© Libro N° 14773. Un Ahorcamiento. Orwell, George. Emancipación. Enero 31 de 2026
Título Original: ©
Versión Original: ©
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original
de textos:
https://www.orwellfoundation.com/the-orwell-foundation/orwell/essays-and-other-works/a-hanging
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una
licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido,
con la única condición de citar la fuente.
La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio
de difusión cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos
publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del
conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones
originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está
prohibida su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo con
fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir
este texto.
Portada E.O. de:
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación:
UN
AHORCAMIENTO
George
Orwell
Un Ahorcamiento
George Orwell
Ocurrió en Birmania, una mojada mañana en la época de lluvias. Sobre las
altas murallas del patio de la cárcel caía sesgadamente una luz amarilla
enfermiza, como papel de estaño. Estábamos esperando afuera de las celdas de
los condenados: una fila de cabañas con barrotes dobles, como pequeñas jaulas
de animales. Cada celda medía alrededor de diez pies por diez y estaba
relativamente desnuda, con la excepción de una cama de tablas y una vasija para
el agua de beber. En algunas de ellas unos hombres morenos y silenciosos yacían
acuclillados junto a los barrotes interiores, con sus frazadas cayendo
alrededor suyo. Estos eran los condenados, los que debían ser colgados dentro
de las próximas una o dos semanas.
Un prisionero había sido sacado de su celda. Era un hindú, una
insignificante pizca de hombre, con la cabeza afeitada y unos vagos ojos
acuosos. Tenía un bigote espeso e hirsuto, absurdamente demasiado grande para
su cuerpo, más bien como el bigote de un cómico de películas. Seis grandes
celadores indios estaban custodiándolo y preparándolo para la horca. Dos de
ellos se mantenían alertas con sus rifles a bayoneta calada, mientras otros lo
esposaban y pasaban a través de las esposas una cadena, que fijaron a sus
cinturones, atándole las manos ajustadamente a los costados. Se amontonaban muy
cerca suyo, con las manos siempre sobre él, en un apretón cuidadoso,
acariciante, como si todo el tiempo quisieran hacerle sentir que estaba allí.
Eran cual hombres manipulando un pez que estuviera aún con vida y pudiera
saltar de vuelta al agua. Pero él permanecía de pie sin presentar resistencia,
entregando sus manos desmayadamente a las cuerdas, como si difícilmente se
percatara de lo que estaba sucediendo.
Dieron las ocho y la llamada de una corneta, desoladamente débil en el
aire húmedo, flotó desde los barracones distantes. El superintendente de la
cárcel, que se hallaba de pie separado del resto de nosotros golpeando de mal
humor la grava con su bastón, levantó la cabeza al oír el sonido. Era un médico
militar, con un mostacho gris tipo cepillo y una voz áspera.
–Por el amor de Dios, apúrate Francis –dijo irritado–. El hombre debería
estar muerto a esta hora. ¿O es que tú no estás listo aún?
Francis, el carcelero jefe, un dravidiano gordo en un traje de
instrucción blanco y lentes con marco de oro, movió su negra mano.
–Sí señor, sí señor –balbuceó–. Todo está satisfactoriamente preparado.
El verdugo está esperando. Precederemos.
–Bueno, marcha forzada entonces. Los prisioneros no podrán recibir su
desayuno hasta que la faena esté hecha.
Nos dirigimos hacia la horca. Dos celadores marchaban uno a cada lado
del prisionero, con sus rifles terciados; otros dos marchaban pegados a él,
aferrándolo por brazos y
hombros, como si lo estuvieran empujando y apoyando a la vez. El resto
de nosotros, magistrados y similares, los seguíamos atrás. De pronto, cuando
habíamos caminado unas diez yardas, la comitiva se detuvo brevemente sin
ninguna orden ni aviso. Una cosa horrible había ocurrido: un perro, venido sepa
Dios de dónde, había aparecido en el patio. Llegó brincando entre nosotros con
una enérgica sarta de ladridos y saltaba a nuestro alrededor, meneando todo su
cuerpo con salvaje regocijo, al encontrar tantos seres humanos juntos. Era un
perro grande y lanudo, medio Airdale medio quiltro. Por un momento hizo
cabriolas en torno a nosotros y luego, antes que alguien pudiera detenerlo, se
lanzó a la carrera en dirección al prisionero, y saltando trató de lamer su cara.
Todo el mundo se detuvo horrorizado, demasiado sorprendido incluso para agarrar
al perro.
–¿Quién dejó a esa maldita bestia entrar aquí? –dijo con furia el
superintendente–.¡Que alguien lo agarre!
