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LOS
ORÍGENES
DEL
TOTALITARISMO
Segunda parte
Hannah
Arendt
IMPERIALISMO CONTINENTAL: LOS PANMOVIMIENTOS 355
Aparentemente, se necesitaban unas pocas décadas más de caos oculto y de abierta desesperación antes de que amplios estratos dei pueblo admitieran alegremente que iban a lograr lo que, tal como ellos creían, sólo los judíos, con su innato satanismo, habían sido capaces de conseguir hasta entonces. Los jefes del movimiento, en cualquier caso, aunque desde luego vagamente conscientes de la cuestión social, se mostraron parciales en su insistencia so¬ bre la política exterior. Por eso fueron incapaces de ver que el antisemitismo podía formar el nexo necesario que conectara los métodos nacionales con los internacionales; no sabían todavía cómo establecer su «comunidad popular», es decir, la horda completamente desarraigada y raciaímente adoctrinada.
El hecho de que el fanatismo de los panmovimientos se concentrara so¬ bre los judíos como centro ideológico, lo que constituyó el comienzo del fin de la judería europea, constituye uno de los más trágicos y amargos desquites que la historia se haya tomado nunca. Porque, desde luego, hay algo de ver¬ dad en las afirmaciones «ilustradas» desde Voltaire hasta Renán y Taine de que el concepto judío de pueblo elegido, su identificación de la religión y de la nacionalidad, su reivindicación de una posición absoluta en la historia y de una relación singular con Dios aportaron a la civilización occidental un ele¬ mento de fanatismo de otra forma desconocido (heredado por el cristianismo con su reivindicación de su posesión exclusiva de la Verdad), por una parte, y, por la otra, un elemento de orgullo que se hallaba peligrosamente próximo a su perversión racial61. Políticamente carecía de consecuencia el hecho de que el judaismo y una intacta piedad judía siempre estuvieran notablemente li¬ bres de, y fueran incluso hostiles a, la herética inmanencia de lo divino.
Porque el nacionalismo tribal es la perversión precisa de una religión que hace a Dios escoger a una nación, a la propia; sólo porque este antiguo mito, unido al único pueblo superviviente de la Antigüedad, había echado profun¬ das raíces en la civilización occidental pudo el moderno líder del populacho, con una cierta dosis de plausibilidad, llegar a la desfachatez de arrastrar a Dios a los pequeños conflictos entre pueblos y de pedir Su asentimiento a una elección que el líder había ya manipulado a su antojo62. El odio de los
Véase Berdiaev, op. cit„ p. 5: «La religión y la nacionalidad crecieron juntas en el reino moscovita, ral como sucedió también en la conciencia del antiguo pueblo hebreo. Y de la misma manera que la conciencia mesíánica fue un atributo del judaismo, también fue un atributo de la ortodoxia rusa«.
Fantástico ejemplo de la locura de todo el caso es el siguiente pasaje de León Bloy, que afortuna- damente no es característico del nacionalismo francés: «Francia es hasta tal punto la primera de las naciones, que todas las demás, sean cuales fueren, deben sentirse honradas si se les permite comer el pan de sus perros. Sólo con que Francia sea feliz puede sentirse satisfecho el resto del mundo, aun¬ que tengan que pagar la felicidad de Francia con la esclavitud o la destrucción. Pero si Francia sufre, sufre entonces el mismo Dios, el terrible Dios... Esto es tan absoluto e inevitable como el misterio de la predestinación». Cita de R. Nadoly, Germanhkrungodtr Shwisierung?, 1928, p, 55.
IMPERIALISMO
racistas contra los judíos surgió de una aprensión supersticiosa de que pudie¬ ra ser a los judíos y no a ellos mismos a los que Dios hubiera elegido, aque¬ llos a quienes estaba reservado eí éxito por la Divina Providencia. Existía un elemento de resentimiento imbécil contra un pueblo del que se temía que había recibido una garantía racionalmente incomprensible de que finalmen¬ te emergería, a pesar de todas las apariencias, como el vencedor final de la historia del mundo.
Porque para la mentalidad del populacho el concepto judío de una mi¬ sión divina para traer el reino de Dios sólo podía aparecer en los términos vulgares del éxito y del fracaso. El temor y el odio eran nutridos y en cierto modo racionalizados por el hecho de que el cristianismo, una religión de ori¬ gen judío, había conquistado ya a la humanidad occidental. Guiados por su propia y ridicula superstición, los dirigentes de los panmovimientos encontra¬ ron ese pequeño diente oculto en los mecanismos de la piedad judía que ha¬ cía posibles una inversión y una perversión completas, de forma tal que Ja¬ cal idad de elegido ya no fue el mito para una definitiva realización del ideal de la humanidad común, sino para su destrucción final.2
2, La herencia de la ilegalidad
El abierto desprecio por la ley y por las instituciones legales y la justificación ideológica de la ilegalidad han sido mucho más característicos del imperialismo continental que del ultramarino. Esto es parcialmente debido al hecho de que el imperialismo continental carecía de la distancia geográfica para separar la ile¬ galidad de su dominación en países extranjeros de la legalidad de las institucio¬ nes en los países propios. De igual importancia es el hecho de que los panmovi¬ mientos se originaron en países que nunca habían conocido el gobierno consti¬ tucional, de forma tal que sus dirigentes concibieron naturalmente al gobierno y al poder en términos de decisiones arbitrarias emanadas de lo alto.
El desprecio por la ley se tornó característico de todos los movimientos. Aunque más completamente articulado en el paneslavismo que en eí panger-manismo, reflejó las condiciones del gobierno de entonces tanto en Rusia como en Austria-Hungría. Describir estos dos despotismos, los únicos que restaban en Europa al estallar la Primera Guerra Mundial, en términos de estados multinacionales es esbozar tan sólo una parte de la imagen. Tanto como por su dominación sobre territorios multinacionales, se distinguían de los demás gobiernos en que gobernaban directamente a los pueblos (y no sólo les explotaban) mediante una burocracia. Los partidos desempeñaban funciones insignificantes, y los Parlamentos carecían de funciones legislan-
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vas; el estado gobernaba a través de una Administración que aplicaba decre¬ tos. El significado del Parlamento para la monarquía dual era poco más que el de una no muy brillante sociedad de debates. En Rusia, tanto como en la Austria de la preguerra, apenas podía hallarse una seria oposición al margen de la ejercida por grupos exteriores que sabían que su penetración en el siste¬ ma parlamentario sólo Ies privaría de la atención y del apoyo populares.
Legalmente, el gobierno por la burocracia es el gobierno por decreto, y esto significa que el poder, que en el gobierno constitucional sólo exige el cumplimiento de la ley, se convierte en la fuente directa de toda la legisla¬ ción. Los decretos, además, permanecen anónimos (mientras que en las leyes cabe siempre remontarse a hombres o a asambleas específicos), y por eso parecen proceder de un poder que domina a todos y que no necesita justifi¬ cación. El desprecio de Pobyedonotzev por las «trampas» de la ley era el eter¬ no desprecio del administrador por la supuesta falta de libertad del legislador, que se ve limitado por principios y por la inacción de los ejecutores de la ley, que están restringidos por su interpretación. El burócrata, que administran¬ do simplemente decretos experimenta la ilusión de la acción constante, se siente tremendamente superior a estas personas «no prácticas» que están por siempre enredadas en las «nimiedades legales» y que por eso permanecen fue¬ ra de la esfera del poder, que para él es la fuente de todo.
El administrador considera a la ley impotente porque por definición está separada de su aplicación. El decreto, por otra parte, no existe en absoluto excepto si y cuando es aplicado; no necesita justificación excepto la aplícabili-dad. Es cierto que los decretos son utilizados por todos los gobiernos en tiem¬ pos de emergencia, pero entonces la emergencia en sí misma es una clara jus¬ tificación y una limitación automática. En los gobiernos por la burocracia los decretos aparecen en su pura desnudez como si ya no fuesen dictados por hombres poderosos, sino que constituyeran la encarnación del poder mismo y el administrador fuera exclusivamente su agente accidental. No hay principios generales que la simple razón pueda comprender tras el decreto, sino circuns¬ tancias siempre cambiantes que sólo un experto puede conocer detalladamen¬ te. Los pueblos gobernados por decreto nunca conocen quién íes gobierna en razón de la imposibilidad de comprender los decretos en sí mismos y la igno¬ rancia cuidadosamente organizada de las circunstancias específicas y de su sig¬ nificado práctico en la que todos los administradores mantienen a sus súbdi¬ tos. El imperialismo colonial, que también regía por decreto y llegó incluso a veces a ser definido como el régime des decreté2a, era ya suficientemente peli-
Véase M. LarcKer, Traité Élémentaire de Législation Algérienne, 1903, vol. II, pp. 150-152: «El régime des décrets es el gobierno de todas las colonias francesas».
IMPERIALISMO
groso; pero eí simple hecho de que los administradores de las poblaciones nativas fueran importados y se consideraran usurpadores mitigó su influencia sobre los pueblos sometidos. Sólo donde, como en Rusia y en Austria, los gobernantes nativos y una burocracia nativa fueron aceptados como eí gobier¬ no legítimo, pudo la dominación por decreto crear la atmósfera de arbitrarie¬ dad y sigilo que ocultó efectivamente su simple oportunismo.
El gobierno por decreto presenta señaladas ventajas para la dominación de territorios diseminados, con poblaciones heterogéneas y para una política de opresión. Su eficiencia es superior simplemente porque ignora todas las fases intermedias entre la formulación y la aplicación y porque impide eí razonamiento político del pueblo retirándole toda la información. Puede fácilmente superar la variedad de costumbres locales y no precisa apoyarse en eí proceso necesariamente lento de desarrollo de la ley general. Resulta de gran ayuda en el establecimiento de una administración centralizada, porque se impone automáticamente a todas las cuestiones de autonomía local. Si el gobierno mediante buenas leyes ha sido a veces denominado el gobierno de la sabiduría, eí gobierno medíante los decretos oportunos puede ser certera¬ mente denominado el gobierno de la astucia. Porque es astuto tener en cuen¬ ta motivos y objetivos ulteriores y es sabio comprender y crear por deducción de los principios generalmente aceptados.
El gobierno, mediante la burocracia, ha de distinguirse del mero desarrollo y deformación de la Administración civil que frecuentemente acompañó al declive de la nación-estado tal como ha sucedido especialmente en Francia. Allí la Administración ha sobrevivido desde la Revolución a todos los cambios de régimen, se ha atrincherado como un parásito en el cuerpo político, ha desarro¬ llado sus propios intereses de clase y se ha convertido en un organismo inútil cuyo único objetivo resulta ser el embrollo y la prevención de todo desarrollo económico y político normales. Existen, desde luego, muchas semejanzas superficiales entre los dos tipos de burocracia, especialmente si se otorga dema¬ siada atención a la sorprendente semejanza psicológica de los pequeños funcio¬ narios de ambos. Pero si eí pueblo francés ha cometido eí muy serio error de aceptar a su Administración como un mal necesario, jamás ha cometido el fatal error de permitirle que domine el país, aunque las consecuencias hayan sido que no lo gobierne nadie. La atmósfera francesa de gobierno se ha cargado de ineficiencias y vejaciones, pero nunca se ha creado un aura de seudomisticismo.
Y este seudomisticismo es eí sello de la burocracia cuando se convierte en forma de gobierno. Como eí pueblo al que domina nunca sabe realmente por qué está sucediendo algo y no existe una interpretación racional de las leyes, sólo resta algo que cuenta: el hecho brutal y desnudo en sí mismo. Lo que le sucede a uno se convierte en tema de una interpretación cuyas posibilidades
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son inacabables, no limitadas por la razón ni frenadas por el conocimiento. Dentro del marco de esta inacabable especulación interpretativa, tan caracte¬ rística de todas las ramas de la literatura prerrevolucionaria rusa, toda la tra¬ ma de la vida y del mundo asume un misterioso sigilo y una misteriosa pro¬ fundidad. Existe un peligroso encanto en esta aura por obra de su riqueza aparentemente inagotable; la interpretación del sufrimiento tiene un radio más amplio que el de la acción porque la primera llega hasta el interior del alma y libera todas las posibilidades de la imaginación humana, mientras que la segunda es constantemente frenada, y posiblemente llevada hasta el absur¬ do, por una consecuencia exterior y una experiencia controlable.
Una de las diferencias más chocantes entre la anticuada dominación de la burocracia y el tipo totalitario moderno es que los gobernantes austríacos y rusos de la preguerra se contentaban con una ociosa irradiación del poder y se satisfacían con controlar solamente los destinos exteriores, dejando intacta toda la vida íntima del alma. La burocracia totalitaria, con una más comple¬ ta comprensión del significado del poder absoluto, penetró en el individuo particular y en su vida íntima con la misma brutalidad. El resultado de esta eficiencia radical consistió en que la espontaneidad íntima del pueblo bajo su dominación quedó muerta junto con sus actividades sociales y políticas, de forma tal que la simple esterilidad política bajo las antiguas burocracias fue reemplazada por la esterilidad total bajo el gobierno totalitario.
Sin embargo, la época que contempló el ascenso de los panmovimientos todavía siguió hallándose felizmente ignorante de la esterilización total. Al contrario, para un observador inocente (como lo eran la mayoría de los occi¬ dentales) la llamada alma oriental parecía ser incomparablemente más rica, su psicología más profunda, su literatura más significativa que la de las «vacías» democracias occidentales. Esta aventura psicológica y literaria en las profun¬ didades del sufrimiento no llegó a existir en Austria-Hungría, porque su lite¬ ratura era principalmente literatura de habla alemana, que al fin y al cabo era y siguió siendo parte de la literatura alemana en general. En lugar de inspirar una profunda decepción, la burocracia austríaca más bien impulsó a su más importante escritor moderno a convertirse en humorista y crítico de todo. Franz Kafka conocía suficientemente bien la superstición del hado que posee a los pueblos que viven bajo la perpetua dominación de los accidentes, la ine¬ vitable tendencia a advertir un especial significado sobrehumano en aconte¬ cimientos cuyo significado racional está más allá del conocimiento y de la comprensión de los interesados. Era bien consciente del extraño atractivo de tales pueblos, de la melancolía y tristeza de unas leyendas populares que pare¬ cían tan superiores a la literatura más ligera y brillante de pueblos más afor¬ tunados. Expuso el orgullo por la necesidad como tal, incluso la necesidad
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del mal y el insoportable concepto que identifica al mal y al infortunio con el destino. El milagro sólo estriba en que pudiera lograrlo en un mundo en el que los principales elementos de esta atmósfera no se hallaban completamen¬ te diferenciados; recurrió al gran poder de su imaginación para extraer todas las conclusiones necesarias, para completar lo que la realidad había en cierto modo olvidado llevar a la luz del día63465.
Sólo el Imperio ruso de aquella época ofrecía un completo cuadro del go¬ bierno por la burocracia. Las caóticas condiciones del país — demasiado vas¬ to para ser gobernado, poblado por pueblos primitivos sin experiencia en organización política de ningún tipo, que vegetaban bajo el incomprensible señorío de la burocracia rusa— procuraban una atmósfera de anarquía y azar en la que las extravagancias en pugna de los pequeños funcionarios y los dia¬ rios accidentes de la incompetencia y de la inconsecuencia inspiraron una filosofía que vio en el Accidente al verdadero Señor de la Vida, algo como la aparición de la Divina Providencia64. Para el paneslavista, que siempre insis¬ tía en las condiciones mucho más «interesantes» de Rusia en comparación con el vacío tedio de los países civilizados, parecía como si la Divinidad hubiera hallado una íntima inmanencia en el alma del desgraciado pueblo ruso, sin igual en ningún lugar de la tierra. En una inacabable corriente de variaciones literarias, los paneslavistas opusieron la profundidad y la vio¬ lencia de Rusia a la banalidad superficial de Occidente, que no conocía el sufrimiento ni el significado del sacrificio y tras cuya estéril y civilizada superficie se ocultaban la frivolidad y la trivialidad65. Los movimientos
Véase especialmente en El castillo la magnífica historia de los Barnabas, que se lee como una fan- tástica parodia de una obra de literatura rusa. Los miembros de la familia viven bajo un anatema, tra¬ tados como leprosos, hasta sentirse tales simplemente porque una de fas hermosas hijas osó en cier¬ ta ocasión negarse a las indecentes insinuaciones de un importante funcionario. Los sencillos aldea¬ nos, controlados hasta el más mínimo detalle por una burocracia e incluso en sus pensamientos esclavos de los caprichos de sus todopoderosos funcionarios, han llegado a comprender desde mucho tiempo atrás que tener razón o estar equivocado es para ellos una cuestión de pura «fatalidad» que no pueden alterar. No es quien envía una carta el que resulta comprometido, como K. ingenuamente supone, sino que es quien la recibe el que queda marcado y corrompido. Esto es lo que dan a enten¬ der los aldeanos cuando hablan de su «fatalidad». En opinión de K., «esto es injusto y monstruoso, pero [él es] el único en la aldea que tiene esa opinión».
64 La deificación de los accidentes sirve, desde luego, como racionalización a cada pueblo que no es dueño de su propio destino. Véase, por ejemplo, a Steínberg, op. clt.i «Porque es el Accidente lo que ha llegado a ser decisivo en la estructura de la historia judía. Y el Accidente..., en el lenguaje de la religión, es denominado Providencia» (p, 34).
65 Un escritor ruso dijo una vez que el paneslavismo «engendra un implacable odio a Occidente, un culto morboso de todo lo que es ruso...; todavía es posible la salvación del Universo, peto sólo pue¬ de llegar a través de Rusia... Los paneslavistas, al ver en todas partes enemigos de su idea, persiguen a todo el que no esté de acuerdo con ellos.,.» (Víctor Bérard, Lempire russe et le tsarísme, 1905). Véase también Kultur und Gescbicbte hn russischen Denken der Gegetiwart, de N. B. Bubnoff, 1927, en «Ostcuropa: Quellen und Studien», fase. 2, cap. V.
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totalitarios debieron gran parte de su atractivo a este vago y amargo talante antioccidentai que estuvo especialmente de moda en la Alemania y en la Austria prehitlerianas y que, en general, se había posesionado de la intelli-gentsia europea de los años veinte. Hasta el momento de llegar a conquis¬ tar el poder pudieron utilizar esta pasión por lo profundo y por lo rica¬ mente «irracional», y durante los años cruciales en que la intelligentsia exi¬ liada rusa ejerció una no despreciable influencia en el talante espiritual de una Europa hondamente agitada, esta actitud puramente literaria resultó ser un fuerte factor emocional en la preparación del terreno para el totali¬ tarismo66.
Los movimientos, en contraste con los partidos, no degeneraron simple¬ mente en maquinarias burocráticas67, pero vieron en los regímenes burocráti¬ cos unos posibles modelos de organización. La admiración que inspiró la descripción de la maquinaria de la burocracia de la Rusia zarista del panesla¬ vista Pogodin podría haber sido compartida por todos ellos: «Una tremenda máquina, construida según los más simples principios, guiada por la mano de un hombre... que se pone en marcha a cada instante con un solo movi¬ miento, sean cualesquiera la dirección y la velocidad que él puede elegir. Y ésta no es simplemente una marcha mecánica. La maquinaria está entera¬ mente animada por emociones heredadas, que son la subordinación, la ilimi¬ tada confianza y la devoción al zar, que es su dios en la tierra. ¿Quién se atre¬ vería a atacarnos y a quién no podríamos forzar a la obediencia?»68.
Los paneslavistas se mostraban menos opuestos al estado que sus colegas pangermanistas. Aveces incluso trataron de convencer al zar para que se con¬ virtiera en la cabeza del movimiento. La razón de esta tendencia es, desde luego, que la posición del zar difería considerablemente de la de cualquier otro monarca europeo, sin excluir al emperador de Austria, y el hecho de que el despotismo ruso jamás se desarrolló hasta llegar a un estado racional en el sentido occidental, sino que siguió siendo fluido, anárquico y desorganizado. El zarismo, por eso, a veces se apareció a los paneslavistas como el símbolo de
66 Ehrenberg, op. dt„ io subraya en su epílogo: Las ideas de un Kirejewski, de un Chomjakow, de un Leontjew, «pueden haber muerto en Rusia después de la revolución. Pero se han extendido por toda Europa, y ahota viven en Sofía, en Constantinopla, en Berlín, en París y en Londres. Los rusos, y precisamente los discípulos de estos autores..., publican libros y editan revistas que son leídos en to¬ dos los países europeos... estas ideas — las ideas de sus padres espirituales— se hallan representadas por ellos. El espíritu ruso se ha tornado europeo» (p. 334).
Por lo que se refiere a la burocratízación de la maquinaria del partido, véase Politicai Pania; a sociologícal study of thè oligarchical tendencia ofmodern democracy, de Robert Michels (traducción inglesa de Glencoe, de 1949, de la edición alemana de 1911), que es todavía una obra clásica en la materia.
K. Sraehlin, «Díe Entstehung des Panslawismus», en Germano-Slavica, 1936, fase, 4,
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una gigantesca fuerza en movimiento rodeada por un halo de singular santi¬ dad69. El paneslavismo, en contraste con el pangermanismo, no tuvo que inventar una nueva ideología que se ajustara a las necesidades del alma esla¬ va y de su movimiento, sino que pudo interpretar al zarismo — y hacer de éste un misterio— como la expresión antioccidental, anticonstitucional y antiestatal del mismo movimiento. Esta mistificación del poder anárquico inspiró al paneslavismo sus más perniciosas teorías acerca de la naturaleza transcendente y de la bondad inherente a todo poder. El poder era concebi¬ do como una emanación divina que penetraba en toda actividad natural y humana. Ya no era una serie de medios para lograr algo; simplemente, exis¬ tía, los hombres se hallaban dedicados a su servicio por amor a Dios y cual¬ quier ley que pudiera regular o restringir su «ilimitada y terrible fuerza» era claramente sacrilega. En su completa arbitrariedad, el poder como tal era considerado sagrado, tanto si se trataba del poder del zar como del poder del sexo. Las leyes no sólo eran incompatibles con ese poder, eran pecaminosas, «trampas» fabricadas por el hombre que impedían el desarrollo total de lo «divino»70. El gobierno, fuera cual fuese, seguía siendo el «Supremo Poder en acción»71, y el movimiento paneslavista sólo tenía que adherirse a este poder y organizar su apoyo popular, que finalmente penetraría y por eso santificaría a todo el pueblo — un rebaño colosal, obediente a la voluntad arbitraria de un hombre, no gobernado por la ley ni por el interés, sino mantenido unido
M. N . Katkov: «Todo poder deriva de Dios; al zar ruso, sin embargo, le fue otorgada una signifi- cación especial que le distinguía del resto de los gobernantes del mundo... Es el sucesor de los empe¬ radores del Imperio oriental..., los fundadores de la auténtica doctrina de la fe de Cristo... Aquí se encuentra el misterio de la profunda distinción entre Rusia y todas las demás naciones del mundo». Cita de Modern Nationalism and Religión, de Salo W, Barón, 1947.
Pobyedonostzev, en sus Reflections ofa Russian Statesman, Londres, 1898: «El poder existe no sola- mente por sí mismo, sino por amor a Dios. Es un servicio al que están dedicados los hombres. Y de ahí la ilimitada y terrible fuerza del poder y su ilimitada y terrible carga» (p. 254). Y: «La ley se con¬ vierte en una trampa no sólo para el pueblo, sino... para las mismas autoridades consagradas a su administración,,., si a cada paso el ejecutor de la ley halla en la misma ley prescripciones restricti¬ vas...; entonces toda la autoridad se pierde en- dudas, es debilitada por la ley... y aplastada por el te¬ mor a ia responsabilidad» (p. 88).
7! Según Katkov, «en Rusia el gobierno significa algo totalmente diferente de lo que se entiende con este término en otros países... En Rusia el gobierno es, en el más elevado sentido de la palabra, el Po¬ der Supremo en acción...». MoisssayeJ. Olgin, The Soul ofthe Russian Revolution, Nueva York, 1917, p. 57. En una forma más racionalizada hallamos la teoría según ía cual «las garantías legales se nece¬ sitaban en estados fundados sobre la conquista y amenazados por el conflicto de clases y de razas; eran sttperfluas en Rusia con su armonía de clases y su amistad de razas» (Hans Kohn, op. cit.).
Aunque la idolatría del poder desempeñó un papel menos claro en el pangermanismo, existió siempre una cierta tendencia antilegal que, por ejemplo, se revela claramente en Frymann, op, cit, quien en fecha tan temprana como el año 1912 propuso la adopción de la «custodia protectora» (Sicherheitshafi), es decir, la detención sin razón legal alguna, que los nazis emplearon para llenar los campos de concentración.
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exclusivamente por la fuerza de su número y el convencimiento de su propia santidad.
Desde el comienzo, los movimientos, careciendo de la «fuerza de las emociones heredadas», tenían que diferir en dos aspectos del modelo del des¬ potismo ruso ya existente. Tenían que hacer propaganda, que la burocracia ya establecida apenas necesitaba, y la hicieron, introduciendo un elemento de violencia72; y hallaron un sustitutivo para el papel de las «emociones hereda¬ das» en las ideologías que los partidos continentales ya habían desarrollado en un grado considerable. La diferencia en su empleo de la ideología estribó en que no solamente añadieron una justificación ideológica para la represen¬ tación de intereses, sino que utilizaron las ideologías como principios organi¬ zadores. Si los partidos habían sido cuerpos para la organización de los inte¬ reses de cíase, ios movimientos se convirtieron en encarnaciones de las ideo¬ logías. En otras palabras, los movimientos se hallaban «cargados de filosofía» y afirmaban que habían puesto en marcha «la individualización de la moral universal dentro de un colectivo»73.
Es cierto que la concreción de ideas había sido primeramente concebida en la teoría hegeliana del estado y de la historia y había sido ulteriormente desarrollada en la teoría marxista del proletariado como protagonista de la humanidad. No es, desde luego, accidental que el paneslavismo ruso estu¬ viese tan influido por Hegel como el bolchevismo por Marx. Pero ni Marx ni Hegel supusieron que los seres humanos, ios partidos o los países fueran ideas encarnadas; ambos creían en el proceso de la historia, en el que las ideas sólo pueden concretarse en un complejo desarrollo dialéctico. Era necesaria la vulgaridad de los líderes del populacho para descubrir las posibilidades de semejante concreción para la organización de las masas. Estos hombres comenzaron por decir al populacho que cada uno de sus miembros, si se unía al movimiento, podía convertirse en una sublime e importantísima encarna¬ ción ambulante de algo ideal. Ya no tendría el individuo que ser leal, o gene¬ roso, o valiente; se convertiría automáticamente en la verdadera encarnación de la Lealtad, la Generosidad o el Valor. El pangermanismo se reveló algo
72 Existe, desde luego, úna patente semejanza entre la organización del populacho francés durante el affaire Dreyfus (véase cap. 4, 4, de esta obra) y los grupos dedicados a los pogromos rusos, como los «Cien Negros», en los que se congregaba la «hez más salvaje y más inculta de la vieja Rusia [que] se mantenía en contacto con la mayoría del episcopado ortodoxo» (Fedotow, op. cit.), o la «Liga del Pueblo Ruso», con sus «Escuadrones de Combate», constituidos por los agentes subalternos de la policía, pagados por el gobierno y dirigidos por intelectuales. Véase «New Materials on the Progroms ín Russia at the Beginning of the Eighties», deE . Cherikover, en H'utorhche Shñften (Vilna), II, 463; y «The Russian Progroms in the Early Eighties in the Light of the Austrían Diplomatic Correspon-dence», de N.- M, Gelber, ibfd.
Délos, op. cit.
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superior en la teoría de la organización en cuanto astutamente privaba al individuo alemán de todas estas cualidades si no se adhería al movimiento (anticipándose con ello al rencoroso desprecio que el nazismo expresó más tarde por todos los miembros del pueblo alemán que no lo eran también del partido), mientras que el paneslavismo, profundamente absorto en sus ilimi¬ tadas especulaciones acerca del alma eslava, supuso que cada eslavo, cons¬ ciente o inconscientemente, poseía semejante alma, sin que importara si se hallaba adecuadamente organizado o no. Se necesitó de la insensibilidad de Stalin para introducir en el bolchevismo el mismo desprecio por el pueblo ruso que los nazis mostraron hacia los alemanes.
Es este sentido de lo absoluto el que más que nada separa a los movi¬ mientos de las estructuras partidistas y de su parcialidad y el que sirve para justificar su reivindicación de imponerse a todas las objeciones de la concien¬ cia individual. La realidad particular de la persona individual aparece contra un trasfondo de una espuria realidad de lo general y lo universal, disminuida en cantidades despreciables o sumida en la corriente del movimiento dinámi¬ co de lo universal. En esta corriente la diferencia entre fines y medios se eva¬ pora junto con la personalidad, y el resultado es la monstruosa inmoralidad de las políticas ideológicas. Todo lo que importa está encarnado en el mismo movimiento en marcha; cada idea, cada valor, ha desaparecido en una ciéna¬ ga de inmanencia supersticiosa y pseudocientífica. 3
3. Partido y movimiento
La sorprendente y funesta diferencia entre el imperialismo continental y el ultramarino fue que sus éxitos y fracasos iniciales estuvieron en exacta oposi¬ ción. Mientras que el imperialismo continental, incluso en sus comienzos, triunfó en el logro de una hostilidad imperialista hacia el estado-nación, orga¬ nizando a amplios estratos de la población fuera del sistema de partidos, y siempre fracasó en el logro de resultados tangibles en lo que se refiere, a la expansión, el imperialismo ultramarino, en su loco y victorioso anhelo de ane¬ xionarse más y más lejanos territorios, nunca tuvo mucho éxito cuando trató de cambiar las estructuras políticas de los países metropolitanos. La ruina del sistema del estado-nación, preparada por su propio imperialismo ultramarino, fue finalmente realizada por aquellos movimientos que se habían originado fuera de su propio territorio. Y cuando sucedió que los movimientos comen¬ zaron a competir con éxito con el sistema de partidos del estado-nación, pudo advertirse también que esos movimientos sólo podían debilitar a los países con sistemas muítipartidistas, que la simple tradición imperialista no bastaba
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para hacerles atractivos ante las masas y que Gran Bretaña, el país clásico del régimen bipartidista, no produjo un movimiento de orientación fascista o comunista de consecuencia alguna fuera de su sistema de partidos.
El eslogan «por encima de los partidos», la llamada a los «hombres de to¬ dos los partidos» y ía afirmación de «permanecer alejados de las luchas parti¬ distas y de representar exclusivamente un interés nacional» fueron igualmen¬ te características de todos los grupos imperialistas74, en los que aparecieron como consecuencia natural de su interés exclusivo por la política exterior, en la que se suponía que la nación actuaba como un todo en cualquier aconteci¬ miento, con independencia de las clases y de ios partidos75. Más aún, puesto que en los sistemas continentales esta representación de la nación como un todo había sido «monopolio» del estado, pudo parecer que los imperialistas colocaban los intereses del estado por encima de todo lo demás, o que el inte¬ rés de la nación en conjunto había hallado en ellos el apoyo popular largo tiempo buscado76. Sin embargo, pese a tales reivindicaciones de la verdadera popularidad, los «partidos por encima de los partidos» siguieron siendo pequeñas sociedades de intelectuales y de personas acomodadas que, como la Liga Pangermanista, sólo en tiempos de una emergencia nacional podían esperar hallar una más amplia capacidad de atracción77.
Por eso, la invención decisiva de los panmovimientos no fue el que pro¬ clamaran hallarse al margen y por encima del sistema de partidos, sino el que
Como dijo en 1884 el presidente de la «Kolonialverein» alemana. Véase Origin ofModera Germán Colotiialism: 1871-1885, de Mary E. Tosvsend, Nueva York, 1921. La Liga Pangermanista siempre insistió en que se hallaba «por encima de los partidos»; «ésta fue y es una condición vital de la Liga» (Otto Bonhard, op. cit.), El primer partido auténtico que proclamó ser más que un partido, es decir, un «partido imperial», Ríe el partido nacional liberal de Alemania, bajo la dirección de Ernst Basser-mann (Frymann, op. cit.).
En Rusia los paneslavistas sólo necesitaban afirmar que no eran nada más que un apoyo popular al gobierno para sustraerse a toda competencia con los partidos, porque el gobierno, «como poder supremo en acción..., no puede ser comprendido en relación con los partidos». Así lo afirmaba M. N . Katkov, íntimo colaborador periodístico de Pobyedonostzev. Véase Olgin, op. cit., p. 57.
75 Éste era claramente todavía el objetivo de los primeros grupos «más allá de los partidos», entre los que tenía que contarse hasta 1918 la Liga Pangermanista. «Hallándonos al margen de todos los par¬ tidos políticos organizados podemos seguir un camino puramente nacional. Nosotros no pregunta¬ mos: ¿Es usted conservador? ¿Es usted liberal?... La nación alemana es el punto de reunión en el que todos los partidos pueden hacer causa común.» Lehr, Zwecke tmdZiele des aüdeutscben Verbandes. «Flugschriften», núm. 14; cita de Wertheimer, op. cit., p. 110.
76 Cari Schmitt, Strnt, Bewegung, Volk (1934), habla del «monopolio de la política que adquirió el estado durante los siglos XVII y xvilí».
77 Wertheimer, op, cit., describe la situación muy correctamente cuando afirma: «Es enteramente absurdo que antes de la guerra existiera algún nexo viral entre la Liga Pangermanista y el gobierno imperial». Por otra parte, es perfectamente cierto que la política alemana durante la Primera Guerra Mundial estuvo decisivamente influida por los pangermanistas, porque pangermanistas eran los altos jefes militares. Véase Ludendorffi Selbstportrait, de Hans Delbrück, Berlín, 1922. Véase también un anterior artículo sobre el tema, «Die Alídeutschen», en PremsiscbeJahrbücher, 154, diciembre de 1913.
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se denominaran ellos mismos «movimientos», aludiendo con ese mismo nombre a la profunda desconfianza hacia todos los partidos, ya difundida por Europa a comienzos de siglo y que, finalmente, se tornó tan decisiva que en íós días de la República de Weimar, por ejemplo, «cada nuevo grupo creía que no podría hallar mejor legitimación ni mejor atractivo ante las masas que una clara insistencia en no ser un "partido”, sino un “movimiento”»78.
Es cierto que la desintegración del sistema europeo de partidos fue reali¬ zada no por los panmovimientos, sino por los movimientos totalitarios. Los panmovimientos, sin embargo, a mitad de camino entre las pequeñas y comparativamente inofensivas sociedades imperialistas y los movimientos totalitarios, fueron precursores de estos en tanto en cuanto ya habían despre¬ ciado el elemento de esnobismo tan evidente en todas las ligas imperialistas, lo mismo si se trataba del esnobismo de la riqueza y del nacimiento en Ingla¬ terra como del de la educación en Alemania, y por eso podían obtener ven¬ taja del profundo odio popular hacia aquellas instituciones que supuesta¬ mente representaban al pueblo79. No es sorprendente que el atractivo de los movimientos en Europa no se viera muy afectado por la derrota del nazis¬ mo y el creciente temor al bolchevismo. Tal como están ahora las cosas, el único país de Europa en donde el Parlamento no es despreciado ni el siste¬ ma de partidos es odiado es la Gran Bretaña80.
Frente a la estabilidad de las instituciones políticas de las Islas Británicas y la simultánea decadencia de todos los estados-nación del continente, difícil¬ mente puede evitarse el deducir que la diferencia entre el sistema anglosajón de partidos y el continental debe ser un factor importante. Porque las dife¬ rencias simplemente materiales entre una Inglaterra considerablemente empobrecida y una Francia no destruida no eran muy grandes tras el final de esta guerra; el paro, el principal factor revolucionador de la Europa de la pre¬ guerra, había alcanzado a Inglaterra aún más duramente que a muchos países continentales; y el shock al que se vio expuesta la estabilidad política de Ingla¬ terra inmediatamente después de la guerra a través de la liquidación del gobierno imperialista en la India por parte del gobierno laborista y de sus
73 Sigmund Neumarm, Dte deutschen Parteten, 1932, p. 99.
Moeller van den Bruck, Das dritte Reich, 1923, pp. VII-VIII, describe la situación: «Cuando ía guerra mundial concluyó con la derrota...; encontrábamos en todas partes a alemanes que decían hallarse al margen de todos los partidos, que hablaban de la “libertad de los partidos", que trataban de hallar una perspectiva “por encima de los partidos”... Está muy extendida entre la gente una com¬ pleta falta de respeto por los Parlamentos..., que en ningún momento tienen la más leve idea de lo que está sucediendo realmente en el país».
so La insatisfacción británica respecto del sistema del Escaño Central no tiene nada que ver con este sentimiento antiparlamentario. En este caso los británicos se oponen a algo que impide el adecuado funcionamiento del Parlamento.
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intentos por reconstruir una política mundial inglesa a lo largo de líneas no imperialistas debe de haber sido tremendo. Tampoco cabe tener en cuenta para la relativa fuerza de Gran Bretaña la simple diferencia de su estructura social, porque las bases económicas de su sistema social habían sido profun¬ damente alteradas por el gobierno socialista sin ningún cambio decisivo en las instituciones políticas.
Tras la diferencia externa entre el sistema bipartidista anglosajón y el sis¬ tema multípartidista continental descansa una distinción fundamental entre la función del partido dentro del cuerpo político, que tiene grandes conse¬ cuencias en la actitud del partido respecto del poder y la posición del ciuda¬ dano en su estado. En el sistema bipartidista un partido siempre representa ai estado y dirige al país, de forma tal que, temporalmente, el partido en el po¬ der se identifica con el estado. El estado, como garantía permanente de la unidad deí país, está representado solamente por la permanencia de la insti¬ tución del rey81 (porque la subsecretaría permanente deí Foreign Office es sólo una cuestión de continuidad). Como los dos partidos están proyectados y organizados para el dominio alterno31323*, todas las ramas de la Administración están proyectadas y organizadas para ese turno. Como el dominio de cada partido está limitado en el tiempo, el partido de la oposición ejerce un con¬ trol cuya eficacia se ve reforzada por la certidumbre de que será el gobernan¬ te del mañana. En realidad, es la oposición, más que la posición simbólica del rey, la que garantiza la integridad del todo contra la dictadura de un partido. Las ventajas obvias de este sistema estriban en que no existe una diferencia esencial entre el gobierno y el estado, en que el poder tanto como el estado permanecen al alcance de los ciudadanos organizados en el partido, que representa al poder y al estado, ya sea de hoy o de mañana, y en que, en con¬ secuencia, no existe ocasión para incurrir en sublimes especulaciones acerca del poder y del estado como si fueran algo más allá del alcance humano, enti¬ dades metafísicas independientes de la voluntad y de la acción de los ciuda¬ danos.
El sistema continental de partidos supone que cada partido se define a sí mismo conscientemente como una parte del todo, que, a su vez, está repre¬
El sistema británico de partidos, ei más antiguo de todos, «comenzó a cobrar forma... sólo cuan- do los asuntos del estado dejaron de ser prerrogativa exclusiva de la corona...», es decir, después de 168S. «El papel del rey ha consistido históricamente en representar a la nación como una unidad frente a la pugna fraccionada de los partidos.» Véase el artículo «Political Par des», 3, «Great Britain», de W. A. Rudíin, en Encyclopedia oftbe Social Sciences.
En la que parece ser la primera historia del «partido», George W. Cooke, The History of Party,
.Londres, 1836, describe en el prólogo el tema como un sistema medíame el cual «dos clases de polí¬ ticos... gobiernan alternativamente un poderoso imperio».
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sentado por un estado por encima de los partidos83. Por eso, una dominación de un partido sólo puede significar la dominación dictatorial de una parte so¬ bre todas las demás. Los gobiernos formados por alianzas entre los dirigentes de los partidos son siempre partidos gubernamentales, claramente diferencia¬ dos del estado, que se halla por encima y más allá de ellos. Uno de los defec¬ tos menores de este sistema es el de que los miembros del gabinete no pue¬ den ser escogidos según su competencia porque se hallan representados demasiados partidos y los ministros son necesariamente elegidos conforme a las alianzas de tales partidos84; el sistema británico, por otro lado, permite una elección de los mejores hombres de las amplias filas de un partido. Mu¬ cho más importante, sin embargo, es el hecho de que el sistema multiparti-dista jamás permite a un solo hombre o a un solo partido asumir la comple¬ ta responsabilidad, con la consecuencia natural de que ningún gobierno for¬ mado por alianzas partidistas se llega a sentir completamente responsable. Incluso si sucede lo improbable y una mayoría absoluta de un partido domi¬ na en el Parlamento y de ello resulta la dominación de un solo partido, esto sólo puede acabar o bien en la dictadura, porque el sistema no está preparado para semejante gobierno, o en la mala conciencia de un liderazgo verdadera¬ mente democrático y que, acostumbrado a concebirse a sí mismo como par¬ te del todo, temerá naturalmente la utilización de su poder. Esta mala con¬ ciencia operó de una forma casi ejemplar cuando, tras la Primera Guerra Mundial, los partidos socialdemócratas alemán y austríaco aparecieron durante un breve tiempo como partidos de mayoría absoluta y, sin embargo, repudiaron el poder que acompañaba a esta posición85.35
La mejor descripción de la esencia del sistema continental de partidos es ia que dio el jurista sui- zo Johann Caspar Blimtschli en Cbamkter itnd Geist derpoiitiscben Parteien, 1869. Declara: «Es cier¬ to que un partido es sólo una parte de un gran todo, nunca ese todo en sí mismo... Nunca debe identi¬ ficarse con el todo, el pueblo o el estado...; por eso un partido puede luchar contra otros partidos, pero jamás debe ignorarlos, y habitualmente no pretende destruirlos. Ningún partido puede existir sólo por sí mismo» (p. 3). La misma idea se halla expresada por Karl Rosenkranz, un filósofo hegeliano alemán, cuyo libro sobre los partidos políticos apareció antes de que existieran partidos en Alemania: Ueberden Begriff'derpoiitiscben Partei (1843): «El partido es una parcialidad consciente» (p. 9).
8Í Véase Comparativo Major European Governments, de John Gilbert Heinberg, Nueva York, 1937, caps. V il y VIH. «En Inglaterra un partido político tiene usualmente una mayoría en la Cámara de los Comunes y los dirigentes del partido son miembros del gobierno... En Francia, ningún partido político ha tenido nunca en la práctica una mayoría de miembros de la Cámara de Diputados, y, en consecuencia, el Consejo de Ministros se halla integrado por los jefes de cierto número de grupos de partidos» (p. 158).
35 Véase Demokratie und Partes, ed. por Peter R. Rohden, Vena, 1932, Introducción: «El carácter dife-renciador de los partidos alemanes estriba en... que todos los grupos parlamentarios están resignados a no representar la volontigénémle... Por eso se sintieron tan perplejos cuando la revolución de noviembre les llevó al poder. Cada uno de ellos estaba tan organizado que sólo podía formular una reivindicación relativa, es decir,- contando siempre con la existencia de otros partidos representantes de otros intereses parciales y, en consecuencia, limitados naturalmente en sus propias ambiciones» (pp. 13-14).
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Desde ia aparición de ios sistemas de partidos ha sido habitual identificar a los partidos con intereses particulares86, y todos los partidos continentales, no sólo ios grupos obreros, se mostraron muy dispuestos a reconocerlo mientras pudieron tener la seguridad de que un estado por encima de los partidos ejercía su poder más o menos en interés de todos. El partido anglo¬ sajón, al contrario, basado en algún «principio particular», al servicio del «interés nacional»87, es en sí mismo el estado actual o futuro del país; los inte¬ reses particulares se hallan representados en el mismo partido como ala dere¬ cha y ala izquierda y refrenados por las mismas necesidades del gobierno. Y como en el sistema bipartidista un partido no puede existir durante cierto espacio de tiempo sí no cobra suficiente fuerza para asumir el poder, no se necesita ninguna justificación teórica, ni se desarrolla ideología alguna, y el fanatismo peculiar de la lucha partidista continental, que procede no tanto de los intereses en conflicto como de las ideologías antagónicas, se halla com¬ pletamente ausente88.
Lo malo de los partidos continentales, separados en principio del gobier¬ no y del poder, no fue tanto que se vieran atrapados en la angostura de los intereses particulares como que se sintieran avergonzados de tales intereses, y desarrollaron por ello aquellas justificaciones que les condujeron hacia una ideología, que afirmaba que sus intereses particulares coincidían con los inte¬ reses más generales de la humanidad. El partido conservador no se contenta¬ ba con defender los intereses de la propiedad agraria, sino que necesitaba una filosofía según la cual Dios había creado al hombre para que labrara la tierra con el sudor de su frente. Lo mismo cabe decir de la ideología del progreso de los partidos de la clase media y de la afirmación de los partidos obreros de
El sistema continental de patudos es de fecha muy reciente, Con la excepción de los partidos franceses, que se remontan a ía Revolución, ningún país europeo conoció la representación por par¬ tidos antes de 1848. Los partidos nacieron a través de la formación de facciones parlamentarias. En Suecia, el partido socialdemócrata fue el primero (1889) en tener un programa completamente for¬ mulado (Encydopedia ofSocial Sciences, loe. cit.). Por lo que se refiere a Alemania, véase Geschichte der politischen Parteien, de Ludwig Bergstraesser, 1921, Todos los partidos se basaban abiertamente en la protección de intereses; el partido conservador alemán, por ejemplo, procedía de la «Asociación para proteger los intereses de la gran propiedad agraria», fundada en 1848. Sin embargo, tos intereses no eran necesariamente económicos. Los partidos holandeses, por ejemplo, se formaron «en torno a dos cuestiones que tan ampliamente han dominado la política holandesa — la extensión del derecho al voto y la subvención a la enseñanza privada (principalmente confesional)» (Encydopedia ofthe Social Sciences, loe. cit.).
87 Definición del partido de Edmund Burke: «El partido es un cuerpo de hombres unidos para la promoción, mediante su esfuerzo conjunto, del interés nacional, sobre algún principio particular en el que todos coinciden» (Upon Party, 2.a edición, Londres, 1850).
83 Arthur N . Holcombe (Encyclopedia ofthe Social Sciences, loe. cit.) subrayó certeramente que en el sistema bipartidista los principios de los dos partidos «han tendido a ser los mismos. Si no hubieran sido sustancial mente los mismos, habría resultado intolerable la sumisión del vencido al vencedor».
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que el proletariado e$ el líder de la humanidad. Esta extraña combinación de sublime fiíosofíá y de intereses muy concretos resulta paradójica sólo a pri¬ mera vista. Como estos partidos no organizaron a sus miembros (o formaron a sus dirigentes) con el objetivo de manejar los asuntos públicos, sino que les representaron sólo como individuos particulares con particulares intereses, tuvieron que atender a todas las necesidades particulares, tanto espirituales como materiales. En otras palabras, la diferencia principal entre el partido anglosajón y el continental consiste en que el primero es una organización política de ciudadanos que necesitan «actuar concertadamente» para poder actuar39, mientras que el segundo es la organización de individuos particula¬ res que desean que sus intereses sean protegidos de la intervención de los asuntos públicos.
Resulta consecuente con este sistema el hecho de que la filosofía del estado continental reconociera a los hombres como ciudadanos sólo en tanto no fue¬ sen miembros de un partido, es decir, en su relación individual y no organiza¬ da con el estado (Staatsbürger) o en su entusiasmo patriótico en tiempos de emergencia (citoyem)%. Esta fue la desafortunada consecuencia de la transfor¬ mación del citoyen de la Revolución francesa en el bourgeoís del siglo XIX, por un lado, y del antagonismo entre el estado y la sociedad, por otro. Los alemanes tendían a considerar al patriotismo como la sumisión ante las autoridades, y los franceses una lealtad entusiasta al fantasma de la «Francia eterna». En ambos casos, el patriotismo significaba un abandono del partido propio y de sus intere¬ ses parciales en favor del gobierno y del interés nacional. Lo cierto es que seme-3
Burke, op. cit.: «Creían que nadie que no actuara concertadamente podría actuar con eficacia; que nadie que no actuara con confianza podría actuar concertadamente; que no podrían actuar con con¬ fianza hombres que no estuvieran ligados por opiniones comunes, afectos comunes e intereses comunes».
Por lo que se refiere al concepto centroeuropeo del ciudadano (el Staatsbürger) en oposición al de miembro de un partido, véase Bluntschíi, op, cit,; «Los partidos no son instituciones del estado..., no son miembros del organismo del estado, sino que constituyen asociaciones sociales libres cuyas for¬ maciones dependen de unos miembros que cambian y que se hallan unidos para la acción política común por una definida convicción». La diferencia entre el interés del estado y el del partido es recalcada una y otra vez: «El partido jamás debe colocarse por encima del estado, jamás debe poner sus intereses partidistas por encima del interés del estado» (pp. 9 y 10).
Burke, por el contrario, se manifiesta contrario al concepto según el cual los intereses del partido o la afiliación a un partido hacen de un hombre un ciudadano peor. «Las comunidades están consti¬ tuidas por familias, y también lo están las comunidades libres de los partidos; y podemos afirmar además que los lazos que nos unen a nuestro partido debilitan aquellos lazos por los que estamos unidos a nuestro país tanto como nuestros afectos naturales y nuestros lazos de consanguinidad tien¬ den inevitablemente a hacer de tos hombres malos ciudadanos» (op. cit.). Lord John Russelí, On Party (1850), va incluso más allá cuando afirma que el más importante de los buenos efectos de los partidos es «que da una sustancia a las vagas opiniones de los políticos y les une a principios firmes y duraderos».
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jante deformación nacionalista era casi inevitable en un sistema que creaba los partidos políticos a partir de los intereses particulares, de forma tai que el bien público tenía que depender de la fuerza emanada de arriba y de un vago y generoso autosacrificio de abajo que sólo podía lograrse alentando las pasiones nacionalistas. En Inglaterra, por el contrario, el antagonismo entre el interés particular y el nacional jamás desempeñó un papel decisivo en la política. Por eso, cuanto más correspondía a los intereses de clase el sistema de partidos del continente, más urgente era la necesidad del nacio¬ nalismo por parte de la nación para obtener una cierta expresión popular y un apoyo a los intereses nacionales, apoyo que Inglaterra, con su gobierno directo por el partido y la oposición, jamás necesitó tanto.
SÍ consideramos la diferencia entre el muítipartidismo continental y el bipartidismo británico con respecto a su predisposición a la aparición de movimientos, parece lógico que resultara más fácil a la dictadura de un parti¬ do apoderarse de la maquinaria del estado en países donde el estado está por encima de los partidos y, por ello, por encima de los ciudadanos que en aque¬ llos donde los ciudadanos, actuando «concertadamente», es decir, a través de la organización del partido, pueden ganar el poder legalmente y sentirse propietarios del estado, bien de ahora, bien de mañana. Parece aún más lógico que la mistificación del poder, inherente a ios movimientos, se lograra tanto más fácilmente cuanto más apartados se hallaran los ciudada¬ nos de las fuentes deí poder, más fácil en los países dominados burocrática¬ mente, donde el poder trasciende positivamente la capacidad de compren¬ sión por parte de los dominados, que en los países gobernados constitucio¬ nalmente, donde la ley está por encima del poder y el poder es sólo un medio para su aplicación; y más fácil aún en países donde el poder del esta¬ do está más allá deí alcance de los partidos y por eso, aunque permanezca al alcance de la inteligencia deí ciudadano, se encuentra más allá del alcance de su experiencia práctica y de su acción.
La alienación de las masas del gobierno, que significó el comienzo de su odio hacia el Parlamento y de su disgusto hacia éste, fue diferente en Francia y en otras democracias occidentales, por un lado, y en los países de Europa central, principalmente en Alemania, por otro. En Alemania, donde el esta¬ do se hallaba por definición por encima de los partidos, los líderes partidistas abandonaban como norma su adhesión al partido en el momento en que se convertían en ministros y eran encargados de misiones oficiales91. En Fran-
Compárese con esta actitud eí hecho sorprendente de que en Gran Bretaña Ramsay MacDonald no fuera capaz de sobrevivir a su «traición» ai partido iaboralista. En Alemania, el espíritu de la Administración exigía de aquellos que ocupaban cargos públicos que estuvieran «por encima de los partidos». Contra este principio de fa antigua Administración civil prusiana los nazis afirmaron la
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cía, dominada por las alianzas partidistas, no fue posible ningún auténtico gobierno desde el establecimiento de la Tercera República y su fantástico ré¬ cord en cuanto al número de gabinetes. Su debilidad fue opuesta a la alema¬ na; había liquidado al estado que se hallaba por encima de los partidos y por encima del Parlamento, sin reorganizar su sistema de partidos en un cuerpo capaz de gobernar. El gobierno se convirtió necesariamente en un ridículo exponente de los siempre cambiantes talantes del Parlamento y de la opinión pública. El sistema alemán, por otra parte, convirtió al Parlamento en un campo de batalla más o menos útil para los intereses y opiniones en conflic¬ to, en un órgano cuya principal función consistía en influir sobre el gobier¬ no, pero cuya necesidad práctica en la gestión de los asuntos del estado era, por decirlo suavemente, discutible. En Francia, los partidos ahogaron al gobierno; en Alemania, el estado castró a los partidos.
Desde el final del siglo pasado, la reputación de estos Parlamentos y parti¬ dos constitucionales ha declinado constantemente. Para el pueblo en general parecían instituciones caras e innecesarias. Sólo por esta razón, cada grupo que afirmaba presentar algo por encima de los intereses de partido y de clase y comenzaba al margen del Parlamento tenía una gran posibilidad de con¬ seguir popularidad. Tales grupos parecían más competentes, más sinceros y más preocupados por los asuntos públicos. Esto, sin embargo, era sólo en apariencia, porque el verdadero objetivo de cada «partido por encima de los partidos» consistía en promover un interés particular hasta que hubiera devo¬ rado a todos los demás y en hacer que un grupo particular se convirtiera en dueño de la maquinaria estatal. Esto es lo que finalmente sucedió en Italia bajo el fascismo de Mussolíni, que hasta 1938 no fue totalitario, sino simple¬ mente una dictadura nacionalista corriente desarrollada lógicamente a partir de una democracia multipartidista. Porque existe alguna verdad en el viejo axioma respecto de la afinidad entré el gobierno de la mayoría y la dictadura, pero esta afinidad nada tiene que ver con el totalitarismo. Es obvio que, des¬ pués de muchas décadas de dominación multipartidista ineficaz y confusa, la conquista del estado en favor de un partido puede parecer un gran alivio, porque asegura al menos, aunque sólo por un tiempo limitado, alguna con¬ sistencia, alguna permanencia y un poco menos de contradicción.
El hecho de que la conquista del poder por los nazis fuera normalmente identificada con la dictadura de un partido mostró simplemente cuán enrai¬ zado se hallaba todavía el pensamiento político en los viejos esquemas esta-
príoridad del partido, porque deseaban una dictadura. Goebbeís demandó explícitamente: «Cada miembro del partido que llegue a ser funcionario del estado tiene que seguir siendo ante codo un nacionalsocialista... y cooperar estrechamente con la Administración del partido» (cita de Gottfried Nees.se, Partei undStaat, 1939, p. 28).
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blecidos y cuán poco preparado estaba eí pueblo para lo que realmente había de llegar. Eí único aspecto típicamente moderno de la dictadura del partido fascista es que aquí también insistía el partido en ser un movimiento; que no era nada de ese tipo, sino que simplemente usurpaba el eslogan de «movi¬ miento» para atraer a las masas, se hizo evidente tan pronto como se apoderó de la maquinaria del estado sin alterar drásticamente la estructura de poder del país, contentándose con ocupar todas las posiciones del gobierno como miembros del partido. Y fue precisamente a través de la identificación del partido con el estado, que tanto los nazis como los bolcheviques evitaron siempre cuidadosamente, como el partido dejó de ser un «movimiento» y quedó ligado a la estructura básicamente estable del estado.
Aunque los movimientos totalitarios y sus predecesores, los panmovi-mientos, no eran «partidos por encima de los partidos», aspirantes a la con¬ quista de la maquinaria del estado, sino movimientos encaminados a la des¬ trucción del estado, los nazis hallaron muy conveniente hacerse pasar por tales, es decir, fingir que seguían fielmente eí modelo del fascismo italiano. Así pudieron lograr la ayuda de aquellas élites de las clases altas y empresa¬ riales que confundieron a los nazis con grupos más antiguos que ellos ha¬ bían promovido frecuentemente y que tenían sólo la pretensión más bien modesta de conquistar para un partido la maquinaria del estado92. Los empresarios que impulsaron a Hitler ai poder creían ingenuamente que estaban apoyando a un dictador, y a un dictador que era hechura suya, y que naturalmente gobernaría a favor de su propia cíase y en contra de todas las demás.
Los «partidos por encima de los partidos» de inspiración imperialista ja¬ más supieron cómo beneficiarse del odio al sistema de partidos como tal; el frustrado imperialismo alemán de la preguerra, a pesar de sus sueños de expansión continental y de su violenta denuncia de las instituciones demo¬ cráticas del estado-nación, jamás logró el alcance de un movimiento. Desde luego, no bastó que despreciara altivamente los intereses de clase, auténtica base del sistema de partidos de la nación, porque esto le hacía aún menos atractivo que los partidos corrientes. De lo que evidentemente carecían, a pe¬ sar de todas sus resonantes frases nacionalistas, era de una auténtica ideología nacionalista o de otro género. Tras la Primera Guerra Mundial, cuando los pangermanistas alemanes, especialmente Ludendorff y su esposa, reconocie¬
Tales como la «Koloniaiverein», ía «Centralverein für Handelsgeographie», la «Flottenverein» e incluso la «Liga Pangermanista», que, sin embargo, con anterioridad a la Primera Guerra Mundial, no tenían conexión alguna con las grandes empresas. Véase 'Wertheimer, op. ctt., p. 73. Típicos representantes de esta posición «por encima de los partidos« de la burguesía eran, desde luego, los
Na ríondiíiberalen. Véase nota 74.
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ron este error y trataron de repararlo, no lo lograron, a pesar de su notable habilidad para apelar a las más supersticiosas creencias de las masas, porque se aferraban a una anticuada y no totalitaria adoración del estado, y no pudieron comprender que el furioso interés de las masas por las llamadas «potencias supraestatales» (überstaaliche Machte) — es decir, los jesuítas, los judíos y los francmasones— no procedía de la adoración a la nación o al esta¬ do, sino, al contrario, de la envidia y del deseo de convertirse también en una «potencia supraestatal»93.
Los únicos países en los que, según todas las apariencias, la idolatría del estado y el culto a la nación no resultaban todavía anticuados y en donde los eslóganes nacionalistas contra las fuerzas «supraestatales» constituían todavía una seria preocupación para el pueblo eran aquellos países latinos de Europa como Italia y, en menor grado, España y Portugal, que habían sufrido un cla¬ ro freno a su completo desarrollo nacional por obra del poder de la iglesia. Gracias en parte a este auténtico elemento de tardío desarrollo nacional y en parte a la prudencia de la iglesia, que muy sabiamente advirtió que el fascis¬ mo no era ni anticristiano ni totalitario en principio y que solamente estable¬ cía una separación entre la iglesia y el estado que ya existía en otros países, el inicial sabor anticlerical del nacionalismo fascista se apaciguó más que rápi¬ damente y dio paso a un modus vivendi como en Italia, o a una alianza posi¬ tiva como en España y Portugal.
La interpretación mussoliniana del estado corporativo fue un intento de superar los notorios peligros nacionales en una sociedad de clases con una nueva organización social integrada94 y de resolver el antagonismo en¬ tre el estado y la sociedad en el que había descansado el estado-nación, mediante la integración de la sociedad en el estado95. El movimiento fas-53
Erich Ludendorff, Die ilberstaatUchen Machte im letzen Jahre des 'Weltkrieges, Leipzig, 1927. Véase también Feldherrnworte, 1938, 2 vols.: I, 43, 55; II, 80.
El objetivo principal del estado corporativo era «el de corregir y neutralizar una circunstancia determinada por la revolución industrial del siglo XIX que disoció en la industria al capital y al traba¬ jo, dando paso, por una parte, a la clase capitalista de los empleadores de mano de obra y, por otra, a la gran clase desposeída, el proletariado industrial. La yuxtaposición de estas clases condujo inevita¬ blemente al choque de sus intereses en conflicto» (The Fascist Era, publicado por la Confederación Fascista de Industriales, Roma, 1939, capítulo IIÍ).
«Si el estado ha de representar verdaderamente a la nación, entonces el pueblo que compone la nación debe formar parte del estado.
¿Cómo se puede lograr esto?
La respuesta fascista consiste en organizar al pueblo en grupos conforme a sus respectivas activi¬ dades, grupos que a través de sus dirigentes... se elevan por escalones como en una pirámide, en la base de la cual se hallan las masas y en cuya cima se encuentra eí estado.
Ningtín grupo fuera del estado, ningún grupo contra el estado, todos tos grupos dentro del esta- do..., que... es la nación en sí misma y estructurada» (ibfd.).
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cista, un «partido por encima de los partidos» porque afirmaba representar el interés de la nación en conjunto, se apoderó de la maquinaria estatal, se identificó con la más alta autoridad nacional y trató de convertir a todo el pueblo en «parte del estado». Pero no se consideró a sí mismo «por encima del estado» y sus dirigentes no se concibieron «por encima de la nación»96. Por lo que a los fascistas respecta, su movimiento había concluido con lá conquista del poder, al menos en relación con la política interior. El movi¬ miento podía seguir a partir de entonces en marcha sólo en cuestiones de política exterior, en el sentido de la expansión imperialista y de aventuras típicamente imperialistas. Incluso antes de la conquista del poder, ios na¬ zis se mantuvieron claramente alejados de esta forma fascista de dictadura en la que el «movimiento» simplemente sirve para llevar al partido al po¬ der, y conscientemente utilizaron el partido para impulsar al movimiento, que, en contra de lo que sucede con el partido, no debe tener «objetivos definidos y estrechamente determinados»97.
La diferencia entre los movimientos fascistas y los totalitarios queda me¬ jor ilustrada por su actitud respecto del ejército, es decir, de la institución nacional par excellence. En contraste con los nazis y con los bolcheviques, que destruyeron el espíritu del ejército, subordinándolo a los comisarios políti¬ cos o a las formaciones totalitarias de elite, los fascistas pudieron utilizar ins¬ trumentos tan intensamente nacionalistas como el ejército, con los que se identificaron como se habían identificado con el estado. Deseaban un estado fascista y un ejército fascista, pero todavía querían un ejército y un estado; sólo en la Alemania nazi y en la Rusia soviética se convirtieron el ejército y el estado en funciones subordinadas al movimiento. El dictador fascista — no Hitler ni Stalin— era el único usurpador verdadero en el sentido de la teoría política clásica, y su dominación unípartidista era en cierto sentido la única todavía íntimamente conectada con el sistema multipartidísta. Realiza¬ ba lo que habían pretendido las ligas y sociedades de mentalidad imperialista y los «partidos por encima de los partidos», de forma tal que el fascismo ita¬ liano se convirtió en el único ejemplo de un moderno movimiento de masas organizado dentro del marco de un estado existente, inspirado exclusivamen¬ te por un extremado nacionalismo y que transformó al pueblo permanente¬
Para ío que $e refiere a ía relación entre e! partido y el estado en los países totalitarios y especial- mente a la incorporación al estado de Italia deí partido fascista, véase Behemoth, de Franz Neumann, 1942, cap. í.
Véase la presentación extremadamente interesante de la relación entre partido y movimiento en «Dienstvorschrift für die Parteiorganisation des NSDAP», 1932, pp. II y ss., y la presentación, de Werner Best, en Die deutsche Polizei, 1941, p. 107, que tiene la misma orientación: «Es tarea del par¬ tido... mantener unido al movimiento y darle apoyo y dirección».
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mente en Staatsbürger o patrio tes tales como los que el estado-nación había movilizado sólo en tiempos de emergencia y de unión sacrée989.
No hay movimiento sin odio al estado, y ese odio resultó virtualmente desconocido a ios pangermanistas alemanes en la relativa estabilidad de la Alemania de la preguerra. Los movimientos se originaron en Austria-Hun-grfa, donde el odio al estado era una expresión de patriotismo para las nacio¬ nalidades oprimidas y donde los partidos, con la excepción del socialdemó-crata (próximo al social cristiano, el único sinceramente leal a Austria), se ha¬ bían formado a lo largo de líneas nacionales y no de clases. Esto fue posible porque los intereses económicos y nacionales eran allí casi idénticos y porque el estatus económico y social dependía ampliamente de la nacionalidad; por eso el nacionalismo, que había sido una fuerza unificadora de los estados-na¬ ción, se tomó allí inmediatamente en principio de ruptura interno, lo que determinó una diferencia decisiva en la estructura de los partidos en compa¬ ración con los de los estados-nación. Lo que mantenía unidos a los miem¬ bros de los partidos en la Austria-Hungrfa multinacional no era un interés particular, como en otros sistemas de partidos continentales, o un principio par¬ ticular para la acción organizada, como en el sistema anglosajón, sino princi¬ palmente el sentimiento de pertenecer a la misma nacionalidad. Estrictamen¬ te hablando, esta circunstancia tuvo que ser y fue una gran debilidad de los par¬ tidos austríacos porque no podían deducirse objetivos y programas definidos del sentimiento de pertenencia tribal. Los panmovimientos hicieron una virtud de este defecto, transformando los partidos en movimientos y descubriendo esa forma de organización que, en contraste con todas las demás, nunca necesitaba de un objetivo o de un programa, sino que podía cambiar su política de un día para otro sin que se viera afectado el número de sus miembros. Mucho tiempo antes de que el nazismo afirmara orgullosamente que aunque poseía un progra¬ ma no necesitaba ninguno, el pangermanismo descubrió cuánto más impor¬ tante resultaba para atraer a las masas un talante general que unas directrices y un programa político. Porque lo único que cuenta en un movimiento es preci¬ samente que se mantiene en constante movimiento". Los nazis, por eso, acos¬
Mussolini, en su discurso deí 14 de noviembre de 1933, defiende el gobierno uniparddista con argumentos habituales en los estados-nación en época de guerra: Se necesita un solo partido político para que «pueda existir disciplina política... y para que el lazo de un destino común pueda unir a to¬ dos por encima de los intereses en discordia» (Benito Mussolini, Four Speeches on the Corporate Sta¬ te, Roma, 1935).
Resulta notable la siguiente anécdota recogida por Berdiaev: «Un joven soviético fue a Francia...
[y] se le preguntó qué impresión le había causado Francia. Respondió: “No existe libertad en este
país”... El joven expuso su teoría sobre la libertad: ... la llamada libertad (francesa) era del tipo que deja todo inalterado; cada día era como los que le precedieron...; y así aquel joven que venía de Ru¬ sia se aburría en Francia» (op. cit„ pp. 182 y 183).
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tumbraban a referirse a los catorce años de la República de Weimar como la «época del sistema» — Systemzeit—, implicando que este tiempo fue estéril, careció de dinamismo, no se «movió» y fue seguido por su «era del movi¬ miento».
El estado, aun como dictadura de un partido, era considerado un obstácu¬ lo en el camino de las necesidades siempre cambiantes de un movimiento siem¬ pre creciente. No existía diferencia más característica entre el «grupo por enci¬ ma de los partidos» imperialista de la Liga Pangermana, en la misma Alemania, y el movimiento pangermanista, en Austria, como la que Labia entre sus actitu¬ des hacia el estado100; mientras que el «partido por encima de los partidos» sólo deseaba apoderarse de la maquinaria estatal, el verdadero movimiento preten¬ día su destrucción; mientras que el primero todavía reconocía al estado como la autoridad suprema una vez que su representación había caído en las manos de los miembros de un partido (como en la Italia de Mussolini), el segundo reconocía ai movimiento como independiente del estado y superior en autori¬ dad a éste.
La hostilidad de los movimientos al sistema de partidos adquirió significado práctico cuando, tras la Primera Guerra Mundial, el sistema de partidos dejó de ser un instrumento útil y el sistema de clases de la sociedad europea se quebró bajo el peso de las crecientes masas enteramente desarraigadas por los acontecimientos. Lo que ahora surgía ya no eran simples panmovimíentos, sino sus totalitarios sucesores, que en unos pocos años determinaron la política de todos los demás partidos hasta tal grado que éstos se convirtie¬ ron o bien en antifascistas, o bien en antiboícheviques, o en ambas cosas a la vez101. Debido a este enfoque negativo que aparentemente íes fue impues¬ to desde el exterior, los viejos partidos mostraron claramente que ya no eran capaces de funcionar como representantes de los intereses específicos de cía¬ se, sino que se habían convertido en meros defensores del statu quo. La cele¬ ridad con que se adhirieron al nanismo los pangermanistas alemanes y aus¬ tríacos muestra un paralelismo con la trayectoria mucho más lenta y com¬ plicada a través de la cual los paneslavistas hallaron finalmente que la liquidación de la Revolución Rusa de Lenin había sido lo suficientemente completa como para que les fuera posible apoyar a Staíin de todo corazón.
La hostilidad hacía el estado austríaco se produjo también a veces entre los pangermanistas ale- manes, especialmente si eran Ausländsdeutsche, como Moeiler van den Bruck.
Hitler describió la situación correctamente cuando dijo durante las elecciones de 1932: «Contra el nacionalsocialismo, no hay en Alemania mis que mayorías negativas» (cita de Konrad Heiden,
Der Führer, p, 564).
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No fue culpa de ios pangermanistas ni de los paneslavistas y apenas frenó su entusiasmo el hecho de que el bolchevismo y el nazismo, en la cumbre de su poder, superaran al simple nacionalismo tribal y mostrara poca simpatía por aquellos que todavía seguían convencidos por óste por principio más bien que como simple material de propaganda.
La decadencia del sistema continental de partidos se correspondió con un declive del prestigio del estado-nación. La homogeneidad nacional se vio gravemente alterada por las migraciones, y Francia, ía nationpar excellence, se tomó en unos años profundamente dependiente de la mano de obra extran¬ jera; ía política restrictiva de la inmigración, inadecuada a las nuevas necesi¬ dades, seguía siendo verdaderamente «nacional» pero hizo aún más evidente que el estado-nación ya no era capaz de enfrentarse con las grandes cuestio¬ nes políticas de su tiempo102.
Aún más serio fue el malhadado esfuerzo de los tratados de paz de 1919 por introducir las organizaciones del estado nacional en la Europa oriental y meridional, donde el pueblo del estado frecuentemente sólo constituía una relativa mayoría, que era superada en número por el conjunto de las «mino¬ rías». Esta nueva situación habría bastado en sí misma para minar gravemen¬ te la base de clases del sistema de partidos. En todas partes, los partidos se hallaban ahora organizados a lo largo de líneas nacionales, como si ía liquida¬ ción de la monarquía dual hubiese servido sólo para permitir que se iniciara una multitud de experimentos semejantes en una escala reducida103. En otros países, donde el estado-nación y la base clasista de sus partidos no Rieron afectados por las migraciones y por ía heterogeneidad de la población, la inflación y el desempleo provocaron una ruptura similar; y es obvio que cuanto más rígido era el sistema de clases del país y mayor la conciencia de clase de su población, más dramática y peligrosa fue esta ruptura.
Esta era la situación entre las dos guerras mundiales, cuando cualquier movimiento tenía más posibilidades que cualquier partido, porque el movi¬ miento atacaba a la institución del estado y no apelaba a las clases. El fascis¬ mo y el nazismo siempre se jactaron de que su odio estaba dirigido no contra las clases individualmente, sino contra el sistema de clases como tal, al que denunciaron como una invención del marxismo. Aún más significativo fue el
Al estallar la Segunda Guerra Mundial, por lo menos un 10 por ciento de la población de Fran- cia estaba constituida por extranjeros no nacionalizados. Sus minas deí norte estaban principalmen¬ te en marcha gracias a polacos y belgas, y su agricultura del sur, gracias a españoles e italianos. Véase World Population, de Cacr-Saunders, Oxford, 1936, pp. 145-158.
«Desde 1918, ninguno de los [estados sucesores] ha producido... un partido que pueda abarcar a más de una raza, una religión, una ciase social o una región. La única excepción es el partido comu¬ nista de Checoslovaquia» (Encyclopedia of the Social Sciences, he. cit.).
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hecho de que también los comunistas, pese a su ideología marxista, tuvieran que abandonar la rigidez de su apelación a la clase cuando, después de 1935 y bajo eí pretexto de ampliar su base de masas, formaron frentes populares en todas partes y comenzaron a recurrir a las mismas crecientes masas, fuera de todos los estratos de clases, que hasta entonces habían sido presa natural de los movimientos fascistas. Ninguno de ios viejos partidos estaba preparado para recibir a estas masas ni estimaron correctamente la creciente importan¬ cia de su número ni la creciente influencia política de sus dirigentes. Este error de juicio de los viejos partidos puede ser explicado por el hecho de que su posición segura en el Parlamento y su representación segura en los organis¬ mos e instituciones del estado les hacían sentirse mucho más próximos a las fuentes del poder que a las masas; pensaron que eí estado seguiría siendo siempre el indiscutido dueño de todos los instrumentos de violencia y que el ejército, esa suprema institución del estado-nación, continuaría siendo eí elemento decisivo en todas las crisis internas. Por eso se sintieron con libertad para ridiculizar a las numerosas formaciones paramilitares que habían surgi¬ do sin ninguna ayuda oficialmente reconocida, porque cuanto más débil se tornó el sistema de partidos bajo la presión de los movimientos al margen del Parlamento y de las clases, más rápidamente desaparecieron todos los anti¬ guos antagonismos de los partidos respecto del estado. Los partidos, que se imaginaban un «estado por encima de ios partidos», interpretaron errónea¬ mente esta armonía como una fuente de fuerza, como una maravillosa rela¬ ción con algo de orden superior. Pero el estado se hallaba tan amenazado como el sistema de partidos por la presión de los movimientos revoluciona¬ rios y ya no podía permitirse mantener esta posición encumbrada y necesa¬ riamente impopular por encima de las luchas internas. El ejército había deja¬ do de ser ya una firme muralla contra la agitación revolucionaria no porque simpatizara con la revolución, sino porque había perdido su posición. En dos ocasiones de los tiempos modernos, y ambas en Francia, la nation par excellen-ce, el ejército había demostrado ya su esencial repugnancia o incapacidad para ayudar a los que estaban en el poder o querían el poder en sí mismo: en 1850, cuando permitió al populacho de la «sociedad del 10 de diciembre» llevar a Napoleón al poder104, y, de nuevo, a finales del siglo XIX, durante eí affaire Dreyfus, cuando nada habría sido más fácil que eí establecimiento de una dictadura militar. La neutralidad del ejército, su voluntad de servir a cada amo, dejó finalmente al estado en una posición de «mediación entre los intereses de los partidos organizados. Ya no estaba sobre, sino entre las clases
104 Véase Karl Marx, op. cit.
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de la sociedad»105. En otras palabras, el estado y los partidos, juntos, defen¬ dieron el statu quo, sin comprender que esta auténtica alianza servía tanto como cualquier otra cosa para alterar el statu quo.
La ruptura del sistema europeo de partidos sobrevino de una forma espectacular con la subida de Hitler al poder. Se olvida ahora a menudo y convenientemente que en el momento deí estallido de la Segunda Guerra Mundial la mayoría de los países europeos habían adoptado ya alguna forma de dictadura y desechado el sistema de partidos y que este cambio revolucio¬ nario en el gobierno se había efectuado en la mayoría de los países sin una alteración revolucionaria. La acción revolucionaria, muy a menudo, fue una concesión teatral a los deseos de las masas violentamente descontentas más que una batalla real por el poder. Después de todo, no significaba una gran diferencia el hecho de que unos pocos miles de personas casi desarmadas ini¬ ciaran una marcha sobre Roma y tomaran el poder en Italia o que en Polonia (en 1934) un llamado «bloque sin partidos», con un programa de apoyo a un gobierno sem¡fascista y unos afiliados que procedían de la nobleza y del más pobre campesinado, trabajadores y empresarios, católicos y judíos ortodoxos, consiguiera legalmente dos terceras partes de los escaños del Parlamento106.
En Francia, la ascensión de Hitler al poder, acompañada por un desarro¬ llo deí comunismo y del fascismo, suprimió rápidamente la relación original de los demás partidos entre sí y modificó de un día para otro las antiguas lí¬ neas partidistas. La derecha francesa, hasta entonces intensamente antiger¬ mana y belicista, a partir de 1933 se convirtió en vanguardia del pacifismo y del entendimiento con Alemania. La izquierda pasó con igual velocidad del pacifismo a cualquier precio a una firme posición contra Alemania y fue pronto acusada de ser un partido de belicistas por los mismos partidos que sólo unos pocos años antes habían denunciado su pacifismo como una trai¬ ción nacional107. Los años que siguieron a la subida de Hitler al poder revela¬ ron ser aún más desastrosos para la integridad del sistema francés de partidos. En la crisis de Munich, cada partido, desde la derecha hasta la izquierda, se escindió interiormente sobre la única cuestión política relevante: los que esta¬ ban a favor y los que estaban en contra de una guerra con Alemania103. Cada partido albergaba'una facción de paz y una facción de guerra; ninguno de
105 Cari Schmitt, op. cit, p. 131.
10á Vaclav Fíala, «Les Partís potinques pofonais», en Monde Slave, febrero de 1935.
Véase el preciso análisis de Charles A. Micaud, The Frencb Right and Nazi Gemuiny, 1933-1939, 1943.
!C3 El más famoso ejemplo fue la escisión en el partido socialista francés, en 1938, cuando la facción de Blum estuvo en minoría contra e! grupo pro-Múnich de Déat durante el congreso del partido del Departamento deí Sena.
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ellos pudo permanecer unido en las principales decisiones políticas y ningu¬ no soportó la prueba del fascismo y del nazismo sin escindirse, de un lado, en un grupo antifascista y, de otro, en un grupo de compañeros de viaje del nazismo. El hecho de que Hitler pudiera escoger libremente entre todos los partidos para establecer sus regímenes títeres fue la consecuencia de esta situación prebélica y no de una maniobra nazi especialmente astuta. No hubo un solo partido en Europa que no produjera colaboracionistas.
Contra la desintegración de los viejos partidos se alzaba en todas partes la estricta unidad de los movimientos fascistas y comunistas. Los primeros, fue¬ ra de Alemania y de Italia, abogando lealmente por la paz, incluso ai precio de la dominación extranjera, y los segundos propugnando durante cierto tiempo la guerra, incluso al precio de la ruina nacional. Lo importante, sin embargo, no era tanto que la extrema derecha hubiese abandonado en todas partes su tradicional nacionalismo en favor de la Europa de Hitler y que la extrema izquierda hubiese olvidado su pacifismo tradicional en favor de los antiguos eslóganes nacionalistas, como que ambos movimientos pudieron contar con la lealtad de unos afiliados y de unos jefes que no se sentían preo¬ cupados por este repentino cambio de política. Este hecho se puso dramáti¬ camente de relieve con el pacto de no agresión germano-ruso, cuando los na¬ zis tuvieron que desprenderse de su eslogan principal contra el bolchevismo y cuando los comunistas hubieron de retornar a un pacifismo al que siempre habían tildado de pequeñoburgués. Tales cambios repentinos no les afecta¬ ron en lo más mínimo. Todavía se recuerda muy bien cuán fuertes seguían siendo los comunistas después de su segunda volte-face, menos de dos años después, cuando la Unión Soviética fue atacada por la Alemania nazi, y esto a pesar del hecho de que ambas líneas políticas habían implicado a los sim¬ ples afiliados en actividades serias y peligrosas que exigían sacrificios reales y una constante acción.
Diferente en apariencia, pero mucho más violenta en la realidad, fue la ruptura del sistema de partidos en la Alemania prehitleriana. Este fenómeno salió a la luz pública con ocasión de las últimas elecciones presidenciales, en 1932, cuando todos los partidos adoptaron formas de propaganda de masas enteramente nuevas'y complicadas.
La elección de los candidatos resultó en sí misma peculiar. Mientras que era corriente que los dos movimientos que permanecían al margen del siste¬ ma parlamentario y luchaban contra éste presentaran sus propios candidatos (Hitler por los nazis y Thälmann por ios comunistas), fue más que sorpren¬ dente ver que todos los demás partidos podían de repente coincidir en un solo candidato. Que este candidato resultara ser el viejo Hindenburg, quien disfrutaba de la inigualable popularidad que, desde la época de Mac-Mahon,
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aguarda en su país al general derrotado, no era precisamente una broma; mos¬ traba hasta qué punto los viejos partidos deseaban, sencillamente, identificarse con el antiguo estado, el estado por encima de ios partidos, cuyo símbolo más potente había sido el ejército nacional; hasta qué grado, en otras palabras, ha¬ bían renunciado ya al sistema mismo de partidos. Porque frente a los movi¬ mientos, las diferencias entre los partidos carecían ya por completo de signifi¬ cado; estaba en juego la existencia de todos ellos y, en consecuencia, se agrupa¬ ron y esperaron mantener un statu quo que garantizara esa existencia. Hindenburg se convirtió en el símbolo del estado-nación y deí sistema de par¬ tidos, mientras que Hitler y Thälmann compitieron entre sí para convertirse en el verdadero símbolo del pueblo.
Tan significativos como la elección de candidatos fueron los carteles electorales. Ninguno de ellos alababa a su candidato por sus propios méri¬ tos; los carteles de Hindenburg proclamaban simplemente que «un voto por Thälmann es un voto por Hitler», advirtiendo a los trabajadores que no malgastaran sus votos en un candidato del que se tenía la seguridad de que sería derrotado (Thälmann) y de que no favorecieran de esta manera a Hitler. Así fue como se reconciliaron los sociaídemócratas con Hinden¬ burg, sin ni siquiera mencionarle. Los partidos de la derecha hicieron el mismo juego y recalcaron que «un voto por Hitler es un voto por Thäl¬ mann». Ambos, además, aludieron muy claramente a ios casos en los que los nazis y los comunistas habían hecho causa común, para convencer a to¬ dos los miembros leales de cada partido, tanto de la izquierda como de la derecha, de que la preservación del statu quo exigía votar por Hindenburg. En constraste con la propaganda a favor de Hindenburg, dirigida a aquellos que deseaban el statu quo a cualquier precio — y en 1932 éste significaba el desempleo para casi la mitad del pueblo alemán— , los candidatos de los movimientos tenían que contar con aquellos que deseaban un cambio a cual¬ quier precio (incluso al precio de la destrucción de todas las instituciones legales). Éstos eran por lo menos tan numerosos como los millones, siempre crecientes, de parados y de sus familias. Los nazis, por eso, no retrocedieron ante el absurdo de afirmar que «un voto por Thälmann es un voto por Hin¬ denburg)), y los comunistas no dudaron en replicar que «un voto por Hitler es un voto por Hindenburg», amenazando ambos a sus electores con el temor al statu quo> exactamente de la misma manera que sus oponentes habían ame¬ nazado a sus seguidores con el espectro de la revolución.
Tras la curiosa uniformidad del método utilizado por quienes apoya¬ ban a los candidatos se encontraba la tácita presunción de que el electora¬ do acudiría a las urnas porque estaba asustado — asustado por los comu¬ nistas, asustado por los nazis o asustado por el statu quo. Dentro de este
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miedo general, todas las divisiones de cíase desaparecían de la escena polí¬ tica; mientras la alianza de partidos para la defensa del statu quo oscurecía la antigua estructura de clases mantenida en partidos separados, ía afilia¬ ción a los movimientos era completamente heterogénea y tan dinámica y fluctuante como el mismo desempleo109. Mientras que dentro del marco de las instituciones nacionales.la izquierda parlamentaria se había unido a la derecha parlamentaria, los dos movimientos se hallaban ocupados con¬ juntamente en la organización de la famosa huelga de transportes en las calles de Berlín, en noviembre de 1932.
Cuando se considera el declive extraordinariamente rápido del sistema con¬ tinental de partidos, debería tenerse en cuenta el muy corto espacio de vida de toda esa institución. No existía en parte alguna antes del siglo XIX, y en la mayo¬ ría de los países europeos la formación de los partidos políticos tuvo lugar des¬ pués de 1848, de forma tal que su reinado como institución indiscutida dentro de la política nacional duró apenas cuatro décadas. Durante las dos últimas décadas del siglo XIX, todas las evoluciones políticas significativas en Francia, tanto como en Austria-Hungrfa, tuvieron lugar ya al margen y en oposición a los partidos parlamentarios, mientras que en todas partes los «partidos por enci¬ ma de los partidos», más reducidos e imperialistas, desafiaban a ía institución para lograr el apoyo popular a una política exterior agresiva e imperialista.
Mientras que las ligas imperialistas se colocaban por encima de los parti¬ dos, en aras de la identificación con el estado-nación, ios panmovímientos atacaban a esos mismos partidos como carne y hueso de un sistema general que incluía al estado-nación; no aparecían tanto «sobre los partidos» como «sobre el estado» en favor de una directa identificación con el pueblo. Final¬ mente, los movimientos totalitarios se vieron conducidos a descartar también al pueblo, al que, sin embargo, siguiendo de cerca las huellas de los panmovímientos, utilizaban con fines propagandísticos. El «estado totalita¬ rio» es un estado sólo en apariencia, y el movimiento ya no se identifica ver¬ daderamente ni siquiera con las necesidades del pueblo. El movimiento, para entonces, se halla sobre el estado y sobre el pueblo, dispuesto a sacrifi¬ car a ambos en aras de su ideología. «El movimiento... es tanto el estado como el pueblo, y n i el estado actual.... ni el actual pueblo alemán pueden ser concebidos sin el movimiento.»1í0
E! partido socialista alemán experimentó un cambio típico desde comienzos de siglo hasta 1933. Antes de la Primera Guerra Mundial sólo eí 10 por ciento de sus afiliados no pertenecían a la clase trabajadora, mientras que el 25 por ciento de sus votos procedían de la clase media. En 1930, empe¬ ro, sólo eran obreros el 60 por ciento de sus miembros y al menos el 40 por ciento de sus votos pro¬ cedían de la dase media. Véase Sigmund Neumann, op. cit, pp. 28 y ss.
no Schmitt, op. cit.
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Nada prueba mejor la irreparable decadencia del sistema de partidos como los grandes esfuerzos desplegados después de esta guerra para revivirlo en el continente, sus lastimosos resultados, el acrecido atractivo de los movi¬ mientos tras la derrota del nazismo y la obvia amenaza del bolchevismo a la independencia nacional. El resultado de todos los esfuerzos por restaurar el statu qito ha sido sólo la restauración de una situación política en la que los movimientos destructivos son ios únicos «partidos» que funcionan adecua¬ damente. Su jefatura ha mantenido la autoridad bajo las más difíciles cir¬ cunstancias y a pesar de los constantes cambios de las líneas partidistas. Para estimar correctamente las posibilidades de supervivencia del estado-nación europeo sería oportuno no prestar demasiada atención a los esíóganes nacio¬ nalistas que los movimientos adoptan ocasionalmente con objeto de ocultar sus verdaderas intenciones, sino más bien considerar que hoy todo el mundo sabe que son ramas regionales de organizaciones internacionales, que el sim¬ ple afiliado no se preocupa lo más mínimo cuando se hace evidente que su política sirve a los intereses de política exterior de otra potencia, incluso hos¬ til, y que las acusaciones formuladas contra sus dirigentes como quin¬ tacolumnistas, traidores al país, etc., no impresionan en un grado considera¬ ble a los miembros. En contraste con los viejos partidos, los movimientos han sobrevivido a la última guerra y son hoy los únicos «partidos» que han permanecido con vida y que poseen un significado para sus seguidores.
CAPÍTULO 9
LA DECADENCIA DEL ESTADO-NACIÓN
Y EL FINAL DE LOS DERECHOS DEL HOMBRE
Es ahora casi imposible describir lo que realmente sucedió en Europa el 4 de agosto de 1914. Los días anteriores y los días posteriores a la Primera Guerra Mundial se hallan separados no como el final de un período y el comienzo de uno nuevo, sino como el día anterior y el día posterior a una explosión. Sin embargo, esta figura retórica resulta tan imprecisa como todas las demás, porque la tranquilidad del pesar que se impone tras una catástrofe nunca ha llegado. La primera explosión parece haber desencadenado una reacción en cadena en la que estamos envueltos desde entonces y que nadie, al parecer, es capaz de detener. La Primera Guerra Mundial hizo estallar la comunidad europea de naciones hasta el punto de que se tornó imposible toda repara¬ ción del entuerto; fue algo que ninguna otra guerra había logrado hasta entonces. La inflación destruyó a toda la clase de pequeños propietarios más allá de cualquier esperanza de recuperación o de reconstitución, lo que nin¬ guna crisis monetaria había logrado hasta entonces tan radicalmente. El paro, cuando sobrevino, alcanzó proporciones fabulosas y ya no quedó limi¬ tado a laclase trabajadora, sino que, con insignificantes excepciones, alcanzó a naciones enteras. Las guerras civiles que surgieron y que se desarrollaron a lo. largo de veinte años de inquieta paz no sólo fueron más sangrientas y crue¬ les que todas las que las precedieron, sino que se vieron seguidas de migracio¬
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nes de grupos que, a diferencia de sus más afortunados predecesores de las guerras de religión, no fueron bien recibidos en parte alguna ni pudieron ser asimilados en ningún lugar. Una vez que abandonaron su país, quedaron sin abrigo; una vez que abandonaron su estado, se tornaron apátridas; una vez que se vieron privados de sus derechos humanos, carecieron de derechos y se convirtieron en la escoria de la tierra. Nada de lo que se estaba haciendo, por estúpido que fuera y por muchos que fuesen los que lo sabían y los que preveían sus consecuencias, pudo ser deshecho o evitado. Cada aconteci¬ miento poseía la irrevocabilídad de un juicio final, de uri juicio no formula¬ do por Dios ni por el diablo, sino considerado más bien como la expresión de una irremediable y estúpida fatalidad.
Antes de que la política totalitaria atacara conscientemente y destruyera parcialmente la autentica estructura de la civilización europea, la explosión de 1914 y sus graves consecuencias habían conmovido suficientemente la fachada del sistema político de Europa hasta dejar al descubierto su oculto entramado. De forma visible fueron expuestos los sufrimientos de más y más grupos de personas para quienes de repente dejaron de aplicarse las normas del mundo que les rodeaba. Fue precisamente la aparente estabilidad del mundo de su entorno la que hizo que cada grupo expulsado de sus protecto¬ ras fronteras pareciera una desafortunada excepción a unas normas por otra parte corrientes y lógicas y la que impregnó con igual cinismo a víctimas y observadores de un destino aparentemente injusto y anormal. Ambos con¬ fundieron este cinismo con un creciente conocimiento de las reglas de este mundo, cuando en la realidad estaban cada vez más desconcertados y por eso se hicieron más estúpidos de lo que habían sido antes. El odio, que no esca¬ seaba, ciertamente, en el mundo de la preguerra, comenzó a desempeñar un papel decisivo en todos los asuntos, de forma tal que la escena política en los años engañosamente tranquilos de la decada de los veinte asumió la atmósfe¬ ra sórdida y fantástica de una querella familiar de Strindberg. Tal vez nada ilustra mejor esta desintegración de la vida política que este odio vago y penetrante hacia todos y hacia todo, sin un foco para su apasionada atención y nadie a quien responsabilizar de la situación; ni al gobierno, ni a la burgue¬ sía, ni a una potencia exterior. Consecuentemente este odio se volvió en to¬ das las direcciones, al azar e imprevisiblemente, incapaz de asumir un aíre de sana indiferencia hacia cualquier cosa.
La atmósfera de desintegración, aunque característica de toda Europa en el período comprendido entre las dos guerras mundiales, era más visible en los países derrotados que en los victoriosos y se desarrolló por completo en los estados recientemente establecidos tras la liquidación de la monarquía dual y del Imperio zarista. Los últimos restos de solidaridad entre las nació-
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nulidades no emancipadas en el «cinturón de poblaciones mixtas» se evapora¬ ron con la desaparición de una despótica burocracia central que había servi¬ do también para mantenerlas unidas y distraer sus odios recíprocos y sus rei¬ vindicaciones antagónicas. Ahora todo el mundo se alzaba contra todo el mundo, y especialmente contra sus más próximos vecinos — los eslovacos contra los checos, los croatas contra los serbios, los ucranianos contra los polacos, y esto no era resultado de la pugna entre nacionalidades y pueblos estatales (o minorías y mayorías); los eslovacos no sólo sabotearon constante¬ mente al gobierno democrático checo de Praga, sino que al mismo tiempo perseguían a la minoría húngara en su propio suelo y mientras que existía una hostilidad similar contra el pueblo estatal, por una parte, y entre ellas mismas, por otra, entre las insatisfechas minorías de Polonia.
A primera vista, estas alteraciones en el viejo foco de disturbios de Euro¬ pa aparecían como pequeñas disputas nacionalistas sin consecuencia alguna para los destinos políticos del continente. Sin embargo, en estas regiones, y como consecuencia de la liquidación de los dos estados multinacionales de la Europa de la preguerra, Rusia y Austria-Hungrfa, emergieron dos grupos de víctimas, cuyos sufrimientos difirieron de los de todos los demás en la era comprendida entre las dos guerras mundiales; estaban peor que la desposeída clase media, ios parados, los pequeños rentters y los pensionistas, a quienes los acontecimientos habían privado de su estatus social, de la posibilidad de tra¬ bajar y del derecho a conservar una propiedad: habían perdido aquellos dere¬ chos que habían sido concebidos e incluso definidos como inalienables, es decir, los derechos del hombre. Los apátridas y las minorías, adecuadamente llamados «primos hermanos»1, no tenían gobierno que les representara y les protegiera y por eso se vieron forzados a vivir o bien bajo la ley de excepción de ios tratados para las minorías, que todos los gobiernos (excepto Checoslo¬ vaquia) firmaron bajo protesta y jamás reconocieron como ley, o bajo la con¬ dición de una absoluta ilegalidad.
Con la aparición de las minorías en Europa oriental y meridional y con los apátridas empujados a la Europa central y occidental, se introdujo en la Europa de la posguerra un elemento completamente nuevo de desintegra¬ ción. La desnacionalización se convirtió en arma poderosa de la política tota¬ litaria, y la incapacidad constitucional de los estados-nación europeos para garantizar los derechos humanos a aquellos que habían perdido los derechos nacionalmente garantizados permitió a los gobiernos perseguidores imponer
Por S. Lawford Childs, «Refugees-a Permanent Problem in International Organization», en War is not Inevitable, Problems ofPeace, serie 13, Londres, 1938, publicada por la Oficina Internacional del Trabajo.
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su norma de valores incluso a sus oponentes. Aquellos a quienes el perse¬ guidor había singularizado como la escoria de la tierra — judíos, trostkys-tas, etc.— fueron recibidos en todas partes como escoria de la tierra; aquellos a quienes la persecución había calificado de indeseables se convirtieron en los indésirables de Europa. El periódico oficial de las SS, Die Schwarze Korps, declaró explícitamente en 1938 que, si el mundo no estaba todavía convenci¬ do de que los judíos eran la escoria de la tierra, pronto lo estaría, cuando mendigos no identificados, sin nacionalidad, dinero ni pasaporte, cruzaran las fronteras2. Y es cierto que este tipo de propaganda de facto funcionó me¬ jor que la retórica de Goebbels no solamente porque estableció al judío como escoria de la tierra, sino también porque la increíble condición de un grupo siempre creciente de personas inocentes era como una demostración práctica de las cínicas afirmaciones de los movimientos totalitarios, según las cuales no existía nada tai como los derechos humanos inalienables y las declaracio¬ nes en sentido contrario de las democracias constituían un simple prejuicio, hipocresía y cobardía frente a la cruel majestad de un nuevo mundo. El mis¬ mo término de «derechos humanos» se convirtió para todos los implicados, víctimas, perseguidores y observadores, en prueba de un idealismo sin espe¬ ranza o de hipocresía endeble y estúpida.
1. La «nación de minorías» y los apatridas
Las condiciones del poder moderno que hacen de la soberanía nacional una
burla excepto por lo que se refiere a los estados gigantescos, el auge del
imperialismo y los panmovimientos minaron desde el exterior la estabilidad
del sistema del estado-nación. Ninguno de estos factores, sin embargo, había
brotado directamente de la tradición y de las instituciones de los mismos
estados-nación. La desintegración interna de éstos comenzó solamente des¬
pués de la Primera Guerra Mundial, con la aparición de minorías creadas por1
1 La primera persecución de los judíos alemanes por íos nazis debe ser considerada como un Inten¬ to de difundir et antisemitismo entre «aquellos pueblos que se muestran amistosamente dispuestos hacia los judíos, sobre todo en las democracias occidentales», más que como un esfuerzo para desem¬ barazarse de los judíos. Una carta circular del Ministerio de Asuntos Exteriores a todas las entidades alemanas en el exterior, poco después de los pogromos de noviembre de 1938, declaraba: «El movi¬ miento emigratorio de tan sólo unos 100,000 judíos ha despertado ya el interés de muchos países por el peligro judío... Alemania está muy interesada en mantener la dispersión de la judería...; la afluencia de judíos a todas las partes del mundo provoca la oposición de la población nativa y cons¬ tituye por ello la mejor propaganda de la política alemana respecto de los judíos... Cuanto más po¬ bre sea el judío inmigrante, y por ello más incómodo para el país que le absorba, más fuerte será la reacción de ese país». Véase Nazi Conspiracy and Agression, Washington, 1946, publicado por el gobierno de los Estados Unidos, VI, 87 yss.
LA DECADENCIA DEL ESTADO-NACIÓN Y EL FINAL DE LOS DERECHOS 389
los tratados de paz y de un movimiento constantemente creciente de refugia¬ dos, consecuencia de las revoluciones.
La inadecuación de los tratados de paz ha sido explicada a menudo por el hecho de que quienes los elaboraron pertenecían a una generación formada por las experiencias de la era de la preguerra, de forma tal que nunca com¬ prendieron perfectamente todo el impacto de la guerra cuya paz tenían qué lograr. No hay mejor prueba de ello que su intento de regular el problema de la nacionalidad en la Europa oriental y meridional mediante el estableci¬ miento de estados-nación y la introducción de los tratados de minorías. Si resultaba discutible extender una forma de gobierno que, incluso en países con antiguas y afirmadas tradiciones nacionales, no podía manejar a los nue¬ vos problemas de la política mundial, era aun más que dudoso que pudiera ser importada a una zona que carecía de las auténticas condiciones para el surgimiento del estado-nación: la homogeneidad de la población y su enrai-zamiento en el territorio. Pero suponer que los estados-nación podían ser establecidos por los métodos de los tratados de paz era simplemente absurdo. Desde luego: «Una mirada al mapa de Europa bastaría para mostrar que el principio del estado-nación no podía ser introducido en la Europa oriental»3. Los tratados amontonaron a muchos pueblos en cada uno de los estados, denominaron «estatales» a algunos de estos pueblos y les confiaron el gobier¬ no, suponiendo tácitamente que los restantes (como los eslovacos en Checos¬ lovaquia o los croatas y los eslovenos en Yugoslavia) estarían igualmente aso¬ ciados eri ese gobierno, lo que, desde luego, no era cierto4, y con una arbitra¬ riedad igual crearon de lo que restaba un tercer grupo de nacionalidades denominadas «minorías», añadiendo así a las abundantes cargas de los nue¬ vos estados el inconveniente de tener que observar regulaciones especiales para una parte de la población5. El resultado fue que aquellos pueblos a quie¬ nes no les fueron otorgados estados, tanto si eran minorías oficiales o sólo nacionalidades, consideraron los tratados como un juego arbitrario que entregaba a unos el mando y a otros la servidumbre. Por otra parte, los esta¬
3 Kurt Tramples, «Völkerbund und Völkerfreiheit», en Süddeutsche Motiatshefie, año 26, julio de
1929.
4 La lucha de los eslovacos contra el gobierno «checo» de Praga concluyó con la independencia de Eslovaquía medíante el apoyo de Hider; la Constitución yugoslava de 1921 fue «aceptada» por el Parlamento con los votos en contra de todos los diputados croatas y eslovenos. Para un buen resu¬ men de la historia de Yugoslavia entre las dos guerras mundiales, véase Propyläen Weltgeschichte. Das Zeitalter des Imperialismus, 1933, voi. 10, 471 yss.
Mussolini tenía toda la razón cuando escribió después de la crisis de Mónich: «Si Checoslovaquia se encuentra ahora en lo que puede llamarse una ‘'situación delicada” es porque no es sencillamente Checoslovaquia, sino Checo-Germano-Polaco-Húngaro-Ruteno-Rumano-Eslovaquia...» (cita de Hubert Rjpka, Munich: Befare and After, Londres, 1939, p. 117).
IMPERIALISMO
dos recientemente creados, a los que se les prometieron iguales derechos que las naciones occidentales en lo que se refería a su soberanía nacional, conside¬ raron los tratados de minorías un claro quebrantamiento de la promesa y una clara discriminación porque sólo los nuevos estados, y ni siquiera la derrota¬ da Alemania, se hallaban ligados por tales tratados.
El sorprendente vacío de poder que resultó de la disolución de la monarquía dual y de la liberación de Polonia y de los países bálticos del despotismo zarista no fue el único factor que tentó a los políticos a realizar este desastroso experi¬ mento. Mucho más fuerte fue la imposibilidad de desoír a los 100 millones de europeos que jamás habían alcanzado la fase de libertad nacional y de autodeter¬ minación a la que ya aspiraban los pueblos coloniales y que se les seguía negan¬ do. Era desde luego cierto que el papel del proletariado de la Europa occidental y central, el grupo históricamente oprimido y cuya emancipación fue una cues¬ tión de vida o muerte para todo el sistema social europeo, estuvo desempeñado en el este por los «pueblos sin historia»6. Los movimientos de liberación nacio¬ nal del este eran revolucionarios en la misma forma que los movimientos obre¬ ros de Occidente; ambos representaban a los estratos «ahistóricos» de la pobla¬ ción europea y ambos se esforzaban por lograr un reconocimiento y una partici¬ pación en los asuntos públicos. Como el objeto era conservar el statu quo europeo, la concesión de la autodeterminación nacional y de la soberanía a to¬ dos los pueblos europeos parecía desde luego inevitable. La alternativa habría sido condenarles implacablemente al estatus de los pueblos coloniales (algo que los panmovimientos habían propuesto siempre) e introducir los métodos colo¬ niales en los asuntos europeos7.
El hecho es, desde luego, que no pudo ser preservado el statu quo europeo y que sólo tras la caída de ios últimos restos de la autocracia europea se hizo evi-
Este término fue acuñado por Otto Bauer, Die Nationalitätenfrage und die österreichische Sozialde¬ mokratie, Viena, 1907.
La conciencia histórica ha desempeñado un gran papel en la formación de la conciencia nacional. La emancipación de las naciones de la dominación dinástica y la soberanía suprema de una aristocra¬ cia internacional se vieron acompañadas por la .emancipación de la literatura del lenguaje «internacio¬ nal» de los sectores cultos (el latín primero y luego el francés) y el desarrollo de lenguas nacionales a partir de las fenguas populares vernáculas. Pareció que aquellos pueblos cuyo lenguaje era apto para la literatura habían alcanzado la madurez nacional per definhionem. Por eso, los movimientos de libera¬ ción de las nacionalidades de Europa oriental se iniciaron con un tipo de resurrección filológica (los resultados fueron a veces grotescos y a veces fructíferos) cuya función política era demostrar que el pueblo que poseía una literatura y una historia propias tenía derecho a la soberanía nacional.
7 Desde luego, ésta no fue siempre una alternativa tajante. Hasta ahora nadie se ha preocupado de hallar las semejanzas características entre la explotación colonial y la de las minorías. Sólo Jacob Bobinson, «Staatsbürgerliche und wirtschaftliche Gleichberechtigung», en Süddeutsche Monatshefte, año 26, julio de 1929, señala de pasada: «Apareció un proteccionismo peculiar, no dirigido contra otros países, sino contra ciertos grupos de la población. Sorprendentemente pudieron examinarse en la Europa central ciertos métodos de explotación colonial».
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dente que Europa había estado gobernada por un sistema que jamás había tenido en cuenta o respondido a las necesidades de por lo menos el 25 por cien¬ to de su población. Este mal, sin embargo, no se remedió con el establecimiento de los estados sucesores porque alrededor del 30 por ciento de unos 100 millo¬ nes de habitantes eran reconocidos oficialmente como excepciones que habían de ser especialmente protegidas por los tratados de minorías. Además, esta cifra en manera alguna cuenta toda la historia; sólo indica la diferencia entre pueblos con un gobierno propio y aquellos que, supuestamente, eran demasiado pequeños y se hallaban demasiado dispersos para alcanzar la nacionalidad com¬ pleta. Los tratados de minorías se aplicaban exclusivamente a aquellas naciona¬ lidades de las que existía considerable número de habitantes en, por lo menos, dos de los estados sucesores, pero apartaban de su consideración a todas las de¬ más nacionalidades sin un gobierno propio, de forma tal que en algunos de los estados sucesores los pueblos nacionalmente frustrados constituían el 50 por ciento de la población total8. El peor resultado de esta situación no fue ni siquiera que resultara corriente entre las nacionalidades el ser desleales al gobierno que se les había impuesto y entre los gobiernos oprimir a sus nacio¬ nalidades tan eficazmente como fuera posible, sino que la población nacio¬ nalmente frustrada se hallaba firmemente convencida, como lo estaba todo el mundo, de que la verdadera libertad, la verdadera emancipación y la verda¬ dera soberanía popular sólo podían lograrse con una completa emancipación nacional; de que el pueblo, sin un gobierno nacional propio, se hallaba priva¬ do de derechos humanos. En esta convicción, que podía basarse en el hecho de que la Revolución francesa había combinado la Declaración de los Dere¬ chos del Hombre con la soberanía nacional, íes confirmaban los mismos tra¬ tados de minorías, que no confiaban a los gobiernos la protección de las dife¬ rentes nacionalidades, sino que encargaban a la Sociedad de Naciones la sal¬ vaguardia de los derechos de aquellos que, por razones de asentamiento territorial, habían quedado sin estados nacionales propios.
Y no es que las minorías confiaran en la Sociedad de Naciones más de lo que habían confiado los pueblos estatales. Al fin y al cabo, la Sociedad se hallaba integrada por políticos nacionales cuyas simpatías sólo podían ser3
Se ha estimado que con anterioridad a I9 H existían unos 100 millones de personas cuyas aspira- ciones nacionales no se habían visto cumplidas. (Véase, de Charles Kingsley Webster, «Mi no mies: History», en Encyclopedia Britannica, 1929.) La población de las minorías era calculada aproximada¬ mente entre los 25 y los 30 millones (P. Azcárate, «Minorities: League of Natíons», ibíd.). La situa¬ ción real en Checoslovaquia y Yugoslavia era mucho peor. En la primera, ios checos, «pueblo esta¬ tal», constituían, con 7.200.000 habitantes, alrededor del 50 por ciento de la población, y en la segunda, 5.000.000 de serbios formaban sólo el 42 por ciento del total. Véase StatistischesHandbuch der europäischen Nationalitäten, de W. Winkler, Viena, 1931; Otto Jungbann, National Minorities in Europe, 1932. Tramples, op. eit, da unas cifras ligeramente diferentes.
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para los desafortunados nuevos gobiernos, que se veían obstaculizados y que contaban en principio con la oposición de un 25 a un 50 por ciento de sus habi¬ tantes. Por eso, los creadores de los tratados de minorías pronto se vieron for¬ zados a interpretar sus verdaderas intenciones más estrictamente y a señalar¬ los «deberes» que las minorías tenían respecto de los nuevos estados9; así lle¬ gó a deducirse que los tratados habían sido concebidos simplemente como un método indoloro y humano de asimilación, interpretación que, natural¬ mente, exasperó a las minorías10. Pero no cabía esperar ninguna otra cosa dentro de un sistema de estados-nación soberanos; sí los tratados de minorías hubieran sido concebidos para ser algo más que un remedio temporal a una trastornada situación, entonces, las restricciones que implicaban a la sobera¬ nía nacional tendrían que haber afectado a la soberanía nacional de las anti¬ guas potencias europeas. Los representantes de las grandes naciones sabían que las minorías en el seno de los estados-nación tendrían más pronto o más tarde que ser, o bien asimiladas, o bien liquidadas. Y no importaba si se halla¬ ban movidos por consideraciones humanitarias para proteger las nacionalida¬ des diferentes o si las consideraciones políticas les impulsaban a oponerse a los tratados bilaterales entre los estados implicados y los países donde cada una de esas minorías era mayoría (después de todo, los alemanes eran la más fuerte de todas las minorías oficialmente reconocidas, tanto por su número como por su posición económica); ni querían ni podían acabar con las leyes mediante las cuales existía el estado-nación11.
Ni la Sociedad de Naciones ni los tratados de minorías habrían impedido a los estados recientemente establecidos asimilar más o menos a la fuerza a sus
9 P. de Azcárate, op. dt.: «Los tratados no contienen estipulaciones respecto a ios “deberes” de las minorías en relación con ios estados de los que forman parte. Sin embargo, en 1922, ia Tercera Asamblea ordinaria de la Sociedad... adoptó... resoluciones respecto de los “deberes de las m ino¬ rías”...».
Los delegados francés y británico fueron (os más explícitos al respecto. Briand dijo: «El proceso al que debemos dirigirnos no es la desaparición de las minorías, sino un tipo de asimilación,..». Y sir Austen Chamberlain, representante británico, afirmó incluso que «el objeto de los tratados de m ino¬ rías fes]... asegurar,., esa medida de protección y de justicia que gradualmente las prepare para fun¬ dirse en la comunidad nacional a la que pertenecían» (C. A. Macartney, National States and National Minorities, Londres, 1934, pp, 276 y 277).
11 Es cierto que algunos políticos checos, los más liberales y democráticos entre los jefes de los movi¬ mientos nacionalistas, soñaron alguna vez con hacer de la República checoslovaca una especie de Suiza. La razón por la que incluso Benes no intentó seriamente llevar a efecto semejante solución para su acuciante problema de nacionalidades fue la de que Suiza no era un modelo que pudiera ser imitado, sino más bien una excepción particularmente afortunada que, por lo demás, confirmaba una regla establecida. Los estados de nuevo cuño no se sentían suficientemente seguros como para abandonar un aparato estatal centralizado y no podían crear de un día para otro esos pequeños orga¬ nismos autoadministratívos de comunas y cantones sobre cuyos muy extensos poderes se halla basa¬ do el sistema federal suizo.
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minorías. El factor más fuerte contra la asimilación fue la debilidad numérica y cultural de los llamados pueblos estatales. La minoría rusa o la minoría judía, en Polonia, no consideraban la cultura polaca superior a la propia ni se sentían particularmente impresionadas por el hecho de que los polacos constituyeran aproximadamente el 60 por ciento de la población de Polonia.
Las nacionalidades amargadas, prescindiendo por completo de la Socie¬ dad de Naciones, pronto decidieron hacer frente al problema por sus propios medios. Se integraron én un Congreso de Minorías que resultó notable en más de un aspecto. Contradecía la idea misma tras la qué se habían estableci¬ do los tratados de la Sociedad, denominándose a sí mismo oficialmente «Congreso de los Grupos Nacionales Organizados en los Estados Europeos», anulando así la gran labor realizada durante las negociaciones de paz para evi¬ tar la ominosa palabra «nacional»12. Esto tuvo la importante consecuencia de que se unieran todas las «nacionalidades» y no simplemente las «minorías» y de que el número de las «naciones de minorías» creciera tan considerable¬ mente que las nacionalidades combinadas en los estados sucesores superaron en número a los pueblos estatales. Pero en otro aspecto, el «Congreso de los Grupos Nacionales» asestó un golpe decisivo a ios tratados de la Sociedad.
. Uno de ios aspectos más desconcertantes del problema de la nacionalidad en /Europa oriental (más desconcertante que el pequeño tamaño y el gran núme¬ ro de pueblos implicados o el «cinturón de poblaciones mixtas»)13 fue el carácter interregional de las nacionalidades, que, en caso de colocar sus inte¬ reses nacionales por encima de los intereses de sus gobiernos respectivos, se convertían en un riesgo obvio para la seguridad de sus países14. Los tratados de la Sociedad habían intentado ignorar el carácter interregional de las mino¬ rías estableciendo un tratado separado con cada país, como si no hubiese minoría judía o minoría alemana más allá de las fronteras de los respectivos estados. El «Congreso de los Grupos Nacionales» no sólo esquivó el princi¬ pio territorial de la Sociedad; fue dominado naturalmente por las dos nacio¬ nalidades que estaban representadas en todos los estados sucesores y que se
Especialmente Wilson, que había sido un ferviente defensor de la concesión de «derechos raciales, religiosos y lingüísticos a las minorías», «temió que los “derechos nacionales” se revelarían perjudicia¬ les, tanto más cuanto que los grupos de minorías así señalados llegarían a ser por eso “propensos a los recelos y a ios ataques”» (Oscar j. Janowsky, TheJews and Minority Rights, Nueva York, 1933, p. 351). Macarme/, op. dt., p. 4, describe la situación y el «prudente trabajo del Comité Exterior Conjunto», que se esforzó en evitar el término «nacional».
13 E! término es de Macarme/, op. cit„ passim.
u El resultado del acuerdo de paz fue que cada estado deí cinturón de población mixta... se veía aho¬ ra a sí mismo como un estado nacional. Pero las realidades se alzaban contra ellos... Ninguno de esos estados era én verdad uninacional, de la misma manera que no existía, por otra parte, una sola na¬ ción cuyos miembros, en su totalidad, vivieran en un solo estado (Macarme/, op. cit., p. 210).
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hallaban por eso, si lo deseaban, en posición de hacer sentir su peso en toda la Europa oriental y meridional. Estos dos grupos eran los alemanes y los ju ¬ díos. Las minorías alemanas de Rumania y de Checoslovaquia votaron, desde luego, con las minorías alemanas de Polonia y de Hungría, y nadie podía esperar que los judíos polacos, por ejemplo, permanecieran indiferentes ante las medidas discriminatorias deí gobierno rumano. En otras palabras, los intereses nacionales y no los intereses comunes de las minorías como tales fueron los que formaron la verdadera base de afiliación al Congreso15, y sólo los mantuvo unidos la relación armoniosa entre los judíos y los alemanes (la República de Weimar había desempeñado con éxito el papel de protectora especial de las minorías). Por eso en 1933, cuando la delegación judía exigió que se protestara contra el trato que recibían los judíos en el III Reich (una acción que no tenía derecho a emprender porque los judíos alemanes no eran una minoría) y los alemanes anunciaron su solidaridad con Alemania y fue¬ ron apoyados por una mayoría (el antisemitismo se hallaba maduro en todos los estados sucesores), el Congreso, después de que la delegación judía lo abandonara para siempre, se hundió en una completa insignificancia.
El verdadero significado de los tratados de minorías descansa no en su aplicación práctica, sino en el hecho de que estuvieran garantizados por un organismo internacional, la Sociedad de Naciones. Las minorías habían existi¬ do antes16, pero la minoría como institución permanente, el reconocimiento de que millones de personas vivían al margen de la protección legal normal y necesitaban una garantía adicional de un organismo exterior para sus derechos elementales y la presunción de que su situación no era temporal, sino que se necesitaban los tratados para establecer un modas vivendi duradero —todo esto era algo nuevo, ciertamente, a tal escala, en la historia europea. Los trata¬ dos de minorías expresaban en un lenguaje claro lo que hasta entonces sólo había estado implícito en el sistema de funcionamiento de los estados-nación,
En 1933, el presidente del Congreso recalcó expresamente: «Una cosa es cierta: no nos congregamos en nuestros congresos simplemente como miembros de minorías abstractas; cada uno de nosotros perte¬ nece en cuerpo y alma a un pueblo específico y propio y se siente ligado al destino de ese pueblo para lo bueno y para lo malo. En consecuencia, cada uno de nosotros se halla aquí, si puedo decirlo de esta for¬ ma, como alemán puro o como judío puro, como húngaro puro o como ucraniano puro». Véase Sit-zungsbericht des Kongresses der organisierten mtiomkn Gruppen in den Staaten Europas, 1933, p. 8.
Las primeras minorías surgieron cuando el principio protestante de libertad de conciencia logró la supresión del principio cuius regio eius religio. El Congreso de Viena de 1815 dio ya algunos pasos para garantizar ciertos derechos de las poblaciones polacas en Rusia, Prusia y Austria, derechos que ciertamente no eran tan sólo «religiosos»; resulta, sin embargo, característico el que todos los trata¬ dos posteriores — el protocolo que garantizaba la independencia de Grecia, en 1930; el que garanti¬ zaba la independencia de Moldavia y Vaiaquia, en 1856, y el Congreso de Berlín de 1878, en rela¬ ción con Rumania— hablen de minorías «religiosas» y no de minorías «nacionales», a las que se les otorgaban derechos «civiles», pero no «políticos».
