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Libro N° 14778. Los Orígenes Del Totalitarismo. Arendt, Hannah. Primera Parte


© Libro N° 14778. Los Orígenes Del Totalitarismo. Arendt, Hannah. Emancipación. Febrero 7 de 2026

 

Título Original: © Los Orígenes Del Totalitarismo. Hannah Arendt

 

Versión Original: © Los Orígenes Del Totalitarismo. Hannah Arendt

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

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Guillermo Molina Miranda




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LOS ORÍGENES

DEL TOTALITARISMO

Hannah Arendt


Hannah Arendt

LOS ORÍGENES

DEL TOTALITARISMO

Traducción de Guillermo Solana

Alianza Editorial

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Título original: The Origins o f Totalitarianism by Hannah Arendt

Primera edición: 2006

Séptima reimpresión: 2014

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Reservados todos tos derechrios. Eí contenido de esta obra está protegido por la Ley, que establece penas de prisión y/o multas, además de las correspondientes indemnizaciones por daños y petjuicios, para quienes reprodujeren, plagiaren, distribuyeren o comunicaren publicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, o su transformación, interpretación o ejecución artística fijada en cualquier tipo de soporte o comunicada a tra­ vés de cualquier medio, sin la preceptiva autorización.

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© 1973,1968, 1966,1958, 1951, 1948 by Hannah Arendt

Copyright renewed 1979 by Mary McCarthy West

Published by arrangement with Harcourt, Inc.

© de la traducción: Guillermo Solana

© del prólogo: Salvador Giner, 2006

©Alianza Editorial, S. A., Madrid, ^006,2007, 2009, 2010, 2011, 2013, 2014

Calle Juan Ignacio Luca de Tena, 15; 28027 Madrid; teíéf. 91 393 88 88

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ISBN: 978-84-206-4771-5 Depósito Legal: M. 30.460-2011 Printed in Spain

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UNIVERBIDAD LIBRE

BIBLIOTECA CANUELARIA

INDICE

PRÓLOGO DE SALVADOR G1NER 11

PRÓLOGO A LA PRIMERA EDICIÓN 25

PRÓLOGO A LA PRIMERA PARTE: ANTISEMITISMO 29

PRÓLOGO A LA SEGUNDA PARTE: IMPERIALISMO 36

PRÓLOGO A LA TERCERA PARTE: TOTALITARISMO . 43

PRIMERA PARTE

ANTISEMITISMO

1. El antisemitismo como un insulto al sentido co m ú n 65

2. Los judíos, el estado-nación y el nacimiento del antisemitismo 75

3. Los judíos y la sociedad 127

4. Eí affaire D reyfus 169

SEGUNDA PARTE

IMPERIALISMO

5. La emancipación política de la burguesía 211

6. El pensamiento racial antes del racismo 254

LOS ORÍGENES DEL TOTALITARISMO

7. Raza y burocracia 286

8. Imperialismo continental: los panmovimientos 331

9. La decadencia del estado-nación y el final de los derechos del hombre. 385

TERCERA PARTE

TOTALITARISMO

10. Una sociedad sin clases 431

11. El movimiento totalitario 474

12. El totalitarismo en el poder 531

13. Ideología y terror: una nueva forma de gobierno 617

BIBLIOGRAFÍA 641

ÍNDICE ANALÍTICO 6 7 3

LA FILOSOFÍA MORAL POLÍTICA DE HANNAH ARENDT

Salvador Giner .

m i maestra H annah Arendt, con hum ildad. S. G.

I

La filosofía moral del siglo XX halló en Hannah Arendt uno de sus mayores representantes. En el terreno, más específico, de la filosofía moral política su obra es la más original y fértil. Debería ser también la de mayor alcance. En contraste con esta obviedad, los críticos, estudiosos y hasta los propios discí­ pulos de su pensamiento no saben decidir aún si esa obra es historia, ética, ensayismo periodístico, comentario moralizante, literatura o aun alguna otra cosa más. Será porque sus escritos tienen algo de todo ello a la vez. Hasta al­ gunos — como su célebre Eichtnann en Jerusalén— poseen el verbo, la preci­ sión y la pugnacidad del manifiesto o del panfleto. Será también porque ella misma rechazó adscripciones. Negaba ser filósofa. Su obra impacienta a los adoradores del método y a los dogmáticos de la epistemología. Este mismo libro, Los orígenes del totalitarismo, posee un enfoque «histórico especulativo» que no contentará a los historiadores preocupados por establecer los procesos precisos que condujeron al fascismo o al estabilismo ni tampoco a los polító-logos ocupados en la elaboración de un modelo académicamente inexpugna­ ble de-totalitarismo. Mas ni unos ni otros podrán prescindir de él. Es, a la postre, la obra más descollante que poseemos sobre el fenómeno totalitario y una de las más profundas reflexiones sobre la grandeza y miseria de la moder­ nidad. Por si ello fuera poco, es una obra fundamental de filosofía moral, esencial hoy para entender lo que es la responsabilidad y distinguirla de la culpabilidad.

Hannah Arendt, además, confundía a quienes querían situarla en el es­ pectro político habitual, al no poder decidir si era conservadora o progresis­ ta. No obstante, su participación activa en publicaciones tan descollantes de la izquierda norteamericana como la Partisan Review o su miíitancia inde­ pendiente en el reformismo cívico, democrático y republicano, no dejan lu­ gar a dudas sobre la naturaleza última de su posición.

Mientras discuten los entendidos sobre si son galgos o si son podencos, se acrecienta la herencia de Hannah Arendt y se incrementa nuestra deuda intelectual y moral para con ella. Nada en lo inasible de su pensamiento mengua su talla.

Los orígenes del totalitarismo, de 1951, es una de las obras clásicas de Han­ nah Arendt. Tal vez esté destinada a ser la que mejor perdure como texto que lean muchos, puesto que otros de sus escritos más cabales, como La condición humana, poseen características filosóficas de rigor y abstracción que inevita­ blemente restringen el número de sus lectores. Los orígenes, en cambio, con­ tiene un relato (y una tragedia) que hace vibrar todas y cada una de sus pági­ nas con el aliento de la humanidad herida, con la indignación de la decencia mancillada. Su historia es la de los tiempos modernos. Ya eso sólo le confiere la accesibilidad, rayana en la popularidad, que posee. .

II

Hannah Arendt1nadó en Hannover, en la Baja Sajorna, en 1906, en el seno de una familia judía. Creció en la ciudad provinciana, prusiana y kantiana de Königsberg, a orillas del Báltico. De allí procedían sus prósperos padres. Es­ tudió luego filosofía en Mar burgo, con Martin Heidegger. (Tuvo una vincu­ lación sentimental con él, que daría lugar más tarde a una relación tortuosa, dadas las inclinaciones nazis del filósofo, miembro del siniestro partido desde 19332.) Su disertación doctoral, sobre el concepto de amor en San Agustín, fue dirigida por el filósofo Karl Jaspers. Con él y con su esposa mantendría una profunda amistad toda su vida.

1 Para mi testimonio personal acerca de la que fuera uno de mis maestros, cfr. F. Birulés (2000),

15-22. Para una biografía, E. Young-Bruehl (1982). 2 V. Parías (1989).

LA FILOSOFÍA MORAL POLÍTICA DE HANNAH ARENDT 13

Con la llegada de Adolf Hítler al poder, Arendt se refugió en París en 1933 y se dedicó a la ayuda de la comunidad judía. Tuvo que huir de nuevo en 1941, Lo hizo a los Estados Unidos, donde adquiriría la ciudadanía casi un decenio más tarde. Poco después, en 1951 >se publicó su primer tratado importante en ver la luz, Los orígenes del totalitarismo. Su primer cargo acadé­ mico lo obtuvo en la Universidad de Chicago, en 1963. Algunos años antes, en 1958, apareció La condición humana, una reflexión filosófica sobre el ser humano en nuestro tiempo que parte del significado del trabajo y la acción como dimensiones de nuestra existencia para entenderlas en su expresión presente. En ella el énfasis heideggeriano sobre el «ser» se transforma en un énfasis arenddano sobre el actuar, y éste se apoya sobre una visión moralmen­ te responsable de la acción. Arendt siguió siendo siempre una pensadora de la acción humana.

En Chicago Hannah Arendt enseñó sobre la naturaleza de la revolución y desde allí publicó su ensayo De la revolución. En él reflexionaba en torno a las revoluciones francesa y norteamericana, con manifiesta inclinación por la segunda. (Su prevención contra el totalitarismo moderno, cuyas raíces remo­ tas se encuentran en los excesos del puritanismo inglés en la revolución de Cromwell en el siglo XVII, aunque surgen con toda claridad en el Terror jaco­ bino, explican esa preferencia.) Su meditación constituye un esfuerzo por teorizar la disyuntiva revolucionaria: la que o bien conduce a una politeya monolítica, estatalista, y a una ciudadanía presuntamente virtuosa impuesta

. por un partido — el de Robespierre— , o bien lleva hacía otra más abierta, fundamentada en una sociedad civil autónoma y plural frente a un estado fe­ deral y restringido, como fue el caso de la república norteamericana en sus primeros tiempos. Poco antes, en 1961, había publicado en las páginas de la revista Neto Yorker su ensayo Eichmann en Jerusalén: informe sobre la banali­ dad del mal. Este escrito le valió celebridad y controversia inmediatas. Más que por cualquier otra razón, ello se debió a haber sugerido una cierta com­ plicidad — una cierta mansedumbre, diría yo— por parte de los judíos euro­ peos en el proceso satánico de.su eliminación genocida por parte de la barba­ rie nazi. Su descripción del asesino en masa Adolf Eichmann como burócra­ ta concienzudo y obediente, como probo funcionario del exterminio de inocentes, en lugar del monstruo moralmente culpable del incomprensible y gigantesco crimen de genocidio, constituyó también un motivo de serio es­ cándalo. Con ello Arendt introducía cuestiones de responsabilidad moral en las discusiones de ética política, que a la sazón solían eludirlas. Además, ha­ berse enfrentado valientemente con el asunto tabú de la posible colaboración pasiva aunque nunca deseada de muchos hebreos en su propia destrucción, a causa de su buena conducta y respeto a la ley ante la barbarie, era tan grave

SALVADOR GÍNER

como llamar la atención sobre el elemento banal y rutinario en el ejercicio de la perversidad y la maldad, tan frecuente entre los humanos. Con el tiempo ha amainado la doble polémica, sin querer morir del todo, aunque no quepa ya duda de quién venció moral y racionalmente en aquella salu­ dable contienda.

En 1967 Hannah Arendt se incorporó a la neoyorquina New School for Social Research, donde permaneció hasta su muerte, en 1975. Dejó inacaba­ da su obra póstuma La vida de la mente, el más abstracto e intencionadamen­ te sistemático de sus textos. Vio éste la luz en 1978.

En cuanto sigue esbozaré primero el argumento principal de Los orígenes

— su teoría general del totalitarismo como forma históricamente original de dominación— para exponer luego las características de su crítica del mal y la maldad, seguido todo ello de un esbozo sobre la concepción arendtiana de la filosofía política del republicanismo cívico. Mi intención, aí ordenar así mis propios renglones, no es otra que darles cima con observaciones que de algún modo superen, con la ayuda del propio pensamiento de Hannah Arendt, las sombrías constataciones con las que ella misma elaboró su teoría moral de la política.

III

Apenas había pasado un lustro de la derrota del fascismo alemán cuando apa­ reció Los orígenes deí totalitarismo, en 1951. Era la respuesta teórica más cabal dada hasta entonces al insólito episodio histórico de esa forma déí totalitaris­ mo político, que alcanzó su máxima expresión en la Alemania nacionalsocia­ lista, o nazi, mientras simultáneamente la Unión Soviética se transformaba, a través del estalinismo, en otro régimen totalitario no menos devastador, que se extendía a sus múltiples colonias. El genocidio del pueblo judío por los na­ zis y el aniquilamiento de millones de campesinos rusos a manos de los bol­ cheviques estaünistas, la persecución y destrucción sistemática de todo movi­ miento político democrático o sencillamente diferente del gobernante, las purgas internas de los propios partidos oficiales, el terror político cotidiano, la desaparición física de intelectuales, artistas y pensadores, la creación de campos de exterminio para disidentes reales o imaginarios, la supresión de una sociedad civil autónoma y tantos otros horrores en entrambos imperios invitaban aí paralelismo.

No obstante — sobre todo por parte de la izquierda más o menos espe­ ranzada por la posibilidad de enmienda de los regímenes llamados «comunís-tas»:—, también parecía haber buenas razones para hacer resaltar las diferen­

LA FILOSOFÍA MORAL POLÍTICA DE HANNAH ARENDT 15

cias que los separaban, Para la amplia parte filocomunista de la izquierda de aquel entonces, comprensiblemente, la mayor blasfemia concebible era la equiparación del fascismo con el comunismo. (Comprensiblemente, digo, si se piensa que en tiempos de la llamada Guerra Fría entre el comunismo estaíi-nista y las potencias occidentales capitalistas y, en no pocos sentidos, .cierta­ mente, imperialistas, tales equiparaciones provenían a menudo de los elemen­ tos más reaccionarios.) No obstante, me indicaba un sociólogo notable, muy conservador —y ciertamente anticomunista— , colega de Hannah Arendt en nuestra común Universidad de Chicago, que a pesar de todos los pesares, la ideología nazi era innatamente perversa mientras que la teoría comunista, vinculada a cierto evolucionismo universalista, a una filosofía de la historia y el progreso, y ciertamente a la economía política clásica, se había librado de la feroz irracionalidad que hacía totalmente absurda a la primera. Reconocía el sabio y recalcitrante catedrático que la ideología comunista no estaba del todo huérfana de plausibiUdad y respetabilidad académica, aunque a él le re­ pugnara.

Frente a los tanteos conceptuales y las generalizaciones poco matizadas prevalecientes a la sazón, Hannah Arendt ofreció una «teoría fuerte» sobre la naturaleza del totalitarismo. Para empezar, Arendt rechazó la noción de que entrambos regímenes fueran una mera continuación por agravación de situa­ ciones anteriores. Que fueran algo así como una exacerbación de los regíme­ nes dictatoriales anteriores, de derecha o de izquierda. Ni siquiera, afirmaba, eran continuaciones de tiranías precedentes. Algunos regímenes modernos, como el despotismo reaccionario de Franco en España, Saiazar en Portugal y Metaxás en Grecia, sí lo eran, aunque tuvieran elementos de pretensión tota­ litaria y terror político. Otros, como el propio fascismo italiano, teorizador e inventor del estado totalitario fascista, se habían acercado mucho más que es­ tos últimos al regfmen totalitario «puro», sin alcanzar empero las cotas de bar­ barie modernizada propia de las dos tiranías paradigmáticas del siglo, la nazi y la soviética. La radical novedad histórica de estas dos, su falta de preceden­ tes, era ya un rasgo compartido que invitaba a un tratamiento analítico con­ junto.

Los pilares burocráticos del terror y la ficción ideológica absoluta desti­ nados a crear toda una estructura social enteramente politizada por un apara­ to partidista único y monolítico constituían, según ella, la base para una in­ novación política radical, que ambos regímenes — innegablemente distintos entre sí en más de algún sentido— compartían. Ello no podía sino irritar o incitar el rechazo de quienes (con razón, sin duda) veían en el movimiento comunista una visión general de la emancipación humana y de la igualdad entre los hombres que claramente poseía. Como acabo de señalar, más de un

SALVADOR GINER

analista democrático y antiestalinista de la época reconocía que, ante el bodrio ideológico pseudodarwinista y pseudonietzscheano del nazismo, el comunis­ mo soviético poseía unos credenciales filosóficos por lo menos respetables, aunque el resultado ideológico fuera tan lamentable. Ello ayuda a explicar algo que una infinidad de personas inteligentes se cegaran ante la evidencia del terror estalinista, sus campos de castigo, su paranoia política, su fomento de la delación entre deudos, familiares y amigos, su exigencia de confesión publica y autoínculpación, su persecución de la libertad intelectual y política, su uso implacable del crimen político en gran escala, capaz del genocidio. (Baste como ejemplo al azar, para la Unión Soviética, la deportación y cuasi exterminio del pueblo tártaro de la Crimea, entre otros conocidos crímenes de lesa humanidad, para cualquier objeción que hacerse pueda a esta última afirmación.)

La estrategia narrativa de Los orígenes no comienza por una teoría general que explique la aparición de una politeya enteramente nueva en la historia, la totalitaria, sino que arranca de una tendencia histórica circunscrita a unos campos limitados. Empieza con el relato de la exacerbación paulatina del an­ tisemitismo tradicional europeo en el siglo XIX — en Francia y Alemania so­ bre todo— , por un lado, y del imperialismo de las potencias capitalistas de la época, por otro. Su descripción de los horrores de la expansión imperial mo­ derna y su perversión ideológica como «expansión por la expansión misma», más allá del deseo de adquirir más riquezas, recursos y esclavos, es devastado­ ra. Léanse si no sus páginas, en este mismo libro, sólo comparables a las de Joseph Conrad de El corazón de las tinieblas, para constatar que, dentro de la abundante literatura anticolonialista que invadió las librerías durante toda la segunda mitad del siglo XX, casi nadie se ha alzado con mayor elocuencia en la denuncia de los miserables desafueros de la expansión imperial moderna. Y quien lo hizo, Hannah Arendt, no militaba precisamente en el entonces sig­ nificativo marxismo anticolonialista.

Con esos criterios se acerca Arendt en su estudio a la génesis histórica del fenómeno totalitario. El método heterodoxo en este y algún otro texto la si­ túa fuera de todas las convenciones de la teoría política de su tiempo, así como también fuera de la historiografía convencional. Quien busque en este libro una historia sistemática de la transformación del antisemitismo tradi­ cional europeo en demonización política de los judíos por parte de un régi­ men presa de la paranoia política hallará por doquier lagunas y ausencias. También las hallará en su tratamiento del imperialismo capitalista e indus­ trial, burgués, de los estados naciones de la época con su afán ilimitado por la anexión del mundo. (Con las rivalidades a que ello conduciría entre ellos, con su camino hacia el precipicio de la guerra intraeuropea, pronto mundial,

LA FILOSOFÍA MORAL POLÍTICA DE HANNAH ARENDT 17

de 1914, hacia la hecatombe que conduciría finalmente al totalitarismo pro­ pio del siglo XX.) Y, sin embargo, el texto no sólo es convincente desde el pri­ mer renglón y cautivador por su verbo intenso, embargado de angustia mo­ ral, sino que está preñado de observaciones y comentarios brillantes sobre la tragedia que en él se despliega. Podrían desgajarse del texto para constituir un libro de epigramas y sentencias. (Antología que está aún por hacer y que no costaría demasiado componer con toda la obra de Auendt.)

Los orígenes se ordena en tres oleadas sucesivas (permítaseme la expresión, porque cada parte es como una onda expansiva que conduce a la siguiente). La primera es una historia del antisemitismo europeo clásico, consciente la autora de que no era más que un componente de la compleja situación que iba a dar lugar en última instancia al totalitarismo. En efecto, el proceso de universalización de la ciudadanía encontró en el estado nación cierta solu­ ción al generalizar la condición de ciudadano (por definición universal) a to­ dos ios moradores de una comunidad política. La transformación de breto­ nes, vascos, catalanes y alsacianos en franceses o en tan franceses como los na­ cidos en Angulema, Reims o París se realizaba con la facilidad jacobina que todos conocemos. El mantenimiento al margen de algún pueblo minoritario

— los gitanos, por ejemplo— con condición de paria más o menos folklórico no presentaba mayor problema. (Recordemos que Hitler se propuso e inició sanguinariamente la aniquilación del pueblo gitano con igual saña con la que emprendió la del hebreo, aunque con menor eficacia, pues éstos a menudo sabían escabullirse de los funcionarios nazis de la muerte.) Los jacobinos asimilaban, s¡ era preciso por la fuerza y sin miramientos, y destruían a los que juzgaban sus enemigos; los fascistas, en cambio, aniquilaban categorías enteras de la población, declarándoles primero subhumanos. He ahí una diferencia.

Por lo que hace a una de esas «categorías malditas», el judío — tanto el rico como el pobre, pero en especial el culto y el profesionalmente desco­ llante— planteaba los problemas de asimilación, prejuicio xenófobo e inse­ guridad mental que conocemos. Arendt los analiza con certera mirada. A través de aquel proceso de marginación y de expulsión ideológica de los he­ breos del género humano se puso a prueba todo el edificio supuestamente universalista de la ciudadanía libre, igualitaria y fraterna que llamamos de­ mocracia. Se puso en tela.de juicio el núcleo esencial de la civilización de­ mocrática.

A la incapacidad del estado nación para crear una ciudadanía única y a la vez cultural y étnicamente varia, es decir, de hacer de los serbios «buenos» aus­ tríacos, de los gitanos «buenos» rumanos, y de los judíos «buenos» franceses, se añade la deriva de los estados europeos — así como de los Estados Unidos

SALVADOR GÍNER

desde su conquista de Cuba, Puerto Rico y Filipinas— hacia la práctica del imperialismo. Consiste éste en la perenne expansión sobre el globo del poder estatal sin más razón que ella misma. He aquí un libro de 1951 que analiza los procesos hoy obsesivamente estudiados o discutidos por tirios y troyanos sobre la mundialización con un frescor extraordinario y con consideraciones que no han sido superadas todavía en lo acertadas. No lo logró la a veces te­ diosa y vastísima literatura sobre imperialismo — tan característica de los años 50, 60 y 70 del siglo pasado— plagada de lugares comunes sobre el ma­ ligno capitalismo occidental y su militarismo conquistador o forjador de las viles dependencias que sufría pasivamente algo, presuntamente homogéneo, llamado Tercer Mundo.

En qué forma el imperialismo desembocó en el seno de dos estados rela­ tivamente marginales a su núcleo principal, el ruso y el alemán, en el frenesí totalitario, una vez se hundió la noción de «derechos del hombre» y del ciuda­ dano en la catástrofe de la Gran Guerra de 1914, es el objeto del relato arend-tiano de la génesis e implicaciones del totalitarismo. Es éste un régimen que abóle la ciudadanía. Un régimen que sustituye el poder por la violencia. (En las sociedades civiles enmarcadas en las democracias predomina un poder bien ordenado, legítimo; en los totalitarismos, paradójicamente no hay po­ der, sino mera violencia, piensa Arendt.) El régimen totalitario es también un régimen que pretende la modernidad plena, a través de la técnica, la cien­ cia aplicada y el crecimiento económico a cualquier precio. De ahí su pro­ ducción industrial de la muerte, su instauración burocrática del terror, su in­ corporación de la técnica, la ciencia y el. conocimiento a la macropráctíca de la sinrazón. De ahí el abismo que separa el totalitarismo de toda dictadura reaccionaria, de todo despotismo tradicionalista, militaroide y nacionalista, como podía ser el fascismo clerical y clasista de algunas dictaduras europeas como la sufrida por España3.

Que hoy, a principios del siglo XXI, la afirmación del denominador co­ mún de toda politeya totalitaria, sea del signo que sea, todavía inspire algu­ nas resistencias residuales es el mayor tributo que rendirse pueda a la aporta­ ción de Hannah Arendt. Ella elaboró una teoría política general del único ré­ gimen verdaderamente nuevo que ha generado la modernidad, tras el advenimiento de la democracia republicana, en la época de las revoluciones que estallaron a uno y otro lado del Atlántico, a fines del Siglo de las Luces. El único competidor a la «originalidad radical», para decirlo según su propia noción, del totaíirarismo serían los regímenes despóticos modernos, auto-crátícos, reaccionarios muchas veces, pretendidamente socialistas otras, po­

3 M . Pérez Yruela y S. Giner (1978).

LA FILOSOFÍA MORAL POLÍTICA DE HANNAH ARENDT 19

pulistas, representados por tantas dictaduras en casi todas las partes del mun­ do. Pero estos regímenes han carecido siempre de nitidez y verdadera origina­ lidad, han adoptado sólo la forma de dictaduras miíitaroides, incompetentes, brutales, sin más objetivo que el de su innoble perpetuación.

IV

La originalidad de Hannah Arendt proviene de su enfoque empirista de la si­ tuación totalitaria. (De raíz «fenomenològica» dirán aquellos de sus conoce­ dores, que quieren ver en ella un enlace con la tradición filosófica de Husserl y Jaspers en este terreno.) Ese enfoque surge al margen, y más allá, de una teoría general de la política. Arendt primero constata hechos, planta su mira­ da certera sobre situaciones incontrovertibles. Se formula preguntas elemen­ tales. ¿Son aquí las gentes libres? ¿Se persigue o no a los disidentes? ¿Se buro-cratiza o no el crimen? ¿Se idolatra o no a un guía supremo — Stalin, Hitler, Mao— , dogmáticamente construido por la propaganda? ¿Se anatemiza o no a una categoría de seres humanos inocentes como culpables satánicos de los males de la humanidad? Respondamos primero a estas preguntas clave y teo­ ricemos luego sobre la mejor filosofía política, o sobre la esencia de la liber­ tad en nuestra época, o sobre la epistemología más idónea. Ese es su mensaje implícito. Su tributo al sentido común como base para pensar y filosofar.

Uno puede, como Arendt, sentir el influjo histórico filosófico de Hegel o, sobre todo, la noble visión agustiniana que tanto pesó sobre ella, y estar sin embargo libre de concepciones suprahistóricas generales. Es menester librar­ se de ellas a través de constataciones empíricas con carga moral como las que estas preguntas contienen. Las preguntas, en fin, que hoy hay que hacerse cuando queremos sopesar la valía moral de cualquier politeya u orden políti­ co y moral de convivencia. Ha pasado demasiada agua bajo los puentes du­ rante los últimos decenios, durante los dos últimos siglos, para que nadie pueda ya legítimamente teorizar, sobre la vida moral de nuestras sociedades sin comenzar por las preguntas específicas de la vida cívica y política cotidia­ na de la ciudadanía. Sólo así, en un segundo momento, será dable teorizar en serio en torno al orden general de legitimidad, poder, autoridad y constitu­ ción política, con una mínima autoridad y solvencia intelectual.

Por eso la tarea de Arendt es una labor de zapa. No va de la ideología nazi a la cámara de gas, sino de la cámara de gas a la ideología nazi. En su célebre Eichmann en Jerusalén no procede desde una teoría general de la responsa­ bilidad moral y de la culpa a la responsabilidad y culpa de aquel verdugo, de aquel artista de la producción industrial del crimen, sino que desmenuza qué

SALVADOR GINER

representa en la modernidad el modo industrial de producción del daño, si se me permite introducir un concepto que si lo hubiera usado Hannah Arendt sería característico de su modo de decir, pienso. Eso fue lo que, para indigna­ ción de los muchos y admiración de los pocos, le permitió elaborar una teo­ ría convincente sobre la banalidad del mal\ así como sobre esa cíase de fun­ cionarios de la destrucción cuya existencia rutinaria, gris, obediente y sórdi­ da queda al margen de elementos pasionales o de combates de principios entre gentes libres. Los ejecutores y verdugos de los dictadores en la Argentina, Chile y en tantos otros lugares, refugiados en una presunta «obediencia debida», a fines del siglo XX, fueron los émulos de Eichmann, mucho tiempo después del enjuiciamiento en Israel de esa inentidad funcionaril y policiaca. Eran los meros verdugos que aplicaron la banalidad de la tortura a los ino­ centes con aire cansino, rutinario, desapasionado. Tal vez, estremece pensar­ lo, hasta sin sadismo. Los ecos del totalitarismo no han perecido, no mueren fácilmente.

Los orígenes descansa sobre dos elementos: el de la producción histórica deí totalitarismo, su sociogénesis, por un lado, y el de la evaluación ética de lo que significa para la humanidad. Todo ello imbricado en un relato de los hechos, de las diversas corrientes y de cómo se entrelazan y confluyen para acabar en lo que acabaron. Sólo la última parte traza lo que sería el tipo ideal o modelo de totalitarismo. Sobre éste hay literatura abundante, sobre todo en sociología política. Aunque lleno de sugerencias y aportaciones nada desde­ ñables, en especial por lo que se refiere a la noción de «dominio total», no puedo ocultar -—a fuer de discípulo suyo que fui— algunas discrepancias menores con Hannah Arendt4, heredera de la amplia corriente sobre la lla­ mada masificacíón y sobre las presuntas masas. En todo caso, poco hay que discrepar, sobre todo en el caso del comunismo, sobre la paradoja de un or­ den que pretende ser igualitario pero que procede a una investidura absolu­ tista del poder sobre un aparato o partido y sobre un jefe supremo y provi­ dencial en nombre de la igualdad entre los hombres y su dignidad como ta­ les. La exacerbación de la desigualdad y la subyugación en nombre-del igualitarismo y del comunitarismo, de la hermandad entre los hombres, constituye una de las mayores estafas que en el mundo han sido.

Que la noble ambición de acabar con la desigualdad feudal o burguesa haya acabado en la producción de una mayor tiranía y de una desigualdad más cruel aún cuando se ha ido por la vía totalitaria es la más elemental cons­ tatación y lección que podamos aprender las gentes de hoy. Igualmente lo es entender que semejante desgracia no justifica defensa alguna de la injusticia

4 Cfr, S. Giner (1979) y (1976).

LA FILOSOFÍA MORAL POLÍTICA DE HANNAH ARENDT 21

estructural heredada dentro del orden de muchas democracias liberales. Mas no es éste el lugar para considerar las posibles soluciones civilizadas que plan­ tea este asunto.

V

La mayor parte de los trabajos sobre la obra arendtiana coinciden en detectar en Los orígenes prácticamente todos los temas que la pensadora había de ir desarrollando posteriormente. Han descubierto en ella mucha mayor unidad que la que a primera vista se percibe5. A mi juicio, dos de ellos son explícita­ mente una prolongación y desarrollo de los postulados éticos que presiden ese primer tratado: Eicbmann en Jerusalén y En torno a la revolución. El pri­ mero porque, polémicamente, desarrolla una teoría de la irresponsabilidad burocrática del mal, de su banalización a través de la obediencia funcionarial en la tarea rutinaria y neutra de llevar a cabo impunemente el asesinato polí­ tico. El escándalo que produjo esa obra, como decía, se debe más a la insi­ nuación de mansedumbre por parte de las víctimas del terror que a otra cosa. (La mayor parte eran judías, pero no todas, puesto que entre ellas había muchos demócratas, y entre ellos, no lo olvidemos jamás, tantos españoles republicanos), A lo sumo, los observadores habían hecho ya énfasis en la cobar­ día moral de quienes no dan refugio ni ayudan al perseguido, con lo cual cola­ boran con las fuerzas totalitarias del mal o de la tiranía. En ciertas circunstan­ cias la pasividad y la indiferencia de muchos ciudadanos entraña colaborar con la injusticia. Las víctimas del terror no son solamente las que sufren trabajos forzados o tormentos, sino la población acobardada y sumisa que no planta cara a ios energúmenos. La infausta victoria del terror político se ejerce sobre todo el pueblo a través de la transformación de la gente en masa adocenada. Quienes caen combatiendo ese terror afirman por lo menos su dignidad.

En evitación de estas cobardías incívicas toma posición Arendt por una corriente distinta al liberalismo ab asad o en una aceptación explícita del egoísmo y los intereses de cada cual— y también al comúnitarísmo — cuyas atribuciones místicas a una colectividad abstracta, sea la nación o el partido, encierran trampas peligrosas— , que es la republicana. El republicanismo arendtiano se solapa comedidamente con algunos postulados comunitaristas

— así, sin idea de nación no hay revolución moderna— y también con el li­ beralismo, en la medida en que éste subraya la tolerancia y el dejar en paz a

-Una de las mejores imrucciones es la de J. C, Poizat (2003), así como la compilación de L. May y J. Kohn (1996), junto aí ya citado libro que compilara Fina Biruíés.

SALVADOR GINER

los demás. Pero su énfasis es sobre la institución de la ciudadanía, es decir, so­ bre el hombre público que se siente responsable de los asuntos de la colecti­ vidad. Toda su filosofía moral política, o filosofía política moral — no preten­ do ningún juego de palabras— , pivota sobre la mayor importancia del ágora sobre la del templo, pero siempre sobre la participación cívica en la vida de ese ágora. Esa virtud cívica que desde Tucídides, Cicerón y Maquiavelo hasta los padres de la revolución americana se ha considerado como piedra angular de la república encuentra en Arendt un fundamento muy sólido.

Eí tejido cívico de la modernidad, esa urdimbre sobre la que se cimenta nuestra moral laica y moderna, es lo que se halla en peligro no sólo ante el auge del totalitarismo, sino también ante los embates mediáticos, corporati­ vos y burocráticos o administrativos de la modernidad avanzada, que se jacta de haber superado el pasado totalitario. Por eso en Arendt hay cierta hostili­ dad a la noción liberal de que la vida privada sea el privilegio y refugio fun­ damental de la democracia, por importante que tenerla sea crucial6. En su tratado sobre La condición humana, de 1958, la hoy célebre distinción que ella traza entre el trabajo (labor), la labor o tarea (work) y la acción (action) le conduce al concepto supremo de vita activa como interés solidario por el rei­ no de lo público7. Hay tres estadios en el desarrollo de nuestra humanidad, el del homo laborans, el del homo faber y finalmente el de hombre responsable y libre que entra como tal en la esfera pública. No es éste un homo politicus porque no es necesariamente un profesional de la política, ni miembro de un partido, ni miembro de un gremio o corporación. Es solamente un ciudada­ no con virtudes públicas mínimas, eso sí capaz de ejercerlas a través del civis­ mo con suficiente contundencia como para poner freno a ios peligros peores de la modernidad, empezando por la tentación totalitaria8.

Eí ciudadano participativo no se ciñe a lo político sino sobre todo a la ac­ tividad en la esfera compartida de la convivencia. Tampoco se confunde con el militante, a quien absorbe la militancia hasta agotar su criterio indepen­ diente y la distancia necesaria que debe poseer el buen ciudadano frente a toda obediencia ciega, Militancia. y participación son cosas esencialmente distintas. Quien participe en una asociación cívica solidaria (y si es preciso apartidista y en algún sentido apolítica) entenderá inmediatamente eí mensa­ je, Porque ése es el sentido fundamental del republicanismo cívico arendtia-no, que es menester contraponer a quienes, en agreste contraste con ella, ha­

Cfr. H. Béjar (1990) y (1993); L. Plaquer (1982).

Para un análisis de la acción como manifestación de la condición humana en Arendt, cfr. M. He­ rrera Gómez (2005).

8/V. Camps yS . Giner (2005).

LA FILOSOFÍA MORAL POLÍTICA DE HANNAH ARENDT 23

blan de virtud cívica pero la imponen desde fuera. Hay un republicanismo dogmático, peligroso, de inclinación totalitaria, que evoca sin pudor al «hom­ bre nuevo», ensalza al tirano y quiere forzar a las gentes a la pureza política. Y hay otro, cívico, paciente, incapaz de perder la fe en el buen sentido de la ciu­ dadanía, y que desea siempre la libertad de cada cual. A ese pertenece la posi­ ción de Hannah Arendt, que fundamenta su concepción republicana sobre la acción compartida, no sobre la solitaria, ni tampoco sobre la multitudinaria, en el espacio público9. No sólo se entiende así la política como logro supre­ mo de la politeya, de Ja ciudad10, sino que Arendt prueba con ello que la éti­ ca de nuestro tiempo debe ser una filosofía moral de la vida compartida en Ja sociedad humana11.

Hoy en día sabemos ya que la vida cívica y las responsabilidades de la li­ bertad en la esfera pública son asunto fundamental de toda filosofía moral. Ésta no es confmable a las relaciones interpersonales o a ámbitos circunscri­ tos, aislados del reino de lo público. Sabemos también que la ética que elabo­ remos no será nunca del todo satisfactoria si no incluye una filosofía política de la fraternidad. Por eso es menester escuchar la voz serena de Hannah Arendt.

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PRÓLOGO A LA PRIMERA EDICIÓN

N o someterse a lo pasado m a lo id turo.

Se trata de ser enteram ente presente,

KARL JASPERS

Dos guerras mundiales en una sola generación, separadas por una Ininte­ rrumpida serie de guerras locales y de revoluciones, y la carencia de un trata­ do de paz para los vencidos y de un respiro para el vencedor han desemboca­ do en la anticipación de una tercera guerra mundial entre las dos potencias mundiales que todavía existen. Este instante de anticipación es como la cal­ ma que sobreviene tras la extinción de todas las esperanzas. Ya no esperamos una eventual restauración del antiguo orden del mundo, con todas sus tradi­ ciones, ní la reintegración de las masas de los cinco continentes, arrojadas a un caos producido por la violencia de las guerras y de las revoluciones y por la creciente decadencia de todo lo que queda. Bajo las más diversas condicio­ nes y en las más diferentes circunstancias, contemplamos el desarrollo del mismo fenómeno: expatriación en una escala sin precedentes y desarraigo en una profundidad asimismo sin precedentes.

Jamás ha sido tan imprevisible nuestro futuro, jamás hemos dependido tanto de las fuerzas políticas, fuerzas que padecen pura insania y en las que no puede confiarse si se atiene uno al sentido común y ai propio interés. Es como si la humanidad se hubiera dividido entre quienes creen en la omnipo­ tencia humana (los que piensan que todo es posible si uno sabe organizar las masas para lograr ese fin) y aquellos para los que la impotencia ha sido la experiencia más importante de sus vidas.

26 LOS ORÍGENES DEL TOTALITARISMO

Al nivel de la percepción histórica y del pensamiento político, prevalece la opinión generalizada y mal definida de que la estructura esencial de todas las civilizaciones ha alcanzado su punto de ruptura. Aunque en ningfn partes del mundo parezca hallarse mejor preservada que en otras, en ningún lugar puede proporcionar una guía para las posibilidades del siglo o una respuesta adecuada a sus horrores. La esperanza y el temor desbocados parecen a menudo más próximos al eje de estos acontecimientos que el juicio equilibra­ do y la cuidadosa percepción. Los acontecimientos centrales de nuestra épo­ ca no son menos olvidados por los comprometidos en la convicción en una catástrofe inevitable que por los que se han entregado a un infatigable opti­ mismo.

Este libro ha sido escrito en un contexto de incansable optimismo y de incansable desesperación. Sostiene que el Progreso y el Destino son dos caras de la misma moneda; ambos son artículos de superstición, no de fe. Fue escrito con el convencimiento de que sería posible descubrir los mecanismos ocultos mediante los cuales todos los elementos tradicionales de nuestro mundo político y espiritual se disolvieron en un conglomerado donde todo parece haber perdido su valor específico y se ha hecho irreconocibíe para la comprensión humana, inútil para los fines humanos. Someterse al simple proceso de desintegración se ha convertido en una tentación irresistible no sólo porque ha asumido la falsa grandeza de una «necesidad histórica», sino porque todo lo que le era ajeno comenzó a parecer desprovisto de vida, de san­ gre, de sentido y de realidad.

La convicción de que todo lo que sucede en la Tierra debe ser comprensible para el hombre puede conducir á interpretar la historia mediante lugares comu­ nes. La comprensión no significa negar lo que resulta afrentoso, deducir de pre­ cedentes lo que no tiene tales o explicar los fenómenos por analogías y generali­ dades a través de las cuales ya no pueda sentirse el impacto de la realidad y el shock de la experiencia. Significa, más bien, examinar y soportar consciente­ mente la carga que nuestro siglo ha colocado sobre nosotros — y no negar su existencia ni someterse mansamente a su peso. La comprensión, en suma, signi­ fica un atento e impremeditado enfrentamiento con la realidad, una resistencia a la misma, sea lo que fuere.

En este sentido debe ser posible abordar y comprender el hecho atroz de que un fenómeno tan pequeño (y en la política mundial tan carente de importancia) como el de la cuestión judía y el antisemitismo llegara a conver­ tirse en el agente catalítico del movimiento nazi en primer lugar, de una gue­ rra mundial poco más tarde y, finalmente, de las fábricas de la muerte. O

PRÓLOGO A LA PRIMERA EDICIÓN 27

también la grotesca disparidad entre causa y efecto que introdujo la época del imperialismo, cuando las dificultades económicas determinaron en unas po­ cas décadas una profunda transformación de las condiciones políticas en todo el mundo. O la curiosa contradicción entre el proclamado y cínico «rea­ lismo» de los movimientos totalitarios y su evidente desprecio por todo el entramado de la realidad. O la irritante incompatibilidad entre el poder ac­ tual del hombre moderno (más grande que nunca, hasta el punto incluso de ser capaz de poner en peligro la existencia de su propio universo) y la impo­ tencia de los hombres modernos para vivir en ese mundo, para comprender el sentido de ese mundo que su propia fuerza ha establecido.

El designio totalitario de conquista global y de dominación total ha sido el escape destructivo a todos los callejones sin salida. Su victoria puede coin­ cidir con la destrucción de la humanidad; donde ha dominado, comenzó por destruir la esencia del hombre. Pero volver la espalda a las fuerzas destructivas del siglo resulta escasamente provechoso.

Lo malo es que nuestra época ha entretejido tan extrañamente lo bueno con lo malo que, sin «la expansión por la expansión» de los imperialistas, el mundo no habría llegado a estar unido; sin el artificio político de la burgue­ sía del «poder por el poder», jamás se habría descubierto la medida de la for­ taleza humana, y sin el mundo ficticio de los movimientos totalitarios en los que se pusieron de relieve con inigualable claridad las incertidumbres esen­ ciales de nuestro tiempo, podríamos haber sido conducidos a nuestra ruina sin darnos cuenta siquiera de lo que estaba sucediendo.

Y si es verdad que en las fases finales del totalitarismo éste aparece como un mal absoluto (absoluto porque ya no puede ser deducido de motivos humanamente comprensibles), también es cierto que sin el totalitarismo podríamos no haber conocido nunca la naturaleza verdaderamente radical del mal.

El antisemitismo (no simplemente el odio a los judíos), el imperialismo (no simplemente la conquista) y el totalitarismo (no simplemente la dictadu­ ra), uno tras otro, uno más brutalmente que otro, han demostrado que la dignidad humana precisa de una nueva salvaguardia que sólo puede ser hallada en un nuevo principio político, en una nueva ley en la Tierra, cuya validez debe alcanzar esta vez a toda la humanidad y cuyo poder deberá es­ tar estrictamente limitado, enraizado y controlado por entidades territoria­ les nuevamente definidas.

Ya no podemos permitimos recoger del pasado lo que era bueno y deno­ minarlo sencillamente nuestra herencia, despreciar lo malo y considerarlo simplemente como un peso muerto que el tiempo por sí mismo enterrará en el olvido. La corriente subterránea de la historia occidental ha llegado final­

LOS ORÍGENES DEL TOTALITARISMO

mente a la superficie y ha usurpado la dignidad de nuestra tradición. Ésta es la realidad en la que vivimos. Y por ello son vanos todos los esfuerzos por escapar al horror del presente en la nostalgia de un pasado todavía intacto o en el olvido de un futuro mejor.

H ANNAH ARENDT

Verano de 1950

PRÓLOGO A LA PRIMERA PARTE:

ANTISEMITISMO

El antisemitismo, una ideología secular decimonónica — cuyo nombre, aun­ que ño su argumentación, era desconocido hasta la década délos años seten­ ta de ese siglo— , y el odio religioso hacia los judíos, inspirado por el antago­ nismo recíprocamente hostil de dos credos en pugna, es evidente que no son la misma cosa; e incluso cabe poner en tela de juicio el grado en que el prime­ ro deriva sus argumentos y su atractivo emocional del segundo. La noción de una ininterrumpida continuidad de persecuciones, expulsiones y matanzas desde el final del Imperio Romano hasta la Edad Media y la Edad Moderna para llegar hasta nuestros días, embellecida frecuentemente por la idea de que el antisemitismo moderno no es más que una versión secularizada de supers­ ticiones populares medievales1, no es menos falaz (aunque, desde luego, me­

1 El último ejemplo de esta noción es Warrantfor Gmoctde, The myth ofthe Jewish worid-compimcy

and the «Protocols ofthe Eiders ofZion», Nueva York, 1966, de Norman C ohn .El autor parte de la implícita negación de que exista, aí fin y al cabo, una historia judía. En su opinión, los judíos son «gentes que vivieron diseminadas por Europa desde el Canal de la Mancha hasta el Volga, con muy poco en común, salvo el ser descendientes de adeptos a la religión judía» (p, 15). Los antisemitas, por el contrarío, pueden reivindicar un linaje directo e ininterrumpido a través del espacio y del tiempo desde la Edad Media, en la que «los judíos fueron considerados agentes de Satán, adoradores del dia­ blo, demonios en forma humana» (p. 41), y la única precisión a tan vastas generalizaciones que pare­ ce dispuesto a hacer el autor de Pursuit o f the Millennhim es que él se refiere exclusivamente a «la

LOS ORÍGENES DEL TOTALITARISMO

nos dañina) que la correspondiente noción antisemita de una sociedad secre­ ta judía que ha dominado, o aspira a dominar, al mundo desde la Antigüe­ dad. Históricamente, el hiato entre el último período de la Edad Media y la Edad Moderna, con respecto a las cuestiones judías, resulta aún más marcado que la grieta entre la Antigüedad romana y la Edad Media o que la distancia

— considerado frecuentemente como el punto decisivo de la historia judía dé la Diáspora— que separó las catástrofes de las primeras Cruzadas de los prece­ dentes siglos medievales. Porque este hiato duró casi dos siglos, desde el XV has­ ta finales del XVI, durante los cuales las relaciones entre judíos y gentiles fueron siempre escasas, la «indiferencia de los judíos a las condiciones y acontecimien­ tos del mundo exterior» fue en todo momento considerable y el judaismo llegó a ser «más que nunca un sistema cerrado de pensamiento». Fue entonces cuan­ do los judíos, sin ninguna intervención exterior, empezaron a pensar «que la diferencia entre la judería y las naciones no era fundamentalmente de credo y de fe, sino de naturaleza interna», y cuando se pensó que la antigua dicotomía entre judíos y gentiles era «más probable que fuese racial en su origen y no tan­ to que se tratara de una cuestión de disensión doctrinal»2. Este cambio en la estimación del carácter «aparte» del pueblo judío, que entre los no judíos se hizo frecuente sólo mucho después, en la época de la Ilustración, es claramente la condición sine qua non para el nacimiento del antisemitismo, y resulta de alguna importancia señalar que se produjo primeramente en la interpretación que los judíos hicieron de sí mismos, aproximadamente en el tiempo en que la cristiandad europea se escindía en aquellos grupos étnicos que cuajaron políti­ camente en el sistema de los modernos estados-nación.

La historia del antisemitismo, como la historia del odio a los judíos, es parte de la larga e intrincada historia de las relaciones entre judíos y gentiles

más temible especie de antisemitismo; la especie que desemboca en matanzas y en un intento de genocidio» (p. 16). Eí libro también se esfuerza en demostrar que «la masa de las poblaciones germa­ nas nunca fue verdaderamente fanatizada contra los judíos», y que su extermimo «fue organizado, y principalmente realizado, por los profesionales del SD y de las SS», organizaciones que «en manera alguna representan una muestra típica de la sociedad alemana» (pp. 212 y ss.). ¡Cuán deseable sería que esta declaración pudiera encajar en los hechos! El resultado es que la obra se lee como si hubiera sido escrita hace cuarenta años por un muy ingenioso miembro del Verebt zur Bekämpfung des Anti­ semitismus, de infausta memoria.

Todas las citas proceden de la obra de Jacob Katz Exelusiveness and Tolérame, Jeivbb-Gentile Reía-tíons in Medieval and Modern Times (Nueva York, 1962, cap. 12), un estudio absolutamente origi­ nal, escrito al nivel más alto posible y que, desde luego, debería haber hecho estallar «muchas nocio­ nes muy estimadas por la judería contemporánea», como afirma la solapa; pero no fue así, por haber sido completamente ignorado por la gran prensa. Katz pertenece a la nueva generación de historia­ dores judíos, muchos de los cuales enseñan en la Universidad de Jerusalén y publican obras en he­ breo. Es en cierto modo un misterio el hecho de que sus obras no sean rápidamente traducidas y publicadas en los Estados Unidos. Con ellas ha acabado indudablemente la «lacrimosa» presentación de la historia judía, contra la que Salo W. Baron protestaba hace cuarenta años.

PRÓLOGO A LA PRIMERA PARTE: ANTISEMITISMO 31

bajo las condiciones de la dispersión judía. El interés por esta historia no exis­ tió prácticamente hasta mediados del siglo XIX, momento en que coincidió con el desarrollo del antisemitismo y su furiosa reacción contra la judería emancipada y asimilada, evidentemente, el peor momento posible para esta­ blecer datos históricos fiables3. Desde entonces ha sido una falacia común a la historiografía judía y a ia no judía — aunque generalmente por razones opuestas— aislar los elementos hostiles en las fuentes cristianas y judías y recalcar la serie de catástrofes, expulsiones y matanzas que han marcado la historia judía de la misma manera que los conflictos armados y no armados, la guerra, el hambre y las epidemias han marcado la historia de Europa. Resulta innecesario añadir que fue ia historiografía judía con su fuerte predis­ posición polémica y apologética la que acometió la búsqueda de rastros de odio a los judíos en la historia cristiana, mientras correspondía a los antisemi­ tas buscar rasgos intelectualmente no muy diferentes en las antiguas fuentes judías. Cuando salió a la luz esta tradición judía de un antagonismo a menu­ do violento respecto de cristianos y gentiles, el «público judío se sintió no sólo insultado, sino auténticamente sorprendido»4. Hasta tal punto sus por­ tavoces habían logrado convencerse a sí mismos y convencer a los demás del hecho inexistente de que el aislamiento judío era debido exclusivamente a la hostilidad de los gentiles y a su falta de ilustración. El judaismo, afirmaban especialmente los historiadores judíos, había sido siempre superior a las de­ más religiones en el hecho de que creía en la igualdad humana y en la tole­ rancia. El que esta autoengañosa teoría, acompañada por la creencia de que el pueblo judío había sido siempre el objeto pasivo y sufriente de las persecucio­ nes cristianas, llegara a constituirse en una prolongación y modernización del antiguo mito del pueblo elegido y desembocara en nuevas y a menudo muy complicadas prácticas de separación, destinadas a mantener la antigua dico­ tomía, es quizás una de esas ironías reservadas a aquellos que, por cualesquie­ ra razones, tratan de embellecer y de manipular los hechos políticos y los da­ tos históricos. Porque sí los judíos tenían algo en común con sus vecinos no judíos en que apoyar su recientemente proclamada igualdad era precisamen­ te un pasado religiosamente predeterminado y mutuamente hostil, tan rico en realizaciones culturales al más elevado nivel como abundante en fanatis­ mos y groseras supersticiones al nivel de las masas ignorantes.

Sin embargo, incluso los irritantes estereotipos de este género de histo­ riografía judía descansan sobre una base más sólida de hechos históricos que

Es interesante señalar que j. M . Jost, el primer historiador judío moderno, que escribió en Alema­ nia a mediados del siglo XIX, se mostraba mucho menos indinado que sus más ilustres predecesores a los habituales prejuicios de la historiografía secular judía.

4 Katz, op. c¡t., p. 196.

LOS ORÍGENES DEL TOTALITARISMO

las anticuadas necesidades políticas y sociales de la judería europea del siglo XIX y de comienzos del XX. La historia cultural judía era infinitamente más diversa de lo que entonces se suponía y las causas de desastre variaban con las circunstancias históricas y geográficas, pero lo cierto es que variaban más en el entorno no judío que dentro de las comunidades judías. Dos factores muy reales tuvieron una influencia decisiva en los fatídicos errores todavía fre­ cuentes cuando se trata de presentar popularmente la historia judía. En nin­ gún lugar y en ninguna época tras la destrucción del templo poseyeron los ju­ díos su propio territorio y su propio estado; para su existencia física siempre dependieron de las autoridades no judías, aunque a «los judíos de Francia y también de Alemania hasta bien entrado el siglo XIII»5 se les otorgó algunos medios de autoprotección y el derecho a llevar armas. Esto no significa que los judíos estuvieran siempre privados de poder, pero es cierto que en cualquier conflicto, no importa cuáles fueran sus razones, los judíos no sólo eran vulne­ rables, sino que estaban desvalidos y, por tanto, resultaba natural, especialmen­ te en los siglos de completo extrañamiento que precedieron a su elevación a la igualdad política, que sintieran como simples repeticiones todos los estallidos de violencia. Además, las catástrofes eran consideradas dentro de la tradición judía en términos de martirologio, lo que a su vez tenía sus bases históricas en los primeros siglos de nuestra era, cuando tanto judíos como cristianos desafia­ ron el poderío del Imperio Romano, así como en las condiciones medievales, cuando a los judíos les quedaba abierta la alternativa de someterse al bautismo y salvarse así de la persecución, incluso cuando la causa de la violencia no era religiosa, sino política y económica. Esta constelación de hechos dio pie a una ilusióndptica que han sufrido desde entonces historiadores tanto judíos como no judíos. La historiografía «se ha ocupado hasta ahora más de la disociación cristiana de los judíos que de la inversa»6, olvidando el hecho, por otra parte más importante, de que la disociación judía del mundo gentil, y más específi­ camente del entorno cristiano, fue de mayor importancia que la inversa para la historia judía por la obvia razón de que la auténtica supervivencia del pueblo como entidad identificable dependió de tal separación voluntaria y no, como se ha supuesto corrientemente, de la hostilidad de cristianos y no judíos. Sólo en los siglos XIX y.xx, tras la emancipación y con la difusión de la asimilación, desempeñó el antisemitismo un papel en la conservación del pueblo, puesto que entonces los judíos aspiraban a ser admitidos en la sociedad no judía.

Aunque los sentimientos antijudíos estuvieron extendidos entre las clases cultas de Europa durante el siglo XIX, el antisemitismo como ideología siguió

Ibfd., p. 6. MbícL.p. 7.

PRÓLOGO A LA PRIMERA PARTE: ANTISEMITISMO 33

siendo prerrogativa de los fanáticos en general y de los lunáticos en particu­ lar. Incluso los dudosos productos de las apologías judías, que nunca conven­ cieron más que a los convencidos, eran ejemplos destacados de erudición y saber en comparación con lo que los enemigos de los judíos podían ofrecer en materia de investigación histórica7. Cuando, tras el final de la guerra, comencé a clasificar el material para este libro, recogido de fuentes documen­ tales y a veces de excelentes monografías, durante un período de más de diez años, no existía una sola obra que abarcara la cuestión de extremo a extremo y de la que pudiera decirse que cumplía las normas más elementales de eru­ dición histórica. Y la situación apenas ha cambiado desde entonces. Esto es tanto más deplorable cuanto que recientemente se ha tornado más grande que nunca la necesidad de un tratamiento imparcial y veraz de la historia ju­ día. Las evoluciones políticas del siglo XX han empujado al pueblo judío al centro de la tormenta de los acontecimientos; la cuestión judía y el antisemi­ tismo, fenómenos relativamente carentes de importancia en términos de política mundial, se convirtieron en el agente catalizador, en primer lugar, del movimiento nazi y del establecimiento de la estructura organizativa del Ter­ cer Reich, en el que cada ciudadano tenía que demostrar que no era judío; después, en el de una guerra mundial de una ferocidad sin equivalentes, y finalmente, de la aparición del crimen sin precedentes de genocidio en medio de la civilización occidental. Me parece obvio que todo esto exigía no sólo una lamentación y una denuncia, sino también una comprensión. Este libro es un intento por comprender lo que a primera vista, e incluso a segunda, parecía simplemente atroz.

Comprender, sin embargo, no significa negar la atrocidad, deducir de precedentes lo que no los tiene o explicar fenómenos por analogías y genera­ lidades tales que ya no se sientan ni el impacto de la realidad ni el choque de la experiencia. Significa, más bien, examinar y soportar conscientemente la carga que los acontecimientos han colocado sobre nosotros — ni negar su existencia ni someterse mansamente a su peso como si todo lo que realmente ha sucedido no pudiera haber sucedido de otra manera. La comprensión, en suma, es un enfrentamiento impremeditado, atento y resistente, con la reali­ dad — cualquiera que sea o pudiera haber sido ésta.

Para esta comprensión, aunque, desde luego, no resulte suficiente, es indis­ pensable una cierta familiaridad con la historia judía en la Europa del siglo XIX y con el concurrente desarrollo deí antisemitismo. Los capítulos siguientes se

La única excepción es eí historiador antisemita Walter Frank, director del Fekhsinstitut fiir Ge-schichte des Neuen Deutschlands, nazi, y editor de nueve volúmenes de Forschungen zur Judenfiage,

1937-1944. En especial, puede ser útil consultar la propia contribución de Frank,

34 LOS ORÍGENES DEL TOTALITARISMO

refieren sólo a aquellos elementos de la historia del siglo XIX que realmente figuran entre los «orígenes del totalitarismo». Aún queda por escribir una histo­ ria que abarque el antisemitismo, tarea que está más allá del alcance de este li­ bro. Mientras exista esta laguna hay justificación suficiente para publicar estos capítulos como contribución independiente a una historia más vasta, aunque fuera concebida originalmente como parte constituyente de la prehistoria, por así decirlo, del totalitarismo. Además, lo que es cierto para la historia del anti­ semitismo, es decir, que cayó en manos de los fanáticos no judíos y de los apo­ logistas judíos y fue cuidadosamente evitado por reputados historiadores, es cierto mutatis mutandis para casi todos los elementos que más tarde cristaliza­ ron en el nuevo fenómeno totalitario; apenas fueron advertidos por la opinión ilustrada o por la del público en general, porque pertenecían a una corriente subterránea de la historia europea en la que, ocultos a la luz del público y a la atención de los hombres ilustrados, acabarían cobrando una virulencia entera­ mente inesperada.

Ya que sólo la cristalizadora catástrofe final llevó estas tendencias subte­ rráneas al libre conocimiento público, ha habido una tendencia a equiparar sencillamente aí totalitarismo con sus elementos y orígenes, como si cada estallido de antisemitismo, de racismo o de imperialismo pudiese ser identi­ ficado como «totalitarismo». Esta falacia es tan desorientadora en la búsque­ da de la verdad histórica como perniciosa para el juicio político. Las polí­ ticas totalitarias — lejos de ser simplemente antisemitas, racistas, imperialis­ tas o comunistas— usan y abusan de sus propios elementos ideológicos y políticos hasta tal punto que llega a desaparecer la base de realidad fáctíca, de la que Originalmente derivan su potencia y su valor propagandístico las ideo­ logías — la realidad de la lucha de clases, por ejemplo, o los conflictos de intereses entre los judíos y sus vecinos. Sería ciertamente un grave error subestimar el papel que el racismo puro ha desempeñado y sigue desempe­ ñando en el gobierno de los estados sudistas, pero sería aún más erróneo lle­ gar a la conclusión retrospectiva de que grandes zonas de los Estados Unidos han estado bajo la dominación totalitaria durante más de un siglo. La única consecuencia directa y pura de los movimientos antisemitas del siglo XIX no fue el nazismo, sino, al contrario, el sionismo, que, al menos en su forma ideológica occidental, constituyó un género de contraideología, la «respues­ ta» al antisemitismo. Esto, incidentalmente, no significa decir que la auto-conciencia judía fuera una simple creación del antisemitismo; incluso un sumario conocimiento de la historia judía, cuya preocupación central desde el exilio babilónico fue la supervivencia del pueblo frente a los abrumadores riesgos de dispersión, debería bastar para barrer este último mito en estas cuestiones, un mito que se ha puesto en cierto grado de moda en los círculos

PRÓLOGO A LA PRIMERA PARTE: ANTISEMITISMO 35

intelectuales tras la interpretación «existencialista» que Sartre hizo del judío como alguien que es considerado y definido judío por los demás.

La mejor ilustración, tanto de la distinción como de la conexión entre el antisemitismo pretotalitario y el totalitario, es quizá la ridicula historia de los «Protocolos de los Sabios de Síón». El empleo que los nazis hicieron de esta falsificación, como libro de texto para una conquista global, no es ciertamen­ te parte de la historia del antisemitismo, pero sólo esta historia puede expli­ car ante todo por qué ese cuento inverosímil contenía suficiente plausibili-dad como para ser útil como propaganda antijudíá. Lo que, por otra parte, no puede explicar es por qué la apelación totalitaria al dominio global, ejerci­ do por los miembros y los métodos de una sociedad secreta, podía convertir­ se en un atractivo objetivo político. Esta última función, políticamente mu­ cho más importante (aunque no propagandísticamente), tiene su origen en el imperialismo en general y en su muy explosiva versión continental, los llama­ dos panmovimíentos en particular.

De esta manera, este libro se limita en tiempo y espacio tanto como en el tema. Sus análisis se refieren a la historia judía en Europa central y occidental desde la época de los judíos palaciegos hasta el affhire Dreyfus, en tanto que resultó relevante para el nacimiento del antisemitismo y fue influido por éste. Estudia movimientos antisemitas que estaban sólidamente basados en las reali­ dades fácticas características de las relaciones entre judíos y gentiles, es decir, en el papel que los judíos desempeñaron en el desarrollo del estado-nación, por un lado, y su actividad en la sociedad no judía, por el otro. La aparición de los pri­ meros partidos antisemitas en la década de los años setenta y en la de los ochen­ ta del siglo XIX marca el momento en el que trascendieron la base fáctica del conflicto de intereses y de la experiencia demostrable y se inició el camino que concluyó con la «solución final». Desde entonces, en la era del imperialismo, seguida por el período de los movimientos y gobiernos totalitarios, no es ya posible aislar la cuestión judía o la ideología antisemita de temas que casi care­ cen por completo de relación con las realidades de la moderna historia judía. Y ello no simple ni primariamente porque estas cuestiones desempeñaran un importante papel en los asuntos mundiales, sino porque el mismo antisemitis­ mo era empleado para fines ulteriores que, aunque en su instrumentación seña­ lara a los judíos como las víctimas principales, dejaban muy atrás todos los te­ mas de interés tanto para los judíos como para los antijudfos.

El lector hallará las versiones imperialista y totalitaria del antisemitismo del siglo XX en la segunda y tercera partes de esta obra, respectivamente.

H ANNAH ARENDT

Julio de 1967

PRÓLOGO A LA SEGUNDA PARTE:

IMPERIALISMO

Rara vez pueden ser fechados con tanta precisión Jos comienzos de un perío­ do histórico y raramente tuvieron tantas posibilidades Jos observadores con­ temporáneos de ser testigos de su preciso final como en el caso de la era imperialista. Porque el imperialismo, que surgió del colonialismo y tuvo su origen en la incompatibilidad del sistema del estado-nación con el desarrollo económico e industrial del último tercio del siglo XIX, comenzó su política de la expansión por la expansión no antes de 1884, y esta nueva versión de la política de poder era tan diferente de las conquistas nacionales en las guerras fronterizas como del estilo romano de construcción imperial. Su fin pareció inevitable tras «la liquidación del Imperio de Su Majestad» que Churchill se había negado a «presidio) y se tornó un hecho consumado con la declaración de la independencia india. El hecho de que los británicos liquidaran volunta­ riamente su dominación colonial sigue siendo uno de los acontecimientos más trascendentales de la historia del siglo XX, De esa liquidación resultó la imposibilidad de que ninguna nación europea pudiera seguir reteniendo sus posesiones ultramarinas. La única excepción es Portugal, y su extraña capaci­ dad para continuar una lucha a la que han tenido que renunciar todas las de­ más potencias coloniales europeas puede deberse más a su atraso nacional que a la dictadura de Solazar; porque no fue sólo la mera debilidad o el can-

PRÓLOGO A LA SEGUNDA PARTE: IMPERIALISMO 37

sancio debido a dos cruentas guerras en una sola generación, sino también ios escrúpulos morales y las aprensiones políticas de los estados-nación completamente desarrollados, los que desaconsejaban medidas extremas, la introducción de «matanzas administrativas» (A. Cartbill) que podrían ha­ ber destrozado la rebelión no violenta en la India, y una continuación del «gobierno de las razas sometidas» (lord Cromer) por obra del muy temido efecto de boomerangcn las madres patrias. Cuando finalmente Francia, gra­ cias a la entonces todavía intacta autoridad de De Gaulle, se atrevió a renunciar a Argelia, a la que siempre había considerado tan parte de Fran­ cia como el département de la Seine, pareció haberse llegado a un punto sin retorno.

Cualesquiera que pudieran haber sido los méritos de esta esperanza si la guerra caliente contra la Alemania nazi no hubiese sido seguida por la guerra fría entre la Rusia soviética y los Estados Unidos, se siente restrospectivamen-te ia tentación de considerar las dos últimas décadas como el período duran­ te el cual los dos países más poderosos de la Tierra pugnaron por lograr una posición en una lucha competitiva por el predominio en aquellas mismas regiones aproximadamente que habían dominado antes las naciones euro­ peas. De la misma manera, se siente la tentación de considerar la nueva y difícil distensión entre Rusia y América como el resultado de la aparición de una tercera potencia mundial, China, más que como la sana y natural conse­ cuencia de la destotalitarización de Rusia tras la muerte de Stalin. Y si evolu­ ciones posteriores confirmaran estas incipientes interpretaciones, significaría en términos históricos que hemos ¡ vuelto, en una escala enormemente ampliada, al punto en el que comenzamos, es decir, a la era imperialista y a la carrera de colisiones que condujo a la Primera Guerra Mundial.

Se ha dicho a menudo que los británicos adquirieron su imperio en un momento de distracción, como consecuencia de tendencias automáticas, aceptando lo que parecía posible y resultaba tentador, más que como resulta­ do de una política deliberada. Si esto es cierto, entonces el camino al infierno puede estar tan empedrado de falta de intenciones como de las buenas a que alude el proverbio. Y los hechos objetivos que invitan a retornar a las políti­ cas imperialistas son, desde luego, tan fuertes hoy, que uno se inclina a creer mínimamente en la verdad a medías de la declaración, pese a las vacuas segu­ ridades de buenas intenciones por parte de ambos bandos: de un lado, los «compromisos» americanos con un inviable statu quo de corrupción e incom­ petencia y, de otro, la jerga pseudorrevolucíonaria rusa acerca de las guerras de liberación nacional. El proceso de construcción nacional en zonas atrasa­ das, donde la ausencia de todos los prerrequisitos para la independencia nacional es proporcional a un chauvinismo creciente y estéril, ha determina­

LOS ORÍGENES DEL TOTALITARISMO

do unos enormes vacíos de poder en los que la competición entre las super-potencías resulta tanto más fiera cuanto que parece definitivamente desecha­ do con el desarrollo de las armas nucleares el enfrentamiento directo de sus medios de violencia como último «recurso» para resolver todos los conflictos. No sólo atrae inmediatamente el potencial o la intervención de las superpo-tencias cada conflicto entre los pequeños países subdesarrolíados, sea una guerra civil en Vietnam o un conflicto nacional en Oriente Medio, sino que sus verdaderos conflictos, o ai menos el momento en que se producen sus estallidos, parecen haber sido manipulados o directamente causados por intereses y maniobras que nada tienen que ver con los conflictos e intereses en juego en la misma región. Nada era tan característico de la política de poder en la era imperialista como este paso de objetivos de interés nacional localizados, limitados y por eso predecibles, a la ilimitada prosecución del poder por el poder que podía extenderse por todo el globo y devastarlo sin un seguro objetivo nacional y territorialmente prescrito y por eso sin direc­ ción previsible. Esta reincidencia se ha tornado también evidente en el ni­ vel ideológico, con la famosa teoría del dominó, según la cual la política exterior americana se siente obligada a llevar la guerra a un país por la inte­ gridad de otros que ni siquiera son vecinos de ése, y que es claramente una nueva versión del antiguo «Gran Juego» cuyas reglas permitían e incluso dictaban la consideración de naciones enteras como pasos previos, o como peo­ nes, en la terminología de hoy, para obtener las riquezas y el dominio de un tercer país que, a su vez, se tornaba simplemente escalón en el inacabable pro­ ceso de la expansión y de la acumulación del poder. Fue de esta reacción en cadena, inherente a la política imperialista de poder y representada a nivel humano por la figura del agente secreto, de la que dijo Kipiing (en Kim): «Cuando todos estén muertos termina el Gran Juego. No antes»; y la única ra­ zón por la que su profecía no llegó a cumplirse fue la limitación constitucional del estado-nación, mientras que hoy nuestra única esperanza de que no llegue a cumplirse en el futuro está basada en las limitaciones constitucionales de la República americana y en las limitaciones tecnológicas de la era nuclear,

Esto no significa negar que la inesperada resurrección de la política y los medios imperialistas tiene lugar en condiciones y circunstancias muy dife­ rentes. La iniciativa de la expansión ultramarina se ha desplazado hacia Occi­ dente, desde Inglaterra y la Europa occidental hasta América, y la iniciativa de la expansión continental en cerrada continuidad geográfica ya no procede de la Europa central y oriental, sino que está exclusivamente localizada en Rusia. Las políticas imperialistas, más que cualquier otro factor, han sido las que han determinado la decadencia de Europa, y parecen haberse cumplido y¿ las profecías de los políticos e historiadores que afirmaron que ios dos

PRÓLOGO A LA SEGLINDA PARTE: IMPERIALISMO 39

gigantes que flanqueaban a las naciones europeas por el este y por el oeste acabarían por surgir como herederos de su poder. Nadie justifica la expansión ya mediante la «misión del hombre blanco», por una parte, o mediante una «ampliada conciencia tribal» con el objetivo de unir pueblos de similar ori­ gen étnico, por otra; en vez de eso, oímos hablar de «compromisos» con esta­ dos clientes, de las responsabilidades del poder y de la solidaridad con ios movimientos revolucionarios de liberación nacional. La misma palabra «expansión» ha desaparecido de nuestro vocabulario político, que ahora em­ plea los términos «extensión» o, críticamente, «sobreextensión» para referirse a algo muy similar. Y lo que resulta políticamente más importante, las inver­ siones privadas en tierras alejadas, originalmente el primer motor de los desa­ rrollos imperialistas, son hoy superadas por la ayuda exterior, económica y militar, facilitada directamente por ios gobiernos. (Sólo en 1966 el gobierno americano gastó 4.600 millones de dólares en ayudas y créditos al exterior, más 1.300 millones anuales en ayuda militar durante la década 1956-1965, mientras que la salida de capital privado en 1965 totalizó 3.690 millones de dólares y, en 1966, 3.910 millones.)1 Esto significa que la era del llamado imperialismo del dólar, la versión específicamente americana del imperialis­ mo anterior a la Segunda Guerra Mundial, que fue políticamente la menos peligrosa, está definitivamente superada. Las inversiones privadas — «las acti­ vidades de un millar de compañías norteamericanas operando en un cente­ nar de países extranjeros» y «concentradas en los sectores más modernos, más estratégicos y más rápidamente crecientes»— crean muchos problemas polí­ ticos aunque no se hallen protegidas por el poder de la nación2, pero la ayu­ da exterior, aunque sea otorgada por razones puramente humanitarias, es política por naturaleza, precisamente porque no está motivada por la búsque­ da de un beneficio. Se han gastado miles de millones de dólares en eriales políticos y económicos en donde la corrupción y la incompetencia ios han hecho desaparecer antes de que se hubiera podido iniciar nada productivo, y este dinero ya no es el capital «superfluo» que no podía ser invertido produc­ tiva y beneficiosamente en la .patria, sino el fantástico resultado de la pura abundancia que los países ricos, «los que tienen» en comparación con «los que no tienen», pueden permitirse perder. En otras palabras, el móvil del beneficio, cuya importancia en la política imperialista del pasado llegó a ser sobreestimada frecuentemente, ha desaparecido ahora por completo; sólo los

1 Estas cifras proceden, respectivamente, de «The Politics o f Prívate Foreign Investment», de Leo Model, y de «U. S. Assistance to less developed Countries, 1956-1965», de Kenneth M, Kauffman y Helena Stalson, ambos textos en Foreign Affairs, julio de 1967.

1 El ya citado artículo de L. Model proporciona (p. 641) un muy valioso y pertinente análisis de es­ tos problemas.

LOS ORÍGENES DEL TOTALITARISMO

países muy ricos y muy poderosos pueden permitirse soportar las grandes

pérdidas que supone el imperialismo. ; Probablemente^ es aún demasiado pronto (y queda más allá del alcance

. de mis consideraciones) para analizar y examinar con algún grado de con­ fianza estas recientes tendencias. Lo que parece incómodamente claro inclu­ so ahora es la fuerza de ciertos procesos aparentemente incontrolables que tienden a frustrar todas las esperanzas de desarrollo constitucional en las nue­ vas naciones y a minar las instituciones republicanas en las antiguas. Los ejemplos son excesivos para permitir siquiera una sumaria enumeración, pero la aparición de un «gobierno invisible» de los servicios secretos, cuyo alcance en la política interior, en los sectores cultural, educativo y económico de nuestra vida sólo recientemente se ha revelado, es un signo demasiado omi­ noso para dejarlo pasar en silencio. No hay razón para dudar de la afirmación de Alien W. Dudes, según la cual los servicios de inteligencia han disfrutado en este país desde 1947 de «una posición más influyente en nuestro gobierno de la que disfrutan los servicios de inteligencia en cualquier otro gobierno del mundo»3; ni hay razón para creer que esa influencia haya disminuido desde que formuló su declaración en 1958. Se ha señalado a menudo el peligro mortal que el «gobierno invisible» supone para las instituciones del «gobier­ no visible»; lo que resulta quizá menos conocido es la íntima conexión tradi­ cional entre la política imperialista y la dominación por el «gobierno invisi­ ble» y los agentes secretos. Es un error creer que la creación de una red de ser­ vicios secretos en este país tras la Segunda Guerra Mundial fue una respuesta a la amenaza directa que para su supervivencia nacional suponía la red de espionaje de la Rusia soviética; la guerra había impulsado a los Estados Uni­ dos a la posición de la mayor potencia mundial, y fue esta potencia mundial, más que su existencia nacional, la desafiada por la potencia revolucionaria del comunismo dirigido desde Moscú4.

Cualesquiera que sean las causas del ascenso norteamericano al poder mundial, la deliberada prosecución de una política exterior encaminada a ese poder o una aspiración al dominio global no figuran entre ellas. Y cabe decir lo mismo respecto de los pasos recientes y todavía de tanteo del país en direc-

Esto es lo que Mr. Dulles dijo en un discurso pronunciado en la Universidad de Yale en 1957, se­ gún The Invisible Government, de David Wise y Thomas B. Ross, Nueva York, 1964, p. 2,

Según Mr. Dulles, el gobierno tenía, que «luchar contra el fuego con fuego», y después, comuna desarmante franqueza, merced a la cual el antiguo jefe de la CIA se distinguía de sus colegas de otros países, explicó lo que esto significaba. La CIA, por implicación, ha de seguir el modelo del Servicio de Seguridad del Estado Soviético, que «es más que una organización de la policía secreta, más que una organización de espionaje y contraespionaje». Es un instrumento para «la subversión, la manipu­ lación y la violencia; para la intervención secreta en los asuntos de otros países», (El subrayado es de la autora.) Véase The Craft oflntelligence, de Alien W. Dulles, Nueva York, 1963, p. 155.

PRÓLOGO A LA SEGUNDA PARTE: IMPERIALISMO 41

cíón a una política de poder imperialista para la que su forma de gobierno está menos preparada que la de cualquier otro país. La enorme distancia en­ tre los países occidentales y el resto del mundo no sólo y no primariamente en riqueza, sino en educación, dominio técnico y competencia en general, ha atormentado las relaciones internacionales desde el comienzo de una genuina política mundial, Y esta distancia, lejos de disminuir en las últimas décadas bajo la presión de unos sistemas de comunicaciones en rápido desarrollo y la resultante reducción de las distancias terrestres, ha aumentado constante­ mente y está cobrando ahora proporciones verdaderamente alarmantes. «Las tasas de crecimiento demográfico en los países menos desarrollados doblan las de los países más avanzados»5, y cuando este factor bastaría para que fuera imperativo asistirles con excedentes alimentarios y con excedentes de conoci­ miento tecnológico y político, es ese mismo factor el que invalida toda ayu­ da. Obviamente, cuanto mayor sea la población, menor ayuda per cápita recibirá, y la verdad de la cuestión es que, después de dos décadas de progra­ mas de ayuda masiva, todos los países que no habían sido capaces de ayudarse a sí mismos — como ha sido Japón— son ahora más pobres y están más aleja­ dos que nunca de cualquier estabilidad económica o política. Por lo que se refiere a las posibilidades del imperialismo, esta situación las consolida de una forma preocupante por la sencilla razón de que nunca han importado menos las puras cifras; la dominación blanca en Sudáfrica, donde la minoría tiránica es superada hoy en una proporción de diez a uno, no ha sido proba­ blemente nunca más segura que hoy. Es esta situación objetiva la que con­ vierte a toda la ayuda exterior en instrumento de dominación extranjerá y coloca a todos los países que precisan de esta ayuda por sus decrecientes pro­ babilidades de supervivencia física ante la alternativa de aceptar alguna forma de «gobierno de razas sometidas» o hundirse rápidamente en una anárquica ruina.

Este libro se refiere solamente al imperialismo colonial estrictamente europeo, cuyo final sobrevino con la liquidación de la dominación británica en la India. Narra la historia de la desintegración del estado-nación, que demostró contener casi todos los elementos necesarios para la subsiguiente aparición de los movimientos y gobiernos totalitarios. Antes de la era impe­ rialista no existía nada que fuera una política mundial, y sin ella carecía de sentido la reivindicación totalitaria de dominación global. Durante este período el sistema del estado-nación se mostró incapaz tanto de concebir nuevas normas para manejar los asuntos exteriores que se habían convertido

5.'Véase el muy instructivo artículo de Orvilie L. Freeman «Malthus, Marx and the North American Bread basket», en Fonign Affhirs, julio de 1967.

LOS ORÍGENES DEL TOTALITARISMO

en asuntos globales como de hacer observar una Pax Romana en el resto del mundo. Su pobreza y su miopía políticas concluyeron en el desastre del tota­ litarismo, cuyos horrores sin precedentes han oscurecido los ominosos acon­ tecimientos y la mentalidad aún más ominosa del período anterior. La inves­ tigación erudita se ha concentrado casi exclusivamente en la Alemania de Hitler y en la Rusia de Staíín a expensas de sus menos dañinos predecesores. El dominio imperialista, excepto cuando se utiliza esa denominación con intención peyorativa, parece casi olvidado, y la razón principal de que ese he­ cho resulte deplorable es que en los años recientes su importancia en los acontecimientos contemporáneos se ha tornado más que evidente. De esta manera la controversia sobre la guerra no declarada por los Estados Unidos en Vietnam se ha formulado desde ambos bandos en términos de analogías con Múnich o con otros ejemplos extraídos de los años treinta, cuando la dominación totalitaria era el único peligro claro presente y omnipresente! pero las amenazas de la política de hoy en hechos y palabras tienen un más portentoso parecido con los hechos y las justificaciones verbales que prece­ dieron al estallido de la Primera Guerra Mundial, cuando una chispa en una región periférica de interés secundario para todos los interesados pudo iniciar una conflagración mundial.

Subrayar la desgraciada importancia que este medio olvidado período tiene para los acontecimientos contemporáneos no significa, desde luego, ni que la suerte esté echada y estemos entrando en un nuevo período de políti­ cas imperialistas, ni que en todas las circunstancias deba acabar el imperialis­ mo en los desastres del totalitarismo. Por mucho que seamos capaces de saber del pasado, ello no nos permitirá conocer el futuro.

H ANNAH ARENDT

Julio di 1967

PRÓLOGO A LA TERCERA PARTE:

TOTALITARISMO

I

El manuscrito original de Los orígenes del totalitarismo fue concluido en el otoño de 1949) más de cuatro años después de la derrota de la Alemania de Hitler, menos de cuatro años antes de la muerte de Stalin. La primera edi­ ción dél libro apareció en 1951. Retrospectivamente, los años que pasé escribiéndolo, a partir de 1945, se me aparecen como el primer período de relativa calma tras décadas de desorden, confusión y horror — las revolu­ ciones tras la Primera Guerra Mundial, la ascensión de los movimientos totalitarios y el debilitamiento del gobierno parlamentario, seguidos por toda clase de nuevas tiranías, fascistas y semifascistas, dictaduras uniparti-dístas y militares y, finalmente, el aparentemente firme establecimiento de gobiernos totalitarios que descansaban en el apoyo de las masas1: en Rusia,

Resulta, sin duda, m u/ inquietante el hecho de que et gobierno totalitario, no obstante su mani­ fiesta criminalidad, se base en el apoyo de las masas. Por eso apenas es sorprendente que se nieguen a reconocerlo tanto los eruditos como los políticos, los primeros por creer en la magia de la propa­ ganda y del lavado de cerebro, los últimos por negarlo simplemente, como, por ejemplo, hizo repe­ tidas veces Adenauer. Una reciente publicación de los informes secretos sobre la opinión pública ale­ mana durante la guerra (desde 1939 hasta 1944), realizados por el Servicio de Seguridad de las SS

(Meldungen aus dem Reich. Auswaht mis den Geheimen Lageberichten des Sicherhehsdienstes der SS 1939-1944editada por Heinz Boberach, Neuwied y Berlín, 1965), resulta muy reveladora al res­ pecto. Muestra, en primer lugar, que la población se hallaba notablemente bien informada sobre los llamados secretos — las matanzas de judíos en Polonia, la preparación de un ataque a Rusia, etc.— y, en segundo lugar, el «grado en que las víctimas de la propaganda permanecieron capaces de

LOS ORÍGENES DEL TOTALITARISMO

en 1929) el año de lo que ahora se denomina la «segunda revolución», y en Alemania, en 1933.

Con la derrota de la Alemania nazi, parte de la historia llegaba a su fin. Éste parecía el primer momento apropiado para examinar los acontecimien­ tos contemporáneos con la mirada retrospectiva del historiador y el celo ana­ lítico del estudioso de la ciencia política, la primera oportunidad para tratar de decir y comprender lo que había sucedido, no aún sine ira et studio, toda­ vía con dolor y pena y, por eso, con una tendencia a lamentar, pero ya no con mudo resentimiento e impotente horror. (He dejado mi prólogo original en la edición actual para indicar el talante de aquellos años.) Era, en cualquier caso, el primer momento posible para articular y elaborar las preguntas con las que mi generación se había visto forzada a vivir durante la mayor parte de su vida de adulto: ¿Qué ha sucedido? ¿Por qué sucedió? ¿Cómo ha podido suce­ der? Porque tras la derrota alemana, que dejó tras de sí un país en ruinas y una nación que sentía que había llegado al «punto cero» de su historia, emer­ gieron montañas de escritos virtualmente intactos, una superabundancia de material documental sobre cada aspecto de los doce años que había consegui­ do durar el Tausendjähriges Reich de Hitler. Las primeras selecciones genero­ sas de este embarras de richesses, que incluso hoy en manera alguna han sido adecuadamente publicadas e investigadas, comenzaron a aparecer en relación con el proceso de Nuremberg de los principales criminales de guerra en 1946, en los doce volúmenes de Nazi Conspiracy and Agression2,

Cuando en 1958 apareció la segunda edición (de bolsillo), estaba ya dis­ ponible en bibliotecas y archivos mucho más material documental y de otro, género referente al régimen nazi. Lo que entonces aprendí era suficientemen­ te interesante, pero apenas exigía cambios sustanciales tanto en el análisis como en el argumento de mi estudio original. Parecía aconsejable realizar numerosas adiciones y sustituciones de citas en las notas, y el texto fue consi­ derablemente ampliado. Pero estos cambios eran todos de naturaleza técnica. En 1949, los documentos de Nuremberg eran conocidos sólo parcialmente y en su traducción inglesa, y gran número de libros, folletos y revistas, publica­ dos en Alemania entre 1933 y 1945, no estaban todavía disponibles. Ade­ más, tuve en cuenta en cierto número de adiciones algunos de los más

formar opiniones independientes» (pp. XVII-XIX). Sin embargo, el punto de la cuestión es que esto no debilitó de ningún modo el apoyo general al régimen de Hitler. Es completamente obvio que el' apoyo de las masas al totalitarismo no procede ni de la ignorancia ni del lavado de cerebro.

Desde el comienzo, la investigación y la publicación del material documental han estado guiadas por la preocupación por actividades delictivas y la selección se ha realizado habitualmente con el fin de perseguir a los criminales de guerra. El resultado es que se ha despreciado gran parte de un mate­ rial muy interesante. El libro mencionado en la anterior nota constituye una muy grata excepción a la regla.

PROLOGO A LA TERCERA PARTE: TOTALITARISMO 45

importantes acontecimientos tras la muerte de Stalin — ía crisis de sucesión y el discurso de Jruschov ante el XX Congreso del Partido— f así como nueva información sobre el régimen de Stalin obtenida de nuevas publicaciones. Así es que revisé la Tercera Parte y el último capítulo de la Segunda, mientras que la Primera, referente al antisemitismo, y los primeros cuatro capítulos so­ bre el imperialismo permanecían inalterados. Por otro lado, existían ciertas ideas de una naturaleza estrictamente teórica fuertemente conectadas con mi análisis de los elementos de la dominación total, que yo no poseía cuan­ do concluí el manuscrito original que terminaba con Unas «Observaciones concluyentes» que eran más bien no concluyentes. El último capítulo de esta edición, «Ideología y terror», reemplazó a aquellas «Observaciones», que, en la medida en que todavía eran válidas, fueron trasladadas a otros capítulos. En ía segunda edición yo había añadido un Epílogo en el que exa­ minaba brevemente la introducción del sistema ruso en los países satélites y la revolución húngara. Este examen, escrito mucho más tarde, era diferente en. su tono, ya que se refería a acontecimientos contemporáneos y quedó anticua­ do en muchos detalles. Ahora lo he eliminado, y éste es el único cambio sus­ tancial de esta edición en comparación con la segunda (la rústica).

Resulta obvio que el final de la guerra no significó el final del gobierno tota­ litario en Rusia. Al contrario, fue seguido por la boichevización de Europa oriental, es decir, la extensión del gobierno totalitario, y la paz no ofreció más que un significativo punto de inflexión desde el que analizar las similaridades y diferencias en métodos e instituciones de los dos regímenes totalitarios. Lo deci­ sivo no fue el final de la guerra, sino la muerte de Stalin ocho años más tarde. Retrospectivamente parece que esta muerte no fue simplemente seguida por una crisis de sucesión y un «deshielo» temporal hasta que hubiera logrado afir­ marse un nuevo líder, sino por un auténtico, aunque nunca inequívoco, proce­ so de destotalitarízación. Por eso, desde el punto de vista de los acontecimientos, no había razón para actualizar ahora esta parte de mi obra; por lo que a nuestro conocimiento del período en cuestión se refiere no ha cambiado drásticamente lo suficiente como para exigir extensas revisiones y ediciones. En contraste con Alemania, donde Hider empleó conscientemente su guerra para desarrollar y, valga decir, perfeccionar el gobierno totalitario, el período de la guerra en Rusia fue un período de suspensión temporal de la dominación total. Para mis propó­ sitos son de máximo interés los años desde 1929 hasta 1941 y posteriormente de 1945 a 1953, y nuestras fuentes para estos períodos son tan escasas y de la mis­ ma naturaleza que lo eran en 1958 e incluso en 1949. Nada ha sucedido, ni es probable que suceda en el futuro, que pueda presentarse con el mismo inequívo­ co final de la historia o con las mismas pruebas horriblemente claras e irrefuta­ bles con que documentarlo como sucedió en el caso de la Alemania nazi.

46 LOS ORÍGENES DEL TOTALITARISMO

La única adición importante para nuestro conocimiento, el contenido dei Archivo de Smoíensko (publicado en 1958 por Meríe Fainsod), ha demostrado hasta qué punto seguirá siendo decisiva para todas las investiga­ ciones sobre este período de la historia rusa la escasez de la más elemental documentación y de material estadístico. Porque aunque los archivos (descu­ biertos en la sede del partido en Smoíensko por los servicios alemanes de información y capturados luego en Alemania por las fuerzas de ocupación americanas) contienen unas 200.000 páginas de documentos y se hallan vir-tuaímente intactos en lo que se refiere al período comprendido entre 1917 y 1938, la cantidad de información que no nos pueden proporcionar es verda­ deramente sorprendente. Incluso con «una casi inabarcable abundancia de material sobre las purgas» desde 1929 hasta 1937, no contienen información sobre el número de víctimas ni otros vítales datos estadísticos. Donde dan ci­ fras, éstas son desesperadamente contradictorias; las diferentes organizacio­ nes proporcionan series distintas, y lo que llegamos a saber de forma induda­ ble es que muchas de esas cifras, si llegaron a existir, fueron retiradas por or­ den del gobierno3. Además, el Archivo no contiene información sobre las relaciones entre las diferentes ramas de la autoridad, «entre el partido, los militares y el NKVD», o entre el partido y el gobierno, y se muestra mudo respecto de los canales de comunicación y mando. En suma, no sabemos nada acerca de la estructura de la organización del régimen, de la que estamos tan bien informados con respecto a la Alemania nazi4. En otras palabras, aun­ que se ha sabido siempre que las publicaciones oficiales soviéticas servían fi­ nes propagandísticos y eran profundamente indignas de crédito, ahora resul­ ta que las fuentes fiables y el material estadístico no existieron probablemen­ te en parte alguna.

Cuestión mucho más seria es la de si un estudio sobre el totalitarismo puede permitirse ignorar lo que ha sucedido y sigue sucediendo en China, Aquí nuestro conocimiento es aún menos seguro de lo que era sobre la Rusia de los años treinta, en parte porque el país ha conseguido aislarse de los ex­ tranjeros mucho más radicalmente tras la revolución victoriosa y en parte porque todavía no han venido en nuestra ayuda los desertores de los niveles superiores del partido comunista chino — lo que, desde luego, es en sí mismo suficientemente significativo. Lo poco que hemos sabido durante diecisiete años esbozaba dos diferencias muy importantes: tras un período inicial de considerable derramamiento de sangre — el número de víctimas durante los primeros años de dictadura ha sido estimado plausiblemente en quince

Véase la obra de Merle Fainsod Smoknsk uttder Soviet Rule, 1958, pp. 210, 306, 365, etc.

Ibíd., pp. 73, 93.

PRÓLOGO A LA TERCERA PARTE: TOTALITARISMO 47

millones, aproximadamente un 3 por ciento de la población de 1949 y, en términos de porcentaje, considerablemente menor que las pérdidas demográ­ ficas debidas a la «segunda revolución» de Stalin— y tras la desaparición de úna oposición organizada, no hubo un aumento del terror ni matanzas de personas inocentes, ni categorías de «enemigos objetivos», ni crímenes desca­ rados, ni procesos espectaculares, aunque sí existieron en gran medida confe­ siones públicas y «autocríticas». El famoso discurso pronunciado por Mao en 1957, «Sobre el correcto tratamiento de las contradicciones en el seno del pueblo», usualmente conocido bajo el equívoco título' «Que florezcan cien flores», no fue ciertamente un alegato en favor de la libertad, pero reconocía contradicciones no antagónicas entre las clases y, lo que es todavía más importante, entre el pueblo y el gobierno, incluso bajo una dictadura comu­ nista. La forma de tratar con ios oponentes era la «rectificación del pensa­ miento», un elaborado procedimiento de constante moldeamiento y remoí-deamiento de las mentes al cual más o menos parecía sujeta toda la pobla­ ción. Nunca supimos muy bien cómo funcionó este sistema en la vida cotidiana, quién estaba exento de él — es decir, quién «remoldeaba»— , y carecemos de indicaciones sobre los resultados del «lavado de cerebro», si fue duradero y produjo cambios de personalidad. Si se confiara en las presentes declaraciones de los dirigentes chinos, todo lo que se consiguió fue hipocre­ sía en gran escala, el «caldo de cultivo de la contrarrevolución». Si esto era te­ rror, como muy ciertamente era, se trataba de un terror de diferente género y, cualesquiera que fuesen"sus resultados, no diezmó la población china. Reco­ nocía claramente un interés nacional, permitía al país desarrollarse pacífica­ mente, emplear la competencia de los descendientes de las antiguas clases dominantes y mantener niveles académicos y profesionales. En suma, era ob­ vio que el «pensamiento» de Mao Tsé-tung no seguía la trayectoria de Stalin (o de Hitler, en esta cuestión), que no era un asesino por Instinto, y que el sen­ timiento nacionalista, tan destacado en todos los levantamientos revoluciona­ rios en los antiguos países coloniales, era lo suficientemente fuerte como para imponer límites a la dominación total. Todo esto parecía contradecir ciertos temores expresados en este libro («Una sociedad sin clases», «Las masas»).

Por otra parte, el partido comunista chino, tras su victoria, aspiró inmediatamente a ser «internacional en su organización, omnicomprensívo en su alcance ideológico y global en sus aspiraciones políticas» (cap. XII, «Totalitarismo en el poder»), es decir, que sus rasgos totalitarios han sido patentes desde el comienzo. Estos rasgos se tornaron más prominentes con el desarrollo del conflicto chinosovíético, aunque el mismo conflicto puede haber sido desencadenado por cuestiones nacionales más que ideológicas. La insistencia de los chinos en rehabilitar a Stalin y denunciar los intentos

LOS ORÍGENES DEL TOTALITARISMO

rusos de destotalitarización como desviación «revisionista» fue suficiente­ mente amenazadora y, para empeorar las cosas, se vio acompañada por una política internacional implacable, aunque hasta ahora infructuosa, que pre-

.tendfa la infiltración de agentes chinos en todos los movimientos revolucio­ narios y la resurrección de la Komintern bajo la dirección de Pekín, Todos es­ tos desarrollos son difíciles de juzgar en el momento presente, en parte por­ que no sabemos lo suficiente y en parte porque aún no han concluido. A estas inceradumbres que corresponden a la naturaleza de la situación hemos añadido desgraciadamente las dificultades que son obra de nosotros mismos. Porque no facilita la cuestión, ni en la teoría ni en la práctica, el hecho de que hayamos heredado del período de la guerra fría una «contraideologfa» oficial, el anticomunismo, que tiende también a ser global en sus aspiraciones y nos tienta a construir nuestra propia ficción para que nos neguemos en principio a diferenciar las diversas dictaduras unipartidistas comunistas, con las que nos enfrentamos en la realidad, del auténtico gobierno totalitario que puede desarrollarse, aunque en diversas formas, en China. Lo interesante, desde luego, no es que la China comunista sea diferente de la Rusia comunista o que la Rusia de Stalin fuese diferente de la Alemania de Hítler. La ebriedad y la incompetencia que tan ampliamente asoman en cualquier descripción de la Rusia de los años veinte o de los años treinta, y que siguen estando hoy muy extendidas, no desempeñaron papel alguno en la Alemania nazi, mien­ tras que la indecible y gratuita crueldad de los campos alemanes de concen­ tración y de exterminio parece haber estado considerablemente ausente de los campos rusos, donde los cautivos morían de abandono más que de tortu­ ra. La corrupción, el azote de la Administración rusa desde el comienzo, se halló presente en los últimos años del régimen nazi, pero aparentemente ha estado totalmente ausente de China después de la revolución. Podrían multi­ plicarse las diferencias de esta clase; son de gran significación y forman parte de la historia nacional de los respectivos países, pero no proporcionan una orientación directa sobre la forma de gobierno. Indudablemente, la monar­ quía absoluta fue algo muy diferente en España, en Francia, en Inglaterra y en Prusia; pero en todas partes constituyó la misma forma de gobierno. Lo que en nuestro contexto resulta decisivo es que el gobierno totalitario es diferente de las dictaduras y tiranías; la capacidad de advertir esta diferencia no es en mane­ ra alguna una cuestión académica que pueda abandonarse confiadamente a los «teóricos», porque la dominación total es la única forma de gobierno con la que no es posible la coexistencia. Por ello tenemos todas las razones posibles para emplear escasa y prudentemente la palabra «totalitario».

En fuerte contraste con la escasez e incertidumbre de nuevas fuentes para el conocimiento fácrico con respecto al gobierno totalitario, encontramos un

PRÓLOGO A LA TERCERA PARTE: TOTALITARISMO 49

enorme aumento en el número de estudios sobre todas las variedades de nue­ vas dictaduras, sean o no totalitarias, durante los últimos quince años. Esto, desde luego, es particularmente cierto en lo referente a la Alemania nazi y a la Rusia soviética. Existen ahora muchas obras que resultan indispensables para nuevas investigaciones y estudios del tema, y, en consecuencia, me he esfor­ zado por complementar mí antigua bibliografía (la segunda edición — én rústica— no llevaba bibliografía). El único género de textos que, con pocas excepciones, no he incluido adrede son las numeíosas memorias publicadas por los antiguos generales y altos funcionarios nazis tras el final de la guerra. (Es suficientemente comprensible y no debería bastar para alejarlas de nues­ tra consideración el hecho de que este género de apologías no brille por su honestidad. Pero la falta de comprensión que estas reminiscencias muestran respecto de lo que sucedió realmente y de los papeles que los mismos autores desempeñaron en el curso de los acontecimientos es verdaderamente sor­ prendente y les priva de todo menos de un cierto interés psicológico.) Tam­ bién he añadido los relativamente escasos puntos de importancia a las listas de lecturas correspondientes a la Primera y la Segunda Partes. Finalmente, por razones de conveniencia, la bibliografía, como el libro, aparece ahora dividida en tres partes separadas.

II

Por lo que a la documentación se refiere, la temprana fecha en que este libro fue concebido y escrito ha mostrado no constituir la dificultad que podía razonablemente presumirse, y esto es cierto tanto por lo que se refiere al material sobre la variedad nazi como sobre la variedad bolchevique del totali­ tarismo. Ésta es una de las particularidades de la literatura sobre el totalitaris­ mo: ios primeros intentos de los contemporáneos de escribir su «historia», que, según todas las normas académicas, estaba destinada a zozobrar por fal­ ta de una impecable documentación y por su implicación emocional en el tema, han soportado notablemente bien la prueba del tiempo. La biografía de Hitler de Konrad Heiden y la biografía de Staíin de Boris Souvarine, escri­ tas y publicadas en los años treinta, son en algunos aspectos más precisas y casi en todos los aspectos más importantes que las biografías estándar de Alan Bullock e Isaac Deutscher, respectivamente. Esto puede deberse a varias razones, pero una de ellas es ciertamente el simple hecho de que en ambos ca­ sos el material documental ha tendido a confirmar y a complementar lo que ya se conocía gracias a los relatos de importantes desertores y de otros testigos oéulares.

LOS ORÍGENES DEL TOTALITARISMO

Por decirlo más drásticamente: no necesitamos el discurso secreto de Jruschov para saber que Stalin cometió crímenes o que este hombre supues­ tamente «receloso hasta la locura» decidió confiar en Hitler, En lo que se refiere a esto último, nada prueba mejor que esta confianza que Stalin no estaba loco; se mostraba justificadamente suspicaz respecto de todos aquellos a los que deseaba o proyectaba eliminar, y entre éstos figuraba prácticamente la totalidad de los cuadros más altos del partido y del gobierno; confiaba naturalmente en Hitler porque no le quería mal. Por lo que se refiere a Stalin, las sorprendentes declaraciones de Jruschov, que — por la obvia razón de que su audiencia y él mismo estuvieron totalmente complicados en el asunto— ocultaban considerablemente más de lo que revelaban, tuvieron el desgracia­ do resultado de minimizar a los ojos de muchos (y desde luego a los de los eruditos con su amor profesional por las fuentes oficiales) la gigantesca crimi­ nalidad deí régimen de Stalin, que, al fin y al cabo, no consistió simplemen­ te en la difamación de unos pocos centenares de miles de destacadas figuras políticas y literarias, a las que se podía «rehabilitar» pósturniamente, sino en el exterminio de los literalmente indecibles millones de personas a las que na­ die, ni siquiera Stalin, podía considerar sospechosas de actividades «contra­ rrevolucionarias». Y fue precisamente con el reconocimiento de algunos crí­ menes como ocultó Jruschov la criminalidad deí régimen en conjunto, y es precisamente contra este camuflaje y contra la hipocresía de los actuales dirigentes rusos — todos los cuales se prepararon y progresaron bajo Sta-lin— contra lo que se halla ahora en casi abierta rebelión la joven genera­ ción de intelectuales rusos. Porque ellos saben todo lo que es necesario saber sobre «l^is purgas masivas y la deportación y el aniquilamiento de pueblos enteros»5. La explicación que de los crímenes formuló Jruschov — la demen­ te suspicacia de Stalin— ocultaba el aspecto más característico del terror

A las víctimas deí Primer Plan Quinquenal ( í928-1933), estimadas entre nueve y doce millones, es necesario añadir las víctimas de la Gran Purga —se calcula que fueron ejecutadas tres millones de personas y detenidas y deportadas entre cinco y nueve millones (véase la importante Introducción de Robert C. Tucker, «Stalin, Bujarín, and Históry as Conspiracy», a la nueva edición de la relación literal del Proceso de Moscú de 1958, The Great Purge Triat, Nueva York, 1965). Pero todas estas estimaciones parecen ser inferiores a las cifras reales. No tienen en cuenta las ejecuciones en masa, de las que nada se supo hasta que «las fuerzas alemanas de ocupación descubrieron unos enterramientos en masa en la ciudad de Vinnitsa que contenían millares de cuerpos de personas ejecutadas en 1937 y en 1938» (véase, de John Armstrong, The Politics ofTotalmrianism. The Communist Party o fthe So­ viet Union from 1934 to the Present, Nueva York, 1961, pp. 65 y $s.). Es innecesario decir que este ulterior descubrimiento hace que los regímenes nazi y bolchevique parezcan aún más variaciones del mismo modelo. La mejor forma de advertir hasta qué punto figuran en el centro de la oposición ac­ tual las matanzas en masa de la era staüniana consiste en examinar el proceso de Sinyavskyy Daniel, del cual The New York Times Magmine, de 17 de abril de 1966, publicó una importante selección, que cito aquí.

PRÓLOGO A LA TERCERA PARTE: TOTALITARISMO 51

totalitario: el de desatarse cuando ha muerto ya toda oposición organizada y el dirigente totalitario sabe que ya no necesita temer nada. Esto es particular­ mente cierto en lo que se refiere a la evolución rusa. Stalín comenzó sus gigantescas purgas no en 1928, cuando admitió: «Tenemos enemigos inter­ nos», y cuando tenía razones para sentir temor — sabía que Bujarin le había comparado, con Genghis Khan y que estaba convencido de que la política de Stalín «estaba conduciendo al país al hambre, a la ruina y a un régimen poli­ cial»6, como así fue-—, sino en 1934, cuando todos sus antiguos oponentes habían «confesado sus errores» y el mismo Stalin, en el XVII Congreso del partido, también denominado pof él «Congreso de los Triunfadores», declaró: «En este Congreso... no hay nada más que demostrar y, según pare­ ce, nadie con quien luchar»7. No es que se ponga en duda el carácter sensa­ cional y la decisiva importancia política que el XX Congreso del partido tuvo para la Rusia soviética y para el movimiento comunista en general. Pero su importancia es política: la luz que las fuentes oficiales del período poststaliníano arrojan sobre lo sucedido antes no debe ser confundida con la luz de la verdad.

Por lo que a nuestro conocimiento de la era de Stalin se refiere, la publi­ cación por Fainsod del Archivo de Smolensko, que he mencionado anterior­ mente, sigue siendo, con mucho, la más importante, y resulta deplorable que la primera selección al azar no haya sido seguida por una más amplia publi­ cación del material. A juzgar por el libro de Fainsod, queda mucho por saber del período de la lucha de Stalin por el poder a mediados de los años veinte: sabemos ahora cuán precaria era la posición del partido8, no sólo porque pre­ valecía en el país un talante de franca oposición, sino porque se encontraba

Tucker, op. dt., pp. XV1I-XVIIL

Cita tomada de la obra de Merle Fainsod Hoto Russia « Rukd, Cambridge, 1959, p. 516. Abdu-rakhman Avtorkhanov (en The Retgn ofStalin, publicado bajo el seudónimo de «Uratov», en 1953 en Londres) habla de una reunión secreta del Comité Central del partido en 1936 tras los primeros pro­ cesos espectaculares, en la que Bujarin, según el informe, acusó a Stalin de transformar el partido de Lenin en un estado policial y fue apoyado por más de las dos terceras partes de los miembros. Este relato, en especial lo referente al fuerte apoyo obtenido por Bujarin en el Comité Central, no parece muy plausible; pero aunque fuese cierto, teniendo en cuenta el hecho de que esta reunión se celebra­ ba cuando la Gran Purga ya se había iniciado, no revela la existencia de una oposición organizada, sino más bien lo contrarío. La verdad de la cuestión, como señala Fainsod certeramente, parece ser la de que «el difundido descontento de las masas» era ya muy corriente, especialmente entre los campe­ sinos, y que hasta 1928, «al comienzo del Primer Plan Quinquenal las huelgas... no eran infrecuen­ tes», pero que semejantes «tendencias de oposición jamás llegaron a concentrarse en alguna forma de desafío organizado al régimen», y que para 1929 o 1930 «toda alternativa de organización se había esfumado de la escena», sí es que había llegado a existir anteriormente. (Véase Smolensk under Soviet Rule, pp. 449 y ss.)

s .«Lo asombroso», como Índica Fainsod, op. dt., p. 38, «no es que el partido resultara triunfante, sino que al fin y al cabo lograra sobrevivir».

LOS ORÍGENES DEL TOTALITARISMO

agobiado por la corrupción y la embriaguez; sabemos también que un mani­ fiesto antisemitismo acompañaba a casi todas las demandas de liberaliza-ción9; que el afán por la colectivización y la deskuíakización a partir de 1928 interrumpió la NEP, la nueva política económica de Lenin, y con ella un comienzo de reconciliación entre el pueblo y su gobierno10; conocemos cuán fieramente se opuso a tales medidas la solidaridad de toda la clase campesina, que decidió que «es mejor no haber nacido que unirse al koljós»11 y se negó a ser dividida en campesinos ricos, medianos y pobres, para ser lanzada contra los kulaks12 — «hay alguien que es peor que estos kulaks, y es el que está planifi­ cando cómo cazar a la gente»13; y que ía situación no era mucho mejor en las ciudades, donde ios trabajadores se negaban a cooperar con los sindicatos con­ trolados por el partido y calificaban a sus directores de «diablos bien alimenta­ dos», «bizcos hipócritas» y cosas por el estilo14.

Fainsod señala certeramente que estos documentos muestran con clari­ dad no sólo «cuán extendido estaba el descontento de las masas», sino tam­ bién la falta de una «oposición suficientemente organizada» contra el régi­ men en conjunto. Lo que no advierte, y lo que en mi opinión resulta igual­ mente probado, es que existía una obvia alternativa a la captura del poder por parte de Staiín y a la transformación de la dictadura dei partido único en dominación total y que ésta era ía continuación de la NEP, tal como fue ini­ ciada por Lenin15. Además, las medidas adoptadas por Stalin con la introduc­ ción del Primer Plan Quinquenal en 1928, cuando su control del partido era

9 Ibfd., pp.’49 y ss. Un informe de 1929 describe los violentos estallidos antisemitas durante una reunión; los miembros deí Konsomol «presentes permanecieron callados... La impresión que podía recogerse era la de que todos estaban de acuerdo con las declaraciones antijudías» (p. 445).

Todos los informes de 1926 muestran un significativo «declive de los llamados disturbios contra­ rrevolucionarios, índice de la tregua temporal que el régimen había logrado con el campesinado». En comparación con los de 1926 los informes de 1929-1930 «parecen comunicados de un encarnizado frente de batalla» (p. 177).

Ibfd., pp. 252 y ss.

Ibfd., especialmente las pp. 240 y ss., y 446 y ss.

Ibfd., todas estas declaraciones proceden de los informes de ía GPU; véanse especialmente las pp. 248 y ss. Pero resulta completamente característico el hecho de que tales declaraciones se tornaran mucho menos frecuentes a partir de 1934, en el comienzo de la Gran Purga.

14 Ib íd .,P. 310.

13 Se pasa habitualmente por alto esta alternativa por culpa de la comprensible pero históricamente insostenible convicción de que existió una evolución más o menos suave de Lenin a Stalin. Es cierto que Stalin casi siempre hablaba en términos leninistas, de forma que a veces parecía que la única diferencia entre los dos hombres radicaba en la brutalidad o en la «locura» deí carácter de Stalin. Tanto si ésta era una astucia consciente por parte de Stalin como si no lo era, la verdad de la cuestión es, como certeramente observa Tucker, op. cit., p. XVI, que «Stalin llenó esos viejos conceptos leni­ nistas con un nuevo contenido claramente staliniano... La característica más distintiva fue el énfasis por completo no leninista otorgado a la conspiración, que llegó a convertirse en el sello de la época».

PRÓLOGO A LA TERCERA PARTE: TOTALITARISMO 53

casi completo, demuestran que la transformación de las ciases en masas y la concomitante eliminación de cualquier solidaridad de grupo eran la condi­ ción sitie qua non de toda dominación total.

Con respecto a la indisputada dominación de Stalin a partir de 1929, el Archivo de Smolensko tiende a confirmar lo que ya sabíamos de fuentes me­ nos irrefutables. Esto es incluso cierto en el caso de algunas de sus curiosas lagunas, especialmente las referentes a los datos estadísticos. Porque esta ausencia demuestra simplemente que, como en otros aspectos, el régimen de Stalin era implacablemente consecuente: todos los hechos que no estuviesen conformes o que ofrecieran la posibilidad de no coincidir coh la ficción oficial

— datos sobre cosechas, criminalidad, auténticos incidentes de actividades «con­ trarrevolucionarias», a diferencia de las ulteriores conspiraciones ficticias— eran tratados como inexistentes. Resultaba, además, completamente de acuerdo con el desprecio totalitario por los hechos y la realidad el que todos estos datos, en vez de ser recogidos en Moscú procedentes de los confines del inmenso territo­ rio, fueran conocidos por vez primera en las respectivas localidades a través de su publicación en Pravda, Izvestia o cualquier otro órgano oficial de Moscú; de esta forma, cada región y cada distrito de la Unión Soviética recibía sus datos estadís­ ticos oficiales y ficticios de la misma manera que recibía las no menos ficticias normas que le fijaba el Pían Quinquenal15.

Enumeraré brevemente unos pocos de los más sorprendentes puntos que antes podían ser sólo supuestos y que ahora han quedado demostrados por pruebas documentales. Siempre habíamos sospechado, pero no lo sabíamos con certeza, que el régimen nunca fue «monolítico», sino que se hallaba «conscientemente construido en torno a funciones superpuestas, duplicadas y paralelas» y que esta estructura, grotescamente amorfa, se conservaba unida por el mismo principio del führer — el llamado «culto de la personalidad»— que hallamos en la Alemania nazi1617; que la rama ejecutiva de este gobierno especial no era el partido, sino la policía, cuyas «actividades operativas no eran reguladas a través de los canales del partido»18; que las personas entera­

Véase Faínsod, op. cit„ especialmente pp. 365 y ss,

Ibíd., p. 93 y p. 71. Resulta completamente característico que los mensajes a todos los niveles recalcaran habitualmente las «obligaciones contraídas con el camarada Stalin», y no con el régimen, el partido o el país. Nada subraya quizá más convincentemente las similaridades de los dos sistemas como lo que Ilya Ebrenburg y otros intelectuales stalinianos tuvieron que declarar en sus esfuerzos por justificar su pasado o simplemente por informar sobre lo que pensaban durante la Gran Purga. «Stalin no sabía nada de la insensata violencia empleada contra los comunistas, contra la intelügent-sia soviética», «ellos se lo ocultaban a Stalin», y «si hubiera habido al menos alguien que se lo hubie­ ra contado a Stalin» o, finalmente, «el culpable no era Stalin en absoluto, sino el correspondiente jefe de la policía» (citas de Tucker, op. cit„ p. XIII). Es innecesario señalar que esto es precisamente lo que tuvieron que decir los nazis tras la derrota de Alemania.

lá Ibfd„ pp. 166 y ss.

LOS ORÍGENES DEL TOTALíTARISMO

mente inocentes a quienes el régimen liquidó a millones, los «enemigos obje­ tivos» en ei lenguaje bolchevique, sabían que eran «delincuentes sin un deli­ to»15*19; que fue precisamente esta nueva categoría, a diferencia de los primeros auténticos enemigos del régimen — asesinos de funcionarios del gobierno, incendiarios y bandidos— , la que reaccionó con la misma «completa pasivi­ dad»20 que conocemos también a través de las pautas de conducta de las víc­ timas del terror nazi. Nunca hubo duda alguna de que la «oleada de denun­ cias mutuas» durante la Gran Purga resultó tan desastrosa para el bienestar económico y social del país como eficaz para fortalecer al dirigente totalita­ rio, pero sólo ahora conocemos cuán deliberadamente puso en marcha Stalin «esta amenazadora cadena de denuncias»212cuando proclamó oficialmente el

de julio de 1936: Inalienable cualidadde todo bolchevique en las circunstan­ cias presentes debe ser la capacidad para reconocer a un enemigo delpartido por muy bien enmascarado que pueda hallarse11. (El subrayado es de la autora.) De la misma manera que la «Solución Final» de Hitler significaba para la élite nazi la obligatoriedad de cumplir el mandamiento «Tú matarás», la declara­ ción de Stalin prescribía: «Tú levantarás falso testimonio», como norma directriz de la conducta de todos los miembros del Partido bolchevique. Finalmente, todas las dudas que hubieran podido alimentarse respecto de la dosis de verdad de la teoría según la cual el terror de los últimos años veinte y durante los treinta fue el «elevado precio en sufrimiento» que hubo que pa­ gar por la industrialización y el progreso económico se quedan descartadas tras este primer vistazo a la situación y al curso de los acontecimientos en una determinada región23. El terror no produjo nada de este género. El mejor

Las palabras están tomadas de la apelación presentada por un «elemento extraño a la clase» en 1936: «Yo no quiero ser un delincuente sin un delito» fp. 229).

Un interesante informe de la O GPU, que data de 1931, subraya esta nueva «completa pasividad», esa horrible apatía que produjo el indiscriminado terror contra personas inocentes. El informe men­ ciona la gran diferencia entre las antiguas detenciones de enemigos del régimen cuando «un deteni­ do era conducido por dos milicianos» y fas detenciones en masa cuando «un miliciano podía condu­ cir grupos de personas, andando éstas tranquilamente, sin que nadie intentara escapar» (p, 248).

21 Ibfd., p. 135.

22 Ibfd., pp. 57-58. Para conocer el creciente ambiente de histeria en estas denuncias en masa, véase especialmente pp. 222, 229 yss., y la encantadora historia de la p. 235, en donde nos enteramos de que uno de los camaradas había llegado a pensar «que el camarada Stalin había adoptado una actitud conciliadora respecto del grupo trotskysta-zinovievista», reproche que en la época significaba, por lo menos, la inmediata expulsión del partido. Pero no hubo tal suerte. El siguiente orador acusó de ser «políticamente desleal» al hombre que había tratado de superar a Stalin, y éste «confesó» inmediata­ mente su error.

2Í Por extraño que parezca, el mismo Eainsod llega a tales conclusiones tras una acumulación de pruebas que apuntan en dirección opuesta. Véase su último capítulo, especialmente pp. 453 y ss. Es aún más extraño que esta mala interpretación de los hechos haya sido compartida por tantos autores. En .realidad, casi ninguno ha llegado tan lejos en esta sutil justificación de Stalin como Isaac Detits-cher en su biografía, pero muchos todavía insisten en que «las implacables acciones de Stalin eran...

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documentado resultado de ía deskulakización, la colectivización y la Gran Purga no fue ni el progreso ni la industrialización rápida, sino el hambre, las caóticas condiciones en la producción de alimentos y la despoblación. Las consecuencias han sido una perpetua crisis en la agricultura, una interrup­ ción del desarrollo demográfico y el fracaso del desarrollo y la colonización del hinterland siberiano. Además, como evidencia el Archivo de Smoíensko, los métodos de dominación de Stalin lograron destruir toda medida de com­ petencia y capacidad técnica que el país había adquirido tras la Revolución de Octubre. Y todo esto constituía, desde luego, un «alto precio», no sólo en sufrimientos, pagado para abrir carreras en las burocracias del partido y del gobierno a sectores de población que a menudo no eran sólo «políticamente analfabetos»24, La verdad es que el precio de la dominación totalitaria fue tan alto que ni en Alemania ni en Rusia ha sido todavía completamente pagado.

III

He mencionado anteriormente el proceso de destotalitarización que siguió a la muerte de Stalin. En 1958, yo no tenía aún la seguridad de que el «deshie­ lo» fuera algo más que una relajación temporal, un género de medida de

una forma de crear un nuevo equilibrio de fuerzas» (Armstrong, op. cit., p. 64), y estaban concebidas para ofrecer «una solución brutal pero consecuente a alguna de las contradicciones básicas inheren­ tes al mito leninista» (Richard Lowenthal, en su muy valioso World Communism. The Disintegration ofa Secular Faitb, Nueva York, 1964, p. 42). Existen algunas pocas excepciones a esta reminiscencia marxista; así, por ejemplo, Richard C. Tucker (op. ch., p. XXYII), quien afirma inequívocamente que el sistema soviético «hubiese estado en mejor situación y mejor equipado para enfrentarse des­ pués con la prueba de la guerra total de no haber sido por la Gran Purga, que fríe, efectivamente, una gran operación destructora de la sociedad soviética». Mr, Tucker opina que esto refuta mí «imagen» del totalitarismo, lo que a mí me parece que es un error. La inestabilidad es un requisito funcional de la dominación total, que está basada en una ficción ideológica y presupone que un movimiento, como algo distinto de un partido, se ha apoderado del poder. La característica de este sistema es que el poder sustancial, la potencia material y el bienestar del país son sacrificados constantemente al po­ der de la organización, de la misma manera que todas las verdades fácticas son sacrificadas para que sea consecuente la ideología. Es obvio que en una pugna entre la fuerza material y el poder organiza­ tivo, o entre el hecho y la ficción, ese poder y esa ficción serán los que lo pasen mal, y esto fue lo que sucedió tanto en Rusia como en Alemania durante la Segunda Guerra Mundial. Pero ésta no es una razón para subestimar el poder de los movimientos totalitarios. Fue el terror a la inestabilidad per­ manente el que ayudó a organizar el sistema de satélites, y es la presente estabilidad de la Rusia sovié­ tica, su destotalitarización, la que, por una parte, ha contribuido considerablemente a su presente fuerza material, peto la que, por otra, ha determinado la pérdida de control de sus satélites.

