© Libro N° 14775. Un Cuchillo En La Mirada. Thompson, Jim. Emancipación. Enero 31 de 2026
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UN
CUCHILLO EN LA MIRADA
Jim
Thompson
Un Cuchillo En La Mirada
Jim Thompson
Los planes no siempre salen bien. Cuando William «Kid» Collins, una antigua estrella del boxeo, se escapa del centro psiquiátrico donde está recluido, nada le hace pensar en lo que le depara el destino. Gravemente afectado por las lesiones sufridas a lo largo de su carrera profesional, el carácter de Kid bascula entre su exquisita amabilidad natural y unos
repentinos brotes de violencia que le convierten en una máquina de matar.
En su nuevo camino se cruzará con la bella Fay, quien, junto a su socio, convencerá a Kid para dar el golpe perfecto: secuestrar a un inocente niño y vivir del rescate que esperan sacar de sus padres. Pero no será tan fácil: el niño es diabético y, a menos que le inyecten puntualmente su dosis de insulina, puede morir en sus
brazos…
Una vez más Jim Thompson sorprende al lector con una historia magníficamente trenzada, personajes bien dibujados y un ritmo narrativo no apto para cardíacos.
JIM THOMPSON
UN CUCHILLO EN LA MIRADA
Título original: After Dark , My Sweet
Jim Thompson, 1955
Traducción: Carlos Sampayo
Edición digital: JackTorrance, enero 2013
Retoque de portada: JackTorrance
1
Cogí un tranvía hasta los confines de la ciudad, y luego empecé a caminar meneando el pulgar cada vez que veía aparecer un coche. Iba bastante bien vestido: camisa blanca, pantalones marrones y zapatos deportivos. Me había duchado en la estación del ferrocarril y me habían cortado el pelo en una escuela de peluquería, así que, después de todo, no tenía mal aspecto. Pero eso no bastaba para que alguien me parara.
Se habían producido un montón de robos de resultas del autostop en aquella zona, y la gente no estaba dispuesta a arriesgarse.
Alrededor de las cuatro de la tarde, después de haber recorrido unos quince kilómetros, llegué a este bar. Pasé por delante, caminando cada vez más lentamente y discutiendo conmigo mismo. Perdí en la disputa —perdió la parte de mí que iba por buen camino— y volví sobre mis pasos.
El camarero me sirvió la cerveza
con cuidado. Alcanzó las monedas que le había dejado sobre el mostrador, volvió a sentarse en su taburete y cogió un periódico. Yo dije algo sobre la certeza de que sería un día caluroso. Él gruñó sin ni siquiera mirarme. Dije que era un lugar recogido y agradable, y que seguramente sabía muy bien cómo conservar fría su cerveza. Volvió a gruñir.
Bajé la vista hacia mi cerveza y noté que los pelitos cortados se iban erizando por detrás de mi cuello.
Supuse —supe— que nunca debería haber entrado allí. No debería ir a ningún sitio donde la gente no fuera agradable y educada conmigo. Eso es todo lo que tienen que hacer, ¿saben? Tan solo ser agradables conmigo, como yo lo soy con ellos. He estado en cuatro instituciones, y mi ficha más o menos siempre dice lo mismo:
William («Kid») Collins: Rubio, muy guapo, bastante fuerte, ágil. Ligeras o nulas tendencias criminales, dependiendo de los factores
ambientales. Ligeras y múltiples neurosis (ambientales). Psicosis, Korsakoff (no hay síndrome) inducido por shock; agravado por preocupaciones. Tratamiento: reposo absoluto, tranquilidad, alimentación y ambiente saludables. Collins es amistoso, educado, paciente, pero puede transformarse en peligroso si se le provoca…
Terminé mi cerveza y pedí otra. Deambulé tranquilamente hacia el servicio y me lavé la cara con agua fría. Mientras me miraba al espejo,
me preguntaba dónde estaría a esa misma hora al día siguiente y por qué me preocupaba por ir a algún sitio si cada lugar era como el anterior. Me preguntaba también por qué no me había quedado donde estaba —una semana antes y a mil quinientos kilómetros de allí— y por qué no estaría bien regresar. Desde luego, en aquel lugar no me habían tratado bien del todo. Estaban demasiado amontonados, demasiado desocupados, demasiado sin un duro, pero se habían comportado de
manera bastante agradable conmigo, y de no haber sido porque estaba tan condenadamente cansado, y si no me lo hubieran puesto tan fácil para escapar… Era tan fácil que casi podías pensar que querían que lo hicieras.
Lo único que tuve que hacer fue caminar hacia el bosque a través de descampados. Y cuando llegué a la autopista, al otro lado del bosque, había un chico arreglando un neumático de su coche. Él no me vio. Nunca supo qué le golpeó. Lo
arrastré hacia los árboles, me embolsé los setenta billetes que llevaba y me fui caminando hacia la ciudad. Alcancé un tren de mercancías que me dejó al otro lado de la frontera del estado, y desde entonces estoy viajando. No, en realidad yo no le hice daño a ese chico. Con los años me he vuelto un poco áspero y rudo, pero me cuido mucho de hacerle realmente daño a nadie. No tengo por qué.
Conté el dinero que llevaba encima, sumando mentalmente el
resto que me había quedado del bar. Cuatro billetes. Algo menos de cuatro billetes. Quizá, pensé, quizá debería volverme. Los doctores pensaban que estaba mejorando. Yo mismo no lo veía, pero…
Suponía que no debía volver. No podía. El chico no me había visto atizarle, pero ellos sabían hacer cálculos y era probable que llegasen a la conclusión de que lo había hecho yo. Y si volvía, me lo colgarían. No podían hacerlo de otra manera. Posiblemente todavía no habían
informado de mi desaparición. Si el tipo no es un maníaco o algún pez gordo —alguien de quien el público esté pendiente, ya saben—, rara vez se le hace un informe. Es una mala publicidad para la institución y, por otra parte, a la gente no suele interesarle un evadido cualquiera.
Salí del servicio y volví al bar. Había una furgoneta grande aparcada frente a la puerta, y una mujer estaba sentada en un taburete cercano al mío. A primera vista, no me gustó demasiado. No obstante, esa
furgoneta era muy apetecible. La saludé, inclinando la cabeza con educación, y le sonreí a través del espejo, mientras me sentaba.
—Un día bastante cálido —dije
—. Realmente despierta la sed. ¿No le parece?
Giró la cabeza y me miró, tomándose todo el tiempo. Paseó su mirada sobre mí desde la cabeza hasta los pies.
—Bueno, le diré algo al respecto
—dijo—. Si en realidad está interesado, le explicaré mi teoría
sobre el asunto.
—Desde luego. Estoy interesado. Me gustaría oírlo.
—Es un pronombre —dijo—. También un adverbio, conjunción y adjetivo.
Se apartó cogiendo su bebida. Yo cogí mi cerveza, con ligeros temblores en la mano.
—Vaya día —dije, como riéndome conmigo mismo—. Iba hacia el sur con ese amigo mío, Jack Billingsley —supongo que conoce a los Billingsley, una familia de
grandes terratenientes—, nuestro coche se paró de golpe y yo me fui caminando a buscar ayuda a un taller. Así que volví con la grúa y ese loco de Jack ya se había largado. Me imagino que lo que habrá pasado es…
—Jack consiguió arrancarlo él solo —dijo—, eso es lo que ha ocurrido. Había empezado a buscarlo, y de alguna manera han estado cruzándose en la autopista. Ahora él no sabe dónde está usted y usted no sabe dónde está él.
Ella terminó su bebida, un martini doble, e hizo una seña al camarero. El tipo le sirvió y me lanzó una mirada feroz mientras se lo colocaba delante.
—Este endemoniado de Jack —
dije riendo y sacudiendo la cabeza
—. Me pregunto dónde demonios podrá estar. Tendría que saber que he venido a esperarlo a un sitio como este.
—Puede que haya sufrido un accidente —dijo ella—. De hecho creo haber leído algo sobre ello.
—¿Eh? Pero usted no puede…
—Uy, uy. Él y una joven llamada Jill. También tú has leído algo al respecto, ¿verdad, Bert?
—Sí. —El camarero continuaba clavándome la mirada—. Sí, lo leí. Están frescos, señor. Les saltó la cabeza. Si fuera usted, yo no los esperaría mucho más.
Me hice el tonto. Comenté que seguro que no iba a quedarme a esperar mucho tiempo.
—Creo que me tomaré otra cerveza, y si para entonces no ha
aparecido, me vuelvo a la ciudad y cojo un avión.
Me sirvió otra cerveza. Comencé a bebérmela y los ojos me empezaron a escocer; un sentimiento de encerrona iba creciendo dentro de mí. Me habían calado, y esperar no me serviría de nada. Sin embargo, por alguna razón, no podía irme de allí. Era lo mismo que había ocurrido con Bearcat en Burlington, no había podido deshacerme de él aquella noche, hace ya años. Bearcat había estado jugando sucio conmigo,
moliéndome a palos en el cuerpo a cuerpo y diciéndome un montón de porquerías. Él me mantenía allí, lo mismo que ellos ahora, y no podía hacerlo parar, al igual que no podía detener a estos tampoco.
Lo rememoré con la claridad del fluorescente. Las luces me abrasaban los ojos. El polvo de resina y el olor a cerveza del amoníaco me estaban estrangulando. Y por encima del estruendo de la multitud, voy y oigo aquella voz salvaje que grita:
—¡Paren! ¡Paren! ¡Le va a
arrancar los sesos a patadas! ¡Esto es un asesinato! ¡ASESINATO!
Tomé mi vaso y me bebí el resto de la cerveza de un trago. Deseaba marcharme y que me dejaran en paz. Pero no me parecía que fueran a hacerlo.
—Hablando de aviones — comenzó a decir ella—. He oído una historia divertida sobre un hombre en un avión. Sinceramente creí que me moría de risa cuando… —Rompió a reír, llevándose un pañuelo a la boca.
—¿Por qué no se lo cuentas tú?
—El camarero sonrió con esfuerzo y sacudió la cabeza mirándome—. Le gustaría oír una historia muy divertida, ¿verdad, señor?
—¿Por qué no? Siempre disfruto de una buena historia.
—Vale —dijo ella—, esta le matará. Parece ser que era un viejo de esos con barba blanca. Tomó el avión de Los Angeles a San Diego. La tarifa era de quince dólares, pero el viejo solo tenía doce, así que lo tiraron en mitad del océano.
Esperé. Ella no agregó nada más. Por fin, intervine.
—Señora, creo que no lo cojo.
—Bueno, pues búscalo dentro de tu cabeza. Quizás así lo entiendas.
Los dos me sonrieron con burla. El camarero lanzó su índice hacia la puerta.
—Vale, tío. ¡Esfúmate!
—Pero si no he hecho nada malo, me he comportado bien. Usted no tiene derecho…
—¿Qué te apuestas? —me espetó.
—Yo no les he pedido nada — dije—. Entré aquí para esperar a un amigo, estoy limpio, soy educado y mi aspecto es respetable. Yo… yo cumplí con mi servicio militar y fui a la universidad… hace un año y medio… y…
Las venas de mi garganta estaban a punto de reventar. Todo empezó a parecerme rojo, borroso y confuso.
Oí una voz. La voz de una mujer que decía:
—¡Ah! No te lo tomes así, chico. No te aceleres, hombre.
Y, por lo que pude ver a través de la confusión, no tenía mal aspecto. Ahora más bien me parecía guapa y gentil… como parecen las personas que te gustaría tener como amigas.
El camarero llegaba desde la barra, venía hacia mí.
—¡No lo hagas, Bert! ¡Deja al chico tranquilo! —le dijo, y a continuación dejó escapar un grito. Él me había agarrado por la camisa y yo le había agarrado a él. Cerré un brazo alrededor de su cuello y le atraje hacia mí, medio cuerpo, a
través de la barra. Le di un puñetazo tan fuerte, que me dolió la muñeca. Cayó, deslizándose tras la barra, y yo eché a correr.
2
Es extraño lo equivocada que puede ser tu primera impresión sobre la gente. La primera impresión que tuve de ella es que casi no valía la pena mirarla, tan solo una hembra asequible con dinero. Y que le sacudía mucho a la bebida; eso se veía a las claras. Pero estaba equivocado en cuanto a su apariencia. Era joven. Yo tengo treinta y tres años, y ella no podía tener muchos más. Era guapa;
preciosa, diría yo. Debía de haber llevado una vida dura durante bastante tiempo, y eso se veía en su cara. Sin embargo, su aspecto era bueno, así como sus gestos y su figura. Y a veces —bueno, algunas veces— podía ser tan agradable como parecía.
Solo había recorrido unos cuantos metros por la carretera cuando la furgoneta se detuvo junto a mí y ella se inclinó para abrirme la puerta.
—Entra —dijo sonriendo—.
Todo está bien. Bert ya no te causará más problemas.
—¿Sí? Bueno, yo no le daré muchas oportunidades, señora. Solo me había parado allí un ratito, y ahora continúo viaje.
—Te digo que todo está bien. Bert sería la última persona en el mundo en llamar a la poli. Es igual, no vamos a volver allí. Te voy a llevar a mi casa.
—¿A su casa? —dije.
—No está lejos de aquí —
acarició el asiento sonriéndome—.
Vámonos ya. Sé buen chico.
Me hallaba bastante confundido y me preguntaba por qué se mostraría tan amistosa ahora, cuando había sido tan difícil hasta muy poco antes. Empecé a formularle la duda, y no esperó a que yo terminara.
—Tenía un par de razones —dijo
—. Por una parte no quería que Bert supiera que podía estar interesada en ti. Cuanto menos sepa un tipo como Bert sobre mis asuntos, mejor.
—¿Además?
—La otra razón es… bueno,
quería ver cómo reaccionabas, qué clase de tío eras. Quería saber si eras la clase de tío que yo estaba pensando.
Pregunté qué clase era esa exactamente. Ella se encogió de hombros un poco impaciente.
—¡Oh, yo qué sé! Quizá…
tampoco importa mucho…
La autopista bajaba una pendiente a través de un bosquecillo, con un sendero que iba hacia el sur. Enfiló el sendero, y después de unos quinientos metros, llegamos a su
casa. Estaba sobre una colina.
Era una gran casa de campo, blanca, situada en medio de un claro, en un bosque de varias hectáreas. Daba la impresión de haber sido un sitio agradable en otro tiempo. Aún parecía bastante agradable, pero no era nada en comparación con lo que debió de haber sido. La pintura estaba sucia y desconchada. Faltaban escalones en la entrada. Algunos ladrillos de la chimenea estaban diseminados por el tejado y las mosquiteras de las ventanas lucían
grandes agujeros oxidados. El césped parecía no haber sido cortado nunca. La hierba era tan alta que no se veían los senderos.
Una vez nos hubimos detenido, se quedó mirando por la ventanilla durante un rato. Echó un vistazo y sacudió la cabeza, murmurando algo así como que el trabajo era la maldición de las clases bebedoras.
—Bueno, ya hemos llegado — abrió la puerta—. De paso, yo soy la señora Anderson. Fay Anderson.
—Me alegro de conocerla,
señora Anderson.
—Y yo estoy muy feliz de conocerte. Es un honor singular. No creo haber conocido antes a otro hombre sin nombre.
—¡Oh, perdone! —me reí—. Me llamo Bill Collins.
—¡No! No serás aquel Bill
Collins…
—Bueno, no sé. Supongo que sí, que lo soy.
—Mira, no te sientas mal por eso. Es tu historia, así que debes aguantarte con ella a cuestas.
De nuevo cambiaba, volvía a ser difícil.
Subía y bajaba de esa manera todo el tiempo. Me parecía simpática durante un minuto, y fastidiosa al minuto siguiente. Todo dependía de cómo se sintiera; y cómo se sentía, dependía de la cantidad de alcohol que tuviese dentro. Con la cantidad justa —y eso también cambiaba de hora en hora—, era agradable. Sin dicha cantidad, se volvía mala.
—¡Venga, entremos! —decidió de golpe—. ¿A qué estamos
esperando? ¿Quieres que te lleve en brazos?
Titubeé mientras buscaba algo que decir. Ella juró entre dientes.
—¿Está usted asustado, señor Collins? ¿Tiene miedo de que le robe su dinero y objetos de valor?
Me reí y dije:
—No, desde luego que no. Solo me estaba preguntando que… bueno,
¿qué pasa con su marido? Usted me ha dicho que era la señora…
—Él tampoco te va a robar. Solo le dejan salir de la tumba en las
fiestas nacionales.
Salió del coche dando un portazo y se alejó contoneándose. Dio unos pasos, pareció volver a controlarse, supongo yo, y volvió.
—Hay un buen bistec en la nevera, algunas cervezas frías y todo lo que hace falta en materia de bebidas. Tengo algunos trajes bastante buenos, eran de mi marido y… vamos a dejarlo. Haz lo que quieras, está de más decirlo; si quieres, te llevo otra vez a la autopista.
Dije que no tenía ninguna prisa por volver a la autopista.
—Solo me estaba preguntando… Quiero decir… ¿Qué puedo hacer por usted?
—¿Y yo qué sé? —Su voz se volvió frágil otra vez—. Probablemente nada, ¿qué más da?
¿Quién eres tú para hacer algo por alguien?
—Bueno, creo que entraré un ratito.
Entramos por la puerta trasera. Mientras yo me acomodaba en el
cuarto de estar, ella se dedicó a preparar las bebidas en la cocina. Todo estaba roto y revuelto, tanto allí como en la cocina. Los muebles eran de buena calidad, o lo habían sido alguna vez, pero no quedaba mucho de ellos. Parecían incompletos, como si en otro tiempo hubieran sido más grandes.
Di vueltas de aquí para allá mirando alrededor. Recogí algunos recortes de periódico del aparador y empecé a echarles un vistazo. Todos eran fotos del mismo chico, un
jovencito de unos siete años llamado Charles Vanderventer III. Los dejé rápidamente donde estaban y me senté.
Ella entró con las bebidas, trayéndose la botella. En el tiempo que yo me bebí una copa, ella se bebió tres.
—Bill Collins —se reclinó y me miró—, Bill Collins. ¿Sabes? Pienso que te llamaré Collie.
—De acuerdo. Hay un montón de gente que me llama Collie.
—Es porque pareces un perro
collie. Estúpido, peludo y con una gran narizota, ideal para meterla en los asuntos de los demás. ¿Con qué intención te pones a fisgar en los recortes?
—No estaba fisgando. Se habían caído, así que los he recogido y los he mirado.
—Ajá. Claro. Seguro. Naturalmente.
—¿Él… esto, su familia… son amigos suyos? —Solo intentaba conversar y sacarla un poco de su mal humor—. ¿Son, digamos,
parientes?
—Es mi tatarabuelo —dijo—. Una de las ramas más pobres de la familia. Ya sé que no vas a creerlo, pero tienen la insignificancia de cuarenta millones de dólares.
Se sirvió más whisky, se llenó el vaso hasta la mitad, volvió a recostarse. Estaba encendida, y sus pequeños ojos negros brillaban de maldad.
—Eres muy rápido con los puños, Collie. Rápido y eficiente.
¿Has peleado alguna vez como
profesional?
—Un poco. Hace mucho tiempo realicé algunos combates.
—¿Qué pasó? ¿Se te ablandó demasiado la cabeza?
—No hay nada malo en mi cabeza —dije—, me salí antes de que comenzara a fallarme.
—¿Y cuándo saliste de la cárcel?
… Quiero decir, la última vez.
Traté de mantener la sonrisa. Dije que de hecho había tenido algunos roces con la policía, como los tendría cualquier ciudadano.
Nunca nada serio. Solo pequeños malentendidos. Multas de tráfico y cosas por el estilo.
—¡Para! —Puso los ojos en blanco—. ¡No te me vayas por las ramas, tío!
—Voy a decirle una cosa, señora Anderson. Quisiera corregir la impresión errónea que parece tener sobre mi persona. No soy para nada un estúpido, señora Anderson. Puede que lo parezca, pero no lo soy.
—Vas a tener que jurármelo, Collie. Tú me presentas una bonita
declaración jurada, firmada por dos testigos, y yo te tendré en consideración, ¿vale?
—No soy estúpido, pero no me importa que la gente me trate como si lo fuera. La mayor parte de mi vida la he pasado trabajando en lugares donde era difícil conversar con alguien de igual a igual. Mire, allí era difícil llevar una conversación inteligente, así que perdí la costumbre.
—¡Bravo! Collins hace su entrada bajo los focos.
—Estoy tratando de explicarle algo. ¿Por qué no es un poco educada y me escucha? Le estaba diciendo que cuando uno no tiene mucha oportunidad de hablar, llega un momento en que lo encuentra raro, como algo desmañado y altisonante,
¿sabe? Uno no está seguro de sí mismo.
—¡Calla!
—Pero si…
—¿Quieres callar, condenado? Alguien llega.
Saltó de golpe y corrió hacia la
cocina. La seguí. Observé cómo abría la puerta trasera y bajaba los escalones hacia el porche. Estaba oscureciendo. Las luces de un coche atravesaron los árboles y llegaron en un destello. El conductor hizo sonar su claxon, y Fay Anderson se sentó en los escalones echándose a reír.
—No pasa nada, Collie. Solo es el tío Bud.
—Tío… ¿Tío Bud?
—Sírvete otra copa. Sirve tres. Estaremos contigo en un minuto.
No fue precisamente un minuto.
Para ser exactos estuvieron charlando unos treinta minutos. No pude oír de qué hablaban, por supuesto, pero tenía el firme presentimiento de que yo era el tema de conversación.
Serví las tres copas y me las bebí.
3
Su verdadero nombre era Stoker, Garret Stoker. No era su tío, ni creo que lo fuera de nadie, pero todo el mundo le llamaba tío Bud. Era un hombre de unos cuarenta años, creo. Tenía el pelo prematuramente gris y la mirada cálida y amistosa. Uno se sentía a gusto cada vez que sonreía. Yo no sé de qué le conocía, ni siquiera sé si ella le conocía realmente, porque era esa clase de tipos, ya saben lo que quiero decir,
uno se encuentra con tipos como tío Bud por primera vez, ante una copa o un café, y parece que uno los conoce de toda la vida. Hacen que te sientas así. Lo primero de lo que te enteras es que están escribiendo tu dirección y número de teléfono. El paso siguiente es una llamadita, y en cualquier momento se dejan caer por allí. Solo por ser amistosos, ya saben. No es que quieran nada de ti. Sin embargo, llega el momento en que sí quieren algo, y cuando eso ocurre, es terriblemente difícil
decirles que no. No importa de qué se trate. Incluso aunque sea algo como lo que este tío Bud quería.
Me retorció la mano y dijo que era un gran placer conocerme. Entonces, con mi mano aún cogida y dándome algún que otro apretón, se volvió hacia Fay.
—Aún no puedo entenderlo, Fay, todavía me parece que te estás quedando conmigo. No sabes cuánto apostaría a que no hay en todos los Estados Unidos un solo hombre, mujer o niño que no haya oído hablar
de Kid Collins.
—Apuéstate algo —dijo ella—. Siete contra cinco.
—Bueno. —Se echó a reír y me soltó la mano—. ¿No te parece un caso esta jovencita, Kid? Ni por un momento está seria. Pero es de lo más leal, ¿entiendes? Una verdadera colega, y sus bromas son pura alegría. No significan nada más.
—Sí, señor. Comprendo.
—Veamos ahora, ¿cuándo fue esa última pelea tuya? La gran pelea.
¿Fue en el…?
—Fue… fue en 1940. El Bearcat de Burlington. Fue… —Mi voz se iba apagando—. Creo que no fue una gran pelea, señor.
—Seguro, seguro. Un combate preparatorio. Pero aun así fue un encuentro de gran categoría. Eh, fue en… estaba discutiendo de ello con un chico el otro día, y él afirmaba que había sido en Newark. Pero no, yo le dije que había sido en, en…
—Fue en Detroit, señor —dije.
—¡Exacto! ¡Eso es! —exclamó
—. Detroit, 1940, una preliminar a
cuatr o rounds ¿Qué te decía, Fay?
¿No te aseguré que me conocía de arriba abajo el historial de Kid?
Fay gimió y se dio un golpecito en la frente. Tío Bud me guiñó un ojo y yo le sonreí abiertamente y le devolví el guiño.
Me empezaba a gustar un montón. Fay dijo que si queríamos cenar
algo ya podíamos comenzar a preparárnoslo nosotros mismos. Eso hicimos. Tío Bud golpeó el bistec y lo puso en la parrilla mientras yo pelaba y picaba las patatas. Él abrió
los botes de guisantes y de puré de manzana, y yo hice el café y le puse hielo al agua.
—Bueno, Kid —dijo, mientras esperábamos a que se cocinara el banquete—, me alegro de que hayas decidido instalarte por un tiempo. Has encontrado amigos, personas que te admiran y se interesan por ti.
—¿Instalarme? —parpadeé—.
¿Instalarme, dónde?
—Toma, ¡aquí! ¿Dónde si no? — dijo con firmeza—. Nuestra jovencita parece que necesita alguien
que la cuide un poco, y fuera hay un bonito apartamento. Queda justo encima del garaje.
Sí, señor, es justo lo que te conviene, Kid. Tómatelo con calma durante algunos días. Descansa y quítale problemas de encima a Fay, yo veré qué puedo hacer por ti. Tengo una idea con la que tal vez te consiga algo bastante bueno.
Asintió sus propias palabras con la cabeza mientras le daba una vuelta al bistec.
Le dije que quizás él ya le había
echado el ojo a algo que podía conseguirme.
—Agudo. —Se echó a reír—. Le dije a Fay que lo eras. Ahora, Fay, tal vez el tipo haya pasado una mala época, pero si es Kid Collins el que está aquí contigo, yo te aseguro que no es ningún tonto. Tiene nervio y es agudo, me dije a mí mismo: reconocerá su rincón cuando suene la campana, y tendrá lo que hay que tener cuando se trate de seguir el combate.
—Mire, señor. Mire, tío Bud…
—¿Sí, Kid? Al grano, suéltalo de una vez.
—Bueno, yo agradezco su gentileza, los cumplidos y todo lo demás, pero usted… en realidad, no sabe nada de mí. No puede saberlo. Está tratando de ser amable, y probablemente si usted supiera de verdad el tipo que he sido, no se sentiría así.
—Te diré lo que sé. Conozco a la gente, Kid. Sé lo que son capaces de hacer o no. O tómalo desde otro punto de vista: lo que pueden o no
pueden hacer. He sido detective en esta ciudad durante años, quizá ya te lo dijo Fay, ¿no? Bueno, lo era, y fui capaz de poner a un montón de chicos listos cerca de las mejores cosas. Algunos ya las habían visto antes, pero la mayoría no. Ellos no podían conseguirlo solos —pensaban que no podían—, pero vine yo y les mostré la forma de hacerlo.
—¿Y ya no es detective?
Lanzó una mirada cortante alrededor, y después me miró a mí; por primera vez tenía el ceño
fruncido. Apretó los labios y se volvió para remover las patatas.
—Veremos —dijo de modo ausente—, tendremos que informarnos mejor. Creo que podrías servir: buen aspecto, pero no demasiado…
—¿Sí? —dije.
—No importa, Kid. —La sonrisa volvió a aparecer—. No hay ninguna prisa. Es algo que nos llevará su tiempo.
Cenamos él y yo, bastante. Fay vino a la mesa; se sentó con nosotros,
pero no comió nada. Tan solo se sentó allí; dándole vueltas a la comida en el plato, bebiendo y cortándonos cada vez que abríamos la boca.
—Esta condenada casa —dijo mirando a tío Bud con ferocidad—. Pensé que ibas a hacer que fuese mía enseguida. Creía que conseguirías que sacara un pequeño beneficio de ello. Me indujiste a comprar el condenado vertedero y luego tú…
—Fay —dijo con calma—, ya verás cómo has hecho bien. Lo
descubrirás de una forma u otra.
—¿Ah, sí? —Se le fugó la mirada—. ¿Y qué me dices de esa furgoneta de mierda? He tirado en ella prácticamente hasta el último centavo que me quedaba, y tú…
—Ya, Fay. Sabes que te conseguí una buena cosa con ella. Sabes muy bien que necesitas un buen coche, viviendo como vives tan alejada…
—¿Quién coño quiere vivir alejada? —dijo, casi en un grito—.
¿Quién coño me persuadió?
—Me darás las gracias por ello.
Sabes que tienes que confiar en tu viejo tío Bud, y acabarás llena de diamantes.
Desvió la conversación hacia mí, y me preguntó qué había estado haciendo desde que dejé el boxeo. Le dije que, después de dejarlo, había estado por un tiempo en el ejército, y que desde entonces había andado de aquí para allá.
—En el ejército, ¿eh? ¿Y te fue bien?
—Bueno, bastante bien. Creo que
sí.
Fay se echó a reír. Tío Bud la miró con enfado y meneó la cabeza.
—Lo hice lo mejor que pude — dije—, pero ellos no eran muy pacientes, y creo que buscaban la manera de ponerme las cosas difíciles. Así que, mire, aterricé en el calabozo unas cuantas veces, hasta que, finalmente, me mandaron al hospital. Justo después fue cuando me dejaron marchar.
—Hummm… hummmm —asintió pensativo—. Por ese entonces, ehhhh, ¿estabas bien? Solo que no te
adaptabas a la vida militar. Bueno, chico, eso no es nada raro. Todo el mundo sabe que un buen número de tíos tuvieron el mismo problema.
Fay volvió a reírse, y tío Bud de nuevo meneó la cabeza.
—Seguro —dijo suavemente—. Entiendo cómo fue, Kid. La gente espera que te lleves bien con ellos, pero no tratan de llevarse bien contigo. Y es que a veces uno solo necesita una pequeña ayuda, un poco de comprensión. El caso es que el noventa y nueve por ciento de las
veces no lo consigue.
Le dije que no quería que pensara que había algo en mí que no funcionaba. En realidad, no había muchas cosas que marcharan mal, ya saben —al menos, entonces, no las había—, y sentí que tenía que decirlo, porque si la gente hay algo con lo que se asusta, es con los problemas mentales.
Puedes ser un ex convicto, incluso un asesino, lo dices, y eso ni les molesta, seguro. Te darán trabajo, te llevarán a sus casas, se harán
amigos tuyos. Pero si tienes algún tipo de problema mental, quiero decir: si alguna vez has tenido alguno, bueno, eso ya es otra historia. No querrán saber nada de ti.
Tío Bud pareció creer lo que le dije. La forma en que me había calibrado, era, creo yo, la de un tipo que no había sido muy brillante en sus comienzos y que después había conseguido hacer algunas fintas sobre el cuadrilátero.
—Claro que estás bien, Kid. Todo lo que necesitas es un poco de
pasta, la suficiente para tomarte la vida con calma y no tener que preocuparte.
—Sí, pero creo que debería decirle algo más, tío Bud. Siempre, siempre he tratado de hacer las cosas bien. De no hacer nunca nada malo o…
—Ah, ¡bueno! —Extendió las manos—. ¿Qué significan las palabras, Kid? ¿Qué es lo bueno y qué lo malo? Podría decirte que era malo para un buen chico como tú tener que ir tirando como has tenido
que hacerlo. Y podría asegurarte que sería bueno si no tuvieras que preocuparte por el dinero durante el resto de tu vida.
—Sí, señor. Creo que lo sería.
—Naturalmente, naturalmente. Tú no querrías hacerle daño a nadie. Y, en efecto, no tendrías que hacerlo. Tan solo sería cuestión de presionar a ciertas personas, gente que tiene pasta como para gastar sin problemas. Y hacérselo gastar no estaría mal, ¿no te parece?
Dudé.
—Bueno, eso suena…
Fay dejó bruscamente el vaso sobre la mesa.
—¡Eso huele a podrido! —le gritó al tío Bud—. ¡Me parece terrible, inmundo, asqueroso! No sé por qué yo tendría que… Yo no tomaré parte en eso, ¿entendido? Puedes hablar con este gilipollas y convencerle, pero tendrás que continuar sin mí. Y yo no…
Se levantó a trompicones, llorando y tambaleándose. Salió de la habitación. Tío Bud me miró, no
sin antes levantar significativamente las cejas.
—Pobre chica. Ya se le pasará. Ahora, por qué no lavamos tú y yo los platos y luego me largo.
Mientras lo hacíamos, traté de sonsacarle algo más sobre la proposición y lo que tenía planeado, pero él cambiaba de tema bajando la voz cada vez más. Finalmente, se volvió hacia mí, casi gruñendo, y me dijo que lo dejara.
—¡Olvídalo! ¡Te diré todo lo que necesites saber cuando precises
saberlo!
Me miró ferozmente, con ojos casi vidriosos, y yo estaba demasiado asustado para contestarle algo. Había pensado que era tan fácil de tratar y de buen carácter. Ahora me parecía un animal rencoroso y huraño.
—Y te diré algo más. —Me dio una palmada en el pecho—. No bromeaba cuando te dije que ibas a dormir en el garaje. Es ahí donde vas a dormir. Me la haces, y verás cómo te vas a dormir al campo abierto.
¡Nada de juegos con la damita!
Asentí. Me sentía algo herido y desconcertado. Supuse que la había mirado fijamente varias veces durante la noche, pero no quería tener nada con ella.
—Quizá sea mejor que me largue. Si a usted le da por pensar que soy un tipo de esos, bueno, pienso que no me gustaría quedarme por aquí.
—¡Eh, ahora no te lo tomes así, hombre! —dijo tranquilizador. Volvió a ser otra vez el de antes—.
Tendrás que disculparme, Kid. Olvida todo lo que he dicho. He tenido un día bastante duro y hablé sin pensar.
Le acompañé al coche. Nos dimos la mano y dijo que no me preocupara más por ninguna otra cosa, que me lo tomara con calma y que vendría a verme al día siguiente. Luego se fue y yo volví hacia la casa. Desde luego no me sentía muy a gusto, y no podía hacer otra cosa que preocuparme. Me serví un par de copas, y tuve la impresión de que me
tranquilizaron un poco, así que me serví una tercera. Comencé un paseo en compañía de la copa con el aparador como destino. Volví a coger los recortes de periódicos y los hojeé con aire ausente, preguntándome por qué estaba allí y por qué Fay me había hecho ir a la casa, hasta que paré de hacerme preguntas. De repente, lo supe. No el
«cómo» del asunto, me refiero a los detalles, pero sí lo que estaba detrás de todo aquello.
Dejé caer los recortes como si se
hubieran puesto a arder. Me giré, y allí estaba ella; en ese momento salía del dormitorio. Se encontraba pálida. Daba la impresión de estar mareada, pero parecía bastante sobria. Se sentó y lo primero que hizo fue estirar el brazo hacia la botella. Me sonrió, con una mezcla de provocación y cansancio.
—¿Todo bien, Collie? ¿Va todo bien, mi chaval ruborizado, mi radiante amigo?
—¿Todo bien qué?
—¿De verdad no lo sabes? —Se
sirvió una gran copa de whisky—. Te dieron en la cara con una mofeta y todavía no sabes de dónde viene ese olorcillo que te dejaron.
Me encogí de hombros. Ella vació su vaso y estiró nuevamente la mano hacia la botella.
—Claro que lo sabes. —Asintió inclinando la cabeza—. Esta casa, un fullero y ex poli, aquellas fotos, y… tú. Sí, hasta tú mismo puedes sumarte al cuadro.
—En cuanto a ese fullero ex poli, en lo que tiene que ver con él… y
usted. Parece que actúa como… quiero decir que… me dijo una o dos cosas sobre…
—¿Sí? Bueno, de eso sí que no tienes que preocuparte. No hay nada entre nosotros. Ni tampoco lo habrá.
—No me parece que él lo vea así. De todos modos no es asunto mío.
—Correcto. Volvamos, entonces, a lo que te concierne. Escucha atentamente lo que va a decirte la endemoniada mamá Anderson, y después vete al mismísimo infierno,
porque solo te lo voy a poner claro una vez… Hace falta un tarugo, Collie. Un piripi medio tontorrón, eso sí, a prueba de bombas. Alguien que tenga un tonel de nervios y una copa de cerebro. Y ahora dime, Kid Collins, ¿encaja esta descripción con alguien que tú conozcas?
—No sé si atreverme a decirlo. Podría encajar, aunque solo en parte, con cierta persona a la que he conocido. Pertenece al tipo de mujeres que beben demasiado y charlan mientras tanto.
—¡Bang! —Ella se disparó con un dedo en la frente—. Sin embargo, yo soy mi propia borrachina tontorrona, Collie. Estrictamente mía.
¡Ah!, a veces hago alguna actuación benéfica, pero en líneas generales es solo un pase… ¿Entiendes…? Si se trata de un concierto, entonces son dos pases…
—Pensaba que iba a decirme algo. Primero organiza todo el decorado, y luego se calla.
—Te diré algo. Esto es todo lo que necesitas saber: Collie, si tío
Bud te hubiera visto demasiado brillante, no se habría fijado en ti. Él tampoco es muy agudo. De haberlo sido, todavía estaría en el cuerpo,
¿no crees? Y no jugando con alguien menos listo que él.
—¿Usted se incluye?
—Olvídate de mí. Yo no cuento, y a esto puedes ponerle la melodía que te dé la gana y cantarlo.
—Creo que no lo entiendo —dije
—. Usted me recoge hoy, me trae y me presenta al tío Bud, y luego, cuando ya estoy a medio camino,
usted…
—Es desconcertante, ¿no es así?
¿Por qué no dices que estoy medio loca, que soy una neurótica? O podríamos decir que a veces —solo a veces— siento una punzada de decencia. —Cogió la botella y tomó un gran trago directamente de ella, el whisky le corrió por la barbilla—.
¡Lárgate, Collie! Este tinglado lleva meses montándose, y si tú te largas, seguirá armándose hasta que se caiga. No sucederá nada sin ti, absolutamente nada. Y tampoco
habrá nadie lo suficientemente tonto para ocuparse de ello.