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es decir, que sólo los nacionales podían ser ciudadanos, que sólo las personas del mismo origen nacional podían disfrutar de la completa protección de las instituciones legales, que las personas de nacionalidad diferente necesitaban de una ley de excepción hasta, o a menos que, fueran completamente asimila¬ das y divorciadas de su origen. Los discursos interpretativos de los tratados de la Sociedad, pronunciados por políticos de países sin obligaciones respecto de las minorías, hablaban en un lenguaje aún más claro: daban por supuesto que la ley de un país no puede responsabilizarse de las personas que insisten en te¬ ner una nacionalidad diferente17. Por eso admitían —y tuvieron rápidamente la oportunidad de demostrarlo en la práctica con el aumento del número de apátridas— que había quedado completada la transformación del estado de instrumento de la ley en un instrumento de la nación; la nación había con¬ quistado al estado; el interés nacional tenía prioridad sobre la ley mucho tiem¬ po antes de que Hitler pudiera declarar «justo es lo que resulta bueno para el pueblo alemán». Una vez más, el lenguaje del populacho era solamente el len¬ guaje de la opinión pública, desprovisto de hipocresía y de tapujos.
Desde luego, el peligro de esta evolución había sido inherente a la estruc¬ tura del estado-nación desde sus comienzos. Pero mientras que el estableci¬ miento de los estados-nación coincidió con el establecimiento de un gobier¬ no constitucional, siempre habían representado y se habían basado en el imperio de la ley contra el imperio de la administración arbitraria y del des¬ potismo. Así sucedió que, cuando quedó roto el precario equilibrio entre la nación y el estado, entre el interés nacional y las instituciones legales, la desintegración de esta forma de gobierno y de organización de los pueblos sobrevino con una aterradora rapidez. Su desintegración, bastante curiosa¬ mente, se inició precisamente en el momento en que era reconocido en toda Europa el derecho a la autodeterminación nacional y cuando su convicción esencial, la supremacía de la voluntad de la nación sobre todas las institucio¬ nes legales y «abstractas», era universalmente aceptada.
En la época de los tratados de minorías pudo afirmarse y se afirmó, tan¬ to en su favor como en su excusa, que las antiguas naciones disfrutaban de constituciones que, implícita o explícitamente (como en el caso de Francia, la nation par exceHenee), se hallaban fundadas en los derechos del hombre; que, aunque hubiera incluso otras nacionalidades dentro de sus fronteras, no pre¬ cisaban de una ley adicional, y que sólo en los estados sucesores reciente¬ mente establecidos resultaba necesaria una aplicación temporal de los dere¬
De Mello Franco, representante del Brasil en el Consejo de la Sociedad de Naciones, expresó el problema muy claramente: «Me parece obvio que aquellos que concibieron este sistema de protec¬ ción no soñaron en crear dentro de ciertos estados un grupo de habitantes que se consideraran a sí mismos permanentemente extraños a la organización general del país» (Macarmey, &p. cit., 277).
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chos humanos como un compromiso y una excepción18. La llegada de ios apatridas acabó con esta ilusión.
Las minorías eran sólo medio apatridas; de jure pertenecían a un cuerpo político, aunque necesitaban una protección adicional en forma de tratados y de garantías especiales; algunos derechos secundarios, tales como el de hablar la lengua propia y el de permanecer en el propio ambiente cultural y social, se hallaban en peligro y eran protegidos de mala gana por un organismo margi¬ nal; pero otros derechos más elementales, tales como el derecho de residencia y el derecho al trabajo, jamás se vieron afectados. Los que elaboraron los tra¬ tados de minorías no previeron la posibilidad de transferencias de poblaciones completas o el problema de las personas que se habían tornado «indeportables» porque no existía país en la tierra en el que disfrutaran del derecho de residen¬ cia. Las minorías podían seguir siendo consideradas un fenómeno excepcional, peculiar de ciertos territorios que se desviaban de la norma. Este argumento era siempre tentador porque dejaba inalterado al sistema en sí mismo; en cierto modo ha sobrevivido a la Segunda Guerra Mundial, cuyos pacificadores, con¬ vencidos de la imposibilidad práctica de los tratados de minorías, comenzaron a repatriar «nacionalidades», tanto como les fue posible, en un esfuerzo por po¬ ner orden en el «cinturón de poblaciones mixtas»19. Este intento de repatria¬ ción en gran escala no fue resultado de las catastróficas experiencias que siguie¬ ron a los tratados de minorías; más bien se creía que semejante paso resolvería finalmente un problema que en las décadas precedentes había asumido propor¬ ciones aun mayores y para el que no existía simplemente un procedimiento reconocido y aceptado internacionalmente, el problema de los apatridas.
Mucho más tenaz, de hecho, y mucho más penetrante en sus repercusiones fue el caso de los apátridas, el fenómeno de masas más reciente en la historia con¬ temporánea, y la existencia de un nuevo pueblo, siempre creciente, integrado
«El régimen para la protección de las minorías Ere concebido con el fin de proporcionar un reme- dio en los casos en los que una transacción territorial fuera inevitablemente imperfecta desde el pun¬ to de vista de k nacionalidad» (Joseph Roucek, The Minority Principie as a Problem ofPolitical Scien¬ ce, Praga, 1928, p. 29). Lo malo era que la imperfección de la transacción territorial era debida no sólo a los asentamientos de las minorías, sino al establecimiento de los estados sucesores, dado que no existía en esta región territorio que no reivindicaran varias nacionalidades.
19 Cabe hallar casi una simbólica muestra de este cambio de opinión en las declaraciones del presi¬ dente Eduard Benes, de Checoslovaquia, el único país que tras la Primera Guerra Mundial se some¬ tió de buen grado a las obligaciones de (os tratados de minorías. Poco después del estallido de la Segunda Guerra Mundial, Benes comenzó a prestar apoyo al principio de transferencia de poblacio¬ nes que, finalmente, condujo a la expulsión de la minoría alemana y a la adición de otra categoría a la creciente masa de personas desplazadas. Por lo que se refiere a la posición de Benes, véase Nationa¬ lities and National Minorities, de Oscar I. Janowsky, Nueva York, 1945, pp. 136 y ss.
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por apátridas, el grupo más sintomático de la política contemporánea20. Su exis¬ tencia difícilmente puede atribuirse a un solo factor; pero, si consideramos ios diferentes grupos de apátridas, parece que cada acontecimiento político a partir del final de la Primera Guerra Mundial añadió una nueva categoría al grupo de los que vivían al margen del redil de la ley, mientras que ninguna de las catego¬ rías, por mucho que se transformara la configuración original, pudo jamás vol¬ ver a ser normalizada21.
Entre ellas hallamos aí más antiguo grupo de apátridas, los Heimatlosen, originados por los tratados de paz de 1919, la disolución de Austria-Hungría y el establecimiento de los estados bálticos. A veces no pudo ser determinado su verdadero origen, especialmente sí al final de la guerra no residían en su ciudad natal22. En otras ocasiones, su lugar de origen había cambiado de
«El problema de los apátridas se hizo crucial después de la Gran Guerra. Antes de la guerra exis- tían disposiciones en algunos países, especialmente en ios Estados Unidos, bajo las cuales podía ser revocada la naturalización en aquellos casos en los que la persona naturalizada dejaba de mantener una adhesión genuina al país de adopción. Una persona así desnacionalizada se tornaba apátrida. Durante la guerra, los principales estados europeos hallaron necesario modificar sus leyes de nacio¬ nalidad para adquirir la facultad de cancelar naturalizaciones» (John Hope Simpson, The Refiigee Problem, Instante o f International Affairs, Oxford, 1939, p, 231). El grupo de los apátridas debidos a la revocación de la naturalización fue muy pequeño; establecieron, empero, un fácil precedente de forma tal que, en el período comprendido entre las dos guerras mundiales, los ciudadanos naturali¬ zados frieron como norma la primera sección de una población que se tornaba apátrida, Las cancela¬ ciones masivas de naturalizaciones, como las realizadas por la Alemania nazi en 1933 contra todos los naturalizados alemanes de origen judío, precedieron habituaímente a la desnacionalización de los que eran ciudadanos por su nacimiento y pertenecían a categorías similares, y la introducción de le¬ yes que hicieron posible la desnaturalización a través de un simple decreto, como las que operaron en Bélgica y e n otras democracias occidentales durante la década de los treinta, precedieron corriente¬ mente a la desnaturalización masiva: un buen ejemplo es la práctica del gobierno griego con respec¬ to a los refugiados armenios: de los 45.000 refugiados armenios, 1.000 se naturalización entre 1923 y 1928. Después de 1928 se suspendió la vigencia de una ley que habría permitido la naturalización de todos los refugiados menores de veintidós años, y e n 1936 el gobierno canceló todas las naturali¬ zaciones (véase Simpson, op. cit., p. 41).
Veinticinco años después de que el régimen soviético repudiara a un millón y medio de rusos se consideraba que seguían siendo apátridas de 350.000 a 450.000, lo que constituye un tremendo porcentaje si se tiene en cuenta que había quedado atrás toda una generación tras la huida inicial, que una considerable proporción se había dirigido a ultramar y que otra gran parte había adquirido la nacionalidad en diferentes países a través’ del matrimonio (véase Simpson, op. cit., p. 559; Eugene M. Kulischer, The Dispincement of Popularían in Europa, Montreal, 1943; Winifred N. Hadsel, «Can Europes Refugees Fihd New Home?», en Eoreign Policy Reports, agosto de 1943, vol. X, número 10).
Es cierto que los Estados Unidos colocaron a los apátridas en pie de igualdad completa con ios demás extranjeros, pero esto sólo fue posible porque éste, el país de la inmigración par exceüence, ha¬ bía considerado siempre a los recién llegados como posibles ciudadanos propios, sin tener en cuenta sus antiguas lealtades nacionales.
22 El American Frietids Service Butteñn (General Relief Buííerin, marzo de 1943) publicó el inquie¬ tante informe de uno de sus agentes en España, quien se había enfrentado con el problema de «un hombre nacido en Berlín, Alemania, pero que es de origen polaco porque polacos eran sus padres y que es por eso... apátrida; sin embargo, reivindica la nacionalidad ucraniana y ha sido reclamado por el gobierno ruso para su repatriación y alistamiento en el Ejército Rojo».
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mano tantas veces en las turbulencias de la posguerra que la nacionalidad de sus habitantes cambiaba de año en año (como en Vilna, a la que un funciona¬ rio francés calificó una vez de la capitule des apatrides); más a menudo de lo que cabría suponer, las gentes se refugiaban en el estado de apátrida para permane¬ cer en donde se hallaban y evitar ser deportados a una «patria» en la que resul¬ tarían extraños (como en el caso de muchos judíos polacos y rumanos en Fran¬ cia y Alemania, caritativamente ayudados por la actitud antisemita de sus res¬ pectivos consulados).
Carente de importancia en sí mismo, aparentemente tan sólo una rareza legal, el apatride recibió una atención y una consideración tardías cuando se. le unieron en su estatus legal los refugiados de la posguerra que se habían vis¬ to obligados a salir de sus países por revoluciones y que fueron inmediata¬ mente desnacionalizados por los victoriosos gobiernos de sus respectivas pa¬ trias. A este grupo pertenecen, en orden cronológico, millones de rusos, cen¬ tenares de miles de armenios, miles de húngaros, centenares de millares de alemanes y más de medio millón de españoles, por enumerar sólo a las más importantes categorías. El comportamiento de estos gobiernos puede parecer hoy como la consecuencia natural de una guerra civil; pero en la época, la desnacionalización en masa era algo enteramente nuevo e imprevisto. Presu¬ ponía una estructura estatal que, si todavía no era completamente totalitaria, al menos no toleraba oposición alguna y prefería perder a sus ciudadanos que albergar a personas con diferentes puntos de vista. Revelaba además lo que había estado oculto, a través de la historia, de la soberanía nacional: que las soberanías de los países vecinos podían entrar en conflicto mortal no sólo en el caso extremo de la guerra, sino en la paz. Ahora resultaba claro que la sobe¬ ranía nacional completa sólo era posible mientras existiera la comunidad de naciones europeas; porque era este espíritu de solidaridad no organizada y ese acuerdo los que impedían a cualquier gobierno el ejercicio de su completo poder soberano. Teóricamente, en la esfera de la ley internacional había sido siempre cierto que la soberanía en ningún lugar resultaba más absoluta que en cuestiones de «emigración, naturalización, nacionalidad y expulsión»23; el hecho, sin embargo, es que las consideraciones prácticas y el tácito reconoci¬ miento de los intereses comunes restringieron la soberanía nacional hasta el auge de los regímenes totalitarios. Casi se siente la tentación de medir el gra¬ do de infección totalitaria por la medida en que los gobiernos implicados uti¬ lizan su derecho de soberanía para la desnacionalización (y sería muy intere¬ sante descubrir que la Italia de Mussolini se mostraba más que remisa a tratar
Lawrence Preuss, «La Dénationalisation imposée pour des motifs politiques», en Revue Internatio- nal Française du Droit des Gens, 1937, vol. IV, nüms. I, 2 y 5.
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a sus refugiados de esta manera)24. Pero debe tenerse en cuenta al mismo tiempo que apenas hubo un solo país en el continente, entre las dos guerras mundiales, que no promulgara una nueva legislación que, aunque no ejerci¬ tara este derecho extensamente, permitía desembarazarse de un gran numero de sus habitantes en cualquier momento oportuno25.
Ninguna paradoja de la política contemporánea se halla penetrada de una ironía tan punzante como la discrepancia entre los esfuerzos de idealistas bien intencionados que insistieron tenazmente en considerar «inalienables» aquellos derechos humanos que eran disfrutados solamente por los ciudada¬ nos de los países más prósperos y civilizados y la situación de quienes care¬ cían de tales derechos. Su situación empeoró intensamente, hasta que el cam¬ po de internamiento — que antes de la Segunda Guerra Mundial era la excepción más que la norma para los apatridas— se convirtió en la solución rutinaria para el problema del domicilio de las «personas desplazadas».
Se deterioró incluso la terminología aplicada a los apatridas. El término «apatrida» reconocía al menos el hecho de que estas personas habían perdido la protección de sus gobiernos y requerían acuerdos internacionales para la salvaguardia de su estatus legal. El término de posguerra «personas desplaza¬ das» fue inventado durante la contienda con el expreso propósito de liquidar de una vez para siempre la condición de apatrida, ignorando su existencia. El no reconocimiento del estado de apátrida significa siempre la repatriación, es
Una ley italiana de 1926 contra «la emigración abusiva» pareció presagiar las medidas de desnatu- ralización en contra de ios refugiados antifascistas; pero a partir de 1929 se abandonó la política de desnaturalización y se crearon organizaciones fascistas en el exterior. De los 40,000 miembros de la Unione Popolare Italiana en Francia, por lo menos 10.000 eran auténticos reítigíados antifascistas, pero sólo 3.000 carecían de pasaporte (véase Simpson, op. cit., pp. 122 y ss.).
25 La primera ley de este tipo fue una medida adoptada por Francia durante la guerra en 1915, que se aplicaba sólo a los ciudadanos naturalizados de origen enemigo que habían conservado su nacio¬ nalidad originaria; Portugal fue mucho más allá en un decreto de 1916 que desnaturalizó automáti¬ camente a todas las personas nacidas de padre alemán. Bélgica promulgó en 1922 una ley que anu¬ laba ia naturalización de personas que hubieran cometido actos antinacionales durante la guerra y la reafirmó por un nuevo decreto de 1934 que en la forma característicamente vaga de la época habla¬ ba de las personas nnuiquant gravement h lean devoirs de cttoyen belge. En Italia, a partir de 1926, pudieron ser desnaturalizadas todas las personas que no fíiesen «dignas de la ciudadanía italiana» o que constituyeran una amenaza para el orden público. Egipto y Turquía en 1926 y 1928, respectiva¬ mente, promulgaron leyes según las cuales podían ser desnaturalizados aquellos que representaran una amenaza para el orden social. Francia amenazó con la desnaturalización a aquellos de sus nuevos ciudadanos que cometieran actos contrarios a los intereses de Francia (1927). Austria, en 1933, po¬ día privar de la nacionalidad austríaca a cualquiera de sus ciudadanos que sirviera o participara en el exterior en una acción hostil a Austria, Finalmente, Alemania, en 1933, podía privar de la naciona¬ lidad austríaca a cualquiera de sus ciudadanos que sirviera o participara en el exterior en una acción hostil a Austria. Finalmente, Alemania, en 1933, siguió muy de cerca los diferentes decretos rusos formulados a partir de 1921, declarando que todas las personas «residentes en el exterior» podían ser privadas a voluntad de la nacionalidad alemana.
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decir, ía deportación a un país de origen que, o bien se niega a reconocer como ciudadano al repatriado en potencia, o, por el contrario, desea que vuelva urgentemente para castigarle. Como los países no totalitarios, a pesar de sus malas intenciones, inspiradas por el clima bélico, rehuyeron general¬ mente las repatriaciones en masa, el número de apátridas — doce años des¬ pués del final de la guerra— era mayor que nunca. La decisión de los políti¬ cos de resolver el problema del estado de apátrida ignorándolo queda aún más de relieve por la ausencia de cualquier estadística fidedigna sobre el tema. Sin embargo, se sabe esto: mientras hay un millón de apátridas «recono¬ cidos», existen más de diez millones de los llamados apátridas defacto. Y mien¬ tras que el problema relativamente inocuo de los apátridas de jure surge a ve¬ ces a ía luz con ocasión de las conferencias internacionales, el meollo de la condición de apátrida, que es idéntico a la cuestión de los refugiados, simple¬ mente no se menciona. Peor aún, el número de apátridas potenciales se halla en aumento constante. Antes de ía última guerra sólo las dictaduras totalita¬ rias o semitotalítarias recurrían al arma de la desnaturalización con respecto a aquellos que eran ciudadanos por nacimiento; ahora hemos alcanzado el pun¬ to en que incluso las democracias libres, como, por ejemplo, los Estados Uni¬ dos, han llegado seriamente a considerar la privación de ciudadanía a america¬ nos de nacimiento que sean comunistas. El aspecto siniestro de estas medidas estriba en que están siendo consideradas con toda inocencia. Sin embargo, basta sólo recordar el extremo cuidado de los nazis, que insistieron en que to¬ dos los judíos de nacionalidad alemana «deberían ser privados de su ciudada¬ nía, bien antes, o bien en el día de su deportación»253 (para los judíos alemanes no se necesitaba tal decreto porque en el III Reich existía una ley según la cual todos los judíos que habían abandonado el territorio — incluyendo, desde lue¬ go los deportados a un campo polaco— perdían automáticamente su ciuda¬ danía), para comprender las verdaderas implicaciones del estado de apátrida.
El primer gran golpe asestado a los estados-nación con la llegada de centenares de miles de apátridas fue que el derecho de asilo, único derecho que había llegado a figurar como símbolo de los derechos del hombre en ía esfera de las relaciones internacionales, comenzó a ser abolido. Su larga y sagrada historia se remonta a los auténticos comienzos de la vida política regulada. Desde los tiempos antiguos había protegido tanto al refugiado como a la tierra de refugio de situaciones en las que las personas se veían for-
2Í1 La cita procede de una orden dei Hauptsturmführer Dannecker, fechada e! 10 de mareo de 1943 y referente a la «deportación de 5-000 judíos de Francia, cuota de 1942». El documento (fotocopia en el Centre de Documentation Juive, en París) forma parte de los «Documentos de Nuremberg», núm. RF 1.216. Se adoptaron disposiciones idénticas con los judíos búlgaros. Véase Ìbidem el rele¬ vante memorándum de L. R. Wagner, con fecha 3 de abril de 1943, Documento NG 4.180.
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zadas a quedar al margen de la ley a través de circunstancias que escapaban a su control. Era el único vestigio moderno del principio medieval según el cual quid est in territorio est de territorio, porque en todos los demás casos los estados modernos tendían a proteger a sus ciudadanos más allá de sus propias fronteras y a garantizarles, por medio de tratados recíprocos, el que siguieran sometidos a las leyes de su país. Pero aunque el derecho de asilo continuó funcionando en un mundo organizado de estados-nación y, en casos indivi¬ duales, sobrevivió incluso a las guerras mundiales, era considerado un ana¬ cronismo, en conflicto con los derechos internacionales del estado. Por eso no puede hallarse en la ley escrita, en ninguna constitución o en acuerdo internacional alguno, y el pacto de la Sociedad de Naciones ni siquiera llegó a mencionarlo26. Comparte, en este aspecto, el destino de los derechos del hombre, que tampoco llegaron nunca a ser ley, sino que conocieron una exis¬ tencia en cierto modo oscura como apelación en casos individuales y excep¬ cionales, para los que no proveían las instituciones legales normales27.
El segundo gran choque que sufrió el mundo europeo por obra de la lle¬ gada de los refugiados28 fue comprender que era imposible desembarazarse de ellos o transformarles en nacionales del país en el que se habían refugiado. Desde el comienzo, todo el mundo estuvo de acuerdo en que sólo existían
S. Lawford Childs (op. rit.) deplora el hecho de que el Pacto de la Sociedad de Naciones no contu- viera «una carta para los refugiados políticos ni un alivio para los exilados». El intento más reciente de las Naciones Unidas por conseguir, al menos para un pequeño grupo de apatridas — los llamados apa¬ tridas de jure— , una mejora en su estatus legal no ha sido más que un simple gesto; principalmente, el de reunir a los representantes de por lo menos veinte países, pero con la explícita garantía de que la participación en semejante conferencia no entrañaría obligación alguna. Incluso bajo estas circunstan¬ cias sigue siendo extremadamente dudoso el que esta conferencia pueda celebrarse algún día. Véase la información correspondiente en The New York Times, 17 de octubre de 1954, p. 9.
27 Los únicos guardianes del derecho de asilo eran las pocas sociedades cuyo objetivo especial era la protección de los detechos humanos. La más importante de ellas, La Ligue des Droits de í’Homme, de patrocinio francés, con secciones en todos los países democráticos de Europa, se comportaba como si la cuestión estribara simplemente en la salvación de individuos perseguidos por sus convic¬ ciones y actividades políticas. Esta presunción, absurda ya en el caso de los millones de refugiados tu ¬ sos, se tornó simplemente absurda con relación a judíos y armenios. La Sociedad de Naciones no estaba preparada ni ideológica ni administrativamente para enfrentarse con los nuevos problemas. Como no deseaba afrontar la nueva situación, se enfangó en funciones que habrían sido mucho me¬ jor realizadas por cualesquiera de las muchas organizaciones benéficas que habían constituido los mismos refugiados con la ayuda de sus compatriotas. Cuando los derechos del hombre se convirtie¬ ron en objetivo de una organización benéfica especialmente ineficaz, el concepto de los derechos humanos se desacreditó naturalmente un poco más.
23 Los muchos y variados esfuerzos de la profesión legal por simplificar el problema estableciendo una diferencia entre la persona apátrida y el refugiado — como el de afirmar que el estatus de la persona apá-trida se halla caracterizado por el hecho de no poseer nacionalidad, mientras que el de un refugiado está determinado por la pérdida de la protección diplomática» (Simpson, op. dt„ p. 232)— se vieron siem¬ pre derrotados por el hecho de que, «para todos los fines prácticos, todos los refugiados son apátri-das» (Simpson, op. cit., p. 4),
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dos maneras de resolver el problema: repatriación o naturalización29. Cuando el ejemplo de las primeras oleadas rusas y armenias demostró que ningún sis¬ tema daba resultados tangibles, los países de refugio simplemente se negaron a reconocer el estado de apátridas a los últimos en llegar, haciendo por eso aún más intolerable la situación de los refugiados30. Desde el punto de vista de los gobiernos implicados era bastante comprensible que siguieran recor¬ dando a la Sociedad de Naciones «que [su] trabajo con los refugiados tenía que ser liquidado con la mayor rapidez»31. Tenían muchas razones para temer que aquellos que habían sido expulsados de la antigua trinidad del estado - pueblo-territorio, que todavía formaba la base de la organización europea y de la civilización política, fueron sólo el comienzo de un creciente movimien¬ to, las primeras gotas de un pantano cada vez más grande. Era obvio, y así se reconoció en la Conferencia de Evian de 1938, que todos los judíos alemanes y austríacos resultaban apátridas en potencia; y era también natural que los países con minorías se sintieran animados por el ejemplo alemán en cuanto ai intento de emplear los mismos métodos para desembarazarse de algunas de sus poblaciones minoritarias32. Entre las minorías, judíos y armenios eran quienes corrían los mayores riesgos y pronto revelaron constituir la más alta proporción entre los apatridas; pero demostraron también que los tratados de minorías no ofrecían necesariamente una protección, sino que podían ser¬
La formulación más irónica de esta opinión general fue realizada por R. Yewdall Jermings, «Some International Aspects o f the Refiigee Question», en Briúsh Yearbook of’International Lato, 1939: «El estatus de un refugiado no es, desde luego, permanente. El objetivo es que se desembarace por sí mis¬ mo de ese estatus tan pronto como le sea posible, bien por la repatriación, bien por la naturalización en el país de refugio».
Sólo tos rusos, que en todos los aspectos fueron la aristocracia de los apátridas, y los armenios, que fueron asimilados al estatus ruso, fueron reconocidos oficialmente como «apátridas», colocados bajo la protección de la Oficina Nansen de la Sociedad de Naciones y recibieron documentación para po¬ der viajar.
91 Chtlds, op. cit. La razón de esta desesperada urgencia fue el temor de todos los gobiernos a que incluso el más pequeño gesto positivo «pudiera animar a los países a desembarazarse de las personas que no deseaban y de que pudieran emigrar muchos que de otra manera permanecerían en sus paí¬ ses incluso bajo graves restricciones» (Louise W. Holborn, «The Legal Status of Politícal Refugees, 1920-1938», en American Journal o fInternational Law, 1938).
Véase también Georges Mauco (en Esprit, 7.° año, núm. 82, julio de 1939, p. 590): «Una asimi¬ lación de los refugiados alemanes al estatus de los demás refugiados de los que se ocupaba la Oficina Nansen habría sido naturalmente la solución más sencilla y mejor para los mismos refugiados alema¬ nes. Pero el gobierno no deseaba extender los privilegios ya otorgados a una nueva categoría de refu¬ giados que, además, amenazaban con aumentar en número indefinidamente».
32 A los 600.000 judíos de Alemania y Austria que eran apátridas potenciales en 1938 es necesario añadir los judíos de Rumania (el presidente de la Comisión Federal Rumana para las Minorías, pro¬ fesor Dragomir, acababa de anunciar al mundo la próxima revisión de la nacionalidad de todos los judíos rumanos) y de Polonia (cuyo ministro de Asuntos Exteriores, Beck, había declarado oficial¬ mente que a Polonia le sobraba un millón de judíos). Véase Simpson, op. cit., p. 235.
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vir también como un instrumento para singularizar a ciertos grupos con objeto de expulsarlos finalmente.
Casi tan aterrador como estos nuevos peligros surgidos de los antiguos fo¬ cos de perturbación de Europa fue el nuevo tipo de conducta de todas las naciones europeas en sus luchas «ideológicas». No sólo las personas expulsadas del país y de la ciudadanía, sino más y más personas de todos los países, inclu¬ yendo las democracias occidentales, se presentaban ahora voluntarias para lu¬ char en guerras civiles en otros lugares (lo que hasta entonces sólo habían he¬ cho algunos idealistas y aventureros), incluso cuando ello significaba la separa¬ ción de sus comunidades nacionales. Ésta fue la lección de la guerra civil española y una de las razones por las que los gobiernos se sintieron tan aterra¬ dos ante las Brigadas Internacionales. El problema no habría sido tan malo si ello hubiera significado que los hombres ya no se aferraban tan estrechamente a su nacionalidad y estaban eventualmente dispuestos a ser asimilados a otra comunidad nacional. Pero éste no era el caso. Los apatridas habían demostra¬ do ya poseer una fuerte tenacidad en la conservación de su nacionalidad; en todos los sentidos, los refugiados representaban minorías extranjeras separadas que frecuentemente no se preocupaban de ser nacionalizadas y que nunca se unían, como habían hecho temporalmente las minorías, para la defensa de sus intereses comunes33. Las Brigadas Internacionales estaban organizadas en batallones nacionales, en los que ios alemanes sentían que luchaban contra Hitler y los italianos contra Mussoiini, de la misma manera que unos años más tarde, en la Resistencia, los refugiados españoles sentían que luchaban
Es difícil decidir qué fue primero, si ia resistencia de los estados-nación a naturalizar refugiados (la práctica de la natutalización se había tornado crecientemente restringida, y la práctica de la desnacio¬ nalización, cada vez más corriente con la llegada de los refugiados) o ia resistencia de los refugiados a aceptar otra ciudadanía. En países con poblaciones minoritarias, como Polonia, los refugiados (rusos y ucranianos) presentaban una clara tendencia a asimilarse a las minorías sin solicitar, sin embargo, la ciudadanía polaca (véase Simpson, op. cit., p. 364).
Resulta completamente característico el comportamiento de los refugiados rusos. El pasaporte Nansen describía a su portador comopenonne (¿origine russe, porque «nadie se habría atrevido a de¬ cir al émigré ruso que carecía de nacionalidad o que su nacionalidad era dudosa» (véase «Le Statut ínternationaf des Apatrides», de Marc Vichniac, en Rectieiídes Cotmde 1’AatdémÍe de Droit Interna¬ tional, volumen XXXIII, 1933). Un intento para proporcionar la misma tarjeta de identidad a todos los apáttidas fue ásperamente rechazado por los poseedores de pasaportes Nansen, que afirmaban que su pasaporte era «un signo de reconocimiento legal de su estatus peculiar» (véase Jemiíngs, op. cit.). Antes del estallido de la guerra, incluso los refugiados procedentes de Alemania distaban de an¬ siar fundirse con la masa de los apámdas y preferían la descripción de refugiéprovenant dAllemagne con su vestigio de nacionalidad.
Más convincentes que las quejas de los países europeos acerca de las dificultades que presentaba la asimilación de refugiados son fas declaraciones de políticos de ultramar, que coinciden con los prime¬ ros en señalar que «de todos los inmigrantes europeos los menos fáciles de asimilar son los europeos del sur, del este y del centro» (véase «Cañada and the Doctrine of Peaceful Changes», editado por H. F, An-gus, en International Studies Conference; Demograpbic Qiiestions: Peacefid Changes, 1937, pp. 75 y 76).
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contra Franco cuando ayudaban a los franceses contra Víchy. Lo que los gobier¬ nos europeos temían tanto en este proceso era que ya no podía decirse de los nuevos apatridas que eran de nacionalidad dudosa o equívoca (de nationalité indéterminée). Aunque habían renunciado a su ciudadanía, no tenían relación con, o lealtad hacia, su país de origen ni identificaban su nacionalidad con un gobierno visible y totalmente reconocido, todavía conservaban una fuerte adhe¬ sión a su nacionalidad. Los grupos nacionales escindidos y las minorías, sin pro¬ fundas raíces en su territorio y sin lealtad hacia el estado o en relación con éste, dejaron de ser exclusivamente característicos del este. Estaban ya infiltrados, como refugiados y apatridas, en los antiguos estados-nación de Occidente.
El verdadero problema comenzó tan pronto como se probaron los dos remedios reconocidos, la repatriación y la naturalización. Las medidas de repa¬ triación fracasaron, naturalmente, ya que no existía país alguno al que pudieran ser deportadas estas personas. Fallaron no por consideración a los apátridas (como puede parecer hoy cuando la Rusia soviética reclama a sus antiguos ciu¬ dadanos y los países democráticos tienen que protegerles contra una repatria¬ ción que no desean), ni por obra de los sentimientos humanitarios de los países que estaban inundados de refugiados, sino porque ni el país de origen ni nin¬ gún otro aceptaban al apatrida. Parecía que la misma indeportabüidad del apá-trida debería haber impedido a un gobierno expulsarle; pero como el hombre sin estado era «una anomalía para la que no existe espacio apropiado en el mar¬ co de la ley general»34 — un proscrito por definición—, se hallaba completa¬ mente a merced de la policía, que no se preocupaba demasiado de tener que cometer unos pocos actos ilegales con tal de disminuir la carga de indésirables del país35. En otras palabras, el estado, insistiendo en su derecho soberano a la expulsión, se vio forzado, por la naturaleza ilegal del apátrida, a la realización de actos reconocidamente ilegales36. Introdujo subrepticiamente en los países vecinos a los apatridas expulsados con el resultado de que tales países respon-
Jermings, op. cit.
Una carta circular de las autoridades holandesas (7 de mayo de 1938) consideraba expresamente a cada refugiado como un «extranjero indeseable» y íe definía como «un extranjero que abandonó su país bajo la presión de las circunstancias». Véase «L’Emigration, problème révolutionnaire», en Es¬ prit, 7.° año, núm . 82, julio de 1939, p. 602.
Lawrence Preuss, op. cit., describe así la difusión de la ilegalidad: «El acto inicial ilegal del gobier- no desnacionalizador coloca al país expulsor en la posición de violador de la ley internacional, por¬ que sus autoridades violan la ley apátrida. A su vez, este ultimo país no puede desembarazarse de él...
excepto violando... la ley de un tercer país... (El mismo apátrida se encuentra ante ia siguiente alter¬ nativa): o viola la ley del país en el que reside.,., o viola la ley del país al que es arrojado».
Sir John Fischer Williams («Dénationalisation» en British Year Book of International Lato, VII, 1927) deduce de esta situación que la desnacionalización es contraria a la ley internacional; pero en la Conférence pour la Codification du Droit International, celebrada en La Haya en 1930, única¬ mente el gobierno finlandés sostuvo que la «pérdida de la nacionalidad... nunca debería constituir un castigo... ni ser utilizada para desembarazarse de una persona indeseable mediante la expulsión».
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dieron de la misma manera. La solución ideal de la repatriación, la devolución subrepticia del refugiado a su país de origen, tuvo sólo éxito en muy pocos des¬ tacados casos, en parte porque una policía no totalitaria simpre se sentía frena¬ da por unas cuantas consideraciones éticas rudimentarias, en parte porque tan posible era introducir subrepticiamente al apatrida en su país natal como en cualquier otro, y, en fin, aunque no fuera la causa menos importante, porque todo este tráfico sólo era posible con ios países vecinos. Las consecuencias de estas devoluciones subrepticias fueron pequeñas guerras entre las policías fron¬ terizas que no contribuyeron precisamente a las buenas relaciones internacio¬ nales y una acumulación de penas de cárcel para los apátridas que, con la ayu¬ da de la policía de un país, habían pasado «ilegalmente» al territorio de otro.
Cada intento de las conferencias internacionales para establecer algún estatuto legal para los apátridas fracasó porque ningún acuerdo podía susti¬ tuir al territorio al que un extranjero, dentro del marco de la ley existente, de¬ bía ser deportado. Todas las discusiones acerca del problema de los refugiados giraron en torno a una sola cuestión. ¿Cómo puede ser otra vez deportado el refugiado? No fueron necesarios la Segunda Guerra Mundial y los campos de desplazados para mostrar que el único sustituíivo práctico de una patria ine¬ xistente era un campo de inremamiento. Desde luego, en fecha tan tempra¬ na como la década de los años treinta éste era el único «país» que el mundo podía ofrecer al apatrida37.
Por otra parte, la naturalización también demostró ser un fracaso. Todo el sistema de naturalización de los países europeos se vino abajo cuando tuvo que enfrentarse con los apátridas. Y ello por la misma razón por la que había sido abandonado el derecho de asilo. Esencialmente, la naturalización era un apéndice a la legislación del estado-nación que sólo tenía en cuenta a los «nacionales», a las personas nacidas en su territorio y ciudadanos por derecho de nacimiento. La naturalización resultaba necesaria en casos excepcionales para individuos aislados cuyas circunstancias podían haberles impulsado a un territorio extranjero. Todo el proceso se quebró cuando hubo que atender a masivas peticiones de naturalización38: incluso desde el punto de vista pura¬
Childs, op. cit„ tras haber llegado a la triste conclusión de que «la verdadera dificultad de la recep- ción de un refugiado es que, si resulta mal..., no hay manera de desembarazarse de óí», propuso «cen¬ tros de transición» a los que podrían ser incluso devueltos desde el exterior tos refugiados, lugares que, en otras palabras, sustituyeran a la patria para los fines de la deportación.
38 Fueron claramente excepcionales dos ejemplos de naturalización en masa en el Oriente Próximo: uno se refirió a los refugiados griegos procedentes de Turquía, a quienes el gobierno griego naturali¬ zó en bloque en 1922 porque se trataba de la repatriación de una minoría griega y no de ciudadanos extranjeros; la otra naturalización benefició a los refugiados armenios de Turquía en Siria, Líbano y otros países anteriormente sujetos a la soberanía turca, es decir, a una población con la que el Orien¬ te Próximo había compartido la ciudadanía hasta hacía sólo unos pocos años.
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mente administrativo, ninguna Administración civil europea podría haber abordado el problema. En lugar de naturalizar al menos a una pequeña pro¬ porción de los recien llegados, los países comenzaron a cancelar sus anterio¬ res naturalizaciones, en parte por obra del pánico general y en parte porque la aparición de grandes masas de recién llegados alteró realmente la siempre precaria posición de los ciudadanos naturalizados del mismo origen59. La cancelación de la naturalización o la introducción de nuevas leyes que obvia¬ mente abrieron el camino para las desnaturalizaciones masivas40 acabaron con la escasa confianza que los refugiados pudieran haber tenido en la posibi¬ lidad de acomodarse a una nueva vida normal; si la asimilación a un nuevo país pareció antes un poco ruin o desleal, ahora era simplemente ridicula. La diferencia entre un ciudadano naturalizado y un residente apatrida no era lo suficientemente grande como para justificar el tomarse molestia alguna, por¬ que el primero se hallaba frecuentemente privado de importantes derechos civiles y amenazado en cualquier momento con el destino del segundo. Las personas naturalizadas fueron frecuentemente asimiladas al estatus de los extranjeros corrientes, y como el naturalizado había perdido ya su anterior ciudadanía, estas medidas amenazaban simplemente con el estado de apátri-da a otro grupo considerable.
Fue casi patético ver cuán impotentes se hallaban los gobiernos europeos, a pesar de su conciencia del peligro del estado de apátrida para sus institucio¬ nes legales y políticas y a pesar de todos sus esfuerzos para resistir a la marea. Ya no eran necesarios acontecimientos explosivos. Una vez que cierto núme¬ ro de apátridas eran admitidos en un país por lo demás normal, el estado de apátrida se extendía como una enfermedad contagiosa. No sólo estaban los ciudadanos naturalizados en peligro de volver al estado de apatrida, sino que
Donde una oleada de refugiados hallaba miembros de su propia nacionalidad ya instalados en el país al que inmigraban —como fue el caso de los armenios y de los italianos en Francia, por ejemplo, y e! de los judíos en todas partes— se operaba un cierto retroceso en la asimilación de aquellos que habían estado allí más tiempo. Porque sólo podía movilizarse su ayuda y solidaridad apelando a la nacionalidad originaria común con ios recién llegados. Este hecho resultó de un interés inmediato para los países que, inundados por refugiados, no podían o no querían proporcionarles una ayuda directa o el derecho a trabajar. En todos estos casos, los sentimientos nacionales del grupo más anti¬ guo resultaron ser «uno de los factores principales en el éxito deí establecimiento de los refugiados» (Simpson, op. ctt., pp. 45-46), pero, recurriendo a la conciencia y a ía solidaridad nacionales, los paí¬ ses de recepción aumentaron naturalmente el número de extranjeros no asimilados. Por tomar un ejemplo particularmente interesante, cabe señalar que 10.000 refugiados italianos fueron suficientes para posponer indefinidamente la asimilación de casi un millón de inmigrantes italianos en Francia.
El gobierno francés, imitado por otros países occidentales, introdujo durante la década de los años treinta un creciente número de restricciones a los ciudadanos naturalizados: quedaban elimi¬ nados de ciertas profesiones hasta diez años después de su naturalización, carecían de derechos políticos, etc.
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se habían deteriorado notablemente las condiciones de vida de todos los extranjeros. En la década de los treinta se tornó cada vez más difícil distinguir claramente entre refugiados apatridas y residentes extranjeros normales. Una vez que el gobierno trataba de usar su derecho y repatriar a un residente extranjero contra su voluntad, éste haría todo cuanto le fuera posible para ha¬ llar refugio en el estado de apátrida. Durante la Primera Guerra Mundial los extranjeros enemigos descubrieron ya las grandes ventajas del estado de apᬠtrida. Pero lo que entonces fue astucia de individuos que encontraban un res¬ quicio en la ley se había convertido ahora en reacción instintiva de las masas. Francia, la más importante zona europea de recepción de inmigrantes41 por¬ que había regulado el caótico mercado de trabajo recurriendo a obreros extranjeros en tiempos de necesidad y deportándoles en tiempos de desem¬ pleo y de crisis, enseñó a sus extranjeros una lección acerca del estado de apᬠtrida que ellos no olvidaron fácilmente. Después de 1935, el año de las repa¬ triaciones en masa decretadas por el gobierno de Laval y de las que sólo se sal¬ varon ios apatridas, los llamados «inmigrantes económicos» y otros grupos que habían llegado antes — balcánicos, italianos, polacos y españoles— se mezclaron con las oleadas de refugiados en una maraña que nunca pudo ser desenredada.
Mucho peor que lo que el estado de apátrida hizo a las distinciones nece¬ sarias y tradicionales entre nacionales y extranjeros y al derecho soberano de los estados en cuestiones de nacionalidad y de expulsión, fue el daño sufrido por la estructura misma de las instituciones nacionales legales, cuando un creciente número de residentes tuvo que vivir al margen de la jurisdicción de estas leyes y sin ser protegido por ninguna otra. La persona apátrida, sin dere¬ cho a residencia y sin derecho al trabajo, tenía, desde luego, que transgredir consecuentemente la ley. Podía sufrir una sentencia de cárcel sin haber llega¬ do siquiera a cometer un delito. Más aún, en su caso quedaba Invertida toda la jerarquía de valores que corresponde a los países civilizados. Como él era la anomalía para la que no había nada previsto en la ley general, le resultaba mejor convertirse en una anomalía recogida por la ley, es decir, en un delin¬ cuente.
El mejor criterio por el que decidir si alguien se ha visto expulsado del recinto de la ley es preguntarle si se beneficiará de la realización de un delito. Si un pequeño robo puede mejorar, al menos temporalmente, su posición le¬ gal, se puede tener la seguridad de que ese individuo ha sido privado de sus derechos humanos. Porque entonces un delito se convierte en la mejor opor¬ tunidad de recobrar algún tipo de igualdad humana, aunque sea reconocida
41 Simpson, op. cit., p. 289.
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como excepción a la norma. El único factor importante es que esta excepción es proporcionada por la ley. Como delincuente, incluso un apatrida no será peor tratado que otro delincuente, es decir, será tratado como cualquier otro. Sólo como violador de la ley puede obtener la protección de ésta. Mientras dure su proceso y su sentencia, estará a salvo de la norma policial arbitraria, contra la que no existen abogados ni recursos. El mismo hombre que ayer se hallaba en la cárcel por obra de su simple presencia en este mundo, que no tenía derecho alguno y que vivía bajo la amenaza de la deportación, que po¬ día ser enviado sin sentencia ni proceso a algún tipo de internamiento por¬ que había tratado de trabajar y de ganarse la vida, podía convertirse en un ciudadano casi completo por obra de un pequeño robo. Aunque no tenga un céntimo, puede contar ahora con un abogado, quejarse de sus carceleros y ser atentamente escuchado. Ya no es la escoria de la tierra, sino lo suficientemen¬ te importante como para ser informado de todos ios detalles de la ley confor¬ me a la cual será procesado. Se ha convertido en una persona respetable42.
Un medio mucho menos seguro y mucho más difícil para elevarse desde una posición de anomalía no reconocida hasta el estatus de excepción reco¬ nocida sería el de convertirse en un genio. De la misma manera que la ley sólo conoce una diferencia entre los seres humanos, la diferencia entre el no criminal normal y el criminal anómalo, así una sociedad conformista ha reconocido exclusivamente una forma de individualismo determinado, el ge¬ nio. La sociedad burguesa europea quería que el genio permaneciese al mar¬ gen de las leyes humanas, que fuera un género de monstruo cuya principal función social fuese la de crear interés,-y no importaba que realmente estu¬ viera fuera de la ley. Además, la pérdida de la ciudadanía privaba a las perso¬ nas no sólo de protección, sino también de toda identidad claramente esta¬ blecida y oficialmente reconocida, un hecho del cual eran muy exacto símbo¬ lo los febriles esfuerzos por obtener al menos un certificado de nacimiento del país que les desnacionalizó; uno de sus problemas quedaba resuelto cuan¬ do lograban el grado de distinción que rescataba a un hombre de la amplia multitud innominada. Sólo la fama respondería eventualmente a la repetida
En términos prácticos, cualquier sentencia que se le imponga tendrá pequeñas consecuencias en comparación con una orden de expulsión, una cancelación del permiso de trabajo o una orden por la que se le envíe a un campo de internamiento. Un nipón-americano de la costa occidental que se hallaba en la cárcel cuando el ejército ordenó el internamiento de todos los americanos de ascenden¬ cia japonesa no se habría visto forzado a liquidar sus propiedades a tan bajo precio; habría permane¬ cido allí donde estaba, protegido por un abogado que velara por sus intereses; y si tenía la suerte de recibir una sentencia a largos años de cárcel, podría retornar justa y pacíficamente a su antiguo nego¬ cio o a su profesión, aunque ésta fuese la de ladrón. Su sentencia de cárcel le garantizaba los derechos constitucionales, que ninguna otra cosa — ni declaraciones de lealtad ni apelaciones— le habría ayu¬ dado a obtener una vez que su ciudadanía se había vuelto dudosa.
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queja de los refugiados de todos los estratos sociales de que «aquí nadie sabe quién soy yo»; y es cierto que las posibilidades de un refugiado famoso mejo¬ ran de la misma manera que un perro con un nombre tiene más probabilida¬ des de sobrevivir que un simple perro callejero que es tan sólo un perro43.
El estado-nación, incapaz de proporcionar una ley a aquellos que habían perdido la protección de un gobierno nacional, transfirió todo el problema a la policía. Esta fue la primera vez que la policía de Europa occidental recibió autoridad para actuar por su cuenta, para gobernar directamente a las perso¬ nas; en una esfera de la vida pública ya no era un instrumento para afirmar el cumplimiento de la ley, sino que se convirtió en una autoridad dominadora, independiente del gobierno y de los ministerios44. Su fuerza y su emancipa¬ ción de la ley y del gobierno crecieron en proporción directa a la afluencia de refugiados. Cuanto mayor era la proporción de apátridas efectivos y de apa¬ tridas en potencia con respecto a la población en general —en la Francia de la preguerra habían alcanzado un 10 por ciento del total— , mayor era el peli¬ gro de una transformación gradual en un estado policial.
No es necesario decir que los regímenes totalitarios, donde la policía se había elevado hasta la cumbre del poder, se hallaban especialmente ansiosos de consolidar su poder a través de la dominación de amplios grupos de per¬ sonas que, al margen de cualquier delito cometido por algunos individuos, se hallaran en cualquier caso fuera del redil de la ley. En la Alemania nazi las Le¬ yes de Nuremberg, con su distinción entre ciudadanos del Reich (ciudadanos completos) y nacionales (ciudadanos de segunda clase sin derechos políticos), habían abierto el camino para una evolución en la que, finalmente, todos los nacionales de «sangre extranjera» podían perder su nacionalidad por decreto oficial; sólo el estallido de la guerra impidió que entrara en vigor la corres¬ pondiente legislación, que había sido detalladamente preparada443. Por otra
Ef hecho de que e! mismo principio de formación de una élite se operara con frecuencia en los campos de concentración, donde la «aristocracia» estaba compuesta por una mayoría de delincuen¬ tes y unos pocos «genios», es decir, actores y artistas, muestra cuán estrechamente relacionadas se ha¬ llan las posiciones sociales de estos grupos.
En Francia, por ejemplo, se sabía que una orden de expulsión emanada de la policía era mucho más grave que la que había sido formulada «solamente» por el Ministerio del Interior, y que sólo en casos raros podía el ministro del Interior cancelar una expulsión policial, mientras que el procedi¬ miento opuesto era a menudo tan sólo una cuestión de soborno. Constttucionaimence, la policía se halla bajo la autoridad del ministro del Interior.
44í En febrero de 1938, el Ministerio del Interior del Reich y de Prusia presentó el «proyecto de una ley relativa a la adquisición y pérdida de la nacionalidad alemana», que iba mucho más allá de la legislación de Nuremberg. Establecía que todos los hijos de «judíos, judíos de sangre mixta o perso¬ nas de otro tipo de sangre extranjera» (que en cualquier caso jamás podrían llegar a ser ciudadanos del Reich) no tenían ya derecho a la nacionalidad «aunque su padre poseyera por nacimiento la nacionalidad alemana». Que estas medidas ya no estaban simplemente relacionadas con la legisla-
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parte, los crecientes grupos de apatridas en ios países no totalitarios conduje¬ ron a una forma de ilegalidad, organizada por la policía, que prácticamente resultó en una coordinación del mundo libre con la legislación de los paí¬ ses totalitarios. El hecho de que en definitiva se organizaran campos de concentración para ios mismos grupos en todos los países, aunque existie¬ ran considerables diferencias en el trato a los internados, fue tan caracte¬ rístico como el que la selección de los grupos se confiara exclusivamente a la iniciativa de los países totalitarios: si los nazis metían a una persona en un campo de concentración y ésta lograba escapar, digamos, a Holanda, los holandeses la metían en un campo de internamiento. Así, mucho tiempo antes del estallido de la guerra, la policía de cierto número de países occi¬ dentales, bajo el pretexto de la «seguridad nacional», había establecido por su propia iniciativa íntimas relaciones con la Gestapo y la GPU, de forma tal que existía una política exterior independíente por parte de la policía. Esta política exterior dirigida por la policía funcionó al margen por com¬ pleto de los gobiernos oficiales: las relaciones entre la Gestapo y la policía francesa nunca fueron tan cordiales como en la época del gobierno del Frente Popular de León Blum, que era guiado por una política decidida¬ mente antialemana. A diferencia de los gobiernos, las diferentes organiza¬ ciones policiales nunca se sintieron abrumadas por los «prejuicios» respec¬ to de ningún régimen totalitario; la información y las denuncias enviadas por los agentes de la GPU eran tan bien recibidas como las de ios agentes fascistas y de la Gestapo. Conocían el destacado papel del aparato policial en todos los países totalitarios, conocían su elevado estatus social y su importancia política, y jamás se molestaron en ocultar sus simpatías. El he¬ cho de que finalmente los nazis hallaran tan escasa resistencia en la policía de los países que ocuparon y que fueran capaces de organizar el terror como lo organizaron con la ayuda de estas fuerzas policiales locales fue debido, al menos en parte, a la poderosa posición que la policía había logrado a lo lar¬
dón antijudía lo prueba una opinión expresada el 19 de julio de 1939 por el ministro de Justicia, quien sugirió que «los términos judío y judío de sangre mixta deberían ser evitados en la ley en la medida de lo posible, para ser sustituidos por “personas de sangre extranjera” o “personas de sangre no alemana o no germánica” (mcht artvenvandt]». Una parte interesante en la planificación de esta extraordinaria expansión de la población apátrida en la Alemania nazi concierne a los expósitos, que son explícitamente considerados como apátridas hasta que «pueda realizarse una investigación desús características raciales». Aquí ha sido deliberadamente invertido el principio según el cual cada indi¬ viduo nace con derechos inalienables salvaguardados por su nacionalidad: cada individuo nace sin derechos, es decir, apátrida, hasta que subsiguientemente se llegue a otras conclusiones.
El expediente original relativo a este proyecto legislativo, incluyendo las opiniones de todos los ministerios y del Alto Mando de la Wehrmacht, puede hallarse en los archivos del Yiddish Scientific Institute en Nueva York. (G-75).
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go de los años en su irrefrenada y arbitraria dominación de los apatridas y los refugiados.
Tanto en la historia de la «nación de minorías» como en la formación del pueblo apátrida, los judíos desempeñaron un papel significativo. Se halla¬ ban a la cabeza del llamado movimiento de minorías debido a su gran necesidad de protección (que sólo podía compararse con la de los arme¬ nios) y a sus excelentes relaciones internacionales, pero, por encima de todo, porque no formaban mayoría en ningún país y por eso podían ser conside¬ rados como la minoritépar excellence, es decir, la única minoría cuyos inte¬ reses sólo podían ser defendidos mediante una protección internacional¬ mente garantizada45.
Las necesidades especiales del pueblo judío eran el mejor pretexto posible para negar que los tratados fuesen un compromiso entre la tendencia de las nuevas naciones a asimilar forzosamente a los pueblos extranjeros y las nacio¬ nalidades que por razones de oportunidad no podían obtener el derecho a la autodeterminación nacional.
Un incidente semejante hizo destacar a los judíos en la discusión del pro¬ blema de los refugiados y de los apátridas. Los primeros Heimatlose o apatri-des, tal como fueron creados por ios primeros tratados de paz, eran en su mayoría judíos que procedían de los estados sucesores y no podían o no que¬ rían colocarse bajo la nueva protección de minorías en sus patrias. Pero no constituyeron una considerable proporción de apatridas hasta que Alemania obligó a la judería alemana a la emigración y a pasar al estado de apatrida. Mas en los años que siguieron a la activa persecución hitleriana de los judíos alemanes, todos ios países con minorías comenzaron a pensar en expatriar a éstas, y era natural que empezaran con la minorité par excellence, la única nacionalidad que realmente no tenía más protección que un sistema de minorías, convertido para entonces en una completa burla.
La noción de que el estado de apatrida es primariamente un problema ju ¬ dío46 fue un pretexto utilizado por todos los gobiernos que trataron de acabar
Sobre el papel de los judíos en la formulación de los Tratados de Minorías, véase Macarme/, op. dt., pp. 4, 213, 281 y passim; David Erdstein, Le Statut juridique des Minorías en Europe, París, 1932, pp. 11 y ss.; Oscar j. Janowsky, op. cit.
En maneta afgana fue ésta exclusivamente una noción de la Alemania nazi, aunque sóío un autor nazi se atrevió a expresarla: «Es cierto que continuará existiendo una cuestión de refugiados aunque ya no exista una cuestión judía; pero como los judíos constituyen tan elevado porcentaje de los refu¬ giados, la cuestión de los refugiados quedará muy simplificada» (Kabermann, «Das Internationale Fíüchtlingsprobíem», en Zeitscbrifijur Politik, como 29, fase. 3, 1939).
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con el problema ignorándolo. Ninguno de los políticos fue consciente de que la solución hitleriana del problema judío, reduciendo primero a ios judíos alemanes a la categoría de una minoría no reconocida en Alemania, empu¬ jándoles como apátridas al otro lado de la frontera y, finalmente, recogiéndo¬ les en todas partes para enviarles a los campos de exterminio, era para el res¬ to del mundo una demostración elocuente de la forma de «liquidar» real¬ mente todos los problemas relativos a las minorías y los apátridas. Después de la guerra resultó que la cuestión judía, que había sido considerada la úni¬ ca insoluble, estaba, desde luego, resuelta —principalmente gracias a un territorio primero colonizado y luego conquistado— , pero esto no resolvió el problema de las minorías y de los apátridas. Al contrario, como virtualmente todos los demás acontecimientos de nuestro siglo, la solución de la cuestión judía produjo simplemente una nueva categoría de refugiados, los árabes, aumentando por ello el número de apátridas y fuera de la ley con otras 700.000 u 800.000 personas. Y lo que sucedió en Palestina dentro de un pequeño territorio y en términos de centenares de miles de personas se repi¬ tió después en la India a escala aún mayor, implicando a muchos millones. Desde los Tratados de Paz de 1919 y 1920 los refugiados y los apátridas se han adherido como una maldición a los estados de reciente creación forma¬ dos a la imagen del estado-nación.
Para estos nuevos estados la maldición aporta los gérmenes de una enfer¬ medad mortal. Porque el estado-nación no puede existir una vez que ha que¬ dado roto su principio de igualdad ante la ley. Sin esta igualdad legal que ori¬ ginalmente estaba concebida para sustituir a las antiguas leyes y a las normas de la sociedad feudal, la nación se disuelve en una masa anárquica de indivi¬ duos privilegiados y de individuos desfavorecidos. Las leyes que no son igua¬ les para todos revierten al tipo de los derechos y privilegios, algo contradicto¬ rio con la verdadera naturaleza de los estados-nación. Cuanto más clara es la prueba de su incapacidad para tratar a los apátridas como personas legales y mayor la extensión de la dominación arbitraria mediante normas policiales, más difícil les resulta a los estados resistir la tentación de privar a todos los ciudadanos de estatus legal y de gobernarles medíante una policía omnipo¬ tente. 2
2, Las perplejidades de los derechos del hombre
La Declaración de los derechos del hombre a finales del siglo XVIH fue un momento decisivo en la historia. Significaba nada más ni nada menos que a partir de entonces la fuente de la ley debería hallarse en el hombre y no
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en los mandamientos de Dios o en las costumbres de la historia. Indepen¬ diente de los privilegios que la historia había conferido a ciertos estratos de la sociedad o a ciertas naciones, la declaración señalaba la emancipa¬ ción del hombre de toda tutela y anunciaba que había llegado a su mayo¬ ría de edad.
Más allá de esto existía otra implicación de la que los formuladores de la declaración sólo fueron conscientes a medias. La proclamación de los dere¬ chos humanos tenía que significar también una protección muy necesitada en la nueva era, en la que los individuos ya no estaban afianzados en los terri¬ torios en los que habían nacido o seguros de su igualdad ante Dios como cris¬ tianos. En otras palabras, en la nueva sociedad secularizada y emancipada, los hombres ya no estaban seguros de esos derechos humanos y sociales que has¬ ta entonces se habían hallado al margen del orden político y no garantizados por el gobierno o la Constitución, sino por fuerzas sociales, espirituales y reli¬ giosas. Por eso, a lo largo del siglo XIX, la opinión general era que los derechos humanos habían de ser invocados allí donde los individuos necesitaban pro¬ tección contra la nueva soberanía del estado y la nueva arbitrariedad de la sociedad,
Como los derechos del hombre eran proclamados «inalienables», irredu¬ cibles y no deducibles de otros derechos o leyes, no se invocaba a autoridad alguna para su aplicación; el hombre en sí mismo era su fuente tanto como su objetivo último. Además, no se estimaba necesaria ninguna ley especial para protegerlos, porque se suponía que todas las leyes se basaban en ellos. El hombre aparecía como el único soberano en cuestiones de ley de la misma manera que el pueblo era proclamado el único soberano en cuestiones de gobierno. La soberanía del pueblo (diferente de la del príncipe) no era pro¬ clamada por la gracia de Dios, sino en nombre del hombre; así es que parecía natural que los derechos «inalienables» del hombre hallaran su garantía y se convirtieran en parte inalienable del derecho del pueblo al autogobierno soberano.
En otras palabras, apenas apareció el hombre como un ser completamen¬ te emancipado y completamente aislado, portador de su propia dignidad, sin referencia a ningún orden circundante y más amplio, cuando desapareció otra vez como miembro de un pueblo. Desde el comienzo, la paradoja impli¬ cada en la declaración de los derechos humanos inalienables consistió en que se refería a un ser humano «abstracto» que parecía no existir en parte alguna, porque incluso los salvajes vivían dentro de algún tipo de orden social. Sí una comunidad tribal o «atrasada» no disfrutaba de derechos humanos, era obviamente porque como conjunto no había alcanzado todavía esa fase de civilización, la fase de soberanía popular y nacional, sino que era oprimida
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por déspotas extranjeros o nativos. Toda la cuestión de ios derechos humanos se vio por ello rápida e inextricablemente mezclada con la cuestión de la emancipación nacional; sólo la soberanía emancipada del pueblo, del propio pueblo de cada uno, parecía ser capaz de garantizarlos. Como la humanidad, desde la Revolución francesa, era concebida a imagen de una familia de naciones, gradualmente se hizo evidente que el pueblo, y no el individuo, era la imagen del hombre.
La completa implicación de esta identificación de los derechos del hombre con los derechos de los pueblos en el sistema del estado-nación europeo surgió a la luz sólo cuando aparecieron repentinamente un crecien¬ te número de personas y de pueblos cuyos derechos elementales se hallaban tan escasamente salvaguardados por el funcionamiento ordinario de ios estados-nación en el centro de Europa como lo habrían sido en el corazón de África. Los derechos del hombre, después de todo, habían sido definidos como «inalienables» porque se suponía que eran independientes de todos los gobiernos; pero resultó que, en el momento en que los seres humanos carecían de su propio gobierno y tenían que recurrir a sus mínimos dere¬ chos, no quedaba ninguna autoridad para protegerles ni ninguna institu¬ ción que deseara garantizarlos, O cuando, como en el caso de las minorías, un organismo internacional se arrogaba una autoridad no gubernamental, su fracaso era evidente aun antes de que se hubieran llevado a cabo total¬ mente sus medidas. No sólo los gobiernos se mostraban opuestos más o me¬ nos abiertamente a esta usurpación de su soberanía, sino que las mismas nacionalidades implicadas no reconocían una garantía no nacional, descon¬ fiaban de todo lo que no fuera un claro apoyo a sus derechos «nacionales» (en oposición a sus simples derechos «lingüísticos, religiosos y étnicos») y preferían o bien, como los alemanes y los húngaros, buscar la protección de la madre patria «nacional», o, como los judíos, algún tipo de solidaridad interritórial*7.
Los apatridas estaban tan convencidos como las minorías de que la pérdi¬ da de los derechos nacionales se identificaba con la pérdida de los derechos74
47 Patéticos ejemplos de esta confianza exclusiva en los derechos nacionales fueron el consentimien¬ to, antes de la Segunda Guerra Mundial, de casi el 75 por ciento de la minoría alemana en el Tiro! italiano para dejar sus hogares y reinstalarse en Alemania, la repatriación voluntaria de un enclave alemán en Eslovenia que allí existió desde el siglo XiV e, inmediatamente después del final de la gue¬ rra, la unánime negativa de los refugiados judíos de un campo de personas desplazadas en Italia a aceptar la oferta de naturalización en masa formulada por el gobierno italiano. Frente a la experien¬ cia de los pueblos europeos entre las dos guerras mundiales, constituiría un grave error interpretar esta conducta simplemente como otro ejemplo deí sentimiento nacionalista fanático; esas personas ya no se sentían seguras de sus derechos elementales si no estaban protegidas por un gobierno al que pertenecían por su nacimiento. Véase Eugene M. Kulisher, op. tit.
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humanos y de que aquéllos inevitablemente abarcaban éstos. Cuanto más eran excluidos deí derecho en cualquier forma, más tendían a buscar una reintegra¬ ción en lo nacional, en su propia comunidad nacional. Los refugiados frieron sólo ios primeros en insistir en su nacionalidad y en defenderse contra los intentos de unirles con otros apátridas. Desde entonces ni un solo grupo de refugiados o de personas desplazadas ha dejado jamás de desarrollar una furio¬ sa y violenta conciencia de grupo y de clamar por sus derechos como — y sólo como— polacos, o judíos, o alemanes, etc.
Aún peor fue el hecho de que todas las sociedades constituidas para la pro¬ tección de los derechos del hombre, todos los intentos para llegar a una nue¬ va Carta de los derechos humanos, estuvieran patrocinados por figuras margi¬ nales, por unos pocos juristas internacionales sin experiencia política o por filántropos profesionales apoyados por inciertos sentimientos de idealistas pro¬ fesionales. Los grupos que constituyeron, las declaraciones que formularon, mostraban una incómoda semejanza en su lenguaje y composición con las sociedades para la prevención de la crueldad con los animales. Ningún político, ninguna figura política de importancia podía posiblemente tomarles en serio; y ninguno de los partidos radicales o liberales de Europa consideró necesario incorporar a su programa ninguna nueva declaración de ios derechos humanos. Ni antes ni después de la Segunda Guerra Mundial invocaron las mismas vícti¬ mas estos derechos fundamentales, que de forma tan evidente les eran negados, en sus muchos intentos de hallar una salida al laberinto de alambradas al que íes habían empujado los acontecimientos. Al contrario, las víctimas compar¬ tían el desdén y la indiferencia de las potencias ante cualquier intento de las sociedades marginales por exigir una aplicación de los derechos humanos en un sentido elemental o general.
El fracaso de todas las personas responsables en hacer frente a la calami¬ dad de un cuerpo siempre creciente de personas forzadas a vivir al margen del alcance de cualquier ley tangible con la proclamación de una nueva Carta de derechos no fue ciertamente debido a la mala voluntad. Jamás habían sido antes tema político práctico los derechos del hombre, solemnemente procla¬ mados por las revoluciones francesa y americana como nuevo fundamento de las sociedades civilizadas. Durante el siglo XIX estos derechos fueron invoca¬ dos de una forma más bien superficial para defender a los individuos contra el creciente poder del estado y para mitigar la nueva inseguridad social provo¬ cada por la revolución industrial. Entonces el significado de los derechos humanos adquirió una nueva connotación: se convirtieron en el esíogan habitual de los protectores de los menos privilegiados, en un tipo de ley adi¬ cional, en un derecho de excepción para aquellos que no tenían nada mejor a lo que recurrir.
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La razón de que el concepto de los derechos humanos fuera tratado como una especie de hijastro por el pensamiento político del siglo XIX y de que nin¬ gún partido liberal o radical del siglo XX, incluso cuando surgió una urgente necesidad de exigir la aplicación de los derechos humanos, considerara con¬ veniente incluirlos en su programa parece obvia: se suponía que los derechos civiles — es decir, los derechos de los ciudadanos en diferentes países— en¬ carnaban y daban expresión en forma de leyes tangibles a los eternos dere¬ chos del hombre, que por sí mismos eran considerados independientes de la ciudadanía y de la nacionalidad. Todos los seres humanos eran ciudadanos de algún tipo de comunidad política; si las leyes de su país no atendían a las exigencias de los derechos del hombre, se esperaba que fueran cambiadas por la legislación en los países democráticos o mediante la acción revolucio¬ naría en los despóticos.
Los derechos del hombre, supuestamente inalienables, demostraron ser inaplicables — incluso en países cuyas Constituciones estaban basadas en ellos— allí donde había personas que no parecían ser ciudadanas de un estado soberano. A este hecho, suficientemente preocupante en sí mismo, debe añadirse la confusión creada por los muchos intentos recientes para elaborar una nueva Carta de los derechos humanos, intentos que han demostrado que nadie parece ser capaz de definir con alguna seguridad cómo son tales derechos, diferenciados de los derechos del ciudadano. Aunque todo el mundo parece dispuesto a aceptar que la condición de es¬ tas personas consiste precisamente en su pérdida de los derechos del hom ¬ bre, nadie parece saber qué derechos han perdido cuando pierden esos derechos humanos.
La primera pérdida que sufrieron los privados de derechos fue la de sus hogares; esto significaba la pérdida de todo el entramado social en el que habían nacido y en el que habían establecido para sí mismos un lugar dife¬ renciado en el mundo. Esta calamidad distaba de carecer de precedentes; en la larga memoria de la historia, las migraciones forzadas de individuos o de grupos de personas, por razones políticas o económicas, parecen sucesos cotidianos. Lo que carece de precedentes no es la pérdida de un hogar, sino la imposibilidad de hallar uno nuevo. Repentinamente ya no había un lu¬ gar en la tierra al que pudieran ir los emigrantes sin encontrar las más seve¬ ras restricciones, ningún país al que pudieran asimilarse, ningún territorio en el que pudieran hallar una nueva comunidad propia. Esto, además, no tenía nada que ver con ningún problema material de superpoblación. Era un problema, no de espacio, sino de organización política. Nadie había sido consciente de que la humanidad, considerada por tanto tiempo bajo la imagen de una familia de naciones, había alcanzado una fase en la que
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todo eí que era arrojado de una de estas comunidades cerradas y estrecha¬ mente organizadas se hallaba aí mismo tiempo arrojado de la familia de naciones118.
La segunda pérdida que sufrieron los privados de derechos fue la pérdida de la protección del gobierno, y esto no implicaba solamente la pérdida del estatus legal en su propio país, sino en todos. Los tratados de reciprocidad y los acuerdos internacionales habían tejido una red en torno de la tierra que permitía al ciudadano de cada país llevar su estatus legal a cualquier parte (así, por ejemplo, un ciudadano alemán, bajo el régimen nazi, podía no ser capaz de contraer un matrimonio mixto en el extranjero, en razón de las Le¬ yes de Nuremberg). Sin embargo, cualquiera que no se viera comprendido en esa red se hallaba aí mismo tiempo fuera de la legalidad (así, durante la últi¬ ma guerra, los apatridas estuvieron invariablemente en peor posición que los extranjeros enemigos que todavía seguían indirectamente protegidos por sus gobiernos a través de los acuerdos internacionales).
En sí misma, la pérdida de la protección del gobierno tiene tantos pre¬ cedentes como la pérdida del hogar. Los países civilizados ofrecían el dere¬ cho de asilo a aquellos que, por razones políticas, habían sido perseguidos por sus gobiernos, y esta práctica, aunque nunca oficialmente incorporada a Constitución alguna, había funcionado bastante bien a través del siglo XíX e incluso en el XX, Eí mal surgió cuando se vio que las nuevas categorías de perseguidos eran demasiado numerosas para que se íes atendiera mediante una práctica no oficial destinada a casos excepcionales. Además, la mayoría difícilmente podía tener derecho al asilo, que implícitamente presuponía convicciones políticas o religiosas que no estuvieran fuera de la ley en el país de refugio. Los nuevos refugiados eran perseguidos no por lo que habían hecho o pensado, sino por lo que eran de forma inmutable: nacidos dentro del tipo inadecuado de raza o del tipo inadecuado de clase o alistados por el tipo inadecuado de gobierno, como en el caso del ejérci¬ to republicano español49.
ís Las escasas posibilidades de reintegración abiertas a los nuevos emigrantes se hallaban principal¬ mente basadas en su nacionalidad: los refugiados españoles, por ejemplo, fueron bien acogidos hasta cierto grado en México. A comienzos de la década de los veinte, los Estados Unidos adoptaron un sistema de cuotas según eí cual cada nacionalidad ya representada en el país recibía, por así decirlo, el derecho a acoger a cierto número de antiguos compatriotas en proporción a su volumen numéri¬ co dentro de la población total,
Durante la última guerra se vio muy bien cuán peligroso puede significar el ser inocente desde el punto de vista del gobierno perseguidor cuando el gobierno estadounidense ofreció asilo a todos aquellos refugiados alemanes amenazados con la extradición por el armisticio germano-francés. La condición era, desde luego, que el solicitante pudiera demostrar haber hecho algo contra el régimen nazi. La proporción de refugiados de Alemania que pudieron cumplir esta condición fue muy pequeña, y resulta curioso que no fuesen quienes se hallaban en más grave peligro.
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Cuanto más aumentaba el número de los privados de derechos, más ten¬ tador era conceder menos atención a los hechos de los gobiernos perseguido¬ res que al estatus de los perseguidos. Y el primer hecho evidente fue que estas personas, aunque perseguidas bajo algún pretexto político, ya no eran, como habían sido los perseguidos a lo largo de la historia, un compromiso y una imagen vergonzosa para los perseguidores; el hecho de que no fueran consi¬ derados y de que difícilmente pretendieran ser enemigos activos (los pocos millares de ciudadanos soviéticos que voluntariamente abandonaron la Rusia soviética tras la Segunda Guerra Mundial y hallaron asilo en los países demo¬ cráticos dañaron más al prestigio de la Unión Soviética que los millones de refugiados de la década de los veinte, que pertenecían a la ciase inadecuada), sino que eran y parecían ser nada más que seres humanos cuya misma ino¬ cencia — desde cualquier punto de vísta y especialmente desde el del gobier¬ no perseguidor— era su mayor desgracia. La inocencia, en el sentido de com ¬ pleta falta de responsabilidad, era la marca de su estado de privación de dere¬ chos, tanto como la sanción de la pérdida de su estatus político.
Sólo en apariencia por eso afectaba al destino del auténtico refugiado político la necesidad de un reforzamiento de los derechos humanos. Los refu¬ giados políticos, necesariamente pocos en número, todavía disfrutan del derecho de asilo en muchos países, y este derecho actúa, de una forma irregu¬ lar, como sustitutivo genuino de la ley nacional.
Uno de los sorprendentes aspectos de nuestra experiencia con los apátri-das que sé benefician legalmente de la realización de un delito ha sido el he¬ cho de que parezca más fácil privar de la legalidad a una persona completa¬ mente inocente que a alguien que haya cometido un delito. La famosa frase de Anatole France: «Si me acusan de robar las torres de Notre Dame, sólo me resta huir del país», ha asumido una horrible realidad. Los juristas están tan acostumbrados a pensar en la ley en términos de castigo, que nos priva, des¬ de luego, siempre, de ciertos derechos, que íes puede resultar aún más difícil que al profano reconocer que la privación de la legalidad, es decir, de todos los derechos, ya no tiene relación alguna con delitos específicos.
Esta situación ilustra las numerosas perplejidades inherentes al concepto de los derechos humanos. Sea como fuere su definición (vida, libertad y búsqueda de la felicidad, según la fórmula americana, o igualdad ante la ley, libertad, pro¬ tección para la propiedad y soberanía nacional, según la francesa); sea cual sea la manera en que se intente mejorar una ambigua formulación como la búsqueda de la felicidad o una anticuada como el limitado derecho a la propiedad, la situa¬ ción real de aquellos a quienes el siglo XX empujó fuera del redil de la ley muestra que éstos son derechos del ciudadano cuya pérdida no acarrea un estado de abso¬ luta existencia fuera de la ley. El soldado, durante la guerra, se ve privado del
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derecho a la vida; el delincuente, de su derecho a la libertad; todos los ciudada¬ nos, durante una emergencia, de su derecho a la búsqueda de la felicidad; pero nadie afirmaría que en cualquiera de estos casos ha tenido lugar una pérdida de los derechos humanos. Estos derechos, por otra parte, pueden ser garantizados (aunque difícilmente disfrutados) incluso bajo las condiciones de una ilegalidad fundamental.
La calamidad de los privados de derechos no estriba en que carezcan de la vida, de la libertad y de la búsqueda de la felicidad, o de la igualdad ante la ley y de la libertad de opinión — fórmulas que fueron concebidas para resolver problemas dentro de comunidades dadas— , sino en que ya no per¬ tenecen a comunidad alguna. Su condición no es la de no ser iguales ante la ley, sino la de que no existe ley alguna para ellos. No es que estén oprimi¬ dos, sino que nadie desea siquiera oprimirles. Sólo en la última fase de un proceso más bien largo queda amenazado su derecho a la vida; sólo si son perfectamente «superfinos», sí no hay nadie que los «reclame», pueden hallarse sus vidas en peligro. Incluso los nazis comenzaron su exterminio de los judíos privándoles de todo estatus legal (el estatus de ciudadanía de segunda cíase) y aislándoles del mundo de los vivos mediante su hacina¬ miento en guetos y en campos de concentración; y antes de enviarles a las cámaras de gas habían tanteado cuidadosamente el terreno y descubierto con agrado que ningún país reclamaría a estas personas. El hecho es que antes de que se amenazara el derecho a la vida se había creado una condi¬ ción de completa ilegalidad.
Lo mismo es cierto hasta un grado irónico respecto del derecho a la libertad que a veces es considerado como la verdadera esencia de los derechos humanos. No se trata aquí de que los que se encuentren fuera de la ley puedan tener más libertad de movimientos que un delincuente legalmente encarcelado o de que disfruten de mayor libertad de opinión en los campos de internamiento que la que tendrían en cualquier despotismo corriente, por no decir en un país totali¬ tario50. Pero ni la seguridad física — ser alimentados por algún organismo benéfico estatal o privado— ni la libertad de opinión alteran en lo más míni¬ mo su situación fundamental de carencia de derechos. La prolongación de sus vidas es debida a la caridad y no al derecho, porque no existe ley alguna que pueda obligar a las naciones a alimentarles; su libertad de movimientos,
Incluso bajo las condiciones del terror totalitario, los campos de concentración han sido a veces el único lugar en el que han seguido existiendo vestigios de libertad de pensamiento y de discusión. Véase Les Jotirs de notre mort, de David Rousset, París, 1947,passhn, por lo que se refiere a la libertad de discusión en Buchenwald, y The Russian Enigma, de Antón Ciliga, Londres, 1940, p. 200, respec¬ to de las «islas de libertad» y «la libertad de la mente» que existían en algunos de los lugares sovié¬ ticos de internamiento.
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si la tienen, no les da e! derecho de residencia, del que disfruta corrientemen¬ te incluso el delincuente encarcelado; y su libertad de opinión es la libertad del Joco, porque nada de lo que piense puede importar a nadie.
Estos últimos puntos son cruciales. La privación fundamental de los derechos humanos se manifiesta primero y sobre todo en la privación de un lugar en el mundo que haga significativas las opiniones y efectivas las accio¬ nes. Algo mucho más fundamental que la libertad y la justicia, que son dere¬ chos de los ciudadanos, se halla en juego cuando la pertenencia a la comuni¬ dad en la que uno ha nacido ya no es algo que se da por hecho y la no perte¬ nencia deja de ser una cuestión voluntaria, o cuando uno es colocado en una situación en la que, a menos que cometa un delito, el trato que reciba de los otros no depende de lo que haga o de lo que no haga. Este estado extremo, y nada más, es la situación de las personas privadas de derechos humanos. Se hallan privados no del derecho a la libertad, sino del derecho a la acción; no del derecho a pensar lo que les plazca, sino del derecho a la opinión. Los pri¬ vilegios en algunos casos, las injusticias en la mayoría, los acontecimientos favorables y desfavorables les sobrevienen como accidentes y sin ninguna relación con lo que hagan, hicieron o puedan hacer.
Llegamos a ser conscientes de la existencia de un derecho a tener dere¬ chos (y esto significa vivir dentro de un marco donde uno es juzgado por las acciones y las opiniones propias) y de un derecho a pertenecer a algún tipo de comunidad organizada, sólo cuando aparecieron millones de personas que habían perdido y que no podían recobrar estos derechos por obra de la nue¬ va situación política global. Lo malo es que esta calamidad surgió no de una falta de civilización, del atraso o de la simple tiranía, sino, al contrario, de que no pudo ser reparada porque ya no existía ningún lugar «incivilizado» en la tierra, porque, tanto si nos gusta como si no, hemos empezado a vivir real¬ mente en Un Mundo. Sólo en una humanidad completamente organizada podía llegar a identificarse la pérdida del hogar y del estatus político con la expulsión de la humanidad.
Antes de esto, lo que llamamos hoy un «derecho humano» habría sido considerado como una característica general de la condición humana que ningún tirano podía arrebatar. Su pérdida significa la pérdida de la relevancia de la palabra (y el hombre, desde Aristóteles, ha sido definido como un ser que domina el poder de la palabra y del pensamiento) y la pérdida de toda relación humana (y el hombre, también desde ía época de Aristóteles, ha sido considerado como el «animal político», el que por definición vive en una comunidad), la pérdida, en otras palabras, de algunas de las más esenciales características de la vida humana. Ésta era, hasta cierto punto, la condición de los esclavos, a quienes por eso Aristóteles no incluyó entre los seres huma¬
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nos. La ofensa fundamental de la esclavitud contra los derechos humanos no estribaba en que significara una privación de la libertad (que puede suceder en muchas otras ocasiones), sino en que excluyera a una cierta categoría de personas incluso de la posibilidad de luchar por la libertad — una lucha posi¬ ble bajo la tiranía e incluso bajo las desesperadas condiciones de! terror moderno (pero no bajo las condiciones de la vida del campo de concentra¬ ción). El crimen de la esclavitud contra ia humanidad no comenzó cuando un pueblo derrotó y esclavizó a sus enemigos (aunque, desde luego, esto ya era suficientemente malo), sino cuando la esclavitud se convirtió en una ins¬ titución en la que algunos hombres «nacían» libres y otros «nacían» esclavos, cuando se olvidaba que era el hombre quien había privado a sus semejantes de la libertad y cuando la justificación de este crimen era atribuida a la natu¬ raleza. Sin embargo, a la luz de los recientes acontecimientos, es posible decir que incluso los esclavos todavía pertenecían a algún tipo de comunidad humana; su trabajo era necesitado, utilizado y explotado, y esto les mantenía dentro de la humanidad. Ser un esclavo significaba, después de todo, poseer un carácter distintivo, un lugar en la sociedad — más que la abstracta desnu¬ dez de ser humano y nada más que humano. La calamidad que ha sobreveni¬ do a un creciente número de personas no ha consistido entonces en la pérdi¬ da de derechos específicos, sino en la pérdida de una comunidad que quiera y pueda garantizar cualesquiera derechos. El hombre, así, puede perder todos ios llamados derechos del hombre sin perder su cualidad esencial como hom¬ bre, su dignidad humana. Sólo la pérdida de la comunidad misma le arroja fuera de la humanidad.
El derecho que corresponde a esta pérdida, y que no fue siquiera mencio¬ nado nunca entre los derechos humanos, no pudo ser expresado entre las categorías del siglo xvill porque éstas suponen que los derechos proceden directamente de la «naturaleza» del hombre —y por ello apenas importa si la naturaleza es concebida en términos de ley natural o en términos de un ser criado a la imagen de Dios, si concierne a los derechos «naturales» o a los mandamientos divinos. El factor decisivo es que estos derechos y la dignidad humana que confieren tendrían que seguir siendo válidos aunque sólo exis¬ tiera un ser humano en la tierra; son independientes de la pluralidad huma¬ na y han de seguir siendo válidos aunque el correspondiente ser humano sea expulsado de la comunidad humana.
Cuando fueron proclamados por vez primera, los derechos del hombre eran considerados independientes de la historia y de los privilegios que la historia había conferido a ciertos estratos de la sociedad. La nueva indepen¬ dencia constituyó la recientemente descubierta dignidad del hombre. Desde el comienzo, esta nueva dignidad fue de una naturaleza más bien ambigua.
IMPERIALISMO
Los derechos históricos fueron reemplazados por los derechos naturales, la «naturaleza» ocupó el lugar de la historia y se supuso tácitamente que la natu¬ raleza resultaba menos extraña que la historia a la esencia del hombre. El mis¬ mo lenguaje de la Declaración de Independencia, al igual que el de la Décla-radon des Droits de 1‘Homme — «inalienables», «otorgados por su nacimien¬ to», «verdades evidentes por sí mismas»— , implica la creencia en un tipo de «naturaleza» humana que estaría sujeta a las mismas leyes de crecimiento que las del individuo y de la que podrían deducirse derechos y leyes. Hoy estamos quizá mejor cualificados para juzgar exactamente lo que vale esta naturaleza «humana»; en cualquier caso, nos ha mostrado potencialidades que no eran conocidas, ni siquiera sospechadas, por la filosofía y la religión occidentales, que durante más de tres mil años definieron y redefinieron esta «naturaleza». Pero no es solamente el aspecto humano de esa naturaleza el que nos ha resultado discutible. Desde que el hombre aprendió a dominarla hasta tal punto que la destrucción de toda la vida orgánica de la tierra con instru¬ mentos fabricados por el hombre se ha tornado concebible y técnicamente posible, se ha alienado de la naturaleza. Desde que un más profundo cono¬ cimiento de los procesos naturales introdujo serias dudas acerca de la exis¬ tencia de leyes naturales, la misma naturaleza asumió un aspecto siniestro. ¿Cómo cabría deducir leyes y derechos de un universo que aparentemente no conoce ni una ni otra categoría?
El hombre del siglo XX llegó a emanciparse de la naturaleza de la misma forma que el hombre del siglo XVIII se emancipó de la historia. La historia y la naturaleza se han tornado igualmente extrañas a nosotros, principal¬ mente en el sentido de que la esencia del hombre ya no puede ser com ¬ prendida en términos de una u otra categoría. Por otra parte, la humani¬ dad, que en el siglo XVIII, en la terminología kantiana, no era más que una idea ordenadora, se ha convertido hoy en un hecho ineludible. Esta nueva situación, en la que la «humanidad» ha asumido efectivamente el papel atri¬ buido antaño a la naturaleza o a la historia, significa en este contexto que el derecho a tener derechos o el derecho de cada individuo a pertenecer a la humanidad tendría que ser garantizado por la misma humanidad. No es en absoluto seguro que ello pueda ser posible. Porque, contra los intentos humanitarios mejor intencionados de obtener de las organizaciones interna¬ cionales nuevas declaraciones de los derechos humanos, tendría que coña-prenderse que esta idea trasciende la esfera actual de la ley internacional que todavía opera en términos de acuerdos recíprocos y de tratados entre estados soberanos; y, por el momento, no existe una esfera que se halle por encima de las naciones. Además, este dilema no podría ser en manera alguna eliminado mediante el establecimiento de un «gobierno mundial». Semejante gobierno
LA DECADENCIA DEL ESTADO-NACIÓN Y EL FINAL DE LOS DERECHOS 423
se halla, desde luego, dentro del terreno de las posibilidades, pero cabe sospe¬ char que, en realidad, podría diferir considerablemente de la versión promo¬ vida por las organizaciones idealistas. Los crímenes contra los derechos humanos, que se han convertido en una especialidad de los regímenes totali¬ tarios, pueden ser siempre justificados por el pretexto de que lo justo equiva¬ le a ío bueno o útil para el conjunto diferenciado de sus partes. (El lema de Hit-ler de que «justo es lo que es bueno para el pueblo alemán» es sólo la fórmula vulgarizada de una concepción de la ley que puede encontrarse en todas partes y que en la práctica sólo será ineficaz mientras pervivan en las constituciones tra¬ diciones más antiguas.) Una concepción de la ley que identifique lo que es justo con la noción de lo que es útil — para el individuo, para la familia, para el pue¬ blo o para una mayoría— llega a ser inevitable una vez que pierden su autoridad los principios absolutos y trascendentes de la religión o de la ley de la naturaleza. Y este problema no queda en manera alguna resuelto aunque la unidad a la que se aplique «lo útil para» sea tan amplia como la misma humanidad. Porque resulta completamente concebible, y se halla incluso dentro del terreno de las posibilidades políticas prácticas, que un buen día una humanidad muy organi¬ zada y mecanizada llegue a la conclusión totalmente democrática — es decir, por una decisión mayoritaria— de que para la humanidad en conjunto sería mejor proceder a la liquidación de alguna de sus partes. Aquí, en el problema de la rea¬ lidad de hecho, nos enfrentamos con una de las más antiguas perplejidades de la filosofía política, que pudo permanecer inadvertida sólo mientras una teología cristiana estable proporcionó el marco de todos los problemas políticos y filosó¬ ficos pero que hace largo tiempo hizo decir a Platón: «No es el hombre, sino un dios, quien debe ser la medida de todas las cosas».
Estos hechos y reflexiones ofrecen lo que parece ser una irónica, amarga y tar¬ día confirmación de los famosos argumentos con los que Edmund Burke se opuso a la Declaración de los derechos del hombre. Parece remachar su afirmación de que los derechos humanos eran una «abstracción», de que resultaba mucho más práctico apoyarse en la «herencia vinculante» de los derechos que uno' transmite a sus propios hijos como la misma vida y recla¬ mar los derechos propios como «derechos de un inglés» más que como dere¬ chos inalienables del hombre51. Según Burke, ios derechos de que disfruta¬ mos proceden «de dentro de la nación», de forma tal que no se necesitan como fuente del derecho ni el derecho natural, ni los mandamientos divinos,
51■Edmund Burke, RefJectiom on theRevolution in France, 1790, editado por E, J. Payne, Everymans Library,
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ní ningún concepto de la humanidad, tai como el de la «raza humana» de Robespierre52.
La solidez pragmática del concepto de Burke parece hallarse más allá de toda duda a la luz de nuestras múltiples experiencias. Porque no sólo la pér¬ dida de los derechos nacionales entrañó en todos los casos la pérdida de los derechos humanos; la restauración de los derechos humanos, como lo prue¬ ba el reciente caso del estado de Israel, sólo ha sido lograda hasta ahora a tra¬ vés de la restauración o del establecimiento de los derechos nacionales. La concepción de los derechos humanos, basada en la supuesta existencia de un ser humano como tal, se quebró en el momento en que quienes afirmaban creer en ella se enfrentaron por vez primera con personas que habían perdido todas las demás cualidades y relaciones específicas — excepto las que seguían siendo humanas. El mundo no halló nada sagrado en la abstracta desnudez del ser humano. Y a la vista de las condiciones políticas objetivas es difícil señalar cómo podrían haber contribuido a hallar una solución al problema los conceptos del hombre en que se habían basado ios derechos humanos -—que está creado a la imagen de Dios (en la fórmula americana), o que es el representante de la humanidad, o que alberga dentro de sí mismo las sagradas exigencias del derecho natural (en la fórmula francesa).
Los supervivientes de los campos de exterminio, los encerrados en los cam¬ pos de concentración y de internamiento, e incluso los apatridas relativamente afortunados podrían ver sin los argumentos de Burke que la abstracta desnudez de ser nada más que humanos era su mayor peligro. Por obra de ello eran con¬ siderados como salvajes y, temerosos de acabar por ser considerados como bes¬ tias, insistieron en su nacionalidad, el último signo de su antigua ciudadanía, como el único vestigio de su relación con la humanidad. Su desconfianza hacia ios derechos naturales, su preferencia por los derechos nacionales, proceden precisamente de su comprensión de que los derechos naturales son concedidos incluso a los salvajes. Burke había temido ya que los derechos naturales «inalie¬ nables» confirmarían sólo el derecho del «salvaje desnudo»53 y por eso reduci¬ rían a las naciones civilizadas al estado de salvajismo. Porque únicamente los salvajes no tienen algo a lo que recurrir que no sea el hecho mínimo de su ori¬ gen humano, las personas se aferran aún más desesperadamente a su nacionali¬ dad cuando han perdido los derechos y la protección que tal nacionalidad íes daba. Sólo su pasado con su «herencia vinculante» parece confirmar el hecho de que todavía pertenecen al mundo civilizado.
Si un ser humano pierde su estatus político, según las implicaciones de los derechos innatos e inalienables del hombre, llegaría exactamente a la situación
52' Robespierre, Speeches, 1927. Discurso del 24 de abril de 1793.
53 Introducción de Payne a Burke, op. ck
LA DECADENCIA DELESTADO-NACIÓN Y EL FINAL DE LOS DERECHOS ^ 2 5
para la que están concebidas las declaraciones de semejantes derechos generales. En realidad, ocurre lo contrario. Parece como si un hombre que no es nada más que un hombre hubiera perdido las verdaderas cualidades que hacen posible a otras personas tratarle como a un semejante. Ésta es una de las razones por las que resulta mucho más difícil destruir la personalidad legal de un delincuente, la de un hombre que ha asumido la responsabilidad de un acto cuyas consecuen¬ cias determinan ahora su destino, que la de aquel a quien se le han denegado to¬ das las responsabilidades humanas comunes.
Por ello los argumentos de Burke cobran un significado añadido si exa¬ minamos únicamente la condición general humana de aquellos que han sido expulsados de todas las comunidades políticas. Al margen del trato que han recibido, con independencia de las libertades o de la opresión, de la justicia o de la injusticia, han perdido todas aquellas partes del mundo y todos aquellos aspectos de la existencia humana que son resultado de nuestro trabajo co¬ mún, producto del artificio humano. Si la tragedia de las tribus salvajes es que viven en una naturaleza inalterada que no pueden dominar, de cuya abundancia o frugalidad dependen para ganarse la vida, que viven y mueren sin dejar ningún rastro, sin haber contribuido en nada a un mundo común, entonces esas personas fuera de la ley resultan arrojadas a un estado de natu¬ raleza peculiar. Desde luego, no son bárbaros: algunos, además, pertenecen a los estratos más cultos de sus países respectivos; pero, en un mundo que ha liquidado casi por completo el salvajismo, aparecen como las primeras seña¬ les de una posible regresión de la civilización.
Cuanto más desarrollada está una civilización, más evolucionado el mundo que ha producido y más a gusto se sienten los hombres dentro del artificio humano, más hostiles se sentirán respecto de todo lo que no han producido, res¬ pecto de todo lo que simple y misteriosamente se les ha otorgado. El ser huma¬ no que ha perdido su lugar en una comunidad, su estatus político en la lucha de su época y la personalidad legal que hace de sus acciones y de parte de su desti¬ no un conjunto coherente queda abandonado con aquellas cualidades que nor¬ malmente sólo pueden destacar en ,1a esfera de la vida privada y que deben per¬ manecer indiferenciadas, simple existencia, en todas las cuestiones de carácter público. Esta simple existencia, es decir, todo lo que nos es misteriosamente otorgado por el nacimiento y que incluye la forma de nuestros cuerpos y el talento de nuestras mentes, sólo puede ser tratado adecuadamente a través de los imprevisibles azares de la amistad y de la simpatía, o de la enorme e incalculable gracia del amor, como dijo Agustín: Volo utsis («Quiero que seas»), sin ser capaz de dar una razón particular para semejante afirmación suprema e insuperable.
Desde los griegos sabemos que una vida política muy evolucionada alber¬ ga una enraizada suspicacia hacia esta esfera privada, una profunda hostilidad
IMPERIALISMO
hacía ei inquietante milagro contenido en el hecho de que cada uno de noso¬ tros esté hecho como es — singular, único, incambiable. Toda esta esfera de lo simplemente otorgado, relegada a la vida privada en la sociedad civili¬ zada, constituye una amenaza permanente a la esfera pública porque la esfera pública está tan consecuentemente basada en la ley de la igualdad como la esfera privada está basada en la ley de la diferencia y de la diferenciación uni¬ versales. La igualdad, en contraste con todo lo que está implicado en la sim¬ ple existencia, no nos es otorgada, sino que es el resultado de la organización humana, en tanto que resulta guiada por el principio de la justicia. No nace¬ mos iguales; llegamos a ser iguales como miembros de un grupo por la fuer¬ za de nuestra decisión de concedernos mutuamente derechos iguales.
Nuestra vida política descansa en la presunción de que podemos producir la igualdad a través de la organización, porque el hombre puede actuar en un mundo común, cambiarlo y construirlo, junto con sus iguales y sólo con sus iguales. El fondo oscuro de lo simplemente otorgado, el fondo constituido por nuestra naturaleza incambiable y única, penetra en la escena política como un extraño que en sus diferencias totalmente obvias nos recuerda las limitaciones de la igualdad humana. La razón por la que las comunidades políticas muy desarrolladas, tales como las antiguas ciudades-estados o ios modernos estados-nación, insistieron tan a menudo en la homogeneidad étnica era la de que esperaban eliminar en cuanto fuera posible aquellas diferencias y diferenciacio¬ nes naturales y omnipresentes que por sí mismas provocan un odio, una des¬ confianza y una discriminación latentes porque denotan demasiado claramen¬ te la existencia de aquellas esferas en las que los hombres no pueden actuar y que no pueden cambiar a voluntad, es decir, las limitaciones deí artificio huma¬ no. El «extranjero» es un símbolo pavoroso del hecho de la diferencia como tal, de la individualidad como tal, y denota aquellos terrenos que el hombre no puede cambiar y en los que no puede actuar y a los que, por eso, tiende clara¬ mente a destruir. Si un negro en una comunidad blanca es considerado nada más que un negro, pierde, junto con su derecho a la igualdad, esa libertad de acción que es específicamente humana; todas sus acciones son ahora explicadas como consecuencias «necesarias» de algunas cualidades «negras»; se ha conver¬ tido en un espécimen de una especie animal llamada hombre. En gran parte sucede lo mismo con aquellos que han perdido todas las cualidades políticas distintivas y se han convertido en seres humanos y en nada más que seres humanos. Es indudable que allí donde la vida pública y su ley de igualdad se imponen por completo, allí donde una civilización logra eliminar o reducir al mínimo el oscuro fondo de la diferencia, esa misma vida pública concluirá en una completa petrificación, será castigada, por así decirlo, por haber olvidado que el hombre es sólo el dueño y no el creador del mundo.
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El mayor peligro derivado de la existencia de personas obligadas a vivir al margen del mundo corriente es el de que, en medio de la civilización, son devueltas a lo que se les otorgó naturalmente, a su simple diferenciación. Carecen de esa tremenda igualación de diferencias que surge del hecho de ser ciudadanos de alguna comunidad y, como ya no se les permite tomar parte en el artificio humano, comienzan a pertenecer a la raza humana de la misma manera que los anímales pertenecen a una determinada especie animal. La paradoja que implica la pérdida de los derechos humanos es que semejante pérdida coincide con el instante en el que una persona se convierte en un ser humano en general — sin una profesión, sin una nacionalidad, sin una opi¬ nión, sin un hecho por el que identificarse y especificarse— y diferente en general, representando exclusivamente su propia individualidad absoluta¬ mente única, que, privada de expresión dentro de un mundo común y de ac¬ ción sobre éste, pierde todo su significado.
El peligro de la existencia de tales personas es doble: en primer lugar, y más obviamente, su número siempre creciente amenaza nuestra vida política, nuestro artificio humano, el mundo que es resultado de nuestro esfuerzo co¬ mún y coordinado, de la misma manera, o quizá aún más aterradoramente, que los elementos salvajes de la naturaleza amenazaron una vez la existencia de las ciudades y de los paisajes creados por el hombre. Ya no es probable que surja para cualquier civilización ese peligro mortal desde el exterior. La natu¬ raleza ha sido dominada y ya no hay bárbaros que amenacen con destruir lo que no pueden comprender, como los mongoles amenazaron a Europa durante siglos. Incluso la aparición de gobiernos totalitarios es un fenómeno interior, no exterior, a nuestra civilización. El peligro estriba en que una civi¬ lización global e interrelacionada umversalmente pueda producir bárbaros en su propio medio, obligando a millones de personas a llegar a condiciones que, a pesar de todas las apariencias, son las condiciones de los salvajes54.
Esta moderna expulsión de la humanidad tiene consecuencias mucho más radicales que la antigua costumbre medieval de ta proscripción. La proscripción, desde luego «eí más temido destino que po¬ día infligir la ley primitiva», colocando la vida de ía persona proscrita a merced de cualquiera con quien se topara, desapareció con el establecimiento de un sistema efectivo de aplicación de la ley y fue finalmente sustituido por los tratados de extradición entre las naciones. Fue primariamente un sucedáneo de una fuerza de policía, concebido para obligar a someterse a los delincuentes.
La Alta Edad Media pareció ser plenamente consciente del peligro implicado en la «muerte ci¬ vil». En el Bajo Imperio Romano la excomunión significaba la muerte eclesiástica, pero dejaba a una persona que había perdido su condición de miembro de la iglesia una completa libertad en todos los demás aspectos. La muerte eclesiástica y ía civil se tornaron idénticas sólo en la época merovíngia, y entonces la excomunión «en su práctica general [estuvo] reducida a una pérdida o suspensión tem¬ porales de los derechos de pertenencia, que podían ser recobrados». Véanse los artículos «Oudawry» y «Excommunication» de la Encychpedia ofSocial Sciences. Y también el articulo «Friedlosigkeit» en eí Scbweizcr Lexikon.
TERCERA PARTE
TOTALITARISMO
Los hom bres normales no saben que
todo es posible.
D AVID ROUSSET
CAPÍTULO 10
UNA SOCIEDAD SIN CLASES
1. Las masas
Nada resulta más característico de los movimientos totalitarios en general y de la calidad de la fama de sus dirigentes en particular que la sorprendente celeridad con la que son olvidados y la sorprendente facilidad con que pue¬ den ser reemplazados. Lo que Stalin logró laboriosamente después de mu¬ chos años y a través de ásperas luchas partidistas y de vastas concesiones al menos al nombre de su predecesor — principalmente, para autolegidmarse como heredero político de Lenin— los sucesores de Stalin procuraron lograr¬ lo sin concesiones al nombre de su predecesor, aunque Stalin había tenido treinta años para la tarea y pudo manejar un aparato propagandístico desco¬ nocido en tiempos de Lenin para inmortalizar su nombre. Lo mismo cabe decir de Hitler, que durante su vida ejerció una fascinación ante la que, según se dice, nadie se hallaba inmune1, y que tras su derrota y muerte ha quedado
1 El «hechizo mágico» que Hitler ejercía sobre quienes le escuchaban ha sido reconocido muchas ve¬ ces; entre otros, por los editores de las Hitlers Tischgespräche, Bonn, 1951 (Hitlers Tahle Talks, edi¬ ción americana, Nueva York, 1953; citas de la edición original alemana). Esta fascinación — «eí ex¬ traño magnetismo que irradiaba de Hitler de forma tan apremiante»— se apoyaba, desde luego, «en ía fe fanática de este hombre en sí mismo» (Introducción de Gerhard Ritter, p. 14), en sus pseudoau-
TOTALITARISMO
hoy tan profundamente olvidado que escasamente desempeña papel alguno entre los grupos neofascistas y neonazis de la Alemania de la posguerra. Esta falta de permanencia tiene, sín duda, algo que ver con la proverbial volubili¬ dad de las masas y de la fama que al respecto se le atribuye; pero muy proba¬ blemente puede remontarse a la obsesión con el movimiento perpetuo por parte de los movimientos totalitarios, según la cual sólo pueden hallarse en el poder mientras estén en marcha y pongan en movimiento todo lo que exista en torno a ellos. Por eso, en cierto sentido, esta misma falta de permanencia es un testimonio más bien halagador para los dirigentes muertos en cuanto que lograron contaminar a sus súbditos con el virus específicamente totalita¬ rio; si existe algo semejante a una personalidad o mentalidad totalitarias, esta extraordinaria adaptabilidad, esta ausencia de continuidad, son indudable¬ mente sus características relevantes. Por ello puede ser erróneo suponer que la inconstancia y el olvido de las masas significa que se hallan curadas de la ilu¬ sión totalitaria, ocasionalmente identificada con el culto a Hitler o a Stalin; lo cierto puede ser todo lo contrario.
Sería aún más erróneo olvidar, por obra de esta falta de permanencia, que los regímenes totalitarios, mientras se hallan en el poder, y los dirigentes to¬ talitarios, mientras se hallan con vida, «gobiernan y se afirman con el apoyo de las masas» hasta el final2. La elevación de Hitler al poder fue legal en tér-
torizados juicios sobre todo lo divino y ío humano y en eí hecho de que sus opiniones — tanto si se referían a íos efectos perjudiciales del hábito de fumar o a la política de Napoleón— siempre encaja' ban en una ideología que lo abarcaba todo.
La fascinación es un fenómeno social, y la fascinación que Hitler ejerció sobre su entorno tiene que ser comprendida atendiendo a quienes le rodeaban. La sociedad se muestra siempre inclinada a aceptar inmediatamente a una persona por ío que pretende ser, de forma tal que un chiflado que se haga pasar por genio tiene unas ciertas probabilidades de ser creído. En la sociedad moderna, con su característica falta de discernimiento, esta tendencia ha sido reforzada de manera que cualquiera que no sólo posea opiniones, sino que las presente en un tono de convicción inconmovible, no perderá fácilmente su prestigio aunque hayan sido muchas las veces en que se haya demostrado que estaba equivocado. Hitler, que conocía de primera mano el moderno caos de opiniones, descubrió que la inutilidad del examen de las diferentes opiniones y «el convencimiento... de que todo es un dispara-te» (p. 281) podían evitarse adhiriéndose a una de las muchas opiniones corrientes con «inquebran¬ table firmeza». Esta aterradora arbitrariedad de semejante fanatismo ejerce una gran fascinación en la sociedad, porque durante la duración de la reunión social se ve liberada del caos de opiniones que constantemente genera. Sin embargo, este «don» de la fascinación tenía solamente una importancia social; resulta destacado en las Tischgespräche, porque allí Hitler jugaba el juego de la sociedad y no estaba hablando a íos de su propia clase, sino a generales de la Wehrmacht, todos los cuales pertene¬ cían más o menos a la «sociedad». Creer que los éxitos de Hitler estuvieron basados en sus «poderes de fascinación» es totalmente erróneo; con esa cualidad solamente, jamás habría podido ser algo más que una figura destacada en íos salones.
Véanse las aclaradoras observaciones de Carbón J. H. Hayes en «The Novelty of Totalitarianism in the History of Western Civilización», en Symposium an the Totalitarian State, 1939. Actas de la «American Philosophical Society», Piladelfia, 1940, vol. LXXXII.
UNA SOCIEDAD SIN CLASES 433
minos de gobierno de la mayoríai*3, y ni él ni Stalin habrían podido mantener su dominio sobre tan enormes poblaciones, sobrevivido a tan numerosas cri¬ sis interiores y exteriores, y desafiado a los numerosos peligros de las impla¬ cables luchas partidistas, de no haber contado con la confianza de las masas. Ni los procesos de Moscú ní la liquidación de la facción de Rohm habrían sido posibles si esas masas no hubieran apoyado a StaÜn y a Hitler. La creen¬ cia generalizada de que Hitler era simplemente un agente de los empresarios alemanes y de que Stalin logró la victoria en la lucha sucesoria tras la muer¬ te de Lenin sólo medíante una siniestra conspiración son leyendas que pue¬ den ser refutadas por muchos hechos, pero sobre todo pór la indiscutible popularidad de los dirigentes4. Tampoco puede atribuirse su popularidad a la victoria de una propaganda dominante y mentirosa sobre la ignorancia y la estupidez. Porque la propaganda de los movimientos totalitarios que pre¬ cede y acompaña a los regímenes totalitarios es invariablemente tan franca como mendaz, y los futuros dirigentes totalitarios comienzan usualmente sus carreras jactándose de sus delitos pasados y perfilando sus delitos futuros. Los nazis «estaban convencidos de que en nuestro tiempo el hacer el mal po¬ see una morbosa fuerza de atracción»5. Las afirmaciones bolcheviques, den¬ tro y fuera de Rusia, de que no reconocen las normas morales ordinarias se han convertido en eje de la propaganda comunista, y la experiencia ha de¬ mostrado una y otra vez que el valor de la propaganda de hechos canallescos y el desprecio general por las normas morales es, independiente del simple interés propio, supuestamente el más poderoso factor psicológico en política.
No es nada nueva la atracción que para la mentalidad del populacho su¬ pone el mal y el delito. Ha sido siempre cierto que el populacho acogerá sa¬ tisfecho los «hechos de violencia con la siguiente observación admirativa: se¬
Ésta fite, desde luego, «la primera gran revolución de la historia realizada mediante la aplicación del código legal formal existente en el momento de la conquista del poder» (Hans Frank, Rechtund Verwaltung, 1939, p. 8).
4 El mejor estudio de Hitler y de su carrera es la nueva biografía de Hitler de Alan Buiíock, Hitler, A Study in Tyranny, Londres, 1952. Siguiendo la tradición inglesa de biografías políticas, hace un em¬ pleo meticuloso de todas las fuentes disponibles y proporciona una amplia imagen del trasfondo po¬ lítico contemporáneo. Esta obra ha eclipsado en sus detalles, aunque sigan siendo importantes para la interpretación general de los acontecimientos, los excelentes libros de Konrad Heiden, especial¬ mente Der Fuehrer: Hitlers Rite to Power. Por lo que se refiere a la carrera de Stalin, Stalin: A Critical Survey ofBohhevhm, de Boris Souvarine, Nueva York, 1939, sigue siendo un clásico. La obra de Isaac Deutscher, Stalin: A Polítical Bíograpby, Nueva York y Londres, 1939, es indispensable por su abun¬ dante material documental y su gran percepción acerca de las luchas internas del partido bolchevi¬ que; adolece de una interpretación en la que se compara a Stalin con Ctomwell, Napoleón y Robes-pierre.
3 Franz Borkenau, The Totalharian Enemy, Londres, 1940, p. 231.
TOTALITARISMO
rán malos, pero son muy listos»6. El factor inquietante en el éxito del totali¬ tarismo es más bien el verdadero altruismo de sus seguidores: puede ser com¬ prensible que un nazi o un bolchevique no se sientan flaquear en sus convic¬ ciones por los delitos contra las personas que no pertenecen al movimiento o que incluso sean hostiles a éste; pero el hecho sorprendente es que no es pro¬ bable que ni uno ni otro se conmuevan cuando el monstruo comienza a de¬ vorar a sus propios hijos y ni siquiera si ellos mismos se convierten en vícti¬ mas de la persecución, si son acusados y condenados, si son expulsados del partido o enviados a un campo de concentración. Al contrario, para sorpresa de todo el mundo civilizado, pueden incluso mostrarse dispuestos a colabo¬ rar con sus propios acusadores y a solicitar para ellos mismos la pena de muerte con tal de que no se vea afectado su estatus como miembros del mo¬ vimiento7. Sería ingenuo considerar como simple expresión de idealismo fer¬ viente esta tozudez de convicciones que supera todas las experiencias conoci¬ das y que cancela todo inmediato interés propio. El idealismo, loco o heroi¬ co, siempre procede de una decisión y de una convicción individuales y está sujeto a la experiencia y a los argumentos8.*El fanatismo de los movimientos totalitarios, al contrario de todas las formas de idealismo, se rompe en el mo¬ mento en que el movimiento deja a sus fanáticos seguidores en la estacada, matando en ellos cualquier convicción que quedara de que pudieran haber
6 Cita de ia edición alemana de «Los Protocolos de los Sabios de Sión», Die Zionisttschen Protokolle mit einem Vor- undNachworth von Theodor Fritsch, 1924, p. 29.
Ésta, en realidad, es una especialidad del totalitarismo de tipo ruso. Es interesante señalar que en el primer proceso de ingenieros extranjeros en la Unión Soviética fueron empleadas ya como argu¬ mento para la autoacusación las simpatías por el comunismo: «Durante todo el dempo las autorida¬ des insistieron en que confesara haber realizado actos de sabotaje que jamás perpetré. Me negué. Me dijeron: “Si usted está a favor del gobierno soviético, como pretende estarlo, demuéstrelo con sus ac¬ ciones; el gobierno necesita su confesión”». Información de Antón Ciliga, The Russian Enigma, Lon¬ dres, 1940, p. 153.
Trotsky dio una justificación teórica de esta conducta: «Sólo podemos tener razón con y por el partido, porque la historia no ha proporcionado otro medio. Los ingleses tienen un lema: “Con mi país, con razón o sin ella...11. Nosotros disponemos de una justificación histórica mucho mejor al de¬ cir que si algo es justo o injusto en ciertos casps concretos individuales, es el partido quien es justo o injusto» (Souvaríne, op, cit„ p. 361).
Por otra parte, los oficiales del Ejército Rojo que no pertenecían al movimiento tenían que ser juzgados a puerta cerrada.
3 El autor nazi Andreas Pfenning rechaza explícitamente la noción de que las SA estaban luchando por un «ideal» o la de que se sentían impulsadas por una «experiencia idealista». Su «experiencia bᬠsica nació en el curso de la lucha»: «Gemeinschaft und Staatwissenschaft», en Zettschrifi fiir die ge-samte Staatnvtssenschaft, tomo 96, cita de Ernst Fraertkel, The Dual State, Nueva York y Londres, 1941, p. 192. De la amplía literatura en forma de folletos editados por el centro principal de adoc¬ trinamiento (Hauptamt-Schulungsamt) de las SS, se deduce enteramente que la palabra «idealismo» había sido cuidadosamente evitada. No se exigía de los miembros de las SS idealismo alguno, sino «la profunda consistencia lógica en todas las cuestiones ideológicas y la implacable prosecución de la lu¬ cha política» (Werner Best, Die deutsehe Polizei, 1941, p. 99).
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sobrevivido al colapso del mismo movimiento9. Pero dentro de i marco orga¬ nizador del movimiento, mientras éste se mantenga unido, los miembros fa¬ natizados no pueden ser influidos por ninguna experiencia ni por ningún ar¬ gumento; la identificación con el movimiento y el conformismo total pare¬ cen haber destruido la misma capacidad para la experiencia, aunque ésta resulte tan extremada como la tortura o el temor a la muerte.
Los movimientos totalitarios pretenden organizar a las masas, no a las clases, como los antiguos partidos de intereses de las naciones-estados conti¬ nentales; no a los ciudadanos con opiniones acerca del gobierno de los asun¬ tos públicos y con intereses en éstos, como los partidos de los países anglosa¬ jones. Mientras que todos los grupos políticos dependen de una fuerza pro¬ porcionada, los movimientos totalitarios dependen de la pura fuerza del número, hasta tal punto que los regímenes totalitarios parecen imposibles, in¬ cluso bajo circunstancias por lo demás favorables, en países con poblaciones relativamente pequeñas10. Después de la Primera Guerra Mundial barrió Eu¬ ropa una ola intensamente antidemocrática y prodictatorial de movimientos semitotalitarios y totalitarios; los movimientos fascistas se extendieron desde Italia hasta casi todos los países de la Europa central y oriental (la parte checa de Checoslovaquia fue una de las excepciones notables); sin embargo, inclu¬ so Mussoíini, que tan orgulloso se mostraba del término «estado totalitario», no intentó establecer un completo régimen totalitario11, y se contentó con una dictadura y un régimen unipartidistas. Dictaduras similares no totalita-
9 A este respecto la Alemania de la posguerra ofrece muy luminosos ejemplos. Fue ya bastante sor¬ prendente que las tropas americanas negras en manera alguna obtuvieran una acogida hostil, a pe¬ sar del masivo adoctrinamiento racial emprendido por los nazis, Pero igualmente sorprendente fue «el hecho de que en los últimos días de la resistencia alemana contra los aliados las Wajfen-SS no lucharan “hasta el último hombre’’» y que esta unidad especial de combate, «tras los enormes sacri¬ ficios de los años precedentes, que superaron con creces las pérdidas proporcionales de la Wehr-macbt, en las últimas semanas actuara como cualquier otra unidad constituida por paisanos y se re¬ signara a la desesperanza de la situación» (Karl O, Paetel, «Díe SS», en Vierteljahreshefiefiir Zeitges-cbkbte, enero de 1954).
Los gobiernos de Europa oriental bajo dominio de Moscú operan en favor de Moscú y actúan como agentes de la Komintern; constituyen ejemplos de la difusión del movimiento totalitario diri¬ gido por Moscú, no de evoluciones nativas. La única excepción parece ser la de Tito, de Yugoslavia, que puede que rompiera con Moscú porque comprendió que los métodos totalitarios de inspiración rusa le costarían un gran porcentaje de la población yugoslava.
11 Prueba de la naturaleza no totalitaria de la dictadura fascista es el número sorprendentemente pe¬ queño y las sentencias relativamente suaves impuestas a los acusados de delitos políticos. Durante la etapa particularmente activa de 1926 a 1932, los tribunales especiales para delitos políticos impusie¬ ron siete penas de muerte, 257 sentencias a diez o más años de cárcel, 1,360 de menos de diez años y sentenciaron a muchos más al exilio. Además, fueron detenidos y declarados inocentes unos 12.000, procedimiento completamente inconcebible bajo las condiciones del terror nazi o del bol¬ chevique. Véase la obra de E. Kohn-Bramstedt, Dictatorsbips and Politkal Pólice: The Techñique of Control by Fear, Londres, 1945, pp. 51 yss.
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rías surgieron en la Rumania de la preguerra, en Polonia, los estados bálti¬ cos, Hungría, Portugal y la España de Franco. Los nazis, que poseían un in¬ falible instinto para advertir semejantes diferencias, acostumbraban a co¬ mentar desdeñosamente las imperfecciones de sus aliados fascistas, mien¬ tras que su genuína admiración por el régimen bolchevique de Rusia (y el partido comunista en Alemania) sólo era igualado por su desprecio a las ra¬ zas de Europa oriental12. El único hombre por quien Hitler sentía un «ab¬ soluto respeto» era «StaÜn, el genio»13, y aunque en el caso de Stalin y del
Los teóricos de Ja política nazi declararon siempre con énfasis que el «“estado ético” de Mussolini y el “estado ideológico” de Hitler (Weltanschauungstaat) no pueden ser mencionados conjuntamen¬ te» (Gottfried Neese, «Die verfassungsrechtliche Gestaltung der Einpartei», en Zeitschrift jur diege-samte Staatwissenschaft, 1938, tomo 98).
Goebbels, sobre ¡a diferencia entre el fascismo y el nacionalsocialismo: «[El fascismo] no es... en absoluto como el nacionalsocialismo. Mientras que éste penetra hasta las raíces, el fascismo es sólo algo superficial» (The Goebbels Diaries 1942-1943, ed. por Louis Loechner, Nueva York, 1948, p. 71). «[El Duce] no es un revolucionario como el Führer o como Stalin. Se halla tan ligado a su pro¬ pio pueblo italiano que carece de las amplias cualidades del revolucionario y agitador de alcance mundial» (ibfd., p. 468).
Himmler expresó la misma opinión en un discurso pronunciado en 1945 en una reunión de je¬ fes militares: «El fascismo y el nacionalsocialismo son dos cosas fundamentalmente diferentes...; no existe en absoluto comparación posible entre el fascismo y el nacionalsocialismo como movimientos espirituales e ideológicos». Véase Kohn-Bramstedt, op, cit., apéndice A.