2i Véanse los interesantes detalles (Famsod, op, cit.) sobre la campaña de 1929 para eliminar a los «profesores reaccionarios» contra las protestas de los miembros del partido y del Komsomol, así como del cuerpo estudiantil, quienes no veían «razón para reemplazar a los excelentes profesores que no eran del partido»; después de lo cual, desde luego, una nueva Comisión informó rápidamente de la existencia'de «gran número de elementos extraños a la clase entre el cuerpo estudiantil». Siempre se había sabido que uno de los fines de la Gran Purga era abrir carreras a la generación más joven.

56 LOS ORÍGENES DEL TOTALITARISMO

emergencia debida a la crisis de sucesión y no diferente de la considerable relajación de ios controles totalitarios durante la Segunda Guerra Mundial. Incluso ahora no podemos saber si el proceso es final e irreversible, pero con seguridad ya no puede ser denominado temporal o provisional. Porque aun­ que uno pueda observar el zigzagueo a menudo asombroso de la línea políti­ ca soviética desde 1953, es innegable que el inmenso imperio policial ha sido liquidado, que la mayor parte de los campos de concentración han sido cerrados, que no se han realizado nuevas purgas contra «enemigos objetivos» y que los conflictos entre los miembros de la nueva «dirección colegiada» son resueltos mediante destituciones y exilios de Moscú en vez de tener que recu­ rrir a los procesos espectaculares, las confesiones y los asesinato^. Indudable­ mente, los métodos seguidos por los nuevos dirigentes en ios años posteriores a la muerte de Staün siguen de cerca la pauta impuesta por Stalin tras la muerte de Lenin: emergió un triunvirato denominado «dirección colectiva», término acuñado por Stalin en 1925, y después de cuatro años de intrigas y pugnas por el poder hubo una repetición del coup d ’étatdz Stalin en 1929, a saber, la captura del poder de Jruschov en 1957. Técnicamente hablando, el golpe de Jruschov siguió muy de cerca los métodos de su difunto y denuncia­ do amo. El también precisaba de una fuerza exterior para ganar poder en la jerarquía del partido, y utilizó el apoyo del mariscal Zhukov y del ejército, exactamente de la misma manera que Stalin empleó sus relaciones con la policía secreta en la lucha de sucesión de hacía treinta años25. Como en el caso de Stalin, en donde el poder supremo tras el golpe continuó residien­ do en el partido, no en lá policía, así en el caso de Jruschov, «hada finales de 1957,> el partido comunista de la Unión Soviética había logrado una indis­ cutible supremacía en todos los aspectos de la vida soviética»26; porque del mismo modo que Stalin nunca dudó en purgar a ios cuadros de su policía y en liquidar a su jefe, así Jruschov prosiguió sus maniobras dentro del partido, eliminando a Zhukov del Presidium y del Comité Central del partido, cargos para los que había sido elegido tras el golpe, así como de su puesto de jefe supremo del ejército.

En realidad, cuando Jruschov recurrió a Zhukov en demanda de apoyo, la ascendencia del ejército sobre la policía era un hecho consumado en la

Armstrong, op. cit„ p. 319, arguye que ha sido «altamente exagerada« la importancia de la inter­ vención de Zhukov en la lucha interna del partido, y asegura que Jruschov «triunfó sin necesidad alguna de intervención militar», porque estaba «apoyado por el aparato deí partido». Esto no parece cierto. Pero es verdad que «muchos observadores extranjeros», en razón del apoyo del ejército a Jrus­ chov y contra el aparato del partido, llegaron a la errónea conclusión de que se había producido un definitivo aumento de poder de los militares a expensas deí partido, como sí la Unión Soviética hubiera estado a punto de pasar de una dictadura del partido a una dictadura militar.

Ibíd., p. 320.

PRÓLOGO A LA TERCERA PARTE; TOTALITARISMO . 57

Unión Soviética. Ésta había sido una de las consecuencias automáticas de la ruptura del imperio policial, cuyo dominio sobre gran parte de las industrias, las minas y los inmuebles soviéticos había sido heredado por el grupo geren-cial que se vio repentinamente desembarazado de sü más serio competidor económico. La ascensión automática del ejército fue aún más decisiva; aho­ ra tenía un claro monopolio de los instrumentos de violencia con el que decidir en los conflictos internos del partido. Denota la sagacidad de Jrus-chov el que advirtiera antes que sus colegas las consecuencias de esta situa­ ción. Pero, cualesquiera que fuesen sus motivos, las consecuencias dé este desplazamiento de la importancia desde la policía hacia los militares dentro del juego por el poder tuvieron una gran repercusión. Es cierto que la supe­ rioridad de la policía secreta sobre el aparato militar constituye una caracte­ rística determinante de muchas tiranías y no sólo de la totalitaria; pero en el caso del gobierno totalitario la preponderancia de la policía no responde simplemente a la necesidad de reprimir a la población en el país, sino que encaja con la reivindicación ideológica de una dominación mundial. Porque es evidente que quienes consideran a toda la Tierra como su futuro territorio reforzarán el órgano de la violencia doméstica y dominarán el territorio con­ quistado con métodos y personal policiales más que con el ejército. Así, los nazis emplearon esencialmente sus tropas SS como fuerza de policía para la dominación e incluso la conquista de territorios extranjeros, con el propósito final de amalgamar el ejército y la policía bajo la dirección de las SS.

Además, el significado de este cambio en el equilibrio del poder se había manifestado anteriormente con ocasión de la represión violenta de la revolu­ ción húngara. El sangriento aplastamiento de la revolución, terrible y efecti­ vo como fue, había sido realizado por unidades del ejército regular y no por unidades de la policía, y la consecuencia fue que en manera alguna constitu­ yó una típica solución staliniana. Aunque la operación militar fue seguida por la ejecución de los dirigentes y el encarcelamiento de millares de perso­ nas, no hubo una deportación general del pueblo; en realidad, no hubo ningún intento de despoblar el país. Y copio ésta era una operación militar y no una operación policial, los soviéticos pudieron permitirse enviar ayuda suficiente al país derrotado para impedir el hambre generalizada y para conjurar el completo colapso de la economía en el año que siguió a la revolución. Nada, seguramente, habría estado más lejos de la mente de Stalin en circunstancias parecidas.

El más claro signo de que la Unión Soviética ya no puede ser denomina­ da totalitaria en el sentido estricto del término es, desde luego, la sorprenden­ temente rápida recuperación de las artes durante la última década. En reali­ dad, los esfuerzos por rehabilitar a Stalin y por detener las crecientes exigen-

LOS ORÍGENES DEL TOTALITARISMO

cías verbales de libertad dé expresión y de pensamiento entre estudiantes, escritores y artistas se repiten una y otra vez, pero ninguno de ellos ha tenido éxito ni es probable que lo tenga sin un completo restablecimiento del terror y de la dominación policiales. Es indudable que al pueblo de la Unión Sovié­ tica le son negadas todas las formas de libertad política, no sólo la libertad de asociación, sino la libertad de pensamiento, de opinión y de expresión públi­ ca, Parece como si nada hubiese cambiado, mientras que en realidad ha cam­ biado todo. Cuando Stalin murió, las gavetas de escritores y artistas se halla­ ban vacías; hoy existe toda una literatura que circula en forma manuscrita, y en los estudios de ios pintores se ensayan todos ios estilos de la pintura moderna, que llegan a conocerse aunque no sean expuestos. Esto no signifi­ ca minimizar la diferencia entre la censura tiránica y la libertad de las artes, sólo supone recalcar el hecho de que la diferencia entre una literatura clan­ destina y la ausencia de literatura equivale a la diferencia entre uno y cero.

Además, el simple hecho de que los miembros de la oposición intelectual. puedan tener un proceso (aunque sea a puerta cerrada), puedan hacerse oír en presencia del tribunal y contar con apoyo exterior, no confesar nada, sino declararse inocentes, demuestra que ya no nos encontramos aquí con la dominación total. Lo que les sucedió a Sinyavsky y a Daniel, los dos escrito­ res que en febrero de 1966 fueron juzgados por haber publicado fuera de la Unión Soviética obras que no podrían haber publicado dentro, y que fueron sentenciados a siete y cinco años de trabajos forzados, respectivamente, es, desde luego, insultante según todas las normas de justicia en un gobierno constitucional; pero lo que tuvieron que decir fue escuchado en el mundo entero,, y no es probable que sea olvidado. No desaparecieron en el agujero del olvido que para sus oponentes preparan los dirigentes totalitarios. Menos conocido, pero quizá aún más convincente, es el hecho de que el propio y más ambicioso intento de Jruschov de invertir el proceso de destotalitariza-ción concluyó en un completo fracaso. En 1957 presentó una nueva «ley contra los parásitos sociales» que habría permitido al régimen reintroducir las deportaciones en masa, restablecer los trabajos forzados en gran escala y — lo que resulta más importante para la dominación total— desencadenar otra oleada de denuncias en masa; porque se suponía que los «parásitos» habían de ser seleccionados por el mismo pueblo en reuniones de masas. La «ley», sin embargo, tropezó con la oposición de los juristas soviéticos y fue desecha­ da antes siquiera de que hubiera podido ser ensayada27. En otras palabras, el pueblo de la Unión Soviética ha pasado de la pesadilla de la dominación tota­ litaria a los múltiples peligros, dificultades e injusticias de la dictadura de par-

37 Véase íbíd., p. 325.

PRÓLOGO A LA TERCERA PARTE: TOTALITARISMO 59

tido único, y aunque es enteramente cierto que esta moderna forma de tira­ nía no ofrece ninguna de las garantías del gobierno constitucional, que, «incluso aceptando los presupuestos de la ideología comunista, todo el poder en la URSS es, en definitiva, ilegítimo»28 y que, por ello, el país puede volver a caer en el totalitarismo de un día para otro sin que se produzcan revueltas importantes, también es cierto que la más horrible de todas las nuevas formas de gobierno, cuyos elementos y orígenes históricos trato de analizar, conclu­ yó en Rusia con la muerte de Stalin de la misma manera que el totalitarismo acabó en Alemania con la muerte de Hitler.

Este libro estudia el totalitarismo, sus orígenes y sus elementos, mientras que sus secuelas, tanto en Alemania como en Rusia, son pertinentes en tanto que puedan arrojar alguna luz sobre lo sucedido antes. Por eso, en nuestro contexto, no es el período que siguió a la muerte de Stalin, sino más bien los años de su dominación de la postguerra los que resultan importantes. Y esos ocho años, desde 1945 hasta 1953, confirman y prolongan— no contradicen ni añaden nuevos elementos—- lo que ya se había hecho evidente desde mediados de los años treinta. Los acontecimientos que siguieron a la victoria, las medidas adoptadas en la Unión Soviética para reafirmar la dominación total tras la relajación temporal del período de la guerra, tanto como aquellas por las que se introdujo la dominación totalitaria en los países satélites, se hallaban todas conformes con las normas del juego, como sabemos ahora. La bolchevización de los satélites comenzó con las tácticas de tipo frente popu­ lar y con un falso sistema parlamentario, prosiguió rápidamente hacia el cla­ ro establecimiento de dictaduras de partido único, en las que los jefes y los miembros de los partidos anteriormente tolerados fueron liquidados, y des­ pués alcanzó la última fase cuando los dirigentes comunistas nativos, de quienes Moscú, con razón o sin ella, desconfiaba, fueron brutalmente acusa­ dos, humillados en procesos espectaculares, torturados y muertos bajo la dirección de los más corrompidos y despreciables elementos del Partido, especialmente de quienes en un principio no eran comunistas, sino agentes de Moscú, Sucedió como si Mosc.ú tratara de repetir a toda prisa las distintas fases de la Revolución de Octubre hasta la aparición de la dictadura totalita­ ria. Por eso toda-la historia, aunque indeciblemente horrible, carece de gran interés por sí misma y ofrece escasas variaciones; lo que pasaba en un país satélite sucedía casi en el mismo momento en otros, desde el Báltico hasta el Adriático. Los acontecimientos fueron diferentes en las regiones no incluidas en el sistema de satélites. Los estados bálticos fueron directamente incorpora­ dos a la Unión Soviética, y su suerte fue considerablemente peor que la de los

38 Ibfd., pp. 339 y ss.

UÍR V K JAL- LltskE

BIBLIOTECA CANDELARIA

LOS ORÍGENES DEL TOTALITARISMO

países satélites; más de medio millón de personas fueron deportadas de los tres pequeños países, y una «enorme marea de colonizadores rusos» comenzó a amenazar a las poblaciones nativas con el estatus de minorías en sus propias patrias29. Por otra parte, sólo tras la erección del Muro de Berlín comenzó Alemania Oriental a ser incorporada al sistema de satélites, puesto que ante­ riormente era más bien considerada como territorio ocupado con un «gobierno Quisling».

En nuestro contexto resultan de gran importancia los desarrollos registra­ dos en la Unión Soviética, especialmente a partir de 1948 — el año de la mis­ teriosa muerte de Zhdanov y del «ajfaire de Leníngrado». Por vez primera después de la Gran Purga, Stalín ejecutó a gran número de altos y altísimos funcionarios, y tenemos la certeza de que estas ejecuciones fueron proyecta­ das como preliminares de otra purga que alcanzaría a toda la nación. Si no hubiera sobrevenido la muerte de Stalin, esa purga habría sido desencadena­ da por el «complot de los médicos». Un grupo de destacados médicos judíos fue acusado de haber conspirado para «acabar con los cuadros directivos de la URSS»30. Todo lo sucedido en Rusia entre 1948 y enero de 1953, fecha en que fue «descubierto» el «complot de los médicos», presenta una sorprenden­ te y amenazadora semejanza con los preparativos de la Gran Purga de los años treinta: la muerte de Zhdanov y la purga de Leníngrado se correspon­ dían con la no menos misteriosa muerte de Kirov en 1934, que fue seguida inmediatamente por una especie de purga preparatoria de «todos los antiguos adversarios que permanecían dentro del partido»31. Es más, el mero conteni­ do de la absurda acusación formulada contra los médicos, es decir, que pen­ saban matar a todos ios que ocuparan posiciones destacadas en todo el país, debió de suscitar fúnebres presentimientos en todos aquellos que estaban familiarizados con los métodos de Stalin de acusar a un enemigo ficticio del crimen que él estaba próximo a cometer. (El ejemplo mejor conocido es, des­ de luego, su acusación de que Tujachevskí conspiraba con Alemania, en el mismo momento en que él estudiaba la posibilidad de una alianza con los nazis.) Es obvio que quienes rodeaban a Stalin en 1952 comprendían mejor de lo que habrían podido comprender en los años treinta lo que significaban sus palabras y que la simple formulación de la acusación debió de extender el pánico entre todos los altos funcionarios del régimen. Este pánico puede se­ guir siendo la explicación más plausible a la muerte de Stalín, a las misterio­ sas circunstancias que la rodearon y a la rápida solidaridad de quienes ocupa-

Véase, de Stanley Vardys, «How the Balde Republics fare in the Soviet Union», en Foreign Affairs, abril de 1966.

M Armstrong, op. cit, pp, 235 y ss. H Fainsod, op. át„ p. 56,

PRÓLOGO A LA TERCERA PARTE: TOTALITARISMO 61

ban los más altos puestos del partido, notoriamente debilitados por las rivali­ dades y las intrigas, durante los primeros meses de la crisis de sucesión. Por poco que sepamos, sin embargo, de los detalles de esta historia, lo que cono­ cemos basta para confirmar mi convicción original de* que «operaciones des­ tructoras» como la Gran Purga no eran episodios aislados ni excesos del régi­ men provocados por circunstancias extraordinarias, sino que constituían úna institución del terror, cuya aparición se esperaba a intervalos regulares — a menos, desde luego, que cambiara la verdadera naturaleza del régimen.

El nuevo elemento más dramático de esta nueva purga, que Stalín planeó en los últimos años de su vida, fue un cambio decisivo en la ideología, la introducción de la idea de una conspiración mundial judía. Durante años se habían colocado cuidadosamente los cimientos de este cambio en cierto número de procesos realizados en los países satélites — el proceso de Rajk en Hungría, el asunto de Ana Pauker en Rumania y, en 1952, el proceso de Slansky en Checoslovaquia. En estas medidas preliminares altos funcionarios del partido fueron singularizados por su procedencia de la «burguesía judía» y acusados de sionismo; esta acusación fue transformada gradualmente para poder implicar en ella a entidades no sionistas (especialmente al «American Jewish Joint Distríbution Committee»), con objeto de indicar que todos los judíos eran sionistas y todos ios grupos sionistas «mercenarios del imperialis­ mo americano»32. No había, desde luego, nada nuevo en el crimen del «sio­ nismo», pero a medida que la campaña progresaba y comenzó a centrarse en los judíos de la Ünión Soviética, se produjo otro cambio significativo: los ju­ díos, más que de sionismo, eran ahora acusados de «cosmopolitismo», y la trama de las acusaciones surgida de este eslogan siguió aún más de cerca el modelo nazi de una conspiración mundial de los judíos en el sentido de los Sabios de Sión. Entonces se hizo asombrosamente evidente cuán profunda debía de haber sido la impresión que en Stalin hizo este punto crucial de la ideología nazi —y cuyos primeros indicios se tornaron visibles tras el pacto Hitler-Staün— , en parte, en realidad, por su obvio valor propagandístico tanto en Rusia como en todos los países satélites, donde estaban muy exten­ didos los sentimientos antijudíos y donde la propaganda antijudfa había dis­ frutado siempre de una gran popularidad, pero en parte también porque este tipo de ficticia conspiración mundial proporcionaba una justificación ideoló­ gicamente más conveniente a las reivindicaciones totalitarias de dominación mundial que las que pudieran dar Wall Street, el capitalismo o el imperialis­ mo. La franca y descarada adopción de lo que se había convertido para todo el mundo en el más destacado símbolo del nazismo fue el último cumplido a

32 Armstrong, op. ch„ p. 236.

LOS ORÍGENES DEL TOTALITARISMO

su difunto colega y rival en la dominación total, con el que, con gran disgus­ to por su parte, no había sido capaz de establecer un acuerdo duradero.

Stalin, como Hitíer, murió a la mitad de una horrible tarea. Y cuando sobrevino su muerte, la historia que este libro tiene que narrar y los acon­ tecimientos que trata de comprender llegaron a un final al menos provi­ sional.

H ANNAH ARENDT

Junio de 1966

PRIMERA PARTE

ANTISEMITISMO •

¡Éste es un siglo notable que comenzó

con la revolución y acabó con el affaire! Tal

vez se le llame el siglo de ia basura.

ROGER M ARTIN DU C ARD

f

CAPÍTULO i

EL ANTISEMITISMO COMO UN INSULTO

AL SENTIDO COMÚN

Muchos todavía consideran como un accidente el hecho de que la ideología nazi se centrará en torno al antisemitismo y la política nazi, consecuente e intransigentemente, se orientara hacia la persecución y finalmente aí exter­ minio de los judíos. Sólo el horror de la catástrofe final y, todavía más, la pér­ dida de sus hogares y el desarraigo de los supervivientes convirtieron a la «cuestión judía» en algo prominente en nuestra vida política cotidiana. Lo que los nazis reivindicaron como su principal descubrimiento — el papel del pueblo judío en la política mundial— y como su principal interés —la perse­ cución de ios judíos en el mundo entero— fue considerado por la opinión pública como un pretexto para captar a las masas o como un curioso truco demagógico.

Resulta bastante comprensible el fallo de no haber considerado seriamen­ te lo que los propios nazis decían. Apenas existe un aspecto de la historia con­ temporánea más irritante y equívoco que el hecho de que de todas las gran­ des cuestiones políticas no resueltas de nuestro siglo fuera este problema ju­ dío, aparentemente pequeño y carente de importancia, el que tuviera el dudoso honor de poner en marcha toda la máquina infernal. Tales discrepan­ cias entre causa y efecto constituyen un insulto a nuestro sentido común, por no hablar del sentido de armonía y equilibrio del historiador. En compara-

ANTISEMITISMO

cíón con los acontecimientos mismos, todas las explicaciones del antisemitis­ mo dan la impresión de haber sido apresurada y fortuitamente concebidas, para velar un tema que tan gravemente amenaza nuestro sentido de la propor­ ción y nuestra esperanza de cordura.

Una de estas precipitadas explicaciones ha sido la identificación del anti­ semitismo con él auge del nacionalismo y sus estallidos de xenofobia. Des­ graciadamente, la realidad es que el antisemitismo moderno creció en la medida en que declinaba el nacionalismo tradicional y alcanzó su cota máxi­ ma en el momento exacto en que se derrumbaba el sistema europeo de esta­ dos-nación y su precario equilibrio de poder.

Ya se ha señalado que los nazis no eran simples nacionalistas. Su propa­ ganda nacionalista estaba orientada hacia sus compañeros de viaje y no a los miembros convencidos; a éstos, al contrario, jamás se les permitió perder de vista una forma consecuentemente supranacional de abordar la política. El «nacionalismo» nazi tenía más de un aspecto en común con la reciente pro­ paganda nacionalista en la Unión Soviética, que es empleada también exclu­ sivamente para alimentar los prejuicios de las masas. Los nazis sentían un genuino y nunca abandonado desprecio por la estrechez del nacionalismo y por el provincianismo del estado-nación, y repetían una y otra vez que su «movimiento», internacional por su alcance como el movimiento bolchevi­ que, era más importante para ellos que cualquier estado, que necesariamente estaría ligado a un territorio específico. Y no sólo los nazis, sino cincuenta años de antisemitismo se alzan como prueba contra la identificación del anti­ semitismo con el nacionalismo. Los primeros partidos antisemitas de las últi­ mas décadas del siglo XIX fueron también los primeros que se ligaron interna­ cionalmente. Desde su mismo comienzo convocaron congresos internacio­ nales y se mostraron preocupados por la coordinación de sus actividades internacionales o, al menos, intereuropeas.

Casi nunca pueden explicarse satisfactoriamente por una sola razón o por una sola causa tendencias generales como el declive del estado-nación y el coincidente auge del antisemitismo. En la mayoría de estos casos, el historia­ dor se enfrenta con una muy compleja situación histórica, en que casi se encuentra en libertad y, por lo tanto, en la dificultad de aislar un solo factor como «espíritu de la época». Existen, sin embargo, unas cuantas normas que pueden proporcionar alguna ayuda, La principal para nuestro propósito es el gran descubrimiento que Tocqueviíle hizo (en VAnden Régime et la Révolu-tion> libro II, cap, 1) de los motivos del violento odio que, al estallar la Revo­ lución, experimentaban las masas francesas hacia la aristocracia — un odio que estimuló a Burke a señalar que la Revolución se mostraba más preocupa­ da por «la condición de un caballero» que por la institución de un rey. Según

EL-ANTISEMITISMO COMO UN INSULTO AL SENTIDO COMÚN 67

Tocquevílle, el pueblo francés odiaba a los aristócratas a punto de perder su poder más de lo que les odiaba antes, precisamente porque su rápida pérdida del auténtico poder no se babía visto acompañada de ningún declive conside­ rable de sus fortunas. Mientras la aristocracia mantuvo vastos poderes de jurisdicción fue no sólo tolerada, sino respetada. Cuando los nobles perdie­ ron sus privilegios, entre ellos el privilegio de explotar y de oprimir, el pueblo les consideró parásitos, sin ninguna función real en el gobierno del país. En otras palabras, ni la opresión ni la explotación como tales ban sido nunca la causa principal del resentimiento; la riqueza sin función visible es mucbo más intolerable, porque nadie puede comprender por qué debería tolerarse.

Análogamente, el antisemitismo alcanzó su cota máxima cuando los ju­ díos habían perdido sus funciones públicas y su influencia y se quedaron tan sólo con su riqueza. Cuando Hitíer llegó al poder, los bancos alemanes esta­ ban ya casi totalmente judenrem (y era precisamente en ese sector donde los judíos habían mantenido posiciones decisivas durante más de cien años), y la judería alemana, en conjunto, tras un largo y firme progreso en estatus social y en número, estaba declinando tan rápidamente que los estadísticos prede­ cían su desaparición en el plazo de unas pocas décadas. Es cierto que las esta­ dísticas no apuntan necesariamente a los verdaderos procesos históricos; sin embargo, vale la pena señalar que para un estadístico la persecución y el exterminio nazis podían parecer una insensata aceleración de un proceso que en cualquier caso se habría producido.

Cabe decir lo mismo de casi todos los países de Europa occidental. El affaire Dreyfus no estalló bajo el Segundo Imperio, cuando la judería france­ sa se hallaba en la cumbre de su prosperidad e influencia, sino bajo la Terce­ ra República, cuando los judíos habían desaparecido casi por completo de las posiciones importantes (aunque no de la escena política). El antisemitismo austríaco no se tornó violento bajo Metternich y Francisco José, sino en la República austríaca de la posguerra, cuando se hizo evidente que ningún otro grupo había sufrido tal pérdida de influencia y de prestigio en razón de la desaparición de la monarquía áq los Habsburgo.

La persecución de grupos desprovistos de poder o en trance de perderlo puede no ser un espectáculo muy agradable, pero no procede exclusivamente de la bajeza humana. Lo que hace que los hombres obedezcan o toleren, por una parte, el auténtico poder y que, por otra, odien a quienes tienen riqueza sin el poder, es el instinto racional de que el poder tiene una cierta función y es de utilidad general. Incluso la explotación y la opresión hacen funcionar a la sociedad y logran el establecimiento de un cierto tipo de orden. Única­ mente la riqueza sin el poder o el aislamiento sin una política se consideran parasitarios, inútiles, despreciables, porque tales condiciones cortan todos

ANTISEMITISMO

los hilos que mantienen unidos a los hombres. La riqueza que no explota carece incluso de la relación existente entre el explotador y el explotado; el aislamiento sin política ni siquiera implica una mínima preocupación del opresor por los oprimidos.

Sin embargo, el declive general de la judería de Europa occidental y cen­ tral constituye simplemente la atmósfera en la que se desarrollaron los acon­ tecimientos subsiguientes. Pero el declive mismo los explica tan poco como la pérdida de poder por parte de la aristocracia podría explicar la Revolución fran­ cesa. Tener conciencia de tales líneas generales es importante sólo para refutar esas recomendaciones del sentido común que nos conducen a creer que el odio violento o la rebelión repentina proceden necesariamente de un gran poder y de grandes abusos y que, en consecuencia, el odio organizado hacia los judíos no puede ser más que una reacción ante su importancia y poder.

Más seria, puesto que se dirige a personas de más altura, es otra falacia del sentido común: la de que los judíos', por ser un grupo enteramente des­ provisto de poder, atrapados entre los conflictos generales e insolubíes de su tiempo, pudieron ser presentados como los culpables de tales conflictos y, finalmente, como los ocultos autores de todo mal. La mejor ilustración — y la mejor refutación— de esta explicación, tan cara a los corazones de muchos liberales, es un chiste que procede del período posterior a la Primera Guerra Mundial. Un antisemita afirmaba que los judíos habían provocado la guerra; la réplica es: «Sí, los judíos y los ciclistas», «¿Por qué los ciclistas?», pregunta uno. «¿Por qué los judíos?», le responde el otro.

La teoría según la cual los judíos son siempre la víctima propiciatoria implica que cualquier otro grupo podría haberlo sido también. Sostiene la perfecta inocencia de la víctima, una inocencia que insinúa no sólo que no ha hecho nada malo, sino además nada que pudiera tener relación alguna con el tema que se debate. Es cierto que, en su forma pura, la teoría de la víctima propiciatoria jamás ha llegado a aparecer en letra impresa. Sin embargo, siempre que sus seguidores tratan de explicar con gran esfuerzo por qué una específica víctima propiciatoria resulta tan adecuada a su papel, denotan que han dejado atrás la teoría y se han lanzado a la habitual investigación históri­ ca — en la que nada se descubre nunca, excepto que la historia es obra de m u­ chos grupos y que por ciertas razones un cierto grupo se singulariza. La lla­ mada víctima propiciatoria deja necesariamente de ser la víctima ¡nocente- a la que el mundo culpa de todos sus pecados y a través de la cual desea escapar al castigo; se convierte en un grupo de personas entre otros grupos, los cuales intervienen todos en las actividades del mundo. Y no deja sencillamente de ser corresponsabie por haberse convertido en víctima de la injusticia y de la crueldad del mundo.

EL ANTISEMITISMO COMO UN INSULTO AL SENTIDO COMÚN 69

Hasta hace poco, la inconsistencia interna de la teoría de la víctima pro­ piciatoria era razón suficiente para desecharla como una de las muchas teo­ rías que obedecen al escapismo. Pero eí desarrollo del terror como gran arma gubernamental le ha otorgado un crédito mayor del que antes tenía.

Una diferencia fundamental entre las dictaduras modernas y todas las tiranías del pasado es la de que en las primeras el terror ya no es empleado como medio de exterminar y atemorizar a los oponentes, sino como instru­ mento para dominar masas de personas que son' perfectamente obedientes. El terror, como hoy lo conocemos, ataca sin provocación previa, y sus vícti­ mas son inocentes incluso desde el punto de vista del perseguidor. Este fue el caso en la Alemania nazi cuando se desencadenó el terror contra los judíos, es decir, contra personas con ciertas características comunes que eran indepen­ dientes de su conducta específica. En la Rusia soviética la situación es más confusa, pero los hechos, desgraciadamente, resultan muy claros. Por un lado, el sistema bolchevique, a diferencia del nazi, jamás admitió teóricamen­ te que pudiera practicarse el terror contra personas inocentes, y aunque, a la vista de ciertas prácticas, esta posición pudiera parecer hipócrita, constituye toda una diferencia. La práctica rusa, por otro lado, se muestra aún más «avanzada» que la alemana en un aspecto: la arbitrariedad del terror ni siquie­ ra es limitada por la diferenciación racial, y como las antiguas categorías de clases han sido desechadas desde mucho tiempo atrás, cualquiera en Rusia puede convertirse repentinamente en víctima del terror policial. No nos inte­ resan aquí las últimas consecuencias de la dominación por el terror —es de­ cir, que nadie, ni siquiera el ejecutor, puede estar libre de temor— ; en nues­ tro contexto nos referimos simplemente a la arbitrariedad con que son elegi­ das las víctimas, y para esto resulta decisivo que sean objetivamente inocentes, que sean elegidas sin tener en cuenta lo que puedan haber o no ha­ ber hecho.

A primera vista puede parecer que se trata de una tardía confirmación de la vieja teoría de la víctima propiciatoria, y es verdad que el que sufre el terror moderno muestra todas las características de la víctima propiciatoria; es obje­ tiva y absolutamente inocente, porque no ha hecho ni dejado de hacer nada que tenga relación alguna con su destino.

Existe, por tanto, una tentación de retomar a una explicación que auto­ máticamente descarga de responsabilidad a la víctima: explicación que pare­ ce adecuada a una realidad en la que nada nos asombra más poderosamente que la profunda inocencia del individuo atrapado en la máquina del horror y su profunda incapacidad de alterar su destino. El terror, sin embargo, es, en la última instancia de su desarrollo, una simple forma de gobierno. Para esta­ blecer un régimen totalitario el terror tiene que ser presentado como un íns-

ANTISEMITISMO

truniento de realización de una ideología específica, y esta ideología debe haberse ganado la adhesión de muchos, de una mayoría, incluso antes de que el terror pueda ser estabilizado. Para el historiador lo interesante es que los ju­ díos, antes de ser las víctimas principales del terror moderno, fueron el eje de la ideología nazi. Y una ideología que tiene que persuadir y movilizar a ía gente no puede escoger arbitrariamente a sus víctimas. En otras palabras, si una patente falsificación como los «Protocolos de ios Sabios de Sión» es creí­ da por tantos que puede llegar a convertirse en el manual de todo un movi­ miento político, la tarea del historiador ya no consiste en descubrir una falsi­ ficación. Ciertamente, no consiste en inventar explicaciones que soslayen el principal hecho político e histórico de la cuestión: que la falsificación está siendo creída. Este hecho es más importante que la circunstancia (secunda­ ria, históricamente hablando) de que sea una falsificación.

Por eso la explicación de la víctima propiciatoria sigue constituyendo uno de los principales intentos por escapar a ía gravedad del antisemitismo y a lo significativo del hecho de que los judíos se vieran conducidos al centro de los acontecimientos. Igualmente extendida está la doctrina opuesta de un «eterno antisemitismo», según la cual el odio al judío es una reacción normal y natural a la que la historia sólo concede más o menos oportunidades. Los estallidos de violencia no precisan de explicación, porque son consecuencias naturales de un problema eterno. Era lógico que esta doctrina fuese adoptada por todos los profesionales del antisemitismo; proporcionaba la mejor justifi­ cación a todos los horrores. Si es cierto que durante más de dos mil años la humanidad ha insistido en matar judíos, entonces es que dar muerte a los ju ­ díos constituye una ocupación normal e incluso humana y el odio a los judíos está justificado sin necesidad de discusión.

El aspecto más sorprendente de esta explicación, la presunción de un antisemitismo eterno, es el hecho de que haya sido adoptada por un gran número de historiadores imparciales y por un número aún mayor de judíos. Es esta curiosa coincidencia la que hace tan peligrosa y confusa esta teoría. Su base escapista es en ambos casos la misma: de la misma manera que, com­ prensiblemente, desean los antisemitas escapar a la responsabilidad por sus hechos, así los judíos, más comprensiblemente aún, atacados y a la defensiva, no desean en ninguna circunstancia discutir sobre su parte de responsabili­ dad. Pero en el caso de los judíos, y más frecuentemente de los cristianos par­ tidarios de esta doctrina, las tendencias escapistas de los apologistas oficiales están basadas en motivos más importantes y menos racionales.

El nacimiento y desarrollo del antisemitismo moderno se ha visto acom­ pañado e interconectado con la asimilación judía, la secularización y el debi­ litamiento de los antiguos valores religiosos y espirituales del judaismo. Lo

EL ANTISEMITISMO COMO UN INSULTO AL SENTIDO COMÚN 71

que sucedió realmente fue que grandes sectores del pueblo judío se vieron al mismo tiempo amenazados por la extinción física desde fuera y por la disolu­ ción desde dentro, En esta situación, ios judíos, preocupados por la supervi­ vencia de su pueblo y en una curiosa y errónea interpretación, llegaron a la consoladora idea de que, al fin y al cabo, el antisemitismo podía ser un exce­ lente medio de mantener unido a su pueblo, y así la presunción de un eterno antisemitismo llegaría a implicar una eterna garantía de la existencia judía. Esta superstición, parodia secularizada de la idea de eternidad inherente a una fe en su condición de pueblo elegido y en una esperanza mesiánica, se vio reforzada por el hecho de que durante muchos siglos ios judíos habían expe­ rimentado la impronta de la hostilidad cristiana, que era, desde luego, tanto espiritual como políticamente, un poderoso agente de preservación. Los ju ­ díos confundieron al moderno antisemitismo anticristiano con el antiguo odio religioso hacia los judíos, y esto de la forma más inocente, porque su asi­ milación había soslayado el cristianismo en su aspecto religioso y en el cultu­ ral. Enfrentados con un síntoma obvio de decadencia del cristianismo, pudieron por eso pensar con perfecta ignorancia que se trataba de una forma de resurrección de las «eras oscuras». La ignorancia o la incomprensión de su propio pasado fueron parcialmente responsables de esta fatal subestimación de los peligros actuales y sin precedentes que se les presentaban. Pero tam ­ bién debería tenerse en cuenta que la falta de capacidad y criterio políticos te­ nían su causa en la naturaleza misma de la historia judía, la historia de un pueblo sin un gobierno, sin un país y sin una lengua. La historia judía ofrece el extraordinario espectáculo de un pueblo único en este aspecto, que comen­ zó su historia con un bien definido concepto de la historia y una casi cons­ ciente resolución de realizar en la Tierra un bien circunscrito plan y que lue­ go, sin renunciar a este concepto, evitó toda acción política durante dos mil años. El resultado fue que la historia política del pueblo judío se tornó aún más dependiente de factores imprevistos y accidentales que la historia de las otras naciones, de forma tal que los judíos acabaron por desempeñar un pa­ pel u otro y no aceptaron responsabilidad por ninguno.

Si se tiene en cuenta la catástrofe final que llevó a los judíos tan cerca del completo aniquilamiento, resulta aún más peligrosa que nunca la tesis del eterno antisemitismo. Hoy absolvería a quienes odian a los judíos de críme­ nes mayores de los que nadie habría creído posibles jamás. El antisemitismo, lejos de ser una misteriosa garantía de supervivencia del pueblo judío, se ha revelado claramente como una amenaza de extermino. Y, sin embargo, esta explicación del antisemitismo, como la teoría de la víctima propiciatoria y por razones similares, ha sobrevivido a su refutación por la realidad. Pone de relieve, después de todo, con diferentes argumentos, pero con idéntica tozu­

ANTISEMITISMO

dez, esa total e inhumana inocencia que tan asombrosamente caracteriza a las víctimas del terror moderno, y por eso parece confirmada'por los aconteci­ mientos, Tiene, además, sobre la teoría de la víctima propiciatoria la ventaja de que de alguna forma respondía esta incómoda pregunta: «¿Por qué los ju ­ díos entre todas las personas?», aunque sólo sea con una contestación que a su vez provoca una nueva pregunta: «Hostilidad eterna».

Resulta muy notable que las dos únicas doctrinas que al menos tratan de explicar el significado político del movimiento antisemita nieguen toda res­ ponsabilidad específica de los judíos y se opongan a discutir la cuestión en términos específicamente históricos. En esta negación inherente del signifi­ cado de la conducta humana presentan una terrible semejanza con esas modernas prácticas y formas de gobierno que, por medio del terror arbitra­ rio, liquidan la simple posibilidad de actividad humana. En cierto modo, los judíos eran asesinados en los campos de exterminio como si aquello estuvie­ ra de acuerdo con la explicación que estas doctrinas habían dado de por qué eran odiados, al margen de lo que hubieran hecho o hubieran dejado de ha­ cer, ai margen del vicio y de la virtud. Además, los homicidas mismos, obe­ deciendo solamente órdenes y orgullosos de su desapasionada eficiencia, se asemejaban misteriosamente a instrumentos «inocentes» de un inhumano e impersonal curso de acontecimientos, tal como los ha considerado siempre la doctrina del antisemitismo eterno.

Tales denominadores comunes entre la teoría y la práctica no son por sí mismos indicios de una verdad histórica, aunque constituyan una indicación deí «oportuno» carácter de tales opiniones y expliquen por qué parecen tan plausibles a la multitud. Al historiador le interesan sólo en cuanto estos mis­ mos denominadores parte de la historia y porque se encuentran en el camino de su búsqueda son de la verdad. Siendo contemporáneo, tan probable es que sucumba a su fuerza persuasiva como cualquier otro. El historiador de los tiempos modernos necesita de una especial precaución cuando se enfrenta con opiniones aceptadas que aseguran explicar tendencias completas de la historia, porque el último siglo ha producido incontables ideologías qué pre­ tenden ser las claves de la historia y que no son más que desesperados inten­ tos de escapar a la responsabilidad.

Platón, en su famosa lucha con los antiguos sofistas, descubrió que su «arte universal de hechizar la mente con argumentos» (Fedro, 261) nada tie­ ne que ver con la verdad, sino que apunta a opiniones que por su propia naturaleza son mudables, y que son válidas sólo «en el momento del acuer­ do y en tanto que el acuerdo dura» (Teetete$> 172). También descubrió la muy insegura posición de la verdad en el mundo, puesto que «la persuasión surge de las opiniones y no de la verdad» (Fedro, 260). La diferencia mayor

EL ANTISEMITISMO COMO UN INSULTO AL SENTIDO COMÚN 73

entre los antiguos y los modernos sofistas está en que los antiguos se mostraban satisfechos con una pasajera victoria del argumento a expensas de la verdad, mientras que los modernos desean una victoria más duradera a expensas de la realidad. En otras palabras, aquéllos destruían la dignidad del pensamiento humano, mientras que éstos destruyen la dignidad de la acción humana. Los ■antiguos manipuladores de la lógica eran motivo de preocupación para el filó­ sofo,' mientras que los modernos manipuladores de los hechos abstaculizan la

tarea del historiador. Porque la misma historia es destruida y su comprensión —que se basa en el hecho de que la hacen los hombres y, por lo tanto, puede ser comprendida por los hombres— se encuentra en peligro siempre que los hechos ya no sean considerados como parte del mundo pasado y del actual y se manipulen para demostrar esta o aquella opinión.

Si se desechan las opiniones y si ya no se considera indiscutible la tradi­ ción, desde luego quedan escasas guías a través del laberinto de los hechos indiferenciados. Sin embargo, tales perplejidades de la historiografía suelen ser de escasa importancia sí se consideran las profundas alteraciones de nues­ tro tiempo y su efecto sobre las estructuras históricas de la humanidad occi­ dental. Su resultado inmediato ha sido exponer todos aquellos componentes de nuestra historia que hasta ahora estaban ocultos a nuestra vista. Esto no significa que lo que se derrumbó en esta crisis (quizá la más profunda en la historia occidental desde la caída del Imperio Romano) fuera una simple fachada, aunque han sido muchas las cosas que se han revelado como facha­ da y que sólo hace unas décadas considerábamos esencias indestructibles.

El simultáneo declive del estado-nación europeo y el desarrollo de los movimientos antisemitas, eí derrumbe de una Europa organizada nacional­ mente, que coincide con el exterminio de los judíos — que fue preparado por la victoria del antisemitismo sobre todos los ismos que rivalizaban en la per­ suasión de la opinión pública— , tienen que ser considerados como indicado­ res importantes del origen del antisemitismo. El antisemitismo moderno debe ser contemplado en el marco más general del estado-nación, y al mismo tiempo su origen debe hallarse en .ciertos aspectos de la historia judía y espe­ cíficamente en las funciones judías durante los últimos siglos. Si, en la fase fi­ nal de desintegración, demostraron ser los eslóganes antisemitas los medios más eficaces para inspirar y organizar grandes masas para la expansión impe­ rialista y la destrucción de las antiguas formas de gobierno, entonces la histo­ ria anterior de las relaciones entre los judíos y el estado debe contener las cla­ ves elementales de la creciente hostilidad entre ciertos grupos de la sociedad y los judíos. Expondremos esta evolución en el próximo capítulo.

Sí, además, el constante crecimiento del populacho moderno — es decir, de los déclassés de todas las clases— produjo dirigentes que, sin plantearse el

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problema de si los judíos eran suficientemente importantes para convertirles en foco de la ideología política, vieron repetidamente en ellos la «clave de la historia» y la causa central de todos los males, entonces la historia anterior de las relaciones entre los judíos y la sociedad ha de contener indicios elementa­ les del nexo de hostilidad entre el populacho y los judíos. En el tercer capítu­ lo nos referiremos a las relaciones entre los judíos y la sociedad.

El capítulo 4 se ocupa del «ajfaire Dreyfus», especie de ensayo general de lo ocurrido en nuestra época. Este caso ha sido analizado detalladamente, porque permite ver, en un breve momento histórico, las potencialidades de otro modo ocultas del antisemitismo como destacada arma política dentro del marco de la política del siglo XIX y de su relativamente bien equilibrada cordura.

Los tres capítulos siguientes analizan exclusivamente los elementos pre­ paratorios que no fueron bien comprendidos hasta que el declive del estado-nación y el desarrollo del imperialismo llegaron al primer plano de la escena política.

CAPÍTULO 2

LOS JUDÍOS, EL ESTADO-NACIÓN

Y EL NACIMIENTO DEL ANTISEMITISMO

1. Los equívocos de la emancipación y el banquero público judío

En la cumbre de su evolución durante el siglo X IX , el estado-nación otorgó a sus habitantes judíos la igualdad de derechos. Profundas, antiguas y fatales contradicciones se ocultaban tras la abstracta y palpable inconsecuencia de que los judíos recibieran su ciudadanía de gobiernos que, a lo largo de los si­ glos, habían hecho de la nacionalidad un prerrequisito de la ciudadanía y de la homogeneidad de la población la característica más sobresaliente del cuer­ po político.

La serie de edictos de emancipación que lenta y dubitativamente siguie­ ron al edicto francés de 1792 fue precedida y acompañada por una actitud equívoca del estado-nación respecto de sus habitantes judíos. La ruptura del orden feudal había dado paso al nuevo concepto revolucionario de la igual­ dad, según el cual ya no podía tolerarse «una nación dentro de la nación». Las restricciones y los privilegios de los judíos tuvieron que ser abolidos junto con todos los demás derechos y libertades especiales. Este desarrollo de la igualdad dependió, sin embargo, en buena medida, del desarrollo de una ma­ quinaria estatal independiente que, bien en un despotismo ilustrado, bien en un gobierno constitucional sobre todas las clases y partidos, podía, en su espléndido aislamiento, funcionar, dominar y representar los intereses de la nación en conjunto. Por eso surgió desde finales del siglo X V II una necesidad sin precedentes de crédito estatal y una nueva expansión de la esfera de inte­ reses económicos y empresariales del estado. Ningún grupo de las poblado-

ANTISEMITISMO

nes europeas estaba, sin embargo, en situación de conceder créditos al estado o desempeñar un papel activo en su desarrollo empresarial. Era natural que los judíos, con su antigua experiencia de prestamistas y sus relaciones con la nobleza europea — a la que debían frecuentemente una protección local y de la que acostumbraban a ser administradores— , Hieran convocados a la tarea; al estado, en beneficio de su nueva empresa, le interesaba, naturalmente, otorgar a los judíos ciertos privilegios y tratarles como grupo separado. De ninguna manera podía el estado verlos asimilados completamente al resto de la pobla­ ción, que negaba crédito al estado, se mostraba poco inclinada a desarrollar empresas de propiedad estatal y se amoldaba a la norma rutinaria de la empresa privada capitalista.

Por eso la emancipación de los judíos, otorgada por el sistema del estado nacional europeo durante el siglo XIX, tuvo un doble origen y un significado siempre equívoco. Por una parte, era debida a la estructura política y legal de un nuevo cuerpo político que únicamente podía funcionar bajo la condición de igualdad política y legal. Los gobiernos, por su propio bien, habían de allanar las desigualdades del viejo orden tan completa y rápidamente como fuera posible. Por otra parte, constituía el claro resultado de la extensión gra­ dual de los privilegios específicos de los judíos, otorgados originariamente sólo a unos individuos y después, a través de ellos, a un pequeño grupo de ju­ díos acomodados; sólo cuando este grupo limitado ya no pudo atender por sí mismo a las siempre crecientes exigencias de la empresa estatal fueron final­ mente extendidos estos privilegios a toda la judería de Europa occidental y central*.

Así, al mismo tiempo y en los mismos países, la emancipación significó igualdad y privilegios, la destrucción de la autonomía de la antigua comu­ nidad judía y el consciente mantenimiento de los judíos como grupo sepa­ rado dentro de la sociedad, la abolición de las restricciones especiales y de los derechos especiales^ la extensión de tales derechos a un creciente grupo

Para el historiador moderno, los derechos y libertades otorgados a los judíos palaciegos durante los si­ glos XVII y XVIII pueden parecer exclusivamente como precursores de la igualdad: los judíos palaciegos podían vivir donde quisieran, les era permitido desplazarse libremente dentro del reino de su soberano, estaban autorizados a portar armas y tenían derecho a la protección especial de las autoridades locales. Tales judíos palaciegos, característicamente denominados Generdlprivikgierte Juden en Prusia, no sólo disfrutaban de mejores condiciones de vida que sus hermanos, que todavía vivían bajo restricciones casi medievales, sino que vivían mejor que sus vecinos no judíos. Su nivel de vida era mucho más abo que el de ía cíase media de su tiempo, y sus privilegios, en la mayoría de los casos, eran mayores que los otor­ gados a los comerciantes. Esta situación no escapó a la atención de sus contemporáneos. El cristiano Wiihelm Dohm, destacado defensor de la emancipación de los judíos en la Prusia del siglo XVIII, se quejaba de la práctica, en vigor desde Federico Guillermo I, que otorgaba a los judíos ricos «todo géne­ ro de favores y apoyo», a menudo «a expensas, y con desprecio, de los diligentes ciudadanos legales (es decir, los no judíos)». En Denkwiiniigkeiten memer Zest, 1814-1819, IV, 487.

LOS JUDÍOS, EL ESTADO-NACIÓN Y EL NACIMIENTO DEL ANTISEMITISMO 7 7

de individuos. La igualdad de condiciones para todos los componentes de la nación se había convertido en premisa del nuevo cuerpo político, y aun­ que esta igualdad había llegado por lo menos hasta el punto de privar a las Viejas clases rectoras de sus privilegios de gobierno y a las viejas clases opri­ midas de su derecho a ser protegidas, el proceso coincidió con el nacimien­ to de la sociedad de clases, que una vez más separó a los habitantes, econó­ mica y socialmente, tan eficientemente como el antiguo régimen. La igual­ dad de condición, como la habían concebido los jacobinos durante la Revolución francesa, sólo llegó a ser realidad en América, mientras que en el continente europeo fue sustituida inmediatamente por una simple igual­ dad formal ante la ley.

La contradicción fundamental entre un cuerpo político basado en la igualdad ante la ley y una sociedad basada en la desigualdad del sistema de ciases impidió el desarrollo de repúblicas eficientes, así como el nacimiento de una nueva jerarquía política. Una insuperable desigualdad de la condición social, el hecho de que en el continente la pertenencia a una clase le era impuesta al individuo y, hasta la Primera Guerra Mundial, casi conferida por su nacimiento, podía coexistir, sin embargo, con la igualdad política. Sólo países políticamente atrasados, como Alemania, habían conservado unos po­ cos residuos feudales. En tales países los miembros de la aristocracia, que en conjunto se hallaba en trance de transformarse en una clase, disfrutaban de un privilegiado estatus político, y así podían preservar como grupo una determinada relación especial con el estado. Pero se trataba exclusivamente de residuos. El sistema de clases completamente desarrollado significaba invariablemente que el estatus del individuo era definido por su pertenencia a su propia clase y sus relaciones con otra y no por su posición en el estado o dentro de su maquinaria.

Las únicas excepciones a esta norma general eran los judíos. No constituían una clase propia y no pertenecían a ninguna de las clases de sus países. Como grupo, no eran obreros, gentes de la clase media, terratenientes ni campesinos. Su riqueza parecía convertirles en miembros de la cíase media, pero no com­ partían su desarrollo capitalista; se hallaban escasamente representados en la empresa industrial, y si en las últimas fases de su historia en Europa se tornaron patronos en gran escala, lo fueron de personal administrativo y no de trabaja­ dores manuales. En otras palabras, su estatus se determinaba por el hecho de ser judíos, pero no se definía a través de sus relaciones con otras clases. La pro­ tección especial que recibían del estado (tanto en la antigua especie de privile­ gios formales como en la legislación especial de emancipación que ningún otro grupo necesitaba y que frecuentemente hubo de ser reforzada contra la hostili­ dad de la sociedad) y sus servicios especíales a los gobiernos evitaron su inmer-

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síón en el sistema de clases, así como su propia formación como clase2. Por eso, allí donde fueron admitidos en la sociedad e ingresaron en ésta se convirtieron en un grupo autoprotegído y bien definido dentro de una de las clases, la aris­ tocracia o la burguesía.

No hay duda de que el interés del estado-nación en conservar a ios ju ­ díos como un grupo especial e impedir su asimilación en la sociedad de clases coincidió con el interés judío en su autoprotección y en la supervivencia como grupo. Es también más que probable que sin esta coincidencia los intentos de ios gobiernos habrían resultado vanos; las poderosas tendencias hacia la equiparación de todos los ciudadanos por parte del estado y hacia la incorporación de todo individuo a una clase por parte de la sociedad, impli­ cando ambas una total asimilación judía, pudieron resultar frustradas sólo mediante una combinación de intervención gubernamental y cooperación voluntaria. Las políticas oficiales respecto de los judíos no eran siempre, des­ pués de todo, tan consecuentes e inmutables como podríamos creer si consi­ deráramos exclusivamente los resultados finales3. Es además sorprendente advertir cuán insistentemente desecharon los judíos las posibilidades que po­ día ofrecerles la normal empresa capitalista4. Pero sin los intereses y las accio-

Jacob Lestchinsky, en una temprana discusión deí problema judío, señaló que los judíos no perte­ necían a ninguna clase social y habló de una Klasseneimchiebsel (en Weltwirtschafts-Archiv, 1929, tomo 30, pp. 123 y ss.), pero advirtió solamente las desventajas de esta situación en Europa oriental y no sus grandes ventajas en los países de Europa occidental y central.

Por ejemplo, bajo Federico II, después de la Guerra de los Siete Años, se realizó un decidido esfuerzo en Prusia para incorporar a los judíos a un tipo de sistema mercantil. El antiguo Juden-regle-rnent general fue reemplazado por un sistema de permisos regulares otorgados solamente a aquellos habitantes que invertían una considerable parte de su fortuna en las nuevas empresas manufacture­ ras. Pero aquí, como en todas partes, fracasaron completamente tales intentos gubernamentales.

4 Félix Priebatsch («Die judenpolitik des íurstlichen Absolutismus im 17. und 18. Jahrhundert», en

Forschungen und Versuche zur Geschicbte des Mittelalters und der Neuzeit, 1915) cita un típico ejem­ plo de comienzos del siglo XVIII: «Cuando la fábrica de espejos de Neuhaus, en la Baja Austria, que estaba subvencionada por la Administración, dejó de producir, el judío Wertheimer dio al empera­ dor dinero para comprarla. Cuando le pidieron que se encargara de la fábrica, se negó, alegando que dedicaba su tiempo a las transacciones financieras».

Véase también, de Max Kohler, «Bettrage zur neueren jüdischen Wirtschaftsgeschíchte. Die Ju-den in Halberstadt und Umgebung», en Studien zur Gescbkbte der Wirtschafe und Gehteskultur,

1927, tomo 3.

En su tradición, que mantuvo a tos judíos apartados de las auténticas posiciones de poder en el capitalismo, figura el hecho de que en 1911 los Rothschild de París vendieron sus acciones de los po­ zos petrolíferos de Bakú al grupo de la Roya! Shell, tras haber sido, con la excepción de Rockefeller, los mayores magnates mundiales deí petróleo. Este hecho es citado en la obra de Richard Lewinshon

Wie sie gross und reich wurden, Berlín, 1927.

La declaración de André Sayou («Les Juifs», en Reúne Économique Internationale, 1932), en su polémica contra la identificación que Werner Sombart hizo de los judíos con eí desarrollo capitalis­ ta, puede ser considerada como una regla general: «Los Rothschild y otros israelitas que estaban casi exclusivamente dedicados a la emisión de empréstitos estatales y en los movimientos internacionales de capital no trataron en manera alguna... de crear grandes industrias».

LOS JUDÍOS, EL ESTADO-NACIÓN Y EL NACIMIENTO DEL ANTISEMITISMO 81

Durante cierto tiempo las monarquías absolutas buscaron en la sociedad una clase en la que apoyarse tan firmemente como se había apoyado la monarquía feudal en la nobleza. En Francia se desarrollaba desde el siglo XV una incesante pugna entre los gremios y la monarquía, que deseaba incorpo­ rarlos aí sistema estatal. El más interesante de estos experimentos fue, sin duda, la aparición del mercantilismo y los intentos del estado absoluto por lo­ grar un absoluto monopolio sobre las empresas y la industria de la nación. El desastre resultante y la bancarrota determinada por la resistencia concertada de la naciente burguesía son sobradamente conocidos5.

Antes de los edictos de emancipación, cada corte y cada monarca de Europa contaban con un judío palaciego que manejaba los asuntos financie­ ros. Durante los siglos XVII y XVIII estos judíos palaciegos fueron siempre individuos aislados que tenían a su disposición conexiones intereuropeas y crédito intereuropeo, pero que no formaban una entidad financiera interna­ cional6. Característica de estos tiempos, en los que los judíos aislados y las primeras y pequeñas ricas comunidades judías eran más poderosos de lo que serían después en cualquier momento del siglo XIX7, era la franqueza con que

Difícilmente puede sobreestimarse, sin embargo, la influencia de los experimentos mercantiles en futuros desarrollos. Francia fue el único pa/s donde el sistema mercantil fue ensayado consecuente-

mente y donde tuvo como resultado un temprano florecimiento de fábricas que debían su existencia a la intervención del estado; jamás se recobró por completo de la experiencia. En la era de la libre empresa, su burguesía esquivaba las inversiones no protegidas en las industrias nativas, mientras que su burocracia, también producto del sistema mercantil, sobrevivió al colapso de éste. Pese al hecho de que la burocracia perdió todas sus funciones productivas, resulta incluso hoy más característica del país y un impedimento a su recuperación mayor que el de la burguesía.

6 Éste flie el caso en Inglaterra desde el banquero marrano de la reina Isabel y los financieros judíos de los ejércitos de Cromwell hasta uno de los doce corredores judíos admitidos en la Bolsa de Lon­ dres, del que se decía que manejaba la cuarta parte de todos los empréstitos públicos de ía época (véase, de Salo W. Baron, A Social and Religions H'ntory ofthe Jews, 1937, vol. II: Jetos and Capitalism); en Austria, donde en sólo cuarenta años (1695-1739) los judíos concedieron al gobierno créditos por un valor total superior a los 35 millones de florines y donde la muerte de Samuel Oppenheimer en 1703 determinó una grave crisis financiera tanto para el estado como para el emperador; en Baviera, donde, en 1808, el 80 por ciento de todos los empréstitos públicos eran respaldados y nego­ ciados por judíos (véase, de M . Grunwal, Samuel Oppenheimer und sein Kreis, 1913); en Francia, donde las condiciones mercantiles eran especialmente favorables para los judíos, Colbert alabó ya su gran utilidad para eí estado (Baron, op. cit., loe. cit.), y donde a mediados del siglo xvrtí el judío ale­ mán Liefman Calmer fue hecho barón por un rey agradecido que apreció los servicios y la lealtad a «Nuestro Estado y a Nuestra Persona» (Robert Anchel, «Un Baron juif français au 18e siècle, Lief­ man Calmer», en Souvenir et Science, I, pp. 52-55); y también en Prusia, donde fueron ennoblecidos los Münzjuden de Federico II y donde, a finales del siglo XVIH, 400 familias judías formaban uno de los grupos más acaudalados de Berlín. (Puede hallarse una de las mejores descripciones de Berlín y del papel de los judíos en la sociedad de finales del siglo XVlll en Das Leben Schletermachers, de Wil­ helm Dilthey, 1870, pp. 182 y ss.)

7 A comienzos del siglo XVIil, los judíos de Austria consiguieron que fuera prohibida la obra de Eisemen-ger Entdecktes Judentum, 1703; y al final del siglo, El mercader de Venecia podía ser representada en Ber­ lín sólo con un pequeño prólogo en el que se pedía disculpas a la audiencia judía (no emancipada).

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se discutía su estatus privilegiado y su derecho a poseerlo y el cuidadoso reco­ nocimiento que las autoridades otorgaban a la importancia de sus servicios al estado. No existía la más ligera duda o ambigüedad sobre la relación entre los servicios prestados y los privilegios concedidos. Judíos privilegiados recibían corrientemente títulos de nobleza en Francia, Baviera, Austria y Prusia: incluso exteriormente eran más que simples hombres acaudalados. El hecho de que los Rothschild tropezaran con tantas dificultades en la reivindicación de un título ya aprobado por el gobierno austríaco (lo lograron en 1817) fue la señal de que había concluido todo un período.

A finales deí siglo XVIII resultaba ya claro que ninguno de los estamentos o clases en los diferentes países deseaba o era capaz de llegar a convertirse en la nueva clase rectora, es decir, identificarse con el gobierno como lo había hecho la nobleza durante siglos8. No se encontró sustituto de la monarquía absoluta, y esto condujo al completo desarrollo del estado-nación y a su rei­ vindicación de hallarse por encima de todas las clases y de ser completamen­ te independiente de la sociedad y de sus intereses particulares, como auténti­ co y único representante de la nación en conjunto. Determinó, por otra par­ te, un ensanchamiento de la distancia entre el estado y la sociedad sobre la que descansaba el cuerpo político. Sin esto no habría habido necesidad, ni siquiera posibilidad, de introducir a los judíos dentro de la historia europea en términos de igualdad.

Cuando fracasaron todos sus intentos de aliarse con una de las grandes clases de la sociedad, el estado decidió establecerse por sí mismo como un tremendo complejo empresarial. En realidad, exclusivamente con fines admi­ nistrativos; pero la gama de intereses, financieros y de otro tipo, y los costes fueron tan grandes que a partir del siglo XVUI ya no hay más remedio que reconocer la existencia de una esfera especial de actividades empresariales del estado. El crecimiento independiente de tales actividades fue provocado por un conflicto con las fuerzas financieramente poderosas de la época, con la burguesía, que optó por las inversiones privadas, temerosa de toda interven­ ción del estado, y que se negó a participar económicamente de forma activa en lo que parecía ser una empresa «improductiva». Así los judíos fueron la única parte de la población dispuesta a financiar los comienzos del estado y a ligar su destino a su ulterior evolución. Con su crédito y sus relaciones inter­ nacionales se hallaban en una posición excelente para ayudar al estado-na-

La única e ir relevante excepción pudo ser ía de los recaudadores fiscales, denominados femtiers-génératix en Francia, que adquirían del estado el derecho a cobrar impuestos, garantizando al gobier­ no una cantidad fija. De esta actividad obtuvieron sus grandes riquezas y dependieron directamente de Ía monarquía absoluta, pero constituían un grupo demasiado pequeño y también un fenómeno demasiado aislado para ser económicamente influyentes por sí mismos.

LOS JUDÍOS, EL ESTADO-NACIÓN Y EL NACIMIENTO DEL ANTISEMITISMO S3

ción a establecerse como una de las mayores empresas y uno de los más gran­ des patronos de su tiempo9.

Grandes privilegios y cambios decisivos en la condición judía fueron . necesariamente el precio del otorgamiento de tales servicios y, al mismo tiempo, el premio por los grandes riesgos corridos. El mayor privilegio fue la igualdad. Cuando los M ünzjuden de Federico de Prusia o los judíos palacie­ gos del emperador austríaco recibían mediante «privilegios generales» o «patentes» el mismo estatus que medio siglo más tarde obtendrían todos los judíos de Prusia bajo el nombre de emancipación y de igualdad de derechos; cuando a finales del siglo XVIII y en la cumbre de su riqueza los judíos de Ber­ lín consiguieron impedir la llegada de judíos de las provincias orientales, por­ que no íes interesaba compartir su «igualdad» con sus hermanos más pobres, a ios que no consideraban sus iguales; cuando en la época de la Asamblea Nacional francesa protestaban violentamente los judíos de Burdeos y Avig-non contra el otorgamiento de la igualdad a los judíos de las provincias orientales por parte del gobierno francés, resultaba claro que al menos los ju­ díos no pensaban en términos de igualdad de derechos, sino de privilegios y de libertades especiales. Y realmente no es sorprendente que los judíos privi­ legiados, íntimamente unidos a las empresas económicas de sus gobiernos y completamente conscientes de la naturaleza y de la condición de su estatus, se mostraran reticentes a aceptar para todos los judíos el don de esta libertad, que ellos ya poseían como premio a sus servicios, y que sabían que había sido considerada como tai y que por eso difícilmente podría llegar a ser un dere­ cho para todos50.

Sólo al final del siglo XIX, con la aparición del imperialismo, empezaron las clases poseedoras a modificar su modo inicial de considerar la improduc­ tividad de las actividades empresariales del estado. La expansión imperialista, junto con el creciente perfeccionamiento de los instrumentos de violencia y

Puede medirse ia importancia de estos lazos entre las actividades económicas del gobierno y los ju ­ díos en aquellos casos en que funcionarios decididamente antijudíos se vieron obligados a realizar semejante política. Bismarck, en su juventud, pronunció unos pocos discursos antisemitas para con­ vertirse, al llegar a ser canciller del Reich, en íntimo amigo de Bleichroeder y firme protector de los judíos contra los movimientos antisemitas berlineses deí capellán de la corte Stoecker. Guillermo II, aunque como príncipe heredero y miembro de la nobleza prusiana antijudía, simpatizaba intensa­ mente con todos los movimientos antisemitas de ¡a década de los ochenta, abandonó sus conviccio­ nes antisemitas y a sus protegidos antisemitas en cuanto heredó el trono.

10 En época tan temprana como el siglo XV1I1, allí donde grupos enteros de judíos se enriquecían lo suficiente como para resultar útiles al estado, disfrutaron de privilegios colectivos e, incluso en eí mismo país, se separaron como grupo de sus hermanos menos ricos y útiles. Como los Schutzjuden de Prusia, los judíos de Burdeos y de Bayona, en Francia, disfrutaron de la igualdad mucho antes de la Revolución francesa y fueron incluso invitados a presentar sus quejas y propuestas junto con los otros Estados Generales en la Convocation des Etats Généraux de 1787.

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el absoluto monopolio que el estado tenía sobre ellos, convirtió ai estado en una excelente oportunidad económica. Esto significó, desde luego, que los judíos, gradual pero automáticamente, perdieron su posición exclusiva y única,

Pero la buena fortuna de los judíos, su ascensión desde la oscuridad has­ ta la significación política, habría concluido aun antes sí se hubieran limita­ do a realizar una simple función empresarial en los estados-nación en desa­ rrollo. Hacia mediados del siglo pasado, éstos habían adquirido confianza suficiente como para poder prescindir del apoyo de los judíos y sus créditos11. La creciente conciencia de los súbditos, además, de que sus destinos particu­ lares se tornaban cada vez más dependientes de los destinos de sus propios países les impulsaba a otorgar a sus gobiernos más créditos de los necesarios. La igualdad estaba simbolizada en la disponibilidad para todos de ios títulos de la deuda pública, que llegaron finalmente a ser considerados como la for­ ma más segura de inversión de capital simplemente porque el estado, que podía realizar guerras nacionales, era la única entidad capaz de proteger las propiedades de sus ciudadanos. A partir de mediados del siglo X IX los judíos pudieron mantener su prominente posición sólo porque tenían un papel más importante y fatal que desempeñar, una misión también íntimamente ligada a su participación en los destinos del estado. Sin territorio y sin un gobierno propio, los judíos habían sido siempre un elemento intereuropeo; el estado-nación preservó este estatus internacional porque sobre él descan­ saban los servicios financieros de los judíos. Pero incluso cuando concluyó su misma utilidad económica, el estatus intereuropeo de los judíos siguió teniendo una gran importancia nacional en tiempos de conflictos naciona­ les y de guerras.

Mientras la necesidad que los estados-nación experimentaron de ios ser­ vicios judíos se desarrolló lenta y lógicamente emergiendo del contexto gene­ ral de la historia europea, la ascensión de los judíos a una significación políti­ ca y económica resultó rápida e inesperada tanto para sí mismos como para sus vecinos. Hacia finales de la Edad Media el prestamista judío había perdi­ do toda su antigua importancia, y a comienzos del siglo X V I los judíos habían

Jean Capefigue (Histoire des grandes opérations financiares, tomo III: Banque, Baurses, Emprunts,

1855) pretende que durante la monarquía de julio sólo los judíos, y especialmente la casa de los Rothschild, impidieron la existencia de un firme crédito estatal basado en la Banque de France, Afir­ ma también que los acontecimientos hicieron superfiuas las actividades de los Rothschild, Raphaei Strauss («The Jews ín che Economíc Evolución of Central Europe», en Jewish Social Studies, III, 1, 1941) señala también que a partir de Í830 «el crédito público se tornó menos arriesgado y los ban­ cos cristianos comenzaron a intervenir cada vez más en esta actividad«. Contra estas interpretaciones se alza el hecho de que prevalecieran excelentes relaciones entre tos Rothschild y Napoleón III, aun­ que no puede existir duda respecto de la tendencia general de la época.

LOS JUDÍOS, EL ESTADO-NACIÓN Y EL NACIMIENTO DEL ANTISEMITISMO 85

sido ya expulsados de ciudades y centros comerciales y empujados a las al­ deas y a las zonas rurales, trocando así la uniforme protección de las más altas autoridades por un estatus inseguro otorgado por oscuros nobles locales12. La inflexión sobrevino en el siglo X V II, durante la Guerra de los Treinta Años, precisamente porque, por obra de su dispersión, estos pequeños e insignificantes prestamistas podían garantizar las provisiones necesarias a los ejércitos mercenarios que combatían fuera de sus tierras y, con la ayuda de buhoneros, avituallarse en provincias enteras. Como estas guerras seguían sien­ do conflictos semifeudales y más o menos particulares entre los príncipes, sin que necesidad de implicaran intereses de otras clases y sin necesidad de recabar la ayuda del pueblo, las mejoras que en su estatus obtuvieron los ju­ díos fueron muy limitadas y apenas visibles, Pero el número de judíos pala­ ciegos aumentó, porque ahora cada mansión feudal necesitaba el equivalen­ te del judío palaciego.

Mientras estos judíos palaciegos sirvieron a pequeños señores feudales que, como miembros de la nobleza, no aspiraban a representar a ninguna autoridad centralizada, estuvieron al servicio de un solo grupo dentro de la sociedad. La propiedad que manejaban, el dinero que prestaban, las provisio­ nes que compraban, eran en conjunto considerados propiedad privada de su señor, de suerte que tales actividades no les implicaban en cuestiones políti­ cas. Odiados o favorecidos, los judíos no podían convertirse en tema político de importancia alguna.

Cuando, sin embargo, cambió la función del señor feudal, cuando evolu­ cionó hasta convertirse en príncipe o rey, la función de este judío palaciego cambió también. Los judíos, siendo un elemento extraño, sin demasiado interés en ios cambios de su entorno, fueron habitualmente los últimos en ser conscientes de la mejora de su estatus. Por lo que a ellos se refería, prosi­ guieron consagrados a sus actividades privadas, y su lealtad siguió siendo una cuestión personal sin relación con consideraciones políticas. Comprar provisiones, vestir y alimentar a un ejército, prestar dinero para contratar mercenarios significaba simplemente interesarse en el bienestar de un socio económico.

Este tipo de relación entre los judíos y la aristocracia fue el único que ligó a un grupo judío con otro estrato cualquiera de la sociedad. Al desaparecer a comienzos del siglo XIX, tal relación jamás fue sustituida. Su único vestigio entre los judíos Ríe una inclinación por los títulos de nobleza (especialmente en Aus­ tria y en Francia), y entre los no judíos, una impronta de antisemitismo liberal que tendía a agrupar a los judíos y a la nobleza, viendo en ellos una alianza

12 Véase Priebatsch, op. ck.

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financiera contra ía naciente burguesía. Semejante argumentación, corriente en Prusia y en Francia, tuvo un cierto grado de pjausibilidad hasta que se produjo la emancipación general de los judíos. Los privilegios de los judíos palaciegos poseían, desde luego, una obvia semejanza con los derechos y libertades de ía nobleza, y era cierto que los judíos tenían tanto miedo a perder sus privilegios como los miembros de ía aristocracia, y empleaban los mismos argumentos con­ tra la igualdad. Su plausibilidad se hizo aún más grande durante el siglo X V III cuando los judíos más privilegiados recibieron pequeños títulos de nobleza, y a comienzos del siglo XIX, cuando los judíos acaudalados que habían perdido sus vínculos con las comunidades judías buscaban un nuevo estatus social y comen­ zaban a conformarse sobre el modelo de la aristocracia. Pero todo esto tuvo esca­ sas consecuencias, en primer lugar porque resultaba evidente que la nobleza se hallaba en decadencia y que los judíos, por el contrarío, progresaban continua­ mente en su estatus, y también porque la misma aristocracia, especialmente en Prusia, resultó ser la primera clase en producir una ideología antisemita.

Los judíos habían sido los proveedores en las guerras y los servidores de los reyes, pero no pretendían, ni se esperaba que pretendieran, comprometer­ se en los conflictos. Cuando tales conflictos se agrandaron hasta convertirse en guerras nacionales, ellos siguieron constituyendo un elemento internacio­ nal cuya importancia y utilidad radicaban precisamente en la circunstancia de no hallarse ligados a ninguna causa nacional. Tras haber dejado de ser banqueros de los estados y abastecedores en las guerras (ía última guerra financiada por un judío fue la austro-prusiana de 1866, en ía que Bleichroe-der ayudó a Bísmarck después de que a éste le negara los créditos necesarios el Parlamento prusiano), los judíos se convirtieron en asesores económicos, en colaboradores para la realización de tratados de paz y, de forma menos organizada y más indefinida, en suministradores de noticias. Los últimos tra­ tados de paz concertados sin la ayuda judía fueron los del Congreso de Víe-na, entre las potencias continentales y Francia. El papel de Bleichroeder en las negociaciones de paz entre Alemania y Francia en 1871 fue ya más sig­ nificativo que su ayuda en la guerra13, y rindió servicios aún más importantes a finales de la década de los años setenta, cuando, a través de sus conexiones con los Rothschíld, proporcionó a Bismarck un canal informativo indirecto hasta Benjamín Disraeli. Los tratados de paz de Versalles fueron los últimos en los que los judíos desempeñaron un papel destacado como asesores. ,El último judío que debió su importancia en la escena nacional a sus relaciones

Según una anécdota, fielmente citada por todos sus biógrafos, Bismarck dijo inmediatamente después de la derrota francesa de 1871: «En primer lugar, Bleichroeder tiene que ir a París para reu­ nirse con sus compañeros judíos y hablar con los banqueros acerca de esto» (los 5.000 millones de francos de reparaciones). (Véase Bismarck anddieJadíen, de O tto Joehüngen, Berlín, 1921.)

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internacionales judías fue Walter Rathenau, el infortunado ministro de Asuntos Exteriores de la República de Weimar. Pagó con su vida (como uno de sus colegas declaró tras su muerte) el haber otorgado su prestigio, en el mun­ do internacional de las finanzas y entre los judíos de todo el orbe14, a los ministros de la nueva república, que eran completamente desconocidos en la esfera internacional,

Es obvio que los gobiernos antisemitas no iban a emplear a los judíos en las cuestiones de la guerra y de la paz, Pero la eliminación de los judíos de la escena internacional tuvo un significado más general y profundo que el anti­ semitismo,. Precisamente porque los judíos habían sido empleados como un elemento no nacional, podían resultar valiosos en la guerra y en la paz, sólo mientras en la guerra todo el mundo tratara conscientemente de mantener intactas las posibilidades de paz, y sólo mientras el objetivo de todos fuera una paz de compromiso y el restablecimiento de un modus vivendi. Tan pronto como «o la victoria o la muerte» se convirtiera en una política deter­ minante y la guerra se orientara hacia el completo aniquilamiento del enemi­ go, ios judíos ya no podían ser de ninguna utilidad. Esta política significaba en cualquier caso la destrucción de su existencia colectiva, aunque su desapa-

rición de la escena política e incluso su extinción de su vida específica como grupo no tenían necesariamente que conducir en manera alguna a su exter­ minio físico. El argumento frecuentemente repetido, sin embargo, de que los judíos se habrían convertido en nazis tan fácilmente como sus conciudada­ nos alemanes si se les hubiera permitido unirse a este movimiento de la mis­ ma manera que se alistaron en el partido fascista de Italia antes de que el fas­ cismo italiano introdujera la legislación racial es sólo una verdad a medías. Es cierto sólo respecto a la psicología de los judíos como individuos, que, desde luego, no difería considerablemente de la psicología de su entorno. Es paten­ temente falso en un sentido histórico. El nazismo, incluso sin el antisemitis­ mo, habría sido un golpe mortal a la existencia del pueblo judío en Europa; aceptarlo habría significado el suicidio, no necesariamente de los individuos de origen judío, sino de los judíos .como pueblo.

A la primera contradicción, que determinó el destino de la judería euro­ pea durante los últimos siglos, es decir, a la contradicción entre igualdad y privilegio (más bien de la igualdad otorgada en la forma y con la finalidad de un privilegio), es necesario añadir una segunda contradicción: los judíos, el

Véase «Walter Rathenau und die blonde Rasse», de Walter Frank, en Forschungen zur Judenßrage, tomo ÍV, 1940. Frank, a pesar de su posición oficial bajo los nazis, siguió mostrándose cuidadoso en la elección de sus fuentes y métodos. En este articulo cita las notas necrológicas sobre Rathenau en el

Israelitische; Familienblatt (Hamburgo, 6 de julio de 1922), Die Zeit (junio de 1922) y Berliner Tage-blatt (31 de mayo de 1922).

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único pueblo europeo no nacional, estaban amenazados más que ningún otro por el repentino colapso del sistema de los estados-nación. Esta situa­ ción es menos paradójica de lo que puede parecer a primera vista. Los repre­ sentantes de la nación, tanto si eran jacobinos, desde Robespierre hasta Cíe-menceau, como representantes de los gobiernos reaccionarios de Europa cen­ tral, desde Metternich hasta Bismarck, tenían algo en común: todos se hallaban sinceramente preocupados por el «equilibrio del poder» en Europa. Trataban, desde luego, de modificar este equilibrio en beneficio de sus res­ pectivos países, pero nunca soñaron en lograr un monopolio sobre todo el continente o en aniquilar completamente a sus vecinos. Los judíos no sólo podían ser empleados en interés de este precario equilibrio, sino que incluso llegaron a convertirse en una especie de símbolo del interés común de las naciones europeas.

Por eso es algo más que accidental que las catastróficas derrotas de los pueblos de Europa comenzaran con la catástrofe del pueblo judío. Fue par­ ticularmente fácil iniciar la disolución del precario equilibrio europeo de poder con la eliminación de los judíos y particularmente difícil de compren­ der que en esta eliminación intervenía algo más que un nacionalismo extre­ madamente cruel o una anacrónica resurrección de los «viejos prejuicios». Cuando llegó la catástrofe, el destino del pueblo judío fue considerado un «caso especial» cuya historia seguía leyes excepcionales y cuya suerte, por eso mismo, no poseía una importancia general. Esta ruptura de la solidaridad europea se vio reflejada inmediatamente en la ruptura de la solidaridad judía en toda Europa. Cuando comenzó la persecución de los judíos alemanes, los judíos de otros países europeos descubrieron que los judíos alemanes consti­ tuían una excepción cuyo destino no podía tener ninguna semejanza con el propio, Simiiarmente, el colapso de la judería germana fue precedido por su escisión en innumerables facciones, cada una de las cuales creía y esperaba que sus derechos humanos básicos serían protegidos mediante privilegios especiales — el privilegio de haber sido un veterano de la Primera Guerra Mundial, hijo de un veterano, orgulloso hijo de un padre muerto en comba­ te. Parecía como si el aniquilamiento de todos los individuos de origen judío estuviera siendo precedido por la incruenta destrucción y auto disolución del pueblo judío, como si el pueblo judío hubiera debido exclusivamente su exis­ tencia a los otros pueblos y a su odio.

Sigue siendo uno de los aspectos más destacados de la historia judía el he­ cho de que la activa entrada de los judíos en la historia europea quedó deter­ minada precisamente por ser ellos un elemento intereuropeo, no nacional, en un mundo de naciones que surgían o ya existían. El que este papel demostrara ser más duradero y más esencial que ya función como banqueros de los esta­

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dos es una de las razones materiales del nuevo y moderno tipo de producti­ vidad judía en las artes y en las ciencias. No deja de ser una justicia históri­ ca que su caída coincidiera con ia ruina de un sistema y de un cuerpo polí­ tico que, cualesquiera que fueran sus otros defectos, había necesitado y podía tolerar un elemento puramente europeo.

No debería olvidarse la grandeza de esta existencia consistentemente europea por culpa de los muchos aspectos indudablemente menos atractivos de la historia judía de ios últimos siglos. Los escasos autores europeos que se han mostrado conscientes de este aspecto de la «cuestión judía» no tenían especiales simpatías hacia ios judíos, pero sí poseían una estimación impar-ciaí de la situación europea en, conjunto. Entre ellos figuraban Diderot, el único filósofo francés del siglo X V III que no se mostró hostil a los judíos y que advirtió en ellos un nexo útil entre los europeos de las diferentes nacionalida­ des; Wilheim von Humboldt, que, testigo de su emancipación durante la Revolución francesa, señaló que los judíos perderían su universalidad cuando se transformaran en franceses15, y, finalmente, Friedrich Nietzsche, quien, por su aversión al Reích alemán de Bismarck, acuñó el término «buen euro­ peo», que hizo posible su correcta estimación del significativo papel de los ju­ díos en la historia de Europa y le evitó caer en las trampas de un filosemitis-mo barato o en el paternaíismo de actitudes «progresistas».

Esta valoración, aunque correcta por lo que hace a la superficie del fenóme­ no, pasa por alto, sin embargo, la más grave paradoja encarnada en la curiosa historia política de los judíos. De todos los pueblos europeos, los judíos han sido los únicos sin un estado propio y se han mostrado, precisamente por esta razón, dispuestos y apropiados para establecer alianzas con gobiernos y con estados, sea cual fuere lo que estos gobiernos o estados podían representar. Por otro lado, los judíos no tenían tradición o experiencia políticas, y eran tan poco conscientes de 1a tensión entre la sociedad y el estado como de los riesgos obvios y de las posibilidades de poder de su nuevo papel. El escaso conocimiento y la práctica tradicional que aportaron a la política tuvieron su origen durante el Imperio Romano, en el que fueron protegidos, por así decirlo, por el soldado romano, y más tarde, en la Edad Media, cuando bus­ caron y obtuvieron protección — contra la población y contra los señores

Wiihelm von Humbolt, Tagebikher, ed, por Leitzmann, Berlín, 1916-1918, I, 475. El artículo «judío» en la Encydopédk 1751-1765, vol. IX, que fue probablemente escrito por Diderot; «Así dis­ persos en nuestra época... [los judíos] se han convertido en instrumentos de comunicación entre los más distantes países. Son como las espigas y los clavos que se necesitan en un gran edificio pata unir y mantener juntas todas las otras partes».

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locales— de remotas autoridades monárquicas y de la iglesia. De estas expe­ riencias habían extraído de alguna forma la conclusión de que la autoridad, y especialmente la autoridad suprema, les era favorable y de que los funciona­ rios de escasa categoría, y especialmente el pueblo corriente, les eran adver­ sos. Este prejuicio, que expresaba una definida verdad histórica, pero que ya no correspondía a las nuevas circunstancias, se hallaba profundamente enrai­ zado y era inconscientemente compartido por la vasta mayoría de los judíos, de la misma manera que los prejuicios correspondientes sobre los judíos eran comúnmente aceptados por los gentiles.

La historia de las relaciones entre los judíos y los gobiernos es rica en ejemplos ilustrativos de la rapidez con que los banqueros judíos trocaron su adhesión a un gobierno por la adhesión al siguiente incluso después de cam­ bios revolucionarios. Apenas necesitaron veinticuatro horas los Rothschild franceses en 1848 para transferir sus servicios del gobierno de Luis Felipe a la nueva y breve República francesa y después a Napoleón III. El mismo pro­ ceso se repitió, a un ritmo ligeramente más lento, tras la caída del Segundo Imperio y el establecimiento de la Tercera República. En Alemania este cambio repentino y fácil estuvo simbolizado, tras la revolución de 1918, por la política financiera de los Warburg, por una parte, y las mudables ambicio­ nes políticas de Walter Rathenau, por otra46.

En este tipo de conducta se esconde algo más que el simple patrón bur­ gués que supone que no hay nada que triunfe como el éxito1617. Si los judíos hubiesen sido burgueses en el sentido ordinario de la palabra, podrían haber calculado correctamente las tremendas posibilidades de poder de su nueva función y tratado al menos de desempeñar ese ficticio papel de secreta poten­ cia mundial, hacedora y deshacedora de gobiernos, que los antisemitas les asignaron. Nada, sin embargo, estaría más lejos de la verdad. Los judíos, sin conocimiento o Interés por el poder, nunca pensaron más que en ejercer una suave presión para pequeños fines de autodefensa. Esta falta de ambición fue más tarde lamentada por los más asimilados entre los hijos de banqueros y hombres de negocios judíos. Mientras que algunos, como Disraeli, soñaron

Walter Rathenau, ministro cíe Asuntos Exteriores de la República de Wemiar y uno de los desta­ cados representantes de la nueva voluntad de Alemania por la democracia, había proclamado nada menos que en 1917 sus «profundas convicciones monárquicas según las cuales sólo un “ungido”», y no un «advenedizo con una carrera afortunada», podía dirigir un país. Véase Von Kommmden Din-gen, 1917, p. 247.

No debería olvidarse, sin embargo, este patrón burgués. Si se tratara exclusivamente de motiva­ ciones de patrones de conducta individuales, los métodos de la casa de Rothschild no diferirían cier­ tamente mucho de los de sus colegas gentiles. Así, por ejemplo, Ouvrard, el banquero de Napoleón, tras haber proporcionado los recursos financieros para la Guerra napoleónica de los Cien Días, ofre­ ció inmediatamente sus servicios a los Borbones que regresaban.

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con una sociedad secreta judía a la que habrían podido pertenecer y que nun­ ca existió, otros, como Rathenau, que estaba mejor informado, incurrieron en diatribas semiantisemitas contra los ricos comerciantes que no tenían ni poder ni estatus social.

Esta inocencia nunca ha sido entendida del todo por los políticos y por los historiadores no judíos. Por una parte, su distanciamiento del poder fue considerado tan evidente por representantes o escritores judíos, que apenas lo mencionaron excepto para expresar su sorpresa ante las absurdas sospechas alzadas contra ellos. En las memorias de los políticos del siglo XIX hay mu­ chas observaciones al respecto en las que se señala que no habrá una guerra porque no la desean los Rothschild de Londres, los de París o ios de Viena. Incluso un historiador tan sobrio y serio como J. A. Hobson declaraba en fe­ cha tan tardía como 1905: «¿Puede alguien suponer seriamente que algún estado europeo podría emprender una gran guerra, o que se podría suscribir un gran empréstito público, si la casa de Rothschild y sus conexiones se opu­ sieran?»18. Este error de juicio resulta tan divertido en su ingenua presunción de que todo el mundo es como uno mismo como la sincera opinión de Met-ternich según la cual «la casa de los Rothschild ha desempeñado en Francia un papel más importante que cualquier otro gobierno extranjero», o como su

confiada predicción formulada a los Rothschild de Viena poco antes de la revolución austríaca de 1848: «Si me arrojaran a los perros, ustedes vendrían conmigo». La verdad de la cuestión es que los Rothschild, como cualquier otro banquero judío, tenían escasa idea política de lo que querían hacer en Francia, por no hablar de un bien definido objetivo que al menos remota­ mente apuntara a una guerra. Por el contrario, como sus correligionarios ju­ díos, jamás se aliaron con ningún gobierno determinado, sino más bien con gobiernos, con la autoridad como tal. SÍ en esta época y posteriormente mos­ traron una marcada preferencia por los gobiernos monárquicos frente a las repúblicas, fue sólo porque acertadamente sospechaban que las repúblicas estaban basadas en mayor grado en la voluntad popular, de la que instintiva­ mente desconfiaban.

En los últimos años de la República de Weimar, cuando, ya razonable­ mente asustados por el futuro, trataron por una vez de intervenir en política, se reveló cuán profunda era su fe en el estado y cuán fantástica su ignorancia de las condiciones de Europa. Con la ayuda de unos pocos no judíos funda­ ron entonces ese partido de clase media que denominaron «partido del esta­ do» (Staatspartei), cuyo nombre constituía una contradicción en sus térmi­ nos. Estaban tan ingenuamente convencidos de que su «partido», que apa-31

13 j. H. Hobson, hnperialmn, 1905, p. 57 de ia edición no revisada de 1938.

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rentemente les representaba en la lucha política y social, debería ser el mis­ mo estado, que jamás llegaron a comprender la relación del partido con el estado. SÍ alguien se hubiera molestado en tomar en serio a ese partido de respetables y aturdidos caballeros, habría podido deducir tan sólo que la lealtad a cualquier precio era una fachada tras la que se conjuraban siniestras fuerzas para apoderarse del estado.

De la misma manera que los judíos ignoraron completamente la crecien­ te tensión entre el estado y la sociedad, fueron también los últimos en ser conscientes de que las circunstancias les habían conducido al centro del con­ flicto. Por eso nunca supieron cómo valorar el antisemitismo o, más bien, nunca reconocieron el momento en el que la discriminación social se trans­ formó en argumento político. Porque durante más de cien años el antisemi­ tismo se había abierto camino lenta y gradualmente en casi todos los estratos sociales de casi todos los países europeos hasta que emergió repentinamente como el único tema sobre el que podía lograrse una opinión casi unificada. La ley conforme a la cual se desarrolló este proceso era simple: cada cíase de la sociedad que llegó a estar en conflicto con el estado se tornó antisemita porque los judíos eran el único grupo social que parecía representar al estado. Y la única clase que demostró ser casi inmune a la propaganda antisemita fue la de los trabajadores, que, absorbidos en la lucha de clases y equipados con una interpretación marxista de la historia, jamás llegaron a un conflicto directo con el estado, sino sólo con otra cíase de la sociedad, la burguesía, a la que los judíos ciertamente no representaban y de la que nunca fueron parte significativa.

La emancipación política de los judíos en algunos países a fines del siglo XVIII y su discusión en el resto de la Europa central y occidental originaron, en pri­ mer lugar, un cambio decisivo en su actitud hacia el estado, que fue de algu­ na manera simbolizado en el encumbramiento de la casa de los Rothschiíd. La nueva política de estos banqueros palaciegos, que fueron los primeros en convertirse en banqueros totalmente estatales, se hizo evidente cuando ya no se contentaron con servir a un determinado príncipe o gobierno a través de sus relaciones internacionales con judíos palaciegos de otros países, sino que decidieron establecerse ellos mismos internacionalmente y servir simultánea y concurrentemente a los gobiernos de Alemania, Francia, Gran Bretaña, Ita­ lia y Austria. En gran medida, esta carrera sin precedentes fue una reacción de los Rothschiíd a los peligros de la emancipación real, que, junto con la igualdad, amenazaba con nacionalizar a las juderías de los respectivos países y destruir las verdaderas ventajas intereuropeas sobre las que descansaba la

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posición de los banqueros judíos. El viejo Meyer Amschel Rothschild, el fun­ dador de la casa, debió haber advertido que el estatus intereuropeo de los ju­ díos ya no era seguro y que era mejor tratar de ocupar esta posición internacional única en su propia familia. El establecimiento de sus cinco hijos en las cinco capitales financieras de Europa — Frankfúrt, París, Londres, Ñapóles y Vie-na— fue su ingenioso recurso ante la embarazosa emancipación de los judíos19*.

Los Rothschild habían iniciado su espectacular carrera como subordina­ dos financieros del Kurfúrst de Hessen, uno de los prestamistas más impor­ tantes de su tiempo, quien les enseñó la práctica de los negocios y les proporcio­ nó muchos de sus clientes. Su gran ventaja era que vivían en Frankfúrt, el único gran centro urbano del que los judíos jamás habían sido expulsados y donde constituían casi el 10 por ciento de la población a comienzos del siglo XIX. Los Rothschild empezaron como judíos palaciegos, sin hallarse bajo la jurisdic­ ción de un príncipe ni de una ciudad líbre, sino directamente bajo la autori­ dad del lejano emperador de Viena. Combinaron así todas las ventajas del estatus judío de la Edad Media con las de su propia época, y fueron mucho menos dependientes de la nobleza o de otras autoridades locales que cual­ quiera de los otros judíos palaciegos. Las posteriores actividades financieras de la casa, la tremenda fortuna que amasaron y su aún mayor fama simbólica desde comienzos del siglo XIX son suficientemente bien conocidas30. Entra­ ron en el escenario de los grandes negocios durante los últimos años de las guerras napoleónicas, cuando ■—de 1811a 1816— pasaban por sus manos casi la mitad de las subvenciones inglesas a las potencias continentales. Cuan­ do, tras la derrota de Napoleón, necesitó el continente grandes empréstitos públicos en todas partes para la reorganización de sus maquinarias estatales y la erección de estructuras financieras sobre el modelo del Banco de Inglate­ rra, los Rothschild disfrutaron casi de un monopolio en la emisión de los empréstitos públicos. Esta situación se prolongó a lo largo de tres generacio­ nes, y en ese tiempo lograron derrotar a todos los competidores judíos y no judíos en el terreno. «La casa de los Rothschild se convirtió — como señaló Capefigue21— en el primer tesorero de la Santa Alianza.»

El establecimiento internacional de la casa de los Rothschild y su repen­ tina elevación sobre los demás banqueros judíos cambiaron toda la estructu­

El buen conocimiento que de las fuentes de su fuerza tenían los Rothschild se pone de relieve en la vieja ley de la casa, según la cual las hijas y sus maridos quedaban eliminados de los negocios de la firma. A las muchachas se les permitía e incluso a partir de 1871 se les animaba a contraer matrimo­ nio con la aristocracia no judía; los descendientes varones tenían que casarse exclusivamente con muchachas judías, y si era posible (en la primera generación éste fue generalmente el caso), que fue­ ran miembros de la familia.

10 Véase especialmente The Rise of the House ofRothschild, de Egon Cesar Corti, Nueva York, 1927. 2i Capefigue, op. ch.

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ra de las actividades estatales judías. Ya no se trataba de una evolución acci­ dental, ni planeada ni organizada, en la que algunos judíos aislados, suficiente­ mente astutos como para aprovecharse de una oportunidad única, se alzaban frecuentemente a las alturas de una gran fortuna y caían hasta las profundida­ des de la pobreza, tan sólo en una generación; cuando un destino semejante apenas afectaba a los destinos del pueblo judío como tal, excepto en la medida en que tales judíos habían actuado a veces como protectores y valedores de leja­ nas comunidades; cuando, por numerosos que fueran ios ricos prestamistas o por influyentes que resultaran los judíos palaciegos individualmente, no exis­ tían signos del desarrollo de un bien definido grupo judío que disfrutara colec­ tivamente de privilegios específicos y rindiera específicos servicios. Fue precisa­ mente el monopolio de los Rothschild en la emisión de empréstitos públicos el que hizo posible y necesario recurrir al capital judío en general, encauzar a un gran porcentaje de la riqueza judía hacia los canales de las empresas estatales y el que por eso proporcionó la base natural para una nueva cohesión intereuro­ pea de la judería de la Europa central y occidental. Lo que en los siglos XVIí y XVIII había sido un enlace no organizado entre individuos judíos de diferentes países se trocó ahora en la más sistemática disposición de estas dispersas opor­ tunidades en manos de una sola firma, físicamente presente en todas las capita­ les europeas importantes, en contacto constante con todos los sectores del pue­ blo judío y en completa posesión de todas las informaciones pertinentes y de todas las oportunidades para su organización22.

La posición exclusiva de la casa de los Rothschild en el mundo judío sus­ tituyó hasta cierto punto a los antiguos lazos de la tradición religiosa y espiri­ tual cuya relajación gradual bajo el impacto de la cultura occidental amena­ zaba por vez primera la existencia misma del pueblo judío. Para el mundo exterior, esta única familia se trocó también en símbolo de la realidad viable del internacionalismo judío en un mundo de estados-nación y de pueblos organizados nacionalmente. ¿Dónde, además, hallar mejor prueba del fantás­ tico concepto de un gobierno mundial judío como en esta única familia, de ciudadanos de cinco países diferentes, destacados en todas partes, en íntima cooperación por lo menos con tres gobiernos distintos (el francés, el austría­ co y el británico); cuyos frecuentes conflictos ni siquiera por un momento debilitaron la solidaridad de intereses de sus banqueros estatales? Ninguna propaganda podría haber creado un símbolo más efectivo con fines políticos que la misma realidad.

Nunca ha sido posible determinar el grado en el que los Rothschild utilizaron capital judío en sus propias transacciones económicas y hasta qué punto llegó el control de los banqueros judíos. La familia jamás ha permitido que un investigador trabajara en sus archivos.

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La noción popular segón la cual los judíos — en contraste con otros pue­ blos— se hallaban ligados por vínculos supuestamente más estrechos de san­ gre y de familia fue en gran medida estimulada por la realidad de esta familia singular, que representaba virtualmente toda la significación económica y política del pueblo judío. Su fatídica consecuencia fue que cuando los pro­ blemas raciales, por razones que nada tienen que ver con la cuestión judía, se situaron en el primer piano de la escena política, los judíos inmediatamente se ajustaron a todas las ideologías y doctrinas que definían a un pueblo por sus vínculos de sangre y sus características familiares.

Otro hecho, menos accidental, contribuyó también a esta imagen del pueblo judío. La familia había desempeñado en la preservación del pueblo judío un papel mucho más grande que en cualquier otro cuerpo político o social de Occidente, a excepción de la nobleza. Los lazos familiares figura­ ban entre los más poderosos y firmes elementos con los que el pueblo judío se resistió a la asimilación y la disolución. De la misma manera que la nobleza europea en declive reforzó sus leyes matrimoniales y familiares, la judería occidental llegó a ser el grupo más consciente de la importancia de la familia durante los siglos de su disolución espiritual y religiosa. Sin la antigua esperanza de la redención mesiánica y sin la firme base de un pen­ samiento tradicional, la judería occidental se tornó muy consciente del he­ cho de que su supervivencia se había logrado en un medio extraño y a menudo hostil. Comenzaron a considerar al círculo interno familiar como si fuera su postrer fortaleza y a comportarse con los miembros de su propio grupo como si fueran miembros de una gran familia. En otras palabras, la imagen antisemita del pueblo judío como una familia estrechamente uni­ da por vínculos de sangre tenía algo en común con la propia imagen que los judíos tenían de sí mismos.

Esta situación constituyó un factor importante en las primeras fases y en el continuo desarrollo del antisemitismo durante el siglo XIX. El hecho de que un grupo de personas se tornara antisemita en un determinado país y en un determinado momento histórico dependía exclusivamente de las circunstan­ cias generales que lo disponían a un violento antagonismo contra su gobier­ no. Pero la notable semejanza de argumentos y de imágenes, reproducidos espontáneamente una y otra vez, tiene una relación íntima con la verdad que tergiversan. Descubrimos que los judíos eran representados siempre como una organización comercial internacional, como un complejo familiar mun­ dial con intereses idénticos en todas partes, como una secreta fuerza tras el trono que degradaba a todos los gobiernos visibles a la condición de mera fachada o a la de marionetas manipuladas fuera de la vista del público. A cau­ sa de sus íntimas relaciones con la fuente del poder estatal, los judíos fueron

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invariablemente identificados con el poder, y a causa de su distanciamiento de la sociedad y de su concentración en el cenado círculo familiar, fueron invariablemente considerados sospechosos de conspirar para la destrucción de todas las estructuras sociales.

2 . Antisemitismo prim itivo

Es una norma obvia, aunque frecuentemente olvidada, que el sentimiento antijudío sólo adquiere importancia política cuando puede combinarse con una importante cuestión política o cuando los intereses del grupo judío se enfrentan abiertamente con los de una de las clases importantes de la socie­ dad. El antisemitismo moderno, por lo que podemos deducir de lo sucedido en los países de la Europa central y occidental, tuvo causas políticas más que económicas, aunque las complejas condiciones de las clases ocasionaron el violento odio popular hacia los judíos en Polonia y en Rumania. En tales países, merced a la incapacidad de los gobiernos para resolver el problema agrario y para dar al estado-nación un mínimo de igualdad mediante la emancipación de los campesinos, la aristocracia feudal no sólo consiguió mantener su dominio político, sino que también impidió la aparición de una clase media normal. Los judíos de estos países, fuertes en número y débiles en todos los demás aspectos, realizaban aparentemente algunas de las fun­ ciones dé la clase media porque eran principalmente comerciantes y porque como grupo existían entre los grandes terratenientes y las clases desposeí­ das. Sin embargo, los pequeños propietarios pueden existir tanto en una economía feudal como en una capitalista. Los judíos, allí como en todas partes, se mostraron incapaces o reacios a evolucionar conforme a la trayec­ toria del capitalismo industrial, de forma tal que el claro resultado de sus actividades fue una organización de consumo dispersa e ineficaz sin un sis­ tema de producción adecuado. Las posiciones judías constituían un obstá­ culo para un desarrollo normal del capitalismo, porque eran consideradas como las únicas de las que cabía esperar un progreso económico, sin que ciertamente fueran capaces de hacer realidad esta expectativa. Por obra de su apariencia, se consideraba que los intereses judíos se hallaban en conflic­ to con aquellos sectores de la población de los que pudiera haber surgido normalmente una clase media. Los gobiernos, por otra parte, trataron tibiamente de promover el desarrollo de una clase media sin liquidar a la nobleza y a los grandes terratenientes. Su único intento serio fue la liquida­ ción económica de los judíos — en parte como una concesión a la opinión pública y en parte porque los judíos seguían constituyendo un sector del

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antiguo orden feudal. Habían sido durante siglos intermediarios entre la nobleza y los campesinos; ahora constituían una clase media que no cumplía sus funciones productivas, y eran, desde luego, uno de los elementos que obstaculizaban el camino de la industrialización y de la capitalización23. Estas condiciones de la Europa oriental, sin embargo, aunque constituían la esen­ cia de la cuestión de las masas judías, resultan de escasa importancia en nues­ tro contexto. Su significado político quedó limitado a los países escasamente desarrollados, donde el omnipresente odio a los judíos le tornó casi inútil como arma con objetivos específicos.

El antisemitismo brotó por vez primera en Prusia inmediatamente des­ pués de la derrota infligida por Napoleón en 1807, cuando los «reformado­ res» alteraron la estructura política de forma tal que la nobleza perdió sus pri­ vilegios y las clases medías obtuvieron libertad para desarrollarse. Esta refor­ ma, «una revolución desde arriba», trocó la estructura semifeudaí del despotismo ilustrado de Prusia en un estado-nación más o menos moderno cuya fase final fue el Reich alemán de 1871.

Aunque en aquella época eran judíos la mayoría de los banqueros berline­ ses, las reformas prusianas no requirieron de ellos una considerable ayuda financiera. Las simpatías manifiestas de los reformadores prusianos, su reivin­ dicación de la emancipación judía, eran una nueva consecuencia de la igual­ dad de todos los ciudadanos, de la abolición de los privilegios y de la introduc­ ción de la libertad de comercio. No se hallaban interesados en conservar a los judíos como tales judíos para fines determinados. Su réplica al argumento de que bajo condiciones de igualdad «los judíos podrían dejar de existir» habría sido la siguiente: «¿Qué importa esto a un gobierno que sólo pide que se con­ viertan en buenos ciudadanos?»24. Además, la emancipación resultaba relativa­ mente inofensiva, puesto que Prusia acababa de perder las provincias orien­ tales, que contaban con una población judía muy numerosa y muy pobre. El Decreto de Emancipación de 1812 afectaba exclusivamente a aquellos gru­ pos judíos, ricos y útiles, que disfrutaban ya del privilegio de la mayoría de los derechos civiles y que, con la abolición general de los privilegios, habrían per­ dido gran parte de su estatus civil. Para tales grupos, la emancipación no sig­ nificaba mucho más que una afirmación legal y general del statu quo.

Pero las simpatías que los reformadores prusianos experimentaban por los judíos eran más que la consecuencia lógica de sus aspiraciones políticas generales. Cuando, casi una década después y en pleno auge del anrisemiris-2

2i james Parkes, The Emergerice of the Jewish Problem, 1878-1939, 1946, examina sumaria e impar-cialmente estas condiciones en sus capítulos 4 y 6,

24■Christian Wiihelm Dohm, Ober die biirgerlkhe Verbesserungderjuden, Berlín y Stettin, 1781,

I, 174.

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mo, declaraba Wilhelm von Humboldt: «Realmente, sólo aprecio a los ju ­ díos en tnasse; en détail prefiero evitarlos»25, se manifestaba, desde luego, en franca oposición a la moda dominante que consistía en simpatizar con el ju ­ dío como individuo y en despreciar al judío como pueblo. Como verdadero demócrata, deseaba liberar a un pueblo oprimido y no otorgar privilegios a los individuos. Pero esta perspectiva correspondía también a la tradición de los funcionarios del gobierno prusiano, cuyo interés en mejorar la condición general y la educación de ios judíos a lo largo del siglo XVIII se ha reconocido frecuentemente. Y este apoyo no se debía solamente a razones económicas o estatales, sino que era también obra de la simpatía natural hacia el único gru­ po social que permanecía fuera del cuerpo social y dentro de la esfera del esta­ do, aunque por razones enteramente diferentes. La formación de un esta­ mento de funcionarios, leales al estado e independientes de los cambios de gobierno y que habían roto sus vínculos de clase, fue una de las realizaciones destacadas del antiguo estado prusiano. Tales funcionarios constituyeron un grupo decisivo en la Prusia del siglo XVIII y fueron los predecesores de los reformadores; siguieron siendo la piedra angular de la maquinaria estatal durante el siglo XIX, aunque cedieron gran parte de su influencia a la aristo­ cracia después del Congreso de Viena26.

A través de la actitud de ios reformadores y especialmente del Edicto de Emancipación de 1812 se revelaron de una forma curiosa los especiales inte­ reses del estado en los judíos. Había desaparecido ya el antiguo y claro reco­ nocimiento de su utilidad como judíos. (Cuando Federico II de Prusia oyó hablar de una conversión en masa de los judíos, exclamó: «¡Espero que no ha­ gan tan endiablada cosa!»27.) La emancipación se otorgaba en nombre de un principio, y, conforme a la mentalidad del tiempo, habría resultado sacrilega cualquier alusión a los servicios especiales prestados por los judíos. Las espe­ ciales condiciones que habían conducido a la emancipación, aunque bien conocidas por los interesados, permanecían ocultas, como sí constituyeran un enorme y terrible secreto. El mismo edicto, por otra parte, era concebido como el último y, en cierto sentido, el más brillante logro de la transforma­ ción de un Estado feudal en un estado-nación y en una sociedad en la que a partir de entonces ya no habría privilegios para nadie.

Wtíhelm und Caroline von Humboldt ¡ti ¡bren Brtefen, Berlín, 1900, Y 236.

Puede hallarse una excelente descripción de estos funcionarios civiles, que no eran esencialmente distintos en los diferentes países, en la obra de Henri Pirenne A Histoiy ofEurope from tbe Invasions to the’XSfl Century, Londres, 1939, pp. 361-362: «Sin los prejuicios de clases y hostiles a los privile­ gios de ios grandes nobles que íes despreciaban... no era el rey quien hablaba por su boca, sino la monarquía anónima, superior a todos y sometiendo a todos a su poder».

27 Véase Kletnes Jahrbuch des Nützlkhen und Angenehmen für hraeliten, 1847.

LOS JUDÍOS, EL ESTADO-NACIÓN Y EL NACIMIENTO DEL ANTISEMITISMO 99

Entre las reacciones, naturalmente airadas, de la aristocracia, la cíase más duramente afectada por la emancipación, se advirtió un repentino e inespera­ do estallido de antisemitismo. Su más caracterizado portavoz, Ludwíg von der Marwitz (destacado entre los fundadores de la ideología conservadora), presentó una larga petición al gobierno en la que afirmaba que los judíos se­ rían a partir de entonces el Unico grupo que disfrutaría de ventajas especiales, y habló de la «transformación de la antigua monarquía prusiana, que inspira­ ba respeto, en un recién inventado estado judío». El ataque político fue acompañado de un boicot social que transformó el aspecto de la sociedad berlinesa casi de la noche a la mañana. Porque los aristócratas habían sido los primeros en establecer relaciones sociales amistosas con los judíos y habían hecho famosos aquellos salones de anfitrionas judías de comienzos de siglo, donde, por breve tiempo, se reunió una sociedad verdaderamente mezclada. Es cierto que hasta cierto punto su falta de prejuicios era resultado de los ser­ vicios del prestamista judío que durante siglos había sido excluido de todas las grandes transacciones económicas y que había hallado su única oportuni­ dad en préstamos, económicamente improductivos e insignificantes, pero socialmente importantes, a personas que tendían a vivir por encima de lo que les permitían sus medios. Resulta, sin embargo, notable que sobrevivieran estas relaciones sociales cuando las monarquías absolutas, con sus mayores posibilidades financieras, convirtieron estas actividades de pequeños pres­ tamistas y de judíos palaciegos en algo del pasado. Un noble se sentía natu­ ralmente más inclinado, para no perder una valiosa fuente de ayuda en ca­ sos de necesidad, a casarse con la hija de un judío rico que a odiar al pueblo judío. 1

Tampoco fue el estallido del antisemitismo aristocrático consecuencia de un más íntimo contacto entre los judíos y la nobleza. Al contrario, ambos te­ nían en común una instintiva oposición a los nuevos valores de las clases me­ dias, que presentaba orígenes muy semejantes. En las familias judías, como en las de la nobleza, cada individuo era ante todo considerado como un miembro de una familia; sus deberes eran fundamentalmente determinados por la fami­ lia, que trascendía a la vida y a la importancia del individuo. Ambos grupos eran anacionales e intereuropeos, y cada uno comprendía el estilo de vida del otro, en el que a la adhesión nacional se anteponía la lealtad a una familia, muy frecuentemente dispersa por toda Europa. Compartían una concepción según la cual el presente es sólo un eslabón insignificante en la cadena de las generaciones pretéritas y futuras. Los escritores liberales antisemitas no deja­ ron de subrayar esta curiosa semejanza de principios y dedujeron que tal vez sería posible deshacerse de la nobleza con tan sólo deshacerse previamente de ios judíos, y no por causa de sus relaciones financieras, sino porque ambos

ANTISEMITISMO

eran considerados un obstáculo al verdadero desarrollo de la «personalidad innata», a la ideología del respeto por uno mismo que las clases medias libera­ les utilizaron en su lucha contra los conceptos de cuna, familia y herencia.

Estos factores projudfos hicieron aún más significativo el hecho de que fue­ ran los aristócratas quienes iniciaran la larga sucesión de argumentaciones polí­ ticas antisemitas. Ni los lazos económicos ni la proximidad social tuvieron nin­ gún peso en una situación en la que la aristocracia se enfrentaba abiertamente con el igualitario estado-nación. Socialmente, el ataque al estado identificaba a los judíos con el gobierno; pese al hecho de que las clases medias obtuvieron económica y socialmente las auténticas ventajas de las reformas, políticamente apenas fueron censuradas y sufrieron el ya conocido y despreciativo aislamiento.

Después del Congreso de Viena, cuando durante las largas décadas de pacífica restauración reaccionaria bajo la Santa Alianza la nobleza prusiana recobró gran parte de la influencia que había ejercido sobre el estado y tempo­ ralmente se tornó aún más prominente de lo que había sido durante el siglo XVIII, el antisemitismo aristocrático se transformó rápidamente en una suave discriminación sin ulterior significado político28. Al mismo tiempo, con la ayuda de los intelectuales románticos, el conservadurismo alcanzó su comple­ to desarrollo como una de las ideologías políticas que en Alemania adoptó una actitud muy característica e ingeniosamente equívoca respecto de los judíos. A partir de entonces, el estado-nación, equipado con argumentos conservadores, se trazó una línea distintiva entre los judíos que eran necesitados y deseados y aquellos que no lo eran. Bajo el pretexto del carácter esencialmente cristiano del estado — ¡que podría haber sido más extraño para los déspotas ilustra­ dos!—-, la creciente intelligentsia judía pudo ser abiertamente discriminada sin que resultaran afectadas las actividades de banqueros y de hombres de nego­ cios. Este género de discriminación, que trataba de cerrar las universidades a los judíos, excluyéndoles de la Administración civil, tenía la doble ventaja de indicar que el estado-nación valoraba los servicios especiales más que la igual­ dad y de impedir, o al menos retrasar, el nacimiento de un nuevo grupo de ju­ díos que no eran de utilidad evidente para el estado e incluso era probable su asimilación su asimilación en la sociedad25*. Cuando, en los años ochenta del 23

Cuando el gobierno prusiano presentó una nueva ley de emancipación a los Verelmgte Lnndtage en 1847, casi todos los miembros de la alta aristocracia se mostraron favorables al otorgamiento de una completa emancipación de los judíos. Véase I. Etbogen, Geschkhte der Jttden in Deutschland, Berlín, 1935, p. 244.

Ésta fue la razón por la que los reyes de Prnsia se mostraban muy preocupados por la más estricta preservación de las costumbres y de los rituales religiosos de los judíos. En 1823, Federico Guillermo III prohibió «¡as más ligeras renovaciones», y su sucesor, Federico Guillermo IV declaró abiertamen­ te que «el estado no debe hacer nada que impulse una mezcla entre los judíos y los otros habitantes» de su reino. Elbogen, op. c i t pp. 223, 234.

LOS JUDÍOS, EL ESTADO-NACIÓN Y EL NACIMIENTO DEL ANTISEMITISMO 101

siglo XIX, Bismarck se esforzó en proteger a los judíos contra ía propaganda antisemita de Stoecker, señaló expressis verbis que quería protestar sólo contra los ataques a la «acaudalada judería,,., cuyos intereses están ligados a la conser­ vación de nuestras instituciones estatales», y que su amigo Bíeíchroeder, el banquero prusiano, no se había quejado de los ataques a los judíos en general (que pudo haber pasado por alto), sino de los ataques a los judíos ricos30.

El aparente equívoco con el que los funcionarios del gobierno, por una parte, protestaban contra ía igualdad (especialmente contra la igualdad pro­ fesional) para los judíos, o se quejaban un poco más tarde de la influencia ju­ día en la prensa y, por otra, les querían bien «en todos los aspectos»31, corres­ pondía mejor a los intereses del estado que al primitivo celo del reformador. Ai fin y al cabo, el Congreso de Viena había devuelto a Prusia las provincias en las que habían vivido durante siglos las masas de judíos pobres, y sólo unos pocos intelectuales que soñaban con la Revolución francesa y los dere­ chos del hombre habían pensado en darles el mismo estatus que a sus herma­ nos ricos — quienes, ciertamente, eran los últimos en clamar por una igual­ dad de la que sólo podían obtener desventajas32. Sabían tan bien como cual­ quiera que «cada medida legal o política en pro de la emancipación de los judíos debe conducir necesariamente a un deterioro de su situación cívica y social»33. Y sabían mejor que nadie cuánto dependía su poder de su posición y prestigio dentro de las comunidades judías. De esta forma difícilmente ha­ brían podido adoptar otra política que no fuera la de «procurar conseguir más influencia para sí mismos y mantener a sus semejantes judíos en su aisla­ miento nacional, pretendiendo que esta separación era parte de su religión. ¿Por qué?... Porque los demás dependerían de ellos cada vez más, de forma tal que, como unsere Lente, podrían ser utilizados exclusivamente por quienes se

En una carta al Kulturmimster Puttkammer, en octubre de 1880. Véase también la carta de Her-bert von Bismarck a Tiedemann, en noviembre de 1880. Ambas cartas aparecen en la obra de Waí-ter Frank Hofredíger AdolfStoecker und díe christlicb-soziale Bewegung, 1928, pp. 304, 305.

Comentario de August Varnhagen a una observación formulada por Federico Guillermo IV. «Pre­ guntaron al rey qué pensaba hacer con los judíos. Él replicó: “Les quiero bien en todos los aspectos, pero deseo que sientan que son judíos”. Estas palabras proporcionan una pista para muchas cosas.» Tagebücher, Leipzig, 1861, II, 113.

El hecho de que ia emancipación de los judíos tuviera que realizarse contra los deseos de los repre­ sentantes judíos era bien conocido en el siglo XVJII. Mirabeau afirmó ante la AssembUe Natíonale en 1789: «Caballeros: ¿Es que no proclamáis ciudadanos a los judíos porque ellos no quieren serlo? En un gobierno como el que ahora habéis establecido, todos los hombres deben ser hombres; debéis expulsar a todos aquellos que no lo son o que se niegan a ser hombres». La actitud de los judíos ale­ manes a comienzos del siglo XIX ha quedado descrita por J. J. Jost, Neuere Gescbichte der Israelita}, 1815-1845, Berlín, 1846, tomo 10.

33 Adam Muelíer (véase AusgewühlteAbbandlungen, por], Baxa, Jena, 1921, p. 215) en una carta a Metternlch en 1815.

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hallaban en el poder»34, Y así resultó que en el siglo XX, cuando la emancipa­ ción fue por vez primera un hecho consumado para las masas judías, el poder de los judíos privilegiados desapareció.

Se estableció de esta manera una perfecta armonía de intereses entre los judíos poderosos y el estado. Los judíos ricos deseaban y conseguían un con­ trol sobre sus hermanos judíos y una segregación de la sociedad no judía; el estado podía combinar una política de benevolencia hacia los judíos ricos con una discriminación legal contra la intelligentsict judía y una defensa de la segregación social, tal como se hallaban expresadas en la teoría conservadora de la esencia cristiana del estado.

