando un asistente que estaba junto a su mesa le lanzó una mirada de advertencia. Como no comprendiera la razón de tal gesto, Yucun no siguió adelante y, dejando el tribunal, se dirigió a su despacho. Una vez allí ordenó que salieran todos los presentes a excepción de aquel asistente, que se prosternó ante él y luego le dijo con una sonrisa:

—Su Señoría ha llegado muy alto en el mundo oficial. ¿Me recuerda todavía, ocho o nueve años después?

—Me suena tu cara, ciertamente, pero no sé de qué.

—Ya se sabe que los altos funcionarios tienen mala memoria —dijo el asistente—. ¿Así que Su Señoría ha olvidado el rincón donde empezó, y todas las cosas que vivió en el templo de la Calabaza?

El desconcertante comentario devolvió a la mente de Yucun, con el estrépito de un trueno, todo su pasado. Ese asistente había sido novicio en el templo de la Calabaza, y cuando el incendio lo dejó en la calle, harto ya de la rutina monacal, decidió trabajar en una oficina del gobierno. Aprovechó para dejarse crecer de nuevo el pelo y obtener el empleo de asistente. Por eso Yucun no lo había reconocido.

—Así que somos viejos conocidos… —dijo el gobernador tomándole la mano. Lo invitó a sentarse, pero el asistente declinó el honor y Yucun insistió—: Fuimos amigos en mis días de penuria y además estamos a solas. ¿Cómo vas a quedarte de pie todo el tiempo si vamos a conversar largamente?

Entonces, con muchísimo respeto, el asistente se apoyó en el borde de una silla. Yucun le preguntó por qué le había impedido con su gesto cursar las órdenes de detención.

—Supongo que ahora que Su Señoría ha venido a ocupar el cargo de gobernador no habrá dejado de copiar el Amuleto Protector de los Funcionarios de esta provincia… —dijo el asistente.

—¿Amuleto Protector de los Funcionarios? ¿Qué es eso?

—No me diga que nunca ha oído hablar de él. Si es así, no durará mucho en el cargo. En los tiempos que corren todos los funcionarios tienen en su poder una lista secreta de las familias más poderosas, ricas y encumbradas de su provincia, y en cada provincia existe una lista semejante. Ofender inadvertidamente a una de esas familias puede costarle a uno no sólo el cargo sino también la vida. Por eso lo llaman Amuleto Protector. Y resulta que esa familia Xue que acaba de ser mencionada no es de las que Su Señoría se pueda permitir ofender. Si este caso no fue resuelto antes se debió a que su antecesor quiso tener un gesto de deferencia hacia ellos.

Entonces se sacó de la manga una lista, escrita en pésimos versos, de las familias más notables de ese distrito; contenía anotaciones acerca de su genealogía, sus diferentes rangos y sus ramas familiares. Comenzaba diciendo:

Los caballos de oro

y las alas de jade

de los Jia de Jinling

no son bisutería[2].

Descendieron veinte ramas del duque de Ningguo y del duque de Rongguo. Sin contar las ocho ramas de la capital, existen otras doce en su distrito natal.

Vasto palacio de A Pang[3],

digno de un mandarín,

no caben en tus salones

todos los Shi[4] de Jinling.

Descendieron dieciocho ramas del marqués Shi de Baoling, primer ministro. Diez en la capital, diez en el distrito natal.

Si el Rey Dragón del Mar Este

desea un lecho de jade

debe pedirlo a los Wang,

y todo el mundo lo sabe.

Descendieron doce ramas del conde Wang, el gran mariscal. Dos en la capital, las demás en el distrito natal.

La riqueza de los Xue[5]

se diría una nevada;

hierro les parece el oro,

y las perlas, como grava.

Descendieron ocho ramas del señor Xue, secretario imperial, ahora a cargo del Tesoro.

Antes de que Yucun pudiera terminar de leer la lista sonó una campana en la puerta y fue anunciado un tal señor Wang. Se volvió a poner su túnica y su bonete oficiales, y tras haber atendido al visitante en el tiempo que tarda en ser despachado un almuerzo regresó a pedir más información.

—Estas cuatro familias están estrechamente ligadas —prosiguió el asistente—. Tocar a una es tocar a todas; honrar a una es honrar a todas. Se ayudan y se encubren. El Xue acusado de asesinato es uno de los de la lista. No sólo cuenta con el apoyo de las otras familias, sino que además tiene muchísimos amigos y parientes con influencia en la capital y en provincias. Ése es el hombre a quien quiere arrestar Su Señoría.

—Y si ésa es la situación, ¿cómo vamos a solucionar el caso? —preguntó Yucun—. ¿Debo entender que tú sabes dónde se esconde el asesino?

—No lo ocultaré a Su Señoría. No sólo conozco el escondite del asesino, sino también al secuestrador que vendió a la muchacha y al pobre diablo que la compró. Pero déjeme exponerle los hechos. La víctima, Feng Yuan[6], era hijo de una familia de notables menores de la localidad. Sus padres murieron cuando él era joven; no tenía hermanos y sobrevivió lo mejor que pudo con su escasa fortuna. Cumplió dieciocho o diecinueve años sin haber sentido nunca interés por las mujeres. Pero quién sabe si como pago por pecados de una vida anterior, fue a encontrarse con este secuestrador y, en cuanto vio a la muchacha, quedó prendado y se decidió a comprarla para convertirla en su concubina. Juró no volver a tener enredos con hombres y no tomar otra esposa. Buscando un día favorable, insistió en recogerla pasados tres días, pero ¿quién iba a suponer que entretanto el secuestrador la vendería en secreto a los Xue para embolsarse el pago de ambas partes? El caso es que le echaron el guante antes de que lograra su propósito y lo apalearon hasta casi matarlo, pero las dos partes se negaron a que les fuera devuelto el dinero, y ambas exigieron que se les entregara a la muchacha. Fue entonces cuando el joven Xue, que nunca cede un milímetro a nadie, ordenó a sus matones que se deshicieran de Feng Yuan, quien murió al cabo de tres días a consecuencia de la paliza que le dieron.

Y prosiguió:

—El joven Xue ya había fijado una fecha para trasladarse a la capital, pero dos días antes de su partida vio a la muchacha y decidió comprarla y llevarla consigo, ignorando los problemas que ello le acarrearía. Luego, después de haber matado a un hombre y raptado a una muchacha, partió con su gente como si nada hubiera sucedido, dejando atrás a los de su clan y a unos cuantos servidores para que arreglaran el asunto. De todas formas, para él no era un asunto grave arrebatar una vida. Por cierto, ¿sabe usted quién es la muchacha?

—¿Cómo voy a saberlo?

—De alguna manera es la benefactora de Su Señoría —el asistente soltó una risita—. Se trata de Yinglian, la hija de aquel señor Zhen Shiyin que vivía junto al templo de la Calabaza.

—¡Diablos! —exclamó el atónito Yucun—. Me dijeron que había sido secuestrada a los cinco años. Pero ¿por qué no la vendieron antes?

—Este tipo de secuestradores se especializa en robar niñas pequeñas para criarlas en algún lugar apartado hasta que cumplen once o doce años. Entonces las llevan a otro lugar, les ponen precio según su presencia y las venden. Solíamos jugar con Yinglian todos los días. A pesar de que han pasado siete u ocho años y ya es una hermosa muchacha de doce o trece, sus rasgos no han cambiado. Quien la hubiera visto antes no tiene dificultades para reconocerla ahora. Además, nació con un lunar entre las cejas del tamaño de un grano de arroz, lo que la hace inconfundible. Por casualidad vivía yo en unas habitaciones que alquilaba el secuestrador, y un día aproveché para preguntarle a la muchacha abiertamente. Le habían dado tantas palizas que tenía miedo de hablar; insistía en que el secuestrador era su padre, y que la vendía para pagar sus deudas. Cuando quise sonsacarle más información se echó a llorar y dijo que no recordaba nada de su infancia. No me cabe ninguna duda de que es la hija del señor Zhen. El día que el joven Feng la vio y pagó su dinero, el secuestrador se emborrachó. Entonces Yinglian suspiró: «Se acabaron por fin mis penalidades». Sin embargo, volvió a ellas cuando se enteró de que Feng sólo vendría a buscarla pasados tres días; Me dio tanta pena que, en cuanto salió el secuestrador, envié a mi esposa para que la consolara. Mi esposa le dijo: «La insistencia del señor Feng en esperar un día propicio para llevarte con él es señal de que no te tratará como una sirvienta. Además, se trata de un caballero muy distinguido, bastante adinerado, que nunca se interesó por las mujeres en el pasado y que sin embargo ahora paga por ti un precio muy alto. Ten paciencia un par de días. No tienes razones para preocuparte». Entonces la muchacha se animó algo pensando que pronto tendría un hogar que podría llamar el suyo. Pero este mundo está colmado de decepciones: al día siguiente fue vendida a los Xue. Cualquier otra familia hubiera estado mejor, pero este joven Xue, conocido también como el Tirano Tonto, es él rufián más perverso de la creación. Derrocha el dinero como si fuera estiércol. Se armó una gran gresca, y luego se la llevó a rastras más muerta que viva. Ignoro desde entonces qué ha sido de la muchacha. Lástima que Feng Yuan comprara la muerte en lugar de la felicidad, ¿no le parece?

—No fue casualidad, sino un pago por los pecados cometidos en sus vidas anteriores —respondió Yucun con un suspiro pensativo—. De otro modo, ¿por qué había Feng Yuan de fijarse precisamente en Yinglian? En cuanto a ella, después de todos estos años de sufrimiento en manos de su secuestrador, por fin entrevió una salida con un hombre que la amaba. De haberse casado con él todo hubiera salido bien, ¡pero ocurrió esto! Los Xue son más ricos que los Feng, y seguro que un tarambana como Xue Pan tiene muchas doncellas y concubinas y vive sumido en el desorden. Nunca podrá serle fiel a lina sola muchacha. Ese romance fue un sueño vacío, el encuentro fortuito de una pareja infortunada. Pero basta ya. ¿Cuál es la mejor manera de zanjar este asunto?

—Su Señoría demostró su habilidad en el pasado —dijo el asistente con una sonrisa—. ¿Por qué hoy está tan corto de ideas? He oído decir que su nombramiento se produjo por intercesión de los Jia y de los Wang, y este Xue es un pariente de los Jia. ¿Por qué no nadar a favor de la corriente y devolverles el favor arreglando el caso de manera que pueda volver a mirarlos a la cara?

—Hay mucho de cierto en lo que dices, pero está por medio la vida de un hombre. Además, me han vuelto a brindar el favor imperial y estoy empezando una nueva vida. Debería hacer lo posible por demostrar mi gratitud al emperador cumpliendo con mi deber. ¿Cómo puedo ignorar la ley? No concibo la posibilidad de actuar de esa manera.

El asistente sonrió:

—Su Señoría tiene razón, pero en el mundo de hoy eso no conduce a nada bueno. Acuérdese de las viejas máximas: «Un caballero ha de saber amoldarse a las circunstancias» y «El hombre superior es aquel que persigue la fortuna y evita el desastre». Actuando como acaba de decir, no sólo le será imposible responder a la confianza puesta en usted por el emperador, sino que además expondrá su propia vida. Más vale que lo piense detenidamente.

Yucun inclinó la cabeza. Después de un largo silencio preguntó al asistente:

—¿Y qué sugieres tú?

—Tengo un plan excelente. Cuando Su Señoría vea el caso mañana, haga gran alarde de envío de órdenes y edictos; entonces el asesino no se presentará y el denunciante insistirá en su denuncia, con lo que podrá detener a algunos miembros del clan y a algunos sirvientes para ser interrogados. Mientras tanto yo, entre bastidores, arreglaré la cosa para poder informar de la «súbita muerte por enfermedad» de Xue Pan; con ese fin obtendré el testimonio de su clan y de las autoridades locales. Su Señoría podrá reclamar la posibilidad de consultar a los espíritus a través de la tablita de escritura mágica[7]. Haga instalar una en el tribunal e invite a militares y civiles como observadores. Entonces podrá decir: «El espíritu declara que Xue Pan y Feng Yuan fueron enemigos en una existencia anterior y estaban destinados a enfrentarse en ésta para dirimir sus diferencias; que Xue Pan, acosado por el fantasma de Feng Yuan, ha muerto a consecuencia de una extraña enfermedad; que puesto que todos estos problemas han sido ocasionados por el hombre que secuestró a la muchacha, cuyo nombre es tal y tal, éste debe ser tratado de acuerdo con lo dispuesto por las leyes». Y así sucesivamente. Yo me encargaré de que el secuestrador confiese, y cuando todo sea confirmado por el espíritu la gente quedará convencida. Como los Xue son muy ricos puede hacerles pagar quinientos o mil taeles por los gastos del entierro de Feng Yuan, cuyos parientes son gente insignificante que se ha metido en esto por el dinero. El dinero de los Xue les tapará la boca. ¿Qué le parece mi plan a Su Señoría?

—¡Inadmisible! —Yucun se resistió—. Tendré que meditar todo esto detenidamente para evitar tanta palabrería huera.

Su reunión se prolongó hasta bien avanzada la tarde. Al día siguiente se citó ante la corte de justicia a numerosos sospechosos que fueron cuidadosamente interrogados por Yucun, quien descubrió que, en efecto, los Feng eran una familia insignificante cuyo interés en el caso radicaba en obtener más dinero para el entierro, y que era a los tercos Xue, a través de sus poderosos parientes, a quienes se debía la enmarañada situación del caso y el que éste hubiera quedado pendiente. Yucun interpretó la ley adecuándola a sus propios intereses y emitió una sentencia arbitraria. Los Feng recibieron una buena cantidad de dinero y dejaron de ocasionar problemas. Yucun escribió sin pérdida de tiempo a Jia Zheng y a Wang Ziteng, comandante general de la guardia metropolitana, para informarles de que los cargos contra su digno sobrino habían sido retirados, y que en consecuencia no había razón para seguir preocupándose.

Yucun había dado por cerrado el caso gracias a la sugerencia del asistente que había sido novicio en el templo de la Calabaza, pero, temeroso de que ese hombre revelara pormenores de sus tiempos de miseria, fue acumulando faltas en su expediente hasta que consiguió exiliarlo en una lejana región.

Hablemos ahora del joven Xue, el que había comprado a Yinglian y ordenado matar a palos a Feng Yuan. Procedía de una familia culta de Jinling, pero la pérdida de su padre en la infancia lo había convertido, como único hijo y heredero, en un engreído malcriado por su madre. El resultado fue que llegó a ser un atontado inútil. Eran ricos gracias a un ingreso del Tesoro Estatal en calidad de proveedores de la Casa Imperial. El nombre del joven Xue era Pan, y su nombre de cortesía Wengi. Desde Los cinco o seis años se había mostrado excéntrico en los hábitos e insolente en el lenguaje. En la escuela sólo aprendió unos cuantos caracteres, despilfarrando su tiempo en peleas de gallos, equitación y viajes de placer. A pesar de su condición de proveedor de la corte ignoraba todo sobre negocios u otros asuntos mundanos, por lo cual recurrió a las viejas relaciones de su abuelo con el fin de obtener una bien remunerada sinecura en el Ministerio de Hacienda, mientras dejaba el negocio en manos de sus agentes y de los viejos servidores de la familia.

Su madre viuda, Wang de soltera, era la hermana menor de Wang Ziteng, comandante general de la guarnición metropolitana, y hermana también de la dama Wang, esposa de Jia Zheng, de la mansión Rongguo. Tenía alrededor de los cuarenta años y Xue Pan era su único hijo, como queda dicho. Pero también tenía una hija, dos años menor que el hermano, cuyo nombre de infancia era Baochai; se trataba de una niña bella y delicada, de natural refinada. Mientras vivió su padre la hizo estudiar, resultando en ello diez veces mejor que su hermano, pero tras la muerte de su progenitor, comprendiendo que Xue Pan no serviría de gran ayuda a su madre, dejó los estudios para dedicarse a las labores del hogar y a la administración de la casa, compartiendo así sus cargas y preocupaciones.

Ocurrió que, en su infinita bondad y en su deseo de honrar la cultura, alentar la etiqueta y descubrir talentos, así como de seleccionar consortes y damas de compañía, el emperador solicitó a la Junta que confeccionase una lista de las hijas de ministros y familias notables de entre las que serían elegidas compañeras de estudio virtuosas y con talento para las princesas. Por otra parte, como desde la muerte del padre de Xue Pan todos los gerentes y administradores de las oficinas de la proveeduría de diversas provincias habían empezado a embaucar al muchacho, los negocios de las diversas tiendas de la familia en la capital habían empezado a declinar. Así fue como Xue Pan, que desde tiempo atrás venía oyendo comentarios sobre los esplendores de la capital, consiguió tres buenos pretextos para visitarla: En primer lugar, escoltar a su hermana para la selección imperial; en segundo, visitar a sus parientes; por último, solventar las cuentas del negocio y decidir futuras acciones. Ni que decir tiene que el verdadero motivo de su viaje era contemplar los panoramas de la gran ciudad.

A partir de ese momento dedicó su tiempo a hacer el equipaje, empaquetar sus cosas de valor y preparar productos típicos para obsequiar a parientes y amigos. Ya había sido fijado un día favorable para la partida cuando se encontró con el secuestrador que vendía a Yinglian. Impresionado por la belleza de la muchacha, la había comprado enseguida. Cuando Feng Yuan la reclamó, Xue Pan, apoyándose en su poderosa posición, ordenó a sus matones que golpearan al joven hasta matarlo, tras lo cual encomendó la solución del asunto a gentes de su clan y emprendió el viaje con su madre y su hermana. Una denuncia por asesinato era para él una bagatela fácilmente solucionable con un poco de inmundo dinero.

Días más tarde les sorprendió en el camino, ya en las afueras de la capital, la noticia de que su tío Wang Ziteng había sido promovido a comandante general de nueve provincias con orden de inspeccionar las fronteras. Xue Pan se dijo jubiloso: «Precisamente iba pensando en lo fastidioso que iba a ser tener un tío que limitara mis andanzas en la capital. Ahora ha sido ascendido y se marcha, lo que demuestra la bondad del cielo».

A su madre le sugirió:

—Aunque tengamos casas en la capital no hemos vivido en ninguna desde hace diez años o más. Puede incluso que los vigilantes las hayan alquilado. Mandemos a alguien por delante para que vaya disponiendo una.

—¿Para qué tantas molestias? —preguntó ella—. Al llegar debemos visitar primero a nuestros parientes y amigos, y podemos quedarnos un tiempo con tu tío o tu tía. Ambos tienen mucho espacio. ¿No sería más sencillo que nos instaláramos allí y nos tomemos con calma lo de abrir las casas?

—Pero al tío acaban de ascenderlo y partirá a la provincia, con lo que es posible que su casa ande muy revuelta. Parecerá de lo más desconsiderado caerle encima como un enjambre de abejas.

—Puede que tu tío esté a punto de partir para ocupar su nuevo cargo, pero todavía queda la casa de tu tía. Año tras año nos han invitado a la capital, y ahora que estamos a punto de llegar y tu tío se está preparando para ausentarse una larga temporada, seguro que la tía Jia insistirá en que nos quedemos con ella; Les parecerá muy raro que lleguemos con tanta prisa por abrir una de nuestras propias casas. Sé lo que buscas. Temes quedarte con el tío o la tía porque te pueden imponer restricciones. Preferirías vivir por tu cuenta, libre para hacer lo que te plazca. Si es así, anda y búscate alojamiento. Yo he pasado todos estos años lejos de tu tía, y las dos queremos estar algún tiempo juntas. Tu hermana vendrá conmigo, ¿te parece bien?

Consciente de que no podría enredar con palabras a su madre, Xue Pan se vio obligado a ordenar a sus sirvientes que se dirigieran directamente hacia la mansión Rong. Mientras tanto, la dama Wang, que para su alivio ya había sido informada de los buenos oficios de Yucun en la liquidación del caso contra Xue Pan, empezaba a vivir la angustia del ascenso de su hermano y su traslado a un puesto fronterizo, ya que se enfrentaba a la solitaria perspectiva de no tener a nadie de su propia familia a quien poder visitar. Pero unos días más tarde recibió el anuncio de que su hermana había llegado a la capital con sus hijos y toda la casa, y que todos se estaban apeando en ese mismo momento frente al portón principal.

Radiante, la dama Wang se precipitó al salón de recepción con su hija y su nuera para recibir al grupo e introducirlo en la mansión. Es innecesario demorarse en la mezcla de pena y delicia de dos hermanas que se volvían a encontrar en el ocaso de sus vidas, ni en sus risas, sus lágrimas o sus recuerdos.

La dama Wang llevó al grupo a que presentase sus respetos a la Anciana Dama, y luego ellos distribuyeron los obsequios que habían traído. Una vez hechos los honores a toda la familia, se organizó una fiesta de bienvenida en honor de los recién llegados. Cuando hubo presentado sus respetos a Jia Zheng, Xue Pan fue llevado por Jia Lian a visitar a Jia She y a Jia Zhen.

Jia Zheng envió a su esposa este recado: «Mi cuñada ya ha visto muchos otoños y primaveras, y mi sobrino es joven e inexperto. Si viven fuera de esta casa, el muchacho acabará metiéndose en líos. Hay más de diez cuartos vacíos en el patio de los Perales Fragantes, en la esquina nordeste de la finca. Que los dispongan, y pide a tu hermana y a sus hijos que se alojen allí». Antes de que la dama Wang pudiera hacerlo llegó también un recado de la Anciana Dama: «Invita a tu hermana a quedarse aquí de modo que podamos estar todos juntos». La tía Xue accedió de buen grado. De esa manera habría alguien que vigilase a su hijo, cuya vida en el exterior habría de acarrear inevitablemente nuevos conflictos. Luego, le dijo en privado a la dama Wang que una presencia prolongada como la suya implicaba que ella misma correría con sus gastos domésticos. La dama Wang sabía que eso no suponía ninguna dificultad para la familia Xue, y por tanto aceptó. Por fin, la tía Xue y sus hijos se mudaron al patio de los Perales Fragantes.

El patio, donde el duque de Rongguo había pasado sus últimos años, era pequeño pero encantador; tenía doce aposentos, entre ellos un vestíbulo; los dormitorios estaban en la parte trasera. Tenía su propia puerta a la calle, que era la que usaba el servicio de los Xue, y un pasaje que iba desde la puerta sudoeste hasta el patio oriental del cuarto principal de la dama Wang. Todos los días, después del almuerzo o al caer la tarde, la tía Xue recorría ese camino para reunirse cota, la Anciana Dama o con su hermana.

Baochai, por su parte, pasaba su tiempo con Daiyu, Yingchun y las otras muchachas, feliz de poder leer, jugar al weiqi[8] o coser con ellas.

Sólo Xue Pan, temeroso de que su tío lo controlara tan estrictamente que no le permitiera ninguna independencia, se mostró inicialmente descontento con el arreglo. Pero de momento tuvo que conformarse, ya que su madre había tomado la decisión y la familia Jia les presionaba para que se quedaran. No obstante, ordenó a su gente que tuviese preparada una de sus casas para cuando decidiera mudarse.

Antes de un mes mantenía un trato familiar con la mitad de los hijos y sobrinos de la familia Jia, y todos los jóvenes ricos y elegantes que allí había disfrutaban con su compañía. Un día se reunían para beber, otro para contemplar las flores, y pronto fue asiduo de las timbas y las visitas a cortesanas, de manera que Xue Pan se volvió diez veces peor que antes.

A pesar de que Jia Zheng era conocido por su excelente método en la educación de sus hijos y el mantenimiento de la disciplina en su hogar, lo extenso de su familia le impedía estar presente en todas partes. Por su parte, como nieto mayor del duque de Ningguo, Jia Zhen había heredado el título de cabeza del clan y era responsable de sus asuntos públicos y privados, pero a esa gran responsabilidad se unía un carácter elevado que le impedía tomar en serio las banalidades cotidianas y prefería dedicar su ocio a la lectura o al weiqi. Por eso, y dado que el patio de los Perales Fragantes estaba a dos patios de distancia de sus aposentos y tenía una puerta a la calle por la que la que se podía transitar libremente, los jóvenes hacían lo que les venía en gana. En esas condiciones, al poco tiempo Xue Pan había olvidado toda idea de mudanza.

CAPÍTULO V

Visitando en sueños la Tierra de la Ilusión,

la diosa del Desencanto revela a Baoyu

el destino de las doce bellezas.

Bebiendo el licor de los inmortales, Baoyu escucha

las melodías tituladas Sueño en el Pabellón Rojo*.

En el capítulo cuarto dejamos a la familia Xue cómodamente instalada en la mansión Rong. Pero ahora volvamos a Daiyu.

Desde su llegada a la mansión había recibido mil muestras de cariño por parte de la Anciana Dama, que la trataba exactamente igual que a Baoyu y dejaba a Yingchun, Tanchun y Xichun, las muchachas Primavera, en un segundo plano de su afecto. La relación entre Daiyu y Baoyu se había estrechado más que las demás: durante el día paseaban o se sentaban juntos, de noche dormían en el mismo cuarto; coincidían en todos los asuntos cotidianos… Y entonces apareció Baochai.

No era mucho mayor que ellos, pero su educación y su encanto encandilaban a todos, y todos la tenían en su consideración por encima de Daiyu. Claro está que a los ojos del mundo no hay nadie que no tenga algún encanto; en este caso, una era adorable como una flor y la otra tenía la gracia de un sauce; cada una era encantadora a su manera, de acuerdo con su particular temperamento. Pero la generosidad, el tacto y la buena disposición de Baochai contrastaban con la displicente reserva que mantenía Daiyu, de manera que sus virtudes acabaron ganando el corazón de sus inferiores, y casi todas las doncellas gustaban de platicar con ella. Todo esto empezó a despertar los celos de Daiyu, aunque Baochai ni siquiera llegara a sospecharlo.

Por su parte, Baoyu era todavía un niño insensato y testarudo que trataba por igual a hermanos, hermanas y primos, y no hacía distinción entre parientes cercanos y lejanos. Pero como él y Daiyu compartían las habitaciones de la Anciana Dama, la relación con la muchacha era más estrecha que con los demás parientes; y de tan estrecha se volvió íntima, aunque precisamente por eso a veces él llegara a ofenderla con su desconsideración y sus exigencias.

Un día que habían reñido y Daiyu lloraba una vez más en la soledad de su alcoba, entró Baoyu arrepentido de su falta de tacto para intentar reconciliarse con su prima. Y tan bien lo hizo que poco a poco consiguió levantarle el ánimo.

Como la floración de los ciruelos del jardín de la mansión Ning se encontraba en todo su apogeo, la señora You, esposa de Jia Zhen, invitó a la Anciana Dama, a la dama Xing, a la dama Wang y a las demás a dar un paseo para disfrutar del espectáculo. La señora You, acompañada de Jia Rong y de su esposa, acudió personalmente a cursar la invitación. La Anciana Dama y las demás aceptaron, y después del desayuno pasearon por el jardín de la Fragancia Concentrada y bebieron primero té y después vino. No pasó de ser una reunión informal de las mujeres de ambas casas sin nada digno de ser reseñado.

El caso es que Baoyu, que las acompañaba, se fatigó pronto y quiso echarse a dormir un poco. La Anciana Dama ordenó a sus sirvientas que lo atendieran bien y lo trajeran de vuelta cuando hubiera descansado. Qin Keqing, esposa de Jia Rong, intervino entonces con una sonrisa:

—Aquí tenemos un cuarto dispuesto expresamente para el tío Baoyu. Confíemelo a mí sin ningún temor, venerable abuela.

Y, volviéndose a sus amas y doncellas, les indicó que la siguieran con su joven señor.

La adorable y esbelta Qin Keqing era, por su conducta amable y tranquila, la favorita de la Anciana Dama entre todas las esposas de los bisnietos de las ramas Ning y Rong. Por ello permitió a Baoyu ir con ella en la seguridad de que quedaba en buenas manos.

Qin Keqing condujo al grupo a un aposento interior, donde Baoyu se fijó en una hermosa pintura que figuraba «Un erudito estudiando a la luz de una antorcha». Le produjo aversión inmediatamente, sin ver siquiera quién era el autor. Entonces leyó el pareado que acompañaba el dibujo:

Quien conozca a fondo los asuntos terrenales,

obtendrá la sabiduría.

Quien capte profundamente los sentimientos humanos, dominará el arte de escribir.

Esas dos líneas le hicieron sentir tanto rechazo por el lugar, a pesar de su lujo y su refinamiento, que pidió ser llevado a otro sitio.

—Pero si éste no le gusta, ¿a qué otro aposento lo llevaremos que no sea el mío? —preguntó la anfitriona riendo—. Sea, venga entonces a mi cuarto.

Baoyu asintió con una sonrisa, pero una de sus amas protestó:

—No está bien que un tío duerma en el cuarto de la esposa de su sobrino.

—¡Vaya! —repuso sonriendo Keqing—. No ofendo a mi tío si digo que es todavía un niño. A su edad no tienen sentido tales prejuicios. ¿No vieron a mi hermano cuando vino el mes pasado? Estoy segura de que es más alto que mi tío Baoyu.

—¿Cómo no lo conocí? —preguntó Baoyu—. Tráelo que lo vea.

Las mujeres se echaron a reír:

—Está a muchos li de aquí, ¿cómo lo vamos a traer? Ya lo conocerá en otra ocasión.

Cuando llegaron a la alcoba de la joven señora fueron recibidos en el umbral por un aroma sutil que nubló los ojos de Baoyu y le derritió los huesos.

—¡Qué bien huele aquí! —exclamó.

Al entrar vio sobre el muro una pintura de Tang Bohu[1] que figuraba una dama durmiendo bajo las flores de un manzano silvestre en primavera. Dos rollos lo flanqueaban, donde el erudito Qin Guan[2], de la dinastía Song, había escrito:

El ligero frío que envuelve el sueño es el frescor de la primavera.

El efluvio que toma los sentidos del hombre es el aroma del vino.

Sobre el tocador había un finísimo ejemplar procedente de la galería de espejos de la emperatriz Wu Zetian[3]; a su lado, en una bandeja de oro sobre la que alguna vez danzó la favorita Zhao Feiyan[4], descansaba el membrillo que An Lushan arrojara contra Tai Zhen[5] hiriéndola en un pecho. En un extremo de la alcoba estaba el diván en el que había dormido la princesa Shouchang[6] en el palacio de Hanzhang; sobre el diván, las cortinas de perlas que enhebrara la princesa Tongchang[7].

—Qué bien se está aquí —repitió Baoyu extasiado.

—Puede que mi alcoba sea digna de una inmortal —respondió Keqing con una sonrisa mientras extendía con sus propias manos una mantilla de seda lavada por Xi Shi[8]. Después, acomodó la almohada nupcial que había sido utilizada por Hongniang[9]. Amas y doncellas acostaron a Baoyu y salieron del cuarto, quedándose sólo cuatro como compañía: Xiren, Meiren, Qingwen y Sheyue. Keqing les dijo que esperasen en la terraza y se entretuvieran mirando a los gatitos y a los cachorros de perro que allí había, y procuraran evitar los ruidos que jugando hacían los animales.

En cuanto cerró los ojos, Baoyu se quedó dormido. Soñó que Qin Keqing caminaba delante de él, y la siguió distraídamente por un largo sendero hasta que llegaron a una escalinata de mármol blanco con barandas de color rojo, entre verdes árboles y arroyos cristalinos. Era un lugar apenas hollado por el hombre, fuera del alcance de los polvorientos torbellinos. En su sueño pensó contento: «Éste es un lugar agradable. ¡Si pudiera pasar aquí la vida entera! Lo cambiaría gustoso por mi hogar, donde mis padres y maestros me castigan cada día». Y ya se dejaba llevar por tanto gozo cuando oyó que alguien cantaba desde la otra ladera de una colina:

El sueño primaveral se alejó ya con las nubes.

Flores Caídas se pierden flotando por la corriente.

Escuchad este consejo, oh juventudes amantes:

No sigáis cortejando el inútil sufrimiento.

Baoyu reconoció la voz de una muchacha y, antes de que acabara la canción, vio como aparecía desde detrás de la colina y se acercaba a él. Su apostura y la gracia con la que caminaba no eran las de una mortal. Lean, si no, su descripción:

Acaba de dejar la sombra de los sauces, y se acerca entre las flores. Su belleza sorprende a los pájaros en los árboles del patio, y un momento después se dibuja su silueta en la rotonda. Al moverse, las mangas de su vestido de hada despiden un aroma embriagador de almizcle y orquídea. Con cada crujido de sus prendas de loto tintinean sus zarcillos de jade.

Los hoyuelos sonrientes de sus mejillas se dirían un capullo de durazno primaveral; sus negros cabellos jaspeados de azul, un cúmulo de nubes. Sus labios son cerezas maduras, y dulce es el aliento de sus dientes de granada.

Nieve que arremolina el viento es la curva de su cintura. Deslumbrantes son sus perlas y esmeraldas; oro tierno el dibujo de su frente.

Ya disgustada o ya radiante, entra o sale entre las flores, avanza o retrocede flotando como alada sobre un lago.

Tiene fruncidas las cejas de mariposa nocturna, y a la vez en ellas acecha una sonrisa. De sus labios entreabiertos, como a punto de decir algo, no brota sonido alguno cuando rauda se desliza sobre sus pies de loto y parece, en plena pausa, a punto de emprender el vuelo.

Su tez inmaculada es pura como el hielo, lisa como el jade; magnífico su vestido de espléndidos dibujos. Dulce es su rostro, compacto de fragancia, tallado en jade. Se mueve como un fénix danzando o un dragón en pleno vuelo.

¿Su blancura? Flor de ciruelo primaveral vista a través de la nieve. ¿Su pureza? Orquídeas otoñales cubiertas por la escarcha. ¿Su serenidad? Un pino en un valle, solitario. ¿Su belleza? El crepúsculo reflejado en un límpido estanque. ¿Su gracia? Un dragón avanzando contra una comente sinuosa. ¿Su espíritu? Luz de la luna sobre un río escarchado.

Ante ella, Xi Shi sentiría vergüenza y Wang Qiang[10] se sonrojaría. ¿Dónde nació esta maravilla? ¿De dónde viene?

Nadie en la tierra de las hadas se le puede comparar. No tiene igual en las pobladas cortes celestiales.

¿Quién puede ser esta belleza?

Invadido por el júbilo ante la aparición del hada, Baoyu le hizo una reverencia y suplicó:

—Hermana hada, dime de dónde vienes y adónde vas. Ya ves, yo me he perdido… ¿Podrías tú ser mi guía?

—Mi hogar está sobre la Esfera del Dolor de la Despedida, en el Mar de la Pena Rebosante —le respondió el hada—. Soy la diosa del Desencanto; vengo de la Gruta Fragante, que está en el Monte de la Primavera que se Expande, en la Tierra de la Ilusión del Gran Vacío. Yo gobierno en la tierra sobre los romances y los amores no correspondidos, el dolor de las mujeres y la pasión de los hombres. No hace mucho que se congregaron en este lugar las reencarnaciones de algunos amantes de otros tiempos, y he venido buscando la ocasión de prodigar amor y deseo. Nuestro encuentro no es casual.

Y añadió:

—Mi reino no está lejos de aquí. Sólo te puedo ofrecer una taza de té de las hadas cosechado con mis propias manos, una jarra de licor que yo misma preparé, la presencia de cantantes y bailarinas, y doce nuevas canciones de hadas tituladas Sueño en el Pabellón Rojo. ¿Me acompañas?

En pleno deleite, Baoyu olvidó a Keqing y siguió a la diosa hasta un arco de piedra sobre el que aparecía grabada la siguiente inscripción: «Tierra de la Ilusión del Gran Vacío». Sobre ambas columnas lucía el siguiente pareado:

Cuando se toma lo falso por verdadero, lo verdadero se torna falso;

cuando de la nada surge el ser, el ser permanece nada.

Más allá del arco se divisaba una puerta palaciega en la que se leía: «Mar del Dolor y Cielo del Amor». Un pareado que flanqueaba esta inscripción decía:

La pasión, tan firme como la tierra, encumbrada como el cielo, no conoce freno desde tiempo inmemorial.

Qué difícil es para los jóvenes apasionados, para las muchachas melindrosas, saldar las deudas de brisa y de luz de luna.

«¡Vaya! —pensó Baoyu—, me pregunto qué significa “la pasión desde tiempo inmemorial” y qué serán esas “deudas de brisa y de luz de luna”. No me desagradaría experimentar alguna de esas cosas.»

Él no lo sabía, pero acababa de convocar hasta las profundidades de su corazón a un espíritu maligno.

Siguió a la diosa a través de la segunda puerta; cruzaron dos salas idénticas, una a cada lado, cada una con su tablilla y su pareado. No tuvo tiempo de leer los versos, pero fue descifrando los nombres: Aposento de la Vanidad, Aposento de los Celos, Aposento de las Lágrimas Matinales, Aposento de los Suspiros Nocturnos, Aposento de los Deseos Primaverales y Aposento del Dolor Otoñal.

—¿Por qué no me enseñas esos aposentos, diosa? —preguntó.

—Contienen archivos en los que están escritos el pasado y el futuro de muchachas de todo el mundo —le respondió—. Tus ojos humanos y tu envoltura mortal impiden que te sean mostrados.

Pero Baoyu no aceptó la negativa, y tanta fue su insistencia que finalmente ella cedió.

—De acuerdo. Puedes entrar y echar un vistazo.

Feliz, Baoyu alzó los ojos y vio sobre una tablilla el nombre «Aposento de las Infortunadas» flanqueado por dos versos:

Ellas mismas procuraron su tristeza otoñal, su dolor en primavera;

y ahora, ¿para quién su belleza de flor, su claridad de luna?

Comprendió el sentido de los versos, y extrañamente sobrecogido llegó hasta un lugar donde había más de diez grandes armarios sellados, cada uno de los cuales tenía el nombre de tana localidad. No se interesó por más provincia que la suya, y buscó presuroso su lugar natal. Encontró un armario que rezaba: «Primer registro de doce bellezas de Jinling». Cuando preguntó acerca del significado de la leyenda, la diosa le respondió:

—Ése es el archivo de las muchachas más hermosas de tu provincia. Por eso se llama «Primer registro».

—Siempre oí decir que Jinling es un lugar muy grande —repuso Baoyu—. ¿Por qué entonces sólo doce muchachas? Sólo en mi familia, y contando a las sirvientas, hay más de cien bellezas.

—Hay muchas en tu provincia, es cierto, pero aquí sólo figuran las de primer grado. Los siguientes armarios contienen el registro de las de segundo y tercer grado. En cuanto a las demás, no son suficientemente hermosas como para que se lleve cuenta de su vida.

Baoyu miró en los dos armarios siguientes y vio que tenían escrito: «Segundo registro de doce bellezas de Jinling» y «Tercer registro de doce bellezas de Jinling». Abrió la puerta del tercero, extrajo el archivo de su interior y lo abrió. La primera página lucía un dibujo en tinta, no de figuras o paisajes sino de nubes oscuras y niebla espesa[11]. Al lado había unos versos:

Extraña la luna clara cuando ha pasado la lluvia

y ya se desvanecieron las tornasoladas nubes.

Su corazón es más alto que lo más alto del cielo

pero su persona es humilde, y su rango inferior.

Su encanto y su inteligencia despiertan envidia y celos;

las calumnias le traerán una muerte prematura.

¡Cuánto sufrirá en vano su enamorado dueño!

En la página siguiente, Baoyu vio pintados un ramo de flores y una esterilla raída. Una leyenda decía:

En vano es complaciente y amable,

en vano ella es orquídea y osmanto.

Todos envidian al actor que la conquiste.

Su señor no la ama; nadie sabe por qué[12].

Incapaz de entender nada, dejó el libro. Abrió la puerta del otro armario y extrajo el segundo archivo. Vio en la primera página la imagen de un fragante osmanto sobre los lotos marchitos de un estanque agostado, y unos versos:

Sus raíces son fragantes como el loto,

pero amargo es el camino de su vida.

Cuando en dos terrenos crezca un árbol,

su alma dulce por fin descansará[13].

Perplejo, dejó ese volumen y tomó el primer archivo. La primera página mostraba dos árboles secos de los que pendía un cinturón de jade. Al pie de un montón de nieve había una horquilla quebrada. Cuatro versos decían:

Ay, que una tiene las virtudes de la esposa de Leyang;

ay, que la otra tiene el ingenio de la sobrina de Xiean.

Aquel cinturón de jade queda colgado en el bosque,

y sepultada en la nieve aquella horquilla dorada[14].

Tampoco este poema sugirió nada a Baoyu. Sabía que la diosa no le iba a ayudar a entenderlo, pero a la vez no se resignaba a dejar el libro. Pasó otra página y vio el dibujo de un arco del que colgaba una cidra. Aquí la leyenda era:

Durante veinte años ha aprendido a distinguir lo cierto de lo falso.

Las flores del granado ya se abren frente al portón del palacio.

¿Hay algo comparable al inicio de la primavera?

Cuando el Rinoceronte y el Tigre se encuentren, retornará al Gran Sueño[15].

En la página siguiente había dos figuras volando una cometa mientras, mar adentro, una muchacha lloraba sobre un barco cubriéndose el rostro con las manos. Al lado había estos versos:

Tiene talento, hermosos ideales,

pero nació muy tarde para encontrar la suerte.

El día Brillante y Blanco la despedirán llorando junto a la orilla del río,

y sólo en sueños volverá a su casa[16].

Luego venía un cuadro de nubes errabundas sobre una corriente de agua, con la leyenda:

De qué le sirve una familia noble y rica

si ya en la cuna se quedó sin padres.

Triste y sola contempla ahora el ocaso:

fluye y desaparece el río Xiang,

y las nubes de Chu se van volando[17].

En la hoja siguiente había un dibujo de un hermoso trozo de jade caído en el fango, con la siguiente estrofa:

Es su único anhelo la pureza,

pero cómo vivir en un mundo vacío;

es fina como el jade y noble como el oro,

pero ha de acabar sepultada en el fango[18].

Venía después la imagen de un lobo feroz persiguiendo a una hermosa doncella. Rezaba el veredicto:

Eres un lobo ingrato:

sólo al tenerla te has vuelto feroz;

ella, bella flor y sauce tierno,

antes de un año viajará al sueño del mijo amarillo[19].

En la página siguiente, una muchacha sentada leía un sutra en la soledad de un viejo templo. Decían los versos:

Traspasó con su mirada la primavera fugaz;

dejó elegantes vestidos, tomó las prendas budistas.

¡Qué pobre es esta hija de familia noble y rica

hoy sentada, solitaria, bajo la estatua de Buda[20]!

Luego aparecía una hembra de fénix encaramada sobre una montaña de hielo, con la sentencia:

Este fénix llega al mundo mientras corren malos tiempos.

Su habilidad y su juicio son admirados por todos,

mas él obedece, ordena después, por fin la repudia.

Volverá a Jinling llorando, a la casa de su padre[21].

Aparecía en la página siguiente una aldea solitaria con una bonita muchacha hilando en una humilde cabaña. Y estos versos:

La nobleza no resiste los reveses de la vida;

los parientes no visitan a una familia en ruinas.

A la abuela Liu la madre ayuda por un azar;

y la abuela asistirá a la hija infortunada[22].

Al pasar la hoja vio Baoyu la siguiente lámina: una belleza en traje ceremonial junto a un tiesto de orquídeas. La leyenda rezaba:

Cuando el ciruelo y el durazno

dan frutos sus flores se marchitan;

ninguna comparable con la orquídea.

Pero no provoca envidia su pureza de agua o hielo:

sólo de burla servirá a los otros[23].

Y luego el cuadro de una bellísima mujer tendiendo una soga para ahorcarse de las vigas de un edificio muy alto, con la sentencia:

El amor es infinito como el mar y como el cielo.

La reunión de dos lascivos en lujuria acabará.

No es que venga todo mal de la casa de los Rong,

pues el desastre en verdad empezó en la mansión Ning[24].

Baoyu habría continuado leyendo, pero la diosa, conocedora de su rápida inteligencia, temió que se divulgaran los secretos del cielo. Por eso, cerrando el libro, le dijo con una sonrisa:

—¿Por qué no me acompañas a contemplar los extraños paisajes de este lugar en vez de andar rompiéndote la cabeza con esos tontos jeroglíficos?

Él dejó los archivos como en sueños y la siguió a través de arcos de perlas y cortinas bordadas, columnas pintadas y vigas talladas. No hay palabras que puedan describir los aposentos de brillante bermellón, los suelos adoquinados de oro, las ventanas blancas como la nieve y los palacios de jade, las flores de hada, las plantas exóticas y las hierbas fragantes. Mientras gozaba de tanta maravilla, interrumpió a Baoyu la risa de Desencanto: «¡Salid pronto a dar la bienvenida a nuestro honorable invitado!». Aparecieron entonces varias hadas adorables como capullos de primavera, cautivadoras como la luna de otoño, que llegaban meciendo sus mangas de loto y haciendo vibrar sus emplumadas prendas. Al ver a Baoyu reprocharon a la diosa:

—¿Es éste tu invitado? ¿Para esto tanta prisa? Nos dijiste que hoy vendría el espíritu de la hermana Perla Bermeja a visitar su antiguo hogar. A él esperábamos, ¿por qué traes aquí a esta sucia criatura que no hará sino contaminar este ámbito de puras doncellas?

El comentario dejó perplejo a Baoyu, que se sintió intolerablemente vulgar y sucio y deseó en aquel momento poder esfumarse. Pero Desencanto le tomó la mano.

—No comprendéis —explicó a las hadas—. Hoy fui a la mansión Rong en busca de Perla Bermeja, pero al pasar por la mansión Ning me encontré con los espíritus del duque de Ningguo y del duque de Rongguo, que me dijeron: «Desde el inicio de esta dinastía, y durante varias generaciones, nuestra familia ha disfrutado de buena reputación, rango y fortuna. Cien años más tarde vemos como nuestra riqueza se agota fatalmente. Tenemos muchos descendientes, pero el único digno de continuar nuestra obra es nuestro bisnieto Baoyu. Es excéntrico y terco, y poco inteligente, pero no deja de despertar en nosotros algunas esperanzas. Sin embargo, la fortuna abandonó a nuestra familia y no hay nadie que le pueda mostrar el camino correcto. Qué suerte que te hayamos encontrado, diosa. Te suplicamos que le adviertas de los peligros que entraña la lujuriosa asechanza de las mujeres, para que así pueda escapar de sus garras y tomar el sendero correcto. Entonces los dos hermanos seremos felices». Me pareció bien lo que me pedían y traje al muchacho. Para empezar, le permití hojear los registros de las jóvenes de su casa. Como no entendió nada, quise que probara aquí la ilusión de la delicia carnal. Quizás así pueda despertar más tarde a la verdad.

Dicho lo cual hizo entrar a Baoyu, y todos se sentaron. En el aire flotaba un aroma sutil, y él preguntó si estaban quemando incienso.

—Este aroma no existe en tu polvoriento mundo, así que no lo reconocerás —le dijo Desencanto con una sonrisa—. Procede de las esencias de diversas plantas exóticas jóvenes que crecen en los sitios umbrosos de algunas célebres montañas. Se destila de la resina de cada precioso árbol, y su nombre es Médula de Múltiple Fragancia.

Mientras Baoyu escuchaba maravillado, unas jóvenes sirvieron un té de aroma tan puro, sabor tan exquisito y calidad tan refrescante que Baoyu volvió a preguntar su nombre.

—Crece en la Gruta Fragante, que está en el Monte de la Primavera que se Expande —le contestó Desencanto—. Es una infusión de hojas espirituales y del rocío nocturno que cubre las flores de hada; su nombre es Mil Flores Rojas en una Caverna.

Agradeció Baoyu la respuesta; después miró a su alrededor. Vio laúdes de jaspe, valiosos trípodes de bronce, pinturas antiguas, libros de poemas… Pero lo que más le gustó fue el carmín y el talco derramado, y las huellas de saliva de las bordadoras bajo la ventana[25]. De la pared colgaba este pareado:

Tierra donde el paisaje es tranquilo y prodigioso,

Cielo en el que nadie puede hacer nada.

Perdido entre tanta admiración por cuanto le rodeaba, preguntó los nombres de las hadas. La diosa las presentó como Hada de los Sueños Amorosos, Gran Señora de la Pasión, Dorada Doncella Portadora del Dolor e Iluminada del Dolor Transmitido.

Al cabo de un momento unas niñas trajeron mesas y sillas, y dispusieron el licor y los manjares. Las copas de vidrio rebosaban de néctar y las tazas de ámbar estaban colmadas de ambrosía. Baoyu preguntó qué le daba al licor su extraordinario aroma.

—Este licor está hecho fermentando los estambres de cien flores y la savia de diez mil árboles, y mezclándolo luego con médula de unicornio y leche de fénix —respondió la diosa—. Lo llamamos Diez Mil Suavidades en una Misma Copa.

Mientras Baoyu sorbía el licor, doce jóvenes danzarinas se acercaron a preguntar qué debían interpretar.

—Las doce nuevas canciones llamadas Sueño en el Pabellón Rojo —ordenó Desencanto.

Las bailarinas empezaron a tocar suavemente sus crótalos de sándalo y a pulsar delicadamente las cuerdas de sus liras de plata. Y cantaron:

¿Quién plantó las semillas del amor…?

Pero la diosa las interrumpió para advertirle a Baoyu:

—Las canciones que vas a escuchar no se parecen a esas que interpretan en las obras de teatro de tu polvoriento mundo, que siempre corresponden a distintos personajes: eruditos, muchachas, guerreros, viejos o payasos; y que se distinguen según los nueve modos establecidos para el sur o el norte. Nuestras canciones son lamentos espontáneos por una persona o por un suceso, y son fáciles de acompañar con instrumentos de viento o de cuerda; pero ningún ser ajeno a este mundo puede apreciar sus calidades, y dudo por tanto que puedas llegar a calar realmente su sentido. Si no vas leyendo el texto al mismo tiempo, te parecerán insípidas como cera masticada.

Sueño en el Pabellón Rojo.

Anónimo de la dinastía Qing (edición de 1815).

Dicho lo cual, ordenó a una doncella que trajera las letras de las canciones de Sueño en el Pabellón Rojo. Entregó el manuscrito a Baoyu, que fue siguiendo el texto mientras escuchaba.

CANCIÓN PRIMERA

PRÓLOGO A UN SUEÑO EN EL PABELLÓN ROJO

¿Quién plantó las semillas del amor

en la primera hora del mundo?

Llegaron de la pasión desbordada,

desde la brisa y la luz de la luna.

Días de desconsuelo y soledad.

En esta tierra de dulces anhelos

quiero cantar secretos dolorosos,

triste elegía del jade y el oro:

quiero contar mi Sueño en el Pabellón Rojo.

CANCIÓN SEGUNDA

UNA VIDA MALGASTADA

Dicen que el oro y el jade se emparejan,

pero yo sólo quisiera cumplir

la promesa de la planta y la piedra.

Diferente me siento a la ermitaña

que vive sola en la límpida nieve,

y echo de menos al hada preciosa

que en los bosques umbrosos habitaba.

Lástima que no exista lo perfecto:

dicen que forman pareja feliz,

pero en ellos anida el desconsuelo[26].

CANCIÓN TERCERA

VANO ANHELO

Ella es flor inmortal.

Él es jade perfecto.

¿Por qué habrán de verse en esta vida

si así no está escrito?

Mas si en verdad es ése su destino,

¿por qué ha de impedirse su amor?

En vano una suspira,

el otro anhela en vano.

Ella es reflejo de luna en el agua;

él es apenas flor en un espejo.

¡Sus ojos los anegan tantas lágrimas!

Pueden correr del otoño al invierno,

desde la primavera al verano[27].

Baoyu no captó el valor de estos cantos quebrados y crípticos, pero la lastimera música que los acompañaba envenenó sus sentidos. Sin preguntar por su origen ni indagar acerca de su significado, siguió escuchando para pasar el tiempo.

CANCIÓN CUARTA

FUGACIDAD DE LA VIDA

A la cima del honor sube a buscarla la muerte:

ella verá con sus ojos que ya perdió cuanto tuvo.

La incertidumbre marchita su corazón perfumado.

A la casa de sus padres, más allá de las montañas,

en sueños manda un recado: que su hija ya se fue

a las Fuentes Amarillas: que se recojan temprano[28].

CANCIÓN QUINTA

SEPARACIÓN DE LOS SERES QUERIDOS

Entre la lluvia y el viento recorrerá tres mil li

lejos de su hogar y de la sangre de su sangre.

Pero teme entristecer en la vejez a sus padres

y por eso les avisa: «No lloréis por vuestra niña.

Siempre estuvieron escritas la buena y la mala suerte;

es el sino, que gobierna los encuentros y partidas.

De este día en adelante viviremos separados;

que cada uno se cuide fiado en su propia mano.

Me despido, no lloréis por vuestra pequeña indigna»[29].

CANCIÓN SEXTA

DOLOR EN EL JÚBILO

Todavía está en la cuna, y ya sus padres han muerto;

aunque el lujo la rodea, ¿alguien habrá que la quiera?

Por suerte nació mujer tan sincera y tan valiente

que nunca consideró los halagos de los hombres.

Ella, frescor de la brisa, parece luna brillando

sobre aposentos de jade donde ha pasado la lluvia.

Con un hombre inteligente y muy apuesto

podrá vivir largos años; podrá tomar la revancha

de su infancia desdichada.

Pero las nubes se esfuman por la torre de Gaotang,

y se va secando el lecho por donde el Xiang fluía.

No han de cambiar con sus quejas su destino los mortales[30].

CANCIÓN SÉPTIMA

DESPRECIADA POR EL MUNDO

Orquídea hermosa nació, su talento es el de una

inmortal y, sin embargo, sus rarezas maravillan:

detesta los manjares más sabrosos, las ricas sedas.

Ignora que inspira odio su pureza, que desprecia

el mundo su perfección.

Se marchitará a la luz del candil de un viejo altar,

se acabarán los afeites y los rojos pabellones;

pasará la primavera, la belleza se ajará.

El camino polvoriento irá manchando su cara,

como cuando acoge el fango a un hermoso jade blanco.

Delfines de casas nobles por ella en vano suspiran[31].

CANCIÓN OCTAVA

LA UNIÓN DE LOS ENEMIGOS

Bestia del monte Central,

lobo implacable y salvaje que ignoras la gratitud:

disfrutas, desenfrenado, del lujo y de los placeres;

desprecias la más primorosa flor del jardín ducal

como a un sauce silvestre en el camino;

pisoteas a la niña como a una mujer vulgar

hasta marchitar su alma,

ay,

antes de que pase un año[32].

CANCIÓN NOVENA

PERCEPCIÓN DE LO EFÍMERO EN LAS FLORES

Fugaces, ve cruzar tres Primaveras:

ya no le importa la flor del durazno

ni el sauce verde;

apaga el fuego de su juventud

por gozar de la paz de un cielo calmo.

No digan que estalla el durazno contra el cielo,

ni que hierven las nubes de damascos floridos:

¿quién ha visto una flor que resista el otoño?

Los hombres, quejumbrosos, desfilan por la aldea

entre los álamos;

bajo los verdes arces los espíritus gimen;

cubren las hierbas secas

las tumbas hasta el horizonte.

Y es ésta la verdad:

el hombre que ayer fue pobre trabajó afanosamente

para mudar su fortuna,

y aun a las flores maltrata

la mudanza de las estaciones.

Nadie puede escapar a la amargura

del nacimiento o de la muerte,

pero dicen que en Occidente crece un Árbol de la Sal

cargado de frutos de la inmortalidad[33].

CANCIÓN DÉCIMA

ARRUINADA POR LA PROPIA ASTUCIA

Tanta astucia y tanta intriga procurarán tu ruina.

Roto en vida el corazón,

y muerta, de qué te sirve

el talento.

Una mansión noble y rica, una familia en paz…

todo acabará en el suelo, disperso, mustio, hundido.

En vano media vida te afanaste,

pues como un mal sueño a media noche,

como una mansión que se derrumba,

triste, como el guiño triste

de una lámpara extinguiéndose,

súbitamente es dolor lo que hace un momento alegría.

Ay, en el mundo de los hombres

todo es mudable y fugaz[34].

CANCIÓN UNDÉCIMA

UN PEQUEÑO GESTO DE AMABILIDAD

Un pequeño gesto amable, y una amiga agradecida

que se encuentra por azar:

La buena acción de su madre

le valió la recompensa.

Hay que ayudar a los hombres que viven en la miseria,

y no seguir el ejemplo de su tío desalmado

o de su primo el ingrato,

que por amor al dinero

descuidan a sus parientes.

La fortuna y la desgracia

son las sumas y las restas

que hace el Cielo, tan exactas

que no se pueden cambiar[35].

CANCIÓN DUODÉCIMA

EL ESPLENDOR LLEGA TARDE

El amor es la imagen de un espejo;

fama y rango sólo un sueño;

belleza y juventud pasan veloces.

Deja de hablar de cortinas bordadas,

de las mantas con aves del amor:

no retrasan la cita con la muerte

la tiara de perlas, la casaca de fénix.

No ha de pasar penurias la vejez,

pero hay que pensar en los hijos y nietos.

Un tocado oficial alegra a un hombre

(¡cómo destella su sello dorado!),

y sube hasta el poder con majestad.

Pero está cerca el oscuro sendero

que conduce a las Fuentes Amarillas.

¿Dónde están los generales de antaño?,

¿dónde los orgullosos estadistas?

Hoy ya no son sino nombres vacíos

que admira la posteridad[36].

CANCIÓN DECIMOTERCERA

TODAS LAS COSAS BUENAS SE ACABAN

La primavera se acaba; de las decoradas vigas

un polvo fragante cae.

Galante y bella como la luna,

ella es la raíz profunda

del ocaso familiar.

La antigua tradición decae con Jing,

y en la casa Ning se apresta la ruina.

Responsable es la pasión[37].

EPÍLOGO

LOS PÁJAROS SE DISPERSAN HACIA EL BOSQUE

Los funcionarios se arruinan,

los ricos dilapidan sus tesoros;

los que hicieron el bien han escapado

a las zarpas de la muerte;

los que no practicaron la clemencia

encuentran su justo pago;

los que una vida tomaron

ahora pagan con la suya;

la que adeudaba sus lágrimas

saldó hasta la última gota.

No es casual el castigo

por pecar contra los otros:

predestinados están encuentros despedidas;

en una vida anterior hay que buscar las razones

de cualquier muerte violenta,

y será afortunado quien disfrute

en la vejez de rango y riquezas.

Quien la esencia del mundo supo ver

huyó del mundo,

mientras los obstinados y necios

calcinan su vida.

Arruinados los plantíos,

regresan los pájaros al bosque;

después de tanta mudanza,

¡qué deshabitado y limpio

queda el blanco y vasto campo!

Se disponían las hadas a entonar la segunda tanda de canciones, cuando la diosa del Desencanto percibió el aburrimiento que producían en Baoyu. «¡Muchacho tonto! —pensó—. Sigues sin entender nada.»

Con la excusa de que estaba borracho y quería dormir los efectos del licor, Baoyu pidió a las hadas que no siguieran cantando. Desencanto ordenó que retirasen la mesa y lo condujo a un perfumado aposento con cortinajes de seda, el más lujoso que Baoyu había visto en toda su vida. Cuál no sería su sorpresa cuando vio allí a una inmortal que le recordó a Baochai por su encanto, y por su gracia a Daiyu. No salía de su asombro, y Desencanto le dijo:

—En tu polvoriento mundo son muchos los aposentos de verdes ventanas y las alcobas bordadas de ricas y nobles familias que son profanados por hombres libidinosos y mujeres disolutas. Peor aún, desde tiempos inmemoriales todos los canallas libertinos han establecido diferencias entre el amor a la belleza y el deseo carnal, entre el amor y la lujuria, para esconder el horror de sus acciones. El amor a la belleza conduce a la lujuria tanto como el deseo. Ésta es la causa de los placeres de nube y lluvia.

Y la diosa concluyó:

—Lo que más me gusta de ti es que eres el hombre más lujurioso que jamás habitó el mundo.

—¡Diosa! ¡Estás equivocada! —protestó el aterrado Baoyu—. Mis padres siempre me castigan por mi aversión al estudio, ¿cómo me voy a arriesgar encima a que me consideren «lujurioso»? Todavía soy muy joven, ni siquiera conozco el significado de esa palabra.

—Mira —replicó Desencanto—, aunque parezca muy establecido en qué consiste el vicio de la lujuria, lo cierto es que no existe una sola, y que una no es igual a otra, y que cada una tiene matices diferentes. En el mundo polvoriento hay libertinos cuya única holganza es la belleza física, el canto, el baile, la farra interminable y, siempre, el placer carnal, los incesantes juegos de nube y lluvia. Quisieran poseer a todas las bellezas de la tierra para saciar sus deseos de un minuto. Son criaturas soeces avezadas en la lujuria camal. Tú, en cambio, naciste con una naturaleza apasionada, con una locura de amor que llamamos «lujuria de la mente». Consiste en algo que puedes captar intuitivamente, pero no describir con palabras. Esto, que te convierte en grata compañía para las mujeres, te hace aparecer extraño y aberrante ante los ojos del mundo, y por tanto objeto de burla y desprecio. Hoy, tras encontrarme con tus dignos antepasados, los duques de Ningguo y de Rongguo, y escuchar su sincera súplica, para mayor gloria de las mujeres no pude aceptar que fueras condenado por el mundo. Por eso te traje aquí y te honré con licor divino y té de las hadas para intentar luego desperezar tu mente con sutiles canciones. Ahora me dispongo a entregarte a mi hermana menor Jianmei, cuyo nombre infantil es Keqing[38]. Esta noche, favorable para los encuentros amorosos, se consumará vuestra unión. Así, una vez que hayas comprobado la naturaleza ilusoria de los placeres en la tierra de las hadas, comprenderás la vanidad del amor en tu mundo polvoriento. De hoy en adelante podrás corregir tu conducta y prestar toda tu atención a las enseñanzas de Confucio y Mencio, y a la administración de la sociedad y el pueblo.

Dicho esto, siguió hablando y lo inició en los secretos del sexo. Después, empujándolo hacia el cuarto, cerró la puerta y se marchó.

Baoyu hizo todo lo que la diosa le había dicho, tal como ella le había indicado.

Podemos correr un velo sobre su primer acto amoroso.

Al día siguiente, Baoyu y Keqing se sentían tan unidos y tan cómodos intercambiando caricias, que una separación les resultaba intolerable. Cogidos de la mano salieron a dar un paseo. De pronto se encontraron en una espesura de espinos infestada de lobos y tigres. Un torrente de aguas negras les cerraba el paso, y no había puente por donde salvarlo. Empezaba a dominarles el pánico cuando apareció Desencanto.

—¡Alto! ¡Alto! —gritó—. ¡Volved antes de que sea demasiado tarde!

Petrificado, Baoyu preguntó:

—¿Qué lugar es éste?

—El Vado del Extravío —le contestó Desencanto—. Tiene cien mil pies de profundidad y mil li de ancho, y no hay barca que lo lleve a uno a la otra orilla; sólo una almadía con el Maestro Madera al timón y el Acólito Cenizas con la pértiga. No aceptan pago en oro o plata, y únicamente transportan a los que están destinados a ello. Vosotros habéis llegado aquí por casualidad, pero, si hubierais caído allí dentro, de nada hubieran servido mis consejos.

Y no había terminado de pronunciar estas palabras cuando, sobre el Vado del Extravío, sonó un estrépito como de truenos, y hordas de monstruos y demonios del río se abalanzaron sobre Baoyu para arrastrarlo hacia dentro. Empezó a sudar gotas frías y abundantes como la lluvia, y en su terror gritaba:

—¡Keqing! ¡Keqing! ¡Ayúdame!

Xiren y las otras doncellas se apresuraron a tranquilizarlo cogiéndolo entre sus brazos:

—No tenga miedo, señor Bao —le decían—. Estamos aquí.

Qin Keqing estaba en la terraza dando instrucciones a las doncellas para que los cachorros de gato y los perritos que jugaban no hicieran ruido, cuando oyó que Baoyu, desde su sueño, gritaba desesperado su nombre infantil.

«Nadie aquí lo conoce —pensó sorprendida—. ¿Cómo ha podido gritarlo en sueños?»

Por cierto:

Ocurren extraños encuentros en un sueño secreto.

Soy el amante más obstinado que vieron los tiempos.

* En algunas versiones, al principio de este capítulo aparecen los siguientes versos:

Bajo edredones bordados,

dormido de primavera,

siguiendo en trance a una diosa

deja el mundo terrenal.

¿Quién visita la Tierra de los Sueños?

El más obstinado amante

que vieron nunca los tiempos.

CAPÍTULO VI

Por primera vez, Baoyu conoce las sensaciones

de la nube y de la lluvia[1].

Por primera vez, la abuela Liu visita la mansión

Rongguo*.

Qin Keqing quedó perpleja al oír su nombre de infancia pronunciado en sueños por Baoyu, pero prefirió no preguntarle nada. En cuanto a Baoyu, se sentía aturdido y confuso, como si le faltara algo. Unos servidores le trajeron una cocción de longyan[2], y tras tomar un par de sorbos se levantó. Xiren se acercó para ayudarle a arreglarse la ropa y, al rozarlo, sintió a lo largo de su muslo algo frío y viscoso. Asustada, retiró la mano y le preguntó qué le sucedía; Baoyu se turbó como un camarón y le apretó la mano.

Xiren era una muchacha inteligente. Tenía dos años más que Baoyu y ya sabía sobre las cosas de la vida. El estado del muchacho le reveló lo que había sucedido, y, sonrojándose ella también, le ayudó a ordenar su ropa sin hacer más preguntas.

Fueron a reunirse con la Anciana Dama, y tras cenar apresuradamente volvieron a su cuarto. Aprovechando la ausencia de las otras doncellas y amas, Xiren le dio ropa limpia y le ayudó a ponérsela.

—Por favor, hermanita, no se lo digas a nadie —suplicó Baoyu, avergonzado. Con una sonrisa, ella le preguntó:

—Pero ¿qué ha soñado para ponerse así?

—Es una historia muy larga —respondió Baoyu, y le contó detalladamente su sueño concluyendo con la escena en la que Desencanto le inicia en el «juego de la nube y la lluvia». Xiren se turbó oyéndolo y, con una risita, se cubrió la cara.

Baoyu, que no era indiferente a la amabilidad y la coquetería de Xiren, la atrajo hacia sí y le pidió que siguiera con él las enseñanzas de la diosa. Ella intuyó que, habiendo sido entregada a Baoyu por la Anciana Dama, aquella no era una licencia indebida. Acabaron probándolo en secreto, y afortunadamente no fueron descubiertos. Desde aquel día Baoyu trató a Xiren con una consideración especial; ella, por su parte, le sirvió con más fidelidad que antes. Pero dejemos este asunto por el momento.

Hablemos de la mansión Rong. Sin ser demasiado grande la habitaban tres o cuatrocientas personas, entre señores y sirvientes, y, a pesar de que no hubiera mucho ajetreo, eran muchas las cosas que atender cotidianamente. Describirlas es más difícil que desenredar una madeja de cáñamo. Justo cuando me estaba preguntando por qué suceso o criatura iniciar dicha descripción, apareció de pronto una persona humilde llegada desde más de mil li de distancia, insignificante como un grano de mostaza, que precisamente aquel día visitaba la mansión en razón de un lejano parentesco con la familia. Empezaré, pues, por su propia familia.

¿Conocen ustedes el nombre de esta familia y su remota vinculación con la mansión Rong? Si piensan, llegados aquí, que este asunto es trivial y carece de importancia, entonces, queridos lectores, mejor harían en dejar este libro y elegir otro que fuera más de su agrado. Pero si consideran que esta insensata historia les puede ayudar a matar el tiempo, entonces permitan que yo, la estúpida roca, me demore en los detalles.

El apellido de la humilde familia que acabo de mencionar era Wang. Se trataba de gente aldeana cuyo abuelo había conocido al abuelo de Xifeng, el padre de la dama Wang, cuando trabajaba como funcionario de bajo rango en la capital. Deseoso de vincularse a los poderosos Wang, «se unió a la familia» atribuyéndose la calidad de sobrino. En aquel tiempo sólo la dama Wang y su hermano mayor, el padre de Xifeng, que habían acompañado a su padre a la capital, conocían la existencia de este remoto «pariente» del clan. El resto de los Wang la ignoraba.

El abuelo había muerto dejando un hijo, Wang Cheng, quien, a la vista de las estrecheces que pasaba la familia en la capital, la había enviado de vuelta a su aldea natal, situada en las afueras. No hacía mucho que Wang Cheng había muerto dejando un hijo, Gouer, que a su vez había tenido, de su matrimonio con una muchacha de la familia Liu, un hijo llamado Baner y una hija de nombre Qinger. Aquella familia de cuatro miembros vivía cultivando la tierra. Gouer trabajaba de sol a sol mientras su esposa atendía las faenas de la casa, por lo cual tuvieron que llevarse con ellos a su suegra, la abuela Liu, para que cuidara de los niños. Era una anciana viuda que había corrido mucho mundo y que ahora se mantenía a duras penas con dos mu[3] de tierra pobre, sin hijo que la ayudara; por eso la idea de ser acogida en casa de su yerno no pudo sino alegrarla, y ella hizo lo posible por serles de utilidad.

El otoño había terminado y avanzaba el frío. A falta de alimentos para enfrentarse a él, Gouer bebía en este momento unas copas para ahogar sus preocupaciones y descargaba su enfado en la familia. Su esposa no se atrevía a replicarle, pero la abuela Liu no estaba dispuesta a seguir soportando la situación.

—Disculpa que me entrometa, yerno —dijo—. Los aldeanos somos gente honrada y sencilla que comemos según el tamaño de nuestro tazón. A ti, en cambio, te malcrió tanto tu padre de pequeño que ahora eres un mal administrador. Cuando tienes dinero no guardas para mañana; cuando te falta, te enfadas. Esa actitud no es la de un hombre. Aunque vivamos fuera de la capital, estamos a los pies del emperador y las calles de Chang’an[4] están cubiertas de dinero para aquellos que saben cómo conseguirlo. ¿De qué sirve en casa tu malhumor?

—¡Qué fácil es para usted hablar desde el kang! —replicó Gouer—. ¿Acaso quiere que salga a robar? ¿O quizás que asalte a alguien?

—¿Quién te lo está pidiendo? Lo que te digo es que pensemos juntos alguna solución. ¿O es que esperas que las monedas de plata lleguen rodando solas?

—¿Cree usted que habría esperado tanto tiempo si hubiera una salida? —refunfuñó Gouer—. No tengo parientes con rentas ni amigos en cargos oficiales, y, aunque los tuviera, lo más seguro es que me ignorasen. ¿Qué puedo hacer?

—No estés tan seguro —dijo la abuela Liu—. El hombre propone y el cielo dispone. O sea, que proponer es cosa nuestra. Piensa un plan, confía en Buda y, quién sabe, quizás pronto obtengas resultados. La verdad es que yo ya tengo una idea. En los viejos tiempos, los tuyos se unieron a los Wang de Jinling, y entonces, hace de eso veinte años, los trataron bien. Claro que después, por puro amor propio, no os habéis acercado a ellos y cada vez os habéis ido alejando más. Recuerdo que en una ocasión fui en su busca con mi hija. Su segunda dama era realmente generosa, muy agradable y sin ínfulas. Ahora es la esposa del segundo señor Jia de la mansión Rong. Tengo entendido que se ha vuelto muy caritativa y siempre anda guardando arroz y dinero para entregarlo a budistas y taoístas. Su hermano ha sido destinado a la frontera, pero estoy segura de que esa dama Wang se acordará de nosotros. ¿Qué perdemos con intentarlo? Quizás nos ayude en nombre de los viejos tiempos. Si está dispuesta a hacerlo, uno de sus cabellos será más grueso que nuestra cintura.

—Mi madre tiene razón —terció la hija—. Pero ¿cómo van a franquear unos desgraciados como nosotros el portón de la mansión Rong? Lo más probable es que sus porteros se nieguen a anunciamos. ¿Por qué ir a pedir una bofetada?

Pero Gouer, atraído por la sugerencia de su suegra, se rió de la objeción de su esposa y propuso:

—Ya que ésta es idea suya, madre, y como antes ya fue en busca de esa dama, ¿por qué no se acerca mañana por allí a ver de qué lado sopla el viento?

—¡Vaya! El umbral de una Casa noble es más profundo que el mar, ¿y quién soy yo para cruzarlo? Los sirvientes de la mansión Rong no me conocen; de nada serviría que fuera.

—Eso no es problema. Le diré cómo hacerlo. Se lleva con usted al pequeño Baner y pregunta por el mayordomo Zhou Rui. Si consigue verlo, vamos bien; este Zhou Rui tuvo negocios con mi padre y solía mantener buenas relaciones con nosotros.

—Yo también lo conozco, pero ¿cómo me recibirá después de tanto tiempo? Veo que tú estás demasiado asustado para ir, y mi hija es demasiado joven para andar exhibiéndose así. Yo, en cambio, tengo edad suficiente cómo para no temer un desaire. Si tengo suerte la compartiremos, e incluso si no regreso con algo de dinero mi viaje no habrá sido en vano, pues nunca está de más ver algo de la buena vida.

Celebraron a coro el comentario, y aquella misma noche el asunto quedó arreglado.

Al día siguiente la abuela Liu se levantó antes del alba para asearse y dar instrucciones a Baner. Como a todo niño de cinco o seis años, la perspectiva de un viaje a la ciudad le producía una gran excitación y le hacía acceder a cuanto se le dijera.

Una vez en la ciudad preguntaron por la calle de Ning y Rong. La abuela Liu se intimidó, al ver tantas literas y caballos y no se atrevió a llegar hasta los leones de piedra que flanqueaban la puerta principal de la mansión Rong, así que, finalmente, tras, sacudirse el polvo de la ropa y dar sus últimas instrucciones a Baner, se acercó tímidamente a la puerta lateral, donde unos sirvientes corpulentos y arrogantes, enfrascados en una animada conversación, tomaban el sol sentados sobre unos largos bancos.

La abuela Liu se acercó y los saludó. Los hombres la miraron de arriba abajo, antes de dignarse preguntarle qué quería.

—He venido a ver al señor Zhou, que llegó con la dama Wang cuando ésta se casó —les dijo sonriendo—. ¿Sería tan amable uno dé ustedes, caballeros, de decirle que estoy aquí?

Los hombres la ignoraron y continuaron su charla hasta que uno de ellos le dijo:

—Espere en esa esquina a que salga alguien de la familia.

—¿Por qué engañarla y hacerle perder el tiempo? —intervino un hombre mayor. Luego le dijo a la abuela Liu—: El viejo Zhou ha salido de viaje al sur, pero su esposa se ha quedado. La casa está a las espaldas de la mansión. Da la vuelta hasta el portón trasero y pregunta allí por ella.

Tras darle las gracias, la abuela Liu tomó a Baner y siguió sus instrucciones. Había en la puerta trasera varios mercachifles con sus mercaderías, y muchos niños de los sirvientes se arremolinaban en torno a los que vendían golosinas y juguetes.

La anciana detuvo a uno de los niños y le preguntó:

—Hijo, ¿sabes si está en casa la señora Zhou?

—¿Qué señora Zhou? —respondió—. Tenemos tres señoras Zhou y dos abuelas Zhou. ¿En dónde trabaja?

—Es la esposa de Zhou Rui, que llegó con la dama Wang.

—Ah, si Venga conmigo.

Cruzó delante de ella la puerta trasera y señaló un grupo de casas.

—Vive allí. ¡Tía Zhou! ¡Tía Zhou! —llamó el niño—. ¡Aquí hay una abuela que la busca!

La señora Zhou salió a ver quién era, y, al verla, la abuela Liu se adelantó gritando:

—¡Hermana Zhou! ¡¿Cómo estás?!

Ella tardó en reconocerla, hasta que respondió con un gesto de alegría:

—¡Pero si es la abuela Liu! Ha pasado tanto tiempo que casi no la reconozco. Pase y siéntese.

La abuela entró sonriendo y comentó:

—Cuanto más alto es el rango, peor es la memoria. ¿Cómo te ibas a acordar de mí?

La señora Zhou le dijo a una doncella que sirviera té, luego miró a Baner y exclamó:

—¡Pero cuánto ha crecido este chico!

Después de un breve intercambió de preguntas corteses preguntó a la abuela si sólo estaba de paso o venía con algún propósito concreto.

—Vine especialmente a verte, hermana, y también a interesarme por la salud de la dama. Sería estupendo que pudieras llevarme a verla, pero si no es posible te rogaría al menos que le transmitieras mis respetos.

El ruego de la abuela Liu dio a la señora Zhou una idea bastante aproximada de los motivos de aquella visita. Como Gouer había ayudado a su esposo a comprar unas tierras, le era imposible negarle el favor a la abuela. Además, estaba deseando mostrar que ella era alguien en aquella mansión.

—Descuide, abuela —le dijo con una sonrisa—. Ha venido usted hasta mí con la mejor intención y debe dar por supuesto qué la ayudaré a ver al verdadero Buda, aunque mi trabajo no consista en anunciar a los visitantes. Aquí cada uno tiene su tarea. Mi esposo, por ejemplo, sólo se dedica a cobrar los arriendos de la tierra en primavera y en otoño, y a servir de acompañante a las damas cuando salen. Pero, puesto que está emparentada con la dama Wang y ha venido a pedirme ayuda como si yo fuera alguien, haré una excepción y anunciaré su llegada. Ahora bien, debo decirle que las cosas aquí han, cambiado mucho en los últimos cinco años. La dama ya no se ocupa de muchos asuntos y deja todo en manos de la esposa del segundo señor. Por cierto, ¿quién diría usted que es ella? La sobrina de mi señora, la hija de su hermano mayor, la que tenía por nombre de infancia «Hermano Fénix»[5].

—¡No me digas! —exclamó la abuela Liu—. Ya le pronosticaba yo grandes cosas. En ese caso tengo que verla hoy mismo.

—Claro. Ya le digo que ahora Su Señoría prefiere no ocuparse de demasiados asuntos, y deja en manos de la joven señora incluso la atención a la mayoría de los visitantes, Si no puede ver a Su Señoría, y tampoco a la joven, será como si no hubiese venido.

—¡Bendito sea Buda! Cuánto te agradezco tu ayuda, hermana.

—No diga eso. Quien ayuda a los demás, a sí mismo se ayuda. Sólo necesito decir una palabra y no supone molestia ninguna.

Envió a su joven doncella a ver si se había servido la comida de la Anciana Dama.

—La joven señora Feng no puede tener más de veinte años —comentó la abuela Liu—. ¡Habrá que verla administrando una casa tan tremenda como ésta!

—Y no conoce ni la mitad de la historia, abuela. A pesar de su juventud lo administra todo mejor que nadie. Además, se ha convertido en una belleza. ¡Hábil es una palabra muy corta para describirla! Ah, y hablando no se le puede comparar la elocuencia de diez hombres. Ya lo irá descubriendo usted por sí misma. Si algún defecto tiene, es ser demasiado dura con sus inferiores.

En ese momento regresó la doncella.

—La Anciana Dama ha terminado de comer, y la segunda señora está con la dama Wang.

La señora Zhou indicó presurosa a la abuela Liu:

—¡Vamos! Aprovechemos la hora de la comida. Luego se junta tanta gente a tratar negocios que no podríamos ni echar una mirada, y mucho menos durante la siesta.

Se bajaron del kang y se cepillaron la ropa. Tras darle a su nieto las últimas instrucciones, la abuela Liu siguió a la señora Zhou por unos caminos sinuosos que conducían a los aposentos de Jia Lian, y esperaron en un pasillo mientras la señora Zhou franqueaba un biombo colocado en la puerta principal y hablaba con Pinger, la doncella de confianza de Xifeng, que había llegado a la mansión como parte de la dote de su señora y se había convertido en concubina de Jia Lian. Después de explicarle quién era la abuela Liu, la señora Zhou dijo:

—Ha hecho un largo viaje para presentar sus respetos a la dama. En los viejos tiempos Su Señoría la recibía siempre, así que estoy segura de que también lo hará ahora; por eso la he traído. Cuando llegue tu señora le contaré toda la historia. No creo que me riña por haberme tomado demasiadas libertades.

Pinger decidió invitarlas a que tomaran asiento, y Zhou salió a buscar a la abuela y al niño. Mientras subían las escaleras del salón principal, un soplo de perfume les dio la bienvenida al levantar una joven doncella una cortina de lana roja. La abuela Liu no supo por qué, pero se sintió como si caminara sobre el aire; tan deslumbrada estaba por todo lo que veía en el aposento que la cabeza le daba vueltas. Sólo alcanzaba a hacer saludos por doquier, chasquear la lengua y exclamar:

—¡Bendito sea Buda!

Encontraron a Pinger de pie junto al kang del cuarto oriental, que era el dormitorio de la hija de Jia Lian. Miró inquisitivamente a la abuela y la saludó de modo algo seco pidiéndole que tomara asiento.

El vestido de seda de Pinger, sus dijes de oro y plata, su rostro hermoso como una flor, hicieron que la abuela Liu la confundiera con su señora; iba a saludarla como tal cuando se dio cuenta de que la muchacha y la señora Zhou se trataban como iguales, y comprendió que no era más que una doncella de las favoritas.

La abuela Liu y Baner se sentaron sobre el kang mientras Pinger y la señora Zhou se acomodaban en el borde, una enfrente de otra. Unas doncellas trajeron té, y mientras la anciana lo sorbía oyó un ruido acompasado, como el de un cedazo de harina. Al mirar a su alrededor buscando el origen del ruido vio una caja adosada a una de las columnas del cuarto; tenía debajo una especie de pesa colgada que se mecía.

«¿Qué será eso? —se preguntó—. ¿Para qué servirá?» En ese instante le sobresaltó un fuerte ¡dong! similar al tañido de una campana o unos carrillones de bronce; el sonido se repitió ocho o nueve veces. Antes de que pudiera resolver el misterio entraron corriendo varias doncellas que exclamaron:

—¡Llega la señora!

Pinger y la señora Zhou se levantaron y dijeron a la abuela Liu que esperase allí hasta que la avisaran. Y allí se quedó aguzando los oídos, conteniendo la respiración, esperando en silencio. En la distancia se oyeron unas risas. De diez a doce sirvientes pasaron por el salón camino de otro aposento interior, mientras dos o tres de ellos aparecieron con unas cajas de laca. Al darse la orden de poner la mesa, la mayoría de las mujeres despejaron el recinto y sólo se quedaron unas cuantas para poner los platos. Siguió otro largo silencio, tras el cual aparecieron dos mujeres que traían una mesita baja cubierta de platos de carne y pescado que fueron colocados sobre el kang. Cuando vio tanta comida, Baner pidió carne ruidosamente; la abuela le dio dos bofetadas diciéndole que se mantuviera callado y aparte.

En ese momento apareció la señora Zhou para invitarles a pasar; la abuela Liu levantó a su nieto del kang y lo llevó hacia el salón. Tras unos susurros de coneja por parte de la señora Zhou, la abuela la siguió lentamente hasta el cuarto de Xifeng.

Una cortina de tela suave con dibujos de flores escarlata pendía de unos ganchos de bronce ante la puerta, y sobre el kang próximo a la ventana sur había una alfombra con los mismos colores. Apoyado en el tabique de madera de la parte oriental había un respaldo y un cojín de brocado con dibujos de cadenas, y al lado una escupidera de plata.

Xifeng vestía una capucha de marta cibelina oscura con una banda de perlas, que era su prenda de andar por casa. Lucía también una chaqueta floreada de color rojo durazno, una capa turquesa forrada de piel de ardilla gris y una falda importada de crepé color carmín forrada de armiño. Estaba sentada con una postura rígida, deslumbrantemente maquillada, y revolvía las brasas de su estufa con un pequeño atizador de bronce. Junto al kang estaba Pinger, que sostenía una tacita cubierta sobre una pequeña bandeja de laca; pero Xifeng, con la cabeza inclinada, ignoraba el té mientras no dejaba de atizar las brasas.

—¿Por qué no la has hecho pasar todavía? —preguntó por fin.

Al levantar la cabeza para coger el té, vio delante de ella a la señora Zhou con sus dos acompañantes. Hizo ademán de incorporarse y los saludó con una radiante sonrisa. A la señora Zhou le llamó la atención que no hubiera hablado antes.

La abuela Liu hizo ante Xifeng repetidos koutou, y ésta dijo:

—Ayúdala a levantarse, hermana Zhou; no debe hacerme reverencias. Dile que se siente. Soy demasiado joven para recordar cuál es nuestro parentesco, así que no sé cómo llamarla.

—Ésta es la anciana de la que le hablé —dijo la señora Zhou a modo de introducción.

Xifeng asintió con la cabeza.

La abuela Liu ya se había sentado al borde del kang, y Baner se escondió detrás de ella. A pesar de la insistencia para que se adelantara e hiciera una reverencia, se riego a moverse de donde estaba.

—Los parientes que no se visitan acaban distanciándose —observó Xifeng—. Quienes nos conocen dirían que ha estado descuidando nuestra amistad; los mezquinos, que no nos conocen tan bien, pensarían que miramos por encima del hombro a los demás.

—¡Bendito sea Buda! —exclamó la abuela Liu—. Somos demasiado pobres para andar de un lado a otra. Aunque Su Señoría no nos diera con la puerta en las narices si viniéramos de visita, sus mayordomos nos tomarían por pidienteros.

—¡Vaya manera de hablar! —rió Xifeng—. Nosotros sólo somos pobres funcionarios que intentan vivir a la altura de la reputación de sus abuelos. Esta casa tan grande es sólo una enorme cáscara vacía que nos legó el pasado. Como dice el adagio, «hasta el propio emperador tiene parientes pobres»; cuanto más nosotros.

Preguntó a la señora Zhou si había avisado a la dama Wang.

—Esperaba que la señora me lo ordenase —respondió.

—Anda y mira si está muy ocupada. No la molestes si tiene visita, pero si está libre infórmala y trae su respuesta.

Cuando la señora Zhou hubo salido con el encargo, Xifeng ordenó a las doncellas que dieran unos confites a Baner. Estaba haciéndole unas preguntas a la abuela Liu cuando Pinger anunció la llegada de un tropel de sirvientes que venían a dar cuenta de los asuntos que tenían a su cargo.

—Ahora tengo visita. Que vuelvan esta noche —dijo Xifeng—. Haz pasar sólo a los que traigan algo urgente.

Pinger salió, y luego volvió para decir:

—No traen nada urgente, así que les he dicho que se retiren.

En ese preciso instante llegó la señora Zhou.

—Su Señoría está ocupada —dijo—. Espera que usted atienda a los visitantes y les agradezca su interés. Si sólo han venido a saludarla, transmítales su agradecimiento; si traen otro asunto, que lo expongan.

—No traigo ningún negocio en particular —intervino la abuela Liu—. Sólo vine a saludar a Su Señoría y a la señora Lian, en vista de nuestro parentesco.

—Si no trae nada especial, bien está —dijo la Señora Zhou, guiñándole un ojo a la abuela—. Pero si lo trae, debe saber que decírselo a la segunda señora es como decírselo a Su Señoría.

La abuela Liu captó la sugerencia y, con el rostro enrojecido de vergüenza, tragándose el orgullo, empezó a explicar abiertamente el motivo de su visita.

—En realidad, señora, creo que no debería tratar este tema en mi primera visita. Pero como he hecho un camino tan largo para pedir su ayuda, más valdrá que hable…

En ese momento se oyeron unos pajes en la segunda puerta que anunciaban la llegada del joven señor de la mansión del Este; interrumpiendo bruscamente a la abuela, Xifeng preguntó:

—¿Dónde está el señor Rong?

Se oyó un ruido de botas, y tras él apareció un apuesto joven de diecisiete o dieciocho años. Esbelto y elegante con su abrigo de pieles ligeras, llevaba una faja enjoyada, ropa fina y un espléndido sombrero. La abuela Liu no supo si levantarse o permanecer sentada, y en ese momento deseó poder esfumarse.

—Siéntate —dijo Xifeng al muchacho con un gesto.

Y a la abuela:

—Es mi sobrino.

La abuela Liu se acomodó con mucha cautela al borde del kang.

Jia Rong anunció jubilosamente:

—Tía, mi padre me envía a pedirle un favor. Espera mañana la llegada de un huésped muy importante, y pregunta si podría llevarse prestado ese biombo de vidrio para kang que le regaló nuestra tía abuela Wang. Se lo devolverá enseguida.

—Llegas tarde —repuso Xifeng—. Ayer mismo se lo presté a otra persona.

Jia Rong soltó una risita y se acercó medio arrodillado al pie del kang.

—Si no me lo presta, tía, voy a recibir otra paliza, esta vez por no saber pedir las cosas adecuadamente. ¡Tenga piedad de su sobrino!

—No sé por qué siempre parecéis imaginar que todas las cosas de los Wang son especiales. ¿No tenéis bastantes cosas propias? —contestó Xifeng.

—Nada que se pueda comparar. ¡Por favor, tía, sea usted buena!

—De acuerdo, ¡pero ay de ti si le pasa algo!

Ordenó a Pinger que buscara las llaves de los cuartos de arriba y que reuniera gente de confianza para entregar el biombo.

—Yo he traído gente para cargar con él —el rostro de Jia Rong enrojeció, y sus ojos brillaron—. Me encargaré personalmente de que tengan cuidado.

Ya se iba cuando, de repente, Xifeng le ordenó que volviera.

La gente de fuera pasó la voz:

—Señor Rong, que vuelva usted.

El joven regresó a ver qué quería su tía. Xifeng, pensativa, dio un sorbo a su té y luego dijo riendo:

—Déjalo, vuelve después de la cena. Ahora tengo visita y no es el momento de decírtelo.

Jia Rong se retiró lentamente sin dejar de mirarla.

Por fin la abuela Liu se sintió cómoda para hablar, y dijo:

—El motivo de que haya traído conmigo a su sobrino de usted es que sus padres no tienen qué comer, y el invierno empeorará las cosas. Sí, por eso lo he traído. —Tocó con el codo a Baner—. ¿Qué te dijo tu papá? ¿Para qué te mandó aquí? ¿Sólo para comer dulces?

La manera vulgar que tenía la abuela de expresarse hizo sonreír a Xifeng.

—No diga más. Ya entiendo.

Y preguntó a la señora Zhou:

—¿Ha comido ya la abuela?

—Salimos tan temprano y con tanta prisa que no nos dio tiempo a comer nada —dijo rápidamente ella.

Xifeng hizo traer comida para los visitantes, y a la señora Zhou le dijo que dispusieran una mesa para ellos en el cuarto del este.

—Hermana Zhou, encárgate de que no les falte nada —dijo Xifeng—. Yo no puedo acompañarlos. Cuando los hubo llevado al cuarto, Xifeng volvió a llamar a la señora Zhou para que le contara qué había dicho la dama Wang.

—Su Señoría dice que no pertenecen realmente a nuestra familia. Su Señoría también dice: «Las familias se unieron por llevar el mismo apellido y porque su abuelo fue funcionario en el mismo lugar que nuestro anciano señor. En estos últimos años los hemos visto poco, pero, cuando han venido, nunca han vuelto con las manos vacías. Como sus visitas son bienintencionadas, no debemos tratarlos mal. Si piden ayuda, la señora debe actuar según su propio entendimiento».

—Ya decía yo que era muy raro que siendo parientes no supiera absolutamente nada de ellos.

Mientras Xifeng hablaba, volvieron la abuela Lin y Baner de su comida con enfáticas muestras de gratitud.

—Ahora siéntese y escúcheme, estimada abuela —dijo Xifeng alegremente—. Sé lo que me estaba insinuando hace un rato. No deberíamos esperar a que los parientes llamen a nuestras puertas para acudir en su ayuda, pero aquí tenemos muchos problemas, y ahora que Su Señoría va envejeciendo se olvida a veces de las cosas. Además, cuando hace poco acepté encargarme de los asuntos de la casa no llegué a informarme exhaustivamente de nuestros contactos familiares; por otra parte, a pesar de que aparentamos prosperidad debe comprender que una casa tan grande tiene sus dificultades, aunque le cueste creerlo; Pero en fin, como ha venido desde tan lejos y es la primera vez que solicita mi ayuda, no puedo permitir que se vaya con las manos vacías. Afortunadamente ayer mismo me dio Su Señoría veinte taeles de plata para la ropa de las doncellas, y todavía no los he tocado. Si le parecen suficientes, acéptelos por el momento.

Las referencias a problemas y dificultades habían acabado con todas las esperanzas de la abuela. Por eso le llenó de júbilo la promesa de los veinte taeles.

—Ay —exclamó—, yo sé lo que es pasar: apuros. Pero un camello, aunque esté muerto de hambre, es más grande que un caballo y, sea como sea, uno solo de sus cabellos es más grueso que nuestra cintura.

La señora Zhou le hacía señas a la abuela para que no hablara con esa ordinariez, pero a Xifeng no parecía importarle y se reía sin parar. Envió a Pinger a que trajera la bolsa con la plata y una sarta de monedas, y lo entregó todo a la anciana.

—Aquí hay veinte taeles para que le hagan ropa de invierno al niño —dijo Xifeng incorporándose—. Si no los acepta, pensaré que lía he ofendido. Con las monedas pueden alquilar una carreta para volver a vernos cuando tengan tiempo, como debe hacerlo todo pariente. Pero ya es tarde y no debo: hacerles perder más tiempo. Presente mis saludos a su gente, y espero que no me olviden.

Tras expresar una vez más su agradecimiento, la abuela Liu tomó la plata y las monedas y salió detrás de la señora Zhou.

—¡Alabado sea Buda! —exclamó la señora Zhou—. ¿Por qué tuvo usted que decir lo de «su sobrino»? A riesgo de ofenderla, tengo que decirle una cosa: aunque se hubiera tratado de un auténtico sobrino, no lo debía haber dicho. El señor Rong sí que es un sobrino verdadero, ¿de dónde iba a sacar ella un sobrino como Baner?

—¡Querida hermana! —La abuela Liu estaba radiante de alegría—. Cuando la vi me aturullé y no supe lo que decía.

Así charlando llegaron hasta la casa de Zhou Rui, donde se sentaron un momento. La abuela Liu quiso dejar un trozo de plata para que los hijos de la señora Zhou se compraran golosinas, pero ésta se negó a aceptarlo porque sumas tan pequeñas no significaban nada para ella. Luego, infinitamente agradecida, la abuela partió por la puerta trasera. Por cierto,

Cuando las cosas marchan bien es normal la caridad;

alguien profundamente agradecido es mejor que parientes o amigos.

* En algunas versiones aparecen los siguientes versos encabezando este capítulo:

A la puerta de los ricos llama un día,

y hasta los ricos se quejan de estrecheces y de faltas;

no le regalan mil piezas de oro,

pero resultan de la misma sangre.

CAPÍTULO VII

Mientras Jia Lian se divierte con Xifeng,

a ella le traen unas flores de la corte.

En un banquete de la mansión Ningguo,

Baoyu conoce a Qin Zhong*.

Cuando hubo despedido a la abuela Liu, la señora Zhou acudió a informar de su visita a la dama Wang. Las doncellas le dijeron que su señora había ido a charlar un rato con la tía Xue, y se dirigió hacia la puerta lateral que daba al patio del este; por fin llegó al patio de los Perales Fragantes. Sentada sobre las escaleras de la terraza encontró a Jinchuan, la doncella de la dama Wang, que jugaba con una muchacha a la que ya se le dejaba crecer el pelo. Supuso que la señora Zhou venía por asuntos serios, y le hizo un gesto señalando la puerta.

Apartando sin ruido la cortina, la señora Zhou entró. Encontró a la dama Wang y a su hermana absortas en una charla sobre asuntos domésticos y no se atrevió a interrumpirlas, así que pasó directamente a los cuartos interiores; allí, acompañada por su doncella Yinger, Baochai, con el cabello recogido en un moño y un vestido de andar por casa, estaba copiando el dibujo de un bordado. La muchacha dejó el pincel sobre la mesita que tenía sobre el kang y ofreció asiento a su visitante.

—¿Cómo está usted, señorita? —preguntó la señora Zhou mientras se sentaba en el borde del kang—. Hace días que no la veo por aquella parte de la casa, ¿acaso la ha molestado Baoyu?

—¡Qué ocurrencia! Me he encerrado aquí un par de días a causa de una vieja dolencia.

—¡Ay, señorita! ¿Qué me dice? ¿De qué se trata? Lo mejor sería llamar a un médico para que la vea y le recete un remedio; con unas cuantas medicinas se pondría bien enseguida. La falta de salud en una edad como la suya es algo que hay que tomar muy en serio.

—¡No me hable de medicinas! —exclamó Baochai riendo—. El cielo es testigo de todo el dinero que hemos malgastado en médicos y medicinas para curar mi mal. Ni médicos ni pócimas me han servido de nada. Un día apareció un bonzo tiñoso que se decía especialista en enfermedades misteriosas; le invitamos a pasar y me diagnosticó un humor colérico traído desde el útero materno. Me dijo también que gracias a mi constitución fuerte no era un asunto muy serio. Las píldoras normales no me ayudaban nada, y él me recetó unas medicinas exóticas de allende el mar[1] junto a un paquete de polvos aromáticos traídos de quién sabe dónde. Me mandó tomar una píldora cada vez que sufriera un ataque. Es extraño, pero los remedios del monje me han servido de mucho.

—¿Y qué receta es esa de allende los mares? Si me la dice, señorita, la recordaré y quizá sirva para otros que tengan el mismo problema. Ésa sería una buena acción.

—Pues mejor sería que no preguntase —rió Baochai—. Pero si lo quiere saber le diré que es el más fastidioso de los remedios. No tiene muchos ingredientes y son fáciles de obtener, pero cada uno de ellos ha de ser cogido en el momento preciso. Ha de tomar doce onzas de estambres de peonías blancas, que florecen en primavera; doce onzas de estambres de lotos blancos, que florecen en verano; doce onzas de estambres de hibiscos blancos, que florecen en otoño, y doce onzas de estambres de ciruelos blancos, que florecen en invierno. Los cuatro tipos de estambre han de secarse al sol durante el siguiente equinoccio primaveral, y luego hay que mezclarlos con los polvos aromáticos. Después tiene que coger doce dracmas de agua de lluvia caída el día de la Lluvia Inicial[2]…

—¡Ay, señorita! —interrumpió la señora Zhou—. Todo eso llevaría unos tres años. ¿Y qué pasaría si no llueve el día de la Lluvia Inicial?

—Precisamente. No siempre se puede contar con ello. Si no llueve, entonces hay que esperar. Además, hay que reunir doce dracmas de rocío del día del Rocío Blanco, doce dracmas de escarcha del día de la Caída de la Escarcha, y doce dracmas de nieve del día de la Nieve Leve. Hay que mezclarlo todo con los otros ingredientes, y después hay que añadir doce dracmas de miel y doce de azúcar para hacer píldoras del tamaño de Ojos de Dragón que deben ser conservadas en un jarrón viejo de porcelana, que a su vez hay que enterrar bajo las raíces de las flores. Cuando sobreviene el mal se desentierra el jarrón y se toma una píldora con doce fen de filolendro cocido.

—¡Buda bendito! ¡Y qué complicación! —exclamó la señora Zhou—. Pueden pasar diez años hasta que se haya logrado reunir los ingredientes.

—Nosotros tuvimos la suerte de reunirlos, y después de que se fuera el bonzo pudimos seguir sus instrucciones y tener lista la pócima en sólo dos años. Hemos traído las píldoras, que ahora están enterradas bajo uno de los perales.

—¿Y no tiene nombre esa medicina?

—Sí que lo tiene. El bonzo tiñoso nos dijo que se conoce con el nombre de «Píldoras del Aroma Frío».

—¿Y cuáles son los síntomas de su enfermedad, señorita? —siguió preguntando la señora Zhou.

—Poca cosa; a veces tengo leves ataques de tos y me falta el aire, pero con una píldora se arregla.

Antes de que pudieran continuar la conversación, la dama Wang preguntó quién había entrado.

La señora Zhou salió apresuradamente y aprovechó para contarle La visita de la abuela Liu. Cuando hubo terminado y se disponía a salir, la tía Xue la detuvo:

—Espera un momento —le dijo—. Quiero que te lleves algo.

Llamó a Xiangling, la muchacha qué estaba jugando con Jinchuan, que entró haciendo sonar la cortina.

—¿Me ha llamado, señora? —preguntó.

—Alcánzame esa caja —ordenó la tía Xue.

Xiangling le trajo una caja de brocado.

—Contiene doce nuevos diseños de flores de gasa que se hacen en la corte —explicó la tía Xue—. Ayer me acordé de ellos y me pareció una lástima dejarlos por aquí arrinconados cuando las niñas los pueden usar. Los quise enviar ayer mismo, pero me olvidé de hacerlo; aprovechando que estás aquí los puedes llevar tú misma. Dales dos a cada una de tus tres damitas; de los seis que quedan dale otros dos a la señorita Lin y el resto al Hermano Fénix.

—Qué amable eres pensando en ellas —comentó la dama Wang—. Pero ¿por qué no los guardas para Baochai?

—Ay hermana, no sabes lo rara que es Baochai. No le gusta llevar flores ni maquillarse.

Al salir con la caja, la señora Zhou volvió a encontrarse con Jinchuan, que seguía tomando el sol en las escaleras.

—Dime —le preguntó—, ¿no es ésa Xiangling, la muchacha de la que tanto se habló, la que compraron poco antes de venir a la capital y que es la causa de todo ese lío del asesinato?

—Así es —dijo Jinchuan.

En ese momento se acercó Xiangling sonriendo. La señora Zhou le tomó las manos, la observó atentamente y se dirigió de nuevo a Jinchuan.

—Es una muchacha muy bella. Me recuerda a la esposa de Rong, en nuestra mansión del Este.

—Sí, yo también le encuentro un aire —asintió Jinchuan.

La señora Zhou le preguntó a Xiangling a qué edad había sido vendida, dónde estaban sus padres, qué edad tenía ahora y de dónde venía. La muchacha se limitó a mover la cabeza y repetir que no se acordaba, encogiendo el corazón de las dos mujeres.

La señora Zhou se fue a llevar las flores a la parte trasera del aposento de la dama Wang. No hacía mucho que la Anciana Dama había considerado inconveniente que todas sus nietas vivieran apiñadas en sus habitaciones, así que se había quedado sólo con la compañía de Baoyu y de Daiyu, y había mandado a Yingchun, Tanchun y Xichun, a vivir en tres pequeños cuartos de la parte trasera de los aposentos de la dama Wang, bajo el cuidado de Li Wan. Por eso la señora Zhou se detuvo primero allí, donde encontró a unas cuantas doncellas esperando ser convocadas al salón.

En ese momento se alzó la cortina y salieron Siqi y Daishu, doncellas de Yingchun y de Tanchun, llevando una taza y un platito cada una. Eso significaba que sus jóvenes señoras estaban juntas, así que la señora Zhou entró y, en efecto, las encontró jugando al weiqi junto a la ventana. Les entregó las flores, explicando de dónde procedían. Las dos muchachas dejaron el juego y se inclinaron para agradecer el obsequio; después ordenaron a las doncellas guardar los regalos.

Mientras entregaba las flores, la señora Zhou comentó:

—No está la cuarta damita. Me pregunto si estará con la Anciana Dama.

—¿No está en el cuarto de al lado? —respondieron las doncellas.

La señora Zhou entró en el cuarto contiguo. Allí estaba Xichun riendo y parloteando con Zhineng, una joven monja del convento de la Luna en el Agua. Xichun preguntó a la señora Zhou qué quería. La caja fue abierta y explicado el regalo.

—Precisamente le estaba diciendo a Zhineng que algún día yo también me haré monja, y va usted y aparece con esas flores… —dijo Xichun—. ¿Dónde me las pondré si me afeito la cabeza?

Siguieron algunos comentarios, hasta que Xichun ordenó a su doncella Ruhua que guardase el regalo.

La señora Zhou preguntó a Zhineng cuándo había llegado y qué había sido de su calva y excéntrica abadesa.

—Llegamos esta mañana a primera hora. La abadesa presentó sus respetos a la dama Wang y después marchó a la mansión del señor Yu ordenándome que la esperase aquí.

—¿Ha recibido ya el dinero y la donación para incienso que se entregan el día quince de cada mes?

—Lo ignoro —dijo Zhineng.

Xichun preguntó quién era la persona encargada de las donaciones a los diversos templos.

—Yu Xin —informó la señora Zhou.

—Ése debe ser el motivo de que acudiera su esposa en cuanto llegó la abadesa y de que estuvieran cuchicheando un rato —comentó Xichun entre risitas.

Después de conversar unos momentos con la monja, la señora Zhou anduvo por el corredor, pasó frente a la ventana trasera de Li Wan y, bordeando el muro oeste, entró en las habitaciones de Xifeng por la puerta lateral. En el salón principal, frente a la puerta de la alcoba, encontró a Fenger, quien rápidamente le hizo un gesto para que pasara al cuarto del este. La señora Zhou entró de puntillas y encontró a una nodriza que arrullaba con palmaditas a la hija de Xifeng.

—¿Todavía está echando la siesta tu señora? —le preguntó en un susurro—. Ya es hora de que alguien la despierte.

Mientras el ama negaba con la cabeza, llegó desde la alcoba de Xifeng un ruido de risas y la voz de Jia Lian. Después se abrió la puerta y salió Pinger con una gran palangana de cobre ordenando a Fenger que la llenara de agua para llevarla de nuevo al interior. Acercándose a la señora Zhou, le preguntó:

—¿Qué le trae de nuevo por aquí, tía?

La señora Zhou explicó su encargo y le entregó la caja. Pinger extrajo cuatro flores y se las llevó, volviendo al poco rato con dos de ellas para que Caiming las entregara a la esposa del señor Rong, en la mansión Ning. Hecho esto, pidió a la señora Zhou que transmitiera el agradecimiento de Xifeng a la tía Xue.

Entonces la señora Zhou se dirigió a las habitaciones de la Anciana Dama. En el salón de entrada se dio de bruces con su propia hija vestida con sus mejores galas.

—¿Qué haces tú aquí? —le preguntó su madre.

—¿Cómo está usted, madre? —contestó, alegre, su hija al encontrarla—. La esperé mucho tiempo en casa, pero como no llegaba decidí acudir a presentar mis respetos a la Anciana Dama y precisamente ahora me disponía a visitar a la dama Wang. ¿Dónde ha estado? ¿No acabó todavía? ¿Y qué es eso que lleva en la mano?

—¡Ay! La abuela Liu no ha tenido un día más oportuno para venir de visita, y me he pasado toda la mañana con ella de un sitio para otro; después, la señora Xue me pidió que entregase estas flores a las jóvenes damas, y todavía estoy en ello. Pero algo quieres de mí cuando vienes a buscarme a estas horas…

—Pues sí, madre. Resulta que su yerno salió el otro día a tomar unas copas y acabó metido en una pelea. Alguien, no sé por qué, ha estado propagando calumnias, acusándole de tener un pasado turbio. En la prefectura le han abierto un expediente por el que podría ser enviado a su tierra natal. He venido a pedirle consejo. ¿A quién podemos recurrir para que nos ayude?

—Ya lo imaginaba —contestó la madre—. Un lío por nada. Su Señoría y la señora Lian están ocupadas, así que será mejor que vuelvas a casa y me esperes allí mientras le llevo estas flores a la señorita Lin. ¿Por qué preocuparse tanto?

—De acuerdo, pero vuelva en cuanto pueda —dijo la hija al partir.

—Claro que sí. Vosotros los jóvenes no sabéis nada de la vida, y siempre andáis preocupados —dijo la señora Zhou mientras la miraba alejarse.

Daiyu no estaba en su cuarto, pero la señora Zhou la encontró en el de Baoyu tratando de resolver con él un rompecabezas de nueve anillos; al entrar la saludó con una sonrisa y le dijo:

—La señora Xue me pidió que le trajera estas flores para que las lleve en el pelo, señorita.

—¿Flores? Déjeme verlas —dijo rápidamente Baoyu alargando la mano.

Al abrir la caja vio las dos ramitas con flores de gasa de la corte. Mirándolas en la mano de Baoyu, Daiyu preguntó:

—¿Soy yo la única que recibe este regalo, o también las otras muchachas lo han recibido?

—También las otras lo han recibido. Para usted hay dos, señorita.

—Ya lo suponía —se quejó Daiyu con tono amargo—. Sólo cuando las demás han elegido las suyas recibo yo las mías.

La señora Zhou no supo qué decir, pero Baoyu desvió la conversación:

—¿Y qué hacía usted allí, hermana Zhou?

—Fui a llevar un recado a Su Señoría, que estaba con la señora Xue, y ésta me pidió que a la vuelta entregase las flores.

—¿Qué hace Baochai? ¿Por qué no ha venido por aquí estos últimos días?

—Está un poco enferma.

Baoyu dijo inmediatamente a sus doncellas:

—Que una de vosotras vaya a verla y le diga que la señorita Lin y yo la hemos enviado a preguntar cómo se encuentran estos días nuestra tía y nuestra prima. Mirad qué tiene y qué medicina está tomando. Debería ir yo personalmente, pero le podéis decir que acabo de volver de las clases y estoy también un poco acatarrado. Iré en otro momento.

La señora Zhou salió justo cuando Qianxue se ofrecía para llevar el recado.

El yerno de la señora Zhou no era otro que el viejo amigo de Jia Yucun, el anticuario Leng Zixing, quien al verse comprometido en un juicio relativo a la venta de unos objetos había pedido ayuda a su esposa. Confiada en el poder de sus amos, la señora Zhou no se preocupó demasiado; y en verdad solucionó el problema aquella misma noche pidiéndole el favor a Xifeng.

Cuando se encendieron las lámparas y se hubo cambiado de ropajes, Xifeng fue a ver a la dama Wang.

—Ya me encargué de los regalos que nos enviaron hoy los Zhen —informó—. En cuanto a los nuestros, se los envié junto a las cestas que trajeron para recoger sus viandas de Año Nuevo.

La dama Wang aprobó su informe con un gesto, y Xifeng prosiguió:

—También he preparado nuestros regalos de cumpleaños para la madre del conde de Linan. ¿Quién piensa que debería entregarlos, señora?

—¿Por qué me consultas esas minucias? Mira tú misma qué cuatro mujeres están desocupadas y haz que los entreguen.

Sonriendo, Xifeng continuó:

—Hoy he recibido una invitación de la cuñada You para que mañana pase el día con ellos. Suerte que precisamente mañana no tengo nada especial que hacer.

—Y aunque lo tuvieras, tampoco importaría. Generalmente nos invita a todos y te sueles sentir incómoda. Ya que esta vez te ha invitado a ti sola, está claro que pretende que te diviertas un poco, así que no la decepciones. Aunque tuvieras cosas que hacer, deberías ir.

Xifeng estuvo de acuerdo.

Justo en ese momento entraron Li Wan, Yingchun, Tanchun y las otras chicas a dar las buenas noches, hecho lo cual se retiraron a sus habitaciones.

Al día siguiente, después de su aseo, Xifeng avisó a la dama Wang de su partida y acto seguido fue a ver a la Anciana Dama. Cuando Baoyu supo que se marchaba insistió tanto en acompañarla que Xifeng tuvo que acceder y esperar a que se cambiara de ropa. Luego subieron a un carruaje y se dirigieron rápidamente a la mansión Ning.

En la puerta ceremonial encontraron un tropel de concubinas y doncellas que da señora You, esposa de Jia Zhen, y Qin Keqing, esposa de Jia. Rong, habían reunido allí para darles la bienvenida. Tras saludar a Xifeng con su habitual ironía, la señora You acompañó a Baoyu a tomar asiento en la sala de recepción.

Cuando Keqing hubo terminado de servir té, Xifeng preguntó:

—Y bien, ¿para qué me habéis invitado? Si tenéis algo bueno para mí, dádmelo de una vez. Tengo cosas que hacer.

Antes de que la señora You o Keqing pudiera responder, replicó riendo una concubina:

—En ese caso no debería haber venido. Aquí no puede esperar que todo sea a su antojo, señora.

Entró Jia Rong a presentar sus respetos, y Baoyu preguntó si estaba en casa Jia Zhen.

—Ha salido de la ciudad a visitar a su padre —le respondió la señora You—. Parece que te aburres ahí sentado, ¿por qué no sales a dar un paseo?

—Casualmente —dijo en ese momento Keqing— está aquí mi hermano, aquel al que tantas ganas tenía de conocer el tío Bao. Quizás ande por la biblioteca, ¿por qué no va a echar un vistazo, tío?

Baoyu hizo ademán de bajarse del kang, pero la señora You y Xifeng lo detuvieron:

—Espera. ¿Por qué tienes tanta prisa? —y ordenaron a unas cuantas doncellas que lo acompañasen—. Procurad que no se meta en líos —advirtieron—. Aquí no está la Anciana Dama para retenerlo.

—¿Y por qué no invitamos al joven señor Qin a que venga aquí? —sugirió Xifeng—. Así podré verlo yo también. ¿O acaso no lo puedo conocer?

—Mejor harías no viéndolo —repuso la señora You—. No se parece a nuestros muchachos con sus modales rudos y groseros. Los Qin están mejor educados. ¿Qué pensará el joven cuando vea a un terror como tú? Se reiría de ti.

—Soy yo la que se ríe de los demás —sonrió Xifeng—. ¿Cómo va a reírse de mí un muchacho?

—No es eso, tía —dijo Jia Rong—. Es que es muy tímido y no tiene mucho mundo. No sería usted bastante paciente.

—Aunque se tratase de un monstruo insistiría en verlo, ¡pareces tonto! Tráelo ahora mismo o te daré una buena bofetada.

—¿Cómo me iba a atrever yo a desobedecer una orden suya? —dijo Jia Rong con una risita—. Ahora mismo lo traigo.

Jia Rong volvió acompañado de un joven algo más delgado que Baoyu y aún más apuesto. Sus rasgos eran hermosos, su tez clara, sus labios rojos, su porte agraciado y sus modales agradables, pero era más tímido que una niña. Hizo una cortísima reverencia ante Xifeng y preguntó por su salud con voz apenas audible.

Encantada, Xifeng dio un ligero codazo a Baoyu y le dijo:

—Ahora debes cederle tu lugar.

Se inclinó para cogerle las manos, e hizo sentar junto a ella al joven recién llegado; luego le preguntó su edad y los libros que estaba estudiando. Descubrió que su nombre escolar era Qin Zhong.

Como era el primer encuentro entre Xifeng y Qin Zhong, pero aquélla no había traído los regalos de rigor, algunas de sus doncellas corrieron de vuelta a casa para consultar con Pinger, quien, conocedora de la estrecha amistad que existía entre su señora y Qin Keqing, decidió que había que obsequiar al muchacho con un regalo de importancia. Les entregó un corte de seda y dos pequeños medallones de oro que llevaban inscrito el deseo de que su poseedor obtuviera el número uno en los exámenes de palacio. Al recibir los regalos, Xifeng los entregó disculpándose porque eran demasiado poca cosa. Keqing y las demás expresaron elocuentemente su agradecimiento.

Después del almuerzo, la señora You, Xifeng y Qin Keqing se sentaron a jugar a los naipes, permitiendo que los dos muchachos buscasen por su cuenta un entretenimiento.

Al ver a Qin Zhong, Baoyu se sintió impresionado. Tras un momento de estupefacción se enredó en tontas divagaciones: «¿Cómo puede haber alguien semejante en el mundo? —pensó—. Comparado con él no soy más que un sucio cerdo o un perro sarnoso. ¿Por qué tuve que nacer en una familia noble? Si fuera el hijo de un erudito pobre o de un funcionario de bajo rango, tal vez sería su amigo desde hace mucho tiempo y habría merecido la pena vivir. A pesar de mi alto rango sólo soy un tocón de madera podrida fajado con sedas y satenes, una cloaca repleta de viandas y licores. Riqueza y nobleza son un veneno para mí».

Para Qin Zhong, en cambio, el porte impresionante de Baoyu y su ingeniosa conducta oscurecían su lujosa vestimenta, sus hermosas doncellas y sus apuestos pajes, y pensaba: «Con razón todos quieren a Baoyu. ¿Por qué me tocó nacer en una familia pobre, sin posibilidad de ser su amigo? ¡Qué tremenda barrera separa la riqueza de la pobreza! Es sin duda una de las mayores desgracias de esta vida».

Y así, ambos estaban sumidos en necias cavilaciones. De pronto Baoyu preguntó a Qin Zhong qué estaba leyendo y, tras la sincera respuesta de su compañero, se enzarzaron en una animada conversación que les hizo sentirse muy cerca el uno del otro. Después aparecieron el té y algunos platos.

—Nosotros dos no beberemos vino —dijo Baoyu—. ¿Por qué no colocamos uno o dos platos sobré, ese pequeño kang de la habitación de adentro y así no las molestamos?

Y entraron a tomar su té. Tras servirle a Xifeng vino y algo de comer, Keqing pasó por donde estaban los dos muchachos para decirle a Baoyu:

—Tío Bao, su sobrino es joven. Si dijera algo inconveniente debe pasárselo por alto; hágalo por mí. A pesar de su timidez es un niño terco que siempre busca que las cosas se hagan a su antojo.

—No te preocupes, déjanos solos —dijo Baoyu riendo—. Estamos bien.

Tras aconsejar a su hermano que se portara bien, Keqing volvió con Xifeng.

Algo más tarde, Xifeng y la señora You mandaron recordar a Baoyu que si deseaba algo de comer de donde ellas estaban, no tenía más que pedirlo. Baoyu lo agradeció, pero no sentía ningún interés por la comida, tantas eran las ganas que tenía de conocer más cosas acerca de la vida de su nuevo amigo.

—El año pasado murió mi preceptor —le confió Qin Zhong—, y mi padre está ya tan viejo y tiene tantos achaques, y además está tan ocupado, que todavía no ha podido buscar un sustituto. En mi casa lo único que hago es repasar lecciones antiguas. De todos modos, para el estudio se requiere uno o dos compañeros afines con quienes discutir las cosas de vez en cuando, y así poder aprovechar mejor el tiempo.

—Yo pienso igual. Nosotros tenemos una escuela para los miembros del clan que no pueden contratar a un maestro. El mío volvió a su tierra natal el año pasado, así que por el momento yo también estoy sin preceptor. Hasta que vuelva el año que viene, mi padre quiso que asistiera a esa escuela para repasar las lecciones, pero mi abuela no lo permitió porque pensó que tantos chicos juntos crearíamos problemas, y, como además estuve unos días enfermo, no se volvió a hablar del asunto.

Baoyu prosiguió:

—Si, como dices, tu padre está preocupado por tu educación, ¿por qué no le dices en cuanto vuelvas a casa que te vienes a estudiar a nuestra escuela? Yo seré tu compañero y podremos ayudarnos el uno al otro. Sería estupendo.

—El otro día, cuando mi padre tocó el tema del preceptor, habló muy bien de la escuela que tienen aquí —respondió Qin Zhong entusiasmado—. Tenía la intención de venir a discutirlo con el señor Zhen, pero al final no quiso molestarlo con semejante minucia, con lo ocupado que está aquí todo el mundo. Tío Bao, si le parece que puedo moler su tinta o lavar su tintero arreglémoslo cuanto antes; no perderíamos el tiempo, tendríamos numerosas oportunidades de conversar, nuestros padres se quedarían tranquilos y podríamos ser buenos amigos, ¿no sería formidable?

—Descuida. Vamos a decírselo a tu cuñado y a tu hermana, y también a la hermana Xifeng. Cuando vuelvas se lo puedes decir a tu padre, y yo le hablaré a mi abuela. No hay razón para que esto no se arregle cuanto antes.

Cuando terminaron de tratar el asunto ya estaban encendiendo las lámparas, y los dos salieron a mirar como jugaban las mujeres. Cuando se contaron los puntos resultaron perdedoras, una vez más, Keqing y la señora You, y se acordó que su castigo fuera invitar a una comida y a una función de ópera al cabo de dos días. Luego siguieron conversando un poco más.

Acabada la cena, y en vista de que había caído la noche, la señora You sugirió llamar a dos sirvientes para que acompañasen a Qin Zhong de vuelta a casa, y Varias doncellas salieron para prepararlo todo. Cuando volvieron, les preguntó quién acompañaría al muchacho.

—Jiao Da —respondieron las doncellas—. Pero está otra vez borracho diciendo impertinencias.

—¿Y por qué enviarlo a él? Cualquiera de estos jóvenes puede acompañarlo. ¿Por qué elegir a Jiao Da?

Xifeng intervino:

—Siempre he pensado que eres demasiado permisiva. ¿Cómo puede hacer y deshacer de ese modo un simple sirviente?

—Seguramente conoces a Jiao Da —suspiró la señora You—. Ni el señor ni tu primo Zhen pueden controlarlo. De joven acompañó a nuestro bisabuelo en tres o cuatro expediciones, y le salvó la vida sacándolo a cuestas de un campo de batalla sembrado de cadáveres. Él mismo pasaba hambre, pero los alimentos que robaba eran para su señor; después de pasar dos días sin agua, el primer medio tazón que consiguió también fue para su señor, y él se contentó con beber orines de caballo. Todo esto le valió ser tratado con una consideración especial en tiempos del bisabuelo, y ahora ya nadie puede meterse en su vida. Con los años le ha ido perdiendo respeto a las apariencias; lo único que hace es beber, y cuando está borracho insulta a todo el mundo. Una y otra vez les he dicho a los mayordomos que lo borren de la lista y no les encarguen más tareas, pero ya ves que hoy me lo mandan de nuevo.

—Claro que conozco a Jiao Da, pero de todos modos deberías poder manejarlo —replicó Xifeng con sorna—. Destínalo a alguna granja lejana y asunto zanjado.

Después preguntó si estaba ya listo su carruaje.

—Listo y esperándola, señora —informaron los encargados.

Xifeng se levantó para salir y condujo a Baoyu hacia la salida. La señora You y las demás los acompañaron hasta el salón principal, desde donde vieron a los palafreneros esperando en el patio a la luz de los faroles de mano.

Como Jia Zhen no estaba en casa, aunque tampoco hubiera podido hacer nada, Jiao Da estaba desbocado. Completamente borracho, se encaró con el intendente general y con sus injusticias llamándolo «cobarde fanfarrón» y «valiente con los débiles».

—¡Guardas todas las tareas fáciles para los demás, pero cuando se trata de acompañar a alguien en plena noche recurres a mí! ¡Maldito hijo de puta! ¡Vaya intendente general! ¡Puedo levantar la pierna más arriba de tu cabeza! ¡Desde hace veinte años lo único que siento por esta casa es desprecio! ¡Y no me hagáis hablar de vosotros, bastardos, pandilla de hijos de puta! —gritaba señalando al grupo de criados.

Indiferente a los gritos que le daban los otros sirvientes para que se callara, siguió maldiciendo como un poseso mientras Jia Rong acompañaba a Xifeng hasta su carruaje. A Jia Rong ya le resultó imposible pasar por alto este incidente; insultó a Jiao Da y ordenó a sus hombres que lo amarrasen.

—Mañana cuando esté sobrio le preguntaremos qué significa esta lamentable conducta —dijo.

Jiao Da, que tenía muy mala opinión de Jia Rong, se abalanzó contra él redoblando sus gritos:

—¡No te hagas el amo delante de Jiao Da, hermanito Rong! ¡No ya un mocoso como tú, sino gente de tanto peso como tu padre o tu abuelo nunca se han atrevido a enfrentarse a mí! ¡A mí me debéis los cargos oficiales, los títulos elegantes y las riquezas! ¡Tu bisabuelo construyó todo esto arriesgando su vida, y nueve veces lo rescaté yo de las fauces de la muerte! ¡Deberíais estarme agradecidos, y en vez de eso vienes a hacerte el amo! ¡Mejor harías cerrando la boca! ¡Si dices una palabra más, te hundiré una hoja roja y la sacaré blanca! —dijo el borracho confundiendo las palabras.

—¿Por qué no te deshaces de una vez de ese canalla cerril? —preguntó Xifeng desde el carruaje—. Sólo trae problemas. Si esto llega a oídos de nuestros parientes y amigos se revolcarán de risa con la falta de disciplina que hay en esta casa.

Mientras Jia Rong asentía, unos cuantos sirvientes, indignados por el exceso de Jiao Da, se lanzaron sobre él y se lo llevaron a rastras hacia los establos. Entonces soltó una sarta de improperios que implicaron también a Jia Zhen:

—¡Dejadme! ¡Dejadme que vaya al templo de los Antepasados a llorar por mi antiguo señor! —gritaba rabioso—. ¡Poco sospechó que estaba engendrando una pandilla de degenerados, un caserón repleto de perros y perras en celo que pasan los días arrastrándose entre cenizas[3] o acostándose con sus jóvenes cuñados! ¡A mí no me engañan! ¡Aquí cuando se tiene un brazo quebrado se esconde en la manga!

Tantos despropósitos aterraron a los sirvientes, que amarraron al borracho a toda prisa y le llenaron la boca de barro y de bostas de caballo.

Xifeng y Jia Rong simularon que no habían oído nada, pero Baoyu, desde el carruaje, había seguido con atención el exabrupto de Jiao Da.

—¿Has oído, hermana? —preguntó a Xifeng—. ¿Qué quiere decir eso de «arrastrarse entre cenizas»?

Furiosa, Xifeng le respondió a gritos:

—¡Basta ya de tonterías! ¿Qué te pasa ahora a ti? ¡No sólo escuchas las sandeces de un borracho, sino que encima haces preguntas! ¡Espera a que volvamos y se lo cuente a tu madre! ¡Verás como lo pagas con una paliza!

—Hermana —suplicó temeroso Baoyu—. Prometo no volver a hacerlo.

—Eso está mejor. En lo que hay que pensar ahora es en hablar con la Anciana Dama para que te envíe junto a tu sobrino Qin Zhong a la escuela.

Mientras hablaban, llegaron a la mansión Rong.

Y como se suele decir:

La buena apariencia allana el sendero de la amistad.

La mutua atracción inicia a los muchachos en el estudio.

* En la versión manuscrita más antigua, al principio de este capítulo aparecen los siguientes versos:

Las doce flores más bellas,

¿quién las ama tiernamente?

Si quieren saber su nombre

cuando se encuentren con él,

es Qin su apellido y vive

al sur del río Yangzi.

CAPÍTULO VIII

Hablando del Jade y el Oro, Yinger presiente

el destino de su señora.

Visitando a Baochai, Daiyu se siente un poco celosa*.

En cuanto hubo llegado y presentado sus respetos, Baoyu expuso a la Anciana Dama su deseo de asistir a la escuela del clan junto a Qin Zhong. Le habló sobre el incentivo que para él supondría tener un amigo y un compañero de estudios; alabó con toda sinceridad el admirable carácter y las adorables virtudes del otro muchacho. Xifeng, que se encontraba a su lado, lo apoyó diciendo:

—Dentro de un par de días vendrá Qin Zhong a presentarle sus respetos.

Y aprovechando el buen humor que a la anciana le habían causado las noticias de su nieto, la invitó a una ópera.

A pesar de su edad, a la Anciana Dama le entusiasmaba cualquier cosa que rompiera la monotonía. Cuando llegó el día y la señora You vino a invitarla, llevó consigo a la dama Wang, a Daiyu, a Baoyu y a los demás para que disfrutaran con ella del espectáculo.

Al mediodía la anciana se retiró para descansar. También se recogió la dama Wang, amante de la paz y la tranquilidad. Entonces Xifeng, sola, se acomodó en el lugar de honor y disfrutó plenamente hasta que cayó la noche.

Después de acompañar a su abuela, Baoyu habría regresado a ver de nuevo el espectáculo, pero temió que su presencia molestara a Keqing y las demás, y como entonces recordó que todavía no había ido personalmente a interesarse por la salud de Baochai, decidió hacerle una visita. Puesto que recelaba que algo se lo impidiera si pasaba por el salón principal, y además le desazonaba la posibilidad de encontrarse con su padre, decidió tomar el camino más largo para no tropezarse con nadie.

Sus amas y doncellas lo esperaban para ayudarle a quitarse los trajes ceremoniales, pero él salió de nuevo sin cambiarse de ropa. Lo siguieron hasta que cruzó el segundo portón, convencidas de que regresaba a la otra mansión; pero, en lugar de ello, Baoyu dio la vuelta hacia el nordeste por detrás del salón. Sin embargo, allí fue a darse de bruces con Zhan Guang y Shan Pingren, dos protegidos de su padre, que se le acercaron sonrientes. Uno le echó un brazo por encima de los hombros y el otro le cogió una mano.

—¡Pequeño bodhisattva! —exclamaron—. Qué deliciosa sorpresa. Hacía mucho tiempo que no lo veíamos.

Ya se iban tras presentarle sus respetos, interesarse por su salud y charlar un rato, cuando un ama les preguntó si venían de donde estaba el señor.

Asintieron con un gesto, y dirigiéndose a Baoyu con un guiño:

—No se preocupe, Su Señoría está durmiendo en el estudio del Sueño en Declive. —Y siguieron su camino.

Estas palabras hicieron reír a Baoyu, que continuó hacia el norte. Y ya apretaba el paso en dirección al patio de los Perales Fragantes cuando del edificio de la administración salieron Wu Xindeng, el administrador principal; Dai Liang, el administrador de los graneros, y otros cinco sirvientes. Al ver a Baoyu se dirigieron hacia él y adoptaron una actitud de respetuosa atención. Uno de ellos, Qian Hua, que no veía a Baoyu desde hacía tiempo, se adelantó para hincar una rodilla en tierra[1]. Con una leve sonrisa, Baoyu le ayudó rápidamente a incorporarse mientras los demás decían alegremente:

—El otro día vimos unos doufang[2] suyos, joven señor. Su caligrafía ha mejorado mucho. ¿Cuándo nos regalará algunos para adornar nuestras paredes?

—¿Dónde los vieron? —preguntó Baoyu.

—Están en muchos sitios —le respondieron—. Todo el mundo los alaba, y mucha gente viene a que consigamos algunos.

—No merecen ser conservados —protestó Baoyu entre risas—, pero si quieren alguno sólo tienen que pedírselos a mis pajes.

Cuando él echó a andar, los otros siguieron su camino. Pero acabemos de una vez con esta digresión.

Al llegar al patio de los Perales Fragantes, Baoyu acudió en primer lugar a saludar a su tía Xue, a la que encontró distribuyendo las tareas domésticas entre sus doncellas. Presentó sus respetos a la tía, que lo abrazó fuertemente.

—Ay mi niño —dijo alegremente—. Qué suerte que hayas venido, sobre todo en un día frío como éste. Ven aquí y súbete al kang, que está calentito.

Ordenó que sirvieran un té caliente.

—¿Está en casa el primo Pan? —preguntó Baoyu.

—El primo Pan es como un caballo sin jinete —suspiró ella—. Siempre está fuera de aquí, de un lado a otro. No para en casa ni un solo día.

—¿Está mejor mi prima Baochai?

—Sí, gracias. Fue muy amable por tu parte haber mandado el otro día a interesarte por su salud. Ahora está en su cuarto, ¿por qué no entras a verla? Además, allí hace menos frío. Ve con ella. Yo me reuniré con vosotros apenas haya terminado aquí.

Baoyu bajó del kang y se encaminó a la habitación de su prima, en cuya puerta colgaba una cortina de seda roja algo gastada. La levantó y entró.

Baochai estaba cosiendo sobre el kang. Llevaba su lustroso cabello recogido en un moño sobre la cabeza, una chaqueta acolchada del color de la miel, un chaleco rosado con forro de piel de comadreja marrón y blanco, y una falda de seda amarilla. Su indumentaria no era ostentosa, y ya estaba un poco usada. Sus labios no necesitaban carmín ni sus cejas azuladas requerían pincel alguno; su rostro era como un disco de plata, y sus ojos almendras que parecían flotar en el agua. Algunos consideraban que su actitud reservada era un manto para ocultar la estupidez, pero dentro de su gravedad rezumaba sencillez.

Baoyu, sin dejar de contemplarla, le preguntó:

—¿Estás mejor, prima?

Baochai levantó la vista y se incorporó rápidamente.

—Ya estoy mucho mejor —dijo—, gracias por preocuparte.

Le hizo sentarse junto a ella en el borde del kang y mandó a Yinger que sirviera té. Mientras preguntaba por la Anciana Dama, las tías y las primas, admiró la indumentaria de Baoyu, que llevaba una diadema de filigrana de oro con una gema incrustada, una guirnalda de oro en forma de dos dragones luchando por una perla, una casaca de arquero de un color verde amarillento con bordados de serpientes y forro de piel de zorro blanco, y una banda con mariposas multicolores bordadas. Pendía de su cuello un medallón de la longevidad, un talismán con su nombre grabado y el precioso jade que apareció en su boca cuando vino al mundo.

—Había oído hablar mucho de ese jade, pero nunca lo había visto —dijo Baochai acercándose a él—. Déjame que lo vea bien, hoy que tengo la ocasión.

Baoyu se inclinó y, quitándose la piedra del cuello, la puso sobre la palma de Baochai. Era del tamaño de un huevo de gorrión, iridiscente como las nubes del alba, suave como un dulce de leche cuajada, cubierto de vetas de mil colores. Ésa era la forma que había adquirido la estúpida roca del pie del Pico de la Cresta Azul, en la Montaña de la Inmensidad. Tiempo después, un poeta escribiría estos versos:

Es un absurdo creer que Nüwa reparó el cielo,

y más escribir las memorias de una roca

que, dejando el Gran Vacío de silenciosos espíritus,

otra forma asumió, pestilente y rastrera.

Perdida la fortuna, pierde el oro su brillo;

corren malos tiempos y no brilla el jade hermoso.

Altas colinas de huesos anónimos

fueron antaño señores y damas.

Más abajo reproduciremos los caracteres que el bonzo tiñoso había grabado en la estúpida piedra, y que registraban su transformación.

Como el jade era tan pequeño que cabía en la boca de un recién nacido, sería un sufrimiento para la vista de nuestros lectores reproducir los caracteres a tamaño natural; por eso los hemos ampliado a una escala que permita su estudio a la luz de una lámpara o incluso con una copa de más. Insistimos en este punto para que nadie comente burlón: «¡Cómo sería la boca del niño en el útero para que pudiese contener tan tremendo objeto!».

Pues bien, el anverso rezaba:

Jade Precioso de las Comunicaciones Espirituales

Nunca perder, nunca olvidar

Vida eterna, duradera prosperidad

Y el reverso decía:

Expulsa malos espíritus

Cura males misteriosos

Predice fortuna y desgracia

Baochai le dio varias vueltas al jade para leer en voz alta la inscripción no una, sino dos veces, y después riñó a Yinger:

—¿Qué haces ahí con la boca abierta en lugar de traernos el té?

Yinger respondió pasmada:

—Señorita, esas dos líneas coinciden con las palabras de su medallón.

—¿Tu medallón también tiene una inscripción? Déjame verlo —exclamó Baoyu no menos sorprendido.

—No le hagas caso. No tiene un solo signo grabado.

—Pero yo te dejé ver el mío —protestó Baoyu.

Sintiéndose acorralada, dijo Baochai:

—Bueno, es verdad que tiene una inscripción de la buena suerte. Por eso lo llevo siempre conmigo a pesar de lo incómodo que es.

Se desabotonó la roja chaqueta y sacó un collar de oro adornado con relucientes perlas y joyas. Baoyu cogió rápidamente el medallón y vio dos inscripciones, una a cada lado, en forma de ocho diminutos caracteres:

Nunca partir, nunca abandonar

Fresca juventud, eterna duración

Baoyu leyó el texto dos veces, y dos veces repitió el de su jade.

—Pero, prima, la inscripción de tu medallón coincide perfectamente con la de mi jade —declaró entre risas.

—Se la dio un bonzo tiñoso —informó Yinger—, y dijo que había que grabarla sobre un soporte de oro.

Pero antes de que pudiera decir más, Baochai la interrumpió riñéndole por no haber traído el té. Luego desvió la conversación preguntando a Baoyu de dónde venía. Él, que ya se había acercado lo suficiente, percibió una fragancia dulce y fresca que no pudo identificar.

—¿Con qué incienso perfumas tu ropa? —preguntó a Baochai—. Nunca he olido semejante aroma.

—No me gustan los inciensos perfumados que no hacen sino apestar la ropa buena como si hubiera estado junto al humo.

—Pero ¿cuál es ese perfume?

Baochai pensó un momento la respuesta.

—Ah, debe ser la píldora que tomé esta mañana.

—¿Qué píldoras son esas que huelen tan bien? ¿No me das una para que la pruebe?

—No seas bobo —rió Baochai—. Las medicinas no se toman por gusto.

En ese momento un sirviente anunció la llegada de Daiyu, que entró acto seguido.

—¡Ah! —exclamó al ver a Baoyu—. He elegido un mal momento para venir.

Baoyu se levantó sonriendo para ofrecerle asiento, y Baochai preguntó alegremente:

—¿Por qué?

—De haber sabido que él estaba aquí no hubiera venido.

—Tu respuesta me intriga todavía más —dijo Baochai.

—O todos aparecen juntos, o nadie llega —comentó malignamente Daiyu—. Si él viniese un día y yo al siguiente, espaciando nuestras visitas, entonces tendrías compañía diaria y no te sentirías ni muy sola ni demasiado distraída. ¿Qué tiene de misterioso lo que digo, prima?

Baoyu observó que vestía una capa encarnada de piel de camello que se abotonaba por delante.

—¿Está nevando? —preguntó.

—Desde hace un buen rato —respondieron las doncellas.

—¿Habéis traído mi capa?

—¿Ves como tenía razón? —exclamó Daiyu—. En cuanto yo llego, él se va.

—¿Quién ha hablado de irse? —contestó Baoyu—. Sólo quiero estar preparado.

—Nieva y se hace tarde. Quédese aquí con sus primas —propuso el ama Li—. Su tía ha preparado algo de comer en el cuarto de al lado. Yo enviaré a una doncella a que recoja su capa y diré a los pajes que no lo esperen.

Baoyu aceptó la sugerencia, y el ama salió a despedir a los paje9.

Mientras tanto, la tía Xue ya tenía dispuesta la merienda. Cuando Baoyu elogió las patas de ganso y las lenguas de pato servidas unos días antes por la señora You, aparecieron otras tantas de la casa adobadas con granos de orujo que la tía dio a Baoyu para que las probara.

—Sabrían aún mejor con vino —insinuó sonriendo.

Inmediatamente su tía hizo traer el mejor vino de la casa.

—Por favor, señora Xue, nada de vino —protestó el ama Li.

—Sólo una copa, amita —suplicó Baoyu.

—¡De ninguna manera! Si su abuela o su madre estuviesen aquí no me importaría que bebiera una jarra entera, pero todavía no he olvidado la reprimenda que me echaron durante dos días seguidos sólo porque algún zopenco irresponsable quiso caerle en gracia dándole un trago de vino a mis espaldas. No tiene usted idea de lo granuja que es, señora Xue; y la bebida le saca a relucir todo lo malo. Cuando tiene un día de buen humor la Anciana Dama le deja beber a su antojo, pero otros días no le permite probar ni una gota. Y siempre soy yo la que se mete en líos.

—No te preocupes, mi pobre vieja —dijo riendo la tía Xue—. Anda y bebe tú también una copa. Cuidaré de que Baoyu no se exceda, y, si la Anciana Dama dice algo, yo asumiré la responsabilidad.

Y ordenó a sus doncellas:

—Llevad al ama Li a beber unas cuantas copas que la protejan del frío.

De esta manera, el ama no tuvo más remedio que ir a beber con los demás sirvientes.

Apenas hubo salido, dijo Baoyu:

—Que no calienten el vino, lo prefiero frío.

—Nada de eso —repuso su tía—. El vino frío te hace temblar la mano al escribir.

—Primo Bao —intervino burlona Baochai—, cada día tienes oportunidad de aprender algo nuevo. ¿Cómo no has entendido que el vino se bebe caliente? Si está caliente, sus vapores se disipan pronto; frío, se queda en tu cuerpo y absorbe calor de tus órganos vitales. Y eso no es bueno, así que deja de hacerlo.

El consejo parecía sensato, de manera que Baoyu dejó el vino y pidió que lo calentaran. Daiyu, durante la discusión, había estado sonriendo de manera enigmática mientras mordisqueaba pepitas de melón. Su doncella Xueyan le acababa de traer una pequeña estufa de mano.

—¿Quién te ha pedido que me trajeras una estufa? —preguntó Daiyu—. Muchas gracias. ¿Acaso pensaste que aquí me estaría congelando?

—Zijuan temió que estuviera pasando frío, señorita, y me pidió que se la trajera.

Con la estufa en los brazos, Daiyu respondió:

—Así que tú haces lo que ella dice, pero en cambio lo que yo te digo te entra por un oído y te sale por el otro. Cumples las órdenes de Zijuan más rápidamente que si se tratara de edictos imperiales.

Baoyu sabía que en realidad todos esos comentarios de Daiyu iban dirigidos a él, pero su única respuesta fue una serie de risitas, y Baochai, consciente de que ésa era su manera de actuar tampoco le prestó excesiva atención. Sin embargo, la tía Xue protestó:

—Siempre has sido delicada y soportado mal el frío. ¿Por qué te habría de disgustar la consideración de los demás?

—No lo entiende, tía —repuso Daiyu con una sonrisa—. Aquí no tiene importancia, pero en cualquier otro lugar la gente podría ofenderse. ¡Enviar una estufa desde mis aposentos como si mis anfitriones no dispusieran de una! En vez de considerar a mis doncellas demasiado quisquillosas, la gente pensaría que siempre me comporto de esta manera inaceptable.

—Tomas demasiado en serio estas cosas —dijo la tía Xue—. Nunca me hubiera pasado por la cabeza semejante explicación.

Mientras tanto, Baoyu ya se había bebido tres copas. El ama Li regresó para llamarle la atención, pero lo encontró muy entretenido hablando y riendo con sus primas, y sin intención alguna de dejar de beber.

—Sólo un par de copas más, amita —suplicó.

—Más vale que tenga cuidado —le advirtió ella—. Hoy está en casa el señor Zheng, y a lo mejor quiere ver cómo lleva sus lecciones.

Descorazonado, Baoyu dejó su copa lentamente y agachó la cabeza.

—¡No sea aguafiestas, ama Li! —protestó Daiyu.

Y dirigiéndose al muchacho:

—Si el tío te llama podemos decir que la tía Xue no te deja salir. Tu ama ha bebido demasiado y ahora quiere hacernos cargar a nosotros con los efectos del vino.

Y dándole un codazo cómplice para animarlo continuó:

—No le hagas caso, ¿por qué razón no podemos divertirnos?

—Señorita Lin, no le anime usted a seguir bebiendo —exclamó el ama Li—. Sus consejos son los únicos que él escucha.

—Pero si no le estoy animando a nada —dijo Daiyu enfadada—, y tampoco me tomo la molestia de darle consejos. Es usted demasiado escrupulosa. La Anciana Dama siempre le da vino, ¿por qué no iba a poder beber un poco en casa de su tía? ¿Está sugiriendo que es una extraña y que él no debe actuar aquí con confianza?

Divertida, pero a la vez irritada, el ama Li contestó:

—¡Vaya, vaya! Cada una de sus palabras corta más que un cuchillo, señorita. ¿Cómo se le puede ocurrir semejante cosa?

Ante la discusión, ni Baochai con toda su seriedad pudo reprimir una sonrisa. Pellizcó una mejilla de Daiyu y exclamó:

—¡Pero qué lengua tiene la muchacha! No sabe una si enfadarse o reír.

—No te preocupes, hijo mío —sentenció la tía Xue—. No tengo nada bueno que ofrecerte, pero me sentiría muy mal si de un disgusto que tuvieras aquí te resultase una indigestión; así que bebe cuanto quieras, que yo responderé. Y no tienes que irte antes de la cena; y lo mismo si te excedes bebiendo: puedes quedarte a dormir.

Ordenó que calentaran más vino y continuó:

—Beberé un poco con vosotros y luego cenaremos.

Al oírla, Baoyu recuperó el buen humor.

Su ama dijo a las doncellas:

—Quedaos con él y no le quitéis el ojo de encima. Voy a casa a cambiarme de ropa y regreso enseguida.

Y le pidió a la tía Xue susurrando:

—Por favor, señora, no le conceda caprichos y no le deje beber demasiado.

Apenas salió el ama Li, las dos o tres sirvientas que quedaron, mujeres maduras y desaprensivas, salieron también a divertirse por su cuenta dejando sólo a dos doncellas, jóvenes y ansiosas por complacer a Baoyu. Con mucha habilidad, la tía Xue impidió que el muchacho bebiera demasiado, y a la hora de la cena Baoyu apuró dos tazones de sopa de piel de pollo y brotes de bambú adobados, y medio tazón de migas de arroz verde. Para entonces ya habían terminado Baochai y Daiyu, y todos bebieron un té fuerte, lo que tranquilizó a la señora Xue.

Poco después, terminada su propia cena, Xueyan y otras tres doncellas acudieron para atenderlos, y Daiyu preguntó a Baoyu:

—¿Estás listo para partir?

La miró de soslayo, con los párpados medio cerrados:

—Me iré cuando tú te vayas.

Daiyu se levantó inmediatamente.

—Hemos pasado aquí casi todo el día; ya es hora de que nos vayamos. Pueden estar preocupados.

Mientras se despedían llegaron sus ropas de abrigo, y Baoyu agachó la cabeza para que una doncella le ayudara a ponerse la capucha. Ésta la sacudió y empezó a pasársela por encima de la cabeza.

—¡Para, para! No seas tan tosca, boba —protestó Baoyu deteniéndola—. ¿No sabes cómo se pone una capucha? Deja que lo haga yo mismo.

—¡Pero qué escándalo! —dijo Daiyu poniéndose de pie sobre el kang—. Ven aquí. Déjame ayudarte.

Baoyu se acercó a ella, que le puso suavemente una mano sobre la coronilla y colocó el filo de la capucha sobre su guirnalda.

—Así está mejor —le dijo al tiempo que echaba hacia adelante el pompón de terciopelo rojo del tamaño de una castaña—. Ahora ya puedes ponerte la capa.

Mientras Baoyu lo hacía, la señora Xue comentó:

—Ni una de las amas que os trajo está aquí, ¿por qué no esperáis un poco?

—¿Por qué tendríamos que esperar nosotros a las sirvientas? —preguntó él—. Ya están las doncellas para acompañarnos. No nos pasará nada.

Sin embargo, para mayor seguridad, la tía Xue hizo que les acompañaran dos amas mayores. Después de dar las gracias a su anfitriona los dos jóvenes se dirigieron a los aposentos de la Anciana Dama, que aún no había cenado. Se mostró muy complacida al saber de dónde venían, y cuando se percató de que Baoyu había estado bebiendo lo mandó directamente a su cuarto, prohibiéndole que volviera a salir de noche. Después preguntó quién estaba a cargo del muchacho.

—¿Dónde está el ama Li? —preguntó al saberlo.

Las doncellas, que no se atrevían a revelar que había vuelto a su casa, le respondieron:

—Estaba aquí hace un momento; seguramente ha salido con algún encargo.

Tambaleándose un poco, Baoyu se volvió para decir por encima del hombro:

—Vive mejor que nuestra abuela, ¿por qué pregunta por ella? Sin sus sermones yo viviría unos días más.

Después salió, y al llegar a su cuarto sus ojos tropezaron con el pincel y la tinta sobre su escritorio.

Qingwen lo saludó con una sonrisa y exclamó:

—¡Vaya tipo! Me hace moler tinta durante toda la mañana porque no se siente bien; luego se sienta, escribe tres caracteres, tira el pincel y se va. ¿Sabe que nos ha tenido esperando todo el día? Póngase ahora mismo a trabajar y acabe con toda esa tinta.

Recordando lo ocurrido por la mañana, Baoyu preguntó:

—¿Dónde están los tres caracteres que escribí?

—¡Pero está borracho! —dijo Qingwen riendo—. Justo antes de partir a la otra casa me pidió que los colgara sobre la puerta, y ahora me pregunta dónde están. Los colgué yo misma; busqué una escalera para hacerlo porque no me fiaba de que nadie lo hiciera bien. Todavía tengo las manos entumecidas por el frío.

—Lo había olvidado. Deja que te caliente las manos.

Y tomó las manos de Qingwen entre las suyas mientras ambos contemplaban la inscripción sobre el dintel. En ese momento entró Daiyu, y él le preguntó:

—Dime sinceramente, prima, ¿cuál de estos tres caracteres está mejor escrito?

Daiyu levantó la cabeza y leyó: «Estudio de las Nubes Rojas».

—Los tres son buenos. No sabía que fueras tan buen calígrafo. Alguna vez tienes que hacer una inscripción para mí.

—Ya te estás burlando —rió Baoyu.

Y volviéndose a Qingwen:

—¿Dónde está Xiren?

Qingwen señaló con la cabeza el kang de la habitación interior, donde Xiren yacía vestida.

—Muy bien —dijo—, pero todavía es temprano para dormir. En la otra casa había para desayunar un plato de panecillos rellenos de nata de soja, y como sé que te gustan le pedí a la cuñada You que me los guardara para la cena, de manera que los envió aquí. ¿Los has recibido?

—¡No me diga! —contestó Qingwen—. Al verlos comprendí que eran para mí, pero como ya había desayunado los dejé. Entonces entró el ama Li y los vio: «Baoyu no los querrá, se los llevaré a mi nieto». Y se los llevó.

Qianxue entró con el té, y Baoyu dijo:

—Bebe un poco de té, prima Lin.

Las doncellas se echaron a reír:

—Hace un rato que se ha ido, y le ofrece té.

Tras beber media taza recordó algo y preguntó a Qianxue:

—¿Por qué me trajiste este té? Esta mañana hicimos un té de rocío de arce y te dije que tomaba todo el sabor sólo después de tres o cuatro infusiones.

—Sí, guardé el otro té —le respondió ella—, pero el ama Li insistió en probarlo y se lo bebió todo.

Fue demasiado para Baoyu. Cogió la taza y la estrelló contra el suelo, salpicando la falda de la doncella. Luego, poniéndose en pie, exclamó furioso:

—¡¿Acaso es vuestra abuela, para que la tratéis con tanto respeto?! Sólo porque me amamantó unos cuantos días se comporta como si fuera más importante que mis antepasados. Ya no necesito una nodriza, ¿por qué tengo que aguantar un vejestorio como ése? ¡Mandadla de una vez al infierno y todos viviremos más tranquilos!

Quiso ir directamente a ver a su abuela para que despidiera al ama Li, pero Xiren, que sólo fingía dormir esperando que Baoyu acudiera a jugar con ella, se levantó rápidamente y corrió a calmar los ánimos. No se había inmutado cuando él preguntó por los panecillos, pero cuando sufrió uno de sus arrebatos de furia e hizo añicos la taza pensó que había llegado el momento de intervenir.

Llegaba en ese instante una doncella enviada por la Anciana Dama para averiguar a qué se debía tanto ruido.

—Acabo de servir un poco de té —dijo Xiren—, la nieve de mi zapato me hizo resbalar y he roto una taza.

Luego tranquilizó a Baoyu.

—De manera que se ha decidido a despedirla. Bien. A todas nosotras nos gustaría irnos, ¿por qué no aprovecha para despedirnos a todas? A nosotras no nos importaría y usted podría conseguir gente que le sirviera mejor.

Enmudecido por esas palabras, Baoyu permitió que le ayudaran a subir al kang y le quitaran la ropa. Seguía mascullando, pero a duras penas podía mantener los ojos abiertos. Xiren le quitó del cuello el precioso jade, lo envolvió en su propio pañuelo y lo puso bajo el colchón del muchacho para que al día siguiente, a la hora de ponérselo, no estuviera frío.

Baoyu cayó dormido como un lirón sobre la almohada. En ese momento llegó el ama Li. Enterada de que estaba borracho no se atrevió a suscitar nuevos problemas, y se fue más tranquila después de asegurarse de que dormía.

A la mañana siguiente, Baoyu supo que Jia Rong había venido desde la otra mansión trayendo a Qin Zhong para que presentara sus respetos. Corrió a dar la bienvenida a su nuevo amigo y presentarlo a la Anciana Dama, que quedó encantada con su hermoso porte y sus modales agradables, Convencida de que sería un excelente compañero de estudios para Baoyu, le invitó a quedarse a tomar el té y a cenar, y luego ordenó a los sirvientes que lo llevaran a conocer a la dama Wang y el resto de la familia.

Qin Keqing era muy querida en aquella casa, y su hermano, por las cualidades que lo adornaban, empezó a ganarse de tal modo el cariño y la simpatía de todos, que hasta le hicieron regalos al despedirse. La Anciana Dama le obsequió con una bolsita que contenía una pequeña efigie de oro representando al dios de las Oposiciones Oficiales, que simboliza la armonía entre el azar y el talento.

—Vives tan lejos —le dijo— que el viaje puede resultarte excesivo por el frío o el calor. Serás bien recibido si te quedas aquí y consideras ésta como tu casa. Quédate con tu tío Baoyu y no participes en las gamberradas de esos granujas ociosos.

Qin Zhong aceptó de buen grado el ofrecimiento y regresó a su casa a informar de lo que había dicho la Anciana Dama. Su padre, Qin Ye, un viudo a punto ya de cumplir los setenta años, era secretario de la Junta de Obras. Al no tener hijos propios había adoptado a un niño y una niña de un orfanato, pero el niño murió pronto. Keqing quedó como hija única, y al crecer se convirtió en una muchacha de considerable gracia e inteligencia; y como Qin estaba remotamente vinculado a la familia Jia, se arregló la boda de Keqing con Jia Rong.

En cuanto a Qin Zhong, había nacido cuando ya su padre había pasado la cincuentena. Su preceptor había muerto el año anterior, y Qin Ye aún no le había encontrado un sustituto; por eso el muchacho se dedicaba a repasar lecciones en casa. Para que no perdiera su tiempo, el viejo Qin había pensado en algún momento acercarse a los Jia para estudiar la posibilidad de que se pudiera enviar a su hijo a la escuela que ellos tenían, pero quiso la fortuna que Baoyu y Qin Zhong se conocieran.

El anciano se alegró mucho cuando se enteró de que la escuela de los Jia estaba dirigida por Jia Dairu, un venerable erudito confuciano bajo cuya tutoría era de esperar que Qin Zhong hiciera grandes progresos y hasta consiguiera un nombre.

Qin Ye era un funcionario pobre, pero todos los Jia, los encumbrados y los humildes, valoraban tanto las riquezas y los rangos que el viejo secretario arañó las paredes hasta conseguir veinticuatro taeles de plata que sirvieron de generoso regalo de ingreso. Luego llevó a Qin Zhong a que presentara sus respetos a Jia Dairu, tras lo cual esperaron a que Baoyu fijara una fecha para que ambos empezaran las clases.

Por cierto:

De saber que mañana acarreará problemas,

¿quién enviaría a su hijo a estudiar hoy?

* En la versión más antigua del manuscrito aparecen los siguientes versos encabezando este capítulo:

Aromático es el té Médula de Fénix recién hecho que se guarda en el antiguo trípode,

y el licor más transparente se conserva en la copa esmeralda.

No digan que no es hermosa la belleza de seda,

pero vean a la muchacha de oro junto al muchacho de jade.

CAPÍTULO IX

Dos amigos entrañables ingresan en la escuela del clan.

Una calumnia hace volar los tinteros por el aula.

Qin Ye y su hijo tuvieron que esperar poco tiempo para recibir de la familia Jia un recado indicándoles la fecha del inicio de las clases; y es que Baoyu, en su ansiedad, sólo pensaba en reunirse cuanto antes con su amigo, de manera que había enviado a casa de Qin Zhong una nota en la que le pedía que acudiera en el corto plazo de dos días para marchar juntos a la escuela esa misma mañana.

El día fijado, antes de que Baoyu despertase, Xiren ordenó cuidadosamente sus libros y útiles escolares, y luego se sentó entristecida en el borde del kang esperando que el muchacho abriera los ojos para ayudarle en su aseo matinal.

—¿Por qué estás triste, hermana? —le preguntó delicadamente Baoyu cuando la vio allí sentada—. ¿Acaso me echarás de menos mientras estoy en la escuela?

—¡Qué cosas tiene! —sonrió Xiren—. El estudio es indispensable si se quiere ser algo en la vida, pero recuerde que en clase debe concentrarse sólo en sus libros, y fuera de la escuela debe pensar sólo en su familia. No se mezcle en las trastadas de los otros muchachos; no tendría gracia que su padre le sorprendiera en alguna. Sé que le han aconsejado dedicarse en cuerpo y alma al estudio, pero tampoco exagere la nota o terminará abarcando más de lo que puede apretar y su salud se resentirá. Por lo menos eso me parece a mí. Piénselo.

Baoyu iba asintiendo a todo lo que ella le decía.

—He hecho un paquete con sus abrigos de piel y lo he entregado a sus pajes —prosiguió Xiren—. Abríguese si siente frío en la escuela; piense que ya no estaremos nosotras allí para cuidarlo. También he dado a los pajes carbón para su estufa de mano; cuide de que esos vagos chapuceros la mantengan llena. Si no está todo el rato detrás de ellos no moverán un dedo y dejarán que se congele.

—No te preocupes —la tranquilizó Baoyu—. Sé cuidarme solo cuando estoy fuera. Pero tú no te quedes aquí tan triste, y visita de vez en cuando a mi prima Daiyu.

Cuando estuvo vestido, Xiren le sugirió que fuera a presentar sus respetos a sus padres y a la Anciana Dama. Después de dar unas breves instrucciones a Qingwen y a Sheyue, Baoyu se despidió de la Anciana Dama, que también le tenía preparados unos cuantos consejos. Luego fue a ver a su madre, y por fin acudió al estudio de su padre.

Ese día Jia Zheng había vuelto temprano y estaba hablando con unos secretarios cuando entró Baoyu a presentarle sus respetos y anunciarle su marcha a la escuela.

—No me avergüences con toda esa palabrería sobre la escuela —le dijo desdeñosamente su padre—. En mi opinión sólo sirves para holgazanear por ahí. Manchas mi suelo cuando lo pisas y mi puerta cuando te apoyas en ella.

—Su Señoría es demasiado duro con el muchacho —terciaron sus secretarios, que, incorporándose, se habían dirigido inmediatamente hacia Baoyu—. Con unos cuantos años de escuela su digno hijo revelará su temple y conseguirá un nombre, no le quepa la menor duda. Ya no es un niño. Además, ya se tiene que marchar; es, casi la hora del desayuno.

Y mientras decían esto, dos de ellos empujaron a Baoyu fuera del estudio.

Jia Zheng hizo llamar entonces a los acompañantes del muchacho, y acto seguido tres o cuatro fornidos mocetones que habían estado esperando fuera entraron a hincar una rodilla ante él.

Al reconocer a Li Gui, el hijo de la anciana nodriza, Jia Zheng le preguntó:

—¿Qué aprendió durante el tiempo que le estuviste acompañando en sus lecciones? Yo te lo diré: una sarta de disparates y unos cuantos trucos hábiles. En cuanto pueda te azotaré hasta despellejarte, y luego le ajustaré las cuentas al zote ese.

Aterrado, Li Gui se arrodilló completamente, se despojó del gorro y golpeó repetidamente la cabeza contra el suelo mientras exclamaba:

—Señor, señor, yo sería incapaz de decir una mentira. El joven amo ha estudiado tres volúmenes del Libro de los Cantos, y ha llegado hasta «You-you braman los venados, hojas de loto y lentejas de agua»[1].

La involuntaria tergiversación del verso original hizo que los reunidos soltaran una carcajada, y hasta Jia Zheng no pudo reprimir una sonrisa.

—Aunque estudiara treinta volúmenes más, sólo estaría engañando a la gente —insistió—. Transmite mis saludos al director de la escuela y dile de mi parte que obras como el Libro de los Cantos y los Ensayos Clásicos no son más que una pérdida de tiempo. Mejor sería que obligara a sus alumnos a recitar de memoria los Cuatro Libros.

Li Gui prometió cumplir el encargo y, como su señor ya no tenía más instrucciones que darle, se retiró.

Baoyu, entretanto, se había quedado en el patio conteniendo el aliento. En cuanto vio salir a los sirvientes se alejó con ellos a toda prisa.

Sacudiéndose el polvo de la reverencia, Li Gui y los demás se quejaron:

—¡¿Qué le parece?! ¡Nos va a despellejar vivos! Otros criados ganan cierto prestigio sirviendo a sus amos, pero todo lo que nosotros sacamos en claro sirviéndole a usted son insultos y palizas. Apiádese de nosotros en adelante.

—Ánimo, hermanos míos —contestó Baoyu con una sonrisa—. Mañana os convidaré.

—¿Quiénes somos nosotros para esperar convites, pequeño antepasado? Nos bastaría con que escuchase nuestros consejos de vez en cuando.

Ya estaban de vuelta en los aposentos de la Anciana Dama, que charlaba con Qin Zhong desde hacía un buen rato. Los dos muchachos se saludaron y se despidieron de la anciana.

En ese momento Baoyu recordó que aún no se había despedido de Daiyu y fue corriendo hasta su cuarto, donde la encontró ante el espejo, junto a la ventana. Cuando la informó de que se iba a la escuela ella sonrió.

—Muy bien —dijo—, de manera que te vas «a quitarle ramas al laurel en el palacio de la Luna»[2]. Siento mucho no poder ir a despedirte.

—No cenes hasta que yo vuelva, querida prima. Vendré a mezclar tu colorete.

Charlaron unos instantes más, y después Baoyu se giró para irse.

—¿No vas a despedirte también de tu prima Baochai? —le insinuó malignamente Daiyu cuando ya echaba a andar.

Baoyu respondió con una sonrisa y finalmente emprendió la marcha con Qin Zhong.

La escuela de la familia Jia, que no estaba a más de un li de distancia, había sido fundada varias generaciones atrás con el propósito de que los miembros del clan que carecieran de recursos para contratar a un preceptor pudieran, a pesar de todo, educar a sus hijos. La mantenían los miembros que ostentaban cargos oficiales, quienes aportaban para su mantenimiento cuotas variables dependiendo de la cuantía del sueldo de cada uno. Un miembro anciano del clan que gozara de buena reputación entre los demás era seleccionado para dirigir la educación de los muchachos.

Una vez que fueron presentados a los demás alumnos, Baoyu y Qin Zhong se enfrascaron en el estudio y desde ese día se hicieron inseparables; todas las mañanas marchaban juntos a la escuela, siempre regresaban juntos y, a menudo, gracias al favor de la Anciana Dama, Qin Zhong permanecía varios días seguidos con la familia Jia. De hecho, la anciana lo trataba como a uno más de sus propios nietos y le regalaba ropa, zapatos y otras cosas necesarias cada vez que constataba la insolvencia de su padre. En menos de un mes, Qin Zhong había trabado excelentes relaciones con la mansión Rong al completo.

Como Baoyu siempre obedecía inclinaciones harto diferentes a las que correspondían a su posición, le dijo un día a Zhong con su habitual falta de respeto a los convencionalismos:

—Somos de la misma edad, y además compañeros de estudio. Olvidemos que somos tío y sobrino, y seamos únicamente hermanos y amigos.

Al principio Zhong se resistió a aceptar la propuesta, pero como Baoyu insistía en llamarlo «hermano», o bien empleaba su nuevo nombre social, él empezó a hacer lo mismo.

Aunque todos los alumnos de esta escuela pertenecían al clan Jia o eran parientes políticos, «un dragón engendra nueve vástagos, cada uno diferente», y era inevitable que entre tantos muchachos hubiera algunos individuos de baja estofa, serpientes entre dragones.

Los recién llegados eran notoriamente hermosos; el rostro de ambos estaba dotado de la frescura de las flores. Qin Zhong era tan tímido y gentil que a menudo se sonrojaba como una niña; Baoyu era por naturaleza discreto y modesto, considerado con los demás y de conversación amena. Y tan íntimo era su trato que sus condiscípulos empezaron a sospechar lo peor y a murmurar a espaldas de la pareja, haciendo correr feas calumnias dentro y fuera de la escuela.

Por si fuera poco, Xue Pan no tardó en enterarse de la existencia de dicha escuela, y como la sola idea de tantos muchachos reunidos despertaba sus instintos más bajos, se inscribió en ella como alumno. Pero era «como el pescador que tres días pesca y dos pone a secar su red». La cuota de ingreso que entregó a Jia Dairu fue realmente un derroche, ya que no tenía la menor intención de aprovecharla para estudiar. Su único objetivo era conseguir algunos «hermanitos de adopción» en la escuela; de hecho, varios muchachos habían cedido ya a la tentación de su dinero y habían terminado por caer en sus garras. Pero no es necesario detenernos en este asunto.

Sí es preciso decir que entre estos últimos había dos jóvenes sentimentales cuyos verdaderos nombres no han podido ser establecidos con certeza, ni tampoco la rama familiar a la que pertenecían. Eran conocidos, por su buena presencia y su encanto, con los apodos de Perfume Añorado y Jade Enamorado. A pesar de ser objeto de admiración general, nadie se acercaba a ellos por temor a Xue Pan.

También Baoyu y Qin Zhong se sintieron atraídos por estos dos muchachos, pero sabiendo que eran amigos de Xue Pan no quisieron tomar ninguna iniciativa, aunque por parte de Perfume Añorado y Jade Enamorado la atracción fuera recíproca. El caso es que ninguno de los cuatro se atrevía a desnudar su corazón, y cada día, desde cuatro pupitres distintos, cuatro pares de ojos cruzaban sus miradas. A la vez que buscaban pasar inadvertidos, las insinuaciones y las alusiones les iban permitiendo desvelar sus pensamientos. Pero ocurrió que algunos granujas descubrieron su secreto y empezaron a levantar las cejas, guiñar un ojo, toser o carraspear a espaldas del cuarteto.

Esta situación se mantuvo durante algún tiempo, hasta que un día, por una de esas cosas de la suerte, Jia Dairu tuvo que volver temprano a su casa a ocuparse de unos asuntos y dejó a los muchachos como tarea un verso de siete caracteres que debía ser rimado con otro, más el anuncio de que al día siguiente seguiría explicándoles los clásicos. Dejó a su nieto mayor, Jia Rui, como encargado de la escuela. Entonces, aprovechando que Xue Pan prácticamente había dejado de asistir a las clases, Qin Zhong sé puso a hacerle guiños a Perfume Añorado enviándole mensajes secretos. Ambos pidieron permiso y salieron al patio trasero para poder conversar tranquilos.

—¿Se preocupan tus padres por tus amistades? —se interesó Zhong.

No había terminado de pronunciar esas palabras cuando una tos les hizo volverse consternados. Era su compañero de clase Jin Rong. Perfume Añorado era un muchacho de genio vivo; incómodo y molesto le espetó:

—¿Qué pasa? ¿Por qué toses? ¿Acaso no podemos hablar si nos viene en gana?

—¿Y si Vosotros podéis hablar, por qué no puedo toser yo? —replicó Jin Rong deshaciéndose en risitas—. Pero hablemos claramente en vez de andar siempre a hurtadillas. Por fin os he atrapado con las manos en la masa, y es inútil que lo neguéis. Si me dejáis a mí probar primero no diré nada, pero en caso contrario os echaré encima a toda la escuela.

Indignados y con el rostro encendido los dos muchachos preguntaron:

—¿En qué nos has atrapado?

—¡Los he pillado con las manos en la masa! —gritó Jin Rong mientras reía y aplaudía—. ¡A la rica tortilla! ¡Vamos, muchachos; a comprar una tortilla!

Los dos muchachos corrieron hacia Jia Rui para quejarse por el insulto de Jin Rong, pero Jia Rui era un bribón sin escrúpulos y ávido de dinero que aprovechaba la situación en la escuela para desplumar a los muchachos. En el caso de Xue Pan, había hecho la vista gorda a su lamentable conducta, e incluso la había alentado, a cambio de dinero, pitanzas y otros favores. Pero Xue Pan era veleidoso como una lenteja de agua, hoy flotando al este y mañana al oeste. La reciente adquisición de nuevos amigos le había hecho olvidar a Perfume y Jade, por no hablar de Jin Rong, al que a su vez ellos habían sustituido. Ahora que todos ellos habían sido descartados, Jia Rui no tenía quien intercediera por él, y en lugar de culpar a la volubilidad de Xue Pan la había tomado con Perfume y Jade. Pasaba igual con Jin Rong y con los demás; todos habían tomado ojeriza a los dos muchachos, y la llegada de Qin Zhong y Perfume Añorado con la queja no había hecho sino acrecentar la aversión que le inspiraban. Jia Rui no se atrevió a reprender a Zhong, pero la tomó con Perfume abrumándolo de insultos y acusándole de crear problemas.

Tras semejante chasco, Perfume y Qin Zhong volvieron a sus pupitres con gesto sombrío mientras Jin Rong, con aire triunfante, meneaba la cabeza y chasqueaba la lengua sin parar de proferir calumnias; todo ello resultó excesivo para Jade Enamorado, que inició con él una discusión desde su pupitre.

—Yo los he visto en el patio —insistía Jin Rong—. Discutían dónde y cómo encontrarse. Más claro, agua.

Y prosiguió, indiferente a quién pudiera oírlo, a pesar de que alguien ya estaba montando en cólera. ¿Y adivinan quién era? Se trataba de Jia Qiang, un descendiente directo del duque de Ningguo que había sido criado por Jia Zhen tras la muerte prematura de los padres de aquél. Ahora tenía dieciséis años y era todavía más apuesto y atractivo que Jia Rong, del cual era inseparable. Ahora bien, «cuanta más gente, más rumores», y los descontentos criados de la mansión Ning lo único que hacían bien era difamar a sus amos. Cuando los chismes de la servidumbre acerca de la sospechosa amistad entre los dos muchachos llegaron a oídos de Jia Zhen, éste, temeroso de convertirse él mismo en blanco de sospechas, dio a Jia Qiang una casa en las afueras para que viviera allí por su cuenta.

La inteligencia de Jia Qiang era sólo comparable a su belleza, pero su asistencia a la escuela no era sino la fachada que escondía su acendrada afición a las peleas de gallos, las carreras de galgos y los burdeles. Ninguno de los otros miembros del clan se atrevía a cruzarse en su camino, ya que era un protegido de Jia Zhen y contaba además con el apoyo de Jia Rong, ¡y dada su intimidad con ellos no iba a permitir que nadie maltratara impunemente a Qin Zhong! Su primera intención fue tomar abiertamente partido por él, pero pensándolo mejor llegó a la siguiente conclusión: «Jin Rong, Jia Rui y toda esa banda de desaprensivos andan del brazo del tío Xue, que siempre me ha tratado bien. Si me enfrento a ellos irán con el cuento al viejo Xue, y eso hará que nuestra relación se resienta. No obstante, si no hago nada seguirán corriendo esos comprometedores bulos. Debo encontrar una manera de taparles la boca sin quedar mal». Aduciendo una pequeña urgencia fisiológica, abandonó el aula; con toda discreción buscó a Mingyan, uno de los pajes de Baoyu, y le contó la historia de tal manera que unas cuantas frases fueron suficientes para provocar su indignación.

Mingyan, aunque joven e inexperto, era el más servicial de los pajes de Baoyu, y Jia Qiang le había dicho que los insultos contra Qin Zhong afectaban también a su señor y que si la actitud de Jin Rong era pasada ahora por alto se tomaría mayores libertades la próxima vez. Mingyan, a quien siempre le había gustado hacer gala de fuerza, se lanzó inmediatamente, alentado por Jia Qiang, a desafiar a Jin Rong. Olvidando el comportamiento que correspondía a un criado, le gritó:

—¡Oye, tú, Jin! ¿Qué diablos te has creído?

En ese momento Jia Qiang se sacudió el polvo de las botas, se arregló la ropa, observó la altura del sol y pensó: «Es hora de retirarme». Pidió permiso a Jia Rui para irse temprano puesto que tenía que arreglar ciertos asuntos, y éste no se atrevió a impedírselo.

Para entonces Mingyan ya le había propinado un puñetazo a Jin Rong mientras lo retaba a pleno pulmón:

—Lo que nosotros hagamos no es asunto tuyo. ¡Enfréntate a tu señor Ming, si tienes agallas!

La clase entera quedó estupefacta.

—¡Mingyan, cómo te atreves! —gritó a su vez Jia Rui cuando pudo reaccionar.

Lívido de ira, Jin Rong dio un alarido:

—¡Rebelde! ¿Cómo te atreves a hablarme así, esclavo? ¡Tengo que hablar con tu amo!

Y soltándose de un tirón fue hacia Baoyu y Qin Zhong.

¡Paf! Un tintero lanzado por mano anónima zumbó cerca de la cabeza de Jin Rong y acabó su trayectoria estrellándose contra el pupitre siguiente, donde se sentaban Jia Lan y Jia Jun.

Jia Jun era un tataranieto del duque de Rongguo, hijo único de una madre tempranamente viuda. Ocupaba el mismo pupitre que Jia Lan, al que le unía una firme amistad. Este impertérrito e irascible bribonzuelo había contemplado indiferente a uno de los amigos de Jin Rong lanzar un pesado tintero contra Mingyan, pero cuando la piedra cayó ante él destrozando su recipiente de agua y salpicando de tinta sus libros decidió que aquello era más de lo que podía soportar.

—¡Criminales! Si queréis pelea, la tendréis —dijo a gritos mientras daba tirones de su propio tintero.

El tímido Jia Lan intervino para señalar a su amigo que ése no era asunto suyo, pero Jia Jun no le hizo el menor caso. Como su tintero estaba fijado al pupitre, y no fue capaz de arrancarlo, desistió de utilizarlo como arma arrojadiza y optó por echar mano de su bolsa, lanzándosela al culpable; pero como era pequeño y débil erró el blanco, y la bolsa fue a caer con enorme estrépito ante las narices de Baoyu y Qin Zhong esparciendo libros, papeles, pinceles y tinta. Por si no había suficiente confusión sobre el pupitre, rompió también la taza de Baoyu, de manera que el té fue a sumarse a aquel desaguisado.

Jia Jun arremetió contra el muchacho que había lanzado el tintero, mientras Jin Rong se hacía con una vara de bambú y empezaba a dar golpes a diestro y siniestro en el pequeño y atestado recinto.

El primero en probar la vara fue Mingyan.

—¡¿Pero qué estáis esperando?! —rugió éste a los otros pajes de Baoyu, que no se hicieron de rogar.

—¡Ahora veréis para qué sirven las armas, hijos dé la gran puta! —Y diciendo esto se lanzaron a la carga, uno armado con la tranca de una puerta y otros dos blandiendo látigos.