En los primeros años de la década de los veinte, Hitler reconoció la afinidad entre los movi¬ mientos nazi y comunista: «En nuestro movimiento se unen los dos extremos: los comunistas de la izquierda y los oficiales y los estudiantes de la derecha. Estos dos han sido siempre los elementos más activos... Los comunistas eran los idealistas del socialismo...». Véase Heiden, op. dt„ p. 147. Rohm, el jefe de las SA, sólo repetía una opinión corriente cuando afirmó al final de la década de los veinte: «Hay muchas cosas en común entre nosotros y los comunistas, pero nosotros respetamos la sinceri¬ dad de su convicción y su voluntad de sacrificarse por su propia causa, y esto nos une con ellos» (Ernst Rohm, Die Geschichte eines Hochverräters, 1933, edición popular, p. 273).
Durante la última guerra los nazis se mostraron más dispuestos a reconocer como sus iguales a los rusos que a cualquier otra nación. Hitler, en mayo de 1943 y ante una reunión de Reichsleiter y Gauleiter, «comenzó con el hecho de que en esta guerra se están enfrentando entre sí la burguesía y los estados revolucionarios. Nos ha resultado fácil derribar a los estados burgueses porque eran com¬ pletamente inferiores a nosotros en su preparación y en su actitud. Los países con una ideología son superiores a los estados burgueses...
[En el este] nos enfrentamos con un adversario al que también alienta una ideología, aunque sea equivocada...» (Goebbels Diaries, p. 355). Esta estimación se hallaba basada en consideraciones no militares, sino ideológicas. Gottfried Neese, Partei und Staat, 1936, dio la versión oficial de la lucha de los movimientos por el poder cuando escribió: «Para nosotros el frente unido del sistema se ex¬ tiende desde el Partido Popular Nacional Alemán (es decir, la extrema derecha) hasta los socialde-mócratas. El partido comunista era un enemigo fuera del sistema. Por eso, durante los primeros me¬ ses de 1933, cuando el destino del sistema estaba ya sellado, todavía nos quedaba por librar una ba¬ talla decisiva contra el partido comunista» (p. 76).
B Hitlers Tischgespräche, p. 113. Allí encontramos también numerosos ejemplos que atestiguan, contra ciertas leyendas de la posguerra, que Hítler nunca trató de defender a «Occidente» del bol¬ chevismo, sino que siempre estuvo dispuesto a unirse a «los rojos» para la destrucción de Occi¬ dente, incluso en plena lucha contra la Rusia soviética. Véanse especialmente pp. 95, 108, 113 y ss., 158 y 385.
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régimen ruso no poseemos (y presumiblemente jamás poseeremos) el rico material documental de que disponemos en el caso de Alemania, sabemos, sin embargo, desde el discurso de Jruschov ante el XX Congreso del Parti¬ do, que Staíin confiaba únicamente en un hombre y que este hombre era Hitler14.
El hecho es que en todos estos pequeños países europeos las dictaduras no totalitarias fueron precedidas por movimientos totalitarios, de forma tal que pareció como si el totalitarismo hiera un objetivo demasiado ambicioso que, aunque había servido bastante bien para organizar las masas hasta que el movimiento se apoderara del poder, el tamaño absoluto del país había forza¬ do al posible jefe totalitario de las masas a marcos más familiares de dictadu¬ ras de clase o de partido. La verdad es que sencillamente estos países no con¬ trolaban suficiente material humano para permitir una dominación total y las graves pérdidas de población inherentes15. Sin gran esperanza en la con¬ quista de territorios más densamente poblados, los tiranos de esos pequeños países se vieron forzados a una determinada y resuelta moderación para no perder a las personas a las que tenían que dominar. Por ello, también el na¬ zismo, hasta el estallido de la guerra y su expansión por Europa, se mantuvo retrasado respecto de su equivalente ruso en consistencia y crueldad; incluso el pueblo alemán no era suficientemente numeroso para permitir el desarro¬ llo completo de esta novísima forma de gobierno. Sólo si hubiese ganado la guerra habría conocido Alemania una dominación totalitaria completamente evolucionada, y los sacrificios habrían alcanzado, no sólo a las «razas inferio¬ res», sino a los mismos alemanes, tal como cabe deducir y estimar del legado de los planes de Hitler16. En cualquier caso, sólo durante la guerra, después
Ahora sabemos que Staiin fue repetidas veces advertido de la inminencia del ataque de Hitler a la Unión Soviética. Incluso cuando el agregado militar soviético en Berlín le informó del día del ataque nazi, Staiin se negó a creer que Hitler violaría el pacto. (Véase el «Discurso sobre Staiin», de Jruschov, texto proporcionado por el Departamento de Estado, The New York Times, 5 de junio de 1956.)
15 l a siguiente información proporcionada por Souvarine, op. cit., p. 669, parece ser una relevante ilustración: «Según W. Krívitsky, cuya excelente fuente de información confidencial es la GPU: “En lugar de los 171 millones de habitantes calculados para 1937, sólo se encontraron 145 millones; de esta forma se habían perdido en la URSS cerca de 30 millones de personas”». Y esto, conviene no ol¬ vidarlo, sucedía tras la deskulakízación de los primeros años de la década de los treinta, que había costado unos ocho millones de vidas humanas. Véase Communism in Actioti, U. S. Government, Washington, 1946, p. 140.
1S Gran parte de estos planes, basados en los documentos originales, pueden hallarse en Brévtaire de la haine, de leó n Poliakov, París, 1951, cap. 8 (edición americana bajo el título de Harvest of Hate, Syracuse, 1954); las citas pertenecen a la edición original francesa, pero sólo en cuanto se refieren al exterminio de los pueblos no germánicos, especialmente a los de origen eslavo. El hecho de que la máquina nazi de destrucción no se habría detenido ni siquiera ante eí pueblo alemán resulta proba¬ do por un proyecto de ley sanitaria, redactado por el mismo Hitler. Proponía «aislar» del resto de la población a todas las familias que contaran con algún caso de afecciones cardíacas o pulmonares,
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de que las conquistas en el este proporcionaron grandes masas de población e hicieron posibles los campos de exterminio, pudo Alemania establecer una dominación verdaderamente totalitaria. (A la inversa, las posibilidades de do¬ minación totalitaria son aterradoramente altas en las tierras del tradicional despotismo oriental, en la India y en China, donde existe un material casi ina¬ gotable para alimentar la maquinaria de dominación total, acumuladora de poder y destructora de hombres, y donde, además, el típico sentimiento masi¬ vo de la superfluidad del hombre — fenómeno enteramente nuevo en Euro¬ pa, donde es concomitante con el desempleo en masa y el ¿recimiento de po¬ blación de los últimos ciento cincuenta años— ha prevalecido durante siglos en el desprecio por el valor de la vida humana.) La moderación o los métodos menos homicidas de dominación eran difícilmente atribuibles al temor del gobierno a una rebelión popular. La despoblación de su propio país consti¬ tuía una amenaza mucho más seria. Sólo donde existen grandes masas super-fluas o donde pueden ser derrochadas sin desastrosos resultados de despobla¬ ción es posible una dominación totalitaria, diferenciada de un movimiento totalitario.
Los movimientos totalitarios son posibles allí donde existen masas que, por una razón u otra, han adquirido el apetito de la organización política. Las masas no se mantienen unidas por la conciencia de un interés común y care¬ cen de esa clase específica de diferenciación que se expresa en objetivos limi¬ tados y obtenibles. El término de masa se aplica sólo cuando nos referimos a personas que, bien por su puro número, bien por indiferencia, o por ambos
siendo, naturalmente, su liquidación física el siguiente paso. Éste, como otros diferentes e interesan¬ tes proyectos para la victoriosa Alemania de la posguerra, se halla contenido en una carta circular a los jefes de distrito (Kreisleiter) de Hesse-Nassau en la forma de un informe sobre un debate desarro¬ llado en el Cuartel General del Führer acerca de las medidas que tendrían que ser adoptadas «antes...
y después de una victoriosa terminación de Iq guerra». Véase la colección de documentos en. Nazi Compimcy andAgmsion, Washington, 1946, etseq., vol. VII, p. 175. AI mismo contexto correspon¬ de la proyectada promulgación de una «legislación relativa a todos los extranjeros», mediante la cual tenía que ser legalizada y ampliada la «autoridad institucional» de ia policía, principalmente, para en¬ viar a personas que no hubieran cometido delito alguno a los campos de concentración. (Véase Paul Werner, SS-Standartenítihrer, en Deutsche; Jugendrecht, fase. 4, 1944.)
En relación con esta «política demográfica negativa» es importante recordar que «en este proceso de selección nunca puede haber una pausa» (Himmler, «Die Schutzstaffel», en Gntndlagen, Aufbau und Wirtschaftsordnung des nationalsozialistischen Staates, núm. 7 b). «La lucha del Führer y de su partido constituía una selección inalcanzada...; la selección y esta lucha quedaron ostensiblemente coronadas el 30 de enero de 1933... El Führer y su vieja guardia sabían que la verdadera lucha aca¬ baba de comenzar» (Robert Ley, Der Weg zar Ordensburg, o, D. Verlag der Deutschen Arbeitsfront. «No disponible para la venta»).
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motivos, no pueden ser integradas en ninguna organización basada en eí in¬ terés común, en los partidos políticos, en los gobiernos municipales o en las organizaciones profesionales y los sindicatos. Potencialmente, existen en cada país y constituyen la mayoría de esas muy numerosas personas neutrales y políticamente indiferentes, que jamás se adhieren a un partido y rara vez acu¬ den a votar.
Fue característico del auge del movimiento nazi en Alemania y del de los movimientos comunistas en Europa después de 193017 el hecho de que re¬ clutaran a sus miembros en esta masa de personas aparentemente indiferen¬ tes, hacia quienes todos los demás partidos habían renunciado por conside¬ rarlas demasiado apáticas o demasiado estúpidas para merecer su atención. El resultado fue que la mayoría de sus afiliados eran personas que nunca habían aparecido anteriormente en la escena política. Esto permitió la introducción de métodos enteramente nuevos en la propaganda política y la indiferencia hacia los argumentos de los adversarios políticos; estos movimientos no sólo se situaban ellos mismos al margen y contra el sistema de partidos como tal, sino que hallaban unos seguidores a los que jamás habían llegado los parti¬ dos y que nunca habían sido «echados a perder» por el sistema de partidos. Por eso no necesitaban refutar los argumentos opuestos, y, consecuentemen¬ te, preferían ios métodos que concluían en la muerte más que en la persua¬ sión, que difundían eí terror más que la convicción. Presentaban los desa¬ cuerdos como originados invariablemente en profundas fuentes naturales, sociales o psicológicas, más allá del control del individuo y, por ello, más allá del poder de la razón. Esto habría constituido una desventaja si hubiesen en¬ trado sinceramente en competencia con los demás partidos; no lo era si esta¬ ban seguros de tratar con personas que tenían razones para sentirse igual¬ mente hostiles a todos los partidos.
El éxito de los movimientos totalitarios entre las masas significó el final de dos espejismos de los países gobernados democráticamente, en general, y de las naciones-estados europeas y de su sistema de partidos, en particular. El primero consistía en creer que ebpueblo en su mayoría había tomado una parte activa en el gobierno y que cada individuo simpatizaba con su propio partido o con el de otro. Al contrario, los movimientos mostraron que las masas políticamente neutrales e indiferentes podían ser fácilmente mayoría en un país gobernado democráticamente, que, por eso, una democracia po¬ día funcionar según normas activamente reconocidas sólo por una minoría.
F. Borkenau describe correctamente esta situación: «Los comunistas obtuvieron solamente unos éxitos muy modestos cuando trataron de lograr influencia entre las masas de la clase trabajadora; su base de masas, por eso, si es que la tenían, se apartó cada vez más del proletariado» («Die neue Ko¬ mintern», en Der Monat, Berlín, 1949, fase, 4).
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El segundo espejismo democrático, explotado por los movimientos totalita¬ rios, consistía en suponer que estas masas políticamente indiferentes no im ¬ portaban, que eran verdaderamente neutrales y no constituían más que un fondo indiferenciado de la vida política de la nación. Entonces hicieron evi¬ dente lo que ningún otro órgano de la opinión pública había sido capaz de mostrar, es decir, que el gobierno democrático había descansado tanto en la aprobación tácita y en la tolerancia de secciones indiferentes e indiferencia¬ das del pueblo como en las instituciones y organizaciones diferenciadas y vi¬ sibles del país. Así, cuando los movimientos totalitarios invadieron el Parla¬ mento con su desprecio por el gobierno parlamentario, parecieron sencilla¬ mente inconsecuentes; pero en realidad lograron convencer al pueblo en general de que las mayorías parlamentarias eran espurias y no correspondían necesariamente a las realidades del país, minando así el respeto propio y la confianza de ios gobiernos que también creían en la regla de la mayoría más que en sus constituciones.
Se ha señalado frecuentemente que los movimientos totalitarios usan y abusan de las libertades democráticas con el fin de abolirías. Esto es algo más que maligna astucia por parte de los dirigentes o estupidez infantil por parte de las masas. Las libertades democráticas pueden hallarse basadas en la igual¬ dad de todos los ciudadanos ante la ley; sin embargo, adquieren su significa¬ do y funcionan orgánicamente sólo allí donde los ciudadanos pertenecen a grupos y son representados por éstos o donde forman una jerarquía social y política. La ruptura del sistema de clases, la única estratificación social y po¬ lítica de las naciones-estados europeas, fue, ciertamente, «uno de los aconte¬ cimientos más dramáticos de la reciente historia alemana»18 y tan favorable para el auge del nazismo como la ausencia de estratificación social en la in¬ mensa población rural de Rusia (este «gran cuerpo fláddo, desprovisto de educación política, casi inaccesible a las ideas capaces de ennoblecer la ac¬ ción»)19 fue para el derrocamiento del gobierno democrático de Kerensky a manos de los bolcheviques. Las condiciones en la Alemania prehitleriana son indicativas de los peligros implícitos en el desarrollo de la parte occidental del mundo, dado que, con el final de la Segunda Guerra Mundial, el mismo dra¬ mático acontecimiento de ruptura del sistema de clases se ha repetido en casi todos los países europeos, mientras que ios acontecimientos de Rusia indican claramente la dirección que pueden tomar los inevitables cambios revolucio¬ narios en Asia. Prácticamente hablando, será de escasa diferencia el que los movimientos totalitarios adopten el marco del nazismo o el del bolchevismo,
,s -William Ebenstein, The Nazi State, 1943, p. 247.
19 Como la describió Máximo Gorki. Véase Souvarine, op, cit., p, 290.
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organicen Jas masas en nombre cíe Ja raza o de ia cíase, pretendan seguir las leyes de la vida y de ia naturaleza o las de la dialéctica y la economía.
Lá indiferencia ante los asuntos públicos, la neutralidad en los asuntos políticos, no son en sí mismas causa suficiente para el auge de los movimien¬ tos totalitarios. La sociedad competitiva y adquisitiva de la burguesía lia pro¬ ducido la apatía, incluso la hostilidad, hacia la vida pública no sólo, y ni si¬ quiera primariamente, en los estratos sociales que fueron explotados y exclui¬ dos de la participación activa en 1a dominación del país, sino, en primer lugar, dentro de su propia ciase. El largo período de falsa modestia, cuando la burguesía se contentaba con ser ia clase dominante en la sociedad sin aspirar a la dominación política, que de buena gana dejaba a la aristocracia, fue se¬ guido por la era imperialista, durante la cual la burguesía se tornó creciente¬ mente hostil a las instituciones nacionales existentes y comenzó a reclamar el ejercicio del poder político y a organizarse para ejercerlo. Tanto la primitiva apatía como la ulterior exigencia de dirección dictatorial monopolista de los asuntos exteriores de la nación tenían sus raíces en un estilo y en una filoso¬ fía de vida tan insistente y exclusivamente centrados en el éxito y el fracaso del individuo, en la implacable competencia, que los deberes y responsabili¬ dades de un ciudadano sólo podían considerarse un innecesario drenaje de su tiempo y sus energías, forzosamente limitados. Estas actitudes burguesas re¬ sultan muy útiles para aquellas formas de dictadura en las que un «hombre fuerte» asume por sí mismo la inquietante responsabilidad de los asuntos pú¬ blicos; constituyen un obstáculo positivo a ios movimientos totalitarios, que no pueden tolerar al individualismo burgués más que a cualquier otro tipo de individualismo. Las secciones apáticas de una sociedad dominada por la bur¬ guesía, por poco deseosas que puedan estar de asumir las responsabilidades de los ciudadanos, mantienen intactas sus personalidades, aunque sólo sea porque sin ellas difícilmente podrían esperar sobrevivir en la lucha competi¬ tiva por la vida.
Las diferencias decisivas entre las organizaciones del populacho del siglo X IX y los movimientos de masas del siglo X X son difíciles de percibir, porque los modernos dirigentes totalitarios no difieren mucho en psicología y menta¬ lidad de los primeros dirigentes del populacho, cuyas normas morales y cuyos medios políticos tanto se parecían a los de la burguesía. Sin embargo, mientras que el individualismo caracterizaba tanto a la actitud de la burguesía como a la del populacho, los movimientos totalitarios pueden justamente afirmar que son los primeros partidos verdaderamente antiburgueses; ninguno de sus pre¬ decesores decimonónicos, ni la Sociedad del 10 de diciembre, que ayudó a su¬ bir aí poder a Luis Napoleón, ni las brigadas de carniceros del ajfaire Dreyfus, ni ios Cien Negros de los pogromos rusos, ni los panmovimientos, implicaron
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a sus miembros hasta el punto de llegar a una completa pérdida de las ambi¬ ciones y reivindicaciones individuales o alcanzaron a comprender que una or¬ ganización podía lograr extinguir permanentemente la identidad individual y no tan sólo durante el momento de la acción heroica colectiva.
La relación entre la sociedad de clases dominada por la burguesía y las masas que emergieron de su ruptura no es la misma que la relación entre la burguesía y el populacho, que fue un subproducto de la producción capita¬ lista. Las masas comparten con el populacho solamente una característica, la de que ambos se hallan al margen de todas las ramificaciones sociales y de la representación política normal. Las masas no heredan, como el populacho
— aunque en forma pervertida— , las normas y actitudes de la clase domi¬ nante, sino que reflejan en alguna forma y de alguna manera pervierten las normas y actitudes hacia los asuntos públicos de todas las clases. Las normas del hombre-masa se hallaban determinadas no sólo, ni siquiera primariamen¬ te, por la cíase específica a la que perteneció una vez, sino más bien por las in¬ fluencias y convicciones omnipenetrantes que eran tácita e indiferenciada-mente compartidas por todas las clases de la sociedad.
La pertenencia a una clase, aunque más relajada y jamás tan inevitable¬ mente determinada por el origen social como en los órdenes y estamentos de la sociedad feudal, existía generalmente por nacimiento, y sólo unas dotes ex¬ traordinarias o la suerte podían cambiaría. El estatus social resultaba decisivo para la participación del individuo en política, y excepto en los casos de emergencia nacional en los que se suponía que este individuo había de actuar solamente como un nacional, sin atención a su clase o a su afiliación a un partido, jamás se enfrentaba directamente con los asuntos públicos o se sen¬ tía directamente responsable de su dirección. La elevación de una clase, hasta adquirir una mayor importancia en la comunidad, era siempre acompañada por la educación y la preparación de cierto número de sus miembros para la política como profesión, para el servicio remunerado (o, sí podían permitír¬ selo, no remunerado) en el gobierno y en la representación de la clase en el Parlamento. El hecho de que la mayoría del pueblo permaneciera al margen de todos los partidos o de toda otra organización política no importaba a na¬ die y no era más cierto para una clase particular que para otra. En otras pala¬ bras, la pertenencia a una cíase, sus limitadas obligaciones de grupo y sus ac¬ titudes tradicionales hacia el gobierno impedían el desarrollo de una ciuda¬ danía que se sintiera individual y personalmente responsable de la gobernación del país. Este carácter apolítico de las poblaciones de la nación-estado surgió a la luz sólo cuando se quebró el sistema de clases, llevándose consigo todo el tejido de hilos visibles e invisibles que ligan al pueblo con el cuerpo político. La ruptura del sistema de clases significaba automáticamen¬
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te la ruptura del sistema de partidos, principalmente porque estos partidos, siendo partidos de intereses, ya no podían representar los intereses de clase. Su continuidad era de alguna importancia para los miembros de las antiguas clases, que esperaban, contra toda esperanza, recobrar su antiguo estatus so¬ cial y que permanecieron unidos no porque siguieran teniendo intereses co¬ munes, sino porque esperaban restaurarlos. Los partidos, en consecuencia, se tornaron cada vez más psicológicos e ideológicos en su propaganda, cada vez más y más apologéticos y nostálgicos en su forma de abordar las cuestiones políticas. Habían perdido, además, sin ser conscientes de ello, a los neutrales que les habían apoyado y que jamás se habían interesado en la política, por¬ que consideraban que no existían partidos que pudieran cuidarse de sus inte¬ reses. De esta forma, los primeros signos de la ruptura del sistema continen¬ tal de partidos no fueron las deserciones de los antiguos miembros de los par¬ tidos, sino el fracaso en el reclutamiento de los miembros de la nueva generación y la pérdida del asentimiento y del apoyo tácitos de las masas desor¬ ganizadas que repentinamente se despojaron de su apatía y acudieron allí donde vieron una oportunidad de proclamar su nueva y violenta oposición.
La caída de los tabiques que protegían a las clases transformó a las ador¬ mecidas mayorías existentes tras todos los partidos en una masa desorganiza¬ da y desestructurada de furiosos individuos que no tenían nada en común ex¬ cepto su vaga aprensión de que las esperanzas de los miembros de los partidos se hallaban condenadas, de que, en consecuencia, los miembros más respeta¬ dos, diferenciados y representativos de la comunidad eran unos imbéciles y de que todos los poderes existentes eran no tanto malos como igualmente es¬ túpidos y fraudulentos. Para el nacimiento de esta solidaridad negativa, nue¬ va y aterradora, no tuvo gran consecuencia el hecho de que el trabajador pa¬ rado odiara el statu quo y los poderes existentes bajo la forma del partido so-ciaidemócrata; que el pequeño propietario expropiado lo odiara bajo la forma de un partido centrista o derechista, y los antiguos miembros de la cía¬ se media y alta lo odiaran bajo la forma de la extrema derecha tradicional. Las dimensiones de esta masa de hombres generalmente insatisfechos y desespe¬ rados aumentaron rápidamente en Alemania y Austria después de la Primera Guerra Mundial, cuando la inflación y el paro se sumaron a las quebrantado-ras consecuencias de la derrota militar; esa masa existió en amplia proporción en todos los estados sucesores, y ha apoyado todos los movimientos extremis¬ tas en Francia e Italia a partir de la Segunda Guerra Mundial.
En esta atmósfera de ruptura de la sociedad de clases se desarrolló la psicolo¬ gía del hombre-masa europeo. El hecho de que con uniformidad monótona,
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pero no abstracta, sobreviniera el mismo destino a una masa de individuos no impidió que éstos se juzgaran a sí mismos en términos de fracaso indivi¬ dual y al mundo entero en términos de injusticia específica. Esta amargura centrada en el yo, empero, aunque repetida una y otra vez en el aislamiento individual, no constituía un lazo común, a pesar de su tendencia a extinguir las diferencias individuales, porque no se hallaba basada en el interés común, económico, social o político. Esta concentración en el yo, por eso, corrió pa¬ reja con un decisivo debilitamiento del instinto de autoconservadón. La ab¬ negación, en el sentido de que uno mismo no importa, el sentimiento de ser prescindible, ya no era la expresión de un idealismo individual, sino un fenó¬ meno de masas. El viejo adagio según el cual los pobres y los oprimidos no tienen nada que perder más que sus cadenas no se aplicaba a los hombres-masa porque eran privados de mucho más que las cadenas de la miseria cuan¬ do perdían el interés por su propio bienestar: había desaparecido la fuente de todas las preocupaciones y cuidados que hacen a la vida humana inquieta y angustiada. En comparación con su ausencia de materialismo, un monje cris¬ tiano parecía un hombre absorbido por los asuntos mundanos. Himmler, que tan bien conocía la mentalidad de aquellos a los que organizó, describió no sólo a sus hombres de las SS, sino a los amplios estratos de donde los re¬ clutó, cuando dijo que no se hallaban interesados en los «problemas cotidia¬ nos», sino sólo «en cuestiones ideológicas importantes durante décadas y si¬ glos, de forma tal que el hombre... sabe que está trabajando para una gran ta¬ rea que solamente se presenta una vez cada dos mil años»20. La gigantesca masificación de los individuos produjo una mentalidad que, como Cecil Rhodes unos cuarenta años antes, pensaba en continentes y sentía en siglos.
Eminentes investigadores y políticos europeos habían predicho desde co¬ mienzos del siglo X IX la aparición del hombre-masa y la llegada de una época de las masas. Toda una literatura sobre el comportamiento de las masas y la psicología de fas masas había demostrado y popularizado el conocimiento, tan familiar a los antiguos, de la afinidad entre democracia y dictadura, entre la do¬ minación del populacho y la tiranía. Había preparado a ciertos sectores políti¬ camente conscientes y superconsdentes del mundo instruido occidental para la emergencia de demagogos, para la credulidad, la superstición y la brutalidad. Sin embargo, aunque todas estas predicciones llegaron a cumplirse en algún sentido, perdieron mucho de su significado a la vista de fenómenos tan inespe¬ rados e imprevisibles como la pérdida radical del interés por sí mismo de cada
Discurso de Heinrich Himmler sobre la «Organización y obligaciones de las SS y la Policía», pu- blicado en Nationai-politischer Lehrgang der Wehrmacbt vom 15-23 janmr, 1937. Cita de Nazi Cons¬ piracy and Aggresbn. Office of the United States Chief Counsel for the Prosecution of Axis Crimi¬ nality, U. S. Government, Washington, 1946, IV, 616 y ss.
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uno21, la indiferencia cínica o aburrida frente a la muerte u otras catástrofes personales, la inclinación apasionada hacía las nociones más abstractas como guías de la vida y el desprecio general incluso por las normas más obvias del sentido común.
Las masas, contra lo que se predijo, no fueron resultado de la creciente igualdad de condición, de la difusión de la educación general con su inevita¬ ble reducción de niveles y vulgarización de su contenido (América, la tierra clásica de la igualdad de condiciones y de la educación general, con todos sus defectos conoce menos acerca de la moderna psicología de masas que tal vez cualquier otro país del mundo). Pronto se vio con claridad que las personas muy cultas se sentían particularmente atraídas hacia los movimientos de ma¬ sas y que, generalmente, un individualismo y una complejidad altamente di¬ ferenciados no impedían, e incluso a veces favorecían, el abandono de sí mis¬ mo en la masa que facilitaron los movimientos de masas. Como fue tan ines¬ perado el hecho obvio de que la individualización y la educación no impedían la formación de las actitudes de masas, se ha culpado frecuente¬ mente a la morbosidad o al nihilismo de la intelligentsia moderna, a un odio hacia sí mismos, supuestamente típico de los intelectuales, a su «hostilidad a la vida» y a su antagonismo a la vitalidad. Sin embargo, los muy calumniados intelectuales eran sólo el ejemplo más ilustrativo y ios más claros portavoces de un fenómeno mucho más general. La atomización social y la individuali¬ zación extremada precedieron a los movimientos de masas que, mucho más fácilmente y antes que a los miembros sociales y no individualistas de los par¬ tidos tradicionales, atrajeron a los típicos «no afiliados», completamente de¬ sorganizados y que, por razones individualistas, siempre se habían negado a reconocer lazos y obligaciones sociales.
La verdad es que las masas surgieron de los fragmentos de una sociedad muy atomizada cuya estructura competitiva y cuya concomitante soledad sólo habían sido refrenadas por la pertenencia a una cíase. La característica principal del hombre-masa no es la brutalidad y el atraso, sino su aislamiento y su falta de relaciones sociales normales. Procedentes de la sociedad estructurada en cia¬ ses de la nación-estado, cuyas grietas habían sido colmadas por el sentimiento nacionalista, era sólo natural que estas masas, en el primer momento de de¬ samparo de su nueva experiencia, tendieran hacia un nacionalismo especial¬ mente violento, por el que los dirigentes de las masas habían clamado contra sus propios instintos y fines por razones puramente demagógicas22.
Gustave Le Bon, La Psychologie desfon les, 1895, menciona la abnegación peculiar de las masas. Véase e! cap. II, párrafo 5-
Los fundadores del partido nazi se referían a éste ocasionalmente, incluso antes de que Hitler se alzara a la jefatura, como un «partido de izquierda». También resulta interesante un incidente
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Ni ei nacionalismo tribal ni el nihilismo rebelde resultan característicos de las masas o ideológicamente apropiados a éstas como lo fueron para el po¬ pulacho. Pero los mejor dotados entre los dirigentes de masas de nuestro tiempo proceden del populacho más que de las masas23. La biografía de Hitler se lee al respecto como un libro de texto, y lo cierto es que Staiín procedía del aparato conspirador del partido bolchevique con su específica mezcla de proscritos y revolucionarios. El primitivo partido de Hitler, casi exclusiva¬ mente integrado por desgraciados, fracasados y aventureros, representaba, desde luego, a los «bohemios armados»24, que eran sólo el reverso de la so¬ ciedad burguesa y a los que, en consecuencia, la sociedad burguesa debería haber sido capaz de utilizar con éxito para sus propios fines. Realmente, ía burguesía fue tan engañada por los nazis como lo fue por la facción de Rohm y Schleicher la Reichswehr, la cual también pensó que Hitler, a quien habían utilizado como señuelo, o las SA, a las que emplearon para propa¬ ganda militarista y entrenamiento paramilitar, actuarían como sus agentes y contribuirían al establecimiento de una dictadura militar25. Ambas conside-
ocurtido tras ías elecciones legislativas de 1932: «Gregor S trasser señaló ásperamente a su jefe que antes de las elecciones los nacionalsocialistas podían haber constituido en el Reichstag mayoría con el centro; ahora esta posibilidad se había esfumado, los dos partidos no llegaban a sumar la mitad del Parlamento... “Pero con los comunistas todavía somos mayoría —-replicó Hitler—; nadie puede go¬ bernar contra nosotros1'». (Heiden, op. ctt., pp. 94 y 495, respectivamente.)
Cotéjese con Carito n J. H. Hayes, op. cit„ quien no establece diferenciación entre el populacho y las-masas y piensa que los dictadores totalitarios «proceden de las masas más que de las clases».
Ésta es la teoría central de K. Heiden, cuyo análisis del movimiento nazi sigue siendo relevante. «De las ruinas de ías clases muertas surge ía nueva dase de intelectuales, y a la cabeza marchan los más implacables, aquellos que menos tienen que perder, y por eso los más fuertes: los bohemios ar¬ mados, para quienes la guerra es su hogar y la guerra civil su patria» (op. ctt., p. 100).
El complot entre el general de ía Reichswehr Schleicher y Rohm, jefe de las SS, consistía en un plan para colocar a todas las formaciones param (litares bajo la autoridad militar de la Reichswehr, lo que habría significado la adición inmediata de millones de hombres al ejército alemán. Esto habría conducido desde luego e inevitablemente a una dictadura militar. En junto de 1934 Hitler liquidó a Rohm y a Schleicher. Las negociaciones preliminares comenzaron con completo conocimiento de Hitler, que utilizó las relaciones con Rohm con la Reichswehr para engañar a los círculos militares respecto de sus verdaderas intenciones. En abril de Í932, Rohm testificó en uno de los procesos con¬ tra Hitler que el estatus militar de las SA tenía ía completa aprobación de la Reichswehr. (Para la prueba documental del plan Röhm-Schleicher, véase Nazi Conspimcy, V, 456 y ss. Véase también Heiden, op. cit,, p. 450.) El mismo Rohm informó orgullosamente sobre sus negociaciones con Sch¬ leicher, iniciadas, según él, en 1931. Schleicher había prometido poner a las SA, en caso de emer¬ gencia, a las órdenes oficiales de ía Reichswehr. (Véase Die Memoiren des Stabschefs Rohm, Saarbrüc¬ ken, 1934, p. 170.) El carácter militarista de las SA, conformado por Rohm y constantemente com ¬ batido por Hitler, persistió, determinando su vocabulario incluso después de ía liquidación de la facción de Rohm. Al contrario que las SS, los miembros de las SA siempre insistieron en ser tos «re¬ presentantes de ía voluntad militar de Alemania», y para ellos el III Reich era una «comunidad mili¬ tar [apoyada en] dos pilares: ei partido y la Wehrmacht». (Véase Handbuch der S. A„ Berlín, 1939, y «Die Sturmabteilung», de Victor Lutze, en Grundlagen, Aufbau und Wirtschaftsordnung des national¬ sozialistischen Staates, núm. 7 a.)
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raban al movimiento nazi en sus propios términos, en términos de la filoso¬ fía política del populacho26, y no tuvieron en cuenta el apoyo independien¬ te y espontáneo que otorgaban las masas a los nuevos dirigentes del popula¬ cho ni tampoco los talentos genuinos de los nuevos dirigentes del populacho para la creación de nuevas formas de organización. El populacho como líder de estas masas ya no era agente de la burguesía ni de nadie más excepto de las masas.
El hecho de que los movimientos totalitarios dependieran menos de la caren¬ cia de estructuras de una sociedad de masas que de las condiciones específicas de unas masas atomizadas e individualizadas, puede advertirse mejor en una comparación del nazismo y del bolchevismo, que se iniciaron en sus respecti¬ vos países bajo muy diferentes circunstancias. Para trocar la dictadura revolu¬ cionaria de Lenin en una dominación completamente totalitaria, Stalin tuvo primero que crear artificialmente esa sociedad atomizada que había sido pre¬ parada para los nazis en Alemania gracias a circunstancias históricas.
La victoria sorprendentemente fácil de la Revolución de Octubre tuvo lugar en un país donde una burocracia despótica y centralizada gobernaba a una población de masas sin estructura a la que no habían organizado ni los vestigios de los órdenes feudales rurales ni las débiles e incipientes clases ur¬ banas capitalistas. Cuando Lenin dijo que en ninguna parte del mundo ha¬ bría sido tan fácil conseguir el poder y tan difícil conservarlo, era consciente no sólo de la debilidad de la cíase trabajadora rusa, sino también de las anár¬ quicas condiciones sociales en general, que favorecían los cambios repenti¬ nos. Sin los instintos de un líder de masas — él no era orador y sentía pasión por el reconocimiento público y el análisis de sus propios errores, caracterís¬ ticas opuestas a una demagogia incluso corriente— , Lenin se aferró al instan¬ te a todas las posibles diferenciaciones sociales, nacionales y profesionales, que podían proporcionar una cierta estructura a la población, y pareció con¬ vencido de que en semejante estratificación se basaba la salvación de la revo¬ lución. Legalizó la expropiación anárquica de los latifundistas y constituyó así en Rusia por primera, y probablemente última vez, esa cíase de campesi¬ nos emancipados que, desde la Revolución francesa, ha sido el más firme apoyo de las naciones-estados occidentales. Trató de reforzar a la clase traba¬ jadora, favoreciendo a los sindicatos independientes. Toleró la tímida apari¬ ción de una nueva clase media que fue consecuencia de la política de la NEP tras el final de la guerra civil. Introdujo características aún más diferenciado-
La autobiografía de Rohm es especialmente una obra clásica de este género de literatura.
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ras, organizando y a veces inventando tantas nacionalidades como fuera posi¬ ble, desarrollando la conciencia nacional y el sentimiento de las diferencias históricas y culturales incluso en las tribus más primitivas de la Unión Sovié¬ tica. Parece claro que en estas cuestiones políticas puramente prácticas Lenin siguió su gran instinto de la política más que sus convicciones marxistas; su política, en cualquier caso, demuestra que se sentía más aterrado por la au¬ sencia de una estructura de tipo social o de cualquier otra clase que por el po¬ sible desarrollo de tendencias centrífugas en las nacionalidades recientemen¬ te emancipadas o incluso por el desarrollo de una nueva burguesía surgida de las clases media y campesina recientemente establecidas. No hay duda de que Lenin sufrió su mayor derrota cuando, con el estallido de la guerra civil, el poder supremo, que originariamente había proyectado que se concentrara en los sóviets, pasó definitivamente a las manos de la burocracia del partido; pero incluso esta evolución, trágica como fue para el curso de la revolución, no habría conducido necesariamente al totalitarismo. La dictadura uniparti-dista añadía solamente una clase más a la estratificación social del país ya en desarrollo, es decir, la burocracia, que, según los críticos socialistas de la re¬ volución, «poseía al estado como una propiedad privada» (Marx)27. En el momento de la muerte de Lenin los caminos todavía estaban abiertos. La formación de las ciases trabajadora, campesina y media no habría conducido necesariamente a la lucha de clases que había sido característica del capitalis¬ mo europeo. La agricultura aún podía evolucionar sobre una base colectiva, cooperativa o privada, y la economía nacional se hallaba en libertad de seguir un esquema socialista, de capitalismo de estado o de líbre empresa. Ninguna de estas opciones habría destruido automáticamente la nueva estructura del país.
Todas estas nuevas clases y nacionalidades se alzaban en el camino de Sta-Hn cuando comenzó a preparar al país para la dominación totalitaria. Para fa¬ bricar una masa atomizada y sin estructuras tenía antes que liquidar los vesti¬ gios del poder de los soviets, que, como órgano principal de la representación
11 Es bien sabido que ios grupos andes talínistas escindidos han basado sus críticas acerca del desa¬ rrollo de la Unión Soviética en esta formulación marxista y jamás la han superado. Las repetidas «purgas* de la burocracia soviética, que equivalieron a una liquidación de la burocracia como clase, jamás impidieron que se viera en ella a la clase dominante y dirigente de ía Unión Soviética. Lo que a continuación sigue es una estimación realizada por Rakovsky y fue escrita en 1930 durante su exi¬ lio en Siberia: «Bajo nuestros ojos se ha formado y está siendo formada una gran clase de directores que tiene sus subdivisiones internas y que crece a través de una cooptación calculada y de los nom ¬ bramientos directos o indirectos... El elemento que une a esta clase original es una forma, también original, del poder estatal» (cita de Souvarine, op. cit, p. 564). Este análisis resulta, desde luego, completamente preciso en !o que se refiere a la evolución de la era prestaliníana. Para el desarrollo de la relación entre el partido y los sóviets, que es de importancia decisiva en el curso de la Revolución de Octubre, véase I. Deutscher, The Prophet Armed: Trotsky 1879-1921, 1954.
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nacional, todavía desempeñaban un cierto papel e impedían la dominación absoluta de la jerarquía del partido. Por eso minó primero a los sóvíets nacio¬ nales mediante la introducción de las células bolcheviques, a las que sólo fue¬ ron admitidos los más altos funcionarios de los comités centrales28. Hacia 1930 los últimos rastros de las antiguas instituciones comunales habían desa¬ parecido, siendo sustituidos por una burocracia del Partido, firmemente cen¬ tralizada, cuyas tendencias a la rusificación no eran demasiado diferentes de las del régimen zarista, excepto que los nuevos burócratas ya rio tenían mie¬ do a la alfabetización.
El gobierno bolchevique procedió entonces a la liquidación de las clases y comenzó, por razones ideológicas y de propaganda, con las clases poseedo¬ ras, la nueva clase media en las ciudades y los agricultores en el campo.
Por la doble razón de su número y de su propiedad, los campesinos habían sido hasta entonces potencialmente la cíase más poderosa de la Unión. Su li¬ quidación fue, en consecuencia, más dura y más cruel que la de cualquier otro grupo y se llevó a cabo mediante el hambre artificial y la deportación bajo el pretexto de la expropiación de los kulaks y de la colectivización. La li¬ quidación de las clases media y campesina quedó completamentada a co¬ mienzos de la década de los treinta; aquellos que no figuraban entre los mu¬ chos millones de muertos o entre los millones de trabajadores deportados y esclavizados habían aprendido «quién manda aquí»; habían aprendido que sus vidas y las vidas de sus familiares no dependían de sus semejantes, ciuda¬ danos, sino exclusivamente de los caprichos de un gobierno al que se enfren¬ taban completamente solos, sin ayuda alguna del grupo al que resultaban pertenecer. No puede determinarse por las estadísticas o las fuentes docu¬ mentales el momento exacto en que la colectivización produjo un nuevo campesinado, ligado por intereses comunes que, en razón de su posición nu¬ mérica y económica, clave en la economía del país, representó de nuevo un peligro potencial para la dominación totalitaria; pero, para aquellos que sa¬ ben leer la «fuente material» totalitaria, este momento tuvo que llegar dos años antes de la muerte de Stalin, cuando propuso disolver las colectividades y transformarías en unidades más grandes. No vivió para realizar su plan; esta32
En 1927, el 90 por ciento de los soviets de aldeas y el 75 por ciento de sus presidentes no eran miembros del partido; los comités ejecutivos de tos distritos estaban constituidos por un 50 por cien¬ to de miembros del partido y por un 50 por ciento de individuos que no pertenecían al partido, mientras que en el Comité Central el 75 por ciento de los delegados eran miembros del partido. Véase el artículo «Bolshevism», de Maurice Dobb, en ia Enciclopedia of Social Sciences.
A Rosenberg, en A History of Bolshevism, Londres, 1934, cap, VI, describe detalladamente cómo los miembros de los sóviets, que pertenecían al partido, destruyeron el sistema soviético des¬ de dentro, votando «conforme a las instrucciones que recibían de los funcionarios permanentes del partido».
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vez los sacrificios habrían sido aún mayores y las consecuencias caóticas para toda la economía aún más catastróficas que la liquidación de la primera cíase campesina, pero no hay razones para dudar de que pudiera haberío logrado; no hay clase que no pueda ser barrida si son asesinados sus miembros en nú¬ mero suficiente.
La siguiente clase en ser liquidada como grupo fue la obrera. Como clase era mucho más débil y ofrecía una resistencia menor que la de los campesi¬ nos, porque su expropiación espontánea de las fábricas durante la revolución, a diferencia de la expropiación de los latifundios realizada por los campesi¬ nos, había sido frustrada en el acto por el gobierno, que confiscó las fábricas como propiedad del estado bajo el pretexto de que en cualquier caso eí esta¬ do pertenecía ai proletariado. El sistema de Stajanov, adoptado a comienzos de la década de los treinta, rompió toda la solidaridad y la conciencia de cla¬ se entre los trabajadores. En primer lugar, por una feroz competencia, y en segundo lugar, por la solidificación temporal de la aristocracia stajanovista, cuya distancia social respecto del trabajador ordinario se advirtió natural¬ mente con mayor agudeza que la distancia entre los trabajadores y la direc¬ ción. Este proceso quedó completado en 1938 con la introducción del Códi¬ go del Trabajo, que transformó oficialmente a toda la clase obrera rusa en una gigantesca organización de trabajos forzados.
Por encima de estas medidas sobrevino la liquidación de aquella burocra¬ cia que había contribuido a realizar las anteriores medidas de liquidación, Stalin tardó unos dos años, desde 1936 hasta 1938, en desembarazarse de toda la aristocracia administrativa y militar de la sociedad soviética; casi to¬ dos los organismos, fábricas, entidades económicas y culturales, el gobierno, el partido y los departamentos militares, pasaron a nuevas manos cuando «casi quedó barrida la mitad del personal administrativo, del partido y fuera del partido», y cuando más del 50 por ciento de todos los miembros del par¬ tido, y «al menos ocho millones más», fueron liquidados29. La introducción de un pasaporte interior, en el que habían de registrarse y autorizarse todas las salidas de una ciudad en dirección a otra, completó la destrucción de la burocracia del partido como clase. Por lo que se refiere a su estatus jurídico,91
Estas cifras están tomadas del libro de Víctor Kravchenko I Chote Freedom: The Personal and Poli-tiud Life ofa Soviet Oficial, Nueva York, 1946, pp. 278 y 303. Se trata, desde luego, de una fuente muy discutible. Pero como en el caso de la Unión Soviética sólo podemos recurrir básicamente a fuentes discutibles — es decir, que tenemos que contentarnos con reportajes periodísticos, informes o estimaciones de una clase u otra— , todo lo que podemos hacer es usar cualquier información que por lo menos parezca poseer un alto grado de verosimilitud. Algunos historiadores parecen pensar que el método opuesto — es decir, la utilización exclusiva de todo material proporcionado por el go¬ bierno ruso— resulta más fiable, pero éste no es el caso. Precisamente el material oficial es el que sólo contiene propaganda.
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la burocracia, junto con los funcionarios del partido, se hallaba ahora al mis¬ mo nivel que los trabajadores; también ésta se había convertido ahora en par¬ te de la vasta multitud de los trabajadores forzados rusos y su estatus como ciase privilegiada de la sociedad soviética era ya algo del pasado. Y como esta purga general acabó con la liquidación de ios más altos funcionarios de la po¬ licía — los mismos que habían realizado en primer lugar la purga general— , ni siquiera ios altos cargos de la GPU que habían puesto en práctica el terror podían ya sentirse como grupo que representaba algo, menos que nada al po¬ der. Ninguno de estos inmensos sacrificios en vidas humanas fue motivado por una raison d ’état, en el antiguo sentido del término. Ninguno de los estra¬ tos sociales liquidados era hostil al régimen o resultaba probablemente hostil en un futuro previsible. La oposición activa organizada había dejado de existir ha¬ cia 1930, cuando Stalin, en su discurso al XVI Congreso del Partido, declaró ilegales las desviaciones derechistas e izquierdistas en el seno del partido, e in¬ cluso estas débiles oposiciones apenas habían sido capaces de basarse en cual¬ quiera de las clases existentes30. El terror dictatorial — diferenciado del terror totalitario en tanto que constituye solamente una amenaza para los auténti¬ cos adversarios, pero no para los ciudadanos inofensivos que no representan una oposición política— había sido suficientemente fuerte como para sofo¬ car toda la vida política, abierta o clandestina, incluso afires de la muerte de Lenin. Las intervenciones del exterior, que podían aliarse con algunas de las secciones insatisfechas de la población, ya no eran un peligro cuando, hacia 1930, el régimen soviético había sido reconocido por una mayoría de gobier¬ nos y había concertado acuerdos comerciales internacionales y de otro tipo con muchos países. (Tampoco eliminó el gobierno de Stalin semejante posi¬ bilidad por lo que al pueblo mismo se refiere: sabemos ahora que Hitler, si hubiese sido un conquistador ordinario y no un jefe totalitario rival, podría haber tenido una extraordinaria posibilidad de ganar para su causa al menos a la población de Ucrania.)
Si la liquidación de las clases carecía de sentido político, fue positiva¬ mente desastrosa para la economía soviética. Las consecuencias del hambre artificial de 1933 fueron sentidas durante años a lo largo del país; la intro¬ ducción del sistema de Stajanov en 1935, con su arbitraria aceleración de la producción individual y su completo desprecio de las necesidades del trabajo en equipo en la producción industrial, tuvo como consecuencia un «desequi¬
El informe de Stalin ai XVI Congreso denunciaba las desviaciones como el «reflejo» de la clase campesina y de la pequeña burguesía entre las filas del partido. (Véase Leninism, 1933, vol. II, cap. III.) La oposición se hallaba curiosamente indefensa contra este ataque, porque también ellos, y es¬ pecialmente Trotsky, estaban «siempre ansiosos de descubrir una lucha de clases tras las luchas de ca¬ marillas» (Souvarine, op. cit., p. 440).
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librio caótico» cíe la naciente industria31. La liquidación de la burocracia, es decir, de la clase de ios directores de fábricas y de ios ingenieros, privó final¬ mente a las empresas industriales de la escasa experiencia práctica que la nue¬ va intelligentsia técnica rusa había sido capaz de conseguir. La igualdad de condiciones entre sus súbditos ha sido una de las principales preocupaciones de los despotismos y las tiranías desde los tiempos antiguos. Sin embargo, Se¬ mejante igualación no es suficiente para la dominación totalitaria —porque deja más o menos intactos ciertos lazos comunes no políticos entre los súbdi¬ tos, tales como los lazos familiares y los intereses culturales comunes. Si el to¬ talitarismo toma en serio su propia postura, debe llegar hasta el punto en que tenga que «acabar de una vez por todas con la neutralidad del ajedrez», es de¬ cir, con la existencia autónoma de cualquier actividad. Los aficionados al «ajedrez por el ajedrez», certeramente comparados por su liquidador con los aficionados al «arte por el arte»32, no eran todavía elementos absolutamen¬ te atomizados en una sociedad de masas cuya uniformidad, completamen¬ te heterogénea, es una de las condiciones primarías del totalitarismo. Des¬ de el punto de vista de los dominadores totalitarios, una sociedad dedicada al ajedrez por el ajedrez es sólo en un grado diferente y menos peligrosa que una sociedad de agricultores por la agricultura. Himmler definió muy cer¬ teramente al miembro de las SS como el nuevo tipo de hombre que en nin¬ guna circunstancia «hará una cosa por su propio interés»33.
La atomización masiva en la sociedad soviética fue lograda mediante el empleo hábil de purgas repetidas que invariablemente preceden a la liquida¬ ción de grupos. Para destruir todos los lazos sociales y familiares, las purgas son realizadas de tal manera que amenazan con el mismo destino al acusado y a todas sus relaciones corrientes, desde los simples conocidos hasta sus más íntimos amigos y parientes. La consecuencia del simple e ingenioso sistema de la «culpabilidad por asociación» es que, tan pronto como un hombre es acusado, sus antiguos amigos se transforman inmediatamente en sus más fe¬ roces enemigos; para salvar sus propias pieles proporcionan información vo¬ luntariamente y se apresuran a formular denuncias que corroboran las prue¬ bas inexistentes contra él. Este, obviamente, es el único camino de probar que son merecedores de confianza. Retrospectivamente, tratarán de demos-
3Í Kravchenko, op, cit., p. 187.
Souvarine, op, cit., p. 575.
La consigna de las SS, formulada por el mismo Himmler, comienza con las palabras: «Ninguna tarea existe por sí misma». Véase «Die SS», de Gunter d'Alquen, en Schriften der Hochschtdeftir Poli¬ tik, 1939- Los folletos publicados por las SS exclusivamente para uso interno recalcan una y otra vez
«la absoluta necesidad de comprender la futilidad de todo lo que es un fin en sí mismo» (véase Der Reichsfiihrer SS und Chef der deutschen Polizei, sin fecha, «sólo para uso interno dentro de la policía»).
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trar que su conocimiento o amistad con el acusado era sólo un pretexto para espiarle y para revelarle como saboteador, como trotskysta, como espía ex¬ tranjero o como fascista. Como el mérito se «estima en función de las de¬ nuncias de los más íntimos camaradas»34, es obvio que la precaución más ele¬ mental exige que uno evite todos los contactos íntimos si es posible — no para impedir el descubrimiento de los propios pensamientos secretos, sino más bien para eliminar, en el caso casi seguro de males futuros, a todas las personas que puedan tener no sólo un interés en denunciarle a uno, sino una irresistible necesidad de producir la ruina de uno simplemente porque se ba¬ ilan en peligro sus propias vidas. En ultimo término, gracias al desarrollo de este sistema hasta sus más lejanos y fantásticos extremos, los dirigentes bol¬ cheviques lograron crear una sociedad atomizada e individualizada como nunca se había conocido y que difícilmente habrían producido por sí mismos acontecimientos o catástrofes.
Los movimientos totalitarios son organizaciones de masas de individuos ato¬ mizados y aislados. En comparación con todos los demás partidos y movi¬ mientos, su más conspicua característica externa es su exigencia de una leal¬ tad total, irrestringida, incondicional e inalterable del miembro individual. Esta exigencia es formulada por los dirigentes de los movimientos totalitarios incluso antes de la llegada al poder. Precede usualmente a la organización to¬ tal del país bajo su dominio y se deduce de la afirmación de sus ideologías de que su organización abarcará a su debido tiempo a toda la raza humana. Sin embargo, allí donde la dominación totalitaria no ha sido preparada por un movimiento totalitario (y éste, a su vez, al contrario de lo que ocurrió en la Alemania nazi, fue el caso de Rusia), el movimiento tiene que ser organizado después y las condiciones para su desarrollo tienen que ser artificialmente creadas para hacer en definitiva posible la lealtad total, base psicológica de la dominación total. Sólo puede esperarse que semejante lealtad provenga del ser humano completamente aislado, quien, sin otros lazos sociales con la fa¬ milia, los amigos, los camaradas o incluso ios simples conocidos, deriva su sentido de tener un lugar en el mundo sólo de su pertenencia a un movi¬ miento, de su afiliación al partido.
La lealtad total es posible sólo cuando la fidelidad se halla desprovista de todo contenido concreto, del que puedan surgir de forma natural los cam¬ bios de opinión. Los movimientos totalitarios, cada uno en su propio estilo,
La misma práctica ha sido abundantemente documentada. W. Krivitsky, en su libro In Stalins Se-cret Services (Nueva York, 1939), la hace proceder directamente de Stalin,
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han hecho todo lo que han podido para desembarazarse de los programas partidistas que especifican un contenido concreto y que heredaron de ante-riores fases no totalitarias de su desarrollo. Por radicalmente que pudieran haber sido expresados, todo objetivo político definido que simplemente no proclame o que no se limite a reivindicar una dominación mundial, todo programa político que se refiera a temas más específicos que las «cuestiones ideológicas de importancia durante siglos» es una obstrucción al totalitaris¬ mo. El mayor logro de Hitler en la edificación del movimiento nazi, que construyó gradualmente partiendo del oscuro grupo de fanáticos típico de un pequeño partido nacionalista, fue que aligeró al movimiento del primiti¬ vo programa del partido no cambiándolo o abollándolo oficialmente, sino tan sólo negándose a hablar de ese programa o a discutir sus puntos, cuya re¬ lativa moderación de objetivos y de fraseología quedó muy pronto anticua¬ da35. La tarea de Staün, en este como en otros aspectos, fue mucho más for¬ midable; el programa socialista del partido bolchevique era una carga mucho más incómoda36 que los 25 puntos de un economista amateur y de un políti¬ co fanático37. Pero Stalin, tras haber abolido las facciones deí partido ruso, lo¬ gró eventuaímente el mismo resultado a través deí constante zigzagueo de las líneas del partido comunista y la constante interpretación y aplicación del marxismo, que despojó a la doctrina de todo su contenido porque ya no era posible predecir qué curso o qué acción inspiraría. El hecho de que una per¬ fecta instrucción sobre el marxismo y el leninismo ya no fuera guía alguna del comportamiento político — es decir, que, al contrario, sólo pueda seguir¬ se la línea del partido si se repite cada mañana lo que Stalin ha anunciado la noche anterior— determinó, naturalmente, el mismo estado mental, la mis¬ ma concentrada obediencia, no dividida por intento alguno de comprender lo que uno está haciendo, que expresaba la ingeniosa consigna de Himmler para sus hombres de las SS: «Mi honor es mi lealtad»33.
Hitler declaró en Mein Kampf{2 vols„ primera edición alemana, 1925 y 1927, respectivamente; traducción no expurgada, Nueva York, 1939) que era mejor tener un programa anticuado que per¬ mitir una discusión del programa (libro II, cap. V). Pronto habría de proclamar públicamente: «Una vez que conquistemos eí gobierno el programa surgirá por sí mismo... Lo primero que habrá que realizar debe ser una,inconcebible oleada de propaganda. Esta es una acción política que tiene poco que ver con tos demás problemas del momento». (Véase Heiden, op, cit„ p. 203.)
Souvaríne, en nuestra opinión erróneamente, sugiere que Lenin ya había abolido el papel del pro¬ grama de partido: «Nada podía mostrar más claramente la inexistencia deí bolchevismo como doc¬ trina excepto en eí cerebro de Lenin; cada bolchevique abandonado a sí mismo se apartaba de “la lí¬ nea” de su facción,.., porque estos hombres se hallaban unidos por su temperamento y por el ascen¬ diente de Lenin más que por ideas» (op. dt„ p. 85).
37 El programa del partido nazi de Gottfried Peder con sus famosos 25 puntos ha desempeñado un papel mayor en la literatura acerca del movimiento que en el mismo movimiento.
33 Es difícil de transmitir el impacto de la consigna, formulada por eí propio Himmler. Su expresión alemana: Me'me Ehreheisst Treue, Índica una devoción y obediencia absolutas que trasciende el signi-
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En sí misma, la ausencia o la ignorancia de un programa de partido no es necesariamente un signo de totalitarismo. El primero en considerar los pro¬ gramas políticos como innecesarios pedazos de papel, como promesas emba¬ razosas, inconsecuentes con el estilo y el ímpetu de un movimiento, fue Mus-solini con su filosofía fascista del activismo y la inspiración a través del mis¬ mo momento histórico39. La simple ansia de poder, combinada con el desprecio por la exposición «parlanchína» de lo que piensan hacer, es caracte¬ rística de todos los jefes del populacho, pero no alcanza los niveles del totali¬ tarismo. El verdadero objetivo del fascismo era sólo apoderarse del poder e instalar a la élite fascista como dominadora indiscutida del país. El totalita¬ rismo nunca se contenta con dominar por medios externos, es decir, a través del estado y de una maquinaria de violencia; gracias a su ideología peculiar y al papel asignado a ésta en ese aparato de coacción, el totalitarismo ha descu¬ bierto unos medios de dominar y de aterrorizar a los seres humanos desde dentro. En este sentido, elimina la distancia entre los dominadores y los do¬ minados y logra una condición en la que el poder y la voluntad de poder, tal como nosotros los comprendemos, no desempeñan papel alguno o, en el me¬ jor de los casos, desempeñan un papel secundario. En sustancia, el líder tota¬ litario no es nada más ni nada menos que el funcionario de las masas a las que conduce; no es un individuo hambriento de poder que impone una tirᬠnica y arbitraria voluntad sobre sus súbditos. Siendo un mero funcionario, puede ser reemplazado en cualquier momento y depende tanto de la «volun¬ tad» de las masas a las que encarna como éstas dependen de él. Sin él carece¬ rían de representación externa y seguirían siendo una horda amorfa; sin las masas, el líder es una entidad inexistente. Hitíer, que era completamente consciente de esta interdependencia, la expresó una vez en un discurso dirigi¬ do a las SA; «Todo lo que sois me lo debéis a mí; todo lo que soy sólo a voso¬ tros lo debo»40. Nos mostramos demasiado inclinados a despreciar semejan¬ tes declaraciones o a entenderlas erróneamente en el sentido de que la actua¬ ción es aquí definida en términos de dar y ejecutar órdenes, como ha
ficado de la simple disciplina o de la fidelidad personal. Nazi Conspimcy, cuyas traducciones de do¬ cumentos alemanes y de literatura nazi son una indispensable fuente material, pero también, por desgracia, muy desiguales, traduce la consigna SS: «MI honor significa fidelidad» (V, 346).
í3 Mussoiini fue probablemente el primer jefe de partido que rechazó conscientemente un programa formal y lo sustituyó solamente con la inspiración de la jefatura y la acción. Tras esta conducta des¬ cansa la noción de que la actualidad del momento mismo era el elemento principal de inspiración, que resultaría obstaculizada por un programa de partido. La filosofía del fascismo italiano encuentra una expresión más cabal en el «actualismo» de Gentile que en los «mitos» de Sorel. Véase también el artículo «Fascism» en la Encycíopedia ofthe Social Sciences. El programa de 1921 fue formulado cuan¬ do el partido contaba dos años de existencia y contenía, principalmente, su filosofía nacionalista.
Ernst Bayer, Die SA, Berlín, 1938. Cita de Nazi Compiracy, IV, 783-
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sucedido demasiado a menudo en ia tradición política y en la historia de Oc¬ cidente41. Pero esta idea ha presupuesto siempre alguien que mande y que píense y desee algo, imponiendo luego su pensamiento y su voluntad a un grupo privado de pensamiento y de voluntad por la persuasión, la autoridad o la violencia. Hitíer, sin embargo, era de la opinión de que incluso el «pen¬ samiento,.. [existe] sólo en virtud de dar o de ejecutar órdenes»42, y con ello eliminó, incluso teóricamente, la distinción entre el pensamiento y la acción, por una parte, y entre los dominadores y los dominados, por otra.
NÍ el nacionalismo ni el bolchevismo llegaron a proclamar una nueva forma de gobierno o afirmaron que sus objetivos habían sido logrados con la conquista del poder y el control de la maquinaría del estado. Su idea de la do¬ minación era algo que ningún estado, ningún simple aparato de violencia, puede llevar a lograr nunca, sino que sólo puede conseguir un movimiento que se mantiene constantemente en marcha: es decir, la dominación perma¬ nente de cada individuo en cada una de las esferas de la vida43. La conquista del poder por los medios de la violencia nunca es un fin en sí mismo, sino sólo el medio para un fin, y la conquista del poder en un país determinado es sólo una grata fase transitoria, pero nunca la conclusión del movimiento. El objetivo práctico del movimiento consiste en organizar a tantos pueblos como le sea posible dentro de su marco y ponerlos y mantenerlos en marcha; un objetivo político que constituyera el final del movimiento simplemente no existe.
2, La alianza entre elpopulacho y la élite
Más amenazadora para nuestra paz mental que la lealtad incondicional de los miembros de los movimientos totalitarios y que el apoyo popular a los regí¬ menes totalitarios es la indiscutible atracción que estos movimientos ejercen sobre la élite y no sólo sobre los elementos del populacho en la sociedad. Se¬ ría temerario tratar de disminuir 1a importancia de ia terrible lista de hom¬ bres preclaros a los que el totalitarismo puede contar entre sus simpatizantes,
Por primera vez en El Político, de Platón, donde la actuación es interpretada en términos de ar-chein y prattein, de ordenar el comienzo de una acción y de ejecutar esta orden.
Hitlers Tischgespräche>p. 198.
Mein Kampf, libro I, cap. XI. Véase también, por ejemplo, de Dieter Schwarz, Angriffe aufdie na- tionalsozialistische Weltanschauung: Aus dem Schwarzen Korps, núm, 2, 1936, en respuesta a las obvias críticas del hecho de que los nacionalsocialistas, después de la conquista del poder, siguieran hablan¬ do acerca de «una lucha»; «El nacionalsocialismo como concepción del mundo (Weltanschauung) no abandonará su lucha hasta que... el estilo de vida de cada alemán haya quedado conformado por sus valores fundamentales y hasta que éstos sean verdaderamente realizados cada día».
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compañeros de viaje y afiliados del partido, atribuyéndolo a extravagancias artísticas o a una ingenuidad académica.
Esta atracción experimentada por la élite es una clave tan importante para la comprensión de los movimientos totalitarios (aunque difícilmente de la de los regímenes totalitarios) como lo es su más obvia conexión con el po¬ pulacho. Revela la atmósfera específica, el clima general en donde tiene lugar el auge del totalitarismo. Tendría que recordarse que los jefes de los movi¬ mientos totalitarios y sus simpatizantes son, por así decirlo, más viejos que las masas que organizan, de forma tal que, cronológicamente hablando, las masas no tienen que aguardar desamparadas la aparición de sus propios líde¬ res en medio de una decadente sociedad de ciases de la que son el más sobre¬ saliente producto. Aquellos que voluntariamente abandonaron la sociedad antes de que se produjera la ruptura de las clases, junto con el populacho, que era un primitivo subproducto de la dominación de la burguesía, estaban dispuestos a recibirles. Los dirigentes totalitarios contemporáneos y los líde¬ res de los movimientos totalitarios todavía presentan los rasgos característicos del populacho, cuya psicología y cuya filosofía política son bastante bien co¬ nocidas; no sabemos todavía lo que sucederá cuando logre imponerse el au¬ téntico hombre-masa, aunque puede suponerse fundadamente que tendrá más en com ún con la meticulosa y calculada precisión de Himmler que con el fanatismo histérico de Hitler, que se parecerá más a la testaruda frialdad de Molotov que a la crueldad sensual y vengativa de Stalm.
A este respecto, la situación en Europa después de la Segunda Guerra Mundial no difiere esencialmente de la situación en la primera postguerra.
En la década de los veinte, las ideologías del fascismo, el nazismo y el bol¬ chevismo fueron formuladas y dirigidos sus movimientos por la llamada ge¬ neración del frente, por aquellos que habían sido educados en la época ante¬ rior a la guerra y la recordaban claramente, de forma tal que la política gene¬ ral y el clima general del totalitarismo de la posguerra estaban siendo determinados por una generación que conocía íntimamente el tiempo y la vida que habían precedido a este período. Esto es específicamente cierto en el caso de Francia, donde la ruptura del sistema de clases se produjo después de la Segunda Guerra Mundial y no en la primera posguerra. Como los hom¬ bres del populacho y los aventureros de la era imperialista, los jefes de ios movimientos totalitarios tienen en común con sus simpatizantes intelectua¬ les el hecho de haberse hallado al margen del sistema de clases y del sistema nacional de la sociedad respetable europea antes incluso de que este sistema se quebrara.
Esta ruptura, cuando la espuria respetabilidad dio paso a una desespera¬ ción anárquica, pareció ser la primera gran oportunidad tanto para la élite
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como para el populacho. Esto resulta obvio en los nuevos líderes de masas, cuyas carreras reproducen las características de los primeros jefes del popula¬ cho: fracaso en ia vida profesional y social, perversión y desastre en ía vida privada. El hecho de que antes de que se iniciaran sus carreras políticas fue¬ ran sus vidas un fracaso, por lo que resultaron ingenuamente censurados por los jefes más respetables de los viejos partidos, constituyó el factor más fuerte de su atractivo para las masas. Parecía demostrar que, individualmente, en¬ carnaban el destino de la masa de su tiempo y que su deseo de sacrificarlo todo al movimiento, su promesa de consagrarse a aquellos que habían sido alcanzados por la catástrofe, su determinación de no retroceder nunca ante ía seguridad de ia vida normal y su desprecio por la respetabilidad eran comple¬ tamente sinceros y no inspirados por ambiciones pasajeras.
La élite de la posguerra, por otra parte, era sólo ligeramente más joven que ía generación que había sido utilizada y explotada por el imperialismo en carreras gloriosas al margen de la respetabilidad, como las de jugadores, espías y aventureros, como caballeros de resplandeciente armadura y como matadores de dragones. Compartían con Lawrence de Arabía el anhelo de «perder su ego» y la violenta repulsión hacia todas las normas existentes, ha¬ cia cualquier poder. SÍ recordaban la «edad de oro de ía seguridad», también recordaban cómo la habían odiado y cuán real fue su entusiasmo en el mo¬ mento en que estalló la Primera Guerra Mundial, No sólo Hitler ni los fra¬ casados dieron gracias a Dios de rodillas cuando la movilización se extendió por Europa en 191444. Ni siquiera tenían que reprocharse a sí mismos el ha¬ ber sido presa fácil de ia propaganda chauvinista o de las falaces explicaciones acerca del carácter puramente defensivo de la guerra. La élite fue a la guerra con la alegre esperanza de que todo io que conocía, toda la cultura y el con¬ texto de la vida, podría derrumbarse entre «tormentas de acero» (Ernst Jün-ger). En palabras cuidadosamente elegidas de Thomas Mann, la guerra era «castigo» y «purificación»; «fue ía guerra en sí misma, más que las victorias, la que inspiró al poeta». O en palabras de un estudiante de la época: «Lo que cuenta es siempre ía prontitud para hacer un sacrificio, no el objeto por el que se hace un sacrificio»; o en palabras de un joven obrero: «No importa vi¬ vir unos pocos anos más o menos. A uno le gustaría tener en su vida algo que mostrar»45. Y mucho tiempo antes de que uno de los simpatizantes intelec-
tí Véase la descripción que Hitler hace de su reacción ante el estallido de ía Primera Guerra Mun¬ dial, en Mein Kampf, libro I, cap. V.
Véase ia colección de material sobre «la crónica interna de la Primera Guerra Mundial» de Hanna Hafkesbrink, Unknown Cermany, New Haven, 1948, pp. 43, 45 y 81, respectivamente. El gran va¬ lor de esta colección en lo referente a los imponderables de ía atmósfera histórica hace aún más de¬ plorable la falta de estudios similares con relación a Francia, Inglaterra e Italia.
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tuales del nazismo anunciara: «Cuando oigo la palabra cultura, saco el revól¬ ver», los poetas habían proclamado su repugnancia por la «cultura de basure¬ ro» y apelado poéticamente a ios «bárbaros, escitas, negros e indios, para que la pisotearan»46.
Etiquetar simplemente como estallidos de nihilismo esta violenta insatis¬ facción por la época de la preguerra y por los subsiguientes intentos de res¬ taurarla (de Nietzsche a Sorel y Pareto, de Rimbaud y T. E. Lawrence a Jün-ger, Brecht y Malraux, de Bakunin y Nechayev a Alexander Biok) significa pasar por alto cuán justificada podía hallarse la repulsión hacía una sociedad completamente penetrada por la perspectiva ideológica y las normas morales de la burguesía. Sin embargo, también es cierto que la «generación del fren¬ te», en marcado contraste con los propios padres espirituales que eligió, esta¬ ba completamente absorbida por su deseo de ver la ruina de todo ese mundo de falsa seguridad, falsa cultura y falsa vida. Ese deseo era tan grande que su¬ peraba en impacto y concreción a todos los anteriores intentos de una «trans¬ formación de valores», tal como había pretendido Nietzsche, o de una reor¬ ganización de la vida política, tal como está indicada en las obras de Sorel, o de una resurrección de la autenticidad humana de Bakunin, o de un apasio¬ nado amor por la vida en la pureza de las aventuras exóticas de Rimbaud. La destrucción sin mitigación, el caos y la ruina como tales asumieron la digni¬ dad de valores supremos47.
Puede advertirse la autenticidad de estos sentimientos en el hecho de que fueran muy pocos los de esta generación que se curaron de su entusiasmo bé¬ lico ante la experiencia real de los horrores. Los supervivientes de las trinche¬ ras no se convirtieron en pacifistas, Valoraban una experiencia que, pensa¬ ban, podía servir para alejarles definitivamente de la odiada proximidad a la respetabilidad. Se aferraron a sus recuerdos de cuatro años de vida en las trin¬ cheras como si constituyeran un criterio objetivo para el establecimiento de una nueva élite. Y no cayeron tampoco en la tentación de idealizar este pasa¬ do; al contrarío, los adoradores de la guerra fueron ios primeros en reconocer que en la era de las máquinas la guerra no podría incubar virtudes como el
46 Ibíd., pp. 20 y 21.
47 Esto comenzó con un sentimiento de completa alienación de la vida normal. Rudolf Binding, por ejemplo, escribió: «Más que entre los proscritos, cuyo retorno es posible, seremos contados cada vez más entre los muertos, entre los apartados, porque la grandeza de lo sucedido nos aparta y nos sepa¬ ra» (ibíd., p. 160), Puede encontrarse una curiosa reminiscencia de la reivindicación elitista de la ge¬ neración del frente en la descripción que hace Himmler acerca de su «forma de selección» para la re¬ organización de las SS. «... el procedimiento más severo de selección es el determinado por la guerra, por la lucha por la vida y la muerte. En este sistema se reveía el valor de la sangre a través de los lo¬ gros... La guerra, sin embargo, es una circunstancia excepcional y tenemos que hallar un medio para realizar selecciones en tiempo de paz» (op. dt).
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sentimiento caballeresco, el valor, el honor y la virilidad48, que la guerra sólo imponía a los hombres la experiencia de la simple destrucción junto con la humillación de ser sólo pequeños dientes en la majestuosa rueda de la ma¬ tanza.
Esta generación recordó la guerra como el gran preludio de la ruptura de las clases y de su transformación en masas. La guerra, con su arbitrariedad constante y homicida, se convirtió en símbolo de la muerte, la «gran iguala¬ dora»43, y por eso, en el verdadero padre de un nuevo orden mundial. La pa¬ sión por la igualdad y la justicia, el anhelo por superar las estrechas líneas de clase, carentes de significado, por abandonar privilegios y prejuicios estúpi¬ dos, parecieron hallar en la guerra un escape de las antiguas actitudes condes¬ cendientes de piedad por los oprimidos y los desheredados. En tiempos de miseria y de desamparo individual parece tan difícil resistirse a la piedad cuando se transforma en una pasión que lo devora todo como no sentir su misma infinitud, que parece matar la dignidad humana con una certeza más mortal que la misma miseria.
En los primeros años de su carrera, cuando una restauración del statu quo europeo era todavía la amenaza más seria a las ambiciones del populacho50, Hítler apeló casi exclusivamente a estos sentimientos de la generación del frente. La abnegación peculiar del hombre-masa aparecía ahora como un an¬ helo de anonimato, por ser justamente un número y funcionar solamente como un engranaje, por cualquier transformación, en suma, que barriera las espurias identificaciones con tipos específicos o funciones predeterminadas dentro de la sociedad. La guerra había sido experimentada como la «más po ¬ derosa de todas las acciones de masas» que borraba las diferencias individua¬ les de forma tal que incluso los sufrimientos que tradicionalmente habían di¬ ferenciado a los individuos a través de destinos únicos e inalterables podían ser ahora interpretados como «un instrumento de progreso histórico»51. Y las distinciones nacionales no frenaron a las masas en las que deseaba sumergir¬ se la élite de la posguerra. La Primera Guerra Mundial, algo paradójicamen¬ te, casi había extinguido los auténticos sentimientos nacionales en Europa, donde, entre las dos guerras, resultaba mucho más importante haber perte-
4Í Véase, por ejemplo, TheStorm ofStee/, de Ernstjunger, Londres, 1929.
43 Hafkesbnnk, op. cit., p, 156.
5Q Heíden, op. cit., muestra cuán consecuentemente se alineó con fa catástrofe Hitler en los prime¬ ros días de su movimiento, cuánto temía una posible recuperación de Alemania. «En media docena de veces [por ejemplo durante el Ruhrputsch] declaró en diferentes términos a sus tropas de asalto que Alemania se estaba hundiendo. “Nuestro papel consiste en asegurar el éxito de nuestro movi¬ miento”» (p. 167), un éxito que en aquel momento dependía del colapso de la lucha en el Ruhr.
51 Hafkesbrink, op. cit., pp. 156 y 157.
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necído a la generación de las trincheras, sea cual fuere el lado en el que se hu¬ biera luchado, que ser alemán o francés52. Los nazis basaron toda su propa¬ ganda en esta camaradería indistinta, en esta «comunidad de destino», y con¬ quistaron a gran número de organizaciones de veteranos en todos los países de Europa, probando así cuán carentes de significado se habían tornado los eslóganes nacionales, incluso en las filas de la llamada derecha, y los utiliza¬ ron más por su connotación de violencia que por su específico contenido na¬ cional.
En este clima intelectual, general en la Europa de la posguerra, no existía un solo elemento verdaderamente nuevo. Bakunin ya había confesado: «No deseo ser Yo, quiero ser Nosotros»53, y Nechayev había predicado el evangelio del «hombre condenado» sin «intereses personales, asuntos, sentimientos, la¬ zos, propiedad, ni siquiera un nombre propio»54. Los instintos antihumanis¬ tas, antiliberales, antiindividualistas y anticulturales de la generación del frente, su brillante e ingenioso elogio de la violencia, del poder y de la cruel¬ dad, fueron precedidos por las pruebas, toscas y pomposamente «científicas», de la élite imperialista, según las cuales es ley del universo la lucha de todos contra todos, la expansión es una necesidad psicológica antes de ser un me¬ dio político y el hombre ha de comportarse conforme a tales leyes universa¬ les55. Lo que resultaba nuevo en los escritos de la generación del frente era su alto nivel literario y la gran profundidad de su pasión. Los escritores de la posguerra ya no necesitaban las demostraciones científicas de la genética ^ hi¬ cieron escaso uso, si es que llegaron a hacerlo, de las obras de Gobineau o de Houston Stewart Chamberíain, que pertenecían ya al recinto cultural de los filisteos. No leyeron a Darwin sino al marqués de Sade56. Si en alguna forma
Este sentimiento se hallaba ya muy difundido durante la guerra cuando Rudolf Btnding escribió: «[Esta guerra] no puede ser comparada con una campaña. Porque en ésta un jefe alza su voluntad contra la de otro. Pero en esta guerra ambos adversarios yacen en el suelo y sólo la guerra impone su voluntad» (ibíd., p. 67).
Bakunin, en una carta escrita el 7 de febrero de 1870. Véase Apostles of Revohttion, de Max No-
mad, Boston, 1939, p. 180.
El Catecismo del Revolucionario fue escrito por el propio Bakunin o por su discípulo Nechayev. Para la cuestión de la paternidad y una traducción del texto completo, véase Nomad, op. cit, pp. 227 y ss. En cualquier caso, el «sistema de desprecio total por cualquier principio de simple equidad y de justicia en la actitud [deí revolucionario] hacia otros seres humanos... pasó a ¡a historia revoluciona¬ ría rusa bajo el nombre de “Ncchayevschina”» (ibíd., p. 224).
Relevante entre estos teóricos políticos del imperialismo es Ernest Seilliére, Mystidsme et domina-ñon; essais de critique impéríaliste, 1913, 1913. Véase también We Imperialists: Notes on Ernest Seil-lliires Pbilosopby ofImperialista, de Cargill Sprietsma, Nueva York, 1931; G. Monod, en La Revite Historique, enero de 1912, y Une mtwelle Psychologie de l'lmpérialisme, Ernest Seilliére, de Louis Esté-ve, 1913.
5(5 En Francia, desde 1930, el marqués de Sade se había convertido en uno de los autores favoritos de la literatura de vanguardia. Jean Paulhan, en su introducción a una nueva edición de Les Infbrtimes de
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creían en leyes universales no se preocuparon, desde luego, en conformarse especialmente a ellas. Para ellos, la violencia, el poder, la crueldad, eran las ca¬ pacidades supremas de unos hombres que habían perdido definitivamente su lugar en el universo y eran demasiado orgullosos para anhelar una teoría del poder que les reintegrara sanos y salvos al mundo. Se hallaban satisfechos de su ciega adhesión a todo lo que la sociedad respetable había vetado, al mar¬ gen de la teoría o del contenido, y elevaron la crueldad a la categoría de vir¬ tud principal porque ello contradecía la hipocresía humanitaria y liberal de la sociedad.
Si comparamos a esta generación con los ideólogos del siglo XIX, con cu¬ yas teorías parecen a veces tener tanto en común, su diferencia principalmen¬ te radica en su mayor autenticidad y pasión. Se vieron más profundamente afectados por la miseria, se preocuparon más de las contradicciones y se sin¬ tieron más mortalmente heridos por la hipocresía que todos los anteriores apóstoles de la buena voluntad y la hermandad. Ya no podían escapar a tie¬ rras exóticas ni podían permitirse ser matadores de dragones entre pueblos extraños e interesantes. No existía para ellos escape a la rutina diaria de mi¬ seria, mansedumbre, frustración y resentimiento embellecidos por una fal¬ sa cultura de conversaciones cultas; ni la afinidad con costumbres de países de cuentos de hadas podía salvarles de la creciente náusea que esta combi¬ nación constantemente inspiraba.
La incapacidad para escapar al ancho mundo, este sentimiento de estar atrapado una y otra vez en las trampas de la sociedad — tan diferente de las condiciones que habían formado el carácter imperialista— , añadió una cons¬ tante opresión y el anhelo de la violencia a la antigua pasión por el anonima¬ to y por el abandono del yo. Sin la posibilidad de un cambio radical de papel y de carácter, tal como la identificación con el movimiento nacional árabe y con los ritos de una aldea india, la voluntaria inmersión del yo en fuerzas su-prahumanas de destrucción parecía ser un escape a la identificación automᬠtica con funciones preestablecidas dentro de la sociedad y a su profunda ba¬ nalidad y, al mismo tiempo, una ayuda para la destrucción del mismo fun¬ cionamiento. Estas personas se sentían atraídas por el declarado activismo de los movimientos totalitarios, por su curiosa y sólo aparentemente contradic-
la Verdi, de Sade, París, 1946, señala: «Cuando veo hoy a tantos escritores tratando conscientemen¬ te de renunciar al artificio y al juego literario en aras de lo inexpresable... [un évinement ituUábie], buscando ansiosamente lo sublime en lo infame, la grandeza en lo subversivo..., me pregunto... si nuestra literatura moderna, en aquellos sectores que nos parecen más vitales — o, en cualquier caso, más agresivos— , no se habrá vuelto enteramente hacia el pasado y si no ha sido precisamente Sade quien lo ha determinado». Véase también «Le Secret de Sade», de Georges Batailfe, en La Critique, tomo III, núms. 15-16 y 17,1947.
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toría insistencia en la primacía de la acción pura y en la abrumadora fuerza de la pura necesidad. Esta mezcla correspondía precisamente a la experiencia bélica de la «generación del frente», a la experiencia de la actividad constante dentro del marco de una fatalidad insuperable.
El activismo, además, parecía proporcionar nuevas respuestas a la antigua e inquietante pregunta: «¿Quién soy yo?», que siempre surge con redoblada insistencia en los tiempos de crisis. SÍ la sociedad insistía en decir: «Tú eres lo que pareces ser», el activismo de la posguerra replicaba: «Tú eres lo que tú has hecho» — por ejemplo, el hombre que por vez primera había cruzado el Atlántico en un aeroplano (como en Der Flug des Lindberghs, de Brecht)— , una respuesta que después de la Segunda Guerra Mundial repitió Sartre, lige¬ ramente variada: «Eres tu vida» (en HUÍS dos). La pertinencia de estas res¬ puestas se basa menos en su validez como redefiniciones de una identidad personal que en su utilidad para un eventual escape a la identificación social, a la multiplicidad de papeles y funciones intercambiables que ha impuesto la sociedad. Lo que importaba era hacer algo, heroico o criminal, algo que no estuviera previsto ni determinado por nadie.
El activismo declarado de ios movimientos totalitarios, su preferencia por el terrorismo sobre todas las demás formas de actividad política atrajeron ai mismo tiempo a la élite intelectual y al populacho, precisamente porque este terrorismo era tan profundamente diferente del de las primeras socieda¬ des revolucionarias. Ya no se trataba de una cuestión de política calculada que viera en los actos terroristas el único medio de eliminar a ciertas perso¬ nalidades relevantes, quienes, por obra de su política o de su posición, se ha¬ bían convertido en el símbolo de la opresión. Lo que resultaba tan atractivo era que el terrorismo se había convertido en una cíase de filosofía a través de la cual se podía expresar el resentimiento, la frustración y el odio ciego, en un tipo de expresionismo político que recurría a las bombas para manifestarse, que observaba con placer la publicidad otorgada a los hechos resonantes y que estaba absolutamente dispuesto a pagar el precio de la vida por haber lo¬ grado imponer el reconocimiento de la existencia propia sobre los estratos normales de la sociedad. Fue el mismo espíritu y el mismo talante el que hizo anunciar a Goebbels con obvio placer, largo tiempo antes de la derrota final de la Alemania nazi, que los nazis, en caso de derrota, sabían cómo cerrar la puerta tras ellos y no ser olvidados durante siglos,
Pero, sin embargo, es aquí, en la atmósfera pretotalitaria, donde cabe ha¬ llar un criterio válido, si es que puede hallarse en parte alguna, para distinguir a la élite del populacho. Lo que el populacho quería y lo que Goebbels ex¬ presó con gran precisión era acceder a la historia incluso al precio de la des¬ trucción. El sincero convencimiento de Goebbels de que «la mayor felicidad
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que un contemporáneo puede experimentar hoy» es o bien ser un genio, o servir a un genio57, resultaba típico del populacho, pero no lo era de las ma¬ sas ni de la élite simpatizante. Esta última, al contrario, tomaba el anonima¬ to tan en serio que llegaba incluso a negar seriamente la existencia del ge¬ nio. Todas las teorías del arte de la década de los veinte trataban desespera¬ damente de demostrar que lo excelente es producto de la habilidad, la experiencia y la lógica, y de la realización de las potencialidades del mate¬ rial58. El populacho, y no la élite, estaba encantado con el «radiante poder de la fama» (Stefan Zvveig) y aceptó entusiásticamente la idolatría del genio del difunto mundo burgués. En esto, el populacho del siglo XX siguió fiel¬ mente la pauta de advenedizos anteriores, quienes también descubrieron el hecho de que la sociedad burguesa abriría sus puertas, más que al simple mérito, a todo lo fascinantemente «anormal», al genio, al homosexual o al judío. El desprecio de la élite por el genio y su anhelo de anonimato demos¬ traban todavía un espíritu que ni las masas ni el populacho se hallaban en disposición de comprender, y que, en palabras de Robespierre, se esforzaba por afirmar la grandeza del hombre contra la pequeñez de los grandes.
Pese a esta diferencia entre la élite y el populacho, no hay duda de que a la élite le placía que el hampa asustara a la sociedad respetable obligándola a aceptaría como igual. Los miembros de la élite no pusieron reparos al hecho de tener que pagar un precio, la destrucción de la civilización, por el placer de ver cómo se abrían camino aquellos que habían sido injustamente exclui¬ dos en el pasado. No se sintieron especialmente agraviados por las monstruo¬ sas falsificaciones de la historiografía, de las que son culpables todos los regí¬ menes totalitarios y que se anunciaron con suficiente claridad en la propa¬ ganda totalitaria. Se habían llegado a convencer de que, en cualquier caso, la historiografía tradicional era una falsificación, dado que había excluido del recuerdo de la humanidad a los menos privilegiados y a los oprimidos. Aque¬ llos que eran rechazados por su propio tiempo normalmente eran olvidados por la historia y el insulto añadido a la injuria había preocupado a todas las conciencias sensibles desde que desapareció la fe en un más allá en el que los últimos serían los primeros. Las injusticias, en el pasado como en el presente, se tornaron intolerables cuando ya no existió esperanza alguna de que se en¬ derezaran eventualmente las normas de la justicia. El gran intento de Marx de reescribir la historia del mundo en términos de lucha de clases fascinó in¬ cluso a aquellos que no creían en su tesis, pero que se sentían atraídos por su
57 Goebbels, op. cit., p. 139.
A este respecto resultaban características las teorías artísticas cíe la Bauhaus. Véanse también las observaciones de Bertolt Brecht acerca del teatro, Gesammelte Werke, Londres, 1938.
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intención de hallar un medio por el cual empujar hasta el recuerdo de la pos¬ teridad a los destinos de los excluidos de la historia oficial.
La alianza temporal entre la élite y el populacho se basó ampliamente en este genuino placer con el que la primera veía al segundo destruir la respetabi¬ lidad. Y esto era posible cuando los barones alemanes del acero se veían obliga¬ dos a tratar con Hitler, a tratar socialmente con ese pintor de brocha gorda que, según confesión propia, había sido anteriormente un desecho, y también era posible con las falsificaciones vulgares y ordinarias perpetradas por los movi¬ mientos totalitarios en todos los campos de la vida intelectual, en la medida en que reunían todos los elementos subterráneos e irrespetables de la historia eu¬ ropea en una imagen consistente. Desde este punto de vista resulta más bien consolador que el nazismo y el bolchevismo comenzaran a eliminar incluso aquellas fuentes de sus propias ideologías que habían obtenido ya algún reco¬ nocimiento en sectores académicos u oficiales de otro tipo. Porque la inspira¬ ción de quienes reescribieron la historia no fue, por ejemplo, el marxismo dia¬ léctico de Marx, sino la conspiración de las 300 familias; no el pomposo cien¬ tificismo de Gobineau y de Chamberlain, sino los «Protocolos de los Sabios de Sión»; no la clara influencia de la iglesia católica y el papel desempeñado por el anticíericalismo en los países latinos, sino la literatura barata sobre los jesuítas y los francmasones. El objeto de las más variadas y variables construcciones con¬ sistía siempre en presentar a la historia oficial como una burla, en mostrar una serie de influencias secretas de las que la realidad visible, distinguible y conoci¬ da era sólo la fachada exterior, erigida explícitamente para engañar a la gente.
A esta aversión de la élite intelectual por la historiografía oficial, a la con¬ vicción de que, en cualquier caso, la historia podía ser también el campo de acción de los fanáticos, hay que añadir también la terrible y desmoralizante fascinación de que pudieran afirmarse eventualmente mentiras gigantescas y falsedades monstruosas como hechos indiscutibles, de que el hombre pudie¬ ra ser libre de cambiar a su voluntad su propio pasado y de que la diferencia entre la verdad y la falsedad pudiera dejar de ser objetiva y convertirse en una simple cuestión de poder y habilidad, de presión y de infinita repetición. Lo que ejerció la fascinación no fue la habilidad de Stalin y de Hitler en el arte de mentir, sino el hecho de que fueran capaces de organizar las masas en una unidad colectiva para respaldar sus mentiras con una impresionante magnifi¬ cencia. Lo que desde el punto de vista académico eran simples falsificaciones parecieron recibir la sanción de la historia misma cuando toda la realidad de los movimientos las respaldaba y de ellas pretendía extraer la inspiración ne¬ cesaria para la acción.
La atracción que ios movimientos totalitarios ejercen sobre la élite, mien¬ tras y allí donde no se han apoderado del poder, resulta sorprendente porque
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las doctrinas positivas, patentemente vulgares y arbitrarias, dei totalitarismo son más evidentes para quien se halla al margen como mero observador que el talante general que impregna la atmósfera pretotalitaria. Estas doctrinas dife¬ rían tanto de las normas intelectuales, culturales y morales generalmente aceptadas que cabría deducir que sólo una imperfección inherente al carácter del intelectual, la trahison des cleros (J. Benda), o un perverso odio hacia el propio espíritu, pueden explicar la satisfacción con la que la élite aceptó las «ideas» del populacho. Lo que los portavoces del humanismo y del liberalis¬ mo pasaron habitualmente por alto en su amarga decepción y en su falta de familiaridad con las experiencias más corrientes de la época es que en una at¬ mósfera en la que se han evaporado todos los valores y proposiciones tradi¬ cionales (después de que las ideologías decimonónicas se refutaron entre sí y agotaron su atractivo vital) era más fácil en cierto sentido aceptar proposicio¬ nes patentemente absurdas que aceptar las antiguas verdades, convertidas en piadosas banalidades precisamente porque nadie podía esperar que el absur¬ do fuera tomado en serio. La vulgaridad con su cínico desprecio por las nor¬ mas respetadas y por las teorías reconocidas comportaba una franca acepta¬ ción de lo peor y un desdén por todos los pretextos, que fueron fácilmente confundidos con una actitud valiente y con un nuevo estilo de vida. En el creciente predominio de las actitudes y convicciones del populacho — que eran realmente las actitudes y convicciones de la burguesía despojadas de hi¬ pocresía—-, quienes tradicionalmente habían odiado a la burguesía y habían abandonado voluntariamente la sociedad respetable vieron solamente la falta de hipocresía y de respetabilidad y no su contenido mismo59.
Como la burguesía afirmaba ser el guardián de las tradiciones occidenta¬ les y tornó confusas todas las cuestiones morales, jactándose públicamente de virtudes que no sólo no poseía en privado, sino que realmente despreciaba, parecía revolucionario aceptar la crueldad, el desprecio por los valores mora¬ les y la amoralidad general, porque así se destruía al menos la duplicidad so¬ bre la que parecía descansar la sociedad existente. ¡Qué tentación la de elogiar las actitudes extremistas en esta penumbra hipócrita de las dobles normas morales, la de exhibir públicamente la máscara de la crueldad cuando todo el mundo es duro pero pretende ser amable; la de jactarse de la maldad en un mundo no de maldades, sino de bajezas! La élite intelectual de la década de
Las siguientes palabras de Rohm son típicas del sentimiento de casi toda la nueva generación y no sólo de una ¿lite: «La dominación de ía hipocresía y del fariseísmo es la característica más conspicua de la sociedad actual,., Nada puede ser más falaz que la llamada moral de la sociedad». Estos mucha¬ chos «no encuentran su camino en el mundo filisteo de la doble moral y ya no saben cómo distinguir entre la verdad y el error» (Die Geschichte eines Hochverräters, pp. 267 y 269). La homosexualidad de estos círculos era también, al menos en parte, una expresión de su protesta contra la sociedad.
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los años veinte, que sabía muy poco de las conexiones anteriores entre el po¬ pulacho y la burguesía, estaba segura de que el antiguo juego de épater le bourgeois podía jugarse a la perfección si se empezaba por asustar a la socie¬ dad con una imagen irónicamente exagerada de su propia conducta.
En aquella época nadie llegó a pensar que la verdadera víctima de esta ironía sería la élite más que la burguesía. La vanguardia no sabía que estaba lanzando su cabeza, no contra muros, sino contra puertas abiertas, que un éxito unánime desmentiría su afirmación de ser una minoría revolucionaria y demostraría que estaba a punto de expresar un nuevo espíritu de masas o el espíritu del tiempo. Particularmente significativa a este respecto fue la acogi¬ da que obtuvo la Dreigroschenoper, de Brecht, en la Alemania prehitíeriana. La obra presentaba a ios gángsters como respetables hombres de negocios y a los respetables hombres de negocios como gángsters. La ironía se perdió de alguna forma cuando los respetables hombres de negocios que vieron la obra la consideraron como una profunda percepción de la vida y cuando el popu¬ lacho la recibió como una sanción artística del gangsterismo. La canción que fue tema de la obra, «Erst kommt das Fressen, dann kommt die Moral»*, fue recibida con frenéticos aplausos de todo el mundo, aunque por diferentes ra¬ zones. El populacho aplaudía porque tomaba la afirmación al pie de la letra; la burguesía aplaudía porque había sido engañada por su propia hipocresía durante tanto tiempo que ya estaba cansada de la tensión y descubría una profunda agudeza en la expresión de la banalidad en la que vivía; la élite aplaudió porque le alegraba y le entusiasmaba el desenmascaramiento de la hipocresía. El efecto de la obra fue exactamente el opuesto del que Brecht ha¬ bía buscado. La burguesía ya no podía sentirse horrorizada; dio la bienvenida a la exposición de su oculta filosofía, cuya popularidad demostraba que había tenido razón todo el tiempo, así que el único resultado político de la «revolu¬ ción» de Brecht fue animar a todo el mundo a arrojar la incómoda máscara de la hipocresía y a aceptar abiertamente las normas del populacho.
Una reacción similar en su ambigüedad surgió diez años más tarde en Francia con Bagatelles pour un massacre, de Céline, en la que proponía ma¬ tar a todos los judíos. André Gide mostró públicamente su satisfacción en las páginas de la Nouvelle Revue Française, no porque deseara matar a los ju ¬ díos de Francia, sino porque le complacía el reconocimiento brutal de se¬ mejante deseo y la fascinante contradicción entre la brutalidad de Céline y el comedimiento hipócrita que rodeaba a la cuestión judía en todos los ba¬ rrios respetables. Puede juzgarse cuán irresistible era el deseo de la élite de desenmascarar a la hipocresía por el hecho de que semejante satisfacción no
* «Primero va la comida, después la moral.» (N. del T.)
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resultaba menguada por la muy auténtica persecución de los judíos por parte de Hitler, ya en marcha en la época en que escribía Céline. Sin em¬ bargo, esta reacción más tenía que ver con la aversión al filosemitismo de los liberales que con el odio a los judíos. Un esquema mental similar expli¬ ca el hecho notable de que las muy difundidas opiniones de Hitler y de Sta-lín acerca del arte y su persecución de los artistas modernos nunca hayan sido capaces de destruir la atracción que los movimientos totalitarios sien¬ ten por los artistas de vanguardia. Esto muestra la falta de sentido de la reali¬ dad de la élite, junto con su pervertida abnegación; ambos recuerdan muy estrechamente al mundo ficticio y a la ausencia de interés propio típicos de las masas. Ésta fue la gran oportunidad de los movimientos totalitarios y la razón por la que pudo surgir una alianza temporal entre la élite intelectual y el populacho, cuyos problemas en una forma elemental e indiferenciada habían llegado a ser los mismos y anticipaban los problemas y la mentali¬ dad de las masas.
Estrechamente ligada a la atracción que la falta de hipocresía del popula¬ cho y la falta de interés propio de las masas ejercían sobre la élite era la atrac¬ ción igualmente irresistible de la falsa afirmación de los movimientos totalita¬ rios de haber abolido la separación entre la vida privada y pública y haber res¬ taurado una totalidad misteriosamente irracional en el hombre. Desde que Balzac reveló las vidas privadas de la sociedad francesa y desde que la dramati-zación de Ibsen de los «Pilares de la sociedad» conquistó el teatro continental, el tema de la doble moral era uno de los más importantes en tragedias, come¬ dias y novelas. La doble moral, tal como era practicada por la burguesía, se con¬ virtió en el signo relevante de ese esprit de sériewc que es siempre pomposo y nunca sincero. Esta división entre la vida privada y la pública o social nada tie¬ ne que ver con la justificada separación entre las esferas personal y pública, sino que es más bien reflejo psicológico de la lucha decimonónica entre bomgeoisy citoyen, entre el hombre que juzgaba y utilizaba todas las instituciones públicas a la medida de sus intereses privados y el ciudadano responsable que se sentía preocupado por los asuntos públicos como tales. En esta perspectiva, la filoso¬ fía política de los liberales, según la cual la simple suma de los intereses indivi¬ duales constituye el milagro del bien común, parecía ser sólo una racionaliza¬ ción de la temeridad con la que Rieron impulsados los intereses privados sin respeto al bien común.
Contra el espíritu clasista de los partidos continentales que siempre habían reconocido que representaban a ciertos intereses, y contra el «oportunismo» resultante de su propia concepción de sí mismos exclusivamente como partes de un todo, los movimientos totalitarios afirmaron su «superioridad» en cuanto portaban una Weltanschatiung, mediante la cual tomaban posesión
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del hombre en su totalidad60. En su reivindicación de esta totalidad los diri¬ gentes de los movimientos, procedentes del populacho, formularon de nue¬ vo, sólo que ai revés, la propia filosofía política de la burguesía. La clase bur¬ guesa, tras haberse abierto camino a través de la presión social y, frecuente¬ mente, a través del chantaje económico de las instituciones políticas, siempre creyó que los órganos públicos y visibles del poder estaban dirigidos por sus propios intereses e influencia secretos y particulares. En este sentido, la filo¬ sofía política de la burguesía era siempre «totalitaria»; siempre supuso una identidad de política, economía y sociedad, en la que las instituciones políti¬ cas servían sólo como fachada de sus intereses particulares. La doble moral de la burguesía, su diferenciación entre la vida privada y la pública, eran una concesión a la nación-estado que había tratado desesperadamente de mante¬ ner estas dos esferas apartadas.
Lo que atrajo a la élite fue el radicalismo como tal. La esperanzada pre¬ dicción de Marx de que el estado se esfumaría y de que emergería una socie¬ dad sin clases ya no era suficientemente radical ni mesiánica. Si Berdiaev tie¬ ne razón al declarar que ios «revolucionarios rusos... siempre habían sido to¬ talitarios», entonces la atracción que la Rusia soviética ejerció igualmente sobre los intelectuales compañeros de viaje nazis y comunistas descansa pre¬ cisamente en el hecho de que en Rusia «la revolución era una religión y una filosofía y no simplemente un conflicto relacionado con el aspecto social y político de la vida»61. La verdad fue que la transformación de las clases en masas y el quebrantamiento del prestigio y de la autoridad de las institucio¬ nes políticas determinó en las naciones de Europa occidental unas condicio¬ nes que se parecían a las predominantes en Rusia, de tal forma que no resul¬ tó accidental el que sus revolucionarios comenzaran a adoptar también el fa¬ natismo revolucionario típicamente ruso que miraba hacia el futuro, no para cambiar las condiciones sociales o políticas, sino para lograr la destrucción radical de todos los credos, valores e instituciones existentes. El populacho simplemente supo aprovecharse de este nuevo talante y logró una breve alianza entre revolucionarios y delincuentes, que también había existido en muchas sectas revolucionarias de la Rusia zarista pero que había permanecido notoriamente ausénte de la escena europea.
La inquietante alianza entre el populacho y la élite y la curiosa coinci¬ dencia de sus aspiraciones tuvieron su origen en el hecho de que estos estra-
El papel de la Weltamchamtng en la formación dei movimiento nazi fue subrayado muchas veces por el mismo Hitler. Es interesante señalar que en Mein Kmipfpretende haber comprendido la ne¬ cesidad de basar un partido en una Weltanschauung gracias a la superioridad de los partidos marxis-tas. «Weltanschauung y Partido», libro II, cap. I,
Nicolai Berdiaev, The Origin o/Russian Communism, 1937, pp. 124 y 123-
TOTALITARISMO
tos habían sido ios primeros en ser eliminados de ia estructura de la nación-estado y del marco de la sociedad de clases. Se reunieron tan fácilmente, aun¬ que sólo fuera por breve tiempo, porque ambos sentían que representaban el destino del tiempo, que eran seguidos por masas interminables y que más pronto o más tarde la mayoría de los pueblos europeos podían estar a su lado, tai como pensaban, dispuestos a hacer su revolución.
Resultó que ambos estaban equivocados. El populacho, hampa de la cla¬ se burguesa, esperaba que las masas desamparadas le ayudarían a llegar al po¬ der, le apoyarían cuando tratara de impulsar sus intereses particulares y que sería simplemente capaz de reemplazar a los antiguos estratos de la sociedad burguesa y de infundir en ellos el espíritu más emprendedor del hampa. Sin embargo, el totalitarismo en el poder aprendió rápidamente que el espíritu emprendedor no quedaba limitado a los estratos del populacho dentro de la población y que, en cualquier caso, semejante iniciativa sólo podría consti¬ tuir una amenaza a la dominación total del hombre. Por otra parte, la ausen¬ cia de escrúpulos tampoco quedaba restringida al populacho y, en cualquier caso, también, podía ser enseñada en un tiempo relativamente corto. Para las implacables máquinas de dominación y exterminio, las masas de filisteos coor¬ dinados proporcionaron un material mucho mejor y fueron capaces de críme¬ nes aún mayores que los de ios llamados criminales profesionales, a condición tan sólo de que tales crímenes estuviesen bien organizados y asumieran la apa¬ riencia de un trabajo rutinario.
No fue fortuito así que las escasas protestas ante las atrocidades en masa de los nazis contra los judíos y los pueblos de Europa oriental fueran formu¬ ladas no por los militares ni por otra parte alguna de las masas coordinadas de fi¬ listeos respetables, sino precisamente por aquellos primeros camaradas de Hi-tler que eran típicos representantes del populacho62. No era Himmler, el16
Existe, por ejemplo, la curiosa intervención de Welhelm Kube, comisario general de Minsk y uno de los más antiguos miembros del partido, que en 1941, es decir, al comienzo de las matanzas, escri¬ bió a su jefe: «Soy, desde luego, duro y deseo cooperar en la solución de ía cuestión judía; pero las personas educadas en nuestra propia cultura son, después de todo, diferentes de las bestiales bordas locales. ¿Hemos de asignar ía tarea de matarles a los lituanos y letones, que son despreciados incluso por la población indígena? Yo no podría hacerlo. Le ruego que me envíe instrucciones muy definidas para ocuparme de la cuestión de !a forma más humana con objeto de preservar el prestigio de nues¬ tro Reicb y de nuestro partido». Esta carta está publicada en Hitler's Profesión, de Max Weinreich, Nueva York, 1946, pp. 153 y 154. La intervención de Kube fue totalmente desestimada, pero un in¬ tento idéntico para salvar la vida de ios judíos daneses, acometido por W. Best, plenipotenciario del Reicb en Dinamarca y conocido nazi, tuvo más éxito. Véase Nazi Conspiracy, V, 2.
Simüarmente, Aífred Rosenberg, que había afirmado ía inferioridad de los pueblos eslavos, nun¬ ca comprendió obviamente que sus teorías podían significar algún día su propia liquidación. Encar¬ gado de la administración de Ucrania, redactó informes en los que manifestaba su indignación por las condiciones existentes en 1942 después de haber tratado de conseguir la intervención directa del propio Hitler. Véase Nazi Conspiracy, III, pp. 83 y ss., y IV, p. 62,
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hombre más poderoso en Alemania a partir de 1936, uno de aquellos «bohe¬ mios armados» (Heiden), cuyas características resultaban dolorosamente se¬ mejantes a las de la élite intelectual. Himmler, en realidad, era «más normal», es decir, tenía más de filisteo que cualquiera de los primeros líderes deí movi¬ miento nazi63. No era un bohemio como Goebbels, o un delincuente sexual como Streicher, o un chiflado como Rosenberg, o un fanático como Hitíer, o un aventurero como Goering. Demostró su capacidad suprema para organi¬ zar a las masas en una dominación total, al asumir que la mayoría de los hombres no eran ni bohemios, ni fanáticos, ni aventureros, ni maníacos se¬ xuales, ni chiflados, ni fracasados sociales, sino, primero y ante todo, trabaja¬ dores y buenos cabezas de familia.
El retiro del filisteo a la vida privada, su devoción sincera a las cuestiones de la familia y de su vida profesional, fueron el último y ya degenerado pro¬ ducto de la creencia de la burguesía en la primacía del interés particular. El fi¬ listeo es el burgués aislado de su propia clase, el individuo atomizado que es resultado de la ruptura de la misma clase burguesa. El hombre-masa al que Himmler organizó para los mayores crímenes en masa jamás cometidos en la historia presentaba las características deí filisteo más que las del hombre deí populacho y era el burgués que, entre las ruinas de su mundo, sólo se preo¬ cupaba de su seguridad personal y que, a la más ligera provocación, estaba dispuesto a sacrificarlo todo, su fe, su honor y su dignidad. Nada resultó tan fácil de destruir como la intimidad y la moralidad privada de quienes no pen¬ saban más que en salvaguardar sus vidas privadas. Tras unos pocos años de permanencia en el poder y una sistemática coordinación, los nazis pudieron afirmar con justicia: «El único hombre que en Alemania es todavía una per¬ sona particular es alguien que está dormido»64.
Existen desde íuego algunas excepciones a esta regla. El hombre que salvó a París de ía destruc¬ ción era el general Von Choltitz, que, sin embargo, todavía «temía ser privado del mando por no ha¬ ber ejecutado las órdenes», aunque sabía que la «guerra estaba perdida desde hacía varios años». Pa¬ rece dudoso que hubiera tenido valor para resistirse a la orden de «convertir París en una masa de rui¬ nas» de no haber contado con el enérgico apoyo de un hombre con larga carrera en el partido nazi, Otto Abetz, embajador en Francia, tal como se deduce de su propio testimonio durante el proceso de Abetz. Véase The New York Times, 21 de julio de 1949.
Un inglés, Srephen H. Roberts, en The House that Hitler Built, Londres, 1939, describe a Himm - ler como «un hombre de exquisita cortesía e interesado todavía en las cosas sencillas de la vida. Ca¬ rece de la “pose” de esos nazis que se comportan como semidioses... Ningún hombre parece menos adecuado para su tarea como este dictador de la policía en Alemania, y estoy convencido de que na¬ die hay más normal entre los que conocía en Alemania...» (pp. 89 y 90). Esto recuerda de una forma curiosa la observación de la madre de Stalin, quien, según la propaganda bolchevique, dijo de él: «Un hijo ejemplar. Me gustaría que todos fueran como él» (Souvarine, op. cit, p. 656).
6i La observación fue formulada por Robert Ley. Véase Kohn-Bramstedt, op. cit, p. 178.
TOTALITARISMO
Por otra parte, para ser completamente justos con aquellos miembros de la élite que, en un momento u otro, se han dejado seducir por los movimien¬ tos totalitarios y que a veces, en razón de su capacidad intelectual, han llega¬ do a ser incluso acusados de haber inspirado el totalitarismo, es preciso de¬ clarar que lo que estos hombres desesperados del siglo XX hicieron o no hi¬ cieron no tuvo influencia alguna en ningún totalitarismo, aunque desempeñó cierto papel en los primeros y afortunados intentos de los movimientos por obligar al mundo exterior a tomar en serio sus doctrinas. Allí donde los movi¬ mientos totalitarios conquistaron el poder, todo este grupo de simpatizantes se deshizo incluso mucho antes de que los regímenes procedieran a cometer sus mayores crímenes. La iniciativa intelectual, espiritual y artística es tan peligrosa para el totalitarismo como lo es la iniciativa del gángster para el populacho, y ambas son más peligrosas que la simple oposición política. La implacable per¬ secución de cada forma superior de actividad intelectual por los nuevos diri¬ gentes de masas procede de algo más que de su resentimiento natural contra todo lo que no pueden comprender. La dominación total no permite la libre iniciativa en ningún campo de la vida, ni ninguna actividad que no sea entera¬ mente previsible. El totalitarismo en el poder sustituye invariablemente a todos ios talentos de primera fila, sean cuales fueren sus simpatías, por aquellos fa¬ náticos y chiflados cuya falta de inteligencia y de creatividad sigue siendo la mejor garantía de su lealtad65.
La política bolchevique, sorprendentemente consecuente a este respecto, es bien conocida y difí- cilmente necesita un comentario ulterior. Picasso, por tomar el ejemplo más famoso, no gustaba en Rusia, aunque era comunista. Es posible que el repentino cambio de actitud de André Gide, tras ha¬ ber visto la realidad bolchevique en la Rusia soviética (Retoitr de 1‘URSS) en 1936, convenciera defi¬ nitivamente a Stalin de ía inutilidad de los artistas creativos incluso como compañeros de viaje. La política nazi se distinguió de las medidas bolcheviques sólo en cuanto que no llegó a exterminar a sus talentos de primera fila.
Resultaría valioso estudiar detalladamente las carreras de aquellos académicos alemanes, compa¬ rativamente escasos, que fueron más allá de la mera cooperación y ofrecieron sus servicios porque eran nazis convencidos (Weinreich, op. cit., en el único estudio disponible, y equívoco porque no distingue entre los profesores que adoptaron-el credo nazi y aquellos que debían sus carreras exclusi¬ vamente al régimen, omite la primera fase de las carreras de los académicos implicados, y así coloca indiscriminadamente en la misma categoría a hombres bien conocidos y con grandes logros junto a otros chiflados). El más interesante es el ejemplo del jurista Cari Schmitt, cuyas muy ingeniosas teo¬ rías acerca del final de ía democracia y del gobierno legal todavía constituyen una lectura interesan¬ te; en época tan temprana como la de mediados de la década de los treinta fue reemplazado por el ar¬ quetipo nazi de teórico político y de jurista, Hans Frank, que más tarde sería gobernador de Polonia, Gottfried Neese y Reinhard Hoehn, El último en caer en desgracia fue el historiador Walter Frank, que había sido un antisemita convencido y miembro del partido nazi antes de que éste llegara al po¬ der, y en 1933 fue nombrado director del recientemente fundado «Reichsinstitut flir Geschichte des Neuen Deutschiands», con su famosa «Forschungsabteilung Judenfrage», y editor de los nueve volúmenes de Forschungen zur judenfrage (1937-1944). En los primeros años de la década de los cua¬ renta, Frank tuvo que ceder su posición e influencia al famoso Alfred Rosenberg, cuya obra El
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mito del siglo XX no muestra ciertamente aspiración alguna de carácter erudito. Frank perdió clara-mente la confianza tan sólo porque no era un charlatán.
Lo que ni la élite ni el populacho que «abrazaron» el nacionalsocialismo con semejante fervor po¬ dían comprender era que «uno no puede abrazar esta orden... por accidente. Por encima y más allá de la buena voluntad de servir se halla la firme necesidad de la selección, que no conoce ni circuns¬ tancias atenuantes ni la demencia» (Der Wegder SS, publicado por la SS Hauptamt-Schulungsamt, s, f., p. 4), En otras palabras, respecto de la selección de aquellos que pasarían a unírseles, los nazis pretendían formular sus propias decisiones, al margen del «accidente» de cualesquiera opiniones. Pa¬ rece que lo mismo cabe decir de la selección de bolcheviques para su ingreso en la policía secreta.
Beck y W. Godin informan en Rustían Purge and (heExtractim of Confession, 1951, p. 160, que ios
.miembros de la NKVD son escogidos entre las filas del Partido sin tener la más ligera oportunidad de presentarse voluntarios para eí ingreso en esta «carrera».
CAPÍTULO 11
EL MOVIMIENTO TOTALITARIO
1. Propaganda totalitaria
Sólo el populacho y la élite pueden sentirse atraídos por el ímpetu mismo del totalitarismo; las masas tienen que ser ganadas por la propaganda. Bajo las condiciones del gobierno constitucional y de la libertad de opinión, los movimientos totalitarios que luchan por el poder pueden emplear el terror sólo hasta un determinado grado y comparten con otros partidos la necesi¬ dad de conseguir seguidores y de parecer plausibles ante un público que no está todavía rigurosamente aislado de todas las demás fuentes de informa¬ ción.
Se reconoció temprano y se ha afirmado frecuentemente que en los paí¬ ses totalitarios la propaganda y el terror ofrecen dos caras de la misma mone¬ da1. Esto, empero, es sólo cierto en parte. Allí donde el totalitarismo posee
1 Véase, por ejemplo, Dktatorships and Political Pólice: The Technique of Control by Fear, de
Kohn-Bramstedt, Londres, 1945, pp. 164 y ss. La explicación es que «el terror sin propaganda perdería ía mayor parte de su efecto psicológico, mientras que la propaganda sin terror no alcanza todo su impacto» (p. 175). Lo que se pasa por alto en estas y en similares declaraciones, que en su ma¬ yor parte se mueven en un círculo vicioso, es el hecho de que no sólo la propaganda política, sino toda la moderna publicidad de masas, contienen un elemento de amenaza; que el terror, por otra parte, pue-
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un control absoluto, sustituye a la propaganda con el adoctrinamiento y uti¬ liza la violencia, no tanto para asustar al pueblo (esto se hace sólo en las fases iniciales, cuando todavía existe una oposición política) como para realizar constantemente sus doctrinas ideológicas y sus mentiras prácticas. El totalita¬ rismo no se contentará con declarar, frente a hechos que prueban lo contra¬ rio, que no existe el paro; abolirá los subsidios de paro como parte de su pro¬ paganda2. Igualmente importante es el hecho de que la negativa a reconocer el paro haga realidad — aunque en una forma más bien inesperada— la anti¬ gua doctrina socialista: el que no trabaje que no coma. O cuando Stalin, por poner otro ejemplo, decidió reescribir la historia de la Revolución rusa, la propaganda de su nueva versión consistió en destruir, junto con los antiguos libros y documentos, a sus autores y lectores: la publicación en 1938 de una nueva historia oficial del partido comunista fue la señal de que había conclui¬ do la superpurga que diezmó a toda una generación de intelectuales soviéti¬ cos. Análogamente, en los territorios ocupados del este, los nazis emplearon al principio la propaganda antisemita para conseguir un firme control de la población. No necesitaron ni utilizaron el terror para apoyar esta propagan¬ da. Cuando liquidaron a la mayor parte de la intelligentsia polaca, no lo hicieron por la oposición de ésta, sino porque, según su doctrina, los polacos carecían de intelecto, y cuando proyectaron apoderarse de los niños de ojos azules y pelo rubio, no pretendían asustar a la población, sino preservar la «sangre germánica»3.
de resultar completamente eficaz sin la propaganda mientras que sólo se trate del simple terror polí¬ tico convencional de una tiranía. Eí terror necesita de la propaganda únicamente cuando se preten¬ de que coaccione no sólo desde fuera, sino también desde dentro, cuando el régimen político desea algo más que el poder. En este sentido, el teórico nazi Eugen Hadamovsky pudo decir en Propagan¬ da und nationale Macht, 1933: «La propaganda y la violencia no son nunca contradictorias. El uso de la violencia puede ser parte de la propaganda» (p. 22),
«Por entonces se anunció oficialmente que el paro estaba “liquidado” en la Rusia soviética. El resultado del anuncio fue que todos los subsidios de paro fueron igualmente “liquidados”» (Antón Ciliga, The Rnssian Enigma, Londres, 1940, p. 109).