Un celador, separándose de la escolta, arremetió torpemente tras el
perro, pero éste bailoteó y jugueteó poniéndose fuera de alcance, considerando
a todo el mundo como parte del juego. Un joven carcelero eurasiático agarró un
puñado de guijarros y trató de alejar al perro a pedradas, pero éste esquivó
las piedras y retornó hacia nosotros. Sus ladridos hacían eco en las paredes de
la cárcel. El prisionero, atrapado entre sus guardianes, miraba sin curiosidad,
como si eso fuera otra formalidad del ahorcamiento. Pasaron varios minutos
hasta que alguien logró atrapar al perro. Entonces pusimos mi pañuelo alrededor
de su collar y nos movimos de nuevo adelante, con el perro todavía tironeando y
gimiendo.
Quedaban unas cuarenta yardas hasta la horca. Miré la morena espalda
desnuda del prisionero marchando frente a mí. Caminaba torpemente con sus manos
atadas pero en forma completamente regular, con esa oscilante manera de andar
de algunos indios que nunca enderezan sus rodillas. A cada paso sus músculos se
deslizaban nítidamente a su lugar, el mechón de pelo de su cráneo bailaba de
arriba abajo, sus pies se estampaban en la grava húmeda. Y de pronto, a pesar
de los hombres que lo sujetaban de cada hombro, dio un paso ligeramente a un
lado para evitar un charco en el camino.
Es curioso, pero hasta ese momento nunca me había percatado de lo que
significaba destruir a un hombre saludable y consciente. Cuando vi al
prisionero dar un paso al lado para evitar el charco, vi el enigmático e
inenarrable error de cortar una vida en seco cuando está en pleno apogeo. Este
hombre no estaba muriéndose, estaba vivo tal como nosotros estábamos vivos.
Todos los órganos de su cuerpo estaban funcionando: los intestinos digiriendo
alimentos, la piel regenerándose, las uñas creciendo, los tejidos formándose.
Todos trabajando duro en un solemne absurdo. Sus uñas estarían todavía
creciendo cuando se ubicara en el estrado, cuando estuviera cayendo a través
del aire con un décimo de segundo de vida. Sus ojos percibían la grava amarilla
y las murallas grises, y su cerebro recordaba, presentía, razonaba. Incluso en
relación a los charcos. Él y nosotros éramos una partida de hombres caminando
juntos, mirando, escuchando, sintiendo, comprendiendo un mismo mundo; y en dos
minutos, con un repentino chasquido, uno de nosotros se habría ido. Una mente
menos, un mundo menos.
La horca se erigía en un pequeño patio plagado de altas y espinosas
plantas de maleza, separado de los terrenos principales de la prisión. Era una
construcción en ladrillos como un cobertizo de tres lados, con un estrado
entablado y encima, dos vigas y un larguero del cual colgaba
la cuerda. El
verdugo, un convicto
de cabellos grises
vestido con el uniforme blanco de la prisión, aguardaba
al lado de su aparato. Cuando ingresamos, nos saludó con una inclinación
servil. Tras una palabra de Francis, los dos celadores, ciñendo al prisionero
de forma más estrecha que nunca, medio lo condujeron medio lo empujaron hacia
la horca, y lo ayudaron torpemente a subir los escalones. Luego el verdugo
también subió y fijó la cuerda alrededor del cuello del prisionero.
Permanecimos esperando, separados
por unas cinco
yardas. Los celadores
habían formado un tosco círculo alrededor de la horca. Luego, cuando el
lazo fue ajustado, el prisionero empezó a invocar a gritos a su dios. Era un
grito alto y reiterado: ¡Rama!
¡Rama! ¡Rama! No era urgente ni aterrador como una plegaria o un grito
de ayuda, sino
constante, rítmico, casi como el tañido de una campana. El perro
respondió al sonido con un gemido. El verdugo, todavía de pie junto a la horca,
sacó una pequeña bolsa de algodón como un saco de harina y la empujó hacia
abajo sobre la cara del prisionero. Pero el sonido, amortiguado por la tela,
todavía persistía, de nuevo una y otra vez:
¡Rama! ¡Rama! ¡Rama! ¡Rama!
El verdugo bajó del estrado y permaneció presto, sosteniendo la palanca.
Parecieron transcurrir varios minutos. El constante grito amortiguado del
prisionero seguía y seguía,
¡Rama! ¡Rama! ¡Rama!, sin decaer por ningún instante. El
superintendente, la cabeza sobre su pecho, estaba pausadamente escarbando el
suelo con el bastón; quizás estaba
contando los gritos, permitiendo al prisionero un número fijo:
cincuenta, o tal vez cien. Todo el mundo había cambiado de color. Los indios se
había puesto grises, como un café
de mala calidad, y uno o dos de los bayonetas parecían estar
desfalleciendo. Miramos al hombre amarrado y encapuchado en el estrado, y
escuchamos sus gritos: cada grito otro
segundo de vida. El mismo pensamiento estaba en todas nuestras cabezas:
¡Oh, mátenlo luego, salgamos de esto, detengan ese ruido abominable!