Jia Rui hacía esfuerzos desesperados por contener a los contrincantes, pero nadie le hacía caso y al poco tiempo aquello parecía una casa de locos. Varios muchachos se lanzaron alegremente a la trifulca emprendiéndola a puñetazos con los que ya estaban ocupados y no podían responder; los más apocados se replegaron, y el resto, de pie sobre sus pupitres, aplaudía y reía a carcajadas mientras jaleaba a los combatientes. La escuela parecía una caldera hirviendo.

Al oír el estrépito, Li Gui y los demás criados entraron en el aula a detener la gresca. Cuando preguntaron cómo había empezado contestaron todos a un tiempo, cada uno acusando a los demás. Li Gui soltó una maldición y echó fuera a Mingyan y a los demás pajes.

Qin Zhong tenía una herida en la cabeza producida por la vara de Jin Rong, y Baoyu se la limpiaba con la solapa del abrigo. En cuanto el orden fue restablecido dijo a Li Gui:

—Reúne mis libros y trae mi caballo. Voy a informar de esto al maestro. Fuimos insultados, pero cuando le presentamos una queja formal al señor Jia Rui nos culpó a nosotros, permitió que nos ofendieran y llegó a alentarlos para que nos golpearan. Naturalmente, al vernos así vejados, mi paje Mingyan salió en nuestra defensa, y entonces ellos se unieron para apalearlo. A Qin Zhong le han roto la cabeza. ¿Cómo podemos seguir estudiando aquí después de esto?

Li Gui le pidió por favor que no se precipitara.

—Tranquilícese, señor Bao, el venerable maestro fue a ocuparse de sus asuntos y se vería muy mal que ahora nos presentáramos nosotros a molestarlo por una tontería. Mi opinión es que estos problemas deben resolverse sobre el terreno y que no hay necesidad de importunar al anciano caballero.

Y señalando a Jia Rui continuó:

—Usted es el responsable de todo este lío. En ausencia del profesor es usted quien está a cargo de la escuela: si alguien se porta mal debe castigarlo. ¿Cómo permite que lleguen las cosas a este extremo?

—No he dejado de gritar que se detuvieran —contestó Jia Rui—, pero ninguno me hizo caso.

—Discúlpeme si le hablo con toda franqueza, señor —insistió Li Gui—. Su propia conducta deja mucho que desear, y Ja consecuencia es que estos muchachos no le obedecen. Si este asunto llega a oídos del maestro lo pagará usted caro, así es que mejor sería que se diera prisa en poner punto final a este incidente.

—¡¿Punto final a qué?! —intervino Baoyu airado—. No toleraré que no se escuche mi versión.

—Y yo no volveré a esta escuela si se permite a Jin Rong que siga viniendo —dijo Qin Zhong sollozando.

—¡Buena idea! —exclamó Baoyu—. ¿Por qué tenemos que ser nosotros los que nos vayamos mientras ellos siguen acudiendo a la escuela? Voy a contárselo todo a la familia y conseguiré que los expulsen.

A continuación preguntó a Li Gui la rama de la familia a la que pertenecía Jin Rong.

Después de pensarlo un momento Li Gui respondió:

—Más vale que no me lo pregunte. Si se lo digo, lo único que conseguiré es que se sigan produciendo discordias entre parientes.

—¡Es el sobrino de la señora Jia Huang del callejón del Este! —terció Mingyan por la ventana—. No sé de dónde ha sacado el atrevimiento para provocamos; la señora Jia Huang es su tía por parte de padre, y una pedigüeña que se pasa el día halagando a la gente y arrodillándose ante la señora Lian para conseguir algunos regalos que luego empeña. ¿Cómo la vamos a respetar, si no vale una mirada?

—¡Cierra la boca, jodido perro! ¡Lo único que faltaba aquí es que tuvieras la lengua tan larga! —rugió Li Gui.

—De modo que Jin Rong es el sobrino de la cuñada Jia Huang —dijo Baoyu con desdén—. Hablaré con ella sobre este asunto.

Y se dispuso a partir después de ordenar a Mingyan que entrara a empaquetar sus libros. Cuando hubo terminado, el paje sugirió exultante:

—Permítame ir a mí. Le diré que la Anciana Dama quiere hablar con ella. Alquilaré un carro para traerla, y así usted podrá hablarle en presencia de su abuela. ¿No es eso más sencillo?

—¡¿Pero es que quieres morir, imbécil?! —gritó Li Gui—. Espera a que volvamos y verás la paliza que te doy; sin contar con que les diré al señor y a la señora que fuiste tú quien empujó al amo Baoyu a este trastorno. ¡Todo lo queme ha costado tranquilizarlo para que ahora vengas tú, que empezaste este embrollo, a echarle más leña al fuego!

Ante la amenaza, Mingyan no se atrevió a replicar. Jia Rui, por su parte, temeroso de sufrir las consecuencias de que aquello siguiera adelante, se tragó su orgullo y suplicó a Qin Zhong y a Baoyu que olvidasen el asunto.

Tras hacerse un poco el duro, Baoyu cedió:

—De acuerdo, no diré nada. A cambio, Jin Rong tiene que disculparse.

Jin Rong se negó al principio, pero Jia Rui, Li Gui y los demás lo acosaron.

—Tú has empezado esto —le decían—. A ti te corresponde terminarlo.

Presionado de tal manera, Jin Rong acabó por ceder y se inclinó ante Qin Zhong con un puño cerrado dentro del otro a la altura de los labios[3]. Pero Baoyu no estaba dispuesto a aceptar sus disculpas como no hiciera un koutou completo.

Deseando terminar cuanto antes, Jia Rui le susurró a Jin Rong:

—Recuerda el proverbio: «Un asesino lo único que tiene que perder es la cabeza». Haz el koutou y acabemos de una vez.

Por fin, Jin Rong se prosternó ante Qin Zhong.

Quien quiera saber lo que pasa, que escuche el próximo capítulo[4].

CAPÍTULO X

Por su propio bien, la viuda Jin se traga su amor propio.

El doctor Zhang diagnostica una enfermedad

con profundos análisis.

En el capítulo anterior, las fuertes presiones y las órdenes de Jia Rui para que se disculpara habían obligado a Jin Rong a hacer un koutou ante Qin Zhong. Al terminar las clases, de camino a su casa, el recuerdo de la humillación sufrida enfurecía cada vez más a Jin Rong: «Qin Zhong sólo es el cuñado de Jia Rong; ni siquiera es hijo o nieto de la familia Jia —cavilaba colérico por el camino—. Está en la escuela gracias a un favor especial, exactamente igual que yo, pero su amistad con Baoyu le permite mirar por encima del hombro a los demás. Si al menos se comportase correctamente… Pero esos dos deben pensar que los demás estamos ciegos. Hoy los sorprendí coqueteando, ¿qué tengo yo que temer si todo esto sale a la luz?».

—¿En qué lío te has metido ahora? —preguntó su madre, nacida Hu, al oírlo llegar refunfuñando.

Cuando el muchacho le contó lo sucedido, ella le reconvino:

—Tuve que perseguir a tu tía importunándola continuamente para que la señora Xifeng de la mansión del Este te consiguiera una plaza en la escuela de la familia. ¿Qué sería de nosotros sin su ayuda? No nos podemos permitir un preceptor. Además, allí te dan de comer gratis, ¿no es cierto? Eso nos ha permitido ahorrar bastante en estos dos últimos años, y gracias a eso puedes llevar esa ropa elegante que tanto te gusta. Y gracias también a la escuela has conocido al señor Xue, que nos ha ayudado en este tiempo con no menos de setenta u ochenta taeles de plata. Si te expulsan por esa pelea no esperes que te encuentre otra escuela como ésta; te aseguro que eso sería más difícil que trepar hasta el cielo, así que más vale que te entretengas con algo tranquilo antes de ir a dormir. Sí, será lo mejor.

Jin Rong tuvo que reprimir su cólera y sujetar la lengua, y pronto quedó dormido. A la mañana siguiente volvió a la escuela como si nada hubiera acaecido.

Hablemos ahora de su tía paterna. Se había casado con Jia Huang, que pertenecía a aquella generación de la familia que empleaba en sus nombres el radical de «jade»[1]. Ya sabemos que no todos los miembros del clan eran tan ricos como los de las mansiones Ning y Rong; pues bien, Jia Huang y su esposa vivían de una menguada renta y con frecuencia acudían con halagos a suplicar la ayuda de Xifeng y la señora You.

Como ese día hacía buen tiempo y no tenía nada que hacer, la esposa de Jia Huang, nacida Jin, fue a visitar a su cuñada y a su sobrino acompañada de una sirvienta. Durante la conversación, la madre de Jin Rong describió detalladamente los sucesos ocurridos en la escuela el día anterior. El relato encolerizó inmediatamente a la tía Huang.

—Jin Rong es tan pariente de los Jia como ese joven idiota de Qin Zhong —exclamó—. ¿Cómo puede haber gente que se arrastre de esa manera a los pies de los ricos? Sobre todo cuando su comportamiento es tan lamentable. Y en cuanto a Baoyu, no hay motivo para que se le trate con tantos remilgos. Voy ahora mismo a la mansión del Este a hablar con la señora You y luego informaré a la hermana de Qin Zhong. ¡A ver quién tiene aquí la razón!

—Ay hermana, no he debido contártelo —dijo la madre de Jin Rong presa de ansiedad—. No les digas nada, por favor. Ya no importa quién tenga razón, y si esto se embrolla aún más acabarán expulsando a mi muchacho de la escuela; aparte de que no podemos costearnos un preceptor, gastaremos mucho más en ropa y alimentos.

—¡Como si eso fuera a ocurrir! —replicó ufana la tía Huang—. Tú déjame a mí que hable con ellas, y ya verás como solucionan el caso a nuestro favor.

Ignorando las súplicas y protestas de la viuda, mandó a su sirvienta alquilar un coche y se encaminó a la mansión Ning, donde se apeó frente a la pequeña puerta del este para entrar andando. En presencia de la señora You, toda su indignación desapareció como por ensalmo. Charló con falsa amabilidad y extrema afectación durante unos momentos, y luego preguntó:

—¿Cómo no veo por aquí a la joven señora Keqing?

—No sé qué le pasa —contestó la señora You—. Hace dos meses que no le viene la regla, y sin embargo los médicos dicen que no está encinta. Sufre vahídos, y por las tardes está demasiado cansada para moverse o hablar. Yo le he dicho: «No es necesario que te fatigues viniendo todas las mañanas y todas las tardes a presentar tus respetos; limítate a descansar, y si vienen parientes yo los recibiré. Me disculparé en tu nombre si los mayores preguntan por ti». También le dije a mi hijo Rong que no permitiera que nadie la cansara o molestase, para que pueda reposar tranquilamente hasta que se reponga: «Si quiere algo especial de comer, que me lo pidan; si no lo tenemos se lo pediremos a Xifeng». Si algo malo le llega a suceder, ni con una linterna encontrarías en todo el mundo una muchacha que valiera lo que ella, tan hermosa y tan amable. Se ha ganado la voluntad de los mayores y de todos nuestros conocidos. En fin, que llevo unos días terriblemente preocupada. Esta mañana fue a verla su hermano Zhong. La verdad es que es demasiado inexperto para entenderlo, pero no le debía haber contado esas historias sabiendo que estaba enferma. Incluso admitiendo que hubiese sido víctima de una injusticia, no se lo tenía que haber dicho. Parece que ayer hubo una pelea en la escuela; otro muchacho lo amenazó y hubo insultos. Pues bien, él se lo contó todo a su hermana con pelos y señales, y ya sabes cómo es ella: agradable y capaz, pero también demasiado sensible y todo se lo toma a pecho; no hay detalle, por pequeño que sea, que no rumie durante varios días. Ese carácter que le hace preocuparse por todo es lo que le ha acarreado la enfermedad. Por eso, al enterarse de que alguien había abusado de su hermano montó en cólera, furiosa contra los perros inmundos que se dedican a sembrar el desorden y a hacer correr calumnias, y trastornada también porque Qin Zhong no estudia con empeño dedicándose de lleno a los libros, y en el fondo es ése el origen del problema. Total, que el resultado ha sido que no quiere ni ver el desayuno. En cuanto me enteré fui a tranquilizarla. A su hermanito le despaché una buena reprimenda y lo mandé a casa de Baoyu, en la otra mansión. No he vuelto aquí hasta que no la he visto tomar medio tazón de sopa de nido de salangana. Ay hermana, no te puedes imaginar lo preocupada que estoy. Hoy por hoy no tenemos buenos médicos en la casa, y esta enfermedad me tiene en ascuas. ¿Tú sabes de algún médico?

La furiosa determinación que la señora Huang había mostrado ante su cuñada, todas las cuentas que iba a arreglar con Keqing, se disiparon ante el espanto que le produjeron las palabras de la señora You; de tal manera que, tragándose su amor propio, se hizo la tonta y se retiró discretamente más allá del país de Java.

—No, no conozco a ninguno —contestó—, pero, por lo que me dice, bien podría estar embarazada. De todos modos, cuide de que no la traten a ciegas, pues un diagnóstico equivocado podría ser peligroso.

—Yo pienso igual —asintió la señora You.

En ese momento entró Jia Zhen, que al ver allí a la esposa de Jia Huang preguntó:

—¿No es ésta la señora Huang?

Ella se adelantó para saludarlo.

—No la dejes marchar sin que haya comido en casa —dijo Jia Zhen a su esposa, y a continuación salió del cuarto.

La tía Huang había ido hasta allí a quejarse de cómo había tratado Qin Zhong a su sobrino, pero después de las palabras de la señora You no tuvo valor para mencionar el hecho, y mucho menos para quejarse. Aún más: el amable recibimiento de Jia Zhen y la señora You había trocado su indignación en placer. Después de un rato de amable charla, se despidió.

—¿Qué buscaba? —preguntó Jia Zhen a su esposa una vez que la señora Huang se hubo marchado.

—Nada en especial —respondió la señora You—. Cuando llegó parecía algo excitada, pero se fue calmando cuando se enteró de la enfermedad de nuestra nuera y vio nuestro estado de ánimo. Eso fue lo que le impidió quedarse a comer, como tú sugeriste. Pero volviendo a nuestra nuera; pienso que debes encontrar cuanto antes un buen médico. Los que la han estado viendo son unos ineptos que no han hecho sino oír los síntomas que les hemos descrito y luego adornarlos con palabras altisonantes. Es verdad que se toman muchas molestias, incluso hay tres o cuatro que vienen varias veces al día, le toman el pulso, hacen junta de médicos y escriben sus recetas; pero sus brebajes no han servido para nada. Es malo para un enfermo tener que cambiarse de ropa tres o cuatro veces al día y estar incorporándose continuamente para que lo pueda ver el médico.

—¿Y por qué se cambia tanto esa chica boba? —preguntó Jia Zhen—. Si coge un enfriamiento no hará sino empeorar. Así no se puede. Las prendas más delicadas no son nada comparadas con su salud; puede usar una muda nueva cada día, si a eso vamos.

Luego prosiguió:

—Lo que vine a decirte es que hace un momento he visto a Feng Ziying. Me preguntó por qué estaba tan preocupado y le conté que tenía a la nuera enferma y no encontraba un buen médico que me dijera si estaba enferma o embarazada, y si corría peligro o no. Pues bien, Feng conoce a un médico de nombre Zhang Youshi que fue su preceptor en la infancia; al parecer se trata de un hombre muy instruido, con un amplio conocimiento de la medicina y que diagnostica muy bien. Ha llegado a la capital este año para comprarle a su hijo un rango oficial, y está parando en casa de los Feng. Quizás el destino quiera que sea él quien cure a nuestra nuera, quién sabe. El caso es que he mandado a un sirviente con mi tarjeta invitándolo a venir. Tal vez hoy se haya hecho ya demasiado tarde, pero estoy seguro de que vendrá mañana; sobre todo porque Feng Ziying me prometió pedírselo en cuanto llegase a casa. Esperemos a que la haya visto este médico Zhang.

La noticia animó mucho a la señora You, que cambió de conversación:

—¿Cómo celebraremos pasado mañana el aniversario de tu padre?

—Precisamente vengo de presentarle mis respetos —contestó Jia Zhen—. Lo he invitado a que viniera aquí para recibir el homenaje de la familia, pero me dijo: «Estoy acostumbrado a una vida tranquila y no quiero que me moleste todo el barullo de tu casa. Ya sé que a lo que me invitas es a recibir los koutou de todos, habida cuenta de que es mi cumpleaños, pero yo preferiría cien veces que cogieras mi ejemplar comentado de Recompensas y castigos y lo hicieras copiar con nitidez y luego imprimir. ¿Por qué no recibes tú en tu casa a las dos familias en vez de traerlos aquí? Tampoco me envíes regalos. En realidad, tampoco tienes por qué venir tú pasado mañana; puedes hacer tu koutou ahora mismo, si con eso te sientes mejor. Si el día de mi aniversario traes a saludarme a un montón de gente me disgustaré seriamente contigo».

Jia Zhen continuó:

—Como fue tan vehemente en este punto, no me atrevo a volver. Más vale que ordenes a Laisheng que prepare los dos días de banquetes. Tienen que estar muy bien servidos. Puedes ir personalmente a la mansión del Este a llevar las invitaciones a la Anciana Dama, las damas Xing y Wang y también a Xifeng.

Mientras Jia Zhen hablaba, Jia Rong había entrado a presentar sus respetos y la señora You le contó lo que había dicho su esposo.

—Hoy tu padre se ha informado acerca de un buen médico —añadió—. Lo hemos mandado llamar y vendrá seguramente mañana; debes explicarle todos los síntomas de tu esposa.

Apenas Jia Rong hubo asentido y dado el primer paso para retirarse, se topó con el paje enviado a invitar al médico Zhang.

—Fui a la casa del señor Feng con la tarjeta de Su Señoría —le informó el paje—. El médico me dijo que el señor Feng ya le había hablado del asunto, pero que se encontraba tan cansado de su ronda de visitas que aunque acudiera le sería imposible tomar el pulso. Procurará descansar bien esta noche y vendrá mañana. Ah, y añadió: «En realidad sé muy poco de medicina y no debería asumir una responsabilidad tan grande, pero ya que el señor Feng me ha hecho el honor de recomendarme a tu señor, no debo corresponder con una negativa. Anda y díselo a tu amo. En cuanto a la tarjeta de Su Señoría, no soy digno de conservarla». Por eso la he vuelto a traer. ¿Me hará el favor de transmitir a su padre el mensaje, señor?

Jia Rong trasladó a sus padres el recado, y después hizo llamar a Laisheng y le ordenó que preparase un festín de dos días. El mayordomo marchó a empezar los preparativos.

Al mediodía siguiente llegó el médico. Jia Zhen lo llevó al salón de recepción y le pidió que tomase asiento. No se atrevió a abordar directamente la cuestión hasta que hubieron tomado el té.

—Estimado señor —dijo al médico—, lo que ayer me contó el señor Feng acerca de su carácter, sabiduría y profunda ciencia médica colmó mi admiración.

—No paso de ser un empírico ignorante —respondió el doctor Zhang—, pero ayer, cuando me enteré por boca del señor Feng de que la familia de Su Señoría respeta a los simples letrados, y condescendió a llamar a mi humilde persona, supe que no podría negarme a venir. Lo que siento es carecer de conocimientos que cubran sus expectativas.

—Ah, señor, es usted demasiado modesto. ¿Podría reconocer a mi nuera? Confío en que sus grandes conocimientos aliviarán nuestra ansiedad.

Jia Rong acompañó al médico hasta la cama de Keqing.

—¿Es ésta su digna esposa? —preguntó el galeno.

—Sí, señor —contestó Jia Rong—. Siéntese, por favor. ¿Quiere que le describa los síntomas antes de que le tome el pulso?

—¿Le importaría hacerlo después? Ésta es la primera vez que visito su honorable mansión y de no ser por la insistencia del señor Feng nunca me hubiera atrevido a venir, escasos como son mis méritos. Antes de informarme de los síntomas, permítame tomarle el pulso a su esposa y luego calibre usted lo acertado de mi diagnóstico. Entonces podremos prescribir algo eficaz y presentarlo a la consideración de su señor padre.

—Veo que es usted una autoridad —respondió Jia Rong—. Lamento que no lo hayamos encontrado antes. Examínela y díganos si tiene cura. Eso tranquilizará a mi padre.

Unas sirvientas apoyaron sobre una almohadilla el brazo de Keqing y le levantaron la manga para dejar su muñeca al descubierto. El médico tomó primero el pulso de la muñeca derecha, palpándolo un buen rato antes de pasar a la izquierda.

—Vayamos fuera a sentarnos —dijo cuando hubo terminado.

Jia Rong lo llevó a otro cuarto, donde tomaron asiento sobre el kang. Una criada trajo té, y cuando terminaron de beberlo preguntó:

—¿Qué dice su pulso, doctor? ¿Tiene cura?

—Tiene un pulso distal izquierdo profundo y agitado que denota una situación febril producto del débil latir del corazón; el pulso medio profundo y leve indica una anemia producto de un hígado pesado. Su pulso distal derecho es leve y débil, lo que indica debilidad pulmonar; un pulso medio tenue y desganado nos señala que hay en su hígado un elemento Madera demasiado fuerte para el elemento Tierra del bazo. La debilidad del corazón propicia un Fuego que se manifiesta en menstruaciones irregulares e insomnio. La deficiencia sanguínea y el hígado pesado provocan dolor en las costillas, menstruaciones retrasadas y melancolía. La debilidad de los pulmones produce vahídos, sudores en la madrugada y una continua sensación de mareo. El predominio del elemento Madera en el hígado sobre el elemento Tierra en el bazo causa pérdida de apetito, laxitud generalizada y dolores en las extremidades. Éstos son los síntomas que deduzco de mi lectura del pulso de la dama. Discrepo absolutamente con la opinión de que este pulso indique un embarazo[2].

Una anciana que había estado atendiendo a Keqing exclamó:

—¡Es exactamente así! Este médico debe ser un vidente. No hay que decirle nada. Varios médicos de la casa la han reconocido ya, pero ninguno se acercó a la verdad. Uno dice que se trata de un embarazo, otro que es enfermedad; éste declara que no se trata de nada importante, el otro que sufrirá una crisis en el solsticio de invierno… No consiguen ponerse de acuerdo. Por favor, señor médico, díganos qué debemos hacer.

—Esos colegas han retrasado la curación de tu señora —contestó el doctor—. Si hubiera tomado la medicina adecuada cuando perdió su primera regla, a estas horas ya estaría bien. La falta de un tratamiento adecuado sólo podía desembocar en éstos problemas. Opino que sus posibilidades de recuperación son de tres sobre diez. Si esta noche, después de tomar mi receta, duerme bien, entonces las posibilidades se podrían duplicar. A juzgar por su pulso tu señora tiene un carácter muy fuerte y una insólita inteligencia, lo cual la hace irascible y predispuesta a la preocupación, lo que a la postre le afecta el bazo. El elemento Madera de su hígado ha generado humores calientes que a su vez le han desarreglado la menstruación. Creo que no me equivoco si pienso que las reglas de tu señora han tendido a la irregularidad y a retrasarse varios días.

—No se equivoca usted —contestó la mujer—. Nunca las ha tenido antes de tiempo; siempre dos o tres días después de lo normal. En alguna ocasión se le han retrasado hasta diez días.

—Ya veo —observó el doctor—. Ése es el origen de su mal. Si hubiera tomado un tónico para regular sus reglas todo esto se habría podido evitar. Evidentemente nos encontramos ante un caso de abatimiento generalizado producido por escasez de agua y exceso de madera. Ya veremos cómo responde a la medicación.

Y a continuación escribió y entregó a Jia Rong la siguiente receta:

BREBAJE PARA MEJORAR LA RESPIRACIÓN,

FORTALECER LA SANGRE Y SERENAR EL HÍGADO

Ginseng 0,2 onzas; Atractylodes macrocephala (desecada en recipiente de arcilla) 0,2 onzas; Pachima cocos de Yunnan 0,3 onzas; raíz de la Rhemmania lutea (cocida al vapor) 0,4 onzas; Aralia edulis (cocida en vino) 0,2 onzas; peonía blanca (cocida) 0,2 onzas; Lingusticum wallichii 0,15 onzas; Astragalus mongholicus 0,3 onzas; Cyperus rotundus (elaborado) 0,2 onzas; Bupleurum falcatum (remojado en vinagre) 0,08 onzas; Dioscorea opposita (cocida) 0,2 onzas; genuina goma Dong-e (preparada con conchas de ostra molidas) 0,2 onzas; Cerydalis ambigua (cocida en vino) 0,15 onzas; regaliz seco 0,08 onzas.

Utilícese como coadyuvante siete semillas de loto de Fujian sin pepitas y dos dátiles rojos grandes.

—Excelente —comentó Jia Rong al leer la receta—. Doctor, ¿puede decirme si su vida corre peligro?

—Un hombre de su inteligencia comprenderá que a estas alturas de la enfermedad es imposible vaticinar cuánto durará. Veamos cómo responde al tratamiento. Mi humilde opinión es que este invierno no hay peligro, y que si supera el equinoccio de primavera podremos pensar en su curación.

Sensatamente, Jia Rong no volvió a insistir sobre este punto. Tras acompañar al doctor hasta la puerta, enseñó a sus padres la fórmula magistral y les contó todo lo que había dicho el médico.

—Ningún otro ha sido tan concreto —comentó la señora You a su marido—; su receta debe ser buena.

—No vive de la medicina —comentó a su vez Jia Zhen—. Sólo ha venido como un favor especial a nuestro amigo Feng Ziying. Con su ayuda quizás exista la posibilidad de que nuestra nuera se cure. Veo que su receta exige ginseng; pueden usar para elaborarla ese jin de primera calidad que compramos el otro día.

Jia Rong se retiró para ordenar la compra de los ingredientes, que luego fueron preparados y administrados a su esposa. Para conocer el resultado de la medicación, lean el siguiente capítulo.

CAPÍTULO XI

En la mansión Ning se celebra el aniversario de Jia Jing.

Jia Rui se encuentra con Xifeng y la desea.

Y llegó por fin el aniversario de Jia Jing. Jia Zhen hizo llenar dieciséis grandes cestas con los platos más selectos y las frutas más exóticas de su despensa, y las mandó con algunos criados a Jia Rong para que las llevase a su abuelo.

—Antes de presentarle tus respetos, asegúrate de que tu abuelo está de buen humor —advirtió Zhen a su hijo—. Dile que no me he atrevido a ir personalmente, respetando sus deseos, pero que estoy reunido con toda la familia para rendirle homenaje y desearle larga vida.

Cuando Jia Rong se hubo marchado empezaron a llegar los invitados. Primero aparecieron Jia Lian y Jia Qiang, que preguntaron, tras observar la disposición de los asientos, qué tipo de espectáculo presenciarían.

—El proyecto original de Su Señoría era invitar al anciano señor, así que no preparó representaciones teatrales —respondieron los criados—, pero anteayer supo que el anciano caballero no acudiría y entonces nos mandó contratar a unos cuantos actores y músicos jóvenes que en este preciso momento se están preparando en el escenario del jardín.

A continuación llegaron la dama Xing, la dama Wang, Xifeng y Baoyu. Salieron a darles la bienvenida Jia Zhen y la señora You, cuya madre ya había llegado. Después del intercambio de saludos, los huéspedes fueron invitados a tomar asiento. Jia Zhen y su esposa sirvieron personalmente el té.

—La Anciana Dama es nuestra venerable antepasada —dijo Jia Zhen con una sonrisa—. Mi padre sólo es su sobrino, y si nos hemos atrevido a invitarla ha sido porque ahora hace buen tiempo y los crisantemos de nuestro jardín están en su mejor momento. Pensamos que para ella sería una agradable distracción contemplar a todos sus hijos y nietos divirtiéndose; sin embargo, no nos ha honrado con su presencia.

—Hasta ayer mismo tenía planeado venir —contestó Xifeng antes de que lo hiciera la dama Wang—, pero justo anoche vio a Baoyu comiendo melocotones y no pudo resistir la tentación de comerse uno casi entero. Ha tenido que levantarse dos veces antes del amanecer, y esta mañana se encontraba cansada. Me pidió que les dijera que no podría venir, pero que esperaba que le mandasen algunos platos fáciles de digerir.

—Eso lo explica todo —dijo Jia Zhen—. A la Anciana Dama le gustan mucho las fiestas animadas; su ausencia en ésta debía obedecer a algún motivo concreto.

—Xifeng me dijo el otro día que la esposa de Rong no se encuentra bien, ¿qué le ocurre? —preguntó la dama Wang.

—Es una extraña enfermedad —contestó la señora You—. El mes pasado, durante la fiesta del Medio Otoño, estuvo divirtiéndose toda la noche con la Anciana Dama y con usted, y llegó en perfecto estado. Pero hace veinte días empezó a debilitarse y ha ido perdiendo el apetito conforme pasaban los días. Hace dos meses que no le viene la regla.

—¿No estará embarazada? —preguntó la dama Xing.

En ese momento fue anunciada la llegada de Jia She, Jia Zheng y los demás caballeros, que se encontraban ya en el salón de recepción. Jia Zhen salió rápidamente a recibirlos.

La señora You prosiguió:

—Algunos médicos pensaron que podía tratarse de un embarazo, pero ayer mismo la vio uno excelente que nos recomendó Feng Ziying, y según este hombre no se trata de un embarazo sino de una grave enfermedad. Le recetó una medicina y hoy, después de tomar la primera dosis, ya siente menos mareos, aunque no haya todavía otros signos de mejoría.

—Sé que si pudiera hacer el más mínimo esfuerzo la tendríamos hoy aquí con nosotros —observó Xifeng.

—La viste aquí el día tres, cuando nos visitaste la última vez —dijo la señora You—. Estuvo de pie varias horas porque el afecto que siente por ti le impidió retirarse.

A Xifeng se le saltaron las lágrimas, y después de una pausa exclamó:

—Las tormentas aparecen sin previo aviso, y la mala suerte llega de la noche a la mañana. ¡Si la enfermedad arrastra a una muchacha tan joven, entonces la vida no merece vivirse!

Mientras hablaba entró Jia Rong, que saludó a los visitantes y dijo a su madre:

—Le acabo de llevar las cestas de comida a mi abuelo. Le dije que mi padre está aquí atendiendo a Sus Señorías y que, según su deseo, no iría a visitarlo. El abuelo quedó muy complacido y me pidió que les dijera a usted y a mi padre que atendieran a los mayores mientras nosotros lo hacíamos con los más jóvenes. También quiere que se impriman y distribuyan cuanto antes diez mil ejemplares de Recompensas y castigos. Ya se lo he dicho a mi padre. Ahora me voy; debo supervisar la comida de los parientes.

—Espera, hermanito Rong —intervino Xifeng—, ¿cómo está hoy tu esposa?

El rostro del joven se nubló:

—Bastante mal. Pase a verla de camino a su casa y constátelo usted misma, querida tía.

Y se marchó sin decir más.

La señora You preguntó a las damas Xing y Wang si preferían comer allí mismo o en el jardín, donde ya se estaban preparando los actores.

—¿Por qué no comemos aquí y después salimos? —sugirió la dama Wang.

La dama Xing secundó la propuesta, con lo cual la señora You ordenó que se sirvieran las viandas. Como respuesta, se oyó un grito unánime desde la puerta y todas las doncellas corrieron en busca de los platos, que cubrieron las mesas en un santiamén. La señora You condujo a la dama Xing, a la dama Wang y a su propia madre a los lugares de honor, mientras ella compartía una mesa con Xifeng y Baoyu.

—Hemos venido para desear larga vida al venerable caballero en su aniversario, y da la impresión de que nos estamos rindiendo homenaje a nosotros mismos —comentaron la dama Xing y la dama Wang.

—Al señor le gusta el recogimiento —observó Xifeng—. Lleva tanto tiempo viviendo como un asceta que parece un inmortal. Sin duda ya sabrá, con su divina intuición, lo que acaban de decir.

El comentario de Xifeng produjo la hilaridad de todos los presentes. Las damas, que habían terminado de comer, se enjuagaron la boca y se lavaron las manos. Cuando ya salían al jardín, dijo Jia Rong a su madre:

—Todos mis parientes han terminado de comer. El señor She tiene que arreglar unos asuntos en casa, y el señor Zheng se ha marchado porque no le atraen estos espectáculos. El tío Lian y el primo Qiang ya se han llevado a los demás a ver la función.

Y agregó:

—Han llegado tarjetas y presentes de los príncipes de Nan’an, Dongping, Xining y Pekín; del duque de Niu, del de Zhenguo y de otros cinco duques más, así como del marqués Shi de Zhongjing y de otros siete marqueses más. Ya le he dicho a mi padre que he ordenado llevar los regalos a la administración y anotar su entrada en los libros. Las tarjetas de «muy agradecido» ya han sido entregadas a los mensajeros, que recibieron las propinas y comieron algo antes de marcharse. Ahora, madre, ¿pasarán ustedes al jardín?

—Sí, vamos. También nosotras hemos terminado de comer.

—A mí, señora, me gustaría ver antes a la esposa de Rong —dijo Xifeng—. ¿Me podría reunir con ustedes más tarde?

—Es una buena idea —aprobó la dama Wang—. Dile que hemos preguntado por ella, y que iríamos todas si no temiéramos fatigarla.

—Mi nuera siempre te escucha con respeto y sigue tus consejos —dijo a su vez la señora You—. Me quedaré más tranquila si vas a verla y la animas, pero ven a reunirte con nosotras en el jardín en cuanto puedas.

Baoyu pidió permiso para acompañar a Xifeng.

—Anda, ve si quieres, pero no tardes en volver —permitió su madre—. Recuerda que se trata de la esposa de tu sobrino.

Entonces la señora You condujo a las damas Xing y Wang, y a su propia madre, hasta el jardín de la Fragancia Concentrada, mientras Xifeng y Baoyu marchaban con Jia Rong a visitar a Keqing.

Entraron en la alcoba sin hacer ruido, y cuando la enferma hizo un esfuerzo para incorporarse Xifeng protestó:

—No te muevas, que te marearás.

Se adelantó a tomar la mano de Keqing exclamando:

—¡Ay, qué delgada te has quedado en los pocos días que he tardado en volver a verte! —Y se sentó a su lado.

También Baoyu preguntó por la salud de su sobrina; luego, tomó una silla y se sentó frente a ella.

—Traed té inmediatamente —ordenó Jia Rong a los criados—. Mi tío y mi tía están sin una gota.

Con la mano de Xifeng entre las suyas, Keqing se esforzó en sonreír.

—Ser miembro de una familia como ésta es más de lo que merezco —dijo con un hilo de voz—. Mis suegros me tratan como a su propia hija, y aunque su sobrino es joven nos tratamos con consideración y nunca nos hemos peleado. Todos los miembros de la familia, viejos y jóvenes, por no mencionarla a usted, querida tía, han sido para mí la bondad misma y no me han deparado sino amabilidad y respeto; ahora que he caído enferma he perdido toda mi fuerza de voluntad y me atormenta no poder expresar mi agradecimiento como una buena nuera. Pero ya no está a mi alcance. Dudo que llegue a final de año.

Mientras Keqing decía estas cosas, Baoyu contemplaba pensativo la pintura que representaba una dama durmiendo bajo las flores de un manzano silvestre en primavera, y el pareado de Qin Guan:

El ligero frío que envuelve el sueño es el frescor de la primavera.

El efluvio que toma los sentidos del hombre es el aroma del vino.

Recordó embelesado el sueño de la Tierra de la Ilusión del Gran Vacío que había tenido en aquel mismo cuarto, y los comentarios descorazonadores de Keqing atravesaron su corazón como diez mil saetas; le empezaron a brotar lágrimas de los ojos.

Xifeng también se sentía desconsolada, pero como no quería inquietar más a la enferma se propuso distraerla y animarla.

—Pareces una viejecita frágil, Baoyu. La cosa no es tan grave como quiere hacemos creer la sobrina —dijo, y volviéndose a Keqing—: ¿Cómo es posible que una persona de tu edad imagine tantas locuras sólo porque se sienta un poco indispuesta? ¿Acaso quieres empeorar?

—Le iría mejor si comiera más —intervino Jia Rong.

—Su Señoría dijo que no tardaras mucho en regresar —le recordó Xifeng a Baoyu—, así que no te demores inquietando a Keqing y preocupando a Su Señoría.

Y dirigiéndose a Jia Rong:

—Lleva al tío Bao con los demás; yo me quedaré aquí un poco más.

Jia Rong se llevó a Baoyu hasta el jardín de la Fragancia Concentrada, mientras Xifeng se quedaba consolando a Keqing y susurrándole al oído algunos consejos bienintencionados.

Cuando llegó la tercera criada que la señora You enviaba a buscarla, Xifeng se levantó y dijo a Keqing:

—Cuídate mucho. Volveré a verte. Y no te preocupes, levanta tu ánimo: ese médico tan bueno que nos han recomendado es un signo claro de que te vas a poner bien.

—Aunque se tratase de un inmortal, tía, él podría curar mi enfermedad, pero no evitar mi destino —respondió Keqing con una triste sonrisa—. Ahora sé que sólo es cuestión de tiempo.

—Pero ¿cómo vas a mejorar con semejantes ideas en la cabeza? Tienes que ver el lado positivo de las cosas. De todos modos, he oído que el médico dijo que, incluso si no te curas, el peligro no llegará hasta la primavera. Estamos a mediados del noveno mes, así que te quedan cuatro o cinco meses hasta que se cumpla el plazo. Es un tiempo suficiente para reponerse de cualquier enfermedad. Otra cosa sería si nuestra familia no pudiera permitirse el ginseng, pero tus suegros podrían procurarte sin problemas un kilo diario; cuanto más el par de onzas que necesitas. Anda, ahora descansa, yo me voy al jardín.

—Siento mucho no poder acompañarla, querida tía —dijo Keqing—. Vuelva otra vez cuando tenga tiempo para qué podamos hablar.

Xifeng volvió a sentir que las lágrimas llenaban sus ojos.

—No te preocupes, vendré en cuanto tenga un momento libre —prometió.

Acompañada por sus propias doncellas y por algunas de la mansión Ning tomó un sendero que serpenteaba hasta la puerta lateral del jardín, donde quedó pasmada ante una visión extraordinaria:

Amarillos crisantemos alfombrando el suelo,

verdes sauces por las laderas,

un hermoso puentecillo sobre el torrente Ruoye[1],

senderos zigzagueantes que suben a Tiantai[2].

De la roca, brotan manantiales cristalinos,

y flota vaporosa la fragancia

de las mil flores de los enrejados.

Los árboles mecen sus copas rojizas,

hermosos como un cuadro de frondas dispersas.

Ya refresca el viento otoñal;

ya callaron las doradas oropéndolas

y ahora, bajo el tibio sol, cantan los grillos.

Al sudeste, las cabañas anidan entre las colinas;

al noroeste, los pabellones meditan sobre el agua de un lago.

Una flauta sutil hechiza los sentidos humanos,

y muchachas vestidas de seda pasean por el bosquecillo

añadiendo encanto a la escena.

Paseaba Xifeng gozosa con lo que veía cuando, de detrás de una colina artificial, apareció de improviso un hombre que le dijo:

—Saludos, cuñada.

Sobresaltada, retrocedió un poco y preguntó:

—¿Señor Rui?

—¿Y quién si no? ¿No me reconoces?

—Claro que sí, pero me has asustado.

—El destino ha propiciado nuestro encuentro, cuñada —dijo Jia Rui mientras la devoraba con los ojos—. Hace un momento me escabullí del banquete para dar un paseo tranquilo por este lugar apartado, ¡y aquí te vengo a encontrar! Sí, debe ser el destino…

Xifeng, con su inteligencia, vio a través de él:

—Con razón mi esposo siempre te está elogiando —le respondió con una sonrisa, fingiéndose contenta—. Ahora que te veo y te oigo hablar entiendo lo sensible, perspicaz y divertido que eres. En este momento tengo prisa, pues me espera Su Señoría, pero quizás podamos volver a vernos otro día.

—A menudo he deseado visitarte y presentarte mis respetos, pero pensé que tú, tan joven, te negarías a recibirme.

—¡Qué tontería! —fingió Xifeng—. ¿Acaso no somos de la misma familia?

Alentado por su inesperada buena suerte, Jia Rui se dispuso a intentar allí mismo atrevimientos mayores, pero Xifeng le dijo:

—Debes darte prisa antes de que pregunten por ti y te hagan beber de más como castigo.

Medio paralizado por la emoción, Jia Rui se alejó lentamente, no sin volverse para mirar una vez más a Xifeng, quien deliberadamente aminoró el paso hasta que lo vio desaparecer. «Puede conocerse el rostro de un hombre, pero no su corazón —pensó sombría—. Como ese canalla intente propasarse conmigo lo mataré con mis propias manos para que sepa de lo que soy capaz.»

Al volver otra colina vio a varias matronas que corrían sin aliento hacia donde estaba ella.

—Nuestra señora nos envía en su busca —exclamaron jadeando—. Estaba muy preocupada porque usted no llegaba.

—Vuestra señora es un monstruo de impaciencia.

Continuaron su paseo, y Xifeng preguntó cuántas escenas habían sido representadas ya. Le respondieron que ocho o nueve. Llegaron a la puerta posterior del pabellón de la Fragancia Celestial, donde Baoyu se entretenía con unas doncellas.

—Ojo con las travesuras, primo Baoyu —le advirtió.

—Todas las damas están en la galería, señora; subiendo esas escaleras —le señaló una de las chicas.

Xifeng se recogió la falda para subir las escaleras y encontró a la señora You esperándola en el rellano.

—Sois uña y carne, tu sobrina y tú. Ya pensaba que nunca lograrías separarte de ella —bromeó—. Mañana mismo puedes mudarte aquí y quedarte con ella. Anda, ahora siéntate un poco con nosotras y deja que brinde por ti.

Después de solicitarlo a las damas Xing y Wang, Xifeng se sentó y cruzó algunos comentarios amables con la madre de la señora You; luego, se cambió de lugar y se colocó junto a la anfitriona para beber vino y admirar el espectáculo. La señora You hizo traer el programa y, entregándoselo, le pidió que eligiera unos cuantos actos.

—¿Cómo voy a elegirlos yo estando Sus Señorías? —dijo Xifeng.

—La anciana señora You ya eligió varios —respondieron las damas Xing y Wang—. Ahora te toca a ti escoger un par de buenos actos para nosotras.

Xifeng se levantó en un gesto de obediencia. Tomó el repertorio y señaló «La resurrección»[3] y «La rapsodia»[4]. Al devolverlo comentó:

—Cuando hayan terminado este «Doble título honorífico» que están representando ahora, quedará el tiempo justo para estas dos.

—Sí —dijo la dama Wang—, ya deberíamos dejar descansar un poco a nuestros anfitriones; sobre todo conociendo su inquietud.

—¡Pero venís tan poco por aquí…! —protestó la señora You—. Quedaos un poco más, es temprano todavía.

Xifeng se levantó para mirar abajo y preguntó:

—¿Dónde están los señores?

—Se han ido a beber al pabellón del Alba Prolongada —contestó una de las amas—. Se llevaron a los músicos.

—Nuestra presencia los cohíbe —comentó Xifeng—. ¿Qué estarán tramando?

—¿Cómo quieres que todo el mundo sea tan correcto como tú? —bromeó la señora You.

Siguieron con las bromas y las risas hasta que concluyeron las representaciones, se llevaron el vino y apareció el arroz. Después de cenar dejaron el jardín y fueron a beber té al pabellón principal; luego, mandaron por sus carruajes y se despidieron de la anciana señora You. La joven señora You, junto a todas las concubinas y doncellas, la acompañaron hasta los carros, donde ya esperaban los jóvenes junto a Jia Zhen. Éste suplicó a la dama Xing y a la dama Wang que volvieran al día siguiente, pero la dama Wang declinó la invitación.

—Hemos pasado aquí todo el día y estamos fatigadas. Mañana tocará reposo.

Todo el tiempo que los visitantes tardaron en introducirse en sus carruajes para emprender la marcha, lo pasó Jia Rui con los ojos clavados en Xifeng.

Cuando Jia Zhen y los demás volvieron a entrar en la casa, Li Gui trajo el caballo de Baoyu, que fue trotando detrás del carro de su madre hasta llegar a su casa. Cuando Jia Zhen y los jóvenes hubieron cenado, la reunión terminó de disolverse. No es preciso detallar las diversiones que ofrecieron a sus parientes al día siguiente, segundo de homenaje a Jia Jing.

Xifeng empezó a visitar con más frecuencia a Keqing, que si bien unos días parecía mejorar un poco, se mantenía generalmente en una situación estacionaria, para dolor de su esposo y de sus suegros. Por su parte, en las frecuentes visitas que hacía a Xifeng, Jia Rui se encontraba invariablemente con que había salido a la mansión Ning.

Se aproximaba el solsticio de invierno, que ese año coincidiría con el día treinta de la onceava luna, y, a medida que se iba acercando, tanto la Anciana Dama como la dama Wang y Xifeng iban preguntando diariamente por la salud de Keqing. La respuesta siempre era la misma: la enferma no mejoraba, tampoco empeoraba; seguía igual.

—Es alentador que una enfermedad no empeore en este tiempo —le dijo la dama Wang a la Anciana Dama.

—Sí —respondió la apenada anciana—. Cualquier cosa que le sucediera a mi adorada niña me partiría el corazón.

Afligida, mandó llamar a Xifeng y le dijo:

—Vosotras siempre habéis sido buenas amigas. Mañana es el primer día de la decimosegunda luna; pues bien, quiero que vayas a verla pasado mañana y veas cómo está. Si ha mejorado algo, ven y dímelo; eso me quitaría un enorme peso de encima. Luego dispon las comidas que solían gustarle y envíaselas.

Xifeng prometió hacerlo así, y el día dos, después del desayuno, se encaminó a la mansión Ning a ver a Keqing. Aunque no parecía haber empeorado se notaba extenuada. Xifeng sel sentó y conversó con ella un rato animándola y asegurándole que no había motivo de alarma.

—En la primavera sabremos si me curo o no —dijo Keqing—. Quién sabe, quizás me recupere puesto que ha pasado el solsticio de invierno y no estoy peor. Dígales a la Anciana Dama y a la dama Wang que no se preocupen. Ayer me comí dos de los pasteles de batata rellenos de dátiles que me enviaron, y parece que me han sentado bien.

—Mañana te enviaremos más —prometió Xifeng—. Ahora me voy, tengo que ver a tu suegra antes de correr a informar a la Anciana Dama acerca dé tu salud.

—Por favor, mis respetos para ella y la dama Wang.

Con la promesa de transmitírselos, Xifeng fue a sentarse con la señora You, que le dijo:

—Dime sinceramente cómo la has encontrado.

Xifeng agachó la cabeza:

—Parece que hay poca esperanza. Yo en tu lugar empezaría a organizar el funeral. Quizás así podamos burlar la mala suerte.

—Ya he mandado hacer los preparativos en secreto, pero no he conseguido buena madera para tú ya sabes qué, así que por el momento me he desentendido.

Después de beber el té y charlar un rato más, Xifeng dijo que tenía que volver a informar a la Anciana Dama.

—No se lo digas todavía —le pidió la señora You—. No la alarmes.

Xifeng asintió y se marchó. A su regreso le dijo a la Anciana Dama:

—La esposa de Rong le envía sus respetos. Dice que se encuentra mejor y que no debe usted preocuparse. En cuanto esté un poco más recuperada vendrá ella misma a hacer su koutou.

—¿Qué impresión te dio?

—Creo que no hay nada que temer por el momento. Está animada.

La Anciana Dama quedó pensativa, y luego dijo:

—Anda ahora a cambiarte de ropa y descansa un poco.

Xifeng se retiró y, de camino a su cuarto, fue a informar a la dama Wang. Luego, Pinger la ayudó a ponerse un vestido de andar por casa entibiado junto al fuego, y con él se sentó y preguntó qué había ocurrido en su ausencia.

—Nada especial —le contestó la doncella al tiempo que le pasaba un tazón de té—. Vino la esposa de Lai Wang a traer los intereses de esos trescientos taeles. Ya los he guardado. El señor Rui mandó otra vez a preguntar si estaba en casa para venir a presentarle sus respetos.

—¡Ese canalla! ¡Parece que está buscando su ruina! —gruñó Xifeng—. Pues bien, que venga, ¡y ya verás lo que pasa cuando aparezca esa bestia!

—¿Por qué tiene tanto interés en venir?

Xifeng le describió el encuentro en el jardín de la mansión Ning durante la novena luna, y todo lo que en él había dicho.

—El asqueroso sapo quiere comer la carne del cisne celeste —dijo desdeñosamente Pinger—. Ese bruto no sabe lo que es la decencia. Ser capaz de imaginar lo que imagina le hace digno de un mal filial.

—Que venga —insistió Xifeng—. Yo sé cómo tratarlo.

Qué le ocurrió a Jia Rui durante su siguiente visita es suceso que se narra en el siguiente capítulo.

CAPÍTULO XII

La astuta Xifeng tiende una trampa

funesta a su pretendiente.

Jia Rui comete el error de mirarse

en el espejo de la brisa y la luna.

Mantenían Xifeng y Pinger esa conversación en el capítulo anterior cuando en eso fue anunciada la llegada de Jia Rui.

—Que pase —ordenó Xifeng inmediatamente.

Encantado de haber sido recibido por fin, Jia Rui la saludó irradiando efusivas sonrisas. Ella, por su parte, le ofreció asiento con grandes muestras de consideración y lo invitó a tomar té. Él se sintió como en éxtasis cuando la vio vestida con ropa liviana dé andar por casa, y mientras ardía en deseo le preguntó:

—¿Cómo no ha llegado todavía tu esposo Jia Lian?

—No sé —contestó ella.

—¿No será que se ha encontrado por el camino con alguien que le impide volver a su hogar? —sugirió Rui entre risitas.

—Es posible. Los hombres sois así; cualquier cara bonita os embruja.

—No todos, cuñada. Yo no soy de ésos.

—¿Pero cuántos hay como tú? Ni uno entre diez.

Jia Rui, loco de alegría por el halago de Xifeng, se frotó las orejas y las mejillas e insinuó:

—Seguro que te aburres mucho, sola durante todo el día.

—Cierto —contestó ella—. De hecho siempre estoy esperando que alguien me visite para entretenerme con su charla.

—Yo tengo mucho tiempo libre, cuñada, ¿te gustaría que viniese a distraerte todos los días?

—Bromeas —respondió Xifeng riendo—. ¿Cómo puedo esperar que vengas todos los días?

—¡Que me parta un rayo si no hablo en serio! Si no me he atrevido a venir antes es porque todo el mundo me decía que eras una persona temible y te ofendías por cualquier cosa. En cambio, ahora veo lo amable y encantadora que eres. Puedes estar segura de que vendría aunque me costara la vida.

—Ciertamente eres más comprensivo que Jia Rong y su hermano —dijo Xifeng—. A ellos se les ve tan educados que cualquiera pensaría que son personas comprensivas, pero al cabo resultan unos estúpidos, incapaces de calar en los corazones.

Espoleado aún más por el elogio, Jia Rui siguió arrimándose a Xifeng mientras miraba la bolsa que llevaba colgada en la cintura y le preguntaba si podía ver sus anillos.

—Por favor —susurró la joven—, ¿qué van a pensar las doncellas?

Él se retiró inmediatamente, obedeciendo con la misma celeridad que si se hubiera tratado de un edicto imperial o un mandato de Buda.

—Será mejor que te vayas —le dijo Xifeng sonriendo.

—No seas tan cruel, cuñada —protestó Jia Rui—. Deja que me quede contigo un poco más.

—Éste no es lugar conveniente durante el día, con tanta gente entrando y saliendo —le susurró ella—. Vete ahora, pero vuelve esta noche durante la primera vigilia y espérame en el pasaje de entrada del oeste.

—No te burles de mí. ¿Cómo voy a esconderme allí si por ese lugar pasa la gente sin parar, de un lado a otro?

—No te preocupes —le dijo Xifeng tranquilizándolo—. Daré permiso a todos los pajes del turno de noche para que se retiren y, una vez cerradas las puertas, nadie más podrá pasar.

Exultante de alegría, el joven Rui se alejó convencido de que esa misma noche saciaría el deseo que sentía por Xifeng.

Así pues, a la hora convenida llegó a tientas hasta la mansión Rong, introduciéndose en el pasaje poco antes de que fueran atrancadas las puertas. Era una noche muy oscura y no se veía un alma. Las puertas de los aposentos de la Anciana Dama ya habían sido cerradas y sólo una de entrada quedaba abierta en el este. Rui esperó durante un rato conteniendo la respiración y atento a cualquier ruido, pero nadie venía. Entonces, con súbito estrépito, cerraron también la puerta oriental. Estaba furioso, pero no se atrevía a hacer el mínimo ruido. Sigilosamente se acercó a la puerta y la encontró firmemente atrancada; los muros, por otra parte, eran demasiado altos y carecían de agarres para intentar escalarlos. Salir de allí era imposible.

El pasaje era un espacio desolado que cruzaban todas las corrientes de aire. En pleno invierno, de aquel recinto vacío se enseñoreaba un frío viento del norte que caló los huesos del joven pretendiente, de manera que casi vino a perecer congelado.

Así llegó el alba y apareció una matrona para abrir la puerta oriental. Cuando se dirigió hacia la del oeste para ordenar que también por allí franquearan el paso, Jia Rui aprovechó para escabullirse como un rayo, con los brazos cruzados sobre el pecho y las manos atenazando los hombros. Afortunadamente no había nadie por allí a esa hora tan temprana, y así pudo huir corriendo a su casa sin ser visto.

Jia Rui, huérfano desde muy joven, había sido tomado a su cargo por el venerable Jia Dairu, su abuelo, un hombre severo que nunca le concedió libertad por temor a que se diera a la bebida o al juego y descuidara sus estudios. La ausencia de su nieto hasta ja madrugada siguiente enfureció a Jia Dairu, quien pensó que había estado bebiendo, o en las timbas, o en las casas de putas; pero en ningún momento sospechó la verdad del asunto.

Atemorizado y empapado en sudor frío, Jia Rui trató de zafarse de las preguntas de su abuelo mintiendo:

—Estuve en casa de mi tío y como se me hizo tarde me obligó a que pasara allí la noche.

—Nunca te habías atrevido a dejar la casa sin mi permiso —tronó el abuelo—. Mereces una paliza por escaparte de esta manera, y otra más por haber intentado engañarme.

Le propinó treinta o cuarenta estacazos con una vara de bambú, lo privó de alimentos y le hizo estudiar los textos de diez días de escuela arrodillado en el patio. La paliza, el estómago vacío y tener que permanecer de rodillas expuesto al viento leyendo ensayos aumentaron el malestar que sentía después de su noche de frío en el pasaje de la mansión Rong.

Pero, todavía demasiado envanecido para entender que Xifeng estaba jugando con él, aprovechó la primera ocasión que se le presentó, un par de días más tarde, para acudir a su encuentro. Ella le reprochó no haber cumplido su palabra, mientras él hizo vehementes alegatos de inocencia y varias veces, de rodillas, golpeó con su cabeza el suelo. Viéndolo tan rendido, Xifeng urdió otro plan para desengañarlo.

—Espérame esta noche en el cuarto vacío del pasillo que hay detrás de este aposento —le dijo—. Pero cuida esta vez de no cometer errores.

—¿Lo dices en serio? —preguntó él.

—Si no me crees, no vengas.

—Vendré. Vendré aunque me cueste la vida.

—Y ahora vete.

Suponiendo que esta vez todo marcharía bien, Jia Rui se retiró.

Cuando se hubo marchado Jia Rui, Xifeng convocó un consejo de guerra y preparó minuciosamente la trampa mientras el joven se consumía de impaciencia en su casa, pues, para su desesperación, uno de sus parientes había venido de visita y se había quedado a cenar. Cuando por fin se despidió, las lámparas ya estaban encendidas y Rui tuvo que esperar a que su abuelo se retirase a dormir para poder ir corriendo a la mansión Rong a esperar en el punto acordado. Daba por el cuarto zancadas nerviosas, como una hormiga sobre una parrilla caliente, pero no se oía ni se divisaba a nadie.

—¿Vendrá realmente? —se preguntaba—. ¿O también esta noche tendré que congelarme?

En ese momento hizo su entrada un bulto oscuro. Seguro como estaba de que se trataba de Xifeng, Rui olvidó toda cautela, y en cuanto la figura cruzó el umbral se le echó encima como un tigre hambriento o un gato saltando sobre un ratón.

—¡Cuñadita! ¡Querida mía! Me estoy muriendo de ganas —decía arrastrándola hasta el kang mientras la cubría de besos y se echaba mano al pantalón mascullando incoherencias—: ¡Madre mía! ¡Madre mía!

Pero el cuerpo que tenía entre los brazos no exhalaba ni un murmullo.

Ya se había bajado los pantalones y se disponía a entrar en faena con gran agitación cuando un súbito destello le hizo levantar la vista. Allí estaba Jia Qiang con una tea en la mano.

—¿Quién anda ahí? —gritó Qiang, a lo que respondió entre grandes risas la figura que Rui había tumbado sobre el kang:

—¡Es el tío Rui, que me quiere dar por el culo!

Cuando Jia Rui volvió la vista al kang y vio que a quien tenía debajo era a su sobrino Jia Rong, deseó que se lo tragara la tierra. En su confusión intentó emprender la huida, pero Jia Qiang lo atrapó al vuelo:

—¡Eh, ¿dónde vas?! La tía Xifeng ya le ha contado a la dama Wang que has estado haciéndole proposiciones, y que para ahorrarse tus favores te ha tendido esta trampa. La dama Wang se ha desmayado de la impresión, y a mí me han enviado aquí para cogerte con las manos en la masa, ¡así que ahora mismo te vienes conmigo a verla!

A Jia Rui se le fue el alma del cuerpo:

—¡Sobrino!, ¡sobrinito! —suplicó—, dile que no me has podido encontrar. Díselo y mañana te recompensaré generosamente.

—Bueno, quizás lo haga —contestó Jia Qiang—. Depende de cuánto estés dispuesto a pagar. Pero no puedo aceptar tu palabra así como así: tienes que darme tu promesa en blanco y negro.

—¡¿Pero cómo voy a poner por escrito una cosa así?!

—Eso no es problema.

Jia Qiang desapareció y volvió con útiles de escribir:

—Tú escribe que me debes tantos taeles en concepto de deudas de juego, y asunto concluido.

Rui firmó un pagaré por cincuenta taeles, que Qiang se metió en un bolsillo. Pero cuando éste le dijo a Jia Rong que se fuera, el otro muchacho se negó amenazando con destapar todo el asunto a la mañana siguiente. Al oír aquello, Jia Rui le hizo un koutou desesperado, pero como no valían súplicas tuvo que firmar un nuevo pagaré por otros cincuenta taeles.

—Si lo ven salir me culparán a mí —dijo Jia Qiang—. La puerta de la Anciana Dama está cerrada y el segundo señor está en el salón examinando unas cosas que han llegado de Jinling, de manera que no puede salir por allí. Tendrá que hacerlo por la puerta trasera, pero si alguien lo ve estaremos en las mismas. Iré a ver si hay alguien; aquí no se puede quedar, porque pronto empezarán a traer las cosas de Jinling. Le buscaré otro escondite»

Apagó la luz y llevó a Jia Rui hasta el pie de una escalera del patio.

—Éste es un buen sitio —susurró—. Ponte en cuclillas en ese rincón hasta que volvamos, y no hagas ruido.

Los dos primos se fueron mientras Jia Rui se agazapaba obedientemente al pie de la escalera. Se disponía a aprovechar la espera meditando acerca de sus desgracias cuando oyó un ruido encima de él; al levantar la vista, un orinal le descargó de pronto todo su contenido por la cabeza. Se le escapó un grito de asco, pero inmediatamente se tapó la boca con una mano y no volvió a hacer más ruido a pesar de que estaba cubierto de inmundicia de los pies a la cabeza y tiritaba de frío. Entonces llegó Jia Qiang.

—¡Ahora! ¡Sal rápido!

Al oírlo, Jia Rui echó a correr por la puerta trasera en dirección a su casa como alma que lleva el diablo. Para entonces ya había sonado la tercera vigilia y tuvo que llamar a la puerta. El criado que le abrió quiso saber por qué llegaba en tan lamentable estado.

—Estaba muy oscuro y me caí en un pozo ciego —mintió.

Al llegar a su cuarto se quitó la ropa y se lavó. Sólo entonces comprendió, furioso, la trampa que le había tendido Xifeng, pero aun así, al recordar sus encantos, le dieron ganas de tenerla entre sus brazos. Enloquecido de deseo, no pudo dormir en toda la noche. Ahora bien, a pesar de lo que deseaba a Xifeng, de allí en adelante no se atrevió a acudir a la mansión Rong.

Tanto Jia Rong como Jia Qiang le presionaban para que les librara sus cien taeles, con lo cual, al temor de ser descubierto por su abuelo y a la infeliz pasión que lo consumía, vino a sumarse ahora el peso de las deudas contraídas, sin contar la dura carga de las lecciones cotidianas. A sus veintidós años, soltero todavía y locamente deseoso de la inaccesible Xifeng, era inevitable que acabara partiéndose los dedos de la mano. Con ello, más los efectos combinados de dos noches glaciales pasadas a la intemperie, no tardó en caer enfermo. Empezó a notar el corazón como hinchado, la boca no le sacaba sabor a nada, las piernas le blandeaban, sentía los ojos como anegados en vinagre, por las noches lo asaltaba la fiebre y durante el día lo vencía el cansancio; perdía esperma cada vez que orinaba, y sangre cada vez que tosía. En menos de un año Jia Rui contrajo sucesivamente todas estas enfermedades, de manera que ya no podía sostenerse y, cada vez que dormía, ganado por el terror, deliraba con gran profusión de disparates.

Muchos médicos intentaron curarlo de cien maneras: le administraron decenas de kilos de cinamomo, raíces de acónito, caparazones de tortuga, tubérculos de liriope, poligonáceas y cosas por el estilo. Todo en vano. Con la primavera su estado empeoró.

Su abuelo buscaba sin cesar nuevos médicos, pero nada resultaba. Por otra parte, los remedios de ginseng puro superaban las posibilidades económicas de Jia Dairu, de manera que acabó pidiendo ayuda a la mansión Rong. La dama Wang encargó a Xifeng que pesara dos onzas para Jia Rui.

—Todo el que teníamos en reserva se gastó el otro día en las medicinas de la Anciana Dama —mintió Xifeng—. Usted me dijo que las raíces sobrantes fueran enviadas a la esposa del general Yang, y así lo hice.

—Pues si no queda aquí, que pidan en casa de tu suegra; o quizás puedan darnos un poco en casa de tu primo Zhen. Ayudar a salvar la vida de ese joven sería una buena acción.

Sin embargo, en lugar de hacer lo que se le había ordenado, Xifeng reunió menos de una onza de trozos de mala calidad, y los despachó a casa de Jia Dairu con la indicación de que aquello era todo lo que había en casa de Su Señoría. A la dama Wang le dijo que había reunido las dos onzas y las había enviado, según su deseo.

No había un remedio que Jia Rui, en su deseo de aferrarse a la vida, no probara. Pero todo el dinero se gastaba en vano.

Cierto día apareció limosneando un taoísta cojo que dijo ser especialista en curar enfermedades originadas por el pago de pecados cometidos en vidas anteriores. Jia Rui lo oyó e inmediatamente ordenó en voz alta a los criados que lo hicieran pasar, esforzándose desde el lecho en hacer una reverencia al recién llegado. Cuando el monje entró, Rui se aferró desesperadamente a sus manos suplicando:

—¡Cúrame, bodhisattva! ¡Sálvame la vida!

—No hay medicina que pueda curar su mal —dijo gravemente el taoísta—, pero puedo entregarle un objeto precioso que le hará sanar si lo contempla cada día.

Y diciendo esto sacó de su bolsa un espejo bruñido por ambas caras en cuyo mango se podía leer la siguiente inscripción: «Espejo mágico de la brisa y la luz de luna».

—Este tesoro procede del Salón del Gran Vacío, en la Tierra de la Ilusión —dijo el monje—. Lo hizo la diosa del Desencanto para sanar los males que resultan de la lujuria y las pulsiones insensatas. Como tiene la facultad de preservar las vidas de los hombres lo he traído a este mundo con el fin de que pueda ser utilizado por caballeros inteligentes, jóvenes, apuestos y de altos ideales. Ahora bien, sólo debe ser mirado su reverso y bajo ningún concepto se puede mirar la parte delantera. No lo olvide. Volveré a recogerlo dentro de tres días; en ese plazo ya estará curado.

Dicho lo cual se fue, sin que la insistencia para que se quedara pudiera impedírselo.

—Prodigioso —pensó Rui cogiendo el espejo—. Lo miraré a ver qué sucede.

Lo levantó y miró el dorso, tal como le había indicado el taoísta. ¡Diablos! ¡Allí había un esqueleto espantoso! Cubriéndolo inmediatamente, maldijo al monje cojo: «¡Qué cerdo! ¡Asustarme de esta manera! ¿Y qué habrá en el anverso?».

Vencido por la curiosidad le dio la vuelta al espejo, y allí, sorprendido, vio a Xifeng que lo llamaba con gestos. Ganado por el éxtasis, se sintió elevado y absorbido hacia su interior, donde por fin pudo abandonarse con su amada a los envites de la nube y de la lluvia. Cuando hubieron terminado, Xifeng lo condujo de vuelta a la salida del espejo y se despidió cariñosamente de él. Al abrir los ojos, de nuevo en su lecho, dio un grito de espanto: el espejo se le había caído de las manos y de nuevo mostraba el terrible esqueleto del reverso. Sudaba intensamente y se encontraba mojado de semen, pero el joven no se daba por satisfecho. Otra vez le dio la vuelta al espejo y se miró en su cara falaz; otra vez Xifeng volvió a llamarlo; otra vez acudió él. Cuatro veces más repitió la operación, pero cuando se disponía a despedirse de su amada por cuarta vez aparecieron súbitamente dos hombres que le pusieron cadenas de hierro en el cuello y las muñecas, y se lo llevaron a rastras.

—¡Dejadme el espejo! —gritó desesperado.

Ésas fueron sus últimas palabras.

Los sirvientes, que estaban cerca de su cama cuidándolo en su enfermedad, habían observado varias veces como miraba el espejo y lo dejaba caer para luego, con ojos ansiosos, recogerlo de nuevo. Pero esta vez, cuando el espejo cayó de sus manos no hizo ningún esfuerzo por recuperarlo. Cuando se acercaron ya había exhalado su último suspiro, y bajo sus muslos, helado y viscoso, un charco de esperma empapaba la sábana.

Enseguida lavaron el cadáver, lo vistieron y prepararon el féretro, mientras su abuelo se abandonaba a una pena incontrolable y maldecía al taoísta.

—¡Este espejo del diablo! —gritaba Jia Dairu—. Hay que destruirlo antes de que siga haciendo daño.

Y mandó encender una hoguera para fundirlo.

En ese momento una voz clamó desde el espejo:

—¿Por qué me miraron por delante? Han sido ustedes quienes han tomado lo falso por verdadero, ¿por qué he de ser yo el arrojado al fuego?

Al mismo tiempo que el espejo decía estas palabras, entró el taoísta cojo dando grandes zancadas y gritando:

—¿Quién pretende destruir el espejo mágico dé la brisa y de la luz de luna?

Y, agarrándolo, desapareció de un salto como impelido por una ráfaga de viento.

Jia Dairu dispuso inmediatamente los funerales de su nieto y anunció por todas partes su muerte, notificando que a los tres días del óbito se salmodiarían sutras y que el séptimo día tendrían lugar las exequias. El ataúd con el cadáver de Jia Rui permanecería en el templo del Umbral de Hierro hasta que pudiera ser llevado de vuelta a su lugar natal.

Todos los miembros del clan llegaron a dar el pésame. Jia She y Jia Zheng, de la mansión Rong, contribuyeron a los gastos con veinte taeles de plata cada uno, y lo mismo hizo Jia Zhen, de la mansión Ning. Otros dieron tres, cuatro o cinco taeles, según las posibilidades de cada uno. Las familias de los compañeros de escuela de Jia Rui reunieron otros veinte. Con estas aportaciones, a pesar de que no disfrutaba de una posición acomodada, Jia Dairu organizó unos funerales lujosos.

Y entonces, inesperadamente, ya hacia el final del invierno, llegó una carta de Lin Ruhai diciendo que se encontraba gravemente enfermo y que deseaba que su hija fuera devuelta a su casa, lo que aumentó la congoja de la Anciana Dama, que tuvo que hacer los preparativos para la marcha de Daiyu. Baoyu, por su parte, a pesar de la enorme aflicción que le produjo la noticia, juzgó que no podía ser un obstáculo entre una hija y su padre.

La Anciana Dama decidió que Jia Lian acompañase a su nieta y la trajera de regreso sana y salva. No es preciso describir los espléndidos regalos de despedida que recibió Daiyu, ni los preparativos para la jornada. Se señaló un día para que Jia Lian y Daiyu se despidieran de todos y, por fin, acompañados por su séquito, emprendieron viaje a Yangzhou.

Quien quiera saber lo que pasa, que escuche el próximo capítulo.

CAPÍTULO XIII

Muere Qin Keqing y se nombra un capitán

de la Guardia Imperial.

Xifeng ayuda a administrar los asuntos

de la mansión Ningguo.

Ausente su esposo, que había emprendido con Daiyu su jornada a Yangzhou por expreso deseo de la Anciana Dama, la vida se le hizo tediosa a Xifeng; encaraba cada noche lo mejor que podía, y bordaba y charlaba con Pinger antes de retirarse desganadamente a dormir.

Cierta noche, cansadas ya de bordar a la luz de una lámpara, Xifeng ordenó a su doncella que perfumara y caldease su manta bordada para irse a dormir. Los ruidos de la tercera vigilia sorprendieron a las dos mujeres calculando con los dedos el tramo del camino al que habría llegado Jia Lian. Poco después Pinger cayó rendida, y a Xifeng se le acababan de cerrar los ojos cuando, confusamente, creyó ver a Keqing entrando en la habitación.

—¡Tía, cuánto le gusta dormir! —le dijo Keqing sonriendo—. Hoy vuelvo a mi casa, pero como usted no podrá acompañarme ni siquiera un trecho del camino no he querido partir sin despedirme antes; además, tengo una inquietud que sólo a usted me atrevo a confiar.

—¿Qué inquietud es esa? —preguntó Xifeng, vagamente consciente.

—Tía, ¿cómo usted, una mujer tan notable que ni los hombres de correaje y gorra oficial sede pueden comparar, ignora ese adagio que dice que la luna se llena para menguar, y el agua colma para rebosar; y aquel otro que avisa de que cuanto más alto sea el ascenso, más dura será la caída? Durante cien años nuestra casa ha prosperado sin cesar y mantenido su esplendor. Pero si un día, en la cima de la buena fortuna, el árbol cae y los monos se desbandan, ¿qué será de esta antigua y culta familia?

Xifeng, asombrada, captó rápidamente el sentido de las palabras de Keqing.

—Sin duda tus temores tienen fundamento. Pero ¿cómo conjurar un peligro tan grande?

—Qué ingenua es usted, tía —contestó Keqing con una risa helada—. Desde tiempo inmemorial, la fortuna ha seguido a la calamidad y la desgracia a los honores, y no está en manos de los hombres poder mantener siempre la misma condición. Lo único que se puede hacer es abastecerse en los buenos tiempos, en previsión de la decadencia futura. Ahora todo marcha bien, salvo dos cosas; encárguese de ellas, tía, y no habrá que lamentar la desgracia en el futuro.

Xifeng le preguntó cuáles eran esas dos cosas, y Keqing contestó:

—A pesar de que cada estación se realizan sacrificios en las tumbas dé nuestros antepasados, nunca se hacen sobre ingresos fijos; y a pesar de que existe una escuela familiar, carece de una financiación segura. Mientras la prosperidad resida en esta casa no habrá problemas para mantener los sacrificios y la escuela, pero ¿de dónde se sacará el dinero cuando lleguen los años de escasez? Le sugiero que, mientras disfrutemos de abundancia, compremos granjas y fincas próximas a las tumbas de nuestros antepasados; así solucionaremos el problema de los sacrificios. En cuanto a la escuela familiar, debería ser trasladada al mismo lugar Que todos los miembros de la familia, viejos y jóvenes por igual, establezcan reglas por las cuales cada rama se turne anualmente en la administración de la tierra, de sus ingresos y de los sacrificios. Los tumos impedirán disputas y maniobras desleales, hipotecas y ventas. De esa manera, incluso en el caso de que la familia fuera confiscada, sólo podrían arrebatarnos nuestras pertenencias personales, pero no las fincas que produjeran el grano destinado a las ofrendas. Si llegasen tiempos de penuria, los jóvenes podrían retirarse allí a estudiar y trabajar la tierra. Ellos tendrían algún respaldo y no habría necesidad de interrumpir los sacrificios. Sería propio de una visión muy corta no pensar en el futuro creyendo que nuestra actual buena fortuna ha de durar eternamente. Pronto ocurrirá algo maravilloso que echará aceité al fuego y añadirá flores al brocado, pero no será sino un destello, un segundo pletórico. Pase lo que pase, tía, no olvide usted el viejo proverbio: «Siempre se acaban los festines, por abundantes quesean». Piense en el futuro antes de que sea demasiado tarde.

—¿Pues qué cosa maravillosa va a suceder? —preguntó Xifeng, cada vez más asombrada.

—Los secretos del cielo no deben ser divulgados, pero en nombre del amor que nos une le recitaré unos versos que no deberá usted olvidar:

Pasarán tres Primaveras[1], se marchitarán las flores;

cada una buscará su propio destino.

Antes de que Xifeng pudiera seguir preguntando fue bruscamente despertada por cuatro golpes de la tabla de hierro[2] de la segunda puerta; cuatro golpes: señal de muerte. Y, en efecto, un criado anunció: «La señora Qin Keqing, de la mansión del Este, acaba de fallecer».

A Xifeng empezó a correrle por todo el cuerpo un sudor frío. En cuanto se pudo recuperar de su estupefacción se vistió lo más rápido que pudo y fue corriendo en busca de la dama Wang.

La casa entera hervía ya en lamentos, sacudida por la noticia. Los viejos recordaban la filial conducta de Keqing, los jóvenes su manera cariñosa de comportarse, los niños su simpatía; todos los criados lloraban recordando, abrumados por la pena, su compasión por los pobres y los humildes y su adorable bondad con todos.

Pero volvamos con Baoyu. La partida de Daiyu lo había dejado sumido en el desconsuelo hasta el punto de que había abandonado los juegos y cada noche se dormía abatido. El anuncio de la muerte de Keqing lo arrancó violentamente del sueño. Sintió una puñalada en el corazón y, dando un grito, vomitó una bocanada de sangre. Xiren y las otras doncellas se abalanzaron sobre él para ayudarle a volver a la cama, y le preguntaron ansiosamente qué le sucedía. ¿Debían pedir a la Anciana Dama que llamara a un médico?

—No, no es necesario. Estoy bien —contestó Baoyu—. Ha sido el calor de la impresión, que ha tomado mi corazón y desviado la normal circulación de la sangre.

Volvió a levantarse y exigió que le ayudaran a vestirse para ir inmediatamente a ver a su abuela y luego a la otra mansión.

Xiren estaba muy preocupada, pero no se atrevió a impedírselo.

La Anciana Dama, sin embargo, protestó ante la determinación del muchacho:

—Cuando ocurre una muerte la casa siempre queda insalubre. Además, esta noche el viento sopla muy fuerte. Mañana irás.

Pero Baoyu insistió tanto que la anciana acabó asignándole un carruaje y numerosos criados que lo acompañasen. Cuando llegaron a la mansión Ning encontraron las puertas abiertas de par en par; dos brillantes linternas alumbraban la entrada, una a cada lado. Había un excitado ajetreo y en el aire atronaban unos tristísimos plañidos que salían del interior de la casa.

Baoyu se apeó y echó a correr al cuarto donde yacía Keqing. Al verla lloró. Luego buscó a la señora You, que había sufrido un corte de digestión, y finalmente presentó sus respetos a Jia Zhen.

Mientras tanto habían llegado Jia Dairu con Jia Daixiu, Jia Chi, Jia Xiao, Jia Dun, Jia She, Jia Zheng, Jia Cong, Jia Bian, Jia Heng, Jia Guang, Jia Chen, Jia Qiong, Jia Lin, Jia Qiang, Jia Chang, Jia Ling, Jia Yun, Jia Qin, Jia Zhen[3], Jia Ping, Jia Zao, Jia Heng, Jia Fen, Jia Fang, Jia Lan, Jia Jun y Jia Zhi.

Bañado en lágrimas, Jia Zhen estaba diciendo a Dairu y los demás:

—Todos en la familia, viejos y jóvenes, parientes lejanos o amigos cercanos, saben que mi nuera era infinitamente superior a mi hijo. Ahora que ella se ha marchado, mi rama está condenada a la extinción. —Dicho lo cual arreció su llanto.

Los hombres allí presentes trataron de consolarlo:

—De nada sirve llorar puesto que ella ha dejado ya este mundo. Ahora lo principal es decidir qué se ha de hacer.

—¿Qué se ha de hacer? —exclamó Jia Zhen golpeándose con el puño la palma de la mano—. ¡Que se disponga de toda mi fortuna para el funeral!

Fue interrumpido por la llegada de Qin Ye, Qin Zhong y algunos de sus parientes, y la señora You con sus hermanas menores. Jia Zhen encargó a Jia Qiong, Jia Chen, Jia Lin y Jia Qiang que atendieran a la gente que iba llegando, mientras él mandaba llamar a algún astrólogo que señalase un día favorable para el entierro.

Se decidió que el cuerpo permaneciera en la casa siete veces siete, o sea cuarenta y nueve días; que el luto empezara tres después del fallecimiento y que se emitieran obituarios; que durante esos cuarenta y nueve días ocho bonzos budistas recitaran en el salón principal el Sutra de la Gran Compasión para liberar las almas de los que murieron antes que Keqing y de los que lo harían después, y ganar indulgencias para las faltas de la difunta; que, ante un altar erigido en el pabellón de la Fragancia Celestial, noventa y nueve taoístas de la secta de la Verdad Perfecta rezaran para que su espíritu quedara limpio de todo pecado, y que luego el ataúd fuera llevado al jardín de la Fragancia Concentrada, donde cincuenta eminencias budistas y taoístas realizarían sacrificios cada siete días hasta alcanzar los cuarenta y nueve estipulados.

Sólo Jia Jing se mostró impávido ante la muerte de la esposa de su nieto mayor. Su propia cercanía a la inmortalidad le impedía mancharse con el polvo mundano dilapidando así los méritos que había adquirido. Por eso, aunque eran a él a quien correspondían, dejó en manos de su hijo Zhen los preparativos fúnebres, y éste pudo dar rienda suelta a su extravagancia.

Para empezar, Jia Zhen decidió que las tablas de cedro que le habían hecho examinar no eran adecuadas para el ataúd de su nuera, y estaba buscando algo mejor cuando en eso llegó Xue Pan a dar el pésame.

—En nuestro almacén hay unas planchas de madera que llevan el nombre Qiang o algo parecido; es un producto de la isla Red de Hierro —dijo Pan al advertir las tribulaciones de Jia Zhen—. Un ataúd hecho con esa madera duraría más de diez mil años. Mi padre la compró por encargo del príncipe Yi Zhong, pero cuando ocurrió su declive el príncipe ya no la pudo comprar. La tenemos todavía almacenada porque nadie se ha atrevido a pagar su precio. Se la haré enviar, si usted quiere.

Encantado por la noticia, Jia Zhen hizo traer la madera de inmediato. Cuando llegaron las tablas, todos se arremolinaron en torno a ellas lanzando exclamaciones de asombro: las destinadas a los costados y al fondo tenían ocho pulgadas de espesor, su granulación era la de una palmera de areca, y su aroma el del sándalo o el almizcle. Cuando se las golpeaba emitían un sonido nítido, como de metal o jade.

Radiante, Jia Zhen preguntó el precio.

—Ni con mil taeles podría comprar esta madera —respondió Xue Pan—. No se preocupe por su valor; sólo necesita pagar el trabajo de carpintería.

Tras agradecer efusivamente el ofrecimiento, Jia Zhen ordenó que se cortaran y barnizaran inmediatamente las tablas, y se construyera el ataúd.

A Jia Zheng le pareció demasiado lujo para Keqing y opinó que hubiera sido suficiente una madera de cedro de la mejor calidad, pero Jia Zhen, que con gusto hubiera muerto en lugar de su nuera, no hizo caso de la objeción.

Se corrió la voz de que, tras la muerte de Keqing, una de sus doncellas, Ruizhu, se había golpeado la cabeza contra una columna hasta reventársela. Todo el clan elogió el acto como una insólita muestra de lealtad, y Jia Zhen ordenó que fuera enterrada siguiendo los ritos reservados a una nieta, con su féretro descansando en el pabellón de la Inmortalidad Alcanzada al lado del de su señora. Otra jovencísima doncella, Baozhu, se ofreció a actuar como ahijada de Keqing asumiendo el papel de deudo principal, puesto que su señora no había dejado hijos. Esto complació tanto a Jia Zhen que impartió órdenes para que a partir de aquel momento Baozhu recibiese el trato de «señorita», reservado a las hijas de la casa. En consecuencia, Baozhu dirigió el duelo como una hija soltera, llorando postrada ante al ataúd como si el corazón se le estuviera desgarrando, mientras los miembros del clan y los criados observaban con impecable decoro el protocolo establecido para tales ocasiones[4].

Preocupaba a Jia Zhen, de cara al funeral, que su hijo sólo fuera un letrado de Estado, puesto que ello no luciría bastante en el banderín fúnebre e implicaría un séquito reducido, pero quiso la suerte que, el cuarto día de la primera semana de duelo, llegaran criados con ofrendas para el sacrificio enviadas por el eunuco Dai Quan, chambelán del palacio del Gran Esplendor, que apareció en un gran palanquín, bajo dosel oficial y entre estrépito de gongs y tambores abriéndole el paso. Jia Zhen le hizo pasar con gran presteza al pabellón del Zumbido de las Abejas, donde le ofreció té y le expresó, en cuanto tuvo ocasión, su deseo de comprar un rango para su hijo.

—Supongo que para hacer aún más suntuosas las exequias de tu nuera… —le dijo Dai Quan con una sonrisa de complicidad.

—Supone usted bien, señor.

—Casualmente hay un cargo disponible. Se han producido dos vacantes en el cuerpo de los trescientos oficiales de la Guardia Imperial. Precisamente ayer el tercer hermano del marqués de Xiangyang me envió mil quinientos taeles solicitándome una de las plazas; como sabrá, somos buenos amigos, de manera que por consideración a su abuelo no puse impedimento alguno a su petición. La otra plaza ya me la ha solicitado el gordo Feng, gobernador militar de Yongxing, que también la quiere para su hijo, pero todavía no he tenido tiempo de darle una respuesta. Si su hijo la desea, escríbame aquí mismo sus antecedentes familiares.

Jia Zhen mandó inmediatamente a un criado con ese encargo para sus secretarios. El criado Volvió al rato con una hoja de papel rojo. Jia Zhen le echó un vistazo y la entregó a Dai Quan, quien leyó:

Jia Rong, de veinte años de edad, letrado de Estado del distrito de Jiangning, prefectura de Jiangning, Jiangnan.

Bisabuelo: Jia Daihua, comandante en jefe de la Guarnición Metropolitana y, por herencia, general del primer rango con la designación Fuerza Espiritual.

Abuelo: Jia Jing, letrado metropolitano del año Yi Mao.

Padre: Jia Zhen, por herencia, general del tercer rango con la designación Poderosa Intrepidez.

—Lleva esto con mis saludos al viejo Zhao, el jefe de la Junta de Rentas —ordenó Dai Quan a uno de sus criados—. Dile que expida un certificado para un oficial de quinto rango en la Guardia Imperial y que tramite un nombramiento de acuerdo con estos datos. Mañana pesaré la plata y se la haré llegar.

Dicho lo cual partió.

Su anfitrión, incapaz de retenerlo, lo acompañó hasta el palanquín. Antes de que el eunuco subiera, Jia Zhen le preguntó:

—¿Llevo el dinero a la junta o se lo entrego a usted, señor?

—Pese mil doscientos taeles y hágalos llegar a mi casa. Silos lleva a la junta lo esquilmarán —contestó Dai Quan.

Jia Zhen le agradeció el favor prometiéndole que, en cuanto acabara el luto, le llevaría a su indigno hijo para que hiciera un koutou ante él. A continuación se despidieron.

Luego llegaron más lacayos despejando el camino para la esposa de Shi Ding, marqués de Zhongjing. Las damas Wang y Xing, acompañadas por Xifeng, la hicieron pasar al salón de recepción. Después fueron expuestos ante el ataúd los presentes para el sacrificio enviados por los marqueses de Jinxiang y Chuanning, así como los del conde de Shoushan, y al poco tiempo los tres nobles se apearon de sus palanquines. Jia Zhen les hizo pasar al salón de recepción. De esta manera fueron llegando y partiendo innumerables parientes y amigos. Lo cierto es que, durante cuarenta y nueve días, la calle frente a la mansión Ning se asemejó a un mar de enlutados ataviados de blanco, y entre todos destacaban los funcionarios con sus brillantes vestimentas.

Siguiendo las indicaciones de su padre, al día siguiente Jia Rong se puso un traje de corte para ir a recoger su nombramiento, hecho lo cual los letreros fúnebres situados ante el ataúd, así como la insignia del cortejo, fueron puestos a la altura de un funcionario de quinto rango. La tabla con el obituario y el aviso decía ahora: «Exequias de la dama Qin, esposa de la casa de Jia, con quinto rango concedido por decreto de la Corte Celestial». La puerta del jardín de la Fragancia Concentrada que daba a la calle se abrió de par en par, y, sobre unas plataformas erigidas a ambos lados, grupos de músicos vestidos de negro fueron tocando aires fúnebres en los momentos adecuados. El séquito permanecía ordenado por parejas, en perfecta simetría, y dos tablones de color rojo bermellón situados en el exterior de la puerta mostraban en grandes caracteres dorados la inscripción: «Guardia Imperial, defensora de los caminos de Palacio en los patios interiores de la Ciudad Prohibida». Justo al otro lado de la calle se alzaban dos estrados, uno enfrente de otro, para los monjes budistas y taoístas. Allí las leyendas rezaban:

Exequias de la dama Qin de la familia Jia, consorte del bisnieto mayor del duque hereditario de Ningguo, guardia imperial y defensor de los caminos de Palacio en los patios interiores de la Ciudad Prohibida.

En esta tierra de paz e imperio gobernada según la voluntad divina, en el centro de los cuatro continentes, Nos, abate principal budista Wan Xu, Verificador de la Escuela del Vacío y el Ascetismo, y Nos, abate principal taoísta Ye Sheng, Verificador de la Escuela Primordial de la Trinidad, purificados reverentemente, al Cielo elevamos los ojos y ante Buda nos inclinamos.

Humildemente suplicamos a las deidades que manifiesten su divina compasión y den largas muestras de su majestad espiritual en estos cuarenta y nueve días de sacrificios, para que aquellos que han emprendido el largo viaje puedan librarse de sus pecados y sean eximidos del pago de sus deudas…

Y más cosas, todas por el estilo.

Lo que preocupaba ahora a Jia Zhen era que su esposa estaba nuevamente postrada por la enfermedad y no podía ocuparse de los asuntos precisamente en un momento en el que cualquier fallo en el protocolo, en presencia de tantos nobles visitantes, dejaría en ridículo a la familia. Baoyu percibió su preocupación y preguntó:

—¿Por qué sigues tan angustiado, primo, ahora que todo marcha tan bien?

Al enterarse de la razón, exclamó:

—Eso no es problema. Ahora mismo diré a alguien que se ocupe de todo durante este mes, y te garantizo que todo marchará sin tropiezos.

—¿De quién hablas? —preguntó Jia Zhen.

Discretamente, porque estaban rodeados de parientes y amigos, Baoyu le susurró algo al oído.

—¡Excelente! —exclamó Jia Zhen, encantado con la propuesta—. Me ocuparé de eso ahora mismo.

Pidió permiso a los demás y salió con Baoyu, encaminándose al salón de recepción.

Como ése no era uno de los días principales, en los que se celebraban ceremonias, sólo habían venido unas cuantas damas de parentesco cercano a las que estaban atendiendo las damas Xing y Wang, Xifeng y otras mujeres de la casa. Cuando fue anunciado Jia Zhen, las damas visitantes trataron de ocultarse en el cuarto interior, aunque na les dio tiempo. Sólo Xifeng se aprestó a recibirlo con toda compostura.

El propio Jia Zhen se encontraba un poco enfermo, y el dolor le hacía caminar apoyándose en un bastón.

—No te sientes bien —observó la dama Xing—. Después de tus recientes fatigas deberías descansar un poco. ¿Qué te trae por aquí?

Todavía apoyado en su bastón, Jia Zhen hizo un esfuerzo por arrodillarse en señal de saludo y agradecimiento a sus parientes. La dama Xing instó a Baoyu para que se lo impidiera, y éste le trajo rápidamente una silla que Zhen se negó a aceptar.

Con una sonrisa forzada, anunció el motivo de su visita:

—Este sobrino viene a pedir un favor a sus tías y primas.

—¿De qué se trata? —inquirió la dama Xing.

—Ya sabe usted cómo están las cosas, tía. Mi nuera ha dejado esta vida, mi esposa se encuentra enferma y los aposentos interiores andan revueltos. Si mi prima Xifeng aceptara ocuparse de los asuntos de mi casa durante un mes, yo recobraría la tranquilidad de espíritu.

—Ah, se trata de eso —sonrió la dama Xing—. Xifeng es parte de la casa de tu tía Wang, así que es a ella a quien debes pedirle permiso.

—Es joven e inexperta —objetó la dama Wang—. Si condujera mal los asuntos de tu casa, la gente sé burlaría. Mejor será que busques a otra persona.

—Comprendo cuál es su verdadera preocupación —respondió Jia Zhen—. Lo que teme es que ella se fatigue demasiado. En cuanto al manejo de los asuntos, estoy persuadido de que no lo hará mal. En todo caso, cualquier pequeño desliz sería pasado por alto. Desde muy niña la prima Xifeng ha demostrado conocer estas tareas, y desde su matrimonio ha adquirido experiencia en los asuntos de la otra casa. Vengo pensando en esto desde hace varios días, y no hay nadie tan competente como ella. Si no acepta usted en consideración a mí o a mi esposa, tía, hágalo por la difunta.

Y las lágrimas volvieron a correr por sus mejillas.

La única preocupación de la dama Wang consistía en que Xifeng, falta de experiencia en la organización de funerales, se expusiera al ridículo con un mal manejo de situaciones que pudieran surgir; pero la insistencia de Jia Zhen le ablandó el corazón y miró pensativamente a Xifeng sin decir nada.

Para Xifeng no había nada tan gratificante como poder exhibir su capacidad. Aunque conducía la mansión Rong con gran competencia, nunca se le habían confiado grandes acontecimientos, bodas o funerales, y temía que los demás todavía no estuvieran plenamente persuadidos de su eficiencia; por eso anhelaba una oportunidad, y la propuesta de Jia Zhen le produjo un gran placer. Al ver que la vehemencia de éste empezaba a vencer la inicial reticencia de la dama Wang, dijo:

—Puesto que mi primo insiste tanto y la situación es tan urgente, señora, ¿por qué no da su consentimiento?

—¿Estás segura de que podrás asumir una responsabilidad tan grande? —le preguntó la dama Wang en voz baja.

—No veo por qué no iba a poder hacerlo. El primo Zhen ya se ha encargado de todos los arreglos públicos importantes; ahora sólo es cuestión de no perder de vista los asuntos domésticos. Además, en caso de duda no tendría más que consultarle a usted.

El argumento era razonable, y la dama Wang no siguió poniendo objeciones.

—Yo no puedo encargarme de todo, prima —le dijo Jia Zhen a Xifeng—. Suplico tu ayuda; te expreso mi gratitud ahora y volveré a expresártela adecuadamente cuando todo esto haya terminado y pueda ir a visitarte.

Y diciendo esto hizo una profunda reverencia. Antes de que ella pudiera contestar, Zhen se sacó de la manga la tarja de la mansión Ning y pidió a Baoyu que se la entregara.

—Prima, tendrás manos libres —le prometió—. Sólo con enseñar la tarja obtendrás lo que quieras sin necesidad de consultarme. Sólo te pido dos cosas: que no trates de ahorrarme gastos, porque deseo que las cosas salgan bien, y que trates a los sirvientes de mi casa como a los tuyos propios sin temor a que se puedan soliviantar. Fuera de estas dos advertencias, nada me preocupa.

Xifeng no se atrevía a tomar la tarja que le ofrecía Baoyu, y miró a la dama Wang.

—Haz lo que dice tu primo —concedió la dama finalmente—, pero no asumas demasiadas responsabilidades. Si hubiera que tomar decisiones, consulta siempre con él y con tu cuñada.

Finalmente, Baoyu obligó a Xifeng a tomar la tarja.

—¿Prefieres quedarte en mi casa o venir cada día? —le preguntó Jia Zhen—. Venir diariamente puede resultar cansado. Sería más cómodo para ti que mandara arreglarte unos aposentos.

—No es necesario —respondió alegremente la joven—. En la otra casa no pueden vivir sin mí, así que vendré todos los días.

Jia Zhen no insistió, y después de charlar un poco más con las mujeres se marchó.

En cuanto salieron los visitantes, la dama Wang preguntó a Xifeng qué pensaba hacer.

—No me esperen. Me quedaré aquí a ordenar los asuntos antes de regresar.

Así pues, la dama Wang y la dama Xing regresaron primero, mientras Xifeng se retiraba a un pequeño anexo compuesto de tres cuartos a meditar en los siguientes términos: «Primero, lo complicado de esta casa facilita que desaparezcan muchas cosas; segundo, si no se distribuyen tareas los criados eluden su responsabilidad; tercero, la enormidad de los gastos puede llevar a la extravagancia y a la falsificación de recibos; cuarto, si no se diferencia entre tareas pesadas y livianas, unos sufrirán más que otros; quinto, estos sirvientes están tan descuidados que, tanto los que por su prestigio pueden desafiarme como los que no, harán lo posible por no rendir al máximo».

Y ésos eran, en verdad, los cinco rasgos distintivos de la mansión Ning. Para saber si Xifeng consiguió resolver los problemas, escuchen el siguiente capítulo.

Por cierto:

Diez mil hombres no pueden gobernar un Estado;

y qué bien administra la casa una sola mujer.

CAPÍTULO XIV

Lin Ruhai muere en la ciudad de Yangzhou.

Jia Baoyu contempla en el camino al príncipe de Pekín.

Cuando supo que Xifeng se haría cargo de la mansión Ning, Laisheng, el mayordomo principal, reunió a todos sus compañeros y les habló de esta manera:

—La señora Lian, de la mansión del Oeste, viene a supervisar nuestra casa. Debemos ser especialmente cuidadosos en el cumplimiento de sus órdenes. Más vale llegar temprano y salir más tarde, trabajar duro durante este mes y descansar después, o perderemos prestigio ante sus ojos, y ya sabéis lo temible que es: tiene el rostro agrio, el corazón de piedra y cuando se enfurece no conoce a nadie.

Todos estuvieron de acuerdo, y uno de ellos comentó entre risas:

—En realidad nos vendrá bien. A ver si pone orden en este sitio. Las cosas aquí ya están llegando demasiado lejos.

En ese momento llegó la esposa de Lai Wang con la tarja y un recibo por una determinada cantidad de papel para documentos y transcripción de sutras. La invitaron a sentarse y tomar té mientras alguien iba en busca del pedido y lo llevaba hasta la puerta interior, donde se lo entregó. La mujer volvió con su encargo.

Luego Xifeng ordenó a Caiming que confeccionase cuadernos y registros, y mandó llamar a la esposa de Laisheng para exigirle una relación del personal. Anunció que todas las esposas de los criados quedarían citadas con ella a la mañana siguiente, muy temprano, para recibir instrucciones. Revisó por encima la lista y le hizo un par de preguntas a la esposa de Laisheng; después regresó en su carruaje.

A las seis y media del día siguiente apareció Xifeng ante la asamblea de todas las viejas criadas y las esposas de los mayordomos, que no se atrevieron a pasar al cuarto donde ella y la esposa de Laisheng habían entrado a distribuir las tareas; pero desde la puerta oyeron como la primera le decía a la segunda:

—Me parece que la responsabilidad que he asumido en esta casa me hará impopular; yo no soy tan permisiva como vuestra señora, que os dejaba las manos libres, así que no vengáis a decirme cómo se hacían antes aquí las cosas y limitaos a hacerlas como yo diga. La menor desobediencia será públicamente castigada, y no importará el prestigio que pueda tener el infractor.

Hizo que Caiming pasara lista y los sirvientes fueran entrando uno por uno. Luego ordenó:

—Estos veinte, en turnos de a diez, serán responsables de servir el té a los invitados cuando lleguen y antes de que se vayan, y no tendrán más responsabilidades. Estos veinte, también en turnos de a diez, prepararán las comidas y el té diario de la familia, y tampoco ellos tendrán otra ocupación. Estos cuarenta, en dos turnos, se encargarán de quemar incienso, mantener las lámparas llenas de aceite, colgar las cortinas, velar el féretro, ofrendar el arroz y el té del sacrificio y llorar con los que conducen el duelo. Estos otros cuatro serán responsables, en la despensa, de las tazas y platos para el té, y deberán reponer cualquier cosa que falte. Estos cuatro se encargarán de la vajilla y de los recipientes para el vino, y también habrán de cubrir la pérdida de objetos. Estos ocho de aquí recibirán los regalos para ofrendas de sacrificio. Estos ocho, situados en distintos lugares según una lista que les entregaré, supervisarán la distribución de lámparas, aceite, velas y papel para sacrificios. Estos treinta se turnarán para hacer la guardia nocturna, cuidando de que las puertas estén cerradas y no se enciendan fuegos; también barrerán los recintos. Los demás serán asignados a diversos lugares y deberán permanecer en sus puestos. Serán responsables de todo lo que haya allí, desde los muebles y las antigüedades hasta los plumeros, las escupideras o cada hoja de hierba, y deberán reponer cualquier pérdida o daño. Cada día, la esposa de Laisheng hará una inspección general y me informará inmediatamente de cualquier actitud de desidia, de cualquier partida de cartas, borrachera, pelea o simple discusión que se produzca. Si encuentro a alguien demasiado relajado seré implacable, aunque su familia lleve sirviendo en esta casa desde hace tres o cuatro generaciones. Ahora ya tenéis vuestras tareas, y si algo anda mal yo me encargaré del grupo en cuestión; Mis propios criados tienen relojes porque todo, importante o no, debe ser hecho en su momento; encontraréis relojes en los cuartos de vuestros señores. Pasaré lista a las seis y media; vosotros comeréis a las diez. Las solicitudes para los depósitos o los informes deben ser entregados puntualmente antes de las once y media. A las siete de la tarde, después de quemar el papel de sacrificios, haré una ronda de inspección y entregaré las llaves a los del turno de noche. Volveré al día siguiente a las seis y media. No necesito recordaros que debemos esforzarnos al máximo durante este mes; sin duda, cuando haya pasado, vuestro señor os recompensará a todos.

Luego, ordenó la distribución de té, aceite, velas, escobillas de plumas y escobas, e hizo repartir manteles, antimacasares, cojines, alfombrillas, escupideras, banquitos y otros muebles. En el curso del reparto iban siendo cuidadosamente anotados en el registro los sirvientes que estaban a cargo de cada lugar y los artículos que cada uno se llevaba consigo.

Ahora que todos los criados tenían sus respectivas tareas ya no podían elegir los trabajos fáciles y dejar los difíciles sin hacer, ni se producían hurtos como consecuencia de la confusión. Sin importar cuántos visitantes hubiera, todo marchaba sobre ruedas; no como antes, cuando la misma doncella que servía el té tenía que traer también el arroz, o el que acompañaba los duelos también tenía que recibir a los recién llegados. Aquel día terminó el desorden, y con él la negligencia y las sustracciones. A Xifeng, por su parte, le resultaba muy gratificante la nueva autoridad que blandía.

Como La señora You estaba enferma y Jia Zhen había perdido el apetito a causa del dolor, Xifeng hacía traer diariamente de la otra mansión delicadas sopas de arroz y otros bocados exquisitos especialmente preparados para ellos. En compensación, Jia Zhen ordenó que a ella le fuera servida cada día la mejor comida.

Xifeng no temía el trabajo duro. Cada mañana a las seis y media llegaba para pasar lista y ocuparse de cualquier asunto, y luego se sentaba sola en su anexo, sin unirse siquiera a las demás esposas jóvenes para dar la bienvenida a las visitantes que iban llegando.

El día trigesimoquinto, los monjes budistas realizaron los ritos para hendir la tierra en dos, abrir los infiernos de par en par[1] e iluminar a la muerta con linternas en su visita de homenaje al Rey de los Infiernos; arrestar a los demonios e invocar al subterráneo Príncipe Ksitigarbha para que elevase el Puente de Oro, y abrir camino con banderolas. Los taoístas ofrecieron plegarias e invocaciones, rindiendo culto a las Tres Purezas[2] y al Emperador de Jade. Los bonzos quemaron incienso recitando sutras, hicieron sacrificios a los hambrientos fantasmas y entonaron la Penitencia de Agua, mientras trece jóvenes novicias con chancletas rojas y túnicas bordadas recitaban salmos ante el ataúd para que el alma no extraviara su camino. Todo era tráfago y estrépito.

Sabiendo que aquel día podía llegar mucha gente, Xifeng dijo a Pinger que la despertase a las cuatro. Cuando hubo terminado su aseo, su desayuno de leche y sopa dulce de arroz, y se hubo enjuagado la boca, eran ya las seis y media y la esposa de Lai Wang la esperaba con los demás sirvientes. Xifeng dejó el salón y subió a su carruaje, que lucía en la parte delantera, iluminando el camino, dos brillantes faroles de cuerno con unos grandes caracteres que decían: «Mansión Rong».

Se acercó lentamente a la mansión Ning, cuyos faroles, sobre la puerta principal, arrojaban una luz brillante como la del día, iluminando a dos filas de sirvientes ataviados de riguroso blanco funerario. En la entrada principal, cuando sus pajes se hubieron retirado, unas doncellas levantaron la cortinilla del carruaje y Xifeng se apeó ayudada por Fenger; luego entró en la casa escoltada por dos criadas con faroles de mano. Todas las esposas de los mayordomos de la mansión Ning se adelantaron para saludarla.

Xifeng avanzó lentamente a través del jardín de la Fragancia Concentrada hasta llegar al pabellón de la Inmortalidad Alcanzada, donde, al ver el ataúd de Keqing, las lágrimas brotaron de sus ojos como perlas de una sarta rota.

En el patio, unos pajes aguardaban respetuosamente a que ella diera la orden de proceder a la quema de papeles de sacrificio; cuando lo hubo hecho, ordenó también que se presentara una ofrenda de té. Luego se escuchó un gong y comenzó a sonar la música; Xifeng, desde un gran sillón colocado frente al túmulo, prorrumpió en sonoras lamentaciones. Inmediatamente, hombres y mujeres de todos los rangos se sumaron a sus plañidos hasta que Jia Zhen y la señora You le mandaron recado para que refrenara su congoja.

Entonces la esposa de Lai Wang trajo té para que se enjuagara la boca, y Xifeng se levantó para despedirse de los parientes y dirigirse a su anexo.

Todas las criadas asistieron a la revista del día, salvo una portera. La buscaron, y al fin apareció temblando de pánico.

—Sin duda debes considerarte superior a las demás para desobedecerme de esta manera —dijo Xifeng con sorna.

—Todos los días he llegado a tiempo, señora —dijo la mujer—, pero esta mañana desperté demasiado temprano, así que me volví a dormir. Por eso me he retrasado unos minutos. ¡Por favor, señora, perdóneme esta vez que ha sido la única!

En ese justo momento acertó a pasar por allí la esposa de Wang Xing, de la otra mansión, quien lanzó una mirada de reojo a la escena. Sin despedir todavía a la mujer, Xifeng le preguntó qué quería. Ansiosa por arreglar primero su asunto, la esposa de Wang Xing se adelantó a pedir hilo de seda con el que hacer borlas para los carruajes y los palanquines. Xifeng ordenó a Caiming que calculase el número de hilos, cuentas y borlas necesario para dos palanquines, cuatro sillas de manos y otros cuatro carruajes. Considerando correctas las cifras, Xifeng dijo a Caiming que las asentara en el libro y entregó una tarja de la mansión Rong a la esposa de Wang Xing, quien partió con su asunto resuelto.

Xifeng quiso volver a ocuparse del suceso de la sirvienta desobediente, pero antes de que pudiera hacerlo entraron cuatro mayordomos de la mansión Rong con unos pedidos de almacén. La joven señora hizo leer el pedido y señaló dos de los cuatro renglones.

—Estas cifras están equivocadas. Volved cuando hayáis hecho bien la cuenta.

Los dos mayordomos se retiraron abochornados.

Luego llegó la esposa de Zhang Cai, que le entregó un formulario diciendo:

—Ya están listas las cubiertas para los carruajes y las sillas de manos, y ahora vengo por el dinero para el sastre.

Xifeng ordenó a Caiming que asentara ese dinero en el libro, y cuando la esposa de Wang Xing hubo devuelto la tarja y entregado el recibo del contable por la suma correcta, la esposa de Zhang Cai fue enviada a recoger el dinero. Otro pedido de papel para empapelar el estudio exterior de Baoyu fue leído y anotado.

Una vez que la esposa de Zhang Cai dio por concluido el asunto que la había llevado a la mansión Ning en busca de su señora Xifeng, devolvió la tarja y regresó a la otra mansión mientras la otra sirvienta salía a recoger el papel necesario.

Xifeng, por fin, pudo dirigirse a la portera.

—Si hoy llegas tarde tú, y mañana lo hago yo, pronto no quedará nadie aquí. Me gustaría pasar por alto tu falta; pero si perdono la primera, las demás no tardarán en tomarse las mismas libertades. Por eso me veo obligada a darte un escarmiento como ejemplo para todos.

Y, con mirada súbitamente endurecida, ordenó llevar fuera a la mujer y que se le administraran veinte varazos de bambú; luego, mostrando la tarja de la mansión Ning, ordenó a Laisheng que se le descontara el sueldo de un mes. Cuando los demás vieron el ceño terriblemente fruncido de Xifeng, y lo que acababa de hacer, no volvieron a arrastrar los pies para cumplir sus órdenes.

Con los veinte varazos en el cuerpo, la sirvienta castigada todavía tuvo que volver a hacer un koutou ante Xifeng, quien advirtió a los criados:

—Cualquier nuevo retraso que se produzca mañana será castigado con cuarenta varazos, y con sesenta al día siguiente; quien quiera recibir una paliza ya sabe lo que tiene que hacer.

Dicho lo cual les mandó retirarse, mientras la mujer apaleada se escabullía llena de vergüenza.

Después de estas palabras, la gente que estaba escuchando detrás de las ventanas volvió rápidamente a sus tareas. Empezó entonces un sostenido flujo de domésticos de ambas mansiones que llegaban a entregar o solicitar pedidos de almacén.

Los sirvientes de la mansión Ning, después de esa demostración de severidad, trabajaron duramente y, por si acaso, no se atrevieron a desatender sus tareas en ningún momento. Pero acabemos con este tema y volvamos a Baoyu.

Aquel día había muchos visitantes y Baoyu, temeroso de que Qin Zhong sufriera algún desaire, le pidió que lo acompañara a visitar a Xifeng. El joven Qin objetó que ella estaría demasiado ocupada para recibir visitas, y consideraría la suya una molestia.

—¿Nosotros una molestia? —replicó Baoyu—. De ninguna manera. Anda, vamos.

Y llevó a Qin Zhong al anexo donde Xifeng estaba comiendo. Al verlos, ella sonrió.

—¡Vaya con los piernas largas! —dijo bromeando—. Venid a comer conmigo.

—Ya hemos comido —le dijeron.

—¿Aquí o en la otra casa?

—¿Comer aquí con estos tontos? —contestó Baoyu mientras ambos muchachos se sentaban—. Comimos en la otra casa con la Anciana Dama.

Cuando Xifeng terminó, apareció una mujer de la mansión Ning con un pedido de incienso y lámparas.

—Te esperaba, pero creía que te habías olvidado —le dijo Xifeng sonriendo—. Habrías tenido que pagar tú misma todo el material y yo habría salido ganando.

—La verdad es que se me había ido de la cabeza, pero hace un momento me acordé y vine corriendo —comentó la mujer mientras se hacía cargo de la tarja.

Después se retiró, y al cabo de un rato la tarja fue devuelta y la cantidad registrada.

—Usáis la misma tarja para ambas mansiones —observó Qin Zhong—. ¿Qué pasaría si alguien falsifica una y huye con todo vuestro dinero?

—¿Piensas que somos una banda de delincuentes? —preguntó Xifeng riendo.

—¿Y cómo no ha venido nadie de nuestra casa con pedidos? —intervino Baoyu.

—Tú todavía dormías cuando vinieron —contestó la mujer—. Pero decidme, ¿cuándo pensáis empezar vuestras clases nocturnas?

—Nos gustaría empezar enseguida, pero van muy lentos en la preparación del gabinete.

—Si os portáis bien conmigo, aceleraré la cosa.

—¿De qué manera? Están cumpliendo los plazos previstos.

—Necesitan materiales para su trabajo. No pueden mover un dedo si les niego la tarja.

Al oír aquello, Baoyu se sobresaltó y acurrucándose ante ella le suplicó:

—Prima, prima querida, dales la tarja para que puedan tener lo que necesitan.

—Baoyu, estoy muy cansada y me duelen todos los huesos —protestó Xifeng—. ¿Es necesario que me agobies así? No te preocupes, acaban de llevarse el papel para tu gabinete. Debes estar loco si piensas que a nuestros sirvientes hay que decirles también cuándo han de pedir algo.

Baoyu no creyó lo del papel, y Xifeng llamó a Caiming para que le enseñara el registro. En ese momento alguien anunció que Zhaoer había regresado de Yaugzhou, y la joven administradora de la mansión Ning ordenó que lo hicieran pasar inmediatamente. Al verla, Zhaoer hincó una rodilla en tierra.

—¿Por qué has vuelto? —le preguntó ella.

—Me envía el señor a decirle que el día tercero del noveno mes, a las nueve de la mañana, murió el señor Lin. El señor y la señorita Lin acompañan en este momento el ataúd hasta Suzhou, y esperan regresar antes de fin de año. He venido a traer la noticia y los saludos del señor, y a pedirte instrucciones a la Anciana Dama. El señor también me encargó que viera si todos estaban bien de salud y le llevara algunos de sus trajes forrados de piel.

—¿Ya has dado la noticia a las otras damas?

—Sí, señora. A todas.

Dicho lo cual, Zhaoer se retiró.

Sin poder contener una sonrisa, Xifeng dijo a Baoyu:

—Ahora tu prima Daiyu podrá permanecer con nosotros una larga temporada.

—¡Pobrecita! Piensa en lo mucho que habrá llorado estos últimos días —exclamó Baoyu frunciendo el ceño y suspirando.

Xifeng estaba ansiosa por recibir noticias de su marido, pero no había querido pedir detalles a Zhaoer en presencia de terceros. Se sentía tentada de volver a casa, pero la retenían asuntos inconclusos y el temor a hacer el ridículo, de manera que tuvo que controlar su impaciencia hasta la noche, cuando citó a Zhaoer para que le diera todos los detalles de la jornada. Aquella misma noche Pinger la ayudó a elegir alguna ropa forrada de piel, luego calculó cuidadosamente lo que podría necesitar su esposo y finalmente, después de haber empaquetado las cosas, se las entregó a Zhaoer advirtiéndole:

—Cuida bien a tu amo fuera de la casa, y no lo enfurezcas. Procura que no beba demasiado y no le hagas el juego proporcionándole mujerzuelas. Si no lo haces así, te quebraré las piernas cuando vuelvas.

Wang Xifeng.

Gai Qi (edición de 1879).

Para entonces ya había pasado la cuarta vigilia, y cuando llegó a la cama no tuvo ganas de dormir. Un momento después amaneció. Se aseó apresuradamente y partió a la mansión Ning.

Ya se acercaba el día del funeral. Jia Zhen se dirigió hacia el templo del Umbral de Hierro acompañado de un geomántico con él fin de inspeccionar el mausoleo e indicarle jal abate Sekong, encargado del lugar, la necesidad de que fueran los muebles más finos y los monjes más notables los que recibieran el ataúd.

Sekong preparó una cena, pero Jia Zhen había perdido el apetito. Como se había hecho muy tarde para volver a la ciudad pasó aquella noche en el cuarto de huéspedes, y a primera hora de la mañana volvió para hacer los preparativos del sepelio. Mandó por delante a unos hombres que pasaron la noche en el templo decorando el mausoleo y preparando el refrigerio y la recepción de la comitiva fúnebre.

Xifeng, mientras tanto, había hecho cuidadosos preparativos eligiendo sirvientes, carruajes y palanquines de la mansión Rong que acompañarían a la dama Wang al funeral, más un lugar donde ella misma pudiera estar durante las honras fúnebres.

Como hacía poco que había muerto la esposa del duque de Shanguo, las damas Xing y Wang tuvieron que enviar presentes para el sacrificio y asistir a sus exequias. Luego sé mandaron regalos de aniversario para la esposa del príncipe de Xi’an. Nació el primogénito del duque de Zhenguo y hubo que hacerle un obsequio. Xifeng, por su parte, tuvo que escribir a su casa y preparar más obsequios para que su hermano Wang Ren los llevara consigo cuando volviera al sur. Además, Yingchun cayó enferma y fue preciso llamar a médicos todos los días, estudiar sus diagnósticos, discutir la causa de la dolencia y tomar decisiones sobre recetas. El caso es que, a medida que se iba acercando el funeral, mil y un asuntos quitaron a la atareada Xifeng hasta el tiempo de comer y descansar. Cuando iba a la mansión Ning, la seguían los sirvientes de la mansión Rong; cuando volvía a la mansión Rong, iban tras ella los sirvientes de la mansión Ning. Pero a pesar de tanto ajetreo estaba de buen humor, y, por evitar cualquier motivo de queja, no rehuía tarea alguna. De hecho trabajó tanto día y noche, lo manejó todo tan bien, que no hubo persona de la casa, sin importar su rango, que no quedara impresionada.

Y llegó por fin el funeral. Las dos compañías de actores de la familia y unos cuantos músicos, bailarines y acróbatas, debían desarrollar un largo programa. El lugar hervía de parientes y amigos. Como la señora You seguía guardando cama, Xifeng hubo de hacerse cargo también de recibir a las visitas, ya que las otras mujeres casadas de la familia eran cortas para el trato, o alocadas, o tímidas ante los extraños, o se dejaban apabullar por la presencia de nobles y funcionarios. Ninguna era comparable con Xifeng y su encanto, su locuacidad y su elegancia. Al no estar obligada a rendir cuentas a nadie, impartía las órdenes que quería y se conducía a su entera voluntad, indiferente a los demás.

Toda aquella noche fue de ajetreo y esplendor, entre tanta ida y venida de faroles y antorchas de los funcionarios y huéspedes.

Cuando con el alba llegó la hora propicia, sesenta y cuatro porteadores vestidos de negro transportaron el féretro, precedido por un gran estandarte mortuorio que llevaba escrita en grandes caracteres la siguiente leyenda:

Féretro donde reposan los restos mortales de la dama Qin de la familia Jia, dama noble del quinto rango, consorte de Jia Rong, guardia imperial y defensor de los caminos de Palacio en los patios interiores de la Ciudad Prohibida; tataranieto mayor del duque de Ningguo, investido del primer rango por la Dinastía de Origen Celeste, Espléndidamente establecida y de Larga Permanencia.

La flamante impedimenta funeraria contribuía al deslumbrante espectáculo, y cuándo el ataúd fue alzado en hombros para emprender la marcha, Baozhu, observando los ritos propios de una hija soltera, hizo añicos contra el suelo una vasija de barro y se lamentó amargamente ante el cadáver.

Entre los funcionarios que asistían al funeral estaban Niu Jizong, conde hereditario de primer grado, nieto de Niu Qing, duque de Zhenguo; Liu Fang, vizconde hereditario de primer grado, nieto de Liu Biao, duque de Liguo; Chen Ruiwen, general hereditario de tercer grado, nieto de Chen Yi, duque de Qiguo; Ma Shang, general hereditario de tercer grado, nieto de Ma Kui, duque de Zhiguo; y Hou Xiaokang, vizconde hereditario de primer grado, nieto de Hou Xiaoming, duque de Xiugo. La muerte de la esposa del duque de Shanguo había impedido que su nieto Shi Kuangzhu, que estaba de luto, asistiera al sepelio. Estas seis familias, más las de Ning y Rong, eran conocidas como las «Ocho casas ducales». También participaban en el cortejo fúnebre el nieto del príncipe de Nan’an y el del príncipe de Xining, así como Shi Ding, marqués de Zhongjing; Ziang Zining, barón hereditario de segundo grado, capitán de la guardia metropolitana y nieto del marqués de Dingcheng; Jianhui, barón hereditario de segundo grado, nieto del marqués de Xiangyang; y Qiu Liang, comandante de guarnición de cinco ciudades, nieto del marqués dé Jingtian. Asimismo, estuvieron presentes Han Qi, hijo del conde de Jinxiang; Feng. Ziying, hijo del general del Divino Valor; Chen Yejun, Wei Ruolan y muchísimos otros hijos de la nobleza. Hubo más de una docena de palanquines, y de treinta a cuarenta sillas de manos para las damas. Entre estos vehículos y los carruajes y sillas de manos de la familia Jia pasaban largamente el centenar. Con el espectacular séquito abriendo el camino, más los espectáculos que se iban desarrollando a lo largo, el cortejo se extendía no menos de tres o cuatro li.

Al poco de iniciarse, llegaron a unos quioscos que desplegaban a la orilla del camino sus toldos de seda multicolor; en ellos se interpretaba música y se realizaban ofrendas ceremoniales preparadas por diversas familias. Los cuatro primeros correspondían a las casas del príncipe de Dongping, del príncipe de Nan’an, del príncipe de Xining y del príncipe de Pekín.

De los antepasados de los cuatro príncipes era el de Pekín el que había ostentado las más altas distinciones, heredadas por sus descendientes. Su actual poseedor, Shuirong, era un joven encantador, modesto y muy bien parecido, que no llegaba a los veinte años. Cuando se enteró de que el tataranieto mayor del duque de Ningguo había perdido a su esposa, el recuerdo de la amistad entre sus antepasados, de los peligros y glorias que habían compartido como una sola familia, le hizo deponer toda consideración de rango y acudir personalmente a presentar sus condolencias. Había instalado un tablado fúnebre junto al camino para ofrecer una libación, e hizo que algunos de sus funcionarios esperasen allí mientras él emprendía el camino a la corte nada más rayar el alba. Concluida la audiencia en la corte se puso la ropa de luto y regresó en un palanquín, precedido por sonoros gongs y sombrillas ceremoniales. Detuvo el palanquín frente al tablado y sus funcionarios se alinearon a ambos lados, impidiendo el paso de soldados y civiles.

En ese preciso momento el espléndido cortejo fúnebre de la mansión Ning, que venía del norte, le cayó encima como un gran alud plateado. Los lacayos enviados por delante para despejar el camino habían informado a Jia Zhen de la llegada del príncipe. Cuando Zhen lo supo detuvo la marcha del cortejo para que Jia She, Jia Zheng y él mismo pudieran saludarlo conforme al ceremonial de Estado. El príncipe correspondió inclinándose afablemente desde su palanquín, tratándolos sin afectación alguna, como a viejos amigos de la familia.

Jia Zhen se dirigió al príncipe con estas palabras:

—Nos sobrecoge el favor que Su Alteza nos dispensa honrando con su presencia el funeral de mi nuera.

—Esa manera de hablar no es propia de buenos amigos —protestó el príncipe, y enseguida ordenó a su mayordomo jefe que presidiera el sacrificio y escanciara una libación.

Jia She y los demás dieron un paso adelante y se inclinaron como muestra de gratitud.

El príncipe de Pekín, que era una persona de trato sencillo, le preguntó a Jia Zheng:

—¿Quién es ese joven caballero que nació con un trozo de jade en la boca? Hace mucho tiempo que lo quiero conocer, pero nunca he podido disponer de un momento adecuado. Seguro que hoy está aquí, ¿me lo presentarán?

Inmediatamente Jia Zheng se retiró para traer a Baoyu. Le hizo quitarse la ropa de luto y lo llevó a conocer al príncipe.

Por su familia y sus amigos, Baoyu se había enterado de los excelentes méritos del príncipe de Pekín, de su talento, su buen porte, su refinamiento y su falta de respeto a los convencionalismos. A menudo había sentido el deseo de conocerlo, pero su padre lo había mantenido bajo un control tan estricto que nunca había tenido la oportunidad. Aquella llamada lo embelesó, y, al llegar donde estaba el príncipe, quedó impresionado por la dignidad con que ocupaba su palanquín.

Quien quiera saber cómo fue el encuentro, escuche el siguiente capítulo.

CAPÍTULO XV

Xifeng abusa de su poder en el templo

del Umbral de Hierro.

Qin Zhong se entretiene en el

convento del Pan al Vapor.

Relatábamos en el capítulo anterior como Jia Baoyu, al levantar la mirada, había visto al príncipe de Pekín tocado con una gorra principesca de alas plateadas y borlas blancas, un traje blanco con bordados de olas en zigzag y dragones de cinco garras, y un cinturón de cuero rojo con incrustaciones de jade verde. Unido a todo ello, su rostro claro como el jade y sus ojos brillantes como estrellas le daban una apariencia realmente formidable.

Baoyu dio un paso adelante para hacer una reverencia, y, al ordenar desde su palanquín que le ayudaran a incorporarse, el príncipe de Pekín pudo observar que el muchacho llevaba una corona de plata en forma de dos dragones emergiendo del mar, una chaqueta de arquero bordada con serpientes blancas y un cinturón de plata con incrustaciones de perlas. Su rostro parecía una flor en primavera y sus ojos eran negros como la laca.

—Haces honor a tu reputación —le dijo el príncipe—. En verdad eres como un precioso jade. Pero ¿dónde está la joya con la que llegaste al mundo?

Baoyu extrajo inmediatamente el jade de entre su ropa y lo entregó al príncipe, que lo examinó con mucho detenimiento y leyó la inscripción.

—¿Tiene realmente poderes mágicos? —preguntó.

—Eso dicen las inscripciones —contestó Jia Zheng—, pero nunca ha sido comprobado.

El príncipe, que había quedado fuertemente impresionado por el jade, alisó el cordón con sus propias manos y lo volvió a poner en el cuello de Baoyu. Luego tomó la mano del muchacho y le preguntó su edad y lo que estaba estudiando.

La claridad y fluidez de las respuestas de Baoyu hicieron que el príncipe se volviera para comentarle a Jia Zheng:

—No hay duda: tu hijo es una cría de dragón o un joven fénix. Me atrevo a vaticinar que este joven fénix, llegado el momento, superará al viejo.

—Mi indigno hijo no merece semejantes elogios —se apresuró a responder Jia Zheng con una sonrisa cortés—. Si sus vaticinios resultasen ciertos, tanta fortuna sólo se debería al favor con que nos honra Su Alteza.

—Para que mi predicción se cumpla existe, sin embargo, un obstáculo —advirtió el príncipe—. Dado el inmenso talento de tu hijo, su abuela y su madre deben haberlo malcriado; la tolerancia es mala cosa para jóvenes como nosotros, puesto que nos hace descuidar los estudios. Yo mismo me perdí por esa ruta, y temo que tu honorable hijo pueda llegar a tomar el mismo camino. Si tiene problemas para estudiar en su casa, que se acerque a mi humilde morada cuantas veces quiera porque, aunque yo mismo carezca de talento, me honran con su visita eruditos notables de todos los puntos del imperio que pasan por la capital. De ahí que mi humilde hogar se vea frecuentemente engalanado con la presencia de hombres eminentes cuyo trato debería mejorar los conocimientos del joven Baoyu.

Jia Zheng se inclinó y aceptó sin vacilaciones. Entonces el príncipe se desprendió de un brazalete que llevaba en la muñeca y lo entregó a Baoyu diciéndole:

—Este primer encuentro entre nosotros ha sido tan imprevisto que no he traído un obsequio adecuado como prueba de mi respeto, pero, por favor, acepta este brazalete de cuentas hecho con las semillas aromáticas de una planta que Su Majestad me regaló hace unos días.

Baoyu tomó el regalo y lo entregó a su padre; a continuación ambos se inclinaron e hicieron unas reverencias formales de agradecimiento. Luego Jia She y Jia Zhen suplicaron al príncipe que regresara el primero, pero se negó con estas palabras:

—La difunta ya abandonó nuestro polvoriento mundo; ya es inmortal. Yo heredé mi título por la gracia del Hijo del Cielo, pero a pesar de eso, ¿qué derecho tengo a marchar delante del carruaje de una inmortal?

Al ver que hablaba en serio, Jia She y los demás agradecieron su respuesta y ordenaron que la música se detuviera para que el largo cortejo pudiera continuar su marcha. Pero dejemos ya este asunto.

Al paso del cortejo se oía un excitado zumbido procedente de la muchedumbre de curiosos que se agolpaba a ambos lados del camino. Los amigos y compañeros de Jia She, Jia Zhen y Jia Zheng habían instalado tiendas para sacrificios cerca de la puerta de la ciudad, y el desfile no avanzó hasta que cada uno de ellos hubo recibido el agradecimiento de la familia. Por fin dejó la ciudad y tomó el camino del templo del Umbral de Hierro.

Jia Zhen y Jia Rong pidieron a los ancianos que subieran a sus palanquines o a sus caballos para continuar la jornada. Toda la generación de Jia She montó en sus carruajes; los demás hicieron el camino a caballo.

Por el campo abierto, lejos de la vigilancia paterna, Baoyu aflojó el freno a su caballo y emprendió una loca cabalgada. Temiendo que sufriera algún percance que luego sería difícilmente justificable ante la Anciana Dama, Xifeng ordenó a un paje que corriera tras él y lo trajera de vuelta al carruaje. Llegó Baoyu de mala gana ante Xifeng, y ésta le dijo:

—Querido primo, eres digno y delicado como una muchacha. No emules a esos monos a caballo. ¿No sería más gentil por tu parte que vinieras a compartir mi carruaje?

Baoyu echó pie a tierra inmediatamente y se acomodó junto a ella. Entre charlas y risas continuaron el viaje hasta que dos jinetes desmontaron junto a ellos y dijeron a Xifeng:

—Señora, nos acercamos a una de las paradas de descanso. ¿Quiere usted detenerse, o prefiere seguir?

Xifeng preguntó si se habían detenido las damas Xing y Wang.

—No, pero Sus Señorías quieren que usted haga lo que crea más conveniente.

Entonces Xifeng ordenó hacer un alto en el camino. Obedeciendo las órdenes de Baoyu, unos pajes fueron en busca de Qin Zhong, que trotaba detrás de la silla de manos de su padre. Al ser avisado por el paje, Zhong observó que el caballo de Baoyu, sin jinete, seguía el carruaje de Xifeng, que se desviaba hacia el norte apartándose del cortejo; dedujo que su amigo debía estar con ella y espoleó su montura hasta alcanzarlos rápidamente. Los tres juntos cruzaron los portones de una granja.

Hacía rato que los sirvientes habían alejado de allí a los hombres, pero como la barraca que les servía de vivienda tenía muy pocas habitaciones, las mujeres y muchachas no encontraron un sitio donde ocultarse para evitar el encuentro con los desconocidos que ya se aproximaban. La aparición de Xifeng, Baoyu y Qin Zhong, con sus exquisitos trajes y sus refinados modales, pasmó a las campesinas. Apenas hubo hecho su entrada, Xifeng ordenó a Baoyu que se entretuviera fuera, y éste llevó a Qin Zhong y los pajes a dar un paseo. Era la primera vez que veía herramientas de las que usan los labriegos, y las palas, picos, azadones y arados, cuyos nombres y utilidad ignoraba, le intrigaron enormemente. Cuando un paje le informó de la utilidad de cada apero, él comentó con un suspiro:

—Ahora comprendo las palabras del antiguo poeta:

¿Quién sabe que cada grano de arroz sobre cada plato

es fruto del fatigoso esfuerzo de un campesino?

En su paseo por la granja encontró una rueca sobre un kang. Aquel artefacto le intrigó todavía más que los utensilios que había visto antes.

—Sirve para hilar el algodón antes de tejerlo —le informaron sus pajes.

Atraído por el instrumento, Baoyu se subió al kang para darle vueltas a la rueda. En ese momento entró una joven campesina de unos dieciséis años que, al verlo, gritó:

—¡Déjela! ¡La va a romper!

Los pajes empezaron a gritarle para que dejase de hablar así a su señor, pero Baoyu, que ya había dejado la rueca, se disculpó:

—Es que nunca había visto una. Sólo quería ver cómo funciona.

—¿Cómo iba a saber alguien como usted lo que es una rueca, señor? —le contestó sonriente la campesina—. Déjeme y se lo enseñaré.

Qin Zhong tiró discretamente de la manga de Baoyu y le dijo al oído:

—¿No te parece simpática?

Baoyu le dio un leve empujón:

—Bribón. Como sigas diciendo tonterías te pego un puñetazo.

Mientras tanto, la muchacha había empezado a hilar. Baoyu iba a decirle algo cuando se oyó la voz de una vieja:

—¡Hija segunda! ¿Dónde estás? ¡Ven aquí!

La muchacha se fue inmediatamente, para decepción de Baoyu.

Entonces un mensajero le trajo, de parte de Xifeng, el recado de que volviera con ella. Ya se había lavado y mudado de ropa para sacudirse el polvo del camino, y pidió a los dos muchachos que hicieran lo mismo, a lo que Baoyu se negó. Los criados llegaron con un servicio de té y una cesta de pasteles traídos expresamente para la jornada, y después de tomar un pequeño refrigerio volvieron a subir al carruaje.

Al ponerse en marcha, Lai Wang entregó un paquete a la familia campesina, cuyas mujeres salieron a agradecer el obsequio a los visitantes. Xifeng no les prestó ninguna atención; Baoyu, en cambio, buscó ávidamente a la hilandera con la mirada. Pero ella no estaba entre aquellas mujeres. Cuando habían recorrido un pequeño trecho del camino apareció con su hermanito en brazos, rodeada de otras muchachas de menor edad con las que reía y parloteaba. Baoyu deseó poder apearse del carruaje y correr a su encuentro, pero, consciente de que se lo impedirían, sólo pudo seguirla con la mirada mientras se alejaban a toda velocidad, hasta que la perdió de vista.

Al poco tiempo se habían incorporado al cortejo fúnebre. Iban por delante los tambores y címbalos del templo, los banderines y los palios. Llegaron por fin al templo, entraron y se celebraron nuevos ritos budistas, otra vez se quemó incienso y el ataúd fue instalado en una de las cámaras laterales del salón interior. Baoyu se preparó para velarlo esa noche.

Mientras, en los aposentos exteriores, Jia Zhen atendía a amigos y parientes varones, algunos de los cuales se quedaron a comer mientras otros se marchaban inmediatamente. Uno a uno, fue agradeciendo a todos su asistencia al funeral. Después, empezando por los de menor rango, se fueron yendo. A eso de las tres ya se habían dispersado todos.

Las damas fueron atendidas por Xifeng en los aposentos interiores, y también partieron primero las de menor categoría. A las dos de la tarde sólo quedaban allí unas cuantas parientes cercanas que permanecerían los tres días de oraciones por la difunta.

Como sabían que Xifeng no podría volver tan pronto a la ciudad, las damas Xing y Wang propusieron que Baoyu regresara con ellas, pero él se negó aduciendo que aquella era la primera vez en su vida que salía al campo. Insistió tanto en quedarse con Xifeng que su madre acabó por ceder y se lo encomendó a la joven.

El templo del Umbral de Hierro había sido erigido en tiempos de los duques de Rongguo y Ningguo, pero aún disponía de tierra suficiente para los enterramientos de los miembros del clan, y de lugares apropiados para el culto. Y como también había cobijo para los vivos, los deudos que acompañaban los restos mortales de los Jia a su última morada podían quedarse allí el tiempo que considerasen conveniente. Ahora bien, los miembros del clan eran numerosos y entre ellos no se ponían de acuerdo sobre el valor del lugar: los pobres se quedaban allí de muy buen grado, pero los ricos, amantes del lujo y la ostentación, argumentaban la incomodidad del sitio y preferían buscar alojamiento en alguna aldea o convento de las inmediaciones, adonde se retiraban después de las ceremonias.

No obstante, en el funeral de Qin Keqing la mayoría de los miembros del clan se alojó en el templo del Umbral de Hierro. Sólo Xifeng consideró que el lugar no resultaba conveniente, y envió a un criado a consultar a la abadesa Jingxu, del convento del Pan al Vapor, la posibilidad de que dispusiera algunos cuartos para ella. «Pan al Vapor» era como se conocía popularmente el convento de la Luna en el Agua, célebre por el excelente pan al vapor que allí se hacía. No estaba lejos del templo del Umbral de Hierro.

En cuanto los monjes hubieron completado sus oraciones y terminado con las ofrendas de té, Jia Zhen, por mediación de Jia Rong, exigió a Xifeng que descansara. Ésta encomendó a sus cuñadas la atención a las visitantes y marchó con Baoyu y Qin Zhong al convento del Pan al Vapor. Demasiado viejo y frágil para soportar las largas exequias, el padre de Qin Zhong había encargado a éste que asistiera a ellas en su nombre; de ahí que el muchacho permaneciera todavía en el lugar.

A las puertas del convento fueron recibidos por la abadesa Jingxu y dos novicias, Zhishan y Zhineng. Tras intercambiar los saludos de rigor, Xifeng se retiró a un cuarto donde se cambió de ropa y se lavó las manos. Mientras se desvestía pensó que Zhineng, la novicia, había crecido mucho y se había convertido en una muchacha muy bonita.

—¿Por qué no habéis venido a visitarnos? —preguntó.

—Hace unos cuantos días le nació un hijo al señor Hu —contestó la abadesa—, y su venerable esposa nos envió diez taeles de plata para que algunas de nuestras hermanas salmodiaran el Sutra Sangre de Parto[1] durante tres días. Hemos estado tan ocupadas que no hemos tenido tiempo para ir a presentar nuestros respetos a su familia.

Pero volvamos a Baoyu y Qin Zhong, que buscaban la manera de entretenerse en el salón cuando entró Zhineng.

—¡Mira quién ha venido! —dijo Baoyu con una sonrisa.

—¿Y qué? —observó Qin Zhong, indiferente a su tono de complicidad.

—No disimules. ¿Se puede saber qué hacías abrazado a ella el otro día en las habitaciones de mi abuela aprovechando que no había nadie? No intentes engañarme, Zhong.

—No digas tonterías. Te lo estás inventando todo —protestó Qin Zhong.

—Bah, es igual. Dile que me traiga té y me callaré.

—¡Pero qué ridiculez! ¿Acaso se negará a traerlo si se lo pides tú mismo? ¿Por qué se lo he de pedir yo?

—Porque si lo haces tú lo traerá con amor; en cambio, si se lo pido yo se limitará a obedecer y no pondrá ningún interés.

Resignado, Qin Zhong dijo a la novicia:

—Hermana Zhineng, ¿puedes traerme té?

La joven Zhineng había estado entrando y saliendo de la mansión Rong desde que era una niña, y conocía a todos sus moradores; con frecuencia había jugado con Baoyu y Qin Zhong, y ahora que tenía edad para comprender qué significaban la brisa y la luz de luna se había prendado del joven y apuesto Zhong, quien a su vez se sentía enormemente atraído por la reciente belleza de la novicia. Nada había sucedido todavía, pero ya existía un recíproco deseo y cierta complicidad entre ambos. Ahora, con una radiante mirada, ella asintió y no tardó mucho en aparecer con una taza de té.

—Dámela —le pidió Zhong con una sonrisa.

—¡Dámela a mí! —exclamó de pronto Baoyu.

Zhineng rió burlona.

—¿Acaso tengo miel en las manos para que se peleen por una simple taza de té?

Adelantándose a su rival, Baoyu arrebató la taza de las manos de la muchacha y la bebió de dos tragos; en ese momento apareció Zhishan con el encargo para Zhineng de que dispusiera la mesa, y poco después volvió para invitarlos a comer algo. Pero el té y los pasteles del convento no despertaban el interés de los dos muchachos, que permanecieron en el mismo lugar y, en cuanto les fue posible, huyeron buscando entretenimiento en otro sitio.

También Xifeng se retiró a descansar, acompañada de la abadesa. Por su parte, cuando vieron que ya no quedaba nadie, las criadas mayores también se fueron a la cama dejando de guardia a unas cuantas doncellas jóvenes de confianza.

La abadesa aprovechó la ocasión para decirle a Xifeng:

—Señora, hay algo que quisiera consultar con Su Señoría, pero antes me gustaría escuchar su consejo.

—¿De qué se trata? —preguntó Xifeng.

—¡Buda Amida! —suspiró la abadesa—. Cuando me hice monja e ingresé en el convento de Shancai, en el distrito de Chang’an, uno de nuestros benefactores era un hombre riquísimo apellidado Zhang. Su hija Jinge hacía frecuentes ofrendas de incienso en nuestro templo. Allí la encontró un joven señor Li, cuñado del prefecto de Chang’an, que se enamoró de ella con sólo mirarla y mandó pedirla en matrimonio. Pero la señorita Jinge ya estaba comprometida con el hijo de un anciano inspector de la guardia metropolitana de Chang’an. A los Zhang les hubiera gustado cancelar este compromiso, pero temían la oposición del inspector, así que dijeron a los Li que habían llegado tarde. El joven Li no se resignó e insistió en su solicitud, lo que puso las cosas muy difíciles para los Zhang. Cuando la familia del inspector se enteró de todo el lío, sin tomarse la molestia de averiguar la verdad, se fueron a casa de los Zhang a gritar: «¿Con cuántos hombres más piensas comprometer a tu hija?». Se negaron a aceptar la devolución de los regalos de compromiso y llevaron el asunto a los tribunales. La familia de la muchacha está desesperada. Han mandado gente a la capital a pedir auxilio y están absolutamente decididos a devolver los presentes. Pues bien, tengo entendido que el general Yun, gobernador militar de Chang’an, mantiene muy buenas relaciones con su familia. Si la dama Wang consiguiera que Su Señoría escribiese una carta al general pidiéndole que tenga una conversación con el inspector, estoy segura de que éste desistiría de pleitear. Los Zhang darían cualquier cosa, toda su riqueza si fuese preciso, a cambio de este favor.

—No lo veo muy difícil —dijo Xifeng—, pero Su Señoría no se molesta por tales asuntos.

—¿Y no podría usted misma, señora, ocuparse del caso?

—No necesito dinero, y no me suelo inmiscuir en problemas de esa índole.

Ante esta respuesta, la abadesa perdió toda esperanza de conseguir el favor. Reflexionó durante un breve silencio y luego dijo con un suspiro:

—Los Zhang saben que estoy recurriendo a su familia, señora. Si ustedes no los ayudan no pensarán que se niegan a molestarse por un asunto tan baladí, o que no quieren el dinero, sino que ya ni siquiera están en condiciones de solucionar un asunto tan nimio como éste.

Eso, naturalmente, picó el amor propio de Xifeng.

—Usted me conoce, hermana —replicó—. Nunca he creído en toda esa palabrería del infierno y el pago por deudas contraídas en vidas anteriores. Hago en cada momento lo que mejor me parece y siempre honro la palabra que doy. Que me traigan tres mil taeles y me encargaré personalmente del asunto.

—¡Bien! —exclamó exultante la abadesa—. ¡Tres mil taeles! ¡Eso no es difícil!

—No soy de las que se entromete en los problemas de la gente buscando su dinero —advirtió Xifeng—. Esos tres mil taeles apenas cubrirán los gastos de los sirvientes que enviaré, y sólo servirán para compensar sus molestias. No quiero ni un centavo para mí. En cualquier momento podría contar con treinta mil taeles si quisiera.

—Claro, claro, señora. Entonces, ¿podría usted hacerme este pequeño favor mañana mismo?

—¿No ve lo ocupada que estoy, solicitada a diestro y siniestro? Pero como me he comprometido, lo resolveré cuanto antes.

—Trivial como es, este problema confundiría a muchos hombres, señora, pero yo sé que usted es capaz de controlar asuntos mucho más graves. Como dice el refrán, «un hombre, cuanto más capaz más ocupado». No en vano Su Señoría le encarga todo lo relacionado con la mansión Rong. Debe usted descansar y no fatigarse tanto.

El fino halago de la abadesa hizo que Xifeng olvidara su cansancio y se lanzara a hablar con creciente entusiasmo.

Mientras tanto, Qin Zhong había aprovechado la oscuridad y la ausencia de gente para correr en busca de Zhineng. Al encontrarla sola en un cuarto de la parte trasera lavando el servicio de té, la abrazó sorprendiéndola por detrás y la besó.

—¿Pero se puede saber qué haces? —exclamó la novicia golpeando desesperada el suelo con el pie y amenazando con gritar.

—Amor mío —suplicó él sin hacer caso de sus amenazas—. Te deseo. Si vuelves a rechazarme esta noche me moriré aquí mismo.

—¿Pero en qué estás pensando? Espera por lo menos a que me haya librado de esta cárcel y de esta gente.

—Eso es sencillo, pero ya sabes que el agua lejana no calma la sed cercana —repuso Zhong citando un antiguo adagio mientras apagaba la lámpara de un soplo y sumía el cuarto en una oscuridad total.

Tomando a la muchacha en brazos, la llevó hasta el kang. En vano Zhineng forcejeó de mil maneras para librarse, pues, como no quiso gritar, él acabó haciendo su voluntad. Se enredaron en los juegos de la nube y la lluvia, y a punto estaban de alcanzar las cimas del placer cuando vieron entrar en el cuarto a alguien que, sin decir palabra, inmovilizó a la pareja apoyando las manos en los riñones de Qin Zhong y dejando caer todo el peso de su cuerpo sobre ellos. Como todo esto ocurrió en medio de un silencio y una oscuridad totales no supieron de quién se trataba, y el joven y la novicia quedaron aterrorizados. En esto, el intruso no pudo aguantar la risa. Era Baoyu.

Qin Zhong, indignado, se incorporó de un salto.

—¡¿A qué estás jugando?! —le dijo.

Y Baoyu:

—¿Harás lo que te diga o armo un escándalo aquí mismo?

Zhineng, aprovechando la oscuridad, se escabulló avergonzada mientras Baoyu sacaba de allí a su amigo.

—¿Lo sigues negando? —le preguntó.

—Eres un canalla. Está bien, haré lo que me digas. Pero, por favor, no grites.

—Dejemos el asunto así. Ya echaremos cuentas a la hora de dormir.

Cuando llegó la hora de irse a la cama, Xifeng, por temor a que el precioso jade desapareciera mientras Baoyu dormía, lo puso bajo su propia almohada. Ella ocupó el cuarto interior, los dos muchachos el de afuera, y las criadas durmieron en el suelo o montaron guardia sentadas.

En relación a las cuentas que Baoyu arregló con Qin Zhong, digamos que lo que el ojo no ve sólo puede ser sospechado, y lejos de nuestra intención inventar nada.

El caso es que a la mañana siguiente la Anciana Dama y la dama Wang mandaron decir a Baoyu que se abrigase bien y volviera a casa si no quedaba más que hacer en el convento. Eso era lo que menos le apetecía a Baoyu, y Zhong, por su parte, incapaz de separarse de su novicia, le instaba para que suplicara a Xifeng que se quedaran un poco más.

A pesar de que las exequias ya habían concluido, todavía quedaban ciertas minucias que atender, por lo que Xifeng decidió que resolverlas podía ocuparle unos días más. Eso le gustaría a Jia Zhen. Además, podría ocuparse del asunto de la abadesa. En cuanto al mensaje recibido de parte de Baoyu, pensó que a la Anciana Dama no le desagradaría saber que su nieto se estaba divirtiendo de lo lindo.

Con estas tres consideraciones en mente, respondió Xifeng a las súplicas de Baoyu:

—Yo ya he terminado aquí, pero si quieres divertirte un tiempo más no me queda otro remedio que complacerte. Ahora bien, partiremos mañana sin falta.

—Sólo un día más, primita; partiremos mañana.

De modo que dispusieron quedarse allí una noche más.

Xifeng envió un mensajero a Lai Wang para que le expusiera en secreto el caso de la abadesa. Lai Wang entendió de inmediato lo que se esperaba de él: partió enseguida a la ciudad para que el secretario mayor escribiera una carta en nombre de Jia Lian, y aquella misma noche marchó con ella al distrito de Chang’an. Como Chang’an no estaba a más de cien li de distancia, el asunto quedó resuelto en menos de dos días. El gobernador militar Yun Guang buscaba desde hada tiempo una ocasión para poder complacer a la familia Jia, y accedió con mucho gusto a solucionar un asunto tan insignificante. Lai Wang trajo de vuelta una carta suya en este sentido.

Mientras tanto, la jornada de más que pasaron en el convento fue aprovechada por Xifeng para despedirse de la abadesa y decirle que, pasados tres días, acudiera a recabar noticias sobre su gestión.

Qin Zhong y Zhineng pactaron una cita que aliviase la intolerable separación que se avecinaba. Es inútil describirla aquí detalladamente.

Xifeng realizó una última visita al templo del Umbral de Hierro, donde Baozhu insistió en quedarse. Más tarde, Jia Zhen se vería obligado a enviar a unas mujeres para hacerle compañía.

CAPÍTULO XVI

Yuanchun es elegida consorte imperial

en el Palacio del Fénix.

Qin Zhong emprende demasiado pronto

el camino de las Puentes Amarillas.

Poco tiempo después quedaron concluidos los arreglos en el gabinete de estudio de Baoyu, que ya había acordado con Qin Zhong el inicio de las clases nocturnas; pero éste, débil de constitución, había contraído una bronquitis a causa de los encuentros secretos con la novicia Zhineng, allá en el campo. De regreso a la ciudad se puso a toser, perdió el apetito, dio señales de gran abatimiento y se vio obligado a permanecer en su casa reponiéndose. Con sus planes por los suelos, a Baoyu no le quedó más que esperar resignadamente la recuperación de su amigo.

Entretanto, Xifeng había recibido la respuesta de Yun Guang, el gobernador militar de Chang’an, y la abadesa pudo por fin informar a los Zhang de que su problema estaba resuelto. El inspector hubo de tragarse su despecho y aceptó sin rechistar la devolución de los regalos de compromiso. Sin embargo, Zhang y su esposa, que formaban una pareja servil y rastrera, habían traído al mundo una hija fiel y afectuosa: cuando Jinge supo que su primer compromiso había sido roto, buscó una soga y, sin alharacas, se quitó la vida. El enamorado hijo del inspector, por su parte, cuando se enteró del suicidio de su antigua prometida, corrió a arrojarse a un profundo río en cuyas aguas pereció, haciéndose así digno de su amada; o sea, que la mala fortuna arrebató a los Zhang y los Li no sólo el dinero sino también a la muchacha. La única que salió ganando fue Xifeng, que pudo disponer de los tres mil taeles sin que la dama Wang ni el resto de la casa supieran nada. Le salió tan bien el negocio que, a partir de entonces, insistió en numerosas transacciones similares a la realizada por mediación de la abadesa. Pero no necesitamos extendernos sobre ellas.

Llegó el aniversario de Jia Zheng. Las dos casas se habían reunido para festejarlo, y en ello estaban cuando un lacayo de los que se encontraban de guardia en el pabellón de entrada a la mansión anunció:

—Su Excelencia Xia, eunuco principal de Seis Palacios, viene con un decreto del emperador.

Aturdidos, sin entender el sentido de una visita tan extraña, Jia She, Jia Zheng y los demás hicieron detener las representaciones y despejar la sala del festín, en donde mandaron colocar una mesa de palitos de incienso encendidos. Entonces se abrió de par en par la puerta central y se arrodillaron para recibir el Decreto Imperial.

No tardó en hacer su aparición Xia Shouzhong, eunuco principal, que llegó cabalgando seguido de un nutrido séquito de eunucos. Pero no llevaba colgado del hombro ningún edicto, ni levantaba nada por encima de su cabeza. Echó pie a tierra frente al salón principal, subió las escalinatas con una sonrisa radiante y, mirando hacia el sur, anunció:

—Por orden especial del emperador, Jia Zheng debe presentarse inmediatamente ante él en el salón del Respetuoso Acercamiento.

Dicho lo cual volvió a montar en su caballo y se marchó, seguido de su compañía, sin haber probado un solo sorbo de té ni haber dicho una palabra más.

Nadie supo qué presagiaba la aparición del eunuco con su mensaje. Jia Zheng se atavió de corte y partió hacia el Palacio Imperial, dejando a toda la familia en vilo. Uno tras otro, la Anciana Dama envió mensajeros a caballo en busca de noticias, pero pasaron cuatro horas antes de que Lai Da y otros cuantos mayordomos llegaran jadeando por la puerta interior mientras gritaban:

—Su Señoría pide que la Anciana Dama acuda de inmediato al Palacio Imperial con las otras damas para agradecer al emperador un enorme favor.

Temiendo lo peor, la Anciana Dama había estado esperando con el corazón en un puño la llegada del mayordomo en el corredor exterior del gran salón, rodeada de las damas Xing y Wang, la señora You, Li Wan, Xifeng, las tres hermanas Primavera y la tía Xue. Al escuchar la noticia exigió a Lai Da mayores detalles.

—Tuvimos que esperar en el patio exterior —le dijo Lai Da—, de manera que no pudimos ver ni oír qué pasaba dentro. Entonces salió Xia, el eunuco principal, que nos felicitó y nos informó de que la mayor de nuestras señoritas había sido nombrada Primera Secretaria del palacio del Fénix con el título de Digna y Virtuosa Consorte. Luego apareció Su Señoría y nos confirmó las noticias del eunuco. Mientras él acude al palacio del Este a presentar sus respetos[1], suplica que Su Señoría y las damas acudan sin pérdida de tiempo a dar las gracias al emperador.

Un gesto aliviado iluminó de delicia el rostro de las damas, y cada una corrió a ponerse los trajes ceremoniales acordes con su rango. Poco después, cuatro grandes palanquines encabezados por el de la Anciana Dama, al que seguían el de la dama Xing, el de la dama Wang y el de la señora You, se encaminaron al Palacio Imperial. Las escoltaban Jia She y Jia Zhen, también en traje de corte, así como Jia Rong y Jia Qiang.

Y entonces los señores y los sirvientes de ambas mansiones estallaron de júbilo. Los rostros resplandecieron de orgullo, confundidos en un tumulto de risas y comentarios. Sólo Baoyu permaneció indiferente a la alegría general. Y es que unos días antes la novicia Zhineng se había fugado del convento de la Luna en el Agua y había venido en busca de Qin Zhong. Descubierta por el padre del muchacho, se había visto forzada a regresar al convento mientras Zhong recibía una tunda soberana. La ira le valió al viejo una recaída en su crónica enfermedad, hasta el punto dé que murió a los pocos días. Qin Zhong, lleno de remordimientos por la muerte de su padre, cayó también gravemente enfermo. Nunca había sido muy fuerte, y no se encontraba plenamente recuperado dé su bronquitis en el momento de recibir la paliza. Todo ello pesaba tanto en el ánimo de Baoyu que el honor conferido a Yuanchun no fue suficiente para levantarle el ánimo. Por eso el viaje emprendido por su abuela y las otras damas para agradecer el favor imperial, las visitas de felicitación de parientes y amigos, la excitación que recorría ambas mansiones, lo dejaron impasible. Para él nada significaba el contento general, como si todos aquellos acontecimientos nunca hubieran sucedido; su apatía llevó a todos a sentenciar que su extravagancia se había agudizado.

Por suerte, llegó un mensajero de Jia Lian anunciando que Lin Ruhai ya había sido enterrado en el cementerio ancestral y que, una vez concluidas las exequias, Daiyu y él emprendían el camino de vuelta a la capital, adonde llegarían al día siguiente. Algo más animado, Baoyu interrogó al correo y así supo que también venía a la capital, para presentar sus respetos, Jia Yucun, quien gracias a las recomendaciones de Wang Ziteng había sido convocado para aguardar un nombramiento metropolitano. En su condición de pariente lejano de Jia Lian y de antiguo preceptor de Daiyu, Yucun hacía el viaje con ellos. En condiciones normales, la jornada, que transcurrió sin problemas, les hubiera ocupado hasta comienzos del mes siguiente, pero las buenas noticias sobre Yuanchun habían empujado a Jia Lian a apresurar su regreso; viajó día y noche a marchas forzadas, de manera que los tres compañeros cubrieron rápida y felizmente el trayecto de vuelta.

Ante todo, Baoyu quería saber si Daiyu se encontraba bien; las demás noticias no le interesaban. La impaciencia le atormentó hasta el mediodía siguiente, cuando, por fin, fue anunciada la llegada de los viajeros. El jubiloso reencuentro de los dos muchachos se vio enturbiado por el inevitable dolor; cuando hubo pasado la tormenta de lágrimas que se desencadenó, intercambiaron pésames y enhorabuenas.

Baoyu observó discretamente que Daiyu estaba más guapa que nunca, y que su apariencia era aún más extraordinaria. Había traído consigo una enorme cantidad de libros, y no perdió un momento en barrer y limpiar su cuarto, disponer ordenadamente sus cosas y entregar a Baochai, Yingchun, Baoyu y los demás, los papeles y pinceles que les había traído como obsequio. Cuando Baoyu quiso regalarle la pulsera de cuentas que le había dado el príncipe de Pekín, ella protestó.

—No la quiero. Quién sabe qué tipo apestoso la habrá manoseado —dijo arrojando la pulsera a Baoyu, que no tuvo más remedio que aceptar al vuelo la devolución.

Pero volvamos a Jia Lian, quien, después de saludar a toda la familia, se había encaminado a sus aposentos. A pesar de lo atareada que estaba, sin encontrar un momento para sí misma, Xifeng dejó todo de lado para recibir a su marido.

Cuando estuvieron solos, le dijo en broma:

—¡Enhorabuena, Excelencia, venerable cuñado del emperador! Su Excelencia ha hecho sin duda una fatigosa jornada. Su humilde sirvienta, enterada ayer mismo de que hoy se esperaba la llegada de su excelso carruaje, preparó una vulgar copa de vino para ayudarle a sacudirse el polvo de las botas. ¿Se dignará aceptarla, oh cuñado del emperador?

—¿Cómo negarme? ¿Cómo podría hacer una cosa así? —contestó riendo Jia Lian—. El honor es excesivo. Me siento anonadado.

Pinger y las demás doncellas presentaron sus respetos al señor y le sirvieron té; después Jia Lian preguntó a su esposa qué había ocurrido durante su ausencia y le agradeció lo bien que había cuidado sus asuntos.

—Soy incapaz de administrar bien los asuntos —suspiró ella—. Soy demasiado ignorante, tosca y torpe; siempre acabo tomando el rábano por las hojas y, como soy bondadosa en extremo, cualquiera puede conseguir de mí lo que desee. Además, me pone nerviosa mi falta de experiencia; el menor descontento de Su Señoría me impide cerrar los ojos durante toda la noche. Una y otra vez he pedido ser relevada de tanta responsabilidad, pero, en vez de acceder, ella me acusa de perezosa y de no tener interés en aprender. No entiende lo mal que lo paso, el miedo que me produce decir una palabra fuera de lugar o dar un paso en falso. Y ya sabes lo difíciles que son las esposas de nuestros mayordomos: se burlan del más mínimo error y «acusan al olmo señalando a la morera» en cuanto intuyen cualquier indicio de parcialidad por mi parte, y «se sientan en la colina a ver cómo combaten los tigres», «asesinan con espada prestada», «piden soplo ajeno para avivar el fuego», «ven desde una orilla seca a la gente ahogándose» y «no se molestan en levantar un aceitero caído». Todas son maestras en ese tipo de perfidias. Soy demasiado joven para cargar con semejante peso, así que no me obedecen en absoluto. Y por si fuera poco, murió la mujer de Rong y el primo Zhen suplicó de rodillas a Su Señoría que me permitiese ayudarle unos cuantos días. Yo me negué una y otra vez, pero ella insistió tanto que no tuve más remedio que intentarlo. Como siempre, terminé formando un desastre incluso peor que los que suelo en esta casa. Seguro que el primo Zhen todavía está lamentando su insistencia; mañana cuando lo veas discúlpate por mi intervención en sus asuntos y dile que nunca debió confiar en tu joven e inexperta esposa.

Yuanchun, la consorte imperial.

Gai Qi (edición de 1879).

En ese momento se oyeron voces fuera y Xifeng quiso saber de quién se trataba. Pinger entró y dijo:

—La señora Xue envió a Xiangling a preguntar algo. Le dije lo que quería saber y se marchó.

—Por cierto —dijo Jia Lian—. Cuando fui a presentar mis respetos a la tía Xue encontré allí a una bellísima joven; me dije que no podía ser de la casa, y en la conversación me enteré de que se trata de aquella doncella que compraron justo antes de venirse a la capital, acuérdate, la del proceso. Se llama Xiangling, y desde que ese imbécil de Xue Pan la hizo su concubina se le ha afilado el rostro y ha aumentado su belleza. Es demasiado buena para ese idiota.

—¡Vaya! —exclamó Xifeng—. Pensaba que en tu viaje a Suzhou y Hangzhou[2] habrías conocido suficiente mundo, pero está visto que tienes el ojo más grande que el vientre. Si la muchacha te gusta, la cosa es sencilla: la cambiaré por Pinger. ¿Qué te parece? Xue Pan es otro glotón que «tiene un ojo puesto en el tazón y el otro en la sartén». Mira cómo importunó a su madre durante un año entero hasta que consiguió a Xiangling. La tía Xue organizó una fiesta para celebrar solemnemente la entrada de la muchacha en la alcoba de su hijo, porque vio que no sólo era bonita sino también educada, discreta y amable; incluso más que muchas damitas. Pero a los quince días ese tipo ya la trata como a un perro. Es una verdadera lástima…

Un paje de la puerta interior apareció en ese momento con un recado de Jia Zheng para Jia Lian: que lo esperaba en la biblioteca grande. El joven se arregló rápidamente la ropa y partió a su encuentro. Entonces Xifeng preguntó a Pinger:

—¿Para qué diablos mandó la tía Xue a Xiangling hace un momento?

—No era Xiangling —contestó Pinger entre risitas—. Era la esposa de Lai Wang, que está perdiendo el poco seso que tenía.

Y bajando la voz:

—No podía venir antes ni después, no: tenía que esperar a que el señor estuviera en la casa para traerle a usted los intereses del dinero que le prestó. Menos mal que me la tropecé en el salón y no la dejé llegar. Si el señor hubiera preguntado de qué dinero se trataba, usted se habría visto obligada a decirle la verdad. Y con el carácter que tiene, capaz como es de sacar una moneda de una cacerola de aceite hirviendo, al saber que usted dispone de ahorros propios se habría lanzado a dilapidar con mano más suelta todavía. Por eso cogí corriendo el dinero de la buena mujer y le eché una reprimenda sin pensar que usted me escucharía; luego dije delante del señor que se trataba de Xiangling.

—Ya me extrañaba a mí que la tía Xue cometiera la imprudencia de mandar a una concubina justo cuando está el señor en casa. De manera que no fue más que uno de tus trucos…

En ese momento apareció Jia Lian. Xifeng ordenó que trajeran vino y comida, y ambos esposos se sentaron frente a frente. A pesar de tener buena cabeza para el licor, aquel día Xifeng no se atrevió a beber demasiado; iba acompañando a su marido a pequeños sorbos cuando llegó el ama Zhao, la antigua nodriza de Jia Lian, a la que invitaron a sentarse en el kang junto a ellos. El ama Zhao rechazó la deferencia, pero Pinger y las demás ya habían colocado una mesita y un pequeño banco junto al kang, de manera que la anciana no tuvo más remedio que sentarse ante los dos platos de su propia mesa que Jia Lian le ofreció.

—El ama no puede masticar eso —dijo Xifeng.

Y volviéndose hacia Pinger:

—Ese tazón de cerdo fresco guisado al vapor con jamón que vi esta mañana sería perfecto para ella. Llévalo y que lo calienten cuanto antes.

Y a la nodriza:

—Amita, prueba este vino de la fuente de Hui[3] que tu niño ha traído de su viaje.

—Beberé si lo hacen ustedes conmigo —repuso el ama—. Beban sin miedo, que todo consiste en no pasarse. Pero no he venido para eso, sino por un asunto serio que espero, señora, se tome a pecho y me ayude a resolver. Nuestro señor Lian es bueno haciendo promesas, pero llegado el momento olvida lo que prometió. Sí, yo le di mi pecho y gracias a mí es hoy tan grande, pero ahora que soy vieja sólo tengo a mis dos hijos. Nadie se extrañaría si me hiciera un favor; sin embargo, he venido a mendigar a sus pies una y otra vez, y siempre me ha hecho promesas que hasta el día de hoy no ha cumplido. Ahora que ha sucedido este formidable golpe de suerte, seguro que necesitan más brazos; por eso he venido a pedirle ayuda a usted, señora, pues si sólo me apoyara en el señor Lian ya me habría muerto de hambre.

Xifeng se echó a reír:

—Tus dos hijos son para nosotros hermanos de leche, amita. Deja que yo me ocupe de todo. Tú que lo has criado sabes bien cómo es el señor Lian. Se muestra solícito ayudando a extraños, gente llegada de lejos que no tiene los méritos de sus dos hermanos de leche. ¿Quién podría objetar algo si él les echara una mano? Sin embargo, ayuda más a los que vienen de fuera; aunque quizás la gente que nosotros llamamos «de fuera» sea para él «de adentro»[4].

Las últimas palabras de Xifeng desencadenaron una carcajada general. El ama Zhao no podía dejar de reír.

—¡Buda Amida! —exclamó entre interminables hipidos de hilaridad—. Esto es lo que se llama un juez imparcial. Nuestro señor no cometería la crueldad de tratarnos como a extraños, pero es tan bondadoso que no sabe negarse a las exigencias de otras personas.

—Oh, sí —repuso Xifeng—, pero ocurre que sólo es bondadoso con los que tienen personas «de adentro»; sólo con nosotras, las mujeres, se vuelve inflexible y duro.

—Ay, señora, qué buena es usted. Estoy tan contenta que me parece que voy a beber otra copa de ese excelente vino. Ahora que he conseguido que sea usted quien se ocupe de nosotros, ya no tengo preocupaciones.

Jia Lian, bastante molesto, sonreía con un gesto forzado.

—Basta de tonterías —dijo—. Empecemos ya con el arroz; todavía tengo muchos asuntos que tratar con el primo Zhen.

—Sí, no debes entretenerte. ¿Qué quería tu primo hace un momento? —preguntó su esposa.

—Es acerca de esa visita imperial.

—¿Entonces ya se ha conseguido el permiso? —preguntó Xifeng ansiosamente.

—Aún no, pero te apuesto diez contra ocho a que se consigue.

—¡Qué inmenso acto de bondad imperial! —exclamó ella radiante—. Nunca he tenido noticia de un acto semejante en ningún libro ni ópera sobre los antiguos tiempos.

—Seguro —intervino el ama Zhao—. Pero coniforme me voy haciendo vieja me vuelvo más tonta. Hace días que no oigo hablar de otra cosa, pero no entiendo nada. ¿En qué consiste exactamente esa visita imperial?

—Nuestro actual emperador se preocupa por todos sus súbditos —explicó Jia Lian—. No hay virtud más elevada que la piedad filial y él sabe que, más allá de cualquier consideración de rango, a todos nos une un mismo vínculo de familia. Se pasa día y noche atendiendo a sus augustos padres, pero todo le parece poco para expresar su devoción filial y comprende que las consortes secundarias y las damas de compañía de palacio que han pasado muchos años separadas de sus padres tienen deseos de volver a verlos, puesto que es natural que los hijos echen de menos a los padres, y si los padres enferman, o mueren deseando ver a sus hijos, la armonía del cielo se ve necesariamente afectada. Por eso ha solicitado a sus augustos padres que la parentela femenina de las damas de la corte pueda visitarlas en palacio los días que terminan en dos y en seis de cada mes. Las dos venerables personas se mostraron encantadas por la piedad, la humanidad y la capacidad que mostró el emperador para expresar los deseos del cielo sobre la tierra. En su infinita sabiduría, ambos venerables sabios decretaron que, como la etiqueta de la corte podía impedir a las madres de las damas de palacio complacer plenamente su deseo de estar junto a sus hijas durante las visitas, se les concedería un favor aún más grande. Entonces se promulgó un edicto especial por el que, además del favor de la visita en ciertos días del mes, todas aquellas damas de la corte cuyas casas tuvieran instalaciones adecuadas para recibir un séquito imperial podrían solicitar un carruaje de palacio para poder visitar a sus familiares. Así podrían mostrar su afecto y disfrutar de la reunión con los suyos. El decreto se agradeció con brincos de júbilo. El padre de la dama de honor imperial Zhou ya ha comenzado la construcción de un patio separado para cuando ella lo visite; y Wu Tianyou, el padre de la concubina imperial Wu, está buscando un lugar en las afueras de la ciudad. ¿No son señales de que la cosa es bastante segura?

—¡Buda Amida! ¡Conque se trata de eso! —exclamó el ama Zhao—. Me imagino que nuestra familia también se estará preparando para una visita de la mayor de nuestras damitas.

—Por supuesto —dijo Jia Lian—, ¿a qué si no podría obedecer tanto ajetreo?

—Pues si eso es así —exclamó Xifeng jubilosa—, tendré oportunidad de ver algunas cosas notables. A menudo he deseado haber nacido veinte o treinta años antes para no sufrir el menosprecio de los ancianos por haber visto tan poco mundo. Sus descripciones de cómo nuestro primer emperador recorría el país igual que el antiguo sabio rey Shun[5] son mejores que cualquier relato de historia; pero, ay, yo nací demasiado tarde y me perdí el espectáculo.

—Tales cosas sólo ocurren una vez cada mil años —declaró el ama Zhao—. Yo apenas tenía edad suficiente para recordarlo, pero en esos días nuestra familia se encargaba de supervisar la fabricación de barcos y la reparación de los diques de Suzhou y Yangzhou. Para preparar esa visita imperial nos gastamos muchísimo dinero, un mar de dinero…

—Igual que nosotros, los Wang —intervino Xifeng—. En aquel tiempo mi abuelo era el encargado de los tributos del extranjero, y era nuestra familia la que atendía a los enviados de fuera que llegaban a rendir homenaje. Todos los bienes que llegaban en barcos extranjeros a Guangdong, Fujian, Yunnan y Zhejiang pasaban por nuestras manos.

—Eso se sabe —dijo el ama Zhao—. Todavía se oyen por ahí versitos:

Si el rey Dragón del Mar Este

desea un lecho de jade

debe pedirlo a los Wang,

y todo el mundo lo sabe.

»Sí, señora, ésa es su familia. ¿Y qué me dice de los Zhen del sur del Yangzi? ¡Lo ricos y grandes que eran! Sólo esa familia atendió al emperador cuatro veces. Nadie que no lo haya visto con sus propios ojos podría creerlo: trataban la plata como chatarra, los objetos preciosos se apilaban en montones y nadie se preocupaba de examinar lo que contenían los desperdicios.

—Eso me contaban mis abuelos y mis tíos abuelos; y yo los creía, por supuesto. Lo sorprendente es que una sola familia pudiese tener tanta riqueza acumulada.

—La verdad, señora, es que en atender al emperador sólo gastaban el dinero del emperador. ¿Cómo iba a ser de otra manera? ¿Quién podría gastar tanto dinero en un vano espectáculo?

En ese momento llegaron de parte de la dama Wang a preguntar si Xifeng ya había terminado de cenar; ante el requerimiento, ella devoró rápidamente medio tazón de arroz y se enjuagó la boca. Se disponía a salir cuando un grupo de pajes de los de la puerta interior anunció la llegada de Jia Rong y de Jia Qiang; entonces Jia Lian, a su vez, se enjuagó la boca y se remojó las manos en una palangana que le alcanzó Pinger. Al entrar los jóvenes les preguntó qué deseaban, y Xifeng se quedó a oír la respuesta de Jia Rong.

—Tío, mi padre me envía a decirle que los ancianos señores se han puesto de acuerdo y tomado una decisión. Hemos medido la distancia entre la pared este de una mansión y la noroeste de la otra a través del jardín, y hay tres li y medio, suficiente para construir un patio separado en el que levantar una residencia independiente para la visita imperial. Se ha encargado un plano que estará listo mañana. Pero como debe estar cansado de su viaje, no se moleste en venir. Cualquier propuesta que tenga la podrá hacer mañana a primera hora.

—Agradécele a tu padre su consideración —respondió Jia Lian—. Haré lo que me pide y no iré ahora a su encuentro. Dile que el suyo me parece el mejor proyecto de los posibles y el más fácil de realizar. Cualquier otra solución significaría mayor trabajo con peores resultados. Dile también que si los ancianos señores tienen alguna duda sobre el particular, espero que los convenza para que desistan de cambiar el plan ya trazado. Mañana cuando vaya a presentar mis respetos podremos discutirlo todo detalladamente.

Jia Rong accedió a transmitir el mensaje a su padre, y le tocó el turno a Jia Qiang.

—Mi tío me ha ordenado ir a Suzhou con los dos hijos de Lai Da y los secretarios Shan Pinren y Bu Guxiu, con el encargo de contratar maestros de música y teatro y comprar jóvenes actrices, trajes e instrumentos musicales. Me pidió que le informara.

Jia Lian miró al joven con cierta extrañeza y le preguntó:

—¿Estás seguro de que podrás cumplir el encargo? Tal vez no sea una tarea muy complicada, pero requerirá el manejo de numerosas habilidades.

—Tendré que aprenderlas —respondió alegremente Jia Qiang.

Desde la penumbra en la que se encontraba, Jia Rong le dio un discreto tirón al vestido de Xifeng; ésta captó la sugerencia y dijo a su esposo:

—No te preocupes. Tu primo sabe bien a quién debe enviar. ¿Por qué temes que Qiang no esté a la altura del encargo? ¿Acaso todos nacen capaces? El muchacho ha crecido, y aunque no haya probado su carne ya ha tenido ocasión de ver algún cerdo corriendo, como dice el proverbio. El primo Zhen lo envía como supervisor, no para que regatee y lleve la contabilidad. Me parece una excelente elección.

—No es eso lo que quería decir —protestó Jia Lian—. Sólo quería ofrecer un consejo.

Preguntó a Jia Qiang:

—¿De dónde sale el dinero para todo esto?

—Precisamente veníamos discutiéndolo. El viejo Lai no ve la necesidad de llevar dinero, puesto que los Zhen del sur del río Yangzi nos tienen preparados cincuenta mil taeles. Mañana puede hacerse un recibo que llevaríamos con nosotros, de manera que retiraríamos treinta mil taeles y dejaríamos veinte mil para comprar faroles ornamentales, velas, banderolas, cortinas de bambú y colgaduras de todo tipo.

Jia Lian estuvo de acuerdo.

—Pues bien —intervino Xifeng—, si ya está arreglado, tengo dos hombres que les pueden servir de ayuda.

—¡Qué casualidad! —dijo Qiang forzando una sonrisa—. Precisamente íbamos a pedirle que nos recomendase a dos personas que nos acompañaran, tía. ¿Quiénes son?

Xifeng le preguntó sus nombres al ama Zhao, que había estado escuchando como en un sueño y no se había dado por aludida. Cuando Pinger le dio un ligero codazo despertó y contestó atropelladamente:

—Zhao Tianliang y Zhao Tiandong.

—Toma nota —advirtió Xifeng a Jia Qiang—. Ahora debo volver a mis tareas.

Dicho lo cual se marchó.

Jia Rong la siguió y le dijo al oído:

—Si necesita que le traigamos cualquier cosa, tía, hágame una lista y le diré a Qiang que se ocupe de ello.

—¡No digas sandeces! —le contestó Xifeng—. ¿Pretendes pagarme con mercancías un gesto de atención? Tengo ya tantas cosas que no sé dónde ponerlas. Debes saber que me desagrada tu manera taimada de manejar los asuntos.

Mientras tanto, Jia Qiang le estaba diciendo a Jia Lian:

—Si necesita cualquier cosa, tío, sólo tiene que decírmelo.

—No seas presuntuoso —le contestó Jia Lian con tono burlón—. Ese truco es el primero que se aprende al empezar la práctica de los negocios. Si necesito cualquier cosa te escribiré una carta; ahora no tengo tiempo.

Dicho lo cual acompañó a los dos jóvenes hasta la salida. Luego entraron varios criados a presentar informes. Jia Lian se fatigó tanto que ordenó a los pajes de la puerta interior que no dejasen pasar a nadie más; todos los asuntos deberían esperar hasta el día siguiente. Xifeng no fue a acostarse hasta la tercera vigilia. Pero no es necesario relatar las cosas que pasaron aquella noche.

A la mañana siguiente, después de presentar sus respetos a Jia She y Jia Zheng, Jia Lian se dirigió a la mansión Ning. Acompañado de algunos viejos mayordomos, secretarios y amigos, inspeccionó los terrenos de ambas mansiones, trazó planos para recintos destinados a la visita imperial y estimó el número de trabajadores que se necesitarían.

Pronto estuvieron reunidos los maestros y trabajadores, y empezaron a llegar al lugar innumerables cargamentos de materiales: oro, plata, cobre y estañó, tierra, madera, ladrillos y tejas. Primero se desmontaron los pabellones y los muros del jardín de la Fragancia Concentrada de la mansión Ning, quedando así conectado con el gran patio oriental de la mansión Rong. Asimismo, fueron demolidos todos los cuartos de la servidumbre que allí había.

Como el estrecho pasaje que antes separaba las dos casas era propiedad común de ambas, los terrenos de uno y otro lado podían unirse ahora; y como ya existía un arroyo que procedía de la esquina septentrional del jardín de la Fragancia Concentrada, no hubo necesidad de hacer llegar otro. Para suplir la escasez de árboles y rocas fueron traídos los bambúes, árboles y montículos artificiales de rocas, así como los pabellones y balaustradas del jardín de la mansión Rong, donde vivía Jia She. La proximidad de ambas mansiones facilitó su fusión, ahorrando dinero y trabajo. En términos generales, no fue necesario añadir demasiado.

El conjunto fue concebido por un viejo jardinero llamado Shan Ziye.