Mientras el antisemitismo de la nobleza careció de consecuencias políti­ cas y amainó rápidamente en las décadas de la Santa Alianza, los intelectuales liberales y radicales inspiraron y encabezaron un nuevo movimiento inme­ diatamente después del Congreso de Víena. La oposición liberal a la política continental del régimen policial de Metternich y los airados ataques al gobierno reaccionario prusiano condujeron rápidamente a estallidos antise­ mitas y a una verdadera riada de folletos antijudíos. Precisamente porque eran mucho menos cándidos y francos en su oposición al gobierno de lo que había sido el noble Marwitz una década atrás, atacaban a los judíos más que al gobierno. Preocupados fundamentalmente por la igualdad de oportunida­ des y agraviados sobre todo por la resurrección de los privilegios aristocráti­ cos que limitaban su ingreso en los servicios públicos, introdujeron en la dis­ cusión la distinción entre los individuos judíos, «nuestros hermanos», y la judería como grupo, una distinción que desde entonces se convirtió en carac­ terística del antisemitismo izquierdista. Aunque no comprendían completa­ mente por qué y cómo el gobierno en su impuesta independencia de la socie­ dad preservaba y protegía a los judíos como grupo separado, sabían muy bien que existía alguna relación política y que la cuestión judía era algo más que un problema de los judíos como individuos y de tolerancia humana. Ellos acuñaron las nuevas frases nacionalistas, «estado dentro del estado» y «nación dentro de la nación». Ciertamente, falsa la primera, porque los judíos no te­ nían ambición política propia y eran simplemente el único grupo social incondicionalmente leal al estado; a medias verdadera la segunda, porque los judíos, considerados como un cuerpo social y no político, formaban real­ mente un grupo separado dentro de la nación35.

H. E. G. Palaus, Die Jüdische Nationalübsonderung nach Ursprung, Folgen und Besserungsmitteln,

1831.

Para examinar un claro y fiable informe sobre eí antisemitismo alemán del siglo XIX, víase, de Waldemar Gurin, «Antisemitism in Modern Germany», en Essays on Anti-Semitism, ed. por K. S. Pinson, 1946.

LOS JUDÍOS, EL ESTADO-NACIÓN Y EL NACIMIENTO DEL ANTISEMITISMO 103

En Prusia, aunque no en Austria y en Francia, este antisemitismo radical tuvo una vida tan corta e inconsecuente como la del anterior antisemitismo de la nobleza. Los radicales se veían cada vez más absorbidos por el liberalis­ mo de la clase medía económicamente en alza, que en toda Alemania clama­ ba en sus dietas veinte años más tarde por la emancipación judía y por la realización de la igualdad política. Estableció, sin embargo, una cierta tra­ dición teórica e incluso literaria, cuya influencia puede reconocerse en los famosos escritos antijudíos del joven Marx, que tan frecuente e injusta­ mente ha sido acusado de antisemitismo. Que el judío Karl Marx pudiera escribir de la misma forma que aquellos radicales antijudíos sólo probaba cuán poco había en común entre este tipo de argumentación antijudía y el antisemitismo declarado. Como individuo judío, Marx se sentía tan poco avergonzado por estos argumentos contra la «judería», como, por ejemplo, Nietzsche por sus argumentos contra Alemania. Es cierto que Marx, en años posteriores, jamás escribió o formuló opinión alguna sobre la cuestión judía; pero esta ausencia difícilmente puede ser atribuida a un cambio fun­ damental en sus ideas. Su preocupación exclusiva por la lucha de clases como un fenómeno dentro de la sociedad, con los problemas de la produc­ ción capitalista en los que no estaban mezclados los judíos ni como com­ pradores ni como vendedores de trabajo, y su profundo desinterés por las cuestiones políticas le vedaban automáticamente una ulterior inspección de la estructura del estado y por eso del papel de los judíos. La fuerte influen­ cia del marxismo en el movimiento obrero de Alemania es una de las razo­ nes principales del hecho de que los movimientos revolucionarios alemanes mostraran tan escasos signos de sentimiento antijudío36. Los judíos eran, desde luego, un elemento de importancia escasa o nula en las luchas socia­ les de la época.

Los comienzos del moderno movimiento antisemita se remontan en to­ das partes al último tercio del siglo XIX. En Alemania se inició, más bien ines­ peradamente, una vez más en la nobleza, cuya oposición al estado surgió de nuevo ante la transformación de la monarquía prusiana en un declarado esta­ do-nación a partir de 1871. Bismarck, el fundador del Reich alemán, había mantenido estrechas relaciones con los judíos desde que llegó a ser primer ministro; ahora era denunciado por depender de ellos y por aceptar sobornos suyos. Su éxito parcial en la abolición de la mayoría de ios vestigios feudales en el gobierno le llevaron inevitablemente a un conflicto con la aristocracia;

El único antisemita alemán izquierdista de alguna importancia fue E. Dühring, quien, de forma

muy confusa, inventó una explicación naturalística de una «raza judía» en su Die judenfrage ah Fra­ ge der Rassenschiidlichkeit (¡ir Existenz, Sitte und Cuitar der Völker mit einer weltgeschichtlichen Ant­ wort, 1880.

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en su ataque a Bismarck, los aristócratas le representaban, o bien como vícti­ ma inocente, o bien como agente a sueldo de Bleichroeder. En realidad, su relación era completamente opuesta: Bleichroeder era indudablemente un muy estimado y muy bien pagado agente de Bismarck37.

Sin embargo, la aristocracia feudal, aunque todavía bastante poderosa como para influir sobre la opinión pública, no era en sí misma lo suficiente­ mente fuerte e importante como para iniciar un verdadero movimiento anti­ semita como el que comenzó en la década de los ochenta. Su portavoz, el capellán de la corte Stoecker, hijo de padres de clase media baja, resultaba ser un representante de los intereses conservadores mucho menos brillante que sus predecesores, los intelectuales románticos que cincuenta años atrás habían formulado los principales dogmas de una ideología conservadora. Además, descubrió la utilidad de la propaganda antisemita no a través de consideraciones prácticas o teóricas, sino por accidente, cuando, con la ayuda de un gran talento demagógico, advirtió que resultaba conveniente para llenar salas de otra manera vacías. Pero no sólo no comprendió sus repentinos éxitos; como capellán de la corte y asalariado tanto de la familia real como del gobierno, difícilmente se hallaba en disposición de explotar­ los convenientemente. Sus entusiasmados oyentes eran exclusivamente per­ sonas de clase media baja, pequeños comerciantes y tenderos, artesanos y anticuados artífices. Y los sentimientos antijudíos de estas gentes no esta­ ban todavía motivados, y desde luego no exclusivamente, por un conflicto con el estado.

3. Los primeros partidos antisemitas

El simultáneo desarrollo del antisemitismo como importante factor político en Alemania, Austria y Francia durante los últimos veinte años del siglo XIX fue precedido por una serie de escándalos financieros y de asuntos fraudulen­ tos cuyo origen principal era una.superproducción del capital disponible. En Francia una mayoría de los miembros del Parlamento y un increíble número de funcionarios del gobierno se hallaban tan profundamente impli­ cados en estafas y sobornos que la Tercera República jamás pudo recobrar el prestigio perdido durante las primeras décadas de su existencia; en Austria y en Alemania la aristocracia figuraba entre los grupos más comprometidos. En los tres países los judíos actuaron solamente como intermediarios, y ni

Para los ataques antisemitas contra Bismarck, v¿ase, de Kurt Wawrzinke, «Die Entstehung der deutschen Antisemitenparteien, 1873-1890», Historische Studien, Heft, 168, 1927.

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una sola casa judía emergió con una riqueza permanente del fraude del affaire de Panamá o del GründungsscbwindeL

Sin embargo, además de la nobleza, los funcionarios del gobierno y los judíos, había otro grupo de personas seriamente implicado en estas fantás­ ticas inversiones, en las que ios beneficios prometidos se correspondían con increíbles pérdidas. Este grupo se hallaba principalmente integrado por personas de la clase medía baja, que súbitamente se tornaron entonces anti­ semitas: habían arriesgado sus pequeños ahorros y se habían arruinado definitivamente. Existían razones importantes para su credulidad. La expansión capitalista en el ámbito nacional tendía cada vez más a liquidar a los pequeños propietarios, para quienes se había convertido en cuestión de vida o muerte el engrosar rápidamente lo poco que tenían, dado que de otra manera lo más probable sería que lo perdieran todo. Se daban cuenta de que si no se remontaban hacia la burguesía podían hundirse en el prole­ tariado, Décadas de prosperidad general retrasaron tan considerablemente esta evolución (aunque no modificaron su tendencia), que su pánico pare­ cía más que prematuro. Pero a la sazón, sin embargo, la ansiedad de la cla­ se media baja correspondía exactamente a las predicciones de Marx sobre su rápida disolución.

La clase media baja, o pequeña burguesía, estaba constituida por los descendientes de los gremios de artesanos y de comerciantes que durante siglos habían estado protegidos contra los azares de la vida por un sistema cerrado que prohibía la competencia y que en última instancia se hallaba bajo la protección del estado. En consecuencia, culparon de su infortunio al sistema de Manchester, que Ies había expuesto a las asperezas de una sociedad competitiva y privado de toda protección especial y de los privile­ gios otorgados por las autoridades públicas. Fueron, por eso, los primeros en clamar por el «estado benefactor», de! que esperaban no sólo que íes protegiera contra la adversidad, sino que les mantuviera en las profesiones y oficios que habían heredado de sus familias. Y dado que el acceso de los judíos a todas las profesiones fue una característica destacada del siglo de la libertad de comercio, era casi corriente considerar a los judíos como los representantes déí «sistema de Manchester aplicado hasta sus últimos extre­ mos»38, aunque nada distaba tanto de la verdad.

Este resentimiento, más bien derivado, que hallamos primero en ciertos autores conservadores, quienes ocasionalmente combinaban un ataque a la3

Oteo Glagati, Der Bankrott des NatiomUibemlismm und die Reaktion, Berlin, 1878. DerBoersen-ttndGruendungssclnuindd, 1876, del mismo autor, es uno de los más importantes panfletos antisemi­ tas de la época.

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burguesía con un ataque a los judíos, recibió un gran estímulo cuando los que habían esperado una ayuda del gobierno o confiado en milagros tuvieron que aceptar la más que dudosa ayuda de los banqueros. Para el pequeño comerciante, el banquero parecía ser el mismo tipo de explotador que el pro­ pietario de una gran empresa industrial era para el trabajador. Pero mientras que los trabajadores europeos, por su propia experiencia y por una educación marxísta en economía, sabían que el capitalista cumplía la doble función de explotarles y de darles la oportunidad de producir, el pequeño comerciante no había hallado nada que le ilustrara acerca de su destino social y económi­ co. Su condición era aun peor que la del trabajador, y, basándose en su expe­ riencia, consideraba al banquero un parásito y un usurero al que tenía que convertir en su silencioso socio, aunque este banquero, a diferencia deí fabri­ cante, nada tuviera que ver con su actividad. No es difícil comprender que un hombre que dedica su dinero exclusiva y directamente a la finalidad de generar más dinero pueda ser odiado más intensamente que el que obtiene su beneficio a través de un largo y complicado proceso de producción. Como en aquella época nadie solicitaba un crédito si podía evitarlo —y los pequeños comerciantes desde luego que no— , ios banqueros parecían, no los explota­ dores de la clase trabajadora y de la capacidad productiva, sino del infortunio y de la miseria.

Muchos de estos banqueros eran judíos, y, lo que resulta aún más impor­ tante, la figura general del banquero poseía por razones históricas definidos rasgos judíos. De esta forma el movimiento izquierdista de la clase media baja y toda la propaganda contra el capital bancario acabaron siendo más o menos antisemitas, evolución de escasa importancia en la Alemania indus­ trial, pero de gran significado en Francia y, en menor grado, en Austria, Durante cierto tiempo pareció como si los judíos fueran a enfrentarse por vez primera en un conflicto directo con otra clase sin interferencia del estado. Dentro deí marco del estado-nación, en el que la función del gobierno era más o menos definida por su posición dominante sobre las clases en compe­ tencia, semejante choque podría haber sido una posible, aunque peligrosa, manera de normalizar la posición judía.

A este elemento socioeconómico se añadió rápidamente otro que a la lar­ ga resultó ser más amenazador. La posición de los judíos como banqueros no dependía de sus préstamos a modestos individuos en apuros, sino primaria­ mente de la emisión de ios empréstitos estatales. Los pequeños préstamos eran confiados a otros judíos de menor importancia, que de esta manera se preparaban para iniciar las carreras más pro metedoras de sus hermanos más acaudalados y honorables. El resentimiento social de la clase media baja contra los judíos se transformó en un muy explosivo elemento político, por­

LOS JUDÍOS, EL ESTADO-NACIÓN Y EL NACIMIENTO DEL ANTISEMITISMO 107

que se creía que estos judíos intensamente odiados avanzaban por el camino que conduce al poder. ¿Acaso no eran bien conocidos por sus relaciones con el gobierno en otros aspectos? El odio social y económico, por otra parte, reforzaba el argumento político con una violencia de la que hasta entonces había carecido.

Friedrich Engels observó una vez que los protagonistas del movimiento antisemita de su tiempo eran nobles, y su coro, el aullante populacho de Ja pequeña burguesía. Esto no es solamente cierto por lo que se refiere a Alema­ nia, sino también por lo que atañe al socialismo cristiano de Austria y a los antidreyfusards de Francia. En todos estos casos, la aristocracia, en una deses­ perada y última lucha, trató de aliarse con las fuerzas conservadoras de las iglesias — la iglesia católica en Austria y en Francia y la iglesia protestante en Alemania— bajo el pretexto de luchar contra el liberalismo con las armas del cristianismo. El populacho era sólo un medio para reforzar su posición, para dar a sus voces una mayor resonancia. Es obvio que ni podían ni querían organizar al populacho y que lo habrían rechazado una vez logrado su objeti­ vo. Pero descubrieron que los eslóganes antisemitas resultaban muy efectivos en la movilización de grandes estratos de la población.

Los seguidores del capellán de palacio Stoecker no organizaron en Ale­ mania los primeros partidos antisemitas. Una vez que se reveló el atractivo de los eslóganes antisemitas, los antisemitas radicales se separaron inmediata­ mente del movimiento berlinés de Stoecker, se lanzaron a una lucha en gran escala contra el gobierno y fundaron partidos cuyos representantes en el Reichstag votaron en todas las grandes cuestiones internas en la misma línea que el mayor partido de la oposición, el de los sociaídemócratas39. Se desem­ barazaron rápidamente de la comprometedora alianza inicial con los anti­ guos poderes; Boeckel, el primer miembro antisemita del Parlamento, debía su escaño a los votos de los campesinos de Hesse, a quienes defendía contra los «Junkers y los judíos», es decir, contra la nobleza que poseía demasiada tierra y contra los judíos de cuyo crédito dependían los agricultores.

Estos primeros partidos antisemitas, aun siendo pequeños, se distinguieron inmediatamente de ios demás partidos. Formularon la reivindicación origi­ nal de que no eran un partido entre los demás partidos, sino un partido «por encima de todos los partidos». En el estado-nación de clases y partidos, sólo el estado y el gobierno habían afirmado hallarse por encima de todos los par­

Véase Wawrzinek, op. cit. Un instructivo relato de todos estos acontecimientos, especialmente ios referentes al capellán de la corte Stoecker, en Frank, op. cit.

IOS ANTISEMITISMO

tidos y clases y representar a la nación en su totalidad. Los partidos eran reco­ nocidos como grupos cuyos diputados representaban los intereses de quienes les habían votado. Aunque luchaban por el poder, se entendía implícitamen­ te que correspondía al gobierno establecer un equilibrio entre los intereses en conflicto y sus representantes. La reivindicación de los partidos antisemitas de hallarse «por encima de todos los partidos» anunciaba claramente su aspi­ ración a convertirse en representantes de toda la nación, a conseguir el poder exclusivo, a tomar posesión de la maquinaria del estado, a reemplazar al esta­ do. Como, por otra parte, continuaban estando organizados como partidos, resultaba también claro que deseaban el poder del estado como un partido para que sus electores llegaran a dominar a la nación.

El cuerpo político del estado-nación vino a existir cuando ya no había un solo grupo en posición de ejercer un poder político exclusivo, de forma tal que el gobierno asumió un dominio político que ya no dependía de factores sociales y económicos, Los movimientos revolucionarios de la izquierda, que habían luchado por lograr un cambio radical de las condiciones sociales, ja­ más habían tocado directamente esta suprema autoridad política. Habían desafiado sólo el poder de la burguesía y su influencia sobre el estado, y esta­ ban por eso siempre dispuestos a someterse a la dirección del gobierno en los asuntos exteriores, en los que se hallaban en juego los intereses de una nación supuestamente unificada. Los numerosos programas de los grupos antisemi­ tas, por otra parte, estaban, desde un principio, principalmente relacionados con los asuntos exteriores; su impulso revolucionario se hallaba dirigido con­ tra el gobierno más que contra una clase social y estaban encaminados a des­ truir la estructura política del estado-nación mediante una organización par­ tidista.

La reivindicación de un partido por encima de todos los partidos tenía otras implicaciones más significativas que la del antisemitismo. Si se hubiera tratado tan sólo de desembarazarse de los judíos, la propuesta de Fritsch, en uno de ios primeros congresos antisemitas“*, de no crear un nuevo partido, sino de diseminar más bien el antisemitismo hasta que finalmente todos los partidos existentes fueran hostiles a los judíos, habría obtenido resultados mucho más rápidos. Pero la propuesta de Fritsch fue desoída, porque el anti­ semitismo era ya entonces un instrumento para la liquidación no sólo de los judíos, sino también del cuerpo político del estado-nación.

No fue un accidente que la reivindicación de los partidos antisemitas coincidiera con las primeras fases del imperialismo y hallara réplicas exactas en4

40 Esta proposición fue formulada en 1886 en Casseí, donde se fundó ei Deutsche Antisemitische

Vereinigung.

LOS JUDÍOS, EL ESTADO-NACIÓN Y EL NACIMIENTO DEL ANTISEMITISMO 109

ciertas tendencias de Gran Bretaña que se hallaban libres de antisemitismo y en los muy antisemitas panmovimientos del continente41. Sólo en Alemania procedían del antisemitismo como tal esas tendencias, y sólo allí los partidos antisemitas precedieron y sobrevivieron a la formación de los grupos pura­ mente imperialistas como la Alídeutscher Verband y otros, todos los cuales también afirmaban ser más que meros grupos partidistas y hallarse por encima de los partidos.

El hecho de que formaciones similares sin un antisemitismo activo — que evitaban el aspecto charlatán de los partidos antisemitas y por eso parecían al principio tener mejores posibilidades de lograr la victoria final— fueran en definitiva superadas o liquidadas por el movimiento antisemita es un buen indicador de la importancia del tema. La creencia de los antisemitas de que su reivindicación de un gobierno exclusivo no era más que lo que los judíos habían logrado en realidad íes dio la ventaja de un programa de política inte­ rior, y tal como estaban las condiciones era preciso penetrar en el terreno de la lucha social para ganar el poder político. Podían pretender que estaban luchando contra los judíos de la misma manera que los trabajadores lucha­ ban contra la burguesía. Su ventaja consistía en que atacando a los judíos, de quienes se suponía que formaban un poder secreto tras el gobierno, podían atacar abiertamente al mismo estado, mientras que los grupos imperialistas, con su ligera y secundaria antipatía respecto de ios judíos, jamás supieron relacionarse con las importantes luchas sociales de la época.

La segunda característica muy significativa de los nuevos partidos antise­ mitas es que comenzaron inmediatamente como una organización suprana-cional de todos los grupos antisemitas de Europa, en abierto contraste con los eslóganes nacionalistas de entonces, y desafiándolos. Introduciendo el ele­ mento supranacional indicaron claramente que apuntaban no sólo hacia el dominio político de la nación, sino que ya habían proyectado un paso ulterior hacia un gobierno intereuropeo «por encima de todas las naciones»42. Este segundo elemento revolucionario significaba la ruptura fundamental del statu quo; se ha pasado por alto frecuentemente porque los mismos antisemitas, en parte por sus hábitos tradicionales y en parte porque mintieron consciente­ mente, utilizaron en su propaganda el lenguaje de los partidos reaccionarios.

Véase el capítulo 8 para un extenso análisis de los «partidos por encima de los partidos» y de los panmovimientos.

El primer Congreso internacional antijudío se celebró en 1882 en Dresde, con asistencia de unos

000 delegados de Alemania, Austria-Hungrfa y Rusia; durante las discusiones, Stoecker fue derro­ tado por los elementos radicales que se reunieron un año más tarde en Chemnítz y fundaron la Alt anee Antijuive Universelle, Puede encontrarse un buen relato sobre estas reuniones y congresos en Wawrzinek, op. cit.

ANTISEMITISMO

La íntima relación entre las condiciones peculiares de la existencia judía y la ideología de tales grupos es aún más evidente en la organización de un gru­ po por encima de las naciones que en la creación de un partido por encima dé los partidos. Los judíos eran claramente el único elemento intereuropeo en una Europa nacionalizada. Resultaba lógico que sus enemigos tuvieran que organizarse sobre el mismo principio si habían de luchar contra aquellos a ios que se suponía secretos manipuladores del destino político de todas las naciones.

Aunque este argumento resultaba convincente como propaganda, el éxito del antisemitismo supranacíonal dependió de consideraciones más generales. Incluso a final del siglo XIX, y especialmente desde la guerra franco-prusiana, más y más individuos consideraban que la organización nacional de Europa estaba anticuada porque ya no podía responder adecuadamente a los nuevos re­ tos económicos. Este sentimiento había contribuido como argumento podero­ so a la organización internacional del socialismo y se había visto, a su vez, refor­ zado por ésta. Entre las masas se extendía la convicción de que en toda Europa existían intereses idénticos43. Pero mientras que la organización socialista inter­ nacional permaneció pasiva y desinteresada ante todos los temas de política exterior (es decir, precisamente ante aquellas cuestiones en las que podría haberse puesto a prueba su internacionalismo), los antisemitas empezaron abordando problemas de política exterior e incluso prometieron solución a ios problemas internos sobre bases supranacionales. Considerar a las ideologías menos por las apariencias y examinar más detenidamente los programas de ios partidos respectivos significa descubrir que los socialistas, más preocupados con las cuestiones internas, encajaban mucho mejor en el estado-nación que los antisemitas.

Desde luego, esto no significa que no fueran sinceras las convicciones intemacionalistas de los socialistas. Eran, por el contrario, más fuertes e, inci­ dentalmente, más antiguas que el descubrimiento de intereses de clase que desbordaban las fronteras de los estados nacionales. Pero la propia conciencia de la suprema importancia de la lucha de clases les indujo a descuidar esa herencia que la Revolución francesa había legado a los partidos de trabajado­ res y que por sí sola les habría conducido a una teoría política articulada. Los socialistas mantuvieron implícitamente intacto el concepto original de una

La solidaridad internacional de los movimientos obreros era, en la medida en que existió, una cuestión imereuropea. La indiferencia respecto a la política exterior fue también un tipo de autopro-tección tanto contra la participación activa como en la lucha contra la política imperialista contem­ poránea de sus países respectivos. Por lo que se refería a los intereses económicos, resultaba evidente que todo el mundo, y no sólo los capitalistas y los banqueros, sentiría en la nación francesa, en la inglesa o en la holandesa el pleno impacto de la caída de sus respectivos imperios.

LOS JUDÍOS, EL ESTADO-NACIÓN Y EL NACIMIENTO DEL ANTISEMITISMO 111

«nación entre las naciones», pertenecientes en su totalidad a la familia de la humanidad, pero nunca hallaron un medio para transformar esta idea en un concepto operativo en el mundo de los estados soberanos. Su internacionalis­ mo, en consecuencia, siguió siendo una convicción personal compartida por todos, y su sano desinterés por la soberanía nacional se transformó en una indiferencia completamente enfermiza e irrealista hacia la política exterior. Como los partidos de la izquierda no se oponían en principio al estado-na­ ción, sino sólo al aspecto de la soberanía nacional; como, además, sus propias y oscuras esperanzas en unas estructuras federales con una eventual integra­ ción de todas las naciones en pie de igual presuponían la libertad nacional y la independencia de todos los pueblos oprimidos, pudieron operar dentro del marco del estado-nación e incluso emerger, en la época de la decadencia de su estructura social y política, como el único grupo de la población que no incurría en fantasías expansionistas y en pensamientos relativos a la destruc­ ción de otros pueblos.

El supranacionalismo de los antisemitas abordó la cuestión de su organi­ zación internacional exactamente desde el punto de vista opuesto. Su objeti­ vo era una superestructura dominante que destruiría igualmente todas las estructuras nacionales desarrolladas en el interior. Podían incurrir en discur­ sos hípernacionalistas, aunque estaban dispuestos a destruir el cuerpo políti­ co de su propia nación, porque el nacionalismo tribal, con su inmoderado afán de conquista, era uno de los principales poderes mediante los que abrir a la fuerza los estrechos y modestos límites del estado-nación y de su sobera­ nía4! Cuanto más efectiva era la propaganda chauvinista, más fácil era per­ suadir a la opinión pública de la necesidad de una estructura supranacional que gobernaría desde arriba y sin distinciones nacionales mediante un mono­ polio universal del poder y de ios instrumentos de violencia.

Existen pocas dudas de que la especial condición intereuropea del pueblo judío podría haber servido a los fines del federalismo socialista al menos tan bien como había de servir a los siniestros planes de los supranacionalistas. Pero los socialistas estaban tan consagrados a la lucha de clases y tan poco in­ teresados en las consecuencias políticas de ios propios conceptos que habían heredado, que se-tornaron conscientes de la existencia de los judíos como fac­ tor político sólo cuando se vieron ya enfrentados con un desarrollado antise­ mitismo como serio competidor en el ámbito nacional. Para entonces no sólo no estaban preparados para integrar la cuestión judía en sus teorías, sino que se mostraron temerosos de llegar siquiera a rozar la cuestión. Aquí, como en otras cuestiones internacionales, abandonaron el campo ante los supranacio-

Ai Véase el capítulo 8.

ANTISEMITISMO

nalistas, que podían parecer entonces ser íos únicos que conocían las solucio­ nes a los problemas mundiales.

Al finalizar el siglo, los efectos de los escándalos económicos de la década de los años setenta habían quedado atrás, y una era de prosperidad y de bie­ nestar general, especialmente en Alemania, puso fin a las prematuras agitacio­ nes de los años ochenta. Nadie podía predecir que este final era sólo un respi­ ro temporal, que todas las cuestiones políticas no resueltas, junto con todos los no apaciguados odios políticos, habían de redoblar en fuerza y violencia tras la Primera Guerra Mundial. Los partidos antisemitas en Alemania, tras sus éxitos iniciales, retornaron a la insignificancia; sus dirigentes, después de una breve agitación de la opinión pública, desaparecieron por la puerta trase­ ra de la historia en la oscuridad de la confusión fanática y de la charlatanería curalotodo.

4, Antisemitismo de izquierdas

De no ser por las terribles consecuencias del antisemitismo en nuestra pro­ pia época, podríamos haber concedido menos atención a su evolución en Alemania. Como movimiento político, el antisemitismo del siglo xix puede ser mejor estudiado en Francia, donde durante casi una década dominó la escena política. Como fuerza ideológica, en competencia con otras ideolo­ gías más respetables por la aceptación de la opinión pública, alcanzó su más clara forma en Austria.

En parte alguna habían rendido los judíos tan grandes servicios al esta­ do como en Austria, cuyas numerosas nacionalidades eran mantenidas uni­ das tan sólo por la monarquía dual de la casa de Habsburgo y donde los banqueros estatales judíos, en contraste con los de otros países europeos, sobrevivieron a la caída de la monarquía. Igual que ai comienzo de esta evolución, a principios del siglo XVIII, el crédito de Samuel Oppenheímer había sido idéntico al crédito de la casa de Habsburgo, de la misma forma «al final, el crédito austríaco era el del Creditanstalt», un banco de los Roth­ schild45. Aunque la monarquía del Danubio carecía de una población homo­ génea, el prerrequisito más importante para su conversión en estado-nación, no pudo evitar la transformación de un despotismo ilustrado en una monar­ quía constitucional y la creación de una moderna administración. Esto signi­ ficó que hubo de adoptar ciertas instituciones del estado-nación. En primer

Véase Paul H. Emden, «The Story of the Viena Creditanstalt», en Menorah Journal XXVHI, I,

1940.

LOS JUDÍOS, EL ESTADO-NACIÓN Y EL NACIMIENTO DEL ANTISEMITISMO 113

lugar, el moderno sistema de clases creció a lo largo de las líneas de la nacio­ nalidad, de modo que ciertas nacionalidades comenzaron a identificarse con ciertas clases o al menos con ciertas profesiones. La alemana se tornó la nacionalidad dominante, de la misma manera que la burguesía se transformó en la clase dominante en el estado-nación. La aristocracia rural húngara desempeñó un papel más pronunciado, pero esencialmente similar al desem-

peñado por la nobleza de otros países. La maquinaria del estado hizo cuanto pudo por mantenerse a la misma distancia absoluta de la sociedad, por gobernar sobre todas las nacionalidades, como el estado-nación con respecto a sus clases. Para los judíos el resultado fue sencillamente que la nacionalidad judía no pudo fusionarse con las otras sin llegar a convertirse en una naciona­ lidad en sí misma de igual manera que no se había fusionado con las otras clases ni convertido en una clase en sí misma en el estado-nación. Como los judíos en los estados-nación se habían distinguido de todas las clases de la sociedad por su especial relación con el estado, así se distinguieron de las otras nacionalidades en Austria por su especial relación con la monarquía de ios Habsburgo. Y lo mismo que en todas partes cada clase que se encontró abiertamente enfrentada con el estado se tomó antisemita, en Austria cada una de las nacionalidades que, además de comprometerse en la omnipresen­ te lucha de nacionalidades entraba en conflicto abierto con la misma monar­ quía, inició su lucha con un ataque contra los judíos. Pero existía una marca­ da diferencia entre estos conflictos que se daban en Austria y los de Alemania y Francia. En Austria no sólo fueron más ásperos, sino que en el momento del estallido de la Primera Guerra Mundial cada nacionalidad, es decir, cada estrato de la sociedad, se hallaba en oposición al estado y de esta forma la población se hallaba imbuida de un activo antisemitismo más que en cual­ quier otra parte de la Europa occidental y central.

Entre estos conflictos destacaba la creciente hostilidad de la nacionalidad alemana al estado, que se aceleró tras la fundación del Reich y descubrió la utilidad de los eslóganes antisemitas tras la bancarrota financiera de 1873. La situación social en aquel momento era prácticamente la misma que en Ale­ mania, pero la propaganda social para conseguir los votos de la clase media incurrió inmediatamente en un ataque más violento al estado y en una con­ fesión de deslealtad más franca al país. Además, el partido liberal alemán, bajo la dirección de Schoenerer, fue desde el principio un partido de la clase media baja sin conexiones o limitaciones de la nobleza y con una apariencia decididamente izquierdista, jamás logró una auténtica base de masas, pero alcanzó un notable éxito durante la década de ios ochenta en las universida­ des, donde creó la primera organización estudiantil, estrechamente estructu­ rada sobre la base de un antisemitismo declarado. El antisemitismo de Schoe-

114 ANTISEMITISMO

nerer, al principio casi exclusivamente dirigido contra los Rothschild, le ganó las simpatías del movimiento obrero, que le consideraba como un verdadero radical desorientado46. Su principal ventaja consistía en que podía basar su propaganda antisemita en hechos demostrables: como miembro del Reich-stag austríaco, había luchado por la nacionalización de los ferrocarriles aus­ tríacos, la mayor parte de los cuales habían estado en manos de los Roth­ schild desde 1836 merced a una concesión estatal que expiró en 1886. Schoenerer consiguió reunir 40.000 firmas contra su renovación y colocar la cuestión judía ante las candilejas del interés público. La'estrecha conexión entre los Rothschild y los intereses financieros de la monarquía se tornó evi­ dente cuando el gobierno trató de prolongar la concesión bajo unas condi­ ciones que eran patentemente desventajosas tanto para el estado como para el público. La agitación de Schoenerer en esta cuestión significó el comien­ zo de un claro movimiento antisemita en Austria47. La realidad es que este movimiento, en contraste con la agitación de Stoecker en Alemania, fue ini­ ciado y dirigido por un hombre cuya sinceridad resultaba indudable y que por eso no se detuvo en la utilización del antisemitismo como arma propa­ gandística, sino que desarrolló rápidamente una ideología pangermanista que había de influir sobre el nazismo más que cualquier otro tipo de antise­ mitismo alemán.

Aunque victorioso a la larga, el movimiento de Schoenerer fue temporal­ mente derrotado por un segundo partido antisemita, el de los socialcristia-nos, bajo la dirección de Lueger. Mientras que Schoenerer había atacado a la iglesia católica y su considerable influencia en la política austríaca casi tanto como había atacado a los judíos, el de los sodalcristianos era un partido cató­ lico que desde el principio trató de aliarse con aquellas fuerzas reaccionarias y conservadoras que habían demostrado ser tan eficaces en Alemania y en Francia. Como hicieron más concesiones sociales, tuvieron más éxito que en Alemania o en Francia, junto con los socialdemócratas sobrevivieron a la caída de la monarquía y se convirtieron en el grupo más influyente de la posguerra en Austria. Pero, mucho antes del establecimiento de una República austría­ ca, cuando en la década de los noventa Lueger ganó la alcaldía de Viena mediante una campaña antisemita, los sodalcristianos habían adoptado la

Véase GeorgRitter von Schoenerer, cíe F. A. Neuschaefer, Hamburgo, 1935, y Georg Schoenerer, de Eduard Pichl, 1938, 6 vols. Incluso en 1912, cuando k agitación de Schoenerer había perdido todo su significado, el Arbeiterzeitung \ienés manifestaba afectuosos sentimientos por eí hombre ai que sólo podía referirse en los términos formulados una vez por Bismarck a propósito de Lasalfe; «Y si intercambiáramos disparos, la justicia exigiría todavía que admitiéramos durante el tiroteo: él es un hombre, y los otros son unas viejas». (Neuscháfer, p. 33.)

Véase Neuscháfer, op. cit., pp. 22yss.,y Pichl, op, cit., I, 236.

LOS JUDÍOS, EL ESTADO-NACIÓN Y EL NACIMIENTO DEL ANTISEMITISMO 115

actitud típicamente equívoca hacia los judíos en el estado-nación — hostili­ dad hacia la intelligentsia y amistad hacia la clase empresarial judía. No fue en manera alguna accidental el hecho de que, tras una áspera y sangrienta lucha por el poder contra el movimiento socialista obrero, llegaran a apoderarse de la maquinaria del estado cuando Austria, reducida a su nacionalidad germa­ na, se estableció como un estado-nación. Resultó ser el único partido que estaba preparado para desempeñar exactamente este papel y el que, incluso bajo la antigua monarquía, había ganado popularidad por obra de su nacio­ nalismo. Como los Habsburgo eran una casa alemana y habían otorgado un cierto predominio a sus súbditos germanos, los socialcristianos jamás ataca­ ron a la monarquía. Su función consistía más bien en lograr que amplios sec­ tores de la nacionalidad germana apoyaran a un gobierno esencialmente impopular. Su antisemitismo no tuvo grandes consecuencias; las décadas durante las cuales Lueger gobernó Viena fueron una especie de edad de oro para los judíos. Por lejos que llegara ocasionalmente su propaganda para con­ seguir votos, la realidad es que jamás podrían haber proclamado, con Schoe-nerer y los pangermanistas, que «consideraban al antisemitismo como el eje de nuestra ideología nacional, como la expresión más esencial de una germi­ na convicción popular y, en consecuencia, como el logro nacional más importante del siglo»43. Y aunque se hallaban tan sometidos a la influencia de ios círculos clericales como el movimiento antisemita en Francia, se mostra­ ban necesariamente mucho más limitados en sus ataques a los judíos porque no atacaban a la monarquía como los antisemitas de Francia atacaban a la Tercera República.

Los éxitos y fracasos de ios dos partidos antisemitas austríacos denotan la escasa importancia de los conflictos sociales en las cuestiones a largo plazo de la época. En comparación con la movilización de todos ios oponentes al gobierno como tal, la captura de los votos de la clase media baja era un fenó­ meno temporal. Además, la médula del movimiento de Schoenerer se encon­ traba en las provincias de habla alemana sin ninguna población judía, donde jamás existieron la competencia con los judíos o el odio hada los banqueros ju­ díos. La supervivencia del movimiento pangermanista y su violento antisemi­ tismo en estas provincias, mientras decaía en los centros urbanos, fueron sim­ plemente debidos al hecho de que tales provincias jamás lograron el mismo grado de prosperidad universal del período de la preguerra que reconcilió a la población urbana con el gobierno.

La completa falta de lealtad hacia su propio país y su gobierno, que ios pangermanistas reemplazaron por una franca lealtad al Reich de Bismarck y3

33 Cita de Pichl, op. cit., I, p. 26.

ANTISEMITISMO

el resultante concepto de la nacionalidad como algo independiente del esta­ do y del territorio, condujo al grupo de Schoenerer a una verdadera ideología imperialista, en la que se halla la clave de su debilidad temporal y de su fuer­ za final. A ello se debe también el hecho de que el partido pangermanista en Alemania (los Alldeutschen), que nunca superó los límites de un chauvinis­ mo corriente, permaneciera tan extremadamente suspicaz y poco inclinado a estrechar la mano que le tendían sus hermanos germanistas de Austria, Este movimiento austríaco apuntaba a algo más que a su elevación ai poder como partido, a algo más que a la posesión de la maquinaria del estado. Quería una reorganización revolucionaria de Europa central en la que los alemanes de Austria, unidos y reforzados por los alemanes de Alemania, constituirían el pueblo dominante y en la que todos los demás pueblos de la zona serían mantenidos en el mismo tipo de semiservidumbre de las nacionalidades esla­ vas en Austria. Debido a esta estrecha afinidad con el imperialismo y al cam­ bio fundamental que determinó en el concepto de la nacionalidad debemos aplazar el análisis del movimiento pangermanista austríaco. Este ya no es, al menos en sus consecuencias, un simple movimiento preparatorio decimonó­ nico; pertenece más que cualquier otro tipo de antisemitismo al curso de los acontecimientos del siglo XX.

Cabe decir exactamente lo contrarío del antisemitismo francés. El ajfaire

Dreyfus saca a la luz todos los demás elementos del antisemitismo del siglo

XIX en sus simples aspectos ideológicos y políticos; es la culminación del anti­

semitismo que surgió de las especiales condiciones del estado-nación. Sin

embargo, su violenta forma prefiguró futuras evoluciones, de forma tal que

los actores principales del ajfaire parecen interpretar un ensayo general de

una representación que hubo de ser aplazada durante más de tres décadas.

Aunó todas las fuentes políticas o sociales, visibles o subterráneas, que habían

conducido a la cuestión judía a una posición predominante durante el siglo

XIX; su prematuro estallido, por otra parte, lo mantuvo dentro del marco de

una típica ideología decimonónica, que, aunque sobrevivió a todos los

gobiernos franceses y a todas las crisis políticas, jamás encajó completamente

en las condiciones políticas del siglo XX. Cuando, tras la derrota de 1940, el

antisemitismo francés alcanzó su oportunidad suprema bajo el gobierno de

Vichy, tuvo un carácter definídamente anticuado y, para sus fines principales,

más bien inútil, algo que ios escritores alemanes nazis jamás dejaron de

subrayar49. No poseyó influencia en la formación del nazismo y siguió siendo34

Véase especialmente, de Walfried Vernunft, «Die Hintergründe des französischen Antisemitis­ mus», en Nationahozialisüche Monatshefte, junio de 1939.

LOS JUDÍOS, EL ESTADO-NACIÓN Y EL NACIMIENTO DEL ANTISEMITISMO 117

más significativo en sí mismo que como factor histórico activo en la catástro­ fe final.

La razón principal de estas limitaciones generales fue la de que los parti­ dos antisemitas, aunque violentos en la escena nacional, carecían de aspira­ ciones supranacionales. Pertenecían, al fin y al cabo, al más antiguo y más completamente desarrollado estado-nación de Europa, Ninguno de los anti­ semitas trató siquiera de organizar seriamente un «partido por encima de los partidos» o de apoderarse del estado como partido y sin otra finalidad que los intereses de partido. Los pocos intentos de coup d ’état que pueden ser atribui­ dos a la alianza entre antisemitas y altos jefes del ejército fueron ridiculamen­ te inadecuados y abiertamente tramados50. En 1898 fueron elegidos miem­ bros del Parlamento, tras varias campañas antisemitas, unos diecinueve anti­ semitas, pero ésta fue una cota máxima que jamás volvió a ser alcanzada y a partir de la cual el declive fue rápido.

Es cierto, por otra parte, que éste fue el primer ejemplo del éxito del anti­ semitismo como agente catalítico de todas las demás cuestiones políticas. Este hecho puede atribuirse a la falta de autoridad de la Tercera República, que resultó aprobada por una escasa mayoría. A los ojos de las masas el esta­ do había perdido su prestigio junto con la monarquía, y ios ataques al estado ya no eran un sacrilegio. El primitivo estallido de violencia en Francia pre­ senta una sorprendente semejanza con una agitación similar en las repúblicas austríaca y alemana después de la Primera Guerra Mundial. La dictadura nazi ha sido tan frecuentemente ligada ai llamado «culto al estado», que incluso los historiadores han sido ciegos ante la evidencia de que los nazis se aprovecharon de la total quiebra del culto al estado, originalmente deter­ minada por la adoración a un príncipe que se sienta en el trono por la gra­ cia de Dios, y que difícilmente tiene lugar en una república. En Francia, cincuenta años antes de que los países de Europa central se vieran afectados por esta pérdida universal de reverencia, el culto al estado había sufrido muchas derrotas. Aquí era mucho más fácil atacar conjuntamente a los ju­ díos y al estado que en la Europa central, donde se atacaba a ios judíos para atacar al gobierno.

El antisemitismo francés, además, es más antiguo que sus equivalentes europeos, como lo es la emancipación de los judíos franceses, que se remon­ ta a finales del siglo XVÍII. Los representantes de la época de la ilustración que prepararon la Revolución francesa despreciaban a los judíos; veían en ellos los atrasados vestigios de las edades oscurantistas, y les odiaban como agentes financieros de la aristocracia. Los únicos amigos declarados de los judíos en

50 Véase capítulo 4.

ANTISEMITISMO

Francia eran los escritores conservadores, que denunciaban las posturas anti­ judías como «una de las tesis favoritas del siglo XVIIí»5i. Para el escritor más liberal o radical se había convertido casi en una tradición el formular adver­ tencias contra los judíos como bárbaros que todavía vivían en la forma de gobierno patriarcal y no reconocían ningún otro estado52. Durante y después de la Revolución francesa, el clero francés y los aristócratas franceses sumaron sus voces al sentimiento general antijudío, aunque por razones distintas y más materiales. Acusaban al gobierno revolucionario de haber ordenado la venta de las propiedades eclesiásticas para pagar «a los judíos y mercaderes con quienes el gobierno se halla endeudado»53. Estos antiguos argumentos se mantuvieron vivos de alguna forma durante la inacabable lucha entre la igle­ sia y eí estado en Francia y alentaron la violencia general y el resentimiento, provocados al final del siglo por fuerzas distintas y más modernas.

Principalmente en razón del fuerte apoyo clerical al antisemitismo, el movimiento socialista francés decidió adoptar una postura contra la propa­ ganda antisemita en eí affaire Dreyfus. Hasta entonces, sin embargo, los movimientos izquierdistas franceses del siglo XIX habían mostrado una fran­ ca antipatía hacia los judíos. Siguieron simplemente la tradición de la Ilustra­ ción dieciochesca, que era la fuente del liberalismo y del radicalismo france­ ses, y consideraron las posturas antijudías como parte integrante del anticíe-ricaÜsmo. Estos sentimientos de la izquierda se vieron consolidados, en primer lugar, por el hecho de que los judíos alsacianos continuaran vivien­ do de los préstamos a los campesinos, práctica que ya había determinado eí decreto de Napoleón de 1808. Después de que en Alsacia cambiara la si­ tuación, el antisemitismo izquierdista halló una nueva fuente de vigor en la política financiera de la casa de los Rothschiíd, que desempeñó un gran pa­ pel en la financiación de los Borbones, mantuvo estrechos contactos con Luis Felipe y floreció bajo Napoleón III.

Tras estos incentivos obvios y más bien superficiales a las actitudes anti­ judías existía una causa más profunda, que fue crucial para toda la estructura del radicalismo de tipo específicamente francés y que casi logró alzar contra los judíos a todo el movimiento izquierdista francés. Los banqueros eran m u­ cho más fuertes en-la economía francesa que en ios demás países capitalistas,

5! Véase J. de Maistre, Les Soirées de St. Petersburg, 1921, II, 55.

Charles Fourier, Nouveau Monde Industriel, 1829, vol. V de sus Oeuvres complètes, 1841, p. 421. Para el examen de las doctrinas andjudfas de Fourier, véase también, de Edmund Silberner, «Charles Fourier on the Jewish Question», en Jewish SocialStudies, octubre de 1946.

Véase también eí periódico Le Patriote Français, núm. 457, 8 de noviembre de 1790. Citado por Clemens August Hoberg, «Die geistigen Grundlagen des Antisemitismus im modernen Frankreich», en Forschungen zur Judenfrage, 1940, vol. IV.

LOS JUDÍOS, EL ESTADO-NACIÓN Y EL NACIMIENTO DEL ANTISEMITISMO 119

y eí desarrollo industrial de Francia, tras un breve progreso durante el reina­ do de Napoleón III, quedó tan retrasado respecto del de otras naciones, que las tendencias sociales precapÍtalistas continuaron ejerciendo una considera­ ble influencia. Las clases medias bajas, que en Alemania y Austria se tornaron antisemitas sólo durante las décadas de los años setenta y ochenta, cuando estaban ya tan desesperadas que podían ser utilizadas tanto en beneficio de una política reaccionaria tanto como de las nuevas políticas basadas en el populacho, eran antisemitas en Francia desde cincuenta años atrás, cuando, con la ayuda de la clase trabajadora, lograron una breve Victoria en la revo­ lución de 1848. En los años cuarenta, cuando Toussenel publicó Les Juifs, roís de l’époque, el libro más importante en una verdadera riada de folletos contra los Rothschild, su obra fue entusiásticamente acogida por toda la prensa izquierdista, que por aquella época era el órgano de las clases medias bajas revolucionarias. Sus sentimientos, tal como fueron expresados por Toussenel, aunque menos claros y menos complejos, no diferían de los del joven Marx, y eí ataque de Toussenel a los Rothschild fue sólo una variación menos afortunada y más laboriosa de las cartas que desde París había escrito Boerne quince años antes545.Estos judíos también se equivocaron al tomar al banquero judío por la Figura central del sistema capitalista, un error que ha ejercido una cierta influencia en la burocracia municipal y en los escalones inferiores de la burocracia estatal en Francia hasta nuestros días5;>.

Sin embargo, este estallido del sentimiento popular antijudío, nutrido por un conflicto económico entre los banqueros judíos y su desesperada clientela, no perduró como factor importante en política más que estallidos similares por causas puramente económicas o sociales. Los veinte años del Imperio francés de Napoleón III fueron una época de prosperidad y seguri­

Et ensayo de Marx sobre la cuestión judía es demasiado conocido como para precisar citas. Pero como las manifestaciones de Boerne, por su carácter simplemente polémico y no teórico, están sien­ do olvidadas hoy, cito de la carta 72.a, escrita en París (enero de 1832): «Rothschild besó la mano del Papa... Al fin ha llegado el orden que Dios había proyectado cuati do creó el mundo. Un pobre cris­ tiano besa los pies del Papa y un judío rico besa su mano. Si Rothschild hubiera otorgado su présta­ mo vaticano a un 60 en vez de a un 65 por ciento y st hubiera enviado más de diez mil ducados al cardenal camarlengo, le habrían permitido abrazar al Santo Padre... ¿No sería mejor para el mundo que frieran depuestos todos los reyes y que subiera al trono la familia Rothschild?», Briefe ans Prtris, 1830-1833.

55 Esta actitud queda bien descrita en el prólogo del concejal Paul Brousse a la famosa obra de Cesa­ re Lombroso sobre el antisemitismo (1899). La parte característica de! argumento se condene en las siguientes frases: «El pequeño comerciante necesita crédito y sabemos cuán mal organizado y cuán caro es el crédito en estos días. Aquí también el pequeño comerciante hace responsable al banquero judío. Y de aquí hasta eí obrero, es decir, hasta aquellos obreros que no tienen una clara noción del socialismo científico, todo el mundo piensa que la revolución puede progresar si la expropiación general de los capitalistas es precedida por ¡a expropiación de los capitalistas judíos, que son los más típicos y cuyos nombres son los más familiares a ¡as masas».

ANTISEMITISMO

dad para la judería francesa, como las dos décadas que precedieron al estallido de la Primera Guerra Mundial en Alemania y en Austria,

El único tipo de antisemitismo francés que siguió siendo fuerte y sobre­ vivió al antisemitismo social, así como a las despreciativas actitudes de los intelectuales anticlericales, formaba parte de una xenofobia general. Especial­ mente después de la Primera Guerra Mundial, ios judíos extranjeros se convir­ tieron en estereotipos de todos los extranjeros. En todos los países de Europa occidental y central se había establecido una distinción entre los judíos nativos y los que «invadieron» el país procedentes del este. Los judíos polacos y rusos eran tratados en Alemania y Prusia exactamente de la misma manera que ios judíos rumanos y alemanes en Francia, De igual modo, los judíos de Posen, en Alemania, o de Galítzia, en Austria, eran considerados con el mismo presun­ tuoso desprecio que los judíos de Alsacía en Francia. Pero sólo en Francia asu­ mía esta distinción tal importancia en el plano interno. Y probablemente por obra del hecho de que los Rothschild, que eran más que ningunos otros el obje­ tivo de los ataques andjudfos, habían emigrado a Francia procedentes de Ale­ mania; así es que hasta el estallido de la Segunda Guerra Mundial era natural sospechar en los judíos simpatías por el enemigo nacional.

El antisemitismo nacionalista, inocuo en comparación con los movi­ mientos modernos, jamás fue en Francia monopolio de los reaccionarios y chauvinistas. En este punto, el escritor jean Giraudoux, ministro de Propa­ ganda en el gabinete de guerra de Daladíer, se mostraba de completo acuerdo con Pétain56y el gobierno de Vichy, el cual, por mucho que tratara de agra­ dar a los alemanes, tampoco logró superar las limitaciones de esta anticuada antipatía hacia ios judíos. El fracaso era aún más notable, puesto que Francia había producido un sobresaliente antisemita que comprendía todo el alcance y todas las posibilidades de la nueva arma. El hecho de que este hombre fue­ se un destacado novelista resulta característico de las condiciones de Francia, donde el antisemitismo nunca cayó en el mismo descrédito social e intelec­ tual de otros países europeos.

Louis Ferdinand Céline poseía una tesis sencilla e ingeniosa, que conte­ nía toda la imaginación ideológica de que había carecido el más racional anti-

íS Por ío que se refiere a la sorprendente continuidad de los argumentos antisemitas franceses, com ­ párese, por ejemplo, la imagen deí judío «Iscariote» que llega a Francia con 100.000 libras, se estable­ ce en una ciudad donde encuentra seis competidores en su terreno, hunde a toda la competencia, amasa una gran fortuna y retorna a Alemania (en Théorie des qmtre motmmenn, 1808, Oeuvres com­ pletes, pp. 88 y ss.) con la imagen de Giraudoux de 1939: «Mediante una infiltración cuyo secreto en vano he tratado de detectar, cientos de miles de askenazis, que escaparon de los guetos polacos y rumanos, han entrado en nuestro país, eliminando a nuestros compatriotas y, al mismo tiempo, arruinando sus prácticas profesionales y sus tradiciones,,, y desafiando toda investigación demográ­ fica, fiscal y laboral». En Pieiris Poiwoirs, 1939.

LOS JUDÍOS, EL ESTADO-NACIÓN Y EL NACIMIENTO DEL ANTISEMITISMO 121

semitismo francés. Afirmaba que los judíos habían impedido que Europa evolucionara hasta formar una entidad política, habían provocado todas las guerras europeas desde el año 843 y habían conspirado para arruinar tanto a Francia como a Alemania, incitando su hostilidad mutua. Céiine ofreció esta fantástica interpretación de la historia en L’Ecole des cadavres, escrita en la época del pacto de Munich y publicada durante los primeros meses de la guerra. Un folleto anterior sobre el mismo tema, Bagatelle pour un massacre (1938), aunque no incluía la nueva clave de la historia de Europa, resultaba notablemente moderno por su forma de abordar el tema; evitaba todas las diferenciaciones restrictivas entre judíos nativos y judíos extranjeros, entre judíos buenos y judíos malos, y no se molestaba en complejas propuestas legislativas (característica particular del antisemitismo francés), sino que iba derecho al fondo de la cuestión y pedía la matanza de todos los judíos.

El primer libro de Céiine fue muy favorablemente acogido por destaca­ dos intelectuales de Francia, que se mostraron mitad satisfechos por el ataque a ios judíos y mitad convencidos de que no era nada más que una nueva e interesante fantasía literaria57. Exactamente por las mismas razones, los fas­ cistas franceses no tomaron en serio a Céiine, pese al hecho de que los nazis siempre supieron que él era el único verdadero antisemita de Francia, El buen sentido inherente a los políticos franceses y su respetabilidad profunda­ mente arraigada les impidieron aceptar a un charlatán y a un fanático. El resultado fue que incluso los alemanes que estaban mejor informados tuvie­ ron que continuar utilizando en su ayuda a elementos tan inadecuados como Doriot, un seguidor de Mussolini, y a Pétain, un chauvinista francés que carecía de comprensión por todo lo que fueran los problemas modernos, en su vano esfuerzo por persuadir al pueblo francés de que el exterminio de los judíos sería un remedio para todo lo divino y lo humano. La forma en que se desarrolló esta situación durante los años en que existió en Francia una dis­ posición oficial e incluso no oficial a cooperar con la Alemania nazi indica claramente cuán ineficaz resultaba el antisemitismo del siglo XIX para los nuevos objetivos políticos del XX, .aun en un país donde había alcanzado su más completo desarrollo y donde había sobrevivido a todos los demás cam­ bios en la opinión pública. No importaba que capacitados periodistas del si­ glo XIX como Édouard Drumont e incluso grandes escritores contemporá­ neos como Georges Bernanos contribuyeran a una causa que resultaba mu­ cho más adecuadamente servida por chiflados y charlatanes.

Véase especialmente en la Nouvelle Revue Française ia discusión crítica de Marcel Ariand (febrero de 1938), quien afirma que la posición de Céline es esencialmente solide. André Gide (abri! de 1938) considera que Céline, al describir únicamente fa spécialité judía, ha conseguido pintar, no la realidad, sino la verdadera alucinación que ia realidad provoca.

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EÍ hecho de que Francia, por diversas razones, jamás llegara a contar con un partido abiertamente imperialista resultó ser el elemento decisivo. Como muchos políticos colonialistas franceses habían señalado58, sólo una alianza franco-germana habría permitido a Francia competir con Inglaterra en la división del mundo y aprovecharse eficazmente de la disputa en torno a Afri­ ca. Pero Francia, en cierta forma, nunca se dejó tentar por esta competencia, pese a su ruidoso resentimiento y a su hostilidad hacia Gran Bretaña. Francia era y siguió siendo — aunque su importancia estaba en declive— la natíon par exceílence en el continente, e incluso sus débiles intentos imperialistas concluyeron normalmente con el nacimiento de nuevos movimientos de independencia nacional. Como, además, su antisemitismo se había nutrido principalmente del conflicto franco-germano, puramente nacional, se evitó casi automáticamente que la cuestión judía desempeñara un papel en la polí­ tica imperialista, a pesar de las condiciones de Argelia, cuya población mixta de judíos y de árabes nativos podría haber ofrecido una excelente oportuni­ dad59. La simple y brutal destrucción del estado-nación francés por la agre­ sión alemana, el espantajo de una alianza germano-francesa, basada en la ocupación alemana y en la derrota francesa, pueden haber demostrado cuán poca fuerza propia había traído al presente y desde un glorioso pasado la na-ñon par exceílence; no cambió su estructura política esencial.

5. La edad de oro de la seguridad

Sólo dos décadas separaron el declive temporal de los movimientos antisemi­ tas del estallido de la Primera Guerra Mundial. Este período ha sido adecua­ damente descrito como una «edad de oro de la seguridad»60, porque sólo unos pocos de los que vivieron en él advirtieron la debilidad inherente a esta estructura política, evidentemente anticuada, que, a pesar de todas las profe­ cías de ruina inminente, continuaba funcionando con falso esplendor y con inexplicable y monótona tozudez. Codo con codo, y aparentemente con igual estabilidad, un anacrónico despotismo en Rusia, una corrompida buro­ cracia en Austria, ñn estúpido militarismo en Alemania y una mezquina república en continua crisis en Francia, todos bajo la sombra de la potencia mundial del Imperio británico, consiguieron mantenerse. Ninguno de estos

53 Véase, por ejemplo, René Pinon, France et Aüemagne, 1912.

53 Algunos aspectos cíe la cuestión judía en Argelia son abordados en el artículo de la autora «Why the Crémieux Decree was Abrogated?», en ContemporaryJewish Record, abril de 1943.

El término es de Stefan Zweig, que denominó así al período que alcanza hasta la Primera Guerra Mundial en The World of Yesterday; An Autobiography, 1943.

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gobiernos era especialmente popular, y todos se enfrentaban con una crecien­ te oposición interior; pero en parte alguna parecía existir una seria voluntad política de lograr un cambio radical en las condiciones políticas. Europa esta­ ba demasiado ocupada en la expansión económica para que cualquier nación o cualquier estrato social se tomaran en serio las cuestiones políticas. Todo podía seguir adelante, porque nadie se preocupaba. O, según las penetrantes palabras de Chesterton, «todo está prolongando su existencia negando que exista»61.

El enorme crecimiento de la capacidad industrial y económica produjo un firme debilitamiento de ios factores puramente políticos, mientras que, al mismo tiempo, las fuerzas económicas se tornaron dominantes en el juego internacional del poder. El poder fue considerado sinónimo de la capacidad económica antes de que la gente descubriera que la capacidad económica y la industrial son solamente sus modernos prerrequisitos. En un sentido, el po­ der económico podía llevar a los gobiernos a su ruina porque éstos poseían en la economía la misma fe que los simples hombres de negocios, que de alguna manera íes habían convencido de que los medios de violencia del estado te­ nían que ser utilizados exclusivamente para la protección de los intereses eco­ nómicos y de la propiedad nacional. Durante un breve espacio de tiempo hubo algo de verdad en la afirmación de Walter Rathenau según la cual 300 hombres, cada uno de los cuales conocía a los demás, tenían en sus manos los destinos del mundo. Esta curiosa situación duró exactamente hasta 1914, cuando, por el simple hecho de la guerra, se derrumbó la confianza que las masas habían sentido en el carácter providencial de la expansión económica.

Los judíos se dejaron engañar, más que ningún otro sector de los pueblos europeos, por las apariencias de la edad de oro de la seguridad. El antisemi­ tismo parecía ya algo del pasado; cuanto más poder y prestigio perdían los gobiernos, menos se reparaba en los judíos. Mientras que el estado desempe­ ñaba un papel representativo más reducido y vacío, la representación política tendía a convertirse en una especie de interpretación teatral de calidad varia­ ble hasta que en Austria el teatro, una institución cuya significación pública era ciertamente mayor que la del Parlamento, se convirtió en foco de la vida nacional. La calidad teatral del mundo político se había tornado tan patente, que el teatro podía parecer como el reino de la realidad.

La creciente influencia de las grandes empresas en el estado y la necesidad cada vez menor que el estado experimentaba de los servicios judíos amenaza-

fil Para una maravillosa descripción de la situación británica, véase, de G. \X( Chesterton, The Re-ttirn ofDon Qjiixote, que no fue publicado hasta 1927, pero que fue «concebido y parcialmente escrito antes de la guerra».

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ron al banquero judío con su desaparición y determinaron ciertos cambios en las ocupaciones judías. El primer signo del declive de las bancas judías fue su pérdida de prestigio y de poder dentro de las comunidades judías. Ya no eran suficientemente fuertes como para centralizar y, hasta cierto grado, monopo­ lizar la riqueza general judía. Cada vez eran más los judíos que abandonaban las finanzas estatales por los negocios independientes. De los suministros de víveres y vestuario a ejércitos y gobiernos surgió el comercio judío en alimen­ tos y granos y las industrias de la confección, en la que pronto adquirieron una posición destacada en todos los países; las casas de empeño y las tiendas donde se vendía de todo en las pequeñas poblaciones rurales fueron las pre-decesoras de los grandes almacenes de las ciudades. Esto no significó que dejaran de existir las relaciones entre los judíos y los gobiernos, pero cada vez intervinieron en tales relaciones menos individuos, de forma tal que al final de este período tenemos casi la misma imagen que al principio: unos pocos individuos judíos en importantes posiciones financieras con escasa o nula conexión con los más amplios estratos de la clase media judía.

Más importante que la expansión de la clase empresarial independiente judía fue otro cambio en la estructura ocupacional. Las juderías de la Europa central y occidental habían alcanzado un punto de saturación en riqueza y fortuna económica. Podía haber sido el momento en que mostraran que bus­ caban el dinero por el dinero o por el poder. En el primer caso, podían haber ampliado sus negocios y haberlos transmitido a sus descendientes; en el segundo caso, podían haberse atrincherado más firmemente en las empresas estatales y luchado contra la influencia de las grandes empresas e industrias sobre los gobiernos. Pero no hicieron ni una cosa ni otra. Al contrario, los hi­ jos de prósperos hombres de negocios, y en menor grado de los banqueros, abandonaron las carreras de sus padres para seguir profesiones liberales o empeños puramente intelectuales que no habrían podido permitirse unas generaciones atrás. Lo que el estado-nación había temido tanto antaño, el nacimiento de una intelligentsia judía, ocurría ahora a un fantástico ritmo. La afluencia de hijos de prósperos padres judíos hacia profesiones cultas fue especialmente notable en Alemania y en Austria, donde una gran proporción de instituciones culturales, como periódicos, editoriales, la música y el teatro, se convirtieron en empresas judías.

Lo que fue posible gracias a la preferencia y el respeto tradicionales de los judíos por las ocupaciones intelectuales determinó una verdadera ruptura con la tradición, la asimilación intelectual y la nacionalización de importan­ tes estratos de la judería de Europa occidental y central. Políticamente, signi­ ficó la emancipación de los judíos de la protección del estado, una creciente conciencia de su destino común con sus conciudadanos y un considerable

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debilitamiento de los lazos que habían hecho de los judíos un elemento Ínter-europeo. Socialmente, los intelectuales judíos fueron ios primeros que, como grupo, necesitaron y buscaron la admisión en la sociedad no judía. La discri­ minación social, de escasa importancia para sus padres, que no se habían preo­ cupado de relacionarse sociaímente con los gentiles, se convirtió para ellos en un problema decisivo.

En la búsqueda de su aceptación por la sociedad, este grupo se vio forza­ do a aceptar normas sociales de conducta impuestas por individuos judíos que durante el siglo XIX habían sido admitidos en la sociedad como excepcio­ nes a la norma discriminatoria. Rápidamente descubrieron la fuerza que abriría todas las puertas, el «radiante poder de la fama» (Stefan Zweig), que había tornado irresistible un siglo de idolatría al genio. Lo que distinguía la búsqueda judía de la fama de la idolatría general por la fama en aquel tiempo era que los judíos no estaban primariamente interesados en esa fama. Vivir en el aura de la fama era más importante que llegar a ser famosos; así se con­ virtieron en relevantes inspectores, críticos, coleccionistas y organizadores de lo que era famoso. El «radiante poder» era una verdadera fuerza social median­ te la cual los socialmente sin hogar fueron capaces de fundar uno. En otras palabras, los intelectuales judíos trataron, hasta cierto punto con éxito, de convertirse en el nexo de unión vivo entre los individuos famosos en una sociedad de célebres, una sociedad internacional por definición, puesto que los logros espirituales rebasan las fronteras nacionales. Este debilitamiento general de los factores políticos, puesto que las dos décadas transcurridas ha­ bían acarreado una situación en la que la realidad y la apariencia, la realidad política y la interpretación teatral, podían parodiarse mutua y fácilmente, les permitió entonces convertirse en representantes de una nebulosa sociedad internacional en la que ya no parecían válidos los prejuicios nacionales. Y bastante paradójicamente, esta sociedad internacional parecía ser la única en reconocer la nacionalización y la asimilación de sus miembros judíos; a un judío austríaco le resultaba más fácil ser aceptado como austríaco en Francia que en Austria. La espuria ciudadanía mundial de esta generación, la ficticia nacionalidad que reivindicaban tan pronto como se mencionaba su origen judío, se asemejaban ya en parte a aquellos pasaportes que garantizaban a sus propietarios el derecho de hallarse en cualquier país, excepto en aquel que lo había extendido.

Por su propia naturaleza, estas circunstancias no podían sino llevar a los judíos a una situación destacada justamente cuando sus actividades, su satis­ facción y su felicidad en el mundo de las apariencias demostraban que, como grupo, no deseaban en realidad ni el poder ni el dinero. Mientras que los políticos y los autores serios se ocupaban entonces de la cuestión judía menos

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que en cualquier otro momento desde la emancipación, y mientras que el antisemitismo desaparecía casi enteramente de la escena política visible, los judíos se convirtieron en símbolos de la sociedad como tal y en objeto de odio para todos aquellos a quienes la sociedad no aceptaba. El antisemitismo, tras haber perdido su base en las condiciones especiales que habían influido en su desarrollo durante el siglo X IX , podía ser libremente elaborado por charlatanes y fanáticos en esa fantástica mezcla de verdades a medias y salva­ jes supersticiones que emergió en Europa después de 1914, la ideología de todos los elementos frustrados y resentidos.

Como la cuestión judía en su aspecto social se convirtió en un tema cata­ lizador de la intranquilidad social hasta que finalmente una sociedad desinte­ grada se recristaíizó ideológicamente en torno a una posible matanza de judíos, es necesario esbozar algunos de los trazos principales de la historia social de la judería emancipada en la sociedad burguesa del siglo pasado.

CAPÍTULO 3

LOS JUDÍOS Y LA SOCIEDAD

La ignorancia política de los judíos, que tan bien les preparó para su especial papel y para enraizarse en la esfera financiera del estado, y sus prejuicios con­ tra el pueblo y en favor de la autoridad, que íes impidieron ver los peligros políticos del antisemitismo, les obligaron a ser liipersensibles ante todas las formas de discriminación social. Era difícil advertir la diferencia decisiva entre una pugna política y una mera antipatía cuando ambas se desarrolla­ ban codo con codo. Sin embargo, la realidad es que proceden de aspectos exactamente opuestos de la emancipación; el antisemitismo político se desarrolló porque los judíos eran un cuerpo separado, mientras que la dis­ criminación social surgió a consecuencia de la creciente igualdad de los ju ­ díos respecto de los demás grupos.

La igualdad de condición, aunque es ciertamente un requerimiento bási­ co de la justicia, figura, sin embargo, entre los mayores y más inciertos ries­ gos de la humanidad moderna. Cuanto más iguales son las condiciones, me­ nos explicaciones hay para las diferencias que existen entre las personas; y así, más desiguales se tornan los individuos y los grupos. Esta embarazosa conse­ cuencia se torna completamente evidente cuando la igualdad ya no es consi­ derada en términos de un ser omnipotente, como Dios, o un común destino

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inevitable, como la muerte. Allí donde la igualdad se torna un hecho munda­ no en sí mismo, sin ninguna regla por la que pueda ser medida o explicada, también hay una probabilidad entre cien de que sea considerada como prin­ cipio viable de una organización política en la que personas de otra manera desiguales tienen derechos iguales; pero existen noventa y nueve probabilida­ des de que sea confundida con una cualidad innata de cada individuo, que es «normal» si es como todos los demás y «anormal» si resulta ser diferente. Esta perversión de la igualdad, de concepto político en concepto social, es aún mucho más peligrosa cuando una sociedad no deja el niás pequeño espacio para los grupos e individuos especiales, porque entonces sus diferencias se tornan aún más conspicuas.

El gran reto planteado al período moderno, y su peculiar peligro, ha con­ sistido en el hecho de que por vez primera el hombre se enfrentara con el hombre sin la protección de circunstancias y condiciones diferentes. Y ha sido precisamente este nuevo concepto de la igualdad el que ha tornado tan difíciles las relaciones raciales, porque en ese terreno tratamos con diferencias naturales que no pueden llegar a ser menos evidentes mediante un cambio posible y concebible de condiciones. Como la igualdad exige que yo reconoz­ ca a cada individuo como igual, el conflicto entre grupos diferentes que por razones propias sienten repugnancia a otorgarse entre sí esta igualdad básica ha adoptado formas sumamente crueles.

De aquí que cuanto más igualada fuera la condición judía, más sor­ prendentes fueran las diferencias judías. Esta nueva conciencia condujo a un resentimiento social contra ios judíos y al mismo tiempo a una atrac­ ción peculiar hacia ellos; la combinación de tales reacciones determinó la historia social de la judería occidental. La discriminación, sin embargo, tanto como la atracción, resultaron políticamente estériles. Ni produjeron un movimiento político contra los judíos ni sirvieron en forma alguna para protegerles contra sus enemigos. Lograron, empero, envenenar la atmósfe­ ra social, pervirtiendo todas las relaciones sociales entre los judíos y los gentiles, y tuvieron un efecto definido en la conducta judía. La formación de un tipo judío fue debida tanto a la discriminación especial como al favor especial.

La antipatía social hacia los judíos, con sus diferentes formas de discrimi­ nación, no causó gran daño político en los países europeos porque nunca se logró una genuina igualdad social y económica. Conforme a todas las apa­ riencias, las nuevas clases se desarrollaron como grupos a los que se pertene­ cía por nacimiento. No existía duda alguna de que sólo en semejante marco podía soportar la sociedad que los judíos se establecieran por sí mismos como grupo especial.

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La situación habría sido enteramente diferente si, como en los Estados Unidos, se hubiera presupuesto la igualdad de condición. Si cada miembro de cualquier estrato de la sociedad hubiera estado firmemente convencido de que por su capacidad y suerte podía convertirse en el héroe de una historia de éxito. En una sociedad tal la discriminación se convierte en el único medio de distinción, una cíase de ley universal conforme a la cual los grupos pueden encontrarse a sí mismos fuera de la esfera de la igualdad cívica, política y eco­ nómica. Donde la discriminación no está ligada solamente con la cuestión judía puede convertirse en un punto de cristalización para un movimiento político que desee resolver todas las dificultades naturales y todos los conflic­ tos de un país multinacional mediante la violencia, la acción del populacho y la pura vulgaridad de los conceptos raciales. Una de las más prometedoras y peligrosas paradojas de la República americana es el hecho de que se atrevie­ ra a lograr la igualdad sobre la base de la población más desigual del mundo, física e históricamente. En los Estados Unidos el antisemitismo social puede llegar a ser un día el núcleo verdaderamente peligroso de un movimiento político1. En Europa, sin embargo, tuvo poca influencia en el auge del anti­ semitismo político.

1. Entre paria y advenedizo

El precario equilibrio entre la sociedad y el Estado, sobre el que descansó so­ cial y políticamente el estado-nación, produjo una ley peculiar que gobernó el ingreso de los judíos en la sociedad. Durante los ciento cincuenta años en que los judíos vivieron verdaderamente entre los pueblos de Europa occi­ dental, y no simplemente en su proximidad, tuvieron que pagar con una miseria política su gloria social y con el insulto social el éxito político. La asimilación, en el sentido de aceptación por parte de la sociedad no judía,

1 Aunque los judíos destacaron más que otros grupos en las poblaciones homogéneas de los países europeos, no se deduce por ello que estén más amenazados en América por la discriminación que otros grupos, En realidad, hasta ahora, no han sido los judíos, sino los negros — por naturaleza y por historia los más diferentes de ios pueblos de América— , quienes han soportado la carga de la discri­ minación social y económica.

Todo esto podría cambiar, desde luego, si llegara a surgir un movimiento político de esta discri­ minación simplemente soda!. Entonces los judíos podrían convertirse súbitamente en los principa­ les objetos de odio por la sencilla razón de que solamente ellos, entre todos ios demás grupos, han expresado dentro de su historia y de su religión un bien conocido principio de separación. Esto no sucede con los negros ni con los chinos, que por eso están menos en peligro políticamente hablando, aunque puedan diferir de la mayoría considerablemente más que los judíos.

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les era otorgada en tanto que constituían distinguidas excepciones de las masas judías, aunque compartieran todavía con éstas las mismas condicio­ nes políticas restringidas y humillantes o, más tarde, tras la lograda emanci­ pación y el consecuente aislamiento social, cuando su estatus político era ya atacado por los movimientos antisemitas. La sociedad, enfrentada con la igualdad política, económica y legal de los judíos, dejó claro que ninguna de sus clases se hallaba preparada para concederles igualdad social, y que sólo serían admitidas excepciones del pueblo judío. Los judíos que escuchaban el extraño cumplido de que constituían excepciones, que eran judíos excepcio­ nales, sabían muy bien que era esta misma ambigüedad — la de ser judíos y presumiblemente no como judíos— la que les abría las puertas de la socie­ dad. Si deseaban este género de relación, trataban, por eso, de «ser y de no ser judíos»2.

La aparente paradoja poseía en realidad una sólida base. Lo que la sociedad no judía exigía era que el recién llegado estuviese «educado» como ella misma y que, aunque no se comportara como un «judío ordinario», fuese y produjera algo fuera de lo ordinario, dado que, ai fin y al cabo, era un judío. Todos los que propugnaban la emancipación exigían la asimila­ ción, es decir, el acoplamiento y la recepción por parte de una sociedad, lo cual consideraban bien condición preliminar de la emancipación judía o bien su consecuencia automática. En otras palabras, siempre que quienes trataban de mejorar las condiciones judías intentaron pensar en la cuestión judía desde el punto de vista de los mismos judíos, la abordaron simple­ mente en su aspecto social. Uno de ios hechos más desgraciados en la his­ toria del pueblo judío ha sido el que sólo sus enemigos y casi nunca sus amigos comprendieran que la cuestión judía era política. Los defensores de la emancipación tendían a presentar el problema como si fuera de «educa­ ción», concepto que originariamente se aplicó tanto a los judíos como a los no judíos3. Se daba por supuesto que la vanguardia de ambos campos debe­ ría componerse de personas especialmente «educadas», tolerantes y cultas. De aquí se deducía, desde luego, que los no judíos particularmente toleran­ tes, educados y cultos sólo podían relacionarse sociaímente con los judíos

Esta observación sorprendentemente pertinente fue formulada por el teólogo protestante liberal H. E. G, Paulus en un breve y valioso folleto, Die jüdische Nationalabsondernng nach Ursprung, Fol­ gen und Besserungsmitteln, 1831. Paulus, muy atacado por los escritores judíos de la ¿poca, propug­ naba una emancipación individual gradual sobre la base de la asimilación.

Ésta es la actitud expresada en «Expert Opinión», de Wilhelm von Humboldt, 1809: «El Estado no debería enseñar exactamente respeto a los judíos, pero debería abolir una manera de pensar inhu­ mana y teñida de prejuicios», etc. En Die Emanciparon derJuden in Preussen, de Ismar Freund, Ber­ lín, 1912,11,270.

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excepcionaimente educados. De hecho, entre los educados, la demanda de abolición del prejuicio se tornó rápidamente en un asunto bastante limita­ do, hasta que, finalmente, sólo los judíos fueron apremiados a educarse a sí mismos.

Éste, sin embargo., es sólo un aspecto de la cuestión. Se exhortó a los ju­ díos a elevar su nivel cultural lo suficiente como para que no se comportaran como judíos ordinarios, pero por otra parte eran aceptados, sólo porque eran judíos, en razón de su atractivo extraño y exótico. En el siglo XVIII esta situa­ ción tuvo su origen en el nuevo humanismo, que buscaba expresamente «nuevos especímenes de la humanidad» (Herder), con cuya relación podría llegar a conseguirse un ejemplo de posible intimidad con todos los tipos de la humanidad. Para el Berlín ilustrado de la época de Mendeíssohn, los judíos servían de prueba viva de que todos los hombres eran humanos. Para esta generación, la amistad con Mendeíssohn o con Markus Hertz significaba una siempre renovada prueba de la dignidad del hombre. Y como los judíos eran un pueblo despreciado y oprimido, constituían por eso un modelo aún más

puro y más ejemplar de la humanidad. Fue Herder, un declarado amigo de los judíos, quien primero utilizó la frase posteriormente mal empleada y mal citada: «Extraño pueblo de Asia conducido hacia nuestras regiones»4. Con es­ tas palabras, él y quienes eran como él saludaban a los «nuevos especímenes de la humanidad», en cuya búsqueda el siglo XVIII había «rastreado la Tie­ rra»5, sólo para acabar encontrándolos en sus ancestrales vecinos. Resueltos a hallar la unidad básica de la humanidad, deseaban que los orígenes del pue­ blo judío parecieran más extraños, y por consiguiente más exóticos, de lo que eran realmente para que resultara más efectiva la demostración de humani­ dad como principio universal.

Durante unas pocas décadas a finales del siglo XVIII, cuando la judería francesa ya disfrutaba de la emancipación y la judería alemana apenas la espe­ raba o la deseaba, la intelligentsta ilustrada de Prusia logró que los «judíos de todo el mundo volvieran sus ojos hacia la comunidad judía de Berlín»6, (¡Y no hacia la de París!) Esto se debió en gran medida al éxito de Nathan el Sa­ bio, de Lessing, o de su interpretación equivocada, que sostenía que los «nuevos especímenes de la humanidad» deberían ser también individuos más intensamente humanos, puesto que habían llegado a ser ejemplos de la

4 j. G. Herder: «Über die politische Bekehrung der Juden», en Adrastea und dm 18. Jahrhundert,

1801-1803.

Herder, Briefe zur Beförderung der Humanität (1793-1997), 40. Brief.

Felix Priebatsch, «Die judenpoittikdes fürstlichen Absolutismus im 17. und 18. Jahrhundert», en

Forschungen und Versuche zur Geschichte des Mittelalters und der Neuzeit, 1915, p. 646.

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humanidad7. Mirabeau se mostró fuertemente influido por esta idea y solía citar a Mendelssohn como su ejemplo8. Herder esperó que los judíos cultos se mostrarían más libres de prejuicios, porque el «judío se ve líbre de ciertos juicios políticos a los que nosotros no podemos renunciar o nos es difícil abandonar». Protestando contra la costumbre de la época de otorgar «conce­ siones de nuevos privilegios mercantiles», propuso la educación como verda­ dero camino para la emancipación de los judíos del judaismo, de «los anti­ guos y orgullosos prejuicios nacionales..., de costumbres que no pertenecen a nuestra época ni a nuestras constituciones», para que los judíos pudieran lle­ gar a ser «puramente humanizados» y útiles «al desarrollo de las ciencias y a toda la cultura de la humanidad»9. Aproximadamente por el mismo tiempo, Goethe escribía en una crítica a un libro de poemas que su autor, un judío polaco, «no había logrado más de lo que habría conseguido un étudiant en belles lettres cristiano», y se quejaba de que allí donde él había esperado hallar algo genuinamente nuevo, alguna fuerza más allá de un convencionalismo superficial, sólo había encontrado una vulgar mediocridad10.

Difícilmente puede sobreestimarse el desastroso efecto de esta exagerada buena voluntad hacia los judíos cultos y recientemente occidentaÜzados y el impacto que tuvo en su posición social y psicológica. No sólo tuvieron que enfrentarse éstos con la desmoralizante exigencia de ser excepciones respecto de su propio pueblo, de reconocer «la aguda diferencia entre ellos y los de­ más» y de pedir que tal «separación... fuese legalizada» por los gobiernos11; se esperaba de ellos, además, que se convirtieran en especímenes excepcionales de la humanidad. Y como esto, y no la conversión de Heine, constituía la verdadera «tarjeta de admisión» en ía sociedad culta europea, ¿qué podían ha­ cer esta generación y las futuras generaciones de judíos sino tratar desespera­ damente de no decepcionar a nadie?12.

El propio Lessíng no alimentaba tales ilusiones. Su última carta a Moses Mendelssohn expresaba muy claramente lo que quería: «El camino más corto y más seguro hacia ese país europeo sin cristia­ nos ní judíos». Para conocer la actitud de Lessing hacia los judíos, véase Die Lessinglegetute, de Franz Mehring, 1906.

3 Véase Sur Moses Mendelssohn, de Honoré W. R, de Mirabeau, Londres, 1788.

J. G. Herder, «Ueber die politische Bekehrung der Juden», op, eit.

!0 Crítica de Johann Wolfgang von Goethe por Isachar Falkensohn Behr, Gedichte eines polnischen Juden, Mietau y Leipzig, 1772, en Fmnkfiirter Gelehrte Anzeigen.

n Briefe bei Gelegenheit der politisch theologischen Aufgabe und des Sendschreibens jüdischer Hausväter, de Friedrich Schleiermacher, 1799, en Werke, 1846, secc. I, tomo V, 34.

12 Esto no se aplica, sin embargo, a Moses Mendelssohn, que apenas conocía los pensamientos de Her­ der, Goethe, Schleiermacher y otros miembros de ía joven generación. Mendelssohn era reverenciado por su singularidad. Su firme adhesión a la religión judía le impidió romper en definitiva con el pueblo judío, lo que hicieron sus sucesores como cosa corriente. Sentía que era «miembro de un pueblo opri­ mido que debía suplicar la buena voluntad y !a protección de la nación gobernante» (véase su «Carta a

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En las primeras décadas de este ingreso en la sociedad, cuando la asimila­ ción no se había convertido todavía en una tradición a la que seguir, sino en algo conseguido por unos pocos individuos excepcionalmente dotados, todo marchó, desde luego, muy bien. Mientras Francia era la tierra de la gloria política para los judíos, el primer país que les. reconocía como ciudadanos, Prusia parecía hallarse en camino de convertirse en el país de su esplendor so­ cial. El Berlín ilustrado, donde Mendelssohn había establecido relaciones estrechas con muchos hombres famosos de su tiempo, era sólo un comienzo. Sus conexiones con la sociedad no judía todavía tenían mucho en común con los lazos culturales que habían ligado a sabios judíos y cristianos en casi todos los períodos de la historia europea. El elemento nuevo y sorprendente consistía en el hecho de que los amigos de Mendelssohn emplearan estas rela­ ciones para objetivos personales o ideológicos o incluso para fines políticos. El mismo desaprobó explícitamente tales motivaciones ulteriores y expresó una vez y otra su clara satisfacción con las condiciones en las que tenía que vivir, como si hubiera previsto que su estatus social y su libertad, excepciona­ les, tenían algo que ver con el hecho de que todavía pertenecía al grupo de «los habitantes de menor rango del dominio» (del rey de Prusia)13.

Esta indiferencia hacia los derechos políticos y civiles sobrevivió a las ino­ centes relaciones de Mendelssohn con los hombres cultos e ilustrados de su tiempo; trascendió más tarde a los salones de aquellas mujeres judías en las que se reunía la más brillante sociedad que ha visto nunca Berlín. Esta indi­ ferencia se trocó en franco temor sólo tras la derrota de Prusia en 1806, cuan­ do la introducción de la legislación napoleónica en extensas regiones de Ale­ mania llevó la cuestión de la emancipación judía a la agenda de la discusión pública. La emancipación liberaría a los judíos cultos, junto con el pueblo ju-

Lavater», 1770, en Gesammelte Schrifien, vol. VII, Berlín, 1930); es decir, que ¿1 siempre supo que a la extraordinaria estimación por su persona correspondía un extraordinario desprecio por su pueblo. Como ¿1, a diferencia de judíos de ulteriores generaciones, no compartía este desprecio, no se consi­ deró a sí mismo una excepción.

La Prusia que Lessing había descrito como «el más esclavizado país de Europa» era para Mendels­ sohn «un Estado en el que e! más sabio de los príncipes que jamás hayan gobernado a los hombres ha hecho florecer las artes y las ciencias, ha generalizado tanto la libertad nacional de pensamiento que sus efectos beneficiosos alcanzan incluso a los habitantes de menor rango de su reino». Tal humilde satisfacción llega a emocionar y a sorprender si se tiene en cuenta que «el más sabio de los príncipes» había hecho muy difícil el que el filósofo judío obtuviera permiso de estancia en Berlín y que, en la ¿poca en que sus Míinzjttden disfrutaban de todos los privilegios, ni siquiera le otorgó el estatus regu­ lar de un «judío protegido». Mendelssohn era incluso consciente de que él, el amigo de toda la Ale­ mania culta, estaría sujeto al mismo gravamen impuesto a un buey que se llevara al mercado, si deci­ día visitar a su amigo Lavater en Leipzig, peto ni siquiera se le ocurrió ninguna conclusión política relativa al mejoramiento de tales condiciones. (Véase la «Carta a Lavater», op. ctt., y su prólogo a la traducción de Menasseh Ben Israel en Gesammelte Schrifien, vol. III, Leipzig, 1843-1845.)

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dío «retrasado», y su igualdad eliminaría esta preciosa distinción sobre la cual, como eran bien conscientes, se hallaba basado su estatus social. Cuando la .emancipación estaba a punto de sobrevenir, los judíos más asimilados esca­ paron a través de la conversión al cristianismo. Muy significativamente, el hecho de ser judíos resultaba tolerable y no peligroso antes de la emancipa­ ción, pero no después de ella.

El más representativo de estos salones, en el cual se daba cita la sociedad más mezclada de toda Alemania, fue el de Rahel Varnhagen. Su original inte­ ligencia, natural y contraria a los convencionalismos, combinada con un absorbente interés por la gente y con un carácter verdaderamente apasiona­ do, hizo de ella la más brillante y la más interesante de estas mujeres judías. Las modestas pero famosas veladas en la «buhardilla» de Rahel reunían a aris­ tócratas «ilustrados», intelectuales de la clase media y actores — es decir, a to­ dos aquellos que, como los judíos, no pertenecían a la sociedad respetable. Así el salón de Rahel, por definición e intencionalmente, se hallaba en los márgenes de la sociedad y no compartía ninguna de sus convenciones o pre­ juicios.

Es divertido comprobar cuán estrechamente siguió la asimilación de los judíos en la sociedad los preceptos que Goethe había propuesto para la edu­ cación de su Wilhelm Meíster, una novela que había de convertirse en el gran modelo para la educación de la clase media. En este libro el joven burgués es educado por nobles y actores para que pueda aprender a presentar y a repre­ sentar su individualidad, y por eso, a progresar desde el modesto estatus de hijo de burgués hasta el de noble. Para las clases medias y para los judíos, es decir, para aquellos que se hallaban fuera de la sociedad de la aristocracia, todo dependía de la «personalidad» y de la capacidad de expresarla. Saber cómo interpretar el papel de lo que uno era parecía la cosa más importante. El hecho peculiar de que la cuestión judía se limitara a una cuestión de edu­ cación se hallaba estrechamente relacionado con este primer comienzo y tuvo consecuencias en el filisteísmo educativo de las clases medias, tanto judías como no judías, y también en la abundancia de judíos en las profesiones libe­ rales.

El encanto de los primeros salones berlineses residía en que nada impor­ taba realmente sino la personalidad y la singularidad de carácter, talento y expresión. Tal singularidad, que por sí misma hacía posible una comunica­ ción casi ilimitada y una intimidad casi ir restringida, no podía ser reemplaza­ da ni por el rango, ni por el dinero, ni por el éxito, ni por la fama literaria. El breve encuentro de auténticas personalidades, la reunión de un príncipe Hohenzollern como Louis Ferdinand con un banquero como Abraham Mendeíssohn, de un autor político y diplomático como Friedrich Gentz con

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Friedrích Schlegel, un escritor de la entonces ultramoderna escuela románti­ ca — éstos eran unos pocos de los más famosos visitantes de la «buhardilla» de Rahel— , concluyó en 1806, cuando, según la anfitriona, este singular lu­ gar de reunión «zozobró como un barco que contuviera el más elevado dis­ frute de la vida». Ai mismo tiempo que los aristócratas, los intelectuales románticos se tornaron antisemitas, y aunque este hecho no significó que ninguno de los grupos renunciara a sus amigos judíos, la inocencia y el esplendor desaparecieron.

El auténtico momento decisivo en la historia social de ios judíos alema­ nes no sobrevino en el año de la derrota prusiana, sino dos años más tarde, cuando, en 1808, el gobierno decretó la ley municipal que otorgaba comple­ tos derechos cívicos, aunque no políticos, a los judíos. En el tratado de paz de 1807, Prusia había perdido, con sus provincias orientales, la mayoría de su población judía; los judíos que quedaban dentro de su territorio eran en cualquier caso «judíos protegidos», es decir, que disfrutaban de derechos cívi­ cos en forma de privilegios individuales. La emancipación municipal sólo legalizó tales privilegios. Sobrevivió aí decreto de emancipación general de 1812; Prusia, tras haber recuperado Posen y sus masas judías después de la

derrota de Napoleón, rescindió prácticamente el decreto de 1812, que ahora habría significado otorgar derechos políticos incluso a los judíos pobres, pero dejó intacta la ley municipal.

Aunque de escasa importancia por lo que se refiere a la mejora del estatus judío, estos decretos de emancipación final, junto con la pérdida de las pro­ vincias en las que vivían la mayoría de los judíos prusianos, tuvieron tremen­ das consecuencias. Antes de 1807, los judíos protegidos de Prusia representa­ ban únicamente un 20 por ciento de la población judía total. En la época en que se dictó el decreto de emancipación, los judíos protegidos constituían la mayoría en Prusia, con sólo un 10 por ciento de «judíos extranjeros» como contraste. Ahora ya no estaban allí la mísera pobreza y el atraso ante los que habían destacado tan ventajosamente los «judíos de excepción» por su rique­ za y su cultura. Y este telón de fondo, tan esencial como base de comparación para el éxito social y el autorrespeto psicológico, nunca volvió a ser lo que fue antes de Napoleón. Cuando en 1816 fueron recobradas las provincias pola­ cas, los antiguos «judíos protegidos» (ahora inscritos como ciudadanos de confesión judía) siguieron constituyendo más del 60 por ciento de la pobla­ ción judía total14.

Vease Die Bevölkerungt- und Berufiverhiiltnisse der Juden im Deutschen Reich, de Heinrich Silber­ gleit, vol. I, Berlin, 1930.

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Sodaímente hablando, esto significó que los judíos que habían permane­ cido en Prusia habían perdido el trasfondo nativo con respecto al que habían sido considerados como excepciones. Ahora ellos mismos componían tal trasfondo, aunque contraído, en el que cada individuo tenía que esforzarse doblemente para destacar. Una vez más, los «judíos de excepción» eran sim­ plemente judíos, no excepciones, sino representantes de un pueblo desprecia­ do. Igualmente mala fue la influencia social de la intervención del gobierno. No sólo las clases antagónicas al gobierno, y por eso abiertamente hostiles a los judíos, sino todos los estratos de la sociedad, se tornaron más o menos conscientes de que los judíos que conocían eran no tanto excepciones indivi­ duales como miembros de un grupo en cuyo favor el estado se hallaba dis­ puesto a adoptar medidas excepcionales. Y esto era precisamente lo que los «judíos de excepción» siempre habían temido.

La sociedad berlinesa abandonó los salones judíos con inigualable rapi­ dez, y hacia 1808 tales lugares de reunión habían sido ya sustituidos por las casas de la burocracia aristocrática y de la clase media alta. En cualquiera de las numerosas correspondencias epistolares de la época puede advertirse que los intelectuales, tanto como los aristócratas, comenzaban a dirigir su despre­ cio hacia los judíos de Europa oriental, a quienes apenas conocían, y hacía los judíos cultos de Berlín, a quienes conocían muy bien. Nunca volverían estos últimos a lograr el autorrespeto que emana de una conciencia colectiva de ser excepcionales; a partir de ahora cada uno de ellos tenía que probar que, aun­ que era jlidio, sin embargo, no era un judío. Ya no bastaba distinguirse uno mismo de una masa más o menos desconocida de «hermanos atrasados»; era preciso destacar como individuo, al que podía felicitarse por ser una excep­ ción entre los judíos y, por consiguiente, entre el pueblo en conjunto.

Fue la discriminación social, y no el antisemitismo político, la que descu­ brió el fantasma de «el judío». El primer autor que formuló una distinción entre el individuo judío y «el judío en general, el judío en todas partes y en ninguna», fue un oscuro autor que en 1802 había escrito una mordiente sáti­ ra de la sociedad judía y de su hambre de cultura, varita mágica para la acep­ tación social general. Los judíos eran descritos como un «principio» de una sociedad filístea y advenediza15. Esta más que vulgar pieza literaria no sólo fue leída con deleite por algunos destacados miembros del salón de Rahel, sino que incluso inspiró indirectamente a un gran poeta romántico, Clemens

El muy leído folleto de C, W. F. Grattenauer Wider dieJuden, de 1802, fue precedido en fecha tan temprana como el año 179 í por otro, Ueber die physische und moralische Verfassung der heutigen Ju­ den, en el que ya se señala la creciente influencia de los judíos en Berlín, Aunque el primer folleto fue reseñado en la Allgemeine Deutsche Bibliothek, 1792, voí. CXII, casi nadie lo leyó.

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von Brentano, a escribir una muy ingeniosa obra en la que identificaba de nuevo al filisteo con el judío16.

Con el primitivo idilio de una sociedad mezclada desapareció algo que nunca retornaría en ningún país ni en época alguna. Nunca más un grupo social aceptaría a ios judíos con una mente y un corazón libres. Se mostraría amistoso con los judíos, bien porque se viera impulsado por su propio atrevi­ miento y «vicio», bien como protesta contra la conversión en parias de unos conciudadanos. Pero los judíos se convirtieron en parias sociales allí donde dejaron de ser proscritos políticos y civiles.

Es importante tener presente que la asimilación como fenómeno de grupo sólo existió entre los intelectuales judíos. No es un accidente que el primer judío educado, Moses Mendelssohn, fuera también el primero que, pese a su bajo estatus cívico, fuera admitido en una sociedad no judía. Los judíos pala­ ciegos y sus sucesores, los banqueros y los hombres de negocios de Occiden­ te, nunca fueron socialmente aceptables ni se preocuparon de abandonar los muy estrechos límites de su invisible gueto. En un principio se mostraban orgullosos, como todos los advenedizos no maleados, del oscuro trasfondo de miseria y pobreza del que procedían. Más tarde, cuando fueron atacados des­ de todos los lados, mostraron un particular interés por la pobreza e incluso el atraso de las masas, porque se había convertido en un argumento, un salvo­ conducto de su propia seguridad. Lentamente y con recelos se vieron forza­ dos a apartarse de las más rigurosas exigencias de la ley judía — jamás aban­ donaron sus tradiciones religiosas— , y, sin embargo, aún exigieron más ortodoxia de las masas judías17. La disolución de la autonomía comunal ju­ día les tornó mucho más dispuestos no sólo a proteger a las comunidades judías contra las autoridades, síno también a gobernarlas con la ayuda del estado, de modo que la frase que aludía a la «doble dependencia» de los ju­ díos pobres tanto respecto de! gobierno como de sus hermanos ricos sólo reflejaba la realidad18.

Der Philister vor, ir¡ undmcb der Gescbkhte, de Clemens Brentano, fue escrita para eí Cbrístlicb-Deutsche Tischgesellschafi (famoso club de escritores y patriotas, fundado en 1808 en pro de la lucha contra Napoleón), y allí se leyó.

De esta forma, los Rothschiíd en la década de los veinte del siglo XIX anularon una gran donación a su comunidad nativa de Frankfurt para contrarrestar la influencia de los reformadores que querían que los niños judíos recibieran enseñanza general. Véase Netiere Geschiehte der hraeliten, de Isaak M arkusjost, 1846, X, 102,

13 Op. cit, IX, 38, Los judíos palaciegos y los ríeos banqueros judíos que siguieron sus huellas jamás desearon abandonar la comunidad judía. Frente a las autoridades públicas actuaron como sus repre­ sentantes y protectores; se les otorgaba frecuentemente poder oficial sobre las comunidades que gobernaban desde lejos, de forma tal que la antigua autonomía de las comunidades judías resultó

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Los notables judíos (como eran denominados en el siglo xix) gobernaban las comunidades judías, pero no pertenecían a éstas socialmente y ni siquiera geográficamente. En cierto sentido permanecían tan lejos de la sociedad judía cómo de la sociedad gentil. Habiendo realizado brillantes carreras individuales y habiéndoles sido otorgados por sus señores considerables privilegios, forma­ ron una especie de comunidad de excepciones con oportunidades sociales extremadamente limitadas. Despreciados, como era natural, por la sociedad palaciega, carentes de conexiones económicas con la cíase medía no judía, sus contactos sociales se desarrollaban tan al margen de la sociedad como su auge económico había sido independiente de las condiciones económicas contem­ poráneas. Este aislamiento y esta independencia les proporcionaron frecuen­ temente un sentimiento de orgullo, ilustrado por la siguiente anécdota, que se remonta a comienzos del siglo XV IH : «Un cierto judío..., cuando un médi­ co noble y culto le reprochó el orgullo (de los judíos), pese a no contar con príncipes entre ellos ni participación alguna en el gobierno..., replicó con insolencia: “Nosotros no somos príncipes, pero les gobernamos”»19.

Tal orgullo es casi lo opuesto a la arrogancia de ciase, que se desarrolló sólo lentamente entre los judíos privilegiados. Gobernando como príncipes absolutos entre su propio pueblo, seguían considerándose prim i Ínter pares. Estaban más orgullosos de ser un «rabino privilegiado de toda la judería» o un «príncipe de Tierra Santa» que de cualesquiera títulos que sus señores pudieran ofrecerles20. Hasta mediados del siglo X V III se habrían mostrado conformes con el judío holandés que dijo: Ñeque in toto orbi alicui nationi inservimus, y ni entonces ni más tarde habrían comprendido por completo la respuesta deí «cristiano docto» que replicó: «Pero esto significa que la felici­ dad es sólo para unos pocos. El pueblo considerado como un corpo (sic) es perseguido en todas partes, carece de autogobierno, está sujeto a la domina­ ción extranjera, no tiene poder ni dignidad y vaga por todo el mundo, sien­ do un extraño en todas partes»21.

La arrogancia de clase surgió sólo cuando entre los banqueros de los esta­ dos de los diferentes países se establecieron relaciones económicas; pronto

minada y destruida mucho antes de que fuera abolida por el estado-nación. El primer judío palacie­ go con aspiraciones monárquicas sobre su propia «nación» fue un judío de Praga, proveedor del Elec­ tor Mauricio de Sajonia, durante el siglo XVI. Pidió que todos los rabinos y jefes de comunidad frie­ ran miembros de su familia. (Véase Gachichte der Juden m Boehmen, Maehrm tmd SchUsien, ele Bondy-Dworsky, Praga, 1906, II, 727.) La práctica de afirmar a los judíos palaciegos como dictado­ res de sus comunidades se generalizó en el siglo XVIII, y fue seguida por el dominio de los «notables» durante el siglo XIX.

Johann Jacob Schudt, Jttdische Merkwürdigkeiten, Frankfurtdeí Main, 1715-1717, IV Anexo, 48.

Selma Stczn,JudSuess, Berlín, 1929, pp, 18 y ss.

21 Schudt, op. cit., I, 19.

io s JUDIOS Y LA SOCIEDAD 139

siguieron los matrimonios entre las familias destacadas, y el proceso culminó en un auténtico sistema de casta internacional, algo hasta entonces descono­ cido en la sociedad judía; esto fue chocante para los observadores no judíos tanto más cuanto qUe tuvo lugar cuando las antiguas propiedades y castas feudales estaban disolviéndose rápidamente en las nuevas clases. Alguien dedujo, muy.erróneamente, que el pueblo judío era un vestigio de la Edad Media, y no advirtió que esta nueva casta era de un nacimiento muy recien­ te. Quedó terminada sólo en el siglo XIX, y numéricamente comprendía no más de quizá un centenar de familias. Pero como éstas se hallaban bien a la vista, el pueblo judío en conjunto llegó a ser considerado como una casta22.

Por eso, aun siendo grande el papel desempeñado por los judíos palaciegos en la historia política y en relación con el nacimiento del antisemitismo, la his­ toria social podría fácilmente haberles dejado a un lado si no hubiera sido por el hecho de que poseyeron ciertos rasgos psicológicos y normas de conducta comunes a los intelectuales judíos, que solían ser, al fin y al cabo, hijos de hom ­ bres de negocios. Los notables judíos querían dominar al pueblo judío, y por eso no deseaban abandonarlo, mientras que resultaba característico de los inte­ lectuales judíos el que desearan dejar a su pueblo y ser admitidos en la sociedad; ambos compartían el sentimiento de ser excepciones, un sentimiento que esta-

. ba en perfecta armonía con el juicio de su entorno. Los «judíos de excepción» de la riqueza se consideraban como excepciones al destino común del pueblo judío y eran reconocidos por los gobiernos como excepcionalmente útiles; los «judíos de excepción» de la cultura se consideraban a sí mismos excepciones del pueblo judío y también seres humanos excepcionales, y eran reconocidos como tales por la sociedad.

La asimilación, tanto si fue llevada al extremo de la conversión como si no lo fiie, nunca constituyó una auténtica amenaza para la supervivencia de los ju ­ díos23. Tanto si eran bien acogidos como si eran rechazados, era porque eran judíos, y éstos eran bien conscientes de ello. Las primeras generaciones de ju­ díos educados todavía deseaban sinceramente perder su identidad como ju-

Christían Friedrich Ruéis define a todo el pueblo judío como una «casta de mercaderes«, «Ueber die Ansprilchen der Júden an das deucsche Bürgerrecht», en Zeitscbrifi flir die mueste Ceschicbte,

1815.

2i Hecho notable, aunque poco conocido, es que la asimilación como programa condujo mucho más frecuentemente a la conversión que al matrimonio mixto. Desgraciadamente, las estadísticas ocultan más que revelan este hecho, porque consideran matrimonios mixtos todas las uniones de no judíos con judíos, convertidos o no convertidos. Sabemos, sin embargo, que en Alemania han existi­ do bastantes familias bautizadas a lo largo de varias generaciones y que han seguido siendo puramen­ te judías. Prueba de ello era que el judío convertido sólo raramente abandonaba a su familia y, aún más raramente, dejaba también su entorno judío. En cualquier caso, la familia judía demostraba ser una fuerza más conservadora que la religión judía.

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dios, y Boerne escribió con mucha amargura: «Algunos me reprochan el ser judío, algunos me alaban por eso, algunos me lo perdonan, pero todos pien­ san en ello»24. Todavía educados en las ideas del siglo XVIII, anhelaban un país sin cristianos ni judíos; se consagraban a la ciencia y a las artes y se mostraban muy ofendidos cuando advertían que los gobiernos que concedían toda clase de honores y de privilegios a un banquero judío condenaban a morir de ham ­ bre a los intelectuales judíos25. Las conversiones, que a principios del siglo XIX fueron impulsadas por el temor a ser confundidos con las masas judías, se convirtieron después en una necesidad para lograr el sustento necesario. Semejante premio a la falta de carácter forzó a toda una generación de judíos a una amarga oposición contra el estado y la sociedad. Los «nuevos especíme­ nes de la humanidad», ya que habían de ser tales, se convirtieron en rebeldes, y como los gobiernos más reaccionarios del período eran apoyados y finan­ ciados por banqueros judíos, su rebelión fue especialmente violenta contra ios representantes oficiales de su propio pueblo. Las denuncias antijudías de Marx y de Boerne no pueden ser comprendidas adecuadamente si no es a la luz de este conflicto entre ios judíos ricos y los intelectuales judíos.

Este conflicto, sin embargo, existió en todo su vigor sólo en Alemania y no sobrevivió al movimiento antisemita del siglo. En Austria, propiamente hablando, no existió intelligentsia judía antes del final del siglo XIX, cuando sintió inmediatamente todo el impacto de la presión antisemita. Estos judíos, como sus hermanos ricos, prefirieron confiarse a la protección de la monar­ quía de los Habsburgo, y se hicieron socialistas sólo después de la Primera Guerra Mundial, cuando el partido socíaldemócrata llegó al poder. Excepción más significativa, aunque no la única, a esta norma fue la de Karl Kraus, el últi­ mo representante de la tradición de Heine, Boerne y Marx. Las denuncias de Kraus contra los hombres de negocios judíos, por una parte, y contra el perio­ dismo judío como culto organizado de la fama, por otra, fueron quizá aún más amargas que las de sus predecesores, porque él se sentía tanto más aislado en un país donde no existía una tradición revolucionaria judía. En Francia, donde el decreto de emancipación había sobrevivido a todos los cambios de gobierno y a todos los regímenes, el pequeño número de intelectuales judíos no fue ni pre­ cursor de una nueva clase ni especialmente importante en la vida intelectual. La cultura como tal, la educación como programa, no constituían normas j u-días de conducta, como sucedió en Alemania.

En ningún otro país existió algo tan decisivo como el corto período de verdadera asimilación lo fue para la historia de los judíos alemanes, cuando la

2i Briefe aus París, 74.a carta, febrero de 1832.

25 Ibfd., 72.a carra.

LOS JUDÍOS Y LA SOCIEDAD 141

auténtica vanguardia de un pueblo no sólo aceptó a los judíos, sino que se mostró extrañamente dispuesta a asociarse con ellos. Tampoco desapareció completamente esta actitud de la sociedad alemana. Hasta el verdadero final pudieron advertirse rastros de tal actitud, que mostraban, desde luego, que las relaciones con los judíos jamás llegaron a darse por supuestas. En el mejor de los casos, siguió existiendo como programa; en el peor, como una expe­ riencia extraña y excitante. La bien conocida observación de Bismarck acerca de «aparear sementales germanos con yeguas judías» es tan sólo la más vulgar expresión de un prevaleciente punto de vista.

Era sólo natural que esta situación, aunque convirtiera en rebeldes a los primeros judíos educados, a la larga produjera un específico tipo de confor­ mismo más que una efectiva tradición de rebeldía26. Conformándose a una sociedad que discriminaba a los judíos «ordinarios» y en la que, al mismo tiempo, a un judío le resultaba generalmente más fácil que a un no judío de similar condición ser admitido en los círculos de moda, los judíos tuvieron que diferenciarse ellos mismos claramente del «judío en general» y al mismo tiempo denotar con claridad que eran judíos; bajo ninguna circunstancia se les permitía simplemente desaparecer entre sus vecinos. Para racionalizar una ambigüedad que ellos mismos no comprendían completamente, podían fin­ gir «ser un hombre en la calle y un judío en casa»27. Esto equivalía en realidad a sentirse diferentes de otros hombres en la calle — de los que eran judíos— y diferentes de otros judíos en casa — de los que no eran «judíos ordinarios».

Las normas de conducta de los judíos asimilados, determinadas por este continuo y concentrado esfuerzo por distinguirse de ios demás, crearon ,un tipo judío que es reconocible en todas partes. En lugar de ser definidos por la nacionalidad o por la religión, los judíos se transformaron en un grupo social cuyos miembros compartían ciertos atributos y reacciones psicológicas, la suma total de los cuales se suponía constitutiva de la «judeidad». En otras palabras, el judaismo se convirtió en una cualidad psicológica y la cuestión judía en un problema personal para cada individuo judío.

En su trágico esfuerzo por amoldarse a través de la diferenciación y la dis­ tinción, el nuevo tipo judío tenía tan poco en común con el temido «judío en general» como con esa abstracción, la de «heredero de los profetas y eterno

El «paria consciente» (Bernard Lazare) fue la única tradición de rebelión consolidada, aunque quienes a ella pertenecían eran apenas conscientes de su existencia. Véase, de la autora, «The jew as Pariah. A Hidden Tradición'», en Jewish Social Studies, vol. VI, núm. 2 (1944).

No deja de resultar irónico que esta excelente fórmula, que puede servir como divisa para la asi­ milación en Europa occidental, fuese propugnada por un judío ruso y publicada por vez primera en hebreo. Procede del poema hebreo de Judah Leib Gordon, Hakitzah ami, 1863. Véase Histoty ofthe Jews in Russia and Poland, de S. M. Dubnow, 1918, 11, 228 y ss.

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promotor de ja justicia de Ja Tierra» que los apologistas judíos conjuraban allí donde era atacado un periodista judío. El judío de los apologistas se hallaba dotado de atributos que eran, desde luego, privilegio de los parias y que en verdad poseían ciertos rebeldes judíos que vivían al margen de la sociedad: humanidad, amabilidad, ausencia de prejuicios, sensibilidad ante la injusticia. Lo malo es que estas cualidades nada tenían que ver con los pro­ fetas y que, peor aún, tales judíos normalmente ni pertenecían a la sociedad judía ni a los círculos de moda de la sociedad no judía. En la historia de la judería asimilada desempeñaron tan sólo un papel insignificante. El «judío en general», por otra parte, tal como era descrito por los profesionales del odio a los judíos, mostraba las cualidades que el advenedizo debía poseer si quería triunfar — inhumanidad, avaricia, insolencia, rastrero servilismo y determinación para medrar. Lo malo en este caso era que tales cualidades nada tenían que ver con atributos nacionales y que, además, estos tipos ju ­ díos del mundo de los negocios mostraron poco interés por la sociedad no judía y desempeñaron un papel igualmente reducido en la historia social ju­ día. Mientras existan pueblos y clases difamados, se repetirán nuevamente en cada generación con incomparable monotonía las cualidades del paria y las del advenedizo, tanto en la sociedad judía como en cualquiera otra.

Para la formación de una historia social de los judíos dentro de la socie­ dad europea del siglo XIX fue, sin embargo, decisivo que hasta un cierto pun­ to cada judío de cada generación tuviese en algún momento que decidir si seguiría siendo un paria y permanecería así fuera de la sociedad, o si se con­ vertiría en un advenedizo, o se adaptaría a la sociedad con la desmoralizante condición de no tener tanto que ocultar su origen como «traicionar con el secreto de su origen también el secreto de su pueblo»23. El último camino era, desde luego, difícil, porque tales secretos no existían y tuvieron que ser elabo­ rados. Como había fracasado el singular intento de Rahel Varnhagen para establecer una vida social fuera de la sociedad oficial, el camino del paria y el del advenedizo eran ambos de extremada soledad, y el camino del conformis­ mo, una vía de constante pesar. La llamada compleja psicología del judío me­ dio, que en unos pocos casos favorables evolucionó hacia una sensibilidad muy moderna, se hallaba basada en una ambigua situación. El judío sentía simultáneamente el pesar del paria por no haber llegado a ser un advenedizo y la mala conciencia del advenedizo por haber traicionado a su pueblo y tro­ cado la igualdad de derechos por los privilegios personales. Una cosa era cier­ ta: si uno deseaba evitar todas las ambigüedades de la existencia social, tenía

Esta formulación fue realizada por Karl Kraus alrededor de 1912. Véase Untergang der Weltdurch

schtvarze Magie, 1925.

LO S JUD fOS Y LA SOC1EDAD ' 143

que resignarse al hecho de que ser un judío significaba pertenecer o bien a una clase alta superprivilegiada, o a una masa subprivilegiada a la que en la Europa occidental y central sólo se podía pertenecer a través de una solidari­ dad intelectual y en cierto modo artificial.

Los destinos sociales de los judíos medios se hallaban determinados por su eterna falta de decisión. Y, desde luego, la sociedad no les urgía a decidir­ se, porque era precisamente esta ambigüedad de situación y carácter lo que hacía atractiva la relación con los judíos. La mayoría de los judíos asimilados vivían así en una penumbra de favor y de infortunio y sólo sabían con certe­ za que tanto el éxito como el fracaso se hallaban inextricablemente relaciona­ dos con el hecho de que eran judíos. Para ellos la cuestión judía había perdi­ do, de una vez por todas, cualquier significación política; pero infestaba sus vidas privadas e influía muy tiránicamente en todas sus decisiones personales. El adagio «Un hombre en la calle y un judío en casa» era amargamente enten­ dido: los problemas políticos quedaban distorsionados hasta el punto de la pura perversión cuando los judíos trataban de resolverlos por medio de su experiencia íntima y de sus emociones particulares; la vida privada se hallaba emponzoñada hasta el punto de la inhumanidad — por ejemplo, en la cues­ tión de los matrimonios mixtos— cuando la pesada carga de los irresueltos problemas de significación pública inundaba una existencia privada que es mucho mejor gobernada por las imprevisibles leyes de la pasión que por la consideración de la política.

No resultaba en manera alguna fácil no parecerse al «judío en general» y seguir siendo, sin embargo, judío; pretender no ser como judíos y seguir mostrando con suficiente claridad que uno era judío. El judío medio, ni un advenedizo ni un «paria consciente» (Bernard Lazare), podía sólo subrayar un vacuo sentido de diferencia que continuaba siendo interpretado, en todos sus posibles aspectos y variaciones psicológicas, desde una innata extranjería has­ ta la alienación social. Mientras el mundo fue hasta cierto punto pacífico, esta actitud no resultó del todo mal y durante generaciones llegó incluso a convertirse en un modas vivendi. La concentración en una vida interior arti­ ficialmente complicada ayudó a los judíos a responder a las irrazonables demandas de la sociedad, a ser extraños e interesantes, a desarrollar una determinada inmediatividad de autoexpresión y de presentación que eran originalmente atributos del actor y del virtuoso, personas a las que la socie­ dad había siempre mitad negado y mitad admirado. Los judíos asimilados, mitad orgullosos y mitad avergonzados de su judeidad, pertenecían clara­ mente a esta categoría.

El proceso por el que evolucionó la sociedad burguesa a partir de las rui­ nas de sus tradiciones y recuerdos revolucionarios añadió el negro fantasma

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del aburrimiento a la saturación económica y a la indiferencia general por las cuestiones políticas. Los judíos se convirtieron en personas con las que cabía esperar distraerse por algún tiempo. Cuanto menos iguales se les consideraba, más atractivos y divertidos resultaban. La sociedad burguesa, en su búsqueda de diversión y en su apasionado interés por el individuo, en tanto en cuanto difería de la norma, es decir, del hombre, descubrió la atracción de todo aquello a lo que se podía suponer misteriosamente malvado o secretamente vicioso. Y fue precisamente esta febril preferencia la que abrió a los judíos las puertas de la sociedad; porque dentro del marco de esta sociedad, la judei-dad, tras haber sido tergiversada en cualidad psicológica, podía ser fácilmen­ te pervertida en vicio. La genutna tolerancia y la curiosidad por todo lo humano de la Ilustración fueron reemplazadas por un morboso apetito por lo exótico, por lo anormal y diferente como tal. Varios tipos en la sociedad, uno después de otro, representaron lo exótico, lo anómalo, lo diferente, pero ninguno de ellos estaba ni siquiera mínimamente conectado con las cuestio­ nes políticas. De esta forma únicamente el papel de los judíos en esta socie­ dad decadente podía asumir una estatura que trascendía los estrechos límites de un asunto de sociedad.

Antes de que sigamos los extraños caminos que conducen a los «judíos de excepción», famosos y notorios extranjeros, a los salones del Faubourg St. Germaín en la Francia fin-de-siM e, tenemos que evocar al único gran hom­ bre surgido del complejo autoengaño de los «judíos de excepción». Parece como si cada idea trivial tuviera una posibilidad al menos en un individuo de lograr lo que se acostumbra a denominar grandeza histórica. El gran hombre de los «judíos de excepción» fue Benjamín Dísraeli.

2, E l Gran Mago29

Benjamín Dísraeli, cuyo principal interés en la vida fue su carrera como lord Beaconsfield, se distinguía por dos cosas: en primer lugar, por la dádiva de los dioses que los modernos llaman banalmente suerte y que en otros períodos reverenciaron como una diosa llamada Fortuna, y, en segundo lugar, más íntima y maravillosamente relacionada con la Fortuna de lo que pudiera explicarse, por su grande y despreocupada inocencia de mente y de imagina­ ción que hace imposible clasificarlo como advenedizo, aunque nunca pensó seriamente en nada que no fuera su carrera. Su inocencia le hacía advertir lo

La expresión del título procede de un apunte sobre Disraeli por sir John Skleton en 1867. Véase

The Life ofBenjamin Disraeli, Earl ofBeaconsfield, de W. E Monypenny y G. E, Buckle, Nueva York, 1929, II, 292-293.

LOS JUDIOS Y LA SOCIEDAD 145

estúpido que habría sido sentirse déclasséy también que era mucho más inte­ resante para él y para los demás, además de mucho más útil para su carrera, acentuar su condición de judío «vistiéndose de un modo diferente, peinando sus cabellos con extravagancia y adoptando formas excéntricas de expresión y lenguaje»30, Se preocupó más apasionadamente y más descaradamente que cualquier otro intelectual judío de ser admitido en círculos cada vez más ele­ vados de la sociedad; fue el único entre ellos que descubrió el secreto de pre­ servar la suerte, ese milagro natural del estado de paria, y que supo desde el principio que no había que humillarse para «remontarse desde lo alto hasta lo más alto».