La llamada «Operación Heno» comenzó con un decreto de fecha 16 de febrero de 1942, promul- gado por Himmler, «concerniente [a los individuos] de linaje alemán en Polonia», estipulando que sus hijos tendrían que ser enviados a familias «que deseen [aceptarles] sin reservas, por amor a su buena sangre» (Documento de Nuremberg R 135, fotocopiado por eí «Centre de Documentación Juive», París). Parece que en junio de 1944 el IXEjército realmente secuestró de 40.000 a 50.000 ni¬ ños, a los que después trasladó a Alemania. Un informe sobre la cuestión, enviado al Estado Mayor de la Wehrmacht en Berlín por un hombre llamado Brandenburg, menciona planes similares para Ucrania (Documento PS 031, publicado por Léon Poliakoven Bréviairede la haine, p. 137). El mis¬ mo HEmmler hizo varias referencias a este plan (véase Nazi Conspiracy andAggressíon, Office of the United States Chief of Counsel for the Prosecución of Axis Criminality, U.S. Government, Was¬ hington, 1946, III, p. 640, que contiene extractos del discurso de Himmler en Cracovia en marzo de 1942; véanse también los comentarios ai discurso pronunciado por Himmler en Bad Schachen en 1943, en Kohn-Bramstedt, op. cit, p. 244). De los certificados extendidos por la II Sección Médica
TOTALITARISMO
Como los movimientos totalitarios existen en un mundo que en sí mis¬ mo no es totalitario, se ven forzados a recurrir a lo que comúnmente conside¬ ramos como propaganda, Pero semejante propaganda siempre se dirige a una esfera exterior, bien a los estratos no totalitarios de la población del país, bien a los países extranjeros no totalitarios. Esta esfera exterior hacia la que se diri¬ ge la propaganda totalitaria puede variar considerablemente; incluso después de la conquista del poder, la propaganda totalitaria puede dirigirse a ios seg¬ mentos de su propia población cuya coordinación no ha sido seguida por un suficiente adoctrinamiento. A este respecto, los discursos de Hitler a sus generales durante la guerra son verdaderos modelos de propaganda, caracte¬ rizados principalmente por las monstruosas mentiras con las que el Führer en¬ tretenía a sus invitados en su afán por ganarlos para su causa4. La esfera exterior puede hallarse también representada por grupos de simpatizantes que no están todavía dispuestos a aceptar los verdaderos objetivos del movimiento; finalmen¬ te, sucedía a menudo que incluso los miembros del partido eran considerados por el círculo interno del Führer o por los afiliados a las formaciones de élite como pertenecientes a semejante esfera exterior y que, también en este caso, todavía precisaban de la propaganda porque no podían ser dominados con segu¬ ridad, Para no sobreestimar la importancia de las mentiras de la propaganda, tie¬ nen que recordarse los muy numerosos ejemplos en los que Hitler fue comple¬ tamente sincero y brutalmente inequívoco en la definición de los verdaderos objetivos del movimiento, que, simplemente, no eran reconocidos por un públi¬ co carente de preparación para semejante consistencia5. Pero, básicamente
en Minsk el 10 de agosto de 1942 puede deducirse cómo se realizó la selección de estos chicos: «El examen racial de Natalie Harpf, nacida el 14 de agosto de 1922, mostró que era una muchacha nor¬ malmente desarrollada, de tipo predominantemente báltico oriental con características nórdicas'». «El examen de Arnold Cornies, nacido el 19 de febrero de 1930, mostró que era un muchacho, nor¬ malmente desarrollado, de doce años de edad, de tipo predominantemente oriental, con característi¬ cas nórdicas.» Firmado: N. Wc (Documento en los archivos del Yiddish Scientific Institute, Nueva York, núm, Occ E 3a-17).
Por lo que se refiere al exterminio de la inteüigentsia polaca, que, en opinión de Hitler, podía «ser barrida sin escrúpulo», véase Poliakov, op. ch„ p. 321, y el Documento N O 2.472.
Véase Hitlers Tischgespräche. En el verano de 1942 todavía habla de «[echar a puntapiés] hasta el último judío de Europa» (p. 113) y de reasentar a ios judíos en Siberia o en África (p. 311), o en Madagascar, cuando en realidad ya se había decidido por ía «solución final» antes de que comenzara la invasión de Rusia, probablemente en 1940, y mientras que había ordenado la instalación de las cámaras de gas en el otoño de 1941 (véase Nazi Compiracy and Aggression, II, pp. 265 yss.; III, pp.
y ss., Documento PS 1.104; V, pp. 322 y ss,, Documento PS 2.065). Himmler ya sabía en ía primavera de 1941 que «los judíos [deben ser] exterminados hasta el último hombre antes del final de la guerra. Éste es el deseo inequívoco y ía orden del Führer» (Dossier Kersten, en el «Centre de Documentation Julve»).
5 En relación con ello existe un informe muy interesante, que lleva fecha deí 16 de julio de 1940, acerca de la conversación en el cuartel general deí Führer, en presencia de Rosenberg, Lammers y Keitel, iniciada por Hitler con la formulación de los siguientes «principios básicos»: «Ahora es esen-
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hablando, la dominación totalitaria trata de restringir exclusivamente ios métodos de la propaganda a su política exterior o a los sectores del movi¬ miento fuera del país con el propósito de proporcionarles un material ade¬ cuado. Allí donde el adoctrinamiento totalitario en el interior llega a estar en conflicto con la línea de propaganda para el consumo en el exterior (lo que sucedió en Rusia durante la guerra, no cuando Stalin firmó su alianza con Hitíer, sino cuando la guerra con Hitler le llevó al campo de las democra¬ cias), la propaganda es explicada en el interior como una «maniobra táctica temporal»6. Tanto como sea posible, esta distinción entre la doctrina ideoló¬ gica para los iniciados en el movimiento, que ya no necesitan de la propagan¬ da, y la pura propaganda para el mundo exterior, queda ya establecida duran¬ te la existencia de los movimientos antes de la conquista del poder. la rela¬ ción entre la propaganda y el adoctrinamiento depende normalmente, por una parte, de las dimensiones de los movimientos y, por otra, de la presión exterior. Cuanto más pequeño sea un movimiento, más energía gastará en la propaganda; cuanto mayor sea la presión del mundo exterior sobre los regí¬ menes totalitarios — una presión que no puede ser enteramente ignorada, ni siquiera tras los telones de acero— , más activamente se lanzarán a la propa¬ ganda los dictadores. La cuestión esencial es que las necesidades de propaganda siempre están dictadas por el mundo exterior y que los movimientos en sí no propagan, sino que adoctrinan. A la inversa, el adoctrinamiento, emparejado inevitablemente con el terror, aumenta con la fuerza de los movimientos o el aislamiento de los gobiernos totalitarios y su seguridad ante la intervención exterior.
La propaganda es, desde luego, parte inevitable de la «guerra psicológica», pero el terror lo es más. El terror sigue siendo utilizado por los regímenes tota¬ litarios incluso cuando ya han sido logrados sus objetivos psicológicos; su ver¬
dal no exhibir nuestro objetivo último ante el mundo entero... Por eso no debe resultar obvio que [los decretos para el mantenimiento de la paz y del orden en los territorios ocupados] apunten a un arreglo final. Todas fas medidas necesarias — ejecuciones, desplazamientos— pueden ser y serán rea¬ lizadas a pesar de ello». A esto siguió una conversación en la que no se hace ninguna referencia a las palabras de Hitler y en la que Hitler ya no participó. Obviamente no había sido «comprendido» {Documento L 221, en el «Centre de Documentation Juive»).
Por lo que se refiere a la confianza de Stalin en que Hitler no atacaría Rusia, véase Stalin: Á políti- cal Biography, de Isaac Deutscher, Nueva York y Londres, 1949, pp. 454 y ss., y especialmente la nota ai pie de la página 458: «Sólo en 1948 reveló el viceprimer ministro, N. Voznesensky, jefe de la Comisión Planificadora del Estado, que los planes económicos para el tercer trimestre de 1941 esta¬ ban basados en la presunción de que habría paz y que, tras el estallido de fas hostilidades, se elaboró un nuevo plan, orientado hacia la guerra». La estimación de Deutscher quedó sólidamente confir¬ mada por el informe de Jruschov sobre la reacción de Stalin ante el ataque alemán a la Unión Sovié¬ tica (véase su «Speech on Stalin» ante el XX Congreso, tal como fue publicado por el Departamento de Estado, The New York Tunes, 5 de junio de 1956).
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dadero horror estriba en que reina sobre una población completamente some¬ tida, Allí donde es llevado a la perfección el dominio del terror, como en los caqipos de concentración, la propaganda desaparece por completo; quedó incluso enteramente prohibida en la Alemania nazi7. La propaganda, en otras palabras, es un instrumento del totalitarismo, y posiblemente el más importan¬ te, en sus relaciones con el mundo no totalitario; el terror, al contrario, consti¬ tuye la verdadera esencia de su forma de gobierno. Su existencia depende tan poco de los factores psicológicos o de otros factores subjetivos como la existen¬ cia de las leyes, en un país gobernado constitucionalmente, del número de per¬ sonas que las violan.
El terror, como contrapartida de la propaganda, desempeñó un papel más grande bajo el nazismo que bajo el comunismo. Los nazis no liquidaron a figuras prominentes, como había sucedido durante la primera oleada de crímenes políticos en Alemania (los asesinatos de Rathenau y de Erzber-ger); en vez de ello, matando a pequeños funcionarios socialistas o a miem¬ bros influyentes de los partidos adversarios, trataron de demostrar a la población los peligros que implicaba la mera afiliación a esos partidos. Este tipo de terror masivo, que todavía operaba en una escala comparativamen¬ te pequeña, aumentó firmemente porque ni la policía ni los tribunales per¬ siguieron seriamente a ios delincuentes políticos de la llamada derecha. Resultaba valioso como lo que un autor nazi definió como «propaganda del poder»8: advertía a la población en general de que resultaba más seguro ser miembro de una organización paramiíitar nazi que un republicano leal. Esta impresión se vio considerablemente reforzada por el empleo específico que ios nazis hicieron de sus crímenes políticos. Siempre los reconocieron públicamente; jamás los disculparon como «excesos de los escalones infe¬ riores» (semejantes disculpas eran utilizadas solamente por los simpatizan¬ tes de los nazis) e impresionaron a la población por mostrarse muy diferen¬ tes de los «ociosos parlanchines» de los otros partidos.
Las semejanzas entre este tipo de terror y el simple gangsterismo son demasiado obvias como para que. valga la pena señalarlas. Esto no significa que el nazismo fuese gangsterismo, como a veces se ha deducido, sino sólo
«La educación [en los campos de concentración] consiste en disciplina, nunca en ningún tipo de instrucción sobre una base ideológica, porque la mayoría de ios prisioneros tienen almas semejantes a las de los esclavos* (Heinrich Himmler, Nazi Compiracy, IV, pp. 616 y ss.),
Eugen Hadamovsky, op. cit., destaca en la literatura sobre la propaganda totalitaria. Sin declararlo explícitamente, Hadamovsky ofrece una inteligente y reveladora explicación pronazi de la propia exposición de Hitler sobre el tema en «Propaganda y Organización», en el libro II, cap. XI, de Mein Kíimpf{2 vols, primera edición alemana, 1925 y 1927, respectivamente. Traducción completa, Nue¬ va York, 1939). Véase también Die politisehe Propaganda der NSDAP im Kampfum die Machi, de F. A. Six, 1936, pp. 21 yss.
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que ios nazis, sin reconocerlo, aprendieron tanto de las organizaciones gangste-rííes americanas como su propaganda, reconocidamente, aprendió de la publi¬ cidad comercial americana.
Más específico en la propaganda totalitaria que las amenazas directas y los crímenes contra individuos es, sin embargo, el uso de las alusiones indi¬ rectas, veladas y amenazadoras, contra aquellos que no atendían a sus ense¬ ñanzas y, más tarde, contra quienes no prestaban atención a los crímenes en masa, indíferenciadamente cometidos contra «culpables» e «inocentes». La propaganda comunista amenazaba al pueblo con perder él tren de la historia, con permanecer desesperadamente retrasado con respecto a su tiempo, con gastar sus vidas inútilmente, de la misma manera que el pueblo era amenaza¬ do por los nazis con vivir contra las leyes eternas de la naturaleza y de la vida, con un irreparable y misterioso deterioro de su sangre. El fuerte énfasis de la propaganda totalitaria en la naturaleza «científica» de sus afirmaciones ha sido comparado con ciertas técnicas publicitarias que también se dirigen a las masas. Y es cierto que los anuncios de los periódicos documentan ese «cienti¬ ficismo» por el que un fabricante demuestra con hechos y cifras, con ayuda de un departamento de «investigación», que el suyo es el «mejor jabón del mundo»9. También es evidente que existe un cierto elemento de violencia en las exageraciones imaginativas de los publicitarios, que, tras la afirmación de que las muchachas que no utilizan esa marca específica de jabón pueden pa¬ sar inadvertidas por la vida y no conseguir un marido, alienta el salvaje sueño de un monopolio, el sueño de que algún día el fabricante del «único jabón que impide que las muchachas pasen inadvertidas» pueda tener el poder de privar de marido a todas las muchachas que no utilicen su jabón. En estos ejemplos de publicidad comercial y de propaganda comercial, la ciencia es solamente un sustituto del poder. La obsesión de los movimientos totalitarios por las pruebas «científicas» cesa sólo cuando llegan al poder. Los nazis pres¬ cindieron incluso de aquellos investigadores que estaban dispuestos a servir¬ les, y los bolcheviques emplearon la reputación de sus hombres de ciencia con fines enteramente anticientíficos y les obligaron a desempeñar el papel de charlatanes.
Pero sólo existen estas semejanzas, frecuentemente sobreestimadas, entre la publicidad y la propaganda de masas. Habitualmente, los hombres de negocios no se presentan como profetas y no demuestran constantemente la precisión de sus previsiones. El cientificismo de la propaganda totalitaria se
Eí análisis de Hitler de !a «propaganda bélica» (Mein Kampf, libro I, capítulo VI) recalca el ángulo comercial de la propaganda y utiliza el ejemplo de la publicidad de jabones. Su importancia ha sido generalmente sobreestimada, mientras que se pasaron por alto sus posteriores ideas positivas eu «Pro¬ paganda y Organización».
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halla caracterizado por su insistencia casi exclusiva en la profecía científica, diferenciada del anticuado recurso al pasado. En ninguna parte aparece más claramente el origen ideológico, del socialismo en un caso y del racismo en otro, que cuando sus portavoces pretenden haber descubierto las fuerzas ocultas que les traerán buena suerte en la cadena de la fatalidad. Existe, des¬ de luego, un gran atractivo para las masas en los «sistemas absolutistas que presentan todos los acontecimientos de la historia como dependientes de grandes causas primeras enlazadas por la cadena de la fatalidad y que, en rea¬ lidad, eliminan a los hombres de la historia de la raza humana» (en palabras de Tocquevilíe). Pero no puede dudarse de que la jefatura nazi creía realmen¬ te, y no simplemente las utilizaba como propaganda, en doctrinas como las siguientes: «Cuanto más cuidadosamente reconocemos y observamos las le¬ yes de la naturaleza y de la vida..., tanto más nos ajustamos a la voluntad del Todopoderoso. Cuanto mejor sea nuestra percepción de la voluntad del Todo¬ poderoso, mayores serán nuestros éxitos»10. Es completamente evidente que bastarían unos pocos cambios para expresar así el credo de Staiín: «Cuanto más cuidadosamente reconocemos y observamos las leyes de la historia y de la lucha de clases, tanto más nos ajustamos al materialismo dialéctico. Cuan¬ to mejor sea nuestra percepción del materialismo dialéctico, mayores serán nuestros éxitos». En cualquier caso, difícilmente podría quedar mejor ¡lustra¬ da la noción de Staíin de la «jefatura correcta»11.
La propaganda totalitaria elevó ai cientificismo ideológico y a su técnica de formulación de afirmaciones en forma de predicciones a una cumbre de eficiencia de método y de absurdo de contenido porque, demagógicamente hablando, difícilmente hay mejor manera de evitar una discusión que la de liberar a un argumento del control del presente, asegurando que sólo el futu¬ ro puede revelar sus méritos. Sin embargo, las ideologías totalitarias no inventaron este procedimiento ni fueron las únicas en utilizarlo. El cienti¬ ficismo de la propaganda de masas ha sido tan universalmente empleado en la política moderna que ha llegado a ser interpretado como un signo más
Véase el importante memorándum de Martin Bormann sobre tas «Relaciones entre el Nacional- socialismo y el Cristianismo», en Nazi Compimcy, VI, pp. 1036 y ss. Formulaciones semejantes pue¬ den hallarse una y otra vez en la literatura panfíetaria editada por las SS para el «adoctrinamiento ideológico» de sus aspirantes. «Las leyes de la naturaleza están sujetas a una inalterable voluntad que no puede ser influida. Por eso es necesario reconocer estas leyes» («SS-Mann und Blutsfrag, Schrtften-reihefilrdie weltanschnulicbe Schulung der Ordnungspoüzei, 1942). Todo esto son sólo variaciones de ciertas frases tomadas del Mein Kampfác Hítler, de la que se cita la siguiente como lema del panfle¬ to más arriba mencionado: «Cuando el hombre trata de luchar contra la férrea lógica de la naturale¬ za choca con los principios básicos a los que debe exclusivamente su misma existencia como hom ¬ bre».
!i J. Staiín, Leninism (1933), vol. II, cap. III.
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general de la obsesión por la ciencia que ha caracterizado al mundo occiden¬ tal desde el desarrollo de las matemáticas y de la física en el siglo XVI; de esta forma, el totalitarismo parece ser exclusivamente la última fase de un proceso durante el cual la «ciencia [se ha convertido] en un ídolo que curará mágica¬ mente todos los males de la existencia y que transformará la naturaleza del hombre»12, Y existió, desde luego, una primera relación entre el cientificismo y el desarrollo de las masas. El «colectivismo» de las masas fue bien recibido por aquellos que esperaban la aparición de «leyes naturales de desarrollo his¬ tórico» que eliminarían la imposibilidad de predecir las acciones y las con¬ ductas individuales13. Se ha citado al respecto el ejemplo de Enfantin, que ya podía «ver acercarse el tiempo en que el “arte de mover a las masas” estará tan perfectamente desarrollado que el pintor, el músico y el poeta poseerán el po¬ der de agradar y de conmover con la misma certeza que el matemático resuel¬ ve un problema geométrico o el químico analiza cualquier sustancia», y ha llegado a deducirse que la propaganda moderna nació allí y entonces14.
Pero, pese a las imperfecciones del positivismo, del pragmatismo y del conductismo, y por grande que haya sido su influencia en la formación del tipo decimonónico de sentido común, no es en absoluto «el crecimiento can¬ ceroso del segmento utilitario de la existencia»15 que caracteriza a las masas a las que apelan la propaganda y el cientificismo totalitarios. La convicción de los positivistas, como sabemos por Comte, de que el futuro es científicamen¬ te previsible se basa en la estimación del interés como fuerza omnipenetrante en la historia y en la presunción de que pueden descubrirse las leyes objetivas del poder. La teoría política de Rohan según la cual «los reyes mandan a los pueblos y los intereses mandan al rey», que el interés objetivo es la única nor¬ ma «que nunca puede fallar», que «certera o erróneamente comprendidos, los intereses hacen vivir o morir a los gobiernos», es el núcleo tradicional del moderno utilitarismo, positivista o socialista, pero ninguna de estas teorías supone que sea posible «transformar la naturaleza del hombre», como trata desde luego de hacer el totalitarismo. Ai contrario, todas, implícita o explíci¬ tamente, suponen que la naturaleza humana es siempre la misma, que la his¬ toria es el relato de las cambiantes circunstancias objetivas y de las reacciones humanas ante éstas y que el interés, adecuadamente comprendido, puede conducir a un cambio de circunstancias, pero no a un cambio de reacciones humanas como tales. El «cientificismo», en política, todavía presupone que
12 Eric Voegelin, «The Origins of Scientism», en Social Research, diciembre de 1948.
!î Véase «The Counter-Revolution of Science», de F, A. v. Hayek, en Económica, vol. VIII (febrero, mayo y agosto de 1941), p. 13-
ibfd., p. 137. La cita procede de la revista saint-simoniana Producteur, I, p, 399-
Vbegelin, op. cit.
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su objetivo es el bienestar humano, un concepto que resulta profundamente extraño al totalitarismo16.
Es precisamente porque se daba por supuesto el meollo utilitario de las ideologías por lo que representó tal shock el comportamiento antiutilitario de los gobiernos totalitarios y su completa indiferencia hacia los intereses de las masas. Esta peculiaridad introdujo en la política contemporánea un insospe¬ chado elemento de imprevisibilidad. Sin embargo, la propaganda totalitaria
— aunque en la forma de un nuevo énfasis— había indicado, incluso antes de que el totalitarismo hubiera conquistado el poder, cuán lejos se habían separado las masas de la simple preocupación por sus propios intereses. Así, la sospecha de los aliados de que el asesinato de los dementes, ordenado por Hitler al comienzo de la guerra, tenía que ser atribuido al deseo de librarse de bocas innecesarias que alimentar estaba totalmente injustificada17. Hitler no se veía obligado por la guerra a desembarazarse de todas las consideraciones éticas, sino que estimaba las matanzas en masa de la guerra como una incom¬ parable oportunidad para iniciar un programa de asesinatos que, como todos los demás puntos de su plan, estaba calculado en términos de milenios18. Dado que virtualmente toda la historia europea a lo largo de muchos siglos ha enseñado a la gente a juzgar cada acción política por su cut bono, y todos los acontecimientos políticos, por sus intereses particulares subyacentes, se vio de repente enfrentada con un elemento de imprevisibilidad sin preceden¬ tes. En razón de sus calidades demagógicas, la propaganda totalitaria, que mucho antes de la conquista del poder señalaba claramente cuán poco se sen¬ tían impulsadas las masas por el famoso instinto de conservación, no fue
!S WilÜam Ebenstein, The Nazi State, Nueva York, 1943, al examinaría «Permanente Economía de Guerra» del estado nazi es casi el único crítico que ha comprendido que «da inacabable discusión...
acerca de la naturaleza socialista o capitalista de la economía alemana bajo el régimen nazi es consi¬ derablemente artificial... [porque] tiende a pasar por alto el hecho vital de que el capitalismo y el socialismo son categorías relacionadas con la economía occidental del bienestar» (p. 239).
En este contexto resulta característico el testimonio de Karí Brandt, uno de tos médicos encarga- dos por Hitler de la realización del programa de eutanasia (Medical Trini. US against Karí Brandt et al, Henring ofMay 14,1947). Brandt protestó vehementemente contra la sospecha de que el proyec¬ to fuera iniciado para, eliminar a superfinos consumidores de alimentos; recalcó que los miembros del partido que aportaron a la discusión semejantes argumentos fueron ásperamente rechazados. En su opinión, las medidas fueron adoptadas exclusivamente por «consideraciones éticas». Lo mismo cabe decir, desde luego, en lo que se refiere a las deportaciones. Los archivos están repletos de memo¬ rándums desesperados redactados por militares que se quejaban de que la deportación de millones de judíos y de polacos no prestaba en absoluto atención a todas las «necesidades militares y económicas» (véase Poliakov, op. cit, p. 321, así como el material documental allí publicado).
13 El decreto decisivo que inició todos los subsiguientes crímenes en masa fue firmado por Hitler el
de septiembre de 1939 (el día en que estalló la guerra) y se refería no simplemente a los dementes (como se ha supuesto erróneamente a menudo), sino a todos aquellos que estaban «incurablemente enfermos». Los locos fueron sólo los primeros.
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tomada en serio. El éxito de la propaganda totalitaria, sin embargo, no radi¬ ca tanto en su demagogia como en el conocimiento de que el interés como fuerza colectiva puede ser percibido sólo donde unos cuerpos sociales estables proporcionan las necesarias correas de transmisión entre el individuo y eí grupo; no puede realizarse una propaganda efectiva basada en el simple inte¬ rés entre masas cuya característica principal es la de no pertenecer á ningún cuerpo social o político, y que por eso ofrecen un verdadero caos de intereses individuales. El fanatismo de los miembros de los movimientos totalitarios, tan claramente diferente en su calidad de la lealtad de los afiliados a los parti¬ dos ordinarios, es determinado por la falta de interés propio de las masas, que se hallan completamente dispuestas a sacrificarse a sí mismas. Los nazis demos¬ traron que cabe conducir a todo un pueblo a la guerra con el eslogan «o nos hundiremos» (lo que la propaganda bélica de 1914 habría evitado cuidadosa¬ mente) y ello no en épocas de miseria, de desempleo o de frustradas ambicio¬ nes nacionales. El mismo espíritu surgió durante ios últimos meses de una gue¬ rra que estaba ya obviamente perdida, cuando la propaganda nazi consolaba a una población terriblemente amedrentada con la promesa de que el Führer, «en su sabiduría, había preparado una muerte fácil para el pueblo alemán, gaseándole en caso de derrota»19.
Los movimientos totalitarios utilizan eí socialismo y el racismo vaciándo¬ les de su contenido utilitario, de los intereses de una clase o de una nación. La forma de predicción infalible bajo la que se presentaban estos conceptos se tornaba más importante que su contenido20. La calificación principal de un líder de masas ha llegado a ser su infinita infalibilidad; jamás puede recono¬ cer un error21. Además, la presunción de infalibilidad no está basada tanto en
19 Véase Tagebttcb etnes Verzweifelten, de Fríedrich Percyvai Reck-Malleczewen, Stuttgart, 1947, p. 190.
Hítíer basó la superioridad de ios movimientos ideológicos sobre los partidos políticos en eí hecho de que las ideologías (Weltanschauungen) siempre «proclaman su infalibilidad» (Mein Kmnpf, libro II, cap. V, «Weltamchauimgy Organización»)'. Las primeras páginas del manual oficial para las juven¬ tudes hitlerianas, The Nazi Primer, Nueva York, 1938, recalcan, en consecuencia, que todas las cues¬ tiones de Weltanschauung, estimadas anteriormente «irrealistas» e «incomprensibles», «se han torna¬ do tan claras, sencillas y definitivas [eí subrayado es de la autora] que cualquier camarada puede comprenderlas y cooperar para su solución».
2! La primera de las «promesas del miembro del partido», tal como fueron enumeradas en el Orga-nisdtionbusch der NSDAP, señala: «Eí Führer siempre tiene razón». Edición publicada en 1936, p. 8. Pero el Dienstvorscbrifijurdte P. O. der NSDAP, 1932, p. 38, lo expresa de esta manera: «¡La decisión de Hítler es inapelable!». Adviértase la notable diferencia de la fraseología.
«Su reivindicación de ser infalibles, eí [que] ninguno de ellos hubiera siquiera admitido since¬ ramente un error», es al respecto la diferencia decisiva entre Staltn yTrotsky, por una parte, y Le-nin, por otra (véase Stalin: A Critica!Survey ofBokhevism, de Boris Souvartne, Nueva York, 1939, p. 583).
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una inteligencia superior como en la interpretación correcta de las fuerzas esencialmente fiables existentes en la historia o en la naturaleza, fuerzas que ni la derrota ni la ruina pueden revelar que son erróneas porque están desti¬ nadas a afirmarse por sí mismas a largo plazo22. Los líderes de masas en el po¬ der tienen una preocupación que domina a todas las consideraciones utilita¬ rias: la de lograr que sus predicciones lleguen a cumplirse. Los nazis no duda¬ ron en emplear, al final de la guerra, la concentrada fuerza de su organización todavía intacta, para lograr una destrucción de Alemania, tan completa como fuera posible, con objeto de hacer cierta su predicción de que el pueblo ale¬ mán quedaría arruinado en caso de derrota.
El efecto propagandístico de la infalibilidad, el sorprendente éxito de presentarse como un simple agente interpretador de fuerzas previsibles, ha fomentado en los dictadores totalitarios el hábito de anunciar sus intenciones políticas bajo la forma de profecías. El más famoso ejemplo es el anuncio de Hitler al Reichstag en enero de 1939: «Hoy quiero hacer una vez más una profecía: en el caso de que los financieros judíos... lograran de nuevo arrastrar a los pueblos a una guerra mundial, el resultado será... el aniquilamiento de la raza judía en Europa»23. Traducido a un lenguaje no totalitario, esto signi¬ ficaba: «Quiero hacer la guerra y trato de matar a los judíos de Europa». Anᬠlogamente, Stalin, en el célebre discurso de 1930 ante el Comité Central del partido comunista (en el que preparó la liquidación física de la derecha del par¬ tido y la de los desviacionístas de la izquierda), los describió como repre¬ sentantes de las «clases moribundas»24. Esta definición no solamente propor¬ cionaba al argumento su específica aspereza, sino que también anunciaba en el estilo totalitario la destrucción física de aquellos cuya «agonía» había sido precisamente profetizada. En ambos casos se logra el mismo objetivo: la liquidación encaja en un proceso histórico en el que el hombre sólo hace o sufre lo que según leyes inmutables tenía que suceder de cualquier manera. Tan pronto como ha sido realizada la ejecución de las víctimas, la «profecía» se convierte en una coartada retrospectiva: sólo ha sucedido lo que ya había sido predicho25. Tanto da que las «leyes de la historia» señalen el «final» de las
Es obvio que i a dialéctica hegeliana proporcionaría un maravilloso instrumento para tener siem¬ pre razón porque permite la interpretación de todas las derrotas como el comienzo de la victoria. Uno de los más bellos ejemplos de este tipo de sofismas se produjo después de 1933, cuando duran¬ te casi dos años los comunistas alemanes se negaron a reconocer que la victoria de Hitler había sido una derrota para el partido comunista alemán.
Cita de Goebbels, The Goebbeb Diarios (1942-1943), ed. por Louis Lochner, Nueva York, 1948, p. 148.
2Í Stalin, op. cit., loe. cit.
En un discurso pronunciado en septiembre de 1942, cuando el exterminio de los judíos se halla- ba en pleno auge, Hitler se refirió explícitamente a su discurso del 30 de enero de 1939 (publicado
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clases y de sus representantes como que las «leyes de la naturaleza... extermi¬ nen» todos aquellos elementos; demócratas, judíos, orientales infrahumanos ( Untermenschen) o al enfermo incurable, que en manera alguna «son aptos para vivir». Incidentaímente cabe señalar que Hitier habló también de las «clases moribundas» que deberían ser «eliminadas sin demasiados aspavien¬ tos»26.
Este, como los demás métodos propagandísticos totalitarios, sólo resul¬ ta seguro después de que los movimientos se han apoderado del poder. Entonces, toda discusión acerca de lo acertado o erróneo de la predicción de un dictador totalitario resulta tan fantástica como discutir con un asesino potencial sobre si su futura víctima está muerta o viva, puesto que matando a la persona en cuestión el asesino puede proporcionar inmediatamente la prueba de la veracidad de su declaración. El único argumento válido en semejantes condiciones consiste en correr inmediatamente en ayuda de la persona cuya muerte ha sido predicha. Antes de que los líderes de masas se apoderen del poder para hacer encajar la realidad en sus mentiras, su propa¬ ganda se halla caracterizada por su extremado desprecio por los hechos como tales27, porque en su opinión los hechos dependen enteramente del poder del hombre que pueda fabricarlos. La afirmación de que el Metro de Moscú es el único en el mundo es una mentira sólo mientras los bolcheviques no tengan el poder para destruir a todos los demás. En otras palabras, el método de pre¬ dicción infalible, más que cualquier otro medio propagandístico totalitario, denota su objetivo último de conquista mundial, dado que sólo en un mun¬ do completamente sometido a su control puede el gobernante totalitario ha¬ cer realidad todas sus mentiras y lograr que se cumplan todas sus profecías.
El lenguaje del cientificismo profético correspondía a las necesidades de las masas que habían perdido su hogar en el mundo y estaban ya preparadas para reintegrarse a las fuerzas eternas y todopoderosas que por sí mismas con¬ ducen al hombre, nadador en las olas de la adversidad, hasta las costas de la seguridad. «Nosotros moldeamos la vida de nuestro pueblo y nuestra íegisla-
como folleto bajo el título DerFührer vordem ersten Rekbstag Grossdeutsehslands, 1939) y ala sesión del Reíchstag del 1 de septiembre de 1939, cuando anunció que, «si la judería instigara una guerra mundial internacional para exterminar a los pueblos arios de Europa, no serían los pueblos arios, sino la judería [el resto de la frase quedó ahogado por los aplausos]» (véase Der Führer zum Kriegs-tointerhiljswerk, «Schriften NSV», ni'im. 14, p, 33).
25 En el discurso del 30 de enero de 1939, más arriba citado.
Konrad Heiden, Der Führer: FütlersRise To Power, Boston, 1944, subraya la «fenomenal insince- ridad» de Hítler, «la ausencia de realidad demostrable en casí todas sus manifestaciones», su «indife¬ rencia a los hechos que no considera vitalmente importantes» (pp. 368 y 374). En términos casi idénticos, Jruschov describe ía «repugnancia de Stalin a considerar las realidades de la vida» y su indi¬ ferencia al «verdadero estado de los asuntos», op. cu. La opinión de Stalin sobre la importancia de los hechos queda mejor expresada por sus periódicas revisiones de la historia rusa.
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ción según el veredicto de la genética»23, decían los nazis, de la misma mane¬ ra que los bolcheviques aseguraban a sus seguidores que las fuerzas económi¬ cas tenían el poder de un veredicto de la historia. Por eso prometían una «vic¬ toria», independiente de las derrotas y de los fracasos «temporales» en empre¬ sas específicas. Porque las masas, en contraste con las clases, deseaban la victoria y el éxito como tales, en su forma más abstracta; no estaban unidas por esos especiales intereses colectivos que consideran las clases esenciales para su supervivencia como grupo y que por eso pueden, afirmar frente a pro¬ babilidades abrumadoras. Para las masas, más importante que el que la causa pueda resultar victoriosa o que la empresa particular pueda resultar un éxito es la victoria de cualquier causa y el éxito en cualquier empresa.
La propaganda totalitaria perfecciona las técnicas de la propaganda de masas, pero ni las inventa ni origina sus temas. Éstos le fueron preparados durante los cincuenta años de auge del imperialismo y de la desintegración de la nación-estado, cuando el populacho penetró en la esfera de la política europea. Como los primitivos líderes del populacho, los portavoces de los movimientos totalitarios poseyeron un fírme instinto para todo lo que la pro¬ paganda partidista ordinaria o la opinión pública desatendía o no se atrevía a tocar. Todo lo oculto, todo lo que fluía en silencio, se convirtió en tema del más relevante significado, al margen de su propia importancia intrínseca. El populacho creía realmente que la verdad era todo lo que una sociedad respe¬ table hipócritamente había pasado por alto u ocultado con la corrupción.
El misterio como tal se convirtió en el criterio principal para la elección de temas. No importaba el origen del misterio; podía descansar en un deseo secreto, razonable y políticamente comprensible, como en el caso del Servi¬ cio Secreto Británico o del Deuxième Bureau francés; o en la necesidad cons-piratoria de los grupos revolucionarios, como en el caso de los anarquistas y de otras sectas terroristas; o en la estructura de sociedades cuyo contenido secreto originario había llegado a ser muy bien conocido y donde sólo el ri¬ tual formal retenía todavía el antiguo misterio, como en el caso de los franc¬ masones; o en las antiguas supersticiones que habían tejido leyendas en torno a ciertos grupos, como en el caso de los jesuítas y de los judíos. Los nazis fue¬ ron indudablemente superiores en la elección de tales temas para la propa¬ ganda de masas; pero los bolcheviques llegaron gradualmente a aprender la técnica, aunque se apoyaron menos en los misterios tradicionalmente acepta¬ dos y prefirieron sus propias invenciones: desde mediados de los años treinta, en la propaganda bolchevique una misteriosa conspiración mundial ha segui¬ do a otra, comenzando con la conspiración de los trotskystas y siguiendo con1
1S Nazi Primer.
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el dominio de las 300 familias, hasta llegar a las siniestras maquinaciones imperialistas (es decir, globales) de los servicios secretos británicos o ame¬ ricanos29.
La eficacia de este tipo de propaganda demuestra una de las característi¬ cas principales de las masas modernas. No creen en nada visible, en la reali¬ dad de su propia experiencia; no confían en sus ojos ni en sus oídos, sino sólo en sus imaginaciones, que pueden ser atraídas por todo lo que es al mismo tiempo universal y consecuente en sí mismo. Lo que convence a las masas no son los hechos, ni siquiera los hechos inventados, sino sólo la consistencia del sistema del que son presumiblemente parte. La repetición, cuya importancia ha ido algo sobrestímada en razón de la extendida creencia en la capacidad inferior de las masas para captar y recordar, es importante sólo porque las convence de la consistencia en el tiempo.
Lo que las masas se niegan a reconocer es el carácter fortuito que penetra a la realidad. Están predispuestas a todas las ideologías porque éstas explican los hechos como simples ejemplos de leyes y eliminan las coincidencias inventando una omnipotencia que lo abarca todo a la que se supone en la raíz de cualquier accidente. La propaganda totalitaria medra en esta huida de la realidad a la ficción, de la coincidencia a la consistencia.
La incapacidad principal de la propaganda totalitaria estriba en que no puede colmar este anhelo de las masas por un mundo completamente conse¬ cuente, comprensible y previsible sin entrar en un serio conflicto con el sen¬ tido común. Si, por ejemplo, todas las «confesiones» de los oponentes políti¬ cos en la Unión Soviética son formuladas en el mismo lenguaje y admiten los mismos motivos, las masas hambrientas de consistencia aceptarán la ficción como prueba suprema de su veracidad; mientras que el sentido común nos dice que es precisamente su consistencia lo que se halla fuera de este mundo y nos prueba que han sido previamente elaboradas. Figurativamente hablan¬ do, es como si las masas exigieran una constante repetición de la versión bíblica de los Setenta, cuando, según una antigua leyenda, setenta autores, cada uno aisladamente, lograron una versión idéntica del Antiguo Testamen¬ to. El sentido común puede aceptar el hecho sólo como leyenda o como milagro; pero puede aducirse también como prueba de la absoluta fidelidad de cada palabra del texto traducido.
Es interesante advertir que, durante la eta de Stalin, los bolcheviques acumularon los complots, que el descubrimiento de uno nuevo no significaba que abandonaran el anterior. La conspiración trotskista comenzó hacia 1930; la conjura de las 300 familias se añadió durante el período del Fren¬ te Popular, a partir de 1935; el imperialismo británico se convirtió en una conspiración durante la alianza Stalin-Hitler; e! «Servicio Secreto Americano» siguió poco después de la terminación de la guerra; la última conspiración, eí cosmopolitismo judío, tuvo una obvia e inquietante semejanza con la propaganda nazi.
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En otros términos, aunque es cierto que las masas se sienten obsesionadas por un deseo de escapar de la realidad porque, en razón de su desarraigo esencial, no pueden soportar sus aspectos accidentales e incomprensibles, también es cierto que su anhelo por la ficción tiene alguna relación con algu¬ nas capacidades de la mente humana cuya consistencia estructural es superior al simple incidente. La evasión de la realidad por parte de las masas es un veredicto contra el mundo en el que se ven forzadas a vivir y en el que no pueden existir, dado que la coincidencia se ha convertido en el dueño supre¬ mo y los seres humanos necesitan la transformación constante de las condi¬ ciones caóticas y accidentales en un molde fabricado por el hombre y de rela¬ tiva consistencia. La rebelión de las masas contra el «realismo», el sentido co¬ mún y todas «las píausibilidades del mundo» (Burke) fue el resultado de su atomización, de su pérdida de estatus social, junto con el que perdieron todo el sector de relaciones comunales en cuyo marco tiene sentido el sentido co¬ mún. En su situación de desarraigo espiritual y social, ya no puede funcionar una medida percepción de la interdependencia entre lo arbitrario y lo planea¬ do, lo accidental y lo necesario. La propaganda totalitaria puede atentar ver¬ gonzosamente contra el sentido común sólo donde el sentido común ha per¬ dido su validez. Ante la alternativa de enfrentarse con el crecimiento anárqui¬ co y la arbitrariedad total de la decadencia o inclinarse ante la más rígida consistencia fantásticamente ficticia de una ideología, las masas elegirán pro¬ bablemente lo último y estarán dispuestas a pagar el precio con sacrificios individuales; y ello no porque sean estúpidas o malvadas, sino porque en el desastre general esta evasión les otorga un mínimo de respeto propio.
En tanto que fue especialidad de la propaganda nazi aprovecharse del anhelo de consistencia de las masas, los métodos bolcheviques, como si se aplicaran en un laboratorio, han demostrado su impacto sobre el hombre-masa aislado. La policía secreta soviética, tan dispuesta a convencer a sus víc¬ timas de su culpabilidad por delitos que jamás cometieron y que en muchos casos no podían cometer, aísla y elimina completamente todos los factores reales, de forma tal que la verdadera lógica, la verdadera consistencia de «la historia» contenida en la confesión preparada, se torna abrumadora. En una situación en qué la línea divisoria entre la ficción y la realidad queda entur¬ biada por la monstruosidad y la consistencia interna de la acusación, para resistirse a la tentación de someterse a la simple posibilidad abstracta de cul¬ pa, no sólo se necesita fuerza de carácter para soportar constantes amenazas, sino una gran confianza en la existencia de seres humanos semejantes — parientes, amigos o vecinos— que no crean nunca en esa «historia».
En realidad, este caso extremo de locura artificialmente fabricada sólo puede lograrse en un mundo totalitario. Entonces, sin embargo, forma parte
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deí aparato propagandístico de los regímenes totalitarios, para los cuales las confesiones no son indispensables para el castigo. Las «confesiones» son una especialidad de la propaganda bolchevique en la misma medida en que lo fue de la propaganda nazi la curiosa pedantería por legalizar los delitos mediante una legislación retrospectiva y retroactiva. En ambos casos el objetivo es la consistencia.
Antes de conquistar el poder y de establecer un mundo conforme a sus doctrinas, los movimientos conjuran un ficticio mundo de consistencia que es más adecuado que la misma realidad a las necesidades de la mente huma¬ na; un mundo en el que, a través de la pura imaginación, las masas desarrai¬ gadas pueden sentirse como si estuvieran en su casa y hallarse protegidas contra los interminables shocks que la vida real y las experiencias reales imponen a los seres humanos y a sus esperanzas. La fuerza que posee la pro¬ paganda totalitaria — antes de que los movimientos tengan el poder de dejar caer telones de acero para impedir que nadie pueda perturbar con la más ni¬ mia realidad la terrible tranquilidad de un mundo totalmente im aginario - descansa en su capacidad de aislar a las masas del mundo real. Los únicos sig¬ nos que el mundo real todavía ofrece a la comprensión de las masas no integra¬ das y en desintegración — a las que cada nuevo golpe de mala suerte torna aún más incrédulas— son, por así decirlo, sus lagunas, las cuestiones que no se atre¬ ve a discutir públicamente o los rumores que no osa contradecir porque afec¬ tan, aunque en una forma exagerada y deformada, a los puntos sensibles.
De estos puntos sensibles derivan las mentiras de la propaganda totalita¬ ria, los elementos de veracidad y de experiencia real que necesita para tender un puente entre la realidad y la ficción. La mera ficción sólo puede descansar en el terror, y además las ficciones mentirosas mantenidas por el terror en los regímenes totalitarios no han llegado a ser enteramente arbitradas, aunque sean habitualmente más crudas, desvergonzadas y, por así decirlo, más origi¬ nales que las de los movimientos. (Requiere poder, no destreza propagandís¬ tica, lanzar una historia revisada de la Revolución rusa en la que no aparezca nadie que con el nombre de Trotsky llegara a ser comandante en jefe deí Ejér¬ cito Rojo.) Por otra parte, las mentiras de los movimientos son mucho más sutiles. Se aferrarf a cada aspecto de la vida social y política que permanezca oculto a las miradas públicas. Y triunfan allí donde las autoridades oficiales se han rodeado de una atmósfera de secreto. A los ojos de las masas esas menti¬ ras adquieren entonces la reputación de un «realismo» superior, porque afec¬ tan a condiciones reales cuya existencia permanece oculta. Las revelaciones sobre escándalos de la alta sociedad, de la corrupción de los políticos, todo lo que atañe al periodismo amarillo, se convierte en sus manos en un arma de una importancia más que sensacional.
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La ficción más eficaz de la propaganda nazi fue la historia de una conspi¬ ración mundial judía. La concentración en la propaganda antisemita fue recurso corriente entre los demagogos incluso desde finales del siglo XIX, y semejante propaganda estaba muy difundida en Alemania y en Austria durante la década de los años veinte. Cuanto más consistentemente evitaban los partidos y los órganos de la opinión pública una discusión de la cuestión judía, más convencido se tornaba el populacho de que los judíos eran los ver¬ daderos representantes de las potencias existentes y que la cuestión judía era el símbolo de la hipocresía y de la deshonestidad de todo el sistema.
El contenido real de la propaganda antisemita de la posguerra no fue ni monopolio de los nazis ni especialmente nuevo y original. Las mentiras acerca de una conspiración judía mundial eran habituales desde el ajfaire Dreyfus y se hallaban basadas en las Ínter reí aciones e interdependencias internacionales existentes de un pueblo judío disperso por todo el mundo. Las nociones exageradas relativas a un poder mundial judío eran aún más antiguas; pueden remontarse al final del siglo xvm, cuando se tornó visi¬ ble la íntima conexión entre los negocios judíos y los estados-nación. La representación del Judío como encarnación del Mal es usualmente atribui¬ da a los vestigios y a los recuerdos supersticiosos de la Edad Media, pero estaba real y estrechamente conectada con el papel ambiguo y más recien¬ te que los judíos desempeñaron en la sociedad europea a partir de su emancipación. Hay algo innegable: en el período de la posguerra, los judíos resultaban más prominentes que antes.
Pero lo cierto es que ios judíos se tornaron más prominentes y conspi¬ cuos en proporción inversa a su influencia real y a su posición de poder. Cada reducción de la estabilidad y la fuerza de los estados-nación supuso un golpe directo a las posiciones judías. La conquista parcialmente conseguida del estado por la nación tornó imposible para la maquinaria gubernamental el mantenimiento de una posición por encima de todas las clases y partidos, y por eso anuló el valor de las alianzas con el sector judío de la población, del que se suponía además que había de permanecer fuera de las filas de la socie¬ dad y ser indiferente a las políticas partidistas. La creciente preocupación de la burguesía de mentalidad imperialista por la política exterior y su creciente influencia sobre la maquinaria del estado se vieron acompañadas por la firme negativa del más amplío sector de las finanzas judías a comprometerse en empresas industriales y a abandonar la tradición de las transacciones finan¬ cieras. Todo esto casi llegó a acabar con la utilidad económica que para el estado habían significado los judíos como grupo y con las ventajas que para ellos mismos había significado la separación social. Después de la Primera Guerra Mundial las juderías de Europa central se tomaron tan asimiladas y
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nacionalizadas como la judería francesa durante las primeras décadas de ia Tercera República.
En 1917, cuando el gobierno alemán, siguiendo una tradición largamen¬ te afirmada, trató de emplear a sus judíos para iniciar tentativamente nego¬ ciaciones de paz con los aliados, resultó bien claro cuán conscientes eran ya los estados implicados del cambio de la situación. En lugar de dirigirse a los jefes reconocidos de la judería alemana, acudió a la minoría sionista, relativa¬ mente pequeña y carente de influencia, que todavía confiaba en el antiguo sis¬ tema precisamente porque insistía en la existencia de un pueblo judío indepen¬ diente de ía nacionalidad y de la que por eso todavía cabía esperar que prestara unos servicios que dependían de conexiones internacionales y de un punto de vísta internacional. El paso, sin embargo, resultó ser un error del gobierno ale¬ mán. Los sionistas hicieron algo que ningún banquero judío había hecho hasta entonces; impusieron sus propias condiciones y respondieron al gobierno que sólo negociarían una paz sin anexiones y sin reparaciones30. Había desapareci¬ do ía antigua indiferencia judía a las cuestiones políticas; ya no era posible uti¬ lizar a la mayoría porque no se hallaba marginada de la nación, y la minoría sionista resultaba inútil porque poseía ideas políticas propias.
La sustitución en Europa central de los gobiernos monárquicos por repú¬ blicas completó la desintegración de las juderías de la región, de la misma manera que el establecimiento de ía Tercera República había tenido en Fran¬ cia el mismo resultado unos cincuenta años antes. Los judíos habían perdido ya gran parte de su influencia cuando se establecieron los nuevos gobiernos bajo condiciones en las que no podían ni querían proteger a sus judíos. En las negociaciones de paz en Versailes los judíos fueron empleados principalmen¬ te como expertos, e incluso los antisemitas admitían que los pequeños estafa¬ dores judíos de la era de ia posguerra, principalmente recién llegados, tras cu¬ yas actividades fraudulentas, que les distinguían profundamente de sus corre¬ ligionarios nativos, se hallaba una actitud que recordaba curiosamente la antigua indiferencia por las normas del entorno, carecían de conexiones con los representantes de una supuesta internacional judía31.
Entre toda la turba de grupos antisemitas competidores y en una atmós¬ fera cargada de antisemitismo, la propaganda nazi desarrolló un método de tratar el tema que era diferente y superior a todos los demás. Sin embargo, ningún eslogan nazi era nuevo, ni siquiera la astuta imagen de Hitíer de una lucha de clases provocada por el patrono judío que explota a sus obreros mientras que, al mismo tiempo, en el patio de la fábrica su hermano íes inci¬
Véase la autobiografía de Chaim Weitzmann, Trial and Error, Nueva York, 1949, p. 185.
Véase, por ejemplo, Jüdische Geld- und Welthemchaft?, de Otro Bonhard, 1926, p. 57.
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ta a la huelga32. El único elemento nuevo era que para el ingreso en sus filas el partido nazi exigía pruebas de ascendencia no judía y que, a pesar del pro¬ grama de Feder, siguió mostrándose extremadamente vago acerca de las medidas reales que contra los judíos adoptaría una vez que hubiera conquis¬ tado el poder33. Los nazis situaron al tema judío en el centro de su propagan¬ da, en el sentido de que el antisemitismo ya no era una cuestión de opiniones acerca de personas diferentes de la mayoría o una preocupación de la política nacional34, sino la preocupación íntima de cada individuo en su existencia personal; no podía ser miembro del partido aquel cuyo «árbol genealógico» no estuviera en orden, y cuanto más alta fuera su categoría dentro de la jerar¬ quía nazi, más lejos habría que remontarse en el examen del árbol genealógi¬ co35. De la misma manera, aunque menos consecuentemente, el bolchevismo alteró la doctrina marxista relativa a una inevitable victoria final del proleta¬ riado, organizando a sus miembros como «proletarios natos» y presentando como vergonzosos y escandalosos los orígenes de las demás clases36.
Híder utilizó por vez primera esta imagen en 1922: «Moisés Kohn, por un lado, anima a su aso- ciación a rechazar las demandas de los obreros, mientras que su hermano Isaac, en la fábrica, invita a las masas...» a la huelga (Hitlers Speeches: 1929- 1939, ed. Baynes, Londres, 1942, p. 29). Resulta notable que nunca se publicara en la Alemania nazi una colección completa de los discursos de H it¬ ler, así que hay que verse forzado a recurrir a la edición inglesa. En la bibliografía compilada por Phi¬ lipp Bouhler, Die Reden des Führers nach der Machtübernahme, 1940, puede advertirse que la om i¬ sión no fue accidental; sólo los discursos públicos eran publicados verbatim en el Völkischer Beobach¬ ter; por lo que se refiere a los discursos ante el Führerkorps y otras unidades del partido, eran simplemente «mencionados» en ese periódico. En ningún caso estaban destinados a su publicación. 33 Los 25 puntos de Feder contienen sólo las medidas habitualmente exigidas por todos los grupos antisemitas: expulsión de los judíos nacionalizados y trato de extranjeros para los judíos nativos. La oratoria antisemita nazi fue siempre mucho más radical que su programa.
Waldemar Gurí an, «Antisemitism in Modem Germany», en Essays on Antlsemítism, ed. por Kop¬ pel S, Pinson, Nueva York, 1946, p. 243, subraya la falta de originalidad del antisemitismo nazi: «Todas estas exigencias y todos estos puntos de vista no eran notables por su originalidad; resultaban evidentes por sf mismos en todos los círculos nacionalistas; lo que resultaba notable era la destreza demagógica y la oratoria con que fueron presentados».
35 Ejemplo típico del simple antisemitismo nacionalista dentro del movimiento nazi mismo es Rohm, quien escribe: «No: ¡aí judío no se le puede culpar de todo! A nosotros se nos debe culpar del hecho de que el judío todavía pueda dominar ahora» (Ernst Röhm, Die Geschichte eines Hochverrä¬ ters, 1933, edición popular, p. 284).
33 Los aspirantes al ingreso en las SS tenían que hacer remontar su ascendencia hasta 1750. A los aspirantes a posiciones directivas dentro del partido sólo se les formulaban tres preguntas: 1. ¿Qué ha hecho usted por el partido? 2. ¿Es usted absolutamente cabal, física, mental y moralmente? 3. ¿Está en orden su árbol genealógico? (véase Nazi Primer).
Resulta característico de la afinidad entre los dos sistemas el que la élite y las formaciones policía¬ cas de los bolcheviques — la NKVD — también exigieran pruebas de ascendencia a sus miembros (véase Russian Purge and the Extraction of Confession, d eE B eck y W . Godín, 1951)-
35 Así las tendencias totalitarias del mccarthysmo en los Estados Unidos se revelaron más brillante¬ mente no en la persecución de los comunistas, sino en su propósito de obligar a cada ciudadano a aportar pruebas de no ser un comunista.
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La propaganda nazi fue lo suficientemente ingeniosa como para transfor¬ mar el antisemitismo en un principio de autodefinición y eliminarlo así de las fluctuaciones de la simple opinión. Usó la persuasión de la demagogia de masas sólo como un paso preparatorio, y jamás sobreestimó su influencia duradera, tanto en la oratoria como en la letra impresa37. Esto proporcionó a las masas de individuos atomizados, indefinibles, inestables y fútiles medios de autodefinición o identificación que no sólo restauraban algo del respeto propio que antiguamente habían hecho derivar de su función en la sociedad, sino que también crearon un tipo de falsa estabilidad que íes convirtió en mejores candidatos para una organización. A través de este tipo de propagan¬ da, el movimiento pudo afirmarse como una continuación artificial de las concentraciones masivas y racionalizar los sentimientos esencialmente fútiles de la importancia propia y de seguridad histérica que ofrecía a los individuos aislados de una sociedad atomizada38.
La misma ingeniosa aplicación de eslóganes, acuñados por otros y proba¬ dos anteriormente, se reveló en el trato que los nazis otorgaban a otros temas relevantes. Cuando la atención pública se hallaba igualmente centrada en el nacionalismo, por una parte, y en el socialismo, por otra; cuando se juzgaba que los dos eran incompatibles y que constituían realmente la divisoria ideo¬ lógica entre la derecha y la izquierda, el partido «Obrero Alemán Nacional Socialista» (Nazi) ofreció una síntesis, supuestamente encaminada a una uni¬ dad nacional, a una solución semántica cuya doble marca de fábrica de «Ale¬ mán» y de «Obrero» relacionaba al nacionalismo de la derecha con el interna¬ cionalismo de la izquierda. El nombre mismo del movimiento nazi privó de su contenido social a todos los demás partidos y pretendió implícitamente incorporar a todos. Las combinaciones de doctrinas políticas supuestamente antagónicas (nacional-socialista, cristiano-social, etc.) habían sido ensayadas antes, y con éxito; pero los nazis realizaron su propia combinación de tal for¬ ma que toda la pugna en el Parlamento entre los socialistas y los nacionalis¬ tas, entre quienes pretendían ser antes que nada obreros y quienes eran antes que nada alemanes pareció como una impostura concebida para ocultar ulte-
«No debería sobreestimarse ia influencia de la prensa...; en general disminuye a medida que aumenta fa influencia de la organización» (Hadamovsky, op. cit., 64). «Los periódicos se muestran iniítiles cuando tratan de luchar contra la fuerza agresiva de una organización viva» (ibíd., p. 65). «Las formaciones de poder que tienen su origen en la simple propaganda son fíuctuantes y pueden desaparecer rápidamente, a menos que la violencia de una organización apoye a la propaganda» (ibíd,, p. 21).
«La reunión de masas es la forma más fuerte de propaganda... [porque] cada individuo se siente más confiado en sí mismo y más poderoso en la unidad de una masa» (ibíd., p. 47). «El entusiasmo del momento se convierte en un principio y en una actitud espiritual a travds de la organización, el entrenamiento sistemático y la disciplina» (ibíd., pp. 21-22).
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ríores motivos siniestros, porque ¿acaso no era todo esto a ía vez un miembro del partido nazi?
Resulta interesante el hecho de que, incluso en sus comienzos, los nazis se mostraran suficientemente prudentes como para no utilizar nunca eslóganes que, como democracia, república, dictadura o monarquía, indicaran una for¬ ma específica de gobierno39. Es como si, en esta cuestión, hubieran sabido siempre que serían enteramente origínales. Cada discusión acerca de la forma real de su futuro gobierno era desdeñada como una charla inútil sobre meras formalidades — porque el estado, según Hitler, era sólo un «medio» para ía conservación de la raza, igual que el estado, según la propaganda bolchevi¬ que, es sólo un instrumento de la lucha de clases40.
De otra forma curiosa e indirecta, los nazis dieron una respuesta propa¬ gandística a la pregunta relativa a lo que sería su futuro papel, y ello fue en su empleo de los «Protocolos de los Sabios de Sión» como modelo para la orga¬ nización futura de las masas alemanas con objeto de lograr un «imperio mun¬ dial». El empleo de los «Protocolos» no quedó limitado a los nazis; en la Ale¬ mania de la posguerra se vendieron centenares de miles de ejemplares y ni siquiera fue algo novedoso su franca adopción de ios «Protocolos» como ma¬ nual político41. Sin embargo, esta falsificación fue principalmente utilizada
En los casos aislados en los que Hitler llegó a ocuparse de esta cuestión acostumbraba a recalcar: «Incidentalmente, yo no soy el jefe de un Estado, en el sentido de un dictador o un monarca, sino que soy el jefe del pueblo alemán» (véase Ausgewählte Reden des Führers, 1939, p. 114). Hans Frank se expresó dentro del mismo espíritu: «El Reich nacionalsocialista no es un régimen dictatorial y me¬ nos aun arbitrarlo. El Reich nacionalsocialista, en vez de eso, se basa en la lealtad mutua del Führer y del pueblo» (en Recht und Verwaltung, Múnich, 1939, p. 15).
Hitler repitió muchas veces: «El estado es sólo el medio para un fin. Eí fin es: la conservación de la raza» (Reden, 1939, p. 125). También subrayó que su movimiento «no se basa en la idea de! esta¬ do, sino que se halla basado primariamente en la Volksgemeinschaft cerrada» [véase Reden, 1933, p. 125, y el discurso pronunciado ante la nueva generación de jefes políticos (Führernachwuchs), 1937, que se publica como addendum a las Hitlers Tischgespräche, p. 446]. Éste, mutatis mutandis, es tam ¬ bién el núcleo de ía complicada y deliberada ambigüedad que caracteriza a la llamada «teoría del estado» de Stalin: «Nos declaramos en favor de la muerte del estado y al mismo tiempo nos alzamos en pro del fortalecimiento de la dictadura del proletariado, que representa la más poderosa y poten¬ te autoridad de todas las formas del estado que han existido hasta el día de hoy. El más elevado desa¬ rrollo posible del poder del estado con objeto de preparar las condiciones para ía muerte del estado: ésta es la fórmula marxista» (op. cit„ loe. cit.).
41 Alexander Stein, AdolfHitler, Schüler der «Weisen von Zion», Karlsbad, 1936, fue el primero en analizar por comparación filológica la identidad ideológica de las enseñanzas de los nazis con las de los «Sabios de Sión» {véase también AdolfHitler et les «Protocoles des Sages de Siom, de R. M. Blank, 1938).
El primero en admitir su deuda con las enseñanzas de los «Protocolos» fue Theodor Fritsch, el «gran anciano» del antisemitismo alemán de la posguerra. Escribe en el epílogo a su edición de los Protocolos, 1924: «Nuestros futuros políticos y diplomáticos tendrán que aprender de los maestros orientales de la villanía hasta el ABC del arte de gobernar, y, para este fin, los “Protocolos sionistas” ofrecen una excelente instrucción preparatoria».
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con el propósito de denunciar a los judíos y de prevenir al populacho contra los peligros de la dominación judía42. En términos de simple propaganda, el descubrimiento de los nazis consistió en advertir que las masas no estaban tan aterradas por una dominación judía mundial como interesadas en averi¬ guar cómo podría realizarse, que la popularidad de los «Protocolos» se basaba en la admiración o el fervor, más que en el odio, y que sería prudente perma¬ necer tan cerca como fuera posible de algunas de sus más importantes fórmu¬ las, como en el caso del famoso eslogan: «Justo es lo que es bueno para el pue¬ blo alemán», que se hallaba copiado del de los «Protocolos»; «Todo lo que beneficia ai pueblo judío es moraímente justo y sagrado»43.
Los «Protocolos» son en muchos aspectos un documento curioso y nota¬ ble. Al margen de su maquiavelismo barato, su característica política esencial es que en su fanático estilo abordan todos los temas importantes de la época. Son antinacionales en principio y describen a la nación-estado como un coloso de pies de barro. Desprecian la soberanía nacional y creen, como Hit-ler señaló una vez, en un imperio mundial sobre una base nacional44. No se satisfacen con la revolución en un país determinado, sino que pretenden la conquista y la dominación del mundo. Prometen al pueblo que, al margen de la superioridad en número, territorio y poder estatal, serán capaces de lo¬ grar la conquista mundial sólo a través de la organización. En realidad, parte de su fuerza persuasiva se deriva de antiquísimos elementos de superstición. La noción de la existencia ininterrumpida de una secta internacional que ha perseguido desde la Antigüedad los mismos objetivos revolucionarios es muy antigua45 y ha desempeñado un papel en la literatura política barata desde la
Sobre la historia de los «Protocolos», véase An Appraisalofthe Protocols ofZion, de John S. Curtiss, 1942.
El hecho de que los «Protocolos» fueran una falsedad resultó irrelevante para los fines propan-gandísticos. El autor ruso S. A. Nilus, que publicó la segunda edición rusa en 1905, era ya bien cons¬ ciente del dudoso carácter de este documento y añadió algo obvio: «Pero si fuera posible mostrar su autenticidad por documentos o por declaración de testigos fidedignos, si fuera posible identificar a las personas que se hallan a la cabeza del complot mundial..., entonces... “la secreta iniquidad” podía quedar destrozada...» (traducción en Curtiss, op. cit.).
Hitler no necesitó a Nilus para utilizar el mismo truco: la mejor prueba de su autenticidad con¬ sistía en haberse demostrado que eran una falsedad. Y añade también el argumento de su «placibi¬ lidad»: «Lo que muchos judíos pueden hacer inconscientemente se formula aquí consciente y clara¬ mente. Y esto es lo que cuenta» (Mein Ktimpf, libro I, cap. XI).
43 Fritsch, op. cit., «[Der Jiulen) oberster Grimdsatz lautet: "Alies was dem Volke Jttda niitzt, istmora-lisch und ist heilig”».
44 «Los imperios mundiales surgen de una base nacional, pero se extienden más allá de ella» (Reden). 45 Henry Roliin, VApocallypse de notre temps, París, 1939, quien considera que la popularidad de los «Protocolos» sólo es superada por la de la Biblia (p. 40), muestra la semejanza entre ellos y los Móni¬ ta Secreta, publicados por vez primera en 1612 y que todavía se vendían en las calles de París en 1939, los cuales afirmaban revelar una conspiración jesuítica «que justifica todas las villanías y todo el empleo de la violencia... Ésta es una campaña auténtica contra el orden establecido» (p. 32).
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Revolución francesa, aunque a finales del siglo xvilí a nadie se le habría ocu¬ rrido escribir que los judíos1*6 pudieran ser la «secta revolucionaria», esta «na¬ ción peculiar.., entre todas las naciones civilizadas».
Fue eí tema de una conspiración global lo que en los «Protocolos» más atra¬ jo a las masas, porque tan bien se correspondía con la nueva situación deí po¬ der (en fecha muy temprana Hitler prometió que el movimiento nazi «supera¬ ría los estrechos límites del nacionalismo moderno»4647, y durante la guerra se realizaron en eí seno de las SS tentativas para borrar totalmente del vocabulario nacionalsocialista la palabra «nación»). Sólo las potencias mundiales parecían seguir teniendo una posibilidad de supervivencia independiente, y sólo una política global parecía tener una posibilidad de resultados duraderos. También es comprensible que esta situación asustara a las pequeñas naciones que no eran potencias mundiales. Los «Protocolos» parecían ofrecer una salida que no dependía de inalterables condiciones objetivas, sino tan sólo del poder de la organización.
La propaganda nazi, en otras palabras, descubrió en el judío, «supranadonal porque es intensamente nacional»48, al precursor del alemán dueño del mundo, y aseguró a las masas que «las naciones que han sido las primeras en ver a través del judío y las primeras en combatirle van a ser las primeras en ocupar su pues¬ to en la dominación del mundo»49. El espejismo de una dominación mundial
Toda la literatura está bien representada por las Recherches politiques et historiques qui prouvent l'existence d’une secte révolutionnaire, del Caballero de Malet, 1817, quien cita extensamente a auto¬ res anteriores. Para él los héroes de la Revolución francesa son mannequins de una agence secrète, los agentes de los francmasones. Pero francmasonería es sólo eí nombre que sus contemporáneos dieron a una «secta revolucionaria» que ha existido en todos los tiempos y cuya política ha consistido siem¬ pre en atacar «tras la escena, en manipular los hilos de las marionetas a las que se juzgue convenien¬ te colocar en eí escenario». Empieza por decir: «Probablemente, será difícil creer en un plan que fue elaborado en la Antigüedad y seguido siempre con ía misma constancia:... los autores de la Revolu¬ ción no son más franceses que alemanes, italianos, ingleses, etc. Constituyen una nación peculiar, nacida y desarrollada en la oscuridad, entre todas las naciones civilizadas, con el objetivo de someter¬ las a su dominación».
Para un extenso examen de esta literatura, véase La Franc-Maçonnerie Artésienne au 7S 'siècle, de E. Lesueur, «Bibliothèque d’Hfstoîre Révolutionnaire», 1914. Por la extensa y fanática literatura antifrancmasónica en Francia, apenas menos amplia que su contrapartida antisemita, puede adver¬ tirse cuán persistentes son estas leyendas de conspiración incluso bajo circunstancias normales. En
La Franc-Maçonnerie en France, des origines à 1815, de G. Bord, 1908, puede hallarse una especie de compendio de todas fas teorías que vieron en la Revolución francesa eí producto de sociedades secre¬ tas conspiradoras,
41 Reden. Véase la transcripción de una sesión deí Comité SS sobre cuestiones laborales en eí Cuar¬ tel General de las SS en Berlín el 12 de enero de í 943, donde se sugirió que la palabra «nación», con¬ cepto cargado de connotaciones de liberalismo, debería ser eliminada por inadecuada para los pue¬ blos germánicos (Documento 705-PS, en Nazi Conspiracy and Aggression, V, 515).
í3 Hitlers Speeches, ed. Baynes, p. 6.
49 Goebbels, op. cit„ p. 377. Esta promesa, implícita en toda ía propangada antisemita del tipo nazi, fue preparada por Hitler: «El más extremado contraste del ario es el judío» (Mein Kmipf, libro í, cap. XI).
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judía ya existente constituyó la base para la ilusión de una futura dominación mundial alemana. En esto es en lo que Himmler pensaba cuando declaró que «debemos el arte de gobernar a los judíos», es decir, a los «Protocolos», que «el Führer [se ha] aprendido de memoria»50. Así, los «Protocolos» presentaban la conquista mundial como una posibilidad práctica y daban por sobreentendido que todo el asunto era una cuestión de capacidad inspirada o de astucia, y que en el camino hacia una victoria alemana sobre todo el mundo sólo se alzaba un pueblo patentemente pequeño, los judíos, que dominaban al mundo sin poseer los instrumentos de violencia — un adversario, por eso, fácil, una vez que había sido descubierto su secreto y emulados sus métodos en una escala más amplia.
La propaganda nazi concentró todas estas perspectivas nuevas y prometedo¬ ras en un concepto que denominó Voíksgemeimchafi. Esta nueva comunidad, ensayada por el movimiento nazi en la atmósfera pretotalitaria, se basaba en la igualdad absoluta de todos los alemanes, una igualdad no de hecho, sino de naturaleza, y en su absoluta diferencia de todos ios demás pueblos51. Después de que los nazis subieron al poder, este concepto perdió gradualmente su importan-
. cía y dio paso, por una parte, a un desprecio general por el pueblo alemán que los nazis habían albergado siempre, pero que hasta entonces no habían podido demostrar muy bien públicamente52, y, por otra, a una gran ansiedad por am¬ pliar sus propias filas con arios de otras naciones, idea que sólo había desempeña¬ do un pequeño papel en la fase previa al poder de la propaganda nazi53, La Volks-
«Dossier Kersten», en el Centre de Documentaron Juive.
La primitiva promesa de Hitler (Reden): «Nunca reconoceré que otras naciones tengan el mismo derecho que la alemana», se convirtió en doctrina oficial: «La base de la perspectiva nacionalsocialis¬ ta en la vida es la percepción de la desemejanza de los hombres» (Nazi Primer, p. 5).
52 Por ejemplo, Hitler en 1932: «El pueblo alemán consiste en un tercio de héroes, un tercio de cobardes, mientras que el resto son traidores» (Hitlers Speeches, ed. Baynes, p. 76).
Tras la conquista del poder esta tendencia se tornó más brutalmente manifiesta. Véase, por ejem¬ plo, lo que dijo Goebbels en 1934: «¿Quiénes son ésos para criticar? ¿Miembros del partido? No. ¿El resto del pueblo alemán? Tendría que considerarse suficientemente afortunado con seguir vivo. Sería demasiado permitir las críticas de aquellos que viven a merced de nosotros». Cita de Kohn-Brams-tedt, op. cit., pp. 178-179* Durante la guerra, Hitler declaró: «No soy nada más que un imán que se mueve constantemente a través de la nación alemana, extrayendo el acero de este pueblo, Y he decla¬ rado a menudo que llegará el día en que todos los hombres valiosos de Alemania estén en mí campo. Y aquellos que no estén a mi lado no serán valiosos en manera alguna». Para el entorno inmediato de Hitler resultaba muy claro lo que sucedería a aquellos que «no son valiosos en manera alguna» (véa¬ se Der grossdeutsche Freiheitskampf. Reden Hitlers vom 1.9.1939-10.3,1940, p. 174). Hitler pensaba lo mismo cuando dijo: «El Führer no piensa como alemán, sino en términos germánicos» («Dossier Kersten», arriba citado), excepto que sabemos por las Hitlers Tischgespräche (pp. 315 y ss.) que en aquellos días ya se burlaba incluso del «clamor» germánico y pensaba en «términos arios».
53 Himmler, en un discurso a los jefes de las SS en Jarkov, en abril de 1943 (Nazi Conspiracy, IV, 572 y ss.): «Pronto formaré unas SS germánicas en diferentes países...». Antes de la conquista del poder Hitler dio una primera indicación de esta política no nacional (Reden); «Desde luego, acogeremos en la nueva clase de señores a representantes de otras naciones, es decir, a aquellos que lo merecen en ra¬ zón de su participación en nuestra lucha».
TOTALITARISMO
gemebischaft era simplemente ia preparación propagandística para una sociedad racial «aria» que, al final, habría condenado a todos los pueblos, incluyendo a los alemanes.
Hasta un cierto grado, la Volksgemeinschaft constituía eí intento de los nazis por contrarrestar la promesa comunista de una sociedad sin clases. Parece obvio el atractivo propagandístico de una sobre otra si pasamos por alto todas las impli¬ caciones ideológicas. Mientras que ambas prometían allanar todas las diferencias sociales y de propiedad, la sociedad sin clases poseía la característica evidente de que todo el mundo podría ser elevado al estatus de obrero de una fábrica, en tan¬ to que la Volbgemeimchaft, con su característica de conspiración por la conquista mundial, presentaba una razonable esperanza de que todo alemán podría llegar eventualmente a convertirse en propietario de una fábrica. Sin embargo, la venta¬ ja aún mayor de la Voíksgemebischafi era que su establecimiento no tenía que aguardar a algún momento en eí futuro ni dependía de condiciones objetivas: po¬ día ser inmediatamente realizada en el mundo ficticio del movimiento.
El verdadero objetivo de la propaganda totalitaria no es la persuasión, sino la organización: la «acumulación de poder sin la posesión de los medios de violencia»54. Para este objetivo, la originalidad del contenido ideológico sólo puede ser considerada un obstáculo innecesario. No es accidental que los dos movimientos totalitarios de nuestro tiempo, tan aterradoramente «nue¬ vos» en métodos de dominación e ingeniosos en formas de organización, ja¬ más hayan predicado una nueva doctrina, jamás hayan inventado una ideo¬ logía que no fuese ya popular55. No son los pasajeros éxitos demagógicos ios que ganan a las masas, sino la visible realidad y el poder de una «organización viva»56. Las brillantes dotes de Hitíer como orador de masas no le ganaron su posición en eí movimiento, sino que más bien equivocaron a sus oponentes, que llegaron a subestimarle como simple demagogo, y Stalin fue capaz de derrotar al mayor orador de la Revolución rusa57. Lo que distingue a los líde¬
Hadamovsky, op. cit.
Heiden, op. cit., p. 139: La propaganda no es «el arte de infundir una opinión en las masas. Real- mente, es el arte de recibir una opinión de las masas».
Hadamovsky, op. cit., passim. El término está tomado de Mein Kampf, de Hitler (libro lí, cap. XI), donde la «organización viva» de un movimiento se contrasta con el «mecanismo muerto* de un par¬ tido burocrático.
57 Sería un grave error interpretar a los dirigentes totalitarios en términos de la categoría «liderazgo carismàtico* de Max Weber, Véase «The Nazi Party», de Hans Gerth, en American Journal ofSocio-logy, 1940, voi, XLV. (Un error similar es también defecto de la biografía de Heiden, op. cit.) Gerth describe a Hitler como el jefe carismatico de un partido burocrático. Solamente esto, en su opinión,
explica el hecho de que «por flagrantemente que hayan contradicho las acciones a las palabras, nada podría quebrantar la organización firmemente disciplinaría». (Cabe señalar, incidentalmente, que
.esta contradicción es mucho más característica de Stalin, que «siempre se cuidó de decir lo opuesto de lo que hacía y de hacer lo opuesto de lo que decía». Souvarine, op. cit., p. 431.)
EL MOVIMIENTO TOTALITARIO 499
res y dictadores totalitarios es más bien la singular plenitud de propósitos con la que escogen aquellos elementos de las ideologías existentes que más aptos resultan para convertirse en los fundamentos de otro mundo enteramente ficticio. La ficción de los «Protocolos» era tan adecuada como la ficción de la conspiración trotskysta, porque ambas contenían un elemento de plausibili-dad — la influencia no pública de los judíos en el pasado; la lucha por el po¬ der entre Trotsky y Stalin— del que ni siquiera podía prescindir con seguri¬ dad el mundo ficticio del totalitarismo. Su arte consistió en utilizarlo y, al mismo tiempo, en superar los elementos de la realidad; de las experiencias comprobables, dentro de la ficción elegida, y en generalizarlo en regiones que entonces quedan cerradas a todo posible control de la experiencia indi¬ vidual. Con semejantes generalizaciones, la propaganda totalitaria establece un mundo apto para competir con el real, cuyo principal inconveniente es que no es lógico, consecuente ni organizado. La consistencia de la ficción y la rigidez de la organización hacen posible que la generalización pueda sobrevivir a la explosión de las mentiras más específicas; el poder de los ju ¬ díos tras su irremediable matanza, la siniestra conspiración global de los trotskystas después de su liquidación en la Rusia soviética y tras el asesinato de Trotsky.
La tozudez con la que los dictadores totalitarios se aferran a sus mentiras originales frente al absurdo es más que una supersticiosa gratitud a su truco, y, al menos en el caso de Stalin, no puede ser explicada por la psicología del mentiroso cuyo mismo éxito acaba por convertirle en la última víctima de su mentira. Una vez que estos eslóganes propagandísticos quedan integrados en una «organización viva», no pueden ser eliminados con seguridad sin que¬ brantar toda la estructura. La presunción de una conspiración mundial judía fue transformada por la propaganda totalitaria, pasando de ser una cuestión objetiva y discutible a ser un elemento principal de la realidad nazi; lo cierto es que los nazis actuaban como si el mundo estuviera dominado por los ju ¬ díos y precisara de una contraconspiración para defenderse a sí mismo. Para ellos el racismo ya no era una discutible teoría de dudoso valor científico, sino que estaba siendo realizado cada día en el funcionamiento jerárquico de una organización política en cuyo marco hubiera resultado muy «irrealista» ponerlo en duda. De forma similar, el bolchevismo ya no necesita vencer en una discusión acerca de la lucha de clases, el internacionalismo y la depen¬ dencia incondicional del bienestar del proletariado del bienestar de la Unión
Para el origen de este error véase «Zur Soziologie der Gegenwart», de Alfred von Martin, en Zeit¬ schriftJur Kulturgeschichte, tomo 27, y «Die Gesetzmässigkeit der Verwaltung im Führestaat», de Ar¬ nold Koettgen, en Reichsverivaltungsblatt, 1936; ambos caracterizan el estado nazi como una buro¬ cracia con jefatura carismàtica.
TOTALITARISMO
Soviética; el funcionamiento de la organización de la Komintern es más con¬ vincente de lo que pueda ser cualquier argumento o una simple ideología.
La razón fundamental de la superioridad de la propaganda totalitaria so¬ bre la propaganda de los otros partidos y movimientos es que su contenido, en cualquier caso para los miembros del movimiento, ya no es un tema obje¬ tivo sobre eí que la gente pueda formular opiniones, sino que se ha converti¬ do dentro de sus vidas en un elemento tan real e intocable como las reglas de la aritmética. La organización de todo eí entramado vital según una ideología sólo puede ser llevada a cabo bajo un régimen totalitario. En la Alemania nazi, poner en tela de juicio la validez del racismo y del antisemitismo cuan¬ do nada importaba más que el origen racial, cuando una carrera dependía de una fisonomía «aria» (Himmíer acostumbraba a seleccionar a ios aspirantes ai ingreso en las SS examinando sus fotografías) y la cantidad de alimentos del número de abuelos judíos de cada uno, era como poner en tela de juicio la existencia del mundo.
Las ventajas de una propaganda que constantemente «suma eí poder de una organización»58 a la débil e insegura voz de la argumentación y que por eso actúa, por así decirlo, con el incentivo del momento, se diga lo que se diga, resultan obvias más allá de toda demostración. A prueba de argumentos basa¬ dos en una realidad que los movimientos prometen cambiar, ante una contra¬ propaganda descalificada por el simple hecho de que pertenece o defiende a un mundo que las masas desamparadas no pueden ni quieren aceptar, sólo puede quedar desautorizada por una realidad más fuerte o mejor.
Es en el momento de la derrota cuando se toma visible la debilidad inhe¬ rente a la propaganda totalitaria. Sin la fuerza del movimiento, sus miembros dejan automáticamente de creer en el dogma por eí que ayer todavía estaban dispuestos a sacrificar sus vidas. En el momento en que eí movimiento, es de¬ cir, el mundo ficticio que les albergaba, queda destruido, las masas revierten a su antiguo estatus de individuos aislados que, o bien aceptan felizmente su nueva función en un mundo transformado, o bien se sumen en su antigua y desesperada superfluidad. Los miembros de los movimientos totalitarios, profundamente fanáticos mientras existe el movimiento, no siguen el ejem¬ plo de los fanáticos religiosos sufriendo la muerte de los mártires (aunque existan algunos demasiado dispuestos a sufrir la muerte de robots.j59. Más35
Hadamovsky, op. cit., p. 21. Para los fines totalitarios constituye un error propagar su ideología mediante la enseñanza o la persuasión. En palabras de Robert Ley, no puede ser ni «enseñada» ni «aprendida», sino sólo «ejercida» y «practicada» (véase Der Wegzttr Ordsnsburg, sin fecha),
R. Hoebn, uno de los teóricos nazis relevantes, interpretó esta falta de doctrina e incluso de idea- les y creencias del movimiento en su Rekhsgemeinschaft und Volksgemeimcbaft: «Desde el punto de vista de una comunidad popular, toda comunidad de valores resulta destructiva» (p. 83).
EL MOVIMIENTO TOTALITARIO 501
bien renuncian tranquilamente al movimiento como a una apuesta fallida y buscan en torno de sí otra ficción prometedora o aguardan a que la antigua ficción recobre fuerza suficiente como para establecer otro movimiento de masas.
La experiencia de los aliados que trataron vanamente de localizar un nazi autoconfesado y convencido entre el pueblo alemán, del que un 90 por cien¬ to había sido probablemente sincero simpatizante en un momento u otro, no puede ser considerada simplemente como el descubrimiento de un signo de debilidad humana o de oportunismo grosero. El nazismo como ideología ha¬ bía sido tan completamente «realizado» que su contenido dejó de existir como cuerpo independiente de doctrina, perdió su existencia intelectual, por así decirlo; por ello, la destrucción de la realidad no dejó casi nada tras de sí, y, menos que nada, el fanatismo de ios creyentes.
2 . Organización totalitaria
Las formas de la organización totalitaria, diferenciadas de su contenido ideo¬ lógico y de sus eslóganes propagandísticos, son completamente nuevas60. Es¬ tán concebidas para traducir las mentiras propagandísticas del movimiento, tejidas en tomo a una ficción central — la conspiración de los judíos, la de los trotskystas, o las trescientas familias, etc.— en una realidad actuante, para construir, incluso bajo circunstancias no totalitarias, una sociedad cuyos miembros actúen y reaccionen según las normas de un mundo ficticio. En contraste con los partidos aparentemente similares y con los movimientos de orientación fascista o socialista, nacionalista o comunista, todos ios cuales respaldan su propaganda con el terrorismo tan pronto como han alcanzado un cierto grado de extremismo (lo que depende principalmente del grado de desesperación de sus miembros), el movimiento totalitario es realmente serio acerca de su propaganda y esta seriedad es expresada mucho más aterradora¬ mente en la organización de sus seguidores que en la liquidación física de sus adversarios. La organización y la propaganda (más que el terror y la propa¬ ganda) son dos caras de la misma moneda65.
El medio de organización más sorprendentemente nuevo de los movi¬ mientos en su fase anterior a la conquista del poder es la creación de las 11a-
Hítler, hablando sobre la relación entre Weltanschauung y organización, admitió como cosa corriente que los nazis tomaron de otros grupos y de otros partidos la idea racial (die völkische Idee) y actuaron como si fueran los únicos representantes de ésta, porque fueron ios primeros en basar en ella una organización combativa y en formularla con fines prácticos (op. cit, libro II, cap. V).
Véase Hitler, «Propaganda y organización», en op, cit., libro II, cap. XI.
5 0 2 TOTALITARISMO
madas organizaciones frontales, la distinción que trazan entre los miembros del partido y sus simpatizantes. En comparación con esta invención, otras características típicamente totalitarias, tales como la designación de funcio¬ narios desde arriba y el monopolio de los nombramientos en un hombre, son de importancia secundaria. El llamado «principio del jefe» no es en sí mismo totalitario; ha tomado ciertas características del autoritarismo y de la dictadu¬ ra militar, que han contribuido considerablemente a oscurecer y a empeque¬ ñecer el fenómeno esencialmente totalitario. Si los funcionarios nombrados desde arriba poseyeran autoridad y responsabilidad reales, tendríamos que habérnoslas con una estructura jerarquizada en la que la autoridad y el poder son delegados y gobernados por leyes. Cabe decir lo mismo de la organiza¬ ción de un ejército y de la dictadura militar establecida según su modelo; aquí el poder absoluto de mando de arriba abajo y la obediencia absoluta de abajo arriba corresponden a la situación de peligro extrema en combate, que es precisamente por lo que no son totalitarios. Una cadena de mando jerár¬ quicamente organizada significa que el poder del que manda depende de todo el sistema jerárquico en el que opera. Cada jerarquía, por totalitaria que sea en su dirección, y cada cadena de mando, por arbitrario y dictatorial que sea el contenido de las órdenes, tienden a estabilizar, y restringirían, el poder total del líder de un movimiento totalitario6162. En el lenguaje de ios nazis, la inagotable, incansable y dinámica «voluntad del Führer» —y no sus órdenes, término que puede implicar una autoridad determinada y circunscrita— se convierte en ley suprema en un estado totalitario63. El principio del jefe desa¬ rrolla su carácter totalitario sólo a partir de la posición en la que el movi¬ miento totalitario, gradas a su posición única, coloca al jefe; sólo a partir, pues, de su importancia funcional para el movimiento. Esto es también corroborado por el hecho de que, tanto en el caso de Hítler como en el de StaÜn, el principio mismo del jefe sólo cristalizó lenta y paralelamente a la progresiva «totalitarízación» del movimiento64.
61 La demanda vehementemente urgente cíe Himmler de «no promulgar ningún decreto concer¬ niente a la definición del término "judío”» es un caso que merece subrayarse, porque «con estos alo¬ cados compromisos nos ataremos las manos« (Documento de Nuremberg mím. 626, carta a Berger, fechada el 28 de julio de 1942, fotocopia en el «Centre de Documentation Juive»).
La expresión «La voluntad del Führer es la ley suprema» se halla en todas las fórmulas oficiales relativas a la dirección del partido y de las SS. La mejor fuente sobre el tema es Rechtseinrkhtukgen andRecbtsaujgaben der Bewegung, de Otro Gauweiler, 1939.
Heiden, op. cit., p. 292, señala ía siguiente diferencia entre la primera edición de Mein Kampfy ía siguiente: la primera edición propone la elección de funcionarios del partido que sólo tras esa elec¬ ción estarán investidos de «un poder y una autoridad ilimitados»; en las siguientes ediciones se deter¬ mina que la designación de los funcionarios del partido será realizada desde arriba, por el jefe inme¬ diato superior. Naturalmente, para la estabilidad de ios regímenes totalitarios el nombramiento desde
EL MOVIMIENTO TOTALITARIO 503
Un anonimato que contribuye considerablemente a la singularidad de todo el fenómeno oscurece los comienzos de esta nueva estructura organiza¬ tiva. No sabemos quién fue el primero que decidió regimentar a los compa¬ ñeros de viaje en organizaciones frontales, ni quién vio primero en las masas de los vagamente simpatizantes — con las que todos los partidos acostumbra¬ ban a contar el día de las elecciones, pero a las que consideraban demasiado volubles para la afiliación— no sólo una reserva de la que extraer miembros del partido, sino una fuerza decisiva en sí misma. Las primeras organizacio¬ nes de simpatizantes inspiradas por los comunistas, tales como los «Amigos de la Unión Soviética» o las asociaciones del «Socorro Rojo», evolucionaron hasta llegar a ser organizaciones frontales, pero originariamente no eran nada más ni nada menos que lo que sus nombres indicaban; una reunión de sim¬ patizantes para la ayuda financiera o de otro tipo (por ejemplo, legal). Hitler fue el primero en señalar que cada movimiento debería dividir en dos catego¬ rías a las masas ganadas a través de la propaganda: simpatizantes y afiliados. En sí mismo, esto es suficientemente interesante; aún más significativo es que basara esta división en una filosofía más amplia, según la cual la mayoría de las personas son demasiado perezosas y cobardes para algo más que una simple percepción teórica, y sólo una minoría desea luchar por sus conviccio¬ nes65. En consecuencia, Hitler fue el primero en concebir una política cons¬ ciente de constante incremento de las filas de simpatizantes, mientras que al mismo tiempo conservaba estrictamente limitado el número de miembros del partido66. Esta noción de una minoría de miembros del partido rodeada
arriba es un principio mucho más importante que el de «la autoridad ilimitada» del funcionario designado. En la práctica, la autoridad de los subjefes se hallaba decisivamente limitada por la abso¬ luta soberanía del jefe. Véase más adelante.
Stalin, procedente del aparato conspirador del partido bolchevique, no pensó probablemente nunca en este problema. Para él, los nombramientos dentro de la maquinaria del partido eran una cuestión de acumulación de poder personal. (Pero sólo en los años treinta, tras haber estudiado el ejemplo de Hitler, permitió que le llamaran «jefe».) Debe reconocerse, sin embargo, que podía justi¬ ficar fácilmente estos métodos, citando la teoría de Lenin según la cual «la historia de todos los paí¬ ses muestra que la clase trabajadora, exclusivamente por su propio esfuerzo, sólo es capaz de desarro¬ llar una conciencia sindicalista», y que por ello su jefatura ha de provenir necesariamente de fuera (véase What is to be done?, publicado por vez primera en 1902, en Collected Works, voi. IV, libro II). El hecho es que Lenin consideró al partido comunista como ía parte «más progresista» de la clase tra¬ bajadora y, al mismo tiempo, «la palanca de organización política» que «dirige a toda la masa del pro¬ letariado», es decir, una organización fuera de la clase y por encima de ella, (Véase The Russian Revo-lution, 1917-1921, de \V. H. Chamberiain, Nueva York, 1935, II, 361.) Sin embargo, Lenin no puso en tela de juicio la validez de la democracia interna del partido, aunque estaba inclinado a res¬ tringir la democracia a la misma clase trabajadora.
6> Hitler, op. cit., libro II, cap. XI.
Ibfd. Este principio fue estrictamente aplicado tan pronto como los nazis conquistaron el poder. De siete millones de afiliados a las Juventudes Hitlerianas, sólo 50,000 fueron aceptados para su ingreso en el partido en 1937. Véase el prólogo de H . L. ChÜds a The Nazi Primer. Cotéjese también
TOTALITARISMO
de una mayoría de simpatizantes se aproxima mucho a ia realidad ulterior de las organizaciones frontales, término que, desde luego, expresa suficiente¬ mente su eventual función y que indica dentro del mismo movimiento la relación entre miembros y simpatizantes. Porque las organizaciones frontales de simpatizantes no son menos esenciales al funcionamiento del movimiento que su mismo cuerpo de afiliados.
Las organizaciones frontales rodean a los afiliados al movimiento con una muralla protectora que íes separa del mundo normal exterior; al mismo tiempo, constituyen un puente hacia la normalidad, sin el cual, durante la fase previa a la conquista del poder, los afiliados advertirían demasiado agu¬ damente la distinción entre sus propias creencias y las de las personas norma¬ les, entre su ficción y la realidad del mundo normal. La ingeniosidad de este recurso durante la lucha del movimiento por el poder estriba en que las orga¬ nizaciones frontales no sólo aíslan a los afiliados, sino que les ofrecen algo semejante a la normalidad exterior que reduce el impacto de la verdadera rea¬ lidad más eficazmente que el simple adoctrinamiento. Es esta diferencia en¬ tre las propias actitudes y las de los compañeros de viaje la que confirma a un nazi o a un bolchevique en su creencia en la ficticia explicación del mundo, porque, después de todo, el compañero de viaje tiene las mismas conviccio¬ nes aunque sea en una forma más «normal», es decir, menos fanática, más confusa; así, para el miembro del partido parece que cualquiera a quien el movimiento no haya singularizado expresamente como enemigo (un judío, un capitalista, etc.) se halla a su lado, que el mundo está lleno de secretos aliados que sencillamente todavía no pueden reunir 1a necesaria fuerza de mente y de carácter como para extraer las conclusiones lógicas de sus propias convicciones67,
Por otro lado, el mundo en general usualmente obtiene su primera visión de un movimiento totalitario a través de sus organizaciones frontales. Los simpatizantes que, según todas las apariencias, son todavía inocuos ciudada¬ nos de una sociedad no totalitaria difícilmente pueden ser considerados inge¬ nuos fanáticos; a través de ellos el movimiento hace generalmente más acep¬ tables sus fantásticas mentiras; pueden difundir su propaganda en formas más suaves y respetables, hasta que toda la atmósfera quede envenenada con elementos totalitarios que son difícilmente reconocibles como tales y que
con «Die veríassungsrechtliche Gestaitung der Ein-Partei», de Gottfried Neese, en Zeitschrififiir die gesamte Staatstvtssenschafi, 1938, romo 98, p. 678: «Incluso el partido único jamás debe crecer hasta abarcar a toda la población. Es “rota!” en razón de su influencia ideológica sobre la nación».
Véase la diferenciación de Híder entre las «personas radicales», que son las únicas que se hallan preparadas para convertirse en miembros del partido, y ios centenares de miles de simpatizantes, que son demasiado «cobardes» para hacer los sacrificios necesarios (op, ctt„ loe. cit.).
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parecen ser normales reacciones u opiniones políticas. Las organizaciones de compañeros de viaje rodean a los movimientos totalitarios de un aura de nor¬ malidad y respetabilidad que engaña a los afiliados acerca del verdadero carácter del mundo exterior tanto como al mundo exterior acerca del verdade¬ ro carácter del movimiento. La organización frontal funciona de ambas mane¬ ras: como fachada del movimiento totalitario ante el mundo no totalitario y como fachada de este mundo ante la jerarquía interna del movimiento.
Aún más sorprendente que esta relación es el hecho de que se repita a diferentes niveles dentro del mismo movimiento. Tal como los miembros del partido se hallan separados y relacionados con los compañeros de viaje, así las formaciones selectas del movimiento se hallan relacionadas y separadas de los afiliados corrientes. SÍ el compañero de viaje todavía parece ser un habitante normal del mundo exterior que ha adoptado el credo totalitario como uno puede adoptar el programa de un partido corriente, el miembro ordinario del movimiento nazi o bolchevique todavía pertenece en muchos aspectos al mundo que le rodea: sus relaciones profesionales y sociales no se hallan toda¬ vía absolutamente determinadas por su pertenencia al partido, aunque él pueda comprender — a diferencia del mero simpatizante— que, en el caso de un conflicto entre su adhesión al partido y su vida privada, se supone que la primera ha de ser la que se imponga. El miembro de un grupo militante, por otra parte, se halla totalmente identificado con el movimiento; no tiene pro¬ fesión ni vida privada independientes. De la misma manera que los simpati¬ zantes constituyen un muro protector en torno a los afiliados del movimien¬ to y representan ante ellos el mundo exterior, así los afiliados corrientes rodean a los grupos militantes y representan ante ellos el mundo normal exterior.
Una ventaja concreta de esta estructura es que reduce el impacto de uno de los dogmas totalitarios básicos (que el mundo está dividido en dos gigantescos campos hostiles, uno de los cuales es el movimiento, y que el movimiento puede y debe luchar contra todo el mundo); afirmación que prepara el camino para la indiscriminada agresividad de los regímenes tota¬ litarios en el poder. A través de una jerarquía militante cuidadosamente graduada, en la que cada escalón constituye la imagen del mundo no tota¬ litario para el escalón superior, porque el inferior es menos militante y sus miembros se hallan menos completamente organizados, el shock de la ate¬ rradora y monstruosa dicotomía totalitaria queda invalidado y no es nunca comprendido; este tipo de organización impide a sus miembros enfrentar¬ se al mundo exterior, cuya hostilidad sigue siendo para ellos una presun¬ ción simplemente ideológica. Están tan bien protegidos contra la realidad del mundo no totalitario que subestiman constantemente ios tremendos riesgos de la política totalitaria.
TOTALITARISMO
No hay duda de que los movimientos totalitarios atacan al statu quo más radicalmente de lo que lo atacó cualquiera de los anteriores partidos revolu¬ cionarios. Pueden permitirse este radicalismo, en apariencia tan inconve¬ niente a las organizaciones de masas, porque su organización ofrece un sustí-tutivo temporal para la vida ordinaria y no política que el totalitarismo trata realmente de abolir. Todo el mundo de las relaciones sociales no políticas, del que se ha aislado el revolucionario profesional o ha tenido que aceptar como es, existe en la forma de grupos menos militantes dentro del movimiento; en el seno de este mundo jerárquicamente organizado, los combatientes para la con¬ quista del mundo y para la revolución mundial jamás se encuentran expuestos al shock inevitablemente generado por la discrepancia entre las creencias «revo¬ lucionarias» y el mundo «normal». La razón por la que los movimientos, en esta fase revolucionaria anterior a la conquista del poder, pueden atraer a tantos filisteos ordinarios es que sus miembros viven en un alienado paraíso de nor¬ malidad; los miembros del partido están rodeados por el mundo normal de los simpatizantes, y las formaciones de élite por el mundo normal de los miem¬ bros ordinarios.
Otra ventaja del marco totalitario es que puede ser repetido indefinida¬ mente y mantiene a la organización en un estado de fluidez que le permite constantemente insertar nuevas capas y definir nuevos grados de militancia. Toda la historia del partido nazi puede ser narrada en términos de las nuevas formaciones dentro del movimiento nazi. Las SA, las unidades de Asalto (fundadas en 1922), fueron la primera formación nazi a la que se suponía más militante que el mismo partido68; en 1926 fueron fundadas las SS como formación de élite de las SA. Al cabo de tres años, las SS fueron separadas de las SA y colocadas bajo el mando de Himmler; Himmíer sólo necesitó unos pocos años para repetir el mismo juego dentro de las SS. Surgieron, una tras otra, diversas organizaciones, cada una más militante que su predecesora; pri¬ mero, las tropas de choque69; después, las unidades de la Calavera (las «uni¬ dades de vigilancia en los campos de concentración»), que más tarde se fusio¬ naron con las primeras para formar las SS (Waffen-SS); finalmente, el Servi¬ cio de Seguridad («Servicio de Información Ideológica del Partido») y la Oficina para Cuestiones Raciales y de Reasentamiento (Rasse und Siedlung-swesen), cuyas tareas eran de un «género positivo», todas las cuales se desarro¬ llaron a partir de las SS generales cuyos miembros, excepto los del Alto Cuer-63
63 Véase Hitfer, capítulo sobre las SA, en op, cit., libro II, cap. IX, segunda parre.
Ai traducir Verfilgimgstruppe, las unidades especiales de las SS, originalmente concebidas para es- tar a Ja disposición especial de Hitler como tropas de choque, sigo a O. C. Giles, en The Gestapo, «Oxford. Pamphlets on World Affairs», núm. 36, 1940.
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po del Führer, seguían desempeñando sus ocupaciones civiles. Ante todas es¬ tas nuevas formaciones, el miembro de las SS generales se hallaba ahora en la misma posición que el hombre de las SA respecto de las SS o el miembro dei partido respecto del hombre de las SA, o el miembro de una organización frontal respecto del miembro del partido70, Ahora las SS generales se hallaban encargadas no sólo de «salvaguardar las... encarnaciones de la idea nacional¬ socialista», sino también de «impedir que los miembros de todos los cuadros especiales se separaran del mismo movimiento»71.
Esta jerarquía fiuctuante, con su constante adición de nuevas categorías y con sus cambios de autoridad, resulta bien conocida de las organizaciones secretas de control, la policía secreta o los servicios de espionaje, en donde siempre se necesitan nuevos controles para controlar a los controladores. En la fase anterior a la conquista deí poder por parte de los movimientos, el espionaje total no es todavía posible; pero la jerarquía fiuctuante, similar a la de los servicios secretos, permite, incluso sin un poder real, degradar a cual¬ quier categoría o grupo que flaquee o muestre signos de un radicalismo decreciente, por la simple inserción de una nueva categoría más radical,
La fuente más importante para la organización y la historia de las SS es «Wesen und Aufgabe der SS und der Polizei», de Himmler, en Sammeibefte ausgewählter Vorträge und Reden, 1939. En el cur¬ so de la guerra, cuando las filas de las Waffen-SS tuvieron que llenarse con reclutas en razón de las pérdidas en el frente, las Waffen-SS perdieron su carácter de ¿lite dentro de las SS, hasta tal grado que las «SS generales», es decir, el cuerpo de élite del Führer, representaron de nuevo el núcleo selecto auténtico del movimiento.
Puede hallarse un material documental muy revelador acerca de esta última fase de las SS en.Ios archivos de la Hoover Library, legajo de Himmler, carpeta 278. Muestra que las SS llegaron a reclu¬ tar afiliados entre los trabajadores extranjeros y la población nativa, imitando deliberadamente los métodos y reglas de la Legión Extranjera francesa. El reclutamiento de los alemanes estaba basado en una orden de Hitler (nunca publicada), fechada en diciembre de 1942, y según la cual «la quinta de 1925 {tendría que set] enrolada en las Waffen-SS» (Himmler, en una carta a Bormann). El recluta¬ miento estaba ostensiblemente establecido a base de voluntarios. Gracias a numerosos informes de jefes de las SS encargados de la tarea, puede saberse ahora lo que en realidad llegó a ser. Un Informe de fecha 21 de julio de 1943 describe cómo la policía rodea la sala en la que van a ser alistados obre¬ ros franceses, cómo los franceses cantan La Marseillaise y tratan de escapar por las ventanas. Las ini¬ ciativas tomadas respecto de la juventud alemana apenas fueron más estimulantes. Aunque someti¬ dos a una extraordinaria presión y aunque se íes dijo que, «desde luego, no necesitaban alistarse en las “sucias hordas grises’1» de! ejército, sólo 18 de 220 miembros de las Juventudes Hitlerianas opta¬ ron por el alistamiento (segúnun informe del 30 de abril de 1943, enviado por Haussier, jefe del Centro de Reclutamiento del Sudoeste de las Waffen-SS); todos los demás prefirieron alistarse en la Wehrmacht. Es posible que en su decisión influyeran las grandes pérdidas de las SS, superiores a las de la Wehrmacht (véase «Die SS», de Karl O . Paetel, en Vierteljabreshefiefiir Zeitgeschichte, enero de 1954). Pero que no sólo fue éste el factor decisivo queda probado por lo siguiente: En fecha tan tem¬ prana como enero de 1940, Hitler había ordenado el alistamiento de hombres de las SA en las Waf-fen-SS, y los resultados obtenidos en Koenigsberg, según un informe que se ha conservado, fueron los siguientes: 1.807 hombres de las SA fueron convocados para «servicios de policía»; de éstos,
094 no se presentaron; 631 fueron declarados inútiles, y 82, aptos para el servicio en las SS. 7t Werner Best, op. cit., 1941, p. 99.
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impulsando así automáticamente al grupo más antiguo en la dirección a la organización frontal y apartándole del centro del movimiento. De esta mane¬ ra las formaciones selectas nazis fueron primariamente organizaciones inter¬ nas del partido; las SA se elevaron hasta la posición de un superpartido cuan¬ do el partido pareció perder su radicalismo y, a su vez y por razones similares, fueron rebasadas por las SS,
El valor militar de las formaciones totalitarias de élite, especialmente el de las SA y el de las SS, ha sido frecuentemente sobreestimado, mientras que se ha pasado por alto su significación puramente interna72, Ninguna de las organizaciones de los camisas negras fascistas fue fundada con específicos propósitos defensivos o agresivos, aunque la defensa de los líderes o de los miembros ordinarios del partido se citaba normalmente como un pretexto para la existencia de semejantes organizaciones73. La forma paramilitar de los grupos de élite nazis y fascistas fue el resultado de haber sido constituidos como «instrumentos de la lucha ideológica del movimiento»74 contra el difundido pacifismo de Europa después de la Primera Guerra Mundial. Para los propósitos totalitarios era mucho más importante establecer, como «expresión de una actitud agresiva»75, un falso ejército que se pareciera tan estrechamente como fuera posible al falso ejército de los pacifistas (incapaces de comprender el lugar constitucional de un ejército dentro del cuerpo polí¬ tico, los pacifistas habían denunciado a todas las instituciones militares como bandas de asesinos voluntarios) que contar con una tropa de bien entrenados soldados. Las SA y las SS eran ciertamente organizaciones modélicas de vio¬ lencia arbitraria y del crimen; no estaban tan bien preparadas como las uni¬ dades de la Reichswehr ni estaban equipadas para la lucha contra tropas regu¬ lares. La propaganda militarista era más popular que la preparación militar en la Alemania de la posguerra, y los uniformes no elevan el valor militar de las formaciones paramilitares, aunque resultaron útiles como una clara indi¬ cación de la abolición de las normas y de la moral cívicas; de alguna manera, estos uniformes aliviaron considerablemente las conciencias de los asesinos y también íes hicieron aún más receptivos a una obediencia indiscutida y a una
11 Esto no fue, sin embargo, culpa de Hider, quien siempre afirmó que el mismo nombre de las SA (Stümiabteilung) indicaba que eran sólo «una sección del movimiento», justamente como cuales¬ quiera otras formaciones del partido, tales como el departamento de propaganda, el periódico, los institutos científicos, etc. También trató de despejar las ilusiones acerca deí posible valor militar de una formación paramilítar y quiso que el entrenamiento fuera realizado conforme a las necesidades del partido y no según los principios de un ejército (op. cit., loe. elt).
La razón oficial para la creación de fas SA fue la protección de las concentraciones nazis, mientras que la misión original de las SS fue la protección de los dirigentes nazis.
Hider, op. ch,, loe. cit.
Ernst Bayer, Die SA, Berlín, 1938. Cita tomada de Nazi Consptmcy, IV.
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autoridad indiscutible. A pesar de estos arreos militaristas, la facción interna de los nazis que era primariamente nacionalista y militarista, y que por eso consideraba a las unidades paramilitares no simplemente como formaciones del partido, sino como un ensanchamiento ilegal de la Reichswehr (que ha¬ bía sido restringida por las cláusulas del Tratado de Paz de Versalles), fue la primera en ser liquidada. Rohm, el jefe de las tropas de asalto SA, había des¬ de luego soñado, y había negociado después de que los nazis conquistaran el poder, la incorporación de sus SA a la Reichswehr. Fue asesinado por Hitler porque trataba de transformar el nuevo régimen nazi en una dictadura mili¬ tar76. Hitler había recalcado varios años antes que semejante evolución no era deseada por el movimiento nazi cuando relevó a Rohm (un auténtico solda¬ do, cuya experiencia en la guerra y en la organización de la Reichswehr le ha¬ brían hecho indispensable en un programa serio de preparación militar) de su posición como jefe de las SA y escogió, como reorganizador de las SS, a Himmler, un hombre sin el más leve conocimiento de cuestiones militares.
Aparte de la importancia de las formaciones de élite para la estructura organizativa del movimiento, donde constituyen el núcleo cambiante de la militancia, su carácter paramilitar debe ser comprendido en relación con otras organizaciones profesionales del partido, tales como las de maestros, abogados, médicos, estudiantes, profesores universitarios, técnicos y obreros. Todas estas organizaciones eran primariamente duplicados de las existentes asociaciones profesionales no totalitarias, paraprofesionales de la misma manera que las tropas de asalto eran paramilitares. Resultó característico que cuanto más claramente se convirtieron los partidos comunistas europeos en ramas de un movimiento bolchevique dirigido desde Moscú, más emplearon
La autobiografía de Rohm muestra claramente cuán poco coincidían sus convicciones políticas con las de los nazis. Él deseó siempre un Soídatenstmt y siempre insistió en la «Prirnat des Soldaten vor dem Polittker» (op. cit., p. 349). Especialmente revelador por su actitud no totalitaria, o más bien incluso por su incapacidad para comprender el totalitarismo y su reivindicación «total», es el siguien¬ te pasaje: «No veo por qué tienen que ser incompatibles las tres cosas siguientes: mi lealtad al prínci¬ pe heredero de la Casa de los Wíttelsbach y heredero de la corona de Baviera; mi admiración por el contramaestre-general de la Guerra Mundial [es decir, Ludendorff], que hoy encama la conciencia del pueblo alemán; y mi camaradería con e! heraldo y portador de la lucha política Adolf Hitler» (p. 348). Lo que, en definitiva, costó a Rohm su cabeza fue que, tras la conquista del poder, concibió una dictadura fascista según el modelo del régimen italiano, en la que el partido nazi «rompería las cadenas del partido» y «se convertiría él mismo en el estado», que era exactamente lo que Hitler pre¬ tendía evitar en cualquier circunstancia. Véase Wetrum SA?, de Ernst Rohm, discurso ante el cuerpo diplomático en diciembre de 1933, Berlín, sin fecha.
Dentro del partido nazi nunca se olvidó por completo, al parecer, la posibilidad de un complot SA-Reichswehr contra la dominación de las SS y la policía. Hans Frank, gobernador general de Polo¬ nia, en 1942, ocho años después del asesinato de Rohm, fue considerado sospechoso de desear, «des¬ pués de la guerra..., inaugurar la gran lucha por la justicia [contra las SS] con la ayuda de las fuerzas armadas y de las SA» (Nazy Compiracy, VI, 747).
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también sus organizaciones frontales para competir con íos grupos puramen¬ te profesionales. La diferencia entre íos nazis y los bolcheviques en este aspec¬ to fue sólo que los nazis presentaban una pronunciada tendencia a considerar a estas formaciones paraprofesionales como parte de la élite del partido, mientras que los comunistas preferían reclutar de ellas el material para sus organizaciones frontales. El factor importante para los movimientos es que, incluso antes de conquistar el poder, daban la impresión de que todos los ele¬ mentos de la sociedad se hallaban representados en sus filas (el objetivo ulti¬ mo de la propaganda nazi consistía en organizar a todo el pueblo alemán como simpatizantes)77. Los nazis dieron un paso más en este juego y estable¬ cieron una serie de departamentos ficticios, modelados conforme a íos Ministerios de Administración regular del estado, tales como su propio Departamento de Asuntos Exteriores, Educación, Cultura, Deporte, etc. Ninguna de estas instituciones poseía más valor profesional del que poseía la imitación del ejército representada por las tropas de asalto, pero juntas crea¬ ron un mundo perfecto de apariencias en el que cada realidad del mundo no totalitario era servilmente duplicada en forma fraudulenta.
Esta técnica de duplicación ciertamente inútil para el derrocamiento directo del gobierno demostró ser extremadamente fructífera en la tarea de minar activamente las instituciones existentes y en la «descomposición del sta-tu quo»78, que invariablemente prefieren las organizaciones totalitarias a una abierta demostración de fuerza. SÍ es tarea de los movimientos «abrirse cami¬ no como pólipos hacia todas las posiciones de poder»79, entonces tienen que estar dispuestos para ocupar cualquier específica posición social o política. Conforme con su reivindicación de una dominación total, se considera que cada grupo singular organizado de la sociedad no totalitaria presenta un reto específico que exige que el movimiento lo destruya; cada uno de esos grupos precisa, por así decirlo, un instrumento específico de destrucción. El valor práctico de las falsas organizaciones surgió a la luz cuando íos nazis conquis¬ taron el poder y se mostraron inmediatamente dispuestos a destruir la orga¬ nización existente de maestros mediante una organización de maestros, los existentes colegios de abogados medíante una asociación de abogados patro¬ cinada por los nazis, etc. De la mañana a la noche pudieron cambiar toda la estructura de la sociedad alemana y no simplemente la vida política —preci¬ samente porque habían preparado su duplicado exacto dentro de sus propias
Hitler, op. cit,, libro II, cap. XI, declara que la propaganda trata de imponer una doctrina a todo un pueblo, mientras que la organización incorpora sólo a una proporción relativamente pequeña de sus miembros más militantes. Compárese también con G. Neesse, op. cit.
■7S Hitler, op. dt., loe. cit.
Hadamovsky, op. cit, p. 27.
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filas. En este aspecto, la tarea de las formaciones paramiíitares concluyó cuando la jerarquía militar regular pudo ser colocada durante las últimas fa¬ ses de la guerra bajo la autoridad de las SS generales. La técnica de esta «coordinación» fue tan ingeniosa e irresistible como rápido y radical el dete¬ rioro de las normas profesionales, aunque estos resultados fueron mejor per¬ cibidos en el.campo muy técnico y especializado de la actividad bélica que en cualquier otro.
Si la importancia que para los movimientos totalitarios tienen las for¬ maciones paramiíitares no debe buscarse en su dudoso valor militar, tam ¬ poco cabe hallarla completamente en su falsificación de un ejército regular. Como formaciones de élite se encuentran más claramente separadas del mundo exterior que cualquier otro grupo. Los nazis comprendieron muy pronto la íntima relación entre la milkanda total y la separación total de la normalidad; a las unidades de asalto jamás se les asignaban misiones en sus comunidades natales, y los mandos activos de las SA, en la fase anterior a la conquista del poder y de las SS bajo el régimen nazi, eran tan móviles y se cambiaban tan frecuentemente que no podían acostumbrarse y echar raíces en parte alguna del mundo ordinario30. Estaban organizadas según el modelo de las bandas de delincuentes y eran empleadas para el crimen organizado81. Sus crímenes eran públicamente exhibidos y oficialmente reconocidos por la jerarquía superior nazi, de forma tal que la abierta com ¬ plicidad hacía poco menos que imposible que los miembros abandonaran el movimiento incluso bajo un gobierno no totalitario y aunque no se hubieran hallado amenazados, como lo estaban, por sus antiguos camara¬ das. A este respecto, la función de las formaciones de élite resulta opuesta a la de las organizaciones «tapadera»; mientras que éstas prestan al movi¬ miento un aíre de respetabilidad e inspiran confianza, aquéllas, extendien¬ do la complicidad, hacen a cada miembro del partido consciente de que ha abandonado ya el mundo normal que declara fuera de la ley al asesinato y de que se ha hecho responsable de todos los crímenes cometidos por la
so Las «unidades de ia Calavera» de las SS estaban sometidas a las siguientes reglas: í . Ninguna bri¬ gada puede ser utilizada en su distrito nativo. 2. Cada unidad ha de ser trasladada después de tres semanas de servicio. 3. Los miembros nunca serán enviados solos a la calle ni estarán autorizados a exhibir en público la insignia de la calavera. Véase Secret Speech by Himmler to the Germán Army General Stajf1938 (el discurso fue pronunciado, sin embargo, en 1937; véase Nazi Compiracy, IV, 616, donde sólo se publican extractos). Publicado por el «American Committee for Anti-Nazi Lite-mure»,
S1 Heínrich Himmler, Die Schutzstajfel ah antibohchewistische Kit mpforgan isatíon: «Aus dem Schwarzen Korps», núm. 3, 1936, dijo públicamente: «Sé que hay personas en Alemania que se p o ¬ nen enfermas cuando ven este capote negro. Lo comprendemos y no esperamos ser queridos por mucha gente».
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élite82. Y esto sucede incluso en la fase anterior a la conquista deí poder, cuando, sistemáticamente, la jefatura afirma su responsabilidad por todos los crímenes y no deja duda de que han sido cometidos para el bien último del movimiento.
La creación artificial de las condiciones de guerra civil mediante las que los nazis se abrieron camino con el chantaje hacia el poder posee algo más que la obvia ventaja de provocar disturbios. Para el movimiento, la violencia organizada es la más eficiente de las muchas barreras protectoras que rodean a su mundo ficticio, cuya «realidad» queda probada cuando un miembro teme abandonar el movimiento más de lo que teme su complicidad en accio¬ nes ilegales y se siente más seguro como miembro que como adversario. Este sentimiento de seguridad, resultante de la violencia organizada con la que las formaciones de élite protegen del mundo exterior a los miembros deí parti¬ do, es tan importante para la integridad del mundo ficticio de la organiza¬ ción como el pánico que provoca su terror.
En el centro del movimiento, como el motor que se pone en marcha, se halla el jefe. Está separado de las formaciones de élite por un círculo interno de iniciados que difunden en tomo de él un aura de impenetrable misterio correspondiente a su «intangible preponderancia»83. Su posición dentro de este círculo íntimo depende de su capacidad para tejer intrigas entre sus miembros y de su habilidad para cambiar constantemente a quienes forman parte de ese círculo. Debe su elevación a la jefatura a una sobresaliente capa¬ cidad para manejar las luchas por el poder en el seno del partido más que a sus cualidades demagógicas o burocráticas. Se distingue de los tipos anterio¬ res de dictadores en el hecho de que difícilmente triunfa a través de la simple violencia. Hitler no necesitó ni las SA ni las SS para afirmar su posición den-
8J En sus discursos a ías SS, Himmter siempre recalcó los crímenes cometidos, subrayando su grave¬ dad. Acerca de la liquidación de los judíos, por ejemplo, diría: «Quiero también hablaros francamen¬ te de una cuestión muy grave. Entre nosotros mismos tiene que mencionarse muy francamente, pero no hablaremos de ello en público». Sobre la liquidación de la intdligmtúa polaca: «... debéis oír esto, pero olvidarlo inmediatamente...» (Nazi Conspiracy, IV, 558 y 533, respectivamente).
Goebbels, op. cit., p. 266, señala en una vena similar: «Sobre la cuestión judía, especialmente, he¬ mos tomado una posición de la que no hay escape... La experiencia enseña que un movimiento y un pueblo que han quemado sus puentes lucharán con mayor determinación que los que todavía son capaces de retirarse»,
Souvarine, op, át„ p. 648. La forma en que los movimientos totalitarios mantienen en absoluto secreto las vidas privadas de sus dirigentes (Hider y Stalín) contrasta con el valor publicitario que ha¬ llan todas las democracias exhibiendo en público las vidas privadas de presidentes, reyes, primeros ministros, etc. Los métodos totalitarios no permiten una identificación basada en la convicción: has¬ ta el más alto de nosotros sólo es humano.
Souvarine, op. cit„ p. XIII, cita las etiquetas más frecuentemente utilizadas para describir a Sta-
lin: «Stalin, el misterioso huésped del Kremlin»; «Srafin, impenetrable personalidad»; «Stalin, la Esfinge comunista»; «Stalin, el Enigma», «el misterio insoíuble», etc.