Como Jia Zheng no estaba familiarizado con los asuntos prácticos lo dejó todo en manos de Jia She, Jia Zhen, Jia Lian, Lai Da, Lai Sheng, Lin Zhixiao, Wu Xindeng, Zhan Guang y Cheng Rixing. Siguiendo el plano del jardinero surgieron montañas y lagos artificiales, fueron construidos pabellones, se plantaron flores y bambúes. A su regreso de la corte, Jia Zheng no tuvo más que hacer una ronda de inspección y discutir los problemas más importantes con Jia She y los demás.

En cuanto a Jia She, pasó las obras meditando tranquilamente en su casa. Cuando se presentaba el más mínimo problema, Jia Zhen y los demás acudían a consultárselo o enviaban un informe escrito, mientras que él hacía llegar sus instrucciones a través de Jia Lian y Lai Da.

Jia Rong se ocupó de supervisar la fabricación de los utensilios de oro y plata. Por su parte, Jia Qiang ya estaba de camino a Suzhou. Jia Zhen, Lai Da y los demás se encargaron de los trabajadores, de llevar un registro y de mantenerse al tanto de las obras. ¡Imposible describir con palabras el bullicio y la conmoción que pronto dominó el lugar!

Todo ese ajetreo había hecho que Jia Zheng dejara de preguntar por los estudios de su hijo Baoyu, que aprovechaba para holgazanear todo lo que podía. Lo único que empañaba su bienestar era la enfermedad de Qin Zhong, cuya salud empeoraba cada día.

Cierta mañana, cuando acababa de asearse y pensaba pedirle permiso a su abuela para hacer una visita a su amigo, asomó la cabeza de Mingyan detrás del tabique protector de la puerta interior. Al verlo, Baoyu se acercó a él corriendo:

—¿Qué pasa?

—El señor Qin Zhong. ¡Se está muriendo!

Baoyu quedó anonadado.

—¡Pero si estaba consciente cuando lo vi ayer! —exclamó—. ¿Cómo puede estar muriéndose?

—No sé. Me lo dijo un viejo de su casa.

Baoyu fue inmediatamente a avisar a la Anciana Dama, que ordenó a algunos hombres de confianza que lo acompañasen.

—Puedes visitarlo para mostrar tu amistad con tu compañero de clase —le dijo—, pero no te quedes allí mucho tiempo.

Baoyu se cambió de ropa a toda prisa y se puso a recorrer el patio a grandes zancadas mientras esperaba su carruaje. Cuando por fin llegó, se metió en él y partió apresuradamente, escoltado por Li Gui, Mingyan y otros.

Encontraron desierta la puerta delantera de la casa de Qin Zhong y entraron rápidos como abejas hasta los aposentos interiores, asustando a las dos tías y los primos de Zhong, que quisieron esconderse.

Qin Zhong ya había perdido varias veces el conocimiento y había sido trasladado desde el kang hasta un lecho mortuorio. Al percibir la mudanza, Baoyu se echó a llorar.

—No llore, señor —le dijo Li Gui—. Ya sabe usted lo delicado que es el señor Qin. Por el momento lo han trasladado a un sitio más cómodo que el duro kang. Si sigue usted llorando sólo conseguirá empeorar las cosas.

Las palabras de Li Gui consiguieron que Baoyu controlase el llanto y se acercara a su amigo. Qin Zhong, pálido como la cera, tenía la cabeza apoyada sobre una almohada y respiraba boqueando.

—¡Hermano querido! —exclamó—. Soy yo, Baoyu.

Lo llamó varias veces, pero Zhong no respondió. Baoyu insistió varias veces:

—¡Zhong, hermanito! ¡Baoyu está aquí!

Pero Qin Zhong estaba exhalando el último suspiro. Su espíritu, que ya se había separado de su cuerpo, veía llegar en ese momento a un juez infernal escoltado por otros fantasmas. Llevaba un documento en la mano y unas cadenas para llevárselo. Zhong se resistía a ir con ellos, pues no quedaba nadie para administrar los asuntos de su casa y su padre había dejado tres o cuatro mil taeles ahorrados; además, deseaba locamente noticias de Zhineng. Pero los fantasmas se mostraban insensibles a sus súplicas.

—Eres un joven cultivado —se mofaban—. ¿Cómo no conoces el viejo proverbio, «si el Rey de los Infiernos te cita para la tercera vigilia nadie osará retenerte hasta la quinta»? Nosotros, sombras, somos estrictamente imparciales; no como vosotros, mortales, presas del sentimentalismo y los favores.

Y en medio de todo ese trajín oyó Zhong la llamada de Baoyu.

—Piedad, mensajeros divinos —suplicaba—. Permitid que vuelva a decirle a mi buen amigo una sola palabra y después partiré con vosotros.

—¿Pues qué buen amigo es ése? —le preguntaron.

—Jia Baoyu, el nieto del duque de Rongguo.

El juez infernal que parecía ser el encargado de llevárselo reprochó a los demás.

—Ya os dije que le permitierais volver un momento, y no me habéis hecho caso. ¿Qué haremos ahora que nos presenta a ese favorito de la fortuna?

Los fantasmas, confundidos por la actitud de su jefe, protestaban:

—Hace un momento estaba usted furioso, pero ese nombre parece haberle aterrorizado. ¿Por qué sombras como nosotros, que venimos del mundo de las tinieblas, tendríamos que temer a alguien como él, que viene del mundo de la luz? ¿Qué daño nos puede hacer?

—Ya conocéis el proverbio: «Los funcionarios del imperio lo controlan todo en el imperio», ¿no? Igual es en las Fuentes Amarillas: rige la misma ley para espíritus y mortales. No pasará nada si mostramos alguna consideración.

Finalmente, los fantasmas permitieron que el espíritu de Qin Zhong regresara a su cuerpo. El moribundo dio un grito, entreabrió los párpados y vio a Baoyu a su lado.

—¿Por qué no has venido antes? —le preguntó con voz tenue—. Si hubieses tardado un poco más, ya no te habría visto.

Baoyu apretó la mano de su amigo y le preguntó entre lágrimas:

—¿Qué últimas palabras me dejas?

—Sólo éstas: cuando tú y yo nos conocimos nos consideramos por encima del común de los mortales, ¿te acuerdas? Ahora comprendo lo equivocados que estábamos. Deberías dedicarte en el futuro a hacerte un nombre por medio de los exámenes oficiales, a ganar distinciones…

Suspiró largamente y se abandonó en silencio al viaje definitivo.

CAPÍTULO XVII*

En el jardín de la Vista Sublime, la composición

de inscripciones pone a prueba el talento.

Los extraviados en el patio Rojo y Alegre exploran

un refugio solitario.

Dio la impresión de que el llanto de Baoyu por la muerte de Qin Zhong no tendría fin. Pasó mucho tiempo antes de que Li Gui y los demás lograran apaciguarlo, e incluso cuando estuvo de vuelta en su casa siguió sacudiéndolo el dolor. Sin contar varias docenas de taeles de plata para los gastos del funeral, la Anciana Dama hizo que preparasen un lote de ofrendas funerarias con las que su nieto acudió a dar el pésame y sumarse al duelo de la familia Qin. Siete días después del óbito tuvieron lugar los funerales y el entierro; aunque no necesitemos demorarnos en los detalles, diremos que Baoyu lloró y echó de menos a su amigo cada día, aunque tales demostraciones de dolor ya no remediaran nada.

Algún tiempo después Jia Zhen, acompañado de sus asistentes, anunció a Jia Zheng la culminación de los trabajos del nuevo jardín, y le informó de la inspección que ya había realizado Jia She.

—Todo está dispuesto para su inspección, tío —le dijo—. Podríamos modificar cualquier cosa que no sea de su agrado antes de que se compongan las inscripciones y los correspondientes poemas para los distintos puntos del jardín.

Jia Zheng meditó unos instantes y luego dijo:

—Las inscripciones son un problema, ciertamente. En principio deberíamos pedirle a la concubina imperial que nos haga el honor de componerlas ella misma, pero es obvio que no puede hacerlo sin conocer previamente el lugar. Por otra parte, si dejamos los diversos pabellones y parajes sin inscripción hasta su visita, entonces el jardín, con todas sus flores y rocas, sauces y arroyos, no mostrará todo su encanto.

—Sin duda es cierto, señor —respondieron a coro sus cultos acompañantes.

—Tengo una idea —dijo uno de ellos—. Las inscripciones de los parajes del jardín no pueden ser obviadas, pero tampoco fijadas definitivamente. ¿Por qué no preparar algunas y componer unos cuantos pareados provisionales para cada lugar? De momento podemos hacer que los pinten sobre faroles en forma de placas y rollos, y cuando Su Alteza se digne honrarnos con su visita podremos pedirle que decida cuáles son los más apropiados. Así se resolverá este dilema.

—Sensata idea —observó Jia Zheng—. Hoy mismo podríamos echar un vistazo e idear algunas. Si son adecuadas, se utilizarán; en caso contrario le pediremos a Jia Yucun que venga a echarnos una mano.

—Seguro que sus propias sugerencias serían excelentes, señor —respondieron—. ¿Para qué llamar a Yucun?

—A decir verdad, ni en mis años mozos fui bueno haciendo versos sobre flores, pájaros o paisajes; y ahora que me siento viejo y me abruman las tareas oficiales he perdido definitivamente el ánimo ligero que se precisa para las bellas letras. Doy por descontado que cualquier intento por mi parte resultaría tan lerdo y pedante que en vez de resaltar las bellezas del jardín serviría para lo contrario.

—No tema por eso —le insistieron sus secretarios—. Uniremos nuestros ingenios y después elegiremos las mejores sugerencias. Así resolveremos el problema.

—De acuerdo —accedió Jia Zheng—. Demos un paseo por el jardín aprovechando el buen día que hace.

Y poniéndose en pie encabezó el grupo mientras Jia Zhen se adelantaba para avisar de su llegada a los del jardín.

Resultó que Baoyu acababa de llegar al jardín, pues seguía sufriendo tanto por la muerte de Zhong que la Anciana Dama había ordenado a sus pajes que lo llevaran allí para que se distrajera.

Al verlo, Jia Zhen se acercó a él y le dijo en tono de broma:

—Viene el señor Zheng; más vale que desaparezcas.

Como un hilo de humo, Baoyu emprendió inmediatamente la huida seguido de su ama y sus pajes, pero al volver la esquina se dio de bruces con el grupo de su padre. Ante la imposibilidad de huir, Baoyu se apartó respetuosamente de su camino.

Ahora bien, no hacía mucho que Jia Zheng había oído al preceptor de Baoyu hablar en tono elogioso acerca de la capacidad del muchacho para componer pareados, comentando que a pesar de su escasa aplicación en el estudio mostraba una considerable originalidad en los ejercicios literarios. Ante el fortuito encuentro, Jia Zheng ordenó a su hijo que lo acompañase. Baoyu no tuvo más remedio que obedecer ignorando lo que su padre deseaba de él.

A la entrada del jardín encontraron a Jia Zhen con un grupo de mayordomos en formación.

—Cierren la puerta —ordenó Jia Zheng—. Veamos qué aspecto tiene desde el exterior.

Jia Zhen hizo cerrar la puerta y Jia Zheng inspeccionó el pabellón de entrada, una edificación con cinco secciones y un techo arqueado de tejas de media caña. Los dinteles y las celosías, finamente tallados con ingeniosos dibujos, no estaban pintados ni dorados; las paredes eran de ladrillo pulido de un color uniforme, y en las escalinatas de mármol blanco se apreciaban dibujos tallados de pasionarias. El impecable muro blanqueado del jardín, que se extendía a un lado y a otro, tenía en su base un mosaico de piedras atigradas. A Jia Zheng le complació la sencillez del conjunto y la ausencia de vana ostentación.

Hizo que volvieran a abrir la puerta, y entraron sólo para encontrar que una verde colina les impedía la visión. Los secretarios lanzaron una exclamación de aprecio por el detalle.

—De no ser por esta colina, uno abarcaría de un vistazo todo el jardín con sólo cruzar la puerta, lo que resultaría bastante insustancial —observó Jia Zheng.

—Sin duda —coreó la compañía—. Sólo un jardinero de gran talento puede haber concebido algo así.

Sobre el monte en miniatura distinguieron unas rocas blancas que semejaban monstruos y fieras, unos yacentes, otros rampantes, y todos tachonados de musgo o cubiertos de plantas trepadoras que casi ocultaban un sendero zigzagueante.

—Sigamos el sendero —decidió Jia Zheng—. A la vuelta saldremos por el otro lado, y así habremos recorrido todo el lugar.

Hizo que Jia Zhen se adelantase y él lo siguió por entre los peñascos apoyado en un hombro de Baoyu. De pronto vio, al levantar la vista, una roca blanca, pulida como la superficie de un espejo; era evidente que estaba destinada a ser el soporte de la primera inscripción.

—¡Alto, caballeros! —dijo sonriendo por encima del hombro—. ¿Cuál podría ser el nombre apropiado para este lugar?

—«Glauca Aglomeración» —dijo éste.

—«Cordillera Bordada» —dijo el otro.

—«Pico del Incensario»[1] —añadió el de más allá.

—«Zhongnan[2] en Miniatura.»

Así fueron apareciendo docenas de sugerencias que no pasaban de ser tópicos. Y es que los secretarios de Jia Zheng tenían plena conciencia de que éste deseaba poner a prueba el ingenio de su hijo. Baoyu también lo sabía, pero esperó a que su padre le exigiera su intervención. Cuando finalmente lo hizo, el joven respondió:

—He oído que los antiguos decían que una vieja cita supera un dicho original, y que es mejor pulir un viejo texto que grabar uno nuevo. Éste no es el promontorio central ni tampoco uno de los parajes principales; a mi entender merece una inscripción sólo porque es un primer paso hacia el resto del jardín. ¿Por qué no utilizar este verso de un antiguo poema: «Escondido sendero que conduce hasta un refugio solitario»? Sin duda un nombre así tendría mayor dignidad.

—¡Excelente! —alabaron los secretarios.

—Nuestro joven señor es sin duda muchísimo más ingenioso y brillante que unos pedantes sin fuste como nosotros.

—No sigan halagando al muchacho —protestó Jia Zheng sin poder evitar una sonrisa—. Sólo ha hecho un ridículo alarde de sus escasos conocimientos. Más tarde podremos pensar un nombre apropiado.

Y continuaron.

Pasaron por un túnel que desembocaba en una hondonada verde con espléndidos árboles y flores exóticas. En el rincón donde más se espesaban los árboles extendía sus márgenes un arroyo cristalino que luego se perdía entre las rocas.

Unos pasos más al norte, flanqueando un claro, se alzaban altos pabellones de vigas talladas y espléndidas balaustradas medio ocultas por los árboles. Al mirar abajo vieron un arroyo de cristal precipitándose en una cascada de nívea blancura, y unos escalones de piedra que descendían hasta una poza entre la niebla producida por la caída del agua. El conjunto, cercado por balaustradas de mármol, era salvado por un puente de piedra adornado con cabezas de bestias con las fauces abiertas. Sobre el puente, un pequeño pabellón en el que el grupo se sentó a descansar.

—¿Y cómo llamaremos a este lugar, caballeros? —preguntó Jia Zheng.

Uno de los secretarios:

—Propongo un verso de El pabellón del Viejo Borracho, de Ouyang Xiu[3]: «Un alado pabellón lo sobrevuela». ¿Por qué no llamarlo pabellón Alado?

—Delicioso nombre, sin duda —opinó Jia Zheng—. Pero como este pabellón está construido sobre una poza, su nombre debería contener alguna alusión al agua. Y ya que lo mencionas, Ouyang Xiu también alude a una fuente «derramándose entre dos picos». ¿No podríamos utilizar la palabra «derramado»?

—¡Evidente! —exclamó otro de los secretarios—. Jade que se Derrama sería un excelente nombre para el lugar.

Acariciándose pensativamente la barba, Jia Zheng se volvió hacia Baoyu para pedirle una sugerencia.

—Me parece bien lo que se acaba de decir, señor —contestó el muchacho—, pero si profundizamos un poco más en el asunto observaremos que aunque «derramado» sea un adjetivo adecuado para la fuente de Ouyang Xiu, que era llamada «El Manantial del Licor», sin embargo resulta poco apropiado para este lugar, que está destinado a ser residencia de la consorte imperial. Deberíamos emplear un lenguaje más cortesano en lugar de expresiones tan poco elegantes. Opino que debería pensarse en algo más sutil.

—¿Se dan cuenta, caballeros? —dijo Jia Zheng soltando una risita—. Cuando sugerimos algo original, él prefiere una vieja cita; ahora que empleamos una vieja cita, él la encuentra demasiado vulgar. Pues bien, ¿qué propones tú?

—¿No sería Fragancia que Rezuma un nombre más apropiado que Jade que se Derrama?

Jia Zheng volvió a tirarse de la barba asintiendo en silencio con la cabeza mientras los demás, ansiosos por complacerlo, se apresuraban a celebrar el notable talento de Baoyu.

—Bueno, bueno —dijo su padre—. Seleccionar dos caracteres para una tabla no es difícil. Veamos si te atreves con un pareado de siete caracteres.

Baoyu sé incorporó, miró en torno suyo buscando inspiración y por fin recitó:

Los sauces del dique prestan su verdor a las almadías.

En las dos orillas las flores expanden idéntico aroma.

Jia Zheng asintió con una leve sonrisa, que fue envuelta por un nuevo coro de alabanzas a su hijo.

Dejaron el pabellón, cruzaron el puente y continuaron su paseo admirando cada roca, promontorio, flor y árbol del camino, hasta que se toparon con los blancos muros de un hermoso refugio en un denso bosquecillo de frescos bambúes. Entraron en él entre exclamaciones de admiración.

Desde la puerta, un sendero techado zigzagueaba hasta unos escalones; al bajarlos, otro sendero, esta vez de lajas, conducía a una pequeña cabaña de tres aposentos en la que se entraba por una puerta situada en el aposento central. Los muebles habían sido fabricados especialmente para el lugar. En el cuarto interior se abría una portezuela que daba a un jardín trasero con un gran peral, un plátano de anchas hojas y dos pequeños patios laterales. Al fondo, por una hendidura de un pie de ancho, corría un arroyo que se precipitaba más allá de los escalones y del refugio y llegaba al patio delantero para, desde allí, alejarse serpenteando entre los bambúes.

—Qué rincón tan agradable. Quien tenga el privilegio de estudiar junto a esta ventana en una noche de luna no habrá vivido en vano —dijo Jia Zheng mirando de reojo a Baoyu, quien agachó los ojos confundido mientras los demás se apresuraban a cambiar de conversación.

—Aquí necesitamos una inscripción de cuatro caracteres —sugirió uno de los presentes.

—¿Qué cuatro caracteres? —preguntó Jia Zheng.

—Sombras del Río Qi[4].

—Está muy visto.

—¿Rastros del Jardín dé Sui[5]?

—Digo lo mismo.

—Que el primo Bao sugiera algo —propuso Jia Zhen.

—No vale la pena —objetó Jia Zheng—. Este insolente se dedica a criticar las sugerencias de los demás antes de hacer él mismo una.

—Pero sus observaciones son correctas. ¿Cómo puede decir que no valen la pena?

—No sigan adulándolo de esa manera —advirtió Jia Zheng a los miembros del grupo.

Y volviéndose a Baoyu:

—Hoy estamos dispuestos a tolerar tus desatinos, así que oiremos tus críticas antes que tus propuestas. Veamos, ¿alguna de las sugerencias de estos caballeros ha sido acertada?

—No, señor, ninguna me lo ha parecido —contestó Baoyu.

En el rostro de Jia Zheng apareció de nuevo una sonrisa sardónica.

—¿Y por qué no? —preguntó.

—Éste será el primer lugar en el que se detenga la visitante imperial; es un lugar apropiado para rendir homenaje a Su Alteza. Si lo que queremos es una inscripción de cuatro caracteres, hay muchas antiguas a las que podemos recurrir. ¿Para qué componer una nueva?

—¿Acaso el río Qi y el jardín de Sui no son alusiones clásicas?

—Sin duda, pero suenan demasiado forzadas. Propongo Donde se Posa el Fénix[6].

Esta vez el coro de elogios fue especialmente intenso mientras Jia Zheng asentía dándose delicados tirones de la barba.

—Ah, pequeño animal —dijo—. Escrutas el cielo mirándolo por un tubo y mides el mar con un calabacín. Tus juicios son lamentablemente limitados. Bien, oigamos ahora tu pareado.

Y Baoyu recitó:

Preparado ya el té, aún es verde el humo del precioso trípode.

Acabada ya la partida, aún están fríos los dedos junto al sereno ventanal.

—Tampoco lo mejora —dijo Jia Zheng meneando la cabeza.

Se disponía a seguir paseando con el grupo cuando una idea le vino a la cabeza, y volviéndose a Jia Zhen le dijo:

—En todos estos pabellones veo sillas y mesas, pero ¿dónde están las cortinas, visillos, adornos, curiosidades y cosas por el estilo? ¿Se han seleccionado objetos adecuados para cada lugar?

—Hemos traído un lote grande de ornamentos que se colocarán en el sitio adecuado a su debido tiempo —respondió Jia Zhen—. En cuanto a las cortinas y visillos, el primo Lian me dijo ayer que todavía no estaban listos. Al empezar las obras hicimos planos con las medidas exactas de cada lugar, y los enviamos para que empezasen la confección. Ayer estaba lista aproximadamente la mitad.

Como ignoraba los detalles, Jia Zheng mandó llamar a Jia Lian y le preguntó:

—¿Cuáles son los diversos objetos? ¿Cuáles están listos y cuáles no?

Jia Lian extrajo una lista de la bota, la consultó e informó:

—De las ciento veinte cortinas de satén bordado con dragones y colgaduras de brocado grandes y pequeñas con diversos dibujos y colores, ochenta fueron entregadas ayer y quedan cuarenta por entregar. Además también entregaron ayer doscientos visillos, y hay doscientas antepuertas de fieltro carmín, doscientas de bambú rojo laqueado con manchas de oro, doscientas de bambú negro laqueado, y doscientas tejidas con hilos multicolores de seda. De estas últimas tenemos ya aproximadamente la mitad, y el resto estará listo hacia el final del otoño. Luego están las cubiertas de las sillas, los manteles, los doseles y las cubiertas de los banquitos: tenemos mil doscientos de cada uno.

Mientras iban caminando y hablando, vieron unas colinas verdes que les cerraban el paso; al bordearlas divisaron unos muros de adobe marrón con albardillas de caña, y cientos de albaricoqueros cuajados de flores brillantes como ágiles llamas o nubes iluminadas por el sol. En el interior de ese recinto había varias cabañas con techo de paja alrededor de las cuales crecían tiernos retoños de mora, olmo, hibisco y espino de flor, cuyas ramas se habían entrelazado hasta formar una doble cerca verde tras la cual, al pie de la ladera, había un pozo de barro con su cabria. Desde allí, hasta donde llegaba la vista, la tierra se dividía en bancales donde se cultivaban legumbres diversas y flores de colza.

—Entiendo el sentido de este lugar —dijo Jia Zheng—. A pesar de ser artificial, su vista despierta la tentación de retirarse al campo. Entremos a descansar un rato.

Pero al disponerse a franquear la puerta de mimbre vieron junto al sendero una piedra lisa esperando una inscripción.

—¡Qué maravilla! —exclamaron asombrados—. Una placa sobre la puerta hubiera estropeado el sabor rústico del conjunto; en cambio esta piedra realza su encanto. Merecería acoger uno de los poemas de Fan Chengda[7] sobre la vida en el campo.

—Hagan sus sugerencias, caballeros —dijo Jia Zheng.

—Como acaba de decir su hijo, una vieja cita supera un dicho original —dijo uno de los secretarios—. Opino que los antiguos ya acuñaron el nombre apropiado para este lugar: Aldea de la Flor de Albaricoque.

—Por cierto, aunque este lugar es perfecto en todos los sentidos, le falta un letrero de taberna como el que usan en las del campo —objetó Jia Zheng volviéndose a Jia Zhen con una sonrisa—. Manda hacer uno para mañana mismo. Que no sea muy vistoso, y que lo cuelguen de una pértiga de bambú sujeta a la copa de un árbol.

Jia Zhen manifestó su acuerdo con la sugerencia de su tío, y luego opinó:

—Otras aves estarían de más en un sitio como éste, pero unos cuantos gansos, patos, gallinas y otras aves de corral no quedarían mal…

La propuesta recibió el beneplácito general. Jia Zheng anotó:

—Aldea de la Flor de Albaricoque es un nombre apropiado, pero ya ha sido utilizado. Tendríamos que encontrar otro más original.

—Cierto —respondieron los demás—. Hay qué encentrar otra cosa.

Sin darles tiempo a pensar, y sin esperar una señal de su padre, Baoyu exclamó:

—Hay un viejo poema que contiene el verso «Sobre albaricoqueros en flor, un letrero de taberna cuelga». ¿Por qué no llamarlo Taberna del Albaricoque a la Vista?

—La idea de aproximación que da ese «a la Vista» es soberbia —exclamaron—, y también sugiere la de Aldea de la Flor de Albaricoque.

—Bah, sería un nombre demasiado vulgar —sonrió Baoyu con desdén—. Un viejo poeta escribió: «La puerta de mimbre conduce a un arroyo fragante de flores de arroz». ¿Qué tal Aldea de la Fragancia del Arroz?

Los secretarios volvieron a subrayar con aplausos su aprobación, pero Jia Zheng los calló con un gesto severo.

—¡Mocoso ignorante! —dijo a Baoyu—. ¿A cuántos autores has leído y cuántos viejos poemas has memorizado para atreverte a hacer semejantes alardes ante tus mayores? Estoy soportando tus tonterías sólo para ponerte a prueba; no vayas a pensar que apruebo tus estupideces.

Dicho lo cual condujo al grupo al interior de una de las cabañas. Era un lugar sin ostentación, con ventanas de papel y asientos de madera. Secretamente complacido, miró a su hijo y le preguntó:

—Bien, ¿qué opinas de este lugar?

Los secretarios le daban a Baoyu discretos codazos para que expresara su aprobación, pero éste, ignorándolos, contestó:

—No se puede comparar con Donde se Posa el Fénix.

—¡Zopenco! —suspiró Jia Zheng—. Tu única preocupación son los pabellones rojos y las vigas decoradas. ¿Cómo puede un gusto perverso como el tuyo apreciar la belleza natural de un refugio tan sereno? He aquí las consecuencias de descuidar los estudios.

—Sin duda tiene usted razón, señor —añadió inmediatamente Baoyu—, pero me pregunto qué querían decir los antiguos cuando afirmaban de algo que era «natural».

Temerosos de que la terquedad del muchacho los pusiera a ellos en apuros, los secretarios intervinieron inmediatamente:

—Si tan claramente comprende tantas cosas, ¿qué dificultad entraña para usted, joven señor, la expresión «natural»? Es obvio que su sentido procede de «naturaleza», es decir, aquello en lo que no interviene el esfuerzo humano.

—Pues por eso mismo no lo entiendo, caballeros —objetó Baoyu—. He aquí una granja cuya presencia en este lugar es evidentemente un artificio. Este paraje se encuentra alejado de cualquier aldea, sin campos cercanos, sin cordillera a sus espaldas, regado por un arroyo huérfano de manantial; sobre él no planea la pagoda de algún templo medio escondido; a sus pies no hay ni la sombra de un puente que conduzca a un mercado; aislado como está, este paraje no tiene punto de comparación con los demás del jardín. Cuando los antiguos hablaban de un «cuadro natural» querían decir precisamente que cuando uno elige un lugar inadecuado para erigir colinas, el resultado siempre tiende a desentonar. Y no importa cuánta habilidad se haya puesto en el empeño.

—¡Fuera de aquí! —tronó Jia Zheng.

Pero cuando Baoyu se disponía a retirarse, su padre cambió de opinión:

—¡Espera! ¡Vuelve! Compón otro pareado, y si no resulta bueno te abofetearé por las dos cosas.

Y Baoyu recitó:

La crecida primaveral hace más verde el lugar donde se enría el cáñamo.

Nubes fragantes envuelven a los que cortan las ramas del laurel.

—¡Mal, mal, cada vez peor! —gruñó Jia Zheng meneando la cabeza mientras conducía al grupo fuera del lugar.

Desde allí el sendero bordeaba una ladera, cruzaba entre flores y sauces, rocas y manantiales, un emparrado de rosas amarillas, una glorieta de rosas blancas, un pabellón rodeado de peonías, un prado, un patio de rosas trepadoras y una orilla sembrada de plátanos. Súbitamente oyeron el murmullo de una fuente brotando de una caverna cuya entrada estaba cubierta de enredaderas. El lugar era delicioso, y así lo confirmaron todos. Jia Zheng pidió a la compañía que sugiriese una nueva inscripción.

—Nada más acorde con la belleza de este sitio que Fuente de Wuling[8] —dijo uno.

—Demasiado común —objetó Jia Zheng—. Además, ese nombre es también el de un paraje que existe en la realidad.

—Entonces, ¿por qué no Refugio del Hombre de Qin?

—Menos aún —intervino Baoyu—. ¿Cómo vamos a utilizar algo que implique una huida ante las tribulaciones? Sugiero Playa de Hierbas y Puerto Florido.

—Eso tiene menos sentido todavía —dijo Jia Zheng con tono de burla—. ¿Dónde están las barcas?

—Vamos a poner cuatro barcas para recoger lotos —confirmó Jia Zhen—, pero todavía no las han terminado.

—Lástima que no podamos cruzar —se lamentó Jia Zheng.

—Podemos dar un rodeo por el sendero que cruza las colinas —dijo Jia Zhen echando a andar a la cabeza del grupo.

Agarrándose a enredaderas y mientras ascendían, los demás lo siguieron. Con la altura fueron divisando flores muertas sobre la corriente, ahora más cristalina que nunca, que se precipitaba por un sinuoso curso flanqueado por sauces llorones y albaricoqueros ocultando el sol. En el aire no había ni una partícula de polvo. Entonces divisaron un puente arqueado de madera con barandillas rojas, tendido bajo la sombra de los sauces. Lo cruzaron, y al otro lado se encontraron ante varios senderos. Pero su atención quedó fijada en un airoso recinto de ladrillos pulidos y tejas impecables que, con su muro ornamental, ocupaba una de las laderas pequeñas de la colina principal.

—Esa edificación se ve aquí muy fuera de lugar —comentó Jia Zheng.

Pero al cruzar el umbral tropezó con unas rocas trabajadas por los elementos, altas y de todas las formas imaginables, que ocultaban la construcción que había visto un momento antes. En lugar de árboles y flores se encontró ahora con una profusión de extrañas plantas trepadoras y rastreras que atigraban las montañas artificiales, crecían entre las rocas, colgaban de los aleros, abrazaban las columnas y alfombraban los escalones. Algunas parecían flotar como cinturones verdes o bandas doradas; otras estaban cargadas de bayas rojas como el cinabrio, o de flores como el osmanto dorado, cuyo aroma penetrante nada tenía que ver con el de las flores ordinarias.

—¡Encantador! —exclamó Jia Zheng—. ¿Qué plantas son éstas?

—Higueras trepadoras y glicinias —le informó alguien.

—¿Y es suya esta extraña fragancia?

—No, no es suya —intervino Baoyu—. En este lugar hay higueras trepadoras y glicinias, ciertamente, pero el aroma procede de las serpentarias. Me parece que aquello es una cineraria, y aquello es malva y regaliz. Esa planta carmín es una ruda, y aquella verde una angélica. Muchas de estas plantas raras aparecen en el «Lisao» y en el Wen Xuan[9]. Son plantas con nombres como Huona Jiangqian, Lunzu Zijiang, Shifan, Shuisong y Fuliu, Lüyi, Danjiao, Miwu, Fenglian… Pero después de tantos siglos los estudiosos no pueden identificarlas, ya que tienen otros nombres…

—¿Quién ha pedido tu opinión? —atajó su padre.

Baoyu retrocedió nervioso y no dijo una palabra más.

A ambos lados del patio había senderos techados a través de uno de los cuales condujo Jia Zheng al grupo hasta una fresca galería dividida en cinco secciones, con terrazas igualmente techadas en los cuatro costados, ventanas pintadas de verde y paredes decoradas con mayor elegancia que todo lo que habían visto hasta ese momento.

—Aquí se podría beber té y tocar la cítara sin necesidad de quemar inciensos exóticos —dijo Jia Zheng con un suspiro—. Éste es un lugar inesperado. Necesitaremos una inscripción que le haga justicia, caballeros.

—¿Viento en las Orquídeas y Rocío sobre las Angélicas? —se aventuró uno.

—Supongo que no tenemos otra alternativa. ¿Y el pareado?

—Tengo uno —intervino otro—. Pero los demás deben corregirlo.

Y recitó:

Al atardecer, la fragancia de las orquídeas envuelve el patio.

A la luz de la luna, el aroma de los lirios flota sobre la isla.

—Muy bien —opinaron los demás—. Lo único que parece inapropiado es el atardecer.

El autor, en defensa de su atardecer, citó un antiguo poema que contenía el verso «Lloran en el crepúsculo los lirios del patio».

—Demasiado triste, demasiado triste.

Otro intervino:

—Señores, someto este otro pareado a su consideración.

Y recitó:

La brisa lleva por los tres senderos[10] la fragancia de las angélicas.

La luna ilumina en todo el patio el dorado de las orquídeas.

Dándose tironcitos de la barba, meditabundo, Jia Zheng parecía estar a punto de proponer él mismo un pareado cuando, al levantar la vista, vio a Baoyu, que ya no se atrevía a decir una palabra.

—¿Y? —le dijo con dureza—. Cuando te toca hablar, permaneces callado. ¿Acaso esperas que imploremos tus enseñanzas?

—Aquí no hay orquídeas ni luna, ni tampoco islas —contestó Baoyu—. Si lo que buscamos son pareados de ese tipo podríamos componer más de doscientos sin problema.

—¿Y quién te obliga a utilizar esas palabras?

—Pues entonces sugiero Puro Aroma de las Alpinias. Y el pareado:

La musa sigue siendo poderosa después de haber escrito bellos versos.

Perfumados serán los sueños si se duermen profundamente bajo los emparrados.

Jia Zheng se echó a reír.

—Eso lo has copiado del verso «Las letras siguen siendo verdes después de haber descrito las hojas del plátano». Es un plagio.

—Plagiar no es malo, siempre que se haga bien —replicaron los demás—. Hasta Li Bai plagió «El pabellón de la Grulla Amarilla»[11] para componer su «Torre del Fénix». Considerando cuidadosamente el pareado propuesto por su hijo, señor, descubrirá en él más vivacidad y poesía que en el original. Incluso parece que el otro pareado fuera un plagio del compuesto por el joven señor.

—¡Pamplinas! —dijo Jia Zheng sin poder evitar una sonrisa.

Dicho lo cual continuaron el paseo hasta llegar a unos altos pabellones rodeados por magníficos edificios conectados entre sí por serpenteantes pasajes. Verdes pinos rozaban los aleros, balaustradas blancas flanqueaban las escalinatas, las figuras de animales relumbraban como el oro y las cabezas de dragones fulguraban con mil colores.

—Éste debe ser el enclave principal —comentó Jia Zheng—. Su único defecto es el exceso de lujo.

—Eso es inevitable —razonó la compañía—. Aunque a Su Alteza le complace la frugalidad, este esplendor es el que corresponde a su elevado rango actual.

Ya estaban bajo un arco de mármol finamente tallado con dragones rampantes y serpientes enroscadas.

—¿Qué inscribiremos aquí? —preguntó Jia Zheng.

—¿Paraíso de Penglai[12]?

Jia Zheng sacudió la cabeza sin contestar.

Baoyu, por su parte, se sentía extrañamente conmovido ante la visión de aquel paraje, como si ya lo hubiera visto antes. Cuando le fue reclamada una inscripción para el lugar, la desazón le impidió abandonar sus pensamientos. Ignorantes del estado de ánimo del muchacho, los demás supusieron que su ingenio se agotaba y que se encontraba fatigado por el largo paseo, y temerosos de que una excesiva presión tuviera consecuencias desastrosas pidieron a su padre que le concediera un día de plazo.

Jia Zheng, consciente de que la tardanza del muchacho podía tener preocupada a su abuela, le dijo con una sonrisa irónica:

—¡Así que también a ti te faltan a veces las palabras, bribón! Pues bien, te concedo hasta mañana. Pero cuídate como no hayas encontrado para entonces una inscripción. Éste es el lugar más importante del jardín, de modo que esmérate.

Continuaron con la ronda de inspección, y un poco más allá apareció un sirviente anunciando la llegada de un recado de Yucun.

—No tenemos tiempo de ver los demás lugares —dijo Jia Zheng—, pero saliendo por el otro lado nos haremos al menos una idea general.

Dicho lo cual condujo al grupo hasta un gran puente que cruzaba los vítreos cortinajes de una cascada. Este puente era la compuerta por la que entraba el agua desde el exterior. Jia Zheng pidió que se le diera un nombre.

—Ya que ésta es la fuente del Río de la Fragancia que Rezuma, podríamos llamar a este lugar Compuerta de la Fragancia que Rezuma —sugirió Baoyu.

—¡Tonterías! —dijo su padre—. Nada de «Fragancia que Rezuma».

Y así fueron pasando por serenos refugios y cabañas techadas con paja, muros de piedra y pérgolas floridas, un templo retirado entre colinas y un convento medio oculto por la fronda, largos corredores techados, grutas serpenteantes, pabellones cuadrados y quioscos redondos, sin entrar en ninguno de estos lugares. El paseo se había alargado tanto que empezaron a dolerles los pies y se sintieron cansados. Llegaron a un pabellón y Jia Zheng dijo:

—Descansemos aquí un poco.

Pasaron entre melocotoneros en flor y cruzaron un portón en forma de luna, hecho de bambú, por el que trepaban enredaderas en flor. Allí encontraron unas paredes blanqueadas y verdes sauces. A lo largo de las paredes corrían cobertizos, y el roquedal del centro del patio tenía a un lado plátanos y al otro un manzano silvestre con flores de abundantes pétalos rojos, ramas dispuestas en forma de sombrilla, lánguidos zarcillos verdes y pétalos rojos como el cinabrio.

—¡Qué maravilla de flores! —exclamaron—. Nunca las hemos visto tan espléndidas.

—Ésta es una variedad extranjera llamada Manzana Doncella —les dijo Jia Zheng señalando una—. Según la tradición, procede del País de las Doncellas[13], donde florece con profusión. Pero no pasa de ser una conseja de viejas.

—Y si es así, ¿cómo llegó hasta nosotros el nombre? —preguntaron.

—Es probable que el nombre «doncella» haya sido puesto por algún poeta —observó Baoyu—, pues esta flor tiene el rojo de las mejillas coloreadas y la fragilidad de una muchacha enfermiza. Luego, seguramente, algún bruto inventó esa historia y los ignorantes, con el tiempo, acabaron dándole crédito.

—Explicación plausible —acotaron los demás.

Tomaron asiento sobre unos bancos del corredor, donde Jia Zheng pidió otra inscripción.

—Plátanos y Cigüeñas —sugirió uno.

—Esplendor Poderoso y Tembloroso Fulgor —dijo otro.

Jia Zheng y los demás aprobaron las sugerencias; también lo hizo Baoyu que, sin embargo, objetó:

—Pero sería una lástima…

—¿El qué? —preguntaron a coro.

—El plátano y las manzanas silvestres sugieren el rojo y el verde. Sería una lástima referirse a uno y no al otro.

—¿Qué sugieres entonces? —le preguntó su padre.

—Algo como Fragancia Roja y Jade Verde señalaría el encanto de ambos, me parece.

—¡Demasiado flojo! —opinó Jia Zheng sacudiendo la cabeza.

Dicho lo cual, se dirigió seguido del grupo hacia el edificio, que tenía una disposición extraña, sin divisiones claras entre los diversos cuartos. Sólo había tabiques formados por estantes de libros, trípodes de bronce, materiales de escritura, floreros con dibujos de jardines en miniatura, unos redondos, otros cuadrados, otros con forma de girasol, hojas de plátano o intersecciones de arcos. Tenían bellísimos relieves con motivos tales como «las nubes y los cien murciélagos[14]» o «los tres compañeros del invierno» —pino, ciruelo y bambú—, así como paisajes y figuras, pájaros y flores, volutas, imitaciones de objetos curiosos y símbolos de buena fortuna y longevidad, todos ellos realizados por los mejores maestros, con colores brillantes e incrustaciones de oro y piedras preciosas. El efecto era espléndido; la calidad del trabajo, exquisita. Aquí una franja de gasa multicolor cubría una pequeña ventana, allá una espléndida cortina escondía una puerta. También había en las paredes hornacinas para las antigüedades, liras, espadas, jarrones y otros adornos, que colgaban sin sujeción aparente. La perplejidad y la admiración del grupo por el trabajo de los artesanos no tuvieron límite.

Cruzaron dos tabiques. Y se extraviaron.

A su izquierda vieron dos puertas, y una ventana a su derecha; pero cuando quisieron avanzar, el pasadizo estaba bloqueado por una estantería de libros. Volviéndose, vieron el camino a través de otra ventana, pero al llegar a la puerta se tropezaron con un grupo idéntico al suyo, una inversión de su propia imagen; en realidad estaban contemplando un gran espejo. Lo sortearon y franquearon nuevos umbrales.

—Por aquí, señor —indicó Jia Zhen con una sonrisa—. Permítame llevarlo de vuelta al patio trasero por un atajo.

Les hizo pasar frente a dos biombos de gasa hasta un patio emparrado de rosas. Al pasar junto a la cerca, Baoyu vio ante él un arroyo. Todos exclamaron atónitos:

—¿De dónde viene el agua?

Por toda respuesta, Jia Zhen señaló un punto lejano.

—Llega desde aquella compuerta que vimos en la hondonada —dijo—, luego pasa del valle del nordeste a la pequeña granja, donde una parte del caudal es desviada hacia el sudoeste. Allí se unen ambas corrientes y salen por debajo del muro.

—¡Maravilloso!

Entonces apareció frente a ellos otra colina, y perdieron por completo el sentido de la orientación.

Pero el risueño Jia Zhen les pidió que lo siguieran, y apenas hubieron bordeado la falda de la colina se encontraron sobre un sendero liso, no muy alejado de la entrada principal.

—¡Qué divertido! —exclamaron—. ¡Realmente ingenioso!

Y salieron del jardín.

Baoyu estaba deseando volver con las muchachas, pero al no haber obtenido un gesto de su padre en ese sentido tuvo que seguir sus pasos hasta el gabinete de estudio. De pronto Jia Zheng se acordó de su presencia.

—¿Qué haces aquí todavía? —tronó—. ¿Todavía no has vagabundeado bastante? La Anciana Dama debe estar preocupada. Desperdicia su amor contigo. Anda, lárgate rápido.

Y por fin Baoyu pudo retirarse.

* En su origen, este capítulo y el siguiente estaban unidos con el título: «En el jardín de la Vista Sublime, la composición de inscripciones pone a prueba el talento. / Durante la fiesta de los Faroles, Yuanchun visita a sus parientes». Más tarde fueron divididos en dos para facilitar la lectura o mantener el equilibrio con el resto de los capítulos.

En algunas versiones aparecen, encabezando estos dos capítulos, los versos siguientes:

El lujo provoca envidia,

pero duele la separación.

Aunque ganó fama vacía,

quién conoce su aflicción.

CAPÍTULO XVIII

Durante la fiesta de los Faroles,

Yuanchun visita a sus padres.

Daiyu ayuda a su verdadero amor

pasándole un poema.

En cuánto pudo salir del gabinete de estudio, Baoyu echó a correr atravesando el patio, pero los pajes de su padre se abalanzaron sobre él reteniéndolo por la cintura.

—Suerte ha tenido de que el señor estuviese hoy de buen humor —le dijeron—. La Anciana Dama envió varias veces a preguntar cómo iban las cosas. Debería agradecernos que le hayamos dicho que su padre estaba muy orgulloso de usted; si no lo hubiéramos hecho, ella habría requerido su presencia inmediatamente y usted no habría tenido oportunidad de desplegar su talento. Todos han dicho que sus poemas fueron los mejores. Hoy es su día de suerte, así que nos merecemos una recompensa.

—Habrá una sarta de monedas para cada uno —prometió.

—¿A quién le impresiona una sarta de monedas? —exclamó uno—. Regálenos su bolsa.

Y sin decir «con el permiso de usted» lo despojaron de su bolsa perfumada, su estuche de abanico y otros adornos que llevaba colgando del cinturón.

—¡Ahora lo acompañaremos de regreso! —gritaron.

Uno de los pajes se lo echó a las espaldas y los demás, en tropel, sirvieron de escolta. Así llegaron a los patios exteriores del recinto de la Anciana Dama.

Como, en efecto, la anciana había enviado varias veces a preguntar cómo le iba a su nieto en el paseo por el jardín, su entrada le complació mucho; el muchacho volvía fortalecido por la experiencia.

Al ofrecerle el té, Xiren notó que no le quedaba ni uno de los colgantes de su cinturón.

—Así que esos truhanes lo han vuelto a desplumar… —comentó con una sonrisa.

Daiyu se acercó a comprobar la observación de Xiren. Y por cierto, a Baoyu no le quedaba nada.

—¡Y también les has dado la bolsa que te regalé! —exclamó—. ¡Puedes estar seguro de que no volverás a recibir otra cosa de mis manos!

Dicho lo cual regresó airada a su cuarto, cogió unas tijeras y, furiosa, se puso a cortar en tiras una bolsita de polvo perfumado que Baoyu le había pedido que confeccionase para él.

Al verla tan furiosa, Baoyu comprendió que algo andaba mal y corrió tras ella. Demasiado tarde. A pesar de que la bolsita no estaba aún terminada, el finísimo bordado que lucía era un fiel testimonio del trabajo de la muchacha; por eso a Baoyu le molestó verlo destruido sin motivo alguno. Abriéndose el cuello del vestido extrajo una bolsita que llevaba colgando de su túnica roja.

—¿Y esto qué es? —preguntó, mostrándosela a Daiyu—. ¿Cuándo le he dado yo algo tuyo a otra persona?

Cuando Daiyu comprendió que él apreciaba tanto su regalo que lo mantenía a buen recaudo, se arrepintió de su precipitación y agachó la cabeza sin decir nada.

—¡No tenías por qué haberlo hecho trizas! —le reprochó Baoyu—. Puesto que ahora sé que no te gusta darme nada, ahí tienes también esto.

Y le lanzó la bolsa sobre el regazo.

Ahogándose de rabia, Daiyu se echó a llorar. Tomó la bolsita y blandió las tijeras con la intención de reducirla también a tiras, pero Baoyu, que ya se había dado la vuelta para irse, se abalanzó sobre ella diciéndole:

—¡No, prima, primita, no hagas lo mismo con ésta!

Ella dejó las tijeras para enjugarse las lágrimas y le dijo:

—¿Por qué te comportas así conmigo, amable un momento y cruel al siguiente? Déjame en paz. No puedes tratarme de esta manera.

Y se echó llorando sobre su cama, con el rostro vuelto hada la pared, tratando de secar sus ojos anegados. Pero no podía resistir las disculpas de Baoyu, que la llamaba una y otra vez «prima, primita, primita mía».

Mientras tanto, la Anciana Dama había estado preguntando por el paradero de Baoyu, y al enterarse de que estaba con Daiyu dijo:

—Bien. Que se diviertan juntos un rato. Después de haber pasado tanto tiempo bajo la mirada vigilante de su padre necesita un poco de tranquilidad. Pero cuidad que no riñan. No debéis excitarlo.

Como no podía librarse de Baoyu, Daiyu se incorporó.

—Ya que te niegas a dejarme tranquila, me voy —declaró.

Cuando se disponía a salir, él le dijo sonriente:

—A donde vayas, iré contigo. —Y mientras hablaba se colgó la bolsita de nuevo.

Daiyu intentó quitárselo de encima refunfuñando.

—Primero dices que no la quieres, y ahora te la vuelves a guardar. Me avergüenzas —dijo con una risita.

—Primita, hazme otra bolsa mañana.

—Ya veremos.

Desde allí fueron juntos a los aposentos de la dama Wang, donde se encontraron con Baochai. Hacía un momento que habían llegado las doce jóvenes actrices que Jia Qiang había traído de Suzhou, los instructores que había contratado y el vestuario de las óperas que iban a ser representadas. Todo producía la impresión de una excitación generalizada.

La tía Xue se había mudado a unos aposentos tranquilos y retirados en la parte nordeste de la finca, y el patio de los Perales Fragantes había sido acondicionado para los ensayos. El cuidado de las pequeñas actrices se había encargado a algunas sirvientas de la familia que en otro tiempo habían sido adiestradas para cantar ópera, y que ahora eran venerables matronas; Jia Qiang fue encargado de sus gastos diarios y de proveerlas de cualquier cosa que pudiesen necesitar.

En ese preciso momento llegó la esposa de Lin Zhixiao.

—Ya han llegado las veinticuatro monjitas, doce budistas y doce taoístas, que he traído, y sus veinticuatro hábitos nuevos ya están listos. Viene también esa chica que ha tomado los hábitos sin afeitarse la cabeza; procede de una familia de letrados y funcionarios de Suzhou. De niña tuvo una salud muy delicada y de nada sirvió comprarle novicias que la sustituyeran[1]: su salud no mejoró hasta que ella misma ingresó en la orden budista y se convirtió en hermana laica. Este año cumple los dieciocho y ha tomado los votos con el nombre de Miaoyu. Sus padres han muerto y sólo tiene dos viejas amas y una sirvienta que cuidan de ella. Es muy leída y versada en sutras, y además muy bonita. El año pasado vino a la capital, enterada de que aquí había reliquias de Guanyin[2] y cánones escritos en hojas de pattra. Ha estado viviendo en el convento de Sakyamuni, al otro lado de la puerta del oeste. Su tutora fue una excelente adivina que murió el invierno pasado. Miaoyu quiso acompañar el ataúd hasta su provincia natal, pero en su lecho de muerte su tutora pidió a la chica que no volviese a casa y que permaneciera donde estaba, aguardando algo que le había deparado la fortuna. Y así lo hizo la muchacha.

—¿Y por qué no le pedimos que venga aquí? —preguntó la dama Wang.

—No aceptaría —objetó la esposa de Lin Zhixiao—. Temería ser mirada por encima del hombro por una noble familia como ésta.

—Una joven que procede de familia de funcionarios es, naturalmente, orgullosa —asintió la dama Wang—. ¿Y si le enviamos una invitación por escrito?

La esposa de Lin Zhixiao manifestó su acuerdo y partió. A uno de los secretarios se le ordenó que redactara una invitación, y al día siguiente partieron un carruaje y una silla de manos con criados para traer a Miaoyu. Pero dejemos para más tarde lo que ocurrió con este asunto.

Llegó un criado a pedirle a Xifeng que abriese el almacén y autorizase la salida de la seda que necesitaban los artesanos que estaban confeccionando los biombos. Otro le pidió que guardase los utensilios de oro y plata. Mientras tanto, la dama Wang y sus doncellas atendían también sus ocupaciones.

En medio de aquel trajín, Baochai sugirió:

—No nos quedemos aquí, donde lo único que hacemos es molestar. Vayamos en busca de Tanchun.

Y condujo a Baoyu y Daiyu a los aposentos de Yingchun y las demás muchachas para dejar pasar el tiempo.

La dama Wang y sus ayudantes habían pasado días de agitadísimos preparativos, hasta que, hacia el final del décimo mes, todo estuvo preparado. Los mayordomos ya habían entregado sus cuentas, y también habían sido dispuestos los objetos preciosos y las antigüedades; los parques estaban poblados de grullas, pavos reales, venados, conejos, pollos y gansos que serían criados en los sitios convenientes. Jia Qiang ya tenía listas veinte óperas, y las pequeñas monjas budistas y taoístas habían memorizado diversos conjuros y pequeños sutras.

Jia Zheng, que ya estaba más tranquilo, invitó a la Anciana Dama a una inspección final del jardín para cuidar de que todo estuviese en orden y nada cayera en el olvido. Se eligió una fecha propicia y redactó un memorial al cual el Hijo del Cielo[3] tuvo acceso el mismo día de su presentación. La concubina imperial sería autorizada a visitar a sus padres durante la fiesta de los Faroles, el día quince del primer mes del año siguiente[4]. La noticia causó tal conmoción en toda la casa que las tareas diurnas y nocturnas casi les impidieron celebrar el Año Nuevo.

La fiesta de los Faroles ya estaba a la vuelta de la esquina. El día ocho del primer mes del año llegaron de palacio unos eunucos para realizar una inspección general del jardín y de los aposentos donde se mudaría de ropa la concubina imperial, se sentaría con su familia, recibiría su homenaje, atendería a sus parientes y se retiraría a reposar. Los eunucos encargados de la seguridad apostaron a otros más jóvenes como guardias frente a las entradas de biombos y cortinas que conducían a los cuartos privados. Los miembros de la servidumbre de la casa recibieron instrucciones detalladas acerca de dónde retirarse, dónde hincarse de rodillas, servir la comida o traer recados: todos los requisitos del protocolo debían ser observados con exactitud. Los funcionarios de la Junta de Obras y el jefe de la guardia metropolitana hicieron barrer las calles y las despejaron de vagabundos. Jia She supervisó el trabajo de los artesanos que hacían lámparas ornamentales y preparaban los fuegos artificiales. El día catorce todo estuvo listo, pero aquella noche nadie, humilde o encumbrado, pudo conciliar el sueño.

Al día siguiente, antes del alba, todos los que tenían rango oficial, de la Anciana Dama para abajo, se enfundaron el traje ceremonial completo. Por todo el jardín se veían colgaduras y biombos brillantemente bordados con dragones danzantes y fénix voladores; el oro y la plata relumbraban, trémulas vibraban las perlas y piedras preciosas; un incienso de lirio ardía en los trípodes de bronce, y los jarrones rebosaban de flores frescas. Ni una tos interrumpía el solemne silencio.

Jia She y el resto de hombres esperaron fuera, en la entrada de la calle oeste, y la Anciana Dama y las mujeres hicieron lo propio frente al portón principal delantero. Los extremos de la calle y los pasajes que conducían al portón principal habían sido cegados con biombos.

Ya empezaba a fatigarles la espera cuando llegó un eunuco cabalgando sobre un enorme caballo. La Anciana Dama le hizo pasar y le pidió noticias.

—Todavía tardará un buen rato —informó el eunuco—. Su Alteza almorzará a la una; a las dos y media rezará ante el buda del palacio del Espíritu Precioso; a las cinco acudirá al banquete del palacio del Gran Esplendor y presenciará la exhibición de faroles antes de solicitar el permiso del emperador para venir. Le será difícil salir antes de las siete.

Ante la perspectiva, Xifeng sugirió a la Anciana Dama y a la dama Wang que entraran a descansar y volvieran más tarde.

La anciana y las demás se retiraron mientras Xifeng, que había quedado encargada de todo, ordenaba a los mayordomos que condujeran a los eunucos donde pudieran tomar un refrigerio. Luego hizo traer velas para los faroles. Cuando estuvieron encendidos se escuchó en la calle un estrépito de cascos, y al momento vieron aparecer jadeando a diez o más eunucos que iban batiendo palmas mientras corrían. Al observar aquella señal, los otros eunucos exclamaron:

—¡Llega Su Alteza!

Todos ocuparon inmediatamente sus puestos: Jia She y los jóvenes de la familia, en la entrada de la calle oeste; la Anciana Dama con las mujeres frente al portón principal, todos en silencio durante un largo rato.

Entonces, parsimoniosamente, se acercaron hasta la entrada de la calle oeste dos eunucos uniformados de escarlata. Desmontaron de los caballos, los situaron detrás de los biombos y, dirigiendo sus rostros hacia el este, aguardaron impávidos. Un momento después aparecieron otros dos, luego otros y otros, hasta que hubo diez pares de eunucos alineados. En la lejanía empezó a oírse una música suave.

Se aproximaba un largo cortejo. Varios pares de eunucos portaban banderolas con dragones; otros, abanicos de fénix, plumas de faisán o insignias ceremoniales, así como turíbulos de oro en donde ardía el incienso imperial. Después hizo su aparición una sombrilla amarilla[5] de mango curvo sobre la que iban bordados siete fénix; a su sombra avanzaban un tocado, una manta, una faja y unas chinelas. Luego venían más eunucos portando un rosario, pañuelos bordados, una palangana, espantamoscas y otros utensilios similares.

Por fin, lentamente porteado por ocho eunucos, avanzó un palanquín con palio de oro y figuras de fénix bordadas.

Todos los reunidos, incluida la Anciana Dama, cayeron de rodillas junto al camino. Los eunucos se apresuraron a levantar a la anciana y a las damas Xing y Wang.

El palanquín cruzó el portón principal y llegó hasta la entrada del patio oriental, donde un eunuco provisto de un espantamoscas se arrodilló e invitó a la concubina imperial a apearse y cambiarse de ropa. Luego el palanquín fue llevado adentro y los eunucos se retiraron. Yuanchun se apeó, ayudada por sus damas de compañía.

Observó que los patios estaban iluminadísimos con faroles ornamentales de todo tipo, exquisitamente confeccionados con las más finas gasas. El más alto, un farol rectangular, lucía la inscripción: «Grávida de Favor, Cálida de Amabilidad».

Yuanchun entró en uno de los cuartos y se cambió de ropa; luego volvió a subir al palanquín y la llevaron hasta el jardín. El perfumado humo del incienso adensaba el aire, las flores estaban espléndidas, fulguraba una miríada de faroles y se escuchaban suaves acordes musicales. Faltan palabras para describir aquella escena de serena magnificencia y noble refinamiento.

Llegados a este punto, amables lectores, recuerdo la desolación del pie del Pico de la Cresta Azul, en la Montaña de la Inmensa Soledad, y no puedo sino agradecer al bonzo tiñoso y al taoísta cojo que me hayan traído a este lugar. ¿Pues de qué otro modo habría tenido acceso a semejante visión? Incluso estuve tentado de rendirle homenaje a la familia escribiendo un poema o un panegírico para un farol, pero me contuve, temeroso de caer en la vulgaridad de otros libros. Por otra parte, una oda o un panegírico habrían hecho escasa justicia al encanto de la escena. Además, no escribiéndolos dejo a mis dignos lectores libertad para que imaginen por sí mismos tanto esplendor. Más me vale, en definitiva, ahorrar tiempo y papel, dejar ya esta digresión y retornar a nuestra historia.

Al contemplar desde su palanquín el deslumbrante espectáculo de dentro y fuera del jardín, la concubina imperial suspiró y dijo:

—¡Esto es excesivamente suntuoso!

Un eunuco que llevaba un espantamoscas se le acercó y le rogó que subiera a una barca. Al apearse del palanquín vio un límpido riachuelo cuyos meandros le daban un aire de dragón nadando. Faroles de cristal o vidrio con mil formas proyectaban una luz plateada, clara como la nieve, desde las balaustradas de mármol de las orillas. En lo alto, las ramas invernales de los sauces y los albaricoqueros estaban festoneadas con flores y hojas artificiales hechas de seda y papel de arroz, y de cada árbol colgaban nuevos faroles. Igualmente adorables eran las flores de loto, las lentejas de agua y las aves acuáticas confeccionadas con plumas y conchas que flotaban sobre el lago. A la orilla del lago y en sus profundidades, los faroles parecían competir en la entrega de su luz. ¡Era en verdad un mundo de cristal y piedras preciosas! También las barcas eran espléndidas, con sus faroles, sus exóticos jardines en miniatura, sus antepuertas de perlas, sus cortinas bordadas, sus timones de cañafístula y sus remos de madera aromática. No necesitamos describirlos con mayor detalle.

Entretanto, habían llegado a un embarcadero de mármol. La inscripción del farol que lo coronaba decía así: «Playa de Hierbas y Puerto Florido».

En relación a este nombre, dignos lectores, y a otros como «Donde se Posa el Fénix», recordarán que ya los vimos en el capítulo anterior cuando Jia Zheng puso a prueba el talento literario de Baoyu. Quizá se extrañen de encontrarlos ahora figurando ya como inscripciones. Después de todo, los Jia eran una familia instruida cuyos amigos y protegidos eran gente dotada; más aún, no les hubiera sido difícil encontrar autores de renombre que compusieran las inscripciones. Entonces, ¿por qué acudir a frases pergeñadas por un muchacho? ¿Eran acaso como esos nuevos ricos que dilapidan el dinero como si fuese polvo, y que después de pintar su mansión de carmesí levantan inmensas inscripciones del tipo «Sauces Verdes y Cerraduras Doradas Frente al Portón», «Colinas Azules como Biombos Bordados detrás de la Casa», y encima las consideran el colmo de la elegancia? ¿Es ése el estilo de la familia Jia que aparece en estas Memorias de una roca? ¿Nos encontramos ante un contrasentido? Permitan, permitan que yo mismo, aun en mi estupidez, les explique la situación.

Antes de ingresar en palacio, la concubina imperial había sido criada por la Anciana Dama desde su más tierna infancia. Tras el nacimiento de Baoyu, Yuanchun se convirtió en su hermana mayor y él en su hermano menor; el hecho de que su madre tuviera ya una cierta edad cuando lo trajo al mundo, había hecho que lo amara más que a sus otros hermanos y que le prodigara todo tipo de cuidados. Los dos hermanos permanecieron junto a su abuela y fueron inseparables. Incluso antes de que Baoyu empezara a asistir a la escuela, cuando apenas tenía cuatro años, Yuanchun le enseñó a recitar varios textos y a reconocer varios miles de caracteres. Más parecía una madre que una hermana mayor. Ya en palacio, escribía repetidas cartas a sus padres pidiéndoles que lo educaran bien, pues sin una estricta disciplina nunca llegaría a ser nada en la vida; ahora bien —insistía— si lo trataban duramente también podría llegar a ser fuente de inquietudes. Nunca había dejado de preocuparse amorosamente por él.

Por otra parte, antes de la experiencia del jardín Jia Zheng nunca había prestado oídos al preceptor de Baoyu cuando le decía que su hijo tenía dotes literarias, pero cuando el jardín estuvo listo para la inspección final exigió al muchacho, con el fin de ponerlo a prueba, inscripciones adecuadas. A pesar de que los esfuerzos infantiles de Baoyu distaban mucho de ser inspirados, eran al menos aceptables. La familia no habría tenido dificultades para conseguir la ayuda de famosos hombres de letras, pero les pareció que los nombres elegidos por un miembro de la familia tendrían un interés especial; además, cuando la concubina imperial supiera que eran obra de su adorado hermano menor, sentiría sin duda que sus expectativas no habían sido defraudadas. Por todo ello, fueron adoptadas las inscripciones de Baoyu. No todas habían sido determinadas el día del paseo; algunas las presentó más tarde. Pero dejemos ya este asunto.

Cuando la concubina imperial vio la inscripción «Playa de Hierbas y Puerto Florido» comentó con una sonrisa:

—«Puerto Florido» es suficiente. ¿Por qué también «Playa de Hierbas»?

Apenas el eunuco hubo oído la observación de Yuanchun desembarcó con presteza y corrió a informar a Jia Zheng del comentario de la concubina. Jia Zheng ordenó que se modificara inmediatamente la inscripción.

El bote de la concubina imperial ya había alcanzado la otra orilla, y ella volvió a subir a su palanquín. Ahora, ante ella se extendía el bello salón de un recinto imponente. El arco de acceso lucía la inscripción «Espejo Precioso de los Inmortales del Cielo». Inmediatamente hizo que le cambiaran el nombre por el de «Villa de la Reunión Familiar».

Al entrar en el palacio vio en el patio unas antorchas llameando al cielo, incienso en polvo esparcido por tierra, árboles flamígeros, flores de jaspe, ventanas doradas y barandas de jade; y en el interior cortinas finísimas como antenas de camarón, alfombras de piel de nutria, almizcle ardiendo en los trípodes y abanicos de plumas de faisán. En verdad se trataba de

Puertas de jade, ventanas doradas, morada de los dioses e inmortales.

Palacio de osmanto, alcázar de orquídeas, mansión de la consorte imperial.

Yuanchun miró a su alrededor y preguntó:

—¿Y por qué no tiene nombre este lugar?

El eunuco que la acompañaba cayó de rodillas.

—Porque éste es el palacio principal —dijo—. Nadie ajeno a la corte se atrevió a sugerir un nombre.

Ella asintió con la cabeza y no dijo nada.

Otro eunuco, el maestro de ceremonias, cayó también de rodillas y le suplicó que tomara asiento en un sillón ceremonial para recibir el homenaje de su familia. Al son de una música que se ejecutaba a ambos lados de la escalinata, Jia She y los hombres de la familia fueron conducidos por dos eunucos para que se alinearan al pie de la plataforma, pero cuando una dama de compañía transmitió la orden de la concubina imperial para que se obviara esa ceremonia, todos se retiraron. Entonces la Anciana Dama de la mansión Rong y los demás parientes fueron conducidos por los escalones del este hasta el dosel para que presentaran su homenaje, pero también se les dispensó de esta ceremonia y volvieron fuera.

Acabado el tercer servicio de té, Yuanchun descendió del trono, cesó la música y marchó a cambiarse de ropa en un cuarto lateral. Entretanto, había sido dispuesto un carruaje que la conduciría fuera del jardín a visitar a sus padres.

Primero se dirigió a la sala de recepción de la Anciana Dama a presentar sus respetos a la dueña de la casa, pero, antes de que pudiera hacerlo, su abuela y las demás se hincaron de rodillas para impedírselo. Los ojos de la concubina imperial se llenaron de lágrimas mientras su familia se acercaba a ella para darle la bienvenida.

Apretó las manos de su abuela y de su madre, y los corazones de las tres se colmaron impidiéndoles articular palabra. Sólo se escuchaban sollozos. También la dama Xing, Li Wan, Xifeng, y las primas de la concubina, Yingchun, Tanchun y Xichun, sollozaban quedamente a su lado. Finalmente la concubina imperial controló su dolor y forzó una sonrisa para tratar de consolarlas.

—Desde que fui enviada a ese lugar donde no puedo ver a nadie, no ha sido fácil conseguir una oportunidad para volver a casa y veros de nuevo —dijo—. Y ahora, en vez de charlar y reír, nos echamos a llorar; pronto me iré y quién sabe cuándo podré volver.

Dicho lo cual se echó a llorar otra vez.

La dama Xing y las demás se esforzaron en consolarla, y la Anciana Dama le pidió que se sentara. Así lo hizo Yuanchun, y comenzó otra ronda de amabilidades y lágrimas. Los mayordomos y criados de las dos mansiones presentaron sus respetos desde la puerta, al igual que sus esposas y las doncellas.

Al concluir la ceremonia, Yuanchun preguntó por qué no estaban allí la tía Xue, Baochai y Daiyu.

La dama Wang le explicó que no querían parecer presuntuosas, puesto que no eran miembros de la familia Jia ni tenían rango oficial.

La concubina imperial pidió que fueran inmediatamente llamadas a su presencia, y ya se disponían a rendir homenaje de acuerdo con la etiqueta del Palacio Imperial cuando fueron dispensadas de la ceremonia por orden de Yuanchun. Luego, Baoqin y las demás doncellas que Yuanchun había llevado consigo a palacio hicieron un koutou ante la Anciana Dama, que a su vez, apresuradamente, se lo impidió, enviándolas a tomar el té y los confites que habían sido dispuestos en el cuarto de al lado. También los eunucos mayores y las damas de compañía fueron atendidos por el personal de ambas mansiones, con lo cual sólo quedaron de servicio tres o cuatro eunucos jóvenes.

Cuando las damas de la familia hubieron hablado emocionadamente acerca de la separación y todo lo ocurrido desde entonces, Jia Zheng, desde el otro lado de la cortina que cubría la puerta, indagó por la salud de su hija, que a su vez aprovechó para presentar sus respetos.

Entre lágrimas, le dijo:

—Los sencillos campesinos que viven de legumbres en salmuera y visten bastas telas caseras disfrutan al menos de las alegrías de la vida en familia. ¿Qué placer pueden depararnos los lujos y un alto rango cuando vivimos separados de esta manera?

También llorando, él respondió:

—Su pobre y oscuro vasallo nunca pudo soñar que entre nuestra bandada de vulgares palomas y cuervos pudiera nacer la bendición de un fénix. Gracias al favor imperial y a la virtud de nuestros ancestros, Su Noble Alteza encarna las mejores esencias de la naturaleza y el mérito acumulado de quienes nos precedieron. Y tal fortuna nos ha cabido a mi esposa y a mí. Su Majestad, que encama la gran virtud de la creación, nos ha deparado una muestra tan extraordinaria de su favor, que aun abriéndonos la cabeza estaríamos lejos de pagar una milésima parte de nuestra deuda de gratitud. Sólo me queda agotarme día y noche, cumplir lealmente con mis deberes oficiales y orar para que nuestro soberano viva diez mil años, como lo desean todos los que habitan bajo el cielo. Su Noble Alteza no debe agobiar su valioso corazón preocupándose por sus viejos padres. Le suplicamos que cuide mejor su propia salud. Sea usted cauta, circunspecta, diligente y respetuosa. Honre al emperador y sírvalo bien, para no resultar desagradecida ante la copiosa bondad y la gran amabilidad del Hijo del Cielo.

Luego le tocó a Yuanchun recomendar a su padre que mostrara devoción por los asuntos de Estado, que cuidara de su salud y que pusiera de lado toda ansiedad relativa a la persona de su hija.

Después, Jia Zheng dijo:

—Todas las inscripciones de los pabellones y los refugios del jardín fueron compuestas por Baoyu. Si Su Alteza encuentra que uno o dos de los lugares no lucen el nombre adecuado, le suplico que nos honre poniéndoles otro; eso nos causaría una intensa felicidad.

La noticia de que Baoyu ya podía componer inscripciones le hizo exclamar deleitada:

—¡Así que está haciendo progresos!

Cuando Jia Zheng se hubo retirado, la concubina imperial observó que tanto Baochai como Daiyu descollaban entre sus primas, y que, de hecho, eran incluso más encantadoras que las flores o el jade más fino. Luego preguntó por qué Baoyu no había venido a saludarla. La Anciana Dama explicó que, en su condición de joven sin rango oficial, le parecía presuntuoso acudir sin ser invitado.

Inmediatamente, la concubina imperial hizo que lo llamaran, y un joven eunuco lo introdujo para que rindiese homenaje de acuerdo con el protocolo palaciego. Su hermana lo llamó y tomó su mano; lo acercó a su pecho, le acarició el cuello y comentó con una sonrisa:

—¡Cómo has crecido!

No había terminado de pronunciar esas palabras cuando ya las lágrimas le surcaban otra vez el rostro.

En ese momento, la señora You y Xifeng se adelantaron para anunciar:

—El banquete está dispuesto. Suplicamos a Su Alteza que nos honre con su presencia.

Ella se levantó y pidió a Baoyu que le abriera camino.

Acompañada de las demás entró en el jardín, donde los faroles iluminaban vistas maravillosas. Pasearon frente a Donde se Posa el Fénix, Fragancia Roja y Jade Verde, Taberna del Albaricoque a la Vista y Puro Aroma de las Alpinias; subieron a pabellones, cruzaron arroyos, escalaron colinas en miniatura y disfrutaron los paisajes desde distintos puntos. Cada recinto tenía un amueblado característico, y cada rincón tenía rasgos tan insólitos y frescos que Yuanchun prodigó elogios y aprobaciones. Pero luego dijo:

—En el futuro no se debe gastar tanto, ¡es excesivo!

Cuando llegaron al recinto principal ella les pidió que obviaran la ceremonia y tomaran asiento. El banquete fue espléndido. La Anciana Dama y las demás mujeres de la casa ocuparon unas mesas laterales, salvo la señora You, Li Wan y Xifeng, que iban pasando platos y escanciando licor. Yuanchun pidió pincel y tinta para escribir con su propia mano los nombres de sus lugares favoritos. Para el palacio principal trazó la inscripción «Evocando la Gracia Imperial, Atenta al Deber», y el siguiente pareado:

La compasión de la naturaleza es grande como el mundo; niños y ancianos la agradecen.

La gracia sin precedentes que otorga el emperador honra a estados y continentes.

A todo aquel vasto lugar lo llamó «Jardín de la Vista Sublime»; Donde se posa el Fénix recibió el nombre de «Refugio de Bambú»; Fragancia Roja y Jade Verde fue reemplazado por «Rojo Alegre y Delicioso Verde» y recibió también el nombre de «Patio Rojo y Alegre»; Puro Aroma de las Alpinias pasó a llamarse «Parque de las Alpinias»; a la Taberna del Albaricoque a la Vista la llamó «Aldea donde se Enría el Cáñamo»; al pabellón principal, «Pabellón de la Vista Sublime»; al ala oriental del mismo pabellón, «Torre del Vario Esplendor», y al ala occidental «Torre Fragante». Puso otros nombres como «Cabaña de la Brisa de las Centinodias», «Pabellón de la Fragancia del Loto», «Isla de las Trapas Moradas», «Isla de los Berros»… La concubina compuso una docena de inscripciones más, como «Peral Florido bajo la Lluvia Primaveral», «Hojas de Plátano al Viento del Otoño» y «Cañas en la Nieve Nocturna». Para el resto de las inscripciones no hay lugar aquí. Ordenó también que las que no habían sido modificadas permanecieran.

Luego compuso el siguiente poema:

Abrazando riachuelos y colinas,

hábilmente dispuesto está el jardín.

¡Cuánto trabajo costó este vergel!

No hay en el mundo un lugar igual.

Merece llamarse Vista Sublime.

Con una sonrisa lo mostró a las muchachas y dijo:

—Nunca he tenido talento para versificar, como ya sabéis, pero esta noche estaba obligada a componer unos versos en honor a este lugar. Algún día, cuando esté menos ocupada, escribiré una «Descripción del jardín de la Vista Sublime» y un panegírico titulado «Oda a la reunión familiar» que conmemore esta ocasión. Ahora quiero que cada una de vosotras escriba una inscripción y un poema que la acompañe. Esmeraos, y no os dejéis arredrar por mis pobres intentos. Para mí fue una sorpresa muy agradable que Baoyu pudiera componer inscripciones y poemas. Mis lugares favoritos son el refugio de Bambú y el parque de las Alpinias; luego el patio Rojo y Alegre y la aldea donde se Enría el Cáñamo. A estos lugares debemos dedicarles cuatro poemas especiales. A pesar de que los pareados que hizo Baoyu son encantadores, quiero que ahora, ante mí, escriba cuatro lushi[6] en versos de cinco caracteres para cada uno de estos lugares. Eso me retribuirá los esfuerzos que hice por enseñarle cuando era niño.

Baoyu no tuvo más remedio que acceder, y marchó a devanarse los sesos.

Entre Yingchun, Tanchun y Xichun, la más inteligente era la segunda, pero comprendía que no era rival para Baochai y Daiyu. Aun así, tenía que escribir algo, como las demás. También Li Wan se dio a componer una especie de poema.

La concubina imperial revisó los esfuerzos de las muchachas. He aquí el resultado:

ENSANCHANDO EL CORAZÓN, ALEGRANDO EL ÁNIMO

(Inscripción frontal)

Los paisajes del jardín, únicos y extraordinarios.

Obedeciendo la orden, cojo tímida el pincel.

¿Quién imagina en el mundo tanta belleza reunida?

¡Cómo ensancha el corazón este paseo! ¡Cómo nos alegra el ánimo!

Yingchun

DIEZ MIL MARAVILLAS COMPITEN EN ESPLENDOR

(Inscripción frontal)

La construcción del jardín es imponente y sublime.

Poco es mi talento, pero cantaré sin sonrojarme.

No hay palabras que describan las bellezas que aquí vemos.

Ciertamente, diez mil maravillas compiten en esplendor.

Tanchun

MILAGROS DE LA NATURALEZA

(Inscripción frontal)

Montañas y ríos se extienden hasta el infinito.

Los altos pabellones se alzan entre las nubes.

El jardín se baña en el fulgor del sol y la luna.

La Naturaleza misma se eclipsa ante el jardín.

Xichun

ESPLENDOR Y NOBLEZA

(Inscripción frontal)

Brillantes colinas se entrelazan con el agua de cristal.

No hay una isla de los inmortales tan espléndida y tan noble.

Se confunden con las hierbas aromáticas los abanicos verdes de las cantantes,

y caen las flores del ciruelo tocadas por el vuelo de las rojas faldas de las bailarinas.

Ésta era de prosperidad debería quedar fijada en versos preciosos de jade y perla.

El regreso de la Noble Consorte es como el descenso de una ninfa desde la Torre de Jaspe.

Una vez que ella ha pisado este lugar encantador,

que no se permita la entrada a los pies de los mortales.

Li Wan

UNIÓN DEL ESPLENDOR Y LA DICHA

(Inscripción frontal)

Al oeste del Palacio Imperial hay un parque fragante

donde abundan la luz del sol, los paisajes espléndidos, las nubes favorables.

Los altos sauces convocan al coro a las oropéndolas del valle,

y los esbeltos bambúes llaman al fénix a detener su vuelo.

La piedad filial se consagra con su visita.

Viendo la sabiduría encerrada en su poema,

me avergüenzo de escribir estos versos.

Xue Baochai

UNA TIERRA ENCANTADA, FUERA DE ESTE MUNDO

(Inscripción frontal)

¿Quién sabe dónde se construyó este famoso jardín?

Este paraíso está lejos del mundo polvoriento.

Colinas y riachuelos le prestan su delicia.

Paisajes nunca vistos lo enriquecen.

El perfume de las hierbas se confunde

con el aroma del vino del valle de Oro[7],

y las flores alegran la primavera de los salones de Jade[8].

¡Qué honor nos hace el emperador con sus favores

dejando a sus carros entrar y salir por la puerta de esta casa!

Lin Daiyu

Tras haberlos leído, Yuanchun elogió todos los poemas y luego comentó con una sonrisa:

—Los de la prima Baochai y la prima Daiyu son especialmente buenos. Ninguna de nosotras puede competir con ellas.

Aquella noche, Daiyu hubiera deseado eclipsarlas a todas con un gran despliegue de brillantez, pero cuando la concubina imperial se limitó a pedirles una inscripción y un poema comprendió que sería presunción escribir más, de manera que se limitó a improvisar un poema para la ocasión.

Mientras tanto, Baoyu se encontraba lejos de concluir su tarea. Después de haber escrito sobre el refugio de Bambú y el parque de las Alpinias, se enfrentaba ahora al patio Rojo y Alegre. Su borrador decía:

La primavera tiene recogidas las hojas de jade verde.

Baochai lo miró y, discreta, le dio un leve golpe con el codo.

—No le gustó «Fragancia Roja y Jade Verde» —susurró—, y lo ha cambiado por «Rojo Alegre y Delicioso Verde». Si insistes en utilizar «jade verde» dará la impresión de que estás cuestionando su criterio. Además, siempre tienes a mano demasiadas alusiones a hojas de plátano. Mejor búscate otras.

Baoyu se enjugó la sudorosa frente.

—No se me ocurre ninguna —dijo.

Baochai sonrió:

—Simplemente cambia «jade verde» por «cera verde».

—¿Existe tal alusión?

Ella sonrió burlona dando un chasquido con los labios.

—Si ahora tienes esa memoria, supongo que para tu examen de palacio habrás olvidado hasta los caracteres Zhao, Qin, Sun, Lui[9]. ¿Has olvidado también el verso inicial de ese poema sobre el plátano que escribió el poeta Qian Xu de la dinastía Tang: «Las velas frías no humean, la cera verde está seca»?

A Baoyu se le cayó un velo de los ojos.

—¡Tonto de mí! —sonrió—. ¿Cómo he podido olvidar ese verso? Realmente eres maestra de una sola palabra[10]. De ahora en adelante tendré que llamarte «maestra» en vez de «hermana».

Reprimiendo una sonrisa, Baochai contestó:

—Date prisa y termina, en lugar de andar diciendo sandeces. ¿A quién llamas «hermana»? Tu hermana es esa que está ahí vestida de oro. ¿Por qué me tendrías que llamar hermana a mí?

Pero como no quería entretenerlo con su charla, se fue.

Baoyu perseveró hasta concluir tres poemas, y Daiyu, deprimida por no haber tenido oportunidad de descollar, se acercó al escritorio donde él se esforzaba solo, deseosa de ayudarle escribiendo para él un par de poemas.

Al preguntarle si ya había terminado, Baoyu respondió:

—Sólo tengo tres, y me queda por escribir el de Taberna del Albaricoque a la Vista.

—Déjame hacerlo a mí mientras tú copias los otros.

Caviló un momento con la cabeza agachada, escribió el poema sobre un trozo de papel, lo hizo una bola y lo lanzó contra Baoyu que, al desarrugarlo, vio que era diez veces mejor que sus propios intentos. Radiante de felicidad, copió rápidamente el poema y presentó los cuatro a la consideración de Yuanchun.

Esto es lo que ella leyó:

DONDE SE POSA EL FÉNIX

Los jades elegantes se han fortalecido[11],

dignos de recibir al fénix volador.

Los tallos son tan tiernos que parecen destilar

gotas verdes de sus entrañas,

y verde es la frescura que dan sus verdes hojas.

Impiden que el agua de la fuente salpique la escalera.

Conservan el aroma del humo de los trípodes

que llega atravesando los densos cortinajes.

Que nadie altere este damero de sombras,

para que duerma ella su dulcísimo sueño.

PURO AROMA DE LAS ALPINIAS

Las alpinias colman el patio,

y a su aroma se suma el de las trepadoras.

Suaves son como las hierbas de primavera,

y una tierna fragancia exhalan sus bejucos.

Una bruma liviana cubre los senderos sinuosos,

las gotas del fresco rocío mojan los corredores.

¿Quién dice que sólo los hermanos Xie[12]

consiguen en sus versos que canten los estanques?

ROJO ALEGRE Y DELICIOSO VERDE

Todo el día reina el silencio sobre el patio tranquilo.

Una pareja de muchachas son el plátano y el manzano.

En la primavera las hojas del plátano parecen cansadas,

pero no descansan, floreciendo toda la noche, los rojos manzanos

que apoyan sus mangas rojas en las balaustradas,

mientras cubre el plátano las rocas con su niebla verde.

Dos bellezas compiten frente a la brisa primaveral;

su dueña debe cuidarlas y sentir añoranza por ellas.

RÓTULO

Taberna del Albaricoque a la Vista

Un rótulo en lo más alto atrae a los bebedores,

y a lo lejos se divisa una aldea muy tranquila.

Los gansos surcan un lago de algas y nenúfares.

Desde los olmos hasta las vigas, van las golondrinas.

Ya están maduros en su bancal los puerros de primavera;

todo lo impregna la fragancia de las flores del arroz.

En estos buenos tiempos pacíficos y prósperos

nadie sabe qué es el hambre.

Tejedores y labriegos descansan de sus tareas.

Deleitada, Yuanchun exclamó:

—¡Sí que has hecho progresos!

Señaló que el mejor poema era el último, y cambió «Aldea donde se Enría el Cáñamo» por «Aldea de la Fragancia del Arroz». Luego pidió a Tanchun que copiara los once poemas sobre papel ornamental; un eunuco los entregó a Jia Zheng y los demás caballeros, que esperaban afuera. Los elogios fueron encendidos y unánimes. Jia Zheng, por su parte, presentó una composición suya, un panegírico titulado «Oda a la visita».

Yuanchun hizo entregar manjares de leche, jamón y otras viandas a Baoyu y a Jia Lan, que era demasiado joven para hacer otra cosa que presentar sus respetos imitando a su madre y a sus tíos. Por eso no ha sido mencionado antes.

Jia Huan todavía no se había repuesto de una enfermedad contraída en Año Nuevo y seguía convaleciente en sus aposentos. Por eso tampoco ha sido mencionado.

Durante todo este tiempo, Jia Qiang esperó impaciente en la parte baja con sus doce jóvenes actrices. En ese momento un eunuco bajó corriendo a exclamar:

—Ya se han acabado los poemas. ¡Rápido, el programa!

Jia Qiang no perdió un momento en entregarle un programa forrado en brocado, y una lista de los nombres escénicos de las doce actrices. Fueron elegidas cuatro piezas: «El banquete suntuoso», «El festival del Doble Siete», «Encuentro con los inmortales» y «La partida del alma»[13].

Jia Qiang mandó representar la primera obra de inmediato. Todas sus actrices cantaron maravillosamente y danzaron como diosas, y a pesar de que no pasaba de ser una representación, comunicaban genuino dolor y verdadera alegría.

Apenas hubieron concluido, apareció entre bambalinas un eunuco con una bandeja de oro cubierta de pasteles y dulces, preguntando cuál de las actrices era Lingguan. Al comprender que se trataba de un presente para ella, Jia Qiang lo aceptó gustoso y le hizo agradecer el favor con un koutou.

El eunuco informó:

—Dice la consorte imperial que Lingguan es fantástica, y quiere que represente dos piezas más de su elección.

Jia Qiang accedió inmediatamente y sugirió «Una visita al jardín» y «El sueño sorprendido»[14], pero, como ninguna estaba en su repertorio, Lingguan insistió en «El Juramento» y «La Disputa»[15]. Jia Qiang acabó cediendo.

La concubina imperial quedó tan encantada que dejó instrucciones especiales para que la muchacha fuera tratada con consideración y cuidadosamente adiestrada, y le dio un premio adicional de dos piezas de satén de la corte, dos bolsitas bordadas, unas chucherías de oro y plata, y diversos manjares.

Luego dejaron el salón de banquetes para visitar algunos lugares que Yuanchun no había visto todavía, entre ellos un convento budista situado entre dos colinas, donde ella se lavó las manos antes de entrar para quemar incienso y venerar a Buda. Como inscripción para el convento eligió «Nave de la Piedad sobre el Mar del Sufrimiento», y entregó presentes a las monjas budistas y a las sacerdotisas taoístas.

Pronto apareció un eunuco a informar de rodillas que la lista de regalos estaba preparada esperando su aprobación; ella la leyó, la encontró satisfactoria y ordenó que los regalos fueran distribuidos. El encargo fue cumplido por los propios eunucos.

La Anciana Dama recibió dos cetros ruyi[16], uno de oro y otro de jade, un báculo de palo áloe, una gargantilla de cuentas de sándalo, cuatro cortes de satén imperial con dibujos representando riqueza, nobleza y longevidad, cuatro cortes de seda con dibujos representando buena fortuna y larga vida, diez lingotes de oro con dibujos representando «Cúmplanse sus deseos», y diez lingotes de plata con peces[17] y otros dibujos representando la felicidad y la abundancia.

Las damas Xing y Wang recibieron los mismos presentes, salvo los cetros, el báculo y la gargantilla.

Jia Jing, Jia She y Jia Zheng recibieron cada uno dos nuevos libros compuestos por el propio emperador, dos cajas de barras de tintas exóticas, cuatro cubiletes, dos de oro y dos de plata, y unos cortes de satén idénticos a los descritos más arriba.

Baochai, Daiyu y las demás muchachas recibieron cada una un libro nuevo, un espejo fino y dos pares de dijes de oro y plata con dibujos de nueva factura.

Lo mismo recibió Baoyu.

Jia Lan recibió un pequeño collar de oro y uno de plata, un par de medallones de oro y otro par de plata. La señora You, Li Wan y Xifeng recibieron cada una dos medallones de oro y dos de plata, más cuatro cortes de seda.

A esto debemos añadir veinticuatro cortes de satén y cien sartas de monedas recién acuñadas que fueron repartidas entre las criadas y doncellas de la Anciana Dama, la dama Wang y las muchachas.

Jia Zhen, Jia Lian, Jia Huan y Jia Rong recibieron un corte de satén y un par de medallones de oro cada uno.

Los miembros de ambas mansiones que habían sido responsables de la construcción y mantenimiento del jardín, de la elección de muebles y de los diversos recintos que contenía, de la administración del teatro y de la preparación de los faroles, recibieron cien rollos de satenes variados, mil taeles de oro y plata y diversos manjares y vinos de palacio. Además, las cocineras, actrices y juglares recibieron quinientas sartas de monedas recién acuñadas.

Cuando todos acabaron de agradecer los regalos ya eran casi las tres de la madrugada, y el eunuco encargado anunció que era hora de partir. A Yuanchun se le volvieron a anegar los ojos, pero forzó una sonrisa. A pesar de todo, cuando apretó las manos de su abuela y de su madre sintió que no las podía soltar.

—No se preocupen por mí —les suplicó—. Cuídense ustedes. Gracias a la bondad del emperador, ahora pueden venir a visitarme al palacio cada mes, así que tendremos otras muchas oportunidades para vernos. No hay razón para entristecerse.

Pero aunque a Yuanchun se le hacía difícil irse, no podía desobedecer los reglamentos imperiales y no le quedaba más alternativa que subir al palanquín que la conduciría de vuelta a palacio. La casa entera se esforzó en consolar a la Anciana Dama y a la dama Wang, mientras las ayudaban a salir del jardín.

Así ocurrió en realidad…

CAPÍTULO XIX

En una noche hermosa, la Flor[1] da

sus sinceros consejos.

En un día sereno, el Jade[2] expande

su profundo aroma.

Al día siguiente de su regreso a palacio, la concubina imperial se presentó ante el emperador para agradecerle su bondad, y tan complacido quedó el Hijo del Cielo con el relato de su visita al hogar paterno que ordenó sacar de su almacén privado ricas piezas de satén, oro y plata como presente para Jia Zheng y los padres de las demás concubinas que habían gozado del mismo favor. Pero dejemos este asunto.

La reciente agitación provocada por la visita imperial a las mansiones Rong y Ning había dejado a sus moradores exhaustos. El traslado y posterior almacenamiento de los ornamentos y muebles del jardín duró varios días. En Xifeng recayó la mayor responsabilidad. A diferencia de los demás, ella no tuvo un momento de respiro, y, en sus ansias por sobresalir, no se permitió ni un fallo que pudiera dar lugar a un reproche, y se esforzó en sus tareas como si cumplirlas no requiriese esfuerzo. Baoyu, como de costumbre, era el más ocioso entre los habitantes de las dos mansiones.

Cierta mañana apareció la madre de Xiren a solicitar el permiso de la Anciana Dama para llevarse a su hija. Esa misma noche, una vez tomado el té de Año Nuevo en casa, la devolvería a la mansión Rong. Con la partida de Xiren aquel día, Baoyu se quedó solo, así que se dispuso a pasar el tiempo jugando a los dados con las otras doncellas. Ya empezaba a sentirse algo aburrido cuando una sirvienta anunció la llegada de un recado de Jia Zhen invitándolo a la mansión Ning para ver unas óperas y admirar los faroles de Año Nuevo. Mientras Baoyu se mudaba de ropa para acudir a la otra casa, llegó también un regalo de la concubina imperial: un dulce de leche cuajada. La última vez que comieron uno igual, Xiren había disfrutado mucho; recordando aquella ocasión, Baoyu ordenó que le guardaran un poco. Luego, tras despedirse de su abuela, tomó el camino de la mansión Ning.

Le sorprendió que se representaran piezas como El maestro Ting encuentra a su padre, Huang Boyang despliega a los fantasmas en orden de batalla, El Rey Mono siembra el pánico en los cielos o El patriarca Jiang decapita generales y los beatifica. En todas, particularmente en las dos últimas, los dioses, fantasmas, monstruos y ogros ocupaban toda la escena tremolando banderolas, haciendo cortejos religiosos, invocando a Buda y ofrendándole incienso, de manera que el estrépito de los gongs, los golpes de tambor y los gritos se oían desde la calle. Los transeúntes comentaban que sólo en la familia Jia podían darse distracciones tan costosas. Baoyu se sintió incómodo entre tan tosco y ostentoso ajetreo, y se escabulló buscando asueto en otro lugar.

Primero fue a los aposentos interiores a charlar con la señora You y bromear con las doncellas y concubinas que allí estaban. No se despidieron de él cuando salió por la puerta interior, suponiendo que volvía a las representaciones. Los hombres —Jia Zhen, Jia Lian, Xue Pan y los demás— estaban tan entretenidos jugando y bebiendo que tampoco notaron su ausencia; supusieron también que había vuelto dentro. En cuanto a los sirvientes que lo habían acompañado, pensaron que no partiría hasta la caída del sol, y, contando con estar de vuelta para entonces, los mayores se fueron a jugar, beber el té de Año Nuevo con sus parientes o visitar algún burdel o taberna. Los sirvientes jóvenes, por su parte, se apretujaban en el teatro.

El caso es que, al encontrarse solo, Baoyu pensó: «En el gabinete de estudio de esta casa hay colgada una pintura que representa con una fidelidad maravillosa a una bellísima mujer. Debe sentirse muy sola, con tanta agitación. Será mejor que vaya a consolarla un poco», Y, dicho y hecho, se dirigió al estudio.

Al acercarse a la ventana del gabinete oyó unos gemidos que le sorprendieron. ¿Acaso la beldad del cuadro había cobrado vida? Armándose de valor, hizo con la lengua un pequeño agujero en el papel de la ventana y miró por él. No, la belleza del retrato no había cobrado vida de repente. Era su paje Mingyan, que, abrazado a una muchacha, practicaba el mismo juego de la nube y de la lluvia que la diosa del Desencanto había enseñado a Baoyu.

—¡¿Será posible?!

Baoyu irrumpió en el cuarto y los dos amantes, aterrados, se separaron temblando de miedo. Cuando Mingyan vio que se trataba de su amo, cayó de rodillas implorando piedad.

—¡En plena luz del día! ¿Acaso quieres que el señor Zhen te mate? —exclamó Baoyu que, entretanto, ya había mirado de reojo a la muchacha. No era ninguna belleza, pero tenía un aspecto agradable y cierto encanto. La vergüenza la había hecho sonrojarse hasta las orejas, y mantenía la cabeza inclinada sin decir una palabra.

»¡¿Pero te piensas quedar aquí parada todo el día?! —gritó a la muchacha mientras daba una patada en el suelo.

Ella volvió en sí y salió corriendo como una exhalación. Baoyu la siguió mientras le decía a gritos:

—¡No tengas miedo, no se lo diré a nadie!

—¡Por todos los ancestros! —maldijo Mingyan—. ¿Pues qué hace ahora sino divulgarlo a gritos?

—¿Qué edad tiene?

—Dieciséis años. Diecisiete como mucho.

—Que no le hayas preguntado su edad demuestra lo poco que te interesa. La pobre está malográndose contigo. ¿Cómo se llama?

—Es una historia muy rara —contestó el paje con una risotada—. No hay carácter de escritura para su nombre. Dice que su madre, poco antes del parto, soñó con un corte de brocado que tenía dibujos de colores representando la cruz de la fortuna, de manera que cuando ella nació la llamó Esvástica.

—Sí que es extraña la historia… —asintió Baoyu con una risita.

Y luego añadió pensativo:

—Quizá su buena suerte esté por llegar.

—¿Y por qué no está usted asistiendo a las representaciones, segundo señor?

—Estuve allí un rato, pero me aburría tanto que salí a dar un paseo. Así fue como os sorprendí —contestó Baoyu—. Bueno, ¿qué hacemos?

—Nadie sabe dónde estamos —dijo Mingyan sonriendo mientras daba un paso para salir—. Si salimos a divertirnos a las afueras de la ciudad y volvemos más tarde, nadie nos echará en falta.

—No es prudente —observó Baoyu—. Podrían secuestrarnos. Y además, ¡imagínate el lío que se armaría si nos descubren! Mejor será que vayamos a algún sitio cercano desde donde podamos regresar rápidamente.

—Sí, ¿pero dónde vamos? Ése es el problema.

—¿Por qué no buscamos a Xiren? Vamos a verla a su casa.

—Buena idea. No se me había ocurrido —dijo Mingyan—. ¿Pero qué pasará si nos descubren y me dan una paliza por empujarle a usted a la mala vida?

—Déjalo en mis manos —dijo Baoyu.

Entonces Mingyan trajo su caballo y salieron juntos por la puerta trasera.

Afortunadamente la casa de Xiren estaba cerca, de manera que enseguida estuvieron llamando a su puerta. Mingyan entró el primero buscando a Hua Zifang, hermano de la doncella.

La señora Hua estaba con su hija y algunas sobrinas tomando té y dulces cuando oyó gritar: «¡Hermano Hua!». Salió Hua Zifang a ver de quién se trataba y quedó atónito al toparse con amo y criado. Ayudó a Baoyu a desmontar y gritó desde el patio:

—¡Es el joven señor!

La sorpresa fue general, pero la más sorprendida fue Xiren, que salió corriendo hasta donde se encontraba Baoyu y le preguntó, agarrándolo del brazo:

—¿Pero qué hace aquí?

—Me aburría —contestó el muchacho riendo—, así que vine a ver qué hacías.

Aún enfadada, aunque más tranquila, gritó:

—¡Otra vez con sus travesuras! ¿Y no tenía otro sitio donde ir que no fuese aquí?

Y volviéndose a Mingyan:

—¿Quién ha venido con vosotros?

—Nadie —contestó Mingyan—, y nadie sabe que estamos aquí.

La respuesta de Mingyan volvió a preocupar a Xiren, que protestó:

—¡Ambos sois incorregibles! ¿Qué pasaría si alguien os viera? El señor Zheng, por ejemplo. Las calles hierven de gente y carruajes, y si el caballo se encabrita podríais tener un accidente. No es ninguna broma. Sois un par de irresponsables. Y la culpa es tuya, Mingyan. Cuando vuelva le diré a las amas que te den una buena paliza.

A Mingyan no le hizo ninguna gracia.

—¿Por qué me culpas a mí? —se quejó—. El joven señor me insultó y me golpeó para obligarme a traerlo aquí. Yo ya le dije que no viniera. Ea, más vale que nos vayamos.

—No importa —interrumpió Zifang—. Puesto que ya están aquí, de nada vale quejarse. Lo que ocurre es que nuestra casa es pequeña y sucia, y no sabemos dónde ofrecerle asiento al joven señor.

La madre de Xiren, entretanto, había salido también a darles la bienvenida. La muchacha pidió a Baoyu que pasara al interior de la casa; allí había cuatro o cinco muchachas que, al verlo, se sonrojaron y agacharon la cabeza. Temerosos de que el señor tuviera frío, Zifang y su madre le hicieron sentarse sobre el kang, e inmediatamente pusieron a su alcance nuevos dulces y té fino recién preparado.

—Perdéis el tiempo. Lo conozco bien —dijo Xiren sonriendo—. De nada vale ofrecerle esos dulces. Él no come cualquier cosa.

Trajo su propio cojín y lo acomodó sobre el kang para que Baoyu se recostara; luego le pasó su propia estufa de pies. También tomó de su bolsa dos trozos de incienso perfumado en forma de flor de ciruelo, los introdujo en su estufa de mano, volvió a colocar la tapa y la puso en el regazo del muchacho. Por fin, le sirvió un poco de té en su propia taza.

Mientras tanto, su madre y su hermano habían dispuesto cuidadosamente una mesa cubierta de comida, pero nada que él pudiera comer, como bien sabía Xiren.

—No puede volver sin haber comido algo —le dijo ella alegremente—. Coma aunque sea sin gana, para que podamos decir que el segundo señor estuvo en nuestra casa.

Y, tomando unos cuantos piñones, se los entregó a Baoyu sobre un pañuelo.

Baoyu notó sus ojos enrojecidos, y rastros de lágrimas sobre sus mejillas empolvadas.

—¿Por qué has estado llorando? —preguntó en un susurro.

—¿Quién ha estado llorando? Sólo me he restregado los ojos —replicó ella alegremente eludiendo la respuesta.

Xiren observó que Baoyu vestía su túnica roja de arquero bordada con dragones dorados y forrada de piel de zorro. Sobre la túnica llevaba un abrigo de marta gris azulada con flecos.

—¡No se habrá puesto esa ropa nueva sólo para venir aquí! —dijo—. ¿Nadie le preguntó dónde iba?

—No —contestó él—. Me mudé de ropa para asistir a unas óperas en casa de mi primo Zhen.

Ella hizo un gesto afirmativo con la cabeza.

—Pues lo mejor será que en cuanto descanse un poco vuelva allí. Éste no es lugar para usted.

—Me gustaría que volvieras conmigo —sugirió Baoyu—. Te he guardado algo que te gustará.

—¡Ssssssh! ¿Qué pensarán los demás si oyen eso?

Xiren alargó la mano para tomar el jade mágico de su cuello y, volviéndose a sus primas, les dijo sonriendo:

—¡Mirad! Ésta es la maravilla de la que tanto habéis oído hablar. Siempre habíais querido verla y ahora tenéis la oportunidad. Aunque, en realidad, no tiene nada de especial…

El jade pasó de mano en mano entre exclamaciones de admiración; luego Xiren se lo puso de nuevo a Baoyu colgando del cuello, y finalmente pidió a su hermano que alquilase un palanquín o un pequeño carro cerrado y acompañara a Baoyu de vuelta a casa.

—Ya que voy con él, puede volver a caballo sin miedo a los accidentes —dijo Zifang.

—Ése no es el problema —repuso Xiren—. Lo que temo es que tenga un mal encuentro.

Zifang salió a alquilar un palanquín y, temerosos de seguir entreteniendo a Baoyu, los demás lo acompañaron hasta la puerta. Xiren entregó a Mingyan algunos dulces y dinero para comprar cohetes, advirtiéndole que debía mantener la visita en secreto si no quería meterse en líos. Luego vio subir a Baoyu al palanquín y bajó la cortinilla. Su hermano y Mingyan partieron detrás con el caballo.

Cuando llegaron a la calle de la mansión Ning, Mingyan ordenó al palanquín que se detuviera y le dijo a Zifang:

—Echemos un vistazo antes de entrar, o la gente sospechará cualquier cosa.

La propuesta era sensata, así que, dándole la mano, Zifang ayudó a Baoyu a montar en su caballo mientras el joven señor le pedía disculpas por causarle tantas molestias, y luego entraron deslizándose por la puerta trasera. Dejaremos aquí este asunto.

Durante la ausencia de Baoyu, las doncellas de sus aposentos se estaban divirtiendo de lo lindo jugando a las damas, a los dados y a las cartas mientras comían sin cesar pepitas de melón con cuyas cáscaras habían alfombrado el suelo. El ama Li entró, vacilante sobre su bastón, para saludar a Baoyu y ver cómo estaba. Al ver cuál era la conducta de las muchachas a espaldas de su señor, sacudió la cabeza.

—Desde que me mudé de casa y dejé de venir por aquí tan a menudo como lo hacía antes, os habéis salido de madre —refunfuñó—. Las otras amas no se atreven a pararos los pies, y el señor Baoyu es como un candelabro de diez pies de altura: alumbra a los demás, pero no a sí mismo. Se queja de que los demás son sucios, pero les permite convertir su propio cuarto en una pocilga. Es una vergüenza.

Las doncellas, que lo conocían bien, sabían que a Baoyu no le importaría; y en cuanto al ama Li, se había ido de la casa y carecía de autoridad sobre ellas, de manera que siguieron divirtiéndose sin prestar atención a la anciana. Cuando el ama Li les preguntó si el señor Baoyu comía mucho y a qué hora se acostaba, ellas se limitaron a responder cualquier cosa.

—¡Qué vieja más pesada! —murmuró una.

—¡Un tazón de leche cuajada! —exclamó el ama Li—. ¿Por qué no me lo habéis mandado? Me lo comeré aquí mismo.

Y, cogiendo una cuchara, empezó a dar buena cuenta del confite.

—¡Deje eso! —le gritó una chica—. Es para Xiren. Cuando el señor vuelva nos meterá a todas en un buen lío, a no ser que usted misma confiese que se lo ha comido.

—No puedo creer que sea capaz de hacer una cosa así —dijo el ama indignada—. ¿Qué es esto, después de todo, más que un tazón de leche? No debería ser mezquino conmigo en estas cosas ni en otras. ¿Acaso estima a Xiren más que a mí? ¿Ha olvidado ya quién lo crió? Mamó la leche procedente de la sangre de mi propio corazón, ¿por qué ha de molestarse si tomo un tazón de leche de vaca? Haré una cosa: me lo comeré a ver cómo reacciona. Aquí parecen tener la mejor opinión del mundo sobre Xiren, ¿pero quién es ella? Una muchachuela de medio pelo, ¡si lo sabré yo, que también la he amamantado!

Y mientras hablaba, cada vez más airada, terminó de zamparse el dulce.

—No me extraña que se enfade, abuelita —dijo una muchacha para tranquilizarla—. Los dos son unos maleducados. El señor Baoyu le envía a usted regalos a menudo; no creo que se moleste por una tontería como ésta.

—No hace falta que me des coba, ladina —gruñó el ama—. ¿Acaso crees que no sé que por culpa de Qianxue estuvieron a punto de despedirme a causa de una simple taza de té? Mañana volveré a enterarme de cuál es mi castigo.

Dicho lo cual, salió hecha una furia.

Al rato apareció Baoyu y mandó traer a Xiren. En ese momento vio a Qingwen yaciendo inmóvil sobre su lecho.

—¿Está enferma o es que ha perdido en el juego? —preguntó.

—Iba ganando —le dijo Qiuwen—, pero entonces apareció el ama Li y armó tal escándalo que le hizo perder la partida. Se ha ido furiosa a la cama.

—No deberíais tomar tan en serio al ama Li —dijo Baoyu sonriendo—. Dejadla tranquila.

Cuando llegó Xiren le dieron la bienvenida. Después de preguntarle dónde había cenado y a qué hora había llegado a casa, las demás muchachas recibieron los saludos de la madre y las primas de Xiren. Cuando ésta acabó de mudarse dé ropa, Baoyu mandó que trajeran el dulce de leche cuajada.

—Se lo comió la abuela Li —informaron las doncellas.

Antes de que él reaccionara, intervino Xiren con una sonrisa:

—¡Conque ésa era la sorpresa! Se lo agradezco mucho. El otro día lo comí muy a gusto, pero me produjo dolor de estómago y acabé vomitando. Me parece muy bien que se lo haya comido la abuela; así no se ha desperdiciado. Lo que sí me apetece comer son castañas. ¿Me pela unas cuantas mientras le preparo la cama?

Y Baoyu, suponiendo que ésa era la verdad, se puso a pelar castañas a la luz de una lámpara sin darle mayor importancia al asunto. Ya no quedaba nadie más en el cuarto, y preguntó sonriente:

—¿Quién era la muchacha de rojo que había esta tarde en tu casa?

—Mi prima, la hija de la hermana de mi madre.

Baoyu suspiró con admiración.

—¿Por qué suspira? —preguntó Xiren—. Ya sé lo que piensa; que ella no se merece el color rojo.

—¡Qué tontería! Si una muchacha así no merece el rojo, ¿quién lo merece entonces? La encontré tan encantadora que incluso he pensado lo agradable que sería conseguir que se viniera a vivir con nosotros.

—¿Agradable, dice? —refunfuñó Xiren—. ¿Agradable ser una esclava?

—No seas tan quisquillosa —repuso él—. Vivir en nuestra casa no significa necesariamente ser una esclava. ¿No podría ser nuestra pariente?

—Estamos muy por debajo de ustedes para ser parientes suyos.

Baoyu siguió pelando castañas en silencio, y Xiren se echó a reír.

—¿Por qué se queda tan callado? —dijo—. ¿Lo he ofendido? Mañana mismo puede comprarla por unos cuantos taeles de plata.

—¿Qué esperas que te responda? Sólo quise decir que tenía toda la apariencia de una persona que merece vivir en una casa como ésta mucho más que algunos de los zopencos que hemos nacido aquí.

—No tuvo tanta suerte como usted, pero es la niña de los ojos de sus padres, la mimada de su casa. Acaba de cumplir los diecisiete y ya tiene lista la dote. El año que viene ya estará casada.

La palabra «casada» hizo que Baoyu se sintiera desconsolado.

Con un suspiro, Xiren comentó:

—Desde que vine a esta casa no he tenido muchas ocasiones de ver a mis primas. Cuando regrese a la mía, todas ellas se habrán ido ya.

Sorprendido por lo que acababa de decir la muchacha, Baoyu dejó las castañas.

—¿Qué quiere decir eso de «cuando regreses a tu casa»? —preguntó.

—Mi madre y mi hermano lo estaban comentando hoy. Me dijeron que tuviera paciencia un año más; luego me volverán a comprar.

—¿Y para qué te quieren comprar? —Baoyu estaba realmente atónito.

—¡Vaya pregunta! Yo no he nacido esclava en su familia, señor. Yo tengo mi propia familia. ¿Cuál será mi futuro si me quedo sola aquí?

—¿Y qué pasaría si no te dejo ir?

—No estaría bien. Caramba, si hasta en palacio es norma elegir nuevas sirvientas cada tantos años. Si ellos no pueden conservarlas siempre, ¿por qué iba a poder usted?

Baoyu pensó un poco la respuesta de Xiren, y decidió que tenía razón. Sin embargo, puso una objeción más:

—Supón que la Anciana Dama no permite que te vayas.

—¿Por qué me iba a retener la Anciana Dama? Si yo fuera alguien especial, o me hubiese ganado su corazón o el de la dama Wang hasta el extremo de que no pudieran pasar sin mí, entonces podrían darle a mi gente unos cuantos taeles más para conservarme. Pero no soy nada fuera de lo común; en esta casa hay muchas mejores que yo. Cuando llegué, de niña estuve atendiendo a la Anciana Dama, luego pasé un par de años con la señorita Shi y ahora estoy con usted. Si mi gente viene a rescatarme, es muy probable qué su familia no oponga resistencia; incluso puede que sean tan generosos como para no pedir dinero a cambio. Si usted alega que lo cuido bien, eso no sería considerado un mérito; al fin y al cabo sólo hago mi trabajo. Mi lugar será ocupado por otra igualmente buena. No soy indispensable.

En ese momento le pareció a Baoyu que había todas las razones del mundo para que ella se marchase, y ninguna para que se quedara. Sin embargo, en su desesperación continuó arguyendo:

—Bien, pero si yo le insisto mucho a mi abuela para que hable con tu madre y le ofrezca tanto que ya no desee recuperarte…

—Está claro que mi madre no se atrevería a oponerse a los deseos de la Anciana Dama. Aunque no la trataran bien, o aunque no le dieran un solo tael; aunque simplemente se limitasen a insistir en que me quede, ¿quién es ella para oponerse? Pero su familia nunca ha actuado de esa manera, abusando de su autoridad. Esto no es como ofrecer diez veces el valor de una cosa que le gusta a uno para que el dueño consienta en venderla. Si usted me mantuviera aquí sin razones, no serviría de nada y haría mucho daño a mi familia. La Anciana Dama y la dama Wang nunca harían una cosa así.

Baoyu se quedó pensativo un buen rato, al cabo del cual preguntó:

—¿O sea, que tu marcha es segura?

—Sí.

—¿Cómo puedes ser tan despiadada?

Y suspiró.

—De haber sabido que te irías, nunca me hubiera prendado de ti. Ahora me quedaré aquí completamente solo, como un muerto olvidado —continuó Baoyu.

Dicho lo cual se metió en la cama.

Ahora bien, ocurre que Xiren, al oír a su madre y su hermano comentar su futuro rescate, les había asegurado que Baoyu nunca consentiría en dejarla ir mientras viviera. «Cuando vosotros no tuvisteis qué comer y la única manera que encontrasteis de conseguir algún dinero fue venderme, yo no os pude detener. ¿Qué muchacha puede ver morir de hambre a sus padres? —les dijo—. Tuve la suerte de ser vendida a una familia que me alimenta y me viste como a una hija de la casa, y que no me golpea durante el día ni me hace reproches por la noche. Además, a pesar de que padre ha muerto vosotros habéis conseguido poner a la familia otra vez en pie y ha vuelto la prosperidad a esta casa. Si continuarais en la miseria, habría una razón para rescatarme y luego volver a venderme; pero no hay ninguna necesidad. ¿Por qué hacerlo entonces? Simplemente pensad en mí como si hubiera muerto y no queráis comprarme de nuevo.»

Y lloró y pataleó hasta que su madre y su hermano comprendieron que no cedería y que nunca dejaría la mansión Rong. Después de todo, la habían vendido de por vida, y, a pesar de que sabían que la familia Jia sería lo bastante generosa como para dejarla partir sin dinero por medio, también sabían que allí la servidumbre no era maltratada y recibía de los señores más bondad que severidad. De hecho, las doncellas que atendían personalmente a miembros de la familia, jóvenes o viejos, solían recibir mejor trato que los sirvientes dedicados a otras tareas. Incluso estaban mejor que las hijas de cualquier familia humilde. Por eso la señora Hua y su hijo no insistieron. Por otra parte, la inesperada visita de Baoyu y la aparente intimidad entre amo y criada les habían desvelado cuál era la verdadera situación, reconfortándolos considerablemente: esa intimidad era algo con lo que ni siquiera habían soñado, de manera que dieron el asunto por zanjado.

En cuanto a Xiren, los años le habían mostrado que Baoyu no era un muchacho cualquiera, sino un joven mucho más gallardo y obstinado que los demás, con algunos rasgos de indescriptible perversidad. Los mimos de su abuela le habían hecho tan engreído, que sus padres no habían podido controlarlo con rigor y se había vuelto temerario y testarudo hasta el extremo de perder la paciencia ante todos los convencionalismos. Hacía tiempo que quería hablar con él sobre ese tema, aunque estaba convencida de que nunca la escucharía. Pero los acontecimientos de aquel día le habían permitido sondearlo y ponerlo en buena disposición para recibir una reprimenda. Su silenciosa retirada a la cama le indicó hasta qué punto se encontraba desasosegado y herido. En cuanto a las castañas, había simulado apetecerlas, temerosa de que se repitiera con el tazón de leche cuajada el incidente que había tenido lugar con el té de rocío de arce que le sirvió Qianxue.

Entregó las castañas a las otras doncellas y, dando un afectuoso empujoncito a Baoyu, lo encontró con el rostro bañado en lágrimas.

—¿Por qué se lo toma así? —le dijo—. Si realmente quiere que me quede, me quedaré.

Baoyu intuyó que detrás de sus palabras había algo más, y contestó rápidamente:

—Adelante, sigue. Dime qué más debo hacer para que te quedes. Ya no sé cómo convencerte.

—No necesitamos hablar ahora de lo bien que nos llevamos, pero conservarme aquí es otro asunto. Tengo dos o tres condiciones que ponerle. Si las acepta, entenderé que realmente quiere que me quede y entonces no conseguirá hacerme partir ni un cuchillo en la garganta.

A Baoyu se le iluminó el rostro.

—De acuerdo, ¿cuáles son tus condiciones? —preguntó—. Las acepto todas, querida hermana, queridísima, bondadosa hermana. Aceptaría trescientas condiciones, así que imagínate tres. Todo lo que pido es que os quedéis todas conmigo hasta el día en que me vuelva cenizas flotantes. No, cenizas no, las cenizas guardan un rastro de forma y de conciencia; hasta el día en que me vuelva un jirón de humo dispersado por el viento y ya no podáis estar conmigo ni yo pueda preocuparme por vosotras. Entonces me podréis abandonar, si es eso lo que queréis, y yo también estaré obligado a dejaros ir.

—¡No siga! —lo interrumpió Xiren tapándole arrebatadamente la boca—. Eso es justo lo que quería advertirle. Está diciendo más extravagancias que nunca.

—De acuerdo —aceptó Baoyu—. Prometo no volver a hacerlo.

—Es el primer defecto que debe corregir.

—¡Hecho! Pellízcame los labios si vuelvo a hablar de esa manera. ¿Qué más?

—Le guste o no el estudio, debe dejar de burlarse de él y de hacer comentarios sarcásticos sobre el tema delante de su señor padre y de los demás. Por lo menos simule que le gusta estudiar para no provocar a su padre y darle así oportunidad de hablar bien de usted a sus amigos. Después de todo él piensa: «Durante generaciones los hombres de nuestra familia han sido letrados, pero este hijo mío me ha defraudado, los libros no le interesan y se pasa la vida diciendo locuras en público y en privado, desprecia a los que estudian duro para prosperar en la vida llamándolos viles gusanos en busca de carrera, sostiene que aparte de ese clásico sobre cómo “manifestar la brillante virtud[3]” todo lo demás es basura producida por antiguos idiotas que no comprendieron al Sabio[4]». No me extraña, señor, que su padre se enfurezca tanto con usted y se pase el tiempo castigándolo. ¿Qué impresión puede causarle todo eso a la gente?

—De acuerdo —dijo Baoyu riendo—. Ésas eran palabras desbocadas de cuando era demasiado joven para comprender las cosas. No las volveré a repetir. ¿Qué más?

—No volverá a insultar a los bonzos y a los sacerdotes taoístas, y dejará de jugar con los polvos y los cosméticos de las muchachas. Y lo más importante: no volverá a besar el carmín de sus labios y dejará de correr detrás de todo lo que vista de rojo.

—¡Prometido! ¡Prometido! ¿Qué más? ¡Rápido!

—Eso es todo. Sea un poco más cuidadoso con las cosas y no se deje llevar por sus caprichos y antojos. Si hace cuanto le he pedido, prometo estar siempre con usted y no abandonarlo ni aunque envíen una gran silla de manos con ocho porteadores a recogerme.

Baoyu se echó a reír.

—Si te quedas conmigo el tiempo suficiente, algún día tendrás tu silla de manos con ocho porteadores.

—¿De qué me serviría si no me corresponde? —respondió con desdén.

En ese momento apareció Qingwen.

—Ya debería estar durmiendo, señor. Está a punto de cumplirse la tercera vigilia. Hace un momento la Anciana Dama envió a un ama a preguntar, y le dije que ya se había dormido.

Baoyu le pidió que le alcanzara un reloj, y comprobó que era medianoche. Se lavó y se enjuagó la boca otra vez, y luego se desvistió y se echó a dormir.

A la mañana siguiente, al despertar, Xiren sé sintió indispuesta. Le dolía la cabeza, tenía los ojos hinchados y las extremidades le ardían como brasas. A pesar de todo, se levantó e intentó cumplir con sus tareas cotidianas, pero al poco tiempo tuvo que interrumpirlas y echarse a descansar, completamente vestida, sobre el kang. Baoyu avisó inmediatamente a su abuela, y un médico vino a examinar a la doncella.

—Sólo es un catarro —dijo el doctor—. Un par de dosis de medicina descongestionante la pondrán bien.

El médico hizo su receta y se fue. Los ingredientes fueron comprados y el remedio cocido. Xiren lo tomó entero. Baoyu la dejó bien tapada para que empezara a sudar, y se fue a ver a Daiyu.

Daiyu estaba echando la siesta, y, como todas sus doncellas habían ido a ocuparse de sus propios asuntos, el lugar estaba especialmente tranquilo. Baoyu levantó la cortina bordada y entró en el cuarto interior, donde la encontró dormida.

—¡Prima! —le dijo sacudiéndola levemente—. ¿Cómo puedes dormir después de comer?

Al despertar y encontrar allí al muchacho, Daiyu dijo:

—¿Por qué no vas a dar un paseo? Todavía no me he recuperado de la agitación de la otra noche. Me sigue doliendo todo el cuerpo.

—Unos cuantos dolores son poca cosa, pero si sigues durmiendo caerás enferma de verdad. Déjame entretenerte para que te puedas mantener despierta, y entonces te sentirás bien.

—No tengo sueño —dijo Daiyu cerrando los ojos—. Sólo quiero descansar un poco. Ve a jugar un rato por ahí, y vuelve más tarde.

—¿Dónde puedo ir? —Volvió a tocarla cariñosamente—. Todos los demás me aburren.

Daiyu no pudo reprimir una risita.

—De acuerdo —accedió—. Si es indispensable que te quedes, siéntate aquí y charlemos.

—Yo también quiero tenderme —dijo Baoyu.

Y al ver que sólo había una almohada añadió:

—¿Por qué no compartimos tu almohada?

—¡Qué tontería! ¿Acaso no hay más almohadas en el cuarto de fuera? Anda a buscar una.

Baoyu salió y volvió diciendo:

—No me gusta ninguna. Quién sabe qué vieja inmunda las habrá utilizado.

Al oír eso, Daiyu se incorporó, abrió los ojos y se echó a reír otra vez.

—¡Realmente eres el tormento de mi vida! De acuerdo, toma ésta.

Dicho lo cual, y después de haber entregado al muchacho su propia almohada, buscó otra. Se echaron y quedaron tendidos frente a frente. Al observar en la mejilla izquierda de Baoyu una mancha de sangre del tamaño de un botón, la muchacha se inclinó a mirarla mejor y le puso un dedo encima.

—¿De quién eran esta vez las uñas?

Baoyu retiró la cara sonriendo.

—No es un arañazo —replicó—. Seguramente me habrá caído un poco de carmín del que acabo de mezclar para las chicas.

Mientras él buscaba un pañuelo, Daiyu le limpió la mancha con el suyo reconviniéndole:

—¿Y es necesario que vayas exhibiendo las huellas? Aun suponiendo que el tío no te vea, es justamente el tipo de cosas sobre el que le encanta chismorrear a la gente, y no faltará quien corra a decírselo para ganarse su favor. Si estas historias llegan a sus oídos habrá problemas.

Pero la fragancia que emanaba de la manga de la muchacha impedía a Baoyu pensar en cualquier otra cosa; el olor le parecía venenoso y capaz de diluirle la médula de los huesos. Le cogió la manga para ver de dónde procedía el aroma.

—¿Cómo voy a usar perfumes en pleno invierno? —preguntó ella.

—¿De dónde viene entonces este olor?

—¿Cómo he de saberlo? Pudiera ser el olor de mi armario, que ha impregnado la bata.

—No —dijo Baoyu meneando la cabeza—. Es un perfume insólito. No es el de las píldoras o las bolas aromáticas, ni tampoco el de las bolsitas.

—¿Acaso tengo también algún santo budista que me perfuma? —preguntó Daiyu con picardía—. Aunque tuviera una poción exótica, no tengo pariente bondadoso que la cueza con estambres, capullos, nieve y rocío[5]. Sólo tengo perfumes comunes.

—Basta que yo diga una palabra para que tú empieces enseguida… —Baoyu sonrió—. Tendré que darte una lección. De ahora en adelante no tendré compasión contigo.

Dicho lo cual se arrodilló, se sopló las manos, alargó los brazos y, sin previo aviso, se puso a hacerle cosquillas en las axilas y en las costillas. Daiyu siempre había sido sensible a las cosquillas, y el ataque por sorpresa de Baoyu la hizo reír hasta casi ahogarse.

—¡Basta, basta! —jadeaba—. Detente ya o me enfadaré.

Entonces él desistió y la interrogó con una sonrisa:

—¿Me volverás a hablar de ese modo?

—No me atrevo —contestó Daiyu alisándose el cabello entre risas—. Tú dices que yo tengo un aroma insólito, pero ¿acaso tú tienes un olor tibio?

—¿Olor tibio? —preguntó perplejo el muchacho.

Daiyu meneó la cabeza con un suspiro.

—¡Qué obtuso eres! —dijo—. Tú tienes jade, y alguien tiene oro para hacer juego con él, ¿no? ¿Y no tendrás entonces un aroma tibio que haga juego con su aroma frío?

Baoyu comprendió entonces la broma y se echó a reír.

—Hace un minuto suplicabas piedad, pero ahora te comportas peor que antes —dijo alargando de nuevo los brazos.

—¡No, no! Prometo no volver a fastidiarte, primito querido —exclamó ella amontonando las palabras.

—Bien, te perdonaré si me dejas oler tu manga.

Cogió la manga de la muchacha y empezó a olisquearla como si nunca fuera a detenerse. Ella le retiró el brazo.

—Ya deberías irte.

—No me puedo ir. Tendámonos tranquilamente y charlemos.

Volvieron a recostarse y Daiyu se cubrió el rostro con el pañuelo sin prestar la menor atención a las extravagantes preguntas de su primo. ¿A qué edad había llegado a la capital? ¿Qué paisajes y monumentos interesantes había visto a lo largo del viaje? ¿Qué lugares históricos de interés había visitado en Yangzhou? ¿Cuáles eran las costumbres y tradiciones locales? Daiyu no respondía, y, para mantenerla despierta, Baoyu intentó un nuevo truco.

—¡Por cierto! —exclamó—. ¿Sabes qué ha pasado cerca de tu prefectura de Yangzhou?

Embaucada por su gesto serio y sus modales sentenciosos, Daiyu se dispuso a oír la historia con interés. Entonces Baoyu, reprimiendo la risa, empezó a fabular.

—En Yangzhou hay una colina llamada monte Dai, y en su falda una cueva llamada caverna Lin…

—Te lo estás inventando —le interrumpió Daiyu—. Nunca he oído hablar de esa colina.

—¿Tú conoces todas las colinas y arroyos del mundo? Déjame terminar antes de que me estropees el relato.

—Continúa entonces.

Y Baoyu continuó:

—Pues bien, en la caverna Lin vivían numerosos espíritus de ratas. Cierto año, en el séptimo día del duodécimo mes, el patriarca de las ratas se encaramó en su trono para convocar un consejo. Desde allí anunció: «Mañana es la fiesta de las Gachas de Invierno, cuando todos los hombres de la tierra cuecen sus dulces gachas. Aquí en la caverna tenemos poca fruta y pocas nueces; debemos salir a conseguir provisiones». Y entregó una flecha de mando a una rata joven y capaz, con instrucciones para que hiciera una salida de reconocimiento. Pronto la rata volvió a informar: «He realizado una búsqueda amplia y hecho numerosas indagaciones. La mejor despensa de grano y frutos secos se encuentra en el templo que hay al pie de esta misma colina». «¿Cuántos tipos de grano? ¿Cuántos tipos de frutos secos?» «Un granero entero repleto de arroz y judías, raíces de colocasia y cuatro tipos de frutos secos: dátiles, castañas, cacahuetes y abrojos.» Maravillado por la información, el patriarca dispuso inmediatamente la ofensiva de sus ratas. Tomando una flecha de mando preguntó: «¿Quién robará el arroz?». Se adelantó una rata, tomó la flecha de mando y partió a cumplir su misión. «¿Quién robará las judías?» Otra rata aceptó la misión. Una por una fueron saliendo todas hasta que sólo quedó por robar la colocasia. Sosteniendo otra flecha de mando, el patriarca preguntó: «¿Quién saldrá a robar las raíces de colocasia?». Se ofreció voluntaria una insignificante y canija rata: «Yo iré», dijo. Viéndola tan pequeña y débil, el patriarca y el resto de la tribu, temerosos de que no pudiera cumplir la misión, se negaron a que fuera. Pero la ratita insistió diciendo: «Tan joven y débil como soy, tengo maravillosos poderes mágicos y soy muy elocuente y sagaz. Prometo que cumpliré el encargo mejor que el resto de mis compañeras». Al pedirle que explicara sus palabras, dijo: «Yo no robaré directamente, como las demás ratas, sino que me transformaré en una raíz de colocasia y me confundiré entre ellas como una más para no ser descubierta. Entonces me las llevaré de una en una hasta vaciar el almacén. ¿No será eso más efectivo?». «Eso parece, en efecto —le dijeron las otras ratas—, pero ¿cómo conseguirás la metamorfosis? Muéstranoslo.» «Muy fácil —respondió ella, riendo—, observad.» Se sacudió y cobró de repente la apariencia de una adorable muchacha con un rostro encantador. «Has fallado —gritaron entre risas las ratas—, te has convertido en una preciosa damita, no en una raíz de colocasia.» «¡Banda de ignorantes! —dijo enfadada volviendo a su forma original—. Sólo conocéis la forma de las raíces de colocasia, pero ignoráis que la hija de Lin, el comisionado de la Sal, es más dulce y fragante que cualquier raíz[6].»

En ese momento Daiyu se abalanzó sobre él y lo dejó clavado sobre la cama:

—¡Bribón! —dijo riendo—. Sabía que te estabas burlando de mí.

Y pellizcó a Baoyu hasta que éste suplicó piedad a gritos:

—Suéltame, primita. No volveré a hacerlo. Fue tu perfume lo que me recordó ese viejo texto.

—Te burlas de mí y encima pretendes hacerme creer que ya conocías esa historia…

En ese momento entró Baochai con el rostro radiante.

—¿De qué historia habláis? Quiero conocerla.

Daiyu le ofreció asiento.

—¿No lo ves? —le dijo riendo—. Se burla de mí y encima pretende hacerme creer que se trata de un viejo texto.

—¿Se trata del primo Bao? No me extraña —sonrió Baochai—. Conoce tantos textos… Su problema es que los olvida cuando más los necesita. Si hoy su memoria es tan buena, ¿por qué la otra noche no pudo recordar los versos del plátano? Incluso había olvidado el más conocido. Los demás tenían frío, pero él, en su frenesí, sudaba. ¿Qué es lo que le ha vuelto ahora a la memoria?

—¡Buda Amida! —exclamó Daiyu dirigiéndose a Baoyu—. Después de todo, es mi hermana. Ahora sí que has encontrado la horma de tu zapato. Eso demuestra que nada escapa al pago de las deudas contraídas en vidas anteriores.

En ese momento estalló en los aposentos de Baoyu un clamor de disputa. Desde allí se oían los gritos de furia.

Así ocurrió en realidad…

CAPÍTULO XX

Xifeng reprende con duras palabras

a una mujer celosa.

Daiyu se burla con gracia de una

muchacha parlanchina.

Dejamos a Baoyu en el cuarto de Daiyu relatándole a ésta una fábula sobre espíritus de ratas. Baochai, que había entrado en ese momento, le tomó el pelo por haber olvidado la alusión al plátano y la cera verde la noche de la fiesta de los Faroles. Las risas y bromas descargaron a Baoyu del temor a que Daiyu sufriera un corte de digestión o insomnio durante la noche si seguía durmiendo la siesta, resultando así dañada su salud. Afortunadamente, la llegada de Baochai y la animada conversación que siguió habían reanimado a Daiyu.

Entonces se armó una batahola en los aposentos de Baoyu, y los tres se pusieron a escuchar atentamente.

—Es tu nodriza amonestando a Xiren —dijo Daiyu—. Xiren la trata bien, pero el ama Li siempre la está regañando. La vejez la ofusca.

Baoyu quiso acudir de inmediato, pero Baochai lo sujetó por un brazo.

—No vayas ahora a discutir con el ama —le advirtió—. Es una vieja tonta, pero debes tratarla con respeto.

—Ya lo sé —contestó él, y salió corriendo.

En sus aposentos encontró al ama Li, apoyada sobre un bastón en medio del cuarto, insultando abiertamente a Xiren.

—¡Putilla desagradecida! —le gritaba—. Me debes tu actual situación, pero ahí estás, dándote aires de grandeza tumbada sobre el kang, incapaz siquiera de dirigirme una mirada cuando entro. Lo único que te preocupa es halagar a Baoyu para que no me escuche y haga sólo lo que a ti te plazca. No eres más que una esclava comprada con unos cuantos taeles apestosos, que lo ha puesto todo patas arriba. Si no te portas bien serás sacada a rastras de esta casa y entregada en matrimonio. Ya veremos entonces si puedes seguir embrujando a Baoyu.

Xiren suponía que el ama Li estaba furiosa con ella por haberla encontrado acostada.

—Estoy enferma, abuelita —explicó—. Había empezado a sudar con la cabeza cubierta. Por eso no la vi entrar.

Pero cuando la anciana la acusó de estar seduciendo a Baoyu y la amenazó con un matrimonio forzado, se sintió tan avergonzada e injustamente ofendida que no pudo evitar que se le saltaran las lágrimas.

Baoyu llegó a tiempo de oír los insultos, pero sólo pudo explicar que Xiren estaba enferma y que acababa de tomar una medicina.

—Si no me cree, pregúntele a las doncellas —añadió.

Pero la intervención de Baoyu no hizo sino añadir leña al fuego, y la nodriza se le encaró enfurecida:

—Eso es. Sal ahora en defensa de tus zorras. Claro. Después de todo, ¿qué soy yo? ¿A cuál de ellas debo preguntar, si todas están de tu parte y a todas las tiene Xiren bajo su talón? No se me escapa nada de lo que pasa aquí. Voy a ventilar esto en presencia de la Anciana Dama y de la dama Wang. Yo te amamanté. Yo te crié. Pero ahora que no necesitas mi leche me dejas de lado y permites que tus doncellas me insulten.

La anciana lloraba de rabia mientras Daiyu y Baochai intentaban tranquilizarla.

—Amita, trata de ser comprensiva —le dijeron—. No des tanta importancia a las cosas.

Pero la mujer volcó sus quejas en ellas: el asunto de la taza de té de Qianxue, la leche cuajada del día anterior… Era difícil encontrar algún sentido a sus gruñidos.

Xifeng, que estaba en los aposentos de la Anciana Dama sumando los puntos después de una partida, había oído las enfurecidas voces. Supo enseguida que el ama Li había vuelto a las andadas y estaba desahogando su ira con las doncellas de Baoyu por las pérdidas que había tenido aquel día en el juego. Acudió corriendo y llevó aparte a la nodriza.

—No se enfurezca, ama querida —le dijo con una sonrisa—. Acaba de terminar la fiesta y la Anciana Dama ha pasado un día feliz. A su edad debería estar impidiendo las peleas de los demás en vez de provocarlas usted. Respete nuestras costumbres y no arme aquí un escándalo que termine por inquietar a la Anciana Dama. Dígame quién la ha molestado y haré que la castiguen. Y ahora venga, que tengo un faisán a la parrilla en mi cuarto y está recién hecho. Sígame, y vamos juntas a comer y beber un poco.

Dicho lo cual se llevó consigo a la nodriza mientras llamaba a su doncella:

—Fenger, trae el bastón del ama Li y un pañuelo para secarle las lágrimas.

Incapaz de mantenerse en pie, la vieja fue sacada a rastras mientras se lamentaba por el camino.

—Ya tengo edad suficiente para morir y acabar de una vez con todo esto, pero prefiero perder los estribos y quedar mal antes que tolerar la insolencia de esa sucia perra.

Baochai y Daiyu admiraron la manera que había tenido Xifeng de controlar la situación, y ahora reían y aplaudían.

—¡Menos mal que ese huracán ha conseguido llevarse a la vieja! —exclamó Daiyu.

Baoyu asintió con un gesto de cabeza y suspiró:

—Sólo el cielo sabe cómo empezó todo esto. Insiste en buscar pleitos con gente que no se puede defender. Supongo que alguna de las chicas la molestó ayer, y éste ha sido su modo de ajustar cuentas…

No había terminado de decir esto cuando Qingwen soltó una carcajada.

—No estamos locas —dijo—. ¿Por qué habríamos de molestarla? Y aun en el caso de qué así fuera, habríamos asumido la culpa sin descargarla en nadie más.

Xiren tomó la mano de Baoyu y sollozó:

—Primero ofende a su vieja nodriza por mi culpa, y ahora está ofendiendo a las demás muchachas. ¿No tengo ya bastantes problemas como para que las implique también a ellas?

Como estaba enferma, Baoyu tuvo que armarse de paciencia. Le pidió que volviera a acostarse. La fiebre la consumía, y él se tendió a su lado para intentar tranquilizarla.

—Ahora debes pensar sólo en tu salud. No te preocupes por tonterías.

Xiren sonrió amargamente.

—Si me preocupase por tonterías no podría vivir ni un minuto en este cuarto —dijo—, pero cuando todo es igual un día tras otro, ¿qué espera que hagamos? Siempre le estoy pidiendo que deje de ofender a la gente por nuestra culpa. Usted está dispuesto a tomar partido por nosotras en cualquier momento, pero ellas no lo olvidan y, en cuanto tienen oportunidad, aprovechan, como mínimo, para insultarnos. Piense en lo difícil que nos hace la vida su actitud.

Mientras hablaba no podía reprimir las lágrimas, pero el temor a inquietar a Baoyu le ayudó a evitarlas.

En ese momento una criada trajo la segunda dosis de la medicina de Xiren. Baoyu no quiso que ella se incorporase, ya que parecía estar a punto de ponerse a sudar, y le llevó la medicina a la cama, levantándole la almohada para que la bebiera. Luego, ordenó a algunas de las doncellas más jóvenes que preparasen su kang.

—Decida o no quedarse allí a cenar, debería ir a sentarse un rato con la Anciana Dama y la dama Wang —sugirió Xiren—. Y antes de volver vaya también a hacer compañía a las señoritas. Yo me sentiré mejor después de haber dormido tranquila.

Al oír eso, Baoyu le quitó las peinetas y los brazaletes y la ayudó a acomodarse para pasar la noche. Luego fue a cenar en los aposentos de su abuela.

Después de la cena, a la Anciana Dama le apeteció jugar a las cartas con algunas de las gobernantas. Baoyu, todavía preocupado por Xiren, regresó a ver cómo estaba y la encontró durmiendo. Todavía no era la hora de acostarse y Qingwen, Qixian, Qiuwen y Bihen habían salido a divertirse con Yuanyang y Hupo, dejando de guardia a Sheyue, que jugaba sola bajo la lámpara del cuarto exterior.

Baoyu le preguntó sonriendo:

—¿Por qué no te has ido con las demás?

—No tengo dinero.

—Hay un montón bajo la cama. ¿No te alcanza para perderlo?

—¿Y quién cuidará este sitio si nos vamos todas a jugar? Además, ella está enferma. Hay lámparas por todas partes y estufas encendidas debajo de cada kang. Las ancianas merecen un descanso después de haber estado cuidando todo el día a la gente de la casa, y las muchachas tienen derecho a divertirse después de un día de trabajo. Por eso dejé que se fueran mientras yo me ocupo de las cosas de aquí.

«¡Vaya! —pensó Baoyu— ¡pero si es otra Xiren!» Y sonrió.

—Yo me quedaré —le dijo—. No te preocupes. Puedes irte.

—Si se queda usted aquí, más motivos tengo para quedarme yo también. ¿Por qué no nos sentamos a charlar?

—¿Los dos solos? Suena algo aburrido. ¿Qué podemos hacer? ¡Ya sé! Esta mañana decías que te picaba un poco la cabeza. Déjame peinarte.

—Bueno, si lo prefiere…

Sheyue trajo su neceser y su espejo; luego se quitó las horquillas del pelo y se lo soltó. En cuanto Baoyu empezó a recorrerlo con un peine fino apareció Qingwen, que volvía corriendo en busca de dinero. Al verlos soltó una risita burlona.

—¡Extraña cosa! —dijo—. Todavía no ha bebido la copa nupcial y ya está arreglándole el cabello[1].

Baoyu sonrió.

—Ven —contestó—, también te arreglaré el tuyo si quieres.

—No estoy llamada a tan gran fortuna.

Dicho lo cual partió con el dinero. Al salir echó la antepuerta sobre la entrada.

Baoyu permanecía de pie detrás de Sheyue, que se encontraba sentada ante el espejo. A través de él intercambiaron miradas y Baoyu sonrió:

—De todas vosotras, es la que tiene peor lengua.

Sheyue blandió un dedo admonitorio, pero demasiado tarde, pues con otro golpe de antepuerta Qingwen volvió a entrar.

—¿Qué significa ese comentario? —dijo—. Tenemos que arreglar este asunto.

—¡Anda, vete! —le dijo Sheyue riendo—. No le hagas caso.

—Ya estás encubriéndolo otra vez. Conozco todos sus taimados trucos. Aclararemos esto en cuanto haya recuperado mi dinero.

Y salió de nuevo.

Cuando terminó de peinar a Sheyue, Baoyu le pidió ayuda para meterse silenciosamente en la cama y no molestar a Xiren.

El resto de la noche transcurrió sin incidentes.

El sudor de la noche hizo que Xiren amaneciese mejor; comió unas pocas gachas y se volvió a acostar. Después del desayuno, Baoyu se sintió más tranquilo y fue a visitar a la tía Xue.

Como era el primer mes, los muchachos tenían vacaciones escolares y a las mujeres les estaban prohibidas las labores de aguja[2]. Todo el mundo estaba ocioso. Cuando llegó Jia Huan a jugar encontró a Baochai, Xiangling y Yinger enzarzadas en una partida de dados en la que pidió participar.

Baochai, que siempre trataba a Jia Huan exactamente igual que a Baoyu, le hizo sentarse con el grupo. Apostaban diez monedas en cada tirada y, después de la satisfacción de ganar la primera, Jia Huan sintió la irritación de perder las sucesivas. En el siguiente turno necesitaba sumar más de seis puntos para ganar, mientras que Yinger no precisaba más de tres. Jia Huan sacudió los dados con todas sus fuerzas. Los lanzó. Uno de ellos quedó en cinco, el otro siguió rodando. Yinger aplaudió y gritó: «¡Uno!». Huan, con los ojos clavados en el dado que rodaba exclamó tontamente: «¡Seis, siete, ocho!». El dado se detuvo mostrando un uno. Exasperado, retiró rápidamente ambos dados de la mesa y se puso a recoger las apuestas insistiendo en que había lanzado un seis.

—¡Ha sido un clarísimo uno! —protestó Yinger.

Baochai advirtió que Jia Huan estaba fuera de sí, y lanzó una mirada de reproche a Yinger.

—Te estás extralimitando —le advirtió—. ¿Acaso te parece posible que uno de los jóvenes señores te haga trampa? Date prisa y apuesta de nuevo.

Lo injusto de la orden hizo rabiar a Yinger, pero no se atrevió a rechistar. Colocando unas cuantas monedas sobre la mesa masculló para sus adentros: «¡Un caballero haciendo trampas! ¡Qué cosas! Ni yo misma montaría tal escándalo por unas cuantas monedas. La última vez que jugamos con el señor Baoyu perdió una bolsa entera, pero él ni se inmutó. Y cuando las muchachas se repartieron todo lo que le quedaba, se echó a reír».

Hubiera seguido por ese camino, pero Baochai le dijo con acritud que se guardara sus comentarios.

—¿Cómo voy a compararme con Baoyu? —chilló Jia Huan, que la había oído—. A él le consentís todo porque le tenéis miedo, pero a mí me maltratáis porque soy hijo de una concubina. —Y empezó a lloriquear.

—Querido primo, no digas esas cosas o la gente se reirá de ti —le aconsejó Baochai.

Estaba riñendo de nuevo a Yinger cuando entró Baoyu preguntando qué pasaba. Jia Huan no tuvo el valor de decírselo.

Baochai conocía la regla de la familia Jia: un hermano menor debe mostrar respeto por el mayor. Lo que no comprendía era cómo Baoyu no quería que nadie le tuviera miedo. El razonamiento de Baoyu era el siguiente: «Todos tenemos a nuestros padres para que nos corrijan, ¿por qué he de intervenir dañando mis relaciones con los más jóvenes? Como yo soy el hijo de la esposa y él lo es de la concubina, la gente chismorreará incluso en el caso de que no suceda nada entre nosotros, así que lo hará mucho más si intento controlarlo».

Incluso tenía una idea más fantástica. ¿Sabe cuál era, mi querido lector? Verá, como se había criado entre muchachas —sus hermanas Yuanchun y Tanchun, sus primas Yingchun y Xichun de la casa Jia, y sus primas Shi Xiangyun, Lin Daiyu y Xue Baochai— había llegado a la conclusión de que, si bien los seres humanos en general son la expresión más alta de la creación, es en las muchachas en quienes se concentran las más finas esencias de la naturaleza, siendo los hombres sólo desperdicios y escoria. Por eso para él todos los hombres eran sucios bobos a los que más les hubiera valido no existir. Sólo como deferencia a Confucio, el más grande sabio de todos los tiempos, que enseñó el respeto debido a padres, tíos y hermanos, Baoyu mantenía relaciones más o menos buenas con sus hermanos y primos. Nunca se le había ocurrido que él mismo, como hombre, pudiera constituir un buen ejemplo para los más jóvenes. Por eso Jia Huan y los demás no le tenían respeto, y sólo se avenían a sus deseos por temor a la Anciana Dama.

Para impedir que Baoyu reprendiera a Jia Huan, lo que no hubiera hecho más que empeorar las cosas, Baochai encubrió el comentario del hermano menor lo mejor que pudo.

—El primer mes del año no es buena época para lloriquear —dijo Baoyu—. Si no te gusta este sitio, búscate otro para jugar. Parece que el estudio diario te ha confundido la cabeza todavía más de lo que la tenías. Cuando encuentres que una cosa es mejor que otra, busca la primera y deja la segunda. ¿Puedes mejorar algo que no te gusta si te quedas parado gimoteando? Viniste aquí a divertirte. Si no te sientes feliz, vete a donde puedas pasar un buen rato. ¿Por qué te martirizas de esa manera? Más vale que te vayas. Rápido.

Jia Huan volvió con su madre, la concubina Zhao, quien, al verlo tan disgustado, le preguntó:

—¿A quién le ha tocado esta vez tratarte como una alfombra?

Como no recibiera respuesta, repitió la pregunta.

—Estuve jugando con la prima Baochai —contestó finalmente—. Yinger me trató mal y me hizo trampas en el juego. Luego llegó el hermano Baoyu y me echó.

Su madre le escupió de disgusto.

—¡Pillo desvergonzado! ¿Quién te manda ir metiéndote por ahí? ¿No tienes otro sitio donde jugar? ¿Por qué buscas problemas?

Xifeng, que pasaba por allí, oyó la conversación entre madre e hijo y llamó a través de una ventana:

—¿Qué son todos estos líos en pleno primer mes del año[3]? Huan es sólo un niño. Si comete algún pequeño error, debes corregirlo. ¿Por qué la tomas contra él de ese modo? Vaya donde vaya, allí estarán el señor y Su Señoría para mantenerlo en vereda. ¡Qué ocurrencia escupirle al niño! Él es uno de los jóvenes señores, y si se porta mal siempre habrá gente para corregir su comportamiento. ¿Por qué te metes en el asunto? Ven, hermano Huan, ven a jugar conmigo.

Jia Huan temía a Xifeng todavía más que a la Anciana Dama. Por eso obedeció rápidamente y su madre no se atrevió a objetar nada.

—Eres demasiado pusilánime —le riñó Xifeng—. Una y otra vez te he dicho que eres libre de comer o beber lo que quieras y de jugar con cualquiera de los chicos o chicas, pero en lugar de hacerme caso permites que otras personas te inculquen conductas torcidas. No tienes amor propio, y terminarás por rebajarte. ¡Tú mismo te portas malévolamente y luego te quejas de la injusticia ajena! ¿Cuánto has perdido jugando para comportarte de esta manera?

—Unas doscientas monedas —contestó Huan tímidamente.

—¡Tanto lío por doscientas monedas! ¡¿Y tú eres uno de los jóvenes señores?! —exclamó Xifeng.

Y volviéndose hacia Fenger:

—Anda por una sarta de monedas y luego lleva al chico a donde están jugando las muchachas. Y tú, si vuelves a hacer una cosa tan baja —le advirtió a Huan—, primero te daré una buena paliza y luego haré que se lo cuenten a tu maestro para que te desuelle vivo. Tu absoluta falta de orgullo le hace rechinar los dientes a tu primo Lian. Ya te habría arrancado las tripas si yo no lo hubiera contenido. ¡Ahora corre!

—Sí —dijo Jia Huan, y partió con Fenger llevándose la sarta de monedas. Luego volvió a integrarse en el juego, donde podemos dejarlo.

Volvamos a Baoyu, que se encontraba bromeando con Baochai cuando alguien anunció la llegada de la señorita Shi. Inmediatamente se levantó para ir a verla.

—Espera —dijo Baochai—. Vamos juntos.

Y se bajó del kang para acompañar a Baoyu a los aposentos de la Anciana Dama. Allí encontraron a Shi Xiangyun riendo y parloteando como una loca. Cuando acabaron de intercambiar los saludos de rigor, Daiyu, que también se encontraba allí, preguntó a Baoyu dónde había estado.

—Con la prima Baochai —contestó él.

—Ya lo suponía —respondió la muchacha con tono incisivo—. Había alguien que te mantenía allí; de otro modo hace ya un rato que habrías venido.

—¿Acaso eres la única con la que me está permitido jugar? —contestó él con una sonrisa—. Para una vez que voy a verla, tú haces de ello un motivo de pelea.

—Tonterías. ¿Qué me importa si vas a verla o no? Tampoco te he pedido nunca que me entretengas. Me puedes dejar en paz de ahora en adelante.

Dicho lo cual, se retiró furiosa a su cuarto. Baoyu la siguió.

—¿Por qué te enfadas por una tontería así? —protestó—. Aunque haya dicho algo incorrecto, puedes quedarte y seguir conversando con el resto de la gente en vez de poner mala cara aquí sola.

—Lo que yo haga no es asunto tuyo.

—Claro que no, pero no soporto ver cómo arruinas tu salud.

—Si arruino mi salud y me muero, es asunto mío. Nada tiene que ver contigo.

—¿Por qué hablas de «vivir» o «morir» precisamente después del Año Nuevo?

—Pues lo hago, ¡y qué! Estoy dispuesta a morir en cualquier momento. Y tú, si tanto temes a la muerte, puedes vivir hasta los cien, si te parece.

—Como sigas portándote así, dejaré de temerla e incluso la preferiré —repuso Baoyu sonriendo.

—¡Eso! —le contestó ella inmediatamente—. Si sigues tratándome así, más vale que me muera.

—Lo que yo dije es que más valía que yo me muriera, no que te murieras tú. ¡Qué manera de retorcer mis palabras!

Cuando más se enconaba la disputa entró Baochai.

—Te espera la prima Shi.

Y empujó a Baoyu hasta la salida.

Sintiéndose más infeliz que nunca, Daiyu se sentó junto a la ventana a derramar lágrimas de ira.

En menos de lo que se tarda en beber dos tazas de té, Baoyu estuvo de regreso, y la muchacha, al verlo de nuevo, rompió a llorar convulsivamente. Él comprendió que sería difícil tranquilizarla, y se aprestó a hacerlo con toda suerte de zalamerías y palabras amables. Pero antes de que pudiera intentarlo, ella preguntó entre sollozos:

—¿Para qué has vuelto? Ahora tienes una nueva compañera de juegos, alguien que lee, escribe y versifica mejor que yo, y que se ríe y habla mejor contigo; alguien que te arrastró temerosa de que perdieras la paciencia. ¿Para qué vuelves? ¿Por qué no me dejas morir tranquila?

Baoyu se le acercó y le dijo en voz baja:

—Alguien tan inteligente como tú debería saber que los parientes lejanos no pueden interponerse entre los cercar nos, y que los nuevos amigos no pueden ocupar el lugar de los viejos. Eso lo sé incluso yo, a pesar de mi estupidez. Tú eres la hija de la hermana de mi padre, mientras que Baochai es mi prima por parte de madre; o sea que tú estás más cerca de mí que ella. Además, tú llegaste aquí primero, hemos comido en la misma mesa, dormido en la misma cama y crecido juntos, mientras que ella acaba de llegar. ¿Cómo se te ocurre pensar que Baochai podría distanciarnos?

—¿Acaso crees que lo que pretendo es que te alejes de ella? ¿Por quién me tomas? Ocurre que has herido mis sentimientos…

—Y son tus sentimientos los que me preocupan. ¿Es que sólo conoces tu corazón y no el mío?

Daiyu agachó la cabeza y se quedó callada. Después de una pausa dijo:

—Tú culpas a los demás porque te encuentran defectos, y no te das cuenta de lo provocador que puedes llegar a ser. Hoy, por ejemplo, ¿por qué te quitas la capa de piel de zorro cuando ha empezado a hacer tanto frío?

Baoyu se echó a reír.

—La llevaba puesta, pero cuando te enfadaste conmigo me dio tanto calor que me la quité.

—Pues bien —suspiró ella—, si te resfrías se armará un tremendo escándalo.

Fueron interrumpidos por la llegada de Xiangyun.

—¡Primo Ai[4], prima Lin! —exclamó alegremente—. Vosotros podéis estar juntos todos los días, pero mis posibilidades de venir a visitaros son escasas, y, sin embargo, qué poca atención le prestáis a mi humilde persona.

—¡Mira cómo farfulla! —dijo Daiyu con una carcajada—. ¡Vaya idea decir ai en lugar de er! Supongo que cuando juguemos a los dados gritarás uno, amor, tres, cuatro, cinco…

—La imitas tan bien que acabarás hablando como ella —dijo Baoyu para fastidiarla.

—Siempre la toma conmigo —exclamó Xiangyun—. Esta chica no deja pasar una. Aunque seas mejor que los demás, no es necesario ir por ahí burlándose de todo el mundo. ¡Ahora, que yo conozco a alguien de quien no te burlarás nunca ni le encontrarás defecto alguno! Si lo haces te respetaré realmente.

—¿Quién es? —preguntó Daiyu de inmediato.

—¿Te atreves a encontrarle defectos a la prima Baochai? Si lo haces, te felicitaré. Es posible que yo no pueda contigo, pero en ella has encontrado la horma de tu zapato.

—Ah, se trata de ella —dijo Daiyu con una risa helada—. Me preguntaba a quién te podías referir. ¿Cómo me atrevería a buscarle defectos a la prima Baochai?

Baoyu intentó detenerlas, pero Xiangyun siguió:

—Nunca podré compararme contigo, prima Daiyu, pero te deseo que encuentres un esposo que hable como yo. Así podrás pasar la vida oyendo «amor» a todas horas. ¡Buda Amida! ¡Ojalá viva para ver ese día! —Y al tiempo que se escuchaba una risotada general, echó a correr hacia la salida perseguida por Daiyu.

De lo que ocurre, les hablaré en el siguiente capítulo.

CAPÍTULO XXI

La prudente Xiren reprende

cariñosamente a Baoyu.

La bella Pinger auxilia con

dulces palabras a Jia Lian.

Xiangyun echó a correr huyendo de Daiyu, que la perseguía, y Baoyu se precipitó al umbral del cuarto gritándole:

—¡No vayas a tropezar! No te preocupes, ella no puede atraparte.

Agarrándose con las dos manos al marco de la puerta impidió la salida de Daiyu.

—Déjala ir por esta vez —le rogó.

—¡Antes muerta! —exclamó ella asiéndole el brazo.

Al ver que Baoyu bloqueaba la puerta impidiendo pasar a Daiyu, Xiangyun se detuvo y le dijo riendo:

—¡Por favor, prima querida, perdóname por esta vez!

Baochai, que llegaba en ese momento, intervino conciliadora:

—Haced las paces, por el bien de Baoyu.

—¡Jamás! —gritó Daiyu—. ¿Es que os habéis puesto todos de acuerdo para burlaros de mí?

—¿Quién se atrevería a burlarse de ti? —replicó Baoyu—. Xiangyun no lo haría si antes no te hubieses burlado tú de ella.

Todavía estaban los cuatro discutiendo cuando se convocó a la cena. Echaron a andar hacia los aposentos de la Anciana Dama, donde ya se encontraban la dama Wang, Li Wan, Xifeng y las tres muchachas Primavera. Acabada la cena conversaron un poco y luego se fueron a dormir. Xiangyun volvió a los aposentos de Daiyu, y Baoyu las acompañó. Ya había pasado la segunda vigilia y Xiren tuvo que insistirle varias veces para que volviera a su cuarto a dormir.

Con las primeras luces del alba, Baoyu sé echó algo de ropa encima y se dirigió a los aposentos de Daiyu. Zijuan y Cuilü no estaban a la vista, y sus dos primas aún dormían. Daiyu yacía apaciblemente acurrucada bajo un cobertor enguatado de seda roja albaricoque. Tenía los ojos cerrados. A Xiangyun los negros cabellos se le habían esparcido por la almohada, y el cobertor apenas le cubría los hombros. Un blanco brazo adornado con brazaletes de oro lucía sobre las mantas.

«Es inquieta hasta en sueños —suspiró Baoyu—. A la primera corriente de aire volverá a quejarse de dolor en el cuello.»

Y, con toda delicadeza, le subió el cobertor.

Daiyu se había despertado al sentir la presencia de alguien. Había adivinado de quién se trataba, y mirando en torno suyo para asegurarse preguntó:

—¿Qué haces aquí tan temprano?

—¿Temprano? Levántate y mira la hora que es.

—Si quieres que nos levantemos, será mejor que salgas.

Baoyu se retiró a una salita contigua mientras Daiyu despertaba a Xiangyun. Apenas acabaron de vestirse, el muchacho entró de nuevo y se sentó junto al tocador mirando cómo Zijuan y Xueyan ayudaban en su aseo matinal a las muchachas. Cuando Xiangyun acabó de asearse, Cuilü levantó la palangana para vaciarla.

—¡Espera! —exclamó Baoyu—. Bien puedo asearme aquí para ahorrarme la molestia de volver a mi cuarto.

Se acercó y se inclinó para lavarse la cara, pero rechazó el ofrecimiento de jabón que le hizo Zijuan:

—Ya hay suficiente en el agua, no necesito más.

Chapoteó durante unos momentos y pidió una toalla.

—¡Usted y sus viejos trucos! —dijo Cuilü—. ¿Nunca crecerá?

Baoyu ignoró el comentario y pidió sal para cepillarse los dientes. Cuando ya se había enjuagado la boca, observó que Xiangyun también había terminado de arreglarse el pelo y se le acercó suplicante:

—Primita, ¿me arreglarás el pelo a mí?

—No puedo —contestó ella.

—Pero ya lo has hecho otras veces —insistió con una sonrisa.

—Ya no recuerdo cómo se hace.

—De todos modos hoy no saldré y no utilizaré bonete ni gorra. Trénzamelo sólo.

Le suplicó y la halagó con tantas expresiones cariñosas que Xiangyun acabó cediendo. Como en casa no usaba bonete, sólo le hizo unas trenzas con los cabellos cortos que le rodeaban la cabeza, y luego las unió en una gran trenza que sujetó con una cinta carmesí y adornó con cuatro perlas y un colgante de oro en el extremo.

—Sólo hay tres perlas iguales —advirtió ella—. La cuarta no pertenece al juego, y recuerdo que antes casaban todas. ¿Por qué falta una?

—La habré perdido.

—Seguro que se te ha caído en alguna de tus salidas. Qué suerte para quien la haya encontrado.

Daiyu, que estaba lavándose las manos al lado, sonrió irónicamente.

—¿Y cómo sabéis si se cayó o fue entregada a alguien para que la montara sobre una baratija?

En lugar de responderle, Baoyu empezó a juguetear con los objetos que había sobre el tocador frente al espejo. Cogió un poco de colorete, y ya se estaba preguntando si podría probarlo a hurtadillas cuando apareció Xiangyun por detrás, le agarró la trenza con una mano y con la otra puso el colorete fuera de su alcance.

—¿No cambiarás nunca tus bobas costumbres? —le preguntó.

En ese momento entró Xiren, que se retiró inmediatamente al ver que Baoyu había concluido su aseo.

Estaba ocupándose de su propio aseo cuando entró Baochai a preguntarle por el muchacho.

—En los últimos tiempos casi no viene por aquí —respondió Xiren, con un tono de amargura en la voz.

Baochai comprendió.

Con un suspiro, la doncella prosiguió:

—Sentir afecto por las primas está muy bien, pero todo tiene un límite. No deberían estar siempre juntos, día y noche. Pero de nada sirve que nosotras hablemos; no hacemos sino desperdiciar nuestro aliento.

Baochai valoró, juzgando sus palabras, el excelente sentido común de la doncella. Se sentó sobre el kang para preguntarle a Xiren qué edad tenía y de dónde procedía, sondeándola cuidadosamente acerca de varios temas y resultando de todo ello una impresión más que favorable. Pero pronto apareció Baoyu, y optó por retirarse.

—Parecíais muy enfrascadas en vuestra charla —le dijo Baoyu a Xiren—. ¿Por qué se fue la prima Baochai cuando yo llegué?

Tuvo que repetir la pregunta, y sólo entonces replicó la doncella:

—¿Por qué me pregunta a mí? ¿Acaso sé yo lo que sucede entre ustedes dos?

Baoyu percibió que le ocurría algo.

—¿Por qué estás tan irritada? —preguntó amablemente.

—¿Quién soy yo para irritarme? —contestó Xiren sonriendo con sarcasmo—. Lo mejor será que se mantenga apartado de este lugar. Hay otras que pueden cuidarlo, así que no me moleste. Yo volveré a atender a la Anciana Dama.

Dicho lo cual, se echó sobre el kang y cerró los ojos.

Desconsolado por la respuesta, Baoyu se acercó a tranquilizarla, pero ella mantuvo los ojos cerrados y lo ignoró. El muchacho estaba cavilando sobre la situación cuando entró Sheyue.

—¿Qué le pasa a Xiren? —le preguntó él.

—¿Cómo habría de saberlo? Mejor pregúntele a ella.

Esto dejó a Baoyu tan confundido que no supo qué responder. Se incorporó y dijo suspirando:

—Bien. Si nadie me hace casó, yo también me voy a dormir.

Y se fue a la cama. Cuando hubo pasado un buen rato sin hacer ruido y Xiren, midiendo su respiración regular, estuvo segura de que se había dormido, se levantó y lo arropó con una capa. Inmediatamente oyó un golpe sordo. Baoyu, que fingía dormir, había dejado caer la capa. Todavía tenía los ojos cerrados. Xiren sonrió, e hizo un gesto de comprensión con la cabeza.

—No es necesario que pierda los estribos —dijo—. De ahora en adelante seré muda y no diré una sola palabra contra usted. ¿Qué le parece?

Estas palabras hicieron incorporarse a Baoyu, que se sentó en el borde de la cama.

—¿Qué he hecho ahora? ¿Por qué sigues metiéndote conmigo? No me importa que me riñas, pero lo que acabas de hacer no es reñirme. Al entrar me has ignorado, y te acostaste furiosa por algún motivo que se me escapa. Ahora me acusas de mal genio, pero todavía no he oído una sola razón contra mí que justifique tu comportamiento.

—Lo sabe bien, sin necesidad de que yo se lo diga.

La discusión fue interrumpida por una llamada de la Anciana Dama. Baoyu acudió para acompañarla en la mesa y consiguió comer medio tazón de arroz antes de volver a su aposento. Encontró a Xiren dormida sobre el kang del cuarto de fuera, y a Sheyue jugando a su lado. Conocedor de la amistad que unía a las dos muchachas ignoró también a la despierta, y levantando una cortina entró en su dormitorio. Sheyue lo siguió, pero él la empujó fuera.

—Por nada del mundo se me ocurriría molestarlo —dijo ella, y, saliendo con una sonrisa, envió adentro a dos doncellas más jóvenes. Baoyu se acomodó para leer un libro hasta que tuvo ganas de beber té; entonces levantó la cabeza y vio a las dos muchachas de pie ante él. La mayor tenía cierto delicado encanto.

—¿Cómo te llamas? —preguntó.

—Huixiang[1].

—¿Quién te dio ese nombre?

—Yo me solía llamar Yunxiang[2], pero la hermana Hua[3] me lo cambió.

—Deberías llamarte Huiqi[4], no Huixiang. ¿Cuántas muchachas hay en tu familia?

—Cuatro.

—Y tú, ¿qué lugar ocupas entre las cuatro?

—Soy la menor.

—Entonces te llamaremos Sier[5] y dejaremos eso de la fragancia y las orquídeas. ¿Cuál de vosotras se puede comparar con una de esas flores? Llamaros con esos nombres es insultar a las pobres flores.

Y pidió té.

Xiren y Sheyue, que habían estado escuchando desde la puerta, apretaron los labios para aguantar la risa.

Baoyu se pasó todo ese día deprimido, sin salir, sin jugar con las muchachas de la familia ni las doncellas, leyendo o escribiendo para matar el tiempo. En vez de llamar a otras, dio todas sus órdenes a Sier que, como era una muchacha despierta, aprovechó la oportunidad e hizo todo lo posible por complacerlo.

El muchacho tenía la costumbre, una vez acabada la cena y animado por unas cuantas copas de vino, de jugar un rato con Xiren y las demás; pero aquella noche permaneció solo y desconsolado a la luz de una lámpara. Por un momento sintió la tentación de reunirse con las jóvenes, pero luego pensó que eso provocaría sus bromas y acabaría acarreando nuevas reprimendas en el futuro. Por otra parte, hubiera sido un gesto poco amable hacer valer su autoridad.

«Haré como si no existieran —decidió—. Me las arreglaré solo. Eso me dejará en libertad para divertirme a mi antojo.»

Entonces se puso a leer un capítulo de Zhuangzi titulado «Ladrón que escala los muros de una casa», y llegó al siguiente pasaje:

Acabad con los santos y los sabios y desaparecerán los grandes bandidos. Arrojad lejos de vosotros los jades, triturad las perlas y no habrá rateros. Quemad las tarjas, romped los sellos y el pueblo retornará a su simplicidad natural. Haced añicos las medidas de capacidad, quebrad las balanzas y el pueblo dejará de reñir. Desarraigad, destruid las doctrinas de los santos y el pueblo discutirá las cosas libremente. Desbaratad las escalas musicales, estrellad contra el suelo zampoñas y cítaras, obturad los oídos a la música del ciego Kuang[6] y las gentes, bajo los cielos, aprenderán a escuchar por ellas mismas. Renunciad a los ornamentos y a los motivos de colores, pegad con cola los ojos de Li Zhu[7], y todas las gentes, bajo los cielos, aprenderán a mirar por ellas mismas. Destruid cartabones y medidas de cuerda, compases y escuadras, cortad los dedos a Chui[8] y todas las gentes, bajo los cielos, recobrarán sus habilidades…

Tan delicioso le resultó el pasaje que, tocado como estaba por el vino, tomó el pincel y se puso a escribir en el mismo tono:

Quemad la flor[9], desechad el almizcle[10], y aquellas que habitan los aposentos interiores se guardarán sus consejos. Ajad la belleza de la preciosa horquilla[11], embotad la inteligencia del jade negro[12], descartad el afecto, y bondadosas y malvadas serán iguales en los aposentos interiores. Escuchar los consejos elimina el peligro de la discordia, la belleza ajada impide el afecto, la inteligencia embotada extirpa la admiración por el talento. Pues joya, jade, flor y almizcle son semejantes a redes que se tienden, trampas que se colocan para fascinar y hechizar a todos los hombres bajo los cielos…

Cuando acabó de escribir dejó el pincel y se fue a la cama, y en cuanto su cabeza rozó la almohada cayó dormido. No soñó.

Cuando despertó a la mañana siguiente vio a Xiren, totalmente vestida, que yacía a su lado sobre el cobertor. Olvidadas las rencillas del día anterior, le sacudió levemente el hombro.

—Te vas a enfriar —le dijo—. Acuéstate bien y abrígate.

Ahora bien, la manera desmedida que tenía Baoyu de jugar con sus primas a cualquier hora del día o de la noche había persuadido a Xiren de que no escucharía consejo alguno. Por ello había decidido darle una lección confesándole sus propios sentimientos; con ello la muchacha esperaba que abandonara pronto su actitud. Pero al pasar un día entero sin que remitiera el enfado del muchacho, fue ella la que se inquietó y pasó toda la noche desvelada. Cuando aquella mañana lo vio de mejor humor decidió ignorarlo, y cuando él intentó quitarle la chaqueta y le soltó un botón, la muchacha lo apartó y volvió a abotonarse.

Baoyu le tomó una mano preguntándole suavemente:

—¿Qué te pasa?

Tuvo que repetir varias veces la pregunta antes de que Xiren abriera los ojos.

—Nada —contestó ella—. Si ya se ha despertado, vaya a asearse antes de que se haga tarde.

—¿Dónde voy a ir?

—¡Y yo qué sé! —gruñó Xiren—. Vaya donde quiera. Más vale separar nuestros caminos a partir de ahora; así la gente dejará de reírse de nuestras peleas. Además, si se cansa de las de allá, siempre puede disponer de una Sier y de una Wuer[13] que cuiden de usted. Las demás no somos sino una ofensa para nuestros lindos nombres.

Baoyu se echó a reír.

—Así que todavía no lo has olvidado —dijo.

—Lo recordaré aunque viva cien años. No soy como usted, que deja salir por un oído lo que le entra por el otro, y a la mañana siguiente ha olvidado lo que se le dijo la noche anterior.

Conmovido por las sombras que nublaban el bello rostro de Xiren, Baoyu se hizo con una peineta de jade que había junto a la almohada y la arrojó contra el suelo, partiéndola en dos.

—Que a mí me suceda lo mismo si no te hago caso a partir de ahora —dijo.

—¡Qué manera de hablar tan temprano! —repuso Xiren recogiendo inmediatamente los dos fragmentos—. No tiene importancia que me obedezca o no; lo importante es que deje de comportarse de esta manera.

—No sabes lo mal que me siento.

—¿De modo que también es capaz de sentirse mal? ¿Y cómo supone que me siento yo? Démonos prisa y vistámonos.

Dicho lo cual se levantaron los dos y emprendieron su aseo.

Baoyu ya había salido a presentar sus respetos a la Anciana Dama cuando Daiyu entró en su cuarto. Al no encontrarlo, se puso a registrar los libros de su escritorio y descubrió el pasaje de Zhuangzi que había estado leyendo la noche anterior. Las líneas que el muchacho había añadido al pasaje le divirtieron y a la vez se sintió provocada. Tomó un pincel y añadió estos versos:

¿Quién juega con el pincel sin motivo

tergiversando al maestro Zhuang a su antojo?

No percibe su poca perspicacia,

y en cambio se queja de las demás.

Luego fue a presentar sus respetos a la señora de la casa y a la dama Wang.

Resultó que Dajie[14], la hija de Xifeng, había caído enferma y la casa entera andaba revuelta. El médico consultado examinó a la niña y comunicó que su fiebre obedecía a un sencillo caso de «alegría»[15].

La dama Wang y Xifeng enviaron inmediatamente a preguntar si la pequeña estaba en peligro. Ésta fue la respuesta del médico: «A pesar de que se trata de una enfermedad grave, evoluciona de una manera normal. No hay motivos para preocuparse, pero deben preparar gusanos de seda y cola de cerdo[16]».

Xifeng dispuso que despejaran uno de los cuartos para que allí se erigiera un altar consagrado a la diosa de la Viruela, y prohibió freír alimentos. Después encargó a Pinger que preparase vestidos, ropa de cama y todo aquello que Jia Lian pudiera necesitar, y que dispusiera para él un cuarto aparte. También distribuyó tela roja[17] para la ropa Je las sirvientas, y se dispusieron cuartos para los dos médicos que se turnarían en el examen de las pulsaciones de a niña y en la elaboración de recetas magistrales durante doce días ininterrumpidos.

Jia Lian hubo de mudarse al estudio del pabellón exterior mientras Xifeng y Pinger, junto a la dama Wang, presentaban diariamente ofrendas a la diosa de la Viruela.

Lian no era el tipo de hombre que pudiese estar lejos de su mujer sin meterse en líos, y dos noches durmiendo solo era más de lo que podía soportar, de manera que desahogó sus ardores con los pajes más apuestos. Había en la mansión Rong un inepto cocinero podrido por la bebida, un individuo tan cobarde e inútil que todos lo conocían como Duo Gusano Fangoso. En su juventud sus padres le habían encontrado una esposa que a la sazón tendría unos veinte años, y que no andaba escasa de atractivos. Era una frívola criatura muy dada a seducir a las flores y provocar a las hierbas[18], pero Gusano Fangoso no ponía reparos a sus andanzas siempre que él no estuviera falto de licor, carne y dinero. Pocos eran los hombres de las mansiones Ning y Rong que no hubieran puesto las manos sobre la esposa del cocinero, a la que, por ser tan voluble y hermosa, llamaban «señorita Duo»[19].

Jia Lian, que se sentía inflamado por el destierro de su dormitorio, ya había puesto en alguna ocasión sus ávidos ojos sobre la señorita Duo, pero hasta ese momento no le había echado las manos encima por temor a su esposa en casa, y a sus mozalbetes fuera de ella. La señorita Duo, por su parte, también había coqueteado con Jia Lian mientras aguardaba ansiosamente su oportunidad. Apenas supo que se había mudado de cuarto empezó a revolotear por el lugar, entrando y saliendo para exhibir sus encantos, y Jia Lian mordió el cebo como una rata famélica. Acordó con sus pajes de confianza que éstos le arreglasen una cita con la mujer. Y, en verdad, el asunto fue solucionado de inmediato, pues los pajes no sólo actuaron espoleados por la promesa de una recompensa, sino que además todos y cada uno de ellos mantenía relaciones íntimas con la mujer del cocinero.

Aquella noche, durante la segunda vigilia, cuando todos descansaban y Gusano Fangoso yacía dormido, presa del licor, sobre el kang, Jia Lian se coló en el cuarto de la mujer. En cuanto la vio perdió el control y, sin mayores prolegómenos, se desnudaron y comenzaron la faena.

Ahora bien, esta mujer era de constitución tan extraña que el simple contacto con un hombre parecía derretirle los huesos, por lo cual Jia Lian se sintió como tumbado sobre algodones; además, las actitudes lujuriosas y los gritos obscenos de la mujer dejaban cortos los de cualquier cortesana. No había hombre que, en sus brazos, no llegara al frenesí más absoluto. ¡Jia Lian no quería sino fundir su cuerpo con el de la señorita Duo!

Para excitarlo aún más, la mujer que yacía bajo su cuerpo le decía:

—Su hija tiene viruelas y en su casa están haciendo ofrendas a la diosa. Debería usted llevar una vida limpia y no ensuciarse por mi culpa. Váyase rápido.

—Tú eres mi única diosa —le respondía Lian entre jadeos—. No me preocupa ninguna otra cosa.

Y cuanto más lasciva se ponía ella tanto más ignominioso se revelaba él, de manera que al acabar el encuentro se juraron fidelidad y a duras penas consintieron en separarse. Desde aquel día se convirtieron en amantes asiduos.

Entretanto, la enfermedad de la niña seguía su curso normal y poco a poco fueron sanando sus pústulas. Al cabo de doce días se celebró la despedida de la diosa y toda la familia hizo ofrendas al Cielo y a los ancestros, quemó incienso, intercambió enhorabuenas y repartió limosnas. Al concluir las ceremonias, Jia Lian retornó a sus aposentos y, al ver a Xifeng, como dice el viejo proverbio, «el reencuentro tras la: separación fue mejor que una noche de bodas». No necesitamos detenernos en los embelesos de su noche de amor.

A la mañana siguiente, cuando Xifeng salió a presentar sus respetos a las damas mayores, Pinger trajo la ropa de cama y las prendas de vestir que Jia Lian había utilizado fuera. Para su sorpresa, de una funda de almohada cayó un mechón de largo cabello. La avispada doncella se lo guardó inmediatamente en la manga y, dirigiéndose al cuarto de Jia Lian, se lo enseñó con una sonrisa.

—¿Qué es esto?

Jia Lian intentó recuperarlo, pero Pinger retiró la mano al tiempo que él alargaba la suya. Él la tumbó sobre el kang tratando de arrebatarle el cabello.

—¡Pequeña zorra! —le decía—. Dámelo o te rompo el brazo.

—¡Desagradecido! —le respondía ella entre risas—. He tenido la amabilidad de mantenerlo en secreto, y lo único que consigo a cambio es que me maltrate. Espere a que vuelva ella y se lo diga. ¡No sabe lo que le espera!

Jia Lian cambió de actitud y le suplicó con una sonrisa:

—Anda, sé buena chica, dámelo y no volveré a maltratarte.