Jugó el juego de la política como un actor actúa en una representación teatral, pero desempeñó tan bien su papel que su propio artificio logró con­ vencerle. Su vida y su carrera parecen un cuento de hadas, en el que él se mostraba como el príncipe — ofreciendo la flor azul de los románticos, en su caso la flor de la primavera de la Inglaterra imperialista, a su princesa, la reina de Inglaterra, La empresa colonial británica era el país de las hadas en el que el sol nunca se ponía, y su capital, la misteriosa Deíhi asiática, adon­ de el príncipe deseaba escapar con su princesa, huyendo del nebuloso y pro­ saico Londres. Todo esto puede parecer absurdo y pueril; pero cuando una esposa escribe a su esposo como lady Beaconsfield le escribió a él: «Sabes que te casaste conmigo por el dinero, y yo sé que si tuvieras que hacerlo de nue­ vo, te casarías por amor»31, se impone el silencio ante una felicidad que parecía alzarse contra todas las reglas. Aquí topamos con alguien que empe­ zó por vender su alma al diablo, pero el diablo no la quiso, y los dioses le proporcionaron toda la felicidad de esta tierra,

Disraeli procedía de una familia enteramente asimilada; su padre, un caballero ilustrado, bautizó al hijo porque deseaba que tuviera las oportuni­ dades de los ordinarios mortales. Poseía escasas relaciones con la sociedad ju ­ día y nada sabía ni de la religión ni de las costumbres judías. La judeidad, desde el principio, fue un hecho de origen, que él podía embellecer sin las trabas que impone el conocimiento de la realidad. El resultado fue que de alguna manera él contemplaba este hecho muy de la misma forma en que lo habría contemplado un gentil. Comprendió con mayor claridad que otros judíos que ser judío podía ser tanto una oportunidad como un obstáculo. Y como, a diferencia de su sencillo y más modesto padre, aspiraba nada menos que a convertirse en un mortal ordinario y nada más que a «distinguirse por

Morris S. Lasaron, Seed ofAbraham, Nueva York, 1930, «Benjamin Disraeli», pp, 260 y ss.

Horace B. Samuel, «The Psychology o f Disraeli», en Modernities, Londres, 1914.

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encima de todos sus contemporáneos«32, comenzó a conformar su «tez olivá­ cea y sus ojos negrísimos» hasta que consiguió ser con «la poderosa cúpula de su frente — no, desde luego, la de un templo cristiano— , diferente de cual­ quier criatura viva que uno pudiera haber conocido»33. Sabía instintivamen­ te que todo dependía de la «división entre él y ios simples mortales», de la acentuación de esta afortunada extranjería.

Todo esto evidencia una singular comprensión de la sociedad y de sus normas. Significativamente, fue Disraeli quien dijo: «Lo que es un crimen entre la multitud es sólo un vicio entre ios pocos»34 —quizá el más profundo atisbo del auténtico principio por el que se inició el lento e insidioso declive de la sociedad del siglo XIX hacía las profundidades de la moralidad del popu­ lacho y del hampa. Como él conocía esta norma, sabía también que los judíos en parte alguna hallarían mejores oportunidades que las que encontrarían en los círculos que pretendían ser exclusivos y discriminatorios contra ellos; ya que estos círculos de unos pocos consideraban, como la multitud, que la judeidad era un crimen, este «crimen» podía ser transformado en cualquier momento en un «vicio» atractivo. El despliegue de exotismo, extranjería, misterio, ma­ gia y poderes ocultos que realizó Disraeli se hallaba correctamente orientado hacia esa inclinación de la sociedad. Y fue su virtuosismo en el juego social el que le hizo elegir el partido conservador, conseguir un escaño en el Parla­ mento, el puesto de primer ministro y, finalmente, aunque no fuera lo me­ nos importante, la duradera admiración de una sociedad y la amistad de una reina.

Una de las razones de su éxito fue la sinceridad de su juego. La impresión que provocaba en sus contemporáneos más libres de prejuicios era una curio­ sa mezcla de estar representando un papel y de obrar con «absoluta sinceri­ dad y falta de reserva»35. Esta conjunción sólo fue posible gracias a su genui-na inocencia, en parte debida a una educación de la que se había excluido toda específica influencia judía36. Pero la buena conciencia de Disraeli era también debida al hecho de haber nacido inglés. Inglaterra no conocía ni las masas judías ni la pobreza judía, puesto que había admitido a ios judíos siglos después de su expulsión en la Edad Media; los judíos portugueses que se ins­

J. A. Froude concluye así su biografía de Lord Beaconsfield, 1890: «El objetivo con el que comen­ zó en la vida era distinguirse por encima de todos sus contemporáneos, y por salvaje que tal ambi­ ción debió parecer, le otorgó al final el premio por el que había luchado tan valientemente».

Sir John Sklecon, op. dt.

En su novela Tancred, 1847.

Sir John Skleton, op. dt.

El mismo Disraeli señaló: «No crecí entre mi raza y fui instruido con gran prejuicio contra ella». Por lo que se refiere a su procedencia familiar, véase especialmente «Benjamin Disraeli, Juden und Juden­ tum», de Joseph Caro, en Monatsschriftfiir Geschichte und Wissenschaft desfudentums, 1932, año 76.

LOS JUDÍOS Y LA SOCIEDAD 147

talaron en Inglaterra en el siglo XVIH eran ricos y cultos. Sólo al final del siglo XIX, cuando ios pogromos en Rusia dieron paso a las modernas emigraciones, penetró en Londres la pobreza judía y, junto con ésta, la diferencia entre las masas judías y sus hermanos acomodados. En la época de Dísraeli, la cues­ tión judía, en su forma continental, resultaba completamente desconocida, porque en Inglaterra sólo vivían judíos gratos al estado. En otras palabras, los «judíos de excepción» ingleses no eran conscientes de ser excepciones como sus hermanos continentales. Cuando Dísraeli despreciaba la «perniciosa doc­ trina de los tiempos modernos, la igualdad natural de los hombres»37, seguía conscientemente los pasos de Burke, que había «preferido los derechos de un inglés a los derechos del hombre», pero ignoraba la situación presente enton­ ces en la que los derechos de todos habían sido reemplazados por los dere­ chos de unos pocos. También se mostraba desconocedor de la auténtica si­ tuación del pueblo judío, y estaba tan convencido de la «influencia de la raza judía en las comunidades modernas», que exigió abiertamente que los judíos «recibieran todos los honores y favores de las razas septentrionales y occiden­ tales, que, en las naciones civilizadas y refinadas, corresponden a aquellos que agradan al gusto público y elevan el sentimiento público»38. Como la influencia de los judíos en Inglaterra se centraba en torno a Ja rama inglesa de los Rothschild, se sintió muy orgulloso de la ayuda que los Rothschild pres­ taron a la derrota de Napoleón, y no vio razón alguna para no ser franco en sus opiniones políticas como judío39. Como judío bautizado, jamás fue, des­ de luego, portavoz oficial de ninguna comunidad judía, pero es cierto que él fue el único judío de su clase y de su siglo que intentó y supo representar políticamente al pueblo judío,

Dísraeli, que nunca negó que «el hecho fundamental [en él] era el de ser judío»40, senda una admiración por todo lo judío a la que sólo igualaba su ignorancia de todo lo judío. La mezcla de orgullo y de ignorancia acerca de estas materias resultaba característica de todos los judíos recientemente asi­ milados. La gran diferencia es que Dísraeli conocía aún un poco menos del pasado y del presente de los judíos.y por eso se atrevía a hablar tan abierta­ mente de lo que otros revelaban en la penumbra semiconsciente de normas de conducta dictadas por el temor y la arrogancia.

El resultado político de la capacidad de Dísraeli para medir las posibili­ dades judías por las aspiraciones políticas de un pueblo normal fue más serio; casi automáticamente dio lugar a todo el grupo de teorías sobre la influencia

Lord Gforge Bentinck. A Political Biography, Londres, 1852, 496.

Ibfd., p. 491,

Ibíd., pp. 497 y ss.

Monypennyy Buckle, op. cit., p. 1507.

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judía que hallamos habituaímenEe en las más horrendas formas de antisemi­ tismo. En primer lugar, se consideró a sí mismo el «hombre elegido de la raza elegida»41. ¿Qué mejor prueba que su propia carrera? Un judío sin nombre ni riquezas, ayudado tan sólo por unos pocos banqueros judíos, ascendió a la posición de primer hombre de Inglaterra; uno de ios parlamentarios menos populares se convirtió en primer ministro y logró una genuina popularidad entre aquellos que durante largo tiempo «le habían considerado como un charlatán y tratado como a un paria»42. El éxito político nunca le satisfizo. Era más difícil y más importante ser admitido en la sociedad de Londres que conquistar la Cámara de los Comunes, y era ciertamente un triunfo mayor ser elegido miembro del club gastronómico de GrilÜon — «una selecta cama­ rilla de la que acostumbraban a surgir los políticos de ambos partidos, pero de la que son rigurosamente excluidos los sodaimente reprobables»43— que llegar a ministro de su majestad. La máxima cota, deliciosamente inesperada, de todos estos dulces triunfos fue la sincera amistad de la reina. SÍ en Inglate­ rra la monarquía había perdido la mayoría de sus prerrogativas políticas en un estado-nación estrictamente controlado y constitucional, había ganado y conservado una indiscutible primacía en la sociedad inglesa. Al medir la grandeza del triunfo de DisraeU, tendría que recordarse que lord Robert Ce­ dí, uno de sus eminentes colegas del partido conservador, todavía podía, alrededor de 1850, justificar un ataque especialmente duro declarando que «sencillamente hablaba de lo que cada uno dice de Disraeli en privado y na­ die dirá en público»44. La mayor victoria de Disraeli consistió en que final­ mente nadie dijo en privado lo que no le habría halagado y agradado si se hubiera dicho en público. Fue precisamente esta singular ascensión a la genuina popularidad lo que logró Disraeli a través de una política basada en ver sólo las ventajas y de referirse sólo a los privilegios de haber nacido judío.

Parte de la buena fortuna de Disraeli fue el hecho de que siempre encaja­ ra en su tiempo y que, en consecuencia, sus numerosos biógrafos le compren­ dieran más completamente de lo que suele ser el caso con la mayoría de los grandes hombres. Era la viva encarnación de la ambición, esa poderosa pa­ sión que se había desarrollado en un siglo aparentemente no inclinado a ha­ cer distinciones ni diferencias. Carlyle, en cualquier caso, que interpretó toda la historia del mundo según un ideal decimonónico del héroe, se hallaba cla­ ramente equivocado cuando se negó a recibir un título de manos de Disrae-

41 Horace S. Samuel, op. cit.

41 Monypenny y Buckle, op. cit, p. 147.

4i Ibíd,

El artículo de Robert Cedí apareció en el órgano más autorizado del partido tory, la Qiiarterly Re-vieiv. Véase, de Monypenny y Buckle, op. cit, pp. 19-22.

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lí45. Ningún otro hombre entre sus contemporáneos se correspondía tan bien con los héroes de Carlyle como Disraeli, con su concepto de ía grandeza como tal, desprovisto de todo logro específico; ningún otro hombre cumplió tan exactamente lo que el final del siglo XIX exigía del genio encarnado en ese charlatán que se tomó su papel en serio y que desempeñó el gran papel del Gran Hombre con una auténtica ingenuidad y un abrumador despliegue de fantásticos trucos y de un atrayente talento artístico. Los políticos se embe­ lesaron con el charlatán que transformó las aburridas transacciones econó­ micas en sueños de sabor oriental; y cuando la sociedad percibió un aroma de magia negra en los astutos manejos de Disraeli, el «Gran Mago» ya ha­ bía conquistado el corazón de su tiempo.

La ambición de Disraeli de distinguirse de los demás mortales y su anhelo de ía sociedad aristocrática eran típicos de la clase medía de su época y de su país. No fueron las razones políticas ni los motivos económicos, sino el ímpetu de su ambición social lo que le hizo afiliarse al partido conservador y seguir una política en ía que siempre escogería «la hostilidad hacia los whigs y la alianza con los radicales»46. En ningún país europeo lograron las clases medias suficiente autorrespeto para reconciliar a su intelligentsia con su estatus social de forma tal que la aristocracia pudo continuar determinan­ do la escala social cuando ya había perdido toda significación política. El desgraciado filisteo alemán descubrió su «personalidad innata» en su desespe­ rada lucha contra la arrogancia de casta, que había surgido del declive de la nobleza y de la necesidad de proteger a los títulos aristocráticos contra el dinero burgués. Las vagas teorías sobre ía sangre y el estricto control de los matrimonios son más bien fenómenos recientes en la historia de la aristocra­ cia europea. Disraeli sabía mucho mejor que los filisteos alemanes lo que se necesitaba para cumplir las exigencias de la aristocracia. Todos ios intentos de la burguesía por lograr un estatus social no consiguieron convencer a la arro­ gancia aristocrática, porque tenían en cuenta a los individuos y carecían del elemento más importante de la vanidad de casta, el orgullo del privilegio sin esfuerzo ni mérito individuales, simplemente por virtud del nacimiento. La «personalidad innata» jamás podía negar que su desarrollo exigía una educa­ ción y un esfuerzo especiales del individuo. Cuando Disraeli «apeló al orgu­ llo de raza para enfrentarlo con el orgullo de casta»47, sabía que el estatus so­

Esto sucedió en fecha tan tardía como 1874, Se dice que Carlyle llamó a Disraeli «un maldito ju ­ dío» y «el peor hombre que nunca haya vivido». Véase, de Caro, op. cit.

Lord Salísbury, en un artículo publicado en la Qimrterly Review, 1869.

É, T. Raymond, Disraeli, The Alien Patriot, Londres, 1925, p. 1.

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cial de los judíos, pese a todo lo que pudiera decirse, ai menos dependía exclusivamente del hecho del nacimiento y no de sus logros.

Disraeli llegó incluso a dar un paso más. Sabía que la aristocracia, que año tras año había visto cómo hombres de clase media adinerada compraban títulos, se hallaba obsesionada por muy serias dudas acerca de su propio va­ lor. Por eso la derrotó en su propio juego, recurriendo a su imaginación más bien vulgar y popular, para señalar temerariamente cómo los ingleses «proce­ dían de una raza advenediza e híbrida, mientras que él mismo descendía de la más pura sangre de Europa»; cómo «la vida de un par inglés» se hallaba «prin­ cipalmente regulada por leyes árabes y costumbres sirias»; cómo «una judía es la reina de los cíelos», o que «la flor de la raza judía se halla ahora sentada a la diestra del Señor Dios de Sabaoth»48. Y cuando escribió, finalmente, que «ya no existe en realidad una aristocracia en Inglaterra, porque la superioridad del hombre animal es una cualidad esencial de la aristocracia»49, había tocado en realidad el punto más débil de las modernas teorías raciales aristocráticas, que habían de ser más tarde el punto de partida de las opiniones racistas de los burgueses encumbrados.

El judaismo y la pertenencia al pueblo judío degeneraron en un simple hecho de nacimiento sólo entre la judería asimilada. Originalmente, el judaismo había significado una religión específica, una nacionalidad específi­ ca, la participación en recuerdos específicos y esperanzas específicas, y, al me­ nos entre los judíos privilegiados, significaba compartir específicas ventajas económicas. La secularización y la asimilación de la intelligentúa judía habían alterado la autocondencia y la autointerpretación de tal forma que nada que­ daba de los antiguos recuerdos y esperanzas sino la conciencia de pertenecer a un pueblo elegido. Disraeli, aunque no fue el único «judío de excepción» que creyó en su propia calidad de elegido sin creer en El que escoge y recha­ za, fue el único que logró desarrollar completamente toda una doctrina racial de este vacuo concepto de una misión histórica. Estaba dispuesto a sostener que el principio semítico «representa todo lo que de espiritual hay en nuestra naturaleza» y que «las vicisitudes de.la historia hallan su solución principal en la raza», que es la «clave de la historia», pese a la «lengua y la religión», porque «sólo hay algo que hace una raza y ese algo es la sangre» y sólo hay una aristo­ cracia, «la aristocracia de la naturaleza», constituida por «una raza sin mezcla de una organización de primera clase»50.

No es necesario subrayar la íntima relación de estas ideas con las más modernas ideologías raciales, y el descubrimiento de Disraeli es una prueba

43 H. B, Samuel, op. rit., Disraeli, Tancred, y Lord George Benúnck, respectivamente.

En su novela Coningsby, 1844.

Véanse Lord George Benúnck y las novelas Endymion, 1881, y Coningsby.

LOS JUDÍOS Y LA SOCIEDAD 151

más de su utilidad para combatir sentimientos de inferioridad social. Porque si finalmente las doctrinas raciales sirvieron a propósitos mucho más sinies­ tros e inmediatamente políticos, es cierto que gran parte de su plausibiíidad y de su capacidad de persuasión descansa en el hecho'de que ayudaban a cualquiera a sentirse un aristócrata que había sido seleccionado por su naci­ miento sobre la base de una calificación «racial». No dañaba esencialmente a la doctrina el hecho de que los nuevos «elegidos» no pertenecieran a una éli­ te, no pertenecieran al grupo de los pocos elegidos — lo que, después de todo, había sido algo inherente al orgullo del noble— , sino que tuvieran que compartir su calidad de selectos con una muchedumbre creciente, porque aquellos que no pertenecían a la raza escogida crecían numéricamente en la misma proporción.

Las doctrinas raciales de Disraeli, sin embargo, no fueron tanto el resul­ tado de su extraordinaria comprensión de las normas de la sociedad como el producto de la secularización específica de la judería asimilada. Pues la inte-lligentsia judía no sólo se vio arrastrada por el proceso general de seculariza­ ción, que en el siglo XIX había perdido ya el atractivo revolucionario de la Ilustración junto con la confianza en una humanidad independiente y segu­ ra de sí, y por eso quedó indefensa ante la transformación de creencias reli­ giosas antiguamente genuinas en supersticiones. La intelligentsia judía se vio también expuesta a la influencia de los reformadores judíos que deseaban tro­ car una religión nacional en una denominación religiosa. Para lograrlo tenían que transformar los dos elementos básicos de la piedad judía — la esperanza mesiánica y la fe en Israel como pueblo elegido— , y borraron de los libros de rezos judíos las visiones de una postrera restauración de Sión, junto con la devota esperanza en el último día entre los días, cuando concluyera la segre­ gación del pueblo judío de las demás naciones de la tierra. Sin la esperanza mesiánica, la idea del pueblo elegido significaba segregación eterna; sin la fe en la calidad de elegidos, que atribuía a un pueblo específico la redención del mundo, la esperanza mesiánica se evaporaba en una oscura nube de filantro­ pía general y un universalismo que-se tornaron característicos del entusiasmo político específicamente judío.

El más fatídico elemento de la secularización judía fue el hecho de que se separara el concepto de pueblo elegido del de la esperanza mesiánica, cuando en la religión judía estos dos elementos eran dos aspectos del plan divino de redención de la humanidad. De la esperanza mesiánica surgió esa inclinación hacia las soluciones finales de los problemas políticos, que pretendía nada menos que el establecimiento de un paraíso en la tierra. De la creencia de ha­ ber sido elegidos por Dios surgió esa fantástica ilusión, compartida tanto por judíos no creyentes como por no judíos, según la cual los judíos son por

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naturaleza más inteligentes, mejores, más sanos y más aptos para la supervi­ vencia — el motor de la historia y la sal de la tierra. El entusiasmado intelec­ tual judío que soñaba con el paraíso en la tierra, tan seguro de hallarse libre de todos los lazos y prejuicios nacionales, estaba de hecho más alejado de la realidad política que sus padres, que habían rezado por la llegada del Mesías y el retorno del pueblo a Palestina. Por otra parte, los asimilacionistas, que sin ninguna entusiasta esperanza se habían convencido a sí mismos de que eran la sal de la tierra, estaban más alejados de las naciones por esta profana vanidad de lo que habían estado sus padres por obra de la barrera de la ley, que, como se creía fielmente, separaba a Israel de los gentiles, pero que sería destruida en los días del Mesías. Fue este orgullo de los «judíos de excepción», que eran demasiado «ilustrados» para creer en Dios y que sobre la base de su excepcional posición en todas partes, eran lo suficientemente supersticiosos como para creer en sí mismos, lo que realmente destruyó los fuertes lazos de piadosa esperanza que habían ligado a Israel con el resto de la humanidad.

La secularización, por eso, determinó finalmente esa paradoja, tan decisi­ va para la psicología de los judíos modernos, por la cual la asimilación judía

— en su liquidación de la conciencia nacional, en su transformación de una religión nacional en una denominación confesional y en su forma de respon­ der a las frías y ambiguas demandas del estado y la sociedad con recursos igualmente ambiguos y con trucos psicológicos— engendró un auténtico chauvinismo judío, sí por chauvinismo entendemos el nacionalismo perver­ tido en el que (en palabras de Chesterton) «el individuo es él mismo lo que adora; el individuo es su propio ideal e incluso su propio ídolo». A partir de entonces el antiguo concepto religioso de pueblo elegido ya no fue la esencia del judaismo; se convirtió en la esencia de la judeidad.

Esta paradoja halló en Disraeli su más poderosa y atrayente encamación. Era un imperialista inglés y un chauvinista judío; pero no es difícil perdonar un chauvinismo que era más bien un juego de la imaginación, porque, al fin y al cabo, «Inglaterra era el Israel de su imaginación»51 y tampoco es difícil perdonar su imperialismo inglés, que tan poco en común tenía con la pura voluntad de la expansión por la expansión, dado que, después de todo, no fue jamás «un inglés de cuerpo entero y estaba orgulloso del hecho»52. Todas estas curiosas contradicciones, que tan claramente indican que el Gran Mago nunca se tomó a sí mismo completamente en serio y que siempre interpretó un papel para ganarse a la sociedad y hallar popularidad, se añadían a su sin­ gular encanto e introdujeron en todas sus manifestaciones ese elemento de

Sir John Skíeton, op. tit. Horace B, Samuel, op. cit.

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charlatán entusiasmo y de ensoñación que tan profundamente le distinguió de los imperialistas posteriores. Fue suficientemente afortunado para soñar y actuar cuando Manchester y los hombres de negocios no se habían apodera­ do todavía del sueño imperial y se mostraban áspera y furiosamente opuestos a las «aventuras coloniales». Su fe supersticiosa en la sangre y en la raza —Len la que mezclaba antiguas y románticas creencias populares acerca de una poderosa conexión supranacional entre el oro y la sangre— no aportaba sos­ pechas de posibles matanzas tanto en África o en Asia como en la misma Europa. Empezó como un escritor no demasiado bien dotado y siguió como un intelectual a quien la suerte convirtió en miembro del Parlamento, jefe de su partido, primer ministro y amigo de la reina de Inglaterra.

La concepción de Disraeli acerca del papel de los judíos en política se remon­ ta a la ¿poca en que era simplemente un escritor que aún no había iniciado su carrera política. Sus ideas sobre el tema no son por tanto resultado de una experiencia; pero se aferró a ellas durante el resto de su vida.

En su primera novela, Alroy (1833), Disraeli trazó un plan para un impe­ rio judío en el que los judíos gobernarían como una clase estrictamente sepa­ rada. La novela muestra la influencia de los espejismos habituales acerca de las posibilidades de poder que tenían los judíos, tanto como la ignorancia del joven autor respecto de las condiciones del poder en su tiempo. Once años más tarde, la experiencia política en el Parlamento y la íntima relación con hombres prominentes le habían enseñado a Disraeli que «los objetivos de los judíos, cualesquiera que hayan podido ser antes y hasta ahora, estaban, en su día, ampliamente divorciados de la afirmación de una nacionalidad política en cualquier forma»53. En una nueva novela, Coningsby, abandonó el sueño de un imperio judío y desplegó un fantástico esquema según el cual el dine­ ro judío domina la ascensión y caída de cortes e imperios y gobierna de for­ ma suprema en la diplomacia. Jamás renunció en toda su vida a esta segunda noción acerca de una secreta y misteriosa influencia de ios hombres elegidos de la raza elegida, con la que reemplazó a su sueño anterior de una casta abiertamente constituida y misteriosamente dominante. Se convirtió en el eje de su filosofía política. En contraste con los banqueros judíos, a quienes Disraeli tanto admiraba y que otorgaban préstamos a los gobiernos y gana­ ban comisiones, él veía toda esa actividad con la incomprensión del extraño de que tales posibilidades de poder pudieran ser manejadas día tras día por personas que no ambicionaban el poder. Lo que no podía comprender era

53 Monypennyy Buckie, op. cít, p. 8S2.

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que un banquero judío estuviese aún menos interesado en política que sus cole­ gas no judíos; para Disraelí, en cualquier caso, resultaba evidente que la riqueza judía era solamente un medio para la política judía. Cuanto más sabía acerca de la magnífica organización de los banqueros judíos en cuestiones de negocios y de su intercambio internacional de noticias e informaciones, más convencido se mostraba de que estaba tratando con algo parecido a una sociedad secreta que, sin que nadie lo supiera, tenía los destinos del mundo en sus manos.

Es bien sabido que la fe en una conspiración de judíos, unidos por una sociedad secreta, alcanzó el mayor valor propagandístico para la propaganda antisemita y superó con mucho a todas las tradicionales supersticiones euro­ peas acerca de asesinatos rituales y envenenamiento de pozos. Resulta muy significativo que Disraelí, por razones exactamente opuestas y en una época en que nadie pensaba seriamente en las sociedades secretas, llegara a conclu­ siones idénticas, porque muestra hasta qué punto tales elaboraciones eran debidas a motivos y resentimientos sociales y cuánto más plausiblemente explicaban acontecimientos o actividades políticas y económicas que la ver­ dad más trivial. A los ojos de Disraelí, como a los ojos de muchos charlatanes menos conocidos y famosos que le siguieron, todo el juego de la política se desarrollaba entre sociedades secretas. No sólo los judíos, sino cualquier otro grupo cuya influencia no estuviera políticamente organizada o que se hallara en oposición con todo el sistema social y político, se tornaron para él en potencias ocultas. En 1863 pensó que contemplaba «una lucha entre las sociedades secretas y los millonarios europeos; hasta ahora va ganando Roth-schild»54. Pero también «son proclamadas por las sociedades secretas la igual­ dad natural de los hombres y la abolición de la propiedad»55. En fecha tan tardía como 1870, todavía podía hablar seriamente de fuerzas «bajo la super­ ficie» y creía sinceramente que «las sociedades secretas y sus energías interna­ cionales, la iglesia de Roma y sus pretensiones y métodos, el eterno conflicto entre la ciencia y la fe», actuaban para determinar el curso de la historia humana56.

La increíble ingenuidad de Disraelí le impulsó a relacionar a todas estas fuerzas «secretas» con los judíos. «Los primeros jesuítas eran judíos; esa mis­ teriosa diplomada rusa que tanto alarma a Europa occidental se halla organi­ zada y es principalmente desempeñada por judíos; esa poderosa revolución que en estos momentos se está preparando en Alemania y que será de hecho una segunda y más importante Reforma... se está desarrollando enteramente

H Ibfd,, p. 73. En una carta a Mrs. Brydges Williams, 21 de julio de 1863.

Lord George Bentinck, p. 497.

En su novela Lothair, 1870,

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bajo ios auspicios cíe los judíos»; «hombres de raza judía se hallan a la cabeza de cada uno de los (grupos comunistas y socialistas). ¡El pueblo de Dios coo­ pera con los ateos; ios más expertos acumuladores de propiedades se alían con los comunistas; la raza peculiar y elegida estrecha las manos de la hez y de las castas inferiores de Europa! Y todo esto porque desean destruir a esa ingrata cristiandad que les debe incluso su nombre y cuya tiranía ya no pueden soportar»57. En la imaginación de Disraeíi el mundo se había torna­ do judío.

En este espejismo singular se hallaba ya anticipado incluso el más inge­ nioso de los recursos de la propaganda de Hitler, la revelación de una secreta alianza entre el capitalista judío y el socialista judío. No puede negarse que todo el esquema}imaginario y fantástico tal como era, poseía una lógica pro­ pia. Si uno partía, como hizo Dísraeli, de la suposición de que los millonarios judíos eran los que realizaban la política judía; si uno tomaba en cuenta los insultos que los judíos habían sufrido durante siglos (que eran suficiente­ mente reales, pero seguían siendo estúpidamente exagerados por la propa­ ganda apologética judía); si uno había conocido los ejemplos no infrecuentes en los que el hijo de un millonario judío se convertía en dirigente del movi­ miento obrero, y sí sabía por experiencia cuán estrechamente ligados solían hallarse los lazos de una familia judía, la concepción de Disraeíi relativa a esa calculada venganza judía sobre los pueblos cristianos no resultaba tan forza­ da. La verdad era, desde luego, que los hijos de los millonarios judíos se incli­ naban hacia los movimientos izquierdistas precisamente porque sus padres, banqueros, jamás habían chocado abiertamente con los trabajadores. Por eso carecían completamente de esa conciencia de cíase que habría poseído el hijo de cualquier familia burguesa ordinaria, mientras que, por otra parte, y exac­ tamente por las mismas razones, los trabajadores no albergaban esos senti­ mientos antisemitas abiertos u ocultos que cualquier otra cíase mostraba ha­ cia los judíos. Obviamente, ios movimientos izquierdistas en la mayoría de los países ofrecieron las únicas posibilidades reales de asimilación.

La persistente tendencia de Disraeü a explicar la política en términos de las sociedades secretas se hallaba basada en experiencias que más tarde con­ vencerían a muchos intelectuales europeos de menor categoría. Su experien­ cia vital era que resultaba mucho más difícil conseguir un puesto dentro de la sociedad inglesa que un escaño en el Parlamento. La sociedad inglesa de su tiempo se congregaba en los clubes de moda, que eran independientes de las distinciones de partido. Los clubes, aunque resultaban extremadamente importantes para la formación de una élite política, escapaban al control

í7 Lord George Bentmck.

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público. Para un extraño tenían que parecer, desde luego, muy misteriosos. Eran secretos en tanto en cuanto no todo el mundo era admitido en tales círcu­ los. Se tornaron misteriosos sólo cuando los miembros de otras clases solici­ taron la admisión y, o bien se les negaba, o bien eran admitidos tras una plé­ tora de dificultades incalculables, imprevisibles y aparentemente irracionales. No hay duda de que ningún honor político podía sustituir los triunfos que proporcionaba la íntima asociación con los privilegiados. Resulta bastante significativo que las ambiciones de Disraeli no se resintieran ni siquiera al fi­ nal de su vida, cuando experimentó graves derrotas políticas, porque siguió siendo «la figura más destacada de la sociedad londinense»53.

En su ingenua certidumbre de la importancia general de las sociedades secretas, Disraeli fue un precursor de los nuevos estratos sociales que, nacidos fuera del marco de la sociedad, jamás pudieron comprender adecuadamente sus normas. Se encontraban en una situación en la que las distinciones entre la sociedad y la política resultaban constantemente enturbiadas y en la que, a pesar de las condiciones aparentemente caóticas, siempre ganaban los mis­ mos estrechos intereses de clase. El extraño sólo podía deducir que una insti­ tución conscientemente establecida y con objetivos definidos era la que lograba tan notables resultados. Y es cierto que todo este juego de la sociedad necesitaba tan sólo una resuelta voluntad política para transformar este semí-conscíente despliegue de intereses y maquinaciones esencialmente carentes de propósito en una política definida. Esto es lo que ocurrió brevemente en Francia durante el affaire D reyfus y en Alemania durante la década que pre­ cedió al ascenso de Hitíer al poder.

Disraeli, sin embargo, no sólo se hallaba al margen de la sociedad ingle­ sa, sino también al margen de la sociedad judía. Sabía poco de la mentalidad de los banqueros judíos, a quienes tan profundamente admiraba, y se habría mostrado decepcionado si hubiese comprendido que estos «judíos de excep­ ción», a pesar de su exclusión de la sociedad burguesa (jamás trataron real­ mente de ser admitidos), compartían su más importante principio político, según el cual la actividad política giraba en toíno a la protección de la propie­ dad y de los beneficios. Disraeli vio únicamente y se sintió impresionado por él, a un grupo sin úna organización política externa y cuyos miembros esta­

Monypenny y Buckie, op. cit., p. 1470. Esta excelente biografía proporciona una seria estimación del triunfo de Disraeli. Tras haber citado In Memoriam de Tennyson, canto 64, continúa como si­ gue: «En un aspecto el éxito de Disraeli fue más sorprendente y completo de lo que sugirieron los versos de Tennyson; no sólo ascendió por la escala política hasta el más alto peldaño y “perfiló el susurro del trono”; conquistó también a la Sociedad. Dominó las tertulias y lo que podríamos deno­ minar salones de Mayfair..., y su triunfo social, sea lo que fuere lo que pensaran los filósofos sobre su valor intrínseco, no fue ciertamente menos difícil de conseguir que el político para un despreciado y extraño y resultó quizás más dulce a su paladar» (p. 1506).

LOS JUDÍOS Y LA SOCIEDAD 157

ban, sin embargo, conectados por una aparente infinidad de relaciones fami­ liares y económicas. Su imaginación entraba en juego siempre que había que tratar con ellos, y creyó que todo quedaba «probado» — cuando, por ejem­ plo, las acciones del Canal de Suez fueron ofrecidas al gobierno inglés gracias a la información de Henry Oppenheim (que se había enterado de que el jedi-ve de Egipto ansiaba venderlas) y la venta fue realizada mediante un présta­ mo de cuatro millones de libras esterlinas otorgado por Lionel Rothschild.

Las convicciones raciales de Disraeli y sus teorías relativas a las sociedades secretas procedían, en su último análisis, de su deseo de explicar algo miste­ rioso y en realidad quimérico. No podía obtener una realidad política del quimérico poder de los «judíos de excepción»; pero podía, y lo hizo, ayudar a transformar las quimeras en temores públicos y entretener a una sociedad aburrida con muy peligrosos cuentos de hadas.

Tan consecuente como el más fanático racista, Disraeli habló solamente con desprecio del «moderno y novedoso principio sentimental de la naciona­ lidad»59. Odiaba la igualdad política que forma la base del estado-nación y te­ mía por la supervivencia de los judíos bajo sus condiciones. Suponía que la raza podía proporcionar un refugio, tanto social como político, contra la igualación. Y, dado que conocía a la nobleza de su tiempo mucho mejor de lo que llegaría a conocer al pueblo judío, no es sorprendente que llegara a modelar el concepto de raza según aristocráticos conceptos de casta.

Sin duda, tales conceptos de los sociaímente ÍnfraprivÍíegÍados podrían haber llegado lejos, pero habrían tenido escaso significado en la política euro­ pea si no hubieran confitado con necesidades políticas reales cuando, tras la disputa de África, pudieron ser adaptados a objetivos políticos. Esta voluntad de creer en el papel de la sociedad burguesa hizo de Disraeli el único judío del siglo X IX en recibir su parte de genuina popularidad. No fue culpa suya que la misma tendencia que fue responsable de su considerable y singular fortuna condujera a la postre a la gran catástrofe de su pueblo.

3. Entre el vicio y el delito

París ha sido justamente denominada la capitale du dix-neuvième siècle (Wal­ ter Benjamin). Pleno de promesas, el siglo X IX había empezado con la Revo­ lución francesa, y durante más de cien años fue testigo de la vana lucha con­ tra la degeneración del citoyen en bourgeois. Alcanzó su nadir en el «affaire Dreyfus» y tuvo otros catorce años de morboso respiro. La Primera Guerra

Ibíd., vol, I, libro 3.

ANTISEMITISMO

Mundial todavía pudo ser ganada por el atractivo jacobino Cíemenceau, el último hijo de la Revolución, pero el glorioso siglo de la natíon par excellence llegaba a su fin60 y París fue abandonado, sin significación política y sin esplendor social, a la vanguardia intelectual de todos los países. Francia desempeñó un papel muy pequeño en el siglo XX, que comenzó, inmediata­ mente después de la muerte de Disraeli, con la disputa de Africa y con la competencia por el dominio imperialista en Europa. Su declive, por eso, en parte provocado por la expansión económica de otras naciones y, en parte, por la desintegración interna, pudo asumir formas y seguir leyes que parecían inherentes al estado-nación.

Hasta cierto punto, lo que pasó en Francia en las décadas de los ochenta y los noventa sucedió treinta o cuarenta años más tarde en todos los estados-nación de Europa. A pesar de las distancias cronológicas, las Repúblicas de Weimar y de Austria tenían históricamente mucho en común con la Terce­ ra República, y ciertas estructuras políticas y sociales de Alemania y Austria en las décadas de los veinte y los treinta parecían seguir casi consciente­ mente el modelo de la Francia fm-de-sibcle.

En cualquier caso, el antisemitismo del siglo XIX alcanzó su cota máxima en Francia, y fue derrotado porque siguió siendo una cuestión de política interior sin contacto con tendencias imperialistas, que allí no existían. Las características principales de este tipo de antisemitismo reaparecieron en Ale­ mania y en Austria tras la Primera Guerra Mundial, y su efecto social sobre las respectivas juderías fue casi el mismo, aunque menos agudo, menos extre­ mado y más alterado por otras influencias61.

La razón principal, sin embargo, para la elección de los salones del Fau-bourg Saint-Germain como un ejemplo del papel de los judíos en la sociedad no judía es la de que en ninguna otra parte ha existido una sociedad igual­ mente grande o una más fidedigna documentación sobre ella. Cuando Mar-ceí Proust, él mismo medio judío y dispuesto a identificarse como judío en situaciones de emergencia, comienza a buscar el «tiempo perdido», escribió

Yves Simon, La Grande Crise de la République Française, Montreal, 1941, p. 20: «El espíritu de la Revolución francesa sobrevivió a la derrota de Napoleón durante más de un siglo... Triunfó, pero sólo para esfumarse inadvertidamente et 11 de noviembre de 1918. ¿La Revolución francesa? Sus fe­ chas han de situarse sin duda alguna entre 1789 y 1918»,

El hecho de que ciertos fenómenos psicológicos no se produjeran de forma tan aguda entre los ju ­ díos alemanes y austríacos puede ser parcialmente debido a la fuerte influencia del movimiento sio­ nista sobre los intelectuales judíos de esos dos países. El sionismo, durante la década siguiente a la Primera Guerra Mundial, e incluso en la década que precedió a ésta, debió su fuerza no tanto a su penetración política (y no determinó convicciones políticas) como a su análisis crítico de las reaccio­ nes psicológicas y de los hechos sociológicos. Su influencia fue principalmente pedagógica y sobrepa­ só el círculo relativamente pequeño de los miembros del movimiento sionista.

LOS JUDÍOS Y LA SOCIEDAD 159

realmente lo que uno cíe los críticos que le admiraban denominó una apolo­ gía pro vita sna. La vida del más importante escritor de la Francia deí siglo XX transcurrió exclusivamente en sociedad. Todos los acontecimientos se le pre­ sentaban como reflejados en la sociedad y reconsiderados por el individuo, de forma tal que las reflexiones y las reconsideraciones constituyen la especí­ fica realidad y la urdimbre del mundo de Proust6162. A través de En busca del tiempo perdido, el individuo y sus reconsideraciones pertenecen a la sociedad, incluso cuando se retira a la muda y aislada sociedad en la que el propio Proust desapareció finalmente cuando decidió escribir su obra. Allí su vida interior, que insistía en transformar todos ios acontecimientos mundanos en experiencias interiores, se tornó como un espejo en cuyo reflejo podía apare­ cer la verdad. El contemplador de la experiencia interna se asemeja al obser­ vador de la sociedad hasta el punto de que carece de una inmediata proximi­ dad a la vida y de que percibe la realidad sólo si es reflejada. Proust, nacido en el margen de la sociedad, pero todavía legítimamente dentro de ella aunque fuera como forastero, amplió esta experiencia interna hasta incluir toda la gama de aspectos tal como aparecían y eran reflejados por todos los miem­ bros de la sociedad.

No hay, desde luego, mejor testigo de este período en el que la sociedad se había emancipado completamente de las tareas públicas y en el que la mis­ ma política se estaba convirtiendo en parte de la vida social. La victoria de los valores burgueses sobre el sentido ciudadano de responsabilidad significó la descomposición de las cuestiones políticas en sus deslumbrantes y fascinantes reflejos sobre la sociedad. Debe añadirse que el mismo Proust fue un verda­ dero exponente de esta sociedad, porque se hallaba implicado en dos de los «vicios» que más de moda estaban, que él, «el más grande testigo del judais­ mo desjudaizado», relacionó en la «más negra comparación que jamás se haya hecho de parte del judaismo occidental»63: el «vicio» de la judeidad y el «vi­ cio» de la homosexualidad, y que en su reflejo y en su reconsideración indivi­ dual se tornaron por lo demás muy semejantes64.

Fue DisraeÜ quien descubrió que el vicio no es más que el correspon­ diente reflejo del delito en la sociedad. La perversidad humana, aceptada por la sociedad, deja de ser un acto de la voluntad para convertirse en una cuali­

61 Compárense con las interesantes observaciones sobre el tema, formuladas por E. Levinas, «L’Au-tre dans Proust», en Deucalion, núm. 2, 1947.

53 J. E. van Praag, «Marcel Proust, cémoin du judaísme déjudaísó», en Reme Juive de Genh'e, 1937, mims. 48, 49 y 50.

Una curiosa coincidencia Qo es más que una coincidencia?) se produce en la película Croafue, que se refiere a la cuestión judía. El argumento procede de The Brkk Fozhole, de Richard Brooks, en donde el judío asesinado de Crossfire era homosexual.

64 Para lo que sigue, véase especialmente Sodome et Gomorrhe, parte I, pp. 20-45.

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dad inherente y psicológica que el hombre no puede rechazar o elegir, sino que le es impuesta desde fuera y que le gobierna tan coactivamente como la droga domina ai adicto. Al asimilar el delito y transformarlo en vicio, la sociedad niega toda responsabilidad y establece un mundo de fatalidades en el que se ven enredados los hombres. La consideración moralista que hada un delito de cada alejamiento de la norma, y que los círculos de moda acos­ tumbraban a considerar estrecha y filistea, aunque denotaba una escasa com­ prensión psicológica, ai menos indicaba un gran respeto por la dignidad humana. Si el delito se considera como un tipo de fatalidad, natural o econó­ mico, todo el mundo resultará finalmente sospechoso de algún tipo de pre­ destinación especial hacia él. «El castigo es el derecho del delincuente», del que está privado si (en palabras de Proust) «los jueces deciden, y se hallan más dispuestos a perdonar el homicidio en los invertidos y la traición en los judíos por razones derivadas de... la predestinación racial». Es una atracción hacía el homicidio y hacia la traición la que se oculta tras esa pervertida tole­ rancia, porque en un momento puede trocarse en la decisión de liquidar no sólo a todos los verdaderos delincuentes, sino a todos los que se hallen «racialmente» predestinados a cometer ciertos delitos. Tales cambios suceden allí donde la máquina legal y política no está separada de la sociedad de for­ ma tal que las normas sociales pueden penetrar en ella y convertirse en nor­ mas políticas y legales. La aparente amplitud de criterio que iguala al delito y al vicio, si es autorizada a establecer su propio código legal, resultará invaria­ blemente más cruel e inhumana que las leyes, por severas que éstas sean, que respetan y reconocen la responsabilidad independiente del hombre por su conducta.

El Faubourg Saint-Germaín, sin embargo, como Proust lo describe, se hallaba en las primeras fases de esta evolución. Admitía a los invertidos por­ que se sentía atraído por lo que juzgaba un vicio. Proust describe cómo mon-sieur de Charlus, que anteriormente había sido tolerado, «a pesar de su vi­ cio», por su encanto personal y por su antiguo apellido, ascendió entonces a las alturas sociales. Ya no necesitaba vivir una doble vida y ocultar sus dudo­ sas amistades, sino que se le animaba a llevarías a los círculos de moda. Los temas de conversación que anteriormente habría evitado — el amor, la belle­ za, los celos— para que nadie sospechara de su anomalía, eran ahora recibi­ dos ávidamente «en razón de la experiencia extraña, secreta, refinada y mons­ truosa en la que fundaba sus opiniones»65.

Algo muy similar sucedió con los judíos. Las excepciones individuales, los judíos ennoblecidos, habían sido tolerados e incluso bien recibidos en la

Sodome et Gotnorrhe, parte II, cap. III.

LOS JUDÍOS V LA SOCIEDAD, 161

sociedad del Segundo Imperio, pero ahora los judíos como tales se tornaban crecientemente populares. En ambos casos, la sociedad distaba de verse impulsada por una revisión de los prejuicios. No dudaban de que los homo­ sexuales fueran «delincuentes» ni de que ios judíos fueran «traidores»; sólo revisaban su actitud hacia el delito y la traición. Lo malo de su nueva tole­ rancia no era, desde luego, que ya no se sentían horrorizados ante los inver­ tidos, sino que ya no experimentaban horror ante el delito. No dudaban en absoluto del criterio convencional. La enfermedad mejor oculta del siglo XIX, su terrible aburrimiento y su lasitud general, había estallado como un absceso. Los proscritos y los parias a ios que recurría la sociedad, indepen­ dientemente de sus restantes cualidades, al menos no se sentían acosados por el tedio, y si hemos de confiar en el juicio de Proust, eran los únicos en la sociedad fm -de-sihle que todavía eran capaces de apasionarse. Proust nos conduce a través del laberinto de las relaciones y de las ambiciones sociales sólo mediante el hilo de la capacidad humana para el amor, que es presenta­ do en la pervertida pasión de monsieur de Charlus por Moreí, en la devasta­ dora lealtad del judío Swann por su cortesana y en los desesperados celos del propio autor por Albertine, personificación del vicio en la novela. Proust señaló muy claramente que consideraba a los extraños y a los recién llegados, a los habitantes de Sodome et Gomorrhe, no sólo más humanos, sino también más normales.

La diferencia entre el Faubourg Saint-Germaín, que había descubierto súbitamente el atractivo de los judíos y de los invertidos, y el populacho que gritaba: «¡Mueran los judíos!» era que los salones todavía no se habían ligado abiertamente con el delito. Esto significaba que, por un lado, no deseaban participar activamente en la matanza y que, por otro, todavía profesaban una abierta antipatía por los judíos y horror por los invertidos. Todo esto deter­ minaba esa situación típicamente equívoca en la que los nuevos miembros no podían confesar claramente su identidad y, sin embargo, tampoco podían ocultarla. Tales eran las condiciones de las que surgió el complicado juego de exposición y ocuítamiento, de confesiones a medias y de engañosas distorsio­ nes, de exagerada humildad y de exagerada arrogancia, que, en conjunto, eran consecuencia del hecho de que era la judeidad de uno (o su homosexua­ lidad) la que le había abierto las puertas de los salones exclusivos, mientras que al mismo tiempo hacían extremadamente insegura su propia posición. En esta situación equívoca, la judeidad era para cada judío a la vez una tacha física y un misterioso privilegio personal, inherentes ambos a una «predesti­ nación racial».

Proust describe extensamente cómo la sociedad, siempre en busca de lo extraño, lo exótico y lo peligroso, identifica al final lo refinado con lo mons-

ANTISEMITISMO

truoso y está dispuesta a permitir monstruosidades — reales o fingidas— , tales como la extraña y poco común «obra rusa o japonesa, interpretada por actores nativos»66; el «pintado, tripudo y ajustadamente abotonado personaje (del invertido), que recordaba una caja de exótico y dudoso origen de la que se esca­ pa tal curioso olor a frutas que, al simple pensamiento de probarlas, se con­ mueve el corazón»67; el «hombre de genio», de quien se supone que emana un «sentido de lo sobrenatural» y en torno del cual la sociedad «se agolpará como ante un velador en movimiento para aprender el secreto de lo Infinito»68. En la atmósfera de esta nigromancia, un caballero judío o una dama turca podían parecer «como si realmente fuesen criaturas evocadas por el esfuerzo de un mé­ dium»69.

Es obvio que el papel de lo exótico, lo extraño y lo monstruoso no podía ser interpretado por aquellos «judíos» que, durante casi un siglo, habían sido admitidos y tolerados como «extranjeros advenedizos» y de «cuya amistad na­ die habría soñado siquiera en enorgullecerse»70. Encajaban mucho mejor, desde luego, aquellos a quienes nadie había conocido nunca, que, en la pri­ mera fase de su asimilación, no se hallaban identificados con la comunidad judía ni eran representativos de ésta, porque tal identificación con entidades bien conocidas habría limitado considerablemente la imaginación y las espe­ ranzas de la sociedad. Eran admitidos aquellos que, como Swann, poseían un inestimable encanto para la sociedad y buen gusto en general; pero más entu­ siásticamente acogidos eran quienes, como Bloch, pertenecían a «una familia de escasa reputación [y] tenían que soportar, como si estuvieran en el fondo del Océano, la incalculable presión que les imponían no sólo los cristianos de la superficie, sino también todas las sucesivas capas de castas judías superiores a la suya, cada una de las cuales aplastaba con su desprecio a la inmediata inferior». El deseo de la sociedad por recibir aí profundamente extraño y, como se creía, profundamente vicioso, eliminó esa ascensión de varias gene­ raciones en virtud de la cual los recién llegados tenían que «abrirse camino hasta el aire libre, elevándose de familia judía en familia judía»71. No fue acci­ dental el que esto sucediera poco después de que la judería francesa nativa, durante el escándalo de Panamá, cediera ante la iniciativa y la falta de escrú­ pulos de algunos aventureros judíos alemanes; las excepciones individuales, con o sin título, que más que nunca antes buscaban la sociedad de los salones

Ibfd.

67 Ibfd.

Le coté di Guermantes, parte I, cap. I. ® Ibfd.

70 Ibfd.

71 A l’ombre desjemes filies enfieur, II parte, «Noms de Pays: le Pays».

LOS JUDÍOS Y LA SOCIEDAD 163

antisemitas y monárquicos, donde podían soñar con los buenos días pasados deí Segundo Imperio, se encontraron en la misma categoría que judíos a los que jamás hubieran invitado a sus casas. Si la judeídad como excepcíonalidad era la razón para la admisión de judíos, entonces tenían que ser preferidos aquellos que eran claramente «una tropa sólida, homogénea dentro de sí mis­ ma y profundamente diferente de las personas que los veían pasar», aquellos que aún no habían «alcanzado la misma fase de asimilación» que sus herma­ nos advenedizos72.

Aunque Benjamín Disraeli seguía siendo uno de aquéllos judíos que eran admitidos en sociedad por constituir una excepción, su secularizada autorre-presentación como «un hombre elegido de la raza elegida» prefiguraba y esbozaba las líneas a lo largo de las cuales había de desarrollarse la autointer-pretación judía. Si ésta, fantástica y cruda como era, no hubiese resultado tan curiosamente similar a lo que la sociedad esperaba de los judíos, los judíos ja­ más habrían sido capaces de desempeñar este dudoso papel. No fue, desde luego, que adoptaran conscientemente las convicciones de Disraeli o que elaboraran intencionadamente la primera, tímida y pervertida autointerpre-tación de sus predecesores prusianos de comienzos de siglo; la mayoría de ellos ignoraba felizmente toda la historia judía. Pero allí donde los judíos fue­ ron educados, secularizados y asimilados bajo las ambiguas condiciones de la sociedad y del estado en la Europa occidental y central, perdieron esa medida de responsabilidad política que implicaba su origen y que los notables judíos siempre habían sentido, aunque fuera en la forma de privilegio y de dominio. El origen judío, sin connotaciones religiosas y políticas, se convirtió en todas partes en una cualidad psicológica, se tornó «judeídad» y desde entonces pudo ser considerado solamente dentro de las categorías de la virtud o del vi­ cio. Si bien es cierto que la «judeidad» no podría haber sido pervertida en un vicio interesante sin un prejuicio que la considerara delito, también es cierto que tal perversión fue posible gracias a aquellos judíos que la estimaban una virtud innata.

La judería asimilada ha sido censurada por su alienación del judaismo, y la catástrofe final que le sobrevino es frecuentemente considerada un sufri­ miento tan insensato como horrible, dado que había perdido el viejo valor del martirio. Este argumento ignora el hecho de que, por lo que se refiere a los antiguos estilos de fe y de vida, la «alienación» fue igualmente evidente en ios países de Europa oriental. Pero la noción general que estima «desjudaiza­ dos» a los judíos de Europa occidental es engañosa por otra razón. La des­ cripción de Proust, en contraste con las declaraciones obviamente interesadas

72 Ibíd.

164 ANTISEMITISMO

dei judaismo oficial, muestra que el hecho del nacimiento judío jamás desempeñó un papel tan decisivo en la vida privada y en la existencia cotidia­ na como entre los judíos asimilados. El reformador judío que transformaba tina religión nacional en una denominación religiosa con la idea de que la religión es un asunto privado; el revolucionario judío, que pretendía ser un ciudadano del mundo para desembarazarse de la nacionalidad judía; el judío educado, «un hombre en la calle y un judío en casa»: cada uno de éstos logra­ ron convertir una cualidad nacional en un asunto privado. El resultado fue que sus vidas privadas, sus decisiones y sentimientos se convirtieron en el ver­ dadero centro de su «judeídad». Y cuanto más perdió su significado religioso, nacional y socioeconómico el hecho dei nacimiento judío, más obsesiva se tomó la judeídad; los judíos se hallaban obsesionados por ésta como uno puede estarlo por un defecto o por una ventaja físicos, y entregados a ésta como uno puede estarlo a un vicio.

La «innata disposición» de Proust no es nada más que esta obsesión per­ sonal y privada, que estaba considerablemente justificada por una sociedad en la que el éxito y el fracaso dependían dei hecho del nacimiento judío. Proust lo confundió con la «predestinación racial» porque vio y describió sólo su aspecto social y sus reconsideraciones individuales. Y es cierto que, para el observador atento, la conducta de la camarilla judía mostraba las mis­ mas normas de comportamiento que seguían ios invertidos. Ambos se sen­ tían o bien superiores o bien inferiores, pero en cualquier caso orgullosamente diferentes de los demás seres normales; ambos creían que sus diferencias eran un hecho natural adquirido por el nacimiento; ambos se hallaban justificando constantemente, no lo que hacían, sino lo que eran; y ambos, finalmente, osci­ laban siempre entre tales actitudes apologéticas y las súbitas y provocativas afir­ maciones de que constituían una élite. Como si su posición oficial estuviera para siempre congelada por naturaleza, ni unos ni otros podían moverse de una camarilla a otra. La necesidad de pertenecer existía también en otros miembros de la sociedad — «la cuestión no era, como para Hamlet, ser o no ser, sino per­ tenecer o no pertenecer» 73—-, pero no en el mismo grado. Una sociedad que se desintegraba en camarillas y ya no toleraba a los extraños, judíos o invertidos, como individuos, sino por obra de las circunstancias especiales de su admisión, parecía como la encarnación de este espíritu de clan.

Cada sociedad exige de sus miembros un cierto grado de actuación,, la capacidad para presentar, representar y actuar lo que uno es realmente. Cuando la sociedad se desintegra en camarillas, tales demandas ya no se for­ mulan a los individuos, sino a los miembros de las camarillas. Entonces el

Sodome et Gomonhe, parte ÍI, cap. III.

LOS JUDÍOS Y LA SOCIEDAD 165

comportamiento es controlado por silenciosas demandas y no por las capaci­ dades inviduales, de la misma manera que la interpretación de un actor debe encajar en el conjunto de todos los demás papeles de la obra. Los salones del Faubourg Saint-Germain consistían en un conjunto de camarillas, cada una de las cuales presentaba una norma de conducta extrema. El papel de los invertidos consistía en mostrar su anormalidad; el de los judíos, en represen­ tar la magia negra («nigromancia»); el de los artistas, en manifestar otra for­ ma de contacto sobrenatural y superhumano; el de los aristócratas, en mos­ trar que no eran personas ordinarias («burgueses»). Pese a este espíritu de clan, es cierto, como observó Proust, que «menos en ios días de desastre general, cuando la mayoría se reúne en torno de la víctima como los judíos se reunieron en torno de Dreyfus», todos estos recién llegados rehuyeron la rela­ ción con los de su propia clase. La razón era que todas las marcas de distin­ ción se hallaban determinadas por el conjunto de las camarillas, de forma tal que los judíos o los invertidos sentían que perderían su carácter distintivo en una sociedad de judíos o de invertidos, en la que la judeidad y la homosexua­ lidad resultaran lo más natural, lo más carente de interés y la cosa más banal del mundo. Lo mismo, sin embargo, sucedía con sus anfitriones, que tam­ bién necesitaban un conjunto de contrastes ante los cuales poder ser diferen­ tes, de no aristócratas que admiraban a ios aristócratas como éstos admiraban a los judíos o a los homosexuales.

Aunque estas camarillas carecían de consistencia y se disolvían tan pronto como no había en torno de ellas miembros de otras camarillas, sus miembros utilizaban un misterioso lenguaje de signos, como si necesitasen algo extraño por lo que reconocerse entre sí. Proust informa extensamente de la importan­ cia de tales signos, especialmente para ios recién llegados. Mientras que, sin embargo, ios invertidos, maestros en el lenguaje de los signos, tenían al menos un secreto real, ios judíos empleaban este lenguaje sólo para crear la esperada atmósfera de misterio. Sus signos misteriosa y ridiculamente indicaban algo universalmente conocido: que en el rincón del salón de la princesa Tal y Cual se sentaba otro judío a quien no se permitía declarar abiertamente su identi­ dad, pero que sin esta cualidad insignificante jamás habría podido ascender hasta aquel rincón.

Vale la pena señalar que la nueva sociedad mixta de finales del siglo XIX , como Ja de los primeros salones judíos de Berlín, se centraba en tomo de la nobleza. La aristocracia había perdido para entonces toda su ansia de cultura y su curiosidad por los «nuevos especímenes de la humanidad», pero conser­ vaba su desprecio por la sociedad burguesa. Un anhelo de distinción social era su respuesta a la igualdad política y a la pérdida de su posición política y de privilegio que había sido afirmada con el establecimiento de la Tercera

ANTISEMITISMO

República, Tras un corto y artificial ascenso durante el Segundo Imperio, la aristocracia francesa logró mantenerse sólo por su espíritu de clan y por sus débiles intentos de reservar para sus hijos las más elevadas posiciones del ejér­ cito. Mucho más fuerte que la ambición política fue su agresivo desprecio por las normas de la clase media, que, indudablemente, fue uno de los moti­ vos más fuertes para la admisión de individuos y de grupos enteros de perso­ nas que habían pertenecido a clases sociaímente inaceptables. El mismo motivo que permitió a los aristócratas prusianos reunirse socialmente con actores y judíos condujo finalmente en Francia al prestigio social de los inver­ tidos. La clase media, por otra parte, no había logrado un autorrespeto social aunque, entretanto, se había elevado hasta la riqueza y el poder. La ausencia de una jerarquía política en el estado-nación y la victoria de la igualdad tor­ naban a la «sociedad secretamente más jerárquica a medida que exteriormen-te se hacía más democrática»74. Como el principio de jerarquía estaba encar­ nado en los exclusivos círculos sociales del Faubourg Saint-Germain, cada sociedad en Francia «reproducía las características más o menos modificadas, más o menos caricaturizadas de la sociedad de Faubourg Saint-Germain a la que a veces fingía... despreciar, sea cual fuera el estatus o las ideas políticas que sus miembros pudieran tener». La sociedad aristocrática era cosa del pasado sólo en apariencia; prevalecía en todo el cuerpo social (y no sólo en Francia), imponiendo la clave y la gramática de la vida social de moda75. Cuando Proust experimentó la necesidad de una apología pro vita sua y reconsideró su propia vida transcurrida en los círculos aristocráticos, propor­ cionó un análisis de la sociedad como tal.

El hecho principal del papel de los judíos en esta sociedad fm-de-$iitcle es que fue el antisemitismo del affaire Dreyfus el que abrió las puertas de la sociedad a los judíos, y que fue el final del affaire, o más bien el descubri­ miento de la inocencia de Dreyfus, el que puso fin a su gloria social76. En otras palabras, sea lo que fuere lo que los judíos pensaban de sí mismos o de Dreyfus, podían desempeñar el papel que la sociedad les había asignado mientras esta misma sociedad se hallase convencida de que pertenecían a una raza de traidores. Cuando resultó que el traidor había sido más bien una víc­ tima estúpida de'un complot ordinario y quedó establecida la inocencia de

Le colé de Guermantes, parte I, cap. II.

Ramón Fernández, «3La víe sociaíe dans l’oeuvre de Maree! Proust», en Les Cabiers MarcelProust, ntirrt. 2, 1927.

«Pero éste fue el momento en eí que, de los efectos del caso Dreyfus, surgió un movimiento anti­ semita paralelo a un más masivo movimiento hada ía penetración de la sociedad por los israelitas. Los políticos no se habían equivocado al juzgar que el descubrimiento del error judicial asestaría un golpe mortal al antisemitismo, Pero provisionalmente, al menos, ese descubrimiento realzó y exacer­ bó un antisemitismo social». Véase TheSweet Cheat Gone, cap. II.

LOS JUDIOS Y LA SOCIEDAD 167

ios judíos, el interés social por éstos se evaporó tan rápidamente como ei anti­ semitismo político. Los judíos volvieron a ser considerados ordinarios morta­ les y cayeron en la insignificancia de la que el supuesto delito de uno de los suyos les había elevado temporalmente.

Fue esencialmente este mismo tipo de gloria el que los judíos de Alema­ nia y de Austria disfrutaron bajo circunstancias mucho más graves inmedia­ tamente después de la Primera Guerra Mundial. Su supuesto delito entonces era el de haber sido culpables de la guerra, un delito que, no identificado con un solo acto de un único individuo, no podía ser refutado, de forma tal que la opinión que el populacho tenía de la judeidad como un crimen permane­ ció inalterada y la sociedad pudo continuar mostrándose encantada y fascina­ da por sus judíos hasta el mismo final. Sí existe alguna verdad psicológica en la teoría de la víctima propiciatoria, radica en el efecto de esta actitud social hacia los judíos; porque cuando la legislación antisemita obligó a la sociedad a desahuciar a los judíos, estos «fiíosemitas» sintieron que debían borrar un estigma que misteriosa y perversamente habían amado. Esta psicología, en realidad, difícilmente explica por qué estos «admiradores» de los judíos se con­ virtieron finalmente en sus asesinos, y puede dudarse de que abundaran tales «admiradores» entre quienes dirigieron las fábricas de la muerte, aunque el porcentaje de las llamadas clases cultas entre los verdaderos asesinos resulta sorprendente. Pero explica precisamente la increíble deslealtad de aquellos estratos de la sociedad que más íntimamente habían conocido a los judíos y que se habían mostrado más contentos y encantados con sus amigos judíos.

Por lo que a los judíos se refería, la transformación del «delito» de judaís^ mo en «vicio» de moda de la judeidad fue peligrosa en extremo. Los judíos habían podido escapar del judaismo mediante la conversión; de la judeidad no había escape. Además, un delito tropieza con el castigo; un vicio sólo pue­ de ser exterminado. La interpretación atribuida por la sociedad al hecho del nacimiento judío y el papel desempeñado por los judíos en el marco de la vida social se hallan íntimamente relacionados con la catastrófica perfección con la que pudieron ser puestos en, acción los mecanismos antisemitas. El tipo nazi de antisemitismo tenía sus raíces en estas condiciones sociales tanto como en condiciones políticas. Y aunque el concepto de raza había tenido otros objetivos y funciones más íntimamente políticos, su aplicación a la cuestión judía en su más siniestro aspecto debió mucho de su éxito a fenóme­ nos y convicciones sociales que virtualmente constituyeron consentimiento por parte de la opinión.

Las fuerzas decisivas del fatídico desplazamiento de los judíos hasta el centro de la tormenta de los acontecimientos fueron sin duda políticas; pero las reacciones de la sociedad ante el antisemitismo y los reflejos psicológicos

ANTISEMITISMO

de la cuestión judía en el individuo tuvieron algo que ver con la crueldad específica y el premeditado y organizado asalto a cada individuo de origen ju­ dío que eran ya característicos del antisemitismo del «ajfaire Dreyfus». Esta caza apasionada del «judío en general», del «judío en todas partes y en ningu­ na», no puede ser comprendida si se considera la historia del antisemitismo como una entidad en sí misma, como un simple movimiento político. Eos factores sociales, que no son tenidos en cuenta en la historia política o en la económica, ocultos bajo la superficie de los acontecimientos, jamás percibi­ dos por el historiador y registrados sólo por la fuerza más penetrante y apa­ sionada de poetas y novelistas (hombres a quienes la sociedad había impulsa­ do a la desesperada soledad y al aislamiento de la apología pro vita sua), cam­ biaron el curso que el simple antisemitismo político habría seguido si hubiese quedado abandonado a sí mismo, y que podía haber determinado una legis­ lación antijudía e incluso una expulsión en masa, pero difícilmente su exter­ minio general.

Incluso desde que el «ajfaíre Dreyfus» y su amenaza política a los dere­ chos de la judería francesa produjeron una situación social en la que los judíos disfrutaron de una ambigua gloría, el antisemitismo apareció en Europa como una mezcla insoluble de motivos políticos y de elementos sociales. La sociedad siempre reaccionó al principio ante el movimiento antisemita con una marcada preferencia hacia los judíos, de forma tal que la afirmación de Disraeii, según la cual «no hay ahora raza... que tanto agrade y fascine y eleve y ennoblezca a Europa como la de los judíos», se tornó particularmente cier­ ta en tiempos de peligro. El «fiíosemidsmo» social siempre acabó añadiendo al antisemitismo político ese misterioso fanatismo sin el que el antisemitismo difícilmente habría podido convertirse en el mejor eslogan para organizar las masas. Todos los déclassés de la sociedad capitalista se mostraron finalmente dispuestos a unirse y a establecer sus propias organizaciones de masas; su pro­ paganda y su atractivo descansaban en la suposición de que una sociedad que había mostrado su deseo de incorporar al delito en forma de vicio a su autén­ tica estructura estaría ahora dispuesta a limpiarse ella misma de vicios, admi­ tiendo abiertamente a los delincuentes y cometiendo públicamente delitos.

CAPÍTULO 4

EL AFFAIRE DREYFUS

1. Los hechos del caso

Sucedió en Francia a finales del año 1894. Alfred Dreyfus, un oficial judío del Estado Mayor francés, fue acusado y condenado por espionaje en favor de Alemania. El veredicto, deportación perpetua a la isla del Diablo, fue uná­ nime. El proceso se desarrolló a puerta cerrada. Del sumario, supuestamente voluminoso, de la acusación sólo se llegó a conocer el llamado bordereau. Era una carta supuestamente de puño y letra de Dreyfus, dirigida al agregado militar alemán, Schwartzkoppen. En julio de 1895, el coronel Picquart fue nombrado jefe de la Sección de Información del Estado Mayor. En mayo de 1896 dijo al jefe del Estado Mayor, Boisdeffre, que estaba convencido de la inocencia de Dreyfus y de la culpabilidad de otro jefe militar, el comandante Waísin-Esterhazy. Seis meses más tarde, Picquart fue destinado a un peligro­ so puesto en Túnez. Por entonces, Bernard Lazare, en nombre de los herma­ nos de Dreyfus, publicó el primer folleto del affaire: Une erreur judiciaire; la vérité sur l'affaire Dreyfus. En junio de 1897, Picquart informó a Scheurer-Kestner, vicepresidente del Senado, de los hechos del proceso y de la inocen­ cia de Dreyfus. En noviembre de 1897, Clemenceau comenzó su lucha por la revisión del caso. Cuatro semanas más tarde, Zola se unió a las filas de los

ANTISEMITISMO

dreyfisards. j'accuse fue publicado por el periódico de Clemenceau en enero de 1898. Al mismo tiempo, Picquart fue detenido. Zola, juzgado por calum­ nias al ejército, fue condenado por un tribunal ordinario y después por el Tri­ bunal de Casación. En agosto de 1898, Esterhazy fue expulsado del ejército por desfalco. Inmediatamente acudió a ver a un periodista británico, y le dijo que él, y no Dreyfus, era el autor del bordereau, que había falsificado la letra de Dreyfus por orden del coronel Sandherr, su superior y antiguo jefe de la Sección de Contraespionaje. Pocos días después, el coronel Henry, otro miembro del mismo departamento, confesó la falsificación de varios otros documentos del dossier secreto de Dreyfus y se suicidó. En consecuencia, el Tribunal de Casación ordenó que se abriera una investigación del caso Dreyfus.

En junio de 1899, el Tribunal de Casación anuló la sentencia original contra Dreyfus de 1894. El proceso de revisión se desarrolló en Rennes en agosto. La sentencia fue entonces de diez años de cárcel, en razón de «cir­ cunstancias atenuantes». Una semana más tarde, Dreyfus fue perdonado por el presidente de la República. La Exposición Universal se inauguró en París en abril de 1900. En mayo, cuando el éxito de la Exposición ya estaba garan­ tizado, la Cámara de Diputados, por una abrumadora mayoría, votó contra cualquier revisión ulterior del caso Dreyfus. En diciembre del mismo año, todos los procesos y demandas judiciales relacionados con el affaire quedaron liquidados mediante una amnistía general.

En 1903, Dreyfus solicitó una nueva revisión. Su petición fue desatendi­ da hasta 1906, año en que Clemenceau llegó a la Presidencia del Consejo de Ministros. En julio de 1906, el Tribunal de Casación anuló la sentencia de Rennes y absolvió a Dreyfus de todos los cargos. El Tribunal de Casación, sin embargo, carecía de autoridad para declararlo inocente. Tendría que haber ordenado la celebración de un nuevo proceso. Pero con toda probabilidad, y a pesar de las abrumadoras pruebas en favor de Dreyfus, otra revisión ante un tribunal militar habría conducido a una nueva condena. Dreyfus, por eso, ja­ más fue absuelto de acuerdo con la ley1, y el caso Dreyfus nunca concluyó realmente. La reposición del acusado jamás fue reconocida por el pueblo francés, y las pasiones que despertó en un principio jamás se apaciguaron por completo. En fecha tan tardía como 1908, nueve años después del perdón y

La obra más extensa y todavía indispensable sobre el tema es la de Joseph Reinach, L’Affaire Drey­ fus, París, 1903-1911, 7 vols. El estudio más detallado de entre los recientes, escrito desde un punto de vista socialista, es el de Wilson Herzog, Der Kampfeiner Republik, Zúrich, 1933. Resultan muy valiosos sus exhaustivos cuadros cronológicos. La mejor estimación política e histórica del affaire puede hallarse en la obra de D. W. Brogan, The Development of Modem France, 1040, libros VI y VIL Breve y fidedigna es la de G. Charensol, L’Affaire Dreyfus et la Troisième République, 1930.

EL AFFAIRE DREYFUS 1 7 1

dos años después de que Dreyfus fuera absuelto cuando, a instancias de Cle­ menceau, el cuerpo de Émile Zola iftte trasladado al Panteón, Alfred Dreyfus fue abiertamente atacado en la calle. Un tribunal de París absolvió a su asal­ tante e indicó que «disentía» de la decisión por la que Dreyfus había sido absueíto.

Aún más extraño es el hecho de que ni la primera ni la segunda guerra mundiales fueran capaces de relegar el asunto al olvido, A instancias de la Ac­ tion Française, el Précis de l'Affaire Dreyfus1 fue reeditado en 1924, y ha sido desde entonces el manual de referencia de los antidreyfusards. En el estreno de L’Affaire Dreyfus (una obra escrita por Rehfisch y Wilhelm Herzog bajo el seudónimo de RenéKestner) en 1931, la atmósfera de la década de los noven­ ta todavía prevalecía en las reyertas del auditorio, en las bombas fétidas lanza­ das sobre las butacas y en las unidades paramilitares de la Action Française movilizadas para provocar el terror de los actores, los espectadores y los sim­ ples viandantes. Tampoco el gobierno — de Laval— actuó de forma diferen­ te de la de sus predecesores de treinta años atrás: admitió de buena gana que era incapaz de garantizar una sola representación sin interrupciones, con lo que proporcionó un nuevo y último triunfo a los antidreyfiisards. Las repre­ sentaciones de la obra tuvieron que ser suspendidas. Cuando Dreyfus murió en 1935, la prensa en general se mostró temerosa de abordar el tema23, mien­ tras que los periódicos izquierdistas se manifestaron en los antiguos términos sobre la inocencia de Dreyfiis y la derecha hizo otro tanto respecto de la cul­ pabilidad de Dreyfus. Incluso hoy, aunque en menor grado, el affaire Drey­ fus es todavía un medio de identificación en la política francesa. Cuando fue condenado Pétain, el influyente periódico de provincias La Voix du Nord (de Lille) ligó el caso Pétain al caso Dreyfus y sostuvo que «el país sigue estando tan dividido como después del caso Dreyfus», porque el veredicto del tribu­ nal no liquidó un conflicto político ni «aportó a todos los franceses la paz de la mente ni la del corazón»4.

Aunque el affaire Dreyfus, en sus más amplios aspectos políticos, corres­ ponde al siglo XX, el caso Dreyfus, los diferentes procesos del capitán judío Alfred Dreyfus, son completamente típicos del siglo XIX, cuando ios hombres seguían los procedimientos judiciales atentamente porque cada uno les pro­ porcionaba una prueba del logro más importante del siglo: la completa imparcialidad de la ley. Resulta característico del período que un fracaso de la

Escrito por dos oficiales y publicado bajo el seudónimo de Henri Outrait-Crozon.

La Action Française (19 de julio de 1935) elogiaba la contención de ia prensa francesa mientras voceaba la opinión de que «los famosos campeones de la justicia y la verdad de hace cuarenta años no han dejado discípulos».

Véase G. H. Archambault, en New York Times, 18 de agosto de 1945, p. 5.

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justicia despertara tales pasiones políticas e inspirara una inacabable sucesión de procesos y apelaciones, por no hablar de duelos y de puñetazos. La doctri­ na de la igualdad ante la ley se hallaba tan firmemente implantada en la con­ ciencia del mundo civilizado, que un solo fracaso de la justicia provocaba la indignación publica desde Moscú hasta Nueva York. Tampoco había nadie, excepto en la misma Francia, tan «moderno» como para asociar el tema con cuestiones políticas5. El daño inferido a un solo oficial judío en Francia era capaz de provocar en el resto del mundo una reacción más vehemente y uni­ da que la que provocarían una generación más tarde todas las persecuciones de ios judíos alemanes. Incluso la Rusia zarista podía acusar a Francia de bar­ barie, mientras que en Alemania los miembros del círculo del káiser manifes­ tarían abiertamente una indignación que sólo podría haberse equiparado con la de la prensa radical de la década iniciada en 19306.

Las dramatispersonas del caso podían haber salido de las páginas de Bal-zac: por un lado, ios generales conscientes de su clase, encubriendo frenética­ mente a los miembros de su propia camarilla, y por el otro, su antagonista, Picquart, con su honradez tranquila, limpia y ligeramente irónica, junto a ellos se agrupan la indescriptible multitud de los parlamentarios, cada uno de los cuales se hallaba aterrado por lo que podía saber su vecino; el presidente de la República, notorio patrón de los búrdeles de París, y los magistrados, que vivían exclusivamente preocupados de sus contactos sociales. Y allí esta­ ban el mismo Dreyfus, un advenedizo en realidad, que se jactaba constante­ mente ante sus compañeros de la fortuna familiar que gastaba en mujeres; sus hermanos, ofreciendo patéticamente toda su fortuna, y después reduciendo la oferta a 150.000 francos, para la liberación de su pariente, nunca seguros completamente de si deseaban hacer un sacrificio o simplemente sobornar al Estado Mayor; y el abogado Démange, realmente convencido de la inocencia de su cliente, pero que basaba su defensa en una cuestión de duda para sal­ varse de los ataques y perjuicios a sus intereses personales. Finalmente, estaba

Las únicas excepciones, los periódicos católicos que en su mayoría en todos ios países se pronun­ ciaron contra Dreyfus, serán después analizadas. La opinión pública estadounidense no se limitó a las protestas, sino que llegó a comenzar un boicot contra la Exposición Universal de París que babfa de inaugurarse en 1900. Véase más abajo el efecto de esta amenaza. Para un estudio amplio véase la tesis de Rose A. Haiperln en la Columbra University, «The American Reacción to the Dreyfus Case», 1941. La autora desea agradecer al profesor S. W. Barón su amabilidad por haber puesto a su dispo­ sición ese estudio.

6 Así, por ejemplo, H. B. von Buelow, encargado de negocios alemán en París, escribió al canciller del Reích, Hoheníohe, que el veredicto de Rennes era «una mezcla de vulgaridad y de cobardía, los signos más ciertos de la barbarie», y que Francia «se había apartado con aquello de la familia de las naciones civilizadas», cita de Herzog, op. cit., bajo la fecha de 12 de septiembre de 1899. En la opi­ nión de von Buelow el affaire era el «reclamo» del liberalismo alemán; véase su Denkivürdigkeiten, Berlín, 1930-1931,1, 428.

EL A FF A IR E DREYFUS 173

el aventurero Esterhazy, hombre de antiguo linaje, tan profundamente abu­ rrido con ese mundo burgués como para hallar alivio tanto en el heroísmo como en la bellaquería. Había sido segundo teniente de la Legión Extranjera, eimpresionó a sus compañeros tanto por su considerable arrojo como por su insolencia. Siempre en dificultades, vivía sirviendo de padrino de duelo a los oficíales judíos y chantajeando a sus ricos correligionarios. Además, se apro­ vechaba de los buenos oficios del mismo gran, rabino para obtener las necesa­ rias presentaciones. Incluso en su postrera caída siguió fiel a la tradición de Balzac. No le condujeron a la perdición la traición y los sueños febriles de una orgía en los que cien mil fatuos ulanos prusianos galoparían salvajemen­ te por las calles de París7*, sino el mezquino desfalco del dinero de un parien­ te. ¿Y qué decir de Zola, con su apasionado fervor moral, con su pathos en cierto modo vacuo y su melodramática declaración, en vísperas de la huida a Londres, de que había oído la voz de Dreyfus rogándole que soportara aquel sacrificio?3.

Todo esto pertenece típicamente al siglo XIX, y en sí mismo nunca habría sobrevivido a dos guerras mundiales. El antiguo entusiasmo del populacho por Esterhazy, como su odio hacia Zola, se han extinguido hace largo tiem­ po, pero también se ha apagado aquella fiera pasión contra la aristocracia y el clero que inflamó antaño a Jaurès y que fue la que verdaderamente hizo posi­ ble la liberación final de Dreyfus. Como el affaire de los cagoulards había de mostrar, ios oficiales del Estado Mayor ya no tenían que temer la ira del pue­ blo cuando incubaran sus complots para un coup d'état. Desde la separación de la iglesia y del estado, Francia, aunque desde luego ya no tenía una men­ talidad clerical, había perdido parte de sus sentimientos anticlericales, de la misma manera que la iglesia católica había abandonado muchas de sus aspi­ raciones políticas. El intento de Pétain de convertir a la República en un estado católico fue bloqueado por la profunda indiferencia del pueblo y por la hostilidad del bajo clero hacia el fascismo clerical.

El affaire Dreyfus en sus implicaciones políticas pudo sobrevivir porque dos de sus elementos cobraron más importancia durante el siglo XX. El pri­ mero es el odio a los judíos; el segundo, el recelo hacia la misma República, hacia el Parlamento y hacia la maquinaria estatal. El más amplio sector del público podía todavía considerar, acertada o erróneamente, que esa maqui­ naría se hallaba bajo la influencia de los judíos y el poder de los bancos. Todavía en nuestra época el término antidreyfusard puede servir como nom ­ bre reconocido para designar a todo lo que es antirrepublicano, antidemocrá­

Théodore Reinach, Histoire sommaire de l'Affaire Dreyfits, Paris, 1924, p. 96.

3 Contado por Joseph Reinach, segun cita de Herzog, op. cit., con fecha 18 de junio de 1898.

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tico y antisemita. Hace unos pocos años lo comprendía todo, desde el monarquismo de la Action Française hasta el naciónalboíchevismo de Doriot y el socialfascismo de Déat. Pero la Tercera República no fracasó debido a es­ tos grupos fascistas, numéricamente carentes de importancia. Ai contrario, la simple, aunque paradójica verdad, es que su influencia jamás fue tan reduci­ da como en el momento en que se produjo su derrumbe. Lo que hizo caer a Francia fue el hecho de que ya no contaba con verdaderos dreyfusards, con nadie que creyera que la democracia y la libertad, la igualdad y la justicia po­ dían ser defendidas o realizadas bajo la República9. Al final, la República cayó como fruto maduro en el regazo de la vieja camarilla antidreyfusarde10 que siempre había constituido el meollo de su ejército, y este hecho sobrevino en una época en que contaba con pocos enemigos, pero casi no tenía ami­ gos. La cerril adhesión a las fórmulas de cuarenta años atrás muestra clara­ mente en cuán escasa medida era la camarilla de Pétain un producto del fas­ cismo alemán.

Mientras que Alemania la seccionaba astutamente y arruinaba toda su economía mediante la línea de demarcación, los dirigentes de Francia en Vichy jugaban con la antigua fórmula de Barrés de las «provincias autóno­ mas», lisiándola aún más. Introdujeron una legislación antijudía más rápida­ mente que cualquier Quisling, jactándose mientras tanto de que no necesita­ ban importar de Alemania el antisemitismo y de que su ley relativa a los ju ­ díos difería en puntos esenciales de la del Reich11.

Trataron de movilizar al clero católico contra los judíos sólo para hacer patente que los sacerdotes no sólo habían perdido su influencia política, sino que ya no eran antisemitas. Pues fueron los mismos obispos y sínodos a los

Que ni siquiera lo creía Clemenceau hacia el final de su vida lo revela ctaramence una observación recogida por René Benjamin, Clemenceau dans la retraite, Paris, 1930, p. 249: «¿Esperanza? ¡Imposi­ ble! ¿Cómo puedo esperar algo cuando ya no tengo fe en lo que me alzó, es decir, en la democracia?». 10 Weygand, conocido miembro de la Action Française, fue en su juventud un antidreyfiisard, Fue uno de los suscriptores de! «Memorial de Henry», abierto por La Libre Parole en honor del infortu­ nado coronel Henry, que purgó con su suicidio Ja falsificación cometida mientras pertenecía al Esta­ do Mayor. La lista de suscríptores fue más tarde publicada por Quillard, uno de los editores de LAurore (el periódico de Clemenceau), bajo el título de Le Monument Henry, París, 1899. Por lo que a Pétain se refiere, pertenecía al Estado Mayor del gobierno militar de París de 1895 a 1899, época en que nadie que no hubiese sido un declarado antidreyfiisard podría haber estado en ese organismo. Véase Contamine de Latour, «Le Maréchal Pétain», en Revue de Paris, I, 57-69. D. W Brogan, op. cit., p. 382, observa pertinentemente que de los cinco maríscales de la Primera Guerra Mundial, cua­ tro (Foch, Pétain, Lyautey y Fayolle) eran malos republicanos, mientras que el quinto, Jofifre, mos­ traba unas bien conocidas tendencias clericales.

i El mito de que fue obra de la presión del Reich la legislación antijudía de Pétain, que afectó a casi toda la judería francesa, ha sido explotado en la misma Francia. Véase especialmente la obra de Yves Simon, La Grande crise de la Républiquefrançaise: observations sur ta viepolitique desfrançais de 1918 à 1938, Montreal, 1941.

EL AFF AIRE DREYFUS 175

que el régimen de Vichy deseaba convertir de nuevo en poderes políticos, los que formularon la más categórica protesta contra la persecución de los judíos.

No es el caso Dreyfus con sus procesos, sino el affaire Dreyfus en su tota­ lidad, el que ofrece un primer destello del siglo XX, Como Bernanos señaló en 1931ia»«el affaire Dreyfus ya pertenece a esa trágica era que desde luego no concluyó con la pasada guerra, El affaire revela el mismo carácter inhumano, preservando entre el oleaje de pasiones irrefrenadas y las llamaradas de odio un corazón inconcebiblemente frío y duro». No fue ciertamente en Francia donde pudo hallarse la verdadera secuela del affaire, pero no hay que buscar muy lejos de allí la razón por la que Francia fue presa tan fácil para la agresión nazi. La propaganda de Hitler empleaba un lenguaje muy familiar y nunca completamente olvidado. El hecho de que el «cesarismo»1*3 de la Action Fran­ çaise y el nacionalismo nihilista de Barrés y de Maurras nunca triunfaran en su forma original es debido a una variedad de causas, todas ellas negativas. Carecían de una visión social y eran incapaces de traducir en términos popu­ lares aquellas fantasmagorías mentales que había engendrado su desprecio por el intelecto.

Aquí nos referimos esencialmente a las orientaciones políticas del affaire Dreyfus y no a ios aspectos legales del caso. Destacan principalmente cierto numero de rasgos característicos del siglo XX. Difusos y apenas distinguibles durante las primeras décadas del siglo, emergieron por fin a plena luz y se revelaron como parte de las principales tendencias de los tiempos modernos. Al cabo de treinta años de una forma de discriminación antijudía suave y puramente social, resultaba un poco difícil recordar que el grito «¡Mueran los judíos!» había resonado una vez a lo largo y ancho de un estado moderno cuando su política interior había cristalizado en el tema del antisemitismo. Durante treinta años las antiguas leyendas referentes a una conspiración mundial sólo fueron el recurso cómodo de la prensa popular y de la novela barata, y el mundo ya no recordaba fácilmente que no hacía mucho tiempo, en la época en que «Los Protocolos de los Sabios de Sión» eran desconocidos, toda una nación se había devanado los sesos para tratar de determinar si era la «Roma secreta» o la «secreta Judá» quienes sujetaban las riendas de la polí­ tica mundial14. *

Véase Georges Bernanos, La grandepeur des bien-pensants, Edouard Drumont, Paris, 1931, p. 262.

Waldemar Gurian, Der integrale Nationalismus in Frankreich: Charles Maurras und die Action Française, Frankfurt del Main, 1931, formula una clara distinción entre el movimiento monárquico y otras tendencias reaccionarías. El mismo autor discute el caso de Dreyfus en su Die politischen und sozialen Ideen des französischen Katholizismus, M. Gladbach, 1929.

í4 En lo que se refiere a la creación de tales mitos en ambos bandos, véase Daniel Halévy, «Apologie pour notre passé», en Cahiers de la quinzaine, serie XL, mim. 10, 1910.

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De forma similar, la filosofía vehemente y nihilista del autoodio espiri­ tual15 sufrió en cierta manera un eclipse cuando un mundo en paz temporal consigo mismo no producía ninguna cosecha de relevantes criminales para jüstificar la exaltación de la brutalidad y de la falta de escrúpulos. Los Jules Guérín tuvieron que esperar casi cuarenta años a que la atmósfera fuese de nuevo propicia a la acción de las unidades paramilitares de asalto. Los déclas-sés, originados por la economía del siglo XIX, tuvieron que crecer numérica­ mente hasta constituir fuertes minorías de las naciones antes de que el coitp d ’état, que no había sido más que un grotesco complot16 en Francia, pudiera llegar a ser realidad en Alemania casi sin esfuerzo. El preludio del nazismo fue interpretado en toda la escena europea. Por eso, el caso Dreyfus es más que un «delito» curioso e imperfectamente aclarado17, un enredo de oficiales del Estado Mayor disfrazados con barbas postizas y gafas oscuras, ofreciendo de noche sus estúpidas falsificaciones en las calles de París. Su héroe no es Drey­ fus, sino Ciemenceau, y no empieza con la detención de un oficial judío del Estado Mayor, sino con el escándalo de Panamá.

2. La Tercera Reptíblicay la judería francesa

Entre 1880 y 1888, la Compañía de Panamá, bajo la dirección de De Les-seps, que había construido el Canal de Suez, sólo pudo realizar escasos pro­ gresos prácticos. Sin embargo, dentro de la misma Francia, logró durante ese período nada menos que 1.335.538.454 francos en préstamos privados1819.El éxito resulta más significativo si se considera la prudencia de la clase media francesa en cuestiones económicas. El secreto del éxito de la Compañía radi­ có en el hecho de que varios de sus empréstitos públicos fueron invariable­ mente respaldados por el Parlamento, Generalmente, se consideraba la cons­

En la Carta a Francia de Zoia, en 1898, sorprende una nota claramente moderna: «Oímos en am ­ bos bandos que el concepto de libertad ha ¡do a la bancarrota. Cuando añoró el “Affaire Dreyfus”, este prevalente odio por la libertad halló una oportunidad dorada... ¿No veis que la tínica razón por la que Scheurer-Kestner ha sido atacado con tal furia es por pertenecer a una generación que creía en la libertad y trabajaba por ella? Hoy, cualquiera se encoge de hombros ante cosas semejantes... “Estos viejos”, se ríe, “sentimentales anticuados”». Herzog, op. cit., con fecha 6 de enero de 1898.

16 La burlesca naturaleza de los diferentes intentos realizados en el siglo XIX para preparar un coup d ’état fue claramente analizada por Rosa Luxemburgo en su artículo «Die soziale Krise in Fraiik-reich», en Die Nette Zett, vol. I, 1901.

!7 Todavía se ignora si el coronel Henry falsificó el bordereau por orden del jefe del Estado Mayor o por su propia iniciativa. En forma semejante, jamás ha sido adecuadamente aclarado el intento de asesinato de Labori, abogado de Dreyfus ante el Tribunal de Rennes. Véase, de Émile Zola, Cotres-pondence: lettres à Maître Labori, París, 1929, p. 31, n. 1.

19 Véase Walter Frank, Demokratie und Nationalisants in Frankreich, Hamburgo, 1933, p. 273.

EL AFFAIRE DREYFUS 1 7 7

trucción deí Canal más como un servido público y nacional que como una empresa privada. Cuando la Compañía llegó a la bancarrota fue, por eso, la política exterior de la República la que realmente sufrió el golpe. Sólo al cabo de unos pocos años llegó a comprenderse que aún más importante había sido la ruina de cerca de medio millón de franceses de la clase medía. Tanto la prensa como la comisión investigadora parlamentaría llegaron aproximada­ mente a la misma conclusión: la Compañía se hallaba en bancarrota desde hacía varios años. De Lesseps, aseguraron, había vivido con la esperanza de un milagro, acariciando el sueño de que, de alguna mañera, llegarían nuevos capitales con los que poner manos a la obra. Para conseguir la aprobación de los nuevos préstamos se había visto obligado a sobornar a la prensa, a medio Parlamento y a todos los altos funcionarios. Esto, sin embargo, había exigido el empleo de intermediarios, quienes, a su vez, habían demandado exorbitan­ tes comisiones. Así, lo que precisamente inspiró originariamente la confianza pública en la empresa, es decir, el apoyo del Parlamento a los préstamos, resultó ser al final el factor que convertía un no demasiado ortodoxo negocio privado en un chanchullo colosal.

No había judíos ni entre los miembros sobornados del Parlamento ni en el consejo de administración de la Compañía, jacques Reinach y Corné-lius Herz, sin embargo, rivalizaron por el honor de distribuir los sobornos entre los miembros de la Cámara, el primero entre el ala derecha de los par­ tidos burgueses y el segundo en los radicales (partidos anticlericales de la pequeña burguesía)19. Reinach fue consejero financiero secreto del gobierno durante la década de los años ochenta1920, y por eso se encargó de sus relaciones con la Compañía de Panamá, mientras que el papel de Herz era doble. Por un lado, servía a Reinach como enlace con los sectores radicales del Parlamento a los que el mismo Reinach no tenía acceso. Por otro, esta tarea le proporcio­ nó tal conocimiento del alcance de la corrupción, que pudo chantajear cons­ tantemente a su jefe y envolverle aún más a fondo en el embrollo21.

Como es natural, al servicio de Herz y de Reinach trabajaban cierto número de pequeños hombres de negocio judíos. Sus nombres, empero, pue­ den descansar muy bien en el olvido en el que merecidamente cayeron. Cuanto más incierta era la situación de la Compañía, más elevado, lógica­ mente, era el interés de la comisión, hasta que al final la Compañía recibía sólo una escasa porción del dinero que se le anticipaba. Poco antes de la ban­ carrota, Herz recibió por una sola transacción en el Parlamento un anticipo

Véase Georges Suárez, La Vie orgueilieuse de Clemenceau, París, 1930, p. 156.

Así lo afirmó, por ejemplo, el ex ministro Rouvier ante la Comisión investigadora.

Barrés (citado por Bernanos, op. cit., p. 271) comenta la tensión sucintamente: «Si Reinach se ha­ bía tragado algo, era Cornéíius Herz quien sabía cómo hacérselo vomitar».

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de nada menos que 600.000 francos. El anticipo, sin embargo, fue prematu­ ro. El préstamo no fue otorgado, y los accionistas se quedaron sencillamente sin 600.000 francos22. Todo este sucio asunto acabó desastrosamente para Reinach. Acosado por el chantaje de Herz, acabó por suicidarse23,

Pero poco antes de su muerte había dado un paso cuyas consecuencias para la judería francesa difícilmente pueden ser exageradas. Había entregado a La Libre Parole, el diario antisemita de Edouard Drumont, su lista de los parlamentarios sobornados, los llamados «pensionados», imponiendo como única condición que el diario debería abstenerse de mencionar su nombre cuando publicara su información. La Libre Parole, un periódico oscuro y polí­ ticamente insignificante, se transformó súbitamente en uno de ios diarios más influyentes del país, con una tirada de 300.000 ejemplares. La dorada oportuni­ dad que le había proporcionado Reinach fue explotada con un cuidado y una destreza notables. La lista de culpables fue publicada en pequeños fragmentos, de forma tal que centenares de políticos permanecían con el alma en vilo maña­ na tras mañana. El diario de Drumont, y con él todo el movimiento y la prensa antisemitas, acabaron por convertirse en una peligrosa fuerza dentro de la Terce­ ra República.

El escándalo de Panamá, que, en frase de Drumont, tomó visible lo invisible, aportó consigo dos revelaciones. En primer lugar, reveló que los parlamentarios y ios altos funcionarios se habían convertido en hombres de negocios. En segundo lugar, mostró que los intermediarios entre la empresa privada (en este caso, la Compañía) y la maquinaria estatal eran casi exclusivamente judíos24. Lo que resultaba más sorprendente era que to­ dos estos judíos que trabajaban en tan íntima relación con la maquinaria del estado eran unos recién llegados. Hasta el establecimiento de la Tercera República, la administración de las finanzas del estado había estado prácti­ camente monopolizada por los Rothschild. Un intento de sus rivales, los hermanos Péreire, para arrebatarles parte de esa administración, estable­ ciendo el Crédit Mobilier, concluyó en un compromiso. Y en 1882, el gru­ po de los Rothschild todavía era lo suficientemente poderoso como para provocar la bancarrota de la Union Générale católica, cuyo verdadero obje­ tivo había sido arruinar a los banqueros judíos25. Inmediatamente después

VAi.se Frank, op. cit„ en el capítulo titulado «Panama»; véase Suárez, op. cit, p, 155.

La pugna entre Reinach y Herz proporciona al escándalo de Panamá un aíre de gangsterismo poco corriente en eí siglo XIX. En su resistencia al chantaje de Herz, Reinach llegó tan lejos como para reclutar la ayuda de ex inspectores de policía, poniendo un precio de diez mil francos a la cabe­ za de su rival; véase Suárez, op. cit., p. 157.

24 Véase Levaillant, «La Genèse de l’antisémitisme sous la troisième République», en Revue des étu­ desjuives, vol. LUI (1907), p. 97.

2Í Véase Bernard Lazare, Contre L'Antisémitisme: Histoire d ’une polémique, Paris, 1896.

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de la conclusión del tratado de paz de 1871, cuyas estipulaciones financie­ ras fueron negociadas por parte de Francia por los Rothschild, y por parte alemana por Bleíchroeder, ex agente de la casa, los Rothschild se embarca­ ron en una política sin precedentes: se manifestaron abiertamente en favor de la monarquía y en contra de la república36. Lo que resultaba nuevo no era esta tendencia monárquica, sino el hecho de que, por vez primera, un importante poder financiero judío se alzara en oposición contra el régimen del momento. Hasta entonces, los Rothschild se habían acomodado a cual­ quier sistema político que estuviera en el poder. Parecía, por eso, que la república era la primera forma de gobierno que no tenía realmente nada que ofrecerles.

Tanto la influencia política como el estatus social de los judíos se habían debido durante siglos al hecho de que constituían un cerrado grupo que tra­ bajaba directamente al servicio del estado y se hallaba directamente protegi­ do por éste en razón de las tareas especiales que realizaba. La íntima e inme­ diata relación con la maquinaria del gobierno sólo era posible mientras que el estado permaneciera a distancia del pueblo, mientras las clases dirigentes siguieran mostrándose indiferentes a estas actividades financieras. En tales circunstancias, los judíos eran, desde el punto de vista del estado, el elemen­ to más seguro de la sociedad, porque realmente no pertenecían a ella. El sis­ tema parlamentario permitió a la burguesía liberal ganar el control de la maquinaria del estado. Pero los judíos jamás habían pertenecido a esta bur­ guesía, y por eso eran mirados con una no injustificable suspicacia. El régi­ men ya no necesitaba a los judíos como antes, dado que ahora era posible lo­ grar, a través del Parlamento, una expansión financiera que superara los más audaces sueños de los antiguos monarcas, más o menos absolutos o constitu­ cionales. De esta manera, las principales casas judías se esfumaron gradual­ mente de la escena de las finanzas políticas y se desplazaron a los salones más o menos antisemitas de la aristocracia, para soñar así con la financiación de movimientos reaccionarios destinados a restaurar los antiguos y buenos tiem­ pos25*27. Mientras tanto, empero, otros círculos judíos, recién llegados entre los plutócratas judíos, empezaban a tomar parte creciente en la vida comercial de la Tercera República. Lo que ios Rothschild casi olvidaron y lo que estuvo casi

Por lo que se refiere a la complicidad de la gran Banca con el movimiento orleanista, véase G. Charensof, op. eit. Uno de los portavoces de este poderoso grupo era Arthur Meyer, editor de Le Gaulois, judío bautizado, Meyer pertenecía al sector más violento de los antidreyfiaards. Véase Cie-menceau, «Le spectacle du jour», en finiquité, 1899; véanse también las anotaciones en el diario de Hohenlohe, en Herzog, op, dt., con fecha 11 de junio de 1898.

Sobre las inclinaciones ai bonapardsmo, véase Frank, op. dt., p. 419, basadas en documentos no publicados obtenidos de los archivos del Ministerio alemán de Asuntos Exteriores,

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a punto de costarles su poder fue el simple hecho de que, una vez que aban­ donaron, aunque fuese momentáneamente, su activo interés en un régimen, inmediatamente perdieron su influencia no sólo en los círculos gubernamen­ tales, sino también entre los judíos. Los inmigrantes judíos fueron los prime­ ros en advertir su oportunidad28. Comprendieron muy bien que la Repúbli­ ca, tal como se había desarrollado, no era la secuela lógica de un alzamiento del pueblo unido. De la matanza de los 20.000 communards, de la derrota militar y del colapso económico, lo que había en realidad emergido era un régimen cuya capacidad de gobernar resultó dudosa desdé el principio. Has­ ta el punto de que al cabo de tres años una sociedad conducida hasta el bor­ de de la ruina clamaba por un dictador. Y cuando lo consiguió en la persona del presidente general MacMahon (cuya única nota distintiva había sido su derrota de Sedán), éste resultó muy pronto ser un parlamentario de la vieja escuela, y al cabo de unos pocos años (1879) presentó su dimisión. Mientras tanto, sin embargo, los diferentes elementos de la sociedad, desde los oportu­ nistas hasta los radicales y desde los coalicionistas hasta la extrema derecha, habían decidido qué cíase de política necesitaban de sus representantes y qué método debían emplear. La política adecuada era la defensa de sus propios intereses, y el método oportuno era la corrupción29. Después de 1881, la estafa (citando a León Say) se convirtió en la única ley.

Se ha señalado justamente que en este período de la historia francesa cada partido político tenía su judío, de la misma forma que cada casa real tuvo una vez su judío palaciego30. La diferencia, empero, era profunda. La inver­ sión de capital judío en el estado había contribuido a dar a los judíos un pa­ pel productivo en la economía de Europa. Sin su ayuda habría resultado inconcebible el desarrollo durante el siglo XVIII del estado-nación y de su independiente administración civil. Al fin y al cabo, la judería occidental de-

Jacques Reinach había nacido en Alemania, recibió una baronía italiana y se nacionalizó en Fran­ cia. Cornélius Herz había nacido en Francia y era hijo de padres bávaros. Emigró a América en su primera juventud y allí adquirió la ciudadanía/ amasó una fortuna. Para más detalles, véase Brogan, op. cit, pp. 268 y ss.

Característico de la forma en que los judíos nativos desaparecieron de los cargos públicos es el hecho de que tan pronto como comenzaron a ir mal los asuntos de la Compañía de Panamá, Lévy-Crémieux, su pimer consejero financiero, fue sustituido por Reinach; véase Brogan, op. cit., libro VI, capítulo 2,

19 Georges Lachapelle, Les Finances de la Troisième République, Paris, 1937, pp. 54 y ss., describe detalladamente cómo la burocracia logró el control de los fondos públicos y cómo la Comisión de Presupuestos se hallaba enteramente gobernada por intereses particulares.

Con respecto al estatus económico de los miembros deí Parlamento, véase Bernanos, op. cit, p.

192: «La mayoría de ellos, como Gambetta, carecían incluso de otra muda de ropa interior».

Como Frank señala (op. cit., pp. 321 y ss.), la derecha tenía a su Arthur Meyer, el boulangerismo a su Alfred Naquet, los oportunistas a su Reinach y los radicales a su Dr. Cornélius Herz.

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bía su emancipación a estos judíos palaciegos. Las turbias transacciones de Reinach y sus asociados ni siquiera condujeron a una riqueza duradera31. Todo lo que hicieron fue cubrir con una oscuridad aún más profunda las misteriosas y escandalosas relaciones entre los negocios y la política. Estos parásitos en un cuerpo corrompido sirvieron para proporcionar a una sociedad totalmente decadente una coartada notablemente peligrosa. Como eran judíos, era posible convertirles en víctimas propiciatorias cuan­ do hubiese que calmar la indignación pública. Después las cosas seguirían del mismo modo. Los antisemitas podían señalar inmediatamente a los parásitos judíos para «probar» que todos los judíos en todas partes eran sólo gusanos en el cuerpo del pueblo, que, de otra manera, estaría sano. No les importaba que la corrrupción del cuerpo político se hubiera iniciado sin la ayuda de los judíos; que la política de los hombres de negocios (en una sociedad burguesa a la que no habían pertenecido los judíos) y su ideal de competencia ilimitada hubieran conducido a la desintegración del estado en la política de los partidos; que las clases dirigentes se hubiesen revelado incapaces de proteger sus propios intereses, por no mencionar los intereses del país. Los antisemitas que se denominaban a sí mismos patriotas intro­ dujeron una nueva especie de sentimiento nacional, que consistía primaria­ mente en ocultar por completo las faltas del propio pueblo y condenar en bloque las de todos ios demás.

Los judíos podían seguir siendo un grupo al margen de la sociedad sólo mientras fueran útiles a una maquinaria estatal más o menos homogénea y mientras ésta se hallara interesada en protegerles. La decadencia de la maquinaria del estado produjo la disolución de las cerradas filas de la judería, que había estado durante tanto tiempo ligada a aquélla. El primer signo de esta evolución apareció en las actividades desempeñadas por los judíos fran­ ceses recientemente naturalizados, sobre los que habían perdido su control sus hermanos nativos, de la misma manera que ocurrió en la Alemania del período de inflación. Los recién llegados cubrieron los huecos que quedaban entre el mundo comercial y el estado.

Mucho más desastroso fue otro proceso que comenzó asimismo por esta época y que fue impuesto desde arriba. La disolución del estado en facciones, aunque destrozó la cerrada sociedad de los judíos, no les empujó a un vacío en el que pudieran vegetar fuera del estado y de la sociedad. Porque los ju ­ díos eran demasiado ricos y, en una época en la que el dinero constituía uno

A estos recién llegados se dirigen las acusaciones de Drumont (Les Trétauxdu succès, Parts, 1901, p. 237): «Estos grandes judíos que parten de la nada y lo consiguen todo... vienen de Dios sabe dón­ de, viven en un misterio, mueren supuestamente... No llegan, saltan... No mueren, se esfuman».

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de ios requisitos destacados del poder, demasiado poderosos. Más bien ten­ dieron a ser absorbidos por una variedad de «grupos», de acuerdo con sus inclinaciones políticas o, más frecuentemente, con sus relaciones sociales. Esto, sin embargo, no condujo a su desaparición. Mantuvieron ciertas rela­ ciones con la maquinaria estatal y continuaron interviniendo, aunque de for­ ma crucialmente diferente, en las actividades financieras deí estado. Así, a pe­ sar de su conocida oposición a la Tercera República, fueron precisamente los Rothschild quienes se encargaron de la emisión del empréstito ruso, mientras que Arthur Meyer, aunque bautizado y monárquico declarado, figuraba en­ tre los implicados en el escándalo de Panamá. Esto significaba que los recién llegados a la judería francesa, que constituían los nexos principales entre el comercio privado y la maquinaria del gobierno, fueron seguidos por los nati­ vos. Pero si los judíos habían constituido anteriormente un grupo fuerte y estrechamente unido cuya utilidad para el estado resultaba obvia, ahora se hallaban escindidos en camarillas, mutuamente antagónicas, pero consagra­ das todas al mismo propósito de ayudar a la sociedad a medrar a costa del estado.

3. E l ejército y el clero contra la Reptíblica

Aparentemente alejado de todos estos factores, aparentemente inmune ante toda la corrupción, se alzaba el ejército, herencia del Segundo Imperio. La República nunca se había atrevido a dominarlo, aun cuando sus simpatías monárquicas y sus intrigas llegaran a expresarse abiertamente con ocasión de la crisis de Bouíanger, La oficialidad estaba constituida, como anteriormente, por los hijos de las antiguas familias aristocráticas, cuyos antepasados, como émigrésy habían luchado contra su patria durante las guerras revolucionarias. Estos oficiales se hallaban fuertemente influidos por el clero, que, desde la Revolución, se había esforzado por apoyar los movimientos antirrepublica­ nos y reaccionarios. Su influencia era igualmente intensa sobre los oficiales de más modesta cuna pero que esperaban, como resultado de la vieja prácti­ ca eclesiástica de premiar el talento sin atender al linaje, ganar ascensos con la ayuda del clero.

En contraste con las cambiantes y fluidas camarillas de la sociedad y del Parlamento, donde la admisión era fácil y la adhesión voluble, se erigía la rigurosa exclusividad del ejército, tan característica del sistema de castas. No era la vida militar, ni el honor militar, ni el esprit de corps, lo que mantenía unidos a los oficíales para formar una muralla reaccionaría contra la Repúbli­ ca y contra todas las influencias democráticas; era simplemente el lazo de cas­

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ta32, La negativa del estado a ía democratización del ejército y a subordinarlo a las autoridades civiles produjo notables consecuencias. Hizo del ejército una entidad al margen de la nación y creó un poder armado cuyas lealtades eran susceptibles de ser orientadas en direcciones que nadie podía predecir. Que este poder, dominado por el sistema de castas y entregado a sí mismo, no estaba a favor ni en contra de nadie es un hecho que se advierte claramente en la historia de los casi burlescos conps d ’état, en los que, a pesar de las declara­ ciones en sentido contrario, el ejército no deseaba realmente tomar parte. Incluso su notorio monarquismo era, en último término, tan sólo un pretexto para preservarse como grupo de intereses independiente, dispuesto a defender sus privilegios «sin respeto por la República, a pesar de la República e incluso contra ésta»33. Los periodistas contemporáneos y los historiadores posteriores han realizado notables esfuerzos para explicar el conflicto entre los poderes militar y civil durante el affaire Dreyfus en términos de un antagonismo entre «hombres de negocios y soldados»34. Sabemos hoy, sin embargo, cuán injustifi­ cada es esta interpretación, indirectamente antisemita. La Sección de Informa­ ción del Estado Mayor se mostró razonablemente experta en el mundo de los negocios. ¿Acaso no traficaban con bordereaux y los vendían fríamente a los agregados militares extranjeros tan abiertamente como un peletero podía trafi­ car en pieles y llegar a ser presidente de ía República, o como el yerno del pre­ sidente traficaba con honores y distinciones?35. Por lo demás, el celo de Schwartzkoppen, agregado militar alemán, ansioso de destruir más secretos militares que los que Francia tenía que ocultar, tuvo que ser una positiva fuen­ te de preocupación para estos caballeros del servicio de contraespionaje, que, al fin y al cabo, no podían vender más de lo que producían.

El gran error de los políticos católicos fue imaginar que, para la realiza­ ción de su política europea, podían utilizar al ejército francés simplemente porque parecía ser antirrepublicano. La iglesia tendría, en realidad, que pagar este error con la pérdida de toda su influencia política en Francia36. Cuando

Véase el excelente artículo anónimo «The .Dreyfus Case: A Study of French Opinión», en The Contempomry Review, vol. LXXIV (octubre de í 898).

Véase Luxemburgo, loe. cit.: «La razón por la que el ejército no deseaba dar un paso adelante era que quería mostrar su oposición al poder civil de la República, sin perder, al mismo tiempo, la fuer­ za de esa oposición comprometiéndose con una monarquía».

34 Bajo este título describió el caso Dreyfus Maximilían Barden (un judío alemán), en DieZukunfi (1898). Wat te r Frank, el historiador antisemita, emplea el mismo eslogan en el encabezamiento de su capítulo sobre Dreyfus, mientras que Bernanos (op. cit., p. 413) señala en el mismo estilo que «acertada o equivocadamente, la democracia ve en los militares su más peligroso rival».

El escándalo de Panamá fue precedido por el llamado «affltire Wilson». Se descubrió que el yerno del presidente traficaba abiertamente con distinciones y condecoraciones.

36 Véase, del padre Édouard Lecanuet, Les signes avant-courettrs de Id sépamtion, 1894-1910, París, 1930.

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la Sección de Información resultó ser una vulgar fábrica de falsificaciones, como Esterhazy, que se hallaba en condiciones de saberlo, describió al Deuxiè­ me Bureau37, nadie en Francia, ni siquiera el ejército, quedó tan seriamente comprometido como la iglesia. Al final del siglo pasado, el clero católico tra­ taba de recobrar su antiguo poder político en aquellos sectores en los que, por una u otra razón, la autoridad secular se hallaba en declive ante el pueblo. Ejemplos oportunos eran los de España, donde una aristocracia decadente y feudal había determinado la ruina económica y cultural del país, y Austria-Hungría, donde un conflicto de nacionalidades amenazaba diariamente con desintegrar el estado. Y tal era también el caso de Francia, en donde la nación parecía estar hundiéndose rápidamente en el cenagal de los intereses en con­ flicto38. El ejército — sumido en un vacío político por la Tercera República— aceptó de buena gana la guía del clero católico, que al menos proporcionaba la jefatura civil, sin la que los militares pierden su «raison d'être [que] es la de defender el principio encarnado en la sociedad civil», como señaló Clemen­ ceau.

La iglesia católica debió así su popularidad al difundido escepticismo popular que veía en la República y en la democracia la pérdida de todo or­ den, seguridad y voluntad política. Para muchos, el sistema jerárquico de la iglesia parecía la única salida del caos. Por lo demás, fue este hecho, más que cualquier renacer religioso, lo que originó que el clero fuera respetado39. Es un hecho que los más firmes defensores de la iglesia en aquel período eran los exponentes del llamado catolicismo «cerebral», los «católicos sin fe», que en adelante dominarían todo el movimiento monárquico y ultranacionalista. Sin creer en su base ultraterrena, estos «católicos» clamaban por más poder para todas las instituciones autoritarias. Ésta fue la línea primeramente for­ mulada por Drumont y más tarde respaldada por Maurras40.

La gran mayoría del clero católico, profundamente implicado en manio­ bras políticas, siguió una línea de acomodo. En esto, como lo revela el affaire Dreyfus, alcanzó un notable éxito. Así, cuando Victor Basch se entregó a la causa de conseguir un nuevo juicio, su casa de Rennes fue saqueada bajo la

37 Véase, de Bruno Weií, LAjfatre Dreyfus, París, 1930, p. 169-

Véase, de Clemenceau, La Croisade, op. cit.: «España se retuerce bajo el yugo de la iglesia romana, Italia parece haber sucumbido. Los únicos países que restan son la católica Austria, ya en su lucha a muerte, y la Francia de la Revolución, contra la que se hallan ahora desplegadas las huestes papales».

Véase Bernanos, op. cit.r p. 152: «Nunca dejará de repetirse suficientemente que el auténtico beneficiario de este movimiento de reacción que siguió a la caída del imperio y a la derrota fue el cle­ ro. Gracias al clero la reacción nacional asumió tras 1873 el carácter de un despertar religioso».

Para lo referente a Drumont y el origen del «catolicismo cerebral», véase Bernanos, op, cit., pp. 127 y ss.

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dirección de tres clérigos41, en tanto que una figura no menos distinguida como la del dominico padre Didon convocó a los estudiantes del Collège D ’Arcueil a «desenvainar la espada, aterrorizar, cortar cabezas y al frenesí»42. Similar fue también la postura de trescientos clérigos menos importantes que se inmortalizaron en eí «Memorial de Henry», como se denominó a la sus­ cripción pública abierta por La Libre Parole para la constitución de un fondo a beneficio de madame Henry (viuda del coronel que se suicidó mientras se hallaba en prisión)43, que ciertamente constituye un monumento eterno a la asombrosa corrupción de las clases altas del pueblo francés de aquella época. Durante eí período de la crisis de Dreyfus no fue su clero regular, ni sus órde­ nes religiosas ordinarias, ni ciertamente sus homines religiosi, quienes influye­ ron en la línea política de la iglesia católica. Por lo que a Europa se refería, su política reaccionaria en Francia, Austria y España, así como su apoyo a las tendencias antisemitas en Víena, París y Argel, eran probablemente conse­ cuencia inmediata de la influencia jesuítica. Eran los jesuítas quienes siempre habían representado mejor, tanto por escrito como verbalmente, la escuela antisemita del clero católico44. Este hecho es en amplia medida consecuencia de sus estatutos, de acuerdo con los cuales todo novicio debía probar que carecía de sangre judía hasta la cuarta generación45, Y resultado de que a comienzos del siglo XiX la dirección de la política internacional de la iglesia hubiera pasado a sus manos46.

Ya se ha señalado cómo la disolución de la maquinaria estatal facilitó el ingreso de los Rothschild en los círculos de la aristocracia antisemita. El gru­ po de moda del Faubourg Saint-Germain abrió sus puertas no sólo a unos

Véase Herzog, op. cit., con fecha 21 de enero de 1898.

Véase Lecanuet, op. cit., p. 182.

45 Véase más arriba la nota 10.

La revista de los jesuítas La Civiltà Cattolica fue durante décadas la más abiertamente antisemita y una de las revistas católicas más influyentes de todo el mundo. Publicaba propaganda antijudfa mucho antes de que Italia se tomara fascista y su política no se mostró afectada por la actitud anti­ cristiana de los nazis. Véase, de Joshua Starr, «Iíatys Antisemites», en Jewish Social Studici, 1939.

Según L. Koch, S. J.: «De todas las órdenes, la Compañía de Jesús, mediante sus reglas, es la me­ jor protegida contra las influencias judías», en Jatùtcn-Lcxikon, Paderborn, 1934, artículo «juden».

Originariamente, conforme al acuerdo de 1593, quedaban excluidos todos los cristianos de ascen­ dencia judía. Un decreto de 1608 estipuló que las reinvestigaciones habían de remontarse a la quin­ ta generación. La última disposición, de 1923, las redujo a cuatro generaciones. En casos individua­ les, eí general de la Compañía podía eximir de tales requisitos,

46 Véase, de H, Boehmer, La Jésuites, traducido del alemán, París, 1910, p, 284: «Desde 1820.,. no ha existido nada semejante a unas iglesias nacionales independientes, capaces de resistir las órdenes dei Papa dictadas por los jesuítas. El alto clero de nuestros días ha plantado sus tiendas frente a la Santa Sede y la iglesia se ha convertido en lo que Belarmíno, el gran polemista jesuíta, exigió siempre que debería llegar a ser, una monarquía absoluta cuya política puede ser dirigida por los jesuítas y cuya evolución pueda ser determinada apretando un botón».

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pocos judíos ennoblecidos, sino a sus sicofantes bautizados, los judíos antise­ mitas, también arrastrados en esa dirección en su calidad de recién llegados47. Resulta curioso que los judíos de Alsacia, quienes, como la familia Dreyfus, se habían trasladado a París tras la cesión de ese territorio, desempeñaran una parte especialmente destacada en este ascenso social. Su exagerado patriotis­ mo se reveló aún más marcadamente en la forma en que se esforzaban por disociarse de ios inmigrantes judíos. La familia Dreyfus pertenecía a ese sec­ tor de la judería francesa que trataba de asimilarse, adoptando su propio tipo de antisemitismo48. Este acomodo a la aristocracia francesa tuvo un resultado inevitable: ios judíos se esforzaron por orientar a sus hijos hacia los mismos altos puestos militares que ambicionaban los de sus nuevos amigos. Fue aquí donde surgió la primera causa de fricción. La admisión de judíos en la alta sociedad había sido relativamente pacífica. Las clases altas, a pesar de sus sueños de una restauración monárquica, eran políticamente un sector invertebrado y no se preocupaban innecesariamente de una forma o de otra. Pero cuando los judíos comenzaron a buscar la igualdad en el ejército se enfrentaron con la decidida oposición de los jesuítas, que no estaban preparados para tolerar la existencia de oficiales inmunes a la influencia del confesionario49. Además, tropezaron con un inveterado espíritu de casta que la atmósfera de los salones les había hecho olvidar, un espíritu de casta que, ya reforzado por la tradición y la profesión, se hallaba aún más inten­ samente fortalecido por su resuelta hostilidad hacía la Tercera República y la Administración Civil.

