© Libro N° 14453. Historia De Japón. Walker, Brett L. Emancipación. Noviembre 8 de 2025
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HISTORIA DE JAPÓN
Brett L. Walker
Historia De
Japón
Brett L. Walker
La presente obra
nos ofrece un recorrido por la historia de Japón desde la perspectiva que el
nuevo periodo en el que vivimos –lo que muchos geólogos han dado en llamar el
Antropoceno– da al historiador de una nación sometida por igual a los cambios
históricos y naturales. Desde la remota historia de la humanidad en el
archipiélago a la crisis financiera de 2011, la obra de Brett Walker aborda
temas claves como las relaciones de Japón con sus minorías, el Estado y el
desarrollo económico, así como sus aportaciones a la ciencia, la tecnología y
la medicina. Tras el estudio de los restos arqueológicos, el autor hace un
recorrido por la vida en la corte imperial, el ascenso de los samuráis, los
conflictos civiles, los encuentros con Europa y el advenimiento de la
modernidad y el imperio, continuando con el análisis del ascenso de Japón a
partir de las cenizas de la Segunda Guerra Mundial para convirtirse en la
nación próspera que hoy es, si bien inmersa en importantes preocupaciones
medioambientales. Rico en detalles, de fácil lectura y revelador en su
interpretación del complejo pasado de Japón, este libro está considerado por
los expertos como el mejor repaso a la historia japonesa hoy disponible.
«Todos los
capítulos son concisos, accesibles y se sustentan en las últimas
investigaciones. No se me ocurre otro texto que cubra mejor todo el espectro
del pasado de Japón.»
Ian Jared Miller,
Harvard University
Brett L. Walker es
catedrático emérito y profesor de la cátedra Michael P. Malone de Historia en
la Universidad Estatal de Montana en Bozeman.
3
RAG
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Título original
A Concise History
of Japan
© Brett L. Walker,
2015
Publicado
originalmente por Cambridge University Press, 2015
© Ediciones
Akal, S. A., 2017 para lengua española
Sector Foresta, 1
28760 Tres Cantos
Madrid - España
Tel.: 918 061 996
Fax: 918 044 028
ISBN:
978-84-460-4352-2
LaTrelle
5
Mientras escribía
los últimos capítulos de este libro en el otoño de 2013, el supertifón Haiyan
golpeó Filipinas con toda su furia. Muchos observadores consideraron que era la
tormenta más poderosa jamás registrada, con vientos sostenidos de 325 kph y picos
de 380 kph. Al mismo tiempo que los habitantes de Filipinas intentaban poner a
salvo sus vidas, yo escribía sobre la «burbuja económica» y la «década perdida»
en Japón, que abarca los años de estancamiento que van de 1990 a 2010. Sin
embargo, la «monstruosa tormenta» cambió mis planes. Ya había visto suficiente.
Decidí cubrir los trágicos sucesos del 11 de marzo de 2011, cuando Japón sufrió
el «triple desastre»: la megasacudida de un terremoto y un catastrófico
tsunami, seguidos de una peligrosa fusión nuclear en la planta de Fukushima
Daiichi. Al contemplar cómo el supertifón Haiyan golpeaba las islas Filipinas
me di cuenta de que los síntomas del cambio climático representaban el desafío
más serio para el este de Asia, no el tibio crecimiento económico o el
descontento juvenil, ni siquiera las disputas internacionales por las islas
Senkaku (Diaoyu). Finalmente, descarté el último capítulo y redacté uno nuevo
que incluía la historia de los cambios en el clima, la subida del nivel del
mar, las grandes tormentas en el Pacífico y los desastres naturales en el
contexto de lo que muchos geólogos han dado en llamar el Antropoceno.
Representa una importante desviación de la manera convencional de narrar la
historia japonesa y exige asumir por completo la idea de que las islas físicas
conocidas como «Japón» son geológica e históricamente inestables.
Acerca del
Antropoceno, la Geological Society de Londres ha declarado: «Se pueden aportar
argumentos para considerarlo un periodo formal, ya que desde el comienzo de la
Revolución industrial, la Tierra ha soportado suficientes transformaciones para
dejar una firma estatigráfica distinta de la del Holoceno o las fases
interglaciales del anterior Pleistoceno, incluyendo nuevos cambios bióticos,
sedimentarios y geoquímicos». En efecto, la Tierra ha experimentado cambios
«novedosos» cuya datación coincide con la llegada de la Revolución industrial.
Sin embargo, una diferencia importante entre los cambios que condujeron al
Antropoceno y al Holoceno previo es que las causas principales ya no son el
viento, la erosión, el vulcanismo u otras fuerzas naturales. Más bien son los
seres humanos los que están provocando esos cambios. Mientras que las fuerzas
naturales que dibujaron la superficie de la Tierra durante el Holoceno eran
moralmente inertes, básicamente cambios sin importancia, que ocurrían sin más,
detrás de las fuerzas del Antropoceno hay una intención y un diseño. La
Revolución industrial, con todos los valores que acarrea, ha servido como motor
de cambios bioestratigráficos y litoestatigráficos que están quedando grabados
en nuestro planeta. Por ejemplo, si el clima, la altitud y la ubicación
geográfica determinaban la distribución de las fábricas durante el Holoceno,
como observó el famoso científico prusiano Alexander von Humboldt (1769-1859),
en el Antropoceno el factor decisivo fueron nuestras necesidades agrícolas. Así
que en vez de escribir una historia nacional al uso, una que concluya con los
desafíos económicos, políticos y de política exterior a los que se enfrenta
Japón, decidí rematar este libro con la amenaza mundial del cambio climático.
He llegado a creer que ante el inminente y enorme espectro del cambio climático
en nuestro horizonte planetario colectivo, escribir la historia nacional de una
de las principales potencias industriales, que ha contribuido
significativamente a las emisiones de efecto invernadero, sin prestar atención
a las consecuencias ambientales a corto y largo plazo de las decisiones
industriales de ese país, sería el equivalente a negar la evidencia.
Considerémoslo de la siguiente manera: Japón se industrializó a finales del siglo
XIX, lo que significa que ha disfrutado de los frutos de una sociedad
industrial durante aproximadamente un siglo y medio. Si proyectamos nuestra
mirada otro siglo y medio en el futuro, el mismo periodo de tiempo,
hay quienes calculan que la temperatura subirá diez grados o más, lo que haría
inhabitable la Tierra de acuerdo con los estándares contemporáneos. De repente,
en el Antropoceno, el tiempo geológico se ha acelerado. Japón tiene un notable
desarrollo costero, con millones de personas y miles de millones en inversiones
diseminados a lo largo de las zonas bajas anegables. En un siglo y medio Japón
sería un lugar muy diferente al que es hoy, con muchas de esas áreas sumergidas
o inundadas con regularidad a causa del oleaje provocado por tormentas y tsunamis.
Una lección de la ecohistoria, basada en el contexto de la longue durée histórica
de Fernand Braudel (1902-1985), es que el estadio físico en el que se despliega
nuestro pasado es inestable y dinámico, al igual que las sociedades humanas que
alberga y sustenta. Pero el cambio climático amenaza con amplificar varias veces
ese proceso de transformación.
Dicho esto, nuestro
libro no es per se una historia del medio ambiente, sino más
bien lo que yo imagino que debería ser la historia en el siglo XXI: capas de
hielo y glaciares que se funden, variaciones en los niveles del mar e
incremento de las tormentas. Se trata de una historia escrita en el
Antropoceno. Hago una exposición seria de los cambios sociales, políticos y
culturales en Japón, ya que encarnan los valores que dirigen la interacción
japonesa con el mundo, incluyendo la rápida industrialización a finales del
siglo XIX. Esta obra combina enfoques diferentes de la historia –social, de
género, cultural, político y biográfico–, porque representan un intento de
exponer una narración más completa que permita una mejor comprensión de la
evolución de Japón. Aunque Japón, y otro puñado de naciones industrializadas,
cargan con la parte del león de las emisiones de efecto invernadero y el cambio
climático de origen antropogénico, el peso del cambio en la Tierra será
compartido por todo el mundo y por todas las especies, incluidas aquellas
consideradas tradicionalmente sin historia. Enfoquémoslo de esta forma: el alce
del Gran Ecosistema de Yellowstone, lo que llamo hogar, no ha desempeñado
virtualmente ningún papel en el cambio climático terrestre, pero a medida que
sus ecosistemas se calientan y se vuelven inhabitables –como el descenso en el
número de alces en Yellowstone sugiere–, compartirán las consecuencias. El peso
moral de la asunción de responsabilidad por esos cambios –quizá no por la
extinción regional de los alces, pero sí por las continuas inundaciones en
Indonesia–, y la comprensión de los retos que plantean a nuestros hijos,
deberían formar parte de nuestras narrativas históricas, al menos al metanivel
de las historias nacionales y mundiales. De ahí mi decisión de convertir el
cambio medioambiental en una parte clave de la historia japonesa.
Para hacerlo, en
este trabajo he partido de extraordinarios estudios de muchos colegas en
historia medioambiental y de Japón. Uno de los grandes desafíos ha sido revisar
y redescubrir buena parte de este saber académico que estaba cogiendo polvo en
mis estanterías. Para dar las gracias a todas esas personas tendría que contar
con muchas más páginas en una historia menos concisa que la que los editores de
esta serie probablemente imaginan, pero la mayoría verán reconocidas su
contribución y sus ideas en este libro. Aprecio, como siempre, el generoso
respaldo del Departamento de Historia, Filosofía y Estudios Religiosos de la
Universidad Estatal de Montana, en Bozeman; de Nicol Rae, decano del College of
Letters and Science de la Universidad de Montana; y de Rene A. Reijo-Pera,
vicepresidente de Investigación y Desarrollo Económicos de la misma
universidad. Su compromiso a la hora de generar nuevos conocimientos hace que
sean posibles proyectos como este. Tres personas han leído atentamente este
manuscrito: mi alumno de posgrado Reed Knappe; mi colega en el Departamento de
Inglés, Kirk Branch; y mi compañera, LaTrelle Sherffius. Agradezco las muchas
sugerencias y correcciones, que sin duda han fortalecido este trabajo. No
obstante, a pesar de la combinación de esfuerzos, quedarán algunos errores, que
me adjudico en exclusiva.
Brett L. Walker
La historia de
Japón
Hasta este día, la
influencia japonesa desafía muchos supuestos sobre la historia mundial, en
particular las teorías que tienen que ver con el ascenso de Occidente y el
motivo por el cual, planteado de manera simple, el mundo moderno tiene la
apariencia que tiene. No fueron la gran dinastía Qing china (1644-1911) ni el
extenso Imperio maratha indio (1674-1818) los que se enfrentaron a las
potencias estadounidense y europeas durante el siglo XIX. Fue Japón, un país de
377.915 km2, aproximadamente el tamaño del estado de Montana (mapa
1). Esta pequeña nación insular no sólo mantuvo a raya a las grandes potencias
de ese siglo, sino que las emuló y compitió con ellas por las mismas ambiciones
mundiales, a menudo despreciables. Durante la segunda mitad del siglo XX,
después de la Guerra del Pacífico, Japón fue reconstruido y se convirtió en un
modelo de industrialización al margen de Estados Unidos y Europa, con empresas
tremendamente exitosas como Honda y Toyota, ahora compañías nacionales. Tanto
las madres de clase media estadounidenses como los yihadistas en Afganistán
conducen vehículos Toyota. Japón se encuentra ahora en el ojo de un huracán
mundial diferente. En los primeros años del siglo XXI se ha visto inmerso en
los problemas de las economías industriales y el cambio climático, porque, como
un país constituido por islas con un desarrollo costero extensivo, tiene mucho
que perder como resultado de la elevación del nivel del mar y el creciente
número de violentas tormentas en el Pacífico. Japón sigue situado en el centro
del mundo moderno y de sus retos más serios.
Mapa 1.
Japón.
Para
familiarizarnos con el ritmo de la historia japonesa, tomemos las vidas de dos
figuras destacadas. Fukuzawa Yokichi (1835-1901), un orgulloso samurái nacido
en Osaka
9
y criado en la isla de Kyushu, en el sur, ejemplifica muchas de las
primeras experiencias de Japón en la era moderna. A lo largo de su vida
contempló, no como observador pasivo, sino como uno de sus principales
artífices, cómo su país se transformaba de un batiburrillo de reinos en una
nación con un vasto alcance militar y aspiraciones económicas globales. Desde
que era un niño samurái que recorría las polvorientas calles de Nakatsu,
Fukuzawa albergó el sueño de romper las cadenas de las prácticas confucianas y
viajar para descubrir qué diferenciaba al mundo occidental.
A la temprana edad
de doce o trece años, Fukuzawa robó un papel con un talismán sagrado de su
casa, que supuestamente protegía a su familia de calamidades como el hurto y el
fuego. Entonces, hizo lo que para muchos habría sido impensable:
«Deliberadamente lo cogí cuando no miraba nadie, pero no se produjo ninguna
venganza celestial». No satisfecho con irritar a las deidades sintoístas
locales, tiró el talismán a la letrina. Siguió sin desatarse la rabia divina.
Siempre dispuesto a desafiar las creencias japonesas, el recalcitrante Fukuzawa
provocó aún más a los dioses reemplazando las piedras sagradas del altar Inari
en el jardín de su tío por otras variadas escogidas por él mismo. Cuando llegó
la temporada del festival de Inari, la gente acudió al santuario para orar,
colgar amuletos en forma de banderines de tela, tocar tambores y cantar.
Fukuzawa se reía entre dientes: «Ahí están esos idiotas, adorando mis piedras».
Durante la mayor parte de su vida, Fukuzawa no sintió otra cosa que desprecio
por sus tradiciones, sustentadas en la filosofía conservadora japonesa en lugar
de en el progresista individualismo occidental. Este rechazo de la tradición,
ejemplificado en su burla de las tradiciones de Inari y en su asunción de la
modernidad ejemplificada por la determinación racional a la que las deidades de
Inari no prestaban la debida atención, son emblemáticos de la experiencia
japonesa en el siglo XIX.
Dentro de esa moda,
Fukuzawa pisotea un supuesto sagrado tras otro. Durante su vida es testigo de
la transformación de Japón de un país dirigido por hombres que portan espadas,
visten pantalones que recuerdan a faldas (hakama) y llevan la
cabeza afeitada (chonmage), al único país asiático que desafió con
éxito a Estados Unidos y al imperialismo europeo. Cuando Fukuzawa
parte por última vez de la heredad de Nakatsu, «escupe en el suelo y se aleja
rápidamente». En ciertos aspectos, eso es justo lo que Japón hace a mediados
del siglo XIX después de la Restauración Meiji (1868): Fukuzawa y toda su
generación escupen sobre siglos de asunciones políticas y culturales y, con un
raro sentido de regeneración nacional, trazan un nuevo rumbo hacia la
supremacía mundial y, en definitiva, la destrucción nacional y el eventual
resurgir tras la guerra. Japón se enfrenta en la actualidad a una serie de
desafíos nacionales que ni siquiera el inteligente Fukuzawa habría jamás
imaginado. Algunos de ellos, como el cambio climático y el aumento del nivel de
los mares, eclipsan las amenazas de los «barcos negros» estadounidenses del
siglo XIX. Estudiando el pasado de Japón, quizá podamos aclarar cómo esta
nación, tan dotada para el arte del renacimiento, podría abordar estas nuevos
retos mundiales. Tal vez Japón podría encontrar un modelo de regeneración para
todos nosotros.
La vida de Ishimoto
Shidzue (1897-2001) comienza donde acaba la de Fukuzawa, al despuntar el siglo
XX. Sus experiencias fueron similares, aunque ella luchó contra un nuevo tipo
de nacionalismo japonés y la fascista «ideología del sistema imperial». Ella
vivió en una era diferente de renacimiento. Criada en una familia conservadora,
mal preparada para rebelarse contra las tradiciones, Ishimoto no sólo cargaba
con el legado de la norma samurái, sino también con la actitud confuciana hacia
las mujeres. Como a cualquier joven acomodada, su madre le enseñó con
diligencia que «primero era el hombre, la mujer detrás». Aunque fue educada a
la «manera japonesa», recordaba que «las influencias occidentales se colaban en
nuestra vida poco a poco». Sin embargo, en Japón también aumentaba la reacción
conservadora. Ishimoto lo detectó astutamente mientras
estaba en el colegio: los profesores enseñaban a los chicos a convertirse en
«grandes personalidades», a las chicas las educaban para ser «esposas
obedientes, buenas madres y leales guardianas del sistema familiar». A inicios
del siglo XX, los cuerpos femeninos se transformaron en campos de batalla en
los que los activistas políticos, los intelectuales públicos y los artífices de
la política gubernamental libraban batallas campales por el legado de las
reformas Meiji. En una reveladora narración, recuerda una visita a su escuela
del emperador Meiji. «Al ser homogéneos desde el punto de vista de las
tradiciones raciales, éramos una familia importante en el imperio insular
encabezado por dirigentes imperiales», recordaba. Y se preguntaba: «¿Cómo podía
una muchacha como yo nacida durante la era Meiji, cuando la principal
expectativa política era la restauración del emperador, no emocionarse ante la
fuerza espiritual que él simbolizaba?». Cuando el general Nogi Maresuke
(1849-1912), héroe de la Guerra Rusojaponesa (1905), se suicidó en señal de
sumisión junto con su esposa tras la muerte del emperador Meiji en 1912,
Ishimoto mostró una callada reverencia. «Sentada en mi silenciosa habitación,
en la que había colocado la foto del general sobre la mesa y quemado incienso,
recé por su noble espíritu sin pronunciar una palabra», rememoraba. Como otros
muchos, Ishimoto se rebelaba a veces contra el espíritu del nacionalismo Meiji,
pero también le rendía culto ante su altar.
El culto al
emperador representó el anclaje para la emergencia de Japón como una nación a
comienzos del siglo XX, pero también lo hicieron formas de compromiso global
con la modernidad. Mientras Ishimoto visitaba Estados Unidos en 1920, conoció a
la feminista Margaret Sanger (1879-1966) y se convirtió en una activista a
favor de las causas de las mujeres, en particular de sus derechos
reproductivos. Sin embargo, la Guerra del Pacífico desbarató temporalmente su
campaña en pro de los derechos femeninos. En la década de 1930, en vísperas de
la catastrófica contienda, Ishimoto hacía la siguiente consideración:
«Recientemente, una reacción nacionalista contra el liberalismo ha barrido todo
lo que le precedió en el imperio insular. El fascismo, con un fuerte regusto
militarista, no es un defensor del feminismo y su intenso aliento humanista».
Durante la vida de Ishimoto Japón mandó sus acorazados y portaaviones a librar
una «guerra santa» contra Estados Unidos y los aliados, decidido a instaurar un
«nuevo orden» en Asia. Según el argumento de muchos intelectuales japoneses, lo
que estaba en juego en el Pacífico era la «salvación del mundo».
JAPÓN EN LA
HISTORIA MUNDIAL
Si colocamos a
Japón en el contexto de la historia mundial, nuestra historia reemplaza un mito
persistente: que Japón tiene una especial relación con la naturaleza, no
intervencionista, más subjetiva y a menudo benéfica, una relación que, con las
divinidades sintoístas, considera el mundo natural algo vivo, interrelacionado
con los continuos vitales del budismo y acotado por ritos confucianos. El mito
insiste en que los japoneses no interpretan la naturaleza como un recurso
inanimado y despersonalizado para la explotación industrial. Más bien se
adaptan a la naturaleza generando holismo entre las esferas cultural y natural.
El entorno natural del que dimanan los japoneses, que limita el desarrollo
industrial sin alma y da forma a su compleja cultura nacional.
Este estereotipo
lleva siglos en vigor. Hace tiempo, el sociólogo Max Weber (1864-1920) sostenía
que a diferencia de la filosofía europea, que aspiraba a adecuar el mundo para
adaptarlo a los requerimientos humanos, el confucianismo, filosofía central de
Asia Oriental, busca el «encaje con el mundo, su ordenación y sus
convenciones». En otras palabras, Europa Occidental adaptaba el mundo natural
en su beneficio, mientras las sociedades confucianas se amoldaban pasivamente a
él. Como sociedad confuciana, en ocasiones se considera que el Japón premoderno
se adecua al ámbito natural, una
11
sociedad en armonía con la naturaleza que no violenta el medio ambiente
para que se pliegue a sus necesidades económicas. Como resultado, Weber reitera
que «el pensamiento sistemático y naturalista [...] no consigue madurar» en las
sociedades confucianas. Para Weber, esta predisposición de servidumbre ante la
naturaleza retarda el desarrollo y permite que las sociedades confucianas sean
víctimas de los depredadores occidentales.
Como demuestra
nuestra historia, la relación de Japón con el entorno natural ha sido con
frecuencia intervencionista, exhaustiva, explotadora y controladora, similar a
la europea después de la Ilustración. Satô Nobuhiro (1769-1850), un ecléctico
filósofo moderno, entendía que la naturaleza estaba dirigida por fuerzas
creativas, unas fuerzas animadas por las divinidades sintoístas. No obstante,
al describir el papel de la economía en el contexto del desarrollo estatal
recordaba más al economista escocés Adam Smith (1723-1790) que a un filósofo
del sintoísmo nativo. Por ejemplo, cuando ilustra la función del gobierno
en Keizai yôryaku (Compendio de economía, 1822): «El
desarrollo de bienes es la primera tarea del gobernante». Satô sugiere que los
humanos se organizan en Estados para explotar mejor los recursos y controlar la
energía.
Es importante
destacar que el desarrollo al que Satô aspiraba era en gran medida de diseño
humano, la contribución de Japón a los primeros registros del Antropoceno,
caracterizado por la omnipresencia del cambio inducido por el hombre en la
Tierra. En su primitiva historia, los japoneses empezaron a descubrir y
explotar el medio ambiente natural a través de la ingeniería de las islas. De
hecho, Japón podría ser visto como un archipiélago construido, una cadena de
islas consideradas como un espacio controlable, explotable, distinguible y casi
tecnológico. Este proceso comenzó pronto en la historia de Japón. Según afirma
un historiador, con la llegada de la agricultura llegó un «cambio fundamental
en la relación entre los humanos y el mundo natural». Los humanos empezaron a
«afectar a otros organismos» y a «rehacer el medio ambiente no vivo» para
controlar mejor el acceso al abastecimiento de comida y la energía. La
agricultura implicó la eliminación de especies indeseables, la creación de
paisajes artificiales y un incremento de la productividad de las especies
deseables mediante un mejor acceso al agua y la luz del sol. Los humanos
transformaron los organismos que tenían a su alrededor gracias a la ingeniería
genética de los cultivos y a la exterminación de especies amenazadoras, como
los lobos japoneses. A medida que creaban este paisaje agrícola, los humanos
«pueden haber experimentado una sensación cada vez más fuerte de separación
entre los mundos “natural” y “humano”», o un sentimiento de «alienación» de las
condiciones naturales.
A la larga, esta
alienación cosifica la naturaleza y hace más fácil un aprovechamiento
indiferente de la misma. Los historiadores han identificado esta hipótesis de
«muerte de la naturaleza» por cosificación con la cultura posterior a la
Ilustración europea. No obstante, como veremos, la cultura japonesa experimentó
un proceso de alienación similar. A lo largo del tiempo histórico, la
naturaleza en Japón iba siendo lentamente destrozada, aunque filósofos y
teólogos la reparaban de nuevo y le insuflaban la vida antropomórfica de las
deidades sintoístas y budistas. La naturaleza se convirtió en una marioneta del
ansia humana de recursos y energía, aunque los observadores han confundido
durante mucho tiempo este deshilachado títere natural con una naturaleza viva y
autónoma.
ESCRIBIR LA
HISTORIA DE JAPÓN
«La consciencia
histórica en la sociedad moderna se ha visto abrumadoramente enmarcada por el
Estado nación», escribe un historiador. Aunque la nación es una entidad
disputada, manipula la historia y garantiza la «falsa unidad del mismo sujeto
nacional que evoluciona en el tiempo». Es la nación «que evoluciona en el
tiempo» lo que, como japoneses, reclaman los cazadores prehistóricos del
periodo Jômon (14.500 a.E.C.-300
12
a.E.C.) y los agricultores del periodo Yayoi (300 a.E.C.-300 E.C.),
porque el aparente desarrollo evolutivo también puede ser leído en orden
inverso. Estas narrativas acerca de la historia nacional casi siempre imponen
una cadena evolutiva en el pasado. A este respecto, un historiador insiste en
que «la nación es un sujeto histórico colectivo listo para realizar su destino
en un futuro moderno». En otras palabras, estamos condicionados para leer las
historias nacionales como anticipación del surgimiento del Estado moderno, como
si su aparición fuese inevitable. Una importante nota de advertencia a la hora
de narrar historias nacionales como esta: «En la historia evolutiva, se
contempla el movimiento histórico como producido sólo por causas anteriores, en
vez de por complejas transacciones entre el pasado y el presente». En lugar de
considerar la historia como un movimiento lineal y fluido desde una causa a la
siguiente, que conduce constante e inexorablemente al surgimiento de la nación
moderna, esta narración es más sensible a los debates políticos y culturales
contemporáneos, y a los matices que enmarcan cuestiones impuestas en el pasado.
Por supuesto, la historia trata con más frecuencia debates políticos y
culturales del presente que del pasado. Un tema principal es el cambio
medioambiental, porque ese es el desafío de nuestro tiempo.
Esta breve historia
no descarta por completo la realidad del poder de la nación moderna en el
tiempo y su capacidad para modelar las identidades de la gente a la que
proclama como sus primeros miembros. Los cazadores Jômon no se veían a sí
mismos como «japoneses», ni lo hacían sus sustitutos Yayoi. Los Heian
consideraban sus posiciones en la corte mucho más importantes que «Japón», al
igual que los posteriores samuráis, que se desplazaban de acuerdo con los
ritmos de un sistema de estatus jerárquico. En este aspecto, la nación moderna
es una «comunidad imaginada» reciente, inventada a través de museos, planes de
estudio, vacaciones y otros eventos nacionales. Como escribe un antropólogo, la
nación «es imaginada porque los miembros de incluso la nación más pequeña nunca
sabrán de la existencia de la mayoría de sus conciudadanos, siquiera los
conocerán u oirán hablar de ellos, aunque en la mente de cada uno de ellos
pervive la imagen de su comunión». En las naciones modernas, ciudadanos y
súbditos aprenden que comparten afinidades con personas a las que nunca han
conocido. Como veremos, los japoneses conciben sus comunidades a través de
discursos de un entono natural compartido, claramente delineado por los mares
que los rodean, así como por una historia, un lenguaje y prácticas culturales
comunes. En estas páginas oiremos hablar de muchos de ellos porque son
importantes en la formación de Japón.
Sin embargo, esta
historia no considera necesariamente a las naciones como «imaginadas». Las
naciones no son meros fragmentos del imaginario cultural. Dado que uno de los
temas de este relato son las relaciones de la gente con el medio ambiente
natural, deja al descubierto la huella material de las poblaciones japonesas en
el transcurso de su historia. Dibuja una presencia a la que han dado forma
generaciones de cuerpos pudriéndose en el suelo, hombres y mujeres que han
sacado peces de los mismos ríos y aguas costeras, han transformado paisajes que
reflejan valores compartidos de subsistencia e ideas transitorias transmitidas
de unos a otros durante siglos y que determinan una manera clara de ser. Visto
desde esta perspectiva, los primitivos habitantes Jômon, aunque no lo sabían,
realmente pueden ser considerados como los primeros «japoneses». La hegemonía
de esta nación a lo largo del tiempo se construye, de modo esencialmente
material, sobre la gente que la precedió. En este sentido, la «tradición» no es
forzosamente el chivo expiatorio de la modernidad, como aducen algunos
historiadores. Se ha afirmado que la modernidad necesita la «invención de la
tradición» para su propia demarcación histórica, pero los antiguos pobladores
de Japón, personas a las que por conveniencia podríamos denominar
«tradicionales», poseían usos importantes rastreables, prácticas grabadas con
firmeza en Japón y que impregnan la vida moderna. Esas prácticas configuraron
la evolución de Japón como nación moderna, no al
13
revés. Etiquetar a un cazador Jômon con el título de «japonés» y
adjudicarle luego los horrores de la masacre de Nanjing (1937) es endosarle
cargas que habrían sido inimaginables para él. Pero los cazadores Jômon
murieron y se pudrieron en suelo japonés. Su progenie y su relevo Yayoi
adoptaron ideas y elecciones que estamparon en sí mismos, en sus organizaciones
sociales, en sus sistemas políticos y en el paisaje. Esas huellas fundamentales
modelaron a su progenie, a los descendientes de esta y así sucesivamente.
Eventualmente, esas personas, guiadas generación tras generación por impulsores
materiales y culturales, decidieron saquear la ciudad de Nanjing durante la
pregonada «gran guerra de Asia Oriental».
Quizá la nación sea
en parte imaginada, pero no a partir de la nada. Tampoco se trata de un
fenómeno enteramente forzado. Eso es lo que sucede en el caso de la historia
japonesa. Por esta razón, incluso frente a los nuevos dilemas globales del
cambio climático, la nación moderna sigue siendo una categoría importante de
análisis histórico.
14
Nacimiento del
Estado Yamato
(14.500 a.E.C.-710
E.C.)
El medio ambiente
de Japón demostró ser mucho más que un simple escultor de la civilización
japonesa, en la que el viento y la lluvia tallaron laboriosamente durante
siglos los intrincados contornos de la vida nipona. Más bien fue un producto de
la civilización japonesa. Los antiguos habitantes de las islas, desde la fase
arqueológica Yayoi (300 a.E.C.-300 E.C.) en adelante, esculpieron, recortaron,
quemaron y dieron forma con la azada a sus necesidades de subsistencia y
sensibilidades culturales en las llanuras de aluvión, los bosques, las cadenas
montañosas y las bahías del archipiélago, transformándolo, como un colosal
bonsái, en una manifestación material de sus necesidades y deseos. Esa es la
discordancia más profunda entre las etapas Jômon (14.500 a.E.C.- 300 a.E.C.) y
Yayoi: la introducción de la cultura de Asia Oriental y su efecto transformador
sobre el archipiélago. Este capítulo explora la aparición del más antiguo
Estado japonés y cómo su desarrollo estuvo íntimamente conectado con la
transformación medioambiental.
PRIMEROS
CAZADORES-RECOLECTORES Y COLONIZADORES
El Pleistoceno,
hace entre 2,6 millones de años y 11.700 años A.P., fue testigo de la primera
oleada de primitivos homínidos, animales no humanos, y migraciones incidentales
de plantas desde Eurasia al archipiélago japonés. Sin embargo, Japón no era un
archipiélago en esa época. Estaba conectado al continente por el sur y por el
norte a través de tierras bajas costeras, que formaban una media luna terrestre
con el mar de Japón y constituían lo que debió de ser un impresionante mar
interior. Aún es tema de debate si llegaron modernos homínidos de África y
desplazaron a los antiguos o si los llegados primero evolucionaron para
convertirse en modernos, pero 100.000 años A.P. muchos cazadores paleolíticos
recorrían Eurasia y algunos de ellos fueron a parar a ese creciente terrestre
persiguiendo presas y otros recursos alimenticios. El descubrimiento en 1931 de
un hueso de la parte izquierda de la pelvis sugiere que estuvo habitada en el
Paleolítico, pero los ataques aéreos destruyeron el hueso durante la Guerra del
Pacífico (1937-1945) y el hallazgo sólo fue reivindicado gracias a que
posteriormente se desenterraron otros restos paleolíticos en Japón.
Estos cazadores
paleolíticos, y luego mesolíticos, perseguían y cazaban grandes presas,
incluyendo al elefante Palaeoloxodon y al ciervo gigante. Ellos y sus presas
asistieron generación tras generación a la transformación de los rasgos
geográficos de Japón, a medida que la fluctuante climatología y los niveles del
océano permitieron que el continente reclamase ese creciente de tierra para sí
y después lo perdiese, hace alrededor de 12.000 años A.P., cuando las aguas
anegaron las tierras bajas costeras y crearon la cadena de islas. Los
lingüistas señalan para esos primitivos cazadores tres grupos filogenéticos
diferenciados, que marcan rutas de migración: uraloaltaico (japonés, coreano,
lenguas del norte y este de Asia y turco), chino (tibetano y birmano) y
austroasiático (vietnamita, jemer y varios idiomas minoritarios en China). En
las etapas finales del Pleistoceno, los primitivos cazadores japoneses habían
sobreexplotado a la mayoría de los mamíferos gigantes del archipiélago,
confinados geográficamente con hambrientos homínidos, en la conocida como
«extinción del Pleistoceno».
Fueran cuales
fueran las lenguas que hablasen, no eran las únicas tribus cazadoras que
vagaban por aquella media luna. Habían llegado, además, los lobos. Se han
15
encontrado cráneos de lobo siberiano en todo Japón. A finales del
Pleistoceno, esos lobos cazaban y se alimentaban en los bosques de coníferas
del norte en Honshu, donde abatían enormes piezas como el bisonte estepario.
Los bisontes eran grandes, con cuernos de hasta un metro de envergadura de un
extremo a otro de su cráneo, pero el lobo siberiano también lo era. De manera
oportunista, se desplazaban entre las manadas en busca de animales rezagados y
heridos. Podemos aventurar que los homínidos no fueron los únicos cazadores
responsables de la extinción del Pleistoceno, o al menos los únicos en
apropiarse de las piezas. Al separarse el archipiélago del continente, hace
unos 12.000 años A.P., los bosques de coníferas cedieron paso a especies de
crecimiento caduco, devorando valiosos pastos para los grandes bisontes y sus
hambrientos perseguidores. El clima varió y los cambios en la composición del
bosque contribuyeron a la extinción del Pleistoceno. Aislado ahora, con las
presas grandes extinguidas, el lobo siberiano redujo su tamaño hasta
convertirse en el lobo japonés, más pequeño, que a su vez se extinguiría a
comienzos del siglo XX. En este periodo se produjo la emergencia de especies
comunes de Japón, como el ciervo japonés, el jabalí y una serie de animales de
menor tamaño. La turbulenta geografía de Japón, su transformación de una media
luna terrestre en un archipiélago, orientó su historia –en el caso de los
modernos homínidos, sus patrones de asentamiento, disposiciones de alojamiento
y circuitos de caza; en el del lobo, la forma y tamaño de su cráneo–, pero los
posteriores colonos humanos, en especial tras la fase Yayoi, demostraron ser
más eficaces a la hora de modificar su hogar insular para adaptarlo a sus
necesidades de subsistencia y culturales.
Alrededor de 12.700
años A.P., mientras el creciente terrestre pasaba a ser un archipiélago, los
cazadores descubrieron, o se encontraron con (aún está pendiente de veredicto
entre los arqueólogos), un monumental avance tecnológico: la alfarería. Los fragmentos
más antiguos proceden de la cueva de Fukui, en el noroeste de Kyushu, una zona
que sirvió de canal para el intercambio con el continente. Con el agravante de
que nada tan antiguo ha sido desenterrado en China, e incluso podríamos decir
que en ninguna otra parte. Los arqueológos se refieren a ese pueblo como Jômon
(dibujo de cuerda), porque las piezas están a menudo adornadas con elaboradas
marcas de cuerda en torno al borde y otras partes en las vasijas. Este adelanto
tecnológico permitió que esos cazadores se hiciesen más sedentarios, ya que
ahora podían preparar verduras y mariscos antes no comestibles, así como hervir
agua del mar para obtener sal para el consumo y el comercio. Los cultígenos se
convirtieron en recurso durante la última fase del periodo Jômon, pero la
agricultura simple resultó más limitada que en otros grupos neolíticos. El
primer hombre Jômon, el Adán japonés, descubierto en 1949 sepultado en posición
flexionada en el conchero de Hirasaki, medía 163 cm de alto, aproximadamente 3 cm
más que la media, y las mujeres eran considerablemente más bajas. Las muelas
del juicio sin desgaste y otras evidencias sugieren una corta expectativa de
vida, en torno a los veinticuatro años para las mujeres y quizá una década más
para los hombres. A lo largo de los siglos, los estilos de la alfarería Jômon
variaron, aunque continuó siendo ornamentada, con dibujos e impresiones en
remolino, asas elaboradas y otros motivos decorativos, y formas delicadas de
base estrecha y poco práctica. Las bases puntiagudas habrían sido muy adecuadas
para la vida nómada, ya que permitirían mantener en pie la jarra en tierra
suelta o arena, pero poco prácticas para un hogar de suelo compactado. No
obstante, la creciente sofisticación de la alfarería apunta a fines rituales y
empleo doméstico, lo que nos ofrece un primer vistazo de la vida religiosa de
los primitivos habitantes del archipiélago.
Los cazadores de la
fase Jômon desarrollaron arcos, que lanzaban mortíferos proyectiles a mayor
velocidad que las anteriores lanzas. Los perros salvajes, que probablemente
migraron a la media luna creciente con los primeros cazadores paleolíticos,
cazaban piezas pequeñas con los Jômon. Los restos de esqueletos de perros
similares a
16
lobos de los conchales de Natsushima, en la prefectura de Kanagawa,
datan de 9.500 años A.P. Los arqueólogos han descubierto sofisticados sistemas
de trampas en forma de pozos, sin duda utilizados para atrapar y empalar
jabalíes y otras presas. Los Jômon también subsistían a base de frutos y
nueces, bulbos y tubérculos amiláceos, moluscos, almejas y ostras, pescados
como el besugo y otras fuentes de alimento. Cabezas de arpones y anzuelos de
hueso de las pozas conchíferas de Numazu apuntan a que eran pescadores
razonablemente habilidosos. Pero esto no era suficiente: los restos de
esqueletos muestran que los Jômon vivían en un estado de malnutrición casi
constante, en la cúspide de la inestabilidad reproductiva. Una dieta a base de
frutos secos con elevado contenido calórico determina que los dientes de la
mayoría se pudrían dolorosamente. En los asentamientos Jômon más grandes las
viviendas estaban dispuestas según un plano circular, con un espacio común
central para enterramientos, almacenamiento de alimentos y funciones
ceremoniales. Las mejores moradas, con postes interiores que sustentaban
tejados de paja, permitieron a los Jômon acumular más posesiones,
incluyendo dogû, o figuritas de barro cocido (figura 1). Con
frecuencia, estas figuritas representan mujeres con pechos exuberantes, lo que
apunta a que su finalidad ritual tenía que ver con la reproducción y los partos
seguros. Los objetos fálicos sugieren rituales de fertilidad. Los motivos en
forma de cabeza de serpiente ofrecen tentadoras evidencias de ceremonias
relacionadas con estos reptiles, tal vez conducidas por los chamanes de la
aldea. Los esqueletos a los que faltan dientes adultos indican la extracción
ritualizada de piezas, es probable que como un rito de mayoría de edad. Algunas
de las vasijas más grandes de barro, llamadas «ollas de placenta», contienen
restos placentarios e incluso restos de bebés, lo que demuestra elaborados
sistemas de enterramiento y ceremonia.
Figura 1. Figurita
de la fase Jômon, prefectura de Miyagi.
Por muy sofisticada
que llegase a ser la vida de los Jômon, siempre estaban en el límite de la
supervivencia y su sociedad resultó estar mal preparada para los cambios del
entono y la merma de la caza. En torno a 4.500 años A.P., un descenso en las
temperaturas del globo provocó un aluvión de especies herbáceas que llevó a la
reducción de las poblaciones de mamíferos y de frutos secos. Muy pronto, los
Jômon fueron vulnerables a la escasez de comida y al hambre. Hasta para el fino
olfato de los fiables
17
perros de caza era difícil encontrar jabalíes y ciervos, por lo que los
Jômon pasaron a matar piezas más pequeñas y muchos asentamientos del interior
se desplazaron a áreas costeras para mejorar las posibilidades de recolección y
pesca. Algunos sostienen que la población de 260.000 habitantes de Japón hace
4.500 años A.P. pudo descender a 160.000 en el transcurso del siguiente
milenio. El pueblo Jômon había alcanzado los límites de su adecuación a la
naturaleza cambiante de su tierra.
LA LLEGADA DE LA
AGRICULTURA
Hablando en sentido
estricto, han sobrevivido en el registro arqueológico evidencias de una
incipiente agricultura neolítica desde el Jômon Medio (3000 a.E.C.-2400
a.E.C.). Los Jômon cultivaban ñame y taro, que probablemente provenían del sur
de China; también manipularon el crecimiento de bulbos de lirio, castaños de
Indias y otras plantas cruciales para su supervivencia. El almidón de los
bulbos de taro y lirio cocido en bandejas de mimbre producía un pan básico,
cuyos restos preservados han desenterrado los arqueólogos en la prefectura de
Nagano. En la alfarería del Jômon Tardío (1000 A.P.-250 A.P.) los arqueólogos
observan trazas de impresiones de granos de arroz. Así pues, el pueblo Jômon
mantenía cultivos sencillos, pero no modificó el medio ambiente por motivos
agrícolas más allá de la deforestación localizada. La ingeniería ambiental de
los cultivos corresponde a la cultura de la fase Yayoi (300 a.E.C.-300 E.C.).