—Bueno —dije—. Creo… —Y entonces algo sucedió dentro de mi cabeza y dejé la frase en suspenso. Era como si hubiese estado caminando en sueños y de pronto me hubiera despertado. ¿Secuestro? ¿Yo un secuestrador? ¿Por qué estaba discutiendo con ella? ¿Qué demonios me había ocurrido? En realidad nunca he hecho nada malo, solo las cosas que un hombre como yo se ve obligado a hacer para ir tirando.
Mientras que ahora, desde esta misma tarde, era… Hice amago de levantarme, pero estaba mareado y aturdido, y, por unos instantes, todo se me hizo borroso.
—Eso es, mi Collie querido —la oí decir—. Sé buen chico, que será solo un minuto, cariño.
Entró de prisa en su habitación, y volvió a salir con un monedero en la mano. Sacó un pequeño fajo de billetes, quitó uno de ellos y deslizó el resto dentro de mi mano.
—Te pediría que te quedaras esta
noche, Collie, si no fuera por tío Bud. No quiero que te mezcle en este lío, y si te viera antes de que te hayas ido…
—Ya sé, es mejor que me vaya.
—Llévate la botella. Tienes aspecto de estar muy solo, y una botella siempre hace compañía.
Se alzó de puntillas y me besó; después, por un momento, apoyó su cabeza contra mi pecho. Me dio un abrazo inmensamente bonito, todo plenitud, calidez, dulzura y suavidad. Puse mis dedos en su espeso pelo
negro, y luego, mis labios. Ella suspiró, se estremeció y se libró de mis brazos.
—Y ahora, ¿qué será de ti? ¿Qué te va a pasar, Fay?
—Nada. Lo mismo que me ha venido pasando desde que murió mi marido.
—Pero yo pensaba que habría algo, alguna organización que podría ayudarte.
—La hay; sin embargo, no sirve para lo que me aflige. A eso aún no le han encontrado una solución.
Cuando te has apoyado toda la vida en alguien, cuando has dependido por completo de él y nunca has tomado una decisión por tu cuenta, y cuando de repente se lo llevan… No, no te preocupes, Collie. Márchate y no te detengas.
Encendió la luz del porche para que pudiera encontrar el camino a través de las zarzas. Al llegar al bosque, me giré y la saludé con la mano. Las luces se apagaron. No pude ver si ella me devolvía el saludo. Todo se había vuelto oscuro,
y ella y la casa habían desaparecido, como si nunca hubieran existido. En parte me sentí triste, pero al mismo tiempo me invadió una especie de bienestar.
Tomé mi camino bajando por el sendero, bebiendo tragos de la botella de tanto en tanto. Tropecé un par de veces y me caí, pero no me preocupó demasiado. No era la oscuridad la que me hacía tropezar, sino la claridad. Había estado en la oscuridad, casi atrapado, como en una pesadilla. No obstante, ahora
había despertado, me había marchado y volvía a la claridad. Era la última vez que vería ese sitio, pensé. Había desaparecido, se había desvanecido en la oscuridad. Yo nunca había estado allí; por lo tanto, aquello nunca había existido.
Pero el sitio estaba en aquel lugar. Y no sería la última vez que lo viera.
4
El camionero me quitó la botella de la mano y echó un poco de licor en su coca-cola. Se la pasó a otro camionero y este se echó un poco en el café y me la devolvió.
El hombre de la barra nos observaba frunciendo un poco el entrecejo, pero en realidad no estaba enojado. Él también había tomado un par de copas y parecía más preocupado que enfadado.
—¡Eh! No exhibáis demasiado la
botella por aquí —dijo—. A veces pasan los de la patrulla de la autopista y podrían crear problemas.
—¡Ajá! —Uno de los camioneros le guiñó un ojo—. ¿Por qué iba a querer alguien crearle problemas a Collie? Él solo está esperando el tranvía.
—No espero el tranvía. Estoy esperando a ese amigo mío, Jack Billingsley. Verá…
—Claro —sonrió estúpidamente el otro camionero—. ¿En qué tipo de avión dijiste que volaba?
—Ya te lo he repetido muchas veces —dije—, es un automóvil. Es…
—Ah, sí. Un Rolls-Royce, ¿no es eso?
—No. Tiene un Rolls-Royce. De hecho, tiene dos, pero hoy no lo llevaba. El que conducía hoy era un gran Cadillac convertible. Algo no funcionaba bien y se paró, por eso volví caminando a buscar un taller…
—Quizá haya tenido que parar para darle de comer a los caballos…
—añadió en tono burlón el otro
camionero.
—A lo mejor se le desenganchó el furgón de cola…
—Quizás —dije— a una pareja de listillos les gustaría que les partiesen la jeta.
Se hizo un silencio de muerte en todo el comedor. Los camioneros dejaron de sonreír y el hombre de la barra lanzó una mirada incómoda hacia el teléfono. Después de un rato, forcé una sonrisa.
—Desde luego, solo estoy bromeando. Aquí todos estamos
bromeando y bebiendo juntos, así que yo también me permití bromear un poco. Tiene el mismo sentido que las cosas que vosotros estabais diciéndome.
Uno de los camioneros dejó unas monedas sobre el mostrador. Él y el otro se levantaron y parecía que se encaminaban hacia la puerta. Yo también me levanté.
—¿Qué os parecería llevarme?
—dije—. Tengo algo de dinero y aún me queda un poco de whisky.
—Disculpa. La compañía no lo
permite.
—Puedo ir atrás. Dejadme ir con vosotros solo hasta que se haga de día. Quizá ni siquiera hasta que se haga de día. Probablemente me encuentre con el condenado loco de Jack Billingsley en la carretera.
La puerta se cerró de golpe. Después se cerraron las puertas del camión. Rugió el motor y se fueron. El camarero me miró fijamente y yo le devolví la mirada. Al fin, desvió la mirada y habló con un sonido parecido al relincho.
—Por favor, Mac. Lárgate de una vez, ¿quieres? Nunca conseguirás que te lleve nadie.
—En la autopista, seguro que no. Nadie va a detenerse de noche por mí.
—¡Pero no es culpa mía! No tienes derecho a andar dando vueltas por aquí, metiéndote en líos. ¿Qué pensará la gente? ¡Caray! Llegas aquí y comienzas a farfullar como un loco, sin parar…
—Lo siento. No volveré a dirigirle la palabra a nadie. Esperaré
por aquí tranquilamente hasta que se haga un poco de día.
Maldijo y se quejó quedamente.
—Bueno. ¡Entonces aléjate de la barra! Si te vas a quedar por aquí, vete al reservado del fondo y acomódate.
—¡Vale, claro, hombre! ¡Con mucho gusto!
Me dirigí hacia el último reservado y me deslicé dentro, tan cerca de la pared como pude, apoyé los brazos cruzados sobre la mesa y recosté la cabeza sobre ellos. Me
hallaba agotado. Había estado metido en un montón de asuntos, y todo sin tocar la cama en tres días. Sin embargo, no me podía relajar y conciliar el sueño. Mi mente volvía a Fay una y otra vez… Qué cariñosa había sido conmigo. ¿Qué le sucedería ahora a ella? No. No podía relajarme ni descansar.
Alcé la cabeza y encendí un cigarrillo. Tomé otro par de tragos y volví a apoyar la cabeza sobre los brazos. Por último, me adormecí, aunque más bien debería decir que
caí redondo. Salí del sopor asustado, sin saber dónde estaba ni recordar cómo había llegado allí. Me puse en pie de un salto, antes de que hubiese abierto del todo los ojos, y me arrojé de cabeza a la puerta.
La botella se me deslizó del bolsillo. Traté de alcanzarla, pero saltó de mis manos. Rebotó, salió rodando por el suelo y yo salí tropezando tras ella, tambaleándome y chocando contra los otros reservados, hasta que, finalmente, caí dentro de uno.
Allí había un hombre, un cliente. Estaba sentado en una silla frente a mí. Era un sujeto con apariencia de joven-viejo o, mejor aún, daba la impresión de ser un viejo-joven. Lanzó una mirada al camarero e hizo un gesto con la cabeza. Se inclinó y recogió la botella y un sándwich que había estado comiendo y se le había caído. Me alcanzó la botella.
—Es bastante bueno. —Hizo una seña hacia el sándwich, restándole importancia al incidente—. ¿Quiere que le pida uno igual?
—No, gracias.
—Pienso que debería comer algo. De todas formas, tómese un café.
Le dije que gracias, que esperaría hasta que apareciera mi amigo Jack Billingsley para comer algo.
—El condenado loco de Jack — me eché a reír—. Íbamos de camino hacia California, conduciendo de noche porque hace más fresco, cuando…
El tipo continuó comiendo y
mantenía su mirada clavada en el plato. Luego, sin previo aviso, levantó la vista, escuchó frunciendo el ceño y mirándome fijamente a los ojos. Me estaba estudiando el rostro.
—Está bien… —dijo, mientras dejaba caer gentilmente una mano sobre mi hombro—. No hace falta. Es un cuentito inocente que muestra una fina imaginación, pero conmigo no es necesario. ¿Dónde vive usted?
—Bueno…
—Ya veo. ¿Le ha ido bien últimamente?
—Más o menos como siempre. Creo que bastante bien. Ya sabe, en realidad no me ha ido bien, pero tampoco mal del todo.
—¿Cuánto tiempo hace que estuvo en prisión?
Estaba a punto de decirle que unos pocos días, pero entonces cambié de respuesta a la velocidad del rayo y le dije que hacía más o menos un año. El nombre de la institución que le di, fue la penúltima en la que había estado.
—¿Le gustaría volver? ¿No
piensa que debería volver?
—Bueno, me parece que quizá debería. Aunque no me he metido en problemas desde entonces, pero…
¿es usted doctor?
—Sí. Y yo también pienso que usted debería volver. A no ser, claro está, que tenga algún amigo o miembro de su familia que pueda ayudarle.
—No tengo.
—Bueno, veamos —se frotó la cara—, veamos. Me pregunto qué será mejor. —Se interrumpió,
frunciendo el ceño. Parecía enfadado consigo mismo—. Le diré… ¿cuál es su nombre? ¿Collins? Bueno, le diré, Collins, lo mejor que puede hacer es recoger todo el dinero que pueda conseguir y volverse directamente.
—Sí, señor. Eso es lo que haré. Probablemente pueda hacer autostop la mayor parte del camino.
—Me gustaría poderle ayudar, pero no tengo dinero ni dispongo de tiempo. Solo puedo hacer esto, y estoy ya…
—Le voy a decir qué haré —le
interrumpí—: quizá consiga que me arresten en este estado.
—¿No es residente? —rio brevemente—. Tampoco significaría gran cosa el que lo fuera. A veces, Collins, pienso que aquí los hacen entrar por la puerta delantera y los conducen directamente a la salida trasera.
—Sí, señor. Creo que es así en todas partes.
—Tampoco consiguen el dinero para corregirlos. Hay dinero para autopistas, piscinas y campos de
fútbol. Hay para todo, menos para lo más importante. Y después, los ciudadanos se extrañan. Se preguntan cómo es que ocurren algunas tragedias espantosas y por qué razón…
—No me pasará nada —aseguré
—. No tiene por qué preocuparse por mí, doctor.
—Bueno —se mordió el labio—, bueno, tome mi tarjeta de todas formas. Si se queda en esta región y surge cualquier emergencia, aunque no se trate de una emergencia, si tan
solo quiere hablar con alguien, bueno, ya sabe, no deje de llamarme.
Le di las gracias, y le dije que podía estar seguro de que lo haría. Salió sigilosamente del reservado, se dirigió a la barra y pagó su cuenta.
Comenzó a andar hacia la salida. Entonces, bruscamente, giró en redondo y volvió al reservado.
—¿Está seguro de que todo le va a ir bien, Collins? ¿Dejará la bebida y se comportará como Dios manda?
—Sí, señor.
—Magnífico, buen chico. Te
vuelves allí y esta vez te quedas sin preocuparte del tiempo.
—Sí, señor. Eso es exactamente lo que voy a hacer, doctor.
Me echó una mirada y sacudió la cabeza.
—¡Eres un verdadero infierno!
¿Cómo puedes? ¿Por qué demonio tienes que ser así? ¡Vamos!
—¿Qué? —le dije—. ¿Vamos?
—¡Y rápido, maldita sea! No sea que me arrepienta y cambie de idea.
Vivía en la ciudad por la que había pasado aquella mañana. Tenía
allí un pequeño chalé muy bonito, construido en ladrillos, justo dentro de los límites de la parte urbana. Con la zona de trabajo en la parte de delante y la vivienda en la parte de atrás. Salvo por el hecho de que yo seguía pensando en Fay Anderson, y preocupándome por ella, los tres días que pasé allí fueron de los más placenteros de cuantos puedo recordar.
La casa estaba llena de libros. Había un gran prado en el que podría trabajar cuando me sintiera
desasosegado, en la nevera había montones de comida y tenía un dormitorio para mí solo. Creo que disfruté de esto último más que de ninguna otra cosa. En la mayoría de los lugares en los que había estado
—ya saben: «lugares»—, siempre dormíamos amontonados. Podía haber una docena de personas en un mismo cuarto. Algunos siempre te estaban observando. Mirabas alrededor, y te encontrabas con alguien que te observaba. Miraban alrededor, y tú los estabas
observando a ellos. Nunca te acostumbras a algo así. Cuanto más duraba más te preocupaba. Hubiera sido terrible si todos hubiésemos sido el mismo tipo de sujetos con idéntico tipo de trastorno mental, pero nunca lo éramos. Cuando pensabas que ya te habías hecho de una buena pandilla, traían a alguien que era francamente malo. Un tipo con ojos de loco, realmente un chalado peligroso, alguien que seguramente no podía andar por ahí sin la ayuda de una camisa de fuerza.
Y al poco tiempo tú mismo comenzabas a sentirte un poco con ojos de loco, y no podías descansar.
¿Cómo podría uno descansar cuando sabe que hay un lunático en la misma habitación?
Allí, en casa del doctor, en una habitación que era toda ella para mí solo, dormí por primera vez tras muchos años. Después de la primera noche, no tuve que tomar ninguna medicación. No quería pastillas, y el doctor dijo que no las necesitaba.
La tercera noche —bueno, en
realidad era la cuarta— entró y se sentó en el borde de mi cama, me preguntó que cómo me sentía y yo le dije que nunca me había sentido mejor en mi vida. Murmuró que era bueno que descansara todo lo que pudiera para estar en forma para el viaje.
—Es probable —dijo sin mirarme— que todavía te quedes aquí varias semanas más, tal vez varios meses. Hace tres días envié mi telegrama a la institución, pero, ya sabes, estas cosas llevan un montón
de tiempo.
—Sí —asentí—. No sé por qué, pero así es —dije.
—Te iba a preguntar algo, Collie. —Mantuvo su mirada lejos de la mía—. En el caso de que ellos rehusaran venirte a buscar, si no pudieran hacerlo, es decir, debido a los gastos…
—¿Sí, doctor?
—¿Qué te parecería quedarte aquí conmigo? Hay cantidad de cosas que podrías hacer para ganarte el sustento. El trabajo de la huerta, las
reparaciones del coche, cosas de ese tipo, ¿qué te parece, Collie? Serías una gran ayuda para mí, y creo que yo también podría ser de ayuda para ti; bueno, tal vez fuese bueno para ambos. ¿Qué dices, Collie? ¿Te gustaría algo así?
—Yo… yo… Disculpe un minuto, doctor, ahora vuelvo.
Me levanté y fui hacia el cuarto de baño. Permanecí allí con la puerta cerrada hasta que estuve seguro de que podía controlarme.
El bueno del doctor, pensé. Era
un tipo cojonudo, pero se trataba del más grande mentiroso del mundo. Había dispuesto de todo el tiempo del mundo para entrar en contacto con las autoridades de la última institución en donde yo había estado. Incluso sabía que lo había hecho, y que ellos habían rehusado venir a buscarme. Yo ya lo sabía de antemano; estaba completamente seguro de que rehusarían. Ellos nunca mandaban a buscar a un tipo a no ser que fuera un verdadero criminal o un violento incontrolable,
solo buscaban a tipos así.
Ahora, seguro de que no habría nadie más que se tomara la molestia de cuidar de mí, el doctor estaba deseando recoger él mismo la obligación. Me lavé la cara y bebí un sorbo de agua. Después me fabriqué una sonrisa y volví al dormitorio. Le dije que me estaba muriendo de ganas de quedarme. Traté de ser natural, pero creo que fracasé en el intento.
—Yo puedo conseguirlo, Collie.
—Me miró de cerca y volvió a
dirigir su mirada hacia la lejanía—.
¿Por qué iba a prometértelo si no pudiera?
—Estupendo.
—¿Quieres decir que está todo bien, que aceptas quedarte?
—Todo el tiempo que usted pueda.
—Yo puedo. Yo quiero, y tú debes hacerlo. Mira, Collie, es tu juicio lo que no está bien. Eres un hombre inherentemente decente y con una gran fibra de moralidad, pero eso no es suficiente. Llegará un tiempo y
una situación en que eso no será suficiente. En tus circunstancias, un hombre está expuesto fácilmente a la influencia de los otros. Generalizando: un hombre así tiene que depender de los otros. Y tú y yo sabemos que los otros no son siempre fiables.
Hizo una pausa para encender su pipa. Dio unas chupadas y continuó.
—A veces se trata de gente sencillamente ignorante. En otras ocasiones son tipos crueles o criminales. En cualquier caso están
jugando con dinamita. En efecto, Collie, sería mucho menos peligroso tu vagabundeo si fueras un lunático completo, uno de esos tipos que te miran con ojos de loco, por usar tu propia expresión. La gente, entonces, podría ver el peligro; sin embargo,
¿qué es lo que ahora ellos ven en ti? Un hombre joven, extraordinariamente bien parecido, quizás un poco excéntrico a veces, un poco lento de reflejos pero normal en casi todo lo demás. Y así es como te tratan: como si fueras normal, y de
ello resulta, antes o después, una tragedia segura, para ti y para los otros. Solo te basta con echarle una ojeada a cualquier periódico para ver que estoy en lo cierto.
—No sé, doctor. Hasta ahora me las he ingeniado bastante bien para no meterme en líos. Nunca le he hecho daño a nadie ni he hecho nada realmente malo.
—¿A qué le llamas tú realmente malo, Collie? ¿Cómo te tomas el que alguien te haga una broma o te tome el pelo? No importa. —Sonrió y me
dio un golpecito en la rodilla—. Estoy seguro de que te has comportado bien, aunque te haya resultado difícil. Y desde ahora lo harás incluso mejor. Quédate aquí durante un año, más o menos, el tiempo que te haga falta y…
A la mañana siguiente, sobre las diez, fue a pasar visita a sus pacientes. Tan pronto como se hubo ido, grabé en el contestador del doctor informando que se encontraba fuera.
Después de lo cual, yo también
me fui.
5
Fay Anderson me había dado unos treinta dólares cuando dejé su casa y yo tenía otros tres de mi peculio personal. Sin embargo, ahora el total no alcanzaba los cinco dólares. No sé qué había pasado con el resto, si se me habían caído del bolsillo y los había perdido, o si alguien me los había quitado en aquel comedor. Esa pequeña cantidad, alrededor de cinco dólares, era todo lo que me quedaba.
Casi peor que no tener nada.
En realidad, con eso no llegaría a ninguna parte. Prácticamente no me llegaba para vivir un solo día. Pocos días antes, cinco dólares me hubieran parecido una cantidad aceptable, pero desde entonces yo había cambiado. Ahora no veía cómo podía volver a vivir como lo había hecho: topándome con todo, y con lodo chocando contra mí. Había dormido en cunetas, suplicado ayuda y vagado por caminos que llevaban a lugares a los que yo no quería ir.
Como dijo tío Bud, eso era malo.
Realmente malo. Cuando pensé en ello, ciertamente, las otras cosas no parecían tan malas, ni mucho menos.
Utilicé quince centavos de mi dinero en un billete de autobús para cruzar la ciudad. Me bajé en la autopista, la misma que nos había llevado a la casa de ella, y, bueno, durante un rato me dediqué a vagabundear por allí. Me senté en el banco de la parada de autobús a comerme un cucurucho de helado que le compré a un vendedor ambulante. Después fui a mirar los escaparates
de las tiendas de los alrededores, como si estuviera de compras. Fue duro decidir qué hacer. Siempre que tengo que tomar decisiones me surgen problemas y ésta, en particular, sería una decisión difícil.
Recorrí una y otra vez los escaparates de las tiendas, discutiendo conmigo mismo y jugando con las pocas monedas que tenía en el bolsillo. La verdad es que no quería poner a Fay en un aprieto o forzarla a seguir adelante en algo con lo que no estaba de acuerdo. Pero,
por otra parte, ya se hallaba bastante metida en el aprieto, ¿o no? Ella no podía continuar así, al igual que yo tampoco podía continuar de esta manera. Además, sería bueno volver a verla. Así que podía parar a la altura de su casa para hacerle una visita. No necesitaba quedarme.
La idea se me hizo clara justo cuando estaba mirando el escaparate de una tienda de licores. Adentro había una gran botella de cuello curvo. Seguramente solo contenía vino, pero tenía una gran fantasía y el
precio era solo de tres dólares con noventa y ocho centavos. Me imaginé que sería un bonito detalle. Podía regalársela, lo que me daría una buena razón para detenerme.
La compré. Nadie me pararía, pero, al fin, un camión pasó lo suficientemente lento para que pudiera saltar a la parte de atrás.
Ir allí fue tempestuoso y movido, y el día era abrasador. Estuve botando arriba y abajo, y, naturalmente, el vino también. Imagino que cogió más calor que yo.
Llegamos al sendero que conducía a su casa. Me lancé del camión con ímpetu, corriendo. La sacudida fue algo más brusca de lo que podía soportar. La botella explotó, y el vino salió en cascada desde mis brazos. Por lo menos fueron cuatro litros de ese líquido pegajoso, y apuesto a que no quedó ni una gota sin que me cayera encima.
Me parecía odioso hacerle una visita a Fay con aquella pinta, pero no me quedaba elección. Tenía que lavarme y hacer algo con mis ropas,
y su casa era el único lugar donde llevarlo a cabo.
Llegué a primeras horas de la tarde, y solo hacía un par de horas que estaba levantada, así que todavía no había bebido mucho. Supongo que bastante para una persona normal, pero no para Fay, aunque sí lo suficiente para colocarla.
—¡Oh, Collie! ¡Tú, loco, tonto, dulce…! —Me rodeó con sus brazos, reía—. ¿Qué demonios te ha ocurrido, criatura?
—Bueno, justo dio la casualidad
que estaba por los alrededores. Pensé en traerte un regalito, un vinito.
—¿Un barril, cariño? Lo traerías rodando por… —se echó a reír estruendosamente— por la autopista y por entre los árboles a la casa de la abuelita.
Reía y reía tanto que parecía que lloraba. Me empujó hacia una silla y se sentó en mi regazo. Intenté decirle que se iba a ensuciar por completo, pero ni siquiera pareció escucharme.
—Estoy contenta de que hayas
vuelto, Collie —susurró—. Sería mejor que no lo hubieras hecho, y rogué para que no vinieras, Collie, pero estoy contenta.
—Yo también estoy contento. No era mi idea ni me lo proponía, pero en un momento dado me pareció que tenía que hacerlo. Después de encontrarte y… y todo lo demás, no podía volver a coger esas praderas de hormigón.
—¿Esas… esas qué, Collie?
—Esas praderas de hormigón, quiero decir, eso es lo que me
parecen. Continuos ir y venir, y siempre te encuentras con lo mismo, en todas partes siempre es igual. Donde sea que hayas estado, donde sea que vayas y hacia cualquier sitio que mires, todo es duro y gris, tan lejos como alcance tu vista.
—Ya sé, ya sé lo que quieres decir. —Se estremeció y me besó—. Pero… creo… parece como si tuviera que haber otro camino.
—A lo mejor lo hay. Es probable que haya un montón de caminos, pero nunca nadie me ha indicado dónde
están, y yo nunca he sido capaz de encontrarlos por mí mismo.
—Pobre Collie. Has pasado momentos duros en estos últimos días, ¿verdad, cariño? ¿Dónde has estado?
—En ninguna parte. Solo perdiendo el tiempo.
Me di un baño y me puse algunas ropas que me dio. Comimos, y después seguimos con nuestra charla.
Al principio dijo que hallaríamos otro camino, que tenía que haber otro camino y que nosotros lo
encontraríamos. Cuando apareciera tío Bud, se lo soltaríamos. Mientras charlábamos, ella bebía. La verdad es que estaba sacudiéndose una buena cantidad. Así que cuando ya estaba casi por completo metida en sí misma, pero poco antes de que se le fuera el buen humor, me dijo:
—Collie, Collie. Prodigio de pringado, canalla de primera, ¿por qué no cavas algún hueco para nosotros, chico? ¿Por qué no cavas una sepultura donde podamos vivir?
—No deberías decir esas cosas,
Fay. Yo sé que no piensas así.
—Aquel día, en el bar, pensaste que habías enganchado un sablazo chupado, ¿no es cierto? Pensaste que te interesaba todo lo que tenía. Bueno, ya que puedes, ¿por qué no lo haces? ¡Quédate con el condenado coche y con la casa de mierda, a ver qué puedes hacer con ello! Desde luego, antes que nada, tendrás que saldar algunas hipotecas.
—Quizá podría, quiero decir, si pudiera conseguir algún tipo de trabajo que me diera un poco de
dinero —dije.
—¡Tú, anormal! ¡Imbécil! ¿Qué tipo de trabajo podrías conseguir: pesca de arena en el Sáhara?
Un dolor enloquecedor me atravesó la frente. Le dije que si este era el camino que estaba trazando para mí, bueno, que mejor me largaba.
—¡Bueno! ¿Entonces por qué diablos no lo haces? —dijo a gritos
—. ¡Hazlo y deja de hablar de ello!
Se fue hacia su dormitorio haciendo eses, y cerró la puerta tras
ella dando un portazo. Me levanté y salí hacia el porche trasero. Entonces, después de haber esperado un par de minutos, comencé a caminar hacia el sendero que conducía a la autopista.
Era lo mejor que podía hacer, pensé; lo único que podía hacer. Porque si ella había actuado así ahora, cuando aún no sabía que algo no iba bien dentro de mí, ¿qué haría cuando conociera la verdad? Muchas personas normales se asustan de muerte cuando hay alguien con
problemas mentales. Y con esos nervios disparados por la borrachera que ella tenía, distaba mucho de ser normal. Es probable que no dijese nada ni hiciese nada abiertamente, porque estaría demasiado asustada; pero no querría saber nada de mí, y tío Bud tampoco. A pesar de que yo estuviese relacionado con ellos por lo del secuestro, aunque supiese algo que podía enviarlos a la silla…
Bueno, ya ven lo que quiero expresar. Ellos sentirían que tendrían que deshacerse de mí. No les
gustaría tener que hacerlo —al menos sé que a Fay no le gustaría—, pero pensarían que no les quedaba más remedio, y lo harían.
En cualquier caso, así es como me parecían las cosas a mí en ese momento.
Ya casi había llegado a la autopista, cuando vi el coche de tío Bud que giraba hacia el camino. Frenó bruscamente, y se asomó. Yo le hice un guiño y un saludo con la cabeza, y continué caminando.
—¡Espera un minuto, Kid! —
Saltó del coche y me cogió del brazo
—. ¿Es esta la forma de tratar a un amigo, Kid? Me he pasado noches enteras desvelado, preocupándome por ti y deseando que volvieras, y entonces, justo en el momento en que te veo…
—Tengo prisa —le corté—. Solo hice una parada en la casa para despedirme de Fay. Ahora estoy otra vez en camino.
—¡No! ¡No lo estás, Kid! —dijo con firmeza—. No te voy a dejar pasar así como así. Métete ahora
mismo en el coche, y sea lo que fuere lo que te preocupa, nosotros… No estarás resentido conmigo, ¿verdad?
¿No habré herido tus sentimientos con aquel chistecito que hice sobre el dormir por tu cuenta?
Levantó la mirada hacia mí, ansioso. Su expresión era solo de amistad. Le dije que aquello no me había sonado a chiste para nada.
—Pero en realidad no estaba pensando en eso —dije.
—Así… —se echó a reír, incómodo— así que tal vez no era un
chiste. Quizá no me guste la idea de que otro tipo ronde a Fay cuando yo nunca he sido capaz de sentar la primera base.
—Bueno. Yo no estaba tratando nada semejante.
—Claro que no. Pero si haces la prueba, Kid, si tú quieres y ella también, no volverás a oír una palabra de mí. Te necesito demasiado. ¿Sabes lo que quiero decir? Durante meses he estado buscando a un tipo como tú, y ahora que por fin lo he encontrado…
—Pienso que es mejor que no cuente conmigo. Yo… yo, no parece que me lleve del todo bien con Fay.
—¡Ah, seguro que sí! —Me dio una palmada en la espalda—. Ha estado aguijoneándote, ¿eh? Bueno, no debe importarte nada, porque no dice esas cosas con ninguna mala intención.
—Pero hay algo más —titubeé—. Algo sobre mí…
—¿Así que has tenido algún problema? —Se encogió de hombros
—. ¿Y quién diablos no? Ahora
súbete al coche y olvida todo este asunto de marcharte.
Sabía que todo se estaba haciendo mal. Él quería tenerme, así que podía olvidar a Fay por un rato, pero tan pronto como me hubiera usado, o algo le hiciera decidir que yo no le servía para nada…
Era un gran error, sin importar desde dónde se mirase. Fay, en el estado en que se encontraba. Yo, en mi condición. Y tío Bud, sintiendo lo que seguramente sentía sobre mí. Y el secuestro en sí mismo. Secuestro,
la forma más sucia de crimen que existe. E incluso visto así, era todo o nada, al menos de esa manera veía yo las cosas. Esto o la vieja pradera de hormigón. Así que me metí con él en el coche y volví a la casa. Quería creer que las cosas cambiarían, de modo que volví. Y al cabo de una hora estaba de regreso en la cima del mundo.
Todo era agradable. Todo iba a ser más agradable aún. Tío Bud lo sabía, y me lo dijo.
No trató de engañarme,
diciéndome que el trabajo no sería peligroso. Sin embargo, una vez hubiera pasado todo, estaríamos a salvo, seguros y con los bolsillos llenos de pasta. Habríamos de esquivar las trampas en las que suelen caer los secuestradores. Y para eso tendríamos que conocerlas de antemano: lo de los billetes del rescate marcados o registrados, o si había policía apostada en el lugar del canje. Tío Bud conservaba cantidad de contactos dentro del departamento, y por ello conocería
cada movimiento que hiciera la policía antes de que se dispusieran a realizarlo. Así, si nos tendían alguna trampa, no tendrían oportunidad de cazar a nadie.
Conseguiríamos el dinero, un cuarto de millón de dólares, y nos marcharíamos con él.
No discutimos sobre el secuestro esa noche. Tío Bud dijo que ya nos ocuparíamos de eso después de que hubiera acomodado mis cosas. No se lo discutí. Me sentía bien. Sin importar cuál fuera el motivo de mi
preocupación —y yo suponía que probablemente habría más de uno—, no tenía ganas de encararlo en aquel momento.
Fay se despertó. Parecía sentirse bastante bien otra vez, y los tres juntos nos dirigimos al apartamento del garaje. Quitamos el polvo, pusimos sábanas limpias en la cama, y cosas por el estilo. Después volvimos a la casa, y al cabo de un rato Fay empezó a tomarme el pelo, pero más de forma divertida que con maldad, así que no le hice ningún
caso.
Tío Bud se fue hacia las diez de la noche. O, tendría que haber dicho, empezó a irse. Me estaba deseando las buenas noches con un apretón de manos cuando se giró repentinamente y miró por la ventana.
—¡Llega alguien! ¡Apaga esa luz!
¡Quítate de la vista, Kid! Fay…
Fay se precipitó hacia la ventana y miró afuera. Se mantuvo así un rato, mirando con ojos de miope a través del cristal. Oí el golpe de la puerta de un coche.
—Es mejor que te vayas a la habitación, Collie. Llévate contigo el vaso. Tío Bud puede quedarse. —Se volvió—. Solo es Bert.
—¡Bert! —Tío Bud palideció—.
¿Ese personaje del bar de la carretera? Diablos, si me ve…
—¿Qué pasaría? No puede relacionarte con nada.
—¡Intentó matarme! Estábamos metidos en un negocio los dos juntos, y él piensa… —Se cortó frenéticamente y agarró el vaso con brusquedad—. ¡Que no se te escape
que estoy aquí! ¿Comprendido?
¡Aquí no hay nadie más que tú!
—Pero tu coche… ¿Qué puedo decirle?
—¡No reconocerá mi coche! Dile… dile que a alguien se le estropeó en la autopista y lo trajo aquí para dejarlo durante la noche.
Yo ya estaba en el dormitorio. Entró de golpe y dejó abierta una rendija de la puerta. Estaba realmente atemorizado. Podía oírle resollar en la oscuridad, así como el crujido nervioso de papeles
estrujados dentro de sus bolsillos. Fuera lo que fuese lo que le había hecho a Bert, debía de ser bastante injusto.
Este no pasó de la cocina, así que no nos enteramos de todo lo que dijo; pero por lo que pudimos oír, tenía todo el aire de una visita social. Fay era muy buena clienta suya. Como desde hacía varios días no iba por su bar, Bert quería saber si estaba bien.
Se fue al cabo de unos minutos. Tío Bud salió del dormitorio detrás de mí, enjugándose el sudor de la
cara.
—¡Ufff, chico! —dijo con voz trémula—. Esta vez sí que ha estado cerca.
—¡Mmmmm! —dijo Fay—. Eso parece. De todos modos, ¿qué timo le metiste?
—Ninguno, nada. —Tío Bud sacudió la cabeza con inquietud—. Bert no es nada razonable. ¿Sabes lo que quiero decir? Tratas de explicarle algo, le demuestras exactamente por qué no funcionó lo que le habías propuesto y le das
razones además de por qué no ha sido por tu culpa, y ni siquiera se molesta en escuchar. Desenfunda y te dice que saques.
Fay bostezó y se volvió a sentar. Me miró con un destello de maldad que estaba volviendo a sus ojos.
—Bueno, Collie, ¿qué piensas de nuestro cerebro? El genio que nos llevará sin peligros de ser harapientos a ricos. ¿No dirías que es todo un cerebro? Desde luego su inteligencia podría matarle, pero al menos antes se las arregló para
estafar a un camarero.
Tío Bud se echó a reír y me dio un codazo. Dijo que no tenía que prestarle ninguna atención a Fay, porque era la bromista más grande del mundo. Después añadió dirigiéndose a ella:
—Mira, Fay, que no se le ocurra a ese personaje dejarse caer por aquí otra vez. Si llegara a ocurrir más adelante… Quiero decir después de…
—¡Olvídalo! —saltó Fay—. Esta era la primera visita de Bert desde
hace meses y ya me ocuparé yo de que sea la última. Tengo mucho estómago, pero un pájaro como tú es todo lo que puedo soportar.
Tío Bud volvió a reírse. Estaba tras algo, ya ven, y no iba a considerar los insultos como tales hasta que lo consiguiera. Se fue pocos minutos más tarde. Fay y yo estuvimos charlando un rato más después de que él se fuera. O mejor, debería decir: traté de hablar con ella, aunque no tuve mucha suerte. Se tragó cuatro o cinco copas seguidas,
y mató cualquier posibilidad de cambiar palabras conmigo.
—¿Por qué soy tan severa con Tío Bud? —dijo—. O, mejor, ¿por qué tiraniza uno a un burro? Porque es la distancia más corta entre dos p unto s . Quod erat demostrandum, que traducido en ladridos significa…
—Mira, Fay, esto es importante. Si piensas que él no puede llevar el asunto adelante, o que debería tratar de…
—¿Quieres dejar de interrumpirme? Significa que no
debes buscar nunca huesos dentro de una botella. Recuérdalo, Collie. Es el secreto de mi éxito.
—Buenas noches. —Me levanté y comencé a ir hacia el garaje. Estaba llegando a la puerta de atrás, cuando me llamó y se acercó a mí.
—No sé, cariño —dijo, mientras me rodeaba con sus brazos—. Hay algo insidioso en ese tipo. La forma en que te aborda, en que cede, es difícil que no te guste. Pero todo lo que le ha hecho a la gente… Y para un negocio como este, el hombre que
idea una cosa como la de este tipo, Collie, es, considerablemente, mucho menos que honrado. Es alguien que traicionaría a cualquiera, si con ello sacara algún provecho.
—Pero ¿cómo podría hacerlo?
¿Solo le puteas para ver cómo se revuelve, como haces conmigo?
—Algo por el estilo. Cuando una persona no puede soportarse a sí misma, Collie, cuando carga con su propio peso…
—Todo saldrá bien —dije—. Al final, todo va a salir bien.
—¿Bien? ¿Realmente piensas que de todo esto puede salir algo bueno?
—Tiene que salir, Fay. Algún camino vamos a encontrar.
Nos quedamos allí de pie y muy juntos, sus brazos me rodeaban con fuerza. Se frotó con satisfacción, y su bata se abrió un poco. No llevaba nada debajo. Dobló sus rodillas ligeramente, deslizando su carne cálida hacia mí. Dio un largo suspiro, estremecido, y la dulce suavidad de sus pechos, de golpe, pareció endurecerse. Luego, esperó.
Todo lo que yo tenía que hacer era un ligero movimiento y, por alguna razón, no lograba hacerlo. Con cualquier otra dama, sí; pero no con ella. Esta mujer significaba demasiado para mí. Y tenía que llegar a significar más aún, más que ahora.
Pasó un momento, y Fay alzó la vista hacia mí. Le brillaban los ojos y tenía una sonrisa suave.
—Bueno, Collie, ¿es parte de tu entrenamiento universitario no aprovecharte de una señora cuando
está borracha?
—Yo… Yo no sé. —Me sentía bastante atontado, desconcertado—. Quiero decir, bueno, yo nunca fui a la universidad. Solo algunas clases nocturnas cuando no tenía que trabajar.