En ese momento oyeron fuera la voz de Xifeng. Pinger se incorporó inmediatamente. Al entrar, Xifeng le dijo:

—Saca las muestras de esa caja para la señora, corre.

Mientras la doncella obedecía la orden de su señora, Xifeng vio a Jia Lian y se acordó de algo:

—¿Has traído todas las cosas que le llevaste al señor al otro cuarto?

—Sí, señora —contestó Pinger.

—¿No falta nada?

—Nada. Temí que faltase algo, pero lo he revisado con mucho cuidado y está todo aquí.

—¿Y hay algo que no debiera estar?

Pinger se echó a reír.

—¿No es suficiente con que no falte nada? ¿Qué podría haber de más?

—Quién sabe qué cochinadas habrá estado haciendo durante estos doce días —dijo Xifeng con una sonrisa gélida—. Quizás alguna de sus amiguitas haya olvidado algo: un anillo, una faja, una bolsita de perfume… Aunque sólo fuera un cabello o un trocito de uña. Cualquier cosa puede servir de fetiche.

Jia Lian empalideció. A espaldas de su esposa se pasó un dedo por el cuello amenazando a Pinger para que no lo delatase, pero ella simuló no haberlo visto y se echó a reír.

—Lo mismo pensé yo, y por eso registré con todo esmero. Pero nada. Si no me cree busque usted misma. Todavía no he guardado las cosas.

—¡Qué tonta eres, muchacha! —contestó Xifeng—. ¿Acaso crees que si tuviera escondida alguna reliquia de sus andanzas nos iba a permitir encontrarla?

Y se marchó con las muestras.

Señalando con el dedo su propia nariz, Pinger sacudió la cabeza y dijo riendo:

—¿Y cómo piensa el señor agradecerme esto?

Lleno de júbilo, fuera de sí, Jia Lian se abalanzó sobre ella, la abrazó y le hizo mil carantoñas.

—Esto me dará poder sobre usted durante el resto de mis días —dijo ella blandiendo el mechón de cabello—. Como no se porte bien conmigo, dejaré salir el gato del saco.

—De acuerdo —repuso Jia Lian—. Consérvalo tú. Pero, por favor, no dejes que ella lo encuentre.

Y mientras hablaba, con un rápido gesto, le arrebató el mechón.

—No te lo puedo confiar —ronroneó guardándoselo en la bota—. Más cuenta me trae quemarlo y acabar con este asunto.

—¡Bestia! —exclamó ella con los dientes apretados—. Apenas cruza el río derriba el puente. No vuelva a pedirme nunca que mienta por usted.

Excitado por esa encantadora muestra de genio, Jia Lian la rodeó con sus brazos y quiso saciar allí mismo su deseo, pero Pinger se zafó y salió corriendo del cuarto, dejándolo rabioso y frustrado.

—¡Maldita puta! —gritó furioso—. Primero me excitas y luego sales corriendo.

Pinger, ya detrás de la ventana, se echó a reír.

—Si soy o no una puta, es asunto mío —dijo—. ¿Quién le manda calentarse tanto? Si le dejo hacer su gusto y ella se entera seré yo quien pague las consecuencias.

—No debes tenerle miedo. El día menos pensado, cuando pierda la paciencia, le voy a dar una buena paliza a esa perra avinagrada. A ver si se entera de quién manda aquí. Me espía como si yo fuera un ladrón. Ella sí puede hablar con otros hombres, pero a mí no me permite intercambiar una sola palabra con otras mujeres, y, si lo hago, enseguida sospecha lo peor. En cambio, ella hace lo que le viene en gana, parloteando y riendo con cualquier cuñado o sobrino, joven o viejo, sin preocuparse de mis sentimientos. De ahora en adelante le voy a prohibir ver a nadie.

—Ella hace bien desconfiando de usted, pero usted no tiene razones para desconfiar de ella —replicó Pinger—. Ella no ha cometido ningún acto reprobable, pero usted siempre anda por ahí metido en líos. Yo actuaría como ella.

—Ah, ya veo que os habéis puesto de acuerdo. Lo que vosotras hacéis está bien hecho, pero todo lo que yo hago está mal. Tarde o temprano os ajustaré las cuentas.

Mientras Jia Lian gritaba furioso, regresó Xifeng por el patio y, al ver a Pinger en la ventana, preguntó:

—¿Qué pasa aquí? Si tenéis algo que deciros, ¿por qué no lo hacéis dentro en vez de hablar a gritos por la ventana?

—¡Eso es! —gritó Jia Lian desde el cuarto—. Por el modo como actúa, cualquiera pensaría que aquí dentro hay un tigre a punto de devorarla.

—¿Y por qué debo quedarme a solas con él? —preguntó Pinger.

—Si no hay nadie dentro, mejor así, qué duda cabe. —Xifeng sonrió.

—¿Eso lo dice por mí? —preguntó la doncella.

—¿Y por quién si no?

—No me obligue a decir cosas que luego lamentará haber oído.

Y en lugar de levantar la cortina para franquear la entrada a su señora, Pinger entró delante de ella y luego dejó caer la cortina bruscamente a sus espaldas, dirigiéndose al salón de enfrente.

Xifeng alzó ella misma la cortina y comentó:

—Esa muchacha debe estar loca para desafiarme de esta manera. ¡Ten cuidado con lo que haces, perrita!

De la risa, Jia Lian se había caído sobre el kang.

—Nunca supuse que Pinger tendría el coraje de desafiarte —aplaudió—. Ha subido en mi estima.

—Eres tú quien la ha consentido —replicó Xifeng—. Tú eres el responsable de su comportamiento.

—¿Por qué me culpas a mí de vuestras rencillas? Más vale que desaparezca.

—¿Adónde vas?

—Ahora vuelvo.

—Espera. Todavía tengo algo que decirte.

Para saber de qué se trataba, lean el próximo capítulo.

Por cierto:

En las doncellas virtuosas siempre anida el resentimiento,

y ya desde la antigüedad conocen los celos las encantadoras esposas.

CAPÍTULO XXII

Una canción revela a Baoyu verdades arcanas.

Las adivinanzas de los faroles abruman a Jia Zheng

con sus malos augurios.

Habiéndole dicho Xifeng que quería hablar con él, Jia Lian detuvo sus pasos y le preguntó de qué se trataba.

—El día veintiuno de esta luna es el aniversario de Baochai —dijo Xifeng—. ¿Qué piensas hacer para celebrarlo?

—¿Por qué me preguntas a mí? —replicó él—. Tú has organizado celebraciones de aniversario mucho más grandes. ¿No te puedes hacer cargo de ésta?

—Los aniversarios importantes tienen reglas estrictas, pero éste, sin llegar a ser una minucia, carece de relevancia. Por eso te he pedido consejo.

Jia Lian agachó la cabeza y meditó unos momentos antes de responder.

—Te estás volviendo torpe —contestó por fin—. Hay un precedente en el cumpleaños de Daiyu. Basta con que organices una celebración idéntica.

—Eso ya se me había ocurrido —Xifeng dibujó una sonrisa burlona—, pero ayer me dijo la Anciana Dama que Baochai cumple este año los quince, y, a pesar de que no sea un número de los que se celebren con gran boato, es la edad en que las muchachas empiezan a llevar una horquilla en el pelo[1]. Si la Anciana Dama quiere celebrar de manera especial el aniversario de Baochai, habrá de ser distinto al de Daiyu.

—Bueno, pues celébralo con más lujo.

—Eso es lo que había pensado, pero he querido consultarte para que luego no me acuses de haber organizado algo especial sin tu consentimiento.

—¡Vaya! —exclamó Jia Lian—. ¿Y a qué se debe esa súbita muestra de consideración? ¿Acusarte yo a ti de algo? ¡Ya tengo bastante con que tú no me encuentres en falta!

Dicho lo cual partió, pero adónde no es asunto que nos concierna.

Volvamos a Xiangyun. Ya llevaba varios días en la mansión Rong y había llegado el momento de volver a casa, pero la Anciana Dama le instó a quedarse para celebrar el aniversario de Baochai y asistir a la representación de óperas. Como accediera, Xiangyun mandó traer de su casa, como regalo para su prima, dos piezas de bordado que ella misma había confeccionado.

La verdad era que la conducta ponderada y complaciente que Baochai había mostrado desde su llegada había ganado el corazón de la Anciana Dama, y ésta, para celebrar el primer aniversario de la muchacha en la casa, había entregado a Xifeng veinte taeles de su propio cofre para que los gastara en organizar un banquete y una ópera.

Xifeng había bromeado al respecto diciendo:

—Cuando una abuela desea celebrar el cumpleaños de algún nieto, todo boato es poco. ¿Quiénes somos nosotros para protestar? ¿Así que tendremos ópera y banquete? Pues si quiere una gran celebración, señora, tendrá que pagarla usted de su bolsillo en lugar de agasajar a la muchacha con estos veinte taeles mohosos. No pretenderá que yo ponga el resto… Bien estaría si usted no pudiera permitirse el gasto, pero sus cofres rebosan de lingotes de oro y plata de todos los tamaños y formas, y tanto peso los está desfondando mientras usted sigue empeñándose en desplumarnos a nosotros. ¿Acaso no somos todos hijos suyos? ¿O es que Baoyu será el único que lleve los ilustres despojos de su abuela a la montaña Wutai[2]? ¿Por eso lo guarda todo para él? Aunque los demás no estemos a su altura, no nos trate tan mal. ¿De verdad piensa que veinte taeles es dinero suficiente para organizar un banquete o una ópera?

El comentario de Xifeng provocó la hilaridad de todos los presentes.

—¡Vaya lengua! —exclamó la Anciana Dama entre risas—. Nadie puede decir de mí que sea muda, pero no me puedo comparar con semejante mono parlanchín. Ni a tu suegra se le ocurriría discutir conmigo, y en cambio tú me devuelves golpe por golpe.

—A mi suegra se le cae la baba con Baoyu, igual que a usted —replicó Xifeng con su mejor sonrisa—, de modo que no tengo quien se ponga de parte mía. Y encima usted me presenta como una arpía.

Estas palabras desataron las carcajadas de la Anciana Dama y acabaron de ponerla del mejor humor.

Aquella noche, cuando la familia ya había presentado sus respetos a la señora de la casa y todos se habían retirado a charlar un rato, la anciana preguntó a Baochai cuáles eran sus platos favoritos y las óperas que más le agradaban. Conociendo la predilección que la Anciana Dama sentía por los espectáculos animados y las comidas dulces y blandas, Baochai presentó ambos gustos como propios, lo que acrecentó el deleite de la anciana. Al día siguiente, a primera hora, hizo enviar a la muchacha como regalo ropa y algunos objetos curiosos. La dama Wang, Xifeng, Daiyu y las demás también le hicieron llegar sus presentes. Cada uno era acorde con el rango de quien lo enviaba, pero no procede enumerarlos detalladamente.

El día vigesimoprimero fue instalado en el patio de la Anciana Dama un pequeño tablado. Había sido contratada una compañía cuyo repertorio contenía tanto obras de la escuela Kunqu como de la escuela Yiyang[3]. En el salón fueron instaladas las mesas para el banquete familiar, al que no fue invitado ningún extraño a la casa, exceptuando a la tía Xue, a Xiangyun y a la propia Baochai.

Aquella mañana, al no encontrar a Daiyu, Baoyu fue a buscarla y la halló acurrucada en el kang.

—Vamos a desayunar —le dijo—. El espectáculo empezará enseguida. Dime qué ópera quieres que representen y la pediré para ti.

Pero Daiyu sonrió con desdén.

—Ya que hablas tanto, contrata una compañía que represente mis óperas favoritas en vez de proponer que aproveche la fiesta de aniversario de otra persona para contemplarlas.

—No hay problema. Mañana mismo contrataremos una para que los demás aprovechen la tuya.

Y diciendo esto, le dio un tirón de la manga para levantarla y se fueron juntos cogidos de la mano.

Acabado el desayuno, llegó el momento de elegir las obras que debían ser representadas. La Anciana Dama llamó a Baochai para que propusiera su selección. Al principio la muchacha declinó el honor pero luego, por complacer a la anciana, señaló una escena de Peregrinación al Oeste. Luego le tocó el turno a Xifeng que, conocedora también del gusto de la dueña de la casa por las comedias y farsas, eligió Liu Er empeña su ropa, con lo cual aumentó todavía más el buen humor de la Anciana Dama.

Daiyu declinó hacer su selección, y cedió su turno a la dama Wang y a la tía Xue, pero la Anciana Dama le dijo:

—Os he hecho venir para celebrar un día que ha sido pensado especialmente para vosotras, las jóvenes, de manera que haz tu selección sin preocuparte por tus tías. Este espectáculo y este banquete no han sido organizados para ellas. Ya les hacemos suficiente favor permitiéndoles asistir a las representaciones y comer gratis. Pero no dejaremos que seleccionen ni una pieza.

Todos celebraron el comentario y entonces Daiyu eligió una pieza. Lo mismo hicieron Baoyu, Xiangyun, las tres Primaveras y Li Wan. Las obras se fueron representando en el mismo orden en el que habían sido solicitadas.

Cuando el banquete estuvo dispuesto, la Anciana Dama pidió a Baochai que eligiese una pieza más, y ésta pidió El monje borracho.

—Siempre eliges piezas fuertes —objetó Baoyu.

—Si no reconoces su calidad, has estado viendo óperas en vano todos estos años —replicó Baochai—. Además de ser un gran espectáculo tiene unos versos magníficos.

—Nunca me han gustado los espectáculos bulliciosos.

—Considerando ésta como un simple espectáculo bullicioso demuestras lo poco que sabes de ópera. Deja que te explique. Se compone de una serie de arias muy conmovedoras compuestas sobre el aire norteño de Dian Jiang Chun[4], que es una excelente melodía. En cuanto a los versos, imitan los de Ji Sheng Cao, que son magníficos, como sabrás.

Ante tal elogio, Baoyu se acercó a ella y le pidió al oído que se los recitara.

Baochai recitó:

Se han secado las lágrimas del héroe,

y atrás quedó el hogar del ermitaño.

Por tu divina gracia he recibido

la tonsura bajo el Altar del Loto[5],

pero permanecer aquí no es mi destino

y hoy mismo abandono el monasterio.

Desnudo me marcho, sin ataduras.

Deseo dejar el convento

ataviado sólo con hojas de palmera

y cubierto con sombrero de bambú.

A donde me lleve la suerte voy

con mis sandalias de paja

y mi quebrado tazón de mendigo.

Tanto le gustó a Baoyu el poema que fue marcando el ritmo con pequeños golpes sobre la rodilla mientras asentía admirado con la cabeza, como elocuente homenaje al recitado y la erudición de Baochai.

—Tranquilízate —le dijo Daiyu—. Todavía no hemos visto El monje borracho y ya estás tú representando El general finge estar loco.

El comentario de Daiyu provocó la risa de Xiangyun.

Siguieron viendo óperas hasta la caída del sol, cuando la Anciana Dama hizo que le fueran presentadas dos actrices, una que hacía el papel de heroína y otra el de payaso, que le habían caído en gracia. Al verlas de cerca le parecieron aún más encantadoras. Los reunidos se maravillaron al saber que la heroína tenía sólo once años y el payaso nueve. La anciana las recompensó con unos platos especiales y dos sartas de monedas más.

—Cuando esa niña está maquillada es la viva imagen de alguien que se encuentra entre nosotros —comentó Xifeng—. ¿Nadie ha notado el parecido?

Baochai supo a quién se estaba refiriendo, pero se limitó a sonreír. También Baoyu lo había adivinado, pero no se atrevió a hablar.

Xiangyun, sin embargo, sí lo dijo:

—¡Ya lo sé! Es idéntica a la prima Daiyu.

La mirada que le lanzó Baoyu llegó demasiado tarde. Al señalarlo Xiangyun, todas se percataron del parecido y lo celebraron entre risas. Al rato se dispersaron.

Aquella noche, mientras se desvestía, Xiangyun ordenó a Cuilü que empaquetara sus cosas.

—¿Por qué tanta prisa? —preguntó la doncella—. Ya haremos el equipaje cuando llegue la hora de partir.

—Nos vamos mañana bien temprano. ¿Para qué quedarnos aquí soportando miradas torvas?

Baoyu, que había oído la conversación, acudió inmediatamente y le tomó la mano.

—No me has entendido, querida prima. Daiyu es muy sensible. Si los demás no señalamos el parecido entre la actriz y ella fue por no disgustarla. ¿Cómo no iba a molestarle tu abrupto comentario? Te miré para advertirte que no hirieses sus sentimientos. Es injusto y desagradecido que te molestes conmigo. Si se hubiese tratado de cualquier otra persona no me habría importado.

Xiangyun lo apartó indignada con un gesto de la mano.

—No trates de enredarme con tus zalamerías. Yo no soy como tu prima Daiyu. Cuando las demás se burlan de ella no ocurre nada, pero yo ni siquiera la puedo mencionar. Ella es una gran señorita y yo una esclava, ¿cómo me iba a atrever a ofenderla?

—Sólo pensaba en ti cuando te miré, pero tú has interpretado mal mi gesto —insistió Baoyu desesperado—. ¡Que me convierta en polvo ahora mismo y que diez mil pies me pisoteen si mi intención fue ofenderte!

—Deja de decir tonterías después del Año Nuevo, y si las tienes que decir hazlo delante de esas mezquinas criaturas tan sensibles a las ofensas y tan hábiles para hacer de ti lo que quieran. ¡No me obligues a escupirte!

Dicho lo cual se fue al cuarto interior de la Anciana Dama y se echó furiosa sobre un kang.

Ante la actitud poco comprensiva de Xiangyun, Baoyu salió en busca de Daiyu, pero apenas hubo puesto un pie en su cuarto ella lo sacó afuera a empellones y cerró la puerta. Confundido, la llamó en voz baja a través de la ventana:

—Prima querida.

Pero Daiyu no le hizo ningún caso.

Entonces él, abatido y desconsolado, inclinó la cabeza en silencio. Xiren supo que sería imposible consolarlo en aquel momento. Y allí seguía, parado como un idiota, cuando Daiyu abrió la puerta pensando que ya se había marchado. Viéndolo allí todavía, no tuvo coraje para volver a cerrar y regresó a acurrucarse en su cama; él la siguió.

—Siempre hay una razón para todo —dijo Baoyu—. Si explicaras las cosas, la gente no se sentiría tan herida. ¿Qué te ha molestado de pronto?

—¡Valiente pregunta! —contestó Daiyu con una risita fría—. Yo tampoco lo sé. Parece que sólo sirvo de hazmerreír. ¡Compararme con una actriz! ¡Exponerme a las risas de todo el mundo!

—¿Pero por qué te enfadas conmigo? No fui yo quien hizo la comparación, y tampoco me reí.

—¡Sólo hubiera faltado eso! Pero sin haberte reído ni haber hecho tú mismo la comparación, tu actitud me ha dolido más que la de cualquier otro.

Baoyu, que no supo cómo defenderse de la acusación, permaneció callado.

—No me habría molestado tanto si no le hubieras lanzado esa mirada a Xiangyun —continuó Daiyu—. ¿Qué querías decirle? ¿Acaso que gastándome ese tipo de bromas lo único que hacía era rebajarse y envilecerse ella misma? Ella es hija de una casa noble; yo no soy nadie. Si yo hubiera contestado a su broma, ¿no se hubiera visto degradada? ¿No era eso lo que le querías decir? ¡Qué amable por tu parte! Lástima que ella no apreciara tu consideración y montara en cólera. Y encima, para congraciarte con ella, me llamaste a mí mezquina y susceptible. ¿Y temías que ella me ofendiera? ¿Pero a ti qué te importa que yo me moleste con ella, o que ella me ofenda?

Baoyu comprendió que la muchacha había escuchado su conversación con Xiangyun. Su intención había sido evitar roces entre ambas, pero había fracasado en su empeño y ahora ambas arremetían contra él. Eso le recordó un pasaje de Zhuangzi:

Los que se pretenden hábiles trabajan duramente hasta agotarse; las preocupaciones consumen a los que se creen sabios. Pero aquellos que no están dotados de ningún talento no albergan ambición alguna: disfrutan de su alimento y van errantes sin dirección fija, como barcas a la deriva.

Y otro que decía:

Los árboles de las montañas son los primeros en ser cortados, las aguas cristalinas son las primeras en ser bebidas.

Cuanto más pensaba en ello, peor se sentía. «Si ahora con unas cuantas personas no consigo resolver los problemas, ¿qué se puede esperar de mí en el futuro?», pensaba. Pero no quiso seguir adelante con sus reflexiones y emprendió el regreso a su cuarto.

Daiyu, al ver la cara que ponía y el silencio en el que se empeñaba, comprendió que se sentía muy abatido. Pero eso no hizo sino enfurecerla más.

—¡Vete! —grito—. ¡Vete y no regreses! ¡No vuelvas a dirigirme la palabra!

Baoyu la ignoró completamente. Ya en su cuarto se tumbó sobre la cama y clavó la mirada en el techo. Aunque sabía lo que había ocurrido, Xiren no se atrevió a mencionarlo e intentó distraer a su señor hablando de otra cosa.

—La representación de hoy dará lugar a muchas más —vaticinó—. Seguro que la señorita Baochai devuelve el agasajo.

—¡Y a mí qué más me da si lo devuelve o no! —gruñó dándose la vuelta; un gesto insólito en él, por cierto.

—¿Qué manera de hablar es ésa? En pleno principio de Año Nuevo, mientras todas las damas y señoritas están disfrutando, ¿cómo es posible que usted esté de tan mal humor?

—No me importa si están disfrutando o no.

—Pero si ellas son tan consideradas las unas con la otras, ¿no debería serlo usted también? ¿No sería mejor para todos?

—¿Para todos? ¡Que ellas se muestren consideración unas a otras, que yo «me marcho desnudo, sin ataduras»!

Unas lágrimas surcaron sus mejillas. Xiren las vio y no quiso decir más.

Meditando sobre el sentido de ese verso, Baoyu se puso a sollozar. Súbitamente se incorporó, fue a su escritorio, tomó un pincel y escribió este gatha[6]:

Si tú me pruebas, si yo te pruebo;

si mente y corazón ponemos a prueba;

si ya nada queda por probar,

llegaremos a la prueba verdadera.

Cuando las pruebas se hayan acabado,

mis pies encontrarán reposo.

Temeroso de que los otros no pudiesen desentrañar el sentido, añadió en el margen izquierdo del papel otro poema escrito con el ritmo del Ji Sheng Cao. Cuando terminó de leer el resultado se fue a dormir sintiendo el corazón libre de estorbos.

Ahora bien, poco después de la abrupta partida de Baoyu llegó Daiyu con la excusa de ver a Xiren, aunque en realidad lo que pretendía era comprobar el estado de ánimo del muchacho. Cuando le dijeron que él ya dormía se dispuso a volver a su cuarto, pero Xiren le dijo con una sonrisa:

—Espere un minuto, señorita, el señor ha escrito algo que tal vez le gustaría leer.

Tomó silenciosamente el gatha y la canción de Baoyu y los entregó a Daiyu; la muchacha comprendió que habían sido escritos en un momento de irritación, y se sintió conmovida y divertida a la vez.

—Es una bagatela, un pequeño entretenimiento del que no hay que sacar ninguna consecuencia —dijo a la doncella mientras se guardaba el trozo de papel, que se llevó consigo.

Al día siguiente se lo enseñó a Xiangyun y a Baochai. Baochai leyó en voz alta el segundo poema, que decía:

En el principio no había «yo» ni «tú»,

¿por qué te inquietas si ella no entiende?

Libre he venido, libre me voy.

La incertidumbre y el júbilo

no tienen sentido para mí;

próximo o lejano,

tampoco me abruma el parentesco.

¿De qué han servido mis desvelos de antaño?

Hoy comprendo su futilidad.

Cuando hubo terminado, pasó a leer el primero y luego se echó a reír.

—¡Ahora es un iluminado! La culpa es mía, por haberle recitado esa canción. Las paradojas Chati[7] y todos esos misticismos taoístas son propicios para apartar a la gente de sus inclinaciones naturales. Si empieza a hablar en serio de todas esas tonterías, y acaba obsesionado, yo seré la responsable.

Acto seguido rompió los poemas en mil pedazos y ordenó a sus doncellas que los arrojaran al fuego inmediatamente.

—No era necesario romperlos —dijo Daiyu con una sonrisa—. Venid conmigo, voy a hacerle algunas preguntas. Os garantizo que le quitaré de la cabeza esas insensateces.

Y las tres muchachas se fueron juntas al cuarto de Baoyu. Daiyu tomó la palabra:

—Atiende, Baoyu. Bao significa «lo más valioso», y Yu «lo más sólido». Pero ¿de qué manera eres tú lo más sólido o lo más valioso?

Baoyu no supo qué responder, y las muchachas se dieron a aplaudir y reír.

—¿Y este obtuso muchacho quiere jugar a la metafísica?

Daiyu continuó:

—Los dos últimos versos de tu poema están bien:

Cuando las pruebas se hayan acabado,

mis pies encontrarán reposo.

»Pero me parece que le falta algo; déjame añadir dos versos más:

Cuando no haya donde reposar los pies,

ése será el más puro y mejor estado.

—Sí, ahora es cuando se entiende —intervino Baochai—. En los viejos tiempos, cuando el sexto patriarca Huineng de la Secta Meridional viajó a Shaozhou en busca de un maestro, supo que el quinto patriarca Hongren estaba en el monasterio del monte Huangmei, y consiguió un trabajo de cocinero en ese lugar, El quinto patriarca, buscando un sucesor, ordenó a cada uno de sus monjes componer un gatha. Shenxiu, su discípulo mayor, recitó:

El cuerpo es un árbol de Bodhi[8],

el espíritu un espejo brillante.

Mantenlos pulidos y limpios,

que el polvo allí nunca se pose.

»Huineng, que lo oyó desde la cocina mientras descascarillaba arroz, comentó: “Muy bien, pero necesitaría redondearse”. Y recitó:

Ningún árbol es el de Bodhi,

no existe el espejo brillante.

Nada es lo que aparenta ser.

¿Dónde podría amontonarse el polvo?

»Entonces el quinto patriarca le entregó su manto y su escudilla. A tu poema le ocurre lo que al gatha del discípulo Shenxiu. Los últimos versos no lo daban por concluido. ¿Se va a quedar así la cosa?

—Fuiste derrotado al no responder inmediatamente —dijo Daiyu—. Aunque ahora respondieses, carecería de valor. No volverás a hablar del Chan. Sabes menos del asunto que nosotras y, sin embargo, te atreves a la práctica de la doctrina.

Baoyu, que de hecho creyó por un momento haber alcanzado la iluminación, se sintió derrotado por Daiyu y por Baochai, de quien nunca hubiera supuesto el conocimiento de los versos budistas que le había recitado, y pensó: «Ellas conocen mejor que yo estos pensamientos, y sin embargo no han alcanzado la iluminación. ¿Por qué inquietarme por estos asuntos?». Y entonces dijo con una carcajada:

—No me interesa la metafísica. Sólo escribía para divertirme.

Y los cuatro hicieron las paces.

En ese momento vinieron a anunciarles la llegada de una adivinanza que la concubina imperial había enviado inscrita en un farol para que todos intentaran resolverla, y que además había de servir como modelo para que cada uno ideara una nueva adivinanza y la enviase a palacio.

Los cuatro echaron a correr a los aposentos de la Anciana Dama, donde encontraron a un joven eunuco con un farol de gasa blanca de forma cúbica, especial para adivinanzas[9]. Sobre una de sus caras figuraba ya colgado el acertijo. Todos se arremolinaron en torno a él para tratar de resolverlo, mientras él eunuco transmitía la siguiente orden:

—Cuando las jóvenes damas y los jóvenes señores hayan resuelto la adivinanza no deben decir a nadie cuál es su solución. La escribirán en privado para que sea sellada y enviada a palacio. Sólo Su Alteza decidirá cuáles son las correctas.

Baochai y las demás se adelantaron para examinar el texto de cerca. Eran cuatro versos sin gracia y ella supo enseguida la solución, pero de todos modos los celebró mientras simulaba estar pensando con todas sus fuerzas. También Baoyu, Daiyu, Xiangyun y Tanchun habían encontrado la solución a la adivinanza y todos fueron discretamente a escribirla. Luego fueron convocados Jia Huan, Jia Lan y los demás, que después de devanarse los sesos escribieron igualmente sus respuestas. Finalmente cada uno compuso una adivinanza, la copió con sumo cuidado y la colgó del farol para que se la llevara el eunuco.

A la caída del sol regresó el eunuco para anunciar que el acertijo de la concubina imperial había sido correctamente resuelto por todos, menos por la segunda joven dama y el tercer joven señor, y que Su Alteza ya había pensado las respuestas a las adivinanzas recibidas pero no sabía si eran o no correctas.

Les mostró las soluciones escritas, unas correctas, otras equivocadas, pero todas fueron elogiadas como si hubiesen sido aciertos. Después procedió a la entrega de los premios para los ganadores: un estuche de bambú para guardar poemas, y un cepillo para limpiar teteras. Sólo Yingchun y Jia Huan dejaron de recibir recompensa, pero mientras ella consideró todo aquello como un juego sin importancia, él se sintió humillado. Y, por si fuera poco, tuvo que escuchar las siguientes palabras del eunuco: «Su Alteza no ha intentado resolver el acertijo del tercer joven señor, pues le pareció que no tenía sentido. Me ordenó que se lo devolviera y le preguntara por su sentido».

Inmediatamente se arremolinaron todos para leer la adivinanza de Jia Huan, que decía:

Ocho ángulos tiene el Hermano Mayor,

pero el Hermano Menor tiene dos cuernos[10]

y le encanta sentarse en el tejado en cuclillas,

mientras el Hermano Mayor se sienta en la cama.

Al leer este acertijo y conocer la solución que Jia Huan transmitió al eunuco, una almohada cuadrangular y una teja en forma de cabeza de animal, se escuchó un rugido de carcajadas. Tras escribir la solución, el eunuco bebió un poco de té y emprendió la marcha.

A la Anciana Dama le encantó que Yuanchun estuviera de tan buen humor, e inmediatamente ordenó la confección de un delicado biombo para el salón donde las muchachas pudieran colgar sus adivinanzas. Se preparó té aromático y se sirvieron varios tipos de confites, así como diversos pequeños premios.

Cuando regresó de la corte, Jia Zheng encontró a su madre muy contenta y, puesto que se trataba de una fiesta, aquella noche acudió a participar de la diversión e hizo preparar un banquete y faroles de colores para iluminar el salón; luego invitó a la Anciana Dama a que lo viera. La anciana se sentó con Baoyu y Jia Zheng en la mesa más alta, y un poco más abajo se instalaron la dama Wang, Baochai, Daiyu y Xiangyun en una mesa, y en otra lo hicieron Yingchun, Tanchun y Xichun. El salón hervía de criadas y doncellas. Li Wan y Xifeng se sentaron en el cuarto interior.

Cuando Jia Zheng comentó la, ausencia de Jia Lan, un ama se encaminó al interior a preguntarle el motivo a Li Wan, que se levantó para responder:

—Dice que no viene porque el señor no lo ha invitado.

Cuando la respuesta fue transmitida a Jia Zheng, todos rieron y comentaron lo extraño y testarudo que era aquel muchacho. Jia Zheng mandó enseguida a Jia Huan y a dos criadas con el encargo de traerlo. Cuando llegó, la Anciana Dama le hizo sentarse junto a ella y le ofreció diversas viandas mientras los demás charlaban y se divertían.

Habitualmente, a Baoyu le gustaba hablar sin medida, pero en presencia de su padre se limitaba a responder cuando alguien le dirigía la palabra; y también a Xiangyun, que era normalmente mujer de una extremada locuacidad, la enmudecía la presencia de su tío. Daiyu era demasiado taciturna, y nunca hablaba cuando estaba delante de muchas personas. Baochai se comportaba como solía, cuidando cada palabra. En definitiva, en aquella reunión familiar se respiraba un ambiente algo tenso. Sabiendo que la causa era Jia Zheng, la Anciana Dama le sugirió, después de tres rondas de brindis, que se retirase; pero éste, consciente de que pretendía despacharlo con buenas palabras, dijo con una sonrisa:

—Hoy, cuando me enteré de que había preparado todos estos acertijos de farol, traje regalos y viandas para participar. ¿No concederá a su hijo algo del amor que siente por sus nietos?

La anciana soltó una risita.

—No pueden reír ni hablar libremente si estás presente, y eso resulta muy aburrido —le dijo—. Ahora bien, si son acertijos lo que quieres te propondré uno. Pero si no lo resuelves tendrás que pagar un castigo.

—¿Y obtendré un premio si acierto?

—Claro que sí —convino la anciana, y recitó:

Un mono de cuerpo ligero se encarama en un árbol.

Es el nombre de una fruta.

Por supuesto, Jia Zheng sabía que la solución era el lichi[11], pero dio a propósito varias respuestas equivocadas y sufrió varios castigos que le impuso su madre antes de dar la solución. Entonces planteó él mismo una adivinanza:

Su cuerpo es cuadrado

y dura su sustancia;

aunque no pueda decir palabra,

es seguro[12] que responderá.

Susurró al oído de Baoyu la solución al enigma, y el muchacho, comprendiendo su intención, la transmitió discretamente a la abuela, quien, tras pensarlo un momento, juzgó que la respuesta era correcta y dijo:

—¡Es un tintero[13]!

—¡Sólo nuestra venerable señora es capaz de adivinar un acertijo así, al primer golpe! —dijo Jia Zheng, y a continuación ordenó:

—¡Traigan los regalos!

Se oyó un grito por respuesta, y unas mujeres trajeron bandejas y cajitas. En su cuidadosa inspección, la Anciana Dama descubrió deleitada que se trataba de objetos originales y delicados hechos expresamente para la fiesta de los Faroles.

—Sirve vino a tu padre —dijo a Baoyu muy contenta.

Baoyu sirvió el vino y Yingchun lo entregó. La Anciana Dama dijo:

—Veamos cómo resuelve el señor algunas de las adivinanzas que los muchachos han colgado del biombo.

Obediente, Jia Zheng se dirigió al biombo. El primer acertijo que vio decía lo siguiente:

A los monstruos infundo pavor.

Mi forma es un rollo de seda,

y paraliza los corazones

mi atronadora explosión.

Todos me buscan ansiosos,

pero ya no estoy[14].

—¡¿El cohete?!

Cuando Baoyu le respondió que era correcto, su padre siguió leyendo:

No cesan los trabajos humanos ni los decretos del cielo,

pero sin la bendición del cielo sería estéril el trabajo humano.

¿Cuál es la causa de tanta incesante, frenética actividad?

La incertidumbre de las cifras del yin y el yang[15].

—¡¿El ábaco?!

Yingchun contestó que sí y Jia Zheng leyó el siguiente acertijo:

Todos los niños levantan la mirada.

Es bueno festejar el día Brillante y Claro,

pero ella se pierde cuando se quiebra el hilo de seda.

No culpemos de la separación al viento del este[16].

—Eso parece una cometa —dijo Jia Zheng.

Tanchun confirmó que la respuesta era correcta, y él leyó otra adivinanza:

Se esfumó una vida anterior, pura apariencia.

Ahora escucha la salmodia de los sutras

y es sorda a los cantos populares.

No digáis que viviendo así se yace en el fondo de un mar de penumbra,

pues asoma en su corazón la luz brillante[17].

—¿Una lámpara de un templo budista?

—Sí —dijo Xichun con una sonrisa.

Jia Zheng pensó: «La consorte imperial escribió sobre un cohete que se desintegra; Yingchun sobre un ábaco, viviendo en constante conmoción; la cometa de Tanchun es un objeto que se lleva el viento; la lámpara votiva de Xichun es algo todavía más solitario y abandonado. ¡Son temas de mal agüero para el principio de Año Nuevo!». Y, aunque cuanto más reflexionaba más desalentado se sentía, no se atrevió a revelar sus pensamientos en presencia de su madre y pasó a resolver el siguiente enigma, que correspondía a Baochai:

¿Quién abandona el palacio con el olor del incienso en las mangas?

No se parece ese aroma al del laúd o la frazada,

no requiere vigía que anuncie el alba

ni doncella que en la quinta vigilia le devuelva el ánimo.

Día y noche lo consume la ansiedad,

la angustia, mientras el tiempo se esfuma,

y aprendemos a estimarlo en la fugacidad de la vida.

¿Qué más le da si el día está claro o nublado[18]?

Tras leerlo, el desánimo de Jia Zheng aumentó. «El objeto descrito no es de mal agüero —pensó—, pero qué versos tan poco apropiados para proceder de la mano de una mu4 chacha. No parece que ninguna vaya a tener fortuna o larga vida.» Y, sumido en sus cavilaciones, era la viva imagen de lo sombrío.

Suponiendo que su mal aspecto se debía al cansancio, su madre consideró que estaba estorbando la diversión de los jóvenes.

—No resuelvas más adivinanzas —le dijo—. Más vale que vayas a descansar un poco. Nosotros tampoco tardaremos en irnos.

Jia Zheng asintió enseguida y se esforzó en brindar con su madre antes de retirarse. Ya en sus aposentos, siguió dándole vueltas al asunto. Le asaltó una preocupante premonición que le impidió dormir. Pero dejemos ya este asunto.

En cuanto hubo salido Jia Zheng, la Anciana Dama dijo a sus nietos:

—¡Ahora, poneos cómodos y divertíos!

Baoyu, que ya había echado a correr hacia el biombo, daba saltos como un mono recién desencadenado rompiendo los acertijos.

—¿No puedes quedarte sentado y tranquilo como hasta hace un momento? —le dijo Baochai—. Conversa con nosotras civilizadamente.

Xifeng, que se les había unido, intervino dirigiéndose a Baoyu:

—Deberías estar siempre al lado de tu padre. Hace un momento olvidé sugerir que te propusieran algunos enigmas para resolver. Si lo hubiera hecho, ahora estarías todavía sudando gotas frías.

Baoyu dio un salto enorme para atraparla, y entonces se armó una batahola.

Después de charlar un poco con Li Wan y las muchachas, la Anciana Dama empezó a sentirse fatigada. Al oír los sonidos de la cuarta vigilia ordenó que quitaran las mesas e indicó a los criados que podían disponer de las sobras.

—Vámonos a descansar —dijo incorporándose—. Mañana también es fiesta y habrá que levantarse temprano. Por la noche volveremos a divertimos.

Escuchen el próximo capítulo.

CAPÍTULO XXIII

Unos versos de Historia del ala oeste

son citados en broma.

Una canción de El pabellón de las peonías

lleva la aflicción a un corazón tierno.

Después de visitar el jardín de la Vista Sublime, ya de vuelta en palacio, Yuanchun impartió instrucciones para que Tanchun copiase todos los poemas escritos aquel día de modo que ella pudiera ordenarlos según su mérito, y luego mandó que fueran inscritos en el jardín, pues quería que quedasen allí como duradero testimonio de aquella espléndida ocasión. Jia Zheng ordenó la búsqueda de artesanos hábiles en el pulido y grabado de piedra para que, bajo la supervisión de Jia Zhen asistido por Jia Rong y Jia Ping, se cumpliera la voluntad de la concubina imperial. Jia Qiang, por su parte, estaba muy ocupado atendiendo sus tareas, entre las que se incluían doce actrices, y pidió ser sustituido en la supervisión de las obras por Jia Chang y Jia Ling.

Llegado el momento, las piedras fueron revestidas de cera y los poemas grabados en bermellón. Pero dejemos este asunto.

Ya habían sacado del jardín a las veinticuatro novicias budistas y taoístas del convento de Dharma[1] y del templo del Emperador de Jade, y Jia Zheng había pensado distribuirlas entre varios lugares consagrados de las afueras, lo que llegó a oídos de la madre de Jia Qin, Zhou de soltera, que vivía en la calle de atrás. La mujer se dirigió en una silla de manos a solicitar a Xifeng que consiguiera para su hijo un trabajo remunerado, grande o pequeño.

Como la solicitante era una mujer sencilla, Xifeng accedió a su petición y, después de evaluar cómo enfocaría el tema de la manera más conveniente, dijo a la dama Wang:

—No deberíamos prescindir de las novicias budistas y taoístas, pues las volveremos a necesitar la próxima vez que venga Su Alteza y entonces será muy difícil reunirlas. Sería mejor acomodarlas en el templo familiar del Umbral de Hierro, de manera que sólo tengamos que enviar a alguien que les lleve cada mes unos cuantos taeles de plata para leña y arroz. En cuanto las volviéramos a necesitar las tendríamos a mano.

La dama Wang transmitió a su esposo la propuesta de Xifeng.

—Estoy de acuerdo. Me alegra que me lo hayas recordado —dijo él, y mandó buscar a Jia Lian, que, cuando recibió la llamada, estaba comiendo con Xifeng y, sin saber para qué era requerido, dejó su tazón de arroz y se dispuso a partir enseguida.

—¡Aguarda un momento y escúchame! —le dijo ella asiéndole el brazo—. Si se trata de cualquier otro asunto, entonces no me concierne; pero si se trata de las pequeñas novicias tienes que hacer lo que yo te diga.

Y le transmitió exactamente lo que debía decir. Jia Lian meneó la cabeza mientras reía.

—No es asunto mío. Si eres tan hábil, ve tú misma a pedírselo al tío.

Xifeng echó hacia atrás la cabeza, dejó los palillos sobre la mesa y clavó la mirada en los ojos de Jia Lian con una sonrisa helada.

—¿Hablas en serio o estás bromeando?

—Yun, el hijo de la quinta cuñada, la que vive en el callejón occidental, ha venido varias veces a suplicarme que le consiga un trabajo, y yo le he prometido hacerlo si tiene un poco de paciencia. Ahora por fin aparece una ocasión de cumplir mi palabra y tú, como siempre, la quieres aprovechar para tus propios compromisos.

—No te preocupes. Su Alteza quiere que se planten más pinos y cipreses en la esquina nordeste del jardín, y más flores al pie de la torre. Te prometo que ese trabajo será para Yun.

—Bueno, de acuerdo —rió él—. Pero dime, ¿por qué anoche te mostraste tan poco complaciente cuando todo lo que pretendía era probar una postura nueva?

Xifeng resopló de risa y escupió fingiendo desagrado; luego agachó la cabeza y continuó comiendo.

Jia Lian se alejó con una sonrisa de oreja a oreja. Cuando descubrió que, efectivamente, su tío le había mandado llamar para hablarle del asunto de las novicias, siguió las instrucciones de su esposa y dijo:

—Parece que Jia Qin demuestra aptitudes y opino que podríamos confiarle esta tarea. Sólo tendría que ir retirando las soldadas mensuales de la manera habitual.

Como Jia Zheng nunca se interesaba por tales asuntos, no tuvo nada que objetar. En cuanto Jia Lian regresó a informar a Xifeng, ésta envió a una criada para que notificase a la madre de Jia Qin que su hijo ya disponía de un trabajo. Poco después llegó el joven a presentar sus agradecimientos. Como favor especial, Xifeng pidió a su esposo que entregase al joven tres meses por adelantado y le hizo extender un recibo sobre el que Jia Lian estampó el visto bueno. Luego el joven, con la tarja de la casa en la mano, se encaminó a la tesorería, donde retiró el monto del sueldo de tres meses: unos dos o trescientos taeles de relumbrante plata. Tomó indolentemente una de las piezas y la dio como propina a uno de los hombres que habían pesado la plata. «Para una taza de té», dijo poniéndosela en la palma de la mano. El resto lo mandó a su casa con su criado. Siguiendo el consejo de su madre, alquiló enseguida un asno resistente y varias carretas cubiertas que situó en la puerta lateral de la mansión Rong; llamó luego a las veinticuatro novicias, las subió a las carretas y partió con ellas en dirección al templo del Umbral de Hierro, donde los dejaremos de momento.

Mientras leía los poemas del jardín de la Vista Sublime, Yuanchun había pensado que sería una lástima que su padre decidiera cerrar tan hermoso paraje tras su visita, aunque fuera por deferencia, pues eso impediría el acceso a los demás. Las muchachas de la casa, pensó, eran aficionadas a la poesía, y su traslado allí, entre flores y sauces, terminaría de convertir el jardín en un perfecto escenario al que, sin embargo, le faltarían admiradores. Luego pensó que Baoyu era un joven diferente que había sido criado entre muchachas, y su exclusión podría deprimirlo considerablemente, sin contar con el disgusto de la Anciana Dama y la dama Wang; así pues, decidió que él también tuviese acceso al jardín, y envió al eunuco Xia Shouzhong a la mansión Rong con la siguiente orden: «Que Baochai y las otras damitas se trasladen a vivir al jardín de la Vista Sublime, que en ningún caso debe ser clausurado. También Baoyu debe mudarse allí, y continuar en ese lugar sus estudios».

El edicto fue recibido por Jia Zheng y la dama Wang, y en cuanto el eunuco hubo partido lo transmitieron a la Anciana Dama y enviaron criados a limpiar el jardín y disponer los recintos colgando persianas, antepuertas y cortinas.

Todos recibieron la noticia con relativa calma; sólo Baoyu no cupo en sí de júbilo. Precisamente se encontraba discutiendo el asunto con su abuela, exigiendo esto y lo de más allá, cuando una doncella llegó a comunicarle, como un relámpago surgido del vacío ante el que empalideció, que su padre quería verlo. Se prendió como una lapa a su abuela, demasiado aterrado por el requerimiento para separarse de ella.

—Anda, tesoro —le dijo la anciana—. No permitiré que te trate mal. Además, como compusiste aquellos versos tan buenos, Su Alteza ha decidido que te vayas a vivir al jardín, y me atrevo a suponer que tu padre quiere advertirte que te portes bien cuando te hayas trasladado allí. Simplemente dile que sí a cuanto diga, y ya verás como todo marcha sobre ruedas.

Dicho lo cual llamó a dos viejas amas y les ordenó qué llevasen a Baoyu a ver a su padre y cuidaran de que no se dejara dominar por el pánico.

Las amas obedecieron y Baoyu partió arrastrando los pies. Jia Zheng estaba discutiendo unos asuntos en el cuarto de su esposa, mientras las doncellas Jinchuan, Caiyun, Cabria, Xiuluan y Xiufeng esperaban fuera, bajo los aleros. Cuando vieron llegar a Baoyu sonrieron como quien sabe algo. Jinchuan, tirándole de la manga, le susurró al oído:

—Acabo de pintarme los labios con un colorete perfumado. ¿Quiere probarlo, señor?

Pero Caiyun la apartó de Baoyu dándole un empujón mientras le decía:

—No fastidies al señor cuando está preocupado.

Y a Baoyu:

—Entre rápido, ahora que su padre está de buen humor.

Amedrentado, Baoyu se dispuso a entrar en el cuarto donde estaban sus padres. La concubina Zhao levantó la antepuerta y él entró haciendo una reverencia. Su padre y su madre estaban hablando uno frente al otro, sentados sobre el kang. Junto a ellos, un poco más abajo, estaban Jia Huan, Yingchun, Tanchun y Xichun. Cuando el muchacho entró todos se incorporaron, salvo Yingchun.

Jia Zheng levantó la mirada y vio a Baoyu de pie frente a él. El impresionante encanto y el aire distinguido del muchacho contrastaban tan fuertemente con la apariencia vulgar de Jia Huan, que de pronto evocó a Zhu, su hijo muerto. Miró a la dama Wang, que sólo tenía este hijo y lo adoraba. En cuanto a él mismo, ya la barba se le empezaba a agrisar. Pensando en todo esto abandonó por un momento su habitual aversión a Baoyu y, después de un silencio dijo:

—Su Alteza ha ordenado que estudies y practiques caligrafía en el jardín, con las muchachas, en lugar de estar haciendo sandeces fuera mientras descuidas tus estudios. Aplícate, ¡y ay de ti si continúas portándote mal!

—Sí, señor —asintió Baoyu inmediatamente.

Entonces su madre lo llamó para que se sentara a su lado. Jia Huan y los demás volvieron a tomar asiento. Acariciando cariñosamente el cuello de su hijo, la dama Wang preguntó:

—¿Has terminado de tomar esas píldoras que te recetaron el otro día?

—Me queda una.

—Pues entonces mañana mismo debes procurarte diez más. Que Xiren se ocupe de que tomes una cada noche antes de acostarte.

—Desde que recibió su orden ha estado cumpliéndola, madre.

—¿Xiren? —intervino Jia Zheng—. ¿Quién es Xiren?

—Una doncella —le respondió su esposa.

—Supongo que una doncella puede llevar cualquier nombre, pero éste es demasiado sugerente. ¿Quién se lo ha puesto?

Para proteger a su hijo del desagrado de su padre, la dama Wang dijo:

—Fue idea de la Anciana Dama.

—Ese nombre nunca se le ocurriría a la Anciana Dama. Tiene que ser obra de Baoyu.

Como no había forma de ocultar la verdad, Baoyu se levantó y confesó:

—Recordé ese verso de un antiguo poema: «Cuando la fragancia de las flores atrapa a los hombres / sabemos que el día está templado». Como su apellido es Hua, la he llamado Xiren[2].

—Debes cambiarle el nombre en cuanto regreses —terció rápidamente la dama Wang. Y volviéndose a su esposo—: No se moleste por una cosa tan trivial, señor.

—En realidad no tiene importancia. No hay necesidad de cambiarle el nombre. Pero esto demuestra que, en lugar de estudiar, Baoyu derrocha su tiempo en pamplinas sentimentales.

Y luego, dirigiéndose a Baoyu con tono de dureza:

—¡¿Qué haces ahí parado, monstruo desnaturalizado?!

—Anda, corre —le dijo la dama Wang—. Seguro que la Anciana Dama te está esperando para cenar.

Baoyu se retiró lentamente. Una vez fuera sonrió abiertamente y le sacó la lengua a Jinchuan antes de alejarse corriendo flanqueado por las dos amas. Encontró a Xiren apoyada en el umbral del salón de recepciones. Al ver que había regresado sano y salvo, a la muchacha se le iluminó el rostro. Le preguntó para qué deseaba verlo su padre.

—Nada especial. Sólo quería advertirme que cuando me vaya a vivir al jardín me comporte mejor que nunca.

Llegó hasta el cuarto de la Anciana Dama y le contó lo sucedido. Luego le preguntó a Daiyu, que estaba allí, en qué parte del jardín le gustaría vivir.

Daiyu ya había estado dándole vueltas al asunto, y respondió sin dudarlo:

—Yo elegiría el refugio de Bambú. Me gustan mucho esos bambúes que ocultan una balaustrada serpenteante, y además es el lugar más tranquilo.

—¡Justo lo que había pensado yo! —aplaudió Baoyu—. Allí quiero que vivas. Yo viviré en el patio Rojo y Alegre, de manera que estaremos muy cerca uno del otro, y deliciosamente tranquilos.

En ese momento llegó un criado enviado por Jia Zheng para informar a la Anciana Dama de que el día veintidós del segundo mes sería un día favorable para emprender la mudanza al jardín, y que los recintos de los jóvenes estarían dispuestos para entonces. Baochai ocuparía el parque de las Alpinias, Daiyu el refugio de Bambú, Yingchun el pabellón del Vario Esplendor, Tanchun el estudio del Frescor Otoñal, Xichun la cabaña de la Brisa de las Centinodias, Li Wan la aldea de la Fragancia del Arroz, y Baoyu el patio Rojo y Alegre. Dos viejas amas y cuatro doncellas fueron asignadas a cada lugar para que reforzaran la asistencia encomendada a un ama y sus ayudantes para cada habitante del jardín; además habría criados cuya única tarea sería quitar el polvo y barrer. El día veintidós se procedió a la mudanza, y enseguida el jardín, con sus flores cubiertas de cintas de seda bordada y sus sauces encrespados por una brisa fragante, perdió su aire de desolación. Pero no es preciso entrar en muchos detalles.

Baoyu descubrió que la vida en el jardín colmaba todos sus deseos. Nada le gustaba más que pasear diariamente con sus hermanas, primas y doncellas leyendo, escribiendo, tañendo el laúd, jugando al weiqi, pintando, recitando poemas, contemplando a las muchachas mientras bordaban sus fénix, disfrutando de las flores, cantando quedamente, resolviendo acertijos o jugando a acertar los dedos de la mano. En una palabra, era feliz. Allí escribió los siguientes poemas sobre las cuatro estaciones, que, a pesar de ser bastante convencionales, dan cierta idea de lo que el muchacho sentía en aquel lugar:

NOCHE DE PRIMAVERA

Me cubre un ocaso de mantas de seda; están echadas, nubes ligeras, las cortinas de mi cuarto.

Hasta aquí llega, desde la calle vecina, el vago rumor de la sexta vigilia[3].

Sobre mi almohada se extiende un ligero frescor: Llueve y llueve más allá de las ventanas.

Por mis ojos desfila la primavera, y evoco en su paisaje a la que vive en mi sueño.

¿Por quién derrama la vela su lágrima interminable?

Las flores cayendo, tan tristes, se quejan de mí.

Los mimos han vuelto perezosas a mis doncellas;

me hastían su cháchara y sus risas, acurrucado bajo las mantas.

NOCHE DE VERANO

Se abandona la bella muchacha, cansada ya de bordar, a un sueño profundo.

«Preparadme té», repite el papagayo desde su jaula dorada.

Al abrir el espejo precioso, pienso en la luna brillando a través de la ventana.

Por la alcoba, densas, flotan nubes de sándalo que huelen a incienso imperial.

Fluye de las copas de ámbar el cristalino Rocío de Loto[4].

La brisa fresca de los sauces vence balaustradas de cristal,

y van agitando su seda los abanicos por los pabellones del lago.

En las torres de carmín, las persianas levantadas, se despojan las muchachas de sus dijes.

NOCHE DE OTOÑO

Silencioso, el pabellón rojo perfumado por la ruda.

La luz del Espíritu del Laurel[5] fluye y baña la gasa de las cortinas.

El musgo cubre los surcos de las rocas donde duermen las cigüeñas,

y, cerca del pozo, las hojas de paulonia mojadas por el rocío humedecen el plumaje de los cuervos.

Una doncella extiende una manta de fénix dorado.

Se quita las flores del pelo una muchacha que regresa del balcón.

No deja el licor conciliar el sueño en la silenciosa, sedienta noche;

pide que aticen las brasas de nuevo, que enciendan fuego para hervir el té.

NOCHE DE INVIERNO

Ya duermen el ciruelo y el bambú, sueñan en la tercera vigilia.

Pero yo, cubierto de mantas con cisnes bordados, no puedo dormir.

En el patio que asombran los pinos sólo se ven las cigüeñas.

Las flores del peral alfombran el suelo[6]; ya no cantan las oropéndolas.

Tienen frío las muchachas de mangas verdes recitando los poemas;

y los señores, con sus abrigos de piel de marta, piden el licor más fuerte.

Es agradable que la doncella sepa preparar el té.

Y que lo hierva con la nieve recién caída.

Cuando ciertos aduladores descubrieron que estos poemas eran obra de un hijo de la mansión Rong que sólo tenía doce o trece años, los copiaron y se dedicaron a elogiarlos por todas partes, mientras jóvenes galantes atraídos por las imágenes de ensueño que contenían los inscribieron en sus abanicos, o sobre paredes, y los recitaron y admiraron. El resultado fue que Baoyu vivió el embeleco de recibir solicitudes de poemas, caligrafías, pinturas e inscripciones, y atender tantas peticiones le ocupaba buena parte del día.

Pero al cabo de un tiempo la vida reposada empezó a perder sabor, y Baoyu empezó a inquietarse, insatisfecho y aburrido. La mayoría de los habitantes del jardín eran muchachas ingenuas e inocentes que reían y jugueteaban sin inhibiciones todo el día, y poco conscientes de los sentimientos del muchacho que, demasiado alterado para permanecer con ellas, empezó a hacer de las suyas afuera. A pesar de ello, continuó sintiéndose de mal humor y frustrado.

Su paje Mingyan intentó ingeniar alguna manera de distraerlo, y llegó a la conclusión de que sólo una cosa podía resultarle entretenida. Fue a una librería y compró a su amo un montón de novelas antiguas y nuevas, con relatos sobre las concubinas imperiales y las emperatrices, así como algunos libelos sentimentales. Baoyu nunca había leído semejantes obras, y la impresión que tuvo fue la de haber descubierto un tesoro.

—No las lleve al jardín —le advirtió Mingyan—. Si alguien las encuentra me veré metido en serios problemas.

Pero ¿cómo iba Baoyu a aceptar semejante sugerencia? Después de muchas dudas eligió varios volúmenes de estilo más refinado que el resto y los introdujo en el jardín, escondiéndolos sobre el palio de su cama para leer cuando estuviese a solas. Las obras más crudas e indecentes las mantuvo ocultas en su estudio, fuera del jardín.

Cierto día, a mediados del tercer mes, paseaba después del desayuno por el puente que sorteaba la compuerta de la Fragancia que Rezuma. Llevaba bajo el brazo un ejemplar de Historia del ala oeste y se sentó a leerlo sobre una roca, bajo un melocotonero en flor. En el preciso momento en el que leía el verso: «Vuelan a ráfagas pétalos rojos», un golpe de viento precipitó sobre él tal lluvia de pétalos que quedó sepultado y, en torno suyo, el suelo quedó alfombrado de rojo. Por temor a aplastar las flores si se las sacudía, Baoyu las juntó cuidadosamente en el halda de su túnica y las llevó hasta la orilla del agua, donde las arrojó al riachuelo. Las vio flotar en círculos por unos instantes y luego perderse por el arroyo de la Fragancia que Rezuma.

A su vuelta encontró el suelo todavía cubierto de pétalos, y mientras estimaba cómo dispondría de ellas oyó una voz a su espalda:

—¿Qué haces aquí?

Al volverse vio a Daiyu con una azada al hombro, una bolsa de seda colgada de ésta y una escoba en la mano.

—Llegas a tiempo de barrer estos pétalos hasta el agua —exclamó Baoyu—. Acabo de tirar allí un montón.

—Al agua no —objetó Daiyu—. Puede que aquí esté limpia, pero una vez que abandona estos jardines recibe todo tipo de desperdicios e inmundicias de la gente. Las flores serían muy desgraciadas. En aquella esquina tengo una tumba para flores. Las estoy juntando y poniendo en esta bolsa de seda para enterrarlas allí, y con el tiempo se volverán otra vez tierra. ¿No te parece más limpio?

A Baoyu le encantó la idea.

—Voy a dejar este libro en alguna parte y te ayudaré.

—¿Qué libro es ése?

Con un gesto nervioso, Baoyu lo apartó de su vista

—El Invariable Medio y El Gran Estudio[7].

—Estás tratando de engañarme. Más te hubiera valido enseñármelo desde el principio.

—No me importa enseñártelo a ti, querida prima, pero no digas una palabra de esto a nadie. Es una verdadera obra maestra. Una vez que lo empieces no podrás detenerte ni a comer.

Y le pasó el libro.

Daiyu dejó las herramientas y se puso a leer, y cuanto más leía más ajena a todo se sentía, de manera que leyó íntegras las cinco escenas de la obra en menos de lo que se tarda en una cena. Solamente la belleza del lenguaje le dejó un sabor muy dulce en la boca. Cuando acabó su lectura permaneció sentada como en trance, evocando alguno de los versos.

—¿No te parece una maravilla? —le preguntó él.

La muchacha sonrió.

—Es fascinante.

—Yo soy «el enfermo de deseo» —bromeó Baoyu—, y tu belleza es «la que derrumba ciudades y reinos».

Daiyu se sonrojó hasta las orejas, frunció el ceño y, a través de los párpados semicaídos, sus ojos despidieron fulgores de ira. Señaló a Baoyu con un dedo acusador.

—¡Mereces la muerte! ¡Traer libros licenciosos a este lugar para luego insultarme con citas indecentes!

Las lágrimas le empezaron a caer por el rostro. Y añadió:

—¡Voy a decírselo a mi tío y a mi tía!

Y se dio la vuelta para irse.

Baoyu, desesperado, le cerró el paso.

—¡Perdóname, prima querida! No debí decirte eso. Que mañana me caiga en un estanque y me devore una tortuga de cabeza costrosa si mi intención fue insultarte, y que yo mismo me vuelva una gran tortuga para que, cuando seas una dama de primer rango y te hayas trasladado al paraíso del oeste, yo acuda allí a soportar eternamente la estela de piedra de tu tumba sobre el lomo.

Al oír aquel despropósito, Daiyu se echó a reír y se secó los ojos.

—Te asustas con tanta facilidad y a la vez dices unas tonterías tan tremendas… No eres sino «un brote sin flor», «una punta de lanza de cera que semeja plata»[8].

Ahora le tocó reír a Baoyu.

—¡Qué cosas dices! Yo también te delataré.

—Te jactas de que puedes memorizar un pasaje leyéndolo una sola vez. ¿Por qué no puedo yo retener «diez líneas de una mirada»?

Daiyu recoge las flores caídas.

Anónimo de la dinastía Qing (edición de 1815).

Él apartó el libro entre risas.

—Olvídalo. Vamos a enterrar las flores.

Apenas hubieron terminado, apareció Xiren.

—Conque está ahí —le dijo—. Lo he buscado por todas partes. El señor mayor no se siente bien y todas las señoritas han ido a preguntar por su salud. La Anciana Dama quiere que también vaya usted. Venga rápido a cambiarse de ropa.

Entonces Baoyu tomó su libro, se despidió de Daiyu y volvió a su pabellón con Xiren.

Cuando Baoyu y todas las muchachas hubieron partido, Daiyu no supo qué hacer y decidió regresar a su refugio. Al dar la vuelta por el patio de los Perales Fragantes, donde ensayaban las doce actrices, oyó al otro lado del muro dulces sones de flautas y voces. Por lo general, las letras de las óperas no le llamaban mucho la atención y nunca las había escuchado detenidamente, pero ahora, mientras caminaba, llegaron a sus oídos con toda claridad estos dos versos:

Ayer florecían con brillante morado y tierno carmín;

hoy están entre los muros derruidos y los pozos arruinados.

Extrañamente conmovida, se detuvo a escuchar. La cantante continuó:

¡Qué encantadora visión tuve esta mañana!

¿Pero a quién pertenece este patio lleno de placeres?

Daiyu asintió con la cabeza y suspiró. «De manera que las óperas también tienen buenos versos… —pensó—. Lástima que la gente se ocupe sólo del espectáculo sin detenerse en el sentido.»

Y entonces lamentó que su meditación le hubiese impedido escuchar una estrofa. Aguzó el oído y oyó:

Pues eres tan bella como una flor,

y la juventud se aleja como el agua que corre.

El corazón de Daiyu dio un brinco. El siguiente verso, que decía

Sola reposas en tu recóndita alcoba.

le afectó tanto que se sentó sobre una roca para meditar sobre su significado. Los dos versos que decían

Pues eres tan bella como una flor,

y la juventud se aleja como el agua que corre.

le recordaban un verso de un antiguo poema:

Fluye el agua y las flores caen, sin piedad…

Y los versos de otro poema:

Con el agua que corre y la flor que se deshoja se va la primavera

lejos, tan lejos como el cielo del mundo de los hombres.

Comparó todo ello con los versos que acababa de leer en Historia del ala oeste:

Las flores se deshojan y roja corre el agua,

el dolor es infinito.

Mientras cavilaba acerca del significado de todos esos versos el corazón empezó a dolerle y unas lágrimas se deslizaron por sus mejillas. En su perplejidad hubiera permanecido allí, pero apareció una persona que vino a darle una súbita palmadita en la espalda. Ella se volvió para mirar. Se trataba de… Escuchen ustedes el capítulo siguiente.

Pues en efecto:

Ella no cuida su arreglo matinal ni el bordado nocturno,

pero se siente afligida bajo la luna y frente a la brisa.

CAPÍTULO XXIV

El Diamante Borracho demuestra

ser generoso y galante.

Una muchacha apasionada deja caer su pañuelo

para suscitar un mal de amores.

El corazón de Daiyu estaba como hechizado, y sus pensamientos eran un torbellino cuando alguien, por detrás, le dio un golpecito en la espalda:

—¿Qué hace aquí sola, señorita?

Sobresaltada, volvió el rostro. Era Xiangling.

—¡Criatura estúpida, qué ocurrencia asustarme de este modo! —exclamó Daiyu—. ¿De dónde vienes?

—No encuentro en ninguna parte a nuestra joven señora —dijo Xiangling con una risita—. También Zijuan está buscándola a usted; dice que su señora ha enviado un poco de té para que lo pruebe. ¿Volvemos a sus aposentos?

Y tomando a Daiyu de la mano regresó con ella al refugio de Bambú. Allí encontraron dos pequeños recipientes de té de la última recolección reservada para el Palacio Imperial, que había enviado Xifeng. Las dos muchachas se sentaron. Si se preguntan ustedes cuáles fueron los Serios asuntos que trataron, les diré que allí sólo se habló del mérito de diversas piezas de bordado y tapicería. También jugaron al weiqi y leyeron algunos pasajes de un libro. Luego, Xiangling se marchó.

Regresemos con Baoyu. Cuando volvió, encontró a Yuanyang recostada en su cama, en el cuarto exterior, examinando las labores de aguja de Xiren.

—¿Dónde ha estado? —le preguntó ella—. La Anciana Dama está esperándolo. Quiere que vaya a la otra casa a interesarse por la salud del señor. Mejor será que se cambie de ropa y acuda rápido.

Xiren entró en el cuarto vecino para recoger la ropa de su señor y otro calzado; Baoyu se sentó en el borde de la cama y se quitó los zapatos sacudiendo los pies. Al volverse, observó que Yuanyang vestía una chaqueta de seda rosa, un chaleco de satén negro y una faja de seda blanca. Un collar de flores le abrazaba el cuello. Tenía la cabeza inclinada y miraba en dirección opuesta a él, dándole la espalda, con la atención centrada en las labores. Baoyu apoyó la mejilla contra su nuca, respiró su aroma y no pudo resistir la tentación de acariciar su piel, que era tan blanca y suave como la de Xiren. Pícaro, se le fue acercando.

—¡Hermanita, déjame probar el carmín de tus labios!

Y no había terminado de decirlo cuando ya estaba tumbado sobre ella.

—¡Xiren! —gritó Yuanyang—. ¡Ven a verlo! Tantos años con él y todavía no le has enseñado a comportarse.

Xiren entró con los brazos cargados de ropa y protestó:

—Tengo la lengua desgastada de advertirle sobre todo y en todos los tonos, pero sigue sin enmendarse. ¿Qué va a ser de usted? Si sigue comportándose de esa manera nos resultará imposible permanecer aquí.

Le hizo cambiarse de ropa a toda prisa y ordenó a Yuanyang que lo acompañase a ver a la Anciana Dama. Después se dirigió al lugar donde lo esperaban los pajes con su caballo aparejado. Cuando se disponía a montar llegó Jia Lian, que volvía de la casa de su padre. Desmontó ante él, y mientras intercambiaban algunas palabras apareció otro personaje que saludó a Baoyu. Era un joven alto, cercano a los veinte años, de rostro ovalado y apariencia inteligente y apuesta. A pesar de que su cara le resultaba familiar, Baoyu no pudo recordar su nombre ni la rama de la familia a la que pertenecía.

—¿Por qué lo miras así? —preguntó Jia Lian—. ¿No conoces a Yun, el hijo de la quinta cuñada, la que vive en la calle de atrás?

—Sí, claro. No entiendo cómo no lo he reconocido —contestó Baoyu, y a continuación preguntó al joven por su madre y por el negocio que le traía a la mansión Rong.

—He venido a tratar un asunto con el segundo tío —dijo el joven señalando a Jia Lian.

—Estás más guapo que la última vez que te vi —dijo Baoyu sonriendo—. Casi podrías ser hijo mío.

—¡Qué barbaridad! —exclamó Jia Lian—. ¿Tu hijo? ¡Si tiene cuatro o cinco años más que tú!

—¿Qué edad tienes? —preguntó Baoyu al muchacho con una sonrisa.

—Dieciocho.

Jia Yun, siempre atento, aprovechó la oportunidad para añadir:

—Como dice el proverbio, «un abuelo en la cuna puede tener un nieto apoyado en un bastón». Puede que sea mayor que usted, pero «la montaña más alta no alcanza a ocultar el sol». Desde que murió mi padre no he tenido quien me instruya adecuadamente. Si no me considera demasiado estúpido para ser su hijo adoptivo, tío Bao, lo consideraría una gran fortuna.

—¡¿Qué te parece?! ¡No es ninguna broma adoptar un hijo! —dijo Jia Lian riendo mientras entraba en la casa.

—Si mañana no tienes nada que hacer, ven a visitarme —dijo Baoyu a Yun—. No te habitúes a sus tortuosas costumbres. Ahora estoy ocupado, pero puedes venir mañana a mi estudio; podremos hablar y te enseñaré el jardín.

Se acomodó en la silla y sus pajes lo escoltaron hasta la casa de Jia She, donde descubrió que su tío sólo estaba aquejado de un catarro. Cuando hubo transmitido el mensaje de su abuela, presentó sus propios respetos. Jia She se incorporó para responder a las preguntas que hacía la Anciana Dama sobre su salud, y luego ordenó a un criado que llevara al muchacho a visitar a su esposa.

Baoyu se encaminó hacia la parte posterior hasta llegar a los aposentos de la dama Xing, y cuando ella se hubo incorporado para transmitir sus respetos a la abuela en la persona del nieto, él hizo una reverencia. Luego, lo invitó a sentarse con ella sobre el kang y preguntó por el resto de la familia. Cuando terminaron de beber el té, entró Jia Cong a saludar a Baoyu.

—¿Has visto alguna vez un mono igual? —preguntó la dama Xing.

Y a Cong:

—¿Es que ha muerto tu nodriza, que no te arregla un poco? Con esa cara tan sucia pareces un idiota, no el hijo de una familia culta.

En ese momento llegaron a presentar sus respetos Jia Huan y su sobrino Jia Lan, a los que la dama Xing ofreció asiento en unas sillas. Pero a Huan le molestó tanto ver a Baoyu compartiendo el mismo lugar con su tía y recibiendo sus caricias que, al poco rato, hizo un gesto a Lan para partir. Éste tuvo que acceder, de modo que ambos se levantaron para despedirse. También Baoyu se incorporó para marcharse, pero la dama Xing lo retuvo con una sonrisa.

—Quédate —le dijo—. Tengo que seguir hablando contigo.

Baoyu volvió a sentarse, y ella dijo a los otros:

—Transmitid mis saludos a vuestras madres. El escándalo que forman las muchachas me tiene un poco mareada; disculpad si no os pido que os quedéis a cenar.

Los dos muchachos prometieron cumplir el encargo y a continuación se fueron.

—¿Han venido todas las muchachas? —preguntó Baoyu—. ¿Dónde están?

—Estuvieron aquí sentadas un rato, y después se fueron. Deben estar en la parte de atrás.

—¿Qué tenía que decirme, tía?

—Sólo quería pedirte que te quedaras a cenar. Y además, tengo algo divertido para ti.

Charlaron hasta que llegó la hora de cenar. Luego se dispusieron mesa y sillas, y ambos cenaron con las muchachas. Baoyu se despidió de Jia She y regresó a casa con sus hermanas y primas. Todos dieron las buenas noches a la Anciana Dama, y se dispersaron por los cuartos.

Pero volvamos a Jia Yun, que había ido a hablar con Jia Lian.

—¿Ha encontrado ya un trabajo para mí? —le preguntó.

—El otro día surgió uno, pero tu tía me suplicó que se lo cediera a Jia Qin. Sin embargo, me dijo que pronto se plantarían muchos árboles y flores en el jardín. Me ha prometido que ese puesto será tuyo.

Después de un breve silencio, Jia Yun dijo:

—Esperaré entonces. Por favor, no le diga a mi tía que he venido a pedir trabajo. Yo mismo se lo diré la próxima vez que la vea.

—¿Por qué habría de decírselo? ¿De qué tiempo libre dispongo para dedicarme a los chismes? Mañana mismo, durante la quinta vigilia, tengo que partir a Xingyi y estar de vuelta el mismo día. Ven pasado mañana; para entonces ya te podré dar alguna noticia. Pero no vengas antes de la primera vigilia; sólo estaré libre después de esa hora.

Dicho lo cual entró a cambiarse de ropa.

En el camino de vuelta, Jia Yun tuvo una idea. Buscó a su tío materno, Bu Shiren[1], que había salido un momento de su tienda de perfumes y se encontraba en su casa.

—¿Qué te trae por aquí a estas horas de la noche? —preguntó, después de haber intercambiado saludos con su sobrino.

—Tengo que pedirte un favor, tío. Necesito alcanfor de Borneo y almizcle. ¿Podrías darme a crédito unas cuatro onzas de cada cosa? Te pagaré sin falta durante la fiesta de los Faroles.

—No me hables de créditos. —El tío sonrió fríamente—. Hace algún tiempo un dependiente le dio a un pariente suyo varios taeles de plata en mercaderías a crédito, y todavía no he visto un centavo. Tuvimos que compartir la pérdida, y desde entonces hemos acordado no volver a fiar a parientes o amigos so pena de veinte taeles como castigo. De todos modos, esas especias que me pides escasean. Aunque me dieras dinero en efectivo, un comercio pequeño como el nuestro no podría procurarte lo que pides y tendríamos que buscarlo en otro sitio. Además, es obvio que no llevas entre manos nada bueno, y que quieres esos productos para meterte en líos. ¡Y no vengas ahora a quejarte de que tu tío te encuentra defectos cada vez que te ve! Los jóvenes carecéis de juicio. ¡Cómo me gustaría que te limitases a pensar en la manera de ganar algún dinero para mantenerte bien alimentado y decentemente vestido!

—Tiene usted razón, tío —respondió Jia Yun afablemente—. Al morir mi padre yo era demasiado pequeño para comprenderlo, pero más tarde mi madre me explicó cuánto le debíamos a usted por haber venido a encargarse de los asuntos de la casa y de los funerales. Usted sabe mejor que nadie que mi padre no me legó tierras ni fincas que yo haya podido dilapidar. Ni el ama más hábil puede hacer una cena sin arroz. ¿Qué espera que haga yo? Tiene suerte de que no sea de ese tipo de gente que andaría detrás suyo pidiéndole tres sheng de arroz hoy, dos de judías mañana… ¿Qué hubiera hecho en ese caso, tío?

—Puedes disponer de todo lo que tengo, muchacho. Sólo tienes que pedirlo. Pero como le digo siempre a tu tía, lo que me preocupa es que no utilices la cabeza. La mejor carta que puedes jugar es la de la gran mansión. Has de ir allí. Si no consigues ver a los señores, trágate tu orgullo y halaga a sus mayordomos; tal vez ellos te consigan algún trabajo. El otro día, en las afueras, me encontré con el cuarto hijo de tu tercer tío, que iba montado en burro con cinco carretas detrás que llevaban a cuarenta o cincuenta novicias en dirección al templo del Umbral de Hierro. Debe tener la cabeza bien puesta sobre los hombros para conseguir un trabajo tan bueno.

No pudiendo soportar durante más tiempo el sermón de su tío, Jia Yun se incorporó y se dispuso a partir.

—¿Qué prisa tienes? —preguntó su tío—. Come un bocado con nosotros antes de marcharte.

—¿Estás loco? —exclamó su mujer—. Ya te he dicho que no queda arroz. Sólo hay medio jin de fideos que estoy preparándote ahora. ¿Por qué te haces el rico? Si se queda a comer pasará hambre.

—Compra entonces otro medio jin.

—¡Yinjie! —La esposa llamó a su hija—. Ve y dile a la señora Wang de la casa de enfrente que nos preste veinte o treinta monedas; que se las devolveremos mañana.

A estas alturas, Jia Yun ya había murmurado: «No se molesten», y se había esfumado sin dejar rastro.

Salió de la casa de su tío de pésimo humor, y caminaba hacia la suya con la mirada fija en el suelo, echando chispas por el mal trato, cuando tropezó con un borracho. Jia Yun se sobresaltó, y a su vez el tipo maldijo:

—¡Jode a tu madre! ¿Es que estás ciego para darme semejante empellón?

Jia Yun quiso apartarse a un lado, pero, antes de que pudiera hacerlo, el borracho ya lo había agarrado. Al observarlo más de cerca, Yun reconoció a su vecino Ni Er, un rufián que vivía de la usura y de sus ganancias en los garitos. Siempre andaba bebiendo y metido en broncas. Precisamente acababa de cobrar los intereses a un moroso y regresaba a su casa tambaleándose cuando tropezó con Jia Yun. Con ganas de camorra, levantó un puño amenazador.

—¡Detente, viejo! —exclamó Yun—. ¡Soy yo!

La voz le resultó familiar al borracho, que, a través de sus ojos turbios, reconoció a Yun y lo soltó sin dejar de tambalearse.

—¡Pero si es el señor Jia! —exclamó—. ¡Merezco que me parta un rayo! ¿Dónde va?

—No me hables. ¡No me he sentido tan despreciado en toda mi vida!

—¡No hay problema! Dígame quién lo ha maltratado, que yo le ajustaré las cuentas. Si hay alguien, en cualquiera de las tres calles o los seis pasajes, que se atreva a ofender a un vecino del Diamante Borracho, yo mismo me ocuparé de que sus parientes sean diezmados y arrasado su hogar.

—Cálmate, viejo, y escúchame.

Jia Yun le describió el trato que había recibido de su tío Bu, y Ni Er se indignó mucho.

—¡Si no se tratara de su tío, puede estar seguro de que no me limitaría a maldecirlo! Pero no se preocupe. Tengo aquí unos cuantos taeles de plata; si quiere comprar algo, cójalos, pero le pondré una condición: hemos sido vecinos durante todos estos años, y todo el mundo sabe que soy un prestamista; a pesar de eso, usted nunca ha venido a pedirme nada. No sé si es que no quería ensuciarse las manos tratando con un rufián como yo, o si temía verse atrapado en el pago de unos intereses demasiado altos. Si se trata de eso, no quiero ningún interés por este préstamo. Ni tampoco un pagaré. Ahora bien, si teme rebajarse aceptando mi dinero abandonaré la pretensión de prestárselo y seguiremos cada cual nuestro camino.

Y diciendo esto se sacó del bolsillo un paquete de plata.

Jia Yun pensó: «Ni Er es un bribón, pero tiene fama de dadivoso y de apoyar resueltamente a sus amigos. Sería un error disgustarlo rechazando el dinero que me ofrece. Lo tomaré y más tarde le devolveré el doble.» Y le dijo:

—Yo sé que eres una buena persona. En realidad, varias veces estuve a punto de ir a verte, pero temí que no hicieras caso a un inútil como yo, puesto que todos tus amigos son gente resuelta y capaz, y pensé que si te pedía un préstamo me lo negarías. La generosidad que demuestras me impide rechazar tu ofrecimiento. En cuanto llegue a mi casa te haré llegar un pagaré.

—¡Qué bien habla! —dijo Ni Er retorciéndose de la risa—. Pero yo no estoy dispuesto a seguir escuchando semejantes despropósitos. Usted acaba de pronunciar la palabra «amigos». ¿Cómo podría cobrarle intereses a un amigo? Basta de cháchara. Como usted no me desprecia y estos quince taeles con treinta centavos son una suma irrisoria, tómelos para comprar lo que necesite. Si insiste en firmarme un pagaré, entonces no le regalaré el dinero, sino que lo prestaré a otros que sí me pagarán intereses.

—De acuerdo —dijo Jia Yun aceptando el paquete de plata—. No volveré a hablar del pagaré, así que no te enojes.

—¡Éstas sí que son palabras dignas de usted! Ya ha oscurecido, así que no le invitaré a un trago porque tengo asuntos que atender. Será mejor que vuelva a su casa. Le pido que se tome la molestia de decirle a mi familia que cierre temprano y se recoja, que no iré a dormir esta noche. Si surgiera algún asunto urgente, que mi hija me busque por la mañana. Me encontrarán con Wang Piernas Cortas, el tratante de caballos.

Dicho lo cual, continuó su vacilante marcha.

Perplejo por su golpe de suerte, Jia Yun pensó: «¡Qué personaje este Ni Er! Pero ¿qué sucederá si tanta generosidad sólo es producto de la borrachera? Supongamos que mañana, cuando esté sereno, me pide un interés del cien por cien…». La idea le preocupó por unos momentos, pero luego decidió: «Bah, no importa; en cuanto consiga ese cargo en la mansión Rong podré pagarle el doble».

Llevó la plata a un cambista para que la pesara, y descubrió con alegría que Ni Er era honesto y que, en efecto, allí había quince taeles con treinta y dos centavos. Corrió a transmitir el mensaje de Ni Er a su esposa y luego se encaminó a su casa, donde encontró a su madre aspando hilo sentada sobre el kang.

—¿Dónde has pasado el día? —le preguntó.

Para no irritarla, obvió la visita a su tío Bu.

—Estuve en la mansión del Oeste esperando al tío Lian —le contestó—. ¿Ya ha cenado?

—Sí, y he guardado para ti.

Ordenó a la doncella que le trajera la cena. Ya era la hora de encender las lámparas, y Yun se fue a la cama en cuanto acabó de comer.

A la mañana siguiente, apenas se hubo levantado y vestido, fue a una perfumería extramuros de la puerta sur y compró almizcle y alcanfor de Borneo que luego llevó a la mansión Rong. Se aseguró de que Jia Lian no estaba, y se dirigió a la parte de atrás, donde se ubicaba el patio de sus aposentos. Unos pajes estaban barriéndolo con unas escobas de mango largo. En ese momento apareció la esposa de Zhou Rui.

—No barráis más —dijo a los pajes—. Ya va a salir la señora.

Dando un paso adelante, Jia Yun preguntó:

—¿Dónde va la segunda tía?

—La ha mandado llamar la Anciana Dama —contestó la señora Zhou—. Supongo que cortarán juntas algunas telas.

Inmediatamente apareció Xifeng rodeada por un tropel de criadas. Informado de su debilidad ante el halago y las ceremonias, Jia Yun avanzó respetuosamente, la saludó con gran boato y preguntó por su salud. Pero Xifeng apenas le dirigió la mirada, preguntándole de corrido cómo estaba su madre y por qué ella nunca visitaba la mansión.

—No se encuentra muy bien, tía. A menudo piensa en usted y le entran ganas de venir, pero luego no consigue salir de casa.

Xifeng se echó a reír.

—¡Qué embustero eres! Nunca habrías dicho eso si yo no hubiera preguntado por ella.

—¡Que me parta un rayo si me atrevo a mentir a mis mayores! —protestó Jia Yun—. Anoche mismo estuvo hablando de usted. Me dijo: «Tu tía es tan delicada… pero mira todo el trabajo que le cae encima; no sé de dónde saca las energías para administrarlo todo tan bien. Cualquier persona menos eficiente quedaría agotada».

Como era de esperar, una sonrisa de delicia iluminó el rostro de Xifeng, que detuvo su paso.

—¿Y a cuento de qué, si se puede saber, os dedicáis tu madre y tú a hablar de mí a mis espaldas?

—Hay una razón, tía —contestó Yun—. El caso es que uno de mis mejores amigos, propietario de una tienda de perfumes, se ha hecho con un cargo de subprefecto asistente y acaba de ser destinado a un puesto en las inmediaciones de Yunnan. Como se marcha allí con toda su familia ha decidido cerrar el comercio, y en los últimos días ha estado revisando su almacén, regalando algunas cosas, vendiendo otras muy baratas, y reservando lo más valioso para sus parientes y amigos. Así es como me hice con un poco de almizcle y de alcanfor de Borneo. Mi madre y yo hemos coincidido en que su venta no nos reportaría una ganancia adecuada, ya que no hay gente dispuesta a gastar tanto dinero en estas cosas. Hasta las familias más ricas pedirían como mucho unos cuantos gramos. Y aunque decidiéramos regalarlos, no se nos ocurrió nadie que mereciera utilizar perfumes tan valiosos. Puede incluso que alguien llegara a venderlos a bajo precio. Pero entonces pensé en usted, tía, y recordé los montones de dinero que en otro tiempo gastaba en estas cosas. Estoy seguro de que este año, con la consorte imperial en palacio y ya casi en puertas la fiesta de la Barca-Dragón[2], necesitará diez veces la medida habitual. Le dimos unas cuantas vueltas al asunto, y por fin llegamos a la conclusión de que lo más adecuado sería regalárselo a usted como testimonio de nuestra estima. Así no se desperdiciará.

Dicho lo cual, extrajo una cajita forrada de brocado y la elevó respetuosamente con ambas manos para entregarla a Xifeng.

Resultó que Xifeng estaba buscando algunos regalos y había pensado comprar hierbas aromáticas y especias. Complacida y deleitada por el inesperado presente y por el breve parlamento de Jia Yun, dijo a Fenger:

—Lleva el regalo de mi sobrino a casa y entrégalo a Pinger.

Y a Jia Yun:

—Eres muy sensato. Con razón tu tío siempre está hablándome de lo razonable que eres.

Al oír aquellas palabras, Yun tuvo la impresión de que estaba consiguiendo algo y se aproximó un poco más.

—¿Entonces mi tío le ha hablado de mí? —preguntó.

Xifeng sintió la tentación de contarle que habían pensado en él para el puesto de supervisor de la plantación de árboles, pero temió que lo interpretase mal e imaginara que se lo ofrecía a cambio de unos cuantos perfumes, de manera que no dijo nada sobre el particular y, después de unos comentarios triviales, se dirigió a visitar a la Anciana Dama. Jia Yun, por su parte, hubo de volver a su casa sin haber tenido ocasión de abordar el tema que le había llevado a Xifeng.

Como el día anterior Baoyu le había invitado a reunirse con él en su estudio, retornó a la mansión después del almuerzo y encaminó sus pasos hacia el estudio de las Nubes Luminosas, situado cerca de la puerta ceremonial que conducía a los aposentos de la Anciana Dama. Allí encontró a Beiming jugando una partida de xiangqi con Chuyao y discutiendo el movimiento de un «carro»[3]. Otros cuatro pajes, Yinguan, Saohua, Tiaoyun y Banhe, encaramados sobre el tejado, trataban de hacerse con un nido de petirrojos. Al entrar en el patio, Jia Yun dio una patada en el suelo.

—¡Otra vez con vuestras travesuras de mono! ¡Que estoy aquí! —exclamó dirigiéndose a los pajes.

Al oír aquello, los pajes se desbandaron. Jia Yun entró en el estudio y se sentó.

—¿Ha venido hoy el señor Bao? —preguntó.

—No, no ha venido. Si quiere hablar con él, iré a buscarlo y lo encontraré —dijo Beiming, y salió.

Durante el tiempo que tarda en consumirse un almuerzo, Jia Yun curioseó las caligrafías, las pinturas y los objetos raros. Al ver que Beiming no regresaba buscó a los otros pajes, pero todos habían desaparecido buscando esparcimiento. Ya empezaba a sentirse incómodo y aburrido cuando oyó una voz dulce llamando desde el otro lado de la puerta:

—¡Hermano!

Al asomarse vio a una doncella de dieciséis o diecisiete años, esbelta, de aspecto cuidado e inteligente que, al verlo, quiso retirarse. Pero en eso llegó Beiming.

—Perfecto. Precisamente estaba buscando un mensajero —dijo al ver a la muchacha.

Jia Yun salió para interrogar al paje, que le informó:

—Esperé mucho tiempo, pero nadie salió. Ésta es una de las doncellas del patio Rojo y Alegre.

Y dirigiéndose a ella:

—Anda, sé buena chica y corre a decirle al señor Baoyu que ha venido de visita el segundo señor, el de la calle de atrás.

Al descubrir que Jia Yun pertenecía a la estirpe de los señores la muchacha no intentó evitarlo, como había hecho un momento antes, sino que, al contrario, le lanzó una penetrante mirada.

—Olvida lo de segundo señor y la calle de atrás —bromeó el visitante—. Dile sólo que ha venido Yun.

—Con su permiso, señor, pienso que lo mejor sería que regresara usted a su casa y volviera aquí mañana —dijo la chica esbozando una leve sonrisa—. Esta noche, si tengo oportunidad, le hablaré al señor de su visita.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Beiming.

—Esta tarde no ha dormido la siesta, así que seguramente cenará temprano y no pasará por aquí al ponerse el sol. ¿Vas a hacerle pasar hambre a este caballero? Será mejor que vuelva a su casa y regrese mañana, porque aunque alguien prometa llevar un mensaje puede que no alcance a entregarlo.

La muchacha habló de una manera tan concisa y elegante que Jia Yun quiso saber su nombre, pero como estaba al servicio de Baoyu lo pensó mejor y se limitó a comentar:

—Tienes razón. Volveré mañana.

Beiming le instó a tomar una taza de té antes de partir.

—No, gracias. Tengo otros asuntos que atender —dijo Yun echando a andar hacia la salida. Y mientras hablaba se volvió a mirar a la muchacha, que seguía allí de pie. Por fin emprendió la vuelta a su casa.

Regresó al día siguiente. Frente a la puerta principal se volvió a encontrar con Xifeng, que iba camino de la otra mansión a presentar sus respetos. Su carruaje acababa de ponerse en marcha, pero al ver a Jia Yun ordenó a un criado que lo detuviera y, sonriendo, llamó al muchacho desde la ventanilla del vehículo.

—¿Todavía tienes la audacia de ponerte ante mi vista? —le dijo—. ¡Ahora entiendo por qué me regalaste los perfumes! Me ha dicho tu tío que ya habías hablado con él.

—No me hable de eso, tía —renegó Yun sonriendo—. Lamento habérselo pedido a mi tío. De haber sabido cómo eran las cosas habría acudido a usted primero, y hace tiempo que ya estaría resuelto el problema. No sabía lo inútil que era pedirle algo a mi tío.

Xifeng se echó a reír.

—¡Claro! Y cuando él te falló me buscaste a mí…

—No es justo, tía. No es eso lo que pretendía. Si así fuera, le habría pedido el favor ayer mismo, ¿no? Pero ya que está usted al corriente, olvidaré a mi tío y le suplicaré a usted que sea amable conmigo.

—¡Vaya manera sinuosa de hacer las cosas! —sonrió ella con sarcasmo—. Me lo pones difícil. Si lo hubiera sabido antes, el asunto se habría resuelto enseguida. Hay que plantar algunos árboles y flores en el jardín y andaba buscando a alguien que se hiciera cargo.

—¡Yo puedo ocuparme de ello, tía!

Xifeng caviló unos momentos.

—No, mejor no. ¿Por qué no esperamos hasta el Año Nuevo y entonces te damos el cargo de comprador de fuegos artificiales y faroles, que es más importante?

—Tía, deme primero este trabajo. Si lo hago bien, podré ocuparme del otro.

—¡Así que miras hacia adelante! —dijo Xifeng con una risita—. Está bien. Pero no lo haría si no fuera por la intercesión de tu tío. Regresaré después del desayuno, así que pásate a eso del mediodía a recoger el dinero y podrás empezar la plantación pasado mañana.

Dicho lo cual ordenó a los criados que pusieran en marcha el carruaje.

Fuera de sí, enormemente contento, Jia Yun se encaminó al estudio de las Nubes Luminosas y preguntó por Baoyu. Le dijeron que había salido muy temprano a visitar al príncipe de Pekín. Allí se quedó, tranquilamente sentado, hasta el mediodía. Cuando supo que Xifeng había regresado escribió un recibo y fue a recoger la tarja. Esperó fuera del patio mientras un criado anunciaba su llegada. Entonces apareció Caiming y tomó su recibo. Una vez anotada la fecha y la suma que debía ser retirada, el paje se lo devolvió junto con la tarja. Complacido, Yun constató que la suma ascendía a doscientos taeles y partió inmediatamente a la tesorería para retirar la plata, y desde allí a su casa para informar de la buena nueva a su madre, que compartió su júbilo.

Durante la quinta vigilia de la mañana siguiente buscó a Ni Er para devolverle el préstamo; éste, al ver que Yun tenía dinero, aceptó la devolución.

Luego, Jia Yun llevó cincuenta taeles a la casa de Fang Chun, un jardinero que vivía extramuros de la puerta oeste, y le compró unos árboles.

Volviendo a Baoyu. La invitación a Jia Yun para que lo visitara en su estudio no había sido más que el gesto cortés del hijo de un noble y rico duque, y por tanto se olvidó de él con rapidez. Al volver aquella noche del palacio del príncipe de Pekín, presentó sus respetos a su abuela y a su madre, y se retiró al jardín, donde se despojó de su traje ceremonial y esperó su baño.

Resultó que a Xiren la había llamado Baochai para que la ayudase a trenzar unos botones; Qiuwen y Bihen habían salido a urgir a los criados para que trajeran el agua; Tanyun había pedido permiso por ser el aniversario de su madre, y Sheyue estaba enferma en su casa. Las otras doncellas, que hacían las tareas más pesadas, no habían esperado que las llamaran y habían salido en busca de sus amistades. Por un momento, Baoyu quedó completamente solo, y ése fue el momento en el que le apeteció beber té. Llamó varias veces hasta que llegaron dos o tres amas, a las cuales despidió inmediatamente diciendo:

—No las necesito.

Las ancianas tuvieron que retirarse.

Como no estaba ninguna de las muchachas, Baoyu tomó él mismo un tazón y se dirigió hacia la tetera.

—No se vaya a quemar, señor Bao. Déjeme hacerlo a mí —dijo una voz a sus espaldas.

Una muchacha se adelantó y cogió el tazón. La súbita aparición de la chica asustó a Baoyu.

—¿De dónde has salido tú? —preguntó—. ¡Vaya susto me has dado!

Entregándole el té, ella contestó:

—Estaba en el patio trasero. ¿No me oyó entrar, señor Bao?

Baoyu la observó mientras sorbía el té. Su ropa no era nueva, pero se veía sumamente dulce y bella, con su hermoso cabello negro recogido en un moño, su rostro ovalado y su estampa esbelta y armoniosa.

—¿Trabajas aquí? —preguntó él con una sonrisa.

—Sí.

—¿Y cómo no te he visto nunca?

La doncella rió con tono burlón.

—Usted no nos ha visto a muchas de nosotras. No soy la única. ¿Cómo me iba a conocer? Yo no le llevo o le traigo cosas ni lo atiendo personalmente.

—¿Y por qué?

—¡Vaya pregunta! Pero tengo que informarle de algo, señor. Ayer vino a verlo un caballero llamado Yun. Le dije a Beiming que lo despidiera, ya que usted estaba ocupado, pero le pedí que volviera esta mañana. Cuando vino, usted ya había salido a visitar al príncipe de Pekín.

En ese preciso momento llegaron tambaleándose Qiuwen y Bihen, riendo y charlando, sosteniendo en alto sus faldas y cargando entre las dos un balde del que salpicaba el agua. La otra doncella corrió a ayudarlas.

—¡Me has mojado la falda! —dijo Qiuwen a Bihen, quejándose.

—¡Y tú me has pisado el pie! —replicó Bihen.

Al mirarla reconocieron a la doncella que había aparecido tan bruscamente: era Xiaohong. Sorprendidas, dejaron el balde y entraron corriendo en el pabellón. Les molestó mucho encontrar solo a Baoyu. En cuanto le hubieron preparado el baño y desnudado, cerraron la puerta y fueron a la parte de atrás en busca de Xiaohong.

—¿Qué hacías allí? —le dijeron increpándola.

—No estuve adentro —protestó ella—. Había perdido mi pañuelo y lo buscaba por la parte de atrás cuando oí al señor pedir té. Como ninguna de vosotras estaba allí, fui yo misma a servírselo. Justo en ese momento aparecisteis.

—¡Putilla desvergonzada! —la insultó Qiuwen escupiéndole a la cara—. Te dije que fueras a urgir a los que debían traer el agua, pero tú me dijiste que estabas ocupada y nos hiciste ir a nosotras. Entonces aprovechaste la oportunidad para atenderlo tú misma. Estás escalando posiciones, ¿no? ¿Piensas que no somos competencia para ti? Pues mírate en el espejo. ¿Acaso eres digna de servir el té al señor Bao?

Bihen intervino:

—Mañana diremos a las otras que si el señor necesita té, agua o cualquier otra cosa, no necesitamos movernos: ella se encargará.

Seguían turnándose los insultos y los exabruptos cuando llegó una vieja ama con un mensaje de Xifeng: «Mañana vienen unos jardineros a plantar árboles, así que debéis tener cuidado. No pongáis vuestra ropa al sol ni dejéis las faldas por cualquier sitio. Todas las colinas artificiales serán cubiertas con biombos, y nadie debe andar por allí».

—¿Quién va a supervisar el trabajo de los jardineros?

—El señor Yun, el de la calle de atrás.

El nombre no les dijo nada ni a Qiuwen ni a Bihen, que siguieron preguntando; pero Xiaohong supo enseguida que debía tratarse del caballero que había conocido el día anterior en el estudio.

Aunque su apellido era Lin y su nombre de infancia Hongyu[4], a Xiaohong, que ese año cumplía los dieciséis, la llamaban así para evitar el carácter Yu que también figuraba en los nombre de Daiyu y Baoyu. Su familia había servido a los Jia durante generaciones, y su padre estaba a cargo de varias haciendas y propiedades. Cuando fue destinada al jardín de la Vista Sublime se le asignó el patio Rojo y Alegre, que había sido un lugar agradable y tranquilo hasta que Baoyu y sus doncellas ocuparon aquellos aposentos. Xiaohong, en su simpleza, se propuso escalar posiciones en el mundo valiéndose de su buena apariencia, y durante mucho tiempo había tratado de llamar la atención de Baoyu; sin embargo, las otras doncellas le impedían destacar. Aquel día consideró que había llegado su oportunidad, pero la malévola intervención de Qiuwen y Bihen había hecho que sus esperanzas se desvanecieran. Se sentía muy mal cuando en eso llegó el ama anunciando la venida de Jia Yun y los jardineros. La noticia le metió en la cabe za una nueva idea y, desalentada, regresó a su cuarto a madurarla. Mientras daba vueltas en la cama, una voz la llamó suavemente por la ventana.

—¡Xiaohong! He encontrado tu pañuelo.

Salió corriendo a ver de quién se trataba. Era Jia Yun.

—¿Dónde lo encontró, señor? —preguntó turbada.

—Ven aquí y te lo diré —contestó Jia Yun riéndose.

Y acto seguido intentó atraparla. Ella se dio la vuelta y echó a correr, pero al tropezar en el umbral despertó de pronto. ¡De manera que sólo había sido un sueño!

Si quieren saber lo que pasa se explicará en el siguiente capítulo.

CAPÍTULO XXV

Dos cuñados son poseídos por cinco demonios

invocados mediante ritos de brujería.

En un sueño reparador, el Jade Precioso

se encuentra con los dos inmortales.

Sumida en sus ensueños de amor, Xiaohong dormitaba. Cuando Jia Yun intentó atraparla ella huyó, pero al tropezar en el umbral despertó bruscamente y comprendió que todo había sido un sueño. Se pasó la noche dando vueltas en la cama sin poder dormir hasta que, al amanecer, otras doncellas la llamaron para que ayudase a barrer los cuartos y traer el agua. No se aseó ni maquilló; sólo se lavó las manos y se alisó descuidadamente el cabello ante el espejo. Luego se ciñó un cinturón y salió a trabajar.

Al verla el día anterior Baoyu se había sentido impresionado, aunque se abstuvo de reclutarla inmediatamente para su servicio personal por no desairar a Xiren y las otras doncellas. Por otra parte, no había manera de saber cómo se comportaría la muchacha. Habría actuado bien si el comportamiento de Xiaohong resultaba satisfactorio; pero, en caso contrario, despedirla resultaría penoso. Así pues, se levantó de mal humor y allí se quedó, cavilando sobre el asunto, sin preocuparse de su aseo personal.

Se abrieron los postigos y, a través de la gasa de las ventanas, pudo ver claramente a unas doncellas barriendo el patio. Allí estaban todas, empolvadas y pintadas, con flores o tallos de sauce prendidos en el cabello, pero Xiaohong no aparecía por ninguna parte. Baoyu se calzó y salió a dar un paseo con la intención aparente de contemplar las flores. Oteó por aquí y por allá hasta que divisó, medio oculta por un manzano silvestre, una figura inclinada sobre la balaustrada, en el rincón sudoeste del paseo techado. Dio la vuelta al árbol: sí, era la muchacha del día anterior, que aparentemente se encontraba sumida en sus pensamientos. Todavía estaba decidiendo si acercarse a ella o no, cuando llegó Bihen para llevarlo a asearse y no tuvo más remedio que volver.

A Xiaohong la sacó de sus cavilaciones la presencia de Xiren, que la llamaba con gestos. Fue a ver qué quería.

—Nuestra regadera se ha roto y no la han arreglado todavía. Quiero que vayas a pedir una prestada a casa de la señorita Lin.

La chica se encaminó al refugio de Bambú a cumplir el encargo y, al cruzar el puente de la Niebla Verde, la vista de las colinas artificiales le recordó que ése era el día señalado para la plantación de árboles. A cierta distancia, un grupo de hombres cavaba bajo la supervisión de Jia Yun, que se encontraba sentado sobre una roca cercana. La muchacha no tuvo valor para acercarse a él, y siguió su camino. En el refugio de Bambú pidió una regadera prestada y la llevó de vuelta; luego fue a tumbarse, abatida, en su cuarto. Las demás consideraron que no se sentía bien y no le dieron mayor importancia. Y el día transcurrió sin pena ni gloria…

El día siguiente era el del aniversario de la esposa de Wang Ziteng, y tanto la Anciana Dama como la dama Wang habían sido invitadas a los festejos, pero como su suegra se excusó, tampoco la dama Wang hizo acto de presencia; sí acudieron, en cambio, la tía Xue, Xifeng, las tres muchachas Primavera, Baochai y Baoyu, que no regresaron hasta la caída del sol.

Resultó que cuando Jia Huan llegó de la escuela, la dama Wang le encargó que copiara para ella ciertos ensalmos del Sutra del Diamante[1]. El muchacho se sentó sobre el kang y se puso a escribir con grandes aspavientos. Ya le pedía a Caiyun que le sirviera té, ya ordenaba a Yuchuan que recortase las mechas de sus velas o se quejaba de que Jinchuan le tapaba la luz… Como las doncellas lo detestaban, ninguna le prestó atención salvo Caixia, que aún le tenía afecto. Ella le sirvió té, y aprovechando que la dama Wang charlaba con otra gente le susurró al oído: «No haga tanto ruido. No sea tan molesto. Lo único que conseguirá será hacerse odioso».

—No trates de engañarme —le contestó—. Ya entiendo lo que está sucediendo. Ahora que mantienes buenas relaciones con Baoyu no quieres hacerme caso.

Mordiéndose los labios, Caixia le dio con el dedo un golpecito en la frente.

—¡Bicho ingrato! Es usted como el perro de Lü Dongbin[2], mordiendo la mano que lo alimenta.

En ese momento entró Xifeng a presentar sus respetos, y la dama Wang le pidió un relato detallado de la fiesta, de los invitados, de las óperas que habían sido representadas y del banquete. Al poco rato entró también Baoyu, que tras saludar a su madre y mantener una conversación de compromiso, pidió a las doncellas que le ayudasen a quitarse la guirnalda, la túnica y las botas; luego, se acurrucó junto a su madre. Mientras ella lo acariciaba, él le echó los brazos al cuello y se puso a parlotear.

—Otra vez has bebido demasiado, hijo mío —le riñó la dama Wang—. ¡Tienes la cara ardiendo! Y si sigues revolcándote así, el vino se te subirá a la cabeza. Échate un rato y descansa.

Pidió una almohada y Baoyu, reclinado detrás de su madre, pidió a Caixia que fuera a darle masaje. Pero cuando le gastó un par de bromas ella no le hizo caso y mantuvo los ojos clavados en Jia Huan. Baoyu le tomó la mano.

—¡Sé buena conmigo, hermanita! —suplicó.

Caixia le retiró la mano de un tirón.

—Como vuelva a hacer eso, gritaré —le dijo con tono de advertencia.

Las palabras de Caixia las oyó Jia Huan, que siempre había odiado a Baoyu, y se sintió a punto de estallar de celos. No se atrevió a protestar abiertamente, pero había ido madurando un plan y la proximidad de Baoyu le daba una oportunidad de poder llevarlo a cabo. ¡Cegaría a Baoyu con cera hirviente! Deliberadamente derribó el candelabro y salpicó la cera derretida sobre el rostro de su hermanastro. El grito de dolor de Baoyu sacudió a todas las presentes, que acercaron apresuradamente una lámpara, así como otras de los demás cuartos. Con la nueva luz descubrieron consternadas que Baoyu tenía el rostro cubierto de cera. Furiosa, la dama Wang ordenó a las criadas que se la limpiaran, y luego se encaró con Jia Huan.

—¡Pollo de patas torpes! —gruñó Xifeng mientras se encaramaba en el kang para atender a Baoyu—. Huan no está capacitado para relacionarse con gente decente. Su madre debería educarlo mejor.

El objetivo del comentario era que la dama Wang dejara de insultar a Huan y mandara llamar a la concubina Zhao.

—¿Por qué no enseñas a comportarse a ese maligno truhán que tienes por hijo? —dijo furiosa la dama Wang a la concubina cuando ésta apareció—. Una y otra vez he ido dejando pasar este tipo de incidentes, pero lo único que he conseguido ha sido darle más vuelos. ¡Engreído del diablo!

Aunque a la concubina la devorasen los celos que sentía por Xifeng y Baoyu, tampoco se atrevió a rechistar. Ahora que Jia Huan había vuelto a crear problemas no le quedaba sino aceptar humillada los chillidos y mostrarse preocupada por Baoyu. La mejilla izquierda del muchacho estaba cubierta completamente por una ampolla, pero por suerte la cera no había llegado a los ojos. A la dama Wang le dolía el corazón de verlo, y se preguntaba qué le diría a su suegra al día siguiente. Volvió a descargar su furia sobre la concubina, y luego siguió curando a Baoyu aplicándole un ungüento en las mejillas.

—Quema un poco, pero no es nada serio —le aseguró Baoyu—. Si la abuela preguntara mañana, le diría que me he quemado sin querer.

—Nos reprochará nuestro descuido exactamente igual —dijo Xifeng con una sonrisa—. Nos amonestará de cualquier manera, sin importar lo que tú digas.

La dama Wang hizo que acompañasen a Baoyu a su cuarto, donde Xiren y las demás, al verlo, se horrorizaron.

Ausente Baoyu, Daiyu había pasado el día sola, y al anochecer envió a varias mensajeras a preguntar si ya había regresado. Al enterarse del accidente corrió a verlo. Lo encontró frente a un espejo con la mejilla izquierda cubierta de ungüento. Pensando que la quemadura era seria se acercó a mirarla, pero Baoyu, sabiendo lo delicada que era, se cubrió con una mano mientras la apartaba con la otra. Daiyu conocía su propia debilidad, y sabía también que Baoyu temía que ella sintiera repulsión al ver su herida.

—Sólo quería ver dónde estaba la quemadura —le dijo con suavidad—. ¿Por qué la ocultas?

Y se acercó más, girándole la cabeza para ver mejor su mejilla quemada.

—¿Duele mucho? —preguntó.

—No. En un par de días estaré bien.

Estuvo con él un rato y luego, entristecida, se marchó.

Al día siguiente, a pesar de que Baoyu asumió toda la responsabilidad de la quemadura, la Anciana Dama no dejó de reprender a todas las mujeres que asistían al muchacho.

Dos días después visitó la mansión Rong una sirvienta llamada Ma, del templo de la Monja, que era madrina de Baoyu. La vieja Ma se sorprendió mucho cuando vio a Baoyu con el rostro quemado y, muy preocupada, preguntó qué había sucedido. Al enterarse de lo ocurrido hizo con la cabeza un gesto de comprensión, luego suspiró y finalmente pasó sus dedos por el rostro del muchacho mientras musitaba ensalmos.

—Se pondrá bien —declaró—. Esta desgracia no ha sido una casualidad. ¡Si supiera usted, anciana antepasada, la cantidad de solemnes advertencias que se encuentran en los sutras acerca de los hijos de familias nobles! Y es que en torno a estos jóvenes siempre merodean espíritus malignos que les pellizcan, mordisquean, ponen zancadillas o arrancan de sus manos los tazones de arroz. Por eso mueren en plena juventud tantos hijos de grandes casas.

—¿No hay manera de impedirlo? —preguntó consternada la anciana.

—Claro que sí. Basta realizar en su nombre un número mayor de buenas acciones. Los sutras nos hablan de un gran bodhisattva del oeste cuya gloria ilumina por doquier y cuya tarea particular consiste en sacar a la luz a los espíritus malignos que se esconden en lugares oscuros. Los fieles devotos que lo veneran aseguran con ello la tranquilidad y la salud de sus descendientes, que de esta manera se ven libres de la posesión de cualquier espíritu maligno.

—¿Y qué ofrendas exige ese bodhisattva?

—Nada excesivamente valioso. Además de incienso y velas, unos pocos jin diarios de aceite para la Gran Lámpara, pues esa lámpara es una manifestación suya y debe mantenerse encendida día y noche.

—¿Cuánto aceite se requiere para que arda todo un día con su noche? Si me precisas la cantidad me gustaría donarla.

—No existe una cantidad fija. Depende del albedrío del donante. Varias concubinas imperiales han presentado ese tipo de ofrenda en nuestro convento. La madre del príncipe de Nan’an ha hecho un generoso donativo: cuarenta y ocho jin de aceite por día y un jin de mechas, con lo cual su lámpara es casi del tamaño de un cubo de agua. La esposa del marqués de Jintian la sigue en generosidad, con veinticuatro jin. Otras familias donan como término medio cinco, tres o un jin, pero la cantidad no importa. Hay familias pobres que no pueden ofrendar más de un cuarto o mitad de jin, y les mantenemos una lámpara encendida exactamente igual que a los que donan más.

La Anciana Dama movió pensativamente la cabeza.

—Para los padres y los mayores se pueden hacer donativos más importantes —prosiguió la vieja Ma—, pero si nuestra anciana antepasada hace una donación excesiva para Baoyu, eso no le hará ningún bien e incluso podría afectar su suerte. De dos a cinco jin sería suficiente; siete como máximo.

—Pues que sean cinco jin diarios —concluyó la Anciana Dama—. Puedes recoger la donación una vez al mes.

—¡Que Amida, el piadoso gran bodhisattva, la proteja! —exclamó la agradecida vieja.

La Anciana Dama ordenó a sus criadas:

—De ahora en adelante, cuando Baoyu salga, entregad unas cuantas sartas de dinero a sus pajes para que las distribuyan como limosnas a los bonzos, taoístas y pobres que encuentren.

La vieja Ma estuvo con ella un rato y luego partió a hacer su ronda por varios aposentos de la mansión hasta llegar al de la concubina Zhao, quien después de saludarla ordenó que preparasen té. Un montón de retales de satén, que descansaban sobre el kang, decía bien a las claras que había estado confeccionando pantuflas.

—No me vendría mal un poco de seda para mis zapatillas —comentó Ma—. ¿Tienes unos retalitos para mí? El color no importa.

—No encontrarás nada bueno en ese montón revuelto —dijo la concubina—. Las cosas buenas no llegan hasta mí, y eso es todo lo que tengo. Pero si no te parece poca cosa puedes llevarte un par.

La vieja eligió varios retales y se los guardó en la manga.

—El otro día envié quinientas monedas —prosiguió la concubina—. ¿Hiciste el sacrificio que te encargué para el dios de la Medicina?

—Sí, hace días.

—¡Buda Amida! —suspiró la concubina Zhao—. Si dispusiera de más donaría más a menudo, pero carezco de medios.

—No te preocupes. Lo único que debes hacer es mantenerte hasta que el señor Huan crezca y consiga un puesto oficial. Entonces podrás hacer todas las buenas acciones que quieras.

—¡Ay, no me hables de eso! —gruñó la concubina—. Ya ves como van las cosas. Mi hijo y yo somos lo más bajo y despreciado de esta casa. El dragón precioso de la casa es Baoyu, que, al fin y al cabo, es un niño de modales encantadores y por eso no me opongo a que sus mayores lo mimen. Pero me niego a arrastrarme ante ella. —Y diciendo esto levantó dos dedos.

—¿Te refieres a la segunda joven señora, la dama Lian?

Inmediatamente la concubina le hizo un gesto para que callara. Levantó la antepuerta para cerciorarse de que no había nadie por allí, luego regresó y dijo en un susurro:

—¡Es una pesadilla, una verdadera pesadilla! ¡Mi nombre no es Zhao si ella no termina trasladando todas las propiedades de esta casa a la de su madre!

Al oír aquello la vieja Ma decidió sondearla más a fondo.

—No necesitas decírmelo, la cosa está clara. Es muy amable por tu parte tolerar esta situación y permitir que actúe de ese modo. Eso está bien.

—¿Y qué otra cosa puedo hacer? ¿Quién se atrevería a decir una palabra contra ella?

La vieja soltó una breve risita. Guardó silencio un momento y luego dijo:

—No quiero hablar como una atizadora de pendencias, pero pienso que si no dais la cara por lo vuestro no podréis luego culpar a los demás. Aunque no te atrevas a enfrentarte a ella abiertamente, deberías iniciar alguna acción secreta en lugar de permitir que las cosas continúen por este camino.

La concubina intuyó el sentido de aquellas palabras y sintió que recuperaba el ánimo.

—¿Una acción secreta? Explícamelo. Yo también lo he pensado, pero no hay nadie capaz de llevar a cabo algo así. Si me sugieres alguna manera, haré que se valore generosamente tu consejo.

—¡Buda Amida, no me pidas eso! —protestó Ma, aunque con clara conciencia de que ambas tenían lo mismo en la cabeza—. ¿Qué sé yo de estas cosas? No, eso sería un pecado, un malévolo pecado.

—Vamos, siempre has sido buena con quien se ha encontrado en apuros. ¿Es que te vas a quedar tranquila contemplando cómo esa mujer nos aplasta, a mí y a mi hijo, hasta acabar con los dos? ¿O acaso temes que no pueda pagarte?

Ma esbozó una sonrisa.

—Me da lástima veros pisoteados de esta manera, pero te equivocas al hablarme de retribuciones. Aunque yo esperase alguna recompensa, ¿qué tienes tú que pueda tentarme?

La concubina sintió que Ma cedía.

—¿Cómo puede ser tan obtusa una mujer tan inteligente como tú? Si conoces algún sortilegio para deshacernos de esos dos, la propiedad familiar llegará a manos de mi hijo y entonces podrás tener cualquier cosa que pidas.

La vieja agachó la cabeza por unos momentos.

—Cuando eso suceda y todo esté consumado, tú ya no te acordarás de mí. A menos que tenga entre las manos tu palabra en blanco y negro…

—Eso no es ningún problema. Aunque de momento no tengo mucho, he conseguido ahorrar unos cuantos taeles de plata. También tengo algunas ropas y dijes que puedes tomar como adelanto, y además te puedo escribir una nota de débito; si quieres, busca un testigo para que tengas la seguridad de que te pagaré más adelante.

—¿Estás hablando en serio?

—¿Cómo podría mentirte en un asunto como éste?

Entonces la concubina llamó a una vieja criada de confianza a la que susurró algo al oído. La mujer salió y al poco rato regresó con un compromiso de pago por quinientos taeles sobre el que la concubina estampó la huella de un dedo. Luego, abrió un arcón y extrajo plata suelta que enseñó a la vieja.

—Para empezar toma esto y dedícalo a ofrendas. ¿Qué te parece?

Al ver la reluciente plata y el compromiso de pago, Ma perdió los escrúpulos y aceptó entusiasmada el trato. Primero se guardó la plata y el papel, luego rebuscó entre su faja y confeccionó doce figuras de papel, dos de seres humanos y diez de demonios de blancos cabellos y rostros azules, que entregó a Zhao.

—Escribirás sobre estas dos figuras los Ocho Caracteres de Baoyu y los de la dama Lian[3] —susurró—. Después pondrás cinco demonios en cada cama. Eso es todo. Yo haré mis propios sortilegios. Estoy segura de que resultará, pero sé muy cuidadosa y no te asustes de lo que pase.

Fueron interrumpidas por la llegada de una doncella de la dama Wang.

—Su Señoría la espera.

Y las dos mujeres se separaron.

Pero volvamos a Daiyu. Ahora que la quemadura de Baoyu lo mantenía confinado en casa, ella le hacía frecuentes visitas. Aquel día, después de la comida, se puso a leer, pero pronto se aburrió del libro. Entonces se dedicó a las labores de hogar con Zijuan y Xueyan, pero también ésta le pareció una ocupación tediosa, de manera que permaneció un rato apoyada en el umbral, absorta en sus pensamientos, y después salió a contemplar los brotes de bambú que crecían bajo la escalinata. Y desde allí, casi sin darse cuenta, marchó en dirección al patio Rojo y Alegre. No se veía a nadie en el jardín. Entre el color de las flores y las sombras de los sauces, el silencio sólo era roto por el gorjeo de las avecillas y el rumor de los arroyos. Unas cuantas doncellas que volvían de coger agua contemplaban desde la terraza el baño de los zorzales. Dentro se oían risas. Al entrar encontró reunidas a Li Wan, Xifeng y Baochai, que dibujaron una sonrisa cuando la vieron.

—¡Aquí llega otra! —dijeron.

—¿Acaso se han distribuido invitaciones para reunir semejante cónclave? —preguntó Daiyu bromeando.

—El otro día te envié dos latas de té —interrumpió Xifeng—. ¿Dónde estabas?

—Ah sí, lo olvidé. Muchas gracias.

—¿Te gustó? —preguntó Xifeng.

—Es un buen té —intervino Baoyu—, pero a mí no me agradó demasiado. No sé qué le habrá parecido a las muchachas.

—El sabor era bastante delicado, pero el color no era muy bueno —opinó Baochai.

—Era té procedente de tributos de Xianluo[4] —informó Xifeng—. A mí no me parece tan bueno como el que tomamos aquí todos los días.

—A mí me agradó —replicó Daiyu—. Cada uno tiene su gusto.

—En ese caso te puedes quedar con el mío —ofreció Baoyu.

—Si realmente te gusta, tengo mucho más —dijo Xifeng.

—Bueno. Enviaré una doncella a recogerlo.

—No es necesario. Yo misma haré que te lo envíen. De todas formas mañana pensaba mandar a alguien para pedirte un favor.

—¡¿Pero estáis oyendo?! —exclamó Daiyu—. Aceptar un poco de té supone tener que obedecer sus órdenes.

—¡Tanto escándalo por un pequeño favor! —dijo Xifeng, que apenas rió la broma—. Y precisamente a cuenta del té. «Si a nuera nuestra quieres llegar, bebe el té familiar.»

El grupo estalló en carcajadas y Daiyu, avergonzada por el comentario de Xifeng, volvió la cabeza y enmudeció.

Con una sonrisa, Li Wan comentó a Baochai:

—¡Qué bromista es nuestra segunda cuñada!

—¿Bromista? —escupió Daiyu—. A mí me parece de una desagradable vulgaridad.

—¿Qué dices? ¿Qué tiene de malo ser nuestra nuera? —Xifeng insistió—. ¿Acaso no te parece suficientemente apuesto? ¿Su condición no te parece elevada? ¿No es bastante rica su familia? ¿Quién lo consideraría un mal partido?

Daiyu se incorporó y se dirigió a la salida.

—No te ofendas —exclamó Baochai—. ¡Vuelve, Daiyu! Aguarás la reunión si te vas ahora.

Corrió para detenerla, pero, en la puerta, ambas fueron frenadas por las concubinas Zhao y Zhou, que venían a interesarse por la salud de Baoyu. Li Wan, Baochai y Baoyu las invitaron a sentarse, pero Xifeng siguió hablando con Daiyu ignorando ostensiblemente a las recién llegadas. Cuando Baochai se disponía a iniciar la conversación apareció una doncella enviada por la dama Wang para anunciar que la esposa de Wang Ziteng había llegado de visita y quería ver a las muchachas. Li Wan apremió inmediatamente a Xifeng y a las muchachas para que acudieran a la llamada de la dama Wang, y las dos concubinas se despidieron a toda prisa de Baoyu.

—No puedo salir —dijo Baoyu—. ¡Pero, pase lo que pase, no dejéis que mi tía venga aquí! Espera un poco, prima Lin, tengo algo que decirte.

Al oír aquello, Xifeng se volvió a Daiyu con una sonrisa.

—Quédate. Parece que alguien quiere hablar contigo.

Empujó a la muchacha otra vez hacia el interior del cuarto y se marchó con Li Wan.

Una vez a solas con Daiyu, Baoyu le cogió la manga y le sonrió, pero no pudo articular palabra. Ella no pudo evitar la turbación y trató de apartarse del muchacho.

—¡Ay! —se lamentó él de pronto—. ¡Me estalla la cabeza!

—Me alegro. Alabado sea Buda.

Baoyu dejó escapar un grito penetrante.

—¡Me muero! —gritó.

Y dio un salto por los aires entre balbuceos y desvaríos.

Presas del pánico, Daiyu y las doncellas corrieron a avisar de lo sucedido a la Anciana Dama y la dama Wang. Como estaban acompañadas por la esposa de Wang Ziteng, todas se precipitaron al patio Rojo y Alegre. Baoyu había puesto el recinto patas arriba buscando un palo o una espada para quitarse la vida. Al verlo en ese estado, su abuela y su madre se echaron a temblar de miedo y estallaron en sonoras lamentaciones por su adorado. La confusión ganó inmediatamente la casa y todo el mundo se abalanzó al jardín: Jia She, la dama Xing, Jia Zheng, Jia Lian, Jia Huan, Jia Rong, Jia Yun, Jia Ping, la tía Xue, Xue Pan, e incluso la esposa de Zhou Rui y las demás criadas.

Y allí estaban, conmovidos y sin saber qué hacer, cuando de pronto irrumpió Xifeng dando alaridos y blandiendo una reluciente espada de acero con la que intentaba trocear cuanto pollo, perro o ser humano se cruzara en su camino. ¡Ése fue un espectáculo aún más impresionante! La esposa de Zhou Rui, ayudada por las doncellas más fuertes y valerosas, consiguió finalmente reducirla y desarmarla. De allí la llevaron a su cuarto, donde Pinger y Finger se abandonaron a un incontrolado llanto.

Incluso Jia Zheng estaba fuera de sí, tratando de atender a Baoyu y a Xifeng al mismo tiempo. Huelga decir que los otros estaban todavía más atónitos. Pero el más trastornado de todos era Xue Pan, quien temía que su madre fuera derribada en medio de aquel tumulto, que a Baochai la viera la gente de fuera[5] o que Xiangling sufriera indignidades, pues sabía lo libertinos que podían llegar a ser Jia Zhen y los demás. Y, en pleno frenesí, sus ojos fueron a caer sobre Daiyu, cuyos encantos casi lo derriten allí mismo…

A esas alturas ya había propuestas de todo tipo. Unos sugirieron llamar a un brujo para expulsar a los demonios; otros acudir a una bruja que, fingiéndose diosa, los expulsara con sus danzas; por último había quienes recomendaban llamar al taoísta Zhang, del templo del Emperador de Jade… En medio de ese guirigay se intentaron los más insólitos remedios junto con ensalmos, augurios y plegarias. Pero todo en vano. A la caída del sol, la esposa de Wang Ziteng se despidió.

Al día siguiente llegó Wang Ziteng en persona para averiguar qué estaba pasando, y luego hubo visitas de la esposa del joven marqués de Shi, de los hermanos y parientes de la dama Xing y de las esposas de otras amistades familiares. Algunos llegaron con agua encantada, otros enviaron bonzos y taoístas… Nada dio resultado.

Baoyu y Xifeng habían perdido el conocimiento y yacían sobre sus lechos consumiéndose de fiebre y delirando. Como al llegar la noche ninguna de las nodrizas se atrevía a acercarse a ellos, fueron llevados a los aposentos de la dama Wang, donde los cuidaron algunos pajes que se turnaban bajo la supervisión de Jia Yun. Sin parar de llorar, la Anciana Dama, la dama Wang, la dama Xing y la tía Xue se negaban a separarse de los enfermos.

Temerosos de que su madre enfermara también a causa del dolor, Jia She y Jia Zheng se movieron tanto, día y noche, que nadie en la casa, encumbrado o humilde, contó con un minuto de descanso o pudo hacer alguna sugerencia. Jia She seguía citando a bonzos y taoístas, pero, como éstos no obtenían resultados, Jia Zheng perdió la paciencia e intentó convencerlo de que no siguiera llamándolos.

—Su destino está en manos del Cielo —dijo—. Los humanos no podemos nada contra él, ya que su mal es repentino y no hay remedio que lo cure. Debe ser la voluntad del Cielo, y en manos de esa voluntad habrá que dejar la conclusión.

Pero su consejo cayó en el vacío, pues Jia She se negaba a dejar de afanarse aunque no hubiera mejoría.

Al tercer día, los enfermos se encontraban ya al borde de la muerte y toda la casa lloraba. Perdida toda esperanza, comenzaron los preparativos del funeral. La Anciana Dama, la dama Wang, Jia Lian, Pinger y Xiren lloraban con más amargura que el resto de los moradores de la mansión. Sólo la concubina Zhao y Jia Huan se regocijaban secretamente.

En la mañana del cuarto día, Baoyu abrió los ojos.

—Voy a abandonarlas —dijo a su llorosa abuela—. Deben darse prisa y prepararme para la partida.

Ella sintió que las palabras del muchacho le arrancaban de cuajo el corazón.

—No se preocupe demasiado —le dijo la concubina Zhao—. El muchacho ya está prácticamente muerto. Más vale amortajarlo y dejar que acabe su miseria. Si insiste en retenerlo, no logrará exhalar su último suspiro y eso no hará sino causarle sufrimientos en su próxima vida…

Antes de que pudiera terminar, la Anciana Dama le escupió en la cara.

—¡Perra, que se te pudra la lengua en la boca! ¿Quién ha pedido tu opinión? ¿Cómo sabes que ha de sufrir en su próxima vida? ¿Por qué dices que más le vale irse? ¿De qué te servirá a ti si muere? ¡Estás delirando! Si él muere, yo te haré pagar. Tú eres la culpable de todo esto, obligando al niño a estudiar y quebrándole el espíritu para que la sola visión de su padre le aterre como al ratón el gato. Sois vosotras, perras malditas, las que habéis precipitado su muerte. Pero no os alegréis demasiado, porque todavía os habréis de enfrentar a mí.

Demasiado afectado para escuchar con serenidad los sollozos y maldiciones de su madre, Jia Zheng ordenó apresuradamente a su concubina que se marchase, y trató de calmar a la Anciana Dama. Pero justo en ese momento entraron dos criados para anunciar que los dos ataúdes estaban listos y que sólo faltaba la inspección. Eso reavivó las brasas de la ira de la anciana.

—¡¿Quién ha ordenado disponer ataúdes?! —chilló—. ¡Traed aquí a los carpinteros! ¡Que los apaleen hasta que mueran!

En su furor, se disponía a alterar cielos e infiernos cuando en esto llegó a sus oídos el leve sonido de las tabletas de madera de un bonzo.

—Confiad en Buda, que libera a los hombres pecadores —recitaba el monje a lo lejos—. Podemos sanar a los afligidos, desconsolados, amenazados o poseídos por espíritus malignos.

Inmediatamente, la Anciana Dama y la dama Wang ordenaron traer al bonzo a su presencia. A pesar de su desacuerdo, Jia Zheng no pudo oponerse a los deseos de su madre. También le causaba extrañeza que la voz del budista llegase tan claramente hasta el interior de la casa, y dio orden a los criados de que lo hicieran pasar. Entonces hicieron su entrada un bonzo de cabeza tiñosa y un taoísta cojo. ¿Que cómo era el bonzo?

La nariz como la hiel, colgando; las cejas, pobladas;

los ojos, estrellas de luz preciosa.

Harapiento, calzado de paja, cabeza tiñosa.

Una visión lamentable, en verdad,

era este bonzo vagabundo.

¿Y el taoísta?

Larga una pierna, corta la otra.

Empapado y cubierto de barro.

Si le preguntáis de dónde viene

responderá: «De las islas Penglai,

que están el oeste del mar Ingrávido».

Jia Zheng quiso saber de qué monasterio procedían.

—¿Para qué quiere saberlo, señor, si no hay necesidad? —dijo el bonzo sonriendo—. Ha llegado a nuestros oídos que hay enfermedad en su casa, y hemos venido a curarla.

—Sí, hay dos miembros de la familia que están embrujados —informó Zheng—. ¿Conocen ustedes, quizás, algún remedio milagroso?

—¿Por qué pide un remedio? —replicó el taoísta—. Ya existe en su casa un rarísimo tesoro capaz de sanarlos.

Sobresaltado, Jia Zheng captó inmediatamente el comentario.

—Cierto es que mi hijo nació con un trozo de jade en la boca, y que la inscripción en él grabada dice que puede expulsar espíritus malignos. Pero ha resultado ineficaz.

—Señor, usted no comprende los poderes milagrosos de ese precioso jade. Si no ha sido eficaz es porque está desconcertado por la música, la belleza, la riqueza y el lucro. Tráigamelo y restauraré sus poderes con unos encantamientos.

Jia Zheng retiró el jade del cuello de Baoyu y se lo entregó a los monjes. El budista lo depositó reverentemente sobre la palma de su mano.

—Trece años han pasado como un parpadeo desde que te dejamos al pie del Pico de la Cresta Azul —dijo con un suspiro dirigiéndose a la piedra—. ¡Qué rápido pasa el tiempo en el mundo de los hombres! Sin embargo, tú ya estás lleno de deseos mundanos. ¡Ay, cuánto mejor estabas antes!

Ni cielo ni tierra te imponían límites;

en tu corazón no había dolor ni alegría.

Luego te dotó de espíritu el fuego,

y a este mundo llegaste buscando discordias.

»¡Y en qué deplorable estado te encuentras ahora!

Los afeites han empañado tu lustre;

día y noche los pasas en los lujosos aposentos de las muchachas.

Pero has de despertar de tu dulce sueño;

saldadas sus deudas, los desdichados amantes se deben separar.

»Ha recuperado su poder —prosiguió—, pero no debe ser profanado. Mantengan a los dos enfermos en un solo cuarto; cuelguen el jade sobre la puerta y que nadie entre, salvo su madre y las personas más cercanas. Garantizo que en el plazo de treinta y tres días se habrán recuperado completamente.

Dicho lo cual, el bonzo y el taoísta giraron sobre sus talones y echaron a andar.

Jia Zheng se abalanzó tras ellos para pedirles que tomaran asiento y algo de té, pues quería ofrecerles alguna remuneración, pero los dos hombres se habían esfumado. Cuando la Anciana Dama envió criados para que les dieran alcance, éstos no encontraron ni rastro de la pareja.

Luego, siguiendo las instrucciones del monje, el jade fue colgado sobre el umbral del cuarto de la dama Wang, donde ambos enfermos yacían. Ella misma montó guardia para evitar que alguien entrara.

Llegó la noche, y ambos pacientes recobraron lentamente el sentido y dijeron que estaban hambrientos. La Anciana Dama y la dama Wang no cabían en sí de gozo. Se mandó preparar unas gachas de arroz, y después de comerlas se sintieron mejor. Los demonios que los habían poseído empezaron a retroceder. Finalmente, todos pudieron respirar mejor. Li Wan, las tres Primaveras, Baochai y Daiyu aguardaban junto a Pinger y Xiren en el cuarto de fuera, cuando fueron informadas de que los pacientes habían vuelto en sí y comido unas gachas. Antes de que las demás pudieran decir nada, Daiyu exclamó:

—¡Alabado sea Buda!

Baochai se volvió a mirarla y dejó escapar una carcajada que pasó inadvertida para todas, menos para Xichun.

—¿De qué te ríes, prima Baochai? —preguntó.

—Pensaba en cuánto más ocupado está Buda que los humanos. Además de explicar la verdad y salvar a las criaturas vivientes, ha de cuidar a los enfermos y devolverles la salud, como ha hecho con Baoyu y la hermana Feng, que ya están mejorando. Además, también tendrá que ocuparse de la boda de la señorita Lin. ¡Piensa en lo ocupado que está! ¿No te parece divertido?

Daiyu enrojeció y escupió de furia.

—¡Sois perversas! ¡Quién sabe la muerte que os espera! ¿Qué será de vosotras? En lugar de seguir el ejemplo de la buena gente, repetís las vulgaridades de Xifeng —dijo, y salió empujando furiosa la antepuerta.

Para saber lo que sigue, escuchen el siguiente capítulo.

CAPÍTULO XXVI

Sobre el puente de la Cintura de Avispa,

Xiaohong desvela sus sentimientos.

En el sopor primaveral del refugio de Bambú,

Daiyu abre su corazón.

Al cumplirse los treinta y tres días de convalecencia, Baoyu había recobrado todo su vigor, y como también habían desaparecido las quemaduras de su rostro pudo volver al jardín.

Mientras estuvo postrado, Jia Yun se encargó de los pajes que, día y noche, montaron guardia a la vera del enfermo. Durante ese tiempo, Yun se encontró tantas veces con Xiaohong y las otras doncellas que acabaron manteniendo un trato muy cercano. Xiaohong, por su parte, había observado que Jia Yun llevaba un pañuelo muy parecido al que ella había perdido, y varias veces estuvo a punto de preguntarle dónde lo había encontrado, pero su timidez se lo impidió. Sin embargo, después de la visita del bonzo y el taoísta ya no hubo necesidad de asistentes masculinos, de modo que Jia Yun volvió a la plantación de árboles. Xiaohong no quería dejar pasar el asunto del pañuelo, pero tampoco quería despertar las sospechas de las demás doncellas interrogando al joven señor Yun. Estaba preguntándose qué hacer cuando oyó una voz que la llamaba desde la ventana.

—¡Hermana! ¿Estás ahí?

Al mirar vio que se trataba de Jiahui, otra doncella del mismo patio, y la invitó a pasar. Jiahui entró y se sentó sobre la cama.

—¡Estoy de enhorabuena! —gorjeó—. Estaba hace un rato lavando ropa en el patio cuando el señor Baoyu decidió enviar un poco de té a la señorita Lin, y Xiren me hizo el encargo. Resulta que la Anciana Dama había enviado a la señorita algún dinero, y ésta lo estaba repartiendo entre las doncellas. Al verme me dio dos puñados de monedas. No sé cuánto habrá en total. ¿Podrías guardármelo?

Y desatando las cuatro esquinas de su pañuelo dejó caer las monedas. Xiaohong fue contándolas:

—Cinco, diez, quince…

Y luego las guardó.

—¿Cómo te has sentido estos últimos días? —preguntó Jiahui.

Y luego añadió:

—Sigue mi consejo y vete a tu casa un par de días. Que te vea un médico y te recete alguna medicina; seguro que te sentirás mejor.

—¡Vaya idea! —replicó Xiaohong—. Estoy perfectamente. ¿Por qué tendría que irme a mi casa?

—Bueno, entonces, como la señorita Lin es tan delicada que siempre está tomando medicinas, pídele a ella algún remedio. Eso también serviría. Has perdido el apetito, ¿qué te pasa?

—¡Tonterías! ¿Cómo se pueden tomar las medicinas de esa manera?

—¡Pero no puedes seguir así!

—¿Y qué más da? Cuanto antes muera, mejor.

—Pero ¿cómo puedes decir esas cosas?

—¡Y tú, ¿cómo puedes saber lo mal que me siento?!

Jiahui asintió con un gesto de comprensión y dijo pensativamente:

—No me extraña. Aquí las cosas son difíciles. Ayer mismo, sin ir más lejos, la Anciana Dama dijo que todas habíamos trabajado muy bien durante la enfermedad del señor Baoyu, y que, como ya había sanado, cada una de nosotras sería recompensada según su grado. No me quejo de que las jóvenes como yo hayamos quedado excluidas del reparto, pero ¿por qué tú? No es justo. Yo no le hubiera envidiado a Xiren ni diez veces más de lo que ha recibido, pues se lo merece. Hablando sinceramente, ¿cuál de nosotras se le puede comparar? Nunca deja de ser cuidadosa y consciente, e incluso si no lo fuera destacaría igual. Lo que me irrita es que gente como Qingwen y Yixian sean consideradas de rango superior sólo porque sus padres son antiguos criados de la casa. ¿No te parece indignante?

—No sirve de nada molestarse con ellas —replicó Xiaohong—. Como dice el proverbio, «Hasta el festín más largo se acaba». Ninguna de nosotras permanecerá aquí toda la vida. Dentro de unos cuantos años todas seguiremos nuestros propios caminos. Y cuando ese momento llegue, ¿quién se preocupará de su prójimo?

Sus palabras llenaron de lágrimas los ojos de Jiahui, pero como no quería dar la impresión de que lloraba sin motivo esbozó una sonrisa.

—Eso es cierto, claro está —coincidió—, pero ayer mismo el señor Baoyu hablaba de cómo iba a reordenar los cuartos y de la ropa nueva que piensa hacerse, como si nos quedaran cientos de años por delante en esta casa.

Xiaohong se rió con sarcasmo. Antes de que pudiera empezar a hablar entró una pequeña doncella que todavía no se había dejado crecer el cabello. Traía dos hojas de papel y unos patrones de bordado.

—Aquí tienes dos patrones para que los calques —dijo lanzándoselos a Xiaohong.

—¿Quién los envía? —preguntó Xiaohong a la niña, que se marchaba corriendo—. ¿No puedes terminar lo que tienes que decir antes de salir corriendo? ¿Acaso se te va a enfriar él pan?

—¡Los manda Yixian! —gritó la niña por la ventana, y continuó su galope.

Xiaohong arrojó irritada los patrones y el papel a un lado y se puso a rebuscar un pincel en sus cajones, pero no encontró ninguno con la punta fina.

—¿Dónde dejé el pincel nuevo que utilicé el otro día? —murmuró—. No recuerdo… Ah, claro. Anteanoche lo presté a Yinger.

Y volviéndose a Jiahui le pidió que fuera por él.

—Ve tú misma —le dijo Jiahui—. Xiren me espera para que la ayude a cambiar unas cajas de sitio.

—¿Y si eso fuera verdad estarías aquí de cháchara? ¡Dices que te espera sólo porque te he pedido un favor, bestezuela!

Y, diciendo esto, Xiaohong salió del patio Rojo y Alegre y se dirigió a los aposentos de Baochai, pero al ver a la nodriza de Baoyu en el pabellón de la Fragancia que Rezuma, se detuvo.

—¿Dónde va, ama Li? —le dijo saludándola con una sonrisa—. ¿Qué la trae por aquí?

La anciana se detuvo y dio una palmadita.

—¿Por qué le habrá tomado tanto cariño a ese plantador de árboles, hermano Yun, o Yu[1], o como se llame? —rezongó la nodriza—. No quiso otra cosa sino que le trajera a ese tipo. Habrá problemas cuando el señor se entere.

—¿Pero es que tiene usted que concederle todos sus caprichos?

—¿Y qué otra cosa puedo hacer?

—Si ese joven tiene algún sentido común no vendrá.

—¿Acaso está loco, para negarse?

—Pues si viene hágalo entrar con usted y no lo deje por ahí vagando a su aire.

—No tengo tiempo para cuidar de él. Me he limitado a hacerle llegar el mensaje. Mandaré a una de las chicas o a alguna matrona para que lo acompañe y le enseñe el camino.

Dicho lo cual, el ama partió tambaleándose sobre su bastón.

En lugar de partir en busca de su pincel, Xiaohong se quedó allí, perdida en sus cavilaciones, hasta que llegó una doncella a preguntarle qué hacía. Era Zhuier, y Xiaohong le devolvió la pregunta:

—¿Dónde vas?

—Me han encargado que traiga al señor Yun —contestó Zhuier, y salió corriendo.

Cuando regresó con Yun, Xiaohong ya estaba en el puente de la Cintura de Avispa. Él la miró de soslayo, y también ella, so pretexto de hablar con Zhuier, le lanzó una furtiva mirada. Al encontrarse las miradas ella se sonrojó, se dio la vuelta rápidamente y echó a andar en dirección al parque de las Alpinias.

Jia Yun siguió a Zhuier por serpenteantes senderos hasta llegar al patio Rojo y Alegre, donde ella se le adelantó para anunciar su llegada. Luego lo condujo al interior. El joven tuvo tiempo de escudriñar el patio, las rocas artificiales separadas por plátanos, y dos cigüeñas alisándose el plumaje de las alas bajo un pino. Jaulas de formas diversas que contenían toda suerte de pájaros exóticos pendían de la galería que rodeaba el patio. El aposento de cinco habitaciones que veía ante él lucía calados de ingeniosos dibujos, y sobre la puerta había una tablilla con la inscripción «Rojo Alegre y Delicioso Verde».

«Por eso lo llaman patio Rojo y Alegre —pensó—. El nombre procede de esta inscripción.»

Detrás de la gasa de la ventana oyó una risa y una voz que exclamaba:

—¡Adelante! ¡Entra deprisa! ¿Cómo he podido olvidarte durante dos o tres meses?

Al reconocer la voz de Baoyu, Jia Yun se apresuró a entrar. El fulgor del oro y de las esmeraldas, así como la elegancia del mobiliario, lo deslumbraron. Pero no vio a Baoyu. Al volverse hacia la izquierda vio a dos muchachas de unos quince años, de altura y apariencia similares, que saliendo de detrás de un gran espejo lo invitaron a pasar al aposento interior. Haciendo un gesto de asentimiento con la cabeza, pero sin atreverse a mirarlas, Yun entró en un cuarto con bishachu. Sobre una pequeña cama con incrustaciones de laca y un dosel rojo con bordados de oro estaba Baoyu, vestido informalmente y calzado con unas pantuflas. Al ver al visitante arrojó a un lado el libro que tenía entre las manos y se incorporó sonriente. Jia Yun se adelantó e hincó una rodilla. Le fue ofrecida una silla frente a su anfitrión.

—Aquel día te invité a mi estudio, pero durante estos meses han ocurrido tantas cosas que lo olvidé —dijo Baoyu.

—Ésa fue mi desgracia —contestó Jia Yun con una sonrisa—. Y luego cayó enfermo, tío. ¿Ya se ha recuperado por completo?

—Sí, gracias. Me han dicho que todos estos días de trabajo té han dejado bastante agotado.

—Así debe ser. Su mejoría ha sido una bendición para toda la familia, tío.

Había entrado una doncella a ofrecerle té y, sin dejar de hablar con Baoyu, Yun la miró de reojo. Era delgada, de rostro ovalado, vestía una chaqueta de color rojo brillante, un chaleco de satén negro y una falda plisada dé damasco blanco. Por el tiempo que ya había pasado en la mansión Rong durante la enfermedad de Baoyu, Jia Yun recordaba a casi todas las personas importantes del lugar, y así supo que se encontraba nada menos que ante Xiren, que disfrutaba de una situación privilegiada en el patio Rojo y Alegre. Como Baoyu estaba presente mientras servía el té, Jia Yun, para complacerlo, se incorporó con una sonrisa.

—¿Cómo voy a permitir que te molestes sirviéndome el té, hermana? —protestó dirigiéndose a Xiren—. No me trates como a un huésped en los aposentos de mi tío. Yo mismo lo haré.

—Siéntate, siéntate —dijo Baoyu—. ¿Por qué eres tan ceremonioso con las doncellas?

—No debo prescindir dé mis modales ante las hermanas de tus aposentos, tío.

Y se sentó a sorber su té mientras Baoyu parloteaba negligentemente acerca de qué familias poseían los mejores actores, los más hábiles jardineros, las doncellas más hermosas, organizaban los más lujosos festines y poseían las mejores colecciones de objetos raros y curiosos. Jia Yun se esforzó en seguir el hilo fútil de la conversación, y cuando se dio cuenta de que su anfitrión parecía cansado y ya no le insistía más para que permaneciese: allí, se levantó y pidió permiso para retirarse.

—Pasa por aquí cuando quieras —dijo Baoyu antes de ordenar a Zhuier que acompañase al visitante hasta la salida.

Como no había nadie en el patio Rojo y Alegre, Jia Yun aminoró la marcha para charlar con la doncella. Le preguntó qué edad tenía, cuál era su nombre y el oficio de su padre, cuánto tiempo llevaba trabajando para Baoyu, cuánto ganaba al mes, cuántas muchachas trabajaban allí… Ella no tuvo problemas en ir respondiendo a todas las preguntas, uña por una.

—Esa muchacha con la que hablaste cuando veníamos hacia aquí —le dijo él—, ¿no se llama Xiaohong?

—Sí. ¿Por qué lo pregunta? —contestó Zhuier riendo.

—Dijo algo sobre un pañuelo que había perdido, y resulta que yo he encontrado uno.

Al oír aquello la doncella sonrió.

—Ya me ha preguntado varias veces si he visto su pañuelo —dijo ella—, ¡como si tuviera tiempo para preocuparme de tales cosas! Hoy me preguntó de nuevo y prometió hacerme algún regalo si lo encontraba. No lo estoy inventando; usted mismo lo oyó frente al parque de las Alpinias. Si lo ha encontrado, señor, démelo a mí y algo recibiré a cambio.

Lo cierto era que el mes anterior, cuando había estado supervisando la plantación de árboles, Jia Yun había recogido en el jardín un pañuelo de seda. Sabía que lo debía haber perdido alguna de las muchachas del lugar, pero al ignorar de cuál de ellas se trataba no se había atrevido a ofrecer su devolución. Cuando oyó a Xiaohong preguntando por él a Zhuier comprobó, con rio poco placer, que era ella la dueña, y ahora que Zhuier le abría esa puerta había trazado un plan. Sacó uno de sus propios pañuelos de la manga y se lo entregó con una sonrisa.

—Muy bien, aquí tienes —le dijo—. Pero no dejes de informarme sobre la recompensa que recibas. ¡Y nada de trampas!

Zhuier aceptó inmediatamente el pañuelo y las condiciones, y cuando hubo despedido a Yun marchó en busca de Xiaohong.

Pero volvamos a Baoyu, que después de la partida de Jia Yun se había sentido tan decaído que optó por acurrucarse para dormir la siesta. Xiren se sentó en el borde de la cama y le sacudió suavemente el hombro.

—No debe dormir otra vez —le dijo—. Si se siente aburrido, salga a dar un paseo.

—Lo haría con gusto —replicó Baoyu cogiéndole la mano—, pero no soporto la idea de dejarte.

—¡Cómo! ¡Vamos, en pie! —exclamó ella entre risas mientras le empujaba para que se incorporara.

—Pero ¿adónde iré? Estoy harto.

—Se sentirá mejor cuando esté en el exterior. Si se queda aquí languideciendo lo único que conseguirá será sentirse cada vez peor.

Baoyu siguió su consejo y se arrastró fuera, sin ánimo alguno. Jugueteó un rato con los pájaros de la galería, luego dio un paseo hasta las orillas del río de la Fragancia que Rezuma, donde estuvo contemplando los peces dorados. Por el camino vio dos cervatillos que salían como una exhalación de la ladera de enfrente, y cuando se estaba preguntando qué podía haberlos asustado divisó a Jia Lan que los perseguía con un diminuto arco en la mano. Al ver a Baoyu, el niño se detuvo en seco.

—Así que estás en casa, tío —dijo alegremente—. Pensé que habrías salido.

—¿En qué nueva diablura andas ahora metido? —preguntó Baoyu—. ¿Por qué disparas contra esas inofensivas criaturas?

—He terminado de estudiar mis textos y como no tengo nada que hacer se me ocurrió practicar el tiro con arco.

—¿No dejarás tus locos ejercicios hasta que te hayas roto los dientes?

Dicho lo cual, se dirigió arrastrando los pies hasta la puerta de un patio donde unos bambúes densos como plumaje de fénix producían una música crujiente. Sobre la puerta, una inscripción rezaba: «Refugio de Bambú». Encontró echada la antepuerta de bambú. No se oía una voz. Al acercarse a la ventana, un aroma sutil llegó hasta él desde el otro lado de la gasa verde. Apoyó contra ella su rostro y escuchó un largo, leve suspiro, seguido de las siguientes palabras:

—«Día tras día mis sentimientos y mi mente se sumen en la turbación».

Baoyu sintió una extraña agitación en el pecho, y al acercarse más vio que se trataba de Daiyu, que se desperezaba sobre su lecho. Se echó a reír.

—¿Qué es lo que te turba un día tras otro[2]? —preguntó mientras alzaba la antepuerta.

Avergonzada al pensar que había revelado sus más íntimos pensamientos, Daiyu no pudo evitar turbarse y, tapándose la cara con la manga, se volvió contra la pared simulando seguir dormida. Cuando Baoyu se dispuso a darle la vuelta, el ama de la muchacha y otras dos mujeres mayores le dijeron:

—Su prima duerme, señor. Ya le avisaremos cuando despierte.

En ése momento Daiyu se dio la vuelta bruscamente y se incorporó con una carcajada.

—¿Pero quién duerme aquí? —exclamó.

Las tres ancianas sonrieron.

—Nos equivocamos, señorita.

Llamaron a Zijuan para que atendiera a la joven señora, y después se retiraron.

—¿Qué manera es esa de entrar cuando la gente está dormida? —dijo Daiyu a Baoyu con una sonrisa desafiante mientras se alisaba el cabello sentada en la cama.

La visión de sus mejillas suaves y sonrojadas y de sus ojos relucientes, ahora algo nublados, transportó a Baoyu, que se hundió sonriente en una silla.

—¿Qué decías hace un momento?

—No decía nada.

—Claro que sí. Te he oído.

En ese momento apareció Zijuan.

—Por favor, Zijuan —dijo Baoyu—, sírveme una taza de ese té tan bueno.

—¿De qué té bueno habla? —replicó ella—. Si quiere beber buen té, será mejor que espere la llegada de Xiren.

—No le hagas caso —dijo Daiyu a la doncella—, ve primero y tráeme un poco de agua.

—El señor es un huésped, así que debo servirle el té antes que a usted el agua.

Cuando hubo partido a cumplir el encargo, Baoyu exclamó:

—¡Buena chica!

Si algún día con tu dulce dueña

comparto la cortina nupcial,

¿cómo podré yo, indiferente,

contemplarte disponiendo el lecho?

Al oír aquello, el rostro de Daiyu se endureció súbitamente.

—¿Qué acabas de decir? —preguntó realmente enfadada.

—No he dicho nada —repuso Baoyu con una risita.

Daiyu rompió a llorar.

—¡De manera que éste es tu nuevo entretenimiento! —sollozó—. Ahora te dedicas a repetirme todas las inmundicias que oyes fuera, y te burlas de mí citándome cualquiera de esos libros puercos que lees. ¡Ahora me he convertido en el hazmerreír de los caballeros!

Y de un salto salió de la cama y se alejó llorando. Baoyu, alarmado, la siguió.

—Prima, prima querida —le suplicaba—, perdóname, ¡merezco la muerte por esta tontería! ¡Por favor, no vayas a decir nada! ¡Que la boca se me vuelva una ampolla y que se me pudra la lengua si vuelvo a decir cosas semejantes!

En ese preciso momento entró Xiren.

—Rápido, vaya a cambiarse de ropa —le dijo—. El señor quiere verlo.

La llamada de su padre llegó a los oídos de Baoyu como un trueno terrible. Olvidándolo todo, fue corriendo a mudarse y salió del jardín a galope tendido. Junto a la puerta interior lo esperaba Beiming.

—¿Para qué quiere verme mi padre? —le preguntó Baoyu jadeando—. ¿Lo sabes?

—Corra, señor —dijo el paje—. De todos modos tiene qué acudir. Ya sabrá lo que quiere cuando llegué.

Llegaron al salón principal. Baoyu tenía el alma en vilo cuando, de pronto, oyó un estallido de risa a la vuelta de una esquina y apareció Xue Pan dando palmadas.

—Si no hubiera dicho que tu padre quería verte, nunca habrías venido tan rápido —declaró.

La risa hizo a Beiming caer de rodillas.

Baoyu, aturdido, tardó unos instantes en comprender que le habían gastado una broma pesada. Xue Pan, por su parte, se inclinó para pedir disculpas levantando las manos juntas.

—No culpes a ese bribón —le dijo, refiriéndose a Beiming—. Yo lo obligué a hacerlo.

—No me molesta que me engañen —dijo Baoyu, a quien no le quedó sino sonreír—. ¿Pero por qué decirme que se trataba de mi padre? ¿Acaso debo acudir a tu madre y preguntarle qué piensa de tu conducta?

—Ay primo querido, te tenía que ver con tanta urgencia que olvidé el tabú[3]. Otro día te podrás desquitar pretendiendo que mi padre me busca a mí.

—¡Eres un miserable! —exclamó Baoyu—. ¡Merecerías morir dos veces!

Y volviéndose a Beiming:

—¡¿Y tú, jodido traidor, qué haces de rodillas?!

El paje hizo un koutou y se incorporó inmediatamente.

—No te hubiera molestado —explicó Xue Pan— de no ser porque el día tercero del quinto mes será mi aniversario y resulta que, vete a saber cómo, Cheng Rixing, el vendedor de antigüedades, ha conseguido una raíz de loto fresca y brillante así de larga y así de gruesa, una inmensa sandía así de grande, un esturión fresco así de largo y un gran cerdo ahumado con cedro fragante llegado cómo tributo desde Xianluo. ¿No te parece que semejantes regalos se salen de lo común? El pescado y el cerdo no pasan de ser costosas extravagancias, pero quién sabe cómo ha conseguido una raíz de loto y una sandía de ese tamaño. Enseguida le di una parte a mi madre y luego envié trozos a la Anciana Dama y a tus padres, pero todavía me queda un poco. Me acarrearía mala suerte comérmelo todo, así que, después de pensarlo, concluí que eras la única persona digna de compartir conmigo esas cosas. Por eso vine especialmente a invitarte. Por casualidad también ha aparecido un joven cantante. ¿Por qué no convertimos el de hoy en un día memorable?

Entretanto, habían llegado al estudio de Xue Pan, donde encontraron a Zhan Guang, Cheng Rixing, Hu Silai y Shan Pingren, así como al joven cantante. Una vez intercambiados los saludos y bebido el té, Pan ordenó que sirvieran el festín. En un santiamén la mesa quedó rodeada de pajes y, una vez dispuesto todo, la gente pasó a ocupar su sitio.

Baoyu vio que la raíz de loto y la sandía eran, en efecto, fenomenales.

—No te he enviado un presente de aniversario, pero heme aquí disfrutando a tu costa —comentó con una sonrisa.

—Así es —dijo Xue Pan—. ¿Qué piensas regalarme?

—En realidad no tengo nada. El dinero, la ropa, la comida que hay en mi casa no me pertenecen y por tanto no puedo regalarlos. Lo único que podría obsequiarte sería un rollo de caligrafía o una pintura.

—Hablando de pintura —interrumpió Pan con una sonrisa—, recuerdo una pintura erótica que vi en casa de alguien hace unos días. Era realmente soberbia. No leí detenidamente toda la inscripción, pero pude discernir el nombre del artista: Geng Huang. Una pintura maravillosa.

Baoyu conocía los trabajos de muchos calígrafos y pintores pasados y contemporáneos, pero nunca había oído hablar de un artista llamado Geng Huang. Caviló unos momentos y finalmente soltó una carcajada. Pidió un pincel y escribió dos caracteres sobre la palma de su mano izquierda.

—¿Estás seguro de que el nombre era Geng Huang? —preguntó a Xue Pan.

—Por supuesto.

Baoyu extendió la mano.

—¿No serían estos dos caracteres los que leíste? En realidad no son muy distintos.

Al ver que había escrito Tang Yin[4] todos declararon entre risas:

—Sin duda era ésa la firma del cuadro. Los ojos del señor Xue Pan debían estar nublados cuando leyó esos dos caracteres.

Xue Pan dibujó una sonrisa azorada y, en su vergüenza, balbuceó:

—¿A quién le interesa si el tipo ese se llama «Tang Yin» o «Guo Yin»[5]?

En ese momento uno de los criados anunció la llegada del «señor Feng», y Baoyu supuso que se trataba de Feng Ziying, el hijo de Feng Tang, general del Divino Valor. Todos pidieron que se le hiciera pasar, y antes de que hubieran terminado de decirlo entró Feng Ziying riendo y parloteando. Todos se levantaron para ofrecerle asiento.

—¡Bravo! —exclamó Ziying—. Veo que vosotros no salís, simplemente os divertís en casa.

Xue Pan y Baoyu sonrieron.

—Hace tiempo que no te vemos —dijeron—. ¿Está bien tu padre?

—Muy bien, gracias. Pero hace poco mi madre cogió un pequeño enfriamiento y ha pasado unos días indispuesta.

Xue Pan observó algunas marcas en su rostro.

—¿Otra vez te has peleado? —preguntó—. ¿Quién te ha dejado esas marcas en la cara?

—Desde que le pegué al hijo del coronel Qiu he tomado la determinación de controlar mi genio. Se acabaron las broncas. Esto me lo hice el otro día en el monte Red de Hierro, cuando mi halcón me golpeó con un ala en la mejilla.

—¿Cuándo fue eso? —preguntó Baoyu.

—Salimos el día veintiocho del tercer mes, y regresamos anteayer mismo.

—Con razón no te vi cuando visité a Shen el día tres, o tal vez el cuatro. Quise preguntar por ti, pero se me olvidó. ¿Viajaste solo o con tu padre?

—Con mi padre, claro. No hubo manera de evitarlo. ¿O me creéis loco para preferir las penurias de esas salidas a vuestra compañía, el vino y las canciones? Pero en medio de la mala suerte, algo bueno apareció esta vez.

Como ya había terminado de beber su té, Xue Pan y los demás le pidieron que se sentara con ellos a la mesa y que les relatara, con toda calma, lo acontecido. Pero Feng se levantó y se dispuso a partir.

—Debéis disculparme. Debería quedarme a tomar unas copas con vosotros, pero tengo que informar urgentemente a mi padre de algunos asuntos.

Toda la concurrencia se negó a dejarlo partir.

—No seáis ridículos. Ya deberíais conocerme —protestó él—. No puedo quedarme con vosotros, pero ya que insistís, ¡que traigan las copas grandes y beberé dos en vuestra compañía!

Tuvieron que acceder. Xue Pan tomó la jarra de licor, Baoyu sostuvo una gran copa mientras Pan escanciaba dos medidas y Ziying, de pie y sin un respiro, la apuró de un trago.

—Antes de partir dinos cuál ha sido tu buena suerte en medio de una racha tan mala —le pidió Baoyu.

Feng Ziying se limitó a reír.

—Ahora no puedo entrar en detalles, pero prometo invitaros a una fiesta especial durante la que podremos charlar despacio. Además, tengo que pediros un favor.

Y levantó, a guisa de despedida, las dos manos juntas.

—No haces sino despertar todavía más nuestra curiosidad —objetó Xue Pan—. ¿Cuándo será esa fiesta? Dínoslo ahora y no nos dejes en suspenso.

—Dentro de diez días como mucho. Antes quizás.

Dicho lo cual montó en su caballo y partió mientras los demás volvieron a beber unos tragos antes de dispersarse.

Cuando Baoyu regresó al jardín, Xiren seguía preocupada por la llamada de su padre, puesto que no sabía si significaba problemas o bien lo contrario. Al ver que Baoyu llegaba tocado por el licor le preguntó qué había sucedido, y él le detalló la argucia de Xue Pan y la posterior comida. Ella le reprochó:

—De manera que mientras nosotras estábamos sobre ascuas sin saber qué pasaba, usted disfrutaba de lo lindo… Al menos podía haber enviado un mensaje.

—Tuve la intención de hacerlo, pero lo olvidé en cuanto apareció Feng.

En ese momento entró Baochai.

—Dicen que te han invitado a probar nuestros manjares…

—Supongo que tú y tu familia ya los habíais probado antes que nosotros, querida prima —replicó él.

—Ayer mi hermano quiso que comiera, pero no lo hice. Le dije que guardara las exquisiteces para los demás. El destino no me ha deparado poder disfrutar de semejantes platos.

Mientras hablaba llegó una doncella que le traía té, y ella lo fue bebiendo mientras charlaban. Y poco más que decir sobre este asunto.

También Daiyu había mostrado preocupación al enterarse de que Baoyu había estado ausente todo el día después de ser citado por su padre. Acabada la cena, supo que había regresado y decidió que él mismo le contara lo sucedido. Al llegar vio a Baochai entrando en el patio Rojo y Alegre. La presencia de unas aves acuáticas particularmente bellas y desconocidas para ella, que chapoteaban en el estanque bajo el puente de la Fragancia que Rezuma, la hizo detenerse unos momentos y admirar sus vistosos colores. Cuando llegó al patio Rojo y Alegre la puerta estaba ya cerrada y tuvo que llamar.

Resulta que Qingwen había tenido una disputa con Bihen y estaba de mal humor. Andaba por el patio mascullando:

—¡Todo el mundo viene por aquí sin motivo alguno, y nos mantiene despiertas hasta la tercera vigilia!

Los nuevos golpes en la puerta no hicieron sino irritarla todavía más.

—¡Ya se han ido todos a la cama! —gritó sin tomarse la molestia de averiguar de quién se trataba—. ¡Vuelva mañana!

Daiyu, que conocía las costumbres de las doncellas y las trastadas que se hacían unas a otras, consideró que la muchacha del patio no había reconocido su voz y la había tomado por otra doncella, de manera que volvió a llamar subiendo la voz.

—¡Soy yo, abre la puerta!

Pero una vez más Qingwen no la reconoció.

—No me importa quién seas —dijo irritada—. El señor Bao ha dado orden de que no se deje entrar a nadie.

Clavada furiosamente en el sitio, y dispuesta a enfadarse con la sirvienta, Daiyu pensó: «Aunque la casa de mi tío es mi segundo hogar, no dejo de ser una persona ajena en ella. Sin padres, no tengo a quién acudir fuera de esta familia. Sería estúpido que me dejara llevar por la rabia y armara un lío desagradable». Y mientras cavilaba de esta manera, unas lágrimas cayeron rodando por sus mejillas. Se preguntaba si debía regresar o no cuando llegó a sus oídos ruido de charla y risas en el interior, y distinguió las voces de Baoyu y Baochai, por lo que se sintió aún más molesta. Entonces volvió a pensar en los acontecimientos de la mañana. «Baoyu debe estar enfadado conmigo, pensando que he contado lo que me dijo. ¡Pero no lo he hecho! Debería informarse antes de cerrarme la puerta de esta manera. Hoy puede dejarme fuera, pero ¿acaso no volveremos a vemos mañana?»

Cuanto más pensaba, más desconsolada se sentía. Indiferente al helado rocío sobre el verde musgo y al viento frío que barría el sendero, prorrumpió en sollozos bajo un arbusto de la esquina. Al oír el llanto de la criatura más bella jamás vista, las aves salieron de sus guaridas en los sauces y en los árboles floridos, incapaces de soportar aquella pena. En verdad:

Su llanto conmueve el alma silenciosa de las flores, que agachan la cabeza,

y arranca del sueño a las aves, que ciegas emprenden el vuelo.

Sobre el mismo asunto se escribieron estos versos:

La belleza, el talento de Daiyu no tienen igual.

Sola ha salido de su aposento bordado guardando un sentimiento secreto.

Al escuchar su triste sollozo

caen las flores por doquier y, sorprendidos, vuelan los pájaros.

Mientras lloraba de esta manera, Daiyu oyó el crujido de la puerta que se abría.

Si quieren saber lo que sucede realmente, escuchen el siguiente capítulo.

CAPÍTULO XXVII

Yang, la favorita del emperador[1], llega hasta

el quiosco de las Lágrimas de Esmeralda

persiguiendo una mariposa.

Zhao, la Golondrina Voladora[2], llora las flores caídas

mientras las entierra en una tumba de fragancias.

Lloraba Daiyu desconsolada cuando, con un chirrido, se abrió la puerta y salieron Baochai y Baoyu acompañados de Xiren y las demás doncellas. Daiyu estuvo tentada de salir de su escondite y enfrentarse a Baoyu, pero no quiso afrentarlo en público y decidió mantenerse apartada de su camino. Partió Baochai y volvieron a entrar Baoyu y las doncellas. Entonces ella fue ante la puerta cerrada y siguió derramando lágrimas. Luego regresó afligida a su cuarto y, muy fatigada, se dispuso a acostarse.

Zijuan y Xueyan conocían bien a su señora, que a menudo se pasaba las horas con el ceño fruncido o suspirando sin motivo; a veces, sin razón aparente, se echaba a llorar durante mucho tiempo. Al principio habían intentado consolarla suponiendo que echaba de menos a sus padres y su hogar, o que alguien la había tratado desconsideradamente; pero cuando con el correr del tiempo descubrieron que ésos eran sus hábitos dejaron de prestarle atención. Esa noche se retiraron a dormir dejándola sumida en sus amargas cavilaciones.

Abrazando sus rodillas, Daiyu se apoyó contra el cabezal de la cama con los ojos anegados. Allí se quedó inmóvil, como tallada en madera o modelada en arcilla, y sólo al oír la segunda vigilia cambió de postura y se tendió. El resto de la noche transcurrió sin que sé produjera acontecimiento digno de ser contado.

El siguiente era el vigesimosexto día del cuarto mes, la fiesta de la Espiga[3], y era costumbre ofrendar toda clase de presentes y un banquete de despedida al dios de las Flores, puesto que ese día marcaba el comienzo del verano, cuando todas las flores se marchitan y el dios que las preside debe abdicar durante un año y marcharse. Dado que se trataba de una costumbre fielmente observada por las mujeres, aquel día los moradores del jardín de la Vista Sublime se levantaron muy temprano. Con flores y mimbre las muchachas trenzaron pequeñas sillas de manos y caballitos, o hicieron gallardetes y banderas de seda y de gasa que prendieron con vistosos cordeles en cada árbol o flor hasta convertir el jardín entero en una llamarada de color. Luego se ataviaron tan bella y vistosamente que incluso las flores y las aves quedaron eclipsadas. Pero no tenemos tiempo para demoramos en esta espléndida escena.

Baochai, las tres Primaveras, Li Wan y Xifeng estaban en el jardín jugando con la hijita de Xifeng, con Xiangling y las demás doncellas. Sólo faltaba Daiyu.

—¿Por qué no ha venido la prima Lin? —preguntó Yingchun—. ¡Qué perezosa! ¿Será posible que siga durmiendo?

—Iré a llamarla —se ofreció Baochai—. Esperadme aquí y la traeré.

Dicho lo cual, se encaminó inmediatamente hacia el refugio de Bambú.

En el camino se topó con las doce jóvenes actrices a cuya cabeza marchaba Wenguan, que la saludó y conversó con ella un momento. Baochai les dijo que se reunieran con las demás y, después de explicar su propio encargo, echó a andar por el sinuoso sendero que conducía a los aposentos de Daiyu. Al acercarse al refugio de Bambú vio a Baoyu entrando en el patio. Eso la hizo detenerse y cavilar un rato.

«Baoyu y Daiyu han crecido bajo el mismo techo —pensó—. Su familiaridad es tanta que no les importa cuánto se hieran o cómo se demuestren sus sentimientos; por otra parte, Daiyu es muy celosa y suspicaz. Si ahora me presento en el refugio de Bambú corro el riesgo de refrenar a Baoyu y de provocar el resentimiento de Daiyu. Mejor será que regrese.»

Y ya volvía a reunirse con las otras muchachas cuando aparecieron ante ella dos mariposas del color del jade y del tamaño de un abanico circular. Aleteaban, encantadoras, dejándose llevar por la brisa. ¡Qué divertido sería capturarlas! Y, dicho y hecho, Baochai extrajo el abanico de la manga y empezó a perseguirlas entre la hierba. Revoloteando ahora alto, ahora bajo, ahora por aquí y ahora por allá, las dos mariposas fueron conduciendo a la muchacha entre flores y sauces hasta el borde mismo del agua. A punto ya de llegar al quiosco de las Lágrimas de Esmeralda, Baochai, cansada, agitada y sudorosa, abandonó la persecución y emprendió el camino de regreso. En ese momento oyó unas voces que llegaban desde el quiosco.

Este lugar, situado en medio del estanque, estaba rodeado de una galería con balaustradas y se comunicaba con las orillas mediante puentes en zigzag. Ventanas de filigrana de papel cerraban sus cuatro costados. Baochai se detuvo ante una de ellas para escuchar atentamente.

—Mira este pañuelo —decía una voz—. Si es el que has perdido, tómalo. Si no lo es, lo devolveré al señor Yun.

—Claro que es el mío. Dámelo.

—¿Y cómo me lo agradecerás? ¿O acaso esperas que te haga este favor a cambio de nada?

—No te preocupes. Te prometí algo, y lo cumpliré.

—Eso espero, después de que te haya devuelto el pañuelo. ¿Pero cómo vas a agradecérselo al hombre que lo encontró?

—No seas tonta. Es un joven caballero y no es sino correcto que devuelva lo que encuentre. ¿Cómo voy a recompensarlo?

—¿Y qué le diré yo si no lo haces? Además, insistió en que no te lo devolviera si no le ofrecías alguna recompensa.

Siguió un largo silencio.

—Está bien —fue finalmente la respuesta—. Entrégale el mío como agradecimiento, pero júrame que no se lo contarás a nadie.

—Que se me reviente una ampolla en la boca y muera yo de muerte miserable si dejo escapar una palabra.

En ese momento se produjo una nota de alarma.

—¡Cielos! Nosotras aquí, tan embebidas en la charla, ¿y qué pasaría si hay alguien escuchando fuera? Abramos las ventanas, así podremos cambiar de conversación en caso de que alguien se acerque.

Baochai no podía dar crédito a sus oídos. «¡Con razón se ha dicho siempre que la gente perversa es astuta! —pensó—. ¡Vaya cara pondrán cuando abran la ventana y me vean! Diría que una de ellas es esa escurridiza y presumida Xiaohong, que trabaja para Baoyu. Es una criatura taimada donde las haya. Como dice el proverbio, “La desesperación lleva a los hombres a rebelarse y a los perros a saltar un muro”. Si ella llega a pensar que conozco su secreto puede haber problemas, lo que me resultaría incómodo. Pero ya es demasiado tarde para esconderme. Debo tratar de evitar sospechas lanzándolas tras una pista falsa…»

Y en el mismo instante en que oyó el sordo sonido de una ventana abriéndose, corrió hacia delante haciendo todo el ruido que pudo y exclamando entre risas:

—¡Daiyu! ¿Dónde te escondes?

Xiaohong y Zhuier se quedaron pasmadas al abrir la ventana y verla allí.

—¿Dónde habéis escondido a la señorita Lin? —les preguntó Baochai alegremente.

—¿La señorita Lin? No la hemos visto —contestó Zhuier.

—¡Pero si la vi desde la orilla! Estaba aquí agachada chapoteando junto al agua. Quise llegar hasta donde ella estaba sin hacer ruido, pero me vio llegar, echó a correr hacia el este y ahora ha desaparecido. ¿Seguro que no está escondida ahí?

Y entró en el quiosco, rebuscando antes de continuar.

—Seguro que se ha metido en alguna cueva rocosa —murmuró—. Lo tendrá bien merecido si le pica una serpiente.

Dicho lo cual se alejó, riéndose para sus adentros de como había burlado a las dos doncellas y preguntándose qué estarían pensando.

Baochai persigue las mariposas.

Anónimo de la dinastía Qing (edición de 1892).

De hecho, Xiaohong se había tragado el anzuelo. En Cuanto Baochai se hubo alejado, cogió a Zhuier del brazo.

—¡Que el cielo nos libre! —le dijo—. Si la señorita Lin estuvo aquí, seguro que nos ha oído.

Zhuier no dijo nada, y se produjo un largo silencio.

—¿Qué vamos a hacer ahora? —preguntó Xiaohong.

—¿Y qué pasa si nos oyó? No es asunto suyo —replicó Zhuier.

—No sería grave si se tratara de la señorita Xue, pero la señorita Lin es de mente estrecha y gusta de hacer comentarios hirientes. ¿Qué haremos si nos ha oído y decide delatarnos?

La discusión fue interrumpida por la llegada de Wenguan, Xiangling, Siqi y Daishu. Las dos muchachas recibieron a las demás como si nada hubiera sucedido. Poco después Xiaohong vio a Xifeng que las llamaba por señas desde la orilla, y dejando a las otras chicas corrió a su encuentro.

—¿En qué puedo servir a Su Señoría? —preguntó sonriendo dulcemente.

Xifeng la miró despacio y quedó favorablemente impresionada por su buena presencia y su agradable manera de expresarse.

—Hoy no he traído a mis doncellas —dijo—, pero he recordado que necesito una cosa. ¿Crees que podrás entregar correctamente un mensaje?

Xiaohong sonrió.

—Deme sus instrucciones, señora, y castígueme si no transmito bien el mensaje y entorpezco sus asuntos.

—¿Para cuál de las jóvenes damas trabajas? Así podré explicar dónde has ido en caso de que pregunten por ti.

—Trabajo en los aposentos del señor Baoyu.

Xifeng soltó una risita.

—Ya veo. Eso lo explica todo. De acuerdo, si pregunta por ti le diré dónde estás. Ahora anda a mi casa y dile a tu hermana Pinger que bajo el estante de la vajilla del Horno Ru, sobre la mesa del cuarto de fuera, hay un paquete con ciento sesenta taeles de plata. Dile que es para los bordadores; que cuando llegué la esposa de Zhang Cai lo pese en su presencia y se lo entregue. Ah, y otra cosa. Quiero que me traigas la bolsa que está junto a la almohada de la cama del cuarto interior.

Xiaohong partió a cumplir las instrucciones, y al regresar descubrió que Xifeng había desaparecido. Pero vio a Siqi salir de una cueva arreglándose la falda. Xiaohong se le acercó.

—¿No sabes dónde ha ido la segunda señora? —le preguntó.

—No me he dado cuenta.

Xiaohong buscó por allí y luego fue a preguntar a Tanchun y a Baochai, que estaban a poca distancia contemplando los peces.

—Creo que la encontrarás con la señora Li Wan —le dijo Tanchun.

Inmediatamente Xiaohong se encaminó hacia la aldea de la Fragancia del Arroz, pero en el trayecto se encontró con Qingwen y otras seis doncellas.

—¿Todavía andas por ahí dando vueltas? —le dijo Qingwen en cuanto la vio—. No has regado las flores ni has dado de comer a los pájaros; no has encendido el fogón del té del patio, pero aquí estás paseando y tomando el aire…

—El señor Bao dijo ayer que las flores no necesitaban ser regadas hoy, que bastaba hacerlo cada dos días —replicó Xiaohong—. A los pájaros les di de comer cuando tú todavía estabas durmiendo.

—¿Y qué me dices del fogón del té? —preguntó Bihen.

—Hoy no es mi turno, así que no me preguntes si hay té o no.

—¡Pero escuchadla! —exclamó Yixian—. Mejor será que nos callemos todas y la dejemos vagar por ahí.

—¿Quién dice que estoy paseando? —replicó Xiaohong—. Llevo un recado de la segunda señora.