Los primeros emplazamientos Yayoi fueron excavados en 1884 en el campus de la
Universidad de Tokio; posteriores hallazgos en 1943 en la prefectura de
Shizuoka ayudan a esclarecer los rasgos distintivos del periodo Yayoi.
Al inicio, la
agricultura Yayoi se restringió probablemente al alforfón y la cebada
cultivados en el sur, en la isla de Kyushu. Se cree que ambos cereales tuvieron
su origen en el continente y fueron llevados por emigrantes Yayoi. A juzgar por
los restos de cráneos, representan una nueva oleada de migración al
archipiélago, ya conviviesen con los Jômon neolíticos o los desplazasen poco a
poco. Al parecer eran originarios del norte de Asia, mientras que se cree que
la mayoría de los Jômon procedían del Sudeste Asiático. Estos emigrantes eran
más altos y tenían caras más largas, pero a lo largo de la fase Yayoi perdieron
parte de su estatura, quizá como resultado de las persistentes deficiencias
nutricionales. No obstante, una vez en el archipiélago se reprodujeron a un
ritmo más rápido. De hecho, las tasas de reproducción de los Yayoi fueron tales
que algunos opinan que 300 años después de su llegada al archipiélago
constituían alrededor del 80 por 100 de la población. Sencillamente, resultaron
ser más saludables y fecundos que los anteriores cazadores-recolectores.
Los nuevos colonos
trajeron también los conocimientos y capacidades técnicas para el cultivo de
arrozales. La fase Yayoi se corresponde con las dos dinastías Han en China (206
a.E.C.- 220 E.C.), que en sus registros se refieren al archipiélago como el «reino
de Wa». Con los nuevos emigrantes, las técnicas del cultivo del arroz se
extendieron por el reino de Wa, abarcando aproximadamente el oeste y el centro
de Japón. La primitiva ingeniería de los arrozales Yayoi era sofisticada:
elaborados sistemas de canales de irrigación, presas, terrazas y compuertas de
entrada y salida del agua garantizaban que el arroz fuese correctamente
irrigado. Gracias a la agricultura del arroz, los arqueólogos estiman que la
población Yayoi pudo oscilar entre 600.000 y 1 millón en los primeros siglos de
la Era Común. Resulta interesante que algunos historiadores sostengan que la
génesis de la esfera cultural de Asia Oriental se produjo entre 221 a.E.C. y
907 E.C., al mismo tiempo que el humanismo confucionista, la teología budista y
la escritura kanji china se extendían por el continente y más
allá. Podríamos incluir también los arrozales como una característica
definitoria de la civilización de Asia Oriental. El confucianismo aún había de
reestructurar el enfoque japonés de la familia, la sociedad y el gobierno, pero
con la
18
llegada de la agricultura del arroz, Japón quedó ya atrapado en la
atracción gravitacional de Asia Oriental.
La influencia
cultural Yayoi entró en el archipiélago a través de la península Coreana, como
resultado de la conquista por parte de la dinastía Han del reino de Gojoseon
(233 a.E.C.-108 a.E.C.). En el 108 a.E.C., el emperador Wu de la dinastía Han
estableció en la península de Corea cuatro puestos avanzados para gobernar la
región y a su gente, y el archipiélago se benefició de este nuevo canal abierto
con China. Espejos de bronce chinos, objetos coreanos, fragmentos de armas de
hierro y bronce apuntan a un comercio más o menos intenso con el continente. Se
puede seguir la pista a los procedimientos japoneses para el cultivo de arroz
hasta el delta del Yangtzé. Es probable que el arroz resultase atractivo para
los agricultores Yayoi porque podía ser almacenado, tostado y consumido cuando
hiciese falta. Fueron los Yayoi quienes diseñaron graneros elevados para
contrarrestar las amenazas a los suministros almacenados de mohos, polillas y
ratones. En los inicios de la fase Yayoi el arroz era una de tantas plantas
cultivadas en el noroeste de Kyushu, en lugares como Itazuke en la prefectura
de Fukuoka; durante el Yayoi Medio y Tardío estaba entre las cosechas
dominantes. Estacas de madera señalaban los límites de los campos de arrozales
en Itazuke y el emplazamiento está plagado de pozos de almacenamiento
característicos y enterramientos. Por esos asentamientos vagaban perros y
algunos pequeños caballos, mientras que los huesos de jabalíes dan testimonio
de la presencia de carne en la dieta Yayoi. El dique que rodea Itazuke pudo
estar destinado a la irrigación de arrozales, o quizá sirviese como foso
defensivo. Itazuke también ha revelado el enterramiento en vasijas, la mayoría
ocupadas por niños. En el Yayoi Medio las vasijas se colocaban en posición
horizontal; en el Yayoi Tardío adoptaron la posición vertical, con la boca
hacía abajo. Obviamente, algunas de ellas eran de mayor tamaño y sugieren un
alto grado de especialización. Cerca de estas tumbas los arqueólogos han
descubierto tal abundancia de objetos chinos y coreanos que han especulado con
la posibilidad de que el noroeste de Kyushu fuese el centro del legendario
Yamato, el primer reino de Japón. Volveremos sobre esta cuestión en un momento.
Toro, una aldea
junto al río Abe, fue otro desarrollado emplazamiento Yayoi. Contenía unos 50
arrozales, hasta que la inundación repentina del río los barrió. Este lugar con
un alto grado de ingeniería contenía represas, acequias de riego, pozos e
instalaciones de un tipo que recuerda a lo que más tarde fueron santuarios
sintoístas. Los arqueólogos especulan con que la vida en Toro era en parte
comunal: una casa excavada presenta una variedad de herramientas de madera y
sugiere propiedad cooperativa de algún tipo. Pero la competencia por los
enclaves más atractivos condujo a la guerra y los restos de esqueletos –una
mujer de Nejiko, en la prefectura de Nagasaki, tiene una cabeza de flecha de
bronce clavada en el cráneo– atestiguan enfrentamientos violentos. Algunos
restos Yayoi procedentes de Yoshinogari, un asentamiento fortificado en el
norte de Kyushu, apuntan la posibilidad de que la gente fuera decapitada
(aunque esta evidencia está en entredicho). El bronce se convirtió en una
importación decisiva. Más adelante se produjo metal local, con el que se
forjaron armas y valiosas reliquias familiares como campanas. Los moldes de
arenisca demuestran la fabricación de armas y campanas en el siglo I a.E.C. La
producción del bronce presenta interesantes problemas logísticos, entre los
cuales no es el menor la fuente del cobre. Los arqueólogos creen que los
artesanos Yayoi reciclaban el bronce procedente del continente e importaban
lingotes de plomo, ya que existen pocas pruebas de explotaciones de cobre en
superficie en el archipiélago hasta el siglo VII.
LA VIDA YAYOI EN
DOCUMENTOS
19
Las observaciones de enviados chinos han permitido una ojeada a la vida,
los rituales y la forma de gobierno en la fase tardía del periodo Yayoi. La
dinastía oriental de los Han despachó mensajeros al reino de Wa en el 57 E.C. y
volvió a hacerlo en el 107 E.C. Graves revueltas en la dinastía china
desembocaron en la pérdida y eventual recuperación de los puestos avanzados
coreanos, que en otro tiempo habían sido una vía para el flujo de bronce,
cultígenos y técnicas de ingeniería agrícola al archipiélago. El Wei
zhi (Registros de los Tres Reinos, 297 E.C.) es la más reveladora de
esas descripciones chinas. La dinastía Han Oriental, o Posterior, cayó en el
siglo III E.C. y Cao Wei (220-265) gobernaba la mayor parte de China desde su
capital en Luoyang. No sólo visitaron el reino de Wa los enviados de Wei, sino
que en el año 238, dignatarios de Wa, más concretamente el gran maestro Natome
y sus acompañantes, devolvieron la visita. Rindieron tributo a Cao Rui,
emperador Wei, y recibieron a cambio un sello de oro que decía: «Himiko, reina
de Wa, es amiga de Wei», una muestra de la posición que el reino de Wa ocupaba
en el orden de subordinación para los dirigentes chinos. «En verdad,
reconocemos esta lealtad y devoción filial», aclara el Wei zhi. Los
generales de Wei animaron al gran maestro Natome a «hacer lo posible por traer
paz y una vida más cómoda para la gente, y persistir en la devoción filial». Es
obvio que a los habitantes del archipiélago empezaba a resultarles difícil
resistirse al tirón gravitacional de Asia Oriental.
El principal
conducto para los desplazamientos diplomáticos a Wa era a través de otra de las
avanzadillas Han, la de Daifang, también en la península Coreana. Desde allí
emprendieron viaje hasta el reino de Wa los delegados de Wei. En el año 297,
representantes de unos 30 caciques de Wa fueron del archipiélago a la capital
de Cao Wei y viceversa. Los enviados Wei cuentan que visitaron a varios jefes
durante su periplo, incluida la reina de los wa, a la que se alude en el texto
como «principal líder de Yamaichi». Muchos piensan que se trata de un error de
trascripción y que sería algo más parecido a «Yamatai». El nombre de la reina
era Himiko, quien nos ofrece un primer esbozo del sistema de reinado japonés.
Hay que tener
presente la óptica cultural, definida por las relaciones tributarias, a través
de la cual los mensajeros chinos contemplarían el minúsculo reino de Wa, pero
las descripciones son igualmente valiosas. Confirman, por ejemplo, la evidencia
arqueológica de la Guerra Yayoi al referirse al «caos mientras combaten los
unos contra los otros» y a un palacio «parecido a una empalizada, fuertemente
protegido por guardias armados». En el año 247, la reina Himiko de Wa envió
mensajeros a los puestos avanzados coreanos para informar de un conflicto con
«Himitoko, el gobernante varón de Kona». La reina del país de Wa en persona se
ocupaba del «Camino de los Demonios y mantenía todo controlado bajo su
hechizo». Además, figura este fragmento acerca de la existencia de dirigentes
de ambos géneros: «Un hermano más joven la ayuda a gobernar el reino». De
hecho, el gobierno compartido por ambos sexos era común entre los primeros
«grandes reyes» de Japón, los conocidos como ôkimi.
Uno queda
impresionado por la evidente admiración del mensajero de Wei hacia el reino de
Wa. «Sus costumbres no son indecentes», escribe el enviado. Y explica: «Tanto
aristócratas como plebeyos [tienen] tatuajes en sus cuerpos y rostros». Los
buceadores de Wa, prosigue, «decoran sus cuerpos con dibujos para que no les
importunen los grandes peces y las aves acuáticas». Con el tiempo los tatuajes
se hicieron más «decorativos» y distinguían entre categorías, «algunos [en]
aristócratas y algunos [en] plebeyos, según la posición». Que no existiesen
diferencias «entre padres e hijos o entre hombres y mujeres por sexo» iba en
contra de las normas confucianas chinas, que ponían el énfasis en la devoción
filial y la jerarquía. Lo mismo vale para la manera de saludar: es probable que
los delegados de Wei enarcasen las cejas cuando los nobles juntaban sus manos
en vez de arrodillarse o inclinar la cabeza. Pese a la ausencia de normas
confucianas en las relaciones sociales, «las mujeres no son moralmente
disolutas ni celosas». El reino de Wa
20
es retratado como un sitio próspero, con graneros llenos y animados
mercados bajo supervisión estatal. Existían distinciones de clase –cosa que
también sabemos por los hábitos de enterramiento durante el periodo Yayoi–, al
igual que formas de vasallaje.
Por último,
el Wei zhi refleja una rica vida espiritual, expresada en
prácticas adivinatorias y elaborados enterramientos, el más destacado de los
cuales fue el de la propia Himiko. La adivinación predecía el futuro: «Es
costumbre, con ocasión de un viaje o un acontecimiento, se trate de lo que se
trate, augurar mediante huesos de los deseos la futura buena o mala fortuna.
Las palabras son las mismas que para la adivinación con conchas de tortugas. Se
analizan los chasquidos del fuego en busca de signos». La referencia sitúa
estas prácticas adivinatorias en un contexto propio de Asia Oriental, porque
esta modalidad de adivinación ya era practicada en China durante la dinastía
Shang (1600 a.E.C.-1046 a.E.C.). Es muy posible que llegase a Japón junto con
los muchos objetos de bronce y las técnicas agrícolas transmitidas entre la
península Coreana y el noroeste de Kyushu. Resultaba crucial para vaticinar el
resultado de las guerras, los viajes y la agricultura. La habilidad para
ejercer la adivinación de Himiko probablemente tuvo algo que ver con su reinado
y, en consecuencia, con su legitimación política.
El Wei zhi también
trata las prácticas de enterramiento Yayoi:
En caso de muerte
emplean un ataúd sin caja exterior de sellado. La tierra se dispone en un
montón. Cuando acontece la muerte mantienen más de diez días de exequias,
durante los cuales no comen carne. El plañidero principal se lamenta entre
gemidos y otros cantan, danzan y beben sake. Después del enterramiento la
familia se reúne para dirigirse al agua en busca de purificación, como en forma
de abluciones.
El registro
arqueológico guarda evidencias de vasijas de enterramiento en las comunidades
Yayoi, pero los «ataúdes» del Wei zhi eran probablemente de
madera. Atrae la atención la referencia al agua para la «purificación» justo
después del duelo, porque esta práctica recuerda a posteriores rituales
sintoístas. Junto con los graneros sobreelevados y los baños de purificación,
evolucionaron en el contexto de la vida ritual Yayoi algunos de los primeros
elementos de lo que después sería el sintoísmo.
Cuando falleció
Himiko, «se levantó un gran túmulo de tierra de más de 100 pasos de diámetro.
Se inmolaron más de 100 sirvientes, hombres y mujeres. Luego se nombró un
dirigente varón, pero en las protestas que siguieron en el reino hubo un baño
de sangre y fueron asesinadas más de 1.000 personas [...] Para sustituir a
Himiko se nombró a un familiar de trece años de edad llamada Iyo (Toyo)». La
fortaleza política del reino de Wa quedó reflejada en la elaborada tumba de la
reina que, tras su muerte, conmemoró su vida relatando sus triunfos en la
tierra y su vida en el más allá. La construcción de la tumba de la reina de Wa
fue el preludio de la siguiente fase arqueológica importante en el
archipiélago: el periodo Kofun o de las Tumbas (250-700).
LAS TUMBAS Y EL
ESTADO YAMATO
Himiko emergió en
la conflictiva fase tardía del periodo Yayoi como una reina unificadora, que
sofocó años de enfrentamientos e inició relaciones tributarias formales con
China. Los investigadores postulan muchas teorías sobre la llegada del periodo
de las Tumbas y el ascenso de la Confederación Yamato (250-710), que se afianzó
en algún momento cercano a la fecha de la muerte de Himiko. Una atrayente
teoría hace alusión, una vez más, al cambio climático y el medio ambiente. Los
historiadores saben, a través de registros chinos, que los convulsos cambios en
el clima al final del periodo Yayoi y la fase inicial del periodo de las
Tumbas, más concretamente en torno al 194 E.C., causaron hambruna, canibalismo
y posiblemente una desilusión generalizada hacia las deidades protectoras.
Himiko pudo haber estado al frente de dicha insurrección religiosa ante los
21
dioses nativos, desechando armas y campanas asociadas con las viejas
deidades para adoptar otras nuevas asociadas con espejos (figura 2). Al menos
así es como se interpretan algunas de las evidencias arqueológicas. Himiko y
los nuevos dioses, con los que se comunicaba mediante teurgia –su práctica de
la brujería y el «Camino de los Demonios»–, se convirtieron en punto focal. La
gente levantaba tumbas, adoraba espejos y, podríamos conjeturar, confiaba en la
promesa de días mejores. En la prefectura de Hyôgo, por ejemplo, los
arqueólogos descubrieron una campana rota en 117 piezas. Alguien la rompió con
tanto cuidado que los expertos están prácticamente seguros de que fue hecho a
propósito, como rechazo a los viejos e impotentes dioses asociados con campanas.
Podemos especular también con que Himiko practicara la brujería como un medio
de comunicación con las nuevas deidades, la principal de las cuales sería la
diosa del Sol Amaterasu Ômikami, divinidad tutelar de la casa imperial.
Figura 2. Espejo de
bronce del periodo de las Tumbas, prefectura de Gunma.
Además, Himiko
representó la aparición de una nueva clase militar forjada en el conflicto
bélico del periodo Yayoi Tardío. Esta elite militar prosperó gracias a los
crecientes excedentes agrícolas de la sociedad Yamato, que se tradujeron en
impresionantes pilas funerarias en forma de ojos de cerradura. Los herreros
trabajaban el hierro y fabricaban mejores armas, muchas de las cuales siguieron
a sus propietarios hasta sus tumbas. Los asentamientos del periodo de las
Tumbas son más elaborados que los de la fase Yayoi, a menudo con estructuras de
madera más grandes con fosos o barricadas de piedra. La agrupación de casas y
viviendas-foso, parcialmente excavadas en el suelo y techadas, sugiere que
cohabitaban familias extensas. Las mujeres jugaban un papel especialmente
destacado en la política y la producción: casi la mitad de las tumbas
descubiertas contienen restos femeninos, una prueba de su acceso a los
recursos, incluidas las armas de hierro, y su peso político, quizá derivado de
la práctica de formas de brujería con espejos. Las tumbas contienen joyas de
oro, incluyendo pendientes y hebillas de cinturón.
Himiko encarna
también el nacimiento de un nuevo tipo de regentes, que se convirtieron en
pieza central del Estado Yamato y, como veremos, en los primeros emperadores de
Japón. Cabría describir el reino de Yamato como una especie de confederación,
en la que los soberanos ejercían control sobre los jefes vasallos y donde la
entrega simbólica de presentes y la homogeneidad ceremonial cimentaron las
relaciones entre el centro y la periferia. Los estudiosos todavía debaten la
ubicación exacta del núcleo
22
de Yamato, pero es muy posible que estuviese en el oeste de Honshu o,
menos probable, en el norte de Kyushu, quizá con el enclave militarizado de
Yoshinogari como capital. Las tumbas en forma de ojo de cerradura, que dan
nombre a este periodo, aportan pruebas enfrentadas sobre la sede del poder
político Yamato. Menos contradictoria es la evidencia respecto al modo en que
los reyes Yamato manipulaban los rituales de enterramiento para reafirmar su
control sobre el reino y, suponemos, la otra vida. Un historiador ha definido
esto como la «jerarquía de la tumba en forma de cerradura», o «jerarquía kofun»,
según la cual las tumbas más grandes y sofisticadas se construyeron en el
centro de Yamato y las pequeñas y menos elaboradas en la periferia. La cuestión
decisiva, no obstante, es que el estilo ojo de cerradura se usó de manera
bastante consistente en todo el archipiélago, lo que apunta a cierto grado de
homogeneidad en las sepulturas impuesta por el núcleo político. Esas primeras
tumbas, como la de Makimuku Ishizuka en la prefectura de Nara, son un
testimonio de la estratificación social en el archipiélago, la intensificación
del comercio y el ascenso de reyes. De hecho, las tumbas escenifican la
autoridad y el poder locales en la confederación Yamato y hacen pensar
claramente que la prefectura de Nara, más que el norte de Kyushu, se erigió en
núcleo político durante la fase Yamato.
Una sucesión de
regentes fortaleció el poder del centro y las tumbas no fueron el único medio
para lograrlo. Yûryaku, que gobernó en el siglo I, escribió en una carta al
emperador chino que era el rey de Wa, y alardeaba de sus proezas marciales en
su país y en la península Coreana. «Desde antiguo, nuestros antepasados se
revistieron con armadura y casco y atravesaron los montes y cruzaron las aguas
sin perder tiempo en descansar», escribe. «En el este, conquistaron 55 países
de hombres peludos; y en el oeste pusieron de rodillas a 65 países de distintos
bárbaros. Al otro lado del mar, hacia el norte, sometieron a 95 países.» Los
reyes Yamato y sus predecesores se habían convertido en líderes militares.
Inscripciones en espadas desenterradas en tumbas de la zona central de Japón,
como la espada de Inariyama, revelan la relación de vasallaje de Yûryaku con
los jefes locales. Esta inscripción en particular reza: «Cuando la corte del
gran rey Wakatereku estaba en Shiki, le ayudé a gobernar el reino y esta espada
cien veces forjada registra el historial de mi servicio».
Junto con la
cultura marcial y el vasallaje, destaca la regencia compartida por ambos sexos
en el reino de Wa como pautas para el comportamiento real en Yamato. No sólo la
reina Himiko reinó con su hermano, sino que grandes regentes posteriores, como
Kitsuhiko y Kitsuhime, Suiko y el príncipe Shôtoku, Jitô y Tenmu, compartieron
el gobierno. Presumiblemente, estas parejas de gobernantes situaron el reino de
Wa en conformidad geomántica con los elementos opuestos del yin y el yang de la
cosmología inspirada por China, que, a medida que aumentó el contacto con el
este de Asia, se coló poco a poco en la mentalidad política de los Wa. Parece
que las mujeres como Himiko desempeñaban tareas consideradas sagradas en el
reino de Wa. No obstante, el incremento de los vínculos con Asia Oriental se
tradujo en una mayor definición masculina de la regencia.
Una convincente
prueba del desplazamiento del reino de Wa hacia el predominio masculino es el
despliegue de Suiko del budismo como herramienta para combatir el patriarcado a
principios del siglo VII. Suiko estudió el budismo, en particular textos como
«El rugido de león de la reina Srimala», que habla de una brillante y piadosa
reina india y explica que un Bodhisattva (ser de supremo conocimiento) habitó
el cuerpo de una mujer. También dirigió la construcción del buda de Hôjôki
(608), una representación de 5 metros de Shakyamuni (el príncipe indio que se
transformó en el Buda). El texto debió resultar atrayente para una mujer cuyo
gobierno confederado –la «sagrada corte» que presidía– cayó bajo el
confucianismo, que restablecía nociones más patriarcales de política y poder
sagrado. Suiko erigió la primera capital del reino de Wa en Oharida (603), con
un sofisticado mercado, caminos hacia el interior e instalaciones portuarias.
23
Al mismo tiempo que Suiko exploraba el concepto budista de reinado
femenino, el príncipe Shôtoku, con el que había compartido el gobierno de Wa,
importaba los conceptos confucianos para fortalecer a los Yamato en el poder.
Fue esta tendencia la que Suiko combatió. El príncipe Shôtoku redactó el
borrador de la «Constitución de los diecisiete artículos» (604), que acentuaba
la burocracia y los principios confucianos. Además, legitimaba la autoridad
Yamato con la autoridad moral inherente en la naturaleza. «El soberano es
comparable al cielo», explicaba el príncipe Shôtoku, «y sus súbditos son comparables
a la tierra». La Constitución también insistía en el «decoro» y el «bien
público» que corresponden a la función burocrática. Este documento, en
combinación con las posteriores reformas Taika (645) y los códigos Taihô-Yôrô
(702 y 718), sentó los cimientos para la formación del sistema ritsuryô en
Japón, que remite a una burocracia legal definida por códigos penales y
administrativos. Esta norma de burocracia administrativa se introdujo en el
reino de Wa durante los siglos VII y VIII.
Tenmu, que gobernó
a mediados del siglo VII, era equiparado con un divinidad o «un verdadero
dios», como lo describe uno de los poemas del Man’yôshu (Colección
de las diez mil hojas, o Miríada de poemas, del siglo VIII). Otro poema dice:
«Gobernó como un dios en el palacio Kiyomihara de Asuka», subrayando poco a
poco la emergente divinidad de los gobernantes Yamato, un legado que
persistiría hasta el siglo XX. Los reyes Yamato pasaron de ser meros
controladores de lo sagrado a sagrados. Tenmu levantó el mayor centro
ceremonial hasta esa fecha en Kiyomihara: contenía un jardín de sacerdotes, un
salón del trono, una sala de recepciones y un pabellón interior. En el año 689,
Tenmu promulgó los códigos Kiyomihara, que perfilaban la supervisión de las
órdenes monásticas, las relaciones judiciales de vasallaje y la promoción de
funcionarios. Jitô, que gobernó a finales del siglo VII, fue el primer rey al
que se menciona como «soberano celestial», o tennô, título del
emperador japonés. Jitô transfirió la sede ceremonial a una nueva capital a
Fujiwara, al oeste de Kiyomihara, una ciudad modelada de acuerdo con las
grandes capitales chinas y que se ajustaba a los principios filosóficos del
clásico Zhouli (Los ritos de Zhou). En el centro de Fujiwara,
cerca del imponente bulevar del Pájaro Rojo, se alzaba el palacio. En la nueva
capital tenían lugar ceremonias con un marcado estilo teatral, como las
celebraciones del Año Nuevo, el Festival de los Primeros Frutos y otros
rituales. En el año 669 el reino de Wa pasó a ser conocido como Nihon, o
Nippon, el actual nombre de Japón.
CONCLUSIÓN
En los albores del
siglo VIII, Japón y sus soberanos celestiales emergieron de tierras sometidas a
la ingeniera agrícola por una sociedad asentada. Aunque evolucionaron a causa
de repentinos cambios en el clima, carestías de alimento, guerras entre jefes,
caos e incluso agitación religiosa. Asimismo, deben mucho al contacto continuo
con el este de Asia y la legitimidad que acumuló el título a partir de la
relación con la corte china. Se engalanaron a sí mismos con mitos, enjoyados
tocados y otros atributos; se rodearon de guardias armados y fortificaciones.
Sus partidarios los enterraron, a ellos y a sus tesoros, en impresionantes
tumbas en forma de ojo de cerradura, una extravagante exhibición de riqueza.
Por último, se designaron a sí mismos con el título de soberanos celestiales y
a su reino con el de Nihon («origen del Sol»). Los primeros códigos mencionados
en este capítulo, como las reformas Taika del «sistema de tenencia de tierras»,
o «igual terreno», establecieron la propiedad estatal de las posesiones y el
control de su transferencia, todo lo cual llevó a la formación de las primeras
burocracias de Estado. En el próximo capítulo volveremos a aludir brevemente a
estos códigos, además de tratar la planificación de las primeras cortes y las
culturas con ellas asociadas, porque fueron cruciales para la fundación de los
regímenes Nara (710-794) y Heian (794-1185).
24
La era de las
Cortes
(710-1185)
Con el surgimiento
del Estado Yamato y la aparición de su linaje imperial, Japón entró en los
periodos Nara (710-794) y Heian (794-1185). La historia del incipiente régimen
imperial guarda muchas similitudes con otras monarquías que nacían en todo el
mundo: guerra de fronteras y conquista, imposición de burocracias judiciales y
administrativas, planificación de la capital, monopolización de excedentes por
parte de las elites y florecimiento de una enrarecida cultura cortesana. En
Japón, esta era de las Cortes fue época del dominio del imaginario príncipe
Genji, una creación literaria de la escritora Murasaki Shikibu (ca. 978-1014).
El príncipe Genji, personaje de ficción de su época artística, escribe
exquisita poesía y fantasea con bellezas tan trágicas como Yûgao («rostro del
amanecer»), ensalza encuentros con currucas e insectos cantores y se mueve a
través de los entresijos sociales de la corte Heian con habilidosa gracia. Su
humor, perennemente delicado y melancólico, siempre está tocado por la tristeza
de este mundo fugaz: una estética budista inspirada por lo efímero de las
cosas. La estética natural del periodo Heian, tal como la preserva la poesía
sobre todo, da forma a perdurables actitudes japonesas hacia el mundo natural.
El desarrollo del
periodo de las Cortes comienza con la conquista por parte de la corte de Nara
de los emishi, una tribu de cazadores-recolectores del nordeste del
archipiélago, largo tiempo alejada de los cambios inspirados por China que
impulsaron a Japón desde el siglo IV. Son descritos como un residuo Jômon:
pueblos que se mantuvieron al margen de los códigos ritsuryô (penal
y administrativo) que definieron gradualmente la vida en las provincias
centrales de Japón en el siglo VII. La corte Nara construyó una elaborada
teocracia budista y una burocracia administrativa de estilo chino, en las que
confiaba para manejar los asuntos de Estado. Los soberanos celestiales,
siguiendo su inicial trayectoria Yamato, se convirtieron en sacerdotes y
«dioses vivientes» imperiales, que compartían, al menos en las páginas
del Kojiki (Crónicas de antiguos hechos, 712) antepasados
divinos con la diosa del Sol. Esta obra, cuyo principal propósito era narrar el
mito de la creación del mundo, menciona de pasada discontinuidades genealógicas
entre emperadores japoneses. Otra fuente del siglo VIII, Nihon shoki (Crónicas
de Japón, 720), esboza un registro de acontecimientos desde la llegada de los
emperadores Yamato en adelante que recuerda a las historias de las dinastías
chinas. Las genealogías dinásticas son importantes porque, junto con los
códigos ritsuryô, sientan las bases del poder político y lo
legitiman. A finales del siglo VIII la cultura Heian se había convertido en una
amalgama de elementos de la teocracia budista y el gobierno ritsuryô.
LOS EMISHI Y SUS
RIVALES YAMATO
La aparición del
Estado Yamato fue cualquier cosa menos uniforme, porque no todos los Jômon
cedieron al impulso gravitacional de las sensibilidades del este de Asia, ni se
sometieron a los mejor alimentados colonos Yayoi que llevaron esas ideas al
archipiélago. En estos años de puesta en marcha de una etapa de conquista, que
tuvo lugar en el siglo VII y configuró la identidad japonesa en modos
llamativos, emergieron dos civilizaciones distintas. Aunque se ha hablado mucho
del mito de la homogeneidad japonesa, el país se forjó, como veremos, en las
hogueras de la diferencia cultural y la conquista imperial.
Historias
enfrentadas complican la aparición del gobierno japonés en el archipiélago,
porque en el norte, al margen de la base imperial Yamato, existía una esfera
cultural que
25
esgrimía la resistencia armada frente a los cambios que barrían la
región de Kinai. La esfera norte no abrazó de inmediato el budismo, el
confucianismo, la historia dinástica, la burocracia ritsuryô y,
en general, el Estado de estilo chino. En el nordeste, en lo que los
arqueólogos llaman epi-Jômon o zoku-Jômon (300-700 E.C.), pueblos hostiles al
tirón centrípeto del gobierno de tipo chino continuaron hasta el siglo XI con
sus estilos de vida, basados en la recolección y la caza. China no influyó en
su ámbito cultural como en el caso de los emigrantes Yayoi y los reyes Yamato.
Sí lo hicieron otros pueblos del norte, como las culturas Satsumon y Okhotsk de
Hokkaido, así como poblaciones más remotas en la isla Sajalín e incluso en el
estuario del río Amur. Estos pueblos, y no la alabada dinastía Tang (618-907) de
China, moldearon los ritmos vitales en el norte.
En los documentos e
historias de la corte, los funcionarios Nara y Heian etiquetaron a estos
epi-Jômon como «emishi» –un término peyorativo que significa algo así como
«sapos bárbaros»–, y se movilizaron para conquistarlos con campañas militares
en el siglo VIII. Es importante señalar que otros clanes se opusieron a la
ascendencia Yamato – Tsuchigumo, Kuzu, Hayato–, pero a ninguno de ellos se les
adjudicó el título despreciativo de «bárbaros». Participaban en el orden del
este de Asia hasta cierto punto, pero rechazaban la supremacía Yamato. Lo suyo
era una cuestión política más que de civilización. Con los emishi pasaba algo
completamente distinto: repudiaban algo más grande y más estructurado. Cuando
en el año 659 la corte Yamato envió mensajeros al emperador Gaozong (628-683),
una pareja de emishi acompañó a la comitiva como curiosidades. El emperador
chino se interesó por ellos y preguntó acerca de sus orígenes. Los enviados
explicaron que procedían de la «tierra de los emishi» en el nordeste, que no tenían
aldeas estables y se dedicaban a la recolección y la caza. En todas partes se
dice que hablaban «una lengua bárbara», sugiriendo que los emishi eran un claro
remanente epi-Jômon que por medio del alejamiento, la esquivez o la fuerza
rechazaron las oleadas de cultura procedentes del este de Asia, empezando por
la agricultura Yayoi, que había abarcado desde el norte de Kyushu a la región
de Kinai.
El precio por
repudiar los códigos ritsuryô fue la conquista. La rotundidad
del sometimiento de los emishi por parte de Nara atestigua que quedaba
descartada la sumisión parcial al orden de Asia Oriental. En el periodo Nara,
el puesto avanzado situado más al norte era Fort Taga (cerca de Sendai),
construido alrededor del 724 y arrasado en el 780 por guerreros emishi. Su
misión era someter a los emishi y luego organizar aldeas de acuerdo con la
nueva lógica ritsuryô. Su jefe era el chinju shôgun, o
«general apaciguador», predecesor de los posteriores shogun samuráis
que gobernaron en tiempos medievales y premodernos. Entre el 701 y el 798,
básicamente la duración total del periodo Nara, 14 generales desempeñaron ese
puesto. Los funcionarios Nara y los primeros Heian levantaron otros fuertes,
como los de Akita y Okachi (ambos en la prefectura de Akita). La resistencia
emishi fue tenaz en esas zonas y las campañas militares a menudo resultaron
cruentas y no concluyentes. Sólo con el ascenso del emperador Kanmu (737-806) a
finales del siglo VIII, y el traslado de la capital de Nara a Kioto, los
líderes de Kinai redoblaron sus esfuerzos contra los emishi en la llamada
«Guerra de los Treinta y Ocho Años» (773-811). En anticipación de la misma, los
generales almacenaron alimentos y armas en Taga. En el 789, sin embargo, los
emishi aplastaron a las fortificadas fuerzas de Kinai al norte del río Koromo.
Esto no les disuadió y en el año 800, tras la transición Heian, la corte envió
a un general recién contratado. Sakanoue no Tamuramaro (758-811), un guerrero
de la corte con lazos con el emperador, obtuvo el triunfo militar: después de
vencer a los guerreros emishi y cortar la cabeza a su general Aterui en el año
802, construyó varias fortificaciones más. Las guerras emishi llegaron a su fin
en el 805.
Aunque esas guerras
terminaron a comienzos del siglo IX, la esfera norte conservó un aire de
frontera mixta: el nordeste de Japón desfilaba al son de una marcha cultural
26
diferente. Incluso en el siglo XI, destacadas familias de la zona, como
los Hiraizumi Fujiwara, conservaban muchos rasgos idiosincráticos emishi, como
la momificación ritual (desconocida entre los japoneses pero practicada en
grupos de la isla Sajalín) en su lujoso pabellón de Konjikidô. En tiempos
medievales, la región se hizo famosa por sus granjas de caballos, otro
indicador de antiguas conexiones con el mundo del norte. Entre los legados
históricos del conflicto emishi están la aparición de la cultura ainu en el
siglo XII y el ascenso de los samuráis. Estos soldados, encargados de mantener
la paz, habían combatido en las guerras emishi y se habían asentado en zonas
del interior. Al final, usurparían el gobierno de la corte Heian y dirigirían
el país durante siglos mediante una serie de bakufu, o
sogunatos.
NARA Y LA CORTE
TEOCRÁTICA
En vez de ver las
guerras emishi como algo nuevo –una enérgica corte Nara que libraba guerras
fronterizas contra un emergente enemigo emishi–, los historiadores deberían
considerarlas como la sangrienta conclusión de la inacabada tarea de formación
del Estado. De hecho, el conflicto que rodeó a la emigración y dispersión
Yayoi, y la documentación china del caos que acompañó al ascenso de los Yamato,
sólo concluyó cuando la corte Heian descabezó a los generales emishi. Hubo que
estrujarse la cabeza durante siglos para poner en marcha en Japón un orden
proveniente de Asia Oriental, porque tales regímenes funcionaban mal con sólo
una sumisión parcial.
En el año 710, en
el acaloramiento de las guerras emishi, la capital Yamato se desplazó a Nata (o
Heijô-kyô), donde se desarrolló una sofisticada corte. Como se ha puesto de
manifiesto, las guerras emishi fueron una extensión del fortalecimiento del
gobierno cortesano en Nara, un efecto dominó de las oleadas de lógica
burocrática que surcaban el archipiélago. Diseñada a imagen y semejanza de
Chang’an, la capital de la China Tang, Nara se convirtió en una escenificación
espacial del orden geomántico ritsuryô, el poder de la corte y
la autoridad teocrática. La proximidad al palacio imperial constituía
un signo de poder, al igual que en la burocracia de la corte la cercanía al
emperador significaba poder político. En el centro del orden teocrático estaba
el Tôdaiji (Gran Templo del Este) construido en las inmediaciones de Nara entre
los años 728 y 752. Del mismo modo que las tumbas en forma de ojo de cerradura
homogeneizaron en cierta medida los rituales de enterramiento de los reyes
Yamato, Tôdaiji era el eje de una red de templos budistas erigidos en las
provincias. La estatua gigante del buda Vairóchana alojada en el templo, que
había agotado las existencias de bronce del reino, llegó a simbolizar la unión
teocrática entre la corte Nara y el budismo. El emperador Shômu (701-756), que
inició la construcción de Tôdaiji, veía en el enorme templo la promesa de que
«todo el territorio se una a nosotros en la fraternidad del budismo y comparta
las ventajas que esta empresa proporciona al conocimiento de Buda».
Volviendo atrás un
momento, el desarrollo de una teocracia budista estaba lejos de ser una
conclusión inevitable. A pesar de que la emperatriz Suiko (554-628) había
apoyado la religión india, el budismo tuvo un lento arranque tras su
importación inicial en el
552. Como
explica el Nihon shoki, cuando los enviados del rey coreano
Paekche ofrecieron una estatua del histórico buda Shakyamuni, sutras y otros
objetos, señalaron:
Esta doctrina es de
todas la más excelente, pero es difícil de explicar y difícil de entender [...]
Esta religión puede generar méritos y retribución sin medida y sin límites, y
lleva a una apreciación total de la más elevada sabiduría. Imaginad a un hombre
poseedor de tesoros que contenten a su corazón, de modo que pueda satisfacer
todos sus deseos en proporción a cómo los use.
Con semejante
programa, no sorprende que el budismo, con su promesa de tesoros, sabiduría y
poder, se integrase en la vida Yamato. Sin embargo, la nueva fe exigió
27
cuidados, porque tras su introducción se declaró la peste. Poco después
de la penetración del budismo, «una pestilencia hizo estragos en el país, a
causa de la cual la gente moría prematuramente. Con el tiempo empeoró más y
más, y no había cura». Aconsejado por las familias Nakatomi y Mononobe, el
emperador ordenó tirar la estatua a las «corrientes del canal de Naniha» y que
el templo fuese arrasado hasta los cimientos.
Los asesores
imperiales pensaban que la estatua había ofendido a la diosa nativa del Sol,
antepasada mítica de los emperadores Yamato. No obstante, una vez eliminada la
estatua del buda, «un repentino incendio consumió el Gran Salón [del palacio]».
La corte se encontró en la desagradable situación de estar atrapada entre dos
divinidades celosas. Las familias Nakatomi y Mononobe continuaron oponiéndose
al culto a Buda, pese a las humeantes cenizas del salón de palacio. Sólo la
familia Soga quiso seguir venerando a Buda, en especial bajo los auspicios de
Soga no Umako (551-626), cuya sobrina fue la tenaz Suiko. A partir de ahí, bajo
el mecenazgo de los Soga, el budismo halló un asidero seguro en la política
cortesana y finalmente en las tradiciones religiosas de Japón. Volveremos sobre
los entresijos del budismo más adelante, ya que las muchas sectas enfrentadas
exigen un tratamiento por separado.
ASUNTOS EXTERIORES
Y EL ORDEN RITSURYÔ
La importación de
los códigos ritsuryô (como la agricultura Yayoi y el budismo)
estuvo relacionada con asuntos continentales. Cuando se declaró la guerra civil
en la península Coreana entre los tres reinos de Silla, Baekje (a través del
cual el budismo se introdujo en Japón) y Goguryeo, Yamato intervino y
estableció una avanzadilla en Mimana, en el extremo más meridional de la
península Coreana. Los japoneses evacuaron Mimana en el año 562, cuando las
fuerzas de Silla derrotaron a los aliados Baekje de Yamato. En el 661, Yamato
envió de nuevo fuerzas en auxilio de Baekje, pero en la batalla del río Baekje
en el 663, las naves de guerra Tang aplastaron a las fuerzas de Yamato. En ese
momento, muchos coreanos de Baekje abandonaron la península con sus aliados
Yamato, lo que supuso una verdadera revolución en la vida japonesa. Muchos de
estos coreanos se convirtieron en la nueva elite de Japón. Las hábiles manos de
los artesanos coreanos fueron las responsables de muchos de los mayores logros
tecnológicos, incluyendo proezas arquitectónicas como la construcción del
templo Tôdaiji. Como ocurrió con la historia de la resistencia epi-Jômon, la
diversidad cultural japonesa, y no su mitificada homogeneidad, fue la impulsora
de este avance histórico.