—¿Y? —Se puso de puntillas y me besó. Me acarició la mejilla—. Es un argumento excelente que se puede usar como metáfora de
«vayámonos a dormir».
—Mira, no quiero que pienses que no me gustaría.
—Y una metáfora de abstinencia también. Vete a la cama, amigo mío. Sí, yo también te deseo. Tenemos algo bonito entre nosotros, no dejemos que se estropee.
Volvió a besarme, mientras me daba un empujoncito hacia la puerta. Me fui a la cama.
6
Normalmente, durante los últimos quince años siempre he odiado ver amanecer. Es un síntoma psicótico,
¿saben? Uno no quiere despertarse odiando tener que hacer frente a aquellas cosas que sobrepasan lo que puede controlar. Esto había llegado a ser tan fuerte, que casi siempre estaba enfermo por la mañana. Comenzaba a vomitar tan pronto como abría los ojos. Así había ocurrido durante años y años, unos
quince, y casi había olvidado que existían otras maneras de despertarse. Esa mañana lo supe.
Esa mañana —la mañana después de aquella noche— fue como si todos aquellos años no hubiesen existido nunca.
Me desperté temprano, no mucho después de que hubiera aparecido la luz del día, y comencé a sentirme de tal manera que no me habría quedado en la cama ni aunque me hubieran pagado por ello. Continué tumbado durante un minuto más o menos,
conteniéndome y notando cómo me crecía la energía. Después salté, y durante los siguientes diez minutos quien me viera hubiera creído que estaba loco: salté a la cuerda, boxeé con la sombra, di volteretas sobre la cama y fuera de ella, y cuando me dirigí al cuarto de baño, lo hice caminando sobre mis manos.
Respiraba con cierta dificultad, pero me encontraba bien. Era bueno haber hecho algo que me hiciera respirar así. Me duché y me afeité usando los artículos de baño que me
había comprado tío Bud. Me vestí y me dirigí a la casa.
Fay aún dormía, por supuesto. Ella rara vez se levantaba antes del mediodía. Me preparé un gran desayuno, procurando no hacer ningún ruido que pudiera molestarla. Después de haber comido, volví a salir.
Durante un rato me quedé sentado en el porche trasero, mirando las altas hierbas espigadas del terreno. Me dio la impresión de que la hierba me estaba pidiendo que la cortara,
así que, finalmente, desenterré una vieja guadaña que había en el garaje y puse manos a la obra.
Lo cierto es que a aquello le quedaba poco de guadaña y que el césped era casi tan duro como el hierro. Al cabo de una hora de enérgicos balanceos, a duras penas había hecho mella en él.
Me enderecé para descansar la espalda, fui caminando hacia el ángulo más lejano del garaje, y desde allí medí el terreno a simple vista. Me pareció que lo mejor era hacer un
corte en hileras, comenzando desde el exterior y avanzando hacia la casa. De aquella manera podría seguirle mucho mejor la pista al trabajo. De momento no cortaría más, pero ya tenía mucho mejor aspecto que antes.
Después volví a mi balanceo, cortando una amplia zona y dejando un claro hasta donde comenzaban los árboles. Allí estaba, de pie, descansando a la sombra, cuando oí el motor de un coche que se acercaba. Me agaché para apartarme de la vista del conductor, mientras
me preguntaba quién podría ser, porque seguro que no era tío Bud. Entonces el sol iluminó la matrícula. Me levanté de un salto y eché a correr.
Me lancé camino abajo. El coche se detuvo, y dudé por un momento. Después abrí la puerta y entré.
El doctor Goldman sacó su pipa, la llenó de tabaco y encendió una cerilla sin observarme. Miraba hacia delante a través del parabrisas.
—Lo siento, Doc —expliqué—, no podía quedarme allí con usted.
Sabe muy bien que no podía ¡No, no habría sido lo propio! Habría estado preocupado todo el tiempo.
—¿Pero no te preocupó dejar plantado a un amigo? ¿Pensabas que eso sí que estaba bien? —Negó con la cabeza—. No es la mejor forma de pensar, Collie. Es el tipo de pensamiento unilateral y confuso que solo puede traerte problemas.
—No estoy confuso. Era algo que tenía que hacer, así que lo hice.
—Con un botellón de vino tinto, supongo. Tal vez en la parte trasera
de un camión como transporte. —Rio con aire cansino—. No, no me fue difícil seguirte la pista, Collie. Sí hay algo que no eres, es una persona que pase desapercibida. Y con todo ese vino, no esperaba que llegaras tan lejos.
—No era para mí. Era un regalo. Lo compré para… para esta gente con la que estoy trabajando.
—¿Aquí? —indicó el camino sirviéndose de la pipa—. ¿Entonces me mentiste cuando dijiste que no conocías a nadie en este estado?
—No, quiero decir, bueno, en realidad no los conocía. Los había visto por primera vez aquella noche, la misma en que le conocí a usted. Son una especie de vieja pareja, tomamos unas copas juntos, y…
—¡Para ya, Collie! He estado haciendo unas discretas pesquisas. Ya sé quién vive en este sitio.
Sentí el calor en mi cara y cómo me ruborizaba. Quería decirle que se fuera a la mierda, que no era de su incumbencia lo que yo hiciera, pero no era un tipo al que se le pudieran
decir cosas de ese calibre. No hubiera podido de ninguna manera, porque él había sido verdaderamente cordial y generoso conmigo, y yo sabía que estaba tratando de ser mi amigo.
—Ella es viuda, ¿no es así, Collie? —preguntó—. Te recogió en un bar, de la misma manera, me imagino, que muchas mujeres lo hacen, y quizá por las mismas razones. Pero al ser un chico guapo, aunque un poco cándido, no tuviste que esperar. Después supiste que lo
que tenías entre manos era una equivocación, así que te fuiste. Más tarde, y esto fue ayer, cambiaste de idea. Te convenciste a ti mismo de que lo erróneo era correcto. Y así fue como volviste y te instalaste.
—¡No! No es como usted lo ve, doctor. Estoy trabajando aquí, realmente trabajando. Usted mismo puede verlo, y comprobar que hay mucho para hacer.
Echó una ojeada a la casa y después al césped que había cortado.
—No estoy viviendo con ella —
expliqué precipitadamente—. Tengo un pequeño apartamento fuera, encima del garaje. ¡Claro que me gusta! Un montón, y yo a ella. Y me necesita. Ella… ella bebe demasiado, y necesita a alguien para…
—¡Pero Collie! Collie, amigo mío. —Dejó caer una mano sobre mi hombro—. No ves… Ya viste el peligro de tal situación hace unos días. Tú, un hombre que de ninguna manera se encuentra bien, y una mujer que no está bien, una
alcohólica. Los dos juntos: una mujer cuya conducta seguramente es irregular y difícil, al menos a veces, y un hombre que es capaz de desencajarse por un normal toma y daca entre personas.
—Ella me necesita —insistí—.
¿Sabe usted lo que eso significa?
¿Tener a alguien que por primera vez en la vida te necesita?
—Ya lo sé. No obstante, Collie, aun así, no está bien.
—Debe de estarlo cuando esta mañana me desperté contento. Me
sentía alegre de estar vivo, Doc. Y era porque sabía que había alguien que también estaría alegre. Y la gente no se pone contenta contigo si no te necesita. Puede ser amable y amistosa, como usted lo ha sido; pero si no te necesitan, no pueden mostrarse verdaderamente contentos, no les importa si estás vivo o no. Y cuando no le importas a nadie, cuando eso ocurre año tras año, Doc, y a nadie le importa nada de ti…
Me detuve. Supongo que había dicho todo lo que tenía que decir.
Doc se aclaró la voz, incómodo.
—De acuerdo, Collie —asintió
—. Estaré de acuerdo en que te quedes aquí, pero tengo que hablarle a ella de tu estado.
Le lancé una mirada dura. Él añadió:
—Puedo hacerlo de forma que no se alarme.
—¡No alarmarla! Le dirá que me he escapado del manicomio judicial, que si me aprietan demasiado las clavijas, puedo enfurecerme y agitarme. Eso es lo que le dirá. ¿Qué
otra cosa podría contarle? ¡Y dice que puede hacerlo sin que se alarme!
—Podría plantear la situación mucho mejor de lo que tú dices. Además, es por tu propio bien, Collie, por el tuyo y por el suyo. Y si no lo hiciera, estaría violando mi ética profesional.
Las cuerdas vocales se me empezaron a hinchar. Me froté los ojos tratando de borrar una especie de neblina roja que me impedía ver. Luego oí mi propia voz que decía:
—No lo haga, Doc. Si me hace
esto, si hace que la pierda, le… Cambió de posición y puso sus
manos encima del volante, donde yo pudiera verlas, y sencillamente se quedó sentado, tranquilo. Me miraba a la cara y esperaba.
La neblina roja desapareció y mi garganta se relajó. Eché el cuerpo hacia atrás apoyándome en el respaldo. Me sentía fláccido, vacío, como sin fuerzas, pero sabía qué hacer. Abrí la puerta del coche y comencé a salir. Él me hizo retroceder, mirándome preocupado.
—Collie… —titubeó— si quisieras comprender…
—Comprendo. Cogeré mi abrigo y me iré con usted.
—No. Espera un momento. — Clavó en mí una mirada profunda—. Tienes buen aspecto, Collie. Estás cien veces mejor que cuando dejaste mi casa.
—Me siento mejor, al menos me sentía mejor hasta que a usted se le ocurrió aparecer.
Dio un respingo y siguió estudiándome. Cuando volvió a
hablar, daba la impresión de que había pasado una hora.
—¿Estás ocultando algo, Collie? Estaba pensando que si la señora Anderson es el tipo de mujer que recoge hombres en los bares, seguramente tendrá algunos conocidos no del todo inmaculados…
—Ella no es de esa clase. Lo hizo conmigo, pero eso no quiere decir que lo haga con todos.
Asintió lentamente.
—Bueno, está bien, amigo.
Durante un tiempo, al menos hasta que no estés mejor instalado, no la veré.
—¡Carajo, Doc! Yo… caray, yo no sé cómo darle las gracias.
—No —dijo casi aturdido—. Yo no tengo derecho a ningunas gracias.
Charlamos durante algunos minutos más. Finalmente, nos dimos la mano y se fue. Volvió sobre su camino, hacia la autopista, en vez de venir hacia el terreno.
Volví a la siega del césped, pero no trabajé mucho más. Estaba
demasiado débil. La tensión en que había estado cuando pensé que él iba a hablar con Fay me había agotado.
Me tendí en la hierba, dejando que el sol me diera en la cara. Deseaba no tener que pasar nunca más por algo semejante. El doctor Goldman, pensé, mi amigo Doc, uno de los tipos más rectos que puedan existir. Y por un momento había estado a punto de matarle. A pesar del sol, sentía frío. Temblaba… Casi mato a Doc. Y probablemente le mataría si…
Pero ese «si» no iba a suceder, porque él había prometido no verla.
Hasta más tarde no me perturbó el hecho de que no me hubiera prometido no llamarla por teléfono.
7
Fue tres noches más tarde. Todos estábamos sentados alrededor de la mesa del salón: Fay, tío Bud y yo. Estudiábamos el mapa de la ciudad y mirábamos por encima las notas de tío Bud. Había un montón de ellas, de notas, quiero decir. Como Fay me había explicado, él había estado planeando aquello durante meses y meses, y había pocas cosas que no conociera sobre Charles Vanderventer III. De hecho, creo que
sabía más sobre el chico que su propia familia. Y lo digo porque si ellos hubieran sabido lo que nosotros, no habría sido posible ningún secuestro.
Me dio por pensar en ello más tarde, cuando se desató el embrollo, cuando ya había alarma en cuatro estados y se había llamado a miles de policías extra para la búsqueda, y cientos de sospechosos eran cercados e interrogados. Solo por hacer una suposición, diría que aquello debió de costarle a alguien
varios millones de dólares. Y, desde luego, no hay modo de contar lo que tuvo que costarle a los padres.
Y todo era tan carente de sentido,
¿saben? Habría sido tan fácil evitarlo.
Cuanto más pensaba en ello, más me parecía que Bill Collins y Charles Vanderventer III estaban navegando en el mismo barco. Sé que suena extraño y que parece que estoy de broma, pero no lo estoy. Aparte de Doc Goldman, quien realmente era incapaz de hacer nada, nadie se
interesó por nosotros hasta el secuestro. Nadie hizo nada por pararlo. Ellos tenían que saber que yo era un tipo que podía haber hecho algo así. Tenían que saber que yo — o alguien como yo— era un buen candidato, pero nadie hizo nada por averiguarlo. A los tipos como yo los dejan andar por ahí con algún arresto de vez en cuando y algún que otro mamporro de tanto en tanto, pero en realidad sin dar un duro por nosotros. Así era, y seguiría siendo, mientras nos mantuviéramos
apartados y estuviéramos tranquilos.
Pero en ese entonces los tres estábamos en ello, y trabajando duro en la trama. Recuerdo a tío Bud sirviéndose una bebida y levantando una ceja mientras me miraba.
—Bueno, Kid. Creo que esos son los mejores lugares: o el campo de deportes o el cine. Tú eres quien decide.
—Veamos —dije—: si fuera el cine, ¿tendría que ser mañana?
—Bueno, podríamos esperar otra semana, pero siempre tendría que ser
un sábado. Es el día que ponen películas de vaqueros en ese cine, lo cual ocurre cada vez que va.
—¿Y la nurse lo deja allí solo algunas veces, mientras ella y Rogers, el chófer, se dan una vuelta?
—Lo ha hecho, pero no siempre. No podemos contar con eso. Con lo que sí podemos contar es con que ella lo dejará solo mientras va al servicio de señoras. Cuestión, tal vez, de quince o quizá veinte minutos.
Dudé.
—¿Siempre se queda tanto tiempo?
—Lo he controlado una docena de veces, y nunca ha sido menos. Una vez estuvo media hora. Supongo que no le gustan las películas de vaqueros, de modo que no tiene prisa.
—Solo hay una pega. Yo no podría estar en la sala de uniforme. Fay tendría que encontrarse dentro, y entonces, cuando la nurse se fuera, salir y decírmelo.
—Podría hacerlo. —Fay se
encogió de hombros—. Podría hacer eso en vez de quedarme a esperar en el coche.
—Sí —dije—, pero eso deja un lapso de tiempo vacío. Podría ocurrir algo mientras sales fuera, me lo señalas y yo entro en la sala.
Fay le hizo a tío Bud una de sus muecas de entendimiento. Ella había estado disminuyendo la dosis de bebida, había hecho un buen progreso al respecto y se estaba volviendo bastante aguda.
—Es un chico vivo —dijo—,
justo cuando estás pensando que no podría ver agujeros en un queso suizo, señala un agujero como ese.
—Yo ya dije que era listo —tío Bud la miró ceñudo—, lo dije desde un principio.
—Así es como luces, anticipándote.
—Bueno… —Tío Bud se giró sin levantarse de la silla, y ahora casi le daba a ella la espalda—. Yo aún pienso que la del cine es la mejor de las dos posibilidades. El chófer entrará en la sala antes y se lo
llevará. Después de todo, el chico está acostumbrado a hacer lo que le dicen.
—Él igualmente haría lo que le dijeran en el campo de deportes — repliqué—, y no tendríamos que preocuparnos por la nurse.
—Pero tendrás que preguntar por él en el campo. Estará mezclado con un montón de chicos, ¿sabes?, y probablemente tendrás que recurrir a la vigilante. Todo eso lleva tiempo.
—Creo que me lo tomaré —dije
—. Ese cine está justo en el centro de
la ciudad. Si hubiera algún problema, nunca podríamos escaparnos.
Fay se echó a reír. Se sirvió un poco de whisky y empujó la botella hacia mí.
—Por Collie. Para que se agudice aún más su sentido del olfato. ¿Beberás por eso, tío Bud?
Tío Bud le lanzó una mirada dura, pero después él también rió y dijo que brindaría por lo que fuera.
—Pero vigila este rollo, ¿eh? — añadió—. Sé que estás dejándolo, pero recuerda que no puedes estar
bebida o tener una resaca en este trabajo.
Fay le respondió con una sonrisa perversa. Después me sonrió a mí, pero lo hizo de otra manera, y supe que estaría sobria antes de que empezáramos con el trabajo.
—De acuerdo entonces, Kid. — Tío Bud se volvió hacia mí—. Lo haremos el lunes próximo en el campo. Mañana está fuera, en el cine, y el domingo se queda en casa. Así que lo haremos el lunes.
—Alrededor de las tres —dije.
—Sobre las tres, pocos minutos antes, para que sea seguro. El chófer, ese Rogers, lleva al chico al campo a la una; nunca pasa a recogerlo antes de las tres y media o las cuatro.
Continuamos hablando y volviendo a los detalles una y otra vez. Dejé pasar un rato, me abotoné la chaqueta del uniforme y me puse las grandes gafas de sol. Dejé que tío Bud volviera a mirarme.
Lo había comprado en otra ciudad. Todo él era exactamente igual al del chófer verdadero.
—¡A… ja! —Me indicó que me sentara—. Una vez que te hayamos hecho unos ligeros retoques en el peinado, pasarás muy bien por él. Quizá seas un poco más alto que el otro tipo, pero nadie se va a poner a medirte.
—Estas gafas me preocupan. Hacen que me sude la cara, y así no puedo ver bien.
—Bueno, no tendrás que mirar mucho con ellas. No te las pongas hasta el último momento.
Cogí mi vaso y bebí un sorbo.
Sentía que debía decir algo más, pero por más que pensaba no me venía la idea.
—¿Sí, Kid? —Él estaba estudiando mi cara—. ¿Te sientes un poco nervioso? ¿Te pasa algo por la cabeza?
Dije que no me encontraba particularmente nervioso. No estaba preocupado por nada de lo que tendría que hacer.
—Solo, el…
—Se está preguntando por el dinero. —Fay me guiñó un ojo—. Se
siente perdido cuando no tiene los bolsillos llenos de pasta.
—Bueno. No se sentirá perdido mucho tiempo más —dijo tío Hud—. Lo tendremos dentro de una semana, Kid. Cien de los grandes para mí. Ciento cincuenta a repartir entre Fay y tú. Es lo justo, ¿no?
—Es justo. Supongo que lo que me preocupa… es pensar en todo ese dinero. Quiero decir que casi no puedo creer que vayamos a tener de verdad todo eso.
—Lo conseguiremos —dijo Fay
—. Tendremos nuestro paquete o alguien se ganará algo feo.
Tío Bud encendió un cigarrillo y apagó la cerilla en un cenicero. Aspiró un par de cortas bocanadas, sacudiendo la mano cada vez que se llevaba el cigarrillo a la boca.
—No hemos de tener misterios entre nosotros. Kid tiene algo en la cabeza. Mejor que lo descargue.
Dije que en realidad no era nada, tan solo una idea que me había venido.
—Me estaba preguntando —dije
— si no habría otra manera de hacernos con un botín sin tener que montarnos un secuestro. Solo empezarlo, ya sabes, una especie de fraude, entonces vienes tú, intervienes y rescatas al chico, algo así.
—¿Sí? —En la mirada que me lanzó había algo de alarma—. ¿Sí?
—Se sirvió una copa mirando el vaso todo el tiempo—. Continúa, Kid.
—Bueno, probablemente la familia nos daría una recompensa
muy buena, y tú quizá podrías volver a tu puesto en el departamento; por supuesto, no habría tanto dinero para repartir, pero Fay y yo podríamos tirar con mucho menos.
—Pero ¿cómo lo llevarías a cabo, Kid? ¿Cómo vas a convencerles? ¿Cómo vas a actuar de gran héroe cuando no has logrado atrapar a nadie?
Me rasqué la cabeza. Fay se echó a reír.
—Este sí que es un buen Collie.
—No se puede hacer, Kid. —Tío
Bud se encogió de hombros—. Simplemente no se puede.
—No —dije—, creo que no puede ser.
—Nones. Ni siquiera intentarlo. Así que seguimos con lo del lunes próximo. Dentro de una semana estaremos bastante…
8
Esa noche tuve un sueño extraño, condenadamente fastidioso, podría asegurar. Fue uno de esos sueños en los que cada cosa resulta ser justo lo contrario de lo que pensabas hasta ese momento. Empezaba desde atrás, con el primer día en que llegué a la fonda de Bert, y aquel chico —según el sueño— era en realidad un buen tipo. No había querido actuar como lo había hecho; le habían dicho que obrara así. Simplemente estaba
obedeciendo órdenes, y supongo que ya saben quién se las había dado. Lo mismo ocurría con el tío Bud.
Tío Bud no había planeado el secuestro. Lo había hecho Fay. Ella pedía tragos continuamente, pero la bebida era solo una actuación; no bebía tanto como aparentaba. Todo ese asunto de parecer medio indefensa y necesitar alguien que la apoyara era una comedia, una farsa. En el sueño era dura, corrupta, astuta y malvada todo el tiempo. Para conseguir sus propósitos, se había
acostado tanto con Bert como con tío Bud; esa era la forma de mantenerlos conformes y tranquilos. Aunque, en realidad, no significaban nada para ella, ni yo tampoco. Cuando se cansara de nosotros, tendríamos que evaporarnos rápidamente.
Todo estaba mezclado y revuelto, como siempre ocurre en los sueños, pero así era como sucedía. Pareció durar horas enteras, pero cuando me desperté sudando y gimiendo en voz alta, vi que no podía ser. El despertador marcaba poco más de
medianoche, y yo me había ido a la cama a las once.
Me incorporé y encendí un cigarrillo. El sueño y la sensación de irrealidad desaparecieron. Dejé de sudar y mi pulso se fue calmando. Antes ya había tenido pesadillas de este tipo, y los psiquiatras me habían explicado algunas. Me habían mostrado que aunque parecían ser diferentes entre sí, se trataba básicamente de un mismo sueño repetido. Al principio siempre soñaba que me pegaban. Estaba en el
ring con varios tipos, y ellos me llevaban mucha ventaja. A veces era solo uno, pero entonces el árbitro era un criminal. Otras veces el contrario era una mujer o un viejecito con barba, ya saben, alguien a quien yo no podía devolverle la paliza. Pero siempre, de cualquier forma, fuera quien fuera mi contrincante, yo recibía una paliza descomunal.
Era casi lo peor que podía ocurrirle a un tipo, es decir, me parecía lo peor entonces, cuando yo no era más que un chaval. A medida
que fui creciendo, por supuesto, comencé a ver que había cosas mucho peores, como saber que estás sano y no eres capaz de probarlo, o ser arrinconado allí donde puedes hacerle daño a alguien. O estar rodeado de degenerados y pervertidos, de tal forma que tú acabas siendo igual que ellos. Así fue como soñé sobre esas cosas.
Siempre me sentí culpable por lo de Bearcat. En mi subconsciente, aunque el sentimiento no era tan fuerte como lo había sido, seguía
sintiendo que debía ser castigado por aquello. Por esa razón tenía aquellas pesadillas, por lo mismo había tenido aquel sueño sobre Fay. Perderla, permitiendo cosas que hacían que la perdiera, era lo que más me aterrorizaba. Era el peor castigo que podía recibir, por eso lo obtenía en el sueño.
Permanecí despierto un buen rato, dando vueltas y haciéndome ver lo tonto que era. Estaba ya preocupándome porque no lograba dormirme de nuevo, cuando un
destello de luz entró por la ventana. Salté y miré fuera.
Era una noche de luna llena. Camino abajo, en la lejanía, vislumbré un coche. No pude ver nada más, ni al ocupante ni si había alguien más en los alrededores. Solamente un coche negro, aparcado y con las luces apagadas. Me puse los pantalones y los zapatos, salí sigilosamente fuera del apartamento y bajé hacia la arboleda.
El coche comenzó a apartarse, dio marcha atrás hacia la autopista
justo en el momento en que me acercaba. Pero, por lo poco que vi y oí, supe que me había levantado de la cama para nada. Solo eran un hombre y una mujer. Un tipo con su novia. Se habían metido allí para morrearse un poco, y ahora volvían sobre sus pasos.
Era algo tan inocente como eso; no obstante, había aparecido justo después del sueño y me había asustado un poco. No podía dejar de pensar que pudiera haber sido cualquier otro; cualquiera podía
aparcar allí y deslizarse hasta la casa. Apuesto a que no me habría enterado.
Después de mucho tiempo volví a la cama y me dormí. Pero incluso cuando dormía seguía estando intranquilo, aunque sabía que no tenía por qué. No había nada de qué preocuparse. Sin embargo, cuando la vida de un tipo está dedicada a una sola cosa o persona, bueno, en ese caso el tipo no necesita casi nada para desconcertarse.
El día siguiente, sábado, fue malo
para mí. Fay tomó solamente cuatro o cinco copas, y con la neblina alcohólica casi desaparecida de su mente, comenzó a hacer preguntas. Aunque pensaba que yo escondía algo, no parecía sospechar la verdad. Ella simplemente quería saber más sobre mí, como hace la gente que está profundamente interesada por una persona. Y yo quería que ella estuviera profundamente interesada. Vean ustedes en qué lío me encontraba.
No podía decirle la verdad. Ni
siquiera la verdad a medias, porque aun disimulando toda mi historia sonaría a demonios.
Después de la pelea con Bearcat en Burlington, había sido acusado de asesinato. Finalmente, la acusación se había quedado en homicidio sin premeditación, homicidio de segundo grado. El juez dictó sentencia, y esta coincidía con el tiempo que yo ya llevaba en la cárcel. Me enrolé en el ejército, pero ellos me pusieron rápidamente en la calle, con licenciamiento médico. Desde
entonces había ido pasando de una institución a otra, haciendo algunos trabajitos humildes entre cada encierro. No tenía preparación para conseguir un buen trabajo. No podía dar ninguna referencia, y antes o después mi ficha salía a relucir.
Esta era la verdad, sin ahondar ni meterme en pequeños detalles. Lo que le había contado a ella es que dejé de boxear después de haberle hecho mucho daño a un tipo, tanto que nunca se recuperó. Le mencioné que me habían prohibido para
siempre volver al ring después de aquello; por otra parte, yo no habría tenido estómago para hacerlo. Sin embargo, no servía para ninguna otra cosa; a partir de ahí, había ido a la deriva.
La explicación no la satisfizo, quiero decir que quería saber más; no obstante, vio que me estaba poniendo incómodo, de modo que, finalmente, lo dejó. Me fui a la cama temprano. Estaba completamente agotado por la tensión. Dormí bien, y cuando me desperté, ya me sentía
mejor.
Me vestí y fui hacia la casa. Después de desayunar, volví otra vez al trabajo del césped. El ejercicio me sacaba las preocupaciones del cuerpo. Había buceado hasta el fondo de un blues, y ahora aparecía por el otro lado. Todavía no estaba del todo alto de moral, pero sabía que iría subiendo rápidamente.
Como a las dos horas de haberme puesto a trabajar, oí a Fay que se movía por la cocina. Después, quizá media hora más tarde, salió a la
puerta y me llamó.
Dejé la guadaña y atravesé el terreno, enjugándome el sudor de los párpados y limpiándome la cara y los brazos con un pañuelo. Fui hacia los escalones, atravesé el porche, abrí la puerta y entré… Y… y después me quedé allí de pie, mirándola fijamente, porque sabía que era guapísima, que tenía madera, pero nunca hubiera pensado que podía ser tan bella. No había pensado que pudiera serlo ninguna mujer.
Sus ojos estaban radiantes,
transparentes. Su pelo tenía esa apariencia suave, brillante y estaba muy cepillado. Su cara era de una suavidad blanca y rosada que parecía surgir del interior de ella misma. Llevaba puestos unos pantalones cortos de color canela y una blusa blanca que dejaba libres los hombros. Respiró con profundidad, sonriéndome, sus pechos crecieron y pude ver que no llevaba nada bajo la blusa.
—¿Bien? —Inclinó hacia un lado la cabeza, sonrió—. ¿Estoy bien
como anuncio de la prohibición?
—Im… imponente. Realmente estás… eres una bomba.
—¿Hmmmmm? ¿De verdad piensas así? Pero deberías asegurarte, ¿no te parece?
—Fay, Fay, dulzura… —Di un paso hacia ella, pero me miré y me detuve—. Creo que estando tan, tan limpia, siendo tan bonita y todo, yo debería…
Vacilé deseando que dijera que no le importaba, y creo que comenzó a decirlo. Pero esto era algo que
significaba mucho para ella, probablemente tanto como el matrimonio. En cierto sentido, esto era como un casamiento. Algo que ella deseaba que fuera perfecto; así, tras unos instantes, asintió.
—De acuerdo, Collie. Como mencioné hace poco, es algo bonito,
¿por qué estropearlo?
—Enseguida vuelvo, Fay —dije
—, en cuanto me lave un poco.
—Ya sabes dónde estaré — sonrió—. Me encontrarás preparada. De hecho, pienso que podría…
Fay tiró de la blusa, sugerente. Después se volvió, atravesó el cuarto de estar y entró en su habitación.
Por un momento, no pude moverme, después salí de allí como despedido por una descarga. Corrí a través del patio y por las escaleras hasta mi apartamento. Abrí el grifo de la bañera y comencé a afeitarme. Acabé el afeitado, me metí en la bañera, me enjaboné y restregué la piel. Me sequé, me puse ropa limpia y volví a bajar las escaleras.
Creo que todo ello me había
llevado alrededor de veinticinco minutos, no podía haber sido mucho más. Y en ese lapso de tiempo —tan solo en ese corto lapso—, todo había cambiado para mí.
No había oído el coche cuando se marchaba. No había podido oírlo con todo el ruido que estuve haciendo en la bañera. Todo había pasado y, por supuesto, ella se había ido. Miré dentro de la casa, esperando contra toda esperanza, deseando que nada fuera como era, pero ella se había ido. Al parecer, lo había hecho como
estaba vestida, quizá se había llevado un abrigo.
Me quedé en el cuarto de estar, y durante un rato permanecí allí, sentado, mirando hacia el vacío, hacia nada, con la mente en blanco. Después, gradualmente, comencé a pensar de nuevo. Y lo que pensé fue en lo innecesario que era todo, en que cada cosa era una pieza más en el entramado que me había colocado donde estaba.
Doctor Goldman. Doc y las docenas de doctores en los que había
ido a caer decían que mi pensamiento era unilateral. Diablos, comparado con el suyo, el mío tenía más lados que un diamante. Ellos lo sabían todo sobre mí, al menos algunos; pero solo me tenían por algo aislado, ajeno al conjunto y que no formaba parte del mundo. Yo era un caso, no una persona.
Lo que yo pensara o sintiera era algo que tenía una importancia mínima, si es que tenía alguna. No era digno de crédito. No sabía nada, en tanto que ellos lo sabían todo. Y
si yo hubiera continuado dentro el tiempo suficiente, un año, dos, quince años —¡caray! —, ellos me habrían dejado bien arreglado. Sí, señor, habrían cuidado de mi caso. Y si no lo hacían, no tenía importancia, porque mientras tanto se me habría ido la vida.
Me he pasado la mitad de mi existencia escuchando a doctores, pero no podía recordar a uno solo que realmente me hubiera escuchado a mí, ni siquiera uno que hubiera dedicado un solo pensamiento a algo
que yo dijera. ¿Y por qué no? Díganme por qué no. Yo era el tipo que más me concernía. Yo era el tipo que mejor sabía de qué tenía que cuidarme. Era la mejor autoridad mundial sobre Kid Collins; no como caso, sino como el mismo Kid. Sabía cuánto había ganado y cuánto podía ganar. Y sobre todo, y esto es lo más importante, sabía cómo me consideraba la gente.
No había ninguna teoría al respecto. En este asunto no existía nada sobre cómo podía o debía
actuar la gente. Yo lo sabía. Lo había aprendido por experiencia de primera mano, y si alguien hubiera sabido escucharme, si Doc me hubiera querido escuchar…
Sí, claro, estaba metido en un negocio lamentable, pero me había llevado más de quince años conseguir algo así, más de quince años de aguantar, de no ser nada más que una nulidad. Y… y Doc no había sabido nada del asunto. Todo lo que sabía es que ahora me estaba yendo bien, que tenía algo por lo que vivir
casi por primera vez en la vida. De todos modos, no me había escuchado. Lo que yo sabía no importaba nada, únicamente lo que él pensaba.
Cogí la guía de teléfonos y busqué su número. Lo marqué, y él contestó inmediatamente. Dije
«Collie» y esperé.
—¿Collie? —titubeó—. Mira chico, eh, ¿dónde estás?
—Justo donde siempre he estado.
—Pero… —Se aclaró la voz, incómodo—. Recuerda que no te hice ninguna promesa, Collie. Te dije que
lo dejaría por el momento, y solo me comprometí a no verla. No dije que no fuera, ejem, a telefonearla, Collie.
—Ya lo sé. Eres un hombre de palabra.
Se quedó callado durante un rato. Cuando volvió a hablar, su voz parecía alterada, como si estuviera algo enojado.
—No dije nada que pudiera alarmarla, Collie. Al contrario, tuve mucho cuidado en darle seguridad.
—Entonces, eso quiere decir que ella es una especie de loca, ¿no es
así? No tendría que haberse alarmado y debería haberse tranquilizado, pero ocurrió justamente al revés. Ella no ha reaccionado apropiadamente, ¿no es así, doctor? Es anormal, ¿no le parece?
—A juzgar por su actitud, ¡sí! Ella…
—Ya sé. Recuerdo la época en que me hicieron tres punciones en un mes en la columna vertebral, así como cuando me trataron con electroshocks y con shocks de
insulina. No había nada equivocado en el tratamiento, ya sabe. No era por culpa del tratamiento que yo no podía enfocar mi vista, mantenerme en pie o recordar mi propio nombre. Era yo, solo era yo que no reaccionaba correctamente.
—Collie, por favor. Escúchame.
—Recuerdo a un médico de uno de los sitios en donde estuve, un tipo que se había especializado en lobotomías. Llevaba a cabo una tras otra, y, desde luego, era absolutamente correcto haciéndolas.
Lo que pasa es que, de alguna manera, los pacientes no cooperaban. No reaccionaban como hubieran debido hacerlo. Él les colocaba esos elegantísimos prefrontales, era muy simple, los mejores trabajos que se hayan visto por ahí. Sin embargo, esos condenados y testarudos pacientes no se ponían bien. Probablemente es que les gustaba ser idiotas, ¿no diría usted eso? Les gustaba mucho ser tan estúpidos como para no poder abotonarse los pantalones ni contar los dedos de una
mano. Les gustaba… —Me interrumpí sin oírle—. Déjelo, sencillamente déjelo.
Hubo una pausa. Yo podía suponer en él cualquier reacción, menos que fuera amenazador. Me imaginaba la preocupación en sus ojos.
—Lo siento muchísimo, Collie, pero debes comprender que era lo único que podía hacer. No podrás decir que sea culpa mía el que la señora Anderson adopte una actitud que es todo menos razonable.
—Ésa es la palabra correcta, Doc. Ahora quizá pueda decirme cúal podría haber sido una actitud razonable. Vive sola, recuérdelo, está un poco mal de los nervios y hace poco más de una semana que me conoce. Así que, dígame, doctor,
¿cómo tendría que haber actuado?
—Bueno, yo… yo en realidad no pienso que ella… —Hizo una pausa
—. ¡Escúchame, Collie! Ya te he dicho que lo siento.
—Usted no sabe nada, ¿verdad? Usted no lo sabía, pero ahora lo
sabe. Entonces va y encuentra el camino más fácil. ¿Por qué no prueba a hacérselo a usted mismo, doctor?
¿Por qué no va y le dice a alguna de las personas normales que conoce que usted tiene perturbaciones mentales? Luego va y se queda ahí a esperar y ver cómo reaccionan.
—Collie… —Ahora estaba imaginándome el rubor en su cara—. Hice lo que debía. Siento que la señora Anderson se lo haya tomado así, y me quedaré más que satisfecho si… ¿Está ella contigo…?
Me eché a reír y no le respondí nada.
—¿Estás en su casa? Bueno, quédate allí, llegaré en un momento. Yo… ya sabes que soy tu amigo, chico. No quiero que tengas que arreglar esto solo.
—Ya sé que es mi amigo. Me alegro de recordarlo.
—¿Te quedarás ahí, entonces?
¿Me darás la oportunidad de arreglarlo?
—Me voy de aquí —mentí—, vuelvo a la carretera.
—¡No! No, Collie. Si sientes que no puedes quedarte ahí tienes que volver aquí. Seguiremos adelante tal como lo habíamos planeado.
—Me voy, Doc. Vuelvo a la carretera, y no trate de buscarme. Porque si lo hace… no le recordaría.
Colgué el teléfono.
Un minuto más tarde volví a llamar. Sonó y sonó, y finalmente colgué. Me quedé allí, sentado mirando a la nada. Las lágrimas bajaban por mi cara.
9
Esperé en la casa hasta alrededor de medianoche. Después salí, me dirigí al garaje, me tumbé sobre la cama y seguí esperando. Cuando me quedé dormido, ya eran las cuatro de la mañana y ella todavía no había vuelto.
Me desperté casi a mediodía, y enseguida me di cuenta de que en la habitación había otra persona. Seguí echado, y abriendo ligeramente los ojos, me puse a mirar entre los
párpados.
Era el tío Bud. Estaba sentado cerca de mi cama y tenía el sombrero echado hacia atrás, dejando ver su pelo blanco y lacio. Más que observarme, estaba estudiándome. En su rostro demasiado amigable, había una mirada entre pensativa y calculadora, y pude sentir que sabía lo que estaba pensando, tan bien como él.
¿Qué pasa si Kid está un poco ido, e incluso si lo está más que un poco? Aun así puedo utilizarlo,
utilizarlo y después, con la ayuda de Fay, deshacerme de él. Porque tal y como se siente ahora respecto de Kid, debe de estar más ansiosa que yo por quitárselo de en medio.
Me desperté. O, más bien, abrí los ojos y aparenté sorprenderme. Tío Bud se disculpó por estar tan cerca de mí. Acababa de entrar, dijo, y yo le respondí que claro, que estaba bien.
Fui hacia el cuarto de baño y me lavé. Cuando volví, tenía puesta esa cálida, cálida sonrisa. Su simpatía y
amigabilidad llegaban hasta mí.