Les tapó la boca mostrándoles la bolsa, y se separaron.

—Claro —refunfuñó Qingwen más adelante—. Ahora qué ha trepado a una rama más alta del árbol no nos hace caso. Nuestra señora le ha dirigido una o dos palabras sin conocer siquiera su nombre y ella se ha henchido de orgullo. ¿Qué tiene de maravilloso llevar un recadillo? Ya veremos cómo acaba todo esto. Si es hábil más le vale apartarse de ese jardín y quedarse encaramada en su rama.

Xiaohong no estaba en condiciones de enfrentarse a ella. Habiendo seguido su camino tragándose el resentimiento, encontró por fin a Xifeng, que estaba conversando con Li Wan en sus aposentos. Avanzó hasta donde estaba y le informó del resultado de su encargo:

—Señora, la hermana Pinger dice que en cuanto Su Señoría salió, ella guardó el dinero, y que cuando vino la esposa de Zhang Cai lo pesó delante de ella y se lo entregó.

Y dándole la bolsa a Xifeng prosiguió:

—La hermana Pinger me ha pedido también que le dijera a Su Señoría que hace un rato llegó Lai Wang a pedirle instrucciones antes de partir a la mansión, donde usted lo ha enviado, y que ella lo despidió después de explicarle lo que Su Señoría deseaba.

—¿Y cómo le explicó lo que yo deseaba? —preguntó Xifeng con una sonrisa.

—Le dijo: «Nuestra señora envía sus respetos a Su Señoría. Nuestro segundo señor no se encuentra en casa en estos momentos, de modo que Su Señoría no debe preocuparse si tarda un par dé días. Cuando la quinta señora mejore, nuestra señora vendrá con ella a visitar a Su Señoría. El otro día la quinta señora envió una criada para informar de que la cuñada de nuestra señora había preguntado por Su Señoría en una carta, y qué deseaba que su cuñada de aquí le regalara dos píldoras de longevidad; que si Su Señoría tenía alguna que le sobrara, se la hiciera llegar a nuestra señora, ya que la próxima persona que viaje allí las entregará a su cuñada».

—¡Santo cielo! —exclamó Li Wan con una carcajada—. Ya he perdido la cuenta de tanta cuñada y señora.

—No me extraña —sonrió Xifeng—. Están en juego cinco familias.

Y volviéndose a Xiaohong:

—Eres una buena chica y entregas los mensajes con claridad, no como otras que pican con sus palabras como mosquitos. Sabrás, querida cuñada —dijo a Li Wan—, que no soporto hablar con la mayoría de las doncellas, salvo con unas cuantas que están a mi servicio. Ellas no lo saben pero detesto la manera que tienen de exagerar una frase y luego partirla en varias; de desmenuzar, arrastrar y tartamudear las palabras. Nuestra Pinger solía hacerlo tan atrozmente como las demás, y un día yo le pregunté: ¿Por qué tiene una chica linda como tú que zumbar como un mosquito? Y con unas cuantas amonestaciones más, mejoró.

—¿Tienen que ser pendencieras como tú para que te gusten? —dijo Li Wan riendo.

—¡Aquí hay una que me gusta! —Xifeng señaló a Xiaohong—. Es verdad que los recados no eran largos, pero ella los entregó sin desvirtuarlos.

Y dijo a Xiaohong con una sonrisa:

—Tienes que venir a trabajar para mí. Te haré mi hija adoptiva y serás de gran valor cuando haya terminado de formarte.

Xiaohong se echó a reír.

—¿Qué tiene de gracioso? —preguntó Xifeng—. ¿Acaso piensas que no tengo edad para ser tu madre sólo porque no te llevo muchos años? Si es así, estás loca. Pregunta por ahí. Hay más de una persona que te dobla la edad y sin embargo está deseando llamarme «madre». Te estoy haciendo un honor.

—No reía por eso —contestó Xiaohong—, sino porque Su Señoría equivoca mi generación. Mi madre ya es su hija adoptiva, señora, pero ahora usted me habla a mí también como a una hija.

—¿Quién es tu madre?

—¿No la conoces? —terció Li Wan con una sonrisa—. Esta niña es hija de Lin Zhixiao, el intendente.

—¡Oh! —exclamó Xifeng sorprendida—. ¡Hija de ese buen hombre! Pero si no hay manera de arrancarles una palabra, ni a él ni a su esposa, aunque se les pinche con un punzón. Siempre he dicho que forman una pareja ideal: parecen el Sordo celestial y la Muda terrestre[4]. ¿Quién iba a pensar que de ellos saldría una hija tan inteligente? ¿Qué edad tienes?

—Diecisiete —respondió la doncella.

—¿Y cuál es tu nombre?

—Primero me llamaba Hongyu —contestó la muchacha—, pero a causa del yu, que está en el nombre del señor Bao, ahora me llaman Xiaohong.

Xifeng frunció el ceño y sacudió la cabeza.

—¡Qué desagradable! —dijo—. Por la forma que tienen todos de perseguir ese nombre se diría que tiene algo especial. Pues bien, en ese caso puedes trabajar para mí. ¿Sabes, cuñada? Yo le dije a su madre: «La esposa de Lai Da tiene mucho trabajo y ya ignora quién es quién en esta casa. Elígeme un buen par de doncellas». Y me prometió que lo haría, pero en vez de eso envía a su hija a trabajar a otro lugar. ¿Quizás pensó que la trataría mal?

—¡Qué suspicaz eres! —respondió Li Wan—. Cuando tú le dijiste eso a su madre, la niña ya trabajaba aquí.

—Le diré a Baoyu que pida otra persona y me envíe a esta chica. Si ella lo desea, claro.

Xiaohong sonrió.

—¿Desear? —dijo—. ¡Como si desear fuese cosa nuestra! Si yo pudiera trabajar con Su Señoría, aprendería modales y adquiriría experiencia.

En ese momento llegó una doncella de la dama Wang para llamar a Xifeng, que se despidió de Li Wan. Xiaohong regresó exultante al patio Rojo y Alegre, donde la dejaremos.

Volvamos ahora a Daiyu, que después de la noche de insomnio se había levantado tarde. Cuando oyó a las otras muchachas despidiendo al dios de las Flores en el jardín, se vistió apresuradamente y salió, temerosa de que se burlaran de ella por su holgazanería. Cruzaba el patio cuando llegó Baoyu, que la saludó entre risas.

—Querida prima —le dijo—, ¿me delataste ayer? He estado preocupado toda la noche.

Retirándole la mirada, Daiyu se dirigió a Zijuan.

—Cuando hayas ordenado los cuartos cierra las ventanas —ordenó a la doncella mientras echaba a andar hacia la salida—. Baja las cortinas y sujétalas con los leones[5] en cuanto haya llegado la madre golondrina. Y cubre el trípode cuando hayas prendido el incienso.

Baoyu atribuyó la fría recepción a los versos de mal gusto que había recitado el día anterior, puesto que ignoraba por completo el incidente de la noche. Hizo un saludo juntando las manos y alzándolas, pero Daiyu no le hizo caso, de manera que, perplejo, se fue sin decir una palabra más a reunirse con las demás muchachas.

«No creo que su actitud se explique por lo sucedido ayer —pensó—. Y por la noche llegué muy tarde y no volví a verla. ¿De qué otro modo puedo haberla ofendido?»

Todo esto pensaba mientras la seguía.

Daiyu se unió a Baochai y Tanchun, que estaban admirando el baile de las cigüeñas. Cuando llegó Baoyu, las tres muchachas conversaban.

—¿Cómo estás, hermano? —preguntó Tanchun—. Hace ya tres días que no te veo.

—¿Cómo estás, hermana? —contestó El otro día pregunté por ti a nuestra cuñada mayor.

—Ven. Quiero hablar contigo.

Baoyu la siguió dócilmente hasta un granado, donde ambos iniciaron una discreta conversación.

—¿Te ha mandado llamar nuestro padre en los últimos días? —preguntó Tanchun.

—No —contestó Baoyu sonriendo.

—Sin embargo, he oído decir que ayer mismo te mandó llamar.

—Quien te haya informado debe andar mal del oído, pues no lo hizo.

Tanchun soltó una risita.

—En estos últimos meses he podido ahorrar varias docenas de sartas de monedas y quiero que las tomes. La próxima vez que salgas puedes comprarme unas buenas caligrafías, pinturas o algunos juguetes divertidos.

—Después de tantos paseos por las plazas y mercados de dentro y fuera de la ciudad no he encontrado nada original ni realmente bien hecho —dijo Baoyu—. Todo son curiosidades de oro, jade, bronce o porcelana que no tienen lugar aquí. Fuera de eso sólo se encuentran sedas, ropas o alimentos.

—No me refiero a ese tipo de cosas, sino a objetos como los que me compraste la última vez: cestitas de mimbre, cajas de incienso talladas en raíces de bambú y pequeñas estufas de arcilla. ¡Todas las cosas que me trajiste eran preciosas y me gustaron mucho! Pero hubo otras personas que se prendaron de ellas y se las apropiaron como si fuesen tesoros.

Baoyu se rió.

—Si es ése el tipo de objetos que quieres, no tienes más que darle quinientas monedas a cualquiera de los pajes y te traerá dos carretas llenas. Esas cosas son muy baratas.

—¿Qué saben los pajes? Elígeme tú algunos objetos que sean sencillos sin ser vulgares, y genuinos sin ser artificiales. Consígueme una buena cantidad y te haré un par de pantuflas esmerándome más que cuando te hice las últimas. ¿Qué te parece?

—Por cierto —dijo Baoyu sonriendo—, eso me recuerda que llevaba puestas tus pantuflas un día que me encontré con nuestro padre. Me preguntó muy disgustado quién las había hecho. Naturalmente no le dije que habías sido tú. Le respondí que eran un regalo de la tía Wang por mi último cumpleaños. Como se trataba de ella no se atrevió a decir nada, pero hubo un silencio terrible y después dijo: «Qué desperdicio de tiempo, energía y buena seda». Cuando se lo conté a Xiren ella me comentó: «Eso no tiene importancia. En cambio la concubina Zhao se ha estado quejando amargamente; dice que los zapatos y las medias de su hermano menor Huan están agujereados y a ella no le importa; sin embargó, le borda pantuflas a Baoyu».

Tanchun frunció el ceño.

—¡Qué tontería! —exclamó—. ¿Acaso soy zapatera? ¿No tiene Huan su cuota de ropa, zapatos y medias, sin contar un montón de doncellas y criadas? ¿De qué se queja su madre? ¿A quién pretende impresionar? Si hago un par de pantuflas en mis rato libres se las puedo dar al hermano que quiera, y nadie tiene derecho a inmiscuirse. Está loca, no debería meterse en estos asuntos.

Baoyu asintió y sonrió.

—De todos modos es natural que ella vea las cosas de otro modo.

El comentario del muchacho no hizo sino enfurecer aún más a Tanchun, que sacudió la cabeza.

—Ahora eres tú el que dice disparates. ¡Pues claro que su mente ladina, baja y rastrera ve las cosas de otro modo! ¿Pero a quién le importa lo que ella piense? Yo no debo nada a nadie, sino a nuestro padre y a la Anciana Dama. Si mis hermanas, hermanos y primos me tratan bien es justo que yo haga lo propio sin detenerme a pensar si son hijos de una esposa o de una concubina. ¡No debería decir estas cosas, pero es que esa mujer es el colmo! ¿Sabes otra de sus ridiculeces? Dos días después de entregarte ese dinero para que me compraras baratijas en el mercado, vino llorándome miserias. Por supuesto, no le hice ningún caso, pero en cuanto las doncellas dejaron el cuarto empezó a reprenderme por haberte dado el dinero a ti en lugar de a Huan. No supe si reír o enfurecerme, de modo que la dejé y me fui a ver a Su Señoría…

En ese momento la conversación fue interrumpida por Baochai, que los llamó alegremente:

—¿Todavía no habéis hablado bastante? Se nota que sois hermanos, según abandonáis a los demás para discutir asuntos privados. ¿Es que no podemos oír una sola palabra?

Ambos sonrieron mientras se reintegraban al grupo.

Entretanto, Daiyu había desaparecido, y Baoyu intuyó que estaba evitando encontrarse con él. Decidió aguardar un par de días a que sé le pasara el mal humor antes de volver a acercarse a la muchacha. Luego, al agachar la cabeza, observó que el suelo estaba cubierto de pétalos de balsamina y de flor de granada.

«¿Tan enfadada está que ni recoge los pétalos? —suspiró—. Cogeré estos y mañana mismo intentaré hablar con ella.»

—Vamos a dar un paseo —sugirió Baochai en ese momento.

En cuanto las muchachas hubieron partido, él recogió en su halda todas las flores caídas y cruzó con ellas una pequeña colina, un arroyo y un huerto hasta que llegó al montículo donde Daiyu había enterrado las flores de melocotonero. Justo antes de dar la vuelta a la colina de la tumba de las flores escuchó unos sollozos al otro lado. Alguien se lamentaba y lloraba de manera desgarradora.

«Alguna doncella ha sido maltratada y ha venido aquí a llorar —pensó—. ¿Quién será?»

Se detuvo a escuchar, y esto es lo que oyó:

Las flores deshojadas, dispersadas por el viento, ocultan el cielo.

¿Quién lamenta su rojo desleído, su mortecino aroma?

En los quioscos ondea suave la tela de la araña,

y en la bordada cortina, leves, quedan prendidos los vilanos de los sauces.

Llora la muchacha el final de la primavera;

nada alivia la tristeza que le oprime el corazón.

Del adornado aposento sale con una azada en la mano,

y en su trasiego, ¡cuánto sufre pisando las flores marchitas!

Los sauces, moviendo los cabellos, y los olmos, mostrando sus monedas[6],

ufanos de su fragancia, desatienden

el vuelo de los pétalos de durazno y ciruelo.

Pasará un año. Florecerán de nuevo.

Tal vez entonces no ocupe la alcoba.

El llanto de Daiyu por las flores caídas.

Anónimo de la dinastía Qing (edición de 1892).

El mes tercero ya están dispuestos en el techo

los perfumados nidos. Las insensibles golondrinas,

pasado un año, picotearán de nuevo

una nueva floración.

Pero caerán sus nidos, quedarán las vigas desoladas.

¿Dónde estará la muchacha?

Trescientos sesenta días al año amenazan sin piedad

la daga del viento y el sable de la escarcha,

¿cuánto tiempo fresca y bella vivirá una flor

si cae de un golpe, se la lleva el viento y no se vuelve a encontrar?

Es fácil ver una flor abierta, difícil encontrarla cuando ha caído.

La que sepulta las flores muertas, bajando la escalera, muere de tristeza.

Apoyándose en la azada, deja resbalar lágrimas secretas,

gotas de sangre que salpican cada tallo desnudo.

Cae la tarde y ya no canta el cuclillo;

con la azada al hombro, regresa a la cabaña y cierra la puerta.

Una lámpara verde ilumina la pared mientras el sueño avanza.

La lluvia golpea la ventana. Hace frío entre las mantas.

Si me preguntan por qué me siento angustiada

diré: amor a la primavera, sí, pero también enojo;

amor porque llega súbita cuando no la espero,

enojo porque se marcha sin avisar.

Anoche flotaba sobre el patio una triste canción.

Sería el alma de las flores o el alma de los pájaros.

Es difícil retener el espíritu de las flores y las aves:

las flores se avergüenzan y los pájaros callan.

Quisiera tener alas y emprender el vuelo

con los pétalos hasta el fin del mundo.

¿Pero quién sabe si allí existe

una tumba donde enterrar fragancias?

Mejor en bolsas de seda recoger sus restos de aroma

y en la limpia tierra, como una tumba, sepultarlos.

Pues puros partirán como puros llegaron:

sin dejarse cubrir por el sucio fango.

Flores muertas que he venido a enterrar,

¿cuándo os seguiré en la noche oscura?

Se ríen de mi locura porque os entierro,

¿lo hará alguien conmigo igual?

Ya se acaba la primavera. Van cayendo las flores.

También es hora de que las jóvenes se marchiten y mueran.

Cuando la primavera termine y la belleza se mustie

quedarán unos pétalos en el suelo y la muchacha muerta.

Nunca más volverán a encontrarse.

Oyendo recitar este poema, Baoyu cayó al suelo transido de dolor.

Quien quiera saber lo que ocurre, que escuche el capítulo siguiente.

CAPÍTULO XXVIII

Jiang Yuhan regala a una nueva amistad

una faja perfumada de color escarlata.

Xue Baochai muestra ruborosamente

su brazalete rojo perfumado de almizcle.

Daiyu había culpado a Baoyu de la ofensa que le había infligido la doncella Qingwen al no permitirle la entrada en el patio Rojo y Alegre, y como ese día se celebraba la fiesta del dios de las Flores su enojo coincidió con su dolor por el final de la primavera; por eso, al enterrar los pétalos caídos, no pudo sino llorar su propio destino componiendo una lamentación que Baoyu escuchó. Al principio, éste hizo movimientos afirmativos con la cabeza siguiendo el ritmo del poema, pero cuando la muchacha llegó a los versos que decían: «Se ríen de mi locura porque os entierro, / ¿lo hará alguien conmigo igual?»; y también: «Cuando la primavera termine y la belleza se mustie / quedarán unos pétalos en el suelo y la muchacha muerta. / Nunca más volverán a encontrarse». Baoyu se arrojó al suelo transido de dolor, volcando su carga de flores marchitas, con el corazón desgarrado por la idea de que el encanto y la belleza de Daiyu habrían de desvanecerse algún día. Más aún, si eso había de ocurrir con Daiyu, también ocurriría con Baochai, Xiangling, Xiren y las demás muchachas. ¿Qué sería de él cuando todas hubiesen partido? ¿Y qué sería de aquel lugar, de las flores y los sauces del jardín? ¿A qué familia pertenecería todo aquello? Una idea se fue encadenando con otra hasta que acabó deseando ser un objeto estúpido e insensible para poder huir de las redes del mundo de los hombres y sentirse libre de dolores tan grandes, a pesar de que

Las sombras de las flores cubren su cuerpo.

Los cantos de las aves llenan su oído.

Daiyu, cuyo lamento había disminuido de intensidad, pudo oír claramente como alguien lloraba en la ladera, «Todos se ríen de mi locura, ¿es posible que haya alguien tan loco como yo?», se preguntó. Y al levantar la vista vio a Baoyu.

—¡Es él! —gruñó—. ¡Ese diablo sin entrañas!

O al menos eso quiso decir, pues justo cuando iba a pronunciar «sin entrañas» se llevó la mano a la boca enmudeciéndose. Después dio un largo suspiro, giró sobre sus talones y se marchó rápidamente de aquel lugar.

Cuando Baoyu, más calmado, pudo levantar a su vez la vista, ella ya no estaba, y pensó que se había ido porque no quería encontrarse con él. Se incorporó, se sacudió el polvo de la ropa y bajó la colina para emprender el regreso al patio Rojo y Alegre. Viendo que Daiyu andaba delante, echó a correr dándole alcance.

—¡Detente, por favor! —le suplicó—. Sé que no quieres verme, pero déjame decirte sólo una palabra. Cuando haya terminado podremos separarnos para siempre.

Daiyu se volvió. De buena gana no le hubiera prestado atención, pero ya que sólo se trataba de una palabra…

—Sólo escucharé una palabra.

—¿Y me escucharías si en vez de una fuesen dos? —preguntó el muchacho.

Por toda respuesta, Daiyu reemprendió su camino. Baoyu suspiró a sus espaldas.

—¿Por qué han cambiado tanto las cosas entre nosotros? Ahora no es como antes.

Las palabras de Baoyu consiguieron que Daiyu se detuviera de nuevo.

—¿«Ahora»? ¿«Antes»? ¿Qué quieres decir?

Baoyu suspiró de nuevo.

—¿Acaso no fui tu compañero de juegos cuando llegaste aquí? —preguntó—. Cualquier cosa que fuera de mi agrado era también tuya con sólo pedirla. Si me enteraba de que te gustaba uno de mis platos favoritos, lo guardaba en un sitio limpio hasta tu llegada. Comíamos en la misma mesa y dormíamos en la misma cama. Yo me ocupaba de que las doncellas no hiciesen nada que pudiese molestarte, pues pensaba que los primos que crecen juntos tan estrechamente deben mostrarse más cariño que los demás. Nunca pude suponer que con el tiempo llegarías a ser tan arrogante que yo no valdría nada para ti, mientras prodigas tu cariño a extraños como Baochai y Xifeng. Hace ya tres o cuatro días que no me haces caso o me dejas de lado. No tengo hermanos o hermanas realmente míos; sólo dos, que son hijos de otra madre, como bien sabes. Soy un hijo único, como tú, y pensé que eso sería motivo de afinidad entre nosotros, pero al parecer mis deseos han sido inútiles. Y no puedo decirle a nadie lo desgraciado que me siento.

Dicho lo cual, rompió a llorar.

Las palabras del muchacho y el dolor que lo consumía derritieron el corazón de Daiyu, pero se mantuvo inflexible a pesar de sus lágrimas de pena, con la cabeza agachada y en silencio.

Eso animó a Baoyu a continuar entre sollozos:

—Conozco mis defectos, pero a pesar de mi maldad nunca me atrevería a hacer cualquier cosa que te pudiese herir. Si hago algo equivocado puedes advertirme de ello, reñirme o incluso golpearme, en la seguridad de que no me importará. Pero cuando te limitas a no prestarme atención, como si no existiera, sin que yo conozca el motivo, entonces creo que me voy a volver loco y no sé qué hacer. Si ahora muriera, sólo sería el fantasma de alguien muerto injustamente, y no podrían salvar mi alma los bonzos budistas ni los monjes taoístas más esclarecidos, a no ser que me expliques realmente las razones de tu actitud.

A estas alturas el enojo de Daiyu se había disipado completamente.

—Si es cierto lo que dices, ¿por qué diste instrucciones a tus doncellas para que no me abrieran anoche? —preguntó.

—¿Qué dices? —exclamó Baoyu estupefacto—. ¡Que me muera aquí mismo si ordené tal cosa!

—¡Calla! No hables más de morir bajo la pura luz del día. ¿Lo hiciste o no? Sólo tienes que contestar sí o no.

—Te digo sinceramente que nada sabía de tu llegada. Baochai vino a charlar un rato, pero no se quedó mucho tiempo.

—Sí —dijo Daiyu, de mejor humor, después de un momento de reflexión—, supongo que tus doncellas se sintieron demasiado perezosas y, como no se quisieron mover, contestaron a mi llamada con descortesía.

—Seguro que eso fue lo que ocurrió. En cuanto vuelva le echaré una buena reprimenda a la responsable.

—Sí, sin duda todas tus doncellas lo merecen, aunque no es a mí a quien toca decidir esos asuntos. No importa si me ofenden a mí, ¡pero imagina los problemas que acarrearía su conducta si la próxima vez ofenden a la muchacha preciosa Bao o Bei, o como se llame[1]!

Y diciendo esto, apretó los labios para sonreír. Baoyu no supo si rechinar los dientes o reír.

En ese momento fueron llamados a comer y emprendieron juntos el camino hacia los aposentos de la dama Wang, que al ver a Daiyu le preguntó:

—¿Te sientes mejor, después de haber tomado la medicina del doctor Bao?

—Quizás no lo sabe, señora —intervino Baoyu—. La prima Lin sufre una debilidad congénita y es de constitución tan delicada que no soporta el más pequeño enfriamiento. Pero eso lo arregla con un par de dosis. Lo mejor que puede hacer es tomar unas píldoras.

—El médico nos dio el otro día el nombre de una de esas píldoras —dijo la dama Wang—, pero ahora no lo recuerdo.

—Creo que yo sí lo sé —exclamó Baoyu—. Me parece que son simples píldoras de ginseng. —No, no eran píldoras de ginseng.

—Entonces serían píldoras de Leonuro de los Ocho Tesoros, o Reconstituyente Izquierdo, o quizás Reconstituyente Derecho. ¿O serían píldoras de los Ocho Sabores?

—No, no, no era ninguna de ésas. Sólo recuerdo que contenían las palabras Sutra Diamante.

Baoyu aplaudió y se echó a reír.

—¡Nunca he oído hablar de píldoras Sutra del Diamante, pero si existen, entonces también deben existir polvos Bodhisattva!

Las palabras de Baoyu provocaron en el cuarto una carcajada general.

Intentando reprimir una sonrisa, Baochai sugirió:

—¿No serían píldoras Fortalece el Corazón del Rey de los Cielos?

—¡Así se llamaban! —exclamó la dama Wang—. Decididamente, me estoy volviendo boba.

—No diga eso, señora —protestó su hijo—. Lo que ocurre es que tanto sutra y tanto bodhisattva le están revolviendo la cabeza.

—¿No te da vergüenza? —le riñó ella—. Si tu padre estuviera aquí te daría una paliza.

—Mi padre no me pegaría por una cosa así.

—Bueno —atajó la dama Wang—, puesto que sabemos el nombre de las píldoras, mañana mismo enviaremos a que compren.

—Todos esos remedios no sirven para nada —protestó Baoyu—. Si me da trescientos sesenta taeles de plata yo mismo fabricaré unas píldoras para mi prima, y garantizo que estará curada antes de tomarlas.

—¡Pero qué barbaridad! —exclamó la dama Wang—. ¿Qué píldoras pueden costar tanto?

Baoyu se rió.

—Por supuesto, es una receta única. No detallaré los extraños ingredientes que la componen, pero uno de ellos es placenta de un primogénito y otro raíces de ginseng de forma humana con hojas[2]. Sólo estos dos cuestan más de trescientos sesenta taeles. También hay una poligonácea del tamaño de una tortuga, la raíz de un pino de mil años y otros componentes parecidos. Y todas éstas no dejan de ser cosas comunes si las comparamos con el ingrediente principal. El primo Xue me estuvo persiguiendo más de un año para que le diera esta receta, y a él le costó más de dos años y unos mil taeles de plata conseguir que se la preparasen. Si no me cree, madre, pregúntele a Baochai.

Baochai sonrió y levantó una mano en señal de protesta.

—No sé nada y nunca he oído hablar de un asunto parecido, de manera que no mandes a tu madre a que hable conmigo.

—Baochai es una buena chica —dijo la dama Wang—. Nunca diría una mentira.

Baoyu se puso a girar sobre sí mismo batiendo palmas.

—Lo que he dicho es cierto, y sin embargo me llaman mentiroso.

Al girar de nuevo vio a Daiyu sentada detrás de Baochai con un dedo cruzado sobre la mejilla, como un alegre reproche.

Xifeng, que había estado supervisando los preparativos de las mesas en el cuarto interior, llegó a sumarse a la discusión.

—Baoyu no miente. Es cierto lo que dice. El otro día Xue Pan vino a pedirme unas perlas. «¿Para qué quieres unas perlas?», le pregunté. «Para una receta —me dijo con un gruñido—, y si hubiera sabido las molestias que me ocasionaría no me habría metido en el asunto.» Yo le pregunté: «¿Pues de qué receta se trata?». «De una de las del primo Bao», me contestó. No tuve tiempo de escuchar todos los ingredientes que me enumeró, pero en un momento dado dijo: «Pude haber comprado unas perlas, pero las que se precisan para esta receta tienen que haber sido lucidas sobre la cabeza. Por eso he venido a pedírtelas. Si no tienes algunas sueltas, déjame cogerlas de alguno de tus adornos y más adelante encontraré unas buenas para reemplazarlas». De manera que tuve que darle un par de perlas de mis adornos. También quiso tres lienzos de gasa roja de la corte y me explicó que quería moler las perlas y convertirlas en un polvo fino que luego mezclaría con otros ingredientes.

Baoyu había interrumpido varias veces el discurso de Xifeng con exclamaciones como «¡Alabado, sea Buda! ¡Por fin se ha hecho la luz en este cuarto!», y en cuanto ella concluyó él intervino:

—Y eso que sólo se trata de un sucedáneo, señora. La verdadera receta exige perlas y diversas gemas usadas por damas nobles y ricas de la antigüedad, y tienen que proceder de viejos sepulcros. Pero no podemos andar por ahí saqueando sepulcros, ¿no?, de modo que tenemos que conformarnos con perlas usadas por gente que esté viva.

—¡Buda Amida! —exclamó la dama Wang—. ¡Qué idea! Aunque hubiera perlas en las viejas tumbas, ¿cómo podrían sacarse de allí sin remover los huesos de personas que llevan muertas cientos de años? Ningún remedio que tenga que recurrir a eso puede ser bueno.

Baoyu acudió a Daiyu.

—Tú has oído lo que se está diciendo aquí. Pues bien, si yo estuviera mintiendo, ¿me apoyaría mi prima Xifeng?

Y a pesar de que estaba enfrente de Daiyu, lanzó a Baochai una mirada de reojo.

Daiyu tomó el brazo de la dama Wang.

—Escúchalo, tía. Cuando Baochai se niega a refrendar su pequeña mentira, entonces acude a mí.

—Sí, Baoyu sabe ofenderte —dijo la dama Wang.

—No conoce el motivo, señora —intervino Baoyu con una sonrisa—. Incluso cuando vivía con su familia, la prima Baochai ignoraba las andanzas de su hermano, y ahora que está en el jardín su ignorancia es aún mayor. En cuanto a la prima Daiyu, hace un momento se cruzó un dedo en la mejilla censurándome el estar mintiendo.

Entró una doncella a llamar a Baoyu y Daiyu. La Anciana Dama los esperaba para cenar. Sin dirigirse a Baoyu, Daiyu sé incorporó y se dirigió hacia la doncella.

—¿No espera al señor Bao? —preguntó la doncella.

—No quiere comer nada —respondió Daiyu—. Vamos. En marcha.

Y salió del cuarto.

—Yo comeré aquí con usted —dijo Baoyu a su madre.

—No, no —objetó la dama Wang—. Hoy me toca ayunar carne, así que anda y come con tu abuela, como debe ser.

—Compartiré su comida sin carne —insistió Baoyu, que despidió a la doncella y se sentó a la mesa.

La dama Wang ordenó a Baochai y las demás muchachas que siguieran comiendo sin hacer caso al muchacho.

—Mejor harías yéndote de aquí —le dijo Baochai—. Aunque no quieras comer nada deberías acompañar a Daiyu, que está disgustada.

—No te preocupes por ella —contestó el muchacho—. Se le pasará enseguida.

Pero apenas hubo terminado de comer pidió té para enjuagarse la boca, temeroso de que su abuela estuviera inquieta por su ausencia, y preocupado él mismo por Daiyu. Al verlo, Tanchun y Xichun sonrieron.

—¿Por qué tienes siempre tanta prisa, hermano? —preguntaron con tono burlón—. Incluso por la comida y el té pasas corriendo.

—Dejadlo que termine de una vez y corra a buscar a la prima Lin —dijo Baochai—. ¿Qué razón hay para que se quede merodeando por aquí?

De un trago, Baoyu bebió su té y partió directamente hacia el patio occidental. En el camino encontró a Xifeng en el umbral de sus aposentos, hurgándose los dientes con un palillo para las orejas mientras miraba como una docena de pajes cambiaban de lugar unos tiestos.

—Apareces en el momento justo —le dijo a Baoyu con una sonrisa—. Entra. Entra y escríbeme unos cuantos caracteres.

Baoyu no tuvo más remedio que seguirla.

Una vez dentro, Xifeng mandó que trajeran pincel, tinta y papel, y empezó a dictarle:

—Cuarenta rollos de satén floreado de color rojo; cuarenta rollos de satén con dibujos de serpientes; cien rollos de seda imperial de diversos colores; cuatro collares de oro…

—¿Qué es esto? —preguntó Baoyu—. No parece una cuenta ni tampoco una lista de regalos. ¿Cómo quieres que lo escriba?

—Simplemente anótalo. Es suficiente con que yo entienda luego lo que dice.

Baoyu hizo lo que se le decía y, cuando hubo concluido, Xifeng guardó la lista.

—También quiero otra cosa, si no te molesta —le dijo con una sonrisa—. Quisiera que viniera a trabajar para mí esa doncella de tus aposentos que se llama Hongyu. Después te buscaré varias doncellas que la reemplacen. ¿De acuerdo?

—El patio Rojo y Alegre está repleto de gente. Llévate las doncellas que quieras. No tienes que pedirme permiso.

—En ese caso enviaré a alguien que la recoja.

—Hazlo.

Y ya se marchaba, cuando Xifeng volvió a llamarlo porque tenía algo más que decirle.

—La Anciana Dama me espera —se resistió él—. Ya me lo dirás cuando regrese.

Y siguió su camino. Cuando llegó a los aposentos de su abuela ya habían terminado todos de comer.

—¿Y bien? —dijo la Anciana Dama—. ¿Qué cosas buenas te ha dado tu madre de comer?

—Nada especial —contestó Baoyu—, pero comí un tazón de arroz más que de costumbre. ¿Dónde está la prima Lin?

—En el cuarto de dentro.

Baoyu entró y vio a una doncella atizando las brasas de una plancha; otras dos trazaban con tiza patrones para un vestido sobre el kang donde Daiyu, inclinada, cortaba la tela. Avanzó hacia Daiyu con una sonrisa.

—¿Qué haces? —preguntó—. ¿No sabes que inclinándote de esa manera después de comer sólo conseguirás que te vuelva a doler la cabeza?

Pero Daiyu, sin hacer caso, siguió con su tarea.

—Esa esquina de la seda sigue un poco arrugada —comentó una de las doncellas—. Mejor sería plancharla de nuevo.

—No te preocupes —dijo Daiyu dejando las tijeras—. Se le pasará enseguida.

Al oír aquello, Baoyu no comprendió a qué se refería. En ese momento llegaron Baochai, Tanchun y las demás para charlar con la Anciana Dama. Al poco rato entró Baochai en el cuarto de dentro y preguntó a Daiyu qué hacía; luego se puso a mirarla mientras trabajaba.

—Cada día eres más hábil —comentó—. Ya puedes incluso cortar vestidos.

—No es más que una ilusión —replicó Daiyu—, una manera de engañar a la gente.

Baochai sonrió.

—Te contaré algo divertido —dijo—, el primo Bao está molesto conmigo porque negué tener conocimiento alguno sobre aquel asunto de la medicina.

—No te preocupes, se le pasará enseguida.

Al recibir el nuevo golpe, Baoyu se volvió a Baochai y le dijo:

—La Anciana Dama quiere jugar al dominó y no hay bastante gente. ¿Jugarás?

—Para eso he venido.

Y se dispuso a salir. Antes de alcanzar la puerta Daiyu le dijo:

—Más vale que te marches. Aquí hay un tigre que podría devorarte.

Y siguió cortando la tela sin atender a Baoyu, que sugirió conciliador:

—¿Por qué no descansas un momento y sales a dar un paseo?

Daiyu no respondió.

—¿Quién le dijo que hiciera este trabajo? —preguntó Baoyu a las doncellas.

—Fuera quien fuera no es asunto del señor Baoyu —replicó Daiyu.

Antes de que él pudiese contestar, entró un criado a anunciar que alguien quería verlo en el exterior. Mientras salía a toda prisa, Daiyu exclamó:

—¡Alabado sea Buda! ¡Espero estar muerta antes de que vuelvas!

Baoyu encontró fuera a Beiming, quien le comunicó que Feng Ziying lo había invitado a su casa. Recordando lo hablado el día anterior con Xue Pan mandó que trajeran su ropa de visita y se dispuso a esperarla en el gabinete de estudio. Beiming, por su parte, fue a la segunda puerta y allí esperó hasta que apareció una anciana.

—El señor Bao está en el gabinete esperando su ropa de visita —dijo—. ¿Podría decírselo a sus doncellas, venerable anciana?

—¡Cretino! —chilló la vieja—. Ahora el señor Bao vive en el jardín, y con él todos sus criados y doncellas, ¿por qué traes el mensaje aquí?

—¡Justa invectiva! —convino el criado riendo—. ¡Soy un idiota!

E inmediatamente se dirigió a la puerta del este y buscó a uno de los mozalbetes que estaban jugando a la pelota en el pasaje para que corriera a entregar el mensaje. Al poco rato volvió el mozalbete con un hato que Beiming llevó al gabinete.

Tras mudarse de ropa, Baoyu pidió su caballo y partió acompañado de cuatro pajes: Beiming, Chuyao, Shuangrui y Shuangshou. Cuando llegaron a la puerta de Feng Ziying y fueron anunciados, salió Feng a darles la bienvenida. Xue Pan ya llevaba allí algún tiempo rodeado de varios cantantes, de un actor especializado en papeles femeninos llamado Jiang Yuhan, y de Yuner, una cortesana de la casa Brocado Fragante. Después de las presentaciones fue servido el té.

Baoyu levantó su taza sonriendo al anfitrión.

—Desde el otro día no he dejado de pensar en tu comentario acerca de la buena y la mala fortuna —dijo—, así que en cuanto he recibido tu invitación he venido corriendo.

—Sois unos crédulos, tú y tu pariente Xue —dijo Ziying con una carcajada—. Eso sólo era una excusa para haceros venir, pues de otro modo temía que no aceptarais mi invitación. ¿Cómo iba a pensar que os lo tomaríais en serio?

Entre risa y risa llegó el licor y todos se sentaron según un orden previamente dispuesto. Feng hizo que uno de los cantantes escanciara la bebida, y pidió a Yuner que se acercara a la mesa para brindar por los invitados. Después de haber bebido tres copas, Xue Pan se puso grosero y, cogiendo de la mano a la cortesana, le suplicó:

—Cántame una canción que sea nueva y bonita —le suplicó—, y me beberé una jarra entera de licor. ¿Qué te parece?

A Yuner no le quedó sino obedecer, de manera que cogió su pipa[3] y cantó de esta manera:

Dos amantes tengo, dos,

y a ninguno dejar puedo.

Cuando me acuerdo de uno

del otro también me acuerdo.

Son guapos y divertidos,

cómo describir su encanto.

Tuve una cita secreta ayer,

bajo el emparrado.

Vino uno a robar mi amor,

vino el otro a sorprendernos.

Y allí los tres, frente a frente,

¡no pude decirles nada!

Cuando hubo terminado la canción, Yuner dijo a Xue Pan:

—Ahora bébete la jarra.

Pero Xue Pan protestó:

—Eso no vale una jarra entera. Cántanos algo mejor.

—¡Escuchadme! —intervino Baoyu—. Si bebemos tan aprisa, pronto estaremos borrachos y no podremos seguir divirtiéndonos. Os propongo un juego. Primero beberé yo una copa, y después si alguien no me obedece deberá apurar diez copas seguidas y levantarse de la mesa para servir a los demás.

Todos estuvieron de acuerdo con la propuesta de Baoyu, que apuró su copa.

—Y ahora —dijo—, cada uno de vosotros deberá componer cuatro versos sobre el dolor, la tristeza, el júbilo y el placer de una muchacha, explicando los motivos de cada uno de esos sentimientos. Luego hay que beber una copa de licor, entonar una nueva canción popular y recitar un verso de un viejo poema, pareado o dicho de los Cuatro Libros o de los Ensayos Clásicos que ha de tener relación con algún objeto de esta mesa.

Baoyu todavía no había concluido cuando ya Xue Pan se había puesto de pie para protestar.

—No pienso jugar a eso. No contéis conmigo. Aquí lo que se está buscando es la manera de burlarse de mí.

Yuner se levantó a su vez y, de un empujón, lo devolvió a su asiento.

—¿De qué tienes miedo? —le dijo—. ¿Acaso no bebes todos los días? ¡Ahora va a resultar que no estás a mi altura! Yo lo voy a intentar. Si sale bien, ¡magnífico!; si sale mal, al menos me habré bebido unas cuantas copas. ¿O prefieres beberte diez copas y servir a los demás?

Todos aplaudieron apoyando sus palabras, de manera que Xue Pan hubo de ceder.

Baoyu empezó:

—El dolor de una muchacha: se va la juventud y ella sigue soltera. Su tristeza: «Se arrepiente de haber hecho salir a su marido para que llegara a marqués»[4]. Su júbilo: su belleza cuando se mira al espejo cada mañana. El placer de la muchacha: mecerse dentro de un liviano traje primaveral…

—¡Bien! —exclamaron todos, salvo Xue Pan, que sacudió la cabeza.

—No sirve —gruñó—. No sirve. Debería ser castigado.

—¿Por qué? —preguntaron los demás.

—Porque no he entendido ni una palabra.

Yuner le dio un pellizco.

—Cállate y piensa tus versos —le dijo—. Si no lo haces serás tú quien reciba el castigo.

Dicho lo cual cogió su pipa y se dispuso a acompañar a Baoyu, que cantó:

Amor llora sin fin gotas de sangre, granos de amor[5].

En los pabellones decorados se abren sin descanso

las flores de primavera; se multiplican los sauces.

Al atardecer, el viento y la lluvia flagelan

la gasa de las ventanas y no puede dormir,

ni olvidar sus antiguas tristezas, sus nuevos dolores.

No puede comer los granos de jade, los platos de oro[6],

y su imagen, cada día más delgada, se refleja

apenas en los espejos.

Nada es capaz de desplegar su ceño fruncido.

Nunca acabará la noche y eterno es su dolor,

como la sombra de las cimas azules que divisa en la lejanía,

como el verde arroyo fluyendo

hacia lo infinito.

El único que no aplaudió la canción de Baoyu fue Xue Pan.

—No tiene ritmo —objetó.

Baoyu apuró su copa y tomó de la mesa un trozo de pera citando:

—«La puerta está cerrada; la lluvia golpea las flores del peral[7].»

Entonces le tocó el turno a Feng Ziying, que empezó de esta manera:

—El dolor de la muchacha: su esposo cae mortalmente enfermo. La tristeza de la muchacha: el viento derriba su tocador. El júbilo: da a luz hijos gemelos en su primer parto. El placer: cazar grillos en el jardín.

Luego, alzando su copa, cantó:

Eres encantador y sensible,

demonio astuto y perverso,

pero aunque fueras un dios

¿de qué serviría?

Nunca crees lo que te digo.

Pregunta cuando yo falte,

pregunta y te dirán

cuánto te quiero.

A continuación bebió su copa de un trago y, cogiendo de la mesa un trozo de pollo, citó:

—«Un gallo canta a la luna junto al rústico albergue[8].»

Luego llegó el turno de Yuner, que habló de esta manera:

—El dolor de la muchacha: ¿dónde encontrará un esposo que la mantenga…?

—¡Pero muchacha! —interrumpió Xue Pan con un suspiro—. ¿Qué problema tienes mientras esté aquí tu señor Xue?

—¡No la entretengas! —gritaron los demás—. ¡No la distraigas!

Yuner continuó:

—La tristeza de la muchacha: ¿acaso le pegará siempre la alcahueta…?

—El otro día vi a esa alcahueta tuya y le advertí que no te volviera a poner las manos encima —interrumpió otra vez Xue Pan.

—¿Dejarás de interrumpir? —protestaron los otros—. Como lo vuelvas a hacer tendrás que beber diez copas.

Pan se abofeteó a sí mismo mientras decía:

—¿Estás sordo? ¡Ni una palabra más!

Yuner prosiguió:

—El júbilo de la muchacha: su amante no soporta la idea de dejarla para volver a su casa. El placer de la muchacha: tañer las cuerdas después de haber silenciado las flautas.

Luego entonó la siguiente canción:

El día tres de la luna tercera

el cardamomo florece.

Un gusano ha venido

ansioso por entrar.

Empuja con gran fuerza

mas no lo consigue.

En la flor se encarama;

allí se balancea.

Carne, corazón mío,

si no te abro yo,

¿cómo entrarás?

Cuando hubo terminado apuró la copa y cogió un melocotón de la mesa citando:

—«Ya están los duraznos en flor».

Por fin llegó el turno de Xue Pan.

—De acuerdo —dijo—. Ahí va: el dolor de la muchacha… —Y ahí se inició una larga pausa.

—¿Cuál es el dolor de la muchacha? —presionó Ziying—. Vamos. Sigue.

Los ojos de Xue Pan, con el esfuerzo, parecían a punto de salirse de sus órbitas.

—El dolor de la muchacha…

Carraspeó dos veces y continuó:

—El dolor de la muchacha… ¡casarse con un tortuga[9]!

Estalló una sonora carcajada.

—¿De qué os reís? —preguntó amoscado—. ¿Cuál es el problema? ¿Acaso no sería doloroso para una muchacha que el hombre con el que se casase resultase ser un cornudo?

Las risas arreciaron. Entre contorsiones lograron decirle:

—Muy bien. Sigue. Muy bien.

Los ojos de Xue Pan se abultaron de nuevo y prosiguió:

—La tristeza de la muchacha… —Y de nuevo se apagó la voz.

—¿Cuál es? ¿Cuál es? —le urgieron.

—La tristeza de la muchacha… ¡un enorme gorila salta de su cama!

Entre rugidos y carcajadas todos exclamaron:

—¡Que pague! La otra todavía podía pasar, pero ésta… ¡ésta es imposible!

—¡No, no, es suficiente con que rimen! —intervino Baoyu antes de que pudieran llenar la copa de Xue Pan.

—Si el encargado de juzgarlo lo da por bueno —exclamó Xue Pan—, ¿por qué armáis vosotros tanto lío?

Los demás cedieron.

—Las dos líneas que te quedan son más difíciles —dijo Yuner—. ¿Quieres que las haga por ti?

—¡Pamplinas! —replicó Pan—. ¿Piensas que ya no me quedan recursos? Escucha. El júbilo de la muchacha: levantarse perezosa después de su noche de bodas.

—¡Qué lírico se está poniendo! —exclamaron.

—El placer de la muchacha… ¡que la joda una buena verga!

—¡Para matarte! ¡Es para matarte! —gritaron todos entre risas apartando la vista—. Date prisa y empieza con la canción.

Y entonces Xue Pan cantó:

—«Un mosquito zumba, zum, zum…»

—¡¿Pero qué canción es ésa?! —le increparon.

Él continuó impertérrito:

—«Dos moscas bordonean, bzz-bzz…»

—¡Basta! ¡Cállate! —le gritaron.

—Bueno, si no queréis que siga… —dijo él—. Es una nueva canción llamada «Bzz-bzz», pero si no queréis escucharla habréis de perdonarme la bebida.

—¡Te la perdonamos! ¡Te la perdonamos! ¡Pero cállate ya! ¡Estás impidiendo que los demás jueguen!

Jiang Yuhan, el actor, tomó el relevo:

—El dolor de la muchacha: su esposo parte para nunca volver. La tristeza de la muchacha: no tiene dinero para comprar afeites. El júbilo de la muchacha: la mecha se bifurca como una flor doble[10]. El placer de la muchacha: armonía entre los esposos.

Y a continuación cantó:

Naciste con tantos encantos

que una diosa pareces llegada del cielo.

La juventud florida, la fresca edad

es justo el tiempo de los amantes.

Redobla el tambor de la atalaya[11]

y brilla en las alturas el Río Celestial[12].

Date prisa, baja la luz de la lámpara de plata

y oculta nuestro amor con las cortinas.

Cuando terminó de cantar, el actor alzó su copa y dijo:

—Conozco muy pocos poemas, pero afortunadamente recuerdo un verso de un pareado que leí ayer mismo y que casualmente coincide con un objeto que hay sobre la mesa.

Y después de apurar su copa cogió de la mesa una flor de osmanto y recitó:

Cuando la fragancia de las flores atrapa a los hombres

sabemos que el día está templado[13].

Todos dieron el verso por bueno y el juego concluyó, pero Xue Pan se levantó de un salto.

—¡Has ido demasiado lejos! —gritó dirigiéndose a Jiang Yuhan—. Tienes que pagar. Has mencionado un tesoro que no está aquí.

Yuhan, perplejo, preguntó:

—¿A qué tesoro te refieres?

—No intentes negarlo. Repite otra vez esa cita.

El actor obedeció.

—¿Acaso no es Xiren un tesoro? —preguntó Xue Pan—. Si no me crees, pregúntale a él.

Y señaló a Baoyu que, incómodo, se incorporó.

—¿Cuántas copas beberás en pago por esto, primo Xue? —preguntó a Xue Pan.

—¡De acuerdo, de acuerdo, lo merezco! —Y llevando la copa a sus labios la despachó de un trago.

Feng Ziying y Jiang Yuhan, que no entendían nada, pidieron explicaciones, y cuando Yuner les dijo quién era Xiren, el actor se incorporó y pidió disculpas.

—No es culpa tuya —le dijeron los demás—. Tú no lo sabías.

Baoyu sintió deseos de orinar y dejó el cuarto, y entonces Yuhan lo siguió para reiterarle sus disculpas en el corredor. A Baoyu le conmovió el apuesto porte del actor, y apretándole fuertemente la mano le dijo:

—Ven a verme cuando tengas tiempo. Ah, y tengo algo que pedirte. En tu compañía hay un actor, conocido en todo el país, que se llama Qiguan. Yo nunca he tenido la oportunidad de verlo actuar.

Jiang Yuhan sonrió.

—Ése es mi nombre profesional —dijo.

—¡Qué suerte! —exclamó Baoyu—. Verdaderamente haces justicia a tu reputación. ¿Cómo podría marcar nuestro primer encuentro?

Lo pensó un instante, se sacó de la manga el abanico, cogió el colgante de jade y se lo entregó al actor.

—Por favor, acepta esta humilde baratija como muestra de mi amistad.

—¿Qué he hecho yo para merecer esto? —dijo Qiguan sonriendo—. Está bien. Llevo puesto algo que estrené esta mañana. Es bastante nuevo. Que sirva como minúscula muestra de mi devoción.

Y se levantó la túnica para desatar la faja escarlata que llevaba ceñida a la cintura y entregársela a Baoyu.

—Esta faja forma parte del tributo de la reina de Qianxiang —explicó—. Si uno la lleva puesta en verano, perfuma su piel y le impide sudar. Ayer mismo me la regaló el príncipe de Pekín y esta mañana me la puse por primera vez. No se la hubiera dado a ninguna otra persona. ¿Sería mucha molestia pedirle que me dé a cambio la suya, señor?

Con el mayor de los placeres, Baoyu tomó la faja escarlata y después se quitó su propia faja de color verde pálido entregándosela al actor. Ambos estaban ajustándose sus fajas intercambiadas cuando oyeron un grito:

—¡Con las manos en la masa! ¡Os he cogido con las manos en la masa!

Era Xue Pan, que de un salto agarró una mano de cada uno.

—¿Qué os traéis entre manos? —exclamó—. ¡Dejáis el licor en la mesa y os escabullís del banquete! A ver qué tenéis ahí.

Cuando le contestaron: «Nada», él se negó a creerlos y no les dejó partir hasta que llegó Feng Ziying. Entonces volvieron a sus, respectivos lugares alrededor de la mesa y siguieron bebiendo hasta la caída del sol, cuando la reunión se deshizo.

De vuelta en el jardín, Baoyu se quitó la ropa de visita para beber té, y Xiren, observando que no llevaba el colgante del abanico, indagó por su destino.

—Se me habrá perdido cabalgando.

Pero cuando el muchacho se metió en la cama, la doncella vio la faja de color sangre que llevaba en la cintura y columbró, más o menos, lo sucedido.

—Ahora que tiene una faja nueva, ¿me devolverá la mía? —le preguntó.

Sólo entonces recordó Baoyu que la faja de color verde pálido pertenecía a Xiren y que nunca debía haberse desprendido de ella. Lo lamentó mucho, pero no pudo explicarle lo sucedido.

—Te conseguiré otra —le prometió.

—Ya me imagino sus últimas andanzas —dijo ella con un suspiro mientras meneaba la cabeza—. No tiene derecho a regalar mis cosas a esas criaturas de baja estofa. Ya debería saberlo.

Como Baoyu estaba achispado, no quiso seguir más allá, temerosa de su reacción, y se fue también a dormir.

Al despertar a la mañana siguiente lo primero que vio fue a Baoyu que le sonreía.

—No te enterarías ni de la llegada de un ladrón durante la noche —le dijo—. Mira tu cintura.

Xiren bajó la mirada y vio que la faja que él había llevado el día anterior ahora la llevaba ella. Al darse cuenta de que Baoyu había efectuado el cambio durante la noche se la quitó inmediatamente.

—No me interesa semejante basura. Llévesela.

Pero él le suplicó hasta que ella accedió a usarla. Sin embargo, en cuanto el muchacho abandonó el cuarto ella volvió a quitarse la faja, la arrojó a un cajón vacío y se colocó otra. Cuando Baoyu regresó no se percató de nada.

—¿Sucedió algo ayer? —preguntó él.

—La señora Lian vino a recoger a Xiaohong. La chica quiso esperar a que usted regresara, pero no me pareció necesario, de manera que asumí la responsabilidad y la despaché.

—Muy bien. Ya lo sabía. No era necesario que esperase mi vuelta.

—Vino también el eunuco Xia, enviado por la consorte imperial, con ciento veinte taeles para que sean gastados en ceremonias, representaciones y sacrificios en la abadía Etérea durante los tres primeros días del mes que viene. Quiere qué el señor Zhen lleve a todos los caballeros a quemar incienso y rezar a los budas. También mandó regalos para la fiesta de la Barca-Dragón[14].

Xiren ordenó a una doncella más joven que trajera los regalos: dos finos abanicos de la corte, dos sartas de cuentas rojas perfumadas con almizcle, dos cortes de seda de cola de fénix y unos petates de bambú con dibujos de lotos.

A Baoyu le gustaron mucho todos los regalos, y preguntó si los demás también habían recibido presentes parecidos.

—La Anciana Dama ha recibido además un cetro ruyi de sándalo y un cojín de ágata; y el señor Zheng, la dama Wang y la dama Xue un cetro de sándalo cada uno. Usted ha recibido lo mismo que la señorita Xue. La señorita Lin y las otras tres damas jóvenes recibieron abanicos y cuentas. La señora Li Wan y la señora Xifeng recibieron cada una dos cortes de gasa, dos rollos de seda, dos bolsas perfumadas y dos píldoras de palacio.

—¿Cómo puede ser? —preguntó Baoyu—. ¿Por qué la señorita Xue recibió lo mismo que yo, y no la señorita Lin? Debe tratarse de un error.

—Imposible. Cada regalo llegó ayer con el nombre puesto. El suyo fue a los aposentos de la Anciana Dama, y, cuando fui a recogerlo, ella misma me dijo que debía ir usted mañana a palacio durante la quinta vigilia a presentar sus agradecimientos.

—Sí, por supuesto.

Mandó llamar a Zixiao.

—Lleva estas cosas a la señorita Lin. Dile que lo recibí ayer, y que puede quedarse con lo que quiera.

La doncella hizo lo que se le había ordenado, y a su vuelta informó:

—Dice la señorita Lin que ella también ha recibido regalos, y quiere que conserve usted los suyos.

Entonces hizo guardar las cosas y se lavó la cara antes dé salir a presentar sus respetos a la Anciana Dama. Por el camino encontró a Daiyu y se le acercó Con una sonrisa.

—¿Por qué no quisiste quedarte con nada de lo que te envié?

A causa de su tristeza por este nuevo incidente, Daiyu había olvidado sus rencores previos.

—No he nacido para tener tan buena fortuna —dijo—. No me comparo con la prima Baochai, su oro y su jade. Soy tan vulgar como una planta o un árbol.

Baoyu captó inmediatamente la insinuación.

—Que otros hablen sobre el oro y el jade —protestó—, ¡pero que la tierra me trague y el cielo se desplome sobre mi cabeza si alguna vez he tenido semejante idea! ¡Que nunca vuelva a nacer con forma humana!

Daiyu comprendió cuánto le había dolido su comentario.

—¡Tonterías! —dijo burlándose—. ¿Por qué juras tanto sin motivo alguno? ¿A quién le preocupa realmente tu oro o tu jade?

—Es difícil decirte todo lo que contiene mi corazón, pero ya lo comprenderás algún día. Después de mi abuela y de mis padres eres para mí la persona más cercana del mundo. Juro que no existe otra persona.

—No hay necesidad de jurar. Sé que tengo un lugar en tu corazón. Pero sé también que cuando la ves a ella te olvidas de mí.

—Yo no soy así. Son imaginaciones tuyas.

—Ayer mismo, ¿por qué recurriste a mí cuando Baochai se negó a respaldar una de tus mentiras? No quiero ni pensar en lo que habría sucedido si me hubiese negado yo.

Al ver que Baochai se acercaba siguieron andando, y ella, por su parte, simuló no haberlos visto y siguió con la cabeza agachada hasta donde estaba la dama Wang, con la que conversó unos momentos antes de pasar a los aposentos de la Anciana Dama. Cuando llegó ya estaba allí Baoyu.

Ahora bien, desde que la dama Xue había contado a la dama Wang la historia del amuleto de oro que un monje había entregado a Baochai vaticinándole que sólo se casaría con un hombre de jade, la muchacha se había mostrado distante con Baoyu. Y el hecho de que Yuanchun les hubiera hecho idénticos regalos el día anterior consiguió hacerla aún más sensible sobre el particular. Afortunadamente Baoyu estaba tan embebido con Daiyu, tan dedicado a ella, que no prestó mayor atención a aquella coincidencia.

Y en ese momento, sin previo aviso, Baoyu pidió a la muchacha que le dejara ver el brazalete de cuentas rojas perfumadas con almizcle que llevaba en la muñeca derecha. No tuvo más remedio que quitárselo, pero como estaba tan gordita no le resultó tarea fácil. Mientras contemplaba admirado su brazo blanco y suave pensó Baoyu: «Si fuera Daiyu tendría una posibilidad de acariciarle el brazo, ¡lástima que se trate de Baochai!».

De pronto recordó la conversación sobre el oro y el jade y miró a la muchacha con detenimiento. Su rostro parecía un disco de plata, sus ojos eran brillantes y almendrados; sus labios, rojos sin necesidad de carmín; sus cejas, oscuras sin necesidad de lápiz… Su encanto era distinto al de Daiyu. Tan fascinado estaba que cuando finalmente ella logró quitarse el brazalete y ofrecérselo, él ni siquiera lo tomó.

Incómoda por la insistente mirada de Baoyu, Baochai dejó el brazalete y giró sobre sus talones disponiéndose a partir. En el umbral vio a Daiyu, que mordía su pañuelo con una sonrisa burlona.

—¿Qué haces ahí parada en plena corriente de aire? —le preguntó Baochai—. Sabes lo fácil que resulta coger un resfriado.

—Estaba en mi cuarto y oí un extraño graznido de pájaro, pero cuando salí vi que sólo se trataba de un ganso idiota.

—¿Dónde está ese ganso idiota? Me gustaría verlo.

—Salió dando aletadas en cuanto llegué.

Y con estas palabras dio con el pañuelo un golpe en los ojos a Baoyu, que lanzó una sobresaltada exclamación.

¿Cómo acabó esto? Escuchen, si quieren saberlo, el capítulo siguiente.

CAPÍTULO XXIX

Los afortunados rezan para tener más fortuna.

Los enamorados hacen aún más profundo su amor.

Tan embebido estaba Baoyu en sus pensamientos que, cuando Daiyu hizo restallar el pañuelo frente a sus ojos, saltó de miedo.

—¿Quién ha sido? —exclamó.

—He sido yo —confesó Daiyu entre risas—. Se me ha ido la mano. La prima Baochai quería ver un ganso idiota y en el momento de imitar cómo mueven las alas te golpeé sin querer.

Frotándose los ojos, Baoyu retuvo una respuesta que ya tenía en la punta de la lengua.

En ese momento llegó Xifeng, que se puso a hablar de la ceremonia taoísta que tendría lugar en la abadía Etérea el día primero del mes siguiente, y luego insistió en que los jóvenes fuesen a contemplar las óperas.

—Hace demasiado calor —objetó Baochai—. Además, ya he visto todas las óperas. Yo no voy.

—Allí hace fresco —replicó Xifeng—. El pabellón central está flanqueado por otros pabellones que lo protegen. Si decidimos ir enviaré unos días antes a unos cuantos criados para que hagan salir a los monjes, barran y limpien el lugar, y lo aíslen de las miradas de la gente con unos paneles. Entonces será un sitio agradable. Ya he hablado con la dama Wang, y si vosotros no vais tengo la intención de ir sola. Esto está muy aburrido últimamente, y en nuestra casa no puedo disfrutar de los espectáculos con comodidad.

Al oír eso, la Anciana Dama exclamó:

—¡Yo te acompañaré!

—Si nuestra anciana antepasada también viene, me alegraré, pero entonces no tendré libertad para disfrutar.

—Me sentaré en el palco central y tú puedes buscar sitio en uno de los laterales. ¿Te parece bien? Así no tendrás que estar pendiente de mí.

—Me da usted prueba de su cariño, señora —contestó Xifeng.

La Anciana Dama dijo a Baochai:

—También tú y tu madre debéis acudir. Si te quedas aquí, lo único que harás será dormir todo el día.

Baochai no se pudo negar.

La Anciana Dama envió a una doncella con el encargo de que invitara a la tía Xue y dijera de paso a la dama Wang que se llevaba consigo a las muchachas. La dama Wang, que ya se había excusado con el argumento de que no se sentía bien, y además estaba esperando noticias de Yuanchun, recibió el mensaje de la Anciana Dama con una sonrisa y comentó:

—Veo que se encuentra de buen humor. Anda y di a las señoras y señoritas del jardín que si cualquiera de ellas quiere salir de paseo puede acompañar a la Anciana Dama el día primero.

La noticia excitó sobre todo a las doncellas jóvenes, puesto que generalmente no tenían oportunidad de cruzar el umbral de la mansión. Y si alguna de sus señoras se mostró reticente a salir, ellas la alentaron de todas las formas imaginables, hasta el punto de que Li Wan y las demás aceptaron finalmente emprender la jornada a la abadía Etérea, lo que aumentó el placer de la Anciana Dama. Mientras tanto, unos criados habían sido enviados anticipadamente para prepararlo todo.

El día primero del quinto mes el camino frente a la mansión Rong amaneció llenó de carruajes, sillas de manos, asistentes y caballos. El hecho de que la ceremonia hubiese sido costeada por la concubina imperial y que la Anciana Dama acudiera en persona a ofrendar incienso, y el hecho también de que todo ello ocurriera poco antes de la fiesta del Doble Cinco[1], hizo que los preparativos fuesen algo más lujosos que de costumbre.

Pronto aparecieron las señoras de la casa. El gran palanquín de la Anciana Dama tenía ocho porteadores; los de Li Wan, Xifeng y la tía Xue, cuatro. Baochai y Daiyu compartían un alegre carruaje con el toldo verde, borlas de perlas y dibujos de objetos preciosos. El carruaje que compartían las tres Primaveras tenía ruedas de color carmesí y una cubierta ornamental.

Detrás de ellas venían las doncellas de la Anciana Dama: Yuanyang, Yingwu, Hupo y Zhenzhu; las doncellas de Daiyu: Zijuan, Xueyan y Chunxian; las de Baochai: Yinger y Wenxing; las de Yingchun: Siqi y Xiuju; las de Tanchun: Daishu y Cuimo; las de Xichun: Ruhua y Caiping; y las de la tía Xue: Tonxi y Tonggui.

También las acompañaban Xiangling y su doncella Zhener; las doncellas de Li Wan: Suyun y Biyue; las doncellas de Xifeng: Pinger, Fenger y Xiaohong; y las doncellas de la dama Wang: Jinchuan y Caiyun, que, para poder ir, viajaban atendiendo a Xifeng.

En otro carruaje, con otras dos doncellas, iba la hijita de Xifeng con su nodriza.

Por último, también formaban parte de la comitiva otras dos doncellas y unas nodrizas de los otros aposentos, así como algunas esposas de mayordomos cuya función era acompañar a la Anciana Dama en sus salidas. Los vehículos ocupaban toda la avenida. Cuando el palanquín de la Anciana Dama ya había avanzado un trecho considerable, todavía las criadas seguían subiéndose a los carruajes frente a la puerta principal, en medio de la confusión y el vocerío.

—¡Tú no viajas conmigo!

—¡Cuidado! ¡No te sientes sobre las cosas de mi señora!

—¡Que estás pisando mis flores!

—¡Ya has roto mi abanico!

Su estrepitosa risa y su charla eran interminables. La esposa de Zhou Rui iba de un lado al otro de la comitiva rezongando:

—¡Venga, niñas, dejad de hacer el payaso en la calle!

Tuvo que repetirlo varias veces para que se tranquilizaran antes de que la cabeza del cortejo llegase a la puerta de la abadía. La gente que desde la orilla del camino contemplaba el paso de la comitiva, vio a Baoyu a caballo delante del palanquín de la Anciana Dama.

Al aproximarse a la puerta de la abadía oyeron repicar campanas y redoblar tambores. A un lado del camino esperaba la llegada del cortejo el abate Zhang con sus hábitos sosteniendo unas varillas de incienso y rodeado por sus monjes. El palanquín de la Anciana Dama avanzó un trecho más hasta que ésta dio orden de que se detuviera ante unas imágenes en arcilla de dioses guardianes que había en la puerta del templo. Se trataba de dos dioses mensajeros, uno de los cuales tenía ojos para escrutar mil li de distancia y el otro oídos capaces de discernir el rumor más pequeño. Otros dioses tutelares de la localidad los rodeaban. Jia Zhen, a la cabeza de los jóvenes de la familia, se adelantó para dar la bienvenida a la anciana. Consciente de que Yuanyang y las demás doncellas estaban todavía demasiado lejos para ayudarla a apearse, Xifeng descendió de su silla para hacerlo ella misma, pero en ese momento un acólito de doce o trece años que sostenía una caja con un par de tijeras para cortar las mechas de las velas se asustó con el estrépito que formaba el cortejo y salió corriendo a esconderse, con tan mala fortuna que tropezó con Xifeng. Ella, revolviéndose, le dio un golpe en la oreja tan fuerte que el niño cayó al suelo.

—¡Que a tu madre la joda un toro! ¡Mira por dónde andas!

Demasiado aterrado para recoger sus tijeras, el muchacho se levantó como pudo y echó a correr hacia el interior. En ese preciso instante bajaban de sus carruajes Baochai y las demás muchachas rodeadas de una multitud de matronas y esposas de mayordomos que, al ver al pequeño fugitivo, sé pusieron a gritar:

—¡Cogedlo! ¡Apaleadlo!

—¿Qué pasa? —preguntó la Anciana Dama.

Jia Zhen se acercó a indagar el porqué de tanta agitación mientras Xifeng ofrecía su brazo a la anciana.

—Es un acólito de los que cortan las mechas —explicó ella—. Estaba por ahí corriendo como un loco y no se apartó a tiempo.

—Traedlo aquí. No lo asustéis —ordenó la Anciana Dama—. Los niños de familias humildes están bien protegidos por sus padres y nunca han visto algo tan espectacular. Sería lamentable aterrorizarlo; sus padres nunca se sobrepondrían.

Y volviéndose a Jia Zhen insistió en la orden:

—Tráelo aquí con toda amabilidad.

Zhen tuvo que traer el niño a rastras. Llevaba las tijeras en la mano y temblaba de pies a cabeza. Cayó de rodillas. La Anciana Dama hizo que Jia Zhen le ayudara a ponerse de pie.

—No temas —le dijo—. ¿Qué edad tienes?

Pero el terror había enmudecido al niño.

—¡Pobrecillo! —exclamó ella.

Y volviéndose a Zhen:

—Llévatelo y dale unas monedas para que compre golosinas. Que nadie lo moleste.

Asintiendo, Zhen se llevó al niño mientras la Anciana Dama se dirigía con su comitiva a visitar los diversos salones.

Después de haberlos visto entrar por la tercera puerta, los pajes de fuera vieron salir a Jia Zhen y al niño. Recibieron orden de llevárselo, darle unos cientos de monedas y no maltratarlo. Inmediatamente varios criados se adelantaron para llevarse al niño.

Todavía sobre las escaleras, Zhen preguntó:

—¿Dónde está el mayordomo?

Los pajes gritaron a coro:

—¡Mayordomo!

Enseguida llegó Lin Zhixiao corriendo con una gorra en la mano.

—Aunque el lugar es grande —le dijo Jia Zhen—, ha venido más gente de la prevista. Mantén en este patio a los que necesites, y manda el resto al otro patio. Coloca a algunos muchachos en las dos puertas principales y en las laterales, listos para llevar recados y cumplir órdenes. Ya sabrás que hoy han venido todas las damas y que no debe permitirse la entrada de un solo extraño.

—Sí, señor. Claro, señor. Muy bien, señor —iba respondiendo Lin Zhixiao a las sucesivas órdenes.

—Ahora vete. ¡Espera! ¿Por qué no está aquí mi hijo Rong?

No había terminado de hacer la pregunta cuando Jia Rong salió del campanario a toda velocidad abrochándose la ropa.

—¡Mírenlo! —exclamó burlón Jia Zhen—. Mientras yo sudo la gota gorda él busca un sitio donde huir del calor.

Y ordenó a los sirvientes que le escupieran. Obedeciendo, uno de los pajes le escupió a la cara.

—Pregúntale cuál es el sentido de su conducta —ordenó Jia Zhen.

Y el paje preguntó a Jia Rong:

—¿Por qué si su honorable padre es capaz de soportar el calor usted busca un lugar donde estar a la sombra?

Jia Rong, con los brazos en los costados, no se atrevió a decir palabra.

Todo esto atemorizó a Jia Yun, Jia Ping y Jia Qin; y hasta Jia Huang, Jia Pian y Jia Qiong se quitaron las gorras y se deslizaron discretamente desde la sombra en la que se encontraban al pie del muro hasta donde el sol caía de plano.

—¡¿Qué haces ahí parado?! —ladró Jia Zhen a su hijo—. ¡Corre a decirles a tu madre y a tu esposa que la Anciana Dama y todas las jóvenes damas están aquí! ¡Que vengan deprisa a atenderlas!

Jia Rong salió pidiendo a gritos un caballo.

«¿Por qué no lo pensó antes? —gruñía—. Ahora soy yo quien tiene que aguantar esto.»

Luego le gritó a un paje:

—¡¿Por qué no traes el caballo?! ¡¿Te han maniatado?!

Habría enviado a un paje en su lugar, pero se lo impidió el temor a que luego fuera descubierto. En consecuencia, tuvo que cabalgar él mismo hasta la ciudad.

Pero volviendo a Jia Zhen. Se disponía a regresar al salón donde estaba la Anciana Dama cuando encontró a su lado a Zhang, el taoísta.

—Mi particular situación me obliga a atender a las damas del interior —dijo el monje sonriendo—, pero hace tanto calor, y hay tantas damitas, que mejor esperaré aquí sus órdenes.

Jia Zhen no ignoraba que, si bien al principio había sido el sustituto del duque de Rongguo[2], este taoísta había sido nombrado más tarde por el propio emperador Guardián Principal del Texto Taoísta con el título de Santo de la Gran Ilusión, y que su actual condición de Custodio del Sello Taoísta y su título de Hombre de la Verdad Final le valían ser tratado por nobles y oficiales como Inmortal. Habría sido inconveniente desairarlo. Además, en sus frecuentes visitas a las mansiones Rong y Ning había conocido a todas las damas, jóvenes y mayores.

Así pues, Jia Zhen respondió con una sonrisa:

—¿Pero qué manera hablar entre amigos es ésta? No siga hablando así o le cortaré la barba. Venga conmigo.

El taoísta siguió sus pasos entre grandes carcajadas.

Jia Zhen llegó hasta donde estaba la Anciana Dama y con una reverencia le dijo:

—El abuelo Zhang ha venido a presentar sus respetos.

—Tráelo aquí —ordenó ella de inmediato.

Jia Zhen llevó al monje, que no paraba de reír.

—¡Buda de la Infinita Longevidad! —exclamó Zhang—. Espero que la anciana antepasada haya gozado de buena fortuna, salud y tranquilidad, y que también todas las damas y damitas hayan sido felices estos últimos tiempos. No he pasado por allí a presentar mis respetos, pero veo a Su Señoría con mejor Semblante que nunca.

—¿Y usted está bien, anciano inmortal? —contestó ella con una sonrisa.

—Puedo decir que sí, gracias a la parte que me corresponde de su buena fortuna. Sin embargo, continúo preocupándome por su nieto. ¿Qué tal ha estado todo este tiempo? No hace mucho, el día veintiséis del mes pasado, celebramos el natalicio del Gran Rey que Oscurece los Cielos. Como esperábamos a poca gente, y como todo estaba bastante limpio, mandé invitar al señor Bao, pero me dijeron que no estaba en casa.

—Cierto, no estaba.

La Anciana Dama hizo que trajeran a su nieto.

Baoyu, que precisamente venía de purificarse las manos, entró en ese momento y se apresuró a saludar al taoísta:

—¿Cómo está, abuelo Zhang?

El monje lo abrazó y luego dijo a la Anciana Dama:

—Este muchacho ha engordado.

—Sí —contestó ella—. Aparentemente es fuerte, pero sigue tan delicado como siempre. Y su padre está arruinando su salud con esa enojosa insistencia para que lea textos.

—Últimamente he visto sus caligrafías y versos en diversos lugares. Son muy buenos. No comprendo por qué Su Señoría acusa al muchacho de perezoso. A mí me parece que lleva buen camino.

Y con un suspiro, el viejo taoísta añadió:

—A mi entender el señor Bao, con ese rostro, ese porte y esa manera de hablar, es el vivo retrato del viejo duque.

Y mientras hablaba le brotaron lágrimas de los ojos.

También la Anciana Dama se conmovió dolorosamente con sus palabras.

—Tiene razón —asintió—. De todos mis hijos y nietos, Baoyu es el único que se parece a su abuelo.

Entonces el taoísta comentó a Jia Zhen:

—Claro que como su generación, señor, nació demasiado tarde para conocer al duque me imagino que ni el señor She ni el señor Zheng recuerdan bien sus rasgos.

Y volvió a lanzar una carcajada antes de dirigirse dé nuevo a la Anciana Dama:

—El otro día vi, en una noble familia, a una bella joven de quince años. Me parece que ya va siendo hora de concertar el enlace del joven señor. En lo que atañe a presencia, apariencia, inteligencia y origen familiar, la joven está a la altura de los Jia, pero no quise actuar sin conocer antes la opinión de Su Señoría. Si Su Señoría me da su aprobación puedo ir preparando el terreno.

—En cierta ocasión un bonzo nos dijo que este muchacho no está destinado a casarse muy joven —contestó ella—, así que esperaremos a que haya crecido algo más para arreglar este asunto. De todos modos mantenga los ojos abiertos. La riqueza y el rango son lo de menos. Basta con que encuentre a una muchacha suficientemente bella. En ese caso, avísenos. Incluso si la familia fuese pobre no sería grave, porque siempre podríamos hacerles llegar unos cuantos taeles de plata. Pero la belleza y la dulzura son difíciles de hallar.

En ese punto intervino Xifeng con una sonrisa:

—Abuelo Zhang, todavía no le ha traído usted a mi hijita su nuevo talismán, y ya mandó el otro día a pedirnos un satén amarillo. Se lo envié por no dejarlo en evidencia.

El viejo taoísta se revolcaba de risa.

—Mis ojos están débiles, señora —dijo—. No he podido verla para agradecérselo. El talismán está listo desde hace tiempo y he tenido la intención de enviarlo, pero cuando Su Alteza encargó esta ceremonia a mí se me olvidó todo. Sigue allí, ante la imagen divina. Iré a buscarlo.

Y partió a toda prisa al salón principal. Volvió al instante con un talismán sobre una bandeja cubierta por un envoltorio de seda roja con dibujos de dragones cubierto de sutras. La nodriza de Dajie se adelantó para recibirlo y el taoísta alargó los brazos en dirección a la niña.

—¿Por qué no lo trajo en las manos? —sonrió Xifeng—. ¿Por qué utiliza una bandeja?

—Mis manos están demasiado sucias, señora. Utilizar una bandeja me pareció más limpio.

—¡Vaya susto que me ha dado! —replicó ella bromeando—. No sabía que llevaba en ella el talismán y pensé que venía otra vez a pedir donativos.

El comentario de Xifeng hizo reír a todos los reunidos. Incluso Jia Zhen no pudo evitar una sonrisa.

—¡Vaya simio que estás hecha! —exclamó la Anciana Dama volviéndose a Xifeng—. ¿No temes al Infierno Cortalenguas?

—No le he hecho daño alguno —contestó ella—. ¿Por qué anda siempre diciéndome que si no hago mayor número de buenas acciones tendré una vida corta?

Zhang el taoísta se rió.

—Traje la bandeja por una razón. No para recoger donativos, sino para pedir prestado el jade del señor Bao y poder mostrarlo a mis amigos y discípulos taoístas.

—Si se trata de eso —dijo la Anciana Dama—, no hay razón para que un hombre de su edad ande corriendo y agotándose de un lado para otro. Llévese a Baoyu con usted, y muestre el jade a quien quiera. ¿No sería más cómodo?

—No, Su Señoría no comprende. Todavía me mantengo robusto y alegre a pesar de mis ochenta años, gracias a que comparto su buena fortuna. Lo que pasa es que en aquel lugar son tantos que aquello apesta. El señor Bao no está habituado a este calor y puede sentirse ofendido por el hedor, lo que resultaría lamentable.

Finalmente, la Anciana Dama ordenó a Baoyu que se quitara del cuello el Jade de las Comunicaciones Trascendentales y lo entregara al taoísta; éste lo colocó con reverencia sobre la seda y marchó portando respetuosamente la bandeja entré ambas manos.

La Anciana Dama y su comitiva, por su parte, siguieron paseando por el templo. Estaban llegando al piso superior de uno de los edificios cuando Jia Zhen informó de que el anciano taoísta venía a devolver el jade. Mientras decía esto apareció el propio Zhang con la bandeja.

—Todos me han agradecido mucho la oportunidad de contemplar el jade del señor Bao, que les parece absolutamente maravilloso —declaró—. No tienen otra cosa que ofrecer en agradecimiento, así que envían estos amuletos taoístas como muestra de su respeto. Si el señor Bao considera que no son nada especial, puede conservarlos como juguetes o regalarlos, como guste.

Sobre la bandeja, la Anciana Dama vio varias docenas de amuletos de oro o jade con las inscripciones «Que sé cumplan todos tus deseos» y «Paz eterna». Cada uno de ellos tenía incrustaciones de perlas o piedras preciosas, y estaba delicadamente grabado.

—No es posible —dijo la anciana—. ¿Cómo pueden permitirse los sacerdotes semejantes regalos? No tiene sentido. Estos regalos están fuera de lugar. No podemos aceptarlos.

—No son sino una pequeña prueba de su estima. No se lo pude impedir —replicó Zhang—. Si Su Señoría no los acepta, ellos pensarán que me desprecia y ya no me considera su protegido.

Así pues, la Anciana Dama tuvo que ordenar a una doncella que recogiera los regalos.

—Puesto que el abuelo Zhang no nos permite negarnos, pero sin embargo no son objetos que me sean de utilidad —dijo Baoyu—, ¿por qué no voy ahora con mis pajes a distribuirlos entre los pobres?

—Es una buena idea —dijo su abuela.

Pero Zhang el taoísta se opuso:

—Es una idea caritativa, señor Bao, pero aunque esos objetos sean de escaso valor, algunos de ellos están muy bien hechos. Sería un desperdicio entregárselos a los mendigos, que no sabrán apreciarlos. Si quiere ayudar a los pobres, ¿no será mejor que les dé dinero?

—Muy bien —dijo Baoyu—, conservaremos estos objetos y esta noche distribuiremos algunas limosnas.

Entonces el sacerdote se retiró y la Anciana Dama y su séquito subieron al pabellón principal a descansar, mientras Xifeng y sus acompañantes pasaban a ocupar el ala este. Las doncellas, acomodadas en el ala oeste, se fueron turnando para atender a sus señoras.

Jia Zhen apareció para informar de que en el sorteo que se había realizado ante el altar había aparecido en primer lugar la ópera titulada La serpiente blanca.

—¿Cuál es el argumentó? —preguntó la Anciana Dama.

—Trata sobre el primer emperador de la dinastía Han, que mató una serpiente y luego fundó la dinastía. La segunda será Cada hijo un alto funcionario[3].

—¿Conque ésa es la segunda? —dijo la anciana asintiendo con la cabeza mientras sonreía—. Pues si ésa es la voluntad de los dioses, que así sea. ¿Y cuál es la tercera?

—El sueño del Estado Tributario Meridional[4].

Sobre ésta, la anciana calló. Jia Zhen se retiró a preparar las plegarias escritas y quemar incienso. Una vez hecho todo esto, ordenó a los actores que empezaran. Pero dejemos este asunto.

Baoyu, sentado junto a su abuela en el piso superior del pabellón principal, pidió a una de las doncellas que le trajera la bandeja con los regalos. Cuando se hubo puesto el jade revisó los regalos, mostrándolos uno por uno a la anciana, a quien le llamó la atención un unicornio de oro decorado con esmalte turquesa. Tomó la pieza.

—Estoy segura de que una de las muchachas lleva uno similar —comentó.

—La prima Xiangyun tiene uno parecido, sólo que más pequeño —le dijo Baochai.

—¡Eso es! —exclamó la Anciana Dama.

—¿Y cómo no me he dado cuenta de eso en todo el tiempo que lleva con nosotros? —preguntó Baoyu.

—La prima Baochai es observadora —comentó Tanchun entre risitas—. Y además nunca olvida lo que ve.

—Pues no es tan observadora cuando se trata de otras cosas —comentó cáusticamente Daiyu—, aunque desde luego sí que lo es cuando se trata de baratijas que se llevan colgadas del cuello.

Volviendo el rostro, Baochai pretendió no haber escuchado.

Apenas supo que Xiangyun tenía un unicornio, Baoyu recogió el de la bandeja y se lo guardó en el pecho. Luego, temeroso de que los presentes hubieran adivinado sus intenciones, lanzó una mirada subrepticia a su alrededor. La única que le estaba prestando atención era Daiyu, que balanceó la cabeza con una mirada pensativa. Esto incomodó a Baoyu que, volviendo a sacar el unicornio se lo mostró diciendo:

—Es simpático. Lo guardaré hasta que lleguemos a casa y una vez allí lo ensartaré en un cordel para que te lo pongas al cuello.

Daiyu sacudió la cabeza.

—No me interesa.

—Entonces lo guardaré para mí —dijo el muchacho guardándoselo otra vez en el pecho.

Antes de que pudiera decir más llegaron la señora You y la segunda esposa de Jia Rong, con la que se había casado tras la muerte de Qin Keqing, a presentar sus respetos.

—No teníais por qué haber venido —protestó la Anciana Dama—. Sólo he salido a dar un pequeño paseo.

Al día siguiente se anunció la llegada de un recado del general Feng, que, al enterarse de que la familia Jia celebraba una ceremonia en la abadía, preparó regalos consistentes en cerdos, ovejas, incienso, velas y confites que envió allí. Al enterarse, Xifeng salió corriendo al pabellón principal.

—¡Vaya! —exclamó aplaudiendo—. Esto sí que no lo esperaba. Nosotros hemos considerado este desplazamiento como una pequeña excursión, pero nos envían regalos como si fuéramos a hacer un gran sacrificio. La culpa es de la Anciana Dama. Ahora tendré que preparar gratificaciones para los porteadores.

En ese momento llegaron dos esposas de mayordomos de la familia Feng, y antes de que partieran llegaron más regalos del viceministro Zhao, y luego, sucesivamente, de todos los parientes y amigos que habían sabido que las damas de la familia Jia estaban celebrando un servicio en la abadía.

La Anciana Dama empezó a lamentar la expedición.

—Éste no es un sacrificio protocolario —dijo—. Sólo hemos salido a divertirnos, pero veo que estamos produciendo muchas molestias.

Así que asistió a una sola representación y aquella misma tarde volvió a casa, negándose a regresar al día siguiente.

—Para construir una casa hay que remover la tierra; para construir un muro también. ¿Por qué no llegamos hasta el fondo de este asunto? —razonó Xifeng—. Ya que hemos molestado a todo el mundo, bien podríamos hoy divertirnos.

Pero Baoyu mantenía un gesto cetrino desde el momento en que Zhang el taoísta había hablado con su abuela acerca de su matrimonio. Seguía indignado con el sacerdote y sorprendía a todos con sus invectivas contra él.

—No quiero volver a verlo —decía.

En cuanto a Daiyu, sufría una leve insolación.

En fin, la Anciana Dama no dio su brazo a torcer y, al ver que no cambiaría de opinión, Xifeng reunió a un grupo y regresó a la abadía.

La indisposición de Daiyu preocupaba tanto a Baoyu que se negó a probar bocado y, una y otra vez, acudía a preguntar por su salud. Daiyu, a su vez, se preocupaba por él.

—¿Por qué no vas a ver las representaciones? —le preguntó—. ¿Por qué te quedas?

Baoyu seguía molesto con el servilismo del taoísta, y, al oír a Daiyu decir eso, pensó: «Puedo entender que otros no me comprendan, pero ya incluso Daiyu se burla de mí». Con ello su enojo se multiplicó. En ningún otro caso hubiese estallado, pero al tratarse de Daiyu el rostro se le cubrió de sombras.

—Muy bien, muy bien —dijo—. Nos hemos conocido en vano todos estos años.

—¿Que nos hemos conocido en vano? —rió ella con sarcasmo—. Yo no poseo, como otras, dijes que emparejen con los tuyos.

El muchacho se le acercó tanto que sus rostros se tocaron.

—¿Eso significa que realmente quieres invocar al cielo y a la tierra para destruirme? —preguntó. Y antes de que ella pudiera entender lo que le estaba diciendo, él prosiguió—: Justo ayer te hice un juramento a propósito de todo esto, y hoy vuelves a insistir sobre lo mismo. ¿De qué te han de servir el cielo y la tierra si me destruyen?

Daiyu recordó su anterior conversación y comprendió que había cometido un serio error. Se sintió llena de vergüenza y, muy nerviosa, se puso a sollozar.

—Que también me destruyan el cielo y la tierra si te deseo algún mal —dijo—. ¿Por qué me hablas así? Ah, ya sé. Cuando ese taoísta habló ayer de matrimonio tú temiste que impidiera la unión para la que estás felizmente predestinado, y ahora estás desahogando conmigo tu amargura.

Baoyu siempre había sido deplorablemente extravagante. Más aún, su intimidad con Daiyu venía de la infancia y ambos compartían ideas y sentimientos. Por eso, ahora que sabía un poco más y había leído algunos libros eróticos sentía que ninguna de las maravillosas muchachas que había visto en casas de parientes o amigos era rival digna de ella. Hacía tiempo que su corazón la deseaba, pero a la vez se negaba a admitirlo. Por eso, entre su alegría y su tristeza, recurrió a todos los medios para ponerla secretamente a prueba.

Por otra parte Daiyu, en su correspondiente excentricidad, también ocultaba sus sentimientos para probarlo a su vez a él.

Así es como, para ponerse a prueba mutuamente, ambos escondían sus verdaderos sentimientos. «Cuando lo falso encuentra a lo falso, la verdad se manifiesta», dice el viejo proverbio, y por ello era inevitable que en el proceso de manifestación de la verdad las querellas fuesen frecuentes y triviales.

Ahora Baoyu estaba pensando: «Puedo perdonar a otros que no me comprendan, pero tú deberías saber que eres la única para mí, y en lugar de consolarme te limitas a provocarme. Es inútil que piense en ti cada minuto del día: no hay lugar para mí en tu corazón». Lo pensaba, sí, pero era incapaz de decir en voz alta algo parecido.

En cuanto a Daiyu, estaba pensando: «Sé que tengo un lugar en tu corazón y que no tomas en serio todas esas paparruchas del oro que se empareja con el jade, pero cada vez que saco a relucir el tema tú deberías tomarlo con absoluta normalidad para demostrarme que nada significa para ti esa tontería. En vez de eso armas un escándalo cada vez que lo menciono, lo cual demuestra que piensas en ello todo el tiempo y temes que, al mencionarlo, yo sospeche algo. Por eso montas toda esa farsa de la molestia y del enfado, que en realidad no tiene otro objeto que mantenerme engañada».

Ciertamente ambos corazones eran uno, pero cada uno de ellos era tan sensible que sus anhelos de estar juntos culminaban en el distanciamiento.

En ese momento Baoyu se estaba diciendo: «Nada me importa mientras tú seas feliz. Con gusto moriría por ti en este preciso instante, lo sepas o no. Así al menos podrás sentir que estás cerca, y no lejos, de mi corazón».

Mientras tanto, Daiyu pensaba: «Cuídate. Cuando tú eres feliz, también yo lo soy. ¿Por qué habrías de sentirte mal por mi culpa? Deberías saber que tu malestar es el mío, pues cuando ocurre no me dejas estar cerca de ti».

Con lo cual, la preocupación que cada uno sentía por el otro no hacía más que acrecentar la distancia entre ambos, pero como es difícil describir sus íntimos pensamientos habremos de contentarnos con dar cuenta de sus acciones.

Oyendo a Daiyu hacer alusión a una unión «para la que él estaba felizmente predestinado», Baoyu se enfureció. La rabia le impidió articular palabra, pero se arrancó el jade del cuello y lo arrojó al suelo.

—¡Objeto inmundo! —gritó rechinando los dientes—. Te haré añicos y así acabaré de una vez con este asunto.

Pero el jade no sufrió el menor daño. Entonces, mientras él buscaba desesperadamente algo con que hacerlo pedazos, Daiyu sé echó a llorar.

—¿Por qué quieres destruir ese mudo objeto? —dijo entre sollozos—. Mejor destrúyeme a mí.

Zijuan y Xueyan entraron a terciar en la disputa. Al ver a Baoyu dándole martillazos al jade intentaron arrebatárselo, pero no lo consiguieron; y como el problema era más serio que de costumbre, tuvieron que llamar a Xiren, que entró corriendo y logró rescatar la piedra.

Baoyu sonrió amargamente.

—¿Acaso ya ni siquiera puedo destrozar lo que me pertenece? ¿Qué más os da a vosotras?

Xiren no lo había visto nunca tan airado, con el rostro tan lívido y convulso.

—Una disputa con su prima no es motivo para destruir el jade —le dijo Xiren tomándole una mano en un intento de persuadirlo—. Imagine lo mal que se habría sentido ella si llega a destruirlo.

Eso conmovió a Daiyu, pero inmediatamente la entristeció aún más la idea de que Baoyu la tenía menos en cuenta que a Xiren, de manera que arreció su amargo llanto. Tan pesarosa se sentía que vomitó la medicina de hierbas que había ingerido un momento antes.

Zijuan le trajo corriendo un pañuelo que pronto quedó empapado, y Xueyan empezó a darle masajes en la espalda.

—¡No importa lo molesta que se sienta, señorita, piense en su salud! —le pidió Zijuan—. Ya empezaba a sentirse mejor después de haber tomado la medicina; ha sido todo este lío con el señor Bao lo que le ha producido náuseas. Imagínese lo mal que se sentiría el señor Bao si usted cae enferma.

Eso conmovió a su vez a Baoyu, pero también le hizo pensar que la consideración que le tenía Zijuan era mayor que la de Daiyu. Ésta ya tenía las mejillas inflamadas y rojas. Llorando y ahogándose, con el rostro surcado de sudor y lágrimas, parecía terriblemente frágil, y verla así compungió intensamente a Baoyu.

«Nunca he debido discutir con ella poniéndola en semejante estado —se reprendió a sí mismo—. Ni siquiera puedo sufrir en su lugar.» Y con estos pensamientos, él también se echó a llorar.

A Xiren le dolía el corazón de ver a los dos muchachos llorar tan amargamente. Tocó las manos de Baoyu: estaban heladas. Quiso pedirle que dejara de llorar, pero temió que en ese momento no le sentara bien que lo refrenaran; por otra parte, consolarlo hubiera parecido una desatención a Daiyu. Consideró que las lágrimas podrían servir para calmar a todo el mundo, de modo que ella también se echó a llorar.

Zijuan, que ya había limpiado todo y abanicaba suavemente a Daiyu, se sintió tan afectada cuando vio a los tres llorando en silencio que ella también acabó llevándose un pañuelo a los ojos.

Y los cuatro siguieron llorando hasta que Xiren, forzando una sonrisa, dijo a Baoyu:

—Sin tener en cuenta más motivos, sólo el cordón de su jade debería impedirle pelear con la señorita Lin.

Olvidando sus náuseas, Daiyu se abalanzó sobre ella y le arrancó el jade de las manos, asió unas tijeras y, con rápidos movimientos, cortó el cordón que había trenzado con sus propias manos. Xiren y Zijuan intentaron impedírselo, pero llegaron demasiado tarde.

—Todo mi trabajo en vano —sollozó Daiyu—. No lo aprecia. Tiene quien le haga uno mejor.

Xiren, apresuradamente, le arrebató el jade.

—¿Por qué hace eso? —protestó la doncella mientras se lo quitaba—. Es culpa mía. Debí quedarme callada.

—¡Córtalo en pedacitos! —retó Baoyu a Daiyu—. De todos modos no pienso volver a usarlo, así que no me importa.

Durante la conmoción, unas viejas amas habían salido sigilosamente a informar a la Anciana Dama y a la dama Wang de aquel desaguisado, pues al oír a Daiyu llorando y vomitando, y a Baoyu amenazando con hacer añicos su jade, no quisieron hacerse responsables de cualquier percance que pudiera resultar. Su vehemente informe alarmó tanto a la Anciana Dama y a la dama Wang que ambas se trasladaron corriendo al jardín a ver qué horrible cosa había sucedido. Xiren estaba fuera de sí, acusando a Zijuan de haber molestado a las señoras, mientras Zijuan responsabilizaba a Xiren de lo propio.

Cuando la anciana y la dama Wang descubrieron que los jóvenes estaban tranquilos y reinaba la calma entre ellos, descargaron su furia sobre las dos doncellas principales.

—¿Por qué no los cuidáis bien? —les dijeron—. ¿Es que no podéis hacer nada cuando empiezan a discutir?

Ambas doncellas tuvieron que soportar dócilmente una larga reprimenda, y las cosas no volvieron a la normalidad hasta que la Anciana Dama se hubo llevado a Baoyu.

El día siguiente, tercero del mes, fue el cumpleaños de Xue Pan, y toda la familia Jia fue invitada a un festín con representaciones. Baoyu no había visto a Daiyu desde el incidente y se sentía tan deprimido y lleno de remordimientos que no hubiera podido disfrutar del espectáculo, por lo que alegó estar enfermo para evitar comparecer a una reunión a la que no quería asistir.

Daiyu no estaba realmente enferma; sólo afectada por el calor. Cuando supo que Baoyu no asistiría pensó: «Su debilidad son los banquetes y las óperas. Si hoy no asiste es porque todavía está enojado con el asunto de ayer, o porque sabe que yo no iré. Nunca debí cortar el cordón de su jade. Estoy segura de que no volverá a usarlo a menos que le haga otro». También ella se sentía culpable.

La Anciana Dama había alimentado la esperanza de que sus ánimos mejorasen y ambos muchachos se reconciliaran mirando juntos las óperas. Por eso, cuando se enteró de sus negativas, se enfureció.

—¿Qué pecados habré cometido en una vida anterior para tener que sufrir a unos niños tan difíciles? —se lamentó—. No pasa un día sin que surja una nueva preocupación. Cuánta razón encierra aquel proverbio: «Si no se enfrentan, no se unen». Cuando haya cerrado los ojos y exhalado el último suspiro, que peleen todo lo que quieran: ojos que no ven, corazón que no siente. Pero todavía no estoy en ese trance.

Y se echó a llorar, desconsolada.

Cuando las palabras de la Anciana Dama llegaron a Baoyu y a Daiyu, ambos, que desconocían el proverbio citado por la anciana, se dieron a meditar acerca de su significado con la cabeza agachada y los ojos anegados en lágrimas. Cierto que continuaban separados: una llorándole a la brisa en el refugio de Bambú, el otro suspirándole a la luna en el patio Rojo y Alegre; pero, a pesar de su separación, sus corazones eran uno.

Xiren reprendió a Baoyu:

—Es culpa suya. Antes criticaba a los muchachos que disputaban con sus hermanas, o a los hombres que reñían con sus esposas, y los consideraba demasiado estúpidos para comprender el corazón de las muchachas. Ahora es usted mismo quien se comporta de esa manera. Pasado mañana, el día cinco, se celebrará la fiesta, y si ustedes dos siguen lanzándose dardos con la mirada la Anciana Dama se enfadará aún más y nadie estará tranquilo. ¡Olvide su disgusto y pida perdón! Lo pasado, pasado está. ¿No sería mejor para los dos?

Sabrán si Baoyu siguió o no el consejo de Xiren escuchando el siguiente capítulo.

CAPÍTULO XXX

Recurriendo a un abanico, Baochai

se burla de los dos primos.

Dibujando el carácter Qiang, Lingguan conmueve

profundamente a un tonto que la observa.

Llena también de remordimientos después de su pelea con Baoyu, a Daiyu no se le ocurrió, sin embargo, ningún buen pretexto para hacer las paces con él, de modo que pasó todo el día y la noche desalentada y sin consuelo. Zijuan, que adivinó sus sentimientos, trató de amonestarla.

—Lo cierto, señorita, es que actuó con mucha ligereza el otro día —le dijo—. Nadie conoce al señor Baoyu mejor que nosotras, y no es la primera vez que la emprende a golpes con ese jade.

—De manera que te pones de su parte y me culpas a mí de lo sucedido… —replicó Daiyu escupiendo a la doncella—. ¿Por qué razón actué con mucha ligereza?

—Si se pudo haber resuelto fácilmente el problema, ¿por qué cortó el cordón del jade? Ese gesto la hizo a usted más culpable que el señor Baoyu. Él siempre es paciente y amable con usted; en cambio, señorita, son sus enfados y la manera que tiene de retorcer las palabras lo que provoca discusiones.

Antes de que Daiyu pudiera responder tocaron en la puerta.

—Es la voz del señor Baoyu —dijo Zijuan sonriendo—. Vendrá a disculparse.

—No lo dejes pasar.

—Eso no estaría bien, señorita. Hace muchísimo calor fuera. No le vaya a dar una insolación.

Y abrió la puerta, haciendo pasar a Baoyu con una sonrisa.

—Pensé que nunca volvería a cruzar nuestro umbral —dijo la doncella—, y ya ve, aquí está de nuevo.

—Tomas las cosas demasiado en serio —dijo él con una leve risa—. ¿Por qué no habría de volver? Incluso muerto, mi fantasma seguiría viniendo aquí a penar cien veces al día. ¿Está mejor mi prima?

—De salud, sí; de sentimientos, no.

—Yo sé lo que le pasa.

Al entrar encontró a Daiyu sobre la cama presa de un ataque de llanto, producto esta vez de la emoción al verlo llegar.

Él se le acercó jovialmente y preguntó:

—¿Te sientes mejor?

Daiyu no respondió, limitándose a enjugar sus lágrimas mientras él se sentaba al borde de la cama.

—Sé que no estás realmente enfadada conmigo, pero si dejo de venir otros hubieran pensado que hemos vuelto a reñir y no tardarían en aparecer para terciar entre nosotros, como si tú y yo fuéramos extraños. Así que aquí estoy, pégame, insúltame o lo que quieras, ¡pero hazme caso, mi dulce, querida, queridísima prima!

En efecto, ella había tomado la decisión de ignorarlo, pero el discurso que acababa de oír le demostraba que él la quería más que a nadie, y tantas dulces palabras acabaron por vencer su resistencia.

—No es necesario que me halagues —dijo Daiyu entre sollozos—. Nunca volveré a ser tu amiga. Compórtate como si me hubiese ido.

—¿Y dónde te irías? —preguntó él riendo.

—A mi casa.

—Te seguiría.

—¿Y si muero?

—Me haría bonzo.

—¿Qué dices? —exclamó Daiyu frunciendo el ceño—. ¿Por qué dices esas tonterías? Piensa en todas tus hermanas y primas. ¿Tantas vidas tienes que puedes hacerte monje cada vez que una de ellas muera? A ver qué dicen las otras cuando se lo cuente.

Baoyu tuvo la impresión de que había cometido un nuevo error imperdonable; avergonzado, dejó caer la cabeza sin pronunciar palabra, celebrando en su interior que no hubiese nadie más en el cuarto. Dominada por una furia que le impedía hablar, ella le clavó unos ojos indignados que le hicieron arder las mejillas. Entonces, apretando los dientes, presionó un dedo contra la frente de Baoyu.

—¡Especie de…!

Pero la exclamación concluyó con un sollozo y cogió un pañuelo para secarse las lágrimas.

Baoyu sentía el corazón pesado y estaba avergonzado por haber hablado tan tontamente. Cuando ella le tocó la frente y se echó a llorar, a él también le acometió un ataque de llanto. Había olvidado traer un pañuelo y se secó los ojos con la manga. A través del velo de sus ojos anegados, Daiyu vio que vestía una túnica nueva de lino morado. Se volvió y sacó de la almohada un pañuelo de seda que le arrojó en silencio, para luego volver a cubrirse el rostro lloroso.

Baoyu tomó el pañuelo y se secó las lágrimas; luego le tomó una mano.

—Me estás partiendo el corazón con tus lágrimas —le dijo—. Vamos a ver a la Anciana Dama.

—¡Quítame las manos de encima! —exclamó ella apartándose—. Ya no eres un niño, pero sigues actuando de una manera desvergonzada. ¿No puedes comportarte?

La escena fue interrumpida por un grito:

—¡Gracias al cielo!

Ambos muchachos se volvieron. Era Xifeng, que entraba alegremente.

—La Anciana Dama está tronando contra el cielo y la tierra. Insistió en que viniera para comprobar si habíais hecho las paces. Yo le dije: «No se preocupe, en menos de tres días volverán a ser amigos». Pero me reprendió por perezosa, así que tuve que venir. Bueno, pues resulta que yo tenía razón. Me pregunto qué motivos tenéis para discutir. Amigos un día, enemigos al siguiente… sois peores que los niños. Ahora, sin ir más lejos, estáis llorando cogidos de la mano, pero ayer parecíais galios de pelea. Vamos rápido a ver a la Anciana Dama, que pueda liberar su corazón de la inquietud que lo oprime.

Y diciendo esto cogió la mano de Daiyu con intención de llevarla consigo, pero cuando la muchacha se volvió para llamar a sus doncellas no encontró a ninguna.

—¿Para qué las quieres? —preguntó Xifeng—. Yo cuidaré de ti.

Y la llevó desde el cuarto, con Baoyu detrás, hasta los aposentos de la anciana.

—Ya le dije que no había motivos para preocuparse, que ellos solos se arreglarían —anunció jubilosamente Xifeng irrumpiendo en el cuarto de la dueña de la casa—. Nuestra anciana antepasada no quiso creerme e insistió en enviarme como apaciguadora, pero cuando llegué ya se habían pedido disculpas el uno al otro y estaban unidos como águila clavando sus garras en halcón. No necesitaron ayuda.

La comparación desató una carcajada general. También Baochai, que estaba allí, se rió. Daiyu no dijo nada y tomó asiento junto a la Anciana Dama.

Por hablar de algo, Baoyu dijo a Baochai:

—Hoy es el aniversario de tu hermano, pero como no me sentía muy bien y además no tenía ningún regalo que ofrecerle, ni siquiera he acudido a desearle larga vida. Si ignora que me he sentido indispuesto pensará que ha sido indiferencia por mi parte, o incluso ofensa. ¿Me harás el favor de disculpar mi ausencia ante él, prima?

—Eres demasiado puntilloso —dijo Baochai—. No te habríamos dicho nada aunque la única excusa para no acudir hubiera sido que no te apetecía; cuanto más cuando la razón es que estabas indispuesto. Como primos que sois, siempre os estáis viendo y no tiene sentido que os tratéis como extraños.

—Me gustaría que también otros lo entendieran así —suspiró Baoyu.

Y añadió:

—¿Cómo no estás viendo las óperas, prima?

—Tenía mucho calor y no he podido soportar más de dos piezas, pero como las invitadas se quedaron yo tuve que fingir una indisposición para poder escabullirme.

La respuesta de Baochai le pareció a Baoyu una alusión a su propia excusa y, en su incomodidad, dijo con una sonrisa tímida:

—Con razón te comparan con la dama Yang[1], pues eres a la vez «regordeta» y «muy sensible al calor».

El comentario enfureció tanto a Baochai que estuvo a punto de estallar. Pudo controlarse a tiempo, pero la burla le había afectado tanto que enrojeció y forzó una risa sarcástica.

—Ya que me parezco tanto a la dama Yang —replicó—, lamento no tener hermano o primo capaz de ser un nuevo Yang Guozhong[2].

Fue interrumpida por Dianer, una de las jóvenes doncellas, que había perdido su abanico.

—Seguro que ha sido usted quien lo ha escondido, señorita —le dijo con tono juguetón—. Devuélvamelo, por favor.

—¡Sé buena! —le gritó Baochai señalándola con el dedo—. ¿Acaso alguna vez te he hecho una trastada como ésa para que tú ahora sospeches de mí? Ve y pregúntale a las otras señoritas, que siempre andan gastándote bromas.

La reacción de Baochai aterrorizó a Dianer, y Baoyu, por su parte, comprendió que había vuelto a decir una inconveniencia en público. Más avergonzado aún de lo que se había sentido ante Daiyu, optó por emprender una conversación con las demás.

Daiyu, en cambio, se había sentido encantada cuando lo oyó burlándose de Baochai. Y se hubiera sumado a la broma, sin duda, de no ser por la rápida reacción de Baochai en el asunto del abanico de la doncella. En consecuencia, decidió cambiar de tema.

—¿Cuáles fueron esas dos óperas que viste, prima? —preguntó.

Baochai, a quien no se le había escapado el placer de Daiyu ante la incomodidad que le había causado el comentario de Baoyu, sonrió ante la pregunta.

—Una fue esa en la que Li Kui insulta a Song Jiang y luego se disculpa[3] —contestó.

Baoyu se rió.

—Pero, prima —exclamó—, ciertamente tus conocimientos sobre literatura antigua y moderna te deberían permitir saber el nombre de esa ópera. ¿Por qué tienes que contarnos el argumento en vez de decirnos que se llama Pedir como castigo que lo azoten con una vara espinosa?

—¿De modo que Pedir como castigo que lo azoten con una vara espinosa? —replicó Baochai—. Vosotros dos, que estáis tan versados en literatura antigua y moderna, sabréis mucho de ese tema del que yo no entiendo nada.

Tanto Baoyu como Daiyu, aludidos de una manera tan directa, se sintieron culpables y se sonrojaron. Y a pesar de no haber comprendido el motivo, Xifeng pudo columbrar, mirando sus rostros, de qué se trataba.

—¿Quién ha estado comiendo jengibre con este calor? —preguntó.

A todo el mundo le extrañó la pregunta.

—Nadie.

Xifeng, en un gesto deliberadamente atónito, se llevó las manos a las mejillas.

—¿Por qué tienen entonces algunas personas el rostro tan sonrojado?

Esto multiplicó la vergüenza de Baoyu y Daiyu. Al ver a Baoyu en una situación tan embarazosa, Baochai se limitó a sonreír y dejar pasar el asunto. Y lo mismo hicieron las demás, que no habían logrado captar el sentido del diálogo emprendido por los cuatro.

Baochai y Xifeng se marcharon. Entonces Daiyu se volvió a Baoyu con una sonrisa.

—Ahora has dado con una lengua aún más afilada que la mía. No todo el mundo es tan simple y parco en palabras como yo, ni tan fácil de incomodar.

Baoyu, de mal talante a causa de la pulla de Baochai, sintió acrecentarse su malhumor con la provocación de Daiyu, pero, por no molestarla, optó por abandonar el cuarto.

Era pleno verano. Los larguísimos días dejaban a amos y sirvientes igualmente exhaustos después de las comidas. Baoyu paseaba por los patios con las manos en la espalda sin oír un solo ruido. Desde los aposentos de la Anciana Dama se dirigió hacia el oeste a través del pasaje que conducía a los de Xifeng, pero allí encontró la puerta lateral cerrada y supo que sería mejor no llamar, pues ella solía echar la siesta en verano. Entonces se fue vagando hasta una puerta lateral de los aposentos de su madre, donde dormitaban unas doncellas con los trabajos de costura en las manos. La dama Wang dormía sobre una camilla de bambú del cuarto interior. También Jinchuan, que se había sentado a su lado para darle un masaje en las piernas, cabeceaba de sueño.

Baoyu se le acercó de puntillas y dio un golpecito con los dedos a uno de sus aretes. La doncella abrió los ojos.

—¡Cabecita dormilona! —le susurró él.

Ella sonrió apretando los labios con un puchero, y, haciéndole un gesto para que se marchara, volvió a cerrar los ojos. Baoyu se resistía a dejarla. Miró a su madre, que tenía los ojos cerrados. Sacó una pastilla de menta y la deslizó entre los labios de Jinchuan. Ella la aceptó sin abrir los ojos. Baoyu se le acercó aún más y le cogió una mano.

—Mañana le pediré a tu señora que me deje tenerte —le susurró—. Entonces podremos estar juntos.

Jinchuan no respondió.

—O mejor, se lo diré en cuanto despierte.

La muchacha abrió finalmente los ojos y lo apartó de un empujón.

—¿Qué prisa tiene? —le dijo en un susurro—. Un alfiler de oro puede caer en un pozo, pero si es suyo seguirá siéndolo. ¿Entiende ese proverbio? Le diré una cosa divertida que puede hacen Vaya al patio pequeño del este y averigüe qué está haciendo su hermano menor Huan con Caiyun.

—No me interesa lo que estén haciendo. Me interesas tú.

En ese momento, bruscamente, la dama Wang se incorporó y abofeteó a Jinchuan.

—¡Putilla desvergonzada! —chilló—. Seres rastreros como tú son los que descarrían a jóvenes y señores.

Apenas su madre se hubo sentado de nuevo, Baoyu desapareció como el humo. A Jinchuan le ardían las mejillas pero no se atrevió a decir nada. Al oír la voz de su señora, las demás doncellas llegaron corriendo.

—¡Yuchuan! —ordenó la dama a una de ellas—. Ve y dile a tu madre que venga inmediatamente a llevarse a tu hermana.

Al oír esas palabras, Jinchuan cayó de rodillas y rompió a llorar.

—No volverá a suceder, señora —gimió—. Azóteme, insúlteme, castígueme como guste, ¡pero no me haga partir! Llevo más de diez años con Su Señoría. ¿Cómo podré levantar la mirada si me despide?

La dama Wang era, en general, bastante bondadosa y despreocupada y no solía golpear a las doncellas, pero la desvergüenza de Jinchuan le había resultado inaceptable. Por eso había montado en cólera, abofeteándola e insultándola, y a pesar de que la doncella suplicó insistentemente se negó a conservarla, de modo que su madre, la anciana señora Bai, se la tuvo que llevar. Jinchuan partió deshonrada a su casa.

Baoyu se había escabullido en dirección al jardín de la Vista Sublime. El sol brillaba alto en el firmamento, la sombra de los árboles cubría grandes zonas de terreno y el aire hervía con el canto agudo de las cigarras. Pero por ningún sitio se oía la voz humana.

De pronto, al acercarse a un enrejado de rosas, oyó sollozos y, sorprendido, se detuvo a escuchar. Sí, al otro lado del enrejado había alguien. Como era el quinto mes, las rosas florecían esplendorosas. Al mirar entre ellas vio a una muchacha agachada entre las flores, llorando a escondidas mientras arañaba el suelo con una horquilla.

—¿Será alguna absurda doncella que ha venido a enterrar flores como Daiyu? —se preguntó divertido—. Pues, si es así, se trata de Dong Shi imitando el entrecejo de Xi Shi[4], lo que, más que original, resulta tedioso.

A punto estaba de gritarle a la chica: «¡De nada sirve que imites a la señorita Lin!» cuando se percató de que no se trataba de una doncella, sino de una de las doce actrices, aunque no recordó su papel. Sacando la lengua, se tapó rápidamente la boca.

«Menos mal que he contenido mi lengua —se dijo—. Ya he conseguido molestar a Daiyu y herir los sentimientos de Baochai con mi falta de tacto. Sería todavía más insensato ofender a una de estas chicas.»

Mientras así pensaba se sintió incómodo por no poder recordar a la muchacha, y se acercó más para poder verla de cerca. Se parecía asombrosamente a Daiyu, con sus cejas delicadamente arqueadas y sus límpidos ojos, sus delicados rasgos, su delgada cintura y sus gráciles movimientos. Se quedó mirándola fijamente, incapaz de moverse. Entonces se dio cuenta de que no estaba empleando su horquilla para enterrar flores, sino para trazar unos caracteres en el suelo.

Baoyu siguió con los ojos el movimiento de la horquilla, que subía y bajaba. Contó los trazos: uno vertical, uno horizontal, punto y curva… diecisiete en total. Entonces los trazó siguiendo el mismo orden sobre la palma de su mano y descubrió que se trataba del carácter Qiang, «rosa».

«Quizás esté tratando de escribir un poema —pensó—, y estas flores le han sugerido ideas para un par de versos. Por eso, como teme olvidarlas, está trazando el carácter en el suelo mientras termina de pensar los versos. Sí, eso debe ser. Veamos qué escribe ahora.»

Y siguió observando cómo escribía la muchacha, que seguía repitiendo el mismo carácter. Sumida en sus cavilaciones, trazaba un Qiang tras otro hasta haber escrito varias docenas. Baoyu, sintiéndose transportado por el movimiento de la horquilla, estaba clavado detrás del enrejado de rosas.

«Seguramente sufre alguna ansiedad secreta que la lleva a comportarse así —reflexionó—, pero parece demasiado delicada para soportarla. Me gustaría compartir sus preocupaciones.»

En esa época del año el tiempo es impredecible; cualquier nube pasajera puede traer con ella la lluvia. El caso es que de pronto se levantó un aire fresco y, súbitamente, cayó un chaparrón. Al ver que el agua ya corría por la cabeza de la muchacha y; que en un santiamén habían quedado empapadas sus ropas de gasa, Baoyu pensó: «Está lloviendo y ella es demasiado frágil para aguantar semejante aguacero». E impulsivamente le dijo:

—¡Deja de escribir! Te estás empapando.

Al oír ese grito la muchacha se sobresaltó y levantó la cabeza. Como Baoyu tenía los rasgos finos, y el frondoso follaje, ocultándolo entero, sólo dejaba ver la parte superior de su cara, la muchacha lo confundió con una doncella.

—Gracias, hermana —le dijo con una sonrisa—. Tampoco tú pareces estar muy protegida ahí fuera.

Al percatarse de que él mismo se encontraba empapado, Baoyu lanzó una exclamación y partió corriendo hacia el patio Rojo y Alegre, sin dejar de preocuparse por la muchacha bajo la lluvia.

Como estaban en la víspera de la fiesta del Doble Cinco las doce jóvenes actrices disfrutaban de un día de asueto y se estaban divirtiendo en diversos lugares del jardín. Cuando la lluvia, Baoguan, que hacía el papel de letrado joven, y Yuguan, que hacía el de dama joven, estaban entretenidas con Xiren en el patio Rojo y Alegre. Obstruyeron el desagüe para que se encharcara el agua en el patio y atraparon unos cuantos patos de cabeza verde, patos silvestres moteados y patos mandarines. Les ataron las alas y los soltaron en el patio después de haber cerrado la puerta.

Mientras estaban allí divirtiéndose llegó Baoyu y encontró la puerta cerrada. Las muchachas se reían demasiado fuerte como para oír su llamada, por lo cual tuvo que gritar y golpear durante un buen rato antes de ser atendido. Por supuesto, no se esperaba su regreso en ese momento.

—¿Quién: hay en la puerta? —dijo Xiren—. ¿Quién irá a ver?

—¡Soy yo! —gritaba Baoyu.

—Parece la señorita Baochai —dijo Sheyue.

—No puede ser —replicó Qingwen—. La señorita Baochai no vendría a estas horas.

—Miraré por la rendija —dijo Xiren—. Si no es alguien a quien debamos dejar entrar, que se quede allí mojándose.

Y fue por el pasaje techado hasta la puerta, donde encontró a Baoyu, empapado como un gallo que hubiera caído a un pozo. Entre preocupada y divertida, se apresuró a abrir la puerta, y luego, desternillándose de risa, dijo dando palmadas:

—¿Cómo íbamos a saber que regresaría tan pronto? ¿De dónde viene con este aguacero?

En su malhumor, Baoyu había decidido castigar a quien abriera la puerta y, sin mirar quién era, suponiendo que se trataba de una de las doncellas más jóvenes, dio a Xiren una patada tan fuerte en el costado que ésta soltó una exclamación de dolor.

—¡Criaturas rastreras! —gritó Baoyu—. Os trato tan bien que me habéis perdido el respeto. ¡Cómo os atrevéis a burlaros de mí!

En ese instante oyó el grito de dolor de Xiren y comprendió la insensatez que había cometido.

—¡Oh, eres tú! ¿Dónde te he dado?

Xiren, que nunca había recibido de Baoyu ni una mala palabra, se sintió aplastada por la vergüenza, el dolor y el resentimiento, pero convencida de que no lo había hecho a propósito hizo todo lo posible por controlarse.

—Estoy bien —le dijo—. Vaya y cámbiese esa ropa mojada.

Una vez dentro, él se lamentó compungido:

—Es la primera vez en mi vida que la ira me hace estallar, y tuvo que ser precisamente contigo.

Con un gesto de dolor prendido todavía en el rostro, ella le ayudó a quitarse la ropa mojada.

—Soy su doncella principal —le respondió bromeando—, así que me corresponde la primera tajada de todo, grande o pequeño, bueno o malo. Sólo espero que no se habitúe a dar patadas a la gente.

—No lo hice a propósito.

—No he dicho que lo hiciera a propósito. Suelen ser las más jóvenes las que abren la puerta, pero están tan engreídas que ya no hay quien las soporte y no temen a nadie. Si hubiera pateado a una habría servido para asustar a las demás. La culpa es mía, por no permitir que ellas abrieran la puerta.

Para entonces ya había dejado de llover. Baoguan y Yuguan se habían marchado. Con el costado dolorido y sintiéndose la más desgraciada del mundo, Xiren no comió nada aquella noche, y cuando se desnudó para bañarse quedó aterrada por el hematoma, que tenía el tamaño de un tazón y estaba justo debajo de las costillas. El dolor siguió cuando se fue a la cama y, en sueños, se quejó.

A pesar de que no le había dado el golpe deliberadamente, el obvio malestar de Xiren inquietaba a Baoyu, y al oír sus quejas durante la noche comprendió el daño que le había hecho. Salió de la cama, cogió una lámpara y fue a verla. Cuando llegó, ella tosió, escupió un poco de flema y abrió los ojos boqueando.

—¿Qué hace? —preguntó sorprendida al verlo allí.

—Te quejabas en sueños. He debido hacerte mucho daño. Déjame ver.

—Estoy mareada y tengo en la boca un sabor dulce como de sangre. Por favor, alumbre el suelo.

Baoyu hizo lo que le pedía y, horrorizado, vio sangre al pie de la cama.

—¡Qué espanto! —exclamó.

A Xiren se le vino el alma a los pies al contemplar la sangre.

Mas para saber qué sucedió entonces, deben escuchar el siguiente capítulo.

CAPÍTULO XXXI

Se desgarra un abanico para obtener

una sonrisa más valiosa que el oro.

Un par de unicornios sugiere la unión

matrimonial de dos estrellas[1].

Al ver su sangre al pie de la cama, Xiren sintió que el alma se le iba a los pies. A menudo había oído decir que escupir sangre auguraba una muerte temprana o una enfermedad para toda la vida, ¡de modo que ahora se desvanecían como el humo todos sus sueños de honor y esplendor para el futuro! No logró contener las lágrimas. También a Baoyu le dolió el corazón.

—¿Cómo te sientes? —preguntó.

Ella se esforzó en sonreír.

—Bien.

Quiso llamar a alguien enseguida para que trajera unas píldoras Lidong, «sangre de cabra»[2], y pusiera a calentar licor de Shaoxing[3], pero Xiren se lo impidió.

—Si arma ese escándalo acudirá todo el mundo y entonces me criticarán por darme importancia —dijo—. En este momento no lo sabe nadie, y divulgarlo nos haría daño a los dos. En cuanto amanezca envíe a un muchacho a pedirle unas medicinas al doctor Wang de la corte. Seguro que eso será suficiente para reponerme. Más vale ser discretos.

Baoyu tuvo que admitir la sensatez de la propuesta, y trajo té para que Xiren se enjuagara la boca. Ella comprendió que estaba muy preocupado y, porque no despertase a los demás, se quedó tranquila y permitió que la atendiese.

Con las primeras luces del día Baoyu se vistió a toda prisa y, sin detenerse siquiera en su aseo personal, corrió en busca de Wang Jiren, al que abrumó con sus preguntas. Cuando el muchacho terminó de relatarle lo sucedido, el médico concluyó que se trataba de una simple contusión y recetó unas píldoras con las correspondientes instrucciones para su uso, que Baoyu llevó consigo de vuelta al jardín. Pero dejemos por ahora este asunto.

Ese día se celebraba la fiesta del Doble Cinco. De las puertas colgaban artemisas y espadañas, y toda la gente lucía un amuleto del tigre[4]. Al mediodía la dama Wang dio un banquete familiar al que fueron invitadas la tía Xue y su hija. Baoyu percibió la frialdad con que era tratado por Baochai a causa de lo ocurrido el día anterior. Su madre atribuyó el abatimiento del muchacho a la vergüenza que debía sentir por el episodio con Jinchuan, por lo cual decidió no prestarle atención. Daiyu, por su parte, supuso que la actitud desalentada del muchacho era el resultado de haber ofendido a Baochai, lo que por otra parte le desagradó mucho. En cuanto a Xifeng, que la noche anterior había oído de labios de la dama Wang la historia del incidente con Jinchuan, se abstuvo de hacer alarde de su habitual jovialidad, por deferencia al disgusto de su tía. Eso contribuyó a enrarecer todavía más el ambiente. Las demás muchachas de la casa Jia también se sintieron afectadas por el clima general, y la reunión no tardó mucho en disolverse.

Formaba parte del carácter de Daiyu preferir la soledad a la compañía. Éste era su razonamiento: «Después de la reunión sólo se puede esperar la separación. Cuanto más deleite encuentre la gente en los encuentros, más solitaria y desdichada se sentirá después de la despedida, de manera que es preferible evitar las congregaciones desde el principio. Lo mismo se aplica a las flores: su esplendor deleita a la gente, pero es tan doloroso ver cómo se marchitan que mejor hubiera sido que nunca florecieran». Por eso lamentaba Daiyu todo aquello que los demás gozaban.

Baoyu, en cambio, deseaba que las fiestas nunca tuvieran fin y que las flores nunca se marchitaran, a pesar de que le era imposible impedir el fin de una fiesta o la muerte de una flor. Cuando tales sucesos acaecían, él los lamentaba una y otra vez. Por eso, mientras Daiyu se marchaba indiferente al desánimo que había cundido entre los reunidos, Baoyu regresó a su cuarto con gesto sombrío y, una vez allí, no hizo sino suspirar interminablemente. Cuando Qingwen, que le estaba ayudando a cambiarse de ropa, dejó caer su abanico y lo rompió, él dijo con un suspiro:

—¡Qué estúpida eres! ¿Qué será de ti el día de mañana, cuando tengas tu propio hogar? Ciertamente entonces no podrás ser tan descuidada.

—¡Qué malhumorado está últimamente! —contestó ella con una risita—. Siempre anda haciendo sentir su peso por todas partes. El otro día le dio una patada a Xiren y hoy la toma conmigo. Ya sé que puede patearnos y golpearnos lo que le apetezca, pero ¿qué hay de horrible en dejar caer un abanico? Muchos floreros de vidrio y tazones de ágata se han hecho añicos delante de usted y nunca se ha enfurecido. Me parece gratuito armar tanto escándalo por un abanico. Si no está contento con nosotras siempre nos puede despachar y conseguir mejores doncellas. ¿Por qué no nos separamos pacífica y serenamente?

—Descuida —exclamó él, temblando de furia—. Tarde o temprano nos separaremos.

Xiren, que había escuchado la conversación, entró rápidamente.

—¿Por qué riñe de nuevo sin motivo? —preguntó a Baoyu—. ¿Ve como tenía razón cuando le dije que en cuanto me doy la vuelta aparecen los problemas?

—Si fueras tan hábil como presumes habrías previsto este berrinche del señor Bao y habrías venido antes —le respondió burlonamente Qingwen—. Hace mucho tiempo que cuidas de él, pero yo nunca lo he hecho. Y si a ti, que lo cuidas tan bien, ayer te dio una patada debajo del corazón, quién sabe qué castigo me espera a mí, que soy indigna de atenderlo.

Mortificada por el comentario de Qingwen, Xiren sintió la tentación de responder duramente, pero vio el rostro de Baoyu lívido de rabia, y, conteniéndose, se limitó a darle un empujón.

—¡Anda a divertirte fuera, buena hermana! —le dijo—. La culpa la tenemos nosotros.

Ese «nosotros», que se refería obviamente a Baoyu y a la misma Xiren, avivó todavía más los celos de Qingwen.

—No sé qué quieres decir con ese «nosotros» —exclamó con una risita desdeñosa—. No hagas que me sonroje por ti. Para mí no es un secreto lo que haces a escondidas con el señor, pero lo cierto es que todavía no has ganado el grado de Doncella Adicta[5], así que eres lo mismo que yo. ¿Cómo puedes hablar de «nosotros»?

La indiscreción de la doncella hizo que el rostro de Xiren enrojeciera.

—¡Ya que todas estáis tan celosas, subiré a Xiren de rango sólo para contrariaros! —rugió Baoyu.

Xiren le cogió la mano para contenerlo.

—¿Por qué discute con una muchacha tonta? Usted suele pasar por alto cosas peores que ésta, ¿qué le pasa hoy?

—Soy demasiado tonta para hablarte —refunfuñó Qingwen.

—¿Está discutiendo conmigo, señorita, o con el señor Bao? Si té molesto dímelo en vez de andar peleando con él. Si el señor Bao no te cae bien, no es necesario que armes por ello un escándalo. Yo vine a intentar arreglar las cosas y sacaros a los dos del atolladero, pero entonces tú la tomas conmigo. ¿Con quién estás furiosa, con él o conmigo? ¿Qué sentido tiene empezar a dar golpes a ciegas? Bien. Me callaré. Tú decides.

Y se alejó caminando.

—No era necesario armar este lío —le dijo Baoyu a Qingwen—. Sé lo que estás pensando. Le diré a la señora que ya tienes edad de volver a casa. ¿Te parece bien?

Lágrimas de angustia empezaron a aparecer en los ojos de la doncella, que dijo a Baoyu:

—¿Por qué habría de volver a casa? ¿Cómo puede ser capaz de inventarse una excusa para deshacerse de mí simplemente porque me ha tomado ojeriza?

—Nunca me habían hecho una escena como la tuya. Me parece evidente que estás dispuesta a partir, así que le pediré a mi madre que te devuelva a tu casa.

Y se dispuso a salir, pero Xiren le cerró el paso.

—¿Dónde va? —le preguntó.

—A decírselo a mi madre.

—¡Qué tontería! —le sonrió persuasivamente—. ¿Cómo puede avergonzarla de esa manera? Aunque realmente Qingwen quisiera irse, debería esperar a que ella se tranquilizase antes de contárselo a Su Señoría. Si ahora llega corriendo como si se tratara de algo urgente, su madre empezará a imaginar cosas raras.

—No lo hará. Sólo le diré que ella insiste en marcharse.

—¿Cuándo he insistido yo en irme? —sollozó Qingwen—. Es usted quien se exaspera y luego pone en mis labios palabras que nunca he dicho. Está bien, vaya y dígaselo. Pero sepa que antes que dejar esta casa me reventaré la cabeza.

—Qué extraño —insistió él, rabiando—. Si no estás dispuesta a marcharte, ¿por qué armas tanto lío? No soporto estas trifulcas. Lo mejor es que te vayas.

Tan decidido estaba a decírselo a su madre que Xiren no vio forma de impedírselo y cayó de rodillas suplicándole que no lo hiciera. Ésa fue la señal para que Bihen, Qiuwen y Sheyue, que habían estado escuchando con el aliento contenido, se precipitaran al interior del cuarto a hincarse de rodillas junto a Xiren.

Baoyu hizo levantarse a Xiren, se desmoronó sobre la cama con un suspiro e hizo salir a las demás.

—¿Qué haré? —preguntó—. Ya he deshilachado mi corazón, pero a nadie parece importarle.

Lloró, y Xiren le acompañó. A su lado, Qingwen intentaba hablar a través de sus propios sollozos hasta que la llegada de Daiyu la hizo escabullirse.

—¿A qué viene tanta lágrima durante la fiesta? —dijo Daiyu burlona—. ¿Os peleáis quizás por unos pastelillos de arroz?

Los dos se rieron ante el comentario de Daiyu, que continuó:

—Ya que tú te niegas a decirme nada, se lo preguntaré a ella.

Y dando una palmadita en el hombro de Xiren, le preguntó:

—¿Qué ha sucedido, mi querida cuñada? Supongo que os habéis peleado otra vez. Cuéntame cuál es el problema y yo intentaré arreglarlo.

—Usted bromea, señorita —contestó Xiren dándole un empujoncito—. No diga todos esos desatinos a sirvientas como yo.

—Pueden llamarte sirvienta, pero yo te considero mi cuñada.

—¿Por qué darle un nuevo nombré a la maledicencia de la gente? —protestó Baoyu—. Ya hay suficientes chismorreos sin que tú contribuyas.

—¡Si supiera cómo me siento, señorita! —dijo Xiren—. ¡No tendré paz hasta que muera y termine con este asunto!

—No quiero ni pensar en lo que harían ciertas personas si tú murieras. Antes moriré yo de tanto llorar —replicó. Daiyu sonriendo.

—Si tú murieras yo me haría monje —declaró Baoyu.

—Cállese —Exclamó Xiren—. Ésa no es manera de hablar.

Daiyu levantó dos dedos con una sonrisa y dijo:

—Con ésta son ya dos veces las que te conviertes en monje. Tengo que llevar la cuenta de las veces que lo harás.

Baoyu supo que se estaba refiriendo a la conversación que habían tenido el día anterior, y zanjó el asunto con una sonrisa.

Al poco rato, Daiyu sé marchó. Baoyu recibió una invitación de Xue Pan para beber unas copas y no pudo rechazarla. No le fue posible salir de allí antes de que todos se hubiesen levantado dando la sesión por concluida. Cuando consiguió regresar ya había caído la noche, y al entrar tambaleante en su patio reparó en que había una muchacha tendida sobre el diván de bambú en el que él solía echarse y, suponiendo que se trataba de Xiren, se sentó a su lado y le dio un golpecito cariñoso.

—¿Ya se te ha pasado el dolor? —le preguntó.

La figura tumbada sobre el canapé se incorporó increpándole.

—¿Por qué me molesta otra vez?

No era Xiren, sino Qingwen. Baoyu hizo que se sentara a su lado.

—Tu carácter empeora día a día. Cuando dejaste caer el abanico yo sólo te lancé un par de reproches sin importancia, y tú, en cambio, te lanzaste a un tremendo discurso. No me molesta que me reprendas a mí, pero ¿era necesario arrastrar a Xiren a la disputa? Ella sólo quería ayudar.

—Hace calor, ponga sus manos en otro sitio —replicó Qingwen—. ¿Qué pensaría la gente si nos viera? Además, ¿quién soy yo para estar sentada aquí con usted?

—¿Entonces por qué estabas durmiendo aquí? —le preguntó con una sonrisa.

Ella soltó una risita.

—Estaba bien antes de que usted llegase. Levántese y déjeme tomar un baño. Llamaré a Xiren y a Sheyue para que lo acompañen; ellas ya se han bañado.

—Después de todo el licor que he bebido, yo también necesito un baño. Trae agua y nos bañaremos juntos.

—No. No me atrevería. —Qingwen rechazó la propuesta con una sonrisa—. Todavía recuerdo lo que sucedió cuando Bihen le ayudó a bañarse. Pasaron horas y no pudimos entrar. Sabrá el cielo qué estaban haciendo. Cuando por fin acabaron y entramos, el cuarto era un lago; todo estaba empapado, desde el suelo hasta las patas de la cama y la esterilla. ¡Vaya baño se dieron! Nos estuvimos riendo durante días. Yo no tengo tiempo de fregar el cuarto después de haberme bañado con usted. Además, me parece que ya hace fresco y no debería bañarse; le traeré una palangana de agua para que se lave la cara y se peine. Hace un momento Yuanyang trajo unas frutas y las puso con hielo en ese cántaro. Les diré que se las traigan.

—En ese caso tú tampoco debes bañarte. Lávate las manos y trae la fruta.

Qingwen se echó a reír.

—¿Cómo voy a traer fruta si soy tan descuidada que rompo abanicos? Si ahora rompo un plato esto será el cuento de nunca acabar.

—Puedes hacerlo si quieres. Esas cosas están ahí para ser utilizadas. A ti puede gustarte una cosa, y a mí otra. Los gustos de la gente son distintos, ¿sabes? Los abanicos, por ejemplo, son para abanicarse, pero ¿qué tiene de malo si yo decido romper uno porque me divierte? Ahora bien, no debemos romper las cosas para desahogar nuestros ataques de furia, como ocurre con los platos y tazas. Si los rompes porque te gusta el sonido, bien está; pero no desahogues con ellos tu malhumor. Esto se llama cuidar las cosas.

—Si eso es así, deme un abanico para destrozar. Me encanta desgarrar las cosas.

Con una sonrisa, Baoyu le entregó el suyo, y ella no desaprovechó la oportunidad: lo partió, desgarró y deshilachó mientras el muchacho seguía el proceso con unas risitas.

—¡Bravo! —exclamó—. Ahora hay que hacer más ruido.

En ese momento entró Sheyue.

—¡Qué despilfarro! ¡Qué desperdicio tan perverso! Deténgala.

Por toda respuesta, Baoyu le arrancó su abanico y se lo entregó a Qingwen, que lo destrozó inmediatamente entre grandes risotadas.

—¿Pero por qué? —quiso saber Sheyue—. ¡Romper mi abanico…! ¿Ésa es la idea que se tiene aquí de la diversión?

—Toma otro de la caja —replicó Baoyu—. ¿Qué tiene de extraordinario un abanico?

—Entonces lo mejor será sacar esa caja y dejar que los desgarre todos.

—¡Tráela! —respondió Baoyu riendo.

—No quiero —contestó Sheyue—. No tiene las muñecas rotas. Que la traiga ella.

—Estoy cansada —objetó Qingwen recostándose entre carcajadas—. Mañana romperé unos cuantos más.

—Conoces el antiguo proverbio que dice «Mil piezas de oro no pueden comprar una sonrisa». Pues bien, ¿cuál es el precio de unos cuantos abanicos? —dijo Baoyu.

Y mandó llamar a Xiren, que llegó después de haberse mudado de ropa y ordenó a la pequeña Jiahui que retirase los restos de los abanicos. Luego se sentaron en la puerta a disfrutar del aire fresco.

Al mediodía siguiente, la dama Wang y las muchachas estaban reunidas en los aposentos de la Anciana Dama cuando se anunció la llegada de Shi Xiangyun, que entró en el patio rodeada de un tropel de amas y doncellas. Al llegar fue saludada por sus primas al pie de las escalinatas. Como no se habían visto durante un mes, el reencuentro de las muchachas fue naturalmente afectuoso, y, una vez concluido, Xiangyun entró a presentar sus respetos a las demás.

—Hace calor. Quítate algo de ropa —le dijo la Anciana Dama.

Xiangyun lo hizo y la dama Wang comentó:

—Pero qué abrigada vienes, niña…

—Mi segunda tía me obligó. Yo no quería ponerme tanta ropa.

—Si supieras, tía —intervino Baochai—, cuánto le gusta vestirse con ropa ajena… Cuando vino de visita en el tercer o cuarto mes del año pasado se puso la túnica, las botas y la gargantilla del primo Bao, y se colocó detrás de esa silla. A primera vista se parecía tanto, salvo por los dos aretes de sus orejas, que la Anciana Dama la confundió y exclamó: «Baoyu, ven aquí. ¿No ves que el polvo de esas borlas de farol que tienes sobre la cabeza se te va a meter en los ojos?». La muy picara se limitó a sonreír y no se movió. Entonces todos nos echamos a reír, y también la Anciana Dama, que dijo: «Pues estás incluso más guapa vestida de muchacho…».

—Eso no es nada —intervino Daiyu—. Hace dos años vino durante el primer mes, y apenas llevaba aquí un par de días cuando empezó a nevar. Mi abuela y mi tía acababan de regresar después de haberse postrado ante los retratos ancestrales, y la nueva capa de lana roja de la Anciana Dama estaba por ahí encima. Pues bien, la prima Shi, sin que nadie se diera cuenta, se la puso y, como le quedaba un poco grande y larga, se la ató a la cintura con un pañuelo. Entonces se fue con las doncellas al patio trasero a hacer un muñeco de nieve, pero en el camino se cayó de boca y quedó cubierta de barro.

Al recordar este episodio todos se echaron a reír.

—Ama Zhou —dijo Baochai—, ¿sigue su joven dama haciendo semejantes travesuras?

La nodriza de Xiangyun se limitó a sonreír.

—A mí no me molestan sus travesuras, pero es demasiado parlanchina para mi gusto —dijo Yingchun—. Hasta en sueños parlotea sin cesar, riendo y charlando. Y los disparates que dice… ¡de dónde los sacará!

—Espero que haya mejorado su comportamiento —comentó la dama Wang—. El otro día se recibió una propuesta de matrimonio y muy pronto se irá a vivir con su suegra. Entonces tendrá que cambiar de modales.

—¿Se quedarán aquí o regresarán hoy mismo? —preguntó la Anciana Dama.

—¡Su Señoría no ha visto aún la cantidad de ropa que hemos traído! —contestó el ama Zhou con una sonrisa—. Sí, tenemos intención de permanecer aquí unos días.

—¿No está en casa el primo Baoyu? —preguntó entonces Xiangyun.

—Sólo piensa en el primo Bao —dijo Baochai riendo—. Es que a los dos les encanta hacer travesuras. Su pregunta demuestra que no ha cambiado su conducta traviesa.

—Ya sois demasiado mayores para que os sigáis llamando por vuestros nombres de cariño —dijo la Anciana Dama.

En ese momento entró Baoyu.

—¡Así que ha venido la prima Yun! —exclamó—. ¿Por qué no viniste la última vez que te invitamos?

—La Anciana Dama acaba de decir que debe cesar ese tratamiento —le dijo la dama Wang—, pero aquí estás tú otra vez usando nombres de cariño.

—Tiene algo muy bonito para ti —dijo Daiyu a Xiangyun.

—¿Qué es?

—No le hagas caso —dijo Baoyu riéndose—. ¡Cómo has crecido desde la última vez que viniste a visitarnos!

—¿Y cómo está la hermana Xiren? —preguntó ella.

—Muy bien, gracias.

—Le he traído un pequeño regalo.

Y diciendo esto mostró un pañuelo anudado.

—¿Qué es? —preguntó Baoyu—. ¿Por qué no le trajiste un par de sortijas de cornalina como las que enviaste el otro día?

—¿Y qué crees que es esto?

Xiangyun desató el pañuelo con una sonrisa y aparecieron cuatro anillos del mismo tipo.

—¡Vaya con la muchacha! —exclamó Daiyu—. ¿Por qué no se las diste a las criadas para que las trajeran junto con las nuestras? ¿No hubiera sido más sencillo? Ahora apareces con más. Pensé que se trataría de algo distinto, y resulta que siempre es lo mismo. ¡Pero qué tonta eres!

—¡Tonta lo serás tú! —replicó Xiangyun—. Permitid que os explique el porqué y luego juzgáis cuál de las dos es la tonta. Yo os mandé esas sortijas con el paje que enviasteis. El mensajero no tenía que decir nada, porque cuando vierais los anillos sabríais que eran para vosotras, las señoritas. Pero si además enviaba unos cuantos para las doncellas, hubiera tenido que explicarle cuál de los anillos era para cada una de ellas. Si se hubiese tratado de un chico inteligente, se habrían entregado sin problemas; pero si era un zote, enseguida habría olvidado los nombres y confundido las cosas, incluidos tus anillos. No hubiera supuesto un problema para una matrona que conociera a las muchachas, pero ese día quien acudió fue un paje al que no se podían confiar los nombres de las doncellas. ¿Lo sencillo, entonces, no era que los trajese yo misma?

Dicho lo cual, colocó sobre la mesa las cuatro sortijas.

—Una para Xiren, una para Yuanyang, una para Jinchuan y otra para Pinger —dijo—. ¿Hubiera podido un paje recordarlas tan claramente?

Todos rieron.

—Ahora sí se ha aclarado el asunto.

—¡Sigue tan locuaz como siempre! —exclamó Baoyu—. Nunca le faltan palabras.

—Y aunque no pudiese hablar, lo haría por ella su unicornio de oro —dijo Daiyu, y después de esa pulla se retiró.

Su comentario, por fortuna, sólo había sido escuchado por Baoyu y por Baochai, y cuando ésta sonrió también Baoyu se vio obligado a hacerlo debido a que se sentía culpable. Al verlo sonriente, Baochai salió rápidamente con Daiyu.

La Anciana Dama dijo a Xiangyun:

—Bebe un poco de té y descansa. Después podrás ir a ver a tus cuñadas y pasear con tus primas por el jardín.

Xiangyun hizo lo que se le pedía, y después de un breve reposo envolvió tres sortijas y, acompañada por amas y doncellas, hizo una visita a Xifeng y estuvo unos momentos charlando con ella antes de pasar a saludar a Li Wan en el jardín. Después de estar un rato conversando con ella, marchó al patio Rojo y Alegre en busca de Xiren.

—No es necesario que me acompañéis todas —dijo a las amas y doncellas—. Id a visitar a vuestros amigos y parientes. Me basta con que Cuilü venga conmigo.

De modo que las dos se quedaron solas.

—¿Por qué no ha florecido aún el loto? —preguntó Cuilü.

—Todavía no es el tiempo.

—Su loto es como el de nuestro estanque; tiene flores dobles.

—El suyo no es tan bueno como el nuestro.

—Mire, señorita, allí tienen unos granados con cuatro o cinco ramas una sobre otra. Le habrá resultado difícil crecer así.

—Las plantas son como los seres humanos. Crecen bien cuándo están llenas de fuerza vital.

—No lo creo. —Cuilü sacudió la cabeza—. Si hombres y plantas son iguales, ¿por qué nunca he visto a un ser humano con una cabeza creciendo sobre la otra?

El comentario de la muchacha hizo sonreír a Xiangyun.

—¿Nunca puedes estar callada? ¿Cómo podría explicártelo? Todas las cosas que hay entre el cielo y la tierra nacen de los principios del yin y el yang, así que bueno o malo, insólito o maravilloso, todo ser depende de la influencia favorable o desfavorable de estas dos fuerzas. Esto se aplica incluso a los fenómenos más extraños.

—¿Quiere decir que desde el inicio de los tiempos todo ha sido yin o yang?

—Qué tontería —repuso Xiangyun sin poder contener la risa—. ¿Cómo podrían existir tantos yin y yang? Yin y yang son la misma cosa. Donde uno termina el otro comienza. No es que cuando se agota un yang se presente un yin, o al revés.

—Todo esto me parece un gran embrollo —se quejó Cuilü—. ¿Cómo son el yin y el yang? ¿Es que no tienen forma, señorita? Dígame a qué se parecen.

—Son simplemente fuerzas naturales, pero dan forma a todo lo que penetran. Por ejemplo, el cielo es yang y la tierra yin; el agua es yin y el fuego yang; el sol es yang y la luna yin.

—Ahora lo entiendo. —A Cuilü se le iluminó el rostro—. Con razón la gente llama al sol «el gran yang» y los adivinos llaman a la luna «la gran estrella yin». Eso lo explica todo.

—¡Alabado sea Buda! Por fin lo has comprendido.

—Está muy bien que esas cosas grandes tengan yin y yang, pero ¿qué pasa con los mosquitos, las pulgas y los moscardones? ¿Y qué hay de las flores y la hierba, o de los ladrillos y las tejas? ¿También ellos tienen yin y yang?

—Sí, también ellos. Por ejemplo, la hoja tiene su yin y su yang. El lado que ofrece al sol es su yang, y el lado que oculta es su yin.

—Conque es así —dijo Cuilü asintiendo con la cabeza—. Lo entiendo, pero ¿cuál es el yin y el yang de estos abanicos que sostenemos?

—La parte delantera es yang, y el reverso es yin.

Cuilü volvió a mover la cabeza en sentido afirmativo y después la inclinó para pensar nuevas preguntas. En ese momento su vista cayó sobre el unicornio de oro que su señorita llevaba colgado del cuello.

—¿También eso tiene su yin y su yang? —preguntó señalándolo.

—Por supuesto. En todas las especies animales el macho es el yang y la hembra el yin.

—¿Y éste es macho o hembra?

—No lo sé.

—No importa. Y si todas las cosas tienen su yin y su yang, ¿por qué no los tienen también los seres humanos?

—¡Largo de aquí, criatura desdeñable! —exclamó Xiangyun escupiendo súbitamente su desagrado—. Estás yendo muy lejos.

—¿Y por qué no me lo dice, señorita? Lo sé de todos modos, así que no tiene por qué ocultármelo.

—¿Qué es lo que sabes? —dijo Xiangyun con una risita traviesa.

—Usted es yang, señorita, y yo soy yin.

Xiangyun se llevó el pañuelo a la boca y soltó una carcajada.

—¿Por qué le hace tanta gracia? —preguntó Cuilü.

—Tienes razón, tienes razón.

—La gente dice que los amos son yang y los esclavos yin. ¿Acaso piensa que ignoro una regla tan básica?

—La conoces a la perfección —respondió Xiangyun con una sonrisa.

Ya habían llegado al emparrado de rosas.

—Mira, ¿qué es eso que relumbra como el oro? —señaló Xiangyun—. ¿A quién se le habrá caído algún dije?

Cuilü se apresuró a recoger el objeto y lo guardó en su mano cerrada.

—Ahora veremos cuál es yin y cuál es yang.

Dicho lo cual, tomó el unicornio de Xiangyun para examinarlo, pero cuando ésta le pidió que le enseñara lo que llevaba en la mano, la doncella se negó.

—No puedo dejarle ver este tesoro, señorita —dijo bromeando—. Me pregunto de dónde habrá salido. ¡Qué extraño! Nunca he visto a nadie aquí con este objeto.

—Déjame que lo vea.

Finalmente, Cuilü abrió los dedos y Xiangyun vio un espléndido unicornio de oro, todavía más grande y hermoso que el que ella llevaba. Al dejarlo sobre la palma de su mano le asaltó una curiosa idea. Y justo en ese momento llegó Baoyu.

—¿Qué hacéis aquí bajo el sol? —preguntó—. ¿Por qué no vais a ver a Xiren?

—Hacia allá vamos —respondió Xiangyun ocultando el unicornio—. Ven con nosotras.

Caminaron hasta el patio Rojo y Alegre, donde encontraron a Xiren tomando el fresco apoyada contra la balaustrada, al pie de las escalinatas. Cuando los vio llegar se apresuró a dar la bienvenida a Xiangyun y la condujo adentro para que tomara asiento, preguntándole qué había hecho desde su anterior encuentro.

—Tenías que haber venido antes —comentó Baoyu—. Tengo una cosa hermosa que he estado guardando para ti.

Y se rebuscó en los bolsillos.

—¡Vaya! —exclamó contrariado.

Y se volvió a Xiren preguntándole:

—¿Guardaste eso que te di el otro día?

—¿Qué cosa?

—El unicornio que me dieron el otro día.

—Todo este tiempo lo ha llevado usted consigo, ¿por qué me lo pide a mí ahora?

—Lo he perdido —dijo dando una palmada—. ¿Dónde lo habré perdido?

Ya estaba a punto de salir en su busca cuando Xiangyun intuyó que se estaba refiriendo a su hallazgo.

—¿Cuándo has conseguido tú un unicornio? —le preguntó.

—El otro día, y por cierto que no me resultó fácil hacerme con él. No se me ocurre dónde se me puede haber extraviado. Qué estupidez la mía.

Xiangyun se echó a reír.

—Menos mal que sólo es un juguete, ¡fíjate en qué estado te ha puesto!

Y abriendo la mano, dijo:

—Mira.

Baoyu se sintió lleno de júbilo cuando descubrió que ella lo tenía en su poder.

Si quieren saber lo que ocurrió a continuación, escuchen.

CAPÍTULO XXXII

Anonadado, Baoyu hace una confesión

con palabras arrancadas del corazón.

Un violento sentimiento de vergüenza

arrastra a Jinchuan a la muerte.

A Baoyu le llenó de júbilo ver el unicornio.

—¡Gracias! —exclamó riendo mientras alargaba la mano para cogerlo—. ¿Dónde lo encontraste?

—Menos mal que sólo se trataba de una nadería —dijo Xiangyun—. ¿Qué pasará el día de mañana si pierdes tu sello oficial?

—Perder un sello oficial no tiene importancia, pero perder este unicornio merece la muerte.

Mientras tanto, Xiren había servido té y se lo estaba ofreciendo a Xiangyun.

—Señorita Shi, el otro día me dijeron que ya está comprometida —comentó con una sonrisa.

Xiangyun se sonrojó y no dijo nada, limitándose a sorber su té.

—¡Qué tímida es usted! —exclamó la doncella—. ¿Recuerda lo que me dijo una noche hace diez años, cuando estábamos en el cuarto del ala oeste? Entonces no era tímida conmigo, ¿por qué tantos remilgos ahora?

—¡Qué cosas dices! —Xiangyun habló por fin—. ¡Entonces éramos tan amigas! Pero cuando mi madre murió y yo regresé a mi casa, a ti te destinaron al servicio del primo Baoyu, y ahora, cuando vengo, ya no te comportas igual conmigo.

—En aquellos días, cuando usted quería que le lavase la cara o la peinase, me llamaba «hermana» o «querida hermana». Ahora ha crecido y tiene el aire de una joven dama. Si se parapeta en su dignidad, ¿cómo voy a tomarme libertades?

—¡Buda Amida! Eso no es justo —exclamó Xiangyun—. Que caiga muerta aquí mismo si me estoy dando aires. Mira el calor que hace hoy, y sin embargo lo primero que hago al llegar es venir a verte. Pregúntale a Cuilü si no me crees. En casa siempre hablo de lo mucho que te echo de menos.

Xiren y Baoyu, quejándose al mismo tiempo, le contestaron que había perdido el sentido del humor y ya no sabía aceptar los bromas, y que, además, se enfurecía con demasiada facilidad.

—Vosotros, que no reconocéis lo provocadores que podéis llegar a ser, me reconvenís a mí por enfadarme —replicó ella.

Dicho lo cual, Xiangyun desanudó el pañuelo y tomó un anillo que entregó a Xiren, quien lo agradeció efusivamente.

—La verdad es que me dieron uno de los que había enviado a sus primas —comentó—. Ahora usted misma me trae uno, clara señal de que no me ha olvidado. Más que los anillos, valen los pensamientos.

—¿Y quién te dio uno? —preguntó Xiangyun.

—La señorita Baochai.

—Pensé que habría sido la señorita Lin. De manera que fue Baochai… Cada día, en mi casa, me acuerdo de mis primas y pienso que, de todas, Baochai es la mejor. ¡Lástima que no seamos hermanas! Si lo fuéramos, mi orfandad sería menos triste.

Y las lágrimas se asomaron a los ojos de Xiangyun.

—Bueno, bueno —exclamó Baoyu—. Dejad ya de hablar de ese tema.

—¿Qué tiene de malo? —preguntó Xiangyun—. Yo sé por qué quieres que lo dejemos. Temes que se entere tu prima Lin y se enfade conmigo por elogiar a Baochai, ¿no es eso?

—¡Señorita Yun! —exclamó Xiren echándose a reír—. No sólo ha crecido, sino que se ha vuelto más elocuente.

—He aquí la prueba de lo inútil que es hablar con vosotras —dijo Baoyu sonriente.

—No me hagas daño hablando así, querido primo. Frente a nosotras siempre tienes palabras, ¿pero qué sucede cuando cruzas la lengua con tu prima Lin?

—Ya está bien —interrumpió Xiren—. Tengo un favor que pedirle.

—¿De qué se trata? —preguntó Xiangyun.

—He empezado un par de pantuflas, pero no he podido terminarlas porque me he sentido un poco mal estos últimos días. ¿Podría usted terminarlas por mí?

—Vaya, vaya —exclamó Xiangyun—. Esta casa está repleta de muchachas hábiles, por no hablar de sastres y costureras. ¿Por qué yo? ¿Cómo puedo negarme a hacer lo que me pides?

—¿Realmente no lo entiende? —replicó Xiren con una sonrisa—. ¿Acaso ignora que las costureras no hacen ninguna de las labores de aguja de estos aposentos?

Al comprender que las pantuflas eran para Baoyu, Xiangyun se echó a reír.

—De acuerdo, terminaré esas pantuflas pero te pondré una condición: las haré para ti y paira nadie más.

—Ya vuelve a las andadas —protestó Xiren—. ¿Quién soy yo para pedirle que me haga unas pantuflas? Lo cierto es que no son mías, pero no me pregunte para quién son. En cualquier caso, yo se lo agradecería inmensamente.

—Cosía mucho para ti en otro tiempo, pero comprenderás por qué no puedo hacerlo esta vez.

—La verdad es que no lo entiendo.

—He oído que la funda de abanico que hice para ti en otra ocasión llegó a ser comparada con la de otra persona, y que alguien, en una pataleta, la hizo añicos. Conozco toda la historia, así que no trates de engañarme. ¿Acaso soy vuestra esclava para que me encomendéis semejantes tareas?

Baoyu interrumpió la conversación con una sonrisa candorosa:

—No sabía que eras tú quién había hecho esa funda.

—Es verdad que no lo sabía —le aseguró Xiren a Xiangyun—. Yo le dije que había una muchacha fuera de esta casa que hacía unos bordados maravillosos, y sugerí que fuera puesta a prueba con una funda de abanico. Él me tomó la palabra y luego estuvo mostrándola por todas partes. Eso irritó a la señorita Lin, que rajó la funda. Cuando vino a pedirme otra igual y yo le dije que era usted quien la había hecho, se apenó profundamente.

—¡Cada vez me resulta más extraño! ¿Por qué habría de irritarse la señorita Lin? Si ella sabe cortar, pedidle que haga otra.

—Ni pensarlo —replicó Xiren—. Sucede que la Anciana Dama teme que la señorita Lin se fatigue demasiado, ya que el médico le ha ordenado reposo. ¿Quién se atrevería a molestarla encargándole labores? El año pasado terminó una bolsa aromática que le ocupó mucho tiempo, y este año todavía no la he visto con hilo o aguja en la mano.

Mientras hablaban llegó un sirviente, que anunció:

—Ha llegado el señor Jia, de la calle de la Prosperidad. Quiere que el joven caballero Baoyu vaya a verlo.

Baoyu se resistió a acudir, sabiendo que se trataba de Jia Yucun, pero Xiren no perdió tiempo en alcanzarle su ropa de visita. Mientras se calzaba las botas gruñó:

—Ya me parece suficiente que mi padre lo atienda. ¿Por qué tiene que preguntar por mí cada vez que viene?

Abanicándose, Xiangyun respondió con una sonrisa:

—Debe ser porque el tío piensa que eres un buen anfitrión. De otro modo no te haría llamar.

—No es idea de mi padre. Es ese tipo, que siempre quiere verme.

—«Cuando el anfitrión es culto, recibe frecuentes visitas» —citó Xiangyun—. Seguro que le gusta verte porque piensa que puede aprender algo de ti.

—No me llames culto —suplicó Baoyu—. Soy lo más vulgar de lo vulgar, y carezco de todo deseo de relacionarme con ese tipo de gente.

—No has cambiado —suspiró Xiangyun—. Pero ahora ya estás creciendo. Aunque no quieras estudiar y presentarte a los exámenes oficiales, al menos deberías alternar con los funcionarios y aprender algo acerca del mundo y la administración. Eso te ayudará el día de mañana a manejar tus propios asuntos y ganar algunos amigos. ¿Qué otro joven señor pasa el tiempo como tú, jugueteando con muchachas?

—Anda —replicó él—, ve a visitar a las otras primas, joven dama. Este ambiente puede contaminar a la gente de sabiduría mundana como la tuya.

—No le diga esas cosas —intervino Xiren, y dirigiéndose a Xiangyun—: La última vez que la señorita Baochai le dio el mismo consejo él se limitó a gruñir y alejarse de ella sin la menor consideración hacia sus sentimientos. Se fue dejándola con la palabra en la boca, por lo cual ella, con el rostro enrojecido, no supo si continuar o no. Menos mal que se trataba de la señorita Baochai y no de la señorita Lin, porque ella sí que hubiera armado un terrible escándalo con lágrimas y sollozos. Pero, ¿ve?, ¡otra vez!, la señorita Baochai es admirable. Se limitó a sonrojarse y abandonar el lugar. Yo misma me sentí muy mal y estoy segura de que ella se ofendió, pero luego se comportó como si nada hubiese sucedido. Realmente tiene un buen carácter y es muy tolerante. Aunque no lo crea, es él quien se ha mantenido distante desde entonces.

Y le preguntó a Baoyu:

—Si tratara así a la señorita Lin, ¿cuántas veces tendría que disculparse después?

Baoyu contestó:

—¿Acaso alguna vez ha dicho la señorita Lin tonterías tan desagradables? Si lo hubiera hecho, hace tiempo que habría dejado de relacionarme con ella.

Xiren y Xiangyun se echaron a reír.

—¿Llamas a eso tonterías?

Ahora bien, Daiyu había descubierto el paradero de Xiangyun y sabía que Baoyu había regresado a toda prisa, seguramente para hablar de los unicornios de oro. Eso le hizo recordar que, en la mayoría de las novelas de amor que Baoyu había comprado recientemente, un joven letrado y una hermosa muchacha se encontraban y enamoraban en virtud de la mediación de patos, fénix, anillos de jade, colgantes de oro, pañuelos de seda, fajas bordadas y cosas por el estilo, de manera que la posesión por parte de Baoyu de un unicornio idéntico al de Xiangyun podía desembocar en un romance. Daiyu llegó a donde estaban ellos y, sin ser vista, pasó al interior para saber qué estaba ocurriendo y poder así evaluar los sentimientos de los dos. Llegó justo cuando Xiangyun hablaba de asuntos mundanos, y tuvo tiempo de oír la respuesta de Baoyu: «La señorita Lin nunca ha dicho tonterías tan desagradables. Si las hubiera dicho, hace tiempo que habría dejado de relacionarme con ella». Al oír aquello se sintió tan feliz como sorprendida y apenada: «Feliz porque no me había equivocado al juzgarte, pues ahora tú demuestras ser tan comprensivo como yo te he considerado siempre; sorprendida, porque has cometido la indiscreción de expresar públicamente tu preferencia por mí. Apenada, pues si tú confías en mí, yo también confío en ti, y la intimidad entre tú y yo debería hacer ocioso cualquier comentario sobre el casamiento del oro y el jade, y, si realmente es cierto, es a nosotros a quienes debería corresponder. ¿Por qué aparece entonces Baochai? Estoy afligida, pues mis padres han muerto demasiado pronto, y aunque tengo juramentos grabados en el corazón y los huesos, ¿quién podrá ayudarme a cumplirlos? Además, acabo de sufrir mareos y el médico me ha encontrado el aliento débil y la sangre pobre, y me ha diagnosticado una debilidad extrema. Aunque seamos el uno para el otro no podré esperar mucho tiempo, ¿y qué podrás hacer tú contra el destino, si me reserva una muerte temprana?». Tales pensamientos empujaron las lágrimas a correr por sus mejillas y, en vez de entrar, giró sobre sus talones y se marchó secándose los ojos.

Baoyu, que después de cambiarse de ropa había salido apresuradamente, vio a Daiyu caminando con paso lento mientras se frotaba los ojos.

—¿Dónde vas, prima? —le preguntó con una sonrisa—. ¡Cómo! ¿Otra vez llorando? ¿Quién te ha ofendido esta vez?

Daiyu volvió el rostro y vio quién era.

—Estoy bien —dijo con una sonrisa forzada—. No estaba llorando.

—No me mientas. Todavía tienes los ojos húmedos —respondió él mientras levantaba instintivamente una mano para secar sus lágrimas.

Pero ella retrocedió unos pasos.

—¿Estás loco? ¿No puedes guardar tus manos para ti?

—Lo hice sin pensar. —Baoyu se rió—. Estaba muerto para todo lo que me rodea.

—A nadie le importará cuando estés muerto de verdad, ¿pero qué será del amuleto y del unicornio de oro que dejarás detrás?

Ese comentario sacó a Baoyu de sus casillas.

—¡Otra vez con el amuleto y el unicornio! ¿Pretendes maldecirme o fastidiarme?

Recordando lo sucedido el día anterior, Daiyu intentó enmendar su error.

—No te pongas así —le suplicó—. ¿Por qué te indigna tanto una simple negligencia de la lengua? Tienes las venas de la frente hinchadas de ira, ¡y estás sudando a mares!

Y diciendo esto se adelantó sin pensarlo y alargó la mano para secar su rostro cubierto por el sudor. Baoyu la miró intensamente y, después de un momento, le dijo con tono suave:

—Libera tu corazón de esa inquietud.

Daiyu le devolvió la mirada en silencio.

—¿De qué inquietud hablas? No entiendo. ¿Qué quieres decir?

—¿De verdad no lo entiendes? —suspiró él—. ¿Es posible que todo lo que he sentido por ti desde que te conozco haya sido un error? Si no soy capaz de adivinar tus sentimientos, entonces tienes razón enfadándote conmigo todo el tiempo.

—Realmente no sé de qué inquietud tengo que liberar mi corazón.

—No te burles de mí, prima querida. Si realmente no sabes de qué hablo, entonces toda mi devoción por ti ha sido un desperdicio, y tus sentimientos hacia mí un esfuerzo inútil. La causa de tu mala salud es precisamente esa inquietud de la que no liberas tu corazón. Si no te tomaras las cosas tan a pecho, tu salud no iría empeorando día a día.

Esas palabras fulminaron a Daiyu como un rayo. Al reflexionar sobre ellas las sintió cada vez más próximas a sus más íntimos pensamientos, como si le hubieran sido extraídas del corazón. Había mil cosas que anhelaba decir, pero no pudo abrir la boca. Se limitó a mirar en silencio los ojos de Baoyu. Como él estaba en el mismo trance, también contemplaba silencioso a la muchacha. Y pasaron unos momentos de pasmo… Entonces Daiyu tosió sofocadamente y más lágrimas le surcaron las mejillas. Ya se volvía para marcharse cuando Baoyu la retuvo cogiéndole la mano.

—Espera. Déjame decirte una sola palabra.

Ella se secó las lágrimas y lo apartó de su lado.

—¿Qué queda por decir? Ya he comprendido.

Y se alejó sin volver la mirada. Baoyu quedó allí clavado, como en trance. Ahora bien, en su prisa por salir había olvidado su abanico y Xiren, al correr tras él para llevárselo, había asistido involuntariamente al encuentro de los dos muchachos. Apenas Daiyu se hubo marchado, la doncella se acercó a Baoyu, que seguía allí como si hubiera echado raíces.

—Olvidó su abanico —le dijo—. Afortunadamente me di cuenta. Aquí está.

Todavía demasiado perplejo para saber quién hablaba, él le tomó las manos.

—Nunca me he atrevido a desnudar ante ti mi corazón, querida prima —dijo—. Ahora que he reunido el valor necesario para hablar, moriré tranquilo. Estaba poniéndome enfermo por causa tuya, pero no me atrevía a decírselo a nadie y oculté mis sentimientos. No me repondré hasta que tú también mejores. No puedo olvidarte ni en sueños.

—¡Sálveme Buda! —exclamó Xiren consternada.

Y se puso a sacudirlo mientras le preguntaba:

—¿Pero qué clase de cháchara es ésta? ¿Es que ha caído en poder de algún espíritu maligno? ¡Váyase rápido!

Cuando Baoyu recobró el sentido y vio allí a Xiren se sonrojó, le arrancó el abanico de las manos y salió corriendo sin decir palabra.

Mientras lo veía alejarse, la doncella reparó en que la confesión había sido hecha para Daiyu, lo cual, de llegar a conocerse, no dejaría de producir problemas y escándalos. Eso sería realmente atroz y se preguntó cómo prevenir semejante calamidad.

Seguía sumida en sus cavilaciones cuando llegó Baochai.

—¿Qué haces ahí soñando de pie? —preguntó Baochai—. Hace un sol que despelleja.

—He visto dos gorriones peleando —improvisó rápidamente—. Era tan divertido que me entretuve mirándolos.

—¿Dónde iba el primo Bao tan bien vestido? Lo vi pasar y se me ocurrió detenerlo, pero como estos últimos días tiene la lengua tan suelta decidí dejarlo.

—El señor lo mandó llamar.

—¡Vaya! ¿Con este calor? ¿Para qué? ¿Será que algo le ha molestado y lo ha mandado llamar para reprenderle?

—Nada de eso —respondió Xiren entre risas—. Parece que hay un invitado que quiere verlo.

—Una visita desatinada, sin duda. —Baochai parecía divertida—. ¿Qué necesidad hay de estar por ahí dando vueltas con este calor en lugar de permanecer a la sombra?

—Eso digo yo, ¿qué necesidad hay?

—¿Y qué hacía Xiangyun en tu cuarto?

—Vino a charlar un rato. ¿Recuerda el par de pantuflas que empecé el otro día? Le he pedido que las termine ella.

Baochai miró en torno suyo para asegurarse de que no había nadie por allí.

—¿Cómo puede alguien con tanto tino como tú caer de golpe en la desconsideración? —le preguntó—. Uniendo las cosas que he visto y oído últimamente he llegado a la conclusión dé que Yun no es nadie en su casa. Para ahorrar, ya no emplea costureras y se cose ella misma todo lo que necesita. Por eso en sus últimas visitas me ha confesado que se fatiga bastante en su casa. Y cuando le pregunté por la vida que hacía se le llenaron los ojos de lágrimas y eludió la respuesta. Deduzco que lo está pasando mal con la temprana pérdida de sus padres, y no puedo evitar sentir lástima por ella.

—Claro, eso es —dijo Xiren dando una palmada—. Con razón tardó tanto en enviar los diez lazos de mariposa que le pedí que hiciera el mes pasado. «Sólo he podido hilvanarlos —me dijo; y luego añadió—: Espero que te gusten. De todos modos, si quieres unos mejores espera a que venga a pasar aquí unos días.» Después de lo que me ha dicho, señorita, comprendo que no podía negarse, pero que seguramente representaba para ella trabajar hasta altas horas de la madrugada. ¡Qué estúpida he sido! De haberlo sabido no se lo hubiera pedido. La última vez me dijo que había trabajado hasta la medianoche en su casa, y a las señoras no les gusta que haga ningún trabajo para otra gente, pero nuestro joven señor es tan terco y díscolo que se niega a que las costureras se encarguen de sus cosas, grandes o pequeñas, y a mí ya no me queda tiempo.

—No le hagas caso —dijo Baochai—. Que las otras chicas hagan el trabajo, y luego dile que lo hiciste tú misma.

—No hay manera de engañarlo. Se daría cuenta enseguida. No, simplemente tendré que sudar mucho para contentarlo.

—Espera —dijo Baochai sonriendo—. ¿Y si te ayudo yo?

—¿Lo haría? ¡Qué suerte! —Xiren estaba radiante—. Le llevaré las pantuflas esta noche.

Mientras hablaba se les acercó jadeando una anciana sirvienta.

—¡Imagínense! —exclamó sin aliento—. Sin motivo alguno, esa chica, Jinchuan, se ha tirado a un pozo.

Xiren se sobresaltó.

—¿Qué Jinchuan?

—¿Pues cuántas Jinchuan hay? La muchacha que trabajaba para la señora. El otro día, no sabemos por qué, fue devuelta a su casa. Allí estuvo llorando, pero nadie le prestó atención. Después descubrieron que había desaparecido. Hace un momento uno de los aguadores descubrió un cadáver mientras sacaba agua del pozo del sudeste. Fue a traer gente para sacarlo, y vieron que se trataba de Jinchuan. Su familia está fuera de sí intentando reanimarla, pero ya es tarde, por supuesto.

—¡Qué asunto tan raro! —exclamó Baochai.

Xiren asintió con la cabeza y suspiró mientras el recuerdo de su amiga Jinchuan le traía lágrimas a los ojos. Regresó al patio Rojo y Alegre, y Baochai acudió a consolar a la dama Wang.

En los aposentos de la dama Wang todo estaba insólitamente tranquilo; ella misma estaba en el cuarto interior derramando lágrimas en soledad. Baochai no quiso mencionar el suicidio de la doncella y se sentó silenciosamente al lado de su tía, hasta que ésta le preguntó de dónde venía.

—Del jardín —fue la respuesta.

—¿Viste a tu primo Bao?

—Sí, lo vi salir vestido con ropa de visita, pero no sé dónde fue.

—¿Has oído esa extraordinaria historia de Jinchuan? ¡Se ha tirado a un pozo!

—Qué extraño. ¿Por qué haría una cosa así?

—El otro día rompió una cosa mía, y en un acceso de rabia la golpeé y la devolví a su casa. Mi intención fue castigarla un par de días y luego hacerla volver. Ignoraba que lo tomaría en serio hasta el extremo de tirarse al pozo. Todo esto es culpa mía.

—Eso lo dice su buen corazón, tía. Pero no creo que se haya ahogado voluntariamente. Lo más probable es que estuviera jugando cerca del pozo y se cayera dentro. Es razonable pensar que después de pasar tanto tiempo confinada en sus aposentos quiso jugar por ahí antes de irse. ¿Cómo iba a desatarse en ella semejante pasión? Y si acaso fue así, cometió una gran tontería y no merece compasión alguna.

La dama Wang asintió con la cabeza.

—Puede que tengas razón —suspiró la dama Wang—. Pero aunque así sea me siento muy mal.

—No lo tome tan a pecho, tía. Si este asunto la hace sentirse mal, dele a la familia unos cuantos taeles de plata más para el entierro y estará cumpliendo el máximo deber de una señora bondadosa.

—Acabo de darle cincuenta taeles a su madre. Quise darle dos juegos de esos vestidos nuevos de tus primas para que la amortajaran, pero Xifeng me dijo que los únicos que están listos son dos nuevos para el cumpleaños de tu prima Lin. Es una muchacha tan sensible y delicada que le parecería de mal augurio que sus vestidos de cumpleaños los vistiera una muchacha muerta, así que he pedido a los sastres que hagan rápidamente dos juegos más. Si se tratara de otra doncella, unos cuantos taeles de plata me hubieran parecido suficientes, pero Jinchuan pasó mucho tiempo conmigo y fue como una hija para mí.

Y mientras hablaba, las lágrimas volvieron a anegar sus ojos.

—No es necesario urgir a los sastres —dijo Baochai—. El otro día mandé hacer dos juegos y puedo hacer que los traigan. Eso ahorraría muchos problemas. En vida solía vestir mis prendas usadas y le quedaban perfectamente.

—¿Pero no temes que eso te traiga mala suerte?

Baochai sonrió.

—No se preocupe, tía. No soy supersticiosa.

Dicho lo cual, Baochai se incorporó para marcharse. La dama Wang hizo que dos doncellas la acompañaran.

Cuando regresó con los vestidos, Baochai encontró a Baoyu llorando sin consuelo junto a su madre. La dama Wang le había estado riñendo, pero la reprimenda cesó con su llegada. La muchacha, sin embargo, era suficientemente hábil como para comprender lo que había sucedido. Entregó los vestidos a la dama Wang, quien hizo llamar a la madre de Jinchuan y se los entregó.

Para saber lo que sucede, lean el siguiente capítulo.

CAPÍTULO XXXIII

Un hermano celoso difunde infamantes rumores.

Un hijo indigno recibe una paliza terrible.

Después de llamar a la madre de Jinchuan y entregarle los vestidos y algunas horquillas y pendientes, la dama Wang le recomendó que los utilizase para pagar los ritos fúnebres por la muchacha. La desgraciada madre de la difunta hizo un koutou de agradecimiento y abandonó la mansión.

Baoyu, por su parte, se topó con la desgarradora noticia al regresar de su encuentro con Jia Yucun. A los reproches de su madre no pudo objetar nada, y la llegada de Baochai le dio oportunidad para escabullirse. Con las manos en la espalda, la cabeza hundida en el pecho y suspirando, vagó sin rumbo hasta que se encontró en el salón delantero de la mansión. Bordeaba el biombo que hacía de puerta cuando la mala fortuna quiso que tropezara con alguien que, con un grito, le ordenó detenerse.

Sobresaltado, Baoyu levantó la mirada y vio que se trataba de su padre. Se apartó respetuosamente, crispado de miedo.

—¿Por qué vas por ahí lamentándote de esa manera? —le preguntó Jia Zheng—. Cuando Yucun te llamó tardaste un rato en llegar, y cuando por fin lo hiciste no traías contigo nada ingenioso o alegre que decir; al contrarió, tu aspecto era lúgubre. Y ahora te encuentro aquí suspirando. ¿Qué motivos puedes tener tú para lamentarte? ¿Algo anda mal? ¿Por qué te comportas de ésta manera?

A Baoyu no le solían faltar palabras, pero la muerte de Jinchuan le había afectado tanto que deseaba poder seguirla directamente al otro mundo. No oyó nada de lo que dijo su padre y se quedó allí anonadado, clavado en el suelo. Su silencio estupefacto, tan insólito en Baoyu, terminó por exasperar a Jia Zheng, que no estaba furioso cuando ordenó detenerse al muchacho. Antes de que pudiera decir más fue anunciada la llegada de un funcionario de la casa del príncipe de Zhongshun.

La noticia sorprendió a Jia Zheng, puesto que no solía tener tratos con ese príncipe. Ordenó que el emisario fuera llevado de inmediato a su presencia, y él mismo salió a su encuentro a darle la bienvenida en el salón de recepciones. Descubrió que se trataba del mayordomo principal de la casa del príncipe, y rápidamente le ofreció asiento e hizo que sirvieran té.

El mayordomo principal no se anduvo por las ramas.

—Disculpe lo presuntuoso de esta intrusión —dijo—. El príncipe me envía a pedirle un favor. Si usted lo concede, Su Alteza no olvidará su amabilidad y le quedará infinitamente agradecido.

Cada vez más atónito, Jia Zheng se incorporó con una sonrisa.

—¿Qué órdenes me trae de parte del príncipe? —preguntó—. Suplico que me ilumine de manera que pueda cumplirlas lo mejor posible.