Inmediatamente
después de la derrota Yamato a manos de los barcos Tang, la dinastía china
despachó varias embajadas para que visitasen la corte japonesa. Guo Wuzong
viajó a Japón en al menos tres ocasiones (664, 665 y 671). Temiendo que esas
visitas oficiales fuesen un anuncio de represalias por su implicación militar
en la península Coreana, la corte Yamato levantó fortificaciones y un sistema
de señales de fuego para vigilar la frontera. El resultado más importante de
las visitas Tang, sin embargo, fue el fortalecimiento del orden ritsuryô: la
corte llegó al convencimiento de que sólo un Estado fuerte y centralizado podía
contrarrestar la amenaza planteada por la sólida dinastía china de los Tang.
Un aspecto crucial
del ritsuryô era la posición del emperador. En el periodo
Nara, el emperador no sólo gobernaba sino que, como hemos visto, él, o ella,
era el sacerdote supremo, un «auténtico dios» a ojos de la corte. La burocracia
Nara delineada en los códigos Taihô-Yôrô revela el empuje del sistema
administrativo ritsuryô: al frente de la estructura burocrática
estaban el Departamento de Religión, que se ocupaba principalmente de los
rituales sintoístas, y el Gran Consejo de Estado. En teoría, la administración
Nara se nos presenta como una serie de anillos concéntricos de mando y
recolección de tributos, con «ciudades» y «distritos» supervisados por «sedes
28
provinciales». Vinculada a estas sedes estaba la autoridad teocrática
que emanaba del templo Tôdaiji, que servía para coordinar la práctica budista y
calibrar los ritos locales con los ritmos de la corte. Sin embargo, el
fortalecimiento del orden ritsuryô no fue la única
consecuencia de la estrecha interacción con el continente.
La viruela ilustra
las consecuencias epidemiológicas de la implicación japonesa en Corea y las
ecologías de la enfermedad de Eurasia. Poco después de esas embajadas, se
desató la primera epidemia de viruela en Japón. Dazaifu, una localidad
portuaria situada en el oeste de Kyushu, fue la primera en sufrir el virus, que
nos cuentan que fue importado por pescadores coreanos. En el 737, una fuente
dinástica explicaba: «En la primavera de este año, una enfermedad epidémica
caracterizada por hinchazones se propagó con furia. Llegó primero de Kyushu».
La viruela causó estragos incluso entre los cortesanos de Kioto. Más tarde,
durante el periodo Heian (794-1185), una mujer a la que los historiadores
conocen sólo por el nombre de «madre de Michitsuna» (ca. 935-995)
escribió en la última entrada de Kagerô nikki (Los años de la
telaraña, ca. 974): «En el octavo mes hubo una epidemia de
viruela. Se extendió por este sector de la ciudad a finales de mes y mi hijo
fue víctima de un caso grave [...] La epidemia continuó cada vez peor [...] Me
sentía triste y al mismo tiempo agradecida de que mi hijo se hubiera
recuperado». Que Michitsuna sobreviviese a la viruela significa que había
desarrollado inmunidad y, muy probablemente, sobreviviría también a los brotes
periódicos de la enfermedad. Se cree que su madre murió durante la epidemia, ya
que su melancólico diario termina con esta entrada.
La integración del
archipiélago japonés, con excepción de la isla septentrional de Hokkaido, en el
grupo de afectados por enfermedades de Eurasia pone de manifiesto una
consecuencia crítica de la vinculación de Japón con la corte Tang. Es
especialmente significativo, porque cuando llegaron por primera vez a Japón
misioneros de la península Ibérica en el siglo XVI, enfermedades que llevaban
consigo esos europeos, como la viruela, eran ya endémicas allí, por lo que
estas no consiguieron diezmar a los japoneses como hicieron con los americanos.
Esto permitió a los japoneses resistir las oleadas iniciales de imperialismo
europeo y entrar en un periodo de relativo aislamiento entre el siglo XVII y
mediados del siglo XIX.
LA CORTE HEIAN
El emperador Kanmu,
que puso fin a las guerras emishi, ordenó en el año 784 que la corte se
instalase en Kioto (entonces Heian-kyô). La decisión del traslado estaba
relacionada con los rituales de purificación y muerte sintoístas, el
agotamiento de casi todas las existencias de madera (las capitales, con sus
sofisticados palacios, necesitaban enormes cantidades de ella) y el Incidente
de Dôkyô (década de 760). En la capital Nara las instituciones budistas se
habían vuelto demasiado poderosas. Cuando el monje Dôkyô (700-772) quiso
expandir su influencia en la corte por medio de su relación con una emperatriz
–ella le otorgó el título de «rey de la ley budista», que estaba reservado a
emperadores que abdicaban–, los funcionarios le expulsaron en el 770. Evidentemente,
la corte aprendió la lección y en la nueva capital de Kioto se relegó a la
mayoría de los templos budistas a los alrededores de la ciudad, impidiendo su
fácil acceso a los salones del poder.
La construcción de
la capital se entrelazó durante largo tiempo con la formación del Estado. El
emperador Tenmu, al objeto de añadir grandeza a su reino, empezó a erigir el
palacio de Kiyomihara en Asuka, pero su muerte aplazó su terminación. Más
tarde, la emperatriz Jitô revivió el proyecto de Asuka, supervisando la
construcción de la capital de Fujiwara. Poseía muchas de las características
espaciales de posteriores capitales en Nara y Kioto: un importante bulevar que
discurría hacia el norte a través de grandes puertas, flanqueado por palacios y
edificios oficiales, que acababa en el palacio del
29
emperador. Para el complejo de Fujiwara hizo falta madera de la distante
provincia de Ômi, lo que sugiere que leñadores y carpinteros la habían agotado
prácticamente en anteriores proyectos de construcción de palacios. Con la
sucesión de la emperatriz Genmei (661-721), los funcionaros trasladaron la
capital de nuevo, siguiendo el ejemplo, como pensaba Genmei, de los reyes
chinos de Zhou. En el año 710, Genmei se había mudado a la nueva capital,
llamada Heijô-kyô, introduciendo así el periodo Nara. Con la muerte del
emperador Shômu en el 756, la política en la corte Nata se erosionó lentamente.
Tras el ascenso del emperador Kanmu, el deseo de trasladar una vez más la
capital se volvió irresistible. Tras un comienzo en falso en Nagaoka, Kanmu se
instaló en Kioto en el 794. Aunque más dispersa que anteriores capitales, la
configuración espacial de Kioto reproducía el orden geomántico de la cosmología
china. Su gran avenida principal, Suzaku Ôji, corría en dirección norte desde
la puerta Rajô hasta los palacios en el extremo norte de la capital. El palacio
principal, el Daidairi, contenía los edificios administrativos para los asuntos
del ampliado gobierno imperial.
VIDA CORTESANA
Kioto se convirtió
en el hogar de una rica cultura cortesana. Florecieron sectas budistas como la
Tendai (805), la Shingon (806) y el amidismo. Los cortesanos, perennemente
agraviados por la transitoriedad de la vida, escribían poemas sobre la
fragilidad de la misma.
Los cortesanos se
divertían mientras intercambiaban poemas, escribían cartas, valoraban perfumes,
escuchaban música y vestían de acuerdo con las estaciones y sus sensibilidades
emocionales cuidadosamente entrenadas. Fujiwara no Michinaga (966-1028), cuya
familia ostentó la poderosa posición de consejeros del «regente» (kanpaku) en
los años culminantes del periodo Heian, personificaba la cultura de la época
con su delicado movimiento en los círculos de elite. Ayudaba considerablemente
que fuese un maestro en la política matrimonial y hubiese engendrado tres
emperatrices. Además, era tío de dos emperadores y abuelo de tres más. Los
hombres que maniobraban en la política Heian, como el talentoso Sugawara no
Michizane (845-903) se vieron exiliados a destacamentos como el de Dazaifu,
capital de las provincias occidentales. En ese tiempo, el emperador irradiaba
energía divina, que los cortesanos disfrutaban con avidez. Durante un desfile
imperial, Sei Shônagon (966-1017), una penetrante observadora de su época, escribió
lo siguiente: «Cuando pasa el emperador en su palanquín, resulta tan
impresionante como un dios y olvido que mi trabajo en palacio me atrae de
continuo a su presencia». Vivir en la capital de Kioto era como hacerlo entre
dioses y resplandecientes príncipes.
La corte Heian
estaba increíblemente desligada del resto del país, muchos de cuyos habitantes
labraban la tierra. Cuando Sei Shônagon visitó el templo de Hase cerca de
Kioto, quedó sobrecogida por una «hueste de gente vulgar», cuyas ropas no
estaban a la altura de la ocasión. Una vez, cuando estaba de peregrinaje, una
«horda» de plebeyos arruinó también su experiencia. Escribió: «Parecían un
montón de polillas mientras se apiñaban con sus horribles vestimentas, dejando
apenas una pulgada de espacio entre ellos y yo. Sentí verdaderos deseos de
echarlos a un lado». No sólo en el campo, también en los ambientes urbanos de
Kioto los pobres caminaban al lado de los cortesanos y a menudo pedían en los
templos. En Kagerô nikki, la madre de Michitsuna recuerda:
«Los pedigüeños en el templo, todos con un cuenco de barro, eran lo más
angustioso. Retrocedí involuntariamente al verme empujada tan cerca de las
profanadoras masas». Kioto era una ciudad muy poblada repleta de cortesanos,
mendigos, comerciantes de madera y manadas de perros salvajes hambrientos que
se alimentaban de los cadáveres que se pudrían a lo largo del río Kamo.
30
Cortesanas como Sei Shônagon vivían y morían de acuerdo con los ritmos
de una cosmología importada de China siglos atrás. Los japoneses medían el
tiempo por el zodiaco chino, que trazaba las direcciones fundamentales de la
brújula, las horas del día y la noche y reflejaba las «12 ramas» terrenales.
Estas 12 ramas daban la hora: la hora del jabalí, por ejemplo, correspondía a
algún momento entre las 10 de la mañana y el mediodía. La dirección
jabalí-oveja representaba el nordeste. Según la cosmología china, la sustancia
del universo, basada como estaba en el equilibrio entre los elementos yin y
yang, comprendía madera, fuego, tierra, metal y agua. Surgió una nueva ciencia
basada en estos elementos de la materia. Los meses japoneses se relacionaban
con ocasiones sociales en vez de con ciclos solares: el quinto mes del
calendario lunar, por ejemplo, era «el mes en que germinaba el arroz», y el
sexto, el «mes del agua», aludía, por supuesto, a la estación lluviosa del
monzón en Japón. Innumerables festivales ordenaban también el tiempo de los
cortesanos, que los vivían con mucha anticipación porque normalmente
involucraban al emperador.
Otros elementos de
la ciencia china impregnaban las vidas personales de la gente. El zodiaco chino
indicaba cuáles eran los momentos más propicios para tener un hijo y explicaba
cómo el año en que nacía (digamos, el del Dragón) influían en el carácter de la
criatura. Al parto seguía un periodo impuro por la sangre y la placenta que
implicaba. En Kagerô nikki, cuando la madre de Michitsuna da a
luz, el padre aclara: «Sé que no querrás verme hasta que el periodo
impuro haya pasado». Ciertamente estas nociones de pureza e impureza sintoístas
pueden ser rastreadas hasta el «baño de purificación» después de los rituales
del duelo Yayoi documentados por la misión china en el capítulo 1. Por regla
general, las nodrizas criaban a la mayoría de los niños de la corte Heian. En
la sociedad japonesa, cada día más patriarcal, los niños varones se volvieron
muy preciados: la incapacidad de una mujer para tener un hijo varón, al menos
según los códigos Taihô-Uôrô del siglo XVIII, era motivo de divorcio. Las
familias poderosas solían concertar bodas al objeto de construir alianzas. Como
hemos visto, Fujiwara no Michinaga alcanzó la cúspide de la influencia en la
corte Heian cultivando el arte de los matrimonios políticos.
Sin embargo, la
cosmología china fijaba tanto los ritmos de vida como los de enfermedad y
muerte. Con frecuencia los cortesanos Heian interpretaban la enfermedad como
una posesión espiritual. La madre de Michitsuna explica: «Durante algún tiempo
padecí una tos dolorosa, al parecer algún tipo de posesión contra la cual
fueron eficaces los conjuros». Probablemente era un virus, no un fantasma, lo
que la poseía. Los cortesanos recurrían a sofisticadas medicinas, desde
productos farmacéuticos a la moxibustión (la quema de moxa, o artemisa seca,
sobre el paciente). La teoría de las Cinco Fases Evolutivas (o de los cinco
movimientos), que tenía su origen en la ciencia china, determinaba el tipo de
medicina a emplear por un médico. La medicina podía curar mediante un elemento
contrario, por ejemplo el agua, las dolencias asociadas con un órgano interno
relacionado con el fuego. De lo que se trataba, fundamentalmente, era de
restaurar el equilibrio en el cuerpo. La muerte era considerada por los
cortesanos un periodo impuro y se tomaban las medidas pertinentes durante el
duelo.
LA ESTÉTICA HEIAN
Pese a la ciencia
china, los cortesanos japoneses del periodo Heian observaban el mundo natural
que les rodeaba a través de una lente estética minuciosamente apegada a la
tierra. Se regodeaban en poemas sobre cantos de insectos, berrea de ciervos y
caída de las hojas porque sincronizaban insectos y llamadas de ciervos, al
igual que la decadencia otoñal y el rejuvenecimiento primaveral, con sus
propias emociones melancólicas y volubles. Descubrieron en la naturaleza un
cambio inquietante: se creaban y rompían relaciones del mismo modo que nacían y
acababan las vidas. Cuando Murasaki
31
Shikibu escribía: «¿Puedo permanecer indiferente a esas aves en el agua?
También yo floto en un triste mundo incierto», vinculaba sus emociones, su
perturbadora transitoriedad existencial, con el innegable carácter efímero del
mundo cambiante que la rodeaba (figura 3).
Figura 3.
Representación de Murasaki Shikibu, era Edo (1600-1868).
Es curioso que el
silabario kana, un lenguaje escrito basado en ideogramas kanji importados
de China, surgiera entre finales del siglo IX y el siglo X. La mayoría de los
hombres transcribían por completo en escritura china la poesía, prosa y ensayos
políticos, mientras que las mujeres, en especial, comenzaron a forjar tradiciones
literarias y poéticas más vernaculares redactadas en kana. En buena
medida, el silabario kana se popularizó con los poemas waka de
31 sílabas, que se transformaron en el principal medio de diálogo entre ambos
sexos en la sociedad Heian. El género waka llegó a ser un
elemento fundamental en los grandes eventos sociales, que demandaban destreza
poética. Durante el periodo Heian se recopiló este tipo de poesía en antologías
imperiales, la primera de las cuales fue Kokinshû (Colección
de poemas japoneses antiguos y modernos, ca. 905). Este estilo
se hizo popular como recurso para que los relatos autobiográficos, narraciones
de viajes y otras formas de escritura se entremezclasen profundamente con
poemas waka (figura 4).
32
Figura 4. Selección
del Wakashû, periodo Heian (794-1185), Tesoro Nacional.
La emergencia del
Japón vernacular llevó, además, al ascenso de mujeres poetas y escritoras. Como
hemos visto, mujeres como Murasaki Shikibu, Sei Shônagon, la madre de
Michitsuna e Izumi Shikibu (n. 976) llegaron a ser estrellas literarias con los
siglos. Para la mayoría de los autores masculinos escribir en chino seguía
generando prestigio, pero la aparición de la escritura kana abrió
un nuevo espacio literario para las mujeres que se convirtió en símbolo de la
cultura cortesana Heian. Ya fuese obra de hombres o mujeres, los temas dominantes
de la poesía Heian eran el amor, la separación, la añoranza y la imaginería
natural, con frecuencia cuidadosamente entretejidas para evocar sensibilidades
melancólicas. La dotada poeta waka, Ono no Komachi (ca. 825-900),
escribe en Kokinshû: «El color de las flores / se desvanece – En
vano / envejezco en este mundo / perdida en mis pensamientos / mientras cae la
persistente lluvia». Estos poetas evocan imágenes de la naturaleza para
transmitir sus sentimientos. Idéntica sensación suscita este fragmento de Tosa
nikki (Diario de Tosa, ca. 935): «Más alto que el
rugido de las / olas de blancas crestas / que se alzan en tu camino / resonarán
mis lamentos / cuando partas».
La floración de los
cerezos era un tema popular entre los poetas del periodo, porque el ciclo vital
de las flores encerraba la radiante transitoriedad de la estética Heian. Un
poema anónimo del Kokinshû dice: «¿No son acaso / como este
mundo fugaz? / Flores de cerezo: / apenas abiertas / ya caen». La corta y
hermosa vida de la flor del cerezo está estrechamente relacionada con el mundo
pasajero. Un poema del Ise monogatari (Cuentos de Ise, ca. 947)
ilustra el poder de su imagen: «Es porque caen pronto / que las flores de
cerezo / son tan admiradas. / ¿Qué permanece / en este breve mundo?». Para
Kamutsuke no Mineo las flores del cerezo estaban obligadas a reflejar tristes
emociones tras la muerte de un consejero Heian, cuyas cenizas fueron enterradas
en el monte Fukakusa: «Si los cerezos / tienen sentimientos, este año / los
campos de Fukakusa / deberían cubrirse de flores negras». Dada la pasajera
hermosura de la floración y su influjo en la poesía japonesa, no es raro que un
piloto kamikaze de veintidós años, antes de su misión suicida en 1945, evocara
las flores de cerezo en su haiku final: «¡Si pudiéramos caer
–tan radiantes y puros– como flores de cerezo en primavera!». A lo largo de los
siglos, esta menuda, brillante y efímera flor reaparece en el a menudo
melancólico mundo de la estética japonesa.
Además de la
floración de los cerezos, también los cantos y sonidos de los animales en cada
estación captan la cualidad siempre cambiante de la naturaleza y, en
consecuencia, de la vida humana. Por ejemplo, el ruiseñor sigue siendo un
popular tema en la poesía waka del periodo Heian. Un poema
anónimo del Kokinshu dice: «Voy a los
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campos / donde el ruiseñor canta / y veo flores que se desvanecen /
arrastradas por el viento». Todo es fugaz en el mundo Heian, una visión
influida por el concepto budista de impermanencia y las «cuatro nobles
verdades» del sufrimiento. De hecho, otro poema del Kokinshû capta
con elegancia la impermanencia material de la vida: «Si quisiera arrancar las
gotas de rocío / para montarlas en joyas / desaparecerían: / mejor
contemplarlas como están, / engarzadas en lazos de trébol». Como ilustra una
selección del maestro Ki no Tsurayuki (872-945), las hojas otoñales capturan
también el tema de la transformación natural: «Han de caer / sin nadie que las
vea: / hojas rojas del otoño / montaña adentro / como brocado desgastado por la
noche».
Aunque el
resplandeciente mundo de Genji pueda inducirnos a pensar otra cosa, los
cortesanos no eran las únicas personas que observaban el entorno natural en
busca de significado. Los primeros granjeros también habían reparado en él,
aunque lo consideraban a través del prisma del trabajo: ciclos de crecimiento,
el rico suelo en sus manos, los canales de riego que cavaban, insectos y
plagas, el tiempo al que se enfrentaban y las cosechas que recogían y
trillaban. En el descubrimiento de la naturaleza, la brecha entre los
cortesanos Heian y los cercanos granjeros resultaba enorme. En una ocasión,
cuando Sei Shônagon y otros cortesanos se aventuraron fuera de Kioto para
escribir poesía acerca del cuco, un pasatiempo primaveral que les encantaba, se
encontraron a una campesina que cantaba y aventaba arroz con «una máquina de un
tipo que nunca había visto». La mujer interactuaba con su entorno como lo hacen
los campesinos. Sin embargo, como menciona Sei Shônagon, su canción resultaba
tan extraña para los cortesanos que «rompieron a reír» y «olvidamos por
completo escribir nuestros poemas hototogisu». Es un encuentro
revelador: las mujeres Heian aspiraban a celebrar la naturaleza a través de la
poesía waka y las narraciones de viajes, mientras que las
campesinas lo hacían a través de la trilla y el canto. Sin embargo, ninguna
comprendía a la otra, lo que hace difícil para el historiador aislar una
actitud «japonesa» concreta hacia el mundo natural en ese encuentro.
Una selección de
una antología ligeramente posterior evidencia el abismo que separaba las
actitudes hacia la naturaleza entre granjeros y cortesanos. Un sacerdote se
encuentra con un melancólico muchacho y le pregunta si es el poder simbólico de
la caída de las flores de cerezo lo que le apena. El joven responde: «No es eso
lo que me entristece». Y continúa: «La razón de que esté triste es que estoy
pensando que la cebada de mi padre no acabará de florecer y el grano no
cuajará». Las flores de la cebada, o los pequeños receptores de polen que
conducen al ovario de la planta, son invisibles a simple vista, pero el
muchacho poseía el conocimiento profundo de la naturaleza que sólo se adquiere
mediante el trabajo agrícola. No estaba afligido por el valor simbólico de la
caída de las flores del cerezo, como lo estaban los poetas Kokinshû, sino
por el daño que el clima suponía para los cultivos de cebada de su padre.
Durante el pasado
milenio, la estética de la naturaleza Heian, en gran medida surgida de la
poesía waka, ha conformado la percepción popular de la visión
en Japón de la naturaleza. En realidad, los japoneses se han interesado por una
variedad de potencialidades de la naturaleza, pero la menos cruda, la más
alejada del entorno físico, la más estilizada, la más etnocéntrica y menos
extendida, la de los cortesanos Heian y su poesía waka, resulta ser
la que más claramente se asocia con los japoneses de hoy. En fecha tan reciente
como 2011, el internacionalmente aclamado escritor Haruki Murakami (n. 1949)
reflexionaba en su discurso de aceptación del Premi Catalunya tras el «triple
desastre» del 11 de marzo, sobre la relación entre la impermanencia, la
floración del cerezo, las hojas en otoño y la «conciencia étnica» de los
japoneses:
La belleza de los
cerezos en flor, de las luciérnagas y de las hojas otoñales desaparece en poco
tiempo. [Los japoneses] recorremos muchos kilómetros para poder contemplar el
esplendor efímero de estas cosas. Pero no nos limitamos a admirar su belleza, sino
que también nos alivia
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ver [...] cómo se desvanece la luz pálida de las luciérnagas y cómo se
apagan los vivos colores de los árboles. De hecho, más bien encontramos la paz
cuando la belleza ha superado su punto álgido y comienza a desvanecerse.
Para Murakami, las
asociaciones japonesas con una naturaleza que vive y muere están preservadas en
los escritos de los poetas Heian, cuyo corpus literario y otras formas
artísticas han sido resucitados incontables veces al servicio de la actual
sincronicidad de Japón con la naturaleza, incluso después de que el país,
sísmicamente vulnerable, haya sufrido el desastre nuclear.
La estética natural
Heian no permanece estática en la historia japonesa: no estaba preservada en
ámbar, como el ADN de algunos mosquitos. Escritores, intelectuales y políticos
continúan invocándola a lo largo de los siglos, resucitándola para llevar a
cabo la tarea cultural y política de articular la relación de Japón con el
mundo natural que lo rodea.
CONCLUSIÓN
Los periodos Nara y
Heian fueron etapas formativas en la historia japonesa. A finales del siglo
XII, Japón había conquistado, y controlaba administrativamente aunque de manera
sutil, buena parte de las islas del sur. Los emishi, todavía conectados con el
nordeste asiático, rendían tributo a la corte de Japón, proceso que poco a poco
los integró en los ritmos de la vida japonesa, más propios de Asia Oriental. La
corte impuso su lógica ritsuryô en todo el reino, atrapando al
país en los círculos concéntricos de burocracias territoriales y
administrativas. No obstante, la forma superó con mucho la importancia de la
función durante el periodo Heian. Los cortesanos se preocupaban más por la
poesía waka y la elección de vestimenta que por los asuntos de
Estado. Las formas estéticas de esta elegante fase resultaron ser un legado más
imperecedero que sus logros administrativos. A finales del siglo XII, la
centralización imperial sucumbió ante las fuerzas centrífugas del feudalismo y
Japón entró en una era de gobierno local.
La noción de
estética Heian de una sincronicidad japonesa con el mundo natural, expresada en
versos de poesía waka, ganó enorme impulso a la hora de
explicar las conexiones japonesas con la tierra y las sensibilidades
culturales. Más que cualquier otra cosa, evocaron la sensibilidad Heian en un
momento en que el ultranacionalismo aspiraba a articular la «esencia nacional»
de Japón en las páginas del Kokutai no hongi (Principios de la
esencia nacional, 1937). El documento ofrece poemas sobre la floración del
cerezo como prueba de la especial relación de Japón con la naturaleza,
insistiendo en el «amor por la naturaleza» de los japoneses y en cómo han
demostrado su «exquisita armonía con la naturaleza desde tiempos antiguos» a
través de la poesía, los usos cotidianos y las ceremonias. De hecho, como dice
el Kokutai no hongi: «Hay muchos poemas que celebran esa
armoniosa mentalidad hacia la naturaleza y el profundo amor por ella es el tema
principal de nuestra poesía». En resumen, cuando los nacionalistas japoneses
quisieron definir la «esencia nacional» del país, miraron hacia la estética
Heian de la naturaleza.
35
Ascenso del
gobierno samurái
(1185-1336)
La transición del
gobierno cortesano al samurái reconfiguró de manera permanente el paisaje
político y cultural de Japón. El concepto del honor samurái dio paso a una
sociedad que equilibraba las nociones de competición y colaboración, con
resonancias sociológicas que llegan hasta hoy. Los primeros samuráis, como los
que lucharon contra la invasión de los mongoles en el siglo XIII, aspiraban al
honor y la recompensa a través de actos de heroísmo, mientras que los últimos
samuráis, domesticados a lo largo de años de vasallaje, tuvieron que adaptar su
búsqueda del honor a necesidades públicas concretas. Al igual que ocurrió
durante las invasiones mongolas, el samurái peleaba con valentía para mejorar
su reputación personal y eso estableció una cultura de emprendedores.
Contrarrestando esta tendencia, el vasallaje animaba a la conformidad
organizativa, que derivó hacia la famosa tendencia japonesa al corporativismo.
A lo largo de siglos de gobierno, los samuráis equilibraron la búsqueda del
honor con las obligaciones colectivas y se convirtieron en figuras heroicas
para muchos en todo el mundo.
Los samuráis
esperaban documentar sus éxitos en batalla por medio de informes de testigos,
del mismo modo que los emprendedores Meiji buscaban éxitos financieros
visibles. Se cuenta que el samurái Takezaki Suenaga, antes de sumarse a los
«piratas» mongoles, dijo: «El camino del arco y la flecha consiste en hacer
aquello que es digno de recompensa». Los samuráis encontraron medios de
construir reputaciones individuales dentro de un restrictivo sistema de
vasallaje, al igual que los japoneses contemporáneos han hallado modos de
expresión creativa individual en la agobiante cultura empresarial de Japón. En
algunos aspectos, es uno de los legados más perdurables del gobierno samurái en
la sociedad japonesa.
TERRITORIO, MEDIO
AMBIENTE Y GUERRA
Resulta útil ver el
desarrollo del gobierno de los samuráis en tres etapas. Durante el primer
periodo Heian, aproximadamente entre los años 750 y 850, la corte constituía el
centro del reino y dominaba la burocracia del Estado ritsuryô y
sus territorios. En ese tiempo, se desarrolló el ejército, bajo control del
emperador, junto a otras instituciones burocráticas imperiales. Desde el 850 a
1050, la familia Fujiwara, y más tarde una sucesión de emperadores retirados,
dominaron los asuntos en la capital. Aunque los militares ya no estaban
sometidos al reclutamiento forzoso y estaban cada vez más representados por
familias samuráis de las provincias, siguieron operando más o menos dentro de
la estructura imperial. Sin embargo, a partir de 1050 los samuráis de las
provincias ganaron cada vez más poder y finalmente se liberaron del poder
administrativo y fiscal de la corte. Pero la corte y sus emperadores nunca
desaparecieron por completo y llegaron a desempeñar un papel importante en la
legitimación de los gobernantes samuráis al garantizar la autoridad titular.
Los samuráis, no obstante, controlarían la mayor parte del territorio y sus
ingresos durante el «periodo de homogeneización de territorios dispersos». La
transferencia del gobierno a los samuráis se produjo en paralelo a una
privatización del control sobre la tierra, los productores y la recaudación de
impuestos. La tierra pasó de manos cortesanas a las de templos y santuarios,
aristócratas y, por último, señores de la guerra provinciales. En esencia, los
terrenos públicos controlados por la corte se transformaron en señoríos
feudales. Esto representó un deterioro de las primeras
36
reformas Taika (645), que declararon públicas la mayoría de las tierras
mediante el sistema de tenencia de «igual terreno».
Los «Estados»,
llamados «shôen», sirvieron como llaves para la transferencia de las
tierras Taika a manos privadas. Durante el siglo VIII, el shôen hacía
referencia fundamentalmente a los campos sin cultivar y tierras boscosas, cuya
explotación por aristócratas o templos budistas autorizó la corte. Dado que, en
principio, lo constituían terrenos públicos, la corte reclamó su derecho a
controlar el shôen y limitar los ingresos que generaban. Sin
embargo, en el siglo X, esos terrenos incultos se habían vuelto menos comunes,
y aristócratas y templos expandieron su alcance también a las tierras
cultivadas. Al hacerlo a través de los cada vez más elaborados shiki –documentos
que describían los límites y cultivos del shôen, al igual que
los derechos de la gente implicada en su explotación–, aristócratas y templos
adquirieron inmunidad fiscal y quedaron libres de la supervisión pública de la
corte. Con el tiempo, el control de la corte sobre el shôen se
volvió tan insignificante, quedó tan enmarañado en rebuscados shiki, en
el fondo tan poco convincentes, que esas tierras en otro tiempo públicas se
transformaron en propiedades privadas a todos los efectos. Cuando las maniobras
de los aristócratas denegaron el acceso a los granjeros autorizados por la
corte a más y más tierras, las arcas del gobierno perdieron valiosos ingresos.
En el siglo XII alrededor de la mitad del suelo arable de Japón estaba
englobado en dichos shôen.
Simultáneamente a
esta propiedad de la tierra y las pautas de usufructo se produjeron importantes
giros demográficos. Más en concreto, entre los siglos VIII y XII la población
de Japón permaneció estable, en torno a 6 millones de almas, como resultado de
la baja expectativa de vida y la alta mortalidad infantil, que rondaba el 50
por 100. Los historiadores apuntan que la pequeña expansión de la población
experimentada en Japón tuvo lugar en el este de Honshu, hogar de los emergentes
clanes samuráis, en contraste con el oeste de Japón, sede de los cortesanos y
del clero budista. Dado que durante esos siglos se asiste al nacimiento del
gobierno samurái, esas tendencias poblacionales sin duda presagiaban la
cambiante dinámica del poder por venir.
El control
del shôen arrebatado a la corte y los impuestos a la
producción de arroz no fueron los únicos medios por los cuales los samuráis
generaron ingresos para alimentar su crecimiento político. La minería del
hierro llevó a la rebelión de Masakado (939-940) a mediados del siglo X, lo que
ilustra la diversificación de la economía provincial. Las aspiraciones de Taira
no Masakado (m. 940) representaban una advertencia para el poder japonés, una
indicación temprana de que algunos samuráis no estaban satisfechos con su papel
de meros hombres fuertes de provincias. En el siglo IX la mayoría de las minas
de hierro estaban en el oeste de Japón, pero en el siglo X, gracias a la
aparición de nuevas tecnologías que producían hierro a partir de arena con
óxido de hierro, surgieron más explotaciones mineras en el este. Por ejemplo,
los arqueólogos han descubierto un sofisticado enclave minero cerca de
Masakado, con múltiples fundiciones e importantes trazas residuales de hierro.
Las nuevas tecnologías permitieron la explotación minera en lugares previamente
improductivos y suministraron una base financiera al incansable Masakado. De
hecho, la minería y la cría de caballos fueron tan importantes como el cultivo
del arroz para sus capacidades bélicas.
Las epidemias
también provocaron inquietud en el campo. Hay una fuerte correlación entre las
rebeliones samuráis, que se intensificaron en los siglos X y XI, y el
levantamiento social causado por enfermedades infecciosas y hambrunas. En
ciertos aspectos, la enfermedad debilitó la autoridad de la corte y pavimentó
el camino para el ascenso de los samuráis. La rebelión (1028-1031) de Taira no
Tadatsune (975-1031) nos ofrece una muestra. Tadatsune, un avezado evasor de
impuestos, «traidor ingobernable» y pendenciero, organizó una rebelión en 1028
en sus bases de Kazusa y Shimôsa. No fue casual que una serie de epidemias y
hambrunas se desatara aproximadamente al mismo
37
tiempo que la revuelta de Tadatsune. En los años 993-995, 1020 y 1036 se
produjeron virulentos brotes de viruela. El sarampión golpeó Japón en el 998 y
nuevamente en 1025. Enfermedades intestinales provocadas por diversos
microbios, que pueden vivir en simbiosis con los humanos y también causar
enfermedades, causaron importantes bajas en 1016, 1025 y 1027. Otras
enfermedades desconocidas surgieron en 1030 y 1044. Junto con las sequías,
estas epidemias asestaron un doble golpe en 1030 y 1043-1047.
En el periodo entre
1025 y 1030, durante la violenta rebelión de Tadatsune, resultaron
especialmente preocupantes los brotes de sarampión y disentería. El sarampión
es una infección respiratoria provocada por el morbillivirus, mientras que la
disentería la causan infecciones bacterianas o protozoarias o gusanos
parásitos. En 1025, murieron seis magistrados de distrito por enfermedad en el
este de Japón y los caminos a Kioto estaban, según algunos relatos, sembrados
de enfermos y moribundos. El sarampión atacó en 1026 y las enfermedades
intestinales se cobraron su macabra cuota en 1027. En 1030, mientras arreciaba
la revuelta de Tadatsune, una enfermedad desconocida afectó a todo Japón. Los
efectos combinados de estos micro y macroasesinos, microbios por un lado y
samuráis por el otro, fueron desastrosos para la producción agrícola y la
confianza en la corte. Existían múltiples motivos para los bruscos cambios en
la climatología que generaron las sequías: uno de ellos fue la actividad
volcánica en las islas japonesas. Después de la rebelión de Tadatsune, entre
1108 y 1110, hubo varias erupciones en el monte Asama (2.568 m) y el monte Fuji
(3.776 m), que lanzaron gran cantidad de cenizas y residuos a la atmósfera.
Esto, a su vez, tuvo como consecuencia años de enfriamiento de la superficie
terrestre. El virus de la gripe prospera en climas fríos y húmedos y la
actividad volcánica contribuyó a los brotes de esta enfermedad en 1134-1135.
Era poco lo que la
corte imperial podía hacer respecto al vulcanismo y las enfermedades
infecciosas. Una respuesta fue encargar el Yamai no sôshi (Libro
de enfermedades y deformidades, periodo Heian Tardío), reunido a partir de un
índice de 404 dolencias de la dinastía Tang china (618-907). El texto
representa una importante tecnología médica, una especie de antiguo Manual
Merck de diagnóstico y terapia, y un esfuerzo por comprender y tratar estos
males (figura 5). Ofrece una visión del panorama médico y epidemiológico de
Japón a finales del periodo Heian. No se sabe cuántas descripciones contenía el
original, pero en el siglo XVIII existían ya 17 rollos con problemas que iban
de la piorrea (enfermedad de las encías) a circunstancias como el
hermafroditismo. Incluye desde precisas descripciones de enfermedades y su
sintomatología a elaborados historiales de pacientes. Como una ventana al
pasado, el Yamai no sôshi ofrece un índice de algunas de las
enfermedades que azotaban Japón al inicio de la Edad Media. También
arroja alguna luz sobre las vidas sociales de la gente y sus medicamentos.
Entre las enfermedades listadas está la halitosis, provocada por la
fermentación bacteriana de partículas de comida alojadas en las encías y
dientes y que produce un olor desagradable. La inflamación de la campanilla y
los enfriamientos, otras dos dolencias listadas, sugieren que un vector de
virus como la gripe afligía a los japoneses en esa época. El hermafroditismo es
extremadamente raro, pero obviamente existía en el Japón medieval. Algunos de
los tratamientos mencionados parecen razonables médicamente, al menos para los
estándares medievales, aunque la historia de un hombre de la provincia de
Yamato con una dolencia ocular concluye con una visita del curandero a su casa,
que ciega dolorosamente al pobre hombre con innecesarias lancetas y agujas de
acupuntura.
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Figura 5.
Representación de un hombre con dolor de encías y pérdida de piezas dentales en
el Yamai no sôshi (Sobre enfermedades y deformidades, final
del periodo Heian).
MANDO IMPERIAL Y
MALESTAR EN LAS PROVINCIAS
Las epidemias, los
patrones y prácticas de uso de la tierra, los vaivenes demográficos y la
rebelión estuvieron acompañados por importantes cambios burocráticos que
reconfiguraron el ejército de la corte y, con el tiempo, reforzaron aún más el
control samurái en las provincias. Inicialmente, la burocracia imperial incluía
el reclutamiento militar al estilo Tang. De hecho, en conjunción con el
establecimiento de terrenos públicos, entre los años 672 y 697 el emperador
Tenmu y su esposa y sucesora, Jitô, habían dado pasos hacia la creación de un
ejército imperial. Tenmu, en particular, demostró interés en un reclutamiento
militar porque se correspondía con otros aspectos del sistema burocrático ritsuryô, pero
también porque había tomado el poder por la fuerza durante la Guerra Civil Jinshin
del 672. Aspiraba a garantizar el mando del ejército del país. Como explicaba
en el año 684: «En un gobierno lo esencial son los asuntos militares». Privó a
los hombres fuertes regionales de cuernos, pífanos, tambores, estandartes y
otros aditamentos para guiar a las tropas, pero dejó a Jitô la creación de
«registros de población», o censos, con fines de reclutamiento. En el 689, ella
ordenó que los soldados de las provincias «fueran divididos en cuatro grupos,
uno de los cuales sería designado [de manera rotatoria] para el entrenamiento
en las artes militares». En el 702 el ejército imperial, cimentado en el
sistema ritsuryô por los códigos Taihô, estaba organizado bajo
el mando del Ministerio del Ejército. Los códigos Taihô especificaban, además,
que los gobernadores debían establecer pastos para los caballos con fines
militares y supervisar la cría. El caballo, un organismo aliado en la conquista
del planeta por parte de la humanidad, fue crucial para la emergencia del dominio
samurái en Japón, igual que lo sería para Sundiata (ca. 1217-1255)
y el Imperio malí en África y para Gengis Khan (1162-1227) y los mongoles de
Eurasia.
No obstante, en el
792 el ejército imperial se había convertido en una pesada carga para el
Tesoro. En respuesta, la corte ordenó que los «regimientos fuesen abolidos en
la región de la capital y las provincias de siete circuitos, a fin de eliminar
una onerosa carga», lo que suprimió de hecho el reclutamiento forzoso. A
cambio, la corte se volvió cada vez más dependiente de la elite militar para la
imposición de la ley y otros asuntos militares. Eso creó incentivos para la
organización de clanes armados en las provincias; también supuso un aliciente
para que los hombres puliesen sus destrezas marciales. Nos cuentan que esos
hombres se volvieron «muy diestros en la dirección de las batallas».
39
La corte imperial supo que se estaban cociendo problemas en el campo
cuando Taira no Masakado (m. 940) lanzó una rebelión en el 935. Lo que había
comenzado como una riña familiar, pronto se extendió y se transformó en una
seria amenaza para la autoridad de la corte. Masakado había expulsado a los
gobernadores Heian de varias provincias y, después de que un chamán lo
designará como tal, se declaró ostentosamente a sí mismo nuevo emperador (shinnô) de
la llanura de Kantô (el área que rodea al actual Tokio) en el
939. Esta
declaración, y su captura de los cuarteles generales del gobierno en Hitachi y
otras siete provincias en rápida sucesión, representaban la amenaza más directa
para el poder imperial hasta ese momento. Fujiwara no Hidesato, regente en esa
época, pidió al primo y archienemigo de Masakado, Taira no Sadamori, que
aplastase la revuelta. Al noroeste, en Shimôsa, Masakado se enfrentó a las
tropas de Sadamori respaldadas por el gobierno en una violenta lucha.
«Alcanzado por una flecha de los dioses, al final el nuevo emperador murió
solo» cuentan las crónicas sobre la muerte de Masakado. Pero la herencia y el
poder de familias tan aristocráticas como la de Taira y la Minamoto
persistieron y en los dos siguientes siglos se produjo un ascenso gradual de la
importancia de los hombres fuertes de las provincias.