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tro del movimiento nazi; al contrario, Rohm, el jefe de las SA y capaz de con¬ tar con la lealtad de éstas hacia su propia persona, fue uno de ios enemigos de Hitler dentro de su círculo interno. Stalin se impuso a Trotsky, que no sólo poseía un mayor atractivo ante las masas, sino que, como jefe del Ejército Rojo, tenía en sus manos el mayor potencial de la Rusia soviética de la épo¬ ca84. No fue Stalin, sino Trotsky, el mayor talento organizador, el burócrata más capacitado de la Revolución rusa85. Por otra parte, tanto Hitler como Stalin eran maestros de los pormenores, y en las primeras fases de sus carreras respectivas se consagraron casi enteramente a cuestiones de personal, así que, al cabo de unos pocos años, difícilmente existía un solo hombre de impor¬ tancia que no Ies debiera su posición86.
Sin embargo, tales capacidades personales, aunque son absolutamente condición previa en las primeras fases de semejante carrera e incluso más tar¬ de distan de ser insignificantes, no resultan decisivas cuando ya está construi¬ do el movimiento totalitario, cuando se ha establecido el principio de que «la voluntad del Führer es la ley del partido», y cuando toda su jerarquía ha sido efectivamente preparada para un solo objetivo — comunicar rápidamente la voluntad del jefe a todos los escalones. Cuando se ha logrado esto, el jefe es irreemplazable, porque toda la compleja estructura del movimiento perdería su raison d ’étre sin sus órdenes. Ahora, a pesar de las eternas intrigas de la camarilla interna y de los interminables cambios de personal, con su tremen¬ da acumulación de odios, amarguras y resentimientos personales, la posición del jefe puede permanecer segura ante las caóticas revoluciones palaciegas, no por obra de sus dotes superiores, sobre las que frecuentemente no se hacen grandes ilusiones los hombres de su círculo íntimo, sino por la sincera y sen¬ sible convicción de estos hombres de que sin él todo quedaría inmediata¬ mente perdido.
La tarea suprema del jefe es encarnar la doble función característica de cada escalón del movimiento: actuar como la defensa mágica del movimien¬ to contra el mundo exterior y, al mismo tiempo, ser el puente directo por el que el movimiento se relaciona con.ese mundo. El jefe representa al movi-
«Si [Trotsky] hubiera decidido dar un coup d’état militar, podría haber derrotado quizá a [os triun- viros. Pero abandonó el puesto sin el más ligero intento de apoyarse en eí ejército que él creó y que había mandado durante siete años» (Isaac Deutscher, op. clt., p. 297).
El Comisamdo de Guerra que dirigió Trotsky «era una institución modelo, y Trotsky fue llama- do para que interviniera en todos los casos de desorden en otros departamentos». Souvarine, op. cit, p. 288.
&i Las circunstancias que rodearon la muerte de Stalin parecieron contradecir ía infalibilidad de es¬ tos métodos. Existe la posibilidad de que Stalin, que antes de morir proyectaba indudablemente otra purga general, fuera muerto por alguien de su círculo, porque nadie se sentía ya seguro; pero, pese a la abundancia de pruebas circunstanciales, no puede ser demostrado.
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miento de una forma totalmente diferente de la de todos los demás líderes ordinarios del partido; reivindica la responsabilidad personal por cada ac¬ ción, acto o fechoría, obra de cualquier miembro o funcionario en su capaci¬ dad oficial. Esta responsabilidad personal es el más importante aspecto orga¬ nizativo del llamado principio del jefe, según el cual cada funcionario no es solamente nombrado por el jefe, sino que es su encarnación viviente y se supone que cada orden emana de esta fuente siempre presente. Esta perfecta identificación del jefe con cada subjefe designado y este monopolio de la res¬ ponsabilidad por todo lo que se hace son también los más conspicuos signos de la diferencia decisiva entre un jefe totalitario y un dictador o un déspota ordinarios. Un tirano nunca se identificaría con sus subordinados y menos aún con cada uno de sus actos87; puede utilizarles como víctimas propiciato¬ rias y gustosamente permitirá que sean criticados para salvarse él mismo de las iras del pueblo, pero siempre mantendrá una absoluta distancia respecto de todos sus subordinados y de todos sus súbditos. El jefe, por el contrario, no puede tolerar nunca las críticas a sus subordinados, dado que éstos actúan siempre en su nombre; si desea corregir sus propios errores, tiene que liqui¬ dar a aquellos que los hicieron realidad; si quiere censurar sus errores en otros, tiene que matarles88, porque dentro de este marco organizador un error sólo puede ser un fraude; la encarnación del jefe por un impostor.
Esta responsabilidad por todo lo que hace el movimiento y esta identifi¬ cación total con cada uno de sus funcionarios tienen la muy práctica conse¬ cuencia de que nadie llega a tener experiencia de una situación en la que es responsable de sus propias acciones o puede explicar las razones de éstas. Como el jefe ha monopolizado el derecho y la posibilidad de explicación, parece ante el mundo exterior como si fuera la única persona que sabe lo que está haciendo, es decir, el único representante del movimiento con el cual uno puede hablar todavía en términos no totalitarios, y el único a quien si se le reprocha o se le discute no le es posible decir; «No me pregunte, pregunte al jefe». Siendo el centro del movimiento, el jefe puede actuar como si estu¬ viera por encima de éste. Por eso es perfectamente comprensible (y perfecta-37
Así, Hitler, tras la muerte de Potempa, telegrafió a ¡os asesinos SS en 1932, haciéndose personal- mente responsable, aunque presumiblemente nada tenía que ver con ello. Lo que aquí importaba era establecer un principio de identificación o, en el lenguaje de los nazis, «la lealtad mutua del jefe y del pueblo», en la que «se basa el Reich» (Hans Frank, op. cit.),
«Una de las características distintivas de Stalin... es arrojar sistemáticamente sus propios entuertos y crímenes, así como sus errores políticos..., sobre los hombros de aquellos cuyo descrédito y ruina está preparando» (Souvarine, op. cit., p, 655). Es obvio que un dirigente totalitario puede escoger libremente al que desea que encarne sus propios errores, dado que supone que todos los actos come¬ tidos por los subjefes se hallan inspirados por é!, de forma tal que cualquiera puede verse obligado a desempeñar el papel de un impostor.
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mente fútil) que los extraños pongan sus esperanzas una y otra vez en una charla personal con el mismo jefe cuando tienen que tratar con movimientos o gobiernos totalitarios. El misterio real del jefe totalitario reside en una orga¬ nización que le permite asumir la responsabilidad total por todos los delitos cometidos por las formaciones de élite del movimiento y afirmar al mismo tiempo la respetabilidad honesta e inocente del más ingenuo compañero dé viaje89.
Los movimientos totalitarios han sido calificados de «sociedades secretas establecidas a la luz del día»90. Además, aunque sea poco lo que sabemos de la estructura sociológica y de la más reciente historia de las sociedades secretas,
8Í Por innumerables documentos se ha probado que fue el mismo Hider — y no Himmfer, o Bor-mann, o Goebbels— quien siempre inició las medidas realmente «radicales»; que éstas fueron siem-pre más radicales que las propuestas formuladas por su círculo íntimo; que incluso Himmfer se sin¬ tió aterrado cuando se le confió la «solución final» de la cuestión judía. Y el cuento de hadas según el cual Stalin era más moderado que las facciones izquierdistas del partido bolchevique tampoco es ya creído. Es muy importante recordar que los jefes totalitarios tratan invariablemente de parecer más moderados ante el mundo exterior y de que su verdadero papel •— es decir, el de impulsar al movi¬ miento hacía adelante a cualquier precio y, si surge algo, acelerar su velocidad— permanezca cuida¬ dosamente oculto. Véase, por ejemplo, el memorándum del almirante Erich Raeder sobre «My Rela-tionship to Adolf Hitler and to the Party», en Nazi Compimcy, VIII, 707 y ss. «Cuando surgían informaciones o rumores acerca de medidas radicales del partido y de la Gestapo, uno podía llegar a la conclusión, por mediación del propio Führer, de que tales medidas no habían sido ordenadas por el Führer... A lo largo de los años llegué gradualmente a la conclusión de que el mismo Führer siem¬ pre se inclinaba hacia la solución más radical sin dejar que llegara a saberse fuera».
En las luchas internas del partido que precedieron a su elevación al poder absoluto, Stalin tuvo siempre cuidado de presentarse como «el hombre del dorado término medio» (véase Deutscher, op. cit., pp. 295 y ss.); aunque no era, desde luego, un «hombre de compromisos», jamás abandonó ente¬ ramente este papel. Cuando, por ejemplo, un periodista extranjero le preguntó acerca de la finalidad del movimiento relativa a una revolución mundial, él replicó: «Nunca hemos tenido semejantes pla¬ nes e intenciones.,. Eso es producto de un malentendido... cómico, o más bien tragicómico» (Deuts¬ cher, op. cit, p. 422),
Véase «The PoÜtical Function of the Modern Líe», de Alexandre Koyré, en Contemporary Jewish Record, junio de 1945.
Hitler, op. cit., libro II, cap. IX, analiza extensamente los pros y los contras de las sociedades secretas como modelos para los movimientos totalitarios. Sus consideraciones le conducen realmen¬ te a la conclusión de Koyré, es decir, a adoptar los principios de las sociedades secretas sin su sigilo y a constituirlos «a la luz del día». En la etapa anterior a la conquista del poder, apenas hubo algo que los nazis mantuvieran consistentemente en secreto. Sólo durante la guerra, cuando el régimen nazi se tornó completamente totalitarizado y la jefatura del partido se vio rodeada por todas partes por la jerarquía militar de la que dependía para la dirección de la guerra, fue cuando se ordenó en términos inequívocos a las formaciones de élite que mantuvieran en riguroso secreto todo lo relativo a «solu¬ ciones finales», es decir, deportaciones y exterminios en masa. Esta fue también la época en la que Hitler empezó a actuar como el jefe de una banda de conspiradores, pero no sin anunciarlo personal¬ mente y dar a conocer este hecho explícitamente. Durante una discusión con el Estado Mayor en mayo de 1939, Hitler expuso las siguientes normas, que parecen copiadas del manual de una socie¬ dad secreta: «1. No será informado nadie que no necesite saberlo. 2. Nadie debe conocer más de lo que necesita saber, 3. Nadie debe conocer nada antes del momento en que necesite saberlo» (cita de Heinz Holldack, Was wirklich geschah, 1949, p. 378).
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la estructura de los movimientos, sin precedente si la comparamos con las de partidos y facciones, sólo recuerda algunos de los rasgos sobresalientes de las sociedades secretas91. Las sociedades secretas también constituyen jerarquías según grados de «iniciación», regulan la vida de sus miembros según una presun¬ ción secreta y ficticia que hace que todo parezca como otra cosa, adoptan una estrategia de mentira consistente para engañar a las masas exteriores no ini¬ ciadas, exigen una obediencia indiscutible a sus miembros, que se mantienen unidos por la adhesión a un jefe frecuentemente desconocido y siempre mis¬ terioso, el cual a su vez está rodeado, o se supone que está rodeado, de un pequeño grupo de iniciados; éstos, a su vez, se hallan rodeados por los semii-niciados, quienes constituyen una «zona amortiguadora» contra el hostil mundo profano92. Los movimientos totalitarios también comparten con las sociedades secretas la división dicotòmica del mundo entre los «juramenta¬ dos hermanos de sangre» y una masa indistinta e indiferenciada de enemigos jurados93. Esta distinción, basada en la absoluta hostilidad al mundo del entorno, es muy diferente de la tendencia de los partidos ordinarios a dividir a las personas entre afiliadas y no afiliadas. Los partidos y las sociedades abiertas en general considerarán sólo como enemigos suyos a aquellos que expresamente se les oponen, mientras que siempre ha sido principio de las sociedades secretas el de que «todo el que no está expresamente incluido se halla excluido»94. Este principio esotérico parece ser enteramente inapropia¬
El siguiente análisis sigue de cerca a «Sodology of Secrecy and o f Secret Societies», de Georg Sím-mel, en The American Journal ofSociologi voi. XI, numero 4, enero de 1906, que constituye el capí¬ tulo V de su Sociologie, Leipzig, 1908, extractos de la cual han sido traducidos ai inglés por Kurc H. Wolffbajo el título de The Socìology of Georg Simmel, 1950.
«Precisamente porque los niveles inferiores de la sociedad constituyen una zona de transición ha- cia el centro real del secreto, es por lo que producen la compresión gradual de la esfera de repulsa en torno del centro, que permite una protección más segura que la que podría proporcionar una abrup¬ ta separación entre todo lo que se halla fuera y codo lo que se halla dentro» (ibfd,, p. 489).
Las expresiones «hermanos juramentados», «camaradas juramentados», «comunidad juramenta- da», son repetidas ad nausean a través de la literatura nazi, parcialmente en razón de su atractivo para el romanticismo juvenil, que se hallaba muy difundido en el movimiento de la juventud alemana. Fue principalmente Hímmler el que utilizó estos términos en un sentido más definido, introducién¬ dose en la «consigna central» de las SS [«Así estamos en línea y marchamos hacia un distante futuro siguiendo las leyes inalterables como una orden nacionalsocialista de hombres nórdicos y como una comunidad juramentada de sus tribus (Sippen)» (véase D ’Áiquen, op. ctt,)}, y Ies dio su significado concreto de «absoluta hostilidad» contra todos los demás (véase Simmel, op. cit„ p. 489): «Entonces, cuando la masa de una humanidad de mil a mil quinientos millones [¡sic!] se alce contra nosotros, el pueblo germánico...». Véase el discurso de Himmler en la reunión de los comandantes generales en Posen, 4 de octubre de 1943, Nazi Compiracy, IV, 558.
94 Simmel, op. cit., p, 490. Éste, como tantos otros principios, fue adoptado por los nazis tras una cuidadosa reflexión de las implicaciones de los «Protocolos de los Sabios de Sión». En fecha tan tem¬ prana como 1922, Hitler dijo: «fLos caballeros de la derecha] nunca han comprendido que no es necesario ser un enemigo del judío para que uno sea arrastrado un día... al patíbulo,,.; basta con... no serjudío; eso le garantizará a uno el patíbulo» (Hitlers Speeches, p. 12). En aquella época nadie podía
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do para las organizaciones de masas; sin embargo, ios nazis dieron al menos a sus miembros el equivalente psicológico del ritual de iniciación de las socie¬ dades secretas cuando, en lugar de excluir simplemente de la afiliación a los judíos, exigieron de sus miembros pruebas de que su ascendencia no era ju¬ día y establecieron una complicada maquinaria para arrojar luz sobre la oscu¬ ra ascendencia de unos 80 millones de alemanes. Fue, desde luego, una comedia, e incluso una comedia cara, el hecho de que 80 millones de alema¬ nes se lanzaran a la búsqueda de abuelos judíos. Pero todo el mundo salió del examen con el sentimiento de que pertenecía a un grupo de elegidos que se alzaba contra una imaginaria multitud de inelegibles. El mismo principio es confirmado en el movimiento bolchevique a través de las repetidas purgas del partido, que inspiran en todos los que no están excluidos una reafirmación de su inclusión.
La semejanza más sorprendente entre las sociedades secretas y los movi¬ mientos totalitarios radica quizá en el papel del ritual. Las marchas en la Pla¬ za Roja de Moscó son en este aspecto no menos características que las pom¬ posas formalidades del Día del Partido en Nuremberg. En el eje del ritual nazi se hallaba la llamada «bandera de la sangre», y en el centro del ritual bol¬ chevique se halla el momificado cadáver de Lenin; ambos introducen en el ceremonial un intenso elemento de idolatría. Semejante idolatría difícilmen¬ te es prueba — como a veces se ha afirmado— de tendencias seudorreligiosas o seudoheréticas. Los «ídolos» son simples recursos organizadores, familiares al ri¬ tual de las sociedades secretas que también acostumbraban a asustar a sus miem¬ bros en el sigilo por medio de símbolos aterradores e inspiradores de miedo. Es obvio que los hombres son mantenidos unidos más seguramente a través de la experiencia común de un ritual secreto que por la coparticipación del mismo secreto. El hecho de que el secreto de los movimientos totalitarios está expuesto a la luz del día no cambia necesariamente la naturaleza de la experiencia95.
Estas semejanzas no son, desde luego, accidentales; no pueden ser expli¬ cadas simplemente por el hecho de que tanto Hitler como Stalin hubieran sido miembros de modernas sociedades secretas antes de convertirse en jefes totalitarios: Hitler, en el Servicio Secreto de la Reichswehr, y Stalin, en la sec¬ ción conspiradora1del partido bolchevique. Son, en cierto grado, el resultado natural de la ficción conspiradora del totalitarismo, cuyas organizaciones
suponer lo que realmente significaba esta forma particular de propaganda: Un día, no será necesario ser enemigo nuestro para ser arrastrado al patíbulo; bastará ser judío o, en definitiva, miembro de al¬ gún otro pueblo, para ser declarado «racialmente no apto» por alguna Comisión sanitaria. Himmler creía y afirmaba que todas las SS estaban basadas en el principio «debemos ser honestos, decentes, leales y camaradas con los miembros de nuestra propia sangre y con nadie más» (op, cit., loe. cit.).
95 Véase Simmel, op. cit., pp. 480-481.
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supuestamente han sido constituidas para contrarrestar las acciones de las sociedades secretas —la sociedad secreta de los judíos o la sociedad conspirado¬ ra de los trotskystas. Lo que es notable en la organización totalitaria es más bien que puedan adoptar tantos recursos organizadores de las sociedades secretas sin tratar siquiera de mantener en secreto su propio objetivo. Nunca fue un secre¬ to que los nazis deseaban conquistar el mundo, deportar a los pueblos «racial¬ mente extraños» y exterminar a aquellos de «inferior herencia biológica», ni que los bolcheviques trabajaban en pro de la revolución mundial. Al contrario, estos objetivos formaron siempre parte de su propaganda. En otras palabras, los movimientos totalitarios imitan todo el aparato de las sociedades secretas, pero lo vacían de lo único que podría excusar, o se supone que podría excusar, sus métodos, es decir, de la necesidad de salvaguardar un secreto.
En este como en tantos otros aspectos, el nazismo y el bolchevismo llega¬ ron al mismo resultado organizativo desde comienzos históricos muy dife¬ rentes. Los nazis empezaron con la ficción de una conspiración y se confor¬ maron a sí mismos, más o menos conscientemente, según el ejemplo de la sociedad secreta de los Sabios de Sión, mientras que los bolcheviques proce¬ dían de un partido revolucionario cuyo objetivo era la dictadura de un parti¬ do, pasaron por una fase en la que el partido se hallaba «enteramente aparte y por encima de todo» hasta el momento en que el Poíitburó del Partido estuvo «enteramente aparte de y por encima de todo»96; finalmente, Stalin impuso sobre esta estructura del partido las rígidas normas totalitarias de su sector conspirador, y sólo entonces descubrió la necesidad de una ficción cen¬ tral para mantener la férrea disciplina de una sociedad secreta bajo las condicio¬ nes de una organización de masas. La evolución nazi puede ser más lógica, más consecuente consigo misma, pero la historia del partido bolchevique ofrece una mejor ilustración del carácter esencialmente ficticio del totalitarismo, pre¬ cisamente porque las ficticias conspiraciones globales contra las que, y según las que, se había organizado supuestamente la conspiración bolchevique no esta¬ ban ideológicamente determinadas. Pasaron de los trotskystas a las 300 familias y luego a los diferentes «imperialismos», y recientemente al «cosmopolitismo desarraigado», y se ajustaron a las necesidades de cada momento; sin embargo, en ningún instante y bajo ninguna de las más variadas circunstancias le fue posible al bolchevismo operar sin una ficción semejante.
Los medios por los que Stalin trocó la dictadura unipartidista rusa en,un régimen totalitario, y los partidos comunistas revolucionarios de todo el mundo en movimientos totalitarios, fueron la liquidación de las facciones, la abolición de la democracia interna del partido y la transformación de los par-5
55 Souvarine, op, cit., p. 319, sigue una formulación de Bujarin,
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tidos comunistas nacionales en ramas de la Komintern dirigidas desde Mos¬ cú. Las sociedades secretas en general y el aparato conspirador de los partidos revolucionarios en particular siempre se habían caracterizado por la ausencia de facciones, por la supresión de las opiniones disidentes y por la absoluta centralización del mando. Todas estas medidas tenían el obvio objetivo utili¬ tario de proteger a los miembros contra la persecución y a la sociedad contra la traición; la obediencia total exigida a cada miembro y el poder absoluto en manos del jefe eran sólo subproductos inevitables de las necesidades prácti¬ cas. Lo malo, sin embargo, es que los conspiradores tenían una comprensible tendencia a pensar que los métodos más eficientes en política general son los de las sociedades conspiradoras, y que si uno puede aplicarlos a la luz del día y respaldarlos con todos los instrumentos de violencia de una nación, las posibilidades de acumulación de poder se tornarán absolutamente ilimita¬ das97. El sector conspirador de un partido revolucionario puede ser compara¬ do, mientras que el mismo partido siga intacto, con el papel del ejército den¬ tro de un cuerpo político intacto: aunque sus propias normas de conducta difieran radicalmente de las del cuerpo civil, lo sirve, permanece sujeto a él y es controlado por él. De la misma manera que surge el peligro de una dicta¬ dura militar cuando el ejército ya no sirve al cuerpo político, sino que desea dominarlo, así el peligro del totalitarismo surge cuando el sector conspirador de un partido revolucionario se emancipa del control del partido y aspira a su jefatura. Esto es lo que sucedió a los partidos comunistas bajo el régimen de Stalin. Los métodos de Stalin fueron siempre los típicos de un hombre que procedía del sector conspirador del partido: su devoción por los pormenores, su énfasis en el aspecto personal de la política, su estilo implacable en el em¬ pleo y liquidación de camaradas y amigos. Su apoyo principal en la lucha por la sucesión tras la muerte de Lenin procedía de la policía secreta98, que para entonces se había convertido ya en una de las secciones más importantes y poderosas del partido99. Era, pues, natural que las simpatías de la «cheka»
Souvarine, op. cit., p. 113, menciona que Stalin «se mostraba siempre impresionado por los hom - bres que habían tenido un affaire. Consideraba a la política como un affaire que requiere destreza».
En las luchas internas del partido durante la década de los años veinte, «los colaboradores de la GPU eran casi sin excepción fanáticos adversarios de la derecha y seguidores de Stalin. Los diferen¬ tes servicios de la GPU constituían por entonces el baluarte de la sección stalinísta» (Ciliga, op. cit, p. 48). Souvarine, op. cit., p. 289, informa que incluso anteriormente Stalin «prosiguió la actividad policíaca que había iniciado durante la guerra civil» y que había sido el representante del Polítburó en la GPU.
Inmediatamente después de la guerra civil en Rusia, Pravda declaró «que la fórmula “Todo el po- der para los sóviets” había sido sustituida por la de “Todo el poder para las chekas”,.. El final de las hostilidades armadas redujo el control militar..., pero dejó una cheka ramificada que se perfeccionó a sí misma mediante la simplificación de sus operaciones» (Souvarine, op. cit, p. 251).
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estuvieran con el representante de la sección conspiradora, con el hombre que ya la consideraba como una especie de sociedad secreta y que, por eso, era probable que la conservara y que extendiera sus privilegios.
La conquista de los partidos comunistas por sus sectores conspiradores, sin embargo, fue sólo el primer paso de su transformación en movimientos totalitarios. No era suficiente que la policía secreta de Rusia y sus agentes en los partidos comunistas desempeñaran en el exterior el mismo papel dentro del movimiento que las formaciones de élite constituidas por los nazis bajo la forma de unidades paramilitares. Los mismos partidos tenían que ser trans¬ formados si había de seguir siendo estable la dominación de la policía secre¬ ta. La liquidación de facciones y de la democracia interna del partido fue, en consecuencia, acompañada en Rusia por la admisión como afiliados de gran¬ des masas políticamente ineducadas y «neutrales», una conducta que fue rápidamente imitada por los partidos comunistas en el exterior tras la inicia¬ ción de la política del Frente Popular.
El totalitarismo nazi comenzó con una organización de masas que sólo fue gradualmente dominada por las formaciones de élite, mientras que los bolcheviques empezaron con las formaciones de élite y organizaron las masas según éstas. El resultado fue el mismo en ambos casos. Además, los nazis, por obra de su tradición y de sus prejuicios militaristas, establecieron original¬ mente sus formaciones de élite conforme al modelo del ejército, mientras que los bolcheviques, desde el comienzo, invistieron a la policía secreta deí ejercicio del poder supremo. Sin embargo, al cabo de unos pocos años, esta diferencia desapareció también: el jefe de las SS se convirtió en el jefe de la policía secreta, y las formaciones de las SS fueron gradualmente incorporadas a ésta y sustituyeron al antiguo personal de la Gestapo, aunque los miembros de la Gestapo eran todos muy leales100.
Por obra de la afinidad esencial entre el funcionamiento de una sociedad secreta de conspiradores y la de la policía secreta organizada para combatirlos es por lo que los regímenes totalitarios, basados en una ficción de una cons¬ piración global y encaminada a una dominación global, concentran even¬ tualmente todos los poderes en manos de la policía. En la fase previa a la con¬ quista deí poder,' empero, las «sociedades secretas a la luz del día» ofrecen
La Gestapo fue estabíecída por Goering en 1933: Himmler fue nombrado jefe de la Gestapo en 1934 y comenzó inmediatamente a reemplazar a su personal por hombres de las SS; al final de la guerra, el 75 por ciento de todos los agentes de la Gestapo eran de las SS. Debe considerarse también que las unidades SS se hallaban especialmente cualificadas para esta tarea, puesto que, incluso en la fase previa a !a conquista del poder, fueron organizadas por Himmler para ejercer el espionaje entre los miembros del partido (Heiden, op. di., p. 308). Para ía historia de la Gestapo, véase Giles, op. cit, y también Nazi Conspiracy, vol. II, cap. XII.
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otras ventajas en su organización. La contradicción obvia entre una organiza¬ ción de masas y una sociedad exclusiva, en la única en que puede confiarse para mantener un secreto, carece de importancia en comparación con el he¬ cho de que la verdadera estructura de las sociedades secretas y conspiradoras puede traducir la dicotomía ideológica totalitaria — la ciega hostilidad de las masas contra el mundo existente sin tener en cuenta sus divergencias y dife¬ rencias— en un principio de organización. Desde el punto de vista de una organización que funciona según el principio di que todo el que no esté incluido está excluido, todo el que no está conmigo está contra mí, el mundo en general pierde todos los matices, diferenciaciones y aspectos pluralistas que en cualquier caso se han tomado confusos e insoportables para las masas que han perdido su lugar y su orientación en ese mundo101. Lo que les inspi¬ raba con la inquebrantable lealtad de los miembros de las sociedades secretas no era tanto el secreto como la dicotomía entre nosotros y todos los demás. Y la dicotomía podía mantenerse intacta imitando la estructura de organiza¬ ción de las sociedades secretas y vaciándola de su objetivo racional de salva¬ guardar un secreto. No importaba el que una ideología conspiradora fuese el origen de esta evolución, como en el caso de ios nazis, o que lo fuese un gru¬ po parasitario deí sector conspirador de un partido revolucionario, como en el caso de los bolcheviques. La afirmación inherente a la organización totali¬ taria es que todo lo que se halla fuera del movimiento está «muriendo», una afirmación que es drásticamente realizada bajo las condiciones asesinas de la dominación totalitaria, pero que incluso en la fase previa a la conquista del poder parece plausible a las masas que; escapan de la desintegración y de la desorientación hacía el mundo ficticio del movimiento.
Los movimientos totalitarios han demostrado una y otra vez que pueden exigir la misma lealtad en la vida y en la muerte que ha sido la prerrogativa de las sociedades secretas y conspiradoras102. La completa ausencia de resistencia en unidades enteramente preparadas y armadas, como las SA, ante el asesina¬ to de un líder amado (Rohm) y de centenares de camaradas íntimos fue un curioso espectáculo. En aquel momento era probablemente Rohm, y no Hit-ler, quien tenía tras de sí el poder de la Reichswehr. Pero estos incidentes en el movimiento nazi fueron completamente eclipsados por el espectáculo
Fue probablemente uno de los decisivos errores ideológicos de Rosenberg, quien perdió ef favor del Führer y su influencia en el movimiento en beneficio de hombres como Himmler, Bormann e incluso Streicher, el hecho de que en El mito del siglo XX admitiera un pluralismo racial del que sólo quedaban excluidos ios judíos. Por eso violó el principio de que todo el que no está incluido (*eí pue¬ blo germánico») está excluido («la masa de la humanidad»). Véase nota 87 de este capítulo.
!.02 Simmel, op. cit, p. 492, enumera sociedades secretas criminales en las que los miembros desig¬ nan a un jefe, ai que a partir de entonces obedecen sin críticas y sin limitaciones.
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siempre repetido de ios «criminales» confesos de los partidos bolcheviques. Los procesos basados en confesiones absurdas se han convertido en parte de un ritual interiormente muy importante y exteriormente incomprensible. Pero, sea como fuere la preparación que hayan sufrido sus víctimas, este ri¬ tual debe su existencia a las confesiones probablemente no fabricadas de la vieja guardia bolchevique en 1936. Mucho tiempo antes de los procesos de Moscú, los condenados a muerte escuchaban sus sentencias con gran tran¬ quilidad, actitud «particularmente dominante entre los miembros de la che-ka»103. Mientras el movimiento existe, su forma peculiar de organización ase¬ gura que al menos las formaciones de élite ya no pueden concebir una vida fuera de la banda estrechamente unida de hombres que, aunque sean con¬ denados, todavía se sienten superiores al resto del mundo no iniciado. Y como el objetivo exclusivo de esta organización ha sido siempre engañar, combatir y, en definitiva, conquistar al mundo exterior, sus miembros se sienten satisfechos aunque paguen con sus vidas, con tal de que ello ayude a engañar de nuevo al mundo104.
Sin embargo, para los fines de la organización de masas, el valor principal de la estructura organizadora y de los cánones morales de las sociedades secretas o conspiradoras ni siquiera se basa en las garantías inherentes de per¬ tenencia y lealtad incondicionales y en la manifestación organizativa de hos¬ tilidad indiscutida al mundo exterior, sino en su insuperable capacidad para establecer y salvaguardar el mundo ficticio a través de una mentira consis¬ tente. Toda la estructura jerárquica de los movimientos totalitarios, desde los ingenuos compañeros de viaje hasta los miembros del partido, las forma¬ ciones de élite, el círculo interior del entorno del jefe y el jefe mismo, puede ser descrita en términos de una mezcla curiosamente variable de credulidad y cinismo con ios que se espera que cada miembro, según sea su categoría y su posición en el movimiento, reaccione ante las cambiantes declaraciones men¬ tirosas de los jefes y ante la ficción ideológica central e inalterable del movi¬ miento.
Una mezcla de credulidad y de.cinismo era característica sobresaliente de la mentalidad del populacho antes de convertirse en fenómeno cotidiano de las masas. En un' mundo siempre cambiante e incomprensible, las masas alcanzaron un punto en el que, al mismo tiempo, creían en todo y no creían
CiÜga, op. cit, pp. 96-97. También describe cómo en ía década de los veinte incluso los presos comunes de la cárcel de la GPU en Leningrado, al ser conducidos a la ejecución, iban «sin una pala¬ bra, sin un grito de rebeldía contra el gobierno que les daba la muerte» (p. 183).
1W Ciliga señala que los miembros condenados del partido «pensaban que el sacrificio de sus vidas no sería en vano si estas ejecuciones salvaban a la dictadura burocrática en conjunto, s¡ calmaban ai campesinado rebelde (o más bien si le inducían a error)» (op. cit, p. 87).
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en nada. Pensaban que todo era posible y que nada era cierto. En sí misma, la mezcla resultaba suficientemente notable porque significaba el final de la ilusión de que la credulidad fuese una debilidad de almas primitivas que nada sospechaban, y el cinismo, el vicio de mentes superiores y refinadas. La propaganda de masas descubrió que su audiencia siempre estaba dis¬ puesta a creer lo peor, por absurdo que fuera, y que no se resistía especial¬ mente a ser engañada, puesto que, de todas formas, consideraba cualquier declaración una mentira. Los jefes totalitarios de masas basaron su propa¬ ganda en la correcta suposición psicológica de que, bajo semejantes condi¬ ciones, uno podía hacer un día creer a la gente las más fantásticas declara¬ ciones y confiar en que, si aí día siguiente recibía la prueba irrefutable de su falsedad, esa misma gente se refugiaría en el cinismo. En lugar de abando¬ nar a los líderes que le habían mentido, aseguraría que siempre había creí¬ do que tal declaración era una mentira, y admiraría a los líderes por su superior habilidad táctica.
La que había sido una reacción demostrable de las audiencias de masas se convirtió en un importante principio jerárquico para las organizaciones de masas. Una mezcla de credulidad y de cinismo predomina en todos los esca¬ lones de los movimientos totalitarios, y cuanto más alta sea la categoría, más se impondrá el cinismo sobre la credulidad. La convicción esencial, compar¬ tida por todas las categorías desde la del compañero de viaje hasta la del jefe, es que la política es un juego de engaños y que el «primer mandamiento» del movimiento: «El Führer siempre tiene razón», es tan necesario para los fines de la política mundial, es decir, al engaño global, como las normas de la dis¬ ciplina militar lo son para los fines de la guerra105.
La maquinaria que genera, organiza y difunde las monstruosas falsedades de los movimientos totalitarios depende también de la posición del jefe. A la afirmación propagandística de que todo lo que sucede es científicamente pre¬ visible segón las leyes de la naturaleza o de la economía, la organización tota¬ litaria añade la posición de un hombre que ha monopolizado este conoci¬ miento y cuya cualidad principal es que él «tenía siempre razón y siempre tendrá razón»106. Para un miembro de un movimiento totalitario, este cono¬ cimiento nada tiene que ver con la verdad, y el tener razón nada tiene que ver con la objetiva veracidad de las declaraciones del jefe, que no pueden ser des¬ mentidas por los hechos, sino sólo por sus futuros éxitos o fracasos. El jefe
Es característica la noción de Goebbels sobre el papel de la diplomada en política: «No hay duda de que uno hace mejor las cosas sí mantiene a los diplomáticos ignorantes del fondo de la política...
La sinceridad, cuando se desempeña un papel apaciguador, es a veces el argumento más convincente de su honradez política» (op. ctt.> p. 87).
Rudolf Hess, en una emisión de 1934. Nazi Conspiracy, 1, p. 193.
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siempre tiene razón en sus acciones, y como éstas se hallan proyectadas para los próximos siglos, la prueba definitiva de lo que hace queda desplazada más allá de la experiencia de sus contemporáneos107.
El único grupo del que se supone que cree leal y textualmente en las pala¬ bras del jefe es el de los simpatizantes, cuya confianza rodea al movimiento con una atmósfera de honradez y de candidez y ayuda al jefe a cumplir la mi¬ tad de su tarea, es decir, a inspirar confianza en el movimiento. Los miem¬ bros del partido nunca creen en las declaraciones públicas, ni se supone que han de creer en ellas, pero se sienten halagados por ía propaganda totalitaria como poseedores de una inteligencia superior que, aparentemente, les distin¬ gue del mundo exterior no totalitario, el cual, a su vez, sólo conoce la anor¬ mal credulidad de los simpatizantes. Sólo los simpatizantes de los nazis creye¬ ron en Hitler cuando formuló su famoso juramento de legalidad ante el Tri¬ bunal Supremo de la República de Weimar; los miembros del movimiento sabían muy bien que mentía y confiaron en él más que antes porque, aparen¬ temente, fue capaz de engañar a la opinión pública y a las autoridades. Cuan¬ do en años posteriores Hitler repitió su acción ante todo el mundo al jurar acerca de sus buenas intenciones, al tiempo que preparaba aún más abierta¬ mente sus crímenes, la admiración de los afiliados nazis fue, naturalmente, ilimitada. De forma semejante, sólo los compañeros de viaje de los bolchevi¬ ques creyeron en la disolución de la Komintern y sólo las masas no organiza¬ das del pueblo ruso y los compañeros de viaje del exterior dieron crédito a las declaraciones prodemocráticas de Stalin durante la guerra. A los miembros del partido bolchevique se les advirtió explícitamente que no se dejaran enga¬ ñar por maniobras tácticas y se les pidió que admiraran la astucia de su jefe al traicionar a sus aliados108.
Sin la división organizativa del movimiento en formaciones de élite, afi¬ liados y simpatizantes, las mentiras del jefe no operarían. La graduación del cinismo expresada en una jerarquía de desprecio es al menos tan necesaria frente a la constante refutación como la simple credulidad. El hecho es que los simpatizantes, en las organizaciqnes frontales, desprecian la completa fal¬ ta de iniciación de sus conciudadanos; los miembros del partido desprecian la credulidad de los compañeros de viaje y su falta de radicalismo; las forma-
Wemer Best, op. dt„ explicó; «El que la voluntad del gobierno establezca o no las regías “justas”..., ya no es una cuestión de la ley, sino una cuestión del destino. Por sus abusos... será más seguramente casti¬ gado ante la historia por el mismo destino con infortunios, derrocamiento y ruina, por haber violado las “leyes de la vida”, que por un Tribunal Supremo de Justicia». Cita de Nazi Comp'mcy, IV¡ p. 490.
m Véase Kravchenko, op. cit., p. 422. «Ningún comunista verdaderamente adoctrinado cree que el partido está “mintiendo” por profesar una política en público y otra completamente opuesta en pri¬ vado».
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dones de élite desprecian, por razones similares, a los afiliados al partido, y, dentro de las formaciones de élite, una jerarquía similar de desprecio acom¬ paña a cada nueva formación y evolución109. El resultado de este sistema es que la credulidad de los simpatizantes hace las mentiras creíbles al mundo exterior, mientras que, al mismo tiempo, el graduado cinismo de los afiliados y de las formaciones de élite elimina el peligro de que el jefe se vea forzado por el peso de su propia propaganda a hacer realidad sus propias declaracio¬ nes y su fingida respetabilidad. Uno de los principales obstáculos con los que ha tropezado el mundo al tratar con los sistemas totalitarios ha sido el haber ignorado este sistema y por ello confiado en que, por una parte, la verdadera enormidad de las mentiras totalitarias constituiría su ruina y que, por otra, sería posible tomar al líder su palabra y obligarle a cumpliría, fueran cuales fueran sus intenciones originales. Desgraciadamente, el sistema totalitario está inmunizado contra tales consecuencias normales; su ingeniosidad des¬ cansa precisamente en la eliminación de esa realidad, que, o bien enmascara al mentiroso, o bien le obliga a hacer real su afirmación.
Aunque los afiliados no creen en las declaraciones formuladas para el con¬ sumo público, sí creen de la forma más ferviente en los clichés estándar de las explicaciones ideológicas, en las claves de la historia, pasada y futura, que los movimientos totalitarios tomaron de las ideologías del siglo X IX y transforma¬ ron, a través de la organización, en una realidad actuante. Estos elementos ideológicos en los que las masas han llegado a creer, si bien de forma vaga y abs¬ tracta, son convertidos en mentiras de hecho de una naturaleza omnicompren-siva (la dominación del mundo por los judíos en lugar de una teoría general acerca de las razas; la conspiración de Wall Street en lugar de una teoría gene¬ ral acerca de las clases) e integrados en un esquema general de acción en el que se supone que solamente lo «moribundo» — las clases moribundas de los países capitalistas o las naciones decadentes— se alza en el camino del movimiento. En contraste con las mentiras tácticas del movimiento que cambian literalmen¬ te de un día para otro, se supone que estas mentiras ideológicas han de ser creí¬ das como verdades sagradas e intocables. Son rodeadas de un sistema cuidado¬ samente elaborado de «pruebas» científicas, que no tienen por qué ser convin¬ centes para los *no totalmente iniciados, pero que todavía atraen a una vulgarizada sed de conocimiento «demostrando» la inferioridad de los judíos o la miseria de las personas que viven bajo un sistema capitalista.
Las formaciones de élite se distinguen de los miembros ordinarios del parti¬ do en el hecho de que no necesitan tales demostraciones y ni siquiera se supone
!0S «El nacionalsocialista desprecia a su conciudadano alemán; el hombre de las SA, a los demás nacionalsocialistas; el hombre de las SS, al hombre de las SA» {Heiden, op. cit., p. 308).
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que hayan de creer en ía verdad literal de los clichés ideológicos. Éstos son fabri¬ cados para responder a una búsqueda de la verdad entre las masas, que, en su insistencia en explicaciones y demostraciones, todavía tiene mucho en común con el mundo normal. La élite no está compuesta de ideólogos; toda ía instruc¬ ción de sus miembros está encaminada a abolir su capacidad para distinguir en¬ tre la verdad y la falsedad, entre la realidad y la ficción. Su superioridad consiste en su capacidad inmediata para disolver cada declaración de hecho en una declaración de fines. A diferencia de la masa de afiliados, que, por ejemplo, pre¬ cisa de alguna demostración acerca de la inferioridad de la raza judía antes de que se le pueda pedir con seguridad que mate a judíos, las formaciones de élite comprenden que la declaración «todos los judíos son inferiores» significa: todos los judíos deben ser asesinados. Saben que cuando se les dice que sólo Moscú tiene Metro, el verdadero significado de ía declaración es que todos los metros deberían ser destruidos, y no se sienten indebidamente sorprendidos cuando descubren el Metro de París. El tremendo shock de desilusión que sufrió el Ejér¬ cito Rojo en su penetración conquistadora por Europa sólo pudo ser curado mediante campos de concentración y un exilio forzado para una gran parte de las tropas de ocupación; pero las formaciones de la policía que acompañaron al ejército se hallaban preparadas para el shock no mediante una información dife¬ rente y más correcta — no existe en la Rusia soviética una escuela secreta de entrenamiento que proporcione los hechos auténticos sobre la vida en el exte¬ rior—, sino simplemente por un entrenamiento general en el desprecio supre¬ mo por todos los hechos y todas las realidades.
Esta mentalidad de la élite no es un mero fenómeno de masas, no es una simple consecuencia de un desarraigo social, de un desastre económico y de una anarquía política; necesita una cuidadosa preparación y cultivo y forma una parte más importante, aunque menos reconocible, del plan de estudios de las escuelas de la jefatura totalitaria — los Ordensburgen nazis, para las unidades SS, y los centros de entrenamiento bolchevique, para los agentes de la Komin-tern— que el adoctrinamiento sobre la raza o las técnicas de la guerra civil. Sin la élite y su incapacidad artificialmente inducida para comprender los hechos como hechos, para distinguir entre la verdad y la falsedad, el movimiento nun¬ ca podría moverse en la dirección que requiere la realización de su ficción. La sobresaliente cualidad negativa de la élite totalitaria es que jamás se detiene a pensar cómo es realmente el mundo y nunca compara las mentiras con la reali¬ dad. Su más preciada virtud, en consecuencia, es la lealtad al jefe, que, como un talismán, asegura la victoria definitiva de la mentira y de la ficción sobre la ver¬ dad y la realidad.
La categoría más alta en la organización de los movimientos totalitarios es ía del círculo íntimo en torno al jefe, que puede ser una institución formal,
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como el Politburó bolchevique, o una camarilla cambiante de hombres que no desempeñan necesariamente un cargo, como quienes rodeaban a Hitler. Para ellos, los clichés ideológicos son simples recursos de la organización de masas y no sienten remordimiento al cambiarlos según las necesidades de las circunstancias con tal de que se mantenga intacto el principio organizador. En este aspecto, el mérito principal en la reorganización de las SS realizada por Himmíer fue que halló un método muy simple de «resolver el problema de la sangre por la acción», es decir, de seleccionar a los miembros de la élite según su «buena sangre» y de prepararles para «realizar una lucha racial sin piedad» contra cualquiera que no pudiera hacer remontar su ascendencia «aria» hasta 1750 o que midiera menos de 1,73 metros («sé que las personas que han alcanzado una cierta altura deben poseer en algún grado la sangre deseada») o que no tuviera azules los ojos y rubio el pelo110*.La importancia de este racismo en acción estribaba en el hecho de que la organización se tor¬ naba independiente de casi todas las enseñanzas concretas de cualquier cien¬ cia «racial», independiente también del antisemitismo como doctrina especí¬ fica concerniente a la naturaleza y al papel de los judíos, cuya utilidad habría concluido con su exterminio1í!. El racismo se hallaba seguro e independien¬ te del cientificismo de la propaganda una vez que una élite había sido selec¬ cionada por una «comisión racial» y colocada bajo la autoridad de «leyes matrimonales»112 especiales, mientras que, en el extremo opuesto y bajo la jurisdicción de esta «élite racial», existían campos de concentración para la
Himmler, originariamente, seleccionaba por las fotografías a los aspirantes a las SS. Más tarde, una comisión racial, ante la que tenía que comparecer personalmente el candidato, aprobaba o desa¬ probaba su apariencia racial (véase Himmíer, «Organizadon and ObÜgadon of thè SS and the Póli¬ ce», en Nazi Compiracy, IV, pp. 616 y ss.}.
Uí Himmler era bien consciente del hecho de que uno de sus logros más importantes y duraderos era haber transformado la cuestión racial, que pasó de ser «un concepto negativo basado en el antise¬ mitismo vulgar» a ser «una tarea organizativa para el establecimiento de las SS» (Der Rcichsführer SS and Chef der deutschen Polizei, «exclusivamente para uso interno de la policía»; sin fecha). Así, «por vez primera, la cuestión racial ha sido colocada, o mejor aún se ha convertido, en el punto focal, yen¬ do más allá del concepto negativo que subyace al odio natural hacíalos judíos. A la idea revoluciona¬ ria del Führer se le ha infundido cálida sangre» (Der Wegder SS. Rekhsfiihrer SS, «SS-Hauptamt-Schulungsamt». En la solapa: «No para publicación», sin fecha, p. 25).
1U Tan pronto comò fue nombrado jefe de las SS, en 1929, Himmler introdujo el principio de la selección racial y de las leyes matrimoniales y añadió: «El SS sabe muy bien que esta orden es de un gran significado. Los insultos, el desprecio o la incomprensión no nos afectan; el futuro es nuestro». Cita de D ’Alquen, op. cit. Y de nuevo, catorce años más tarde, en su discurso de Jarkov (Nazi Co»¡-piracy, IV, pp. 572 y ss,), Himmler recuerda a los dirigentes de las SS que «nosotros somos realmen¬ te los primeros en resolver el problema de la sangre por la acción... y por el problema de la sangre no entendemos, desde luego, el antisemitismo. El antisemitismo es exactamente lo mismo que el des-plojamiento. Desembarazarse de un piojo no es una cuestión de ideología. Es una cuestión de lim¬ pieza... Pero, para nosotros, la cuestión de la sangre es un recordatorio de nuestro propio valor, un recordatorio de lo que es realmente la base que mantiene unido al pueblo alemán».
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«mejor demostración de las leyes de ía herencia y de la raza»113. Al reforzar esta «organización viva», los nazis podían eximirse de su dogmatismo y ofre¬ cer su amistad a pueblos semitas, como los árabes, o aliarse con los represen¬ tantes mismos del «peligro amarillo», los japoneses. La realidad de una socie¬ dad racial, la formación de una élite seleccionada desde un punto de vísta supuestamente racial, constituía, desde luego, una salvaguardia más firme para la doctrina del racismo que la mejor prueba científica o pseudocientífica.
Los elaboradores de la política del bolchevismo muestran la misma supe¬ rioridad sobre sus propios dogmas declarados. Son complètamente capaces de interrumpir cada existente lucha de clases con una repentina alianza con el capitalismo, sin minar la fiabilidad de sus dirigentes o sin cometer una trai¬ ción contra su fe en la lucha de clases. Habiendo llegado a convertirse en un recurso organizativo el principio dicotòmico de la lucha de ciases, habiéndo¬ se, por decirlo así, petrificado en una inflexible hostilidad contra todo el mundo a través de los cuadros de la política secreta en Rusia y de los agentes de ía IComintern en el exterior, la política bolchevique se ha tornado notable¬ mente libre de «prejuicios».
Es esta libertad con respecto al contenido de sus propias ideologías la que caracteriza a los más altos escalones de la jerarquía totalitaria. Estos hombres consideran todo y a todos en términos de organización, y en esa considera¬ ción se incluye al jefe, que para ellos no es ni un talismán inspirado ni el que tiene infaliblemente razón, sino la simple consecuencia de este tipo de orga¬ nización; es necesario no como persona, sino como función, y como tal resulta indispensable para el movimiento. En contraste, sin embargo, con otras formas despóticas de gobierno, donde frecuentemente domina una camarilla y el déspota desempeña tan sólo el papel representativo de un dic¬ tador de cartón, los dirigentes totalitarios son realmente libres de hacer todo lo que les plazca y pueden contar con la lealtad de quienes les rodean, inclu¬ so si deciden asesinarles.
La razón más técnica de esta lealtad suicida es que ía sucesión en el pues¬ to supremo no está reglamentada pqr ninguna herencia ni por otras leyes. Una triunfante revolución palaciega tendría resultados tan desastrosos para el movimiento como-una derrota militar completa. Se halla en la naturaleza del movimiento el que, una vez que el jefe ha asumido su puesto, toda la organi¬ zación esté tan absolutamente identificada con él que cualquier admisión de un error o una destitución del cargo quebrantarían el hechizo de infalibilidad que rodea al puesto del jefe y significarían ía ruina de todos aquellos que estuvieran relacionados con el movimiento. La base de la estructura no es la
Himmler, op, cit„ Nazi Conspiracy, IV, pp. 616 y ss.
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veracidad de las palabras del jefe, sino la infalibilidad de sus acciones. Sin ésta, y en el calor de una discusión que dé por sentada la falibilidad, todo el mundo ficticio del totalitarismo queda destrozado, superado inmediatamen¬ te por los hechos del mundo real que el movimiento sólo podía evitar si era conducido infaliblemente en la dirección adecuada por el jefe.
Sin embargo, la lealtad de quienes ni creen en los clichés ideológicos ni en la infalibilidad del jefe tiene también razones más profundas y no técnicas. Lo que liga a estos hombres es una firme y sincera fe en la omnipotencia humana. Su cinismo moral, su creencia de que todo está permitido, descan¬ san en la sólida convicción de que todo es posible. Es cierto que a estos hom ¬ bres, pocos en número, no se les coge fácilmente en sus propias mentiras específicas y que no creen necesariamente en el racismo o en la economía, en la conspiración de los judíos o en Wall Street, Sin embargo, también ellos son engañados, engañados por su desvergonzada y vana idea de que todo puede ser hecho y por su desdeñoso convencimiento de que todo lo que existe es simplemente un obstáculo temporal que será destruido por una organización superior. Confiados en que el poder de la organización puede destruir ai poder sustancial, como la violencia de una banda bien organiza¬ da puede robar las mal guardadas riquezas de un hombre rico, subestiman constantemente el poder sustancial de las comunidades estables y sobreesti¬ man la fuerza impulsora del movimiento. Como, además, no creen real¬ mente en la existencia de hecho de una conspiración mundial contra ellos, sino que sólo la utilizan como recurso organizativo, no consiguen compren¬ der que su propia conspiración puede hacer eventualmente que todo el mundo se una contra ellos.
Sin embargo, cuando finalmente queda deshecho, por el medio que sea, el espejismo de la omnipotencia humana conseguida a través de la organiza¬ ción, dentro del movimiento su consecuencia práctica es que quienes rodean al jefe, en caso de desacuerdo con él, nunca estarán muy seguros de sus pro¬ pias opiniones, dado que creen sinceramente que sus desacuerdos en realidad no importan, que incluso el plan más estrafalario tiene una buena posibilidad de éxito si es adecuadamente organizado. Lo importante de su lealtad es que no creen que el jefe sea infalible, sino que están convencidos de que todo el que domine los instrumentos de violencia con los superiores métodos de la organización totalitaria puede llegar a ser infalible. Este espejismo se ve con¬ siderablemente reforzado cuando los regímenes totalitarios tienen poder para demostrar la relatividad del éxito y del fracaso y para mostrar cómo una pér¬ dida sustancial puede convertirse en beneficio para la organización (el fantás¬ tico desgobierno de las empresas industriales en la Rusia soviética condujo a la atomización de la clase trabajadora, y los aterradores malos tratos a los pri-
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síoneros civiles en los territorios orientales bajo la ocupación nazi, aunque causaron una «deplorable pérdida de trabajo», «pensando en términos de generaciones, no tienen por qué ser lamentados»)114. Además, la decisión concerniente al éxito y al fracaso bajo circunstancias totalitarias es en gran medida cuestión de organizar y aterrorizar a la opinión pública. En un mun¬ do totalmente ficticio no es necesario señalar, admitir y recordar los fracasos. Los mismos hechos, para su existencia continuada, dependen de la existencia del mundo no totalitario.
114 Himmler, en su discurso de Posen, Nazi Compiracy, IV, p. 558.
CAPÍTULO 12
EL TOTALITARISMO EN EL PODER
Cuando un movimiento, internacional por su organización, omnicom-prensivo por su alcance ideológico y global por su aspiración política, con¬ quista el poder en un país, se coloca él mismo en una situación paradójica. Al movimiento socialista se le ahorró esta crisis, en primer lugar, porque la cuestión nacional —y esto significaba el problema estratégico implicado en la revolución— fue curiosamente desdeñada por Marx y Engeís y, en segundo lugar, porque se enfrentó con problemas gubernamentales sólo después de que la Primera Guerra Mundial hubiera privado a la II Inter¬ nacional de su autoridad sobre ios miembros nacionales, que en todas par¬ tes habían aceptado como un hecho inalterable la primacía de los senti¬ mientos nacionales sobre la solidaridad internacional. En otras palabras, cuando llegó el momento en que los movimientos socialistas conquistaron el poder en sus respectivos países, ya se habían transformado en partidos nacionales.
Esta transformación jamás se operó en los movimientos totalitarios bol¬ chevique y nazi. En la época en que se apoderaron del poder, el peligro para el movimiento descansaba, por un lado, en el hecho de que podía «osificarse» al ocupar la maquinaria del estado y congelarse en forma de un gobierno
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absoluto1, y en que, por otro, su libertad de movimiento podía quedar limi¬ tada por las fronteras deí territorio en el que había llegado al poder. Para un movimiento totalitario, ambos peligros son igualmente mortales: una evolu¬ ción hada el absolutismo pondría fin al impulso interno del movimiento y una evolución hacia el nacionalismo frustraría su expansión exterior, sin la cual no puede sobrevivir. La forma de gobierno que estos dos movimientos desarrollaron, o, más bien, que casi automáticamente se desarrolló partiendo de su doble reivindicación del dominio total y de la hegemonía global, halla su mejor caracterización en el eslogan de Trotsky de la «revolución perma¬ nente», aunque la teoría de Trotsky no era más que una predicción socialista de una serie de revoluciones, desde la burguesa antifeudai hasta la proletaria antiburguesa, que se extenderían de un país a otro2. Sólo que el mismo térmi¬ no sugiere «permanencia», con todas sus implicaciones semianárquicas, y es, estrictamente hablando, una denominación equivocada; sin embargo, inclu¬ so Lenin se mostró más impresionado por el término que por su contenido teórico. En la Unión Soviética, en cualquier caso, las revoluciones, en forma de purgas generales, se convirtieron en una institución permanente del régi¬ men de Stalin a partir de 19343. Aquí, como en otros casos, Stalin concentró
1 Los nazis comprendieron perfectamente que la conquista del poder podía conducir al estableci¬ miento deí absolutismo. «Pero el nacionalsocialismo no se ha colocado en vanguardia en la lucha contra el liberalismo para atascarse de nuevo en el absolutismo y comenzar otra vez el juego» (Wer-ner Best, Die deutsche Polizei, p. 20). La advertencia aquí expresada, como en otros incontables luga¬ res, va dirigida contra la reivindicación del estado.
2 La teoría de Trotsky, formulada por vez primera en 1905, no difería, desde luego, de la estrategia revolucionaria de todos los leninistas, a cuyos ojos «la misma Rusia era simplemente el primer terre¬ no, el primer baluarte, de la revolución internacional: sus intereses tenían que quedar subordinados a la estrategia supernacional del socialismo militante. Por el momento, sin embargo, las fronteras de Rusia y del socialismo victorioso eran las mismas» (Isaac Deutscher, Stalin. A Poütical Btography, Nueva York y Londres, 1949, p. 243).
Ei año 1934 es significativo en razón del nuevo estatuto del partido, anunciado en el XVII Con- greso del Partido, que establecía que, «para la sistemática limpieza deí partido, tienen que [ser] reali¬ zadas purgas... periódicas» (cita de A. Avtorjanov, «Social Díflferentiation and Contradtcdons in the Party», Bulletin of the Institutefor the Study ofthe USRR, Munich, febrero, 1956). Las purgas del par¬ tido durante los primeros años de la Revolución rusa no tuvieron nada en común con su-uíterior perversión totalitaria en instrumento de inestabilidad permanente. Las primeras purgas fueron reali¬ zadas por comisiones* locales de control ante un foro abierto al que tenían libre acceso tanto ios miembros del partido como los que no lo eran. Fueron concebidas como un órgano de control democrático contra la corrupción burocrática en el partido y «habían de servir como sustítutivo de las auténticas elecciones» (Deutscher, op. át,, pp. 233 y 234). Puede hallarse un excelente y breve informe sobre el desarrollo de las purgas en un reciente artículo de Avtorjanov que refuta también la leyenda según la cual fue la muerte de Kirov la que dio paso a la nueva política. La purga general ha¬ bía comenzado antes de la muerte de Kirov, que no fue más que «un pretexto conveniente para pro¬ porcionarle un impulso suplementario». A la vísta de las numerosas circunstancias «inexplicables y misteriosas» que rodearon ei asesinato de Kirov, cabe sospechar que el «pretexto conveniente» fue cuidadosamente planeado y ejecutado por el mismo Stalin (véase «Speech on Stalin», de Jruschov, The New York Times, 5 de junio de 1956).
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sus ataques sobre eí medio olvidado eslogan de Trotsky precisamente porque había decidido utilizar esta técnica4. En la Alemania nazi, una tendencia similar hacia la revolución permanente resultaba claramente díscernible, aunque los nazis no tuvieron tiempo de realizarla en el mismo grado. De for¬ ma suficientemente característica, su «revolución permanente» también comenzó con la liquidación de la facción del partido que se había atrevido a proclamar abiertamente la «próxima fase de la revolución»5; y precisamente porque «el Führer y su vieja guardia sabían que la verdadera lucha sólo acaba¬ ba de empezar»6. Aquí, en lugar del concepto bolchevique de revolución per¬ manente, hallamos la noción de una «selección [racial] que nunca puede per¬ manecer inmóvil» y que, por consiguiente, requiere una constante radicaliza-ción de las normas por las que se realiza la selección, es decir, el exterminio de los no aptos7. El hecho es que, tanto Hitler como Stalin, formularon prome-
Deutscher, op. ctt, p. 282, describe ei primer ataque a la «revolución permanente» de Trotsky y la contraformulación s tal miaña deí «socialismo en un solo país» como accidente de manipulación polí¬ tica. En 1924, el «objetivo inmediato [de Stalin] era desacreditar a Trotsky... Buscando en el pasado de Trotsky, los triunviros tropezaron con la teoría de la “revolución permanente”, que había formu¬ lado en 1905... En eí curso de esta polémica fue cuando Stalin llegó a su fórmula del “socialismo en un solo país”»,
La liquidación de la facción de Rohm en junio de 1934 fue precedida por un breve intervalo de estabilización. Al comienzo del año, Rudolf Diels, jefe de la policía política de Berlín, podía infor¬ mar que ya no había más detenciones ilegales («revolucionarias») por obra de las SA y que estaban siendo investigadas detenciones anteriores de este tipo (Nazi Compiracy, U.S. Governement, Was¬ hington, 1946, V, p. 205). En abril de 1934, Wilhelm Frick, ministro del Interior del Reich, anti¬ guo miembro del partido nazi, promulgó un decreto por el que se establecían restricciones a la «custodia protectora» (íbíd., III, p. 555) en consideración a la «estabilización de la situación nacio¬ nal» (véase DasArchiv, abril de 1934, p. 31). Este decreto, sin embargo, jamás fue publicado (Nazi Compiracy, VII, p. 1099; II, p. 259). La policía política de Prusia había preparado en 1933 un infor¬ me sobre los excesos de las SA destinado a Hitler y en el que sugería que fueran perseguidos los jefes de las SA allí mencionados.
Hitler resolvió la situación matando a aquellos jefes de las SA sin un procedimiento legal y des¬ tituyendo a todos aquellos funcionarios de la policía que se habían opuesto a las SA (véase la decla¬ ración jurada de Rudolf Diels, ibíd., V, p. 224). De esta forma se salvaguardó a sí mismo contra toda legalización y estabilización. Entre los numerosos juristas que sirvieron entusiásticamente la «idea nacional socialista» fueron muy pocos los que'comprendieron lo que estaba realmente en juego. A este grupo pertenece fundamentalmente Theodor Maunz, cuyo ensayo Gestalt und Recht der Poiizei (Hamburgo, 1943) es citado con aprobación incluso por aquellos autores que, como Paul Werner, pertenecían al selecto Führerkorps de las SS.
6 Roben Ley, Der Weg zar Ordemburg (sin fecha; alrededor de 1936). «Edición especial... para eí Führerkorps del Partido... No para venta libre.»
7 Heinrtch Himmfer, «Die Schutzstaffel» en Grundiagen, Aufbau and Wirtschafisordnung des fiatio-nahozialistischen Staates, Nr. 7b. Esta radicalización constante del principio de la selección racial pue¬ de ser hallada en todas las fases de la política nazi. Así, los primeros en ser exterminados fueron los judíos íntegros, seguidos por ¡os de media casta y por los que sólo tenían una cuarta parte de ascen¬ dencia judía; o primero los locos, seguidos de los enfermos incurables y, finalmente, todas las fami¬ lias.en las que existiera algún «enfermo incurable». La «selección, que nunca puede permanecer inmóvil», no se detuvo ni siquiera ante las mismas SS. Un decreto del Führer, de fecha del 19 de
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sas de estabilidad para ocultar su intención de crear un estado de inestabili¬ dad permanente.
. No podría haber habido mejor solución para las contradicciones inhe¬ rentes a ía coexistencia de un gobierno y de un movimiento, de una afirma¬ ción totalitaria y de un poder limitado en un territorio limitado, de una per¬ tenencia ostensible a una comunidad de naciones en la que cada una respeta la soberanía de las demás y la aspiración a una dominación mundial, que la de esta fórmula privada de su contenido original. Porque el dirigente totalita¬ rio se ve enfrentado con una doble tarea que al principio parece contradicto¬ ria hasta el punto del absurdo: ha de establecer el mundo ficticio del movi¬ miento como una realidad tangible y operante de la vida cotidiana y, por otra parte, tiene que impedir que ese nuevo mundo desarrolle una nueva estabili¬ dad: porque una estabilización de sus leyes e instituciones liquidaría segura¬ mente al mismo movimiento y con él ía esperanza de una eventual conquista mundial. El dirigente totalitario debe impedir a cualquier precio que la nor¬ malización alcance un punto en el que pueda desarrollarse un nuevo estilo de vida, uno que pueda, después de algún tiempo, perder sus cualidades bastar¬ das y ocupar su lugar entre los estilos de vida enteramente diferentes y pro¬ fundamente distintos de las naciones de la tierra. En el momento en el que las instituciones revolucionarias se convierten en un estilo nacional de vida (ese momento en el que Hitler afirma que el nazismo no es un artículo de exportación, o cuando Stalin asegura que el socialismo puede ser construido en un solo país, sería algo más que un intento de engañar al mundo no tota¬ litario), el totalitarismo perdería su cualidad «total» y quedaría sujeto a la ley de las naciones según la cual cada una posee un territorio específico, un pue¬ blo y una tradición histórica — una pluralidad que ipso facto rechaza cual¬ quier afirmación de que cualquier forma específica de gobierno es absoluta¬ mente válida.
Prácticamente hablando, la paradoja del totalitarismo en el poder es que la posesión de todos los instrumentos de poder gubernamental y de violencia en un país no es precisamente un-bien puro para un movimiento totalitario. Su desprecio por los hechos, su estricta adhesión a las normas de un mundo ficticio, se tornan más difíciles de mantener y, sin embargo, siguen siendo tan esenciales como antes. El poder significa un enfrentamiento directo con la realidad, y el totalitarismo en el poder está constantemente preocupado de
mayo de 1943, ordenaba que todos los hombres ligados a extranjeros por lazos familiares, por matri¬ monio o por amistad fueran eliminados deí estado, del partido, de la Wehrmacht y de la economía; esta disposición afectó a 1,200 jefes de las SS (véanse los archivos de la Biblioteca Hoover, carpeta de Himmler, legajo 330).
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hacer frente a este reto. La propaganda y la organización ya no bastan para afirmar que lo imposible es posible, que lo increíble es cierto, que una insana consistencia domina al mundo. El principal apoyo psicológico de la ficción totalitaria —el resentimiento activo contra el statu quo que las masas se nie¬ gan a aceptar como el único mundo posible— ya no está allí; cada migaja de información que se filtra a través del telón de acero, establecido contra la siempre amenazante inundación de la realidad del otro lado, del lado no totalitario, es un peligro más grande para la dominación totalitaria de lo que fue la contrapropaganda para los movimientos totalitarios.
La lucha por la dominación total de la población total de la tierra, la elimi¬ nación de toda realidad no totalitaria en competencia, es inherente a los mis¬ mos regímenes totalitarios; si no persiguen como objetivo último una domina¬ ción global, lo más probable es que pierdan todo tipo de poder que hayan ya conquistado, incluso un solo individuo no puede ser absoluta y fiablemente dominado más que bajo condiciones totalitarias globales. Por eso la ascensión al poder significa primariamente el establecimiento de una sede oficial y oficial¬ mente reconocida (o de sucursales en el caso de los países satélites) para el movimiento y la adquisición de una especie de laboratorio en el que realizar el experimento con, o, más bien, contra, la realidad, el experimento de organizar a un pueblo para unos objetivos últimos que desdeñan la individualidad tanto como la nacionalidad, bajo condiciones que son reconocidamente no perfectas, pero que resultan suficientes para obtener resultados parciales importantes. El totalitarismo en el poder utiliza la administración del estado para su fin de con¬ quista mundial a largo plazo y para la dirección de las sucursales del movimien¬ to; establece a la policía secreta como ejecutora y guardíana de su experimento doméstico de constante transformación de la realidad en ficción, y, finalmente, erige los campos de concentración como laboratorios especíales para realizar su experiencia de dominación total.
1, El llamado estado totalitario -
La historia nos enseña que la subida al poder y la responsabilidad afectan profundamente a la naturaleza de los partidos revolucionarios. La experiencia y el sentido común estaban perfectamente justificados al esperar que el tota¬ litarismo en el poder perdería gradualmente su empuje revolucionario y su carácter utópico, que la actividad cotidiana del gobierno y la posesión del po¬ der real moderarían las afirmaciones de los movimientos formulados antes de la conquista del poder y destruirían paulatinamente el mundo ficticio de sus organizaciones. Al fin y al cabo, parece corresponder a la verdadera naturaie-
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za de las cosas personales o públicas el que las exigencias y los objetivos extre¬ mados sean frenados por condiciones objetivas, y que la realidad, tomada en conjunto, esté sólo en muy pequeño grado determinada por la inclinación a ía ficción de una sociedad de masas de individuos atomizados.
Muchos de los errores del mundo no totalitario en sus relaciones diplomᬠticas con los gobiernos totalitarios (los más conspicuos fueron la confianza en el pacto de Munich, con Hitler, y en los acuerdos de Yalta, con Stalin) pueden fácilmente atribuirse al hecho de una experiencia y de un sentido común que, repentinamente, demostraron haber perdido su contacto con la realidad. Con¬ tra todo lo que cabía esperar, las concesiones importantes y el considerable aumento de su prestigio internacional no ayudaron a reintegrar a los países totalitarios a la comunidad de naciones ni les indujeron a abandonar su falsa queja de que todo el mundo se hallaba sólidamente alineado contra ellos. Lejos de impedir esto, las victorias diplomáticas precipitaron claramente su inclina¬ ción a los instrumentos de violencia y determinaron en todos ios casos un aumento de la hostilidad contra las potencias que se habían mostrado dispues¬ tas al compromiso.
Estas decepciones sufridas por políticos y diplomáticos hallan su paralelo en las primeras desilusiones de los observadores benévolos y de los simpati¬ zantes respecto de ios nuevos gobiernos revolucionarios. Lo que ellos espera¬ ban era el establecimiento de nuevas instituciones y la creación de un nuevo código legal que, por revolucionario que fuese en su contenido, conduciría a una estabilización de condiciones y frenaría así el impulso de los movimien¬ tos totalitarios al menos en los países donde se habían apoderado del poder. Lo que en vez de eso sucedió fue que el terror aumentó, tanto en la Rusia soviética como en la Alemania nazi, en proporción inversa a la existencia de una oposición política interna, de forma tal que pareció como si la oposición política hubiese sido no el pretexto del terror (como estaban dispuestos a afir¬ mar los acusadores liberales del régimen), sino el último obstáculo a su com ¬ pleta furia8.
Es bien sabido que,'en Rusia, «la represión de los socialistas y de ios anarquistas ha crecido en intensidad en fa misma proporción que ha aumentado la pacificación del país» (Antón Cilíga, The Russian Enigma, Londres, 1940, p. 24). Deutscher, op. cit„ p. 218, piensa que la razón de la desapa¬ rición del «espíritu libertario de ía revolución» en el momento de la victoria puede hallarse en-un cambio de actitud de los campesinos: se volvieron contra el bolchevismo «tanto más resueltamente cuanto más seguros estaban de que había quedado destrozado eí poder de los terratenientes y de los generales blancos». Esta explicación parece más bren débil a la vísta de las dimensiones que había de asumir el terror a partir de 1930. Además, no tiene en cuenta que el terror total no se desencadenó en la década de los años veinte, sino en la de de los treinta, cuando ía oposición de las clases campe¬ sinas ya no era un factor activo en la situación. También Jruschov (op. cit.) señala que las «medidas represivas extremas» no fueron empleadas contra la oposición durante la lucha contra los trots-
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Aún más inquietante fue ei trato que los regímenes totalitarios dispensa-ron a la cuestión constitucional. En los primeros años de su poder, los nazis promulgaron un alud de leyes y decretos, pero nunca se molestaron en abolir oficialmente la Constitución de Weimar; incluso dejaron más o menos intac¬ ta la Administración civil, hecho que indujo a muchos observadores nativos y extranjeros a esperar que operara como un freno del partido y a que se pro¬ dujera una rápida normalización del nuevo régimen. Pero cuando llegó a su final esta evolución, con la promulgación de las leyes de Nuremberg, resultó que los mismos nazis no mostraban preocupación alguna por su propia legis¬ lación. Más bien existía «solamente el constante progreso hacia campos siem¬ pre nuevos», de forma tal que, finalmente, «el objetivo y alcance de la policía secreta del estado», tanto como los de otras instituciones del estado o del par¬ tido creadas por los nazis, no pudieron en manera alguna «hallarse cubiertos por las leyes y reglamentos por ellos promulgados»9. En la práctica, este esta¬ do permanente de ilegalidad halló expresión en el hecho de que «ya no se ha¬ cían públicos cierto número de reglamentos válidos»10. Teóricamente, este hecho correspondía a la afirmación de Hitler según la cual «el estado total no debe conocer diferencia alguna entre la ley y la ética»11; porque, si se suponía
kystas y los buj an rostas, sino que «la represión contra ellos comenzó» mucho más tarde, cuando ya hacía largo tiempo que habían sido derrotados.
El terror del régimen nazi alcanzó su cota máxima durante la guerra cuando la nación alemana se hallaba realmente «unida». Su preparación se remonta a 1936, cuando había desaparecido toda resis¬ tencia interna organizada y cuando Himmler propuso una expansión de los campos de concentra¬ ción, Resulta característico este espíritu de opresión, sin relación con la resistencia, en el discurso pronunciado por Himmler en Jarkov en 1943 ante ios jefes de las SS: «Sólo tenemos una tarea..., rea¬ lizar sin piedad la lucha racial... Nunca permitiremos que se esfume esa excelente arma, ¡a pavorosa y terrible reputación que nos precedió en las batallas por Jarkov, sino que le proporcionaremos cons¬ tantemente un nuevo significado» (Nazi Conspiracy, IV, pp. 572 y ss.).
Véase Theodor Maunz, op. cit., pp. 5 y 49. Por una observación fortuita de uno de sus juristas constitucionales puede deducirse cuán poco importaban a los nazis las leyes y reglamentos que ellos mismos habían promulgado y que eran publicados regularmente por W. Hoche bajo el título de Die Gesetzgebung des Kabinetts Hitler (Berlín, 1933 y ss.). Consideraba Maunz que, pese a la ausencia de un nuevo y amplío orden legal, nunca había tenido lugar una «amplia reforma» (véase «Die deutsche Polizei», de Ernst R. Huber, en Zeitschrtfi fiir die gesatnte StaatsWissenschaft, tomo 101, 1940-1941, pp. 273 y ss.).
Maunz, op. cit., p. 49. Por lo que yo sé, Maunz es el tínico de los autores nazis que ha menciona- do esta circunstancia y la ha subrayado suficientemente. Sólo a través de los cinco volúmenes de Ver-fiigtmgen, Anordnungen, Bekanntgaben, que fueron compilados e impresos durante la guerra por la Cancillería del Partido, conforme a las instrucciones de M artin Bormann, es posible obtener un atis¬ bo de esta legislación secreta por la que en realidad era gobernada Alemania, Según el prólogo, los volúmenes se hallaban «destinados solamente para el trabajo interno del partido y debían ser consi¬ derados confidenciales». Cuatro de estos volúmenes, evidentemente muy raros, comparados con los cuales la compilación de Hoche de la legislación del gobierno de Hitler es simplemente una fachada, se encuentran en la Biblioteca Hoover.
u - Ésta fíie Ia'«advertencta» del Führer a los juristas en 1933, citada por Hans Frank, Nationalsozia¬ listische Leitsätzefiir ein neues deutsches Strafrecht, segunda parte, 1936, p. 8.
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que ía ley válida es idéntica a la ética común y procedía de su conciencia, entonces no existía, desdé luego, necesidad alguna de decretos públicos. La Unión Soviética, donde la Administración civil prerrevolucionaría fue exter¬ minada durante la revolución y donde el régimen prestó escasa atención a las cuestiones constitucionales durante el período de cambio revolucionario, lle¬ gó incluso a tomarse la molestia de promulgar una Constitución enteramen¬ te nueva y muy elaborada, la de 1936 («un velo de frases liberales y de asertos con la guillotina al fondo»)12, acontecimiento que fue jaleado en Rusia y en el exterior como ía conclusión del período revolucionario. Sin embargo, la publicación de la Constitución resultó ser el comienzo de la gigantesca super-purga que en casi dos años liquidó ía Administración existente y borró todos los rastros de vida normal y de recuperación económica que se habían desa¬ rrollado en los cuatro años siguientes a la liquidación dé los kulaks y la colec¬ tivización forzosa de la población rural13. Desde entonces, la Constitución de 1936 realizó exactamente el mismo papel que el desempeñado por la Consti¬ tución de Weimar bajo el régimen nazi; fue completamente marginada, pero jamás abolida. La única diferencia estribó en el hecho de que Stalin pudo permitirse un absurdo aún mayor: con la excepción de Vichinsky, todos aquellos que habían elaborado la nunca repudiada Constitución fueron eje¬ cutados como traidores.
Lo que sorprende al observador del estado totalitario no es ciertamente su estructura monolítica. Al contrario, todos ios verdaderos estudiosos del tema se hallan de acuerdo al menos acerca de la coexistencia (o el conflicto) de una autoridad dual, el partido y el estado. Muchos, además, han subraya¬ do la peculiar «falta de forma» del estado totalitario14, Thomas Masaryk vio
Deutscher, op. cit„ p. 381. Hubo unos primeros intentos de establecer una Constitución en 1918 y en 1924. La reforma constitucional de 1944 bajo la cual algunas repúblicas soviéticas habían de te¬ ner sus propios representantes en d exterior y sus propios ejércitos fue una maniobra táctica conce¬ bida para lograr para la Unión Soviética algunos votos adicionales en las Naciones Unidas.
Véase Deutscher, op, cít„ p. 375. Tras una atenta lectura del discurso de Stalin relativo a la Cons- titución {su Informe al VIIí Congreso Extraordinario de los Sóviets el 25 de noviembre de 1936), resulta evidente que nunca fue concebida como definitiva. Stalin declaró explícitamente: «Éste es el marco de nuestra Constitución en el momento histórico dado. Así la redacción de la nueva Consti¬ tución representa la suma total del camino ya recorrido, ía suma total de los logros ya existentes». En otras palabras, la Constitución estaba ya fechada en el momento en que Ere anunciada y tenía sim ¬ plemente un interés histórico. Que ésta no es simplemente una interpretación arbitraria lo demostró Molotov, quien, en su discurso sobre la Constitución, recoge el tema de Stalin y subraya la naturale¬ za provisional de toda la cuestión. «Hemos realizado la fase primera e inferior del comunismo. Ni siquiera ha sido completada esta primera fase del comunismo, la del socialismo; sólo se ha erigido el armazón de su estructura» (véase Die Verfassung des Sozialistischen Staates der Arbeiter und Bauem,
Éditions Prométhée, Estrasburgo, 1937, pp. 42 y 84).
14 «La vida constitucional alemana queda así caracterizada, en contraste con la de Italia, por su pro¬ funda falta de forma» (Franz Neumann, Bebemoth, 1942, apéndice, p. 521).
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muy pronto que eí «llamado sistema bolchevique nunca había sido nada más que una completa ausencia de sistema»15; y es perfectamente cierto que «incluso un experto se volvería loco si tratara de desvelar las relaciones entre el partido y eí estado» del III Reich16. También se ha observado frecuente¬ mente que la relación entre las dos fuentes de la autoridad, entre el estado y el partido, es de ostensible autoridad, de forma tal que la maquinaria del gobierno es habituaímente descrita como la fachada carente de poder que oculta y protege al verdadero poder del partido17.
Todos los niveles de la maquinaria administrativa del III Reich se halla¬ ban sujetos a una curiosa duplicación de organismos. Con una fantástica per¬ fección, los nazis se aseguraron de que cada función de la Administración del estado estuviera duplicada por algún órgano del partido18: la división de Ale¬ mania, trazada por la Constitución de Weimar, en estados y provincias fue duplicada por la división nazi en Gaue, cuyas fronteras, sin embargo, no coincidían, de forma tal que cada localidad pertenecía, incluso geográfica¬ mente, a dos unidades administrativas completamente diferentes19. Y la duplicación de funciones no fue abandonada cuando, después de 1933, nazis relevantes ocuparon los ministerios oficíales del estado, cuando Frick, por ejemplo, se convirtió en ministro del Interior o Guerthner en ministro de Justicia. Estos antiguos y leales miembros del partido perdieron su poder y se
Cita de Boris Souvarine, Stalin: A Critical Survey ofBolshevism, Nueva York, 1939, p. 695.
Stephen H. Roberts, The House that Hitler Built, Londres, 1939, p. 72.
El juez Robert H . Jackson, en su discurso de apertura de los procesos de Nuremberg, basó conse- cuentemente su descripción de la estructura política de la Alemania nazi en la coexistencia.de «dos gobiernos en Alemania: el auténtico y el ostensible. Durante cierto tiempo fueron mantenidas las formas de la República alemana, y éste fue el gobierno exterior y visible. Pero la verdadera autoridad en el estado se hallaba al margen y por encima de la ley y descansaba en el cuerpo directivo de! par¬ tido nazi» (Nazi Compiracy, I, 125). Véase también la distinción de Roberts, op. cit., p. 101, entre el partido y un estado fantasmal: «Obviamente, Hitler se inclinaba hacia el aumento de la duplicación de funciones».
Los estudiosos de la Alemania nazi parecen estar de acuerdo en señalar que el estado sólo poseía una autoridad ostensible. Para la única excepción, véase The Dual State, de Ernst Fraenkel, Nueva York y Londres, 1941, que afirma la coexistencia de un «estado normativo y un estado prerrogativo» viviendo en fricción constante como «partes competitivas y no complementarias del Reich alemán». Según Fraenkel, el estado normativo era mantenido por los nazis para la protección del orden capi¬ talista y de la propiedad privada y poseía plena autoridad en todas las cuestiones económicas, mien¬ tras que eí estado prerrogativo del partido gobernaba de forma suprema en todas las cuestiones polí¬ ticas.
13 «Para las posiciones de poder en eí estado que los nacionalsocialistas no pudieron ocupar con su propia gente crearon los correspondientes “organismos en la sombra” en su propia organización del partido, estableciendo de esta manera un segundo estado junto al estado...» (Konrad Heiden, Der Fuehrer; Hitler s Rise to Power, Boston, 1944, p. 616).
19’ O. C. Giles, The Gestapo, Oxford Pamphlets on World AfFairs, núm. 36, 1940, describe la cons¬ tante superposición de los departamentos del partido y del estado.
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tornaron tan carentes de influencia como otros funcionarios públicos. Am¬ bos se hallaban sometidos a la autoridad de hecho de Himmler, el jefe de la policía en ascenso que normalmente habría debido ser un subordinado del ministro del Interior20. Mejor conocido en el exterior fue el destino del anti¬ guo Ministerio alemán de Asuntos Exteriores de la Wiíhelmstrasse. Los nazis dejaron su personal casi intacto y desde luego jamás suprimieron el Ministe¬ rio; sin embargo, al mismo tiempo mantuvieron la Oficina de Asuntos Exte¬ riores del partido, que existía desde antes de la conquista del poder y que era dirigida por Rosenberg21; y como esta oficina se había especializado en el mantenimiento de contactos con las organizaciones fascistas en Europa oriental y en los Balcanes, establecieron otro órgano para competir con el Ministerio de la Wiíhelmstrasse, el llamado Ribbentrop Buró, que se ocupa¬ ba de los asuntos exteriores en Occidente y que sobrevivió al nombramiento de su jefe como embajador en Inglaterra, es decir, a su incorporación al apa¬ rato oficial de la Wiíhelmstrasse. Finalmente, además de estas instituciones del partido, el Ministerio de Asuntos Exteriores recibió otra duplicación bajo la forma de otra oficina de las SS, que era responsable «de la negociación con todos los grupos racialmente germánicos de Dinamarca, Noruega, Bélgica y Holanda»22. Estos ejemplos demuestran que para los nazis la duplicación de organismos era una cuestión de principio, y no sólo un medio para propor¬ cionar puestos a los miembros del partido.
Resulta característico urt memorándum del ministro del Interior, Frick, quien denotaba su resen- timiento por el hecho de que Himmler, jefe de las SS, tuviera un poder superior (véase Nazi Compi-racy, III, 547). Interesantes al respecto son las notas de Rosenberg acerca de un debate con Hitler en 1942: antes de la guerra, Rosenberg nunca había desempeñado un cargo de estado, pero pertenecía al círculo íntimo de Hitler. Ahora que se había convertido en ministro del Reich para los Territorios Ocupados en el Este, se enfrentaba constantemente con las «acciones directas» de otros plenipoten¬ ciarios (principalmente hombres de las SS), que le despreciaban porque ahora pertenecía al aparato ostensible del estado (véase ibíd., IV, pp. 65 y ss.). Lo mismo le sucedió a Hans Frank, gobernador general de Polonia, Hubo solamente dos casos en los que la obtención de una categoría ministerial no supuso pérdida alguna de poder o de prestigio: el deí ministro de Propaganda, Goebbels, y el del ministro del Interior, Himmler. Respecto de Himmler poseemos un memorándum, presumiblemen¬ te del año 1935, que refleja la simplicidad sistemática de los nazis en la regulación de las relaciones entre el partido y el estado. Este memorándum, que aparentemente surgió del círculo inmediato de Hider y fue hallado entre la correspondencia del Reichsadjudantur y la Gestapo, contiene una adver¬ tencia contra el nombramiento de Himmler como subsecretario del Ministerio del Interior, porque en este caso «ya no podría ser un jefe político» y «quedaría apartado del partido». Aquí también hallamos mencionado el principio técnico que regulaba las relaciones entre el partido y el estado: «Un Rekhikiter [un alto funcionario del partido] no debe estar subordinado a un Reichsminiíter [un alto funcionario del estado]». (Este memorándum, sin fecha y sin firma, y titulado Die gebeime Staatspoliz-íi, puede ser hallado en los archivos de la Biblioteca Hoover, carpeta P. V/iedemann.)
Véase el «Brief Report on Activities of Rosenbergs Foreign Affairs Bureau of the Party from 1933 to 1943», ibíd., III, pp. 27 yss.
Basada én un decreto del Führer del 12 de agosto de 1942, Véase Verfiigungen, Anordnungen, Bíkanntgaben, op, át„ núm, A 54/42.
EL TOTALITARISMO EN EL PODER 541
La misma división entre un gobierno real y uno ostensible se desarrolló desde sus comienzos en la Rusia soviética23. El gobierno ostensible surgió ori¬ ginariamente del Congreso Soviético Panruso, que durante la guerra civil perdió su influencia y su poder en beneficio del partido bolchevique. Este proceso comenzó cuando el Ejército Rojo se tornó autónomo y la policía política fue reinstaurada como órgano del partido y no del Congreso de los Sóviets24; quedó completado en 1923, durante el primer año del secretariado general de Stalin25. Desde entonces, los sóviets se convirtieron en el gobierno fantasma en cuyo centro, a través de las células constituidas por los miembros del partido, actuaban los representantes del verdadero poder, que eran nom ¬ brados por el Comité Central de Moscú y respondían ante él. El punto cru¬ cial en el desarrollo ulterior no fue la conquista de los sóviets por el partido, sino el hecho de que, «aunque no hubieran presentado dificultades, los bol¬ cheviques no realizaron la abolición de los soviets y los utilizaron como el símbolo decorativo exterior de su autoridad»26.
La coexistencia de un gobierno ostensible y de un gobierno real fue por eso parcialmente resultado de la misma revolución y precedió a la dictadura totalitaria de Stalin. Sin embargo, mientras los nazis retuvieron simplemente la administración existente y la privaron de todo poder, Stalin tuvo que revi¬ vir su gobierno fantasma, que a comienzos de la década de los años treinta había perdido todas sus funciones y estaba medio olvidado en Rusia; intro¬ dujo la Constitución soviética como el símbolo de la existencia, tanto como de la carencia de poder, de los sóviets (ninguno de sus párrafos tuvo el más mínimo significado práctico para la vida y para la jurisdicción en Rusia). El gobierno ruso ostensible, completamente carente del atractivo de la tradi¬ ción, tan necesario para una fachada, precisaba aparentemente del sagrado halo de la ley escrita. El desafío totalitario a la ley y a la legalidad — que «a pe¬ sar de los grandes cambios... sigue [permaneciendo como] la expresión de un
«Tras el gobierno ostensible existía un gobierno auténtico», que Víctor Kravchenko (I Chose Free-dom: The Personal Life ofa Soviet Official, Nueva York, 1946, p. 111) vio en el «sistema de la policía secreta».
u Véase A History ofBolschevism, de Arthur Rosenberg, Londres, 1934, capítulo VI. «Hay, en reali¬ dad, dos edificios políticos en Rusia que se alzan paralelos: el gobierno fantasmal de los sóviets y el gobierno defado del Partido bolchevique.»
Deutscher, op. d t, pp. 255-256, recapitula e! informe de Stalin ai XI1 Congreso del Partido sobre el trabajo del departamento de personal durante su primer año en la Secretaría General: «El año anterior sólo el 27 por ciento de los dirigentes regionales de los sindicatos eran miembros del parti¬ do. Ahora eran comunistas el 57 por ciento. El porcentaje de comunistas en la gerencia de las coope¬ rativas ha pasado del 5 al 50 por ciento; y en los puestos de mando de las fuerzas armadas, del 16 al 24. Lo mismo sucedió en todas las demás instituciones que Stalin describió como las “correas de transmisión’1 que unen al partido con el pueblo».
26 Arthur Rosenberg, op. cit„ loe. cit.
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orden constante deseado»27— encontró en la Constitución escrita soviética o en la nunca repudiada Constitución de Weimar un fondo permanente para su propia ilegalidad, el permanente reto ai mundo no totalitario y a sus nor¬ mas, cuyo desamparo e impotencia podían ser manifestados diariamente28.
La duplicación de organismos y la división de autoridad, la coexistencia del poder real y del ostensible, son suficientes para crear la confusión, pero no para explicar la «falta de forma» de toda la estructura. No debería olvidarse que sólo un edificio puede tener una estructura, pero que un movimiento, si la palabra ha de ser tomada tan seria y literalmente como la tomaban los nazis, sólo puede tener una dirección, y que cualquier forma de estructura legal o gubernamental únicamente puede ser un obstáculo para un movimiento que está siendo impul¬ sado con creciente velocidad en una determinada dirección. Incluso en la fase previa a la conquista del poder, los movimientos totalitarios representaban a aquellas masas que ya no deseaban vivir en ningún tipo de estructura, fuera cual friese su naturaleza; masas que habían comenzado a moverse con objeto de reba¬ sar las fronteras legales y geográficas firmemente protegidas por el gobierno. Por eso, juzgados por nuestras concepciones del gobierno y de la estructura deí esta¬ do, estos movimientos, mientras que se encuentran físicamente limitados a un territorio específico, deben tratar de destruir todas las estructuras, y para esta destrucción voluntaria no sería suficiente una simple duplicación de todos los organismos en las instituciones del partido y del estado. Como la duplicación supone una relación entre la fachada del estado y el núcleo interno del partido, también esto conduciría eventualmente a algún tipo de estructura en la que las relaciones entre el partido y el estado acabarían automáticamente en una regula¬ ción legal que restringiría y estabilizaría su respectiva autoridad25.
27 Maunz, op. cit.
Ei profesor R. Hoehn, jurista y Oherítumi bannfuhrer, expresó esto con las siguientes palabras: «Y hay todavía algo a lo que tienen que acostumbrarse ios extranjeros y también los alemanes: es decir, que ía tarea de la policía secreta del estado... ha sido asumida por una comunidad de personas, origi¬ nada dentro del movimiento y que sigue enraizada en él. Que cabe mencionar de pasada que el tér¬ mino policía det estado no tiene realmente en cuenta este hecho» (Gnmdfiagen der deutschen Polizei, Informe sobre la sesión constituyente de la Comisión de la Ley Policial de la Academia del Derecho Alemán, 11 de octubre de 1936, Hamburgo, 1937, con aportaciones de Frank Himmler y Hoehn). 19 Por ejemplo, un intento semejante por circunscribir Jas responsabilidades separadas y por contra¬ rrestar ía «anarquía de autoridad» fue el realizado por Hans Frank en Recht m d Venvaltung, 1939, y de nuevo en un discurso bajo el título de Technik des Staates, en 1941. Expresó la opinión de que las «garantías legales» no eran «prerrogativa de los sistemas liberales de gobierno» y que la administra¬ ción debería seguir siendo gobernada, como anteriormente, por las leyes del Reich, que eran ahora inspiradas y guiadas por el programa del partido nacionalsocialista. Precisamente porque Hitler deseaba evitar a cualquier precio semejante nuevo orden legal file por lo que nunca reconoció el pro¬ grama del partido nazi. Se mostraba indinado a hablar con desprecio de los miembros del partido que formulaban semejantes propuestas, describiéndoles como «eternamente ligados ai pasado», como personas «que son incapaces de saltar sobre su propia sombra» (Félix Kersten, Totenkopfund Treue, Hamburgo).
EL TOTALITARISMO EN EL PODER 543
De hecho, la duplicación de organismos, en apariencia resultado del pro¬ blema del partido estatal en todas las dictaduras unipartídistas, es sólo el sig¬ no más conspicuo de un fenómeno más complicado que resulta mejor defi¬ nido como multiplicación de organismos que como duplicación de éstos. Los nazis no se contentaron con establecer Gane junto a las antiguas provin¬ cias, sino que también introdujeron muchas otras divisiones geográficas con¬ forme a las diferentes organizaciones del partido: las unidades territoriales de las SA no se correspondían con los Gaue ni con las provincias: diferían, ade¬ más, de las de las SS, y ninguna de ellas correspondía a las zonas en las que se dividían las Juventudes Hitlerianas30. A esta confusión geográfica debe aña¬ dirse el hecho de que la relación original entre el poder real y el ostensible se repetía en todas partes, aunque en una forma siempre variable. El habitante del III Reich de Hitler vivía no sólo bajo las autoridades simultáneas y a menudo en conflicto de los poderes en competencia, tales como la Adminis¬ tración civil, el partido, las SA y las SS; nunca podía hallarse seguro y jamás se le decía explícitamente a qué autoridad debía considerar por encima de to¬ das las demás. Tenía que desarrollar un tipo de sexto sentido para conocer en un momento dado a quién obedecer y a quién desoír.
Por otra parte, aquellos que tenían que ejecutar órdenes que la jefatura, en interés del movimiento, consideraba como genuinamente necesarias — en contraste con las medidas gubernamentales, tales órdenes eran, desde luego, exclusivamente confiadas a las formaciones del partido— no se hallaban en mejor situación. Fundamentalmente, tales órdenes eran «intencionadamente vagas y formuladas con la esperanza de que quien las recibía reconocería la intención del que expresaba la orden y actuaría conforme a ello»31; porque las
«Los 32 Gane... no coinciden con las regiones administrativas o militares, ni siquiera con las 21 divisiones de las SA, o con las 10 regiones de las SS, o con las 23 zonas de las Juventudes Hitleria¬ nas... Tales discrepancias son aún más notables dado que no existe razón para ellas» (Robem, op. cit., P- 98).
31 Documentos de Nuremberg, PS 3063, en el «Centre de Documentation Juive», en París. El docu¬ mento es un informe del tribunal superior del partido acerca de «acontecimientos y actas de ios tri¬ bunales del partido relacionadas con las manifestaciones antisemitas del 9 de noviembre de 1938». Sobre la base de las investigaciones realizadas por la policía y por la oficina del fiscal superior, el tri¬ bunal llegó a la conclusión de que «todos los jefes del partido deben haber comprendido las instruc¬ ciones verbales del Reichspropagandaleiter en el sentido de que, para el exterior, el partido no desea aparecer como instigador de la manifestación, pero que en realidad tenía que organizaría y realizar¬ la... £1 reexamen de los escalones de mando ha mostrado... que el nacionalsocialista activo, moldea¬ do en la lucha previa a la conquista del poder / Kampjzeit], da por supuesto que las acciones en las que el partido no desea aparecer en el papel de organizador no son ordenadas con inequívoca clari¬ dad y hasta el último detalle. Por eso está acostumbrado a comprender que una orden puede signifi¬ car algo más que su contenido verbal, ya que se ha hecho más o menos rutinario que el que da la or¬ den, en interés del partido..., no diga todo y sólo insinúe lo que quiere que se logre mediante la or¬ den... Así, las... órdenes — por ejemplo..., que no se debería culpar ai judío Grünspan, sino a toda la
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formaciones de ¿lite en manera alguna estaban simplemente obligadas a obe¬ decer las órdenes del Führer (esto era, por lo demás, obligatorio para todas las organizaciones existentes), sino a ejecutar la voluntad de la jefatura52. Y, como puede suponerse por los laboriosos procesos concernientes a «excesos» ante los tribunales del partido, esto no era en manera alguna una y la misma cosa. La única diferencia radicaba en que las formaciones de élite, gracias a su adoctrinamiento especial para tales fines, habían sido preparadas para com¬ prender que ciertas «indicaciones significaban más que su simple contenido verbal»53.
Técnicamente hablando, el movimiento, dentro del aparato de domina¬ ción totalitaria, deriva su movilidad del hecho de que la jefatura desplaza constantemente el centro real del poder, a menudo hacia otras organizacio¬ nes, pero sin disolver o denunciar públicamente a los grupos que han sido así privados de su poder. En el primer período del régimen nazi, inmediatamen¬ te después del incendio del Reichstag, las SA eran la verdadera autoridad, y el partido, la autoridad ostensible; el poder se desplazó después de las SA a las
y, finalmente, de las SS al Servicio de Seguridad34. El hecho es que ningu- no de los órganos del poder llegó a ser siquiera privado de su derecho a pre¬ tender que encarnaba la voluntad del jefe35. Pero no sólo era la voluntad del jefe tan inestable que, en comparación con ella, los caprichos de los déspotas
judería, por la muerte de! camarada deí partido von Rath..., tendrían que llevarse pistolas.... cada
hombre de las SA debería saber lo que tenía que hacer—- fueron entendidas por cierto número de subjefes en el sentido de que debería derramarse sangre judía por la sangre del camarada del partido von Rath.,.». Es especialmente significativo el final deí informe, en el que el tribunal superior del partido señala abiertamente una excepción a estos métodos: «Cuestión muy diferente es si, en inte¬ rés de la disciplina, no debe ser relegada al pasado la orden, que es intencionadamente vaga y que ha sido formulada con la esperanza de que quien la reciba reconocerá la intención del que la da y actúe de conformidad». Aquí también hubo personas que, en palabras de Hitler, «fueron incapaces de sal¬ tar sobre su propia sombra» e insistieron en medidas legislativas porque no comprendían que la ley suprema no era la orden, sino la voluntad deí Führer. Resulta particularmente clara la diferencia en¬ tre la mentalidad de las formaciones de élite y las de los organismos deí partido.
Best (op. cit.) lo expresa de esta forma: «Mientras los policías ejecuten la voluntad de la jefatura, estarán actuando dentro de la ley; si es transgredida la voluntad de la jefatura, no es la policía, sino un miembro de la policía eí que ha cometido una violación».
Véase nota 31.
En 1933, tras el incendio del Reichstag, «los jefes de las SA eran más poderosos que los Gauleiter. También negaron obediencia a Goeríng». Véase la declaración jurada de Rudolf Diels en Nazi Cons¬ pira^ V, p. 224; Diels fue jefe de la policía política bajo Goring.
Obviamente, fas SA acusaron su pérdida de categoría y de poder dentro de la jerarquía nazi y tra- taron desesperadamente de guardar las apariencias. En sus publicaciones —Der-SA-Mann, Das Ar¬ chín, etc.— pueden hallarse muchas indicaciones veladas y claras de su imponente rivalidad con las SS. Más interesante es el hecho de que Hitler todavía en 1936, cuando las SA habían perdido ya su poder, las tranquilizara en un discurso: «Todo lo que sois, lo sois por mí; y todo lo que yo soy sola¬ mente lo soy por vosotros». Véase Ernst Bayer, Die SA, Berlín, 1938, Citas de Nazi Consptracy, IV, p.
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orientales son un brillante ejemplo de constancia; la división consistente y siempre cambiante entre la autoridad real secreta y la representación abier¬ ta y ostensible convertía a la sede real del poder en un misterio por defini¬ ción, y ello hasta tal grado que los mismos miembros de la camarilla domi¬ nante no podían estar nunca absolutamente seguros de su propia posición en la jerarquía secreta del poder. Alfred Rosenberg, por ejemplo, a pesar de sü larga carrera en el partido y de su impresionante acumulación de poder ostensible y de cargos en la jerarquía del partido, todavía hablaba de la crea¬ ción de una serie de estados en Europa oriental como muralla de seguridad frente a Moscú en una época en que los investidos del verdadero poder ya ha¬ bían decidido que ninguna estructura estatal sucedería a la derrota de la Unión Soviética y que la población de los territorios ocupados del este care¬ cería definitivamente de estado y por ello podría ser exterminada30. En otras palabras, como el conocimiento de aquel a quien hay que obedecer y una consolidación comparativamente permanente de la jerarquía introducirían un elemento de estabilidad que está esencialmente ausente de la dominación totalitaria, los nazis repudiaban constantemente la autoridad real allí donde surgía a la luz y creaban nuevos ejemplos de gobiernos, comparados con los cuales el antiguo se convertía en un gobierno fantasma —juego que, como es lógico, podía continuar indefinidamente. Una de las diferencias técnicas más importantes entre el sistema soviético y el nacionalsocialista es que Stalin, allí donde desplazaba el énfasis del poder de un aparato a otro, tendía a liquidar al aparato junto con su personal, mientras que Hitler, a pesar de sus desdeño¬ sos comentarios acerca de personas que «son incapaces de saltar sobre sus propias sombras»37, se mostraba perfectamente deseoso de continuar utili¬ zando estas sombras, aunque fuera en otra función.
La multiplicación de organismos resultó extremadamente útil para el constante desplazamiento del poder; cuanto más tiempo, además, permane¬ ce en el poder un régimen totalitario, mayor es el número de organismos y la posibilidad de cargos exclusivamente dependientes del movimiento, dado que no es suprimido ningún organismo al ser liquidada su autoridad. El régi¬ men nazi comenzó esta multiplicación con una coordinación inicial de todas
3<s Compárese e! discurso de Rosenberg en junio de 1941 — «Creo que nuestra tarea política consis¬ tirá en... organizar a estos pueblos en ciertos tipos de cuerpos políticos... y en constituirles contra Moscú»— con el «Memorándum sin fecha para la administración de los territorios ocupados del este: «Con la disolución de la URSS tras su derrota, no quedará ningún cuerpo político en los terri¬ torios del este, y por eso... no quedará nacionalidad para su población» (Trialof the Major War Cri¬ mináis, Nuremberg, 1947, XXVI, pp. 616 y 604, respectivamente).
Hitlers Tischgespräche, Bonn, 1951, p. 213. Hitler se refiere a algunos altos funcionarios nazis que abrigaban reservas acerca de! asesinato sin remordimiento de aquellos a los que describía como «cha¬ tarra humana» [GesoxJ (véanse pp. 248 yss.).
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las asociaciones, sociedades e instituciones existentes. Lo interesante en esta manipulación de alcance nacional fue que la coordinación no significó la incorporación a las respectivas organizaciones del partido ya existentes. El resultado fue que hasta el final del régimen no hubo una sino dos organiza¬ ciones estudiantiles nacionalsocialistas, dos organizaciones femeninas nazis, dos organizaciones de profesores universitarios, dos de abogados, dos de médicos, etc.38. No era en manera alguna seguro que en todos los casos fuera la organización originaria del partido más poderosa que su contrapartida coordinada39. Nadie podía predecir con seguridad qué órgano del partido se alzaría dentro de las filas de la jerarquía interna del partido40.
Un ejemplo clásico de esta deliberada falta de forma sucedió en la orga¬ nización del antisemitismo científico. En 1933 se fundó en Munich un insti¬ tuto para el estudio de la cuestión judía («Institutzur Erforschung der Juden-frage»), que, dado que la cuestión judía había presumiblemente determinado toda la historia alemana, amplió rápidamente sus dimensiones hasta conver¬ tirse en un instituto de investigaciones sobre la historia moderna de Alema¬ nia. Dirigido por el bien conocido historiador Walter Frank, transformó las facultades tradicionales en cátedras de enseñanza ostensible o simples facha¬ das. En 1940 se fundó en Frankfurt otro instituto para el estudio de la cues¬ tión judía, bajo la dirección de Alfred Rosenberg, cuyo nivel como miembro del partido era considerablemente elevado. El instituto de Munich, en conse¬ cuencia, fue relegado a una existencia fantasmal. Se suponía que la institu¬ ción de Frankfurt y no la de Munich era la que había de recibir los tesoros del saqueo de las colecciones de los judíos europeos y la que había de convertirse
is Por ío que se refiere a la variedad de organizaciones superpuestas del partido, véanse Rang- und Organisationsliste der NSDAP, Stuttgart, 1947, y Nazi Conspiracy, I, 178, que distingue cuatro cate¬ gorías principales: 1) Gliederungen der NSDAP, existentes antes de la subida al poder; 2) Angescbtos-sene Verbände der NSDAP, que comprende aquellas sociedades que habían sido coordinadas; 3) Betreute Organisationen der NSDAP; y A) Weitere nationalsozialistische Organisationen. Casi en cada categoría se puede encontrar una diferente organización estudiantil femenina de maestros y trabaja¬ dores,
i9 La gigantesca organización de obras públicas, dirigida por Todt y más tarde por Albert Speer, fue creada por Hitler al margen de todas tas jerarquías y afiliaciones del partido. Puede que esta organi¬ zación fuera utilizada contra ía autoridad del partido e incluso de las organizaciones policíacas. Resulta notable que Speer pudiera arriesgarse a señalar a Hitler (durante una conferencia en 1942) ía imposibilidad de organizar ía producción bajo el régimen de Himmler y que incluso llegara a pedir jurisdicción sobre la mano de obra esclava y los campos de concentración. Véase Nazi Conspiracy, I, pp. 916-917.
Una sociedad tan inocua y carente de importancia como, por ejemplo, la NSKK (organización de automovilistas nacionalsocialistas, fundada en 1930) se vio de repente alzada, en 1933, al estatus de formación de élite, compartiendo con las SA y Jas SS el privilegio de ser una unidad de afiliación independiente dentro del partido. Nada siguió a este ascenso en la jerarquía nazi. Retrospectivamen¬ te, todo parece una vana amenaza a las SA y a las SS,
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ea sede de una amplia biblioteca sobre el judaismo. Sin embargo, cuando unos pocos años más tarde llegaron realmente a Alemania estas colecciones, sus más preciados ejemplares no fueron a Frankfurt, sino a Berlín, donde fue¬ ron recibidos por el departamento especial de la Gestapo de Hitler para la liquidación (y no simplemente el estudio) de la cuestión judía, que era dirigi¬ do por Eichmann. Ninguna de las instituciones anteriores llegó a ser supri¬ mida, de forma tal que en 1944 la situación era ésta: tras la fachada de los departamentos universitarios de historia se alzaba amenazador el poder más real del instituto de Múnich; tras éste se elevaba el instituto de Rosenberg, en Frankfurt, y sólo tras estas tres fachadas, oculto y protegido por ellas, descan¬ saba el centro real de la autoridad, el Reicbssicherheksbauptamt, una división especial de la Gestapo.
La fachada del gobierno soviético, a pesar de su Constitución escrita, es aún menos impresionante, erigida aún más exclusivamente para la observación exterior que la Administración del estado que los nazis here¬ daron de la República de Weimar y que conservaron. Careciendo de la acumulación original de organismos en el período de coordinación, el régimen soviético se apoya aún más en la constante creación de nuevos organismos para colocar en la sombra a los antiguos centros de poder. El gigantesco aumento del aparato burocrático inherente a este método fue frenado por una repetida liquidación mediante las purgas. Sin embargo, también en Rusia podemos distinguir al menos tres organizaciones estric¬ tamente separadas: el aparato soviético o estatal, el aparato del partido y el aparato de la NKVD, cada uno de los cuales tiene su propio departamen¬ to independiente de economía, un departamento político, un Ministerio de Educación y Cultura, un departamento militar, etc.4*.
En Rusia, el poder ostensible de la burocracia del partido contra el poder real de la policía secreta corresponde a la duplicación originaria del partido y del estado, tal como se conoció en la Alemania nazi, y la multiplicación se torna evidente sólo en la misma policía secreta, que es una red extremada¬ mente complicada y completamente ramificada de agentes, dentro de la cual a cada departamento se le asigna la tarea de supervisar y espiar al otro. Cada empresa de la Unión Soviética cuenta con su departamento especial de la policía secreta, que espía indistintamente a los miembros del partido y al per¬ sonal ordinario. Coexistente con este departamento hay otra división de la policía en el mismo partido, que también vigila a todo el mundo, incluyendo a los agentes de la NKDV, y cuyos miembros no son conocidos de la organi¬ zación rival. Además de estas dos organizaciones de espionaje hay que contar
Beck y W. Godin, Russian Purge and the Extraction of Confession, 1951, p. 153.
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con los sindicatos en las fábricas, que deben vigilar que los trabajadores cum ¬ plan las cuotas prescritas. Mucho más importante, sin embargo, que estos aparatos es «el departamento especial» de la NKVD, que representa «una NKVD dentro de la NKVD», es decir, una policía secreta dentro de la poli¬ cía secreta42. Todos los informes de estas organizaciones policíacas en compe¬ tencia acaban en el Comité Central de Moscú y en el Politburó. Allí se decL de cuál de los informes es el decisivo y a qué división policíaca se le confiarán las respectivas medidas policíacas. Ni el habitante medio del país ni ninguno de los departamentos de policía conoce, desde luego, cuál será la decisión; hoy puede ser la división especial de la NKVD; mañana, la red de agentes del partido; al día siguiente pueden ser los comités locales o alguna de las organi¬ zaciones regionales. Entre todos estos departamentos no existe una jerarquía legalmente enraizada del poder o de la autoridad; la única certidumbre es que, eventuaimente, uno de ellos será elegido para encarnar «la voluntad de la jefatura».
La única regla de la que todo el mundo puede estar seguro en un estado totalitario es que, cuanto más visibles son los organismos del gobierno, me¬ nor es su poder, y que cuanto menos se conoce una institución, más podero¬ sa resultará ser en definitiva. De acuerdo con esta norma, los sóviets, recono¬ cidos por una Constitución escrita como la más alta autoridad del estado, tie¬ nen menos poder que el partido bolchevique; el partido bolchevique, que recluta abiertamente a sus afiliados y es reconocido como la clase dominante, tiene menos poder que la policía secreta; el poder auténtico comienza donde empieza el secreto. A este respecto, los estados nazi y bolchevique eran muy parecidos. Su diferencia descansaba principalmente en la monopolización y en la centralización de los servicios secretos policíacos en Hitler, por una par¬ te, y, por otra, en el haz de actividades policíacas aparentemente no relaciona¬ das ni conectadas, en Rusia.
SÍ consideramos el estado totalitario exclusivamente como un instru¬ mento de poder y dejamos al margen los aspectos de su eficiencia administra¬ tiva, su capacidad industrial y su productividad económica, entonces su falta de forma resulta ser un instrumento idealmente apto para la realización del llamado principio del jefe. Lina continua competencia entre organismos que no sólo tienen fundones superpuestas, sino que se hallan encargados de idén-43
Ibfd., pp. 159 y ss. Según otros informes, existen diferentes ejemplos de la vacilante multiplica- ción del aparato de la policía soviética, principalmente las asociaciones locales y regionales de la NKVD, que trabajan independientemente unas de otras y que tienen su contrafigura en las redes locales y regionales de agentes del partido. Corresponde a la naturaleza de las cosas el hecho de que conozcamos de las condiciones rusas considerablemente menos que lo que conocemos de la Alema¬ nia nazi, especialmente por lo que se refiere a detalles organizativos.
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ticas tareas43, no deja casi ninguna posibilidad de ser efectivos a la oposición o al sabotaje; un rápido desplazamiento en el énfasis que relegue a un orga¬ nismo a la sombra y eleve a otro a la autoridad puede resolver todos los pro¬ blemas sin que nadie llegue a ser consciente del cambio o del hecho de que haya existido oposición, siendo ventaja adicional del sistema la probabilidad de que el organismo en competencia jamás llegue a conocer su derrota, dado que no es suprimido en absoluto (como en el caso del régimen nazi) o es liquidado mucho más tarde, sin relación alguna aparente con la cuestión específica. Esto puede realizarse aán más fácilmente dado que nadie, excepto los pocos iniciados, conoce la relación exacta entre las autoridades. Sólo de vez en cuando el mundo no totalitario capta un atisbo de estas condiciones, como, por ejemplo, cuando un alto funcionario en el exterior confiesa que un oscuro empleado administrativo de una embajada era su superior inme¬ diato. En retrospectiva, a menudo es posible determinar por qué ocurrió semejante pérdida de poder o, más bien, lo que en definitiva sucedió. Por ejemplo, no es difícil de comprender hoy por qué, cuando estalló la guerra, personas como Alfred Rosenberg o Hans Frank fueron destinadas a cargos del estado y eliminadas así del verdadero centro del poder, es decir, del círcu¬ lo íntimo del Führer44. Lo importante es que no solamente no conocían las razones de semejantes actos, sino que, presumiblemente, ni siquiera sospe¬ charon que, puestos en apariencia tan relevantes como el de gobernador general de Polonia o el de ministro del Reich para todos ios territorios orien¬ tales, no significaban la cota máxima, sino el final de sus carreras en el nacio¬ nalsocialismo. El principio del jefe no establece una jerarquía en el estado totalitario más de lo que lo hace en el movimiento totalitario; la autoridad no se filtra desde arriba a través de capas sucesivas hasta llegar a la base del cuer¬ po político, tal como sucede en los regímenes autoritarios. La razón de hecho es que no existe jerarquía sin autoridad y que, a pesar de los numerosos malentendidos relativos a la llamada «personalidad autoritaria», el principio de la autoridad es en todos los aspectos importantes díametraímente opuesto al de la dominación totalitaria. Al margen por completo de sus orígenes en la historia romana, la autoridad, cualquiera que sea su forma, siempre significa
Según el testimonio de uno de sus antiguos subordinados (Nazi Consphracy, Ví, p. 461), era «espe- cialidad de Himmler dar una misma tarea a dos personas diferentes».
En ei ya mencionado discurso (véase nota 29), Hans Frank mostró que hasta cierto punto desea- ba estabilizar el movimiento, y sus numerosas quejas como gobernador general de Polonia atestiguan una completa falta de comprensión de las tendencias deliberadamente antiudlítarias de la política nazi. No puede comprender por qué los pueblos sometidos son exterminados en vez de explotados. Rosenberg, a los ojos de Hider, era racialmente inseguro, porque pretendía establecer estados satéli¬ tes en los territorios conquistados del este y no comprendía que la política demográfica de Hider se orientaba hacia el despoblamiento de estos territorios.
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una restricción o una limitación de la libertad, pero nunca su abolición. La dominación totalitaria, empero, se orienta a la abolición de la libertad, inclu¬ so a la eliminación de la espontaneidad humana en general, y en forma algu¬ na a una restricción de la libertad, por tiránica que sea. Técnicamente, esta ausencia de cualquier autoridad o jerarquía en el sistema totalitario se advier¬ te en el hecho de que entre el poder supremo (el Führer) y ios dominados no existen niveles fiables de intervención, cada uno de los cuales habría de reci¬ bir su debida proporción de autoridad y de obediencia. La voluntad del Füh¬ rer puede ser encamada en todas partes y en todo momento, y él no está liga¬ do a ninguna jerarquía, ni siquiera a la que pueda haber establecido él mis¬ mo. Por eso no es exacto decir que el movimiento, tras haberse apoderado del poder, fonda una multiplicidad de principados en cuyos territorios cada pequeño jefe es libre de hacer lo que le plazca y de imitar al gran jefe de la cumbre45. La afirmación nazi de que «el partido es la orden de ios Führers»46 era una simple mentira. De la misma manera que la multiplicación infinita de organismos y la confusión de la autoridad conducen a una situación en la que cada ciudadano se siente directamente enfrentado con la voluntad del jefe, que arbitrariamente escoge el órgano ejecutante de sus decisiones, así el millón y medio de «Führers» en todo el III Reich47 sabían muy bien que su autoridad se derivaba principalmente de Hitler, sin intervención de los suce¬ sivos niveles de una jerarquía operante48. La dependencia directa era real, y la jerarquía operante, desde luego de importancia social, era una imitación ostensible y espuria de un estado autoritario.
El monopolio absoluto del poder y de la autoridad que posee el jefe es más evidente en la relación entre él y su jefe de policía, el cual en un estado totali¬ tario ocupa la posición pública más poderosa. Sin embargo, a pesar del enor¬ me material y del poder organizador que tiene a su disposición como jefe de un verdadero ejército policíaco y de todas las formaciones de élite, el jefe de la policía, aparentemente, ni siquiera se halla en situación de apoderarse del po¬ der y de convertirse en dominador del país. Así, antes de la caída de Hitler,
La noción de una división en «pequeños principados» que formaban «una pirámide de poder ai margen de la ley con el Führer en la cima» es de Robert H. jackson. Véase cap. XII de Nazi Conspi-racy, II, pp. I y ss. Para impedir el establecimiento de semejante estado autoritario, Hitler, en fecha tan temprana como 1934, promulgó el siguiente decreto del partido: «La fórmula de tratamiento Mein Führer queda reservada exclusivamente para el Führer. Por ello, prohíbo a todos los subjefes del NSDAP que permitan que se les dé tratamiento de Mein Reichsleiter, etc., bien de palabra o por escrito. La forma de tratamiento tiene que ser Pg. [Partetgenosse, camarada del partido]... o Gauleher, etc,». Véase Verfiipmgen, Ánordnungen, Bekanntgaben, op. df„ decreto deí 20 de agosto de 1934.
4S Véase el Organisaúonsbuch der NSDAP.
Véase el mapa 14 en el vol. IH de Nazi Compiracy.
Todos los juramentos en el partido, así como en las formaciones de élite, eran formulados en nombre de Adoíf Hitler.