El mayordomo principal esbozó una leve sonrisa y respondió:

—Señor, usted sólo necesita decir una palabra. Resulta que hay en nuestro palacio un actor de nombre Qiguan, especializado en papeles femeninos. Nunca había creado problemas, pero hace unos días desapareció. Lo buscamos en vano por toda la ciudad sin encontrar rastro, y después iniciamos unas cuidadosas pesquisas. La mayoría de las personas interrogadas confirmaron que desde hacía poco tiempo mantenía vínculos más que estrechos con su estimado hijo, el que nació con un jade en la boca. Claro está que no podemos tomarlo de su mansión sin más, como si se tratara de una casa cualquiera, así que informamos del asunto a Su Alteza, quien declaró que antes perdería otros cien actores que a Qiguan; pues este muchacho, listo y bien educado, es un favorito del padre de nuestro señor, que no puede prescindir de él. Por ello le suplico que pida a su honorable hijo que envíe a Qiguan de regreso, acatando así la vehemente solicitud del príncipe y evitándome a mí la fatiga de una búsqueda infructuosa.

Y terminó su discurso con una reverencia.

Alarmado y escandalizado, Jia Zheng mandó llamar a Baoyu, que llegó a toda prisa sin saber de qué se trataba.

—¡Sinvergüenza! —tronó su padre—. ¡No contento con descuidar tus estudios en casa, te dedicas fuera de ella a cometer perversos delitos! Qiguan está al servicio del príncipe de Zhongshun, ¿cómo se atreve un bribón como tú a llevárselo acarreándome toda suerte de calamidades?

La noticia consternó a Baoyu, que respondió:

—No sé nada. Nunca he oído el nombre de Qiguan y mucho menos puedo habérmelo llevado.

Y rompió a llorar.

Antes de que Jia Zheng pudiera volver a hablar, el mayordomo principal dijo con una sonrisa sardónica:

—De nada sirve mantenerlo en secreto, señor. Díganos si se oculta aquí o dónde ha ido. Una rápida confesión nos ahorrará problemas y con ella ganará nuestra gratitud.

Pero Baoyu volvió a negar que él tuviera cualquier conocimiento de ese asunto.

—Me temo que lo han informado mal —murmuró.

El mayordomo se rió con desdén.

—¿Por qué lo niega si tenemos pruebas? ¿Qué puede ganar obligándome a hablar delante de su honorable padre? Si nunca ha oído hablar de Qiguan, ¿cómo lleva su faja roja a la cintura?

La pregunta fulminó a Baoyu dejándolo boquiabierto. «¿Cómo lo han descubierto? —se preguntó—. Si conocen tales secretos, de nada vale que les oculte el resto. Mejor será acabar con este asunto antes de que siga soltando la lengua.»

Entonces dijo:

—Si sabe tanto, señor, ¿cómo ignora que Qiguan compró una casa con unos cuantos mu de tierra? Me han dicho que está situada a veinte li al este de la ciudad, en un lugar llamado Castillo del Sándalo. Puede que esté allí.

El rostro del mayordomo se transformó.

—Allí debe estar, si usted lo dice. Iré a comprobarlo. Si no lo encontramos, volveré para que nos ilumine un poco más.

Dicho lo cual, se marchó a toda prisa.

La ira empujaba los ojos de Jia Zheng fuera de sus órbitas. Mientras seguía al mayordomo principal se volvió para ordenar a Baoyu:

—Quédate donde estás. Enseguida me ocuparé de ti.

Acompañó al mayordomo hasta la puerta, y cuando emprendía el regreso vio a Jia Huan que corría rodeado de pajes. Tan furioso estaba que ordenó a sus propios pajes que lo apalearan.

Al ver a su padre, el miedo paralizó a Jia Huan, que se detuvo en seco con la cabeza colgando sobre el pecho.

—¿Adónde vas? ¿Por qué corres? —rugió Jia Zheng—. ¿Dónde está la gente que debería estar cuidando de ti? ¿Se han ido a divertirse mientras tú deambulas de un lado para otro de esa manera tan desenfrenada?

Mientras su padre gritaba reclamando la presencia de los sirvientes que debían acompañar a Jia Huan a la escuela, el muchacho vio la oportunidad de distraer su furia.

—No corría hasta que pasé por delante del pozo donde se ahogó esa doncella. Su cabeza está así de hinchada y su cuerpo está empapado por dentro. La escena era tan horrible que me alejé de allí lo más rápidamente que pude.

Jia Zheng quedó estupefacto.

—¿Qué doncella ha podido tener motivos para arrojarse a un pozo? —se preguntó—. Nunca había pasado una cosa así en esta casa. Desde el tiempo de nuestros ancestros hemos tratado bien a nuestros sirvientes; sin embargo, últimamente he descuidado mucho los asuntos domésticos y es probable que los encargados hayan abusado de su autoridad dando lugar a esta calamidad. Si la noticia llegara a divulgarse empañaría el buen nombre de nuestros antepasados.

Y mandó llamar a Jia Lian, Lai Da y Lai Xing.

Unos pajes salieron a buscarlos en el mismo momento en que Jia Huan, dando un paso adelante, cogió la manga de la túnica de su padre y cayó de rodillas diciendo:

—¡No se moleste, señor! Nadie conoce esto salvo la gente de los aposentos de mi señora. Oí a mi madre decir…

Se detuvo y miró en torno suyo. Jia Zheng comprendió. Lanzó una mirada a los sirvientes que había a ambos lados y éstos se retiraron.

—Mi madre me dijo —continuó Jia Huan en un susurro— que el otro día el hermano mayor Baoyu se arrojó sobre Jinchuan en el cuarto de mi señora e intentó forzarla en vano. Como consecuencia, la devolvieron a su casa, y ella, en un ataque de pasión, se ha arrojado al pozo.

Todavía no había concluido y ya Jia Zheng estaba lívido de ira.

—¡Traedme al señor Baoyu! ¡Rápido! —rugió mientras se encaminaba a su gabinete—. ¡Traedme también la vara pesada! ¡Amarradlo! ¡Cerrad todas las puertas! ¡El primero que lleve la noticia a los aposentos interiores morirá en el sitio!

Unos pajes salieron en busca de Baoyu. El muchacho supo que tenía problemas en el mismo momento en que recibió de su padre la orden de esperar, pero nada sabía del infundio transmitido por Jia Huan. Estaba deambulando de un lado al otro del salón, ansioso por que apareciese alguien que transmitiera el suceso a los aposentos interiores, pero nadie llegaba. Incluso Beiming había desaparecido. Miraba ansiosamente a su alrededor cuando apareció por fin una vieja ama. Se abalanzó sobre ella y la agarró como si se tratase de un tesoro.

—¡Vaya adentro, rápido! —exclamó—. Dígales que el señor me va a apalear. ¡Aprisa! ¡Es urgente!

Estaba tan aterrorizado que no podía hablar con claridad, de modo que la anciana, algo dura de oído, confundió «urgente» con «ahogada»[1].

—Fue ella quien tomó esa decisión —le dijo el ama con tono consolador—. ¿Qué tiene que ver con usted?

Su sordera enfureció a Baoyu.

—¡Dígale a mi paje que venga! —suplicó.

—Ya pasó. Todo está consumado. La señora ya les ha dado ropa y dinero. ¿Para qué seguir lamentándose?

Baoyu zapateaba de desesperación cuando llegaron los criados de su padre y se vio obligado a acompañarlos.

Al ver a Baoyu, los ojos de Jia Zheng se inyectaron en sangre. Ni siquiera le preguntó por qué andaba jugueteando fuera de la casa e intercambiando regalos con actores, o por qué dentro de ella descuidaba sus estudios y trataba de forzar a la doncella de su madre.

—¡Amordazadlo! —rugió—. ¡Apaleadlo hasta que muera!

Los sirvientes no se atrevieron a desobedecer la orden de su señor. Tendieron a Baoyu sobre un banco y le propinaron una docena de varazos, pero Jia Zheng, considerando los golpes demasiado flojos, apartó de un puntapié al que blandía la vara y tomó su lugar. Con los dientes apretados, crispado y fuera de sí, golpeó ferozmente a Baoyu docenas de veces. Sus secretarios, previendo serias consecuencias, decidieron intervenir, pero Jia Zheng se negaba a escuchar.

—Preguntadle a él si su conducta merece perdón —rugía—. Vosotros sois quienes lo habéis envanecido, ¿y todavía intercedéis por él? ¿Seguiréis haciéndolo cuando haya matado a su propio padre o al emperador?

El discurso les hizo comprender que la furia había sacado de sus cabales a su señor, y se alejaron persuadidos de que debían hacer llegar a los aposentos interiores la noticia de lo que allí estaba ocurriendo. La dama Wang no se atrevió a transmitir el suceso inmediatamente a su suegra. Se vistió aprisa y corrió al estudio de Jia Zheng sin tomar en cuenta quién pudiera estar allí. Criados y secretarios se apartaban confundidos de su camino.

La llegada de su esposa avivó todavía más la ira de Jia Zheng, que maltrató a su hijo con más intensidad. Los dos sirvientes que sujetaban a Baoyu se retiraron inmediatamente, pero el muchacho apenas se podía mover ya. Antes de que su padre pudiera emprender una nueva tanda de golpes, la dama Wang agarró la vara con ambas manos.

—¡Esto es el fin! —bramó Jia Zheng—. ¡Hoy se ha decidido que yo muera!

—Sé que Baoyu merece una paliza —sollozó la dama Wang—, pero no debes cansarte de esa manera. Hace un día sofocante y la Anciana Dama no se encuentra bien. Que tu hijo muera carece de importancia, pero sería muy grave que le ocurriera algo a tu madre.

—Ahórrame tanta cháchara —replicó Jia Zheng con una risita desdeñosa—. Engendrando a este degenerado he demostrado que soy un hijo indigno. Cuando intento someterlo a disciplina todos lo protegen. Mejor será que lo estrangule ahora mismo y así evitaré mayores problemas.

Dicho lo cual pidió una soga. La dama Wang se arrojó sobre él abrazándolo y gritando:

—¡Haces bien velando por la educación de tu hijo, pero apiádate de tu esposa! Ya he cumplido los cincuenta y este bribón es el único hijo que han merecido mis pecados. No me atreveré a disuadirte si insistes en hacer de él un ejemplo, pero si matas significará que también deseas mi muerte. Si estás dispuesto a estrangularlo, toma esa soga y estrangúlame a mí primero. Ni madre ni hijo te lo reprocharán, y así tendré al menos algún apoyo en el otro mundo.

Y acto seguido se arrojó sobre Baoyu y empezó a llorar con grandes gritos.

Con un largo suspiro, Jia Zheng se sentó. Las lágrimas caían de sus ojos como la lluvia. Abrazada a Baoyu, la dama Wang vio que tenía lívido el rostro, débil el aliento y la ropa interior de lino verde empapada de sangre. Constató horrorizada, al apartarla, que las nalgas y las piernas estaban molidas y que cada pulgada de su carne estaba sangrando o amoratada.

—¡Ay mi pobre niño! —gimió.

Y mientras lloraba recordó a su primer hijo y pronunció su nombre: Jia Zhu.

—Si aún vivieras no me importaría que murieran otros cien hijos —murmuró sollozando.

La apresurada partida de la dama Wang había causado un enorme revuelo en los aposentos interiores, y tras ella habían llegado corriendo Li Wan y Xifeng, Yingchun y Tanchun. El nombre del hijo muerto, pronunciado sin fuerza por su madre, no afectó tanto a los demás como a Li Wan, su viuda, a la que arrancó un terrible sollozo. Con el coro de lamentaciones arreció el llanto del propio Jia Zheng.

Y en medio de toda esa conmoción una doncella anunció de pronto la llegada de la Anciana Dama que, desde el otro lado de la ventana, gritó con la voz quebrada:

—¡Matadme a mí primero! ¡Así acabará todo esto!

Espantado y desconsolado, Jia Zheng se incorporó para saludar a su madre, que entró, intentando recobrar el aliento, apoyada en el brazo de una doncella. Al entrar la anciana, él hizo una respetuosa reverencia.

—¿Por qué se molesta, madre, viniendo en un día tan caluroso? Si necesita algo sólo tiene que enviar en busca de su hijo.

La Anciana Dama se detuvo jadeando.

—¿Me hablas a mí? —le preguntó duramente—. Sí, tengo órdenes que transmitir, pero por desgracia no he parido un hijo digno al que poder dirigirme.

Fulminado por las palabras de su madre, Jia Zheng cayó de rodillas con lágrimas en los ojos.

—Madre, si su hijo castiga al suyo es por el honor de nuestros antepasados —arguyó—. ¿Cómo soportar sus reproches?

La Anciana Dama le escupió con desagrado.

—No soportas una palabra mía, ¿verdad? ¿Y cómo soporta mi nieto tu vara mortal? Dices que castigas a Baoyu por el honor de tus antepasados, pero ¿cómo te disciplinó a ti tu padre?

Y los ojos se le inundaron de lágrimas.

—Madre, no llore —suplicó Jia Zheng—. Hice mal en enfurecerme. Nunca volveré a pegarle.

La Anciana Dama resopló.

—No es preciso que te desahogues conmigo. Es tu hijo y no me compete impedir que lo golpees. Supongo que ya estás harto de todos nosotros, y que será mejor que nos vayamos para evitarte problemas.

Y ordenó a los criados preparar sillas de manos y caballos, con estas palabras:

—Vuestra señora y el señor Bao regresan a Nanjing conmigo en este preciso instante.

Los asistentes se inclinaron acatando sus órdenes, y la anciana dijo volviéndose a su nuera.

—No llores más. Baoyu es todavía un niño y tú lo amas, pero cuando crezca y sea un alto funcionario puede que sea irrespetuoso hasta con su madre. No lo ames demasiado ahora, y luego evitarás penas.

Dándose por aludido, Jia Zheng empezó a darse golpes con la cabeza contra el suelo.

—¿Qué lugar me queda sobre la tierra, madre si me hace esos reproches? —gimió.

La Anciana Dama sonrió sarcásticamente.

—Muestras claramente que soy yo quien no tiene lugar aquí, y sin embargo eres tú el que te quejas. Nos vamos simplemente para ahorrarte disgustos. Te dejamos libertad para qué apalees a quien te dé la gana.

Dicho lo cual, ordenó a los sirvientes que empaquetaran el equipaje e hicieran los preparativos para la jornada. Jia Zheng, mientras tanto, no cesaba de hacer koutou y suplicar vehementemente su perdón.

Pero mientras reprendía a su hijo, la Anciana Dama se preocupaba por su nieto, al que se acercó. La evidente severidad de la paliza aumentó su dolor y su furia. Abrazándolo, sé lamentó amargamente. A duras penas pudo Xifeng tranquilizarla. Algunas de las doncellas cogieron a Baoyu por debajo de los brazos intentando sacarlo de allí.

—¡Estúpidas! —gritó Xifeng—. ¿No tenéis ojos en la cara? ¿No veis que no está en condiciones de dar un paso? ¡Traed el canapé de mimbre!

Las doncellas hicieron inmediatamente lo que sé les ordenaba. Postrado sobre el canapé, Baoyu fue llevado hasta los aposentos de la Anciana Dama, acompañado por ella y por su madre. Como la Anciana Dama seguía encolerizada, Jia Zheng no se atrevió a retirarse y los siguió con la cabeza agachada; una mirada le reveló que esta vez la paliza había sido excesiva. Se volvió hacia su esposa, que ahora se lamentaba con más amargura.

—¡Mi niño! ¡Mi niño! —gemía—. ¿Por qué no moriste recién nacido en lugar de Zhu? Entonces tu padre no viviría tan amargado y todos mis desvelos no habrían sido en vano. ¡Si algo te sucede ahora, me quedaré sola! ¡No habrá nadie en quien pueda apoyarme en la vejez!

Esos lamentos, salpicados de los reproches de la Anciana Dama a «su indigno hijo» afligían a Jia Zheng y le hacían arrepentirse de haber golpeado a su Baoyu tan despiadadamente. Cuando intentó apaciguar a su madre, ésta se revolvió con lágrimas en los ojos:

—Déjanos en paz —le dijo—. ¿Qué haces dando vueltas por aquí? ¿No te quedarás tranquilo hasta que te hayas cerciorado de que ha muerto?

Jia Zheng se vio obligado a retirarse.

Para entonces ya habían llegado la tía Xue, Baochai, Xiangling, Xiren y Xiangyun. Xiren ardía de indignación, pero no lo podía expresar libremente. Y como Baoyu estaba rodeado de gente que le hacía beber agua o lo abanicaba, no parecía quedar tarea para ella, de manera que se escabulló hacia la puerta interior, desde donde mandó a unos pajes en busca de Beiming.

—No había señal de tormenta hace un rato, ¿cómo empezó todo esto? —le preguntó—. ¿Por qué no viniste antes a informar?

—Porque yo no estuve presente —explicó Beiming, fuera de sí—. Sólo me enteré cuando la paliza estaba ya avanzada. Inmediatamente pregunté cómo había empezado el problema. Parece que fue a causa de ese asunto de Qiguan y la hermana Jinchuan.

—¿Y cómo se enteró el señor?

—En lo de Qiguan parece que está detrás la mano del señor Xue Pan. Como no tenía manera de ventilar sus perversos celos consiguió que viniera alguien de fuera a decírselo a Su Señoría, y entonces se puso la sartén sobre las brasas. En cuanto a Jinchuan, fue el joven señor Huan quien se lo dijo a Su Señoría. O al menos así me lo han dicho sus hombres.

Ambas historias eran verosímiles y Xiren quedó convencida. Cuando regresó encontró a todas cuidando a Baoyu. Cuando ya no hubo más que hacer por él, la Anciana Dama ordenó que fuera cuidadosamente trasladado a su propio cuarto. Todas echaron una mano en el traslado al patio Rojo y Alegre, donde lo tendieron sobre su cama. Pasados unos momentos más de agitación se fueron dispersando poco a poco dejando que por fin Xiren lo atendiera.

Escuchen lo que se narra en el siguiente capítulo.

CAPÍTULO XXXIV

Conmovido por su amor,

Baoyu conmueve a su prima.

Un informe falso hace que Baochai

dé consejos a su hermano.

En cuanto todas hubieron partido, Xiren se sentó junto a Baoyu y, con lágrimas en los ojos, le preguntó el motivo de tan atroz paliza.

—No hay un motivo especial —contestó Baoyu suspirando—. ¿Por qué preguntas? Me duele mucho de cintura para abajo. Anda, mira qué tengo.

Xiren se dispuso a quitarle delicadamente la ropa, pero el menor movimiento hacía rechinar los dientes al muchacho, que gemía de tal modo que la muchacha se vio forzada a detenerse varias veces. Sólo al tercer o cuarto intento consiguió desvestirlo. Al ver sus muslos amoratados, con hematomas de cuatro dedos de diámetro, fue ella la que tuvo que apretar los dientes.

—¡Madre mía! —exclamó—. ¡Cómo ha podido ser tan cruel! Nada de esto habría sucedido si hubiera seguido mis consejos. Menos mal que no hay huesos rotos. Imagine si hubiera quedado tullido para el resto de su vida.

En ese momento anunciaron la llegada de Baochai, y, como no hubo tiempo para vestir de nuevo a Baoyu, Xiren le echó por encima una mantita de gasa forrada. Baochai traía una píldora en la mano.

—Esta noche disuelve esta píldora en vino y aplícasela como ungüento —le dijo a Xiren—. Eso irá dispersando la sangre estancada y retirará el morado de las contusiones.

Después de entregarle la píldora, le preguntó:

—¿Ha mejorado?

Baoyu contestó él mismo afirmativamente desde el lecho y la invitó a sentarse. Al ver que era capaz de abrir los ojos y hablar, Baochai, aliviada, aceptó la invitación.

—Si hubieras escuchado nuestros consejos, nada de esto habría sucedido —suspiró—. Ahora no sólo has llevado la inquietud al corazón de la Anciana Dama y de tu madre, sino también al de las demás. Cuando te vemos en este estado se nos parte el alma…

Su voz se quebró súbitamente. Baochai lamentó su indiscreción y, sonrojada, agachó la cabeza. A pesar de los esfuerzos por ocultar sus emociones profundas, había hablado con un tono tan tierno y tímido, y se la veía tan encantadora en su tímida confusión, ocultando el rostro y jugueteando con la cinta pendiente de la falda, que Baoyu trocó su dolor en ánimo. «Recibo unos cuantos golpes, y me manifiestan dulcemente su desconsuelo y su compasión… —pensó—. ¡Qué buenas son! ¡Qué admirables! Si llegara a sucederme algún accidente fatal, sin duda sentirían un dolor insoportable. Haberme ganado sus corazones de esta manera, aunque sólo eso hubiera hecho en la vida, justificaría mi muerte. Realmente sería tonto si yo no resultara, después de muerto, un fantasma feliz y satisfecho.»

Sus pensamientos fueron interrumpidos por una pregunta que Baochai formuló a Xiren:

—¿Cuál ha sido el motivo de esta paliza?

Xiren le transmitió lo que le había contado Beiming. Ése fue el primer atisbo que tuvo Baoyu de las historias que iba difundiendo Jia Huan, pero cuando apareció el nombre de Xue Pan temió que Baochai se indispusiera e interrumpió a Xiren:

—¡El primo Xue nunca haría semejante cosa! ¡Deja de hacer suposiciones alocadas!

Baochai comprendió por qué Baoyu había acallado a Xiren. «Qué atinado y cauto eres a pesar del dolor que debes sentir —pensó—. Si puedes mostrar tanta consideración con nuestros sentimientos, ¿no podrías ser igual de considerado con los asuntos mundanos? Entonces tu padre viviría complacido y tú no te pondrías en aprietos de este tipo. Has interrumpido a Xiren por temor a herirme, pero ¿acaso supones que ignoro el salvaje y desordenado comportamiento de mi hermano? Si la otra vez se armó tanto escándalo por lo de Qin Zhong, ahora pueden suceder cosas peores.»

Después de estas reflexiones, se volvió a Xiren con una sonrisa.

—¿Qué necesidad hay de culpar a ésta o a otra persona? —dijo—. Pienso que Su Señoría se enojó porque mi primo no se comporta adecuadamente y anda en malas compañías. Aunque mi hermano haya hecho algún comentario imprudente respecto al señor Bao, no creo que su intención haya sido causarle problemas. Primero porque decía la verdad, y segundo porque es la clase de persona que no se preocupa por los dimes y diretes de los demás. Tú estás acostumbrada a las deferencias del señor Bao pero no conoces a mi hermano, que no teme al cielo ni a la tierra y dice sin freno lo primero que se le pasa por la cabeza.

La interrupción de Baoyu cuando ella estaba hablando de Xue Pan hizo comprender a Xiren que su falta de tacto podía haber incomodado a Baochai, cuyos comentarios la hicieron sentirse todavía más avergonzada. En cuanto a Baoyu, percibió que Baochai, al mismo tiempo que hacía el comentario justo también trataba de tranquilizarlo, de manera que se sintió todavía más conmovido. Pero antes de que él pudiera hablar de nuevo, Baochai se incorporó para marcharse.

—Mañana volveré a ver cómo te encuentras —le aseguró—. Procura descansar. Le he dado a Xiren una medicina para que esta noche te la aplique como ungüento; eso te ayudará.

Dicho lo cual se marchó, acompañada por Xiren.

—Gracias por tomarse tantas molestias, señorita —le dijo la doncella—. Cuando se ponga bien, el señor Bao irá a agradecérselo personalmente.

Baochai se volvió y sonrió.

—No tienes que agradecerme nada. Procura convencerlo de que debe descansar y no dar rienda suelta a su imaginación. No inquietemos a la Anciana Dama, ni a la señora ni a nadie. Esta historia causaría problemas si llegara a oídos del señor, aunque por el momento no hiciera nada.

Dicho lo cual partió. Enormemente agradecida a Baochai, Xiren volvió con Baoyu, a quien encontró adormilado, por lo cual entró en el cuarto de al lado con la intención de asearse un poco.

A pesar de que procuraba no moverse, Baoyu sentía en las nalgas un ardor de fuego, mil agujas pinchándole, mil cuchillos sajando su carne. El menor movimiento le arrancaba un gemido de dolor. Caía la tarde, Xiren no estaba y él había despachado a las demás doncellas diciéndoles que las llamaría si necesitaba algo. En su duermevela soñó qué Qiguan había venido a contarle que había sido capturado por el mayordomo del príncipe de Zhongshun; luego apareció Jinchuan bañada en lágrimas explicando por qué se había arrojado al pozo. Como estaba entre el sueño y la vigilia, prestaba poca atención. Pero entonces sintió que lo sacudían y hasta él llegó un tenue sonido de sollozos. Abrió los ojos sobresaltado y vio a Daiyu. Sospechando que se trataba de otro sueño, se incorporó para mirarla más de cerca. La figura tenía los ojos hinchados y el rostro bañado en lágrimas: sí, era Daiyu en persona. La hubiera seguido contemplando unos momentos más, pero el dolor de las piernas le resultaba insoportable y acabó dejándose caer con un gruñido.

—No has debido venir —le dijo—. El sol se ha puesto, pero el suelo sigue caldeado. Caminar hasta aquí y después hacer el camino de vuelta podría hacerte mal. Ya no estoy dolorido; sólo estoy fingiendo para que la noticia llegue hasta mi padre. No te preocupes por mí.

Daiyu no lloraba en voz alta. Lo hacía en silencio hasta sentir que se ahogaba. Tenía mil cosas que decirle a Baoyu, pero le era imposible pronunciar una sola palabra. Finalmente, dijo entre sollozos:

—No vuelvas a hacerlo.

—No te preocupes —contestó Baoyu con un largo suspiro—. Por favor, no me hables así. Hay gente por la que moriría gustoso y, sin embargo, estoy vivo todavía.

En ese momento unas doncellas anunciaron desde el patio la llegada de Xifeng. Daiyu se incorporó inmediatamente.

—Saldré por la puerta de atrás y volveré más tarde —le dijo.

Baoyu le tomó la mano y protestó:

—Ésa es una conducta extraña. ¿Por qué le tienes miedo?

Daiyu dio una patada en el suelo, desesperada.

—Mira mis ojos. Si me ve en estas condiciones se burlará otra vez de mí.

Él la soltó inmediatamente y Daiyu, deslizándose frente a su cama, salió por el patio posterior al mismo tiempo que Xifeng entraba por el delantero.

—¿Te sientes mejor? —preguntó Xifeng a Baoyu nada más entrar—. Si te apetece comer algo, mándalo pedir a mis aposentos.

La siguiente en llegar fue la tía Xue. Después aparecieron unas doncellas enviadas por la Anciana Dama para preguntar por el estado de salud del inválido. Cuando fue hora de encender las lámparas, Baoyu tomó dos sorbos de sopa y se durmió. Entonces llegaron algunas criadas mayores, las esposas de Zhou Rui, Wu Xindeng y Zheng Haoshi, que tenían la costumbre de visitar a los señores y se habían enterado de lo sucedido aquel día. Xiren salió a recibirlas con una sonrisa.

—Llegan un segundo tarde, tías —les dijo en un susurro—. El señor Bao acaba de dormirse.

Les ofreció té en el cuarto exterior y, después de quedarse un rato sentadas en silencio, las mujeres se fueron, no sin antes pedir a Xiren que transmitiera sus saludos a Baoyu.

Cuando las hubo despedido, Xiren recibió de una sirvienta de la dama Wang el encargo de que una de las doncellas de Baoyu fuera a verla. Xiren tomó una rápida decisión. Volviéndose a Qingwen, Sheyue, Tanyun y Qiuwen, les dijo suavemente:

—La señora ha mandado llamar a una de nosotras. Encargaos de todo, que yo regreso enseguida.

Y salió del jardín acompañando a la mujer hasta los aposentos de la dama Wang, a la que encontró sentada sobré un diván abanicándose con una hoja de palma.

—¿Por qué no enviaste a cualquiera de las otras? —preguntó la dama—. ¿Quién lo cuidará mientras tú no estás?

—El señor Bao duerme profundamente, y las otras chicas saben cuidarlo bien —respondió Xiren, segura de lo que decía—. Por favor, señora, no se preocupe. Pensé que tal vez tendría instrucciones que darnos en relación al señor Bao que las otras no comprenderían, con lo que se perdería más tiempo.

—No tengo instrucciones especiales. Sólo quería saber cómo se encuentra.

—La señorita Baochai trajo un ungüento que parece haber surtido efecto. Al principio el dolor no le dejó dormir, pero ahora duerme profundamente, prueba de que se encuentra algo mejor.

—¿Comió algo?

—Sólo dos sorbos de una sopa que envió la Anciana Dama. Dijo que tenía mucha sed y pidió jugo de ciruela ácida, pero recordé que las cosas ácidas tienen cualidades astringentes, y como puede que, al ser golpeado y no poder gritar debido a la mordaza, se le hayan constreñido en las vísceras algunos humores coléricos, el jugo de ciruela podía agravar esa situación hasta acabar causando una enfermedad seria. Finalmente logré disuadirlo y le di un jugo de pétalos confitados de rosa, del que sólo bebió medio tazón porque le pareció insípido y empalagoso.

—¿Por qué no me lo hiciste saber antes? —exclamó la dama Wang—. El otro día recibí un par de botellas de jugo de flores perfumado y quise dárselas, pero pensé que las desperdiciaría. Si el jugo de pétalos de rosa le parece empalagoso, llévale éste. Vierte una cucharada de las de té en un tazón de agua y quedará delicioso.

A Caiyun le dijo:

—Trae esas botellas de jugo que trajeron el otro día.

—Dos serán suficientes —le aseguró Xiren—. Sería un desperdicio llevarme más. Si se acaba le volveremos a pedir.

Caiyun se encaminó a cumplir su encargo y regresó al poco rato con dos frascos que entregó a Xiren. Eran unos frasquitos de vidrio diminutos, de apenas tres pulgadas de altura, con tapas enroscables de plata y etiquetas amarillas. Una llevaba escrito: «Jugo puro de osmantos», y la otra: «Jugo puro de rosas».

—¡Qué calidad! ¡Y qué caros deben ser! —exclamó Xiren—. Frascos tan pequeños no pueden tener mucha capacidad.

—Es que son de uso exclusivo de la corte —explicó la dama Wang—. ¿No ves la etiqueta amarilla? Ocúpate de que sean para él y no desperdicies ni una gota.

Xiren asintió, y ya estaba a punto de volver al patio Rojo y Alegre cuando la dama Wang le ordenó que esperase.

—Todavía quisiera preguntarte algo —le dijo.

Y después de asegurarse de que no había nadie alrededor continuó:

—Se dice por ahí que Su Señoría le pegó a Baoyu por una patraña que le contó Huan. ¿Has oído algo sobre eso? Si lo has oído, cuéntame qué fue lo que le contó. No armaré ningún escándalo y nadie sabrá que has sido tú quien me lo ha dicho.

—No, no he oído nada —respondió Xiren—. Oí que su padre le pegó porque el señor Bao alejó a un actor de la mansión de algún príncipe, y que vinieron a pedirle a Su Señoría que lo devolviera.

La dama Wang sacudió la cabeza.

—Sí, ése fue uno de los motivos. Pero además hay otro.

—Si existe otro, lo desconozco —respondió Xiren—. Ya que estoy aquí, señora, ¿puedo permitirme la libertad de sugerir algo?…

Y en ese punto se interrumpió.

—Sigue —le ordenó la dama Wang.

Con una sonrisa sagaz, la muchacha continuó:

—Espero que Su Señoría no lo considere presuntuoso.

—No lo consideraré. ¿De qué se trata?

—En realidad el señor Bao necesita que le den una lección, y si Su Señoría no lo somete a disciplina quién sabe qué será de él en el futuro.

Al oír aquello, la dama Wang juntó las manos y exclamó:

—¡Divino Buda! —Y a pesar de que estaba ansiosa por escuchar el resto de lo que Xiren tenía que decir, la interrumpió con una confidencia:

—Me alegro de que seas tan comprensiva, mi querida niña. Eso es exactamente lo que pienso yo. No ignoro la importancia de la disciplina ni he olvidado lo estricta que fui con el señor Zhu, pero mi tolerancia con el señor Bao tiene un motivo: pronto cumpliré cincuenta años y sólo me queda un hijo que, además, tiene una salud bastante delicada y está muy consentido por su abuela. Si a causa de mi severidad llegara a sucederle algo o la Anciana Dama cayera enferma, nadie en esta casa, ni amo ni sirviente, tendría un momento de paz, lo que sería aún peor. Ésa es la razón por la que lo he mimado tanto. Siempre estoy riñéndole, suplicándole, enfadándome con él o llorando por su causa, pero vuelve a las andadas después de mejorar un poco su comportamiento. Nunca entrará en vereda a menos que sufra las consecuencias de sus actos. Pero, al mismo tiempo, si queda malherido ya no tendré en quien apoyarme en mi vejez.

Dicho lo cual rompió a llorar. Al verla sufrir tanto, Xiren también se echó a llorar compadecida.

—Es su hijo, señora —dijo—. Es normal que tome en cuenta todo eso. A quienes les servimos nos alegraría que se acabaran los problemas para ustedes. Si las cosas siguen así, tampoco nosotros viviremos en paz. No pasa un día sin que trate de hacer entrar en razones al señor Bao, pero no obtengo resultado. No es culpa suya que ese tipo de gente se le acerque, y cuando tratamos de hacérselo ver pierde la paciencia. Ya que usted ha tocado el tema, señora, quisiera pedirle su opinión sobre algo que me preocupa desde hace tiempo. Nunca he hablado de ello por temor a que usted me malinterpretase, y en tal caso no sólo estaría desperdiciando mis palabras, sino tomándome además una libertad inadmisible.

La dama Wang intuyó que había algo detrás de aquellas palabras.

—Dime lo que estás pensando, niña, y no te preocupes… Hace tiempo que sólo oigo buenas palabras sobre ti. Yo suponía que era debido a que cuidabas bien de Baoyu y eras amable con todo el mundo. Es bueno prestar atención a las cosas pequeñas, y por eso te he tratado con la misma consideración que a una de las viejas amas. Ahora veo que también tienes altos principios y que tus puntos de vista coinciden con los míos. Dime lo que tienes en la cabeza y no lo divulgues fuera de aquí.

—Sólo quería pedirle a Su Señoría que imparta instrucciones para que el señor Bao deje de vivir en el jardín.

Aterrada por la petición, la dama Wang tomó la mano de Xiren y le preguntó:

—¿Acaso Baoyu ha hecho algo indigno?

—No, no, señora. No me interprete mal. Sólo se trata de que, en mi humilde opinión, tanto él como las jóvenes damas han dejado de ser niños. Por otra parte, dado que el señor Bao es a la vez primo de la señorita Daiyu por parte de padre, y de la señorita Baochai por parte de madre, puede vivir con ellas con la misma intimidad que con dos hermanas. Pero son cosas distintas, chicos y chicas. No es conveniente que pasen todo el día juntos; eso sólo acarrea situaciones que mantienen el alma en vilo. ¡Cuántas cosas inocentes ocurren en el jardín qué, sin embargo, podrían ser consideradas maliciosamente por la gente de fuera! «Más vale prepararse para afrontar lo peor», como dice el proverbio. Usted sabe perfectamente cómo es el señor Bao y cuánto le gusta divertirse con nosotras. Si no se toman precauciones y él comete el más pequeño desliz, no importa si inocentemente o no, empezarán las murmuraciones. En esta casa hay muchas personas, y entre ellas hay muchas malas lenguas que, si están contentas, la alaban a una hasta ponerla a la diestra de Buda, pero si no, la dejan caer por debajo de las bestias. Nuestra obligación es que tengan buena opinión del señor Bao. Si se produjera un sólo comentario infamante no sólo mereceríamos mil muertes, lo cual, al fin y al cabo, carecería de importancia, sino que además su reputación quedaría arruinada para toda la vida, ¿y cómo respondería usted entonces ante Su Señoría? Dice otro proverbio: «Un caballero ha de ser previsor». Más vale ocuparse de ello ahora. Claro que usted, señora, tiene demasiadas ocupaciones como para haber pensado en estas cosas, y probablemente tampoco a nosotras se nos hubiera ocurrido, pero lo grave sería, sabiendo que tales hechos suceden, no mencionarlos. Esto es lo que últimamente me ha preocupado día y noche, aunque no me he atrevido a decírselo por miedo a irritarla. ¡Sólo mi lámpara ha sido testigo de mis preocupaciones cada noche!

El largo discurso de Xiren afectó a la dama Wang como un rayo que le hubiera caído encima, y mucho más cuando se dio a pensar en el incidente con Jinchuan. Cuantas más vueltas le daba, recordando el pasado y pensando en el porvenir, más agradecida a Xiren se sentía.

—¡Qué sabia eres y qué lejos ves! —exclamó—. Es verdad que he pensado alguna vez en el asunto, pero en los últimos tiempos he estado muy ocupada con otras cosas. Y ahora tú me lo recuerdas. Me alegra que pienses en nuestra reputación. ¡Realmente ignoraba hasta qué punto eres buena! Bien, ahora puedes irte. Yo me encargaré de todo. Pero una cosa te digo: después de todo lo que acabamos de hablar, pienso poner a Baoyu en tus manos. Debes cuidarlo y procurar mantenerlo alejado de todo mal; de esa manera también me estarás protegiendo a mí, y nunca olvidaré la deuda que contraemos contigo.

Xiren asintió apresuradamente con la cabeza y se retiró. Al volver al patio Rojo y Alegre descubrió que Baoyu acababa de despertarse. Cuando le contó la escena del jugo él quedó maravillado y pidió un poco para probarlo. Lo encontró delicioso.

Baoyu seguía pensando en Daiyu y quiso enviar a alguien a buscarla, pero el temor a Xiren le obligó a recurrir a un truco. Mandó a la doncella a pedir unos libros prestados a Baochai, y en cuanto hubo partido llamó a Qingwen.

—Ve y mira lo que está haciendo la señorita Lin —le ordenó—. Si pregunta por mí, dile que ya me encuentro mejor.

—No puedo entrar allí sin alguna excusa. ¿No tiene algún recado para ella?

—No se me ocurre ninguno.

—Entonces deme algo que le pueda llevar, o pida algo prestado. De otro modo, ¿qué le diré cuando la vea?

Después de pensarlo un poco, Baoyu cogió dos pañuelos y se los arrojó diciéndole:

—De acuerdo, ve y dile que le envío estos pañuelos.

—¡Eso es todavía más raro! —exclamó Qingwen—. ¿Para qué quiere ella dos pañuelos viejos? Se enfadará otra vez y dirá que la está fastidiando.

—No te preocupes. Ella comprenderá.

Entonces Qingwen llevó su regalo al refugio de Bambú, donde encontró a Chunxian tendiendo unos pañuelos al sol sobre la balaustrada.

Chunxian levantó un dedo como aviso.

—Se ha ido a la cama —dijo.

Qingwen entró en el oscuro aposento donde aún no ardían las lámparas. Desde la cama, Daiyu preguntó quién era.

—Soy yo, Qingwen.

—¿Qué quieres?

—El señor Bao le manda unos pañuelos, señorita.

«¿Por qué me enviará pañuelos?», se preguntó Daiyu.

—¿De dónde los ha sacado? Supongo que son especialmente finos. Dile que los guarde para otra persona, que yo no los necesito.

—No son nuevos —contestó Qingwen riendo—. Ya los ha usado antes.

Eso sorprendió todavía más a Daiyu que, conmovida por el significado del regalo, quedó sumida en ensueños. Le complacía mucho la perspicacia y la comprensión de Baoyu, y se ponía triste pensando en que toda la preocupación que sentía por él pudiera resultar en nada. El inesperado regalo de dos pañuelos usados podría haber resultado cómico, de no ser porque ella comprendía qué lo había motivado. Al mismo tiempo, resultaba escandaloso que él enviara, ¡y ella aceptara!, un regalo secreto. Todo ello hizo que se avergonzara de su costumbre de llorar todo el tiempo. Y mientras iba cavilando de ese modo, el corazón le latía colmado y la cabeza le daba vueltas como un remolino. Después de ordenar que encendieran las lámparas, y sin meditar en las posibles consecuencias, molió un poco de tinta sobre la piedra, mojó el pincel y escribió apresuradamente estos versos sobre los pañuelos:

Lágrimas vanas que en vano tiritan

sin cesar, ¿para quién se están vertiendo?

El pequeño pañuelo que me envías,

¿cómo no va a acrecentar mi tristeza?

Lloro perlas, vierto jade rodado,

sin consuelo, a escondidas un día

y otro día. Qué cansado es secar

las manchas que rebrotan.

Déjalas que brillen en la almohada,

déjalas que relumbren en las mangas.

No hay un hilo de seda que enhebre

tanta perla rodando por mis mejillas.

Ya confusas las huellas que dejaron

las consortes en la orilla del Xiang[1],

se alzan mil bambúes en mi ventana.

No sé si los moteó mi llanto.

Hubiera seguido escribiendo, pero tenía el cuerpo dolorido y el rostro le ardía. Fue hacia el espejo y apartó la cubierta de seda para mirarse las mejillas inflamadas, rojas como flores de durazno. No comprendió que aquél era el primer síntoma de la enfermedad. Se metió en la cama con los pañuelos apretados entre las manos y se perdió en sus sueños.

Pero volvamos a Xiren y su encargo para Baochai. Cuando Xiren descubrió que Baochai estaba en casa de su madre, no en el jardín, regresó con las manos vacías. Baochai no volvió hasta la segunda vigilia.

Lo cierto es que la opinión que Baochai tenía de su hermano la había llevado a sospechar que era él, y no Baoyu, quien estaba detrás de aquella visita del mayordomo del príncipe, y el informe de Xiren había reafirmado sus sospechas, puesto que su versión de los hechos era la de Beiming, aunque a su vez no tuviera prueba alguna. Baochai estaba convencida de la culpabilidad de su hermano Pan, pero lo irónico del caso es que, a pesar de su mala reputación y de que todos los indicios apuntasen hacia él, Xue Pan no era esta vez el responsable.

Esa noche, a la vuelta de una de sus andanzas fuera, Xue Pan acudió para saludar a su madre, a la que encontró acompañada de Baochai. Tras intercambiar los saludos de rigor, él comentó:

—Me han dicho que el primo Bao recibió una paliza. ¿Cuál fue la razón?

El asunto ya tenía suficientemente molesta a la tía Xue.

—¡Alborotador! —estalló rechinando los dientes—. Todo esto es culpa tuya, ¡y todavía tienes el cinismo de preguntar!

—¿Qué culpa tengo yo? —preguntó Xue Pan, perplejo.

—¿Y todavía sigues haciéndote el inocente? Todo el mundo sabe que fuiste tú quien lo delató. ¿Todavía lo niegas?

—¿También lo creería si todos dijeran que he matado a alguien?

—Hasta tu hermana sabe que fuiste tú. ¿Sería ella capaz de acusarte en falso?

—¡Bajad la voz! —intervino Baochai—. Ya se aclarará el asunto.

Y volviéndose a su hermano:

—Hayas sido o no el responsable, ya ha pasado. No nos peleemos por una cosa tan pequeña. Pero sigue mi consejo y deja de hacer tonterías por ahí. Ocúpate de tus propios asuntos. Derrochas el tiempo con esos malandrines y eres un imprudente. Esperemos que no ocurra nada, pero te advierto que en cuanto surja el menor problema todos van a sospechar de ti, seas o no responsable. Si yo misma sospecho de ti, seguro que también lo hacen los demás.

El tosco Xue Pan no pudo soportar semejantes insinuaciones. La advertencia de Baochai acerca de sus andanzas en el exterior, y las palabras de su madre haciéndole responsable del apaleamiento de Baoyu, le hicieron zapatear de rabia y jurar que aclararía aquello.

—¿Quién ha estado echándome la culpa? —gritó—. Le partiré los dientes al responsable. Está claro que me están utilizando para quedar bien con Baoyu. ¿Acaso Baoyu es el rey de los cielos? Cada vez que su padre le pega una paliza la casa anda revuelta durante días. Cuando mi tío lo apaleó la última vez, a oídos de la Anciana Dama llegó que el responsable había sido el primo Zhen, y le echó una terrible reprimenda. Esta vez soy yo el elegido. Bueno, pues no tengo miedo. Mataré a Baoyu y después pagaré con mi vida. ¡Así se acabarán todos estos líos!

Y, agarrando la tranca de la puerta, se dispuso a salir. Desesperada, su madre lo retuvo.

—¡Monstruo! ¡Acabarás conmigo! ¿Ya vas a buscar otra pelea? ¡Mejor harías matándome a mí primero!

A Xue Pan se le salían los ojos de rabia.

—¡¿Qué tonterías son éstas?! —aulló—. No me deja ir, pero a la vez, sin motivo, me endosa la responsabilidad de la paliza a Baoyu. Mientras él viva, yo seguiré siendo el culpable. Más vale que muramos todos y acabemos de una vez.

—Ten paciencia —le pidió Baochai adelantándose rápidamente—. Madre está fuera de sí, y tú, en lugar de calmarla, armas un escándalo. Cuando la gente, y en especial tu madre, te da consejos, lo hace por tu bien. No deberías enfurecerte.

—¡¿Tú también?! —rugió Xue Pan—. ¡Eres tú quien ha empezado esto!

—Me culpas a mí porque te digo la verdad, pero nunca culpas a tu propia irreflexión.

—Y en lugar de culpar a mi irreflexión, ¿por qué no culpas a Baoyu por andar buscándose problemas? Mira por ejemplo el asunto de Qiguan. Yo me he encontrado con Qiguan docenas de veces y nunca me ha hecho insinuaciones de ningún tipo, pero la primera vez que Baoyu se topó con él, antes de conocer su nombre, Qiguan ya le había dado su faja. ¿Eso también fue culpa mía?

—Pues por eso le pegaron —exclamaron frenéticamente su madre y su hermana—. Esto prueba que fuiste tú quien lo delató.

—¡¿Pero es que queréis que estalle de furia?! —bramó Xue Pan—. Lo que me enfurece no es la falsa acusación, sino todo este escándalo por Baoyu.

—¿Quién está escandalizando? —replicó Baochai—. Fuiste tú quien empezó, al agarrar esa tranca y amenazar con matarlo. ¡Y ahora nos acusas de escandalosas!

Como sus argumentos eran todavía más razonables y difíciles de refutar que los de su madre, Xue Pan buscó alguna manera de callarla, y, en su ira, no midió bien sus palabras.

—De nada sirve que levantes toda esta polvareda a mi costa, querida hermana —dijo desdeñosamente—. Puedo leer en tu corazón. Madre ya me ha hablado sobre tu amuleto de oro que hace juego con el jade. Has mirado cuidadosamente a tu alrededor, y cuando has descubierto que Baoyu tiene ese pedazo de basura has tomado partido por él.

La indignación enmudeció a Baochai, que, abrazándose a su madre, rompió a llorar.

—¿Has oído lo que ha dicho, madre?

En ese momento Xue Pan comprendió que se había excedido y, con gesto lóbrego, se retiró a su cuarto.

Aunque la furia la hacía temblar, la tía Xue trató de consolar a su hija.

—Ya sabes que ese monstruo sólo dice sandeces. Mañana le obligaré a pedirte disculpas.

A pesar de que se sentía vejada, Baochai no quiso hacer una escena por temor a que su madre se indispusiera. Se despidió de ella con lágrimas en los ojos y regresó a sus aposentos, donde estuvo llorando toda la noche.

A la mañana siguiente se levantó muy temprano y, sin asearse demasiado, se alisó la ropa y fue a ver a su madre. En el camino se encontró con Daiyu, que estaba sola, de pie, a la sombra de un macizo de flores. Le preguntó dónde iba. Sin detenerse, Baochai le dijo que iba camino de su casa. Daiyu la encontró desalentada, sin su habitual compostura, y observó los rastros del llanto de la noche.

Maligna, le gritó:

—¡Cuida tu salud, prima! Aunque llenes dos tinajas con tus lágrimas no sanarán sus moretones.

Para conocer la respuesta de Baochai escuchen el próximo capítulo.

CAPÍTULO XXXV

Yuchuan prueba personalmente un caldo

de hojas de loto.

Yinger trenza hábilmente una borla

de flores de ciruelo.

Baochai había escuchado claramente el irónico comentario de Daiyu, pero la ansiedad por ver a su madre y a su hermano le impidió volver la cabeza. Daiyu permaneció allí, a la sombra del macizo de flores, con la vista fija en el patio Rojo y Alegre. Pudo ver cómo Li Wan, Yingchun, Tanchun y Xichun llegaban con sus doncellas para efectuar una breve visita y retirarse después, pero no vio a Xifeng.

«¿Por qué no habrá venido a saludar a Baoyu? —se preguntó—. Aunque estuviera ocupada debería visitarlo para complacer a la Anciana Dama y a la dama Wang. Su ausencia debe obedecer a algún motivo.»

En ese preciso momento, al levantar la cabeza, vio un grupo de personas alegremente ataviadas que avanzaban en esa dirección. Al mirar detenidamente distinguió a la Anciana Dama del brazo de Xifeng, y detrás a la dama Xing y a la dama Wang, con la concubina Zhou y unas doncellas cerrando el cortejo. Cuando hubieron entrado en el patio, Daiyu meneó la cabeza y derramó unas cuantas lágrimas pensando en lo bueno que era tener padres. Un momento después divisó a Baochai, que llegaba con la tía Xue. Luego, súbitamente, su doncella Zijuan se le acercó por la espalda.

—Venga a tomar su medicina antes de que se enfríe el agua hervida, señorita —le pidió.

—¿Por qué andas siempre metiéndome prisa? —protestó Daiyu—. Si tomo o no mi medicina, es asunto mío.

—No debería dejar de tomarla sólo porque su tos haya mejorado. Aunque ya estemos en el quinto mes y el clima sea más suave, debería cuidarse. Lleva aquí parada, en este sitio tan húmedo, desde esta mañana temprano. Ya es hora de que vuelva a descansar un poco.

Daiyu se dio cuenta entonces de que estaba realmente fatigada, y después de un momento de vacilación emprendió una lenta marcha de regreso al refugio de Bambú apoyada en el brazo de su doncella. Al entrar en el patio, el damero de sombras que proyectaban los bambúes sobre el musgo le recordó aquellos versos de Historia del ala oeste:

Por este lugar solitario,

¿quién habrá paseado?

Las gotas de rocío,

centellas sobre el musgo oscuro.

«El destino fue cruel con Cui Yingying[1] —se dijo con un suspiro—, pero al menos ella tenía una madre viuda y un hermano menor, mientras que la pobre Daiyu no tiene absolutamente a nadie. Los antiguos decían: “Todas las bellezas tienen un duro destino”, pero yo no soy ninguna belleza. ¿Por qué ha sido el destino tan cruel conmigo?»

Caminaba sumida en esas cavilaciones cuando el papagayo del cobertizo, viéndola avanzar por el corredor, lanzó un agudo grito y se precipitó sobre ella con un brusco batir de alas.

—¡Bestia! ¡Buscas la muerte! —gritó sobresaltada—. Con tu aleteo me has manchado de polvo el cabello.

El pájaro voló de regreso a su percha mientras graznaba: «¡Xueyan, levanta las cortinas. Ha llegado la joven dama!».

Daiyu se detuvo y, con una mano en la percha, preguntó si le habían cambiado el agua y las semillas al pájaro. Éste, al oírla, silbó con un sonido similar al de los profundos suspiros de Daiyu y garrió estos versos:

Lin Daiyu.

Qian Huian (1881).

Se ríen de mi locura porque os entierro,

¿lo hará alguien conmigo igual?

Ya se acaba la primavera. Van cayendo las flores.

También es hora de que las jóvenes se marchiten y mueran.

Cuando la primavera termine y la belleza se mustie

quedarán unos pétalos en el suelo y la muchacha muerta.

Nunca más volverán a encontrarse.

Al escucharlo, las dos muchachas se echaron a reír.

—Usted recita esos versos a menudo, señorita —le dijo Zijuan—. Es sorprendente que el papagayo se los haya aprendido de memoria.

Daiyu hizo que bajaran la percha y la colgaran por fuera de la ventana circular; luego entró y se sentó junto a esa misma ventana para tomar su medicina. Una tenue luz verde bañaba el cuarto, y los bambúes, a través de la gasa de las ventanas, proyectaban su verde sombra sobre los sillones y mesas. Por entretener su melancolía, se puso a jugar con el papagayo desde el interior, fastidiándolo y enseñándole algunos de sus poemas favoritos.

Pero volvamos a Baochai, quien, al llegar a los aposentos de su madre, la encontró arreglándose el pelo.

—¿Qué haces aquí tan temprano? —pregunto la dama Xue.

—Vine a ver cómo se encontraba, madre. ¿Regresó mi hermano ayer, después de mi partida? ¿Vino a seguir atormentándola?

Baochai se sentó junto a su madre y se echó a llorar.

—No te preocupes tanto, niña —le pidió su madre, llorando también—. Yo le daré una lección a ese monstruo. ¿En quién me apoyaría yo si algo te sucediera?

Xue Pan, que en ese momento se encontraba en el patio, captó ese fragmento de la conversación entre su madre y su hermana y entró corriendo.

—Perdóname, mi buena hermana —suplicó haciendo varias reverencias a derecha e izquierda—. Ayer bebí de más. Estuve hasta muy tarde, y en el camino de vuelta me encontré con un demonio[2]. Por eso llegué a casa tan borracho que ni recuerdo las tonterías que dije. No te culpo por estar enfadada conmigo.

Al oír a su hermano, Baochai, que entretanto había estado llorando con el rostro hundido en las manos, levantó la mirada.

—No vengas aquí con esa pantomima —dijo escupiendo con desagrado—. Ya sé que nos consideras una molestia. Quieres que te dejemos en paz para poder actuar a tu antojo.

—¿Cómo puedes decir una cosa así, hermana? No me dejas ni una pierna en la que apoyarme. Tú no sueles ser tan suspicaz y poco amable.

—¿Y eres tú quien la acusa de ser poco amable? —intervino su madre—. ¿Acaso fue amable lo que dijiste anoche? Realmente te tuviste que encontrar con un demonio.

—No te enfades, madre; y tú, hermana, no te preocupes. Os prometo que no volveré a beber y dejaré de andar por ahí con esos tipos. ¿Qué os parece?

Baochai sonrió.

—Por fin muestras algo de cordura.

—Verte cumplir esa promesa sería como ver a un dragón poniendo huevos —se burló su madre.

—Hermana —dijo Xue Pan—, si vuelves a encontrarme con ellos me podrás escupir a la cara y decir que soy una bestia, no un ser humano. No quiero seguir siendo una carga para vosotras. Irritar a mi madre ya es suficientemente malo; si además preocupo a mi hermana, eso ya es ser mucho menos que un humano. En vez de ser un buen hijo y un buen hermano en ausencia de mi difunto padre, lo único que hago es provocar el enfado de mi hermana y de mi madre. ¡Soy peor que una acémila!

Y mientras hablaba, los ojos se le iban llenando de lágrimas. Como su madre también se dejaba ganar por la tristeza, Baochai se vio forzada a intervenir.

—Ya has causado suficientes problemas; no es preciso que ahora arranques las lágrimas de tu madre.

Secándose rápidamente los ojos, Xue Pan sonrió.

—¿Cuándo he arrancado yo sus lágrimas? Bueno, basta. Olvidadlo. Haré que Xiangling os sirva una taza de té.

—No quiero té, gracias —replicó Baochai—. En cuanto madre esté lista iremos al jardín.

—Déjame ver tu collar. ¿No habría que volver a dorarlo?

—No es necesario. El oro sigue brillando.

—También deberías hacerte unos vestidos nuevos. Simplemente indícame qué color y qué modelo deseas.

—Todavía no me he puesto toda la ropa que tengo. ¿Qué necesidad hay de hacerme ropa nueva?

La tía Xue ya se había cambiado de ropa y vino a recoger a Baochai para ir al jardín, al tiempo que Xue Pan salía.

Cuando la tía Xue y Baochai llegaron al patio Rojo y Alegre para interesarse por la salud de Baoyu, el ajetreo de amas y doncellas en la terraza les indicó que la Anciana Dama y las demás estaban dentro. Entraron ellas también, y después de intercambiar los saludos de rigor vieron a Baoyu tendido en la cama; la tía Xue le preguntó si se sentía algo mejor. Éste se incorporó para responder:

—Sí, gracias, tía. Lamento haberles causado tantos problemas a usted y a mi prima.

Ella lo obligó inmediatamente a echarse de nuevo y le dijo:

—Cualquier cosa que necesites, pídemela.

—Gracias, lo haré —contestó él alegremente.

—¿Qué te gustaría comer? —le preguntó su madre—. Puedo hacer que te lo envíen más tarde.

—En realidad no tengo hambre, pero me gustaría probar ese caldo de hojitas y semillas de loto que han hecho alguna vez.

—¡Vaya! —exclamó Xifeng—. Tal vez sus gustos no sean costosos, pero sí que son rebuscados.

—¡Que lo hagan inmediatamente! —ordenó la Anciana Dama.

—No se puede hacer tan rápido, anciana antepasada —exclamó Xifeng—. Antes debo recordar dónde están los moldes para la pasta.

Y envió a una vieja criada a pedírselos al administrador de la cocina. Poco después, la mujer regresó a informar:

—Señora, dice el cocinero que esos cuatro moldes fueron devueltos.

Xifeng pensó detenidamente el asunto.

—Pues no recuerdo a quién los envié. Lo más probable es que estén en la despensa del té.

Y mandó preguntar al mayordomo encargado, pero éste tampoco los tenía. Finalmente fueron enviados por el mayordomo encargado de las vajillas de oro y plata.

La tía Xue tomó el estuche que contenía los cuatro moldes de plata y los examinó con curiosidad. Medían más de un pie de largo y una pulgada de anchura, llevaban incrustadas más de treinta delicadas formas y ninguna era mayor que una alverja: crisantemos, flores de ciruelo, flores de loto, abrojos y cosas por el estilo.

—Realmente, su casa es muy refinada —dijo a la Anciana Dama y a la dama Wang—. ¡Tantas formas para un simple molde! De no haberlo sabido antes, nunca hubiera adivinado para qué servían.

Xifeng interrumpió con una sonrisa:

—Tía, esto es idea de los cocineros que prepararon el banquete imperial del año pasado. La masa, al introducirse en los moldes, queda marcada con sus formas. Luego se sazona con hojas frescas de loto. Pero la calidad depende realmente de la cocción de la sopa. En el fondo, no tiene mucho interés. ¿Qué familia podría tomar semejante sopa todos los días? Nosotros sólo la probamos al recibir los moldes. Me pregunto cómo puede Baoyu acordarse todavía.

Dicho lo cual, pasó el estuche a una criada con la siguiente orden:

—Diles a los de la cocina que maten enseguida unos cuantos pollos y hagan sopa bien condimentada para unas diez personas.

—¿Para qué tanto? —preguntó la dama Wang.

—Hay un buen motivo —Xifeng sonrió—. Es un plato que rara vez probamos, y ahora que el primo Bao lo ha pedido sería una lástima hacer un poco para él y no para la Anciana Dama, la tía Xue y usted misma. Y ya puestos, bien podríamos probarlo todos; así incluso yo podré catar esa maravilla.

—¡Vaya mona que estás hecha! —exclamó la Anciana Dama—. Conque agasajando a la gente a expensas de los fondos generales…

Entre las carcajadas de los reunidos, Xifeng replicó inmediatamente:

—Puedo permitirme éste pequeño agasajo.

Y se volvió hacia la doncella diciendo:

—Di en la cocina que se esmeren y que lo carguen en mi cuenta.

Mientras la sirvienta partía con el encargo, Baochai dijo juguetonamente:

—En los pocos años que llevo aquí he podido observar que no importa cuán hábil sea la prima Xifeng, no es rival para la Anciana Dama.

—Ahora ya estoy vieja y torpe, niña —dijo la Anciana Dama—, pero cuando tenía la edad de Xifeng yo la eclipsaba. De cualquier manera, aunque no pueda estar a mi altura le saca mucha distancia a tu tía, la pobre, que no tiene nada que decir en su defensa, como si fuera un tronco, y no puede imaginar siquiera la posibilidad de granjearse el cariño de sus suegros. No podéis sino adorar a Xifeng por su elocuencia.

Baoyu se rió.

—¿Significa eso que sólo te gusta la gente que habla mucho, abuela?

—Oh, también la gente que no habla mucho tiene su mérito, así como la gente de lengua fácil también tiene sus defectos. Pero más vale no tener demasiado que decir a favor de uno mismo.

—Así es —dijo Baoyu riéndose—. Mi cuñada nunca habla mucho, pero usted la trata tan bien como a la prima Xifeng. Si sólo le gustaran las lenguas ligeras, las únicas muchachas que podrían caerle bien serían Xifeng y Daiyu.

—Hablando de muchachas —comentó la Anciana Dama—, no lo digo por halagar a la tía Xue, pero lo cierto es que ninguna de nuestras cuatro chicas resiste la comparación con Baochai.

—Señora, es usted muy parcial —replicó la tía Xue con una sonrisa.

—Y sin embargo es cierto —intervino la dama Wang—. La Anciana Dama me ha confiado varias veces en privado la excelente opinión que tiene sobre Baochai.

Baoyu no esperaba que su búsqueda de elogios para Daiyu resultase en elogios a Baochai, a la que miró con una sonrisa, pero sólo para descubrir que ella se había vuelto a conversar con Xiren.

En ese momento fue anunciado el almuerzo y la Anciana Dama se incorporó. Después de decirle a Baoyu que descansara bien y confiárselo a las doncellas, tomó a Xifeng del brazo y pidió a la tía Xue que fuera abriendo camino. Al partir preguntó si ya estaba lista la sopa, y qué deseaban comer la tía Xue y las demás.

—Si queréis algo especial, decídmelo. Yo sé cómo hacer que esa bribona de Xifeng nos lo consiga.

—¡Cómo le gusta tomarle el pelo! —respondió la tía Xue—. Ella siempre está ofreciéndole cosas, pero la verdad es que usted no come mucho.

—No diga eso, tía —intervino Xifeng—. Si no fuera porque la Anciana Dama considera rancia la carne humana, hace ya tiempo que me habría devorado.

El comentario de Xifeng desató una carcajada general. Hasta Baoyu, desde su lecho, participó en la risa.

—¡Vaya lengua tiene la señora Lian! —comentó Xiren sonriendo.

Baoyu intentó que se sentara a su lado.

—Llevas mucho tiempo de pie. Debes estar cansada.

Y cogiéndole la mano la forzó a sentarse a su lado. Pero ella exclamó:

—¡Qué cabeza tengo! Antes de que la señorita Baochai se vaya del patio hay que pedirle que mande a Yinger para que nos haga unas cuantas borlas.

—Es verdad. Gracias por recordármelo —dijo Baoyu.

Y sentándose en el borde de la cama llamó a Baochai por la ventana:

—Prima, ¿puedes decir a Yinger que venga después del almuerzo? Quiero que me haga unas borlas, si tiene tiempo.

—Sí, claro —prometió Baochai volviéndose—. Le diré que venga enseguida.

Las demás, que no habían entendido la conversación, preguntaron a Baochai de qué se trataba. Cuando Baochai lo hubo explicado, la Anciana Dama dijo:

—Buena chica. Envíasela para que le haga algunas borlas. Y si necesitas más manos, tengo varias muchachas desocupadas. Puedes enviar a alguien a pedírmelas.

—Nosotras podemos prescindir de Yinger —le aseguraron la tía Xue y Baochai—. No tiene nada que hacer y pasa el tiempo haciendo travesuras.

Luego fueron saludadas por Xiangyun, Pinger y Xiangling, que habían estado cogiendo balsaminas al lado de unas rocas y en ese preciso momento abandonaban juntas el jardín.

La dama Wang pidió a su suegra que descansara un poco en sus aposentos, pues temía que estuviese un poco fatigada. La anciana sentía que le dolían las piernas, y aceptó la invitación. Fueron enviadas unas doncellas por delante para asegurarse de que todo estuviese dispuesto; y como la concubina Zhao se había disculpado alegando estar indispuesta, sólo estaba allí la concubina Zhou para ayudar a las criadas y doncellas a levantar la antepuerta y ordenar los respaldos y cojines. La Anciana Dama entró apoyada en el brazo de Xifeng y ocupó junto a la tía Xue el sitio de honor. Baochai y Xiangyun ocuparon dos lugares más abajo. La propia dama Wang sirvió el té a su suegra, mientras Li Wan hacía lo propio con la tía Xue.

—Deja a las jóvenes que sirvan el té —dijo la anciana a la dama Wang—, y siéntate tú a charlar con nosotras.

La dama Wang se sentó sobre un banquito y dijo a Xifeng que trajeran hasta allí la comida de la Anciana Dama, con algunas raciones de más. Xifeng se retiró y dijo a las criadas de la dama Wang que pasaran la orden a las de la Anciana Dama, y que se dieran prisa; al mismo tiempo, la dama Wang ordenó a otras criadas que trajeran la comida a las jóvenes damas. Todo esto llevó algún tiempo. Finalmente sólo aparecieron Tanchun y Xichun, pues aquel día Yingchun no tenía apetito. En cuanto a Daiyu, nadie se sorprendió por su ausencia, puesto que probaba una comida de cada dos.

Pronto llegó la comida y se puso la mesa.

—Nuestra anciana antepasada y la tía Xue no deben andarse con ceremonias, sino hacer lo que yo les diga —dijo Xifeng acercándose a ellas con un haz de palillos de marfil envuelto en un pañuelo.

—Así es como procedemos —dijo la Anciana Dama a la tía Xue, que coincidió jubilosamente con ella.

Xifeng colocó cuatro pares de palillos delante de la Anciana Dama, la tía Xue, Baochai y Xiangyun, mientras la dama Wang y Li Wan supervisaban los platos que iban llegando. Entonces Xifeng reclamó tazones limpios y apartó unos platos para Baoyu.

Cuando llegó el caldo de loto y hubo sido examinado por la Anciana Dama, la dama Wang encargó a Yuchuan que se lo llevara a Baoyu.

—Ella sola no puede llevarlo todo —comentó Xifeng.

Pero en ese momento llegaron Yinger y Xier. Baochai, que sabía que ya habían comido, dijo a Yinger:

—El señor Bao quiere que le hagas unas borlas. Ve con Yuchuan.

Cuando ya se iban con el encargo, Yinger preguntó:

—¿Cómo vamos a llevar esta sopa caliente hasta allá?

—No te preocupes —sonrió Yuchuan—. Déjamelo a mí.

E hizo que una vieja ama colocara el caldo y los platos en una cesta y caminara cargándola detrás de ellas. De esta manera llegaron al patio Rojo y Alegre con las manos vacías. Allí Yuchuan se hizo cargo de la cesta y las dos muchachas entraron. Xiren, Sheyue y Qiuwen, que estaban entreteniendo a Baoyu, se incorporaron para saludarlas.

—¿Cómo es que venís juntas? —les preguntaron tomando la cesta.

Yuchuan se sentó inmediatamente, pero Yinger no se atrevió a tomarse esa libertad a pesar de que Xiren puso un banquito a su alcance.

A Baoyu le encantó la llegada de Yinger, pero la visión de Yuchuan le produjo tristeza y vergüenza, pues recordó a su hermana mayor, Jinchuan. Por eso se dirigió exclusivamente a ella. Xiren temió que esa actitud pudiera ofender a Yinger, y como ésta seguía negándose a sentarse la acompañó al cuarto de fuera, donde le ofreció té y charló con ella.

Mientras tanto, Sheyue y las demás habían traído el tazón y los palillos de Baoyu, pero, en lugar de empezar a comer, éste preguntó a Yuchuan:

—¿Cómo está tu madre?

Ella se mantuvo con el ceño fruncido durante un buen rato, negándose a responder, hasta que por fin dijo secamente:

—Bien.

Después vino otro silencio. Baoyu lo intentó de nuevo:

—¿Quién té mandó que me trajeras este almuerzo?

—Las señoras, naturalmente.

Consciente de que era la muerte de su hermana Jinchuan lo que causaba la actitud de Yuchuan, Baoyu buscó alguna manera de aplacarla. No quiso humillarse ante las demás criadas, y las despachó con diversos pretextos; después intentó congraciarse con Yuchuan. A pesar de que ella había decidido despreciarlo no prestándole ninguna atención, no pudo sino sucumbir finalmente a la manera encantadora con que Baoyu iba encajando sus desaires. Le tocó a ella sentirse incómoda.

—Por favor, hermana, quisiera probar ese caldo. ¿Me lo puedes alcanzar? —dijo Baoyu cuando vio que el rostro de Yuchuan empezaba a perder su dureza.

—Nunca he dado de comer a nadie. Espere a que regresen las otras.

—No quiero que me des de comer, pero sucede que no puedo salir de la cama —dijo él en tono convincente—. Si simplemente me pasaras el tazón, podrías volver cuanto antes a comer. No está bien que te tenga aquí desfallecida de hambre. Si no quieres alcanzarme el tazón, tendré que hacerlo yo mismo a pesar de lo doloroso que me pueda resultar.

Dicho lo cual se esforzó por salir de la cama, pero no pudo reprimir un gemido. Yuchuan cedió.

—Échese —dijo, levantándose de su asiento—. Es terrible el espectáculo que ofrece expiando los pecados cometidos en vidas anteriores.

Y con una risita le pasó el tazón.

—Buena hermana, si tienes que enfadarte conmigo, hazlo —le dijo amablemente Baoyu—, pero trata de mantener la calma delante de la Anciana Dama y de mi madre, pues si sigues así acabarás recibiendo otra reprimenda.

—Vamos, tome su sopa. A mí no me ganan sus zalamerías.

Le hizo beber un poco, pero Baoyu, pretendiendo que no sentía el sabor, dejó el tazón casi intacto.

—¡Santo Buda! —exclamo ella—. En verdad es usted difícil de complacer.

—No tiene sabor. Pruébalo tú misma si no me crees.

Yuchuan cayó en la pequeña trampa de Baoyu, y en el mismo momento en el que ella cataba la sopa, él exclamó:

—¡Ahora ya debe saber deliciosa!

Al comprender que había sido engañada, Yuchuan dijo:

—Primero no le gustó y ahora dice que está deliciosa. ¡Pues ya no le dejaré probar más!

Y se mantuvo inflexible a sus sonrisas y súplicas hasta que él se vio obligado a llamar a las demás para que le sirvieran la comida. Al volver, las doncellas se encontraron con el insólito anuncio de que habían llegado dos amas enviadas por el segundo señor Fu a presentar sus respetos.

Baoyu supo que venían de la casa del subprefecto Fu Shi, uno de los antiguos alumnos de su padre, que había prosperado gracias a sus contactos con la célebre familia Jia. Jia Zheng lo trataba mejor que a sus otros discípulos, y Fu Shi le correspondía enviando criados a presentar sus respetos. A Baoyu le desagradaban tanto las amas bobas como los toscos criados; sin embargo esta vez había hecho pasar a las dos pues se decía que la hermana menor de Fu Shi, llamada Fu Qiufang, era notablemente bella. Su talento andaba en boca de todos. A pesar de no haberla visto nunca, su admiración por la muchacha le hacía sentir como un desaire a ella el que ahora no recibiera a las amas de su hermano, de manera que las hizo pasar.

Por su misma condición de advenedizo, Fu Shi quería consolidar su posición casando a su bella e inteligente hermana con el hijo de alguna familia rica y noble. De hecho, eran tan estrictos sus requisitos que la muchacha, a sus veintitrés años, aún no estaba comprometida, ya que todavía no habían llegado propuestas de los ricos y grandes, que desdeñaban su pobreza y su origen humilde. Por eso Fu Shi tenía tanto interés en congraciarse con la familia Jia.

Las dos amas que llegaron aquel día resultaron ser particularmente estúpidas. Cuándo fueron invitadas presentaron sus respetos a Baoyu, y Yuchuan abandonó por un momento su dura actitud para escuchar, tazón en mano, la conversación. De pronto, Baoyu alargó la mano para coger sin mirar el tazón de sopa, pero, como también Yuchuan mantenía la vista fija en las amas, su brusco gesto volcó el tazón sobre su mano. Aunque indemne, Yuchuan se asustó.

—¡Pero qué está haciendo! —exclamó, mientras las otras doncellas se abalanzaban a coger el tazón.

Baoyu se había quemado la mano, pero, indiferente a su propio dolor, preguntó sobresaltado:

—¿Dónde te has quemado? ¿Te duele?

Se produjo una carcajada general.

—Es usted quien se ha quemado, no yo.

Y sólo entonces se percató del padecimiento de su propia mano.

La sopa derramada fue limpiada de inmediato. Baoyu dejó de comer, se limpió los dedos y tomó unos sorbos de té mientras intercambiaba unos cuantos comentarios con las dos amas, que a continuación se despidieron y, acompañadas por Qingwen y otras cuantas muchachas, se dirigieron hasta el puente para salir del patio Rojo y Alegre.

En cuanto se encontraron solas, las dos mujeres comenzaron a charlar mientras caminaban. Una de ellas comentó con una risotada:

—Con razón dicen que ese Baoyu que tienen en esta casa, aunque bien plantado, es un tonto de remate. Obras son amores, hermana, y salta a la vista que está loco de atar. Se quema la mano y pregunta a otra persona si siente dolor. ¿Has visto algo más estúpido?

—La última vez que vine a esta casa —contestó la otra—, oí a varias muchachas decir que estaba loco. Se empapó bajo la lluvia y en vez de ponerse él a cubierto instó a otra persona a que lo hiciera. ¿No te parece ridículo? Y llora y ríe para sí mismo, cuando no hay nadie con él. Y cuando ve una golondrina le habla a la golondrina. Y cuando ve un pez en la corriente, le habla al pez. Y le susurra o le suspira a la luna y a las estrellas. Y tiene tan poco ánimo que no soporta las pataletas de esas muchachitas petulantes. Y cuando se siente ahorrativo atesora hasta la última hilacha, aunque en otro momento no dude en dilapidar millones…

Y con ese parloteo abandonaron el jardín y volvieron a su casa.

Volviendo a Xiren, apenas hubieron partido las visitantes llevó a Yinger a presencia de Baoyu, y preguntó a éste qué tipo de borla deseaba.

—Me entretuve tanto hablando que me olvidé de ti —dijo a Yinger con una sonrisa de disculpa—. Quiero molestarte pidiéndote unas borlas.

—¿Para qué necesita unas borlas?

—No importa para qué. Hazme unas cuantas de cada tipo.

—¡Pero cielos! —exclamó Yinger dando una palmada y riendo—. Eso me llevaría diez años o más.

—De todas formas no tienes nada que hacer, querida hermana, así que tienes tiempo de sobra.

—Está pidiendo lo imposible —protestó Xiren con una sonrisa—. Que haga primero un par de las que más necesite.

—¿Y cuáles son ésas? —preguntó Yinger—. ¿Borlas para abanicos, para bolsas perfumadas, para fajas de adorno…?

—Sí —dijo Baoyu—. No estaría mal una para faja.

—¿De qué color es la faja?

—Es escarlata.

—Entonces una borla negra o azul pizarra haría juego con ella, ¿no?

—¿Y qué color haría juego con una de color verde claro?

—Con ésa iría bien una rosada durazno.

—Muy bien. Hazme también una rosada durazno y otra verde puerro.

—¿Qué dibujos le gustarían?

—¿Cuántos conoces?

—«Varillas de incienso», «escaleras», «losanges», «dobles cuadrados», «cadenas», «flores de ciruelo» y «amentos de sauce».

—¿Qué dibujo estabas haciendo el otro día a la señorita Tanchun?

—Se llama «flores de ciruelo en haces».

—Ése estaría bien —dijo Baoyu, a la vez que pedía a Xiren que le alcanzara el hilo.

En ese momento llamó un ama a través de la ventana:

—¡Señoritas, su comida está servida!

—Marchaos a comer y volved en cuanto podáis —dijo Baoyu.

—¿Cómo nos vamos a ir si tenemos visita? —preguntó Xiren con una sonrisa.

—Pamplinas —intervino Yinger mientras elegía el hilo—. Echad a andar.

Entonces Xiren y las demás partieron, dejando sólo a dos jóvenes doncellas. Baoyu se dedicó a charlar con Yinger mientras la miraba trabajar.

—¿Qué edad tienes? —le preguntó.

—Dieciséis años —respondió ella, mientras sus dedos se afanaban trenzando la borla.

—¿Cuál es tu apellido de familia?

—Huang.

Baoyu sonrió.

—Entonces tu nombre es adecuado, pues en efecto eres una oropéndola amarilla[3].

—Solía llamarme Jinying[4], pero mi joven señora pensó que era poco adecuado y decidió cambiarlo por Yinger. Ahora todos me llaman así.

—Mi prima Baochai te quiere mucho —comentó él—. Seguramente te llevará con ella cuando se case.

Yinger sonrió y no dijo nada.

Baoyu continuó:

—A menudo le digo a Xiren que el hombre que goce de vosotras dos, de la señora y de la criada, será afortunado.

A lo que ella respondió:

—No sé si se da cuenta de que, aparte de su buena presencia, nuestra joven dama tiene algunas cualidades maravillosas que no pueden encontrarse en ninguna otra persona del mundo.

A Baoyu le fascinaba la encantadora manera de actuar que tenía Yinger, y sobre todo la forma dulce e inocente de referirse a Baochai.

—¿Cuáles son esas cualidades maravillosas? —preguntó—. Dímelas, querida hermana.

—Se lo diré si ella no se entera.

—Por supuesto que no se enterará.

Pero en ese momento una voz gritó desde fuera:

—¿Por qué estáis tan callados?

Al volverse vieron que era la propia Baochai. Inmediatamente Baoyu le ofreció una silla, y, después de sentarse, preguntó a Yinger qué clase de borla estaba haciendo. Al observarla, todavía a medio hacer, comentó:

—Ésta no es muy interesante. ¿Por qué no le haces una para su jade?

—¡Claro, prima! —exclamó Baoyu dando una palmada de aprobación—. Cómo no se me ha ocurrido. ¿Cuál sería el color más adecuado?

—No debe ser un color neutro —opinó Baochai—, pero el carmín chocaría, el amarillo no resaltaría lo suficiente y el negro quedaría demasiado mortecino. Sugiero que consigáis un poco de hilo dorado y lo trencéis con hilo de cuentas negras. Luciría mucho.

La idea gustó a Baoyu, que inmediatamente mandó llamar a Xiren para que trajera hilo dorado. Justo en ese momento entraba ella con dos platos.

—Qué extraño —le dijo—. Su Señoría acaba de enviarme estos dos platos.

—Hoy debe haber tanta comida que los habrá enviado para las muchachas de aquí.

—No. Me dijeron que eran para mí, y que no era preciso que fuera a hacer los koutou de agradecimiento. Me parece todo muy extraño.

—Pues si son para ti, cómelos —intervino Baochai con una sonrisa—. No te quedes ahí parada.

—Nunca antes había sucedido una cosa así. Me siento un poco embarazada.

—¿Qué tiene eso para dejarte embarazada? —Baochai sonrió con intención—. Algún día te sucederán cosas más embarazosas que ésta.

Xiren sabía que Baochai no era de las que hacían comentarios cortantes, e intuyó que algo había detrás de sus palabras. Recordando la insinuación de la dama Wang el día anterior, cambió de tema y se limitó a mostrar los platos a Baoyu antes de retirarse.

—Traeré el hilo en cuanto me haya lavado las manos —dijo.

Después de comer, una vez lavadas las manos, llevó el hilo dorado a Yinger y descubrió que Baochai se había ido, requerida por su hermano. Mientras Baoyu había estado contemplando cómo trabajaba Yinger, la dama Xing le había enviado dos doncellas con delicias de fruta y este mensaje: «Si puede caminar, Su Señoría quisiera que fuera allí mañana a divertirse un poco. Está deseosa de verlo».

—Sí que puedo, e iré ciertamente a presentar mis respetos —respondió él—. Últimamente me siento mucho mejor. Decidle que no se inquiete por mí.

Hizo que las muchachas se sentaran y pidió a Qiuwen que llevara la mitad de los confites a la señorita Lin. Se disponía a cumplir la orden cuando oyeron fuera la voz de Daiyu. Baoyu la invitó inmediatamente a pasar.

Escuchen para saber qué ocurrió a continuación.

CAPÍTULO XXXVI

Mientras se bordan unos patos mandarines en el estudio

de la Ruda Roja, un sueño predice el futuro.

En el patio de los Perales Fragantes, Baoyu descubre

que a cada uno corresponde su cuota de amor.

Hablemos de la Anciana Dama, que había regresado a sus aposentos, después de comer en los de la dama Wang, muy contenta por la rápida recuperación de Baoyu. Temía, sin embargo, que el muchacho fuera convocado de nuevo por su padre y, para evitarlo, mandó llamar al paje principal de Jia Zheng y le dijo:

—La próxima vez que tu amo quiera que Baoyu vaya a entretener a sus invitados le dirás, sin necesidad de venir a consultármelo, que he prohibido al muchacho poner el pie fuera de la segunda puerta hasta el octavo mes, pues pasará mucho tiempo antes de que pueda volver a caminar después de la terrible paliza que le propinó. Le dirás también que su estrella no le es propicia y debe ofrecer sacrificios para recuperar su buena fortuna; no debe entrar en contacto con extraños ni franquear la puerta de los aposentos interiores hasta la octava luna.

Cuando el paje se hubo retirado llevando consigo las instrucciones de la anciana, fueron convocadas el ama Li y Xiren, quienes debían tranquilizar a Baoyu informándole de las órdenes impartidas por su abuela.

Baoyu, que sentía un fuerte rechazo a tratar con letrados o grandes personajes oficiales, y odiaba tener que vestir el traje ceremonial para realizar visitas de cortesía u ofrecer felicitaciones o condolencias, sintió una enorme satisfacción cuando tuvo conocimiento de la decisión tomada por su abuela. No sólo dejó de ver a la mayoría de parientes y amigos de la familia, sino que incluso descuidó preguntar cada mañana y cada noche por la salud de sus mayores. Cada mañana presentaba sus respetos a su abuela y a su madre, y después pasaba el día en el jardín, sin más ocupación que matar el tiempo; a veces, al revés del mundo, le gustaba ofrecer sus servicios a las doncellas. Cuando Baochai o alguna de las otras muchachas le daba buenos consejos, él se enfurecía.

—¡Una muchacha pura e inocente sumándose a las filas de los ladrones del Estado y los perseguidores de emolumentos, honor y rango, a quienes tanto preocupa la buena reputación! Todo esto es culpa de los antiguos, a quienes no se les ocurrió nada mejor que acuñar máximas y adagios para manejar a los hombres estúpidos y toscos. ¡Lo asombroso es que sus códigos de comportamiento, ideados para la gente baja, se hayan introducido también en los aposentos de las damas refinadas! Es una ofensa al cielo y a la tierra, que las han dotado de mejores cualidades.

Y, profundizando en su furia contra los antiguos, quemó, salvo los Cuatro Libros, todas las obras clásicas del confucianismo. Su excéntrica conducta persuadió a todo el mundo de que con él no se podían tratar asuntos serios. La única persona que realmente entendía y admiraba lo que estaba haciendo era Daiyu, que nunca le había instado a perseguir una carrera oficial o la fama.

Volvamos ahora a Xifeng. Después de la muerte de Jinchuan, sorprendentemente, varios criados empezaron a enviarle regalos y presentarle sus respetos o halagarla. Ella no conseguía explicarse esa avalancha de agasajos. Cierta noche, estando solas, le comentó a Pinger:

—Estas familias nunca tuvieron mucho que ver conmigo en el pasado, ¿por qué ahora intentan ganarse mi voluntad?

—¿No le parece evidente, señora? —sonrió Pinger—. Sus hijas sirven a la dama Wang. Sus cuatro doncellas reciben un tael de plata mensual mientras las demás sólo reciben unos cientos de monedas cada una. Ahora que el puesto de Jichuan ha quedado vacante, todas esperan conseguir para sus hijas ese cómodo trabajo tan bien pagado.

—Cierto —rió Xifeng—. Nunca habría caído en ello si no me lo hubieras hecho notar. No hay manera de satisfacer a esas gentes. Ganan enormes cantidades de dinero en esta casa y nunca se han topado con el trabajo duro de verdad. Deberían pensar que haberse librado de sus hijas es suficiente recompensa, pero no: siempre quieren más. ¿Pues sabes qué te digo? No todos los días gastan su dinero en mí, y si ahora lo hacen es por voluntad propia, de modo que aceptaré todo lo que me traigan y no dejaré que eso influya en mi decisión.

Tomó esa determinación y esperó a que hubiera llegado un caudal interesante de regalos antes de tocar el asunto con la dama Wang.

Su momento llegó cierto mediodía, cuando la tía Xue, Baochai y Daiyu comían sandía en los aposentos de la dama Wang.

—Desde que murió la hermana de Yuchuan le está faltando una doncella, señora —dijo Xifeng—. Si tiene interés en alguna chica en particular sólo tiene que decírmelo, de manera que al mes siguiente pueda asignar para ella una partida de dinero.

La dama Wang lo pensó y dijo:

—No veo la necesidad de tener un número fijo de doncellas. Tengo las que necesito, ¿por qué no dejarlo así?

—Su idea es sensata, señora —contestó Xifeng—, pero es la tradición. Si hasta las concubinas tienen dos doncellas cada una, ¿cómo no ha de tener usted cuatro? De todos modos el ahorro que supone no es más que un tael.

La dama Wang lo volvió a pensar y finalmente accedió:

—De acuerdo. Puedes asignar una partida de dinero, pero no quiero otra doncella. Daremos ese tael a Yuchuan. Jinchuan me atendió mucho tiempo sin compensación, así qué es justo que su hermana disfrute esa doble paga.

Xifeng se volvió a mirar a Yuchuan.

—Enhorabuena —le dijo con una sonrisa.

Entonces Yuchuan se adelantó para hacer un koutou de agradecimiento.

—Por cierto —dijo la dama Wang—, ¿cuánto reciben mensualmente las concubinas Zhao y Zhou?

—Los dos taeles reglamentarios cada una. La concubina Zhao recibe además otros dos por Huan y cuatro sartas adicionales de monedas.

—¿Reciben la paga completa cada mes?

—Claro que sí —contestó Xifeng, sorprendida por la pregunta.

—El otro día me pareció oír a alguien quejarse de que le faltaba una sarta de monedas. ¿De qué se trataba?

Xifeng respondió de inmediato:

—Antes la mensualidad de las doncellas de las concubinas era una sarta, pero el año pasado los caballeros de la tesorería decidieron reducirla a la mitad: a quinientas monedas cada una. Como cada una de las concubinas tiene dos doncellas, eso representa una sarta entera menos cada mes. Pero no pueden quejarse de que haya sido obra mía. Si de mí dependiera les seguiría dando la suma habitual, pero puesto que fueron los tesoreros quienes tomaron la decisión, ¿cómo voy a interferir en ella? Yo sólo soy la intermediaria y no tengo voz en el asunto: me limito a entregar lo que me entregan. Incluso he sugerido en varias ocasiones retornar al pago original, pero siempre me han dicho lo mismo: «Ésta es la asignación». No puedo hacer más. Al menos pago con puntualidad impecable, mientras que los de la tesorería siempre se hacían de rogar. Nunca, antes de que yo me hiciera cargo de ello, habían recibido un salario en la fecha establecida.

Se hizo un breve silencio.

La dama Wang preguntó de nuevo:

—¿Cuántas doncellas de la Anciana Dama reciben un tael?

—Antes ocho, ahora siete; la otra es Xiren.

—Sí, Baoyu no tiene doncellas de tael, pero Xiren cuenta como si estuviera al servicio de la Anciana Dama.

—Xiren sigue al servicio de la Anciana Dama. Simplemente se la han prestado al primo Bao, de modo que su soldada se extrae de la asignación de las doncellas de la Anciana Dama. Salvo que la Anciana Dama recibiera otra doncella, sería un error reducir la mensualidad de Xiren por el hecho de que esté atendiendo a Baoyu; en tal caso, si no se recortara el sueldo de Xiren, la justicia exigiría que el primo Huan tuviera una doncella con los mismos ingresos. En cuanto a Qingwen, Sheyue y las otras cinco, reciben una sarta de monedas cada una, mientras que las ocho más jóvenes reciben media sarta. Todo está ordenado siguiendo las instrucciones de la Anciana Dama, así que no tiene sentido preocuparse por el asunto.

—¡Escúchenla! —exclamó la tía Xue con una carcajada—. Parlotea y parlotea como una carreta de nueces volcándose. ¡Con qué claridad y justicia expone las cosas!

—¿He dicho algo indebido, tía? —preguntó Xifeng.

—Claro que no, pero ahorrarías aliento si hablaras más despacio.

Xifeng reprimió una sonrisa y aguardó más instrucciones. La dama Wang reflexionó un momento.

—Pues bien —dijo finalmente—, hay que buscarle a la Anciana Dama una buena doncella que reemplace a Xiren, y suprimir el sueldo de ésta, que recibirá en adelante dos taeles y una sarta de monedas. Su asignación se extraerá de los veinte taeles que yo recibo mensualmente. En el futuro recibirá el mismo trato que las concubinas Zhao y Zhou, con la salvedad de que su dinero mensual no procederá de los fondos generales.

Xifeng acató una por una las órdenes de la dama Wang, y cuando ésta hubo terminado de hablar le dijo a la tía Xue dándole un golpecito afectuoso con el codo:

—¿Ha oído, tía? ¿No le decía yo?

—Es algo que se debía haber hecho hace mucho tiempo —fue el comentario de la tía Xue—. Además de su buena presencia, está el hecho de que es difícil encontrar otra muchacha con modales tan refinados, tan cortés y a la vez tan firme en sus principios. Realmente es un tesoro.

—Y eso que no conocéis ni la mitad de sus buenas cualidades —dijo la dama Wang con lágrimas en los ojos—. Es diez veces mejor que mi Baoyu. No le deseo a mi hijo nada mejor que tenerla a su lado toda la vida.

—En ese caso —sugirió Xifeng—, ¿por qué no «abrirle la cara» y convertirla abiertamente en su concubina[1]?

—No, eso no funcionaría. Por lo pronto, ambos son demasiado jóvenes. Además, su padre nunca aceptaría. Y por último, cada vez que Baoyu se comporta desordenadamente escucha a Xiren porque es su doncella; si fuera su concubina, ella no se atrevería a refrenarlo con energía. Que las cosas sigan como están dos o tres años más.

Dicho lo cual, la dama Wang no tuvo más instrucciones que dar a Xifeng, y ésta se retiró. Al llegar al corredor del patio encontró a varias esposas de mayordomos que la esperaban.

—¿Qué la ha mantenido tan ocupada, señora? —le preguntaron alegremente—. Debe estar sufriendo con el calor que hace hoy.

Xifeng se subió las mangas e hizo un alto en el umbral.

—Aquí corre aire —dijo—. Dejadme tomar un poco el fresco antes de seguir. Mi tardanza no ha sido culpa mía. Su Señoría ha estado planteando ciertos puntos de historia antigua y he tenido que responder a ellos uno por uno.

Y con una risa fría añadió:

—A partir de este momento tengo la intención de demostrar lo despiadada que puedo ser, y no me importará un ápice que se quejen a Su Señoría. ¡Que se vayan al diablo esas estúpidas perras maldicientes! ¡Que no sueñen con una primavera espléndida! Llegará el momento en que les quiten todo de una vez. ¡Culparnos a nosotros de que se les haya reducido la asignación…! Pero ¿qué se han creído? ¿Acaso merecen doncellas?

Y así, de insulto en insulto, se dirigió a elegir una nueva doncella para la Anciana Dama.

Mientras tanto, la dama Wang y las demás habían terminado de comer sus sandías y, después de charlar un poco más, la reunión se deshizo y las muchachas regresaron al jardín. Con el pretexto de que necesitaba un baño, Daiyu rechazó una sugerencia de Baochai para hacer una visita a Xichun. Después de separarse, Baochai caminó sola hasta el patio Rojo y Alegre esperando que una charla con Baoyu la ayudara a superar la somnolencia que le producía el calor de mediodía.

Para su sorpresa, el patio estaba absolutamente tranquilo. Incluso las dos cigüeñas estaban dormitando bajo el plátano. Caminó por el pórtico hasta el cuarto exterior y encontró a las doncellas tendidas sobre sus lechos, amodorradas. Pasó al gabinete de los objetos curiosos y entró en el cuarto de Baoyu, al que también encontró dormido. A su lado estaba Xiren cosiendo con un espantamoscas blanco a su lado.

Baochai se le acercó de puntillas.

—¡Qué exagerada! —le dijo con una suave risita—. Aquí no hay moscas ni mosquitos, ¿para qué quieres ese artefacto?

Xiren, sorprendida, levantó la cabeza y, con un rápido gesto, dejó su labor y se incorporó.

—Ah, es usted, señorita —susurró—. Qué susto me ha dado. Ya sé que aquí no hay moscas ni mosquitos, pero hay un tipo de insecto minúsculo que apenas se ve y puede cruzar la gasa del mosquitero. Quien esté dormido puede sufrir su picadura, que hace tanto daño como la de una hormiga.

—Cierto. Detrás de la casa no hay mucho espacio abierto, pero está completamente rodeada de flores, y además este cuarto está perfumado. Los insectos viven del polen de las flores y se sienten atraídos por todo lo que exhala fragancia.

Mientras hablaba, Baochai había ido examinando el trabajo que Xiren tenía entre las manos. Era una pechera de seda blanca forrada de rojo, con unos bordados de patos mandarines jugando entre unos lotos. Las flores de loto eran rosadas, las hojas verdes y los patos una mezcla de colores[2].

—¡Qué encantador! —exclamó Baochai—. ¿Quién merece tantos esfuerzos?

Por toda respuesta, Xiren apuntó con los labios hacia la cama.

—¿No es ya demasiado mayor para usar esas cosas? —preguntó Baochai.

Xiren sonrió.

—Eso mismo piensa él, así que para convencerlo de que se las ponga las hago especialmente hermosas. Con este calor no se preocupa mucho por abrigarse; si consigo que se ponga una de éstas, no importará si se destapa durante la noche. Si piensa que me está costando mucho trabajo, espere a ver la que lleva puesta.

La siesta de Baoyu.

Anónimo de la dinastía Qing (edición de 1791).

—Es bueno que tengas la paciencia necesaria.

—Me duele el cuello de tenerlo doblado todo el día. ¿Le molestaría ocupar mi sitio un momento, señorita, mientras yo me doy una vuelta por ahí fuera?

Dicho lo cual, y como Baochai accediera, Xiren dejó el cuarto.

Baochai se interesó tanto en la pechera que, sin pensarlo, se sentó en el lugar de Xiren y no pudo resistir la tentación de tomar la aguja y continuar el trabajo de la doncella bordando aquellos encantadores dibujos.

Mientras tanto, Daiyu se había encontrado con Xiangyun y sugirió que fueran juntas a dar la enhorabuena a Xiren. Al encontrar el patio tan tranquilo, Xiangyun se dirigió a los aposentos de las criadas en busca de Xiren, mientras Daiyu miraba a través de la gasa de la ventana de Baoyu. Lo vio profundamente dormido, vestido con una camisa de lino rosado, mientras Baochai bordaba a su lado con un espantamoscas al alcance de la mano. Al contemplar la escena, Daiyu se ocultó y se tapó la boca con una mano para evitar la risa, mientras llamaba a Xiangyun con la otra. Su prima vino corriendo a ver qué era aquello tan gracioso. También a ella le produjo risa la escena, pero se contuvo al recordar lo bien que siempre se había portado Baochai con ella.

—Vamos —dijo llevándose a Daiyu a rastras, para evitar que hiciese cualquier comentario hiriente—. Ahora que me acuerdo, Xiren dijo que iría al mediodía a lavar ropa en el estanque. Vamos a verla.

Daiyu captó la astucia de su prima y emitió un gruñido, pero finalmente permitió que Xiangyun se saliera con la suya.

Baochai había bordado dos o tres pétalos cuando Baoyu empezó a gritar en sueños:

—¿Quién cree en lo que dicen los bonzos y los taoístas? ¿Un casamiento del oro y el jade? ¡Estupideces! ¡Más probable parece la unión de la piedra y la madera!

Cuando Xiren regresó, Baochai estaba todavía perpleja por lo que había oído.

—¿Todavía no ha despertado? —preguntó la doncella.

Baochai se limitó a sacudir la cabeza.

—Acabo de encontrarme con las señoritas Lin y Shi. ¿No han venido por aquí?

—No, no las he visto. ¿No tenían algo que decirte?

—Una tontería. Me han gastado una broma.

—Pues no bromeaban, te lo aseguro —dijo Baochai sonriendo—. Te lo iba a decir yo misma cuando saliste corriendo.

La interrumpió una de las doncellas de Xifeng, que llegó con una orden para que Xiren fuera a verla.

—¡Ya ves! —rió Baochai.

Xiren despertó a dos muchachas para que cuidaran de Baoyu y salió del patio Rojo y Alegre acompañada por Baochai. Luego se encaminó sola a los aposentos de Xifeng y allí, en efecto, fue informada de su ascenso y se le dijo que fuera a hacer un koutou de agradecimiento a la dama Wang, pero que no molestara a la Anciana Dama. Xiren estaba apabullada.

Cuando regresó a toda prisa después de haber agradecido su favor a la dama Wang encontró a Baoyu despierto preguntándole que dónde había ido. Ella le dio una respuesta evasiva. Sólo al llegar la noche, cuando estuvieron solos, le contó la verdad. Baoyu se sintió lleno de alegría.

—Ya no volverás a tu casa —dijo feliz—. Después de tu última visita allí, intentaste asustarme con palabras despiadadas diciendo que tu hermano quería rescatarte y que no tenías ningún futuro en esta casa. Ahora veremos quién se atreve a rescatarte.

—No tiene derecho a hablar de esa manera —replicó ella con una sonrisa irónica—. De ahora en adelante pertenezco a Su Señoría. Puedo marcharme en cualquier momento sin decirle una sola palabra a usted; me basta con pedírselo a ella.

—Pero imagina que yo me comportara tan mal que tú le pidieras permiso a mi madre y te marcharas; la gente, al enterarse, me culparía a mí. ¿Eso no te haría sentirte mal?

Xiren se echó a reír.

—¿Por qué? ¿Acaso si usted se hace bandido tengo yo la obligación de acompañarlo en sus correrías? Siempre existe, de todos modos, el problema de la muerte. Al final todos debemos morir, aunque vivamos cien años. Cuando haya exhalado mi último suspiro y ya no pueda ver ni oír, ¿acaso no me veré libre de usted?

Baoyu se apresuró a taparle la boca con la mano.

—No digas esas cosas.

Xiren conocía sus debilidades. Le disgustaban los elogios hipócritas, pero los sentimientos reales de ese tipo lo deprimían. Lamentando su poco tino, desvió la conversación inmediatamente hacia temas de su agrado: la brisa primaveral y la luna de otoño, los afeites y el carmín y, por último, las buenas cualidades de las muchachas. Cuando esta última conversación condujo inevitablemente al asunto de la muerte de las muchachas cortó de inmediato.

Baoyu la había escuchado con inmenso placer, y cuando ella se detuvo respondió alegremente:

—Todos los hombres han de morir. Todo estriba en morir por una buena razón. Los bellacos vulgares piensan que los ministros que mueren por amonestar al emperador o los generales que mueren en la batalla ganan fama inmortal como hombres de valor y calidad, ¡pero sería mejor que no murieran! Después de todo, es la presencia de un déspota en el trono lo que motiva la amonestación del ministro, pero la avidez de éste por hacerse un nombre le hace coquetear con la muerte con total indiferencia hacia su soberano. Del mismo modo, tiene que haber una guerra para que los generales puedan morir en la batalla; así, ellos luchan temerariamente tratando de alcanzar la gloria, y mueren sin tener en cuenta el interés del Estado. Por eso digo que son muertes que no valen la pena.

—Los ministros leales y los buenos generales sólo mueren cuando es preciso —replicó Xiren.

—Si un general temerario ignora toda estrategia y se hace matar por su incompetencia, ¿es necesaria su muerte? Los funcionarios civiles son todavía peores. Memorizan unos cuantos pasajes de los libros y, si el gobierno comete la menor falta, protestan al azar esperando ganar fama como hombres leales. Si en un rapto de furia buscan la muerte, ¿esa muerte es necesaria? Deberían saber que el soberano recibe su mandato del cielo, y que éste no confiaría una tarea tan onerosa sino a un sabio benévolo. Por eso, ya ves, mueren con el único objeto de labrarse una reputación y no guiados por nobles principios. Lo afortunado en mi caso sería morir ahora mismo con todas vosotras a mi alrededor; y mejor aún si las lágrimas que derramarais por mí se convirtieran en un gran caudal que llevara mi cuerpo flotando hasta algún lugar tan desierto que no hubiera ni cuervos; un lugar donde el viento dispersara mi cuerpo para no volver a renacer nunca como un ser humano. Así es como me gustaría morir a mí.

Para interrumpir tales extravagancias, Xiren dijo que se encontraba cansada y dejó de responderle. Entonces Baoyu cerró los ojos y se durmió.

Al día siguiente no volvió a tocar el tema. Aburrido de la placidez del jardín, recordó algunas canciones de El pabellón de las peonías y lo leyó dos veces. Pero no se contentó con eso y decidió buscar a Lingguan, que hacía los papeles de joven dama y que pasaba por ser la mejor cantante de las doce jóvenes actrices del patio de los Perales Fragantes. Salió a buscarla por la puerta lateral, y en el camino encontró a Baoguan y a Yuguan, quienes, saludándolo alegremente, lo invitaron a pasar.

—¿Dónde está Lingguan? —preguntó.

—En su cuarto —le dijeron.

Fue allí a toda prisa y la encontró echada sobre la cama; estaba sola y no se movió al verlo. Acostumbrado como estaba a juguetear con las otras chicas, esperaba que Lingguan le respondiera de la misma manera; entonces se sentó junto a ella y, con una sonrisa, trató de convencerla para que se levantara a cantarle el pasaje que describe la visita al jardín en El pabellón de las peonías.

Para su sorpresa, Lingguan se incorporó y se apartó de él.

—He forzado demasiado la voz —le dijo gravemente—. Ni siquiera canté la última vez que nos hizo llamar Su Alteza Imperial.

Ahora que la veía sentada, Baoyu se dio cuenta de que era la muchacha que había escrito el carácter Qiang al pie del emparrado de rosas. Era la primera vez que sufría un desaire como ése, y abandonó el cuarto con las mejillas encendidas. Cuando Baoguan y las demás le preguntaron qué sucedía, él se lo dijo.

—Sólo tiene que esperar a que venga el señor Qiang —le dijo Baoguan—. Si él se lo pide, ella cantará.

—¿Dónde está? —preguntó Baoyu, algo sorprendido por la respuesta.

—Acaba de salir. Seguramente Lingguan ha tenido algún antojo y él ha salido a satisfacerlo.

Perplejo, Baoyu decidió esperar. Al rato vio llegar a Jia Qiang con una jaula que contenía un pájaro y un escenario en miniatura. Entraba jubiloso, ansioso de ver a Lingguan, pero se detuvo en seco al ver a su tío.

—¿Qué clase de pájaro es ése? —preguntó Baoyu—. ¿Cómo es capaz de sostener una bandera con el pico y caminar sobre el escenario?

—Es una oropéndola de cresta de jade —le dijo Jia Qiang.

—¿Cuánto te costó?

—Un tael con ochenta centavos.

Acto seguido pidió a Baoyu que se sentará y entró a ver a Lingguan. Baoyu ya no quería oírla cantar y sólo deseaba satisfacer su curiosidad. Quería conocer qué relación mantenía con Jia Qiang, que había entrado gritando alegremente:

—¡Levántate y mira lo que te traigo!

—¿Qué es? —dijo Lingguan apoyándose en un codo.

—He traído un pájaro para que no te aburras. Deja que te enseñe cómo hace sus trucos.

Sosteniendo unas cuantas semillas, instó al pájaro a levantar una máscara y una bandera y caminar por el escenario. Todas las muchachas rieron entre exclamaciones:

—¡Qué divertido!

Pero, con un par de gruñidos, Lingguan volvió a tumbarse decepcionada por el espectáculo.

—¿Te gusta? —preguntó Qiang con una sonrisa.

—Ya me parece bastante mal que su familia nos tenga aquí encerradas aprendiendo toda esa vieja basura —replicó—. Ahora usted me consigue un pájaro que hace lo mismo. Está claro que lo ha traído para burlarse de nosotras, y encima pregunta que si me gusta.

Desconcertado por la respuesta, Jia Qiang juró que nunca había tenido intención de ofenderla.

—¡Qué estúpido soy! —gritó—. Pagué un par de taeles por esto con la esperanza de que te entretuviera. No esperaba que pensaras eso del juguete. Está bien, lo soltaré para que te sientas mejor.

Dicho lo cual, soltó el pájaro y destruyó la jaula.

—Puede que ese pájaro no sea humano, pero en el nido tiene una madre que lo espera —dijo Lingguan—. Qué despiadado es usted trayéndolo aquí. Hoy he escupido sangre dos veces y Su Señoría dijo que mandaran llamar a un médico para que me examinase, pero usted, ¡usted trae un pájaro para burlarse de mí! Qué desdichada soy, sin nadie que cuide mi enfermedad.

Y sollozó de nuevo.

—Anoche estuve hablando con el médico —dijo inmediatamente Jia Qiang—. Según él no se trata de nada serio, y me dijo que volvería a reconocerte después de que hubieras tomado una o dos dosis de la medicina que te recetó. No sabía que hubieras vuelto a escupir sangre. Iré a buscarlo ahora mismo.

Y ya se disponía a partir cuando Lingguan lo retuvo diciéndole:

—Ahora el sol quema mucho. Aunque vaya a buscarlo, no dejaré que me reconozca.

De modo que el joven tuvo que quedarse donde estaba.

Mientras tanto, Baoyu reflexionaba maravillado acerca de todos aquellos Qiang escritos en el suelo, cuyo significado entendía ahora. Sintió que estorbaba y se despidió. Como Jia Qiang estaba absorto con Lingguan y no se dio cuenta de su marcha, fueron las otras muchachas las que lo acompañaron a la puerta.

Sin dejar de darle vueltas en la cabeza a su descubrimiento, Baoyu regresó anonadado al patio Rojo y Alegre, donde encontró a Daiyu sentada y conversando con Xiren. Baoyu se dirigió directamente a Xiren.

—Hablándote como lo hice anoche, me equivoqué —le dijo—. Con razón mi padre me acusa de pretender escrutar el cielo mirando por un tubo y de medir el mar con un calabacín. Fue un error asegurar que todas lloraríais mi muerte. Ahora sé que no todas las lágrimas serán para mí y que cada uno tiene su cuota de amor.

Xiren, que había olvidado aquellas extravagantes palabras tan livianamente pronunciadas la noche anterior, se sorprendió al oírlas de nuevo.

—Realmente está loco —dijo riendo.

Baoyu no respondió. Ahora estaba convencido de que todo amor está predestinado y cada uno tiene una cuota asignada. Se preguntaba abatido quién derramaría lágrimas por él cuando llegara la hora de su muerte. Pero no necesitamos tratar de adivinar sus más íntimos pensamientos.

El caso es que cuando Daiyu percibió el estado de turbación en el que se encontraba el muchacho, decidió no hacerle preguntas, pues comprendió que se había sentido muy afectado por alguna maligna influencia en alguna parte.

—Vengo de casa de tu madre —le dijo—. Allí he sabido que mañana se celebra el aniversario de la tía Xue, que quiere saber si irás o no. Debería enviar a alguien para llevarle la respuesta.

—Ni siquiera fui al cumpleaños de mi tío —contestó él—. ¿Qué pasará si mañana me presento allí y me tropiezo con alguien? Prefiero no ir a éste, ya que no fui al otro. Además, hace mucho calor para usar el traje ceremonial. Estoy seguro de que a la tía Xue no le importará si no voy a su fiesta.

—¡Pero qué ocurrencia! —exclamó Xiren—. Su relación con el señor es diferente. Usted y su tía viven muy cerca y además ella es su pariente por alianza. Si no acude, preguntará cuál ha sido la razón de su ausencia. Si lo que le preocupa es el calor, ¿por qué no va a primera hora a hacer un koutou y vuelve después de haber tomado una taza de té? ¿No cree que eso le causaría buena impresión?

Antes de que pudiera responder, Daiyu intervino:

—Además, deberías ir aunque sólo fuera por ver a la que te espanta los mosquitos.

—¿Qué es eso de los mosquitos? —preguntó él.

Xiren le explicó que Baochai había permanecido junto a él mientras dormía la siesta el día anterior, mientras no llegaba nadie a hacerse cargo de sus cuidados.

—¡Eso está mal! —exclamó—. Qué grosería por mi parte haber dormido durante toda su visita. Está decidido: mañana iré a la casa de mi tía.

En ese preciso momento apareció Xiangyun con vestido ceremonial. Su familia la había mandado llamar y venía a despedirse. Enseguida se incorporaron todos y la invitaron a tomar asiento, pero ella no pudo quedarse y tuvieron que acompañarla hasta la salida. A pesar de que las lágrimas le anegaban los ojos, no se atrevía a quejarse en presencia de los sirvientes de su familia. La llegada de Baochai aumentó su resistencia a partir.

Baochai sabía que si las sirvientas, cuando regresaran, informaban de aquello a la tía, le costaría caro a Xiangyun. En consecuencia, le pidió que emprendiera la marcha. La acompañaron hasta la segunda puerta, y Baoyu hubiera ido más allá de no habérselo impedido la misma Xiangyun que, a pesar de eso, se volvió un poco más adelante y lo llamó a su lado.

—Si la Anciana Dama me olvida recuérdale que envíe a alguien a recogerme —le susurró.

Baoyu le prometió hacerlo.

La siguieron con los ojos hasta su carruaje, y luego volvieron todos sobre sus pasos.

Si desean saber qué sucedió entonces, escuchen el capítulo siguiente.

CAPÍTULO XXXVII

Un buen día se funda la Academia de las Begonias

en el estudio del Frescor Otoñal.

Por la noche se elaboran los temas para componer

poemas sobre crisantemos en el parque de las Alpinias.

Jia Zheng, que aquel año había sido nombrado inspector general de estudios y gran examinador provincial, eligió el vigésimo día del octavo mes para iniciar la jornada que lo llevaría a mostrar su gratitud al emperador. Aquel día, antes de emprender viaje, presentó sus respetos ante los altares ancestrales y ante la Anciana Dama; luego, fue acompañado por Baoyu y los demás jóvenes de la familia hasta el pabellón de la Despedida. Pero no necesitamos ocuparnos de las actividades de Jia Zheng en el exterior de la mansión Rong.

Lo que nos interesa es que la partida de su padre dejó a Baoyu libre para vagabundear por el jardín según le viniera en gana. Se iniciaban para él varios meses de ocio. Cierto día en que se sentía triste y decaído, Cuimo le trajo una carta escrita sobre un papel con adornos pintados.

—Me alegra que hayas venido —le dijo Baoyu—. Olvidé hacerlo, pero tenía la intención de visitar a la tercera hermana. ¿Ya se encuentra mejor?

—Sí, hoy mismo ha dejado de tomar su medicina —respondió Cuimo—. Sólo era un resfriado.

Entonces Baoyu desdobló la carta y leyó:

Tanchun saluda a su segundo hermano.

La otra noche, después de la lluvia, la luna estaba diáfana; se hubiera dicho que el agua recién caída le había lavado la cara. Me pareció una rara oportunidad para disfrutar de su luz y estuve paseando entre los árboles hasta la mediano che. El rocío me produjo un enfriamiento. Ayer te tomaste la molestia de venir personalmente a darme ánimos, y luego enviaste doncellas con lichis frescos y caligrafías dé Yan Zhenqing[1]. Tu amable preocupación me conmovió intensamente.

Hoy, mientras reposaba tranquilamente, se me ocurrió que los antiguos, incluso cuando perseguían la fama y se afanaban para obtener ganancias, mantenían una pequeña colina o un leve arroyo donde poder retirarse y, con unos cuantos amigos, amenizar sus copas organizando reuniones poéticas o foros literarios. La fama de esos improvisados encuentros ha sobrevivido a los siglos.

Aunque yo misma carezca de talento, tengo la fortuna de vivir entre rocas y fuentes, y admiro los pulidos versos de Baochai y Daiyu. Sería una lástima desaprovechar la oportunidad de invitar a los poetas a un festín en un patio fresco o en un pabellón iluminado por la luna a componer poemas y beber bajo el albaricoquero que sostiene el rótulo de la taberna, junto al arroyo de los Duraznos. ¿Por qué el genio de la Sociedad del Loto[2] ha de limitarse a los hombres? ¿Por qué han de ser excluidas las muchachas de reuniones como aquellas famosas de las colinas del Este[3]?

Si accedes a venir, barreré los pétalos del sendero para esperarte[4].

Escrito con todo respeto.

Cuando terminó de leer, Baoyu, muy contento, dio una palmada.

—¡Pero qué culta se ha vuelto la tercera hermana! —dijo riendo—. Iré ahora mismo a discutir este asunto con ella.

Dicho lo cual se puso en marcha delante de Cuimo; cuando llegó al pabellón de la Fragancia que Rezuma se le acercó la criada que estaba de guardia en la puerta trasera del jardín con otra carta en la mano. Ya frente a él, dijo la criada:

—El señor Yun le envía sus respetos. Está esperando en la puerta trasera y me ha pedido que le entregue esta carta.

Desdoblándola, Baoyu leyó:

Su indigno hijo Jia Yun envía sus saludos respetuosos y desea a su noble padre salud y felicidad infinitas.

Desde que tuve la dicha de convertirme en su hijo adoptivo he pasado noches y días intentando complacerlo, mas sin encontrar ocasión de demostrar mi piedad filial. No hace mucho que me fue confiada la compra de flores, y gracias a su influencia he tenido ocasión de conocer a muchos jardineros y visitar muchos jardines célebres. Descubrí una rara especie de begonia blanca y, después de considerables dificultades, pude adquirir dos tiestos. Si me considera como su propio hijo, acepte, por favor, estas flores, y disfrútelas.

Como hace tanto calor, no quiero imponer mi presencia, dado que temo molestar a las jóvenes que habitan en el jardín. Le ofrezco mi respetuoso koutou deseándole buena salud.

Cuando terminó de leer la carta de Jia Yun, Baoyu preguntó con una sonrisa:

—¿Vino solo?

—Sí, y traía dos tiestos de flores —contestó la vieja.

—Anda y dile que he leído su carta y que aprecio su consideración. Puedes poner las flores en mi cuarto.

Dicho lo cual se encaminó con Cuimo hacia el estudio del Frescor Otoñal, donde ya estaban reunidas Baochai, Daiyu, Yingchun y Xichun.

—¡Aquí llega otro! —exclamaron entre risas al verlo entrar.

—¿No pensáis que, después de todo, no ha sido tan vulgar la idea que he tenido? —preguntó Tanchun entusiasmada—. Escribí unas cuantas invitaciones para ver qué sucedía y habéis venido todos.

—Hace mucho tiempo que debíamos haber fundado una academia así —comentó Baoyu.

—Hacedla si queréis, pero no contéis conmigo —declaró Daiyu—. No estoy a la altura.

—¿Y quién lo está si tú no lo estás? —replicó Yingchun con una sonrisa.

—Éste es un asunto serio —declaró Baoyu—. Debemos alentarnos mutuamente y, por cortesía, no retiramos de la reunión. Aportemos nuestras ideas a una discusión general. ¿Qué sugerencias tiene la prima Baochai? ¿Y la prima Daiyu?

—¿A qué tanta prisa? —preguntó Baochai—. Todavía falta gente por llegar.

Y antes de que hubiera terminado de decirlo, llegó Li Wan.

—¡Cuánto refinamiento! —exclamó entre risas—. Si vais a fundar una academia de poesía, yo me ofrezco para presidirla. La primavera pasada tuve la misma idea, pero al pensarlo de nuevo consideré que lo único que podría aportar serían molestias, puesto que yo misma no puedo componer poemas. Por eso la olvidé inmediatamente. Ahora que la tercera hermana está tan animada, yo la ayudaré a que todo marche bien.

—Si estáis decididos a crear una academia de poesía, todos debemos comportarnos como poetas —dijo Daiyu—. En primer lugar, para ser menos convencionales debemos dejar de llamarnos «hermana», «prima», «cuñada» y cosas por el estilo.

—De acuerdo —dijo Li Wan—. Busquemos algunos seudónimos elegantes. Yo seré la Vieja Campesina del Fragante Arroz, y sólo yo podré usar este nombre.

—¡Yo seré la Budista del Frescor Otoñal! —exclamó Tanchun.

—«Budista», «Dueña» y ese tipo de títulos tienen algo de inapropiado y prolijo —objetó Baoyu—. Puesto que tenemos aquí tantos plátanos y paulonias, ¿por qué no los utilizas en tu nuevo nombre?

—Sí, tienes razón. Es el árbol que más me gusta, así que me llamaré la Forastera bajo el Plátano —dijo Tanchun.

A todos les pareció un nombre más apropiado y gracioso; sólo Daiyu se burló:

—¡Llévensela rápido! Guisen unas tajadas de su carne para acompañar nuestro vino.

Todos la miraron perplejos, y ella, sonriendo, explicó:

—¿Acaso no decían los antiguos: «La sombra del plátano cubrió al ciervo»? Si se llama Forastera bajo el Plátano sólo puede ser una cierva. Vamos, cocinémosla.

Entre las carcajadas de los reunidos, Tanchun exclamó:

—¡Espera! Eres muy hábil para burlarte de la gente, pero ya he dado con el nombre perfecto para ti.

Y volviéndose a los demás dijo:

—Las esposas del rey Shun derramaron tantas lágrimas sobre los bambúes que éstos se mancharon, y ahora el bambú moteado lleva su nombre. Pues bien, si ella vive en el refugio de Bambú y se pasa el tiempo llorando, estoy segura de que el día que solloce por un esposo también hará crecer bambúes moteados. Propongo que la llamemos Reina de los Bambúes.

Todos aplaudieron la propuesta de Tanchun; salvo Daiyu, que, reducida al silencio, agachó la cabeza.

—A mí se me ha ocurrido un buen nombre para la prima Baochai, y además es breve —dijo Li Wan.

—¿Cuál es? —preguntaron Xichun y Yingchun.

—Propongo que sea la Dama de las Alpinias. ¿Qué os parece?

—Excelente —opinó Tanchun.

—¿Y yo? —preguntó Baoyu—. Pensad uno para mí.

—Ya tienes uno —dijo Baochai con una risita—. Tú deberías ser el Ocupado Ocioso.

—¿Por qué no conservas tu antiguo nombre y sigues llamándote Señor de las Flores de la Caverna Bermeja?

Baoyu sonrió tímidamente.

—No me recordéis las tonterías que decía de niño.

—Ya tienes muchos seudónimos —dijo Tanchun—, ¿para qué quieres otro? Podemos llamarte con cualquiera de ellos.

—Ya tengo uno para ti —dijo Baochai—. Es vulgar, pero te viene como anillo al dedo. Las dos cosas más difíciles de obtener son la riqueza y la nobleza, y la tercera es el ocio. Pocos disfrutan de más de una de estas cosas; sin embargo tú tienes las tres. Deberías llamarte el Ocioso Rico y Noble.

—No lo merezco. No lo merezco —sonrió Baoyu—, pero sea como gustas.

—¿Y la segunda prima? ¿Y la cuarta prima? —preguntó Li Wan.

—No somos buenas escribiendo poesía, así que no necesitaremos seudónimos —respondió Yingchun.

—Incluso así, será mejor que los tengáis —opinó Tanchun.

—Como Yingchun vive en la isla de las Trapas Moradas, que sea la Dama de la Isla de las Trapas —sugirió Baochai—. Y Xichun puede ser la Dama del Pabellón de la Fragancia del Loto.

—Muy bien —dijo Li Wan—. Como soy la mayor, debéis escucharme. Estoy segura de que os parecerá bien mi propuesta. Las siete personas que estamos aquí reunidas estamos dando los primeros pasos de esta academia, pero como la segunda prima, la cuarta prima y yo no somos poetas, debéis omitir nuestra participación en lo que a escribir se refiere. Cada una de nosotras podrá encargarse de otra cosa.

—Ya tenemos seudónimos, pero tú sigues llamándonos primas, así que no le veo utilidad a tenerlos —exclamó Tanchun—. Debemos tomar una decisión sobre los castigos que impondremos a quien cometa errores de ese tipo, para aplicarlos a partir de ahora.

—Espera a que hayamos fundado la academia antes de imponer las reglas —replicó Li Wan—. Mis aposentos son los más amplios, así que podemos reunirnos allí. A pesar de que no puedo componer versos, si los poetas no tienen nada que objetar a mi vulgar compañía puedo actuar como anfitriona; así adquiriré algo de cultura. Pero si me elegís como presidenta de la academia, no podré ocuparme yo sola de dirigirla: debemos elegir vicepresidentas; sugiero que sean las letradas de la isla de las Trapas y la del pabellón de la Fragancia del Loto. Una se puede encargar de proponer el tema y las rimas, y la otra de actuar como copista y supervisora. No habrá una regla que nos impida escribir: cuando el tema y la rima sean fáciles, nosotras tres podremos hacer un intento; vosotros cuatro, sin embargo, sí que tendréis obligación de componer poemas. Ésta es mi propuesta. Si no es aceptada me vería obligada a retirarme de tan ilustre compañía.

Como Yingchun y Xichun no gustaban de hacer versos y carecían de toda posibilidad de eclipsar a Baochai o Daiyu, aceptaron con gusto la propuesta, que les pareció hecha a medida para ellas. Al percibir su alivio, los demás aceptaron comprensivamente y sin presionar demasiado.

—De acuerdo entonces —convino alegremente Tanchun—. Sin embargo, hay algo que me parece una broma. La idea fue mía, pero vosotras tres os la habéis apropiado.

—Eso ya está decidido —intervino Baoyu—. Vamos a la aldea de la Fragancia del Arroz.

—No tan rápido —objetó Li Wan—. Todavía estamos en la fase de organización. Esperad a que os invite.

—Por lo menos deberíamos ponernos de acuerdo sobre la frecuencia de las reuniones.

—Si nos reunimos demasiado a menudo, ya no disfrutaremos —vaticinó Tanchun—. Limitémoslas a dos o tres veces al mes.

Baochai asintió con la cabeza.

—Dos veces al mes me parece suficiente. Estableced fechas y reunámonos, llueva o truene. Si alguien quiere cursar invitaciones para que se celebren en su casa o en el lugar habitual de reunión, que sea en buena hora. ¿No sería eso más flexible y divertido?

Todos aprobaron la idea.

—Ya que fue mía la sugerencia, debéis permitir que sea yo la primera anfitriona. Me parece lo justo —dijo Tanchun.

—Muy bien —accedió Li Wan—. Puedes convocar la primera reunión para mañana mismo.

—¿Y por qué no hoy? No habrá un momento tan propicio como éste. Tú sugiere el tema, la Dama de la Isla de las Trapas puede señalar la rima y la Dama del Pabellón de la Fragancia del Loto supervisará.

—No me parece bien que el tema y las rimas sean decididos por una sola persona —objetó Yingchun—. Lo mejor sería sortearlo.

—Cuando venía hacia aquí —comentó Li Wan—, vi que traían dos macetas de begonias blancas sencillamente adorables, ¿por qué no escribir sobre ellas?

—¿Sin haberlas Visto? —protestó Yingchun—. ¿Cómo podríamos?

—Sólo son begonias blancas —replicó Baochai—. No es preciso mirarlas antes. Los antiguos escribieron para expresar sus propios sentimientos. Si se hubieran limitado a escribir sobre objetos que realmente habían visto, hoy no tendríamos tantos poemas.

—En tal caso dejadme establecer las rimas —dijo Yingchun.

Tomó de la estantería un volumen de poesía y, abriéndolo al azar, posó su vista sobre un lushi con versos de siete caracteres[5]; después de enseñarlo para que todos lo vieran indicó que debía utilizarse el mismo metro. Colocó el libro otra vez en su lugar y volviéndose a una pequeña doncella le dijo:

—Di la primera palabra que te venga a la cabeza.

La doncella, parada junto a la puerta, dijo:

—Men[6].

—Muy bien, esa rima pertenece a la decimotercera sección del sistema de rimas —anunció Yingchun—, y esa palabra debe aparecer en el primer verso.

Acto seguido pidió una caja de tarjetas con rimas, abrió el decimotercer compartimento y dijo a la doncella que eligiera cuatro tarjetas al azar. Éstas resultaron ser Pen, Hun, Hen y Hun[7].

Baoyu comentó:

—Pen y Men no son fáciles de introducir.

Daishu preparó cuatro juegos de papel y pinceles, y todos callaron mientras pensaban; todos salvo Daiyu, que siguió acariciando las paulonias, contemplando el paisaje otoñal y bromeando con las doncellas. Yingchun mandó encender una varilla de incienso Dulces Sueños que, como sólo tenía tres pulgadas de largo y no era más gruesa que una mecha de lámpara, no tardaría en consumirse. Los poemas deberían estar listos antes de que esto sucediese.

La primera en terminar fue Tanchun. Escribió su poema, hizo una o dos correcciones y entregó el papel a Yingchun.

—¿Ya has terminado, Dama de las Alpinias? —preguntó a Baochai.

—Ya está listo, aunque no es muy bueno —contestó Baochai.

Baoyu daba grandes zancadas por el corredor, con las manos en la espalda.

—¿Has oído? —dijo a Daiyu—. Ya han terminado los suyos.

—No te preocupes por mí —contestó ella.

—¡Cielos! —exclamó—. Sólo queda una pulgada de incienso y sólo he compuesto cuatro versos.

Se volvió hacia Daiyu:

—El incienso está casi consumido. Levántate, no te sientes en cuclillas sobre el suelo húmedo.

Daiyu no le prestó atención.

—Ahora no puedo ayudarte —dijo él—. Tengo que escribir el mío, sin importar lo malo que resulte.

Dicho lo cual, echó a andar hacia el escritorio.

—Ya vamos a leer los poemas —anunció Li Wan—. Quien no haya entregado el suyo antes de que hayamos terminado de leer los demás, tendrá que pagar.

—Puede que no escriba bien —comentó Baoyu—, pero, cómo juez, la Vieja Campesina del Fragante Arroz es buena e imparcial. Atengámonos a su veredicto.

Las muchachas estuvieron de acuerdo. Primero leyeron el papel de Tanchun, que decía:

Frente a las puertas cerradas, el sol de poniente ilumina las hierbas marchitas,

y el verde musgo se espesa bajo las macetas empapadas por la lluvia.

No se puede comparar el jade con la pureza de su espíritu.

Su cuerpo, como la nieve, encanta el alma,

y apenas late, tan tenue, su fragante corazón.

Con su bellísima sombra, la luna deja su huella en la tercera vigilia.

No digan que el hada blanca partirá volando[8];

vendrá conmigo, cariñosa, a cantar en el crepúsculo.

Después de haber leído el poema de Tanchun, le tocó el turno al de Baochai:

Para resguardar su fragancia, cierro la puerta durante el día

mientras salgo a regar las macetas cubiertas de musgo.

Las sombras graciosas de las flores desleídas se reflejan en la escalera otoñal;

hielo o nieve, sus espíritus descansan junto a las gradas que cubre el rocío;

extremada, su sencilla blancura nos dice que la flor es más brillante[9].

¿Cómo no va a tener manchas el jade, si es tan triste?

La flor es un favor que le hace el dios blanco[10], ¿cómo lo devolverá?

Su atractiva pureza calla bajo el crepúsculo.

—¡Merece ser la Dama de las Alpinias! —exclamó Li Wan cuando terminó la lectura.

A continuación pasaron al poema de Baoyu.

Ilumina las puertas la blancura otoñal de las begonias:

son cúmulos de nieve, en sus macetas.

Recuerdan a Taizhen saliendo del baño, helada como su sombra[11],

o evocan a Xizi acariciándoles el corazón, jade como su espíritu[12].

No puede dispersar el viento del alba tanta tristeza, y la lluvia atardecida añade sus huellas a las del llanto.

Apoyadas en las barandas, parecen sacudidas por un sentimiento profundo.

Los golpes de las lavanderas, y unos lamentos de flauta, te acompañan a despedir el crepúsculo[13].

Cuando se terminaron de leer estos poemas, Baoyu expresó su preferencia por el de Tanchun. Li Wan, después de insistir en que el más distinguido era el de Baochai, pidió el suyo a Daiyu.

—¿Ya habéis terminado todos? —preguntó ella.

Y entonces, cogiendo el pincel, improvisó ocho versos y los lanzó a los demás. Li Wan y los demás leyeron:

Medio enrollada, la cortina de bambú; entornada la puerta.

Hielo picado parece la tierra, y jade las macetas.

—¿Cómo lo consigues? —exclamó admirada Baochai interrumpiendo la lectura.

Y continuaron:

Roba a la flor del peral una parte de su blancura

y le presta el florecido ciruelo una brizna de su espíritu fragante.

—¡Espléndido! —exclamaron los demás—. ¡Realmente original!

Y siguieron leyendo:

La diosa del palacio de la Luna le cose un vestido blanco,

y es triste, como la triste muchacha que en su otoñal

aposento seca las huellas del llanto:

sola, tímida, silenciosa, ¿a quién dirige sus lamentos

mientras se apoya contra el viento del oeste, ya cansada, y descienden las sombras?

—¡Es el mejor! —exclamaron todos.

—Ciertamente, es el más encantador e insólito —opinó Li Wan—, pero el de nuestra Dama de las Alpinias tiene un sentido más profundo y una sustancia más real.

—En efecto —intervino Tanchun—. La Reina de los Bambúes debe quedar segunda.

—Y en último lugar el Príncipe Rojo y Alegre —sentenció Li Wan—. ¿Estáis de acuerdo?

—Mi poema no era muy bueno, así que me parece justo vuestro veredicto en lo que a mí se refiere —dijo Baoyu sonriendo—, pero opino que se debería volver a sopesar cuál es el mejor, si el de la Dama de las Alpinias o el de la Reina de los Bambúes.

—Soy yo quien debe decidirlo —insistió Li Wan—. Tú no tienes voz en el asunto. Recibirás un castigo si continúas alegando.

Por lo cual Baoyu no volvió a hablar.

—He decidido que de ahora en adelante nos reunamos los días dos y dieciséis de cada mes —continuó Li Wan—, y vosotros deberéis aceptar los temas y rimas que yo elija. Podéis tener reuniones adicionales, si así lo queréis; a mí no me importa que os reunáis a diario, pero no dejéis de acudir a mis aposentos los días que os he dicho.

—Debemos darle nombre a esta academia —declaró Baoyu.

—No debe estar muy visto —dijo Tanchun—, pero tampoco debe ser muy presuntuoso. Ya que hemos iniciado nuestras actividades con poemas sobre begonias, ¿por qué no llamarla Academia de las Begonias? Suena común, pero no tiene importancia porque nace de un hecho concreto.

Siguieron discutiendo un rato mientras bebían té, hasta que, finalmente, se separaron, unos para volver a sus cuartos, otros para visitar a la Anciana Dama y a la dama Wang. Pero dejemos esto.

Cuando vio a Baoyu leer la nota y salir apuradamente detrás de Cuimo, Xiren se había preguntado qué llevaría entre manos. Más tarde, cuando llegaron las dos mujeres de la puerta trasera con los tiestos de begonias a cuestas, preguntó de dónde venían y así conoció la historia completa. Xiren hizo que las dos amas descargasen las begonias y las invitó a sentarse en el cuarto de las criadas. Una vez acomodadas, entró en los aposentos y pesó sesenta centavos de plata que entregó a las dos mujeres junto con otras trescientas monedas.

—La plata es para los muchachos que trajeron las flores —explicó—, y las monedas son para ustedes.

Las mujeres, contentísimas, se incorporaron para agradecer efusivamente el regalo mientras hacían al mismo tiempo el ademán de rechazarlo. Finalmente, ante la insistencia de Xiren, acabaron aceptándolo.

—¿Hay pajes de guardia en la puerta trasera? —preguntó.

—Sí, todos los días hay cuatro —le respondieron—. Si necesita decirles algo, señorita, nosotras lo haremos.

—Yo no lo necesito —contestó Xiren sonriendo—, pero hoy el señor Bao quiso enviar un objeto a la señorita Shi, en casa del joven marqués. Menos mal que han venido ustedes. A la salida, por favor, pidan a los muchachos de la puerta trasera que alquilen un carruaje. Apenas llegue, pueden venir aquí a recoger el dinero. Que no se vayan a gandulear por la parte delantera de la casa.

Cuando las mujeres hubieron partido a cumplir el encargo, Xiren entró de nuevo para buscar un plato sobre el cual depositar los regalos destinados a Xiangyun; pero el plato que buscaba había desaparecido del aparador tallado. Al volver la cabeza vio a Qingwen, Qiuwen y Sheyue atareadas en sus labores de hogar.

—¿Qué ha pasado con el plato de ágata blanca con diseños en espiral? —les preguntó.

Las muchachas se miraron, pero no pudieron recordarlo.

Después de pensarlo un momento, Qingwen dijo:

—Ése fue el plato en el que enviamos lichis a la señorita Tanchun, y todavía no lo han devuelto.

—Hay muchos platos de diario que pudisteis utilizar —dijo Xiren—, ¿por qué precisamente ése?

—Eso fue exactamente lo que yo dije, pero él insistió en que ese plato era el que quedaba más bonito con los lichis frescos, y cuando lo llevé a la señorita Tanchun le gustó tanto que me dijo que dejara la fruta en él; por eso no lo traje. Tampoco han devuelto ese par de floreros que había allí arriba.

—Hablando de esos floreros —dijo Qiuwen—, me estoy acordando de una cosa graciosa. Cuando nuestro señor Bao decide ser filial lo es hasta el extremo. Cuando vio los osmantos fragantes florecidos en el jardín cogió dos ramitas, pero de pronto lo pensó mejor y dijo: «Estas flores acaban de brotar en nuestro jardín, y no debo ser el primero en disfrutarlas». Inmediatamente hizo que bajaran esos dos floreros, los llenó de agua y puso dentro las ramitas; después hizo que llevaran uno a su abuela y otro a su madre. Este súbito acceso de sentimiento filial trajo buena suerte a la mensajera, que era yo misma. La Anciana Dama estaba contentísima y dijo a todos: «Después de todo, ¡qué buen nieto es Baoyu, que me envía flores! ¡Y pensar que hay gente que me critica por haberlo mimado tanto…!». Todas sabéis la poca atención que suele prestarme la Anciana Dama. Nunca he sido una de sus favoritas, pero aquel día ordenó que me dieran unas cuantas sartas de monedas diciendo que yo era «una pobre cosita delicada». ¡Vaya golpe inesperado de suerte! Unas cuantas sartas de monedas no es mucho dinero, pero sí un inusitado honor. Después fui a llevar el florero a Su Señoría. Cuando llegué estaba con la señora Lian y las concubinas Zhao y Zhou revisando unas cajas que contenían los vestidos alegres que había usado de joven, porque quería regalarlos. Cuando entré dejó de mirar la ropa para contemplar las flores y, para complacerla, la señora Lian empezó a volcar carretadas de elogios sobre Baoyu por su consideración y sus sentimientos filiales. Su Señoría sintió que, gracias a su hijo, se veía prestigiada delante de todos, y que eso taparía la boca a quienes le hacían objeto de sus habladurías. Se puso tan contenta que me regaló dos trajes. La ropa tampoco es nada especial, al fin y al cabo recibimos todos los años ropa nueva, pero el gesto fue un signo de gran favor.

—Bah, qué fácil eres de contentar —se burló Qingwen—. A otras les da lo mejor y a ti las sobras, y sin embargo te sientes honrada.

—Sobras o no, fue un gesto amable por parte de Su Señoría.

—Yo en tu lugar no los habría aceptado —replicó Qingwen—. Las sobras de cualquier otra persona no me molestarían tanto, ¿pero por qué una persona de este cuarto ha de ser superior a las demás? Si ella recibiera la ropa buena y yo la desechada, me negaría a aceptarlas. Aun arriesgándome a ofender a la señora, me negaría.

—¿Y quién ha recibido la ropa buena? —preguntó inmediatamente Qiuwen—. Yo he pasado unos días enferma, así que no sé a qué te refieres. Anda, sé buena y dímelo.

—Si te lo digo, ¿le devolverás a la señora esos trajes?

—No seas tonta. Simplemente me parece divertido saberlo. Aunque Su Señoría me diera las sobras del perro, me parecería amable por su parte. No me ocupo de los asuntos ajenos.

Las otras muchachas se echaron a reír.

—Has dado en el clavo. La ropa buena se la dieron a este perro faldero, pintado y forastero que acogemos entre nosotras[14].

—¡Que se os pudra la lengua! —exclamó Xiren con una sonrisa—. ¿De modo que no desperdiciáis ocasión para burlaros de mí? Tendréis un mal final, una por una.

—¿Así que fuiste tú, hermana? —dijo Qiuwen—. No lo sabía. Te pido disculpas.

—Basta de tonterías —interrumpió Xiren—. Quisiera que una de vosotras trajera ese plato de vuelta.

—También hay que recobrar los floreros —dijo Sheyue—. No hay problema en los aposentos de la Anciana Dama, pero en los de Su Señoría entra y sale toda clase de gente. Los demás no importan, pero si la concubina Zhao y toda esa gente llega a descubrir que allí hay algo que pertenece a este lugar, recurrirán a cualquier truco sucio para romperlo, y la señora no prestará mucha atención. Más vale recobrar las cosas antes de que sea demasiado tarde.

Al oír eso, Qingwen dejó la costura y se ofreció para recuperar el florero.

—Iré yo mientras tú vas en busca del plato —dijo Qiuwen.

—No, me toca a mí —insistió Qingwen riendo—. ¿Es que vais a hacer vosotras todos los buenos recados sin dejar nada para mí?

—Qiuwen recibió ropa sólo una vez —dijo Sheyue con tono burlón—. ¿Acaso esperas encontrar a la señora revolviendo ropa de nuevo? Sería demasiada coincidencia.

Qingwen resopló.

—Pero aunque no vea ropa alguna, puede que la señora me considere tanto como a ella y me entregue también dos taeles mensuales de su propia asignación. No trates de engañarme, que lo sé todo.

Dicho lo cuál, salió corriendo. También Qiuwen marchó a recuperar el plato a los aposentos de Tanchun. Cuando regresó con él, Xiren preparó los regalos e hizo llamar al ama Song, que estaba destinada en esos aposentos.

—Póngase su ropa de calle —le dijo—. Quiero que lleve unos regalos a la señorita Shi.

—Deme el recado y los regalos —dijo el ama—. Me prepararé y saldré enseguida.

Xiren cogió dos pequeñas cestas de bambú trenzado. La primera que abrió contenía trapas moradas y semillas de Jitou[15]; en la segunda había un pastel de castañas molidas endulzadas con osmanto fragante.

—Están recién cogidas de nuestro jardín —explicó—. El señor Bao quiere que la señorita Shi las pruebe, y como le gustó tanto el otro día este plato de ágata, ahora debe conservarlo. Y aquí, en este envoltorio de seda, está la labor de costura que me pidió que le hiciera. Espero que no le parezca demasiado basta. Llévele nuestros respetos y los saludos del joven señor.

—¿Hay algún otro mensaje del señor Bao? —preguntó el ama—. ¿No vas a consultarle, por si se te ha olvidado algo?

—¿Lo has visto con la señorita Tanchun? —le preguntó Xiren a Qiuwen.

—Sí, estaban discutiendo sobre una especie de academia de poesía y estaban todos muy ocupados escribiendo poemas. No creo que tenga mensaje alguno. El ama no necesita esperar.

Mientras el ama Song cogía las cosas y se disponía a partir, Xiren le dijo que saliera por la puerta trasera, donde ya los pajes la esperaban con un carruaje preparado. El ama partió.

Lo primero que hizo Baoyu a su regreso fue admirar las begonias; luego entró y le contó a Xiren todo lo referente a la academia poética que acababan de fundar. Ella, a su vez, le informó de que había mandado al ama Song con los regalos para Xiangyun. Baoyu, al oír eso, batió palmas de alegría.

—¿Cómo hemos podido olvidarnos de ella? —exclamó—. Yo tuve la impresión de que algo nos faltaba, pero no supe muy bien qué era. Me alegro mucho de que la hayas mencionado. Nuestra pequeña academia será menos divertida sin su presencia.

—No se lo tome tan en serio, sólo es una manera de pasar el tiempo —replicó Xiren—. Ella no es tan libre como ustedes, y en su casa no la escuchan. Si se lo cuentan querrá venir, pero quizás no le sea posible, y entonces se sentirá terriblemente frustrada. Lo único que conseguirán será desasosegarla.

—No hay problema. Le pediré a mi abuela que ordene que la traigan.

En ese momento regresaba el ama Song a dar cuenta de su encargo. Después de transmitir los agradecimientos de Xiangyun por el regalo, le dijo a Xiren:

—La señorita Shi preguntó qué hacía el señor Bao. Cuando le respondí: «Escribiendo poemas con las jóvenes damas y creando una academia de poesía», lamentó mucho que no se la hubiera avisado. ¡Se sintió realmente mal!

Al oír eso, Baoyu fue directamente a ver a su abuela y le insistió para que ordenara que trajeran a Xiangyun inmediatamente. Cuando la Anciana Dama le dijo que ya era demasiado tarde, y que tendría que ser invitada a primera hora del día siguiente, el muchacho tuvo que aceptar la respuesta y volvió deprimido a sus aposentos.

A la mañana siguiente, muy temprano, regresó a ver a su abuela para insistirle en que invitara a Xiangyun cuanto antes, y no tuvo reposo hasta que ésta, finalmente, llegó por la tarde. Después de saludarla pasó inmediatamente a explicarle todo el asunto. Cuando estaba a punto de mostrarle los poemas, Li Wan y las demás se lo impidieron.

—No lo hagas todavía —dijo Li Wan—. Dale las rimas. El castigo por haber llegado tarde a la academia será que debe escribir un poema con la misma medida. Si es bueno, será admitida inmediatamente; si no lo es, deberá pagarnos una comida y dejar que lo meditemos.

—Vosotros no me avisasteis; soy yo quien os debería imponer un castigo —dijo Xiangyun bromeando—. Bien, de acuerdo, muéstrame las rimas. No soy buena escribiendo poemas, pero no me importa hacer el ridículo. Dejadme ingresar en la academia y con gusto barreré el suelo y quemaré incienso.

—¿Cómo pudimos olvidarla ayer? —exclamaron los demás, deleitados al encontrarla tan divertida como siempre.

La informaron rápidamente de las rimas. La excitación de Xiangyun le impidió pensar cuidadosamente sus poemas o pulirlos. Mientras charlaba con ellos, iba pensando sus versos y escribiéndolos sin mayor concentración.

—He compuesto dos poemas con el mismo metro —dijo—. Supongo que no son muy buenos, ya que han sido hechos por encargo.

Y entregó los poemas para que fueran juzgados.

—Nuestros poemas agotaron el tema; no hubiéramos podido escribir ni uno más —comentaron—, pero hete aquí que tú apareces con otros dos. ¿De dónde sacas tanto que decir? Seguro que repites lo que ya dijimos nosotros…

Dicho lo cual, leyeron los poemas:

Anoche bajó un dios a las puertas de la capital

y plantó jade de Lantian[16] en una maceta.

Ella es la diosa de la Escarcha y prefiere el frío;

su alma sale, aunque nada tenga que ver con la muchacha Qian[17].

¿De dónde procedes, nieve que llega en otoño nublado?

Cae la lluvia sobre las huellas que anoche dejó el llanto.

¡Su único consuelo son los poetas que, celebrando su hermosura sin cesar,

le hacen compañía en el crepúsculo!

Todos aplaudieron el texto de Xiangyun, y pasaron a leer el segundo:

Las alpinias de la escalera conducen a una puerta cubierta de hiedra.

Para las begonias, la esquina del muro es un lugar tan hermoso como las macetas;

a las flores les gusta la pureza, y a la pureza es difícil hacerle compañía.

Y también se le parte el alma a la muchacha sentimental entristecida por el otoño.

Te pareces a una vela de jade cuyas lágrimas gotean al viento.

Tus huellas, bajo la luz de la luna, se ven confusas a través de la cortina de cuarzo hialino.

Quieres contar a Chang E[18] tu sentimiento secreto,

pero ya reinan, en el corredor vacío, las sombras de la noche.

Todos lanzaban, a cada verso, exclamaciones de gozo.

—Qué buena idea hemos tenido escribiendo sobre begonias —decían—. Cuánta razón tuvimos creando nuestra academia.

—Estoy castigada a convidaros. Permitidme que cumpla mi castigo convocando yo misma a la primera reunión. ¿Os parece bien? —propuso Xiangyun.

—¡Perfecto! —exclamaron a coro.

Luego le pidieron su opinión sobre los poemas escritos el día anterior.

Baochai invitó a Xiangyun a quedarse con ella aquella noche y, a la luz de la lámpara, ésta le contó los proyectos que tenía para entretener a los demás y plantear temas para los poemas. A Baochai, sin embargo, le parecieron inadecuadas todas sus propuestas y señaló:

—Ya que has convocado una reunión, la anfitriona eres tú y, aunque sólo sea un entretenimiento, debes hacer propuestas adecuadas. Organiza una reunión frugal, pero no des lugar a quejas; de esa manera todos podrán divertirse. En tu casa no estás a cargo de nada, y las pocas sartas de monedas que recibes mensualmente apenas cubren tus gastos; sin embargo, asumes gratuitamente esta carga. Cuando tu tía se entere te lo echará en cara, porque tu soldada íntegra no es suficiente para cubrir la invitación. ¿Volverás a tu casa a pedir más dinero? ¿O lo pedirás aquí?

Xiangyun empezó a preocuparse.

—Tengo una idea —prosiguió Baochai—. Uno de los asistentes de nuestra casa de empeños tiene un criadero de cangrejos y el otro día nos envió bastantes. Casi todos los que viven en ésta casa, desde la Anciana Dama hasta los del jardín, sienten debilidad por la carne de cangrejo. No hace mucho que mi tía me hablaba de invitar a la Anciana Dama al jardín para disfrutar de los osmantos fragantes y comer unos cuantos cangrejos, pero ha estado demasiado ocupada para invitarla. Lo que puedes hacer es, sin mencionar la academia de poesía, cursar una invitación general. Cuando los mayores se hayan marchado, nosotros podremos escribir todos los poemas que queramos. Haré que mi hermanó nos haga llegar unas cuantas canastas de los cangrejos más grandes y algunas jarras de buen vino de nuestra tienda. También podremos añadir unas cuatro o cinco mesas con otras bebidas. Todo eso es fácil de conseguir, y además nos divertiremos.

Xiangyun quedó profundamente agradecida.

—¡Lo has resuelto! —exclamó admirada.

—Sólo pienso en ti —contestó Baochai—. No debes ser quisquillosa ni imaginar que te miro por encima del hombro: éste es un asunto entre amigas. Si no tienes reparos que poner a mi idea, ordenaré enseguida que todo se ponga en marcha.

—Eres tú la quisquillosa, querida prima, hablando de esa manera —dijo Xiangyun—. Por muy necia que sea, sé reconocer cuándo alguien me está prestando ayuda. Al menos tengo sentido común. Si no te considerase como a mi propia hermana mayor no te hubiera confiado todos los problemas de mi casa, como alguna vez he hecho.

En consecuencia, Baochai ordenó a una criada:

—Anda y pídele a mi hermano que nos traiga varias canastas de cangrejos grandes como los que comimos el otro día. Mañana, después del almuerzo, invitaremos a la Anciana Dama y a mi tía a disfrutar de los osmantos fragantes del jardín. Dile que no se olvide, porque ya he distribuido las invitaciones.

La criada partió a cumplir la orden.

Entonces Baochai aconsejó a Xiangyun:

—Los temas de los poemas no deben ser demasiado extravagantes. Te habrás dado cuenta de que los poetas de la antigüedad no frecuentaban los temas rebuscados ni los ritmos insólitos, que no facilitan la composición de buenos poemas y más bien parecen vulgares. Claro que, aunque la poesía no ha de caer en los tópicos, tampoco debemos poner un énfasis excesivo en la originalidad. En cualquier caso, escribir poesía no es una actividad que se pueda considerar importante para nosotras. Nuestras principales tareas son hilar y coser. Si tenemos algún tiempo libre, lo correcto es que leamos algún libro edificante.

Después de asentir a todo lo que Baochai había dicho, Xiangyun sugirió:

—Como ayer escribimos poemas sobre la begonia, me pregunto si no podríamos esta vez escribir sobre el crisantemo.

—Sí, el crisantemo es un tema adecuado para escribir poesía en otoño. El único problema es que no deja de ser un tema tópico: se ha escrito mucho sobre el crisantemo en el pasado.

—Eso es lo que siento. Será difícil evitar el plagio.

Baochai reflexionó sobre el asunto.

—Ya sé —dijo al momento—. Tomas el crisantemo como objeto, y al autor como la persona que lo contempla; así elaboramos algunos temas, compuesto cada uno de dos ideogramas, uno «real» y el otro «vacío». El real será el crisantemo, y el vacío debe ser algo que se relacione tanto con la flor como con la persona; de este modo rendiremos tributo a la flor y obtendremos al mismo tiempo descripciones de sentimientos. Eso no se ha hecho antes. Semejante combinación resultará a la fuerza fresca y distinguida.

—Buena idea —asintió Xiangyun—. ¿Pero cómo introduciremos el sentimiento en el tema? Ponme un ejemplo.

Tras meditar un momento, Baochai contestó:

—Por ejemplo, el tema podría ser «Un sueño de crisantemos».

—¡Claro! ¿Y qué te parece «La sombra del crisantemo»?

—Puede ser, aunque ya ha sido utilizado antes. Si reunimos un número suficiente de temas lo incluiremos.

Y añadió:

—Se me ha ocurrido otro.

—Dilo.

—«Interrogando al crisantemo.»

—¡Espléndido! —dijo Xiangyun dando una palmada en la mesa—. ¿Y qué tal «Buscando al crisantemo»?

—Bien. Ya podemos pensar diez temas y escribirlos.

Y molieron tinta, mojaron sus pinceles y se pusieron a escribir. Xiangyun escribió los temas que Baochai le fue dictando, de modo que, en un momento, tuvieron diez. Xiangyun los leyó y después dijo:

—Diez no llega a ser un juego completo. Hagamos doce, como en los álbumes de caligrafía y pintura.

Baochai ideó otros dos para completar los doce.

—Ordenémoslos correctamente —dijo.

—¡Espera! ¡Mejor aún! Hagamos un álbum de crisantemos —exclamó Xiangyun.

—De acuerdo. Empezaremos con «Recordando el crisantemo». Después de pensar en él, queremos encontrarlo, así que el número dos será «Visitando el crisantemo». Después de visitarlo, lo plantamos; el tercero será «Plantando el crisantemo». Una vez plantado y florecido, lo miramos y disfrutamos, así que el cuarto será «Frente al crisantemo». Para disfrutarlo aún más, lo cogemos y lo ponemos en un florero; el número cinco será «Contemplando el crisantemo». Ahora bien, para resaltar su esplendor debemos dedicarle poemas, de manera que el sexto será «Cantando al crisantemo». Y como un poema debe ir acompañado de una pintura, el número siete será «Pintando el crisantemo». Pero a pesar de todas las molestias que nos hemos tomado, no conoceremos completamente sus raras cualidades si no le hacemos preguntas; el ocho será «Interrogando al crisantemo». Como la flor parece comprender, nos emocionamos tanto que deseamos aproximarnos a ella; por eso el nueve será «Prendiéndose el crisantemo en el cabello». Y así se agotan todas las cosas que los hombres pueden hacer con un crisantemo, pero, como todavía quedan por describir algunos aspectos de la flor, el número diez y el once serán «La sombra del crisantemo» y «Un sueño de crisantemo». Y concluimos con «El crisantemo marchito», que ha de resumir todas las emociones vertidas en los anteriores poemas. De ese modo tendremos ocupación durante todo el otoño.

Xiangyun volvió a copiar los temas en ese orden y los leyó una vez más.

—¿Y qué rimas propondremos? —preguntó a continuación.

—En general me resisto a los esquemas de rima definida —contestó Baochai—. ¿Por qué razón un buen verso ha de verse constreñido por una rima obligada? No nos ciñamos a esa mezquina regla y limitémonos a proponer los temas. Lo que queremos es pasar un buen rato y, de paso, escribir algunos versos buenos, no aprovechar la imposición de rimas para poner en aprietos a los que acudan.

—Estoy de acuerdo. De ese modo escribiremos más tranquilos. Simplemente copiaremos los temas y estableceremos que se ha de usar la forma lushi de siete caracteres. Pero tenemos los títulos de doce poemas y no somos tantos, ¿significa eso que todo el mundo tendrá que escribir doce?

—Sería dificultarlo todo. Mañana mismo colgaremos el aviso en la pared y cada uno podrá elegir el que más le guste. Si alguien es capaz de escribir sobre los doce temas, que lo haga; pero debemos dejar establecido que estará igualmente bien si alguien no escribe sobre alguno de ellos. Ganará quien escriba mejor y más rápido. Una vez completados los doce, aquellos que no hayan terminado deberán detenerse y aceptar los castigos.

Xiangyun aceptó la propuesta y, después de hacer sus planes, ambas muchachas se metieron en la cama.

Si quieren saber qué sucede, escuchen el siguiente capítulo.

CAPÍTULO XXXVIII

La Reina de los Bambúes obtiene el primer premio

con sus poemas sobre crisantemos.

La Dama de las Alpinias responde con la misma

rima a una sátira sobre cangrejos.

Cuando acabaron de trazar sus planes, Baochai y Xiangyun se durmieron. A la mañana siguiente, Xiangyun invitó a la Anciana Dama y a los demás a disfrutar de los fragantes osmantos.

—Qué idea tan deliciosa y refinada. Debemos aprovechar la invitación —dijeron la Anciana Dama y las demás.

A mediodía, la anciana envió a la dama Wang y a Xifeng para que invitaran a la tía Xue a que las acompañase al jardín. Luego preguntó:

—¿Cuál sería el mejor rincón?

—Es usted quien debe elegirlo —dijo la dama Wang.

—Han hecho preparativos en el pabellón de la Fragancia del Loto —intervino Xifeng—. Los dos árboles de osmanto que hay al pie de esa colina han florecido, el agua que corre junto a ellos tiene la pureza de la esmeralda, y desde el pabellón, que está en el centro de la corriente, se disfruta de un excelente panorama.

Así pues, la Anciana Dama aprobó el lugar y encabezó la marcha hacia el pabellón de la Fragancia del Loto.

Edificado sobre pilares en el centro del lago, el pabellón tenía ventanas abiertas a los cuatro costados, pasajes techados que, a derecha e izquierda, conducían a las dos orillas, y en la parte posterior un serpenteante puente de bambú que también lo conectaba con tierra firme. Al entrar en el puente, Xifeng se adelantó rápidamente a sostener el brazo de la Anciana Dama.

—Pise con firmeza, anciana antepasada. Este puente siempre cruje. No le haga caso.

Al llegar al pabellón vieron en el balcón dos mesas de bambú: una estaba cubierta de copas, palillos y jarras de vino; la otra sostenía un servicio de té. En uno de los costados del pabellón, unas doncellas avivaban con abanicos el fuego de dos estufas: una para el té, la otra para calentar vino.

—¡Té! ¡Espléndido! —exclamó la Anciana Dama—. Este es el lugar adecuado. ¡Y qué limpio está todo…!

—La prima Baochai me ayudó a disponerlo todo —dijo Xiangyun con una sonrisa.

—Sí, siempre he dicho que esa chica piensa en todo.

Mientras hacía esa observación, la Anciana Dama posó su vista en dos inscripciones verticales incrustadas en nácar sobre dos tablas de laca negra que pendían, simétricas, de cada una de las dos columnas. Pidió que alguien las leyera, y Xiangyun recitó:

Ramos de magnolia astillan en el agua los reflejos del loto.

Trapas y raíces de loto perfuman el puente de bambú.

La Anciana Dama levantó la cabeza para mirar la inscripción horizontal, y luego, volviéndose a la tía Xue, dijo:

—Cuando yo era joven vivíamos en un pabellón parecido. Se llamaba pabellón del Arrebol como Almohada, o algo así. En aquel tiempo yo no era mayor que estas chicas y solía pasar el tiempo jugando con mis hermanas. ¡Una vez resbalé, caí al agua y casi me ahogo! Consiguieron sacarme, pero ya me había abierto una brecha en la cabeza con una cuña de madera. De entonces procede esta cicatriz, del tamaño de la yema de un dedo, que aún conservo en la sien. Todos temieron que muriese a causa del remojón y el consiguiente enfriamiento, pero me recuperé.

—Si entonces no hubiera sobrevivido, ¿cómo habría podido disfrutar ahora de tanta buena fortuna? —intervino Xifeng con tono de broma antes de que nadie pudiera deslizar un comentario—. ¡Está claro que ya desde la cuna nuestra anciana antepasada estaba destinada a la buena fortuna y a la larga vida! También el dios de la Longevidad tenía originariamente una brecha en la cabeza, pero estaba tan repleta de buena suerte que se hinchó y se hinchó hasta convertirse en un bulto[1].

Antes de que hubiera terminado, ya estaban retorciéndose de risa la Anciana Dama y la compañía.

—¡Esta mona engreída se burla de mí! —declaró la anciana—. Debería arrancarte esa lengua tan suelta que tienes.

—Dentro de un momento estaremos comiendo cangrejos —dijo Xifeng—. Temí que sufriera una indigestión si antes no la hacía reír. Estando de buen humor no importará que coma un poco más de la cuenta.

—Te obligaré a quedarte conmigo día y noche haciéndome reír. No permitiré que vuelvas a tu casa.

—Es su cariño el que le permite comportarse así —intervino la dama Wang—, y hablándole de esa manera lo único que conseguirá en el futuro será que deje de respetar las conveniencias.

—Me gusta tal como es —dijo la Anciana Dama—. Además, nunca se extralimita. Cuando no hay visitas debemos bromear y charlar entre nosotras, siempre, claro está, que los jóvenes no rompan las principales reglas del protocolo. ¿Por qué hemos de esperar que se comporten como ángeles?

Cuando todos llegaron al pabellón se sirvió el té, y después Xifeng dispuso las mesas. La principal fue ocupada por la Anciana Dama, la tía Xue, Baochai, Daiyu y Baoyu; en la mesa del este se sentaron Xiangyun, la dama Wang, Yingchun, Tanchun y Xichun; la mesa pequeña, situada junto a la puerta, se destinó a Li Wan y Xifeng. En esta última, sin embargo, siempre estaban los asientos vacíos, ya que sus dos ocupantes atendían las mesas de la Anciana Dama y la dama Wang.

—No traigáis muchos cangrejos —dijo Xifeng a las doncellas—. Traed sólo diez, dejad el resto en el vapor y servidlos según vayan solicitándolos.

Luego pidió agua para lavarse las manos y se detuvo junto a la Anciana Dama para pelar un cangrejo, ofreciéndole la carne a la tía Xue, que, sin embargo, la rechazó amablemente.

—Por favor, no te molestes —le dijo—. Prefiero hacerlo yo misma.

Entonces Xifeng hizo el ofrecimiento a la Anciana Dama. La carne del segundo cangrejo fue para Baoyu. Luego mandó traer harina de judías perfumada con hojas de crisantemo y osmanto fragante, diluida en vino muy caliente, para lavarse las manos.

Después de comer un cangrejo con sus invitados, Xiangyun dejó su asiento para ayudar a las demás y salió a ordenar que se enviaran dos platos de cangrejos a las concubinas Zhao y Zhou.

—No estás acostumbrada a servir la mesa —le dijo Xifeng—. Anda, sigue comiendo; yo me encargaré de los invitados. Ya comeré cuando se hayan ido.

Pero Xiangyun no aceptó la sugerencia e hizo disponer otras dos mesas en la balconada para Yuanyang, Hupo, Caixia, Caiyun y Pinger.

—Ya que usted se está encargando de todo, señorita, más vale que nosotras empecemos a comer —dijo Yuanyang.

—Sí. Yo me ocuparé de todo.

Entonces Xiangyun ocupó de nuevo su sitio. Cuando Xifeng y Li Wan hubieron comido por pura etiqueta unos cuantos bocados apresurados, Xifeng se levantó otra vez de la mesa para hacer los honores, y acto seguido salió al balcón donde estaban las doncellas disfrutando de sus cangrejos. Éstas, al verla, se incorporaron. Yuanyang preguntó:

—¿Por qué ha venido aquí, señora? Déjenos disfrutar de un momento de tranquilidad.

—¡Esta perra cada vez se vuelve más mala! —exclamó Xifeng entre risas—. En lugar de agradecerme que haga su trabajo, se queja. Date prisa y sírveme un poco de vino.

Sonriendo, Yuanyang le llenó apresuradamente la copa y se la acercó a los labios. Xifeng la apuró de un trago. Entonces, Hupo y Caixia sirvieron dos copas más y, una detrás de otra, también se las acercaron a Xifeng a los labios, y también fueron apuradas de un trago. Para entonces ya tenía Pinger preparado un caparazón repleto de amarilla pulpa de cangrejo.

—Ponle mucho jengibre y vinagre —ordenó Xifeng.

Y, cuando hubo terminado de comerlo, dijo a las doncellas:

—Sentaos y seguid comiendo. Ya me voy.

—¡Qué poca vergüenza! —exclamó Yuanyang aparentando severidad—. Comer gratis a costa nuestra…

—Más vale que te portes bien —le advirtió Xifeng—. Ya sabes que tu señor Lian está enamorado de ti y tiene la intención de pedirte como concubina.

—¡Bah! —escupió Yuanyang—. ¡Vaya manera de hablar para una dama! Le voy a embadurnar la cara con las manos sucias de cangrejo.

Y se levantó, dispuesta a cumplir su amenaza.

—¡Perdóname por esta vez, hermanita! —suplicó Xifeng.

—Si Yuanyang se convierte en concubina, a Pinger no le hará ninguna gracia —dijo Hupo entre risitas—. Mírela. Sólo con dos cangrejos se ha bebido un plato entero de vinagre, y, claro, se ha avinagrado[2].

Pinger, que tenía la mano llena de pulpa de cangrejo, la levantó amenazando con refregársela por la cara.

—¡Perra de boca sucia! —maldijo.

Hupo soltó unas risitas y esquivó la mano de Pinger que, perdiendo el equilibrio, manchó la mejilla de Xifeng, quien seguía bromeando con Yuanyang. Xifeng lanzó una exclamación de susto que provocó la risa general. Incapaz de controlarse, insultó a Pinger entre grandes carcajadas:

—¡Maldita puta! ¿Acaso no tienes ojos, que vas por ahí pringando a la gente?

Inmediatamente, Pinger limpió la cara de Xifeng y fue a buscar agua.

—¡Buda Amida! —exclamó Yuanyang—. Sin duda éste es un caso de «retribución inmediata».

—¿Qué ha pasado? —dijo desde el interior la Anciana Dama—. ¿De qué os reís? ¿Cuál es la broma? Decídnoslo para que nosotras también nos riamos.

Yuanyang y las demás, temblando todavía de risa, contestaron en voz alta:

—Es la señora Lian, que ha venido aquí a robarnos los cangrejos. Pinger se ha enfadado y le ha embadurnado la cara con pulpa. Ahora las dos están peleando.

Entre las risas de los reunidos, la Anciana Dama dijo:

—Apiadaos de la pobrecita y dadle alguna patita chica y las entrañas.

Yuanyang asintió alegremente y dijo a gritos:

—La mesa está cubierta de patitas. Sírvase, señora Lian.

Entonces Xifeng, ya con la cara lavada, regresó a seguir atendiendo a la Anciana Dama.

Daiyu, la única que temía comer demasiado, se había contentado con un pequeño trozo de la pinza de uno de los cangrejos, y, después de comerlo, abandonó la mesa.

En cuanto la Anciana Dama se hubo dado por satisfecha, todos dejaron sus respectivos asientos para lavarse las manos y, desde allí, fueron a pasear y admirar las flores, jugar con el agua o contemplar los peces.

—Aquí hace viento y usted acaba de comer cangrejos —advirtió la dama Wang a su suegra—. Mejor será que vuelva a la mansión a echarse un rato. Si quiere, mañana puede venir otra vez.

—Muy bien —respondió la Anciana Dama—. No me he marchado antes porque no quería estropearos la diversión; pero, ya que lo sugieres, vámonos.

Y volviéndose a Xiangyun:

—No permitas que tus primos Baoyu y Daiyu coman demasiado.

Xiangyun asintió, y la Anciana Dama continuó recomendándoles a ella y a Baochai que tampoco se excedieran.

—Los cangrejos son un plato exquisito, pero indigesto —dijo—. Si coméis demasiado os dolerá el estómago.

Después de aceptar sus consejos y acompañarla hasta el exterior del jardín, volvieron y ordenaron limpiar todo y poner de nuevo las mesas.

—Ya no es necesario —objetó Baoyu—. Es hora de escribir poemas. Que se pongan el licor y los platos sobre la mesa redonda del centro. Tampoco es necesario distribuir los asientos. Así podremos servirnos solos y sentarnos donde más nos guste. ¿No será eso lo más cómodo?

—Excelente idea —aprobó Baochai.

—Todo eso está muy bien —dijo Xiangyun—, pero no debemos olvidar a las demás.

E hizo que dispusieran otra mesa y trajeran más cangrejos calientes para Xiren, Zijuan, Sigi, Daishu, Ruhua, Yinger y Cuimo. Al pie de la ladera, bajo los fragantes osmantos, fueron extendidas dos alfombras para las criadas y doncellas más jóvenes, que fueron invitadas a comer y beber cuanto quisieran, y a no acudir a menos que fueran llamadas.

Entonces Xiangyun colgó los temas en la pared, y los otros se arremolinaron para leer.

—¡Muy original! —exclamaron—. Pero no será nada fácil.

Xiangyun explicó por qué no había elegido rimas definidas.

—Tienes razón —aprobó Baoyu—. A mí tampoco me gustan los esquemas rigurosos y fijos de rima.

Como no tenía mucho interés por el vino ni los cangrejos, Daiyu envió a una doncella en busca de un cojín bordado y se sentó a pescar junto a la balaustrada. Baochai estuvo jugando unos momentos con una ramita de fragante osmanto, y luego sacó el cuerpo por la ventana y arrojó al agua unos pétalos para que los peces vinieran a mordisquearlos. Xiangyun despertó de su arrobamiento para indicar al grupo de Xiren y a las criadas del pie de la ladera que comieran hasta hartarse. Tanchun, Li Wan y Xichun permanecieron a la sombra de los sauces contemplando las aves acuáticas, mientras Yingchun, un poco apartada, inmóvil junto a unas flores, enhebraba jazmines con una aguja.

Baoyu, por su parte, contempló primero a Daiyu pescando, y después acudió a comentarle algo a Baochai. Finalmente se unió a Xiren y las demás para acompañarlas con unos sorbos de vino, mientras Xiren le preparaba un caparazón de pulpa.

En ese momento Daiyu dejó la caña y se acercó a la mesa. Cogió una jarrita de plata empañada con unas flores de ciruelo talladas y eligió una diminuta copa de esteatita rosada en forma de hoja de plátano. A la doncella que ágilmente se adelantó para servirle un poco de vino, le dijo:

—Sigue comiendo. Deja que yo misma me sirva; así es más divertido.

Ya se había servido media copa cuando notó que el vino era amarillo.

—Ese poco cangrejo que he comido me ha producido un poco de indigestión —dijo—. Lo que me apetece de verdad es un trago de licor.

—Aquí tenemos —dijo inmediatamente Baoyu.

E indicó a las doncellas que calentaran una jarrita de licor macerado con flores de acacia.

Daiyu dio un sorbo y dejó la copa. Baochai, que se había acercado en ese momento, cogió otra copa y bebió antes de mojar el pincel y trazar el primer título sobre la pared: Recordando el crisantemo. Al lado escribió la palabra «Alpinia».

—Querida prima —intervino inmediatamente Baoyu—. Ya tengo cuatro versos para el segundo tema. Déjamelo a mí.

—¡Con el trabajo que me ha costado componer un solo poema, y tú ya estás impaciente! —replicó burlonamente Baochai.

Daiyu tomó silenciosamente el pincel de sus manos y trazó el octavo tema: Interrogando al crisantemo, así como el decimoprimero: Un sueño de crisantemo. Al lado escribió la palabra «Bambú».

A continuación le tocó el turno a Baoyu, que escribió Visitando el crisantemo, y al lado escribió «Rojo».

Tanchun, que se había acercado a mirar, comentó:

—Si nadie va a hacer Prendiéndose el crisantemo en el cabello, yo la haré.

Y moviendo juguetonamente un dedo en dirección a Baoyu:

—¡Recuerda que no se permiten alusiones a las que viven en los cuartos interiores, así que ándate con cuidado!

Mientras tanto, había llegado Xiangyun a elegir los números cuatro y cinco, Frente al crisantemo y Contemplando el crisantemo, al lado de los cuales escribió su nombre.

—Tú también deberías utilizar seudónimo —objetó Tanchun.

—Aunque todavía nos quedan unos cuantos pabellones en casa, por el momento no vivo en ninguno —repuso Xiangyun—. No tiene sentido que yo utilice un nombre prestado.

Baochai replicó:

—Hace un momento la Anciana Dama señaló que en su casa había un pabellón lacustre llamado pabellón del Arrebol como Almohada, o algo así. Tú eres la señora de ese lugar, aunque ahora se encuentre en manos de otra persona.

—Es correcto —aprobaron los otros.

Antes de que Xiangyun pudiera hacer nada, Baoyu tachó su nombre y puso al lado «Arrebol».

Y entonces, en menos de lo que se tarda en dar cuenta de una cena, los poemas fueron concluidos, caligrafiados y entregados a Yingchun, que los copió sobre una hoja limpia de papel blanco rizado, añadiendo a cada texto el seudónimo del autor. Li Wan y los demás los leyeron:

RECORDANDO EL CRISANTEMO

Sopla el viento oeste. Triste, miro a mi alrededor.

Qué suprema melancolía transmite esta estación de rojas centinodias y juncos blancos

No quedan señales del otoño junto a la cerca vacía de mi viejo jardín;

ya sólo puedo verte, en sueños, bajo la luna delgada y la clara escarcha.

Mi corazón va con los gansos que vuelan hacia el lejano sur,

y en el crepúsculo, sola, me siento a escuchar los golpes de las lavanderas.

¿Quién se compadecerá de mi languidez por las flores amarillas[3]?

Sólo me consuela saber que volveré a verlas cuando llegue la fiesta del Doble Nueve[4].

La Dama de las Alpinias

VISITANDO EL CRISANTEMO

Saldré de paseo por el otoño espléndido. Aprovecharé mi libertad.

No me lo han de impedir el licor en las copas ni las medicinas.

¿Quién ha plantado esta flor bajo la luna, antes de la escarcha?

¿De dónde brota tanto otoño al pie de la escalera, junto a la cerca?

Desde lejos he venido con mis sandalias enceradas. Jubiloso llego en otoño, recitando poemas sin cesar con ánimo elevado.

Si las flores amarillas se apiadaran del poeta,

iría a visitarlas con una moneda colgando del bastón[5].

El Príncipe Rojo y Alegre

PLANTANDO EL CRISANTEMO

Los removió de su lecho mi azada, al llegar el otoño,

y por todas partes los plantó, junto a la cerca del patio.

Anoche los revivió una lluvia inesperada.

Maravilla verlos en flor entre la escarcha matinal.

Canto mil poemas al crisantemo otoñal y, borracho, brindo de nuevo por su helada fragancia.

Con esmero los cuido: cubro con barro sus raíces,

los riego con agua manantial

para acercarme a los senderos[6] alejándome del mundo polvoriento.

El Príncipe Rojo y Alegre

FRENTE AL CRISANTEMO

Proceden de una parcela lejana, más valiosos que el oro,

éste pálido macizo y el otro oscuro.

Solitaria, sentada sin tocado junto a la cerca,

abrazo mis rodillas, envuelta en su puro y frío aroma, mientras canturreo.

No hay nadie en el mundo más orgulloso que tú;

mas se diría que sólo yo conozco tu valor.

No dejemos pasar en vano el otoño que se esfuma:

frente a ti, cada instante es un tesoro.

Vieja Amiga del Arrebol como Almohada

CONTEMPLANDO EL CRISANTEMO

Tañendo el laúd, bebiendo licor, me alegra tu digna compañía que adorna, tan esbelta, la tranquilidad de mi escritorio.

En mi asiento me atrapa tu aroma de rocío de los tres senderos.

Dejando a un lado mi libro, te contemplo, oh tallo del otoño.

La escarcha cristalina atraviesa el papel de la ventana, y me gana un fresco ensueño.

Evoco nuestro primer encuentro, cuando el sol caía sobre el gélido jardín.

Cuando desafías la vulgaridad del mundo, nos parecemos tanto…

Ni tú ni yo nos detenemos a contemplar las flores de durazno y de ciruelo que mece el viento primaveral.

Vieja Amiga del Arrebol como Almohada

CANTANDO AL CRISANTEMO

Noche y día me enreda el pícaro trasgo de la poesía;

junto a la cerca, contra una roca, medito y tarareo.

Tu belleza está contenida en el pincel con que escribo bajo la escarcha,

y, mirando la luna, musito tu fragante melodía.

Mis páginas están repletas de lamentos otoñales. Me compadezco.

¿Pero quién comprenderá, a través de mis palabras, que el otoño pueda entristecer mi corazón?

Desde que Tao Yuanming te cantó en sus poemas,

diez siglos, con caracteres brillantes, han hablado de ti.

La Reina de los Bambúes

PINTANDO EL CRISANTEMO

Tras recitar unos poemas, juego con el pincel sin darme cuenta de la locura.

No preciso reflexión para pintar como lo hago:

hojas espesas esbozo con mil manchas de tinta,

y unas huellas de escarcha tiñen los ramos de flores.

Con una pincelada clara, y otra oscura, percibo el alma

del crisantemo sacudida por el viento.

Bajo mi pulsera saltarina, rinde el otoño su fragancia.

No son éstas las flores que se cortan en la cerca del este[7],

pero, pegadas sobre el biombo, han de adornar la fiesta del Doble Yang[8].

La Dama de las Alpinias

INTERROGANDO AL CRISANTEMO

Pido noticias sobre el otoño, y nadie me responde.

Meditabunda paseo, con las manos en la espalda,

hacia la cerca del este. Pregunto murmurando al crisantemo:

¿Con quién te refugiarás, ermitaño, desafiando orgulloso al mundo con tu virtud?

Todas las flores se abren, ¿por qué tú te retrasas?

¡Qué solo estás en el jardín, entre la escarcha y el rocío!

Ya los gansos regresan al sur, y gimen, tristes,

los grillos. ¿Acaso te inspiran nostalgia?

No digas que no hay en el mundo un interlocutor digno.

