© Libro N° 14774. Un Artista Del Trapecio. Kafka, Franz. Emancipación. Enero 31 de 2026
Título Original: ©
Versión Original: ©
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original
de textos:
https://ciudadseva.com/texto/un-artista-del-trapecio/
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una
licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido,
con la única condición de citar la fuente.
La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio
de difusión cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos
publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del
conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones
originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está
prohibida su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo con
fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir
este texto.
Portada E.O. de:
https://makemake.com.co/makemake/fichas/MM0358/art/portadaOptim.jpg
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación:
UN
ARTISTA DEL TRAPECIO
Franz
Kafka
Un Artista Del Trapecio
Franz Kafka
Contenido
Un artista del trapecio
Franz Kafka, un escritor atormentado
Un artista del trapecio -como se sabe, este arte que se practica en lo
alto de las cúpulas de los grandes circos es uno de los más difíciles entre
todos los gastar al hombre- había organizado su vida de tal manera -primero por
afán profesional de perfección, después por costumbre que se había hecho
tiránica- que, mientras trabajaba en la misma empresa, permanecía día y noche
en el trapecio. Todas sus necesidades -por otra parte muy pequeñas- eran
satisfechas por criados que se relevaban a intervalos y vigilaban debajo. Todo
lo que arriba se necesitaba lo subían y bajaban en cestillos construidos para
el caso.
De esta manera de vivir no se deducían para el trapecista dificultades
con el resto del mundo. Sólo resultaba un poco molesto durante los demás
números del programa, porque como no se podía ocultar que se había quedado allá
arriba, aunque permanecía quieto, siempre alguna mirada del público se desviaba
hacia él. Pero los directores se lo perdonaban, porque era un artista
extraordinario, insustituible. Además era sabido que no vivía así por capricho
y que sólo de aquella manera podía estar siempre entrenado y conservar la
extrema perfección de su arte.
Además, allá arriba se estaba muy bien. Cuando, en los días cálidos del
verano, se abrían las ventanas laterales que corrían alrededor de la cúpula y
el sol y el aire irrumpían en el ámbito crepuscular del circo, era hasta bello.
Su trato humano estaba muy limitado, naturalmente. Alguna vez trepaba por la
cuerda de ascensión alguna colega de turné, se sentaba a su lado en el
trapecio, apoyado uno en la cuerda de la derecha, otro en la de la izquierda, y
charlaban largamente. O bien los obreros que reparaban la techumbre cambiaban
con él algunas palabras por una de las claraboyas o el electricista que
comprobaba las conducciones de luz, en la galería más alta, le gritaba alguna
palabra respetuosa, si bien poco comprensible.
A no ser entonces, estaba siempre solitario. Alguna vez un empleado que
erraba cansadamente a las horas de la siesta por el circo vacío, elevaba su
mirada a la casi atrayente altura, donde el trapecista descansaba o se
ejercitaba en su arte sin saber que era observado.
Así hubiera podido vivir tranquilo el artista del trapecio a no ser por
los inevitables viajes de lugar en lugar, que lo molestaban en sumo grado.
Cierto es que el empresario cuidaba de que este sufrimiento no se prolongara
innecesariamente. El trapecista salía para la estación en un automóvil de
carreras que corría, a la madrugada, por las calles desiertas, con la velocidad
máxima; demasiado lento, sin embargo, para su nostalgia del trapecio.
En el tren, estaba dispuesto un departamento para él solo, en donde se
encontraba, arriba, en la redecilla de los equipajes, una sustitución mezquina
-pero en algún modo equivalente- de su manera de vivir.
En el sitio de destino ya estaba enarbolado el trapecio mucho antes de
su llegada, cuando todavía no se habían cerrado las tablas ni colocadas las
puertas. Pero para el empresario era el instante más placentero aquel en que el
trapecista apoyaba el pie en la cuerda de subida y en un santiamén se
encaramaba de nuevo sobre su trapecio. A pesar de todas estas precauciones, los
viajes perturbaban gravemente los nervios del trapecista, de modo que, por muy
afortunados que eran económicamente para el empresario, siempre le resultaban
penosos.
Una vez que viajaban, el artista en la redecilla como soñando, y el
empresario recostado en el rincón de la ventana, leyendo un libro, el hombre
del trapecio le apostrofó suavemente. Y le dijo, mordiéndose los labios, que en
lo sucesivo necesitaba para su vivir, no un trapecio, como hasta entonces, sino
dos, dos trapecios, uno frente a otro.
El empresario accedió en seguida. Pero el trapecista, como si quisiera
mostrar que la aceptación del empresario no tenía más importancia que su
oposición, agregó que nunca más, en ninguna ocasión, trabajaría únicamente
sobre un trapecio. Parecía horrorizarse ante la idea de que pudiera acontecerle
alguna vez. El empresario, deteniéndose y observando a su artista, declaró
nuevamente su absoluta conformidad. Dos trapecios son mejor que uno solo.