Un historiador moderno ha descrito la lucha entre los judíos y los jesuí­ tas como «una pugna entre dos rivales» en la que el «alto clero jesuítico y la plutocracia judía se enfrentaron en Francia, constituyendo dos invisibles lí­ neas de batalla»50. La descripción es fiel en la medida en que los judíos halla­ ron en ios jesuítas sus primeros enemigos implacables, mientras que éstos Ile-

Véase Clemenceau, «Le spectacte du jour», en op. ck: «Rothschiíd, amigo de la nobleza íntegra­ mente antisemita... det mismo género que Artfnir Meyer, que es más papista que el Papa».

Sobre los judíos alsacianos, a los que pertenecía Dreyfus, véase, de André Foucault, «Un nouvel aspect de l'Affaire Dreyfus», en Les Oeuvres Libres, 1938, p. 310: «A los ojos de la burguesía judía de París eran la encarnación de la m'tdeur nacionalista... esa actitud de distante desdén que la clase aco­ modada adopta hacia sus correligionarios advenedizos. Su deseo de asimilar completamente las maneras galas, de vivir en términos de intimidad con familias de antiguo linaje, de ocupar las más distinguidas posiciones en e! estado, y el desprecio que mostraban por los elementos comerciales de la judería, por los “polacos” de Gaíitzía recientemente naturalizados, íes daban casi la apariencia de traidores a los de su propia raza... ¿Los Dreyfus de 1894? ¡Qué va, eran antisemitas!».

Véase «K. V. T.» en The Contemporary Review, LXXIV, 598: «Por voluntad de la democracia todos los franceses tienen que ser soldados; por voluntad de la iglesia sófo los católicos han de ocupar los puestos de mando».

Herzog, op. cit., p. 35-

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garon muy pronto a comprender cuán poderosa arma podía ser el antisemi­ tismo. Éste fue el primer intento, y el único anterior a Hitler, de explotar el «gran concepto político»55 del antisemitismo en una escala paneuropea. Por otra parte, sin embargo, si se supone que la lucha se entabló entre dos «riva­ les» de la misma fuerza, la descripción es palpablemente falsa. Los judíos no aspiraban a un grado de poder más elevado del que ostentaban las demás camarillas en las que se había escindido la República. Todo lo que deseaban por entonces era tina influencia suficiente para lograr sus intereses sociales y económicos. No aspiraban a una participación política en la dirección del estado. El único grupo reconocido que tenía tal aspiración era el de los jesuí­ tas. El proceso de Dreyfus fue precedido por cierto número de incidentes que denotan cuán resuelta y enérgicamente trataban los judíos de obtener un puesto en el ejército y cuán corriente, incluso en aquella época, era la hostili­ dad hacia ellos. Expuestos constantemente a graves insultos, los escasos ofi­ ciales judíos se veían obligados a trabar duelos, en tanto que sus camaradas gentiles no deseaban actuar como padrinos suyos. Es en este contexto donde aparece por vez primera en escena el infame Esterhazy como una excepción a la norma5152.

Nunca se ha dilucidado perfectamente si la detención y la condena de Dreyfus fue sencillamente un error judicial que por azar desencadenó una conflagración política o si el Estado Mayor se sirvió deliberadamente del bor­ dereau falsificado con el expreso propósito de señalar a un judío como trai­ dor. En favor de esta última hipótesis figura el hecho de que Dreyfus fuera el primer judío que lograra un puesto en el Estado Mayor, y, en las condiciones existentes, este hecho podía haber provocado no sólo malestar, sino furia y consternación. En cualquier caso, el odio antijudío se despertó incluso antes de que se conociera el veredicto. Contra la costumbre que exigía el secreto respecto de toda la información sobre un caso de espionaje aún sub iudice, ios oficiales del Estado Mayor proporcionaron gustosamente a La Libre Parole

Véase Be manos, op. át, p. 151: «Así, privado de su ridicula hipérbole, el antisemitismo se mos­ tró tal como realmente es: no un sencillo ejemplo de chifladura, una evasión mental, sino un impor­ tante concepto político».

ÍJ Véase la carta de Esterhazy, fechada en julio de 1894, a Edmond de Rothschild, citada por J. Reí-nach, op. cit., II, pp, 53 y ss.: «Yo no dudé cuando e¡ capitán Crémieux no pudo hallar un oficial cris­ tiano que actuara como su padrino». Véase T. Reinach, Histairemmnaire de VAffaireDreyfiis, pp. 60 y ss. Véase también Herzog, op. cit, con fechas de 1892 y junio de 1894, donde estos duelos figuran relacionados detalladamente y en donde se cita a todos los intermediarios de Esterhazy. La última ocasión fue en septiembre de 1896, cuando recibió 10.000 francos. Esta inoportuna generosidad tendría más tarde inquietantes resultados. Cuando, desde su confortable seguridad en Inglaterra, Esterhazy hizo extensas revelaciones y por eso obligó a una revisión del caso, la prensa antisemita sugi­ rió, naturalmente, que había sido pagado por los judíos para que se declarara culpable. Esta idea es todavía hoy utilizada como uno de los principales argumentos en favor de la culpabilidad de Dreyfiis.

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detalles del caso y el nombre del acusado. Aparentemente, temían que la influencia judía en el gobierno condujera al sobreseimiento del procedimien­ to judicial y al escamoteo de todo el asunto. Semejantes temores tenían su ra­ zón de ser en el hecho de que se sabía que ciertos círculos de la judería fran­ cesa de la época estaban seriamente preocupados por la precaria situación de los oficiales judíos.

Debe recordarse que en la mente del público se hallaba entonces reciente el recuerdo del escándalo de Panamá y que tras el préstamo de los Rothschild a Rusia había crecido considerablemente la desconfianza hacia los judíos53. El ministro de la Guerra, Mercier, no sólo fue alabado en cada fase del proceso por la prensa burguesa de la época, sino que incluso el periódico de Jaurès, el órgano de los socialistas, le felicitó por «haberse opuesto a la formidable pre­ sión de ios políticos corrompidos y de las altas finanzas»54. Resulta caracterís­ tico que este encomio provocara en La Libre Parole un elogio sin restriccio­ nes: «¡Bravo, Jaurès!». Dos años más tarde, cuando Bernard Lazare publicó su primer folleto sobre el error judicial, el periódico de Jaurès se abstuvo cuida­ dosamente de discutir su contenido, pero acusó al autor, socialista, de ser admirador de los Rothschild y, probablemente, agente a sueldo de éstos55. De forma similar, en fecha tan tardía como 1897, cuando ya había comenzado la lucha por la rehabilitación de Dreyfus, Jaurès no pudo advertir en todo ello más que el conflicto entre dos grupos burgueses, los oportunistas y los cleri­ cales. Finalmente, incluso tras el nuevo proceso de Rennes, Wilhelm Liebk-necht, el socialdemócrata alemán, todavía creía en la culpabilidad de Drey­ fus, porque no podía concebir que un miembro de las clases superiores llega­ ra a ser víctima de un falso veredicto56.

El escepticismo de la prensa radical y socialista, fuertemente coloreado como estaba por sentimientos antijudfos, se vio fortalecido por las curiosas tácticas de la familia Dreyfus en sus intentos por lograr un nuevo proceso. Al

Herzog, op. cit., con fecha de 1892, muestra ampliamente cómo los Rothschiid comenzaron a adaptarse a la República. Resulta curioso que la política papal de coaliciónismo, que representa un intento de acercamiento de la iglesia católica, se produjera precisamente en el mismo año. Por eso no es imposible que la conducta de tos Rothschiid estuviera Influida por el clero. Por lo que se refiere al préstamo de 500 millones de francos a Rusia, el conde Münster observó pertinentemente: «La espe­ culación está muerta en Francia..., los capitalistas no encuentran el medio de negociar sus títulos... y esto contribuirá al éxito de! empréstito... Los grandes judíos creen que si ganan dinero serán más capaces de ayudar a sus pequeños hermanos. El resultado es que, aunque el mercado francés está saturado de títulos rusos, los franceses están dando buenos francos por malos rublos». Herzog, ibíd, 5Í Véase Reinach, op. cit., I, 471.

55 Véase Herzog, op. cit, p. 212,

56 Véase, de Max J. Kohter, «Some New Light on the Dreyfus Case», en Studies in Jctvish Biblio-graphy and Related Subjects in Memory ofA. S. Freídas, Nueva York, 1929.

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tratar de salvar a un hombre inocente, utilizaron los mismos métodos empleados habitualmente en el caso de un culpable. Se mostraron mortal­ mente temerosos de la publicidad y se apoyaron exclusivamente en manio­ bras subrepticias57. Dilapidaron su dinero y trataron a Lazare, uno de sus más valiosos colaboradores y una de las más importantes figuras del caso, como si fuera agente a sueldo suyo58. Clemenceau, Zola, Picquart y Labori —por ci­ tar sólo a ios más activos entre los dreyfusards— únicamente pudieron al final salvar sus buenas reputaciones disociando sus esfuerzos, con mayor o menor trabajo y publicidad, de los aspectos más concretos del tema59.

Existía sólo una base sobre la que Dreyfus podía o debía haber sido salva­ do. Las intrigas de un Parlamento corrompido, la carcoma de una sociedad que se derrumbaba y el afán de poder del clero deberían haberse combatido con el firme concepto jacobino de la nación fundamentada en los derechos humanos, esa concepción republicana de la vida comunitaria que afirma, en palabras de Clemenceau, que infringiendo los derechos de uno se infringen los derechos de todos. Apoyarse en el Parlamento o en la sociedad era perder la lucha antes de comenzarla. Por un lado, los recursos de la judería no eran en modo alguno superiores a los de la rica burguesía católica; por otro, todos los estratos superiores de la sociedad, desde las familias clericales y aristocrá­ ticas del Faubourg Saint-Germain hasta la pequeña burguesía anticlerical y radical, sólo deseaban ver a los judíos formalmente separados del cuerpo polí­ tico. De esta manera, calcularon, podrían liberarse por sí mismos de todo posible contagio. La pérdida de todos los contactos sociales y comerciales con

La familia Dreyfus, por ejemplo, rechazó sumariamente la sugerencia del escritor Arthur Lévy y del erudito Lévy-Bruhí de que deberían hacer circular una petición de protesta entre las figuras des­ tacadas de la vida pública. En vez de eso, se lanzaron a realizar una serie de gestiones personales con todos los políticos con los que pudieron establecer contacto; véase Dutraít-Crozon, op. cit., p. 5 í . Véase también Foucault, op. cit., p. 309: «A esta distancia uno puede preguntarse por qué los judíos franceses, en lugar de actuar secretamente, no dieron adecuada y abierta expresión de su indigna­ ción».

53 Véase Herzog, op. cit, con fecha de diciembre de 1894 y enero de 1898. Véase también Charen-soí, op, cit, p. 79, y Charles Péguy, «Le Portrait de Bernard Lazare», en Cahiers de la qumzaíne, serie XI, núm. 2(1910).

59 La retirada de Labori, después de que apresuradamente la familia Dreyfus le sacara del caso mien­ tras todavía actuaba el Tribunal de Rennes, provocó un gran escándalo. Puede hallarse un exhausti­ vo aunque muy exagerado relato de lo sucedido en Frank, op. cit, p. 432. La propia declaración de Labori, que habla por sí misma elocuente mente sobre su nobleza de carácter, apareció en La Grande Revue (febrero de 1900). Después de lo sucedido a su abogado y amigo, Zola rompió inmediatamen­ te sus relaciones con la familia Dreyfus. Por lo que a Picquart se refiere, L’Echo de París (30 de noviembre de 1901) informó de que después de lo de Rennes nada tenía ya que ver con los Dreyfus. Clemenceau, frente al hecho de que toda Francia, e incluso todo el mundo, comprendía el verdade­ ro significado de los procesos mejor que el acusado o su familia, se hallaba más inclinado a conside­ rar humorísticamente el incidente; véase Weil, op. cit, pp. 307-308.

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ios judíos se íes antojaba un precio que valía la pena pagar. Similarmente, el affaire, como denotan las declaraciones de Jaurés, era considerado por el Par­ lamento como una magnífica oportunidad de rehabilitar, o más bien de reco­ brar, su antigua reputación de incorruptibilidad. Finalmente, aunque no fue­ ra el hecho menos importante, al promover eslóganes tales como «¡Mueran los judíos!» o «Francia para los franceses», se descubría una fórmula casi mágica para reconciliar a las masas con la situación existente en el estado y en la sociedad.

4. E l pueblo y el populacho

SÍ es error habitual de nuestro tiempo imaginar que la propaganda puede lograrlo todo y que a un hombre puede convencérsele de cualquier cosa con tal de que se le hable suficientemente alto y con suficiente habilidad, en aquel período se creía que la «voz del pueblo era la voz de Dios» y que la misión de un líder consistía, como tan desdeñosamente lo expresó Clemenceau, en obedecer astutamente esa voz¿0. Ambas opiniones proceden del mismo error fundamental: el de considerar al populacho idéntico al pueblo y no tanto una caricatura de éste.

El populacho es principalmente un grupo en el que se hallan representa­ dos los residuos de todas las clases. Esta característica hace fácil confundir el populacho con el pueblo, que también comprende todos los estratos de la sociedad. Mientras el pueblo en todas las grandes revoluciones lucha por la verdadera representación, el populacho siempre gritará en favor del «hombre fuerte», del «gran líder». Porque el populacho odia a la sociedad de la que está excluido tanto como al Parlamento en el que no está representado. Por eso los plebiscitos, con ios que tan excelentes resultados han obtenido los moder­ nos dirigentes del populacho, son un viejo concepto de los políticos que con­ fian en el populacho. Uno de los más inteligentes jefes de los antidreyfusards, Déroulède, clamaba por «una república a través del plebiscito».

La alta sociedad y los políticos de la Tercera República habían generado el populacho francés en una serie de escándalos y de fraudes públicos. Experi­ mentaban ahora un tierno sentimiento de parentesco por su prole, un senti­ miento que era una mezcla de admiración y de temor. Lo menos que la socie­ dad podía hacer por su retoño era protegerlo verbal mente. Mientras el popu­ lacho saqueaba las tiendas de los judíos y les atacaba en las calles, el lenguaje

Véase el artículo de Clemenceau, 2 de febrero de 1898, en op, cit. Por lo que se refiere a la futili­ dad de tratar de ganarse a los trabajadores con eslóganes antisemitas y especialmente sobre los inten­ tos de León Daudet, véase, del escritor realista Dimier, Vingt ans ¿Action Française, París, 1926.

EL AFFAIREDREYEUS 191

de la alta sociedad hacía parecer un juego de niños la violencia real y apasio­ nada61. El más importante de los documentos contemporáneos al respecto es el «Memorial de Henry» y las diversas soluciones propuestas para la cuestión judía: los judíos deberían ser hechos pedazos como Marsias en el mito griego; Reinach debería ser cocido vivo; los judíos tendrían que ser fritos en aceite o traspasados por agujas hasta que murieran; deberían ser «circuncidados hasta el cuello». Un grupo de oficiales expresó gran impaciencia por probar un nuevo modelo de cañón sobre los 100.000 judíos del país. Entre los suscrip-tores figuraban más de 1.000 oficiales, cuatro generales en servicio y el pro­ pio ministro de la Guerra, Mercier, Es sorprendente el número relativamen­ te alto de intelectuales62, e incluso de judíos, que figuraban en la lista. Las ciases altas sabían que el populacho era carne de su carne y sangre de su san­ gre. Incluso un historiador judío de la época, aunque había visto con sus propios ojos que los judíos ya no podían sentirse seguros cuando el popula­ cho domina la calle, habló con secreta admiración del «gran movimiento colectivo»63. Esto solamente muestra cuán profundamente enraizados se hallaban la mayoría de los judíos en una sociedad que estaba intentando eli­ minarles.

SÍ Bernanos, con referencia al affa'tre Dreyfus, describe al antisemitismo como un importante concepto político, tiene indudablemente razón por lo que se refiere al populacho. Había sido ensayado previamente en Berlín y en Víena por Ahhvart y Stoecker, por Schoenerer y Lueger, pero en ningún lu­ gar resultó su eficacia más claramente probada que en Francia. No hay duda de que a los ojos del populacho los judíos habían llegado a servir como sím­ bolos y modelo de todas las cosas que detestaban. Si odiaban a la sociedad, podían apuntar a la forma en que eran tolerados en su seno; y si odiaban al gobierno, podían apuntar a la forma en que los judíos habían sido protegidos por éste o a la forma en que habían sido identificados con el estado. Aunque es un error suponer que los judíos eran el único blanco del populacho, es pre­ ciso otorgarles un primer lugar entre sus víctimas favoritas.

Muy características al respecto son las diferentes descripciones de la sociedad contemporánea en J. Reinach, op. cit., I, 233 y ss.; III, 141: «Las damas de la buena sociedad perdían su compostura ante Guérin. Su lenguaje (escasamente superado por sus pensamientos) habría causado horror entre las amazonas de Dahomey..,». Especialmente interesante al respecto es un artículo de Andró Chevri-ííon, «Huit Jours á Rennes», en La Grande Revue, febrero de 1900. Relata, ínter alia, el siguiente inci­ dente revelador: «Un médico que hablaba con unos amigos míos se atrevió a decir: “Me gustaría tor­ turarle'. “Y a mí —añadió una de las damas— me gustaría que fuese inocente porque así sufriría más”».

61 Entre los intelectuales figuran, bastante extrañamente, Paul Valéry, que contribuyó con tres fran­ cos «non sans réflexion».

63 J, Reinach, op. cit., I, 233.

ANTISEMITISMO

Excluido como se halla de la sociedad y de la representación política, el populacho se inclina necesariamente hacia la acción extraparlamentaria. Ade­ más, se muestra proclive a buscar las verdaderas fuerzas de la vida política en

aquellos movimientos e influencias que permanecen ocultos a la vista y que actúan entre bastidores. No cabe duda de que durante el siglo XIX la judería estuvo incluida dentro de esta categoría, como se hallaba la masonería (espe­ cialmente en los países latinos) y los jesuítas64. Es, desde luego, profunda­ mente falso que cualesquiera de esos grupos constituyeran realmente una sociedad secreta dispuesta a dominar aí mundo por medio de una gigantesca conspiración. Sin embargo, es cierto que su influencia, por abierta que pudiera haber sido, era ejercida más allá del terreno real de la política y que operaba en gran escala en pasillos, logias y confesionarios. Desde la Revolu­ ción francesa estos tres grupos han compartido el dudoso honor de ser, a los ojos del populacho europeo, el punto de apoyo de la política mundial. Durante la crisis de Dreyfus, cada uno de ellos fue capaz de explotar esta no­ ción popular lanzando contra los otros acusaciones de hallarse conspirando por lograr el dominio mundial. El eslogan «Judá secreta» es debido, desde luego, a la inventiva de algunos jesuítas que decidieron ver en el primer Con­ greso Sionista (1897) el meollo de una conspiración judía mundial65. De for­ ma similar el concepto de «secreta Roma» es debido a los francmasones anti­ clericales y quizá también a las indiscriminadas calumnias de algunos judíos.

Es proverbial la volubilidad del populacho tal como los adversarios de Dreyfus llegarían a saber a sus expensas cuando, en 1899, cambió el viento y el pequeño grupo de auténticos republicanos que encabezaba Ciemenceau comprendió súbitamente, con sentimientos ambiguos, que una parte del populacho se había inclinado a su bando66. A los ojos de algunos, los dos bandos de la gran controversia parecían ahora «dos grupos rivales de charlata­ nes que se disputaban el favor de la canalla»67, aunque en realidad la voz del jacobino Ciemenceau había conseguido devolver a una parte del pueblo francés a su más importante tradición. De esta manera, el gran erudito Émi-le Ducíaux pudo escribir: «En este drama interpretado ante todo por un pue-

Un «tudto de las Supersticiones europeas mostraría probablemente que los judíos se convirtieron en objeto de este tipo de superstición decimonónica bastante tarde. Fueron precedidos por los rosa-cruces, los templarios, los jesuítas y tos francmasones. El tratamiento de la historia del siglo Xix se re­ siente gravemente de la ausencia de semejante estudio.

65 Véase «Il caso Dreyfus» en Civiltà Cattolica (5 de febrero de 1898). Entre las excepciones a la pre­ cedente afirmación, la más notable es la del padre jesuíta Charles Louvain, que había denunciado los «Protocolos».

6G Véase Martin du Gard,Jean Barois, pp. 272 y ss., y Daniel Halévy, en Cahim de la quíntame, se­ rie XI, cuaderno 10, París, 1910.

67 Véase Georges Sorel, La Révolution dreyfus'mme, París, 1911, pp. 70-71.

EL AFFA1RE DREYFUS 193

blo y tan inflamado por la prensa que al final tomó parte en él toda una na­ ción, distinguimos ai coro y ai anticoro de la antigua tragedia injuriando res­ pectivamente ai otro bando. El escenario es Francia y el teatro es el mundo».

Dirigido por los jesuítas y ayudado por el populacho, el ejército se sentía a la postre alegremente seguro de la victoria. El contraataque del poder civil había sido eficazmente contenido. La prensa antisemita había sellado los la­ bios de los hombres, publicando la lista de Reinach en la que se relacionaban los diputados implicados en el escándalo de Panamá68. Todo parecía indicar la inminencia del triunfo. La sociedad y los políticos de la Tercera República, sus escándalos y ajfaires habían creado una nueva clase de déclassés; no podía esperarse que lucharan contra su propio producto; al contrario, estaban pre­ parados para usar el lenguaje y la apariencia del populacho. Medíante el ejér­ cito, los jesuítas conseguirían imponerse al poder civil y así quedaría abierto el camino para un incruento coap d ’étctt.

Mientras sólo fue la familia Dreyfus quien trataba por curiosos métodos de sacar a su pariente de la isla del Diablo y mientras sólo hubo judíos preocu­ pados por su posición en los salones antisemitas y en el ejército, aún más antisemita, todo parecía apuntar en esta dirección. Resultaba obvio que no cabía esperar de este sector un ataque contra el ejército o contra la sociedad. ¿Acaso los judíos no deseaban exclusivamente seguir siendo aceptados en la sociedad y tolerados en las fuerzas armadas? Ni en los círculos militares ní en los civiles existía nadie capaz de perder una sola noche el sueño por su cul­ pa69. Por eso resultó desconcertante el hecho de que llegara a saberse que en el Servicio de Información del Estado Mayor había un alto jefe militar que, aunque poseía unos buenos antecedentes católicos, unas excelentes perspecti­ vas en su carrera y el «adecuado» grado de antipatía hacia los judíos, no hubiera adoptado el principio de que el fin justifica los medios. Así era Pic-quart, un hombre profundamente divorciado del espíritu social de clan o de las ambiciones profesionales. El Estado Mayor no tardaría en estar hasta la coronilla de este espíritu sencillo, tranquilo y políticamente desinteresado. Picquart no era un' héroe y, desde luego, no era un mártir. Era, sencíllamen-

63 El caso de Scheurer-Kestner, uno de íos mejores elementos parlamentarios y vicepresidente del Senado, muestra hasta qué punto se hallaban atadas las manos de íos miembros del Parlamento. Ape­ nas formuló su protesta contra el proceso la Libre Parole, proclamó el hecho de que su yerno había estado implicado en el escándalo de Panamá. Véase Herzog, oj>. eit., con fecha de noviembre de 1897.

Véase Brogan, op, cit., libro VII, capítulo 1: «El deseo de dejar que se sosegase el asunto no era raro entre los judíos franceses, especialmente entre los más ricos».

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te, ese tipo corriente de ciudadano, con un interés medio por ios asuntos públicos y que en la hora de peligro (aunque no un minuto antes) se alza, sin preguntárselo dos veces, para defender a su país de la misma forma con que desempeña sus obligaciones cotidianas70. Sin embargo, la causa sólo se tornó seria cuando, tras varios aplazamientos y titubeos, Clemenceau, por fin, llegó a convencerse de que Dreyfus era inocente y la República se hallaba en peli­ gro. Al comienzo de la lucha, sólo un puñado de escritores y estudiosos bien conocidos se adhirieron a la causa: Emile Zoía, Anatoíe France, Emite Du-claux, Gabriel Monod, el historiador, y Lucien Herr, bibliotecario de la Éco-le Nórmale. A ellos es preciso añadir el pequeño y entonces insignificante círcu­ lo de jóvenes intelectuales que más tarde harían historia en los Cahiers de la Quínzaine71. Éstos, sin embargo, eran todos los aliados de Clemenceau. No había un grupo político, ni un solo político famoso, que se hallara dispuesto a ponerse de su lado. La grandeza de la posición de Clemenceau descansa en el hecho de que no se hallaba orientada contra un específico error judicial, sino basada en ideas «abstractas» tales como las de justicia, libertad y valor cívico. Se encontraba, en suma, cimentada en aquellos mismos conceptos que habían formado la materia prima del antiguo patriotismo jacobino y contra la que ya se habían lanzado tanto fango y tantas injurias. A medida que el tiempo pasaba y Clemenceau continuaba, sin conmoverse por amenazas ni decepciones, proclamando las mismas verdades y encarnándolas en exi­ gencias, los nacionalistas más «concretos» perdían terreno. Seguidores de hombres como Barres, que había acusado a quienes defendían a Dreyfus de perderse en un «cenagal de metafísica», llegaron a comprender que las abs­ tracciones del Tigre estaban de hecho más cerca de las realidades políticas que la limitada inteligencia de los negociantes arruinados o el estéril tradi­ cionalismo de los intelectuales fatalistas72. La situación a que se vieron finalmente abocados los nacionalistas realistas por culpa de su postura «concreta» queda muy bien ilustrada en la Inapreciable historia en la que se relata cómo Charles Maturas tuvo «el honor y el placer», tras la derrota de Francia, de caer, durante su huida al sur, en manos de una astróloga que le

Inmediatamente después de haber hecho sus descubrimientos, Picquart fue enviado a un peligro­ so puesto en Túnez. Después de lo cual redactó su testamento, explicó todo el asunto y confió a su abogado una copia del documento. Pocos meses más tarde, cuando se descubrió que todavía seguía vivo, surgió todo un diluvio de cartas, comprometiéndole y acusándole de complicidad con el «trai­ dor» Dreyfus. Fue tratado como un gángster que hubiera intentado «cantar». Cuando todo esto reve­ ló ser inútil, fue detenido, expulsado del ejército y despojado de sus condecoraciones, pruebas que soportó con tranquila ecuanimidad.

71 A este grupo, dirigido por Charles Péguy, pertenecían el joven Romain Rolíand, Suárez, Georges Sorel, Daniel Halévy y Bernard Lazare,

72 Véase M. Barrés, Scines et doctrines du natiomlisme, París, 1899-

EL AFFAIRE DREYFUS 195

interpretó el significado político de los acontecimientos recientes y le aconse­ jó que colaborara con los nazis73.

Aunque el antisemitismo había ganado indudablemente terreno durante los tres años que siguieron a la detención de Dreyfus, antes del comienzo de la cam­ paña de Cíemenceau, y aunque la prensa antijudía había logrado una difusión comparable a la de los principales periódicos, las calles permanecían tranquilas. El populacho se lanzó a la acción sólo cuando Cíemenceau publicó sus artículos en L’Aurore, cuando Zoía publicó su J accuse y cuando el Tribunal de Rennes dio comienzo a la triste sucesión de procesos y revisiones. Cada golpe de los dreyfii-sards (de quienes se sabía que constituían una pequeña minoría) fue seguido por una alteración callejera más o menos violenta74. Fue notable la organización del populacho por el Estado Mayor. La pista conduce rectamente del ejército a La Libre Parole, que, directa o indirectamente, a través de sus artículos o mediante la intervención personal de sus editores, movilizó a estudiantes, monárquicos, aventureros y simples gángsters y les empujó a las calles. Si Zoía pronunciaba una sola palabra, sus ventanas eran inmediatamente apedreadas. Si Scheurer-Kestner escribía al ministro de Colonias, era inmediatamente apaleado en la ca­ lle, mientras los periódicos lanzaban groseros ataques a su vida privada. Y todos los testimonios coinciden en señalar que si Zola, cuando fue acusado, hubiera sido absuelto, jamás habría salido vivo de la sala del tribunal.

El grito «¡Mueran los judíos!» barrió el país. En Lyon, Rennes, Nantes, Tours, Burdeos, Clermont-Ferrand y Marsella — en todas partes, en reali­ dad— estallaron disturbios antisemitas que cabe rastrear invariablemente has­ ta la misma fuente. La indignación popular brotaba en el mismo día y preci­ samente a la misma hora75. Bajo la dirección de Guérin, el populacho adop­ tó una estructura militar. Los grupos de choque antisemitas aparecieron en las calles y se cuidaron de que cualquier mitin pro Dreyfus acabara en derra­ mamiento de sangre. La complicidad de la policía resultaba patente en todas partes76.

7Í Véase Yves Simon, op, tit., pp. 54-55-

Las aulas de la Universidad de Rennes fueron destrozadas después de que cinco profesores se declara­ ron favorables a una revisión. Tras la aparición del primer artículo de Zoía los estudiantes monárquicos se manifestaron ante la sede de Le Fígaro, tras lo cual el periódico desistió de seguir publicando nuevos artículos del mismo tipo. El editor de La Bataiüe, pro-Dreyfus, fue golpeado en la calle. Los jueces del Tribunal de Casación, que finalmente dejaron aun lado el veredicto de 1894, informaron unánimemen­ te de que habían sido amenazados de «ilegítimo asalto». Los ejemplos podrían multiplicarse.

El 18 de enero de 1898 se celebraron manifestaciones antisemitas en Burdeos, Marsella, Cler­ mont-Ferrand, Nantes, Rouen y Lyon. Al día siguiente estallaron disturbios estudiantiles en Rouen, Toulouse y Nantes.

76 El ejemplo más crudo fue el del prefecto de policía de Rennes, quien aconsejó al profesor Victor Basch, cuando la casa de este ultimo fue saqueada por unas 2.000 personas, que presentara su dimi­ sión, puesto que ya no podía garantizar su seguridad.

í % ANTISEMITISMO

La figura más moderna en el bando de los anúdreyfitsards era probable­ mente la de Jules Guérin. Arruinado en los negocios, había comenzado su carrera política como confidente de la policía, y adquirió ese olfato para la disciplina y ía organización que caracteriza invariablemente al hampa. Fue más tarde capaz de orientar esa aptitud hacia canales políticos y se convirtió en fundador y dirigente de Ligue Antisémite. En él halló la alta sociedad su primer héroe delincuente. En la adulación a Guérin, la sociedad burguesa mostró claramente que en su código de moral y dé ética había roto terminan­ temente con sus propias normas. Tras la «Ligue» se hallaban dos miembros de la aristocracia, el duque de Orléans y el marqués de Morés. Éste había per­ dido su fortuna en América y se hizo famoso organizando una brigada homi­ cida con los carniceros de París.

La más elocuente de estas tendencias modernas fue el grotesco asedio del llamado Fort-Chabrol. Fue allí, en ía primera de las «Casas Pardas», donde la crema de la Ligue Antisémite se hallaba reunida cuando la policía decidió por fin detener a su jefe. Las instalaciones eran el colmo de la perfección técnica. «Las ventanas estaban protegidas con postigos metálicos. Existía un sistema de timbres y teléfonos desde el sótano hasta el tejado. A unos cuatro metros de la puerta maciza, siempre cerrada con llaves y cerrojos, existía una alta verja de hierro forjado. A la derecha, entre la verja y ía entrada principal, había una pequeña puerta de chapa de hierro, tras la que montaban guardia día y noche centinelas escogidos de la legión de los carniceros.»77 Max Régis, instigador de los pogromos de Argelia, es otro de los que reveían una nota de moderni­ dad. Fue este Régis juvenil quien en cierta ocasión animó a ía vociferante canalla de París a «regar el árbol de la libertad con la sangre de los judíos». Régis representaba a esa sección del movimiento que esperaba lograr el poder por medios legales y parlamentarios. Fiel a este programa, fue elegido alcalde de Argel y utilizó su puesto para desencadenar los pogromos en los que fue­ ron muertos varios judíos, violadas algunas judías y saqueadas varias tiendas de propiedad judía. A él debió su escaño en el Parlamento el refinado y culto Edouard Drumont, el más famoso antisemita francés.

Lo que resultaba nuevo en toda esta situación no era la actividad del populacho, puesto que habían existido numerosos precedentes. Lo que era nuevo y sorprendente en aquella época — aunque resulte demasiado familiar para nosotros— era la organización de la masa y la adoración por el héroe> de ía que se beneficiaban sus dirigentes. El populacho se convirtió en agente directo de ese nacionalismo «concreto» defendido por Barrés, Maurras y Daudet, que juntos formaron lo que era indudablemente una especie de élite

77 Víase Bernanos, op. cit., p. 346.

EL AFFAIRE DREYF US 197

de los intelectuales más jóvenes. Estos hombres, que despreciaban al pueblo y que muy recientemente habían emergido de un ruinoso y decadente culto del esteticismo, yieron en la masa una expresión viva de la «fuerza» viril y pri­ mitiva. Fueron ellos y sus teorías quienes por vez primera identificaron al populacho con el pueblo y convirtieron a sus dirigentes en héroes naciona­ les78. Fueron su filosofía del pesimismo y su entusiasmo por la predestinación los primeros signos del derrumbe inminente de la intelligentsia europea.

Ni siquera Clemenceau se vio inmune a la tentación de identificar al populacho con el pueblo. Lo que le inclinaba especialmente a este error era la actitud consecuentemente ambigua de los partidos obreros respecto del tema de la justicia «abstracta». Ningún partido, incluyendo a los socialistas, estaba dispuesto a hacer de la justicia per se un asunto público, a «hallarse, pase lo que pase, al lado de la justicia, el único lazo de unión irrompibíe entre ios hombres civilizados»79. Los socialistas estaban a favor de los intereses de los trabajadores; los oportunistas, en favor de los de la burguesía liberal; ios colo­ nialistas, en pro de las clases altas católicas, y los radicales, en pro de los fines de la pequeña burguesía anticlerical. Los socialistas poseían la gran ventaja de hablar en nombre de una clase homogénea y unida. A diferencia de los parti­ dos burgueses, no representaban a una sociedad que se había escindido en numerosos clanes y camarillas. Sin embargo, se consagraban principal y esen­ cialmente a los intereses de su clase. No les preocupaba ninguna obligación superior respecto de la solidaridad humana ni tenían un concepto de lo que realmente significaba la vida comunitaria. Observación típica que correspon­ de a esta actitud fue la de Jules Guesde, adversario de Jaurès en el partido socialista francés, de que la «ley y el honor son simples palabras».

El nihilismo que caracterizó a los nacionalistas no era monopolio de los antidreyfusards. Al contrario, una gran proporción de los socialistas y de mu­ chos de los que defendían a Dreyfus, como Guesde, utilizaban el mismo len­ guaje. Si el católico La Croix afirmaba que «ya no se trata de si Dreyfus es inocente o culpable, sino sólo de saber quién ganará, los amigos del ejército o sus enemigos», el sentimiento correspondiente podría haber sido expresado, mutâtis mutandis, por los partidos de Dreyfus80. No sólo el populacho, sino una considerable parte del pueblo francés, se declaró, en el mejor de los ca-

7í P¿ra estas teorías véase especialmente, de Charles Maturas, Au Signe de Flore; souvenirs de la vie politique; l'Affaire Dreyfus et la fondation de lAction Française, Paris, 1931; M . Barrés, op. cit.; Léon Daudet, Panorama de la Troisième République, París, 1936.

Véase Clemenceau, «À la dérive», en op. cit.

Fue precisamente esto lo que tan considerablemente desilusionó a los campeones de Dreyfus, especialmente al círculo en torno a Charles Péguy, La enojosa semejanza entre dreyfusards y antidrey­ fusards es el tema de la instructiva novela de Martin du Gard, Jean Barois, 1913.

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BIBLIOTECA CAR

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sos, completamente desinteresada por el hecho de que un grupo de la pobla­ ción se hallara o no excluido de la ley.

Tan pronto como el populacho inició su campaña de terror contra los partidarios de Dreyfus, encontró el camino abierto ante él. Como Clemen­ ceau atestigua, a los trabajadores de París les interesaba poco todo el asunto. Apenas afectaba a sus propios intereses, juzgaban, el que los diferentes ele­ mentos de la burguesía se pelearan entre sí. «Con el claro consentimiento del pueblo — escribió Clemenceau— han proclamado ante el mundo el fracaso de su "democracia”. A través de ellos un pueblo soberano se muestra a sí mis­ mo arrojado de su trono de justicia, despojado de su infalible majestad. No puede negarse que este mal ha caído sobre nosotros con la completa compli­ cidad del mismo pueblo... El pueblo no es Dios. Cualquiera podría haber previsto que esta nueva divinidad se derrumbaría algún día. Un tirano colec­ tivo, extendido a lo largo y a lo ancho del país, no es más aceptable que un solo tirano acomodado en su trono.»81

Finalmente, Clemenceau convenció a Jaurès de que una infracción de los derechos de un hombre era una infracción de los derechos de todos los hom­ bres. Pero si en esta empresa tuvo éxito, fue porque los autores del entuerto resultaron ser los inveterados enemigos del pueblo desde la Revolución; es decir, la aristocracia y el clero. Los trabajadores se lanzaron a la calle contra los ricos y el clero, no a favor de la República, no a favor de la justicia y de la libertad. Verdaderamente, tanto los discursos de Jaurès como los artículos de Clemenceau exhalan el aroma de la vieja pasión revolucionaria por los dere­ chos humanos. Verdaderamente, también esta pasión fue suficientemente fuerte como para arrastrar al pueblo a su lucha, pero, al principio, tuvieron que convencerse de que no sólo estaban en juego la justicia y el honor de la República, sino también sus propios «intereses» de clase. Pese a todo, gran número de socialistas, tanto dentro como fuera del país, continuaron consi­ derando como un error entrometerse (como decían) en las sanguinarias dis­ putas de la burguesía o preocuparse por la salvación de la República.

El primero en apartar a ios trabajadores, al menos parcialmente, de este género de indiferencia fue el gran enamorado del pueblo, Emile Zola. En su famoso alegato'republicano fue también, sin embargo, el primero en desviar­ se de la presentación de los hechos políticos precisos y en ceder a las pasiones del populacho, citando el espantajo de la «Roma secreta». Éste fue un discur­ so que Clemenceau adoptó sólo de mala gana, aunque Jaurès la recibió con entusiasmo. El verdadero logro de Zola, que es difícil de advertir en sus folle­ tos, consiste en el valor resuelto e intrépido con el que este hombre, cuya vida

íl Prólogo a Contre la Justice, í 900.

EL AFFAIRE DREYFUS 199

y cuyas obras habían exaltado al pueblo hasta el punto de «lindar con la ido­ latría», se alzó finalmente para retar, para combatir y finalmente para con­ quistar a las masas, en las que, como Clemenceau, escasamente supo distin­ guir en momento alguno al populacho del pueblo. «Han existido hombres capaces de resistir a los más poderosos monarcas y de negarse a someterse ante ellos, pero ha habido pocos que resistieran a la multitud, que permane­ cieran solos ante las masas manipuladas, que se enfrentaran a su implacable frenesí sin armas y con los brazos cruzados atreviéndose a decir no cuando se les exigía un sí. ¡Así era Zola!»82

Apenas publicado J'accuse, los socialistas de París celebraron su primera reunión y aprobaron una resolución en la que se pedía una revisión del caso Dreyfus. Pero sólo cinco días más tarde unos treinta y dos dirigentes socialis­ tas formularon una declaración según la cual el destino de Dreyfus, «el ene­ migo de clase», no era cuestión que debiera preocuparles. Esta declaración era apoyada por amplios elementos del partido en París. Aunque a lo largo del ajfatre se mantuvo la escisión en sus filas, el partido contó con suficientes dreyfusards para impedir que la Ligue Antisémite controlara a partir de entonces las calles. Un mitin socialista llegó incluso a calificar al antisemitis­ mo de «nueva forma de reacción». Sin embargo, unos meses más tarde, cuan­ do se celebraron las elecciones legislativas, Jaurès no fue reelegido, y poco después, cuando Cavaignac, ministro de la Guerra, pronunció en la Cámara un discurso en el que atacó a Dreyfus y calificó al ejército de indispensable, los diputados resolvieron, con sólo dos votos en contra, cubrir los muros de París con el texto de ese discurso. De forma similar, cuando en octubre del mismo año estalló la gran huelga de París, Münster, el embajador alemán, pudo informar con certeza y confidencialmente a Berlín de que, «por lo que a las grandes masas se refiere, ésta no es en modo alguno una cuestión política. Los trabajadores han ido a la huelga sólo para conseguir salarios más altos, y acabarán por logrados. Por lo que al caso Dreyfus se refiere, no se han moles­ tado en ocuparse del asunto»83.

¿Quiénes entonces, en amplios términos, eran los que apoyaban a Drey­ fus? ¿Quiénes eran los 300.000 franceses que devoraron ansiosamente el

accuse de Zola y que seguían religiosamente los editoriales de Clemenceau? ¿Quiénes eran los hombres que, finalmente, lograron escindir en Francia a cada clase e incluso a cada familia en facciones opuestas a propósito del caso Dreyfus? La respuesta es que no formaban partido ni grupo homogéneo. En

Clemenceau, en un discurso ante el Senado varios años más tarde; véase Weil, op. cit, pp. 112-113.

Véase Herzog, op. cit„ con fecha de 10 de octubre de 1898.

ANTISEMITISMO

realidad, procedían más de las clases bajas que de las altas, y de forma carac­ terística contaban con más médicos que abogados y funcionarios civiles. En amplia medida, sin embargo, eran una mezcla de diversos elementos: hom ­ bres tan alejados como Zola y Péguy o Jaurès y Picquart, hombres que des­ pués se separarían y seguirían caminos muy diversos. «Proceden de partidos políticos y de comunidades religiosas que nada tienen en común, que se ha­ llan incluso en conflicto entre sí... No se conocen ios unos a los otros. Han luchado y en alguna ocasión lucharán de nuevo. No os engañéis: son la élite de la democracia francesa.»84

Si Clemenceau hubiera tenido en aquella época suficiente confianza en sí mismo como para considerar que sólo quienes le escuchaban constituían el verdadero pueblo de Francia, no habría sido presa de ese fatal orgullo que caracterizó el resto de su carrera. De sus experiencias en el affaire Dreyfus brotó su desánimo por el pueblo, su desprecio por los hombres y, finalmente, su creencia de que él y sólo él sería capaz de salvar a la República. Jamás se re­ bajó a aplaudir las aberraciones del populacho. Por eso, una vez que comen­ zó a identificar al populacho con el pueblo, socavó sus propios cimientos y se sumió en ese torvo distanciamiento que más tarde le distinguiría.

La desunión del pueblo francés era evidente en cada familia. De forma característica sólo halló su expresión política en las filas del partido obrero. Todos los demás partidos, como todos los grupos parlamentarios, se hallaban sólidamente en contra de Dreyfus cuando se inició la campaña en favor de una revisión. Todo lo que esto significa, sin embargo, es que los partidos bur­ gueses ya no representaban los sentimientos del electorado, porque la misma desunión que era tan patente entre los socialistas alcanzaba a casi todos los sectores de la población. En cualquier parte existía una minoría adherida a la petición de justicia que hacía Clemenceau, y esta heterogénea minoría era la que constituía el grupo de los dreyfusards, Su lucha contra el ejército y la corrompida complicidad de la República que le apoyaba fueron factores dominantes en la política interior francesa desde finales de 1897 hasta la inauguración de la Exposición de 1900. También ejerció una influencia apreciabíe en la política exterior de la nación. Sin embargo, toda esta lucha, de la que había de deducirse finalmente al menos un triunfo parcial, se desarrolló exclusivamente fuera del Parlamento. En la denominada Asam­ blea representativa, constituida como se hallaba por 600 diputados de ios diferentes tonos y matices del mundo del trabajo y del de la burguesía, sólo había en 1898 dos defensores de Dreyfus, y uno de ellos, Jaurès, no fue ree­ legido.

34 «K. V. T.», op. cit., p. 608,

EL A FF A IR E DREYFUS 201

Lo inquietante del affaire Dreyfus consistía en que no fue sólo el popu­ lacho el que hubo de actuar a lo largo de líneas extraparlamentarías. Toda la minoría, luchando como se hallaba en favor del Parlamento, la democracia y la República, se vio también obligada a librar su batalla fuera de la Cámara. La única diferencia éntrelos dos elementos era que mientras que uno utiliza­ ba las calles, el otro recurría a la prensa y a ios tribunales. En otras palabras, toda la vida política de Francia durante la crisis de Dreyfus se desarrolló fue­ ra del Parlamento, No invalidan esta conclusión las diferentes votaciones par­ lamentarias en favor del ejército y contra una revisión del proceso. Es signifi­ cativo recordar que cuando el sentimiento parlamentario comenzó a cam­ biar, poco antes de la inauguración de la Exposición de París, el ministro de la Guerra, Gaüifet, pudo declarar, haciendo honor a la verdad, que en manera alguna representaba este sentimiento parlamentario el sentir del país85. Por otra parte, la votación contra una revisión no puede ser conceptuada como un apoyo a la política del coup d'état que los jesuítas y ciertos elementos anti­ semitas radicales trataban de lograr con la ayuda del ejército86. Era debida, más bien, a una simple resistencia contra cualquier cambio en el statu quo. La realidad es que una mayoría igualmente abrumadora de la Cámara habría rechazado una dictadura militar y clerical.

Aquellos miembros del Parlamento que habían aprendido a considerar la política como la representación profesional de ios intereses creados se mostraban naturalmente ansiosos de preservar esta situación, de la que dependía su «profesión» y sus beneficios. El caso Dreyfus reveló, además, que el pueblo también deseaba que sus representantes cuidaran de sus pro­ pios intereses en lugar de ejercer como hombres de estado. Resultaba clara­ mente imprudente mencionar la cuestión en la propaganda electoral. SÍ esto hubiera sido debido exclusivamente al antisemitismo, la situación de los dreyfusards habría sido ciertamente desesperanzadora. En realidad, durante las elecciones disfrutaban de considerable apoyo entre la clase tra­ bajadora. Sin embargo, incluso aquellos que defendían a Dreyfus se cuida­ ron de que esta cuestión política se introdujera en las elecciones. Jaurès per-

Gailifet, ministro de la Guerra, escribió a Waideck: «No olvidemos que la gran mayoría del pue­ blo de Francia es antisemita. Nuestra posición sería, por fo tanto, la de contar en un lado con todo eí ejército y la mayoría de los franceses, por no hablar de la Administración Civil y de los senadores...». Véase J. Reinach, op. ch., V, 579.

El mejor conocido de tales intentos es el de Dérouíéde, que, mientras asistía al funeral por el pre­ sidente Paul Faure en febrero de 1899, trató de incitar al general Roget a k rebelión. Cada pocos me­ ses los embajadores y encargados de negocios alemanes en París informaban de semejantes tentativas. La situación ha sido bien resumida por Barrés, op. cit., p. 4: «En Rennes hemos encontrado nuestro campo de batalla. Todo lo que precisamos es soldados o, más precisamente, generales, o, aún más precisamente, un general». Sólo que no fue accidental que no existiera este general.

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dió su escaño, desde luego, porque insistió en introducirla como elemento central de su campaña.

SÍ Ciemenceau y los dreyfasards lograron là adhesión de amplios sectores de todas las clases a la petición de una revisión, los católicos reaccionaron en blo­ que; entre ellos no existían divergencias de opinión. Lo que los jesuitas hacían, gobernando a la aristocracia y al Estado Mayor, lo hacían también con las clases media y baja los as unció nis tas, cuyo órgano, La Croix> disfrutaba de la mayor tirada de todos los periódicos católicos de Francia87. Ambos centraron su agitación contra la República en torno a los judíos. Ambos se presentaban como defensores del ejército y de la comunidad contra las maquinaciones de la «judería internacional». Más sorprendente, empero, que la actitud de los católicos en Francia fue el hecho de que la prensa católica de todo el mundo se alzara sólidamente contra Dreyfus. «Todos estos periodistas marchaban y siguen marchando a la voz de mando de sus superiores.»88 A medida que el caso progresaba, se hizo cada vez más claro que la agitación contra los judíos en Francia seguía una línea internacional. Así La Civiltà Cattolica declaró que los judíos debían ser excluidos de la nación en todas partes, en Francia, Alemania, Austria e Italia, Los políticos católicos fueron los primeros en comprender que el poder político de nuestros días debe hallarse basado en el juego de las ambiciones coloniales. Por eso, al principio, ligaron al antisemi­ tismo con el imperialismo, declarando que ios judíos eran agentes de Inglate­ rra e identificando por ello su antagonismo hacia ellos con la anglofobia89. El caso Dreyfus, en el que los judíos fueron las figuras centrales, les permitió así una grata oportunidad de jugar su juego. Si Inglaterra había arrebatado Egip­ to a los franceses, la culpa era de los judíos90, mientras que el movimiento en favor de una alianza angloamericana era debido, desde luego, al «imperialis­ mo de los Rothschild»91. Una vez que el telón cayó ante este determinado escenario, se hizo muy evidente que el juego católico no se hallaba confinado a Francia. A finales de 1899, cuando Dreyfus había sido perdonado y cuando la opinión pública francesa había dado un giro por temor al proyectado boi­ cot a la Exposición, sólo se necesitó una entrevista con el papa León XIII73

Brogan llega tan lejos como para culpar a los asuncionistas de toda la agitación clerical,

«K. V. X», op. cit„ p. 597.

«El estímulo inicial en el affaire procedió muy probablemente de Londres, donde la Misión Con-go-Nilo de 1890-1898 estaba causando cierto grado de inquietud»; según dijo Maurras en Action Française (14 de julio de 1935). La prensa católica de Londres defendió a los jesuitas; véase «The Je-suits and the Dreyfus Case», en The Motuh, voi, XVIÍI (1899).

50 Civiltà Cattolica, 5 de febrero de 1898.

91 Véase el artículo particularmente característico del Rev, Georges McDermot, C. S, P., «Mr. Ghambelain’s Foreign Policy and the Dreyfiis Case», en la publicación mensual estadounidense Catholic World, vol. LXVII (septiembre de 1898).

EL AFFA1RE DREYFUS 203

para detener la oleada de antisemitismo en todo el mundo92. Incluso en los Estados Unidos, donde la causa de Dreyfus era particularmente bien acogi­ da entre los no católicos, fue posible advertir en la prensa católica, a partir de 1897, un marcado resurgir del sentimiento antisemita que, sin embargo, se apaciguó súbitamente tras la entrevista con León XIII93. La «gran estrategia» consistente en la utilización del antisemitismo como instrumento del catoli­ cismo había quedado frustrada.

5- Los judíos y los dreyfusards

El caso del infortunado capitán D rey fus había mostrado al mundo que en cada noble y multimillonario judío todavía quedaba algo del antiguo paria, que no tiene país, para quien no existen derechos humanos y al que la socie­ dad excluiría de buena gana de sus privilegios. Nadie, empero, comprendió el hecho con mayor dificultad que los mismos judíos emancipados. «No les basta — escribió Bernard Lazare— rechazar cualquier solidaridad con sus hermanos nacidos en otros países; tienen también que acusarles de todos los males que su propia cobardía engendra. No se contentan con ser más patrio­ teros que los franceses nativos; como los judíos emancipados de cualquier parte, han roto también con todos los lazos de solidaridad. Desde luego, han llegado hasta el punto de que por unas tres docenas de hombres en Francia resueltos a defender a uno de sus sacrificados hermanos pueden hallarse mi­ les dispuestos a montar guardia en la isla del Diablo junto a los más rabiosos patriotas del país.»94 Precisamente porque habían desempeñado tan escaso papel en el desarrollo político de los países en que vivían, durante el curso del siglo, llegaron a hacer un fetiche de la igualdad legal. Para ellos era la base indis­ cutible de la seguridad eterna. Cuando estalló el affaire Dreyfús, advirtiéndoles de que su seguridad estaba amenazada, se hallaban sumidos en un proceso de asimilación desíntegradora que intensificaba en lugar de paliar su falta de vi­ sión política. Se estaban asimilando rápidamente a aquellos elementos de la sociedad en los que todas las pasiones políticas quedan sofocadas bajo el peso muerto del esnobismo social, los grandes negocios y las hasta entonces desco­ nocidas oportunidades de beneficio. Esperaban desembarazarse de la antipa­ tía que esta tendencia provocaba, desviándola contra sus pobres y todavía no asimilados hermanos inmigrantes. Utilizando las mismas tácticas que contra

Véase Lecanuet, op. cit., p. 188.

Véase Rose A. Halperin, op. cit., pp. 59, 77 y ss.

Bernard Lazare, Jobs Dungheap, Nueva York, 1948, p. 97-

ANTISEMITISMO

ellos había empleado la sociedad gentil, se esforzaban por disociarse de los llamados Ostjuden, Despachaban a la ligera el antisemitismo político, tal como se había manifestado en los pogromos de Rusia y de Rumania, consi­ derándolo como una supervivencia de la Edad Media y apenas una realidad de la política moderna. Jamás pudieron comprender que en el ajfaire Dreyfus se jugaba algo más que el simple estatus social, aunque sólo fuese porque ha­ bía producido algo más que un simple antisemitismo social.

Estas son las razones por las que se hallaron en las filas de la judería france­ sa tan pocos defensores fervientes de Dreyfus. Los judíos, incluso la propia familia del acusado, se abstuvieron de iniciar una lucha política. Precisamente por este motivo, a Labori, abogado por parte de Zoía, se le negó la defensa ante el Tribunal de Rennes, mientras que el segundo abogado de Dreyfus, Déman-ge, fue obligado a basar su alegato en la cuestión de la duda. Se esperaba con ello ahogar mediante un diluvio de cumplidos cualquier posible ataque del ejercito o de sus oficiales. La idea era que el camino real hacia la absolución estribaba en pretender que todo se limitaba a la posibilidad de un error judicial, cuya víctima había llegado a ser por casualidad un judío. El resultado fue un segundo veredicto y el hecho de que Dreyfus, negándose a enfrentarse con la verdadera cuestión, fue inducido a renunciar a una revisión del juicio y a for­ mular una petición de clemencia, es decir, a reconocerse culpable95. Los ju ­ díos no advirtieron que lo que estaba implicado en todo el caso era una lucha organizada contra ellos en un frente político. Por eso se resistieron a aceptar la cooperación de hombres que se hallaban preparados para hacer frente al reto sobre esta base. La ceguera de su actitud se advierte claramente en el caso de Clemenceau. La pugna de Cíemenceau por la justicia como cimiento del estado abarcaba ciertamente la restauración de la igualdad de derechos para los judíos. Pero en una época de lucha de clases, por una parte, y de crecien­ te patrioterismo, por otra, habría seguido siendo una abstracción política si no hubiera sido concebida al mismo tiempo en sus términos reales de lucha de ios oprimidos contra sus opresores. Cíemenceau fue uno de los pocos ami­ gos verdaderos que ha conocido la judería moderna, porque consideraba y proclamaba ante el mundo que los judíos eran uno de los pueblos oprimidos de Europa. El antisemitismo tiende a ver en el advenedizo judío un paria; en consecuencia, ve a un Rothschiíd en cada buhonero y en cada Schnomr a un

Véase, de Fernand Labori, «Le mal politique et Íes partís», en La Grande Reúne (octubre-diciem­ bre de 1901): «En Rennes, desde el momento en que el acusado se declaró culpable y el abogado renunció a recurrir con la esperanza de conseguir el perdón, el caso Dreyfus, como gran cuestión universal y humana, quedó definitivamente cerrado». En su artículo, titulado «Le Spectacle du Jour», Clemenceau habla de los judíos de Argel, «en cuyo nombre Rothschiíd no formuló la más mínima protesta».

EL AFF AIRE DREYFUS ' 205

arribista. Pero Cíemenceau, en su ardiente pasión por la justicia, todavía veía a los Rothschild como miembros de un pueblo oprimido. Su angustia por eí infortunio nacional de Francia abrió sus ojos y su corazón incluso a aquellos «infortunados que se presentan como líderes de su pueblo e inmediatamente le dejan en la estacada», aquellos elementos acobardados y sometidos que, en su ignorancia, su debilidad y su temor, se sienten tan deslumbrados de admira­ ción hacia el más fuerte como para excluirle de cualquier lucha activa y que son capaces de «correr en ayuda del vencedor» sólo cuando la batalla ha sido ganada96.

6, E l perdón y su significado

Sólo en el último acto se hizo evidente que el drama de Dreyfus era una comedia. El deus ex machina que unió al dividido país, que hizo que el Parla­ mento se tomara favorable a una revisión y que finalmente reconcilió a ios elementos opuestos del pueblo, desde la extrema derecha hasta ios socialistas, no fue sino la Exposición de París de 1900. Lo que no habían conseguido los editoriales diarios de Clemenceau, el pathos de Zola, los discursos de Jaurès y el odio popular hacia el clero y la aristocracia, es decir, un giro del sentimiento parlamentario en favor de Dreyfus, fue ai final realidad por eí te­ mor a un boicot. El mismo Parlamento que un año antes había rechazado unánimemente una revisión, ahora, por una mayoría de dos tercios, aproba­ ba un voto de censura a un gobierno anti Dreyfus. En julio de 1899 llegó al poder el gabinete de Waldeck-Rousseau, Eí presidente Loubet perdonó a Dreyfus y liquidó el asunto. La Exposición pudo inaugurarse bajo el más bri­ llante de los cielos comerciales y se registró una confraternización general: incluso los socialistas se tornaron elegibles para los puestos gubernamentales; Milíerand, el primer socialista que llegaba a ministro en Europa, recibió la cartera de Comercio.

¡El Parlamento, convertido en campeón de Dreyfus! Este era el resul­ tado final. Para Clemenceau, desde luego, constituyó una derrota; Ante ese amargo epílogo denunció el ambiguo perdón y la amnistía aún más ambigua. «Todo lo que se ha hecho — escribió Zola— es hacinar juntos en un solo y hediondo perdón a hombres de honor y a pillos. Todos han sido arrojados a la misma marmita.»97 Clemenceau se quedó, como al princi-

Véanse tos artículos de Clemenceau titulados «Le Spectacle du Jour», «Et les Juifs!», «La Farce du Syndicat» y «Encore les Juifs», en L’Iniquité.

97 Véase la carta de Zola fechada et 13 de septiembre de 1899, en Correspondance: lettres à Maître Labôri.

ANTISEMITISMO

pió, profundamente solo. Los socialistas, sobre todo Jaurès, dieron la bienvenida tanto al perdón como a la amnistía. ¿Acaso no se les aseguraba un puesto en el gobierno y una representación más amplía de sus intereses específicos? Unos meses más tarde, en mayo de 1900, cuando el éxito de la Exposición ya estaba asegurado, apareció por fin la auténtica verdad. Todas aquellas tácticas apaciguadoras serían a expensas de los dreyfusards. La moción en pro de una ulterior revisión del juicio fue derrotada por 425 votos contra 60, y ni siquiera el propio gobierno de Clemenceau, en 1906, se atrevió a confiar la revisión a un tribunal ordinario de justicia. La absolución (ilegal) a través del Tribunal de Casación fue un compromiso. Pero la derrota de Clemenceau no significó la victoria para la iglesia y el ejército. La separación de la iglesia y del estado y la prohibición de la ense­ ñanza religiosa dieron al traste con la influencia política del catolicismo en Francia. De forma similar, el sometimiento del Servicio de Informa­ ción al Ministerio de la Guerra, es decir, a la autoridad civil, privó al ejér­ cito de su influencia de chantaje sobre el gobierno y la Cámara y le retiró cualquier posibilidad de realizar investigaciones policiales por su propia cuenta.

En 1909, Drumont presentó su candidatura a la Academia. Antaño, su antisemitismo había sido elogiado por los católicos y aclamado por el pueblo. Ahora, sin embargo, «el más grande historiador desde Fustel» (Lemaître) se vio obligado a dejar paso a Marcel Prévost, autor de la en cierto modo pornográfica Les demi-vierges, y el nuevo «inmortal» recibió las felicitaciones del padre jesuíta Du Lac98. Incluso la Compañía de Jesús había dado fin a su pugna con la Tercer ra República. El cierre del caso Dreyfus marcó el final del antisemitismo clerical. El compromiso adoptado por la Tercera República absolvió al acusado sin otor­ garle un proceso regular, mientras que restringía las actividades de las organiza­ ciones católicas. En tanto que Bernard Lazare pedía iguales derechos para ambos bandos, el estado había formulado una excepción para los judíos y otra que amenazaba la libertad de conciencia de los católicos". Las partes en conflicto quedaron ambas Riera de la ley, con el resultado de que la cuestión judía, por una parte, y el catolicismo político, por otra, quedaron en adelante proscritos del terreno de la política práctica.

53 Véase Herzog, op. cif,, p. 97.

La posición de Lazare en el affaire está muy bien descrita por Charles Péguy en «Notre Jeunesse», Cahiers de la quinzaine, Paris, 1910. Considerándole como el verdadero representante de los intere­ ses judíos, Péguy formula las demandas de Lazare de la siguiente manera: «Era un partidario de la imparcialidad de la ley. Imparcialidad de la ley en el caso Dreyfus, ley imparcial en el caso de las órdenes religiosas. Esto parece una broma; esto puede llevar lejos. A él le condujo al aislamiento en la muerte» (traducción tomada de la Introducción a Job’s Dungheap, de Lazare). Lazare fue uno de los primeros dreyfitsards que protestó contra la ley relativa a las congregaciones religiosas.

EL A FF A ÍR E DREYEUS 207

Así se cierra el único episodio en el que las fuerzas subterráneas del siglo X IX emergieron a plena luz de la historia escrita. El único resultado visible fue que dio nacimiento al movimiento sionista — la única respuesta política que los judíos hallaron frente al antisemitismo y la única ideología en la que lle­ garon a tomar en serio una hostilidad que íes colocaría en el centro de los acontecimientos mundiales.

SEGUNDA PARTE

IMPERIALISMOiS

Si pudiera, me anexionaría los planetas.

C ECIL RHODES

CAPÍTULO 5

LA EMANCIPACIÓN POLÍTICA DE LA BURGUESÍA

Las tres décadas que median entre 1884 y 1914 separan al siglo XIX, que acabó con la disputa por Africa y el nacimiento de los panmovimientos, deí siglo XX, que comenzó con la Primera Guerra Mundial. Éste es el período del imperialis-mo, con su inmóvil sosiego en Europa y su vertiginoso desarrollo en Asia y en Africa1. Algunos de los aspectos fundamentales de esta época parecen tan próxi­ mos al fenómeno totalitario del siglo XX, que puede resultar justificable conside­ rar a todo el período como una fase preparatoria de las subsiguientes catástrofes. Su tranquilidad, por otro lado, le hace todavía aparecer considerablemente como parte del siglo XIX. Apenas podemos evitar obsewar este pasado cercano, y sin embargo distante, con la mirada demasiado entendida de quienes conocen de antemano el final de la historia, de los que saben que conduce a una ruptura casi completa en el continuo fluir de la historia occidental tal como la habíamos conocido durante más de dos mil años. Pero debemos también admitir una cier­ ta nostalgia respecto de lo que aún puede ser denominada «edad de oro de la seguridad», es decir, de una época en la que los horrores todavía estaban carac­

1 J. A. Hobson, Imperialism, Londres, 1905, 1938, p. 19: «Aunque, por conveniencia, se ha consi­ derado al año 1870 como el indicador del comienzo de una clara política imperialista, es evidente que el movimiento no cobró su ímpetu total hasta mediados de la década de los ochenta.,., alrededor de 1884».

IMPERIALISMO

terizados por una cierta moderación y controlados por la respetabilidad y que, por eso, podían quedar adscritos a la apariencia general de cordura. En otras palabras, por cercano que nos resulte este pasado, somos perfectamente cons­ cientes de que nuestra experiencia de los campos de concentración y de las fábri­ cas de la muerte resulta tan alejada de su atmósfera general como lo esta de cual­ quier otro período de la historia occidental.

Acontecimiento central del período imperialista en el interior de Europa fue la emancipación política de la burguesía, que hasta entonces había sido la primera ciase en la historia en lograr una preeminencia económica sin aspirar a un dominio político. La burguesía se había desarrollado dentro de, y junto con, la nación-estado, que casi por definición gobernaba sobre, y más allá de, una sociedad dividida en clases. Incluso cuando la burguesía estaba ya esta­ blecida como clase dominante, dejaba al estado las decisiones políticas. Sólo cuando la nación-estado se reveló incapaz de ser el marco para un ulterior desarrollo de la economía capitalista se tornó abierta la lucha por el poder, hasta entonces latente, entre el estado y la sociedad. Durante el período imperialista, ni el estado ni la burguesía obtuvieron una victoria decisiva. Las instituciones nacionales resistieron la brutalidad y la megalomanía de las aspiraciones imperialistas, y los intentos burgueses de utilizar el estado y sus instrumentos de violencia para sus propios objetivos económicos hallaron siempre un éxito a medias. Esto cambió cuando la burguesía alemana apostó todo en favor del movimiento de Hitler y aspiró a gobernar con la ayuda del populacho, pero entonces resultó ser demasiado tarde. La burguesía logró destruir al estado-nación, pero obtuvo una victoria pírrica; el populacho se reveló completamente capaz de hacerse cargo de la política por sí mismo y liquidó a la burguesía junto con las demás clases e instituciones.

1. La expansión y la nación-estado

«La expansión lo es todo», decía ,CecÜ Rhodes, y se sumía en la desespera­ ción, porque cada noche veía sobre su cabeza «estas estrellas..., estos vastos mundos a los que nunca podremos llegar. Si pudiera me anexionaría los pla­ netas»2. Había descubierto el principio motor de la nueva era imperialista (en menos de dos décadas, las posesiones coloniales británicas aumentaron en 4,5 millones de millas cuadradas y en 66 millones de habitantes; la nación francesa ganó 3,5 millones de millas cuadradas y 26 millones de personas; los alemanes consiguieron un nuevo imperio de un millón de millas cuadradas y

2 S. Gertrude Millín, Bhodss, Londres, 1933, p. 138.

LA EMANCIPACIÓN POLÍTICA DE LA BURGUESÍA 213

13 millones de nativos, y los belgas, a través de su rey, adquirieron 900.000 millas cuadradas con una población de 8,5 millones de habitantes)3; y, sin embargo, en un destello de lucidez, Rhodes reconoció en el mismo momento su locura inherente y su contradicción con la condición humana. Naturalmen­ te, ni ese atisbo ni la tristeza modificaron su política. No tenía destino que dar a esos destellos de lucidez que le llevaron mucho más allá de la capacidad nor­ mal de un ambicioso hombre de negocios con una marcada tendencia hacia la megalomanía.

«La política mundial es para una nación lo que la megalomanía es para un individuo»4, dijo Eugen Richter (líder del partido progresista alemán) aproximadamente en el mismo momento histórico. Pero su oposición en el Reichstag a la propuesta de Bismarck de apoyar a las compañías privadas en el establecimiento de puestos comerciales y marítimos mostraba claramente que comprendía aún menos que el propio Bismarck las necesidades econó­ micas de una nación de su tiempo. Parecía como si los que se oponían o ignoraban el imperialismo — como Eugen Richter en Alemania, o Gladstone en Inglaterra, o Clemenceau en Francia— hubieran perdido el contacto con la realidad y no comprendieran que el comercio y la economía habían impli­ cado ya a cada nación en la política mundial. El principio nacional Ies estaba conduciendo a una ignorancia provinciana, y la batalla librada en pro de la cordura estaba ya perdida.

La moderación y la confusión eran los únicos premios a la firme oposi­ ción de cualquier político a la expansión imperialista. Así, Bismarck, en 1871, rechazó la oferta de posesiones francesas en África a cambio de Alsacia-Lorena, y veinte años más tarde adquirió Helgoland, de Gran Bretaña, a cambio de Uganda, Zanzíbar y Vitu, dos reinos por una bañera, como, no sin justicia, le dijeron los imperialistas alemanes. Así, en la década de los años ochenta, Clemenceau se opuso a los imperialistas que en Francia deseaban el envío de una fuerza expedicionaria a Egipto contra los británicos, y treinta años más tarde entregó a Inglaterra los campos petrolíferos de Mosul en aras de una alianza franco-británica. Así, Gladstone era denunciado en Egipto por Cromer, quien afirmaba que «no es un hombre al que puedan confiarse con seguridad los destinos del Imperio británico».

Estas cifras están tomadas de la obra de Carl ton J. H. Hayes, A Generation ofMaterialism, Nueva York, 1941, p. 237, y se refieren al período comprendido entre 1871 y 1900, Véase también de Hobson, op. cit., p. 19: «En quince años se sumaron al Imperio británico unos 3 3/4 de millones de millas cuadradas; 1 millón de millas cuadradas con 14 millones de habitantes al alemán; y 3 1/2 millones de millas cuadradas con 37 millones de habitantes al francés».

4 Véase, de Ernst Hasse, Deutsche Weltpolitik, «Flugschriften des Alldeutschen Verbandes», núm. 5, 1897, p. L

214 IMPERIALISMO

Estos políticos, que pensaban primariamente en términos del territorio nacional establecido, estaban bastante justificados al mostrarse suspicaces ante- el imperialismo, excepto que había algo Más en juego que lo que ellos denominaban «aventuras de ultramar». Sabían, por instinto más que por perspicacia, que este nuevo movimiento expansivo, en el que «el patriotis­ mo... se expresa de la mejor forma en ganar dinero» (Huebbe-Schíeiden) y la bandera nacional es un «activo comercial» (Rhodes), sólo podía destruir el cuerpo de la nación-estado. Las conquistas, así como la construcción de imperios, se habían desacreditado por muy buenas razones. Habían sido rea­ lizadas con éxito sólo por gobiernos que, como la República romana, estaban basados primariamente en la ley, de forma tal que la conquista fuese seguida por la integración de los pueblos más heterogéneos, imponiéndoles una ley común. La nación-estado, empero, basada en el activo asentimiento a su gobierno de una población homogénea (leplébiscite de tous lesjoursp, carecía de semejante principio unificador y, en caso de conquista, tenía que asimilar más que integrar, imponer el asentimiento más que la justicia, es decir, dege­ nerar en tiranía. Robespierre se había mostrado ya consciente de esto cuando exclamó: Périssent les colonies si elles nous en coûtent l’honneur, la liberté.

La expansión como objetivo permanente y supremo de la política es la idea política central del imperialismo. Como no implica el saqueo temporal ni la más duradera asimilación de la conquista, es un concepto enteramente nuevo en la larga historia del pensamiento y de la acción políticos. La razón de esta sorprendente originalidad —sorprendente porque los conceptos ente­ ramente nuevos son muy raros en política— es simplemente la de que este concepto no es realmente político, sino que tiene su origen en el terreno de la especulación comercial, donde la expansión significaba el permanente aumento de la producción industrial y de las transacciones económicas carac­ terístico del siglo XIX.

En la esfera económica, la expansión era un concepto adecuado porque el desarrollo industrial era una realidad actuante. La expansión significaba un aumento en la producción de bienes para ser utilizados y consumidos. Los procesos de producción son tan ilimitados como la capacidad del hombre para producir, establecerse, suministrar y mejorar en el mundo humano. Cuando la producción y el desarrollo económicos aflojaban el paso, sus lími­ tes no eran tan económicos como políticos, ya que eran muchos pueblos5

Ernst Renan en su clásico ensayo Qu est-ce qu'une nation?, Paris, 1882, destacó el «consentimiento real, el deseo de vivir juntos, ía voluntad de preservar dignamente la herencia indivisa recibida» como los elementos principales que mantienen unidos a los miembros de un pueblo de forma tal que cons­ tituyan una nación. La cita corresponde a The Poetry ofthe Celtio Races, and other Studies, Londres, 1896.

LA EMANCIPACIÓN POLÍTICA DE IA BURGUESÍA . 215

diferentes, organizados en cuerpos políticos completamente distintos, los que compartían los productos y de los que dependía la producción.

El imperialismo nació cuando la clase dominante en la producción capi­ talista se alzó contra las limitaciones nacionales a su expansión económica. La burguesía recurrió a la política por necesidad económica; porque no deseaba renunciar al sistema capitalista, cuya ley inherente es el constante crecimien­ to económico, tuvo que imponer esta ley a los gobiernos nacionales y procla­ mar que la expansión era el objetivo político definitivo de la política exterior.

Con el eslogan «La expansión por la expansión», la burguesía intentó, y en parte logró, convencer a sus gobiernos nacionales de que tomaran el sen­ dero de la política mundial. La nueva política que proponían pareció por un momento hallar sus limitaciones naturales y su equilibrio en el puro hecho de que varias naciones iniciaran su expansión simultánea y competitivamen­ te. El imperialismo en sus fases iniciales podía aún ser descrito como una lucha de «imperios competidores» y diferenciado de la «idea de Imperio en el mundo antiguo y en el medieval [que] era la de una Federación de Estados, bajo una hegemonía, abarcando... todo el mundo conocido»6. Sin embargo, semejante competición fue uno de los numerosos vestigios de la época pasada, una conce­ sión al aún prevaleciente principio nacional conforme al cual la humanidad es una familia de naciones que rivalizan por sobresalir, o la creencia liberal de que la competición fijará automáticamente sus propios límites estabilizadores y pre­ determinados antes de que un competidor haya liquidado a todos los demás. Este feliz equilibrio, sin embargo, difícilmente había sido consecuencia inevita­ ble de misteriosas leyes económicas, puesto que había descansado considerable­ mente en instituciones políticas, y más aún en instituciones policiales que ha­ bían impedido a los competidores el empleo de revólveres. Es difícil de com­ prender cómo una competición entre complejos comerciales completamente armados — «Imperios»— podía acabar en nada que no hiera la victoria de uno y la muerte de los demás. En otras palabras, la competición no es un principio político en mayor medida que la expansión y cómo ésta precisa de un poder polí­ tico que la controle y frene.

En contraste con la estructura económica, la estructura política no puede ser extendida indefinidamente, porque no está basada en la productividad del hombre, que es, desde luego, ilimitada. De todas las formas de gobierno y organizaciones del pueblo, la nación-estado es la menos adecuada para el crecimiento ilimitado, porque el genuino asentimiento que constituye su base no puede ser extendido indefinidamente, y sólo rara vez, y con dificul­ tad, se obtiene de pueblos conquistados. Ninguna nación-estado podría, con

6 Hobson, op. cit.

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la conciencia tranquila, tratar de conquistar a pueblos extranjeros, dado que semejante conciencia procede sólo de la convicción de la nación conquista' dora de que está imponiendo a los bárbaros una ley superior7. La nación, sin embargo, concebía su ley como fruto de una singular sustancia nacional que no era válida más allá de su propio pueblo y de las fronteras de su propio territorio.

Allí donde el estado-nación apareció como conquistador despertó la con­ ciencia nacional y un deseo de soberanía entre los pueblos conquistados, fra­ casando por ello todos los propósitos genuinos de construir un imperio. Así, los franceses incorporaron Argelia como una provincia de la madre patria, pero no pudieron convencerse a sí mismos para imponer sus propias leyes al pueblo árabe. Continuaron respetando más bien la ley islámica y concedieron a sus ciudadanos árabes un «estatus personal», originando el absurdo híbrido de un territorio nominalmente francés, legalmente tan parte de Francia como el Département de la Seine, y cuyos habitantes no eran ciudadanos franceses.

Los primeros «constructores de imperios» británicos, confiando en la conquista como método permanente de dominio, nunca fueron capaces de incorporar a sus más próximos vecinos, ios irlandeses, a su vasta estructura, bien del Imperio británico, bien de la Comunidad Británica de Naciones; pero cuando tras la última guerra Irlanda recibió estatus de dominio y fue admitida como miembro de pleno derecho de la Commonwealth británica, el fracaso fue igual de real, aunque menos palpable. La más antigua «pose­ sión», el más nuevo Dominio, denunció unilateralmente su estatus de Domi­ nio en 1937 y cortó todos sus lazos con la nación inglesa al negarse a partici­ par en la guerra. La dominación de Inglaterra mediante la conquista perma­ nente, como «sencillamente no logró destruir» a Irlanda (Chesterton), no había suscitado tanto su propio «genio adormecido de imperialismo»8 como despertado el espíritu de la resistencia nacional entre los irlandeses.

La estructura nacional del Reino Unido había hecho imposibles la asimi­ lación rápida y la incorporación de los pueblos conquistados; la Common-

Esta mala conciencia originada por la creencia en el asentimiento como base de toda organización política se halla muy bien descrita en la obra de Harold Nicoison, Curzon: The Last Phase 1919-1925, Boston-Nueva York, 1934, en lo referente a la discusión sobre la política británica en Egipto: «La justificación de nuestra presencia en Egipto sigue basada no en el defendible derecho de con­ quista o de la fuerza, sino en nuestra propia fe en el elemento del asentimiento. Ese elemento no existía en 1919 en ninguna forma clara. Fue dramáticamente desmentido por el estallido egipcio de marzo de 1919».

Como lord Salisbury señaló, felicitándose por la derrota de la primera Home Rute Bill de Gladsto-ne. Durante los siguientes veinte años de gobierno conservador — y lo que significaba en aquel tiem ­ po de dominio imperialista— (1885-1905) el conflicto angío-irlandés no sólo no se resolvió, sino que se tornó mucho más agudo. Véase también, de Gilbert K. Chesterton, The Crimes ofEngland, 1915, pp. 57 yss.

LA EMANCIPACIÓN POLÍTICA DE LA BURGUESÍA 217

wealth británica nunca fue una «Comunidad de Naciones», sino la heredera del Reino Unido, una nación dispersa por todo ei mundo. La dispersión y la colonización no extendían, la estructura política, sino que la trasplantaban, con el resultado de que los miembros del nuevo cuerpo federado permane­ cían estrechamente unidos a su común madre patria por profundas razones de un pasado común y de una ley común. El ejemplo irlandés demuestra cuán mal preparado se hallaba el Reino Unido para construir una estructura imperial en la que muchos pueblos diferentes pudieran vivir juntos satisfac­ toriamente9. La nación británica demostró ser adepta no al arte romano de construcción de imperios, sino seguidora del modelo griego de colonización. En lugar de conquistar y de imponer su propia ley a pueblos extranjeros, los colonos británicos se instalaron en los territorios recientemente ganados en las cuatro esquinas del mundo y siguieron siendo miembros de la misma na­ ción británica10. Queda por ver si la estructura federada de la Common-wealth, admirablemente construida sobre la realidad de una nación disper­ sa por la tierra, será suficientemente elástica para equilibrar las inherentes dificultades de la nación en la construcción de imperios y para admitir per­ manentemente pueblos no británicos como «socios deí complejo» de la Commonwealth de pleno derecho. El estatus de Dominio de la India, un estatus que, dicho sea de paso, fue llanamente rechazado por los nacionalis­

Todavía sigue siendo un enigma por qué en las fases iniciales de desarrollo nacional no lograron los Tudor incorporar Irlanda a Gran Bretaña como los Valois consiguieron incorporar Bretaña y Borgoña a Francia. Puede ser, sin embargo, que un proceso similar fuera brutalmente interrumpi­ do por el régimen de Cromwell, que trató a Irlanda como un gran botín de guerra para repartirlo entre sus servidores. En cualquier caso, tras la revolución de Cromwell, que fue crucial para la for­ mación de la nación británica, como lo fue la Revolución francesa para Francia, el Reino Unido ha­ bía alcanzado ya esa fase de madurez que se ve siempre acompañada por una pérdida del poder de asimilación e integración que el cuerpo político de ¡a nación sólo posee en sus fases iniciales. Lo que luego siguió fue, desde luego, una larga y triste historia de «opresión [que] no fue impuesta para que eí pueblo pudiera vivir tranquilamente, sino para que pudiera morir tranquilamente» (Chester-ton, op. cit., p. 60).

Para un examen histórico de la cuestión irlandesa que incluya las últimas evoluciones, cotéjese el excelente e inigualado estudio de Nichoías Mansergh, Britain and Ireland (en Longmans Pamphku on the British Commonwealth, Londres, 1942).

10 Muy característica es la siguiente declaración de J. A. Froude, formulada poco antes del comienzo de la era imperialista: «Vamos a suponer que un inglés que emigrara a Canadá o a El Cabo, o a Aus­ tralia o a Nueva Zelanda, no perdiera legaímente su nacionalidad, que siguiera en suelo británico, como si estuviera en Devonshíre o en Yorkshire, y que continuara siendo inglés mientras durara el Imperio inglés; y si gastamos la cuarta parte deí dinero enterrado en las ciénagas de Balacfava y esta­ blecemos a dos millones de los nuestros en esas colínas, ello contribuiría más a la fuerza esencial del país que todas las guerras en las que nos hemos visto embrollados desde Agincourt hasta Wateríoo». Esta cita procede de la obra de Robert Livingston Schuler, The Fall ofthe Oíd Colonial System, Nue­ va York, 1945, pp. 280-281.

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tas indios durante la guerra, ha sido frecuentemente considerado como una solución temporal y transitoria11.

La contradicción interna entre el cuerpo político de la nación y la con­ quista como medio político resulta obvia desde el fracaso del sueño napoleó­ nico. A esta experiencia se debe y no a consideraciones humanitarias el que la conquista haya sido, desde entonces, condenada oficialmente y haya desem­ peñado un papel de escasa importancia en los reajustes fronterizos. El fracaso napoleónico en su proyecto de unir a Europa bajo la bandera francesa fue una clara indicación de que la conquista por una nación conducía o bien al completo despertar de la conciencia nacional de los pueblos conquistados y a la consecuente rebelión contra el conquistador, o bien a la tiranía. Y aunque la tiranía, por no precisar del asentimiento, puede dominar con éxito a pue­ blos extranjeros, sólo es capaz de permanecer en el poder si destruye primero todas las instituciones nacionales de su propio pueblo.

Los franceses, en contraste con los británicos y las demás naciones de Europa, trataron en época reciente de combinar el ius con el imperium y de ■ construir un imperio en el antiguo sentido romano. Sólo ellos intentaron al menos hacer que el cuerpo político de la nación evolucionara hasta una estructura política imperial y creyeron que «la nación francesa [estaba] mar­ chando... para extender los beneficios de la civilización francesa»; deseaban incorporar las posesiones de ultramar al cuerpo nacional tratando a los pueblos conquistados «como... hermanos tanto como... súbditos — herma­ nos en la fraternidad de una común civilización francesa y súbditos en cuanto eran discípulos de la luz francesa y seguidores de la dirección fran­ cesa»12. Este propósito fue en parte realizado cuando diputados de color ocuparon escaños en el Parlamento francés y cuando Argelia fue declarada departamento de Francia.

1! Et eminente escritor sudafricano Jan Disselboom expresó abruptamente la actitud de los pueblos de la Commonwealch sobre la cuestión: «Gran Bretaña es simplemente un socio dentro deí comple­ jo... todos descendemos del mismo linaje estrechamente unido.,. Aquellas partes deí Imperio que no están habitadas por razas para las que esto es cierto, jamás fueron socios del complejo. Eran propie­ dad privada deí socio predominante... Se puede contar con ios Dominios blancos o con el Dominio de la India, pero no se puede contar con ambos al mismo tiempo» (citado de A. Carthiíl, The Lost Dominion, 1924).

Ernst Baker, Ideas and Ideáis ofthe British Empire, Cambridge, 1941, p. 4.

Véanse también las excelentes observaciones preliminares sobre los orígenes del Imperio francés en The Frencb Colonial Empire (en Information Department Papers, núm. 25, publicados por The Royal Inscicute o f International Affairs, Londres, 1941), pp. 9 y ss, «El objetivo consiste en asimilar los pueblos coloniales al pueblo francés o, si esto no es posible en las comunidades más primitivas, “asociarlas”, pata que la diferencia entre la France métropole y la France d'outre-mer sea cada vez más geográfica y no fundamental.»

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El resultado de esta osada experiencia fue una explotación particular­ mente brutal de las posesiones de ultramar al servicio de la nación. Contra todas las teorías, el Imperio francés fue valorado desde el punto de vista de la defensa nacional13 y las colonias fueron consideradas tierras de soldados que podían producir una forcé mire con la que proteger a los habitantes de Fran­ cia contra sus enemigos nacionales. La famosa frase de Poincaré en 1923, «Francia no es un país de cuarenta millones; es un país de cien millones», señalaba simplemente el descubrimiento de una «carne de cañón económica, generada por los métodos de producción en masa»1415.Cuando en la Confe­ rencia de Paz, en 1918, Clemenceau insistió en señalar que sólo le preocupa­ ba «un derecho ilimitado a reclutar tropas negras para contribuir a la defensa del territorio francés en Europa si Francia era atacada en el futuro por Ale­ mania»13, no salvó a la nación francesa de la agresión germana, como desgra­ ciadamente estamos en situación de saber, aunque su pían fuera realizado por eí Estado Mayor; pero asestó un golpe de muerte a la todavía dudosa posibili­ dad de un Imperio francés16. En comparación con este ciego y desesperado nacionalismo, los imperialistas británicos, aviniéndose al sistema de manda­ tos, parecían guardianes de la autodeterminación de los pueblos. Y ello a pe­ sar deí hecho de que inmediatamente comenzaran a abusar del sistema de mandatos mediante el «dominio indirecto», un método que permitía al

Véase, de Gabriel Hanotaux, «Le Général Mangin», en Revise des Deux Mondes (1925), tomo 27. N W, P. Croizier, «France and her “Black Empire”», en New Repubík, 23 de enero de 1924,

David Lloyd George, Memoirs ofthe Peace Conference, New Haven, 1939,1, 362 y ss.

,s Intento similar de explotación brutal de las posesiones de ultramar en beneficio de la nación fue el realizado por los Países Bajos en fas Indias Orientales Holandesas después de que la derrota de Napoleón permitió a la muy empobrecida Madre Patria recobrar las colonias holandesas. Mediante el cultivo obligatorio, los nativos se vieron reducidos a la esclavitud en beneficio del gobierno de Holanda. Max Havelmr, de Multatuli, publicada por vez primera en la década de los sesenta del si­ glo pasado, estaba dirigida al gobierno de la metrópoli y no a la Administración colonial. (Véase la obra de De Kat Angelíno, ColonialPolicy, vol. II, The Dutcb East Indios, Chicago, 1931, p. 45.)

Este sistema fue rápidamente abandonado y las Indias neerlandesas, durante cierto tiempo, se convirtieron en «la admiración de todas las naciones colonizadoras» (véase, de Hesket Bell, antiguo gobernador de Uganda, Nigeria deí Norte, etc., Foreign Colonial Administraron m the Far East, 1928, primera parte). Los métodos holandeses presentan muchas semejanzas con los franceses: la concesión del estatus europeo a los nativos que se habían distinguido, la introducción de un sistema escolar europeo y muchos otros medios de asimilación gradual. Por eso los holandeses lograron el mismo resultado: un fuerte movimiento de independencia nacional entre el pueblo sometido.

En el presente estudio han sido descuidados los imperialismos holandés y belga. El primero es una curiosa y cambiante mezcla de los métodos francés e inglés; el segundo es la historia no de la expansión de la nación belga, ni siquiera de la burguesía belga, sino la de la expansión personal del rey de los belgas, irrefrenado por ningún gobierno y sin relación con ninguna otra institución. Tan­ to la forma holandesa como la forma belga de imperialismo resultan atípicas. Holanda no se expan­ dió durante la década de ios años ochenta, sino que tan sólo consolidó y modernizó sus antiguas posesiones. Las inigualadas atrocidades cometidas en el Congo Belga, por otra parte, ofrecen un ejemplo harto injusto de lo que estaba sucediendo en otras posesiones de ultramar.

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administrador gobernar a un pueblo «no directamente, sino mediante sus propias autoridades tribales y locales»17.

Los británicos trataron de escapar a la peligrosa inconsecuencia inheren­ te al intento nacional de construir un imperio, dejando a los pueblos con­ quistados entregados a sus propios medios por lo que a cultura, religión y le­ yes se refería) manteniéndose distantes y absteniéndose de extender la ley y lá cultura británicas. Esto no impidió a ios nativos desarrollar una conciencia nacional y clamar por la soberanía y la independencia — aunque pudo haber retrasado en cierto modo el proceso. Pero reforzó tremendamente la nueva conciencia imperialista de una superioridad fundamental, y no simplemente temporal, del hombre sobre el hombre, de las castas «superiores» sobre las «inferiores». Esto a su vez exacerbó la lucha de los pueblos sometidos por la libertad y íes impidió ver los indiscutibles beneficios de la dominación britá­ nica. Del auténtico distandamiento de sus administradores, que, «a pesar de su genuino respeto por los nativos como pueblo, y en algunos casos incluso de su amor por ellos..., casi en su mayoría no creyeron que fuesen o que llega­ ran a ser capaces de gobernarse a sí mismos sin su supervisión»18, los nativos sólo pudieron deducir que estaban excluidos y separados para siempre del resto de la humanidad.

El imperialismo no es la construcción de un imperio y la expansión no es ía conquista. Los conquistadores británicos, los antiguos «violadores de la ley en la India» (Burke) tenían poco en común con los exportadores del dinero británico o con los administradores de los pueblos indios. Si los últimos hubieran pasado de aplicar decretos a elaborar leyes, se habrían convertido en constructores de un imperio. La realidad, sin embargo, es que la nación inglesa no estaba interesada en ello y difícilmente íes habría apoyado. Tal y como sucedió, los hombres de negocios de mentalidad imperialista eran seguidos por funcionarios civiles que deseaban que «el africano siguiera sien­ do africano», mientras que unos pocos, que no habían superado todavía lo que Harold Nicholson llamó una vez sus «ideales de adolescencia»19, desea­ ban contribuir a que «llegara a ser un mejor africano»20, sea esto lo que fuere. En ningún caso estaban «dispuestos a aplicar el sistema administrativo y polí­ tico de su propio país al gobierno de poblaciones atrasadas»21 y a ligar las extensas posesiones de la corona británica a la nación inglesa.

17 Ernest Baker, op. cit., p. 69.

13 Selwyn James, South ofthe Congo, Nueva York, 1943, p. 326.

Por lo que se refiere a estos ideales de adolescencia y a su papel en el imperialismo británico, véa­ se el capítulo VIL En Stalky and Company, de Rudyard Kiplíng, se describe cómo se desarrollaron y cultivaron.

.Ernest Baker, op. cit., p. 150.

21 Lord Cromer, «The Government of Subject Races», en Edinburgh Review, enero de 1908.

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En contraste con las verdaderas estructuras imperiales en las que las insti­ tuciones de la madre patria se hallan integradas de diversas formas en el Imperio, es característico del imperialismo que las instituciones nacionales permanezcan separadas de la Administración colonial, aunque se permite a aquéllas ejercer un control de ésta. El motivo de esta separación era una curiosa mezcla de arrogancia y respeto: la nueva arrogancia de ios administra­ dores que, en el exterior, se enfrentaban con «poblaciones atrasadas« o «castas inferiores» encontraba su réplica en el respeto de los anticuados políticos de la patria, que consideraban que ninguna nación tenía derecho a imponer su ley a un pueblo extranjero. Estaba en la verdadera naturaleza de las cosas que la arrogancia se convirtiera en un medio de dominación, mientras que el res­ peto, que siguió siendo enteramente negativo, no produjo un nuevo instru­ mento para que los pueblos vivieran juntos, pero logró mantener dentro de ciertos límites la implacable dominación imperialista por decreto. Al saluda­ ble freno que suponían las instituciones y los políticos nacionales debemos cualesquiera beneficios que los pueblos no europeos hayan podido obtener, después de todo y a pesar de todo, de la dominación occidental. Pero los ser­ vicios coloniales nunca dejaron de protestar contra la intervención de la «inexperta mayoría» — la nación— , que trataba de presionar a la «experta minoría» -—los administradores imperialistas— «en favor de la imitación»22, es decir, del gobierno de acuerdo con las normas generales de justicia y de libertad que se daban en la metrópoli.

El hecho de que un movimiento de expansión por la expansión surgiera en las naciones-estados, que más que cualesquiera otros cuerpos políticos se hallaban definidas por fronteras y las limitaciones de posible conquista, es un ejemplo de las disparidades aparentemente absurdas entre causa y efecto que se han convertido en el rasgo principal de la historia moderna. La pro­ funda confusión de la terminología histórica moderna es sólo una conse­ cuencia de estas disparidades. Comparándolos con los antiguos imperios, confundiendo la expansión con la conquista, olvidando la diferencia entre comunidad e imperio (que los historiadores preimperiaíistas denominaban la diferencia entre plantaciones y posesiones, o colonias y dependencias, o, algo más tarde, colonialismo e imperialismo)23, olvidando, en otras palabras, la

Ibíd.

El primer investigador que empleó el término «imperialismo» para establecer una clara diferencia entre el «Imperio» y la «Commonweaih» fue J. A. Hobson. Pero la diferencia esencial fue siempre bien conocida. El principio de «libertad colonial», tan caro a todos los políticos liberales británicos después de la revolución americana, fue considerado válido sólo en tanto la colonia estuviera «forma-

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diferencia entre exportación de pueblo (británico) y exportación de dinero (británico)24, los historiadores trataron de desechar la enojosa realidad de que tantos importantes acontecimientos de la historia moderna parecieran resul­ tado de la labor de topos capaces de crear montañas.

Los historiadores contemporáneos, enfrentados con el espectáculo de unos pocos capitalistas que dirigían en todo el globo una búsqueda rapaz de nuevas posibilidades de inversión y que apelaban ai deseo de beneficio de los demasiado ricos y a los instintos de juego de los demasiado pobres, desean vestir ai imperialismo con la antigua grandeza de Roma y de Alejandro Mag­ no, una grandeza que habría hecho más humanamente tolerables todos los acontecimientos subsiguientes. La disparidad entre causa y efecto queda trai­ cionada en la famosa observación, desgraciadamente verdadera, según la cual el Imperio británico fue logrado en un momento de distracción; se tornó cruelmente obvia en nuestro tiempo cuando se precisó de una guerra mundial para desembarazarse de Hitler, lo cual resultó vergonzoso precisamente por­ que también era cómico. Algo similar fue ya evidente durante el affaire Drey-fus cuando se necesitó a los mejores elementos de la nación para que libraran una lucha que comenzó como una grotesca conspiración y acabó en farsa.

La única grandeza del imperialismo descansa en la batalla perdida que contra él libró la nación. La tragedia de esta oposición a medias no consistió en que los empresarios imperialistas pudieran comprar a muchos represen­ tantes nacionales; peor que la corrupción fue el hecho de que los incorrupti­ bles se hallaran convencidos de que el imperialismo era la única forma de rea­ lizar una política mundial. Como los puertos marítimos y el acceso a las materias primas eran realmente necesarios para todas las naciones, llegaron a creer que la anexión y la expansión obraban en favor de la salvación de la na­ ción. Fueron los primeros en no comprender la diferencia fundamental entre la antigua fundación de puertos comerciales y marítimos en beneficio del comercio y la nueva política de expansión. Creyeron a Cecd Rhodes cuando les dijo que había que «despertar al hecho de que no se puede vivir a menos de que se posea el comercio del mundo», «que tu comercio es el mundo y que tu vida es el mundo, no Inglaterra», y que por eso «debían de abordar esas

tía por personas británicas o... por tal mezcla con la población británica que resultara segura la intro­ ducción de instituciones representativas». Véase Roben Livingston Schuyler, op. cit.r pp. 236 y ss.

En el siglo XIX tenemos que distinguir tres tipos de posesiones de ultramar dentro del Imperio británico; los asentamientos de plantaciones o de colonias, como Australia y otros dominios; las esta­ ciones comerciales y Jas posesiones como la India, y tas estaciones marítimas y los enclaves militares como el Cabo de Buena Esperanza, mantenidos en beneficio de las anteriores. Durante la era del imperialismo todas estas posesiones experimentaron un cambio en su gobierno y en su significación política.

Ernest Baker, op. át.

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cuestiones de expansión y de retención del mundo»25. Sin desearlo, a veces incluso sin saberlo, no sólo se tornaron cómplices de la política imperialista, sino que fueron los primeros en ser censurados y acusados por su «imperialis­ mo»; Tal fue el caso de Clemenceau, que, como estaba tan desesperadamen­ te preocupado por el futuro de la nación francesa, se hizo «imperialista» con la esperanza de que la mano de obra colonial protegería a los franceses de sus agresores.

La conciencia de la nación, representada por un Parlamento y por una prensa libre, funcionaba, y se granjeó las iras de los administradores colonia­ les en todos los países europeos con posesiones coloniales, tanto sí se trataba de Inglaterra como de Francia, Bélgica, Alemania u Holanda. En Inglaterra, con el objetivo de distinguir entre el gobierno imperial, con sede en Londres y controlado por el Parlamento, y los administradores coloniales, esta influencia fue denominada el «factor imperial», atribuyendo así al imperialis­ mo los méritos y vestigios de la justicia que tan ansiosamente trataba de eli­ minar26. El «factor imperial» fue expresado políticamente en el concepto de que los nativos se hallaban no sólo protegidos, sino en cierta manera repre­ sentados por el Parlamento británico, «Parlamento imperial»27. En este pun­ to los ingleses se aproximaron estrechamente al experimento francés de cons­ trucción imperial, aunque nunca llegaron tan lejos como para dar representa­ ción a los pueblos sometidos. Sin embargo, resulta obvio que esperaban que la nación en conjunto actuara como una especie de fideicomisario de los pue­ blos conquistados, y es cierto que invariablemente trataron de evitar lo peor.

El conflicto entre los representantes del «factor imperial» (que más bien debería llamarse factor nacional) y los administradores coloniales recorre

Millin, op. cit„ p. 175.

El origen de esta denominación equívoca se halla probablemente en la historia de la dominación británica en África del Sur y se remonta a la época en que los gobernadores locales, Cecil Rhodes y Jameson, implicaron al «gobierno imperial» de Londres y contra la voluntad de éste, en la guerra contra los bóers. «En realidad, Rhodes, o más bien jameson, eran dueños absolutos de un territorio tres veces mayor que Inglaterra, que podía ser administrado “sin esperar al asentimiento renuente o a la cortés censura del Alto Comisionado1’, qui,en representaba a un gobierno imperial que sólo con­ servaba un control nominal» (Regina! Ivan Lovell, The StruggUfor South Africa, 1875-1899, Nueva York, 1934, p. 194). Y lo que sucede en territorios en los que el gobierno británico ha abandonado su jurisdicción a la población local europea que carece de todos los frenos tradicionales y constitucio­ nales de las naciones-estados puede advertirse perfectamente en la trágica historia de la Unión Suda­ fricana desde su independencia, es decir, desde que el «gobierno imperial» dejó de tener derecho alguno a intervenir.

27 A este respecto resulta interesante ia discusión desarrollada en la Cámara de los Comunes en mayo de 1908 entre Charles Dllke y el secretario de Colonias. Dilke previno de los peligros del otor­ gamiento deí autogobierno a las colonias de la corona porque de éste se seguiría el dominio de los plantadores blancos sobre sus trabajadores de color. Se le dijo que también los nativos tenían una representación en la Cámara de los Comunes. Véase G. Zoepfl, «Kolonien und KoloniaipotUík», en

Hanciivorterbuch der Staatswissenschajten,

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como un hilo rojo toda la historia del imperialismo británico. La «oración» que Cromer dirigió a lord Saíísbury durante su administración de Egipto en 1896, «sálveme de los ministerios ingleses»23*28, fue repetida una y otra vez hasta que en la década de los años veinte del siglo XX la nación y todo lo que ésta representaba fueron abiertamente censurados por los partidarios del imperialismo por la amenaza de la pérdida de la India. Los imperialistas siempre se habían sentido profundamente agraviados por el hecho de que el gobierno de la India tuviera que «justificar su existencia y su política ante la opinión pública de Inglaterra»; este control hizo entonces imposible proce­ der a realizar aquellas medidas de «matanzas administrativas»29, que inmedia­ tamente después de la conclusión de la Primera Guerra Mundial habían sido ensayadas en todas partes como medios radicales de pacificación30 y que des­ de luego habrían impedido la independencia de la India.

En Alemania prevaleció una hostilidad similar entre los representantes nacionales y los administradores coloniales en África. En 1897, Cari Peters fue destituido de su puesto en el África alemana del sudeste y tuvo que aban­ donar la Administración civil por razón de las atrocidades cometidas con los nativos. Lo mismo le sucedió al gobernador Zimmerer. Y en 1905 los jefes tribales dirigieron por vez primera sus quejas al Reichstag, con el resultado de que, cuando los administradores coloniales íes enviaron a la cárcel, intervino el gobierno alemán31.

Otro tanto cabe decir de la dominación francesa. Los gobernadores generales nombrados por el gobierno de París o bien estaban sujetos a la poderosa presión de los colonos franceses, como en Argelia, o bien se nega­ ban simplemente a realizar reformas en el trato a los nativos, supuestamen­ te inspiradas por «los débiles principios democráticos de [su] gobierno»32.

23 Lawrence J. Zetland, Lord Cromen 1923, p. 224.

29 A. Carthill, The Lost Dominion, 1924, pp. 41-42, 93.

Un ejemplo de «pacificación» en el Oriente Próximo fue extensamente descrito por T. E. Lawren­ ce en un artículo titulado «France, Britain and tiie Arabs», escrito para The Observen (1920): «Se pro­ duce un preliminar éxito árabe, los refuerzos británicos parten como fuerza punitiva. Y se abren camino... hasta su objetivo, que es mientras tanto bombardeado por la artillería, los aviones o los cañones, Al final una aldea es quizá incendiada y el distrito queda pacificado. Es curioso que no empleemos gases venenosos en estas ocasiones. El bombardeo de las viviendas es un medio poco efi­ caz de alcanzar a las mujeres y a los niños... Mediante ataques con gas toda la población de los distri­ tos en rebeldía quedaría barrida; y como método de gobierno no sería más inmoral que el sistema presente». Véanse sus Lettres, editadas por David Garnetr, Nueva York, 1939, pp, 311 y ss.

31 En 1910, por otra parte, el secretario de Colonias, B. Dernburg, hubo de dimitir porque había irritado a los plantadores coloniales protegiendo a los nativos. Véase la obra de Mary E. Towsend

Rise and Fall of Germanys Colonial Empire, Nueva York, 1930, y la de R Leutwein Kämpfe um Afri­ ka, Lübeck, 1936.

32 En palabras de León Cayla, ex gobernador general de Madagascar y amigo de Pétain.

LA EMANCIPACIÓN POLÍTICA DE LA BURGUESÍA 225

En todas partes, los administradores imperialistas sentían que el control de la nación constituía una carga insoportable y una amenaza a su domina­ ción.

Y los imperialistas tenían toda la razón. Conocían las condiciones de la dominación moderna sobre pueblos sometidos mejor que aquellos que, por una parte, protestaban contra el gobierno por decreto y la burocracia arbitra­ ria, y, por otra, esperaban retener siempre sus posesiones para mayor gloria de la nación. Los imperialistas sabían mejor que los nacionalistas que el cuerpo político de la nación no es capaz de construir un imperio. Se mostraban per­ fectamente conscientes del hecho de que el progreso de la nación y su con­ quista de pueblos, cuando se permite que sigan su propia ley inherente, con­ cluyen en la conquista de la nacionalidad por los pueblos y la derrota del conquistador. Por eso los métodos franceses, que siempre trataron de com­ binar las aspiraciones nacionales con la construcción de un imperio, tuvie­ ron mucho menos éxito que los métodos británicos, que, a partir de la década de los ochenta del siglo X IX , fueron abiertamente imperialistas, aun­ que limitados por una madre patria que conservaba sus instituciones nacio­ nales democráticas.

2. E l poder y la bttrgaesía

Lo que los imperialistas realmente deseaban era la expansión del poder polí­ tico sin la fundación de un cuerpo político. La expansión imperialista había sido desencadenada por un curioso tipo de crisis económica, la superproduc­ ción de capital y la aparición de dinero «superfluo», resultado de un exceso de ahorro que ya no podía hallar inversiones productivas dentro de las fronteras nacionales. Por vez primera la inversión de poder no abrió el camino a la inver­ sión de dinero, sino que la exportación de poder siguió mansamente al dinero exportado, dado que las inversiones incontrolables en lejanos países amenaza­ ban con convertir en jugadores a grandes estratos de la sociedad, con hacer que toda la economía capitalista dejara de ser un sistema de producción para trocar­ se en un sistema de'especulación financiera y con sustituir los beneficios de la producción por los beneficios de las comisiones. La década inmediatamente anterior a la época imperialista, la de los setenta del siglo XIX, pudo presenciar un crecimiento sin paralelo de las estafas, los escándalos financieros y el juego en la Bolsa.

Los pioneros de este desarrollo preimperialista fueron aquellos financie­ ros judíos que habían ganado su riqueza fuera del sistema capitalista y a los que las naciones-estado en crecimiento habían necesitado para la obtención

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de empréstitos con garantía internacional33. Con el firme establecimiento de un sistema fiscal que proporcionaba más sólidas finanzas al estado, este gru­ po tenía todas las razones para temer su completa extinción. Tras haber gana­ do durante siglos su dinero mediante las comisiones, fueron naturalmente los primeros en ser tentados e invitados a servir para la colocación de capital que ya no podía ser beneficiosamente invertido en el mercado doméstico. Los financieros judíos internacionales parecían especialmente indicados para semejantes operaciones comerciales esencialmente Internacionales34. Más aún, los mismos gobiernos, cuya ayuda se necesitaba de alguna forma para las inversiones en lejanos países, tendieron al principio a preferir a los bien cono­ cidos financieros judíos más que a los recién llegados a las finanzas interna­ cionales, muchos de los cuales eran aventureros.

Después de que los financieros abrieran los canales de la exportación de capitales a la riqueza superflua que había estado condenada a la ociosidad dentro del estrecho marco de la producción nacional, se tornó rápidamente claro que los accionistas ausentes no deseaban correr los tremendos riesgos que correspondían a sus beneficios tremendamente incrementados. Los financieros que ganaban comisiones carecían de poder suficiente para asegu­ rarles contra tales riesgos incluso con la benévola ayuda del estado: sólo el po­ der material del estado podía lograrlo.

Tan pronto como se hizo patente que la exportación de dinero tendría que ser seguida por la exportación de poder gubernamental, la posición de los financieros en general, y la de los financieros judíos en particular, resultó considerablemente debilitada y la dirección de las transacciones y de las empresas comerciales imperialistas pasó gradualmente a manos de los miem­ bros de la burguesía nativa. Muy instructiva a este respecto es la carrera en

Por lo que a esto se refiere y para lo que sigue, compárese con e¡ capítulo 2.

Es interesante el hecho de que todos los primeros observadores de las evoluciones imperialistas recalquen muy considerablemente este elemento judío que apenas desempeña papel alguno en obras más recientes. Especialmente notable, por su fidedigna observación y su muy honesto análisis, es el desarrollo de J. A, Hobson a! respecto. En el primer ensayo que escribió sobre el tema, «Capitaiism and Imperialism ín South Africa» (en Contemporary Review, 1900), dice: «La mayoría (de los finan­ cieros] eran judíos, porque los judíos son par excellence los financieros internacionales, y, aunque de habla inglesa, la mayoría son de origen continental... Acudieron [a Transvaal] en busca de dinero, y aquellos que fueron los primeros en llegar, y más lograron, se retiraron, dejando sus garras económi­ cas en los restos de su presa. Se afirmaron sobre el Rand... como están preparados a afirmarse sobre cualquier rincón del globo... Fundamentalmente, son especuladores financieros que obtienen sus ganancias no de los gemimos frutos de la industria y ni siquiera de la industria de los otros, sino de la constitución, promoción y manipulación financiera de compañías». En Imperialism, sin embargo, un ensayo posterior, Hobson ni siquiera menciona ya a los judíos; en ese período ya era obvio que su influencia y papel habían sido temporales y en cierto modo superficiales.

Respecto del papel de los financieros judíos en Africa del Sur, véase el capítulo 7.

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África del Sur de Cecií Rhodes, que, siendo completamente un recién llega­ do, pudo sustituir en unos pocos años a los todopoderosos financieros judíos y llegar a ocupar el primer lugar. En Alemania, Bleichroeder, que en 1885 ha­ bía sido socio fundador de la Ostafiikanische Ge$ellschafi> fue reemplazado jun­ to con el barón Hirsch cuando Alemania comenzó la construcción del ferro­ carril de Bagdad, catorce años más tarde, por los nuevos gigantes de la empresa imperialista, Siemens y el Deutsche Bank. De alguna manera la repugnancia del gobierno a otorgar auténtico poder a los judíos y la repug­ nancia de los judíos a comprometerse en negocios con implicaciones políti­ cas coincidieron tan bien que, a pesar de la gran riqueza del grupo judío, no llegó a desarrollarse una lucha por el poder después de que concluyera la fase inicial de especulación y ganancia de comisiones.

Los diferentes gobiernos nacionales consideraban con recelo la creciente tendencia a transformar los negocios en una cuestión política y a identificar los intereses económicos de un grupo relativamente pequeño con los intere­ ses nacionales como tales. Pero parecía que la única alternativa a la exporta­ ción de poder era el deliberado sacrificio de una gran parte de la riqueza nacional. Sólo mediante la expansión de los instrumentos nacionales de vio­ lencia podía ser nacionalizado el movimiento de inversión exterior e integra­ das al sistema económico de la nación aquellas violentas especulaciones de capital superfino que habían provocado el juego con ios ahorros. El estado extendió su poder porque, teniendo que elegir entre pérdidas mayores que las que cualquier cuerpo económico de cualquier país podía soportar y mayo­ res ganancias que las que cualquier pueblo abandonado a sus propios medios se habría atrevido a soñar, sólo podía escoger el último camino.

La primera consecuencia de la exportación de poder fue el hecho de que los instrumentos de violencia del estado, la policía y el ejército, que en el marco de la nación existían junto a otras instituciones nacionales y eran con­ troladas por éstas, quedaron separados de este cuerpo y promovidos a la posi­ ción de representantes nacionales en países incivilizados o débiles. Aquí, en regiones atrasadas, sin industrias ni organización política, donde la violencia disfrutaba de más campo que en cualquier país occidental, se permitió crear realidades a las llamadas leyes del capitalismo. El huero deseo de la burguesía de hacer que el dinero engendre dinero como los hombres engendran hom ­ bres siguió siendo un feo sueño mientras el dinero tenía que recorrer el largo viaje de la inversión a la producción; ningún dinero había engendrado dine­ ro, pero los hombres habían hecho cosas y dinero. El secreto de este nuevo logro afortunado era que las leyes económicas ya no se alzaban en el camino de la rapacidad de las ciases poseedoras. El dinero pudo por fin engendrar dinero porque el poder, con un desprecio completo por todas las leyes — tan­

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to económicas como éticas— , podía apropiarse de la riqueza. Sólo cuando el dinero exportado logró estimular la exportación de poder pudo hacer reali­ dad los designios de sus propietarios. Sólo la ilimitada acumulación de poder logró producir la ilimitada acumulación de capital.

Las inversiones exteriores, la exportación de capital, que había comenza­ do como una medida de emergencia, se tomó característica permanente de todos los sistemas económicos tan pronto como fueron protegidas por la exportación de poder. El concepto imperialista de la expansión, según el cual la expansión es un fin en sí mismo y no un medio temporal, hizo su apari­ ción en el pensamiento político cuando resultó obvio que una de las más importantes funciones permanentes de la nación-estado sería la expansión del poder. Los administradores de la violencia empleados por el estado pron­ to formaron una nueva cíase dentro de las naciones y, aunque su campo de actividad se hallaba muy alejado de la madre patria, disfrutaron de una con­ siderable influencia en el cuerpo político de ésta. Como no eran más que funcionarios de la violencia, sólo podían pensar en términos de política de poder. Fueron los primeros que, como clase y apoyados en su experiencia cotidiana, afirmaron que el poder es la esencia de toda estructura política.

La nueva característica de esta filosofía política imperialista no es el lugar predominante que concedió a la violencia ni el descubrimiento de que el po­ der es una de las realidades políticas básicas. La violencia ha sido siempre la ultima ratío de la acción política y el poder ha sido siempre la expresión visi­ ble de la dominación y del gobierno. Pero ni una ni otro habían sido ante­ riormente el objetivo consciente del cuerpo político o el propósito definido de cualquier política determinada. Porque el poder entregado a sí mismo sólo puede lograr más poder, y la violencia administrada en beneficio del poder (y no de la ley) se convierte en un principio destructivo que no se detendrá has­ ta que no quede nada que violar.

Esta contradicción, inherente a todas las subsiguientes políticas del po­ der, cobra, sin embargo, una apariencia de sentido si se la considera en el contexto de un proceso aparentemente permanente que no tiene final ni objetivo que no sea él mismo. El análisis de sus realizaciones puede así care­ cer de significado y el poder puede ser considerado como el motor autoali-mentado y siempre en marcha de toda acción política que se corresponde con la legendaria e inacabable acumulación de dinero que engendra dinero. El concepto de expansión ilimitada, que por sí mismo puede colmar la esperan­ za de ilimitada acumulación de capital y que produce la acumulación del po­ der sin otros fines, hizo casi imposible la fundación de nuevos cuerpos políti­ cos, que hasta la era del imperialismo habían sido siempre resultado de la conquista. En realidad, su consecuencia lógica es la destrucción de todas las

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comunidades existentes, las de los pueblos conquistados tanto como las de la madre patria. Porque cada estructura política, nueva o vieja, entregada a sí misma, desarrolla fuerzas estabüizadoras que se alzan en el camino de una transformación y expansión constantes. Por eso todos los cuerpos políticos parecen ser obstáculos temporales cuando se les ve como parte de una eterna corriente de creciente poder.

Mientras los administradores de un poder permanentemente creciente en la era anterior de imperialismo moderado ni siquiera intentaron incorpo­ rar los territorios conquistados y preservaron las atrasadas comunidades polí­ ticas existentes como vacías ruinas de una vida ya desaparecida, sus sucesores totalitarios disolvieron y destruyeron todas las estructuras políticamente esta­ bilizadas, tanto las propias como las de los demás pueblos, l a simple expor­ tación de violencia convirtió a los servidores en amos sin darles la prerrogati­ va del amo: la posible creación de algo nuevo. La concentración monopolís-rica y la tremenda acumulación de violencia en la madre patria convirtieron a los servidores en activos agentes de la destrucción, hasta que, finalmente, la expansión totalitaria se convirtió en una fuerza destructora de la nación y del pueblo.

El poder se convierte en la esencia de la acción política y en el centro del pensamiento político cuando es separado de la comunidad política a la que debería servir. Esto, ciertamente, es consecuencia de un factor económico. Pero la resultante introducción del poder como único contenido de la políti­ ca y de la expansión como su único fin difícilmente habría hallado tan uni­ versal aplauso ni habría encontrado tan escasa oposición la consiguiente des­ trucción del cuerpo político de la nación si no hubiese respondido perfecta­ mente a los deseos ocultos y a las convicciones secretas de las clases económica y socialmente dominantes. La burguesía, durante largo tiempo excluida del gobierno por la nación-estado y por su propia falta de interés por los asuntos públicos, fue políticamente emancipada por el imperialismo.

El imperialismo debe ser considerado como primera fase de la domina­ ción política de la burguesía más que como la fase superior del capitalismo. Es bien sabido cuán poco habían aspirado a gobernar las clases poseedoras, cuán conformes se habían mostrado con cada género de estado al que pudie­ ran confiar la protección de los derechos de propiedad. Para ellas, desde lue­ go, el estado había sido siempre sólo una bien organizada fuerza policial. Esta falsa modestia tuvo, sin embargo, la curiosa consecuencia de mantener a toda la cíase burguesa fuera del cuerpo político. Antes que súbditos de una monar­ quía o ciudadanos de una república, eran esencialmente personas particulares. Esta particularidad y la preocupación primaria de ganar dinero habían desa­ rrollado una serie de normas de conducta que han sido expresadas en diver­

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sos proverbios: «Nada triunfa como el triunfo», «El que puede tiene razón», «Lo justo es lo útil», etc., que necesariamente proceden de ía experiencia de una sociedad de competidores.

Cuando, en la era del imperialismo, los hombres de negocios se convir­ tieron en políticos y fueron aclamados como hombres de estado, mientras que a los hombres de estado sólo se les tomaba en serlo si hablaban el lengua­ je de los empresarios con éxito y si «pensaban en continentes», estas prácticas

estos medios particulares fueron transformados gradualmente en normas y principios para ía gestión de los asuntos públicos. El hecho significativo acer­ ca de este proceso de reevaluación, que comenzó a finales del siglo X IX y toda­ vía sigue en marcha, es el de que se inició con la aplicación de las convicciones burguesas a los asuntos exteriores y sólo lentamente se extendió a la política nacional. Por eso, las naciones implicadas apenas se mostraron conscientes de que la indiferencia que había prevalecido en la vida privada y contra la que el cuerpo público siempre había tenido que defenderse a sí mismo y defender a sus ciudadanos particulares estaba a punto de ser elevada a la categoría de un principio político públicamente honrado.