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Himmíer nunca soñó con rozar la reivindicación de la jefatura de Híder49y ja¬ más fue propuesto como sucesor de Hitler. Aún más interesante en este con¬ texto es el fatídico intento de Beria por lograr el poder tras la muerte de Sta-lin. Aunque Stalín jamás había permitido a ninguno de sus jefes de policía dis¬ frutar de una situación comparable a la de Himmíer durante los últimos años de la dominación nazi, Beria disponía de fuerzas suficientes para desafiar la dominación del partido tras la muerte de Stalin, ocupando simplemente todo Moscú y todos los accesos al Kremlin; nadie, excepto el Ejército Rojo, habría podido haber impedido su reivindicación del poder, y ello habría conducido a una sangrienta guerra civil cuyo resultado en manera alguna habría sido segu¬ ro. Lo cierto es que Beria abandonó voluntariamente todos sus cargos sólo unos pocos días después, aunque debería haber sabido que perdería la vida por haberse atrevido durante unos días a desplegar el poder de la policía contra el poder del partido50.
Esta falta de poder absoluto no impide, desde luego, al jefe de la policía organizar su aparato de acuerdo con los principios del poder totalitario. Así resulta notable ver cómo Himmíer, tras su nombramiento, comenzó la reor¬ ganización de la policía alemana introduciendo en el ya centralizado aparato de la policía secreta la multiplicación de organismos; es decir, aparentemen¬ te, hizo lo que todos los expertos del poder, anteriores a los regímenes totali¬ tarios, habrían considerado como una descentralización proclive a una dismi¬ nución del poder. Al servido de la Gestapo, Himmíer añadió primeramente el Servicio de Seguridad, en un principio una división de las SS y fundado como organismo de policía en el seno del partido. Mientras que las oficinas principales de la Gestapo y del Servicio de Seguridad se hallaban eventual-mente centralizadas en Berlín, las sucursales regionales de estos dos grandes servicios secretos conservaron sus identidades separadas y cada una informa¬ ba directamente a la propia oficina de Himmíer en Berlín51. En el curso de la guerra, Himmíer añadió dos nuevos servicios de información: uno, consti¬ tuido por los llamados inspectores, que se suponía que habían de coordinar y controlar el Servicio de Seguridad con la policía y que se hallaban sujetos a la
El primer paso de Himmler en esta dirección se produjo en el otoño de 1944, cuando, por propia iniciativa, ordenó que fueran desmanteladas las instalaciones de gas en los campos de exterminio y que se detuvieran las matanzas masivas. Ésta fue su forma de iniciar negociaciones de paz con las potencias occidentales. Resulta suficientemente interesante que, al parecer, Hitler nunca fue infor¬ mado de tales preparativos; se supone que nadie se atrevió a decirle que se había abandonado ya uno de sus más importantes fines bélicos. Véase Bréviaire de la baine, de Léon Poliakov, 1951, p. 232.
Para los acontecimientos que siguieron a la muerte de Stalin, véase American in Russia, de Harri- son E. Salisbury, Nueva York, 1955.
5|- Véase el excelente análisis de la estructura de la policía nazi en Nazi Conspiracy, pp. 250 y ss., p.
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jurisdicción de las SS; el segundo era un organismo de información específi¬ camente militar, que actuaba independientemente de las fuerzas militares del Reich y que finalmente logró absorber al propio Servicio de Información del Ejército52.
La completa ausencia de revoluciones palaciegas, triunfantes o fracasadas, es una de las más notables características de las dictaduras totalitarias (con una excepción, ningún nazi insatisfecho tomó parte en la conspiración militar contra Hitler de julio de 1944). En la superficie, el principio del jefe parece invitar a sangrientos cambios deí poder personal sin un cambio de régimen. Éste no es más que uno de ios muchos indicios de que la forma totalitaria de gobierno tiene muy poco que ver con el ansia de poder o incluso con el deseo de una máquina generadora de poder, con el juego del poder que fue caracte¬ rístico de las últimas fases de la dominación imperialista. Técnicamente hablando, sin embargo, es una de las más importantes indicaciones de que el gobierno totalitario, pese a todas las apariencias, no es la dominación de una camarilla o de una banda53. Las pruebas de la dictadura de Hitler, tanto como las de la dictadura de Stalin, apuntan claramente al hecho de que el aislamien¬ to de individuos atomizados no sólo proporciona la base de masas para la dominación totalitaria, sino que afecta a la propia cumbre de toda la estructu¬ ra. Stalin fusiló a casi todos los que podían afirmar que pertenecían a la cama¬ rilla dominante y desplazó una vez y otra a los miembros del Politburó siem¬ pre que se hallaba a punto de consolidarse una camarilla. Hitler destruyó en la Alemania nazi a las camarillas con medios menos drásticos: la única purga sangrienta fue la dirigida contra la camarilla de Rohm, que, desde luego, se mantenía firmemente unida gracias a la homosexualidad de sus miembros dirigentes; impidió la formación de camarillas mediante cambios constantes de poder y de autoridad y los desplazamientos frecuentes de los íntimos de su círculo inmediato, de forma tal que se evaporó rápidamente la antigua solida¬ ridad entre quienes habían llegado al poder con él. Parece obvio, además, que la monstruosa infidelidad que es descrita con trazos casi idénticos como el ras¬ go sobresaliente de los caracteres de Hitler y de Stalin no les permitía presidir nada tan duradero y durable como una camarilla. Pese a todo, el hecho es que
Ibíd., p. 252.
Franz Neumann, op, cit., pp. 251 y ss., duda de «si Alemania puede ser llamada un estado. Es más una banda en la que los jefes se ven obligados a asentir después de no estar de acuerdo». Las obras de Konrad Heiden resultan representativas de la teoría del gobierno mediante una camarilla. Con res¬ pecto a la formación de las camarillas en torno de Hitler, resultan completamente ilustrativas The BormHnn Letters, publicadas por Trevoe-Roper. En el proceso de los médicos («Los Estados Unidos contra Karl Brand y otros», sesión del 13 de mayo de 1947), Víctor Brack declaró que, en una fecha tán temprana como 1933, Bormann, actuando sin duda conforme a órdenes de Hitler, había comenzado a organizar un grupo de personas que se hallaba por encima del estado y del partido.
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no existe interrelación entre quienes desempeñan cargos; no se hallan ligados por un estatus igual en una jerarquía política o por la relación entre superiores e inferiores, ni siquiera por las inciertas lealtades de los gángsters. En la Rusia soviética todo el mundo sabe que el jefe superior de un gran complejo indus¬ trial, al igual que el ministro de Asuntos Exteriores, puede ser degradado cual¬ quier día hasta el más bajo estatus social y político y reemplazado en su pues¬ to por un perfecto desconocido. Por otra parte, la complicidad de los gángsters, que desempeñó algún papel en las primeras fases de la dictadura nazi, pierde toda su fuerza cohesiva porque el totalitarismo utiliza su poder precisamente para difundir esta complicidad a través de la población hasta haber organiza¬ do la culpabilidad de todo el pueblo bajo su dominación54.
La ausencia de una camarilla dominadora ha hecho especialmente des¬ concertante e inquietante la cuestión de la sucesión del dictador totalitario. Es cierto que este tema ha obsesionado a todos los usurpadores, y resulta completamente característico que ninguno de los dictadores totalitarios haya recurrido al antiguo sistema de establecer una dinastía y de designar suceso¬ res a sus hijos. Frente a los numerosos y por eso autodestructores nombra¬ mientos de Hítíer se alza el método de Staíin, que hizo de la sucesión uno de los más peligrosos honores en la Unión Soviética. Bajo las condiciones totali¬ tarias, el conocimiento del laberinto de las correas de transmisión iguala al poder supremo, y cada sucesor designado que llega a saber lo que está suce¬ diendo es automáticamente depuesto tras un cierto tiempo. Una designación válida y relativamente permanente presupondría además la existencia de una camarilla cuyos miembros compartieran con el jefe el monopolio del conoci¬ miento de lo que está sucediendo y esto es algo que el jefe debe evitar por to¬ dos ios medios. Hitler explicó una vez esto en sus propios términos a los jefes supremos de la Wehrmacht que, en medio del torbellino de la guerra, se preocupaban presumiblemente de este problema: «Como factor último debo, con toda modestia, declarar irreemplazable a mi propia persona... El destino del Reich depende solamente de mí»55. No hay necesidad de apreciar ironía alguna en la palabra modestia; el jefe totalitario, en marcado contraste
Compárese con k contribución de k autora ai debate deí problema de la culpabilidad alemana: «Organízed Guilt», en Jewtsh Frontkr, enero de 1945-
En un discurso pronunciado el 23 de noviembre de 1939, cita de Tríal ofMnjor Wcir Crimináis, vol. 26, p. 332. Que esta afirmación era más que una casual aberración histórica resulta evidente gra¬ cias al discurso de Himmter (la transcripción estenográfica puede hallarse en los archivos de k Biblioteca Hoover, carpeta Himmler, legajo 332) en la conferencia de jefes en Posen en marzo de 1944, Dijo: «¿Qué valores podemos colocar en k balanza de la historia? Ei valor de nuestro pueblo...
El segundo, y yo diría que aún más grande valor, es la persona única de nuestro Führer Adolf Hit-ler..., que, por vez primera al cabo de dos mil años..., fue enviado a la raza germánica como un gran jefe...».
TOTALITARISMO
con todos los anteriores usurpadores, déspotas y tiranos, parece creer que la cuestión de su sucesión no es excesivamente importante, que no se requieren para ocupar el puesto cualidades o preparación especiales, que eventualmen¬ te el país obedecerá a cualquiera que resulte haber obtenido la designación como sucesor en el momento de su muerte y que ningún rival sediento de poder le disputará su legitimidad556.
Como técnicas de gobierno, los recursos totalitarios parecen simples e ingeniosamente eficaces. No sólo aseguran un absoluto monopolio del po¬ der, sino una certidumbre sin paralelo de que todas las órdenes serán ejecuta¬ das; la multiplicidad de las correas de transmisión, la confusión de la jerar¬ quía, afirman la completa independencia del dictador respecto de todos sus inferiores y hacen posibles los rápidos y sorprendentes cambios de política por los que se ha hecho famoso el totalitarismo. El cuerpo político del país se halla a prueba de choques por obra de su falta de forma.
Las razones por las que jamás fue anteriormente ensayada tan extraordi¬ naria eficiencia son tan simples como el mismo recurso. La multiplicación de organismos destruye todo sentido de responsabilidad y competencia; no supone tan sólo un aumento tremendamente abrumador e improductivo de la Administración, sino que realmente obstaculiza la productividad, porque las órdenes contradictorias retrasan constantemente el trabajo real hasta que decide la cuestión la orden del jefe. El fanatismo de los dirigentes de la élite, absolutamente esencial para el funcionamiento del movimiento, elimina sis¬ temáticamente todo interés genuino por tareas específicas y produce una mentalidad que considera cada acción concebible como un instrumento para algo completamente diferente57. Y esta mentalidad no queda limitada a la éli¬ te, sino que gradualmente penetra en toda la población, cuya vida y cuya muerte en sus más íntimos detalles dependen de decisiones políticas; es decir, de causas y de motivos ulteriores que nada tienen que ver con la acción con¬ creta. Los traslados, degradaciones y ascensos constantes hacen imposible un seguro trabajo en equipo e impiden el desarrollo de la experiencia. Económi-
Véanse las declaraciones de Hitler sobre esta cuestión en Hitlers Tischgespräche, pp. 253 y ss. y 222 y ss.: El nuevo Führer tendría que ser elegido por un «senado»; el principio determinante para ia elección deí Führer debe ser el de que cesara toda discusión entre las personalidades participantes en la elección durante la duración deí proceso. En un plazo de tres horas, la 'Wehrmacht, el partido y to¬ dos los funcionarios civiles tendrían que prestar nuevo juramento. «No se hacía ilusiones sobre el he¬ cho de que en esta elección de! jefe supremo deí estado pudiera no hallarse siempre al timón deí Reich una relevante personalidad de Führer.» Pero esto no suponía un peligro, «mientras la maqui¬ naria general funcione adecuadamente».
57 Uno de los principios orientadores para las SS formulado por el propio Himmler dice así: «No existe ninguna tarea por sí misma». Véase Die SS. Geschichte, Aufgabe und Organisation der Schutz¬ staffeln der NSDAP, de Günter d’Alquen, 1939, en «Schriften der Hochschule für Politik».
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camente hablando, el trabajo forzado fue un lujo que Rusia no debería haber podido permitirse. En un tiempo de aguda escasez de experiencia técnica, los campos de concentración estaban llenos de «ingenieros altamente cualifica¬ dos [que] compiten por el derecho a desempeñar empleos de fontaneros, por reparar relojes, por ser electricistas o por hacer tendidos telefónicos»58. Pero entonces, desde un punto de vista puramente utilitario, los rusos no podrían haberse permitido las purgas de los años treinta, que interrumpieron una recuperación económica largo tiempo esperada, o la destrucción física del Estado Mayor del Ejército Rojo, que casi provocó una derrota en la guerra ruso-finlandesa.
En Alemania, las condiciones eran diferentes en grado. Al comienzo, ios nazis mostraron una cierta tendencia a conservar la experiencia técnica y administrativa, a permitir los beneficios de las empresas y a dominar econó¬ micamente sin excesivas interferencias. En el momento en que estalló la gue¬ rra, Alemania no se hallaba completamente totalitarizada, y si se acepta la preparación para la guerra como un motivo racional, debe admitirse que, hasta aproximadamente el año 1942, a su economía se le permitía funcionar más o menos racionalmente. En sí misma, la preparación para la guerra no es antiutilitaria, a pesar de sus costes prohibitivos59, porque, desde luego, puede ser mucho «más barato apoderarse de la riqueza y de los recursos de otras naciones por la conquista que comprarlos de países extranjeros o producirlos en el interior»60. Las leyes económicas de la inversión y de la producción, de estabilización de ganancias y beneficios y de agotamiento no tienen aplica¬ ción si en cualquier caso uno trata de reponer la exhausta economía domésti¬ ca mediante el botín de otros países; es completamente cierto, y los simpati¬ zantes alemanes eran perfectamente conscientes de ello, que el famoso eslo-gan nazi de «o cañones o mantequilla» significaba realmente «mantequilla por medio de los cañones»61. Pero fue en 1942 cuando las normas de la dominación totalitaria comenzaron a imponerse a todas las demás considera¬ ciones.
La radicalización comenzó inmediatamente después del estallido de la guerra. Puede llegarse incluso a conjeturar que una de las razones de Hitler
Véase ForcedLabor in Rustía, de David j. Dalíín y Boris I. Nicoiaevsky, 1947, que señala también que durante la guerra, cuando la movilización creó un agudo problema de mano de obra, el índice de mortalidad en los campos fue durante un año de un 40 por ciento aproximadamente. Estiman, en general, que la producción de un trabajador en los campos es inferior a la mitad de un trabajador li¬ bre.
Thomas Reveille, The Spoil afEurope, í 94 1, considera que Alemania, durante el primer año de la guerra, fue capaz de reponer todos sus gastos preparatorios bélicos efectuados entre 1933 y 1939.
Wííítam Ebenstein, The Nazi State, p. 257.
Ibfd., p. 270.
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para provocar esta guerra fue el que le permitía acelerar el desarrollo de una forma que habría resultado impensable en tiempo de paz62. Sin embargo, lo notable en este proceso es que en manera alguna quedó frenado por una derrota tan quebrantadora como la de Stalingrado, y que el peligro de la pér¬ dida de la guerra constituyó sólo otro incentivo para lanzar por la borda to¬ das las consideraciones utilitarias y emprender un esfuerzo general para hacer realidad, a través de una organización implacable y total, los objetivos de la ideología racial totalitaria, por corto que fuera el plazo que restaba63. Después de Stalingrado, las formaciones de élite, que habían permanecido estricta¬ mente aisladas del pueblo, fueron considerablemente desarrolladas; se abolió la prohibición de afiliarse al partido que regía para los que se encontraban en las fuerzas armadas, y el mando militar quedó subordinado a los jefes de las
Fue abandonado el monopolio del crimen que conservaban cuidadosa- mente las SS, y a los soldados se íes asignaron indiscriminadamente misiones que constituían asesinatos en masa64. No se permitió que las condiciones
Esto es confirmado por el hecho de que eí decreto para matar a todos los enfermos incurables fue promulgado el día en que estalló la guerra, pero aun más por las declaraciones de Hítler durante la guerra, citadas por Goebbels (The Goebbels Diaries, ed. Louis P. P. Lochner, 1948), de que «la guerra nos había permitido la solución de toda una serie de problemas que nunca hubieran podido ser resueltos en una época normal», y que, sea cual fuere el resultado de la guerra, «los judíos serán cier¬ tamente los perdedores» (p. 314).
B Desde luego, la Wehrmacht trató una y otra vez de explicar a los diferentes órganos del partido los peligros de la dirección de una guerra en la que las órdenes eran formuladas con profundo desprecio por todas las necesidades militares, civiles y económicas (véase, por ejemplo, Poliakov, op. át.,' p. 321). Pero incluso a muchos altos funcionarios nazis les costaba comprender esta desatención por to¬ dos ios factores objetivos económicos y militares de la situación. Se les había dicho una y otra vez que las «consideraciones económicas fundamentalmente no deberían ser tenidas en cuenta en la solución de! problema [judío]» (Nazi Compiracy, VI, p. 402), pero todavía se quejaban de que la interrupción de un gran programa de obras publicas en Polonia «jamás habría sucedido si no se hubiera deporta¬ do a los muchos miles de judíos que trabajaban en el programa. Ahora se da la orden de que los ju ¬ díos sean eliminados de los programas de armamentos. Espero que esta... orden pronto será anulada, porque de otra manera la situación será aún peor». Esta esperanza de Hans Frank, gobernador gene¬ ral de Polonia, se vio tan poco cumplida como sus ulteriores anhelos de una política militarmente más sensible respecto de los polacos y de los ucranianos. Sus quejas son interesantes {véase su Diario en Nazi Compiracy, IV, pp. 902 y ss.), porque él está exclusivamente asustado por el aspecto antiuti-iitario de la política nazi durante la guerra. «Una vez que hayamos ganado la guerra, poco me impor¬ ta que hagan picadillo a los polacos, los ucranianos y a todos los que pululan por aquí...»
64 Originariamente, en los campos de concentración sólo se empleaban las unidades especiales de las SS — las formaciones de la Calavera. Más tarde se efectuaron reemplazos con elementos de las divi¬ siones de las Waffen SS. A partir de 1944 frieron también empleadas unidades de las fuerzas armadas regulares, pero habkuafmente incorporadas a las SS armadas (véase el testimonio de un antiguo fun¬ cionario de las SS del campo de concentración de Neuengamme en Nazi Compiracy, Vil, p. 211). En eí diario del campo de concentración de O dd Nansen, Day Afier Day, Londres, i 949, se describe cómo se hizo sentir la presencia activa de la Wehrmacht en los campos de concentración. Desgracia¬ damente, muestra que estas fuerzas regulares del ejército eran por lo menos tan brutales como las SS.
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militares, económicas o políticas obstruyeran el costoso e inquietante proble¬ ma de los exterminios y las deportaciones en masa.
SÍ se consideran estos últimos años de la dominación nazi y su versión de ün «plan quinquenal», que no tuvieron tiempo para realizar, pero que preten¬ día el exterminio de la población polaca y ucraniana, de los 170 millones de rusos (tal como fueron mencionados en un plan), de la intelligentsia de Euro¬ pa occidental y las poblaciones de Holanda, Alsacia y Lorena, así como la de aquellos alemanes que quedarían descalificados bajo la prevista legislación sanitaria del Reich o bajo la proyectada «ley de comunidades extranjeras», la analogía con el plan quinquenal bolchevique de 1929, primer año de una decidida dictadura totalitaria en Rusia, resulta casi inevitable. Los vulgares eslóganes eugenésicos en un caso, las retumbantes frases económicas en otro, fueron el preludio de «una muestra de prodigiosa locura, en la que se invirtie¬ ron todas las normas de la lógica y todos los principios de la economía65.
En realidad, los dictadores totalitarios no se lanzan conscientemente por el camino de la locura. El hecho es más bien que nuestra sorpresa ante el carácter antiutilitario de la estructura del estado totalitario procede de la errónea noción de que al fin y al cabo estamos tratando con un estado nor¬ mal — una burocracia, una tiranía, una dictadura— , noción debida a la poca atención prestada a las enfáticas afirmaciones de los dominadores totalitarios según las cuales consideran ai país en donde se han apoderado del poder sólo como sede temporal del movimiento internacional en el camino hacia la con¬ quista mundial, conciben las victorias y las derrotas en términos de siglos o de milenios y según las cuales también los intereses globales siempre se impo¬ nen a los intereses locales de su propio territorio66. El famoso «Justo es lo que es bueno para el pueblo alemán» se hallaba concebido únicamente para la propaganda de masas; a los nazis se les decía que «Justo es lo que es bueno
Deutscher, op. dt„ p. 326. Esta cita resulta importante, porque procede del más benévolo de los biógrafos no comunistas de Stalin.
® A los nazis Ies encantaba hablar en términos de milenios. Las afirmaciones de Himmler según las cuales los hombres de las SS estaban exclusivamente interesados en «cuestiones ideológicas cuya importancia contaba én términos de décadas y de siglos» y de que «servían a una causa que surge sólo una vez en dos mil años» son repetidas con ligeras variaciones a través de todo el material de adoctri¬ namiento editado por las SS-Hauptamt-Schulungsamt (Waen und Atifgabe derSS und der Polizft, p. 160). Por lo que se refiere a la versión bolchevique, la mejor referencia es el programa de la Interna¬ cional Comunista, tal como fue formulado por Stalin en fecha tan temprana como 1928 en el Con¬ greso del Parrido en Moscú. Particularmente interesante es la valoración de la Unión Soviética como «la base del movimiento mundial, el centro de la revolución internacional, el mayor factor en la his¬ toria del mundo. En la URSS, el proletariado mundial adquiere por vez primera un país...» (cita de \V. H. Chamberlin, Blueprintfor World Conquest, 1946, donde se reproduce textualmente el progra¬ ma de la III Internacional).
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para el movimiento»67, y estos dos intereses en manera alguna coincidían siempre. Los nazis no pensaban que los alemanes eran una raza de señores a la que pertenecía el mundo, sino que deberían ser dirigidos por una raza de señores, como todas las demás naciones, y que esta raza se hallaba solamente a punto de nacer68. El amanecer de la raza de señores no eran los alemanes, sino las SS69. El «imperio germánico mundial», como decía Himmler, o el imperio mundial «ario», como Hitler habría señalado, se hallaba todavía en cualquier caso a siglos de distancia70. Para el «movimiento» era más impor¬ tante demostrar que resultaba posible fabricar una raza aniquilando a otras que ganar una guerra de fines limitados. Lo que sorprende al observador exterior como una «muestra de prodigiosa locura» no es nada más que la consecuencia de la absoluta primacía del movimiento, no sólo sobre el estado, sino también sobre la nación, el pueblo y las posiciones de poder ocupadas por los mismos dominadores. La razón por la que nunca fueron ensayados antes los ingeniosos recursos de la dominación totalitaria, con su absoluta e insuperada concentra¬ ción de poder en las manos de un solo hombre, es que ningún tirano corriente estuvo lo suficientemente loco como para despreciar todos los intereses limita¬ dos y locales — económicos, nacionales, humanos y militares— en aras de una realidad puramente ficticia en un futuro indefinidamente distante.
Como el totalitarismo en el poder permanece fiel a los dogmas originales del movimiento, las asombrosas semejanzas entre los recursos organizativos del movimiento y el llamado estado totalitario son difícilmente sorprendentes. La división entre miembros del partido y compañeros de viaje organizados en
67 Puede encontrarse este cambio dei lema oficial en el Organisationsbuch der NSDAP, p. 7.
Véase Heiden, op. cít., p. 722. En un discurso pronunciado el 23 de noviembre de 1937 en el Ordensburg Sonthofen y ante los futuros jefes políticos, Hitler declaró: «Como conquistadores del mundo no pueden actuar tribus ridiculamente pequeñas, países, estados o dinastías diminutas..., sino sólo las razas, Pero todavía tenemos que llegar a ser una raza, al menos en el sentido consciente» (véase Hitlers Tischgespräche, p. 445). En completa armonía con estas expresiones, en manera alguna accidentales, existe un decreto del 9 de agosto de 1941, en el que Hitler prohibía el uso ulterior del término «raza alemana», porque conduciría al «sacrificio de la idea racial como tai en favor de un mero principio de nacionalidad y a la destrucción de importantes condiciones previas de toda nues¬ tra política racial y popular» (Verfügungen, Anordnungen, Bekanntgaben). Es obvio que el concepto de raza alemana hubiera constituido un impedimento a la «selección» y exterminio progresivos de las partes indeseables de la población alemana que en aquellos mismos años estaban siendo proyectados para el futuro.
67 Himmler, consecuentemente, «muy pronto formó unas SS germánicas en diferentes países», organi¬ zaciones a las que dijo: «No esperamos que os hagáis alemanes por oportunismo. Pero esperamos que subordinéis vuestro ideal nacional a un más grande ideal racial e histórico, al Reich germánico» (Hei¬ den, op. cit.). Su tarea futura consistiría en constituir mediante «la más copiosa crianza» un «superes-trato racial», que al cabo de veinte o treinta años se «presentaría a toda Europa como su clase dirigen¬ te» (Discurso de Himmler en la reunión de los jefes de las SS en Posen en 1943, en Nazi Conspiracy, IV, pp. 558 y ss,).
70 Himmler, ibfd., p. 572.
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organizaciones frontales, lejos de desaparecer, conduce a la «coordinación» de toda la población, que se halla ahora organizada en simpatizantes. El tremen¬ do aumento de los simpatizantes queda frenado limitando la fuerza del parti¬ do a una «clase» privilegiada de unos pocos millares creando un superpartido de varios centenares de miles, las formaciones de élite. La multiplicación de cargos, la duplicación de funciones y la adaptación de la relación partido-simpatizante a las nuevas condiciones significan simplemente que se ha con¬ servado la peculiar estructura de tipo cebolla del movimiento, en la que cada capa constituye el frente de la siguiente formación militante. La maquinaria del estado es transformada en una organización frontal de burócratas simpa¬ tizantes, cuya función en los asuntos domésticos consiste en difundir la con¬ fianza entre las masas de ciudadanos simplemente coordinados y cuya fun¬ ción en los asuntos exteriores estriba en engañar al mundo exterior no totali¬ tario. El jefe, en su capacidad dual de dirigente del estado y líder del movimiento, combina también en su persona la cumbre de la insensibilidad militante y de una normalidad inspiradora de confianza.
Una de las diferencias importantes entre un movimiento totalitario y un estado totalitario es que el dictador totalitario puede y debe practicar el arte totalitario de mentir más consecuentemente y en escala más amplia que el jefe de un movimiento. Ésta es parcialmente la consecuencia automática del desarrollo de las filas de compañeros de viaje y es en parte debida al hecho de que las declaraciones desagradables de un político no son tan fácilmente anu¬ ladas como las de un jefe de un partido demagógico. Con este fin, Hitler decidió retornar, sin rodeo alguno, al anticuado nacionalismo que había denunciado muchas veces antes de llegar al poder; presentándose como un violento nacionalista, afirmando que el nacionalsocialismo no era «un pro¬ ducto de exportación», tranquilizó tanto a los alemanes como a los no alema¬ nes y dio a entender que las ambiciones nazis quedarían satisfechas cuando hubiesen quedado satisfechas las tradicionales reivindicaciones de una políti¬ ca exterior alemana nacionalista: el retorno de los territorios cedidos en los Tratados de Versalles, el Anschhm con Austria, la anexión de las zonas de ha¬ bla alemana de Bohemia. De la misma manera, Stalin tuvo en cuenta tanto a la opinión pública rusa como al mundo no ruso cuando inventó su teoría del «socialismo en un solo país» y asignó a Trotsky la responsabilidad de la revo¬ lución mundial71.
Deutscher, op. cit., describe la notable «sensibilidad [de Stalin] para todas esas corrientes psicoló¬ gicas subterráneas... de las que ól mismo se ha alzado como portavoz« (p. 292). «El mismo nombre de la teoría de Trotsky, "revolución permanente”, sonaba como una ominosa advertencia a una gene¬ ración cansada... Staltn recurrió directamente al horror al riesgo y a la íncertidumbre que se había apoderado de muchos bolcheviques« (p. 291).
TOTALITARISMO
El sistema de mentir a todo eí mundo puede ser empleado con seguridad sólo bajo las condiciones de la dominación totalitaria, donde la calidad ficti¬ cia de la realidad cotidiana hace a la propaganda considerablemente super-flua. En su fase anterior a la conquista del poder, los movimientos nunca pueden permitirse ocultar sus verdaderos objetivos en el mismo grado. Des¬ pués de todo, se hallan concebidos para inspirar organizaciones de masas. Pero, dada la posibilidad de exterminar a los judíos como si fueran piojos, es decir, mediante gases venenosos, ya no es necesario propagar que los judíos son piojos7172; dado el poder de enseñar a toda una nación' la historia de la revolución rusa sin mencionar el nombre de Trotsky, ya no hay necesidad de realizar propaganda contra Trotsky. Pero el uso de los métodos para la reali¬ zación de los fines ideológicos sólo puede ser «esperado» de aquellos que son «desde un punto de vísta ideológico profundamente firmes» — que hayan adquirido semejante firmeza en las escuelas de la Komintern o en los centros especiales de adoctrinamiento nazi— , aunque tales fines se sigan haciendo públicos. En tales ocasiones invariablemente resulta que los simples simpati¬ zantes nunca comprenden lo que está sucediendo73. Ello conduce a la para¬ doja de que «la sociedad secreta a la luz del día» nunca es tan conspiradora en su carácter y métodos como después de haber sido reconocida como un miembro pleno de la comunidad de naciones. Es completamente lógico que Hitler, antes de la conquista del poder, se resistiera a todos los intentos de organizar el partido e incluso a las formaciones de élite sobre una base cons¬ piradora; sín embargo, después de 1933, estaba completamente dispuesto a ayudar a transformar las SS en una especie de sociedad secreta74. Anáioga-
71 Así, Hitler pudo permitirse utilizar eí cliché favorito de «judío decente», una vez que hubo comenzado a exterminar a los judíos, en diciembre de 1941, en las Tischgespnkhe, p. 346.
7i Por eso, Hider, hablando ante los miembros del Estado Mayor (Blomberg, Fritsch, Raeder) y de civiles de alta categoría (Neurath, Goering) en noviembre de 1937, pudo permitirse declarar abierta¬ mente que necesitaba espacio despoblado y rechazar la idea de conquistar pueblos extranjeros. Evi¬ dentemente, ninguno de los que te oyeron comprendió que de ello resultaría automáticamente una política de exterminio de tales pueblos.
Esto comenzó con una orden de julio de 1934 por la que las SS eran elevadas al rango de una organización independiente dentro del NSDAP y fue completado por un decreto muy secreto de agosto de 1938 que declaraba que las formaciones especiales de las SS, las unidades de la Calavera y las tropas de choque (Vtrftigungstruppen) no formaban parte del ejército ni de la policía; las unidades de la Calavera tenían que realizar «tareas especiales de naturaleza policial», y las tropas de choque eran «una unidad armada exclusivamente a mi disposición» (Nazi Consptracy, III, p. 459). Dos decretos subsiguientes, de octubre de 1939 y abril de 1940, establecieron una jurisdicción especial en cuestiones generales para todos los hombres de las SS (ibíd., II, p, 184). A partir de entonces, en todos los folletos editados por la oficina de adoctrinamiento de las SS figuran menciones tales como las de «Exclusivamente para uso de la policía», «No publicarse», «Exclusivamente para jefes y para los encargados de la educación ideológica». Valdría la pena compilar una bibliografía de la voluminosa literatura secreta, impresa durante la era nazi, en la que figuran muchas medidas legislativas.
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mente, los partidos comunistas dirigidos desde Moscú, en marcado contraste con sus predecesores, muestran una curiosa tendencia a preferir las condiciones de la conspiración aun donde es posible la completa legalidad75. Cuanto más conspicuo es el poder del totalitarismo, más secretos se tornan sus verdaderos objetivos. Para conocer los fines últimos de la dominación de Híder en Alema¬ nia es mucho más prudente basarse en sus discursos propagandísticos y en Mein Kampfqnc en la oratoria del canciller del III Reich; de la misma manera que ha¬ bría sido más prudente desconfiar de las palabras de Stalín acerca del «socialismo en un solo país», concebidas con el propósito pasajero de apoderarse del poder tras la muerte de Lenin, y tomar más en serio su repetida hostilidad hacia los países democráticos. Los dictadores totalitarios han demostrado conocer muy bien el peligro inherente a su «pose» de normalidad; es decir, el peligro de una política verdaderamente nacionalista o el de la construcción real del socialismo en un solo país. Tratan de superarlo mediante una permanente y consecuente discrepancia entre las palabras tranquilizadoras y la realidad de la dominación, desarrollando conscientemente un método de hacer siempre lo opuesto de lo que dicen70. Staíin llevó este arte del equilibrio, que exige más destreza que la rutina habitual de la diplomacia, hasta el punto en que una moderación en polí¬ tica exterior o en la línea política de la Komintern era casi invariablemente acompañada por purgas radicales en el partido ruso. Fue ciertamente algo más que una coincidencia el hecho de que la política del Frente Popular y la promul¬ gación de la relativamente liberal Constitución soviética Riesen acompañadas por los procesos de Moscú.
En la literatura nazi y en la bolchevique pueden encontrarse repetidas prue¬ bas de que los gobiernos totalitarios aspiran a conquistar el mundo y someter a su dominación a todos ios países de la tierra. Sin embargo, estos programas ideológicos, heredados de los movimientos pretotalitarios (de los partidos antisemitas supranacionalistas y de los sueños pangermánicos de imperio en el caso de los nazis, del concepto internacional del socialismo revoluciona¬ rio en el caso de los bolcheviques), no son decisivos. Lo que es decisivo es que los regímenes totalitarios dirigen realmente su política exterior sobre la
Resulta bastante interesante que entre este tipo de literatura no exista un solo folleto de las SA, y ésta es probablemente la prueba más concluyente de que a partir de 1934 las SA dejaron de ser una for¬ mación de élite.
Compárese con «Die neue Komintern», de Franz Borkenau, en DerMonat, Berlín, 1949, fase. 4. 7fi Los ejemplos son demasiado obvios y numerosos como para que valga la pena citarlos. Esta tácti¬ ca, sin embargo, no debería ser sencillamente identificada con la enorme ausencia de fidelidad y de sinceridad que todos los biógrafos de Hitler y de Stalin señalan como rasgos relevantes de sus perso¬ nalidades.
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consecuente presunción de que» con el tiempo, lograrán este objetivo último, y no lo pierden nunca de vista por distante que pueda parecer o por seria¬ mente que puedan chocar sus exigencias «ideales» con las necesidades del momento. Por eso no consideran a ningún país como permanentemente extranjero, sino que, al contrario, estiman a cada país como su territorio potencial. La ascensión al poder, el hecho de que en un país se haya converti¬ do en una tangible realidad el mundo ficticio del movimiento, crea una rela¬ ción con otras naciones que es semejante a la del partido totalitario bajo una dominación no totalitaria. La realidad tangible de la ficción, respaldada por el poder del estado internacionalmente reconocido, puede ser exportada de la misma manera que el desprecio por el Parlamento puede ser importado en un Parlamento no totalitario. A este respecto, la «solución» de la cuestión ju¬ día en la preguerra fue el principal producto de exportación de la Alemania nazi: la expulsión de los judíos llevó una importante porción de nazismo a otros países; obligando a los judíos a dejar el Reich sin pasaporte y sin dine¬ ro, la leyenda deí «judío errante» quedaba hecha realidad, y obligando a los judíos a una inquebrantable hostilidad hacia ellos, los nazis habían creado el pretexto para tomar un apasionado interés por la política interna de todas las naciones77.
En 1940 se hizo evidente cuán en serio se tomaban los nazis su ficción conspiradora, según la cual eran los futuros dominadores del mundo, cuan¬ do — a pesar de la necesidad y frente a sus posibilidades absolutamente reales de imponerse en los territorios ocupados de Europa— iniciaron su política de despoblación en los territorios orientales, pese a la pérdida de mano de obra y a las serias consecuencias militares, e introdujeron una legislación con la que con carácter retroactivo exportaron parte del Código Penal del III Reich a los países ocupados de Occidente75. Apenas existía una manera más eficaz de hacer pública la reivindicación nazi de una dominación mundial como el castigar por alta traición cualquier manifestación o acción contra el
Reich, no importando cuándo, dónde o por quién hubiera sido realizada. La ley nazi trataba a todo el mundo como si potencialmente hubiera caído bajo su jurisdicción, de forma tal que el ejército ocupante ya no era un ins¬ trumento de conquista que llevaba consigo la nueva ley del conquistador,
77 Véase ía carta circular del Mintsterio .de Asuntos Exteriores a todas las autoridades alemanas en el exterior, de enero de 1939, en Nazi Conspiran/, VI, pp. 87 y ss.
En 1940, el gobierno del Reich decretó que los delitos comprendidos entre la aita traición contra el Reich a las «declaraciones maliciosas y agitadoras contra personalidades destacadas del estado o del partido nazi» deberían ser castigados con efecto retroactivo en todos los territorios ocupados por Ale¬ mania, tanto si habían sido cometidos por alemanes o por naturales de estos países. Véase Giles, op. át. Por lo que se refiere a las desastrosas consecuencias de la Siedlungspolitik en Polonia y Ucrania, véa¬ se Trini op. c i t volúmenes XXVI y XXIX.
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sino un órgano ejecutivo que aplicaba una ley que se suponía ya vigente para todo el mundo.
La presunción de que la ley nazi obligaba más allá de la frontera alemana y el castigo de los no alemanes fueron más que simples recursos de opresión. Los regímenes totalitarios no temen las implicaciones lógicas de la conquista mundial aunque operen en otro sentido y resulten perjudiciales para los inte¬ reses de sus propios pueblos. Lógicamente, es indiscutible que un plan para la conquista mundial implica la abolición de las diferencias entre la madre patria conquistadora y los territorios conquistados, tanto como la diferencia entre la política exterior y la interior, sobre la que están basadas las institucio¬ nes no totalitarias existentes y todas las relaciones internacionales. SÍ el con¬ quistador totalitario se comporta en todas partes como si estuviese en su pro¬ pio país, de la misma forma debería tratar a su propia población como si fue¬ ra un conquistador extranjero79. Y es perfectamente cierto que el movimiento totalitario se apodera del poder exactamente de la misma manera en que un conquistador extranjero puede ocupar un país, al que gobierna no verdadera¬ mente en el propio beneficio de éste, sino en el de algo o alguien. Los nazis se condujeron en Alemania como conquistadores extranjeros cuando, contra todos los intereses nacionales, intentaron, y a medias lograron, convertir su derrota en una catástrofe final para toda la población alemana; análogamen¬ te, en caso de victoria, pretendían extender su política de exterminio a las fi¬ las de los alemanes «no aptos desde un punto de vista racial»80.
Una actitud semejante parece haber inspirado después de la guerra la política exterior soviética. El coste de su agresividad es prohibitivo para el mismo pueblo ruso: le privó de los grandes préstamos estadounidenses de la posguerra que habrían permitido a Rusia reconstruir zonas devastadas e industrializar el país de una forma racional y productiva. La extensión de los gobiernos de la Komintern a través de los Balcanes y la ocupación de amplios territorios orientales no aportó beneficios tangibles, sino que, al contrario, sangró aún más los recursos rusos. Pero esta política servía ciertamente a los37
La expresión se encuentra en Kravchenko, op. cit., p. 303, que, al describir las condiciones en Ru- sia tras lasuperpurga de 1936-1938, señala: «Sí un conquistador extranjero se hubiese apoderado de la maquinaria de la vida soviética..., difícilmente habría sido más profundo y ctuel el cambio«.
M Hider, durante la guerra, pensó en promulgar una Ley de Sanidad Nacional: «Después de un reconocimiento nacional por rayos X, se entregaría al Führer una lista de personas enfermas, espe¬ cialmente de las afectadas por enfermedades pulmonares y cardíacas. Sobre la base de esta nueva Ley de Sanidad del Reich..., a esas familias ya no se les permitiría permanecer entre el público ni se les dejaría que tuvieran hijos. Lo que suceda a esas familias será objeto de órdenes futuras del Führem. No se requiere mucha imaginación para suponer cuáles habrían sido esas futuras órdenes. El núme¬ ro de personas a las que ya no se Ies habría permitido «permanecer entre el público» habría formado una considerable porción de la población alemana (Nazi Conspimcy, VI, p. 175).
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intereses del movimiento bolchevique, que se había extendido sobre más de la mitad deí mundo habitado.
Como un conquistador extranjero, el dictador totalitario considera las riquezas naturales e industriales de cada país, incluyendo las del propio, como una fuente de botín y un medio de preparar el siguiente paso dentro de una expansión agresiva. Como esta economía de expolio sistemático es reali¬ zada en beneficio del movimiento y no de la nación, sin ningún pueblo ni ningún territorio como su beneficiario potencial, no puede alcanzar posible¬ mente un punto de saturación en el proceso. El dictador totalitario es como un conquistador extranjero que no procede de parte alguna; su saqueo pro¬ bablemente no beneficia a nadie. La distribución del botín es calculada no para reforzar la economía del propio país, sino sólo como una maniobra tác¬ tica temporal. En lo que se refiere a sus fines económicos, ios regímenes tota¬ litarios son en sus países como las proverbiales plagas de langosta. El hecho de que el dictador totalitario dirija a su propio país como un conquistador extranjero empeora aun más las cosas, porque añade a la inhumanidad una eficiencia de la que evidentemente carecen las tiranías en los territorios extran¬ jeros próximos. La guerra de Stalin contra Ucrania a comienzos de la década de los años treinta fue doblemente más efectiva que la terriblemente sangrien¬ ta invasión y ocupación alemana81. Esta es la razón por la que el totalitarismo prefiere los gobiernos títeres a la dominación directa, a pesar de los riesgos ob¬ vios de semejantes regímenes.
Lo malo de los regímenes totalitarios no es que jueguen la política del poder de una manera especialmente implacable, sino que tras su política se oculta una concepción del poder enteramente nueva y sin precedentes, de la misma manera que tras su Realpoíittk se encuentra un concepto de la realidad ente¬ ramente nuevo y sin precedentes. El supremo desdén por las consecuencias inmediatas más que la inhumanidad; el desarraigo y el desprecio por ios inte-
El numero total de rusos muertos en los cuatro años de guerra ha sido estimado entre 12 y 21 millones. Sólo en Ucrania y en un solo año Stalin exterminó a unos ocho millones de personas (esti¬ mación). Véase Commun'nm in Action, U. S. Government, Washington, 1946, House Document N.° 754, pp. 140-141, A diferencia del régimen nazi, que conservaba informes precisos sobre el número de sus víctimas, no existen cifras fidedignas acerca de los millones de personas que fueron muertas en el sistema ruso. Sin embargo, la estimación siguiente, citada por Souvarine, op. cit., p. 669, posee algún peso en cuanto que procede de Walter Krivitsky, que tenía acceso directo a las informaciones contenidas en los archivos de la GPU. Según estas cifras, el censo de la Unión Sovié¬ tica en 1937, en el que ios estadísticos soviéticos esperaban alcanzar los 171 millones de personas, reveló que existían realmente 145 millones. Esto indicaría una pérdida de población de 26 millones, cantidad en la que no se incluyen las pérdidas arriba señaladas.
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reses nacionales más que el nacionalismo; el desdén por los intereses utilita¬ rios más que la inconsiderada persecución del Ínteres propio; el «idealis¬ mo», es decir, su inquebrantable fe en un ideológico mundo ficticio, más que su anhelo de poder, han introducido en la política internacional un factor nuevo y más perturbador que el que habría podido significar la sim¬ ple agresividad.
El poder, tal como es concebido por el totalitarismo, descansa exclusiva¬ mente en la fuerza lograda a través de la organización. De la misma manera que Stalin concibió a cada institución, independientemente de su función real, sólo como una «correa de transmisión que conecta al partido con el pue¬ blo»82 y creyó honradamente que los más preciados tesoros de la Unión Soviética no eran las riquezas de su suelo o la capacidad productiva de su inmensa mano de obra, sino los «cuadros» del partido83 (es decir, la policía), así Hitler, en fecha tan temprana como 1929, vio la «grandeza» del movi¬ miento en el hecho de que sesenta mil hombres «han constituido exterior-mente casi una unidad, que realmente estos hombres son uniformes no sólo en ideas, sino que incluso su expresión facial es casi la misma. Mirad esos ojos alegres, ese entusiasmo fanático, y descubriréis... cómo cien mil hombres de un movimiento se convierten en un solo tipo»84. Toda relación que en la mente del hombre occidental tenga el poder con las posesiones terrenales, con los bienes, los tesoros y la riqueza ha quedado disuelta en una especie de mecanismo desmaterializado en el que cada acción genera poder, como la fricción o las corrientes galvánicas generan electricidad. La división totalitaria de los estados en países Que Tienen y ios países Que No Tienen es más que un recurso demagógico; los que la aplican están realmente convencidos de que el poder de las posesiones materiales es despreciable y sólo existe en la forma del desarrollo del poder organizador. Para Stalin, el constante creci¬ miento y desarrollo de los cuadros de la policía era incomparablemente más importante que el petróleo de Bakú, el carbón y el hierro de los Urales, los graneros de Ucrania o los tesoros potenciales de Siberia; en suma, el desarro¬ llo de todo el arsenal del poder en Rusia. La misma mentalidad condujo a
82 Deutscher, op. cit., p. 256.
B. Souvaine, op. cit, p. 605, cita a Stalin, afirmando en la cúspide del terror en 1937: «Debe us- ted llegar a comprender que, de todos los bienes preciados que existen en el mundo, e! más preciado y decisivo es el de los cuadros». Todos los informes muestran que en la Rusia soviética la policía debe ser considerada como la verdadera formación de élite del partido. Característica de esta naturaleza de la policía es el hecho de que desde los primeros años de la década de los veinte los agentes de la NKVD no fueran «reclutados sobre la base de la voluntariedad», sino extraídos de las filas del parti¬ do. Más aún, «la NKVD no puede ser elegida como se elige una carrera» {véase Beck y Godin, op. cit,, p, 160),
Cita de Heiden, op. cit., p. 311,
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Hítler a sacrificar a toda Alemania a los cuadros de las SS; no consideró per¬ dida la guerra cuando yacían en ruinas las ciudades alemanas y estaba des¬ truida la capacidad industrial, sino sólo cuando supo que ya no se podía con¬ fiar en las SS35. Para un hombre que creía en la omnipotencia de la organiza¬ ción frente a todos los meros factores materiales, militares o económicos, y que, además, calculaba en siglos la victoria final de su empresa, la derrota no estribaba en la catástrofe militar o en la amenaza de inanición de la población, sino sólo en la destrucción de las formaciones de élite, a las que se suponía portadoras de la conspiración para la dominación mundiál a lo largo de una línea de generaciones hasta su final eventual.
La carencia de estructura del estado totalitario, su desdén por los intere¬ ses materiales, su emancipación del incentivo del beneficio y, en general, sus actitudes no utilitarias han contribuido más que cualquier otra cosa a tornar casi imprevisible la política contemporánea. La incapacidad del mundo no totalitario para comprender una mentalidad que funciona independiente¬ mente de toda acción calculable en términos de hombres y de material, y es completamente indiferente al Ínteres nacional y al bienestar de su pueblo, muestra en sí misma un curioso dilema de criterio: aquellos que certeramen¬ te comprenden la terrible eficacia de la organización y de la policía totalita¬ rias sobreestimarán probablemente la fuerza material de los países totalita¬ rios, mientras que también es probable que quienes comprenden la despilfa¬ rradora incompetencia de las economías totalitarias subestimen el poder potencial que puede crearse con el desprecio de todos los factores materiales.
2. La policía secreta
Hasta ahora conocemos solamente dos formas auténticas de dominación totalitaria: la dictadura del nacionalsocialismo a partir de 1938 y la dictadu¬ ra del bolchevismo a partir de 1930, Estas dos formas de dominación difie¬ ren básicamente de otros tipos de dominación dictatorial despótica o tiráni¬ ca; y aunque evolucionaron con una cierta continuidad a partir de dictaduras de partido, sus características esencialmente totalitarias son nuevas y no pue¬ den derivarse de sistemas unipartidistas. El objetivo de un sistema uniparti-dista consiste no sólo en apoderarse de la Administración del gobierno, sino en lograr una completa amalgama del estado y del partido, ocupando todosiS
Si Según los informes de ía última reunión, Hítler decidió suicidarse después de haber sabido que ya no podía confiarse en las unidades de las SS. Véase The Last Days ofHítler, de H. R. Trevor-Roper, pp. 116yss.
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ios cargos con miembros de éste, de forma tal que, tras la conquista del po¬ der, el partido se convierte en una especie de organización propagandística del gobierno. Este sistema es «total» sólo en un sentido negativo, es decir, en el de que el partido dominante no tolerará otros partidos, oposición alguna ni ninguna libertad de oposición política. Una vez que una dictadura de par¬ tido llega aí poder, deja intacta la relación original del poder entre el estado y el partido; el gobierno y el ejército tienen el mismo poder que antes, y la «Revolución» consiste sólo en el hecho de que todas las posiciones del gobier¬ no se hallan ahora ocupadas por miembros del partido. En todos estos casos el poder del partido se basa en un monopolio garantizado por el estado, y el partido ya no posee su propio centro de poder.
La revolución iniciada por los movimientos totalitarios después de haber conquistado el poder es de una naturaleza considerablemente más radical. Desde el comienzo, se esfuerzan conscientemente por mantener las diferen¬ cias esenciales entre el estado y el movimiento y por impedir que las institu¬ ciones «revolucionarias» del movimiento sean absorbidas por el gobierno86. El problema de apoderarse de la maquinaria del estado sin amalgamarse con ella queda resuelto permitiendo elevarse a la jerarquía del estado sólo a aque¬ llos miembros del partido cuya importancia para el movimiento resulte secundaria. Todo el poder real queda centrado en las instituciones del movi¬ miento, fuera del estado y del aparato militar. Es en el interior del movimien¬ to, que sigue siendo el centro de la acción del país, donde se elaboran todas las decisiones; a menudo, los servicios de la Administración civil no son siquiera informados de ío que está sucediendo, y a los miembros se les paga en todos los casos, por semejantes deseos «burgueses», con la pérdida de su influencia en el movimiento y de la confianza de sus jefes.
El totalitarismo en el poder utiliza al estado como su fachada exterior, para representar al país ante el mundo no totalitario. Como tal, el estado totalitario es el heredero lógico del movimiento totalitario, del que obtiene su estructura organizativa. Los dominadores totalitarios tratan con los gobier¬ nos no totalitarios de la misma manera que trataban con los partidos parla¬ mentarios o con las facciones internas del partido antes de su llegada al poder y, aunque en una'más amplia escena internacional, se enfrentan de nuevo con
Hider hizo frecuentes comentarios sobre las relaciones entre eí estado y el partido y siempre recal- có que de importancia primaria no era el estado, sino la raza o la «comunidad popular unida» (véase el ya citado discurso, reproducido como apéndice a las Thchgespriíche). En su discurso del Día del Partido de 1935 en Nuremberg dio a esta teoría su más sucinta expresión: «No es el estado el que nos manda, sino que nosotros mandamos al estado». Es evidente por sí mismo que, en la práctica, seme¬ jantes poderes de mando son sólo posibles si las instituciones del partido siguen siendo independien¬ tes de las del estado.
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eí doble problema de proteger al mundo ficticio del movimiento (o al país totalitario) del impacto de los hechos y de presentar una apariencia de nor¬ malidad y de sentido común ante el mundo exterior normal.
Por encima del estado y tras la fachada de poder ostensible, en un haz de organismos multiplicados, subyacente 3 todos los desplazamientos de autori¬ dad y en un caos de ineficiencia, descansa eí núcleo del poder del país, los supereficaces y supercompetentes servicios de la policía secreta361. La aten¬ ción otorgada a la policía como órgano exclusivo del poder y el correspon¬ diente desdén por el aparente gran arsenal de poder del ejército, que resultan característicos de todos los regímenes totalitarios, pueden ser parcialmente explicados por la aspiración totalitaria a una dominación mundial y su cons¬ ciente abolición de la distinción entre un país extranjero y el país propio, en¬ tre los asuntos exteriores y los internos. Las fuerzas militares, preparadas para luchar contra un agresor extranjero, han sido siempre un dudoso instrumen¬ to para los fines de la guerra civil; incluso bajo las condiciones totalitarias en¬ cuentran difícil considerar a su propio pueblo con los ojos de un conquistador extranjero87. Más importante a este respecto, sin embargo, es que su valor se torna dudoso incluso en tiempo de guerra. Como el dirigente totalitario con¬ duce su política sobre la presunción de un eventual gobierno mundial, trata a las víctimas de su agresión como si fueran rebeldes, culpables de alta trai¬ ción y, en consecuencia, prefiere dominar los territorios ocupados con la policía y no con fuerzas militares.
Incluso antes de que el movimiento se apodere del poder, posee una poli¬ cía secreta y un servicio de espionaje con ramas en diferentes países. Más tar¬ de, sus agentes reciben más dinero y autoridad que el servicio regular de información militar y son frecuentemente los jefes secretos de embajadas y consulados en el exterior83. Su tarea principal consiste en formar quintas columnas, dirigir las sucursales del movimiento, influir en la política interna de los respectivos países y en preparar generalmente el momento en eí que el dominador totalitario — tras eí derrocamiento del gobierno o la victoria mili¬ tar— pueda sentirse abiertamente en su propio terreno. En otras palabras, las
Otto Gauweifer, Rechtsdnrkhtungen und Rechtsatifgaben der Bewegimg, 1939, señala expresamen¬ te que la posición especial de Htmmler como Reichifuehrer-SS y jefe de la policía alemana se basaba en el hecho de que la administración de la policía había logrado «una genuina unidad del partido y del estado» que ni siquiera fue intentada en cualquier otro sector del gobierno.
S7 Durante las rebeliones campesinas de los años veinte en Rusia, Vorochilov negó supuestamente el apoyo del Ejército Rojo; esto condujo a la introducción de divisiones especiales de la GPU en las expediciones de castigo. Véase Cíliga, op. cit, p. 95.
En 1935, los agentes de la Gestapo en el exterior recibieron 20 millones de marcos mientras que el'servicio regular de espionaje de la Reichswehr tuvo que funcionar con un presupuesto de ocho millones. Véase Gestapo, de Pierre Dehillotte, París, 1940, p. 11.
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ramas internacionales de la policía secreta son las correas de transmisión que transforman constantemente la ostensible política exterior del estado totali¬ tario en potencial asunto interno del movimiento totalitario.
Sin embargo, estas funciones, que realiza la policía secreta para preparar la utopía totalitaria de dominación mundial, resultan secundarias en compa¬ ración con las que requiere la realización actual de la ficción totalitaria en un país. El papel dominante de la policía secreta en los asuntos internos de los países totalitarios ha contribuido natural y considerablemente al equívoco corriente acerca del totalitarismo. Todos los despotismos se basan profunda¬ mente en los servicios secretos y se sienten más amenazados por su propio pueblo que por cualquier pueblo extranjero. Sin embargo, esta analogía entre el totalitarismo y el despotismo opera sólo durante las primeras fases de la dominación totalitaria, cuando todavía existe una oposición política. En este como en otros aspectos, el totalitarismo se aprovecha de los errores no totali¬ tarios, y los apoya, por poco elogiosos que puedan serle. Himmler, en su famoso discurso de 1937 al Estado Mayor de la Reichswehr, asumió el papel de un tirano ordinario cuando explicó la constante expansión de las fuerzas de policía suponiendo la existencia de un «cuarto teatro de operaciones, en caso de guerra, la Alemania interior»89. Análogamente, Stalin, casi en el mis¬ mo momento, logró convencer a la vieja guardia bolchevique, cuyas «confe¬ siones» necesitaba, de la existencia de una amenaza de guerra contra la Unión Soviética y, en consecuencia, de una situación de emergencia durante la cual el país debería permanecer unido aunque fuera tras un déspota. El aspecto más sorprendente de estas declaraciones fue el que ambas fueran formuladas después de que había quedado extinguida toda la oposición política y de que se extendieran los servicios secretos cuando ya no quedaban oponentes a los que espiar. Cuando llegó la guerra, Himmler ni necesitó ni utilizó a sus tro¬ pas de las SS en la misma Alemania excepto para dirigir los campos de con¬ centración y para vigilar a la población esclava extranjera; la masa de las SS sirvió en el frente oriental, donde fue utilizada para «misiones especiales» — habitualmente, crímenes en masa— y en la aplicación de una política que frecuentemente actuaba tanto contra la jerarquía militar como contra la jerarquía civil nazi. Como la policía secreta de la Unión Soviética, las forma¬ ciones de las SS llegaban habitualmente después de que las fuerzas militares hubieran pacificado el territorio conquistado y lidiado con la oposición polí¬ tica abierta.
En las primeras fases de un régimen totalitario, empero, la policía secreta y las formaciones de élite del partido todavía desempeñan un papel similar al
s? Véase Nazi Compirmcy, IV, pp. 616 y ss,
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que ejercen en otras formas de dictadura y en los bien conocidos regímenes de terror del pasado; y la excesiva crueldad de sus métodos sólo carece de paralelo en la historia de los modernos países occidentales. La fase primera de localización de enemigos secretos y de caza de antiguos adversarios es habi¬ tualmente combinada con el reclutamiento de toda la población en organiza¬ ciones frontales y con la reeducación de los antiguos miembros del partido para servicios de espionaje, de forma tal que la más bien dudosa adhesión de los simpatizantes reclutados no inquiete a los cuadros especialmente bien entrenados de la policía. Durante esta fase es cuando, para aquel que resulte tener «pensamientos peligrosos», un vecino se convierte en un enemigo más mortal que los agentes policiales oficialmente designados. El final de la pri¬ mera fase llega con la liquidación de la resistencia abierta y la secreta en cual¬ quier forma organizada. Puede ser fijado alrededor de 1935 en Alemania y hacia 1930 en la Rusia soviética.
Sólo tras haber sido completado el exterminio de los enemigos auténticos y comenzada la caza de «enemigos objetivos», se torna el terror en el verdade¬ ro contenido de los regímenes totalitarios. Bajo pretexto de construcción del socialismo en un solo país o de utilizar un territorio dado como laboratorio para un experimento revolucionario, o de realizar la Volksgemelnschafi, se hace realidad la segunda reivindicación del totalitarismo, la reivindicación de dominación total. Y aunque teóricamente sólo es posible la dominación total bajo las condiciones de la dominación mundial, los regímenes totalitarios han demostrado que esta parte de la utopía totalitaria puede ser llevada casi hasta la perfección porque es totalmente independíente de la derrota o de la victoria. Así, Hitler, en medio de sus retiradas militares, podía regocijarse con el exterminio de los judíos y con el establecimiento de las fábricas de la muer¬ te; fuera cual fuese el resultado final, sin la guerra nunca habría sido posible «quemar los puentes» y realizar algunos de los objetivos del movimiento tota¬ litario90.
Las formaciones de élite del movimiento nazi y los «cuadros» del movi¬ miento bolchevique sirven al objetivo de dominación total más que a la segu¬ ridad del régimen en el poder. De la misma forma que la reivindicación tota¬ litaria de dominación mundial es sólo en apariencia la misma que la de la expansión imperialista, así la reivindicación de una dominación total sólo parece familiar al estudioso del despotismo. SÍ la diferencia principal entre la expansión totalitaria y la imperialista es que la primera no reconoce distin¬ ción entre el país propio y un país extranjero, entonces la diferencia principal entre una policía secreta despótica y una policía secreta totalitaria es que la5
50 Véase nota 62.
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última no persigue los pensamientos secretos ni utiliza el antiguo método de ios servicios secretos, el método de la provocación9192*.
Como la policía secreta totalitaria comienza su carrera tras la pacificación del país, siempre parece enteramente superflua a todos los observadores mar¬ ginales o, por el contrario, les conduce a creer equivocadamente que existe alguna resistencia secreta32. La superfluidad de los servicios secretos no es nada nueva; siempre se han sentido obsesionados por la necesidad de demos¬ trar su utilidad y de conservar sus puestos después de haber concluido su ta¬ rea original. Los métodos utilizados para este propósito han hecho del estu¬ dio de la historia de las revoluciones una empresa más que difícil. Parece, por ejemplo, que no existió una sola acción antigubernamental bajo el reinado de Luis Napoleón que no fuera inspirada por la misma policía33. Análogamente, el papel de los agentes secretos en todos los partidos revolucionarios de la Ru¬ sia zarista sugiere poderosamente que sin sus acciones provocativas «inspira¬ doras» el curso del movimiento revolucionario ruso habría sido mucho me¬ nos fructífero94. La provocación, en otras palabras, ayudó tanto a mantener la continuidad de la tradición como a quebrantar una y otra vez la organización de la revolución.
Este dudoso papel de la provocación puede haber sido una de las razones por las que la desdeñaron los gobernantes totalitarios. La provocación, ade-
Maurice Laporte, Histoire de l'Okhrana, París, 1935, llamó certeramente aí método de la provoca- ción «la piedra fundamental» de la policía secreta (p. 19).
En la Rusia soviética, la provocación, lejos de ser el arma secreta de la policía secreta, ha sido empleada como el método público ampliamente difundido del régimen para valorar el estado de la opinión pública. La renuencia de la población a aprovecharse de las periódicas invitaciones a ia críti¬ ca o a reaccionar en los intermedios «liberales» del régimen de terror muestra que tales gestos son considerados como una provocación en escala masiva. La provocación se ha convertido, desde luego, en la versión totalitaria de la auscultación de la opinión pública.
Son interesantes al respecto los intentos de los funcionarios públicos nazis en Alemania para redu- cir la competencia y el personal de la Gestapo sobre la base de que ya se había logrado la nazificactón del país, de forma tal que Himmler, que, por el contrario, deseaba desarrollar en aquellos momentos (hacia 1934) los servicios secretos, tuvo que exagerar los peligros dimanantes de los «enemigos inter¬ nos». Véase Nazi Compiracy, II, p. 259; V, p. 205; III, p. 547.
n Véase Myíteries of the Frencb Secret Pólice, de Galder-Boissiére, 1938, p. 234.
94 Al fin y al cabo, no parece accidental que la fundación de la Ojrana en 1880 correspondiera a un período de insuperadas actividades revolucionarias en Rusta. Para demostrar su utilidad ocasional¬ mente tuvo que organizar asesinatos y sus agentes «sirvieron a su pesar las ideas de aquellos a ios que denunciaban.,. Si un folleto era distribuido por un agente de policía o si la ejecución de un ministro era organizada por un Azev, el resultado era el mismo» (M. Laporte, op. cit., p. 25). Además, las eje¬ cuciones más importantes — las de Stolypin y von Plehve— parece que fueron obra de la policía. Para la tradición revolucionaria fue decisivo el hecho de que en tiempos de calma los agentes de poli¬ cía tenían que «despertar nuevas energías y estimular el celo» de los revolucionarios (ibid., p. 71).
.' Véase también Three Who Mad? A Reuolutíon: Lenin, Trotsky, Stalhi, de Bertram D. Wolfe, que denomina a este fenómeno «socialismo policial».
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BIBLIOIE CANDELARIA
TOTALITARISMO
más, es claramente necesaria sólo bajo la presunción de que la sospecha no resulta suficiente para detener y castigar. Ninguno de los gobernantes totali¬ tarios, desde luego, soñó siquiera con unas condiciones en las que tuviera que recurrir a una provocación con objeto de atrapar a alguien a quien considera¬ ra enemigo. Más importante que estas consideraciones técnicas es el hecho de que el totalitarismo definió ideológicamente a sus enemigos antes de apo¬ derarse del poder, así que las categorías de los «sospechosos» no fueron esta¬ blecidas a través de la información de la policía. De esta forma, los judíos en la Alemania nazi o los descendientes de las antiguas clases poseedoras en la Rusia soviética no eran realmente sospechosos de ninguna acción hostil; ha¬ bían sido declarados enemigos «objetivos» del régimen de acuerdo con la ideología de éste.
La diferencia principal entre la policía secreta despótica y la policía secre¬ ta totalitaria descansa en la diferencia entre el «sospechoso» y el «enemigo objetivo». El último es definido por la política del gobierno y no por su pro¬ pio deseo de derrocar a éste95. Nunca es un individuo cuyos peligrosos pensa¬ mientos tengan que ser provocados o cuyo pasado justifique la sospecha, sino un «portador de tendencias» como el portador de una enfermedad96. Práctica¬ mente hablando, el gobernante totalitario procede como un hombre que persis¬ tentemente insulta a otro hombre hasta que todo el mundo sabe que el segundo es su enemigo, así que puede, con alguna plausiblidad, matarle en defensa pro¬ pia. Esto, ciertamente, resulta un poco crudo, pero funciona — como sabrá todo el que haya contemplado cómo ciertos arribistas afortunados eliminan a los competidores.
La introducción de la noción de «enemigo objetivo» es mucho más deci¬ siva para el funcionamiento de los regímenes totalitarios que la definición ideológica de las respectivas categorías. Si se tratara solamente de una cues¬
Hans Frank, que más tarde sería gobernador general de Polonia, estableció una diferenciación típica entre una persona «peligrosa para el estado» y una persona que es «hostil al estado». La prime¬ ra implica una cualidad objetiva que es independiente de su voluntad y de su conducta; la policía política de ios nazis no se ocupaba solamente de las acciones hostiles al estado sino de «todos los intentos — fuera cual, fuese su finalidad— que en sus efectos ponen en peligro al estado». Vóase
Deutsche! Verwaltungsrecht, pp. 420-430. Cita de Nazi Conspiracy, IV, pp. 181 y ss. En palabras de Maunz, op. cit., p. 44: «Eliminando a las personas peligrosas las medidas de seguridad tratan de evi¬ tar un estado de peligro a la comunidad nacional, independiente de cualquier delito que pudieran haber cometido tales personas. [Es cuestión de] protegerse contra un peligro objetivo».
9S H, Hoehn, un jurista nazi y miembro de las SS, dijo en el elogio fúnebre de Reinhard Heydrích, que antes de haber gobernado Checoslovaquia había sido uno de los más íntimos colaboradores de Hímmler: consideraba a sus adversarios «no como individuos, sino como portadores de tendencias que ponían en peligro al estado y que por eso se hallaban más allá del umbral de la comunidad nacio¬ nal». En Deutsche Allgemeine Zeitung, del 6 de julio de 1942; cita de E. Kohn-Bramsted, Dictatorship andPoliticalPólice, Londres, 1945.
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tión de odio a ios judíos o a los burgueses, los regímenes totalitarios podrían, tras la realización de un gigantesco crimen, retornar, por así decirlo, a las re¬ glas de la vida normal y del gobierno normal. Por lo que sabemos, el caso es opuesto. La categoría de enemigos objetivos sobrevive a los primeros enemi¬ gos ideológicamente determinados del movimiento; conforme a las cambian¬ tes circunstancias, se descubren nuevos enemigos objetivos; los nazis, pre¬ viendo la conclusión del exterminio de los judíos, habían dado ya los pasos preliminares para la liquidación del pueblo polaco, mientras que Hitler pro¬ yectaba incluso diezmar a ciertas categorías de alemanes97; los bolcheviques, habiendo empezado con los descendientes de las antiguas clases dominantes, dirigieron todo su terror contra los kulaks (en los primeros años de la década de los años treinta), que a su vez fueron sucedidos por los rusos de origen polaco (entre 1936 y 1938), por los tártaros y los alemanes del Volga duran¬ te la guerra, por los antiguos prisioneros de guerra y las unidades de las fuer¬ zas de ocupación del Ejército Rojo después de la guerra y por la judería rusa tras el establecimiento de un estado judío. La elección de semejantes catego¬ rías nunca es enteramente arbitraria; como son completamente difundidas y utilizadas para fines propagandísticos en el exterior, deben parecer plausibles como posibles enemigos; la elección de una determinada categoría puede incluso ser debida a ciertas necesidades propagandísticas del movimiento en general, como, por ejemplo, la aparición enteramente repentina y sin prece¬ dentes del antisemitismo gubernamental en la Unión Soviética, que puede haber sido calculada para ayudar a la Unión Soviética a ganarse simpatías en los países satélites europeos. Los procesos espectaculares que requieren confe¬ siones subjetivas de culpabilidad de enemigos identificados «objetivamente» están concebidos para semejantes propósitos; pueden organizarse mejor con aquellos que han recibido un adoctrinamiento totalitario que les permite comprender «subjetivamente» su propia inocuidad objetiva y confesar «en beneficio de la causa»93. El concepto del «adversario objetivo» cuya identidad
En fecha can temprana como 1941, durante una reunión en el cuartel general de Hitler, se propu- so imponer a la población polaca aquellas regulaciones por las que los judíos habían sido preparados para los campos de exterminio: cambio de apellidos si eran de origen alemán; sentencias de muerte pata tas relaciones sexuales entre alemanes y polacos (Rassenschade); obligación de llevar una P en Alemania, similar a la estrella amarilla de los judíos (véase Nazi Conspiracy, VIII, pp. 237 y ss., y el diario de Hans Frank, en Tria!? op, cit., XXIX, p, 683). Naturalmente, los mismos polacos pronto empezaron a preocuparse de lo que les sucedería cuando los nazis hubieran concluido el exterminio de los judíos (Nazi Conspiracy, IV, p. 916). Por lo que se refiere a los planes de Hitler relativos al pue¬ blo alemán, véase la nota 80.
93 Beck y Godin, op. cit., 87, hablan de las «características objetivas», que en la URSS invitaban a la detención; entre ellas figuraba la pertenencia a la NKVD (p. i 53). La percepción subjetiva de la necesidad objetiva de la detención y la confesión podía lograrse más fácilmente con los antiguos miembros de la policía secreta. En palabras de un ex agente de la NKVD: «Mis superiores me cono-
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cambia según las circunstancias predominantes — de forma tal que, tan pronto como es liquidada una categoría, pueda declararse la guerra a otra— corresponde exactamente a la situación de hecho reiterada una y otra vez por los gobernantes totalitarios: es decir, que su régimen no es un gobierno en ningún sentido tradicional, sino un movimiento cuyo avance tropieza cons¬ tantemente con nuevos obstáculos que tienen que ser eliminados. Por lo que, hasta donde cabe hablar en general de algún pensamiento legal dentro del sis¬ tema totalitario, el «adversario objetivo» es su idea central.
Estrechamente relacionado con esta transformación del sospechoso en enemigo objetivo es el cambio de posición de la policía secreta dentro del estado totalitario. Los servicios secretos han sido certeramente denominados un estado dentro del estado, y ello no sólo en los despotismos, sino también bajo gobiernos constitucionales o semiconstitucionales. La simple posesión de información secreta ha proporcionado siempre a esta rama una superiori¬ dad decisiva sobre todas las demás de la Administración civil y constituido una abierta amenaza para los miembros del gobierno". La policía totalitaria, por el contrario, se halla completamente sujeta a la voluntad del jefe, que es el único que puede decidir quién será el próximo enemigo potencial y el úni¬ co que puede, como hizo Stalin, seleccionar a los cuadros de la policía secre¬ ta para su liquidación. Como a la policía ya no se le permite utilizar la provo¬ cación, ha quedado privada del único medio disponible de perpetuarse inde¬ pendientemente del gobierno y se ha tornado enteramente dependiente de las más altas autoridades para la salvaguardia de sus puestos.. Como el ejérci¬ to en un estado no totalitario, la policía en los países totalitarios ejecuta sim¬ plemente la política y pierde todas las prerrogativas que conservaba bajo las burocracias despóticas300.
La tarea de la policía totalitaria no consiste en descubrir delitos, sino en hallarse disponible cuando el gobierno decide detener a cierto sector de la población. Su principal distinción política es que solamente la policía disfruta de la confianza de la más alta autoridad y sabe qué línea política ha de ser apli¬ cada. Y esto no se aplica solamente a las cuestiones de alta política, tales como
cen suficientemente bien y conocen mi trabajo, y si el partido y la NKDV me exigen ahora que con¬ fiese tales cosas, deben tener buenas razones para hacer lo que están haciendo. Mi deber como leal ciudadano soviético es no sustraerme a la confesión que se me exige» (ibíd., p. 2 3 1).
Bien conocida es la situación en Francia, donde los ministros vivían en constante temor a tos dos-sien secretos de la policía. Por lo que se refiere a la situación en ía Rusia zarista, véase Laporte, op. cit., pp. 22 y 23: «Eventualmente, la Ojrana manejará un poder muy superior al de las autoridades más regulares... La Ojrana... informará al zar sólo de lo que estime oportuno».
1W «A diferencia de la Ojrana, que había sido un estado dentro del estado, la GPU es un departa¬ mento del gobierno soviético; ... y sus actividades son mucho menos independientes» (Roger N. Baídwin, «Política! Pólice», en Encyclopedia ofSocial Sciences).
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la liquidación de toda una cíase o de un grupo étnico (sólo los cuadros de la GPU conocían el objetivo real del gobierno soviético en los primeros años de la década de los treinta y sólo las formaciones de las SS sabían que los judíos tenían que ser exterminados en los primeros años de la década de los cuarenta); el hecho de la vida cotidiana bajo condiciones totalitarias es que sólo los agen¬ tes de la NKVD en una empresa industrial se hallan informados de lo que Moscú quiere cuando ordena, por ejemplo, una aceleración en la fabricación de tubos; sí se trata simplemente de obtener más tubos, o de arruinar al direc¬ tor de la fábrica, o de liquidar a toda la gerencia, o de abolir esa determinada fábrica, o, finalmente, de hacer que esta orden se repíta por toda la nación para que pueda comenzar una nueva purga.
Una de las razones de la duplicación de los servicios secretos, cuyos agentes se desconocen entre sí, es que la dominación total necesita la más extremada fle¬ xibilidad; volviendo a utilizar nuestro ejemplo, Moscú, cuando ordena fabricar más tubos, puede que no sepa todavía si desea tubos — lo que siempre se nece¬ sita— o una purga. La multiplicación de ios servicios secretos permite los cam¬ bios en el último minuto, de forma tal que una rama pueda estar esperando el otorgamiento de la Orden de Lenin ai director de la fábrica mientras que la otra realiza los preparativos para su detención. La eficiencia de la policía consiste en el hecho de que puedan prepararse simultáneamente semejantes misiones con¬ tradictorias.
Bajo el régimen totalitario, como bajo otros regímenes, la policía secreta tiene un monopolio sobre determinada información vital, pero el tipo de cono¬ cimiento que sólo puede ser poseído por la policía ha sufrido una importante transformación: la policía ya no está preocupada por saber lo que sucede en las mentes de las futuras víctimas (durante la mayor parte del tiempo ignora quié¬ nes serán estas víctimas), y la policía se convierte en depositaría de ios más importantes secretos de estado. Esto supone automáticamente un gran progre¬ so en su prestigio y posición, aunque se vea acompañado por una definida pér¬ dida del poder real. Los servicios secretos no conocen nada que el jefe no conozca mejor; en términos de poder han descendido al nivel del ejecutor.
Desde un punto de vista legal, aún más interesante que el paso del sospe¬ choso al enemigo objetivo es la sustitución totalitaria de la sospecha de un delito por la posibilidad de éste. El delito posible no es más subjetivo que el enemigo objetivo. Mientras que el sospechoso es detenido porque se le con¬ sidera capaz de cometer un delito que más o menos encaja en su personalidad (o en su presunta personalidad)101, la versión totalitaria del delito posible está
,01.-Típica de este concepto del sospechoso es ia siguiente historia contada por C. Pobyedonostzeven
L'Autocratie Russe: Mémoñespolitiques, correspondance officielle et documents inédits... 1881-1894, Pa-
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basada en la anticipación lógica de los desarrollos objetivos. Los procesos de Moscú contra la vieja guardia bolchevique y los jefes del Ejército Rojo fueron clásicos ejemplos de castigo por delitos posibles. Tras las fantásticas e inven¬ tadas acusaciones se puede fácilmente detectar el siguiente cálculo lógico: la evolución de la Unión Soviética podía conducir a una crisis; una crisis podía conducir al derrocamiento de la dictadura de Stalin; ello podía debilitar la fuerza militar del país y producir posiblemente una situación en la que un nuevo gobierno tendría que firmar una tregua o incluso concluir una alianza con Hitler. Tras lo cual Stalin procedió a declarar que existía un complot para el derrocamiento del gobierno y una conspiración dirigida por Hitler102, Contra estas posibilidades «objetivas», aunque enteramente improbables, se alzaban sólo factores «subjetivos», tales como la lealtad de los acusados, su fatiga, su incapacidad de comprender lo que estaba sucediendo, su firme convicción de que sin Stalin todo estaría perdido, su sincero odio al fascismo
— es decir, un número de detalles de hecho que carecían, naturalmente, de la consistencia de ese ficticio, lógico y posible delito. La presunción central del totalitarismo de que todo es posible conduce así, a través de la eliminación consistente de todos los frenos de hecho, a la absurda y terrible consecuencia de que debe ser castigado todo delito que los gobernantes puedan concebir, sin tener en cuenta si ha sido o no cometido. El delito posible, como el ene¬ migo objetivo, queda luego más allá de la competencia de la policía, que nunca puede descubrirlo, inventarío o provocarlo. También aquí dependen enteramente los servicios secretos de las autoridades políticas. Ha desapareci¬ do su independencia como un estado dentro del estado.
rís, 1927: al general Cheverin, de la Ojrana, se le pide que intervenga en favor de una señora que está a punto de perder un pleito porque la parte contraria ha contratado los servicios de un abogado ju ¬ dío. Dice el generaí: «La misma noche ordené la detención de ese maldito judío y le retuve como persona políticamente sospechosa... Al fin y al cabo, ¿podía tratar de la misma manera a unos amigos que a un sucio judío, que puede que fuera inocente entonces, pero que habría sido culpable antes o lo sería después?».
Las acusaciones de ios procesos de Moscú «estuvieron basadas... en una anticipación grotesca- mente presentada y pervertida de posibles evoluciones. El razonamiento {de Stalin] se desarrolló pro¬ bablemente según la siguiente línea: puede que en una crisis deseen derrocarme — yo íes acusaré de haberío intentado... Un cambio de gobierno puede debilitar la capacidad bélica de Rusia; y si triun¬ faran, podrían verse obligados a firmar una tregua con Hitler y quizás, incluso, a acceder a una ce¬ sión territorial... Yo les acusaré de haber realizado ya una traicionera alianza con Alemania y de haber cedido territorio soviético». Ésta es la brillante explicación de I. Deutscher sobre tos procesos de Moscú, op. cit., p. 377.
Un buen ejemplo de las versiones nazis del delito posible puede hallarse en Hans Frank, op, cit.: «Nunca puede delinearse todo un catálogo de intentos “peligrosos para el estado" porque nunca pue¬ de preverse lo que puede poner en peligro a la jefatura y al pueblo en algún momento del futuro» (cita de Nazi Compmuy, IV, p. 881).
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Sólo en un aspecto se parece estrechamente la policía secreta totalitaria a los servicios secretos cíe los países no totalitarios. La policía secreta se ha beneficiado tradición almente, es decir, desde Fouché, de sus víctimas y ha aumentado el presupuesto oficial autorizado por el estado a través de ciertas fuentes heterodoxas, asumiendo sencillamente una posición de asociación en actividades a las que se suponía que había de liquidar, tales como el juego y la prostitución103. Estos métodos ilegales de autofinancíadón, que abarcan des¬ de la amistosa aceptación de sobornos hasta el chantaje declarado, fueron un factor destacado en la emancipación de los servidos secretos de las autorida¬ des públicas y reforzaron su posición como un estado dentro del estado. Es curioso ver que la financiación de las actividades policíacas con ingresos de sus víctimas ha sobrevivido a todos los demás cambios. En la Rusia soviética, la NKVD depende casi enteramente de la explotación del trabajo forzado, que, desde luego, no parece proporcionar otro beneficio ni servir a ningún otro fin que no sea la financiación del gran aparato secreto104. El mismo Himmler financió a las unidades SS, que constituían los cuadros de la policía secreta nazi, a través de la confiscación de la propiedad judía; luego llegó a un acuerdo con Darré, el ministro de Agricultura, por el que Himmler recibió los varios centenares de millones de marcos que Darré obtenía anualmente comprando productos agrícolas baratos en el exterior y vendiéndolos a pre¬ cios establecidos en Alemania105. Esta fuente regular de ingresos desapareció, naturalmente, durante la guerra; Albert Speer, el sucesor de Todt y el más grande empleador de mano de obra en Alemania a partir de 1942, propuso en dicho año un trato similar a Himmler; si Himmler accedía a librar de la autoridad de las SS a los obreros esclavos importados cuyo trabajo era nota¬ blemente deficiente, la Organización Speer otorgaría a las SS un cierto por¬ centaje de los beneficios106. A estas fuentes más o menos regulares de ingre¬
Los métodos criminales de la policía secreta no son desde luego monopolio de la tradición fran- cesa. En Austria, por ejemplo, la temida policía política, bajo el reinado de María Teresa, estaba orga¬ nizada por Kunícz con los cuadros de los llamados «comisarios de castidad», que acostumbraban a vi¬ vir del chantaje. Véase Moritz Bermann, Marta Theresa und Kaiser joseph II, Viena-Leipzig, 1881. Debo esta referencia a Robert Pick.
1<>Í Es cierto que la gran organización policial es pagada con los beneficios del trabajo esclavo; lo sor¬ prendente es que el presupuesto de la policía no se halle enteramente nutrido por tales ingresos; Kravchenko, op. cit,, menciona unos impuestos especiales con los que la NKVD grava a los ciudada¬ nos condenados que siguen viviendo y trabajando en libertad.
103 Véase Fritz Thyssen, I Paid Hitler, Londres, 1941,
106 Véase Nazi Conspiracy, I, pp. 916 y 917. La actividad económica de las SS radicaba en una ofici¬ na central para cuestiones económicas y administrativas. Ante la Hacienda, las SS declaraban su capital como «propiedad del partido reservada para fines especiales» (carta del 5 de mayo de 1943, citada por M. Wolfson, Vebersicht der GUederung verbrecberischer Nazi-Organisatíonem. Omgtis, diciembre de 1947),
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sos, Himmler sumó los antiguos métodos de chantaje de los servicios secretos en épocas de crisis financiera: en sus comunidades, las SS constituyeron gru¬ pos de «Amigos de las SS», que tenían que «proporcionar voluntariamente» los fondos precisos para las necesidades de los agentes locales de las SS107. (Resulta notable que en sus diferentes operaciones financieras, la policía secreta nazi no explotara a sus prisioneros. Excepto en los últimos años de la guerra, cuando el empleo del material humano en los campos de concentra¬ ción ya no estaba solamente determinado por Himmler, el trabajo en los campos «no tuvo otro propósito racional que el de aumentar la carga y la tor¬ tura de los infortunados prisioneros».)108
Sin embargo, estas irregularidades financieras son los únicos y no muy importantes rastros de la tradición de la policía secreta. Son posibles por obra del desprecio general de los regímenes totalitarios hada las cuestiones econó¬ micas y financieras, de forma tai que métodos que en condiciones normales serían ilegales y distinguirían a la policía secreta de otros más respetables departamentos de la Administración ya no denotan que estamos aquí refi¬ riéndonos a un departamento que disfruta de independencia, no es controla¬ do por otras autoridades y vive en una atmósfera de irregularidad, irrespeta¬ bilidad e inseguridad. La posición de la policía secreta totalitaria, por el con¬ trario, ha quedado completamente estabilizada y sus servidos se hallan plenamente integrados en la administración. No sólo se encuentra la organi¬ zación más allá del umbral de la ley, sino que, más bien, es la encarnación de la ley, y su respetabilidad queda por encima de toda sospecha. Ya no organiza crímenes por su propia iniciativa, ya no provoca atentados contra el estado y la sociedad y austeramente procede contra todas las formas de soborno, chantaje y ganancias financieras irregulares. La lección moral, combinada con muy tangibles amenazas, que el mismo Himmler pudo permitirse dar a sus hombres en medio de la guerra — «Tenemos la moral adecuada... para ba¬ rrer a este pueblo (judío) que está decidido a barrernos, pero no tenemos derecho a enriquecernos en manera alguna, ya sea mediante un abrigo de pie¬
Vease Kohn-Bramstedt, op. o't., p. 112. El motivo del chantaje queda claramente revelado si con- sideramos que este tipo de recogida de fondos era siempre organizado por las unidades locales de las SS en los lugares donde se hallaban estacionadas (véase Der Wegder SS, publicado por la SS-Hauptamt-Schulungsamt, sin fecha, p. 14).
íbíd., p. 124, A este respecto se establecieron ciertos compromisos en atención a los requerimien- tos correspondientes al mantenimiento de los campos ya las necesidades personales de las SS. Véase Woífson, op. cit., carta del 18 de septiembre de 1941, de Oswald Pohl, jefe de la \W F (Witsckitfts-und Verwaltungs-Hauptamt), al comisario del Reich para el control de los precios. Parece que todas estas actividades económicas en los campos de concentración se desarrollaron sólo durante la guerra y bajo la presión de una aguda escasez de mano de obra.
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les, un reloj, un solo marco o un cigarrillo...»13*09— plantea algo insólito en la historia de la policía secreta. Si todavía sigue preocupada por los «pensamien¬ tos peligrosos», difícilmente son éstos los que las personas sospechosas saben que son peligrosos; la regimentación de toda la vida intelectual y artística exi¬ ge un constante restablecimiento y revisión de las normas, que, naturalmen¬ te, son acompañados por repetidas eliminaciones de intelectuales cuyos «pensamientos peligrosos» consisten habitualmente en ciertas ideas que aún eran enteramente ortodoxas el día anterior. Mientras que, por eso, se ha tornado superfina su función policíaca en el sentido reconocido del tér¬ mino, la función económica de la policía secreta, a veces considerada como reemplazadora de la primera, es aún más dudosa. Es innegable, con seguri¬ dad, que periódicamente la NKVD recoge un porcentaje de la población soviética y la envía a campos que son conocidos bajo la halagadora y equí¬ voca designación de campos de trabajo forzado110; sin embargo, aunque es completamente posible que ésta sea la forma que tiene la Unión Soviética de resolver su problema de desempleo, es también generalmente sabido que la producción de esos campos es infinitamente más baja que la del trabajo ordinario soviético y que difícilmente basta para pagar los gastos del apara¬ to policíaco.
Ni dudosa ni superflua es la función política de la policía secreta, el «me¬ jor organizado y el más eficiente» de todos los departamentos gubernamenta¬ les111 en el aparato del poder del régimen totalitario. Constituye la verdadera rama ejecutiva del gobierno a través de la cual son transmitidas todas las
Discurso de Himmler, de octubre de 1943, en Posen: InternationalMilitary Triáis, Nuremberg, 1945-1946, vol. 29, p. 146,
«Bek Bular (pseudónimo literario de un ex profesor soviético) ha podido estudiar documentos de la NKVD del Cáucaso septentrional. Por estos documentos resulta obvio que en junio de 1937, cuando se hallaba en su cúspide la Gran Purga, el gobierno ordenó a las NW VD locales que detuvie¬ ran a un determinado porcentaje de su población,.. El porcentaje variaba de una provincia a otra, lle¬ gando a ser de un 5 por ciento en las áreas menos leales. La media para el conjunto de la Unión Soviética era, aproximadamente, de un 3 pop ciento», según informa David J. Dallin, en The new Leader, 8 de enero de 1949- Beck y Godín, op. cu., p. 239, llegan a un supuesto ligeramente diferen¬ te y completamente plausible, según el cual las «detenciones eran planeadas de la siguiente manera: Los archivos de ¡a NKVD abarcaban prácticamente a toda la población y todo el mundo se hallaba clasificado en una determinada categoría. Así se disponía en cada ciudad de estadísticas que señala¬ ban cuántos antiguos blancos, cuántos miembros del partido adversarios, etc., vivían allí. En los archivos entraba también todo el material incriminante recogido... y obtenido de las confesiones de los detenidos y se marcaba la tarjeta de cada persona para señalar cuán peligrosa se la consideraba; esa consideración dependía del material sospechoso e incriminante que apareciera en el archivo. Como de las estadísticas se informaba regularmente a las autoridades superiores, era posible preparar una purga en cualquier momento con completo conocimiento del número exacto de personas de cada categoría.
111 Baldwin, op, cit.
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órdenes. A través de la red de agentes secretos, el gobernante totalitario ha creado para sí mismo una directa correa de transmisión ejecutiva que, a dife¬ rencia de la estructura del tipo de cebolla de la jerarquía ostensible, se halla completamente separada y aislada de todas las demás instituciones112. En este sentido, los agentes de la policía secreta constituyen la única cíase abierta¬ mente dominante en los países totalitarios, y sus normas y escala de valores penetran todo el tejido de la sociedad totalitaria.
Desde este punto de vista puede no resultar demasiado sorprendente que ciertas cualidades peculiares de la policía secreta sean cualidades generales de la sociedad totalitaria más que peculiaridades de la policía secreta totalitaria. La categoría del sospechoso abarca así, bajo las condiciones totalitarias, a toda la población; cada pensamiento que se desvía de la línea oficialmente prescrita y permanentemente cambiante es ya sospechoso, sea cual fuere el campo de actividad humana en que suceda. Simplemente por su capacidad de pensar, los seres humanos son sospechosos por definición, y esta sospecha no puede ser descartada en razón de una conducta ejemplar, porque la capa¬ cidad humana para pensar es también una capacidad para cambiar la mente propia. Como, además, es imposible llegar a conocer más allá de la duda el corazón de otro hombre — en este contexto, la tortura es sólo el intento desesperado y eternamente fútil de lograr lo que no puede lograrse— , la sos¬ pecha no puede ser mitigada si ya no existen como realidades sociales (dife¬ renciadas de las simplemente psicológicas) una comunidad de valores ni las previsibilidades del interés propio. La sospecha mutua, por eso, caía todas las relaciones sociales en ios países totalitarios y crea una atmósfera omnipene-trante al margen de la esfera especial de la policía secreta.
En los regímenes totalitarios, la provocación, antaño especialidad del agente secreto, se convierte en un método de tratar con el vecino, que se ve forzado a utilizar todo el mundo, voluntaria o involuntariamente. Todo el mundo, de alguna forma, es el agentprovocateur de todo el mundo; porque, obviamente, todo el mundo se calificaría a sí mismo de agent provocateur si llegara a la atención de las autoridades un intercambio incluso ordinario y
Los cuadros de la policía secreta rusa estaban tan a «disposición personal» de Stalin como se hallaban a disposición personal de Hitíer las tropas de choque de las SS (VerfUgungstruppen). Ambas, incluso si eran llamadas a servir con las fuerzas militares en tiempo de guerra, vivían conforme a su propia jurisdicción. Las «leyes matrimoniales» especiales que servían para segregar a las SS del resto de la población fueron fas primeras y más fundamentales normas que introdujo Hitíer cuando se encargó de la reorganización de Jas SS. Incluso antes de las leyes matrimoniales de Himmler, en 1927, se impuso a las SS una orden especial: el no participar «nunca en las discusiones délas reunio¬ nes de miembros del partido» (Der WegderSS, op. cit). La misma conducta ha sido descrita respec¬ to de los miembros de la NKVD, que se mantienen deliberadamente aparte y que sobre todo jamás se relacionan con otras secciones de la aristocracia del partido (Beck y Godin, op. cit, p. 163).
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amistoso de «pensamientos amistosos» (o lo que mientras tanto se haya con¬ vertido en «pensamientos peligrosos»). La colaboración de la población en la denuncia de los adversarios políticos y la prestación de servido voluntario como agente provocador no carecen ciertamente de precedentes, pero en los países totalitarios se hallan tan bien organizadas que el trabajo de los especia¬ listas es casi superfluo. En un sistema de espionaje ubicuo, donde todo el mundo puede ser un agente de policía y donde cada individuo se siente sometido constantemente a vigilancia; bajo circunstancias, además, en las que las carreras profesionales son extremadamente inseguras y los ascensos y caídas más espectaculares son sucesos cotidianos, cada palabra se torna equí¬ voca y queda sometida a una interpretración retrospectiva.
La ilustración más sorprendente de la penetración de la sociedad totalitaria por ios métodos y normas de la policía secreta puede hallarse en la cuestión de las carreras profesionales. El agente doble en los regímenes no totalitarios servía a la causa a la que se suponía que había de combatir casi tanto, y a veces más, que las autoridades. Frecuentemente, albergaba una especie de doble ambición: deseaba ascender en las filas de los partidos revolucionarios tanto como en las fi¬ las de los servicios. Para conseguir ascensos en ambos campos sólo tenía que aceptar ciertos métodos que en una sociedad normal correspondían a los ensue¬ ños del pequeño empleado que depende de su antigüedad para el ascenso: a tra¬ vés de sus conexiones con la policía podía eliminar ciertamente a sus superiores y rivales en el partido, y a través de sus conexiones con los revolucionarios tenía al menos una oportunidad de desembarazarse de su jefe en la policía113. Si con¬ sideramos las condiciones de las carreras profesionales en la actual sociedad rusa, la semejanza con tales métodos resulta sorprendente. Los altos funcionarios no sólo deben sus puestos a las purgas que eliminaron a sus predecesores, sino que aceleran sus ascensos de esta forma en todos los caminos de la vida. Cada diez años, aproximadamente, una purga de alcance nacional deja espacio para la nue¬ va generación, recientemente graduada y hambrienta de puestos. El mismo gobierno ha establecido para este ascenso las condiciones que antiguamente te¬ nía que crear el agente de policía. ,
Este giro violento y regular de toda la gigantesca maquinaria administra¬ tiva, aunque impide el desarrollo de la competencia, tiene muchas ventajas: asegura la relativa juventud de los funcionarios e impide una estabilización de condiciones que, al menos en tiempos de paz, se halla preñada de peligros para la dominación totalitaria; eliminando la antigüedad y el mérito, impide el desarrollo de las lealtades que normalmente ligan a los miembros jóvenes
1-3 Es típica la esplendida carrera del agente de policía Maíinowsky, que acabó como diputado de los bolcheviques en el Parlamento (vóase Bertram D. Wolfe, op. cit., cap. XXXI).
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de un cuerpo con sus mayores, de cuya opinión y buena voluntad dependen sus ascensos; barren de una vez por todas los peligros del paro y aseguran a todo el mundo un puesto compatible con su preparación, Así, en 1939, des¬ pués de que llegó a su final la gigantesca purga de la Unión Soviética, Stalin pudo observar con gran satisfacción que «el partido era capaz de elevar a los puestos dirigentes en los asuntos del estado o del partido a más de 500.000 jóvenes bolcheviques»114. La humillación implícita en el hecho de deber un puesto a la injusta eliminación del predecesor de cada uno tiene el mismo efecto desmoralizante que la eliminación de los judíos tuvo en las profesiones alemanas; convierte a cada poseedor de un puesto de trabajo en consciente cómplice de los crímenes de un gobierno, de los que es beneficiario tanto si le gusta como si no le gusta, con el resultado de que, cuanto más sensible resulte ser el individuo humillado, más ardientemente defenderá al régimen. En otras palabras, este sistema es el resultado lógico del principio del jefe en sus implicaciones totales y la mayor garantía posible de la lealtad, en cuanto que hace que el medio de vida de cada nueva generación dependa de la línea política actual del jefe que inició la purga creadora de puestos de trabajo. También hace realidad la identidad de los intereses públicos y privados, de la que acostumbran a mostrarse tan orgullosos los defensores de la Unión Soviética (o, en la versión nazi, la abolición de la esfera de la vida privada), hasta el punto de que cualquier individuo, de cualquier importancia, deba toda su existencia al interés político del régimen, y cuando esta identidad de intereses de hecho queda rota y la purga siguiente le barre del puesto, el régi¬ men se asegura de que desaparezca del mundo de los vivos. En forma no muy diferente, el agente doble se halla identificado con la causa de la revolución (sin la cual perdería su puesto) y no sólo con la policía secreta. En esta esfera, también, una^ ascensión espectacular puede solamente acabar en una muerte anónima, dado que es más improbable que pueda jugarse indefinidamente el doble juego. El gobierno totalitario, cuando fija para el ascenso en todas las carreras condiciones que habían prevalecido anteriormente sólo entre los proscritos sociales, ha efectuado uno de los cambios más trascendentales en psicología social. La psicología del agente doble, que se muestra dispuesto a pagar el precio de la brevedad de una vida por la exaltada existencia de unos pocos años en la cumbre, se convirtió necesariamente en la filosofía en cues¬ tiones personales de toda la generación posrevolucionaria en Rusia y, en me¬ nor, pero aún muy peligroso, grado, en la Alemania de la posguerra.
Esta es la sociedad, penetrada por normas y viviendo conforme a méto¬ dos que antaño fueron monopolio de la policía secreta, en la que funciona la
114 Cita de Avtorjanov, op. dt.
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policía secreta totalitaria. Sólo en las fases iniciales, cuando todavía se desa¬ rrolla una lucha por el poder, son sus víctimas aquellos que pueden ser sospe¬ chosos de oposición. Luego prosigue su carrera totalitaria con la persecución del enemigo objetivo, que puede ser el judío o los polacos (como en el caso de los nazis) o los llamados «contrarrevolucionarios», una acusación que «en la Rusia soviética... es formulada... antes de que se haya suscitado cuestión alguna respecto del comportamiento [de los acusados]», que pueden ser per¬ sonas que en un cierto tiempo poseyeron una tienda o una casa o cuyos «pa¬ dres o abuelos tuvieron semejantes cosas»115, o que resultaron pertenecer a una de las fuerzas de ocupación del Ejército Rojo, o eran rusos de origen polaco. Sólo en su fase última y completamente totalitaria quedaban abando¬ nados los conceptos del enemigo objetivo y del delito lógicamente posible, y eran elegidas las víctimas completamente al azar y, sin llegar a ser acusadas, declaradas incapaces de vivir. Esta nueva categoría de «indeseables» puede consistir, como en el caso de los nazis, en enfermos mentales o en personas con enfermedades pulmonares o cardíacas, o, en la Unión Soviética, en per¬ sonas que hayan sido comprendidas en ese porcentaje, diferente en cada pro¬ vincia, cuya deportación haya quedado determinada.
Esta consecuente arbitrariedad niega la libertad humana más eficazmen¬ te de lo que podría negarla cualquier tiranía. Uno tiene por lo menos que ser enemigo de una tiranía para ser castigado por ésta. La libertad de opinión no quedaba abolida para aquellos que eran lo suficientemente valientes como para arriesgar sus cuellos. Teóricamente, la elección de la oposición existe también en los regímenes totalitarios; pero semejante libertad queda casi invalidada si la realización de un acto voluntario sólo asegura un «castigo» que cualquiera puede tener que soportar en cualquier caso. En este sistema, la libertad no sólo ha menguado hasta su última y aparentemente todavía indestructible garantía, la posibilidad del suicidio, sino que ha perdido su se¬ llo distintivo porque las consecuencias de su ejercicio son compartidas por personas completamente inocentes. SÍ Hitler hubiera tenido tiempo para ha¬ cer realidad su sueño de una ley sanitaria general alemana, el hombre que padeciera una enfermedad pulmonar habría quedado sujeto al mismo desti¬ no que un comunista durante los primeros años del régimen nazi y que un judío durante los últimos. En forma semejante, el adversario del régimen que en Rusia sufre el mismo destino que millones de personas enviadas a los cam¬ pos de concentración con objeto de cubrir ciertas cuotas; sólo alivia a la poli¬ cía de la tarea de la elección arbitraría. El inocente y el culpable son igual¬ mente indeseables.
’5 The Dark Side of tbe Moon, Nueva York, 1947.
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El cambio en el concepto del delito y de los delincuentes determina los nuevos métodos de la policía secreta totalitaria. Los delincuentes son castiga¬ dos; los indeseables desaparecen de la faz de la tierra; el único rastro que de¬ jan tras de sí es el recuerdo de aquellos que íes conocieron y les amaron, y una de las tareas más difíciles de la policía secreta consiste en asegurarse de que desaparecerán incluso semejantes rastros junto con el hombre condenado.
Se dice que la Ojrana, predecesora zarista de la GPU, inventó un sistema de archivo en el que cada sospechoso era anotado en una gran tarjeta en el centro de la cual aparecía su nombre dentro de un gran círculo rojo; sus ami¬ gos políticos eran designados dentro de círculos rojos menores, y sus amista¬ des no políticas, por círculos verdes; los círculos pardos señalaban a personas en contacto con amigos del sospechoso, pero no conocidas personalmente por éste; las interrelaciones entre los amigos del sospechoso, políticos y no políticos, y los amigos de sus amigos quedaban señaladas por líneas entre los círculos respectivos116. Obviamente, las limitaciones de este método venían impuestas sólo por el tamaño de las tarjetas, y, teóricamente, una gigantesca y única tarjeta podría mostrar las relaciones e interrelaciones de toda la población. Y éste es el objetivo utópico de la policía secreta totalitaria. Ha renunciado al anhelo de la policía, que se supone que hace realidad el detec¬ tor de mentiras, y ya no trata de averiguar quién es quién o qué piensa quién. (El detector de mentiras es quizás el ejemplo más gráfico de la fascinación que este sueño ejerce aparentemente sobre la mentalidad de todos los poli¬ cías; porque, obviamente, el complicado mecanismo de detección difícilmen¬ te podrá demostrar nada más que la sangre fría o el temperamento nervioso de sus víctimas. Realmente, el razonamiento simplista que subyace en el empleo de este mecanismo sólo puede ser explicado por el deseo irracional de que al fin y al cabo sea posible alguna forma de lectura de pensamiento.) Este antiguo sueño ya resultaba lo suficientemente terrible y desde tiempo inmemorial ha conducido a la tortura y a las más abominables crueldades. Contaba sólo con una cosa en su favor: pedía lo imposible. El sueño moderno de la policía totali¬ taria, con sus técnicas modernas, es incomparablemente más terrible. Ahora, ía policía sueña con que una mirada al gigantesco mapa en ía pared de un despa¬ cho baste en cualquier momento dado para determinar quién está relacionado con quién y en qué grado de intimidad, y, teóricamente, este sueño no es irrea¬ lizable aunque su ejecución técnica esté llamada a ser algo difícil. Si este mapa existiera realmente, ni siquiera el recuerdo se alzaría en el camino de la búsque¬ da totalitaria de la dominación. Semejante mapa podría hacer posible borrar a las personas sin dejar rastro, como si nunca hubieran existido.
lis y¿ase Importe, oj>. ch„ p. 39-
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SÍ puede confiarse en los informes de los agentes detenidos de la NKVD, la policía secreta rusa ha llegado desagradablemente cerca de este ideal de dominación totalitaria. La policía dispone de dossiers secretos sobre cada habitante del vasto país en los que se señalan cuidadosamente las muchas relaciones que existen entre las personas, desde las casuales hasta las genuina-mente amistosas y las familiares; sólo para descubrir estas relaciones es por lo que son tan estrechamente interrogados los acusados, cuyos «delitos» han quedado de cualquier manera «objetivamente» establecidos antes de su detención. Finalmente, por lo que se refiere al don de la memoria, tan peli¬ groso para la dominación totalitaria, los observadores extranjeros consideran que, «si es cierto que ios elefantes nunca olvidan, Rusia nos parece ser lo opuesto de los elefantes... La psicología soviética rusa parece hacer realmente posible el olvido»117.
Puede advertirse cuán importante para el aparato de dominación total es esta completa desaparición de sus víctimas en los ejemplos en que, por una razón u otra, el régimen se ha visto enfrentado con el recuerdo de los super¬ vivientes. Durante la guerra, un comandante de las SS cometió el terrible error de informar a una mujer francesa de la muerte de su marido en un cam¬ po de concentración alemán. Este descuido determinó un pequeño alud de órdenes e instrucciones a todos los comandantes de los campos, advirtiéndo¬ les de que en ninguna circunstancia se facilitara información al mundo exte¬ rior118. El hecho es que, por lo que a la viuda francesa concernía, su marido había dejado supuestamente de vivir en el momento de su detención, o, más bien, había cesado incluso de haber vivido. Análogamente, los funcionarios de la policía soviética, acostumbrados a este sistema desde su nacimiento, sólo podían sentirse sorprendidos ante aquellas personas de la Polonia ocupada que trataban desesperadamente de averiguar lo que había sido de sus amigos y parientes detenidos119.
En los países totalitarios todos los lugares de detención dirigidos por la policía quedan convertidos en verdaderos pozos del olvido en los que las per¬ sonas caen por accidente y sin dejar tras de sí los rastros ordinarios de su anti¬ gua existencia, como un cuerpo y una tumba. En comparación con esta noví¬ sima invención para hacer desaparecer a la gente, el anticuado medio del ase¬ sinato, político o común, resultaba desde luego ineficaz. El asesino deja tras sí un cuerpo, y aunque trate de borrar los rastros de su propia identidad, no tiene poder para borrar la identidad de su víctima del recuerdo del mundo
Beck y Godtn, op. cit, pp. 127 y 234. n * Véase Nazi Conspira^ Vil, pp. 84 y ss.
The Dark Side ofthe Moon.
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superviviente. La operación de la policía secreta, por el contrario, se encarga milagrosamente de que la víctima nunca haya existido.
La relación entre la policía secreta y las sociedades secretas es obvia. El establecimiento de la primera siempre ha necesitado y utilizado el argumen¬ to de los peligros suscitados por la existencia de las últimas. La policía secre¬ ta totalitaria es la primera en la historia que ni necesita ni utiliza los anticua¬ dos pretextos de todos los tiranos. El anonimato de sus víctimas, que no pue¬ den ser calificadas de enemigas del régimen y cuya identidad es desconocida para los perseguidores hasta que se produce la decisión arbitraria del gobier¬ no, que las elimina del mundo de los vivos y extermina su recuerdo del mun¬ do de los muertos, está más allá de todo secreto, más allá del más estricto silencio, más allá del gran dominio de la doble vida que la disciplina de las sociedades conspiradoras acostumbra a imponer a sus miembros.
Los movimientos totalitarios que, durante su ascensión al poder, imitan ciertas características de la organización de las sociedades secretas y que, sin embargo, se establecen a la luz del día crean una verdadera sociedad secreta sólo después de su llegada al poder. La sociedad secreta de los regímenes tota¬ litarios es la policía secreta; el único secreto estrictamente guardado que exis¬ te en un país totalitario concierne a las operaciones de la policía y a las con¬ diciones de los campos de concentración120. Desde luego, la población, en general, y los miembros del partido, específicamente, conocen todos los he¬ chos generales: que existen campos de concentración, que desaparecen perso¬ nas, que son detenidas personas inocentes; al mismo tiempo, cada persona en un país totalitario sabe también que el mayor delito es hablar siquiera de es¬ tos «secretos». Considerando que un hombre depende para su conocimiento de la afirmación y de la comprensión de sus semejantes, esta información, generalmente compartida, pero individualmente guardada y nunca comuni¬ cada, pierde su realidad y asume la naturaleza de una simple pesadilla. Sólo aquellos que entran en posesión del conocimiento estrictamente esotérico. concerniente a las nuevas y eventuales categorías de indeseables y de los métodos operativos de los cuadros-se hallan en posición de comunicarse en¬ tre sí acerca de lo que realmente constituye la realidad para todos. Sólo ellos están en posición de creer en lo que saben que es cierto. Este es su secreto, y para guardar este secreto quedan establecidos como una organización secreta.
Siguen siendo miembros de ésta aunque la organización secreta les detenga, les obligue a hacer confesiones y, finalmente, les liquide. Mientras guarden el
«Había poco en las SS que no fuera secreto. Ei mayor secreto era el de las prácticas en los campos de concentración. Ni siquiera los miembros de la Gestapo eran admitidos,., en los campos sin un permiso especial» (Eugen Kogon, Der SS-StMt, Munich, 1946, p. 297).
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secreto, pertenecen a la élite, y, como regla, no lo traicionan aunque estén en prisión o en campos de concentración121.
Ya hemos observado que una de las muchas paradojas que hieren al sen¬ tido común del mundo no totalitario es el empleo aparentemente irracional que el totalitarismo hace de los métodos conspiradores. Los movimientos totalitarios, perseguidos aparentemente por la policía, usan muy escasamente de los métodos de conspiración para el derrocamiento del gobierno en su lu¬ cha por el poder, mientras que el totalitarismo en el poder, tras haber sido reconocido por todos los gobiernos y aparentemente evolucionado desde su fase revolucionaria, desarrolla una verdadera policía secreta como núcleo de su gobierno y del poder. Parece que el reconocimiento oficial es considerado una amenaza mayor para el contenido conspirador del movimiento totalita¬ rio, una amenaza de desintegración interna, que las frías medidas policíacas de los regímenes no totalitarios.
La verdad de la cuestión es que los dirigentes totalitarios, aunque se ha¬ llan convencidos de que deben seguir consecuentemente la ficción y las reglas del mundo ficticio que quedaron establecidas durante su lucha por el poder, sólo gradualmente descubren las implicaciones totales de este mundo ficticio y de sus reglas. Su fe en la omnipotencia humana, su convicción de que todo puede hacerse a través de la organización, íes lleva a experiencias que la ima¬ ginación humana puede haber esbozado, pero que la actividad humana cier¬ tamente jamás realizó. Sus odiosos descubrimientos en el terreno de lo posi¬ ble se hallan inspirados por un cientificismo ideológico que ha demostrado hallarse menos controlado por la razón y menos inclinado a reconocer los he¬ chos que las más salvajes fantasías de la especulación precientífica y prefilosó¬ fica. Establecen la sociedad secreta que ya no opera a la luz del día, la socie¬ dad de la policía secreta, del soldado político o del combatiente ideológica¬ mente preparado, para poder realizar la indecente investigación experimental sobre lo que es posible.
Por otra parte, la conspiración totalitaria contra el mundo no totalitario, su reivindicación de dominación total, prosiguen tan abiertas y patentes bajo condiciones de dominación totalitaria como en los movimientos totalitarios. Esta reivindicación es inculcada en la población coordinada de «simpatizan¬ tes» en la forma de una supuesta conspiración de todo el mundo contra su propio país. La dicotomía totalitaria es propagada convirtiendo en deber de cada ciudadano en el exterior informar a su país como si fuera un agente
Beck y Godin, op. cit., p, 169, señalan cómo los funcionarios de la NKVD, cuando eran deteni- dos, «cuidaban muy especialmente de no revelar ninguno de los secretos de la NKVD».
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secreto y tratando a cada extranjero como a un espía de su correspondiente país122. Y es ía realización práctica de esta dicotomía, no los secretos militares o de otro tipo, la que impone la existencia de telones de acero para separar a ios habitantes de un país totalitario del resto del mundo. Su verdadero secre¬ to, ios campos de concentración, esos laboratorios en el experimento de dominación total, está protegido por los regímenes totalitarios de los ojos de su propio pueblo, tanto como de los demás.
Durante un considerable lapso de tiempo la normalidad del mundo nor¬ mal es la protección más eficaz contra la revelación de los crímenes en masa de los regímenes totalitarios. «Los hombres normales no saben que todo es posible»123, se niegan a creer en lo monstruoso ante sus ojos y oídos, de ía misma manera que eí hombre-masa no confía en sus ojos y oídos ante una realidad normal en la que no hay lugar para él124. La razón por la que los regí¬ menes totalitarios pueden llegar tan lejos en ía realización de un mundo fic¬ ticio y trastornado es la de que eí mundo exterior no totalitario, que siempre comprende una gran parte de ía población dei mismo país no totalitario, incurre también en el error de confundir sus deseos con realidades y elude la realidad frente al mundo normal. Esta renuencia del sentido común a creer en lo monstruoso se ve constantemente reforzada por el mismo gobernante totalitario, que se asegura de que jamás se publiquen estadísticas fidedignas, hechos y cifras controlables, de manera tal que sólo haya informes subjetivos, incomprobables y no fiables respecto de los lugares de los muertos vivientes.
Por obra de esta política, ios resultados del experimento totalitario son sólo parcialmente conocidos. Aunque poseemos informaciones suficientes de los campos de concentración para afirmar las posibilidades de dominación total y para echar un vistazo al abismo de «lo posible», no conocemos el grado de trans¬ formación del carácter bajo un régimen totalitario. Aún menos sabemos cuántas de las personas normales que nos rodean estarían dispuestas a aceptar el estilo totalitario de vida — es decir, a pagar el precio de una vida considerablemente más corta por la garantía de realización de sus sueños profesionales. Es fácil com¬
Es típico el siguiente diálogo descrito en The Dark Stde of the Moon: «Al reconocimiento de que uno había estado fuera de Polonia, seguía invariablemente la siguiente pregunta: “¿Para quién estaba usted espiando...?”. Un hombre preguntó “Pero ustedes también tienen visitantes extranjeros. ¿Creen ustedes que son espías?”. La respuesta fue: “¿Qué es lo que cree? ¿Tan necios nos supone como para no darnos cuenta de ello?”».
i2J David Rousset, The Other Kingdom, Nueva York, 1947.
m Los nazis eran perfectamente conscientes del muro de incredulidad que rodeaba a su empresa. Un informe secreto de Rosenberg acerca de la matanza de 5.000 judíos en 1943 declara explícita¬ mente: «Imagínese que estos hechos llegaran a ser conocidos al otro lado y explotados por ellos. Lo más probable es que semejante propaganda no tuviera efecto sólo porque la gente que oye y lee acer¬ ca de eso simplemente no estaría dispuesta a creerlo» (Nazi Conspiracy, I, p. 1001).
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prender el grado en el que la propaganda totalitaria e incluso algunas institucio¬ nes totalitarias responden a las necesidades de las nuevas masas desarraigadas, pero resulta casi imposible conocer cuántas de esas personas, si llegaran a verse expuestas a una constante amenaza de desempleo, aceptarían de buena gana una «política demográfica» que consistiera en la eliminación regular de las personas excedentarias, y cuántas, una vez que hubieran comprendido completamente su creciente incapacidad para soportar las cargas de la vida moderna, se conforma-rían de buen grado con un sistema que, junto con la espontaneidad, eliminara responsabilidad.
En otras palabras, aunque conocemos la forma de operar y la función específica de la policía secreta totalitaria, no sabemos hasta qué grado corres¬ ponde el «secreto» de esta sociedad secreta a los deseos secretos y a las compli¬ cidades secretas de las masas de nuestro tiempo.
3. Dominación total
Los campos de concentración y exterminio de los regímenes totalitarios sirven de laboratorios en los que se pone a prueba la creencia fundamental del totalita¬ rismo de que todo es posible. En comparación con éste, todos los demás experi¬ mentos revisten una importancia secundaria, incluyendo aquellos realizados en el campo de la medicina, cuyos horrores han sido detalladamente expuestas en los procesos contra los médicos del III Reich, aunque resulta característico que tales laboratorios fueran utilizados para experimentos de todo tipo.
La dominación total, que aspira a organizar la pluralidad y diferenciación infinitas de los seres humanos como si la humanidad fuese justamente un indivìduo, sólo es posible si todas y cada una de las personas pudieran ser reducidas a una identidad nunca cambiante de reacciones, de forma tal que pudieran intercambiarse al azar cada uno de estos haces de reacciones. El pro¬ blema es fabricar algo que no existe, es decir, un tipo de especie humana que se parezca a otras especies anímales, cuya única «libertad» consistiría en «pre¬ servar la especie»125. La dominación trata de lograr este objetivo tanto a tra¬ vés del adoctrinamiento ideológico de las formaciones de élite como a través del terror absoluto en los campos; y las atrocidades para las que son implaca¬ blemente empleadas las formaciones de élite se han convertido, en realidad, en aplicación práctica del adoctrinamiento ideológico — en terreno de prue¬ bas en el que debe demostrarse éste— mientras que se supone que el aterra-
,2Í En las Tischgespräche, Hitler menciona varias veces que ¿1 «[anhela] una condición en la que cada ■individuo sepa que vive y muere para la preservación de su especie» (p. 349): «Una mosca pone millones de huevos, todos los cuales perecen. Pero las moscas siguen existiendo*).
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dor espectáculo de los mismos campos ha de proporcionar la comprobación «teórica» de la ideología.
Los campos son concebidos no sólo para exterminar a las personas y degradar a los seres humanos, sino también para servir a los terribles experi¬ mentos de eliminar, bajo condiciones científicamente controladas, la misma espontaneidad como expresión del comportamiento humano y de transfor¬ mar la personalidad humana en una simple cosa, en algo que ni siquiera son los animales; porque el perro de Pavlov, que, como sabemos, había sido pre¬ parado para comer no cuando tuviera hambre, sino cuando sonara una cam¬ pana, era un animal pervertido.