—¿Sabes lo que ha pasado, Kid? Fay llevaba una gran carga encima cuando apareció en casa, y yo no estoy seguro de haber arreglado bien las cosas.
—Yo sé muy bien lo que pasó. Lo comprobé con mi amigo el doctor.
—¡Vaya observación! ¡Sí, señor, una jodida observación! —Sacudió la cabeza con pena—. Dos personas que están descubriendo cómo eres, y tiene que pasar una cosa así. Pero ella se lo quitará de la cabeza, Kid.
Dale un poco de tiempo, es cosa de que se acostumbre, y volverá.
—Claro que lo hará. No la molestaré para nada.
—Bueno… —Sus ojos se clavaron en mí—. Bien, no, por supuesto que no. No obstante, será mejor ir sin prisas, ¿no es cierto, Kid? Dejemos que sea ella quien tome la iniciativa, es mejor así. Y hablando de otra cosa, descansa aquí y yo te traeré algo para desayunar.
Tío Bud fue hacia la casa y organizó una bandeja con beicon,
huevos revueltos y una gran cafetera. Me dijo que Fay estaba realmente fuera de combate, que se encontraba tan mal, tan decaída, que casi no podía mantenerse en pie, y que eso nos ponía en dificultades.
—¿Verdad, Kid? Esto nos destruye la jugada.
—Claro que sí. Si íbamos a lanzarnos hoy mismo, deberíamos haber comenzado hace un par de horas.
—Sí, Kid, sí. Sin embargo, creo que es mejor que esperemos hasta
mañana. ¿Pero cómo podemos saber si ella estará recuperada entonces? Cuando entra en esos estados es capaz de permanecer así una semana.
—Sí, es cierto.
—Kid —titubeó—. De todos modos, ¿tú qué piensas? Yo podría ocupar su lugar. Ir contigo yo mismo y cuidar del chico. El problema es que soy bastante conocido en esta ciudad. Y si alguien nos viera juntos…
—¿Sí? —formulé.
—Bueno, es que no creo que
fuera una buena idea. Quizá no estropearía nada, pero tal vez sí. Yo lo veo de esta forma, Kid: creo que no tiene sentido añadir riesgos.
Llené mi taza de café y encendí un cigarrillo. Él esperó. Estaba casi impaciente, esperando que yo cogiera la pelota y me la llevara. Dejé que siguiera esperando. Tenía que estar absolutamente seguro, iba a hacerme su propuesta.
Al fin habló:
—Bueno, Kid, ¿qué dices? ¿Qué piensas? Yo creo que podemos
hacerlo bien. Tú solo puedes hacerlo tan bien como si lo hicieras con Fay.
Tomé un sorbo de café, dubitativo; como si pretendiera pensarlo. Arrugué mi cara en una expresión pensativa, y me tomé el café lentamente. Él observaba cada movimiento. Se echó hacia atrás en la silla, con el brazo apoyado en el respaldo, tratando de aparentar que no estaba ansioso, que era todo relajación. Y por otra parte, su expresión daba a entender que yo no le había comprendido.
Fay había acertado en sus opiniones: era estúpido, estúpido e indigno. Apretándole un poco, la estupidez le rezumaba como sudor.
—Bueno —dije—, estoy un poco asombrado. Pero si tú piensas que…
—¿Sí, Kid? ¿Sí?
—Si tú piensas que irá bien, vale. De acuerdo.
—¡Bárbaro! ¡Es fantástico! — Saltó resplandeciente—. Ahora, si has acabado, será mejor que empecemos a prepararlo todo.
Mi pelo era rubio, casi amarillo,
quizá ya se lo había dicho. Bueno, es igual, lo es… lo era… y el pelo del chófer era negro. Así que llegó el momento del tinte.
Me afeité de prisa. Cuando terminé, tío Bud cogió la maquinilla y me afeitó el cuello. Me miró por detrás y por delante, y volvió otra vez a mi cara, repasando cualquier pequeño espacio que me hubiera dejado. Entonces, pasamos a teñirme el pelo.
Tenía una pinta bastante extraña:
cuando acabó, las sienes y la parte
de atrás del pelo eran negras, mientras que la parte superior de la cabeza seguía siendo amarilla. Las grandes gafas de sol cubrían las pestañas y las cejas, así que las dejamos de su color natural. Me puse el uniforme completo, gorra incluida, además de las gafas y los guantes. Entonces, después de que tío Bud lo hubo revisado, me quité la gorra, la chaqueta, los guantes y las gafas, y me puse mi sombrero. Vestía una camisa deportiva. En el coche, tenía que parecerme a cualquier tipo que
estuviera dando un paseo.
Tío Bud me ayudó a transportar abajo los trastos del uniforme. Los pusimos en el suelo de la furgoneta, detrás del asiento delantero. Entré, tío Bud me deseó suerte y me sonrió. Diría que casi estaba riendo de la felicidad que sentía, y yo también estuve a punto de echarme a reír. Arranqué, preguntándome por qué la gente estúpida siempre se imagina que los demás son los estúpidos.
¿Por qué siempre piensan que pueden putear a los otros tipos? No estoy
diciendo que yo fuera brillante, por supuesto, pero incluso un idiota de remate podía haber visto el truco.
Nunca había significado nada para él. Ahora que tampoco significaba nada para Fay, y ya que prácticamente le había dicho cómo podían jugar con absoluta seguridad y llevarse la pasta… En fin, ya ven ustedes lo que él iba a hacer. Lo que ellos iban a hacer.
Y daba la impresión de que había un bonito apaño para llevarlo a cabo. Todo parecía encajar perfectamente.
Incluso, si necesitaban apoyar su versión de la historia, podían usar del doctor Goldman.
Fay, compadecida de mí, me había dado un trabajo. Luego, cuando Doc le habló de mi pasado, ella me había echado. Me había dado de plazo hasta el día siguiente, que era lunes, para que me largara. Se había ido a dormir tarde ese día, este día, y al despertar se encontró con la sorpresa de que yo le había birlado el coche. La pobre no había sabido bien qué hacer… siendo, como era,
tan campesina e inocente, ya se sabe. Así que había llamado al tío Bud, y él le recordó que yo había dicho algo sobre ese chico, Vanderventer. En ese momento pensó que aquello nada más se trataba de la cháchara de un chiflado. Sí, yo era un loco huido y un ladrón de coches…
Bueno, quizás hasta ahora yo no me había imaginado demasiado bien cómo era, y es posible que la descripción se acercara mucho a la verdad. Yo iba camino de la muerte, mientras que tío Bud estaba —o él
mismo pensaba que estaba—
destinado a ser un héroe.
El hecho es que, sabiendo todo lo que sabía, no podría decir por qué seguí adelante. De alguna forma, en realidad yo no pensaba en el porqué de todo ello. Solo aparecía como algo que tenía que hacer, como si hubieran colocado mis ruedas en un carril y tuviera que seguir hasta el final. Estaba dolido, no se engañen, dolido y resentido con todo el mundo. Y probablemente por eso mismo, seguía adelante, pero no lo
sé. Todo lo que sabía era que tenía que seguir adelante y que necesitaba un anzuelo. Algo que les arrastrara hacia el negocio y se vieran atrapados en él.
Les volvería locos, pensé. Ellos se imaginaban que iban a cobrar rápida y fácilmente, pero no sería así. Les haría continuar. Tendrían que jugárselo todo, hasta el final, con un loco escapado como socio. Y no era un chalado cualquiera, sino alguien que sospechaba de ellos, que sabía que habían intentado quitarle
de en medio.
Antes de que todo hubiera acabado, seguramente ellos estarían cien veces más locos que él.
Pero necesitaba un anzuelo. Tenía que encontrarlo.
10
Este barrio, el más fino de la ciudad, era casi el más elegante que yo había visto nunca. Tenía unas cuantas casas de apartamentos, con piscinas y fuentes por delante, hasta las que se llegaba mediante largos y espaciosos paseos. Pero aparte de estas casas, el resto eran fincas. Las edificaciones se asentaban lejos de la calle, tan lejos y tan escondidas por los árboles, que a duras penas podían verse.
Ante mí, justo frente a la calle, estaba el campo de deportes. Cubría casi una manzana y prácticamente tenía todo lo que pueda imaginarse en cuanto a equipamientos de juegos. Por supuesto, la mayoría de los chicos que venían aquí tenían tanto o más en sus casas. Sin embargo, este parque privado les daba algo que ellos echaban de menos en sus casas… algo que normalmente los chicos dan por hecho: la oportunidad de jugar con otros chicos. Así que supongo que sus familiares sentían
que era necesario que concurrieran al campo.
Las instalaciones estaban rodeadas por una valla alta de alambre espinoso, con una puerta a cada lado. Al fondo, dando frente a esta calle y a un lateral, estaba la casa-club. Me imagino que se llamará así. Era un sitio, llámese como se llame, donde los chicos podían divertirse cuando llovía; además, allí se encontraban los lavabos.
Las puertas no estaban vigiladas;
supongo que un guardia en cada una habría sido demasiado caro. Tampoco se hallaban encerrados, aunque la vigilante tenía veinticinco o treinta chicos a su cargo y no podía ir corriendo de una puerta a otra.
Era una mujer bastante joven, vestida completamente de blanco, como una enfermera. En cierto modo, era guapa, aunque parecía un poco aturdida y bizqueaba, porque a chicos como esos no los podía castigar con severidad. Podía indicarles lo que tenían que hacer,
pero no insistir demasiado ni ponerse dura con ellos si quería mantener su empleo. Y parecía que ella no era la única que lo sabía. Desde que llegué, había estado persiguiéndolos y poniéndolos en orden, uno tras otro. Ahora, finalmente, los tenía a todos reunidos en medio del campo, tratando de hacerlos jugar a algo.
Me quité las gafas de sol y las limpié. Miré el reloj del tablero: eran las tres y cinco. Si se mantenía el horario habitual, el verdadero chófer llegaría entre las tres y media
y las cuatro. Así que había de empezar a moverme, si es que lo iba a hacer. Tenía que hacerlo, pero no podía. Todavía no había encontrado la forma.
Me puse otra vez las gafas y volví a mirar al campo de juegos. Miré justo a tiempo para ver cómo un niño le propinaba un empujón a una chiquilla. Ella se dejó caer berreando, como si la hubieran matado. La vigilante apuntó su índice hacia el chico y se puso en cuclillas ante la niña. Le sacudió el polvo, la
besuqueó y la ayudó a ponerse de pie. Ella se enderezó y miró a su alrededor buscando al chico. Después, pareció encogerse de hombros y volvió al juego. Quizá pensó que el chico aún estaba en el grupo, porque, con tantos como había, era difícil estar pendiente de todos y sencillo perder a uno de vista. O tal vez pensó que se había ido al servicio. De todas formas, no pareció preocuparse. Y, además, realmente no podía preocuparse. Es probable que tuviera treinta chicos
que atender, así que no podía ocuparse de uno solo.
Sin embargo, yo sí podía. Cualquier tipo que quisiera llevarse a uno, podía hacerlo. De esta manera, yo sí que supe dónde estaba el chico.
Había ido hacia el club pero no había entrado. En vez de hacerlo, se deslizó a cuatro patas a través del patio hacia el otro extremo, y comenzó a arrastrarse a lo largo de la hilera de corrales de arena. Se dirigió directamente hacia la puerta. Por la forma en que lo llevó a cabo,
se podía decir que lo había hecho antes muchísimas veces.
Arranqué el coche, mientras observaba cómo salía desde detrás de un corral y abría la puerta unos centímetros. Su pelo era del mismo color que el del chico Vanderventer. También eran más o menos de la misma talla, pero se apreciaba que este era mayor. Tendría por lo menos nueve años, supuse, posiblemente diez.
Él era mi anzuelo. Podía serlo…
si lograba salir.
Y lo hizo.
Lo hizo tan rápido que casi desapareció de mi vista. En un momento estaba reptando tras el corral de arena, un segundo después ya estaba fuera de la puerta, corriendo agachado por la base de hormigón de la valla. Al llegar a la parte trasera de la casa-club, se enderezó tranquilamente y bajó hacia la mitad de la construcción. Entonces, sacó un cigarrillo del bolsillo de sus pantaloncitos descosidos y lo sacudió varias veces
contra la muñeca.
De otro bolsillo, cogió un mechero y encendió el cigarrillo. Se apoyó contra la pared del edificio, cruzando un pie sobre el otro, soltando el humo como un hombrecito. Yo puse el coche en marcha. Pasé de largo la parte vallada del campo de deportes y aparqué detrás de la casa-club.
El chico chasqueó los dedos y me miró en una especie de saludo de entendimiento.
—Hola Rogers, ¿qué hay de
nuevo? —dijo, adelantándose pausadamente.
Yo respondí algo entre dientes,
«hola, ¿cómo estás? » o algo por el estilo. Tal vez ni siquiera eso, porque estaba bastante confuso. La forma en que el chico actuaba y hablaba no me era una ayuda para empezar. Me impedía resolver el comienzo.
—¿Vale? —Vaciló con la mano encima del capó, inclinó la cabeza hacia mí a través del parabrisas, fue hacia la puerta y entró al coche—.
¿Qué te parece si damos un paseo, Rog? Quiero hablarte sobre Charlie, y esta será mi última oportunidad.
Volví a arrancar el coche. Comenzó a avanzar con una sacudida. Él estaba haciendo exactamente lo que yo quería que hiciera. Pero bueno, no sé, no podía pensar en nada.
—¿No te acuerdas de mí, Rog?
—Se recostó en el asiento, apoyando los pies en el tablero—. Bueno, ya suponía que no te acordarías. He estado en la costa durante seis meses
y pasaré aquí solo unos días, con mi abuela. Tengo que volver a París esta noche; así lo ordenó el juez cuando mis padres se divorciaron. Seis meses con papá en los Estados Unidos y seis meses con mamá.
Encendió otro cigarrillo y me alargó el paquete. Sacudí la cabeza mirando el espejo retrovisor. Había uno o dos coches detrás de nosotros, pero ninguno era el del tío Bud. Me preguntaba si no me habría equivocado respecto a ellos.
—Ahora, en cuanto a Charlie —
dijo el chico—. ¿Qué pasó con él, Rog? ¿Qué clase de malos tratos le están dando esos padres bobos?
—¿Malos tratos? —vacilé—. Yo, eh, creo que no sé qué quieres decir.
—No importa. Yo sé cómo le tratan, cómo le han tratado siempre. Ha estado enfermo durante años y se está poniendo peor. Y cuanto más empeora, más duro se lo ponen. Dicen que están haciendo de él un hombre, enseñándole responsabilidades… ¡Chico! ¡Cómo
me gustaría ser un poco más grande! Me conseguiría una porra y…
Ahora los vi. Fay y tío Bud. Estaban en el coche de él. Fay lo conducía, y se acercaban rápidamente.
—¿Te pasa algo, Rogers? —El chico me lanzó una mirada de entendimiento—. ¿Quieres que me esfume?
—Son solo unos amigos míos — dije—, y quiero que continúes donde estás. Únicamente quiero que actúes como…
—Te entiendo. Has llegado demasiado pronto para recoger a Charlie, así que estás matando el tiempo con un amigo.
Seguí un poco más y paré. El coche nos adelantó, derrapó hasta detenerse y tío Bud saltó de él. Comenzó a correr hacia nosotros, llevaba una mano dentro del abrigo. Echó una buena ojeada al chico, y se le abrió la boca. Se le abrió tan de golpe, como de golpe nos había pasado el coche.
Salí y fui lentamente hacia él,
simulando deliberadamente cierta perplejidad.
—¿Qué pasa? —pregunté—.
¿Qué estáis haciendo vosotros dos por aquí?
—Yo… nosotros… —Sacudió indeciso la cabeza, mientras parpadeaba. Él había planeado hacer algo que ahora había cambiado, y no sabía cómo tomárselo ni qué hacer
—. E… ese chico —dijo, por fin—.
¡Por todos los demonios, Kid, te has equivocado de chico!
—¡Eh! —dejé escapar un gruñido
—. Pero si se le parece.
—¡Maldita sea! ¡Pues no lo es! Hasta un ciego podría ver que no lo es.
—Te lo dije. Te dije que no podía ver bien con estas gafas; pero no vale la pena lamentarse. Lo volveré a dejar y cogeré al niño en cuestión.
—¿Así, sin más? ¡Joder! De todos los estúpidos que he conocido…
—Él no dirá nada. Le haré creer que todo ha sido una especie de
juego.
—Sí, pero… —tío Bud vaciló— es asquerosamente tarde, y estás casi a punto de toparte con el chófer verdadero.
—Puedo hacerlo —expliqué—, y estoy seguro de que el chico no hablará. Le dará miedo, ¿sabes? Se ha escapado deslizándose desde el campo de deportes y estaba…
—¡Vale, de acuerdo! —De golpe se hizo a la idea—. Pero muévete,
¿quieres? Hazlo, ya nos veremos en casa.
Tío Bud corrió hacia el coche, dándole un empujón a Fay, que justo en ese momento estaba saliendo. Se fueron, conducía él. Yo me fui hacia la furgoneta.
—Bueno, Rogers —el chico me saludó mirando el reloj del tablero
—, tengo que volver al campo.
—Ahora mismo —asentí. Di la vuelta haciendo una U—. Bien, sobre este paseíto nuestro, te agradecería que no se lo dijeras a nadie.
—No lo haré —prometió—, pero tampoco tú digas nada. Dame solo un
minuto para que me deslice hacia la casa-club. Luego, podrás recoger a Charlie. Nadie sabrá ni una palabra.
Volví a la esquina del campo y aparqué junto a la acera de la casa- club. Abrió la puerta casi de mala gana. Se quedó sentado, dudando, con la mitad del cuerpo fuera y la otra mitad dentro del coche. Después se volvió hacia mí y me miró a la cara pensativamente. Por un momento, me pareció que era tan mayor como su forma de hablar.
—Charlie está enfermo —dijo—.
Terriblemente enfermo. Yo no puedo hacer nada y, de todas formas, me voy a París esta misma noche.
—Ya veré qué puedo hacer — dije precipitadamente—, cuidaré de él. No te preocupes.
—Será mejor. Seguro que tú…
mejor… Rogers.
Se deslizó fuera del coche, y durante un segundo miró hacia atrás.
—Tómatelo con calma —dijo—. Su gente necesita un buen susto, pero no seas demasiado duro con ellos.
Se había ido tan rápido que
resultaba difícil creer que había estado allí alguna vez. Salí tras él, pero cuando alcancé el campo de juegos había desaparecido.
Abrí la puerta y entré en el coche, dejándola entreabierta.
Eran las tres y media… cuando salía del coche. El verdadero chófer podía aparecer en cualquier momento, pero yo tenía que seguir adelante con este asunto, y era ahora o nunca.
Los niños todavía estaban en el campo y también la vigilante. Cuando
me encontraba a unos seis metros, me detuve. Entonces ella se giró y me vio.
—¡Ah, Rogers! Hola. —Lo dijo con ese aire un poco arrogante que usan las personas que piensan que son más que tú y sienten que tienen que demostrarlo todo el tiempo—. Para variar, llegas temprano, ¿no es así?
Me toqué la gorra con los dedos y no dije nada. Ella volvió ligeramente su cabeza y buscó entre los niños.
—Charles, Charles Vanderventer
—llamó—. ¡Oh, estás aquí! Vete con
Rogers.
Salió del grupo. Era un niño pálido, con aspecto débil. Me observó con incertidumbre y después la miró a ella.
—¿Ese es Rogers? —preguntó confundido.
—Es… ¡Oh, Dios mío! —Lo cogió por los hombros y le dio un pequeño empujón—. ¿Quién podría ser si no?
Vino hacia mí moviéndose con
lentitud. Sentía y sabía que algo no marchaba bien, pero temía decirlo. Cuando volví sobre mis pasos y me dirigí a la puerta, me siguió de mala gana. Caminé con rapidez, oyendo sus pasos tras de mí. Él mantuvo su marcha lenta, así que tuve que aflojar un poco la mía; no podía dejar que se rezagara demasiado, pero tampoco convenía que le pidiera más prisa. Estaba acostumbrado a hacer lo que le decían, pero en esto no podía forzarle demasiado. Si trataba de apresurarle, podría asustarse más de
la cuenta.
—¡Eh, Rogers! —Ahora era la vigilante—. ¡Rogers!
Me detuve y volví en parte.
—Hoy Charles ha tenido un día bastante difícil. ¿Querrá decirle… querrá decirle, por favor, a la señora Vanderventer que le sugiero que se quede en casa mañana?
Hice una señal de asentimiento con la mano. Continué caminando hacia la puerta, y después de un largo rato vi que el chico me seguía. Caminaba arrastrando los pies.
Se me estaban empañando las gafas. Me las ahuequé, y se limpiaron en un instante, pero después volvieron a nublarse, peor que antes. La puerta estaba a menos de nueve metros, pero casi no la veía. Eché una ojeada por encima del hombro, pero apenas pude vislumbrar al chico. Todo estaba nublado, era una oscura y borrosa neblina. Nada tenía sentido. Ahora era un ciego, un hombre que se había enceguecido a fin de conseguir algo. Y en estos momentos, aunque tenía lo que había
querido, se me estaba escapando.
Sin previo aviso, mi mente se quedó completamente en blanco. No sabía dónde estaba ni cómo había llegado hasta allí. Tampoco sabía qué estaba haciendo o qué se suponía que debía hacer. Solo estaba allí, aquí, caminando a través de un campo de deportes para niños. Un tipo vestido con ropas extrañas y calurosas con un chaval tras él.
Cómo, por qué y para qué era todo eso, no lo sabía. Supuse que debía de tratarse de alguna broma.
Lo único que se me ocurrió fue que en la fonda de Bert me había quedado en blanco, ellos me habían vestido con esas ropas y me habían echado de allí. Podía haber ocurrido así. Ya me había pasado antes, cuando mi mente estaba muy al rojo vivo y la gente me había hecho cosas extrañas.
Casi me reí de mí mismo, y siguiendo con la broma pensé que el chiste lo harían ellos cuando apareciera ese loco de Jack Billingsley. Íbamos en camino hacia
la costa, yo y el loco de Jack, cuando el coche se estropeó. Yo había vuelto para pedir ayuda, pero, de alguna manera, Jack consiguió que el coche anduviera y…
Tropecé. Estuve a punto de dar con la cara en el suelo. Me quité las gafas bruscamente y las sequé. Las limpié cuidadosamente, y la luz brillante del sol me deslumbró. De repente, volví a saber dónde estaba, por qué y qué tenía que hacer.
Me coloqué de nuevo las gafas. Me volví, cogí al chico de la mano y
lo llevé conmigo. Quedaban solo unos pocos pasos hasta la puerta, pero no podía permitir que siguiera arrastrando los pies, mis nervios no lo soportarían. No había tiempo.
El chico se quejó cuando lo agarré. Ahora intentaba quedarse atrás, y yo temía que tuviera suficiente temple como para ponerse a gritar. Así que me detuve y lo cogí en brazos. Esto le aquietó; supongo que el miedo le había paralizado. Me enderecé y salí hacia la puerta.
Una gran limusina frenaba en ese
momento, y el chófer salía. Iba vestido exactamente como yo. Era el hombre que se suponía que yo era.
11
Se sacudió el polvo de los pantalones, como hacen todos los hombres nada más salir del coche. Se quitó las gafas de sol, las limpió, me echó una mirada con una inclinación de cabeza y se las puso otra vez.
Yo devolví el saludo con otra inclinación. Atravesé la entrada y bajé los escalones hacia el paseo. Empezó a caminar hacia mí, seguía sacudiéndose. Pasamos uno al lado del otro. Él subió los escalones hasta
la puerta. Yo continué el camino.
Alcancé la esquina de la casa- club. Di unos pasos más, mirando por encima del hombro; el verdadero chófer se había detenido y me estaba observando fijamente.
No sé cómo ocurrió. Ignoro si él vio la cara del chico o si le había llevado todo ese tiempo darse cuenta de cuál era la situación. Es probable que se tratara de esto último. Hay cosas que, de tan sorprendentes, terminan por no sorprender a nadie.
De cualquier forma, el hombre
reaccionó con rapidez. Ni siquiera gritó, lo cual desde luego podría haber hecho. Atravesó la puerta de un salto, y de otro bajó los escalones. Corrió por el paseo tras de mí, pesadamente, batiendo los puños y agachando la cabeza. Todo acción y nada más.
Me alejé de él y fui a la parte trasera del edificio, con el chico aún cogido. Cuando lo tuve encima, lancé mi puño. Recibió el directo en toda la cara.
Sus gafas explotaron. Sentí cómo
se aplastaba su nariz en un crujido. Retrocedió. Se tambaleó sobre sus talones y cayó hacia delante. Estaba fuera de combate, como un peso ligero golpeado todo lo fuerte que yo, un medio, podía haberlo hecho. Nadie lo había visto. El elegante edificio del club y los muros de las fincas estaban de por medio. Se encerraban entre muros, fuera del mundo, y el mundo estaba alejado de ellos.
Me agaché y di la vuelta a la esquina. Coloqué al chico en el suelo
del coche, extendido. Salté por encima de él, manteniendo un pie sobre su cuerpo mientras me deshacía del uniforme y me ponía el sombrero. Después di un golpe de volante, giré en redondo, atravesé el cruce y enfilé hacia la autopista.
El chófer de Vanderventer aún yacía donde lo había dejado, tumbado detrás de la casa-club. Cuando di la vuelta a la esquina y al campo de deportes, desapareció de mi vista. No habían pasado coches cuando le golpeé, pero varios sí lo
habían hecho desde entonces, y otros estaban pasando ahora, aunque ninguno paró. Tenían otras cosas que hacer, y no era de su incumbencia si a un hombre se le había ocurrido caerse.
Cuando ya había recorrido unos tres kilómetros, recordé que tenía el pie encima del chico. Lo levanté rápidamente y le di una palmadita. Le dije que no tenía nada que temer. Solo debía quedarse ahí un poco más y tomárselo con calma, nadie le haría daño.
—De acuerdo. De acuerdo… —
dijo tragando saliva—. Yo… yo… Trataba de decirme que haría lo
que le había dicho, pero se trabó, ahogado en un sollozo. Le pedí que no llorara.
—Descansa tranquilo, Charlie, amigo. Quédate tranquilo y a gusto, y todo irá bien. Yo no te haré daño ni permitiré que nadie te lo haga.
Continué hablándole, para tranquilizarle. Debió de creer lo que le dije, porque dejó de sollozar y le volvió un ligero color a la cara.
Puse la radio del coche, manteniendo el volumen bajo.
Todavía no había en el aire ninguna noticia sobre el secuestro, no es que pensara que ya pudieran estar diciéndolo, pero la curiosidad me ganaba, quería escuchar cómo saltaría la noticia. ¿Cuánto tardaría? El chófer debía de estar aún fuera de combate, tumbado donde yo lo había dejado. Nadie se habría parado a preguntarle qué le pasaba ni por qué estaba allí. ¿La vigilante? Bueno, sobre ella estaba un poco perplejo:
debió de habernos visto a los dos juntos y haber sabido que las cosas no estaban en su justo sitio. Pero… bueno, allí estaban. Así es como funcionan generalmente las cosas. La gente que debe hacer algo necesario está demasiado ocupada para realizarlo. Los otros no dan un centavo por ello.
Sí, el departamento de policía estaba trabajando. Relativamente hablando, la zona era una de las más patrulladas de la ciudad. Generalmente había coches patrulla
asignados a esta sección, cubriendo una zona de unos diez kilómetros. En teoría, la forma en que funcionaba era que los coches cubrieran tanto territorio como pudieran hacerlo una docena de hombres a pie. Y podían, lo cubrían bien. Pero la policía en sí misma poca cosa podía hacer aparte de eso. No podía estar todo el santo día conduciendo de un lado a otro viéndolo todo. Mientras conducían, los oficiales no estaban al tanto de los problemas. Si los había, tenían que dejar el coche y la radio
mientras se dedicaban a investigar. Y si mientras tanto algo explotaba, tenía que esperar a que regresaran.
Este era el sistema. El mismo sistema «eficiente» que puede encontrarse en cantidad de ciudades. Así ahorraban el dinero de los contribuyentes y hacían un buen negocio… «al lograr que el departamento funcionase sobre una base empresarial». Al menos, eso decían.
Normalmente, habría llevado de media hora a tres cuartos hacer el
viaje desde el campo de deportes a la casa, pero me tomé la molestia de conducir lentamente para no atraer la atención de la policía o de algún curioso. Hacerlo así era un esfuerzo excesivo, porque tenía que tranquilizar al chico y oír la radio, de modo que la apagué. Estaba deseando llegar tan rápido como pudiera, pero supe mantenerme dentro de los límites de velocidad. Después, de alguna forma, quizá por el esfuerzo que estaba haciendo, me las ingenié, no sé cómo, para
perderme. Ya había pasado más de una hora y media cuando aterricé en el jardín de la casa.
Tío Bud y Fay estaban en la puerta de la cocina. Allí parados, tan pálidos y aturdidos, me miraban. Parecían paralizados. Desde dentro de la casa se oía la radio, daba noticias del secuestro. Así que ya se sabía. Me tomé un tiempo mientras caminaba hacia ellos. Después me detuve al borde de las escaleras y me dispuse a escuchar.
Al igual que todas las
informaciones de primera mano, esta también era confusa. Aparecían más o menos fielmente los hechos del secuestro, pero los detalles estaban completamente falseados. No tenían mi descripción más allá del hecho de que era «bastante alto y de complexión media». No sabían qué tipo de coche había utilizado.
Tanto la vigilante como el chófer estaban siendo interrogados. Habían enviado a la zona a todos los policías disponibles, incluso a los que estaban fuera de servicio. La
vecindad entera estaba bloqueada, y se llevaba a cabo la búsqueda en cada finca del barrio. Todos los sirvientes, especialmente los chóferes uniformados, estaban siendo
«intensamente interrogados».
Los padres del chico se encontraban «abatidos». El alcalde había pedido «acción total», el comisario de policía estaba
«presionando, a fin de llegar a una solución inmediata del caso» y el jefe de policía había prometido que
«no quedaría ni una sola piedra sin
remover».
Como la noticia acababa de aparecer, todo aquel que era algo ya estaba listo para hacer declaraciones. Se hallaban tan preparados con sus predicciones, promesas y demandas, que podía pensarse que habían estado esperando que ocurriera algo así. Sin embargo, no creo que se lo esperaran. O bien, en caso de esperar algo, no les había inquietado mucho.
Volví al coche y lo rodeé, dirigiéndome hacia la otra puerta. Le
hablé al chico, lo alcé con cuidado y comencé a caminar. Estaba profundamente dormido, agotado por la excitación y la tensión. Yo mismo estaba prácticamente fuera de combate, pero, lógicamente, todo aquello a él le había sacudido con mucha más fuerza.
Fay y tío Bud se apartaron para dejarme entrar. Los hubiera hecho salir si no se hubiesen quitado. Pasé frente a ellos, rozándoles, llevé al chico al cuarto de huéspedes y lo tumbé en la cama. Le quité los
zapatos y desabotoné su camisa en parte. Después volví al cuarto de estar y cerré la puerta suavemente tras de mí.
Fay y tío Bud se habían repuesto un poco, al menos lo suficiente para ir tambaleándose al cuarto de estar y servirse unas copas. Yo me serví otra y me senté. Fay me miró por el rabillo del ojo. Después me lanzó una mirada más directa; le temblaban los labios y trataba de sonreír. En respuesta, la miré fijamente, ella bajó la vista y le desapareció la
sonrisa.
Entonces le llegó el turno a tío Bud. Probé a hacer lo mismo con él: mirarle fijamente, forzar su sonrisa, obligarle a desviar la mirada. Los dos se quedaron allí, sentados, mirando hacia el techo, manteniéndose casi sin respirar, prácticamente en equilibrio al borde de sus sillas. Parecía que iban a saltar a la menor cosa que se les dijera. Les dejé permanecer así. Era la forma en que quería que se sintieran.
Apoyé mi espalda en el asiento, y bebí a sorbitos mientras oía la radio. No había nada nuevo. El mismo aire caliente sin nada detrás. Me levanté, me serví otra copa, apagué la radio y me volví a sentar.
—Bueno, ¿qué pasa? ¿No me diréis que os he sorprendido?
Fay levantó la cabeza. Su respiración salió en un profundo y cavernoso suspiro.
—¡Sorprendernos! —dijo—.
¡Sorprendernos! ¡Oh, Collie!
¿Cómo… por qué demonios lo has
hecho?
—¿Y por qué no? Era lo que planeamos. Lo que suponía que tenía que hacer.
—Pe… pero ¡no de esa forma! No después de haber cometido una equivocación, y tan tarde que era casi seguro que te… te… te…
—Su voz se quebró, y ella cubrió su cara con las manos.
Se meció hacia delante y hacia atrás, en una especie de risa y llanto, de sonrisa y cejas fruncidas, todo a un mismo tiempo.
Eso pareció devolverle la vida a tío Bud. Dejó escapar una risita, al tiempo que se daba una palmada en la rodilla.
—¿Sorpresa? —me sonrió—. ¡Y qué sorpresa, Kid! No puedo creérmelo. Apuesto doble contra sencillo a que no hay otro hombre en todo el país capaz de realizar una proeza como la tuya. ¡Y hacerlo bien!
—Hay muchísimos que podrían hacerlo. Todo lo que tendrías que hacer es enojarlos un poco. Toma a un tipo que esté un poco ido e intenta
dársela: lo hará.
—¿Sí? —Quería devolvérmela
—. Bueno, ya sé lo que quieres decir. Llevas las cosas hasta el límite y luego te las arreglas para realizarlo. Pero ha sido demasiado,
¿no lo ves? La gente normal no quiere tratar contigo, y no importa lo mucho que lo desees. Así que, finalmente…
—¡Cállate!
—¿Cómo?… Escúchame, Kid…
—¡He dicho que te calles!
—Pero si yo… —Se restregó la
palma de la mano contra la boca—. Bueno, claro, lo que tú digas, Kid…
—Cuando llegué aquí, me diste una tarjeta —dije—, escribiste tu nombre, dirección y tu teléfono en ella, por si tenía que ponerme en contacto contigo. Está escrita de tu puño y letra, recuérdalo. No es simplemente una tarjeta de negocios, de esas que ya están impresas, una tarjeta que yo había podido encontrarme por casualidad.
Hice una pausa, dejando que hiciera mella en él. Se humedeció los
labios, estaba incómodo.
—Hoy no me hubieras encontrado esa tarjeta encima —dije
—, no la habrías podido recuperar. No te diré dónde la tengo, pero hay otra cosa que tengo que decirte: he hecho un buen par de amigos en este país. Hasta un tipo como yo puede encontrar algunos buenos amigos. Si me ocurriera algo, ellos sabrían cómo hacer llegar esa tarjeta a la poli rápidamente. También dirían algo sobre de dónde procede.
Por supuesto que estaba
mintiendo. Es probable que tío Bud sospechase que lo estaba haciendo, pero no era muy brillante ni tenía demasiadas agallas. ¿Y si su presentimiento era erróneo? ¿Si resultaba que yo no estaba mintiendo?
Parpadeó mientras trataba de decidirse. Estaba nervioso. Se cepilló el abrigo con la mano, deteniendo sus dedos en el ominoso bulto del pañuelo. Quería hacerlo, lo deseaba tanto que casi lo paladeaba. Sin embargo, yo no iba a ponerle en
evidencia otra vez. Ya le había dicho cosas bastante alocadas, como sacadas de una película barata. Pero es cierto que, bueno… yo era un tipo bastante loco, ¿no es cierto? Yo me había burlado de él una vez ese día, y con una proeza excepcional. Así es que, si lo había hecho una vez, ¿por qué no podría repetirlo? ¿Cómo podría saber él lo que yo iba a hacer?
—Collie —dijo Fay rompiendo el silencio—, ¿qué… qué es esto?
¿Qué quieres decir?
No le contesté. Ni siquiera le miré. Seguí sentado, observando a tío Bud y sonriéndole. Luego me levanté y fui hacia él.
—Bueno, ¿qué te parece? Tienes una pistola. Hace un rato estabas dispuesto a utilizarla. ¿Por qué no lo haces ahora?
Se le abrió la boca y sus labios se movieron en silencio, inútilmente. Lo agarré por el cuello de la camisa y lo empujé hacia el suelo.
—No te decides, ¿eh? Estás asustado. Eres un estúpido y estás
asustado. Bueno, te echaré una mano, a lo mejor te enfadas y tienes éxito.
Le di un golpecito bajo el corazón. Solo un pequeño golpe con mi puño. Tío Bud gruñó, su cara se volvió blanca. Volví a golpearlo: cerca del corazón, debajo de los riñones y arriba, en las clavículas. Le tenía cogido con una mano, mientras le propinaba los golpecitos con la otra. Su cara parecía variar de color, del blanco al verde, y su lengua sobresalía entre los dientes.
Busqué bajo su abrigo, le
arrebaté la pistola y me la puse en la cintura. Después le dejé caer en la silla y volví al sofá.
Cuando tío Bud se sentó, estaba doblado y se abrazaba a sí mismo. No se hallaba en realidad malherido, tan solo momentáneamente paralizado por el dolor. Creo que él pensaba que se encontraba medio muerto.
Fay me miró frunciendo el ceño. Estaba asustada, pero parecía más confundida que otra cosa.
—¡Collie! —dijo vivamente—.
¡Quiero saber qué significa todo esto!
—Ya lo sabes, Fay. Te lo dije desde el primer momento. Te dije que no era un estúpido y que no me gustaba que la gente me tratara como si lo fuera.
—Pero ¿qué tiene que ver con esto? —Hizo una pausa y continuó hablando en voz baja—. ¿Es que… tiene algo que ver con lo de ayer? Siento terriblemente aquello, cariño. Me sacudió de tal manera que no podía pensar. Por un momento, no
supe lo que hacía. Entonces eché a correr, comencé a beber y quedé tan hecha un asco que me dio vergüenza mirarte a la cara.