Si me entiendes, ¿por qué no hablamos un poco?

La Reina de los Bambúes

PRENDIÉNDOSE EL CRISANTEMO EN EL CABELLO

Diariamente ocupada en cortarlo para los floreros,

en plantarlo al lado de la cerca,

se lo prende en el cabello ante el espejo y no lo considera un adorno.

Se lo prende el príncipe de Chang’an[9], que por él se desvive;

y el señor de Pengze[10], que por él enloquece como por el licor.

El rocío de los tres senderos del patio humedece sus breves cabellos,

y el aroma de la escarcha de los nueve otoños[11] tiñe su tosca gorra.

La gente vulgar no sabe apreciar su noble gusto,

¡dejadlos reír batiendo palmas a la orilla del camino!

La Forastera bajo el Plátano

LA SOMBRA DEL CRISANTEMO

Flor sobre flor, el crisantemo es como luz otoñal

vagando sigilosa por los tres senderos.

Detrás del ventanal, unas cuantas lámparas proyectan sus sombras, próximas o lejanas,

y la luz de la luna se filtra por la cerca de bambú.

En sus reflejos habita el alma de la fría fragancia de los crisantemos.

Pero todo es vacío: el sueño, y la escarchada huella que deja el alma.

Camina con cautela, no pises tanta umbrosa fragancia,

¿pues quién es capaz de distinguir su figura confusa con los ojos ebrios?

Vieja Amiga del Arrebol como Almohada

UN SUEÑO DE CRISANTEMO

En el otoño duermen, junto a la cerca, su sueño gracioso;

y volando con las nubes, y acompañando a la luna, se vuelven un sueño de bruma.

Vuelan hacia el mundo inmortal, mas no envidian a Zhuangzi, que se convirtió en mariposa.

Recordando a viejos amigos, buscan la amistad del señor Tao Yuanming.

Sueñan que siguen a los gansos en su retorno al sur.

Los aburridos grillos, con su triste y lamentable canto, los despiertan.

Y ya desvelados, ¿a quién describirán su dolor?

Hierbas marchitas. Niebla fría. Melancolía inacabable.

La Reina de los Bambúes

EL CRISANTEMO MARCHITO

Los crisantemos se inclinan y lentamente van cayendo bajo el peso del rocío cristalizado y la pesada escarcha.

Mientras contemplamos las flores bebiendo licor, se nos va el día de la Nieve Leve.

Todavía guarda su cáliz un resto de fragancia, pero ya se ajó su color,

y, en sus tallos, las hojas se marchitan y desordenan.

La luna cayendo ilumina la mitad de la cama, y tristes cantan los grillos.

Diez mil li, entre las frías nubes, volarán los gansos silvestres.

Nos volveremos a encontrar otro otoño:

¿Para qué lamentar esta breve separación?

La Forastera bajo el Plátano

A medida que se iban leyendo los poemas, arreciaban las mutuas enhorabuenas.

—Y ahora, dejadme emitir mi dictamen —dijo Li Wan con una sonrisa—. En general, cada poema tiene versos impresionantes, pero considero, con toda imparcialidad, que el mejor es «Cantando al crisantemo», en segundo lugar «Interrogando al crisantemo», y en tercer lugar «Un sueño de crisantemo». Los tres revelan originalidad en el tema, las ideas y el estilo, pero habrá de ser la Reina de los Bambúes la que obtenga el primer premio. Los siguientes poemas en orden de mérito son «Prendiéndose el crisantemo en el cabello», «Frente al crisantemo», «Contemplando el crisantemo», «Pintando el crisantemo» y «Recordando el crisantemo».

Al oír aquello, Baoyu aplaudió contento y exclamó:

—¡Absolutamente correcto! ¡Sumamente justo!

—Los míos no han resultado gran cosa —observó Daiyu—. Son muy rebuscados.

—Sin embargo, no dejan de ser buenos —replicó Li Wan—. No están escritos forzadamente ni están sobrecargados.

—En mi opinión —prosiguió Daiyu—, el mejor verso de todos es el que dice: «Evoco nuestro primer encuentro, cuando el sol caía sobre el gélido jardín», por el contraste tan fuerte que encierra. Y «Dejando a un lado mi libro, te contemplo, oh tallo del otoño» me parece un verso perfecto: no deja nada por decir sobre la contemplación de crisantemos, obligando a regresar al tiempo anterior en que la flor fue cogida y puesta en el florero. Muy penetrante, sumamente sutil.

—En efecto. Sin embargo, tu verso «Musito tu fragante melodía» es todavía mejor —discrepó Li Wan.

Tanchun intervino:

—¿Y qué os parece ese verso de la Dama de las Alpinias que dice: «No quedan señales del otoño junto a la cerca vacía de mi viejo jardín», y aquel otro que dice: «Ya sólo puedo verte, en sueños, bajo la luna delgada y la clara escarcha»? ¿No transmiten una vivida sensación de nostalgia?

Con una sonrisa, Baochai correspondió al halago:

—También esos versos tuyos que dicen: «El rocío de los tres senderos del patio humedece sus breves cabellos» y «El aroma de la escarcha de los nueve otoños tiñe su tosca gorra» están a la altura del tema.

Xiangyun comentó alegremente:

—Preguntas como «¿Con quién te refugiarás, ermitaño, desafiando orgulloso al mundo con tu virtud?» o «Todas las flores se abren, ¿por qué tú te retrasas?», dejan a las flores sin respuesta.

—Y tú, al «sentarte sin tocado» mientras canturreas «con las rodillas abrazadas» negándote a dejar su compañía, acabarías aburriéndolas, si eso pudiera ser —replicó Li Wang.

Se produjo una carcajada general.

—Otra vez soy el último —dijo Baoyu con buen ánimo—, pero tal vez esos versos míos que dicen: «¿Quién ha plantado…?», y «¿De dónde brota…?», y «Desde lejos he venido con mis sandalias enceradas», y «En otoño, recitando poemas sin cesar…» den una visión precisa de la visita al crisantemo. ¿Y acaso «la lluvia de anoche» y «la escarcha matinal» no describen el acto de plantar? Opino que simplemente no están a la altura de imágenes como «Mirando la luna, musito tu fragante melodía», «Abrazo mis rodillas, envuelta en su puro y frío aroma», «breves cabellos», «tosca gorra», «ya se ajó su color», «en sus tallos, las hojas se marchitan y desordenan», «No quedan señales del otoño» y «Sólo puedo verte, en sueños, bajo la luna delgada y la clara escarcha».

Y a continuación añadió:

—Un día de estos, cuando tenga tiempo, escribiré sobre los doce temas.

Después de discutir un rato más sobre los poemas, pidieron otra vez cangrejos calientes y se sentaron alrededor de la gran mesa redonda.

—Ahora que estamos disfrutando la fragancia de los osmantos y la pulpa de los cangrejos, también deberíamos escribir poemas sobre el asunto —dijo Baoyu—. Yo ya he hecho uno. ¿Quién más se atreve?

Y, lavándose las manos a toda prisa, escribió su poema para que los demás lo leyeran:

Qué agradable es comer cangrejos a la sombra fresca de los fragantes osmantos.

Locos y alegres sazonamos su carne con jengibre y la rociamos de vinagre.

No se puede privar de buen vino el príncipe glotón[12],

pero este señor que camina de lado no tiene corazón,

y en nuestra avidez olvidamos que en su ombligo se acumula el frío.

Cuando nos hemos lavado los dedos, su agradable olor aún permanece.

No tiene más función el cangrejo que saciar el apetito humano.

Dongpo, el poeta inmortal, se rió de sí mismo por afanarse en vano[13].

—Poemas como ése puedo yo hacer cien —dijo Daiyu con desdén.

—No, tú ya has agotado tu talento y no puedes escribir más. Ya sólo te quedan fuerzas para despreciar a los demás —replicó Baoyu riendo.

En lugar de responderle, y sin detenerse a pensar, Daiyu tomó el pincel y en unos instantes terminó de escribir un poema:

Heroico hasta la muerte, con su armadura de hierro y sus largas lanzas,

sobre el plato, deliciosos, yacen su color y su forma. Seré la primera en probarlo.

Sus pinzas están colmadas de tierno jade,

su caparazón rebosa de grasa roja y suculenta.

Cómo me compadezco de sus ocho valientes patas.

¿Quién me alentará para que apure mil copas?

Celebremos la fiesta con esta exquisitez maravillosa,

hoy que la brisa encrespa el osmanto y la escarcha corona los crisantemos.

Baoyu lo leyó entre sonoros elogios, pero Daiyu se lo arrancó de las manos, lo rompió y ordenó a las doncellas que quemaran los trozos de papel.

—Es inferior al tuyo; por eso lo quemo —le dijo ella con sorna—. En realidad, tu poema no está nada mal. Incluso es mejor que los versos al crisantemo, así que deberías conservarlo para mostrárselo a la gente.

—Yo también he hecho un pobre intento —intervino Baochai con una risa sonora—. No es muy bueno, pero lo escribiré para entreteneros.

Lo hizo, y leyeron:

Sentados a la sombra del osmanto y la paulonia, alzamos nuestras copas

en Chang’an anhelando el Doble Nueve y, en la espera, se nos hace agua la boca.

Para los ojos del cangrejo no existen meridianos ni paralelos,

y dentro de su piel, entre el amarillo y el negro, alberga un oscuro designio.

Todos lanzaron exclamaciones de admiración.

—¡Qué estilo! —gritó Baoyu—. También mi poema habrá de ser arrojado al fuego.

Y siguieron leyendo:

Sin crisantemos, el vino no podrá paliar el fuerte olor,

y hace falta jengibre que prevenga el frío acumulado.

¿Y ahora de qué sirve, abatido en la olla?

En la orilla iluminada por la luna, en vano permanece la fragancia del arroz[14].

—Se requiere un gran talento para conseguir un sentido tan profundo en un tema menor como comer cangrejos —comentaron los demás—. ¡Pero es muy cruel como sátira!

Fueron interrumpidos por Pinger, que regresaba al jardín. Para saber qué asunto traía, escuchen el siguiente capítulo.

CAPÍTULO XXXIX

La vieja aldeana se dedica a fabular.

El joven sentimental quiere llegar al fondo de las cosas.

Cuando vieron llegar a Pinger le preguntaron:

—¿Qué está haciendo tu señora? ¿Por qué no ha vuelto?

—Está muy ocupada —contestó Pinger con una sonrisa—. Como no ha podido comer bien y tampoco le ha sido posible regresar, me manda preguntar si todavía quedan cangrejos. Si los hay, debo llevarme unos cuantos para que ella pueda probarlos en casa.

—Quedan bastantes —le aseguró Xiangyun.

E inmediatamente ordenó que trajeran diez cangrejos de los más grandes.

—¡Por favor, sobre todo que sean hembras[1]! —añadió Pinger.

Intentaron que se sentara, pero ella se negó.

—Te ordeno que te sientes… —dijo Li Wan entre risas.

Y obligándola a sentarse a su lado llenó una copa de vino y se la acercó a los labios, pero Pinger, después de darle un apurado sorbo, se levantó para marcharse.

—Te prohíbo que te vayas… —insistió Li Wan—. Ya veo que Xifeng es la única de nosotras que te importa. Te niegas a escuchar lo que yo te digo.

Ordenó a unas matronas que entregaran la cesta de los cangrejos y le dijeran a Xifeng que ella era la responsable de la tardanza de Pinger.

Al poco tiempo, una de las matronas regresó con la cesta vacía.

—Dice la señora Lian que ni usted ni las jóvenes damas deben burlarse de su glotonería —informó—. En esta cesta hay unos pasteles de trapa y unos rollitos de grasa de pollo que les envía la dama Wang.

Y volviéndose a Pinger:

—Dice además que ella sabía, desde el momento en que la envió con su recado, que Pinger se quedaría aquí divirtiéndose, pero que no debe beber demasiado.

—¿Y qué me ocurriría si lo hago? —replicó Pinger.

Y continuó sirviéndose vino y cangrejos.

—¡Qué muchacha tan adorable! Lástima que tu destino haya sido atender a los demás. Cualquiera que no te conozca diría que eres la señora de la casa —exclamó Li Wan rodeándole el talle con un brazo.

Pinger, que estaba comiendo y bebiendo con Baochai y Xiangyun, se volvió para protestar con una sonrisa:

—Señora, me hace cosquillas.

—¡¿Pero qué es esto tan duro que llevas aquí?! —exclamó Li Wan.

—Llaves —contestó la doncella.

—¿Y qué tesoros temes que te roben? ¿Por qué andas con esas llaves de un sitio para otro? Siempre lo digo: cuando el monje Tripitaka[2] buscaba las escrituras búdicas, un dragón se transformó en caballo blanco para llevarlo en su lomo; cuando Liu Zhiyuan pretendía conquistar todo el imperio, un espíritu de sandía le entregó casco y coraza[3]. Del mismo modo, Xifeng te tiene a ti. Tú eres su llave maestra. ¿Para qué quiere todas esas llaves?

Pinger se rió y dijo:

—Ha bebido usted demasiado, señora. No se burle de mí.

—A pesar de todo, es cierto lo que dice —intervino Baochai—. Cuando no tenemos nada que hacer, charlamos entre nosotras y siempre coincidimos en que cada una de vosotras vale por cien. Y lo maravilloso es que cada una tenéis cualidades distintas.

—Todo, pequeño o grande, lo ordena la providencia —dijo Li Wan asintiendo—. Por ejemplo, ¿qué haría la Anciana Dama sin Yuanyang? Nadie, ni siquiera la dama Wang, se atreve a contradecir a la anciana; pero cuando es Yuanyang quien lo hace, nuestra antepasada escucha. Sólo Yuanyang es capaz de guardar en la memoria toda la ropa y las bagatelas que posee la Anciana Dama. Si ella no estuviera a cargo de todo, quién sabe cuántas de esas cosas habrían desaparecido ya. Al mismo tiempo, la muchacha tiene un corazón equitativo y, en vez de aprovechar su envidiable situación de una manera egoísta, prefiere interceder por las demás.

—Ayer mismo dijo la Anciana Dama que Yuanyang era superior a todas nosotras —dijo Xichun con una sonrisa.

—Realmente tiene razón —asintió Pinger—. Las demás no podemos compararnos con ella.

—También Caixia, de los aposentos de mi madre, es una muchacha honesta —intervino Baoyu.

—Sí, a pesar de su aparente simpleza es inteligente —opinó Tanchun—. Su Señoría es tan despreocupada como un buda, pero si cualquier cosa se le olvida, Caixia se ocupa de ella. Se encarga, hasta el último detalle, de todos los asuntos de nuestro padre, dentro y fuera de la casa. Y si a su señora se le olvida algo ella se lo recuerda discretamente.

—Cierto. Pensad en lo que ocurriría en los aposentos de este caballero —dijo Li Wan señalando a Baoyu— sin el buen juicio de Xiren. Y en cuanto a Xifeng, aunque tuviera la fuerza del déspota de Chu[4], que podía levantar un trípode de mil jin, ¿cómo podría manejar las cosas sin la ayuda de Pinger?

—Fuimos cuatro las que llegamos con nuestra señora cuando se casó —dijo Pinger—, pero las demás han muerto o se han marchado, de modo que soy la única que queda.

—Tanto mejor para ti y para Xifeng —comentó Li Wan—. Cuando el señor Zhu vivía, también teníamos dos doncellas. Reconocerás que no soy celosa y que no me importaba compartir mi hogar con otras dos mujeres, pero disputaban tanto y tan a menudo que después de la muerte de mi señor Zhu las casé mientras todavía eran jóvenes. Si una de ellas hubiera merecido que la conservara, ahora yo tendría alguna ayuda.

Y unas lágrimas rodaron por sus mejillas.

—¿Por qué permites que eso te aflija? —dijeron los demás—. Estás mejor sin ellas.

Dichas esas palabras, sé lavaron las manos y fueron a presentar sus respetos a la Anciana Dama y a la dama Wang. Mientras las otras doncellas barrían el pabellón y despejaban las mesas de copas y platos, Xiren llevó a Pinger a su cuarto. Una vez que la hubo sentado allí le preguntó:

—¿Por qué nadie ha recibido todavía la soldada de este mes, ni siquiera en los aposentos de la Anciana Dama y de la dama Wang?

A la pregunta de Xiren, Pinger, acercándose mucho, respondió con un susurro:

—¡No hagas preguntas! El dinero llegará en tres o cuatro días.

—¿A qué se debe ese retraso? —insistió Xiren—. ¿Y por qué te pone tan nerviosa mi pregunta?

—Mi señora ya recibió su asignación mensual, pero la ha prestado junto con las nuestras. La distribuirá en cuanto haya cobrado los intereses. Te lo digo porque se trata de ti, ¡pero guarda el secreto!

—No puedo creer que le falte dinero. ¿Por qué se toma tantas molestias para conseguir un poco más?

Pinger sonrió.

—En estos últimos años, y sólo del fondo de mensualidades, mi señora ha conseguido por este medio más de dos mil taeles de plata anuales.

—¡Así que ambas, señora y doncella, han estado utilizando nuestro dinero para obtener intereses y nos han mantenido a nosotras esperando el pago mensual como verdaderas idiotas!

—¡De nuevo estás hablando sin corazón! ¿Acaso te falta algo?

—Nada. No tengo en qué gastar el dinero, pero lo necesito para cubrir algunos gastos del señor Baoyu.

—Si necesitas dinero con urgencia, me quedan unos cuantos taeles que te puedo prestar. Luego, los deduciría de tu asignación.

—Por el momento no lo necesito, pero si se me agota el que tengo enviaré a alguien a buscar el que me ofreces.

Pinger aceptó y dejó el jardín para regresar a los aposentos de su señora. Cuando llegó, Xifeng había salido, pero en su cuarto, acompañados por las esposas de Zhang Cai y Zhou Rui, estaban la abuela Liu y su nieto Baner, que habían llegado hacía un momento a pedir ayuda. Unas cuantas doncellas estaban desparramando por el suelo unos sacos de dátiles, calabazas y otros productos del campo. Al entrar Pinger, todas se pusieron de pie.

La abuela Liu, que conocía desde su anterior visita el rango de Pinger, saltó del kang para saludarla.

—Todos en mi casa envían sus saludos —dijo—. Hubiéramos venido antes a presentar nuestros respetos a la señora y a usted, señorita, pero las faenas del campo nos han mantenido muy ocupados. Este año hemos logrado recolectar unos dan[5] más de grano y una buena cosecha de calabaza, fruta y verduras. Esto que he traído es el primer producto de nuestra cosecha. No quisimos venderlo, sino traerlo a esta casa para que lo probaran las jóvenes damas. Ustedes ya deben estar cansadas de los manjares exquisitos que comen cada día, así que quizás les apetezca probar el humilde producto de nuestros campos. Sólo es una pobre manera de mostrar nuestra gratitud.

Pinger le agradeció las molestias que se había tomado y le pidió que se sentara. Después de sentarse ella misma, invitó también a la señora Zhang y a la señora Zhou, y luego mandó a una doncella que trajera el té.

—Hoy la encuentro un poco acalorada, señorita —cor mentó una de las esposas de los mayordomos—. Tiene los ojos irritados.

—Lo sé —respondió Pinger—. En realidad no debería beber, pero la señora Zhu y las jóvenes damas me obligaron. Tuve que apurar una o dos copas. Por eso tengo la cara enrojecida.

—A mí no me vendría mal una copa, pero nadie me invita —bromeó la señora Zhang—. Espero que la próxima vez que la inviten me avise para acompañarla.

Todas rieron.

—Esta mañana vi esos cangrejos —dijo la señora Zhou—. Había un par de ellos que debían pesar un jin por lo menos. Tres cestas grandes como ésas pesarían seguramente unos ochenta jin.

Y añadió:

—Aunque de todos modos supongo que no habrá alcanzado para todos, los de arriba y los de abajo.

—Por supuesto que no —dijo Pinger—. Sólo la gente de cierta condición pudo comer un par de ellos. De los demás, unos tuvieron suerte y otros no.

—Este año los cangrejos de ese tamaño están a cinco centavos de plata el jin —intervino la abuela Liu—. Eso hace cincuenta centavos por diez jin, o sea, cinco por cincuenta, lo que suma dos taeles con cincuenta, y eso por tres hace quince. Con el vino y el resto de la comida, debe sumar más de veinte taeles de plata. ¡Santo Buda! Un campesino puede vivir con eso más de un año.

—¿Ha visto ya a nuestra señora? —le preguntó Pinger.

—Sí —respondió la abuela Liu—. Nos dijo que esperásemos.

Y mirando el cielo a través de la ventana añadió:

—Se está haciendo tarde. Ya deberíamos irnos. Sería un problema encontrar cerradas las puertas de la ciudad.

—Cierto —dijo la señora Zhou—, iré a ver qué hace la señora.

Salió, y, un momento después, reapareció radiante.

—Hoy es su día de suerte, abuela —anunció—. Se nota la simpatía que le tienen las dos damas.

Pinger y las demás le preguntaron qué quería decir.

—La señora Lian estaba con la Anciana Dama —contestó la señora Zhou—. En voz baja le dije: «La abuela Liu quiere marcharse para llegar a las puertas de la ciudad antes de que las cierren». Y ella me dijo: «Ha venido con ese cargamento de cosas; que pase la noche aquí y se vaya mañana». ¿No revela su respuesta que le ha caído en gracia? Y eso no es todo. La Anciana Dama nos oyó y preguntó: «¿Quién es esa abuela Liu?», y cuando se lo explicamos dijo: «Hace tiempo que tengo ganas de charlar con una persona mayor dotada de experiencia en la vida. Decidle que venga a verme». ¿Quién hubiera supuesto tanta suerte?

E instó a la abuela Liu a acudir inmediatamente al requerimiento de la Anciana Dama.

—No estoy presentable —objetó la abuela—. Dígale simplemente que ya me he ido, buena hermana.

—Vamos, no se preocupe usted —dijo Pinger—. Nuestra Anciana Dama es la bondad misma con los necesitados y los viejos. No es altanera y soberbia, como otras personas. Si es usted tímida, la señora Zhou y yo la acompañaremos.

Entonces ella, junto con la esposa de Zhou Rui y la abuela Liu, partieron hacia los aposentos de la Anciana Dama.

Cuando los pajes que estaban de guardia en la puerta interior vieron llegar a Pinger se pusieron de pie y dos de ellos se le acercaron corriendo para saludarla respetuosamente.

—¿Qué pasa? —preguntó ella.

—Ya es tarde, señorita —dijo un muchacho sonriendo—. Mi madre está enferma y quiere que vaya a buscar a un médico. ¿Podría ausentarme unas horas?

—¡Valiente pandilla! —exclamó Pinger—. Os turnáis para hacer salidas extraordinarias todos los días, y ni siquiera le pedís permiso a la señora, no: venís a verme a mí. El otro día, después de que Zhuer saliera, el señor Lian preguntó por él, y cuando no apareció me culparon a mí de su ausencia por habérselo permitido. Y ahora vienes tú a pedirme lo mismo.

—Pero es muy cierto que su madre está enferma —intercedió la señora Zhou—. Por favor, señorita, permítale ir en busca del médico.

—De acuerdo —decidió finalmente Pinger—, pero vuelve mañana temprano. Además, tengo un encargo para ti, así que no esperes a que te dé el sol en el culo para regresar. Y de paso llévale un recado a Lai Wang. Dile, de parte de la señora, que si no trae mañana mismo el resto de los intereses que le adeuda, ella no los aceptará ya.

El muchacho asintió y partió de excelente humor.

Pinger y las otras dos mujeres siguieron su camino hacia los aposentos de la Anciana Dama, donde estaban reunidas todas las muchachas del jardín. La abuela Liu no tenía la menor idea de quiénes podrían ser todas esas bellezas cubiertas de perlas y esmeraldas, pero vio sentada a una anciana a la que daba masajes en las piernas una hermosa muchacha vestida de seda. Xifeng estaba de pie a su lado. La abuela Liu concluyó que aquélla era la Anciana Dama y se adelantó sonriendo para inclinarse ante ella.

—¡Saludos, diosa de la Longevidad! —exclamó.

La Anciana Dama se incorporó para recibirla y ordenó a la señora Zhou que pusiera una silla a su alcance. Baner, por su parte, era todavía demasiado tímido como para presentar sus respetos.

—¿Qué edad tienes, honorable parienta? —preguntó la Anciana Dama.

La abuela Liu se levantó para responder:

—Setenta y cinco años, señora.

—¡Tan anciana y todavía con esa apariencia tan fresca y saludable! Me llevas varios años. Dudo que cuando tenga tu edad conserve una apariencia tan juvenil como la tuya.

—Es que nosotros nacemos para enfrentarnos a la penuria, señora, mientras que ustedes lo hacen para disfrutar de la buena fortuna —respondió la abuela Liu con una sonrisa—. Si todos fuéramos como ustedes, ¿quién cultivaría la tierra?

—¿Y la vista y los dientes? ¿Todavía los conservas bien?

—No puedo quejarme, aunque este año se me ha aflojado una de las muelas de la izquierda.

—Yo ya soy vieja e inútil —replicó la Anciana Dama—. Me falla la vista, tengo el oído endurecido y pierdo la memoria. Ni siquiera puedo recordar a nuestros viejos parientes. Cuando vienen a visitarnos no los recibo por temor a que se rían de mí, ¡tan inútil me siento! Sólo puedo comer papillas, dormir o entretenerme con estos nietos.

La abuela Liu sonrió.

—Ésa es su buena fortuna, señora. Nosotros no podríamos hacerlo aunque quisiéramos.

—¿Buena fortuna? No soy más que un vejestorio inútil.

Todos se rieron de las palabras de la Anciana Dama.

—Xifeng me ha dicho hace un momento que nos has traído muchas verduras —continuó la Anciana Dama—. He ordenado que las cocinen inmediatamente, pues hace tiempo que me apetece comer algo recién cosechado. Lo que compramos afuera no es tan bueno como lo que tú nos traes directamente de los campos.

—Son cosas toscas y pobres, pero raras —respondió la abuela Liu—. Nosotros preferiríamos comer carne o pescado, pero es un lujo que no podemos permitirnos.

—Ahora que hemos tenido este encuentro entre parientes, no debes volver sin algo que puedas mostrar como prueba de tu visita. Si no te disgusta nuestra casa, quédate aquí un par de días. Nosotros también tenemos un jardín con árboles frutales. Mañana tienes que ir a probar la fruta y llevar alguna a tu casa; así podrás demostrar que visitaste a tus parientes de la capital.

También Xifeng le insistió a la abuela Liu para que se quedara, consciente de que la Anciana Dama le había tomado afecto.

—A pesar de que nuestra casa no es tan grande como su granja, tenemos un par de cuartos vacíos —le dijo—. Quédese un día o dos y cuéntele a nuestra anciana señora algunas de las noticias y relatos de su aldea.

—No debes burlarte de ella —advirtió la Anciana Dama a Xifeng—. Es una sencilla aldeana, ¿cómo podría soportar tus burlas?

Y ordenó a las doncellas que sirvieran algo de fruta al pequeño Baner, pero con tanta gente a su alrededor el niño no se atrevió a comer, de manera que la anciana mandó que le dieran unas monedas y lo enviaran a la puerta a jugar con los pajes. Entonces la abuela Liu bebió té e ilustró a la Anciana Dama con varios chismes de aldea que provocaron su deleite.

La abuela Liu seguía hablando cuando Xifeng ordenó a una doncella que la invitara a cenar. La Anciana Dama, por su parte, le envió algunos de sus propios platos. Como la anciana señora estaba muy contenta con su visitante, Xifeng volvió a enviársela en cuanto ésta terminó de cenar. Yuanyang encargó a una vieja ama que la llevara a tomar un baño mientras ella le elegía una muda de ropa sencilla. La abuela Liu, que estaba pasando los ratos más agradables de su vida, se cambió a toda prisa. Luego, sentada frente a la Anciana Dama, rebuscó unos chismes más para contarle. También estaban allí Baoyu y las muchachas, que, al no haber oído nunca ese tipo de charla, la encontraron más divertida que las baladas de los ciegos cantantes.

Ahora bien, a pesar de ser una aldeana, la abuela Liu no era tonta. Además de ser vieja y experimentada, podía darse cuenta de la delicia que su conversación provocaba en la anciana señora y la atención con que la escuchaban los jóvenes, de modo que, cuando se acabaron los chismes, recurrió a la imaginación.

—En nuestra aldea, año tras año, cultivamos grano y verduras —dijo—. Primavera, verano, otoño, invierno… con viento, con lluvia… ¿qué tiempo nos queda para el ocio? Simplemente dejamos de trabajar para descansar un poco en pleno campo, y entonces les aseguro que se ven cosas muy extrañas. El invierno pasado, por ejemplo, estuvo nevando durante varios días hasta que la nieve se amontonó dos o tres pies sobre el suelo. Uno de esos días me levanté temprano y todavía me encontraba en casa cuando oí un ruido que llegaba de la leñera. Miré por la ventana pensando que alguien estaría hurtándome la leña, pero no era nadie de nuestra aldea.

—Supongo que sería algún vagabundo que tendría frío —intervino la Anciana Dama—, y al ver la leña apilada decidió coger una poca para encender fuego. Eso es muy probable.

—No, señora, tampoco era un vagabundo. Eso es lo extraño. ¿Quién piensa usted que era, mi señora? ¡Una muchachita de diecisiete o dieciocho años, más bella que una estampa, con el cabello liso como el aceite, que vestía una túnica roja y una falda de seda blanca…!

En ese instante estalló afuera un enorme guirigay.

—No pasa nada. No es nada serio —exclamó alguien—. No alarmen a la Anciana Dama.

Al oírlo, la Anciana Dama y las demás preguntaron inmediatamente qué había sucedido y una doncella explicó que «había huido el agua[6]» en los establos de la parte sur, pero que ya estaba controlado y había pasado el peligro.

Asustadiza como era, la Anciana Dama se levantó inmediatamente y ordenó que la ayudasen a salir a la terraza. Al ver el resplandor de las llamas por encima de los tejados de la parte sudeste de la mansión invocó aterrorizada a Buda y ordenó que quemaran incienso como ofrenda al dios del Fuego. La dama Wang y las demás, que venían a rendirle el homenaje diario, entraron precipitadamente en los aposentos de Su Señoría para tranquilizarla.

—Pronto lo apagarán —le aseguraron—. Vuelva adentro, señora.

Pero la Anciana Dama esperó a que se hubieran extinguido completamente las llamas antes de conducir a los reunidos de vuelta al interior. Entonces Baoyu preguntó a la abuela Liu:

—¿Y para qué cogía leña esa muchacha cuando la capa de nieve era tan alta? ¿Acaso tenía frío?

—Ha sido esta conversación sobre leña lo que ha provocado el fuego, pero tú insistes… —lo interrumpió la Anciana Dama—. No lo vuelvas a mencionar y hablemos de otra cosa.

Muy en contra de su voluntad, Baoyu tuvo que cambiar de tema, y la abuela Liu se vio obligada a inventar otra cosa.

—Al este de nuestra aldea vive una vieja que tiene más de noventa años. Sus ayunos y plegarias en honor de Buda son diarios, y aunque no lo crean eso conmovió tanto a la diosa de la Misericordia que una noche se le apareció en sueños y le dijo: «Tu destino era morir sin descendencia, pero yo le he contado al Emperador de Jade cuán devota eres, y ha decidido darte un nieto». Lo cierto es que esa vieja sólo tenía un hijo, y éste, a su vez, tenía un solo hijo; pero sólo pudieron criarlo hasta los diecisiete o dieciocho años, pues entonces murió, rompiendo los corazones de su padre y de su abuela. Con el tiempo, en efecto, nació otro hijo que ahora tiene trece o catorce años y es digno de ver, rollizo y blanco como una bola de nieve y tan inteligente como nunca se haya visto. ¿Esto no revela, acaso, que realmente existen budas e inmortales?

La fábula era precisamente de las que agradaban a la Anciana Dama y a la dama Wang, y por eso ésta escuchaba con particular atención. Baoyu, por su parte, seguía tratando de imaginar qué había sucedido con la muchacha que cogía la leña, cuando oyó la voz de Tanchun que le decía:

—Xiangyun nos agasajó ayer. Cuando volvamos, deberíamos discutir nuestra próxima reunión y la manera de conseguir que ella regrese. ¿Qué te parece si invitamos a la Anciana Dama a contemplar los crisantemos?

—La Anciana Dama ha dicho que ella misma quiere organizar una fiesta para devolver la invitación de Xiangyun, y que también nosotros seremos invitados —contestó Baoyu—, así que lo mejor será esperar.

—Pero si esperamos hasta que llegue el frío, puede que la Anciana Dama cambie de opinión.

—¿Por qué iba a hacerlo? A ella le gustan la lluvia y la nieve. Lo mejor sería esperar la primera nevada e invitarla entonces a una fiesta. Nosotros mismos nos divertiremos más escribiendo poemas en la nieve.

—¿Acaso vamos a escribir poemas bajo la nieve? —dijo burlona Daiyu—. A mi juicio sería más divertido que buscáramos un haz de leña para jugar a robar leña bajo la nieve, ¿no[7]?

Baochai y las demás se rieron; Baoyu lanzó una mirada a Daiyu y no dijo nada.

Apenas se hubo dispersado la reunión, llevó a la abuela Liu aparte para preguntarle quién era la muchacha del relato, lo que obligó a la anciana a improvisar otra vez.

—En los campos del norte de nuestra aldea hay un pequeño santuario. No fue construido para dios o buda alguno, sino que hubo una vez un caballero…

Y se detuvo para inventar apresuradamente un nombre.

—No importa —dijo Baoyu—. Los nombres no importan, sólo quiero que me cuente la historia.

—Pues bien, este caballero no tenía hijo varón: sólo una hija llamada Mingyu. Sabía leer y escribir y era el mayor tesoro de sus padres, pero ocurrió que al cumplir los diecisiete años la pobre muchacha enfermó y murió…

Baoyu dio una patada en el suelo y suspiró.

—¿Y qué pasó después? —preguntó.

—Sus padres quedaron tan desconsolados que construyeron ese santuario, mandaron hacer una efigie de la muchacha y destinaron allí a una persona para que quemara incienso y mantuviera la lámpara encendida. Eso fue hace ya muchos años. Esa gente ya ha muerto, el templo está en ruinas y la efigie ha terminado siendo un espíritu…

—No es que la efigie haya terminado siendo un espíritu —la interrumpió Baoyu rápidamente—. Sucede que ese tipo de personas es inmortal.

—¡No me diga! ¡Santo Buda! Si no me lo hubiera dicho usted, hubiera jurado que era cosa de magia. A menudo ella adoptaba forma humana para recorrer aldeas, campos y caminos, y, ¿sabe?, fue a ella a quien vi aquella noche en la leñera. En nuestra aldea están hablando de destruir la efigie y arrasar el santuario.

—¡Que no lo hagan! —exclamó Baoyu—. Destruir ese santuario sería un gran pecado.

—Le agradezco que me lo haya dicho, señor —dijo la abuela Liu—. Mañana mismo, cuando regrese, impediré que lo destruyan.

—Mi abuela y mi madre son personas caritativas. De hecho, a toda la familia, jóvenes y ancianos, nos gusta hacer buenas acciones y dar limosnas, y a todos nos produce deleite la idea de construir templos y mandar hacer imágenes, así que mañana redactaré una nota para obtener donaciones con destino a su persona. Cuando tengamos suficiente dinero podrá encargarse de reparar el santuario y restaurar la efigie, y yo le daré, cada mes, dinero para el incienso. ¿Qué le parece? ¿No sería una buena acción?

—¡Si hace eso, yo también podré disponer de unas monedas para gastar! ¡Y todo gracias a esa joven dama!

Entonces Baoyu le preguntó por el nombre del distrito y de la aldea, la distancia a la que se encontraba y la ubicación precisa del santuario. La abuela Liu fue improvisando respuestas al azar, pero él creyó a pies juntillas su historia y, ya en su cuarto, pasó la noche dándole vueltas al asunto.

Con las primeras luces del alba, Baoyu envió a Mingyan con varios cientos de monedas a buscar el lugar descrito por la abuela Liu con el encargo de traerle un informe claro que le permitiera llevar adelante sus planes.

Hora tras hora, inquieto como una hormiga sobre una sartén puesta al fuego, esperó Baoyu el retorno de Mingyan. Esperó y esperó hasta la caída de la tarde, cuando finalmente llegó su paje con apariencia de evidente satisfacción.

—¿Lo has encontrado? —preguntó Baoyu ávidamente.

—Quizás le han indicado mal el sitio, señor Bao. Valiente trote tuve que dar —respondió Mingyan sonriendo—. No está donde usted dijo, ni ése es el nombre que ahora tiene. Me costó todo el día, pero al final encontré un templo derruido en los campos del nordeste.

Baoyu no cabía en sí de júbilo.

—La abuela Liu está ya vieja —dijo—. Es probable que su memoria le haya jugado una mala pasada. Bien, ¿qué has encontrado? Sigue.

—En efecto, la puerta del templo está orientada al sur, y el lugar se está desmoronando. Ya estaba harto de buscar el sitio, y en cuanto lo vi me dije: «¡Por fin!». Inmediatamente entré, pero bastó una mirada sobre la efigie para que saliera de allí corriendo… ¡parece que está viva!

—Es natural que lo parezca, ya que puede adoptar forma humana —respondió alegremente Baoyu.

—Pero no es una muchacha —dijo Mingyan dando una palmada—. Tiene el rostro azul y el cabello rojo… ¡Es el dios de la Plaga!

Disgustado, Baoyu se dio a maldecir.

—¡Bellaco inútil! No se te puede encargar la mínima tarea.

—No sé qué libros habrá estado leyendo, señor Bao, o qué cháchara sin sentido se habrá tragado para que me haya hecho ese encargo descabellado. ¡Y encima me dice que soy un inútil!

—No te pongas así —lo calmó Baoyu—. Tienes que intentarlo otro día, cuando tengas tiempo. Por supuesto que si la abuela Liu me ha engañado, ese lugar no existirá; pero si existiera, entonces habrás hecho una buena acción y puedes estar seguro de que en ese caso serás generosamente recompensado.

En ese momento un paje de la puerta interior anunció:

—Señor, le esperan unas doncellas de los aposentos de la Anciana Dama. Están en la puerta interior.

CAPÍTULO XL

Por segunda vez, la Anciana Dama asiste a un

banquete en el jardín de la Vista Sublime.

Jin Yuanyang declara tres veces las reglas de una

partida de dominó con fichas de marfil.

Cuando supo que su abuela requería su presencia, Baoyu acudió corriendo a los aposentos interiores donde encontró, de pie delante del biombo de la entrada, a Hupo.

—¡Dese prisa! —le urgió—. Su abuela está esperándolo.

Al llegar al aposento principal de la Anciana Dama, la encontró discutiendo con la dama Wang y las muchachas sobre cómo sería devuelta la hospitalidad de Xiangyun.

—Tengo una idea —propuso Baoyu—. Como no invitaremos a gente de fuera, no necesitamos disponer un menú especial. Que se limiten a cocinar para cada uno de nosotros algunos de nuestros platos favoritos. Tampoco es necesario que preparemos mesas como para celebrar un banquete: que se disponga, para cada comensal, una mesa de té sobre la que le serán servidos dos o tres platos, elegidos según sus preferencias, una cajita bien provista de vituallas, y una jarra de vino por cabeza. ¿No sería eso más original?

La Anciana Dama aprobó la sugerencia de su nieto y envió instrucciones a la cocina para que al día siguiente se dispusiera todo en cajas separadas. También ordenó que el desayuno se sirviera en el jardín. Cuando todo estuvo discutido y dispuesto ya habían sido encendidas las lámparas y se retiraron a descansar.

Al día siguiente se levantaron temprano. Cosas de la buena fortuna, la mañana se presentó espléndida. Li Wan se levantó al alba para supervisar el trabajo de las matronas y doncellas que barrían las hojas del jardín, limpiaban el polvo de las mesitas y sillas, y preparaban los servicios de té y los recipientes para el vino. Mientras se ocupaban de esa tarea llegaron Fenger, la abuela Liu y Baner.

—¡Qué ocupada está, señora! —comentó la abuela Liu.

—¿No le dije ayer, abuelita, que no conseguirían marcharse a pesar de la prisa que tenían? —dijo Li Wan con una sonrisa.

—La Anciana Dama me retuvo para que pudiera disfrutar de esta jornada tan ajetreada —contestó la abuela Liu entre risitas.

Fenger mostró un manojo de llaves y anunció:

—La señora Lian dice que tal vez no haya suficientes mesitas de té en el jardín, y que mejor será que abramos el desván del pabellón de la Vista Sublime y bajemos algunas de las que hay allí guardadas. Ella misma quiere encargarse de esa tarea, pero ahora está hablando con la dama Wang. ¿Podría usted abrir las puertas del pabellón para sacar las cosas, señora?

Li Wan hizo que Suyun tomara las llaves y envió a una de las matronas a buscar unos cuantos pajes de la puerta interior. Al pie del pabellón de la Vista Sublime, con la mirada fija en el último piso del ala oriental, ordenó que se abriera la torre del Vario Esplendor, donde se guardaban las mesitas, para ir bajándolas una por una. Pajes, matronas y doncellas se pusieron manos a la obra y bajaron unas veinte, mientras Li Wan advertía:

—¡Cuidado! ¡Calma! No os persigue ningún fantasma. No deis golpes a las mesas.

Entonces se volvió a la abuela Liu:

—¿Le gustaría subir a echar un vistazo, abuela? —le dijo.

La anciana no necesitó una palabra más y, llevando a rastras al pequeño Baner, emprendió la subida escaleras arriba. Encontró el desván repleto de biombos, mesas, sillas, faroles ornamentales de todos los tamaños, y otros objetos similares. Aunque ignoraba a qué uso se destinaban la mayoría de las cosas que allí veía, quedó deslumbrada por sus alegres colores y su fina factura.

—¡Santo Buda! —exclamó.

La abuela Liu.

Anónimo de la dinastía Qing (edición de 1832).

Cuando se retiró, la puerta se volvió a cerrar con llave y todos bajaron.

Entonces a Li Wan se le ocurrió que a la Anciana Dama le apetecería pasear en barca, de manera que dio las órdenes precisas para que subieran de nuevo al desván y bajaran remos, pértigas y velas. Unos pajes fueron los encargados de traer dos botes hasta el embarcadero.

En medio de todo ese ajetreo llegó la Anciana Dama rodeada de un numeroso grupo de gente.

—¡Se la ve muy alegre y madrugadora! —exclamó Li Wan corriendo a su encuentro—. No pensé que ya hubiera terminado su aseo matinal. Acababa de coger unos crisantemos para enviárselos.

Biyue tendió hacia la anciana señora una gran bandeja de jade verde en forma de hojas de loto sobre la que había crisantemos de diversos tipos. La Anciana Dama eligió uno rojo y se lo prendió en el cabello. Luego, al volverse, vio a la abuela Liu.

—¡Coge unas cuantas flores y póntelas en el pelo! —le dijo con una sonrisa.

No había terminado la Anciana Dama de pronunciar aquellas palabras cuando ya Xifeng estaba empujando hacia delante a la abuela Liu mientras le decía:

—Deje que yo la ponga guapa, abuelita.

Cogió todas las flores de la bandeja y las prendió, por aquí y por allá, de los cabellos de la abuela Liu, cuyo aspecto provocó la risa desbocada de todos los presentes.

—Ignoro qué actos meritorios ha realizado mi cabeza para tanta fortuna —cacareó la anciana—. ¡Qué gran papel estoy haciendo hoy!

—¿Por qué no se las quita del pelo y se las arroja a la cara? —dijeron las muchachas—. ¡Xifeng la ha convertido en un viejo monstruo!

—Ahora soy vieja, pero en mi juventud también fui muy coqueta y adoraba las flores —replicó riendo la abuela Liu—, de manera que está bien que, por un día, sea una vieja galante y coqueta.

Entre risas y chácharas toda la compañía llegó hasta el pabellón de la Fragancia que Rezuma, y las doncellas extendieron un gran cojín de brocado sobre la baranda del balcón. Reclinándose en una columna, la Anciana Dama hizo que la abuela Liu se sentara a su lado.

—Y bien, ¿qué te parece este jardín? —le preguntó.

—¡Santo Buda! —exclamó la abuela—. Nosotros, los aldeanos, venimos a la ciudad antes del Año Nuevo para comprar las imágenes que colgamos en nuestras paredes, y en los raros momentos en los que no tenemos nada que hacer decimos: «¡Quién pudiera dar un paseo por estas pinturas!». Siempre habíamos pensado que los lugares que aparecían en esas estampas eran demasiado bellos para ser reales, pero hoy, al llegar a este jardín, he comprobado que es diez veces más hermoso que cualquier pintura. Me gustaría que alguien me hiciera un dibujo de este lugar para poder mostrárselo a la gente de mi aldea. Entonces moriría contenta.

La Anciana Dama, señalando a Xichun, dijo:

—¿Ves a esa nieta mía? Sabe pintar. ¿Quieres que mañana le encargue un cuadro para ti?

La oferta agradó tanto a la abuela Liu que, yendo a donde estaba Xichun y cogiéndole la mano, le dijo:

—¡Pero, señorita! Tan joven y tan bonita, y al mismo tiempo tan inteligente… Sin duda es una diosa descendida sobre el mundo polvoriento.

Después de un breve respiro, la Anciana Dama empezó a mostrarle los distintos parajes a la abuela Liu, comenzando por el refugio de Bambú, detrás de cuyas puertas de entrada encontraron un estrecho sendero de guijarros flanqueado por bambúes. A cada orilla del sendero se extendía un manto de musgo oscuro. La abuela Liu, apartándose del sendero, se puso a caminar por el borde.

—Camine por aquí, abuela —le pidió Hupo, cogiéndola del brazo—. Ese musgo es muy resbaladizo.

—No hay problema, estoy acostumbrada —dijo la anciana—. Vayan ustedes por delante, jóvenes damas. Cuidado con no ensuciar sus pantuflas bordadas.

Hablando y hablando, como no pensaba en otra cosa que en mantener la conversación con las muchachas, la abuela acabó resbalando sobre el musgo y cayó con un golpe sordo que produjo un coro de palmadas y risas.

—Bribonas —les riñó la Anciana Dama—. Ayudadla a levantarse, en vez de quedaros ahí paradas.

—Sin duda éste es mi castigo por jactarme —dijo la abuela Liu riendo mientras se ponía de nuevo en pie con grandes esfuerzos.

—¿Te has hecho daño en la espalda? —preguntó la Anciana Dama—. Que una de las doncellas te dé un masaje.

—No soy tan delicada. No pasa un solo día sin que me caiga dos o tres veces. ¿Cómo haría para que me dieran un masaje cada vez que doy con mis huesos en tierra?

Zijuan hizo que levantaran la antepuerta de bambú, y la Anciana Dama y sus acompañantes entraron y tomaron asiento, después de lo cual la misma Daiyu trajo para su abuela, sobre una pequeña bandeja, un tazón de té cubierto.

—No queremos té —dijo la dama Wang—. No sirvas más.

Entonces Daiyu ordenó a una doncella que trajera de la ventana su silla favorita para que se sentara la dama Wang. La abuela Liu, mientras tanto, observaba los pinceles y las piedras de tinta, y el estante de libros repleto de volúmenes.

—Seguro que éste es el gabinete de estudio del joven señor —aventuró.

La Anciana Dama sonrió y dijo señalando a Daiyu:

—No, éste es el cuarto de esta nieta mía.

—No se parece nada al cuarto de una joven dama, y sin embargo es mejor que el mejor gabinete de estudio —comentó la abuela Liu mirando fijamente a la muchacha.

—¿Dónde está Baoyu? —preguntó entonces la Anciana Dama.

—Paseando en bote por el lago —respondieron las doncellas.

—¿Quién ha hecho disponer incluso barcas?

—He sido yo —contestó inmediatamente Li Wan—. Como estuvimos sacando cosas del desván hace un momento, se nos ocurrió que quizás usted querría dar un paseo por el lago, señora.

La Anciana Dama iba a responder cuando fue anunciada la llegada de la tía Xue, y todos se incorporaron para recibirla. Cuando volvieron a tomar asiento, la recién llegada comentó:

—Debe estar de muy buen humor, mi señora, para haber venido tan temprano.

—Precisamente estaba diciendo hace un momento que deberíamos castigar a quienes llegaran tarde —rió la Anciana Dama—. ¿Cómo iba a sospechar que tú serías la infractora?

Siguieron conversando un rato hasta que la Anciana Dama observó que la gasa de la ventana estaba desteñida.

—Esta gasa era muy linda cuando estaba nueva —le dijo a la dama Wang—, pero no ha tardado mucho tiempo en perder su vivido color esmeralda. Bueno, de todos modos en este patio no hay melocotoneros ni árboles de albaricoque y los bambúes ya son de por sí bastante verdes, con lo cual el color de la gasa quedaba un poco fuera de lugar. Recuerdo que teníamos cuatro o cinco colores distintos de gasa de ventana. Mañana mismo cambiaremos ésta.

—Ayer, cuando abrimos el almacén —intervino Xifeng—, vi en uno de los arcones varios rollos de una gasa de ala de cigarra color rosado con distintos diseños: ramilletes de flores, nubes flotantes y murciélagos, mariposas y flores. Los colores son tan vividos y la gasa tan suave… Nunca he visto nada parecido. Cogí dos rollos pensando que la gasa sería buena para hacer cobertores.

—¡Bah! —gruñó la Anciana Dama—. Todos dicen que no hay nada que no hayas visto o experimentado, pero ni siquiera sabes qué gasa es esa. Después de esto tendrás que dejar de darte ínfulas.

—Por mucho que sepa, señora, nunca podrá compararse con usted —dijo la tía Xue—. ¿Por qué no la instruye? Así también podremos aprender algo nosotras.

—Sí, bondadosa antepasada, instrúyame —suplicó Xifeng sonriendo.

Entonces dijo la Anciana Dama:

—Esa gasa es más antigua que todas vosotras, y no me extraña que la hayas confundido con gasa de ala de cigarra. De hecho, los dos tipos se parecen tanto que incluso los muy conocedores las confunden. Su verdadero nombre es «seda de suave niebla».

—Qué nombre tan encantador —exclamó Xifeng—. He visto cientos de tipos de seda, pero nunca había oído hablar de ésta.

—¿Pero cuánto tiempo crees haber vivido? —replicó la Anciana Dama—. ¿Cuántas cosas raras crees haber visto? ¿De qué puedes jactarte tú? Sólo existen cuatro colores de esta seda de suave niebla: azul celeste, rojo bermejo, verde pino y rosado. Cuando se emplea como baldaquín para una cama o como gasa para las ventanas, desde lejos parece humo o niebla. Por eso se llama «suave niebla». Ni la gasa imperial es tan suave y delicada.

—No me extraña que Xifeng no la haya visto nunca —intervino de nuevo la tía Xue—. Yo tampoco había oído hablar de nada parecido.

En ese momento llegó un rollo que había mandado traer Xifeng.

—¡Ésa es! —exclamó la Anciana Dama—. Primero la empleamos para las ventanas, pero luego descubrimos que también servía como cobertor y como baldaquín para las camas. Mañana tienes que sacar más rollos y cubrir esas ventanas con unos cuantos lienzos de la de color rosado.

Xifeng prometió encargarse del asunto, mientras los reunidos admiraban el género. En cuanto a la abuela Liu, daba la impresión de que los ojos se le iban a salir de las órbitas.

—¡Santo Buda! —exclamó—. Nosotros no podríamos ni soñar con hacernos un vestido con una tela así, y ustedes la utilizan para cubrir las ventanas…

—Si este género se utiliza para hacer vestidos, pierde parte de su hermosura —dijo la Anciana Dama.

Xifeng se apresuró a mostrarles el forro de la túnica de gasa roja que llevaba puesta y dijo:

—Miren mi túnica.

—También es muy bonita —comentaron la Anciana Dama y la tía Xue—. Ésta es la que se hace actualmente para palacio, pero no se puede comparar con la otra.

—¡Vaya! —replicó Xifeng—. Un miserable tejido es celebrado porque se confecciona para uso del soberano en los talleres de la corte, pero al parecer no resiste la comparación con una muselina utilizada por funcionarios.

—Hay que ver si queda más gasa azul —dijo la Anciana Dama—. Si hay le regalaremos un par de rollos a la abuela Liu, que se haga unas cortinas para la cama. La que sobre puede utilizarse, junto con tela de forro, para los chalecos de las doncellas. No permitáis que la humedad la siga pudriendo.

Xifeng asintió e hizo que guardaran los cortes. Entonces la Anciana Dama se puso de pie.

—Sigamos paseando —sugirió—. ¿Por qué vamos a seguir encerrados aquí?

Después de invocar a Buda de nuevo, la abuela Liu comentó:

—Todos dicen que «las grandes familias viven en grandes mansiones». Ayer me impresionó mucho su cuarto, señora, con todas esas cajas, los inmensos roperos, las enormes mesas y la gran cama. Sólo los roperos son más grandes y altos que cualquiera de nuestros cuartos. Con razón tienen esa escalera en el patio trasero. Al principio no pude imaginar para qué serviría, ya que ustedes no ponen cosas al sol, sobre el tejado. Pero entonces pensé que debía servir para subir a abrir las tapas de los roperos. ¿Cómo lo iban a hacer si no? Pero este pequeño cuarto está mejor amueblado que el grande, con tantas cosas bonitas allí dentro, llámense como se llamen. Cuanto más veo, menos ganas tengo de irme.

—Todavía le mostraré lugares mejores que éste —le prometió Xifeng.

Al salir del refugio de Bambú vieron a un grupo que se deslizaba por el lago ayudándose con una pértiga.

—Puesto que las barcas están listas, podríamos subir en ellas —sugirió la Anciana Dama.

Y ya se dirigían hacia la isla de las Trapas Moradas y el puerto Florido cuando se encontraron con varias matronas que traían unas cestas esmaltadas con laca de muchos colores e incrustaciones de diseños dorados. Al verlas, Xifeng preguntó a la dama Wang dónde iban a desayunar.

—Donde decida la Anciana Dama —respondió ella.

Al oír aquello, la Anciana Dama llamó a Xifeng por encima del hombro y le dijo:

—El lugar donde vive tu tercera prima es agradable. Envía allí a unas cuantas personas que lo preparen mientras llegamos en barca.

Entonces Xifeng regresó con Li Wan, Tanchun, Yuanyang, Hupo y las sirvientas con la comida. Atajaron por el estudio del Frescor Otoñal y sirvieron las mesas en el salón de la Mañana Esmeralda.

Con una risita, Yuanyang comentó:

—A menudo decimos que cuando los señores organizan banquetes fuera de sus casas siempre tienen compañía femenina para entretenerse. Hoy también nosotras tenemos compañía.

Li Wan era demasiado simple para pescar la alusión, pero Xifeng comprendió al vuelo que Yuanyang se refería a la abuela Liu.

—Sí, hoy debería proporcionarnos unas cuantas carcajadas —asintió.

Entonces ambas empezaron a hacer planes.

—Algo malo estáis planeando —protestó Li Wan con una sonrisa—. Sois peores que niñas. ¡Cuidad que no os reprenda la Anciana Dama!

—Usted no tendrá nada que ver con el asunto. Deje que yo me encargue de la Anciana Dama —dijo Yuanyang riendo.

Mientras hablaban llegó el resto de la gente. Se sentaron donde cada uno quiso y empezaron con el té que sirvieron las doncellas. Entonces Xifeng colocó ante cada persona unos palillos de ébano con incrustaciones de plata que había traído envueltos en una servilleta de batista.

—Traed aquí esa mesita de cedro —ordenó la dama Wang—. Quiero que nuestra pariente se siente a mi lado.

Mientras se cumplía la orden, Xifeng le lanzó a Yuanyang una mirada de complicidad, y la doncella llevó aparte a la abuela Liu para darle algunas instrucciones al oído.

—Es la costumbre de la casa —le dijo al terminar—. Si la omite, todos se reirán de usted.

Cuando todo estuvo dispuesto ocuparon sus lugares frente a las mesitas. La única que ya había desayunado era la tía Xue, que se sentó a un lado para beber su té. La Anciana Dama hizo que se sentaran a su mesa Baoyu, Xiangyun, Tanchun y Xichun; la abuela Liu ocupó una mesa contigua a la de la Anciana Dama.

Por lo general, Yuanyang dejaba que las doncellas más jóvenes atendieran a Su Señoría durante las comidas manteniendo preparado su tazón para enjuagarse, su espantamoscas y su pañuelo. Sin embargo, en esta ocasión ella preparó el espantamoscas y las demás doncellas se mantuvieron aparte al comprender que deseaba tenderle una trampa a la abuela Liu.

Al pasar junto a la abuela, Yuanyang le advirtió al oído:

—No se vaya a olvidar.

—No se preocupe, señorita —le contestó ella.

Cuando hubo tomado asiento, la abuela Liu asió sus palillos, pero los encontró de difícil manejo. Y es que Xifeng y Yuanyang habían decidido asignarle un par de palillos antiguos de marfil cuadrado con incrustaciones de oro.

—Estos palillos pesan más que nuestras palas de hierro —se quejó la abuela—. ¿Cómo voy a manejarlos?

En medio de la risa general, una matrona trajo una caja y la sostuvo entre las manos mientras una doncella le retiraba la tapa. Aparecieron dos tazones. Li Wan puso uno sobre la mesa de la Anciana Dama y Xifeng colocó el otro, que contenía huevos de paloma, delante de la abuela Liu. Apenas la Anciana Dama le hubo cedido el honor de comenzar, la abuela se incorporó de un salto y se puso a dar alaridos diciendo:

Ay vieja Liu, vieja Liu,

que jalas más que una vaca:

tragarías una cochina

sin decir una palabra.

Luego enmudeció, infló los carrillos y clavó la vista en su tazón.

La estupefacción de todos los presentes, los de arriba y los de abajo, se convirtió en una carcajada general. A Xiangyun el golpe de risa le hizo escupir el arroz que tenía en la boca, y Daiyu, casi asfixiada, cayó sobre la mesa gritando: «¡Ay! ¡Clemencia!». Baoyu se desmoronó entre convulsiones en los brazos de su abuela y ésta, entre risitas, lo abrazaba diciendo: «¡Ay mi tesoro! ¡Ay mi tesoro!». La dama Wang amenazaba a Xifeng con un dedo admonitorio, pero la risa le impedía articular palabra. La tía Xue, por su parte, derramó el té sobre la falda de Tanchun que, a su vez, volcó su tazón sobre Yingchun, mientras Xichun, dejando a duras penas su asiento, corría a que su nodriza le diera un masaje en el estómago. En cuanto a las doncellas, unas se revolcaban, otras se escabullían a dar rienda suelta a su risa, y las menos pudieron controlarse lo suficiente como para llevar ropa limpia a sus jóvenes señoras.

Xifeng y Yuanyang eran las únicas que, en medio de aquel barullo, mantenían a duras penas la seriedad en el rostro insistiéndole a la abuela Liu para que comiera. Pero ésta seguía encontrando sus palillos imposibles de manejar y, mientras se esforzaba, dijo:

—Aquí hasta las gallinas son refinadas. ¡Vaya huevos finos y distinguidos que ponen! Pero yo tengo que conseguir empapuzarme uno.

Su comentario provocó un nuevo estallido de risas. A la Anciana Dama se le saltaban las lágrimas, y Hupo tuvo que darle unos cuantos golpecitos en la espalda.

—Esa bribona de Xifeng ha vuelto a las andadas —dijo entrecortadamente—. No crea usted nada de lo que le diga.

Todavía estaba la abuela Liu mirando admirada los huevos y diciendo que quería «empapuzarse» uno, cuando Xifeng le dijo alegremente:

—Cuestan un tael de plata cada uno. Más vale que los pruebe mientras aún están calientes.

Alargando los palillos, la anciana intentó capturar uno, pero no pudo. Finalmente, después de perseguir los huevos por el tazón durante un buen rato, consiguió atraparlo; pero al estirar el cuello para echárselo a la boca se le cayó al suelo. Inmediatamente dejó los palillos sobre la mesa y se agachó a recogerlo, pero ya una doncella lo había hecho.

—¡Un tael de plata! —se lamentó la abuela Liu—. Y pensar que se ha ido sin hacer ningún tintineo…

Todo el mundo había dejado de comer para contemplar sus graciosas tribulaciones.

—Éste no es un banquete formal, ¿quién le ha dado esos palillos? —preguntó la Anciana Dama—. Todo esto es obra de Xifeng, como si lo viera. Traedle otro par de palillos.

Y en efecto, no habían sido las doncellas, sino Xifeng y Yuanyang, quienes habían puesto allí esos palillos de marfil que fueron inmediatamente reemplazados por otros de ébano con incrustaciones de plata.

—Después del oro viene la plata —observó la abuela Liu—, pero tampoco éstos son tan cómodos como los que nosotros usamos.

—La plata sirve para revelar si hay veneno en el plato —explicó Xifeng.

—¡Veneno! ¡Si en este plato hay veneno, en los nuestros debe haber arsénico puro! Pero yo lo vacío aunque me cueste la vida.

A la Anciana Dama le divertía tanto la abuela Liu que, al verla comer con tan buen apetito, le iba pasando algunos de sus propios platos. Por otra parte, una vieja ama había recibido instrucciones para que llenase el tazón de Baner con los diversos manjares que había en cada mesa.

Por fin concluyó el festín, y la Anciana Dama se retiró a charlar al dormitorio de Tanchun. Entretanto, fueron despejadas las mesas y una nueva fue dispuesta para Li Wan y Xifeng.

Al ver todo ese ajetreo, la abuela Liu dijo:

—Aparte de todo, lo que más me gusta de esta casa es la manera como se hacen las cosas. Con razón se dice: «Los buenos modales proceden de las grandes familias».

—No debe ofenderse —respondió rápidamente Xifeng—. Hace unos momentos no hacíamos más que divertirnos.

También Yuanyang se adelantó rápidamente.

—No se enfade, abuela —le suplicó con una sonrisa—. Por favor, discúlpeme.

—¡Pero qué cosas dice, señorita! —se rió la abuela Liu—. ¿Por qué habría de molestarme? ¿Acaso no estábamos tratando de divertir a la Anciana Dama? Cuando ustedes me dieron esas instrucciones yo ya sabía que todo era una broma. Si me hubiera molestado, habría dejado la boca cerrada.

Yuanyang llamó la atención a las doncellas por no servirle té a la abuela Liu.

—Aquella cuñada me trajo un poco hace un momento —intervino la abuela—. No quiero más. Gracias. Ya es hora de que usted también coma, señorita.

—Ven a comer con nosotros —le dijo Xifeng a Yuanyang haciendo que se sentara a su mesa—. Eso evitará otro ajetreo más tarde.

De manera que Yuanyang se sentó con ellas, y unas matronas trajeron un tazón y otro par de palillos. Las tres dieron cuenta de su comida tan rápidamente que la abuela Liu comentó con una sonrisa:

—Me sorprende su poco apetito. Con razón son tan frágiles que una ráfaga de viento podría derribarlas.

—¿Qué ha pasado con las sobras? —preguntó Yuanyang.

—Todavía no se ha dispuesto lo que se va a hacer con ellas —respondió una matrona—, y aún no se han repartido.

—Hay más que suficiente para la gente de aquí —dijo Yuanyang—. Elige dos platos para Pinger y haz qué los lleven a los aposentos de la señora Lian.

—No es necesario —dijo Xifeng—. Ya ha comido.

—Si no los come, que se los dé al gato —replicó Yuanyang.

Inmediatamente una matrona eligió dos platos y se los llevó en una cesta.

Yuanyang preguntó:

—¿Dónde está Suyun?

—Todas tienen que comer aquí juntas —dijo Li Wan—. ¿Por qué preguntas por ella especialmente?

—No se hable más —concluyó Yuanyang.

—Xiren no está aquí —le recordó Xifeng—. Puedes enviarle un par de platos.

Yuanyang se encargó de hacerlo y luego preguntó a las matronas si ya estaban listas las cajas con las vituallas para acompañar el vino. Al oír que en eso se tardaría algún tiempo, las mandó para que urgieran a las cocineras.

Xifeng y las demás se reunieron con el resto de la compañía, que se encontraba charlando en el cuarto de Tanchun. En realidad, como a Tanchun le gustaba disponer de mucho espacio, se trataba de tres cuartos en uno. Sobre el gran escritorio de palo de rosa y mármol que ocupaba el centro de la habitación se amontonaban los álbumes de célebres calígrafos, varias docenas de buenas piedras para tinta y un acervo de jarros y otros recipientes que sostenían un verdadero bosque de pinceles. A un lado había un florero de porcelana del Horno Ru[1] del tamaño de un dou[2] colmado de crisantemos blancos como bolas de cristal. Colgada de la pared occidental había una inmensa pintura de Mi Xiangyang[3], titulada Niebla y Lluvia, a la que acompañaba un pareado con la caligrafía de Yan Zhenqing:

La libertad de carácter se forja entre la niebla y las nubes;

entre arroyos y rocas se lleva una vida salvaje.

Sobre otra mesa había un gran trípode a cuya izquierda, en un estante de sándalo rojo, una bandeja de porcelana del Horno Daguan[4] contenía varias docenas de hermosas «Manos de Buda[5]» doradas. A su derecha, colgada de un marco de laca, un Qing[6] de jade blanco; y a su lado, un pequeño martillo. Baner, que ya había superado lo peor de su timidez, alargó la mano para agarrar el martillo, pero una de las doncellas se lo impidió. Luego quiso comerse una «Mano de Buda», y Tanchun le dio una, no sin antes explicarle que no era para comer sino para jugar.

En el extremo oriental del cuarto había una inmensa cama con su cortina de gasa verde con insectos y flores bordados por ambos lados. Baner se acercó corriendo a echar un vistazo.

—¡Aquí hay un saltamontes! —exclamó—. ¡Aquí hay una langosta!

Pero, enseguida, la abuela Liu le dio una bofetada y le riñó:

—¡Especie de aborto contrahecho! ¡A todas horas andas metiendo tu sucia manaza donde no debes! Se te permite sólo mirar, ¿para qué armas tanto escándalo?

Baner lanzó un aullido y los demás tuvieron que interceder para calmarlo. Mientras tanto, la Anciana Dama había estado mirando el patio trasero a través de la gasa de la ventana.

—Esa paulonia que hay bajo los aleros es muy bonita —dijo—, pero no parece muy robusta.

En ese momento una ráfaga de aire llevó hasta ellos los acordes de una música lejana.

—¿Dónde hay una boda? —preguntó la abuela—. Aquí debemos estar muy cerca de la calle.

—No lo bastante como para oír los ruidos —respondió la dama Wang—. Son unas niñas actrices que tenemos; están ensayando su música.

—Si están ensayando les podemos decir que lo hagan aquí. Así ellas saldrán y nosotras nos entretendremos un rato.

Xifeng mandó traer a las actrices y ordenó que dispusieran mesas y extendieran una alfombra roja.

—No, mejor utilicemos ese quiosco que hay en el lago, junto al pabellón de la Fragancia del Loto —propuso la Anciana Dama—. La música suena mejor sobre el agua, y así podremos beber en la torre del Vario Esplendor, que es espaciosa y está a una distancia adecuada.

Todos aprobaron la idea.

Entonces, con una sonrisa, la Anciana Dama dijo a la tía Xue:

—Vamos. En realidad estas muchachas no gustan de nuestra visita por temor a que ensuciemos sus cuartos. No debemos imponer nuestra presencia, así que será mejor que nos vayamos a navegar y luego podremos tomar unas copas.

Al disponerse todos a partir, Tanchun protestó:

—¡Qué cosas dice, honorable antepasada! Nuestro único deseo es que vengan más a menudo.

—Sí, en ese sentido es buena mi tercera nieta —dijo la Anciana Dama—. Son Daiyu y Baoyu los quisquillosos. A la vuelta, cuando estemos un poco bebidos, entraremos en sus cuartos sólo para molestarlos.

Salieron en tropel, riendo, y pronto llegaron a la isla de los Berros, donde unas barqueras de Suzhou habían colocado dos barcas de madera de serbo. Ayudaron a la Anciana Dama, a la dama Wang, a la tía Xue, a la abuela Liu, a Yuanyang y a Yuchuan a subir en uno de los botes. Luego subieron Li Wan y Xifeng, que ocupó un lugar en la proa con la intención de manejar la pértiga.

—No es tan fácil como parece —le advirtió la Anciana Dama—. Cierto es que no estamos sobre el río, pero aquí hay bastante profundidad, así que no hagas experimentos y vuelve aquí ahora mismo.

—No hay peligro —gritó Xifeng—. No se preocupe, anciana antepasada.

Y, de un empujón, empezó a hacer avanzar la barca hacia el centro del lago. Pero cuando el pequeño bote, sobrecargado, empezó a mecerse, puso a toda prisa la pértiga en manos de una de las barqueras y se agachó.

En el segundo bote venían Yingchun y las demás muchachas, acompañadas por Baoyu. Las demás sirvientas caminaban por la orilla.

—Qué desagradables son esas hojas de loto marchitas —comentó Baoyu—. ¿Por qué no se retiran?

—¿Y cuándo hemos tenido tiempo para eso? —replicó Baochai con una sonrisa—. Últimamente hemos venido aquí a divertirnos todos los días.

Daiyu intervino:

—Lo único que me gusta de la poesía de Li Shangyin[7], es ese verso que dice: «Dejemos los lotos marchitos para poder escuchar el tamborileo de la lluvia». Pero vosotros dos queréis retirarlos.

—Es un buen verso —reconoció Baoyu—. De acuerdo, que los dejen donde están.

Ya habían llegado al arroyo de las Cañas, junto al puerto Florido. Allí, en la umbría, el frío los caló hasta los huesos y su conciencia del otoño aumentó con la visión de las hierbas y las trapas marchitas a derecha e izquierda. La Anciana Dama clavó la mirada en el pabellón bien ventilado que había en la orilla.

—¿No es allí donde vive Baochai? —preguntó.

Se le respondió afirmativamente, y acto seguido hizo que los botes se acercaran a la orilla. Al ascender por las escalinatas de piedra hacia el parque de las Alpinias les recibió una extraña fragancia. El otoño, ya avanzado, había hecho más intenso el verde de las plantas y enredaderas exóticas de aquel lugar; de cada una de ellas colgaban racimos de pequeños frutos como cuentas de coral. El cuarto en el que entraron era tan limpio e impecable como una cueva nevada, y apenas si había un adorno en todo el lugar. El escritorio estaba prácticamente despejado, salvo por dos juegos de libros, un servicio de té y un tosco florero de porcelana salido del Horno Ding, de la dinastía Song, que contenía unos crisantemos. También eran sencillas las cortinas de gasa azul y las mantas de la cama.

—Esta niña es demasiado circunspecta —suspiró la Anciana Dama al ver lo sobrio del lugar—. ¿Por qué no le pides algunos objetos de adorno a tu tía? A mí no se me ocurrió. Sencillamente, no pensé que habías dejado todas tus cosas en casa.

Después de decirle a Yuanyang que consiguiera algunas curiosidades para que Baochai pudiera decorar sus cuartos, le llamó la atención a Xifeng:

—¿Por qué no mandaste algunas cosas bonitas para tu prima? ¡Qué tacaña eres!

—No las quiso —replicaron la dama Wang y Xifeng—. Devolvió todas las que le enviamos.

—Y tampoco en casa siente ningún interés por las curiosidades y los adornos —añadió su madre.

—No lo puedo creer —dijo la Anciana Dama sacudiendo la cabeza—. Una cosa es que tenga gustos sencillos, pero si viene gente a visitarla pensará mal ante tanta austeridad. Además, trae mala suerte a las muchachas. ¡Las viejas tendríamos que vivir en establos! Vosotras habéis oído en óperas y baladas todas esas descripciones de los aposentos de las jóvenes damas. Tal vez nuestras muchachas no puedan compararse con esas jóvenes, pero tampoco deben acabar en el otro extremo. Si podemos disponer de objetos de adorno, ¿por qué no lucirlos? Por supuesto que, ya que tiene gustos tan sencillos, puede tener menos que las demás. Yo era antes una buena decoradora de habitaciones, pero ahora que estoy vieja no tengo la energía necesaria. También estas muchachas aprender a decorar sus cuartos. El problema radica en que si una tiene un gusto vulgar siempre será una vulgaridad el cuarto que decore, por más hermoso que sea y por más perejiles que utilice. Sin embargo, yo no llamaría nunca vulgares a nuestras muchachas. Déjame poner orden en este cuarto y te prometo que será de un gusto discreto pero a la vez excelente. Tengo un par de cosas bonitas que he logrado conservar gracias a que no dejé que Baoyu las viera. Si las hubiera visto, ya habrían desaparecido.

Llamó a Yuanyang y le ordenó:

—Tráeme ese jardín de rocas en miniatura, el biombo pequeño de gasa y el trípode de esteatita oscura. Esas tres cosas adornarán muy bien este escritorio. Ah, y búscame también esas cortinas de cama de seda blanca con dibujos de tinta. Y las caligrafías, para reemplazar éstas.

—Muy bien, señora —dijo Yuanyang—. Pero no sé en qué cajón del pabellón del Este se encuentran esas cosas, y puedo tardar en encontrarlas. ¿No podría traerlas mañana?

—Mañana o pasado mañana, no importa. Pero no te olvides.

Se quedaron sentadas un rato más y, desde allí, se dirigieron a la torre del Vario Esplendor, donde Wenguan y las otras actrices presentaron sus respetos y preguntaron qué tonadas debían interpretar.

—Simplemente ensayad las que tuvierais previstas —respondió la Anciana Dama.

Y las actrices se retiraron al pabellón de la Fragancia del Loto. Para entonces Xifeng y sus ayudantes ya lo tenían todo perfectamente dispuesto. En el lado norte había dos divanes, uno a derecha y otro a izquierda, cubiertos de cojines de brocado y tapetes de terciopelo. Frente a cada sillón había dos mesitas de té talladas en laca con diversas formas: diseños de flores de manzano silvestre, flores de ciruelo, lotos y girasoles. Unas eran cuadradas, otras redondas; una de ellas tenía encima un incensario, un florero y una caja con dulces; otra estaba vacía, esperando sus platos favoritos. Estos dos divanes con sus cuatro mesitas estaban reservados para la Anciana Dama y la tía Xue. Luego, había una silla y una mesita para cada uno. A la abuela Liu la sentaron al este y, más abajo, a la dama Wang. Al oeste se acomodaron Xiangyun, Baochai, Daiyu, Yingchun, Tanchun y Xichun, en este orden, y al extremo de la fila de muchachas se sentó Baoyu. Li Wan y Xifeng ocupaban asientos al otro lado del biombo interior, en la tercera fila de balaustradas. Los diseños de las cajas de confites hacían juego con los de las mesitas. Para cada persona hubo, además, una jarra de vino de plata con grabados, y una copa de esmalte cuarteado.

Cuando todos estuvieron sentados, la Anciana Dama propuso:

—Empecemos con unas cuantas copas de vino. Sería divertido iniciar un juego de bebida.

—Sé que usted es muy buena en esos juegos, señora —dijo la tía Xue con una risita—. ¿Pero cómo vamos a jugar nosotras? Si quiere embriagarnos no hace falta jugar: no tenemos más que beber unas cuantas copas de más cada una.

—¡Pero qué reservada estás hoy! —replicó la Anciana Dama—. ¿Acaso piensas que soy demasiado vieja para esta reunión?

—No es reserva. Simplemente temo que se rían de mí por dar una respuesta equivocada.

—Aunque no podamos responder —interrumpió la dama Wang—, eso sólo significaría tener que beber una copa de más, y cualquiera que se sienta achispado puede retirarse a dormir. Así nadie se reirá de nadie.

—De acuerdo entonces —accedió la tía Xue—, pero usted debe empezar con una copa, señora.

—Por supuesto.

Y la Anciana Dama apuró su copa de un trago.

Xifeng se adelantó para proponer:

—Si vamos a jugar, debería ser Yuanyang quien conduzca el juego.

Todos aceptaron la propuesta de Xifeng, pues sabían que siempre era Yuanyang la que ponía las reglas para los juegos de bebida de la Anciana Dama. Xifeng hizo que se uniera al grupo.

—Si vas a participar, no hay motivo para que permanezcas de pie —dijo la dama Wang, y ordenó a una joven doncella que trajera una silla y la acercara a la mesa de Xifeng o de Li Wan.

Después de hacer el gesto de negarse, Yuanyang tomó asiento dando las gracias y bebió una copa, tras lo cual anunció:

—Las reglas del juego de la bebida son tan estrictas como la ley marcial, y ahora que estoy a cargo de ellas no voy a respetar a nadie. Quien no me obedezca deberá ser castigado.

Los demás sonrieron y la dama Wang dijo:

—Por supuesto; date prisa y dinos las reglas.

Pero antes de que Yuanyang pudiera hablar, la abuela Liu abandonó su sitio sacudiendo una mano en señal de protesta.

—No se burlarán de mí de esta manera. Yo me voy.

—¡De ninguna manera! —dijeron los demás riendo.

Yuanyang ordenó a unas doncellas que trajeran a la abuela Liu de vuelta a su mesa. Éstas obedecieron entre risitas mientras la anciana suplicaba ser excusada del juego.

—La próxima vez que hable fuera de turno deberá beberse una jarra de vino entera —le advirtió Yuanyang.

Al oír eso, la abuela Liu se quedó tranquila.

—Usaré tres fichas de dominó —anunció Yuanyang—. Empezaremos con la Anciana Dama y daremos la vuelta, hasta terminar con la abuela Liu. Por ejemplo: yo tomaré un juego de tres fichas y leeré cada una de ellas, terminando con el nombre de la jugada completa. Después del nombre de cada ficha ustedes deben decir un verso clásico, un proverbio o un adagio, y éstos deben rimar. Cualquier error se pagará con una copa de vino.

Todos dijeron entre risas:

—Este juego es interesante. Empieza.

—Aquí está la primera jugada. La ficha de la izquierda es un «cielo».

—«Sobre las cabezas, el cielo azul» —declamó la Anciana Dama.

—¡Bravo! —aplaudieron los demás.

—La ficha del centro es un «cinco y seis» —siguió Yuanyang.

—«La fragancia de las flores de ciruelo de los seis puentes traspasa los huesos.»

—La última ficha es «seis y una».

—«Un sol rojo sale de las altas nubes del cielo azul.»

—Y la jugada completa hace un «demonio desgreñado». —«Por las piernas agarra este demonio a Zhong Kui[8].»

Mientras los reunidos se reían y daban gritos de aliento, la Anciana Dama se bebió una copa de vino.

Yuanyang continuó:

—Otra jugada: la ficha de la izquierda es un «doble cinco».

La tía Xue respondió:

—«Las flores de ciruelo bailan con el viento».

—Aquí, a la derecha, hay otro «doble cinco».

—«En la décima luna, las flores de ciruelo expanden su fragancia por la cima de la montaña.»

—En la ficha del centro, un «dos» y un «cinco» componen un «siete».

—«Tejedora y Vaquero se encuentran en la séptima noche del séptimo mes.»

—Las tres fichas de esta jugada componen el «Segundo Doncel visitando las cinco montañas sagradas[9]».

—«Los humanos nunca se divierten tanto como los inmortales» —concluyó la tía Xue.

Todos aplaudieron la intervención de la tía y ésta apuró su copa.

A continuación Yuanyang dijo:

—La siguiente jugada es: a la izquierda, un «doble punto» brillante.

Y Xiangyun dijo:

—«El sol y la luna, suspendidos, iluminan el cielo y la tierra».

Yuangyan continuó:

—En la ficha de la derecha hay otros «dos puntos» brillantes.

—«Flores ociosas caen al suelo sin hacer ruido.»

—En la ficha del centro, un «cuatro» y un «uno».

—«Al lado del sol, el rojo albaricoquero hunde sus raíces apoyándose en las nubes.»

—La jugada entera compone las «nueve cerezas maduras».

—«El pájaro se las lleva en su pico al jardín imperial[10].»

Al concluir su turno, Xiangyun apuró su copa.

Yuanyang dijo:

—Otra jugada: a la izquierda hay un «doble tres».

Baochai respondió:

—«Las parejas de golondrinas conversan entre las vigas».

—En la derecha, otro «doble tres».

—«El viento despliega fajas verdes de hierbas acuáticas.»

—En la ficha del centro, un «tres» y un «seis» componen un «nueve».

—«Tres montañas atraviesan el cielo azul.»

—La jugada entera compone «una barca solitaria sujeta al embarcadero con una cadena de hierro».

—«Por todas partes, vientos y olas. Tristeza por todas partes[11].»

Al terminar, Baochai bebió su copa.

Yuanyang continuó:

—A la izquierda, un «cielo».

Daiyu dijo:

—«Buen tiempo y paisaje hermoso. Día de desconsuelo».

Al escucharla, Baochai volvió la cabeza y la miró, pero Daiyu, que sólo se preocupaba de no recibir un castigo, no se dio cuenta de lo que acababa de decir.

Yuanyang continuó:

—La ficha del centro es «un biombo de seda de bellos colores».

—«Al otro lado de la ventana de seda no está Hongniang, la mensajera.»

—Ya sólo quedan un «dos» y un «seis», que suman «ocho».

—«Las dos damas contemplan el trono imperial dirigiendo el ritual del homenaje.»

—La jugada entera compone «una canasta para coger las flores[12]».

—«Un inmortal lleva al hombro su perfumado bastón imperial, del que cuelgan las peonías.»

Concluido su turno, Daiyu probó un sorbo de vino.

Yuanyang siguió:

—A la izquierda, «cuatro» y «cinco» suman un «nueve» como una flor[13].

Yingchun dijo:

—«Cargada de lluvia, la flor de durazno se espesa[14]».

Inmediatamente todas exclamaron:

—¡La rima no corresponde! Y además, no cumple las reglas del juego.

Sonriendo, Yingchun bebió un sorbo. La verdad es que Xifeng y Yuanyang estaban tan ansiosas por oír a la abuela Liu hacer el ridículo que habían pedido a las demás que dieran algunas respuestas equivocadas para que todas fueran castigadas. Cuando llegó el turno de la dama Wang, Yuanyang respondió por ella.

Y por fin le llegó el turno a la abuela Liu.

—Nosotros los aldeanos, cuando no tenemos nada mejor que hacer nos reunimos a veces para jugar a esto —dijo la anciana—. Pero claro, nuestras respuestas no son tan exquisitas como las de ustedes, aunque supongo que debo intentarlo.

—Es sencillo —le aseguraron—. Diga lo que diga, no importa.

Sonriendo, Yuanyang dijo:

—En la ficha de la izquierda hay un «cuatro» y un «cuatro», que componen un hombre.

La abuela Liu lo pensó un rato y luego dijo:

—Debe ser un campesino.

Los reunidos se echaron a reír.

—Bien —dijo la Anciana Dama sonriendo—. Así se hace.

—Nosotros los campesinos sólo hablamos de nuestras propias cosas —dijo la vieja Liu sonriendo también—. No deben reírse de mí por eso.

Yuanyang continuó:

—En la ficha del centro, un «tres» verde y un «cuatro» rojo.

—«Un gran fuego quema al gusano peludo» —replicó la abuela.

Los otros comentaron alegres:

—Bien. Está bien. Siga haciéndolo a su manera.

Yuanyang dijo:

—A la derecha, un «punto» y un «cuatro» muy bonitos.

—«Un rábano con una cabeza de ajos.»

Se desataron las carcajadas mientras Yuanyang continuaba:

—La jugada entera es «una flor».

Gesticulando con ambas manos, la abuela Liu dijo:

—«Cuando la flor caiga, nacerá una enorme calabaza[15]».

La reunión se revolcaba de risa cuando afuera se oyó un enorme barullo.

CAPÍTULO XLI

En el convento del Enrejado Verde se saborea

un té preparado con agua de nieve caída

sobre los ciruelos.

La Madre Langosta irrumpe en el patio Rojo y Alegre.

La respuesta de la abuela Liu, «cuando la flor caiga, nacerá…», acompañada de los gestos con que pretendía abarcar el grosor de una imaginaria calabaza, causaron entre los presentes un nuevo estallido de risas. La vieja se despachó de un trago la copa de vino, y con la intención de seguir provocando la hilaridad de su público, dijo:

—De verdad que soy bruta y torpe, y además estoy medio borracha. Debo tener mucho cuidado con esta copa de porcelana no vaya a ser que la haga pedazos; estaría más tranquila si me hubieran dado una de madera.

Con sus toscas palabras consiguió que todos se echaran a reír otra vez. Pero Xifeng contestó al vuelo:

—Abuela, si prefiere beber en copas de madera la complaceremos, pero debo advertirle que no son como las de porcelana; vienen juntas en un juego y se ha de beber de cada una de las piezas.

La abuela Liu pensó: «Sólo pretendía hacerles reír, ¿cómo iba a suponer que en esta casa tendrían copas de madera? En mis cenas con los notables de la aldea he tenido ocasión de ver numerosas copas de oro y plata, pero nunca una de madera. ¡Ya sé! Deben ser los tazones que utilizan los niños. Sólo es una treta para hacerme beber más de la cuenta. Pues bien, no importa; su vino no es más fuerte que aguamiel y nada arriesgo bebiendo un poco más». Y concluida esta reflexión proclamó:

—De acuerdo, traiga las copas de madera y ya veremos qué pasa con ellas.

Inmediatamente Xifeng dijo a Fenger:

—Trae ese juego de diez copas de raíz de bambú que hay en el estante de libros del cuarto interior.

La doncella se dispuso a cumplir el encargo, pero en ese momento intervino Yuanyang con una sonrisa.

—Esas copas son demasiado pequeñas; además, usted acaba de decir que son de madera y no estaría bien que le trajéramos de bambú. Mejor será el juego de diez copas grandes de raíz de boj que hay en nuestra casa. Que la abuela beba en ellas.

Como a Xifeng le pareció una buena idea, Yuanyang mandó que trajeran las copas de boj. Cuando éstas llegaron, llenas hasta el borde, dejaron a la abuela Liu perpleja y pasmada: perpleja porque encajaban una dentro de otra de tal manera que la más grande era del tamaño de una batea y la más pequeña aún seguía siendo el doble de grande que la que tenía en la mano; también quedó pasmada por la belleza de los paisajes, árboles y figuras tallados en ellas, así como por los sellos e inscripciones que lucían.

—Deme sólo la pequeña. No puedo beber tanto —se apresuró a decir.

Pero Xifeng repuso entre risitas:

—No puede hacer eso. Nadie en nuestra familia se ha atrevido jamás a poner a prueba su capacidad bebiendo todo el licor que cabe en estas copas. Fue usted quien nos hizo ir por ellas, abuelita, y ahora debe bebérselas todas.

Aterrada, la abuela Liu exclamó:

—¡No puedo! Querida señora, le suplico que me dispense de un trago tan malo…

Sabiendo que era ya muy vieja para soportar semejante prueba, la Anciana Dama, la tía Xue y la dama Wang decidieron intervenir.

—Una broma es una broma —dijeron—. No debe beber tanto. Que sólo apure la copa grande.

—¡Santo Buda! —exclamó la abuela—. Dejen que sólo beba la más pequeña y aparten la grande: me la beberé en mi casa poco a poco.

Esas palabras provocaron una nueva oleada de risas. Yuanyang llenó hasta el borde la copa grande y la abuela Liu no tuvo más remedio que acercársela a los labios ayudándose con ambas manos.

—Con calma —le advirtieron la Anciana Dama y la tía Xue—. No vaya a atragantarse.

La tía Xue pidió a Xifeng que diera a la anciana algo de comer con el vino.

—¿Qué le apetece comer, abuelita? —preguntó Xifeng.

—No sé qué hay en cada plato. Todos parecen exquisitos.

—Dadle berenjena frita —propuso la Anciana Dama con una sonrisa.

Xifeng, obedeciendo, cogió un poco de berenjena con los palillos y la llevó directamente a la boca de la abuela.

—Seguro que usted come berenjena todos los días —le dijo—. ¿Le gusta cómo la hacemos aquí?

—No intente engañarme —replicó la vieja—. Si la berenjena tuviera este sabor, hace ya tiempo que los campesinos no cultivaríamos otra cosa.

—Es berenjena —le aseguraron entre risas—. No estamos mintiéndole.

—¿De verdad que es berenjena? —preguntó la anciana, perpleja—. Deme un poco más, señora, que la mastique con más cuidado. El otro trozo me lo he comido sin estar convencida del todo.

Xifeng le pasó otro bocado. Después de paladearlo lentamente, la abuela Liu dijo:

—Tiene un ligero sabor a berenjena, pero no se parece al que yo conozco. ¿Cómo la han cocinado? Díganmelo para que yo pueda hacerlo igual cuando regrese a la aldea.

—Es muy sencillo —respondió Xifeng divertidísima—. Se cogen unas berenjenas tiernas, se pelan, se cortan en trocitos y se rehogan en grasa de pollo. Luego se cogen unas pechugas de pollo, setas aromáticas, brotes de bambú, hongos, queso de soja seco y condimentado, y diversos tipos de frutos secos. Se pica todo y se cuece junto con las berenjenas en un caldo de pollo, se añade aceite de sésamo y algunos encurtidos; después se guarda en un recipiente de porcelana. Cuando se quiera comer, se saca y se mezcla con pollo frito cortado en pedazos.

Pasmada, la abuela Liu sacudió la cabeza y sacó la lengua.

—¡Divino Buda! No me extraña que sepa tan bien: ¡se necesita una docena de pollos para hacer la receta!

Mientras hablaba terminó de beberse el vino y después se puso a contemplar cuidadosamente la copa.

—Todavía no ha bebido bastante —dijo Xifeng—. Beba otra copa.

—¡Por nada del mundo! Otra copa acabaría conmigo. Sólo estoy admirando esta cosa tan bella. ¡Qué trabajo tan bien hecho!

—Ahora que ya la ha apurado, díganos de qué madera está hecha —intervino Yuanyang.

—No me extraña que no lo sepa, señorita —sonrió la abuela Liu—. ¿Qué puede saber sobre maderas alguien que vive tras portones dorados y biombos bordados? Nosotros, en cambio, vivimos entre madera todo el santo día: dormimos sobre almohadas de madera, descansamos sobre bancos de madera y, en tiempos de hambruna, comemos la corteza de los árboles. Como la miro, y oigo hablar de ella, y todo el día hago comentarios sobre ella, no me resulta difícil distinguir la buena de la mala, ni la verdadera de la falsa. Y ahora, veamos de qué está hecha esta copa.

Y se puso a escudriñarla.

—Una familia como la suya es incapaz de poseer algo barato —dijo—. No guardarían estas copas si estuvieran hechas de madera común.

Por fin concluyó:

—Por su peso diría que no puede ser álamo; más parece pino que otra cosa.

Las reunidas se revolcaban de risa cuando, en eso, entró una sirvienta que dijo a la Anciana Dama:

—Las jóvenes actrices ya están en el pabellón de la Fragancia del Loto esperando las instrucciones de Su Señoría. ¿Empiezan ya la representación o deben esperar?

—Nos habíamos olvidado de ellas —dijo la Anciana Dama con una risita—. Diles que empiecen.

Acababa de partir la criada con el encargo cuando llegaron hasta ellas unos gozosos acordes de flautas y caramillos. Con la brisa ligera, y a través del aire claro, la música cruzó entre los árboles y sobre el agua llenando de alegría y frescura sus corazones. Baoyu fue el primero en no resistir la tentación de llenar su copa de vino y apurarla de un solo trago. Justo cuando se la estaba sirviendo vio a su madre, que también deseaba beber, pidiendo más vino caliente. Inmediatamente le puso su propia copa entre los labios. Ella tomó dos sorbos.

Cuando llegó el vino caliente, Baoyu volvió a su sitio y su madre se levantó de su asiento sosteniendo la jarra. Al verla, todas, incluida la tía Xue, se incorporaron, y la Anciana Dama dijo a Li Wan y a Xifeng que se hicieran cargo de la jarra.

—Haced que vuestra tía se siente. No es necesaria tanta formalidad —añadió.

Entonces la dama Wang entregó la jarra a Xifeng y volvió a tomar asiento.

—Qué bien lo estoy pasando —comentó alegremente la Anciana Dama—. Bebamos un par de copas más.

Y después de animar a la tía Xue para que hiciera lo mismo, dijo a Xiangyun y Baochai:

—También vosotras debéis beber un poco. Y a pesar de que vuestra prima Daiyu no pueda beber mucho, tampoco se librará.

Dicho lo cual apuró su propia copa para que Xiangyun, Baochai y Daiyu se vieran obligadas a imitarla.

A la abuela Liu, zarandeada ya por el vino, sólo le faltaba la música para empezar a agitar torpemente los brazos siguiendo, complacida, el ritmo con los pies. Baoyu se acercó a Daiyu y le susurró al oído:

—¡Mira a la abuela Liu!

—Cuando el rey sabio de la antigüedad tocaba la música sagrada, cien bestias bailaban[1], pero nosotros sólo hacemos bailar a una vaca.

Los demás celebraron el comentario mordaz de la muchacha con risitas ahogadas.

Cesó después la música y la tía Xue, levantándose de su asiento, sugirió:

—Ya hemos bebido mucho. ¿Por qué no damos un paseo antes de volver a sentarnos?

Como la Anciana Dama estuvo de acuerdo con la sugerencia, todos se levantaron y salieron tras ella. Deseosa de continuar con la diversión, la Anciana Dama llevó a la abuela Liu al pie de una colina, donde la tuvo caminando de un lado a otro enseñándole el nombre de cada árbol, flor y roca de aquel lugar.

Con todos aquellos conocimientos, la vieja Liu comentó:

—Es interesante comprobar cómo en la ciudad hasta los pájaros son elegantes. ¡Caramba, si parece que cuando llegan aquí se vuelven tan listos que incluso hablan!

Desconcertados por sus palabras, los demás le preguntaron:

—¿Qué pájaros son esos tan listos que incluso pueden hablar?

—Ese pájaro verde de pico rojo que está siempre sobre la percha dorada del corredor —dijo ella—. Aunque, claro, al fin y al cabo ése es un loro. Pero ¿cómo ha aprendido también a hablar el cuervo negro de la jaula al que le ha salido un penacho de fénix[2]?

Sus palabras provocaron un nuevo estallido de risas. Poco después llegaron unas doncellas a preguntar si la concurrencia deseaba comer algo.

—Con tanto vino ya no tenemos apetito, pero traed las cosas y que coma quien quiera —respondió la Anciana Dama.

Las doncellas acercaron dos mesitas de té y dos cestas que, al ser abiertas, mostraron dos tipos de dulces cada una: la primera contenía pasteles de raíces de loto molidas y sazonadas con osmanto fragante, y unos rollitos de piñones e hígado de ganso; en la otra había unos pequeños bizcochos fritos de menos de un palmo de largo…

—¿Y de qué están rellenos? —preguntó la Anciana Dama.

—De carne de cangrejo —le respondieron unas criadas.

La Anciana Dama frunció el ceño:

—¿A quién le podría apetecer ahora una cosa tan grasienta?

Tampoco unos coloridos pastelitos fritos con crema llamaron su atención. Después de cierta insistencia, la tía Xue probó un bizcocho. La Anciana Dama, por su parte, eligió un rollito, pero tras darle un bocado se lo pasó a una doncella.

A la abuela Liu le impresionaron la delicadeza y variedad de los confites, de entre los que seleccionó uno en forma de peonía.

—Ni la muchacha más hábil de nuestra aldea recortando con tijera podría hacer uno de papel tan bonito como éste —dijo—. Me muero de ganas de comérmelo, pero me parece una lástima. Sería estupendo poder llevarme uno para enseñárselo a la gente de la aldea.

Todos se echaron a reír.

—Cuando te vayas te daré una vasija llena de dulces para que la lleves a tu aldea —le prometió la Anciana Dama—, pero ahora prueba unos cuantos mientras aún están calientes.

Los otros se limitaron a elegir de todos ellos uno o dos que habían llamado su atención, pero la abuela Liu nunca había probado nada semejante; no era posible que aquellos bocaditos diminutos y frágiles pudieran saciar el hambre, de modo que ella y su nieto fueron probando de todos los tipos hasta que casi desapareció la mitad. Xifeng ordenó que el resto fuera colocado sobre dos platos y enviado a las actrices en una cesta.

Más tarde llegó Dajie, la hija de Xifeng, acompañada de su nodriza, y jugaron con ella un rato. La niña estaba entretenida con un pomelo cuando vio la «Mano de Buda» de Baner y quiso que se la diera. A pesar de que las doncellas le prometieron conseguirle una, la criatura se echó a llorar de impaciencia. Entonces, inmediatamente, entregaron el pomelo a Baner obligándole a separarse de su «Mano de Buda». Como el niño ya había jugado bastante con ella y ahora tenía las manos ocupadas con los pasteles que iba devorando, y como además el pomelo, redondo y oloroso, parecía más divertido, se deshizo sin protestas de la «Mano de Buda» y se dedicó a darle patadas a la fruta por todo el cuarto.

Apenas hubieron concluido aquella colación, la Anciana Dama llevó a la abuela Liu al convento del Enrejado Verde, donde la abadesa Miaoyu las hizo pasar inmediatamente al patio, exuberante de árboles y flores.

—Después de todo —comentó la Anciana Dama—, los que llevan una vida apartada del mundo son los que tienen más tiempo para adornar el lugar en el que viven. Este sitio se ve más cuidado que otros.

Y así, hablando y hablando, llegaron hasta el salón de meditación situado en la parte oriental. Miaoyu invitó al grupo a pasar.

—Acabamos de tomar vino y carne —dijo la Anciana Dama—, y como ustedes tienen allí dentro una imagen de Buda sería un sacrilegio entrar. Nos quedaremos unos momentos en el cuarto exterior bebiendo una tacita de su buen té.

Inmediatamente Miaoyu fue a preparar té.

Baoyu observó cuidadosamente el procedimiento. Vio a Miaoyu traer con sus propias manos una bandeja de laca tallada en forma de flor de manzano silvestre con una incrustación que representaba «el dragón de la nube ofreciendo la eterna juventud». Sobre la bandeja colocó un tazón polícromo y dorado del período Cheng Hua[3], que ofreció a la Anciana Dama.

—No bebo té de Liu’an[4] —dijo ella.

—Lo sé, señora —respondió Miaoyu con una sonrisa—. Éste es «Cejas de Patriarca»[5].

—¿Con qué agua lo ha hecho?

—Con agua de lluvia que guardo desde el año pasado.

La Anciana Dama bebió media taza y le pasó el resto a la abuela Liu con un guiño, invitándola a probarlo. La vieja Liu lo apuró de un sorbo.

—Está bastante bueno, pero es un poco flojo —dijo con un tono de veredicto que provocó otra vez la risa de los presentes—. Han debido dejar que se cargara un poco más.

Los demás bebieron en tazas de porcelana verde del Homo Imperial con tapadera y unos motivos dorados.

Después de servir el té, Miaoyu dio unos tironcitos de la ropa a Baochai y Daiyu, que salieron tras ella seguidas subrepticiamente por Baoyu. Miaoyu invitó a las dos muchachas a entrar en un aposento lateral, donde Baochai se sentó en un sillón y Daiyu sobre el almohadón de Miaoyu, mientras la monja abanicaba el brasero para preparar té en cuanto el agua empezara a hervir. Entonces Baoyu entró sigiloso y exclamó bromeando:

—¡Vaya, un banquete secreto!

Las tres se echaron a reír.

—Lo que tú quieres es beber otra vez té gratis, pero aquí no hay nada para ti.

Miaoyu estaba buscando tazas cuando entró una anciana monja con las tazas recién usadas.

—No guardes esa taza Cheng Hua —dijo Miaoyu—. Déjala aparte.

Baoyu comprendió la razón de las palabras de Miaoyu: después de haber sido usada por la abuela Liu, la taza se había envilecido demasiado como para ser conservada en el convento. Entonces vio a Miaoyu aparecer con otras dos, una con asa y el nombre «Tazón de Calabaza» grabado en caracteres de estilo Lishu[6]; en caracteres más pequeños llevaba las inscripciones: «Atesorado por Wang Kai de la dinastía Jin» y «En el cuarto mes del quinto año del período Yuanfeng de la dinastía Song, Su Shi de Meishan vio esta taza en el Secretariado Imperial». Miaoyu la llenó y la entregó a Baochai. La otra tenía la forma de una pequeña escudilla que llevaba escritos tres caracteres en estilo Zhuanshu, cuyas líneas son como hilos de perlas, que decían: «Dian Xi Qiao»[7]. Después de llenarla para Daiyu, ofreció a Baoyu la copa de jade verde con la boca ancha en la que ella solía tomar su propio té.

La abadesa Miaoyu.

Gai Qi (edición de 1879).

—Yo pensé que según la ley budista todos los hombres debían ser tratados como iguales —dijo Baoyu con una sonrisa—, y sin embargo a mí me das este objeto vulgar mientras ellas reciben valiosas antigüedades.

—¡Objeto vulgar! —replicó Miaoyu—. No creo que en tu casa puedas encontrar nada parecido a ese objeto vulgar que desprecias. Y te puedo asegurar que no es jactancia.

—Como dice la gente: «Otro país, otras costumbres». Encerrada en un convento, como tú lo estás, el oro, las perlas, el jade y las joyas deben parecerte cosas vulgares.

Sumamente halagada por el comentario, Miaoyu mostró una inmensa copa tallada en raíz de bambú y recubierta de nudos y vetas.

—Sólo me queda esta otra copa —dijo—. ¿Puedes apañarte con una tan grande?

—¡Por supuesto! —exclamó Baoyu con placer.

—Pero aunque puedas, no tengo té suficiente para que lo malgastes. ¿No conoces el proverbio que dice: «La primera taza se saborea, la segunda aplaca la sed de un tonto, la tercera sirve para que abreven un buey o un asno»? ¿Qué serías tú si bebieras tal cantidad de té?

Entre las risas de los demás, Miaoyu levantó la tetera y echó en la copa el equivalente a una taza pequeña. Baoyu probó parsimoniosamente el té y no tuvo elogios suficientes para su dulce pureza.

—Esta atención debes agradecérsela a tus primas —dijo afectadamente Miaoyu—. Si hubieras venido solo no te habría ofrecido té.

—Lo sé, así que se lo agradeceré a ellas —replicó Baoyu entre risas.

—Pues harás bien —concluyó la monja.

—¿También éste está hecho con agua de lluvia del año pasado? —preguntó Baoyu.

Miaoyu sonrió con desdén.

—¿Tan vulgar eres que ni siquiera percibes la diferencia? Es nieve que recogí de las flores de ciruelo hace cinco años, cuando estaba en el convento Fragancia del Monte Xuanmu. Conseguí llenar ese recipiente de porcelana de color azul oscuro, pero me pareció demasiado preciosa para utilizarla, así que la mantuve enterrada durante todos estos años, hasta que la abrí el verano pasado. Es la segunda vez que la utilizo. No me digáis que no notáis la diferencia. ¿Cómo iba a tener esta pureza y esta levedad el agua de lluvia del año pasado?

Sabiendo lo excéntrica que era, Daiyu no quiso objetar nada ni quedarse allí mucho tiempo. Después de acabar su té hizo un gesto a Baochai y las dos muchachas partieron, seguidas de Baoyu.

Al salir, el muchacho dijo a Miaoyu:

—Puede que esa taza se haya envilecido, pero ¿no es una pena desecharla? Harías mejor regalándosela a la pobre vieja, que con su venta se mantendría durante un tiempo. ¿No te parece?

Después de pensarlo un momento, Miaoyu asintió con la cabeza.

—Muy bien. Menos mal que yo nunca he bebido en ella; en ese caso la habría hecho añicos. Pero yo misma no puedo dársela. Si tú quieres, hazlo; no me opondré. Vete y dásela.

—Claro —replicó él con una risita—. ¿Cómo voy a permitir que tú hables con una persona como la vieja Liu? Dámela a mí.

Miaoyu mandó que trajeran la taza y se la entregaran a Baoyu.

Al tomarla entre sus manos, el muchacho preguntó a la monja:

—¿Quieres que envíe al salir de aquí a unos cuantos pajes con baldes de agua para que frieguen el suelo?

—Buena idea —sonrió ella—, pero que dejen los baldes junto a la puerta. No quiero que entren.

—Por supuesto —dijo Baoyu, y se retiró con la taza dentro de la manga.

Confió el objeto a una de las jóvenes doncellas de su abuela con las siguientes palabras:

—Entrega esto a la abuela Liu para que mañana se lo lleve a su casa.

Ya la Anciana Dama estaba preparada para marcharse y, en lugar de insistir para que se quedara, Miaoyu acompañó al grupo hasta la puerta y la cerró en cuanto hubieron salido.

La Anciana Dama se sintió algo cansada y pidió a la dama Wang y a las muchachas que fueran a beber algo con la tía Xue mientras ella descansaba en la aldea de la Fragancia del Arroz. Xifeng mandó traer una pequeña silla de manos de bambú. La Anciana Dama tomó asiento y se dejó llevar por dos criadas, y escoltar por Xifeng, Li Wan y todas sus doncellas y criadas mayores.

Mientras tanto, también la tía Xue había partido. Después de despedir a las actrices y entregar las sobras de las cestas a las doncellas, la dama Wang pudo al fin estirarse sobre el sillón recién desocupado por su suegra. Llamó a una joven doncella para que echara la antepuerta y le diera un masaje en las piernas.

—Avísame cuando la Anciana Dama despierte —ordenó a la doncella. Y se acomodó para echar una siesta mientras la reunión se dispersaba.

Baoyu, Xiangyun y las otras muchachas contemplaron como las doncellas colocaban unas cestas de comida sobre las rocas y se disponían a descansar, unas sentadas sobre las rocas o sobre la hierba; otras apoyadas contra los árboles o paseando por la orilla del lago. El ambiente era bastante animado.

En aquel momento apareció Yuanyang para llevar a la abuela Liu de paseo, y los demás se dispusieron a participar de la diversión. Cuando llegaron al arco erigido con motivo de la visita al hogar de la concubina imperial, la vieja Liu exclamó:

—¡Vaya, qué templo tan enorme!

Dicho lo cual se lanzó a hacer koutou, lo que desató las carcajadas de los reunidos.

—¿Qué tiene de gracioso? —preguntó ella—. Conozco los caracteres de este arco. Donde vivo hay muchos: iguales. Son el nombre del templo.

—¿Y de qué templo se trata? —le preguntaron.

La abuela Liu levantó la cabeza, entornó los ojos y, señalando uno por uno los caracteres de la inscripción, dijo como si deletreara:

—«Espléndido… Salón… del Emperador… de Jade».

Todos rieron y aplaudieron la ocurrencia. Y hubieran continuado tomándole el pelo si no lo hubiera impedido el estómago de la abuela, que súbitamente empezó a rugir. Enseguida pidió papel a una de las doncellas más jóvenes y se dispuso a bajarse el pantalón.

—¡No, no! ¡Aquí no! —gritaron todos con grandes aspavientos.

Y se ordenó a una vieja ama que la llevase a la esquina nordeste. Después de indicarle el camino, la vieja criada aprovechó para irse a descansar un poco. Y es que el vino amarillo no le había sentado bien a la abuela Liu, y tanta comida y tan grasienta le había producido una sed que aplacó con ingentes cantidades de té, todo lo cual, mezclado, había contribuido a descomponerle el estómago. Así, pasó un buen rato acuclillada en el retrete. Cuando por fin se incorporó, el vino se le había subido a la cabeza y, como ya era de edad avanzada, tanto tiempo en cuclillas le había producido tal mareo que ahora no recordaba el camino de regreso.

Miró en torno suyo. Por todas partes se alzaban árboles, rocas, torres y pabellones, pero, incapaz de orientarse, no tuvo más remedio que ir cojeando lentamente por un sendero empedrado hasta llegar a un edificio. Buscó un buen rato la entrada hasta que dio con una cerca de bambú. «Así que también aquí tienen habichuelas», pensó al verla. Bordeando la cerca llegó hasta un portón en forma de luna y lo cruzó. Delante de ella apareció un estanque de unos cinco o seis pies de ancho, con las orillas cubiertas de lajas, en el que desembocaba un arroyo verde. Para cruzarlo había una larga laja blanca por la que pasó a un sendero empedrado que, más allá de un par de meandros, se detenía ante una puerta. Lo primero que vio al entrar fue a una muchacha que le daba, sonriente, la bienvenida.

—He perdido a las jóvenes damas —dijo atropelladamente la abuela Liu—. He tenido que dar muchas vueltas hasta encontrar este sitio.

Al no recibir respuesta de la muchacha, la anciana se adelantó para cogerle la mano y, ¡pum!, se dio un cabezazo contra un tabique de madera. Al observarlo con más detenimiento descubrió que se trataba de un cuadro. ¡Extraño! ¿Cómo habrían conseguido que la figura se proyectase como una persona real? Pero al tocarla constató que se trataba de una figura plana. Con un movimiento de la cabeza, acompañado de sendos suspiros de admiración, se dirigió a una pequeña entrada sobre la que colgaba una antepuerta floreada de color verde. Levantándola, entró y miró en torno suyo.

Aquellas paredes estaban cubiertas de estantes hábilmente tallados que exhibían liras, espadas, floreros e incensarios; también colgaban cortinajes bordados y gasas relumbrantes de oro y perlas. Hasta las losetas vidriadas del piso lucían motivos florales. Más pasmada que nunca, quiso salir. Pero ¿dónde estaba la puerta? A su izquierda había un estante de libros; a su derecha, un biombo. Descubrió una puerta tras el biombo, y ya se disponía a abrirla cuando hizo su aparición una mujer a quien la abuela Liu identificó como su consuegra.

—¡Qué sorpresa encontrarte a ti por estos lugares! —exclamó la abuela—. Supongo que te enteraste de que he faltado de casa estos últimos días y te dijeron que estaría aquí… ¿Cuál de las muchachas te trajo?

La otra anciana se limitó a sonreír sin responder una palabra.

—¡Qué poco mundo has visto! —continuó la vieja con una risotada—. Las flores de este jardín son tan bellas que no has podido resistir la tentación de ponértelas en el pelo. ¿No te da vergüenza, a tus años?

La otra siguió callada.

De pronto la abuela Liu recordó haber oído alguna vez que los ricos tienen en sus casas una especie de espejo de cuerpo entero, y columbró que estaba hablando con su propio reflejo. Palpó la imagen y la miró detenidamente. En efecto, se trataba de un espejo colocado entre cuatro tabiques de sándalo rojo tallado.

—Esto me ha cerrado el paso. ¿Cómo saldré de aquí? —murmuró.

En ese momento la presión de sus dedos produjo un seco crujido. Aquel espejo tenía bisagras al estilo occidental que le permitían abrirse o cerrarse con un simple toque, y ella había presionado accidentalmente el muelle que lo hacía retroceder, dejando al descubierto un pasillo.

Agradablemente sorprendida, la abuela Liu pasó al siguiente cuarto, donde un exquisito dosel sobre una cama cautivó su mirada. Como seguía borracha y ya estaba cansada de caminar se sentó, dejándose caer con todo su peso sobre el lecho para descansar un rato. Pero, sin que fuera su intención y sin que pudiera impedirlo, empezó a vacilar hacia atrás y hacia delante, incapaz de mantener los ojos abiertos, hasta que acabó echándose a dormir. Mientras tanto, afuera, Baner se puso a llorar reclamando a su abuela.

—Confiemos en que no se haya caído por el agujero de la letrina —dijo alguien en broma—. Deberíamos ir a ver qué ha ocurrido.

Dos ancianas fueron enviadas a cumplir ese encargo, pero regresaron sin noticias. Empezó entonces una búsqueda sin resultado por todo el jardín.

«Debe haberse perdido, borracha como estaba —pensó Xiren—. Puede que haya tomado el sendero hacia el patio trasero. Si cruzó la cerca y entró por la puerta falsa, las muchachas de allí la habrán visto, aunque haya pasado tambaleándose. Si tomó otro camino y echó a andar hacia el sudoeste, confío en que haya encontrado la salida; si no, andará todavía deambulando por ahí. Iré a echar un vistazo.» Y con esa idea regresó al patio Rojo y Alegre. Llamó a las doncellas más jóvenes, que se habían quedado allí cuidando el lugar, pero éstas habían aprovechado la oportunidad para salir a jugar. Al pasar frente al biombo emparrado llegaron a sus oídos unos ronquidos portentosos y entró corriendo en el dormitorio, que apestaba a pedos y vino. Sobre la cama encontró a la abuela Liu tumbada con las piernas abiertas. Xiren se asustó al verla. Corriendo, se acercó y empezó a sacudirla hasta que consiguió despertarla. La abuela se incorporó de un salto al reconocer a la doncella.

—Hice mal, señorita —gritó—, pero le juro que no he ensuciado la cama.

Y mientras hablaba sacudía con las dos manos la ropa del lecho.

Xiren le hizo un gesto para que guardara silencio, ya que no quería que el escándalo llegara a oídos de Baoyu. Inmediatamente echó varios puñados de incienso en el trípode y volvió a poner la tapa; luego arregló el pequeño cuarto. Por lo menos, la vieja Liu no había vomitado.

—Está bien —susurró Xiren apresuradamente—. Yo me encargaré de todo. Usted diga que se mareó y se echó a dormir sobre una de las rocas de afuera. Ahora venga conmigo.

La abuela Liu asintió y siguió dócilmente a Xiren hasta el cuarto de las doncellas jóvenes, donde Xiren la hizo sentarse. Dos tazas de té le devolvieron el ánimo suficiente para preguntar:

—¿De cuál de las jóvenes damitas es ese cuarto tan bello y elegante que pensé estar en el cielo?

—¿Ese cuarto? —sonrió Xiren—. Es el dormitorio del señor Bao.

La abuela Liu quedó muda de la impresión y Xiren la llevó a empujones a reunirse con el resto de la compañía.

—La abuela Liu se había quedado dormida sobre la hierba. Aquí la traigo de vuelta.

Y no dijo más.

Los demás, por su parte, no volvieron a pensar en el asunto. Y en eso quedó.

En aquel momento despertó la Anciana Dama y fue servida la cena en la aldea de la Fragancia del Arroz; pero la anciana, que se sentía demasiado fatigada para comer, hubo de ser llevada de vuelta sobre un pequeño palanquín de bambú. Antes de retirarse a descansar insistió en que Xifeng y las demás cenaran, de modo que todas regresaron al jardín.

Si quieren saber lo que pasa…

CAPÍTULO XLII

La Dama de las Alpinias advierte con palabras sinceras

contra los gustos incorrectos en literatura.

La Reina de los Bambúes continúa

con las gracias del día anterior.

Xifeng y sus primas regresaron al jardín. Después de cenar juntas, cada una se retiró a su propio cuarto. En cuanto a la abuela Liu, con su nieto Baner cogido de la mano se dirigió a Xifeng y le dijo:

—Debo irme mañana mismo a primera hora. En los dos o tres días que he pasado aquí he podido ver, probar y escuchar cosas cuya existencia ni sospechaba. La Anciana Dama y usted, señora, así como todas las jóvenes damas y las muchachas de los diferentes aposentos han sido la bondad misma para esta pobre vieja. No tengo manera de demostrar mi gratitud, pero a mi vuelta quemaré incienso a diario y le rezaré muy fuerte a Buda para que todas las mujeres de esta casa vivan cien años.

—No esté tan contenta, abuela —replicó Xifeng con una sonrisa—. Por su culpa están en cama, resfriadas, nuestra Anciana Dama y mi hija Dajie.

—La Anciana Dama sufre los rigores de la edad y no está habituada a las fatigas —suspiró la abuela Liu.

—Nunca la había visto de tan buen humor como ayer —le aseguró Xifeng—. Le gusta ir al jardín, es cierto, pero normalmente se limita, antes de regresar a sus aposentos, a sentarse un rato en dos o tres parajes de los que más le agradan. En cambio ayer, como había que enseñarle a usted el lugar, recorrió más de medio jardín. En cuanto a Dajie, su tía abuela le dio un pastel cuando la vio llorar, y comérselo frente al viento le ha producido fiebre.

—Me imagino que esa adorable criatura no entra mucho en el jardín, puesto que no le es familiar. No es como nuestros niños, que en cuanto aprenden a andar se cuelan hasta en los cementerios. Puede que se haya enfriado, expuesta al viento, o incluso cabe la posibilidad de que, inocente y de mirada clara, se haya topado con algún espíritu. En su lugar yo recurriría a algún libro de encantamientos, aunque sólo sirviera para tranquilizarme.

Las cosas que decía la abuela Liu llamaron la atención de Xifeng, quien pidió a Pinger que buscara el libro titulado Crónicas del cofre de jade, y a Caiming que lo leyera en voz alta. Esta, después de hojearlo, emprendió la lectura de un pasaje:

—«Vigesimoquinto día de la octava luna. Si en el sudeste se ha encontrado el paciente con un espíritu de flor, puede manifestarse una enfermedad. Ofrendar, en dirección al sudeste, a cuarenta pasos de distancia, cuarenta monedas de papel de cinco colores, una por paso».

—¡Claro! —exclamó Xifeng—. ¡A eso se debe el malestar de Dajie! ¿Cómo no va a haber espíritus de flor en el jardín? Y además, sospecho que la Anciana Dama también se ha topado con uno.

Dicho lo cual mandó que trajeran dos lotes de monedas de papel y a dos sirvientes para que exorcizaran a aquellos espíritus que se habían introducido en la Anciana Dama y en su propia hija. Y, en efecto, Dajie cayó en aquel momento en un sueño profundo.

—Sí, es cierto que son las personas de más edad las que tienen más experiencia —observó Xifeng—. ¿Puede decirnos por qué nuestra Dajie siempre está enferma de algo, abuela Liu?

—Es natural —contestó la vieja Liu—. Los hijos de familias ricas son demasiado delicados para soportar penalidades. Tantos cuidados no son buenos para los niños. Haría bien, señora, en tratar a esta criatura con menos melindres.

—Tiene usted razón —asintió Xifeng—. Y ya que estamos en ello, mi hija todavía no tiene nombre. Déselo para que comparta su buena suerte y viva tanto como usted. Además, y espero que no se ofenda, la gente aldeana es en el fondo un poco más pobre y miserable que nosotros, así que un nombre dado por alguien como usted podría servirle para contrarrestar tanto lujo.

—¿Cuándo nació? —preguntó la abuela Liu después de pensarlo un momento.

—Ése es el problema: nació el séptimo día del séptimo mes. No fue un día de buen augurio.

—¡Al contrario, señora, al contrario! Ea, llamemos pues a esta criatura Qiaoger[1]. Es lo que se llama «Combatir el veneno con el veneno, el fuego con el fuego». Si le parece bien este nombre, señora, la niña vivirá más de cien años, y cuando crezca y tenga su propia familia cualquier circunstancia adversa se convertirá en favorable gracias a la «feliz coincidencia» de su nombre.

Xifeng quedó naturalmente complacida y dijo en tono de agradecimiento:

—Espero que todo resulte como dice.

Y llamando a Pinger le dijo:

—Lo más seguro es que mañana estemos ocupadas. Dispon ahora que tienes tiempo los regalos para la abuela, y así mañana podrá partir temprano, tal como desea.

—No deben hacer más gastos por mi culpa —protestó la abuela Liu—. No he dejado de causar molestias en los días que he pasado aquí, y si encima me llevo regalos me sentiré peor todavía.

—No son muchas cosas, ni tampoco nada especial —repuso Xifeng—. Pero, bueno o malo, tiene que aceptar nuestros obsequios. Así podrá mostrar a sus vecinos algo de su viaje a la ciudad.

En ese momento regresó Pinger diciendo:

—Venga a echar un vistazo, abuelita.

Y condujo a la anciana hasta el otro dormitorio, donde encontraron más de la mitad del kang cubierto de montones de cosas. Pinger fue levantando los objetos uno a uno y mostrándoselos.

—Ésta es la gasa verde que tanto le gustó ayer —le dijo—. Y aquí hay otra de color gris pálido que le regala Su Señoría para que la utilice como forro. Estas dos piezas de seda cruda pueden servir para túnicas o faldas; los dos cortes de seda que están envueltos, para hacer ropa de Año Nuevo. Aquí hay una cesta con todo tipo de pasteles de la cocina imperial; algunos ya los ha probado, otros no; lléveselos para agasajar a sus visitas. Son mejores que cualquier otra cosa que se pueda comprar en la calle. Uno de los costales que trajo con verduras contiene ahora un dou de arroz de los campos imperiales con el que se pueden hacer unas excelentes gachas; el otro está lleno de fruta y nueces de nuestro jardín. Este paquete contiene ocho taeles de plata. Todos éstos son regalos de Su Señoría. Estos dos paquetes de cincuenta taeles, cien en total, son un regalo de la dama Wang, que quiere que emprenda con ellos algún pequeño negocio o compre un pedazo de tierra para que en el futuro no se vea obligada a recurrir a los amigos.

—¡Santo Buda! —exclamaba la abuela Liu cada vez que aparecía un nuevo regalo.

Sonriendo, Pinger dijo en voz baja:

—Estas dos túnicas y esta falda, estos cuatro pañuelos de cabeza y este paquete de sedas bordadas son mi obsequio, abuela. La ropa no es nueva, pero tampoco está muy usada. Si los desprecia, no me ofenderé.

La abuela ya había invocado a Buda varios cientos de veces y, viendo la generosidad y la modestia de Pinger, protestó con una sonrisa por su generoso regalo.

—¿Cómo puede decir eso, señorita? ¿Quién soy yo para despreciar cosas tan finas? No podría comprarlas con dinero, aunque lo tuviera. Lo que me avergüenza es llevarme tantas, pero debo hacerlo para corresponder a su generosidad.

—No me hable como a una extraña —dijo Pinger con una risita—. No le haría estos regalos si no fuésemos tan buenas amigas, así que acéptelos sin escrúpulos. También quiero pedirle un favor: que para el próximo Año Nuevo nos traiga verduras secas, lentejas, berenjenas y calabazas. Aquí a todos, a los de arriba y a los de abajo, nos gustan mucho las verduras. Eso bastará, y no será necesario que traiga otras cosas.

La abuela Liu aceptó el encargo con un millón de gracias.

—Y ahora, a la cama —le dijo Pinger—. Se lo empaquetaré todo y lo pondré allí. Haré que mañana a primera hora unos muchachos pidan un carruaje y acarreen todo esto. Usted no tendrá que ocuparse de nada.

Más agradecida que nunca, la abuela volvió a dar efusivamente las gracias a Xifeng, despidiéndose de ella. Pasó la noche en los aposentos de la Anciana Dama y, a la mañana siguiente, se levantó muy temprano y se aseó para despedirse de su benefactora. Pero ocurrió que la dolencia de la Anciana Dama había atraído a la familia entera, que llegaba hasta allí para interesarse por su salud. Cuando hubo salido el último, la Anciana Dama mandó que llamaran a un médico. Al poco rato apareció una doncella anunciando su llegada, y una vieja ama se adelantó para correr las cortinas de la cama.

—Soy una anciana con edad suficiente para ser su madre —dijo la Dama—. ¿Por qué habría de temer que se ría de mí? Deja las cortinas, que me examine tal como soy.

Las doncellas acercaron a la cama una mesita sobre la que colocaron un diminuto cojín antes de invitar a pasar al médico, que entró en ese preciso momento precedido por Jia Zhen, Jia Lian y Jia Rong. Demasiado humilde para subir por la rampa central, siguió a Jia Zhen por unas escaleras laterales que lo condujeron a la terraza. Dos criadas de servicio levantaron la antepuerta y otras dos lo condujeron adentro. Baoyu apareció para saludarlo.

Sobre el diván encontró a la Anciana Dama envuelta en una túnica azul forrada con un encrespado vellocino; a cada lado tenía a dos jóvenes doncellas de cortos cabellos sosteniendo escobillas, palanganas y otros utensilios similares; detrás de ella se alineaba media docena de viejas amas. Al mirar hacia la pantalla de gasa verde, el médico advirtió otras figuras, vestidas con sedas de alegres colores, que lucían joyas con engastes de perlas y piedras preciosas. Agachó la cabeza y se adelantó para presentar sus respetos. Por la vestimenta de funcionario de sexto rango, la Anciana Dama dedujo que ante ella se encontraba uno de los médicos imperiales.

Lo saludó con una sonrisa y luego preguntó a Jia Zhen:

—¿Cuál es el nombre de este honorable caballero?

—Wang es su nombre.

—En los viejos tiempos hubo un Wang Junxiao que fue director de la Academia de Médicos Imperiales —dijo ella—. Hacía unos diagnósticos excelentes.

El médico Wang hizo una reverencia con la cabeza agachada y respondió sonriente:

—Era mi tío abuelo.

—En ese caso nuestras familias son viejas amigas.

Dicho lo cual, con un pausado movimiento, colocó una mano sobre el pequeño cojín. Un ama vieja posó levemente un banquito al lado de la mesa y el doctor Wang, sentado con mucho respeto al borde del banquito, hincó una rodilla para inclinarse sobre el diván. Pasó un buen rato tomándole ambos pulsos; luego levantó su meditabunda cabeza, hizo una reverencia y se dispuso a partir.

—Gracias por haberse tomado la molestia de venir —dijo la Anciana Dama.

Y dirigiéndose a Jia Zhen:

—Zhen, conduce al doctor al estudio y encárgate de que le sirvan un poco de té.

Inmediatamente, Jia Zhen y Jia Lian condujeron al médico al estudio exterior, donde él les dijo:

—Su Señoría sólo padece un leve enfriamiento. No precisa medicamento alguno; puede curarse con una dieta ligera y manteniéndose abrigada. Pero de todos modos haré una receta, y que la señora tome una dosis de medicina si lo desea. Sí no lo hace carece de importancia.

Sorbió su té y escribió la receta. Precisamente cuando se disponía a partir apareció el ama de Dajie con la niña en brazos, y preguntó con una sonrisa:

—¿Estaría el doctor Wang dispuesto a reconocernos también a nosotras?

Inmediatamente el médico se puso de pie, y cogiendo la mano izquierda de la niña con su mano derecha, le tomó el pulso. Luego tocó su frente e hizo que le enseñara la lengua.

—Esta damita no debe molestarse por lo que voy a decir —declaró con una sonrisa—. Todo su malestar desaparecerá si deja de comer dos veces al día. No hay necesidad de recetarle nada. Le voy a traer unas píldoras para que las tome disueltas en agua de jengibre antes de dormir.

Dicho lo cual partió, acompañado por Jia Zhen y los demás, que regresaron luego con la Anciana Dama a informarla sobre el diagnóstico. Dejaron la receta sobre el escritorio y se retiraron. Una vez que el médico hubo partido aparecieron por detrás del biombo la dama Wang y las mujeres y niñas más jóvenes. La dama Wang permaneció allí un rato antes de retirarse a sus propios aposentos.

Cuando supo que la Anciana Dama estaba desocupada, la abuela Liu entró a despedirse. La Anciana Dama le pidió que les hiciera otra visita y luego dijo a Yuanyang:

—Acompaña a la abuela Liu afuera. No me siento lo bastante bien como para hacerlo personalmente.

La abuela Liu dio las gracias por última vez y se retiró con Yuanyang al cuarto de las sirvientas. Yuanyang señaló un paquete que había sobre el kang.

—Son dos trajes que le regalaron a la Anciana Dama en anteriores cumpleaños —dijo—, pero ella nunca usa nada que haya sido confeccionado fuera de la casa, y es una lástima mantener en los armarios ropa que sólo se ha usado una vez. Ayer me ordenó elegir dos conjuntos para que se los llevara usted. En esta cesta están los pastelitos que pidió. En este otro paquete, las medicinas: polvo de ciruelo en flor para la lengua, píldoras de oro morado, píldoras para la sangre y píldoras reconstituyentes, cada cosa envuelta con las instrucciones para su empleo. Aquí hay dos bolsas bordadas que puede usar para entretenerse.

Y aflojando los cordones de estas últimas extrajo dos pequeños lingotes de plata que llevaban grabada la frase: «Que se cumplan tus deseos». Luego sugirió con una sonrisa:

—Llévese las bolsas, abuela, y déjeme esto a mí.

Como quiera que la abuela, maravillada, ya había invocado varios cientos de veces el nombre de Buda, lo que suponía un buen cargamento de obsequios, no tuvo inconveniente en acceder a la súplica de la doncella.

—Claro que sí, señorita, quédese con ellos —dijo.

Al darse cuenta de que la anciana estaba tomando en serio su broma, Yuanyang sonrió. Volvió a meter los lingotes en las bolsas y dijo:

—Sólo le estaba tomando el pelo. Ya tengo muchos como éstos. Guárdelos para alegrarles el Año Nuevo a los niños.

En ese momento una joven doncella se adelantó para entregar a la abuela Liu un tazón de porcelana hecho en el período Cheng Hua.

—Un regalo del señor Bao —anunció.

—Pero ¡qué les parece! —exclamó la abuela Liu tomando el tazón—. Todas estas cosas buenas que me están sucediendo hoy tienen que ser el premio por alguna buena acción que hice en una vida anterior.

—La ropa que se puso aquel día que le pedí que tomase un baño era mía —le dijo Yuanyang—. Si le sirve quédesela. Y aquí hay más.

Entre los atropellados agradecimientos de la abuela Liu hizo aparecer dos trajes más, que envolvió para la anciana. Ésta quería ir al jardín a despedirse de Baoyu, las damitas y la dama Wang, pero Yuanyang se lo impidió.

—No hace falta. Además, a esta hora ya no reciben a nadie. Yo misma se lo diré más tarde. Ya volverá en otra ocasión con más tiempo.

Una vieja criada fue enviada al portón interior con el encargo de que trajera a un muchacho que ayudara a la abuela Liu con sus cosas. Desde allí se dirigieron hacia los aposentos de Xifeng a buscar los regalos, y el paje los sacó de allí atravesando el portón lateral. Luego los puso en el carro que habían alquilado. Finalmente, la anciana criada acompañó a la abuela Liu hasta el carro y la despidió.

Acabado el desayuno, Baochai y las demás fueron a presentar sus respetos a la Anciana Dama, y después volvieron inmediatamente al jardín. Al separarse de Daiyu, Baochai le dijo:

—Ven conmigo. Quiero preguntarte algo.

Daiyu acompañó a Baochai hasta el parque de las Alpinias.

Apenas llegaron, Baochai se sentó y dijo burlona:

—Arrodíllate. Voy a someterte a un interrogatorio.

—Pero ¡esta muchacha se ha vuelto loca! —exclamó la perpleja Daiyu—. ¿A cuento de qué vas a interrogarme?

—¡Vaya noble señorita, protegida e inocente, que nunca ha salido de los aposentos interiores! —resopló Baochai—. ¡Vaya cosas que dice! Confiesa inmediatamente.

En medio de la aparente broma, Daiyu, que no tenía la menor idea de lo que estaba diciendo Baochai, empezó a sentirse preocupada.

—Pero ¿qué cosa tan mala he dicho? —preguntó—. Estás tratando de censurarme algo. Dime a qué te refieres.

—Sigues haciéndote la inocente —sonrió Baochai—. Pues bien, ¿qué versos eran esos que recitaste ayer durante el juego de la bebida? No pude descubrir su procedencia.

Entonces Daiyu recordó que el día anterior había cometido la imprudencia de citar dos versos de El pabellón de las peonías y de Historia del ala oeste. Con las mejillas encendidas, abrazó a Baochai y dijo entre risitas:

—Prima querida, se me escaparon sin querer. Ahora que me has reñido por ello, prometo no volver a hacerlo.

—Ayer los oí por primera vez. No me suenan. Quiero saber de dónde proceden.

—¡No se lo cuentes a nadie, prima querida! ¡No volveré a hacerlo!

Tanta era su turbación y tan confusamente suplicaba, que Baochai renunció al interrogatorio y prefirió hacerle tomar asiento y servirle un poco de té.

—Quizás no me creas, pero yo también fui alguna vez impetuosa —le dijo amablemente—. A los siete u ocho años era un torbellino. La nuestra era una familia de eruditos, y el principal placer de mi abuelo consistía en coleccionar libros. En aquellos días éramos muchos en casa, juntos muchachos y muchachas, y todos odiábamos los libros serios. Algunos de mis primos eran aficionados a la poesía, otros a los libretos de ópera. Teníamos obras como Historia del ala oeste, La historia del laúd, Cien dramas de la dinastía Yuan…; en fin, toda una colección de libros de ese tipo. Solíamos reunirnos en secreto para leer aquellas cosas. Más tarde, cuando los mayores se enteraron, nos dieron una paliza y arrojaron los libros al fuego. Así acabó todo. Por eso es mejor para las muchachas no saber siquiera leer. Y en cuanto a los muchachos, si van a estudiar materias inútiles harían mejor no estudiando nada. Y eso es aún más cierto en nuestro caso. A nosotras no se nos exige saber escribir poesía ni hacer caligrafías, y por otra parte tampoco se les exige a ellos. Estaría bien que aprendieran algunos principios sólidos con los que pudieran colaborar en el sostén del Estado y el gobierno del pueblo, pero en los tiempos que corren ya no se oye hablar de casos así; la lectura parece empeorar a los muchachos aún más de lo que están. Y mientras el estudio los va descarriando, cada vez son peores los libros que leen. Leer, entonces, es peor que dedicarse a la agricultura o al comercio, ya que es menor el daño que uno puede hacerse en esos oficios. En cuanto a nosotras, deberíamos limitarnos a las labores domésticas. Y si en algún caso contamos con una educación elemental, deberíamos elegir libros apropiados. Si nos dejamos influenciar por esos libros heterodoxos pronto veremos nuestra naturaleza y nuestros sentimientos irremediablemente corrompidos.

Impresionada por esas palabras, que había escuchado con la cabeza inclinada mientras sorbía su té, Daiyu sólo pudo, con un murmullo, responder un «sí».

Entonces entró Suyun para anunciar:

—Nuestra señora quiere que las dos señoritas vayan a discutir con ella algunos asuntos importantes. Ya están allí todas las jóvenes damas con el señor Bao.

—¿De qué se tratará? —se preguntó Baochai.

—Lo sabremos cuando lleguemos —replicó Daiyu. Fueron hasta la aldea de la Fragancia del Arroz, donde encontraron a todos reunidos.

Li Wan les dijo alegremente:

—Todavía no ha echado a andar nuestra academia de poesía, y ya hay quien quiere retirarse. Xichun está pidiendo licencia por un año.

—Eso es porque ayer la Anciana Dama le pidió que hiciera un cuadro del jardín —dijo Daiyu—. Está contenta porque ha encontrado una excusa para retirarse.

—No puedes culpar a la Anciana Dama —replicó Tanchun—. Todo esto lo ha empezado la abuela Liu.

—En efecto —repuso rápidamente Daiyu—. Todo procede de ahí. Y además, ¿de quién va a resultar que es abuela? Mejor sería llamarla «Madre Langosta».

Todos se echaron a reír.

—Xifeng domina todos los recursos habituales de la oratoria —intervino Baochai—. Afortunadamente no es muy instruida, así que sus bromas no pasan de ser vulgaridades. Pero ahora nuestra viperina Daiyu recurre al método de los Anales de Primavera y Otoño[2] para condensar semejante manera de hablar apartando lo secundario, extrayendo la esencia e iluminándola con metáforas. ¡Qué gráficamente evoca la expresión «Madre Langosta» todo lo sucedido ayer! ¡Qué ingenio tan agudo!

—Pues tus comentarios no se quedan atrás —exclamaron los otros entre risas.

Li Wan intervino:

—Os he reunido aquí para decidir cuánto tiempo de permiso concederemos a Xichun. Yo propuse un mes, pero ella responde que es demasiado poco. ¿Qué pensáis?

—En realidad un año no es demasiado —respondió Daiyu—. Ya que la construcción del jardín duró un año, pintarlo exigirá dos, pues hay que moler la tinta, mojar los pinceles, desplegar el papel, aplicar los colores, y luego…

Antes de terminal, los demás, conscientes de que le estaba tomando el pelo a Xichun, preguntaron a coro:

—¿Y luego qué?

Sin poder contener la risa, Daiyu continuó:

—Y luego pintará tranquilamente los detalles del conjunto… Seguro que necesita dos años para hacerlo.

Toda la compañía se echó a reír mientras aplaudía la ironía de Daiyu.

—¡Maravilloso! —exclamó Baochai—. Sobre todo esa última parte, la de que «pintará tranquilamente». Nuestras bromas de ayer nos hacían reír, pero no resultan tan graciosas cuando se reflexiona sobre ellas. En cambio, cuando uno se detiene en lo que acaba de decir esta muchacha, a pesar de que no parece tener gracia alguna, resulta tan cómico que, por mi parte, confieso que no me puedo mover de la risa.

—Estás animándola para que haga otra demostración de ingenio —se quejó Xichun—. Y esta vez a costa mía.

Daiyu la cogió del brazo:

—Dime, ¿estás pintando únicamente el jardín, o también a nosotros? —le preguntó.

—La idea original era pintar sólo el jardín —dijo Xichun—, pero ayer la Anciana Dama objetó que parecería el croquis de un arquitecto. Me pidió que pintara a todo el mundo, como en una merienda campestre familiar. No soy buena para los detalles de los edificios ni para pintar gente, pero ya es tarde para echarme atrás. Me he metido en un buen lío.

—No es difícil pintar gente —dijo Daiyu—, pero ¿podrás pintar insectos?

—Otra vez estás diciendo tonterías —objetó Li Wan—. ¿Qué insectos necesita ese cuadro? Lo apropiado sería, tal vez, uno o dos pájaros.

—Podemos ahorrarnos los demás insectos —dijo Daiyu entre risitas—, pero el cuadro no tendría sentido sin una Madre Langosta.

El comentario de Daiyu produjo una nueva explosión de carcajadas.

Temblando de risa y con las manos apretadas contra el corazón, Daiyu exclamó:

—Empieza pronto, pues ya tengo incluso el prólogo, el epílogo y hasta el título[3]. Llámalo Empinando el codo con la langosta.

Esto ya produjo rugidos y convulsiones de risa, hasta que algo se estrelló contra el suelo. Todos volvieron la vista. Xiangyun estaba apoyada en el respaldo de una silla que, falta de estabilidad, se había venido abajo tumbando de paso a la muchacha. Afortunadamente el tabique impidió que llegara hasta el suelo. Aquel espectáculo arrancó a la reunión espasmos de risa. Inmediatamente Baoyu ayudó a levantarse a Xiangyun y, poco a poco, todos fueron recobrando la compostura.

Entonces Baoyu lanzó una mirada a Daiyu que, captando la sugerencia, entró en el dormitorio y se miró en el espejo. Vio que tenía revueltos los cabellos de las sienes, y se los alisó con un cepillo del tocador de Li Wan; guardó el cepillo y salió de nuevo a reunirse con los demás.

Con el dedo en alto, señalando a Li Wan, preguntó:

—¿Estás enseñándonos labores del hogar y sólidos principios morales, o nos reúnes aquí para retozar y divertirnos?

—¡Pero escuchadla! —protestó Li Wan—. Es la reina de las bromas y ahora me culpa a mí. ¡Es terrible! ¿Pues sabes lo que te digo? Espero que cuando te cases te caiga en suerte una suegra feroz y varias cuñadas atroces. Entonces veremos si sigues siendo tan fresca.

Daiyu se sonrojó y, tirándole de la manga, le dijo a Baochai:

—Démosle permiso por un año.

—Yo haré una propuesta justa —replicó Baochai—. Escuchad. Aunque Xichun sabe pintar, lo suyo es el boceto, mientras que para representar este jardín es preciso concebir el diseño completo. De hecho este jardín es exactamente como un cuadro, con el número exacto de rocas, árboles, pabellones y villas próximas y lejanas, unas dispersas y otras apiñadas. Si todo eso es trasladado al papel tal cual, el resultado no puede ser bueno. Hay que tener en cuenta el espacio sobre el papel, cuánto representar al fondo, cuánto en el primer plano, qué destacar y qué disimular. Además, deben añadirse ciertas cosas y eliminar otras; unas deben ser escondidas, otras desveladas… Y han de estudiarse cuidadosamente los croquis para conseguir una buena composición. La segunda condición esencial es el empleo de una norma para captar correctamente la proporción de las edificaciones. El menor descuido puede acabar en balaustradas sinuosas, columnas inestables, ventanas y puertas desencajadas, gradas sin orden e incluso mesas aplastadas contra las paredes y floreros encaramados sobre los biombos. La cosa acabaría siendo un chiste en vez de una pintura[4]. La tercera condición es asegurarse de que las figuras que aparezcan se encuentren adecuadamente espaciadas y a diferentes alturas. Especialmente importantes son, además, los pliegues de sus prendas, sus fajas, sus dedos y la manera que tienen de caminar. El menor desliz del pincel puede producir manos hinchadas y pies deformes cuya fealdad resaltará más que rostros sucios o cabellos enmarañados. Por eso creo que se trata de una tarea dificilísima. Una licencia de un año es demasiado larga, pero un mes resulta corto. Sugiero que, para cumplir esa tarea, se le conceda a Xichun medio año de permiso y que pidamos al primo Bao que la ayude. No porque él pueda enseñarle algo sobre pintura, en realidad sólo sería un estorbo, sino porque si ella tropieza con problemas y dificultades él puede ayudar a resolverlos consultando con aquellos caballeros de su estudio que entiendan de pintura.

—Muy buena idea —exclamó Baoyu con vehemencia—. Zhan Ziliang pinta unos excelentes pabellones con un estilo meticuloso, y Cheng Rixing dibuja unas espléndidas beldades. Puedo ir a consultarles ahora mismo.

—¡¿No digo que eres el «Ocioso Atareado»?! —exclamó Baochai—. Ya quieres ir a consultar algo que todavía no se ha terminado de acordar. Espera por lo menos a que hayamos tomado una decisión. Discutamos primero qué materiales vamos a necesitar.

—En casa hay algunos pliegos grandes de papel Xuelang[5], que absorbe muy bien la tinta —dijo Baoyu.

—Sabía que no solucionarías nada —dijo burlonamente Baochai—. Ese papel Xuelang absorbe la tinta y produce buenos efectos de sombreado para la caligrafía, los bocetos o los paisajes de la Escuela Zong Meridional[6], pero si lo emplearas para esta obra los colores no destacarían. Arruinarías el cuadro y desperdiciarías el papel. Así que permíteme hacer una sugerencia. Para la construcción de este jardín el arquitecto hizo un dibujo detallado, y las indicaciones son precisas, a pesar de que la planta fue trazada por artesanos. Pídeselo a la dama Wang, y a Xifeng pídele un corte de seda pesada del mismo tamaño que el plano; luego, les dices a los secretarios que hagan preparar la seda, y entonces haz el primer croquis siguiendo el dibujo, añadiendo y omitiendo algunas cosas. Una vez que hayas añadido las figuras tendrás el cuadro listo. Diles que te preparen los verdes y los azules, y también polvo de oro y de plata. Además necesitarás unas cocinillas portátiles para derretir y extraer la goma, así como para calentar agua con la que limpiar los pinceles. También hará falta una gran mesa barnizada cubierta con un mantel de fieltro. Tampoco tienes suficientes platitos de pintura y pinceles. Será mejor que compres unos nuevos.

—Carezco de todo ese utillaje —exclamó Xichun—. Me limito a pintar con mis pinceles de escribir, y los únicos pigmentos que tengo son el rojo ocre, el índigo, la gutagamba y el colorete. Aparte de eso, tengo dos pinceles de colorear.

—¿Por qué no me lo dijiste antes? —le respondió Baochai—. Yo tengo todas esas cosas, pero suponía que no las necesitarías. Las guardaré y te dejaré usarlas cada vez que necesites una. Pero sólo sirven para pintar abanicos; sería una lástima utilizarlas para un cuadro de estas proporciones. Ahora mismo te haré una lista de materiales que puedes pedirle a la Anciana Dama. En caso de que no sepas todo lo que se necesita yo haré una lista y el primo Bao puede escribirla.

Por no confiar en su memoria, Baoyu ya había preparado pincel y tinta, y al oír aquello empuñó inmediatamente el pincel.

—Pinceles grandes para trazar siluetas, cuatro medianos y cuatro pequeños —empezó Baochai—. Pinceles grandes para colorear, cuatro medianos y cuatro pequeños; diez pinceles de barba y ceja; veinte pinceles grandes y veinte pequeños para las acuarelas; diez pinceles para pintar rasgos y veinte para pintar sauces. También cuatro onzas de cinabrio del tipo «punta de flecha», ocre del sur, oropimente, azurita, malaquita, gutagamba, ocho onzas de índigo, cuatro cajas de plomo blanco, diez láminas de colorete, doscientas hojas de lámina de oro rojo y doscientas de lámina de oro verde, cuatro onzas de goma y cuatro de alumbre puro; todo ello sin contar lo que se emplea para preparar la seda, pero eso puedes encargárselo a los secretarios. Una vez que estos pigmentos hayan sido adecuadamente enjuagados, molidos, mezclados con goma y agitados, te aseguro que tendrás suficiente para pintar durante toda tu vida. Después tienes que preparar cuatro buenos filtros, cuatro cedazos, cuatro pinceles grandes, cuatro morteros grandes y pequeños, veinte tazones corrientes de gran tamaño, diez platos de cinco pulgadas, veinte tazones corrientes de tres pulgadas y color blanco, dos infiernillos, cuatro grandes ollas de barro para cocinar, y cuatro pequeñas, dos cántaros nuevos de porcelana, dos baldes nuevos, cuatro bolsas de tela blanca de un pie de largo, veinte jin de carbón de leña duro, una cómoda con tres cajones, diez pies de gasa corriente, dos onzas de jengibre, medio jin de salsa de soja…

—… Una sartén y una espumadera —atajó Daiyu.

—¿Y eso para qué? —preguntó Baochai.

—Ya que pides jengibre y salsa de soja, hará falta también una sartén para que frías los colores y te los comas.

Todos se rieron.

—No comprendes —continuó Baochai con una sonrisa—. Esos tazones corrientes no soportan mucho calor. Si no se untan primero de jengibre y salsa de soja se pueden resquebrajar con el fuego.

—Así es, efectivamente —asintieron los demás.

Daiyu volvió a mirar la lista y luego, dando un empujoncito a Tanchun, le dijo en un susurro:

—Mira todas las ollas y cómodas que quiere para un solo cuadro. Seguramente se ha confundido y ha metido por medio la lista de su dote.

Tanchun soltó una sonora carcajada.

—¡Prima Baochai! —gritó—. ¿Por qué no le pellizcas los labios? Pregúntale qué es lo que acaba de decir sobre ti.

—No tengo nada que preguntar —replicó Baochai—. Nadie puede sacar perlas de la boca de un asno.

Y mientras decía eso empujó a Daiyu contra el kang y se puso a pellizcarle las mejillas.

—Perdóname, prima querida —suplicó Daiyu entre risitas—. Soy demasiado joven para saber hablar correctamente; pero tú, a la que quiero como a una hermana mayor, puedes enseñarme. ¿A qué otra persona puedo pedir consejo si tú no me perdonas?

Los demás no comprendieron qué había detrás de esas palabras y del cambio de tono.

—Pero ¡qué dramática se ha puesto! —se burlaron—. Hace sangrar nuestros corazones. ¡Perdónala!

Baochai sólo había estado bromeando, pero al captar aquella referencia a su anterior sermón acerca de la lectura de libros impropios, dejó de bromear y soltó a Daiyu.

—¡Qué buena hermana eres! —dijo Daiyu—. Yo no hubiera sido tan clemente contigo como tú lo has sido conmigo.

Señalándola con el dedo, Baochai le dijo:

—Con razón la Anciana Dama te quiere tanto y todos te adoran. Declaro que, hoy, yo también te adoro. Ahora ven aquí y déjame arreglarte el pelo.

Daiyu aceptó y, dándose la vuelta, permitió que Baochai le arreglara la enmarañada cabellera. Mientras miraba, Baoyu decidió que esa manera de arreglar el pelo lo mejoraba considerablemente, y lamentó haber hecho antes aquel gesto a Daiyu para que entrara a peinarse, pues esa tarea debía haber quedado en manos de Baochai. Sus tontos ensueños fueron truncados por un comentario de Baochai.

—Si ya has terminado con esa lista, mañana mismo puedes enseñársela a la Anciana Dama. Posiblemente tengamos de todo en casa; si no, las cosas que falten se pueden comprar. Yo te ayudaré con los preparativos.

Baoyu apartó la lista y se dedicaron a charlar. Aquella noche, después de la cena, hicieron su habitual presentación de respetos a la Anciana Dama. Como lo suyo sólo había sido un leve enfriamiento contraído a causa de la fatiga, un día en cama y una dosis de medicina fueron suficientes para restablecer su salud, de manera que, cuando el sol cayó, ya se encontraba bien.

Si quieren saber lo que se dijo al día siguiente, escuchen el próximo capítulo.

CAPÍTULO XLIII

Se improvisa una divertida colecta

para festejar un cumpleaños.

Se quema incienso en el brocal de un pozo como

ofrenda al Amor Imperecedero.

Cuando constató que la Anciana Dama no había caído realmente enferma aquel día en el jardín, sino que sólo había sufrido un ligero enfriamiento resuelto sin complicaciones mediante el reconocimiento del médico Wang y la ingestión de dos o tres dosis de su remedio, la dama Wang se tranquilizó y mandó que llamaran a Xifeng para encargarle que preparara un paquete que quería enviar a Jia Zheng. Mientras discutían este asunto fueron requeridas por la Anciana Dama, y ambas acudieron apresuradamente a su encuentro.

—¿Se siente mejor, señora? —preguntó la dama Wang cuando estuvo ante su suegra.

—Mucho mejor —contestó ella—. Acabo de probar ese caldo de faisán que me has enviado, y me ha parecido muy sabroso. También probé unos pedacitos de carne y me gustaron mucho.

—No he sido yo, sino Xifeng, quien le ha enviado esa sopa como prueba de su devoción filial —dijo la dama Wang—. Su gesto demuestra un adecuado respeto por los mayores y la debida gratitud por todas las bondades con que usted la honra.

—Me gusta que sea tan considerada —asintió la Anciana Dama con un gesto—. Por cierto, si queda algo de carne de faisán sin cocinar me gustaría que frieran unos trozos: su sabor salado acompaña muy bien la sopa de arroz; no como el caldo, por muy bueno que sea.

Xifeng prometió encargarse inmediatamente del asunto e hizo que transmitieran la orden a la cocina.

Mientras tanto, la Anciana Dama le dijo a la dama Wang:

—Te explicaré por qué te he hecho llamar. El segundo día de la próxima luna es el cumpleaños de esta pequeña Xifeng. Quise festejarlo el año pasado y también el anterior, pero siempre lo impidió algún asunto urgente. Este año, aprovechando que estamos todos aquí y que no parece que vaya a suceder nada extraordinario, podremos pasar una jornada alegre y divertida.

—Yo también lo había pensado —respondió la dama Wang—. ¿Y por qué no concreta los preparativos para qué todo se disponga según su gusto?

—En otros aniversarios hemos enviado nuestros regalos por separado, lo cual no deja de ser muy convencional. Ahora se me ha ocurrido un procedimiento nuevo e informal que sin duda resultará muy divertido.

—Haremos lo que mejor le parezca.

—Pues bien, ¿por qué no imitamos a esas familias pobres en las que todos aportan algo para hacer un regalo colectivo? ¿Qué te parece? ¿No sería divertido?

—Muy bien, pero ¿cómo lo haremos?

La Anciana Dama estaba de excelente humor, y ordeñó que llamaran inmediatamente a la tía Xue, a la dama Xing, a las muchachas y a Baoyu, así como a la señora You, esposa de Jia Zhen, de la otra mansión, y a las esposas de los principales mayordomos. Contagiadas del buen humor de la Anciana Dama, las doncellas partieron alborozadas a transmitir sus invitaciones. En menos tiempo de lo que se tarda en sentarse a comer, el cuarto quedó repleto de jóvenes y ancianas, humildes y encumbradas.

Los lugares de honor fueron ocupados por la tía Xue y la Anciana Dama. La dama Xing y la dama Wang tomaron asiento cerca de la puerta; Baochai y cinco o seis muchachas más ocuparon el kang. Baoyu, por su parte, se acomodó a los pies de su abuela, y los demás permanecieron agrupados de pie.

La Anciana Dama mandó traer banquitos para la madre de Lai Da y algunas de las amas mayores y más respetadas, pues era costumbre de la familia mostrar más respeto hacia las sirvientas que habían atendido a anteriores generaciones que hacia los hijos e hijas de la casa. De ahí que la señora You y Xifeng permanecieran de pie mientras, después de haber hecho ademán de negarse, la madre de Lai Da y tres o cuatro amas mayores tomaban asiento.

Entonces la Anciana Dama, radiante, anunció su proyecto. Todos elogiaron su original sugerencia; quienes mantenían buenas relaciones con Xifeng aprobaron la idea, y quienes la temían aprovecharon gustosamente la oportunidad de complacerla. Y como todos podían permitirse el gasto, el acuerdo fue inmediato.

La primera contribución fue la de la Anciana Dama, que entregó veinte taeles.

—Ahora me toca a mí —dijo la tía Xue—. Yo también pongo veinte taeles.

—Nosotras no nos atrevemos a compararnos con la Anciana Dama —comentaron las damas Xing y Wang entre risas—. Ya que nuestro grado es inferior, aportaremos dieciséis taeles cada una.

—Y naturalmente, nosotras, que estamos un grado por debajo del suyo, aportaremos doce taeles cada una —dijeron la señora You y Li Wan.

—Tú eres una viuda sin recursos para mantenerte —objetó la Anciana Dama a Li Wan—. No podemos abusar de ti de esa manera. Yo pondré tu parte.

—No sea tan impulsiva, honorable antepasada —advirtió Xifeng con una risita—. Calcule usted primero el monto total de sus aportaciones. Ya tiene que pagar dos partes, las de Daiyu y Baoyu, más la suya propia, y sin embargo está ofreciendo otros doce taeles. Ahora está de buen humor, pero en cualquier momento puede arrepentirse de haberlo hecho y se quejará: «¡Cuánto he gastado en Xifeng!», e inventará alguna treta para sacarme tres o cuatro veces la suma que gasta ahora. Puede que entonces no me dé cuenta y siga engañada como hasta ahora.

—¿Qué propones entonces? —preguntó la Anciana Dama entre la carcajada general.

—Todavía no ha llegado mi cumpleaños y ya me siento abrumada. Aquí estoy, sin pagar un centavo y sacándole el dinero a los demás. Eso está realmente mal. Me sentiría mejor y comería más el día de la fiesta si se me permitiera poner la parte de mi cuñada Li.

Como la dama Xing y las demás manifestaron su acuerdo, la Anciana Dama dio su consentimiento a lo ofrecido por Xifeng, que continuó:

—Y tengo algo más que decir. Me parece bastante justo que nuestra anciana antepasada aporte sus veinte taeles más las cuotas de Daiyu y Baoyu, y que la tía Xue entregue veinte taeles más la parte correspondiente a Baochai, pero no que las dos señoras aporten menos, es decir dieciséis taeles cada una, y no paguen la cuota de nadie. Eso es obligar a la Anciana Dama a pagar demasiado.

La Anciana Dama se rió a carcajadas.

—Conque esta pilla de Xifeng se pone de mi parte… ¡y teniendo además toda la razón del mundo!

Y dirigiéndose a Xifeng:

—Dé no ser por ti me habrían engañado.

—Que ellas paguen por Baoyu y Daiyu —le dijo Xifeng—. Que cada una ponga una parte de más.

—Sí, me parece justo —aprobó la Anciana Dama—. Eso es lo que haremos.

Incorporándose, la madre de Lai Da dijo con una sonrisa:

—¡Esto es el colmo! No soporto ver cómo tratan a Sus Señorías de este modo. Una es suegra de la señora Lian, y la otra es hermana de su padre; pero en lugar de tomar partido por ellas se pone de parte de alguien cuyo parentesco es más lejano. La nuera se comporta como una desconocida, y la sobrina carnal como una sobrina política.

Aquello produjo una nueva carcajada[1], y la madre de Lai Da dijo:

—Doce taeles por cabeza pagarán la señora You y la señora Zhu, y es obvio que nuestra posición es inferior, ¿no?

—No, no, no. No puedes calcular las cosas de ese modo —replicó la Anciana Dama—. Es cierto que estáis un grado por debajo de ellas, pero me consta que todas vosotras sois ricas. Tenéis mucho más dinero que ellas, así que debéis aportar la misma suma.

Las esposas de los mayordomos acataron inmediatamente la propuesta.

—En cuanto a las niñas —continuó la Anciana Dama—, pueden limitarse a hacer un gesto simbólico entregando el equivalente a sus respectivas asignaciones mensuales.

Y volviéndose, llamó a Yuanyang.

—¡Yuanyang, ven aquí! Reuníos y poneos de acuerdo sobre vuestras aportaciones.

Asintiendo, Yuanyang se retiró y volvió un instante después con Pinger, Xiren, Caixia y unas cuantas doncellas jóvenes. Unas dijeron que darían dos taeles, otras que uno.

—¿Y tú? ¿Por qué estás metida en esto? —preguntó la Anciana Dama a Pinger—. ¿No deberías obsequiar a tu señora en el día de su aniversario con algo especial?

—Yo ya tengo mi propio regalo preparado —repuso alegremente Pinger—, pero también quiero contribuir al fondo común.

—Qué buena chica —aprobó la Anciana Dama.

—Con lo cual ya hemos dado cuenta de todos los reunidos —dijo Xifeng—. Pero aunque sólo sea por cortesía debemos preguntar a las dos concubinas si desean unirse a la colecta o no. De otra manera podríamos herir sus sentimientos.

—Por supuesto. ¡Cómo he podido olvidarlas! —exclamó la Anciana Dama—. No creo que puedan venir en este momento. Que vaya una doncella a buscarlas.

Una de las chicas partió con el encargo y momentos más tarde trajo la respuesta:

—Cada una contribuirá con dos taeles.

Aquello complació a la Anciana Dama.

—Trae pincel y tinta para ver a cuánto asciende —ordenó a una de las doncellas.

—Perra ambiciosa —susurró la señora You al oído de Xifeng—. Tantas cuñadas y amas contribuyendo al fondo común para tu cumpleaños, y tú no te das todavía por satisfecha. ¿También tienes que implicar en el asunto a esas dos pobres criaturas?

—¡Tonterías! —le replicó Xifeng con suavidad—. ¡Vete al diablo! Ya ajustaré las cuentas contigo. ¿Quién te ha dicho que son pobres? Malgastan su dinero con otras personas. Bien podemos coger un poco para pasarlo nosotras bien.

Se realizó el recuento de la colecta y arrojó algo más de ciento cincuenta taeles.

—Basta y sobra para cubrir los gastos de un día de representaciones y festejos —comentó la Anciana Dama.

—Como no vamos a traer invitados, la celebración resultará barata —añadió la señora You—. Esa suma debería alcanzar para un par de días o tres; además, las representaciones no costarán nada, lo que supone un ahorro.

—Tenemos que conseguir que actúe la compañía que más le agrade a Xifeng —insistió la Anciana Dama.

—Hemos oído a nuestras propias actrices tantas veces, que bien podríamos gastar algún dinero trayendo a una compañía de fuera —dijo Xifeng.

—Que la esposa de Zhen se encargue de los preparativos —ordenó la Anciana Dama—. No debemos permitir que Xifeng trabaje. Ese día sólo tendrá permiso para divertirse.

La señora You asumió la tarea que se le encomendaba, y así siguieron charlando hasta que la Anciana Dama se sintió fatigada y la reunión empezó a disolverse.

Tras despedir a las damas Xing y Wang, la señora You llamó a Xifeng para discutir los preparativos de la fiesta.

—A mí no me preguntes —dijo Xifeng—. Limítate a observar las reacciones de nuestra venerable antepasada y haz lo que ella desee.

Molesta, la señora You dijo:

—Bribona, no mereces tanta suerte. No podía imaginar para qué nos reunía. Como si pagar no fuera ya bastante, encima tengo que hacer tu trabajo. ¿Cómo me lo agradecerás?

—No digas tonterías —replicó Xifeng riendo—. No fui yo quien pidió tu ayuda. ¿Qué es lo que tengo que agradecerte? Si te parece demasiada molestia, ve y pídele a la Anciana Dama que le encargue el trabajo a otra.

—¡Pero qué engreída estás! —exclamó la señora You—. Permíteme un consejo: sé más modesta. ¡Estás tan llena de ti misma que acabarás reventando!

Y después de conversar unos instantes más con Xifeng, se retiró.

A la mañana siguiente la señora You estaba todavía aseándose cuando empezó a llegar el dinero a la mansión Ning.

—¿Quién lo ha traído? —preguntó.

—La esposa del mayordomo Lin Zhixiao —respondieron sus sirvientas.

—Que entre.

Cuando la esposa del intendente entró, la señora You le ofreció un banquito y, sin dejar de peinarse, le preguntó:

—¿Cuánto dinero has traído?

—Son las aportaciones recogidas entre las sirvientas. Las de la Anciana Dama y las señoras llegarán después.

Mientras pronunciaba esas palabras, las doncellas anunciaron:

—La dama Xue y las concubinas envían su parte.

—Especie de suripantas —les dijo sonriendo la señora You con tono reprobatorio—. Sólo recordáis lo intrascendente. Ayer, por divertirse, la Anciana Dama decidió parodiar la manera que tienen las familias pobres de reunir dinero para celebrar un cumpleaños, pero en vuestros picos tales expresiones parecen referirse a algún serio asunto. Traed ya el dinero y ocupaos de que los mensajeros beban un poco de té antes de partir.

Las doncellas asintieron alegremente y trajeron dos bolsas de dinero que incluían las partes de Baochai y Daiyu.

—¿Qué aportaciones faltan todavía? —preguntó la señora You.

—Las de la Anciana Dama, la dama Xing, las jóvenes damas y sus doncellas —respondió la señora Lin.

—¿Y qué hay de la señora Zhu?

—Recibirá su parte de manos de la señora Lian cuando vaya a verla. Está todo allí.

Cuando terminó de acicalarse, la señora You mandó que dispusieran su carruaje y partió a la mansión Rong. A la primera que buscó fue a Xifeng, que ya había preparado el dinero para que fuera entregado.

—¿Está todo aquí? —preguntó la señora You.

—Sí —contestó Xifeng sonriendo—. Llévatelo de una vez. No me hago responsable si se pierde una parte.

—No te creo —repuso riendo la señora You—. Debo contarlo aquí mismo, en tu presencia.

Lo hizo y descubrió que faltaba la parte de Li Wan.

—¿Pero qué has hecho? —riñó a Xifeng—. ¿Dónde está la parte de tu cuñada mayor?

—¿No tienes suficiente con el resto? ¿Qué más da si falta una pequeña parte? Ya te compensaré más adelante.

—Ayer, delante de todo el mundo, obrabas como una persona buena y magnánima, y hoy pretendes escamotear un poco de dinero. ¿Pues sabes qué te digo? Que no voy a permitírtelo. Ahora mismo reclamaré a la Anciana Dama la parte que falta.

—¡Eres terrible! —protestó Xifeng sin dejar de sonreír—. No te quejes si la próxima vez que estés en apuros te niego mi ayuda.

—¡Así que tú también conoces el miedo! No te dejaría hacerlo si no fueras siempre tan servicial conmigo.

Y tomando la parte de Pinger le dijo:

—Toma, coge lo tuyo. Si faltase, yo lo pondría.

Comprendiendo, Pinger respondió:

—Guárdelo, señora. Si sobra algo me lo dará más tarde. Es lo mismo.

—De manera que tu señora puede hacer trampa, y en cambio yo no te puedo sobornar.

Pinger no tuvo más remedio que aceptar la devolución del dinero.

—¡Tu señora es tan ahorrativa…! —continuó la señora You—. Me pregunto qué hace con todo su dinero. Si ahora no consigue gastarlo todo, tendrá que hacerlo cuando esté en el ataúd.

Dicho lo cual partió a presentar sus respetos a la Anciana Dama, y después de una breve charla con ella pasó al cuarto de Yuanyang a pedirle consejo sobre la fiesta y la mejor manera de complacer a la Anciana Dama. Cuando tuvieron todo planeado y ella estuvo lista para marcharse, devolvió a Yuanyang sus dos taeles con la siguiente explicación:

—No serán necesarios.

Y se dirigió a los aposentos de la dama Wang para charlar con ella. Cuando la dama Wang se retiró a orar ante su altar budista, la señora You aprovechó para devolver su parte a Caiyun. Acto seguido aprovechó la ausencia de Xifeng para reembolsar a las dos concubinas, Zhou y Zhao, su aportación. Como no se atrevieron a aceptar la devolución, ella insistió:

—No pueden permitirse este gasto. Si Xifeng llega a saberlo, yo seré la responsable.

Y las dos mujeres aceptaron la devolución agradeciéndola efusivamente.

En menos de lo que canta un gallo llegó el segundo día del noveno mes. Todos los habitantes del jardín sabían que la señora You había hecho arreglos para una gran fiesta en la que no sólo habría óperas, sino también acróbatas y narradores ciegos de ambos sexos. Todos se prepararon para pasar un día delicioso.

Li Wan recordó de nuevo a las muchachas:

—No olvidéis que hoy es el día de reunión de nuestra academia de poesía. Me imagino que Baoyu no ha venido porque su ansia por sumarse a la diversión le ha hecho olvidar nuestra refinada cita.

Y envió una doncella para que viera qué estaba haciendo y lo invitara a la reunión.

Un momento después la doncella volvió para informar:

—La hermana Xiren dice que el señor Baoyu salió a primera hora de la mañana.

—¡No puede ser! —exclamaron sorprendidas—. Esta muchacha debe haber confundido el mensaje.

Y enviaron a Cuimo para que preguntara una vez más, pero a su vuelta ésta confirmó que Baoyu había salido; al parecer un amigo había muerto y él había dejado dicho que debía acudir a dar el pésame a la familia.

—Imposible —exclamó Tanchun—. Nada hubiera podido hacerle salir hoy. Anda y trae a Xiren, que le preguntemos.

Pero no había terminado de decir aquello cuando entró Xiren.

—Por muy importante que fuera el asunto, hoy no debería haber salido —le dijeron Li Wan y las demás—. En primer lugar, ¿cómo deja la mansión durante el cumpleaños de la señora Lian, precisamente cuando la Anciana Dama está de tan buen humor y todos los de la otra mansión, los de arriba y los de abajo, vienen a participar de la diversión? En segundo lugar, éste es el día de la primera reunión de nuestra academia y él se escabulle sin pedir permiso.

Xiren explicó:

—Anoche me dijo que a primera hora de la mañana tenía que atender unos asuntos importantes que lo llevarían a la mansión del príncipe de Pekín. Pero dijo también que se daría prisa en regresar. Intenté disuadirlo, pero se negó a escucharme. Esta mañana al levantarse pidió un traje de luto. Todo parece indicar que ha muerto alguna dama importante en la casa del príncipe.

—Si es así, hizo bien en acudir —comentó Li Wan—, pero ya debería estar de vuelta.

Discutieron qué debían hacer.

—Empecemos nuestros poemas —dijeron algunas—. Ya lo castigaremos cuando regrese.

En ese momento la Anciana Dama las mandó llamar y todas se trasladaron hacia sus aposentos. La ausencia de Baoyu desagradó a la Anciana Dama, quien ordenó que lo trajeran de regreso inmediatamente.

Algo tenía muy afligido a Baoyu el día anterior cuando le dijo a Mingyan:

—Mañana salgo a primera hora, así que ten dos caballos esperando en la puerta trasera. No quiero que nadie venga con nosotros. Dile a Li Gui que voy a visitar al príncipe de Pekín, y que debe impedir que salgan a buscarme. Puede decir que el príncipe me ha retenido y que de todos modos no tardaré en volver.

Mingyan no tenía la menor idea de lo que estaba sucediendo, pero tuvo que cumplir las órdenes de su señor y, a la mañana siguiente, dos caballos listos y ensillados esperaban frente a la puerta trasera del jardín.

Al romper el alba, Baoyu salió por la puerta lateral vestido de luto y, sin decir palabra, montó en uno de los caballos, sobre el que se alejó, profundamente inclinado sobre la silla. A Mingyan no le quedó sino subir sobre el otro caballo y fustigarlo para no quedarse atrás. Luego gritó a Baoyu:

—¿Adónde vamos?

—¿Adónde lleva este camino? —preguntó él.

—Es el camino principal a la puerta norte. Fuera de la ciudad, por este lado, no hay nada divertido. Todo está silencioso y desierto.

—Un lugar tranquilo es lo que busco —dijo Baoyu asintiendo con la cabeza.

Y dio otro fustazo a su caballo que, tras hacer un par de corvetas, cruzó a galope tendido la puerta de la ciudad, Cada vez más perplejo, Mingyan lo siguió de cerca. Cabalgaron siete u ocho li en línea recta hasta que las casas empezaron a distanciarse cada vez más. Entonces Baoyu tiró de las riendas frenando la carrera de su montura y se volvió para preguntar:

—¿Se puede comprar incienso por aquí?

—Supongo que sí —dijo Mingyan—. ¿De qué tipo?

Baoyu, después de pensarlo, respondió:

—Sólo puede ser de sándalo, ruda o madera de agáloco. Ningún otro tipo serviría.

—Es difícil conseguir ese tipo de incienso —le dijo Mingyan con una sonrisa, pero al ver la preocupación en el rostro de Baoyu le preguntó—: ¿Para qué necesita incienso, señor? Me he dado cuenta de que siempre lleva un poco en su bolsita. ¿Por qué no lo usa?

Entonces Baoyu metió la mano en su bolsa y descubrió complacido dos trocitos de incienso de agáloco. «Esto me parece un poco irrespetuoso —pensó—, pero de todos modos algo que llevara encima puede resultar mejor ofrenda que algo comprado.» Y preguntó a Mingyan sí sería posible conseguir un incensario.

—¡Un incensario! —exclamó Mingyan—. ¿Dónde vamos a encontrar un incensario en este descampado? ¿Por qué no me pidió todas esas cosas antes de salir? No me hubiera costado ningún trabajo conseguirlas.

—No seas tonto —replicó Baoyu—. No hubiera cabalgado tanto si el asunto fuera tan simple.

Mingyan se puso a pensar unos momentos y luego sugirió:

—Tengo una idea que quizás le agrade, señor. Imagino que va a necesitar más cosas, ¿por qué no vamos entonces hasta el convento de la Diosa Fluvial, que está un par de li más adelante?

—¿Estamos cerca del convento de la Diosa Fluvial? Tanto mejor. Vamos entonces.

Y con un chasquido de la fusta arreó de nuevo al caballo mientras decía a Mingyan por encima del hombro:

—Oye, las monjas de ese convento vienen a menudo a nuestra casa. Es probable que si les pedimos prestado un incensario nos dejen llevárnoslo.

—Claro que sí. Somos sus protectores. En realidad no podrían negarse a hacerlo ni siquiera en un templo desconocido. Lo único que no me entra en la cabeza, señor, es por qué hoy se siente tan contento de poder ir allí. Siempre tuve la impresión de que el convento de la Diosa Fluvial le causaba un particular desagrado.

—Los que me caen mal son esos idiotas vulgares que veneran dioses y construyen templos sin motivo alguno; toda esa turba de eunucos ricos y mujeres ignorantes con demasiado dinero para gastar, que oyen hablar de un dios y le construyen un templo sin tener el mínimo conocimiento acerca de él, simplemente por el prestigio de una leyenda o un romance que puedan haber escuchado y cuya verdad aceptan sin reflexión. Aquí en el convento de la Diosa Fluvial, por ejemplo, se venera a la diosa del Río Luo; de ahí su nombre. Pero te aseguro que nunca existió semejante diosa en la antigüedad: se trata de un invento de Cao Zijian[2], pero no han faltado los cretinos que han hecho una imagen de ella y empezado a adorarla. Sin embargo, hoy por hoy eso me viene de perilla y pienso aprovecharlo.

Ya habían llegado a la puerta del convento. Su visita sorprendió a la anciana abadesa más que si un dragón hubiera bajado de los cielos. Se apresuró a darles la bienvenida y ordenó a un viejo sirviente que se hiciera cargo de los caballos. Al entrar, Baoyu no se inclinó ante la imagen de la diosa, limitándose a contemplarla con admiración pues, aunque era de arcilla, tenía la gracia de «un cisne asustado o un dragón a la deriva» y el encanto de «un loto brotando del agua verde o rayos de sol traspasando la bruma matinal». Le fue imposible no derramar unas lágrimas ante tanta belleza.

Cuando la anciana abadesa le ofreció té, él preguntó si podía tomar prestado un quemador de incienso, y ella partió a buscar uno. Finalmente volvió con un incensario y también con incienso y papel para quemar en los sacrificios, pero Baoyu rechazó ambas cosas. Le dijo a Mingyan que buscara un lugar limpio en la parte trasera del jardín para colocar allí el incensario. Al no encontrar un lugar adecuado, su paje preguntó:

—¿Serviría el brocal del pozo?

Baoyu asintió con la cabeza y lo siguió hasta el pozo, donde Mingyan colocó el quemador y se alejó luego un paso. Baoyu extrajo incienso y lo encendió, le hizo una reverencia con lágrimas en los ojos, se volvió y ordenó a Mingyan que devolviera el quemador. El paje asintió, pero en lugar de hacer lo que se le había ordenado cayó de rodillas, hizo varios koutou y rezó en voz alta:

—Yo, Mingyan, he servido a mi segundo señor Bao durante varios años y he llegado a conocer bien sus asuntos, pero nada me dijo sobre el sacrificio de hoy y yo no me atrevía a preguntar. A pesar de que tu nombre, oh espíritu al que está destinado este sacrificio, me es desconocido, estoy seguro de que eres una muchacha sin parangón en la tierra o en el cielo, incomparable en inteligencia y en belleza. Y como mi señor no puede decirte qué es lo que desea, deja que yo rece en su lugar. Si acaso hay compasión y sentimiento en tu espíritu fragante, acude, aunque vivas separada del mundo de los hombres, a visitar de vez en cuando a mi señor, que tanto anhela tu presencia. Y ayúdale también en el más allá de modo que en la otra vida pueda renacer como muchacha y nunca más ser un sucio varón barbado y de cejas peludas.

Terminada la plegaria hizo varios koutou antes de incorporarse de nuevo. Pero cuando todavía estaba en plena parolina, Baoyu no pudo reprimir una carcajada. Luego le dio un puntapié y maldijo:

—¡Cállate la boca o se reirá la gente!

Entonces Mingyan se levantó y cogió el incensario.

Cuando ya se alejaban, dijo a Baoyu:

—Le he dicho a la abadesa que había salido de casa sin desayunar, y le pedí que preparara algo sencillo para comer. Trate usted de comer algo. Sé que se ha ido de la casa para evitar el gran festín y las pompas de este día. Pasando un día de reposo en este lugar habrá respetado de todos modos las convenciones, pero de nada serviría no comer.