Resulta significativo que los creyentes modernos en el poder estén en com ­ pleto acuerdo con la filosofía del único gran pensador que trató de derivar el bien público del interés privado y que, en bien del interés particular, concibió y esbozó una comunidad cuya base y cuyo fin último es la acumulación de po­ der. Hobbes, desde luego, es el único gran filósofo al que la burguesía puede reivindicar justa y exclusivamente como suyo, aunque sus principios no fueran reconocidos por la clase burguesa durante largo tiempo. El Leviatán de Hob­ bes35 expuso ía única política según la cual el estado se halla basado no en algún género de ley constituyente — sea ley divina, ley natural o ley del contrato so­ cial— que determine los derechos y los perjuicios del interés del individuo con respecto a los asuntos públicos, sino en los mismos intereses individuales, de forma tal que «el interés privado es el mismo que el público»36.

Difícilmente existe una sola norma de moral burguesa que no haya sido anticipada por la inigualada magnificencia de ía lógica de Hobbes. Propor-

Todas las citas que siguen, cuando no llevan la mención correspondiente, proceden del Leviatán.

Resulta bastante significativa la coincidencia de esta identificación con la pretensión totalitaria de haber abolido las contradicciones entre los intereses individuales y públicos (véase el capítulo 12). Sin embargo, no debería despreciarse el hecho de que lo que más deseaba Hobbes era proteger los intereses particulares, pretendiendo que, rectamente comprendidos, eran también los intereses deí cuerpo político mientras que por el contrario tos regímenes totalitarios proclamaron 3a inexistencia de la esfera privada.

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dona un retrato casi completo, no del hombre, sino del burgués, un análisis que en trescientos años ni ha quedado anticuado ni ha sido superado. «La Razón... no es nada sino el Cálculo»; «un sujeto libre, una voluntad libre...

[son] palabras... sin significado; es decir, absurdas». Ser sin razón, sin capaci­ dad para la verdad y sin voluntad líbre — es decir, sin capacidad para la res­ ponsabilidad— , el hombre es esencialmente función de la sociedad y se le juzga por eso según su «valía o valor... su precio; es decir, según lo que se da­ ría por el uso de su poder». El precio es constantemente evaluado y reevalua-do por la sociedad, la «estima de los otros», dependiendo de la ley de la ofer­ ta y de la demanda.

El poder, según Hobbes, es el control acumulado que permite al indivi­ duo fijar precios y regular la oferta y la demanda de tal forma que contribu­ yan a su propia ventaja. El individuo considerará su ventaja en completo ais­ lamiento, desde el punto de vista de una minoría absoluta, por así decirlo. Entonces comprenderá que puede perseguir y lograr su interés sólo con la ayuda de alguna clase de mayoría. Por eso, si el hombre es impulsado por sus intereses individuales, el deseo de poder debe ser su pasión fundamental. Regula las relaciones entre el individuo y la sociedad, así como todas las de­ más ambiciones, porque de él se derivan la riqueza, el saber y el honor.

Hobbes señala que en la lucha por el poder, así como en sus capacidades originarias para el poder, todos los hombres son iguales; porque la igualdad de los hombres está basada en el hecho de que cada uno tiene por naturaleza poder suficiente para matar a otro. La debilidad puede ser compensada por el engaño. Su igualdad como homicidas potenciales coloca a todos los hombres en la misma inseguridad, de lo cual surge la necesidad de un estado. La raison d'être del estado es la necesidad de obtener alguna seguridad para el indivi­ duo, que se siente amenazada por todos sus semejantes.

La característica crucial en la descripción del hombre que hace Hobbes no es en modo alguno el pesimismo realista por el que ha sido elogiado en ios últimos tiempos. Porque, si fuera cierto que el hombre es un ser como el que describe Hobbes, sería completamente incapaz de fundar ningún cuerpo político. Hobbes, desde luego, no logró, ni siquiera deseó lograr, la incorpo­ ración definitiva de este ser a la comunidad política. El hombre de Hobbes no debe lealtad a su país si ha sido derrotado y se le excusa de cualquier trai­ ción si resulta prisionero. Aquellos que viven fuera de la comunidad (por ejemplo, los esclavos) no tienen ya obligaciones respecto de sus semejantes, sino que se íes permite matar a tantos de ellos como puedan; mientras que, por el contrario, «ningún hombre tiene libertad para resistir a la Espada de la Comunidad en defensa de otro hombre, sea culpable o inocente», lo que significa que no existe camaradería ni responsabilidad entre el hombre y el

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hombre. Lo que les mantiene juntos es un interés común que puede ser «al­ gún crimen capital, por el que cada uno de ellos puede esperar la muerte»; en este caso tienen derecho a «resistir a la Espada de la Comunidad», a «unirse, ayudarse y defenderse mutuamente... porque defienden sus vidas».

De esa forma esta pertenencia a cualquier tipo de comunidad es para Hobbes un asunto temporal y limitado que esencialmente no cambia el carácter solitario y privado del individuo (que no «experimenta placer, sino, al contrario, una considerable aflicción al hallarse en compañía, cuando care­ ce de poder para aterrar a todos») ni crea lazos permanentes entre él y sus semejantes. Parece como si la descripción del hombre que formula Hobbes anule su propósito de proporcionar las bases de una comunidad y en vez de ello proporcione un marco consistente de actitudes a través de las cuales po­ dría ser fácilmente destruida cada comunidad genuina. De aquí resulta la inherente y reconocida inestabilidad de la comunidad de Hobbes, cuya pro­ pia concepción incluye su propia disolución — «Cuando en una guerra (exterior o intestina) los enemigos consiguen una victoria final... entonces la comunidad queda disuelta y cada hombre se halla en libertad de prote­ gerse a sí mismo»— , inestabilidad que es tanto más sorprendente cuanto que el objetivo primario y frecuentemente repetido de Hobbes consistía en lograr un máximo de seguridad y de estabilidad.

Sería una grave injusticia a Hobbes y a su dignidad como filósofo consi­ derar esta descripción del hombre como un intento de realismo psicológico o de verdad filosófica. El hecho es que Hobbes no estaba interesado ni en el uno ni en la otra, sino preocupado exclusivamente por la misma estructura política, y describe las características del hombre según las necesidades del Leviatán. En beneficio del argumento y de la convicción, presenta un esbozo político como si hubiese partido de una visión realista del hombre, un ser que «desea el poder por el poder», y como si partiera de esta visión para pro­ yectar un cuerpo político más adecuado para este animal sediento de poder. El proceso auténtico, el único proceso en el que su concepto del hombre tie­ ne sentido y va más allá de la obvia banalidad de una supuesta maldad huma­ na, es precisamente el opuesto.

Este nuevo cuerpo político fue concebido en beneficio de la nueva socie­ dad burguesa tal como emergía en el siglo XVII y esta descripción del hombre es un esbozo del mismo tipo de hombre que encajaría en esa sociedad. La comunidad está basada en la delegación de poder y no en la de derechos. Adquiere un monopolio del homicidio y proporciona a cambio una garantía condicional contra el ser víctima de un homicidio. La seguridad es aportada por la ley, que es una emanación directa del monopolio de poder por el esta­ do (y no es establecida por el hombre según normas humanas acerca de lo

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que es justo e injusto). Y como esta ley procede directamente del poder abso­ luto, representa una necesidad absoluta a los ojos del individuo que vive bajo ella. Respecto de la ley del estado — es decir, del poder acumulado de la sociedad y monopolizado por el estado— , no cabe ya preguntarse por lo que es justo o por lo que es injusto, sólo cabe la absoluta obediencia, el cie­ go conformismo de ía sociedad burguesa.

Privado de todos los derechos políticos, el individuo, a quien la vida pública y oficial se presenta con una apariencia de necesidad, adquiere un nuevo y crecido Ínteres en su vida privada y en su destino personal. Excluido de la participación en la gestión de todos los asuntos públicos, que corres­ ponde a todos los ciudadanos, el individuo pierde su lugar adecuado en ía sociedad y su conexión natural con sus semejantes. Puede ahora juzgar su vida privada sólo comparándola con la de los otros, y sus relaciones con sus semejantes en el seno de la sociedad adoptan la forma de competición. Una vez que los asuntos públicos son regulados por el estado bajo ía apariencia de una necesidad, las carreras sociales o públicas de los competidores evolucionan según ía suerte. En una sociedad de individuos equipados todos por la natura­ leza con igual capacidad para el poder e igualmente protegidos de los otros por el estado, sólo la suerte puede decidir quién triunfará37.

Según las normas burguesas, aquellos que son completamente desafortu­ nados y los que quedan derrotados son automáticamente eliminados de la competición, que es ía vida de ía sociedad. La buena fortuna es identificada con el honor, y la mala suerte, con la ignominia. Atribuyendo sus derechos políticos al estado, el individuo también delega en éste sus responsabilidades sociales: pide al estado que le libre de la carga de cuidar de los pobres preci­ samente cuando él solicita protección contra los delincuentes. La diferencia entre un delincuente y un pobre desaparece: ambos se hallan fuera de la sociedad. Quienes no hallan éxito están privados de la virtud que la civííiza-

La elevación de la suerte a la posición de árbitro final sobre el conjunto de la vida había de alcan­ zar su completo desarrollo en el siglo XJX. Con ella surgió un nuevo género literario, la novela y la decadencia del drama. Porque el drama carecía de significado en un mundo sin acción, mientras que la novela podía abordar adecuadamente los destinos de los seres humanos que, o bien eran víctimas de la necesidad, o favoritos de la fortuna. Balzac mostró toda la gama del nuevo género e incluso pre­ sentó a las pasiones humanas como predestinación del hombre, sin vicio ni virtud, sin razón ni libre voluntad. Sólo la novela en su plena madurez, habiendo interpretado y reinterpretado toda la escala de los asuntos humanos, podía predicar el nuevo evangelio del apasionamiento por el propio destino de cada uno que tan gran papel desempeñó entre los intelectuales del siglo XIX. Mediante semejante apasionamiento el artista y el intelectual trataron de trazar una línea entre ellos mismos y los filisteos para protegerse contra la inhumanidad de la buena o mala fortuna y desarrollaron todas las cualida­ des de la moderna sensibilidad — para sufrir, para comprender, para desempeñar un papel prescri­ to s - tan desesperadamente necesitadas por la dignidad humana que exige de un hombre que ai me­ nos, ya que no de otra cosa, sea capaz de mostrarse como víctima propiciatoria.

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ción clásica les dejó. Los desafortunados ya no pueden apelar a la caridad cristiana.

Hobbes libera a aquellos que están excluidos de la sociedad — los que no han tenido éxito, los desafortunados, los delincuentes— de toda obligación hacia la sociedad y el estado si el estado no cuida de ellos. Pueden dar libre curso a su deseo de poder y se íes dice que se aprovechen de su capacidad para matar, restaurando así esa igualdad natural que la sociedad oculta sólo en su provecho. Hobbes prevé y justifica la organización de los proscritos sociales en grupos de asesinos como lógico resultado de la filosofía moral de la bur­ guesía.

Como el poder es esencialmente sólo un medio para un fin, una comuni­ dad basada exclusivamente en el poder debe caer en la tranquilidad del orden y la estabilidad; su completa seguridad revela que está construida sobre arena. Sólo adquiriendo más poder para garantizar el statu quo; sólo extendiendo constantemente su autoridad y a través del proceso de acumulación de poder puede permanecer estable. La comunidad de Hobbes es una estructura vaci­ lante y debe conseguir siempre nuevos puntales en el exterior; de otra mane­ ra, se derrumbaría súbitamente en el caos sin propósito ni sentido de los inte­ reses privados de los que procede. Hobbes encama la necesidad de la acumu­ lación de poder en la teoría del estado natural, la «condición de guerra perpetua» de todos contra todos, en la que todavía permanecen los diferentes estados tal como sus súbditos se encontraban antes de someterse a la autoridad de una comunidad38. Esta posibilidad de guerra, siempre presente, garantiza a la comunidad una perspectiva de permanencia porque hace posible al esta­ do aumentar su poder a expensas de los demás estados.

Sería erróneo considerar superficialmente la obvia inconsecuencia entre el alegato de Hobbes en favor de la seguridad del individuo y la inherente inestabilidad de su comunidad. Una vez más trata de persuadir, de apelar a ciertos instintos básicos para la seguridad que él sabía bastante bien que po­ dían sobrevivir entre los súbditos del Leviatán sólo en forma de absoluta sumisión al poder que «amedrenta a todos», es decir, en un temor sobresa­ liente y abrumador, que no es exactamente el sentimiento básico de un hom ­ bre seguro. De lo que Hobbes parte es de una insuperada visión de las nece­ sidades políticas del nuevo cuerpo social de la naciente burguesía, cuya creen­ cia fundamental en un inacabable proceso de acumulación de propiedad

La actual noción popular y progresista de un gobierno mundial se halla basada, como todas las nociones del mismo tipo acerca del poder político, en el mismo concepto de los individuos someti­ dos a una autoridad central que «amedrenta a todos», excepto que en este caso las naciones están ocupando el lugar de los individuos. El gobierno mundial superaría y eliminaría la auténtica políti­ ca, es decir, el hecho de que pueblos diferentes convivan en la plena fuerza de su poder.

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estaba a punto de eliminar toda seguridad individual. Hobbes extrajo las necesarias conclusiones de las pautas de comportamiento social y económico cuando propuso sus cambios revolucionarios en la constitución política. Esbozó el único cuerpo político que podía corresponder a las nuevas necesi­ dades y a los nuevos intereses de una nueva clase. Lo que logró fue una des­ cripción del hombre tal como debería llegar a ser y comportarse si quería encajar en la naciente sociedad burguesa.

La insistencia de Hobbes en el poder como motor de todas las cosas humanas y divinas (hasta el reinado de Dios sobre los hombres «se deriva no del hecho de haberlos creado... sino de su irresistible poder») surgió de la proposición teóricamente indiscutible según la cual una inacabable acu­ mulación de propiedad debe estar basada en una inacabable acumulación de poder. El correlativo filosófico de la inestabilidad inherente a una comu­ nidad fundada sobre el poder es la imagen de un inacabable proceso histó­ rico que, para ser consecuente con el constante crecimiento del poder, cap­ tura inexorablemente individuos, pueblos y, finalmente, a toda la humani­ dad. El proceso ilimitado de acumulación de capital necesita la estructura política de un «poder tan ilimitado» que pueda proteger a la propiedad cre­ ciente, tornándose cada vez más poderoso. Admitido el dinamismo funda­ mental de la nueva clase social, resulta perfectamente cierto que «no puede asegurar el poder y los medios para vivir bien que tenía hasta el presente, sin la adquisición de más poder». La consistencia de esta conclusión no queda en forma alguna alterada por el hecho notable de que durante unos trescientos años no hubiera un soberano que «convirtiera esta verdad espe­ culativa en una práctica útil», ni una burguesía políticamente consciente y económicamente madura como para adoptar abiertamente la filosofía del poder de Hobbes.

Este proceso de inacabable acumulación de poder necesario para la protec­ ción de una inacabable acumulación de capital determinó la ideología «pro­ gresista» de finales del siglo XIX y anticipó la aparición del imperialismo. Lo que hizo al progreso irresistible no fue la ingenua ilusión de un ilimitado cre­ cimiento de la propiedad, sino el advertir que la acumulación de poder era la única garantía para la estabilidad de las llamadas leyes económicas. La noción de progreso del siglo xvm, tal como fue concebida en la Francia prerrevolu-cíonaria, consideraba que la crítica del pasado era un medio de dominar el presente y controlar el futuro; el progreso culminaba en la emancipación del hombre. Pero esta noción tenía poco que ver con el inacabable progreso de la sociedad burguesa, que no solamente no deseaba la libertad y la autonomía

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del hombre, sino que estaba dispuesta a sacrificarlo todo y a todos en aras de las aparentemente sobrehumanas leyes de la historia. «Lo que llamamos pro­ greso es [el] viento... [que] impulsa [al ángel de la historia] irresistiblemente hada el futuro, al que vuelve la espalda mientras la pila de ruinas ante él se alza hasta los cielos.»39 Sólo en el sueño marxista de una sociedad sin clases que, en palabras de Joyce, había de despertar a la humanidad de la pesadilla de la historia, aparece un último, aunque utópico, rastro del concepto del si­ glo XVIII.

Los empresarios de mentalidad imperialista, a quienes las estrellas enojaban porque no podían apoderarse de ellas, comprendieron que el po ­ der organizado en su propio beneficio engendraría más poder. Cuando la acumulación de capital alcanzó sus límites naturales y nacionales, la bur­ guesía advirtió que sólo con una ideología de «la expansión lo es todo», y sólo con el correspondiente proceso de acumulación de poder, sería posi­ ble poner en marcha de nuevo el viejo motor. En el mismo momento, empero, cuando parecía como sí se hubiera descubierto el auténtico princi­ pio del movimiento perpetuo, fue sacudido el talante específicamente opti­ mista de la ideología del progreso. No es que nadie comenzara a dudar de la írresistibilídad del proceso mismo, sino que muchas personas comenza­ ron a ver lo que había asustado a Cecii Rhodes: que la condición humana y las limitaciones del globo constituían un serio obstáculo a un proceso que era incapaz de detenerse y de estabilizarse, y que por eso sólo podía iniciar una serie de destructivas catástrofes una vez que hubiera alcanzado estos límites.

En la época imperialista una filosofía del poder se convirtió en la filosofía de la élite, que rápidamente descubrió y estaba completamente dispuesta a reconocer que la sed de poder sólo podía apagarse mediante la destrucción. Esta fue la causa esencial de su nihilismo (especialmente evidente en Francia al finalizar el siglo XIX y en Alemania en la década de los veinte del siglo XX) que sustituyó la superstición del progreso con la superstición igualmente vulgar de la ruina, y predicó el aniquilamiento automático con el mismo entusias­ mo con que los fanáticos del progreso automático habían predicado la irresis-tibifidad de las leyes económicas. Hobbes, el gran idólatra del éxito, había necesitado tres siglos para triunfar. Este retraso fue en parte debido a que la Revolución francesa, con su concepción del hombre como elaborador de ie-

Walter Benjamin, «Über den Begriff der Geschichte», Institut fllr Soztalforschungi Nueva York, 1942, a multicopista. Los mismos imperialistas eran plenamente conscientes de las implicaciones de su concepto del progreso. El muy representativo autor, que procedía de la Administración Civil de la India y que escribía bajo el seudónimo de A. Carthill, señaló: «Uno debe siempre sentir piedad por aquellas personas aplastadas por el carro triunfal del progreso» (op, dt., p. 209).

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yes y como citoyen, casi llegó a evitar que la burguesía desarrollara su noción de la historia como un progreso necesario. Pero también se debió en parte a las implicaciones revolucionarias de la comunidad, a su temeraria ruptura con la tradición occidental, que Hobbes no dejó de advertir.

Cada hombre y cada pensamiento que no se conforman al objetivo últi­ mo de una máquina cuyo único fin es la generación y la acumulación de po­ der constituyen una molestia peligrosa. Hobbes juzgaba que los libros de los «antiguos griegos y romanos» eran tan «perjudiciales» como las enseñanzas de un «Summum bonum [cristiano]... tal como [fueron] expresadas en los libros de los antiguos filósofos moralistas» o la doctrina según la cual «todo lo que un hombre haga contra su conciencia es pecado» y ía que afirma que «las leyes son las normas de lo justo y de lo injusto». La profunda desconfianza de Hobbes hacía toda la tradición occidental de pensamiento político no nos sorprenderá si recordamos que no quería nada más ni nada menos que la justificación de ía tiranía, que, aunque había existido muchas veces en ía historia occidental, ja­ más había sido honrada con una base filosófica, Hobbes se siente orgulloso de reconocer que el Leviatkan equivale realmente a un gobierno de permanente tiranía: «El nombre de tiranía no significa nada más ni nada menos que el nombre de soberanía...; creo que la tolerancia hacia el odio profesado a la tira­ nía es una tolerancia hacía el odio a la comunidad en general...».

Como Hobbes era un filósofo, podía ya advertir en la elevación de la burguesía todas las cualidades antitradicionalístas de la nueva cíase que nece­ sitarían más de trescientos años para desarrollarse completamente. Su Leviatán no se preocupaba por ociosas especulaciones acerca de nuevos principios políticos o ía antigua búsqueda de la razón como gobierno de la comunidad de los hombres; se limitaba a realizar una «estimación de las consecuencias» que surgen de la elevación en la sociedad de una nueva clase cuya existen­ cia estaba esencialmente ligada a la propiedad como medio dinámico y productor de nueva propiedad. La llamada acumulación de capital que dio nacimiento a la burguesía cambió la misma concepción de la propiedad y de ía riqueza: ya no fueron consideradas resultado de la acumulación y de la adquisición, sino comienzos de éstas; la riqueza se convirtió en un inaca­ bable proceso de hacerse más rico. La clasificación de la burguesía como clase poseedora sólo es superficialmente correcta, porque una de las carac­ terísticas de esta clase ha sido la de que podía pertenecer a ella todo el que concibiera la vida como un proceso de hacerse perpetuamente cada vez más rico y considerara el dinero como algo sacrosanto que bajo ninguna cir­ cunstancia debería llegar a ser un mero bien de consumo.

La propiedad por sí misma, sin embargo, está sujeta al uso y al consumo y por eso disminuye constantemente. La forma más radical de posesión y la

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única segura es la destrucción, porque sólo lo que hemos destruido es segura y perpetuamente nuestro. Los dueños de propiedades que no consumen, sino que anhelan ampliar sus pertenencias continuamente, encuentran una limi­ tación muy inconveniente: el hecho infortunado de que los hombres tienen que morirse. La muerte es la verdadera razón por la que la propiedad y la adquisición nunca pueden convertirse en un auténtico principio político. Un sistema social esencialmente basado en la propiedad no puede posiblemente llegar a nada más que no sea la destrucción final de la propiedad. La finitud de la vida personal es un reto a la propiedad como base de la sociedad de la misma forma que los límites del globo son un reto a la expansión como funda­ mento del cuerpo político. Trascendiendo los límites de la vida humana en la planificación de un continuo crecimiento automático de la riqueza más allá de todas las necesidades personales y las posibilidades de consumo, la propiedad individual se convierte en un asunto público y queda retirada de la simple esfe­ ra privada. Los intereses privados, que por su propia naturaleza son temporales y están limitados por la duración biológica de la vida del hombre, pueden así escapar hacia la esfera de los asuntos públicos y obtener de esa esfera una infi­ nita longitud de tiempo que se precisa para la acumulación continua. Esto parece crear una sociedad muy similar a la de las hormigas y las abejas, en la que «el bien común no difiere del particular; y estando por naturaleza incli­ nadas al beneficio particular, procuran por ello el beneficio común».

Pero como los hombres no son ni hormigas ni abejas, todo esto es una ilusión. La vida pública adopta el engañoso aspecto de un total de intereses privados como si estos intereses pudieran crear una nueva calidad mediante su simple suma. Todos los llamados conceptos liberales de la política (es de­ cir, todas las nociones políticas preimperialistas de la burguesía) — tales como la competencia ilimitada, regulada por un secreto equilibrio que surge miste­ riosamente de la suma total de las actividades competidoras, la prosecución del «autointerés ilustrado» como una adecuada virtud política, el ilimitado progreso inherente a la simple sucesión de acontecimientos— tienen esto en co­ mún: sencillamente suman las vidas y las normas de comportamiento particula­ res y presentan esa suma como leyes de la historia, o de la economía, o de la política. Los conceptos liberales, sin embargo, aunque expresan la instintiva desconfianza y la innata hostilidad de la burguesía hacia los asuntos públicos, son sólo un compromiso temporal entre las antiguas normas de la cultura occidental y la fe de la nueva clase en la propiedad como principio dinámico autopropulsor. Las antiguas normas son sustituidas en ei momento en el que la riqueza automáticamente creciente sustituye a la acción política.

Hobbes fue el verdadero filósofo de la burguesía, aunque no llegara a ser nunca completamente reconocido como tal, porque comprendió que la

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adquisición de riqueza concebida como un proceso inacabable sólo puede ser garantizada por la consecución del poder político, porque el proceso de acu­ mulación más pronto o más tarde debe forzar todos los límites territoriales existentes. Previó que una sociedad que se había lanzado por el sendero de una adquisición inacabable tendría que concebir una organización política dinámica capaz del correspondiente proceso inacabable de generación de po­ der. Incluso, mediante la pura fuerza de la imaginación, Ríe capaz de esbozar los principales rasgos psicológicos del nuevo tipo de hombre que encajaría en tal sociedad y en su tiránico cuerpo político. Previó la necesaria idolatría del poder en sí mismo por obra del nuevo tipo humano, que se sentiría halagado al ser denominado animal sediento de poder, aunque la sociedad le obligaría a rendir a ese poder todas sus fuerzas naturales, sus virtudes y sus vicios, y le convertiría en ese pobre y pequeño individuo sumiso que no tiene ni siquie­ ra el derecho de alzarse contra la tiranía y que, lejos de ansiar el poder, acep­ ta cualquier gobierno existente y ni siquiera se altera aunque caiga su mejor amigo como víctima inocente de una incomprensible raison d ’état. Porque

una comunidad basada en el poder acumulado y monopolizado de todos sus individuos deja necesariamente a cada persona desprovista de poder, privada

de sus capacidades naturales y humanas. La abandona convertida en cliente

: de una máquina acumuladora de poder y con libertad para consolarse a sí misma con sublimes pensamientos acerca del destino último de esta máqui­ na que se halla construida de tal manera que puede devorar al globo siguien­ do simplemente su propia ley inherente.

El objetivo destructivo ultimo de esta comunidad queda al menos indica­ do en la interpretación filosófica de la igualdad humana como una «igualdad de capacidad» para matar. El vivir respecto de las demás naciones «en la con­ dición de una perpetua guerra y en los linderos de la batalla, con las fronteras armadas y los cañones apuntando contra los vecinos en todas las direcciones», no significa otra ley de conducta, sino la «más encaminada a [su] beneficio» y la que gradualmente devorará las estructuras más débiles hasta que llegue a una última guerra «que proporcione a cada hombre la victoria o la muerte».

Por la «victoria o muerte», el Leviatán puede desde luego superar todas las limitaciones que suponen la existencia de otros pueblos y puede envolver a toda la tierra en su tiranía. Pero cuando sobrevenga la última guerra para cada hombre no se establecerá en la tierra una paz definitiva: la máquina de poder, sin la que no se habría logrado la continua expansión precisa de más material que devorar en su inacabable proceso. Sí la última comunidad victo­ riosa no puede llegar a «anexionarse los planetas», entonces tendrá que des­ truirse a sí misma para iniciar de nuevo el inacabable proceso de generación de poder.

IMPERIALISMO

La alianza entre elpoptdacho y el capital

Cuando el imperialismo penetró en la escena de la política con ocasión de la disputa por Africa en la década de los años ochenta del siglo XIX, se hallaba impulsado por hombres de negocios a quienes se oponían ásperamente ios gobiernos en el poder y a quienes daba la bienvenida un amplio sector de las clases cultas40. Hasta el final, pareció ser un don de Dios, una cura para todos los males, una fácil panacea para todos los conflictos. Y es cierto que el imperia­ lismo, en un sentido, no decepcionó estas esperanzas. Insufló nueva vida en unas estructuras políticas y sociales que estaban ya claramente amenazadas por las nuevas fuerzas sociales y políticas y que, en otras circunstancias, sin la inter­ vención deí desarrollo imperialista, difícilmente habrían necesitado de dos gue­ rras mundiales para desaparecer.

Tal como fueron las cosas, el imperialismo esfumó todos los males y produ­ jo ese falso sentimiento de seguridad, tan universal en la Europa de la preguerra, que engañó a todos menos a los hombres más sensibles. Péguy en Francia y Chesterton en Inglaterra supieron instintivamente que vivían en un mundo de hueras ficciones y que su estabilidad era la ficción mayor de todas. Hasta que todo comenzó a derrumbarse, la estabilidad de las estructuras evidentemente anticuadas era un hecho, y su despreocupada y firme longevidad parecía des­ mentir a aquellos que sentían temblar el suelo bajo sus pies. La solución del enig­ ma era el imperialismo. La respuesta a la fatídica pregunta: ¿Por qué el conjunto de las naciones europeas permitió que este mal se extendiera hasta que todo, tan­ to lo bueno como lo malo, quedó destruido?, era que todos los gobiernos sabían muy bien que sus países se hallaban desintegrándose secretamente, que el cuerpo político estaba siendo destruido desde dentro y que vivían de prestado.

Bastante inocentemente, la expansión se presentó al principio como la salida para el exceso de producción de capital y ofreció un remedio, la expor­ tación de capital41. La riqueza, tremendamente aumentada, lograda por la

«La Administración ofrece el más claro y natural apoyo a una política exterior agresiva: la expan­ sión del Imperio atrae poderosamente a la aristocracia y a las clases profesionales, ofreciéndoles nue­ vos y siempre crecientes campos para la dedicación honrosa y beneficiosa de sus hijos» (J. A. Hob-son, «Capitalism and Impérialism in South Africa», op. cit.). Fueron «sobre todo... patrióticos profe­ sores y escritores, al margen de su afiliación política y poco preocupados por su interés económico personal», los que apoyaron idos impulsos imperialistas hacia el exterior de la década de los setenta y de los primeros años de la década de los ochenta» (Hayes, op. dt„ p. 220).

41 Para esto y lo que sigue, véase, de J. A. Hobson, Impérialism, que en fecha tan temprana como 1905 proporcionó un magnífico análisis de las fuerzas y motivos impulsores de carácter económico, así como de algunas de sus implicaciones políticas. Cuando en 1938 fue reeditado este antiguo ensa­ yo, Hobson pudo señalar justamente en su presentación de un texto que no había sido modificado que su libro era prueba auténtica «de que los principales peligros y alteraciones... de hoy... se halla­ ban todos latentes y eran discernibles en el mundo de hace una generación...».

A EiVíANCI PACIÓN POLÍTICA DE LA BURGUESÍA 241

producción capitalista bajo un sistema social basado en la mala distribución, había determinado «un exceso de ahorro», es decir, la acumulación de un capital que estaba condenado a la ociosidad dentro de la existente capacidad hacíonal para la producción y eí consumo. Este dinero resultaba superfluo, nadie lo necesitaba, aunque era poseído por un creciente número de perso­ nas. Las crisis.y las depresiones subsiguientes en las décadas precedentes a la era del imperialismo42 habían imbuido en los capitalistas la idea de que todo el sistema económico de producción dependía de una oferta y de una demanda que, a partir de entonces, debía proceder «del exterior de la socie­ dad capitalista»43. Tal oferta y tal demanda procedían del interior de la na­ ción mientras el sistema capitalista no controló a todas sus clases junto con su entera capacidad productiva. Cuando el capitalismo penetró toda la estructu­ ra económica y todos los estratos sociales llegaron a la órbita de su sistema de producción y consumo, los capitalistas tuvieron que decidirse claramente en­ tre el colapso de todo el sistema económico o el hallazgo de nuevos merca­ dos, es decir, la penetración en nuevos países que no estaban todavía sujetos al capitalismo y que por eso podrían proporcionar una oferta y una demanda no capitalista.

El hecho decisivo de las depresiones de las décadas de los sesenta y de los setenta, que iniciaron la era del imperialismo, fue que forzaron a la burguesía a comprender por vez primera que el pecado original de simple latrocinio, que hacía siglos había hecho posible la «acumulación original de capital» (Marx) y que había iniciado toda la acumulación ulterior, tenía que ser fi­ nalmente repetido, so pena de que eí motor de la acumulación se desinte­ grara súbitamente44. Frente a este peligro, que no sólo amenazaba a la bur­ guesía, sino a toda la nación, con una catastrófica quiebra de la produc­ ción, los productores capitalistas comprendieron que las formas y las leyes2

i2 La obvia relación entre las graves crisis de los años sesenta en Inglaterra y de los setenta en el continente y el imperialismo es mencionada ptjr Hayes, op. dt., sólo en una nota a pie de página (en la p. 219), y por Schuyler, op. cit., quien cree que «un reavivamiento del interés por la emi­ gración fue un factor importante en los comienzos del movimiento imperial», y que este interés había sido provocado por «una sería depresión en el comercio y en la industria británicos» hacia finales de la década de los años sesenta (página 280). Schuyler describe también con alguna extensión el fuerte «sentimiento antiimperialista de mediados de la era víctoriana». Desgraciada­ mente, Schuyler no establece diferencias entre la Commonweafth y el Imperio propiamente di­ cho, aunque la discusión sobre el material preímperiafista podría haber sugerido fácilmente esa diferenciación.

í3 Rosa Luxemburgo, Dte Akkumulatton des Kaphals, Berlín, 1923, p. 273.

H Rudolf Hiiferding, Das Fbianzkapha!, Viena, 1910, p. 401, menciona — pero sin analizar sus implicaciones— el hecho de que el imperialismo «repentinamente utiliza de nuevo los métodos de la acumulación original de la riqueza capitalista».

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de su sistema de producción «desde eí comienzo habían sido calculadas para toda la tierra»45.

La primera reacción ante el saturado mercado interior, la falta de mate­ rias primas y las crecientes crisis fue la exportación de capital. Los propieta­ rios de la riqueza superfiua trataron en primer lugar de realizar inversiones en el exterior sin expansión y sin control político, de lo que resultó una inigua­ lable orgía de estafas, escándalos financieros y especulaciones en la bolsa, tan­ to más alarmantes cuanto que las inversiones exteriores crecían más rápida­ mente que las interiores46. Las grandes cantidades de diñero resultantes del exceso de ahorro abrieron el camino a las pequeñas economías, al producto del trabajo del hombre de la calle. Las empresas interiores, para obtener beneficios comparables a los de las inversiones exteriores, se entregaron tam ­ bién a métodos fraudulentos y atrajeron también a un creciente número de personas que, en la esperanza de milagrosas ganancias, arrojaron su dinero por la ventana. El escándalo de Panamá en Francia, el Gründungsschwindel en Alemania y Austria, se convirtieron en ejemplos clásicos. De las promesas de tremendos beneficios se derivaron tremendas pérdidas. Los propietarios de los pequeños ahorros perdieron tanto y tan rápidamente, que los propietarios del gran capital superfluo pronto se vieron solos en lo que, en un sentido, era un campo de batalla. Tras no haber logrado hacer de toda la sociedad una comunidad de jugadores, eran otra vez superfluos, se hallaban excluidos del proceso normal de la producción, al que, tras cada torbellino, retornaban to­ das las clases, aunque algo empobrecidas y amargadas47.

Según la brillante percepción de Rosa Luxemburgo de la estructura política del imperialismo (op. cit., pp. 273 y ss„ pp, 36 1 y ss.), el «proceso histórico de la acumulación de capital depende en todos sus aspectos de la existencia de unos estratos sociales no capitalistas», de forma tal que «el imperialis­ mo es la expresión política de la acumulación de capital en su competición por la posesión del resto del mundo no capitalista». Esta dependencia esencial del capitalismo respecto de un mundo no capi­ talista se halla en la base de todos los demás aspectos del imperialismo, que entonces puede ser expli­ cado como resultado del exceso de ahorro y de la mala distribución (Hobson, op. cit.), como resulta­ do de la superproducción y de la consecuente necesidad de nuevos mercados (Lentn, El imperialismo, fase superior del capitalismo, 1917), como resultado de un insuficiente aprovisionamiento de materias primas (Hayes, op. cit.) o como exportación de capitales para equilibrar eí tipo nacional de interés (Hilferding, op. cit.).

46 Según Hilferding, op. cit., p. 409, los ingresos británicos procedentes de inversiones en el exterior, desde 1865 hasta 1898, se multiplicaron por nueve mientras que los ingresos nacionales se duplica­ ron. Supone que en las inversiones exteriores de Alemania y Francia se registró un aumento similar, aunque probablemente menos marcado.

47 Por lo que a Francia respecta, véase, de George Lachapelle, Les Finances de la Troisième Républi­ que, Paris, 1937, y de D. W. Brogan, The Development ofModem France, Nueva York, 1941. Respec­ to de Alemania, cotéjense interesantes testimonios contemporáneos, como los de Max "Wirth, Ges­ chichte der Handelskrisen, 1873, capítulo XV, y A. Schaeffle, «Der “grosse Boersenkrach” des Jahres 1873», en Zeitschriftfiir die gesamte Staatswissenschafi, 1874, vol. 30.

LA EMANCIPACIÓN POLÍTICA DE LA BURGUESÍA . 243

La exportación de dinero y las inversiones en el exterior como tales no son imperialismo ni conducen necesariamente a la expansión como un me­ dio político. Mientras los propietarios de capital superfluo se contentaron con invertir «grandes porciones de su propiedad en países extranjeros», aun­ que esta tendencia fuera «contra todas las tradiciones anteriores de naciona­ lismo»48, simplemente confirmaban su alienación del cuerpo nacional, en el que de cualquier manera eran parásitos. Sólo cuando exigieron protección gubernamental para sus inversiones (después de que la fase inicial de estafas abriera sus ojos a la posibilidad de emplear la política contra los riesgos del juego), volvieron a penetrar en la vida de la nación. En esta apelación, sin embargo, siguieron la tradición establecida por la sociedad burguesa, siempre dispuesta a considerar las instituciones políticas exclusivamente como un ins­ trumento para la protección de la propiedad individual49. Sólo la afortunada coincidencia de la elevación de una nueva cíase de propietarios con la revolu­ ción industrial había hecho a la burguesía productora y estimuladora de la producción. Mientras cumplió esta función básica en la sociedad moderna, que es esencialmente una comunidad de productores, su riqueza tuvo una importante función para la nación en su conjunto. Los propietarios de capi­ tal superfluo eran el primer sector de la clase que deseaba beneficios sin cum­ plir ninguna función social auténtica - —aunque hubiera sido la función de productor explotador— y a los que, en consecuencia, ninguna policía podría haber salvado de la ira del pueblo.

La expansión, por eso, no fue sólo un escape para el capital superfluo. Lo que era mucho más importante es que protegía a sus propietarios contra la amenazante perspectiva de seguir siendo enteramente superfluos y parásitos. Evitó a la burguesía las consecuencias de la mala distribución y revitalizó su concepto de la propiedad en una época en que la riqueza ya no podía ser 43

43 J. A. Hobson, «Capitalísm and Imperialismo op. rit.

Véase Hilferdmg, op, cit„ p. 406. «De aquí el grito en pro de un irterce poder estatal lanzado por todos los capitalistas con inversiones en países extranjeros... El capital exportado se siente más segu­ ro cuando el poder estatal de su propio país gobierna al nuevo dominio completamente... Si es posi­ ble sus beneficios deberían ser garantizados por el estado. De esta maneta, la exportación de capital favorece una política imperialista.» R 423: «Es cosa corriente que la actitud de la burguesía hacía el estado sufra un completo cambio cuando el poder político del estado se torna instrumento competi­ tivo del capital financiero en el mercado mundial. La burguesía había sido hostil al estado en su lu­ cha contra el mercantilismo económico y el absolutismo político... Teóricamente al menos, la vida económica tenía que hallarse completamente libre de la intervención del estado; el estado tenía que autolimitarse políticamente a k salvaguardia de la seguridad y al establecimiento de la igualdad ci­ vil», R 426: «Pero el deseo de una política expansionista provoca un cambio revolucionario en la mentalidad de la burguesía. Cesa de ser pacifista y humanista». P. 470: «Socialmente, la expansión es una condición vital para la preservación de la sociedad capitalista; económicamente, es la condición para la preservación y para el aumento temporal del tipo de interés».

IMPERIALISMO

utilizada como un factor en la producción dentro del marco nacional y en la que había llegado a chocar con el ideal de producción de la comunidad en conjunto.

Más antiguo que la riqueza superflua era otro subproducto de la produc­ ción capitalista: los desechos humanos que cada crisis, que seguía invaria­ blemente cada período de desarrollo industrial, eliminaba permanente­ mente de la sociedad productora. Los hombres que se habían convertido ya en parados permanentes resultaban tan superfiuos a la comunidad como los propietarios de la riqueza superflua. El hecho de que constituían una amena­ za para la sociedad había sido reconocido a lo largo del siglo XDC y su exporta­ ción había contribuido a poblar los dominios del Canadá y de Australia, así como los Estados Unidos. El nuevo hecho en la era imperialista es que estas dos fuerzas superfinas, el capital superfíuo y la mano de obra superflua, se unieron y abandonaron el país al mismo tiempo. El concepto de expansión, la exportación del poder gubernamental y la anexión de cada territorio en el que los nacionales habían invertido, bien su riqueza, bien su trabajo, pare­ cían la única alternativa ante las crecientes pérdidas en riqueza y en pobla­ ción. El imperialismo y su idea de expansión ilimitada parecían ofrecer un remedio permanente para un mal permanente5051*.

Resulta irónico que el primer país al que fueron conducidos juntos el dinero superfíuo y los hombres superfiuos se estuviera tornando también superfíuo. Africa del Sur era posesión de Inglaterra desde el comienzo del si­ glo XIX, porque aseguraba la ruta marítima a la India. La apertura del Canal de Suez, empero, y la subsiguiente conquista administrativa de Egipto redu­ jeron considerablemente la importancia deí antiguo puerto comercial de El Cabo. Los británicos, con toda probabilidad, se habrían retirado de África como habían hecho todas las naciones europeas cada vez que quedaban liqui­ dadas sus posesiones y sus intereses comerciales en la India.

La ironía particular y, en cierto sentido, simbólica circunstancia en el inesperado desarrollo de Africa del Sur como «cuna cultural del imperialis­ mo»53 descansa en la verdadera naturaleza de su repentino atractivo cuando

Estos motivos resultaban especialmente manifiestos en el imperialismo alemán. Entre las primeras actividades de ia Alldeutsche Verband (fondada en 1891) figuraban los esfuerzos por impedir que los emigrantes alemanes cambiaran su nacionalidad, y el primer discurso imperialista de Guillermo II, con ocasión del vigesímoquinto aniversario de la fundación del Reich, contenía este típico pasaje: «El Impe­ rio alemán se ha convertido en un Imperio mundial. Miles de nuestros compatriotas viven en todas par­ tes, en alejados lugares de la tierra... Caballeros, es vuestro solemne deber ayudarme a unir a este Gran Imperio con nuestro país natal». Cotéjese también la declaración de J. A. Froude en la nota 10.

E. H. Damce, The Victorian ¡ilusión, Londres, 1928, p. 164: «África, que ni había sido incluida en el itinerario del mundo anglosajón ni en el de los filósofos profesionales de la historia imperial, se convirtió en el campo de cultivo del imperialismo británico».

LA EMANCIPACIÓN POLÍTICA DE LA BURGUESÍA 245

había perdido todo su valor para el mismo imperio: en la década de los se­ tenta se descubrieron campos diamantíferos y en la década de los ochenta grandes yacimientos auríferos. El nuevo deseo de beneficio a cualquier precio convergía por vez primera con la antigua búsqueda de fortunas. Los buscado­ res, los aventureros y la escoria de las grandes ciudades emigraron al conti­ nente negro junto con el capital de los países industriaímente desarrollados. A partir de entonces, el populacho, engendrado por la monstruosa acumula­ ción de capital, acompañó a su engendrador en estos viajes de descubrimien­ tos, en los que no se descubrían más que nuevas posibilidades de inversión. Los propietarios de la riqueza superfíua eran los únicos hombres que podían utilizar a los hombres superfluos procedentes de todos los rincones del mun­ do. Juntos establecieron el primer paraíso de los parásitos, cuyo nervio era el oro. El imperialismo, producto del dinero superfluo y de los hombres super­ fluos, comenzó su sorprendente carrera produciendo los bienes más super­ fluos e irreales.

Puede dudarse todavía sí la panacea de la expansión habría resultado una tentación tan grande para los no imperialistas si hubiera ofrecido sus peligro­ sas soluciones solamente a aquellas fuerzas superfluas que, en cualquier caso, se hallaban ya fuera del cuerpo integrado de la nación. La complicidad de to­ dos los partidos parlamentarios en los programas imperialistas es una cues­ tión que hay que mencionar. La historia del partido laborista británico es al respecto casi una ininterrumpida cadena de justificaciones a la primera pro­ fecía de Cecil Rhodes: «Los trabajadores ven que aunque los americanos les aseguran una excelente amistad e intercambian con ellos los sentimientos más fraternales, están cerrando la puerta a sus productos. Los trabajadores ven también que Rusia, Francia y Alemania, localmente, están haciendo lo mismo y los trabajadores consideran que sí no se preocupan no hallarán un lugar en el mundo con el que comerciar. De esta forma los trabajadores se han convertido en imperialistas y el partido liberal sigue su camino»52. En Alemania, los liberales (y no el partido conservador) eran los verdaderos pro­ motores de la famosa política naval que tan considerablemente contribuyó al estallido de la Primera Guerra Mundial53. El partido socialista oscilaba entre un activo apoyo ala política naval imperialista (repetidamente aprobó fondos

Cita de Miüin, op. cit.

«Los que apoyaban la política naval eran los liberales, no la derecha parlamentaria», Alfred von Tirpítz, Erimierungen, 1919- Véase también la obra de Daniel Frymann (pseudónimo de Heinrich Class) Wenn ich der Kaiser wHr, 1912: «El verdadero partido imperialista es el Partido Nacional Libe­ ral». Fryman, un destacado cbauvinista alemán durante la Primera Guerra Mundial, advierte incluso con respecto a ios conservadores: «Vale también la pena señalar el retraimiento de los medios conser­ vadores ante las doctrinas relativas a la raza».

IMPERIALISMO

para la construcción a partir de 1906 de una flota alemana) y el completo olvido de todas las cuestiones de política exterior. Las ocasionales advertencias contra el Lumpenproletariat y el posible soborno de sectores de la cíase trabaja­ dora con migajas de la mesa imperialista no condujeron a una comprensión más profunda de la gran atracción que los programas imperialistas despertaban entre los miembros de base del partido. En términos marxistas el fenómeno nuevo de una alianza entre eí populacho y el capital parecía tan antinatural, tan obviamente en conflicto con la doctrina de la lucha de clases, que los verdade­ ros peligros del intento imperialista — dividir a la humanidad en razas de seño­ res y razas de esclavos, castas superiores e inferiores, pueblos de color y hombres blancos, intentos todos de unificar al pueblo sobre la base del populacho— fueron completamente ignorados. Incluso la ruptura de la solidaridad interna­ cional con ocasión del estallido de la Primera Guerra Mundial no alteró la complacencia de los socialistas y su fe en el proletariado como tal. Los socialis­ tas se hallaban todavía explorando las leyes económicas del imperialismo cuan­ do los imperialistas habían dejado de obedecerlas, cuando en los países de ultramar estas leyes habían sido sacrificadas al «factor imperial» o al «factor ra­ cial» y cuando sólo unos pocos caballeros ancianos de la alta finanza creían todavía en los inalienables derechos del porcentaje de beneficios.

La curiosa debilidad de la oposición popular al imperialismo, las nume­ rosas inconsecuencias y las promesas abiertamente rotas de los políticos libe­ rales, frecuentemente atribuidas al oportunismo o al soborno, tenían otras causas más profundas. Ni el oportunismo ni el soborno habrían podido persuadir a un hombre como Gladstone para que rompiera su promesa, como jefe del partido liberal de que evacuaría Egipto cuando llegara a ser pri­ mer ministro. A medias conscientemente, apenas claramente, estos hombres compartían con el pueblo la convicción de que el mismo cuerpo nacional se hallaba profundamente dividido en clases, que la lucha de clases era una característica tan universal de la moderna vida política, que la verdadera cohesión de la nación estaba en peligro. La expansión se presentaba de nue­ vo como salvavidas, aunque sólo fuera porque podía proporcionar un inte­ rés común para toda la nación en conjunto y, principalmente por esta ra­ zón, se permitió que los imperialistas se convirtieran en «parásitos del patriotismo»54.

En parte, desde luego, tales esperanzas correspondían a la antigua y vicio­ sa práctica de «curar los conflictos internos con las aventuras en el exterior». La diferencia, sin embargo, es notable. Las aventuras están, por su propia naturaleza, limitadas en el tiempo y en eí espacio; pueden lograr temporal-

H Hobson, op. cit., p. 61.

LA EMANCIPACIÓN POLITICA DE LA BURGUESÍA 247

mente la superación de conflictos, aunque, como norma, fracasan y tienden más bien a agudizarlos. Desde el comienzo, la aventura imperialista de expansión pareció ser una solución eterna, porque la expansión se concebía ilimitada. Además, el imperialismo no era una aventura en el sentido usual, porque dependía menos de los eslóganes nacionalistas que de las aparente­ mente sólidas bases de los intereses económicos. En una sociedad de intereses en conflicto, en la que el bien común era identificado con la suma total de los intereses individuales, la expansión como tal parecía ser un posible interés co­ mún de la nación en conjunto. Como las clases poseedoras y dominantes ha­ bían convencido a todos de que el interés económico y la pasión por la pro­ piedad eran una base profunda del cuerpo político, incluso los políticos no imperialistas fueron fácilmente convencidos cuando en el horizonte surgía un común interés económico.

Estas fueron, pues, las razones por las que el nacionalismo desarrolló una tendencia tan clara hacia el imperialismo, pese a la contradicción interna de los dos principios55. Cuanto peor preparadas se hallaban las naciones para la incorporación de pueblos extranjeros (que contradecía la constitución de su propio cuerpo político), más tentadas se sentían a oprimirlos. En teoría, exis­ t e un abismo entre el imperialismo y el nacionalismo; en la práctica, puede ser salvado y lo ha sido por el nacionalismo tribal y por el racismo declarado. Desde el comienzo, los imperialistas de todos los países afirmaron y se jacta­ ron de hallarse «más allá de los partidos» y de ser los únicos que hablaban a toda la nación. Esto fue especialmente cierto en los países de la Europa cen­ tral y oriental con escasas o nulas posesiones de ultramar. En ellos la alianza entre el populacho y el capital se desarrolló en el interior y afectó aún más gravemente (y atacó mucho más violentamente) a las instituciones nacionales y a todos los partidos nacionales56.

La desdeñosa indiferencia de los políticos imperialistas ante las cuestio­ nes internas fue, sin embargo, muy notable en todas partes y especialmente en Inglaterra. Aunque los «partidos por encima de los partidos», como la Primrose League, poseyeron una influencia secundaria, el imperialismo fue la causa principal de la degeneración del sistema de los dos partidos en el siste­ ma del Escaño Central*, que condujo «a una disminución del poder de la

Hobson, op. cit., fue el primero en reconocer tanto la oposición fundamental entre el imperialis­ mo y el nacionalismo como la tendencia del nacionalismo a hacerse imperialista. Calificó al imperia­ lismo de perversión del nacionalismo..., «en el que las naciones... transforman la rivalidad completa­ mente estimuladora de los diferentes tipos nacionales en una lucha homicida de imperios competi­ dores'» (p. 9).

Véase capítulo 8.

El del gobierno en el Parlamento o, refiriéndose a España, el «banco azul». (N. del T.)

248 IMPERIALISMO

oposición» en el Parlamento y al desarrollo del «poder del gabinete en perjui­ cio de la Cámara de los Comunes»57. Desde luego, esto fue llevado a cabo mediante una política que estaba más allá de las luchas partidistas y por hom­ bres que afirmaban hablar en nombre de toda la nación. Semejante lenguaje estaba destinado a atraer y a engañar precisamente a aquellas personas que todavía retenían un destello de idealismo político. El grito de unidad parecía exactamente el grito de batalla que siempre ha conducido a ios pueblos a la guerra; y, sin embargo, nadie advirtió en el universal y permanente instru­ mento de unidad el germen de una guerra universal y permanente.

Los funcionarios gubernamentales se implicaron más activamente que cualquier otro grupo en el tipo nacionalista de imperialismo y fueron los res­ ponsables principales de la confusión del imperialismo con el nacionalismo. Los estados-nación habían creado y dependían de la Administración civil como un cuerpo permanente de funcionarios, que las servían sin atención a sus intereses de cíase y a los cambios gubernamentales. Su honor profesional y su respeto por sí mismos — especialmente en Inglaterra y en Alemania— se derivaban del hecho de ser servidores de la nación en general. Eran el único grupo con un interés directo en apoyar la reivindicación fundamental del estado de ser independiente de clases y facciones. En nuestro tiempo resulta ya obvio que la autoridad de la nación-estado dependía ampliamente de la independencia económica y de la neutralidad política de sus funcionarios civiles; el declive de las naciones había comenzado invariablemente por la corrupción de su Administración permanente y el convencimiento general de que los funcionarios civiles se hallan a sueldo, no del estado, sino de las clases poseedoras. Al concluir el siglo éstas se habían tornado ya tan domi­ nantes que era casi ridículo que un empleado estatal mantuviera la preten­ sión de que se hallaba sirviendo a la nación. La división en clases dejaba a los funcionarios civiles fuera del cuerpo social y les forzaba a formar una cama­ rilla propia. En las administraciones coloniales escaparon a la desintegración del cuerpo nacional. Dominando a pueblos extranjeros en lejanos países po­ dían pretender mucho mejor ser heroicos sirvientes de la nación «que por sus servicios han glorificado a la raza británica»58 de lo que habrían podido pre­ tender permaneciendo en su patria. Las colonias ya no eran simplemente «un vasto sistema de salida al aire libre de las clases superiores», como todavía po­

Hobson, op. cit., pp. 146 y ss. «No hay duda de que el poder de! gabinete ante la Cámara de los Comunes ha crecido firme y rápidamente y parece seguir creciendo», advirtió Bryce en 1901 en Stu-dies in History andJurisprudence, 1901, f, 177. Por lo que se refiere al funcionamiento del sistema deí Escaño Central, véase la obra de Hilaire Belloc y Cecil Chesterton, The Party System, Londres, 1911.

Lord Curzon, en el descubrimiento de la lápida conmemorativa de lord Cromer. Véase Lord Cro­ mer, de Lawrence j. Zetland, 1932, p. 362.

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día describirlas james Mili; se habían convertido en el verdadero espinazo del nacionalismo británico, que descubrió en la dominación de países distantes y en el gobierno de pueblos extranjeros la tínica manera de servir a los intereses británicos y nada más que británicos. Las administraciones juzgaban que «el genio peculiar de cada nación en ningún lugar se manifiesta tan claramente como en su forma de tratar a las razas sometidas»59.

La verdad es que sólo lejos de su patria podía un ciudadano de Inglaterra, Alemania o Francia ser nada más que inglés, alemán o francés. En su propio país estaba tan implicado en intereses económicos o lealtades sociales que se hallaba más cerca de un miembro extranjero de su clase que de un hombre de otra clase en el país propio. La propia expansión dio ai nacionalismo un nue­ vo respiro y por eso fue aceptada como Instrumento de política nacional. Los miembros de las nuevas sociedades coloniales y de las ligas imperialistas se sintieron «alejados de las luchas partidistas», y cuanto más lejos se iban, más fuerte era su creencia de que representaban sólo un objetivo nacional»60. Esto revela el desesperado estado de las naciones europeas ante el imperialismo, cuán frágiles se habían tornado sus instituciones, cuán anticuado demostraba ser su sistema social frente a la creciente capacidad del hombre para la pro­ ducción. Los medios de preservación eran también desesperados, y al final el remedio resultó ser peor que la enfermedad (que, dicho sea de paso, no curó).

La alianza entre el capital y el populacho se encuentra en la génesis de toda política imperial consecuente. En algunos países, especialmente en Gran Bretaña, esta nueva alianza entre los demasiado ricos y los demasiado pobres estuvo y siguió estando confinada a las posesiones de ultramar. La lla­ mada hipocresía de la política británica fue resultado del buen sentido de los políticos ingleses, que trazaron una clara línea divisoria entre los métodos coloniales y la política interior habitual, evitando por eso con éxito conside­ rable el temido efecto de boomemng del imperialismo sobre la madre patria. En otros países, especialmente en Alemania y Austria, la alianza tuvo lugar en la patria en forma de panmovimieqtos, y en menor grado en Francia en una llamada política colonial. El objeto de estos «movimientos» era, por así dedr-

59 Sir Heskerh Bell, op. cit., parre I, p. 300.

En la Administración colonial holandesa prevalecían los mismos sentimientos. «La más alta ta­ rea, la tarea sin precedentes, es la que aguarda al funcionario de la Administración Civil de las Indias Orientales... debería considerarse como el más alto honor el servicio en sus filas... el selecto cuerpo que cumple la misión de Holanda en ultramar.» Véase Colonial Polky, de De Kat Angeíino, Chica-go, 1931,11, 129.

El presidente de la «Kolonialverein» alemana, Hoheniohe-Langenburg, en 1884. Véase Origin of Modera Germán Colonialism, 1871-1885, de Mary E. Towsend, 1921.

IMPERIALISMO

lo, ímperializar a toda la nación, y no sólo a la parte «superflua» de ésta, para combinar la política interior y exterior de tal manera que permitiera organi­ zar a la nación para el saqueo de territorios exteriores y la permanente degra­ dación de pueblos extranjeros.

Todos los grandes historiadores del siglo XIX observaron y advirtieron ansio­ samente la elevación del populacho a partir de la organización capitalista y su desarrollo. El pesimismo histórico desde Burckhardt hasta Spengler procede esencialmente de esta consideración. Pero lo que los historiadores, tristemen­ te preocupados con el fenómeno en sí mismo, no lograron advertir fue que el populacho no podía ser identificado con la creciente clase trabajadora indus­ trial y, desde luego, no con el pueblo en conjunto, sino que estaba compues­ to realmente de los desechos de todas las clases. Esta composición hizo pare­ cer que el populacho y sus representantes habían abolido las diferencias de clase, que quienes se hallaban al margen de la nación dividida en clases eran el mismo pueblo (la Volksgemeimchaft, como los nazis la llamarían) más que su tergiversación y caricatura. Los pesimistas históricos comprendieron la irresponsabilidad esencial de este nuevo estrato social, y previeron también correctamente la posibilidad de que la democracia se convirtiera en un des­ potismo cuyos tiranos procederían del populacho y se inclinarían ante éste en busca de apoyo. Lo que no lograron comprender fue que el populacho no solamente es el desecho, sino también el subproducto de la sociedad burguesa, directamente originado por ésta y por ello nunca completamen­ te separable de ella. No consiguieron por esta razón advertir la admiración constantemente creciente de la alta sociedad hacia el hampa, admiración que se extiende como un rojo trazo a lo largo del siglo XIX, en su continuo y paulatino repliegue ante todas las cuestiones de moralidad y en su cre­ ciente gusto por el anárquico cinismo de su prole. Al concluir el siglo, el affatre Dreyfus mostró que en Francia el hampa y la alta sociedad estaban tan estrechamente unidos que era difícil situar de un modo definitivo a cualquiera de los «héroes» de los antídreyfusards en una u otra categoría.

Este sentimiento de parentesco, de unión entre engendradores y prole, ya clásicamente expresado en las novelas de Balzac, precede a todas las conside­ raciones prácticas, económicas, políticas o sociales, y nos recuerda aquellos rasgos fundamentales del nuevo tipo de hombre occidental que Hobbes esbozó trescientos años antes. Pero es cierto que fue precisamente gracias a las percepciones logradas por la burguesía durante las crisis y depresiones que precedieron al imperialismo por lo que la alta sociedad admitió finalmente hallarse dispuesta a aceptar el cambio revolucionario en las normas morales

LA EMANCIPACIÓN POLÍTICA DE LA BURGUESÍA 251

que el «realismo» de Hobbes había propuesto y que ahora era ofrecido de nuevo por el populacho y sus dirigentes. El propio hecho de que el «pecado original» de la «acumulación original de capital» precisara de pecados adicio­ nales para mantener en marcha el sistema fue mucho más eficaz en la tarea de persuadir a la burguesía para que se desprendiera de los frenos de la tradición occidental que su filósofo o su hampa. Indujo finalmente a la burguesía ale­ mana a desembarazarse de la máscara de la hipocresía y a confesar abierta­ mente su relación con el populacho, llamándole expresamente para que defendiera sus intereses de propiedad.

Es significativo que sucediera esto en Alemania, En Inglaterra y en Holanda el desarrollo de la sociedad burguesa había progresado con una rela­ tiva tranquilidad y la burguesía de estos países disfrutaba de siglos de seguri­ dad libres de temor. Su elevación en Francia, sin embargo, se vio interrumpi­ da por una gran revolución popular cuyas consecuencias obstaculizaron el disfrute burgués de la supremacía. En Alemania, además, donde la burguesía no alcanzó su completo desarrollo hasta la segunda mitad del siglo XIX, su auge se vio acompañado desde el principio por el desarrollo de un movimien­ to de cíase trabajadora con una tradición casi tan antigua como la suya. Es hecho sabido que cuanto menos segura se siente una clase burguesa en su propio país, más tentada se siente a desembarazarse de la pesada carga de la hipocresía. La afinidad de la alta sociedad con el populacho emergió a la luz en Francia antes que en Alemania, pero al final fue igualmente fuerte en am­ bos países. Francia, empero, por obra de sus tradiciones revolucionarias y de su relativa falta de industrialización, originó sólo un populacho relativamen­ te reducido, de tal forma que la burguesía se vio obligada finalmente a buscar ayuda más allá de las fronteras y aliarse con la Alemania de Hitíer.

Cualquiera que sea la naturaleza precisa de la larga evolución histórica de la burguesía en ios diferentes países europeos, los principios políticos del populacho, tal como se hallan en las ideologías imperialistas y en los movi­ mientos totalitarios, revelan una afinidad sorprendentemente fuerte con las actitudes políticas de la sociedad burguesa, si estas últimas se hallan libres de hipocresía y no teñidas por concesiones a la tradición cristiana. Lo que en fe­ cha más reciente hizo que las actitudes nihilistas del populacho resultaran tan intelectual mente atractivas para la burguesía es una relación de principio que va más allá del nacimiento del populacho.

En otras palabras, la disparidad entre causa y efecto que caracteriza al nacimiento del imperialismo tiene sus razones. La ocasión — riqueza super­ fina creada por la superacumuladón, que precisaba de la ayuda del popula­ cho para hallar una inversión segura y beneficiosa— puso en marcha una fuerza que se ha hallado siempre en la estructura básica de la sociedad bur­

IMPERIALISMO

guesa, aunque haya permanecido oculta por tradiciones más nobles y por esa bendita hipocresía que La Rochefoucauld denominó el tributo que el vicio paga a la virtud. Al mismo tiempo no era posible realizar una política com ­ pletamente desprovista de principios hasta que pudiera disponerse de una masa de personas libres de todo principio y numéricamente tan amplia que sobrepasara a la capacidad del estado y de la sociedad para cuidar de ella. Él hecho de que este populacho pudiera ser empleado sólo por los políticos imperialistas e inspirado sólo por las doctrinas racistas hizo que pareciera como si solamente el imperialismo fuera capaz de liquidar los graves proble­ mas internos, sociales y económicos de los tiempos modernos.

Es cierto que la filosofía de Hobbes no contiene nada referente a las modernas doctrinas racistas, que no sólo levantan al populacho, sino que, en su forma totalitaria, esbozan muy claramente las formas de organización mediante las cuales la humanidad podría llevar el inacabable proceso de acu­ mulación de capital y de poder hasta su último final lógico en la autodestruc-ción. Pero Hobbes, al menos, proporcionó un pensamiento político con el prerrequisito de todas las doctrinas racistas, es decir, la exclusión en principio de la idea de humanidad que constituye la única idea reguladora del derecho internacional. Con la suposición de que la política exterior se halla necesaria­ mente fuera del contrato humano, comprometida en la perpetua guerra de to­ dos contra todos, que es la ley del «estado de naturaleza», Hobbes aporta la me­ jor base teórica posible para esas ideologías naturalistas que consideran a las naciones como tribus, separadas entre sí por la naturaleza, sin conexión alguna de ningún tipo, inconscientes de la solidaridad de la humanidad y que sólo tie­ nen en común el instinto de autopreservación que el hombre comparte con el mundo animal. Si ya no resulta válida la idea de humanidad, cuyo símbolo más concluyente es el origen común de la especie humana, entonces nada es más plausible que una teoría según la cual las razas cobrizas, amarillas o negras des­ cienden de otras especies de monos, distintas de la antecesora de la raza blanca, y que todas, indistintamente, están predestinadas por naturaleza a la guerra en­ tre sí hasta llegar a desaparecer de la' faz de la tierra.

Si llegara a demostrarse que es cierto que estamos aprisionados por el ina­ cabable proceso de acumulación de poder de Hobbes, entonces la organiza­ ción del populacho adoptaría inevitablemente la forma de la transformación de las naciones en razas, porque, bajo las condiciones de una sociedad acu­ mulativa, no existe ningún otro nexo disponible y unificador entre los indi­ viduos que, en el mismo proceso de la acumulación de poder y de la expan­ sión, están perdiendo todas sus conexiones naturales con sus semejantes.

El racismo puede, desde luego, llevar a la ruina al mundo occidental y, qué duda cabe, al conjunto de la civilización humana. Cuando los rusos se

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hayan convertido en eslavos, cuando los franceses hayan asumido el papel de dirigentes de una forcé noire, cuando los ingleses se hayan trocado en «hom­ bres blancos», como ya por desastroso maleficio se convirtieron en arios to­ dos los alemanes, entonces esta transformación significará en sí misma el fi­ nal del hombre occidental. Porque, pese a lo que cultos científicos puedan afirmar, la raza no es, políticamente hablando, el comienzo de la humanidad, sino su final; no es el origen de los pueblos, sino su declive; no es el naci­ miento natural del hombre, sino su muerte antinatural.

CAPÍTULO 6

EL PENSAMIENTO RACIAL ANTES DEL RACISMO

Si el pensamiento racial Riera una invención alemana, como se ha afirmado a veces, entonces el «pensamiento alemán» (sea esto lo que fuere) resultó victorio­ so en muchas partes del mundo espiritual largo tiempo antes de que los nazis comenzaran su fatídico intento de conquistar el mundo. El hitlerismo ejerció su atracción internacional e intereuropea durante la década de los años treinta, porque el racismo, aunque sólo en Alemania era doctrina estatal, había sido una poderosa tendencia en la opinión páblica en todas partes. La máquina política y bélica nazi se puso en movimiento mucho antes de que en 1939 los tanques ale­ manes comenzaran su marcha de destrucción, dado que — en la guerra políti­ ca— el racismo era considerado un aliado más poderoso que cualquier agente pagado o que cualquier organización secreta de quintacolumnistas. Fortalecidos por las experiencias de casi dos décadas en diferentes capitales, los nazis estaban seguros de que su mejor «propaganda» sería su misma política racial, de la que, pese a la ruptura de muchos otros compromisos y promesas, jamás se desviaron por oportunismo1. El racismo no era ni un arma nueva ni un arma secreta, aun­ que jamás se había utilizado antes con tan cabal coherencia.

Durante el pacto germano-soviético, la propaganda nazi interrumpió todos los ataques al «bolche­ vismo», pero jamás renunció al tema racial.

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La verdad histórica de la cuestión es que el pensamiento racial, cuyas raí­ ces se remontan al siglo xviíl, emergió simultáneamente en todos los países occidentales durante el siglo XIX. El racismo ha sido la poderosa ideología de las políticas imperialistas desde el comienzo de nuestro siglo. Sin duda, ha absorbido y reavivado todas las antiguas formas de opinión racial que, sin embargo, difícilmente habrían sido capaces por sí mismas de crear o de dege­ nerar en racismo como una Weltanschauung o una ideología. A mediados deí pasado siglo las opiniones raciales todavía eran juzgadas por el rasero de la ra­ zón política; Tocqueville escribió a Gobineau acerca de las doctrinas de este último: «Son probablemente erróneas y ciertamente perniciosas»2. Sólo al fi­ nal deí siglo se otorgó dignidad e importancia ai pensamiento racial como si hubiera sido una de las principales contribuciones espirituales del mundo occidental3.

Hasta los fatídicos días de la «disputa por África», el pensamiento racial había sido una de las muchas opiniones libres que, dentro del marco general del liberalismo, se enfrentaban entre sí para ganar el asentimiento de la opi­ nión pública4. Sólo unas pocas de estas opiniones eran ideologías completas, es decir, sistemas basados en una sola opinión que resultaba ser ío suficiente­ mente fuerte como para atraer y convencer a una mayoría de personas, y lo suficientemente amplia como para conducirla a través de las diferentes expe­ riencias y situaciones de una vida moderna media. Porque una ideología difiere de una simple opinión en que afirma poseer, o bien la clave de la his­ toria, o bien la solución de todos los «enigmas del universo» o el íntimo conocimiento de las leyes universales ocultas que, se supone, gobiernan a la naturaleza y al hombre. Pocas ideologías han ganado la suficiente importan­ cia como para sobrevivir a la dura lucha competitiva de la persuasión y sólo dos han llegado a la cima y han derrotado esencialmente a las demás: la ideo­ logía que interpreta a la historia como una lucha económica de ciases y la que interpreta a la historia como una lucha natural de razas. El atractivo de am­ bas para las grandes masas resultó tan fuerte que fueron capaces de obtener el apoyo del estado y establecerse por sí mismas como doctrinas oficiales nacio­ nales. Pero mucho más allá de las fronteras dentro de las cuales el pensamien­ to de raza y el pensamiento de cíase habían evolucionado hasta llegar a ser normas obligatorias de pensamiento, la libre opinión pública las había adop­

«Lettres d ’Aiexis de Tocqueville et d'Arthur de Gobineau», en RevuedesDeuxMonda, 1907, tomo 199, carta del 17 de noviembre de 1853.

El mejor relato histórico del pensamiento racial en el marco de una «historia de las ideas» se halla en Rasse und Staat, de Erich Voegeíin, Tubinga, 1933.

Por lo que se refiere a la multitud de opiniones en conflicto durante el siglo XIX, véase A Genera-ñon of'Materialism, de CarltonJ. H . Hayes, Nueva York, 1941, pp. 111-122.

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tado hasta tal extremo que no sólo los intelectuales, sino las grandes masas de hombres, ya no aceptaban una interpretación de los hechos del pasado o del presente que no se hallara de acuerdo con una de estas perspectivas.

El tremendo poder de persuasión inherente a las principales ideologías de nuestros tiempos no es accidental. La persuasión no es posible sin apelar a las experiencias o los deseos, en otras palabras, a las necesidades políticas inme­ diatas. En estas cuestiones la plausibilidad no procede de los hechos científi­ cos, como a los diferentes tipos de darwinistas les agradaría que creyéramos, ni de las leyes históricas, como pretenden los historiadores en sus esfuerzos por descubrir la ley según la cual surgen y desaparecen civilizaciones. Toda ideología completa ha sido creada, continuada y mejorada como arma políti­ ca y no como una doctrina teórica. Es cierto que a veces — y tal es el caso del racismo— una ideología ha cambiado su sentido político originario, pero sin inmediato contacto con la vida política no cabría imaginar a ninguna de ellas. Su aspecto científico es secundario y surge, en primer lugar, del deseo de proporcionar argumentos contundentes y en segundo lugar porque su po­ der persuasivo también alcanza a los científicos que dejan de interesarse entonces por el resultado de sus investigaciones, abandonan sus laboratorios y corren a predicar a la multitud sus nuevas interpretaciones de la vida y del mundo5. Debemos a estos predicadores «científicos» más que a cualquier des­ cubrimiento científico el hecho de que hoy no quede ni una sola ciencia en la que no haya penetrado profundamente el sistema de categorías del pensa­ miento racial. Y este hecho ha determinado que los historiadores, algunos de los cuales han sentido la tentación de hacer responsable a la ciencia del pen­ samiento racial, hayan tomado algunos resultados de investigaciones filológi­

«A partir de la década de los setenta Huxley abandonó su propia investigación científica, tan ocu­ pado se hallaba con su papel de “perro bulldog de Darwin”, ladrando y mordiendo a los teólogos» (Hayes, op. c i t p. 126). La pasión de Ernst Haeckel por la divulgación de los resultados científicos, que resultó por lo menos tan fuerte como su pasión por la misma ciencia, fue destacada recientemen­ te por un entusiasmado escritor nazi, H. Bruecber, «Ernst Haeckel, Ein Wegbereiter biologischen Staatsdenkens». En NatiombozialistícbeMonatshefte, 1935, fascículo 69.

Cabe citar dos ejemplos extremos para mostrar de lo que son capaces los científicos. Ambos corresponden a estudiosos de prestigio, que escribieron en la época de la Primera Guerra Mundial. El especialista alemán en historia del arte Josef Strzygowsky, en su Altai, Irán und Voikenvanderung (Leipzig, 1917) descubrió que la raza nórdica estaba constituida por alemanes, ucranianos, arme­ nios, persas, húngaros, búlgaros y turcos (pp. 306-307). La Sociedad de Medicina de París no sólo publicó un informe sobre el descubrimiento de «polychesia» (defecación excesiva) y de «bromidro-sis» (olor corporal) en fa raza alemana, sino que sugirió que se utilizara el análisis de orina para des­ cubrir a los espías alemanes; se «descubrió» que la orina alemana contenía un 20 por ciento de nitró­ geno no úrico mientras que en las demás razas esta proporción era sólo del 15 por ciento. Véase Róce, dejacques Barzun, Nueva York, 1937, p. 239.

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cas o biológicas como causas en vez de consecuencias del pensamiento racial6. Lo opuesto se hallaría más cerca de la verdad. En realidad, la doctrina según la cual quien tiene la fuerza tiene la razón necesitó varios siglos (del XVII al XIX) para conquistar la ciencia natural y producir la «ley» de la supervivencia de los más aptos. Y si, por tomar otro ejemplo, la teoría de De Maistre y de SchelHng acerca de las tribus salvajes como vestigios decadentes de antiguos pueblos hubiera convenido a los medios políticos del siglo XIX tanto como la teoría del progreso, probablemente nunca habríamos podido hablar de los «primitivos» y ningún científico habría perdido su tiempo buscando el «esla­ bón perdido» entre el mono y el hombre. La culpa no es de ninguna ciencia como tal, sino más bien de ciertos científicos que no se sintieron menos hip­ notizados por las ideologías que sus contemporáneos.

El hecho de que el racismo es la principal arma ideológica de las políticas imperialistas es tan obvio que parece como si muchos estudiosos prefirieran evitar el frecuentado sendero de la verdad indiscutible. En vez de ello, toda­ vía tiene crédito una antigua y errónea concepción del racismo como un género de exagerado nacionalismo. Y se ignoran generalmente valiosas obras de estudiosos, especialmente en Francia, que han demostrado que el racismo no es sólo un fenómeno completamente diferente, sino que tiende a destruir el cuerpo político de la nación. Testigos de la gigantesca lucha entre el pensa­ miento racial y el pensamiento de clase por el dominio de las mentes de los hombres modernos, algunos se han mostrado inclinados a ver en uno la expresión de las tendencias nacionales y en otro la expresión de las tendencias internacionales, a creer que uno es la preparación mental para las guerras

Este quid pro quo fue parcialmente resultado del celo de los estudiosos que deseaban disminuir la importancia de cada ejemplo en el que hubiera sido mencionada la raza. Por eso tomaron como racistas declarados a inocuos autores para quienes las explicaciones mediante la raza constituían una opinión posible y a veces fascinante. Tales opiniones, en sf mismas inofensivas, fueron formuladas por tos primeros antropólogos como puntos de partida de sus investigaciones. Ejemplo típico es la ingenua hipótesis de Paul Broca, conocido antropólogo francés de mediados del siglo XIX, quien supuso que «el cerebro tenía algo que ver con la raza» (cita de Jacques Barzun, op. cit., p. 162). Es ob­ vio que esta afirmación, sin el apoyo de una concepción de la naturaleza humana, resulta simple­ mente ridicula.

Por lo que se refiere a los filósofos de comienzos del siglo XIX, cuyo concepto del «ananismo» ha Inducido a cada estudioso del racismo a incluirle entre los protagonistas e incluso los inventores del pensamiento racial, son tan inocentes como cabe serlo. Si superaron los límites de la pura investiga­ ción, fue porque deseaban incluir en la misma hermandad cultural a tantas naciones como les fuera posible. En palabras de ErnestSeilfiére, en La Philosophte de l’impérialisme, A vols., 1903-1960: «Fue un género de intoxicación: la civilización moderna creyó haber recobrado su genealogía... y nació un organismo que abarca en una sola fraternidad a todas las naciones cuyo lenguaje mostraba alguna afi­ nidad con el sánscrito» (Prólogo, tomo I, p. XXXV). En otras palabras, estos hombres todavía conti­ nuaban en la tradición humanista del siglo XVIII y compartían su entusiasmo por los pueblos extra­ ños y las culturas exóticas.

IMPERIALISMO

nacionales y el otro la ideología de las guerras civiles. Esto ha sido posible por obra de la curiosa mezcla de antiguos conflictos nacionales y de nuevos con­ flictos imperialistas durante la Primera Guerra Mundial, una mezcla en la que los viejos eslóganes nacionales demostraron poseer todavía mayor atrac­ tivo para las masas de todos los países implicados que todos los objetivos imperialistas. La ultima guerra, sin embargo, con sus Quislings y colaboracio­ nistas en todas partes, debería haber demostrado que el racismo puede pro­ vocar conflictos civiles en cada país y es uno de ios medios más ingeniosos inventados para la preparación de la guerra civil.

Porque la verdad es que el pensamiento racial penetró en la escena de la política activa en el momento en que los pueblos europeos habían preparado y, hasta cierto grado, realizado el nuevo cuerpo político de la nación. Desde el mismo comienzo, el racismo, deliberadamente, atravesó todas las fronteras nacionales, tanto si estaban definidas por normas geográficas, lingüísticas, tra­ dicionales o de cualquier otro tipo, y negó la existencia nacional y política como tal. El pensamiento racial, más que el pensamiento de clase, fue la som­ bra siempre presente que acompañó al desarrollo del mutuo reconocimiento de las naciones europeas hasta que, finalmente, creció hasta convertirse en la poderosa arma para la destrucción de estas naciones. Históricamente hablan­ do, los racistas tienen un peor historial de patriotismo que todos los represen­ tantes juntos de las demás ideologías internacionales y fueron los únicos que, consecuentemente, negaron el gran principio sobre el que se hallan construi­ das las organizaciones nacionales de los pueblos, el principio de la igualdad y la solidaridad de todos los pueblos, garantizado por la idea de humanidad.

1. Una «raza» de aristócratas contra una «nación» de ciudadanos

Durante el siglo XVIII, en Francia fue característico el interés por los pueblos más diferentes, extraños y aun salvajes. Fue la época en la que las pinturas chinas eran admiradas e imitadas, cuando una de las más famosas obras del siglo se tituló Lettrespersanes y cuando los relatos de los viajeros constituían la lectura favorita de la sociedad. La honradez y la sencillez del salvaje y de los pueblos no civilizados significaban un contraste con la complejidad y la fri­ volidad de la cultura. Mucho antes de que el siglo XIX, con sus oportunidades tremendamente desarrolladas para viajar, llevara a la casa de cada ciudadano medio el mundo no europeo, la sociedad francesa del siglo XVIII había trata­ do de captar espiritualmente el contenido de culturas y de países que se extendían mucho más allá de las fronteras europeas. Un gran entusiasmo por los «nuevos especímenes de la humanidad» (Herder) henchía los corazones

EL PENSAMIENTO RACIAL ANTES DEL RACISMO 259

de los héroes de la Revolución francesa que, junto con la nación francesa, liberaban a pueblos de cualquier color bajo la bandera francesa. Este entu­ siasmo por los países extraños y extranjeros culminó en el mensaje de frater­ nidad, porque estaba inspirado por el deseo de probar en cada nuevo y sor­ prendente «espécimen de la humanidad» la vieja afirmación de La Bruyère: La raison est de tous les climats.

Sin embargo, en este siglo creador de naciones y en este país amante de la humanidad es donde debemos buscar los gérmenes del poder destructor de naciones y aniquilador de la humanidad que es racismo7^Es un hecho nota­ ble que el primer autor que supuso la existencia en Francia de diferentes pue­ blos con diferentes orígenes fuera al mismo tiempo eí primero en elaborar un claro pensamiento de clase. El conde de Bouíainvilliers, un noble francés que escribió a comienzos del siglo XVIII y cuyas obras fueron publicadas después de su muerte, interpretó la historia de Francia como la de dos naciones dife­ rentes de las cuales una, de origen germánico, había conquistado a los habi­ tantes más antiguos, los «galos, les había impuesto sus leyes, se había apode­ rado de sus tierras y se había instalado como clase dominante, la nobleza, cu­ yos derechos supremos descansaban en el “derecho de conquista” y la “necesidad de obediencia siempre debida al más fuerte”»8. Consagrado prin­ cipalmente a encontrar argumentos contra el creciente poder político del tiers état y de sus portavoces, el nouveau corps, formado por gens de lettres et des lois, Bouíainvilliers tuvo que enfrentarse también con la monarquía porque el rey francés ya no deseaba representar a la nobleza como primus inter pares, sino a la nación en conjunto; en él halló durante cierto tiempo la nueva clase ascendente su más poderoso protector. Para que la nobleza recobrara una indiscutida primacía, Bouíainvilliers propuso que los nobles como él se nega­ ran a admitir un origen común con el pueblo francés, rompieran la unidad de la nación y reivindicaran una distinción originaria y por eso eterna9. Mu­ cho más audaz que la mayoría de los que más tarde defendieron a la nobleza, Bouíainvilliers negó toda conexión predestinada con el suelo francés; admitió que los «galos» habían estado en Francia más largo tiempo, que los «francos» eran extranjeros y bárbaros. Basó exclusivamente su doctrina en el eterno derecho de conquista y no halló dificultad en afirmar que «Frisia... ha sido la

François Hotman, un francés del siglo XVI, autor de Franco-Gallia, es a veces considerado precur­ sor de las doctrinas raciales del siglo XVIII. Así Ernest Setllière, op. cit. Théophile Simar ha protesta­ do justamente contra este error: «Hotman aparece no sólo como un apologista de los teutones, sino como un defensor del pueblo oprimido por la monarquía» (Etude critique sur la formation de la doc­ trine des races au î& et son expansion au 19 siècle, Bruselas, 1922, p. 20).

Histoire de l’Ancien Gouvernement de la France, 1727, tomo I, p. 33.

Montesquieu, Esprit des Lois, 1748, XXX, cap. X, explicó fo que significa la historia del conde de Bouíainvilliers como arma política contra eí tiers état.

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verdadera cuna de la nación francesa». Siglos antes del actual desarrollo del racismo imperialista, siguiendo sólo la lógica inherente a su concepto, consi­ deró.a los habitantes originarios de Francia nativos en el sentido moderno, o en sus propios términos «subditos» — no del rey, sino de todos aquellos cuyo mérito consistía en descender del pueblo conquistador, quienes por derecho de nacimiento tenían que ser llamados «franceses».

Boulainvilíiers fue profundamente influido por las doctrinas del siglo XVII relativas al derecho de la fuerza y fue, ciertamente, uno de los más con­ secuentes discípulos contemporáneos de Spinoza, cuya Ética tradujo y cuyo Trabé théologico-polítique analizó. En su aceptación y aplicación de las ideas políticas de Spinoza, la fuerza se trocó en conquista y la conquista actuó como un tipo de criterio único sobre las cualidades naturales y los privilegios humanos de los hombres y de las naciones. Aquí podemos advertir los prime­ ros rastros de las posteriores transformaciones naturalistas por las que había de pasar la doctrina del derecho de la fuerza. Esta perspectiva está realmente corroborada por el hecho de que Boulainvilíiers fue uno de los más destaca­ dos librepensadores de su tiempo y porque sus ataques a la iglesia cristiana difícilmente podrían haber sido motivados exclusivamente por el anticlerica-Üsmo.

La teoría de Boulainvilíiers, sin embargo, todavía se refiere a pueblos y no a razas. Basa el derecho del pueblo superior en un hecho histórico, la con­ quista, y no en un hecho físico, aunque el hecho histórico ya tiene una cierta influencia sobre las cualidades naturales del pueblo conquistado. Inventa dos pueblos diferentes dentro de Francia para contrarrestar la nueva idea nacio­ nal, representada como se hallaba hasta cierto grado por la monarquía abso­ luta aliada con el tiers état. Boulainvilíiers es antinacional en una época en la que ía idea de nacionalidad era sentida como nueva y revolucionaria, pero no había mostrado todavía, como mostraría durante la Revolución francesa, cuán estrechamente ligada se hallaba con una forma democrática de gobier­ no, Boulainvilíiers preparó a su país para ía guerra civil sín saber lo que la guerra civil significaba. Es el representante de muchos de los nobles que no se consideraban representantes de la nación, sino una casta dominante y separa­ da que podía tener'mucho más en común con un pueblo extranjero de la «misma sociedad y condición» que con sus compatriotas. Fueron, desde lue­ go, estas tendencias antinacionales las que ejercieron su influencia en el ambiente de los émigrés y, finalmente, las que resultaron absorbidas por las nuevas y declaradas doctrinas raciales en un período posterior del siglo XIX.

Las ideas de Boulainvilíiers no mostraron su utilidad como arma política hasta que el estallido de la Revolución obligó a gran número de nobles fran­ ceses a buscar refugio en Alemania y en Inglaterra. En el interregno su

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influencia sobre la aristocracia francesa se mantuvo viva, como puede apre­ ciarse en las obras de otro aristócrata, el conde de Dubuat-Nançay10, que deseaba ligar aún más estrechamente a la nobleza francesa con sus hermanos continentales. En vísperas de la Revolución este portavoz del feudalismo francés se sentía tan inseguro que ansiaba «la creación de una especie de Internationale de la aristocracia de origen bárbaro»11, y como la nobleza ger­ mana era la única cuya ayuda podía esperarse eventualmente, aquí también se supuso que el verdadero origen de la nación francesa era idéntico al de los alemanes y que las clases inferiores francesas, aunque no ya esclavas, no eran libres por nacimiento, sino por affranchissement, por la gracia de aquellos que eran libres por su nacimiento, es decir, de la nobleza. Pocos años más tarde, los exiliados franceses trataron de formar una Internationale de aristócratas para conjurar la rebelión de aquellos a quienes ellos consideraban un pueblo esclavizado y extranjero. Y aunque el aspecto más práctico de semejantes intentos sufrió el espectacular desastre de Valmy, émigrés, como Charles François Dominique de Vilíiers, que hacia 1800 oponían los gallo-romains a los germanos, o como William Alter, que una década más tarde soñaba con una federación de todos los pueblos germánicos12, no admitieron la derrota. Probablemente nunca se les ocurrió que eran traidores, tan firmemente con­ vencidos estaban de que la Revolución francesa era una «guerra entre pueblos extranjeros», como François Guizot escribió mucho más tarde.

Mientras que Boulainvilliers, con la tranquila imparcialidad de una época más tranquila, basaba exclusivamente los derechos de la nobleza en el derecho de conquista, sin despreciar directamente la verdadera naturaleza de la otra na­ ción conquistada, el conde de Mon dosier, uno de los personajes más dudosos entre los exiliados franceses, expresó abiertamente su desprecio por este «nuevo pueblo surgido de los esclavos... [una mezcla] de todas las razas y de todos los tiempos»13. Era evidente que los tiempos habían cambiado y que los nobles que ya no pertenecían a una raza inconquistada tenían también que cambiar. Renunciaron a la vieja idea, tan cara a Boulainvilliers e incluso a Montesquieu, según la cual sólo la conquista, la fortune des armes, determinaba el futuro de los hombres. El Valmy de las ideologías de la nobleza surgió cuando el abate Siéyes, en su famoso panfleto, dijo al tiers état que «devolviera a los bosques de

Les origines de l'ancien gouvernement de la France, de l’Allemagne et de l'Italie, 1879.

SeilÜère, op. cit., p. xxxii.

Véase Sociologie Coloniale, de René Maunier, Paris, 1932, tomo II, p. 115.

Montlosier, incluso en el exilio, estuvo estrechamente relacionado con el jefe de la policía france­ sa, Fouché, quien le ayudó a mejorar la triste condición económica de un refugiado. Más tarde sirvió en la sociedad francesa como agente secreto de Napoleón. Véase Le comte de Montlosier, de Joseph Brugerette, 1931, y Simar, op. cit., p. 71.

IMPERIALISMO

Franconia a todas aquellas familias que mantienen la absurda pretensión de descender de la raza conquistadora y de haber triunfado en sus derechos» A

Resulta más bien curioso que desde estos primeros tiempos en que los no­ bles franceses en su lucha de clases contra la burguesía descubrieron que perte­ necían a otra nación, tenían otro origen genealógico y se hallaban más estrecha­ mente ligados a una casta internacional que al suelo de Francia, todas las teorías raciales francesas hayan apoyado ai germanismo o al menos la superioridad de ios pueblos nórdicos contra sus propios compatriotas. Si los hombres de la Revolución francesa se identificaban mentalmente con Roma, no era porque opusieran al «germanismo» de su nobleza un «latinismo» del tiers ¿tai, sino por­ que consideraban que eran los herederos espirituales de los republicanos roma­ nos. Esta reivindicación histórica, en contraste con la reivindicación tribal de la nobleza, puede haber figurado entre las causas que impidieron al latinismo emerger como doctrina racial propia. En cualquier caso, por paradójico que parezca, el hecho es que los franceses Rieron los primeros en insistir antes que los alemanes o que los ingleses en esta idéefixe de la superioridad germánica15. Ni siquiera el nacimiento de la conciencia racial germana tras la derrota prusia­ na de 1806, dirigida como se hallaba contra los franceses, alteró el curso de las ideologías raciales en Francia. En la década de los años cuarenta del siglo pasa­ do, Augustin Thierry todavía se adhería a la identificación de las clases y las ra­ zas y distinguía entre una «nobleza germánica» y una «burguesía celta»16 y de nuevo un noble, el conde de Rémusat, proclamaba el origen germánico de la aristocracia europea. Finalmente, el conde de Gobineau desarrolló una opinión ya generalmente aceptada entre la nobleza francesa hasta formular una comple­ ta doctrina histórica, afirmando haber descubierto la ley secreta de la caída de las civilizaciones y haber elevado la historia a la dignidad de una ciencia natu­ ral. Con él completó el pensamiento racial su primera fase e inició una segun­ da cuyas influencias habían de percibirse hasta los años veinte del siglo XX.

2, Unidad de raza como sttstitutivo de la emancipación nacional

El pensamiento racial en Alemania no se desarrolló hasta la derrota del vie­ jo ejército prusiano ante Napoleón. Debió su aparición a los patriotas pru­ sianos y al romanticismo político, más que a la nobleza y a sus portavoces.

Qtt'esrce-que le tiers étatl, publicado poco antes dei estallido de la Revolución. Cita de J. H. Clap-ham, TheAbb¿Siéyh, Londres, 1912, p. 62.

15 «El arianísmo histórico tiene su origen en el feudalismo del siglo XVM y fue apoyado por el germa­ nismo del XIX», observa Seifliére, op. cit„ p. ü,

iS Lettres sur l’histoire de France (1840),

EL PENSAMIENTO RACIAL ANTES DEL RACISMO 263

En contraste con el género francés de pensamiento racial como arma para la guerra civil y para dividir a la nación, el pensamiento racial alemán fue inventado como un esfuerzo por unir al pueblo contra la dominación extranjera. Sus autores no buscaron aliados más allá de las fronteras, sino que desearon despertar en el pueblo una conciencia de un origen común. Esto excluyó realmente a la nobleza con sus notorias relaciones cosmopoli­ tas que, sin embargo, eran menos características de los Junker prusianos que del resto de la nobleza europea; en cualquier caso eliminó la posibili­ dad de un pensamiento racial basado en la clase más exclusiva de la pobla­ ción.

Como el pensamiento racial alemán acompañó a los intentos largo tiem­ po frustrados de unir a ios numerosos estados alemanes, permaneció tan estrechamente unido en sus primeras fases con los sentimientos nacionales más generales que resulta más bien difícil distinguir entre el simple naciona­ lismo y el claro racismo. Inocuos sentimientos nacionales se expresaban en lo que hoy sabemos que son términos raciales, de forma tal que incluso historia­ dores que identifican el tipo de racismo alemán del siglo XX con el lenguaje peculiar del nacionalismo alemán han llegado extrañamente a confundir el nazismo con el nacionalismo alemán, contribuyendo por eso a subestimar la tremenda atracción internacional de la propaganda de Hitler. Estas condicio­ nes particulares del nacionalismo alemán cambiaron sólo cuando, tras 1870, se llevó a cabo la unificación de la nación y se desarrollaron completa y con­ juntamente el racismo alemán y el imperialismo alemán. De estos primeros tiempos, empero, no sobrevivieron más que unas pocas características, que han seguido siendo significativas del tipo específico de pensamiento racial alemán.

En contraste con Francia, los nobles prusianos sentían que sus intereses estaban estrechamente unidos con la posición de la monarquía absoluta y, al menos desde la época de Federico II, buscaron su reconocimiento como representantes legítimos de la nación en su conjunto. Con la excepción del breve lapso de las reformas prusianas (desde 1808 hasta 1812), la nobleza prusiana no se sintió asustada por el auge de una clase burguesa que podía haber deseado apoderarse del gobierno ni temió una coalición entre la clase media y la dinastía reinante. El rey prusiano, hasta 1809 el principal pro­ pietario del país, siguió siendo primus ínter pares a pesar de todos los esfuer­ zos de los reformadores. El pensamiento racial, por eso, se desarrolló al mar­ gen de la nobleza, como un arma de ciertos nacionalistas que deseaban la unión de todos los pueblos de habla alemana y por eso insistían en un origen co­ mún. Eran liberales en el sentido de que se mostraban más bien opuestos al dominio exclusivo de los Junker prusianos. Mientras que este origen común

IMPERIALISMO

estuvo definido por una lengua común» difícilmente pudo Hablarse de un pensamiento racial17.

Resulta notable que sólo después de 1814 se describa frecuentemente este origen común en términos de «relación de sangre», de lazos familiares, de unidad tribal, de origen sin mezcla. Estas definiciones, casi simultáneas, del católico josef Goerres y de liberales nacionalistas como Ernst Moritz Arndt o F. L Jahn, testimonian el profundo fracaso de las esperanzas de provocar un verdadero sentimiento nacional en el pueblo alemán. De este fracaso en el intento de elevar al pueblo a la nacionalidad, de la falta de recuerdos históri­ cos comunes y de la aparente apatía popular hacia los destinos comunes en el futuro, nació una apelación naturalista a los instintos tribales como sustitutí-vo posible para lo que el mundo entero había visto como el glorioso poder de la nación francesa. La doctrina orgánica de una historia según la cual «cada raza es un todo completo y separado»18 fue inventada por hombres que nece­ sitaban definiciones ideológicas de la unidad nacional como sustitutivo de una nación política. Fue un frustrado nacionalismo el que condujo a la decla­ ración de Arndt conforme a la cual los alemanes, que aparentemente resulta­ ron ser los últimos en desarrollar una unidad orgánica, tenían la suerte de ser un género puro y sin mezcla de un «pueblo genuino»19.

Las definiciones orgánicas naturalistas de los pueblos son una caracterís­ tica destacada de las ideologías alemanas y del historicismo alemán. Sin embargo, no son todavía verdadero racismo, porque los mismos hombres que se expresan en estos términos «raciales» todavía sostienen el pilar central de la genuína nacionalidad, la igualdad de todos los pueblos. Así, en el mismo artículo en el que Jahn compara las leyes de los pueblos con las leyes de la vida animal, insiste en la genuina pluralidad igualitaria de los pueblos, en cuya completa multitud puede únicamente realizarse la humanidad20. Y Arndt, que

Éste es, por ejemplo, el caso en Philosophische Vorlesungen aus den Jahren 1804-1806, de Friedrich Shlegei, II, 357. Cabe decir lo mismo respecto de Ernst Moritz Arndt, Véase, de Alfred P. Pundt,

Arndt and the National Awakening in Germany, Nueva York, 1935, pp. 16 y ss. Incluso Eichte, moderna víctima propicia favorita del pensamiento racial alemán, difícilmente fue más allá de los límites del nacionalismo.

18 Joseph Goerres, en Rheinische Merkur, 1814, núm. 25.

19 En Phantasien zur Berichtigung der Urteile über künfiige deutsche Verfassungen, 1815.

20 «Los animales de raza mezclada no tienen un verdadero poder generativo: de forma similar, los pueblos híbridos carecen de una propagación popular propia... El progenitor de la humanidad está muerto, la raza original, extinguida. Por eso cada pueblo moribundo constituye una desgracia para la humanidad... La nobleza humana sólo puede expresarse exclusivamente en un pueblo», en Deutsches Volktum, 1810,

El mismo ejemplo es expresado por Goerres, quien, a pesar de su definición naturalista del pue­ blo. («Todos los miembros se hallan unidos por un nexo común de sangre»), sigue un verdadero prin­ cipio nacional cuando declara: «Ninguna rama tiene derecho a dominar a otra» (op. c¡t.}.

EL PENSAMIENTO RACIAL ANTES DEL RACISMO 265

más tarde había de expresar fuertes simpatías por los movimientos de libera­ ción nacional de los polacos y de los italianos, exclamó: «Maldito sea el que domíne y subyugue a pueblos extranjeros»21. En tanto que los sentimientos

. nacionales alemanes no habían sido fruto de una genuina evolución nacio­ nal, sino más bien la reacción ante una ocupación extranjera22, las doctri­ nas nacionales eran de un peculiar carácter negativo, destinado a crear un muro en torno del pueblo, a actuar como sustkutivo de las fronteras que no podían ser claramente definidas ni geográfica ni históricamente.

SÍ en la primitiva forma de la aristocracia francesa el pensamiento racial había sido concebido como un instrumento de división interna y se había convertido en un arma para la guerra civil, esta primera forma de la doctrina racial alemana fue inventada como arma de unidad nacional interna y se tro­ có en arma para las guerras nacionales. De la misma manera que el declive de la nobleza francesa como clase destacada de la nación francesa habría torna­ do inútil esta arma si los enemigos de la Tercera República no la hubieran revivido, así, tras la realización de la unidad alemana, la doctrina orgánica de la historia habría perdido su significado si los modernos proyectistas imperia­ listas no hubieran deseado revivirla para atraer al pueblo y para ocultar sus rostros odiosos bajo la respetable capa del nacionalismo. Lo mismo sucede con otra fuente del racismo alemán que, aunque aparentemente más aleja­ da de la escena política, tuvo una influencia más intensa y genuina en las ideologías políticas ulteriores.

El romanticismo político ha sido acusado de haber inventado el pensa­ miento racial de la misma manera que ha sido y podría haber sido acusado de haber inventado cualquier otra posible opinión irresponsable. Adam Mueller y Friedrich Schlegel son, al respecto, representativos en el más alto grado de una falta general de seriedad del pensamiento moderno, en el que práctica­ mente casi cualquier opinión puede afirmarse temporalmente. Ninguna cosa real, ningún acontecimiento histórico, ninguna idea política se hallaban li­ bres de esa manía que alcanzaba a todas partes y que destruía todo, mediante la cual estos primeros literari podían siempre hallar oportunidades nuevas y originales para opiniones nuevas y fascinantes. «El mundo tiene que ser romantizado», como Novalis escribió, deseando «conferir un elevado sentido a las cosas corrientes, una misteriosa apariencia a lo ordinario, la dignidad de lo desconocido a las cosas bien conocidas»23. Uno de estos objetos romanriza-

Blick aus der Zát, cita de Alfred R Pundt, op. eit

«Sólo cuando Austria y Prusia cayeron tras una vana lucha empecé realmente a amar a Alemania...

porque Alemania sucumbió en la conquista y la sujeción se tornó para mí una e indisoluble*, escri­ be'E. M. Arndt en sus Erinnerungen aus Schweden, 1818, p. 82. Cita de Pundt, op. d t, p. Í51.

«Neue Fragmentensammlung» (1798), en Schriften, Leipzig, 1929, tomo II, p. 335.

IMPERIALISMO

dos fue el pueblo, un objeto que podía ser transformado en un abrir y cerrar de ojos en el estado, la familia, la nobleza o cualquier otra cosa que (en los primeros días) se le ocurriera a uno de aquellos intelectuales o (más tarde, cuando al madurar aprendieron las duras realidades de la vida) les sugiriera algún mecenas con dinero24. Por eso resulta casi imposible estudiar el desa­ rrollo de cualquiera de estas libres opiniones en competencia, de las que se halla tan sorprendentemente repleto el siglo XIX, sin encontrar al romanticis­ mo en su versión alemana.

Lo que estos primeros intelectuales modernos preparaban realmente no era tanto el desarrollo de una sola opinión como la mentalidad general de los modernos estudiosos alemanes; estos demostrarían ulteriormente, y más de una vez, que apenas puede hallarse una ideología a la que no estuvieran dis­ puestos a someterse si estaba en juego la única realidad — a la que incluso un romántico difícilmente puede despreciar— , la realidad de su posición. Mer­ ced a su limitada idolatría de la «personalidad» del individuo, cuya misma arbitrariedad se convierte en prueba de genio, el romanticismo proporciona el más excelente pretexto para este comportamiento peculiar. Todo lo que sir­ viera a la llamada productividad del individuo, es decir, al juego enteramente arbitrario de sus «ideas», podía convertirse en centro de toda una visión de la vida y del mundo. .

Este cinismo inherente a la romántica adoración de la personalidad ha hecho posible ciertas modernas actitudes de los intelectuales. Están muy bien representadas por Mussolini, uno de los últimos herederos del movimiento, cuando se describe a sí mismo al mismo tiempo como «aristócrata y demó­ crata revolucionario y reaccionario, proletario y antiproletario, pacifista y antipacífista». El implacable individualismo del romanticismo nunca aspiró a nada más serio que la idea de que «cualquiera es libre de crear para sí mismo su propia ideología». Lo que fue nuevo en el experimento de Mussolini es el «intento de lograrlo con toda la energía posible»25.

En razón de su «relativismo» inherente puede ser casi totalmente dese­ chada la contribución directa del romanticismo al desarrollo del pensamien­ to racial. En el juego anárquico cuyas reglas autorizan a cualquiera y en cual­ quier tiempo a expresar al menos una opinión personal y arbitraria, es cosa natural que cualquier idea concebible acabe siendo formulada y debidamen­ te impresa. Mucho más característica que este caos fue la creencia fundamen-

Por ío que se refiere a la actitud romántica en Alemania, váase Carl Schmitt, Politische Romantik,

Munich, 1925-

25 Mussolini, «Relativismo e Fascismo», en Diuturnet, Milán, 1924. Cita de F. Neumann, Behemoth, pp. 462-463.

EL PENSAMIENTO RACIAL ANTES DEL RACISMO 267

tal en la personalidad como objetivo último en sí mismo. En Alemania, don­ de el conflicto entre la nobleza y la cíase media ascendente jamas se libró en la escena política, la adoración de la personalidad se desarrolló como el único medio de conseguir al menos cierto tipo de emancipación social. La cíase dominante del país mostraba abiertamente su tradicional desprecio por los negocios y su desagrado a asociarse con comerciantes pese a la creciente riqueza y a la importancia de estos últimos; de esta forma no le fue fácil lo­ grar los medios de conseguir cierto tipo de autorrespeto. El clásico Bildungsro-man alemán Wilhelm Meister, en el que el héroe, procedente de la clase me­ dia, es educado por nobles y actores porque el burgués de su propia esfera so­ cial carece de «personalidad», es prueba evidente de lo desesperado de la situación.

Los intelectuales alemanes, aunque apenas promovieron una lucha polí­ tica en favor de la cíase media a la que pertenecían, libraron una áspera y, por desgracia, victoriosa batalla en pro de su estatus social. Incluso quienes habían escrito en defensa de la nobleza sentían que sus propios intereses estaban en juego cuando se trataba del rango social. Y para competir con los derechos y las cualidades de nacimiento formularon el nuevo concepto de la «personali­ dad innata» que había de obtener una aprobación general dentro de la sociedad burguesa. Como el título de heredero de una antigua familia, la «perso­ nalidad innata» se obtenía por el nacimiento y no era adquirida por méritos. De la misma manera que la falta de una historia común para la formación de la nación había sido superada artificialmente por el concepto naturalista del desarrollo orgánico, así, en la esfera social, se suponía que la misma natu­ raleza había proporcionado un título allí donde lo había negado la realidad política. Los escritores liberales pronto alardearon de la «verdadera nobleza» en oposición a los gastados títulos como el de barón que podían ser otorga­ dos y retirados y, por implicación, afirmaron que sus privilegios naturales, como «la fuerza o el genio», no podían deber su origen a ningún hecho humano26.

La vertiente discriminatoria del nuevo concepto social se vio inmediata­ mente afirmada. Durante el largo período de simple antisemitismo social, que introdujo y preparó el descubrimiento del odio al judío como arma polí­ tica, fue la falta de una «personalidad innata», la falta innata de tacto, la falta innata de productividad, la disposición innata para el comercio, lo que sepa­ ró el comportamiento del hombre de negocios judío del de su colega medio.

1(s V¿ase el muy Interésame folleto contra la nobleza, del escritor liberal Buchholz, Untersuchungen ueber den Geburmdel, Berlín, 1807, p. 68: «La verdadera nobleza... no puede ser otorgada o retira-da; porque, como el poder y el genio, se impone por sf misma y existe por sí misma».

IMPERIALISMO

En su febril intento de conseguir algún orgullo propio contra la arrogancia de casta de los Junker, sin atreverse, sin embargo, a pelear con la jefatura política, la burguesía, desde el comienzo, deseaba despreciar no tanto a los estratos inferiores propios como a otros pueblos. El más significativo de tales intentos fue la pequeña obra literaria de Clemens Brentano27, escrita para ser leída en el club ultranacionalista de quienes odiaban a Napoleón y que se reunieron en 1808 bajo el nombre de Die Christlích-Deutsche Tischgesells-chaft. En su complejísimo y agudo estilo, Brentano subraya el contraste entre la «personalidad innata», el individuo genial y el «filisteo», al que identifica inmediatamente con franceses y judíos. Posteriormente la burguesía alemana trataría de atribuir a otros pueblos todas las cualidades que la nobleza despre­ ciaba como típicamente burguesas —primero a ios franceses, más tarde a los ingleses y siempre a los judíos. Y por lo que se refiere a las misteriosas cualida­ des que recibía en el momento de nacer una «personalidad innata», cabe de­ cir que eran exactamente las mismas que se atribuían a sí mismos los auténti­ cos Junker.

Aunque las normas de la nobleza contribuyeron de esta forma a la apari­ ción del pensamiento racial, los mismos Junker apenas hicieron nada por conformar esta mentalidad. El único Junker de este período que desarrolló una teoría política propia, Ludwig von der Marwitz, jamás usó términos raciales. Según él, las naciones se hallaban separadas por el lenguaje — una diferencia espiritual y no física— , y aunque se mostraba violentamente opuesto a la Revolución francesa, hablaba como Robespierre cuando se refería a la posible agresión de una nación contra otra: «Quien pretenda extender sus fronteras deberá ser considerado un traidor desleal a toda la República europea de estados»28. Fue Adam Muelíer quien insistió sobre la pureza de la ascendencia como prueba de nobleza y Haíler quien fue más allá del obvio hecho de que los poderosos dominan a los privados de poder, declarando como ley natural que los débiles deben ser dominados por los fuertes. Desde luego, los nobles aplaudieron entusiasmados cuando supie­ ron que su usurpación del poder no sólo era legal, sino que se hallaba de acuerdo con las leyes naturales, y consecuencia de las definiciones burgue­ sas fue el hecho de que durante el siglo XIX evitaran las mésalliances con más cuidado que nunca23.71

17 Clemens Brentano, Der Philister vor, m und, mch der Geschkhte, 18 11.

«Entwurf eínes Friedenspaktes», en Ludwig von der Marwitz und die Anflínge komervativer Politik undStaatsaujfassung in Preussen, de Gerhard Ramlow, Historhche Studten, fascículo 185, p. 92.

Véase la obra de Sigmund Neumann, Die Stttfen despreusshchen Konservatismus, Historische Stu­ dten, fascículo 190, Berlín, 1930. Especialmente páginas 48, 51, 64 y 82. Para Adam Mueller, véase

Elemente der Staatskunst, 1809.

EL PENSAMIENTO RACIAL ANTES DEL RACISMO 269

La insistencia en el origen tribal común como una esencia de la naciona­ lidad, que formularon los nacionalistas alemanes durante y después de la guerra de 1814, y el énfasis de los románticos en la personalidad innata y en la nobleza natural, prepararon inteíectualmente el camino al pensamiento ra­ cial en Alemania. Del primero procedió la doctrina orgánica de la historia con sus leyes naturales; de la última surgió a finales del siglo el grotesco homúnculo del superhombre cuyo destino natural consiste en dominar al mundo. Mientras estas tendencias se desarrollaron paralelamente, no fueron más que medios temporales de escapar a las realidades políticas. Una vez sol­ dadas, constituyeron la verdadera base para el racismo como una ideología plenamente desarrollada. Pero esto no sucedió primeramente en Alemania, sino en Francia, y no por obra de los intelectuales de la clase media, sino de un noble muy inteligente y frustrado, el conde de Gobineau.

3. La nueva clave de la historia

En 1853, el conde Arthur de Gobineau publicó su Essai sur 1’ÍnégaUté des ra­ ces humaines, que sólo cincuenta años más tarde, hacia el comienzo del nue­ vo siglo, se convertiría en una especie de obra de texto para las teorías racia­ les. La primera frase de esta obra en cuatro volúmenes — «La decadencia de la civilización es el más sorprendente y, al mismo tiempo, el más oscuro d^ to­ dos los fenómenos de la historia»30— indica con claridad el interés esencial­ mente nuevo y moderno de su autor, el nuevo talante pesimista que impreg­ na su obra y que es la fuerza ideológica que fue capaz de unir todos los facto­ res anteriores y todas las opiniones en conflicto. Verdaderamente, desde tiempo inmemorial, la humanidad siempre ha deseado saber tanto como fue­ ra posible en relación con las culturas pasadas, los imperios desaparecidos, los pueblos extinguidos; pero nadie antes de Gobineau pensó en hallar una sola razón, una sola fuerza conforme a la cual, siempre y en todo lugar, surge y de­ cae la civilización. Las doctrinas cíe la decadencia parecen haber tenido una conexión muy íntima con el pensamiento racial. No es ciertamente una coin­ cidencia que otro de los primeros «creyentes en la raza», Benjamin Disraeli, se mostrara igualmente fascinado por la decadencia de las culturas, mientras que por otra parte Hegel, cuya filosofía se ocupaba en gran parte de la ley dialéctica del desarrollo en la historia, nunca se interesó por la aparición y la decadencia de las culturas como tales ni en ley alguna que explicara la muer­ te de las naciones. Gobineau expuso precisamente semejante ley. Sin el dar-

í0 Cita de The Inequality ofHuman Races, traducida por Adrien Coílins, 1915.

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winismo ni ninguna otra teoría evolucionista que le influyera, este historia­ dor se jactó de haber introducido la historia en la familia de las ciencias natu­ rales, de haber detectado la ley natural de la sucesión de los acontecimientos y dé haber reducido todas las manifestaciones espirituales o fenómenos cul­ turales a algo «que por virtud de una ciencia exacta, nuestros ojos pueden ver, nuestros oídos pueden oír, nuestras manos pueden tocar».

El efecto más sorprendente de la teoría, expuesta a mediados del optimis­ ta siglo XIX, es el hecho de que el autor se muestra fascinado por la decaden­ cia de las civilizaciones y apenas interesado en la aparición de éstas. En la época en que escribía el Essai, Gobineau concedió escasa atención al posible uso de su teoría como arma de la política real, y por eso tuvo el valor de ex­ traer las siniestras consecuencias inherentes a su ley de la decadencia. En con­ traste con Spengler, que sólo predijo la decadencia de la cultura occidental, Gobineau previó con precisión «científica» nada menos que la definitiva desaparición del hombre — o, según sus palabras, de la raza humana— de la faz de la tierra. Tras reescribir en cuatro volúmenes la historia humana, con­ cluye: «Puede sentirse la tentación de asignar una duración total de doce a catorce mil años a la dominación humana sobre la tierra, era que está dividi­ da en dos períodos: el primero ya ha pasado y poseía la juventud...; el segun­ do ha comenzado y será testigo del curso decadente hacia la decrepitud».

Se ha observado certeramente que Gobineau, treinta años antes que Nietzsche, se hallaba preocupado con el problema de la décadence31. Existe, sin embargo, la diferencia de que Nietzsche poseía la experiencia básica de la decadencia europea al escribir durante el clímax de este movimiento con Baudelaire en Francia, Swinburne en Inglaterra y Wagner en Alemania, mientras que Gobineau era difícilmente consciente de la variedad del moder­ no taedium vitas y debe ser considerado el último heredero de Boulainví-lüers y de la nobleza exiliada francesa que, sin complicaciones psicológicas, sencillamente (y certeramente) temía por el destino de la aristocracia como casta. Con una cierta ingenuidad aceptó casi literalmente las doctrinas die­ ciochescas acerca del origen del pueblo francés: los burgueses son los descen­ dientes de los esclavos galorromanos, los nobles son germánicos32. Cabe decir lo mismo por lo que se refiere a su insistencia sobre el carácter internacional de la nobleza. Un aspecto más moderno de sus teorías queda revelado en el hecho de que posiblemente fuera un impostor (su título francés era más que dudoso), de que exageró y retorció las antiguas doctrinas hasta tomarlas fran-

3f Véase Róbete Dreyíus, «Lavie et Ies prophéties da Comee de Gobineau», París, 1905, en Cnhiers de la quinzatne, ser, 6, fascículo 16, p. 56.

32 Essai, tomo II, libro IV, p. 445, y el artículo «Ce qui esc arrivé i Ja France en 1870», en Europe,

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EL PENSAMIENTO RACIAL ANTES DEL RACISMO 271

camente ridiculas (reivindicó para sí mismo una genealogía que, a través de un pirata escandinavo, le conducía hasta O din: «Yo soy, también, de la raza de los Dioses»)33. Pero su importancia real estriba en el hecho de que en me­ dio de las ideologías del progreso profetizara la ruina, el final de la humani­ dad, en una lenta catástrofe natural. Guando Gobineau comenzó su obra, en los días del rey burgués Luis Felipe, el destino de la nobleza parecía sellado. La nobleza no tenía que temer la victoria del tiers état, había ocurrido ya y sólo le restaba quejarse. Su angustia, tai como fue expresada por Gobineau, se aproxima a veces a la gran desesperación de los poetas de la decadencia que, unas décadas más tarde, cantaron la fragilidad de todas las cosas humanas, les neiges d'antan, las nieves del pasado. Por lo que al mismo Gobineau se refería, esta afinidad es más que accidental; pero es interesante advertir que, una vez establecida esta afinidad, nada pudo impedir que, a finales de siglo, intelec­ tuales muy respetables, como Robert Dreyfus en Francia o Thomas Mann en Alemania, tomaran a este descendiente de Odín en serio. Mucho antes de que lo horrible y lo ridículo se fusionaran en la mezcla humanamente incom­ prensible que constituye la marca de nuestro siglo, lo ridículo había perdido su poder mortal.

Al talante peculiarmente pesimista, a la activa desesperación de las últi­ mas décadas del siglo, debió también Gobineau su tardía fama. Esto, sin embargo, no significa necesariamente que fuera un precursor de la genera­ ción de la «alegre danza de la muerte y del comercio» (Joseph Conrad). Ni fue un político que creyera en los negocios ni un poeta que cantara a la muer­ te. Fue sólo una curiosa mezcla de noble frustrado y de intelectual romántico que inventó el racismo casi por accidente. Y esto sucedió cuando advirtió que no podía aceptar sencillamente las antiguas doctrinas de dos pueblos dentro de Francia y cuando, en vista de la alteración de las circunstancias, hubo de revisar la vieja fórmula según la cual los mejores hombres se hallan necesaria­ mente en la cumbre de la sociedad. En triste contraste con sus maestros, tuvo que explicar por qué los mejores, los nobles, ni siquiera podían esperar reco­ brar su antigua posición. Paso a paso, identificó la decadencia de su casta con la decadencia de Francia, después con la de la civilización occidental y más tarde con la de toda la humanidad. Así logró ese descubrimiento por el que fue tan admirado por posteriores escritores y biógrafos: el de que la decaden­ cia de las civilizaciones es debida a la degeneración de la raza y la decadencia de la raza es debida a la mezcla de sangres. Esto implica que en cada mezcla la raza inferior es siempre la dominante, Este tipo de argumentación, casi un lugar común a finales de siglo, no encajaba con las doctrinas del progreso de

33 J. Duesberg, «Le Comte cíe Gobineau», en Revue Générak, 1939.

IMPERIALISMO

los contemporáneos de Gobineau, que pronto adquirieron otra icíée ftxe, ía «supervivencia de ios más aptos». El optimismo liberal de ía victoriosa bur­ guesía deseaba una nueva edición de la teoría del derecho de la fuerza y no la clave de la historia ni ía prueba de una inevitable decadencia. Gobineau tra­ tó en vano de obtener una audiencia más amplia, tomando postura en el tema de los esclavos americanos y construyendo convenientemente todo su sistema sobre el conflicto básico entre blancos y negros. Hubieron de pasar casi cincuenta años para que se convirtiera en un éxito entre la élite y sólo en ía Primera Guerra Mundial, con su oleada de filosofías de la muerte, hallaron sus obras una amplia popularidad34.