—Olvídalo. Sé cómo te sentiste y qué sentiste. No te molestes en recordármelo.
—Pero… —titubeó de nuevo— es que… siento haberte abandonado hoy, Collie, pero no veía cómo podía llevarlo a cabo. No te hubiera servido de nada. Tal como me sentía, es casi seguro que lo hubiera estropeado todo.
—Sin embargo, te animaste. Te sentiste lo suficientemente bien como para salir detrás de mí, como para estar en medio cuando yo lo hiciera.
—Bueno —asintió lentamente con la cabeza—, sí. Tío Bud pensó que debíamos hacerlo para ayudar al menos así. Si algo no funcionaba, si surgía algún problema debíamos ser capaces de ayudarte a escapar. Aún me sentía mal, pero estaba preocupada sabiendo que te dejábamos con todo. Él pensó que yo… nosotros.
—Así es, Kid. —Era el tío Bud volviendo a la normalidad—. Así es exactamente como fue. Estábamos preocupados por ti, por el hecho de que tenías que hacerlo todo solo. Nos imaginamos que lo mejor sería vigilar las cosas.
Me eché a reír. No dije nada, solo me reí y corté el rollo.
Los ojos de Fay llamearon.
—¡Y fue una buena cosa que estuviéramos allí! ¡De no haber estado, habrías cogido a un chico equivocado!
—¿Sí? ¿No se te ocurrió pensar, quizá, que cogí a ese chico deliberadamente?
—¡Deliberadamente! ¿Pero, por qué habrías de hacerlo? ¿Qué…?
¡Ahora, escúchame! —gritó—. ¡Me estoy hartando! ¿De qué está hablando, tío Bud?
Él me miró con incomodidad. Aclaró su garganta, trató de fabricarse una sonrisa y el resultado fue parecido a la mueca de un cadáver. Fay se enojó y volvió a preguntarle si sabía de qué estaba
hablando yo.
Fue una actuación bastante buena. Hasta hubiera podido pensarse que ella no sabía nada.
—¡Contéstame! —dijo—. ¡Juro que si esto continúa así, yo… yo…!
—Eh, eh… —Tío Bud intentó salir del aprieto—. No hay por qué acalorarse. Kid parece haber cogido el lado torcido de las cosas, y… yo no le culpo, ¿entiendes? Ni tampoco le guardo el más mínimo rencor. El muchacho ha estado sometido hoy a una gran tensión.
—¿Quieres dejarte de evasivas y responderme de una vez? —dijo Fay con fuerza.
—Bueno, eh, ¿recuerdas aquello que hablamos la otra noche? Sí, aquello sobre que quizá no siguiéramos efectivamente adelante con el secuestro. Solo sería una especie de simulacro. Entonces yo intervendría y recibiría una recompensa gorda.
Fay asintió.
—Pero no podíamos hacerlo. No había manera, de modo que ¿qué
tiene que ver?
—Bueno, eh, sí. Había una forma correcta. Solo una forma de hacerlo parecer verdadero, y creo que en algo así es en lo que estaba pensando Kid. Después también tuvo el pensamiento de que yo estaba celoso de vosotros dos o algo por el estilo. Por supuesto que está completamente equivocado, pero a él le parecía que era así. Tú actúas como si todo hubiera acabado con él. Kid se imagina que ambos desconfiamos de su persona. De manera que cuando
hoy tuvo que ir solo, aparecimos nosotros, porque…
El vaso de Fay se le escurrió de entre las manos, rebotó en la alfombra y el líquido se derramó después de haberse tambaleado, con el hielo tintineando.
Ella lo enderezó y recogió. Lo puso encima de la mesa. No miraba lo que hacía, me estaba observando a mí, y el vaso volvió a caerse al suelo.
—¿Así que eso es lo que piensas? —preguntó—. ¿Eso es lo
que piensas de mí?
—¿Por qué no? —respondí.
—Sí. ¿Por qué no? Si una persona no detiene un secuestro, ¿por qué razón iba a parar un asesinato? No creo que haya mucha diferencia con ayer, Collie, me refiero a lo que pasó o dejó de pasar. Habríamos tenido que llegar a esta situación un poco antes. La gente como nosotros está destinada a llegar a situaciones así. —Se frotó los ojos cansinamente y sacudió la cabeza—. Estabas equivocado con eso de que no eras
estúpido, Collie. Lo eres, yo también lo soy y también lo es tío Bud. Es más que evidente.
—Bueno, bueno —intervino tío Bud—. ¿Qué sentido tiene deprimirse de esta manera? Hemos tenido una pequeña falta de entendimiento, pero todo ha pasado ya. Estamos en paz con el mundo otra vez. Hemos conseguido lo que queríamos, y ahora estamos preparados para cobrar.
Fay se echó a reír.
—¿Cobrar? Sí, señoras y
caballeros, ahora pueden ustedes pasar a cobrar.
—He dicho precisamente eso, ¿o no? —Tío Bud se volvió hacia mí—. Kid, he estado pensando que en las noticias no dicen nada sobre la furgoneta, pero ¿no existe la posibilidad de que el primer chico pueda cantar? Ya sé que no es probable que quiera hacerlo. Tendría que admitir que se escabulló y se fue a dar una vuelta con un extraño. Y si lo admitiera, es probable que la vigilante jurara que mentía. Sin
embargo, la poli no va a dejar pasar por alto un dato así…
Fay se levantó de golpe y se fue hacia su dormitorio. Instintivamente, sin pensarlo, yo también empecé a levantarme. Quería ir tras ella y preguntarle si algo iba mal. Tuve que contenerme y volver a sentarme.
—Puedo esconderla en mi casa, Kid, ¿qué te parece?
—¿Qué? Ah, sí, bien. Quizá sea mejor. Estoy casi seguro de que el chico no dirá nada, pero alguien pudo haberla visto.
—Vale. Me la llevaré cuando me vaya. Os dejaré mi coche. Yo puedo buscarme alguna otra cosa para moverme hasta que podamos utilizar nuestro cacharro. Bueno…
Se movió para alcanzar la botella, y llenó su vaso hasta la mitad. Estaba tratando de parecer normal y amistoso, pero la mano le temblaba. Bajo aquella sonrisa amplia y tranquila, estaba tieso de miedo.
—Bueno. Yo pensaba enviar esta misma noche por correo la carta del
rescate, si te parece bien. La recibirán a primera hora de la mañana.
—Mira —le dije—. Todos estamos metidos en esto. Sabes lo que tienes que hacer, y no veo ninguna razón para que me lo preguntes.
—Sí, pero —dudó—, bueno, no quiero que te hagas más ideas equivocadas, Kid. No quiero volver a hacer nada que quizá tú, esto…
—Yo no me hago ninguna idea sin una condenada buena razón.
Simplemente no me des razones y yo no me haré ideas.
Su sonrisa se hizo más cálida. Empezó a parecer un poco más natural.
—Ahora sí que hablas, Kid. Demonios, no es cuestión de subirse por los aires y ponerse a actuar poco amistosamente, ¿no es así? Hemos tenido un pequeño malentendido… y yo no te culpo ni un poco, ¿ves?… Pero todavía no lo hemos aclarado del todo.
—Vale. Cortemos ya. Estoy harto
de tantas vueltas, y me siento mortalmente cansado.
—Claro, claro, Kid —dijo precipitadamente—. Pero ¿qué piensas sobre?… —Cortó y comenzó con otra idea—. Creo que sería mejor si tuviera algo del chico, Kid. Una etiqueta de su ropa, o quizá su pañuelo. Algo para enviar junto con la carta del rescate, para que sepan que no se trata del escrito de algún chiflado. En un caso así, como sabes, habrá…
Me levanté, interrumpiéndole, y
fui hacia la habitación. Saqué un pañuelo del bolsillo del chico, vi que estaba bordado con sus iniciales y lo llevé al salón. Tío Bud comentó que aquello iría perfectamente, que era justo lo que necesitaba y que mejor se marchaba.
Caminé hacia su coche, me dio las llaves y se metió en la furgoneta, pero no la puso en marcha. No estaba dispuesto a irse. Continuó divagando y pensando en voz alta.
—El uniforme, Kid, y todo lo otro. Sería mejor que te deshicieras
de ello ahora mismo. Quítatelo y…
—Y lo entierro. Ya, ya. Lo haré.
—Mejor es que te pongas a trabajar también con ese pelo ahora mismo. Restriégatelo hasta que no te quede ni rastro del tinte.
Dije que lo haría. Sabía todo lo que tenía que hacer, y lo llevaría a cabo. Pero él aún no se iba. Todavía estaba allí, sentado, jugando con las llaves del coche entre los dedos y dándome conversación. De modo que, por fin, emprendí la única acción que podía realizar. Él había
hecho media docena de intentos, pero el miedo le había impedido llegar hasta el fin. Así que tomé la iniciativa y le tendí la mano.
Un minuto más tarde, se había marchado.
12
Debajo de los árboles, enterré el uniforme y todas las cosas que iban con él. Me dirigí al garaje, dejé la pala y subí al apartamento. Me lavé la cabeza y después me dejé caer pesadamente en la cama. Estaba cansado, pero no lograba relajarme; me agitaba en todas direcciones, mientras trataba de poner un poco de orden en mi cabeza. No había motivos de risa, pero, de alguna manera, lo único que se me ocurría
era reírme.
Porque había hecho un condenadísimo chiste conmigo mismo.
Doc Goldman me había cambiado el rumbo, de acuerdo. Mi juicio no estaba del todo descarriado. Tipos con mi mismo pasado —y quizás otros montones de tipos sin él— no pueden llegar muy lejos con su razonamiento. Se pierden mientras tratan de conseguir algo dentro de sus cabezas. Les parece que solamente tienen que
conseguirlo, y lo logran. Entonces, eso se convierte en algo que no querían, y no saben cómo deshacerse de ello.
Había deseado hacer sufrir a Fay y a tío Bud arrinconándolos hasta el límite, y dejándolos allí. Sin embargo, ahora veía que eso no iba a funcionar, porque podían perder la cabeza y ser incapaces de hacer lo que debían. Podían pensar que yo estaba esperando una oportunidad para vengarme, y que ellos tenían que hacerlo antes que yo.
Tuve que darle la mano a tío Bud. De alguna manera tenía que sacarle de la situación en que le había colocado, hacerle pensar que las cosas, al fin, estaban razonablemente en su sitio. Y con Fay, tendría que hacer lo mismo… si podía. El otro camino no llevaría a ninguna parte. Me había quitado más de lo que me había dado.
No podía golpearles la cabeza sin golpearme a mí mismo.
Ya era noche cerrada cuando llegué a conclusiones. En la medida
en que yo pudiera llegar a ellas. Me levanté y bajé las escaleras. Me quedé un rato de pie en el patio, mirando el interior de la casa a través de la puerta trasera.
Fay y el chico estaban sentados frente a la mesa de la cocina. Ella le tenía en su regazo, dándole de comer. Ella no probaba bocado. Al cabo de unos minutos, terminó de comer y dejaron la cocina. Él iba cogido de su mano, y vi, a través de la ventana, cómo le llevaba al dormitorio.
Entré. Sobre la mesa había
todavía mucha comida: judías en lata, jamón en dulce y medio pastel. Así que calenté el café y empecé a comer.
Fay entró y cerró la puerta tras ella. Alcé la vista y la saludé con una inclinación de cabeza.
—¿Qué tal le va al chico? ¿Se comió la cena?
—¿Y a ti qué te parece? —dijo encogiéndose de hombros—. No me preguntes lo que ya sabes.
Supuse que me había visto mientras la miraba desde el patio. Le
dije que había estado esperando allí hasta que el chico se fuera porque temía incomodarlo.
—¡Ajá! Bueno, si eso es todo lo que hacías, te diré que el joven Charles, claro heredero de la fortuna de los Vanderventer, tomó una ligera cena, consistente en medio pastel y aproximadamente un cuarto de kilo de judías. Por no hablar del jamón, pan y, quizá, la misma cantidad de judías a modo de postre.
—Ya veo. Parece que estaba bastante hambriento.
—¡Vamos, apuesto a que lo estaba! No se me había ocurrido, mira qué bien. Ya veo que lo estaba.
Trajo una botella del salón. Estaba llena, así que supuse que se había acabado la otra. Se sirvió una copa con una sonrisita maligna que se le dibujó en los labios cuando me vio fruncir el ceño.
—Sí, debe de haber estado hambriento —continuó—, y yo debo de estar sedienta. Has despejado los nubarrones del cielo, Collie. Por fin, lo tengo todo claro.
—Quiero decirte algo. Le he estado dando vueltas a las cosas y pienso que quizá, bueno, que tal vez estuviese equivocado.
—¿Sí? ¿Piensas eso… quizá?
—Sobre ti, no sobre tío Bud. Sé lo que planeaba, pero también que tú no tuviste nada que ver con ello. Te viste obligada a ir con él cuando lo hizo, pero tú no debías saber nada de antemano.
—Continúa. Quizá yo no supiese nada —sacudió la cabeza sobre el vaso—. Es álgebra, ¿verdad?
Multiplicas las dos cantidades y te dará más.
—Mira, yo… ¿fue así o no? Dime.
—¿Decirte? Oh, eso va contra las reglas. Cuando para sacar la solución tienes que pedirle el resultado a otra persona, no vale.
—Bueno, bueno… al menos dime esto: sobre ayer y lo que descubriste acerca de mí. ¿Podrías… habría ido todo bien? Sé lo que siente la gente sobre esas cosas, pero yo estaba en lo peor, y si solo hubiera podido
continuar…
—¿Si me hubiera gustado acompañarte el resto de viaje? Bueno… —Sus ojos brillaron—. ¿Si lo hubiera hecho o no? Como ya te he dicho antes, mi respuesta no cuenta.
Retiré mi plato. Me serví café en la taza y lo derramé en el platillo.
Fay se sirvió otro trago de whisky.
—Aparte de las reglas, Collie. No puedo contestarte. La cuestión está planteada sobre circunstancias que ya no existen. Antes de las tres
de esta tarde te habría podido contestar, y tú podrías haberme creído, porque no habrías tenido razones para no hacerlo. Pero después de lo que ocurrió, después de tu pequeño ajuste de cuentas con tío Bud y de tu acusación directa de que yo…
—¡Vale! —la interrumpí—. ¿Por qué tienes que continuar insistiendo machaconamente sobre ello? ¿Qué hubieras pensado tú de haber estado en mi lugar?
—Exactamente lo mismo que tú,
amigo mío, de tener los mismos indicios.
Me levanté de golpe y me dirigí a la puerta. Me quedé allí, de pie, queriendo irme, sintiendo que tenía que dejarla. Sin embargo, también sentía y quería todo lo contrario: querer, sentir, no sabía qué hacer. No quería que siguiera pensando que sospechaba de ella, pero tampoco que podría escaparse sin castigo, después de haber cometido una traición. No quería tener miedo de ella, ni que ella me temiera a mí.
Quería…
Miré hacia el jardín, allí estaban esos montones de hierba cortada, blanqueados por la luz de la luna. Sabía que lo que quería ya no lo iba a conseguir. Se había esfumado y no volvería a la vida, lo mismo que esa hierba cortada.
—Esa puerta —dijo Fay—. Si la atraviesas encontrarás un sendero y al final un camino, y siguiendo el camino hallarás la autopista…
—¿Sí? Esa puerta es lo suficientemente ancha para que pasen
dos personas.
—¿Qué dos?
—Mira —dije—, no estoy seguro de saber lo que quieres. ¿Estás diciendo que nos vayamos y nos olvidemos del dinero? ¿Lo olvidarías todo si yo lo olvidara?
—El dinero no tiene nada que ver con este asunto, Collie. Después de todo, se suponía que era un medio para conseguir un fin, ¿no es así? El que llegue a conseguirse ese fin, llamémosle una feliz asociación, depende en gran medida de nosotros.
—Bueno, seguro, pero…
—Es nuestra puerta a la vida. Veamos si es suficientemente ancha para ambos.
Se levantó y fue a su dormitorio. Oí que se movía allí dentro, mientras yo me preguntaba, incómodo, qué significaba para ella. Porque ya hubiera debido tenerlo lo suficientemente claro; sin embargo, no lo tenía.
Fay volvió a los veinte minutos. Se había maquillado y llevaba puestos el abrigo y el sombrero. Me
despidió con una inclinación de cabeza y se dirigió hacia la puerta. Estaba tan sorprendido que durante un segundo no pude moverme. Finalmente, salté y me situé frente a ella.
—¡Espera un momento! ¿Dónde vas?
—¿Ir? —Me sonrió—. Voy a salir.
—¿Te he preguntado dónde? No tienes nada que decirle a tío Bud. No tienes asuntos pendientes con Bert, de modo que ¿a qué otro sitio puedes
ir?
Se le dibujó una sonrisa.
Retrocedió un paso, pero pareció ponerse terriblemente lejos. Levantó la mano.
—Casi se me olvidaba, Collie. Las llaves del coche.
Le di las llaves. Más bien diría que las dejé en su mano sin soltarlas.
—¿Qué quieres demostrar, Fay? Te levantas sin previo aviso y comienzas a marcharte. Supongo que te habría molestado si yo hubiera hecho lo mismo.
—¿Tú? ¿Supones eso? Bueno, cuídate el pensamiento, amigo mío. Algún derrochador al que no le guste la inflación podría darte un céntimo por él.
Me arrancó las llaves de la mano y se fue. Justo antes de escuchar el motor del coche, oí que se reía, enfadada y guasona. O quizás asqueada y decepcionada. Di una rápida zancada hacia la puerta, pero preferí coger la botella de whisky y acomodarme en la sala.
Me senté de espaldas a las
ventanas. No me moví ni miré alrededor hasta que se hubo marchado. Pero ¿por qué lo hice? No lo sé. No tenía ningún significado. Extrañado como estaba —habiendo querido detenerla, preocupado por dónde iba y qué podría ir a hacer—, significaba exactamente lo contrario de lo que sentía.
No podíamos atravesar juntos la puerta. No hubiéramos podido llegar demasiado lejos. Ella mostró su punto de vista… si es lo que quería decir. ¿Cómo podía yo saberlo?
Quizá todo no había sido más que un montaje, una forma de señalarme una dirección para poder tomar otra,
¿por qué no? Fay podía haber intentado que me largara y la dejara a ella y a tío Bud, o a quien fuera, con mi parte de la ganancia. Así que había probado otro plan, otra forma de quitarme de en medio del negocio. Debía saber cómo hacerlo. Desde el primer momento había sido capaz de ponerme nervioso y confundirme sin darme indicios, sin que yo supiera lo que estaba haciendo.
Seguro, me había despachado la primera vez. No obstante, Fay debía saber que volvería. No tenía ningún otro sitio donde ir, y…
—Señor… —Era el chico, estaba de pie en la puerta del dormitorio—. Señor, me encuentro mal. Tengo que… que…
Su cuerpecito se sacudía, doblado por la cintura. Se tapó la boca con las manos y se oyó un glup- glup. Le cogí en brazos a toda prisa y corrí hacia el cuarto de baño.
No fui lo suficientemente rápido.
Comenzó a vomitar antes de que pudiera llegar al inodoro. La sustancia salió de su boca a borbotones, esparciéndose por todo el suelo del cuarto de baño. Justo cuando pensaba que ya no era posible que le quedara nada dentro, comenzó a expulsar por otro lado.
—Lo siento. —Abría la boca para poder respirar y trataba de disculparse—. Ya… ya lo limpiaré, señor.
—No, no tienes que hacerlo —
dije—. No importa, hijito.
Tranquilízate y trata de soltar todo lo que puedas.
Entonces lo senté en el inodoro. Me coloqué en cuclillas frente a él para enjugarle y limpiarle la cara con una toalla. Había algo en su expresión que me atravesó como un cuchillo.
—¿Es… está usted enfadado conmigo? —dijo.
—¿Enfadado? —Le acaricié la mejilla—. ¡Diablos, no, hijo! ¿Por qué iba a enfadarme con un chiquillo por estar enfermo?
Me miró lleno de dudas. Al parecer había estado esperando una bofetada. Aún no podía creer que no fuera a recibirla.
—¿De verdad? —preguntó con escepticismo—. ¿De verdad que no está enfadado?
—De verdad. No estoy enfadado ni nadie va a enfadarse. Porque si lo hacen, si solo me pareciera que alguien va a regañarte, bueno, yo, será mejor que no lo hagan. ¡Eso es todo!
Estaba enfermo, terriblemente
enfermo. Sin embargo, lentamente comenzó a despejársele la cara y le apareció una sonrisa. Fue la sonrisa más maravillosa que he visto nunca.
Luego, estiró sus brazos hacia mi cuello, lo rodeó, apretó su carita contra mí y las palabras que susurró, bueno… creo que son las mejores que he oído.
—Me gusta usted, señor. Me gusta mucho.
Eran casi las once cuando Fay llegó
a la casa. Me había adormilado sobre un sillón y me desperté cuando oí el golpe de la puerta trasera. Hubo otro golpe cuando dejó caer la bolsa de comestibles sobre la mesa de la cocina. Entró en la sala, tiró su sombrero y su abrigo sobre una silla y se sentó en otra.
No parecía borracha, con esto quiero decir que no se tambaleaba ni se balanceaba. Pero la embriaguez se le podía ver en los ojos y en su sonrisa torcida, apretada.
—Las ratas están todavía en
plena actividad —dijo—. Estoy ahorrando calabaza para hacer un pastel.
No le respondí. En aquel preciso momento no podía fiarme ni de mí mismo.
—Es un pastel sin «ele» Collie. Multiplícalo y te dará la Cenicienta. Prepárate, ¿te gustaría tocar la gran fortuna? Si la ganas, no te olvides de conseguir una gran ventana para lanzarla.
—El chico ha estado enfermo, Fay. Lo he llevado al cuarto de baño
media docena de veces.
—¡Caramba! Bueno, solo tienes que asegurarle que lo llevarás otra media docena.
—¡Hostia, no tiene gracia! ¿Qué mierda te pasa? ¡Te he dicho que el chico está enfermo!
—¡Y yo te he oído! —Su voz se hizo intensa—. ¿Qué quieres que haga, que llame al doctor Kildare?
Le dije que ya había hecho el suficiente daño inflando al chico con basuras cuando ya se sentía mal.
—Debías haber sabido que le
sentaría mal. Le has cebado con la peor porquería que se pueda pensar: judías, pastel y…
—¡Claro, eso es lo que hice! — vociferó—. Le obligué a comer, ¿no es así? Le puse un embudo en la garganta y lo rellené como a un pavo.
¡He intentado matarlo! ¿Por qué mierda no lo dices?
—Vamos, espera un momento. Yo no he dicho…
—¡Ajjj… cállate! Lárgate a buscar el tornillo que te falta en la cabeza, pero no trates de tomarme el
pelo, no digas que no lo habías pensado.
Parpadeé. No sabía de qué estaba hablando. Me había enfadado cuando entró. Estaba dolido, irritado y preocupado, así que supongo que le había hablado con aspereza.
—No eres tan estúpido —dijo Fay—. Seguro que lo habías pensado. ¿Lo tenemos o no? Cobraremos lo mismo esté vivo o muerto, pero si muere nos ahorraremos un montón de problemas y molestias.
Sacudí la cabeza. Permanecí sentado sacudiendo la cabeza.
Fay se burlaba de mí. Hablaba con los ojos entrecerrados y la boca muy abierta.
—¿No lo coges, eh? Bien, en un caso como este, parece tratarse de la única alternativa lógica.
—Estás borracha. No sabes lo que estás diciendo.
—¿Qué te apuestas? Apostemos calabazas. La tuya parece bastante verde desde aquí, pero soy buena perdedora.
Se estiró hacia la botella que había sobre la mesa y bebió un largo trago. Mientras sorbía, me estudiaba. Dos regueros de líquido le bajaron desde los ángulos de la boca. Se encogió de hombros y volvió a colocar la botella sobre la mesa.
—¡A la mierda con ello y a la mismísima mierda contigo! —dijo—. Me voy a la cama.
Se levantó de la silla con brusquedad y cogió el abrigo y el sombrero. Ahora se tambaleaba. El último whisky que se había sacudido
le había pegado fuerte.
—Medianoche —masculló—. El final de la cuerda. La pequeña Cenicienta tiene que arrastrarse hacia su agujero. Bueno, ¿es que no tienes nada en la laringe, estúpido?
—Será mejor que no le haya pasado nada malo a ese chico —dije
—. Más vale que no le pase nada.
—¿Sí? Bueno, carga tú con ello, hermano rata. Pégatelo dentro del sombrero. Fórrate la calabaza con él.
—¡Me has oído! Puedes estar borracha, pero sabes lo que haces y
entiendes lo que se te dice.
Sus ojos parpadearon. De pronto, se le retorció la cara, como si fuera a vomitar. Luego giró sobre sí misma, y se fue hacia la puerta de su habitación, tambaleando.
—¡Estúpido! —masculló—. Eres estúpido, y no lo puedes remediar. Él no puede, pero…
Atravesó la puerta cerrándola de un puntapié. Durante un buen rato me quedé donde estaba, pensando en que el chico iba a necesitar mi ayuda, y pensando en general: en mí mismo,
en tío Bud y en ella. Pensaba en círculos y no llegaba a ninguna parte. En esa mierda que había dicho sobre que sería mejor para nosotros que el chico muriera. Quizás estuviese tratando de ahuyentarme con esa charla, de convencerme de que debía abandonar por mi propio bien. O quizá lo estaba haciendo por su propio bien, o por el de ellos. Tal vez se lo proponía. O puede que solo me estuviese probando para ver cómo me lo tomaba. ¿Y si ellos en realidad hubieran planeado matarlo y
yo no los siguiera en su plan?…
¿Quizá, tal vez?
¿Cómo podía saber yo lo que hada la gente en un juego como este?
¿Cómo mierda iba a saberlo?
Me obligué a dejar de pensar en ello. De tanto darle vueltas al asunto, mi cabeza no daba para más. Así que comencé a pensar en el chiquillo. No en el que teníamos, Charles Vanderventer III, sino en el primero. El chaval que esta misma noche se iría a París. Me preguntaba si había tenido la intención que había
parecido tener. Sí, ¿saben?, él se había dado cuenta de lo que yo iba a hacer y deliberadamente me había dejado continuar.
Supuse que no. Era difícil estar seguro puesto que mi jovencito era agudo y hablador. No, supuse que no, quiero decir; ¡no podía estar enterado! Ningún chico hubiera sentido aquello, quiero decir que no podía sentir que otro chico estaría mejor secuestrado que en casa.
Puse la radio a bajo volumen. Estaban dando las noticias de la
noche, la última emisión:
—… sin que por ahora se hayan producido novedades en el caso Vanderventer. Y ahora, unas pocas palabras sobre el desastre aéreo que ya anticipáramos al principio de este informativo. El avión, un aparato particular de lujo, se estrelló en el aeropuerto de La Guardia poco después de las once de la noche. En el despegue, se produjo un fallo simultáneo en los dos motores. En el accidente, cabe lamentar la muerte de toda la tripulación y los pasajeros,
aunque la buena noticia es que tres de ellos milagrosamente han salvado sus vidas. Entre los muertos se encuentran Jacques Flannagan, de diez años, hijo del actor de cine Howard Flannagan y de Margot Flannagan Wentwort D’Arcy Holmes de París y Londres. Ambos se encontraban divorciados, y según los términos acordados en la sentencia, el chico pasaba seis meses al año con cada progenitor. Había dejado la ciudad esta misma noche, después de una breve visita a su abuela…
13
El día siguiente.
Casi todo sucedió ese día. Y casi todo parecía ir mal.
Fue el día en que casi murió el chico. El día en que Bert trató de matar a tío Bud. Fue el día en que yo robé en el consultorio de Doc Goldman. Fue el día en que Fay trató de… ¿de qué?
Ocurrió de todo. Las cosas habían ido mal y continuaron yendo peor.
Así que quizá sea mejor que empiece desde el principio. Mejor comienzo con Fay sacudiéndome para que me levantara, y yo metiendo la mano debajo de la almohada y sacándola empuñando la automática que le había quitado a tío Bud. No es que quisiera matarla, naturalmente, todavía no había llegado hasta ese extremo; simplemente se trataba de que me había ido a la cama muy tarde y no me había dormido hasta mucho más tarde, y cuando ella… Pero volvamos al principio.
—¡Collie! ¡Collie, para!
La oía gritar desde una gran distancia. Gritaba mi nombre, le decía a gritos a algún tipo llamado Collie que parara. Y por un buen rato, todo esto no significó nada para mí. Tan solo eran una voz y un nombre; llegaban con precisión desde una de las caras blancas y retorcidas que durante toda la noche habían pululado a mi alrededor.
No significaban nada. Lo único
que importaba era esa cosa que alguien había puesto en mi mano. Algo duro, frío y pesado. Mientras la voz seguía chillando, bajé la vista hacia el objeto, sin ver nada en realidad. Mis ojos estaban abiertos, pero yo no veía nada a través de ellos. Solo sabía que tenía esa cosa, y que debía de tenerla por alguna razón, y la única razón que podía haber era…
—¡Collie… no lo hagas!
¡NOOOO!
—¿Eh? ¿Qué?
—¡Collie, el chico! ¡E… El… se acabó!
Vi que la cara tenía un cuerpo. Ambos emergieron y se deslizaron por la pared hacia una silla. Mi mente empezó a despejarse. Se trasladó lentamente desde la oscuridad, recogiendo retazos de pasado, tratando de transformar el día en algo por lo que mereciera la pena despertarse.
—Vuelvo a colocar la hierba en su sitio —musité—. Volviendo a colocar cada cosa como estaba, no
quedará muy bonito, pero… pero…
—¡Ayyyy, mierda! —sollozó—.
¡Aaaaj… hijo de puta!
Mis dedos se aflojaron y la pistola cayó sobre la cama. Me reincorporé sintiendo el hastío de siempre agarrado a la boca del estómago. La miré mientras el sueño se iba de mis ojos. La odié y me odié a mí mismo, y al mundo entero por tener que volver a él.
—¿Qué pasa? —dije—. ¿Qué le ocurre al chico? ¿Qué le has hecho?
—¿Hacerle? —Fay negó con la
cabeza—. ¿Por qué tú…?
Asqueroso… yo… ¡Ajjjj! ¿Qué
importa? Está enfermo, eso es lo que
pasa. Parece que se está muriendo. Hace unos minutos me desperté y fui directamente a ver cómo estaba, y él… él… ¡No parece que vaya a despertarse, Collie!
—Vale, vuelve allí y quédate con él hasta que yo llegue. No le molestes ni intentes darle nada de comer.
—¿Darle de comer? ¿Cómo coño iba a poder?
—Venga. ¡Fuera!
Fay se fue. Me puse la ropa, metí la pistola en el bolsillo trasero del pantalón y bajé las escaleras corriendo. Era mediodía y el calor del sol me golpeó como un garrotazo, revolviéndome otra vez el estómago. Me detuve, mareado. Corrí unas cuantas zancadas y me volví para vomitar. Permanecí doblado, resollando, esperando, y aquello pareció servirme. El mareo se fue con todo lo que largué. Salí corriendo hacia la casa,
dirigiéndome a la habitación del chico.
Fay estaba allí, con él. La quité de en medio y me recliné junto a su cama. Lo estudié mientras escuchaba su respiración. Encendí la luz y me arrodillé cerca de él, al tiempo que le observaba y escuchaba.
Su piel estaba enrojecida y caliente, pero húmeda. Tenía los ojos entreabiertos. Estaban vidriosos, pero parpadearon un poco cuando pasé mi mano frente a ellos. Casi no respiraba. Su aliento tenía un olor
dulce, lo mismo que su cuerpo. El pulso era bastante lento, pero los latidos no eran malos. Quiero decir que parecían bastante firmes.
—¿Y bien? —Fay me miró ceñuda—. ¡Mierda, di algo! ¡Haz algo!
—Pon la radio: las noticias.
—¡Pon la radio!
—Tiene que haber algo sobre esto —dije—, sobre el chico. Creo que sé qué le está pasando, pero quiero estar seguro.
La puso. Un par de minutos más
tarde tío Bud llegó de la ciudad con un montón de periódicos, así que tuvimos información a la vez por ambos lados. Y era justo lo que había pensado. Tenía razón respecto al chico, le había rogado a Dios no tenerla.
Le tapé bien. Luego, cogí una taza, una cuchara y le di unos cuantos sorbos de agua templada.
No pareció servir de mucho, pero era todo lo que podía hacer. Apagué la luz y fui hacia la sala.
Fay se estaba preparando un vaso
repleto de whisky. Tío Bud, que también se había agenciado una copa, estaba instalado en un sillón, charlando tan tranquilo. Parecía animado. La familia del chico había recibido la carta y había pedido a la policía que se mantuviera al margen del asunto, sería el mejor modo de
«cooperar», como decían los periódicos. Querían que les dejaran las manos libres para poder pagar el rescate y recuperar al chico, y todo parecía indicar que la policía iba a dejarles seguir su sistema.
Me senté, pasando la mirada de Fay a tío Bud. Él borró la sonrisa de su cara y cambió hacia una expresión de preocupación compasiva.
—Diabetes —dijo—. Vaya, eso es malo, sí que lo es. ¿Quién hubiera pensado que podía tener algo así?
Yo sabía de un par de personas que debían haberlo pensado. Dos personas que debían haberlo sabido.
¡Cómo no! Porque, mierda, tío Bud lo conocía todo sobre el chico, ¡o no! Él y Fay le habían estado dando vueltas al secuestro durante meses, y
él había estado investigando sobre el pasado del chico y su familia desde hacía mucho tiempo. Así que, yo me preguntaba: ¿cómo es que no sabía nada de la diabetes?
Pero, bueno, quizá no. Si al chico le habían cuidado apropiadamente, si le habían dado una dieta estricta y había tenido la cantidad justa de descanso y ejercicios, la enfermedad no tenía por qué constituir una gran preocupación. No debía de necesitar demasiado tratamiento médico. Tal vez la familia estuviese afectada por
el asunto, como mucha gente que se siente afectada con todo lo que tenga que ver con la enfermedad o la debilidad, y tratasen de mantener el problema oculto.
Sí, podía haber sido ese el caso: el chico no está demasiado afectado por la enfermedad, y la familia lo mantiene oculto. De cualquier forma, el que tío Bud y Fay lo supieran o no, no cambiaba el estado de las cosas. No llevaba a ningún sitio el que les apretara las clavijas.
—Sí, señor —dijo tío Bud—, sí,
señor, claro que es una vergüenza, un chico tan agradable como ese. Me parece que sabes bastante sobre ese rollo, ¿verdad, Kid?
Asentí. En las instituciones mentales la gente lo tiene lo mismo que en cualquier otra parte. No siempre reciben tratamiento, pero lo tienen. Eso es lo que respondí.
—¿Sí? Vaya, eso sí que es una verdadera vergüenza. Supongo que tú no, eh, ¿no tendrás alguna idea de lo que deberíamos hacer?
Fay se echó a reír y se le
atragantó la bebida. Dije que tenía bastante idea de lo que debíamos hacer, pero que no disponía del material necesario.
A Fay se le escapó otra risita. La miré sin decir nada. Simplemente me quedé sentado y mirándola hasta que dejó de reírse. Se cortó bastante rápido. Levantó el vaso y lo mantuvo delante de su cara. Yo seguí mirándola.
—El chico tiene un coma diabético —expliqué—; no es de los peores, y creo que puede superarlo.
Tal vez salga, pero si lo hace, si lo conseguimos, es posible que caiga en otro. Y tan débil y agotado como está…
—Sí —tío Bud frunció el ceño
—, me parece que tanto azúcar y tantas féculas fueron malas para él,
¿verdad?
—Lo asombroso es que no le mataran.
—Bueno, quizá lo hagan aún. — Fay cogió precipitadamente la botella y volvió a llenar el vaso—.
¡Quizá lo logre la próxima vez! ¿Por
qué coño no decís de una vez lo que estáis pensando?
—Vamos, vamos. —Tío Bud hizo un gesto con la cabeza—. ¿Tú qué crees, Kid?
—Necesita insulina. Morirá si no la conseguimos.
—¿Sí? Bueno, veamos, sé de unos cuantos sitios, farmacias donde no se pondrían muy pesados si conocen al cliente. Pero hacerlo ahora, cuando está caliente y ha salido en todos los periódicos… solo significaría ir a buscar
problemas, sí, sería como ir a mendigar problemas. Me siento impotente frente a este problema, y si la palabra abandono…
Tenía razón. En este momento controlarían hasta a los que fueran con receta.
—Simplemente no veo qué podemos hacer, Kid. Y ¿quieres que te confiese algo? Tampoco sabríamos qué hacer si la tuviéramos. Quiero decir, y tú lo sabes porque has estado trabajando con los médicos, cerca de gente con
esa enfermedad, que ni la radio ni los periódicos dicen nada sobre la cantidad de insulina que el chico deba recibir.
—No podrían decirlo. La dosis debe variar de acuerdo a su situación. Casi tendría que… sentir la cantidad que necesita. Habría que comenzar con la dosis mínima y probar.
—¡Ajá! Ya veo…
Siguió haciendo preguntas que a mí me parecían sin sentido. Tampoco ponía mucha atención a las
respuestas… Era todo para ayudar al chico, ¿sabéis? Amaba a los niños. Sí, tío Bud los amaba, por eso le parecía que cada acción destinada a ayudarlo fuera a hacerle daño. Después de todo, yo no era médico y no podía estar seguro de que lo que hiciera fuese lo adecuado. Con lo mal que estaba el chico, un solo movimiento en falso podría hacerle sobrepasar el límite.
—¿Ves mi punto de vista, Kid? Y eso no quiere decir que no piense que estás en lo cierto.