Otro de estos
señores fue Fujiwara no Sumitomo (m. 941). Tras haber «escuchado a lo lejos
rumores de la traición de Masakado, él y sus despiadadas bandas de bucaneros
merodearon por el litoral del mar Interior. Sumitomo había nacido en la
poderosa familia Iyo, pero abandonó una carrera en el gobierno para dedicar su
vida al bandidaje marítimo. Su base estaba en la isla Hiburi, frente a a costa
de la provincia de Iyo, desde donde robaba a las naves comerciales e imperiales
sus tesoros. Tras atacar la provincia de Bizen, se enteró de que el gobernador,
Fujiwara no Kodaka, había huido con su familia para alertar a la corte.
Sumitomo persiguió a Kodaka. Según las fuentes, «Al final, capturaron a Kodaka
y le cortaron las orejas y la nariz. Secuestraron a su esposa; los hijos fueron
asesinados por los piratas». Sumitomo impuso el terror en el mar Interior hasta
su derrota por las fuerzas imperiales en la bahía de Hakata, en la costa
occidental de Kyushu. Aunque Sumitomo escapó, las fuerzas imperiales capturaron
800 de sus barcos y mataron a cientos de piratas. Sumitomo fue apresado más
tarde en la provincia de Iyo y decapitado. Al suprimir ambas rebeliones, la de
Masakado y la de Sumitomo, los jefes samuráis de las provincias, no los
generales de las cortes, se convirtieron en los principales agentes para hacer
cumplir la ley. Trabajando bajo directivas imperiales, reemplazaron la
conscripción militar «pública» del orden Taihô.
No obstante, la
situación se enconó en las provincias con el paso del tiempo. En el siglo XI,
bajo Minamoto no Yoriyoshi (998-1082), los Minamoto y sus familias aliadas
recibieron autorización de la corte para sofocar un levantamiento liderado por
Abe no Yoritoki (m. 1057), un señor de la guerra descrito como un «caudillo
nativo de los bárbaros del este». Los Abe reclamaban como sus dominios los Seis
Distritos de Mutsu y actuaban como magistrados, cobrando tributos a otras
tribus emishi pacificadas. En 1051, Yoritoki y los Abe fueron amnistiados por
la corte y se rindieron a Yoriyoshi. Pero retomaron la lucha en 1056 y
Yoriyoshi decidió aplastarlos de una vez por todas. Generaba una intensa
lealtad entre sus tropas durante la batalla. Se cuenta que los soldados le
dijeron: «Nuestros cuerpos pagarán nuestras deudas. Nuestras vidas nada valen
cuando está en juego el honor». En 1057, pese a la lealtad de su tropas y la
muerte de Abe no Yoritoki, Sadatô, el hijo de Yoritoki, derrotó a Yorioshi en
Kinomi. Sin embargo, en 1057, después de reunir más aliados en el nordeste,
Yoriyoshi acabó finalmente con la familia Abe. Los soldados de Yoriyoshi
mataron a Sadatô y otro de los hijos de Yoritoki, Munetô, pronto se rindió a
las tropas de Yoriyoshi respaldadas por el gobierno. Tanto Yoriyoshi como su
hijo Yoshiie obtuvieron los más altos rangos en la corte por sus servicios.
Aunque muchos
historiadores señalan la Guerra de los Primeros Nueve Años (1051-1063) como
ejemplo del ascenso de fuerzas militares privadas en las provincias, Yoriyoshi,
40
el comandante nombrado por la corte, siempre aspiró a la autorización
del gobierno para esta campaña. En principio, todavía operaba dentro del
sistema burocrático ritsuryô.
A pesar de la
exitosa campaña de Yoriyoshi, el norte seguía siendo un polvorín. La Guerra de
los Últimos Tres Años (1083-1087) comenzó como un enfrentamiento entre dos
miembros de la familia Kiyowara de la norteña provincia de Dewa, Sanehira e
Iehira. Como los Abe, los miembros del clan Kiyowara serían descendientes de
los emishi, pero también hay evidencias que señalan lejanos orígenes
aristocráticos. Tras sufrir una escalofriante derrota en el fuerte de Numa
durante el invierno de 1086, Minamoto no Yoshiie, el hijo de Yoriyoshi, sitió
Kanezawa el año siguiente, donde Iehira y su tío se habían atrincherado. Aunque
Yoshiie nunca recibió el beneplácito imperial para la operación –lo solicitó y
le fue denegado– persiguió de todos modos a Iehira, para lo que tuvo que
sacrificar su riqueza personal y su reputación. Yoshiie puso fin a la campaña
destruyendo a la familia Kiyowara y reuniendo 48 de sus cabezas cortadas. Sin
embargo, esos trofeos fueron un pobre consuelo. Un año más tarde, en 1088, la
corte destituyó a Yoshiie de su puesto como gobernador de Mutsu.
A diferencia de la
Guerra de los Primeros Nueve Años, cuando Yoriyoshi recibió autorización de la
corte y, posteriormente, refuerzo de tropas y un rango más alto, Yoshiie jamás
recibió permiso para el segundo conflicto y al final fue despedido de su cargo
oficial. Aunque la corte jugó un papel importante en ambas contiendas, era
difícil ignorar los aspectos feudales de estos conflictos en el nordeste. Las
fuerzas privadas, o los siervos de los Minamoto, superaban con mucho a las
fuerzas de la corte en el campo de batalla. Claramente, Japón estaba inmerso en
una importante transición histórica.
LA GUERRA GENPEI
(1156-1185)
Esa transición
histórica se produjo rápidamente. En el siglo que siguió a la Guerra de los
Últimos Tres Años, la corte continuó movilizando al ejército en función de sus
necesidades para hacer cumplir la ley, con frecuencia para aplastar
sublevaciones religiosas desatadas por nombramientos en los templos, políticas
provinciales, cargas impositivas y pleitos entre instituciones religiosas. En
1081, por ejemplo, más de 1.000 monjes de Enryakuji en el monte Hiei, junto con
sus aliados militares, llegaron hasta Tokio mientras la corte desplegaba tropas
para defender la capital. Se produjeron episodios similares, que implicaron a
monjes guerreros, en al menos cinco ocasiones distintas en los siglos XI y XII.
La corte recurrió con frecuencia a las familias Taira y Minamoto para proteger
Kioto. En 1113, los templos Kôfukuji (Nara) y Enryakuji se vieron envueltos en
una disputa por un nombramiento en el templo Kiyomizu de la capital. La corte
cedió a las demandas de Kôfukuji en este asunto, lo que desató la ira de los
monjes guerreros de Enryakuji, que saquearon las edificaciones de Kiyomizu-dera
(un templo dependiente de Kôfukuji). En esta ocasión, la corte apeló a las
familias Taira y Minamoto para defender la capital. «Los guerreros formaron en
línea y permanecieron en guardia toda la noche», relata una crónica, pese al
hecho de que «los gritos de los monjes hacían temblar el cielo».
Invitar guerreros a
Kioto era una empresa arriesgada, como demostró la Rebelión Heiji (1156-1160).
En 1155, a la muerte del emperador Konoye, estallaron en la corte Heian
sucesivas disputas. El reformista Fujiwara no Yorinaga (1120-1156) apoyaba al
emperador retirado Sutoku (1119-1164), mientras que Fujiwara no Tadamichi
(1097-1164) respaldaba al hijo favorito del emperador enclaustrado Toba,
Go-Shirakawa (1127-1192). Cuando este último se convirtió en emperador,
Yorinaga se alió con la familia Minamoto y marchó sobre Kioto, imponiendo por
la fuerza a Sutoku como emperador. Tadamichi respondió aliándose con la familia
Taira, que ardía en deseos de enfrentarse a los Minamoto. Cuando los Taira
derrotaron a las fuerzas de Sutoku, comenzó la carnicería de la familia
Minamoto. Durante
41
días, la sangre de los antes orgullosos Minamoto fluyó por las calles de
Kioto. No obstante, lo que constituye uno de los grandes misterios históricos,
los Taira dejaron a un puñado de miembros de la familia Minamoto vivos,
incluido Minamoto no Yoritomo (1147-1199) y Minamoto no Yoshitsune (1159-1189).
La trágica historia de estos dos hermanos y su posterior ascenso al poder es
seguramente una de las más apasionantes de la historia japonesa.
Una vez que los
Minamoto quedaron fuera de escena, Taira no Kiyomori (1118-1181) inició la
lenta introducción de la familia Taira en la vida de la corte. Es justo decir
que adoraba Kioto. La familia Taira –en alguna medida como la familia Fujiwara–
se convirtió en una experta en la concertación de matrimonios políticos: su
hija se casó con un miembro de la familia imperial y dio a luz a un futuro
emperador en potencia llamado Antoku (1178-1185). Sin embargo, Yoritomo ganaba
fuerza y aliados en el campo. En 1180 se sintió lo bastante confiado como para
desafiar al clan Taira de Kioto. Todo empezó cuando fue descubierta la conjura
de Minamoto no Yorimasa (1106-1180) para echar a los Taira. Tuvo que huir al
monasterio Onjoji, junto al lago Biwa (cerca de Kioto). Cuando se dio cuenta de
que las fuerzas del monasterio no podían protegerle de los guerreros Taira,
huyó de nuevo, esta vez hacia Nara, la antigua capital, donde se encontró con
el príncipe Mochihito (m. 1180). De camino a los templos Tôdaiji y Kôfukuji,
los guerreros de la familia Taira forzaron un combate en el río Tatsuta. Ambos
salieron victoriosos, al menos provisionalmente. En esta tesitura, Yoritomo y
sus aliados se sumaron al conflicto. Con su hermano Yoshitsune al mando, las
endurecidas fuerzas de Minamoto aventajaban a los reblandecidos samuráis Taira,
que estaban cada día más cómodos en la corte, como se explica en el Heike
monogatari (Cantar de Heike). Esta crónica cuenta lo siguiente de las
fuerzas de los Taira, o guerreros de las provincias occidentales:
Si sus padres son
asesinados, abandonan la batalla y llevan a cabo ritos budistas para consolar a
las almas de los muertos. Sólo combatirán de nuevo una vez concluido el duelo.
Si sus hijos son asesinados, su pesar es tan profundo que cesan de combatir por
completo [...] No les gusta el calor del verano. Protestan por el intenso frío
del invierno.
De modo ominoso,
como si describiese una oscura nube en el horizonte, el Heike
monogatari aclara: «No son esos los usos de los soldados de las
provincias orientales». De hecho, no lo eran.
En la revancha
entre las familias Taira y Minamoto, denominada la Guerra Genpei (1180-1185),
se alzaron con el triunfo los Minamoto del este. El escenario final de la
guerra, la batalla de Dannoura (1185), nos presenta a lo que quedaba de la
familia Taira huyendo al mar Interior en barco. A bordo iba la dama Nii, hija
de Taira no Kiyomori, junto a Antoku, el hijo del emperador. Cuando fueron
conscientes de que la guerra estaba perdida, Nii estrechó a Antoku en sus
brazos y se dispuso a morir arrojándose al mar. «¿Dónde me llevas?», preguntó
el niño de siete años. Con lágrimas rodando por sus mejillas, ella contestó:
«Japón es pequeño como un grano de mijo, pero ahora es un velo de tristeza. Hay
una tierra de pura felicidad bajo las olas, otra capital donde no existe el
pesar. Allí es donde llevo a mi soberano». Se lanzó a las aguas y con ella
murió el futuro de la familia Taira.
Inmediatamente
después de la Guerra Genpei, Yoritomo puso a su hermano Yoshitsune al frente de
la capital. Mientras permaneció en Kioto, Yoshitsune recibió el título de jitô (mayordomo)
del emperador Go-Shirakawa, que había accedido al poder durante la desastrosa
Rebelión Hôgen-Heiji, que, como hemos visto, provocó el ascenso de los Taira.
Al aceptar ese título, parecía que Yoshitsune reconocía una autoridad distinta
de la de su hermano en Kamakura, el nuevo baluarte de los Minamoto. Yoritomo
mandó perseguir a su hermano y a su compañero Saitô Musashibô Benkei
(1155-1189). Cuando Yoshitsune y Benkei no pudieron correr más, el más joven de
los hermanos se suicidó de un modo
42
épico. «Agarrando la espada, Yoshitsune la hundió en su cuerpo a la
izquierda del pecho. La clavó tan profundamente que la hoja casi asomaba por su
espalda. Luego cortó hacia su estómago y, abriendo en tres direcciones la
herida, se sacó los intestinos», cuenta una crónica. Su mujer y su hijo
murieron también junto a él. Lo interesante es que aunque su hermano mayor,
Yoritomo, vivió para someter el reino y estableció el bakufu de
Kamakura, es a Yoshitsune a quien conmemora la tradición popular japonesa. Como
un académico lo definió acertadamente, es la «nobleza del fracaso» de la
cultura japonesa, ya que morir por una causa sugiere sinceridad, lo que es
reverenciado en las culturas confucianas.
EL BAKUFU DE
KAMAKURA
Tras la violenta
muerte de Yoshitsune, su hermano Yoritomo emprendió el proceso de consolidación
de un sistema de gobierno en Kamakura. Aunque los samuráis actuaban de forma
diferente a los aristócratas de Kioto, el bakufu Kamakura
guarda una sorprendente similitud con la primera burocracia imperial en Kioto.
En 1192, el emperador Go-Toba (1180-1239) concedió a Yoritomo el título
imperial de seii taishôgun, o «general apaciguador de los
bárbaros». Como era típico en el gobierno del pasado, el emperador reinaba pero
no mandaba. Servía como figura legitimizadora que, en su «jaula de oro»,
trascendía los mezquinos asuntos cotidianos de la administración. Al igual que
los regentes Fujiwara, Go-Toba conservó la prerrogativa imperial de otorgador
de títulos. Por su parte, Yoritomo al aceptar el título pudo ostentar el manto
no sólo de la supremacía militar sino también de la autoridad imperial, y por
consiguiente divina. Este sistema rigió los entresijos de la política japonesa
durante siglos.
Cuando murió
Yoritomo en 1199 sin heredero, su esposa, la inteligente Hôjô Masako
(1156-1225), orquestó magistralmente la toma de poder por parte de los Hôjô al
colocar a su padre como jefe de la burocracia Kamakura. En la Guerra Jôkyû
(1221), la familia Hôjô arrebató finalmente el control del reino a los
descendientes de los Minamoto. En 1232, los Hôjô redactaron los códigos Jôei,
que aclaraban las tareas de los gobernadores provinciales y mayordomos y
protegían los intereses de la corte. El documento en sí fija las bases de la
legislación medieval.
Bajo el gobierno
samurái, Japón se internó lentamente en su época medieval y experimentó una
reestructuración de la sociedad a todos los niveles. El modelo de las uniones
matrimoniales pasó de las costumbres matrilocales de la corte Heian a las
corresidenciales del patriarcado samurái. Este giro consolidó el sistema
patrilocal y patrilineal de la familia como unidad social básica. El binomio
marido-esposa constituía el centro de la unión patriarcal. El marido era el
cabeza de familia, mientras la principal obligación de la mujer era dar a luz a
un heredero varón. Generalizando, lo importante de este cambio es que
transformó a las mujeres de personas que podían tener propiedades (las mujeres
más destacadas del periodo Heian, como la dama Murasaki, tenían posesiones y
acceso hereditario a ellas) en personas que eran propietarias y podían ser
propiedad. Por ejemplo, en la resolución de casos de violación, el bakufu Kamakura
y más tarde el Ashikaga (1336-1573) demostraron más interés en mediar en la
transmisión de propiedades y el mantenimiento del orden social que en impartir
justicia para las mujeres. En un interesante caso de 1479, un samurái de la
familia Akamatsu mantuvo sexo ilícito con la esposa de un prominente
comerciante de sake de Kioto. El comerciante se vengó y mató al samurái
Akamatsu en las calles de la ciudad. Resulta que el hijo del comerciante de
Kioto trabajaba para la familia Itakura, rival de los Akamatsu, lo que hizo
surgir el espectro del conflicto, que se extendió en una guerra entre clanes.
El bakufu Ashikaga dictaminó que si el marido agraviado se
vengaba del violador dentro de su casa, la mujer podía ser perdonada. Si el
marido mataba al violador fuera de su hogar, la mujer debía ser asesinada para
demostrar que se trataba de un verdadero acto de venganza. Este
43
precedente legal –que «tanto el hombre como la mujer debían morir a
manos del marido»– fue esgrimido hasta el siglo XVI. Demuestra que las mujeres
se habían convertido en propiedades, o algo que podía ser vandalizado, en el
orden samurái.
A medida que la
sociedad japonesa se transformaba bajo el gobierno samurái, la agricultura
floreció y la población creció. Se estima que en 1200 (inmediatamente después
de la Guerra Genpei), la población de Japón ascendía a unos 7 millones de
almas. En 1600, en vísperas de la transición premoderna, la población era de 12
millones. Las aldeas rurales resultaron ser ferozmente independientes, con
jefes locales que supervisaban las conexiones entre miembros de las mismas. Las
teologías budistas no dejaron de impregnar la vida espiritual japonesa. De
acuerdo con ciertos calendarios budistas, muchos pensaban que el mundo había
comenzado una especie de «última era» y que la salvación exigía nuevos caminos.
Persistían antiguas sectas como el amidismo, pero también alcanzaron su apogeo
otras nuevas como Tierra Pura (Jôdo, fundada por el monje Hônen en
Japón), Verdadera Escuela de la Tierra Pura (Jôdon shin, fundada
por el monje Shinran en Japón), el monje Ippen y su escuela de «La última hora»
y otras escuelas de budismo zen como Rinzai Zen y Sôtô Zen. Con la excepción
del budismo zen, que es una corriente que basa la salvación en el individuo, la
mayoría de las sectas se apoyaban en el poder de un buda benevolente. En las
escuelas de la Tierra Pura, la salvación se lograba repitiendo constantemente
el nenbutsu, «Me refugio en el Buda Amida», o entonándolo una
vez con sinceridad. Para un mundo medieval al borde de un abismo histórico,
alcanzar la salvación mediante el poder sobrenatural de otro poseía una
atracción irresistible.
La obra Hôjôki (Notas
desde mi cabaña de monje, 1212) de Kamo no Chôme (1155-1216) capta la Gestalt de
la transición medieval, con sus meditaciones sobre la impermanencia budista, la
conmoción del entorno y la transformación política. Al cumplir los cincuenta,
Kamo no Chôme rechazó el ajetreo de la vida materialista en Kioto y, después de
un breve viaje a Kamakura, se instaló en una pequeña cabaña rústica cerca del
monte Hino, en la región de Kinai. «Muere en la mañana y en la noche nace de
nuevo. Así es siempre el hombre, como la espuma que aparece y desaparece en el
agua», reflexionaba. En Hôjôki abundan las consideraciones
budistas acerca de la transitoriedad de la vida, pero sus pensamientos sobre la
correlación entre la agitación del entorno y la transformación política
resultan instructivos. En 1181, mientras arreciaba la Guerra Genpei y los
guerreros estaban a punto de tomar el control del reino, una hambruna causada
por una climatología adversa arrasó el país y a sus habitantes ya mal
alimentados. «La primavera y el verano fueron abrasadores, y el otoño y el
invierno trajeron tifones e inundaciones. Y mientras se sucedían las malas
estaciones, la cosecha de los Cinco Cereales se malogró.» Las plegarias no
consiguieron fertilizar esos cereales, así que los campesinos abandonaron sus
tierras. Ciudadanos respetables se convirtieron en mendigos descalzos. Tardaban
en recoger los cadáveres y un «terrible hedor llenaba las calles». En una
morbosa escena, algunas criaturas «continuaban alimentándose del pecho de su
madre, porque no sabían que estaba ya muerta». La transición medieval se
transformó en un tiempo de muerte generalizada.
En el pensamiento
medieval, los cauces de los ríos y las aguas que discurrían por ellos separaban
su mundo del siguiente. El agua purificaba porque las mareas ascendían y
barrían los cadáveres que allí se acumulaban. Los japoneses medievales usaban
las riberas como cementerios y evitaban a los parias de Kioto, que vivían allí,
porque estaban contaminados permanentemente por los cuerpos putrefactos. No
enterraban ni incineraban los cadáveres en descomposición, sino que dejaban que
las aguas del río Kamo arrastrasen las impurezas. Por esa razón, también se
ejecutaba a los condenados junto a los cauces. Los leprosos y otros enfermos,
los monjes recluidos y marginados diversos buscaban refugio a lo largo de las
cambiantes orillas del Kamo. Los parias despedazaban animales y curtían sus
pieles en ese espacio impuro y fluctuante, donde el agua subía y
44
bajaba. Con el tiempo, esos marginados encontraron trabajo como
jardineros y encargados de mantenimiento y llegaron a ser parte omnipresente
del vibrante escenario social de Kioto. Así pues, no es sorprendente que en
1181 la hambruna se hiciese particularmente visible en las riberas del Kamo.
Tres años después,
en 1184, Kamo no Chôme registró un gran terremoto, que exacerbó todavía más la
agitación política y social. En escenas que recuerdan a las del 11 de marzo de
2011, las colinas cayeron y «el mar ascendió e inundó la tierra». Los deslizamientos
de tierra se desplomaron sobre los valles, mientras «en el mar los barcos se
tambaleaban en medio del oleaje y los caballos no podían mantenerse en el
suelo». Con ocasión de tales desastres naturales, observa Kamo no Chôme, la
gente «convencida de lo efímero de todas las cosas terrenales [...] habla de lo
malo de aferrarse a ellas y de la impureza de sus corazones», pero esos
sentimientos rara vez duraban mucho tiempo. Señalando la conexión entre
conmoción en el mundo natural y la miseria social, afirma: «Me parece que todas
las dificultades de la vida surgen de esa fugaz naturaleza evanescente del
hombre y su morada».
La actividad
sísmica en la corteza terrestre estuvo acompañada de bruscos cambios en el
panorama político de Japón. La tradición japonesa cuenta que el archipiélago se
mantenía en equilibrio sobre la espalda de un gigantesco pez gato y que cada
vez que este se desplazaba, Japón se estremecía. El pez, ni maligno ni benigno,
se convirtió en motivo de grabados en madera y de historias de devastación y
buena suerte. Por más que el pez gigante se moviese, los terremotos en Japón
eran también el resultado de su posición en «el anillo de fuego» del cinturón
sísmico que circunda el Pacífico. Como comentaremos en el capítulo 15, la
actividad volcánica y sísmica en Japón está relacionada directamente con la
subducción de la placa del Pacífico en el proceso más amplio de la tectónica de
placas. La subducción es el proceso por el que una placa tectónica se hunde
bajo otra, oceánica o continental, en el manto de la Tierra, formando una «zona
de subducción». Por esta razón, Japón experimenta en torno a 1.500 terremotos
al año, muchos de ellos de importancia. Dada su frecuencia y magnitud, su papel
en la historia de Japón es irrefutable.
AMENAZAS DE
INVASIÓN
El bakufu Kamakura
tuvo que hacer frente a mucho más que una «última hora» budista. Durante los
siglos XII y XIII, Japón mantuvo lazos con la dinastía Song del Sur (1127-1279)
de China y la dinastía Goryeo (918-1392) de Corea. Los comerciantes chinos
fueron decisivos para el fortalecimiento de varios santuarios y templos en el
oeste de Kyushu. Puertos como Dazaifu y Hakata se convirtieron en centros para
los mercaderes chinos, que construyeron templos como el de Jôtenji en Hakata y
el de Sôfukuji en Daizaifu, afianzando el budismo Tendai en el sudoeste de
Japón. No obstante, el intercambio funcionó en ambas direcciones. El monje
En’in, que fundó el templo de Jôtenji, viajó a China en 1235 y a su vuelta
estableció el de Tôfukuji en Kioto, que propició el ascenso del budismo zen en
Japón.
Las relaciones con
el continente no siempre fueron tan nobles y favorables. Los piratas, que
saqueaban la costa sur de Corea, constituyeron un problema endémico en tiempos
medievales. En 1223, cayeron sobre la costa cerca de Kumajo. Cuatro años
después, funcionarios de Corea se quejaban de los ataques de piratas
procedentes de Tsushima. En el siglo XIII esos funcionarios se quejaban
amargamente por los piratas japoneses y como respuesta prendieron fuego a
varias naves. La preocupación ante la posibilidad de que los piratas
perjudicasen el animado comercio con el continente, los japoneses decapitaron a
90 piratas en 1227 ante los delegados coreanos. La naturaleza del comercio
coreano era la razón de la inquietud de los funcionarios de Dazaifu. Japón
45
importaba principalmente materias primas de Corea; la dinastía Goryeo
importaba productos manufacturados con un valor añadido de Japón. El comercio
en el siglo XIII incluyó la importación de monedas de cobre, fundamentales para
la reforma monetaria bajo el bakufu Kamakura. En 1242, por
ejemplo, un barco japonés perteneciente a Saionji Kintsune volvió de la China
Song con las bodegas repletas de monedas de cobre, además de bueyes y exóticos
loros. Más tarde se determinó que la cantidad de monedas en las bodegas de
Saionji equivalía más o menos a todas las acuñadas por la dinastía Song
(960-1279) ese año.
Las invasiones
mongolas resultaron ser la amenaza más seria para el comercio y la interacción
cultural de Japón con el continente. En 1206, Genghis Khan (1162-1227) puso en
marcha su maquinaria de guerra a caballo. Dominó partes de Europa, el mundo
islámico, el norte de Asia y buena parte del este de Asia. Tras la muerte de
Genghis Khan, Kublai Khan (1215-1294) venció en la batalla a su hermano Ariq
Böke (1219-1266). Kublai Khan sucedió a su abuelo y estableció la dinastía Yuan
(1271-1368) en China, que pasó a ser su base de operaciones. Una vez en China,
los mongoles intentaron invadir Japón en dos ocasiones, en 1274 y 1281. Aunque
los japoneses, con ayuda de oportunos tifones, consiguieron resistir las
invasiones, esos episodios tuvieron a largo plazo el efecto de transformar las
relaciones con el continente, precipitando el colapso del bakufu Kamakura
y provocando una creciente sensación de conciencia nacional en todo Japón.
Kublai Khan inició
conversaciones diplomáticas con el bakufu Kamakura en 1265. Su
intención era interrumpir el comercio con la dinastía Song del Sur (1127-1279),
que todavía estaba pendiente de ser totalmente sojuzgada por los mongoles. Bajo
el regente Hôjô Tokimune (1251-1284), el bakufu decidió
ignorar las primeras aproximaciones de los mongoles. Tokimune estaba muy
influido por los monjes chinos Song que, no sin motivo, veían a los mongoles
como invasores y gobernantes ilegítimos de China. Siguiendo el precedente
japonés, Tokimune se negó a reconocer la centralidad diplomática de China en
Asia Oriental, ya fuese bajo control mongol o no. Pese a que nunca se llegó a
ejecutar, Tokimune planeó un ataque preventivo contra las fortificaciones de
los mongoles en la península Coreana. Además, empezó la construcción de una
muralla defensiva a lo largo de la costa de Hakata. Es una convención que el
mal tiempo derrotó a los «piratas» mongoles invasores, no los aguerridos
samuráis, pero también se produjeron encarnizados combates (figura 6). Los samuráis
aspiraban a demostrar en la batalla su éxito individual gracias a los
testimonios y las recompensas a su valor. Antes de comenzar la pelea con las
fuerzas mongolas, Takezaki Suenaga proclamó: «No tengo otro propósito en mi
vida sino progresar y ser conocido [falta texto]. Deseo que [mis hazañas] sean
conocidas por su señoría». Los servicios prestados llegaban a oídos del señor a
través de «informes de desempeño en la batalla», «informes de testigos» e
«informes de verificación». Como reconocimiento por sus servicios, los señores
otorgaban a los samuráis medievales recompensas basadas en su conducta.
46
Figura 6.
Representación de un samurái a caballo luchando contra los mongoles en Takizaki
Suenaga, Môkoshurai ekotoba (Sobre la invasión mongol, 1293).
Una razón de que se
afirme que las invasiones mongolas aceleraron la caída del bakufu Kamakura
es que muchos samuráis opinaron que no estaban siendo adecuadamente
recompensados por su lucha. Pero la invasión mongol entrañaba también nuevos
desafíos para el gobierno samurái. A diferencia de las luchas intestinas entre
grupos de Japón como las familias Taira y Minamoto, los mongoles representaban
una amenaza extranjera. Por eso los japoneses combatieron de modo más colectivo
por su país. Como no se tomó ningún territorio, ni en casa ni fuera de ella,
los botines y los premios a los samuráis fueron modestos. Quedó pendiente de
resolver el asunto de cómo premiar a los samuráis por el servicio a su nación,
en oposición a su servicio al clan, y el bakufu Kamakura
sufrió las consecuencias.
RESTAURACIÓN KENMU
No obstante, fue la
política imperial la que desencadenó la desaparición del bakufu Kamakura.
En 1259, el bakufu intervino en una disputa sucesoria entre
ramas de la familia real. Se concibió un precario acuerdo que alternaba la
sucesión entre ambas ramas. Funcionó razonablemente bien hasta el Compromiso
Bunpô (1317), cuando se decidió que el sucesor al imperio sería Go-Daigo
(1288-1339), de la línea más joven, dado el estado físico del linaje más
antiguo. Como no era heredero directo ni formaba parte del círculo interno
imperial, los funcionarios decidieron que Go-Daigo sólo reinaría diez años. Sin
embargo, Go-Daigo tenía otros planes: su educación en los clásicos confucianos
y la historia china había modelado su pensamiento acerca del gobierno imperial.
A diferencia de Japón, donde los emperadores gobernaban junto a los shogun Kamakura,
el ciclo dinástico que regía la sucesión imperial en China atrajo su atención.
Le convencía la idea del ciclo dinástico y el gobierno directo de los
emperadores. La idea de un nuevo régimen en Japón por «mandato celestial»
seducía enormemente a Go-Daigo.
Su orientación
hacia el paradigma histórico chino no era el único ingrediente a su favor. Al
subir al trono, se rodeó de inmediato de ministros leales que limitaron las
bases de poder independientes, como Kitabatake Chikafusa (1293-1354). Esos
hombres se
47
ajustaban al ideal chino, como ministros por mérito y no por poder
hereditario. Go-Daigo escribió más adelante sobre este asunto: «Me han enseñado
que los Huainan [zi] establecen que “tener poco que ver con la
virtud y confiar mucho en el afecto es el primer riesgo de gobernar”». Los
documentos cuentan que los ministros de Go-Daigo «mantenían lealtad de por vida
a su soberano» y «daban sólidos consejos», más que velar por los intereses de
su propia familia en la capital. Go-Daigo también se mezcló en los asuntos
comerciales de Kioto e impuso nuevas tasas donde no se recaudaban
tradicionalmente, como entre los fabricantes de sake y los residentes en el
área del templo Tôji. Buscaba explotar el potencial comercial de Kioto para
fortalecer su posición en el trono.
La «política dual»,
o la situación en la que los emperadores reinaban y los shogun gobernaban,
siguió siendo una espina en el costado de Go-Daigo. Las cosas llegaron a un
punto crítico con el Incidente Shôchû (1324). Los hombres de Go-Daigo, con
ayuda de un plan medio orquestado para derrocar el gobierno samurái,
perpetraron un alboroto durante un festival en el santuario de Kitano al objeto
de distraer al bakufu y cargar contra Rokuhara (avanzadilla
del bakufu Kamakura en Kioto). Sin embargo, el plan fracasó y
los hombres de Go-Daigo fueron capturados. Go-Daigo redactó de inmediato una
carta que resumía, en términos nada indecisos, sus puntos de vista sobre la
autoridad imperial. «La cólera imperial es extrema», escribió. El shogun Kamakura
«no es el señor del reino aunque haya conseguido competencias de gobierno [...]
Lo adecuado para los bárbaros del este es que, [al igual] que la gente del
reino, busquen el justo gobierno [del emperador] y agachen respetuosamente sus
cabezas». Go-Daigo poseía también un agudo sentido de la imaginería natural
menciana. En un fragmento particularmente mordaz, que demuestra la profunda
comprensión de Go-Daigo de la relación histórica entre los shogun y
el emperador, escribió: «Soy el señor de este país. Todos lo que están por
debajo reciben los favores de la corte. Confinarme equivale, sin duda, a morar
en las sombras y culpar al follaje, o a extraer agua de un arroyo y olvidarse
de la fuente». El uso de esta imaginería por parte de Go-Daigo –«extraer agua
de un arroyo y olvidarse de la fuente»– sirve para naturalizar el poder
imperial y describir al gobierno shogun como producto del
artificio humano. Go-Daigo subió la apuesta y apeló a la magia budista para
maldecir al bakufu Kamakura, participando, por ejemplo, en
esótericos rituales Tachikawa.
En 1331, movilizó a
los samuráis descontentos de las regiones de Kantô y Kinai, muchos aún
irritados a causa de las magras recompensas tras las invasiones de los
mongoles, y se lanzó contra el bakufu Kamakura. Pero las
fuerzas leales a la familia Hôjô estaban bien preparadas y Go-Daigo huyó al
templo de Kasagi, con su gran efigie de Maitreya (Futuro) Buda tallada en la
roca. Go-Daigo se veía a sí mismo como un «futuro» rey, por así decir, por lo
que el lugar fue cuidadosamente elegido, aunque resultó ser un escondite
mediocre. Los samuráis Kamakura pronto detuvieron a Go-Daigo. Fue exiliado a la
isla de Oki, de donde escapó en 1332, oculto bajo un montón de pescado seco.
Las familias samuráis que se sentían menospreciadas por los Hôjô se mostraron
ansiosas de ayudar a Go-Daigo en sus planes para recuperar el poder. Con la
colaboración de Ashikaga Takauji (1305-1358) y los monjes guerreros del monte
Hiei (templo de Enryakuji) la familia de Go-Daigo desplazó finalmente al bakufu Kamakura
y declaró la «Restauración Kenmu». El régimen Kenmu, efectista y de corta vida,
estableció nuevas disposiciones judiciales, reconstruyó el palacio, recuperó
los rituales imperiales y financió poderosos templos budistas como los de
Daitokuji y Nanzenji.
El poder de
Go-Daigo dependía en gran medida de las continuas bendiciones de Ashikaga
Takauji, que no recibía. En 1336, Takauji se rebeló contra Go-Daigo. En la
posterior pelea por el reino, las fuerzas de Takauji se enfrentaron a los
lealistas de Go-Daigo en la famosa batalla del río Minato. Los fieros lealistas
Kusunoki Masashige (1294-1336) y su hermano, Masasue, que lideraban a los
hombres de Go-Daigo en la batalla, se suicidaron juntos en una humilde granja
el día de la derrota. La conversación final entre los
48
dos hermanos, antes de rajarse el estómago y yacer con «sus cabezas
juntas en la misma almohada», es famosa en los anales de la devoción imperial.
Masashige preguntó a su hermano cuál era su último deseo. Masasue contestó: «Me
gustaría volver a nacer siete veces en el mundo de los hombres [...] para poder
destruir a los enemigos de la corte». Cincuenta de sus seguidores más próximos
se suicidaron de la misma manera y «todos desgarraron sus estómagos al mismo
tiempo». Go-Daigo escapó hacia el sur, hasta Yo- shino, e instauró la corte
del Sur, mientras Ashikaga Tajauki colocaba a Kômyô, de la línea antigua, en el
poder estableciendo la corte del Norte. La división entre ambas cortes no se
resolvería hasta 1392.
CONCLUSIÓN
El sistema feudal
erigido por los samuráis contenía las semillas de la desintegración política.
Según Japón avanzaba lentamente hacia el siglo XV, fuerzas centrífugas
empezaron a hacer pedazos sus reinos, diluyéndose en una tumultuosa etapa
conocida como «Periodo de los Estados en guerra» (1467-1582), que toma su
nombre de una fase similarmente caótica en la antigua China. «Japón» se
desintegró como una entidad política unificada y surgió en el país un
batiburrillo de dominios que se consideraban «Estados independientes». En otras
palabras, el Estado que emergió en el siglo XV apenas se parecía a una nación,
sino a feudos locales bajo control de clanes samuráis. Esto no resta
importancia a la transición medieval. Los samuráis tejieron un nuevo tapiz
social en Japón que ponía el énfasis en las familias patrilocales y
patrilineales y constituyó el núcleo de la sociedad japonesa durante siglos.
Los samuráis también trazaron una fina línea entre el honor personal y las
obligaciones del vasallaje, estableciendo el tono para la vida individual y la
participación cívica hasta hoy. Los samuráis gobernaron Japón hasta la
Restauración Meiji de 1868, lo que sitúa su contribución a la historia japonesa
en el centro de los próximos capítulos.
49
El Japón medieval y
el periodo de los Estados en guerra
(1336-1573)
En los siglos XIV y
XV, la autoridad política se desplazó a las provincias y se alejó del centro.
Si antes del siglo XII la corte de Kioto logró consolidar la autoridad en la
burocracia ritsuryô, con la llegada del gobierno samurái la
influencia se hizo más descentralizada y de naturaleza más feudal.
Al menguar la autoridad política y la fuerza militar del bakufu Ashikaga
(116-1587) comenzaron a tomar forma alianzas ajenas al Estado entre poderosas
familias de samuráis, monasterios budistas armados y asociaciones de vecinos de
Kioto. Bajo la presión de esos grupos, el bakufu Ashinaga
acabó por debilitarse hasta el punto de ser ineficaz. Japón se sumió en una
situación sociopolítica bien plasmada en el término gekokujô, o
«lo más bajo se alza contra lo más alto». En el vacío político dejado por el
debilitado bakufu, se formaron nuevas alianzas a medida que
los señores de reinos, conocidos como daimyô, consolidaban su
poder a nivel local. La herencia de los reinos y sus daymiô es
sólida y duradera. Cuando el país fue finalmente reunificado a finales del
siglo XVI, muchos dominios conservaron en gran medida su autonomía, incluso
mientras el bakufu Edo (1603-1868) reafirmaba su poder en la
nueva capital. De hecho, el legado de regionalismo sobrevive hasta hoy: pese a
que Japón es un país pequeño, conserva un fuerte sentido de identidad local,
expresada ahora en la comida, la tradición literaria y los obsequios. En el
periodo medieval el regionalismo era mucho más maligno, adoptando a menudo la
forma de guerra devoradora.
EL BAKUFU ASHIKAGA
El emperador
Go-Daigo sobrevivió a la matanza del río Minato y huyó a Yoshino, donde instaló
una corte imperial paralela inaugurando el confuso periodo de las cortes del
Norte y del Sur (1336-1392). Legitimado por la corte del Norte, Ashikaga
Takauji se convirtió en shogun en 1338 y estableció el bakufu Ashinaga
en Kioto. Su hijo Ashikaga Yoshiakira (1330-1367) siguió los pasos de su padre
al frente del gobierno hasta su muerte prematura a los treinta y siete años.
Esto dejó a su joven hijo, Yoshimitsu (1358-1408) en manos del poderoso criado
Hosokawa Yoriyuki (1329-1392). En su lecho de muerte dijo a Yoriyuki: «Te doy
un hijo», y al hijo le dijo: «Te doy un padre». La autoridad Ashikaga alcanzó
su cénit con Yoriyuki y, más tarde, Yoshimitsu, sostenida en parte por una
creativa subida de impuestos de 1371 a los fabricantes de sake y sus socios
vendedores. La familia Ashikaga, a diferencia de sus predecesores Kamakura,
siempre había poseído pocas tierras y la tasa sobre el alcohol les suministró
un caudal de ingresos muy necesario. También creó el puesto de kanrei (representante
o suplente del shogun) para fortalecer la burocracia del bakufu.
Yoshimitsu tomó las riendas del poder en 1379, tras la renuncia forzosa de
Yoriyuki. Yoshimitsu, que supervisó el bakufu hasta su muerte
en 1408, surcó con éxito las turbulentas aguas políticas del siglo XIV y los
primeros años del siglo XV. Yoshimitsu tuvo que luchar principalmente con tres
poderosos bloques: las instituciones religiosas, los leales a la corte del Sur
de Go-Daigo y los gobernadores provinciales (shugo). Logró un
acuerdo con la corte del Sur en 1392 con la promesa de alternar la sucesión y
aplastó con habilidad a peligrosos gobernadores como el tenaz Ôuchi Yoshihiro
(1359-1399) a finales del siglo XIV.
El punto débil
del bakufu Ashinaga residía en su sistema de gobierno
bifurcado: los gobernadores eran, al mismo tiempo, burócratas de Kioto y
gobernadores de las provincias. Catorce familias de gobernadores representaban
a ramas de la familia
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Ashinaga, mientras que los otros siete vivían lejos de Kioto y
gobernaban a cambio de tierras. (Este número fluctuaba. En 1392 unos 20 clanes
administraban 45 provincias.) Por debajo del shogun el cargo
más importante era el de delegado del shogun, normalmente ocupado
por una de estas tres familias: Shiba, Hatakeyama y Hosokawa, las cuales se
convirtieron en el núcleo de la hegemonía Ashikaga. Cuando funcionaban juntas
ejercían poder efectivo sobre los gobernadores, cuando estaban divididas desgarraban
el país y sus débiles costuras. Como veremos, fue el conflicto entre estas tres
familias lo que llevó a la declaración de la Guerra Ônin (1467-1477), en la que
la capital fue arrasada en combates puerta a puerta durante más una década.