Bajo circunstancias normales esto no puede ser jamás llevado a cabo, porque la espontaneidad no puede ser enteramente eliminada mientras esté conectada no sólo con la libertad humana, sino con la misma vida, en el sen¬ tido de estar uno simplemente vivo. Sólo en los campos de concentración es posible semejante experimento, y por eso no son sólo «la société la plus totali-taire encore réalisée» (David Rousset), sino el ideal social de la dominación to¬ tal en general. De la misma manera que la estabilidad del régimen totalitario depende del aislamiento del mundo ficticio del movimiento respecto del mundo exterior, así el experimento de dominación total en los campos de concentración depende del aislamiento respecto del mundo de todos los de¬ más, del mundo de ios vivos en general, incluso del mundo exterior de un país bajo dominación totalitaria. Este aislamiento explica la irrealidad pecu¬ liar y la falta de credibilidad que caracteriza a todos los relatos sobre los cam¬ pos de concentración y que constituye una de las principales dificultades para la verdadera comprensión de la dominación totalitaria, que permanece o desaparece al mismo tiempo que la existencia de estos campos de concentra¬ ción y de exterminio; porque, por improbable que pueda parecer, tales cam¬ pos son la verdadera institución central del poder organizador totalitario.
Existen numerosos informes de supervivientes126. Cuanto más auténticos son, menos tratan de comunicar lo que rehuye a la comprensión humana y la experiencia humana — los sufrimientos, es decir, lo que transforma a los hombres en «animales que no se quejan»127. Ninguno de esos relatos inspira a
126 Los mejores informes sobre tos campos nazis de concentración son ios de David Rousset, Les jours de míre mort, París, 1947; Eugen Kogon, op. cít.; Bruno Beuetheim, «On Dachau and Buchen-waid» (de mayo de 1938 a abril de 1939), en Nazi Compiracy, Vil, pp, 824 y ss. Por lo que se refie¬ re a los campos soviéticos de concentración, véase la excelente compilación de informes de supervi¬ vientes polacos, publicada bajo el título The DarkSide oftheMoon; también David j. Dallin, op. cic.r aunque sus informaciones son a veces menos convincentes porque proceden de «destacadas» perso¬ nalidades inclinadas a redactar manifiestos y acusaciones.
The Dark Side ofthe Moon: la introducción subraya también esta peculiar falta de comunicación: «Recuerdan, pero no se comunican».
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los hombres aquellas pasiones de ultraje y simpatía mediante las cuales se han sentido siempre movilizados en pro de ía justicia. Al contrario, cualquiera que hable o escriba acerca de los campos de concentración es considerado como un sospechoso; y si quien habla ha regresado decididamente al mundo de los vivos, él mismo se siente asaltado por dudas con respecto a su verdade¬ ra sinceridad, como si hubiese confundido una pesadilla con la realidad128.
Esta duda de las personas respecto de sí mismas y respecto de la realidad de su propia experiencia solamente reveía lo que ios nazis siempre habían sabido: que los hombres resueltos a cometer crímenes hallaran oportuno organizados en la escala más vasta y más improbable. No sólo porque ello torna inadecuados y absurdos todos los castigos previstos por el sistema legal, sino porque la misma inmensidad de los crímenes garantiza que los asesinos, que proclaman su inocencia con toda clase de mentiras, serán más fácilmen¬ te creídos que sus víctimas, quienes dicen la verdad. Los nazis ni siquiera lle¬ garon a considerar necesario reservarse para sí mismos este descubrimiento. Hitler hizo publicar millones de ejemplares de su libro, en el que declaraba que, para tener éxito, una mentira tiene que ser enorme — lo que no impidió que la gente le creyera, como, de manera similar, ía afirmación de los nazis, repetida ad nauseam, de que los judíos serían exterminados como piojos (es decir, con gases venenosos) no impidió a nadie no creerles.
Existe una gran tentación de desembarazarse de lo intrínsecamente increíble por medio de racionalizaciones liberales. En cada uno de nosotros acecha un liberal que nos halaga con la voz del sentido común. El camino ha¬ cia la dominación totalitaria pasa por muchas fases intermedias, para las cua¬ les podemos hallar numerosos precedentes y analogías. El terror extraordina¬ riamente sangriento de la fase inicial de la dominación totalitaria sirve, desde luego, al propósito exclusivo de derrotar a los adversarios y de hacer imposi¬ ble toda oposición ulterior; pero el terror total comienza sólo después de ha¬ ber sido superada esta fase inicial y cuando el régimen ya no tiene nada que
1:8 Véase especialmente Bruno Bettelheim, op. cit. «Parecía como si yo hubiera llegado a convencer¬ me de que, de alguna manera, aquellas horribles y degradantes experiencias no me sucedían a “mí” como sujeto, sino a “mí” como objeto. Esta experiencia fue corroborada por las declaraciones de otros presos... Era como sí yo viera suceder cosas en las que sólo participaba vagamente... “Esto no puede ser cierto, tales casos no suceden”... Los presos tenían que convencerse de que todo aquello era real, que sucedía realmente y que no se trataba de una pesadilla. Jamás lo lograron por completo.»
Véase también Rousset, op. cit., p. 213. los que no lo han visto con sus propios ojos no pue¬ den creerlo. ¿Tomó usted mismo en serio los rumores sobre las cámaras de gas antes de venir hasta aquí?
— No — le dije.
— ;... ve? Bien, todos son como usted. Todos ios de París, Londres, Nueva York, incluso en Bir-kenau, aquí mismo, al lado mismo del crematorio... seguían mostrándose incrédulos cinco minutos antes de ser enviados al sótano del crematorio...”».
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temer de la oposición. En este contexto se ha señalado frecuentemente que en semejante caso los medios se han convertido en el fin, pero ello es, después de todo, sólo un reconocimiento, bajo paradójico disfraz, de que ya no se aplica la categoría de que «el fin justifica los medios», de que el terror ha per¬ dido su «finalidad», de que ya no son los medios los que asustan a la gente. Tampoco basta ya la explicación de que la revolución, como en el caso de la francesa, está devorando a sus propios hijos, porque el terror continua inclu¬ so después de que haya sido devorado cada uno de los que pudieran ser des¬ critos en una capacidad o en otra como hijos de la revolución —las facciones rusas, los centros de poder deí partido, el ejército y la burocracia. Muchos de los hechos que en nuestros días se han convertido en especialidad del gobier¬ no totalitario son muy bien conocidos a través deí estudio de la historia. Siempre ha habido guerras de agresión; las matanzas de las poblaciones hos¬ tiles tras una victoria carecieron de frenos hasta que los romanos las mitiga¬ ron introduciendo el parcere subjectis; a través de los siglos, el exterminio de las poblaciones nativas corrió parejo con la colonización de las Américas, Australia y Africa; la esclavitud es una de las más antiguas instituciones de la humanidad, y todos los imperios de la Antigüedad se hallaban basados en el trabajo de los esclavos propiedad del estado, que erigían sus edificios públi¬ cos. Ni siquiera fueron invención de los movimientos totalitarios los campos de concentración. Emergieron por vez primera durante la guerra de los bóers, al comienzo del siglo, y siguieron siendo utilizados en la Unión Sudafricana, tanto como en la India, para «elementos indeseables»; también aquí hallamos por vez primera el término «custodia protectora», que fue más tarde adopta-, do por el III Reich. Estos campos corresponden en muchos aspectos a los campos de concentración al comienzo de la dominación totalitaria; eran uti¬ lizados para «sospechosos» cuyos delitos no podían ser probados y que no po¬ dían ser sentenciados tras procesos legales ordinarios. Todo ello señala clara¬ mente a los métodos totalitarios de dominación; todos estos son elementos que se utilizan, desarrollan y cristalizan sobre la base del principio nihilista de que «todo está permitido», que heredaron y dieron por supuesto. Pero allí donde estas nuevas formas de dominación asumen su estructura auténtica¬ mente totalitaria superan este principio, que sigue ligado a los motivos utili¬ tarios y al interés propio de los dominadores y penetran en un terreno que hasta ahora nos resultaba completamente desconocido: el terreno donde «todo es posible». Y, de forma bastante característica, éste es precisamente el terreno que no puede quedar limitado ni por motivos utilitarios ni por el interés propio, cualquiera que sea el contenido de éste.
Lo que se rebela contra el sentido común no es el principio nihilista de que «todo está permitido», que se hallaba ya contenido en la concepción uti-
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litaría y decimonónica del sentido común. Lo que el sentido común y la «gente normal» se niegan a creer es que todo sea posible129. En la experiencia presente o recibida tratamos de comprender elementos que simplemente stiperan nuestra capacidad de comprensión. Tratamos de clasificar como cri¬ minal algo para lo que, como todos sentimos, no había sido concebido seme¬ jante categoría. ¿Qué significado tiene el concepto de asesinato cuando nos enfrentamos con la producción en masa de cadáveres? Tratamos de compren¬ der el comportamiento psicológico de los internados en los campos de con¬ centración y de ios hombres de las SS, cuando lo que debe comprenderse es que el verdadero espíritu puede ser destruido sin llegar siquiera a la destruc¬ ción física del hombre; y que, desde luego, el espíritu, el carácter y la indivi¬ dualidad, bajo determinadas circunstancias, sólo parecen expresarse por la rapidez o la lentitud con la que se desintegran130. En cualquier caso, el resultado final es el hombre inanimado, es decir, el hombre que ya no pue¬ de ser psicológicamente comprendido y cuyo retorno al mundo psicológi¬ camente humano o inteligiblemente humano se parece estrechamente a la resurrección de Lázaro. Todas las declaraciones del sentido común, tanto SÍ son de naturaleza psicológica como sociológica, sirven sólo para animar a aquellos que consideran «superficial detenerse en los horrores»131.
SÍ es cierto que los campos de concentración son la institución más con¬ secuente de la dominación totalitaria, «detenerse en los horrores» parecería indispensable para la comprensión del totalitarismo. Pero la reminiscencia no puede lograr más de lo que logra el incomunicativo relato de un testigo ocu¬ lar. En ambos casos existe una tendencia inherente a apartarse de la experien¬ cia; instintiva o racionalmente, ambos tipos de relatos denotan la conciencia del abismo que separa al mundo de los vivos del de los muertos vivientes, de no poder proporcionar más que una serie de hechos recordados que parecen tan increíbles a aquellos que los relatan como a quienes les escuchan. Sólo pueden permitirse seguir pensando en esos horrores las temerosas imagina¬ ciones de aquellos que se han sentido conmovidos por semejantes hechos, pero que no los han sufrido en su .propia carne, de aquellos que, en conse¬ cuencia, se ven libres del terror bestial y desesperado que, cuando uno se enfrenta con el terror presente y real, paraliza inexorablemente todo lo que no sea una simple reacción. Tales pensamientos resultan útiles sólo para la percepción de los contextos políticos y para la movilización de las pasiones políticas. Un cambio de personalidad, sea del tipo que sea, no puede ser
U9 El primero en comprender esto fue Rousset, en L’umvers concenimtionmire, 1947.
130 .Rousset, op, cit, p. 587.
Véase Georges Bataille, en Critique, enero de 1948, p. 72.
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inducido por el hecho de reflexionar sobre los horrores, como tampoco pue¬ de inducirlo la experiencia real del horror. La reducción de un hombre a un haz de reacciones le separa tan radicalmente como una enfermedad mental de todo lo que dentro de él es personalidad o carácter. Cuando como'Lázaro, surge de los muertos, halla su personalidad o carácter inalterados, justo como él los dejó.
De la misma manera que el horror, o pensar sobre el horror, no puede provocar en ios hombres un cambio de carácter, no puede hacer a los hom¬ bres mejores o peores, tampoco puede convertirse en la base de una comuni¬ dad o de un partido en su sentido más estrecho. Los intentos de construir una élite europea con un programa de comprensión intraeuropea basado en la experiencia común europea de los campos de concentración fracasaron de la misma manera que ios intentos que siguieron a la Primera Guerra Mundial para extraer conclusiones políticas de la experiencia internacional de la gene¬ ración del frente. En ambos casos resultó que las mismas experiencias sola¬ mente podían comunicar banalidades nihilistas132. Las consecuencias políti¬ cas, tales como el pacifismo de la posguerra, por ejemplo, se derivaban del te¬ mor general a la guerra, no de la experiencia de la guerra. En lugar de producir un pacifismo desprovisto de realidad, la percepción de la estructura de las guerras modernas, guiadas y movilizadas por el miedo, podía haber conducido a la comprensión de que la única norma para una guerra necesa¬ ria es la lucha contra las condiciones bajo las cuales la gente ya no desea vivir, y nuestra experiencia sobre el infierno atormentador de los campos totalita¬ rios nos ha ilustrado muy bien acerca de la posibilidad de semejantes condi¬ ciones133. Así, el temor a los campos de concentración y la resultante percep¬ ción sobre la naturaleza de la dominación total pueden servir para invalidar todas las anticuadas diferenciaciones políticas de la derecha a la izquierda y para introducir, junto a ellas y por encima de ellas, el criterio más importan¬ te para juzgar los acontecimientos de nuestro tiempo, es decir, para determi¬ nar sí sirven o no sirven a la dominación totalitaria.
En cualquier caso, la imaginación temerosa tiene la gran ventaja de disol¬ ver las interpretaciones sofistico-dialécticas de la política que se hallan basa¬ das en la superstición de que algo bueno puede resultar del mal. Semejante acrobacia dialéctica poseía una cierta apariencia de justificación mientras lo
El libro de Rousset contiene muchos de tales «atisbos» sobre ¡a «naturaleza» humana, basados principalmente en la observación de que al cabo de un cierto tiempo la mentalidad de los internados es difícilmente distinguible de la de los guardias del campo.
133 Para evitar equívocos puede resultar apropiado añadir que con la intervención de la bomba de hidrógeno toda la cuestión de la guerra ha experimentado un cambio decisivo. Un debate sobre esta cuestión supera, desde luego, los límites del tema en este libro.
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peor que un hombre podía infligir a un hombre era ia muerte. Pero, como hoy sabemos, la muerte es sólo un mal limitado. El asesino que mata a un hombre — a un hombre que en cualquier caso tiene que morir— todavía se mueve dentro de un terreno que nos es familiar, el de la vida y el de la muer¬ te; ambos tienen una necesaria conexión sobre la que se halla establecida la dialéctica, incluso aunque no siempre se tenga conciencia de ello. El asesino deja un cadáver tras de sí y no pretende que su víctima no haya existido nun¬ ca; si borra todos los rastros son los de su propia identidad, y no los del recuerdo y del dolor de las personas que amaban a la víctima; destruye una vida, pero no destruye el hecho de ia misma existencia.
Los nazis, con la precisión que les caracterizaba, acostumbraban a regis¬ trar sus operaciones en los campos de concentración con la rúbrica «Noche y niebla» (Nacht und Nebel). El radicalismo de las medidas encaminadas a tra¬ tar a la gente como si nunca hubiera existido, y para hacerla desaparecer en el sentido literal de la palabra, con frecuencia no resulta evidente a primera vis¬ ta, porque tanto el sistema alemán como el ruso no son uniformes, sino que consisten en una serie de categorías en las que las personas son tratadas de for¬ ma muy diferente. En el caso de Alemania, tales categorías solían existir en el mismo campo, pero sin estar en contacto unas con otras. Frecuentemente, el aislamiento entre las categorías era aún más estricto que el aislamiento respecto del mundo exterior. Así, debido a consideraciones raciales, ios ciudadanos escandinavos eran tratados por los alemanes durante la guerra de una forma completamente diferente de la de los miembros de otros pueblos, aunque tales escandinavos fueran enemigos declarados de los nazis. Los otros, a su vez, se dividían en dos grupos: el de aquellos cuyo «exterminio» se hallaba fijado en 1a agenda para fecha inmediata (como en el caso de los judíos) o podía esperarse en un futuro previsible (como en el caso de los polacos, los rusos y los ucrania¬ nos) y el de aquellos que no se veían todavía afectados por instrucciones relati¬ vas a semejante «solución final» general, como en el caso de los franceses y de los belgas. En Rusia, por otra parte, hemos de distinguir tres sistemas más o menos independientes. En primer lugar, existen los grupos de auténticos traba¬ jadores forzados que viven en relativa libertad y son sentenciados a períodos limitados. En segundo lugar, están los campos de concentración en los que el material humano es implacablemente explotado y donde el índice de mortali¬ dad resulta extraordinariamente elevado, pero que se hallan esencialmente organizados para fines de trabajo. Y en tercer lugar, están los campos de aniqui¬ lamiento, en donde los internos son sistemáticamente exterminados a través del hambre y la ausencia de cuidados.
. El auténtico horror de los campos de concentración y exterminio radica en el hecho de que los internos, aunque consigan mantenerse vivos, se hallan más
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efectivamente aislados de! mundo de los vivos que si hubieran muerto, porque el terror impone el olvido. Aquí el homicidio es tan impersonal como el aplas¬ tamiento de un mosquito. Cualquiera puede morir como resultado de la tortu¬ ra sistemática o de la inanición o porque el campo esté repleto y sea preciso liquidar eí material humano superfluo. De la misma manera, puede resultar que, por escasez de nuevos envíos humanos, surja el peligro de la despoblación de ios campos y se dé la orden de reducir a cualquier precio el índice de morta¬ lidad134. David Rousset tituló sus relatos sobre eí período pasado en un campo de concentración alemán Les Jours de notre morí, y, desde luego, sucede como si existiera una posibilidad de dar permanencia al mismo proceso de morir y de imponer una condición en la que tanto la muerte como la vida son obstruidas con idéntica eficacia.
Es la aparición de algún mal radical, anteriormente desconocido por nosotros, la que pone fin a la noción de desarrollo y transformación de cuali¬ dades. Aquí, no existen normas políticas ni históricas ni simplemente mora¬ les, sino, todo lo más, la comprensión de que en la política moderna hay implicado algo que realmente nunca debería haber estado, tal como noso¬ tros comprendemos la política, a saber, el todo o nada. Todo significa una indeterminada infinidad de formas de vida en común. La nada, es decir, una victoria de los campos de concentración, significaría para los seres humanos el mismo destino inexorable que eí empleo de la bomba de hidró¬ geno para el destino de la raza humana.
No existen paralelos para la vida en los campos de concentración. Su ho¬ rror nunca puede ser abarcado completamente por la imaginación por la sim¬ ple razón de que permanecen al margen de la vida y de la muerte. Nunca puede ser totalmente descrito, por la razón de que el superviviente retorna al mundo de los vivos, lo que le hace imposible creer por completo en sus pro¬ pias experiencias pasadas. Es como si hubiera tenido que relatar lo sucedido en otro planeta, porque el estatus de los internos para el mundo de los vivos, donde se supone que nadie sabe si tales internos viven o han muerto, es tal
Esto sucedió en Alemania hacia finales de 1942, tras lo cual Himmler advirtió a todos los comandantes de campo que «redujeran a cualquier precio el índice de mortalidad». Porque había resultado que, de los 136.000 recién enviados a los campos, 70.000 habían muerto ya ai llegar a los campos o perecieron inmediatamente después (véase Nazi Conspiracy, IV, anexo II). Ulteriores infor¬ mes de los campos de la Rusia soviética confirman que después de 1949 — es decir, cuando todavía vivía Stalin— el índice de mortalidad en los campos de concentración, que anteriormente había lle¬ gado a ser del 60 por ciento de los internados, fue sistemáticamente reducido, presumiblemente en razón de una escasez general y aguda de mano de obra en la Unión Soviética. No debe confundirse este mejoramiento en las condiciones de vida con la crisis del régimen tras la muette de Stalin, que, característicamente, fue primeramente advertida en los campos de concentración (véase Grenzen der Sotojetmacht, de Wilhelm Starlmger, Würzburg, 1955).
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como si jamás hubieran nacido. Por ello, todos ios paralelos crean confusión y distraen la atención de lo que es esencial. El trabajo forzado en las prisiones yen las colonias penitenciarias, la deportación y la esclavitud parecen, por un momento, ofrecer comparaciones válidas, pero en un examen más atento se advierte que no llevan a ninguna parte.
El trabajo forzado como castigo se halla limitado en el tiempo y en la intensidad. El condenado conserva sus derechos sobre su cuerpo; no es abso¬ lutamente torturado ni es absolutamente dominado. La deportación expulsa al deportado sólo de una parte del mundo a otra parte del mundo también habitada por seres humanos; no le excluye por completo del mundo huma¬ no. A través de la historia, la esclavitud ha sido una institución dentro de un orden social; los esclavos no eran, como son los internos en los campos de concentración, apartados de la vista y, por ello, de la protección de sus seme¬ jantes. Como instrumentos de trabajo, tenían un precio definido, y como propiedad, un valor definido. El interno en el campo de concentración no tiene precio, porque siempre puede ser sustituido; nadie sabe a quién perte¬ nece, porque nunca es visto. Desde el punto de vísta de una sociedad normal es absolutamente superfluo, aunque en tiempos de aguda escasez de mano de obra, como en Rusia y en Alemania durante la guerra, sea empleado para el trabajo.
El campo de concentración como institución no fue establecido en bene¬ ficio de cualquier posible rendimiento laboral; la única función económica permanènte en el campo ha sido la financiación de su propio aparato super¬ visor; así, desde el punto de vista económico, los campos de concentración existen principalmente en su propio beneficio. Cualquier trabajo que haya sido realizado habría podido ser acometido mejor y a menor precio bajo con¬ diciones diferentes135. Especialmente Rusia, cuyos campos de concentración son principalmente descritos como campos de trabajo forzado porque la burocracia soviética ha decidido dignificarles con este nombre, revela más
Véase Kogon, op. cit., p. 58: «Una gran parte dei trabajo realizado en los campos de concentra¬ ción carecía de utilidad, o bien era superfluo, o había sido tan mal proyectado que tenía que ser rea¬ lizado dos o tres veces». También Bettelheim, op. cit., pp. 831 y 832: «Especialmente los nuevos internados eran obligados a realizar tareas carentes de sentido... Se sentían envilecidos... y preferían trabajar aun más duramente para producir algo útil...». Incluso Dallin, que basó todo su libro en la tesis de que el propósito de los campos rusos era lograr trabajo barato, se ve forzado a reconocer la deficiencia del trabajo de los campos (op. cit,, 105).
Las teorías corrientes sobre el sistema ruso de campos como medida económica para proporcio¬ nar trabajo barato quedarían claramente refutadas si resultaran ser ciertas las recientes noticias acerca de amnistías en masa y fa abolición de los campos de concentración. Porque, sí los campos han servido para una importante finalidad económica, eí régimen no se podría haber permitido, desde luego, su rápida liquidación sin graves consecuencias para todo e! sistema económico.
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claramente que el trabajo forzado no es la cuestión primaria; el trabajo forza¬ do es la condición normal de todos los trabajadores rusos, que carecen de libertad de movimientos y pueden ser arbitrariamente reclutados para traba¬ jar en cualquier sitio y en cualquier momento. La inverosimilitud de ios horrores está estrechamente ligada a su inutilidad económica. Los nazis con¬ dujeron esta inutilidad hasta el grado de una franca antiutilidad cuando en plena guerra, a pesar de la escasez de materiales de construcción y de material rodante, establecieron enormes y costosas fábricas de exterminio y transpor¬ taron a millones de personas de un lado para otro13tí. A los ojos de un mundo estrictamente utilitario, la contradicción obvia entre estos actos y la conve¬ niencia militar proporcionaba a toda la empresa un aire de enloquecida irrea¬ lidad.
Esta atmósfera de enloquecimiento e irrealidad, creada por una aparente falta de objetivos, es el verdadero telón de acero que oculta todas las formas de los campos de concentración de las miradas del mundo. Vistos desde fuera, esos campos y las cosas que suceden en esos campos pueden ser descritos sólo mediante imágenes extraídas de una vida posterior a la muerte, es decir, de una vida desprovista de cualquier propósito terrenal. Los campos de concentración pueden ser correctamente divididos en tres tipos, correspondientes a las tres concepciones básicas occidentales de la vida después de la muerte: Hades, Pur¬ gatorio e Infierno. Al Hades corresponden esas formas relativamente suaves, antaño populares en los países no totalitarios, para apartar del camino a los ele¬ mentos indeseables de todo tipo — refugiados, apátridas, asociales y parados— ; así, ios campos de personas desplazadas, que no son nada más que campos para personas que se han tornado superfluas y molestas, sobrevivieron a la guerra. El Purgatorio queda representado por los campos de trabajo de la Unión Soviética, donde la desatención queda combinada con un caótico trabajo for¬ zado. El Infierno, en el sentido más literal, fue encarnado por aquellos tipos de campos perfeccionados por los nazis, en los que toda la vida se hallaba profunda y sistemáticamente organizada con objeto de proporcionar el ma¬ yor tormento posible.
Los tres tipos tienen algo en común: las masas humanas encerradas en esos campos son tratadas como si ya no existieran, como si lo que íes sucedie¬ ra careciera de interés para cualquiera, como si ya estuviesen muertas y algún
Aparte de los millones de personas a quienes los nazis trasladaron a los campos de exterminio, ensayaron constantemente nuevos planes de colonización: transportaron a alemanes de Alemania o de los territorios ocupados hasta el este, con propósito de colonización. Éste fue, desde luego, un se¬ rio obstáculo a las acciones militares y a la explotación económica. Por lo que se refiere a las num e¬ rosas discusiones sobre estos temas y al constante conflicto entre la jerarquía civil nazi en los territo¬ rios ocupados en el este y la jerarquía de las SS, véase especialmente el volumen XXIX de Trini ofthe Mnjor Wnr Crimináis, Nuremberg, 1947.
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enloquecido espíritu maligno se divirtiera en retenerlas durante cierto tiem¬ po entre la vida y la muerte antes de admitirlas en la paz eterna.
No son tanto las alambradas como la irrealidad expertamente manufactura¬ da de aquellos a quienes cercan lo que provoca tan enormes crueldades y, en definitiva, hace que el exterminio parezca una medida perfectamente normal. Todo lo que se ha hecho en los campos es conocido del mundo de las fantasías perversas y malignas. Lo difícil de comprender es que, como tales fantasías, estos horribles crímenes se desarrollen en un mundo fantasmal que, sin embargo, se ha materializado, por así decirlo, en un mundo que está completo y que posee todos los datos sensibles de la realidad, pero que carece de esa estructura de con¬ secuencia y de responsabilidad sin la cual la realidad sigue siendo para nosotros una masa de datos incomprensibles. El resultado es que se ha establecido un lu¬ gar donde los hombres pueden ser torturados y asesinados y, sin embargo, ni ios atormentadores ni los atormentados, y menos aún los que se hallan fuera, pue¬ den ser conscientes de que lo que está sucediendo es algo más que un cruel jue¬ go o un sueño absurdo137.
Las películas que los aliados presentaron en Alemania y en todas partes después de la guerra demostraron claramente que esa atmósfera de locura y de irrealidad no quedaba disipada por el puro reportaje. Para el observador sin prejuicios, estas imágenes son tan convincentes como las fotografías de fi¬ guras misteriosas tomadas en sesiones espiritistas138. El sentido común reac¬ cionaba ante los horrores de Buchemvald y Auschwitz con este argumento plausible: «¡Qué crimen no habrían cometido éstos cuando les hicieron tales cosas!»; o en Alemania y en Austria, entre el hambre, la superpoblación y el odio generalizado: «¡Lástima que dejáramos de gasear a los judíos!»; yen to¬ das partes, con ese escéptico encogimiento de hombros que aguarda a la pro¬ paganda ineficaz.
SÍ la propaganda de la verdad no logra convencer a la persona media por¬ que resulta demasiado monstruosa, es positivamente peligrosa para aquellos que saben por su propia imaginación lo que son capaces de hacer y que por
Bettelheím, op. cit., señala que los guardias de los campos mostraban una actitud respecto de la atmósfera de irrealidad similar a la de los mismos internados.
Es de alguna importancia comprender que todas las imágenes de los campos de concentración resultan engañosas en tanto que muestran a los campos en sus últimas fases, en el momento en que entraban las tropas aliadas. No existían campos de la muerte en la propia Alemania y todo el equipo de exterminio había sido ya desmantelado. Por otra parte, lo que provocó el horror de los aliados principalmente y lo que da a las películas su dureza especial — es decir, la vista de los esqueletos humanos— no era en absoluto típico de los campos de concentración alemanes; el exterminio era sistemáticamente realizado por gas, no por hambre. La condición de los campos era resultado de los acontecimientos bélicos durante los últimos meses: Himmier había ordenado la evacuación de todos los campos de exterminio en el este; en consecuencia, los campos alemanes se veían abarrotados y él carecía ya de poder para asegurar el suministro de alimentos en Alemania.
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ello se muestran perfectamente deseosos de creer en la realidad de lo que han visto. Súbitamente se torna evidente que cosas que durante miles de años la imaginación humana había apartado a un lugar más allá de la competencia humana pueden ser logradas aquí mismo, en la tierra; que el Infierno y el Purgatorio, e incluso una sombra de su duración perpetua, pueden lograr¬ se mediante los más modernos métodos de destrucción y terapia. Para estas personas (que en cualquier gran ciudad son más numerosas de lo qüe nos gustaría reconocer), el infierno totalitario demuestra sólo que el poder del hombre es más grande de lo que se habían atrevido a pensar y que el hom¬ bre puede hacer realidad diabólicas fantasías sin que el cielo se caiga o la tierra se abra.
Estas analogías, repetidas en muchos relatos del mundo de los moribun¬ dos139, parecen expresar más que un desesperado intento de decir lo que está fuera del terreno de la expresión humana. Nada distingue quizá tan radical¬ mente a las modernas masas de las de siglos anteriores como la pérdida de la fe en un juicio Final: los peores han perdido su temor y los mejores han per¬ dido su esperanza. Incapaces de vivir sin temor y sin esperanza, estas masas se sienten atraídas por cualquier esfuerzo que parezca prometer la fabricación humana del Paraíso que ansiaban y del Infierno que temían. De la misma manera que las características popularizadas de la sociedad sin clases de Marx tienen una ridicula semejanza con la edad mesiánica, así la realidad de los campos de concentración a nada se parece tanto como a las imágenes medie¬ vales del Infierno.
Lo único que no puede reproducirse es lo que hacía tolerable al hombre las concepciones tradicionales deí Infierno: el juicio Final, la idea de una nor¬ ma absoluta de justicia combinada con la posibilidad infinita de gracia. Por¬ que en la consideración humana no hay crimen ni pecado proporcionado a los tormentos eternos del Infierno. De ahí el desconcierto del sentido co¬ mún, que pregunta: ¿Qué crimen habrán cometido estas personas para sufrir tan inhumanamente? De ahí la absoluta inocencia de las víctimas: ningún hombre se merece esto. De ahí, finalmente, el grotesco azar por el que son elegidas las víctimas de los campos de concentración para el perfecto estado de terror: semejante «castigo» puede ser infligido a cualquiera, con igual jus¬ ticia e injusticia.
En comparación con el insano resultado final —la sociedad del campo de concentración—, el proceso por el que los hombres son preparados para este fin y los métodos por los que los individuos son adaptados a estas condi-
Rousset, op. cit„passim, subrayó que ¡a vida en un campo de concentración era, simplemente, un proceso de prolongación de !a agonía.
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dones resultan transparentes y lógicos. La insana fabricación en masa de cadáveres es precedida por la preparación, histórica y políticamente inteligi¬ ble, de cadáveres vivientes. El impulso y, lo que es más importante, el tácito asentimiento a semejantes condiciones sin precedentes son producto de aquellos acontecimientos que en el período de desintegración política, repen¬ tina e inesperadamente, dejaron a centenares de miles de seres humanos sin hogar, sin patria, fuera de la ley e indeseables, mientras que millones de seres humanos se tornaban económicamente superfluos y socialmente onerosos merced al desempleo. Ello a su vez sólo pudo suceder porque los derechos del hombre, que nunca habían sido filosóficamente establecidos, sino sim¬ plemente formulados, que nunca habían sido políticamente garantizados, sino simplemente proclamados, habían perdido toda validez en su forma tradicional.
El primer paso esencial en el camino hacía la dominación total es matar en el hombre a la persona jurídica. Ello se logra, por un lado, colocando a ciertas categorías de personas fuera de la protección de la ley y obligando al mismo tiempo al mundo no totalitario, a través del instrumento de la desna¬ cionalización, al reconocimiento de la ilegalidad; ello se logra, por otro lado, situando al campo de concentración fuera del sistema penal ordinario y selec¬ cionando a sus internos fuera del procedimiento judicial normal en el que a un delito definido corresponde una pena previsible. Así, los delincuentes, que por otras razones son un elemento esencial en la sociedad del campo de concentración, sólo son enviados habitualmente a un campo para completar su sentencia de cárcel. Bajo todas las circunstancias, la dominación totalitaria trata de que las categorías reunidas en el campo —judíos, portadores de enfermedades, representantes de las clases moribundas— hayan perdido ya su capacidad tanto para la acción normal como para la delictiva. Propagan¬ dísticamente, esto significa que la «custodia protectora» es considerada como una «medida policial preventiva»140, es decir, como una medida que priva a las personas de su capacidad de actuar. Las desviaciones de esta norma en Ru¬ sia deben ser atribuidas a la catastrófica escasez de prisiones y a un deseo, has¬ ta ahora no realizado, de transformar todo el sistema penal en un sistema de campos de concentración141.
La inclusión de delincuentes es una necesidad para hacer plausible la afir¬ mación propagandística del movimiento según la cual la institución existe
Maunz, op. cit., p. 50, insiste en que ios delincuentes nunca deberían ser enviados a los campos durante ei tiempo de encarcelamiento que Ies impuso su sentencia.
La escasez de espacio carcelario en Rusia fue tal que en el año 1925-1926 sólo pudieron ser cum- plidas un 36 por ciento de las sentencias de los tribunales (víase Dailin, op. cit., pp. 158 y ss.).
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para íos elementos asocíales142. Los delincuentes no pertenecen propiamen¬ te a los campos de concentración, aunque sólo sea porque es más difícil ma¬ tar.a la persona jurídica en un hombre que es culpable de algún delito que en una persona totalmente inocente. Si constituyen una categoría perma¬ nente entre ios internos, es una concesión del estado totalitario a los prejui¬ cios de la sociedad, que puede de esta manera acostumbrarse más fácilmen¬ te a la existencia de los campos. Por otra parte, para mantener intacto el sis¬ tema mismo del campo es esencial, mientras haya en el país un sistema penal, que los delincuentes sean enviados a los campos sólo tras la conclu¬ sión de su sentencia, es decir, cuando tienen derecho a su libertad. Bajo nin¬ guna circunstancia debe convertirse el campo de concentración en un casti¬ go calculable para delitos definidos.
La amalgama de delincuentes con todas las restantes categorías posee además la ventaja de hacer aún más horriblemente evidente a los que lleguen después que han aterrizado en el más bajo nivel de la sociedad. Pronto resul¬ ta, verdaderamente, que tienen todas las razones para envidiar al ladrón o al asesino más bajos; pero, mientras tanto, el bajo nivel es un buen comienzo. Además, constituye un medio efectivo de camuflaje: esto les sucede sólo a los delincuentes y no pasa nada peor que lo que merecidamente les ocurre a los delincuentes.
En todas partes los delincuentes constituyen la aristocracia de los cam¬ pos. (En Alemania, durante la guerra, fueron sustituidos como grupo diri¬ gente por los comunistas, porque ni siquiera podía realizarse un mínimo de trabajo racional bajo las condiciones caóticas creadas por una administración de delincuentes. Esto fue simplemente una transformación temporal de los campos de concentración en campos de trabajos forzados, fenómeno profun¬ damente atípico de limitada duración.)143 Lo que coloca a íos delincuentes a la cabeza no es tanto la afinidad entre el personal supervisor y los elementos delictivos (en la Unión Soviética los supervisores no eran aparentemente, como sí lo eran las SS, una élite especialmente preparada para cometer críme-41
«La Gestapo 7 las SS concedieron siempre una gran importancia a la mezcla de las categorías de internos en sus campos. No hubo campo alguno en el que todos los internados pertenecieran a una sola categoría» (Kogon, op. c i t p. 19).
En Rusia también era costumbre, desde el principio, mezclar a íos presos políticos con los comu¬ nes. Durante los primeros diez años del poder soviético, los grupos políticos de izquierda disfrutaron de ciertos privilegios; sólo tras el completo desarrollo del carácter totalitario del régimen «después del final de íos años veinte, íos presos políticos fueron oficialmente tratados como inferiores a íos presos comunes» {Dallin, op. cit., pp. 177 y ss.).
!4L Ei libro de Rousset adolece de una sobreestimación de la influencia de íos comunistas alemanes, que dominaron la administración interna de Buchenwald durante la guerra.
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nes)144 como el hecho de que sólo los criminales han sido enviados al campo en relación con alguna actividad definida. Ellos al menos saben por qué están en un campo de concentración y por eso han conservado un resto de su per¬ sona jurídica. Para los presos políticos esto es sólo subjetivamente cierto; sus acciones, en tanto que fueron tales y no simples opiniones o sospechas de al¬ guien o afiliación accidental a un grupo políticamente desaprobado, no se hallan como norma cubiertas por el sistema normal del país ni están jurídica¬ mente definidas145.
A la amalgama de políticos y de delincuentes con que comenzaron los campos de concentración en Rusia y en Alemania se añadió, en una fecha temprana, un tercer elemento que había de constituir pronto la mayoría de todos los internos en los campos de concentración. Este grupo más numero¬ so consistió desde entonces en personas cuyos actos en manera alguna, tanto en su propia conciencia como en la de sus torturadores, guardaban relación con su detención. En Alemania, a partir de 1938, este elemento se hallaba representado por masas de judíos; en Rusia, por cualquier grupo que, por una u otra razón que nada tenía que ver con sus acciones, había caído en des¬ gracia ante las autoridades. Estos grupos, inocentes en todos los sentidos, son los más convenientes para la profunda experimentación de expolio y destruc¬ ción de la persona jurídica y por ello ambos constituyen cualitativa y cuanti¬ tativamente la categoría más esencial de la población del campo. Este princi¬ pio alcanzó su más plena realización en las cámaras de gas, que aunque sólo fuera por su enorme capacidad, no podían ser concebidas para casos indivi¬ duales, sino sólo para personas en general. En este contexto, el diálogo siguiente resume la situación del individuo: «¿Puedo preguntar con qué obje¬ to existen las cámaras de gas?». «¿Para qué has nacido?»146. Es este tercer gru¬ po de los totalmente inocentes el que, en cualquier caso, lleva la peor parte en ios campos. Los delincuentes y los políticos son asimilados a esta categoría y, privados así de la protección distintiva que procede de haber hecho algo, quedan profundamente expuestos a lo arbitrario. El objetivo último, parcial¬ mente logrado en la Unión Soviética y claramente indicado en las últimas fa¬
Véase, por ejemplo, eí testimonio cíe la Sra. Buber-Neumann (ex esposa del comunista alemán Heinz Normano), que sobrevivió a los campos de concentración sovie'ticos y alemanes: «Los rusos nunca... mostraron la vena sádica de los nazis... Nuestros guardianes rusos eran hombres decentes y no sádicos, pero cumplían fielmente las exigencias del inhumano sistema» (Under Two Dktators),
Bruno Bettelheim, «Behavtor in Extreme Skuatíons», en Journal ofAbnormal and Social Psycho-iogy, vof. XXXVIII, núm. 4, 1943, describe la autoestima que sienten los presos comunes y ios polí¬ ticos, en comparación con quienes nada han hecho. Estos últimos «eran menos capaces de soportar el choque inicial» y los primeros en desintegrarse. Bettelheim culpa de ello a su procedencia de la cla¬ se media.
Rousset, op. cit., p. 71.
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ses del terror nazi, es tener a toda la población del campo compuesta de esta categoría de personas inocentes.
Las categorías en que se divide a los internos a su llegada, carentes de sig¬ nificado en sí mismas aunque útiles para la organización, muestran un acusa¬ do contraste con el azar por el que éstos son seleccionados. En los campos alemanes había delincuentes, políticos, elementos asocíales, transgresores religiosos y judíos, distinguidos todos mediante una insignia. Cuando los franceses establecieron campos de concentración tras la guerra civil española, introdujeron inmediatamente la típica amalgama totalitaria de políticos con delincuentes e inocentes (en este caso, los apátridas), y, a pesar de su inexpe¬ riencia, revelaron una notable inventiva, creando categorías sin significado de internos147. Concebida originalmente para impedir cualquier desarrollo de la solidaridad entre ios internos, esta técnica resultó especialmente valiosa, por¬ que nadie podía saber si su propia categoría era mejor o peor que la de otro. En Alemania, este edificio eternamente cambiante, aunque organizado con pendantería, recibió una apariencia de solidez por el hecho de que en todas y cada una de las circunstancias ios judíos eran la categoría más baja. La parte más horrible y grotesca de todo esto estribaba en que los internos se identifi¬ caban con estas categorías, como si representasen un último y auténtico ves¬ tigio de su persona jurídica. Incluso si despreciamos todas las demás circuns¬ tancias, no es extraño que un comunista de 1933 saliera de los campos más comunista de lo que había entrado; un judío, más judío, y, en Francia, la esposa de un soldado de Ja Legión Extranjera, más convencida del valor de la Legión Extranjera; parece como si estas categorías prometieran algún, último jirón de trato previsible, como si encarnasen alguna identidad jurí¬ dica última y por eso más fundamental.
Mientras que la clasificación de los internos por categorías es sólo una medida táctica y de organización, la selección arbitraria de las víctimas indi¬ ca el principio esencial de la institución. Si los campos de concentración hubiesen dependido de la existencia de adversarios políticos, difícilmente ha¬ brían sobrevivido a los primeros años de los regímenes totalitarios. Basta sólo con echar una mirada al número de internados en Buchenwald en los años posteriores a 1936 para comprender cuán absolutamente necesario era el ele¬ mento del inocente para la existencia continuada de los campos. «Los cam¬ pos habrían concluido si, al efectuar sus detenciones, la Gestapo hubiese con¬ siderado sólo el criterio de la oposición»148, y hacia el final de 1937, Buchen-
Pof lo que se refiere a las condiciones en los campos de concentración franceses, véase Arthur Koestler, Scum ofthe Earth, 1941.
Kogon, op. cit., p. 6 .
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waíd, con menos de mil internos, se hallaba próximo al cierre hasta que los pogromos de noviembre llevaron a más de veinte mil nuevos internos149. En Alemania, este elemento de la inocencia era proporcionado en vasto número por los judíos a partir de 1938; en Rusia consistió en grupos de población, toma¬ dos al azar, caídos en desgracia por alguna razón enteramente desconectada de sus acciones150. Pero, si bien en Alemania no se estableció hasta 1938 él tipo verdaderamente totalitario de campo de concentración con su enorme mayoría de internos completamente «inocentes», en Rusia tales campos se remontan a los primeros años de la década de ios años treinta, dado que has¬ ta 1930 la mayoría de la población de los campos de concentración todavía estaba integrada por delincuentes, contrarrevolucionarios y «políticos» (lo que en este caso significaba miembros de las facciones desvíacionistas). Des¬ de entonces ha habido tantas personas inocentes en los campos, que es difícil clasificarlas — personas que tenían algún tipo de contacto con un país extran¬ jero, rusos de origen polaco (especialmente entre 1936 y 1938), campesinos cuyas aldeas, por alguna razón económica, habían sido liquidadas; nacionali¬ dades deportadas, soldados desmovilizados del Ejército Rojo que pertenecie¬ ron a regimientos que habían permanecido largo tiempo en el exterior como fuerzas de ocupación o habían caído prisioneros de guerra de los alema¬ nes, etc. Pero para el sistema de campos de concentración, la existencia de oposición política es sólo un pretexto, y el fin del sistema no se logra cuan¬ do, incluso bajo el más monstruoso terror, la población se toma voluntariamen¬ te coordinada, es decir, cuando abandona sus derechos políticos. El propósi¬ to de un sistema arbitrario es destruir los derechos civiles de toda la pobla¬ ción, que en definitiva se coloca tan fuera de la ley en su propio país como los apatridas y los que carecen de un hogar. La destrucción de los derechos del hombre, la muerte en el hombre de la persona jurídica, es un prerrequi-sito para dominarle enteramente. Y ello se aplica no sólo a categorías espe¬ ciales, tales como las de delincuentes, adversarios políticos, judíos, homose¬ xuales, sobre quienes se realizaron los primeros experimentos, sino a cada habitante de un estado totalitario. El asentimiento libre resulta tan obstacu-üzador para la dominación total como la líbre oposición151. La detención
Vóase Nazi Consptracy, IV, pp. 800 y ss.
Beck y Godin, op. cit., declaran explícitamente que los «adversarios constituían una proporción relativamente pequeña de la población penitenciaria [rusa]» (p. 87) y que no existía relación de nin¬ gún tipo entre «el ¡nternamiento de un hombre y cualquier tipo de delito« (p. 9 5 ).
í5! Bruno Bettelheim, «On Dachau and Buchenwafd», cuando analiza el hecho de que la mayoría de los internos «hubieran hecho la paz con los valores de la Gestapo» subraya que «esto no fue resulta¬ do de !a propaganda... La Gestapo insistía en que de cualquier manera les impediría expresar sus sen¬ timientos» (pp. 483 y 835).
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arbitraria cíe las personas inocentes destruye la validez del asentimiento libre, como la tortura — a diferencia de la muerte— destruye la posibilidad de la oposición.
Cualquier restricción, incluso la más tiránica, a esta arbitraria persecu¬ ción de ciertas opiniones de una naturaleza religiosa o política, de ciertos mo¬ dos de comportamiento intelectual, erótico o social, de ciertos «delitos» recientemente inventados, haría superfluos los campos, porque, a la larga, ninguna actitud ni ninguna opinión pueden soportar la amenaza de semejan¬ te horror; y, sobre todo, daría paso a un nuevo sistema de justicia que, dado cualquier tipo de estabilidad, no podría dejar de producir en él hombre una nueva persona jurídica, que eludiría la dominación totalitaria. El llamado Voíksnutzen de los nazis, constantemente fluctuante (porque es útil hoy lo que puede ser perjudicial mañana), y la eternamente cambiante línea del par¬ tido en la Unión Soviética, que, siendo retroactiva, casi diariamente convier¬ te a nuevos grupos de población en candidatos a los campos de concentra¬ ción, son la única garantía de la existencia continuada de los campos y, por eso, del expolio total y continuado del hombre.
El siguiente paso decisivo en la preparación de los cadáveres vivientes es el asesinato de la persona moral en el hombre. Ello se realiza, en general, haciendo imposible el martirio por primera vez en la historia: «¿Cuántas per¬ sonas siguen creyendo que una protesta ha tenido alguna vez importancia histórica? Este escepticismo es la auténtica obra maestra de las SS, su gran realización. Han corrompido toda solidaridad humana. Aquí la noche ha caído sobre el futuro. Cuando ya no quedan testigos, no puede haber testi¬ monio. Manifestarse cuando ya no puede ser pospuesta la muerte es un intento de dar a la muerte un significado, de actuar más allá de la propia muerte de uno. Para tener éxito, un gesto debe poseer un significado social. Aquí somos centenares de miles, todos viviendo en una absoluta soledad. Por eso es por lo que estamos sometidos a todo lo que pueda suceder»152.
Los campos y el asesinato de los adversarios políticos son sólo parte de un olvido organizado que no sólo alcanza a los portadores de la opinión pública como la palabra escrita u oral, sino que se extiende incluso a la familia y a los amigos de la víctima. Están prohibidos el dolor y el recuerdo. En la Unión Soviética una mujer presentará una demanda de divorcio inmediatamente después de ia detención de su marido para salvar las vidas de sus hijos; y si su
Himmler prohibió explícitamente en los campos la propaganda de cualquier tipo. «La educación consiste en disciplina, jamás en tipo alguno de instrucción sobre una base ideológica.» «Sobre la organización y las obligaciones de las SS y de la Policía», en National-Politischer Lehrgang der Wehr¬ macht, 1937. Cita de Nazi Conspiracy, ÍV, pp. 616 y ss. ,iJ Rousset, op, cit„ p. 464.
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marido regresa, indignada ie arrojará de casa153. Hasta ahora eí mundo occi¬ dental, incluso en sus épocas más oscuras, siempre otorgó al enemigo muer¬ to el derecho a ser recordado como un reconocimiento evidente por sí mismo del hecho de que todos somos hombres (y solamente hombres). Sólo porque Aquiíes accedió a la celebración de ios funerales de Héctor, sólo porque los más despóticos gobiernos honraron al enemigo muerto, sólo porque los romanos permitieron a los cristianos escribir su martirologio, sólo porque la iglesia mantuvo a sus herejes vivos en el recuerdo de los hombres, es por lo que nunca se perdió ni jamás sé podrá perder su memoria. Los campos de concentración tornaron la muerte en sí misma anónima (haciendo imposi¬ ble determinar si un prisionero está muerto o vivo), privaron a la muerte de su significado como final de una vida realizada. En un cierto sentido arreba¬ taron al individuo su propia muerte, demostrando por ello que nada le perte¬ necía y que él no pertenecía a nadie. Su muerte simplemente pone un sello sobre el hecho que en realidad nunca había existido.
Este ataque contra la persona moral podía todavía haber quedado neu¬ tralizado por la conciencia del hombre que le dice que es mejor morir como víctima que vivir como burócrata de la muerte. El terror totalitario obtuvo su más terrible triunfo cuando logró apartar a la persona moral del escape indi¬ vidualista y hacer que las decisiones de la conciencia fueran absolutamente discutibles y equívocas. Cuando un hombre se enfrenta con la alternativa de traicionar y de matar así a sus amigos o de enviar a la muerte a su mujer y a sus hijos, de los que es responsable en cualquier sentido; cuando incluso el suicidio significaría la muerte inmediata de su propia familia, ¿cómo puede decidir? La alternativa ya no se plantea entre el bien y el mal, sino entre el homicidio y el homicidio. ¿Quién podría resolver el problema moral de la madre griega a quien los nazis permitieron decidir cuál de sus tres hijos ten¬ dría que ser muerto?154.
A través de la creación de condiciones bajo las cuales la conciencia deja de ser adecuada y hacer eí bien se torna profundamente imposible, la compli¬ cidad conscientemente organizada cíe todos los hombres en los crímenes de los regímenes totalitarios se extiende a las víctimas y así se torna realmente total. Los hombres de las SS implicaron en sus crímenes a los internos en los campos de concentración — delincuentes, políticos y judíos— , haciéndoles responsables de gran parte de la administración, enfrentándoles de esa mane¬ ra con el desesperanzador dilema de si enviar a sus amigos a la muerte o sí ayudar a matar a otros hombres que resultaban seríes extraños y, en cualquier
Véase el informe de Sergei Maiajov, en Dallin, op. cit., pp, 20 yss.
Véase Albert Camus, en Twice a Year, 1947.
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caso, obligándoles a comportarse como asesinos155. El hecho no es sólo que el odio fuera desviado de quienes realmente eran culpables (los Kapos eran más-odiados que los hombres de Jas S$), sino que se hallara constantemente enturbiada la línea divisoria entre el perseguidor y el perseguido, entre el asesino y su víctima156.
Una vez que ha sido muerta la persona moral, lo único que todavía impi¬ de a los hombres convertirse en cadáveres vivientes es la diferenciación del individuo, su identidad única. En un ambiente estéril, semejante individua¬ lidad puede ser preservada a través del estoicismo persistente y es cierto que, bajo la dominación totalitaria, muchos hombres se han refugiado y siguen refugiándose cada día en este absoluto aislamiento de una personalidad sin derechos o conciencia. No hay duda de que esta parte de la persona humana, precisamente porque depende tan esencialmente de la naturaleza y de las fuerzas que no pueden ser controladas por la voluntad, es la más difícil de destruir (y cuando resulta destruida es la más fácil de reparar)157*.
Los métodos para tratar con esta singularidad de la persona humana son numerosos y no intentaremos enumerarlos. Comienzan con las monstruosas condiciones de los transportes a los campos, cuando centenares de seres humanos son hacinados desnudos en un vagón de ganado, prácticamente pe¬ gados entre sí y trasladados durante días y días de una a otra parte del país; continúan con la llegada al campo, el bien organizado shock de las primeras horas, el rasurado de la cabeza, la grotesca indumentaria del campo; y con¬ cluyen con las torturas profundamente inimaginables, calculadas no para matar el cuerpo, en cualquier caso no para matarlo rápidamente. El propósi¬ to de estos métodos, en todas las ocasiones, es manipular el cuerpo humano
— con sus infinitas posibilidades de sufrimiento— de tal manera que sea des¬ truida tan inexorablemente la persona humana como lo consiguen ciertas enfermedades mentales de origen orgánico.
Es aquí donde se torna más evidente la profunda locura de todo el proce¬ so. La tortura, desde luego, es una característica esencial de toda la policía y de todo el aparato judicial totalitario; es empleada cada día para hacer hablar a la gente. Este tipo de tortura, como persigue un objetivo definido y racio¬
Eí libro de Rousset, op. cit., consiste ampliamente en discusiones de los presos acerca de este dile¬
ma.
Bettelheím, op, cit., describe el proceso por el que los guardias, tanto como los internos, se torna¬ ban acondicionados» a la vida del campo y temían regresar al mundo exterior.
Por eso, Rousset tiene razón cuando insiste en que la verdad es que «la víctima y el ejecutor son igualmente innobles; la lección de los campos es la hermandad de la abyección» {p. 588).
Bettelheim, op. cit., describe cómo «la preocupación principal de los recién internos parecía ser la dé permanecer intactos como personalidad», mientras que el problema de los internos veteranos era «cómo vivir lo mejor posible dentro del campo».
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nal, posee ciertas limitaciones: o bien el prisionero habla al cabo de cierto tiempo, o es muerto. A esta tortura, racionalmente dirigida, se añadió en los primeros campos de concentración nazis y en las celdas de la Gestapo otra tortura irracional y de tipo sádico. Utilizada en su mayor parte por los hom ¬ bres de las SA, no perseguía objetivos ni era sistemática, sino que dependía de la iniciativa.de elementos considerablemente anormales. La mortalidad era tan alta que sólo unos pocos internos de los campos de concentración de 1933 sobrevivieron a aquellos primeros años. Este tipo de tortura parecía ser no tanto una calculada institución política como una concesión deí régimen a sus elementos criminales y anormales, que eran así premiados por los servi¬ cios prestados. Tras la ciega bestialidad de los hombres de las SA existía a mentido un odio y un resentimiento profundos contra los que social, inte¬ lectual o físicamente eran mejores que ellos, quienes ahora, como si se hubiesen hecho realidad sus sueños más salvajes, se encontraban a su mer¬ ced. Este resentimiento, que nunca se extinguió enteramente en los cam¬ pos, nos sorprende como el último vestigio de un sentimiento humanamen¬ te comprensible158.
El verdadero horror comenzó, sin embargo, cuando los hombres de las
se encargaron de la administración de los campos. La antigua bestialidad espontánea dio paso a una destrucción absolutamente fría y sistemática de ios cuerpos humanos, calculada para destruir la dignidad humana. La muer¬ te se evitaba o se posponía indefinidamente. Los campos ya no eran parques de recreo para bestias con forma humana, es decir, para hombres que real¬ mente pertenecían a manicomios y a prisiones; se tornó cierto lo opuesto: se convirtieron en «centros de entrenamiento» en los que hombres perfecta¬ mente normales eran preparados para llegar a ser miembros de pleno derecho de las SS159.391
Rousset, op. cit, p. 390, refiere cómo un hombre de las SS arengaba a un profesor de la siguien- te manera: «Tú solías ser un profesor. Bien, ya no eres un profesor. Ya no eres un tipo importante. Ahora sólo eres un enano. No puedes ser más pequeño. El importante soy yo ahora».
Kogon, op. cit., p. 6 , habla de la posibilidad de que los campos fueran mantenidos como terrenos de entrenamiento y experimentación para las SS. También proporciona un buen informe sobre la distinción entre los primeros campos, administrados por las SA, y los ulteriores, dirigidos por las SS. «Ninguno de aquellos primeros campos tenía más de mil internos... En ellos la vida agotaba todas las descripciones. Los relatos de los escasos presos que sobrevivieron coinciden en afirmar que apenas había alguna forma de perversión sádica que no fuese practicada por los hombres de las SA Pero to¬ dos eran actos de bestialidad individual, aún no existía un frío sistema completamente organizado que abarcara a masas de hombres. Esta fue la realización de la SS» (p. 7).
Este nuevo sistema mecanizado alivió el sentimiento de responsabilidad tanto como era huma¬ namente posible. Cuando, por ejemplo, llegó la orden de matar cada día varios centenares de pri¬ sioneros rusos, la matanza fue realizada disparando por un agujero, sin ver a la víctima (véase «Es-saí sur la Psychologie de la terreur», de Ernesc Peder, en Synthhes, Bruselas, 1946). Por otro lado, la
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La muerte de la individualidad del hombre, de su singularidad confor¬ mada en partes iguales por la naturaleza, la voluntad y el destino, que se ha convertido en una premisa tan evidente en todas las relaciones humanas que incluso los gemelos idénticos inspiran una cierta incomodidad, crea un ho¬ rror que eclipsa ampliamente el ultraje a la persona jurídico-política y la desesperación de la persona moral. Es este horror el que da paso a las genera¬ lizaciones nihilistas que mantienen con suficiente placibilidad que, esencial¬ mente, todos los hombres son como bestias160. En realidad, la experiencia de los campos de concentración muestra que los seres humanos pueden ser transformados en especímenes del animal humano y que «la naturaleza» del hombre es solamente «humana» en tanto que abre al hombre la posibilidad de convertirse en algo altamente innatural, es decir, en un hombre.
Tras el asesinato de la persona moral y el aniquilamiento de la persona jurídica, la destrucción de la individualidad casi siempre tiene éxito. Conce¬ biblemente, pueden encontrarse algunas leyes de la psicología de masas para explicar por qué millones de seres humanos se dejaron llevar sin resistencia a las cámaras de gas, aunque estas leyes sólo explicarían la destrucción de la individualidad. Es más significativo que los condenados individualmente a muerte rara vez intentaran llevarse consigo a alguno de sus ejecutores y que apenas hubiera rebeliones graves y que, incluso en el momento de la libera¬ ción, se registraran muy pocas matanzas espontáneas de hombres de las SS, porque destruir la individualidad es destruir la espontaneidad, el poder del
perversión era producida artificialmente en hombres, por otra parte, normales. Rousset informa lo siguiente respecto de un guardián de las SS: «Habitualmeme sigo pegando hasta que eyaculo. Tengo mujer y tres hijos en Breslau. Yo solía ser perfectamente normal. Esto es lo que han hecho conmigo. Ahora, cuando me dan un permiso no voy a mí casa. No me atrevo a mirar a la cara a mi mujer» (p.
. Los documentos de la era de Hirler contienen numerosos testimonios acerca de la normalidad media de aquellos a quienes se confió la realización del programa de exterminio de Hítler. Puede hallarse una buena recopilación en «The W eaponof Antisemítism» de Léon Poliakov, publicado por la UNESCO en The ThtrdReich, Londres, 1955. La mayoría de los hombres de las unidades utiliza¬ das pata estos fines no eran voluntarios, sino que habían sido reclutados entre la policía corriente para estas tareas especiales. Pero incluso los hombres entrenados de las SS hallaron este tipo de tarea peor que la del combate en el frente. En su informe sobre una ejecución masiva perpetrada por Jas SS, un testigo presencial elogió a esa unidad, que había sido tan «idealista» como para ser capaz de soportar «todo el exterminio sin la ayuda del alcohol».
El deseo de eliminar todos los motivos personales y todas fas pasiones durante los «exterminios» y de mantener así las crueldades en un grado mínimo es revelado por el hecho de que un grupo de médicos e ingenieros encargados de manejar las instalaciones del gas estuvieron realizando constan¬ tes perfeccionamientos no sólo concebidos para elevar la capacidad productiva de las fábricas de cadáveres, sino también para acelerar y aliviar la agonía.
m Esto resulta muy destacado en la obra de Rousset. «Las condiciones sociales de la vida en los cam ¬ pos han transformado a la gran masa de internos, tanto alemanes como deportados, fuera cual fuese su anterior posición social y su educación..., en una canalla degenerada, enteramente sometida a los reflejos primitivos del instinto animal» (p. 183).
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hombre para comenzar algo nuevo a partir de sus propios recursos, algo que no puede ser explicado sobre la base de reacciones al medio ambiente y a los acontecimientos*01. Sólo quedan entonces fantasmales marionetas con ros¬ tro humano que se comportan todas como el perro de los experimentos de Pavlov, que reaccionan todas con perfecta seguridad incluso cuando se diri¬ gen hacia su propia muerte y que no hacen más que reaccionar. Éste es el verdadero triunfo del sistema: «El triunfo de las SS exige que la víctima tor¬ turada se deje llevar hasta la trampa sin protestar, que renuncie a sí misma y se abandone hasta el punto de dejar de afirmar su identidad. Y ello no por nada. Los hombres de las SS no desean su derrota gratuitamente, por obra del puro sadismo. Saben que el sistema que logra destruir a su víctima antes de que suba al patíbulo... es incomparablemente el mejor para mantener esclavizado, sometido a todo un pueblo. Nada hay más terrible que estas procesiones de seres humanos caminando como muñecos hacia su muerte. El hombre que ve esto se dice a sí mismo: “Cuán grande es el poder que debe ocultarse en las manos de sus amos para que éstos se hayan sometido de esta manera”, y se aparta lleno de amargura, pero derrotado»162.
Si consideramos seriamente las aspiraciones totalitarias y nos negamos a ser engañados por la afirmación del sentido común según la cual son utópi¬ cas e irrealizables, resulta que la sociedad de los moribundos establecida en los campos es la única forma de sociedad en la que es posible dominar ente¬ ramente al hombre. Los que aspiran a la dominación total deben liquidar toda espontaneidad, tal como la simple existencia de la individualidad siem¬ pre engendrará, y perseguirla hasta en sus formas más particulares, sin impor¬ tarles cuán apolíticas e inocuas puedan parecer. El perro de Pavlov, espécimen humano reducido a sus reacciones más elementales, el haz de reacciones que puede ser siempre liquidado y sustituido por otro haz de reacciones que se comporten exactamente de la misma manera, es el ciudadano «modelo» de un estado totalitario, y semejante ciudadano sólo puede ser producido imperfectamente fuera de los campos.
La inutilidad de los campos, su antiutilidad cínicamente reconocida, es sólo aparente. En realidad son más esenciales para la preservación del poder16
A este contexto corresponde también la extraordinaria rareza de suicidios en tos campos. El sui¬ cidio se producía más a menudo antes de la detención y de la deportación que en el mismo campo, lo que, desde luego, queda parcialmente explicado por el hecho de que se intentaba todo para impe¬ dir los suicidios, que eran, al fin y al cabo, actos espontáneos. Del material estadístico de Buchen-vvald (Nazi Conspiracy, IV, pp. 800 y ss.) es evidente que apenas un 0,5 por ciento de las muertes po¬ dían ser atribuidas a suicidio, que frecuentemente sólo había uno o dos suicidas al año, aunque en ese mismo año el número total de muertes llegaba a 3.516. Los informes de los campos de concen¬ tración rusos mencionan el mismo fenómeno (véase, por ejemplo, Starlínger, op, át„ p. 57).
Rousset, op. cit„ p. 525.
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del régimen que cualquiera de sus otras instituciones. Sin los campos de con¬ centración, sin el indefinido temor que inspiran y el bien definido entrena¬ miento que ofrecen para la dominación totalitaria, que en parte alguna pue¬ de ser completamente ensayada con todas sus posibilidades más radicales, un estado totalitario no puede ni inspirar fanatismo a unidades selectas ni man¬ tener a todo un pueblo en la completa apatía. El dominante y los dominados retornarían muy rápidamente a la «antigua rutina burguesa»; tras los prime¬ ros «excesos» sucumbirían a la vida cotidiana con sus leyes humanas; en suma, evolucionarían en la dirección que todos los observadores aconsejados por el sentido común se hallan inclinados a predecir. La falacia trágica de to¬ das estas profecías, originadas en un mundo que todavía era seguro, consistió en suponer que existía algo semejante a una naturaleza humana establecida para siempre, en identificar a esta naturaleza humana con la historia y en declarar así que la idea de dominación total era no sólo inhumana, sino tam¬ bién irreal. Mientras tanto, hemos aprendido que el poder del hombre es tan grande que realmente puede ser lo que quiera ser.
A la verdadera naturaleza de los regímenes totalitarios corresponde eí exi¬ gir el poder ilimitado. Semejante poder sólo puede ser afirmado si literal¬ mente todos los hombres, sin una sola excepción, son fiablemente domina¬ dos en cada aspecto de su vida. En el terreno de los asuntos exteriores, deben ser constantemente subyugados nuevos territorios neutrales, mientras que en el interior nuevos grupos humanos deben ser continuamente dominados en ios cada vez más numerosos campos de concentración o, cuando las circuns¬ tancias lo requieran, liquidados para dejar sirio a otros. La cuestión de la opo¬ sición carece de importancia, tanto en los asuntos exteriores como en los internos. Cualquier neutralidad y, desde luego, cualquier amistad espontᬠneamente otorgadas son, desde el punto de vista de la dominación totalitaria, simplemente tan peligrosas como la hostilidad declarada, precisamente por¬ que la espontaneidad como tal, con su imprevisibilidad, constituye eí mayor de los obstáculos a la dominación total del hombre. Los comunistas de los países no comunistas, que huyeron o fueron llamados a Moscú, aprendieron por amarga experiencia que constituían una amenaza para la Unión Soviéti¬ ca. Los comunistas convencidos son en este sentido, que solamente hoy tiene alguna realidad, simplemente tan ridículos y tan amenazadores para el régi¬ men de Rusia como, por ejemplo, los nazis convencidos de la facción de Rohm lo eran para los nazis.
Lo que toma a la convicción y a ía opinión de cualquier tipo tan ridicula y peligrosa bajo las condiciones totalitarias es que ios regímenes totalitarios se enorgullecen fundamentalmente de no necesitarlas, de no precisar ayuda humana de cualquier tipo. Los hombres, en tanto que son algo más que reac¬
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ción animal y realización de funciones, resultan enteramente superfluos para los regímenes totalitarios. El totalitarismo busca no la dominación despótica sobre los hombres, sino un sistema en el que los hombres sean superfluos. El poder to¬ tal sólo puede ser logrado y salvaguardado en un mundo de reflejos condiciona¬ dos, de marionetas sin el más ligero rasgo de espontaneidad. Precisamente por¬ que los recursos del hombre son tan grandes sólo puede ser completamente dominado cuando se convierte en un espécimen de la especie animal hombre.
Por eso el carácter es una amenaza e incluso las más injustas normas lega¬ les constituyen un obstáculo; pero la individualidad, es decir, todo lo que dis¬ tingue a un hombre de otro, resulta intolerable. Mientras todos los hombres no hayan sido hechos igualmente superfluos — y esto sólo se ha realizado en los campos de concentración— , el ideal de dominación totalitaria no queda logrado. Los estados totalitarios aspiran constantemente, aunque nunca con completo éxito, a lograr la superfluidad de los hombres — mediante la selec¬ ción arbitraria de los diferentes grupos enviados a los campos de concentra¬ ción, mediante las purgas constantes del aparato dominador y mediante las liquidaciones en masa. El sentido común afirma desesperadamente que las masas están inclinadas a la sumisión y que todo este gigantesco aparato de te¬ rror resulta por eso superfluo; si fuesen capaces de decir la verdad, los gober¬ nantes totalitarios replicarían: el aparato parece superfluo sólo porque sirve para hacer superfluos a los hombres.
El intento totalitario de hacer superfluos a los hombres refleja la experiencia que las masas modernas tienen de su superfluidad en una tierra superpoblada. El mundo de los moribundos, en el que se enseña a los hombres que son super¬ fluos a través de un estilo de vida en el que se encuentran con un castigo sin conexión con el delito, en el que se practica la explotación sin beneficio y se realiza el trabajo sin producto, es un lugar donde diariamente se fabrica el absurdo. Sin embargo, dentro del marco de la ideología totalitaria, nada podría resultar más sensible y lógico; si los internados son sabandijas, es lógico que de¬ ban ser eliminados mediante gases venenosos; si son degenerados, no se les debe permitir que' contaminen a la población; si tienen «almas de esclavos» (Himmler), seria perder el tiempo tratar de reeducarles. Contemplados a través de los ojos de la ideología, lo malo de los campos es casi el que tengan demasia¬ do sentido, el que la ejecución de la doctrina resulte demasiado consecuente.
Aunque los regímenes totalitarios se encuentran así resuelta y cínicamen¬ te vaciando al mundo de lo único que tiene sentido para las esperanzas utili¬ tarias del sentido común, imponen sobre éste ese tipo de supersentido al que realmente se referían las ideologías cuando pretendían haber hallado la clave
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de la historia o la solución de los enigmas del universo. Por encima del absur¬ do de la sociedad totalitaria se encuentra entronizado el ridículo supersentido de su' superstición ideológica. Las ideologías son inocuas, no críticas, y las opiniones, arbitrarías mientras no sean realmente creídas. Una vez que es tomada al pie de la letra su reivindicación de validez total, se convierten en el núcleo de sistemas lógicos en los que, como en los sistemas de los paranoicos, todo se deduce comprensiblemente e incluso obligatoriamente una vez que ha sido aceptada la primera premisa. La locura de semejantes sistemas radica no sólo en su primera premisa, sino en la lógica con la que han sido construi¬ dos. La curiosa cualidad lógica de todos los ismos, su confianza simplista en el valor salvador de la devoción tozuda sin atender a factores específicos y va¬ riables, alberga ya los primeros gérmenes del desprecio totalitario por la reali¬ dad y por ios hechos.
El sentido común entrenado en el pensamiento utilitario carece de defensas contra este supersentido ideológico, puesto que los regímenes totali¬ tarios establecen un mundo carente de sentido que funciona. El desprecio ideológico por los hechos todavía contenía la orgulíosa presunción del domi¬ nio humano sobre el mundo; después de todo, es ese desprecio por la reali¬ dad el que hace posible cambiar el mundo, la erección del artificio humano. Lo que destruye el elemento de orgullo en el desprecio totalitario por la rea¬ lidad (y por ello lo distingue radicalmente de las teorías y actitudes revolucio¬ narias) es el supersentido que da al desprecio por la realidad su fuerza lógica y su consistencia. Lo que convierte en un recurso verdaderamente totalitario la afirmación bolchevique de que el sistema ruso es superior a todos ios de¬ más es el hecho de que el gobernante totalitario extrae de esta afirmación la conclusión lógicamente impecable de que sin este sistema la gente no podría haber construido algo tan maravilloso como, por ejemplo, un Metro. De este punto de vista extrae luego la conclusión lógica de que cualquiera que conoz¬ ca la existencia del Metro de París es sospechoso, porque puede ser causa de que la gente dude de que sólo se pueden hacer cosas en el sistema bolchevi¬ que. Esto conduce a ía conclusión final de que, para seguir siendo un bolche¬ vique leal, uno tiene que destruir el Metro de París. Lo único que importa es ser consecuente.
Con estas nuevas estructuras, construidas sobre ía fuerza del supersentido e impulsadas por el motor de la lógica, nos hallamos, desde luego, en el final de la era burguesa del incentivo y del poder tanto como en el final del impe¬ rialismo y de la expansión. La agresividad del totalitarismo no procede del anhelo por el poder, y si trata febrilmente de extenderse, no es por deseo de expansión ni de beneficio, sino sólo por razones ideológicas: hacer al mundo consecuente, demostrar que tenía razón su respectivo supersentido.
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Principalmente en beneficio de este supersenrido, en beneficio de una con¬ sistencia completa, es por lo que necesita el totalitarismo destruir cada rastro de lo que nosotros denominamos corrientemente dignidad humana. Porque el respeto por la dignidad humana implica el reconocimiento de mis semejantes o de las naciones semejantes a ía mía, como súbditos, como constructores de mundos o como codificadores de un mundo común. Ninguna ideología que pretenda lograr la explicación de todos ios acontecimientos históricos del pasa¬ do o la delimitación del curso de todos los acontecimientos del futuro puede soportar la imprevisibiíidad que procede del hecho de que los hombres sean creativos, que pueden producir algo tan nuevo que nadie llegó a prever.
Por eso, ío que tratan de lograr las ideologías totalitarias no es ía transfor¬ mación del mundo exterior o la transmutación revolucionaria de la sociedad, sino la transformación de la misma naturaleza humana. Los campos de con¬ centración son ios laboratorios donde se ensayan los cambios en la naturaleza humana, y su ignominia no atañe sólo a sus internos y a aquellos que los diri¬ gen según normas estrictamente «científicas»; éste es un asunto que afecta a to¬ dos los hombres. Y la cuestión no es el sufrimiento, algo de ío que ya ha habi¬ do demasiado en ía tierra, ni el número de víctimas. Lo que está en juego es ía naturaleza humana como tal, y aunque parezca que estos experimentos no lograron modificar al hombre, sino sólo destruirle, creando una sociedad en la que la banalidad nihilista del homo homini lupus es consecuentemente realiza¬ da, es preciso tener en cuenta las necesarias limitaciones de una experiencia que requiere un control global para mostrar resultados concluyentes.
Hasta ahora, ía creencia totalitaria de que todo es posible parece haber demostrado sólo que todo puede ser destruido. Sin embargo, en su esfuerzo por demostrar que todo es posible, los regímenes totalitarios han descubierto sin saberlo que hay crímenes que los hombres no pueden castigar ni perdo¬ nar. Cuando lo imposible es hecho posible se torna en un mal absolutamen¬ te incastígabíe e imperdonable que ya no puede ser comprendido ni explica¬ do por los motivos malignos del interés propio, ía sordidez, el resentimiento, el ansia de poder y la cobardía. Por eso la ira no puede vengar; el amor no puede soportar; la amistad no puede perdonar. De la misma manera que las víctimas de las fábricas de ía muerte o de los pozos del olvido ya no son «humanos» a los ojos de sus ejecutores, así estas novísimas especies de crimi¬ nales quedan incluso más allá del umbral de la solidaridad de ia iniquidad humana.
Es inherente a toda nuestra tradición filosófica el que no podamos con¬ cebir un «mal radical», y ello es cierto tanto para ía teología cristiana, que concibió incluso para el mismo Demonio un origen celestial, como para Kant, el único filósofo que, en el término que acuñó para este fin, debió de
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haber sospechado al menos la existencia de este mal, aunque inmediatamen¬ te lo racionalizó a través del concepto de «mala voluntad pervertida», que po¬ día ser explicada por motivos comprensibles. Por eso no tenemos nada en qué basarnos para comprender un fenómeno que, sin embargo, nos enfrenta con su abrumadora realidad y destruye todas las normas que conocemos. Hay sólo algo que parece discernible: podemos decir que el mal radical ha emergido en relación con un sistema en el que todos los hombres se han tor¬ nado igualmente superfluos. Los manipuladores de este sistema creen en su propia superfluidad tanto como en la de los demás, y los asesinos totalitarios son los más peligrosos de todos porque no les preocupa sí ellos mismos resul¬ tan estar vivos o muertos, ni siquiera si alguna vez vivieron o nunca nacieron. El peligro de las fábricas de cadáveres y de los pozos del olvido es que hoy, con el aumento de la población y de los desarraigados, constantemente se tornan superfluas masas de personas si seguimos pensando en nuestro mun¬ do en términos utilitarios. Los acontecimientos políticos, sociales y económi¬ cos en todas partes se hallan en tácita conspiración con los instrumentos totalitarios concebidos para hacer a los hombres superfluos. La tentación implícita es bien comprendida por el sentido común utilitario de las masas, que en la mayoría de los países se sienten demasiado desesperadas para rete¬ ner una parte considerable de su miedo a la muerte. Los nazis y los bolchevi¬ ques pueden estar seguros de que sus fábricas de aniquilamiento, que mues¬ tran la solución más rápida para el problema de la superpoblación, para el problema de las masas humanas económicamente superfluas y socialmente desarraigadas, constituyen tanto una atracción como una advertencia. Las soluciones totalitarias pueden muy bien sobrevivir a la caída de los regímenes totalitarios bajo la forma de fuertes tentaciones, que surgirán allí donde parezca imposible aliviar la miseria política, social o económica en una forma digna del hombre.
CAPÍTULO 13
IDEOLOGÍA Y TERROR:
UNA NUEVA FORMA DE GOBIERNO
En los capítulos precedentes hemos recalcado repetidas veces que no sólo los medios de dominación total son más drásticos, sino que el totalitarismo difiere esencialmente de otras formas de opresión política que nos son cono¬ cidas, como el despotismo, la tiranía y la dictadura. Allí donde se alzó con el poder, desarrolló instituciones políticas enteramente nuevas y destruyó todas las tradiciones sociales, legales y políticas del país. Fuera cual fuera la tradi¬ ción específicamente nacional o la fuente espiritual específica de su ideología, el gobierno totalitario siempre transformó a las clases en masas, suplantó el sistema de partidos no por la dictadura de un partido, sino por un movi¬ miento de masas, desplazó el centro del poder del ejército a la policía y esta¬ bleció una política exterior abiertamente encaminada a la dominación m un¬ dial. Los gobiernos totalitarios conocidos se han desarrollado a partir de un sistema unipartídista; allí donde estos sistemas se tornaron verdaderamente totalitarios comenzaron a operar según un sistema de valores tan radicalmen¬ te diferente de todos los demás que ninguna de nuestras categorías tradicio¬ nales legales, morales o utilitarias conforme al sentido común pueden ya ayu¬ darnos a entenderlos, o a juzgar o predecir el curso de sus acciones.
Si es cierto que pueden hallarse elementos de totalitarismo remontándo¬ se en la historia y analizando las implicaciones políticas de lo que habitual¬
TOTALITARISMO
mente denominamos ia crisis de nuestro siglo, entonces es inevitable la con¬ clusión de que esta crisis no es una simple amenaza del exterior, no es simple¬ mente el resultado de una agresiva política exterior, bien de Alemania o de Rusia, y que no desaparecerá con ía muerte de Stalín más de lo que desapare¬ ció con la caída de la Alemania nazi. Puede ser incluso que los verdaderos problemas de nuestro tiempo sólo asuman su forma auténtica — aunque no necesariamente la más cruel— sólo cuando el totalitarismo se haya converti¬ do en algo del pasado.
Es en la línea de tales reflexiones donde cabe suscitar 1a cuestión de si el gobierno totalitario, nacido de esta crisis y, al mismo tiempo, su más claro y único síntoma inequívoco, es simplemente un arreglo temporal que toma sus métodos de intimidación, sus medios de organización y sus instrumentos de violencia del bien conocido arsenal político de la tiranía, el despotismo y las dictaduras, y debe su existencia sólo al fallo deplorable, pero quizás acciden¬ tal, de las fuerzas políticas tradicionales — liberales o conservadoras, naciona¬ listas o socialistas, republicanas o monárquicas, autoritarias o democráticas. O si, por el contrario, existe algo tal como la naturaleza del gobierno totalita¬ rio, si posee su propia esencia y puede ser comparado con otras formas de gobierno, que el pensamiento occidental ha conocido y reconocido desde los tiempos de ía filosofía antigua, y definido como ellas. Si esto es cierto, enton¬ ces las formas enteramente nuevas y sin precedentes de la organización tota¬ litaria y su curso de acción deben descansar en una de las pocas experiencias básicas que los hombres pueden tener allí donde viven juntos y se hallan ocu¬ pados por los asuntos públicos. Si existe una experiencia básica que halla su expresión política en la dominación totalitaria, entonces, a la vista de la nove¬ dad de la forma totalitaria del gobierno, debe ser ésta una experiencia que, por 1a razón que fuere, nunca ha servido anteriormente para ia fundación de un cuerpo político y cuyo talante general — aunque pueda resultar familiar en cualquier otro aspecto— nunca ha penetrado y dirigido el tratamiento de los asuntos públicos.
Sí consideramos esto en términos de ia historia de las ideas, parece extre¬ madamente improbable. Porque las formas de gobierno bajo las que los hombres viven han sido muy pocas; fueron tempranamente descubiertas, cla¬ sificadas por los griegos, y han demostrado ser extraordinariamente longevas. Si aplicamos estos descubrimientos, cuya idea fundamental, a pesar de las muchas variaciones, no cambió en los dos mil quinientos años que separan a Platón de Kant, sentimos inmediatamente la tentación de interpretar el tota¬ litarismo como una forma moderna de tiranía, es decir, como un gobierno ilegal en el que el poder es manejado por un solo hombre. Poder arbitrario, no restringido por ía ley, manejado en interés del gobernante y hostil a los
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intereses de los gobernados, por un lado; el temor como principio de la ac¬ ción, es decir, el temor del dominador al pueblo y el temor del pueblo al dominador, por otro lado, han sido las características de la tiranía a lo largo de nuestra tradición.
En lugar de decir que el gobierno totalitario carece de precedentes, podría¬ mos decir también que ha explotado la alternativa misma sobre la que se han basado en filosofía política todas las definiciones de la esencia de los gobiernos, es decir, la alternativa entre el gobierno legal y el ilegal, entre el poder arbitrario y el legítimo. Nunca se ha puesto en tela de Juicio que el gobierno legal y el po¬ der legítimo, por una parte, y la ilegalidad y el poder arbitrario, por otra, se correspondían y eran inseparables. Sin embargo, la dominación totalitaria nos enfrenta con un tipo de gobierno completamente diferente. Es cierto que desa¬ fía todas las leyes positivas, incluso hasta el extremo de desafiar aquellas que él mismo ha establecido (como en el caso de la Constitución soviética de 1936, por citar sólo el ejemplo más sobresaliente) o de no preocuparse de abolirías (como en el caso de la Constitución de Weimar, que el gobierno nazi jamás revocó). Pero no opera sin la guía del derecho ni es arbitrario porque afirma que obedece estrictamente a aquellas leyes de la naturaleza o de la historia de las que, supuestamente, proceden todas las leyes positivas.
Esta es la monstruosa y sin embargo aparentemente incontestable reivin¬ dicación de la dominación totalitaria, que, lejos de ser «ilegal», se remonta a las fuentes de autoridad de las que las leyes positivas reciben su legitimación última, que, lejos de ser arbitraria, es más obediente a esas fuerzas suprahu-manas de lo que cualquier gobierno lo fue antes y que, lejos de manejar su poder en interés de un solo hombre, está completamente dispuesta a sacrifi¬ car los vitales intereses inmediatos de cualquiera a la ejecución de lo que considera ser la ley de la historia o la ley de la naturaleza. Su desafío a las le¬ yes positivas afirma ser una forma más elevada de legitimidad, dado que, inspirada por las mismas fuentes, puede dejar a un lado esa insignificante legalidad. La ilegalidad totalitaria pretende haber hallado un camino para establecer la justicia en la tierra -'-algo que, reconocidamente, jamás podría alcanzar la legalidad del derecho positivo. La discrepancia entre la legalidad y la justicia jamás puede ser salvada, porque las normas de lo justo y lo injusto en las que el derecho positivo traduce su propia fuente de autoridad — «el derecho natural» que gobierna a todo el universo o la ley divina revelada en la historia humana, o costumbres y tradiciones que expresan el derecho común a los sentimientos de todos los hombres— son necesariamente generales y deben ser válidas para un incontable e imprevisible número de casos, de for¬ ma tal que cada individuo concreto con su irrepetible grupo de circunstan¬ cias se escapa a esas normas de alguna manera.
TOTALITARISMO
La ilegalidad totalitaria, desafiando ía legitimidad y pretendiendo esta¬ blecer el reinado directo de la justicia en ía tierra, ejecuta la ley de la historia o de la naturaleza sin traducirla en normas de lo justo y lo injusto para el comportamiento individual. Aplica directamente la ley a la humanidad sin preocuparse del comportamiento de los hombres. Se espera que la ley de la naturaleza o la ley de la historia, si son adecuadamente ejecutadas, produzcan a la humanidad como su producto final; y esta esperanza alienta tras la rei¬ vindicación de dominación global por parte de todos los gobiernos totalita¬ rios. La política totalitaria afirma transformar a la especie humana en porta¬ dora activa e infalible de una ley, a la que de otra manera los seres humanos sólo estarían sometidos pasivamente y de mala gana. Si es cierto que el lazo entre ios países totalitarios y el mundo civilizado quedó roto a través de los monstruosos crímenes de sus regímenes, también es cierto que esta crimina¬ lidad no fue debida a la simple agresividad, a la insensibilidad, a la guerra y a la traición, sino a una consciente ruptura de ese comemos inris que, según Cicerón, constituye a un «pueblo» y que, como derecho internacional, ha constituido en los tiempos modernos al mundo civilizado en tanto perma¬ nezca como piedra fundamental de las relaciones internacionales, incluso bajo las condiciones bélicas. Tanto el juicio moral como el castigo legal pre¬ suponen este asentimiento básico; el criminal puede ser juzgado justamente sólo porque participa en el comemos inris, e incluso la ley revelada por Dios puede funcionar en los hombres sólo cuando éstos la escuchan y la aceptan.
En este punto surge a la luz la diferencia fundamental entre el concepto totalitario del derecho y todos los otros conceptos. La política totalitaria no reemplaza a un grupo de leyes por otro, no establece su propio comensus in¬ ris, no crea, mediante una revolución, una nueva forma de legalidad. Su desa¬ fío a todo, incluso a sus propias leyes positivas, implica que cree que puede imponerse sin ningún comensus inris y que, sin embargo, no se resigna ai esta¬ do tiránico de ilegalidad, arbitrariedad y temor. Puede imponerse sin el con¬ sensos inris, porque promete liberar a la realización de la ley de toda acción y voluntad humana; y promete la justicia en la tierra porque promete hacer de la humanidad misma la encarnación de la ley.
Esta identificación del hombre y de ia ley, que parece cancelar la discre¬ pancia entre ía legalidad y la justicia que ha asediado al pensamiento legal desde los tiempos antiguos, no tiene nada en común con la lumen natura le o la voz de la conciencia, por las que se supone que la naturaleza o la divinidad, como fuentes de autoridad para el ios naturale o los mandamientos de Dios históricamente revelados, anuncian su autoridad al mismo hombre. Todo esto jamás hizo dei hombre la encarnación ambulante de la ley, sino que, al contrario, siguió diferenciándose de él como la autoridad que exigía asentí-
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miento y obediencia. La naturaleza o la divinidad, como fuentes de autori¬ dad para las leyes positivas, eran consideradas permanentes y eternas; las leyes positivas eran cambiantes y cambiables según las circunstancias, pero poseían una relativa permanencia en comparación con las acciones humanas mucho más rápidamente cambiantes; y derivaban esta permanencia de la eterna pre¬ sencia de su fuente de autoridad. Por eso, las leyes positivas son primaria¬ mente concebidas para funcionar como factores estabilizadores de los cam¬ biantes movimientos de los hombres.
En la interpretación del totalitarismo, todas las leyes se convierten en le¬ yes de movimiento. Cuando los nazis hablaban sobre la ley de la naturaleza o cuando los bolcheviques habían sobre la ley de la historia, ni la naturaleza ni la historia son ya la fuente estabiíizadora de la autoridad para las acciones de los hombres mortales; son movimientos en sí mismas. Subyacente a la creen¬ cia de los nazis en las leyes raciales como expresión de la ley de la naturaleza en el hombre, se halla la idea darwiniana del hombre como producto de una evolución natural que no se detiene necesariamente en la especie actual de se¬ res humanos, de la misma manera que la creencia de los bolcheviques en la lucha de clases como expresión de la ley de la historia se basa en la noción marxista de la sociedad como producto de un gigantesco movimiento histó¬ rico que discurre según su propia ley de desplazamiento hasta el fin de los tiempos históricos, cuando llegará a abolirse por sí mismo.
La diferencia entre el enfoque histórico de Marx y el enfoque naturalista de Darwin ha sido frecuentemente señalada, usual y certeramente en favor de Marx. Esto nos ha llevado a olvidar el gran interés positivo que tuvo Marx por las teorías de Darwin; Engels no pudo concebir mejor elogio para los lo¬ gros investigadores de Marx que el de llamarle el «Darwin de la historia»1. Si se consideran, no los auténticos logros, sino las filosofías básicas de ambos hombres, resulta que, en definitiva, el movimiento de la naturaleza y el movi¬ miento de la historia son uno y el mismo. La introducción de Darwin del concepto de la evolución en la naturaleza, su insistencia en que, al menos en el campo de la biología, el movimiento natural no es circular, sino unilineal, desplazándose en una dirección indefinidamente progresiva, significa en rea¬ lidad que la naturaleza, como si dijéramos, está siendo arrastrada en la histo¬ ria, que a la vida natural se la puede considerar histórica. La ley «natural» de la supervivencia de los más aptos es, pues, una ley histórica, y puede ser utiíi-
1 En su elogio fúnebre de Marx, Engeis dijo: «De la misma manera que Danvln descubrió la ley de la evolución de la vida orgánica, así Marx descubrió la ley de la evolución de la historia humana». Un comentario similar se halla en la introducción de Engels a la edición del Manifiesto comunista de 1890, y en su presentación de Ursprung der Fatnilie... menciona una vez más la «teoría de ia evolu¬ ción de Darwin» y la «teoría de la plusvalía de Marx» paralelamente.
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zada tanto por el racismo como por ia ley marxista de las clases más progre¬ sistas. La lucha de clases de Marx, por otra parte, como fuerza impulsora de la historia es sólo la expresión exterior de la evolución de las fuerzas produc¬ tivas, que a su vez tienen su origen en el «poder de trabajo» de los hombres. El trabajo, según Marx, no es una fuerza histórica, sino una fuerza natural — biológica— liberada a través del «metabolismo del hombre con 1a naturale¬ za», por la que conserva su vida individual y reproduce la especie2. Engels advirtió muy claramente la afinidad entre las concepciones básicas de los dos autores, porque comprendió el papel decisivo que desempeñaba en ambas teorías el concepto de la evolución. El tremendo cambio intelectual que tuvo lugar a mediados del siglo pasado consistió en 1a negativa a ver o a aceptar nada tal y «como es» y en la consecuente interpretación de todo como base de una evolución ulterior. Es relativamente secundario el que ia fuerza impulsora de esta evolución pueda denominarse naturaleza o historia. En es¬ tas ideologías, el término mismo de «ley» cambia de significado: de expresar el marco de estabilidad dentro del cual pueden tener lugar las acciones y los movimientos humanos se convierte en expresión del movimiento mismo.
Las políticas totalitarias que procedieron a seguir las recetas de las ideo¬ logías han desenmascarado la verdadera naturaleza de estos movimientos en cuanto han mostrado claramente que no podía existir final para este proce¬ so. Si la ley de la naturaleza consiste en eliminar todo lo que resulta perjudi¬ cial y es incapaz de vivir, sería el mismo final de la naturaleza si no pudieran hallarse nuevas categorías de elementos perjudiciales e incapaces de vivir. Si es ley de ia historia el que en la lucha de ciases «desaparezcan» ciertas clases, significaría el final de ia historia humana el hecho de que no se formaran nuevas clases rudimentarias que a su vez pudieran «desaparecer» a manos de los dominadores totalitarios. En otras palabras, la ley de matar, por la que los movimientos totalitarios se apoderan y ejercen el poder, seguiría siendo ley del movimiento aunque lograran someter a su dominación a toda la humanidad.
Por gobierno legal entendemos un cuerpo político en el que se necesitan leyes positivas para traducir y realizar el inmutable ius naturak o los manda¬ mientos eternos de Dios en normas de lo justo y lo injusto. Sólo en estas nor¬ mas, en el cuerpo de leyes positivas de cada país, pueden lograr su realidad política el ius naturak o los mandamientos de Dios. En el cuerpo político del gobierno totalitario el lugar de las leyes positivas queda ocupado por el terror
2 Por lo que se refiere al concepto trabajo en Marx como «una eterna necesidad impuesta por la natu¬ raleza, sín la cual no puede existir metabolismo entre el hombre y la naturaleza, y por ello no puede existir vida», véase El capital, vol. 1, parte I, caps. 1 y 5. El pasaje citado es del cap. 1, sección 2.
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total, que es concebido como medio de traducir la ley del movimiento de la historia o de la naturaleza en realidad. De la misma manera que las leyes posi¬ tivas, aunque definen transgresiones, son independientes de ellas — la ausen¬ cia de delitos en cualquier sociedad no torna superfluas a las leyes, sino que, al contrario, significa su más perfecto gobierno— , así el terror en el gobierno totalitario ha dejado de ser un simple medio para la supresión de la oposi¬ ción, aunque es también utilizado para semejantes fines. El terror se convier¬ te en total cuando se torna independiente de toda oposición; domina de for¬ ma suprema cuando ya nadie se alza en su camino. Si la legalidad es la esen¬ cia del gobierno no tiránico y la ilegalidad es la esencia de la tiranía, entonces el terror es la esencia de la dominación totalitaria.
El terror es la realización de la ley del movimiento; su objetivo principal es hacer posible que la fuerza de la naturaleza o la historia discurra libremen¬ te a través de la humanidad sin tropezar con ninguna acción espontánea. Como tal, el terror trata de «estabilizar» a los hombres para liberar a las fuer¬ zas de la naturaleza o de la historia. Es este movimiento el que singulariza a los enemigos de la humanidad contra ios cuales se desata el terror, y no pue¬ de permitirse que ninguna acción u oposición libres puedan obstaculizar la eliminación del «enemigo objetivo» de la historia o de la naturaleza, de la cla¬ se o de la raza. La culpa y la inocencia se convierten en nociones sin sentido; «culpable» es quien se alza en el camino del proceso natural o histórico que ha formulado ya un juicio sobre las «razas inferiores», sobre los «individuos no aptos para la vida», sobre las «clases moribundas y los pueblos decaden¬ tes». El terror ejecuta estos juicios, y ante su tribunal todos los implicados son subjetivamente inocentes; los asesinados porque nada hicieron contra el sistema, y los asesinos porque realmente no asesinan, sino que ejecutan una sentencia de muerte pronunciada por algún tribunal superior. Los mismos dominadores no afirman ser justos o sabios, sino sólo que ejecutan leyes his¬ tóricas o naturales; no aplican leyes, sino que ejecutan un movimiento con¬ forme a su ley inherente. El terror es legalidad si la ley es la ley del movi¬ miento de alguna fuerza supranatural, la naturaleza o la historia.
El terror, como ejecución de una ley de un movimiento cuyo objetivo último no es el bienestar de los hombres o el interés de un solo hombre, sino la fabricación de la humanidad, elimina a los individuos en favor de la espe¬ cie, sacrifica a las «partes» en favor del «todo». La fuerza supranatural de la naturaleza o de la historia tiene su propio comienzo y su propio final, de for¬ ma tal que sólo puede ser obstaculizada por el nuevo comienzo y el mero fi¬ nal individual que constituyen en realidad la vida de cada individuo.
En el gobierno constitucional las leyes positivas están concebidas para erigir fronteras y establecer canales de comunicación entre hombres cuya
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comunidad resulta constantemente amenazada por los nuevos hombres que nacen dentro de ella. Con cada nuevo nacimiento nace un nuevo comienzo, surge a la existencia potencialmente un nuevo mundo. La estabilidad de las leyes corresponde al constante movimiento de todos los asuntos humanos, un movimiento que nunca puede tener final mientras los hombres nazcan y mueran. Las leyes cercan a cada nuevo comienzo y al mismo tiempo aseguran su libertad de movimientos, la potencialidad de algo enteramente nuevo e imprevisible; las fronteras de las leyes positivas son para la existencia política del hombre lo que la memoria es para su existencia histórica: garantizan la preexistencia de un mundo común, la realidad de una continuidad que tras¬ ciende al espacio de vida individual de cada generación, absorbe todos los nuevos orígenes y se nutre de ellos.
El terror total se confunde tan fácilmente con el síntoma de un gobierno tiránico porque el gobierno totalitario, en sus fases iniciales, debe compor¬ tarse como una tiranía y arrasar las fronteras alzadas por el derecho creado por el hombre. Pero el terror total no deja tras de sí una arbitraria ilegali¬ dad y no destruye en beneficio de alguna voluntad arbitraria o del poder despótico de un hombre contra todos y menos aún en provecho de una guerra de todos contra todos. Reemplaza a las fronteras y los canales de comunicación entre individuos por un anillo de hierro que los mantiene tan estrechamente unidos como si su pluralidad se hubiese fundido en un hombre de dimensiones gigantescas. Abolir las barreras de las leyes entre los hombres — como hace la tiranía— significa arrebatar el libre albedrío y destruir la libertad como realidad política viva; porque el espacio entre los hombres, tal como se halla delimitado por las leyes, es el espacio vivo de la libertad. El terror total utiliza este antiguo instrumento de la tiranía, pero destruye también al mismo tiempo ese ilimitado desierto de ilegalidad, de miedo y de sospecha que deja tras de sí la tiranía. Este desierto, en realidad, no es un espacio vivo de libertad, pero todavía proporciona algún espacio para los movimientos inducidos por el miedo y las acciones penetradas de sospechas de sus habitantes.
Presionando a los hombres unos contra otros, el terror total destruye el espacio entre ellos; en comparación con las condiciones existentes dentro de su anillo de hierro, incluso el desierto de la tiranía parece como una garantía de libertad en cuanto que todavía supone algún tipo de espacio. El gobierno totalitario no restringe simplemente el líbre albedrío y arrebata las libertades; tampoco logra, al menos por lo que sabemos, arrancar de los corazones de los hombres el amor por la libertad. Destruye el único prerrequisito esencial de todas las libertades, que es simplemente la capacidad de movimiento, que no puede existir sin espacio.
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El terror total, la esencia del gobierno totalitario, no existe ni a favor ni en contra de los hombres. Se supone que proporciona a las fuerzas de la natu¬ raleza o de la historia un instrumento incomparable para acelerar su movi¬ miento. Este movimiento, actuando según su propia ley, no puede a la larga ser obstaculizado; eventuaímente, su fuerza siempre será más poderosa que las más potentes fuerzas engendradas por las acciones y la voluntad de los hombres. Pero puede ser retrasada y así sucede casi inevitablemente por la libertad del hombre, que ni siquiera pueden negar los gobernantes totalita¬ rios, porque esta libertad — por irrelevante y arbitraria que puedan juzgar¬ la— se identifica con el hecho de que los hombres nacen y que por eso cada uno de ellos es un nuevo comienzo, y con cada uno comienza de nuevo, en cierto sentido, el mundo. Desde el punto de vista totalitario, el hecho de que los hombres nazcan y miieran sólo puede ser considerado como una molesta interferencia de fuerzas más elevadas. Por eso, el terror, como siervo obedien¬ te del movimiento histórico o natural, tiene que eliminar del proceso no sólo la libertad en cualquier sentido específico, sino la misma fuente de la libertad que procede del hecho del nacimiento del hombre y reside en su capacidad de lograr un nuevo comienzo. En el anillo férreo deí terror, que destruye la pluralidad de los hombres y hace de ellos uno que actuará infaliblemente como sí él mismo fuese parte deí curso de la historia o de la naturaleza, se ha hallado un recurso no sólo para liberar las fuerzas históricas y naturales, sino para acelerarlas hasta una velocidad que jamás alcanzarían por sí mismas. En la práctica, esto significa que el terror ejecuta en el acto las sentencias de muerte que se supone ha pronunciado la naturaleza sobre razas o individuos que no son «aptos para la vida», o la historia sobre las «clases moribundas», sin aguardar al proceso más lento y menos eficiente de la naturaleza o de la historia mismas.
En este concepto, donde la esencia del mismo gobierno se ha tomado movimiento, un antiguo problema del pensamiento político parece haber hallado una solución semejante a la ya señalada para la discrepancia entre la legalidad y la justicia. SÍ se define cpmo legalidad a la esencia del gobierno y si se entiende que las leyes son las fuerzas estabihzadoras en los asuntos públi¬ cos de los hombres (como, desde luego, ha sido siempre desde que Platón invocaba a Zeus, el dios de las fronteras, en Las leyes), entonces surge el pro¬ blema del cuerpo político y las acciones de sus ciudadanos, la legalidad impo¬ ne limitaciones a las acciones, pero no las inspira; la grandeza, pero también la perplejidad de las leyes en las sociedades libres, estriba en que dicen lo que uno no debe hacer, pero no lo que debe hacer. El movimiento necesario de un cuerpo político nunca puede ser hallado en su esencia, aunque sólo sea porque esta esencia — de nuevo desde Platón— ha sido definida con una vi-
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síón de su permanencia. La duración parecía ser una de las más seguras medi¬ das de la bondad de un gobierno. Sigue siendo todavía para Montesquieu la prueba suprema de ía maldad de la tiranía el hecho de que sólo las tiranías puedan ser destruidas desde dentro, que declinen por sí mismas, mientras que todos los demás gobiernos son destruidos a través de circunstancias exte¬ riores. Por eso, lo que la definición de un gobierno siempre necesitaba era lo que Montesquieu denomina un «principio de acción» que, diferente en cada forma de gobierno, inspiraría al gobierno y a los ciudadanos en su actividad pública y serviría como un criterio, más allá de la medida simplemente nega¬ tiva de la legalidad, para juzgar toda acción en los asuntos públicos. Tales principios y criterios orientadores de la acción son, según Montesquieu, el honor en ía monarquía, la virtud en una república y el temor en una tiranía.
En un perfecto gobierno totalitario, donde todos los hombres se han convertido en Un Hombre, donde toda acción apunta a la aceleración del movimiento de ía naturaleza o de ía historia, donde cada acto singular es la ejecución de una sentencia de muerte que la naturaleza o la historia ya han decretado, es decir, bajo condiciones en que cabe confiar completamente en el terror para mantener al movimiento en marcha constante, no se precisaría en absoluto ningún principio de acción separado de su esencia. Sin embargo, mientras la dominación totalitaria no haya conquistado la tierra y convertido con su férreo anillo del terror a cada hombre individual en una parte de la humanidad, el terror en su doble función como esencia del gobierno y como principio, no de acción, sino de movimiento, no puede ser completamente realizado. De la misma manera que la legalidad en el gobierno constitucional es insuficiente para inspirar y guiar las acciones de los hombres, así el terror en el gobierno totalitario no es suficiente para inspirar y guiar el comporta¬ miento humano.
Aunque bajo las condiciones presentes la dominación totalitaria todavía comparta con otras formas de gobierno la necesidad de una guía para el com¬ portamiento de sus ciudadanos en los asuntos públicos, no necesita e incluso no podría utilizar un principio de acción en sentido estricto porque elimina¬ ría precisamente ía capacidad de los hombres para actuar. Bajo las condicio¬ nes del terror total ni siquiera el temor puede servir como indicador de la for¬ ma de comportarse, porque el terror escoge sus víctimas sin referencia a acciones o pensamientos individuales, exclusivamente de acuerdo con la necesidad objetiva de los procesos naturales o históricos. Bajo las condiciones totalitarias, el temor se halla probablemente más difundido que antes; pero el temor ha perdido su utilidad práctica cuando las acciones guiadas por él no pueden ya contribuir a evitar los peligros que el hombre teme. Lo mismo cabe decir respecto de la simpatía o del apoyo al régimen, porque el terror to¬
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tal no sólo selecciona a sus víctimas según normas objetivas; escoge a los eje¬ cutores con tan completo desdén como sea posible por las convicciones y simpatías del candidato. La eliminación consistente de la convicción como motivo para la acción se convirtió en asunto corriente desde las grandes pur¬ gas en la Unión Soviética y en ios países satélites. El propósito de la educa¬ ción totalitaria nunca ha sido inculcar convicciones, sino destruir la capaci¬ dad para formar alguna. La introducción de los criterios puramente objetivos en el sistema selectivo de las unidades de las SS fue la gran invención organi¬ zadora de Himmler; seleccionaba a los candidatos por fotografías, según cri¬ terios puramente raciales. La misma naturaleza era la que decidía no sólo quién tenía que ser eliminado, sino también quién tenía que ser preparado como ejecutor.
Ningtin principio orientador del comportamiento, tomado del terreno de la acción humana, tal como la virtud, el honor, el miedo, es necesario o puede ser útil para poner en marcha un cuerpo político que ya no utiliza el terror como medio de intimidación, sino cuya esencia es el terror. En su lu¬ gar ha introducido en ios asuntos públicos un principio enteramente nuevo que hace caso omiso de la voluntad humana para la acción y apela a la ansio¬ sa necesidad de alguna percepción de la ley del movimiento según k cual funciona el terror y de la cual, por eso, dependen todos los destinos privados.
Los habitantes de un país totalitario son arrojados y se ven atrapadas en el proceso de la naturaleza o de la historia con objeto de acelerar su movi¬ miento; como tales, sólo pueden ser ejecutores o víctimas de su ley inheren¬ te. El proceso puede decidir que los que hoy eliminan a razas o a individuos, o a los miembros de las clases moribundas y de los pueblos decadentes, serán mañana los que deben ser sacrificados. Lo que la dominación totalitaria necesita para guiar el comportamiento de sus súbditos es una preparación que Ies haga igualmente aptos para el papel de ejecutor como para el papel de víctima. Esta doble preparación, sustitutivo de un principio de acción, es la ideología.
Las ideologías — ismos que para satisfacción de sus seguidores pueden explicarlo todo, cualquier hecho, deduciéndolo de una sola premisa— son un fenómeno muy reciente, y durante muchas décadas desempeñaron un pa¬ pel desdeñable en la vida política. Sólo con el conocimiento de su naturaleza podemos descubrir en ellas ciertos elementos que las han hecho tan inquie¬ tantemente útiles para la dominación totalitaria. Las grandes potencialidades políticas de las ideologías no fueron descubiertas antes de Hitler y de Ssaitn.
Las ideologías son conocidas por su carácter científico: combinan el enfoque científico con resultados de relevancia filosófica y pretenden ser filo¬ sofía científica. La palabra «ideología» parece implicar que una idea puede
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llegar a convertirse en objeto de una ciencia de la misma manera que los ani¬ males son el objeto de la zoología, y que el sufijo -logia en ideología, como en zoología, no indica más que las logot, las declaraciones científicas sobre el tema. SÍ esto fuera cierto, una ideología sería, desde luego, una pseudocíencia y una pseudofilosofía, transgrediendo al mismo tiempo las limitaciones de la ciencia y las limitaciones de la filosofía. El deísmo, por ejemplo, sería enton¬ ces Ja ideología que trata de la idea de Dios, de la que se ocupa la filosofía, a la manera científica de la teología, para la que Dios es una realidad revelada. (Una teología que no esté basada en la revelación como Una realidad dada, sino que trate a Dios como a una idea, sería tan absurda como una zoología que no estuviera segura de la existencia física y tangible de los animales.) Sin embargo, sabemos que ésta es sólo una parte de la verdad. El deísmo, aunque niega la revelación divina, no formula simplemente declaraciones «científi¬ cas» sobre un Dios que es solamente una «idea», sino que utiliza la idea de Dios para explicar el curso del mundo. Las «ideas» de los ísmos — raza en el racismo, Dios en el deísmo, etc.— nunca constituyen el objeto de las ideolo¬ gías, y el sufijo -logia jamás denota simplemente un cuerpo de declaraciones «científicas».
Una ideología es muy literalmente lo que su nombre indica: la lógica de una idea. Su objeto es la historia, a la que es aplicada la «idea»; el resultado de esta aplicación no es un cuerpo de declaraciones acerca de algo que es, sino el despliegue de un proceso que se halla en constante cambio. La ideología tra¬ ta el curso de los acontecimientos como si siguieran la misma «ley» que la exposición lógica de su «idea». Las ideologías pretenden conocer los misterios de todo el proceso histórico —ios secretos del pasado, las complejidades del presente, las incertidumbres del futuro— merced a la lógica inherente a sus respectivas ideas.
Las ideologías nunca se hallan interesadas en el milagro de la existencia. Son históricas, se preocupan del devenir y del perecer, de la elevación y de la caída de las culturas, incluso si tratan de explicar la historia lo hacen median¬ te alguna «ley de la naturaleza». La palabra «raza» en el racismo no significa una genuina curiosidad por las razas humanas como campo de exploración científica, sino que'es la «idea» por la que se explica el movimiento de la his¬ toria como un proceso consecuente.
La «idea» de una ideología no es ni la esencia eterna de Platón captada por los ojos de la mente ni el principio' regulador de la razón de Kant, sino que se ha convertido en un instrumento de explicación. Para una ideología, la historia no aparece a la luz de una idea (lo que implicaría que la historia puede ser contemplada sub specie de alguna eternidad ideal que en sí misma está más allá del movimiento histórico), sino como algo que puede ser caícu-
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lado por ella. Lo que hace encajar a la «idea» en su nuevo papel es su propia «lógica», es decir, un movimiento que es consecuencia de la misma «idea» y que no necesita de ningún factor exterior para ponerse en marcha. El racismo es la creencia de que existe un movimiento inherente a la misma idea de raza, de la misma manera que el deísmo es la creencia de que hay un movimiento inherente a la misma noción de Dios.
Se supone que el movimiento de la historia y el proceso lógico de esta no¬ ción se corresponden entre sí, de forma que, pase lo que pase, todo sucede se¬ gún la lógica de una «idea». Sin embargo, el único movimiento posible en el terreno de la lógica es el proceso de deducción a partir de una premisa. La lógica dialéctica, con su proceso de tesis, antítesis y síntesis, que a su vez se torna en tesis del siguiente movimiento dialéctico, no es diferente en princi¬ pio, una vez que es utilizada por una ideología; la primera tesis se convierte en premisa, y su ventaja para la explicación ideológica es que este curso dia¬ léctico puede prescindir de las contradicciones de hecho como fases de un movimiento idéntico y consecuente,
Tan pronto como la lógica, como movimiento del pensamiento —y no como un necesario control del pensamiento— , es aplicada a una idea, esta idea se transforma en una premisa. Las explicaciones ideológicas del mundo -realizaron esta operación mucho antes de que llegara a resultar tan eminente¬ mente fructífera para el razonamiento totalitario. La coacción puramente negativa de la lógica, es decir, la prohibición de contradicciones, se convirtió en «productiva», de forma que pudo ser iniciada e impuesta a la mente toda una línea de pensamiento, extrayendo conclusiones en la manera de una sim¬ ple argumentación. Este proceso argumentativo no podía ser interrumpido ni por una nueva idea (que habría sido otra premisa con un diferente grupo de consecuencias) ni por una nueva experiencia, Las ideologías suponen siempre que basta una idea para explicar todo en el desarrollo de la premisa y que ninguna experiencia puede enseñar nada, porque todo se halla compren¬ dido en este proceso consistente de deducción lógica. El peligro de cambiar la necesaria inseguridad del pensamiento filosófico por la explicación total de una ideología y de su Weltanschauung no es tanto el riesgo de caer en alguna suposición, habituaímente vulgar y siempre no crítica, como el de cambiar la libertad inherente a la capacidad de pensar del hombre por la camisa de fuer¬ za de la lógica, con la que el hombre puede forzarse a sí mismo tan violenta¬ mente como si fuera forzado por algún poder exterior.
Las Weltanschauungen e ideologías del siglo XIX no son en sí mismas tota¬ litarias, y aunque el racismo y el comunismo se convirtieran en las ideologías decisivas del siglo XX, no eran, en principio, «más totalitarias» que las demás; si llegaron a serlo fue porque los elementos empíricos sobre los que se halla¬
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ban originariamente basadas — la lucha entre las razas por la dominación mundial y la lucha entre las clases por el poder político en los respectivos paí¬ ses—. resultaron ser políticamente más importantes que los de las demás ideologías. En este sentido, la victoria ideológica del racismo y del comunis¬ mo sobre todos los demás ismos fue decidida antes de que los movimientos totalitarios se apoderaran precisamente de estas ideologías. Por otra parte, to¬ das las ideologías contienen elementos totalitarios, pero éstos sólo se encuen¬ tran desarrollados completamente por ios movimientos totalitarios y ello crea la impresión engañosa de que sólo el racismo y el comunismo son totalitarios en su carácter. La verdad es, más bien, que la verdadera naturaleza de todas las ideologías se revelaba sólo en el papel que la ideología desempeña en el aparato de dominación totalitaria. Vistos desde este aspecto, aparecen tres elementos específicamente totalitarios que son peculiares a todo el pensa¬ miento ideológico.
En primer lugar, en su reivindicación de una explicación total, las ideolo¬ gías muestran una tendencia a explicar no lo que es, sino lo que ha llegado a ser, io que nace y perece. En todos los casos se ocupan exclusivamente de los elementos en movimiento, es decir, de la historia en el sentido habitual de la palabra. Las ideologías se hallan siempre orientadas hacia la historia, incluso cuando, como en el caso del racismo, parten aparentemente de la premisa de la naturaleza; aquí la naturaleza sirve simplemente para explicar cuestiones históricas y para reducirlas a cuestiones de naturaleza. La reivindicación de explicación total promete explicar todo el acontecer histórico, la explicación total del pasado, el conocimiento total del presente y la fiable predicción del futuro. En segundo lugar, en esta capacidad, el pensamiento ideológico se torna independiente de toda experiencia de la que no puede aprender nada nuevo incluso si se refiere a algo que acaba de suceder. Por eso, el pensamien¬ to ideológico se emancipa de la realidad que percibimos con nuestros cinco sentidos e insiste en una realidad «más verdadera», oculta tras todas las cosas perceptibles, dominándolas desde este escondrijo y requiriendo un sexto sen¬ tido que nos permita ser conscientes de ella. Este sexto sentido es precisa¬ mente proporcionado por la ideología, ese especial adoctrinamiento ideoló¬ gico que es enseñado por las instituciones docentes establecidas exclusiva¬ mente con esta finalidad, la de preparar a los «soldados políticos» en las OrdembtiYgen de los nazis o en las escuelas de la Komintern o la Kominform. La propaganda del movimiento totalitario también sirve para emancipar ai pensamiento de la experiencia y de la realidad; siempre se esfuerza por inyec¬ tar un significado secreto en cada acontecimiento público y tangible y por sospechar la existencia de una intención secreta tras cada acto político públi¬ co. Una vez que los movimientos han llegado al poder, proceden a modificar
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la realidad conforme a sus afirmaciones ideológicas. El concepto de enemis¬ tad es reemplazado por ei de conspiración, y ello produce una mentalidad en la que la realidad —enemistad real o amistad real— ya no es experimentada y comprendida en sus propios te'rminos, sino que se asume automáticamente que significa algo más.
En tercer lugar, como las ideologías no tienen poder para transformar la realidad, logran la emancipación del pensamiento con respecto a la experien¬ cia a través de ciertos métodos de demostración. El pensamiento ideológico ordena los hechos en un procedimiento absolutamente lógico que comienza en una premisa axiomáticamente aceptada, deduciendo todo a partir de ahí; es decir, procede con una consistencia que no existe en ninguna parte del ám¬ bito de la realidad. La deducción puede proceder lógica o dialécticamente; en cualquier caso supone un proceso consistente de argumentación que, porque lo considera en términos de un proceso, se supone ser capaz de comprender el movimiento de ios procesos suprahumanos naturales o históricos. La com¬ prensión se logra imitando mentalmente, bien lógica o bien dialécticamente, las leyes de los movimientos «científicamente» establecidos, con los que se inte¬ gra a través del proceso de imitación. La argumentación, siempre un tipo de deducción lógica, corresponde a los dos elementos de las ideologías ya mencio¬ nados —el elemento de movimiento y ei de emancipación de la realidad y de la experiencia— , primero, porque su pensamiento sobre el movimiento no pro¬ cede de la experiencia, sino que es autogenerado, y segundo, porque transfor¬ ma el único y exclusivo punto que es tomado y aceptado de la realidad experi¬ mentada en una premisa axiomática, dejando a partir de entonces el subsi¬ guiente proceso de argumentación completamente inalterado por cualquier experiencia ulterior. Una vez establecida su premisa, su punto de partida, la experiencia ya no se injiere en el pensamiento ideológico, ni puede ser éste modificado por la realidad.
El recurso por el que ambos gobernantes totalitarios acostumbraban a transformar sus respectivas ideologías en armas con las que se obligaba a sus súbditos a marchar al paso del movimiento del terror era engañosamente simple y nada conspicuo; las tomaban muy en serio. Uno se jactaba de su supremo don del «frío razonamiento» (Hítíer), y el otro de su «implacable dialéctica» y procedían a empujar a las implicaciones ideológicas hacia extre¬ mos de consistencia lógica que, para el observador, parecían estúpidamente «primitivos» y absurdos: una «cíase moribunda» estaba constituida por perso¬ nas condenadas a muerte; las razas que no son «aptas para vivir» tenían que ser exterminadas. Cualquiera que aceptase que existían cosas tales como las «clases moribundas» y no extrajera la consecuencia de la necesidad de matar a sus miembros o aceptase que el derecho a la vida tenía algo que ver con la
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raza, y no extrajera la consecuencia de la necesidad de matar a las «razas no aptas», sería simplemente un estúpido o un cobarde. Esta estricta lógica como guía para la acción penetra toda la estructura de los movilnientos y gobiernos totalitarios. Obra exclusiva de Hitler y de Stalin es el hecho de que, aunque no añadieran un solo nuevo pensamiento a las ideas y los eslóganes de la pro¬ paganda de sus movimientos, sólo por esta razón deben ser considerados ideólogos de la mayor importancia.