—Ya que evitamos el licor y las viandas de la fiesta, es lógico que comamos algunas legumbres.

—Bien. Pero hay más: probablemente en la mansión estarán preocupados por nuestra ausencia. De otro modo no importaría volver tarde, pero en estas condiciones más valdría que regresáramos temprano a la ciudad. Al menos eso aliviará a la Anciana Dama y a la dama Wang; además, ya ha hecho usted suficientes ofrendas a los muertos. Eso es todo. Si vuelve a casa a beber y contemplar el espectáculo no será porque así lo desea, sino por respeto a los mayores. Si insiste en permanecer aquí, indiferente a la preocupación de su abuela y de su madre, hasta el espíritu que acaba de recibir su ofrenda se sentirá ofendido. ¿Qué piensa usted?

—Sé lo que piensas tú —sonrió Baoyu—. Eres el único que salió conmigo, y temes ser amonestado cuando volvamos a la casa. Ésa es la razón de tus consejos grandilocuentes. Pero no llevo mucho tiempo aquí, y sólo he venido a realizar una ofrenda antes de volver al festín y al espectáculo. Nunca dije que me quedaría todo el día. Ahora que ya he hecho lo que vine a hacer, podemos darnos prisa en regresar para que no se sigan preocupando. ¿No te parece buena solución?

—Buenísima —replicó Mingyan.

Y entraron en el salón, donde, en efecto, la abadesa les había preparado unos platos de legumbres. Baoyu comió un poco, y lo mismo hizo Mingyan, después de lo cual montaron de nuevo en sus caballos y se fueron por donde habían venido.

Mingyan, que cabalgaba detrás, repetía:

—Calma, señor. Ese caballo no está muy domado. Agarre bien las riendas.

En un abrir y cerrar de ojos se encontraron cruzando la ciudad por la puerta trasera y, momentos después, Baoyu entró corriendo en el patio Rojo y Alegre. Xiren y las demás chicas no estaban, y sólo quedaban unas cuantas viejas a las que la visión de Baoyu encendió el rostro de júbilo haciéndoles exclamar:

—¡Bendito sea Buda! Por fin llegó. Casi mata a Xiren de la preocupación. La fiesta empezó hace un momento. Dese prisa, señor Bao.

Baoyu cambió apresuradamente su ropa de luto por unas túnicas espléndidas y preguntó dónde estaban los de la fiesta.

—En el salón nuevo del jardín pequeño —le dijeron las viejas.

Y partió directamente hacia allí mientras le llegaban, distantes, tenues sonidos de cantos y flautas. Al llegar al salón de entrada vio a Yuchuan sentada sola en el patio, llorando. Al verlo cesó su llanto.

—¡Aquí llega el fénix! —exclamó—. Entre rápido. No quiero ni pensar qué hubiera sucedido si llega usted a tardar un poco más.

—Adivina de dónde vengo —le dijo él con una sonrisa maliciosa.

Pero ella no le respondió, limitándose a enjugar sus lágrimas.

Entró en el salón corriendo y presentó sus respetos a su abuela y a su madre. La alegría generalizada que provocó su entrada sugería que en efecto había sido capturado un fénix. Entonces Baoyu se inclinó ante Xifeng, con la frente por tierra, y la felicitó.

—Tienes que haber perdido el juicio —le dijeron la Anciana Dama y su madre, amonestándole—. ¿Cómo se te ocurre marcharte así, sin avisar a nadie? ¡Una vergüenza! Si vuelves a hacerlo se lo diremos a tu padre y te dará otra paliza.

Entonces la Anciana Dama la emprendió con los criados:

—¿Por qué tenéis que hacer siempre lo que él dice? —rugió—. Lo dejáis ir a donde quiere, sin informarnos nunca.

Y a Baoyu:

—¿Dónde has ido esta vez? ¿Has comido ya? ¿Acaso te has asustado por algo?

—Ayer murió una de las concubinas favoritas del príncipe de Pekín —dijo Baoyu—. Fui a dar el pésame. Lloraba con tanta amargura que no tuve ánimo suficiente para dejarlo solo, de manera que decidí quedarme un rato.

—Si vuelves a marcharte sin avisarme le pediré realmente a tu padre que te azote —le advirtió.

Baoyu prometió hacer lo que se le pedía. Entonces ella lo amenazó con hacer apalear a sus sirvientes, pero los demás intercedieron:

—No lo tome tan a pecho, señora. Ahora que está de nuevo aquí deberíamos abandonar las preocupaciones y divertirnos un poco.

Como el malhumor de la Anciana Dama había sido causado por la ansiedad, el regreso de Baoyu le había devuelto la alegría. Dejó de hacerle reproches y, por el contrario, empezó a prodigarle toda suerte de atenciones, temerosa de que hubiese pasado un mal rato, de que no hubiera comido o se hubiera asustado por el camino. También había venido Xiren para atenderlo, y todos siguieron mirando las óperas.

La ópera representada aquel día fue La historia del alfiler de espina[3], que conmovió a la Anciana Dama y a la tía Xue hasta las lágrimas. Los demás se limitaron a burlarse de los personajes o maldecirlos.

Si quieren saber lo que pasa, se explicará en el capítulo siguiente.

CAPÍTULO XLIV

Un incidente inesperado provoca los celos de Xifeng.

Inesperadamente compensada, Pinger realiza su aseo.

Toda la compañía contemplaba la representación de La historia del alfiler de espina. Baoyu se había sentado con las muchachas.

Cuando llegó la escena del héroe haciendo una ofrenda a su esposa ahogada, Daiyu dijo a Baochai:

—¡Pero qué idiota es Wang Shipeng! Si puede hacer esa ofrenda en cualquier lugar, ¿por qué va a hincarse de rodillas a la orilla de un río? Como dice el proverbio, «Cada cosa recuerda a su dueño». Toda el agua del universo procede de una misma fuente. Podía haber buscado una taza de agua en cualquier sitio y llorado sobre ella para desahogar su pena.

Baochai prefirió no responder, y Baoyu se apartó de ellas buscando vino caliente para brindar por Xifeng.

Por lo especial de la ocasión, la Anciana Dama había decidido que Xifeng pasara un día entero de asueto, y como ésta no se sentía en condiciones de unirse a la fiesta se había reclinado en un diván del aposento interior para ver desde allí la representación en compañía de la tía Xue; de cuando en cuando mordisqueaba algún bocado de sus platos favoritos, que habían sido colocados sobre la mesita de té que tenía al lado. Las dos mesas de comida que le habían preparado las cedió a las doncellas y sirvientas que no pudieron participar en la fiesta, ordenándoles que prescindieran de toda ceremonia y se sentaran en la terraza de afuera para comer y beber cuanto quisieran.

Las damas Wang y Xing ocuparon la mesa alta del cuarto de la Anciana Dama, y las muchachas, las mesas del cuarto exterior.

La Anciana Dama, dirigiéndose a la joven señora You, insistió:

—Xifeng debe ocupar el sitio de honor. Cumple bien tu papel de anfitriona, pues así yo demuestro mi aprecio por lo duramente que ha trabajado durante todo el año.

—Haré lo que pueda —prometió la señora You—. Pero ella dice que no está acostumbrada a ocupar el sitio de honor. Se siente incómoda en ese lugar y no desea beber nada.

Xifeng llegó corriendo a protestar:

—No crea lo que dice, venerable antepasada. Ya he bebido varias copas.

Siguiendo con la broma, la Anciana Dama dijo a la señora You:

—Llévatela rápido aunque sea a rastras y oblígala a sentarse en ese sitio. Ocúpate de que todas vosotras, por turnos, brindéis con ella. Si insiste en su negativa tendré que levantarme y obligarla yo misma.

Cumpliendo las órdenes de la anciana, la señora You la arrastró hasta que consiguió sentarla y mandó que le llenaran una copa grande.

—Has tenido, desde el principio al fin del año, un comportamiento filial con la Anciana Dama, la dama Wang y conmigo misma —dijo a Xifeng—. Hoy no tengo nada con que obsequiarte, así que te ofrezco personalmente un trago de vino. Y ahora, sé buena y bebe dócilmente en mis manos.

—Si realmente quieres mostrarme tu aprecio, arrodíllate ante mí. Sólo entonces beberé —le replicó Xifeng entre carcajadas.

—No te dejes llevar por los elogios. Permíteme decirte que tanta buena suerte es muy extraña. ¿Quién sabe si volverás a disfrutar de un día como éste? Aprovéchalo, ahora que puedes, y échate al coleto un par de copas.

A Xifeng no le quedó más remedio que hacer lo que le exigían, y a continuación todas las muchachas fueron entregándole sus copas. Ella bebió un sorbo de cada una hasta que la madre de Lai Da, al ver a la Anciana Dama de tan buen humor, decidió sumarse a la diversión y trajo consigo a algunas viejas criadas para que también brindaran con Xifeng, que tampoco esta vez pudo negarse. Cuando Yuanyang y las doncellas jóvenes llegaron para beber a su salud, Xifeng ya no podía más.

—Dejadme marchar, buenas hermanas —suplicó—. Brindaré con vosotras otro día.

—¿De modo que, a sus ojos, no tenemos ningún valor? —protestó Yuanyang—. ¡Pero si hasta la dama Wang nos honra bebiendo en nuestra compañía! Generalmente es usted más considerada con nosotras, pero ahora, delante de tanta gente, está dándose aires de señora. La culpa es mía por venir. Si no bebe con nosotras, nos marcharemos.

Y se dispuso a partir dándole la espalda a Xifeng, quien la retuvo inmediatamente entre risas:

—De acuerdo, hermanita, beberé.

Y alzando la jarra de vino llenó su copa hasta el borde y bebió su contenido de un trago. Entonces Yuanyang se retiró con una sonrisa.

Cuando se sentó de nuevo, Xifeng sintió de golpe los efectos del vino. El corazón le latía tan fuertemente que decidió retirarse a descansar a sus aposentos. Como en ese preciso momento entraban los malabaristas, pidió a la señora You que dispusiera el dinero de las gratificaciones mientras ella iba a echarse agua en la cara.

La señora You accedió y, en vista de que nadie se lo impedía, Xifeng pudo por fin dejar la mesa y escabullirse por la puerta trasera. La atenta Pinger partió inmediatamente tras ella y le cogió el brazo prestándole su apoyo. Ya se acercaban al paseo cubierto cuando divisaron a una de sus jóvenes doncellas, quien, al verlas llegar, giró sobre sus talones y echó a correr. Aquello levantó las sospechas de Xifeng, que le ordenó detenerse. En un primer momento la muchacha pretendió no haber oído la llamada, pero cuando a la voz de Xifeng se sumó la de Pinger no le quedó más remedio que volver sobre sus pasos.

Xifeng entró con Pinger en el salón de recepción y ordenó a la doncella que las acompañara y cerrara los batientes de la puerta. Se sentó sobre las escaleras que conducían al patio pequeño y obligó a la muchacha a arrodillarse ante ella.

—Trae a dos pajes de la puerta interior, y que vengan con cuerdas y látigos —ordenó ásperamente a Pinger—. A esta perrilla descarada le vamos a dar una buena paliza.

Aterrada, la muchacha se echó a llorar mientras se golpeaba la cabeza contra el suelo suplicando clemencia.

—No soy un fantasma —le dijo Xifeng—. ¿Por qué no reaccionas al verme? ¿Por qué huyes?

—No la vi, señora —sollozó la doncella—. Eché a correr cuando recordé que no había nadie en nuestros aposentos.

—Y si no había nadie, ¿por qué viniste aquí? Dices que no me has visto; sin embargo, te hemos llamado a gritos una docena de veces, pero eso sólo te hizo correr más rápido. No estábamos lejos de ti y tú tampoco eres sorda. ¿Todavía te obstinas en excusarte?

Y, con esas palabras, le dio una bofetada con tal violencia que la muchacha se tambaleó; luego le abofeteó la otra mejilla. La cara amoratada de la doncella empezó a hincharse.

—Cuidado, señora, no vaya a hacerse daño.

—Entonces pégale tú en mi lugar. Que te diga por qué huyó al vernos. ¡Y si no lo hace, arráncale los labios!

Pero la doncella siguió proclamando su inocencia. Xifeng la amenazó con marcarle la boca con un hierro candente y ella, entre lágrimas, acabó confesando:

—El señor está en la casa. Me envió aquí con el encargo de que le avisara en cuanto la viera acercarse. No pensaba que usted regresaría tan pronto.

Xifeng intuyó que detrás de esas palabras había gato encerrado.

—¿Y por qué te hizo ese encargo? —le preguntó amoscada—. ¿Por qué razón habría de temer el señor mi regreso? Debe haber un motivo. Si me lo dices ahora me portaré bien contigo; pero si no hablas inmediatamente buscaré un cuchillo y te cortaré la piel a tiras.

Y mientras hablaba sacó un alfiler de los que llevaba en el pelo y dio un feroz pinchazo en la boca a la doncella.

Encogiéndose de miedo y de dolor, la muchacha sollozó:

—Se lo diré, señora. Pero, por favor, que el señor no se entere.

Pinger intentó tranquilizar a Xifeng presionando a la muchacha para que contara de una vez su historia.

—Hace un rato que el señor regresó y se echó a dormir la siesta —empezó—. Al despertar mandó a alguien a que viera qué estaba haciendo usted. Esa persona le dijo que ya había empezado la fiesta y que tardaría un buen rato en regresar. Entonces el señor abrió un estuche y sacó dos piezas de plata, dos peinetas y dos rollos de satén, me pidió que los llevara en secreto a la esposa de Bao Er, y le dijera que viniera aquí. Ella tomó las cosas y vino; entonces el señor me ordenó que vigilara su regreso, señora. Y no sé más.

Temblando de rabia, Xifeng se incorporó y echó a andar apretando el paso en dirección a sus aposentos. En la puerta había apostada otra doncella que, al ver a Xifeng, salió corriendo. Xifeng la llamó por su nombre para que se detuviera. Ésta tuvo más sentido común que la otra: al ver que no tenía otra salida prefirió correr hacia su señora.

—Precisamente quería informarla, señora —le dijo con una sonrisa—. Por suerte ha venido.

—¿Qué querías decirme?

—Que el señor ha regresado…

Y le contó la misma historia que había llegado a su conocimiento a través de la otra doncella.

Xifeng escupió con desagrado.

—¿Y por qué has tardado tanto en contármelo? —exclamó—. Como te he sorprendido, ahora te finges inocente.

Y propinó a la doncella un golpe que la hizo tambalearse. Luego, de puntillas, entró en el patio, se acercó a la ventana y se puso a escuchar.

Oyó una voz de mujer que decía alegremente:

—¡Cómo no se ha muerto ya esa endiablada esposa suya!

Y la voz de Jia Lian respondiendo:

—¿Y si se muere, qué? Me casaría con otra que resultaría igualmente mala.

—Cuando ella muera puede casarse con Pinger. Sería una esposa más dócil.

—En los últimos tiempos no me deja tocar ni a Pinger —se lamentó Jia Lian—. La misma Pinger lo lamenta, pero no se atreve a quejarse. ¡Qué destino el mío, tener como mujer a un gato montés!

Xifeng temblaba de ira, y los elogios a Pinger la terminaron de convencer de que también ella se había quejado a sus espaldas. A esas alturas el vino ya se le había subido a la cabeza y, sin detenerse a pensarlo dos veces, se volvió y le dio una bofetada a la doncella. A continuación, de un puntapié, abrió la puerta e irrumpió en el cuarto. Sin decir una palabra se abalanzó sobre la mujer de Bao Er y la molió a golpes; luego, colocándose ante el umbral, cortó la retirada a Jia Lian.

—¡Puta asquerosa! —maldijo Xifeng dirigiéndose a la esposa de Bao Er—. No contenta con robar el marido a tu señora, planeas su asesinato. ¡Y tú, Pinger, ven aquí! Sois una puta y un cabrón que os aliáis contra mí a la vez que públicamente simuláis pretender complacerme.

Dicho lo cual propinó un nuevo golpe a Pinger. Al no tener ante quién quejarse de aquella injusticia, Pinger reprimió sus lágrimas y, casi ahogada por la rabia, exclamó:

—¿No pueden revolcarse en el fango sin arrastrarme a mí?

Y también ella empezó a arañar y abofetear a la esposa de Bao Er. Jia Lian había vuelto a casa con el ánimo alegre que produce la bebida, por lo cual la irrupción de su esposa le cogió por sorpresa y no atinó a articular respuesta; pero ahora que también Pinger estaba participando en la escena, él aprovechó para sufrir un ataque de apasionamiento beodo. Mientras fue Xifeng quien golpeaba a la esposa de Bao Er, Jia Lian se contuvo, contentándose con mirar enfurecido e intimidado, pero en cuanto intervino Pinger, él, tomando la iniciativa, le dio una patada.

—¡Maldita puta! —exclamó—. ¿Quién eres tú para levantar la mano contra esta mujer?

Temerosa de que volviera a golpearla, Pinger se retiró inmediatamente mientras protestaba entre hipidos:

—¿Por qué me implica a mí en las historias que cuenta a espaldas nuestras?

El pánico de Pinger ante Jia Lian avivó las brasas de la furia de Xifeng, que se abalanzó sobre ella golpeándola de nuevo mientras la azuzaba para que continuara golpeando a la esposa de Bao Er. En su desesperación, Pinger salió corriendo del cuarto en busca de un cuchillo para quitarse la vida, pero las criadas y doncellas que por allí había se lo impidieron e intentaron disuadirla.

Al advertir el ánimo suicida de Pinger, Xifeng dio un cabezazo en el pecho a Jia Lian y aulló:

—Todos os habéis conjurado para acabar conmigo, y cuando lo descubro intentáis asustarme. ¡Estrangúlame de una vez y acabemos con esto!

En el colmo de su furia, Jia Lian descolgó una espada de la pared y, dirigiéndose a Pinger, gritó:

—No necesitas suicidarte. Ya he soportado todo lo soportable. Os mataré aquí mismo a todas y después pagaré con mi vida. ¡Un tajo limpio!

En pleno estallido de ira entraron la joven señora You y algunas personas más.

—¡¿Qué ocurre?! —exclamaron—. ¿Qué significa todo esto? Hace un momento todo era paz y tranquilidad. ¿Cuál es la causa de esta trifulca?

Su presencia envalentonó todavía más a Jia Lian, quien, fingiéndose medio borracho, empezó a deslenguarse con insolencia y a jurar que mataría a Xifeng. Ella, por su parte, había dejado de gritar con la llegada de la señora You y se había escabullido con lágrimas en los ojos buscando el amparo de la Anciana Dama.

Para entonces ya había terminado la ópera. Corriendo hacia la anciana, Xifeng le rodeó el cuello con los brazos.

—¡Sálveme, anciana antepasada! ¡El señor Lian quiere matarme!

—¿Qué ha sucedido? —preguntaron inmediatamente la anciana, la dama Wang y la dama Xing.

—Hace un rato regresé para cambiarme de ropa —contestó Xifeng entre sollozos—. Lian hablaba con alguien. No quise entrar, por si se trataba de un invitado, así que me quedé escuchando detrás de la ventana. Era la esposa de Bao Er, y ambos estaban planeando envenenarme por arpía y poner a Pinger en mi lugar. A pesar de mi furia no me atreví a enfrentarme con él; me limité a darle un par de bofetadas a Pinger y preguntarle por qué quería asesinarme. Entonces Lian montó en cólera y amenazó con matarme allí mismo.

La Anciana Dama y las demás creyeron su historia.

—¡Qué monstruo! —exclamó—. ¡Traed aquí a ese maldito!

Pero en ese momento irrumpió Jia Lian con la espada en la mano seguido por una multitud. Seguro de la habitual indulgencia de la Anciana Dama y confiado en la debilidad de su madre y de su tía, rugió y rabió en un gran alarde de fanfarronería.

Furiosas, las damas Xing y Wang le cerraron el paso.

—¿Te has vuelto loco, degenerado? —le gritaron—. ¿Cómo te atreves a comportarte así delante de la Anciana Dama?

Con una mirada de soslayo, él les respondió:

—La Anciana Dama es la responsable, con sus mimos, de que ahora incluso se atreva a insultarme —dijo señalando a Xifeng.

Enfurecida, la dama Wang le arrancó la espada de la mano y le ordenó salir del cuarto, pero él no dejó de proferir maldiciones y de rabiar.

—Ya veo que no nos tienes el menor respeto —intervino la Anciana Dama dirigiéndose a Jia Lian—. Que llamen a su padre, a ver si así se va.

Entonces Jia Lian se tranquilizó. Demasiado furioso para regresar a su casa, prefirió dirigirse a su estudio exterior.

Entretanto, las damas Xing y Wang se dedicaron a reconvenir a Xifeng.

—No lo tomes tan en serio —le dijo, por su parte, la Anciana Dama con una sonrisa—. Sólo es un muchacho, y todos ellos son como gatos ávidos. Es algo inevitable, A todos los jóvenes, al salir de la infancia, les pasa igual. La culpa es mía, por haberte hecho beber tanto; el vino se te ha avinagrado en el cuerpo.

Su comentario dio paso a una carcajada general.

—No te preocupes —continuó la anciana—. Mañana haré que venga para pedirte disculpas, pero no vuelvas hoy o se avergonzará. En cuanto a esa miserable Pinger, yo pensé que era una buena muchacha, ¿cómo ha podido ser tan taimada?

—La culpa no es de Pinger —intervino la señora You con ánimo conciliador—. Xifeng la está utilizando como víctima propiciatoria. Como los esposos no podían irse a las manos directamente, ambos descargaron su furia contra ella. Pinger se siente víctima de una terrible injusticia, ¡así que no la culpe usted también, señora!

—De modo que se trata de eso… —dijo la Anciana Dama—. Sí, en realidad nunca he pensado seriamente que esa muchacha fuera una seductora. En ese caso su señora le ha gritado sin motivo. Pobrecilla. ¡Hupo! Anda y dile de mi parte a Pinger que he sabido que ha sido injustamente maltratada y que mañana haré que Xifeng le pida disculpas; pero que hoy no arme escándalo. Que recuerde que es el cumpleaños de su señora.

Pero mucho antes de que se produjera esta conversación, Li Wan había conducido a Pinger, cuyos sollozos seguían impidiéndole hablar, hasta el jardín de la Vista Sublime.

—Eres una muchacha inteligente —razonó Baochai—, y sabes que Xifeng siempre te ha tratado bien. Ocurre que hoy ha bebido demasiado, ¿y sobre quién, que no seas tú, iba a descargar su ira? La gente está burlándose de ella por borrachina. Si sigues tomando la cosa tan en serio dará la impresión de que todas tus virtudes son fingidas.

En ese momento llegó Hupo con el mensaje de la Anciana Dama, que hizo que Pinger se sintiera mejor. Sin embargo, no regresó a los aposentos de Xifeng.

Después de reposar un rato, Baochai y las demás volvieron con la Anciana Dama y Xifeng. Por su parte, Baoyu invitó a Pinger al patío Rojo y Alegre, donde apareció Xiren para recibirla con una sonrisa de bienvenida.

—Estaba a punto de enviar a alguien para que te trajera —comentó—, pero la señora Zhu y las muchachas se me han adelantado.

Pinger se lo agradeció con una sonrisa.

—Esta tormenta se desató de la nada —dijo—. Yo no merecía semejante trato.

—La señora Lian suele ser muy buena contigo. Simplemente sucede que hoy tuvo un acceso de malhumor.

—No se lo reprocho a mi señora —repuso Pinger—, sino a esa perra que se ha inmiscuido en este asunto sólo para divertirse a mi costa; y al bruto de mi señor, que me ha golpeado en vez de a ella.

Pensar en aquella injusticia le produjo un nuevo estallido de llanto.

—Pero no te lo tomes así, hermana querida —le pidió Baoyu—. Déjame pedirte disculpas en su nombre.

—¿Qué tiene esto que ver con usted? —preguntó Pinger sonriendo.

—Todos somos primos, de modo que cuando uno de nosotros ofende a alguien yo deseo pedir disculpas en su nombre.

Y luego añadió:

—Es una lástima que hayas manchado tu ropa nueva. ¿Por qué no te pones algo de Xiren para que tu ropa pueda ser rociada con alcohol y planchada? Y también harías bien en peinarte.

Dicho lo cual, ordenó a unas jóvenes doncellas que trajeran agua y calentaran una plancha.

Ahora bien, Pinger sólo sabía de oídas lo atento que podía ser Baoyu con las muchachas, ya que, como ella era la concubina favorita de Jia Lian y la confidente de Xifeng, el muchacho siempre la había evitado, aunque siempre lamentando no poder prestarle más atención. El caso es que en aquel momento quedó secretamente impresionada por su conducta y se dijo: «Sí, está a la altura de su reputación. Es una persona realmente considerada».

Xiren abrió un arcón para sacar de él algunas prendas que rara vez usaba y entregarlas a Pinger, que se dio prisa en mudarse de ropa y lavarse la cara.

—Ponte también un poco de colorete y polvos en las mejillas —le dijo Baoyu, que la estaba mirando—, o parecerá que sigues enfadada con la prima Xifeng. Después de todo, hoy es su cumpleaños y la Anciana Dama ha tenido la deferencia de mandarte a una persona para que te consuele.

Pinger captó la verdad que encerraban aquellas palabras y miró a su alrededor buscando una polvera que no encontró. Inmediatamente Baoyu se dirigió al tocador y abrió un recipiente de porcelana del período Xuan De[1] en el interior del cual había diez barras de polvo de semillas de tuberosa. Sacó una y se la entregó.

—No es blanco de plomo. Está hecho con semillas de tuberosa finamente molida y mezclada con especias aromáticas.

Al depositar una de las barras sobre la palma de su mano Pinger la percibió leve, de un blanco rosáceo, fragante y delicioso en todos los sentidos. Una vez en la mejilla era fácil esparcirla suavemente, y además era humectante, con granos mucho más finos que los polvos usuales, pegajosos y de un blanco azulado. También observó que el colorete, en su cajita de jade blanco, no venía dispuesto en capas, como era costumbre, sino que parecía una pomada de rosas.

—El colorete que venden en el mercado está sucio y tiene un color desvaído —explicó Baoyu—. Éste, en cambio, está hecho con la esencia del mejor alazor, cocido al vapor para despojarlo de toda impureza y luego mezclado con esencias de flores. Sólo precisas colocar un poquito sobre un alfiler, frotarlo sobre la palma de tu mano, desleírlo en una gota de agua y aplicártelo en los labios. Lo que te quede en la palma será suficiente para las mejillas.

Pinger siguió sus instrucciones y, efectivamente, encontró el colorete extraordinariamente vivido y fragante.

Después, con un par de tijeras de bambú, Baoyu cortó un tallo de orquídeas con dos flores que crecía en un tiesto cercano para que ella se las prendiera en el pelo. En ese momento llegó una doncella enviada por Li Wan para buscarla, y Pinger partió apresuradamente.

Baoyu se sintió desconsolado por no haber prestado nunca atención a Pinger, pues era una muchacha inteligente y bien parecida, superior a la mayoría de adocenadas, estúpidas y vulgares criaturas. Había pasado todo el día apesadumbrado, pues también era aquel día el cumpleaños de Jinchuan. Pero aquella oportunidad de mostrar su afecto por Pinger, que nunca había pensado que se produjera en toda su vida, le trajo una inesperada alegría. Por eso decidió meterse en la cama y enroscarse, intensamente satisfecho consigo mismo. «Jia Lian sólo se interesa por los juegos de la nube y la lluvia, pero no tiene la menor consideración hacia las muchachas —reflexionó Baoyu—; y aquí está Pinger, sola, sin padres, hermanos o hermanas, atendiéndolo a él y a Xifeng, enfrentada a la vulgaridad de su señor y a los rencores de su señora. Hasta el punto de verse mezclada en estos espantosos problemas, incluso en un día como hoy. ¡Qué injusto ha sido el destino con ella! Su situación es incluso peor que la de Daiyu.»

Con aquellas reflexiones volvió a sentirse molesto, y aprovechando que Xiren y las demás habían salido del cuarto acabó anegado en lágrimas. Advirtió que el alcohol de la ropa de Pinger ya estaba casi seco, y entonces la planchó y la plegó. Observó también que ella había olvidado su pañuelo, y como estaba manchado de lágrimas lo lavó en la batea y lo puso a secar con una sensación de agradable melancolía. Luego empezó a aburrirse y partió en dirección a la aldea de la Fragancia del Arroz, donde estuvo charlando con las muchachas hasta que llegó la hora de encender los faroles y todos se despidieron.

Pinger pasó la noche con Li Wan, y Xifeng con la Anciana Dama, por lo que, al volver a casa al acabar el día, Jia Lian encontró el lugar insólitamente silencioso. Pero como después de lo sucedido no podía ir a buscarlas, tuvo que pasar la noche solo. Al despertar, a la mañana siguiente, recordó los sucesos del día anterior y fue presa de los remordimientos. En ese momento llegó su madre, desconsolada y preocupada por su conducta, y lo acompañó hasta los aposentos de la Anciana Dama, donde entró avergonzado para postrarse ante ella.

—¿Qué pasó ayer? —le preguntó su abuela.

Con una sonrisa de disculpa, Lian respondió:

—Bebí demasiado y le di un disgusto, honorable antepasada. Ahora vengo a sufrir el castigo que merezco.

Ella escupió con un gesto de repugnancia y dijo:

—¡Degenerado! Lo menos que puedes hacer después de una borrachera es tirarte en tu cama como un cadáver y no apalear a tu esposa. Xifeng es una impertinente y una marimandona, ¡pero qué susto le diste ayer a la pobre criatura! Si yo no hubiera estado aquí, posiblemente la habrías matado. ¿Qué vas a hacer ahora?

Jia Lian tuvo que aguantar la reprimenda, por más que le afectara, y no se atrevió a abrir la boca para justificarse.

La Anciana Dama continuó:

—¿Acaso Xifeng y Pinger no son dos bellezas? ¿No tienes bastante con ellas, que siempre estás arrastrando inmundicias y escoria hasta tu cuarto? ¡Golpear a tu esposa y a tu concubina por semejante puta! ¿Cómo es posible que un hijo de esta familia se comporte de manera tan lamentable? ¡Levántate, si algún respeto me tienes! Te perdonaré con la condición de que pidas disculpas a tu esposa y te la lleves a casa. Así me complacerás. Y si no es así, simplemente retírate: no me interesa que te arrodilles ante mí.

Mientras oía aquella tremenda amonestación, Jia Lian vio a Xifeng. No iba tan elegante como solía. Tenía los ojos enrojecidos por el llanto, el rostro patético y más adorable que de costumbre, pálido y sin una sombra de maquillaje. Pensó: «Mejor será que pida disculpas y arregle este asunto cuanto antes; además, así complaceré a la Anciana Dama». Y, en consecuencia, respondió con una sonrisa:

—Escuchar es obedecer, señora. Pero temo que esto no hará sino volverla más testaruda.

—¡Tonterías! —replicó la Anciana Dama—. Su sentido de la compostura le impedirá estallar otra vez de esa manera. Si en el futuro te ofende, queda claro que te daré permiso para que la sometas a tu autoridad.

Entonces Jia Lian se incorporó e hizo una reverencia ante Xifeng.

—Reconozco mi culpa, señora —le dijo—. Suplico tu perdón.

Aquello hizo reír a todos los reunidos.

—No vayas a montar ahora un escándalo, Xifeng —dijo la Anciana Dama—. Me enfadaré si lo haces.

A continuación mandó llamar a Pinger y ordenó a Jia Lian y a Xifeng que hicieran las paces con ella, tarea para la que Lian estaba más dispuesto, pues «La concubina vale más que la esposa, y la raptada vale más que la concubina». Inmediatamente, dando un paso adelante, dijo:

—Soy yo el responsable del injusto tratamiento que sufriste ayer, y también fui el causante de que tu señora te maltratara como lo hizo. Permíteme pedir disculpas en nombre mío y en el de tu señora.

Dicho lo cual se inclinó de nuevo, provocando las risas de la Anciana Dama y de Xifeng.

Entonces la Anciana Dama indicó a Xifeng que era su turno, pero ya Pinger había emprendido un koutou ante su señora diciendo:

—Señora, merezco la muerte por haberla ofendido el día de su cumpleaños.

El haber bebido tanto el día anterior, hasta el extremo de perder el control sobre sí misma y olvidar la vieja amistad que las unía, humillando a Pinger sin más razón que una tercería, eran cosas que avergonzaban profundamente a Xifeng. Por eso, al ver a su doncella inclinándose se apresuró a levantarla y derramar unas lágrimas de agradecimiento y desconsuelo.

También Pinger lloraba.

—En todos los años que llevo a su servicio, señora —decía— nunca me puso usted un dedo encima. No le reprocho haberme golpeado ayer. Todo fue culpa de esa perra. ¿Qué podía usted hacer sino enfurecerse?

Finalmente la Anciana Dama ordenó que los tres fueran acompañados de vuelta a sus aposentos.

—Y si alguien vuelve a tocar el tema —añadió—, quiero ser informada al instante. Sea quien sea, tomaré mi bastón y yo misma le daré una buena paliza.

Los tres hicieron un nuevo koutou ante la Anciana Dama y las damas Xing y Wang, y fueron acompañados de regreso por unas viejas amas.

Apenas estuvieron solos, Xifeng preguntó:

—¿Y por qué estoy endemoniada? ¿Y por qué soy un gato montés? Cuando esa perra me maldijo y me deseó la muerte tú participaste. Ciertamente soy mala durante mil días, pero algún día soy buena; sin embargo, después de todo este tiempo da la impresión de que soy para ti menos que una puta. ¿Con qué cara voy a seguir viviendo ahora?

Y mientras hablaba, se echó a llorar de nuevo.

—¿Pero qué más quieres? —exclamó Lian—. ¿Quieres pararte a pensar un poco en quién es la verdadera responsable de lo ocurrido ayer? A pesar de eso he sido yo quien sé ha arrodillado ante ti y ha suplicado tu perdón, delante de la Anciana Dama y de toda la gente que había allí. Te ha quedado honra suficiente para seguir viviendo. Y ahora deja ya de rezongar. ¿O acaso quieres que vuelva a hincarme de rodillas? No vayas más lejos.

Las palabras de Lian enmudecieron a Xifeng, que se echó a reír.

—Así está mejor —sonrió él—. Francamente, no sé qué hacer contigo.

En ese momento entró una criada a informar de que la esposa de Bao Er se había ahorcado, noticia que alcanzó como un rayo a los dos esposos. Después de la conmoción inicial, Xifeng, recomponiendo el gesto, dijo:

—Si está muerta, muerta está. ¿A qué viene tanto escándalo?

Pero entonces entró la esposa de Lin Zhixiao y le susurró al oído:

—Señora, la esposa de Bao Er se ha ahorcado, y su familia amenaza con demandarla a usted ante los tribunales.

—Bien está —dijo Xifeng con una risita desdeñosa—. Hace tiempo que esperaba una oportunidad para acudir a los tribunales.

—Todos hemos intentado convencerlos o intimidarlos para que desistan —añadió la señora Lin—. Están dispuestos a olvidar el asunto a cambio de unas cuantas sartas de monedas.

—No tengo ni una pieza de cobre, y aunque la tuviera no se la daría. Que me lleven ante los tribunales. No tratéis de convencerlos o de asustarlos. Que sigan adelante. Pero como pierdan, seré yo quien los acuse de chantaje.

La señora Lin estaba perpleja, sin saber qué hacer, hasta que captó un gesto de Jia Lian y, sin duda atinadamente, se retiró a esperar fuera.

—Iré a ver qué puede hacerse —dijo él a Xifeng.

—No vamos a pagarles nada —le replicó ella en tono de advertencia.

Jia Lian partió a discutir el asunto con Lin Zhixiao, después envió gente a negociar y finalmente echó tierra sobre el asunto desembolsando doscientos taeles. Sin embargo, para impedirles toda posibilidad de cambiar de opinión, envió unos mensajeros a pedirle a Wang Ziteng que unos cuantos guardias y oficiales acompañaran al cortejo fúnebre. Al enterarse de esto, la familia de la difunta no se atrevió a seguir adelante y tuvo que tragarse su resentimiento.

Jia Lian también dijo a Lin Zhixiao que dedujera los doscientos taeles de sus fondos de gastos domésticos, camuflados como diversos tipos de gastos diarios, Además, dio un poco de dinero a Bao Er y prometió buscarle una buena esposa más adelante. Naturalmente, Bao Er no objetó nada; aceptando dinero y consideración siguió al servicio de Jia Lian como si no hubiera pasado nada.

En cuanto a Xifeng, a pesar de sentirse incómoda, mantuvo una apariencia de despreocupación. Cuando por fin estuvieron solas, tomó la mano de Pinger y le dijo suavemente:

—Ayer estaba borracha. No debes guardarme rencor. ¿Dónde te hice daño? Déjame ver.

—No es nada —respondió Pinger—. No me golpeó muy fuerte.

Entonces alguien, desde fuera, anunció la llegada de la señora Zhu y de las jóvenes damas.

Si quieren saber lo que pasa, se explicará en el siguiente capítulo.

CAPÍTULO XLV

Entre amigas sinceras se habla con sinceridad.

En una noche triste se compone un triste poema.

Se esforzaba Xifeng en obtener el perdón de Pinger por su conducta del día anterior cuando en eso llegó Li Wan con las jóvenes damas. Tomaron asiento y Pinger sirvió el té.

—Ya veo que ha venido el batallón completo —dijo Xifeng—. Cualquiera diría que se han cursado invitaciones formales.

—Son dos las razones que nos traen —dijo Tanchun—. Una tiene que ver conmigo, y la otra es el problema de Xichun; además, te traemos un recado de la Anciana Dama.

—¿Pues qué puede ser tan urgente? —preguntó Xifeng.

—Verás, hemos creado una academia poética —contestó Tanchun sonriente—, pero ni siquiera a la primera reunión hemos acudido todos. Sin duda esa falta de asistencia se debe a que nos falta una mano dura que imponga orden. Por eso se me ha ocurrido pedirte que te unas a nosotros como censora. Necesitamos en nuestra academia una persona estricta e imparcial que cumpla esa función. El otro motivo que nos trae aquí es que Xichun necesita un montón de cosas para pintar su cuadro del jardín. Se lo hemos comunicado a la Anciana Dama y nos ha dicho que en el almacén de abajo, en la parte trasera, puede haber algunos materiales sobrantes. Nos ha dado permiso para cogerlos, suponiendo que los encontremos; en caso contrario habrá que comprarlos afuera.

—No sirvo para componer poemas, ¿acaso es a comer a lo que me invitáis? —dijo Xifeng riendo.

—No te exigimos que sepas de poesía —repuso Tanchun—; sólo te pedimos que seas tú quien decida cómo castigar a quien no respete las normas.

—Ya sé lo que buscáis: no un censor, sino un tesorero que os mantenga abastecidas. Seguro que en esa academia os turnáis para hacer el papel de anfitriones, y como vuestras asignaciones mensuales no os alcanzan habéis ingeniado esta maniobra para sacarme a mí el dinero.

Todas se echaron a reír.

—¡Pero qué perspicaz es esta criatura de vidrio con corazón de cristal! —exclamó Li Wan.

—¡Te sienta bien el rango de cuñada mayor! —le replicó Xifeng—. Se supone que tú eres la encargada de los estudios de estas muchachas, y de inculcarles buenos modales y enseñarles labores del hogar. Si se comportan mal, a ti te toca corregirlas. Ahora han organizado esta academia de poesía, que sin duda no resulta muy costosa, pero tú te niegas a asumir la responsabilidad. Por cierto, que es justo que la Anciana Dama y la dama Wang reciban mensualmente el doble que nosotras, pues ostentan título y rango; pero como ellas siguen compadeciéndose de ti, de la pobre viuda sin sostén, te han asignado mensualmente una cantidad adicional por tu hijo, de manera que recibes tanto como ellas. Y por si fuera poco, te han dado la mejor tierra en el jardín por la cual recibes un arrendamiento; y más todavía, puesto que también recibes la mayor cantidad en el reparto de las bonificaciones anuales. En tu casa no llegáis a diez personas, incluidos los sirvientes, y tu ropa y alimentación corren a cuenta del fondo común, de modo que tus ingresos pueden alcanzar cuatrocientos o quinientos taeles anuales. ¿Por qué no destinas entonces cien o doscientos para mantener entretenidas a estas muchachas? Al fin y al cabo, esa academia no durará toda la vida y no serás tú quien tenga que suministrar sus dotes a las muchachas cuando se casen. El caso es que, con el pánico que te produce la sola idea de gastar un centavo, las has traído a importunarme. Conste que no me faltan ganas de ignorar completamente tu sugerencia, y acudir allí sólo para comerme todo lo que tengáis.

—¡¿Pero la estáis oyendo?! —exclamó Li Wan alegremente—. Basta con que yo diga una palabra para que esta desvergonzada criatura vuelque sobre mí dos carretadas de impúdica verborrea, como si yo fuera una vulgar estafadora o una avara de codo tieso. Semejante criatura nació bajo la forma de una muchacha en una casa de letrados funcionarios y se casó con alguien de otra familia similar, ¡y mirad cómo se comporta! Imaginad el lenguaje que utilizaría si hubiera nacido en una familia pobre. Sin duda intentaría estafar a todo lo que se mueve bajo el sol. Dime, ¿cómo te atreviste a golpear a Pinger ayer? ¡Qué vergüenza! Te comportaste igual que un perro embriagado con vino amarillo. Me enfurecí tanto que hubiera cogido el bastón en defensa de Pinger; pero mira por dónde, era el cumpleaños del perro[1] y tampoco quise contrariar a la Anciana Dama. Debes saber que sigo hirviendo de indignación, ¡y encima me desafías! Ni siquiera eres digna de quitarle los zapatos a Pinger. Deberías ocupar su lugar y ella el tuyo.

Las muchachas sé echaron a reír.

—Ahora lo entiendo —replicó Xifeng—. Debo el honor de esta visita, no a la academia de poesía ni al cuadro que debe pintar Xichun, sino simplemente al deseo de vengar a Pinger. No sabía que tuviera semejante defensora. De haberlo sabido no la hubiera golpeado ni aunque un demonio me hubiese empujado la mano. Ven aquí, jovencita Pinger, y permíteme que, ante la señora Zhu y todas las damitas, te pida perdón por mi desaforada conducta de borracha.

Las otras se rieron de nuevo, y Li Wan preguntó a Pinger:

—¿Ves? ¿No te prometí que te ayudaría a obtener lo tuyo?

—Me parece bien que ustedes se diviertan a mi costa, pero para mí es difícilmente soportable —fue la respuesta de Pinger.

—Tonterías —replicó Li Wan—. Yo te apoyaré. Ahora ve rápido y trae la llave. Y dile a tu señora que nos abra el almacén.

—Mi querida cuñada —intervino Xifeng—, llévate primero a estas muchachas de regreso al jardín. Precisamente me disponía a revisar las cuentas del arroz y luego pensaba ver a la dama Xing, que me ha llamado para hablar de no sé qué asunto. Luego dispondré la ropa de cada uno para el Año Nuevo.

—Olvídalo todo —replicó Li Wan—. Soluciona primero el asunto que yo te traigo para que pueda volver a mi cuarto a descansar sin que me molesten estas damitas.

—Pero dame un respiro, hermana querida —repuso Xifeng—. ¿Por qué tú, que sueles ser tan buena conmigo, me tratas tan duramente después de lo de Pinger? Tú solías decir: «Por muy ocupada que estés, cuida siempre tu salud y tómate tiempo para descansar». ¡Y ahora me quieres matar con más trabajo! Además, da la impresión de que el asunto de la ropa no tiene importancia, pero te recuerdo que tú eres la responsable de que llegue a tiempo la de estas muchachas. Si no ocurre Anciana Dama te reñirá por no haberte ocupado de ello o por no habérmelo recordado. Prefiero, antes que meterte a ti en enredos, cargar yo misma con la culpa.

—¡Vaya discurso florido! —sonrió Li Wan—. ¡Qué lengua tan hábil! Pero, bueno, ¿vas a encargarte de nuestra academia, sí o no?

—¿A ti qué te parece? Si no me uno a vosotros y desembolso algún dinero consideraréis que he traicionado al jardín de la Vista Sublime, ¿y cómo me las apañaría entonces para seguir viva? Mañana mismo a primera hora asumiré la tarea que me encomendáis, aceptaré respetuosamente el sello de mi cargo y procederé a poner sobre la mesa cincuenta taeles de plata para que sean gastados durante varios meses en viandas para vuestra academia. Y como yo soy un ser vulgar que no puede escribir poemas o ensayos, censora o no, acaso me podréis expulsar en cuanto tengáis el dinero en vuestras manos.

Y siguió diciendo entre la risa general:

—Ahora abriré el almacén y ordenaré que os permitan rebuscar entre los materiales de pintura. Si encontráis algo que os sea útil, podéis cogerlo; y si me hacéis una lista con todo lo que todavía falte, enviaré gente a comprarlo. También os proporcionaré la seda para el cuadro. El plano del jardín no lo tiene la señora; sigue en poder del señor Zhen. Os lo digo para que os ahorréis la visita. Haré que lo busquen y que os lo lleven con la seda para que empiecen a trabajar los secretarios. ¿Os parece bien?

Asintiendo con un gesto, Li Wan dijo:

—Gracias. Si realmente haces todo eso, olvidaré lo ocurrido. Bueno, ahora vámonos. Si no envías las cosas vendremos de nuevo a importunarte.

Cuando ya se disponía a partir con las muchachas, Xifeng le comentó:

—Sólo puede haber una persona capaz de haberos incitado a tomar esta iniciativa, y esa persona es Baoyu.

Con una sonrisa, Li Wan giró sobre sus talones.

—¡Ah, sí! —dijo—. Se me olvidaba decirte que ha sido Baoyu el causante de que viniéramos a verte, pues ha sido precisamente él quien ha faltado a nuestra primera cita. Nosotras somos demasiado blandas. ¿Cómo debemos castigarlo?

Después de pensarlo un instante, Xifeng respondió:

—Lo único que se me ocurre es hacerle barrer todos los suelos de vuestros cuartos.

Todas aprobaron la idea entre risas, y ya estaban a punto de salir cuando en eso entró la abuela Lai, apoyada en el brazo de una joven doncella.

Xifeng y las demás se pusieron inmediatamente en pie, hicieron que se sentara y le dieron la enhorabuena. Ella, sentándose en el borde del kang, dijo:

—Nuestra buena fortuna alegra a nuestros señores y damas, y todo se lo debemos a su bondad. Ayer, cuando envió a Caiming con regalos, mi nieto, señora, los agradeció con una genuflexión ante su puerta.

—¿Y cuándo partirá a asumir su cargo? —preguntó Li Wan.

La abuela Lai suspiró:

—No me entrometo en sus cosas. Ellos hacen lo que quieren. Cuando vino a mi casa a hacer un koutou ante mí le dije lo que pensaba. Sí, le dije: «Hijo mío, ahora ya eres funcionario. No empieces a darte ínfulas. Este año cumples los treinta, y a pesar de haber nacido entre la servidumbre nuestros amos tuvieron la bondad de concederte la libertad desde el vientre de tu madre. Gracias a la generosidad de tus amos arriba y de tus padres abajo, has podido estudiar como un caballero, ser mimado por amas y doncellas como si fueras un fénix. Y, sin embargo, a pesar de haber alcanzado esta edad, dudo siquiera que sepas cómo se escribe la palabra ‘siervo’. Lo único que haces bien es divertirte. No se te ocurre pensar que debes tu actual posición a la miseria que tuvieron que pasar tu abuelo y tu padre. Tú no has tenido que afrontar un problema tras otro desde la infancia, y con el dinero que hemos gastado en ti podría hacerse una estatua de plata más grande que tú. Cuando cumpliste los veinte años nuestros señores tuvieron la bondad de ayudarte a comprar un cargo oficial en un tiempo en el que mucha gente buena de verdad pasa hambre. Pero naciste esclavo, así que anda con cuidado y no tientes a la fortuna. Después de pasarlo bien durante todos estos años, de algún modo has logrado, sólo el diablo sabe cómo, que los señores te eligieran para este cargo. Puede que un magistrado de distrito no sea un funcionario de alto rango, pero en su condición de padre y madre de todo el distrito tiene mucho que hacer. Si no te portas adecuadamente como leal servidor del Estado, si no eres digno de la bondad de tus señores, el cielo y la tierra te condenarán».

—Se preocupa usted demasiado —le dijeron con una sonrisa Li Wan y Xifeng—. Seguro que su nieto lo hará muy bien. Hace unos años nos visitaba de vez en cuando, pero hace tiempo que no pasa por aquí. Sólo hemos visto su tarjeta de visita en Año Nuevo o en los cumpleaños, pero el otro día, cuando vino a hacer un koutou ante la Anciana Dama y la dama Wang pudimos verlo de pasada en los aposentos de la Anciana Dama. Se le veía imponente con sus nuevos trajes oficiales, y parecía haber ganado algo de peso. En lugar de preocuparse de ese modo, debería sentirse complacida por su nombramiento. Si no lo hace bien, que se preocupen sus padres; usted debería limitarse a vivir sin preocupaciones. Cuando tenga tiempo debe venir con nosotras a pasar el día jugando a las cartas o charlando con la Anciana Dama. Nadie soñaría siquiera con tratarla displicentemente. También usted tiene en su casa hermosas y grandes edificaciones, y está claro que todos debemos respetarla como a una dama de calidad.

En ese momento Pinger trajo té y la abuela Lai se incorporó inmediatamente para tomarlo.

—Señorita, ha debido dejar que lo hiciera una de las muchachas más jóvenes —dijo—. Me está haciendo un honor excesivo.

Y sorbiendo su té, continuó:

—Usted no comprende, señora. Todos los niños necesitan mano dura, e incluso así tienen una manera taimada de hacer trastadas que es fuente de incesante preocupación. Quienes nos conocen dicen: así son los muchachos; pero quienes no nos conocen pueden decir: se apoyan en la riqueza y en las influencias para fanfarronear ante los demás; y esas habladurías dañarían la reputación de nuestros señores. Cuando ya su conducta es inaceptable suelo llamar a su padre para que le dé un buen repaso y así consigo que se porte bien durante un tiempo.

Entonces señaló a Baoyu y dijo:

—No le va a gustar lo que digo, pero pienso que su padre no es demasiado estricto con usted, y que la Anciana Dama siempre anda protegiéndolo. Cuántas veces vimos, en los viejos tiempos, a su abuelo dándole una paliza a su padre, y sin embargo él no echaba a correr desaforadamente como hace usted, indiferente al cielo y a la tierra. Y a pesar de ser díscolo, el señor She, del patio del este, nunca se encerró en su casa como usted, y recibía una paliza diaria. En cuanto al abuelo de su primo Zhen, de la mansión del Este, tenía un genio tan vivo que se encendía a la menor palabra, interrogando a su hijo como si se tratara de un bandolero. Por todo lo que he podido ver y oír, el señor Zhen sigue el método de su abuelo para disciplinar a este hijo, sólo que de manera equivocada; y como a él no le importa su conducta, mal puede uno culpar a primos y sobrinos por no temerle. Si tiene algún sentido común debería agradecer este consejo. Si no, tal vez no diga nada pero me atrevo a pensar que en su corazón me está maldiciendo.

En ese momento entró la esposa de Lai Da seguida por las de Zhou Rui y Zhang Cai. Las tres venían a presentar sus informes.

Con una sonrisa, Xifeng comentó:

—La nuera ha venido buscando a su suegra.

—No es ésa la razón —dijo la esposa de Lai Da—. Vengo a preguntar si ustedes tendrían a bien honrarnos con su presencia.

—¡Qué estúpida soy! —exclamó en ese momento la abuela Lai—. Cómo he podido dedicarme al chismorreo olvidando lo que realmente me trae aquí. Ahora que mi nieto ha sido designado para ese cargo debemos ofrecer un banquete a todos los parientes y amigos que quieren darle la enhorabuena. No quise que invitara a unos y discriminara a otros. Además, pensé, lo que nos ha procurado esta inesperada buena suerte es la buena estrella de nuestros señores, que compartimos, así que no me importa si el agasajo nos arruina. Por eso le dije a su padre que el festejo tenía que durar tres días. Durante el primero tendremos unas cuantas mesas de invitados y una ópera en nuestro humilde jardín, e invitaremos a la Anciana Dama, a las señoras y a todas ustedes, damas y damitas, para que vengan a divertirse un rato; al mismo tiempo pediremos a los caballeros qué nos honren con su presencia en otro banquete con ópera en el salón de afuera. Durante el segundo día atenderemos a parientes y amigos; durante el tercero a nuestros colegas, servidores de las dos mansiones. Esos tres días de ajetreo supondrán para nosotros un gran acontecimiento, y todo se lo deberemos a nuestros señores.

—¿Y cuándo será todo eso? —preguntaron Li Wan y Xifeng—. Por supuesto que asistiremos, y es muy probable que la Anciana Dama también quiera acudir, aunque nosotras no podamos asegurarlo.

—Hemos elegido el día catorce —informó rápidamente la esposa de Lai Da—. Por favor, honren a mi madre con su presencia.

—No me puedo comprometer por los demás, pero yo sí acudiré —dijo Xifeng—, aunque ante todo debo advertir que no dispongo de obsequios ni dinero, así que no quiero que os riáis de mí sí me retiro en cuanto haya comido.

Sonriendo, la esposa de Lai Da siguió la broma:

—¡Pero qué cosas dice, señora! Si ése es su deseo denos sólo veinte o treinta mil taeles.

La abuela Lai intervino:

—Hace un momento fui a invitar a la Anciana Dama y también ella ha prometido venir, así que mi prestigio está a salvo.

Ya se disponía a partir, después de haber confirmado las invitaciones, cuando al ver a la esposa de Zhou Rui se acordó de algo:

—Ah, y otra cosa, señora —dijo dirigiéndose a Xifeng—. ¿Qué ha hecho el hijo de la señora Zhou para que quieran despedirlo?

—Quise decírselo a su nuera, pero con tantas cosas que hacer se me olvidó —contestó ella—. Señora Lai, cuando vuelva a casa dígale a su esposo que ninguna de las dos mansiones debe mantener al hijo de Zhou Rui a su servicio. Debe marcharse.

La señora Lai tuvo que acatar lo que se le decía, pero la esposa de Zhou Rui cayó de rodillas intercediendo por su hijo.

—¿Qué pasó? —preguntó la abuela Lai—. Dígame qué hizo y yo le serviré de juez.

—Ayer fue mi cumpleaños y él se emborrachó antes de que comenzara el banquete —dijo Xifeng—. En lugar de dedicarse a recibir los obsequios enviados por la familia de mis padres, se quedó allí profiriendo palabras soeces y negándose a ocuparse de ellos. Fue preciso que las dos criadas que los traían entraran ellas mismas para que él echara mano de unos pajes que ayudaron a cargar los paquetes. Los muchachos hicieron bien su trabajo, pero él dejó caer un cesto del que rodaron unos panecillos por todo el patio. Una vez que las mujeres hubieron partido envié a Caiming para que le atención, pero el hijo de Zhou Rui tuvo la insolencia de tratarlo a patadas. ¿Cómo vamos a mantener con nosotros a un canalla insolente y deslenguado como ése?

—¿Y eso es todo? —sonrió la abuela Lai—. Yo pensé que se trataba de algo serio. Acepte mi consejo, señora, y castigue su mal comportamiento con una paliza, con una reprimenda y obligándole a corregir su conducta, pero no lo eche de la casa. Esa medida no serviría. No puede ser tratado como uno de nuestros hijos, ya que su madre vino aquí con la señora cuando ésta se casó, de modo que despedirlo haría quedar mal a Su Señoría. Yo opino que debería conservarlo y darle una buena paliza que le enseñe modales. Ya que no piensa usted en su madre, piense al menos en la dama Wang.

Volviéndose hacia la esposa de Lai Da, Xifeng dijo:

—En ese caso, que le apliquen cuarenta varazos. Y encargaos de que no se vuelva a emborrachar.

La esposa de Lai Da asintió, y la esposa de Zhou Rui se postró ante Xifeng en señal de agradecimiento. También se hubiera arrodillado ante la abuela Lai, pero se lo impidió la esposa de Lai Da. Entonces las tres mujeres partieron. Li Wan y las muchachas, por su parte, regresaron al jardín.

Aquella noche Xifeng cumplió cabalmente la palabra dada. Hizo que los criados sacaran del almacén los materiales de pintura y los enviaran al jardín. Baochai y las demás revisaron el envió encontrando sólo la mitad dé lo que precisaban, por lo que hicieron una lista de lo que debía comprar Xifeng. Pero dejemos este asunto.

Pronto la seda fue recubierta de alumbre, y entregado el croquis del jardín. Baoyu acudía diariamente para ayudar a Xichun, mientras Tanchun, Li Wan, Yingchun y Baochai se reunían a menudo a contemplar cómo avanzaba su obra y a servirle de compañía.

Dado que empezaba a hacer frío y las noches cada vez eran mis largas, Baochai pidió a su madre algunos bordados que hacer. Diariamente hacía dos visitas de cortesía a la Anciana Dama y a la dama Wang, y no tenía más remedio que acompañarlas unos momentos cuando ellas así lo deseaban; pero de cuando en cuando sentía la obligación de pasar por el jardín para charlar con las muchachas. Con todo esto sus días resultaban tan atareados que debía terminar de bordar cada noche a la luz de la lámpara, no retirándose a dormir antes de la tercera vigilia.

Daiyu, que cada equinoccio de primavera y de otoño caía presa de una mala tos, ya había abusado ese año de su escasa energía; el buen humor de la Anciana Dama le había hecho salir más de lo acostumbrado, y desde hacía algún tiempo había empezado a toser frecuentemente. De ahí que hubiera decidido permanecer en sus aposentos para descansar A veces la ganaba el tedio y deseaba que las muchachas aparecieran para charlar y pasar el rato; pero cuando por fin recibía la visita de Baochai y las demás, una breve conversación con ellas la agotaba. Conocedoras de lo delicada y sensible que era, las demás pasaban por alto cualquier falta de hospitalidad o cortesía que procediera de ella.

Aquel día Baochai fue a conversar y condujo la charla hacia el tema de la enfermedad de Daiyu.

—A pesar de que los médicos que vienen aquí no son malos, sus recetas no parecen estar dando buenos resultados —dijo Baochai—. ¿Por qué no te haces reconocer por una verdadera autoridad que determine si te puede curar o no? No puedes seguir así, con problemas cada primavera y cada verano. Después de todo no eres ni una vieja ni una niña.

—Todo es en vano —respondió Daiyu—. Tengo el presentimiento de que nunca me sobrepondré a esto. Sabes lo mal que me siento en los mejores momentos, así que imagínate cuando estoy enferma.

—Es cierto —asintió Baochai con la cabeza—. Los antiguos dijeron: «El alimento es vida», y en tu caso lo que comes no suele darte energías o fuerza. Ésa es sin duda una mala señal.

—«La vida y la muerte las decide el destino; el cielo decreta la riqueza y el rango»[2] —citó Daiyu con un suspiro—. No está en manos de los humanos alterar el destino. Me parece que mi enfermedad se ha agravado este año.

Aquel breve discurso fue rematado por varias convulsiones de tos.

—Ayer vi tu receta —dijo Baochai—, y me pareció que contenía demasiado ginseng y cinamomo, pues aunque los dos estimulan las fuerzas vitales no es bueno que tomes cosas tan fuertes. Mi opinión es que la prioridad consiste en calmar tu hígado y mejorar la digestión. Una vez apagado el fuego de tu hígado, de modo que no pueda anular el elemento tierra, tu digestión irá por mejor camino y podrás asimilar la comida[3]. Cada mañana, al levantarte, deberías tomar una sopa preparada con una onza de nido de salangana de la mejor calidad y media onza de cristales de azúcar en un recipiente de plata. Tomado con regularidad, es un tónico más efectivo que cualquier medicina.

—¡Qué buena eres con los demás! —exclamó Daiyu con un suspiro—. En mi suspicacia llegué a sospechar de tus motivos, pero realmente empecé a apreciarte el día en que me hiciste esa advertencia sobre las lecturas desaconsejables, y me diste tan buenos consejos. Hoy no me explico cómo he podido interpretar tan mal tu actitud conmigo durante todo este tiempo. Mi madre murió cuando yo era muy pequeña, y no tengo hermanos o hermanas. Ya tengo quince años y nadie me había dado nunca consejos como los que tú me diste el otro día. Con razón Xiangyun habla tan bien de ti. Yo solía escuchar sus elogios con escepticismo, pero eso ha cambiado con mi experiencia. Por ejemplo, cuando decías cualquier cosa yo siempre te replicaba, pero tú, en lugar de ofenderte, me dabas buenos consejos. Ésa fue la prueba de que yo me había equivocado. Si no lo hubiera comprendido el otro día, ahora no estaría confiándome a ti de esta manera. Acabas de decir que debería tomar nido de salangana. La sopa de nido de salangana es fácil de comprar, pero mi salud es tan mala que caigo enferma cada año, y aunque no se trata de nada grave ocasiono muchas molestias. Piensa en todo ese ir y venir de médicos y en la elaboración de medicinas con ginseng y cinamomo. Si ahora empezara a exigir nido de salangana, no creo que la Anciana Dama, la dama Wang o Xifeng se quejaran, pero sus sirvientes empezarían a comentar que soy demasiado exigente. Fíjate si no en lo celosa que es toda la gente y cuántos comadreos circulan porque la Anciana Dama prefiere a Baoyu y a Xifeng. En mi caso la irritación sería mayor. Después de todo, yo no soy una hija de la familia; estoy aquí porque no tengo otro lugar donde ir. Ya me tienen suficiente inquina; si empiezo a presionar me maldecirán.

—Pues en tal caso estoy en la misma situación que tú.

—¿Cómo puedes compararte conmigo? Tú tienes a tu madre y a tu hermano; y además posees comercios y fincas, sin contar las propiedades de tu tierra natal. A vosotros sólo os mantiene aquí el estar cerca de vuestros parientes, sin gastar un céntimo de su dinero, libres para regresar en cualquier momento a vuestro lugar de origen. Pero yo no tengo nada. Todo lo que como, visto o uso, hasta la última brizna de hierba o pliego de papel, es idéntico a lo que tienen sus propias hijas. Es natural que la gentuza mezquina no me quiera.

—Sólo hay que preocuparse de disponer una dote adicional para el futuro —dijo Baochai riendo—. Y todavía es temprano para preocuparse de eso.

Daiyu se turbó intensamente.

—Te confío mis cuitas pensando que las vas a tomar en serio, pero tú no haces más que burlarte de mí —dijo.

—Sólo era una broma, aunque es muy cierto. No te preocupes. Mientras esté aquí te haré compañía. Tú dime qué problema o queja tienes, y yo te ayudaré hasta donde pueda. En cambio sabes bien cómo es mi hermano. La única ventaja que tengo sobre ti es mi madre. Quienes comparten sufrimientos iguales pueden consolarse mutuamente. ¿Por qué una muchacha inteligente como tú habría de lamentar la falta de un hermano? Tienes razón cuando dices que es mejor no causar demasiados problemas. Mañana cuando vuelva a mi casa pediré a mi madre algunos de esos nidos que nos quedan, y te traeré unas cuantas onzas. Así puedes hacer que tus doncellas te preparen un poco cada día. No te costará nada y no estarás molestando a nadie.

—Es una pequeñez, pero agradezco tu bondad —dijo Daiyu agradecida.

—No es nada. A menudo temo ser poco considerada. Bien, ya debes estar fatigada. Será mejor que me vaya.

—Vuelve esta noche para charlar un rato.

Baochai prometió hacerlo y partió.

Daiyu probó dos sorbos de sopa de arroz y se reclinó para descansar.

Antes del crepúsculo el tiempo cambió inesperadamente y empezó a llover. El otoño es estación caprichosa, de muchos chaparrones, y con el atardecer aumentó la oscuridad. El tamborileo de la lluvia sobre las hojas de bambú fue creando una atmósfera de desusada soledad. Al comprender que Baochai no saldría con semejante tiempo, Daiyu tomó al azar un libro bajo la lámpara. Era una Antología de Yuefu con poemas como «El dolor otoñal en el aposento de la muchacha» y «La lacerante despedida». Daiyu sintió el impulso de escribir un poema titulado «Noche de viento y lluvia junto a la ventana otoñal», en el estilo de «Noche de flores y luz de luna junto al río primaveral»[4]. He aquí lo que compuso:

Las flores de otoño, tristes; triste la hierba marchita.

No acaba nunca la noche de velas parpadeando.

El otoño interminable se respira en la ventana.

Tristeza sobre tristeza. Otoño. Viento. Lluvia

que llegó tan súbita; viento que vino de un golpe

rompiendo mi ensueño verde junto a la ventana.

No puedo dormir de tanto otoño.

Pongo en el biombo la vela que lenta va derramando,

sobre el candelabro, lágrimas de cera

que evocan el dolor de la despedida.

¿En qué patio no irrumpe el viento del otoño?

¿Y en qué ventana no golpea la lluvia del otoño?

Las mantas de seda no me protegen ya del viento frío,

y la clepsidra empuja, más y más, a la lluvia.

No cesa, durante toda la noche, el llanto del viento y la lluvia,

débil o fuerte, que acompaña a quien luego emprenderá el camino

hacia un lugar lejano y ahora, bajo la lámpara, llora.

Una niebla fría envuelve el patio en soledad

y gotea sin cesar sobre los bambúes, ante la ventana silenciosa.

No sé cuándo cesarán el viento y la lluvia, pero ya mis lágrimas

han empapado el tul de la ventana.

Releyó el texto, dejó el pincel y ya se disponía a meterse en la cama cuando en eso fue anunciada la llegada de Baoyu, que entró tan campante, con un gran sombrero de hojas de bambú trenzadas y una capa de fibra de coco.

Ella lo saludó entre risas:

—¿De dónde sale este pescador?

—¿Cómo te sientes hoy? ¿Has tomado tu medicina? ¿Cómo vas de apetito?

Y a la vez que hacía esas preguntas se despojó de la capa y el sombrero; luego levantó la lámpara y, haciéndose sombra con una mano, examinó intensamente el rostro de la muchacha hasta que, por fin, emitió su veredicto:

—Hoy tienes mejor aspecto.

Ella advirtió que Baoyu llevaba un abrigo de seda roja usado, una faja verde, pantalones de seda verde con bordados de flores, medias de algodón bordadas con filamentos de oro y zapatillas con motivos de flores y mariposas.

—¿Y por qué sólo protegiste de la lluvia tu cabeza y tu ropa? ¿Qué pasa con tu calzado? —preguntó ella—. Aunque no quiero decir que tengas las zapatillas y las medias sucias.

¿De dónde sale este pescador?

Li Junqi (edición de 1884).

—Tengo ropa suficiente para protegerme de la lluvia —repuso él alegremente—. Para venir me puse unas chanclas de madera de peral silvestre que dejé en la terraza antes de entrar.

Luego, ella observó que su capa y su sombrero no eran del tipo habitualmente vendido en los mercados, sino que estaban sumamente bien hechos.

—¿Con qué planta han sido trenzados? —preguntó—. Por una vez la capa no te hace parecer un puercoespín.

—Son regalos del príncipe de Pekín. Él mismo usa un juego similar. Si te gusta puedo conseguirte uno. La mejor prenda es el sombrero, que se puede ajustar; la corona puede ser separada, de modo que hombres y mujeres pueden usarlo por igual para la nieve. Te conseguiré uno cuando nieve este invierno.

—No, gracias —dijo Daiyu riendo—. Con uno igual parecería la esposa de ese pescador que aparece en todos los cuadros y óperas.

No bien hubo pronunciado aquellas palabras cuando se percató con zozobra de que acababa de saludar a Baoyu como a un pescador. Se turbó avergonzada y se inclinó hacia delante, sobre la mesa, tosiendo interminablemente. Pero Baoyu no pareció haber advertido nada. Al descubrir el poema sobre la mesa lo cogió, lo leyó entero y lanzó un involuntario suspiro de admiración. Al oírlo, Daiyu le arrancó el papel de las manos y lo quemó sosteniéndolo sobre la lámpara.

—¡Demasiado tarde! Ya lo he aprendido de memoria —dijo él jubilosamente.

—Ya me siento mejor. Gracias por venir a verme tan a menudo, incluso lloviendo como hoy —dijo ella—. Ahora ya se ha hecho tarde y me gustaría dormir. Por favor, vete. Vuelve mañana.

Al oír aquello, Baoyu extrajo del bolsillo un reloj de oro del tamaño de una nuez cuyas manecillas le indicaron que eran más de las nueve. Guardando el reloj, asintió:

—Sí, ya es hora de retirarse. Otra vez te he importunado demasiado.

Se puso la capa y el sombrero, y partió. Al llegar a la puerta se volvió para preguntar:

—¿Qué te gustaría comer? Se lo diré a la Anciana Dama a primera hora de la mañana. Soy mejor mensajero que esas viejas.

—Voy a pensarlo esta noche y te lo diré mañana temprano. Escucha cómo llueve a mares ahí fuera. Mejor será que te vayas de una vez. ¿Ha venido alguien contigo?

Dos criadas respondieron:

—Sí, están esperándolo con un paraguas y un farol.

—¿Un farol encendido? ¿Con este tiempo? —preguntó sorprendida.

—Así es —dijo Baoyu—. Es un farol de cuerno, y el agua no puede empaparlo.

Ella cogió de una de las estanterías un farol de vidrio labrado y mandó que encendieran la velita; luego, entregándoselo, dijo:

—Éste brilla más; es perfecto para usar bajo la lluvia.

—Yo también tengo uno así —respondió él—. No lo traje por temor a que se cayera y se rompiera.

—¿Qué vale más, la lámpara o el hombre? No estás habituado a caminar con chanclas, así que haz que te abran camino con el farol de cuerno y toma éste para ti, ya que es ligero y está pensado para ser usado bajo la lluvia. ¿No te parece que sería mejor? Puedes devolvérmelo más tarde. Y aunque lo dejes caer, no importa. ¿Qué te ha sucedido para que de pronto quieras «abrirte el vientre para ocultar una perla»?

Baoyu cogió el farol. Las dos criadas fueron abriendo camino con un paraguas y el farol de cuerno, y dos criadas jóvenes con paraguas se colocaron detrás. Baoyu dispuso que una de ellas sostuviera el farol de vidrio y apoyó una mano sobre su hombro.

Apenas hubo partido Baoyu llegó otra mujer, también con paraguas y farol, a entregar un paquete con nidos de salangana de la mejor calidad y otro de azúcar blanco de pétalos de ciruelo, enviados desde el parque de las Alpinias.

—Esto es mejor que lo de cualquier tienda —dijo—. Nuestra joven señora espera que usted lo tome, y cuando se acabe le enviará más.

Daiyu se lo agradeció y le pidió que tomara asiento en el cuarto exterior para beber un poco de té.

—No puedo quedarme —respondió la mujer—; tengo otras cosas que hacer.

—Ya sé lo que te tiene ocupada —contestó Daiyu con una sonrisa—. Ahora que llega el frío y se alargan las noches es el momento de organizar las reuniones de juego.

—Señorita, le confesaré que mi suerte está siendo muy buena este año —dijo la mujer con una sonrisa—. Siempre quedamos unas cuantas como guardia nocturna, y no debemos dormirnos. El juego nos ayuda a mantenernos despiertas y matar el tiempo agradablemente. Esta noche me toca hacer de banca, y ahora que están cerradas las puertas del jardín es hora de empezar.

—Muchas gracias por traerme estas cosas bajo semejante lluvia. Siento haberte entretenido quitándote oportunidades de hacer más dinero.

Y ordenó a las doncellas que dieran a la mujer unos cientos de monedas para que comprase vino con el que mantenerse caliente.

—Gracias por el regalo, señorita.

La mujer hizo una reverencia y, después de entrar en el cuarto exterior a recoger el dinero, tomó su paraguas y partió.

Zijuan guardó los paquetes, apartó la lámpara y bajó las cortinas antes de ayudar a su señora a entrar en la cama.

Ya con la cabeza sobre la almohada, los pensamientos de Daiyu volaron hacia Baochai, y la envidió otra vez por tener una madre y un hermano. Luego pensó que, a pesar de lo bondadoso que se mostraba Baoyu con ella, era conveniente evitar los rumores. La lluvia que golpeaba rítmicamente los bambúes y los plátanos lanzó una ráfaga helada a través de las cortinas y le hizo derramar nuevas lágrimas. Sólo hacia el final de la cuarta vigilia consiguió dormirse. Y nada más que decir, por el momento, sobre este asunto.

Si quieren saber lo que pasa…

CAPÍTULO XLVI

Un hombre indecoroso intenta

llevar a cabo una acción indecorosa.

La hembra del pato mandarín se niega

a emparejarse[1].

Daiyu no pudo conciliar el sueño hasta poco antes del alba. Pero dejémosla ahora durmiendo y ocupémonos de Xifeng, quien, tras recibir la llamada de la dama Xing, se mudó de ropa a toda prisa y partió en su carruaje hacia el patio del este.

Tras haber ordenado a las doncellas que se retirasen a sus cuartos, la dama Xing, en tono cómplice, dijo a Xifeng:

—El primer señor me ha encomendado una tarea difícil y bastante embarazosa; por eso quiero tu consejo sobre cómo llevarla a cabo. El caso es que se ha prendado de Yuanyang, la doncella de la Anciana Dama, y desea introducirla en su alcoba haciéndola su concubina. A mí me ha encargado que se la pida a la Anciana Dama. Ya sé que se trata de una banalidad y que, al fin y al cabo, es una costumbre muy arraigada en las familias de nuestro rango, pero sin embargo temo que la Anciana Dama se niegue. ¿Qué me aconsejas que haga?

—Yo en su caso no iría a estrellar mi cabeza contra un muro —contestó inmediatamente Xifeng—. Sin Yuanyang la Anciana Dama ni siquiera puede comer, ¿cómo va a separarse de ella? Además, durante nuestras charlas la he oído decir: «El primer señor, a su edad, no debería andar tomando concubinas con tanta ligereza. Por lo pronto está malogrando las posibilidades matrimoniales de esas muchachas; además está perjudicando su salud y descuidando sus obligaciones de mandarín, ya que pasa todo el tiempo bebiendo con sus compañeras de alcoba». Todo esto sugiere, señora, que la Anciana Dama no tiene muy buena opinión sobre el señor, y que a éste le convendría dejar ya de ofenderla y no andar «haciéndole cosquillas al tigre en la nariz con una paja». Le ruego que no se moleste, pero yo misma no tengo el valor de acercarme a ella. En fin, según veo el asunto de su embajada sería inútil y no causaría más que malestar. La conducta del primer señor es, después de todo, impropia de un caballero de avanzada edad; usted debería disuadirlo de su empeño. Otra cosa sería si fuera joven, ¿pero acaso no se ve mal que un hombre que ya está rodeado de jóvenes hermanos, sobrinos, hijos y nietos siga comportándose de esa manera?

—Otras familias nobles tienen tres o cuatro concubinas —replicó fríamente la dama Xing—, ¿por qué nosotros no podemos? Dudo mucho de que pueda convencerlo. Aunque Yuanyang sea su doncella favorita, si un hijo mayor, funcionario encanecido, la quiere de concubina, ¿cómo va a negársela su propia madre? Te he llamado simplemente para conocer tu opinión, no para que pongas reparos. ¿O acaso pensaste que te cedería el encargo? Iré yo misma, por supuesto. Me culpas por no disuadirlo, pero estoy segura de que, conociendo como conoces el carácter de tu suegro, sabes que ignoraría mis consejos y se pondría furioso.

Xifeng sabía que su suegra era una mujer estúpida y simplísima que, con el fin de ahorrarse problemas, optaba siempre por acatar los caprichos de Jia She; su único placer en la vida consistía en acumular propiedades y riqueza. Dejaba todas las decisiones domésticas, pequeñas o grandes, en manos de su esposo, pero en todo lo tocante al dinero se mostraba extraordinariamente cicatera, amparándose en que tenía la obligación de ahorrar para compensar las extravagancias de su marido. No confiaba en ninguno de sus hijos o sirvientes, y de ninguno admitía consejo. Hubiera sido perder el tiempo razonar con ella en ese momento, ya que su terquedad era evidente. Por eso Xifeng, con una agradable sonrisa, respondió:

—Tiene usted razón, señora. ¿Cómo puede distinguir lo liviano de lo grave, lo importante de lo baladí, una mujer de tan escasa experiencia como yo? Después de todo, la Anciana Dama es la madre del señor y ciertamente no le negaría ni el más raro de los tesoros, así que no hablemos de una simple doncella. ¿A qué otro se la daría sino a su hijo mayor? Sin duda me equivoqué al tomar en serio las palabras de nuestra venerable Anciana. Ocurre como con Lian: el señor y usted pueden, en un momento de disgusto, amenazarlo con una paliza mortal, pero en cuanto lo ven se deshace su furia y en vez de apalearlo le dan lo que más celosamente atesoran. Sin duda es así como la Anciana Dama tratará al primer señor. Hoy se encuentra de muy buen humor; éste me parece el mejor momento para hacerle esa petición. ¿Quiere que yo me adelante para intentar ponerla de mejor humor todavía? Cuando usted llegue yo podría buscar una excusa para retirarme y llevarme conmigo a todos los que estén allí, de modo que usted pueda abordar el tema a solas. Si ella accede, bien está; si no, nada habrá sucedido, puesto que nadie sabrá absolutamente nada del asunto.

—Había pensado no plantearle directamente el tema, pues una negativa suya supondría un definitivo punto y final —dijo la dama Xing, ablandada por las palabras de Xifeng—. Se me había ocurrido comunicárselo primero a Yuanyang discretamente. Puede que sea tímida, pero una vez planteado no se atreverá a objetar nada, como es natural, y su silencio podrá ser tomado como signo de aquiescencia. Entonces iré a comunicárselo a la Anciana Dama, y aunque ella no quiera prescindir de la muchacha, «no hay manera de retener a quien desea partir», como dice el refrán. Mi plan no puede fallar.

—Después de todo, es usted quien sabe más de estas cosas, señora —la halagó Xifeng sin dejar de sonreír—. Su plan tiene que funcionar a la fuerza. Cualquier muchacha, y no hablemos ya de Yuanyang, sueña con elevar su posición en el mundo y convertirse en alguien importante. ¿Quién podría negarse a ser una especie de señora, en vez de permanecer al servicio de alguien sin más perspectiva que la de casarse más tarde con otro criado?

—Eso mismo pienso yo —asintió la dama Xing—. No sólo Yuanyang, sino incluso esas doncellas mayores con cargos de responsabilidad se entusiasmarían con semejante posibilidad. Bien, ve tú primero, pero no dejes escapar una sola palabra de lo que hemos hablado. Yo iré después de cenar.

Mientras la dama Xing hablaba, Xifeng había estado pensando: «Yuanyang es una muchacha muy lista, sí, pero no me extrañaría que rechazara la oferta. Si yo me voy primero y ella accede, todo marchará bien; pero si se niega, entonces la desconfiada de mi suegra pensará que fui yo quien la alentó a la negativa. Si queda como una idiota descargará sobré mí toda su furia, y eso no tendría ninguna gracia. Lo mejor será que vayamos juntas; de ese modo, sea cual sea la decisión de Yuanyang, yo estaré libre de toda sospecha».

Entonces dijo cordialmente:

—Justo cuando venía hacia aquí llegaron para usted, desde la casa de mi tío paterno, dos canastas de codornices fritas, y ahora, al cruzar el portón principal, vi a unos pajes que llevaban su carruaje a reparar, pues dijeron que se estaba rajando la madera. ¿Por qué no vamos en el mío? Así podremos llegar juntas.

La dama Xing llamó a unas doncellas para cambiarse de ropa. Xifeng la ayudó y después ambas subieron al carruaje.

—Señora, pensándolo mejor, si voy con usted la Anciana Dama se preguntará la razón, lo que resultaría bastante incómodo —dijo entonces Xifeng—. ¿Por qué no entra usted primero y yo la sigo después de haberme cambiado de ropa?

A la dama Xing aquello le pareció razonable, y entró la primera a visitar a la Anciana Dama. Después de conversar con ella un momento se retiró con el pretexto de ver a la dama Wang, pero en lugar de ello se escabulló por la puerta trasera hacia el dormitorio de Yuanyang. La muchacha estaba sentada bordando, y al Ver acercarse a la dama Xing se incorporó inmediatamente.

—¿Qué haces? Déjame verlo —le preguntó la dama Xing con una sonrisa mientras entraba en el cuarto, miraba detenidamente el bordado y lo elogiaba encarecidamente—: Cada vez bordas mejor.

Luego, dejándolo a un lado, sometió a Yuanyang a un detenido examen. La muchacha vestía una túnica de seda violeta de un tono claro, un chaleco de satén negro con hilos de seda y una falda de color verde pálido. Su cintura era flexible como la de una avispa, sus hombros garbosos, su rostro ovalado; tenía el cabello negro y lustroso y la nariz bellamente curvada; cubrían sus mejillas unas cuantas pecas. Aquel detenido examen incomodó e intrigó a la muchacha.

—¿Qué la trae por aquí, señora? —preguntó con una sonrisa.

Con un gesto, la dama Xing indicó a sus acompañantes que se retiraran, luego tomó asiento y, cogiendo la mano de Yuanyang entre las suyas, dijo:

—He venido especialmente para darte la enhorabuena.

Aquello permitió a Yuanyang intuir algo de lo que se avecinaba. Se turbó y, sin decir palabra, ocultó el rostro agachando la cabeza.

La dama Xing continuó:

—Tú sabes que el señor no tiene a su servicio a nadie en quien pueda confiar. Claro que podría comprar una muchacha, pero las que se consiguen a través de intermediarios no son limpias y nunca se sabe qué pueden tener; además, cuando llevan dos o tres días aquí suelen empezar con sus artimañas. Por eso hemos tratado de encontrar a alguien de la casa. Al principio no parecía haber persona adecuada: si una era fea, la otra tenía mal genio, y todas presentaban, junto a aspectos positivos, claros inconvenientes. Después de estar ojo avizor durante estos últimos seis meses hemos llegado a la conclusión de que tú eres la mejor: bella, de buena apariencia, amable y leal. El señor quiere pedirle a la Anciana Dama que le permita llevarte a sus aposentos. Tu situación será muy diferente a la de una muchacha traída de fuera, pues en cuanto entres a nuestro servicio realizaremos las correspondientes ceremonias que te confieran el rango de concubina, y serás tratada con todo respeto y honor. Además, tú eres una muchacha que sabe lo que quiere. Como dice el proverbio: «El oro verdadero siempre logra su justo valor». Ahora que el primer señor te ha elegido podrás llevar a cabo tus más queridos deseos, lo que tapará la boca a tus detractores. Ven conmigo para decírselo a la Anciana Dama.

Y diciendo esto cogió a Yuanyang de la mano para conducirla ante la Anciana Dama, pero la muchacha se resistió, ruborizada.

—¿Por qué eres tan tímida? —preguntó la dama Xing al advertir su incomodidad—. No tendrás que decir una sola palabra. Lo único que tienes que hacer es estar a mi lado.

Pero Yuanyang, con la cabeza agachada, permanecía inmóvil.

—¡No me digas que te niegas! —exclamó la dama Xing—. Si es así no cabe duda de que eres una muchacha boba, puesto que rechazas la posibilidad de convertirte en señora y prefieres ser una sirvienta sin más horizonte que casarte dentro de dos o tres años con otro sirviente y seguir siendo una esclava. Mucho más te convendría venir con nosotros. Sabes bien que mi buen carácter me impide sentir celos, y que el primer señor te tratará bien. En un año más o menos, cuando des a luz a un niño, tendrás la misma posición que yo, y a la casa entera pendiente de tus órdenes. Si dejas pasar esta oportunidad de mejorar tu posición acabarás lamentándolo, pero entonces será demasiado tarde.

Yuanyang seguía con la cabeza hundida en el pecho y sin decir una palabra.

—Siempre has sido una muchacha sincera —insistió la dama Xing—. ¿Por qué dudas tanto en aceptar mi ofrecimiento? Dime qué quieres y conseguiré que todo sea como desees.

Yuanyang siguió callada.

—Imagino que tu timidez te impide decir «sí» y que preferirías dejárselo a tus padres —prosiguió la dama Xing esbozando una sonrisa—. Me parece correcto y apropiado. Hablaré con ellos y haré que ellos hablen contigo. —Dicho lo cual partió en busca de Xifeng.

Hacía rato que Xifeng se había mudado de ropa, y como en el cuarto no había nadie, salvo Pinger, decidió comunicarle a ella la noticia:

—No lo veo nada claro —sentenció la doncella moviendo suavemente la cabeza—. Por lo que he oído en nuestras charlas secretas será muy difícil que acceda. Pero quién sabe.

—Es posible que la señora traiga aquí a Yuanyang para discutirlo —dijo Xifeng—. Si ella accede, nada ocurrirá; si no, se sentirá defraudada y le resultará muy incómoda vuestra presencia. Diles a las demás que vayan a freír unas codornices y preparar unos cuantos platos como guarnición. Cuando hayan terminado podéis ir todas a divertiros a cualquier sitio; volved cuando penséis que ya se ha marchado.

Pinger transmitió las órdenes de Xifeng a las otras sirvientas, y de allí salió corriendo a buscar diversión en el jardín.

Entretanto, Yuanyang había adivinado que la dama Xing se disponía a discutir el asunto con Xifeng, y que aparecerían otras personas a sondear de nuevo su decisión. Consideró que lo mejor era desaparecer y dijo a Hupo:

—Si la Anciana Dama pregunta por mí dile que no me siento bien y no he desayunado; que he salido a dar una vuelta por el jardín. Volveré enseguida. —Y salió.

Caminando por el jardín encontró, para su sorpresa, a Pinger, quien, al ver que estaban solas, exclamó en tono de broma:

—¡Aquí llega la nueva concubina!

—¡Conque esas tenemos! —exclamó Yuanyang ruborizándose violentamente—. Os habéis aliado contra mí. Ya arreglaré este asunto con tu señora… Al oír aquello, Pinger lamentó su falta de tacto. Llevó a Yuanyang a un lado, se sentaron sobre una roca, a la sombra de un arce, y le contó con toda franqueza lo que le había dicho Xifeng a su regreso.

Todavía congestionada, Yuanyang respondió con amargura:

—Qué buenas amigas fuimos las doce: Xiren, Hupo, Suyun, Zijuan, Caixia, Yuchuan, Sheyue, Cuimo, Cuilü, que se fue con la señorita Xiangyun, Keren y Jinchuan, que murieron, Qianxue, que partió, y nosotras dos. Hemos trabajado juntas desde jóvenes y nunca nos hemos guardado secretos. Hemos crecido separadas, pero yo no he cambiado y no te voy a ocultar nada. Confiaré en ti, pero no digas nada a tu señora. Aparte de que el primer señor sólo quiere hacerme concubina, aunque hubiera muerto la dama Xing y me hubiera enviado casamenteros con todo el protocolo para hacerme su esposa principal, tampoco aceptaría.

Antes de que Pinger pudiera contestar oyeron una risotada que provenía de detrás de una roca.

—¡Santo cielo! —exclamó una voz inesperada—. Se oyen cosas capaces de destemplar los dientes.

Se incorporaron de un salto para ver de quién se trataba. Era Xiren, que salió alegremente de detrás del roquedal.

—¿Qué pasa? —preguntó—. Contadme el secreto.

Las tres se sentaron y Pinger repitió sus palabras.

—Ya sé que no deberíamos decir esto, ¡pero vaya viejo verde está hecho el señor! —comentó Xiren—. No puede vivir sin ponerle las manos encima a cualquier muchacha que no sea fea.

—Ya que no quieres aceptar su propuesta —dijo Pinger—, te diré una manera fácil de quitártelo de encima.

—¿Cuál es?

—Sólo tienes que decirle a la señora que ya te has entregado al señor Lian. —Pinger se rió—. Es difícil que el padre coja lo que es del hijo.

—¡Qué basura! —exclamó Yuanyang escupiendo con desagrado—. Anteayer oí a tu señora decir las mismas cosas absurdas. ¿Quién iba a pensar que hoy volvería a oír lo mismo?

—Si no quieres a ninguno de los dos —bromeó Xiren—, consigue que la Anciana Dama diga al señor She que ya estás prometida al señor Baoyu. Entonces tendrá que resignarse.

Desvariada de rabia y de vergüenza, Yuanyang maldijo:

—¡Vosotras dos, perras, acabaréis mal! Os busco para aliviar mis cuitas pensando que tendréis la decencia de ayudarme, y resulta que os turnáis para burlaros de mí. Pensáis que tenéis vuestro futuro asegurado y que ambas terminaréis siendo segundas esposas… ¡pues yo no estoy tan segura! En este mundo las cosas no siempre resultan como uno quiere, así que no empecéis a contar vuestros polluelos antes de que salgan del cascarón.

Al verla fuera de sí, las dos intentaron tranquilizarla.

—No te enfades —exclamaron—. Desde pequeñas hemos sido como verdaderas hermanas y sólo estamos bromeando entre nosotras. Pero ya hablando en serio, cuéntanos tu plan para que podamos dejar de preocuparnos.

—¿Plan? ¿Qué plan? No tengo ningún plan. Simplemente me niego a ir.

—Entonces no se dará por vencido —dijo Pinger moviendo la cabeza—. Sabes bien cómo es el señor She. No se atreverá a hacer nada mientras estés al servicio de la Anciana Dama, pero no será así toda la vida, ¿me comprendes? Algún día tendrás que cambiar de lugar, y si entonces caes en sus garras será peor.

—¡Bah! Mientras la Anciana Dama esté viva yo no dejaré esta casa. Y si muere, él tendrá que observar de todos modos un duelo de tres años por su madre; en ese tiempo el hijo no puede tomar una concubina. En tres años pueden ocurrir muchas cosas. Tengo tiempo de sobra para ir preparándome. Y si ocurre lo peor siempre me quedará el recurso de afeitarme la cabeza y hacerme monja. Y si incluso eso fracasa me mataré. No me importa seguir soltera toda la vida; es más, viviría sintiéndome más limpia.

—¡Pero qué perrita desvergonzada! —dijeron Pinger y Xiren riendo—. ¡Vaya lengua tiene!

—Las cosas ya han ido demasiado lejos —continuó Yuanyang—. Y si no me crees, espera y verás. La dama Xing acaba de decirme que tiene la intención de hablar con mis padres. Para eso tendrá que viajar hasta Nanjing.

—Aunque no estén cerca, tu padre y tu madre están al cuidado de las propiedades del sur —dijo Pinger—, así que pueden ser localizados fácilmente. Además, tu hermano mayor y tu cuñada sí que están aquí. Lástima que seas una sirvienta nacida en casa. Tu situación es peor que la nuestra; al fin y al cabo, nosotras estamos aquí por nuestra propia cuenta.

—¿Cuál es la diferencia? «No puedes obligar a un buey a doblar el cuello para abrevar.» Si me niego, ¿matará a mis padres?

En ese momento, viendo a su cuñada que se acercaba, Xiren comentó:

—Como tus padres no están, seguramente han hablado con tu cuñada.

—¡Esa puta! Es una tratante de camellos[2]. No perderá esta oportunidad de pegarse a ellos.

Cuando terminó de pronunciar estas palabras, su cuñada se encontraba ya junto a ellas.

—Te he buscado por todas partes —dijo a Yuanyang con una sonrisa—, y resulta que has venido aquí a esconderte. Ven conmigo, quiero decirte un par de cosas.

Pinger y Xiren le pidieron que tomara asiento.

—No, gracias. No os molestéis, sólo quiero cambiar unas palabras con mi cuñada.

—¿Pero a qué viene tanta prisa? —le preguntaron como si no supieran nada—. Estamos jugando a las adivinanzas y haciendo apuestas. Tenemos que oír sus respuestas para que pueda terminar la ronda.

—¿Qué quieres? —exigió Yuanyang a su cuñada—. Suéltalo ya de una vez.

—Acompáñame —insistió la otra—. Te lo diré un poco más allá. De todos modos se trata de buenas noticias.

—¿Te refieres a lo que te dijo la dama Xing?

—¿Por qué sigues dándome largas, si ya lo sabes? Vamos y te daré más detalles. Yo lo considero sencillamente algo maravilloso.

Yuanyang no se pudo contener más: de un salto se levantó y le escupió a la cara. Luego, señalándola con un dedo, empezó a insultarla:

—¡Cierra ese coño que tienes por boca! ¡Lárgate de una vez o verás lo que es bueno! ¿Qué significa «algo maravilloso»? ¡El águila que pintó Song Huizong y el caballo de Zhao Ziang sí que son «algo maravilloso»[3]! Pero no me extraña. Siempre has envidiado a esas familias que empiezan a darse aires en cuanto sus hijas son concubinas, como si cada uno de ellos fuera también una concubina. Ya sé que ardes de impaciencia por arrojarme a ese brasero encendido. Así cualquier prestigio que yo obtenga servirá para que tú fanfarronees frente a la gente de fuera llamándote a ti misma parienta de la familia Jia; si pierdo prestigio y acabo metida en problemas, siempre podréis esconderos dentro de vuestros caparazones como buenas tortugas que sois, abandonándome a mi suerte.

Pinger y Xiren trataron de calmar su llanto y su rabia.

Las palabras de Yuanyang agriaron la respuesta de su cuñada:

—Tanto si quieres casarte como si no, al menos podrías hablar bien en lugar de echar lodo sobre los demás. No hay que nombrar la soga en la casa del ahorcado. No tengo la menor intención de responder a los insultos que me has lanzado, pero estas muchachas no te han ofendido, entonces ¿por qué las incomodas con esta charla sobre concubinas?

—Ésa no es manera de hablar —protestaron las otras dos—. No se estaba refiriendo a nosotras. Eres tú quien está tratando de mezclarnos en el asunto. ¿Qué señor o señora nos ha hecho a nosotras concubinas? Además, no tenemos padres o hermanos en el servicio que puedan valerse de nuestra posición para amedrentar a otros. Pero hay gente así, ¡vaya si la hay! Que los insulte a ellos; a nosotras no nos preocupa.

—La he avergonzado y ahora no sabe cómo quedar bien —dijo Yuanyang—. Por eso ha intentado provocaros a vosotras dos, y me parece muy bien que lo hayáis comprendido. Perdí los papeles y no elegí mis palabras con el necesario cuidado; entonces ella vio su oportunidad y la aprovechó.

La cuñada partió hecha una furia y Yuanyang siguió insultándola. Cuando finalmente lograron tranquilizarla, Pinger preguntó a Xiren:

—¿Qué hacías allí escondida? No te vimos.

—Fui a los aposentos de la señorita Xichun para buscar al señor Bao, pero me dijeron que se había marchado un momento antes. No creí lo que me decían, pues en tal caso yo lo habría visto, así que decidí comprobar si estaba con la señorita Lin, pero me encontré con alguna de su gente que me dijo que tampoco estaba allá. Entonces se me ocurrió que podía haber salido del jardín, cuando en eso apareciste tú, y luego Yuanyang. Me escondí detrás de ese árbol que hay tras las rocas; pero estabais tan distraídas con vuestra charla que ni vuestros dos pares de ojos pudieron verme.

—¿Qué dos pares de ojos no pudieron verte? —se rió alguien detrás de ellas—. ¡Si tres pares de ojos no han podido verme a mí!

Con un sobresalto, las muchachas advirtieron la aparición de Baoyu.

—¡Y yo que estaba buscándolo! —exclamó Xiren con una sonrisa—. ¿Se puede saber dónde se había metido?

—Después de dejar a Xichun vi que te acercabas y decidí esconderme para gastarte una broma. Te vi pasar de largo, directamente hacia el patio, y luego salir y preguntar por mí a todo el que te encontrabas. Estaba riendo para mis adentros y a punto de salir dando un salto para asustarte cuando en ese momento me alcanzaste. Entonces vi que tú también te ocultabas y comprendí que estabas haciendo a otra persona la misma jugada que yo pretendía hacerte a ti. Me asomé y vi a estas dos muchachas, de modo que te seguí a hurtadillas y cuando tú saliste ocupé tu escondite.

—Será mejor que vayamos a mirar, no sea que haya otros dos escondidos por ahí —propuso Pinger con una carcajada.

—No hay nadie más —le aseguró él.

Consciente de que Baoyu lo había oído todo, Yuanyang, reclinándose contra la roca, fingió dormitar.

—Esa piedra está fría. Ven a mi casa a descansar —le sugirió él dándole un pequeño empujón.

Y la ayudó a incorporarse. Luego también invitó a Pinger a tomar té. Presionada por Pinger y Xiren, Yuanyang accedió y los cuatro partieron juntos al patio Rojo y Alegre. Naturalmente, la conversación que había escuchado sumió a Baoyu en una depresión, y al llegar a su cuarto se echó discretamente sobre la cama dejando que las tres muchachas siguieran charlando en el cuarto de afuera.

Pero volvamos a la dama Xing. A través de Xifeng había averiguado que Jin Cai, padre de Yuanyang, y su esposa eran los encargados de las propiedades de Nanjing y que rara vez acudían a la capital. Empero, su hermano mayor, Jin Wenxiang, cumplía las tareas de comprador para la Anciana Dama, y su cuñada era lavandera principal de sus aposentos.

Inmediatamente la dama Xing mandó llamar a la esposa de Wenxiang y le expuso sus pretensiones. Obviamente, todo ello no pudo sino complacer a la joven señora Jin, que partió llena de júbilo a buscar a Yuanyang, convencida de que su misión tendría un éxito inmediato. Pero lo que encontró fue la airada reacción de Yuanyang y el desdén de Xiren y Pinger.

Regresó entonces, furiosa y derrotada, a decírselo a la dama Xing.

—Se ha limitado a insultarme —le dijo.

Como Xifeng estaba presente no se atrevió a mencionar a Pinger, pero añadió:

—Xiren se unió a sus ataques contra mí y dijo una serie de tonterías que no viene al caso repetir ahora. Lo mejor será que convenza al señor She para que compre otra muchacha, señora, porque ni esa perra ni nosotros estamos llamados a tan buena fortuna.

—¿Qué tiene que ver todo esto con Xiren? —preguntó la dama Xing—. ¿Cómo se ha enterado del asunto? ¿Quién más había allí?

—También estaba la señorita Pinger.

—¿Y por qué no le diste una bofetada? —intervino Xifeng inmediatamente—. En cuanto yo salgo, ella sale también a divertirse. Hoy, cuando regresé a casa, no la encontré por ninguna parte. Y dime, también ella, supongo, habrá tomado partido por Yuanyang.

—La señorita Pinger no estaba allí mismo —respondió la señora Jin—. Desde cierta distancia parecía ella, pero bien puedo haberme equivocado. Sólo se trata de una suposición mía.

Xifeng dio instrucciones a un criado:

—Ve y trae a Pinger inmediatamente. Dile que he regresado y que también está aquí Su Señoría. Que deseamos verla.

Fenger dio un rápido paso adelante para precisar:

—La señorita Lin envió varias veces a una criada invitándola a ir allí, así que finalmente no tuvo más remedio que acudir. En cuanto usted regresó, señora, fui a buscarla, pero la señorita Lin me pidió que le dijera que deseaba quedarse con ella un ratito más.

—Todos los días la llama, para una cosa o para otra —comentó Xifeng dejando caer lentamente sus palabras.

A la dama Xing no le quedó mucho más por hacer, y después de la cena volvió a su casa y comunicó a su esposo lo sucedido. Jia She le dio vueltas al asunto y acabó citando a Jia Lian.

—En Nanjing tenemos otros encargados además de los Jin —le dijo—. Manda traer inmediatamente a Jin Cai.

—La última carta de Nanjing dice que Jin Cai cayó repentinamente enfermo, señor —contestó su hijo—. Ya hemos enviado dinero para el ataúd, y hasta donde podemos saber cabe incluso la posibilidad de que ya haya muerto. En caso de que todavía esté vivo habrá perdido el sentido, de modo que sería inútil hacerle venir. Su anciana esposa, por otra parte, está sorda.

—¡Despreciable bribón! —maldijo Jia She—. De manera que lo sabes todo. ¡Fuera de aquí!

Consternado, Jia Lian se retiró inmediatamente. Momentos después oyó que mandaban traer a Jin Wenxiang y permaneció cerca, en estudio exterior, ya que no se atrevía a volver a casa ni tampoco a enfrentarse con su padre.

Un instante después llegó Wenxiang y unos pajes le hicieron cruzar la puerta interior. Permaneció con el señor She lo que pueden durar cinco o seis cenas y, cuando partió, Jia Lian no se atrevió a preguntar qué se había hablado allí. Entrada la noche pudo constatar que su padre dormía y regresó a su casa, donde Xifeng le aclaró todo el misterio.

En cuanto a Yuanyang, pasó la noche sin conciliar el sueño. Al día siguiente llegó su hermano y pidió permiso a la Anciana Dama para llevársela a su casa a descansar. La Anciana Dama accedió y le dijo que fuera. No era lo que deseaba Yuanyang, pero acató con reticencia la orden para no despertar las sospechas de su señora. Su hermano le comunicó lo que le había dicho el señor She y los honores que le cabrían como segunda esposa, pero Yuanyang se negó a tomarlo en consideración. Al no poder convencerla, se vio obligado a volver ante Jia She para relatarle lo sucedido. Éste montó en cólera y dijo rabiando:

—Dile a tu esposa que le transmita estas palabras de mi parte: «Desde los tiempos antiguos las ninfas han preferido la juventud a la madurez. Seguramente piensa que soy demasiado viejo para ella. Pues bien, me atrevo a pensar que tiene el ojo puesto en alguno de los jóvenes señores, probablemente Baoyu o quizás mi propio hijo. Si ése es su plan, que lo olvide. Pues ¿quién se atreverá a tomarla luego si me rechaza ahora?». Esto es lo que le has de decir primero. Y después añadirás: «Si está contando con el favor de la Anciana Dama para encontrar un buen esposo fuera, mejor será que vuelva a pensarlo. Pues, sin importar con quién se case, seguirá siempre a mi alcance, a menos que muera o permanezca soltera toda su vida, en cuyo caso nada podré hacer. De otro modo le irá mejor cuanto más rápido cambie de parecer».

Wenxiang fue asintiendo a cada frase de la monserga con una venia.

—Y no trates de engañarme —añadió Jia She—. Mañana enviaré otra vez a mi esposa; si realmente se lo has comunicado y ella se sigue negando no te consideraré responsable, pero ¡ay de ti si accede cuando se le vuelva a preguntar, porque entonces te cortaré la cabeza!

Jin Wenxiang asintió repetidamente y por fin se retiró. Al llegar a su casa no esperó a que su esposa pasara el mensaje y se lo dio él mismo a Yuanyang, que quedó consternada, en un estado de muda ira.

—Bien, supongamos que accedo —dijo Yuanyang después de reflexionar un rato—; de todos modos tenéis que llevarme a informar de esto a la Anciana Dama.

Este aparente cambio de opinión llenó de júbilo a su hermano y a su cuñada, que la llevó enseguida a donde estaba la Anciana Dama charlando con la dama Wang, la tía Xue, Li Wan, Xifeng, Baochai y las otras muchachas, y con algunas esposas de mayordomos principales que se esforzaban por entretener a la anciana.

Encantada por la oportunidad que ahora aparecía frente a ella, Yuanyang apartó de un empellón a su cuñada y se hincó de rodillas delante de su señora para contarle entre sollozos lo que le habían dicho la dama Xing y su propia cuñada, así como las amenazas recibidas de boca de su hermano ese mismo día.

—Y como no me pliego a sus deseos —concluyó—, el primer señor afirma que he puesto mis ojos en el señor Baoyu y jura que nunca lograré escapar de él, ni aunque me case con alguien de fuera de la casa o llegue hasta los confines del mundo, pues al final se cobrará su venganza. Yo, señora, estoy decidida, y todos los presentes pueden ser testigos. Nunca me casaré, ni con Baoyu y su precioso jade, ni con alguien nacido con oro y plata, ¡ni con un rey! ¡ni con el Emperador del Cielo! Si Su Señoría intenta obligarme a hacerlo, me mataré. Con algo de suerte yo moriré antes que usted, señora. Si no es así, tengo la intención de servir a Su Señoría hasta el fin de sus días; antes que volver con mis padres o mi hermano me quitaré la vida o me raparé la cabeza para hacerme monja. ¡Y si acaso piensan que no hablo en serio y que todo esto no son más que palabras, que el cielo, la tierra, los dioses, el sol y la luna me ahoguen ahora mismo poniéndome en la garganta una úlcera que me pudra hasta convertirme en una pulpa informe!

Antes de entrar había ocultado unas tijeras dentro de una manga y, mientras hablaba, se soltó el pelo con la mano izquierda y empezó a cortarlo bruscamente con la derecha. Doncellas y criadas se abalanzaron sobre ella para impedírselo. Ya se había cortado un mechón, pero por fortuna su cabello era tan espeso que fue imposible cortar más, y las mujeres no tardaron en componérselo de nuevo.

La Anciana Dama temblaba de ira.

—¡Me quieren quitar a la única muchacha en quien puedo confiar! —rugió, y su mirada cayó sobre la dama Wang, que estaba a su lado—. Todas me engañáis. Todas cumplís las formalidades pero intrigáis contra mí a mis espaldas. Cada vez que tengo algo bueno venís a quitármelo. Y eso incluye a mis mejores criadas. Ahora sólo me queda esta muchacha, y os pone furiosas ver la predilección que siento por ella. Estáis tratando de arrebatármela para luego poder manejarme a vuestro antojo.

La dama Wang se había puesto de pie pero no se atrevió a decir una sola palabra en defensa propia. Y como era su hermana, la tía Xue no podía asumir su culpa. Li Wan, discretamente, había sacado a las muchachas de allí en cuanto Yuanyang inició su relato. Tanchun, sin embargo, tuvo suficiente sentido común como para comprender que no le correspondía a la dama Wang defenderse de aquellos falsos cargos, ni a la tía Xue defender a su hermana, ni a Baochai defender a su tía, al tiempo que ni Li Wan, ni Xifeng ni Baoyu estaban en situación de protestar. Correspondía hablar a una de las muchachas, pero Yingchun era demasiado ingenua, y Xichun demasiado joven. Por eso, después de escuchar detrás de las ventanas unos momentos, entró en el cuarto con una sonrisa.

—¿Qué tiene que ver todo esto con Su Señoría? —preguntó Tanchun a su abuela—. Piénselo, señora. ¿Cómo puede una cuñada menor saber exactamente lo que está haciendo su cuñado mayor para conseguir una concubina[4]? Y aunque lo supiera, ¿qué podría decir?

Inmediatamente la Anciana Dama soltó una risita.

—Con los años estoy perdiendo la lucidez —exclamó—. No te rías de mí, señora Xue. Tu hermana mayor es una excelente nuera, no como la esposa de mi hijo mayor, que tiene tanto miedo a su marido que sus amabilidades conmigo son puramente formales. Sí, me equivoqué al culpar a tu hermana.

La tía Xue murmuró su acuerdo y añadió:

—Me pregunto si tal vez no es usted demasiado parcial con la esposa de su hijo menor, señora.

—No, no hay favoritismo —declaró la Anciana Dama. Y continuó—: Baoyu, ¿por qué no me hiciste ver mi error e impediste que culpara tan injustamente a tu madre?

—¿Cómo voy a salir en defensa de mi madre a costa de mis tíos mayores? —replicó él—. En todo caso, alguien ha obrado mal, y si mi madre no acepta la culpa, ¿quién lo hará? Habría podido decir que era culpa mía, pero nadie me hubiera creído.

—Sí, es cierto —dijo riendo su abuela—. Ahora arrodíllate ante tu madre y pídele que no se sienta herida, y que me perdone en virtud de mis muchos años.

Baoyu se adelantó y se hincó de rodillas como se le había dicho, pero su madre se lo impidió inmediatamente.

—Levántate —exclamó ella sonriendo—. Qué absurdo es todo esto. ¿Cómo vas a pedir disculpas en nombre de tu abuela?

Cuando Baoyu se incorporó la Anciana Dama dijo:

—Y tampoco Xifeng me corrigió.

—No he dicho una sola palabra contra usted, señora —replicó Xifeng con una sonrisa—, pero ahora usted trata de hacerme cargar con la culpa.

Todos se rieron y la Anciana Dama exclamó:

—Pero ¡qué extraño es todo esto! Oigamos lo que tiene que decir contra mí.

—¿Quién le ha mandado educar tan bien a sus muchachas? —comenzó Xifeng—. Si todas ellas son tan frescas y tiernas como flores de loto, no puede culpar a la gente por quererlas. Por suerte soy una esposa de nieto; si fuera un nieto ya habría caído hace tiempo en las redes de Yuanyang. Seguro que no habría esperado hasta este momento.

—¿Entonces todo es culpa mía? —preguntó la abuela.

—Por supuesto —contestó Xifeng.

—En ese caso no conservaré a Yuanyang. Llévatela.

—Espere a que haya realizado suficientes buenas acciones en esta vida como para renacer hombre. Entonces me casaré con ella.

—Puedes llevártela y entrégasela a Lian. A ver si entonces ese desvergonzado suegro tuyo todavía la quiere.

—Lian no la merece —dijo Xifeng—. Tendrá que seguir contentándose con Pinger y conmigo, que somos más feas que dos panes quemados.

Todos reían a causa de las palabras de Xifeng cuando en eso fue anunciada la llegada de la dama Xing, y la dama Wang salió a recibirla.

Si quieren saber lo que pasa…

CAPÍTULO XLVII

Los avances amorosos de un fanfarrón estúpido

le valen una buena paliza.

El temor a las represalias aleja de su hogar

a un sereno caballero.

Así pues, la dama Wang salió rauda para recibir a la dama Xing, que acudía en busca de noticias ignorando que la Anciana Dama ya lo sabía todo acerca de su propuesta a Yuanyang. En el patio unas comadres advirtieron discretamente a la dama Xing de que la Anciana Dama estaba indignada, pero ya había sido anunciada su visita y la dama Wang estaba esperándola en la entrada, de modo que era demasiado tarde para emprender la retirada. No tuvo más remedio que entrar y presentar sus respetos.

Cuando la Anciana Dama la recibió sin dirigirle una sola palabra, se sintió mortificada.

Xifeng, por su parte, se retiró con algún pretexto y Yuanyang hizo lo propio, encerrándose en su cuarto para esconder su cólera. La tía Xue, la dama Wang y las demás se fueron retirando igualmente para evitarle incomodidades a la dama Xing quien, a pesar de que vio salir una por una a todas las damas, no se atrevió a partir ella también.

Una vez solas, la Anciana Dama dijo despectivamente:

—Me dicen que has estado haciendo de casamentera para tu esposo. ¡Vaya modelo de Tres Obediencias y Cuatro Virtudes estás hecha…[1]! Pero ocurre que estás llevando tu obediencia demasiado lejos. Ya tienes hijos y nietos, y todavía sigues temiendo a tu marido. En lugar de darle buenos consejos permites que siga comportándose según le viene en gana.

Turbadísima, la dama Xing respondió:

—He tratado de hacérselo entender un par de veces, pero no me ha hecho ningún caso. Usted sabe cómo es, señora. No tuve otra salida.

—¿También serías capaz de cometer un asesinato si él te lo pidiera? Sé razonable. Tu cuñada es un alma sencilla, y a pesar de su mala salud no puede dejar de preocuparse por todos, los de abajo y los de arriba, en esta casa. A pesar de que tu nuera la ayuda nunca llega a cumplir con todas sus tareas. Por eso no les exijo demasiado, y cuando ambas olvidan ciertas cosas, es Yuanyang, esa muchacha que quieres llevarte, la que se preocupa minuciosamente de mis necesidades. Ella se encarga de que yo tenga siempre lo que necesito, y advierte a tiempo aquello que es preciso reponer. Si no fuera por Yuanyang, ambas, en su trajín cotidiano, olvidarían esto o lo de más allá. ¿Acaso esperas que yo me encargue de todo? ¿Que todos los días resuelva lo que es preciso disponer? Yuanyang es mi única doncella, no es una simple niña y conoce mis costumbres y mi temperamento. Además, se lleva bien por igual con las señoras mayores y con las más jóvenes, y nunca ha usado mi nombre para sacarle ropa a tal señora o dinero a tal otra. Por eso en los últimos años toda la casa, jóvenes y viejos, empezando por tu cuñada y tu nuera, han confiado en ella. Y no soy yo la única que se apoya en ella; ahorra problemas a todo el mundo. Mientras esté a mi lado no tendré que preocuparme de nada, a pesar de los olvidos de mi nuera y de las esposas de mis nietos. Pero ¿a quién me entregarías a cambio si te la llevas? Aunque me presentaras a una muchacha de su talla, hecha de perlas e incapaz de hablar, de nada me serviría. Precisamente iba a mandarle un recado a tu esposo: aquí tengo dinero reservado para él si quiere comprar una concubina, y no me preocupa si cuesta ocho o hasta diez mil taeles; pero dile que a esta muchacha no la tendrá. Si deja que me atienda unos cuantos años más, será como si él mismo, día y noche, estuviera cumpliendo personalmente sus deberes filiales. Bien está que hayas venido: es preferible que tu esposo oiga de tu boca todas estas cosas.

Acto seguido llamó a sus doncellas y les dijo:

—Decidle a la señora Xue y a las jóvenes damas que vuelvan aquí. Estábamos divirtiéndonos juntas, ¿dónde han ido?

Y las doncellas partieron a cumplir su orden.

Todas las convocadas llegaron corriendo, a excepción de la tía Xue, que objetó:

—Acabo de volver a casa, ¿por qué habría de regresar otra vez allí? Decidle que estoy dormida.

—¡Háganos este favor, estimada señora, buena antepasada! —suplicó una de las doncellas—. Nuestra Anciana Dama está de mal humor y no conseguiremos tranquilizarla si usted no va. Hágalo por nosotras. Si está cansada, señora, yo cargaré con usted hasta allí.

—¡Duende perverso! —exclamó la tía Xue riendo—. Lo único que tienes que temer de la Anciana Dama es un gruñido. Sin embargo, se sintió obligada a regresar con la doncella.

La Anciana Dama le hizo tomar asiento y sugirió:

—¿Qué te parece si jugamos una partida de cartas? Seguro que estás baja de forma, así que podríamos emparejarnos para estar seguras de que Xifeng no nos hace trampas.

—Cierto, debe usted ayudarme, señora —asintió la tía Xue—. ¿Jugamos nosotras cuatro o hacemos que vengan dos o tres más?

—Jugaremos nosotras cuatro —intervino la dama Wang—. No hay nadie más.

—Sería divertido contar con más gente —opinó Xifeng.

—Que venga entonces Yuanyang —ordenó la Anciana Dama—. Decidle que se siente a mi izquierda. La vista de tu tía no es muy buena y ella puede ayudarnos a las dos con nuestras cartas.

Xifeng suspiró y le comentó a Tanchun:

—Lástima que con toda la educación que habéis recibido nunca hayáis aprendido a predecir la suerte.

—¡Qué comentario tan extraño! —exclamó Tanchun—. ¿Por qué, en lugar de pensar en vaticinios, no te concentras en ganarle algún dinero a la Anciana Dama?

—Quiero una adivina que me prediga cuánto voy a perder hoy. ¿Cómo voy a ganarle a nuestra antepasada? Todavía no hemos empezado a jugar y ya hay emboscadas a diestro y siniestro tendidas contra mí.

La Anciana Dama y la tía Xue se echaron a reír.

En ese preciso instante llegó Yuanyang y tomó asiento entre la Anciana Dama y Xifeng. Extendieron el paño rojo, barajaron el taco de naipes y los repartieron. Después de unas cuantas manos jugadas entre las cinco, Yuanyang observó que la Anciana Dama sólo necesitaba un «dos de tortillas»[2] para cerrar el juego, y se lo comunicó con un guiño a Xifeng, a quien tocaba descartarse. Deliberadamente, Xifeng vaciló.

—Estoy segura de que la tía Xue tiene la carta que necesito —dijo—. Si yo no juego ésta, nunca podrá desprenderse de ella.

—Nada tengo yo que tú puedas querer —replicó la tía Xue.

—No lo creeré hasta haber visto su juego.

—Puedes mirarlo si quieres, pero descártate antes.

Xifeng dejó sobre el paño, ante la tía Xue, el «dos de tortillas».

—No me interesa —dijo la tía riendo—, pero me temo que es la Anciana Dama la que cierra el juego.

—¡Oh no, me equivoqué de carta! —exclamó Xifeng en ese momento, fingiéndose sorprendida.

Ya la Anciana Dama, radiante, había posado sus cartas sobre el paño.

—No te atrevas a retirarla. ¿Quién te manda echar una carta equivocada?

—¿Ven ahora por qué quería consultar a una adivina? —dijo Xifeng—. Pero reconozco que esta vez toda la culpa ha sido mía.

—En efecto —convino riendo la Anciana Dama—. Deberías abofetearte tú misma y cargar con toda la culpa. Y volviéndose a la tía Xue:

—No es que yo sea una mezquina a la que le obsesione ganar; sólo juego por probar suerte.

—Por supuesto, señora —respondió la tía Xue con una sonrisa—. ¿Qué tonta puede ignorarlo?

Al oír aquello, Xifeng, que estaba contando el dinero que había perdido, volvió a ensartar sus monedas[3].

—Pues muy bien —exclamó maliciosa—. Si la Anciana Dama juega sólo para probar suerte, y no por dinero, no es preciso que yo ande contando mi dinero tan miserablemente. Lo guardaré ahora mismo.

La Anciana Dama tenía la costumbre de pedir a Yuanyang que le barajara las cartas, pero ahora, mientras charlaba con la tía Xue, advirtió que la muchacha ni siquiera se había movido.

—¿Qué sucede? —preguntó—. ¿Por qué no barajas las cartas?

—¿No va a pagar antes la señora Lian? —preguntó Yuanyang tomando el taco de naipes.

—¿Cómo que no va a pagar? ¡Si el pago le traerá buena suerte! —exclamó la Anciana Dama.

Y ordenó a una joven doncella que trajera toda la sarta de monedas de Xifeng y la pusiera sobre su propio montón. La muchacha hizo lo que se le había ordenado.

—Devuélvamelo —empezó a suplicar Xifeng. Y por fin cedió—: Está bien, pagaré lo que debo.

—Xifeng es realmente tacaña —dijo entre risas la tía Xue—. Al fin y al cabo, sólo es un juego.

Al oír aquello, Xifeng dejó su asiento y, tomando a la tía Xue del brazo, se volvió para señalar con el dedo el arcón de madera donde la Anciana Dama guardaba su dinero.

—Mire eso, tía —le dijo—. Sabe el cielo cuánto dinero del que yo he perdido jugando con nuestra venerable antepasada se ha tragado ese arcón. Hace menos de una hora que empezamos a jugar, y ya las monedas que hay allí empiezan a atraer a éstas. En cuanto todas las sartas hayan desaparecido ya no tendremos que jugar más y nuestra anciana antepasada habrá recuperado el buen humor; y ya verá usted cómo entonces no tardará en despacharme a mis tareas.

Todo el mundo se reía a carcajadas cuando en eso llegó Pinger con otra sarta de monedas que había decidido traer temiendo que su señora no tuviese suficiente con una.

—No te molestes en darme a mí ese dinero —exclamó Xifeng al verla—. Sólo tienes que sumarlo al montón de la Anciana Dama. Así ahorraremos al dinero del arcón la molestia de tener que atraer dos veces seguidas el mío.

El comentario de Xifeng hizo que la Anciana Dama se riera tanto que, al darle a Yuanyang un golpecito para pedirle que pellizcara los labios a Xifeng, desparramó por toda la mesa los naipes que tenía en la mano.

Pinger depositó el dinero tal como se le había indicado y, después de sumarse a las risas, se marchó. Junto a la puerta del patio encontró a Jia Lian.

—¿Dónde está mi madre? —le preguntó éste—. Mi padre me envía a buscarla.

—Ha estado todo este tiempo delante de la Anciana Dama, sin moverse. Mejor será que usted también se vaya de aquí; a nuestra señora le ha costado mucho tiempo poner de buen humor a la Anciana.

—Sólo he venido a preguntarle si acudirá al banquete de Lai Da el día catorce, para ir preparando su palanquín. ¿Por qué no puedo buscar a mi madre y complacer a la Anciana Dama al mismo tiempo?

—Siga mi consejo y manténgase alejado. —Pinger sonrió—. Toda la familia, incluidos la dama Wang y Baoyu, han recibido una reprimenda. Parece que usted viene también con ganas de gresca.

—Ya pasó la tormenta. ¿Por qué voy a ser castigado por algo que ya ha pasado? Además, todo este asunto nada tiene que ver conmigo. Ha sido mi propio padre quien me ha ordenado llevar ante él a mi madre. Si descubre que he enviado a otra persona, descargará sobre mí su malhumor.

Y diciendo eso entró. Como su discurso no había dejado de ser razonable, Pinger volvió a entrar detrás de él. Una vez en el salón, Jia Lian se acercó de puntillas a la puerta del aposento interior y miró adentro. No bien hubo advertido a la dama Xing allí parada, su presencia fue detectada por los agudos ojos de Xifeng, que le hizo un gesto para que se quedara afuera al tiempo que lanzaba una significativa mirada en dirección a la dama Xing; pero ésta, no atreviéndose a partir sin despedirse, le sirvió una taza de té a la Anciana Dama, quien, al volverse para tomarla, vio también a Jia Lian, que no había podido permanecer oculto por más tiempo.

—¿Quién hay en el salón? —preguntó—. Me pareció ver a un joven husmeando por ahí.

—Sí, a mí también me ha parecido ver a alguien —dijo Xifeng—. Iré a echar un vistazo.

Y, poniéndose en pie, se dispuso a salir. Pero enseguida hizo su entrada Jia Lian con una sonrisa de disculpa en los labios.

—He venido a preguntar si la Anciana Dama saldrá el día catorce, con el fin de ir disponiendo su palanquín.

—¿Y entonces por qué no entraste en vez de quedarte allí parado con esa cara? —preguntó la Anciana Dama.

—No quise molestarla mientras jugaba, señora. Esperaba que saliera mi esposa para preguntarle a ella.

—¿Y por qué no esperaste a que ella regresara a casa, donde podrías hacerle todas las preguntas que quisieras? ¿Desde cuándo eres tan atento conmigo? ¿O es que tanta verborrea se debe a que estás espiando a alguien? Me has dado un susto tremendo, especie de demonio. Tu esposa está jugando a las cartas conmigo y seguirá ocupada un buen rato. Mejor vuelve a tu casa a seguir conspirando contra ella con la esposa de Zhao Er.

—La esposa de Bao Er, anciana antepasada —corrigió Yuanyang en medio de una carcajada general—; usted vuelve a meter en el lío a la esposa de Zhao Er.

—Eso es: la esposa de Bao Er —dijo sonriendo la Anciana Dama—. ¿Cómo esperáis que recuerde todos sus apellidos? Ya no sé si se llama Bao o Bei, ni tampoco si significa «en brazos» o «a la espalda»[4], pero el caso es que en cuanto sale a relucir este asunto pierdo los estribos.

Y dirigiéndose a Jia Lian:

—Llegué a esta casa como prometida de un bisnieto y ahora son mis propios bisnietos los que tienen prometidas. En los cincuenta y cuatro años que llevo aquí he sufrido muchos sobresaltos y sustos, y he visto toda suerte de sucesos sorprendentes, pero nunca una conducta tan escandalosa como la tuya. Y ahora, largo de aquí, ¡fuera de mi vista!

Jia Lian no se atrevió a replicar y emprendió la retirada.

—¿Ve? —le susurró Pinger desde el otro lado de la ventana—. No quiso escuchar mi consejo y mire lo que ha sucedido.

En ese momento salió la dama Xing y Jia Lian se quejó:

—Todo esto es culpa del señor, pero los que pagamos somos nosotros, señora.

—¡Que te parta un rayo, hijo sin entrañas! —maldijo la dama Xing—. Otros hijos darían la vida por sus padres, pero tú te quejas por nada. Mejor será que andes con cuidado, pues tu padre anda de muy mal humor estos días. Pudiera ser que recibieras una buena paliza.

—Señora, le ruego que vuelva a casa pronto —le suplicó él—. Hace ya un buen rato que mi padre me envió a buscarla.

Entonces acompañó a su madre hasta la salida y desde allí al otro patio.

Cuando la dama Xing le transmitió a su esposo en pocas palabras lo que había dicho la Anciana Dama, Jia She se sintió perplejo y mortificado. De ahí en adelante pretextó enfermedad para no visitar a su madre, ya que temía encontrarse con ella, y adoptó la costumbre de enviar a su esposa y a su hijo a que diariamente presentaran los respetos en su nombre. Sin embargo, ordenó a sus hombres que buscaran una doncella y, por ochocientos taeles, compró una muchacha de diecisiete años llamada Yanhong para que fuera su concubina. Pero no sigamos hablando de este asunto.

La partida de cartas en los aposentos de la Anciana Dama continuó hasta la hora de la cena, y los dos días siguientes transcurrieron sin novedad.

Pronto llegó el decimocuarto día. Casi antes de que amaneciera, apareció la esposa de Lai Da a confirmar la invitación. Como se encontraba de muy buen ánimo, la Anciana Dama se llevó consigo a la dama Wang, a la tía Xue, a Baoyu y a las muchachas a pasar con ella medio día en el jardín de Lai Da. Aunque no comparable con el jardín de la Vista Sublime, era sin embargo el de Lai Da un jardín espacioso y cuidadosamente arreglado, con placenteros riachuelos, árboles y rocas, así como espléndidos refugios y fantásticos pabellones.

En el salón exterior fueron recibidos Xue Pan, Jia Zhen, Jia Lian, Jia Rong y algunos otros parientes cercanos de las casas de Rong y Ning, pero los parientes lejanos no llegaron, y tampoco Jia She.

También habían sido invitados unos cuantos funcionarios e hijos de buenas familias, entre ellos un cierto Liu Xianglian a quien Xue Pan venía deseando conocer desde la primera vez que lo viera, pues, informado de que Liu gustaba de actuar en esas óperas románticas llenas de jóvenes letrados y beldades, lo había confundido con uno de los señores de la brisa y la luz de luna. Ansioso como estaba de estrechar lazos con él, abrazó jubilosamente la posibilidad de conocerlo aquel día.

También los demás conocían la reputación de Liu Xianglian, y Jia Zhen, impulsado por el vino, lo convenció para que actuara en dos óperas, después de lo cual vino a sentarse junto a Liu y conversar con él sobre diversos temas.

Este Liu Xianglian, hijo de buena familia, había sufrido la temprana pérdida de sus padres. Sin ser un gran letrado, era una persona franca, caballerosa y de originales costumbres, buen lancero y esgrimista, aficionado al juego y la bebida, adicto a la compañía de coristas y músico más que regular. Su juventud y buena presencia hacían que muchos, al no conocerlo, lo confundieran con un actor; pero aquel día había sido invitado en su calidad de amigo de Shangrong, el hijo de Lai Da. Los demás invitados, incluso borrachos, se comportaron dignamente; Xue Pan, sin embargo, volvió a las andadas, lo que molestó mucho a Liu, que se hubiera esfumado de no haber sido su retirada vehementemente atajada por Lai Shangrong.

Liu Xianglian.

Gai Qi (edición de 1879).

—Precisamente en este momento me decía el señor Bao que había advertido su presencia en el instante mismo de entrar, pero aquí hay demasiada gente y no se puede hablar con comodidad —dijo Lai Shangrong—. Tiene la esperanza de que se quede después de concluida la fiesta, pues tiene algo que consultarle. Si insiste en partir, déjeme ir antes a buscarlo; así no seré yo el responsable de que usted se haya marchado sin que él lo haya visto antes.

Y acto seguido ordenó a unos pajes:

—Entrad y haced que una de las ancianas le pida discretamente al señor Bao que salga.

La orden fue cumplida, y en menos de lo que se tarda en beber una taza de té tuvieron a Baoyu a su lado.

—Aquí le entrego a Xianglian, querido tío —dijo Lai Shangrong con una sonrisa—. Y ahora discúlpenme; debo atender a los demás invitados.

Y los dejó a solas.

Baoyu condujo a Liu Xianglian a un pequeño estudio que había en uno de los laterales del salón y cuando ambos estuvieron sentados le preguntó:

—¿Has visitado últimamente la tumba de Qin Zhong?

—Sí —contestó Xianglian—. Hace algún tiempo estuvimos haciendo volar halcones cerca de su tumba. Temí que no hubiera resistido las lluvias torrenciales del verano y cabalgué hasta allí para cerciorarme. Y por cierto que la encontré algo deteriorada, de modo que al regresar a mi casa junté unos cientos de monedas y tres días más tarde partí a repararla con unos hombres que contraté.

—Eso lo explica todo. El mes pasado, cuando maduraron las vainas de los lotos en nuestro estanque del jardín de la Vista Sublime, elegí diez y mandé a Mingyan para que las pusiera sobre su tumba. Cuando regresó le pregunté, también a él, si la tumba había sufrido desperfectos a causa de la lluvia, pero me dijo que, por el contrario, estaba en mejor estado que antes. Entonces supuse que algunos amigos la habrían arreglado recientemente. Mi problema es que vivo encerrado en casa todo el tiempo y no soy mi propio dueño. Nada puedo hacer que no se sepa, y siempre hay alguien intentando detenerme o disuadirme, de tal modo que, diga lo que diga, nada está en mi mano; y a pesar de tener dinero no puedo gastarlo como quiero.

—No debes preocuparte por eso. Yo puedo encargarme de cualquier cosa que no puedas hacer en el exterior. Lo importante es que te acuerdes de él. Pronto llegará el primer día del décimo mes, y he ahorrado algún dinero para hacer sacrificios ante su tumba. Conoces mis penurias económicas, pues no tengo propiedades y todo el dinero que obtengo se me escurre entre los dedos. Me pareció mejor apartar esta suma para estar preparado cuando llegara la fecha.

—Por eso quería enviar a Mingyan a buscarte, pero te pasas el día por ahí, flotando libremente como una lenteja de agua; nunca estás en casa y uno nunca sabe dónde encontrarte.

—No había necesidad de buscarme. Cada uno de nosotros debe hacer lo que esté en su mano. Pero has de saber que pronto emprenderé un largo viaje y no espero estar de vuelta antes de tres o cuatro años.

—¿Por qué te alejas tanto tiempo?

—Se me ha pasado una cosa por la cabeza. —Xianglian sonrió amargamente—. En su momento sabrás de qué se trata. Ahora debo despedirme.

—Han sido tan pocas las oportunidades que hemos tenido de estar juntos… ¿No puedes quedarte hasta la noche? ¿Esperar hasta que acabe la fiesta?

—Tu honorable primo materno ha vuelto a las andadas. Habrá problemas si me quedo. Será mejor que me mantenga alejado de él.

—Sí —dijo Baoyu después de una pausa pensativa—. Tal vez hagas bien manteniéndote alejado de Pan, pero no debes emprender un viaje tan largo sin antes hacérmelo saber. Pase lo que pase, no te vayas sin que yo lo sepa. —Y mientras Baoyu hablaba derramaba lágrimas.

—Claro que me despediré de ti —prometió Xianglian—. Pero no se lo digas a nadie.

Y al incorporarse para partir añadió:

—Ahora regresa adentro. No es necesario que me acompañes.

Dejó el estudio y llegó hasta el portón principal, donde Xue Pan gritaba fuera de sí:

—¡¿Quién ha dejado escapar al pequeño Liu?!

Los ojos de Liu Xianglian relumbraron de furia. Quiso matar a Xue Pan de un solo puñetazo, pero se lo impidió el pensar que una pelea de borrachos incomodaría mucho a Lai Shangrong.

Cuando Xue Pan lo divisó se alegró como si hubiese visto un tesoro.

—¿Dónde vas, hermano? —preguntó, tambaleándose hacia delante para cogerlo del brazo.

—Vuelvo enseguida —repuso Xianglian.

—Esta fiesta será aburridísima si te vas, querido amigo. Demuestra que me quieres y quédate con nosotros. Cualquier negocio urgente que tengas entre manos déjamelo a mí, tu hermano mayor, pero, por favor, no te marches tan pronto. ¿Quieres un cargo oficial? ¿Quieres hacer dinero? Tu hermano mayor puede arreglarlo todo sin problemas.

Enfurecido y humillado por esa inaceptable palabrería, Xianglian maquinó rápidamente un plan. Cogiendo a Xue Pan lo llevó aparte.

—¿Me quieres de verdad o sólo son palabras?

Xue Pan casi no podía controlar su excitación.

—¿Cómo puedes hacer una pregunta así, querido hermano? —dijo el lujurioso—. ¡Que me muera aquí mismo si no te quiero de verdad!

—Muy bien, pero no podemos hablar aquí. Quedémonos un rato más y luego yo partiré primero. En cuanto salga, sígueme inmediatamente hasta mi casa. Podremos pasar juntos toda una noche. Tengo en mi casa a dos muchachos maravillosos, absolutamente vírgenes, así que no necesitas traer a ningún criado. Tengo gente que puede atenderte bien.

El júbilo hizo que a Xue Pan se le pasara media borrachera.

—¿Lo dices en serio?

—¡Vamos, vamos! —dijo Xianglian riendo—. ¿Por qué hablas con ese tono escéptico cuando yo lo hago con tanta sinceridad?

—No soy ningún tonto. —Xue Pan sonrió—. Confío en ti, pero no sé dónde vives. ¿Cómo voy a encontrarte si tú te marchas primero?

—Mi casa está al otro lado de la puerta norte. ¿Acaso tienes reparos en pasar una noche fuera, lejos de tu familia?

—¿Qué me importa mi familia, teniéndote a ti?

—En ese caso te esperaré sobre el puente que hay al otro lado de la puerta norte. Y ahora volvamos al banquete. Cuando veas que ya he partido, escabúllete sin que nadie se dé cuenta.

Xue Pan accedió inmediatamente. Volvieron a su mesa y bebieron otra ronda. Xue Pan no podía dejar de moverse. A medida que iba recreando sus ojos con la visión de Xianglian se iba poniendo más y más contento, de manera que en poco tiempo empezó a trasegar jarras enteras de licor sin que nadie se lo exigiera. Cuando vio que ya estaba casi completamente borracho, Xianglian se levantó para partir y consiguió que su salida pasara inadvertida. Una vez fuera ordenó a su paje Xingnu que volviera a casa mientras él hacía una visita fuera de la ciudad.

Montó en su caballo y cabalgó directamente a través de la puerta norte hasta el puente donde debía aguardar a Xue Pan. En menos de lo que dura una cena vio aproximarse a un jinete solitario. Era Xue Pan, que llegaba con la boca abierta, los ojos vidriosos, la cabeza girando como la sonaja de un buhonero, mirando frenéticamente a su alrededor. Tan pendiente iba de escudriñar la distancia que pasó por alto lo que tenía al lado y no vio el caballo de Xianglian. Entre divertido y asqueado, Xianglian fue tras él. En su cabalgada, Xue Pan observó que las casas empezaban a distanciarse unas de otras y dio media vuelta para reiniciar la búsqueda. Cuando vio a Xianglian se alegró muchísimo.

—Sabía que cumplirías tu palabra —dijo alegremente.

—Vamos, rápido, avanza —le urgió Xianglian—. No queremos que la gente nos vea y nos siga, ¿verdad?

Y espoleó los ijares de su caballo, seguido de cerca por Xue Pan. Al llegar a un lugar desierto, junto a un estanque tupido de cañas, Xianglian desmontó y amarró su cabalgadura a un árbol.

—Desmonta —dijo—. Antes de seguir adelante debemos hacer un juramento. Maldito aquel que cambie de opinión o traicione nuestro secreto.

—¡Correcto! —exclamó Xue Pan deslizándose ávidamente de su silla.

Después de atar su caballo a un árbol cayó de rodillas y juró:

—Que el cielo y la tierra me destruyan si cambio de opinión o traiciono nuestro secreto…

Pero antes de que pudiera terminal, ¡pam!, sintió que por detrás le golpeaba un martillo de hierro. De pronto lo vio todo negro y, después de una miríada de estrellas doradas, cayó de bruces.

Xianglian se adelantó y, sabedor de que el muy tonto no estaba acostumbrado a las palizas, sólo le dio unos cuantos puñetazos en la cara, que inmediatamente empezó a adoptar los colores de un frutero. Cuando Xue Pan intentó incorporarse le puso varias zancadillas que dieron otra vez con sus huesos en tierra.

—Hemos hecho esto de mutuo consentimiento —gemía Xue Pan—. Si no querías bastaba con que me lo hubieras dicho. ¿Por qué me has engañado para traerme hasta aquí y golpearme?

Y soltó un torrente de injurias.

—Tienes que estar ciego para no conocer a tu señor —gritó Xianglian—, pero en lugar de pedirme perdón me insultas. No tiene sentido matarte, pero no me voy a privar de darte una lección.

Dicho lo cual asió su fusta y le dio una docena de golpes sobre la espalda hasta que Xue Pan, ya bastante sobrio, aulló de dolor.

—Maldito cobarde —dijo despectivamente Xianglian—. Yo creía que podías resistir una paliza.

Y mientras decía esto lo arrastraba de la pierna izquierda a través de las cañas, cubriéndolo de cieno.

—¡¿Comprendes ahora quién soy?!

Xue Pan no respondió, limitándose a permanecer boca abajo entre gruñidos. Xianglian arrojó al suelo la fusta y empezó a molerlo a puñetazos. Dándose la vuelta, Pan aulló:

—¡Me has roto las costillas! Ahora sé que no eres un invertido. Nunca debí creer lo que decían los demás.

—No metas a otros en esto. Ve al grano.

—¿Qué más quieres que diga, salvo que tú eres un hombre cabal, y que yo me he equivocado?

—Vas a tener que afinar mucho más si quieres librarte de ésta.

—Hermanito querido… —lloriqueó Xue Pan.

Xianglian le propinó otro puñetazo.

—¡Au! —aullaba el otro—. Querido hermano mayor…

Xianglian lo golpeó dos veces más.

—¡Piedad, bondadoso señor, perdóname! Estuve ciego. De ahora en adelante te respetaré y te temeré.

—Bebe —le ordenó Xianglian señalando el agua.

—¿Cómo voy a beber agua de esa charca inmunda? —Xue Pan frunció el ceño.

Xianglian alzó un puño amenazador.

—Beberé, beberé.

E, inclinando la cabeza, Xue Pan bebió un sorbo de agua pestilente. Pero antes de que pudiera tragarla sufrió una arcada y vomitó todo lo que había comido.

—¡Cerdo asqueroso! —maldijo Xianglian—. Cómete ese vómito o nunca saldrás de aquí.

Haciendo repetidos koutou, Xue Pan suplicaba:

—¡Compadécete de mí! Haz una buena acción y déjame ir. No podría tragarme eso aunque me mataras.

—Esta pestilencia me está poniendo enfermo —declaró Xianglian, dicho lo cual se dio media vuelta dejando allí a Xue Pan. Desató su caballo, montó en él y se alejó a galope tendido.

Constatando con alivio que Xianglian ya se había ido, Xue Pan lamentó haberse equivocado de hombre. Quiso incorporarse, pero el dolor se lo impidió.

Cuando Jia Zhen y los demás advirtieron la ausencia de los dos, buscaron por todas partes pero no pudieron hallarlos. Se rumoreó que alguien los había visto salir por la puerta norte. Los pajes de Xue Pan le temían demasiado como para ir detrás de él contraviniendo sus órdenes, pero Jia Zhen estaba tan preocupado que envió a Jia Rong con algunos hombres a que los buscaran. La partida salió por la puerta norte y avanzó más de dos li desde el puente, hasta que vieron el caballo de Xue Pan atado a un árbol junto a la charca.

—¡Cielos! —exclamaron—. Si el caballo está aquí, el jinete no puede andar muy lejos.

Al acercarse al caballo oyeron unos lamentos entre las cañas y al correr hacia ellas encontraron a Xue Pan. Tenía la ropa hecha jirones, el rostro tumefacto, y estaba cubierto de cieno de los pies a la cabeza, como una puerca.

Jia Rong captó con perspicacia lo sucedido. Inmediatamente desmontó y ordenó a unos hombres que ayudaran a Xue Pan a incorporarse.

—Así que hoy el tío Xue salió en pos del amor y terminó en una charca… —bromeó—. Supongo que el Rey Dragón quedó tan impresionado por su espíritu romántico que quiso convertirlo en su yerno… ¡pero da la impresión de que se ha dado contra el cuerno del dragón! En ese momento Xue Pan quiso ser tragado por la tierra. Como no podía montar, Jia Rong envió a que alquilaran un pequeño palanquín en la puerta norte. Luego volvieron todos juntos a la ciudad. Jia Rong lo amenazó con llevarlo de vuelta al festín de Lai Da, y Xue Pan tuvo que suplicarle que no hiciera público el incidente antes de que él pudiera regresar a su casa.

Entonces Jia Rong volvió a casa de Lai Da a contarle a Jia Zhen lo sucedido. Al enterarse de la paliza que Xianglian le había dado a Pan, Jia Zhen comentó con una carcajada:

—Una paliza así debería sentarle bien.

Aquella noche, cuando el festín hubo acabado, acudió a preguntar por la salud de Pan, pero éste, desde su dormitorio, mandó que le dijeran que no se encontraba con fuerzas para recibir a nadie.

Al regresar a sus aposentos, la tía Xue y Baochai advirtieron que Xiangling tenía los ojos irritados de tanto llorar. Cuando supieron el motivo se abalanzaron a ver a Xue Pan y constataron que, a pesar de tener la cara y el cuerpo bastante magullados, conservaba enteros todos los huesos. Dividida entre el amor maternal y la furia, la tía Xue fue distribuyendo los insultos entre su hijo y Liu Xianglian. Quiso quejarse a la dama Wang y hacer que arrestaran a Xianglian, pero Baochai objetó:

—No es tan seria la cosa, después de todo. Sólo ocurrió que estaban bebiendo juntos, y las trifulcas entre borrachos son cosa frecuente. No es extraño que un hombre borracho reciba una paliza de otro. Además, todos saben que Pan es un salvaje y un terco. Comprendo que tu corazón sufra por él, madre, pero no será difícil desquitarse. Dentro de unos cuantos días, cuando mi hermano pueda salir de nuevo, el primo Zhen, el primo Lian y los demás no dejarán que las cosas queden así. Invitarán al muchacho a un festín para que pida públicas disculpas a mi hermano. En cambio, si te lo tomas tan a pecho y divulgas la noticia, todos pensarán que mimas a tu hijo y que estás alentándolo a seguir creando problemas cuando, por una vez que le pegan, tú armas un tremendo escándalo apoyándote en tus poderosos parientes para imponerte a la gente humilde.

—Como siempre, tienes razón, hija mía —contestó su madre—. Tuve un momento de ofuscamiento.

—De hecho, esto no puede ser sino para bien —continuó Baochai con una sonrisa—. A ti no te teme, madre, y no quiere escuchar los consejos de los demás. Se está volviendo cada vez más testarudo. Unos cuantos golpes no pueden sino curarlo.

Xue Pan seguía maldiciendo a Liu Xianglian desde su kang, y había ordenado a sus sirvientes que fueran a derribar la casa de Liu, que lo apalearan hasta matarlo o que lo llevaran a los tribunales, pero la tía Xue los retuvo diciendo:

—Liu Xianglian enloqueció después de haber bebido demasiado, pero ahora se lo estarán comiendo los remordimientos. Ha huido por temor a las represalias.

Aquella noticia hizo que Xue Pan se fuera calmando poco a poco.

Si quieren saber lo que pasa…

CAPÍTULO XLVIII

Un pretendiente avergonzado decide

emprender un viaje de negocios.

Imitando la elegancia, una muchacha graciosa

se dedica con ardor a componer poemas.

La noticia de la huida de Liu Xianglian mitigó paulatinamente la irritación de Xue Pan. Unos días después dejó de sentir dolor y simuló seguir enfermo sólo porque le daba vergüenza presentarse ante parientes y amigos cubierto de cardenales.

Después, en un abrir y cerrar de ojos, llegó el décimo mes y tocó a la familia Xue ofrecer un banquete de despedida a aquellos administradores de sus establecimientos que habían acudido a la mansión para saldar las cuentas anuales. Uno de los que partía era Zhang Dehui, un hombre de más de sesenta años que venía administrando la casa de empeños de los Xue desde su juventud, y que había llegado a acumular dos o tres mil taeles. Dehui deseaba volver a su lugar natal y no regresar a la capital antes de la primavera. Dijo:

—Este año hay carestía de papel e incienso para los sacrificios, lo cual implica que el próximo año subirán los precios. Propongo traer aquí a mi hijo mayor para que atienda el negocio a partir de Año Nuevo, y a mi regreso compraré papel de sacrificios y abanicos perfumados para vender antes de la fiesta de la Barca-Dragón. Deducidos los impuestos y los gastos, todavía quedará una ganancia neta superior al precio de compra.

Oyendo aquello, Xue Pan pensó: «Desde que me dieron aquella paliza la vergüenza me ha impedido mostrarme en público, y ha sido mi deseo desaparecer durante un año o por lo menos seis meses. Pero no tengo dónde esconderme. No puedo seguir simulando indefinidamente que estoy enfermo. Además, durante todos estos años no me he dedicado a las letras ni a las armas, y a pesar de estar metido en negocios nunca he aprendido el manejo de una balanza o un ábaco y lo ignoro todo acerca de las costumbres locales y los diversos lugares del país. No me haría daño coger algún dinero y viajar con Zhang Dehui durante un año, sin importarme ganancias o pérdidas. En cualquier caso, puedo ausentarme una temporada y disfrutar de los paisajes».

Cuando tomó la decisión, el banquete ya había tocado a su fin. Llevó aparte a Zhang Dehui y le explicó sus planes, pidiéndole que retrasara su partida un par de días para que pudiesen emprender juntos la jornada.

Aquella misma noche se lo dijo a su madre. De alguna manera, la noticia complació a la dama Xue, aunque también le hizo temer las consecuencias de que su hijo se metiera en nuevos problemas. Pudo más el temor que la complacencia, y le negó el permiso. El gasto que suponía ese viaje era, pues, una razón secundaria a la hora de tomar su decisión.

—Mientras estás a mi lado no me preocupo excesivamente. No es que te necesitemos para llevar adelante el negocio, o que nos falte dinero. No. Para mí, el que te quedes tranquilamente en casa vale cientos de taeles.

Pero Xue Pan era testarudo y protestó la determinación de su madre.

—Madre, siempre se queja usted de mi falta de conocimiento del mundo, de mi ignorancia y de mi incapacidad para aprender. Sin embargo, ahora que he decidido dejarme de tonterías, enfrentarme a la vida y establecerme aprendiendo a llevar el negocio, usted me lo impide. ¿Qué espera que haga? No soy una muchacha para estar encerrado todo el día[1]. Alguna vez tendrá que permitírmelo. Además, Zhang Dehui ya es un hombre entrado en años, un individuo de moral intachable y viejo amigo de la familia. ¿Qué podría ocurrirme andando con él? No dejará de llamarme la atención en cuanto cometa el más pequeño error. Conoce el mercado tan bien que sus consejos me resultarán de un valor incalculable, ¡y sin embargo usted sigue negándose a dejarme partir! Pues muy bien, cualquier día me escaparé sin decir una palabra y volveré un año después con mi fortuna hecha. ¡Espere y verá!

Y se fue indignado a la cama. Entonces la tía Xue discutió el asunto con su hija.

—Si mi hermano tiene realmente la intención de trabajar, no cabe duda de que su decisión es buena —dijo Baochai—, pero si dice todo eso únicamente para convencerla a usted, entonces es posible que una vez alejado del hogar vuelva a las andadas y resulte todavía más difícil controlarlo. Si realmente está dispuesto a reformar su comportamiento, tanto mejor para él; pero si no es así, usted no puede hacer nada. Todo depende del destino, pero también, en gran medida de lo que cada uno sea capaz de hacer por sí mismo. Pan ya no es un niño, y si este año le obliga a permanecer en casa por temor a que sea demasiado inexperto para viajar o hacer negocios, el año que viene tendrá las mismas razones para impedírselo. Sus argumentos parecen razonables; bien podría hacer la prueba enviándolo. En el peor de los casos acarreará un gasto de ochocientos o mil taeles. Después de todo, irá con ayudantes que no van a estafarlo. Además, una vez que esté lejos de aquí no tendrá aliento ni apoyo de nadie, y no podrá fanfarronear: si tiene alimento, comerá; si no lo tiene, pasará hambre. Y hasta donde podemos saber, cuando se vea solo fuera de casa creará menos problemas que aquí.

—Tienes razón —dijo finalmente la tía Xue después de pensarlo un momento—. Si aprende a comportarse algo mejor, su viaje habrá valido la pena.

Y, llegadas a ese acuerdo, se retiraron a dormir.

Al día siguiente, la tía Xue invitó a Zhang Dehui a una comida que presidió Xue Pan en el estudio, y luego, en el corredor trasero, pidió con gran vehemencia a Zhang que cuidara de su hijo. Zhang prometió hacerlo y, después de comer, se despidió de Xue Pan diciéndole:

—El decimocuarto es buen día para salir de viaje. Señor, por favor, prepare sus cosas y alquile mulas. Podremos partir el día catorce bien temprano.

Xue Pan quedó encantado y transmitió aquel mensaje a su madre, que inmediatamente puso a trabajar a Baochai, Xiangling y las dos amas viejas para preparar el equipaje. Debían acompañarlo un viejo criado, el esposo de la nodriza de Xue Pan, dos experimentados servidores, y dos de los pajes que habitualmente lo atendían, de manera que entre todos formaban un grupo de seis personas. Para transportar el equipaje fueron alquiladas tres carretas y cuatro resistentes mulas. Xue Pan eligió una gran mula negra de la caballeriza familiar, y además recibió un caballo. Una vez terminados los preparativos, su madre y su hermana se dispusieron a darle buenos consejos y advertencias que podemos pasar por alto aquí.

El día trece Xue Pan fue a despedirse, primero de su tío materno, y luego de los otros miembros de la familia Jia; pero no necesitamos detenernos en los banquetes de despedida ofrecidos por Jia Zhen y los demás.

A primera hora de la mañana del decimocuarto día su madre y su hermana lo despidieron frente a la puerta ceremonial y contemplaron, antes de volver la cabeza con lágrimas en los ojos, cómo desaparecía.

Aparte de las viejas amas y las jóvenes doncellas, la tía Xue sólo había traído a la capital cuatro o cinco familias de sirvientes. Ahora que cinco hombres habían partido acompañando a su hijo, sólo quedaban en casa uno o dos sirvientes. Aquel mismo día, siguiendo la costumbre, hizo desmantelar y guardar adornos, cortinas y otros objetos del estudio, y ordenó que dos de las esposas de los hombres que habían acompañado a Xue Pan se mudaran a los aposentos interiores. También dijo a Xiangling que abandonara y cerrara con llave su cuarto, y viniera con ella a compartir su propio dormitorio.

—Pero ya tiene consigo unas cuantas personas que le hacen compañía, madre —observó Baochai—. ¿Por qué no deja que la hermana Xiangling se mude a mis aposentos? En el jardín tenemos muchísimo sitio, y ahora que las noches se alargan y paso las mañanas cosiendo, ¿no será mejor que tenga una acompañante?

—Claro que sí —sonrió su madre—. No se me ocurrió, pero debería haber sido yo quien te lo sugiriera. El otro día le decía a tu hermano que Wenxing es demasiado joven y hay muchas cosas que no puede hacer, y que Yinger no puede atenderte adecuadamente. Debemos comprar otra doncella para ti.

—Una mujer comprada afuera es un caballo negro —objetó Baochai—. Si sale mal será dinero malgastado, pero eso será nada en comparación con los problemas que ocasionará. Mejor será que indaguemos y no compremos una muchacha antes de tener referencias de ella.

Pidió a Xiangling que hiciera un paquete con sus cosas de dormir y de aseo, y dio instrucciones a una vieja nodriza y a Zhener para que las llevaran al parque de las Alpinias. Luego volvió al jardín con Xiangling.

—Precisamente iba a pedirle a su señora madre que me permitiera quedarme con usted cuando partiera su hermano —le confió Xiangling—. Pero me dio miedo, pues pensé que ella imaginaría que lo que yo andaba buscando era la oportunidad de juguetear por el jardín. Me alegra mucho que haya sido usted quien lo haya sugerido.

—Sé muy bien cuánto has admirado este jardín sin poder disfrutarlo —le respondió Baochai—. No resulta divertido hacer apresuradas visitas diarias, así que, si aprovechas esta estancia de un año, a mí me complacerá mucho tu compañía y tú podrás también cumplir tu deseo.

—¿Podría aprovechar esta oportunidad, estimada señorita, para que usted me enseñe a escribir poesía?

—¡Apenas «has conquistado el territorio de Long cuando ya quieres también el reino de Shu»[2]! —dijo Baochai riendo—. Como éste es tu primer día aquí, te aconsejo que empieces presentando tus respetos a todas las damas de los diversos aposentos del otro lado de la puerta oriental del jardín, empezando por la Anciana Dama. No necesitas precisar que te has mudado al jardín, pero si alguien te pregunta contesta simplemente que te he traído conmigo para que me hagas compañía. Cuando hayas terminado, debes visitar a todas las jóvenes damas de este lugar.

Asintiendo, Xiangling se dispuso a partir. En ese momento entró Pinger apurada. Xiangling la saludó, y Pinger devolvió el saludo con una sonrisa forzada.

—La he traído conmigo para que me haga compañía —dijo Baochai a Pinger—. En este momento me disponía a enviar a alguien para que se lo dijera a tu señora.

—¡¿Qué me dice?! —exclamó Pinger—. ¿Y qué espera que le diga ella?

—Es lo justo. «Cada albergue tiene su patrón, cada monasterio su abate.» Es un asunto sin importancia, pero de cualquier manera debo notificarlo para que la guardia nocturna sepa a quién debe esperar antes de atrancar las puertas. ¿Me harás el favor de decírselo tú cuando vuelvas? Eso me ahorraría tener que enviar expresamente a una persona.

Pinger accedió inmediatamente y luego preguntó a Xiangling:

—Ya que estás aquí, ¿por qué no visitas a tus vecinas?

—Eso es precisamente lo que le estaba diciendo —contestó Baochai.

—Pero no pases por nuestra casa —le aconsejó Pinger—. El señor Lian está allí, metido en la cama.

Xiangling hizo lo que se le había dicho y visitó primero a la Anciana Dama. En cuanto hubo partido, Pinger tomó del brazo a Baochai.

—¿Ya se ha enterado de los últimos sucesos que han ocurrido en nuestra familia, señorita? —le susurró.

—No sé nada de nada —contestó Baochai—. Estos últimos días he estado tan ocupada haciendo los preparativos para el viaje de mi hermano que no he oído lo que sucede en tus aposentos. Ni siquiera he visto a mis primas desde hace un par de días.

—¿Entonces no sabe lo de la paliza que le ha dado el señor She al señor Lian? Por eso está postrado en cama.

—Oí algo esta mañana, pero me negué a creerlo. Si no hubieras venido, ya estaría visitando a tu señora. ¿Por qué le pegó?

—Toda la culpa es de ese trepador de Jia Yucun. ¡Ese cabrón merece morir de hambre! —despotricó Pinger rechinando los dientes—. En menos de diez años, el tiempo que lo conocemos, no ha dejado de crear problemas. Resulta que esta primavera el señor She vio en algún lugar un par de abanicos. Le parecieron tan hermosos que dejaron de gustarle los mejores abanicos de la casa, e inmediatamente despachó gente para que consiguiera algunos mejores. Un maldito loco al que apodan el Idiota de Piedra tenía una veintena de abanicos, pero a pesar de ser más pobre que las ratas prefería morir antes que separarse de ellos. El señor Lian tuvo que recurrir a muchas influencias para poder entrevistarse con él. Entonces, después de mucha insistencia, el Idiota lo invitó a su casa y le permitió echar un vistazo a unos cuantos abanicos. Según el señor Lian, eran realmente piezas memorables, hechas con todos los tipos de bambú exótico. Y la caligrafía y la pintura que lucían eran de genuinos maestros de la antigüedad. Cuando volvió e informó de aquello, el señor She decidió comprarlos a cualquier precio, pero el Idiota de Piedra juró: «Antes morir de frío y de hambre que venderlos, aunque me ofreciera mil taeles por cada uno». El señor She la emprendió con su hijo, tratándolo de incapaz y de inútil. Él mismo ofreció al Idiota de Piedra quinientos taeles por adelantado, pero el otro se negó. «Antes morir que desprenderme de mis abanicos», insistía. ¿Y qué podía hacer entonces, señorita? Pues bien, resultó que el malévolo Yucun se enteró de todo esto y urdió una estratagema. Hizo que llevaran al Idiota a su prefectura, acusado de deberle un dinero al gobierno, y ordenó que fuera cargado de grilletes y la deuda saldada con la venta de sus propiedades. Entonces los abanicos fueron incautados, pagados al precio oficial y traídos a nuestra casa. En cuanto al Idiota de Piedra, quién sabe si seguirá vivo. Una vez que tuvo los abanicos en su poder, el señor She preguntó al señor Lian: «¿Cómo él tuvo éxito allí donde tú fracasaste?». El señor Lian simplemente respondió: «No hay motivo de jactancia en arruinar a una familia por motivo tan trivial». Entonces su padre montó en cólera y lo acusó de intentar ponerlo en evidencia. Ése fue el principal motivo de la paliza. Pero hubo un par de razones más, tan insignificantes que no puedo recordarlas. El caso es que la suma de todas las razones le ganaron una paliza a nuestro joven señor. En lugar de ser sujetado y azotado con un palo o una vara, fue apaleado allí mismo, no se sabe bien con qué, y la cara se le ha quedado cortada por dos sitios. Tenemos entendido que la tía Xue tiene un remedio para ese tipo de heridas. ¿Podría darme una píldora de ese remedio, señorita?

Inmediatamente Baochai envió a Yinger a buscar una píldora, que entregó a Pinger.

—Dadas las circunstancias, no iré de visita ahora —dijo—. Por favor, envía mis saludos a tu señora.

Pinger asintió y partió.

Volvamos a Xiangling, que había hecho sus visitas protocolarias. Después de la cena, cuando Baochai hubo salido a ver a la Anciana Dama, se dirigió al refugio de Bambú. Y a Daiyu, ya mejor de salud, le encantó saber que se había mudado al jardín.

—Aquí tendré más tiempo libre —comentó Xiangling—. Pero ¡qué afortunada me consideraría si usted me enseñara a componer poemas!

—Si quieres aprender a escribir poesía debes reconocerme como tu preceptora —respondió Daiyu en tono burlón—. Yo no soy poeta, pero me atrevo a pensar que algo puedo enseñarte.

—Para mí sería un gran honor que aceptara ser mi maestra. Pero debe tener paciencia conmigo.

—En realidad es muy sencillo. Casi no hay nada que aprender —dijo Daiyu—. En el caso del lushi[3] no se trata más que de iniciar, desarrollar, cambiar y concluir[4]; y los pareados de desarrollo y de cambio del centro de la composición deben ser antitéticos. Un tono uniforme debe contrastar con uno oblicuo[5], una palabra plena con una vacía[6]. Pero si tienes un verso realmente bueno, las reglas pueden ser pasadas por alto.

Xiangling dijo:

—Con razón encuentro, cada vez que consigo arañar un poco de tiempo para leer viejos poemas, que algunos versos tienen un ajustado paralelismo mientras otros carecen de él. Y tengo entendido que hay una regla según la cual los caracteres primero, tercero y quinto de un verso no necesitan seguir el mismo esquema tonal, pero que los caracteres segundo, cuarto y sexto deben atenerse a él estrictamente. Sin embargo, en algunos viejos poemas he descubierto que incluso el segundo, el cuarto y el sexto ignoran la regla. Eso siempre me ha causado perplejidad. Por su explicación veo que no es preciso obsesionarse con esas reglas, siempre que el verso sea fresco y original.

—Correcto. La norma es secundaria; lo principal es tener ideas originales. Pues si hay sentimiento, un poema es bueno aun cuando sus versos no estén pulidos. Es eso lo que queremos señalar con la expresión «No permitir que las palabras interfieran en el sentido».

Xiangling exclamó:

—Adoro estos versos de Lu You[7]:

Bien desplegadas, conservan las cortinas el aroma del incienso;

apenas cóncava, la piedra del antiguo tintero rebosa de tinta.

»Es tan real y está tan agradablemente expresado…

—De ningún modo debes leer poemas de ese tipo —le dijo Daiyu en tono de advertencia—. Es tu ignorancia sobre la poesía la que te hace gustar de versos tan superficiales. Si contraes ese hábito nunca lograrás quitártelo de encima. Escúchame: si realmente deseas escribir poesía toma mi ejemplar de los poemas completos de Wang Mejie[8] y estudia un centenar de sus lushi de cinco caracteres hasta aprenderlos bien. Luego, del Viejo Du[9] lee cien o doscientos de siete caracteres, y de Li Qinglian[10], unos cien o doscientos cuartetos de siete caracteres. Cuando hayas digerido todas esas composiciones y hayas adquirido una buena base leyendo a esos tres poetas podrás leer a Tao Yuanming, Yin Yang, Xie Lingyun, Ruan Ji y Bao Zhao[11]. Con tu inteligencia, en menos de un año podrás pensar en ser poeta.

—Eso está muy bien, señorita —sonrió Xiangling—. Por favor, présteme ese libro para llevármelo ahora y poder leer esta noche unos cuantos poemas.

Daiyu pidió a Zijuan que le trajera los Pentasílabos Regulares de Wang Wei y entregó el libro a Xiangling.

—Limítate a leer aquellos que estén marcados con un círculo rojo —le dijo—. Lee todos los que he seleccionado. Si no comprendieras algo, pregúntale a tu joven señora o yo misma te lo explicaría la próxima vez que nos veamos.

Xiangling se llevó el libro al parque de las Alpinias y, olvidando todo lo demás, leyó poema tras poema a la luz de una lámpara sin hacer caso de Baochai, que la llamaba repetidamente a dormir. Al ver con qué insistencia leía, Baochai la dejó finalmente tranquila.

Cierta mañana, cuando Daiyu había acabado su aseo, entró en el cuarto la radiante Xiangling a devolver los poemas de Wang Wei y pedir los Versos regulados de Du Fu.

—¿Cuántos poemas has memorizado? —preguntó Daiyu.

—Todos los que están marcados con un círculo rojo.

—¿Los aprecias mejor ahora?

—Creo que sí, pero no estoy segura. Me gustaría conocer su opinión.

—Adelante. Sólo podremos avanzar si discutimos las cosas.

—Según yo lo veo, la belleza de la poesía reside en algo imposible de expresar con palabras, pero que se hace muy vivido cuando lo pensamos. Parece ilógico, ciertamente, pero bien pensado no carece de sentido.

—Veo que ya entiendes algo. ¿Y en qué te basas para decir eso?

—Tomé un pareado del poema «Sobre las tierras fronterizas del Norte»; ese que dice:

Solitaria sobre el inmenso desierto, una enhiesta humareda se eleva.

Crepuscular junto al largo río, cae una esfera de fuego.

»Claro está que el sol es esférico, pero ¿cómo va a ser enhiesto el humo? La primera descripción parece ilógica; la segunda, manida. Pero cuando uno cierra el libro y se pone a pensar, entonces la escena se materializa ante los ojos y finalmente comprende que sería muy difícil expresarla con mejores palabras. O por ejemplo:

El sol se pone. Blancos relumbran lagos y ríos.

La marea sube. El horizonte se vuelve azul.

»Los adjetivos “blanco” y “azul” también parecen ilógicos, pero pensándolo bien no existen palabras más adecuadas, ya que leídas en voz alta tienen el sabor de una aceituna que pesara varios miles de jin. O, por ejemplo, estos otros versos:

Se demora sobre el arroyo el sol poniente.

Solitaria, una enhiesta humareda se alza desde la aldea.

»Lo que admiro aquí es la elección de “se demora” y “se alza”. Una vez, camino de la capital, nuestro bote encalló en plena noche en un banco de arena. No había nadie alrededor, sólo unos cuantos árboles y el humo de unas cabañas lejanas donde cocinaban la cena, elevándose con un color azul muy intenso, derecho hacia las nubes. Es extraño, pero al leer estos versos recordé la escena.

Mientras Xiangling hablaba llegaron Baoyu y Tanchun, y se sentaron a escuchar aquella disquisición.

—En realidad ya no necesitas leer más poemas —comentó Baoyu con una sonrisa—. La verdadera comprensión no tiene por qué ser buscada en lugares remotos. A juzgar por lo poco que te he oído decir, ya has captado la esencia de la poesía.

Daiyu intervino:

—Has elogiado la expresión «Solitaria, una enhiesta humareda se alza» sin saber que ha sido tomada de un poeta anterior. Examina estos versos, que son todavía más evocadores y naturales.

Y le mostró los siguientes versos de Tao Yuanming:

Con la bruma de la lejana aldea

se confunde el humo del caserío.

Xiangling los leyó y movió la cabeza en señal de aprecio.

—Así que «se alza» aparece aquí como «se confunde» —comentó.

—Exacto —exclamó Baoyu entre risas—. Huelgan mayores explicaciones que podrían llegar a confundirte. Simplemente empieza a escribir ahora tus propios poemas. Tienes grandes posibilidades de escribir algo bueno.

—Mañana prepararé una tarjeta de invitación y te pediré formalmente que te unas a nuestra academia de poesía —dijo Tanchun.

—No se burle de mí, señorita —exclamó Xiangling—. Sólo porque la admiro, y por diversión, estoy aprendiendo esto.

—Pero si todos lo hacemos por divertirnos —le respondieron Tanchun y Daiyu—. Tampoco nosotros escribimos en serio. Si realmente nos diéramos aire de poetas, la gente de afuera se reiría de nosotros hasta desternillarse.

—No seas tan modesta y humilde —dijo Baoyu—. El otro día estábamos discutiendo acerca de nuestro cuadro con los secretarios y cuando se enteraron de que habíamos fundado una academia de poesía me suplicaron que les mostrara algunos de nuestros poemas. Escribí unos cuantos y quedaron tan auténticamente impresionados que los copiaron para imprimirlos.

—¿Es cierto? —preguntaron a coro Daiyu y Tanchun.

—El único que miente aquí es ese loro de la percha.

—¡Eres el colmo! —exclamaron—. En primer lugar, no son verdaderos poemas; y aunque lo fueran, no tienes por qué hacer circular nuestros poemas afuera.

—Pero ¿qué importa? —alegó él—. Nunca hubiéramos conocido los poemas de las damas de antaño si no hubieran sido impresos.

En ese momento llegó Ruhua, la doncella de Xichun, y pidió a Baoyu que fuera a visitar a su señorita. El muchacho salió.

Xiangling, por su parte, pidió de nuevo a Daiyu que le prestara los poemas de Du Fu, y le suplicó a ella y a Tanchun que le impusieran un tema.

—Déjenme hacer una prueba y después corríjanla ustedes —dijo.

—Anoche salió una espléndida luna —replicó Daiyu—. Quise escribir un poema sobre el asunto, pero no llegué a hacerlo. Tómalo como tema y elige como rima cualquier juego de caracteres del decimocuarto grupo con rima en Han[12].

Xiangling regresó sumamente complacida con el encargo. Después de devanarse los sesos escribió unos cuantos versos y leyó otros dos de los Versos regulados de Du Fu, libro que no consiguió cerrar. Tan enfrascada estaba en la lectura que se olvidó de comer y dormir.

—¿Por qué te torturas de esa manera? —preguntó Baochai—. Todo esto es culpa de Daiyu. Debo ajustarle las cuentas. Siempre fuiste un poco débil de cabeza, y esta manía ha terminado de enloquecerte.

—No me distraiga, por favor —suplicó Xiangling.

Dicho lo cual concluyó el poema y se lo mostró.

Baochai lo leyó y comentó con una sonrisa:

—No es así como se hace. Pero no seas tímida. Enséñaselo y ya veremos qué opina.

Xiangling le llevó el poema a Daiyu, que leyó lo siguiente:

En medio del cielo cuelga la luna; la noche está fría.

Límpida y blanca es su luz, redondo su reflejo.

Los poetas la contemplan y en ella se inspiran,

mas no soportan su visión los viajeros de corazón dolorido.

La luna, espejo de jade colgando junto al pabellón esmeralda,

parece un plato de hielo sobre la cortina.

No es preciso esta noche encender las velas de plata.

Ella, con su brillante esplendor, ilumina las barandas labradas.

—Ideas no te faltan, pero el lenguaje que utilizas adolece de falta de elegancia —comentó Daiyu con una sonrisa—. Te limita el haber leído tan pocos poemas. Desecha éste y escribe otro.

Xiangling se alejó en silencio. No volvió a su cuarto, sino que fue a pasear junto al estanque y bajo los árboles, a sentarse sobre las rocas sumida en sus pensamientos o agacharse haciendo garabatos en el suelo, para perplejidad de quienes pasaban por allí.

Cuando Li Wan, Tanchun, Baochai y Baoyu se enteraron, subieron a una ladera un poco alejada y se echaron a reír mirando cómo fruncía el ceño o se reía sola.

—Como siga así puede volverse loca —dijo Baochai riendo—. Ha pasado la noche en vela, sin dejar de murmurar cosas, y sólo al amanecer se ha dormido. El alba llegó enseguida, y la he oído levantarse, asearse deprisa y partir en busca de Daiyu. Volvió sólo para pasar el día entero en trance, pero como el poema que escribió no servía, ahora está componiendo otro.

—He aquí otro caso en el que «Un lugar destacado produce gente notable» —dijo Baoyu con una leve risita—. Así que los cielos le han concedido algo más que una buena presencia… ¡Siempre habíamos lamentado que una muchacha como ella careciera de refinamiento, y ahora mira lo que ha sucedido! Esto demuestra que en el mundo hay verdadera justicia.

—Si tú trabajaras tanto como ella, tendrías éxito en tus estudios —comentó Baochai con una sonrisa.

Baoyu dejó pasar aquel comentario.

Entonces vieron a Xiangling partir a toda prisa para buscar otra vez a Daiyu.

—Sigámosla —sugirió Tanchun—. Quiero ver si esta vez le ha ido mejor.

Y se fueron juntos al refugio de Bambú, donde encontraron a Daiyu discutiendo el poema con Xiangling.

—¿Qué tal es? —le preguntaron.

—Está haciendo un esfuerzo considerable, pero los resultados aún son pobres —sentenció Daiyu—. El poema que ha compuesto está demasiado elaborado. Tendrá que intentarlo otra vez.

Pidieron leer el poema, que decía:

No es agua ni plata la luz helada de la ventana,

y cuelga del límpido cielo un plato de jade.

Pálida flor del ciruelo embebida en su fragancia,

esbeltos los tallos del sauce, evaporado ya su rocío.

Parece que un polvo blanco recubre la escalinata,

o las balaustradas de mármol están tocadas de escarcha.

Ya no se oyen, al despertar, voces en el pabellón del Oeste,

pero a través de la ventana se adivinan unas huellas.

Baochai comentó agradablemente:

—No parece un poema sobre la luna, pero no estaría mal si el tema fuera el color de la luna, pues casi cada verso parece tratar del color. No importa; todos los poemas empiezan con palabras sin sentido. En unos cuantos días habrás mejorado.

Xiangling, que se había esmerado mucho en ese poema, se desanimó de nuevo con los comentarios, pero se negó a darse por vencida y volvió a devanarse los sesos. Dejó a los demás charlando y fue hasta el bosquecillo de bambú que había delante de la escalinata. Allí se concentró, sorda y ciega a todo lo que la rodeaba.

En ese instante la llamó Daiyu por la ventana:

—¡Descansa un poco, Xiangling! —le dijo.

—«Descanso» pertenece al decimoquinto grupo de rimas. Se ha equivocado de rima —repuso ella distraídamente.

Todos se echaron a reír.

—¡Realmente se ha convertido en una poeta maldita! —dijo Baochai—. Toda la culpa la tiene Daiyu por haberla alentado.

—«En la enseñanza a los demás, infatigable»[13], dice el sabio —replicó Daiyu—. Puesto que me consultó, le dije todo lo que sabía.

—Llevémosla a ver a Xichun —propuso Li Wan—. Quizás ver el cuadro le despeje la cabeza.

Y, dicho y hecho, se llevaron a Xiangling a rastras más allá del pabellón de la Fragancia del Loto, hasta la glorieta del Tibio Aroma, donde Xichun estaba durmiendo la siesta, tendida sobre un diván. El cuadro estaba fijado contra una pared, cubierto con un trozo de gasa. Despertaron a Xichun y retiraron la gasa. Al cuadro le faltaban todavía dos tercios para estar terminado. Allí vio Xiangling algunas bellas muchachas. Señalando a dos de ellas comentó con una sonrisa:

—Ésa es nuestra joven señora y aquélla es la señorita Lin.

Tanchun se echó a reír.

—Si han de aparecer aquí todos los que pueden componer poemas, mejor será que te des prisa en aprender —le dijo.

Hicieron unas cuantas bromas más y el grupo se dispersó.

Pero la mente de Xiangling seguía absorta en la poesía. Aquella noche se sentó frente a la lámpara, perdida en sus cavilaciones, y sólo pasada la medianoche se metió en la cama. Allí se quedó, con los ojos abiertos. Sólo un poco antes del alba consiguió cerrarlos. Cuando apareció la luz y Baochai despertó, la encontró profundamente dormida.

«Ha estado toda la noche dando vueltas en la cama —pensó Baochai—. ¿Habrá terminado ya su poema? Debe estar agotada. Será mejor que no la despierte.»

En ese preciso instante Xiangling se rió en sueños y exclamó:

—¡Ya lo tengo! ¡A éste no podrá encontrarle defectos!

Divertida y conmovida, Baochai la despertó para preguntarle:

—¿Qué es lo que tienes? Tu obsesión debería conmover a los dioses. Puedes caer enferma si no consigues escribir buenos poemas.

Terminó su aseo y partió con las otras muchachas a presentar sus respetos a la Anciana Dama.

Ahora bien, Xiangling había estado tan decidida a aprender a componer poemas, y tanta atención había puesto en ello, que a pesar de no haber podido escribir el nuevo poema el día anterior había encontrado en sueños los ocho versos. Apenas estuvo vestida los escribió. Y como no podía saber si eran buenos o no, fue de nuevo a buscar a Daiyu. Llegó al pabellón de la Fragancia que Rezuma en el momento en que Li Wan y las muchachas, que acababan de regresar de los aposentos de la dama Wang, se reían del relato que hacía Baochai sobre la manera que tenía Xiangling de versificar y hablar en sueños. Cuando levantaron la vista y la vieron allí, todos quisieron leer su nuevo poema.

Escuchen el próximo capítulo.



FIN

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