Lo que Gobineau buscaba realmente en política era ía definición y la creación de una élite que sustituyera a la aristocracia. En lugar de príncipes propuso una «raza de príncipes», los arios, que, según dijo, estaban en peligro de ser avasallados por las clases inferiores no arias a través de la democracia. El concepto de raza hizo posible organizar las «personalidades innatas» del romanticismo alemán, definirlas como miembros de una aristocracia natural destinada a dominar a todas las demás razas. Si ía raza y la mezcla de razas son los factores totalmente determinantes para el individuo — y Gobineau no supuso la existencia de linajes «puros»— , es posible pretender que las superio­ ridades físicas pueden evolucionar en cada individuo, sea cual sea su actual situación social, que cada ser excepcional pertenece a los «auténticos hijos supervivientes de los merovingios», a los «hijos de reyes». Gracias a esta raza, se formaría una élite de individuos que podrían reivindicar las antiguas prerroga­ tivas de las familias feudales y ello sólo afirmando que se sentían nobles; la aceptación de la ideología de raza como tai sería prueba concluyente de que un individuo era de «buen linaje», que la «sangre azul» corría por sus venas y que ún origen superior implicaba derechos superiores. Por eso, de un aconteci­ miento político, la decadencia de la nobleza, el conde extrajo dos consecuencias contradictorias: la decadencia de la raza humana y la formación de una nueva aristocracia. Pero no vivió para ver la aplicación práctica de sus enseñanzas, que resolvió sus inherentes contradicciones; la nueva raza aristocrática comenzó a efectuar la «inevitable» decadencia de la humanidad en un supremo esfuerzo por destruirla.

Véase el número dedicado a Gobineau por ia revista francesa Europe, 1932. Especialmente el artículo de Clément Serpeille de Gobineau, «Le Gobinisme et la pensée moderne». «Sin embargo hasta... mediada la guerra no pensé que el Essai sur les Races estaba inspirado por una hipótesis pro­ ductiva, ia única que podía explicar ciertos acontecimientos que sucedían ante nuestros ojos... Me sorprendió advertir que esta opinión era casi unánimemente compartida. Después de la guerra supe que para casi toda la generación joven las obras de Gobineau se habían convertido en una revela­ ción.»

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Siguiendo el ejemplo de sus precursores, los nobles franceses exiliados, Gobineau vio en su raza-élite no sólo un muro contra la democracia, sino también contra la «monstruosidad de Canaan» del patriotismo35. Y como Francia resultaba ser la «patrie» par excellence porque su gobierno — tanto si era reino, imperio o república— seguía basado en la igualdad esencial de los hombres y como, peor aún, era el único país de su época en el que inclu­ so las personas de piel negra podían disfrutar de los derechos civiles, resulta­ ba natural que Gobineau otorgara su lealtad no al pueblo francés, sino al in­ glés, y más tarde, tras la derrota francesa de 1871, al alemán36. No puede considerarse accidental esta falta de dignidad ni desgraciada coincidencia este oportunismo. El viejo proverbio según el cual nada triunfa como el éxito se aplica a quienes están habituados a mantener opiniones varias y arbitrarias. Los ideólogos que pretenden poseer la clave de la realidad se ven obligados a cambiar y retorcer sus opiniones sobre cuestiones específicas conforme a los últimos acontecimientos y no pueden permitirse jamás hallarse en conflicto con su siempre cambiante deidad, la realidad. Sería absurdo pedir que se mostraran firmes quienes han de justificar cualquier situación determinada con sus propias convicciones.

Debe admitirse que hasta la época en que los nazis, estableciéndose ellos mismos como raza-élite, mostraron francamente su desprecio por todos los pueblos, incluyendo a los alemanes, el racismo francés fue el más consecuen­ te, porque nunca cayó en la debilidad del patriotismo. (Esta actitud no se modificó ni siquiera durante la última guerra; verdaderamente, la essence aryenneyz no era un monopolio de los alemanes, sino más bien de los anglo­ sajones, los suecos y los normandos, pero la nación, el patriotismo y la ley se­ guían siendo considerados como «prejuicios, valores ficticios y nominales»37.) Incluso Taine creyó firmemente en el genio superior de la «nación germáni­ ca»38 y Ernest Renán fue probablemente el primero en oponer los «semitas» a

Essat, tomo II, libro IV, p. 440 y noca de la página 445: «La palabra patrie... recobró su significa­ do sólo cuando se alzó y asumió un papel político el estrato galorromano. Con su triunfo, el patrio­ tismo ha vuelto a ser una virtud».

Véase Seiiliére, op. cit„ tomo I: Le comte de Gobineau et l'Atyanisme historique, p, 32: «En el Essai,

Alemania apenas es germánica, Gran Bretaña es germana en un grado mucho más elevado... Desde luego, Gobineau cambió de manera de pensar, pero bajo la influencia del éxito». Es interesante advertir que, para Seilliére, quien durante sus estudios se convirtió en ardiente seguidor del gobinis-mo — «el clima intelectual al que tendrán que adaptarse probablemente los pulmones del siglo XX»— , el éxito parecía una razón completamente suficiente para que Gobineau revisara repentina­ mente su opinión.

37 Los ejemplos pueden multiplicarse. La cita procede de Imperialismes. Gobinhme en Frunce, de Camile Spiess, París, 1917.

33 - Por lo que se refiere a la posición de Taine, véase «Taine on Race and Genius», de John S. White, en Social Research, febrero de 1943.

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los «arios» en una decisiva division du genre humain, aunque sostuvo que la civilización constituía la gran fuerza superior que destruía las originalidades locales, así como las diferencias raciales originarias39. Toda esta cháchara ra­ cial, que es tan característica de los escritores franceses a partir de 187040, aunque no Rieran racistas en el sentido estricto de la palabra, sigue unas líneas antinacionales y proalemanas.

Si la consecuente tendencia antinacional del gobierno sirvió para equipa­ rar a los enemigos de la democracia francesa y, más tarde, a los de la Tercera República con aliados reales o ficticios más allá de las fronteras de su país, la amalgama específica de los conceptos de raza y de élite equipó a la intelligent­ sia internacional con nuevos e interesantes juguetes psicológicos con los que jugar en el gran patio de la historia. Los fils des rois de Gobineau eran parien­ tes próximos de los héroes, santos, genios y superhombres románticos del si­ glo XIX, todos los cuales difícilmente pueden ocultar su romántico origen germánico. La irresponsabilidad inherente a las opiniones románticas recibió un nuevo estímulo con la mezcla de razas de Gobineau, porque esta mezcla mostraba un acontecimiento histórico del pasado que podía rastrearse en las profundidades del propio ser de cada uno. Esto significaba que podía atri­ buirse un significado histórico a las experiencias internas, que el propio ser de cada uno había quedado convertido en el campo de batalla de la historia. «Desde que he leído el Essai, cada vez que brota un conflicto en las ocultas fuentes de mí ser siento que se libra en mi alma la batalla entre el blanco, el amarillo, el semita y los arios.»41 Por reveladoras que puedan ser estas confe­ siones y otras similares del estado mental de los intelectuales modernos, que son auténticos herederos del romanticismo, sea cual fuere la opinión que mantengan, indican, sin embargo, la inocuidad esencial y la inocencia políti­ ca de personas que probablemente se habrían sentido obligadas a alinearse con cualquier ideología.

4. Los «derechos de los ingleses» contra los derechos de los hombres

Mientras que las semillas deí pensamiento racial alemán fueron plantadas durante las guerras napoleónicas, los comienzos del posterior desarrollo inglés aparecieron durante la Revolución francesa y pueden remontarse al hombre

Según la opinión de Gobineau íos semitas eran una raza bianca híbrida, bastardeada por la mez­ cla con negros. Por lo que se refiere a Renan, véase Histoire générale et Système comparé des langues,

1863, parte I, pp. 4, 503 ypassim. La misma distinción en sus Langues Sémitiques, I, 15.

Esto ha sido muy bien expuesto por Jacques Barzun, op. cit.

Este sorprendente caballero no es otro que el bien conocido escritor e historiador Eíie Faure, «Gobineau et le Problème des Races», en Europe, 1923.

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que la denunció violentamente como la «más sorprendente [crisis] que hasta ahora ha sucedido en el mundo»; Edmund Burke42. Es bien conocida la tre­ menda influencia que ha ejercido su obra no sólo en el pensamiento político inglés, sino también en el alemán. El hecho, sin embargo, debe ser subrayado, en razón de las semejanzas entre el pensamiento racial alemán y el inglés, en contraste con el otro tipo francés. Estas semejanzas proceden del hecho de que ambos países habían derrotado a la Tricolor y por eso mostraban una cierta ten­ dencia a desdeñar las ideas de L Íberté-Ega lité-Fratern i té como invenciones extranjeras. Siendo la desigualdad social la base de la sociedad inglesa, los con­ servadores británicos se sentían un poco incómodos cuando se hablaba de ios «derechos de los hombres». Según las opiniones abiertamente mantenidas por los tories durante el siglo XIX, la desigualdad correspondía al carácter nacional inglés. Disraeli halló «algo mejor en los derechos de los ingleses que en los dere­ chos de los hombres», y para sir james Stephen «pocas cosas en la historia [pare­ cían] tan miserables como el grado en que los franceses se dejaron conducir en tales cuestiones»43. Esta es una de las razones por las que pudieron permitirse desarrollar hasta finales del siglo XIX el pensamiento racial a lo largo de líneas nacionales mientras que en Francia las mismas opiniones mostraron su verda­ dero rostro antinacional desde su propio comienzo.

El argumento principal de Burke contra los «principios abstractos» de la Revolución francesa está contenido en la siguiente frase; «Ha sido política uniforme de nuestra constitución afirmar y asegurar nuestras libertades como una herencia transmitida por nuestros antepasados y que tiene que ser legada a nuestra posteridad; como una propiedad que especialmente pertene­ ce al pueblo de este reino, sin referencia alguna a ningún otro derecho más general o anterior». El concepto de herencia, aplicado a la propia naturaleza de la libertad, fue la base ideológica de la que el nacionalismo inglés recibió su curioso toque de sentimiento racial desde la Revolución francesa. Formu­ lado por un escritor de la cíase medía, significaba la aceptación directa del concepto feudal de la libertad como la suma total de privilegios heredados junto con el título y la tierra. Sin cuestionar los derechos de la clase privile­ giada dentro de la nación inglesa, Burke amplió el principio de estos privi­ legios hasta incluir a todo el pueblo inglés, convirtiéndoío en una especie de nobleza entre las naciones. De aquí extrajo su desprecio por aquellos que veían en sus libertades los derechos de los hombres, derechos que él conside­ ró sólo reivindicables como «derechos de los ingleses».

42 Reflections on the Revolution in France, 1790. Everyman’s Library Edition, Nueva York, p, 8.

4i Liberty, Equality, Fraternity, p. 254. For lo que se refiere a lord Beacons field, v<fae Benjamin Dis­ raeli, Lord George Bentmck, 1852, p. 184.

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El nacionalismo se desarrolló en Inglaterra sin producir serios ataques a las clases feudales. Y ello fue posible porque la clase acomodada inglesa, des­ de el siglo XVII en adelante, y en número siempre creciente, había asimilado a los niveles superiores de la burguesía, de forma tal que, a veces, incluso el ple­ beyo podía llegar a alcanzar la posición de un lord. Mediante este proceso desapareció gran parte de la habitual arrogancia de casta de la nobleza y se creó un considerable sentido de responsabilidad para la nación en conjunto; pero, por el mismo medio, los conceptos y la mentalidad feudales pudieron influir en las ideas políticas de las clases inferiores con mayor facilidad que en otros países. Así, el concepto de herencia fue aceptado casi sin alteración y aplicado a todo el «linaje» británico. La consecuencia de esta asimilación de las normas de la nobleza fue que la modalidad inglesa de pensamiento racial se mostró casi obsesionada por las teorías de la herencia y por su equivalente moderno, la eugenesia.

Desde el momento en que ios pueblos europeos comenzaron a intentar incluir a todos los pueblos de la tierra en su concepción de la humanidad, se mostraron irritados por las grandes diferencias físicas entre ellos mismos y los pueblos que hallaban en otros continentes44. El entusiasmo del siglo XVIII por la diversidad en que podían hallar expresión la naturaleza y la razón huma­ nas, omnipresentes e idénticas, proporcionó una defensa argumenta! más bien débil a la cuestión crucial, es decir, la de sí el principio cristiano de uni­ dad e igualdad de todos los hombres, basado en el hecho de descender todos de una pareja original, podía mantenerse en los corazones de hombres que se enfrentaban con tribus que, hasta donde sabemos, jamás habían hallado por sí mismas una adecuada expresión de la razón humana o de la pasión huma­ na en sus hechos culturales o en sus costumbres populares y que sólo habían desarrollado instituciones humanas a un nivel muy bajo. Este nuevo proble­ ma que apareció en la escena histórica de Europa y América con el conoci­ miento más íntimo de las tribus africanas, había causado ya, especialmente en América y en algunas posesiones británicas, una vuelta a formas de orga­ nización social que se habían considerado definitivamente liquidadas por el cristianismo. Pero ni siquiera la esclavitud, aunque establecida entonces so­ bre una base estrictamente racial, hizo que los pueblos poseedores de esclavos se mostraran conscientes de la raza antes del siglo XIX. A lo largo del siglo XVIII, los propietarios americanos de esclavos consideraban a la esclavitud

En muchos relatos de viajeros del siglo xvilí puede hallarse un significativo aunque moderado eco de esta sorpresa íntima. Voiraire la juzgó suficientemente importante como para concederle una nota especial en su Dktionna'm Philosophique: «Hemos visto, además, cuán diferentes son las razas que habitan este globo y cuán grande tuvo que ser la sorpresa del primer negro y del primer blanco que se encontraron» {artículo Homme).

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como una institución temporal y deseaban aboliría gradualmente. La mayo­ ría de ellos probablemente habría dicho con Jefferson: «Tiemblo cuando pienso que Dios es justo».

En Francia, donde el problema de las tribus negras había sido abordado con el deseo de asimilarlas y educarlas, el gran científico Leclerc de Buffon proporcionó una primera clasificación de las razas que, basada en los pueblos europeos y ordenando a todos los demás por sus diferencias respecto de aqué­ llos, enseñó la igualdad por estricta yuxtaposición45. El siglo XVIII, por usar la admirable y precisa frase de Tocqueville, «creía en la variedad de razas, pero en la unidad de la especie humana»46. En Alemania, Herder se había negado a aplicar la «innoble palabra» de raza a los hombres, e incluso el primer histo­ riador de la cultura de la humanidad que utilizó la clasificación de las espe­ cies, Gustav Klemm47, todavía respetaba la idea de la humanidad como mar­ co general de sus investigaciones.

Pero en América y en Inglaterra, donde las gentes tuvieron que resolver un problema de vida en común tras la abolición de la esclavitud, las cosas fueron considerablemente menos fáciles. Con la excepción de África del Sur — un país que influyó sobre el racismo occidental sólo tras la «disputa por África» en la década de los años ochenta— , estas naciones fueron las primeras en abordar en la política práctica el problema de la raza. La abolición de la esclavitud agu­ dizó los conflictos inherentes en vez de hallar una solución para las serias difi­ cultades que ya existían. Esto fue especialmente cierto en Inglaterra, donde los «derechos de los ingleses» no fueron sustituidos por una nueva orientación política que podía haber declarado los derechos de los hombres. La abolición de la esclavitud en las posesiones británicas en 1834 y la discusión que prece­ dió a la guerra civil americana hallaron por eso en Inglaterra una opinión pública considerablemente confusa que fue terreno fértil para las diferentes doctrinas naturalistas que surgieron en aquellas décadas.

La primera de tales doctrinas estaba representada por los poligenistas, quienes, desafiando a la Biblia como libro de mentiras piadosas, negaron que existiera relación alguna entre las «razas» humanas; su logro principal fue la destrucción de la idea de la ley natural como nexo de unión entre todos los hombres y todos Tos pueblos. Aunque no afirmaba una predestinada superio­ ridad racial, el poligenismo aisló entre sí a todos los pueblos mediante el pro­ fundo abismo de la imposibilidad física de la comprensión y de la comunica­ ción humanas. El poligenismo explica por qué el «este es el este y el oeste

Histoire Naturelle, 1769-1789.

Op, cit„ carta de 15 de mayo de 1852.

Allgemeine Kulturgeschichte der Menschheit, 1843-1852.

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es eí oeste, y nunca se reunirán las dos partes», y contribuyó considerable­ mente a impedir los matrimonios mixtos en las colonias y a promover la dis­ criminación contra los individuos de origen mixto. Conforme al pofigenis-mo, tales personas no son verdaderos seres humanos; no pertenecen a una sola raza, sino que son un tipo de monstruos en los que «cada célula es teatro de una guerra civil»48.

Por duradera que a la larga resultara ser la influencia del poligenismo en el pensamiento racial inglés, durante el siglo XIX fue pronto derrotada en el campo de la opinión pública por otra doctrina. Esta doctrina partía también del principio de la herencia, pero añadía el principio político del siglo XIX, el progreso, de donde llegó a la conclusión opuesta, pero mucho más convin­ cente, de que eí hombre está emparentado no sólo con el hombre, sino tam­ bién con la vida animal, y de que la existencia de razas inferiores muestra cla­ ramente que sólo diferencias graduales separan al hombre de la bestia y que una poderosa lucha por la existencia domina a todos los seres vivientes. El darwinismo se vio especialmente reforzado por el hecho de que siguió el sen­ dero de la antigua doctrina del derecho de la fuerza. Pero mientras que esta doctrina, cuando fue utilizada exclusivamente por aristócratas, empleó el orgulloso lenguaje de la conquista, ahora se traducía en el lenguaje más bien amargo de quienes habían conocido la lucha cotidiana por la supervivencia y se habían abierto camino hasta la relativa seguridad de los advenedizos.

El darwinismo conoció un éxito tan abrumador porque proporcionó, so­ bre la base de la herencia, las armas ideológicas para la dominación racial tan­ to como para la clasista, y porque pudo ser empleado tanto a favor como én contra de la discriminación racial. Políticamente hablando, el darwinismo como tal era neutral y ha conducido tanto a todo tipo de pacifismo y cosmo­ politismo como a las más agudas formas de ideología imperialista49. En las décadas de los años setenta y ochenta del siglo pasado el darwinismo estaba en Inglaterra casi exclusivamente en las manos del partido utilitarista y anticolonial, y el primer filósofo de la evolución, Herbert Spencer, que consideraba la socio­ logía como una parte de la biología, -creía que la selección natural beneficiaba a la evolución de la humanidad y determinaría una paz perpetua. Eí darwinismo ofreció dos importantes conceptos para la discusión política: la lucha por la exis­ tencia, con la afirmación optimista sobre la necesaria y automática «superviven­ cia de los más aptos», y las posibilidades indefinidas que parecían existir en- la evolución del hombre a partir de la vida animal y que iniciaron la nueva «cien­ cia» de la eugenesia.3

i3- A. Carthill, The Lost Dominion, 1924, p. 158.

Vease, de Friedrich Brie, Imperialistische Strömungen in der englischen Literatur, Halle, 1928.

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La doctrina de la necesaria supervivencia de los más aptos, con su impli­ cación de que las capas superiores de la sociedad son eventuaímente las «más aptas», se extinguió como se extinguió la doctrina de la conquista, es decir, en el momento en que las clases dominantes de Inglaterra o de dominación inglesa en las posesiones coloniales ya no se sintieron absolutamente seguras y cuando se tornó considerablemente dudoso el que los «más aptos» de entonces fueran a ser los más aptos del futuro. La otra parte del darwinismo, la genealogía del hombre a partir de la vida animal, sobrevivió por desgracia. La eugenesia prometía superar las perturbadoras incertidumbres de la super­ vivencia según las cuales era imposible predecir quién resultaría ser el más apto o proporcionar los medios para que las naciones llegaran a desarrollar una aptitud permanente. Esta posible consecuencia de la aplicación de la eugenesia fue subrayada en Alemania durante la década de los años veinte como reacción a La decadencia de Occidente, de Spengler50. El proceso de selección sólo tuvo que pasar de ser una necesidad natural que actuaba a espaldas de los hombres a una herramienta «artificial» y física consciente­ mente aplicada. La bestialidad ha sido siempre algo inherente a la eugenesia y resulta completamente característica la temprana observación de Haeckeí según la cual la muerte por piedad ahorraría «gastos inútiles a la familia y aí estado»51. Finalmente, los últimos discípulos del darwinismo en Alemania decidieron abandonar el campo de la investigación científica y olvidar la bús­ queda del eslabón perdido entre el hombre y el mono e iniciar, en lugar de eso, esfuerzos prácticos para convertir al hombre en lo que los darwinistas consideraban un mono.

Pero antes de que el nazismo, en la carrera de su política totalitaria, trata­ ra de trocar al hombre en bestia, existieron numerosos esfuerzos para trans­ formarle en dios sobre una base estrictamente hereditaria52. No sólo Herbert Spencer, sino todos los primeros evolucionistas y darwinistas, «poseían una fe

Véase, por ejemplo, Otro Bangert, Goldoder Blut, 1927. «Por eso puede ser eterna una civiliza­ ción», p. 17.

En Lebenswünder, 1904, pp. 128 y ss.

Casi un siglo antes de que el evolucionismo proporcionara el pretexto científico, voces de adver­ tencia previeron las consecuencias inherentes a una locura que se hallaba entonces simplemente en su fase de pura imaginación. Voltaire había jugado más de una vez con las opiniones evolucionistas, véase principalmente «Philosophie Générale: Métaphysique, Morale et Théologie», Oeuvres Complè­ tes, 1785, tomo 40, pp. 16 y ss. En su Dictionnaire Philosophique, artículo «Chaîne de êtres créés», escribió: «Al principio, nuestra imaginación se siente atraída por la transición imperceptible de la materia cruda a la materia organizada, de las plantas a los zoofitos, de estos zoofitos a los animales, de éstos al hombre, del hombre a los espíritus, de estos espíritus revestidos de un pequeño cuerpo aé­ reo a la sustancias inmateriales; y... al mismo Dios. Pero ¿puede llegar a ser Dios el espíritu más per­ fecto creado por el Ser Supremo? ¿No existe alguna infinitud entre Dios y él?... ¿No existe obviamen­ te un vacío entre el mono y el hombre?».

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tan íherte en el futuro angelical de la humanidad como en el origen simiesco del hombre»53. La herencia selecta se estimaba resultado del «genio heredita­ rio»54 y, una vez más, se consideró a la aristocracia como resultado natural, no de la política, sino de la selección natural, del linaje puro. La transformación de toda la nación en una aristocracia natural de la que los ejemplares más selectos evolucionarían hasta ser genios y superhombres fue una de las mu­ chas «ideas» concebidas por los frustrados intelectuales liberales en sus sueños de reemplazar a la antigua clase dominante por una nueva élite mediante recursos no políticos. A finales del siglo los escritores abordaban corriente­ mente los temas políticos en términos de biología y zoología, y zoólogos hubo que escribieron «Perspectivas biológicas de nuestra política exterior», como si hubieran descubierto una guía infalible para los políticos55. Todos ellos ofrecieron nuevos medios de controlar y regular la «supervivencia de los más aptos» conforme con los intereses nacionales del pueblo inglés56.

El aspecto más peligroso de estas doctrinas evolucionistas estriba en que combinaban este concepto de la herencia con la insistencia en el logro perso­ nal y en el carácter individual que tan importante había resultado para el res­

Hayes, op. cit., p. II . Hayes destaca certeramente fa fuerte moralidad práctica de estos primeros materialistas. Explica «este curioso divorcio entre las morales y las creencias» por «lo que sociólogos posteriores han denominado un retraso en eí tiempo» (p. 130). Esta explicación, sin embargo, pare­ ce más débil si uno recuerda que otros materialistas que, como Hackef, en Alemania, o Vacher de Lapouge, en Francia, habían abandonado la calma de sus estudios e investigaciones para consagrarse a actividades propagandísticas, no experimentaron ese retraso en eí tiempo; que, por otra parte, sus contemporáneos que no se hallaban teñidos por sus doctrinas materialistas, como Barras y compa­ ñía, en Francia, fueron muy prácticos seguidores de la perversa brutalidad que barrió a Francia durante el affaire Dreyfus. El repentino declive de la moral en el mundo occidental parece menos provocado por un desarrollo autónomo de ciertas «ideas» que por una serie de nuevos acontecimien­ tos políticos y por nuevos problemas políticos y sociales con los que se enfrentó la humanidad sor­ prendida y confundida.

Tal fue el título de un muy leído libro de Fr. Galton, publicado en 1869 y que provocó una olea­ da de literatura sobre el mismo tema en las siguientes décadas.

55 «A Biológica! View of Our Foreign Policy» fue publicado por P. Charles Michei en Saturday Re-vieto, Londres, febrero de 1896. Los trabajos más importantes de este género son: The Struggle for Edstence in Human Society, 1888, de Thomas Huxley. Su tesis principal: La decadencia de la civili­ zación es necesaria sólo mientras continúe incontrolada la tasa de natalidad. Social Evohttíon, de Benjamín Kídd, 1894. History o fInteliectnal Development on the Lines ofModern Evolution, de John B. Crozier, 1897-1901. Karl Pearson (National Life, 1901), profesor de eugenesia en la Universidad de Londres, fue uno de los primeros en describir el progreso como una especie de monstruo impersonal que devora todo lo que se encuentra en su camino. Charles H . Harvey, The Biology o f British Politics, 1904, afirma que mediante un estricto control de la «lucha por la vida» dentro de la nación, una nación puede llegar a ser todopoderosa en la inevitable lucha por la existencia con­ tra otros pueblos.

56 Véase especialmente K. Pearson, op, cit. Pero Fr. Galton ya había declarado; «Deseo recalcar el he­ cho de que está ampliamente en nuestras manos el perfeccionamiento de las dotes naturales de las generaciones futuras de la raza humana» (op. cit., ed. 1892, p. xxvi).

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peto por sí misma de la cíase media del siglo XIX. Esta clase media deseaba que los científicos pudieran probar que los grandes hombres, no los aristócra­ tas, eran los verdaderos representantes de la nación, en aquellos en quienes se hallaba personificado el «genio de la raza». Tales científicos proporcionaron un escape ideal a la responsabilidad política cuando «demostraron» la tem­ prana declaración de Benjamín Disraelí, según la cual el gran hombre es la «personificación de la raza, su ejemplar selecto». El desarrollo de este «genio» halló su lógica final cuando otro discípulo del evolucionismo declaró senci­ llamente: «El inglés es el capataz y la historia de Inglaterra es la historia de su evolución»57.

Tan significativo como fue que el pensamiento racial inglés, al igual que el alemán, se originara entre los pensadores de la clase media y no de la nobleza es que naciera del deseo de extender los beneficios de las reglas de la nobleza a todas las clases y que se nutriera de auténticos sentimientos nacionales. A este respecto las ideas de Carlyle sobre el genio y el héroe fue­ ron realmente más las armas de un «reformador social» que las doctrinas del «Padre del imperialismo británico», acusación por lo demás muy injusta53. Su adoración del héroe, que le ganó una amplia audiencia tanto en Inglaterra como en Alemania, tuvo las mismas fuentes que la adoración de la personali­ dad del romanticismo alemán. Fue la misma afirmación y glorificación de la grandeza innata del carácter individual independiente de su entorno social. Entre los hombres que influyeron en el movimiento colonial desde mediados del XIX hasta el estallido del imperialismo a finales del siglo, nadie escapó a la influencia de Carlyle, pero ninguno puede ser acusado de haber predicado un manifiesto racismo. El mismo Carlyle, en su ensayo sobre la «Cuestión ne­ gra», se preocupó de los medios para ayudar a las Indias Occidentales a produ­ cir «héroes». Charles Dilke, cuya Gveater Britain (1869) es a veces considerada como el comienzo del imperialismo59, fue un radical avanzado que glorificó a los colonialistas ingleses como parte de la nación británica, frente a quienes les despreciaban a ellos y a sus tierras como simples colonias. J. R. Seeley, de cuya Expansión ofEngland (1883) se vendieron 80.000 ejemplares en menos de dos años, todavía respeta a los hindúes como a un pueblo extranjero y íes distingue claramente de los «bárbaros». Incluso Froude, cuya admiración por los bóers, ese pueblo blanco que fue el primero en convertirse abiertamente a la filosofía tribal del racismo, puede parecer sospechosa, se opuso a la conce­ sión de derechos excesivos a Sudáfrica, porque el «autogobierno en África del

í7 Testament ofJohn Dnvidson, 1908.

5S C. A. Bodelsen, Studies in Mid- Victorian Imperialism, 1924, pp. 22 y ss.

E. H, Damce, The Victorian Muñón, 1928: «El imperialismo empezó con un libro... Greater Bri­ tain, de Dilke'*.

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Sur significa ei gobierno de los nativos por colonos europeos y eso no es auto­ gobierno»60.

Tanto como en Alemania, el nacionalismo inglés nació y fue estimulado por una clase media que nunca llegó a emanciparse enteramente de la noble­ za y que por eso aportó los primeros gérmenes del pensamiento racial. Pero, a diferencia de Alemania, cuya falta de unidad bacía necesaria una barrera ideológica para reemplazar a hechos históricos y geográficos, las Islas Británi­ cas se hallaban completamente separadas del mundo que las rodeaba por unas fronteras naturales e Inglaterra, como nación, tenía que concebir una teoría de unidad entre pueblos que vivían en lejanas colonias más allá de los mares, separadas por miles de millas de la madre patria. El único lazo entre ellas era una ascendencia común, un origen común, un lenguaje común. La separación de los Estados Unidos había demostrado que en sí mismos tales nexos no garantizaban la dominación; y no sólo América, también otras colonias, aunque no con la misma violencia, mostraban fuertes tendencias hacia ei desarrollo según líneas constitucionales diferentes de las de la madre patria. Para conservar a estos antiguos súbditos británicos, Dilke, influido por Carlyíe, habló del «Saxondom», del área geográfica de los sajones, un tér­ mino que parecía capaz de recuperar incluso al pueblo de los Estados Unidos, al que está dedicada una tercera parte de su libro. Siendo un radical, Dilke podía actuar como si la guerra de la independencia americana no hubiese sido una guerra entre dos naciones, sino el tipo inglés de guerra civil deí siglo XVIII, en la que él se alineaba tardíamente con los republicanos. Porque allí se halla una de las razones del sorprendente hecho de que los reformadores sociales y los radicales fueran los promotores del nacionalismo en Inglaterra; deseaban conservar las colonias no sólo porque consideraban que eran esca­ pes necesarios para las clases inferiores, sino porque deseaban retener la influencia que sobre la madre patria ejercían estos hijos más radicales de las Islas Británicas. Este motivo es tan fuerte en Froude que quería «conservar las colonias porque creía posible reproducir en ellas un estado más sencillo de la sociedad y un más noble estilo de vida deí que era posible en la Ingla­ terra industrial»6*, y tuvo un definido impacto en la Expansión ofEngiand, de Seeley; «Cuando nos hayamos acostumbrado a contemplar unido a todo el Imperio y llamemos a todo Inglaterra, veremos que hay también unos Estados Unidos». Sea cual fuere la intención con la que hayan utilizado el término «Saxondom» posteriores escritores políticos, en la obra de Dilke po ­ see un genuino significado político para una nación que ya no se mantenía

«Two Lectures on South Africa», en ShortStudies on GreatSubjects, 1867-1882. <5t C. A. Bodelsen, op. cít, p. 199.

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unida por ios límites de un país. «La idea que a ío largo de todos mis viajes ha sido mi compañera y mi guía — la clave para desvelar las cosas ocultas de tie­ rras nuevas y extrañas— es la concepción... de la grandeza de nuestra raza que ya ciñe a la tierra, que está destinada quizás, finalmente, a dispersarse por toda ella» (Prólogo). Para Diike, el origen común, la herencia, la «grandeza de la raza» no eran ni hechos físicos ni la clave de la historia, sino una guía muy necesaria en el mundo actual, el único nexo fiable en un espacio sin límites.

Como los colonos ingleses se habían extendido por toda la tierra, el más peligroso concepto del nacionalismo, la idea de una «misión nacional», cobró una fuerza especial. Aunque la misión nacional se desarrolló como tal, des­ provista de influencias raciales, en todos los países que aspiraban a la nacio­ nalidad, resultó poseer al final una afinidad especialmente próxima al pensa­ miento racial. Los ya citados nacionalistas ingleses pueden ser considerados casos limítrofes a la luz de la experiencia ulterior. En sí mismos, no eran más peligrosos que Augusto Comte en Francia cuando expresaba, por ejemplo, la esperanza en una humanidad unida, organizada y reorganizada bajo la jefatu­ ra —présidence—- de Francia62. No renunciaban a la idea de la humanidad, aunque consideraban que Inglaterra era la garantía suprema de la humani­ dad. No podían aligerar, sino reforzar este concepto nacionalista en razón de la inherente disolución del nexo entre tierra y pueblo implicado en la idea de misión, una disolución que para la política inglesa no era una ideología difundida, sino un hecho establecido que tenía que aceptar cada político. Lo que íes separa claramente de los racistas posteriores es que ninguno de ellos se hallaba seriamente preocupado con la discriminación de otros pueblos como razas inferiores, aunque ello fuera así porque los países a los que se referían, Canadá y Australia, se hallaban casi vacíos y no tenían un serio problema de población.

Por eso no es accidental que el primer político inglés que subrayó repeti­ damente su creencia en las razas y en la superioridad racial como factor deter­ minante de la historia y de la política fuera un hombre que, sin interés parti­ cular en las colonias y en los colonos ingleses — «el peso muerto colonial que no gobernamos»^-, deseaba extender a Asia el poder imperial británico y que, desde luego, reforzó considerablemente la posición de Gran Bretaña en la única colonia con un grave problema demográfico y cultural. Fue Ben­ jamín Disraeü quien hizo a la reina de Inglaterra emperatriz de la India; fue el primer político inglés que consideró a la India como la piedra angular de un imperio y que deseó cortar los lazos que unían al pueblo inglés con las

6i En su Discours sur l'ensemble dupositivismo, 1848, pp. 384 y ss.

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naciones del continente63. Así colocó la base para un cambio fundamental en la dominación británica de la India. Esta colonia había sido gobernada a tra­ vés de la insensibilidad habitual de los conquistadores —los hombres a quie­ nes Burke había denominado «los violadores de la ley en la India». Ahora te­ nía que recibir una Administración cuidadosamente planificada que se orien­ taba hacia el establecimiento de un gobierno permanente mediante medidas administrativas. Este experimento había llevado a Inglaterra muy cerca del peligro que había previsto Burke, el de que ios «violadores de la ley en la In­ dia» pudieran convertirse en «los legisladores de Inglaterra*»64. Porque aque­ llos para quienes «no existe transacción alguna en la historia de Inglaterra de la que podamos sentirnos más justamente orgullosos... que el establecimien­ to del Imperio de la India» consideraban que la libertad y la igualdad eran «unos títulos demasiado grandes para algo tan pequeño»65.

La política introducida por Disraeíi significó el establecimiento de una casta exclusiva en un país extranjero cuya única función era la dominación y no la colonización. El racismo sería, desde luego, una herramienta indispen­ sable para el logro de esta concepción que Disraeíi no llegó a ver realizada. Anunciaba la amenazadora transformación del pueblo de una nación en una «raza sin mezcla con una organización de primera clase» que se consi­ deraba «la aristocracia de la naturaleza» — por repetir las propias palabras de Disraeíi ya citadas66.

Lo que hemos observado es la historia de una opinión, en la que sólo ahora vemos, tras todas las terribles experiencias de nuestra época, el primer ama­ necer del racismo. Pero aunque el racismo haya revivido elementos del pen­ samiento racial en cada país, lo que nos interesa no es la historia de una idea dotada de una «lógica inmanente». El pensamiento racial fue origen de argu­ mentos convenientes para diversos conflictos políticos, pero nunca poseyó

«Deberíamos ejercer poder e influencia en Asia; y en consecuencia, en Europa occidental» (W. F. Monypenny y G. E. Buckle, The Life ofBenjamín Disraeíi, Earl of Beaconsfield, Nueva York, 1929, II, 210). «Pero si Europa por su miopía cae en un estado de inferioridad y postración, para Inglate­ rra seguirá existiendo un ilustre futuro» (¡bfd. I, libro IV, cap. 2). Porque «Inglaterra ya no es una simple potencia europea... es realmente una potencia más asiática que europea» (ibíd. II, p, 201).

Burke, op, cit., pp. 42-43: «El poder de la Cámara de los Comunes... es, desde luego, grande; y podrá preservar su grandeza largo tiempo... y así lo hará mientras consiga evitar que el violador de la ley en la India pueda convertirse en legislador para Inglaterra».

Sir James F, Stephen, op. cit., p. 253 y passim; véanse también sus «Foundations of the Govern­ ment of India», 1883, en The Nmeteenth Centura LXXX.

66 Por lo que se refiere al racismo de Disraeíi, cotéjese el capítulo 3 de la primera parte El antisemi­

tismo.

EL PENSAMIENTO RACIAL ANTES DEL RACISMO 285

monopolio alguno sobre la vida política de las respectivas naciones; agudizó

explotó los intereses en conflicto que existían o los problemas políticos exis­ tentes, pero nunca creó nuevos conflictos o produjo nuevas categorías de pensamiento político. El racismo surgió de experiencias y de teorías políticas que eran todavía desconocidas y resultaban profundamente extrañas incluso a tan ardientes defensores de la «raza» como Gobineau o Disraeli. Existe un abismo entre los hombres de concepciones brillantes y fáciles y los hombres de hechos brutales y de bestialidad activa, abismo que no puede colmar nin­ guna explicación intelectual. Es probable que el pensamiento en términos de la raza habría desaparecido a su debido tiempo, junto con otras opiniones irresponsables del siglo X IX , si la «disputa por Africa» y la nueva era del impe­ rialismo no hubieran expuesto a la humanidad occidental a nuevas y más horribles experiencias. El imperialismo habría necesitado la invención del racismo como la única «explicación» posible y la única excusa por sus he­ chos, aunque no hubiera existido nunca el pensamiento racial en el mundo civilizado.

Dado que, empero, sí existió el pensamiento racial, demostró ser una poderosa ayuda para el racismo. La propia existencia de una opinión que po­ día jactarse de una cierta tradición sirvió para ocultar las fuerzas destructoras de la nueva doctrina que, sin esta apariencia de respetabilidad nacional o la aparente sanción de la tradición, podría haber revelado su profunda incom­ patibilidad con todas las antiguas normas políticas y morales de Occidente, antes de que se le permitiera destruir la comunidad de naciones europeas.

CAPÍTULO 7

RAZA Y BUROCRACIA

Durante las primeras décadas del imperialismo se descubrieron dos nuevos medios para la organización y la dominación de pueblos extranjeros. Uno fue la raza como principio deí cuerpo político y el otro, la burocracia, como prin­ cipio de la dominación exterior. Sin la raza como sustitutivo de la nación, la disputa por Africa y la fiebre inversionista no habrían sido otra cosa que la fú­ til «danza de la muerte y deí comercio» (Joseph Contad) de todas las fiebres del oro. Sin la burocracia, como sustitutivo del gobierno, la posesión británi­ ca de la India habría quedado abandonada a la temeridad de los «violadores de la ley en la India» (Burke) sin cambiar el clima político de toda una era.

Ambos descubrimientos fueron realizados en el continente negro. La raza fue la explicación de urgencia para seres humanos a los que ningún hombre europeo o civilizado podía comprender y cuya humanidad tanto asustaba y humillaba a los emigrantes que ya no se preocupaban de pertenecer a la mis­ ma especie humana. La raza fue la respuesta de los bóers a la abrumadora monstruosidad de África — todo un continente poblado y superpoblado por salvajes— , una explicación a la locura que se apoderó de ellos y íes iluminó como «un relámpago en un cielo sereno: Exterminad a todos los brutos»1.

1 Joseph Conrád, «Heart of Darkness», en Youth and Other Tales, es eí trabajo más ilustrativo acerca de la experiencia racial en Africa.

RAZA Y BUROCRACIA 287

Esta respuesta determinó las más terribles matanzas de la historia reciente, el exterminio de las tribus de hotentotes por los bóers, los salvajes crímenes de Cari Peters en el Africa alemana del sudeste, la masacre de la pacífica pobla­ ción del Congo: de 20 a 40 millones reducidos a ocho millones; y, finalmen­ te, quizás lo peor de todo, determinó la triunfal introducción de semejantes medios de pacificación en la política exterior ordinaria y respetable. Ningún jefe de estado civilizado habría pronunciado anteriormente la arenga de Gui­ llermo II al contingente expedicionario alemán contra la insurrección de los bóxers en 1900: «De la misma manera que los hunos hace mil años, bajo el mando de Atila, lograron una reputación gracias a la cual todavía viven en la historia, el nombre alemán tiene que llegar a conocerse de tal manera en Chi­ na que ni un solo chino se atreva siquiera a mirar de soslayo a un alemán»2.

Mientras que la raza, tanto si era una ideología de fabricación doméstica en Europa como una explicación de urgencia a terribles experiencias, atrajo siempre a los peores elementos de la civilización occidental, la burocracia atrajo primero a los mejores y a veces más clarividentes estratos de la intelli-gentsia europea. El administrador que gobernaba mediante informes3 y decretos en un sigilo más hostil que el de cualquier déspota oriental surgía de una tradición de disciplina militar entre hombres implacables y proscritos; durante largo tiempo había vivido según los honestos, fervorosos y juveniles ideales de un moderno caballero de brillante armadura, enviado para prote­ ger a pueblos inermes y primitivos. Cumplió su tarea, mejor o peor, mientras se movió en un mundo dominado por la antigua «trinidad guerra-comercio-piratería» (Goethe), y no en el complicado juego de la política de inversión a largo plazo que exigía la dominación de un pueblo no como antes por sus propias riquezas, sino por las riquezas de otro país. La burocracia era la orga­ nización del gran juego de la expansión en el que cada área era considerada un escalón de inversiones ulteriores y cada pueblo un instrumento para una conquista ulterior.

Aunque al final el racismo y la burocracia demostraron hallarse interreía-cionados en muchos aspectos, fueron descubiertos y se desarrollaron inde­ pendientemente. Nadie que de una forma o de otra estuviera implicado en su perfeccionamiento' llegó a comprender toda la gama de potencialidades de1

1 Cita de Carlon j, Hayes, A Gemratmi ofMaterialism, Nueva York, 1941, p. 338. Un caso aún peor es, desde luego, el de Leopoldo II de Bélgica, responsable de las más negras páginas de la histo­ ria de Africa. «Había sólo un hombre que pudiera ser acusado de los ultrajes que redujeron la pobla­ ción nativa [del Congo] de entre 20 a 40 millones, en 1890, a 8.500.000, en 1911, Leopoldo II.» Véase la obra de Selwyn James, South ofthe Congo, Nueva York, 1943, p. 305.

Véase la descripción que hace A. Carrhill del «sistema indio de gobierno medíante informes» en

The Lost Dominion, í 924, p. 70.

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acumulación de poder y de destrucción que por sí sola proporcionaba esta combinación. Lord Cromer, que en Egipto pasó de ser un ordinario encarga-do de negocios británico a actuar como un burócrata imperialista, no habría soñado con combinar la administración con la matanza («matanzas adminis­ trativas», como llanamente las denominó Carthilí cuarenta años más tarde), de la misma manera que los fanáticos racistas de Sudáfrica no pensaron en organizar matanzas con objeto de establecer una comunidad política circuns­ crita y racional (como hicieron los nazis en los campos de exterminio).

1. El mundo fantasmal del continente negro

Hasta finales del siglo pasado las empresas coloniales de los pueblos marítimos europeos produjeron dos relevantes logros: en los territorios recientemente des­ cubiertos y escasamente poblados, la fundación de colonias que adoptaron las instituciones legales y políticas de la madre patria; y en países bien conocidos aunque exóticos, entre pueblos extranjeros, el establecimiento de bases marítimas y comerciales cuya función era facilitar el nunca muy pacífico intercambio de los tesoros del mundo. La colonización se desarrolló en América y en Australia, los dos continentes que, sin una cultura y una historia propias, habían caído en ma­ nos de los europeos. Las bases comerciales fueron características de Asia, donde durante siglos los europeos no habían mostrado ambición de dominio perma­ nente o intenciones de conquista, matanza de la población nativa y estableci­ miento permanente4. Ambas formas de empresa ultramarina evolucionaron en un largo y firme proceso que se extendió a lo largo de casi cuatro siglos durante los cuales las colonias alcanzaron gradualmente la independencia y las posesiones de las bases comerciales pasaron de unas naciones a otras según su debilidad o fuerza relativas en Europa.

El único continente que Europa no tocó en el curso de su historia colonial fue el continente negro de Africa. Sus costas septentrionales, pobladas por pue­ blos y tribus árabes, eran bien conocidas y habían pertenecido de una forma u otra a la esfera europea de influencia desde los días de la Antigüedad. Demasiado pobladas para atraer colonos y demasiado pobres para ser explotadas, estas regio­

Es importante tener en cuenta que la colonización cíe América y Australia fue acompañada de períodos relativamente cortos de liquidación cruel por obra de la debilidad numérica de los nativos, mientras que «para la comprensión de la génesis de la moderna sociedad sudafricana es de la mayor importancia saber que la tierra situada más allá de las lindes de El Cabo no eran fas extensiones abier­ tas que se extendían ante el intruso en Australia. Era ya área de colonización, de colonización acome­ tida por una población bantú». Véase A History ofSouth Africa, de C. W de Kiewiet, Oxford, 1941,

RAZA Y BUROCRACIA 289

nes sufrieron todo tipo de dominación extranjera y de anárquico abandono, pero, tras la decadencia del Imperio egipcio y la destrucción de Cartago, jamás lograron una auténtica independencia ni una organización política estable. Los países europeos, es cierto, trataron una y otra vez de ir más allá del Mediterráneo para imponer su dominio en tierras árabes y su cristianismo a los pueblos musul­ manes, pero, jamás intentaron considerar a los territorios de Africa del Norte como posesiones de ultramar. Al contrario, frecuentemente aspiraron a incorpo­ rarlas a las respectivas madres patrias. Esta antigua tradición, todavía seguida en tiempos recientes por Italia y Francia, quedó rota en la década de los años ochen­ ta cuando Inglaterra acudió a Egipto para proteger el Canal de Suez sin intención alguna de conquista o incorporación. La realidad no es que Egipto resultara inconveniente, sino que Inglaterra (una nación que carece de costas en el Medi­ terráneo) no podía haberse interesado por Egipto como tal, sino que sólo lo nece­ sitaba porque existían tesoros en la India.

Mientras que el imperialismo hizo que Egipto pasara de ser un país oca­ sionalmente codiciado a base militar en el camino de la India y escalón para una expansión ulterior, en Africa del Sur sucedió exactamente lo opuesto. Como desde el siglo XVII la significación del Cabo de Buena Esperanza había dependido de la India, centro de la riqueza, una nación, cualquier nación, que estableciera bases comerciales en la India, precisaba de una base maríti­ ma en El Cabo, que era abandonada cada vez que se liquidaba el comercio con la India. A finales del siglo XVIH, la Compañía Británica de las Indias Orientales derrotó a Portugal, Holanda y Francia y ganó un monopolio comercial en la India; la ocupación de Africa del Sur fue la consecuencia natural de esta victoria. SÍ el imperialismo hubiese continuado simplemente los antiguos usos del comercio colonial (que con tanta frecuencia se confun­ den con el imperialismo), Inglaterra habría liquidado su posición en Africa del Sur con la apertura del Canal de Suez en 18695. Aunque Sudáfríca per­ tenece ahora a la Commonweaith*, fue siempre diferente de los demás domi­ nios: faltaban la fertilidad y la dispersión de la población, requisitos principa­ les para un establecimiento definitivo, y a comienzos del siglo XIX resultó un fracaso el intento de instalar en el territorio a 5.000 ingleses sin empleo. No sólo la evitaron consistentemente las corrientes de emigrantes que procedían de las Islas Británicas durante el siglo XIX, sino que Africa del Sur es el único dominio del que en los últimos tiempos ha tornado a Inglaterra una firme

«En fecha tan tardía como 1884, el gobierno británico todavía deseaba disminuir su autoridad e influencia en Africa del Sur» {De Kiewiet, op. át„ p. 113).

* En 1961 y ante la oposición de diferentes jefes de gobierno de países de la Comnionwealth, el entonces primer ministro sudafricano, Hendrik F. Verwoerd, retiró la solictiud de readmisión en ese mismo organismo. (N. del T.)

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corriente de emigrantes6. Sudáfrica, que ilegó a ser eí «campo de cultivo dei imperialismo» (Damce), no fue jamás reivindicada por los más radicales defensores del «Saxondom» ni figuró en las visiones de sus más románticos soñadores de un imperio asiático. Esto muestra en sí mismo cuán pequeña fue la influencia real de la empresa colonial preimperialista y de la coloniza­ ción ultramarina en el desarrollo del mismo imperialismo. Si la colonia de El Cabo hubiera quedado dentro deí marco de la política preimperialista, ha­ bría sido abandonada precisamente en el mismo momento en que realmente llegó a ser absolutamente importante.

Aunque los descubrimientos de las minas de oro y de los campos dia­ mantíferos en las décadas de ios setenta y de los ochenta del pasado siglo ha­ brían tenido escasas consecuencias por sí mismos si no hubiesen actuado como agente catalítico de las fuerzas imperialistas, es interesante que la pre­ tensión de ios imperialistas de haber hallado una solución permanente al problema de la superfluidad fue inicialmente motivada por una carrera en pos de la más superflua de las materias primas de la tierra. El oro difícilmen­ te tiene un lugar en la producción humana y carece de importancia compara­ do con el hierro, el carbón, eí petróleo y el caucho; es el más antiguo símbo­ lo de la simple riqueza. En su futilidad dentro de la producción industrial tie­ ne una irónica semejanza con el dinero superfiuo que financió la búsqueda dei oro y los hombres superfiuos que realizaron las excavaciones. A la preten­ sión imperialista de haber hallado un permanente salvador para una sociedad decadente y una anticuada organización política, añadió su propia pretensión

6 Ei siguiente cuadro, relativo a íá inmigración y emigración británicas de Sudáfrica, entre 1924 y 1928, muestra que los ingleses estaban más inclinados a dejar el país que cualesquiera otros inmi­ grantes y que, con una excepción, año tras año eran más los súbditos británicos que abandonaban el país que los que se instalaban allí:

Año Inmigración Inmigración Emigración Emigración

británica ■total británica total

1924 3-724 5.265 5.275 5.857

1925 2.400 5.426 4.019 4.483

1926 4.094 6.575 3.512 3.799

1927 3.681 6.595 3.717 3.988

1928 3.285 7.050 3.409 4.127

Total 17.184 30.911 19-932 22.254

Estas cifras están tomadas de Caliban in Africa, An Impression of Colour Madness, de Leonard Barness, Filadelfia, 1931, p. 59, nota.

RAZA y BUROCRACIA 291

de estabilidad aparentemente eterna e independiente de todos los determi­ nantes funcionales. Fue significativo que una sociedad a punto de romper con todos los valores tradicionales absolutos comenzara a buscar un valor absoluto en el mundo de la economía, en el que, además, tal cosa no existe ni puede existir, dado que todo es funcional por definición. Esta ilusión de un valor absoluto ha hecho de la producción del oro, desde los tiempos anti­ guos, la actividad de los aventureros, los jugadores, los delincuentes, de los elementos fuera de los límites de una sociedad normal y sana. El nuevo giro en la fiebre del oro sudafricana estribó en que allí los buscadores de la suerte no se hallaban claramente fuera de la sociedad civilizada, sino que, al contra­ rio, eran evidentemente un subproducto de esta sociedad, un residuo inevita­ ble del sistema capitalista e incluso los representantes de una economía que implacablemente producía una superfluidad de hombres y de capital.

Los hombres superfluos, «los bohemios de los cuatro continentes»7 que se precipitaron hacia El Cabo todavía tenían mucho en común con los anti­ guos aventureros. También sentían: «Embárcame hasta el este de Suez, don­ de lo mejor es como lo peor, / donde no hay diez mandamientos si un hom ­ bre tiene sed». La diferencia no era su moralidad o su inmoralidad, sino más bien estribaba en que ya no tenían ese deseo de unirse a esta multitud «de to­ das las naciones y todos los colores»8; que no habían abandonado a la socie­ dad, sino que habían sido arrojados de ella; que no resultaban emprendedo­ res más allá de los límites permitidos por la civilización, sino simplemente víctimas sin uso o función. Su única decisión había sido negativa, una deci­ sión contra los movimientos obreros, en los que los mejores entre los hom ­ bres superfluos y aquellos amenazados por la superfluidad establecieron un tipo de contrasociedad a través de la cual pudieron hallar su camino de regre­ so a un mundo humano dotado de sentido y de camaradería. No eran nada a su propia imagen, eran como símbolos vivos de lo que les había sucedido, abstracciones vivas y testigos de lo absurdo de las instituciones humanas. No eran individuos como los antiguos aventureros, eran las sombras de aconteci­ mientos en los que ellos no podían influir.

Como Mr. Kurtz en Heart ofDarkness de Conrad, se hallaban «vacíos hasta la médula»,' eran «temerarios sin valor, codiciosos sin audacia y crueles sin coraje». No creían en nada «ni nada podía inducirles a creer en algo». Expulsados de un mundo con valores sociales aceptados, habían sido entre­ gados a sí mismos y no tenían lugar adonde retroceder, excepto, aquí y allí,

J. A. Froude, «Leaves from a South African journal» (1874), en Short Studies on Great Subjects, 1867-1882, vol. IV.

Ibid.

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una chispa de talento que íes hacía tan peligrosos como Kurtz sí se les permi­ tía regresar a su patria. Porque el único talento que posiblemente podía alen­ tar en sus almas vacías era el don de la fascinación que podía hacer de uno de ellos «un espléndido jefe de un partido extremo». Los mejor dotados eran encarnaciones vivientes del resentimiento, como el alemán Caris Peters (posiblemente el modelo para Kurtz), que declaró francamente que «estaba harto de ser contado entre los parias y deseaba pertenecer a una raza de seño­ res»9. Pero, dotados o no, eran todos «juego de cualquier tipo, desde lanzar la moneda hasta el asesinato», y para ellos sus semejantes «de un forma o de otra no eran más que esa mosca». Así llevaron consigo, o aprendieron rápidamen­ te, el código de costumbres que se acomoda con el próximo tipo de asesino para el que el único pecado imperdonable consiste en perder los estribos.

Allí había, en realidad, auténticos caballeros, como el Mr. Jones de Vic-tory, de Conrad, que, llegados del tedio, deseaban pagar cualquier precio para vivir en el «mundo del azar y de la aventura», o como Mr. Heyst, que estaba ebrio de desprecio hacia el ser humano hasta que se vio arrastrado «como la hoja caída de un árbol... sin aferrarse nunca a nada». Se mostraban irresisti­ blemente atraídos por un mundo donde todo era una broma, un mundo que podía enseñarles la «Gran Broma», que consiste en el «dominio de la desespe­ ración». El perfecto caballero y el perfecto truhán llegaron a conocerse muy bien en la «gran jungla salvaje sin ley» y se encontraron «bien hermanados en su enorme desemejanza, almas idénticas con diferentes disfraces». Hemos visto el comportamiento de la alta sociedad durante el ajfaire Dreyfus y he­ mos visto a Disraeíi descubrir la relación social entre el vicio y el delito; aquí vemos también a la alta sociedad enamorada de su propio hampa y el senti­ miento delictivo realzado cuando, por una civilizada frialdad, la evitación de un «esfuerzo innecesario» y las buenas maneras, se permite al hampa crear una atmósfera viciosa y refinada en torno de sus delitos. Este refinamiento, verdadero contraste entre la brutalidad del delito y la forma de realizarlo, se convierte en el puente de profunda comprensión entre él mismo y el perfec­ to caballero. Pero lo que, al fin y al. cabo, tardó décadas en lograrse en Euro­ pa, por obra del efecto de freno de los valores sociales y éticos, explotó con la rapidez de un cortocircuito en el mundo fantasmal de la aventura colonial.

Al margen de todo freno social y de toda hipocresía, contra el telón de fondo de la vida nativa, el caballero y el delincuente sintieron no sólo la pro­ ximidad de hombres que compartían el mismo color de piel, sino el impacto de un mundo de infinitas posibilidades para los delitos cometidos en el espí­ ritu del juego, para la combinación del horror y de la risa, es decir, para la

Cita de Koíonien im deutscben Schrifium, 1936, prólogo.

RAZA Y BUROCRACIA 293

completa realización de su propia existencia espectral. La vida nativa presta­ ba a estos acontecimientos fantasmales una aparente garantía contra todas las consecuencias, porque, de cualquier manera, se les aparecía a estos hombres como un «simple juego de sombras. Un juego de sombras por el que la raza dominante podía pasar sin sentirse afectada ni interesada en la prosecución de sus incomprensibles objetivos y necesidades».

El mundo de los salvajes nativos era un escenario perfecto para hombres que habían escapado a la realidad de la civilización. Bajo un sol implacable, rodeados por una naturaleza enteramente hostil, se enfrentaban con seres humanos que, viviendo sin el futuro de un objetivo y sin el pasado de un lo­ gro, resultaban tan incomprensibles como los asilados de un manicomio. «El hombre prehistórico nos insultaba, nos alababa, nos daba la bienvenida...

¿Quién podría decirlo? Estábamos aislados de la comprensión de lo que nos rodeaba; nos deslizábamos como fantasmas, sorprendidos y secretamente asustados, como estarían unos hombres cuerdos ante un repentino estallido en una casa de locos. No podíamos comprender, porque estábamos demasia­ do lejos, ni podíamos recordar, porque estábamos viajando por la noche de las primeras edades, de aquellas edades que se fueron, dejando apenas un sig­ no y ningún recuerdo. La tierra no parecía terrestre... y los hombres... no, no eran inhumanos. Bien, ya saben, esto era lo peor de todo — esa sospecha de que no eran inhumanos. Nos sobrevino lentamente. Aullaban y brincaban, se retorcían y hacían gestos horribles; pero lo que más nos estremecía era preci­ samente el pensamiento de su humanidad — como la de ustedes— , el pensa­ miento de un remoto parentesco con este salvaje y apasionado bullicio» (He-art ofDarkness).

Es extraño que, históricamente hablando, la existencia de los «hombres prehistóricos» tuviera tan escasa influencia en el hombre occidental antes de la disputa por Africa. Es bien sabido, sin embargo, que nada sucedió mien­ tras que las tribus salvajes, superadas en número por los colonos europeos, fueron exterminadas; mientras que multitudes de negros fueron enviados como esclavos a los Estados Unidos, un mundo determinado por Europa, e incluso mientras que sólo fueron individuos aislados los que penetraron en el interior del continente negro donde los salvajes eran suficientemente abun­ dantes como para constituir un mundo propio, un mundo de locura al que el aventurero europeo añadió la locura de la caza del marfil. Muchos de estos aven­ tureros enloquecieron en las silenciosas asperezas de un continente superpo­ blado donde la presencia de seres humanos únicamente subrayaba una pro­ funda soledad y donde una naturaleza virgen y abrumadoramente hostil, que nadie se había tomado la molestia de convertir en paisaje humano, parecía esperar con sublime paciencia «la conclusión de la fantástica invasión» del

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hombre. Pero aquellas locuras siguieron siendo experiencias individuales y sin consecuencias.

Esto cambió con los hombres que llegaron durante la disputa por Africa. Ya no eran individuos aislados: «Toda Europa había contribuido a su elabora­ ción». Se concentraron en la parte meridional del continente, donde se reunie­ ron con los bóers, una escisión holandesa que había sido casi olvidada por Europa, pero que ahora servía de avanzadilla natural ai reto de los nuevos terri­ torios. La respuesta de los hombres superfiuos estuvo considerablemente deter­ minada por la respuesta del único grupo europeo que, en completo aislamien­ to, había tenido que vivir en un mundo de negros salvajes.

Los bóers descendían de ios colonos holandeses que, a mediados del siglo X V II, se instalaron en El Cabo para proporcionar verduras frescas y carne a ios barcos que se dirigían a la India. En el siglo siguiente tan sólo se les unió un pequeño grupo de hugonotes franceses; únicamente la elevada tasa de natali­ dad permitió a la pequeña escisión holandesa convertirse en un pequeño pueblo. Completamente aislados de la corriente de la historia europea, emprendieron un camino que «pocas naciones habían recorrido antes que ellos y apenas una con éxito»10.

Los dos principales factores materiales en el desarrollo del pueblo bóer fueron el suelo extremadamente malo que sólo podía ser utilizado para una ganadería de tipo extensivo y la muy numerosa población negra, que se halla­ ba organizada en tribus y que vivía dedicada a la caza nómada11. La mala cali­ dad del suelo hizo imposible una colonización de cercamiento e impidió que los campesinos holandeses imitaran la organización aldeana de su patria. Las grandes familias, aisladas entre sí por amplios espacios silvestres, se vieron forzadas a un tipo de organización de clan y sólo la amenaza siempre presen­ te de un enemigo común, las tribus negras que superaban con mucho a ios colonos blancos, impidió que tales clanes se lanzaran a una activa guerra en­ tre sí. La solución al doble probleiña de la falta de fertilidad y la abundancia de nativos fue la esclavitud12.

Lord Selbourne, en 1907: «Los blancos de Sudáfnca se han lanzado por un sendero que pocas nacio­ nes han pisado antes y que apenas alguna ha pisado con éxito». Véase Kíewiet, op. cit, capítulo 6. ,■

Véase especialmente capítulo III de Kiewíet, op. cit.

«Esclavos y hotentotes, juntos, provocaron notables cambios en el pensamiento y las costumbres de los colonos, porque el clima y la geografía no fueron los únicos que constituyeron los rasgos dis­ tintivos de la raza bder. Los esclavos y las sequías, los hotentotes y el aislamiento, el trabajo barato y la tierra, se combinaron para crear las Instituciones y costumbres de la sociedad sudafricana. Los hi­ jos y las hijas de los vigorosos holandeses y hugonotes aprendieron a considerar el trabajo agrícola y todo duro esfuerzo físico como funciones de una raza servil» (Kiewiet, op. cit., p. 21).

RAZA Y BUROCRACIA 295

La esclavitud, empero, es una palabra inadecuada para describir lo que real­ mente sucedió. En primer lugar, la esclavitud, aunque domesticó a cierta parte de la población salvaje, nunca llegó a dominar a toda ella de forma tal que los bóers nunca pudieron olvidar su primer y liorríble espanto ante especies de hombres a los que su orgullo humano y su sentido de la dignidad humana no les permitían considerar como semejantes, Este espanto ante algo que es como uno mismo y que bajo ninguna circunstancia debería ser como uno mismo permaneció en la base de la esclavitud y se tornó en base de una sociedad racial.

La humanidad recuerda la historia de los pueblos, pero posee sólo un conocimiento legendario de las tribus prehistóricas. La palabra «raza» tiene un significado preciso sólo cuando y donde los pueblos se enfrentan con tri­ bus de las que carecen de conocimiento histórico y que no poseen una histo­ ria propia. Ignoramos si éstas representan al «hombre prehistórico», a los especímenes accidentalmente supervivientes de los primeros ejemplares de vida humana en la tierra o si son los supervivientes «posthistóricos» de algún desastre desconocido que concluyó con una civilización. Realmente parecen más bien supervivientes de una gran catástrofe que puede haber sido seguida por desastres más pequeños hasta que la catastrófica monotonía pareció ser condición natural de la vida humana. En cualquier caso, las razas, en este sentido, fueron halladas sólo en regiones donde la naturaleza era especial­ mente hostil. Lo que las hacía diferentes de otros seres humanos no era el co­ lor de su piel, sino el hecho de que se comportaban como una parte de la naturaleza, de que trataban a la naturaleza como si fuera indiscutible, de que no habían creado un mundo humano, una realidad humana y que, por eso, la naturaleza había seguido siendo, en toda su majestad, la única realidad abru­ madora — comparada con la cual ellos parecían ser espectros, irreales y fan­ tasmales. Eran, por así decirlo, seres humanos «naturales» que carecían del específico carácter humano, de la realidad específicamente humana, de for­ ma tal que cuando los hombres europeos los mataban, en cierto modo, no eran conscientes de haber cometido un crimen.

Además, la insensata matanza.de las tribus del continente negro estaba completamente conforme con las tradiciones de las mismas tribus. El exter­ minio de las tribus hostiles había sido la norma en todas las guerras africanas nativas y no fue abolido cuando un dirigente negro unió a varias tribus bajo su jefatura. El rey Tchaka, que a comienzos del siglo XIX unió las tribus zulúes en una organización extraordinariamente disciplinada y belicosa, no estable­ ció ni un pueblo ni una nación de zulúes. Sólo logró exterminar a más de un millón de miembros de las tribus más débiles13. Como la disciplina y ia orga-

B Véase james, op. ciL, p. 28.

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nización militar no pueden establecer un cuerpo político por sí mismas, la destrucción siguió siendo un episodio ni siquiera registrado en un proceso irreal e incomprensible que no puede ser aceptado por el hombre y que por eso no puede ser recordado por la historia humana.

La esclavitud en el caso de los bóers fue una forma de ajuste de un pue­ blo europeo a una raza negra14, y sólo se asemejó superficialmente a aquellos ejemplos históricos en los que había sido resultado de la conquista o del trá­ fico de esclavos. Ningún cuerpo político, ninguna organización comunitaria mantenía unidos a los bóers, ningún territorio se hallaba definitivamente colonizado y los esclavos negros no servían a ninguna civilización blanca. Los bóers habían perdido su relación campesina con el suelo y su sentimiento civilizado de la solidaridad humana. «Cada hombre huía de la tiranía del humo de su vecino»15 era la norma del país, y cada familia bóer repetía en completo aislamiento la regla general de la experiencia bóer entre los salvajes negros y dominaba sobre ellos dentro de una absoluta ilegalidad, irrefrenada por «amables vecinos dispuestos a elogiar o a atacar a alguien, avanzando delicadamente a mitad de camino entre el carnicero y el policía, en el santo terror al escándalo, la horca y los asilos de lunáticos» (Conrad). Dominando a tribus y viviendo parasitariamente de su trabajo, llegaron a ocupar una posi­ ción muy semejante a la de los jefes nativos, cuya dominación habían liqui­ dado. Los nativos, en cualquier caso, les reconocieron como una forma superior de jefatura tribal, un tipo de deidad natural al que tenían que someterse; de forma tal que el papel divino de los bóers fue más impuesto por sus esclavos negros que asumido libremente por ellos mismos. Para estos dioses blancos de esclavos negros cada ley significaba solamente una priva­ ción de libertad y el gobierno suponía solamente una restricción a las salva­ jes arbitrariedades del clan16. En los nativos, los bóers descubrieron la única «materia prima» que África proporcionaba en abundancia y íes utilizaron no para la producción de riqueza, sino para simples cuestiones básicas de la existencia humana.

Los esclavos negros de África del Sur se convirtieron rápidamente en la única parte de la población que trabajaba. Su labor se caracterizó por todas las conocidas desventajas del trabajo de esclavos, tales como la falta de inicia­ tiva, la pereza, el descuido de las herramientas y la ineficacia en general. Por

La verdadera historia de la colonización sudafricana describe el desarrollo no de un asentamiento de europeos, sino de una sociedad totalmente nueva y única de colores, razas y logros culturales dife­ rentes, conformada por conflictos de herencia racial y por la oposición de grupos sociales desiguales» (Kiewiet, op. cit., p. 19).

!5 Kíewiet, op. cit., p. 19.

«La sociedad [de los bóers] era rebelde, pero no revolucionaria» (ibíd., p. 58).

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eso su trabajo sólo servía para mantener vivos a sus dueños y jamás alcanzó la comparativa abundancia que origina la civilización, Fue esta absoluta depen­ dencia del trabajo de otros y su completo desprecio por el trabajo y la pro­ ductividad en cualquier forma lo que transformó a los holandeses en bóers y dio a su concepto de raza un significado claramente económico17.

Los bóers fueron el primer grupo europeo que se alienó completamente del orgullo que el hombre occidental siente de vivir en un mundo creado y fabricado por sí mismo18. Trataron a ios nativos como materia prima y vivie­ ron de ellos como uno puede vivir de los frutos de los árboles silvestres. Pere­ zosos e improductivos, accedieron a vegetar esencialmente al mismo nivel que las tribus negras habían vegetado durante miles de años. El gran horror que se apoderó de los hombres europeos en su primera confrontación con la vida nativa fue estimulado precisamente por este toque de inhumanidad en­ tre seres humanos que aparentemente formaban parte de la naturaleza tanto como los animales salvajes. Los bóers vivieron de sus esclavos exactamente de la misma manera en que habían vivido los nativos de una naturaleza impre­ parada e inmodificada. Cuando los bóers, en su espanto y su miseria, deci­ dieron utilizar a estos salvajes como si fueran justamente otra forma de vida animal, se embarcaron en un proceso que sólo podía acabar con su propia degeneración en una raza blanca, viviendo al lado y junto a razas negras de las que al final diferirían solamente en el color de su piel.

Los blancos pobres de Africa del Sur, que en 1923 formaban el lOpor cien­ to de la población total blanca19 y cuyo nivel de vida no difería mucho del de las tribus bantúes, son hoy un ejemplo de advertencia de esta posibilidad. Su pobreza es casi exclusivamente consecuencia de su desprecio por el trabajo y de su acomodación al estilo de vida de las tribus negras. Como los negros,

«Se hicieron escasos esfuerzos para elevar el nivel de vida o aumentar las oportunidades de la cla­ se de los esclavos y de los siervos. De esta forma, la limitada riqueza de la colonia se convirtió en pri­ vilegio de la población blanca... Así aprendió pronto el sudafricano que un grupo autoconsciente puede escapar a los peores efectos de la vida en una tierra pobre y carente de posibilidades, convir­ tiendo las distinciones de raza y de color en medios para lograr una discriminación social y económi­ ca* (ibíd., p. 22).

Lo cierto es que, por ejemplo, en «las Indias Occidentales una proporción tan grande de esclavos como la que existía en El Cabo habría sido un signo de riqueza y una fuente de prosperidad», mien­ tras que «la esclavitud en El Cabo era indicio de una economía inactiva... cuyo trabajo era empleado pródiga e ineficazmente» (ibíd.). Fue principalmente esto lo que condujo a Barnes (op. cit, p. 107) y a muchos otros observadores a ía conclusión: «Sudífrica es así un país extranjero no sólo en el senti­ do de que su punto de vista es definitivamente no británico, sino también en el sentido mucho más radical de que su verdadera misoti d'étre, como intento de sociedad organizada, se halla en contradic­ ción con fos principios sobre los que están fundados los estados de ¡a cristiandad».

19 Esto correspondía a unos 160.000 individuos (Kiewiet, op. cit., p. 181). James (op. cit., p. 43) estimó que, eh 1943, el número de blancos pobres era de 500.000, lo que vendría a significar un 20 por ciento de la población blanca.

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abandonaban el suelo si el más primitivo cultivo no les proporcionaba lo poco que era necesario o si habían exterminado a los animales de la región20. Junto con sus antiguos esclavos, acudían a las minas de oro y de diamantes, abandonando sus granjas cuando se iban los trabajadores negros. Pero en contraste con los nativos que eran inmediatamente contratados como mano de obra barata y no calificada, exigían y obtenían caridad gracias al derecho de una piel blanca, habiendo perdido toda conciencia de que normalmente los hombres no se ganan la vida por el color de su piel21. Su conciencia de raza es hoy violenta no sólo porque no tienen nada que perder salvo su per­ tenencia a la comunidad blanca,.sino también porque el concepto de raza parece definir sus propias condiciones más adecuadamente que las de sus antiguos esclavos que se hallan en camino de convertirse en trabajadores, parte normal de una civilización humana.

El racismo como medio de dominación fue utilizado en esta sociedad de blancos y negros antes de que el imperialismo lo utilizara como gran idea política. Su base y su excusa eran todavía la misma experiencia, una horrible experiencia de algo extraño más allá de la imaginación o de la comprensión; resultaba tentador declarar simplemente que los negros no eran seres huma­ nos. Ahora bien, dado que, pese a todas las explicaciones ideológicas, los hombres negros insistían tozudamente en conservar sus características huma­ nas, los «hombres blancos» no pudieron hacer otra cosa que reconsiderar su propia humanidad y decidir que ellos eran más que humanos y obviamente escogidos por Dios para ser dioses de los hombres negros. Esta conclusión era lógica e inevitable si uno deseaba cortar radicalmente todos los lazos comu­ nes con los salvajes; en ía práctica significó que el cristianismo, por vez pri­ mera, no podía actuar como freno decisivo para las peligrosas perversiones de la autoconciencia humana, una premonición de su ineficacia esencial en otras sociedades raciales más recientes22. Los bóers negaron simplemente la

«La población afiikaaner blanca y pobre,.viviendo al mismo nivel de subsistencia que el de los bantúes, es primariamente el resultado de la incapacidad o de la firme negativa de los bóers a apren­ der la ciencia agrícola. Como al bantú, al bóer le agrada vagar de una zona a otra, cultivando el sue­ lo hasta que deja de ser fértil y cazando animales salvajes hasta que dejan de existir» (ibfd,).

«Su raza era su título de superioridad sobre los nativos, y realizar un trabajo manual era algo que chocaba con la dignidad que les había sido conferida por su raza... En aquellos que se sintieron más desmoralizados, semejante aversión degeneró en una exigencia de la caridad como derecho» (Kie-wiet, op, «>., p. 216).

12 La iglesia reformada holandesa había figurado en la vanguardia de la lucha de los bóers contra la influencia de los misioneros cristianos en El Cabo. En 1944, sin embargo, dio un paso más allá y adoptó «sin una sola voz de disentimiento» una moción oponiéndose al matrimonio de bóers con ciudadanos de habla inglesa (según The Times de El Cabo, editorial de 18 de julio de 1944. Cita de New Africa, Councií on African Afiáirs, boletín mensual, octubre de 1944).

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doctrina cristiana del origen común de los hombres y modificaron aquellos pasajes del Antiguo Testamento que no superaban los límites de la antigua religión nacional israelita hasta llegar a una superstición que ni siquiera podía denominarse herejía23. Como los judíos, creían firmemente en sí mismos como pueblo elegido24, con la diferencia esencial de que eran los elegidos no para la salvación divina de toda la humanidad, sino para la perezosa domina­ ción de otras especies que eran condenadas a una tarea igualmente perezosa25. Esta era la voluntad de Dios en la tierra, como afirmó la iglesia reformada holandesa y lo afirma todavía en contraste áspero y hostil con los misione­ ros de todas las demás confesiones cristianas26.

El racismo bóer, a diferencia de otros tipos, tenía un toque de autentici­ dad y, por así decirlo, de inocencia. Una completa falta de literatura y de otros logros intelectuales es la mejor prueba de esta afirmación27. Era y sigue siendo una desesperada reacción ante unas desesperadas condiciones de vida, indiferenciadas e inconsecuentes mientras se las consideraba aisladamente. Los acontecimientos empezaron a sucederse sólo con la llegada de los británi­ cos, tan poco interesados en su más reciente colonia, que en 1894 todavía era denominada puesto militar (en oposición tanto a una colonia como a una plantación). Pero su simple presencia, es decir, el contraste de su actitud ha­ cia los nativos a los que no consideraban una diferente especie animal, sus posteriores intentos (después de 1834) de abolir la esclavitud y, sobre todo, sus esfuerzos por imponer límites fijos a la propiedad de la tierra provocaron en la estancada sociedad bóer una violenta reacción. Resulta característico de la sociedad bóer el hecho de que esta reacción siguiera a través del siglo XIX una misma y repetida pauta: los granjeros bóers escaparon con sus carretas de bueyes a la ley británica y se dirigieron hacia el desolado interior del país, abandonando sin lamentarlo sus casas y sus granjas. Antes que establecer

2Í Kíewíet (op. cít., p. 181) menciona «la doctrina de superioridad racial, que fue extraída de la Bi­ blia y reforzada por la interpretación popular que el siglo XIX dio a las teorías de Darwin».

24 «El Dios del Antiguo Testamento fue para ellos una figura nacional casi en el mismo grado en que 10 fue para los judíos... Recuerdo una memorable escena en un club de Ciudad de El Cabo en que un atrevido británico, que comía con tres o cuatro holandeses, se atrevió a decir que Cristo fue un no europeo y que, legalmente hablando, no habría podido entrar como inmigrante en la Unión Suda­ fricana. Los holandeses se quedaron tan anonadados por la observación que estuvieron a punto de caerse de las sillas» (Barnes, op. cit., p. 33).

Para el granjero bóer, la separación y la degradación de los nativos han sido «ordenadas por Dios yes un crimen y una blasfemia argumentar lo contrario» {Norman Bentwich, «South Africa. Domi­ nion of Racial Probíems», en Política! Qitarterly, 1939, vol. X, núm. 3).

«Hasta hoy, el misionero es para el bóer el traidor fundamental, el hombre blanco que se alía con el negro contra el blanco» (S. Gertrude iVEilfin, Rhodes, Londres, 1933, p. 38).

«Como tenían poco arte, menos arquitectura y nada de literatura, se aferraban a sus granjas, sus Biblias y su sangre para diferenciarse claramente délos nativos y oañandir» (Kiewiet, op. cit, p. 121).

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límites a sus posesiones, prefirieron dejarlas28. Esto no significa que los bóers no se sintieran como en casa allí donde resultaran estar. Se sentían y se sien­ ten mucho más en su casa en Africa que cualesquiera emigrantes subsiguien­ tes, pero en Africa y no en un territorio específicamente limitado. Sus fantás­ ticas escapadas, que produjeron consternación en la Administración británi­ ca, mostraron claramente que se habían transformado en una tribu y que habían perdido el sentimiento del europeo por un territorio, una patria pro­ pia. Se comportaron exactamente igual que las tribus negras que habían vagado también durante siglos por el continente negro, sintiéndose auténti­ camente en su casa allí donde se hallaba la horda y huyendo, como de la muerte, de todo intento de asentamiento definitivo.

El desarraigo es una característica de todas las organizaciones raciales. Lo que los «movimientos» europeos deseaban conscientemente, la transforma­ ción del pueblo en una horda, puede ser contemplado como experiencia de laboratorio en el primero y triste intento de los bóers. Mientras que el desa­ rraigo como objetivo consciente estaba primariamente basado en el odio ha­ cia un mundo que no tenía lugar para los hombres «superfiuos», de forma tal que su destrucción se convertía en un supremo objetivo político, el desarrai­ go de los bóers fue resultado natural de la primitiva emancipación del traba­ jo y de la completa ausencia de un mundo construido por el hombre. La mis­ ma sorprendente semejanza prevalece entre ios «movimientos» y ía interpre­ tación de ía «elección» de los bóers. Pero en tanto que el sentimiento de ser un «pueblo elegido» de los movimientos pangermanistas, paneslavos o mesiá-nicos era un instrumento más o menos consciente de dominación, la perver­ sión del cristianismo de los bóers se hallaba sólidamente afirmada en una horrible realidad en la que los «hombres blancos» miserables eran adorados como divinidades por «hombres negros» igualmente infortunados. Viviendo en un entorno y careciendo del poder para transformarlo en un mundo civí-23

23 «El verdadero Vortrekker odiaba las fronteras. Cuando el gobierno británico insistió en el estable­ cimiento de unos límites fijos para la colonia y para las granjas que había dentro de ésta, le arrebató algo... Fue seguramente lo mejor para lograr que se trasladaran al otro lado de la frontera, donde ha­ bía agua y tierras libres, donde no existía ningún gobierno británico que prohibiera el nomadismo y donde los hombres blancos no podían ser llevados ante los tribunales para responder de los agravios a sus servidores» (ibíd., pp. 54 y 55). «El gran Trek, un movimiento único en la historia de la coloni­ zación» (p. 58) «significó la derrota de la política en pro de un asentamiento más intensivo. A toda Sudáfrica se extendió la práctica que requería la superficie de todo un municipio canadiense para el asentamiento de diez familias. Así se hizo para siempre imposible la segregación de las razas blanca y negra en zonas separadas de asentamiento... Llevando a los bóers más allá del alcance de la ley britá­ nica el Gran Trek les permitió establecer relaciones “adecuadas” con ía población nativa» (p. 56). «En años posteriores el Gran Trek se convertiría en algo más que una protesta; había de convertirse en una rebelión contra la Administración británica y en piedra fundacional del racismo angío-bóer del siglo XX» (jfames, op. a t, p. 28).

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fizado, no podían descubrir valor más elevado que ellos mismos. La realidad, sin embargo, es que, tanto si el racismo aparece como resultado natural de una catástrofe o como instrumento consciente para originarla, se encuentra siempre estrechamente ligado al desprecio por el trabajo, al odio a las limita­ ciones territoriales, al desarraigo general y a una activa fe en el carácter de pueblo elegido.

La primitiva dominación británica en África del Sur, con sus misioneros, soldados y exploradores, no comprendió que las actitudes de los bóers tenían alguna base en la realidad. Los británicos no entendieron que la absoluta supremacía europea — en la que al fin y al cabo ellos estaban tan interesados como los bóers— difícilmente podía mantenerse si no era mediante el racis­ mo, porque el asentamiento permanente europeo resultaba desesperanzado-ramente superado en número29; se horrorizaron de que «los europeos que se instalaban en África actuaran como los mismos salvajes porque ésa fuera la costumbre del país»30, y a sus sencillas mentalidades utilitarias les pareció una locura sacrificar la productividad y el beneficio al mundo fantasmal de los dioses blancos dominando sobre sombras negras. Sólo con la colonización de ingleses y de otros europeos durante la fiebre del oro se ajustaron los bóers gradualmente a una población que no podía sentirse atraída por volver a la civilización europea aunque fuera por motivos económicos, que había perdi­ do contacto con los incentivos inferiores del hombre europeo al apartarse de sus motivos superiores, porque ambos perdían su significado y atractivo en una sociedad donde nadie desea lograr nada y donde cualquiera se convierte en dios.

2. Oro y raza

Los campos diamantíferos de Kimberley y las minas de oro del Witwaters-rand resultaron hallarse en este mundo fantasmal de la raza, y «una tierra que había visto pasar barco tras barco cargado de emigrantes hacía Nueva Zelan­ da y Australia sin reparar en ella, veía ahora a los hombres desparramarse por sus desembarcaderos y correr hacia las minas del interior del país. La mayoría eran ingleses, pero entre ellos había más de un puñado de individuos de Riga y Kiev, de Hamburgo y Frankfurt, de Rotterdam y San Francisco»31. Todos

En 1939, la población total de la Unión Sudafricana era de 9.500.000, délos que 7.000.000 eran nativos, y 2.500.000, europeos. De estos últimos, más de 1.250.000 eran bóers; una tercera parte, británicos, y unos 100.000, judíos. Véase Norman Bennvich, op. cit.

íf> J. A. Froude, op. cit., p. 375. J1 Kiewiet, op, cit., p. 119.

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ellos pertenecían a «una cíase de personas que prefieren la aventura y la espe­ culación a la industria instalada y que no trabajan bien dentro del arnés de la vida corriente... [Allí había] buscadores de América y de Australia, especula­ dores alemanes, comerciantes, dueños de garitos, jugadores profesionales, abogados,.., ex oficiales del ejército y de la marina, segundones de las bue­ nas familias.,., una muchedumbre maravillosamente abigarrada cuyo dinero fluía como agua de la sorprendente productividad de la mina». Se íes unieron millares de nativos que en un primer momento acudieron para «robar dia­ mantes y gastar sus ganancias en fusiles y pólvora»32, pero que rápidamente empezaron a trabajar por un salario y se convirtieron en fuente aparentemen­ te inagotable de mano de obra barata cuando «la más estancada de las regio­ nes coloniales estalló repentinamente en una febril actividad»33.

La abundancia de nativos, de mano de obra barata, fue la primera y qui­ zás más importante diferencia entre esta fiebre del oro y otras de su género. Resultó pronto evidente que el populacho de los cuatro rincones de la tierra ní siquiera tendría que excavar; en cualquier caso, la atracción permanente de África del Sur, el recurso permanente que tentaba a los aventureros a instalar­ se permanentemente, no fue el oro, sino esta materia prima humana que pro­ metía una permanente emancipación del trabajo34. Los europeos actuaban exclusivamente como supervisores y ni siquiera produjeron obreros cualifica­ dos e ingenieros, tipos ambos que tenían que ser constantemente importados de Europa.

La segunda diferencia, por su resultado definitivo, fue el hecho de que esta fiebre del oro no quedara simplemente abandonada a sí misma, sino que fuera financiada, organizada y relacionada con la economía ordinaria euro­ pea a través de la riqueza superflua acumulada y con la ayuda de los financie­ ros judíos. Desde el mismo comienzo, «un centenar o algo así, congregados como águilas sobre su presa»35, actuaron como intermediarios a través de los cuales se invirtió el capital europeo en las minas de oro y en las industrias dia­ mantíferas.

La única sección de la población sudafricana que no tuvo ni deseaba te­ ner participación en las súbitas actividades del país fue la de los bóers. Odia­ ban a todos aquellos uitlandlers, que no se preocupaban de la nacionalidad,

Froude, op. d t, p, 400.

Kiewiet, op. dt., p. 119.

«Lo que una abundancia de líuvia y de hierba era para el carnero de Nueva Zelanda, lo que una abundancia de tierra de pastos era para ía lana de Australia, lo que las fértiles llanuras eran para el tri­ go canadiense, era la barata mano de obra nativa de Sudáfrica para las empresas mineras e industria­ les» (Kiewiet, op. dt., p. 96).

35 }. A. Froude, ibfd.

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sino que necesitaban y obtenían la protección británica, reforzando por ello aparentemente la influencia del gobierno británico en El Cabo. Los bóers reaccionaron como siempre habían reaccionado: vendieron sus tierras dia­ mantíferas en Kimberfey y sus yacimientos auríferos cerca de Johannesburgo y escaparon una vez más hacia el desolado interior. No comprendían que esta nueva oleada era diferente de la de los misioneros británicos, los funcionarios gubernamentales y ios colonos ordinarios y sólo lo advirtieron cuando ya era demasiado tarde y habían perdido su parte en las riquezas de la caza del oro, que el nuevo ídolo del oro no era en absoluto irreconciliable con su ídolo de la sangre, que el nuevo populacho no deseaba trabajar y era tan incapaz como ellos mismos de establecer una civilización y que, por eso, les privaría de la molesta insistencia en la ley de los funcionarios británicos y el irritante con­ cepto de la igualdad humana de los misioneros cristianos.

Los bóers temían y escapaban a lo que realmente nunca sucedió, es decir, a la industrialización del país. Tenían razón, hasta el punto de que una pro­ ducción normal y una civilización habrían destruido desde luego automáti­ camente el estilo de vida de una sociedad racial. Un mercado normal del traba­ jo y de las mercancías habría liquidado los privilegios de la raza. Pero el oro y los diamantes, que pronto proporcionaron un medio de vida a la mitad de la población de Sudáfrica, no eran mercancías en el mismo sentido ni se produ­ cían de la misma manera que la lana en Australia, la carne en Nueva Zelanda o el trigo en Canadá. El lugar irracional y no funcional del oro en la economía le independizaba de los métodos racionales de producción que, evidentemente, jamás habrían tolerado las fantásticas disparidades entre los salarios de los ne­ gros y de los blancos. El oro, un objeto para la especulación y esencialmente dependiente en su valor de factores políticos, se convirtió en la «sangre vital» de Sudáfrica36, pero no podía convertirse ni se convirtió en base de un nuevo or­ den económico.

Los bóers temían también la mera presencia de los uitlanders, porque les confundían con colonos británicos. Los uitlanders, sin embargo, llegaban exclusivamente para enriquecerse con rapidez, y sólo se quedaron aquellos que no lo lograron por completo o quienes, como los judíos, no tenían país al que retomar. Ningún grupo se preocupó considerablemente de establecerse como una comunidad según el modelo de los países europeos, como habían hecho los colonos británicos en Australia, Canadá y Nueva Zelanda. Fue Barnato el que descubrió felizmente que «el gobierno de Transvaal no es como ningún61

«Las minas de oro son ía sangre de la Unión...; la mitad de la población obtenía directa o indirec­ tamente su sustento de ía industria de ios yacimientos auríferos y... ía mitad de la Hacienda pública se derivaba directa o indirectamente de las minas de oro» (Kiewiet, op. cit., p. 155).

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otro gobierno del mundo. No es en absoluto un gobierno, sino una compañía ilimitada de unos veinte mil accionistas»37. De forma similar, fueron más o me­ nos una serie de incomprensiones las que condujeron finalmente a la guerra entré británicos y bóers, que los bóers consideraron erróneamente como «la culminación del largo afán del gobierno británico por una Sudáfrica unida», cuando realmente fue determinada principalmente por los intereses inversio­ nistas38. Cuando los bóers perdieron la guerra, no perdieron más de lo que deli­ beradamente habían abandonado, es decir, su participación en las riquezas; pero definitivamente lograron de todos los demás elementos europeos, inclu­ yendo al gobierno británico, el asentimiento a la ilegalidad de una sociedad ra­ cial39. Hoy, todas las secciones de la población, británica o afrikánder, trabaja­ dores sindicados o capitalistas, están de acuerdo sobre la cuestión de la raza40, y mientras que la ascensión de la Alemania nazi y su intento de transformar al pueblo alemán en una raza reforzaron considerablemente la posición política de los bóers, la derrota de Alemania no la debilitó.

Los bóers odiaban y temían a los financieros más que a los otros extran­ jeros. De alguna forma comprendían que el financiero era una figura clave en la combinación de la riqueza superflua y de los hombres superfluos, que su función consistía en convertir la búsqueda del oro, esencialmente transitoria, en un negocio mucho más amplío y más permanente41. Además, la guerra contra los británicos pronto demostró un aspecto más decisivo; resultó com­

Véase, de Paul H . Emden, Jetas ofBritain, a Series ofBiographies, Londres, 1944, capítulo «From Cairo to the Cape«.

Kiewiet (op. cit., pp. 138 y 139) menciona, sin embargo, otro grupo de circunstancias: «Cual­ quier intento del gobierno británico de lograr concesiones o reformas del gobierno de Transvaaí le convertía inevitablemente en agente de los magnates de las minas,,. Gran Bretaña otorgó su apoyo, tanto si ello se comprendía claramente en Dowmng Street como si no, al capital y a las inversiones de las minas».

39 Gran parte de la conducta titubeante y evasiva de la política británica durante la generación ante­ rior a la guerra de los bóers puede ser atribuida a la indecisión del gobierno británico entre sus obli­ gaciones con los nativos y sus obligaciones con las comunidades blancas... Pero la guerra de los bóers !e obligó a adoptar una decisión respecto de la política con los nativos. En las estipulaciones de paz, el gobierno británico prometió que no se intentaría alterar el estatus político de los nativos hasta que no se hubiera otorgado el autogobierno a las ex repúblicas. Con esta transcendente decisión, el gobierno británico abandonó su posición humanitaria y permitió a los dirigentes bóers obtener una señalada victoria en las negociaciones de paz que siguieron a su derrota militar. Gran Bretaña aban­ donó sus esfuerzos por ejercer un control sobre las vítales relaciones entre blancos y negros. Downing Street había capitulado» (Kiewiet, op. cit, pp, 143 y 144).

40 «Existe,., una noción enteramente errónea según la cual los africaaners y la población de habla inglesa de Sudáfrica no están de acuerdo sobre el trato a los nativos. Al contrario, ésta es una de las pocas cosas en las que coinciden» (James, op. cit, p. 47).

41 Ello fue principalmente debido a los métodos de Alfted Beit, que había llegado en 1875 con obje­ to de comprar diamantes para una firma de Hamburgo. «Hasta entonces sólo los especuladores ha­ bían sido accionistas de las empresas mineras... El método de Beit atrajo también al genuino inver­ sionista» {Emden, op. cit).

RAZA Y BUROCRACIA 3Q5

pletamente obvio que había sido promovida por inversionistas extranjeros que exigían la protección gubernamental para sus tremendos beneficios en lejanos países — como si los ejércitos comprometidos en guerras contra pue­ blos extranjeros no fuesen nada más que fuerzas de policía nativas implicadas en una guerra contra los delincuentes nativos. Poco importaba a los bóers que los hombres que introdujeron este tipo de violencia en los turbios asun­ tos de la producción de oro y de diamantes ya no fueran los financieros, sino aquellos que de algún modo habían surgido del mismo populacho y que, como CecÜ Rhodes, creían menos en los beneficios que en la expansión por la expansión42. Los financieros, que eran principalmente judíos y sólo los representantes, no los propietarios, del capital superfluo, no tenían ni la necesaria influencia política ni el poder económico suficiente para introducir objetivos políticos y el uso de la violencia en la especulación y el juego.

Es indudable que los financieros, aunque no constituyeran finalmente el factor decisivo en el imperialismo, fueron notablemente representativos de éste en su período inicial43. Habían sacado provecho de la superproducción del capital y de su aneja y consecuente completa inversión de los valores económi­ cos y morales. En una escala sin precedentes, el comercio del mismo capital reemplazó al simple comercio de bienes y al simple beneficio de la producción. Esto les habría bastado para alcanzar una posición destacada; pero, además, los beneficios de las inversiones en países extranjeros pronto aumentaron a un rit­ mo más rápido que los beneficios comerciales, de forma tal que los comercian­ tes y los mercaderes perdieron su primacía ante el financiero44. La principal característica económica del financiero estriba en que obtiene sus beneficios, no de la producción y la explotación, ni del intercambio de mercancías o de la actividad bancaria normal, sino exclusivamente de comisiones. Esto es impor­ tante en nuestro contexto, porque le proporciona ese toque de irrealidad, de existencia fantasmal y de futilidad esencial incluso en una economía normal,

Muy característica al respecto fire la actitud de Barnato cuando llegó a la fusión de su negocio con el grupo de Rhodes. «Para Barnato, la fusión no era nada más que una transacción financiera con la que quería ganar dinero.,. Por eso deseaba que la compañía no tuviera nada que ver con la política. Rhodes, sin embargo, no era un simple hombre de negocios...» Esto muestra cuán equivocado esta­ ba Barnato cuando pensó que, «sí yo hubiera recibido la educación de Cecil Rhodes, no habría sido un Cecil Rhodes» (ibíd,).

Cfr. ía nota 34 del capítulo 5.

El aumento de los beneficios procedentes de las inversiones en eí exterior y un relativo descenso de los beneficios del comercio exterior caracterizan al aspecto económico del imperialismo. En 1899 se estimaba que todo el comercio exterior y colonial de la Gran Bretaña había producido solamente unos ingresos de unos 18 millones de fibras, mientras que, en el mismo año, los beneficios proceden­ tes de las inversiones en el exterior suponían 90 o 100 millones de fibras. Véase, de J. A. Hobson, Imperialism, Londres, 1938, pp. 53 y ss. Es obvio que la inversión exigía una política de explotación más consciente y amplia que el simple comercio.

IMPERIALISMO

rasgos típicos de tantos acontecimientos sudafricanos. Los financieros, desde luego, no explotaron a nadie y menos aún controlaron la marcha de las empre­ sas económicas tanto si éstas resultaron ser estafas corrientes o compañías cuya solidez fue posteriormente confirmada.

Es también significativo que fuera precisamente el elemento del popula­ cho entre el pueblo judío eí que se consagrara a las finanzas. Es cierto que el descubrimiento de las minas de oro de África del Sur coincidió con los pri­ meros pogromos modernos en Rusia, de forma tal que acudió a Sudáfrica un reguero de emigrantes judíos. Difícilmente habrían desempeñado allí, sin embargo, un papel en la muchedumbre internacional de los desesperados y de los buscadores de fortuna si no les hubieran precedido unos pocos finan­ cieros judíos que tomaron un interés inmediato por los recién llegados que claramente podían representarles en la población.

Los financieros judíos procedían prácticamente de todos los países del continente, donde habían sido, en términos de clase, tan superfluos como los demás inmigrantes sudafricanos. Eran completamente diferentes de las pocas familias establecidas de notables judíos, cuya influencia descendió firmemen­ te a partir de 1820 y en cuyas filas ya no podían ser asimilados. Pertenecían a la nueva casta de financieros judíos que, desde las décadas de los setenta y de los ochenta en adelante, encontramos en todas las capitales europeas, a las que en su mayoría habían llegado tras haber abandonado sus países de origen para probar su suerte en el juego del mercado bolsístico internacional. Y así lo hicieron para consternación de las antiguas familias judías, que eran dema­ siado débiles para oponerse a la falta de escrúpulos de los recién llegados y que por eso se mostraron entusiasmadas cuando estos últimos decidieron trasladar a ultramar el campo de sus actividades. En otras palabras, los finan­ cieros judíos se habían tornado tan superfluos en los legítimos negocios ban-carios como superfluos se habían tornado la riqueza que representaban en el campo de las legítimas empresas industriales y los buscadores de fortunas en el mundo del trabajo legítimo. En la misma Sudáfrica, donde el mercader estaba a punto de perder en beneficio del financiero su estatus dentro de la economía del país, los recién llegados, ios Barnatos, Beits, Sammy Marks, desalojaron a los antiguos pobladores judíos de sus primitivas posiciones con mucha mayor facilidad que en Europa45. En África del Sur, a diferencia de lo

Los primeros judíos que se instalaron en Sudáfrica, durante el siglo XVIII y la primera parte del XIX, eran aventureros; a mediados de este siglo les siguieron comerciantes y negociantes, entre los cuales los más destacados se orientaron hacia la industria pesquera: la caza de focas, ía de ballenas (herma­ nos De Pass) y la cría de avestruces (familia Mosenthaí). Más tarde se vieron casi forzados a consa­ grarse a las industrias diamantíferas de Kimberley, donde, sin embargo, jamás alcanzaron el nivel de Barnato y de Beit.

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sucedido en otros lugares, fueron el tercer factor en la alianza entre el capital y el populacho; en buena medida establecieron el funcionamiento de la alianza; manejaron la afluencia de capital y su inversión en las minas de oro y en los campos diamantíferos, y pronto se tornaron más conspicuos que cua­ lesquiera otros.

El hecho de su origen judío añadió un indefinible y simbólico sabor al papel de los financieros — un aroma de desarraigo esencial— , y así sirvieron para introducir un elemento de misterio tanto como para simbolizar a todo el asunto. Cabe añadir a esto sus conexiones internacionales, que, natural­ mente, estimularon las quimeras relativas al poder político de los judíos en todo el mundo. Resulta muy comprensible que todas las fantásticas nociones relativas a un secreto poder judío internacional — nociones que originalmen­ te habían sido resultado de la intimidad del capital bancario judío con la esfe­ ra económica estatal— se tornaran aquí aún más violentas que en el conti­ nente europeo. Y, además, por vez primera se vieron arrastrados al centro de una sociedad racial y casi automáticamente fueron distinguidos por los bóers de todos los demás pueblos «blancos» por su especial odio, no sólo como representantes de toda la empresa, sino como una «raza» diferente, la encar­ nación del principio diabólico introducido en el mundo normal de los «ne­ gros» y de los «blancos». Este odio resultaba tanto más violento cuanto que era parcialmente determinado por la sospecha de que los judíos, con su pro­ pia, antigua y más auténtica reivindicación, serían más difíciles de convencer que cualquiera de la pretensión de los bóers de ser el pueblo «elegido». Mien­ tras que el cristianismo simplemente negaba el principio como tal, el judais­ mo parecía un reto directo y rival. Largo tiempo antes de que los nazis edifi­ caran conscientemente un movimiento antisemita en Africa del Sur, el tema racial había invadido el conflicto entre los uiüanders y ios bóers bajo la forma del antisemitismo46. Y resulta tanto más notable cuanto que la importancia de los judíos en la economía sudafricana del oro y los diamantes no sobrevi­ vió a los comienzos del siglo XX.

Tan pronto como las industrias del oro y de los diamantes alcanzaron la fase imperialista de desarrollo en la que los accionistas ausentes exigen una protección política de sus gobiernos, resultó que los judíos no podían mante­ ner su importante posición económica. Carecían de un gobierno al que diri­ girse, y su posición en la sociedad sudafricana era tan insegura que para ellos estaba en juego algo más que la simple disminución de su influencia. Podían preservar su seguridad económica y su establecimiento permanente en Sudá-

Ernst Schulcze, «Díe Judenfrage in Siid-Afrika», en Der Weltkampf, octubre de 1938, vol. XV, ritím. 178.

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frica, que necesitaban más que cualquier otro grupo de uitlanders, sólo si lograban algún estatus en la sociedad — lo que en este caso significaba la admisión en los exclusivos clubes británicos. Se vieron obligados a negociar sú influencia a cambio de la posición de caballero, como Cecil Rhodes expli­ có brutalmente cuando compró su ingreso en el Barnato Diamond Club, tras haber fusionado la De Beers Company con la Compañía de Alfred Beit47. Pero estos judíos podían ofrecer algo más que un simple poder económico; gracias a ellos, Cecil Rhodes, tan recién llegado y tan aventurero como ellos, fue finalmente aceptado por las más respetables casas bancadas de Inglaterra, con las que los financieros judíos, después de todo, tenían mejores relaciones que cualquier otro48. «Ni uno solo de los bancos ingleses habría prestado un solo chelín con la garantía de las acciones auríferas. Pero la ilimitada confian­ za de estos hombres en los diamantes de Kimberley operó como un imán so­ bre sus correligionarios de Inglaterra.»49

La fiebre del oro se convirtió en una empresa declaradamente imperialis­ ta sólo después de que Cecil Rhodes desahuciara a los judíos, tomara en su propia mano la política inversionista de Inglaterra y llegara a ser la figura cen­ tral de El Cabo. El 75 por ciento de los dividendos pagados a los accionistas escapaba al extranjero, y una gran mayoría de este dinero iba a la Gran Breta­ ña. Rhodes logró interesar en sus negocios al gobierno británico, le conven­ ció de que la protección de la expansión y la exportación de los instrumentos de violencia resultaban necesarias para la defensa de las inversiones y que semejante política constituía un deber sagrado para cada gobierno nacional. Por otra parte, introdujo en El Cabo esa típica política económica imperialis­ ta de abandono de todas las empresas que no sean propiedad de accionistas ausentes, de forma tal que, al final, no sólo las compañías auríferas, sino el mismo gobierno, frustraron la explotación de abundantes yacimientos de metales básicos y la producción de bienes de consumo50. Con la introducción

Barnato vendió sus acciones a Rhodes para lograr ser admitido en el Kimberley Club. «Ésta no es una simple transacción económica», se cuenta que Rhodes dijo a Barnato. «Tengo intención de con­ vertirle en un caballero.» Barnato disfrutó de su vida de caballero durante ocho años y después se sui­ cidó. Véase Miffin, oj>, cit., pp. 14 y 85-

«El camino de un judío [en este caso, Alfred Beit, de Hamburgo] a otro es fácil. Rhodes file a Inglaterra para ver a lord Rochschiíd y éste le dio su aprobación» (ibfd.).

4? Emden, oj>. ch.

«Sudáfrica, en tiempos de paz, concentró casi toda su energía industrial en la producción de oro. El inversionista medio colocaba su dinero en el oro porque éste le ofrecía los más rápidos y más gran­ des beneficios. Pero Sudáfrica tiene también tremendos yacimientos de mineral de hierro, cobre, amianto, manganeso, estaño, plomo, platino, cromo, mica y grafito. Estos, jumo con las minas de carbón y el puñado de fábricas dedicadas a la producción de bienes de consumo, eran considerados industrias “secundarias”. Y el desarrollo de estas industrias secundarias fue frustrado por las compa­ ñías auríferas y, en medida considerable, por el gobierno» (james, op. cit., p. 333).

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de esta política Rhodes aportó el más eficaz factor para la pacificación ulte­ rior de los bóers; el abandono de toda auténtica empresa industrial era la más sólida garantía para evitar un desarrollo capitalista normal y, en consecuen­ cia, evitaba el final normal para una sociedad racial.

Los bóers necesitaron varias décadas para comprender que nada tenían que temer del imperialismo y que, como el país no se desarrollaría como se habían desarrollado Australia y Canadá, ni se extraerían beneficios del país en general, éste se contentaría con realizar amplias inversiones en un campo específico. Por eso el imperialismo se mostraba deseoso de abandonar las lla­ madas leyes de la producción capitalista y sus tendencias igualitarias con tal de que se hallaran a salvo los beneficios de las inversiones específicas. Esto condujo finalmente a la abolición de la ley de la mera rentabilidad, y Sudáfri-ca se convirtió en el primer ejemplo de un fenómeno que se produce allí donde el populacho se convierte en factor dominante de la afianza entre el mismo y el capital.

En un aspecto, el más importante, los bóers siguieron siendo dueños indis­ cutibles del país: allí donde el trabajo racional y la política de producción cho­ caban con las consideraciones raciales, ganaban éstas. Los imperativos del beneficio fueron una y otra vez sacrificados a las exigencias de una sociedad ra­ cial, frecuentemente a un precio terrorífico. La rentabilidad de los ferrocarriles quedó destruida de la mañana a la noche cuando el gobierno despidió a 17.000 empleados bantúes y elevó los salarlos de los blancos en un 200 por ciento51; los gastos municipales se tornaron prohibitivos cuando los empleados nativos fue­ ron reemplazados por blancos. La Color Bar Bill excluyó finalmente a todos los trabajadores negros de los empleos mecánicos y forzó a la fuerza empresarial industrial a un tremendo aumento en los costes de producción. El mundo ra­ cial de los bóers nada tenía que temer de nadie, y menos de los trabajadores blancos, cuyos sindicatos se quejaron amargamente de que la Color Bar Bill no hubiera ido más allá52.

A primera vista es sorprendente que a la desaparición de los financieros judíos sobreviviera un violento antisemitismo, así como la eficaz difusión del racismo entre todos los sectores de la población de origen europeo. Los judíos no fue­ ron ciertamente una excepción a esta norma. Se acomodaron al racismo tan bien como los demás, y su comportamiento con el pueblo negro no mereció

James, op>c'tt., pp. 111 y 112. «El gobierno consideró que éste era un buen ejemplo para que lo siguieran los patronos..,, y la opinión pública pronto obligó a muchos de ellos a realizar cambios en su política de contratación de mano de obra.»

james, op. cit., p. 108.

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reproches53. Sin ser, sin embargo, conscientes de ello y bajo la presión de cir­ cunstancias especiales, rompieron, empero, con una de las más fuertes tradi­ ciones del país.

El primer signo de un comportamiento «anormal» se produjo inmediata­ mente después de que los financieros judíos perdieran su posición en las mi­ nas de oro y en los campos de diamantes. No abandonaron el país, sino que se instalaron allí permanentemente54en una posición singular para un grupo blanco: ni pertenecían a la «sangre vital» de África ni al grupo de «blancos po­ bres». En vez de ello, comenzaron inmediatamente a construir aquellas indus­ trias y profesiones que, según la opinión sudafricana, son «secundarias» porque no están relacionadas con el oro55. Los judíos se convirtieron en fabricantes de muebles y de ropas, en comerciantes y en profesionales, médicos, abogados y periodistas. En otras palabras, por bien que hubieran creído haberse acomoda­ do a las condiciones del populacho en el país 7 a su actitud racial, los judíos ha­ bían roto su más importante norma introduciendo en la economía sudafricana un factor de normalidad 7 productividad, con el resultado de que cuando Mr. Malan presentó al Parlamento una E7 para expulsar a todos los judíos de la Unión, tuvo el ap07o entusiasta de todos los blancos pobres 7 de toda la pobla­ ción afrikaaner56.

Este cambio en la función económica, la transformación de la judería sudafricana, que pasó de representar los más sombríos personajes en el, som­ brío mundo del oro 7 de la raza a constituir la única parte productiva de la población, surgió como una confirmación curiosamente tardía de los temo­ res originales de los bóers. No habían odiado tanto a los judíos como inter­ mediarios de la riqueza superílua o como representantes del mundo del oro,

Una vez más puede advertirse una clara diferencia, hasta finales del siglo XIX, entre los primeros colonos y los financieros. Saúl Salomón, por ejemplo, miembro negrófilo del Parlamento de El Cabo, descendía de una familia que se había instalado en África del Sur a comienzos del siglo XIX (Emden, op. át).

54 Entre 1924 y 1930 llegaron a Sudáfrica 12.319 judíos, mientras que sólo 461 dejaron el país. Es­ tas cifras son muy sorprendentes si se tiene en cuenta que la inmigración total durante el mismo periodo, tras deducir el número de emigrantes, supuso 14.241 personas (véase Schultze, op. cit.). Si comparamos estas cifras con el cuadro de inmigración de la nota ó se advierte que los judíos consti­ tuyeron aproximadamente un tercio de la inmigración total a Sudáfrica durante la década de los veinte y que, en agudo contraste con otras categorías de uhlandm, se instalaron permanentemente: su participación en la emigración anual es inferior al 2 por ciento.

w «Los fanáticos dirigentes nacionalistas afrikaamrs han deplorado el hecho de que hubiera eh la Unión 102.000 judíos; la mayoría son empleados administrativos, empresarios industriales, comer­ ciantes o miembros de profesiones liberales. Los judíos levantaron muchas de las industrias secunda­ rias de África del Sur, es decir, de las que no estaban relacionadas con las minas de oro y de diaman­ tes, concentrándose especialmente en la fabricación de prendas de vestir y de muebles» (James, op. dt., p. 46).

Ibfd., pp. 67 y 68.

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sino que Íes habían temido y despreciado como la verdadera imagen de los uitlanders, que tratarían de convertir al país en parte normal productora de la civilización occidental, cuyos motivos de rentabilidad, ai menos, representa­ ban un peligro mortal para el mundo fantasmal de la raza. Y cuando los judíos quedaron finalmente aislados de la dorada corriente vital de los uitlanders y no pudieron abandonar el país como todos los demás extranjeros habrían he­ cho en circunstancias similares, desarrollando en lugar de ello industrias «secundarias», los bóers resultaron estar en lo cierto. Los judíos, enteramente por sí mismos y sin ser la imagen de nada o nadie, se convirtieron en una amenaza real para la sociedad racial. Todavía hoy, los judíos tienen en su con­ tra la concertada hostilidad de todos aquellos que creen en la raza o en el oro — y que constituyen prácticamente el conjunto de la población europea de Sudáfrica. Sin embargo, no pueden hacer ni harán causa común con el otro único grupo que lenta y gradualmente está siendo recuperado de la sociedad racial: el de los trabajadores negros, cada vez más y más conscientes de su humanidad bajo el impacto del trabajo regular y de la vida urbana. Aunque ellos, en contraste con los «blancos», tienen un genuino origen ra­ cial, no poseen el fetiche de la raza y la abolición de la sociedad racial signifi­ ca sólo la promesa de su liberación.

En contraste con los nazis, para quienes el racismo y el antisemitismo eran grandes armas políticas para la destrucción de la civilización y el estable­ cimiento de un nuevo cuerpo político, el racismo y el antisemitismo son cosa corriente y consecuencia natural del statu quo en Sudáfrica. No necesitaron el nazismo para su nacimiento e influyeron sobre el nazismo sólo de forma indirecta.

Existieron, sin embargo, efectos de boomerang reales e inmediatos de la sociedad racial de Sudáfrica en el comportamiento de los pueblos europeos: como la mano de obra barata, india y china, había sido importada en Africa allí donde la aportación interior quedó temporalmente interrumpida57, se advirtió inmediatamente un cambio de actitud hacia los pueblos de color de Asía, don­ de, por vez primera, la gente comenzó a ser tratada de la misma manera que aquellos salvajes africanos que literalmente habían aterrado a los europeos. La diferencia estribaba en que no podía existir una razón humanamente compren­ sible para tratar a los indios y a los chinos como si no fueran seres humanos. En

Durante el siglo XiX, más de 100.000 cooltes indios fueron importados por las plantaciones de caña de azúcar de Natal. A éstos siguieron los trabajadores chinos de las minas, que en 1907 totaliza­ ban 55.000. En 1910, el gobierno británico ordenó la repatriación de todos los mineros chinos y en 1913 prohibió toda ulterior inmigración de la India o de cualquier otra parte de Asia. En 1931 se­ guían en la Unión 142.000 asiáticos, que eran tratados como los africanos nativos (véase también Schuírze, op, cit).

3 1 2 IMPERIALISMO

un cierto sentido es aquí donde comenzó ei auténtico crimen, porque aquí to­ dos deberían haber sabido lo que estaban haciendo. Es cierto que la noción de raza fue hasta cierto punto modificada en Asia; los «linajes superiores e inferio­ res», como diría el «hombre blanco» al empezar a llevar su carga, todavía indi­ caban una escala y la posibilidad de un desarrollo gradual y la idea en cierto modo escapa al concepto de dos especies enteramente diferentes de la vida ani­ mal. Por otra parte, como el principio de la raza suplantó en Asia a la noción más antigua relativa a pueblos extraños y extranjeros, fue un arma mucho más consciente que en Africa en su aplicación a la dominación y la explotación.

Menos inmediatamente significativa, pero de mayor importancia para los gobiernos totalitarios, fue la otra experiencia de la sociedad racial en África, la de que los motivos de la rentabilidad no son sagrados y pueden no ser aceptados, la de que las sociedades pueden funcionar según principios diferentes de los económicos y que tales circunstancias pueden favorecer a aquellos que bajo las condiciones de una producción racionalizada y del sis­ tema capitalista pertenecerían al grupo de los menos favorecidos. La socie­ dad racial de África del Sur enseñó al populacho la gran lección de la que siempre había poseído una confusa premonición, la de que a través de la pura violencia un grupo de los menos favorecidos podía crear una clase infe­ rior a la suya, que para este propósito ni siquiera necesitaba una revolución, que podía unirse con grupos de las clases dominantes y que los pueblos extranjeros o atrasados ofrecían las mejores oportunidades para semejantes tácticas.

El impacto completo de la experiencia africana fue advertido por vez pri­ mera por dirigentes del populacho como Cari Peters, que decidieron que también ellos tenían que pertenecer a una raza de señores. Las posesiones coloniales africanas se convirtieron en el más fértil suelo para el florecimien­ to de lo que más tarde sería la élite nazi. Allí vieron con sus propios ojos cómo podían ser convertidos en razas los pueblos y cómo simplemente, tomando la iniciativa en este proceso, podía uno impulsar a su propio pueblo hacia la posición de raza de señores. Allí se curaron de la ilusión de que el proceso histórico es necesariamente «progresivo», porque si el curso de la antigua civilización conducía hacia algo, «el holandés se apartaba de todo»53, y si la «historia económica enseñó una vez que el hombre había evolucionado por pasos graduales desde una vida de cazador hasta el pastoreo y finalmente al sedentarismo hasta la iniciación de una vida agrícola», la historia de los bó-ers demostraba claramente que uno podía también proceder «de un país que había figurado a la cabeza del cultivo intensivo... [y] convertirse gradualmen­

53 Barnes, op. cit., p. 13.

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te en ganadero y cazador»59. Estos dirigentes comprendieron muy bien que precisamente porque los bóers habían descendido al nivel de las tribus salva­ jes seguían siendo sus indiscutidos amos. Estaban perfectamente dispuestos a pagar el precio, a retroceder al nivel de la organización racial si actuando así podían comprar el dominio sobre otras «razas». Y sabían por sus experiencias con las gentes llegadas a Sudáfrica desde los cuatro rincones de la tierra que todo el populacho del mundo civilizado occidental estaría con elfos60.

3. E l carácter imperialista

De los dos principales medios políticos de dominación imperialista, el de la raza fue descubierto en África del Sur y el de la burocracia en Argelia, Egip­ to y la india. La primera fue originalmente una noción apenas consciente ante tribus de cuya humanidad el hombre europeo se sentía avergonzado y asustado, mientras que la segunda fue una consecuencia de esa administra­ ción por la que los europeos habían tratado de dominar a pueblos extranje­ ros a los que consideraban inevitablemente inferiores y a los que estimaban al tiempo necesitados de su protección especial. La raza, en otras palabras, significaba un escape a una irresponsabilidad en la que nada humano podía ya existir, y la burocracia fue el resultado de una responsabilidad que nin­ gún hombre puede asumir por su semejante ni ningún pueblo por otro pueblo.

El exagerado sentido de responsabilidad de los administradores británi­ cos de la India que reemplazaron a los «violadores de la ley» de Burke tiene su base material en el hecho de que el Imperio británico se había logrado real­ mente en un «momento de distracción». Por eso aquellos que se enfrentaron con el hecho consumado y con la tarea de conservar lo que había llegado a ser suyo mediante un accidente tuvieron que hallar una interpretación que pudiera trocar el accidente en un tipo de acto voluntario. Tales cambios his­ tóricos de hecho se han operado desde los tiempos antiguos mediante las leyendas, y las leyendas concebidas por la intelligentsia británica desempeña-5

5'J Kiewiet, op. cit, p. 13.

«Cuando los economistas declararon que los salarios más elevados constituían una forma de sub­ vención y que el trabajo protegido era antieconómico, la respuesta fue que valía la pena el sacrifìcio si los elementos infortunados de la población blanca hallaban por fin una base estable en la vida moderna.» «Pero no fue Sudáfrica el único lugar en donde, a partir del final de la Gran Guerra, no se escuchó la voz de los economistas ortodoxos... En una generación que vio a Inglaterra abandonar el libre cambio, a Amó rica dejar el patrón oro y al Tercer Reich abrazar la autarquía..., la insistencia de Sudáfrica en organizar su vida económica de forma tal que afirmara la posición dominante de la raza blanca no parece fuera de lugar» (Kiewiet, op. cit., pp. 224 y 245).