Los gobernadores
estaban en una posición delicada por la forma en que dividían su tiempo entre
Kioto, como burócratas y sirvientes del bakufu, y las
provincias, como supervisores locales. Cuando se encontraban en las provincias,
los gobernadores competían por el control con los «agentes provinciales», cuya
autoridad emanaba no de Kioto sino de alianzas hereditarias locales. Con el
tiempo, la autoridad de estos gobernadores disminuyó en las provincias, sobre
todo tras la Guerra Ônin, que destruyó los vestigios que quedaban del poder de
los Ashikaga. A medida que el bakufu se debilitaba y los
gobernadores perdían legitimidad, esos «agentes provinciales», que obtenían
localmente su legitimidad, ocuparon con facilidad los vacíos de poder.
Los problemas para
el bakufu comenzaron con el asesinato de Ashikaga Yoshinori
(1394-1441). El bakufu respondió con una campaña militar
contra los perpetradores en la provincia de Harima. El asesino, Akamatsu
Mitsusuke (1381-1441), se suicidó durante la campaña, pero su muerte no mejoró
la suerte del bakufu. Los sucesores de Yoshinori eran hombres
jóvenes y estúpidos. Ashikaga Yoshimasa (1436-1490), de infausta memoria, fue
el peor de los shogun, condenado categóricamente por su
patética extravagancia. Se dice que «gobernaba únicamente por el anhelo de
mujeres y monjas sin experiencia». A menudo se considera que él y su consejero,
Ise Sadachika, fueron los responsables del deterioro del bakufu, aunque
habría que culpar sobre todo a los problemas institucionales y los desastres
naturales. Bajo el shogun Yoshimasa, una serie de disputas
sucesorias afectaron a las familias Hatakeyama y Shiba. Al final, se
extendieron a la familia Ashikaga y provocaron la Guerra Ônin, de la que
el bakufu nunca se recuperó. Pero antes de volver sobre el
caos provocado por el hombre con esta guerra, debemos dirigir nuestra atención
brevemente hacia los cataclismos que llevaron al bakufu al
límite.
Entre 1457 y 1460,
una serie de desastres naturales estremecieron el archipiélago. Para empeorar
las cosas, durante las calamidades el excéntrico comportamiento de Yoshimasa
alcanzó su cumbre. Las privaciones se extendieron por todas partes: un
observador escribió en 1460 que de camino a su casa había visto a una mujer
acunando a un niño en Rokujô, en la capital. «Después de repetir el nombre de
la criatura una y otra vez, se calló finalmente y empezó a llorar. Miré más de
cerca y vi que el niño ya estaba muerto», recordaba. La gente empezó a
preguntar de dónde era la mujer. Ella contestó que era una refugiada de
Kawachi. «La sequía ha durado allí tres años» continuó, «y las plantas de arroz
ya no brotan [...] No he sido capaz de proporcionar comida a este niño y ahora
hemos llegado a esto». Yuxtapuesta a esta miseria el observador contempló otra
escena, esta de la extravagancia de la elite: «Mientras todavía me embargaba la
pena por esa experiencia, me topé con un grupo de señores que contemplaban
flores [...] Miraban con altanería a los que pasaban y obstaculizaban a los
soldados a caballo. Estaban de un humor juguetón, robaban flores y algunos
habían desenvainado sus espadas y cantaban canciones de borrachos».
Ese era el telón de
fondo ambiental y social de la Guerra Ônin. En 1464, Ashikaga Yoshimi
(1439-1491) se convirtió en shogun al caer inesperadamente
Yoshimasa. La influyente familia Hosokawa respaldó a Yoshimi en el nuevo cargo,
pero las tensiones se desataron cuando la esposa de Yoshimasa, Tomiko, dio a
luz a un heredero varón,
51
Yoshihisa, que contaba con el apoyo de la familia Yamana. El escenario
estaba preparado para un baño de sangre sucesorio. Las dos familia reunieron
ejércitos emormes para los estándares de la época (alrededor de 110.000 los
Yamana y 160.000 los Hosokawa), que invadieron con furia infernal el polvorín
de Kioto, una ciudad hecha de madera. La guerra entre estas facciones duró 11
devastadores años, sin que ninguna celebrara la victoria decisiva. Kioto fue
reducida a pedazos y quemada durante los enfrentamientos y el bakufu quedó
herido de muerte, aunque aún logró arrastrarse cojeando inútilmente durante más
de un siglo.
Mientras la
autoridad política se descentralizaba y gravitaba todavía más hacia el nivel
del dominio, aparecieron signos de cambio en las actitudes locales hacia la ley
y el gobierno. Los señores de los Estados guerreros redactaron «códigos de
clanes» que pretendían preservar sus amplias familias y sus territorios.
Consideraban obsoletas leyes medievales como los códigos Jôei (1232) del bakufu Kamakura.
Lo interesante acerca de estos códigos de los Estados en guerra es la lenta
erosión de éticas privadas, como los principios samuráis, en favor de la ley
pública. En los códigos de 1536 diseñados por Date Tanemune (1488-1565), los
actos de venganza quedaron descartados por las leyes del reino, que
prohibían vendettas. Esta «ley que invalida principios» sirvió como
piedra angular de la política de los Estados en guerra. Aunque un samurái se
sintiera tentado de buscar venganza por un tajo sufrido, por ejemplo, la ley le
impedía hacerlo. Como reza un «código familiar»: «Esta prohibido a cualquier
herido por corte de espada en una pelea adoptar medidas de represalia
privadas...». Prosigue: «Aunque tales actos de venganza puedan estar de acuerdo
con los principios de un bushi [samurái], dado que quebrantan
la ley [que prohíbe venganzas privadas] los culpables de estos actos ilegales
serán castigados».
Las leyes del reino
prohibían a los samuráis establecer alianzas fuera de la esfera de influencia
del señor, ya que tales «ligas» eran fuente de desorden. Los samuráis
demostraban lealtad en el «servicio militar» y lealtad al «Estado del reino».
Este sistema atrajo a muchos samuráis a esferas políticas cohesionadas, pero
otros grupos se oponían al poder del daimyô. Un grupo surgido tras
el conflicto Ônin que planteó un serio desafío al bakufu fue
el de los sectarios budistas armados.
SECTARIOS BUDISTAS
En el capítulo 3
comentamos la aparición de varias sectas budistas. Durante los siglos XII y
XIII, la Tierra Pura, la Verdadera Tierra Pura y otros monasterios budistas
empezaron a reconfigurar el paisaje religioso y cultural de Japón. También
alteraron el panorama militar y político. En 1532, los sectarios Ikkô, miembros
de la secta Shinran de la Verdadera Tierra Pura, instigaron el «Levantamiento
del reino bajo los cielos» lanzando un ataque militar contra Miyoshi Motonaga
en las provincias de Kawachi y Settsu con fuerzas que pudieron llegar a 200.000
hombres. Murieron miles de ellos. Pronto se produjeron represalias contra los
templos de Kasuga y Kôfukuji en Nara. Alarmado, Hosokawa Harumoto (1519-1563)
se hizo con el apoyo de otros budistas armados, los Hokke del budismo Nichiren,
que rápidamente se lanzaron contra las fortalezas Ikkô y quemaron varios
templos, incluido el cuartel general de Honganjin en la provincia de Yamashina.
En espectáculos militares llamados «procesiones circulares», los sectarios Hokke
recorrieron las calles achicharradas de Kioto repitiendo «todos alaban la
maravillosa ley del sutra del loto». Cayeron sobre los sectarios Ikkô
desfilando con tambores y flautas, y montados a horcajadas de caballos con
grandes estandartes decorados con mantras budistas. «No des, no tomes» y «Rompe
lo que está doblado, ensancha el camino» servían como consignas Hokke. Dado el
número de grandes templos budistas Nichiren en Kioto, que con
52
sus fosos y torres de vigilancia más parecían fortificaciones que
lugares de devoción, el espectáculo de los sectarios Hokke fue compartido por
la población de Kioto.
La justicia urbana
establecida por los sectarios Hokke ilustra hasta qué punto la violencia
paramilitar había reemplazado a la ley y el orden Ashikaga. Un hombre escribía
en su diario en 1533: «He oído que miembros de la secta Nichiren han detenido a
varios pirómanos. Dado que no había una asamblea formal de la comunidad [para
decidir su destino] [...] trajeron a los tres incendiarios y los ejecutaron de
inmediato». La misma persona escribe: «Para reforzar el juicio y detener a los
dos soldados de a pie que habían saqueado los campos de Shôgôin y el este de
Kawara, se dispusieron unas 5.000 personas del norte de Kioto para un ataque.
Escuché que capturaron a ambos hombres y los mataron». Otro escritor resume la
generalizada influencia Hokke cuando escribe: «Los sectarios Hokke han tomado
el poder en Kioto. El gobierno de Kioto y sus alrededores, que sustenta el
control del shogun y el [delegado del shogun], es
por entero una tarea de los sectarios Hokke». A través del activismo judicial,
el sectarismo religioso militante se convirtió en juez y verdugo en la capital
imperial. No es de extrañar que cuando poderosos señores de la guerra
unificaron el reino mediante la fuerza en la segunda mitad del siglo XVI, su
primer objetivo fueran los sectarios budistas organizados.
En ausencia
del bakufu, surgieron otras filiaciones en Kioto. Asociaciones
urbanas de voluntarios, configuradas por barrios, buscaron defenderse de la
explotación de los samuráis. Con frecuencia, estas manzanas de la ciudad
recibían el nombre de puntos de referencia, santuarios o templos, o de puestos
de empleo. Estaba el del templo Myôden, el bloque del Puente del Norte, el
Gremio de Abanicos y los Trabajadores del Cuero. En ocasiones todos se
atrincheraban frente a poderosos señores de la guerra. Estos enclaves estables
a largo plazo sugieren que se estaban consolidando en el siglo XVI nuevas
formas de identidad urbana en Kioto. Con el tiempo, incluso el bakufu reconoció
la autoridad en la práctica de esas asociaciones y les dio permiso para «acabar
con los estragos» si los campamentos de las tropas en la ciudad alborotaban
demasiado.
La capital se
volvió una ciudad de contradicciones. Mientras los sectarios budistas se
mataban entre ellos, en los bloques se levantaban barricadas y las tropas
samuráis combatían esporádicamente, una incómoda nueva normalidad invadió
Kioto. En 1506, un cortesano observó una placa de madera oficial que explicaba
que estaban «prohibidos ladrones», «incendiarios» y «peleas», al igual que el
«sumô» y el «baile». Se dijo a sí mismo que así «debería ser». Alguien menciona
en otro diario que estaba prohibido «disparar flechas», además de los «paseos
de placer en barca» y las «excursiones con linternas». En un ambiente de guerra
endémica y desorden, la autoridad caprichosa reemplazó a la verdadera política
y el orden social. La capital luchaba por controlar los escasos vestigios de
orden social. Eran enmarañados jirones de orden en una ciudad que había quedado
arrasada por décadas de enfrentamientos. Como comentaba un viajero en 1526:
«Mirando ahora sobre Kioto, lo mismo a las casas de los ricos que a las de los
pobres, no veo ni un edificio donde antes había diez. Las viviendas de la gente
corriente han sido abandonadas para ir a cultivar el campo. El palacio es una
maraña de hierbajos. Es demasiado para contarlo con palabras». Puede que fuese
demasiado para contarlo con palabras, pero no bastaba para disuadir a la gente
de los «paseos de placer en barca» y el «baile».
De hecho, el baile
era peligroso en Kioto. En 1520, alguien observaba en un diario que hubo baile
«todas las noches este año» y se preguntaba si sería «porque el lugar parece
pacífico» o porque había entrado en un periodo de «nueva conmoción». El espectáculo
de tales bailes nocturnos, cuando cientos de personas tomaban las calles,
sugiere tanto «paz» como «nueva conmoción». El baile parecía descontrolado y
los participantes, como apunta una nota en un diario de 1532, eran «presa de la
demencia». El baile se convirtió en un travieso reflejo de la política del
desorden. Parodiaba la
53
estructura social y política, con elementos de estatus, clase y
transformismo. Kioto se había convertido en la zona cero del caos de los
Estados en guerra, con barrios armados, sectas budistas militarizadas,
escuadrones itinerantes de rudos samuráis y bailes nocturnos que parodiaban el
orden político y social. En el siglo XVI Japón parecía estar al borde, al menos
la capital imperial, de escorarse hacia un completo caos social.
LA GUERRA Y LA
CIENCIA MÉDICA
En capítulos
previos, nuestro tratamiento de la enfermedad, la salud pública y la ciencia en
Japón exploraba principalmente la introducción de enfermedades infecciosas en
el archipiélago y su impacto demográfico, político y social. Con los brotes de
epidemias, el microscosmos bacteriológico se entrecruzó con el macrocosmos en
el que vivía Japón, alterando para siempre a nivel celular el camino evolutivo
del país. La exposición japonesa al sarampión y la viruela en periodos
tempranos le ahorró el tipo de holocausto biológico que tuvo lugar cuando los
conquistadores españoles pisaron el «suelo virgen» del Nuevo Mundo, infestando
y diezmando a poblaciones indígenas como los taínos. A nivel inmunológico, los
japoneses, al menos al sur de Hokkaido, se encontraban entre las comunidades
infecciosas que condujeron al ascenso de Europa Occidental.
A través del portal
internacional de Dazaifu, los monjes budistas y otros viajeros del continente
introdujeron también en Japón las complejidades de la medicina de Asia
Oriental. A finales del siglo XII, Myôan Eisai (1141-1215) hizo dos viajes a
China, donde estudió el budismo zen, y llevó con él sus enseñanzas a Japón. En
su Kissa yôjôki (Tratado sobre el té como remedio para una
larga vida) ofrecía nueva información sobre el té verde y sus cualidades
nutricionales. En el texto enumera decocciones médicas para tratar la diabetes,
la parálisis y otras enfermedades. El monje Enni Ben’en (1202-1280), que
también viajó al continente, creó una biblioteca médica en el templo Tôfukuji
de Kioto, con obras tanto japonesas como de la dinastía Song que trataban del pulso,
la acupuntura, la farmacología y otros temas. Tôfukuji estaba situado en una
parte de Kioto venida a menos y es probable que el templo practicase medicina
caritativa entre la comunidad. Otras sectas budistas, como la del Precepto
Ritsu, bajo la guía de su fundador Eison, también se dedicaron a la medicina
caritativa y comunitaria, con el interés puesto en las condiciones de salud de
grupos tan marginados como «la gente de la ribera» y las «no personas». En
Kamakura, el templo Gokurakuji se convirtió en un centro de sanidad pública
para el tratamiento de los mal alimentados, mal vestidos, socialmente
rechazados, enfermos (con frecuencia leprosos) y la población de parias «no
humanos» en continua expansión demográfica de la capital del bakufu Kamakura.
El texto médico
japonés más importante escrito antes del siglo XIII es el Ishinpô (Fórmulas
de medicina, 984), obra de Tanba Yasuyori. También hay que destacar el Honzô
wamyô (Nombres japoneses en los estudios naturales, 922), de Fukane
Sukehito (898-922), y el Wamyôrui shûshô (Recopilación de
nombres japoneses, 931-937), de Minamoto no Shitagau (911-983), que presenta
catálogos taxonómicos de objetos naturales, muchos de ellos parte de la
farmacopea en rápido desarrollo de Japón. En los textos es abrumadora la
influencia del saber chino sobre la observación empírica, pero reflejan un
intento de los japoneses medievales de imponer cierto orden en su mundo
natural. La obstetricia es un asunto fundamental en los textos médicos
medievales de Japón. «A veces el feto está muerto, pero la madre aún vive;
otras veces dos vidas están unidas como si fueran una», escribió el médico
budista Kajiwara Shôzan. En muchos casos considera que «no hay medicinas
prohibidas» a la hora de tratar a las mujeres embarazadas. Anima a los médicos
a combinar los viejos métodos con las técnicas nuevas importadas de la China
Song para poner remedio a tales problemas.
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A lo largo del periodo medieval, un caudal constante de textos médicos,
medicamentos, herramientas y técnicas llegó a Japón a través de lo que cierto
historiador denomina «una ruta de la seda de fármacos y fórmulas». Un asunto
importante era la sincronización de los nombres, pesos y medidas japoneses y
chinos, cruciales para la elaboración de diversos tratamientos médicos
importados de China y Corea. Esta era una de las principales preocupaciones
del Honzô wamyô, por ejemplo. Para tratar dolencias recientemente
diagnósticadas, los textos médicos enumeran ingredientes de origen occidental,
como la nuez moscada, como poderosas nuevas armas en el arsenal médico. En esos
años Japón formaba parte del intercambio global de conocimientos médicos.
Algunos ingredientes, como la nuez moscada, provenían del mundo islámico; otros
planteamientos, como los orígenes kármicos de la enfermedad, procedían de India
y China.
A mediados del
siglo XIV, cuando la guerra empezó a hacer pedazos el bakufu Ashikaga,
la «medicina de las heridas» se transformó en parte importante de la cultura
médica japonesa. Las primeras dos obras japonesas sobre esta modalidad médica –Kinsô
ryôjishô (Sobre la cura de heridas incisas) y Kihô (Fórmulas
del demonio)– son del siglo XIV. La guerra despiadada sustituyó a
las campañas que habían marcado un hito en otros tiempos, y el combate de
proximidad con espadas ocupó el lugar de los arcos y las flechas. Las campañas
militares de otras épocas tenían carácter estacional, pero en el siglo XIV la
guerra se desarrollaba en cualquier estación del año. El Taiheiki (Crónica
del Japón medieval) del siglo XIV retrata vívidamente situaciones en las que
«la escarcha otoñal desgarraba sus carnes y la helada del amanecer se adhería a
su piel». El índice del Kinsô ryôjishô incluye temas tales
como «Volver a colocar vísceras que se han salido», «Insectos que
aparecen en una herida» y «Cerebros que asoman de una herida en la cabeza», lo
que ilustra el horror del periodo de los Estados en guerra. Los autores de
dichos textos acumulaban conocimientos a través de la experiencia, las
conversaciones con otros médicos acerca de sus «secretos» y la consulta de
obras de la China Song. Por desgracia, los historiadores se ven obligados a
especular sobre cómo la exposición a cuerpos mutilados y abiertos pudo hacer
que avanzase la comprensión de la anatomía y la fisiología humanas.
EL CAMPO
Pese al desorden
endémico que se extendió por el campo, las explotaciones agrícolas en Japón
habían entrado en una etapa de intensificación. Muchas de las enfermedades
epidémicas de siglos anteriores se habían transformado en endémicas y la
mortalidad y la morbilidad estaban restringidas en gran medida a los niños.
Expuestos a infecciones periódicas, algunos niños sobrevivían y desarrollaban
inmunidad, otros no lo conseguían y morían. Pero incluso los muertos
contribuyeron al lento establecimiento de un nuevo orden inmunológico
hereditario en Japón, que lo prepararía para la llegada de los europeos y sus
infecciones en el siglo XVI. También disminuyó la virulencia de las graves
hambrunas del siglo XIII, a las que aludimos en el capítulo anterior. Con cada vez
más excedentes agrícolas, gracias al cultivo de más tierra y el despliegue de
mejores tecnologías, la población del Japón medieval creció desde alrededor de
7 millones de personas en 1200 a 12 millones en 1600, al cierre del periodo
medieval.
Varios factores
condujeron a la intensificación de la agricultura, uno de ellos el
sistema kandaka. El término hacía referencia al equivalente
monetario de la producción agrícola, incluidos otros recursos y
servicios que los vasallos extraían de sus parcelas. Los supervisores
calculaban el rendimiento en metálico, a diferencia del anterior sistema kokudaka de
Tokugawa, que lo valoraba en medidas de arroz. Lo que es más, calculaba el kandaka equivalente
al pueblo, no el de cada propietario individual. Además, gravaba esa
55
estimación basada en toda la tierra cultivable, no en la cultivada. En
otras palabras, como los pueblos pagaban una «tasa anual» en base a la tierra
cultivable, el sistema incentivaba el cultivo de más tierra. Ponían a producir
la tierra, porque de todos modos iban a tener que pagar el impuesto por su
rendimiento estimado. Los daymiô de los Estados guerreros
siempre andaban a la búsqueda de nuevas fuentes de ingresos por el alto coste
del mantenimiento militar y los estipendios de los vasallos. A partir de 1300,
nuevos pueblos y tierras agrícolas brotaron en lugares que en otro tiempo
habían sido terrenos silvestres o baldíos.
Esos pueblos que
cultivaban nuevos campos se concentraban en torno a líderes locales para crear
grupos, protegerse contra los bandidos o crear comunidades religiosas. Los
excedentes aumentaron gracias a una mejor labranza con herramientas de hierro,
una mejora del riego y mejores fertilizantes. Y los cultivos diversificados
permitieron el agrupamiento de pueblos y el establecimiento de comunidades más
grandes. Algunas adaptaciones agrícolas fueron muy simples: la nivelación del
suelo para una distribución uniforme del agua en toda la cosecha resultó
sencilla. Otros avances eran más complejos: elaborados proyectos ribereños que
transportaban el agua para el riego a los arrozales, por ejemplo. Los
campesinos utilizaron sofisticadas norias, excavaron pozos y canalizaron la
irrigación a través de esclusas, compuertas y diques. La duplicación de
cosechas también incrementó los rendimientos y beneficios. Un historiador
calcula que en 1550 se habían introducido cultivos sucesivos en una cuarta
parte de los arrozales del centro y el oeste de Japón. En 1420, un emisario
coreano observó la sucesión de cosechas en el área de Hyôgo. Escribió: «Cortan
su arroz al comienzo del otoño [...] y plantan alforfón, que cosechan al llegar
el invierno. Pueden plantar semillas tres veces al año en un arrozal». Con la
intensificación de la agricultura, los grupos aldeanos se transformaron en
valiosas defensas frente a los estragos del periodo de los Estados en guerra.
Algunos pueblos incluso construyeron fosos que servían para señalar los límites
de la comunidad.
La intensificación
agrícola se extendió tanto «hacia arriba» como «hacia abajo», referencia de un
historiador al efecto dominó que estos cambios tuvieron en la cadena trófica.
«Hacia abajo» hace alusión al impacto que la expansión agrícola tuvo sobre las
comunidades biológicas no humanas de fauna y flora. Crear más tierra cultivable
implicaba limpiar más vegetación, en particular en las zonas aluviales y las
terrazas menos fértiles. La construcción de aldeas, casas y nuevas tecnologías
para la agricultura exigía talar más madera. La necesidad de fertilizantes
suponía reunir hierba, hojas y ramas. Los aldeanos precisaban madera para
cocinar, la metalurgia y los hornos, además de para puentes y obras de
irrigación. El empleo creciente de la agricultura de roza y quema ejerció aún
más presión sobre las zonas madereras en torno a las agrupaciones de aldeas, lo
que desembocó en incendios, agotamiento del suelo y erosión. A diferencia del
anterior bakufu Edo, el bakufu Ashikaga
pareció prestar poca o nula atención a las cambiantes condiciones en los
bosques. La mayor parte del control forestal se distribuía localmente y los
grupos aldeanos solían delimitar con estacas los bosques cercanos. En 1448, el
pueblo de Imabori, en la provincia de Ômi, intentó abordar el problema del
deterioro del bosque prohibiendo cortar árboles sin autorización. En 1502
redoblaron sus esfuerzos.
Los bosques
sufrieron la huella ecológica de la lucha endémica en Japón. El carbón vegetal
era esencial para fabricar armaduras, espadas, lanzas y otras armas de metal.
Al aumentar las viviendas, la necesidad de carbón para el fuego (que producía
peligrosas chispas) llevó a la tala de más madera. En el siglo XIII, el bakufu Kamakura
se quejaba con frecuencia de los altos precios del carbón y de la leña. La
construcción de monumentos también requería madera. Durante las batallas de la
Guerra Genpei de 1180, ardió el templo de Tôdaiji en Nara e hicieron falta
grandes árboles para reconstruirlo. La impresión «Tôdaiji» en los árboles antes
de que los leñadores los cortasen identificaba los lugares en el oeste de
Honshu destinados para el proyecto de reconstrucción. En 1219, los
56
documentos registran que «el centro de Kamakura fue destruido por un
incendio», así que hizo falta más madera. En resumen, la agricultura japonesa
en expansión, la construcción de monumentos y ciudades y su mantenimiento, el
caos y la guerra endémicos y la aparición de pueblos agrupados representaron
una creciente presión para los bosques de Japón.
La influencia
«hacia arriba» de la intensificación agrícola asume la forma de
comercialización económica a medida que los recursos se desplazaban por la
comunidad humana. A lo largo del periodo de los Estados en guerra, los daimyô comerciaron
con otras regiones de todo Japón. Los daimyô del interior
buscaban productos de las zonas costeras y los dominios que sufrían pobres
cosechas deseaban importar arroz. Los daimyô garantizaban a
los «gremios» de comerciantes privilegios especiales y unos cuantos hasta consiguieron
puestos como «funcionarios de comercio». Las restricciones a la importación,
una versión medieval de los aranceles, protegían a algunas industrias así como
a la base impositiva del reino. Por norma general, las mercancías fluían por el
país sin demasiadas restricciones, porque la mayoría de los daimyô esperaban
beneficiarse de una sólida actividad comercial en sus dominios.
RELACIONES
EXTERIORES ASHIKAGA
La ausencia de un
centro político fuerte volvieron confusas las relaciones con el continente
durante el periodo medieval. El príncipe Kaneyoshi, hijo de Go-Daigo y
representante de la corte del Sur, supervisaba las relaciones con China. En
1370, cuando los enviados Ming llegaron a Japón exigiendo sometimiento al Reino
Medio, el príncipe Kaneyoshi se mencionó a sí mismo como un «súbdito» en el
orden diplomático Ming. Un año más tarde envió a su sirviente a la corte Ming
para rendir tributo, de acuerdo con el protocolo del orden tributario chino.
El tianxia, o dominio del orden internacional chino, incluía a
todos los países unificados por los virtuosos gobernantes chinos, los «hijos
del cielo». La corte Ming esperaba tributo de las «cuatro regiones bárbaras»,
entre las cuales, para los chinos, se encontraba Japón. Los Ming concedían a
los gobernantes de los países que les rendían tributo el título de «rey», que
parecía degradante a los emperadores y shogun del Japón
medieval.
La corte del Sur
despachó enviados al «hijo del cielo» Ming en al menos siete ocasiones entre
las décadas de 1370 y 1380. Los chinos rechazaron a la mayoría, bien porque
deseaban ver al verdadero gobernante de Japón, o por las tensiones diplomáticas
causadas por los piratas. De hecho, este problema se hizo tan pronunciado que
la corte Ming se refería al «rey de Japón» como «pirata». En el contexto del
sistema tributario siempre existieron tensiones entre Japón y China, porque
Japón se negaba a desempeñar un papel subordinado en la diplomacia geopolítica.
Sólo en dos ocasiones formaron parte brevemente los japoneses del sistema
tributario chino: como reino de Wa en el siglo VI y bajo el shogun Ashikaga
Yoshimitsu en 1401. Hemos examinado la importancia del primer caso, pero el
segundo exige cierta explicación porque dio forma a la postura diplomática del
Japón premoderno en Asia.
En dos ocasiones,
1374 y 1380, el shogun Yoshimitsu mandó emisarios a la corte
Ming. Dos décadas más tarde, en 1401, los Ming finalmente aceptaron recibir al
enviado japonés. Yoshimitsu había enviado un tributo y devuelto a los marineros
chinos capturados por piratas. Una embajada de la corte Ming acompañó al
emisario japonés a su vuelta y se dirigió a Yoshimitsu como «rey de Japón».
Cuando los japoneses volvieron a la corte Ming en 1403, Yoshimitsu se presentó
al «hijo del cielo» como «vuestro súbdito, el rey de Japón», realzando su
posición subordinada dentro del orden tributario chino. La corte Ming recomendó
a Yoshimitsu que adoptase el calendario chino, con lo que el país insular se
adaptaba a los ritmos del gobierno dinástico chino. Las motivaciones del shogun
57
Yoshimitsu estaban relacionadas con el comercio oficial regulado con
China mediante el sistema del «sello autentificador»: Japón recibía
certificados o autorizaciones (kangô-bôeki) de entrada y
salida al País del Centro. Sin embargo, este comercio se interrumpió cuando
Ashikaga Yoshimochi se convirtió en shogun.
Algunas ciudades,
como Sakai, llegaron a tener gran importancia en este tipo de comercio con
China. Los mercaderes de Sakai, que manejaban el comercio oficial con China
del bakufu, forjaron estrechas relaciones con los samuráis en Kioto
y otros lugares. Se ocupaban del aspecto «empresarial», equipaban los barcos y
catalogaban la mercancía que partía para el País del Centro. Dirigían las
juntas municipales en Sakai, lo que creaba la impresión de que estaba gobernada
por burgueses. La oportunidad económica que ofrecían estos negocios con los
Ming permitía que los comerciantes gobernasen Sakai con un sorprendente grado
de autonomía, que recuerda el de ciudades europeas como Venecia o Génova.
CULTURA MUROMACHI
Escritores como
Kitabatake Chikafusa (1293-1354), en su Jinnô shôtôki (Crónica
de dioses y soberanos, o Crónicas de los verdaderos linajes de los divinos
emperadores, 1339), proclamaban: «El gran Japón es el país de los dioses. El
progenitor celestial lo fundó y la diosa del Sol lo transmitió a sus
descendientes para que lo gobernasen eternamente. Sólo en nuestro país es esto
cierto; no hay ejemplos similares en otros países. Por eso es llamado el país
de los dioses». Las consideraciones de Kitabatake sobre los orígenes divinos y
excepcionales cualidades de Japón constituyen un poderoso ejemplo de
protonacionalismo, sustentado por mitos que persistieron en el siglo XX y
aportaron una justificación para el Imperio japonés. Kitabatake formaba parte
de un consenso, en aumento durante el periodo medieval, sobre determinadas
características japonesas que distinguían al país de sus vecinos del este de
Asia. Japón era diferente a China y todos los demás, revelaba Kitabatake,
porque «el progenitor celestial lo fundó», un mito al que recurrirían
ampliamente tanto los reformadores Meiji como los militaristas de inicios del
siglo XX.
Dentro de este
peculiar discurso, también surgió una nueva estética, llamada cultura
Muromachi, caracterizada por una delicada sensibilidad, ceremonias del té y
teatro Nô, austeridad zen y una casi maníaca observancia de la simplicidad
estética. El término que mejor refleja la naturaleza de la cultura Muromachi
es yûgen, palabra procedente del vocabulario del teatro Nô. El
término evoca algo profundo, misterioso, indescifrable y distante. La cultura
Muromachi era un mundo de arenas blancas rastrilladas con meticulosidad
rodeando piedras cuidadosamente dispuestas en jardines, laboriosas
representaciones de un cosmos ordenado, así como paisajes rústicos pintados a
tinta y esculturas de madera. Logros arquitectónicos como el Kinkakuji
(Pabellón de Oro) y el Ginkakuji (Pabellón de Plata, figura 7) fueron producto
de los siglos XIV y XV y evocan intensas sensibilidades budistas zen. Al mismo
tiempo que facciones rivales samuráis y monjes armados causaban estragos en el
país durante el periodo de los Estados en guerra, los artistas daban nueva
forma a su mundo natural en algunas de las más sólidas contribuciones de Japón
al arte global.
58
Figura 7. Ginkakuji
(1490), templo zen ilustrativo de la austera estética Muromachi de finales del
periodo medieval, Kioto.
CONCLUSIÓN
Con el declive
del bakufu Ashikaga, durante el periodo de los Estados en
guerra asistimos a la virtual disolución de la autoridad central en Japón.
También presenciamos la aparición de muchas de las circunstancias políticas,
sociales, intelectuales y medioambientales que guiarían a Japón hasta el
periodo premoderno. Las guerras y rivalidades de los siglos XV y XVI
convirtieron al dominio en centro de la identidad política, situación que
persistió en mayor o menor grado hasta mediados del siglo XIX. Los daimyô, hombres
cuyos «códigos de familia» fueron versiones tempranas de legislación pública,
se convirtieron en las figuras políticas más poderosas de Japón. Asimismo, los
sectarios budistas plantearon repetidos desafíos en el siglo XV y al hacerlo
atrajeron la ira de los unificadores, que asesinaron a un competidor tras otro
e hicieron de ellos su blanco.
Japón se transformó
en parte de un intercambio global de conocimientos médicos que promovió una
ciencia cosmopolita. Como veremos, con la llegada de los europeos esa ciencia
cosmopolita japonesa se volvió aún más sofisticada gracias a la importación de
muchas filosofías y prácticas previas y posteriores a la Ilustración. Junto a
ese cosmopolitismo, los intelectuales japoneses emprendieron un proceso para
definir las cualidades distintivas de Japón, expresadas en los orígenes divinos
del país. Por último, se produjo también el nacimiento de la estética
Muromachi, que bebía de formas continentales e indígenas para crear una
implacablemente sencilla belleza que conquistó la crudeza que destilaba la
etapa medieval de Japón.
59
Encuentro de Japón
con Europa
(1543-1640)
Al final del siglo
XV un puñado de pequeños Estados europeos comenzó a reconfigurar el mundo.
Antes de esa época, la mayoría de la riqueza mundial había estado localizada en
Asia, Oriente Medio y el subcontinente indio, donde las tradicionales redes de
comercio de artículos de lujo, desde especias a esclavos, enriquecían a los
sultanes y emperadores de los grandes imperios orientales. Sin embargo, con dos
asombrosos viajes marítimos, Europa accedió a la era de los descubrimientos y,
eventualmente, del colonialismo. Esos viajes explican cómo ascendieron los
europeos a una posición de dominio global gracias al control de recursos como
la plata y el azúcar, y al intercambio de microorganismos como el virus de la
viruela. Entre los siglos XV y XIX, imperios y civilizaciones en otro tiempo
grandes se derrumbaron bajo la presión de microbios euroasiáticos, tecnologías
militares, gobiernos coloniales y rapacidad económica. En la edad premoderna se
produce la dispersión global de la cultura y las instituciones europeas,
incluyendo las costas de Japón. No obstante, Japón sobrevivió intacto a la era
de los descubrimientos, al menos si lo comparamos con el Nuevo Mundo, India y
China, por razones que describiremos en este capítulo. Aún más importante, el
encuentro inicial de Japón con Europa en el siglo XVI contribuyó a su relativo
éxito frente al imperialismo occidental del siglo XIX.
ECOLOGÍAS
IMPERIALES
Dos descubrimientos
marítimos crearon el marco para la supremacía europea. El primero se produjo
cuando Cristobal Colón (1451-1506) partió en 1492 en un viaje de expedición a
Asia, que tuvo como resultado, sin él saberlo (siguió insistiendo en que se hallaba
en Oriente), la colonización de las Américas y la reducción de la población
amerindia. El segundo viaje de consecuencias importantes se produjo cuando el
explorador portugués Vasco da Gama (1460-1524) partió de Lisboa en 1497 y rodeó
el cabo de Buena Esperanza hasta el océano Índico. Da Gama navegó empujado por
los monzones y llegó a Kozhikode (Calcuta) en mayo de 1498. Cuando puso rumbo a
casa lo hizo con los monzones soplando en contra desde el mar: el viaje de
partida había durado 23 días, pero el de regreso duró 132 días y se cobró un
fuerte peaje entre su tripulación. La mitad de los hombres murieron a causa del
escorbuto. Pese a todo, en 1499 llegó a Lisboa tras abrir un lucrativo mercado
de especias con Oriente Medio y el subcontinente indio. Una vez que explotaron
redes de comercio preexistentes, ambos viajes dieron a luz al mundo moderno con
sus cada día más interdependientes canales comerciales, formas de poder
político, tecnologías, ecologías e ideas. También acercó un paso más a los
europeos a Japón.
Tradicionalmente,
los historiadores sostienen que la ascendencia europea fue producto de una
amalgama única de sucesos históricos, como la competencia entre pequeños
Estados europeos, la Ilustración, la ética protestante del trabajo, la
revolución científica con sus grandes avances tecnológicos o el nacimiento del
capitalismo. Los revisionistas proclaman ahora que fue cuestión de buena suerte
geográfica. Pero la rápida inyección de azúcar y plata del Nuevo Mundo en las
venas de los ciudadanos y las economías europeos también explica cómo Europa
pasó de ser un lugar atrasado en el panorama global a un conjunto de Estados
que competían por la supremacía mundial. El proceso fue tanto biológico como
militar, político o económico, porque organismos que
60
habían evolucionado con los euroasiáticos desde la llegada de la
agricultura ayudaron a los europeos en sus misiones, al igual que las tenaces
malas hierbas, los cultivos ricos en calorías y el ganado de carne que
transportaron en sus galeones de madera. Con la domesticación del ganado,
microorganismos como la viruela habían pasado de animales a humanos. En el
transcurso de los siglos, esas enfermedades, antes zoonóticas, se volvieron
específicas de los humanos. Persistieron en la población humana y la mortalidad
afectaba sobre todo a los niños. Los que sobrevivían al asalto de los
microorganismos desarrollaban inmunidades que solían conservar el resto de su
vida. Como hemos visto, la viruela había sido introducida en Japón siglos
antes, así que a diferencia de los amerindios, los japoneses ya habían
experimentado la brutal iniciación inmunológica en el grupo de enfermedades de
Eurasia. Los japoneses también producían azúcar desde el periodo Nara (710-794
E.C.), probablemente melaza, cuando la tecnología fue transferida de la
dinastía Tang (618-907). Más tarde, el shogun Tokugawa
Yoshimune (1684-1751) instauró el cultivo de la caña, que importó de las islas
Ryukyu y plantó en el castillo de Edo. Luego, Matsudaira Yoritaka (1810-1886)
alentó su cultivo en el dominio de Takamatsu, con lo que los cuerpos japoneses
consiguieron incluir esta importante ventaja calórica. No se puede negar el
hecho de que el endemismo de la viruela y la abundancia de calorías fueron
factores importantes en la capacidad del país para hacer frente al ataque
inicial de la era europea de los descubrimientos. Al igual que el hecho de que
los dominios de los Estados guerreros en Japón estuvieran relativamente bien
organizados, fueran políticamente sofisticados y estuvieran armados hasta los
dientes.
En los siglos XVI y
XVII casi un millón de españoles emigraron al Nuevo Mundo. En lo que ahora se
denomina el «intercambio colombino», cada barco español que partía de Sevilla
llevaba no sólo pasajeros humanos sino una carga biológica que contribuyó a la
dominación europea. Cuando regresaban de La Habana y otras partes, los
españoles llevaban con ellos una mezcla similar de plantas y animales, aunque
los organismos intercambiados, con excepción de la sífilis, resultaron menos
devastadores. El maíz y las patatas, que recorrieron el mundo con los europeos,
se convirtieron en importantes cosechas globales desde las tierras altas de
Yangtsé al África subsahariana. Cuando llegaron los españoles en 1492, los
pueblos indígenas americanos probablemente rondaban los 54 millones de
habitantes. En el siglo XVII, y después de unas 17 epidemias registradas,
representaban una décima parte de la anterior población, entre 5 y 6 millones.
La viruela y otras enfermedades explican por qué los nativos americanos se
hundieron tan precipitadamente. Cuando los taínos de La Española empezaron a
morir de viruela, los frailes locales escribieron: «Ha complacido a Nuestro
Señor dispensar una pestilencia de viruela entre los llamados indios y que no
cese. De ella murieron y continúan muriendo hasta hoy casi una tercera parte de
los dichos indios». Tales plagas ponían de manifiesto la preferencia de Dios
por los españoles. Con semejantes tasas de mortalidad, los amerindios fueron
fácilmente aniquilados, conquistados o reclutados en las plantaciones de azúcar
para servir a sus nuevos amos. Colón había llevado la caña de azúcar a La
Española desde las islas Canarias en su segundo viaje en 1493 y el cultivo del
Viejo Mundo prosperó en zonas del Nuevo. El azúcar demostró ser una importante
fuente de energía calórica para alimentar la conquista europea.
La plata pronto se
convirtió en la principal exportación española. Entre 1561 y 1580, los
historiadores calculan que aproximadamente el 85 por 100 de la plata del mundo
procedía de minas del Nuevo Mundo como las de Potosí, donde siete de cada diez
trabajadores amerindios perecieron. Como parte de la moderna economía global,
esta terminó en buena parte en cofres chinos. Esto fue resultado de las
políticas monetaria e impositiva de la dinastía Ming (1368-1644), que
trataremos más adelante. No es posible exagerar los beneficios de la conquista
para los habitantes y las economías europeos. Y la promesa de riquezas,
apuntalada por la legitimación divina de proselitizar a los
61
«paganos», al final condujo a portugueses, españoles, holandeses y otros
europeos hasta las costas de Japón.