—Veo tu punto de vista —dije—. Lo veo, de acuerdo, pero quizá vosotros no veis el mío. Si, como estamos deseando, no surgen problemas, no necesitamos al chico vivo. De hecho, si él no está vivo hay mucho menos riesgo para nosotros. Tienen que aceptar nuestra palabra de que vamos a devolverlo. Conseguiríamos el dinero de las dos maneras y, sin él alrededor como evidencia, estaríamos más seguros. Es alguien con quien nos podrían cazar, y después podría contar todo
lo que sabe sobre nosotros. Sin embargo…
Corté un momento porque me era difícil hablar de esa manera, como se dice, a sangre fría. Pero me imaginaba que era la mejor forma de hablar. No sabía qué podía haber dentro de sus cabezas, si llevaban a cabo una bonita actuación, o realmente no querían que el chico se muriera. También sabía que si querían su muerte tratarían de hacerme tragar que se había muerto, se las arreglarían para hacerlo en
cualquier momento. La única forma que tenía de detenerlos era haciéndoles ver que no sería prudente.
—Continúa, Kid —dijo tío Bud acompañando las palabras con un gesto—. Desde luego, no me gustaría que se muriera un niñito tan simpático, pero si no podemos hacer otra cosa, bueno, es lo que dices tú: a nosotros nos iría bastante bien que…
—Yo no he dicho eso. Lo dije, pero solo estaba señalando cómo podía pareceros a vosotros. Yo no lo
veo así. Esa familia tiene la mitad del dinero de este estado. Si ellos no consiguen salvar al chico, es probable que se gasten hasta el último céntimo en buscarnos y cazarnos. Y entonces… bueno, supongamos que las cosas no nos van a ser tan suaves como esperamos si se nos echan encima. En ese caso, sería muchísimo mejor para nosotros que el chico estuviera vivo, seguro. Incluso, de no estarlo, sería mucho mejor si pudiéramos demostrarles que hicimos todo lo que pudimos por
él, sí, sería muchísimo mejor.
Tío Bud arrugó el entrecejo, mientras se mordía el labio. Titubeaba, pero asentía lentamente.
—Sí, Kid —suspiró—, creo que tienes razón. Está claro que tenemos que hacer lo que podamos, incluso si después no funciona. Pero ¿cómo podemos conseguir esa insulina?
—Doc Goldman —dije con impaciencia— vuelve a su consulta a las dos, y se queda hasta las cinco. No recibe a ningún paciente después de esa hora. Si alguien pudiera
llamarle antes de las cinco y hacerle salir a una visita falsa, yo podría echar un vistazo en su botiquín.
—Ya lo cojo. Ya te capto, Kid.
¿No podría haber alguien allí?
¿Crees que podrías entrar y salir sin peligro?
—Es muy fácil. Él nunca cierra. Sé dónde lo guarda todo. Y hasta cabe la posibilidad de que nunca llegue a enterarse de que alguien estuvo allí.
—Magnífico. Bueno, entonces esto queda arreglado. —Se levantó y
puso su vaso sobre la mesa—. Ahora yo estaré liado hasta casi las cinco. Tengo que mantenerme al tanto de los hechos, ¿sabéis?, permanecer al corriente de todo lo que está pasando, así que voy a salir ahora, y tú puedes ir más tarde.
—¿Ir? —dijo Fay—. ¿Cómo va a llegar él allí? ¿O piensas que voy a quedarme aquí colgada sin un coche?
—¿Por qué no? —dije—. ¿Qué quieres hacer con un coche?
—¿Y a ti qué te parece, pedazo de estúpido? ¡Quiero cortarlo en
tiras y hacerme una faja!
—Pero ¿por qué?…
—Ella tiene razón, Kid —tío Bud cortó apresuradamente la discusión
—. La damita se va a sentir mucho más segura con un coche. A mí también me pasaría, Kid. Así que conmigo.
Es probable que a mí también me ocurriese. De todos modos, el empeño furioso con que Fay clamaba por un coche no era discutible de ninguna forma.
Corrí hacia el garaje y recogí la
corbata y el abrigo. Cuando volví, él ya me estaba esperando en el coche. Arrancamos camino de la ciudad.
Le había vendido la furgoneta a bajo precio a un colega suyo, un camello redimido. Un tipo que compraba coches incómodos y los desguazaba. No hubiera podido conseguir nada por ella, solo unos pocos billetes, así que le encontró por casualidad y se la encajó por una birria. El tipo la compró por tratarse de un amigo, cosa de colegas. Tío Bud dijo que no hubiera sido legal
cogerle más dinero.
Sonreí internamente, con burla. Me había dejado perplejo; quiero decir, Bud. Casi sentía vergüenza ajena. Aquí estaba, a punto de sacarse cien mil dólares, su parte del rescate, y no podía dejar pasar la menor oportunidad de timar a alguien. Estaba hecho de esa pasta, ya saben: antes se ponía a timar un dólar que a ganarse cien.
—Es mi forma de ser, Kid — continuó—, juego limpio con mis colegas, y me gusta que ellos lo
hagan conmigo. Como nosotros, por ejemplo. Tal vez hayamos tenido nuestras riñas sin importancia y algunos malentendidos, pero no llegan a significar nada. Nosotros nos gustamos y confiamos el uno en el otro, somos colegas, ¿sabes? Por eso todo nos va cada vez mejor, sin que tengamos que escondernos nada uno a otro.
Hizo una pausa. Noté que me observaba astutamente por el rabillo del ojo. No dije nada. Continuó.
—Vamos, que el chistecito que
me contaste, Kid… En aquel momento casi me ofendí, pero sé que solo estabas bromeando. ¿Por qué mierda habrías tenido que pasarle a nadie la tarjeta que te di? Te habría dado miedo de que el grupo te hubiese hecho alguna pregunta o quizá que alguno de ellos hubiese querido participar en el negocio. Cierto, ¿o no? —Se echó a reír y me propinó un codazo—. Estabas tomándole un poco el pelo al buenazo de tío Bud, ¿no?
Me encogí de hombros y seguí
sin responderle.
—¿Y bien? —agregó, mientras la sonrisa le iba desapareciendo—.
¿Qué hay de ello, Kid?
—¿Que qué hay de ello? —dije.
—Bueno, eh, lo que te estaba diciendo, hostia. Te dije que sabía que no lo habías hecho por miedo a que… que… —Cortó de golpe y bajó la cabeza—. El tipo no está en situación como para hacer preguntas,
¿eh? ¿O es que tú le prometiste algo bueno a cambio?
Volví a encogerme de hombros.
Él estaba respondiéndose mejor de lo que yo hubiera podido.
—¡Pero eso no es darme un trato justo, Kid! ¿Debo suponer que estoy cargando con la culpa de algo que desconozco? ¡Yo juego limpio contigo, pero resulta que si otro te engañara, ese tipo me caería encima!
Yo permanecía en silencio. Me miró con incertidumbre.
—No tendrías que haberme puesto en una situación semejante, Kid. Se ve que eres un tipo al que le gusta jugar limpio, pero tendrías que
haberte dado cuenta de que a mí también… No lo hiciste, ¿verdad?
Le sonreí. Esperó un momento, masculló algo por lo bajo y durante el resto del camino no volvió a abrir la boca. No tenía nada que decir.
Eran las dos y media cuando se detuvo en un bar, cerca del barrio comercial. Dijo que le esperara, que me recogería en un par de horas. Bajé y entré.
Era un lugar oscuro y sórdido, con bar, barra para comer y unas cuantas mesas en el fondo del local.
Solo había un par de clientes, y salieron corriendo mientras me comía un sándwich y tomaba una cerveza. Pedí otra cerveza, cogí de la barra un periódico de la tarde y me fui hacia un reservado.
En primera plana aparecía una gran foto del chico. También había fotos de sus padres y de la vigilante del campo de deportes. Asimismo, había una foto del chófer, prácticamente se encontraban todos los que tenían algo que ver con el caso. El periódico estaba, casi en su
totalidad, dedicado a la noticia y las novedades sobre el secuestro. O, más bien, los cuentos sobre el hecho. Porque no habían sido capaces de descubrir nada nuevo.
Se había recibido una carta de rescate. Los secuestradores pedían un cuarto de millón de dólares. Cómo, dónde y cuándo debía entregarse el dinero «no había sido revelado». Los detalles eran un secreto entre la policía y la familia.
Y, por supuesto, el tío Bud.
Leí cuidadosamente todos los
relatos, asegurándome de no dejarme nada. Los fui absorbiendo palabra por palabra y, aun así, no añadían nada. Sin embargo, para mí era una especie de nada incómoda… La poli no podía revelar los detalles sobre el pago del rescate, pero también podría haber otra razón para su silencio: bien podía ser que ellos no supieran nada de nada. Tío Bud había dicho que ellos lo sabían, que la familia les había enseñado la carta para asegurarse de que no se mezclaran accidentalmente en el
caso, que no se atravesaran en el momento culminante y pusieran en peligro la vida del chaval.
Eso parecía suficientemente razonable, porque el chico no sería devuelto hasta después de pasadas veinticinco horas de haber pagado el rescate. La bofia podía enganchar al tipo en el momento del rescate, pero si lo hacían, sería como firmar la sentencia del chico. Así que parecía razonable. Esta era la forma en que tío Bud había planeado las cosas, y así nos lo había explicado a Fay y a
mí. Todo parecía marchar de acuerdo con el plan. No obstante, a pesar de la apariencia de que todo se hallaba en su lugar, yo empezaba a tener algunas dudas.
Era tarea del tío Bud recoger el dinero. También él se encargaba de seguir la pista de lo que sabía la policía y enterarse de si ellos se hallaban al tanto o no de cómo, dónde o cuándo se iba a pagar el rescate. Si ellos estaban
«cooperando» porque tenían que hacerlo, le ponían bien las cosas.
Incluso podía darse el caso de que la poli lo supiese, bueno, aun así, todo marchaba bastante bien. Si ellos todavía no estaban dispuestos a cooperar, bien, él simplemente tenía que esperar a que lo estuvieran.
Pero únicamente él sabía con exactitud cuándo sería. Solo él sabía cuánto tiempo le habían dado los Vanderventer pata encontrarse. A Fay y a mí nos dijo que eran setenta y dos horas, pero bien podían ser menos. Podría recoger la pasta una noche, pongamos que mañana por la
noche, y estar fuera del país a la mañana siguiente.
Fui a buscar otra cerveza y me la llevé al reservado, mientras me preguntaba cómo podría interceptarlo, en el caso de que estuviese planeando una salida rápida. ¿Exigir ir yo mismo a recoger el dinero? ¡Uf, uf! Mejor que no. Podía mandarme a una trampa con policía incluida; entonces, mientras a mí me enganchaban, podía recoger el dinero y salir corriendo. De aquella manera no tendría que preocuparse
por ese «amigo» mío. Ese «amigo» no estaría en condiciones de crearle más problemas que yo mismo.
¿Fay? ¿Debería avisarla y ver si podíamos hacer algo juntos? ¡Uf, uf! Otra vez. Estaría incluida en los planes de tío Bud, o tendría planes propios. De cualquier forma, y sin tener en cuenta su pensar para conmigo, no se estaría a salvo diciéndole algo. No después de haberse vuelto contra mí como lo había hecho. Ni tampoco con lo metida que estaba en el asunto de la
bebida. Podía llevar a cabo algo loco, algo peligroso, solo por hacer una putada.
No sabía por dónde tirar.
¡Hostia! Ni siquiera sabía si debía seguir pensando en hacer algo. Todo estaba yendo como se había planeado, ¿no? Lo único que en realidad había cambiado era yo mismo… mi cabeza. A tal grado estaba desconcertado y aturdido, que ya nada me parecía normal, y cualquier insignificancia me incitaba a sospechar. Todo y nada. Si las
cosas iban de una manera, no me gustaban; si iban de otra, tampoco. Y… y ¡tenía que parar! De no ser así, si la gente no paraba de preocuparme, de venirme desde todas direcciones, de empujar, apretar y…
Parecía un fleje, algo que se ajustaba alrededor de mi cabeza y me oprimía. Cerré los ojos, y durante un momento no estuve allí. No existía nada más que la negrura, y yo flotaba en ella.
Después de un rato, el fleje se
soltó y la negrura se desvaneció. Me bebí de un trago el resto de la cerveza, y al cabo de un par de minutos ya estaba bien otra vez. O todo lo bien que iba a continuar estando.
Encendí un cigarrillo. Oí un portazo, y me incliné para asomarme y poder ver desde el reservado. De una sacudida, volví a esconder la cabeza y levanté el periódico para taparme la cara. Porque era tío Bud, correcto, había llegado en punto, a las cuatro y media. Pero llevaba a
alguien consigo… Bert.
14
Tío Bud iba delante y Bert le pisaba los talones, casi empujándolo con el cuerpo. El camarero los observó con indiferencia y siguió limpiando vasos. Tío Bud miraba directamente al frente. Su cara era como una mancha blanca en la penumbra. Bert miraba directamente a la nuca de tío Bud.
Recorrieron el bar en toda su extensión y continuaron caminando por el pasillo que había junto a las
mesas. Tío Bud se detuvo frente a la puerta del servicio y Bert le metió el codo en el cuerpo, le dijo algo y volvió a meterle el codo.
Tío Bud abrió la puerta. Bert le dio un empujón hacia dentro y se metió tras él.
En el momento en que la puerta se cerró, yo ya estaba de pie. Llevé la botella de cerveza a la barra, di un par de pasos hacia la puerta principal y luego me giré en redondo, dirigiéndome a la puerta trasera.
Cuando estaba al lado del
servicio, me volví y eché un vistazo. El camarero seguía limpiando vasos y nadie más había entrado. Me apresuré, caminando con sigilo, e hice una pausa ante la puerta del servicio.
Vigilaba al camarero. Escuchaba.
—¡Tramposo hijo de puta! — decía Bert—. ¿Pensabas que no te iba a cazar nunca, eh? Bueno, seré el último tipo al que times. Te voy a…
—¡No, no, Bert! —dijo tío Bud en un grito sofocado y tartamudeante
—. ¡Tienes que escucharme! ¡Tienes
que darme un poco de tiempo! D…
dame solo… ¡No!
Se oyó un clic… era una navaja que se abría. También se oyó un lento arrastrarse de pies. Yo imaginé que era Bert que se le acercaba, y tío Bud que se retiraba.
—¡No, no! —volvió a gritar sofocado—. ¡Un poco de tiempo, Bert! ¡Solo dame un poco de tiempo y recibirás hasta la última moneda!
¡Te lo juro, B… B…!
Abrí silenciosamente la puerta, dejando solo una rendija abierta. Vi
que la espalda de Bert era lo que tenía más cerca. Empujé suavemente y entorné la puerta un poco más, y pude observarlo y descubrir la gran navaja afilada que había en su mano.
—¡Te daré algo! —La cuchilla tembló y Bert gruñó, enfatizando lo que decía—. ¡Te voy a dar todo el tiempo de este mundo y también del próximo, sucio, tramposo, hijo de mil putas!
Sin previo aviso, lanzó la navaja hacia delante. Tío Bud parecía sollozar y gemir. Entonces empujé la
puerta y entré.
No le di tiempo a volverse. Tenía un regalo especial para él: un fuerte directo justo en medio de la nuca.
La navaja saltó de su mano. Bert salió despedido hacia delante y su cabeza dio contra el urinario esmaltado. Después se desplomó a lo largo, con la cara contra el suelo.
Tío Bud se arrugó contra la pared, mientras se manoseaba el sudor de la cara pálida. Bajó la vista hacia Bert, se enderezó de golpe y le dio una patada en la cabeza, una
patada tan fuerte como pudo.
—Me la ibas a dar, ¿eh? —soltó
—. ¡Vale, maldito, te…!
Le encajó otra patada; entonces intervine. Le mandé contra la pared de un empujón, le agarré por un brazo y le arrastré hacia la puerta.
—¡Venga! ¡Vámonos, condenado!
¡Tenemos que salir de aquí!
—¡Pe… pero —trató de soltarse
— iba a matarme! Tú lo has visto, Kid. Me iba… a… —Tomó aire profundamente, estremeciéndose, y sus ojos dejaron de estar vidriosos
—. Sí, claro que sí, Kid.
Salimos de allí y unas cuantas manzanas más abajo paramos en otro bar; él rápidamente se despachó un par de copas. Las necesitaba. Sus temblores eran tan violentos que casi se escuchaba el repiquetear de los huesos.
—¡Hostia, Kid! —dijo mientras nos alejábamos del lugar en coche—.
¡En toda mi vida he tenido tanto pánico! Ni siquiera me he atrevido a girarme para ver si todavía estabas allí. Me daba miedo de que te
pudieras haber ido unos minutos antes.
—¿Sí? De todas formas, ¿dónde te ha enganchado?
—¡Eso es lo que no sé! ¡Es lo que más me ha sacudido! Aparqué el coche y, cuando me disponía a entrar en el tugurio, allí estaba, el asesino hijo de puta, justo detrás de mí, con esa navaja, clavándomela en la espalda ¡Hostias, parecía llegado de la nada! ¡Fue como si hubiera caído del cielo!
—Entonces podía llevar tiempo
siguiéndote de cerca.
—Podría ser, pero no creo. Si lo hubiera hecho, lo habría notado. No, me imagino que habrá merodeado por los alrededores y me habrá localizado cuando salía del coche.
—Sacudió la cabeza, mirando cejijunto a través del parabrisas—. De todos modos, es mejor que haya sido así. Quiero decir, que simplemente se topase conmigo de forma accidental. Me sabría a cuerno quemado pensar que…
Asentí. A mí también me habría
sabido a cuerno quemado pensar eso. No es que me preocupara de manera especial tío Bud, porque un tipo como él —que se aprovechaba de todo el que se dejara, y que causaba tanta desdicha como la que él había originado— iba hacia el cementerio con retraso. Sin embargo, este era un mal momento para que fuera allí; por otra parte, rápidamente estaría en camino si las cosas no iban como debían.
—Me pregunto… —se interrumpió preocupado, luego
prosiguió—. Yo conozco a muchísima gente, y bien podría tener un compinche. Podría tener a alguien vigilándome, quizás a más de un tipo, alguien que le diera el soplo cada vez que me viera en cualquier sitio. Pero ¿cómo coño podrían hacerlo sin que yo me enterara? ¡Yo aquí conozco a toda la gente! He tenido trato con todos, y nunca olvido una cara.
Otra vez le volvían los temblores. Le dije que era probable que no hubiera motivos de
preocupación. Después de todo, Bert iba a su caza desde hacía bastante tiempo y hasta hoy no había podido alcanzarle.
—Fue solo un accidente —dije
—. Dio la casualidad de que estaba por los alrededores al mismo tiempo que tú. De haber podido hacerlo antes, no habría dudado en echarte el lazo.
—Bueno… —titubeó— bueno, puede ser. Parece lógico, ¿verdad? Lo seguro es que en estos momentos debe de estar decidiendo que
abandona. Hace bastante que lo estafé…, que tuvimos ese pequeño malentendido, quiero decir.
—¿Qué hay sobre ese bar? —
dije—. ¿Vas ahí cada día?
—¿Quieres decir que si cumplo horario? Uf… ufff, no, yo no, Kid. No el bueno de tío Bud. —Me guiñó un ojo, había recuperado la sonrisa burlona—. No hago así las cosas. Me muevo por ahí. Incluso en los barrios con más movimiento no me quedo más que unas cuantas semanas.
—¿Nadie sabía que hoy ibas a
estar en ese bar? ¿No se lo mencionaste a nadie?
—Eh… a nadie. Bueno, debo habérselo dicho a Fay, pero a nadie más. Sí, Kid. —Se tiró el sombrero hacia atrás, había empezado a relajarse—. Creo que es como tú dices. Ha sido una de esas casualidades, solo un maldito y condenadísimo accidente.
Tuve el presentimiento de que no era así, de que alguien le había ido a Bert con el soplo. También presentí que ese alguien iba a volver a
hacerlo. Que seguiría a tío Bud, haciendo todo lo posible para que Bert lo ensartara con su navaja. No obstante, era tan solo una corazonada, tío Bud ya estaba lo suficientemente nervioso y aún teníamos que hacer algunas cosas.
Eran casi las cinco cuando paramos en un drugstore, unas cuantas manzanas más allá del consultorio de Doc Goldman. Me senté en la barra y pedí una coca- cola, mientras él se metía en una cabina telefónica.
Salió de la cabina y se paró a mi lado.
—Vale, Kid, ha picado. Volveré a por ti tan pronto como salga.
Me lanzó una mirada de lince mientras se metía en el coche.
—Pareces bastante pálido, Kid.
¿Cómo te estás tomando todo esto?
—Bien, estoy bien.
—Bueno, eh, ¿toda esta tensión nerviosa y esta agitación no son demasiado para ti? Yo sé que tú no estás realmente loc… Quiero decir: tuviste un pequeño problema
nervioso, pero…
—No cuentes con ello. —Me giré en el asiento y le miré de frente
—. No trates de forzarme a ello. Si pierdo la cabeza, no será agradable para nadie que se encuentre a mi alrededor.
—¡Oh, Kid, vamos! —Parecía ofendido—. ¿No somos colegas?
¿No me has salvado la vida hoy mismo?
—Estoy bien y voy derechito hacia estar cada vez mejor. Y es conveniente que nadie intente
cortarme el viaje o traicionarme.
—Claro, claro, Kid —dijo precipitadamente—. Solamente me estaba interesando por ti.
Me dejó frente a la consulta de Doc y volvió al drugstore para esperarme. Rápidamente, eché un vistazo alrededor y comencé a caminar.
La casa estaba en las afueras de la ciudad, creo que ya lo había mencionado antes. Entre ella y la siguiente había dos solares vacíos, y en la otra acera no había ni siquiera
una casa. Naturalmente, alguien podía verme: por ejemplo, la gente de las casas cercanas, si se les ocurría asomarse a la ventana. Pero aunque lo hiciesen, se supone que no le dedicarían a mi presencia ni un solo pensamiento. Tenían que estar acostumbrados a ver a la gente entrar y salir de la casa de Doc. Sería uno más, otro paciente.
Subí los escalones y atravesé el porche. Abrí la puerta y entré. La parte que correspondía a la vivienda estaba al fondo, mientras que la
consulta se hallaba a la derecha.
Miré alrededor y todo me pareció exactamente como lo recordaba. Las sillas con los respaldos contra las paredes. La mesita repleta de revistas. La alfombrilla en medio de la alfombra, para tapar una zona desgastada. Los ceniceros de anuncios. La…
Durante un minuto, no pude avanzar más allá. Me quedé clavado allí, mirándolo todo y sintiéndome bastante bien. En cierto modo me sentía reconfortado, a salvo; pero por
otra parte, me sentí bastante vil. Era como volver a casa y hacer algún tipo de jugada sucia.
No obstante, tenía que hacerlo. Lo hacía por el chico, no por mí mismo. Así que atravesé la sala de espera y abrí la puerta del consultorio.
Fui a dar de narices con Doc
Goldman.
15
Tenía el sombrero puesto. Había entrado por la otra puerta, y estaba casi tan sorprendido como yo, que ya era mucho, créanme.
Traté de sonreír y hablar, pero mi boca estaba como sellada. No supe qué coño hacer, y todo lo que llegué a pensar es que Doc me había cogido con las manos en la mismísima masa justo en el momento en que estaba por jugársela.
Di un paso hacia atrás. Balbucí
algo, solo Dios sabe qué. Estaba a punto de dar la vuelta y echarme a correr.
Pero entonces, él ya había comenzado a hablar.
—¡Collie! ¡Collie, amigo! — Cogió mi mano y me la retorció—.
¡Cuánto siento no haberte oído entrar! Se me ha pinchado una rueda del coche, aquí en la esquina, he vuelto para llamar a un taxi.
—¡Oh! —Comencé a respirar un poco mejor. Por un momento, sospeché que tío Bud había intentado
engañarme—. Bueno, si se iba…
—No. No. El taxi tardará unos cuantos minutos en llegar hasta aquí. Pero, bueno, ¿cómo estás? Vamos al consultorio y déjame echarte un vistazo.
Fue empujándome hacia la consulta y me hizo tumbar sobre la camilla. Mientras me tomaba el pulso y descansaba una mano sobre mi frente, siguió hablando y haciéndome preguntas.
Le dije que aún vivía en casa de la señora Anderson, que ya se había
repuesto del shock y que las cosas habían vuelto a ser como antes.
—Bueno, eso está bien, maravilloso. Ya sé lo que debió parecerte entonces, Collie. No puedo explicarte lo triste que me sentí después de que me llamaste.
—Lo siento mucho. No sentía todo aquello que dije.
—Desde luego que no. No es que no hubiera parte de verdad en todo ello. Pero lo entiendes ahora, ¿no es así, Collie? ¿Ves cómo ella tenía que saberlo?
—Tenía que saberlo, pero hubiera sido mucho mejor si se lo hubiera dicho yo mismo, al principio.
—¿Sí? Bueno, de todas formas ya ha pasado todo, ¿no es verdad? Ahora, si te relajas, deja que tu cuerpo se afloje un poco. Aflójate…
Se puso a escarbar con los dedos entre mis bíceps. Levantó uno de mis brazos y lo sacudió, mientras observaba el movimiento de mi mano. Se colocó la luz de refracción en la cabeza y se inclinó hacia mí, abriéndome los párpados con los
dedos.
—A… ajá… no de esa forma, Collie. Por favor, mírame de frente…
Primero miró un ojo y después el otro. Empecé a lagrimear y él me dijo que descansara un momento, después continuó mirando. Finalmente, se irguió y se quitó la luz. Estaba quieto, mirándome con mala cara, mientras daba golpecitos en la palma de su mano con el disco de metal brillante.
—Algo no anda bien, Collie.
Nada bien. Estás mucho más tenso que la noche que te conocí.
—¿Sí? Quiero decir, ¿lo estoy? Yo me siento bien.
—No sé cómo demonios puedes.
¿Qué es lo que te está preocupando? Y no me digas que nada.
—Bueno, yo. Ahora no es nada, pero lo ha sido… La señora Anderson se tomó muy mal lo que le dijo. Ahora está bien, pero creo que yo todavía estoy un poco trastornado.
—«Estoy un poco» no es la mejor frase para definirlo, y no me
sirve de gran cosa, Collie. Estabas muy deprimido. El péndulo se hallaba justo en su punto más bajo. Incluso, aunque la situación no hubiera acabado en un razonable final feliz, como dices que acabó, ahora mismo deberías estar notablemente mejor.
—Bueno, de todos modos es como le dije: todo va bien.
En la calle sonó un claxon, era su taxi. Titubeó con desasosiego.
—Me tengo que ir corriendo, Collie, pero ¿puedes esperarme
aquí? Voy a estar fuera solamente una hora.
—No sé. Claro que me gustaría, pero, bueno, la señora Anderson me trajo a la ciudad esta tarde. Tenía que ver a unos amigos, y creo que tendré que irme cuando pase a recogerme.
—Dile que te espere, Collie. — Volvió a ponerse el sombrero—. Dile que también me gustaría verla a ella. ¿Lo harás?
El claxon volvió a sonar. Le dije que no pensaba que ella pudiera
esperar, que creía que tenía prisa.
—Bueno, entonces espérame tú. Yo mismo te llevaré a casa.
—No puedo, quiero decir, bueno, no creo que pueda. Verá: yo… yo…
—¿Sí? —dijo—. ¿Sí, Collie? — Y entonces su expresión cambió, se volvió algo parecido a una no- expresión. Giró hacia la puerta—. Me tengo que ir corriendo, Collie. Quédate, si puedes, ¿eh?
Salió apresuradamente. Se oyó el portazo de la entrada principal, y un momento más tarde oí al taxi que se
marchaba.
Aflojé la mano bajo mi cadera derecha y me giré cuidadosamente, cogiendo la pistola justo cuando se caía de la camilla. El condenado trasto se me había escurrido mientras estaba tumbado. Si Doc me hubiera hecho moverme un poco, lo habría visto.
Me la volví a meter en el bolsillo. Me levanté y fui directamente al botiquín de las medicinas, a poner manos a la obra. Era un armario alto, de acero, con
seis grandes cajones y alrededor de una docena de cajoncitos dentro de cada uno de los grandes. Todos estaban sin cerrar. A lo único que Doc echaba la llave era al compartimiento de los narcóticos, y esos estaban en el despacho, a salvo.
Cogí dos jeringas de centímetro cúbico y un par de agujas hipodérmicas, dos, por si se rompía una. Seguí mirando; trabajaba rápido, sacudiendo los cajones al abrirlos y cerrarlos, hasta que encontré la insulina. Era del tipo normal, pero
solo había dos ampollas, de cristal, de las de cuatrocientas unidades, diez centímetros cúbicos, y que se cortan por los extremos. Titubeé mientras miraba esas pequeñas ampollas de cristal transparente. Luego las dejé sobre la mesa, junto a las agujas hipodérmicas y las jeringas, y volví al botiquín. Las etiquetas de los cajones estaban todas desordenadas. Doc no tenía a nadie que le ayudara, pero lo suplía con una gran práctica, aunque algunas veces se le mezclaban las cosas.
Volví a empezar por la parte superior del botiquín, y fui inspeccionando de arriba abajo. Esta vez lo hice más despacio, mirando cuidadosamente dentro de cada cajón. Trabajé así, sin dejarme ni uno solo, y entonces, bueno, allí estaban: eran justamente las de veinte centímetros cúbicos. No había nada más. Esto tendría que servir. Podía no parecerlo, pero sería más que suficiente para salvar la vida del chico y mantenerlo durante un tiempo. En realidad, no lo sabía con
certeza. Había un montón de cosas que ignoraba.
Cogí una servilleta de papel y lo envolví todo. Dejé la casa, y estaba tan preocupado por haber conseguido lo que me parecía poca cantidad, como por haberlo cogido. Seguro que Doc lo iba a echar en falta, era todo lo que tenía. Todo lo que podía esperar era que no tuviera necesidad de ello demasiado pronto.
Tío Bud estaba esperando en la puerta del drugstore. Partimos hacia la casa. Le conté mis dudas, pero no
parecieron romperle el corazón.
—Podría no ser suficiente, ¿eh? Bueno, es una pena, pero tú has hecho todo lo que has podido, Kid. Hemos hecho todo lo que hemos podido.
Miré al frente, sin decir nada. Quitó una mano del volante y me dio un golpecito en la espalda.
—¡Vaya, Kid! No te lo tomes tan a pecho, hombre. Es malo, claro, pero esas cosas siempre son para bien. Es lo mismo que decíamos esta mañana, ¿sabes? Seguro que nosotros
no queremos que se muera ese chico tan agradable, pero, si ocurriera, tampoco sería lo peor que nos pudiera pasar.
—Sí, es verdad, ¿no es así? Me parece que lo estaba olvidando.
—Vamos, claro, hombre. Así que alégrate, ¿eh? —Me tocó con el codo
—. Puede ser una buena salida. Desde luego, esperamos que eso sea suficiente para mantenerlo vivo.
—Bueno, no podemos estar seguros —dije—, debería serlo. Debería mantenerlo vivo durante otro
par de días o mucho más. No lo sé.
—¿Sí? Pero tú dijiste que…
—Dije que probablemente necesitaría más. En el estado en que se encuentra no estoy seguro de que esto vaya siquiera a ponerle ni medio en pie. No obstante, podría mantenerlo vivo hasta que consigamos el dinero.
—Bien… —Se encogió de hombros—. Así que, de cualquier forma, no tenemos ningún motivo de preocupación, ¿no te parece?
Asentí con la cabeza. Me pareció
como si tío Bud hubiera dicho muchísimas cosas en esta última frase. Después estaba Fay: ella debía de querer muerto al chico, o vivo, la verdad es que yo no podía saberlo. Sin embargo, tío Bud se delataba. Quería mantenernos contentos a Fay y a mí para que no hiciéramos nada que pudiera echar por tierra todos los planes. Aparte de eso, no le importaba un rábano lo que pudiera ocurrirle al chico. Además, bueno, tenía una razón para que no le importara: se iba a largar con el
dinero. Cuando se iniciara la tormenta, él ya estaría muy lejos.
O, de algún modo, pensaba que lo estaría.
16
El chico estaba consciente, pero terriblemente débil. Sus riñones habrían estado moviéndose todo el día, tratando de deshacerse del azúcar que su sistema no podía quemar. Estaba tan débil, que ni siquiera podía susurrar. Le pregunté cómo se sentía, y sus labios se movieron ligeramente, pero de ellos no surgieron palabras.
Tío Bud se había ido. No podía soportar estas cosas, dijo; ver cómo
le clavaban a alguien una aguja le enfermaba el estómago. Además, tenía cosas que hacer en la ciudad.
Con la ayuda de un tenedor, saqué la aguja del recipiente con agua hirviendo. La fijé a la jeringa y la clavé en el tapón de goma de uno de los frascos de diez centímetros cúbicos. Fui abriendo cuidadosamente el émbolo. En la jeringa cabían dos centímetros cúbicos, pero yo no estaba seguro de cuál podría ser la dosis mínima para un niño de siete años tan enfermo
como éste. No obstante, imaginé que necesitaba una buena sacudida.
Aun así, el darle demasiado de golpe podía ser malo, incluso fatal. De los hospitales psiquiátricos recordaba que un centímetro equivalía a ochenta unidades. La etiqueta de las cajas decía que eran cuatrocientas unidades de insulina normal; sabía que eso tenía que ver con la concentración. Pero, bueno, era hora de que lo admitiera: estaba confundido y asustado. Sin embargo, tenía que seguir adelante con aquello,
y esperar que ocurriera lo mejor. Levanté el brazo inerte del chico, y Fay, que había estado observando desde la puerta, arrugó la cara.
—Así no es, ¿no? A mí siempre me han colocado las inyecciones en el brazo izquierdo.
Moví la cabeza sin contestarle; concentrándome en el chico. Dio un saltito cuando le clavé la aguja. Fay también saltó. Estaba de pie, detrás de mí, y por supuesto, me sobresaltó. Le puse los dos centímetros cúbicos completos, más de lo que hubiera
querido, pero en ese momento había estado asustado. Saqué la aguja y esperé. Observé cuidadosamente su cara, mientras esperaba una reacción, pero no hubo ninguna. Así que volví a llenar la jeringa con otros dos centímetros cúbicos, inserté la aguja en el brazo y se los inyecté.
Él saltó, ella saltó y yo salté. Dejé la aguja y miré al chico. Ahora sí que había una reacción de primera. De repente, se estremeció, tomó aire largamente, tiritaba. Su cara se volvió roja y todo su cuerpo
comenzó a sudar copiosamente. Esta la había sentido de verdad.
Estaba triunfante de haber sabido hacerlo, aun dominado por las dudas de si le habría dado una sobredosis. Y después, de golpe, seguro de saber lo que estaba haciendo. Era como debía ser. Así había sido las veces que yo recordaba, y además sabía lo que tenía que hacer a continuación. No tenía elección. Cogí precipitadamente un cuenco con agua y mucho azúcar, y comencé a dárselo al chico a cucharadas. Fay gritó, y
me lo arrancó de las manos.
—¡No sabes lo que estás haciendo! ¡Estás loco! Estás…
Me levanté de un salto y la agarré por los hombros.
—¡Pero yo sí sé lo que tú estás haciendo! ¡Intentas llegar hasta el fin!
La empujé fuera de la habitación. La fui haciendo retroceder hasta que atravesó la puerta, y dejé que cayera en una silla, pesadamente.
—¡Ahora quédate ahí! ¡Si vuelves a jugar sucio conmigo, te… te…!
Salí corriendo hacia la cocina. Eché azúcar y agua en un nuevo cuenco. Volví a toda prisa a la habitación, trayéndolo conmigo, mezclándolo por el camino. Comencé a dárselo al chico.
Era todo lo que necesitaba. Algo que amortiguara el shock de la insulina. Lo alcé en brazos, metiéndole el azúcar en la boca tan rápidamente como podía mover la cuchara. Su respiración se calmó y dejó de temblar. Cesó el sudor y desapareció el rubor de la cara. Su
equilibrio apareció.
Le volví a tumbar sobre la almohada. Me miraba con los ojos abiertos de par en par, todavía asustado, por supuesto. Tenía miedo de estar allí y de que no hubiera nadie de su casa pero se sentía mucho mejor. Se encontraba tan bien en comparación con momentos antes, que no pudo menos que sonreír, aunque débilmente.
Le devolví la sonrisa. Se le cerraron los ojos y se quedó dormido. Durante un buen rato, seguí
observándole por si había alguna reacción retardada. No hubo ninguna. Apagué la luz y salí al salón.
Fay todavía estaba donde la había dejado. Me serví un trago y me senté:
—Está bien, si quieres puedes entrar a verle.
—Puedo, ¿eh? —Fay me miraba severamente.
—Está bien, y va a seguir estándolo. Yo… así tiene que ser, Fay. Deberías verlo de esa manera. Cuanto mejor esté cuando vuelva con
los suyos, mejor será para nosotros.
Hizo una mueca, su mano se dirigió hacia la botella de whisky. La inclinó sobre su vaso.
—¿Cuándo? Querrás decir, si vuelve, ¿no es así? —dijo pesadamente. Después, antes de que pudiera responder, agregó—:
¿Cuánto tiempo le va a durar eso que le has dado?
—Lo suficiente. Pienso que lo suficiente.
—Claro, claro. Lo piensas, pero no lo sabes, ¿o no? Todo lo que
sabes es que lo tenemos en nuestras manos: un niño que depende todo el tiempo de nosotros. Un niño cuya foto está en todos los periódicos del país. No podemos largarnos con él, pero tampoco podemos irnos sin él. Solamente nos queda esperar aquí, sentados encima de un barril de dinamita, deseando que no nos explote.
—¿Tienes alguna idea mejor?
—Déjalo. Olvídalo. Si sigo hablando contigo un minuto más, me voy a volver loca.
Fui hacia la cocina y preparé un par de sándwiches. Me comí uno y llevé el otro hacia la sala.
Me observó mientras masticaba, y después se echó a reír con una especie de risa cansada.
—Pobre Collie. Le colgarán, pero antes tiene que llenarse bien el estómago.
—Con comida —puntualicé.
—¿Hmmmmm? —Frunció el ceño y volvió a reír—. Muy bueno. Asquerosamente bueno. Eran cosas como esa las que… ese tipo de cosas
que lanzabas. Eras tan fino y agudo, que a veces yo no podía…
—¿Sí?