Además, los nuevos trapecios serán más variados y vistosos.
Pero el artista se hizo eco de llorar de pronto. El empresario,
profundamente conmovido, se levantó de un salto y le preguntó qué le ocurría, y
como no recibiera ninguna respuesta, se subió al asiento, lo acarició y abrazó
y estrechó su rostro contra el suyo, hasta sentir las lágrimas en su piel.
Después de muchas preguntas y palabras cariñosas, el trapecista exclamó,
sollozando:
-Sólo con una barra en las manos, ¡cómo podría yo vivir!
Entonces, ya fue muy fácil al empresario consolarlo. Le prometió que en
la primera estación, en la primera parada y fonda, telegrafiaría para que
instalasen el segundo trapecio, y se reprochó a sí mismo duramente la crueldad
de haber dejado al artista trabajar tanto tiempo en un solo trapecio. En fin,
le dio las gracias por haberle hecho observar al cabo aquella omisión
imperdonable. De esta suerte, pudo el empresario tranquilizar al artista y
volverse a su rincón.
En cambio, él no estaba tranquilo; con grave preocupación espiaba, a
hurtadillas, por encima del libro, al trapecista. Si semejantes pensamientos
habían comenzado a atormentarlo, ¿podrían ya cesar por completo? ¿No seguirían
aumentando día por día? ¿No amenazarían su existencia? Y el empresario,
alarmado, creyó ver en aquel sueño, aparentemente tranquilo, en que habían
terminado los lloros, comenzando a dibujarse la primera arruga en la lisa
frente infantil del artista del trapecio.
ALETA
“Erstes Leid”,
Genio , 1923
Franz Kafka, un escritor atormentado
Kafka plasmó sus
más íntimos sentimientos en su obra, que fue prácticamente en su totalidad
publicada póstumamente a pesar del deseo del escritor checo de verla destruida
tras su muerte.
Especialista en actualidad histórica
Actualizado a 28 de mayo de 2024 ·
09:26 · Lectura:6 min
·
Al igual que Gregorio Samsa, el protagonista de La Metamorfosis,
una de las obras más famosas del escritor checo Franz Kafka, este murió
en el anonimato el 3 de junio de 1924 a causa de una tuberculosis.
A pesar de que su vida personal fue tan tormentosa como refleja su obra,
Kafka fue en realidad un hombre agradable y de trato fácil. Poseía un sentido
del humor que fascinaba a sus amigos, casi todos intelectuales judíos con los
que asistía a conferencias en Praga. En una de ellas conoció al escritor Max
Brod, quien a la postre se convertiría en su mejor amigo y, a su muerte, en un
"traidor".
Agradable, pero incomprendido
Franz Kafka fue el mayor de seis hermanos y de él se esperaba que en un
futuro se hiciera cargo del negocio familiar. Pero los planes del joven eran
bien distintos, lo que provocó un violento enfrentamiento con su padre, un
hombre dominante y de carácter irascible. Sintiéndose incomprendido, Kafka
ocultó sus sentimientos reales en una especie de caparazón para que nadie lo
tildara de "bicho raro". Tras abandonar el hogar familiar,
plasmó sus emociones más íntimas en La metamorfosis, obra publicada
en 1915.
Sintiéndose incomprendido, Kafka ocultó sus sentimientos reales en una
especie de caparazón para que nadie lo tildara de "bicho raro".
Anteriormente había publicado La condena (1913), donde
narra la historia de un padre ya viejo y aparentemente enfermo que logra
recobrar de repente la vitalidad y su autoridad opresiva para maldecir a su
hijo, que tan sólo deseaba vivir su propia vida. La particularidad de
esta obra es que fue escrita de una tirada, desde las diez de la noche hasta
las seis de la mañana. Según cuenta Kafka en su diario personal, cuando la
terminó temblaba y tenía las piernas entumecidas de estar tanto tiempo sentado;
las pocas fuerzas que le quedaban las aprovechó para irse a la cama y dormir de
un tirón.
Según cuenta Kafka en su diario personal, escribió su obra 'La condena'
de una tirada, desde las diez de la noche hasta las seis de la mañana.
Otra de las grandes obras de Kafka es El proceso, libro
que se publicó póstumamente en 1925 gracias a su amigo Max Brod. De no haber
sido así, esta obra se hubiera perdido para siempre por expreso deseo del
autor. La novela empieza con el arresto de Joseph K. en su casa acusado
por por un desconocido de un crimen del que tampoco sabe nada. Desde
ese momento, K. se adentra en una auténtica pesadilla. Ante unos jueces
enigmáticos que aparentemente ignoran los detalles del caso, K. acaba repasando
su vida en busca de algún hecho que sea merecedor de la denuncia y su posterior
detención. La inaccesibilidad de las altas instancias de la justicia y del
Estado atrapará al protagonista en un laberinto desmoralizante.