En 1542 el capitán
portugués Francisco Zeimoto había desembarcado en la pequeña isla de
Tanegashima, en el sur de Japón. Como venían del sur y llegaron al sur de
Japón, los japoneses llamaron a los portugueses Nanbanjin, o «bárbaros del
sur». Influido por el orden tributario chino, Japón imaginaba un mundo en el
que los bárbaros habitaban los cuatro puntos cardinales; los japoneses, de
acuerdo con esta taxonomía de los «bárbaros», estaban entre los escasos
humanos. En Hokkaido (llamada entonces Ezo), por ejemplo, el extremo sur de la
isla, donde vivían los japoneses, era conocido a veces como Ningenchi, o «país
humano», mientras que los ainu vivían en Ezochi, o «País de bárbaros».
Dado la habilidad
con la que los japoneses manejaron su primer encuentro con europeos, merece la
pena situar la llegada de los portugueses a Japón en una perspectiva
comparativa. La experiencia con Brasil resulta instructiva. En el siglo XVI, al
mismo tiempo que llegaba a Japón, la monarquía portuguesa estaba en proceso de
colonizar la costa atlántica de Brasil. Para que el proyecto colonial
funcionase, sin embargo, había que expulsar de las selvas tropicales y
subtropicales a los tupis, que las consideraban su hogar. Los historiadores
estiman que en 1500 alrededor de 1 millón de tupis ocupaban la región desde
Natal en Rio Grande do Norte a São Vicente y São Paulo en el sur. Lo que hacía
a los tupis distintos de otros amerindios, y parecidos a los japoneses que los
portugueses se encontraron en el siglo XVI, es que eran «un pueblo muy valiente
que consideraban la muerte poca cosa». Los guerreros tupis esgrimían
gigantescos palos-espadas, piezas de madera con bordes afilados, y eran
expertos arqueros. Y resultaban aún más espeluznantes que los samuráis de los
Estados en guerra, al menos a ojos de los europeos, porque en ocasiones se
comían a sus víctimas, a menudo con gran despliegue público. A pesar de esos
formidables adversarios, los portugueses confiaban en colonizar la costa de
Brasil y epidemias como la viruela se sumaron para ayudarles a mediados del
siglo XVI.
En la década de
1530, la monarquía portuguesa mandó una flota de cuatro barcos con colonos a
Brasil, junto con la carga biológica de semillas, animales domésticos y
plantas. En 1549, sólo seis años después de que Francisco Zeimoto arribara a
Tanegashima, el monarca portugués despachó al virrey Tomé de Sousa (1503-1579)
con 1.000 colonos y la correspondiente comitiva de vacas, cerdos, aves,
semillas, plantas y enfermedades. Los tupis habían tolerado a los primeros
portugueses y hasta habían cortado y acarreado madera de palo brasil para el
comercio, pero cuando los portugueses comenzaron a esclavizar a los indios para
que trabajasen en las plantaciones, comprensiblemente se resistieron. Los
portugueses respondieron con violencia y optaron por salidas militares que
implicaban «quemar y destruir» aldeas habitadas por los tupis. Al final de las
campañas, «ningún tupinikin quedó vivo». Con la mayoría de los tupis sometidos
o eliminados, los portugueses y sus esclavos africanos continuaron colonizando
Brasil durante los siglos XVI y XVII, hasta que la población colonial llegó a
300.000 personas, de las cuales unas 100.000 eran europeos blancos. Los colonos
recogían palo brasil, trabajaban en las plantaciones de caña de azúcar y
tabaco, criaban ganado y, a partir de 1695, explotaron el oro. En 1819, en
vísperas de la independencia brasileña, la población del país era de 4,4
millones de personas, 800.000 de ellas indios no asimilados. Brasil había sido
transformado en una ecología europea, con gente, plantaciones, ranchos de
ganado, minas de oro y otros sellos litográficos y biológicos del orden
europeo.
La política
colonial europea en Japón fue marcadamente diferente. Japón nunca se convirtió
en una colonia europea ni adoptó la ecología europea. Por supuesto, los
japoneses no eran menos belicosos que los tupis. Como observó un misionero
portugués: «Los japoneses son más valientes y más belicosos» que otros pueblos
de Asia. También
62
estaban mejor organizados políticamente, con poderosos dominios de
Estados guerreros en el sur, donde primero llegaron los portugueses. Estaban
intrigados por los rumores de potenciales riquezas en Japón, pero lamentaban
que «sólo el rey explota» todavía las minas de oro. Esto era especialmente
irritante porque «hay minas por todas partes y el metal es de alta calidad».
Pero someter a los japoneses por los medios usados en Brasil demostró ser
imposible: su ecología nativa de Asia Oriental estaba codificada y fue
firmemente defendida por sus cultivadores humanos. El agente que más colaboró
con los europeos en la conquista del Nuevo Mundo –la enfermedad, y en
particular el virus de la viruela– era ya endémico en Japón. Como no podían
confiar en «Nuestro Señor para que dispensara una pestilencia», los portugueses
confiaron en su Señor de otras formas y emprendieron la conversión de los
japoneses al catolicismo.
LA HISTORIA
CRISTIANA
El Krishitan
monogatari (Historia de los cristianos, 1639) explica que cuando los
japoneses los vieron por vez primera, los portugueses parecían
extraordinariamente bárbaros. De la nave de los bárbaros del sur «surgió una
innominable criatura, similar en forma a un ser humano pero que recordaba más a
un duende de larga nariz [...] No se pudo entender en absoluto lo que dijo: su
voz era como el chillido de un búho». Los portugueses se ajustaban a la
perfección a las taxonomías bárbaras que los japoneses imaginaban que
caracterizaban el mundo más allá de su horizonte. Cada rincón de ese mundo
exterior estaba lleno de fantásticas criaturas, muchas de ellas con apariencia
humana, unas mucho más fantásticas que otras. El lector de las enciclopedias
japonesas del siglo XVIII encuentra un mundo habitado por cíclopes, gente de
tres brazos, gente sin abdomen, por sólo citar unos pocos ejemplos, parte todos
de las exóticas variedades de homínidos que pueblan la Tierra. Pero también se
incluyen otras personas menos fantasiosas, como los isleños de Ryukyu, los ainu
de Hokkaido y los coreanos. En aquella fecha, para el imaginario japonés, la
posibilidad de encontrar duendes gritones en las costas de Japón era muy real,
aunque indudablemente perturbadora.
Sin embargo, los
portugueses no eran duendes. La mayoría eran misioneros y consideraron muy
prometedores a los japoneses que conocieron. «A juzgar por los que hemos
conocido hasta ahora, diría que los japoneses son la mejor raza hasta hoy
descubierta y no creo que encontréis a nadie que se les parezca entre las
naciones paganas», escribía el misionero Francisco Javier (1506-1552). Los
japoneses dividían el mundo entre humanos y bárbaros, pero el vocabulario
elegido por los europeos, influidos como estaban por el cristianismo, era
describir a los no europeos como paganos». Pese a las prometedoras
circunstancias, el esfuerzo misionero de Francisco Javier encalló de inmediato.
Empezó por su ayudante japonés, Yajirô, a quien bautizó en 1548 con el nombre
de Paulo de Santa Fe. Cuando Francisco Javier pidió a Yahirô, que no era
teólogo, que tradujese «Todopoderoso» al japonés, Yahirô comprensiblemente usó
Dainichi (versión japonesa del Buda Vairóchana), recurriendo a tradiciones
budistas como la Shingon. Básicamente, Francisco Javier pasó sus primeros años
presentando a hastiados japoneses al Dainichi, una todopoderosa figura budista
que conocían de sobra. Cuando más tarde transcribió fonéticamente Deus como
«Deusu», los monjes budistas se burlaron de la nueva religión haciendo que
sonase como dai uso, que significa «gran mentira». A pesar de
estos reveses humorísticos, Francisco Javier hizo algunos progresos entre los
paganos japoneses. Convirtió a 150 almas en Satsuma, 100 en Hirado y 500 en
Yamaguchi. Más tarde culparía de su total falta de éxito en Japón a los «cuatro
pecados» de los japoneses: negación del Dios verdadero, sodomía, aborto e
infanticidio.
Pero problemas
muchos peores que la sodomía amenazaban a Japón. Los primeros misioneros
descubrieron un Japón sumido en medio de un cataclismo político: el periodo
63
de los Estados en guerra (1467-1590). Probablemente, era inevitable que
los portugueses y otros europeos se enredasen en las violentas intrigas
políticas de los Estados guerreros. El misionero João Rodrigues comentó la
agitación política. «Todo el reino está lleno de ladrones y salteadores de
caminos y en el mar hay innumerables piratas que de continuo saquean no sólo a
Japón sino también la costa de China», observó. Continuaba: «Los hombres
discuten y se matan entre ellos, confiscan sus bienes si así lo deciden, de tal
manera que está muy extendida la traición y nadie confía en su vecino».
Rodrigues escribió también: «El orden se desmorona aquí porque todo el mundo
actúa de acuerdo con el momento y habla según las circunstancias y la ocasión».
Era un momento duro para estar en Japón, un país armado gobernado por
emprendedores samuráis que no servían a nadie más que a sí mismos.
No obstante, los
misioneros ibéricos porfiaron. En 1570, el padre Francisco Cabral (1529-1609)
se convirtió en jefe de la Compañía de Jesús. Sostenía que los portugueses
debían gobernar la Compañía porque no se podía confiar en los japoneses. Creada
en 1540, la Compañía desbordaba el entusiasmo misionero propio de la
Contrarreforma que siguió al Concilio de Trento (1545-1563). Cabral señalaba:
«Si no paramos y desistimos de admitir a los japoneses en la Compañía [...]
será la razón del colapso de la Compañía, mejor dicho, del cristianismo en
Japón». «No he visto otra nación tan engreída, codiciosa, inconstante y falsa
como la japonesa», explicaba. Bajo Cabral, la misión logró pocos beneficios en
Japón, en buena medida por su negativa a admitir japoneses en la Compañía.
El padre Alexandro
Valignano (1539-1606), el siguiente responsable de la Compañía, tuvo mucho
éxito tras desembarcar en Japón en 1579. Pensaba que los jesuitas tenían que
asimilarse a la vida japonesa para tener éxito. «Como niños, [los misioneros
tendrían] que aprender de nuevo», escribía. Un interesante ejemplo de este
encuentro cultural relacionado con los europeos, sus hábitos alimentarios y el
equipaje biológico con el que viajaban, en particular cerdos y vacas. Hay que
imaginarse a los hambrientos religiosos sentados en torno a la mesa, con huesos
esparcidos cerca de sus platos y grasa sobre sus espesas barbas, mientras
disertaban en educado japonés sobre la gloria de Cristo. Los japoneses, que
comían poca carne en aquella época y aún criaban menos animales, debieron
sentirse horrorizados y, en un sentido espiritual, poco seducidos por los
padres jesuitas. A la vista de esto, Valignano ordenó que «no se podían
mantener en las residencias cerdos, cabras o vacas ni curar o vender pieles de
animales, porque esas prácticas son sucias y abominables a ojos de los
japoneses». En zonas como Nagasaki, que ya tenía un aire cosmopolita debido a
la presencia china, la carne de animales «puede ser comida en ocasiones en
nuestras residencias, siempre que esté de acuerdo con la costumbre japonesa».
Insistía en la importancia de que «restos y huesos no se dejen en la mesa y que
los trozos de carne no sean tan grandes que parezcan grotescos a los
japoneses». Gracias a estos esfuerzos, los misioneros habían convertido en 1590
a 130.000 japoneses.
Entre los primeros
conversos había poderosos daimyô y ahí radican algunos de los
problemas de la cristiandad. Ômura Sumitada (1533-1587) fue uno de esos
señores. Fue bautizado en 1563 y, dado su establecimiento en la costa oeste de
Kyushu, capitalizó el comercio con los portugueses en 1565. No transcurrió
mucho tiempo antes de que la terminal del Gran Barco, que salía de Macao, se
trasladase a Nagasaki y la ciudad emergiese como un asentamiento europeo. La
amistad de Ômura con los portugueses se rentabilizó cuando en 1574 acudieron en
su ayuda contra su rival, el señor samurái Saigô Sumitaka. Seis años más tarde,
Ômura ofreció a los portugueses la autoridad administrativa de Nagasaki, que
garantizó que el Gran Barco fuese recibido en los dominios de Ômura y
suministró a los portugueses una base de operaciones. Una vez en Nagasaki, los
miembros de la Compañía de Jesús hablaron abiertamente de fortificar la
64
ciudad, acumular armas para su defensa y colonizarla. No sorprende que
la amenaza de las incursiones portuguesas en el país divino ofendiese la
sensibilidad de uno de los grandes unificadores de Japón, Toyotomi Hideyoshi
(1536-1598). Inicialmente, se mostró amistoso con la nueva religión. «Me agrada
todo lo que esta ley vuestra predica y no percibo otro obstáculo para
convertirme en cristiano que su prohibición de mantener varias mujeres»,
admitió a los padres. E intentó engatusarles: «Si fuera flexible en ese punto,
me haría cristiano». Pero el estatus de Nagasaki se entremezcló con otros
problemas relativos a los europeos, más en concreto con la naturaleza de la
relación económica con China y el comercio de la plata.
JAPÓN Y EL COMERCIO
GLOBAL DE PLATA
La llegada de los
portugueses hizo algo más que alterar el panorama espiritual de Japón. También
tuvo importantes consecuencias científicas y medioambientales. Como hemos
visto, en el Nuevo Mundo los portugueses y otros europeos habían desarrollado
enormes minas como parte de sus proyectos coloniales. Los amerindios trabajaban
como esclavos en esas minas, inyectando inmensas cantidades de plata en las
venas de la economía del mundo moderno. Los señores de los Estados guerreros en
Japón, conscientes de los potenciales beneficios, desarrollaron estos recursos
para ellos mismos. Resulta interesante que se convirtiese en un patrón familiar
en la experiencia de colonización indirecta en Japón. Hasta la ocupación
estadounidense (1945-1952), las botas militares occidentales no habían puesto
pie en suelo japonés, pero los japoneses, persuadidos por los modos de proceder
occidentales, iniciaron cambios por su cuenta. Con la llegada de los europeos,
descubrieron enseguida que la plata era lo que hacía girar el mundo moderno y
los señores de la guerra estuvieron dispuestos a financiar las guerras
endémicas en Japón mediante el comercio de plata con China. Los portugueses,
junto con una variopinta serie de gentes del mar, sirvieron de intermediarios
en la conexión de la plata en el siglo XVI.
A inicios del siglo
XVI, los emprendedores señores de los Estados en guerra abrieron varias minas
importantes. No se trataba sólo de más minas que incrementaban la producción de
oro y plata de Japón, sino de mejores tecnologías de colado y fundición que permitían
extraer y exportar a China más plata. Las cifras son asombrosas: la producción
de oro y plata en Japón en el siglo posterior a la llegada de los portugueses
no fue superada hasta finales del siglo XIX, cuando el mercado global dispuso
de tecnologías mejores para la explotación minera. El comercio de plata y oro
entre China y Japón dependía fundamentalmente de las tasas de cambio de ambos
metales. Como en China la plata seguía siendo entre siete y diez veces más cara
que el oro, los japoneses exportaban plata, y China la demandaba. Durante la
dinastía Ming, la plata había comenzado a reemplazar al dinero en papel y la
política impositiva de la Reforma del Látigo Único de 1581 determinó que los
impuestos ya no se pudieran pagar en especias sino en plata. Como consecuencia,
casi todos los ingresos Ming se acumulaban en plata bajo una u otra forma. Lo
irónico es que justo cuando los funcionarios Ming empezaron esas reformas, la
producción en las minas de plata chinas declinó. Por consiguiente, las minas
del Nuevo Mundo tomaron el relevo. Comerciantes de armas holandeses y
financieros ingleses e italianos hicieron de intermediarios con lucrativos
resultados. Se cree que aproximadamente tres cuartas partes de la plata del
Nuevo Mundo fueron a parar a China, al igual que la plata japonesa.
Los asuntos
comerciales se complicaron. Desde 1371, el único vínculo oficial entre la China
Ming y Japón había sido el comercio «autentificado», lo que significaba que
sólo los emisarios oficiales japoneses podían comerciar en el contexto del
sistema tributario chino. No obstante, el caos de la Guerra Ônin había
destruido los últimos vestigios de las
65
relaciones oficiales con China y la última misión para rendir tributo de
los Estados guerreros visitó a las autoridades Ming en Ningho en 1549. Poco
después de esto, floreció un comercio ilegal entre Japón y China. Piratas como
el brabucón Wang Zhi se hicieron ricos robando plata y oro entre Japón y la
península malaya hasta su ejecución en 1557. A causa de las políticas
comerciales Ming, poco después de su llegada a Tanegashima los portugueses se
vieron envueltos en el comercio de plata con China. Los galeones portugueses
transportaban plata, armas, azufre y otras mercancías a China, a cambio de
seda, salitre, porcelana y mercurio. A partir de 1550, normalmente un solo
galeón hacia el viaje anual, pero el control del puerto de visita del llamado
«Gran Barco» se volvió de suma importancia para los señores de los Estados
guerreros del sur.
Como hemos visto,
Nagasaki, anteriormente un pequeño pueblo controlado por el yerno de Ômura
Sumitada, se había convertido en ese puerto para los galeones portugueses en
1571. En 1580 Nagasaki estaba ya en manos de los portugueses. Rápidamente, la
ciudad se vio inmersa en la competencia entre los señores de los Estados
guerreros del sur y, debido a eso, los asuntos de Nagasaki captaron la atención
de Toyotomi Hideyoshi (1536-1598) en 1588. Confiscó la ciudad portuaria y la
puso a cargo de sus lugartenientes. Hideyoshi estaba interesado en el Gran
Barco, pero también creía que la recién importada religión ofendía a las
deidades budistas y sintoístas nativas. En cierto sentido, los misioneros
representaban una amenaza nacional, dadas las fuertes conexiones entre Japón y
sus dioses. Tras entrevistarse con Gaspar Coelho en 1587, Hideyoshi dictó el
primer edicto de expulsión. Escribió que, debido a la actividad misionera, «se
había producido una violación de la ley budista en esa circunscripción del Sol.
No se puede permitir que [los padres] permanezcan en suelo japonés. En el plazo
de 20 días deben hacer los preparativos y volver a su país». Después del
Incidente del San Felipe (1596), en el que el galeón del mismo
nombre de los franciscanos españoles, que hacía el provechoso viaje a través
del Pacífico entre Manila y Acapulco, fuese hundido en la costa japonesa, la
situación para los europeos y sus conversos se deterioró. Entre la carga había
armas, lo que apuntaló las sospechas de Hideyoshi de que los frailes representaban
una primera oleada de colonialismo ibérico. Hideyoshi confiscó el lucrativo
cargamento y, por recomendación de su consejero Ishida Mitsunari (1560-1600),
ordenó que los frailes y sus seguidores fueran ejecutados. Los hombres de
Hideyoshi mutilaron los rostros de 26 franciscanos y les obligaron a caminar
hasta Nagasaki para ser crucificados. Estos mártires serían conocidos como los
«Veintiséis santos». Mientras marchaban hacia Nagasaki, «esperaban
constantemente un milagro de Deus, observaban el cielo,
contemplaban las montañas, pero no hubo ni trazas de milagro», cuenta un
documento en contra de los cristianos.
En una carta que
Hideyoshi escribió al virrey de las Indias, justo antes de su muerte, acusaba a
los europeos de pretender destruir la «justa ley» del sintoísmo, el budismo y
el confucianismo enseñando «herejías» y las doctrinas «irracionales e inmorales»
del cristianismo. La carta expone los temores del señor de la guerra. Los
religiosos que habían llegado a Japón intentaron «embrujar a nuestros hombres y
mujeres», por lo que «se les ha administrado un castigo». Advertía que si
aparecían más misioneros, «serían destruidos». Hideyoshi, para entonces señor
del reino, tenía la firme convicción de que el cristianismo era una amenaza
para Japón.
Aunque la paciencia
japonesa con los misioneros cristianos aumentó y decayó entre finales del siglo
XVI y comienzos del XVII, el bakufu Edo (1603-1868) continuó
adoptando enérgicas medidas contra los padres y los conversos japoneses. En
1623, Tokugawa Iemitsu (1604-1651), el tercer shogun, quemó en
la hoguera a 50 cristianos en la capital de Edo. Este incidente, y otros
parecidos, dieron paso a la brutal erradicación del cristianismo de suelo
japonés a inicios del siglo XVII, caracterizada por una meticulosa caza de
conversos a los que se obligaba a apostatar. A cargo de este proceso estaba
Inoue
66
Masashige (1585-1662), un funcionario del bakufu Edo,
que perfeccionó métodos como el fumie, o «pisotear la imagen»:
los sospechosos de ser creyentes tenían que pisar una imagen
sagrada. Inoue escribió lo siguiente sobre el método para dejar al descubierto
a los cristianos: «Cuando se les hace pisar la imagen de Deus, las
mujeres y las viejas se muestran agitadas y se les enrojece la cara; se
arrancan sus tocados de la cabeza; su respiración se transforma en un ronco
jadeo; les brota el sudor». Si se mostraban remisos, se les obligaba a
apostatar con técnicas tan horrendas como el anatsurushi, en
el que la víctima era colgada cabeza abajo en un pozo de excrementos. Se abría
un agujero en la frente de la víctima para inducir el sangrado del cerebro. A
la víctima se le dejaba una mano libre para señalar que había abandonado la fe.
Al concluir la Rebelión Shimabara (1637), en la que un líder mesiánico, Amakusa
Shirô (1621-1638), había encabezado un grupo variopinto de campesinos contra el
señor de Shimabara, Matsukura Katsuie (1598-1638), desplegando símbolos
cristianos por el camino, los shogun Tokugawa pudieron
declarar el país libre de cristianos, salvo por pequeñas bolsas clandestinas.
Los historiadores
subestiman el legado de las campañas de erradicación del cristianismo en Japón
durante el siglo XVII. Para empezar, podríamos especular que a finales del
siglo XVIII y durante el siglo XIX otra razón para que Japón se librase del
asalto del imperialismo europeo fue la falta de una presencia misionera
arraigada. Al menos dos de los más brutales y desestabilizadores
acontecimientos durante el siglo XIX en China, la Rebelión Taiping (1850-1864)
y la Rebelión Boxer (1899-1901), de los que la dinastía Qing nunca se recuperó,
guardaban conexión con la actividad misionera. La supresión de los cristianos
también definió la postura japonesa hacia el mundo exterior durante siglos. El
aislamiento de Europa se convirtió en una de las piedras angulares de la
autoridad Tokugawa. Bajo los shogun Tokugawa, Japón limitó su
comercio exterior a intercambios políticamente valiosos a través de cuatro
ventanas al mundo: el comercio de Tsushima con Corea, el de Satsuma con el
reino Ryukyu (Okinawa), el comercio de Nagasaki con chinos y holandeses, y el
de Matsumae con Ezo (ainu).
Tras la expulsión
de los cristianos, Japón no se aisló –lo que los historiadores denominan sadoku, o
«país cerrado»–, sino que reconfiguró las relaciones exteriores de una forma
que beneficiaba estrictamente a la formación del Estado y el comercio Tokugawa.
Cuando embajadas de Corea y Ryujyua visitaron Edo, se trató de representaciones
cuidadosamente orquestadas por el poder político Tokugawa. Los coreanos, por
ejemplo, acudieron al santuario de Tôshôgu, un mausoleo dedicado a Tokugawa
Ieyasu (1543-1616), para rendir homenaje al deificado progenitor de la familia
Tokugawa. Estaba claro para todos los que asistían a esos eventos y
contemplaban los exóticos ropajes extranjeros de los embajadores, que el poder
de Tokugawa se extendía más allá de las fronteras de Japón hasta distantes
países. El bakufu Edo obligaba a los enviados a lucir atuendos
exóticos, pese a que reformadores Ryukyu como Sai On (1682-1761) quisieron
asimilar el reino isleño a las ideas y costumbres japonesas medio siglo después
de que el dominio de Satsuma saquease su país en 1609. Estas visitas
extranjeras demostraron ser tan valiosas que, cuando los emisarios Ryukyu
acudían a Edo, las autoridades les hacían vestir trajes nativos, para que los
cada vez más asimilados isleños de Ryukyu no fuesen confundidos con japoneses.
En otras palabras, los encuentros con extranjeros, ya fuesen misioneros
ibéricos, coreanos o ainu del norte, dibujaban fronteras étnicas en torno a
Japón, no arraigadas en teorías de raza, sino en las diferencias de costumbres
que separaban a la gente, como estilos de peinado, ropa e idioma. Hasta hoy,
son algunas de las formas importantes en que los japoneses se definen a sí
mismos y a su cultura y se diferencian los unos de los otros.
LA HERENCIA
INTELECTUAL DEL ENCUENTRO EUROPEO
67
En 1552, Francisco Javier escribía a Ignacio de Loyola (1491-1556),
fundador de la Compañía, que los reclutados para la misión en Japón debían
estar «familiarizados con fenómenos cósmicos, porque a los japoneses les
entusiasmaba escuchar las explicaciones de los movimientos planetarios, los
eclipses solares y las fases crecientes y decrecientes de la luna». Esto se
debía a que «todas las explicaciones de filosofía natural atraen poderosamente
las mentes de esta gente». De hecho, en el siglo XVI los japoneses se ocupaban
de un cosmopolita conjunto de ciencias, principalmente el neoconfucianismo de
China y las interpretaciones budistas del cosmos procedentes de India. Los
japoneses escudriñaban tablas relacionadas con astrología, astronomía y
estudios del calendario. Estos últimos habían sido dominio tradicional de la
familia Kamo de Kioto. En 1414, por ejemplo, el astrónomo de la corte Kamo no
Arikata publicó el Rekirin mondôshû (Colección de diálogos
sobre el calendario), una importante obra con extensas referencias a la
cosmología china, el neoconfucianismo y el budismo. Las descentralizadoras
fuerzas del periodo de los Estados en guerra asistieron a la creación de
distintos calendarios en todo Japón, aunque muchos se seguían basando en tablas
astronómicas importadas de China en el siglo IX. La astrología y los
calendarios continuaban siendo populares en este periodo por los pronósticos
que prometían en una era de incertidumbre extrema y caos político, no muy
diferentes de la guía filosófica ofrecida por el Dao De Jing durante
el periodo de los Reinos Combatientes chinos (475-221 a.E.C.).
El año que los
portugueses llegaron a Tanegashima estaba teniendo lugar en Europa una
revolución científica. En 1543 el astrónomo renacentista Nicolás Copérnico
(1473-1543) había publicado De revolutionibus orbium coelestium (Sobre
las revoluciones de los orbes celestes), sustituyendo la explicación
geocéntrica de Ptolomeo por una heliocéntrica. Más adelante, a comienzos del
siglo XVII, Galileo Galilei (1564-1642) consiguió las lentes de telescopio que
necesitaba para realizar sus revolucionarios descubrimientos. En otras
palabras, aunque la ciencia europea que los portugueses llevaron a Japón estaba
quedando rápidamente desfasada, tuvo pese a todo un persistente impacto.
Para empezar,
enfrentó a los japoneses con la idea de un planeta esférico. En gran medida a
causa de la ciencia neoconfuciana china, los japoneses pensaban que la Tierra
era plana y formaba parte de una serie de planos apilados jerárquicamente, como
estantes de libros. Como hemos visto, el hecho de que el cielo estuviese encima
de la Tierra aportó la imaginería natural que el príncipe Shôtoku desplegaba en
la «Constitución de los diecisiete artículos». Más tarde, en un famoso debate
en 1606 entre el sabio neoconfuciano Hayashi Razan (1583-1657) y Fucan Fabian,
un antiguo monje budista, la naturaleza esférica de la Tierra fue tema de mucha
discusión. Fabian proclamaba que la Tierra era redonda, con cielos encima y
debajo, y que uno podía navegar alrededor del mundo y terminar en el punto del
que había salido. Razan, un buen neoconfuciano, articulaba una imagen ordenada
y jerárquica de la Tierra, como estanterías vacías, con el cielo arriba. Por lo
tanto, la Tierra no podía ser esférica. A pesar del valeroso esfuerzo de
Fabian, el concepto de la Tierra esférica nunca caló en la conciencia japonesa
premoderna, probablemente porque los europeos y su ciencia en rápido avance
tuvieron una corta estancia en Japón y una influencia limitada.
Los jesuitas
publicaron un calendario solar mientras estuvieron en Japón, pero servía sobre
todo como guía de observancia cristiana. El calendario náutico portugués, con
tablas de declinación solares, demostró ser más valioso, y los marineros
japoneses aprendieron a usarlas para sus propios fines. En 1618, Ikeda Koun, en
el Genna kôkaisho (Tratado de navegación de la era Genna,
1615-1624) extraía elementos prácticos de navegación europea. Contenía
descripciones de cómo usar un astrolabio, un cuadrante y otros instrumentos
básicos para la navegación, así como instrucciones para calendarios náuticos
solares y cartas de navegación. Como parte de este bagaje tecnológico, los
europeos también descubrieron a Japón los relojes mecánicos, que empezaron a
producir
68
(sin los frontales acristalados) junto con cuadrantes y astrolabios. No
obstante, los relojes continuaron siendo un objeto de lujo durante siglos.
Bajo la supervisión
de un inglés llamado William Adams (1564-1620), que había llegado a Japón en
1600 a bordo de un buque holandés, se construyeron dos tipos de embarcaciones
de estilo occidental por orden del shogun . El más grande fue
un barco de 120 toneladas, prestado al antiguo gobernador general de Filipinas
después de que el suyo naufragara en 1606 en la costa próxima a Edo de camino a
México. El Santa Buenaventura, manejado por una experta
tripulación japonesa, realizó el viaje con éxito unos años más
tarde. Date Masamune (1567-1636), señor de Sendai, poseía una embarcación de
500 toneladas construida bajo dirección de un español, que llevó como enviado a
Roma a su servidor, Hasekura Tsunenaga (1571-1622). El barco cruzó el Pacífico
hasta México y retornó a Filipinas en 1616, donde fue adquirido por los
españoles y pasó a formar parte de su flota. El trotamundos Hasekura descubrió
un nuevo paso de Filipinas a Japón. No deja de ser interesante que el periodo
de tiempo que va de la llegada de los portugueses en 1543 a 1640, fecha en que
los shogun impusieron una estricta «prohibición marítima», ha
sido descrito por algunos historiadores como el «siglo cristiano». Sería mejor
describirlo como un siglo global para Japón, en el que brotaron «ciudades
japonesas» por todo el Sudeste Asiático y las embajadas cruzaron el Pacífico.
Japón estuvo expuesto a un amplio surtido de religiones, ideologías, ciencias y
tecnologías que, directa e indirectamente, configuraron su desarrollo cultural
y político.
Durante este siglo
global, Japón hizo gala de una mentalidad extraordinariamente abierta ante las
nuevas tecnologías. En el siglo XV, tras la importación de pólvora desde China,
los europeos fabricaron el primer arcabuz, un primitivo mosquete que, como veremos
en el siguiente capítulo, desempeñó un papel decisivo en la unificación de
Japón a finales del siglo XVI. Inmediatamente después de que los portugueses
desembarcasen en Tanegashima, los japoneses compraron dos arcabuces y los
herreros comenzaron a reproducirlos. Con el tiempo, los fabricantes de armas
japoneses produjeron miles de mosquetes, que se convirtieron en mercancías
exportables al Sudeste Asiático. En resumen, poco después de que los japoneses
vieran su primer arcabuz, ya eran comerciantes internacionales de armas, además
de participar en actividades comerciales en el sur de Asia.
Aunque los
mosquetes y la primera artillería tuvieron un impacto en el panorama militar y
político de Japón en el siglo XVI, el cristal y las lentes europeas se
convirtieron en un importante elemento de la cultura japonesa y provocaron
cambios epistemológicos en el modo en que los japoneses veían el mundo que los
rodeaba. Desde el primer momento de este contacto con Europa, Japón empezó a
construir su propia versión de la cultura occidental, una versión que implicaba
fundamentalmente nuevas formas de ver influidas por las lentes de cristal. El
nuevo enfoque resultó menos sináptico y más minucioso, una mirada analítica
firme y enfocada. Aunque anteriores visiones japonesas ya involucraban
conexiones externas entre las cosas, las lentes de cristal facilitaron una
primera ojeada científica a sus mecanismos internos, mostrando a todos su
interior, registrándolo y, eventualmente, aprovechándolo. Las lentes separaban
al observador de lo que veía de una forma nueva y aportaban objetividad a la
visión japonesa (figuras 8 y 9). Las lentes de cristal hacían visibles los
cielos y dejaban al descubierto el mundo microscópico de las larvas de
mosquito, mientras las botellas de vidrio conservaban lagartos encurtidos y las
gafas permitían a la gente ver. Las implicaciones culturales del encuentro con
Europa fueron multifacéticas, pero el descubrimiento del punto de vista
científico, una manera novedosa y radical de mirar, tuvo una importancia
perdurable para el desarrollo de la estética y la ciencia japonesas.
69
Figura 8.
Representación de un microscopio de diseño europeo en Kômô zatsuwa (Miscelánea
sobre los holandeses, 1787).
Figura 9.
Representación del mundo microscópico a través de lentes de cristal de diseño
europeo en Kômô zatsuwa (Miscelánea sobre los holandeses,
1787).
CONCLUSIÓN
Los historiadores
solían considerar el periodo entre 1542 y 1640 como el «siglo cristiano» de
Japón. De hecho, el cristianismo demostró ser un elemento importante del bagaje
cultural llevado a Japón por los portugueses primero y luego por misioneros,
exploradores, viajeros y conquistadores europeos. Además de importante, el
legado del cristianismo fue perdurable y la postura geopolítica que Japón
adoptó tras la expulsión de los misioneros cristianos determinó la agenda
exterior japonesa hasta principios del siglo XIX, cuando comenzó, en el norte y
en el sur, una oleada de intrusiones europeas y estadounidenses aún más
beligerantes. Sin embargo, lo que desencadenó el encuentro inicial con los
europeos en Tanegashima y otros lugares fue el primer siglo globalizado de
Japón. Los japoneses vendían armas en el Sudeste Asiático, plantaban patatas
del Nuevo Mundo, exportaban plata a la China Ming y experimentaban con nuevas
tecnologías, desde armas de fuego y ayudas a la navegación a teorías
astronómicas y lentes. La nueva actitud geopolítica, así como la incorporación
de nuevas tecnologías, en particular las militares, configuraron directamente
la «era de la unificación», que volvió a centralizar la política e impulsó a
Japón hacia el periodo premoderno.
70
Unificación del
reino
(1560-1603)
Lo que hace tan
importante el legado del encuentro de los japoneses con los europeos en el
siglo XVI es que coincide con los años finales del periodo de los Estados en
guerra y el nacimiento de la era de unificación (1560-1603). Durante esa época,
tres ambiciosos señores de la guerra aspiraban a unificar el reino. Más o menos
al mismo tiempo que los portugueses reforzaban su posición en Nagasaki, un
joven guerrero iniciaba en el centro de Japón su improbable ascenso hacia la
supremacía. Osa Nobunaga (1534-1582), primero de los «tres grandes
unificadores», comenzó el proceso para acabar con la cultura del caos y el
regionalismo medieval y unificar el reino bajo una única, si bien nunca
totalmente hegemónica, autoridad shogun. En realidad, ninguno de
los tres unificadores completó la tarea, ya que los daimyô continuaron
imponiendo el control económico y político en los siglos XVII y XVIII. No
obstante, sus logros definieron la política japonesa para futuras generaciones.
La moderna nación japonesa fue un producto de modernas fuerzas que barrieron el
mundo en el siglo XIX, pero también del ingente trabajo de los guerreros
unificadores, ya que lucharon por reunir las piezas tras el periodo de los
Estados en guerra y recomponer rápidamente un reino.
JAPONIUS TYRANNUS
Oda Nobunaga se
fraguó en el crisol de violencia de los Estados guerreros (figura 10). La forja
de su carácter empezó en su juventud. En 1551, su padre, Nobuhide (1510-1551),
señor de Owari, murió repentinamente de enfermedad. Según el jesuita Luìs Fróis,
como las oraciones de los budistas no lograban salvar a su padre, Nobunaga
encerró a los monjes en un templo, les animó a rezar con más ganas y disparó a
algunos con arcabuces desde el exterior para darles un estímulo. «Más les
valdría haber rezado a sus ídolos con mayor devoción por sus vidas», se cuenta
que dijo. El relato del jesuita está seguramente embellecido, con sus propios
perjuicios sobre la religión «pagana», pero el duro trato de Nobunaga a los
sectarios budistas alcanzó más tarde mala fama. En el funeral de su padre,
«avanzó impetuosamente hasta el altar, agarró con brusquedad un puñado de
incienso en polvo, lo arrojó contra el altar y salió», lo que hizo que algunos
miembros de la familia Oda pensasen que era demasiado excéntrico e inadecuado para
gobernar el dominio Owari.
71
Figura 10. Oda
Nobunaga por Kano Motohide, titulado Oda Nobunaga zu (retrato
de Oda Nobunaga), Chôkôji, prefectura de Aichi, Japón.
Sin embargo,
Nobunaga demostró que era bastante apto para el puesto y se libró con habilidad
de muchos de sus rivales. Los principales, su tío Nobutomo (1516-1555) y su
hermano menor Nobuyuki (1536-1557). Nobutomo había desafiado el ascenso de
Nobunaga como señor del dominio de Owari. En 1555, con ayuda de otro tío,
Nobumitsu, Nobutomo fue asesinado, lo que despejó el camino para que Nobunaga
tomase el castillo de Kiyosu, baluarte de Owari. En 1556, su hermano menor
Nobuyuki se rebeló contra Nobunaga con la colaboración de dos rivales señores
de los Estados guerreros. Al final fue derrotado y perdonado al intervenir su
madre. En 1557, quiso eliminar de una vez por todas la amenaza de Nobuyuki: se
fingió enfermo y se quejó a su madre de que Nobuyuki «no se interesaba por él».
Cuando Nobuyuki visitó por fin a su hermano, supuestamente enfermo, los hombres
de Nobunaga le tendieron una emboscada y le asesinaron. Por medio de tales
brutales tácticas, en 1599 Nobunaga había unificado Owari bajo su autoridad.
En 1560, el
poderoso señor de los Estados guerreros Imagawa Yoshimoto (1519-1560), pleno de
grandiosas aspiraciones, avanzó a través del pequeño dominio de Owari de camino
a la capital imperial de Kioto. Yoshimoto aseguraba que iba en ayuda del shogun Ashikaga,
pero de hecho ambicionaba gobernar el reino. El ejército de 20.000 hombres
de Yoshimoto superaba ampliamente el del joven señor de Owari, Nobunaga, e
imaginó que podría cruzar sus dominios con relativa impunidad. Sin embargo,
Nobunaga atacó con rapidez durante una torrencial tormenta en lo que fue
conocido como la batalla de Okehazama. Sus fuerzas cogieron desprevenidos a los
hombres de Yoshimoto, que celebraban prematuramente su victoria, en un estrecho
desfiladero. Inconsciente de que Nobunaga le acechaba, Yoshimoto estaba
inspeccionando varias cabezas cortadas. Casi sin avisar, Nobunaga golpeó, pilló
a Yoshimoto en medio del caos y le separó la cabeza del cuerpo. Al final del
enfrentamiento, 3.100 hombres de las tropas de elite de Imagawa yacían muertos
en el barro ensangrentado. El poco convencional asalto en mitad de una tormenta
personifica el talento de Nobunaga para la guerra no ortodoxa.
Pero su victoria
más famosa se produjo en el castillo de Nagashino en junio de 1575. Ese año
Takeda Katsuyori (1546-1582), que se había convertido en su principal rival,
continuaba realizando avances en los dominios aliados de Oda, incluyendo
Mikawa, base
72
del tercer gran unificador Tokugwawa Ieyasu (1543-1616). Ieyasu había
arrebatado el castillo de Nagashino a Katsuyori a principios de 1574, pero su
recuperación por Katsuyori habría servido como punto de partida hacia Mikawa.
Katsuyori comenzó desplegando 15.000 hombres y Nobunaga respondió enviando una
fuerza de reemplazo para apoyar la defensa del castillo. Combinadas con las
fuerzas de Ieyasu, las tropas de Nobunaga sumaban en torno a 30.000 hombres.
Cuando la caballería de Katsuyori sitió el castillo, efectuaron cinco cargas
contra una barricada que Nobunaga había levantado alrededor de la fortaleza.
Tras la estructura se ocultaban los hombres de Nobunaga, arqueros y mosqueteros
con arcabuz. En la siguiente carga los hombres de Katsuyori fueron destrozados.
El arcabuz jugó un importante papel en la victoria de Nobunaga y en la etapa de
unificación de Japón.