Repentinamente el superintendente se decidió. Levantando su cabeza hizo
un rápido movimiento con su bastón.
–¡Chalo! –gritó, casi con fiereza.
Hubo un ruido metálico y luego un silencio mortal. El prisionero se
había esfumado y la cuerda estaba contorsionándose sola. Dejé ir al perro, que
galopó inmediatamente hacia la parte trasera de la horca; pero cuando llegó
allí se detuvo en seco, ladró y luego se retiró a un
rincón del patio,
donde permaneció entre
las malezas, mirándonos
en forma temerosa. Rodeamos la
horca para inspeccionar el cuerpo del prisionero. Estaba balanceándose con los
dedos de sus pies apuntando derecho hacia abajo, girando muy lentamente, tan
muerto como una piedra.
El superintendente alargo el brazo con su bastón y aguijoneó el desnudo
cuerpo moreno, que osciló ligeramente.
–Está listo –dijo el superintendente. Volvió atrás desde la parte baja
la horca y soltó el aire profundamente de sus pulmones. La mirada de mal humor
se había ido de su cara, casi repentinamente. Miró su reloj pulsera.
–Ocho minutos pasadas las ocho. Bien, eso es todo por esta mañana,
gracias a Dios.
Los celadores desenvainaron las bayonetas y se alejaron marchando. El
perro, serio y consciente de que se había portado mal, deslizóse tras ellos.
Nosotros caminamos fuera del patio de la horca, atravesamos las celdas de los
condenados con sus prisioneros en espera, e ingresamos al gran patio central de
la prisión. Los convictos, bajo la autoridad de celadores armados con bastones,
estaban ya recibiendo su desayuno. Se acuclillaban en largas filas, cada hombre
sosteniendo un cuenco de hojalata, mientras dos celadores con unas cubetas
caminaban en rededor repartiendo arroz con un cucharón. Se parecía bastante a
una alegre escena casera, después del ahorcamiento. Había descendido sobre
nosotros en enorme alivio, toda vez que la faena ya estaba hecha. Uno sentía el
impulso de cantar, de salir corriendo, de reír con disimulo. Empezamos a
parlotear alegremente, todos al mismo tiempo.
El muchacho eurasiático que caminaba a mi lado se inclinó hacia el lugar
de donde veníamos y dijo con una sonrisa de conocedor:
–Usted sabe, señor, que nuestro amigo –se refería al muerto– cuando
escuchó que su apelación había sido denegada, se orinó en el suelo de la celda.
De miedo. Sea gentil y tome uno de mis cigarrillos, señor. ¿No encuentra
admirable mi nueva cigarrera de plata, señor? Comprada en la caseta del wallah,
dos rupias y ocho anas. Estilo europeo de clase.
Varias personas rieron. De qué, nadie pareció seguro.
Francis iba caminando al lado del superintendente, hablando locuazmente:
–Bien, señor. Todo ha transcurrido de la manera más satisfactoria. Todo
terminado de un capirotazo. No siempre es así. ¡Oh, no! He conocido casos donde
el doctor estuvo obligado a ir debajo de la horca y tirar las piernas del
prisionero para asegurar su deceso.
¡De lo más desagradable!
–¿Tratando de escabullirte, eh? Eso está mal –dijo el superintendente.
–¡Ach, señor, es peor cuando se ponen obstinados! Un hombre, me acuerdo,
se aferró a las barras de su celda cuando fuimos a sacarlo. Usted me dará
escasamente crédito, señor, pero hubo que disponer de seis celadores para
soltarlo, tres tirando de cada pierna. Razonamos con él. “Querido compañero”,
le dijimos, “¡piensa en todo el sufrimiento y disgusto que nos estás
causando!”. ¡Pero no, él no quería escuchar! Ach, era muy problemático.
Me encontré riendo de manera bastante fuerte. Todos estaban riendo.
Incluso el superintendente sonrió de modo tolerante.
–Mejor vengan todos a tomar un trago –dijo cordialmente–. Tengo una
botella de whisky en el vehículo. Podemos servirnos de ella.
Fuimos a través de las grandes puertas dobles de la prisión hacia el
camino. “Tirando de sus pies”, exclamó un magistrado birmano de repente y
reventó en una fuerte aunque ahogada risotada. Comenzamos a reír de nuevo. En
ese momento la anécdota de Francis parecía
extraordinariamente
divertida. Todos tomamos
un trago juntos,
nativos y europeos por igual,
bastante amigablemente. El hombre muerto estaba a un centenar de yardas, lejos.
Título original: “A
Hanging” Publicado en revista Adelphi, Agosto 1931 (Traducción: Bartolomé Leal)
© Ecdotica
FIN

No hay comentarios:
Publicar un comentario