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ron un papel decisivo en la formación del burócrata y del agente secreto de la Administración británica,

Las leyendas han desempeñado siempre un papel poderoso en la elaboración de la historia. El hombre, que no ha recibido el don de deshacer, que es siem­ pre heredero forzoso de los hechos de otros hombres y que está siempre car­ gado con una responsabilidad que parece ser la consecuencia de una inacaba­ ble cadena de acontecimientos más bien que de actos conscientes, exige una explicación y una interpretación del pasado en la que parece hallarse oculta la clave misteriosa de su destino futuro. Las leyendas fueron la base espiri­ tual de todas las ciudades antiguas, de todos los imperios y pueblos, prome­ tiendo una guía segura a través de los ilimitados espacios del futuro. Sin relacionarse sólidamente con los hechos, expresando siempre su verdadero significado, ofrecían una verdad más allá de las realidades, una rememora­ ción más allá de los recuerdos.

Las explicaciones legendarias de la historia siempre sirvieron como correcciones confirmadas a hechos y acontecimientos reales, que se necesita­ ban precisamente porque la historia en sí misma hada al hombre responsable de logros que no eran suyos y de consecuencias que no había previsto. La ver­ dad de las antiguas leyendas — que les proporciona su fascinante actualidad muchos siglos después de que las ciudades, los imperios y los pueblos a los que sirvieron se hayan convertido en polvo— no era más que la forma en que ios acontecimientos del pasado encajaban con la condición humana en gene­ ral y las aspiraciones políticas en particular. Sólo en la narración francamente inventada de los acontecimientos consentía el hombre en asumir su respon­ sabilidad por ellos y en considerar a los hechos del pasado como su pasado. Las leyendas le hacían dueño de lo que él no había hecho y capaz de enfren­ tarse con lo que no podía deshacer. En este sentido, las leyendas no son sólo los primeros recuerdos de la humanidad, sino realmente los auténticos comienzos de la historia humana. •

El florecimiento de las leyendas históricas y políticas tuvo un muy abrup­ to final con el nacimiento del cristianismo. Su interpretación de la historia, desde los días de Adán hasta el Juicio Final como un camino étnico hacia la salvación, ofrecía la más poderosa e incluyente explicación legendaria del destino humano. Sólo después de que la unidad espiritual de los pueblos cris­ tianos diera paso a la pluralidad de las naciones, cuando el camino hacia la salvación se convirtió en incierto artículo de fe individual más que en una teoría universal aplicable a todo lo que sucediera, surgieron nuevos tipos de explicaciones históricas. El siglo XIX nos brindó el curioso espectáculo del

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nacimiento casi simultáneo de las ideologías más diferentes y contradictorias, cada una de las cuales afirmaba conocer la verdad oculta sobre hechos que de Qtra forma resultaban incomprensibles. Las leyendas, sin embargo, no son ideologías; no apuntan a una explicación universal, sino que se preocupan siempre de hechos concretos. Parece más que significativo que el crecimiento de ios cuerpos nacionales no fuera en lugar alguno acompañado por una leyenda fundacional y que en los tiempos modernos existiera un primero y único intento elaborado precisamente cuando ya era obvio el declive del cuerpo nacional y el imperialismo parecía ocupar el puesto del anticuado nacionalismo.

El autor de la leyenda imperialista es Rudyard Kipling. Su tema es el Imperio británico; su resultado, el carácter imperialista (el imperialismo fue la única escuela del carácter en los tiempos modernos). Y aunque la leyenda del Imperio británico tenía poco que ver con las realidades del imperialismo británico, empujó o atrajo hacia su Administración a los mejores hijos de Inglaterra. Porque las leyendas atraen a ios mejores de nuestra época de la misma manera que las ideologías atraen al tipo medio y los bulos relativos a horribles potencias secretas que operan entre bastidores atraen a los peores. Sin duda, ninguna estructura política podría haber evocado más relatos y jus­ tificaciones legendarios que el Imperio británico, que el pueblo británico, partiendo de la consciente fundación de colonias hasta llegar a la dominación de pueblos extranjeros en todo el mundo.

La leyenda de la fundación, como Kipling la cuenta, parte de la realidad fundamental del pueblo de las Islas Británicas61. Rodeados por el mar, nece­ sitaron y obtuvieron la ayuda de los tres elementos, el agua, el viento y el sol, a través de la invención de la nave. La nave hizo posible la alianza siem­ pre peligrosa con los elementos y convirtió al inglés en dueño del mundo. «Ganarás el mundo — dice Kipling— sin que nadie sepa cómo lo hiciste; conservarás el mundo sin que nadie conozca cómo lo lograste; llevarás al mundo a tus espaldas sin que nadie vea cómo lo hiciste. Pero ni tú ni tus hijos obtendréis nada a cambio de esa humilde tarea más que los cuatro Dones — uno del Mar, uno del Viento, uno del Sol y uno de la Nave que te lleva... Porque, ganado el mundo, conservando ai mundo y llevando al mundo a tus espaldas — en la tierra, en el mar o en el aíre— , tus hijos siem­ pre tendrán los cuatro Dones. Dolícocéfalos, parcos en el hablar y de mano dura — muy dura— y siempre con ventaja frente a cada enemigo, para ser una salvaguardia de todos aquellos que crucen por los mares con legítimos propósitos.»

61 Rudyard Kipling, «The First Saiíor», en Humorow Tala, 1891.

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Lo que aproxima tanto a Jas antiguas leyendas fundacionales a esta pequeña narración del «Primer Marinero» es que presenta a los británicos como el único pueblo maduro, preocupado por la ley y cargado con el peso del bienestar del mundo, entre tribus bárbaras que no se preocupan ni saben qué es lo que mantiene unido al mundo. Desgraciadamente, esta presenta­ ción carecía de la verdad innata de las antiguas leyendas: el mundo se preocu­ paba y conocía y veía cómo actuaban, y una narración semejante no podría haber convencido al mundo de que «no obtenían nada de esa humilde tarea». Sin embargo, en la misma Inglaterra existía una cierta realidad que corres­ pondía a la leyenda de Ktpling y la hacía posible, y era la existencia de vir­ tudes tales como el sentimiento caballeresco, la nobleza, la valentía, aunque se hallaran profundamente fuera de lugar en una realidad política domina­ da por Cecil Rhodes o lord Curzon,

El hecho de que la «carga del hombre blanco» sea o bien la hipocresía o bien el racismo no ha impedido a unos pocos de los mejores ingleses asumir la carga seriamente y convertirse en los trágicos y quijotescos locos del impe­ rialismo. Tan real en Inglaterra como la tradición de hipocresía es otra menos obvia que se siente la tentación de denominar tradición de los matadores de dragones, quienes acudieron entusiásticamente hacia lejanas y curiosas tie­ rras, a pueblos extraños e ingenuos, para matar a los numerosos dragones que habían acosado a éstos durante siglos. Hay algo de verdad en otra narración de Kipling, La tumba de su antepasado62, en la que la familia Chinn «sirve a la India generación tras generación, como los delfines avanzan en línea a través del mar abierto». Mataban al ciervo que robaba la cosecha del pobre, enseña­ ban los misterios de mejores métodos agrícolas, les liberaron de algunas de sus supersticiones más perjudiciales y mataron leones y tigres con gran estilo. Su único premio es, desde luego, una «tumba de antepasados» y una leyenda familiar, creída por toda la tribu india y según la cual «el reverenciado ante­ pasado... tiene un tigre propio — un tigre de silla sobre el que cabalga todo el país siempre que lo desea». Desgraciadamente, esta cabalgada por el país es «una segura señal de guerra, pestilencia o de algo así», y en este caso particu­ lar es una señal de vacunación. De tal forma que Chinn, el más Joven, un subordinado no muy importante de la jerarquía deí ejército, pero totalmente importante por lo que a la tribu india concierne, tiene que matar al tigre de su antepasado para que el pueblo pueda ser vacunado sin temor a «una gue­ rra, pestilencia o algo así».

Tal como van los tiempos modernos, los Chinn, desde luego, «son más afortunados que la mayoría de la gente». Su suerte es que han nacido dentro16

En TheDay’s Work, 1898.

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de una carrera que suave y naturalmente íes conduce hacia la realización de los mejores sueños de su juventud. Mientras que otros muchachos tienen que olvidar sus «nobles sueños», ellos son lo suficientemente mayores como para trasladarlos a la acción. Y cuando después de treinta años de servicio se reti­ ren, su vapor se cruzará con «un transporte de tropas rumbo a un puerto extranjero, en el que va su hijo hacia el este para cumplir el deber familiar», de tal manera que el poder de la existencia del viejo Mr. Chinn como mata­ dor de dragones nombrado por el gobierno y pagado por el ejército pueda extenderse a la siguiente generación. Sin duda, el gobierno británico les paga por sus servidos, pero no está completamente claro en qué servicios pueden eventualmente aterrizar. Existe una fuerte posibilidad de que sirvan realmen­ te a una determinada tribu india generación tras generación, y es consolador que la misma tribu esté convencida de ello. El hecho de que los servicios superiores apenas sepan nada de los extraños deberes y aventuras del peque­ ño teniente Chinn, de que difícilmente sean conscientes de su existencia como afortunada reencarnación de su abuelo, da a su doble existencia soña­ da una inalterada base en la realidad. Se encuentra simplemente como en su casa en dos mundos, separados por murallas impermeables al agua y a los chismorreos. Nacido en «el corazón de ese país despreciable y atigrado» y educado entre su pueblo en la pacífica, equilibrada y mal informada Inglate­ rra, está dispuesto a vivir permanentemente con dos pueblos y enraizado y bien relacionado con la tradición, el lenguaje, la superstición y los prejuicios de ambos. En cualquier momento puede pasar de ía obediente subordina­ ción de uno de los soldados de su majestad a ser una figura interesante y no­ ble en el mundo de los nativos, un bienamado protector de los débiles, el matador de dragones de los antiguos cuentos.

La realidad es que estos estrafalarios y quijotescos protectores de los débi­ les que desempeñaron su papel entre los bastidores de la dominación oficial británica no eran tanto producto de la ingenua imaginación de los pueblos primitivos como de los sueños que contenían lo mejor de las tradiciones europeas y cristianas, aunque ya se hubieran deteriorado en la futilidad de los ideales de ía adolescencia. No eran el soldado de su majestad ni el oficial superior británico "quienes podían enseñar a los nativos algo de la grandeza del mundo occidental. Sólo eran aptos para la tarea aquellos que nunca habían sido capaces de superar sus ideales juveniles y que por eso se habían alista­ do en los servicios coloniales. Para ellos el imperialismo no significaba más que una oportunidad accidental de escapar a la sociedad en ía que el hombre tenía que olvidar su juventud si deseaba prosperar. A la sociedad inglesa le encantaba verles partir hacia lejanos países, una circunstancia que permitía la tolerancia e incluso el estímulo de los ideales juveniles en el sistema de las

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escuelas privadas. Los servicios coloniales les arrebataban de Inglaterra e impedían, por así decirlo, la conversión de los ideales juveniles en ideas de hombres maduros. Tierras extrañas y curiosas atrajeron a los mejores jóvenes de Inglaterra desde finales del siglo XIX, privaron a su sociedad de sus elemen­ tos más honrados y más peligrosos y garantizaron, además de estas ventajas, una cierta conservación, o quizá petrificación, de la nobleza juvenil que pre­ servó e infantilizó las normas morales occidentales.

Lord Cromer, secretario del virrey y encargado de la Hacienda en el gobierno preimperialista de la India, todavía pertenecía a la categoría de los matadores de dragones británicos. Impulsado exclusivamente por «el sentido del sacrifi­ cio» respecto de las poblaciones atrasadas y el «sentido del deber»63 hacia la gloria de la Gran Bretaña que «había dado nacimiento a una clase de funcio­ narios que poseían tanto el deseo como la capacidad de gobernar»64, rechazó en 1864 el puesto de virrey y diez años más tarde el cargo de secretario de estado para Asuntos Exteriores. En vez de tales honores, que habrían satisfe­ cho a un hombre de menor categoría, se convirtió en el oscuro y todopode­ roso cónsul general británico en Egipto desde 1883 hasta 1907. Allí se convir­ tió en el primer administrador imperialista, ciertamente «no inferior a nadie entre quienes por sus servicios han dado gloria a la raza británica»65; quizá también el último en morir con un inalterado orgullo: «Que esto baste para galardón de Brítannia / jamás se ganó premio más noble / Las bendiciones de un pueblo liberado / La conciencia del deber cumplido»66.

Cromer fue a Egipto porque comprendió que «el inglés que se extendía para retener a su amada India [tenía que] plantar un pie firme en las orillas del Nilo»67. Egipto era para él sólo un medio encaminado a un fin, una expansión necesaria para la seguridad de la India. Casi en el mismo momento resultaba que otro inglés ponía los pies en el continente africano, aunque en su extremo opuesto y por opuestas razones: Cecil Rhodes fue a Sudáfríca y salvó a la colonia de El Cabo después de que había perdido toda importancia para la «amada India» del inglés. Las ideas de Rhodes acerca de la expansión eran mucho más avanzadas que las de su más respe­ table colega del norte; para él la expansión no necesitaba justificarse con

63 Lawrence J. Zetíand, Lord Cromer, 1932, p. 16.

6i Lord Cromer, «The Government of Subject Races», en Edinburgh Revieio, enero de 1908.

Lord Curzon, en el descubrimiento de una lápida en memoria de Cromer (véase Zetíand, op. cit p. 362).

66' Cita de un largo poema de Cromer (véase Zetíand, op. cit., pp. 17 y 18).

De una carta que lord Cromer escribió en 1882 (ibíd., p. 87).

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motivos tan razonables como la retención de lo que ya se poseía. La «expan­ sión lo era todo», y la India, Sudáfrica y Egipto eran igualmente importantes o igualmente insignificantes como escalones de una expansión exclusiva­ mente limitada por el tamaño de la tierra. Existía ciertamente un abismo entre el megalómano vulgar y el hombre culto consciente de sus sacrificios y sus deberes; sin embargo, llegaron aproximadamente a resultados idénti­ cos y fueron igualmente responsables del «Gran Juego» del sigilo, que no resultaba menos loco ni menos dañoso en política que el mundo fantasmal de la raza.

La sorprendente semejanza entre la dominación de Rhodes en Africa del Sur y la dominación de Cromer en Egipto estribaba en que ambos considera­ ban a ios países no como fines deseables en sí mismos, sino simplemente como medios para un objetivo supuestamente más elevado. Eran similares por eso en su indiferencia y distanciamiento, en su genuina falta de interés por sus súbditos, actitud que difería tanto de la crueldad y de la arbitrariedad de los déspotas nativos de Asia como de la explotadora negligencia de los conquistadores o de la absurda y anárquica opresión de una tribu racial por otra. Tan pronto como Cromer comenzó a gobernar Egipto en favor de la In­ dia, perdió su papel de protector de «pueblos atrasados» y ya no pudo creer sinceramente que eí «propio interés de las razas sometidas es la base principal de todo el tejido imperial»68.

El distanciamiento se convirtió en la nueva actitud de todos ios miem­ bros de la Administración británica; era una forma de gobernar más peligro­ sa que el despotismo y la arbitrariedad, porque ni siquiera toleraba eí último eslabón entre el déspota y sus súbditos, que está constituido por los sobornos y las dádivas. La misma integridad de la Administración británica hacía este gobierno despótico más inhumano e inaccesible a sus súbditos de lo que nunca había sido eí de los dominadores asiáticos o eí de los conquistadores implacables69. La integridad y el distanciamiento eran símbolos de una abso­ luta división de intereses, hasta eí punto de que ni siquiera se les permitía que entraran en conflicto. En comparación, la explotación, la opresión o la corrupción aparecían como salvaguardias de la dignidad humana, porque el explotador y el explotado, el opresor y el oprimido, el corruptor y el corrom­ pido todavía vivían en el mismo mundo, todavía compartían los mismos ideales, luchaban entre sí por las mismas cosas; y es este tertium compamtionis lo que fue destruido por el distanciamiento. Lo peor de todo fue el hecho de

68 Lord Cromer, op, cit.

Ei soborno «era quizás la institución más humana entre la maraña de alambradas del orden ruso». Moissaye j. Olgín, The Soul ofthe Russian Revolution, Nueva York, 1917.

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que el distante administrador era difícilmente consciente de que había inven­ tado una nueva forma de gobierno, ya que realmente pensaba que su actitud se hallaba condicionada por «el enérgico contacto con un pueblo que vive en un plano inferior». Así, en lugar de creer en su superioridad individual con cierto grado de vanidad esencialmente inocua, sentía que pertenecía a «una nación que había alcanzado un plano comparativamente elevado de civilización»70y por eso mantenía su posición por derecho de nacimiento, al margen de cuales­ quiera logros personales.

La carrera de lord Cromer es fascinante, porque encarna la verdadera transformación de la antigua Administración colonial en Administración imperialista. Su primera reacción ante sus deberes en Egipto fue una marca­ da intranquilidad y preocupación por una situación que no era una «ane­ xión», sino una «forma híbrida de gobierno a la que no puede darse nombre alguno y para la que no existe precedente»71. En 1885, después de dos años de servicio, todavía abrigaba serías dudas acerca de un sistema en el que él era cónsul general británico nominal y auténtico gobernador de Egipto, y escri­ bió que un «mecanismo extremadamente delicado [cuyo] funcionamiento eficiente depende en buena medida del criterio y de la capacidad de unos po­ cos individuos... puede... estar justificado [sólo] si somos capaces de mante­ ner ante nuestros ojos la posibilidad de la evacuación... SÍ esta posibilidad se torna tan remota como para que no pueda tenerse en cuenta..., sería mejor para nosotros... concertarnos con las demás potencias si debemos encargar­ nos del gobierno del país, garantizar sus deudas, etc.»72. Cromer tenía, sin duda, razón, y, o bien la ocupación o bien la evacuación, habrían normaliza­ do el asunto. Pero esta «forma híbrida de gobierno» sin precedente había de tornarse característica de toda la empresa imperialista con el resultado de que unas pocas décadas después todo el mundo se había olvidado ya de la prime­ ra y fundada opinión de Cromer acerca de las formas de gobierno posibles e imposibles, de la misma manera que se había perdido aquella primitiva per­ cepción de lord Seíbourne según la cual una sociedad racial constituía un estilo de vida sin precedente. Nada puede caracterizar mejor esta fase del imperialismo que la combinación de estos dos criterios sobre las condiciones en Africa: un estilo de vida sin precedente en el sur, un gobierno sin prece­ dente en el norte.

En los años siguientes, Cromer se reconcilió con la «forma híbrida de gobierno»; en sus cartas comenzó a justificarla y a exponer la necesidad de un

Zetland, op, cit., p. 89.

n.' De una carta que lord Cromer escribió en 1884 (ibid., p. 117).

11 En una carta a lord Granville, miembro del partido liberal, en 1885 (ibfd., p. 219).

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gobierno sin nombre ni precedente. Ai final de su vida trazó (en su ensayo sobre «El gobierno de las razas sometidas») las líneas principales de lo que puede muy bien denominarse una filosofía del burócrata.

Cromer comenzó por reconocer que la «influencia personal» sin un tra­ tado político legal o escrito podía ser bastante para «una supervisión sufi­ cientemente efectiva de los asuntos públicos»73 en países extranjeros. Este género de influencia irregular era preferible a una bien definida política, porque podía ser alterada en cualquier momento y no implicaba necesaria­ mente aí gobierno metropolitano en caso de dificultades. Requería colabo­ radores muy preparados, de gran confianza y cuya lealtad y patriotismo no estuviesen relacionados con ambiciones personales ni con la vanidad, a quienes se podría exigir incluso que renunciaran a la humana aspiración de que sus nombres se unieran a sus logros. Su pasión mayor tendría que ser la del sigilo («Cuanto menos se hable de los funcionarios británicos, tanto mejor»)74, la de desempeñar un papel entre bastidores; su mayor desprecio tendría que estar reservado hacia la publicidad y hacia las personas que la buscaban.

El mismo Cromer poseía estas cualidades en muy alto grado; jamás se despertó su ira más intensamente como cuando fue «extraído de su oculto lu­ gar», cuando «la realidad que hasta entonces sólo había sido conocida por unos pocos entre bastidores [se tornó] patente a todo el mundo»75. Su orgu­ llo se cifraba en «permanecer más o menos oculto [y] en tirar de los hilos»76. A cambio, y para hacer perfectamente posible sil trabajo, el burócrata tenía que sentirse libre del control — es decir, tanto de toda alabanza como de toda censura— de todas las instituciones públicas, bien fuera del Parlamento, los «Departamentos ingleses» o la prensa. Cada avance de la democracia o inclu­ so el simple funcionamiento de las instituciones democráticas existentes sólo podían significar un peligro, porque es imposible gobernar a «un pueblo por un pueblo — al pueblo de la India por el pueblo de Inglaterra»77. La burocra­ cia es siempre un gobierno de expertos, de una «experta minoría» que tiene que resistir tanto como sepa la constante presión de la «inexperta mayoría». Cada pueblo es fundamentalmente una inexperta mayoría, y por eso no pue­ den confiársele'materias tan especializadas como ios asuntos políticos y públicos. A los burócratas, además, no se les suponen ideas generales acerca

De una carta a lord Rosebery, en 18S6 (ibfd., p. 134).

7* Ibfd., p. 352.

7Í De una carta a lord Rosebery, en 1893 (ibfd., pp. 204 y 205).

De una carta a íord Rosebery, en 1893 (ibid., p. 192).

De un discurso pronunciado por Cromer en el Parlamento después de 1904 (ibfd., p, 311).

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de las cuestiones políticas. Su patriotismo jamás debe conducirles tan lejos como para que crean en la bondad inherente de los principios políticos en su propio país; de ello sólo resultaría una barata aplicación «imitativa» del «gobierno de las poblaciones atrasadas», que, según Cromer, fue el defecto prin­ cipal del sistema francés735*78.

Nadie pretenderá nunca que Cedí Rhodes sufría una falta de vanidad. Según Jameson, esperaba ser recordado al menos durante cuatro mil años. Sin embargo, a pesar de todo su apetito por la autoglorificación, llegó a la misma idea de dominación mediante el secreto, que había sido característica del supermodesto lord Cromer, Extremadamente inclinado a redactar testa­ mentos, Rhodes insistió en todos ellos (a lo largo de dos décadas de vida pública) en que su dinero fuera utilizado para la fundación de «una sociedad secreta.., que realizara su plan», que tenía que ser «organizado como el de Loyoía, apoyado por la riqueza acumulada de aquellos cuya aspiración es un deseo de hacer algo» para que finalmente hubiera «entre dos y tres mil indivi­ duos en la flor de la vida, distribuidos por todo el mundo, cada uno de los cuales habría impreso en su mente en el período más susceptible de su exis­ tencia el sueño del Fundador, cada uno de ios cuales, además, habría sido especialmente — matemáticamente— seleccionado conforme a la finalidad del Fundador»79. Con mayor visión que Cromer, Rhodes abrió la sociedad a todos los miembros de la «raza nórdica»80, de modo tal que su objetivo no fuese tanto el crecimiento y gloria de Gran Bretaña —su ocupación de «todo el continente de Africa, Tierra Santa, el valle del Eufrates, las islas de Chipre y Candía [Creta], la totalidad de América del Sur, las islas del Pacífico, todo el archipiélago malayo, las costas de China y de japón [y] la definitiva recu­ peración de los Estados Unidos»81—*como la expansión de la «raza nórdica», que, organizada como sociedad secreta, establecería un gobierno burocrático sobre todos los pueblos de la tierra.

Lo que se impuso a la monstruosa e innata vanidad de Rhodes y le hizo descubrir los encantos del secreto fue lo mismo que se impuso al innato senti­

Durante fas negociaciones y consideraciones del marco administrativo para la anexión del Sudán, Cromer insistió en mantener todo el asunto fuera de la esfera de influencia francesa; y actuó así no porque deseara garantizar un monopolio en Africa para Inglaterra, sino más bien porque experimen­ taba «el más profundo deseo de confiar en su sistema administrativo aplicado a las razas sometidas» (de una carta a Salisbury, en 1899; ibfd., p. 248).

Rhodes redactó seis testamentos (el primero fue ya elaborado en 1877), en todos los cuales m en­ ciona a la «sociedad secreta». Para citas extensas, véase, de Basil Williams, Cedí Rhodes, Londres, Í92I, y Milfin, op. d t, pp. 128 y 33 í. (Las menciones corresponden a W, T. Stead.)

30 Es bien conocido que la «sociedad secreta» de Rhodes concluyó siendo la muy respetable «Rhodes Schoíarship Association», en la que incluso hoy son admitidos no solamente los ingleses, sino tam ­ bién los miembros de todas las «razas nórdicas», tales como alemanes, escandinavos y americanos.

31 Basil Williams, op. dt., p. 51.

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do del deber de Cromer: el descubrimiento de una expansión que no se halla­ ba impulsada por un específico apetito por un específico país, sino concebida como un proceso inacabable en el que cada país serviría sólo como escalón para una expansión ulterior. En la perspectiva de semejante concepto, el deseo de gloria ya no puede quedar satisfecho por el glorioso triunfo sobre un pueblo específico en beneficio del pueblo propio ni puede quedar satisfecho el sentido de deber mediante la conciencia de servicios específicos y la realización de tareas específicas. Sean cuales fueren las cualidades o los defectos individuales que un hombre pueda tener, una vez que ha penetrado en el máehtrom de un inacaba­ ble proceso de expansión dejará de ser lo que era y obedecerá las leyes del pro­ ceso, se identificará con las fuerzas anónimas a las que se supone que sirve para mantener en movimiento a todo el proceso; se considerará a sí mismo como una simple función y, finalmente, considerará a semejante funcionalidad como la encarnación de la tendencia dinámica, su realización más elevada posible. Entonces, como Rhodes estaba lo suficientemente loco para decir, «no podría hacer nada mal, todo lo que hiciera estaría bien. Su obligación estribaría en ha­ cer lo que deseara. Se sentiría un dios — y nada menos»82. Pero lord Cromer apuntaba cuerdamente al mismo fenómeno de la autodegradación voluntaria de los hombres en simples instrumentos o simples funciones cuando llamó a Jos burócratas «instrumentos de incomparable valor en la ejecución de una política de imperialismo»83.

Es obvio que estos agentes secretos y anónimos de la fuerza de expansión no sentían obligación alguna respecto de las leyes elaboradas por el hombre. La úni­ ca «ley» que obedecían era la «ley» de la expansión, y la única prueba de su «lega­ lidad» era el éxito. Tenían que hallarse completamente dispuestos a esfumarse en el olvido cuando quedara demostrado su fracaso, si por alguna razón ya no eran «instrumento de incomparable valor». Mientras tuvieran éxito, el sentimiento de hallarse encarnando fuerzas mayores que ellos mismos les haría relativamen­ te fácil la renuncia e incluso el desprecio del aplauso y la glorificación. Eran monstruos de presunción en sus éxitos y monstruos de modestia en sus fracasos.

En la base de la burocracia como forma de gobierno y de su inherente sustitución de la ley por decretos temporales y mudables se halla esta supers­ tición de una posible y mágica identificación del hombre con las fuerzas de la historia. El ideal de semejante cuerpo político será siempre el hombre que entre bastidores mueve los hilos de la historia. Cromer rehuyó finalmente todo «instrumento escrito y, desde luego, todo lo que es tangible»84 en sus23

Miliin, op, dt„ p. 92. w Cromer, op. cit.

De una carta de lord Cromer a lord Rosebery, en 1866. Zetland, op. at., p. 134.

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relaciones con Egipto — incluso una proclamación de la anexión— para estar libre de obedecer exclusivamente a la ley de la expansión, sin la obligación de un tratado elaborado por eí hombre. De esta manera rehúye el burócrata toda ley general, atendiendo por decreto a cada situación aislada, porque la estabilidad inherente a la ley amenaza con establecer una comunidad perma­ nente en la que nadie pueda posiblemente ser dios porque todos tengan que obedecer a una ley.

Las dos figuras clave en este sistema, cuya verdadera esencia es el proceso sin objetivo, son el burócrata, por una parte, y eí agente secreto, por otra. Ambos tipos, mientras sirvieron exclusivamente al imperialismo británico, no des­ mintieron que descendían de los matadores de dragones y de los protectores de los débiles y por eso nunca impulsaron a los regímenes burocráticos a sus extremos inherentes. Un burócrata británico, casi dos décadas después de la muerte de Cromer, sabía que las «matanzas administrativas» podían mante­ ner a la India dentro del Imperio británico; pero también conocía cuán utó­ pico sería tratar de obtener el apoyo de los odiados «departamentos ingleses» para su realización de un plan, por lo demás, completamente realista85. Lord Curzon, virrey de la india, no mostró nada de la nobleza de Cromer y resul­ tó ser un elemento completamente característico de una sociedad que se inclinaba cada vez más a aceptar las normas raciales del populacho si se le ofrecían bajo el aspecto de esnobismo a la moda86. Pero el esnobismo es com­ pletamente incompatible con el fanatismo y por eso nunca es realmente efi­ ciente. 1

Cabe decir lo mismo de los miembros del Servicio Secreto británico. Son también de ilustre origen — lo que el matador de dragones fue al burócrata lo es el aventurero al agente secreto— y pueden reivindicar también justamente

«Eí sistema indio de gobierno por informes resultaba... sospechoso (en Inglaterra). En la India no existía juicio por jurado y los jueces eran todos funcionarios pagados de la corona, muchos de ellos amovibles a placer... Algunos juristas se sentían más que incómodos ante el éxito del experimento in­ dio. “Si —decían— funcionan tan bien en la India el despotismo y la burocracia, ¿acaso no podrán ser alguna vez empleados como argumento para introducir aquí algo del mismo sistema?”.» En cual­ quier caso, el gobierno de la India «sabía muy bien que tenía que justificar su existencia y su política ante la opinión pública de Inglaterra y sabía muy bien que la opinión pública jamás toleraría la opre­ sión» (A. Carthilí, op. dt., pp. 4l, 42 y 70).

S6 Harold Nicholson, en su Curzon; The Last Phase 1919-1925, Boston-Nueva York, 1934, cuenta la siguiente historia: «En Fíandes, tras las líneas, había unas fábricas de cerveza en cuyos tanques se bañaban los soldados al volver de las trincheras. Curzon fue llevado a ver esta dantesca exhibición. Contempló con interés aquellos centenares de hombres desnudos retozando entre nubes de vapor. “¡Válgame Dios! — dijo— . No tenía ni idea de que las clases inferiores tuvieran la piel tan blanca.” Curzon negaba la autenticidad de esta anécdota, pero no dejaba por ello de agradarle» (pp. 47-48).

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una leyenda fundacional, la leyenda del Gran juego, tal como fue contada por Rudyard Kipling en Kim.

Desde luego, todo aventurero sabe lo que quiere decir Kipling cuando alaba a Kim, «porque lo que él amaba era el juego por el juego». Toda perso­ na capaz todavía de sorprenderse ante «este mundo grande y maravilloso» sabe que difícilmente constituye un argumento contra el juego el hecho dé que los «misioneros y secretarios de las sociedades caritativas no puedan advertir su belleza». Aún menos derecho tienen a hablar, al parecer, quienes consideran «un pecado besar la boca de una muchacha blanca y una virtud el besar el zapato de un negro»87. Como, en definitiva, la vida tiene que ser vivi­ da y amada por sí misma, la aventura y el amor al juego pueden aparecer fácilmente como el símbolo más intensamente humano de la vida. Es esta humanidad apasionada subyacente la que hace de Kim la única novela de la era imperialista en la que una genuina hermandad liga a los «linajes superio­ res e inferiores», en la que Kim, «un sahib, hijo de sahib», puede hablar justa­ mente de «nosotros» cuando se refiere a ios «hombres encadenados», «todos en una soga». Hay en este «nosotros» — extraño en la boca de un creyente en el imperialismo— algo más que el anonimato omnienvoívente de hombres que se sienten orgullosos de no tener «nombre, sino sólo un numero y una le­ tra», algo más que el común orgullo de tener «un precio sobre la cabeza [de uno]». Lo que les hace camaradas es la común experiencia de ser — a través del peligro, el miedo, la sorpresa constante, la profunda falta de hábitos, la perpetua disposición para cambiar sus identidades— símbolos de la vida misma, símbolos, por ejemplo, de los acontecimientos de toda la India, com­ partiendo la vida de todo lo que «corre como una lanzadera a través del Indostán», y, por eso, ya no son «una persona, en medio de todo», como si se hallara atrapada por las limitaciones de la individualidad o de la nacionalidad propias. Jugando el Gran Juego, un hombre puede sentirse como si viviera la única vida que vale la pena vivir, porque ha sido despojado de todo lo que puede considerarse accesorio. La vida en sí misma parece haber quedado en una pureza fantásticamente intensificada cuando un hombre se aparta de to­ dos los lazos sociales ordinarios, de la familia, de una ocupación regular, de un objetivo definido, de las ambiciones y del lugar reservado en una comuni­ dad a la que pertenece por su nacimiento. «El Gran Juego concluye cuando todo está ya muerto. Y no antes.» Cuando uno está muerto, la vida ha con­ cluido. Y no antes. No cuando uno llega a lograr lo que pudiera haber desea­ do. El hecho de que el juego no tenga un objetivo definido es lo que le hace tan peligrosamente semejante a la vida misma.

87 Cathill, op. cit., p. 88.

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La carencia de objetivo es el verdadero encanto de la experiencia de Kím. No acepta sus extraños deberes por Inglaterra, ni por la India, ni por ningu­ na otra causa valiosa o fútil. Podrían haberle convenido las nociones imperia­ listas como la expansión por la expansión o el poder por el poder, pero él no se preocupó particularmente de ello y ciertamente jamás habría llegado a construir ninguna fórmula semejante. Avanzó con su estilo peculiar de «no razonar por qué, sino hacerlo y morir» sin formularse siquiera la primera pre­ gunta. Únicamente le tentaba la básica infinitud del juego y el secreto como tal. Y el secreto parece de nuevo como un símbolo del misterio básico de la vida.

De alguna forma no fue culpa de los aventureros natos, de aquellos que por su verdadera naturaleza vivían al margen de la sociedad y de todos los cuerpos políticos, el hecho de que encontraran en el imperialismo un juego político que era inacabable por definición; y no se esperaba que supieran que en política un juego inacabable sólo puede acabar en catástrofe y que el secre­ to político difícilmente concluye en algo más noble que la vulgar duplicidad de un espía. La broma gastada a estos jugadores del Gran Juego consistió en que quienes íes empleaban sabían lo que querían y utilizaban su pasión por el anonimato para el espionaje ordinario. Pero este triunfo de los inversionistas hambrientos de beneficios resultó temporal y concluyeron debidamente engañados cuando unas pocas décadas más tarde conocieron a los jugadores del juego del totalitarismo, un juego jugado sin motivos ulteriores, como el del beneficio, y por eso realizado con tal eficiencia homicida que devdró incluso a aquellos que lo habían financiado.

Antes de que esto sucediera, sin embargo, los imperialistas destruyeron al mejor de quienes pasaron de ser aventureros (con una fuerte mezcla de mata­ dor de dragones) para convertirse en agentes secretos, a Lawrence de Arabia. Jamás fue realizado el experimento de la política secreta por un hombre más decente, Lawrence experimentó temerariamente consigo mismo y luego regresó y se consideró miembro de la «generación perdida», Y pensó así por­ que «los viejos volvieron y nos arrebataron la victoria» para «rehacer [el m un­ do] a semejanza del antiguo que conocieron»38. Realmente, los viejos se mos­ traron completamente ineficientes incluso en esto y entregaron su victoria, juntamente con su poder, a otros hombres de la misma «generación perdida», que, ni eran viejos ni resultaban tan diferentes de Lawrence. La única dife­ rencia estribaba en que Lawrence todavía se aferraba a una moralidad que, 53

T. E. Lawrence, Seven Pillan ofWudom, introducción (primera edición, 1926), que fue omitida de la edición posterior por consejo de George Bernard Shaw. Vóase, de T. E. Lawrence, Letters, edi­ tadas por David Gainetc, Nueva York, 1939, pp. 262 y ss.

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sin embargo, había perdido ya todas sus bases objetivas y consistía exclusiva­ mente en un tipo de actitud particular y necesariamente quijotesca de senti­ mientos caballerescos.

Lawrence se sintió seducido a convertirse en agente secreto en Arabia a causa de su fuerte deseo de abandonar el mundo de inane respetabilidad cuya continuidad había perdido simplemente su significado, en razón de su disgusto del mundo tanto como de sí mismo. Lo que más le atraía en la civilización árabe era su «evangelio de desnudez... [quej implica también aparentemente un tipo de desnudez moral», que «se ha refinado a sí mis­ mo, despojándose de los bienes domésticos»89. Lo que trató fundamental­ mente de evitar después de volver a la civilización inglesa fue vivir una vida propia, así es que terminó por alistarse, de una forma aparentemente incom­ prensible, como soldado del ejército británico, que, obviamente, era la úni­ ca institución en la que el honor de un hombre podía identificarse con la pérdida de su personalidad individual.

Cuando el estallido de la Primera Guerra Mundial envió a T. E. Lawrence a los árabes del Oriente Próximo, con la misión de alzarles en rebeldía contra sus dirigentes turcos y lograr que lucharan en el bando británico, él penetró en el verdadero centro del Gran Juego. Sólo podía lograr su propósito si lograba provocar entre las tribus árabes un movimiento nacional que, en definitiva, había de servir al imperialismo británico, Lawrence tuvo que com­ portarse como si el movimiento nacional árabe fuera su principal ínter«, y lo hizo tan bien que llegó a creerlo él mismo. Pero como realmente no era así, fue, en definitiva, incapaz de «pensar su pensamiento» y de «asumir su persona­ je»90. Pretendiendo ser un árabe, sólo pudo ser su «personalidad inglesa»91 y quedó más fascinado por el completo secreto de su autoaniquilamiento que engañado por las obvias justificaciones de una benévola dominación sobre pue­ blos atrasados, que podría haber utilizado lord Cromer. Miembro de una gene­ ración inmediatamente posterior a la de Cromer y más triste que la de éste, se mostró encantado con un papel que exigía un reacondicionamiento de toda su personalidad hasta que encajó en el Gran Juego, hasta que se convirtió en la encarnación de la fuerza del movimiento nacional árabe, hasta que perdió toda la vanidad natural' en su misteriosa alianza con fuerzas necesariamente más grandes que él mismo, por grande que él pudiera haber sido, hasta que adqui­ rió un mortal «desprecio no por los demás hombres, sino por todo lo que ha­ cen» por su propia iniciativa y no en alianza con las fuerzas de la historia. 3

33 De una carta escrita en 1918 (Letters, p. 224).

E. Lawrence, Seven Pillars of Wisdom, Garden City, 1938, cap. I.

Ibid.

3 2 8 IMPERIALISMO

Cuando, aí final de la guerra, Lawrence tuvo que abandonar el disfraz de agente secreto y recobró de alguna forma su «personalidad inglesa»92, miró «a Occidente y a sus costumbres con nuevos ojos: para mí lo destruyeron todo»93. Del Gran Juego de incalculable magnitud, que ninguna publicidad había glorificado o limitado y que le había elevado con sus veintitantos años por encima de reyes y de primeros ministros porque «él los había creado o ha­ bía jugado con ellos»94, Lawrence regresó a casa con un obsesivo deseo de anonimato y con la profunda convicción de que no llegaría a satisfacerle nada de lo que pudiera hacer con su vida. Dedujo esta conclüsión de su perfecto convencimiento de que no había sido él quien había sido grande, sino el papel que había asumido eficazmente, que su grandeza había sido un resultado del juego y no un producto de sí mismo. Ahora ya no deseaba «volver a ser grande» y estaba resuelto a ser «respetable de nuevo» y así «curado... de cualquier deseo de hacer algo por sí mismo»95. Había sido el espectro de una fuerza y se con­ virtió en un espectro entre los vivos cuando la fuerza, la función, le fue reti­ rada. Lo que frenéticamente buscaba era otro papel que desempeñar y éste fue incidentalmente el «juego» sobre el que George Bernard Shaw inquirió tan amable como inadvertidamente, como $Í hablara de otro siglo, no com­ prendiendo por qué un hombre de logros semejantes no quería reconocer­ los96. Sólo otro papel, otra función, serían lo suficientemente fuertes como para impedir que él mismo y el mundo identificaran a Lawrence con sus hazañas en Arabia, como para sustituir su antigua personalidad por una nue­ va. No quería convertirse en «Lawrence de Arabia» dado que, fundamental­ mente, no deseaba obtener una nueva personalidad tras haber perdido la antigua* Su grandeza estribaba en que era suficientemente apasionado como para rehusar un compromiso barato y caminos fáciles hacia la realidad y la respetabilidad, en que jamás perdió su conciencia de que había sido sólo una

La siguiente anécdota refleja cuán ambiguo y difícil tuvo que ser ese proceso: «Lawrence había aceptado una invitación para cenar en el CÍ3ridge y otra para una fiesta en casa de Mrs. Harry Lind* say. Eludió la cena, pero acudió a la fiesta vestido de árabe». Esto sucedió en 1919 (Letters, p. 272, nota 1).

Lawewnce, op. cit., cap. I.

Lawrence escribió en 1929: «Cualquiera que se haya remontado tan rápidamente como yo... y que haya visto tanto del interior de la cumbre del mundo puede muy bien perder sus aspiraciones y cansarse de los motivos ordinarios para ía acción que le impulsaron hasta que llegó a la cumbre. Yo no fui rey ni primer ministro, pero hice reyes y primeros ministros y jugué con ellos, y después,' en aquella dirección, no me restó mucho más que hacer» (Letters, p. 653).

Ibfd., pp. 244, 447, 450. Compárese especialmente la carta de 1918 (p. 244) con las dos cartas a George Bernard Shaw (p. 447) de 1923 y 1928 (p. 616).

George Bernard Shaw, al preguntar a Lawrence en 1928: «;A qué juega usted realmente? Estaba sugiriendo que su papel en el ejército o su búsqueda de un empleo como vigilante nocturno (para el que podía conseguir «buenas referencias») no eran auténticos.

RAZA Y BUROCRACIA 329

función y que había desempeñado un papel y que por eso «no debía benefi­ ciarse en manera alguna de lo que había hecho en Arabia. Rehusó los hono­ res, que había ganado. Rechazó los puestos que le ofrecieron por obra de su fama y tampoco permitió explotar sus éxitos escribiendo una sola cuartilla periodística pagada bajo el nombre de Lawrence»97*.

La historia de T. E. Lawrence, en su amargura y en su grandeza conmo­ vedoras, no fue, sencillamente, la historia de un funcionario pagado o de un espía contratado, sino precisamente la de un agente o funcionario auténtico, de alguien que realmente creyó haber penetrado — o que había sido empuja­ do— en la corriente de la necesidad histórica y que se convirtió en un fun­ cionario o agente de las fuerzas secretas que dominan al mundo. «He empu­ jado mi carretilla a favor de la corriente eterna y así fue más deprisa que las que fueron empujadas a través de la corriente o contra la corriente. No creí, finalmente, en el movimiento árabe, pero creo que fue necesario en su momento y en su lugar.»93 De la misma manera que Cromer había domina­ do a Egipto en pro de la India, o Rhodes a Sudáfríca en pro de una ulterior expansión, Lawrence había actuado en pro de una finalidad ulterior e impre­ visible. La única satisfacción que pudo extraer de todo ello, careciendo de la tranquila buena conciencia de algún limitado logro, procedió del sentido del funcionamiento en sí mismo, de ser abarcado e impulsado por un gran movi­ miento. De regreso a Londres y desesperado, trataría de hallar un sustituto a este tipo de «autosatisfacción» y «sólo lo conseguiría en la cálida velocidad de una motocicleta»99. Aunque Lawrence no fue captado por el fanatismo de una ideología de movimiento, probablemente porque estaba demasiado bien instruido para las supersticiones de su época, había experimentado ya esa fas­ cinación basada en el abandono de toda posible responsabilidad humana que ejerce la eterna corriente y su eterno fluir. Se sumió en ella y nada quedó en él sino alguna inexplicable decencia y un orgullo por haber «empujado de la forma adecuada». «Todavía me sorprende cuánto significa el individuo; mu­ cho, supongo, si empuja de la forma adecuada.»100 Esto, por consiguiente, es el final del auténtico orgullo del hombre occidental que ya no importa como fin en sí mismo; ya no hace «una cosa de sí mismo ni algo tan limpio como para ser propio»101 dando leyes al mundo, sino que sólo tiene una oportuni­ dad «si empuja de la forma adecuada», en alianza con las fuerzas secretas de la historia y de la necesidad, de las cuales no es más que una función.

Garnett, op. cit., p. 264.

Letten, en 1930, p. 693.

Ibfd., en 1928, p, 456. 1<? Ibfd., p. 693.

Lawrence, op. cit., cap. I,

IMPERIALISMO

Cuando el populacho europeo descubrió qué «maravillosa virtud» podía ser en Africa una piel blanca102, cuando el conquistador inglés en la India se convirtió en un administrador que ya no creía en la validez universal de la ley, sino que estaba convencido de su propia e innata capacidad para gobernar y dominar, cuando los matadores de dragones se convirtieron bien en «hom­ bres blancos» de «castas superiores», bien en burócratas y espías, jugando él Gran Juego de motivos ulteriores e inacabables en un inacabable movimien­ to; cuando los Servicios británicos de Información (especialmente después de la Primera Guerra Mundial) comenzaron a atraer a los mejores hijos de Ingla­ terra, que preferían servir a las fuerzas misteriosas por todo el mundo que al bien común de su país, el escenario pareció estar ya dispuesto para todos los horrores posibles. Bajo la nariz de cualquiera existían ya muchos de los elemen­ tos que, reunidos, podían formar un gobierno totalitario sobre la base del racis­ mo. Los burócratas de la India propusieron las «matanzas administrativas», mientras que los funcionarios de África declaraban que «no se permitiría que consideraciones éticas tales como los derechos del hombre se alzaran en el camino» de la dominación blanca103.

El hecho afortunado es que, aunque la dominación imperialista británica se hundió hasta cierto nivel de vulgaridad, la crueldad desempeñó entre las dos guerras un papel inferior al que había desempeñado antes y quedó siempre a salvo un mínimo de los derechos humanos. Esta moderación en medio de la pura locura fue la que abrió el camino para lo que Churchill denominó «la liquidación del imperio de Su Majestad» y la que finalmente puede llegar a significar la transformación de la nación inglesa en una comunidad de pue­ blos ingleses.

Millin, op. cit., p. 15.

!0J Como dijo sir Thomas Wart, un ciudadano de Sudáfrica, de ascendencia británica. (Wase Bar-nes, op. cit., p. 230.)

CAPÍTULO 8

IMPERIALISMO CONTINENTAL:

LOS PANMOVIMIENTOS

El nazismo y el bolchevismo deben más al pangermanismo y al paneslavismo (respectivamente) que a cualquier otra ideología o movimiento político. Y ello es más evidente en política exterior, donde las estrategias de la Alemania nazi y de la Rusia soviética han seguido tan de cerca los bien conocidos programas de conquista trazados por los panmovimiemos, antes de y durante la Primera Guerra Mundial, que los objetivos totalitarios han sido a menudo confundidos con la prosecución de determinados intereses permanentes alemanes o rusos. Aunque ni Hitíer ni Stalin reconocieron nunca su deuda con el imperialismo en el desarrollo de sus métodos de dominación, ninguno dudó en admitir lo que debía a la ideología de los panmovimientos o en imitar sus eslóganes1.

Hitfer escribió en Mein Kampf (Nueva York, 1939): «En Viena establecí los cimientos de una con­ cepción del mundo, en general, y de un estilo de pensamiento político, en particular, que más tarde hube de completar en detalle pero que jamás me abandonó después’* (p. 129). Stalin volvió a los eslóganes paneslavistas durante la última guerra. El Congreso Paneslavista de Sofía, en 1945, qué ha­ bía sido convocado por los victoriosos rusos, adoptó una resolución afirmando que «declarar al ruso la lengua de comunicación general e idioma oficial de todos los pueblos eslavos era no sólo una nece­ sidad de política internacional, sino también una necesidad moral» (véase Aufbau, Nueva York, 6 de abril de 1945). Poco antes, la radio búlgara había difundido un mensaje del metropolitano Stefan, vicario del Santo Sínodo búlgaro, en el que éste apelaba al pueblo ruso para que «recordara su misión mesíánica» y profetizaba la próxima «unidad del pueblo eslavo» (véase Politks, enero de 1945).

IMPERIALISMO

El nacimiento de los panmovimíentos no coincide con el nacimiento del imperialismo; hacia 1870, el paneslavismo había ya superado las teorías vagas y confusas de los eslavófilos12 y el sentimiento pangermánico era bien conoci­ do en Austria en fecha tan temprana como la de mediados del siglo XIX. Am­ bos, empero, cristalizaron en movimientos y captaron la imaginación de más amplios estratos sólo con la triunfal expansión imperialista de las naciones occidentales en la década de los ochenta. Las naciones de la Europa central y oriental, que carecían de posesiones coloniales y cuya esperanza de expansión ultramarina era escasa, decidieron por entonces que «teñían el mismo dere­ cho a extenderse que cualesquiera otros grandes pueblos y que, si no se les otorgaba esta posibilidad en ultramar, [se verían] forzadas a obtenerla en Europa»3. Los pangermanos y los paneslavos coincidían en que, viviendo en «estados continentales» y siendo «pueblos continentales», tenían que buscar colonias en el continente4, extenderse en una continuidad geográfica a partir de un centro de poder5, para que contra «la idea de Inglaterra... expresada por las palabras: Deseo dominar el mar [se alce] la idea de Rusia [expresada] por las palabras: Deseo dominar la tierra»6 y que, finalmente, se tornaría evidente la «tre­ menda superioridad de la tierra respecto del mar..., el significado superior del poder terrestre respecto del poder marítimo...»7.

La importancia principal del imperialismo continental, diferenciado del de ultramar, radica en el hecho de que su concepto de la expansión cohesiva no permite distancia geográfica alguna entre los métodos e instituciones de la

Por lo que se refiere a una exhaustiva exposición y debate sobre los eslavófilos, véase la obra de Ale-xandre Koyré, La philosophie et leproblème national en Russie au début du 19e. siècle (Institut Français de Leningrad, Bibliothèque, vol. X, Paris, 1929).

■3 Ernst Hasse, Deutsche Politik, fase. 4: Die Zukunft des deutschen Volkstums, 1907, p. 132.

Ibfd., fase. 3: Deutsche Grenzpoütik, pp. 167 y 168. Teorías geopolíticas de este género resultaban corrientes entre los Alldeutschen, los miembros de la Liga Pangermanista. Siempre comparaban las necesidades geopolíticas de Alemania con las de Rusia. De forma característica, los pangermanistas austríacos jamás establecieron semejante paralelo.

El escritor eslavófilo Danilewski, cuya obra Rusia y Europa se convirtió en un clásico del panesla­ vismo, alabó la «capacidad política» de los rusos en razón de su «tremendo estado milenario, que todavía crece y cuyo poder no se extiende como el europeo, en una forma colonial, sino que perma­ nece siempre concentrado en torno de su núcleo, Moscú» (véase Geschichte Russlands von den Anfän­ gen bis zur Gegenwart, 1923-1929, de K. Satehlin, 5 vols. Wfl, p. 274).

6 La cita es de J. Síowacki, un autor polaco que escribió en la década de los cuarenta. Véase Three Chaptersftom the Histosy ofPolish Messianlsm, de N. O . Lossky, Praga, 1936, en la International Phi-losophical Library, II, 9.

El paneslavismo, primero de los pan-ismos (véase Russland, de Hoetzsch, Berlin, 1913, p. 439), expresó estas teorías geopolíticas casi cuarenta años antes de que el pangermanismo comenzara «a pensar en continentes». El contraste entre el poder marítimo inglés y el poder terrestre continental era tan evidente que resultaría forzado buscar influencias.

7 Reismann-Grone, «Ueberseepolitik oder Festlandspolitik?», en 1905, en Alldeutsche Flugschriften, núm. 22, p. 17.

IMPERIALISMO CONTINENTAL: LOS PANMOIMIENTOS 333

colonia y los de la nación, de forma tal que no son necesarios efectos de boo-merang para que aquéllos y sus consecuencias sean experimentados en Euro­ pa. El imperialismo continental comienza verdaderamente en la patria3*8. Aunque compartió con el imperialismo ultramarino el desprecio por la estre­ chez de la nación-estado, opuso a ésta no tanto argumentos económicos, que al fin y al cabo expresaban frecuentemente auténticas necesidades nacionales como una «ensanchada conciencia tribal»9 a la que se suponía capaz de unir a todos los pueblos de origen semejante, independientemente de la historia y sea cual fuere el lugar donde hubieran vivido10. Por eso el imperialismo con­ tinental se inició con una mucho más íntima afinidad con los conceptos de raza, absorbió entusiásticamente la tradición del pensamiento racial11y esca­ samente se apoyó en experiencias específicas. Sus conceptos raciales eran completamente ideológicos en su base y evolucionaron hasta convertirse en un arma política conveniente mucho más rápidamente que las teorías simila­ res expresadas por las potencias imperialistas, las cuales siempre podían rei­ vindicar una cierta base de experiencia auténtica.

Los panmovimientos han recibido generalmente una escasa atención en el estudio del imperialismo. Sus anhelos de imperios continentales fueron eclipsados por los más tangibles resultados de la expansión ultramarina y su falta de interés por la economía52 presentó un ridículo contraste con los tre­

Ernst Hasse, de k Liga Pangermanista, propuso tratar a ciertas nacionalidades (polacos, checos, judíos, italianos, etc.) de la misma manera que el imperio ultramarino trataba a los nativos en los continentes no europeos (véase Deutsche Politik, fase, 1: Das Deutsche Reich als Nationalstaat, 1905, p. 62). Ésta es k diferencia principal entre la Liga Pangermanista, fundada en 1886, y las anteriores sociedades colonialistas, tales como k Centralverein für Handelsgeographie (fundada en 1863). Mil­ dred S. Wertheimer proporciona una descripción muy exacta de tas actividades de la Liga Pangerma-nista en The Pan-German-League, 1890-1914, 1924.

9 Emíí Deckert, Panlatinismus Panslawismus und Panteutonismus in ihrer Bedeutungßir die politische Weltlage, Frankfurt det Main, 1914, p. 4.

Ya antes de k Primera Guerra Mundial, los pangermanistas hablaron de k distinción entre Staats­ fremde, pueblo de origen germánico que vivía bajo la autoridad de otro país, y Volksfremde, pueblo de origen no germánico que vivía en Alemania. Véase Wenn ich der Kaiser wär. Politische Wahrheiten und Notwendigkeiten, de Daniel Frymann (pseudónimo de Heinrich Class), 1912.

Cuando Austria fue incorporada al III Reich, Hitler se dirigió al pueblo germánico de Austria con cslóganes típicamente pangermanistas: «Sea donde fuere donde hayamos nacido», íes dijo, so­ mos todos «hijos del pueblo alemán». Hitlers Speeches, editado por N . H. Baynes, 1942, II, p. 1408. 11 Th. G. Masaryk, Zar russichen Geschieht- und Religionsphilosophie (1913), describe el «nacionalis­ mo zoológico» de tos eslavófilos a partir de Danilewski (p. 257). Otro Bonhard, historiador oficial de ía Liga Pangermanista, afirmó la estrecha relación entre su ideología y eí racismo de Gobineau y H . S. Chamberkin (véase Geschichte des alldeutschen Verbandes, 1920, p. 95.

u Una excepción es Friedrich Naumann, Central Europe (Londres, 1916), que deseaba reemplazar las numerosas nacionalidades de Europa central por un pueblo «económicamente» unido bajo la dirección alemana. Aunque este libro fue un best-seller durante k Primera Guerra Mundial, influyó sólo en el partido socialdemócrata austríaco; véase Oesterreichs Erneuerung, Politisch-programmatische Aufsätze, de Karl Renner, Vtena, 1916, pp. 37 y ss.

IMPERIALISMO

mendos beneficios del imperialismo en su primera fase. Además, en un período en el que casi todo el mundo había llegado a creer que la política y la economía eran más o menos la misma cosa, resultaba fácil pasar por alto las semejanzas tanto como las diferencias significativas entre los dos tipos de imperialismo. Los protagonistas de los panmovimientos comparten con los imperialistas occidentales esa conciencia de todos los temas de política exte­ rior que habían sido olvidados por los anteriores grupos dominantes de la na­ ción-estado13. Su influencia sobre los intelectuales fue aún más pronunciada

— la inteliigentsia rusa, con sólo unas pocas excepciones, era paneslava, y el pangermanismo se inició en Austria casi como un movimiento estudiantil1'*. La diferencia principal respecto del imperialismo más respetable de las nacio­ nes occidentales fue la ausencia de un apoyo capitalista; sus intentos de expansión no fueron ni pudieron ser precedidos por la exportación de dinero superfluo y de hombres superfluos, porque Europa no ofrecía oportunidades coloniales ni para uno ni para otros. Entre sus dirigentes no hallamos, por eso, apenas algún hombre de negocios y encontramos muy pocos aventure­ ros, pero hubo muchos miembros de las profesiones liberales, profesores y funcionarios15.

Mientras que el imperialismo ultramarino, pese a sus tendencias antina­ cionales, logró prolongar la vida de las anticuadas instituciones de la nación-estado, el imperialismo continental era y siguió siendo inequívocamente hos­ til a todos los cuerpos políticos existentes. Su talante general, por ello, fue mucho más rebelde, y sus dirigentes, mucho más inclinados a la retórica revolucionaria. En tanto que el imperialismo ultramarino había ofrecido panaceas auténticas suficientes para ios residuos de todas las clases, el impe­ rialismo continental no tenía nada que ofrecer excepto una ideología y un movimiento. Sin embargo, esto resultó bastante en una época que prefería una clave para la historia a la acción política, en un tiempo en que los hom ­ bres, en medio de una desintegración comunal y de una atomización social, deseaban pertenecer a algo a cualquier precio. De forma semejante, la visible

i3 «Ai menos hasta ia guerra, el interés de ios grandes partidos por los asuntos exteriores se vio casi completamente eclipsado por los grandes temas de política interna. La actitud de la Liga Pangerma-nísta es diferente, y éste'es indudablemente un valor propagandístico» {Martin Wenck, Alldeutsche Taktik, 1917).

!í Véase Paul Molisch, Geschkhte der deutschnationakn Bewegungin Oesterreich, Jena, 1926, p. 90: «Es un hecho que el cuerpo estudiantil no refleja sencillamente en manera alguna la constelación política general; al contrarío, en el cuerpo estudiantil se originaron fuertes opiniones pangermanistas y a partir de allí pasaron a la política general».

En Wertheimer, op. cit„ puede hallarse una útil información acerca de la procedencia social de los afiliados, los jefes locales y ios directivos de ia Liga Pangermanista. Véase tambie'n Der alidetitsche Verband, 1890-1918, de Lothar Wenner, Histomcbe Studien, fase. 278, Berlín, 1935, y Der deutsche Cfiauvinismus, de Gottfried Nippold, 1913, pp. 179yss.

IMPERIALISMO CONTINENTAL: LOS PANMOVIMIENTOS 335

distinción de una piel blanca, cuyas ventajas en un entorno negro o pardo son fácilmente comprendidas, podía ser equipar ada con éxito con una distin­ ción puramente imaginaria entre un oriental y un occidental o entre el alma aria y el alma no aria. Lo importante es que una ideología más bien compli­ cada y una organización que no propugnaba un interés inmediato resultaron ser más atractivas que las ventajas tangibles y las convicciones corrientes. .

Pese a su falta de éxito, con su proverbial atractivo para el populacho, los panmovimientos ejercieron desde el principio una atracción mucho más fuerte que la del imperialismo de ultramar. Esta atracción popular, que soportó fracasos tangibles y constantes cambios de programa, prefiguró los ulteriores grupos totalitarios que eran símilarmente vagos respecto de sus objetivos reales y que estaban sujetos a constantes cambios en sus líneas polí­ ticas. Lo que mantuvo unidos a los afiliados a los panmovimientos era mu­ cho más un talante general que un objetivo claramente definido. Es verdad que el imperialismo ultramarino situó a la expansión como tal por encima de cualquier programa de conquista y por ello tomó posesión de cualquier terri­ torio que se le ofrecía como una oportunidad fácil. Sin embargo, por capri­ chosa que hubiera sido la exportación del dinero superfluo, sirvió para deli­ mitar la subsiguiente expansión; los objetivos de los panmovimientos care­ cían incluso de este elemento más bien anárquico de planificación humana y de limitación geográfica. Pero, aunque no tenían programas específicos para la conquista del mundo, generaron un talante completamente absorbente de predominio total, para abarcar todas las cuestiones humanas, de «panhuma-nismo», como señaló Dostoievski en una ocasión16.

En la alianza imperialista entre el populacho y el capital, la iniciativa estaba principalmente del lado de los representantes de éste — excepto en el caso de Sudáfrica, donde se desarrolló muy tempranamente una clara políti­ ca del populacho. En los panmovimientos, por otra parte, la iniciativa siem­ pre descansaba exclusivamente en el populacho, que era conducido entonces (como hoy) por un cierto tipo de intelectuales. Carecían de la ambición de dominar al mundo y ni siquiera soñaban con la posibilidad de una dominación total, pero sabían cómo organizar al populacho y eran conscientes de los usos que para la organización, y no simplemente ideológicos o propagandísticos, podían darse a ios conceptos raciales. Su significado sólo es superficialmente captado en las teorías relativamente modestas de política exterior — una Euro­ pa central germanizada o una Europa oriental y meridional rusificada— que sirvieron como puntos de partida para los programas de conquista mundial

16 Cita de Hans Kohn, «The Permanent Mission», en The Review ofPoluta, julio de 1948.

IMPERIALISMO

deí nazismo y del bolchevismo17. Los «pueblos germánicos» fuera del Reich y «nuestros hermanos pequeños eslavos» fuera de la Santa Rusia generaron una confortable cortina de humo de los derechos nacionales a la autodetermina­ ción, fáciles escalones para una expansión ulterior. Sin embargo, mucho más esencial fue el hecho de que los gobiernos totalitarios heredaron un aura de santidad: sólo tenían que invocar el pasado de la «Santa Rusia» o el «Sacro Imperio Romano Germánico» para despertar todo tipo de supersticiones en­ tre los intelectuales eslavos o germanos18. Las vaciedades seudomíticas, enri­ quecidas por incontables y arbitrarios recuerdos históricos, proporcionaban una atracción emotiva que parecía superar, en profundidad y en anchura, las limitaciones del nacionalismo. Fuera de esto, en cualquier caso, surgió esa nueva clase de sentimiento nacionalista cuya violencia resultó ser un excelen­ te motor para poner en movimiento a las masas del populacho y completa­ mente adecuada para reemplazar como centro emocional a un más antiguo patriotismo nacional.

El nuevo tipo de nacionalismo tribal, más o menos característico de to ­ das las naciones y nacionalidades de la Europa central y oriental, era comple­ tamente diferente en contenido y en significado — aunque no en violencia— de los excesos nacionalistas occidentales. El chauvinismo — usualmente con­ cebido en relación con el nationalisme intégral de Maurras yBarrés en la épo­ ca de comienzos de siglo, con su glorificación romántica del pasado y su morboso culto a los muertos— , incluso en sus manifestaciones más salvaje­ mente fantásticas, no llegó a sostener que los hombres de origen francés, naci­ dos y educados en otro país, sin conocimiento alguno de la lengua o de la cul­ tura francesas, fueran franceses natos gracias a algunas misteriosas cualidades del cuerpo o deí alma. Sólo con «la ensanchada conciencia tribal» surgió esa peculiar identificación de la nacionalidad con el alma de cada uno, ese orgullo intlmista que ya no se preocupa exclusivamente de los asuntos públicos, sino que penetra en cada fase de la vida privada hasta que, por ejemplo, «la vida privada de cada verdadero polaco... es una vida pública de polonidad»19.

En términos psicológicos, la principa! diferencia entre el más violento chauvinismo y este nacionalismo tribal radica en que uno es extrovertido, se

Danilewski, op. cit., incluía en un futuro imperio ruso a todos los países balcánicos, Turquía, Hungría, Checoslovaquia, Gaützia e Istria, con Trieste.

ls El eslavófilo K. S. Aksakow, escribiendo a mediados deí siglo XIX, tomó al pie de la letra el título oficial de ('Santa Rusta», tal como harían más tarde los paneslavistas (véase Th. G. Masaryk, op. cit., pp, 234 y ss.). Muy característica de la vaga vaciedad deí pangermanísmo es la obra de Moeller van den Bruck, Gernumys ThirdEmpire (Nueva York, 1934), en la que proclama: «Hay un solo imperto como hay una sola iglesia. Cualesquiera otros que reivindiquen este título pueden constituir un esta­ do, una comunidad o una secta. Sólo existe El Imperio» (p. 263).

George Cleinow, Die Zukunft Polens, Leipzig, 1914, II, pp. 93 yss,

IMPERIALISMO CONTINENTAL: LOS PANMOVIMIENTOS 337

ocupa sólo de los visibles logros espirituales y materiales de la nación, mien­ tras que el otro, incluso en sus formas más suaves (el movimiento juvenil ale­ mán, por ejemplo), es introvertido, se concentra en el alma de cada indivi­ duo, que es considerada como la encamación de las cualidades nacionales generales. La mística chauvinista todavía apunta a algo que realmente existió en el pasado (como en el caso del nationalisme intégral) y simplemente trata de elevarlo a un terreno más allá del control humano; el tribalismo, por su lado, parte de inexistentes elementos seudomísticós que se propone realizar completamente en el futuro. Puede ser fácilmente reconocido por su tremen­ da arrogancia, inherente a su concentración en sí mismo, que se atreve a me­ dir a un pueblo, su pasado y su presente por el patrón de unas exaltadas cua­ lidades internas y que inevitablemente rechaza su existencia, tradición, insti­ tuciones y cultura visibles.

Políticamente hablando, el nacionalismo tribal insiste siempre en que su propio pueblo está rodeado por «un mundo de enemigos», «uno contra to­ dos», en que existe una diferencia fundamental entre este pueblo y todos los demás. Reivindica a su pueblo como único, individual e incompatible con todos los demás y niega teóricamente la simple posibilidad de una humani­ dad común largo tiempo antes de ser empleado para destruir la humanidad del hombre.

L Nacionalismo tribal

De la misma manera que el imperialismo continental surgió de las frustradas ambiciones de los países que no consiguieron tomar parte en la repentina expansión de la década de los ochenta, así el tribalismo apareció como el nacionalismo de aquellos pueblos que no habían participado en la emancipa­ ción nacional y que no habían logrado la soberanía de una nación-estado. Allí donde se combinaron las dos frustraciones, como en la Austria-Hungría y en la Rusia multinacionales, los panmovimientos hallaron, naturalmente, su más fértil suelo. Además, como la monarquía dual albergaba dos naciona­ lidades irredentas,'la eslava y la germana, el paneslavismo y el pangermanis-mo se concentraron desde el comienzo en su destrucción y Austria-Hungría se convirtió en el auténtico centro de los panmovimientos. Los paneslavos rusos afirmaban en fecha tan temprana como 1870 que el mejor punto posi­ ble de partida para un imperio paneslavo sería la desintegración de Austria20,

Durante la guerra de Crimea (1853-1856), Mkhael Pogodin, un folclorista y filólogo ruso, escri­ bió una carta al zar en la que afirmaba que los pueblos eslavos eran los únicos aliados seguros de Ru-

IMPERIALISMO

y los pangermanos austríacos eran tan violentamente agresivos contra su pro­ pio gobierno que incluso la Alldeutsche Verband de Alemania se quejaba fre­ cuentemente de las «exageraciones» del movimiento hermano austríaco21. El proyecto de concepción alemana para la unión económica de la Europa cen­ tral bajo dirección alemana, junto con similares proyectos de imperios conti­ nentales de los pangermanos alemanes, cambió inmediatamente, cuando se apoderaron de ese movimiento ios pangermanos austríacos, en una estructu­ ra encaminada a convertirse en «el centro de la vida alemana de toda la tierra y que estaría aliada con los demás estados germánicos»22i

Es evidente per se que las tendencias expansionistas del paneslavismo resultaban tan molestas al zar como lo eran para Bismarck las no solicitadas profesiones de lealtad al Reich y de desíealtad a Austria por parte de los pan-germanos austríacos23. Porque, por exaltados que puedan tornarse los senti­ mientos nacionales o ridiculas las reivindicaciones nacionalistas en tiempos de emergencia, mientras que estén limitadas a un definido territorio nacional y controladas por el orgullo de una limitada nación-estado, siguen hallándo­ se dentro de unas lindes que el tribalísmo de los panmovimientos superó des­ de el primer momento.

Puede advertirse muy claramente la modernidad de los panmovimientos a través de su posición enteramente nueva respecto del antisemitismo. Las minorías oprimidas, como los eslavos en Austria y los polacos en la Rusia zarista, en razón de sus conflictos con los respectivos gobiernos, podían des­ cubrir más probablemente las ocultas conexiones entre las comunidades judías y las naciones-estados europeas, y ese descubrimiento podía conducir a una hostilidad más fundamental. Allí donde el antagonismo frente al estado no era identificado con falta de patriotismo, como en Polonia, donde era un

sia (Staehlín, op. cit, p. 35); poco después, el general Nikolai Muravyev Amursky, «uno de los gran­ des imperialistas rusos», proclamó su esperanza de «la liberación de los eslavos de Austria y Turquía» (Hans Kohn, op, cit), yen fecha tan temprana como el año 1870 apareció un folleto militar que exi­ gía la «destrucción de Austria como condición necesaria para el establecimiento de una federación paneslava» (véase Staehlín, op. cit, p. 282).

Véanse Otto Bonhard, op. cit., pp. 58 y ss.t y Hugo Grell, «Der Alldeutsche Verband, seíne Ge-schichte, seine Bestrebungen, seine Erfoíge», 1898, en Alldeutsche Flugschrifien, núm. 8.

n Según el programa pangermanista austríaco de 1913, cita de Eduard Pichl (al. Herwig), Georg Scboenerer, 1938, 6 vols., VI, p. 375.

2Í Cuando Schoenerer, con su admiración por Bismarck, declaró en 1876 que «Austria debe dejar de ser una gran potencia» (Pichl, op. cit, I, 90), Bismarck pensó y dijo a sus admiradores austríacos que «una Austria poderosa constituye una necesidad vital pata Alemania» (véase GeorgRitter von Schoe­ nerer, tesis doct. de E A. Neuschaefer, Hamburgo, 1935). La acritud deí zar hacia el paneslavismo era mucho más equívoca porque en la concepción paneslava del estado se incluía un fuerte apoyo popu­ lar al gobierno despótico. Sin embargo, bajo circunstancias tan tentadoras, el zar se negó a apoyar la exigencia expansionista de los eslavófilos y de sus sucesores (véase Staehlín, op. cit, pp. 30 y ss.).

IMPERIALISM O CONTINENTAL: LOS PANMOVIMI ENTOS 339

signo de lealtad polaca ser desleal al zar, o como en Austria, donde los germa­ nos consideraban a Bismarck como su gran figura nacional, este antisemitis­ mo asumió formas más violentas porque los judíos aparecieron entonces como agentes no sólo de una opresiva maquinaria estatal, sino de un opresor extranjero. Pero el papel fundamental del antisemitismo dentro de los panmovimientos es tan escasamente explicado por la posición de las minorías como por las experiencias específicas que Schoenerer, el protagonista del pangermanismo austríaco, había tenido al comienzo de su carrera, cuando, miembro todavía del partido liberal, se enteró de las relaciones entre la monarquía de los Habsburgo y la dominación por parte de los Rothschild de la red ferroviaria austríaca24. Ello por sí solo difícilmente le habría impulsado a declarar que «nosotros, los pangermanistas, consideramos el antisemitismo como el principal puntal de nuestra ideología nacional»25, ni algo similar ha­ bría podido inducir al escritor paneslavo ruso Rozanov a pretender que «no hay problema en la vida rusa en el que como un inciso no exista también la cuestión: ¿Cómo hacer frente al judío?»26.

La clave de la súbita aparición del antisemitismo como centro de toda una perspectiva de la vida y del mundo — a diferencia de su mero papel polí­ tico en Francia durante el ajfaire Dreyfus o de su papel como instrumento de propaganda en el movimiento alemán de Stoecker— se halla en la naturaleza del tribalismo más que en los hechos y en las circunstancias políticas. El ver­ dadero significado del antisemitismo de los panmovimientos es que el odio hacia los judíos fue por vez primera aislado de toda experiencia real concer­ niente al pueblo judío, tanto política como social y económica, y siguió sólo la lógica peculiar de una ideología.

El nacionalismo tribal, la fuerza impulsora tras el imperialismo continental, tenía poco en común con el nacionalismo de la nación-estado occidental completamente evolucionada. La nación-estado, con su reivindicación de la representación popular y de la soberanía nacional, tal como se había desarro­ llado desde la Revolución francesa y a lo largo del siglo XIX, era el resultado de la combinación de dos factores que en el siglo XVllí se hallaban todavía separados y que permanecieron separados en Rusia y en Austria-Hungría: la nacionalidad y el estado. Las naciones entraban en la escena de la historia y se

Véasecap. 2.

Pichl, op. dt., I, p. 26. La cita procede de un excelente artfculo de Oscar Karbach, «The Founder of Modem Political Antisemitism: Georg von Schoenerer», en Jewish Social Studies, voi. VII, mini, 1, ene.ro de 1945.

Vassiiiff Rozanov, Fallen Leaves, 1929, pp. 163-164.

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emancipaban cuando los pueblos habían adquirido una conciencia de sí mis­ mos como entidades culturales e históricas, y de su territorio como en un ho­ gar permanente donde la historia había dejado sus rastros visibles, cuyo cul­ tivo era el producto del trabajo común de sus antepasados y cuyo futuro dependería del curso de una civilización común. Allí donde llegaron a ía existencia las naciones-estados concluyeron las migraciones, mientras que; por otra parte, en las regiones de la Europa oriental y meridional fracasó el establecimiento de las naciones-estados porque no pudieron recurrir a unas clases campesinas firmemente enraizadas27. Sociológicamente, la nación-esta­ do era el cuerpo político de las emancipadas clases campesinas europeas, y ésta es la razón por la que los ejércitos nacionales pudieron mantener su posición permanente dentro de estos estados sólo hasta finales del siglo pasa­ do, es decir, sólo mientras fueron verdaderamente representativos de la clase rural. «El ejército —como Marx ha señalado— era el “punto de honor” para los campesinos con tierras: era ellos mismos, ahora convertidos en señores, defendiendo en el exterior su recientemente lograda propiedad... El unifor­ me era su traje nacional, la guerra era su poesía; la asignación de tierras era la patria, y el patriotismo se convirtió en la forma ideal de propiedad.»28 El nacionalismo occidental, que culminó en el reclutamiento general, fue el producto de las clases campesinas firmemente enraizadas y emancipadas.

Mientras que la conciencia de ía nacionalidad constituye un desarrollo relativamente reciente, la estructura del estado deriva de siglos de monarquía y de despotismo ilustrado. Tanto en la forma de una nueva república como en la de una reformada monarquía constitucional, el estado heredó como su suprema función la protección de todos los habitantes de su territorio, fuera cual fuese su nacionalidad, y se estimaba que había de actuar como suprema institución legal. La tragedia de la nación-estado consistió en que ía crecien­ te conciencia nacional del pueblo chocó con estas funciones. En nombre de la voluntad del pueblo, el estado se vio obligado a reconocer únicamente a los «nacionales» como ciudadanos, a otorgar completos derechos civiles y políti­ cos sólo a aquellos que pertenecían a la comunidad nacional por derecho de origen y el hecho del nacimiento. Esto significó que el estado pasó en parte de ser instrumentó de la ley a ser instrumento de la nación.

La conquista deí estado por la nación29 fue considerablemente facilitada por ía caída de ía monarquía absoluta y el subsiguiente y nuevo desarrollo, de las clases. Al monarca absoluto se le consideraba servidor de los intereses de la71

Véase National States and National Minorities, de C, A. Macartney, Londres, 1934, pp. 432 y s$.

Karí Marx, The Eighteenth Brumaire ofLouis Bonaparte, traducción al inglés de De Leon, 1898.

Véase La Nation, de J. T. Delos, Montreal, 1944, un relevante estudio sobre el tema.

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nación en su conjunto, visible exponente y prueba de la existencia de seme­ jante interés común. El despotismo ilustrado se basaba en la afirmación de Rohan; «Los reyes mandan a los pueblos, y los intereses mandan al rey»30; con la abolición del rey y con la soberanía del pueblo, este interés común se hallaba en constante peligro de ser reemplazado por un conflicto permanen­ te entre los intereses de las clases y la lucha por el control de la maquinaria del estado, es decir, por una permanente guerra civil. El único nexo que subsistió entre los ciudadanos de una nación-estado sin un monarca que simbolizara su comunidad esencial pareció ser el nacional, o sea, el origen común. De forma tal que en un siglo en que cada clase y cada sector de la población se hallaban dominados por intereses de cíase o de grupo, los intereses de la na­ ción, en conjunto, estaban supuestamente garantizados por un origen co­ mún que sentimentalmente se expresaba a sí mismo en el nacionalismo.

El conflicto secreto entre el estado y la nación surgió a la luz precisamen-

. te al nacer la moderna nación-estado, cuando la Revolución francesa combi­ nó la Declaración de los Derechos del Hombre con la exigencia de la sobera­ nía nacional. Los mismos derechos esenciales eran simultáneamente reivindi­ cados como herencia inalienable de todos los seres humanos y como herencia específica de específicas naciones, la misma nación era simultáneamente declarada sujeta a las leyes que supuestamente fluirían de los derechos del hombre y soberana, es decir, no ligada por una ley universal y no reconoce­ dora de nada que fuese superior a sí misma31. El resultado práctico de esta contradicción fue que, a partir de entonces, los derechos humanos fueron reconocidos y aplicados sólo como derechos nacionales y que la auténtica institución del estado, cuya suprema tarea consistía en proteger y garantizar a cada hombre sus derechos como hombre, como ciudadano y como nacio­ nal, perdió su apariencia legal y racional y pudo ser interpretada como nebuloso representante de un «alma nacional» a la que, por el mismo hecho de su existencia, se la suponía situada más allá o por encima de la ley. La soberanía nacional, en consecuencia, perdió su connotación original de libertad del pueblo y se vio rodeada de un aura seudomística de arbitrarie­ dad ilegal.

El nacionalismo es esencialmente la expresión de esta perversión del esta­ do en un instrumento de la nación y de la identificación del ciudadano con el miembro de la nación. La relación entre el estado y la sociedad se halla­

Véase De l’Intérét des Primes etÉtatsde la Chrétienté, del duque de Rohan, 1638, dedicado al car­ denal Richelieu,

Una de las exposiciones más claras del principio de la soberanía sigue siendo la de Jean Bodin en Six Livres de la République, 1576. Para un buen informe y la discusión de las principales teorías de Bodin, véase A History ot Political Theoty, de George H . Sabine, 1937.

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ba determinada por el hecho de la lucha de ciases que había suplantado al antiguo orden feudal. La sociedad estaba penetrada por el individualismo liberal, que consideraba erróneamente que eí estado dominaba sobre simples individuos cuando en realidad dominaba sobre clases y que vio en el estado un tipo de individuo supremo ante el cual tenían que inclinarse todos los de­ más. Parecía ser voluntad de la nación que eí estado la protegiera de las con­ secuencias de su atomización social y que, al mismo tiempo, garantizara su posibilidad de seguir hallándose en un estado de atomización. Para equipa­ rarse a esta tarea, eí estado tenía que impulsar todas las tendencias anteriores hacia la centralización; sólo una Administración fuertemente centralizada que monopolizara todos ios instrumentos de violencia y las posibilidades del poder podría contrarrestar las fuerzas centrífugas constantemente producidas en una sociedad manejada por las clases. El nacionalismo, de esta manera, se convirtió en el precioso cemento que unía a un estado centralizado y a una sociedad atomizada, y el que realmente demostró ser la única conexión acti­ va entre los individuos de la nación-estado.

El nacionalismo siempre preservó la inicial e íntima lealtad hacia eí gobier­ no y jamás perdió su función de conservación de un precario equilibrio entre la nación y el estado, por una parte; entre los nacionales de una sociedad atomi­ zada, por otra. Los ciudadanos nativos de una nación-estado despreciaban fre­ cuentemente a los ciudadanos nacionalizados que habían recibido sus derechos por ley y no por nacimiento, del estado y no de la nación; pero jamás llegaron tan lejos como para proponer la distinción pangermana entre Stmt$fremde> aje­ nos al estado, y Volksjremde, ajenos a la nación, que había de ser más tarde incorporada a la legislación nazi. Mientras eí estado, incluso en su forma per­ vertida, siguió siendo una institución legal, eí nacionalismo fue controlado por alguna ley, y, en la medida en que había surgido de la identificación de los nacionales con su territorio, estuvo limitado por fronteras definidas.

Completamente diferente fue la primera reacción nacional de los pueblos en los que la nacionalidad no se había desarrollado aún más allá de la indife­ renciación de la conciencia étnica, cuyas lenguas no habían superado la fase de dialecto, por la que pasaron todos los idiomas europeos antes de hallarse capacitados para'fines literarios, cuyas clases campesinas no habían echado raíces profundas en eí campo ni se hallaban al borde de la emancipación, para las cuales, en consecuencia, su cualidad nacional parecía ser mucho más un asunto particular y móvil, inherente a su verdadera personalidad, que una cuestión de atención pública y de civilización32. Si querían equipararse con el estatuto personal; esto, desde luego, correspondía a una situación en la que los grupos étnicos estu¬ vieron dispersos por todo el Imperio sin perder nada de su carácter nacional. Véase Die Nationalitä¬ tenfrage und die österreichische Sozialdemokratie, de Otto Bauer, Viena, 1907, sobre el principio per¬ sonal (en tanto que opuesto al territorial), pp. 332 y ss., 353 y ss. «El principio personal pretende organizar a las naciones no como cuerpos territoriales, sino como simples asociaciones de personas.» 3i Pichl, op. cit., I, 152.

Interesantes en este contexto son las propuestas socialistas de Karl Renner y de Otto Bauer en Austria para separar enteramente a la nacionalidad de su base territorial y convertirla en un tipo de orgullo nacional de las naciones occidentales no tenían país, ni estado, ni lo¬ gros históricos, que exhibir, sino que sólo podían señalarse a sí mismas, y esto significaba, en el mejor de los casos, señalar a su lengua, como si el lenguaje en sí fuese ya un logro. En el peor de los casos señalaban a su alma eslava o germana o Dios sabe qué. En un siglo que supuso ingenuamente que todos los pueblos eran virtualmente naciones, apenas quedó nada para los pueblos opri¬ midos de Austria-Hungría, la Rusia zarista o los países balcánicos, donde no existían condiciones para la realización de la trinidad nacional occidental de pueblo-territorio-estado, donde las fronteras habían cambiado durante mu¬ chos siglos y las poblaciones se habían encontrado en una fase de migración continua más o menos intensa. Existían masas que no tenían ni la más ligera idea del significado de la patria y del patriotismo, ní la más vaga noción de la responsabilidad por una comunidad común y limitada. Este era el problema del «cinturón de poblaciones mixtas» (Macartney) que se extendía del Báltico al Adriático y que halló su más clara expresión en la monarquía dual.

El nacionalismo tribal surgió de esta atmósfera de desarraigo. Se extendió ampliamente no sólo entre los pueblos de Austria-Hungría, sino también, aunque a un nivel más elevado, entre los miembros de la desafortunada inte¬ lligentsia de la Rusia zarista. El desarraigo fue la verdadera fuente de esa «ensanchada conciencia tribal», que significaba realmente que los miembros de estos pueblos no tenían un hogar definido, sino que se sentían como en su casa allí donde vivieran otros miembros de su «tribu». «Nuestra distinción — dijo Schoenerer— estriba... en que no gravitamos hacia Viena, sino que gra¬ vitamos hacia cualquier lugar donde resulte que viven alemanes.»33 La carac¬ terística de los panmovimientos consistió en que nunca trataron de lograr una emancipación nacional, sino que, inmediatamente, en sus sueños de expansión, superaron los estrechos límites de una comunidad nacional y pro¬ clamaron una comunidad popular que seguiría siendo un factor político aun¬ que sus miembros estuviesen dispersos por toda la tierra. De forma similar, y en contraste con los verdaderos movimientos de liberación nacional de los pueblos pequeños, que siempre comenzaron con una explotación del pasado nacional, no dejaron de tener en cuenta a la historia, pero proyectaron las ba¬ ses de su comunidad en un futuro hacia el que se suponía que marchaba el movimiento.

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El nacionalismo tribal, extendiéndose a través de todas las nacionalidades oprimidas de la Europa oriental y meridional, se desarrolló en una nueva forma de organización, los panmovimientos, entre aquellos pueblos que combinaban algún tipo de país nacional, Alemania y Rusia, con una amplia y dispersa masa irredenta de alemanes y de eslavos en el exterior34. A diferen¬ cia del imperialismo ultramarino, que se contentaba con una relativa supe¬ rioridad, con una misión nacional o con la carga del hombre blanco, los panmovimientos se iniciaron con una absoluta reivindicación de su condición de elegidos. El nacionalismo ha sido frecuentemente descrito como un suce¬ dáneo emocional de la religión, pero sólo el tribalismo de los panmovimientos ofreció una nueva teoría religiosa y un nuevo concepto de la santidad. No fue la función religiosa deí zar y su posición en la iglesia griega la que condujo a los paneslavos rusos a la afirmación de la naturaleza cristiana del pueblo ruso, de su existencia, según Dostoievskí, como e l«Cristóforo entre las naciones», el que lleva a Dios directamente a los asuntos de este mundo35. Los paneslavos abandonaron sus primitivas tendencias liberales y, dejando a un lado la oposi¬ ción del gobierno y ocasionalmente incluso sin contar las persecuciones, se trocaron en firmes defensores de la Santa Rusia en razón de sus reivindicacio¬ nes de ser «el pueblo verdaderamente divino de los tiempos modernos»36.

Los pangermanos austríacos formularon reivindicaciones semejantes de su calidad de elegidos divinos, aunque ellos, con un similar pasado liberal, siguieron siendo liberales y se tornaron anticristianos. Cuando Hitler, auto-declarado discípulo de Schoenerer, declaró durante la última guerra: «Dios Todopoderoso ha hecho a nuestra nación. Estamos defendiendo Su obra, defendiendo la existencia de ésta»37, la réplica del otro lado, de un seguidor del paneslavismo, era verdaderamente fiel al tipo: «Los monstruos alemanes

Bajo estas condiciones no llegó a desarrollarse ningún panmovímiento declarado. El panlatinismo fue un nombre erróneo atribuido a los abortados intentos de algunas naciones latinas para establecer un cierto tipo de alianza contra el peligro alemán. Incluso el mesianismo polaco jamás reivindicó más de lo que en algún momento habría podido ser concebiblemente territorio dominado por los polacos. Véase también Deckert, op. dt., quien declaró en 1914 «que el panlatinismo había decaído más y más y que el nacionalismo y la conciencia del estado se habían tornado más fuertes y habían conservado un mayor potencial aquí que en cualquier otro lugar de Europa» {p. 7).

Nicolás Berdiaev, The Origin ofRustían Communism, 1937, p. 102. K. S. Aksakow dijo del pue- blo tuso que era el «único pueblo cristiano de la tierra» en 1855 {véase Oestikhes Christentum, de Hans Ehrenberg y N . V, Bubnoff, I, pp. 92 y ss,), y el poeta Tyutchev afirmaba por el mismo tiem ¬ po que el «pueblo ruso es cristiano no sólo a través de la ortodoxia de su fe, sino de algo más íntimo. Es cristiano por esa facultad de renuncia y sacrificio que constituye la base de su naturaleza moral». Cita de Hans Kohn, op. cit.

M Según Chaadayev, cuyas PhilosophkalLetters, 1829-1831, constituyeron el primer intento sistemáti¬ co de ver la historia del mundo centrada en el pueblo ruso. Véase Ehrenberg, op. cit., I, pp. 5 y ss.

37 Discurso del 30 de enero de 1945, citado en The New York Times del 31 de enero.

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no son nuestros enemigos, sino los enemigos de Dios»33*.Estas formulaciones recientes no nacieron de las necesidades propagandísticas del momento, y este tipo de fanatismo no constituye simplemente un abuso del lenguaje reli¬ gioso; tras él descansa una verdadera teología que proporcionó su ímpetu a los primeros panmovimientos y que tuvo una considerable influencia en el desarrollo de los modernos movimientos totalitarios.

Los panmovimientos predicaban el origen divino del propio pueblo contra la creencia judeo-cristiana en el origen divino del hombre. Según ellos, el hombre, perteneciendo inevitablemente a algún pueblo, recibía su origen divino sólo indirectamente a través de su pertenencia a un pueblo. El individuo, por eso, poseía su valor divino sólo mientras perteneciera al pue¬ blo que había sido elegido por su origen divino. Y quedaba desposeído de semejante valor allí donde decidía cambiar de nacionalidad, en cuyo caso cortaba todos los lazos a través de los cuales estaba dotado de un origen divi¬ no y era como si quedara sumido en un desamparo metafísico. La ventaja política de este concepto era doble. Hacía de la nacionalidad una cualidad permanente que ya no podía ser afectada por la historia, sea lo que le sucediere a un determinado pueblo —emigración, conquista, dispersión. De impacto más inmediato resulta, empero, el hecho de que, en absoluto contras¬ te con el origen divino del propio pueblo y todos los demás pueblos, desapa¬ recían todas las diferencias entre los miembros individuales del pueblo, tanto sociales como económicas o psicológicas. El origen divino transformaba al pueblo en una masa «elegida» y uniforme de arrogantes robots39.

La falsedad de esta doctrina es tan conspicua como su inutilidad política. Dios no creó ni a los hombres — cuyo origen es claramente la procreación— ni a los pueblos, que llegaron a la existencia como resultado de la organización humana. Los hombres son desiguales según su origen natural, sus diferentes organizaciones y su destino en la historia. Su igualdad lo es solamente de dere¬ chos, es decir, de finalidad humana; pero tras esta igualdad de finalidad huma¬ na existe, según la tradición judeocristiana, otra igualdad, expresada en el con¬ cepto de un origen común más allá de la historia humana, de la naturaleza humana y de la finalidad humana —el origen común en el hombre mítico e inidentificable que es solamente creación de Dios. Este origen es el concepto

Palabras de Luke, arzobispo de Tambov, citadas en The Journal of the Moscoiu Patriarchate, niím. 2,1944.

Esto fue reconocido ya por el jesuíta ruso, príncipe Ivart S. Gagarin, en su folleto La Russie sera-elle earholiquel (Í85S), en el que atacaba a los eslavófilos porque «desean establecer la más completa uniformidad religiosa, política y nacional. En su política exterior pretenden fundir a todos los cris¬ tianos ortodoxos de cualesquiera nacionalidad y a todos los eslavos de cualesquiera religión en un gran imperio eslavo y ortodoxo» (cita de Hans Kohn, op. cit.).

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metafórico en el que puede hallarse basada la igualdad política de la finalidad de establecer la humanidad en la tierra. El positivismo y el progresismo del si¬ glo XIX pervirrieron esta finalidad humana cuando trataron de demostrar lo que no puede demostrarse, es decir, que los hombres son iguales por naturale¬ za y que sólo difieren por la historia y las circunstancias, de forma tai que pue¬ den sentirse iguales no por los derechos, sino por las circunstancias y la educa¬ ción. El nacionalismo y su idea de una «misión nacional» pervirtieron el con¬ cepto nacional de la humanidad como una familia de naciones en una estructura jerárquica en donde las diferencias históricas y de organización fue¬ ron erróneamente interpretadas como diferencias entre los hombres que resi¬ dían en el origen natural de éstos. El racismo, que negaba el origen común del hombre y repudiaba la finalidad común de establecer la humanidad, introdujo el concepto del origen divino de un pueblo en contraste con todos los demás, cubriendo así el producto temporal y cambiable del esfuerzo humano con una nube seudomfstica de eternidad y de finalidades divinas.

Esta finalidad es la que opera como denominador común entre la filoso¬ fía de los panmovimientos y los conceptos raciales y explica en términos teó¬ ricos su inherente afinidad. Políticamente, no es importante el hecho de que se considere a Dios o a la naturaleza como origen de un pueblo; en ambos ca¬ sos, sea como fuere exaltada la reivindicación del pueblo propio, los pueblos son transformados en especies animales, de tal manera que un ruso resulta tan diferente de un alemán como lo es un lobo respecto de un zorro. Un «pueblo divino» vive en un mundo en el que es el perseguidor nato de todas las especies más débiles o la víctima nata de todas las especies más fuertes. Sólo las reglas del reino animal pueden aplicarse posiblemente a sus destinos políticos.

El tribalismo de los panmovimientos con su concepto del «origen divi¬ no» de un pueblo debió parte de su gran atractivo a su desprecio por el indi¬ vidualismo liberal40, el ideal de humanidad y la dignidad del hombre. No queda dignidad humana alguna si el individuo debe su valía sólo al hecho de haber nacido alemán o ruso; pero existe, en su lugar, una nueva coherencia, un sentido de apoyo mutuo entre todos los miembros del pueblo que es, des¬ de luego, muy capaz de calmar las legítimas aprensiones de los hombres modernos respecto de lo que puede sucederles si, como individuos aislados en una atomizada sociedad, no estuvieran protegidos por el puro número y por una coherencia uniformemente exigida. De forma similar, el «cinturón

«La gente reconocerá que e[ hombre no tiene otro destino en este mundo sino trabajar por la des¬ trucción de su personalidad y su sustitución a través de una existencia social e impersonal.» Chaada-yev, op. cit. Cita de Ehrenberg, op, cit., p. 60.

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de poblaciones mixtas», más expuesto que otros sectores de Europa a las tor¬ mentas de la historia y menos enraizado en la tradición occidental, sintió an¬ tes que otros pueblos europeos el terror al ideal de la humanidad y a la fe ju-deo-cristiana en el origen común del hombre. No albergaba ilusión alguna acerca del «buen salvaje» porque sabía algo de las potencialidades del mal sin necesidad de investigar en las costumbres de los caníbales. Cuanto más saben los pueblos acerca de otros, menos desean reconocerles como sus iguales y más retroceden ante el ideal de la humanidad.

El atractivo del aislamiento tribal y de las ambiciones de la raza de seño¬ res eran parcialmente debidos a un instintivo sentimiento de que la humani¬ dad, como ideal religioso y como ideal humanista, implica una responsabili¬ dad común41. La reducción de las distancias geográficas hizo que ésta cobra¬ ra una actualidad política de primer orden42. También convirtió en cosa del pasado todas las especulaciones idealistas acerca de la humanidad y de la dig¬ nidad del hombre, simplemente porque todas estas elevadas y ensoñadoras nociones, con sus tradiciones honradas por el tiempo, asumieron de repente una aterradora oportunidad. Incluso la insistencia en la depravación de los hombres, ausente desde luego de la fraseología de los protagonistas liberales de la «humanidad», no basta en manera alguna para una comprensión del he¬ cho — que comprendió muy bien la gente— de que la idea de humanidad, privada de todo sentimentalismo, tenía la muy seria consecuencia de que, de una forma o de otra, ios hombres habían de asumir la responsabilidad por to¬ dos los crímenes cometidos por los hombres y de que, eventualmente, todas las naciones se verían obligadas a responder de los daños producidos por to¬ das las demás.

El tribalismo y el racismo son unos medios muy realistas, aunque muy destructivos, de escapar a este compromiso de la responsabilidad común. Su desarraigo metafísico, que tan bien se equiparaba con el desarraigo territorial de las nacionalidades a las que primeramente captó, se acomodaba igualmen-

Resulta característico el siguiente pasaje de. Frymann, op. cit., p. 186: «Conocemos a nuestro pro- pio pueblo, sus cualidades y sus defectos — no conocemos a la humanidad y nos negamos a preocu¬ parnos o a sentirnos entusiasmados por ella. ¿Dónde comienza, dónde acaba y qué se pretende que amemos porque pertenezca a la humanidad?... ¡Son miembros de la humanidad el decadente y me¬ dio bestial campesino ruso del mir, el negro del Africa oriental, el mestizo del África alemana del sudoeste y los insoportables judíos de Gatitzia y de Rumania?... Uno puede creer en la solidaridad de los pueblos germánicos. Todo lo que se halle fuera de esta esfera no nos interesa'».

i2 Esta reducción de las distancias geográficas halló una expresión en Central Europe, de Friedrích Naumann: «Todavía está lejano el día en que haya “un rebaño y un pastor”, pero ya han pasado los días en que innumerables pastores, más pequeños o más grandes, conducían irrefrenadamente a sus rebaños por los pastos de Europa. El espíritu de la industria en gran escala y de la organización super-nadonal se ha apoderado de la política. Los pueblos piensan, como una vez lo expresó Cecil Rhodes, “en continentes”». Estas pocas frases fueron citadas en innumerables artículos y folletos de la ¿poca.

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te mu y bien a las necesidades de las cambiantes masas de las ciudades moder¬ nas, y por eso fueron inmediatamente captadas por el totalitarismo. Incluso la fanática adopción por los bolcheviques de la más antinacional de las doc¬ trinas, el marxismo, fue contrarrestada y la propaganda paneslavista se rem¬ iro dujo en la Unión Soviética en razón del tremendo valor aislante de esas teorías en sí mismas43.

Es cierto que el sistema de dominación en Austría-Hungría y en la Rusia zarista sirvió como una verdadera educación en el nacionalismo tribal, basa¬ do como se hallaba en la opresión de las nacionalidades. En Rusia esta opre¬ sión era monopolio exclusivo de la burocracia, que también oprimía al pueblo ruso, con el resultado de que sólo la intelligentsia rusa llegó a ser paneslavista. La monarquía dual, por el contrario, dominaba a las agitadas nacionalidades, proporcionándoles simplemente la libertad suficiente como para oprimir a otras nacionalidades, con el resultado de que éstas se convirtieron en auténtica masa básica para las ideologías de los panmovimíentos. El secreto de la supervi¬ vencia de la casa de Habsburgo, en el siglo XIX, descansa en el cuidadoso equi¬ librio y en el apoyo a una maquinaria supranacional a través del antagonismo mutuo y la explotación de ios checos por los germanos, de los eslovacos por los húngaros, de ios rutenos por los polacos, etc. Porque para todos ellos quedaba sobreentendido que uno podía lograr la nacionalidad a expensas de las de los demás y que uno se privaría gustosamente de la libertad si la opresión proce¬ día del propio gobierno nacional.

Los dos panmovimientos se desarrollaron sin ayuda alguna de los gobiernos ruso y alemán. Esto no impidió a sus seguidores austríacos incurrir en las delicias de la alta traición contra el gobierno austríaco. Fue esta posibi¬ lidad de educar a las masas en el espíritu de la alta traición la que facilitó a los panmovimientos austríacos el notable apoyo popular de que siempre carecie¬ ron en Alemania y en Rusia, Era mucho más fácil persuadir al trabajador ale¬ mán para que atacara a la burguesía alemana que convencerle de que atacara a su propio gobierno, como resultaba más fácil en Rusia «levantar a los cam¬ pesinos contra los propietarios rurales que contra el zar»44. La diferencia en-

Muy interesantes al respecto son las nuevas teorías de los genetistas de la Rusia soviética. La herencia de los caracteres adquiridos viene a significar claramente que las poblaciones que viven en condiciones desfavorables transmiten una dote hereditaria más pobre y viceversa. «En una palabra, tendríamos razas innatas de señores y de siervos.» Véase H. S. Muller, «The Soviet Master Race The-ory», en New Leader, 30 de julio de 1949.

«Russia and Freedom», de G. Fedotov, en The Review ofPolitics, vol. VIII, núm, 1, enero de 1946, es una verdadera obra maestra como texto histórico; proporciona el quid de toda la historia rusa.

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tre las actitudes de los obreros alemanes y de los campesinos rusos era segura¬ mente tremenda; los primeros consideraban a un monarca no demasiado amado como el símbolo de la unidad nacional, y los últimos consideraban al jefe de su gobierno como el verdadero representante de Dios en la tierra. Es¬ tas diferencias, sin embargo, importaban menos que el hecho de que ni en Rusia ni en Alemania era el gobierno tan débil como en Austria, y que ni la autoridad de los dos primeros gobiernos había caído en descrédito tanto como para que los panmovimientos pudieran capitalizar políticamente la agitación revolucionaria. Sólo en Austria halló el ímpetu revolucionario su escape nacio¬ nal en los panmovimientos. El recurso (no muy suficientemente explotado) de divide et impera apenas consiguió disminuir las tendencias centrífugas de los sentimientos nacionales, pero logró muy bien inducir complejos de superiori¬ dad y un talante general de desleaítad.

La hostilidad hacia el estado como institución fluía a través de todas las teorías de los panmovimientos. La oposición de los eslavófilos al estado ha sido certeramente descrita como «por completo diferente de todo lo que pue¬ de hallarse en el sistema del nacionalismo oficial»45. El estado, por su verda¬ dera naturaleza, era considerado extraño al pueblo. Y resultaba que se consi¬ deraba que la superioridad eslava se basaba en la indiferencia del pueblo ruso hacia el estado, en su posición como un corpas separatum de su propio gobierno. A esto es a lo que se referían los eslavófilos cuando denominaban a los rusos «un pueblo sin estado», lo que hizo posible la reconciliación de es¬ tos «liberales» con el despotismo; se hallaba de acuerdo con la exigencia del despotismo el hecho de que el pueblo no se «inmiscuyera en el poder del estado», es decir, con el absolutismo de ese poder46. Los pangermanistas, que eran políticamente más sofisticados, siempre insistieron en la prioridad del interés nacional sobre el del estado y afirmaban habitualmente47 que la polí¬ tica mundial trasciende el marco del estado, que el único factor permanente en el curso de la historia era el pueblo y no los estados, y que por eso las nece¬ sidades nacionales, cambiantes con las circunstancias, deberían determinar en cualquier momento los actos políticos del estado48. Pero lo que en Alema¬ nia y Rusia siguió siendo exclusivamente hasta finales de la Primera Guerra

N. Berdiaev, op. cit., p. 29.

K. S. Aksakow, en Ehrenberg, op, cit., p. 97.

Véase, por ejemplo, la queja de Schoenerer de que el Verfamtngspartei todavía subordinaba los intereses nacionales a los interses del estado (Pichl, op. cit,, I, 151). Véanse también los pasajes carac¬ terísticos del Judas Kampf und Niederhtge in Deutschhtnd, del pangermanista conde E. Reventlow, 1937, pp. 39 y ss. Reventlow vio al nacionalsocialismo como la realización del pangermanismo en razón de su negativa a «idolatrar« al estado, que sólo es una de las funciones de la vida del pueblo.

4S-Ernst Hasse, «Deutsche ’Weípolidk», 1897, en Alldeutsche Flugscbrifien, núm. 5, y Deutsche PoU-tik, fase. 1: «Das deutsche Reich ais Nationalstaat», 1905, p. 50.

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Mundial una serie de resonantes frases, tuvo un aspecto suficientemente real en la monarquía dual, cuya decadencia generó un permanente y rencoroso desprecio hacia el gobierno.

Sería un error suponer que los dirigentes de los panmovimientos eran reac¬ cionarios o «contrarrevolucionarios». Aunque, por regla general, no estaban demasiado interesados en las cuestiones sociales, jamás cometieron el error de alinearse con la explotación capitalista, y la mayoría de ellos habían perteneci¬ do, y unos pocos siguieron perteneciendo, a los partidos liberales y progresistas. Es completamente cierto, en un sentido, que la liga pan'germanista «encamó un intento real de control popular de los asuntos exteriores. Creía firmemente en la eficiencia de una opinión pública fuertemente mentalizada en cuestiones nacionales... y en la iniciación de políticas nacionales a través de la fuerza de la exigencia popular»49. Pero el populacho, organizado en los panmovimientos e inspirado en las ideologías raciales, no era en absoluto el mismo pueblo cuyas acciones revolucionarias habían conducido al gobierno constitucional y cuyos verdaderos representantes en aquella época sólo podían hallarse en los movi¬ mientos obreros que con su «ensanchada conciencia tribal» y su conspicua fal¬ ta de patriotismo se parecían mucho más a una «raza».

El paneslavismo, en contraste con el pangermanismo, fue formado e impregnado por toda la intelligentsía rusa. Mucho menos desarrollado en su organización y mucho menos consistente en sus programas políticos, mantuvo por un espacio de tiempo notablemente largo un elevado nivel de complejidad literaria y de especulación filosófica. Mientras que Rozanov especulaba sobre las misteriosas diferencias entre la potencia sexual de los judíos y la de los cris¬ tianos y llegaba a la sorprendente conclusión de que los judíos estaban «unidos por esa potencia y los cristianos se hallaban separados por ella»50, el líder de los pangermanistas austríacos descubría alegremente medios «para atraer el interés del hombre de la calle mediante canciones propagandísticas, tarjetas postales, jarras de cerveza con la efigie de Schoenerer, bastones y cerillas»51. Pero, final¬ mente, los paneslavos desecharon también52 a «Schelling y a Hegeí y recurrie¬ ron a las ciencias naturales en busca de munición teórica».

El pangermanismo, fundado por un solo hombre, Georg von Schoenerer, y apoyado principalmente por los estudiantes germano-austríacos, empleó des¬

"Wertheimer, op. cit, p. 209.

Rozanov, op. cit, pp. 56-57.

Oscar Karbach, op. cit,

Louis Levine, Pan-Slavism and European Politics, Nueva York, 1914, describe este cambio de la antigua generación esíavófiia al nuevo movimiento paneslavista.

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de el comienzo un lenguaje sorprendentemente vulgar, destinado a atraer a estratos sociales mucho más amplios y diferentes, Schoenerer fue también, consecuentemente, «el primero en percibir las posibilidades del antisemitis¬ mo como instrumento para forzar la dirección de la política exterior y para quebrar... la estructura interna del estado»53. Son obvias algunas de las razo¬ nes para la elección del pueblo judío con esta finalidad: su posición muy pro¬ minente con respecto a la monarquía de los Habsburgo, junto con el hecho de que en un país multinacional eran más fácilmente reconocidos como una nacionalidad separada que en las naciones-estados, cuyos ciudadanos, al me¬ nos en teoría, eran de un origen más homogéneo. Todo esto, empero, aun¬ que explica ciertamente la violencia del tipo austríaco de antisemitismo y evi¬ dencia cuán políticamente astuto fue Schoenerer al explotar el tema, no nos ayuda a comprender el papel ideológico central del antisemitismo en ambos panmovimientos.

La «ensanchada conciencia tribal» como motor emocional de los pan-movimientos fue completamente desarrollada antes de que el antisemitismo se convirtiera en su tema central y centralizante. El paneslavismo, con una más larga y respetable historia de especulación filosófica y una más conspicua ineficacia política, se hizo antisemita sólo en las ultimas décadas del siglo XIX, Schoenerer, el pangermanista, había proclamado abiertamente su hostilidad hacia las instituciones del estado cuando muchos judíos todavía eran miembros de su partido54. En Alemania, donde el movimiento de Stoecker había demostrado la utilidad del antisemitismo como arma política propa¬ gandística, la Liga Pangermanista comenzó con una cierta tendencia antise¬ mita, pero hasta 1918 no llegó tan lejos como para excluir de sus filas a los judíos55. La antipatía ocasional de los eslavófilos hacía los judíos se trocó en antisemitismo en toda la intelligentsia rusa cuando, tras el asesinato del zar en 1881, una oleada de pogromos organizados por el gobierno desplazó la cues¬ tión judía hacia el foco de la atención publica.

Schoenerer, que descubrió por la misma época el antisemitismo, tuvo conciencia de sus posibilidades probablemente casi por accidente: como lo que él deseaba por encima de todo era destruir el imperio de los Habsburgo, no le fue difícil calcular el efecto que tendría la exclusión de una nacionalidad de la estructura de un estado que descansaba en una multitud de nacionali¬ dades. Toda la fábrica de esta constitución peculiar, el precario equilibrio de

5J Oscar Karbach, op. cit.

Eí Programa de Linz, que siguió siendo el programa de los pangermanistas en Austria, fue origi- nariamente expresado sin el párrafo en el que mencionaba a los judíos; había incluso tres judíos en el comité de redacción de 1882. Eí párrafo judío fue añadido en 1885. Véase Oscar Karbach, op. ctt.

5Í Otto Bonhard, op. dt„ p. 45.

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su burocracia, quedarían conmovidos si la opresión moderada, bajo la que todas las nacionalidades disfrutaban de una cierta dosis de igualdad, quedara minada por movimientos populares. Pero este objetivo habría podido ser igualmente logrado por el furioso odio de los pangermanistas hacia las nacio¬ nalidades eslavas, un odio que había quedado bien afirmado mucho antes de que el movimiento se hiciera antisemita y que había sido aprobado por sus afiliados judíos.

Lo que hizo el antisemitismo de los pan movimientos tan eficaz como para llegar a sobrevivir al declive general de la propaganda antisemita duran¬ te la engañosa tranquilidad que precedió al estallido de la Primera Guerra Mundial fue su fusión con el nacionalismo tribal de la Europa oriental. Por¬ que allí existía una inherente afinidad entre las teorías de los pan movimien¬ tos acerca de los pueblos y la desarraigada existencia del pueblo judío. Pare¬ cía que los judíos constituían el único ejemplo perfecto de un pueblo en el sentido tribal, que su organización era el modelo que los panmovimientos deseaban emular, que su supervivencia y su supuesto poder eran la mejor prueba de la veracidad de las teorías raciales.

Si otras nacionalidades de la monarquía dual sólo se hallaban débilmente enraizadas en el suelo y poseían un escaso sentido del significado de un terri¬ torio común, los judíos eran el ejemplo de un pueblo que, sin ningún hogar, había sido capaz de conservar su identidad a través de los siglos y que por eso podía ser citado como prueba de que no se precisaba de un territorio para constituir una nacionalidad56. Si los panmovimientos insistieron en la impor¬ tancia secundaria del estado y la importancia radical del pueblo, organizado a través de los países y no necesariamente representado en instituciones visibles, los judíos eran un perfecto modelo de una nación sin un estado y sin institu¬ ciones visibles57. SÍ las nacionalidades tribales se señalaban a sí mismas como centro de su orgullo tribal, al margen de logros históricos y de una relación con acontecimientos históricos; si creían que alguna misteriosa cualidad inhe¬ rente psicológica o física les convertía en la encarnación, no de Alemania, sino del germanismo, no de Rusia, sino del alma rusa, de alguna forma conocían, aunque no supieran exactamente cómo expresarlo, que la judeidad de los ju¬ díos asimilados era exactamente el mismo tipo de encarnación personal e indi¬ vidual del judaismo, y que el orgullo peculiar de los judíos secularizados, que

Así lo citó Otto Bauer, socialista y no precisamente antisemita, op. cit., p. 373.

Por lo que se refiere a la autoínterpretacíón judía, resulta m u / instructivo el ensayo de A. S. Stein- berg «Die v/eitanschaulichen Voraussetzungen der jüdischen Geschichtsschreibung», en Dubnov Festschrift, 1930: «Si uno... está convencido del concepto de la vida tal como es expresado en la his¬ toria judía.... entonces la cuestión del estado pierde su importancia, sea cual fuere la respuesta que pueda darle».

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no habían renunciado a la reivindicación de pueblo elegido, significaba real¬ mente que creían que eran diferentes y mejores tan sólo porque resultaba que habían nacido judíos, al margen de los logros y las tradiciones judíos.

Es suficientemente cierto que esta actitud judía, es decir, este tipo judío de nacionalismo tribal, había sido resultado de la posición anormal de los ju¬ díos en los estados modernos, fuera de las lindes de la sociedad y de la na¬ ción. Pero la posición de estos cambiantes grupos étnicos, que se tornaron conscientes de su nacionalidad sólo a través del ejemplo de otras naciones — las occidentales— , y más tarde la posición de las masas desarraigadas de las grandes ciudades a las que tan eficazmente movilizó el racismo fueron en muchos aspectos muy similares. Se hallaban demasiado al margen de las fron¬ teras de la sociedad y estaban también demasiado al margen del cuerpo polí¬ tico de la nación-estado, que parecía ser la única organización política satis¬ factoria de los pueblos. En los judíos advirtieron inmediatamente a sus más afortunados y felices competidores, porque, tal como ellos lo veían, los judíos habían hallado una manera de constituir una sociedad propia que, precisa¬ mente porque carecía de una representación visible y de un escape político normal, podía convertirse en un sustitutivo de la nación.

Pero lo que empujó a los judíos hasta el centro de estas ideologías raciales más que cualquier otra cosa fue el hecho aún más obvio de que la reivindica¬ ción de los panmovimientos a su calidad de elegidos sólo podía chocar seria¬ mente con la reivindicación judía. No importaba que el concepto judío nada tuviera en común con las teorías tribales acerca del origen divino del propio pueblo de cada uno. Al populacho no le preocupaban tales fiorituras de pre¬ cisión histórica y era apenas consciente de la diferencia entre una misión his¬ tórica judía para el logro del establecimiento de la humanidad y su propia «misión» de dominar a todos los demás pueblos de la tierra. Pero los dirigen¬ tes de los panmovimientos sabían muy bien que los judíos habían dividido al mundo, exactamente como ellos, en dos mitades: ellos mismos y todos los de¬ más53*.En esta dicotomía los judíos aparecían de nuevo como los competido¬ res más afortunados que habían heredado algo, eran diferenciados por la pose¬ sión de algo que los gentiles tenían que construir con su propio esfuerzo59.

La proximidad entre estos conceptos puede apreciarse en la siguiente coincidencia, a la que cabría añadir muchos otros ejemplos: Steínberg, op. cit., dice de ios judíos: su historia ocupa un lugar aí margen de todas las habituales leyes históricas; Chaadayev afirma que los rusos son un pueblo de excepción. Berdiaev declara ¡Unamente (op. cit,, p. 135): «El mesianismo ruso es semejante al mesia-nismo judío».

Véase aí antisemita E. Reventlow, op. cit., pero también Judatsm and tbe Chrístian Qtiestion (1884), del filósofo filosemíta ruso Vhdimir Solovyov. Entre las dos naciones religiosas, los rusos y los polacos, la historia introdujo a un tercer pueblo religioso, los judíos. Véase Ehrenberg, op. cit, pp, 314 y ss. Véase también Cleinow, op. cit., pp. 44 y ss.

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Es un lugar común, no más verdadero por mucho que se repita, que el antisemitismo es solamente una forma de envidia. Pero en relación con la calidad de elegidos de los judíos es suficientemente cierto. Allí donde los pueblos se han hallado separados de la acción y de los logros, allí donde estos lazos naturales con el mundo corriente se han roto o no han llegado a existir por una razón u otra, se han mostrado inclinados a replegarse sobre sí mis¬ mos en su propia y desnuda existencia y a reivindicar la divinidad y una mi¬ sión de redención de todo el mundo. Cuando esto sucede en la civilización occidental, tales pueblos hallan invariablemente en su camino la antigua rei¬ vindicación de los judíos. Esto es lo que los portavoces de los panmovimien-tos advirtieron, y por esto es por lo que permanecieron despreocupados ante esta pregunta realista: ¿Son tan importantes los judíos en número y poder como para hacer del odio a los judíos el eje de una ideología? Como su pro¬ pio orgullo nacional era independiente de todos los logros, así su odio a los judíos se había emancipado de todas las hazañas y fechorías específicas de los judíos. En esto coincidían completamente los panmovimientos, aunque ninguno supiera cómo utilizar ese eje ideológico para fines de organización política.

El retraso entre la formulación de la ideología de los panmovimientos y la posibilidad de su sería aplicación política se pone de relieve en el hecho de que «Los Protocolos de los Sabios de Sión» — elaborados hacia 1900 por agentes de la policía secreta rusa en París por indicación de Pobyedonostzev, consejero político de Nicolás II y que fue el único paneslavista que llegó a alcanzar una posición influyente— siguieron siendo un folleto medio olvida¬ do hasta 1919, cuando comenzó su verdadero desfile triunfal a través, de to¬ dos los países y lenguas europeos60. Unos treinta años después su tirada era sólo inferior a la de Mein Kampf, de Hitíer. Ni quienes lo concibieron ni quie¬ nes lo encargaron supieron que llegaría un tiempo en que la policía sería la ins¬ titución central de una sociedad y todo el poder de un país se organizaría según los supuestos principios judíos de los Protocolos. Quizá fue Stalin el primero en descubrir todas las potencialidades de dominio que poseía la policía; fue ciertamente Hitíer quien, más astuto que Schoenerer, su padre espiritual, supo cómo utilizar el principio jerárquico del racismo, cómo explotar la afirmación antisemita de la existencia de un pueblo «peor» para organizar adecuadamente al «mejor» y a todos los conquistados y oprimidos entre ambos, cómo generali¬ zar el complejo de superioridad de los panmovimientos de forma tai que cada pueblo, con la necesaria excepción de los judíos, pudiera despreciar al que era aún peor que él mismo.

60 Véase John $, Curtís, The Protocols ofZion, Nueva York, 1942.



FIN

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