Ya en 1549, sólo
seis años después de la llegada de los portugueses, Nobunaga encargó 500
arcabuces a los fabricantes de armas japoneses. En referencia a un señor de los
Estados guerreros, otras fuentes señalan: «Sus vasallos de todas partes se
entrenaban con la nueva arma». Teniendo en cuenta su activo negocio de
exportación de armas en la época medieval, no resulta sorprendente que Japón
adoptase y fabricase arcabuces. En 1483 los japoneses exportaron unas 67.000
armas de filo sólo a China. Algo más de un siglo después, un mercader italiano
mencionaba la gran exportación de «armas de todos los tipos, tanto ofensivas
como defensivas, de las que imagino que este país posee un suministro más
abundante que ningún otro en el mundo». De hecho, durante el periodo de los
Estados en guerra, Japón era un país fuertemente armado. Los aceros japoneses
estaban entre los mejores del mundo. Como explicaba un holandés, las espadas
japonesas «están tan bien hechas y tan excelentemente templadas, que cortarían
por la mitad nuestras hojas europeas».
Nobunaga utilizó en
Nagashino arcabuces hechos en Japón. Sobre las tácticas de Nobunaga, las
fuentes explican que «durante esta acción desplegó en tres hileras a 3.000
mosqueteros, que habían sido entrenados para disparar descargas con el objetivo
de mantener una cortina de fuego constante». Aunque muchos generales pidieron
arcabuces cuando la invasión japonesa de Corea de 1592 empezó a atascarse,
Japón dejó poco a poco de producirlos por una compleja serie de motivos que
tenían que ver con la cultura samurái. Las espadas habían llegado a poseer un
valor simbólico crucial para el samurái, simbolismo que ponían en peligro los
arcabuces, que mataban deshonrosamente a distancia. Pese a ser cruciales en la
unificación de Japón del siglo XVI, la producción de armas de fuego cesó a
medida que se aproximaba el siglo XVII. El rechazo del Japón premoderno a las
armas de fuego lo hizo tecnológicamente vulnerable en el siglo XIX.
En la última fase
del Japón medieval, los rivales de los Estados guerreros y miembros de las
familias no eran los únicos que amenazaban los planes de Nobunaga para unificar
el reino. Como hemos visto, los sectarios budistas emergieron como poderosos
actores no estatales en el ámbito político descentralizado del Japón medieval.
La disputa de Nobunaga con los monjes de Enryakuji empezó en 1569, cuando
confiscó tierras que pertenecían a los monjes Tendai, una medida que los puso
en contra del señor de la guerra. Se sabe que Nobunaga atemorizaba y
despreciaba al budismo organizado; en parte, culpaba a los monjes budistas de
la muerte de su padre. Los monasterios, que habían alcanzado importancia
política y militar en el caos del periodo de los Estados en guerra, se
interponían abiertamente en el camino de la unificación. También sabemos que
los monjes Tendai se aliaron de forma imprudente con los archienemigos de
Nobunaga, Asai Nagamasa (1545-1573) y Asakura Yoshikage (1533-1573). En 1571
atacó a los monjes Tendai del monasterio de Enryakuji en el monte Hiei, justo
en las afueras de Kioto. Los 30.000 hombres de Nobunaga mataron a 3.000 monjes
durante la contienda. Cinco días después del asalto, el jesuita Luìs Fróis
(1532-1597) narraba la brutalidad de la furia de Nobunaga. Tras saquear el
complejo de Enryakuji, «Nobunaga mandó a muchos
73
arcabuceros a los montes y bosques para dar caza a los bonzos [monjes]
que allí pudieran ocultarse. Los soldados no debían perdonar a nadie y
ejecutaron esta orden sin demora». Nobunaga no quedó satisfecho con atrapar
simplemente a los monjes Tendai y a sus familias. «Como quería aplacar su sed
de venganza todavía más y así fortalecer su reputación», prosigue Fróis,
«ordenó a todo su ejército devastar de inmediato las viviendas de los bonzos
que quedaban en pie y prender fuego a los aproximadamente 400 templos» del
famoso complejo Enryakuji en el monte Hiei. La eliminación de Enryakuji dejó un
vacío de poder que Nobunaga, como vencedor, enseguida llenó. Confiscó las
tierras y las distribuyó entre sus siervos, incluido uno de sus favoritos,
Akechi Mitsuhide (1528-1582).
Tres años más tarde
Nobunaga declaró la guerra a los monjes Ikkôshû de la secta Honganji (Verdadera
Tierra Pura), después de que intentaran erigir un dominio gobernado por el
campesinado en Echizen. Obviamente, esta visión igualitaria desafiaba los proyectos
de Nobunaga. También lo hicieron sus provocaciones cuando movilizaron fuerzas y
rompieron una frágil tregua con el irascible Nobunaga en abril de 1574.
Nagashima, bastión de la secta de Ikkôshû, estaba situado en un cruce de ríos
que desembocan en la bahía de Ise del mar Interior. En ese dominio lleno de
agua, los sectarios se habían enfrentado a Nobunaga en el pasado. Esta vez,
levantó barricadas alrededor de los principales complejos de Nagashima y
encerró dentro a los miembros de la secta. A continuación, arrasó las
construcciones, pero no sin antes conducir a 20.000 hombres, mujeres y niños
hasta el interior para que ardiesen. Dado que otros 20.000 habían muerto de
hambre durante el asedio de Nobunaga, esto eleva el número de bajas a unos
40.000. Nobunaga parecía decidido a exterminar a los sectarios. Al inicio de la
campaña, escribió que los sectarios de Ikkôshû «realizan todo tipo de
súplicas, pero ahora que deseo acabar por completo con ellos, no perdonaré sus
crímenes». Una vez que quedaron atrapados, mandó a sus lugartenientes «matar a
hombres y mujeres por igual», orden que llevaron a cabo con pericia.
Fuera del campo de
batalla Nobunaga obtuvo idénticos beneficios. Mientras estaba en Kioto, empezó
a socavar lentamente lo que quedaba de la autoridad Ashikaga insistiendo en que
le consultasen en lo referente a la política nacional. Un edicto explicaba: «En
el caso de que haya asuntos que ordenar a las provincias a través de las
directivas [de Yoshiaki], Nobunaga debe ser informado y su carta [de
confirmación] añadida». Otro edicto reforzaba todavía más este punto: «Dado que
los asuntos del reino han sido por completo confiados a Nobunaga, todas las
sentencias deben ser dictadas –conciernan a quienes conciernan– de acuerdo con
sus opiniones y sin consultar al shogun». Está claro que el shogun Yoshiaki
se encontraba marginado de los círculos de toma de decisiones. En 1573, los
temas que tenían que ver con el impotente shogun llegaron a un
punto crítico: escribió una carta a Takeda Shingen que animaba al enemigo
mortal de Nobunaga a «emprender acciones militares y a esforzarse sin descanso
por la paz del Estado». Asimismo, parecía que Yoshiaki hacía preparativos para
dejar el castillo Nijô, su residencia en Kioto.
Alarmado ante la
perspectiva de que sus enemigos pudieran estar adoptando medidas y que Yoshiaki
se dispusiera a huir al exilio, Nobunaga despachó una importante misiva, la
famosa «Reconvención», al shogun títere acorralado. En ella
reprendía al shogun por apoyar a advenedizos políticos,
probablemente una velada alusión a Takeda Shingen. Si el shogun respaldaba
a recién llegados en detrimento de sus viejos partidarios, «entonces la
distinción entre leal y desleal desaparece. El público considera que eso no está
bien». En la «Reconvención» se preguntaba por qué el shogun estaba
vendiendo arroz al tiempo que se disponía a dejar el castillo Nijô. «Cuando
el shogun almacena oro y plata, y abandona su residencia ante
el menor rumor, no es de extrañar que hasta el estrato social más bajo
interprete esto como un signo de que el shogun quiere
abandonar la capital». Lo que hace tan importante la «Reconvención» es su
referencia al «populacho». Yoshiaki había traicionado la confianza pública y,
por tanto, había perdido
74
legitimidad para gobernar el reino. Que el «público» manejase nociones
de legitimidad política era algo nuevo para el discurso político japonés.
En marzo de 1573,
Yoshiaki estableció una alianza con los enemigos de Nobunaga que provocó la
cólera del señor de la guerra. El mes siguiente Nobunaga intentó razonar con
Yoshiaki, pero fue desairado. Como escribió a Tokugawa Ieyasu acerca de sus
próximas acciones: «No tengo más opciones». Redujo buena parte de Kioto a
cenizas. Un observador en la ciudad escribió: «Toda la zona alta de Kioto ha
sido arrasada y no queda en pie una sola casa». Los residentes en la parte baja
pagaron a cambio de su vida llenando los cofres de Nobunaga. Las fuerzas de
Nobunaga rodearon luego Nijô para convencer al impotente shogun de
que firmase la paz. El encuentro decisivo se produjo en agosto de 1573, cuando
las tropas de Nobunaga cruzaron el lago Biwa y sorprendieron a las guarniciones
de Yoshiaki en Nijô. Cuando vieron el tamaño del ejército de Nobunaga, «todos
se fueron al campamento de Nobunaga» y en cuestión de días Yoshiaki fue
localizado. Nobunaga «le perdonó la vida» y fue exiliado de la capital. Se
convirtió en el «shogun mendigo», que puso fin a siglos de gobierno
de los Ashikaga de Kioto.
Las relaciones de
Nobunaga con la corte también resultaron espinosas. Con frecuencia hacia
esperar a los enviados antes de recibirlos, a veces durante días. A menudo,
esas demoras se justificaban con que Nobunaga estaba «descansando». En mayo de
1582, los mensajeros imperiales hicieron una visita a Nobunaga con intención de
ofrecerle el título de regente o shogun, en reconocimiento por
la conquista de tantas tierras y la expulsión de Yoshiaki. «La conquista de
Kantô es una espléndida hazaña», proclamó el representante de la corte, «así
que se ha decidido nombrarle [a Nobunaga] shogun». Durante dos días
Nobunaga se negó a reunirse con los enviados, lo que planteó la cuestión de si
deseaba trabajar dentro del marco tradicional de la autoridad política japonesa
(o sea, la aceptación de títulos imperiales). Hombres poderosos antes que él –
Fujiwara no Michinaga, Minamoto no Yoritimo y otros regentes y shogun–
habían aceptado títulos imperiales para legitimizar su gobierno. Sin embargo,
Nobunaga aspiraba a un marco monárquico completamente nuevo en que él fuese el
centro divino. Un ejemplo de esta aspiración fue la construcción del castillo
de Azuchi, que Nobunaga había levantado en 1579. El castillo llegó a ser el
mayor símbolo del poder militar en Japón. Como observaba un misionero: «En lo
alto de la colina, en medio de la ciudad, Nobunaga construyó su palacio y
castillo, que en lo que atañe a su arquitectura, fuerza, riqueza y grandeza
bien puede ser comparado con los edificios más importantes de Europa». En algunos
aspectos, Azuchi era el gran teatro de Nobunaga para ensayar y representar un
nuevo tipo de autoridad política, con iconos religiosos y militares que
simbolizaban su incipiente autocracia.
Nobunaga gobernó
sobre sus aterrorizados vasallos con puño de hierro. Solía hablar de
«regimentalizar el reino». Animaba a sus subalternos a practicar la austera
«vía del guerrero». Imponía severas exigencias incluso al más leal de sus
subordinados y los resituaba con frecuencia, como «plantas en macetas» para
mantenerlos política y militarmente desequilibrados. Su sello personal, unido a
todos los documentos del reino, decía: «Someter el reino con fuerza militar»,
una frase que resume nítidamente su punto de vista sobre el gobierno. No
obstante, el duro trato a sus vasallos le pasó factura. En 1582, mientras se
hallaba en el templo de Honnôji, uno de sus vasallos, Akechi Mitsuhide, sitió
el templo y obligó a Nobunaga a suicidarse. Tras quemar Honnôji, Mitsuhide
volvió su atención hacia el heredero de Nobunaga, Nobutada (1557-1582), que se
encontraba cerca, y lo mató también. Con esto Mitsuhide pretendía «matar a
Nobunaga y convertirse en señor del reino».
Nobunaga murió a
los 48 años, víctima de la misma violencia que había caracterizado su gobierno.
Su vasallo y sucesor, Hideyoshi, aunque nacido también en el crisol del periodo
de los Estados en guerra, tenía un visión ligeramente distinta de la unificación,
una
75
que tendría un legado perdurable. Hideyoshi provenía de una modesta
familia, por lo que su ascenso es sorprendente. Él, más que ninguna otra
figura, puede ser descrito como un producto de la movilidad social que
caracterizó la etapa medieval, algo que cuajó en el siglo XVI gracias a su
incansable trabajo.
MINISTRO GENEROSO
Cuando Nobunaga fue
asesinado, Hideyoshi se encontraba en el norte guerreando con la familia Môri
en el castillo de Takamatsu. Se dio cuenta de que dicho castillo se asentaba de
modo precario en un emplazamiento justo por encima del nivel del mar, así que
empezó a diseñar diques y canales para desviar el agua hacia el castillo en un
intento de anegar a los Môri. Balanceándose en torretas instaladas en barcazas
flotantes, los mosqueteros de Hideyoshi se prepararon para la huida del
reblandecido enemigo. De haber vivido lo suficiente, Nobunaga se habría reunido
con Hideyoshi en el castillo de Takamatsu para liderar lo que consideraba una
campaña decisiva en el oeste de Honshu. Todo había sido calculado a la
perfección, salvo la muerte de Nobunaga.
Cuando Hideyoshi
recibió la noticia de la muerte de Nobunaga, cerró discretamente un acuerdo de
paz con los Môri y en seis días desmontó el campamento y se dirigió con sus
tropas a marchas forzadas a Himeji, a unos 113 km. Allí, con ayuda de otros
aliados de Oda, Hideyoshi derrotó a los hombres de Mitsuhide al sudoeste de
Kioto. La cabeza de Mitsuhide volvió a las humeantes ruinas de Honnôji, donde
fue exhibida como macabra lección. A la victoria de Hideyoshi siguió en 1582
la Conferencia de Kiyosu, celebrada en la plaza fuerte original de Nobunaga y
convocada para nombrar a su sucesor. Estaban presentes la mayoría de los
aliados de Oda, menos Tokugawa Ieyasu y Sassa Narimasa (1536-1588), que
decidieron vigilar sus territorios con diligencia en lugar de asistir. La
muerte del designado como sucesor de Nobunaga, Nobutada (1557-1582), había
complicado la elección. Los miembros de la conferencia estaban divididos entre
Hideyoshi, que proponía a Oda Sanbôshi, y Shibata Katsuie, partidario de Oda
Nobutaka (1558-1583).
La conferencia de
Kiyosu se disolvió sin una resolución y el siguiente invierno Hideyoshi se
enfrentó al formidable Shibata Katsuie y sus aliados en los campos cubiertos de
nieve al norte del lago Biwa. El ingenioso Shibata derrotó con contundencia a
las guarniciones de Hideyoshi en Ômi. En respuesta, Hideyoshi cubrió 52 km con
sus tropas en seis horas durante la noche para desafiar en persona a Shibata en
la batalla de Shizugatake. En una carta escribió: «Es hora de decidir quién
gobernará Japón». Hideyoshi, que era un maestro de la táctica, venció a Shibata
que, dentro de la mejor tradición guerrera, se suicidó ritualmente a la vista
del enemigo como ejemplo para futuras generaciones, después de acabar con su
esposa, que era hermana de Nobunaga. Así describe el momento un cronista:
Katsuie subió al
noveno piso de su torreón, dirigió unas palabras a los allí reunidos y
manifestó su intención de matarse para servir [como ejemplo] a generaciones
venideras. Sus hombres, profundamente conmovidos, derramaron lágrimas que
empaparon las mangas de sus armaduras. Cuando todo quedó tranquilo en el este y
el oeste, Katsuie apuñaló a su mujer, a sus hijos y a otros miembros de su
familia, y luego se abrió el estómago junto a 80 sirvientes.
Tras la terrible
muerte de Shibata, Hideyoshi pudo centrar su atención en otros temas militares
más allá de los territorios de Nobunaga.
En 1585 atacó a
Chôsokabe Motochika (1538-1599) en la isla de Shikoku y a Sassa Narimasa en la
provincia de Etchû ese mismo año. Como sus predecesores, atacó a los monjes
budistas, más concretamente a los Shingon de Negoro y a los seguidores de la
secta Jôdo Shinshû de Saiga. Previno a los monjes frente a una mayor
militarización: «Los
76
monjes contemplativos, sacerdotes del mundo y otros no han sido
prudentes en sus estudios religiosos. La fabricación o posesión de armas,
mosquetes y similares es algo traicionero y perverso». En 1587, lanzó la mayor
empresa militar de su generación, si exceptuamos su posterior invasión de
Corea: la campaña de Kyushu. Con una fuerza estimada de 250.000 hombres,
Hideyoshi superaba a Shimazu Yoshihisa (1533-1611). Este se vio obligado a
rendirse en el campamento de Hideyoshi, convertirse en sacerdote y renunciar a
la política. Tres años más tarde, Hideyoshi avanzó hacia el norte contra Hôjô
Ujimasa (1538.1590). En sólo ocho años, Hideyoshi expandió enormemente su
territorio y se transformó en primus inter pares entre los
señores de los Estados guerreros.
Fueron los triunfos
en la batalla los que otorgaron a Hideyoshi su poder. Sin embargo, dado su
humilde origen, le resultó difícil conseguir la legitimidad política. Entre
1583 y 1590, Hideyoshi empezó a construir el castillo de Osaka, una
fortificación grandiosa diseñada para irradiar su poder en la sociedad
guerrera. También edificó el lujoso palacio Jurakudai en Kioto. En 1588, para
demostrar que ocupaba el pináculo de aquella sociedad de guerreros, Hideyoshi
organizó un desfile imperial con el emperador Go-Yôzei (1571-1617), que le
visitó en su nuevo palacio. Para festejar la ocasión, ambos intercambiaron
poemas sobre el pino, un símbolo de longevidad.
Hideyoshi también
desmanteló lentamente el orden medieval caracterizado por la movilidad social,
que lo había propulsado al poder. El mismo año que Hideyoshi recibió al
emperador Go-Yôzei en el palacio de Jurakudai, ordenó la legendaria «caza de la
espada» al objeto de desarmar a los samuráis del país y los campesinos armados,
forzándolos a escoger entre vivir como samuráis en las fortalezas o como
campesinos en el campo. La persistencia de límites poco claros entre campesinos
y samuráis fue responsable en parte del caos durante el periodo de los Estados
en guerra. La «caza de la espada» iba orientada a precisar esa frontera con la
creación de un sistema específico y jerárquico de estatus. «Queda estrictamente
prohibido a los granjeros de las distintas provincias poseer espadas largas,
espadas cortas, arcos, lanzas, mosquetes o cualquier otra forma de arma»,
declaró. Poco a poco, la lucha quedó en manos de los samuráis, una clase
militar hereditaria a la que Hideyoshi alejó de la tierra, su base de poder independiente.
Los samuráis fueron organizados en ejércitos urbanos bajo la atenta mirada
del daimyô, que les proporcionaba su estipendio.
Para asegurarse de
que la división entre campesinos y samuráis se mantenía sólida, Hideyoshi
confinó a los samuráis en ciudades-castillo. Por su parte, los campesinos
siguieron en sus granjas y abandonaron para siempre las ambiciones militares.
Las espadas que confiscaron los magistrados de Hideyoshi fueron, como había
prometido, fundidas y «usadas como remaches y abrazaderas en la próxima
construcción del Gran Buda. Será un acto mediante el cual los granjeros se
salvarán en esta vida y, no hace falta decirlo, en la que vendrá después». El
gigantesco Buda erigido en el monasterio de Hôkôji simbolizaría la paz
creciente que se extendía por el reino. En 1591, Hideyoshi congeló el orden
social al restringir la movilidad geográfica y social, la misma que había
permitido su improbable ascenso al poder. Hideyoshi, que era hijo de Yaemon, un
soldado de a pie en el ejército de Nobunaga, procedía de una modesta familia de
Owari y había ido ascendiendo de categoría. Los rasgos faciales de Hideyoshi
hicieron que Nobunaga le diese el nombre de Kozaru, «pequeño mono». La
movilidad social pronto fue cosa del pasado. En un censo de 1592, Hideyoshi dio
instrucciones a sus magistrados de que registrasen «a los militares como
militares, a los agricultores como agricultores y a la gente de las ciudades
como gente de las ciudades», consolidando la división de la población en base a
su ocupación. Este sistema se convirtió en uno de los ejes del nuevo orden
premoderno.
Desde 1582,
Hideyoshi había comenzado a elaborar informes destinados a estrechar su control
sobre las tierras agrícolas del reino. Aunque algunos señores de los Estados
77
guerreros habían inspeccionado los feudos locales, los informes de
Hideyoshi se estandarizaron a escala nacional, un evidente intento de conseguir
que el reino fuera económicamente inteligible para su nuevo amo. Hideyoshi basó
esa nueva legibilidad en la estimación del rendimiento de la tierra cultivada,
que pasó a ser la base de los rangos, tributos y tasas, así como de la
fiscalidad militar. Esta última generó un ejército nacional en gran medida
hipotético, basado en las tasas de reclutamiento obligatorio ligadas a la
productividad agrícola. Cuando tuvieron que enfrentarse a la rebelión ainu de
1669, conocida como Rebelión de Shakushain, los planificadores militares de
Tokugawa recurrieron a este sistema para movilizar dominios del nordeste como
Hirosaki para la guerra en el norte. Es fácil exagerar la importancia de las
tasaciones de tierras de Hideyoshi a la hora de extender estas prácticas por
todo el reino, pero esos informes contribuyeron a privatizar el suelo al
vincular oficialmente las tierras agrícolas con quienes las cultivaban.
Persistió la costumbre de la propiedad compartida del suelo, una estrategia que
las comunidades agrícolas utilizaban para protegerse ante la amenaza de
desastres naturales, pero la mayoría de las tierras cultivables empezaron a
parecer propiedades privadas, un importante paso en la emergencia del
desarrollo económico protocapitalista del Japón rural.
Como agradecimiento
por sus éxitos militares y la nueva inteligibilidad del reino, el emperador
concedió a Hideyoshi los títulos imperiales de kampaku (regente)
en 1585, como lo había sido siglos antes los Fujiwara, y «regente retirado» en
1592. En 1585 el emperador le dio también un nuevo nombre, Toyotomi o «ministro
generoso», en reconocimiento por su recién conseguido prestigio nacional
(figura 11). Debido a su modesto origen familiar, Hideyoshi había ido por la
vida con nombres otorgados por otros. El primero de ellos fue Hashiba, un
nombre que Nobunaga elaboró a partir de caracteres prestados por otros
destacados sirvientes. Toyotomi, el concedido por el emperador en 1585, era una
muestra del prestigio nacional de Hideyoshi y la legitimidad divina de la
confianza imperial. En 1595, los «códigos del castillo de Osaka» de Hideyoshi,
que ordenaban a los señores de los Estados guerreros «obtener aprobación» antes
de «suscribir deliberadamente contratos» entre ellos, cimentaron las relaciones
políticas en el reino. En los albores de la última década del siglo XVI, gran
parte del reino parecía estar bajo el poder de Hideyoshi, pero ambiciones
militares que iban mucho más allá del control de Japón empezaron a rondar la calenturienta
imaginación del señor de la guerra.
78
Figura 11. Toyotomi
Hideyoshi (1536-1598), regente imperial (1585-1591); canciller del reino
(1587-1598).
UNIFICACIÓN DE TRES
PAÍSES
Ya en 1586
Hideyoshi comentó a Luìs Fróis (1532-1597), un jesuita confidente de Nobunaga,
que una vez que pusiese «en orden los asuntos de Japón» los dejaría en manos de
su hermano Hidenaga (1540-1591) y empezaría a planificar la «conquista de Corea
y China». El año siguiente, aún exultante por su victoria en la campaña de
Hyushu, Hideyoshi escribió una carta a su esposa en la que explicaba: «He
mandado mensaje con una nave rápida a Corea ordenando que comparezcan y se
sometan al emperador. Les he dicho que si no se presentan serán castigados el
año próximo». Y continuaba: «Y también controlaré China». En 1587, los coreanos
rechazaron las aproximaciones japonesas, encabezadas por la familia Sô de
Tsushima, pero posteriores intentos en 1590 tuvieron más éxito. Ese año, los
coreanos accedieron a despachar enviados como «vecinos amistosos», pero se
negaron a incluir el tributo, lo que habría supuesto un claro reconocimiento de
la superioridad japonesa. No obstante, los enviados volvieron a Corea con una
pomposa misiva de Hideyoshi, en la que declaraba: «Mi objetivo es invadir
China, difundir las costumbres de nuestro país a las más de cuatrocientas
provincias de esa nación». Y aclaraba: «Mi deseo no es otro que el de que mi
nombre sea conocido en los tres países [Japón, China y la India]».
Poco después,
Hideyoshi mandó una extraordinaria carta al virrey de las Indias, en la que
expresaba la unidad teológica del reino más extenso que planeaba forjar por
medio de la fuerza militar. «La nuestra es la tierra de los kami»,
aclaraba, en referencia a los dioses sintoístas,
y kami es
espíritu, y el espíritu único lo abarca todo. Ningún fenómeno existe fuera de
él [...] [Los dioses] son la raíz y fuente de todos los fenómenos. Están en la
India bajo el nombre de budismo, en China bajo el de confucianismo, en Japón se
les llama shinto. Conocer el shinto es conocer el
budismo y el confucianismo.
En otras palabras,
a nivel teológico Hideyoshi ya contemplaba la unidad metafísica de los «Tres
países», en esencia el mundo civilizado conocido. (La India estaba incluida
79
porque era el lugar de nacimiento del budismo.) En este aspecto, la
invasión de Corea y China representaba una especie de restauración, una vía
para la creación de la unidad política y militar donde ya existía unidad
teológica. Hideyoshi sería el encargado de crear una esfera más amplia política
y espiritual que abarcase a los «Tres países», por su papel en la unificación
de Japón. «Tenka, el reino, no es tenka [el reino sometido a
lo militar]», escribió:
Yo soy tenka.
Kami y Buda no son kami y Buda: yo soy kami y
Buda. Los hombres no son hombres: yo soy la humanidad [...] Japón no es mi
país, China no es mi país: China, la India y Japón son todos mi cuerpo. Si la
gente de China o Japón está afligida es como si todo mi cuerpo estuviese
afligido.
En su mente,
Hideyoshi había llegado a encarnar físicamente la necesidad de conquista
global, o al menos la de aquellas partes del globo que mereciese la pena
conquistar.
Las tropas de
Hideyoshi desembarcaron en Corea en 1592 lideradas por Konishi Yukinaga
(1555-1600). Resultó ser una invasión que, junto con las atrocidades del siglo
XX, envenenó las aguas de las relaciones coreano-japonesas durante siglos. En
tres semanas habían llegado a Seúl, que fue abandonada en buena medida e
incendiada. Al enterarse de que sus soldados habían entrado en Seúl, Hideyoshi
escribió a su madre con optimismo: «Tomaré China en el noveno mes». Empezó a
hacer planes para una audaz ocupación de la China Ming. «Nuestro soberano se
mudará a la capital Ming y deberían emprenderse los preparativos apropiados»,
escribió en referencia al emperador japonés, al cual imaginaba instalado en
Pekín. Nombraría a su sobrino Hidetsugu (1568-1595) «regente» de China y el
«trono de Japón» sería ocupado por un príncipe. «Corea y China serán tomadas
sin problema», proclamó. La fuerza de invasión de Hideyoshi, integrada por
experimentados samuráis del periodo de los Estados en guerra, demostró ser
capaz de mantener el campo en la mayoría de los combates militares. En el
transcurso del conflicto de seis años, Hideyoshi desplegó aproximadamente
500.000 endurecidos soldados en la península de Corea (mapa 2).
80
Mapa 2. Invasión de
Corea de Toyotomi Hideyoshi, 1592-1598.
Pero mientras
Hideyoshi escribía estas frases, estaba en marcha una contraofensiva coreana.
Cuando los japoneses asaltaron la ciudad costera de Busan, la dinastía coreana
Joseon ordenó al brillante comandante naval Yi Sun-shin (1545-1598) que atacara
a las tropas japonesas y las líneas de suministro que atravesaban el estrecho
de Tsushima. El almirante Yi empleó con pericia el «barco tortuga» coreano para
dejar fuera de maniobra a la Armada japonesa, inflingiéndole espectaculares
derrotas en lo que los coreanos llaman la Guerra Imjin (1592-1598). En Okpo
(1592), Sacheon (1592), las islas Hansen (1592) y otras victorias posteriores
durante el conflicto como la de Myeongnyang, el almirante Yi destrozó a la
Armada japonesa y mandó a cientos de hombres al fondo del océano. A
continuación, las guerrillas Joseon emprendieron una campaña de tierra quemada,
que dejó a los japoneses con escasos recursos y suministros. Cuando las tropas
Ming cruzaron el río Yalu, Japón inició conversaciones para poner fin al conflicto
en 1593. La corte Ming rechazó las exigencias de Hideyoshi y la guerra se
reanudó en 1597 con el envío de otros 140.000 hombres a la península. Sin
embargo, a finales de 1598, Hideyoshi y sus sucesores habían ordenado el
regreso a casa de la mayoría de las tropas japonesas.
La guerra devastó
Corea, arrasó sofisticados palacios Joseon y causó pérdidas de cosechas,
hambrunas y bandolerismo. En China, aunque la intervención del emperador Wanli
(1563-1620) fue decisiva militarmente, supuso una carga económica para la
dinastía Ming y en última instancia aceleró su hundimiento cuatro décadas más
tarde a manos de los manchúes. Los coreanos experimentaron una auténtica fuga
de cerebros durante la guerra, ya que los japoneses se llevaron a incontables
artesanos y científicos a Japón, donde hicieron progresar la alfarería e
industrias de tipo móvil. Ningún monumento resume mejor la brutalidad de la
Guerra Imjin que la «Tumba de la Oreja» en Kioto, donde las orejas y narices
mutiladas de cerca de 40.000 coreanos, arrancadas como trofeos de guerra por
los soldados japoneses, permanecen enterradas hasta hoy. En el terrible
81
mundo del combate samurái, los vencedores solían llevar cabezas cortadas
a puestos de recogida, donde se pagaba por ellas. Durante la segunda invasión,
Hideyoshi había ordenado a sus soldados «acabar con todo el mundo [...] y
mandar las cabezas». No obstante, el hacinamiento en los barcos japoneses que
atravesaban el estrecho de Tsushima determinó que se contaran, catalogaran y
depositaran en sal para el viaje de vuelta orejas y narices, en vez de cabezas.
ENTRA EN ESCENA
IEYASU
Hideyoshi murió en
1598, durante la segunda invasión coreana. Las primeras tres líneas de su poema
fúnebre, «Como rocío / llegó mi vida / como rocío se desvanece», desmienten las
monumentales consecuencias de un hombre cuya efímera existencia, similar a un
sueño por lo improbable, había reconfigurado el mundo. Tras su «caza de la
espada», su congelación del orden social, la invasión de Corea y otras
decisiones políticas, el entorno del mundo medieval, en otro tiempo fluido
social y geográficamente, quedó cristalizado y muy pocos pudieron seguir su
camino ascendente. La inmovilidad social, política y geográfica se convirtió en
distintivo de la estabilidad moderna, o de lo que eventualmente se llamaría la
«gran paz».
La elección de un
sucesor por parte de Hideyoshi demostró ser menos duradera. Originalmente
escogió a Hidetsugu, su retorcido y voluble sobrino. Un misionero afirmaba que,
por simple entretenimiento, Hidetsugu «abría y desgarraba mujeres para ver sus
entrañas y el sitio de la concepción». En 1593, después de que Hideyoshi
tuviese a su hijo Hideyori (1593-1615) con su amante Yodogimi, se implicó
convenientemente al malevolente Hidetsugu en una traicionera intriga y fue
ejecutado en 1595 junto con 31 miembros de su familia. En su tumba figura: «La
tumba de los traidores». Con Hidetsugu fuera de escena, Hideyoshi imploró en su
lecho de muerte a sus aliados, en particular al astuto Tokugawa Ieyasu, que
velasen por el joven Hideyori hasta que tuviese edad para gobernar el reino y
dar continuidad al vulnerable linaje Toyotomi. «Dependo de vosotros para todo»,
se cuenta que dijo a sus vasallos reunidos.
Sin embargo, el
futuro del gobierno Toyotomi tuvo un carácter más irreal de lo que Hideyoshi
nunca imaginó. Con la muerte de Hideyoshi y con el joven Hideyori a buen
recaudo en el castillo de Osaka, el reino se dividió en dos bandos armados. El
resultado del conflicto en ciernes determinaría la dirección del Japón
premoderno. El conocido como «Ejército del Oeste», que agrupaba a los señores
de los dominios bajo el mando de Ishida Mitsunari (1560-1600), se enfrentó al
«Ejército del Este» de Tokugawa Ieyasu en la batalla de Sekigahara en 1600.
Vencieron las fuerzas de Ieyasu y las cabezas de generales del oeste como
Mitsunari, Konishi Yukinaga y Ankokuji Ekei (1539-1600) fueron cortadas y
colocadas en picas en el puente Sonjô de Kioto. El emperador Go-Yôzei, al que
Hideyoshi había recibido en el palacio Jurakudai, concedió a Ieyasu el título
de shogun en 1603. El señor de la guerra enseguida dio pasos
para asegurar el reino y fortalecer el gobierno Tokugawa. Ieyasu maniobraba en
un entorno volátil, donde señores de la guerra aliados como Ikeda Terumasa
(1565-1613) almacenaban 1.200 arcabuces en su fortaleza del castillo de Himeji.
Pese a esto, Ieyasu recompensó con generosidad a esos señores de la guerra que
habían estado a su lado en el enfrentamiento de Sekigahara: distribuyó entre
sus aliados 6 millones de koku de tierra (un koku tenía
capacidad para producir unas cinco medidas, o 176 litros, de arroz).
La violencia que
caracterizó el periodo de los Estados en guerra se prolongó hasta entrado el
siglo XVII. En 1615, Hideyori fue asesinado en el castillo de Osaka por hombres
armados de Ieyasu y las cabezas de sus aliados clavadas en picas bordearon el
camino de Osaka a Kioto. Ese mismo año, las «leyes para dominios militares»
plantearon un marco básico para el proceder de los clanes guerreros, incluyendo
medidas contra
82
matrimonios no permitidos, la construcción de nuevos castillos y
alianzas no autorizadas. También establecían el tono moral de la conducta de
los samuráis: les recomendaban la frugalidad, ya que el despliegue de riqueza
corrompía los valores públicos. El bakufu Edo (1603-1868), con
la nueva capital en Edo (el actual Tokio), despachaba «inspectores» y «censores
provinciales» (básicamente espías) para vigilar de cerca a los señores, tanto
aliados como enemigos.
Con el propósito de
mantener la estabilidad política y la superioridad militar, el bakufu dividió
a los señores del reino en tres categorías para vigilarlos mejor. La categoría
otorgada a un dominio decidía su acceso a los círculos de toma de decisiones.
Los «señores vasallos» (fudai) eran aquellos hombres que
habían luchado junto a Ieyasu en Sekigahara. Después de su juramento de sangre
a la familia Tokugawa podían colaborar en el gobierno, por ejemplo como
«consejeros del reino». Aquellos hombres que podían remontar su linaje a la
familia Tokugawa (shinpan) ostentaban un puesto especial en el
orden Tokugawa y los parientes podían alcanzar la posición de shogun.
Por último, los «señores de fuera» o «intrusos» (tozama) eran
los infortunados que habían combatido contra los aliados de Ieyasu en
Sekigahara. Quedaban excluidos de los círculos de toma de decisiones y eran
dispersados por el reino de forma que quedaban aislados y sometidos al
ostracismo. Durante los primeros 50 años de gobierno Tokugawa, 213 señores
perdieron sus territorios y títulos y 172 vieron crecer sus dominios.
La capital de Edo
fue erigida en los humedales del este de Japón, un área conocida como la
llanura Kantô, entre 1603 y 1636. Al principio, Ieyasu se había decido por Edo,
en ese tiempo una abandonada fortificación en un risco con muros de tierra
rodeados en parte por pequeños riachuelos, porque era fácil de defender como
posición militar. El nombre, Edo, hacía alusión a la aldea de unas 100 casas
junto al río Edo. Ieyasu empezó a transformar la zona pantanosa de inmediato.
Para recuperar las tierras anegadas por agua salobre, los obreros talaron
bosques, nivelaron colinas, recondujeron ríos, levantaron puentes, construyeron
sólidas murallas de piedra para proteger el castillo y alzaron muchas
estructuras de madera en su interior. Representó uno de los mayores proyectos
de rehabilitación de tierras en la historia de Japón y los señores «intrusos»,
los tozama, corrieron con buena parte de la carga económica.
La unificación de
Japón y la construcción de «ciudades-castillo» como Edo tuvieron graves
consecuencias para el medio ambiente, sobre todo para los bosques japoneses. En
el siglo XVI, las fortificaciones militares exigían madera y a lo largo de
décadas los señores de la guerra las habían reconstruido, derribado, quemado y
derrumbado. Para el torreón de madera de 42 metros de Nobunaga en Azuchi, cerca
del lago Biwa, construido en 1576, hicieron falta ingentes cantidades de
madera. Asimismo, las guerras de unificación intensificaron la construcción de
ciudades. En 18 años, entre 1572 y 1590, se erigieron en Japón casi tantas
ciudades como en el siglo anterior. La edificación de templos también consumía
gran cantidad de madera, porque los señores de la guerra como Ieyasu pretendían
atraerse el favor de los abades prometiendo madera para los proyectos de
renovación de templos y santuarios. El recargo sobre la madera determinó que
muchos señores de los Estados guerreros estrechasen el control en los terrenos
forestales de sus dominios designándolos «bosques del señor». En 1564, por
ejemplo, la poderosa familia Hôjô asumió la administración directa de los
bosques del monte Amagi, al igual que la familia Takeda en la rica provincia
forestal de Kai. Algunos señores de los Estados guerreros, como los de Sendai,
empezaron a plantar árboles para proteger las costas frente a la erosión.
A pesar de estos
esfuerzos, el incremento en el consumo de madera bajo Hideyoshi resultó
destructivo. Erigido en 1582-1583, el castillo de Osaka precisó inmensas
cantidades de madera, lo mismo que las flotas que con tanta habilidad hundió el
almirante Yi durante la abortada invasión de Corea. Los opulentos monumentos al
gobierno de
83
Hideyoshi incluyeron el palacio de Jurakudai en Kioto, el templo Hôkôji
también en Kioto (que albergaba una estatua de 50 metros de un Buda que
superaba en tamaño al del templo Tôdaiji en Nara) y las elaboradas
reconstrucciones del santuario de Enryakuji en el monte Hiei y otros complejos
de templos a los que había prendido fuego el predecesor de Hideyoshi. Tras la
muerte de Hideyoshi, Ieyasu mantuvo el consumo de madera para construir
monumentales castillos en Edo, Sunpu y Nagoya, así como para contribuir a la
construcción de otros en Hikone y Zeze (provincia de Ômi), Sasayama y Kameyama
(provincia de Tanba), Takada (provincia de Echigo) y Nijô en Kioto. Además,
restauró sectores del complejo imperial de Kioto, que incluyeron la
construcción del palacio de retiro imperial de Katsura. Un historiador calcula
que la construcción de los tres grandes castillos, Edo, Sumpu y Nagoya, exigió
la tala de 2.750 hectáreas de exuberantes coníferas. Los señores de los
dominios suministraban mucha de esa madera.
Para conmemorar
como se merecía los logros de Ieyasu, después de su muerte en 1615 se
sacrificaron todavía más bosques. Hizo falta gran cantidad de madera para el
complejo del santuario de Tôshôgû, en Nikkô, donde está el mausoleo de Ieyasu,
así como otras manifestaciones más modestas que ensalzaban su vida. En 1634,
el shogun Tokugawa Iemitsu (1604-1651), tras un desfile en
Kioto, ordenó levantar el santuario de Asama en Sunpu, localidad de nacimiento
y muerte de Ieyasu. Para proporcionar la madera necesaria, los leñadores
talaron árboles a lo largo del río Ôi en la actual prefectura de Shizuoka.
Luego, mandaron en balsas alrededor de 60.000 troncos hasta el océano, en
dirección este por la costa y río arriba hasta Sunpu. Había que reconstruir
constantemente los proyectos, desde santuarios a castillos, ya que el fuego
echaba abajo de continuo partes de los pueblos y ciudades japoneses construidos
en madera. Un historiador estima que entre 1601 y 1866 se produjeron 93
incendios importantes (cada uno destruyó al menos diez manzanas). Esto ejercía
una incesante presión sobre los bosques de Japón. A finales del siglo XVII,
cuando concluyó la unificación de Japón, gran parte del país había sido talado.
Un erudito confuciano se lamentaba de que «ocho de cada diez montañas del reino
han quedado desnudas».