—No importa. Así es como era. Así es como es.
—No sé qué te dijo el doctor sobre mí —dije—, qué fue exactamente lo que te dijo, pero me gustaría saberlo.
—Entonces te informaré sobre los puntos más importantes. Me dijo que en el ambiente conveniente y con la compañía apropiada estarías bien. Te hallabas en buen camino hacia la
recuperación, y pronto lo habrías conseguido. Por otro lado… — titubeó— por otro lado…
—¿Y bien?
—¿Por qué molestarte con el resto? Se trata de las sospechas no razonadas. Una parte muy peligrosa, si se la provoca. Digamos que ha sido culpa mía, y lo siento. Pero eso no cambia nada de nada; no puedo permitir que cambie nada.
—Mira, Fay. Si solo supiera lo que quieres. Si habláramos claro, quizá yo pudiera…
—Ídem. Doblemente ídem, deberías decir, ya que tu pasado es considerablemente más ominoso en potencia que el mío. No —levantó una mano—, no lo estropeemos más. Porque cada vez se enmierda un poco más, y a medida que se enmierda, yo lo siento por ti cada vez un poco más. Dime una cosa, si puedes:
¿cuánto tiempo piensas que el chico puede durar sin un tratamiento médico adecuado?
—Yo le he dado el tratamiento adecuado. Quizá tú no lo pienses así,
pero…
—¡Venga ya! ¡No te pongas susceptible conmigo, Collie! Sabes lo que quiero decir, así que contesta a la pregunta.
—Bueno, con la insulina que le di y tal como reaccionó, seguro que va a estar bien otras veinticuatro horas.
—Suena muy positivo.
La había engañado con mi aire de confianza, así que ignoré la observación.
—Podrá comer algo mañana, y
eso le ayudará. Un huevo escalfado y quizás un filete de carne y algo de leche.
Asintió y se apoyó en el respaldo de la silla, bostezando.
—Discúlpame. No es el whisky, sino la compañía. ¿Por qué no se quita de en medio, doctor? Me parece que lo están llamando del anexo.
Le dije que me iba a la cama. Estaba bastante cansado y el chico iba a dormir a pierna suelta durante el resto de la noche. Me miró de
forma ausente, sin decir nada, así que llevé mi plato a la cocina y salí.
Se había levantado cierta brisa y ahora casi hacía frío, pero igualmente dejé abierta la ventana del apartamento. Daba al camino de salida, y si ella arrancaba el coche o si alguien llegaba, era seguro que lo iba a oír. Yo… bueno, no sabía si alguien podía venir, ya ven ustedes. Tampoco conocía el motivo por el que ella no iba a tratar de marcharse. Y como no sabía qué podía ocurrir, intentaba estar preparado para
esperármelo todo.
Me desvestí, comencé a deslizar la pistola debajo de la almohada, pero entonces pensé que se transformaría en otra cosa de obligada vigilancia. Ella sabía dónde la guardaba, así que era mejor encontrar otro sitio.
Miré alrededor. Al fin, corrí la mesita de noche hacia la cama, dejé la pistola sobre ella y la cubrí con una revista abierta. Parecía algo natural, como si hubiera estado leyendo la revista y la hubiera
dejado caer abierta, antes de acomodarme. Podría alcanzar la pistola tan rápidamente como si la tuviera debajo de la almohada.
Apagué la luz y me metí en la cama.
Me quedé dormido enseguida. Treinta minutos más tarde, me desperté; todavía estaba muerto de cansancio, pero demasiado tenso para relajarme. Bebí agua y me fumé un par de cigarrillos. Después dormité un poco, y a continuación volví a despertarme. Estaba cansado
e incómodo. Tenía los nervios hechos un nudo y mi cabeza daba vueltas una y otra vez.
Tío Bud. Sabía que me la iba a jugar, pero ¿yo qué podía hacer?
¿Cómo podía detenerlo? Sabía que tenía que hacerlo, incluso aunque no supiera muy bien por qué, pero no tenía ni idea de cómo conducirme.
Allí estaba él, alojado en mi cabeza; tenía una gran foto suya: el sombrero tirado hacia atrás dejaba ver su pelo liso, gris y suave. Había una sonrisa en su cara, una sonrisa
fácil, y sus ojos eran cálidos y amistosos. Podía verlo como si lo iluminara la claridad del día, y oír su voz grave y descansada. Me concentré, y ahora podía oírlo hablar sobre… sobre… escuché con cuidado, despejando mi cerebro de cualquier cosa que no fuera su voz, y las palabras aparecieron al fin… sobre el pago del rescate.
Me hablaba sobre todo ello una vez más, con paciencia, sonriéndome. Y riéndose por dentro todo el tiempo.
—Sí, ya sé, Kid. Esa es la forma en que normalmente se hace. Y esa es la forma en que muchos tipos se dejan atrapar. Se van la hostia de lejos, a cualquier lugar del campo, y se organizan de modo que les tiren el dinero desde un coche, o algún trato por el estilo. Piensan que están a salvo porque no hay nadie más alrededor, pero justo es eso por lo que no están a salvo. ¿Cómo pueden saber qué hay en los
bosques o detrás de una colina?
¿Cómo saben si toda la condenada zona no ha sido cercada? ¿Ves lo que quiero decir, Kid? De hecho, esos tipos se la dan organizada a la poli. Si no hay alrededor más que un tipo, ese tipo tiene que estar… Así que no lo haremos de esa manera. Yo no. La forma en que voy a hacerlo…
Se dejaría el dinero en la estación del tren, en el depósito de equipajes,
a nombre de un tal «Sr. Whitcomb». Se enviaría a un mensajero, encargado por teléfono, a recogerlo. Se trataría de una maleta corriente. Alrededor, en la estación, habría muchísima gente entrando y saliendo del depósito de equipajes y llevando en la mano maletas exactamente iguales. La poli tendría un buen trabajo si quería seguirle la pista a una de ellas, y era casi seguro que lo abandonarían si lo intentaban. A pesar de todo, si lo hicieran, si siguieran a ese mensajero vestido de
paisano, no atraparían a tío Bud.
Conocía por casualidad a un holgazán, un sablista con antecedentes penales. El tipo haría cualquier cosa por unos cuantos billetes sin hacer preguntas. La maleta le sería entregada en la pensión barata en la que vivía. Si no ocurría nada durante una hora más o menos, tío Bud iría a recogerla. Si ocurría algo —si la poli enganchaba al tipo—, bueno, sería muy malo para él. Lo habrían cogido con la evidencia. Hablaría, por supuesto,
pero no podría probar nada. Tío Bud podría decir simplemente que el tío estaba mintiendo. Así sería.
No, tío Bud no se estaba arriesgando en nada. Los riesgos eran para el otro infeliz… yo. Ya me lo había cargado todo encima, y ahora él se iba a quedar con todo el dinero.
Permanecía allí, en mi mente, sonriente, explicándose… y riéndose de mí. Totalmente organizado para coger el dinero… mi dinero, y riéndose de ello. Riendo, riendo,
riendo. Tenía que haber alguna forma. Sí, tenía que encontrar alguna forma de pararlo, del modo que fuera…
Me dormí.
… Cuando me desperté era tarde, cerca de mediodía. Cuando vi la hora, salté de la cama rápidamente. Estaba como asustado y sentía que algo iba mal, que alguien me había engañado durante las horas de sueño.
Miré bajo la revista, y aquello estaba en su sitio, donde yo lo había dejado. La puerta seguía igual,
cerrada y enganchada con el respaldo de una silla bajo la manecilla. Mientras me ponía los pantalones, miré por la ventana.
El coche no se había movido. Se hallaba exactamente en el sitio donde estaba la noche anterior. Nadie venía por el sendero y todo parecía encontrarse en su sitio. ¡No! Alguien llegaba.
Fay. Estaba saliendo de la casa, con una bandeja de cafés. Iba hacia el garaje, vestida con la misma ropa que llevaba unos días antes, el
mismo día que Doc Goldman la había llamado y todo había empezado a desmoronarse.
Piernas descubiertas, hombros descubiertos, de color del marfil a la luz del sol. Pantalones cortos de color café, curvados sobre las curvas de sus caderas. Y la tenue y transparente blusa blanca, ajustada, delicadamente tirante por la carne contenida en ella.
Me vio mirarla, y sonrió. Hizo una pausa bajo la ventana y volvió a mirarme, sonriente. Si el whisky de
las últimas noches le había dejado alguna señal, juro que no lo noté. Estaba tan fresca y maravillosa como aquella mañana.
Otra vez sus ojos eran vivos y transparentes, como yo los recordaba. Su pelo tenía la misma suavidad, de aspecto brillante y bien cepillado, y su cara tenía la misma tersura rosada. Todo era lo mismo. Otra vez como aquella mañana; como si todo lo ocurrido desde aquella mañana hasta ahora hubiera sido solo un mal sueño.
—¿Bien? —sonrió—. ¿Quieres tomar algo?
Asentí. O moví la cabeza. O algo así. Me las arreglé para musitar que sí.
—Quiero decir algo de café… Entonces se echó a reír, y
comenzó a subir las escaleras.
17
La hice entrar y cogí la bandeja de sus manos. Yo actuaba, trataba de hacerlo justamente como ella, siendo amable, chistoso, y manteniéndome sonriente. Pero me imaginé que algo no andaba del todo bien, pensé que algo, algún tipo de engaño, podía estarle rondando por dentro. Así que le di una oportunidad —una oportunidad que no lo pareciera— para dar lugar al engaño.
Me excusé y fui al cuarto de
baño. Abrí el grifo de la bañera, retrocedí descalzo, de puntillas, hasta la puerta, y me puse a husmear a través de una rendija.
Fay aún seguía en la misma silla, a unos metros de la cama. Durante un par de minutos estuve allí, observándola, mientras pensaba que iba a buscar la pistola bajo la almohada. Y deseando que no fuera así. Conseguir la pistola debía de ser lo único que le importaba. Y si no era eso lo que intentaba, entonces
¿qué era?
No lo hizo. Siguió sentada, con una pierna cruzada sobre la otra, canturreando.
Me lavé y volví a la habitación. Sirvió dos tazas de café y me ofreció una. Dijo muy animada que el chico parecía sentirse bien, que se había tomado dos huevos escalfados y un vaso de leche.
—Quería levantarse, pero no le he dejado. Pensé que debía quedarse en la cama, ¿qué te parece?
Asentí y pensé que quizás él era en realidad la razón de su visita. Con
el chico sintiéndose bien, no había más motivos de preocupación. También ella se estaba sintiendo bastante bien.
Arrugué la cara sin darme cuenta de mi gesto. Pensaba y deseaba que las cosas fueran realmente como parecían. Ella también arrugó la cara, en una especie de expresión avergonzada. Era una mezcla de vergüenza y duda lo que mostraba su cara. Después volvió a sonreír.
—¿Sí, Collie? ¿Sí, mi Apolo de los rings?
—Bueno… —dudé—, bueno, solo estaba preguntándome…
—Y yo. Yo misma no me siento capaz de explicarlo. Supongo… — Hizo una pausa, se encogió de hombros—. Supongo que ya lo dije todo al principio. Soy simplemente una chalada… una neurótica aturdida. Nadie que beba lo que yo, durante todo el tiempo en que lo he hecho, iba a librarse de tener el cerebro en ruinas. Él… ella… yo diría que desde el comienzo era de un carácter inestable y la bebida lo
ha hecho mucho más aún, más inestable de lo que era. Le cuesta muy poco salirse de sus casillas. Muy poco. Y con lo que me ha tocado vivir en estos escasos últimos días, ha sido algo más que ese muy poco. Así que…
Dejó la taza de café. Me lanzó una mirada rápida, cogió mi taza y la puso al lado de la suya.
—Así —dijo—, así, ¿qué, Collie?
Asentí, lo había entendido, y pienso que bastante bien. En aquellas
instituciones había montones de presos alcohólicos. Nadie podía ser más delicado y agradable que ellos cuando estaban equilibrados. Y nadie podía ser tan manifiestamente pesado y extravagante cuando estaba de malas.
—Veamos, ¿no teníamos una cita hace unas cuantas mañanas? —Dejó caer su cabeza hacia un lado—. ¿La teníamos o no la teníamos, Collie?
¿Te acuerdas?
—Fay, yo, yo…
—Te fallan las palabras, ¿eh? —
Se rió con dulzura—. Bueno, esperemos que no sea síntoma de alguna debilidad física. Y ahora, si te vas al cuarto de baño…
—¿Al… al cuarto de baño? —
tartamudeé.
—Esa habitación pequeña en la que estabas hace un momento. La que tiene los muebles cóncavos.
Me levanté y fui hacia el cuarto de baño. La oí echar las persianas y abrí la puerta con un movimiento brusco. Entonces vi lo que estaba haciendo, y me quedé quieto, donde
estaba, hasta que me llamó.
Sus zapatos se hallaban en el suelo, junto a una silla. La blusa, sobre la silla de los zapatos. Ella yacía sobre la cama, su pelo negro extendido sobre la almohada.
Alargó los brazos hacia mí.
… Hay cosas que no pueden falsearse, que es inútil pretenderlo, y esta era una de ellas. Una persona te desea o no te desea, te desea de una forma y siempre sabes de qué forma es. Yo supe cómo era su forma. El deseo estaba allí. No hubo ni un
segundo de ficción en esa larga hora que estuvimos juntos. Así que si Fay tenía una razón para permitir la expresión de su deseo —y desde luego que la tenía— allí estaba, expresándolo.
No había nada fingido. Si no era más que eso, al menos era genuino.
Ahora se había ido. Después de vestirse, había ido hacia la casa a ver cómo estaba el chico. Yo me quedé allí, en la cama, porque ella volvería al cabo de unos minutos, solo se trataba de una breve visita al
chico, y también había ido para saber si tío Bud había estado llamando, y luego volvería. Fay y yo íbamos a estar juntos. Y esta vez íbamos a hablar.
Descubriría qué sentía por el chico. Aunque no fuera lo mismo que yo, sabría qué le parecía el hecho de que nada importaba si lográbamos devolverlo sano y salvo a su familia. No teníamos por qué entregarnos, a pesar de que existiera la posibilidad de que la poli diera con nosotros al cabo de un tiempo. Podíamos dejar
al chico aquí, digamos, o en algún sitio donde estuviera cómodo y seguro. Luego, saldríamos corriendo y mandaríamos un mensaje que indicara dónde podían encontrarlo. Eso le serviría a tío Bud, le haría más fácil recoger el dinero. Y si finalmente nos cogían, las cosas iban a ser mucho más fáciles para nosotros, seguro. Habíamos hecho algo bastante malo, pero también todo lo posible por enderezarlo…
Por supuesto, esa sería la mejor manera. Lo que teníamos que hacer
era llamar ahora mismo a la poli y dejar de esperar a que nos cogieran por su cuenta. Pero, pensándolo bien, no llegaría tan lejos, ni ella tampoco. Las personas que beben mucho permanentemente tienen miedo. Siempre sienten que deben actuar al revés: ser malvados y duros, como si nada les importara, aunque por dentro siguen estando asustados. Los bebedores tienen muchísima imaginación. Todo se agranda en sus mentes y se hace cien veces peor de lo que es en realidad. Y una cosa
como esta en la que estábamos, era de por sí bastante asustadiza, sin necesidad de magnificarla. Puesto que nos hallábamos en medio de un secuestro.
Así que lo haríamos lo mejor que fuéramos capaces, si ella sentía igual que yo y si eso era lo que quería. Como le había dicho, seguro que el chico estaría bien durante otras veinticuatro horas. Podríamos dejarlo aquí mismo o en cualquier otro sitio, luego pondríamos pies en polvorosa y daríamos un toque a la
poli, diciendo dónde se encontraba. No contábamos con mucho dinero, yo no tenía nada y no creía que ella tuviera muchísimo. Pero de alguna manera, algo conseguiríamos, y el chico estaría bien. Ahora mismo, ninguna otra cosa parecía tener la menor importancia.
Encendí un cigarrillo y volví a tumbarme, preguntándome cómo podría encarar el asunto y deseando que fuera ella la que sacara primero el tema. A la vez, estaba deseoso de no seguir sospechando de ella y de
que tampoco sospechara de mí. Porque, por supuesto, ambos sospechábamos. En los últimos días, prácticamente no había habido entre nosotros más que sospechas y desconfianza. Todo eso no podía haberse borrado en una hora.
Supuse que en el caso de que ella ahora mismo me hiciese la proposición —sugiriendo hacer aquello que yo estaba deseando que me planteara—, me sentiría receloso. Pensaría que solo estaba tratando de probarme, de saber qué pensaba, de
forma que ella pudiera asegurarse de que no lo iba a llevar a cabo. Y si yo me sentía tan incómodo con Fay, ella podía sentirse de la misma manera conmigo, solo que un montón más.
El mío era un caso mental. Yo era un fugado, un tipo escapado de una cárcel para chalados, un «psico» con pistola, un ex púgil que, si le daba por ahí, podía hacer mucho daño aun sin pistola. Yo era eso, y ella, lo otro… también una especie de caso mental. Era inestable y siempre tenía el miedo dentro. Un
miedo que trataba de ahogar con la bebida, y así lo tenía siempre alto, flotando, más fuerte que si no bebiese.
Para ella no sería fácil hablar conmigo, es probable que le fuese casi imposible. Supongo que para romper el hielo había hecho lo máximo posible. El resto me tocaba a mí, pero yo no sabía cómo iba a llevarlo a cabo. Pensaba que sería un poco más fácil después de lo que había pasado.
Debía quererme mucho, o no lo
hubiera hecho. A Fay, yo tenía que importarle, ¿o no?
El hecho de que ella no hubiera estado fingiendo no significaba, necesariamente, que yo le importara de verdad. Durante mucho tiempo había estado viviendo sin la ayuda de nadie. Y había bebido tanto, que no sabía lo que hacía, o le importaba un pito si lo sabía o no. Había frecuentado tugurios como el de Bert, y llegado a tener una amistad íntima con tipos como Bert o tío Bud. Una mujer así…
Sin embargo, Fay no era una mujer así, como parecía ser. Fuera lo que fuere, no era chabacana ni vulgar. No, y yo lo sabía, a pesar de que sospechara que su comportamiento era una forma de burla o trampa. Aunque yo, claro, deseaba que no fuera una burla, por ella y por mí. Porque a un tipo como yo es mejor no tratar de engañarlo.
Un tipo como yo puede estar observándolos a ustedes. Ha estado pensando en cada ángulo desde el cual pueden intentar jugársela. Por
eso, cuando intenten hacer el más mínimo movimiento en una de esas direcciones, allí estará él enfrentándoseles. Les habrá tomado la delantera, y no aceptará ninguna explicación. Si son inteligentes, no traten de hacerle ninguna. Le han engañado, han tratado de abusar de él, y eso es todo lo que ve. Y todo lo que pueden hacer a partir de entonces es quitarse de su camino, si pueden, si los deja. Porque nunca más confiará plenamente. Va a estar observándoles de cerca más que
nunca, y si dan ustedes un pasito en una dirección equivocada, o parece que vayan a darlo, no tendrán la oportunidad de dar otro.
Ya había habido uno o dos engaños fuertes, y yo estaba endemoniadamente vigilante. No quería ser… Quería ser capaz de confiar en Fay, pero no podía remediar la desconfianza. Así que deseé con todas mis fuerzas que esto no fuera algún tipo de engaño.
Oí un portazo en la cocina. Retiré la persiana y miré por la ventana.
Ella venía atravesando el patio. Tenía puesto un vestido y venía caminando con bastante rapidez. Aun así, parecía como si arrastrara los pies. Daba la impresión de estar haciendo algo en contra de su voluntad, forzándose a continuar.
Sentí cómo reaparecía la tensión. Me senté en la cama y comencé a ponerme la ropa, metiendo la pistola en un bolsillo. La oí subir las escaleras. Cogí mis zapatos, y comenzaba a ponérmelos cuando abrió la puerta.
Entró. Me miró. Tenía la cara rígida y los ojos nerviosos y asustados. Me enderecé y la miré.
—¿Qué pasa?
—Collie, yo… yo… —dudaba, inspiró profundamente—. Acabo de hablar con tío Bud, Collie.
—¿Y?
—Yo… ¡Él piensa que es mejor que vayamos allí ahora mismo! Le llamé y eso es lo que dijo, Collie.
Asentí. Terminé de atarme los cordones de los zapatos y me puse de pie. Ella retrocedió un paso.
—Continúa. ¿Por qué tío Bud piensa que es mejor que vayamos allí ahora mismo? ¿No te parece que quizá yo debería saberlo?
Le temblaron los párpados. Se le crispó la cara cuando trató de devolverme la sonrisa. Y entonces, supongo, vio que yo no estaba sonriendo, que mi gesto solo parecía una sonrisa. Se retiró otro paso.
—Mejor será que tengas cuidado
—dije—, vas a salir por esa puerta dentro de un momento. Podrías caerte por encima de la barandilla y
romperte el cuello.
Fay miró con rapidez por encima de su hombro. Se volvió, me miró y le temblaron los labios, había palidecido como nunca. Yo me preguntaba de dónde había sacado el temple para intentar esto… para llegar tan lejos con el engaño que se estaba montando. Sabiendo el miedo que tenía, debería haberme maravillado por su valentía. No obstante, no fue así. Lo que sentí por ella no tenía nada que ver con la admiración.
—Continúa. ¿No te dará miedo decírmelo, no, Fay? Después de todo, dos personas tan próximas como nosotros, novios, supongo que lo llamarías, no deberían tener miedo el uno del otro.
Le subió a la cara cierto rubor. Tomó otra vez aire. Titubeó y por fin me lo soltó:
—El chico, Co… Collie. ¡Se ha largado!
18
Asentí y le dirigí una sonrisa que no era tal. Dije que, bueno, no era algo como para inquietarse demasiado, que en el estado en que se encontraba el chico no podría llegar demasiado lejos. Probablemente estaría en los alrededores de la casa, escondido en algún rincón.
—¡No! —Fay sacudió la cabeza
—. He mirado bien antes de llamar a tío Bud.
—Bueno. Déjame mirar.
Miremos juntos. Seamos concienzudos y hagámoslo juntos,
¿vale? Así, si uno de nosotros ve algo, se lo podrá indicar al otro.
—Pe… pero…
—Eso es lo que haremos. Y
ahora mismo.
La cogí por el brazo y la llevé hacia la puerta. Bajamos las escaleras, atravesamos el patio y entramos en la casa. Empezamos a mirar en las habitaciones. Mientras yo hablaba e intentaba hacer alguna broma, Fay tartamudeaba y me
contestaba casi en susurros.
—Bueno, su ropa ha desaparecido. Esto tiene todo el aspecto de que se ha vestido y se ha largado.
—Collie, tenemos que…
—Sí, señor. Es lo que parece. Y es probable que lo haya hecho cuando estabas allá arriba, conmigo. Cuando los dos estábamos bastante ocupados, con las persianas echadas, y durante una hora, no le dedicábamos la suficiente atención a ninguna otra cosa que no fuera
nuestra ocupación. Entonces parece que ocurrió…
Le hice una mueca y le solté el brazo, tan de repente y con tal fuerza, que el hombro sufrió una sacudida.
—¡Tenemos que irnos, Collie! Ya habrá tenido tiempo de llegar a la autopista.
—No habrá llegado tan lejos. Estoy seguro de ello, y también lo está tío Bud. Si no, no se acercaría aquí para nada.
—Pe… pero…
—Tío Bud piensa lo mismo que
yo, que el chico ha perdido el conocimiento en algún lugar cercano y se ha quedado allí. Algún sitio agradable y recóndito donde nadie pueda verle. Estará tan lejos como pueda haber llegado. Eso es lo que piensa tío Bud… y tengo la corazonada de que es también lo que piensas tú.
—¡No! ¡Ahhhh, no, Collie! Yo no podría…
—Te lo dije. Te dije que ese chico tenía que seguir vivo. Te dije que tenía que continuar viviendo.
¿Dónde está? ¿Dónde lo has dejado?
—Yo… yo… —Sacudió la cabeza—. ¿Eso es lo que piensas de mí? ¿Es que realmente piensas que yo he hecho eso?
Y por un momento vacilé. Durante ese instante, no pude ver los motivos por los que ella podía haberlo hecho, ni por qué de esa manera. Fay tenía miedo. No estaba segura de lo que yo iría a hacer, así que había tratado de tomar una decisión que estuviera fuera de mi alcance. Había escondido al chico, y
lo había dejado a salvo, hasta poder dar aviso a la policía. Después, había venido a decirme que se había escapado, así que nosotros teníamos que salir pitando de allí. Desde su punto de vista, era la única cosa que podía hacer. Prácticamente lo mismo que yo había estado pensando.
Así… así es que todo lo que yo había estado pensando era pura imaginación. Estábamos del mismo lado. Ambos queríamos devolver el chico a sus padres. Esto fue lo que yo me imaginé, así es como pensaba que
estaban las cosas. Pero lo que yo imaginaba y pensaba no era suficiente. Necesitaba que Fay me dijera… simplemente que me saliera con la verdad pura, sin rodeos ni engaños. Era todo lo que ella tenía que hacer… y no lo había hecho.
Estaba demasiado asustada, demasiado ansiosa. Y cuando una persona está así, seguro que se equivoca, vamos, casi siempre. E hizo probablemente lo peor que podía haber hecho.
Me acababa de sacudir con un
engaño. Ahora, mientras me estaba reponiendo —luchando por sobreponerme, porque la tenía en gran estima—, me sacudía con otro.
—Collie… —se esforzaba por sonreír—, seamos agradables, ¿eh? Tum… tumbémonos un rato, calmémonos y seamos amables para poder hablar y… y…
Fay vino hacia mí manteniendo la sonrisa, forzándose en cada centímetro de su recorrido. Su mano alzó un tirante de su vestido, tiró de él con una sacudida y lentamente lo
deslizó hacia abajo. Luego, titubeó, suplicando con los ojos y ruborizándose, avergonzada a pesar del miedo. Cogió el otro tirante, lo deslizó hacia abajo y esperó.
—Va… vamos, Collie, ¿lo… lo hacemos? —Casi estaba junto a mí.
—¿Y tú que piensas? —le dije con un gesto de desprecio, mientras la golpeaba con la mano abierta.
Fay gritó y se retiró tambaleante, encorvándose y cogiéndose los pechos. Se dejó caer sobre una silla y volvió a gritar. Luego, se derrumbó
sobre el sofá y se quedó allí sentada, gimiendo, meciéndose hacia delante y hacia atrás.
—Esto ha sido solo una muestra.
¡Vuelve a intentar algo semejante otra vez y te cascaré de verdad!
—T… tú… —Fay boqueó—, tú, tú… —Dejó de mecerse, levantó la cabeza con lentitud y me miró—.
¡Quiero que lo sepas… quiero que te acuerdes de que te avisé: voy a matarte por esto!
—Quizá. Quizá lo hagas. Pero ahora mismo vas a hacer algo más,
rápidamente y sin quizá.
No discutió más, sobre ello. Se subió el vestido y me señaló el camino que bajaba en dirección a los árboles. Nos dirigimos hacia la cuneta por la que corría agua, bajo el sendero. Asintió. Se quedó detrás de mí, de pie. Yo me agaché y recogí al niño.
No supe si estaba inconsciente solo por el esfuerzo o si había sido golpeado. Lo cierto es que tenía una gran magulladura en la parte derecha de la frente. Se la miré. Lo observé,
tan pequeño y tan débil en mis brazos. Y luego la miré a ella. Si en ese preciso momento hubiese tenido las manos libres… bueno, para ella era una buena cosa que las tuviera ocupadas.
Volvimos a la casa y tumbé al chico en el sofá. Fay permaneció de pie y observaba en actitud desafiante, mientras yo le limpiaba la cara y la frente con un paño y agua fría.
Volvió en sí y, cuando le pregunté, me susurró que se sentía
«b… bien». Me pareció en realidad
que no estaba herido, sino solo débil y asustado porque habían ocurrido demasiadas cosas que él no podía entender. La mayor parte de la
«magulladura» resultó ser barro. Tenía un pequeño golpe en esa parte de la frente, pero el resto, lo que yo había visto como una herida, desapareció al limpiárselo.
—Bueno… —Fay se sirvió whisky en un vaso y se lo bebió de golpe—. Creo que esta vez he fallado, ¿no es así? No le golpeé lo suficientemente fuerte.
—¿Qué ocurrió, te caíste con él?
—¿Ah, sí? —Volvió a coger la botella—. Tienes todas las respuestas. Tú mismo me dices qué es lo que hice o no hice.
—Supongo que es lo que hiciste.
—Ah, sí, ¿eh? ¿Realmente no deberías darme una oportunidad? Bueno, ¡suéltalo, chico listo! Le pegué. ¿Me entiendes? Le golpeé tan fuerte como pude con una gran roca.
¡Si hubiera tenido más tiempo, le habría dado tanto que le habría hecho saltar los sesos!
Le dije que se tranquilizara, que podía molestar al chico. Fay respondió que le importaba un pito si le molestaba o no.
—¿Por qué mierda tendría que importarme? ¿Acaso no he tratado de matarle, eh, no es así, asqueroso vil y repugnante hijo de puta? ¡Claro que lo hice! ¡Esa es exactamente la clase de dama que soy! ¡Quería matarlo!
¡Lo intenté! ¡Lo hice, lo hice, lo hice!
Entonces supe que ella no lo había hecho. Y lo supe en lo más profundo de mi corazón, pero aun así
me era más fácil seguir creyendo que sí lo había hecho. Fay parecía veinte años más vieja, trasnochada y viciosa. Los ojos le brillaban peligrosa y locamente. Su expresión era de la más demente maldad. Todo en ella era perverso, lo demás había desaparecido. Así era fácil creerla capaz de cualquier cosa.
Le dije que se callara. Chilló con todas sus fuerzas, lanzándose hacia atrás cuando ya me disponía a avanzar hacia ella.
Nunca hasta entonces había dicho
nada sucio. Malhumorado y cínico, quizá, pero no sucio. Sin embargo, ahora se había soltado, y lo que me había llamado, las cosas que me había dicho… Vaya, había soportado algunas opiniones ásperas, pero nada tan malo como aquello. Alguna de esas palabras, pero nunca todas juntas a la vez. Nadie me había insultado nunca así sin perder algún diente.
La roja neblina se acumuló ante mí. Tenía que deshacerme de ella desahogándome de alguna manera,
porque si no lo hacía la mataría. Así que comencé a vociferar. Le devolví los gritos, soltando tacos e insultándola. Yo vociferaba mientras ella chillaba, y no sé el tiempo que duró aquello. Todo era un chillido envuelto en la neblina roja. Gritos, porquería y algo rojo. ¿Cuánto habría durado?
Lo suficiente.
Sí, suficiente para que el que detuvo el coche en la entrada y subió por el camino hasta el porche trasero se enterara.
Si llamó, no lo sé, no habríamos podido enterarnos con el estrépito que estábamos haciendo. Es probable que llamase a la puerta y después siguiese adelante, como suelen hacer los médicos.
Oímos el golpe de la puerta cancela, y eso nos cortó en seco. La habitación quedó en completo silencio, pero para entonces él ya estaba ante nosotros. Lo había oído todo, y por supuesto había visto al chico.
Avanzó despacio, tranquilamente
y de manera despreocupada; me guiñó un ojo y le brindó una sonrisa a Fay.
—La señora Anderson, ¿verdad? Soy el doctor Goldman.
—¿Có… cómo está, doctor? — Algo se le atravesó en la garganta.
—Me he dejado caer por aquí. Es una visita corta, tengo que volver a la consulta. Pero pasaba por aquí y… —Su voz se desvaneció poco a poco, mientras volvía la cabeza hacia el chico—. ¿Su hijo? Collie, no me habías dicho que tuviera hijos.
—Es su sobrino —dije—, solo está de visita por un par de días.
—Ya veo. Es un chico guapo.
¿Está un poco indispuesto?
Fue caminando lentamente hacia el sofá y se sentó, aún con actitud despreocupada. Actuaba como si no hubiera oído el jaleo que estábamos armando, como si realmente no tuviera idea de quién era el chico.
—¿No te encuentras bien, eh, hijo? No importa, no necesitas hablar. Veamos si aquí tengo algo para… —Abrió su maletín y lo cerró
de golpe—. No, creo que no. Recuerdo que esta mañana anduve buscándolo antes de salir de la consulta.
Se inclinó hacia el chico y permaneció así uno o dos minutos. Supongo que le asustaba la posibilidad de mirarnos, y que estaba haciendo acopio de valor para lo que iba a llevar a cabo. Después, se incorporó descuidadamente y recogió el maletín.
—Podría irle bien una dosis de
B1 —dijo—, debería comentárselo a
su madre. Le podría poner una ahora, pero es que no llevo conmigo.
—D… de acuerdo. —Fay me lanzó una mirada—. Gracias, doctor.
—No hay de qué. Solo siento no haber podido hacer nada por él.
Sonrió y dirigió la mirada hacia nosotros o, para ser más exacto, hacia el espacio que había entre Fay y yo. Después se dirigió hacia la puerta, mirándose la punta de los zapatos y haciendo un gran esfuerzo para abotonarse el abrigo.
Hizo una pausa, sin dejar de
mirar hacia abajo, dio otro par de pasos y volvió a detenerse. Le observé en silencio y me puse frente a él.
Afuera el viento movía suavemente la hierba cortada y las cortinas se arremolinaron en las ventanas. Volvieron a caer con suavidad, estirándose. Al principio sus ojos palpitaron, después se afirmaron y buscaron los míos.
—¿Cómo ocurrió, Collie? ¿Cómo has podido hacerlo?
Negué con la cabeza. En
realidad, yo no sabía cómo había ocurrido. Mirado paso a paso, todo parecía lo suficientemente simple, pero ahora no podía explicarlo. Y el hacerlo no cambiaría nada.
—¡Quítate de en medio! —
ordenó—. ¿Me oyes, Collie?
¡Retírate de la puerta inmediatamente!
Volví a negar con la cabeza. Esperé que fuera él el que hiciera el primer movimiento. Deseaba que lo realizara, así yo podría hacer lo que debía.
—No sabes lo que estás haciendo, Collie. Estoy seguro de que la señora Anderson no se da cuenta de lo que está haciendo. Alguien os ha embarcado en esto y os está utilizando para sus propios propósitos criminales.
—Eso no cambia nada, Doc. Usted no va a ninguna parte. Nosotros nos vamos y usted se queda.
—¡No, Collie! No puedes… — Se mordió el labio, miró a Fay—.
¿Puedo apelar a usted, señora
Anderson? ¿Puede usted hacerle entender?
—Fay —dije—, nos vamos. Recoge lo que quieras llevar contigo y ve hacia el coche.
La miré a los ojos, observando y esperando. Fay dio la vuelta por detrás del doctor y fue hacia su habitación.
Hubo otra ráfaga de viento. La hierba volvió a levantarse y las cortinas se arremolinaron. Mientras tanto, en la cocina, el reloj de pared marcaba los segundos.
—Bien —dijo Doc—, bien — esta vez se encogió de hombros—, supongo que tiene que ser así…
Se dio la vuelta. Entonces giró de golpe, soltó el maletín y se lanzó hacia la puerta. Esquivé su cuerpo y le golpeé, todo en un solo movimiento. No es que utilizara toda mi fuerza, pero le di justo en el centro.
La cabeza de Doc saltó hacia atrás y sus rodillas se doblaron. Tuve que agarrarle para que no se cayera. Le recogí y le llevé hacia el
dormitorio.
… Su servicio de contestador telefónico decía que había venido aquí.
Justo cuando acababa de atarlo y amordazarlo con su propia cinta adhesiva, sonó el teléfono. Les dije que Doc no volvería hoy a la consulta, que estaba ocupado, que había recibido una llamada de emergencia. Volverían a llamar por la mañana.
Fay ya estaba esperando en el coche. Coloqué al chico en el suelo
de la parte trasera, le acomodé bien y salimos de allí rápidamente.
Fuimos camino abajo, hacia la autopista. Nos encaminábamos al sitio donde estaba tío Bud.
Nos apresurábamos hacia el fin.
19
Tío Bud se había mantenido en movimiento, desplazándose de un sitio a otro. Pero cada lugar en el que vivía, creo yo, era siempre como el anterior. Tenía las mismas cosas.
Era un basurero porque estaba escaso de dinero; porque únicamente se quedaba en casa si no tenía otro sitio donde ir. Sus lugares estaban siempre cerca de zonas por las que se pudiera circular con facilidad. Probablemente sería un rincón que
ustedes nunca encontrarían por sí mismos, un sitio que tendrían que preguntar para encontrarlo.
Ese —al que fuimos el día en que todo estaba apresurándose hacia el fin— estaba ubicado en el antiguo centro comercial de la ciudad. O, mejor dicho, en los límites. Cincuenta años antes había sido la parte más importante de la ciudad, pero después habían cambiado la ubicación de la estación de trenes y habían construido las autopistas alrededor, en vez de atravesarlo. Eso
lo había llevado a la decadencia, y ahora había caído todo lo bajo que podía llegar.
Pensiones, dos hoteles de citas, bares económicos y restaurantes de un tenedor grasiento, eso es todo lo que se podía ver ahora, y no se veía hasta no haber avanzado unas cuantas manzanas. Después de aquello, había solo casas vacías o solares en donde los edificios habían sido derribados, hasta que se llegaba a un puente que era una especie de viaducto. Cruzaba sobre la vía fuera de uso e iba a
parar a la autopista abandonada. Justo allí había un antiguo edificio de garaje, bien construido y todavía en bastante buen estado, con viviendas en el segundo piso. Allí era donde vivía tío Bud.
Conduje el coche hacia la puerta del garaje. Tío Bud nos estaba esperando y nos llevó camino de las escaleras. No parecía molesto en absoluto con lo que había pasado. Dijo que la película no cambiaría para nada.
—Ni eso, Kid; no, señor. Ni
siquiera eso.
Todo estaba yendo bien, de primera, y dentro de un par de días todos estaríamos llevando diamantes.