Lo que distinguía a estos nuevos ideólogos totalitarios de sus predeceso¬ res estribaba en que ya no era primariamente la «idea» de la ideología — la lu¬ cha de clases y la explotación de los trabajadores o la lucha de razas y el cui¬ dado por los pueblos germánicos— lo que les atraía, sino el proceso lógico que podía desarrollarse a partir de ahí. Según Stalin, no era la idea ni la ora¬ toria, sino «la irresistible fuerza de la lógica» de Lenin, la que se imponía abrumadoramente a sus audiencias. Se descubrió que el poder, que Marx cre¬ yó que nacía cuando la idea se apoderaba de las masas, no residía en la mis¬ ma idea, sino en el proceso lógico que «como un poderoso tentáculo se apo¬ dera de uno por todos lados como una garra y ante el cual uno carece de fuer¬ za para apartarse; es preciso rendirse o aceptar mentalmente una profunda derrota»3. Sólo cuando se hallaba en juego la realización de los objetivos ideológicos, la sociedad sin clases o la raza de señores, podía mostrarse esta fuerza por sí misma. En el proceso de realización la sustancia original sobre la que se basaban las ideologías mientras tenían que atraer a las masas — la explotación de los trabajadores o las aspiraciones nacionales de Alemania— se pierde gradualmente como si fuese devorada por el mismo proceso; de perfecto acuerdo con el «frío razonamiento» y la «irresistible fuerza de la lógica», los trabajadores perdieron bajo la dominación bolchevique incluso aquellos derechos que les habían sido otorgados bajo la opresión zarista, y el pueblo alemán padeció un género de guerra en la que no se prestó la más ligera atención a los requerimientos mínimos para la supervivencia de la nación alemana. Corresponde a la naturaleza de las políticas ideológicas — y no es simplemente una traición cometida en beneficio del interés propio o del deseo de poder— el hecho de que el verdadero contenido de la ideo¬ logía (la cíase trabajadora o los pueblos germánicos) que originariamente determinó la «idea» (la lucha de clases como ley de la historia o la lucha de razas como ley de la naturaleza) sea devorado por la lógica con la que es realizada la «idea».
Discurso de Stalin del 28 de enero de 1924; cita de Lenín, Sdected. Works, vol. I, p. 33, Moscú, 1947- Es interesante advertir que la «lógica» de Stalin figura entre las pocas cualidades que Jruschov alaba en su devastador discurso ante el XX Congreso del Partido.
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La preparación de las víctimas y de los ejecutores que requiere el totalita¬ rismo en lugar del principio de la acción de Montesquieu no es la misma ideología — el racismo o el materialismo dialéctico— , sino su lógica inheren¬ te. El argumento más persuasivo al respecto, un argumento del que tanto Hitler como Stalin se sentían muy orgullosos, es: «Usted no puede decir A, sin decir B y C y etcétera», hasta llegar al final del alfabeto homicida. Aquí parece hallar su fuente la fuerza coactiva de la lógica; surge de nuestro propio temor a contradecimos. En la medida en que la purga bolchevique logró que sus víctimas confesaran crímenes que jamás habían cometido, su éxito des¬ cansa en ese temor básico argumentando de la siguiente manera: «Todos esta¬ mos de acuerdo en la premisa de que la historia es una lucha de clases y en el papel del partido en su dirección. Usted sabe por eso que, históricamente hablando, el partido siempre tiene razón». (En palabras de Trotsky: «Pode¬ mos tener razón con y por el partido, porque la historia no ha proporciona¬ do otro camino para tener razón».) En este momento histórico, es decir, de acuerdo con la ley de la historia, van a ser cometidos ciertos crímenes que el partido, conociendo la ley de la historia, tiene que castigar. Para estos críme¬ nes, el partido necesita criminales; puede que el partido, aunque conozca los crímenes, no conozca completamente a los criminales. Más importante que hallarse seguro acerca de los criminales es castigar los crímenes, porque sin tal castigo la historia no progresará, sino que puede verse incluso obstaculizada en su curso. Por eso, usted, o bien ha cometido los crímenes, o ha sido desig¬ nado por el partido para desempeñar el papel de criminal; en cualquier caso, usted se ha convertido objetivamente en un enemigo deí partido. Si usted no confiesa, deja de ayudar a la historia a través del partido y se convierte en un enemigo real — la fuerza coactiva del argumento es: Si usted se niega, se con¬ tradice a sí mismo, y a través de esta contradicción convierte toda su vida en algo carente de significado— , la A que usted dice que domina toda su vida a través de las consecuencias de B y C que lógicamente engendra.
Para obtener la movilización limitada que todavía necesitan, los domina¬ dores totalitarios se apoyan en la compulsión con la que podemos obligarnos a nosotros mismos; esta compulsión íntima es la tiranía de la lógica, a la que nada se resiste si no es la gran capacidad de los hombres para empezar algo nuevo. La tiranía de la lógica comienza con la sumisión de la mente a la lógi¬ ca como un proceso inacabable en el que el hombre se apoya para engendrar sus pensamientos. Mediante esta sumisión entrega su libertad íntima como entrega su libertad de movimientos cuando se inclina ante una tiranía exter¬ na. La libertad, como capacidad interna de un hombre, se identifica con la capacidad de comenzar, de la misma manera que la libertad como realidad política se identifica con un espacio de desplazamiento entre los hombres.
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Sobre el comienzo, ninguna lógica, ninguna deducción convincente pueden tener poder alguno, porque su cadena presupone, en la forma de una premi¬ sa, el comienzo. Como se necesita el terror para evitar que con el nacimiento de cada nuevo ser humano surja un nuevo comienzo y alce su voz en el mun¬ do, así la fuerza coactiva de la lógica es movilizada para evitar que nadie comience a pensar — que, como la más libre y la más pura de todas las activi¬ dades humanas, es lo verdaderamente opuesto al proceso obligatorio de deducción. El gobierno totalitario puede sentirse seguro sólo en la medida en que pueda movilizar la propia fuerza de voluntad del hombre para obligarle a participar en ese gigantesco movimiento de la historia o de la naturaleza que supuestamente utiliza a la humanidad como su material y que no conoce ni nacimiento ni muerte.
La coacción del terror total, por un lado, que, con su anillo de hierro, presiona a las masas de hombres aislados y las mantiene en un mundo que se ha convertido en un desierto para ellos, y la fuerza autocoactiva de la deduc¬ ción lógica, por otro, que prepara a cada individuo en su aislamiento solita¬ rio contra todos los demás, se corresponden y se necesitan mutuamente para mantener constantemente en marcha el movimiento gobernado por el terror. De la misma manera que el terror, incluso en su forma pretotalitaria y sim¬ plemente tiránica, arruina todas las relaciones entre los hombres, así la auto-coacción del pensamiento ideológico arruina todas las relaciones con la reali¬ dad. La preparación ha tenido éxito cuando los hombres pierden el contacto con sus semejantes tanto como con la realidad que existe en torno de ellos; porque, junto con estos contactos, los hombres pierden la capacidad tanto para la experiencia como para el pensamiento. El objeto ideal de la domina¬ ción totalitaria no es el nazi convencido o el comunista convencido, sino las personas para quienes ya no existe la distinción entre el hecho y la ficción (es decir, la realidad de la experiencia) y la distinción entre lo verdadero y lo fal¬ so (es decir, las normas del pensamiento).
La cuestión que hemos suscitado al comienzo de estas consideraciones y a la que ahora volvemos es la de qué género de experiencia básica en la vida en común de los hombres impregna una forma de gobierno cuya esencia es el terror y cuyo principio de acción es la lógica del pensamiento ideológico. Es obvio que semejante combinación nunca fue usada anteriormente en las varia¬ das formas de dominación política. Pero la experiencia básica sobre la que des¬ cansa debe ser humana y conocida de ios hombres por cuanto que incluso éste, el más «original» de todos los cuerpos políticos, ha sido concebido por hombres y de alguna forma responde a las necesidades de ios hombres.
Se ha observado frecuentemente que el terror puede dominar de forma absoluta sólo a hombres aislados y que, por eso, una de las preocupaciones
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primarias al comienzo de todos los gobiernos tiránicos consiste en lograr el aislamiento. El aislamiento puede ser el comienzo del terror; es ciertamente su más fértil terreno; y siempre su resultado. Este aislamiento es, como si dijéramos, p re totalitario. Su característica es la impotencia en cuanto que el poder siempre procede de hombres que actúan juntos, «actuando concerta¬ damente» (Burke); por definición, los hombres aislados carecen de poder.
El aislamiento y la impotencia, es decir, la incapacidad fundamental para ac¬ tuar, son siempre característicos de las tiranías. Los contactos políticos entre los hombres quedan cortados en el gobierno tiránico y frustradas las capacidades humanas para la acción y para el ejercicio del poder. Pero no todos los contactos entre los hombres quedan rotos ni destruidas todas las capacidades humanas. Toda la esfera de la vida privada, con las capacidades para la experiencia, la fabri¬ cación y el pensamiento, queda intacta. Sabemos que el anillo de hierro del te¬ rror total no deja espacio para semejante vida privada y que la auto coacción de la lógica totalitaria destruye la capacidad del hombre para la experiencia y el pensamiento tan seguramente como su capacidad para la acción.
Lo que llamamos aislamiento en la vida política se llama soledad en la esfera de las relaciones sociales. El aislamiento y la soledad no son lo mismo. Yo puedo estar aislado — es decir, hallarme en una situación en la que no pueda actuar porque no hay nadie que actúe conmigo— sin estar solo; y pue¬ do estar solo —-es decir, en una situación en la que yo, como persona, me siento abandonado de toda compañía humana— sin hallarme aislado. El ais¬ lamiento es ese callejón sin salida al que son empujados los hombres cuando es destruida la esfera política de sus vidas donde actúan conjuntamente en la búsqueda de un interés común. Sin embargo, el aislamiento, aunque destruc¬ tor del poder y de la capacidad para la acción, no sólo deja intactas todas las llamadas actividades productoras del hombre, sino que incluso se requiere para éstas. El hombre, en cuanto homofaber, tiende a aislarse con su obra, es decir, a abandonar temporalmente el terreno de la política. La fabricación (poiesis, la elaboración de cosas), como diferenciada de la acción (praxis), por una parte, y del mero trabajo, por otra, es realizada siempre en un cierto ais¬ lamiento de las preocupaciones comunes, tanto si el resultado es una muestra de pericia manual como una obra de arte. En el aislamiento, el hombre per¬ manece en contacto con el mundo como artífice humano; sólo cuando es destruida la más elemental forma de creatividad humana, que es la capacidad de añadir algo propio al mundo común, el aislamiento se torna inmediata¬ mente insoportable. Esto puede suceder en un mundo cuyos principales valores sean dictados por el trabajo, es decir, donde todas las actividades humanas hayan sido transformadas en trabajo. Bajo semejantes condiciones sólo queda el puro esfuerzo del trabajo, que es el esfuerzo por mantenerse
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vivo, y se halla rota la relación con el mundo como artificio humano. El hombre aislado, que ha perdido su lugar en el terreno político de la acción, es abandonado también por el mundo. Ya no es reconocido como un homo Ja-ber, sino tratado como un animal laboram cuyo necesario «metabolismo con la naturaleza» no preocupa a nadie. Entonces el aislamiento se torna soledad. La tiranía basada en el aislamiento deja generalmente intactas las capacidades productoras del hombre; una tiranía sobre «trabajadores», sin embargo, como, por ejemplo, la dominación sobre los esclavos en la Antigüedad, sería automáticamente una dominación sobre hombres solitarios, y no solamente aislados, y tendería a ser totalitaria.
Mientras que el aislamiento corresponde sólo ai terreno político de la vida, la soledad corresponde a la vida humana en conjunto. Los gobiernos totalitarios, como todas las tiranías, no podrían ciertamente existir sin des¬ truir el terreno público de la vida, es decir, sin destruir, aislando a los hom¬ bres, sus capacidades políticas. Pero la dominación totalitaria como forma de gobierno resulta nueva en cuanto que no se contenta con este aislamiento y destruye también la vida privada. Se basa ella misma en la soledad, en la experiencia de no pertenecer en absoluto al mundo, que figura entre las expe¬ riencias más radicales y desesperadas del hombre.
La soledad, el terreno propio del terror, la esencia del gobierno totalita¬ rio, y para la ideología o la lógica, la preparación de ejecutores y víctimas, está estrechamente relacionada con el desarraigo y la superfluidad, que han sido el azote de las masas modernas desde el comienzo de la revolución industrial y que se agudizaron con el auge del imperialismo a finales del siglo pasado y la ruptura de las instituciones políticas y de las tradiciones sociales en nuestro propio tiempo. Estar desarraigado significa no tener en el mundo un lugar reconocido y garantizado por los demás; ser superfíuo significa no pertenecer en absoluto al mundo. El desarraigo puede ser la condición preliminar de la superfluidad, de la misma manera que el aislamiento puede ser (aunque no lo sea forzosamente) la condición preliminar de la soledad. Considerada en sí misma, sin atender a sus recientes causas históricas y a su nuevo papel en la política, la soledad es al mismo tiempo contraria a los requerimientos bási¬ cos de la condición humana y una de las experiencias fundamentales de cada vida humana. Incluso la experiencia del mundo material y sensualmen¬ te dado depende de este hallarse en contacto con otros hombres, de nuestro sentido común, que regula y controla todos ios demás sentidos y sin el cual cada uno de nosotros quedaría encerrado en su propia particularidad de da¬ tos sensibles que en sí mismos son inestables y traicioneros. Sólo porque tenemos sentido común, es decir, sólo porque la tierra no está habitada por un hombre, sino por los hombres, podemos confiar en nuestra inmediata
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experiencia sensible. Sin embargo, hemos de recordarnos a nosotros mismos que un día dejaremos este mundo común, que seguirá como antes y para cuya continuidad resultamos superfiuos, si es que queremos comprender la soledad, la experiencia de ser abandonados por todo y por todos.
La soledad no es la vida solitaria. La vida solitaria requiere estar solo, mientras que la soledad se reveía más agudamente en compañía de los demás. Aparte de algunas erradas observaciones (usualmente enmarcadas en un esti¬ lo paradójico, como la afirmación de Catón, citada por Cicerón, De Re Publica, í, 17: Nunquam minus solttm esse quam cum solús esset, «Nunca esta¬ ba menos solo que cuando estaba solo», o, más bien, «Nunca estuvo menos solitario que cuando llevaba una vida solitaria»), parece que Epicteto, el esclavo emancipado, filósofo de origen griego, fue el primero en distinguir entre la soledad y la vida solitaria. Su descubrimiento, en cierta manera, fue accidental; lo que le interesaba principalmente no era la vida solitaria ni la soledad, sino el estar solos (monos) en el sentido de independencia absoluta. Como Epicteto le ve (Dissertationes, libro, III, capítulo 13), el hombre retraí¬ do (eremos) se encuentra rodeado por otros con los que no puede establecer contacto o a cuya hostilidad está expuesto. El hombre solitario, por el contra¬ rio, está solo, y por eso «puede estar unido consigo mismo», dado que los hombres tienen la capacidad de «hablar con ellos mismos». En la vida solita¬ ria, en otras palabras, yo soy «por mí mismo», junto con mi yo, y por eso so¬ mos dos en uno, mientras que en la soledad yo soy realmente uno, abando¬ nado de todos los demás. Todo pensamiento, estrictamente hablando, es ela¬ borado en la vida solitaria entre el yo y el sí mismo; pero este diálogo de dos en uno no pierde contacto con el mundo de los semejantes, porque está representado en el yo con el que se dialoga. El problema de la vida solitaria es que este dos en uno necesita de los demás para convertirse en uno de nuevo: un individuo irrempíazable cuya identidad no puede ser confundida con la de ningún otro. Para la confirmación de mi identidad, yo dependo entera¬ mente de otras personas; y esta gran gracia salvadora de la compañía para los hombres solitarios es la que les convierte de nuevo en un «conjunto», íes sal¬ va del diálogo del pensamiento en el que uno permanece siempre equívoco y restaura la identidad que Ies hace hablar con la voz singular de una persona irrempíazable.
La vida solitaria puede convertirse en soledad; esto sucede cuando yo mismo soy abandonado por mi propio yo. Los hombres solitarios siempre han experimentado el peligro de la soledad cuando ya no pueden hallar la gracia redentora de la compañía para salvarles de la dualidad, del equívoco y de la duda. Históricamente, parece como sí este peligro sólo en el siglo XIX se hubiera tornado lo suficientemente grande como para ser advertido por los
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demás y señalado por la historia. Se reveló claramente por sí mismo cuando los filósofos, los únicos para quienes la vida solitaria es un estilo de vida y una condición de trabajo, ya no se contentaron con el hecho de que la «filosofía es solamente para unos pocos» y comenzaron a insistir en que nadie les «com¬ prendía». Característica al respecto es la anécdota de Hegel en su lecho de muerte, que difícilmente habría podido decirse de cualquier otro gran filóso¬ fo anterior: «Nadie me ha entendido, excepto uno; y él también me entendió mal». De la misma manera, siempre existe la posibilidad de que un hombre retraído se encuentre a sí mismo y comience el diálogo pensante de la sole¬ dad. Esto es lo que, al parecer, le sucedió a Nietzsche en Sils Maria cuando concibió Zarathustra. En dos poemas («Sils Maria» y «Aus hohen Bergen») habla de su vacía espera y del anhelo expectante del solitario hasta que de repente: um Mittcig wars, da ivurdeEínszu Zwei... íN u n feiern wir, vereinten Siegs geiviss, l das Fest der Feste; i Freund Zarathustra kam, der Gast der Gaste! («Era mediodía, cuando el Uno se convirtió en Dos... / seguros de la victoria, unidos celebramos la fiesta de las fiestas; / llegó el amigo Zarathustra, el invi¬ tado de los invitados»).
Lo que torna tan insoportable la soledad es la pérdida deí sí mismo, que puede realizarse en la vida solitaria, pero que sólo puede quedar confirmado en su identidad en la fiable compañía de mis iguales. En esta situación el hombre pierde la confianza en el sí mismo como compañero de sus pensa¬ mientos y esa elemental confianza en el mundo que se necesita para realizar experiencias. El sí mismo y el mundo, la capacidad para el pensamiento y la experiencia, se pierden al mismo tiempo.
La única capacidad de la mente humana que no precisa ni del sí mismo ni del otro ni del mundo para funcionar con seguridad, y que es indepen¬ diente de la experiencia como lo es deí pensamiento, es la capacidad de razo¬ namiento lógico cuya premisa es lo evidente por sí mismo. Las normas ele¬ mentales de la evidencia convincente, la verdad de que dos y dos son cuatro, no pueden ser pervertidas ni siquiera por las condiciones de la soledad abso¬ luta. Ésta es la única «verdad» fidedigna en la que pueden apoyarse los seres humanos una vez que han perdido su garantía mutua, el sentido común, lo que los hombres necesitan para experimentar y vivir y conocer su camino en un mundo común. Pero esta «verdad» se halla vacía, o más bien no es una verdad en absoluto, porque no revela nada (definir la consistencia como ver¬ dad, tai como hacen algunos modernos lógicos, significa negar la existencia de la verdad). Por eso, bajo las condiciones de soledad, lo evidente por sí mis¬ mo ya no es simplemente un medio del intelecto y comienza a ser producti¬ vo^ a desarrollar sus propias líneas de «pensamiento». Que el proceso de pen¬ samiento caracterizado por la estricta lógica de lo evidente por sí mismo, del
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que aparentemente no ha y escape, tiene alguna conexión con la soledad fue ya advertido por Lucero (cuyas experiencias en los fenómenos de vida solita¬ ria y de soledad probablemente no han sido superadas por nadie, y quien una vez se atrevió a decir que «tiene que haber un Dios, porque el hombre nece¬ sita un ser en quien pueda confiar») en un comentario poco conocido sobre las palabras de la Biblia «no es bueno que el hombre esté solo»: Un hombre solitario, dice Lucero, «siempre deduce una cosa de otra y piensa en todo has¬ ta llegar a lo peor»4. El famoso extremismo de los movimientos totalitarios, lejos de tener nada que ver con el verdadero radicalismo, consiste, desde lue¬ go, en este «pensar en todo hasta llegar a lo peor», en este proceso deductivo que siempre llega a las peores conclusiones posibles.
Lo que prepara a los hombres para la dominación totalitaria en el m un¬ do no totalitario es eí hecho de que la soledad, antaño una experiencia lími¬ te en ciertas condiciones sociales marginales como la vejez, se ha convertido en una experiencia cotidiana de crecientes masas de nuestro siglo. El proce¬ so implacable por el que el totalitarismo impulsa y organiza a las masas pare¬ ce como un escape suicida a esta realidad. El «frío razonamiento» y el «pode¬ roso tentáculo» de la dialéctica que se apoderan de uno como una garra parecen como el último asidero en un mundo donde nadie es fiable y en donde no puede confiarse en nada. Es esta íntima coacción, cuyo único con¬ tenido estriba en la estricta evitación de contradicciones, la que parece con¬ firmar la identidad de un hombre al margen de todas las relaciones con los demás. Le encaja en eí anillo de hierro del terror incluso cuando está solo, y la dominación totalitaria nunca trata de dejarle solo excepto en la extrema¬ da situación del confinamiento solitario. Destruyendo todo el espacio entre los hombres y oprimiendo a unos contra otros, quedan liquidadas incluso las potencialidades productivas del aislamiento; enseñando y glorificando el razonamiento lógico de la soledad, donde el hombre sabe que estará profun¬ damente perdido si liega a apartarse de la primera premisa de la que parte todo el proceso, quedan esfumadas incluso las más ligeras posibilidades de que la soledad pueda transformarse en vida solitaria y la lógica en pensa¬ miento. Si se compara esta práctica con la de la tiranía, parece como si se hubiera hallado-un medio de poner al mismo desierto en marcha, para desencadenar una tormenta de arena que cubra todas las partes del mundo habitado.
Las condiciones bajo las cuales existimos hoy en el campo de la política se hallan, desde luego, amenazadas por estas devastadoras tormentas de arena. Su
<tEin solcher (se. einsamer) Memch falgert immer eins aus dern andern und denkt alies zum Árgstesi».
En Erbaulicbe Schriften, «Warurn dic Einsamkeit zu fliehení».
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peligro no es que puedan establecer un mundo permanente. La dominación totalitaria, como la tiranía, porta los gérmenes de su propia destrucción. De la misma manera que el miedo y la impotencia de la que surge el miedo son prin¬ cipios antipolíticos y lanzan a los hombres a una situación contraria a la acción política, así la soledad y la deducción lógico-ideológica de lo peor que procede de ella representan una situación antisocial y albergan un principio destructivo para toda la vida humana en común. Sin embargo, ia soledad organizada es considerablemente más peligrosa que la impotencia desorganizada de todos aquellos que son regidos por la voluntad tiránica y arbitraria de un solo hom¬ bre. Su peligro estriba en que amenaza asolar al mundo tal como nosotros lo conocemos — un mundo que en todas partes parece haber llegado a un final— antes de que un nuevo comienzo surja de ese final y tenga tiempo para afirmar¬ se por sí mismo.
Al margen de tales consideraciones — que como predicciones son de escasa utilidad y de menor consuelo— , queda el hecho de que la crisis de nuestro tiempo y su experiencia central han producido una forma entera¬ mente nueva de gobierno que, como potencialidad y como peligro siempre presente, es muy probable que permanezca con nosotros a partir de ahora, de la misma manera que otras formas de gobierno — monarquía, república, tira¬ nía, dictadura, despotismo— que surgieron en diferentes momentos históri¬ cos y se basan en experiencias fundamentalmente diferentes han permaneci¬ do con la humanidad al margen de sus derrotas temporales.
Pero también permanece la verdad de que cada final en la historia contie¬ ne necesariamente un nuevo comienzo: este comienzo es la promesa, el únh co «mensaje» que el fin puede producir. El comienzo, antes de convertirse en un acontecimiento histórico, es ía suprema capacidad del hombre; política¬ mente, se identifica con la libertad del hombre. Initium ut esset homo creatus est («para que un comienzo se hiciera fue creado el hombre»), dice Agustín5. Este comienzo es garantizado por cada nuevo nacimiento; este comienzo lo constituye, desde luego, cada hombre.•
• 5 De Civitate Del, libro 12, cap. 20.
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Conste aquí mi agradecimiento a la Hoover Library, de Stanford (California), al Centre de Documentation Juive Contemporaine, de París, y al Yiddish Scientific Institute, de Nueva York, por haberme permitido amablemente examinar y fichar su material de archi¬ vo. Los documentos utilizados en los juicios de Nuremberg se reseñan por sus respectivas signaturas de los Archivos de Nuremberg; tos demás documentos se reseñan indicando su localización actual y la signatura de archivo.
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ÍNDICE ANALÍTICO*
Abetz, Otto, 47 ln.
Accionistas absentistas, 226, 307, 308
Action Française, 171 n„ 174ss., 202n,
Activismo, 463
Acuerdos de Yalta, 536
Acumulación de capital, 228, 235, 237, 241,
251. Kó&e capitalismo Adenauer, Konrad, 43n.
Administración o administradores, imperia¬ lismo británico, 219s., 313, 317-320; en India, 284, 287n., 313; imperialista, 221, 223-225, 288, 318ss.; imperialistas franceses, 244-225; imperialistas alema¬ nes, 224; como cíase, 228; y gobierno ex¬ tranjero, 318; y decretos, 357; y la ley, 357; en la Rusia soviética, 582-587. Véa¬ se también burocracia; administraciones públicas
Administración pública (funcionarios del go¬ bierno) en Prusia, 98, 371 n.; y judíos, 100; en Francia, 178; y los imperialistas británicos, 220; y el imperialismo, 248-249; en Inglaterra, 249, 303, 315, 318; en Alemania, 248, 371 n., 537; y el siste¬ ma de clases, 249n.; en la Rusia soviética, 538; en la Alemania nazi, 537, 543, 571n,; en los regímenes totalitarios, 568
Ajfair Cagoukrds, 173
Ajfaire Dreyfus, 35, 67, 74, 116, 118, 156, 157, 222, 250, 292, 339, 363n., 379, 441, 490; y los judíos franceses, 166-167, 168, 203-204; juicios del, 169-171, 187, 204, 205; y el escándalo de Panamá, 176-182; yCfemenceau, 176, 189, 190-205; y los socialistas, 197, 199,205-206, 280n.; y el Parlamento, 200-201, 205
Sólo se incluyen los autores que son objeto de discusión o referencia específica. Las cuestio- nes tratadas en las notas a pie de página también aparecen, pero se excluyen los títulos de capí¬ tulo, los encabezamientos de párrafo y las entradas bibliográficas.
6 7 4 LOS ORÍGENES DEL TOTALITARISMO
«affaire Leningrado», 60
«Affaire Wilson», 183n.
Africa del Norte, 289
Africa suroriental alemana, 224, 287
Africa, 157, 158, 220, 240, 288-313; impe¬ rialismo y, 320; Véase también «el reparto de Africa»; Sudáfrica, Tribus africanas, 295ss; Negros
Agentprovocateur>580
Agente doble, 582
Agustín, Aurelio (san), 425, 640 Ahlwardt, Hermann, 191 Aislamiento, 635-636, 639 Aksakow, K, S., 336n., 344n. Alejandro II, 351 Alejandro Magno, 222
Alemanes del Voíga, 573
Alemania del este, 60
Alemania nazi, 37, 42, 43-46, 69, 251, 313n., 380-382, 394, 397n., 400, 409, 592, 618; opinión pública en la, 43n,; publicación de exoficiales, 49; y Sudáfri¬ ca, 304; política exterior, 331; legislación de ciudadanía, 409, 557 (véase también desnacionalización, leyes de Nuremberg); estructura económica, 481, 555; territo¬ rios ocupados, 475m, 529, 562-563; como estado totalitario, 535-566; admi¬ nistración, 48, 536-548; y la constitu¬ ción de Weimar, 537, 542, 619
Alemania, 112, 122, 398s.; y los judíos, 131s,, 137s.; y Francia, 162; y el affair Dreyfus, 172; y las colonias, 223s.; y el imperialismo, 244n.; sistema de partidos en, 366, 368, 38ls.; después de la Segun¬ da Guerra Mundial, 44, 432, 435n., 500, 582, Véase también nazismo; pangerma-nismo; Prusia; totalitarismo; República de Weimar; Alemania nazi
Aliados en la Segunda Guerra Mundial, 482, 599
Alsacia, 118, 186,213
Alter, William, 261
Alídeutscher Verband. Véase Liga Pangermá-nica
Alliance Antijuive Universeííe, 109n, American Jewish Joint Distribution Comit-
tee, 61
«Amigos de la Unión Soviética», 503
«Amigos de las SS», 578
Anticlericalismo, 118, 260, 465; en Francia,
177
Anti-comunismo, 48
An ti-Dreyfusards, 107, 171, 173-206, 250 Antisemitismo, explicaciones del, 29-30, 65-
7 4 ,166n.; historia del, 29n., 34; y nacio¬ nalismo, 66, 110, 120; versión nazi del, 65,167, 388, 490-501, 543-544n„ 546-547, 562; en Francia, 67, 112, 116-122, l66m, 185-187, 265, 272; y los estados-nación, 66; en Austria-Hungría, 67, 112, 116, 351ss.; y los judíos, 70-72, 113, 117, 127, 167-168, 186, 207; versión cristiana dei, 70, 204; liberal, 85, 102; y la aristocracia, 86, 99-102, 104, 117-118; leyes de desarrollo, 92, 95, 109, 113, 127, 168; y la clase trabajadora, 92, 155; en Europa del Este, 96-97; en Pru¬ sia, 97-104; y las clases medias bajas, 105ss,; izquierdista, 102, 108, 112-122; en Inglaterra, 147; y los panmovimien-tos, 109, 307, 309s., 338s., 350-356; y los socialistas, 111; y la sociedad francesa, 157-168; y la Tercera República, 169-207; clerical,114-115, 118, 202ss., 206; y los pangermanistas, 115-116; en Ale¬ mania, 117, 158; declive del, 122-126; y discriminación social, 127, 136, 158-168; en los Estados Unidos, 129; y las so¬ ciedades secretas, 154; después de la Pri¬ mera Guerra Mundial, 167, 467, 490-491, 494-495; y los jesuítas, 185, 187; y la chusma, 190ss.,‘ y el imperialismo, 202; y el romanticismo, 269; en Sudáfri¬ ca, 306-307, 309ss.; en estados sucesores, 394; y las SS, 527; en la Rusia soviética, 52,60, 573
Apátridas, 386, 395-412, 416, 417, 418; y minorías, 395, 396, 402-405; y nacio¬ nalidad, 403-406, 416; y el estado-na¬ ción, 414-415; y totalitarismo, 412, 545, 606
Apologética judía, 142, 155
Árabes, 122, 216, 224n., 289, 327ss., 412, 528
Archivo de Smoíensko, 46, 51, 55
ÍNDICE ANALÍTICO 6 7 5
Argelia, 37, 122, 185, 196, 204n., 216, 218, 224,313
Arianismo o arios, 253, 257n., 262, 272,
. 274, 335, 485n„ 498, 500, 527, 558 Aristocracia, 66, Sin., 85-86; en Alemania y
en Prusia, 77, 83n., 97, 99ss„ 165-166, 262-263, 268; y los judíos, 83n., 85-86, 96, 99-102, 103-104, 149-150, 165-166, 186; y el estado-nación, 98; y las clases medias, 99, 149-150, 262; en Hungría, 113; y las clases medias bajas, 113; en Europa, 149-150; en Inglaterra, l49ss„ 275-276; y doctrinas raciales, 150-151; en Austría-Hungrfa, 158; deca¬ dencia de la, 265, 272; y las doctrinas del derecho de la fuerza, 278
«Aristocracia natural», 150-152, 284 Aristóteles, 420
Armenios, 397n,, 398, 402, 405n., 406n. Armstrong, John A., 50n„ 55n., 56. Arndt, Ernst Moritz, 264-265
Asia, 283, 288, 440; trabajadores asiáticos en Sudáfnca, 311
Asilo, derecho de, 400-401, 417 asimilación de ios judíos, 70, 76, 78, 100,
129-133, 139-143, 204; en Alemania,
140-144, 1 <33; y movimientos izquierdis¬ tas, 155; en Francia, 186
Assemblée Nationale, 83, 10ln.
Asunctonistas, 202
Asuntos exteriores, y partidos socialistas, 108, 110; y partidos antisemitas, 108, 110; y la burguesía, 229; y los panmovi-mientos, 334, 354; y los regímenes totali¬ tarios, 561, 562,612
Auschwitz, 590n., 599
Australia, 2í7n„ 222n„ 244, 283, 288, 301, 303, 309
Austria, 1I4-H5, 158, 333n., 342n., 394n., 399n.; Partido Social Demócrata, 368 Austria-Hungría, 140, 184, 185, 249, 387;
antisemitismo en, 67, 112, 116, 35lss.; banqueros suizos en, 81n., 82, 116; y los panmovimientos, 116, 249-250, 332, 333n., 334, 337-356; y nacionalidades, 338, 348-349, 376; burocracia en, 356; literatura, 359; partidos en, 376; fin de la monarquía dual, 387, 390-391
Autoridad, 502, 503n., 549-550; fuentes de, 620-621
Ayuda extranjera, como instrumento del im¬ perialismo, 39, 41
Azev, 57ln.
Bagdad, ferrocarril de, 227
Bakú, campos petrolíferos de, 565 Bakunin, Miguel, 459, 461 Balcánicos, estados, 540, 563 Bálticos, estados, 59, 436
Baizac, Honoréde, 172, 233n., 250, 468 Banco de Inglaterra, 93 Banque de France, 84
Banqueros, y capitalismo, 118; judíos, 79, 107, 137ss., 153-154; en Alemania, 67;
el estado-nación, 75-96; y clases me- dias bajas, 106, 119ss.; en Francia, 118-120; y el pueblo judío, 124, 137; deca- dencia, Í24; e imperialismo, 225-227; en Sudáfrica, 302. Véase también finan¬ cieros
Bantúes, tribus, 288, 297, 298n., 309 Barnato Diamond Trust, 308
Barnato, Barney, 303-304, 305n., 306, 308n.
Barres, Maurice, 174, 175, 177n., 194, 196, 197n.,201n„ 280n., 336
Basch, Victor, 184, 195n.
Bassetmann, Ernst, 365n.
Baudelaire, Charles, 270
Bauer, Otto, 342-343n., 352n., 390n.
Bauhaus Dessau, 464n.
Baviera, 81n., 82, 509n,
Beaconsfield, Lady, 145
Beaconsfield, Lord, véase DisraeÜ, Benjamín Beck, F., 473, 579n.
Beit, Alfred, 304n., 306, 308n. Bélgica, 219n., 223, 397n., 399n. Beíí, Sir Hesketh, 219n., 249n. Benda, Julien, 466
Benes, Eduard, 392n., 396n. Benjamín, Waiter. Véase Carthílí, A. Beria, L. P., 551
Bernanos, Georges, 12Í, 175, 184n., 187n., 191
Best, Werner, 470n., 524n.
Binding, Rudolf, 459n., 46ln.
76LOS ORIGENES DEL TOTALITARISMO
Jirkenau, véase Auschwítz
3ismarck, Otto vori, 83n., 86, 88, 89, 101, 103-104,114a., 113,141,213,338,339
31ancos pobres, Sudáfríca, 310 «Bleichroeder, Gerson», 83n., 86, 101, 104,
179, 227
Blok, Aíexander, 459
Blomberg, Werner von, 560n.
81oy, León, 35 5 n.
Blum, León, 380n.
Bluntschlt, Johann Caspar, 368n., 370n.
Bodin, jean, 34ln.
Boeckel, Otto, 107 Boerne, Ludwig, 119, 140
Boers, 294-313; y racismo, 281, 298ss., 312-313; y neerlandeses, 294, 297; y la escla¬ vitud, 297-298; y el cristianismo, 298-299; y los británicos, 299-300, 303ss,; y los judíos, 310-311
Boisdeffre, Charles leMouton de, 169 Bolchevique, movimiento o partido o bol¬
chevismo 50n., 66, 69, 254n., 373, 378, 431-616, 621, 632; en Europa oriental 45; Comité Central 5In,; y países satéli¬ tes 59; y paneslavismo 331, 348, 364; y el pueblo ruso 52, 364, 548; y nazismo 50n., 378, 447-453, 548; burocracia, 447-451, 547-548; y los soviets', 448, 541, 547, 548; terror y propaganda, 478ss.; facciones de, 518-519; y marxis¬ mo, 492; pertenencia al partido, 520, 548; y Jos partidos revolucionarios, 518,
Véase también totalitarismo; purgas; Rusia soviética; comunismo
Bonapartísmo, 179n.
Borbones 90n,, ISBurgués, y ciudadano 157, 159, 237,370,468; y filisteos, 471 Bormann, Martin, 480n., 515n., 521n,,
537n., 552n.
Boulainviiliers, Conde de, 259-261, 270 Boulanger, Georges, 182 Bouíangerismo, 180n. Brack, Víctor, 552n.
Brandt, Kart, 482n.
Brecht, Bertoít, 459, 463, 464n„ 467 Brentano, Cíemens von, 136-137, 268 Briand, Arisude, 392n,
Brigadas Internacionales, 403
Broca, Paul, 257n.
Brogan, D. \V„ i74n., 193n,, 202n.
Brousse, Paul, 119
Buchemvald, 4l9n„ 599,602n., 604, 61 In.
Buefow, Han$ B. von, 172n.
Buffon, Lecíerc de, 277
Bujarin, Nicoíaí I., 50n., 5l8n.
Bujarinistas, 537
Bulgaria, 400n.
Builock, Alan, 49 ,433n.
Burguesía, 105-106, 281; y estado-nación, 82, 212; e imperialismo, 83, 215ss.; y los judíos, 90; en Austria-Hungrfa, 115; en Francia, 118, 251; y aristocracia, 149-150, 263ss,, 276; y política, 212, 215, 441, 469; en Alemania, 213, 250-251, 268, 446; y poder, 225-239; y capitalis¬ mo, 227-228, 243; y el estado, 229, 243; y las tradiciones y costumbres occidenta¬ les, 232, 233, 237, 238, 250-251, 466, 467; y las administraciones públicas, 248; y la chusma, 250, 251, 467; en In¬ glaterra, 251, 276, 282; en los Países Ba¬ jos, 251; y las masas, 441-442; y el nazis¬ mo, 446; élite y, 466-467
Burke, Edmund, 66, 147, 220, 275, 284, 286, 313, 369n., 370n., 488; y los Dere¬ chos del Hombre, 424-425; y la Revolu¬ ción francesa, 275-276
Burkhardt, Jacob, 250
Burocracia, en Francia, 81n., 358; en Aus-tria-Hungría, 122, 356-364; y el impe¬ rialismo, 286-288, 321; en India, 313, 324, 330; en Argelia, 313; en Egipto, 313, 319-320; como forma de gobierno, 320-322, 357-359; totalitaria, 357-359,
559; en ía Rusia zarista, 360-364; y po¬ der, 371; en la Rusia soviética, 448-452, 547-548, 597. Véase también administra¬ ción
Cabo de Buena Esperanza, 222n., 244, 288n. Véase también Sudáfríca
Caída de Francia, 116, 122, 174, 194 Calmer, Liefman, 81
Campesinado, 97, 107, 348, 447, 449-450; en la Rusia soviética, 5ln, Véase también kulaks
ÍNDICE ANALÍTICO 677
Campos de concentración, 212, 408n„ 409n., 410, 419, 424, 434, 438n., 537n., 546n., 583, 586-616; en ía Rusia soviética, 48, 56,
. 4l9n,, 585, 595, 596n., 601n., 602n„ 603n., 605; y eí gobierno totalitario, 535, 588, 589-616; en la Alemania nazi, 48, 578, 585-586, 595, 596n„ 597-616; y el trabajo forzado, 597-598; y el sistema pe¬ nal, 601-602; categorías de internos, 594n,, 595-596,601-606; en Francia, 604; y oposición política, 58,604,605,606; ad¬ ministración de, 607, 609; mortalidad en, 595; mortalidad a comienzos del nazismo, 609; suicidio en los, 61 ln,; y la superflui¬ dad del hombre, 596,613,615-616
Campos petrolíferos de Mosuí, 213 Canadá, 217n., 244, 283, 303, 309 Canal de Suez, 157, 176,244, 289 Capefigue, Jean, 84n., 93
Capitalismo, y judíos, 77-81, 96-97, 103; en Europa Oriental, 96-97; y las clases me¬ dias bajas, 105; e imperialismo, 215, 222, 225ss., 235, 240-244, 305; leyes del, 227-228, 242; y burguesía, 227-228, 237; y nazismo, 482n.
Carlyle, Thomas, 148-149, 281-282 Cartago, 289
Carthill, A., 37, 157, 218m, 236n„ 278n., 287n„ 288, 324n.
Catolicismo «cerebral», 184 Catón, 637
Cavaignac, Jean-Baptiste, 199 Cayía, León, 224n.
Cecil, Lord Robert, véase Salisbury, Lord Còline, Luis Ferdinand, 120-121, 467-468 Centraíverein für Handelsgeographie, 333n.,
373n.
«Centurias negras», 363n., 441 Cesarismo, 175 CIA, 40n.
Cicerón, 620, 637
Civiltà Cattolica, 185n., 202
Clase trabajadora, 106, 156, 198, 199, 348, 448, 450, 451, 503n., 632. Véase tam¬ bién proletariado
Clases medias bajas, 104, 113, 119
Clases medias, en Alemania o en Prusia, 100, 134, 149, 267; en Inglaterra, 149-150,
159; en la Rusia soviética, 447-448, Véa¬ se también burguesía; clases medias bajas Cíemenceau, Georges, 158, 169, 170, 171, 174n„ 176, 184, Í86n„ 189, 190-207,
213,219, 223
Clero católico en Austria-Hungría, 115, 184-185; y antisemitismo, 118, 185; y la Ter¬ cera República, 174-206 passim; y eí go¬ bierno de Vichy, 174-175; en España, 184
colaboracionistas, 174, 194-195, 258, 381, 564
Colbert, Jean-Baptiste, 81n. colectivización, 52, 55, 449 colonialismo, 36ss„ 221, 281-284 Colonización del continente americano, 407 colonización europea, 244, 288, 289; en Su-
dáfrica, 288n., 289-291, 296; en Ame'ri-ca, 288, 592; británica, 217n., 281, 283, 303-304; nazi, 598m; en Africa, 592; en Australia, 592
Color Bar Bilí, 309
Commonweahh británica, 216, 217, 218n., 221n.,24ln., 330
Communards, 180
Compañeros de viaje 66, 478, 501-530. 558-559, 587; intelectuales 472m; y militan-cía en el partido 503-505; y el líder, 522-524
Compañía Británica de las Indias Orientales, 289
Compañía de Panamá, 176-178
Comte, Augusto, 283, 481
Comunidades judías, 137, 138
Comunismo o partido comunista, 379-382,
454, 501, 509, 518-520, 561, 629-630; en China, 46-48; en los países satélites, 59; en Checoslovaquia, 378n.; en Fran¬ cia, 380; en Alemania, 381, 382, 436, 484m; en los Estados Unidos, 400; pro¬ paganda, 433; y nazismo, 439; afiliación, 439; en ía Rusia soviética, 56, 475, 612; y la cíase trabajadora, 503n.; como su¬ cursales de la Komintern, 518-519; en los campos de concentración nazis, 602, 603n. Véase también movimiento bolche¬ vique
Conductismo, 482
LOS ORIGENES DEL TOTALITARISMO
Conferencia de Evian, 402 Congo Belga, 2I9n., 287 Congreso de Berlín, 394n.
Congreso de los Grupos Nacionales Organi¬ zados en los Estados Europeos, 393-394 Congreso de Viena, 86, 98, 100-102, 394n.
Congreso Paneslavista, 33ln.
Congreso soviético de todos los rusos, 541 Congresos antisemitas, 108
Conrad, Joseph, 271, 286, 291, 292, 293, 296
Conspiración del 20 de julio de 1944, 552 Construcción o constructores del imperio,
214; británico, 216, 220, 225; romano, 36,217, 218; francés, 218-219,225; y la nación, 220, 223, 225
Continente negro, véase África; Sudáfriea Coordinación ( Gleichschaltung), 511, 545-
546, 507, 559
Cosmopolitismo, 487n., 518
Crédtt Mobilier, 178
Creditanstalt, Viena, 112
Crémieux, Adolphe, 187n.
Crisis o pacto de Munich, 42, 121, 380, 389n., 536
Cristianismo, 251, 298-299, 303, 314, 355, 356,423,615
Croatas, 387, 389
Cromer, lord, 37,213, 220n., 224, 288; en la India, 318; en Egipto, 318-324; y Rho-des, 327, 329
Cromweíí, Oliver, 217n.
Crossfire, 159n.
Cuerpos directivos, 539n,
«Culto a la personalidad». Véase «principio de liderazgo»
Curzon, Lord, 248n„ 316, 324
Chaadayev, P. Y., 344n., 346n., 353n.
Chamberlain, Austen, 392n,
Chamberlain, Houston Stewart, 333n., 461,
465
Checos, 387, 39ln., 392.
Checoslovaquia, 61, 336n., 378n., 387, 389, 391n„ 392n„ 394, 396n., 435, 559, 572
Cheka, 519, 521
Chesterton, Giíbett Keith, 123, 152, 216, 217n., 240
China, 37,46-48, 287, 438
Chinos en ios Estados Unidos, 129n.; en Su-dáfríca, 311
Choítitz, General Dietrich von, 471 n. Chomjakow, A. S., 36ln. Chovinismo, 152,336-337 Cbr'ntiich-Deutsche Tiscbgeselhchafi, 137n,,
268
Churchill, Winston, 36,330
Daladier, Edouard, 120
Daniel, Yuli M., 50n., 58
Danilewski, N. Y., 332n., 333n., 336n.
Darré, Walter, 577
Darwin, Charles, 256,461,621 Darwinismo, 256, 269-270, 278-280, 299n, Daudet, León, 190n„ 196 De Beers, Company, 308
Déat, Marcel, 174,380
Decimoséptimo Congreso del partido comu¬ nista, ruso, 51, 532n,
Decimosexto Congreso del partido comunis¬ ta, ruso, 451
Declaración de independencia, 422 Declaración de los derechos del hombre,
412, 421-422
Déclassés, 73, 145,168,176,193
Decreto y ley, 220, 356-364; gobierno por, 225; y burocracia, 356-363; y poder, 356-363
Délos, J, X, 340n.
Démange, Edgar, 172,204
Derechos del hombre, 117, 399n., 401, 421, 601; y derechos nacionales, 275, 276, 341, 412-427; y la Revolución francesa, 391; siglo xix, 412-414; y la condición de apátrida, 414-419; definición, 418-419; y ios derechos del ciudadano, 418-420; y Burke, 423
Derechos humanos, véase derechos del hombre derechos nacionales y Derechos del Hombre,
275,277, 341,413-416
Dernburg, Bernhard, 224n.
Déroulède, Paul, 201n,
Desarraigo, 300, 301, 343, 347, 352, 564, 616, 636
Desempleo, 367, 387; en la Rusta soviética, 475n., 579; y totalitarismo, 589. Véase también superfluidad
ÍN D ICE ANALÍTICO 679
Deskulakización, 52, 55, 437n„ 449 Desnacionalización, 387, 397n., 398-412; y
política totalitaria, 398, 409, 412, 601 Despotismo o déspotas, 67, 287, 419; en la
Rusia zarista, 122, 361, 362n., 363; antes de la Primera Guerra M undial, 356; oriental, 438, 544-545; y totalitarismo, 544, 554, 570; / policía, 569. Véase tam¬ bién tiranía
Destotalitarización, 45, 48, 55, 58 Deutsche Bank, 227
Deutscher, Isaac, 49, 54n., 433n., 448n., 477, 532, 536n., 538n., 557n„ 576n.
Deuxième Bureau, 184, 486
Día del partido de Nuremberg, 517 Dictaduras, comunistas, 48; en los países sa¬
télites, 59; en la Rusia soviética, 49, 52, 58; y fascismo, 373; y democracia, 373, 444; militar, 379, 502, 519; no totalita¬ rias, 435n.
Diderot, Denis, 89
D idon, Padre Henri, 185 Die Schwarze Korps, 388 Diels, Rudolf, 533n., 544n.
Dilke, Charles, 223n., 281, 282-283 «Disputa por Africa», 211, 240, 255, 285,
286, 293
Disraeli, Benjamin, 86, 90, 144-157, 159, 163, 269, 292; y los Derechos del H om ¬ bre, 275; y las doctrinas raciales, 281,
283-285 Disselboom, Jan, 218n.
Doctrina del derecho de la fuerza, 260, 272,
278
Doctrinas raciales, y judíos, 94, 150-151, 153, 157, 164, 353; y aristocracia, 150-151, 260-262, 270-271; y nacionalismo, 157, 257-258, 260, 272-273, 275-276, 283; francesas, 257, 258-262, 269-274; alemanas, 262-269, 275; inglesas, 274-285; y clase media, 281
Dohm , Christian Wilhelm, 76n., 97n.
«dominio indirecto», 219
Dom inios, 216, 222n., 289 Dorio t, Jacques, 121, 174 Dostoievski, R M., 3 3 5 ,3 4 4 Dreyfus, Alfred, 165, 166, 169-207 Dreyfus, Robert, 271
Dreyfusards, 174-206
D rum ont, Édouard, 121, 178, 181n., 184n., 196, 206
D u Lac, padre, 206 Dubuat-Nan^ay, conde, 261 Duclaux, Emiíe, 192, 194 Dühring, Eugen, 103n. Dulles, Alian W , 40n.
Egipto 202, 213, 224, 246, 288; política bri¬ tánica en 2 l6 n ., 318-324; e India 289, 318, 319; y la burocracia, 313
Ehrenburg, Ilya, 53n.
Eichman, Adoíf, 547
Eisemenger, J. A„ 81
Ejército republicano español, 417
Ejército Rojo, 56, 57, 434n,, 489, 526, 541, 555, 568n„ 573, 576, 583, 605
Ejército, en Francia, 117, 182-190, 379; y Parlamento, 182; como casta, 182-183; y nación-estado, 183, 339-341, 379, 445; judíos en, 186-187; en la expansión im ¬ perialista, 217-228; y partidos, 379; en Alemania, 446-447; y grupos paramilita¬ res, 511; en la Alemania nazi, 446-447, 563; en ios regímenes totalitarios, 568. Véase también Ejército Rojo; Reichswehr
«el complot de los médicos», 60
Elección, concepto de DisraeÜ de, 148, 150; y racismo, 150-151, 179; concepto judío de, 151-152, 299, 307, 345, 352-354; concepto de los bóers de, 298-300, 307; concepto de los panmovím ientos de, 344-347, 353
Élite, y populacho, 196-197, 456-473; im pe¬ rialista, 236, 461; y doctrinas raciales, 272-274; de entreguerras, 457-461; y so¬ ciedad, 463, 466-468; y masas, 468; in¬ telectual, 468; y nazismo, 472-473
emancipación de los judíos, 75-96; en Fran¬ cia, 83, 117, 131; en Prusia, 76, 97-98, 135; en Alemania, 131; y asimilación, 129-130, 133-134
Emigración, británica, 217n., 24ln ., 290; a Canadá, 244; alemana, 244n.; a Sudáfri-ca, 289-290
Enfantin, B. P., 481
Engefs, Friedrich, 107, 531, 62 ln.
LOS ORÍGENES DEL TOTALITARISMO
Epícteto, 637
Escándalo de Panamá, 105, 162, 176-182, 188, 193, 242
Escándalos financieros, 104, 112, 114, 176-182, 190, 225, 242
Escandinavos, 595
Esclavitud, 276-277, 294-296, 297n ., 298, 299,421,592, 597
Eslavófilos, 332, 333n., 336n„ 338n., 345n.,
351
Esiovaquia o eslovacos, 387, 389 Eslovenia o eslovenos, 389, 4l4 n . España, 184, 185, 374, 436
Estaciones comerciales y marítimas, 213,
222,288
Estado corporativo, 374-375, 377
Estado, y los judíos, 77-80; hostilidad al, 113, 349; culto al, 117, 374; y la burgue¬ sía, 123, 243; y nación, 227, 339-342, 395; y el gobierno del partido, 367-373,
Véase también estado-nación Estados multinacionales, 337, 356 Estados sucesores, 378, 387-395, 443 Estados Unidos, 77, 129, 203, 277, 282,
397n„ 400, 408n., 4 l7 n ., 492n., 563; y la Rusia soviética, 37; política exterior, 37
Esteráis, véase Walsin-Esterhazy Eugenesia, 276, 278, 279, 280n., 556 Europa central, 335, 336, 338, 347n. Europa oriental, 335, 435, 436,549 Europa, antes de la primera guerra m undial,
211-212, 240; y el imperialismo, 249; después de la prim era guerra m undial, 385ss., 594; después de la segunda guerra m undial, 592
Evolucionismo, 270, 279-281. Véase también leyes de la naturaleza
excomunión, 427n.
expansión, como «extensión» o «sobreexten¬ sión», 38-39; económica, 123, 214, 215, 240, 242-245, 246, 247; y el estado-na¬ ción, 212-225, 243n., 244, 246-247, 249; Cecil Rhodes y, 212-213, 322-323;
el imperialismo, 36ss., 213-228, 305, 323; Hobbes sobre, 239; y la ley, 214; ul¬ tram arina y continental, 38-39, 332ss.; y totalitarismo, 570, 614. Véase también
imperialismo
exportación de capital o de dinero, 220, 222, 226 ,2 2 8 , 240-245, 334, 335. Véase tam¬ bién inversiones extranjeras
Exposición M undial de París, 170, 172n., 201,205
Ezberger, M atthias, 478
«factor imperial», 223, 246 Fainsod, Meríe, 46, 51 n., 54n. Familia Dreyfus, 186, 188, 193 Familia Mosenthal, 306n.
Familia Rothschild, 78n., 82, 84n., 86, 90, 91, 92-94, 112, 114, 118, 119, 120, 137, 147, 154, 178, 179-180, 186n., 188, 202, 204-205, 339
Fascismo o movimientos fascistas, 378, 501; en Italia, 8 7 ,3 7 2 ,3 7 3 ,3 7 4 ,4 3 5 ,4 5 5 ; en Francia, 112, 173, 380; y el totalitaris¬ mo, 372, 373, 374, 375, 435; y la iglesia católica, 374; y la política exterior, 375; y el sistema de clases, 378; y el sistema de partidos, 380, 381, 455; organizaciones de camisas, 508; en Europa oriental, 540
Faure, Elie, 274n.
Faure, Paul, 201 n.
Fayolle, Marie-Emile, 174n.
Feder, Gottfried, 454n„ 492 Federación paneslava, 33 8n, Federico Guillermo I, 76n.
Federico Guillermo III, lOOn. Federico Guillermo IV, 100n., ÍO ln, Federico II, 78n., 81n„ 83, 98, 133, 263 Fermiers généraux, 82n.
Fichte, Johann, 264
Fiebre del oro, 291, 301, 302, 304, 308 Financieros 226, 304-307; judíos 81n„ 91,
179, 225-227, 302, 306-308. Véase tam¬ bién banqueros; Rotschílds
Finlandia, 404n ., 555
Foch, Ferdinand, 174n,
Forcé mire, 219, 253
Formación de las élites en los movimientos totalitarios, 476, 492n., 506-509, 5I5n ., 526-528, 543-544, 550, 554, 559, 566, 570, 589; y jerarquía del partido, SOS-SI 2, 525-526, 569-570; y el pueblo, 554; y las sociedades secretas, 560; Véase también SA; SS; policía secreta; NKVD
ÍNDICE ANALÍTICO 681
Fort-Chabrol, 196
Fouché, Joseph, 2 6 ln ., 577 Fourier, Charles, 120n. France, Anatole, 194, 418
Francia, 122, 157-158, 250, 257, 258, 289; población extranjera en, 120, 378, 406n.; y los judíos, 119-120, 140, 157-158, 179-182; y Alemania, 122, 380; e Inglaterra, 122, 202, 213; como estado-nación, 122, 158, 216; y las colonias, 213, 218, 219, 223, 224; y los negros, 277; sistema de partidos en, 369, 370-371; tras la Segunda G uerra M undial, 457; policía en, 574. Véase también Ter¬ cera República; gobierno de Vichy
Francisco José, Em perador de Austria-Hun-gría, 67
Franco, Francisco, 404, 436
Frank, Hans, 472n ., 494n ., 509n., 540n„ 542n., 549, 556, 572n., 576n.
Frank, Walter, 87n., 183n„ 472n., 546 Freeman, Orvifíe, 4 ln .
Frick, W ilheím, 533, 539
Fritsch, General W érner von, 560n. Fritsch, Theodor, 108, 494n. Froude,]. A., 146n., 217n„ 281 Frymann, Daniel, 245n., 347n., 362n. Fuggers, 80
Galton.'Francis, 280n,
GalltfFet, G. A. A., 201
Gamberra, León, 180n.
Gane, 539, 543
Gaulle, Charles de, 37
Gauweiíer, O tto, 568n.
«Generación del frente», 457-463, 594 Genética, 348n„ 461, 486
Genghis Khan, 51 Gentiíe, Giovanni, 455n, Gentz, Friedrich, 134 Geopolítica, 332n,
Germanismo, véase arianismo; pangermanis-m o
Gestapo, 4 Í0s„ 520, 547, 551, 568n., 571n„ 602n„ 604, 605n.; y las SS, 520; y los campos de concentración, 586n.
Gide, André, 121n., 467, 472n.
Giradoax, Jean, 120
Gladstone, William E,, 213, 2 l6 n „ 246 Gobierno de un solo partido, 367-368, 372,
373, 376n., 435-436, 448, 518, 566,
617
Gobierno de Vichy, 116, 120, 174,404 «gobierno invisible», 41 Gobierno laborista británico, 366
Gobierno mundial, 234n., 422
Gobiernos totalitarios, 55, 383, 427, 455,
567-568, 617-627't en Europa oriental, 45; en China, 47-48; y dictaduras, 48, 432, 509, 549, 550, 617; y política exte¬ rior, 524, 536, 559, 561-566, 587, 612, 617-618; administración de los, 57, 531-566 passim, 578; y terror, 50, 54, 61, 536, 537n„ 584, 589-613, 622-623, 634, 635, 636, 639; en la Rusia soviética, 45, 50n„ 51,52 -55, 552, 565, 569, 573-585, 597, 598, 6 0 2 ,6 0 3 , 605,612; en fa Alemania nazi, 437, 438, 570, 573, 576, 591, 598, 602-611; y soledad, 636, 640. Véase también Alemania nazi; Rusia so¬ viética
Gobíneau, Joseph A rthur de, 255, 262, 269-
274 ,2 8 5 , 3 3 3 n .,4 6 l,4 6 5 Godin, W ., 473n., 579n.
Goebbels, josef, 3 7 2n„ 388, 436n., 463, 471, 4S4n., 496n., 512n., 515n„ 523n„ 540n„ 556n.
Goerres, Josef, 264
Goethe, j . \V. von, 132n„ 134,287 Gordon, Judah Leib, 141
Goring, Herm ano, 471, 520n., 544n., 560n.
Gorki, M áximo, 44 On.
G PU , 52n„ 54n., 410, 4 3 7n„ 451, 519n„ 522n., 564n„ 568n., 574n., 584n.
Gran Banca, 179n,
Gran Bretaña, véase Im perio británico; Ingla¬ terra
«Gran Juego», 38 Granville, lord, 320n. Grattenauer, C. W. E., 136n. Grecia, 394, 397n.
Griegos antiguos, 618
Grü n dungssch windel 105, 242 Grünspan, Herschel, 543n.
Grupos minoritarios, 378, 388-396, 412; y el estado-nación, 390-396; Congreso de,
6 8 2 LOS ORÍGENES DEL TOTALITARISMO
393-394; y principios territoriales, 393, 396; y pueblos sin estado, 396; y los de¬ rechos del hombre, 413, 414
Guérin," Jules, 176, 19ín ., 195 Guerra austro-prusiana de 1866, 86 Guerra bóer, 223n., 304, 592 Guerra Civil Americana, 277 Guerra civil española, 403, 604 Guerra de Crimea, 337n.
Guerra de los Treinta Años, 85 Guerra franco-prusiana, 86, 110, 273 «guerra fría», 37
Guerra psicológica, 477 Guerra ruso-finlandesa, 555 Guerthner, Franz, 539 Guesde, Jules, 197
Guillermo II, 244,287; y eí antisemitismo, 83n. Guizot, François, 261
Haeckeí, Ernst, 256m, 279 Halévy, Daniel, 194 Haller, Ludwig von, 268 Harden, Maximiiian, 183n. Harvey, Charles H ., 280n. Hasse, Ernst, 333n.
Hayes, Carlton J. H ., 213n., 240n ., 2 4 ln ., 255m , 256n., 280n., 446n.
Hegel, Georg W ilhelm Friedrich, 269, 350, 3 6 3 ,484m, 484, 638; y el paneslavismo, 363
Heiden, Konrad, 49 Heine, Heînrich, 132, 140
Helgoland, 213
Henry, Coronel Joseph, 170 Herder, J. G ., 131,132, 258, 277 Hermanos D e Pass, 306n. Hermanos Péreires, 178 Herr, Lucien, 194
Herz, Cornélius, 177-178, 180n, Herz, Markus, 131
Hess, Rudofph, 523n.
Hessianos, 107
Heydrich, Reinhard, 572n.
Hitferding, Rudolf, 2 4 ln ., 242n.
Himmíer, Heinrich, 436n., 438m , 444, 452, 454, 457, 459n., 470-471, 475, 478m , 497, 500, 502n., 506, 507n., 509, 511n., 515m , 5 l6 n ., 517n., 520n.,
521n„ 527, 530m, 533m, 534m, 537m, 540, 542n., 546n., 549m , 551, 553, 554n., 557n„ 558, 568n„ 569-578, 579n., 580n., 596m, 599n., 613, 627
Hindenburg, Paul von, 381-382 Hindúes, 281
Hirsch, Barón Moritz, 227
Historia, teorías de la, 255, 264, 269-270, 621-622; leyendas, 314; falsificaciones, 464-465, 560
Historiografía judía, 31-32
Hitíer, Adolf, 45, 49-50, 54, 59, 67, 155, 156, 175, 187, 222, 263, 344, 377m, 381,382, 395, 423, 431-616, 627; Mein Kampfi 3 3 ln ., 3 5 4 ,454n ., 469n„ 478n., 479n„ 480n., 501m , 561; y el panger-manismo, 331; yAustria, 333n,; y antise¬ mitismo, 354; y racismo, 354, 558, 567n.; y la decadencia del sistema de par¬ tidos, 380-382; fascinación por, 431; Charlas de sobremesa de Hitler, 431n., 436n., 476n., 497m , 554m, 589n.; apo¬ yado por las masas, 432-433, 446; y los industriales alemanes, 433, 465; sobre el comunismo, 437n.; y el bolchevismo, 436n.; sobre Stalin, 436-437; y Ucrania, 451; y el m ovim iento nazi, 454, 494, 512-513, 524, 542n.; y Himmler, 457, 509, 550-551; y la Primera Guerra Mun¬ dial, 458; y la «generación del frente», 459; y el Rulrputsch, 460n,; y el popula¬ cho, 465; y el arte, 468; alianza con Sta¬ lin, 61, 254n., 381, 477, 487n.; sobre la propaganda, 47 8 n.; sobre las ideologías, 483n., 497n.; como profeta, 484; falta de credibilidad, 485, 562; discursos de, 492; sobre el estado, 494, 537, 567n.; como nacionalista, 495, 496, 559; sobre el pue¬ blo alemán, 497n,; Rohm y, 509, 513; y las SA, 513-514, 533n., 544n.; y las so¬ ciedades secretas, 515n., 560; y el jura¬ mento de legalidad, 524; y la ley sanita¬ ria, 437n., 563n., 583; sucesor de, 553-554; y eí exterminio de los judíos, 412, 476n., 484-485, 515n ., 560m , 570; como ideólogo, 631-632
Hobbes, Thomas, Levíatdn, 230-239, 250-252
ÍNDICE ANALÍTICO 683
H obson, J. H ., 91. 21 ln ,, 221n., 226n., 240n„ 242n., 247n., 248n.
Hoehn. Reinhard, 472n,, 542n., $72n, Hohenhole-Schillingsfürst, C. Von, 172n, Hohenlohe-Langenburg, H erm ann, Prínci¬
pe, 249
Holanda, véase Países Bajos
«hombre blanco» o «deber deí hombre blan¬ co», 39, 253, 276n„ 298, 30 0 ,3 0 7 , 316, 330, 344
Homosexuales, 159, 160, 161, 162, 464, 466n.; en los campos de concentración,
605
H otm an, François, 259
Huebbe-Schleiden, 214
Hugonotes, 294
Hum anidad, concepto de, en la Revolución francesa, 110, 4 l4 , 422, 423; /p rin c ip io nacional, 215, 258, 264, 276, 283, 346;
doctrinas raciales, 252-253, 276-277, 283,337, 346, 347, 621; como concepto político, 347; como producto, 620, 623
H um boldt, W ilhelm von, 89, 98, 130n.
H ungría o húngaros, 61, 336n., 387, 394, 398,436
Huxley, T. H ., 256n., 280n,
Ibsen, Henrik, 468
Ideologías, 69, 627-634; del siglo xix, 116,
255,256,257,273, 466, 525,622,629-630; y la ciencia, 256, 257, 281, 480, 481, 482, 627-628; alemanas, 264; y ro ¬ manticismo, 274; y leyendas, 315; y pan-movimientos, 334, 362, 363, 364; como principio organizador, 363, 500, 620; y los partidos, 369; del siglo XX, 462, 629-630; y el nazismo, 492; uso totalitario de
las, 61, 480, 525-529, 559, 564, 587, 589-590, 622, 627, 630-636; naturaleza de las ideologías totalitarias, 613, 614,
615; e historia, 628-629; pensamiento ideológico, 629-630, 633, 634, 639
Iglesia católica, 107, 114, 465, 607; en Fran¬ cia, 118, 173; y el estado, 173, 206; y los judíos, 202; en los países latinos de Euro¬ pa, 374; y fascismo, 374
Iglesia protestante, 107
Iglesia reformada holandesa, 298n.
Igualdad, 75, 77, 154, 284, 345, 346, 426, 427; y el estado-nación, 76-78, 84, 100, 157; y las doctrinas raciales, 128, 258; y los judíos, 127-129, 157; en los Estados Unidos, 129, 445; Burke y la, 147; Dis-raeíi y la, 147, 157; Hobbes y la, 231; en ■Inglaterra, 276; y los apatridas, 101, 412; y fas masas, 445; y las tiranías, 452; en los campos de concentración, 615
Ilustración, 30, 117, 131, 144, 151 Imperialismo o imperialistas, y estado-nación
o madre patria o nacionalismo, 35, 36-42, 80, 220n„ 221, 222-225, 240, 247-248, 307, 315, 332-333, 334, 335, 364, 365; del dólar, 39; antes de la Segunda Guerra M undial, 39; y los judíos, 80, 83, 109, 225-226; y la burguesía, 83, 244; partidos, 108, 214; continental, 116,
332 -334, 356, 364; ultram arino, 332-335, 356, 364; francés, 37, 122, 158, 213, 218-219, 225, 322; y Disraeli, 152-. 153; fechas del, 211; y totalitarismo,
212, 229, 235, 326; belga, 213, 219n.; alemán, 213, 224, 244n., 287, 373; y la expansión, 212-225; estadios iniciales del, 215, 320; británico, 37, 122, 153, 216-217, 222n., 313; holandés, 219n,; y el gobierno por decreto, 220, 357, 358; term inología, 221; y capitalismo, 215, 222, 225ss., 235, 240-244, 305; en la Europa anterior a ia Primera G uerra M undial, 240; y el desempleo, 244; y los partidos, 245, 246, 247, 364-384; y ra¬ cismo, 247, 254-256, 284-285, 286, 298, 333; y las empresas coloniales, 288-289; y teoría de Cromer, 320-322; teorías del, 461; fin del, 330
Imperio británico, 37, 122, 153, 216-217, 222n., 313; y la emigración, 217n.; India
el, 36, 41, 220, 283, 324; y el im peria¬ lismo, 315; su leyenda, 315-316; y la Com monwealth, 218, 330
Imperto Rom ano, 29, 32, 73, 89, 214, 222, 427n.
Im perio, 215; antiguo, 221; francés, 216, 218, 219; alemán, 244; «germánico», 558; egipcio, 289; asiático, 290. Véase también Imperio-británico; construcción
LOS ORÍGENES DEL TOTALITARISMO
del imperio; Imperio Rom ano, C om ¬ monwealth británica
Incendio .del Reichstag, 544
India, 236m, 244, 330, 412, 438, 592; y eí Im perio británico, 217, 218n„ 222n ., 283, 324; gobierno británico sobre la, 224, 283-284, 286, 324; y Egipto, 289, 318, 319; y burocracia, 313, 324; Ki¬ pling sobre la, 316, 325
Indias occidentales, 297
Indias orientales holandesas, 219n, 249n.
Indias orientales holandesas, 219n„ 249n,
Inglaterra, 313, 365ss.; financieros judíos
en, 81m; y Francia, 202, 213, 322; y el im perialism o, 36, 212, 213, 216 -221, 315, 316, 317, 3I8ss., 327, 330; y Egipto, 2 1 6n., 289; e Irlanda, 216; y las posesiones coloniales, 218, 281 -286, 288n.; adm inistración pública en, 249, 303, 315, 318; y los Estados Unidos, 282; y Europa, 283; y la India, 284; y Sudáfrica, 289-290, 300-301, 308; tra¬ diciones en, 316, 317; sistem a escolar público en, 317-318; y la Rusia zarista, 332
Instituí zur Erforschung der Judenfrage, 472n„ 546
Insurrección bóxer, 287
Intelectuales, 104, 280; judíos, 115, 124-125, 137, 139-144, 152; franceses, 121, 140,191, 194,274; y el populacho, 191, 335; y la sociedad burguesa, 233; alema¬ nes, 266-267, 336; austríacos, 334, 336; rusos, 348, 350; y los m ovim ientos de masas, 445; autodesprecio, 445, 466; y la Rusia soviética, 469; y el totalitarismo, 472; nazis, 472; soviéticos, 50, 472n., 475- Véase también Intelligentsia
Inteligencia británica o servicios secretos, 314, 324-330,486-487
Intelligentsia, judía, 100, 124, 150; prusiana, 135; europea, 197, 287; y burocracia, 287; británica, 313; rusa, 334, 343, 350, 351, 361; polaca, 475; de Europa occi¬ dental, 557
Internacionalismo, socialista, 110, 111; de los antisemitas, 111; de la aristocracia, 261; judío, 126
Inversiones extranjeras, 225-226, 228, 242-243, 304, 305, 306. Véase también ex¬ portación de capital; accionistas absenus-tas
Irlanda, 216, 217n.
Isabel, Reina de Inglaterra, 81n.
Ismos, véase ideologías
Israel, estado de, 424
Istria, 336n.
Italia o italianos, 87, 265, 372, 373, 374, 375n ., 398, 399m , 406m , 538. Véase también fascismo
Izvestia, 53
Jackson, Robert H ., 539n,
Jacobinos, 77, 88, 189, 194
Jahn, R L , 264
Jameson, sir Leander Starr, 223n., 322 Japón o japoneses, 41, 528
Jaurès, Jean, 173, 188, 197, 199, 200, 201, 206
Jedtve de Egipto, 157
Jefe, véase líder
Jefferson, Thomas, 277
Jesuítas, 154, 185, 186, 187, 192, 193, 201, 206, 374, 4 6 5 ,4 8 6 ,495n.
Jofire, J. J. G , Í74n.
Johannesburgo, 303
Joyce, James, 236
Jruschov, Nikita S., 56, 58; «Los crímenes de la época de Stalin» (discurso), 45, 50, 437n., 477m, 532n,, 536n„ 632m ; y el ejército, 56; y «leyes contra’ los parásitos sociales», 58
«Judá secreta», 175, 192
Judeidad, 141-143, 145-146, 152, 159-168, 352
«Judíos de excepción», en Alemania, 147; y la secularización, 152; en Francia, 157-168 Judíos palaciegos, 35, 76n,, 79, 80, 81, 85,
86, 92, 9 9 ,1 3 7 ,138n., 180
Judíos, antagonismo frente a los gentiles, 30-32; historia de los, 33-35; en ios países satélites, 61; en Francia, 67, 82, 83, 117-119, 131, 137-207, 491; en A em anía, 67-68, 82, 88, 131, 140-144, 158, 162, 167, 388, 400, 491,492; y el antisemitis¬ m o, 70-72, 113, 117, 127, 167-168,
186, 207; como víctimas, 69, 191, 388, 419, 470, 482m , 533n., 573, 588m; y aristocracia, 83n., 85-86, 96, 99-102,
103-104, 149-150, 165-166, 186; en Prusia, 76n., 81n„ 82, 83, 97, 98, 135-136, 163; y el sistema de clases, 77-78, 113, 136; .y capitalismo, 77-81, 96-97, 103; y el estado-nación, 178-182, 490, 491; com o elemento intereuropeo, 81, 84, 87 -89,93, 1 10,111,125; en Austria-H ungría, 81n., 82, 83, 112-113, 114, 158, 167; y la política, 84, 85, 179, 491; en la Edad Medía, 29-30, 84, 89, 117; y los señores feudales, 85; y la burguesía, 90, 92, 179; en Europa oriental, 97; los judíos extranjeros, 120, 179, 180, 204, 305, 306-308; en Argelia, 122; en la épo¬ ca anterior a la Primera Guerra M undial, 123; cambio hacia profesiones liberales, 124-125; estatus social, 125, 179, 181; notables, 137-139; como casta interna¬ cional, 139, 153; en Inglaterra, 147; y la secularización, 150-153; y el imperialis¬ mo, 80, 83, 109, 225-226; en Sudáfrica, 306-311; y nacionalidades, 352, 411-412; y las doctrinas raciales, 353; como apátridas, 398, 411-412; en Bulgaria, 400n.; en Polonia, 403n.; en Dinamarca, 470n.; y la propaganda totalitaria, 61, 486 -487, 490, 492-495; después de la Primera Guerra M undial, 490, 491; en la Rusia soviética, 61, 573; en los campos de concentración, 596, 601, 603-604.
Véase también antisemitismo; banqueros; judíos de corte; «judíos excepcionales»; financieros; intelectuales; emancipación de los judíos; asimilación de los judíos ,
Juicios de Nuremberg, 44, 539m
Juicios, en la Rusia soviética, 46, 434n., 574; y confesiones, 487, 488, 489, 522, 569. Véase también Juicios de Moscú; Juicios de Nurem berg
Jünger, Ernst, 458, 459 Junkers, véase aristocracia Juventudes Hitlerianas, 507n., 543
Kafka, Franz, 359
Kant, Emmanuel, 422, 6 1 5 ,618, 628
ÍNDICE ANALÍTICO 685
Katkov, M . N ., 362n., 365n,
Keitel, W ilhelm, 476n.
Kerensky, Alexander, 440
Kijerjewski, 361 n.
Kimberley, campos diam antíferos de, 301, 308; club, 308
Kipling, Rudyard, 38, 220n., 279, 315-316, 325
Kirov, Sergei M ., 60, 532n.
Klemm, Gustav, 277
Kolonial verein, 249m, 365m , 373m Kominform, 630
Kom intern, 48, 435m , 500, 519, 524, 526, 560, 561,563, 630
Komsomol, 52n., 55n.
Kraus, Karl, 140, l42n . Krivitsky/Walter, 437, 453, 564n. Kube, W ilhelm, 470
Kulaks, 52, 437m , 449, 538, 573
L’Aurore, 174m, 195
La aiemania de Hitler, véase Alemania nazi La Bataille, 195m
La Bruyère, Jean de la, 259 La Croix, 197, 202
La Rochefoucauld, François de, 252 Labori, Fernand, 176m, 189, 204n. Lammers, H ans Heinrich, 476m Lapouge, Vacher de, 28 On. Lassalle, Ferdinand, ll4 n . Latinismo, 262
Laval, Pierre, 171, 407
Lawrence, T. E „ 224m, 326-329, 458 Lazare, Bernard, 1 4 ln ., 143, 169, 188,
194m, 203, 206
Le Gaulois, 179m
Legión Extranjera, 173, 507, 604 Lemaître, Jules, 206n.
Lenin, Vladimir, 51n., 52, 56, 242m, 377, 431, 432, 448, 451, 454m , 483m , 503m, 517, 519, 532, 5 6 1 ,6 3 2
Leninismo, 454 León XIII, 202-203 Leontjew, K. N ., 3 6 ln . Leopoldo II, 287m Lesseps, Ferdinand de, 176
Lessing, G otthold Ephraim, 131, 133m Letones, 470n.
6 8 6 LOS ORÍGENES DEL TOTALITARISMO
LevyA rthur, lS9n.
Levy-Bruhl, Lucien, I89n.
Ley de autogobierno de Gladstone, 216
Ley de ia historia, 484-485, 619-623, 633
Ley de la naturaleza, 485, 619-623
Ley de salud del Reich, 437n., 557, 563, 583 Ley, 423, ó í9 , 620-625 concepción nacional de la 216, 221; y construcción del im pe¬ rio 220; y expansión, 323; y decreto, 358; en la Rusia zarista, 363; y los dere¬ chos del hombre, 400, 412-427; interna¬ cional, 422, 620; versión nazi de la, 537, 544, 562-563. Véase también decreto y
ley
Ley, Robert, 471
Leyes de Nuremberg, 409n„ 417, 537
Leyes del movimiento, 621-623, 624, 625, 627
Líbano, 405n,
Liberalismo y liberales, 99, 100, 103, 107, 118, 238,245,272,342, 347, 468
Libertad, 3 4 1 ,4 1 8 ,4 1 9 ,4 2 0 ,4 2 1 ,6 2 4 ,6 2 5 , 633,640
Libre Parole, Í74n„ 1 7 8 ,1 8 7 ,1 8 8 ,193n., 195 Líder, 512-515,522-526, 544,559; su infali¬ bilidad, 483-484, 523, 528-529; y el m undo no totalitario, 514, 525, 534, 567, 568; sucesor del, 553, 554; y ia po ¬ licía secreta, 544-545, 548, 550, 551,
574, 575
Liebknecht, W ilhelm, 188
«Liga del Pueblo Ruso», 363n.
Liga panaiemana (Alldeutscher Verband), 109, 116, 244n., 300, 332n„ 333n ., 334n ., 338, 350,351, 365, 3 7 3 n , 377
Ligue Antlsómite, 196, 199
Ligue des Droits de l’Homme, 401
Literatura secreta, nazi, 560 -56ln .
Literatura, en la Rusta soviética 57-58; fran¬
cesa antisemita 120-121; decim onónica 233; austro-húngara 359; rusa 360; y de¬ sarrollo de la lengua nacional 39Gn.; y ge¬ neración del frente, 4 6 l
Lituanos, 470n.
Lógica en las ideologías, 628-629 Logicaüdad, 434n., 631-640
Louis Ferdinand, Príncipe de Prusia, 134 Louis Philippe, 9 0 ,1 1 8 , 271
Louvain, Pierre Charles, S. J., 192 Lowenthaf, Richard, 55n. Loyola, Ignacio de, 322
Lucas, Arzobispo de Tambov, 345n.
Lucha de clases, 110, 246, 262, 342, 45 ln,, 491,528, 621-622
Ludendorff, Erich, 374n., 509n.
Lueger, Kart, 114, 191
Lnmpenproletariat, 246
Lutero, M artín, 639
Luxemburgo, Rosa, I76n ., 183, 242
Lyautey L. H . G ., 174 n,
MacDonald, Ramsay 371 n.
M acMahon, E. P. M . de, 180,381
Madagascar, 224n., 476
Maistre, Conde j. M . de, 257
Malan, Daniel François, 310
Maíinovsky Rom an V., 58 ín .
Malraux, Andró, 459
M ann, Thomas, 458
Mao Tsé-tung, discurso de las «cien flores», 47; yStalin, 47
M archa sobre Roma, 380
Marks, Sammy, 306
M artin du Gard, Roger, 63, 197n. Marwîtz, Ludwig von der, 99, 102, 268 Marx, Karl, 103, 105, 119, 140, 241, 340,
363,448, 464,465, 469, 531, 600,621-
622, 632
Marxismo, 92, 103, 106, 236, 246, 348, 378,379, 454, 492. Véase también ley de la historia
Masaryk, Thomas, 333n., 538-539
Masas, 30n., 43, 379, 432, 433, 443-444, 460, 474, 482-496, 520-527, 542, 600, 632,6 3 6 , 639; líderes de, 455 -456,457 - 458; propaganda de, 474-475, 487-489, 523
Masonería, 192, 374, 465 ,4 8 6 , 496n.
Materialismo, 280n.
Materias primas, 223, 241, 242; humanas, 296, 297, 595-596
Maunz, Theodor, 533n,, 537n., 572n.
Mauricio deSajonia, 138n.
Maurras, Charles, 175, 184, 194, 196, 197n., 202n„ 336
M ecanismo, 492n.
M elbourne, lord, 294n., 320 Memorial de Henry, 174, 185) 191 Mendelsshon, Moses, 131-133, 137 Mendelssohn, Abraham, 134 Mercantilismo, 78n., 81
Mercier, General Augusto, 188, 191 Mesîanismo polaco, 300, 344n.
M etternich, Principe Clemens, 67, 88, 91,
102
México, 4 l7 n .
Meyer, Arthur, 179n.
Mili, James, 249
Milleran, Alexandre, 205
M inisterio de Asuntos Exteriores, Alemania, 540
Mirabeau, Honoré Q . R, de, 10ln ., 132 Misión Congo-Nilo, 202n.
misión nacional, 283, 344, 346 Misioneros en Sudáfrica, 298n.
M oeller van den Bruck, Arthur, 336n., 366m , 377n.
Moldavia, 394n.
Molotov, V., 457, 538n.
M onarquía absoluta, 79, 80ss., 98, 259, 263
M onarquía de los Habsburgo, 67, 112-113, 140, 339, 348, 351
Mónita Secreta, 495n,
M onod, Gabriel, 194
M ontesquieu, Charles de Secondât, Barón de, 259n., 261, 626, 633
Morès, Marqués de, 196
M ovim iento de la juventud, alemán, 337,
503, 516n., 543
M ovim iento nacional árabe, 327, 329, 462 M ovim iento o partido nazi, 312, 371-372,
373, 376-377, 378, 381, 382, 439, 446-447, 454, 469n., 474-530, 531, 540, 542, 543-546, 550, 560, 562n. Véase también movimientos totalitarios
M ovim iento orleanista, 179n,
M ovimientos 356-384, 431-530; y desarrai¬ go 300; y el estado 373, 383-384; y el sis¬ tema de clases 378-379; internacionales 384; totalitarios, 431-443, 453-456, 531-535. Véase también panm ovim ien-
. tos; movimiento nazi; m ovim iento bol¬ chevique
INDICE ANALÍTICO 687
M ovimientos de liberación nacional, 218, 220, 265,341, 390-396
Movimientos de los trabajadores, 110, 115, 245, 291, 390. Véase también partidos la¬ boristas; socialismo
M ovimientos revolucionarios o partidos re¬ volucionarios, 379, 469, 518-519, 531, 533, 534,571,581,582
M ovimientos totalitarios, 55, 567-568; y panmovimientos, 361, 362, 376-384; y partidos, 366-384, 435, 439, 453-454, 517, 617; y el populacho, 433-434, 441; líderes de los, 441, 455, 498-499, 514-515; y sistema de clases, 441-452, 617, 624; y la burguesía, 441, 446-447, 466-467, 468, 469; nazi, 445-447, 469n., 478, 490-498, 506-513, 558; bolchevi¬ que, 447-453, 484, 488-489, 499, 510, 517-522, 528, 614; jerarquía en los, 453-456, 483, 501-511, 522, 523, 524, 565; después de la Primera Guerra M undial, 456-473; y propaganda, 474-490; y te¬ rror, 474, 478, 591-592; y partidos revo¬ lucionarios, 505-506; y sociedades secre¬ tas, 515-523, 586; y formaciones de élite, 506-512, 520, 524-528; y principio deí
jefe, 502, 512-515, 522-529, 549-554. Véase también movimiento bolquevique; movimiento nazi
Mueller, Adam, 101 n., 265, 268 Münster, Conde, 188n., 199 Muravyev Amursky, Nicolai, 338n. Mussoliní, Benito, 121, 266, 372, 374,
376m, 389n„ 39 8 ,4 0 3 , 435,455
Nación o estado-nación, 339-342, 412, 422; e igualdad, 73, 75-79, 84, 157; judíos y, 75-76, 77, 78-80, 88, 129, 178-182; e imperialismo, 36-80, 215-217, 218, 246, 364; y sistema de clases, 82, 106, 107, 108, 179; y burguesía, 82, 212; y campe¬ sinos, 97, 447, 448, 449; en Europa oriental, 97, 338, 387, 389-393; naci¬ miento de la, 108, 341; y Austria-Hun-gría, 115; y Francia, 117, 122, 158; y el ejército, 183, 340; y la política mundial, 213-215, 225; y naturalización, 341, 402-406; y sistema de partidos, 378,
6 '8 8 LOS ORÍGENES DEL TOTALITARISMO
379; y los pueblos sin estado, 400-403,
Véase también nacionalismo Nacional Socialismo. Véase nazismo Nacional-bolchevismo, 173 Nacionalidad o nacionalidades, 388-396,
414-415; en Austría-Hungría, 112-116, 342, 348, 375-376; y el estado, 339-341; y los apatridas, 402n., 403, 404; en la Rusia soviética, 448
Nacionalismo, 339-344, 445-446; en la Ru¬ sia soviética, 66; y antisem itism o, 66, 111, 120; en Austria-Hungría, 112-116, 337-356, 376, 390; francés, 194, 263, 336-337; inglés, 220, 249, 275-276, 277, 282; y el imperialismo, 219, 243, 246-249, 314; y el racismo, 257-258, 283, 344-347; alemán, 262-270, 632; y el sistema de clases, 341-342; en los paí¬ ses latinos europeos, 374; y la Prim era Guerra M undial, 460; y los nazis, 496, 559; y socialismo, 531
Naciones Unidas, 401 n.
Napoleón I, 90n., 93, 97, 118, 135, 218, 262; legislación, 133, 147, 219n,; gue¬ rras de, 274; derrota de Prusia en 1806,
33,135,262
Napoleón III, 84, 90, 118, 119, 379, 441,
571
Naquet, Alfred, 180 Ncttionalisme intégmf, 336, 337 Naturalización, 397n,, 401-406 N aum ann, Friedrich, 333n., 347
Nazismo, 213, 376, 431-616, 621; y nacio¬ nalismo, 66, 437, 560; y antisemitismo, 34-35, 61, 65, 87, 116, 167; y el estado, 117, 509n„ 531, 535-566; y Francia, 121, 176; y el bolchevismo, 50n,, 254ru, 436,447 -451, 492; y racismo, 254, 263, 279, 3 1 1 ,4 3 5 n „ 518, 527n„ 621; y Su-dáfrica, 311; y pangerm anism o, 331, 349, 376; y el pueblo alemán, 497, 557, 583, 632; y fascismo, 373, 378, 375, 436; y el sistema de partidos o de clases, 373, 379, 446; y los intelectuales, 446n„ 457, 472, 479; y «revolución perm anen¬ te», 533; y juristas, 533n., 537n,, 542n.
Nechayev, Sergei, 459, 46 ln .
Neesse, Gottfried, 43 6n., 472n., 504n.
Negros, 276n., 277, 426, 435n.; en los Esta¬ dos Unidos, 129n., 293-294
N E P (Nueva Política Económica), 52, 447 Neurath, Konstantín von, 560n. Nicolás II, 354
Nietzsche, Friedrich, 89, 103, 270, 459, 638 Nihilism o, 175, 176, 197, 213, 251, 445,'
459, 592
Nilus, S. A., 495
Nipón-americano, 408n.
N K V D , 473n., 492n., 547-548, 565n ., 573n„ 575, 577, 579, 580n„ 585; selec¬ ción de miembros, 473n., 492n.
Nobleza, véase aristocracia
NouveUe Reme Fran<¡aise, 121n„ 467 Novafis (Friedrich von Hardenberg), 265 NSKK (Cuerpo de Automovilistas Nacional
Socialistas), 546n.
Nueva Zelanda, 217n,, 301, 303
Octavo Congreso Extraordinario de los Só-víets, 538n.
Oficina de Asuntos Exteriores, partido nazi, 540
Oficina Nansen, 402
Ojrana, 571n., 574n., 576n., 584 Operación «Heno», 475 Operación «Noche y niebla», 595 Oppenheim , Henry, 157 Oppenheim er, Samuel, 81n., 112 Organización del Socorro Rojo, 503 Organización Todt, 546n., 577 Organizaciones frentistas, 502-515, 558-559 Organizaciones paramilitares, 379, 478, 508,
Véase también SA, SS Organizaciones paraprofesionaíes, 509 O riente medio, 38
O riente Próximo, 224n., 327, 405n. Orleáns, duque de, 196
Ostafrikanische Geselbchaft, 227 «Outlawry», 427n.
Ouvrard, G. J., 90n.
Pacifismo, 459, 508, 594
Pacto de no agresión germano-soviético, 61, 2 5 4 n .,3 8 1 ,4 7 7 ,4 8 7 n .
Países Bajos, 219n., 223, 249m , 251, 404n., 410
Países satélites, 45, 55, 59, 60, 61, 573; anti¬ semitismo en ios, 61
Palestina, 412
Paneslavismo, 300, 331-332, 336n., 337-356, 360-364
Pangermanismo o panalemanes, 1 1 4 -H 6 , 331-356, 361, 362, 365n., 373-378
Paniadnismo, 344n.
Panmovimientos, 35, 249; y antisemitismo, 109, 338-339, 351-352; nacim iento de los, 211, 332; y movimientos totalitarios, 331, 377; e imperialismo, 331-356; y ca¬ pitalismo, 334; y estado-nación, 343, 349-350, 376-377; y racismo, 346, 350; e ideologías, 363. Véase también panger¬ manismo; paneslavismo
Pareto, W ilfredo, 459
Parlamento imperial británico, 223
Parlam ento, 104, 123; francés, 172, 173, 176-205, 388; británico, 248; austriaco, 356-357, 383; ruso, 357; continental, 371, 372; hostilidad al, 200-201, 223, 366n., 368, 371 -372,440, 489
Partido de estado (República de W eimar), 91-92
Partido laborista británico, 245
Partido liberal alemán (Austria), 113
Partido liberal británico, 245
Partido nacional liberal, alemán, 365n,
Partido o partidos conservadores y ios judíos, 100, 118; británico, 146, 148, 2 l6 n „ 275; alemán, 245, 369n.
Partido Popular Nacional Alemán, 436n. Partido progresista alemán, 213
«Partido sobre los partidos», 107, 108, 247, 365,372, 373
Partido socíaldemócrata, en Alemania, 107, 368, 382, 436n., 444; en Austria, 114, 140, 334n., 368, 376; y antisemitismo, 128, 136; en Francia, 188, 379; en Sue¬ cia, 369n. Véase también socialismo
Partidos antisem itas, 35; en Alemania, 66, 107ss,; organización supranacional, 108-109, 110, 561; en Austria-Hungría, 114-115; en Francia, 116
Partidos de clase media, 369
Partidos liberales, británicos, 245, 246; aus¬ tríacos, 339, 349-350
ÍNDICE ANALÍTICO 6 8 9
Partidos o m ovim ientos laboristas, 103, 109, 110, 114, 245, 309, 368. Véase también socialismo: Partido Social D e ¬ m ócrata; m ovim ientos de los trabajado¬ res
Patriotismo, 273, 344,350, 370 Pauker, Ana, 6 1 Paulus, H . E. G., 130n.
Pearson, Karl, 280n.
Péguy, Charles, 194n,, I9 7n,, 200, 206n„ 240
Personas desplazadas, 396-427. Véase tam¬ bién apátridas
Pétain, H enri Philippe, 120, 121, 173, 174, 224n.
Peters, Cari, 224, 287, 292, 312 Picasso, Pablo, 472n.
Picquart, Coronel Georges, 169-170, 172, 189, 193,200
Planes quinquenales, 50n„ 51n., 52, 53 Platón, 72, 423, 456n„ 618, 625, 628 Plaza Roja, Moscú, 517 Plehve, conde, 571 n.
Pobyedonostzev, C ., 354, 357, 362n., 365n., 575
Poder, 619, 635; en la Rusia soviética, 59; y los judíos, 67-68, 124, 125, 188; y el ca¬ pitalism o, 227-228, 236, 252; filosofía del, 228-239, 461-462; en la Rusia zaris¬ ta, 349; y burocracia, 356-364, 371; y to ¬ talitarism o, 55n,, 357, 372, 455, 529, 534-535, 544-545, 547-551, 564, 565, 590, 612-613, 6 1 4,617; y sociedades se¬ cretas, 519
Pogodin, Michael, 337n., 361
Pogromos de noviembre de 1938, 388n ., 543n., 605
Pogromos, 351, 363n,
Poincaré, Raymond, 218
Policía secreta, 519, 520, 535, 550, 551, 617; en ía Rusia soviética, 53, 56-57, 451, 488, 519, 547-548, 565, 571n., 585; en la Alemania nazi, 438n,, 507, 520, 537, 542n., 550, 551; en los gobier¬ nos no totalitarios, 569, 571, 574, 577; en sociedades secretas, 586-587. Véase también Gestapo; checa; policía; NKVD; Servicio de seguridad
6 9 0 LOS ORÍGENES DEL TOTALITARISMO
Policía, 227, 409n„ 410, 520, 568, 577, 584-589; en países no totalitarios, 410-411. Véase también policía secreta
Poligenísmo, 277, 278 Poíitburó, 518, 527, 548, 552
Política del Frente Popular, 59, 379, 411, 487n., 520, 561
políticas de exterminio o campos de extermi¬ nio, 54,71 -72, 286-287, 295, 412, 419, 438n ., 470, 476n„ 511, 515n., 533, 549n„ 550n„ 557, 560n., 563n., 573, 589-616
Polonia o polacos, 96, 265, 338, 339, 380, 387, 390, 393, 394, 402n., 403n., 436, 475n„ 476n„ 556n., 557, 562n„ 572n., 573n., 595
Populacho, chusma, 168, 173, 395; caracte¬ rísticas del, 190-203, 249, 250, 350, 433, 522; y burguesía, 190-191, 196, 249, 250, 251, 466, 467; y ios judíos, 1 9 1 -1 9 3 ,3 5 5 ,3 5 6 ,4 9 0 ; y los intelectua¬ les, 196 -197,335,363,456 -473; y el im ¬ perialismo, 240-253, 302,303,305 -307, 309, 312, 335-336; y racismo, 252, 330, 350; y las ideologías, 363; y las masas, 441, 469-470; y totalitarismo, 446, 456, 457, 458, 486; y el nazismo, 472
Portugal, 36, 289, 374, 399 ,4 3 6 Posen, 135
Posesiones coloniales británicas, tipos de, 222n„ 276, 277
posesiones coloniales, 222-225; incremento de las, 212-213; francesas, 213,218 -219, 223; británicas, 36, 217, 221, 223n ., 276-277, 279, 318; holandesas, 219, 223; alemanas, 223, 224
Positivismo, 346, 481
Pragmatismo, 481
Pravda, 53, 519n.
Prévost, Marcel, 206
Prim era Guerra M undial, 37, 42, 68, 80, 112,113, 117, 122, 140, 158, 167,224, 245, 246, 258, 272, 313n., 327, 330, 333n., 352, 356, 373m, 377, 458, 459, 460; como «crimen judío», 167; y T. H . Lawrence, 327; y los pangermanistas, 365n.; secuelas de la, 385, 388; y apátri-
das, 397; la élite y, 4 5 8 ,459
Primrose League, 247
«Principio del jefe», 502, 550; en la Rusia so¬ viética, 53; y poder totalitario del estado, 548-552; y utilización de las purgas, 582 Problem a judío, necesidad de comprensión
del, 33-34
Procesos de Moscú, 50n., 522, 561, 576n. Programa de «eutanasia», 482n., 533-534n.,
556n.
Programa de Linz, 351 n.
Progreso, 235-237, 257, 272,278, 313, 346 Proletariado, 390, 557n. Véase también clase
trabajadora
Propaganda, 254, 474; totalitaria, 431, 433, 439, 474-501, 510, 523, 524, 525, 573, 605n., 630; publicaciones oficiales sovié¬ ticas, 46, 5 1 ,4 5 0
«Protocolos de ios sabios de Sión», 35, 61, 70, 175, 3 5 4 ,434n„ 465,494 -497, 499, 5i6 n ., 518
Proust, Marcel, 159-168
Prusia, S in ., 82-83, 97-98, 99, 100, 101, 1 0 3 ,1 3 3 ,1 3 5 -1 4 4 ,2 6 3 ,394n.; reforma¬ dores prusianos, 97, 9 8 ,2 6 3
Pueblos germánicos, 261-262, 496n., 558 Purgas, 434, 452, 581-582; en la Rusia sovié¬
tica, 46, 50-51, 52m , 53, 54-55, 451-452, 532n„ 555, 561, 564, 579, 627, 633; en China, 46-47; en los países saté¬ lites, 59-60, 627; Gran Purga, 46, 50n., 52n., 53n., 5 4 -5 5 ,6 0 -6 1 ,4 5 1 ,4 7 5 , 538, 563n., 579n., 581, 627; en Ja Alemania nazi, 533; y la «revolución permanente», 533; su origen, 532n.
Q uintas columnas, 568 Quislings, véase colaboracionistas
Racismo e imperialismo, 247, 252 -253,254 - 258, 284-285, 298, 301, 309; versión nazi del, 254, 483, 499, 527, 557, 558, 563, 584; y panmovimientos, 336, 346; filosofía del, 346-347; e ideología, 628-630
Raeder, Erich, 515n., 560n.
Rajk, Laszlo, 61
Rakovsky, Christian, 448n.
Rath, Ernst vom, 544n,
ÍNDICE ANALÍTICO 6 9 1
Rathenau, Walter, 87, 90, 91, 123, 478 Raza dom inante, 246, 312, 347, 558, 632 Raza nórdica, 256n., 262, 322
Raza, problemas, 128, 277; y esclavitud, 277, 296; e imperialismo en África, 282, 286-313; en Asia, 311-312; sociedad y, 296-301,302-304,307,312
Refugiados políticos, 417-418. Véase también asilo, derecho de; apátridas
Refugiados rusos, 397n., 398 Réghne des décrets, 357 Régís, Max, 196
R eichinstttut für Geshíchte de N euen Deutschlands, 472n,
Reichssicherhehshauptamt, 547
Reichswehr, 432n., 4 3 5n„ 446, 47 5 n., 507n„ 508-509, 517, 521, 553, 556, 568n., 569; y el partido nazi, 552
«Reichswehr negra», 508-509
Reinach, Jacques, 177-178, 181, 191, 193 Reino Unido, véase Inglaterra Relaciones entre judíos y gentiles, 30-32 Rémusat, conde de, 262
Renán, Ernest, 2 l4 n ., 273, 355 Renner, Karl, 342n.
Repatriación, 396, 399-402, 404-405 Resistencia, francesa 404; alemana, 552 Reventlow, G raf E., 349n.
Revolución Americana, 221n ., 282, 415, 422
Revolución de 1848, 90, 91, 1 19,154 Revolución de octubre. Véase Revolución
Rusa
Revolución francesa, 68, 77, 79, 8 3n„ 89, 101, 110, 117-118, 158, 2 I7 n ., 236, 259, 260, 261, 262, 268, 369n., 370, 4 1 5 ,423n., 592; e Inglaterra, 274-275; y el estado-nación, 339, 341; y los dere¬ chos del hom bre, 341, 391; ylas socieda¬ des secretas, 496
Revolución húngara, 45, 57
«Revolución permanente», 532, 533, 559n. Revolución rusa, 55, 377, 447, 448n., 489,
513, 532n.
Rhodes Scholarship Association, 322n. Rhodes, Cecií, 209, 212-213, 222, 223n.,
227, 236, 245, 305, 308-309, 316, 318-
319, 322-323, 329, 347n.
Ribbentrop, Buró, 540 Ribbentrop, Joachim von, 540 Richter, Eugen, 213 Rimbaud, Arthur, 459
Robespierre, Maximilien, 88, 214, 268, 424, 464
Roget, General Gaudértque, 201n.
Rohan, H enri, duque de, 341, 481
Rohm , Ernst, 433, 436n., 446n., 447n ., 466n„ 492n„ 509n., 513, 521, 533n ., 5 5 2 n .,6 l2 n .
Rolland, Romain, 194n,
Romanos, 592
Romanticismo, 104, 265-269, 274,281, 336 «Roma secreta», 175, 192
Rosacruces, 192n.
Rosenberg, AJfred, 4 7 1 ,472n., 476n., 52 ln ., 540, 545, 546, 547,549, 588
Rothschiíd, E dm ond de, 187n., 2 0 4 n „ 308n.
Rothschiíd, Lionel, 157 Rothschiíd, Meyer Amschei, 93
Rousset, David, 588n., 590, 591n., 593n,, 594n., 596, 600, 602n., 603n„ 606n,, 608n., 609n., 610n., 61 ln .
Rouvier, Maurice, 177n. Rozanov, VassilifF, 339, 350 Ruehs, Christian Friedrich, 139n. Ruhrputsch, 329n,
Rumania, 61, 96, 204, 347n., 394, 402n ., 436
Rusia soviética, 45, 5 9 ,399n.; y Estados U n i¬ dos, 37; «deshielo» en, 45, 55; adminis¬ tración, 48, 53; y China, 48; y los países satélites, 55n.; «dirección colectiva», 56; artes en la, 57-58; política exterior, 331, 348, 381, 477, 487n„ 563, 564; guerra con Alemania, 381, 437, 563, 564; y los refugiados rusos, 404, 418; población, 55n., 437n., 564n.; y clases, 52, 448-452; y sóviets, 448-449, 541, 548; ham ¬ bruna, 449, 451; fuentes para la historia, 450; y los intelectuales, 50, 53n., 55n., 57, 58, 472; empresas industríales, 529; estructura del estado, 538, 541, 542; C onstitución de 1936, 538, 541-542, 561, 619; crisis de sucesión, 45, 56, 61, 596; sistema penal, 601, 602
LOS ORÍGENES DEL TOTALITARISMO
Rusia zarista, 122, 172, 188n., 204, 306, 319n., 332, 336, 337, 338, 339, 343, 344, 345, 346, 348, 359, 360,361, 362, 363,386, 387, 571, 574n., 632
Rusia, véase Rusia zarista; Rusia soviética Russeíi, lord John, 370n.
Rutenos, 348
SA (Sturmabteilung), 434n„ 436n., 446,
506-509, 511, 512, 513, 521, 525n„ 533n., 543, 561 n.; com plot de Ja Reichs-wehr, 509n.; y SS, 543, 544; y tortura, 609; y campos de concentración, 609n.
Sacro Imperio Romano Germánico, 336 Sade, Marques de, 4 6 ln . «Sajón», 2 8 2 ,290
Salazar, 36
Salisbury, lord, 148, 2 l6 n ., 224, 322n.
Salomón, Saúl, 310n,
Sandherr, Coronel jean-C onrad, 170 Santa Alianza, 93, 100, 102 Santa Rusia, 336
Santo sínodo búlgaro, 331 Sastre, Jean-Paul, 35, 463 Say, León, 180
Schelling, Friedrich W ílhelm Joseph, 257, 350
Scheurer-Kestner, Auguste, 169, 176n,,
193n., 195
Schlegel, Friedrich, 135, 264n., 265 Schíeicher, Kurt von, 446 Schíeiermacher, Friedrich, 132 Schmitt, Cari, 365n., 383n., 472n, Schoenerer, Georg von, 113, 114, 191, 339,
343, 344, 349n., 350-351, 354 Schwartzkoppen, M ayor Max: von, 169, 183 Seeley, J. R., 281, 282
Segunda G uerra M undial, 56, 120, 222, 254, 378n., 380, 396, 4 l4 n „ 418, 457, 555, 556; y los nazis, 45, 46, 482n.; di¬ rección de la guerra por los nazis, 483, 484; pérdidas rusas, 564n.
Segunda Internacional, 531
Segundo Imperio, 67, 90, 119, 161, 163, 166, 182
Seilliére, Ernest, 257n., 259n., 273n., 461 n.
Serbios, 387
Servicio de seguridad, nazi, 506, 544, 551
Servicio Secreto Americano, 487n.
Servicio secreto, 40
servicios coloniales, 248-249, 320 Shaw, George Bernard, 326, 328 Siemens, W erner von, 227 Siéyès, abate, 261
Simmeí, Georg, 5 l6 n „ 521n.
Sindicatos en la Rusia soviética, 52, 447, 503n., 548
Sinyavsky, Andrei D„ 50n., 58
Sionismo o sionistas, 61, 158, 207, 491; m o ¬ vim iento antisemita; Congreso Sionista, 192
Siria, 405n.
Sistema bipartidista, 365, 367-371
Sistema de clases, 77-78, 128, 235-236; y los judíos, 77-78, 113, 136; y las monarquías absolutas, 81; y el estado-nación, 82ss., 106, 107 -108, 112-113, 340 -342; en Austria-Hungría, 112-113; y la masa, 250, 469-470; y el sistema de partidos, 373-380, 442-443; en Europa, 377-383; quiebra del, 377-378, 440-445, 457-458; en la Unión Soviética, 448-451
Sistema de Manchester, 105, 153 Sistema de mandato, 219
Sistema de partido o de partidos, 91 -92,107 - 110, 180, 197, 245, 364-384, 435, 439, 442 -443,468, 557, 562n., 571n„ 573n.,
595
Sistema del Escaño Central, 248n., 366n.
Slansky, Rudolf, 61
Soberanía nacional, 398; y falta de estado, 407; y Derechos del Hombre, 413; y to ¬ talitarismo, 374
Socialismo cristiano austríaco, 107, 114-115 «Socialismo en un solo país», 533m , 559,
561
Socialismo o movimiento socialista, 107, 110, 111, 118, 188, 197,198, 199, 205, 206, 245, 246, 4 S I, 482n., 501, 531, 532n„ 561
Sociedad burguesa, 124-125, 128, 143-144, 191, 232-233, 293, 408, 457, 459, 464, 614
Sociedad de Berlín, 131-137, 165 Sociedad de Jesús, véase jesuítas «Sociedad del 10 de diciembre», 379, 441
ÍNDICE ANALÍTICO 693
Sociedad de Naciones, 391-395, 401, 402
Sociedad de París, 157-168, 185
Sociedad londinense, 148
Sociedad sin clases, 498, 600, 632
Sociedad, 431; burguesa, 124, 129, 143-144,
191, 2 9 3 ,4 0 8 ,4 5 7 -4 5 9 ,4 6 6 ,4 6 7 ; ingle¬ sa, 145-157, 275, 317; francesa, 156, 157-168, 186; y el populacho, 190-191, 197, 250, 292; surafricana, 295-301; to¬ talitaria, 439-440, 580-582, 6 1 1 -6 1 2 ;en los campos de concentración, 600-601, 6í0n.
Sociedades secretas, 90, 154, 155, 156, 157, 322, 496n.; y totalitarismo, 515-522,
560, 586, 587-589
Soledad, 634-640
Soledad, 637-640
Sombart, Wetner, 78n.
Sorel, Georges, Í94n., 455n„ 459 Souvarine, Boris, 49, 433n., 434n,, 448n .,
4 5 4 n „ 471n ., 483n ., 512n., 5 l4 n ., 518n„ 519n., 539n,, 565n.
Speer, Albert, 546n., 577
Spencer, Herbert, 278, 279
Spengíer, Oswald, 250, 270, 279 Spinoza, Baruch, 260
SS, 57, 434n., 435n., 444, 446m , 452, 454, 455n., 473n., 480n„ 496, 506-512, 520, 525n ., 526, 527, 540, 543, 545, 551, 552, 554n., 556, 557n„ 558, 566, 569, 572n., 577, 578, 580, 586n., 593, 602, 606, 607, 608, 609n,, 610, 611; selec¬ ción de miembros, 459n ., 492 n „ 500, 507n., 526n,, 527, 627; organización in ¬ ternacional, 497n„ 558; O ficina para Cuestiones Raciales y de Reasentamien¬ to, 506; Alto Cuerpo del Führer, 506-507, 533n,¡ SS generales, 506, 507n.; tropas de choque, 506, 560n.; unidades de la Calavera, 506, 511, 556n., 560n.; y la Gestapo, 520; y las SA, 543, 544; Ser¬ vicio de Seguridad, 551; y los campos de concentración, 556n., 577, 593, 602n„ 607-611; SS armada (Waffén-SS), 4 3 5n., 506, 507n., 556n., 569; y el partido nazi, 560, 598n.-, y el ejército, 569; financia¬ ción de las, 577; leyes m atrimoniales de las, 533m, 580n.
Stajanov, sistema de (estajanovismo), 450, 451
Stalin, josef, 37, 42, 49-62, 431-616 passim, 618, 627; m uerte de, 45, 55, 58-59, 60, 62, 513n„ 551; sobre Hitíer, 49 -50,437; y la policía, 56, 354, 450, 519n., 565, 580n.; y el paneslavismo, 331n., 365ri.; y el pueblo ruso, 364, 564n.; alianza con Hitier, 61, 381, 477, 487n.; y descolecti-vización, 449; .congresos del partido o de los sóviets, 51, 451, 538n„ 541, 557n.; y ei partido bolchevique, 50, 54, 454, 503n., 515n., 517, 519; y los sóviets, 449; y Lenin, 52n„ 483n.; falta de credi¬ bilidad de, 485, 552, 561; «teoría del es¬ tado», 494n.; y Trotsky, 499, 513, 533n.; y la C onstitución de 1936, 538m; y el so¬ cialismo, 561; concepto de poder de, 565; como ideólogo, 631 -632,633
Stalingrado, 556
Stefan, m etropolitano, 331
Stephen, Sir James, 275n.
Stoecker, Adolf, 83n., 101, 104, 107, 109n„ 114, 191,339
Stolypín, Meter Arkadievitch, 57 In.
Strasser, Gregor, 446n,
Streicher, julios, 471, 521 Suárez, Georges, 194n.
Sudáfrtca, 41, 226n„ 244, 277, 289-313, 592; gobierno británico en, 223, 281-282, 289-290, 300, 301, 303-304; y ra¬
cismo, 277, 303 -304, 309, 310, 311, 312; migración, 289-290, 301-302, 310,
311; población, 297-298, 300,304, 309-311; y la Alemania nazi, 304, 311; judíos en, 305-311- Véase también bóers; Ceci! Rhodes
Sudán, Crom er y el, 322n.
Suecia, 369n.
Suiza, 392n.
Superfluidad, 291, 300, 304, 305, 438, 588, 6 í3 , 616, 636
Supranacionalismo, 66, 109, 110, 111, 347m , 496, 597
Swinburne, Algernon Charles, 270
Taine, Hippolyte, 273, 355 Tártaros, 573
LOS ORÍGENES DEL TOTALITARISMO
Tchaka, rey, 295
Templarios, I92n.
teorías de,1a herencia, 276, 278, 280 Tercer Retch, véase Alemania nazi
Tercera República, 67, 90, 115, 117, 158, 165-166, 169-207, 265, 274, 491
terror, 69-70, 191, 196, 227, 363, 421, 451,
463, 474-479, 489, 536, 537n„ 570, 57 ln ., 573, 582, 586-613, 622-627,
631,634, 635
Thalm ann, Ernst, 38 í , 382
Tiers état, 259, 260, 262, 271
Tiranía o tiranos, 70, 214, 218, 444, 452, 475n., 569, 618-619, 635, 636; Hobbes sobre la, 237; y los regímenes totalitarios, 514, 557, 584, 606, 623; M ontesquieu sobre la, 626
Ti rol, 4 l4 n .
Tito, Josip Broz, 435n.
Tocqueville, Alexis de, 66, 25 5 ,2 7 7 , 480 Tortura, 584, 596, 608-609,611 Totalitarismo, 34, 58, 398, 412; política del,
35; literatura sobre el, 69; y racismo, 312, 330, 623; y capitalismo, 312, 433, 565, 566; e imperialismo, 41, 326, 563; y realidad, 53, 61, 465, 466, 475, 484, 485, 499, 524, 525, 529-530, 534-535, 586, 587, 590, 591, 598, 599, 600, 613, 614, 615, 630-631, 634; e ideología, 55n., 58, 482, 500-501, 556, 562, 613-614, 615, 629-634, 640n.; futuro del, 432-433, 488, 500, 553-554; y naciona¬ lismo, 532, 557; concepto de poder del, 493, 494n., 500, 564, 565. Véase tam¬ bién bolchevismo; nazismo
Toussenel, Alphonse, 119 Trabajadores indios en Sudáfrica, 3 1 1 Trabajo esclavo, 546n„ 577,595, 597 Trabajo forzado o campos de trabajo forzado,
546n., 595, 602; en ía Rusia soviética, 5 8 ,4 5 0 -4 5 1 ,5 5 5 ,5 9 7 -5 9 8 ,6 0 2 ; y la po ¬ licía, 577, 579; y campos de concentra¬ ción, 597
Trabajo, 622, 635
Tradiciones y costumbres occidentales, 232-233, 285, 422, 455, 619; quiebra de fas, 211, 280n., 636; ruptura con las, 237, 251; en los países no europeos, 316; en
Inglaterra, 317-318; y la burguesía, 466-470
Transvaal, 226n., 304n,
Tratados de minorías, 388-396, 411 Tratados de paz, 8 6 ,3 7 8 ,3 8 9 -3 9 8 ,4 1 1 ,4 1 2 ,
491
Tratados de Versalles, 86, 378, 389, 397, 41 1 ,4 9 1 , 509. Véase también tratados de minorías
Trescientas familias, 465, 487, 501, 518
Tribu hotentote, 287, 294n.
Tribus zulúes, 295
Tropas de asalto, véase SA
Tropas de choque, véase SS.
Troskystas, 54n., 388, 486, 499, 518, 536-537n.
Trotsky, León, 434m , 451 n., 483n., 489, 499, 513, 560, 633; y Lenin, 483n.; y Stalin, 483n., 499; y la «revolución per¬ manente», 532-533,, 559n.
Tucker, Robert C., 50n., 52n., 53n., 55n.
Tudor, Casa de, 217n.
Tujachevski, Mikhail, 60
Túnez, 194
Turquía, 327, 336, 338n., 399n„ 405n.
Tyuchev, 344n.
Ucrania o ucranianos, 387, 451, 470n„ 475n., 556n., 562n., 564, 565, 595
Uganda, 213, 219n.
Uhlanders, 302,303
Unidades calavera, véase SS
Unión de Sudáíiica, véase Sudáfrica
Union Générale, 178
Unione Popolaie Italiana, 399
Urales, 565
Uralov, véase Avtorkhanov, Abdurakhm an
Vaiaquia, 394rt
Valéry, Paul, 191 n.
Valmy, 261
Valois, Casa de, 217n.
Varnhagen, Rabel, 134, 135, 136, 142 Verjhssungspartei, en Austria, 349n. Verfungungstruppen, véase tropas de choque
de las SS
Victoria, reina de Inglaterra, 145, 148, 153 Vtchinsky, Andrei, 538
INDICE ANALfTICO 6 9 5
Vieja guardia bolchevique, 576 Vietnam, 38, 42
Vigésimo Congreso del partido comunista,
ruso, 45, 50, 437, 477n„ 632n. Vilna, 398
Villiers, Charles François D om inique de, 261 Vitu, 213
Voix du Nord, 171
Volksgemeinschaft, 250, 494n., 497-498, 570 Voltaire, F. M . Arouet de, 276n„ 279n., 355 Vorochilov, K., 56Sn.
Wagner, Richard, 270
Waldeck-Rousseau, René, 201, 205 Walsin-Esterhazy, Ferdinand, 169, 174, 184,
187
Weber, Max, 49 8 n.
W ehrmacht, véase Reichswehr
Weimar, República de, 87, 90, 158, 366, 377, 394, 547; estatus de los judíos en la,
91; Systemzeit, 377; C onstitución de, 537, 538, 542
Werner, Paul, 533n. Wertheimer, Samson, 78n, Weygand, Maxime, 174 W ilson, Woodrow, 393
W ittelsbach, Casa de, 509n.
W itwatersrand, minas de oro de, 301
Yugoslavia, 3 8 9 ,3 9 1 ,435n.
Zanzibar, 213
Zar, 338, 344,361
Zhdanov, Andrei A., 60
Zhukov, Georgt K., 56
Zimmerer, 224
Zinovievistas, 54
Zola, Émile, 169-170,171, 1 7 3 ,176n., 189, 194,195,198,199, 200, 205
Zweig, Stefan, 122, 125, 464
Los contenidos de este libro pueden ser reproducidos en todo o en parte, siempre y cuando se cite la fuente y se haga con fines académicos y no comerciales
FIN

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