Foto: CC
Buscando el amor
Kafka nació en el antiguo gueto de Praga y a pesar de que su padre trató
de alejarse de la comunidad judía y de que su familia fuera declarada
oficialmente checa, Franz se interesó por un tipo concreto de judaísmo:
el jasídico, que daba una especial importancia a lo místico y a lo
sobrenatural. Aún así también estuvo abierto a otros movimientos como el
sionismo, que defendía la creación de un Estado judío en Israel.
Aunque Kafka tuvo cuatro parejas, nunca consiguió tener
una relación estable hasta conocer a Dora Diamant. Su primera novia se
llamaba Felice Bauer y era hija de un comerciante
berlinés; la joven deseaba casarse, pero Kafka no tenía clara la
relación. Más tarde conoció a Julie Wohryzek, descendiente de un
zapatero judío, lo que fue suficiente que el padre de Franz se
opusiera al compromiso entre ambos y acabara forzando su ruptura. Su relación
con la periodista checa Milena Jesenká fue prácticamente
epistolar y sólo se vieron en dos ocasiones, motivo por cual su relación acabó
diluyéndose. La última, Dora Diamant, era hija de un comerciante judío y
le acompañaría hasta el final de sus días. Fue con Dora con quien seguramente
el escritor pudo por fin entablar una auténtica relación de pareja. Gracias a
ella se mudaron a Berlín, donde, a pesar de vivir de manera muy austera, fueron
realmente felices. Uno de sus sueños era instalarse en Palestina y abrir un
restaurante en el que ella sería la cocinera y él, camarero. Sueño que
finalmente no pudieron cumplir.
Uno de los sueños de Kafka y Dora era instalarse en Palestina y abrir un
restaurante en el que ella sería la cocinera y él, camarero.
A mediados de agosto de 1917, empezó para Kafka su peor pesadilla cuando
se despertó en mitad de la noche vomitando sangre. Su
diagnóstico de tuberculosis, una enfermedad bastante extendida por aquel
entonces y que era prácticamente incurable, lo llevó de balneario en balneario.
Según su biógrafo, Radek Malý, Kafka "luchó contra la tuberculosis durante
los siguientes siete años, lo que cambió radicalmente su forma de vida".
Un final agónico
En una carta escrita por el propio Kafka a Milena Jesenká desde un
sanatorio en el norte de Italia, le preguntaba: "Quién me soportará en el
hotel si toso como ayer, de 9:45 a 11:00, ininterrumpidamente. Luego me duermo,
y hacia las 12:00 doy vueltas y más vueltas en la cama y vuelvo a toser
hasta la una". Mientras los pacientes tomaban el sol y seguían sus
estrictas dietas, Kafka se dedicaba a la lectura y la correspondencia.
En un sanatorio en el norte de Italia, mientras los pacientes tomaban el
sol y seguían sus estrictas dietas, Kafka se dedicaba a la lectura y la
correspondencia.
Al salir del sanatorio, Franz se instaló en una casa que su hermana
tenía en el campo y en la que escribió El castillo. Durante el mes
de abril de 1924, la tuberculosis le obligó a ingresar de nuevo en un
sanatorio, esta vez en el de Kierling, Austria, donde el 3 de junio de
1924, moría en brazos de su amada Dora. Según palabras de la propia
Dora: "Un día vivido con Franz supera todo lo que jamás hubiera
escrito".
El "albacea"
¿Pero alguien se imagina el mundo de la literatura sin la obra de Franz
Kafka? Pues no la conoceríamos en su totalidad si su íntimo amigo, Max
Brod, hubiera hecho caso del último deseo del autor: "Mi última
petición. Todo lo que dejo atrás [...] en forma de cuadernos, manuscritos,
cartas, borradores, etcétera, deberá incinerarse sin leerse y hasta la última
página". Estas son las palabras que Brod halló escritas entre los archivos
de casa del escritor. Durante su enfermedad, Kafka, no sabía si se recuperaría
y le dijo a su amigo que los únicos libros que debían sobrevivirle eran La
condena, El fogonero, La metamorfosis, En la colonia penal, Un médico rural y Un
artista del hambre.
"Mi última petición. Todo lo que dejo atrás [...] en forma de
cuadernos, manuscritos, cartas, borradores, etcétera, deberá incinerarse sin
leerse y hasta la última página".
Kafka era incapaz de destruir su obra e hizo recaer dicha
responsabilidad en la persona de su intimo amigo, Max Brod. Tras el entierro
del escritor, su padre firmó un contrato por el que otorgaba a Brod el derecho
a publicar póstumamente todas las obras de Franz Kafka. En palabras de Brod:
"Debería haber designado a otro albacea si estaba total y completamente
decidido a que se cumplieran sus instrucciones". Brod pasó el
resto de su vida ensalzando la figura de su fallecido amigo, al cual
calificó como: "El más profético (y perturbador) cronista del siglo
XX".
Fuente:
https://historia.nationalgeographic.com.es/a/franz-kafka-escritor-atormentado_15357
FIN

No hay comentarios:
Publicar un comentario