Fay fue hacia el dormitorio con el chico. Tío Bud me dio un codazo y susurró que yo no había querido ser tan duro con la damita. Ella se había puesto nerviosa, como les pasa a las damitas algunas veces, y era responsabilidad mía, y de él, mantener el control, ¿no era así?
—Lo voy a hacer. Es justo lo que voy a hacer, tío Bud.
—Bien, chico. Eres de los míos, Kid. Ahora quédate aquí sentando que yo te lo organizaré todo.
Lo examiné mientras se iba. Le di otro buen repaso cuando volvió y comenzó a amontonar comestibles, cerveza y whisky sobre la mesa. Además, vi que no llevaba pistola. Las cosas estaban marchando realmente bien para tío Bud; eso es lo que pensaba él, y no había nada que le hiciera necesitar una pistola.
—Bueno, Kid. —Se adelantó hacia la mesa—. ¿Hay algo que me
haya dejado? Cualquier cosa que se te ocurra, no tenéis más que decirlo.
—Tienes de todo. No vamos a necesitar todo eso.
—Bueno. Nunca se sabe. Quiero que Fay y tú estéis cómodos. Vais a tener que esconderos aquí durante un tiempo.
Sonreí para mis adentros. Le repetí que estaba seguro de que había suficiente de todo.
—¿Sí? —Me lanzó una mirada astuta—. Pero encontrarán a ese doctor por la mañana, ¿verdad? Tú
no vas a poder andar por ahí después de eso.
—Eso es —dije.
—Bueno, bueno —replicó apresuradamente—, lo que quería expresarte era que puede que quieras algo y yo no ande cerca para conseguírtelo.
—Claro, pero tendremos de sobra. No tienes por qué preocuparte, no hay motivo.
Dudó y comenzó a decir algo más. Después lo dejó, aunque apuntó, creo, algo sobre mis retorcimientos.
Abrió una botella de whisky, sirvió dos copas y continuó con su cháchara, mencionando a cada rato lo bien que marchaba todo. Asentí, sonreí y le dije que seguro que tenía razón.
La diversión iba a llegar muy pronto. Muy pronto, ahora mismo, le iba a poner las cosas en su sitio. Así que dejé que se lo pasara bien mientras pudiera.
Fay salió del dormitorio y preparó un huevo y algo de leche para el chico. Observé desde la
puerta mientras se lo daba, y la cosa no fue bien. Él no tenía fuerzas o estómago para tragarlo.
Ella llevó el plato y el vaso de vuelta hacia la cocina. Tío Bud le soltó un rollo de todo-es-perfecto también a ella. Fay se quedó de pie y le miró hasta que hubo terminado, hasta que las palabras se le murieron en la garganta. Después se llenó un vaso de whisky y se sentó en su compañía en un rincón.
Se hizo de noche. Tío Bud estuvo ocupado con la comida. Hizo un
plato de sándwiches de carne, preparó una ensalada de patatas y abrió algunas latas.
Me hice una buena comida. Fay tomó un sándwich y más whisky. Tío Bud no comió nada.
—A mí me cogerá el hambre un poco más tarde —dijo—, ahora no me apetece nada, así que tomaré algo cuando vuelva a la ciudad. —Le dio un gran sorbo a su bebida.
No le contesté nada. Él se tomó otra copa, estaba un poco nervioso.
—Tengo que continuar llevando
este asunto, ¿sabes, Kid? Estamos en el momento más importante, vamos a recoger la pasta en menos de veinticuatro horas. Y, ya sabes, la policía, como es lógico, va a intentar tirar de alguna cuerda en el último momento. Si la poli tiene un soplo, vaya, tengo que enterarme de ello.
Me mantuve en silencio y esperé. Le miré sin decir nada. Volvió a llenarse el vaso.
—Sí —dijo entre dientes—, sí, señor. ¡Claro que tengo que andar alerta con todo desde ahora hasta el
final! Tú, eh, me parece que tú y Fay podéis estar aquí bien por vuestra cuenta, ¿no crees?
Le sonreí. Solo le sonreí. Miró nervioso a Fay, y ella le devolvió una mirada asesina.
—Me parece que todo marcha bastante bien. Todos aquí no estaríamos bien, cómodos, así que lo mejor es que yo esté afuera. Yo, eeehhh… —Tío Bud hizo una pausa, mientras se manoseaba los botones del abrigo—. ¿Estás seguro de no necesitar nada más? ¿Estaréis bien
con esto hasta mañana por la noche?
¿Sí? Bueno, entonces me voy corriendo.
Y, finalmente, hablé. Le dije que se quedara donde estaba durante un momento, que Fay, el chico y yo iríamos con él.
Se echó a reír. Se puso el sombrero y comenzó a levantarse. Entonces, al darse cuenta de lo que yo había dicho, volvió a hundirse en el asiento.
—¿I… ir conmigo? —balbuceó
—. ¿P… para qué?
—Por la misma razón por la que vas tú: para conseguir el dinero.
Su boca se abrió de golpe. Un delator golpe de sangre se le acumuló en el semblante.
—K… Kid, yo, yo… aún no es el momento. Sabes que no lo es, Kid.
¡Se supone que será mañana por la noche!
—¿Sí? ¿Cómo puedo saber yo si eso es verdad?
—P… porque… ¡Porque sí! ¡Es justo lo que planeamos desde un principio! Le di a la familia setenta y
dos horas de plazo.
—¿Setenta y dos horas desde cuándo? ¿Desde el momento en que yo me llevé al chico? ¿Desde que fue enviada la nota de rescate? ¿Desde que la familia la recibió, desde la noche del día en que la recibió?
¿Desde cuándo?
—Bueno… es… era…
—Olvídalo. No significa nada. No cambia nada. Quizá desde un principio tú planeaste largarte sin nosotros, pero nunca te imaginaste un decorado como el que acabas de
conseguir ahora: Fay y yo atados a este sitio, la policía buscándonos desde mañana por la mañana y tú de juerga.
Sacudí la cabeza haciéndole a la vez un gesto a Fay.
—Prepara al chico. Nos vamos. Sin decir una palabra, se levantó
y fue hacia el dormitorio. Ignoró completamente a tío Bud cuando le dijo que se detuviera y le quitara a Kid esas ideas extravagantes que tenía en la cabeza. Fay le cerró la puerta en las narices. Él se quedó
mirando al vacío.
—Vale, Kid. El dinero no está allí, y si no te fías de mi palabra, yo te lo probaré. Enviar ahora el mensajero constituye un gran error por nuestra parte; sería como mostrar nuestras cartas por anticipado. No obstante, si te lo tomas así…
—No es cómo me lo tome —dije
—, es que nosotros mismos vamos a recoger el dinero.
20
Esto sí que le había desconcertado. Parecía a punto de desmayarse.
—¡No! —dijo—. ¡No puedes querer decir eso! ¿Llevar al chico a la estación? No te das cuenta… Es probable que lo reconociesen antes de salir del coche.
—Vale. Entonces lo dejaremos en el coche. Iremos solo tú, Fay y yo.
—¿Dejándolo? ¡Mierda, eso sí que es peor! Podría empezar a armar jaleo. Alguien podría mirar adentro y
verlo.
—Está bien. Y nadie va a hacerle nada para asegurarse de que no armará jaleo.
—Bueno, ¿entonces? Como puedes verlo tú mismo, tu idea no funciona, Kid.
—Fay no se fía de mí. Yo no me fío de ella. Y nosotros no nos fiamos de ti. Pero eso tiene arreglo. Podemos esperar cerca de la estación, donde pueda verte ir y volver. Si no estás de vuelta en quince minutos, puedo irle con el
soplo a la policía.
—Pero, Kid. ¡Kid! —Tío Bud se enjugó la cara—. ¡Eso no está bien!
¡Suponte que el dinero no está allí!
—Está y ambos lo sabemos. Así que cógelo. Cógelo tú, y Fay y yo iremos contigo a cogerlo.
—¡Pero no podéis! ¡No podéis dejar al chico solo en el coche!
—Entonces volvemos al mismo punto donde comenzamos, ¿no es así? Tú lo coges, no te lleva más de quince minutos hacerlo.
—P… pero…
Su boca se movió en vano. Miró hacia el suelo, mientras negaba con la cabeza y la movía hacia delante y hacia atrás. Pensé que se le iba a caer. Luego, por fin, volvió a alzar la vista. Había en su cara un color verdoso, pero el rojo sofocón ya le subía desde abajo. Tío Bud se puso enfermo, realmente enfermo. Estaba mortalmente asustado, pero justamente eso era lo que más le avergonzaba.
—Kid, creo que tengo que decirte algo. Este asunto… bueno,
yo… este asunto no era muy peligroso tal y como lo imaginé, con el mensajero de paisano que recogería el dinero, él mismo se la cargaría si se la tenía que cargar alguien. Yo… bueno, no tenía por qué enterarme si había o no un poli apostado en el lugar del rescate. Quiero decir que si lo hubiera, no me cazaría. De ese modo no se perdería más que la pasta. Yo… yo… —Se mordió los labios.
—Continúa.
—Bueno, eh, sobre el dinero,
sobre el hecho de que quizás esté marcado o hayan registrado la serie, no había tampoco ningún riesgo de la manera en que lo pensé, joder. Todos esos billetes pequeños, porque pedí que los más grandes fueran de veinte, no iban a ser marcados. Hay demasiados en circulación, y para cuando hubieran seguido la pista de ellos, hasta un tipo como… bueno, no creo que pudieran hacerlo. Y para empezar, tampoco creo que la familia hiciera el jueguito; deben de estar demasiado ansiosos por el chico. Si
ellos o la poli intentaran algo extraño, bueno, eso no les llevaría a ninguna parte. Así… así que… — Hizo una pausa, me lanzó una mirada suplicante—. ¿Ves lo que quiero decir, Kid? ¿Ves hacia dónde voy?
Asentí. Lo veía, y lo sentía por él. Sin embargo, no lo lamentaba, como él quería que hiciera, no después de lo que me había hecho. Si no fuera por él, yo no habría estado metido en este lío ni le habría hecho daño a Doc, el único hombre que alguna vez había hecho algo por mí.
Y, además, el crío no se estaría muriendo. Y Fay y yo… Las cosas hubieran sido muy diferentes entre nosotros. No se las podía juzgar por como eran ahora. Ambos habíamos estado bastante alterados, dispuestos a tomar un camino en un sentido u otro, y podíamos haber tomado el correcto en vez de este. Podíamos haberlo hecho, sí, podía haber funcionado bien.
Si tío Bud nos hubiera dejado solos.
—He estado mintiéndote, Kid.
No tengo ningún contacto dentro del departamento. La mayoría de los tipos que conozco ni siquiera me dirigen la palabra; ven que me acerco y se dan la vuelta. Creo que no puedo culparlos demasiado, pero de todos modos así es. No sé lo que están haciendo, cómo están trabajando, ni qué es lo que han hecho hasta ahora, pero pensé que podía hacer las cosas con seguridad aun sin saberlo. Si hubiese algún tipo de jaleo, sería otro el que recibiera los palos, y… y naturalmente yo no
quería que nadie más se metiera en follones.
—Vayamos a eso, entonces. Tú no sabes nada de nada. No sabes si el tipo que va a por el dinero se va a meter en una trampa de la policía o no.
—Así es, Kid.
—Bueno, pues lo vas a saber bastante pronto —dije—, te vas a informar muy pero que muy rápido.
Durante otra media hora, más o menos, seguimos allí sentados, y durante todo ese tiempo él estuvo
hablando sin parar ni siquiera un minuto. Suplicaba, rogaba y, de hecho, al final lloriqueaba. Las palabras que le salían de la boca no significaban nada para mí. Ni siquiera las oía. No eran nada más que un ruido, tan solo un montón de ruidos que provenían de una cara blanca y enfermiza. No me importaba si procedían de tío Bud o de cualquier otro sitio, tal como las otras personas nunca le habían importado nada a él. Ahora le tocaba el turno. Ahora era él quien no
importaba, y sus palabras las que carecían de sentido.
Y yo era toda la otra gente, toda la gente del mundo, que ni le miraba ni le escuchaba.
Finalmente, dejó de hablar. Lo había hecho para sus adentros, con voz ronca. Terminé mi bebida y apoyé el vaso encima de la mesa.
—¿Algo más? Si ya has acabado, nos largamos.
—¿Largarnos? Pero Kid… yo solo…
—Vale. No hay prisa. Habla todo
el tiempo que quieras y después nos iremos.
Se le llenaron los ojos de lágrimas. Le temblaron los labios y se las arregló para abrir la boca, pero sin lograr que de ella salieran palabras. Le sonreí, y volví a preguntarle si quería decir algo más.
Tío Bud miró pálido, titubeó e hizo un último intento.
—Conozco bastante gente alrededor de esa estación, Kid. Son tipos que me detestan. Si alguno se pusiera en contacto con Bert…
—Continúa…, hazlo bonito y de miedo.
—¡Podría suceder, Kid! Él siempre viene a la ciudad para cenar. Si recibiese el soplo de dónde encontrarme, tú mismo viste cómo lo hizo, Kid. ¡Sabes muy bien que le han estado informando!
—¡Eh, eh! Yo no lo sé y tú tampoco.
Sus ojos se volvieron a llenar de lágrimas.
—¡No me obligues a hacerlo, Kid! ¡Por favor, no me obligues a
hacerlo! Si uno de esos tipos llama a Bert, podría estar allí en cinco minutos.
—¿Solamente cinco minutos?
¿No piensas que tal vez podría llegar en tres?
—¡Te lo suplico, Kid! ¡Es que tengo un mal presentimiento! Si los policías no me cazan, vaya…
—¡Cállate! Levántate y empieza a moverte. Me estoy poniendo nervioso con solo mirarte.
21
Me puse en la parte de atrás, con el chico. Fay conducía y tío Bud iba sentado junto a ella. En todo el camino a la ciudad no cruzamos ni media docena de palabras en total. Tres manzanas antes de la estación, hice que Fay parara el coche y que tío Bud se apeara.
Eran alrededor de las siete y media. La parte tranquila de la noche. Las prisas del día ya habían pasado, y todavía era demasiado
pronto para las multitudes que salían a cenar y a los teatros.
Tío Bud empezó a andar penosamente calle abajo, se hallaba prácticamente solo en la acera. Cuando estaba a punto de llegar al final de la manzana, se volvió hacia nosotros y nos miró. Cruzó la calle y volvió a girarse. Dudaba, no podía decidirse, estaba demasiado asustado para continuar, sabedor de que solo podía seguir adelante y no tenía alternativa. Entonces prosiguió. Ahora caminaba bastante rápido.
Supongo que estaba ansioso por hacer el trabajo, y la incertidumbre que este llevaba consigo.
Me puse al volante y obligué al chico a que siguiera tumbado en la parte trasera. Luego seguí a tío Bud calle abajo, dejando que el coche se deslizara lentamente para darle una buena ventaja.
La estación ocupaba una manzana al otro lado de la calle. La pasé y detuve el coche media manzana más allá, después de lo cual desconecté el motor. Observé a tío Bud mientras
subía las anchas escalinatas de mármol y desaparecía detrás de la puerta.
Me escabullí ligeramente bajo el asiento y asomé con cuidado la cabeza para mirar el reloj de la torre de la estación. Eran las ocho menos veinte. Tenía hasta las ocho menos cinco para salir con el dinero. Si para entonces no estaba de vuelta…
Casi deseaba que ocurriera, porque había querido decir exactamente lo que dije, con eso de llamar a la policía. Mi llamada haría
saltar todo mucho antes, que era lo que yo quería ahora: acabar con ello, hacer que llegara el final. Porque todo estaba destinado a ser una mierda; nada bueno ni feliz podía resultar de este asunto, así que cuanto antes acabara, mejor.
De haber podido, le hubiera puesto fin yo mismo. Sin embargo, de alguna manera no podía, y supongo que no hay nada raro en que no pudiera. Dentro de cada hombre hay algo que le hace seguir adelante, aun cuando no tenga ya ninguna razón
para ello. Él no es bueno para la vida ni la vida lo es para él, y él sabe que siempre será así, pero de todos modos no la puede dejar. Algo le mantiene, empujándole, susurrándole, haciéndole esperar de cara a la desesperanza. Le hace creer que existe una razón para que se quede allí y empuje; y que si lucha lo suficiente, dará con ella, la encontrará.
Supongo que esto es lo que le ocurre a todo el mundo, o a casi todo, y rara vez ha sucedido de otra
manera para mí. Durante años, durante esa cantidad de tiempo que no puedo recordar, así había sido, cuando no algo sin sentido. Y yo tenía que continuar ahora. Si se producía algún abandono, tenía que ser el mío y no otro.
Hacía poco más de cinco minutos que tío Bud se había ido. Quiero decir que hacía cinco minutos que había entrado en el edificio de la estación. Bajé la mirada desde el reloj de la torre hacia las altas puertas del edificio y vi a un hombre
que subía las escaleras a toda prisa y se paraba arriba, sin entrar. Tenía algo en la mano… una linterna. Hizo flashes. La luz era roja.
En un principio, eso no significó nada para mí. Tan solo que seguía estando allí el tipo de la linterna roja, ¿y qué? Entonces Fay se incorporó con un grito sofocado y se volvió hacia mí. En la oscuridad, tenía la cara pálida y borrosa.
—¡Co… Collie, mira! —dijo, y señaló. Pero yo ya estaba mirando. La calle había cobrado vida
súbitamente.
Ante nosotros, por cada lado de la intersección, habían aparecido dos coches de la policía. Otros dos coches ya estaban parados en el siguiente cruce y cerraban la calle por ambos lados. Una manzana más allá había otro coche, se hallaba en medio de la calzada, y un policía estaba desviando el tráfico fuera de la calle.
—¡Collie! —susurró Fay—.
¡Collie! ¿Qué están haciendo?
—Es un control. Le han
descubierto tan pronto como ha puesto las manos sobre el dinero, pero temen cogerle en medio de una multitud, supongo que esa es la razón.
—¡Tenemos que hacer algo!
¡Salgamos de aquí! ¡Ay… Collie, yo… yo…!
Fruncí el ceño y sacudí el brazo para librarme de su mano. Eso era lo que yo quería, ya ven, el fin. Y parecía como si ella también lo quisiera; y lo conseguiría, lo quisiera o no, porque a Fay no le encajaba
vivir, porque era mejor para ella estar muerta o encerrada de por vida. Yo empecé a decírselo. Y entonces…
Cuando a un hombre deja de importarle lo que ocurre, toda la tensión desaparece. Todas las cosas que tuercen su pensamiento —la sospecha, la preocupación y el miedo
— se borran, y finalmente puede ver a la gente tal y como es. Exactamente como es. Como yo vi a Fay entonces.
Débil y asustada. Quizás autocompasiva, pero también buena.
Básicamente tan buena como pueda serlo una mujer, y odiándose a sí misma por no poder ser mejor. Una vez nos hubiéramos escapado, había planeado avisar a la policía, diciéndoles que el chico estaba en la cuneta. Ahora lo supe. Supe también que si algo hubiera fallado, habría protegido al chico con su propia vida. Lo supe, y de repente quise que Fay viviera.
Súbitamente, para mí cobró sentido el que ella viviera; era la única forma en que tendría algún
sentido para mí el haber vivido. Era por lo que yo había vivido. Para mostrarle algo, para probarle algo… para hacer algo por ella, algo que no pudiera hacer por sí misma. Y, más adelante, protegerla para que pudiera continuar. Para que pudiera tener una razón por la que vivir, la misma que yo no había tenido nunca.
Giré la llave de contacto. Luego miré por encima de mi hombro, titubeé y volví a desconectarlo, porque era demasiado tarde. Por supuesto que lo era. Toda la zona
había sido bloqueada al mismo tiempo. La calle de atrás también estaba sellada, y un policía en moto venía hacia nosotros.
Apenas tuve tiempo de comprobar que el chico seguía tendido en el suelo, cuando ya estaba junto al coche, sosteniéndose con las piernas abiertas sobre el asfalto. Miré fuera, sonriéndole. Enfocó la linterna hacia mi cara. La mantuvo así durante un momento, enfocó a Fay y volvió a poner la luz contra mi cara.
—¿Pasa algo? —pregunté, esperando que no pudiera ver al chico tumbado detrás—. ¿Se supone que no está permitido aparcar aquí, oficial?
Gruñó sin dejar de enfocar mi cara.
—¿Qué es todo ese alboroto? — dije—. ¿Por qué hay tantos coches de policía? Estábamos aquí sentados mi mujer y yo, cuando de repente…
—¿Por qué? —Bajó la luz—.
¿Qué hacen ustedes aquí? ¿A quién están esperando?
Era un hombre mayor, quizás de cincuenta años. Casi un peso pesado, como acaban siendo todos los policías motorizados. Tenía una cara grande y una expresión dura.
—Estamos esperando a un amigo mío, Jack Billingsley. Llega del este a eso de las ocho treinta. Viene en tren, y estamos esperándolo.
—¿Cuál es su nombre? ¿Es este su coche? Veamos los papeles —lo dijo todo de una vez.
Le di mi verdadero nombre, William Collins. Este es nuestro
coche, claro, le dije.
—… Pero nos fuimos de casa tan precipitadamente esta noche que no estoy seguro de… —miré a Fay— creo que llevas los papeles contigo,
¿no es así? ¿Quizás en tu bolso, cariño?
Ella abrió el bolso y lo revolvió todo. Comenzó a manosear dentro de él, moviendo de un lado para otro todo lo que llevaba. El policía hizo un gesto de desconfianza y se inclinó hacia mí.
—Yo le he visto antes en algún
sitio. ¿Cuál me ha dicho que es su nombre?
—Collins. Estamos esperando a un amigo mío, Jack Billingsley. Tiene que llegar pronto.
—Yo le he visto a usted. ¿Nunca se ha metido en líos? ¿En qué trabaja? ¡A ver, señora! ¿Qué pasa con esos papeles?
—No, no me he metido en ningún lío. Debe de haberme confundido con otra persona. Estoy retirado ahora, pero había…
—No, no lo he confundido con
nadie. Yo ya le he visto antes… Deme su carnet de conducir.
Echó un vistazo a la parte trasera del coche. Pensé en el chico y palpé la pistola en el bolsillo justo cuando giraba bruscamente sus ojos hacia mí. Entonces volvió a dirigirme a la cara la luz de la linterna.
—¡Lo tengo!
La luz llenaba mis ojos, cegándome.
—¿Cómo dice que se llama?
—Collins.
—Sí. Sí. ¡Cómo no! ¡Eso es! —
Se echó a reír y me soltó el brazo—. Kid Collins, claro, seguro. Fue en el oeste. Gané veinticinco dólares apostando por usted.
Me dio la mano, se inclinó y le dio la mano a Fay.
—¿Dice que está retirado ahora, Kid? ¿Está viviendo aquí en la ciudad? No quisiera haberles hecho pasar un mal trago a usted y a su esposa, pero es que hace un rato que están ustedes justo aquí, donde está ocurriendo todo esto…
—¿Qué pasa? —dije con
inocencia—. ¿Algún problema?
—¡Y que lo diga! —Miró por encima de su hombro—. Veamos… debe creerme si le digo que es mejor que salgan de aquí ahora mismo, pero quizá… Dé marcha atrás, Kid. Vaya marcha atrás hasta la mitad de la manzana.
Arranqué el coche y puse la marcha atrás. Él me acompañó en el recorrido, empujándose con los pies en el pavimento. Por supuesto, tuve que vigilar hacia dónde iba, sin quitarle tampoco los ojos de encima
al policía. Así fue como me perdí lo que vino a continuación.
No pude ver a tío Bud salir de la estación. Tío Bud con la maleta y Bert justo a dos centímetros de sus talones, por detrás. No vi cómo intentaba salir corriendo, escapar de Bert. Cuando oí el disparo, yo estaba mirando hacia atrás, y cuando me giré, ya todo había pasado.
Tío Bud estaba tendido sobre la escalinata. Bert había agarrado la maleta y se encaminaba hacia la entrada de la estación. Acababa de
dar el segundo paso, cuando la policía de adentro le cerró el camino… eran los detectives que habían estado esperando allí.
Gritó. Oí el grito por encima del fragor de las pistolas. Después cayó hacia atrás, llevando aún la maleta bien agarrada. Dio tumbos y rodó escaleras abajo, hasta que su cuerpo fue a golpear contra la acera.
—Bueno, eso es. —El que hablaba era mi policía, estaba asintiendo y me miraba—. Creo que va a tener que recoger a su amigo un
poco más tarde, Kid. Este sitio va a estar al rojo vivo durante un buen rato.
—Sí. Parece que será mejor.
—Gire aquí en redondo. Yo indicaré a los chicos que le dejen pasar.
Di la vuelta a la calle y conduje hasta el cruce. Él hizo una señal y los policías me dejaron pasar. Continué.
22
Estuve conduciendo casi hasta el amanecer. Solo conducía, y lo hacía sin un propósito fijo. Únicamente iba e iba, hasta que llegara el momento de parar. No sabía cuál sería ese momento, pero intuía que no podía estar demasiado lejos. También sabía que lo reconocería cuando llegara. Las cosas funcionarían de cierta manera y no de otra, de modo que yo pudiera dejar de vivir y Fay pudiera continuar. Todo llegaría a
tiempo, solo que más adelante. Mientras tanto, tenía que continuar conduciendo.
Finalmente, poco antes de que se hiciera de día, salí de la autopista hacia un viejo sendero. De tan crecidas que estaban las hierbas, a duras penas se podía ver a través de ellas, y todo se desdibujó hasta convertirse en una selva de maleza. No obstante, me abrí paso con el coche, y después de algunos cientos de metros descendimos hasta un riachuelo. Estaba casi completamente
seco, solo corría un hilillo de agua entre dos altos bancales. Era el lugar para detenerse. Tenía que hacerlo. Era un sendero que nadie localizaría, y ese túnel de árboles sobre la cabeza era exactamente lo que necesitaba. El sitio exacto para esperar mientras las cosas se mantuvieran como estaban, y ahora que lo había alcanzado, al coche se le había acabado la gasolina.
Fay se había traído una botella llena de whisky, la había cogido del apartamento de tío Bud, y había
empezado a darle tan pronto como salimos de esa trampa de la policía. Ahora estaba sin conocimiento.
Tapé la botella y la dejé en el suelo. Miré hacia atrás; el chico estaba dormido. Dormido de verdad, no inconsciente. Lo tapé un poco mejor con la manta y me puse a dormir yo también. Con Fay desmayada, la seguridad era completa. Había estado así durante horas, e iba a seguir estándolo. Yo aprovecharía para dar una cabezada.
Me desperté cerca de mediodía,
el chico había comenzado a revolverse. Me levanté despacio, le levanté y le dejé tumbado en el suelo. Me hice con un poco de agua, valiéndome de una lata oxidada, y le di de beber. Después le dejé hacer sus necesidades, le lavé la cara y las manos y le volví a poner en el coche. Era todo lo que podía hacer por él, y él mismo quería volver al coche. El esfuerzo le había dejado agotado.
Yo también me metí en el coche. Aún quedaba un buen tercio de whisky en la botella, un poco más
que un buen trago, y eso sería más que suficiente para Fay. Así que tomé un poco y volví a tapar la botella.
Se hizo media tarde antes de que Fay se despertara. Se tomó un trago y dejó el coche por unos minutos. Cuando volvió, miró al chico y trató de hablar con él, de preguntarle cómo estaba y todo eso. Después se acomodó en su asiento, junto a mí, y cogió la botella.
—Bueno, ¿y ahora qué hacemos, idiota?
Me encogí de hombros.
—Yo qué sé. Si tienes alguna idea, dímela.
—¡Mierda! —Movió sombríamente la cabeza—. ¡Mierda!
¡Qué follón! El asqueroso país entero que nos busca, sin dinero, sin coche, ese chico medio muerto y… —Se le rompió la voz y dio otro trago—.
¡Vaya combinación! Todo lo dicho y, por añadidura, un demente.
—No estoy loco, solo…
—¡Oh, no lo estás! ¡Solo eres un inútil canalla y despreciable, solo eso! Tendría lástima de ti si fueras
realmente un loco, pero… ¡Aoooo! Olvídalo. Enciende la radio.
La encendí. Nos quedamos sentados toda la tarde escuchando, y era prácticamente lo mismo que la otra vez: un montón de palabras armadas sobre unos pocos hechos.
Bert y tío Bud habían muerto antes de poder hablar. La vigilante del campo de deportes creía que Bert era el secuestrador y la policía
«creía» que él y tío Bud eran los jefes del delito. Se suponía que Fay y yo éramos algo así como la gente
menuda. Solo una parejita de secuaces.
Luego, apareció en la radio una voz familiar… la del doctor Goldman.
Doc Goldman no estaba seguro de que Fay se hallase en realidad metida en el asunto. Pensaba que era posible que la señora hubiera estado actuando por coerción. Y en cuanto a mí, bueno, yo no era completamente responsable de lo que hacía. Sin embargo, yo había tratado de salvar la vida del chico… Había arriesgado
el que me descubrieran y me arrestaran por robar esa insulina. Y también era posible que hubiera sido forzado a tomar parte en el delito, como Fay, junto con ella. Pudo haber sido así, aunque después yo le pegara y lo atara. Era una reacción natural en un tipo que, como yo, pensaba que estaba en peligro. Me hallaba en una situación comprometida; por lo tanto, era lícito que me volviera violento.
Era una teoría bastante flaca, desde luego; el hecho de que yo estuviera coaccionado, quiero decir.
En ella había un montón de huecos que yo no podría cubrir, y seguro que no iba a intentarlo. No obstante, también sonaba esperanzador, si se tomaba en el conjunto de los hechos. Y lo que él y la poli pensaban de Fay, sonaba cojonudamente mejor. Todo lo que ella ahora necesitaba era algo que diera buen cierre a esas teorías. Asegurarlos de que estaban en lo cierto, y quedar limpia.
Doc habló durante un buen rato: habló de nosotros y nos habló a nosotros. Nos urgió a que, si
teníamos al chico, volviéramos. Si era así, no podríamos escapar, tendríamos que abandonar antes o después. Si el chico estaba vivo, si Bert y tío Bud no se lo habían cargado, si es que estaba con nosotros…
La batería del coche se estaba muriendo. La voz de Doc se fue debilitando, volviéndose imperceptible y, finalmente, desapareció por completo. Y ahora volvía a ser de noche.
Oí que Fay tomaba un trago.
También la oí tomarse un segundo, más largo. Tiró la botella lejos del coche. Ahora tenía que sentirse bastante serena. Su valor se habría reconstruido, y aquella dura y fea racha de debilidad estaría desapareciendo. Ya se debía de encontrar de mejor humor.
Ellos no sabían que teníamos al chico. El policía de la moto había dicho que no lo teníamos, y los que nos habían dejado salir de la calle lo habían corroborado. Quizás era cierto que creían que habían mirado
dentro del coche, o tal vez era una forma de salir del lío. De todos modos, nadie sabía la verdad.
Fay encendió un cigarrillo. La cerilla brilló en la oscuridad, iluminando su cara mientras aspiraba profundamente la primera chupada.
—Bueno, sabemos lo que tenemos que hacer —dijo—.
¡Hagámoslo!
Asentí.
—Sí, deberíamos… —dije.
—Una cosa, Collie… —titubeó. Se notaba cierta aspereza en su voz
—. Has hecho algunas cosas bastante inexcusables, pero yo sé que tú no eras responsable. Pensaste que tenías que proteger al chico de mí. Dijera lo que dijera, lo siento.
—Olvídalo, Fay. Todo fue culpa mía. Pensé que era importante mantener vivo al chico, pero creo que es casi la cosa más tonta que he hecho en mi vida.
—Bueno, no importa de quién sea la culpa, yo… ¿Qué? —Su cabeza giró de golpe—. ¿Por qué, Collie… qué quieres decir con eso?
—¿No lo captas? ¿Me llamas idiota y no te das cuenta de lo que quiero decir?
—N… no. ¡No lo veo!
—¡Ah, tienes que hacerlo! Bert es quien ha cargado con el secuestro,
¿no? Él y tío Bud pueden resultar culpables de prácticamente todo lo que yo hice, ¿no es así? Y tú…
—¡Collie! —exclamó con aspereza—. ¿Adónde quieres llegar?
—… y tú —continué—, lo tienes casi perfecto. Las cosas están cien veces mejor para ti que para mí. Tú
eras una mujer que vivía sola. Bert y tío Bud te amenazaron, y yo te daba un miedo espantoso, así que tenías que seguir con nosotros.
—Te he preguntado, Collie, te he preguntado dónde quieres ir a parar.
—¿De verdad no lo coges? —Me eché a reír—. Bueno, puede que quizá no lo captes: tú estás en buena situación, y no te haría mucho daño que el chico hablara.
Durante un momento, Fay me miró en silencio e inmóvil. Después, sin dejar de mirarme, alzó la mano y
tiró la colilla fuera del coche. Negó lentamente con la cabeza.
—No quieres decir eso. No puedes querer decir eso. T… tú… que has soportado más de lo que una persona normal puede soportar… estás agitado y asustado. Tú no quieres decir eso, cariño, conozco a mi Collie y sé que él…
Me eché a reír cortándola en seco.
—Te he engañado bien, ¿no es así? Bueno, no me extraña nada, con la práctica que tengo. Comencé hace
casi quince años… Cometí un asesinato, ¿ves?, y se convirtió en lo único en que podía pensar. Así que me dediqué a actuar, y eso me sacó del fondo del pozo. Me fui al ejército, y volví a salir del fondo. La actuación me pareció un asunto tan bueno, que comencé a ocuparme en él con dedicación absoluta.
—¿Qué actuación? —preguntó—.
¿Qué estás diciendo?
—La locura —reí otra vez—.
¡Hostia! Es mejor que una pensión. Podía vagar por ahí haciendo lo que
quisiera, pasando por estúpido y estallando de tanto en tanto a petición de la gente. Entonces, cuando me cansaba, volvía por un tiempo a alguna institución de las que ya sabes. Esos sitios son bastante majos, ¿sabes?, parecidos a un club de campo de los de la clase alta. Una buena habitación privada y todo lo que quieras para comer. ¡Joder, tú nunca probaste algo semejante! Tendrías que ver cómo se desviven por atenderte, vaya, si hasta estuve en un sitio donde tenían una
enfermera para cada paciente. Eran verdaderas bombas, te ayudaban a mantenerte contento y en pleno bienestar…
Lo hice tan convincente como supe, riéndome, gastando bromas al respecto e insistiendo continuamente en lo más crudo. Al principio Fay me cortó una o dos veces, pero después se quedó simplemente sentada y escuchó. Gradualmente se produjo en ella un cambio. Pude sentir cómo la última chispa de incertidumbre dejaba paso a la frialdad, al odio y al
asco.
—No sé cómo es que la gente no termina de aprender —dije—. Haces todo tipo de cosas para darte a conocer, para probar que eres muy bueno en eso de cuidar de ti mismo. De alguna manera, nunca llegan a captarlo. Continúan encandilados por la actuación y sintiendo pena por ti.
Corté el rollo y encendí un pitillo. Dejé un momento encendida la cerilla, mientras cogía la pistola de mi bolsillo y comprobaba la bala en la recámara.
—Bueno. Creo que voy a acabar con ello.
Como esperaba, hizo un furioso intento por apropiarse del arma. La quité de en medio de una sacudida y la apunté. Fay volvió a gritar como aquella vez en la casa.
—No voy a matarte. Solo te dejaré algunas señales, como si acabaras de salir de una pelea.
«Estaba intentando que no matara al chico, comprenda usted, y la pistola se disparó accidentalmente».
—No… no lo hagas —sollozó—,
hazme a mí lo que quieras, pero no le dispares.
—Vaya, es una buena idea. Es mejor que cargarse simplemente al mocoso y dejarlo aquí. Después de todo, era la pistola de tío Bud, y tú le conociste mucho antes que yo.
Me giré en el asiento y abrí la puerta. Me metí la pistola otra vez en el bolsillo, pero no del todo. Permití que resbalara hacia afuera, un fallo, como si no me hubiera dado cuenta, y dejé que cayera sobre el asiento. Después salí, dándole la espalda.
Hubo una explosión demoledora, y yo salí disparado hacia delante, dando contra el bancal del riachuelo.
Durante un momento, todo fue silencio, y después oí cómo Fay salía del coche con dificultad y sacaba de él al chico. También oí cómo se marchaba con él, tambaleándose; sus pasos fueron haciéndose cada vez más tenues, casi imperceptibles… hasta que se desvanecieron por completo. Yo permanecía allí, donde había caído, incapaz de moverme, mi cara apretada contra el suelo, de
lado. Y esto… esto, lo que había sucedido, era como tenía que ser. Ella tenía que odiarme. Fay debía continuar odiándome, tenía que seguir pensando lo que creía de mí, tenía que hacerlo durante tanto tiempo como fuera a vivir. De… de esa… de esa forma continuaría siendo… también…
Sin embargo, hubiera deseado que se quedara un poco más. Solo un poco, nada más que el minuto o dos que me quedaban. Y aun así, si ella hubiera querido hablarme con
maldad, o decirme porquerías, lo habría aceptado, porque era su forma de ser, ya lo saben. Fay solo… si ella solo…
—¡Estúpido cara de idiota! ¡No podrías venderle ni cianuro a una colonia de suicidas!
—Solo estoy esperando a un amigo. Quizás usted le conozca… Jack Billingsley, es de una gran familia de hacendados. Íbamos hacia California y…
—¿California, eh? ¡De Nueva York, de ahí es de donde vengo yo!
—El coche se averió y fui a buscar ayuda, y creo que ese condenado loco de Jack Billingsley…
—¡Imbécil! ¡Idiota! ¡Perro de circo! Ládrame. Dame la patita. Haz algunas gracias…
… Sonreí, porque ella no sentía nada de lo que decía, ya saben. Ladré. Creo que quizás sonó como un ladrido, y mi cuerpo se sacudió, rodó
un poco. Y, después, paré.
Fue como si me deshiciera.
FIN

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