Los señores de los
dominios aportaban buena parte de esa madera y también pagaban el precio de
políticas tan agobiantes como el sistema de «asistencia alterna» o «servicio
alternado» (1635), por el que los shogun Tokunaga exigían a
los señores viajar cada dos años a Edo. No sólo se hacían cargo de los gastos
del complejo viaje a la capital, sino que mantenían allí residencias y dejaban
atrás a sus mujeres e hijos. El sistema de «asistencia alterna» propiciaba la
comunicación nacional y la interacción cultural, así como la urbanización y la
comercialización en las rutas de viaje, como el circuito del mar Oriental (mar
del Este o mar del Japón). El shogun contribuía a hacer más
inteligible el reino mediante el levantamiento cartográfico de los territorios
de los daimyô. Estos «mapas provinciales», que demostraron ser de
valor estratégico para los planificadores militares Edo, contenían información
acerca de las fronteras y las cadenas montañosas, así como sobre el
«rendimiento productivo de las aldeas» que los subvencionaban mediante la
recaudación de impuestos.
CONCLUSIÓN
En el momento de la
muerte de Ieyasu, la mayoría de los elementos del gobierno Tokugawa estaban
firmemente asentados. A mediados del siglo XVII, el papel de la violencia
despiadada y el poder militar menguó a medida que innovadoras estrategias para
articular la autoridad política se extendían por el reino. Los señores
mantenían la autonomía en sus dominios, en particular en asuntos económicos,
pero Edo había surgido como nuevo centro de gravedad político en Japón. Los
señores, que viajaban a Edo cada dos años dentro del sistema de «servicio
alternado», dividían su tiempo entre el gobierno
84
local y las obligaciones burocráticas en la capital. Como resultado de
estos desplazamientos, las rutas de viaje japonesas experimentaron una difusión
de la comercialización, mientras brotaban a lo largo de los frecuentados
circuitos lugares para comer, burdeles, alojamientos y otros servicios. Lo que
es más, el shogun había ordenado a los señores que
cartografiasen sus dominios, dejando al descubierto los entresijos de los
territorios locales, desde montes a costas, así como sus capacidades agrícolas.
Cuando la «gran paz» Tokugawa se convirtió en una realidad, se puso en marcha
el periodo premoderno de Japón. La centralización política, el crecimiento
protocapitalista, el aumento de la urbanización, las ideologías políticas
seglares, los avances tecnológicos, la diplomacia externa politizada y otros
avances históricos vincularon a Japón con una comunidad global de naciones que
estaban experimentando cambios similares.
85
Inicio del Japón
premoderno
(1600-1800)
Durante el periodo
moderno temprano, de 1600 y 1868, surgieron muchos de los atributos japoneses,
culturales y políticos más imperecederos. Además, se produjo la expansión de
sus límites geográficos básicos. En lo que atañe a nuestros propósitos, la descripción
de este periodo como «premoderno» es importante porque tiende un puente entre
el caos histórico que tradicionalmente separa las esferas «tradicional» y
«moderna» de la evolución histórica japonesa. Una vez que los tres unificadores
completaron la tarea militar y política de unir el reino, Japón evolucionó de
una manera que lo propulsó a la era moderna.
La entrada de Japón
a mediados del siglo XIX en el periodo moderno no fue resultado exclusivo de su
adopción de la civilización occidental tras la Restauración Meiji de 1868, sino
también fruto del empuje de fuerzas internas. Esas fuerzas provocaron cambios
autóctonos, como tempranas formas de capitalismo, creciente centralización
política, desarrollo de la ciencia y la tecnología y la gradual emergencia del
primer nacionalismo. Esas novedades conspiraron con la importación de
instituciones y culturas de Occidente para convertir a Japón en una potencia en
alza en Asia a finales del siglo XIX. La identificación de un periodo
premoderno en Japón tiene profundas implicaciones. Sugiere cosas compartidas en
historias humanas que trascienden notables variaciones culturales. Pese a lo
diferentes de los europeos que llegaron a ser los japoneses a lo largo de los
siglos, con sus dientes oscurecidos y sus cortes de pelo chonmage (cabeza
afeitada), evolucionaron de un modo similar al de otras sociedades alrededor
del globo.
LA REGLA TOKUGAWA
En 1603, el tercer
unificador Tokugawa Ieyasu (1542-1616) había recibido el título de «general
apaciguador de los bárbaros» (seii taishôgun) del emperador y
establecido el bakufu Edo. Puede que los señores de los
Estados guerreros hubiesen dejado desnudas las laderas de las
colinas japonesas en su búsqueda durante el siglo XVI de supremacía militar,
pero en el siglo XVII el paisaje político se había vuelto más ordenado que el
natural. Con excepción de la Rebelión Shimabara (1637-1638) y levantamientos
campesinos dispersos de diversa trascendencia, Japón experimentó una relativa
estabilidad en la época premoderna que alentó el crecimiento cultural y
económico. Esto resulta aún más remarcable si tenemos en cuenta que entre el
siglo XVII y mediados del siglo XIX, una guerra ininterrumpida sacudió Europa:
Guerra del rey Guillermo (1689-1697), Guerra de la reina Ana (1702-1713),
Guerra Angloespañola (1739), Guerra de Sucesión Austriaca (1743-1748), Guerra
Francoindia (1755-1763), Guerra de Independencia de Estados Unidos (1763-1788),
las guerras napoleónicas (1805-1815) y el surgimiento del Imperio germano
(1871-1914). Durante el mismo periodo, Japón evitó esos debilitantes
conflictos. En su lugar, con un asombroso grado de autonomía, Japón desarrolló
las instituciones políticas, económicas y culturales que guiaron su posterior
emergencia como una nación moderna.
La clave de los
cambios más espectaculares de Japón fue el crecimiento urbano en el siglo XVII.
Cuando Toyotomi Hideyoshi recolocó a los «samuráis del campo» (jizamurai) en
ciudades-castillo con la desmilitarización de la «caza de la espada» (1588),
creó sin darse cuenta algunas de las mayores ciudades del mundo. Los samuráis
que, dada la naturaleza del orden social, tendían a producir poco y consumir
mucho, poblaban esas ciudades. Por
86
consiguiente, enclaves como Edo se transformaron en centros de consumo
con considerable influencia, entornos urbanos que reconfiguraron el paisaje
político, económico, cultural y ambiental del Japón premoderno.
No sólo en la
capital del sogunato de Edo, sino también en ciudades como Himeji, Osaka,
Wakayama, Okayama y muchas otras, las poblaciones urbanas se expandieron
durante el siglo XVII como consecuencia de los samuráis allí trasplantados. En
algunos casos, constituían el 50-80 por 100 de la población urbana. Para
construir ciudades y abastecerlas, residentes y mercaderes seguían a los
samuráis hasta áreas urbanas como Edo, poblada por alrededor de 1 millón de
personas a comienzos del siglo XVII. Las ideologías neoconfucianas, patentes en
el sistema de estatus, creaban divisiones sociales entre los samuráis y el
resto y definían los contornos de las ciudades japonesas. En el transcurso del
siglo XVII, el bakufu Edo generó una ideología sincretista
consistente originalmente en elementos del budismo zen y sintoístas, pero muy
imbuida después del pensamiento neoconfuciano de Zhu Xi (1130-1200). Como señal
de este desplazamiento ideológico, cuando Ieyasu murió en 1616, el bakufu construyó
el gran mausoleo de Nikkô y el complejo del santuario Tôshôgû en su honor. El
mausoleo de Nikkô resultó ser una estrategia de legitimación del bakufu, no
sólo a través de la fuerza militar sino del poder espiritual de la autoridad
sagrada. En el contexto del complejo Tôshôgû, Ieyasu sería visto como un
«gobernante divino» mientras que otros santuarios más pequeños servían como
recordatorios del tramo terrenal del «gobernante divino» y su progenie.
Como
superestructura ideológica, el neoconfucianismo de Zhu Xi se adaptaba bien a
las ambiciones políticas Tokugawa. El neoconfucianismo abarcaba los Cuatro
Libros – Lunyu (Analectas), Mengzi (Mencio), Da
xue (Gran Saber) y Zhong yong (Doctrina de la medianía)–,
todos ellos clásicos chinos que propugnaban los preceptos confucianos básicos
de «preservar el corazón», «socorrer a los débiles» y «mantener la
aquiescencia». El neoconfucianismo era un sistema de creencias integrado por
elementos confucianos, budistas y taoístas, y como tal más centrado en la relación
metafísica entre las personas y el universo que el confucianismo tradicional.
Para descubrir la «naturaleza original» de la gente, que se pensaba era
benevolente, se clarificaba el ser físico a través del estudio y la
contemplación callada. Hayashi Razan (1583-1657), director del principal
instituto para estudios neoconfucianos en el siglo XVII, describía el proceso
por el que la natural benevolencia humana se volvía malvada a causa de los
deseos materiales del cuerpo físico. «Uno podría preguntarse por qué la
naturaleza humana puede ser malvada cuando es inherentemente buena», escribía.
«La naturaleza humana es como agua. Si se vierte en un contenedor limpio, sigue
siendo pura; si se vierte en un recipiente sucio, se ensucia [...] Así se
enturbia el corazón.»
Para aclarar las
turbias aguas del deseo, el neoconfucianismo ponía el énfasis en la inmovilidad
sobre la acción política y prometía generar armonía en el reino. Otra cosa
importante es que el neoconfucianismo también apreciaba orden en el mundo
natural. Zhu Xi escribía: «Si la gente busca el principio moral, todo ocupará
su lugar y se conectará con todo lo demás; cada cosa tendrá su orden».
Presumiblemente, la gente vería que su lugar en el orden social era un reflejo
del mundo natural. De hecho, una representación importante de ese orden natural
era su manifestación social, una jerarquía natural que situaba a los
samuráis (shi) en la parte superior, seguidos de los
granjeros (nô), artesanos (kô) y, por último,
los mercaderes (shô) en la parte inferior. Esta jerarquía
social se transformó en la base del sistema de estatus, la lógica
que subyacía al desplazamiento de los samuráis a las ciudades y la congelación
del orden social en el siglo XVI. Dicho sistema dirigía muchos aspectos del
gobierno, la sociedad, la economía y la cultura Tokugawa, además de
manifestarse a través de cambios en el entorno natural.
El sistema
confuciano de estratificación social también impulsó debates acerca de la ley y
de la conducta privada. En el famoso «Incidente de Akô», convertido en la pieza
87
teatral Chûshingura (El tesoro de los leales sirvientes
o La leyenda de los cuarenta y siete rônin, 1748) y representada en obras
de kabuki, el señor del dominio de Akô, Asano Naganori
(1675-1701), agrede al maestro de protocolo de la corte Kira Yoshinaka
(1641-1703) con una daga en el castillo de Edo en 1701 después de que este le
llamase patán. Tras el insulto a Asano y a su tierra ancestral, el ataque a
Kira tenía todo el sentido desde el punto de vista de los códigos del honor
samurái, en especial si se tiene en cuenta la historia entre ambos hombres. La
ley de los shogun, sin embargo, prohibía desenvainar la espada
dentro de un castillo. El bakufu ordenó a Asano que se
suicidase y renunciase a sus tierras, lo que convertía a sus sirvientes
en rônin, guerreros sin señor. Encabezados por Oishi Yoshio
(1659-1703), los antiguos siervos de Akô simularon ser unos borrachos viciosos,
mientras en secreto planeaban vengar a Asano. Dos años más tarde, en enero de
1703, los samuráis sin amo liderados por Oishi cortaron la cabeza a Kira en su
mansión de Edo. Habían conseguido vengar a su señor y cargaron con la cabeza
hasta la tumba de Asano. Para los estándares de su tiempo, los samuráis de Akô
demostraron ser maestros en lealtad y comportamiento samurái, pero una vez más
habían quebrantado la ley. El bakufu permitió que los leales
sirvientes se suicidasen, salvando así su honor. Ogyû Sorai (1666-1728),
un renombrado experto confuciano, justificó la decisión explicando que aunque
los 47 rônin habían violado la ley, tenían «vergüenza» y
conservaban sentido de la «rectitud», por lo que merecían muertes honorables.
En resumen, bajo los shogun Tokugawa y sus consejeros, las
nociones modernas de la ley y el orden estaban evolucionando dentro de los
parámetros de la ideología confuciana.
Si Edo servía como
núcleo político para controlar a samuráis como el indómito Asano y sus leales
hombres, Osaka, también una ciudad grande con cerca de 400.000 habitantes, se
convirtió en el centro financiero de Japón con una dinámica cultura comercial. Era
un enclave de comerciantes, gente urbana y artesanos. Los señores del dominio
cambiaban su arroz por dinero en Osaka para cumplir con los largos y costosos
viajes de «asistencia alterna» (sankin kôtai) a Edo. Ihara
Saikaku (1642-1693), un popular escritor del siglo XVII que escribió sobre las
vidas de comerciantes y ciudadanos, comentaba:
Osaka es el
principal centro comercial de Japón y en el Kitahama 5.000 kanme en
arroz y pagarés cambian de manos en un cuarto de hora. Mientras montañas de
arroz se acumulan en los graneros, los especuladores miran al cielo en busca de
signos de una tormenta esa noche o de lluvia a la mañana siguiente [...] Los
grandes comerciantes de Osaka, los primeros de Japón, tienen también gran
energía; y esos son sus métodos en los negocios.
Con esa creciente
riqueza e influencia social, los comerciantes podían mandar a sus hijos a
academias como la de Kaitokudô, donde recibían una educación confuciana no muy
diferente de la que enseñaba Hayashi Razan a los jóvenes samuráis. El erudito
Ishida Baigan (1685-1744) argumentaba que, por su imprescindible función, los
comerciantes contribuían al orden y la prosperidad del reino, aunque ocupaban
rangos bajos en la jerarquía confuciana. «Guerreros, granjeros, artesanos y
mercaderes son todos de ayuda para el gobierno de la nación», insistía. «Si uno
dice al comerciante: “Tu provecho sólo es un signo de avaricia, y por tanto una
desviación del recto camino”, le demuestra odio y desea su destrucción. ¿Por
qué detestar al comerciante como un ser inferior?»
Pese a la lógica de
Ishida, muchos samuráis formados en el confucianismo aborrecían a los
comerciantes y los consideraban una peste nacional, sobre todo cuando iban
asociados con el progresivo empobrecimiento de los samuráis durante la época
Tokugawa. Los lujos de los mercaderes irritaban al experto Kumazawa Banzan
(1619-1691), que escribía que «lo mismo en las grandes ciudades que en las
pequeñas, en lugares junto a ríos y al mar convenientes para el transporte, se
están construyendo áreas urbanas y el lujo descontrolado aumenta día a día. Los
mercaderes se enriquecen mientras se
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empobrecen los guerreros». Para Kumazawa el problema era sistémico: «La
pobreza de los samuráis también significa que los comerciantes no tienen con
quién intercambiar mercancías por grano y sólo los grandes mercaderes se
enriquecen sin parar». Ogyû Sorai señalaba el traslado de los samuráis del
campo a las ciudades como la fuente de las desgracias de Japón. Apelaba a los
antiguos gobernantes de China y razonaba: «La base del orden social creado por
los antiguos sabios era que toda la gente, de alta y de baja extracción, debían
vivir en el campo». En las ciudades japonesas, «personas de mayor y menor
importancia viven como huéspedes en una posada, lo que es directamente
contrario al camino de los sabios».
No obstante, «los
huéspedes en una posada» de Sorai se convirtieron en la base de la vibrante
cultura urbana y el crecimiento económico protocapitalista en Japón. También
fueron los causantes de cambios desestabilizadores en el entorno natural
japonés. Aunque los shogun Tokugawa decidieron originalmente
que Edo, la capital, fuese la «ciudad de los señores», los comerciantes y otros
ciudadanos reclamaron poco a poco como propios los espacios urbanos. El nativo
de Edo –que se decía «recibía su primer baño en el agua de los acueductos de la
ciudad y crecía contemplando las gárgolas del tejado del castillo de Edo»–
personifica la vida urbana con su preciado sentido de la sofisticación. Cuando
se reunían, estos ciudadanos participaban en fiestas en las que se improvisaban
versos cómicos, se hacían arreglos florales, se reproducían textos de kabuki, se
adivinaba el futuro, se escuchaba música callejera y tenían lugar otros
espectáculos. Muy cultos, tomaban prestados libros de los vendedores de tiendas
como las de Suwaraya. Comían en los nuevos puestos de sushi y satisfacían sus
deseos culinarios con gambas, huevos y un surtido de pescado. La prosperidad
implicaba que disponían de mejores casas con sólidos cimientos de piedra, donde
hacía falta espacio de almacenamiento en forma de arcones y aparadores para los
frutos de su ostentoso consumo. De hecho, ese consumo se hizo tan visible que
en el Japón premoderno vemos las primeras regulaciones suntuarias, como las
propuestas por el shogun Tokugawa Tsunayoshi (1646-1709) en
1683. Estas normas estaban pensadas para evitar que los comerciantes hicieran
pública ostentación de su riqueza y provocasen la envidia social y el caos.
Cuando libros y
marisco no bastaban para satisfacer a los ciudadanos, visitaban el barrio de
placer de Yoshiwara, donde paseaban por el bulevar Nakanochô observando a las
cortesanas de los burdeles. Si las estimaciones relativas a las tasas de
sífilis y gonorrea son correctas (se cree que en torno al 30-40 por 100 de los
habitantes de Edo padecían una de esas enfermedades), el comercio del sexo
debía de estar muy extendido y ser, presumiblemente, lucrativo. Aparte de
Yoshiwara, locales más especializados como las «tiendas de niños» satisfacían a
clientes con gusto por los jóvenes. El médico alemán Engelbert Kaempfer
(1651-1716) escribía sobre casas de té que ofrecían sus servicios a esa
clientela:
En la calle
principal de esta ciudad se construyeron nueve o diez pulcras casas de té, o
cabinas reservadas, delante de cada una de las cuales se sienta uno, dos o tres
muchachos, de entre diez y doce años, bien vestidos, con las caras maquilladas
y gestos femeninos, a los que mantienen sus lascivos y crueles amos para el
placer secreto y el entretenimiento de viajeros ricos, ya que los japoneses son
muy dados a este vicio.
A menudo, los
padres vendían a sus hijas a los burdeles por complejas razones económicas e
ideológicas. Tenía que ver, principalmente, con el lugar que ocupaban las
mujeres en el orden patrilineal del Japón premoderno, en el que los hombres, no
las mujeres, prolongaban los linajes familiares y honraban a las deidades
ancestrales. Se esperaba de las mujeres que se comportasen como tales, lo que
significaba, de acuerdo con el Onna daigaku (La enseñanza
femenina, 1672), aspirar a la «mansa obediencia, castidad, bondad y
delicadeza». La singular historia de una joven llamada Také ilustra la
89
complejidad del comportamiento femenino en cuanto a los roles de género
en Japón. Se sabía que la joven Také era muy poco femenina. En un gesto
decididamente impropio de una mujer, se cortó el pelo y asumió el aspecto de un
muchacho llamado Takejirô. El posadero para el que trabajaba se sintió
ultrajado y la violó para que se reencontrase con su feminidad. Ella huyó al
descubrir que estaba embarazada y cuando nació el niño lo mató de inmediato. Al
ser detenida, los funcionarios del bakufu la acusaron de «corromper
los valores morales», porque disociaba su género de su sexo biológico. Fue
arrestada por no comportarse como una mujer. Al igual que las expectativas de
estatus, demostraba su importancia política: los comerciantes debían actuar
como comerciantes, y lo mismo se aplicaba a los roles de género. Estas
compartimentaciones de género y estatus rigieron de manera más o menos estricta
la sociedad japonesa en los años del Japón premoderno.
A pesar de esos
obstáculos culturales, algunas mujeres como Tadano Makuzu (1763-1825) llegaron
a ser destacadas expertas. Sin desacreditar nunca el orden confuciano, que
relegaba a las mujeres a una posición subordinada, en el Hitori kangae (Pensamientos
solitarios, 1818), sostiene que «logros femeninos» como los de su abuela
constituían una importante contribución a la sociedad. Puntualizaba que las
diferencias entre mujeres y hombres se ajustaban al equilibrio yin-yang de la
cosmología china, del mismo modo que lo hacían las diferencias fisiológicas
entre sexos. Como su padre, el prestigioso académico Kudô Heisuke (1734-1800),
escribió mucho sobre los problemas sociales y la amenaza planteada por Rusia.
Lo significativo es
que el sistema de estatus neoconfuciano aportó el marco moral de la sociedad
japonesa. Colocaba a los samuráis en lo alto de la escala social y a los
comerciantes en la posición más baja. Exigía poca vigilancia real, aparte de la
comprobación, en gran medida cultural, de que las mujeres se conducían como
mujeres y los samuráis como samuráis. Sin embargo, había estabilidad en
semejante orden social. Cuando el gobierno Meiji abolió el sistema de estratos
sociales y agrupó a todos como «plebeyos», se desató la violencia entre
granjeros y antiguos grupos de parias, porque se eliminaron las categorías de
estatus que en otro tiempo los habían diferenciado y sustentado. En el Japón
premoderno, el sistema tenía una manifestación espacial en los pueblos y
ciudades, pero el Estado Meiji, que extendió una nueva lechada ideológica sobre
las grietas de las relaciones sociales japonesas, mezcló a los anteriores
parias y granjeros como plebeyos, provocando violentos episodios como la
Rebelión del Impuesto de Sangre de Mimasaka (1873). La cuestión es que la violencia
que siguió al derribo del sistema de estatus pone de manifiesto el importante
papel armonizador que este desempeñaba en la sociedad Tokugawa.
CAMBIOS EN EL CAMPO
La huella ecológica
de las grandes ciudades premodernas fue considerable. En el campo, que
abastecía a las ciudades con sus productos, transformó a muchos campesinos que
practicaban una agricultura de subsistencia en emprendedores que plantaban
cultivos comerciales. A su vez, las complejas relaciones de parentesco en las
familias rurales empezó a venirse abajo. En la época medieval, el trabajo en
las granjas había adoptado con frecuencia la forma de patriarcados, que
adoptaban hijos en sus familias porque necesitaban más mano de obra. En el
siglo XVIII, a medida que los temporeros sustituían a las adopciones en las
faenas agrícolas, en lugar de basarse en el parentesco se parecía más a un
negocio. Los trabajadores temporales resultaban menos caros, porque los
granjeros no tenían que mantenerlos todo el año y les pagaban sólo durante la
cosecha. Ya no adoptaban hijos, elementos del exceso de población rural en
Japón, ni vivían en las granjas y adoraban a los dioses ancestrales. Ahora
habían sido desposeídos de la tierra y eran vulnerables a la escasez de comida
que arrasó Japón en el
90
siglo XVIII, sobre todo en el nordeste. Como resultado de muchas cosas,
desde los cambiantes patrones climatológicos y las erupciones islandesas a la
economía protocapitalista que surgía en Japón, en esos desastres murieron
millones. Durante el periodo premoderno de Japón se produjeron cuatro
devastadoras hambrunas, conocidas como la gran hambruna de Kan’ei (1642-1643),
la gran hambruna de Kyôhô (1732), la gran hambruna de Tenmei (1782-1788) y la
gran hambruna de Tenpô (1833-1837), bautizadas todas con los nombres de los
reinos en los que ocurrieron. Una desastrosa combinación de fuerzas naturales y
obra del hombre conspiraron para intensificar esas hambrunas y sus causas, lo
que ilustra la repercusión medioambiental de los cambios históricos que
transformaron Japón. Dichos acontecimientos fueron un presagio de generaciones
de catástrofes naturales, como el «triple desastre» del 11 de marzo de 2011 en
el nordeste del archipiélago.
La unificación de
Japón en el siglo XVI, el sistema de estratificación social y la huella
ecológica de las grandes ciudades-castillo se conjugaron con las fuerzas de la
naturaleza para generar hambrunas. En este sentido, se trató tanto de desastres
naturales como no naturales. La hambruna de Tenmei (1782-1788) fue
probablemente la más cruel. Se produjo una escasez masiva de alimentos que
afectó a muchas provincias japonesas, pero el nordeste experimentó las
consecuencias más nefastas. En 1782, el dominio de Hirosaki en el extremo
nordeste sufrió temperaturas muy frías impropias de la estación, viento, lluvia
incesante y otras anomalías climatológicas asociadas con la Pequeña Edad de
Hielo, que afectaron a agricultores de todo el mundo. Las erupciones de Laki
(Lakagígar) y el monte Grímsvötn en el sur de Islandia agravaron la situación.
Puede que el bakufu Edo hubiese conseguido aislar a Japón de
las corrientes políticas mundiales expulsando a los misioneros, pero no pudo
aislarlo de las medioambientales y climatológicas. Hay que aclarar que
Lakagígar es un sistema de fisuras volcánicas conectadas con la caldera de
Grímsvötn. En 1783 y 1784, se produjo una explosión en la fisura de Laki que se
prolongó ocho meses. Durante ese periodo, las grietas y el volcán expulsaron
alrededor de 14 km3 de lava basáltica y enormes columnas de
ácido fluorhídrico (fluoruro de hidrógeno) y dióxido de azufre (dióxido de
sulfuro) letales que se dispersaron por el mundo. La nube tóxica mató a la
mitad del ganado en Islandia y la hambruna resultante acabó con una cuarta
parte de la población humana. El caos desatado a escala global por los «fuegos
de Skaftá», como se denomina a la erupción en Islandia, causó una hambruna
mortal en Egipto y sucesos climatológicos extremos en Europa.
En Japón, esas
erupciones volcánicas se combinaron con las anomalías meteorológicas locales y
globales para reducir a una cuarta parte de lo normal la cosecha en el dominio
de Hirosaki. El año siguiente se mantuvo una situación similar y la escasez de
arroz golpeó a todo el reino después de que las autoridades de Tsugaru
cometieran el error de transportar 40.000 fardos de arroz a Edo y Osaka como
tributo para el bakufu Edo. El limitado abastecimiento supuso
que los precios del arroz subieran vertiginosamente y en verano ya no quedaba
arroz para la gente hambrienta. Se abandonaron las granjas familiares y se
sucedieron las revueltas. En otoño la gente se alimentaba de raíces y plantas
silvestres, además de comerse a bueyes, caballos, perros y gatos. También se
extendieron rumores de canibalismo según la situación se volvía más
desesperada. En respuesta, el bakufu ofreció a Hirosaki
préstamos para construir cabañas y comprar arroz en los dominios vecinos. En
1784, sin embargo, a raíz de la malnutrición y el debilitamiento de los
sistemas inmunológicos, la enfermedad azotó las zonas afectadas por la hambruna
y las bajas se dispararon. Al terminar la hambruna, los muertos en Hirosaki se
contaban en cientos de miles. La gran hambruna de Tenmei (figura 12) mató en
toda la nación a casi un millón de personas, en gran medida a aquellas que se
habían vuelto más vulnerables a causa de las transformaciones económicas en
Japón.
91
Figura 12. Imagen
de la hambruna de Tenmei.
Lo que transformó
esas catástrofes naturales en decididamente antinaturales fue la
protocapitalización de la economía japonesa. Tomemos la «hambruna del jabalí»
de Hachinohe en 1742, fruto como la gran hambruna de Tenmei de las alteraciones
climatológicas locales y globales, pero resultado, además, de fuerzas
rastreables de origen humano. En el transcurso del siglo XVIII, los granjeros
de Hachinohe, también en el nordeste, comenzaron la roza y quema de ringleras
de nueva tierra para plantar soja, casi en exclusiva para abastecer a Edo y
otros mercados urbanos. La soja era parte importante de la dieta japonesa y
aportaba proteínas muy necesarias. Originalmente, los granjeros habían
cultivado soja más cerca de Edo, pero a medida que replantaban esos campos con
moreras para la sericultura, un cultivo mucho más lucrativo, hubo que
reacondicionar nuevos terrenos para alimentar a las ciudades japonesas. El
cultivo de la soja a mayor altitud exigía que los granjeros rotasen las
plantaciones, o las dejasen en barbecho, con el fin de mantener la
productividad de las mismas. Pero los campos sin cultivar, sobre todo en zonas
de altiplanicie, constituían el principal hábitat del jabalí. Cuando cortaban
los árboles que producían bellotas para ganar espacio para más plantaciones de
soja, sin darse cuenta privaban al jabalí de una importante fuente de alimento
y los ungulados, siempre hambrientos, buscaban otras, incluidas la batata y el
arrurruz (kuzu). Como resultado del paso al cultivo de soja en las
mesetas, la población de jabalíes de Hachinohe empezó a competir con los
hombres por la comida. Esta competencia se incrementó durante la Pequeña Edad
de Hielo (ca. 1550-1850), cuando disminuyeron las cosechas.
Normalmente, los agricultores retornaban a sus tierras para arrancar batatas,
kuzu y otras plantas silvestres, pero muchos temporeros, la clase desposeída de
tierra en Japón, no podían hacerlo. Incluso aquellos que recorrían los montes
en busca de batatas y kuzu descubrían que el jabalí había llegado antes.
Murieron miles de granjeros en un desastre causado, al menos en parte, por las
demandas de mercado de las grandes ciudades japonesas. A una escala más
pequeña, los agricultores de Hachinohe fueron víctimas de fuerzas globales
similares a las que se ensañaron con la India durante la hambruna de Bengala
(1769-1773): mientras los indios morían de hambre, la Compañía de las Indias
Orientales británica embarcaba grano en los puertos de la India. No sorprende
que algunos historiadores hayan comparado la integración de los dominios
japoneses en el orden premoderno con el colonialismo interno, ya que tuvieron
efectos negativos similares.
La huella ecológica
de las ciudades japonesas tuvo otras manifestaciones en el medio ambiente. Los
cuerpos desnutridos y famélicos no fueron las únicas cicatrices que dejó la
transformación económica en Japón. Para construir aquellas enormes ciudades, la
industria maderera pasó de ser una actividad de subsistencia y tala bajo
demanda, en la que los señores encargaban árboles para construir sus castillos,
a una extracción de tipo
92
más empresarial. Con la explotación forestal, familias de comerciantes
como los Yamatoya cortaron unos 8.000 árboles cerca de los ríos Tone y
Katashina. Entregaron al shogun menos de la mitad y vendieron
el resto en el mercado. Dado el alto valor de la madera, surgió en Japón un
tipo de gestión forestal que mantuvo el archipiélago relativamente verde en los
siglos XVII y XVIII. Los mares cercanos también experimentaron cambios a causa
de la economía japonesa. Se abrieron nuevas pesquerías para producir
fertilizantes para el abonado de los cultivos comerciales. Las pesquerías de
arenques se expandieron hasta Ezo, en el lejano norte, donde comerciantes de
Osaka y Ômi contrataban a los ainu para pescar lo que luego secaban y enviaban
al sur. De este modo, la huella urbana del Japón premoderno se extendió más
allá de las fronteras tradicionales del reino. No sólo alteró el suministro de
madera y los entornos forestales en Honshu, sino las pesquerías y los entornos
marinos en torno a Hokkaido.
LA CONQUISTA DE EZO
El comercio en
Hokkaido provocó cambios en la tierra y un intercambio epidemiológico que
socavó la capacidad de los ainu de resistir las incursiones japonesas. La pesca
de arenque fue sólo un componente de la intrusión del Japón premoderno en Ezo.
Es importante recordar que la isla de Hokkaido, el lugar antes conocido como
Ezo, representa alrededor de un 20 por 100 de Japón, así que la conquista de
este área exige nuestra atención. Más tarde se convirtió en una importante
fuente de carbón, un recurso crucial que impulsó la temprana industrialización
japonesa, y fue transformada en el granero de Japón con ayuda de asesores
estadounidenses, expertos en colonizar tierras antes habitadas por pueblos
indígenas. Hay que destacar que la conquista japonesa de la tierra de los ainu
comenzó con la reorganización política emprendida por el bakufu Edo.
Tras la batalla de
Sekigahara (1600), Ieyasu reconoció «derechos exclusivos» para comerciar con
los ainu a la familia Matsumae, que durante los siglos XVII y XVIII expandió
ese comercio por todo Hokkaido. Los Matsumae gobernaban un pequeño territorio
en el extremo sur de Hokkaido al que llamaron Wajinchi, o «tierra japonesa».
Como los japoneses premodernos, los ainu de Hokkaido eran todo menos
unificados. Los arqueólogos han localizado cinco grupos principales –Shumukuru,
Menashikuru, Ishikari, Uchiura y Sôya– que habitaban Hokkaido, con diferencias
en el lenguaje, las costumbres de enterramiento y otras prácticas culturales.
Como la familia Matsumae no fue capaz de cultivar arroz, sobre todo por la
latitud septentrional y el clima subártico más frío, el clan dependía de un
floreciente comercio con los ainu, en parte vestigio de los primeros emishi
epi-Jômon. El comercio fue inicialmente a pequeña escala: los barcos de los
Matsumae viajaban hasta los puestos avanzados costeros dispersos por todo
Hokkaido, donde conseguían artículos atrayentes, desde pieles de animales a
plumas de aves y fármacos exóticos.
Se levantaron
puestos comerciales en zonas costeras cerca de los ríos, porque las comunidades
ainu, llamadas pet-iwor en su idioma, tendían a instalarse
allí. Eso tenía que ver con siglos de herencia cazadora-recolectora. En gran
medida, los ainu se identificaban con su hogar a través de una relación sagrada
con los jamuy, o dioses locales, que a menudo adoptaban forma
animal. Las relaciones sagradas con esos animales se expresaban mediante la
caza: los cazadores ainu liberaban el espíritu del animal al matarlo. Animales
como el oso pardo y el salmón eran parte de las comunidades ainu y los
cazadores tenían obligaciones sagradas hacia ellos, al igual que las habían
tenido sus antepasados. Quizá la expresión más elaborada de esas obligaciones
era el iyomante, llamado con frecuencia la «ceremonia del oso». Los
ainu criaban osos pardos desde que eran unas crías y los sacrificaban para
mantener lazos con la tierra y sus deidades.
93
En otras palabras, la caza significaba algo distinto para los ainu que
para los japoneses. Esto no quiere decir que los japoneses hubiesen cosificado
por completo a los animales. Es cierto que partes de la anatomía de muchos
animales, como la vesícula biliar del oso y el pene de foca, poseían valor
farmacológico; y las pieles de nutria y de ciervo eran regalos prestigiosos en
círculos políticos. Los japoneses, como los ainu, creían que los animales
tenían un lado sagrado en forma del espíritu de las deidades sintoístas
llamadas kami. De manera más elaborada, los japoneses asociaban a
algunos animales, como los lobos, no sólo con mensajeros del sintoísmo como el
Daimyôjin, sino con dioses budistas. Dicho de otra manera, el encuentro entre
los ainu y los japoneses no era un encuentro entre protocapitalistas
despiadados, que cosificaban a los animales y exterminaban la naturaleza, y
cazadores espirituales que los reverenciaban. El intercambio comercial, que
benefició a ambas partes, tuvo múltiples y conflictivas implicaciones, aunque
al final fue mucho menos justo para los ainus. Las raíces de la dependencia
ainu están firmemente plantadas en el comercio con los japoneses.
Eventualmente, la
competencia por los recursos comerciales enfrentó a las comunidades ainu y
llevó a la mayor batalla en Ezo, la llamada Guerra de Shakushain (1669), o
Rebelión de Samkusaynu. En el que fue quizás el único ejemplo de «sometimiento
de bárbaros» por parte del gobernante Tokugawa, tal como demandaba el título
del shogun (gran general pacificador de los bárbaros),
el bakufu envió tropas a Hokkaido para aplastar al grupo de
ainu reunido en Shakushain. El comercio se intensificó después del conflicto,
pero también los intentos de dividir a japoneses y ainu en Hokkaido mediante
diferencias consuetudinarias. A raíz de esto, el Estado premoderno fue capaz de
definir con mayor precisión lo que significaba ser japonés en las regiones
fronterizas. A lo largo de los siglos había ido tomando forma una identidad
nacional incipiente: como hemos visto, Kitabatake Chikafusa definía Japón como
una «tierra divina». Eso fue tras la invasión de los mongoles, cuando los
japoneses experimentaron un violento choque con una brutal amenaza exterior.
Asimismo, la Guerra de Shakushain supuso un encuentro violento, lo que sugiere
que el contacto con los extraños, ya fueran invasores mongoles, misioneros de
la península Ibérica o rebeldes ainu contribuyó a forjar la identidad japonesa.
El encuentro con intrusos obligó a Japón a superar las divisiones internas,
como las inherentes al sistema de estatus, y crear definiciones de una
consciencia nacional cada vez mayor.
En elaboradas
ceremonias, para vigilar las líneas marcadas por las costumbres entre ainu y
japoneses en el norte, los funcionarios Tokugawa hacían que los ainu –como las
embajadas de Ryukyu que desfilaban en Edo y que comentamos antes– luciesen
ropas y cortes de pelo ainu. Esto se volvió cada vez más complicado durante los
siglos XVII y XVIII, a medida que japoneses y ainu se mezclaban. Shakushain,
que declaró la guerra a los japoneses en 1669, tenía un yerno japonés llamado
Shôdayû que fue ejecutado por los samuráis junto a Shakushain después de la
contienda. Como se hacía más difícil diferenciar a los ainu de los japoneses,
al menos en el sur de Hokkaido, esas distinciones tenían que plasmarse a través
de rituales. Es instructivo el caso de Iwanosuke. Era un ainu del sur de
Hokkaido plenamente asimilado a las costumbres japonesas. Tenía un nombre
japonés, vivía en un pueblo predominantemente japonés y llevaba el pelo a la
moda japonesa. Pero durante las celebraciones de Año Nuevo, los funcionarios de
Matsumae transformaron a Iwanosuke en un representante del pueblo ainu: le
obligaron a dejarse crecer el cabello y llevar ropas tradicionales. Mediante la
representación de esa diferencia, una especie de diplomacia ceremonial, se
demarcaban los límites de las normas consuetudinarias del Estado japonés
premoderno. Forzar a las delegaciones de Ryukyu procedentes del sur a vestir en
Edo su atuendo tradicional servía a similares propósitos. Lo importante es que
territorios fronterizos, que mantenían una situación precaria con Japón,
94
habían llegado a jugar un papel decisivo en la formación de la identidad
nacional japonesa, algo que anticipaba el nacionalismo de la era Meiji
(1868-1912).
Ritualizado o no,
el comercio con los japoneses tuvo un alto precio para las comunidades ainu
durante el siglo XVIII. Para comerciar con los japoneses, los ainu
sobreexplotaron las pesquerías de salmón y las poblaciones de ciervos, mientras
los japoneses, sin darse cuenta, introdujeron la viruela, el sarampión y la
sífilis en las comunidades ainu. Estas socavaron sus propios sistemas de
subsistencia, al tiempo que productos japoneses como sedas, espadas, artículos
de hierro, arroz y sake se convertían en objetos de prestigio en las
comunidades ainu. Jefes como Shakushain alcanzaron relevancia a través del
comercio con los japoneses; los japoneses, miembros de la familia Matsumae,
ganaron reputación gracias a los regalos a la familia Tokugawa. Esos presentes
incluían desde productos farmacéuticos como vesícula biliar de oso a objetos de
uso militar como plumas de águila para flechas, halcones para cetrería y pieles
de ciervos para sillas de montar, todos conseguidos en Ezo. El comercio exigía
que los animales descendiesen del mundo de los espíritus y los ancestros al del
protocapitalismo y se convirtiesen en «mercancías cazadas» en el contexto de la
interacción con los japoneses. Según algunas estimaciones, la población ainu se
redujo a casi la mitad a causa de enfermedades en el siglo XIX y, en cuestión
de décadas, Hokkaido estuvo listo para su incorporación al Estado moderno.
LA LEGIBILIDAD Y EL
REINO
El moderno Japón
también fue testigo de la mayoría de los esfuerzos concertados para hacer
discernible la emergente nación e imaginar a la comunidad japonesa con rasgos
culturales y geográficos comunes. Cuando el famoso poeta Matsuo Bashô viajó al
norte y escribió su famosa obra del siglo XVII Oku no hosomichi (Sendas
de Oku), contribuyó a establecer un sentimiento de legibilidad cultural en
Japón, que unía estrechamente tiempo y espacio con la nación emergente. Cada
lugar retratado en su narrativa y evocado a través de su poesía creaba un eje
histórico y geográfico para describir la experiencia nacional de Japón. En
1689, Bashô se sintió «henchido de un intenso deseo de vagabundear» y se
dirigió al nordeste para visitar sitios sobre los que habían escrito anteriores
poetas japoneses. Se desplazó geográficamente, abarcando el accidentado espacio
nororiental, pero también viajó históricamente al explorar cómo los antiguos
poetas habían recreado localizaciones y una cultura colectiva en medio del
paisaje del nordeste de Japón. Bashô imaginó una comunidad cultural unida por
la geografía de Japón y quiso rastrearla mediante sus reflexiones y poesía. Sus
escritos muestran indicios de una primitiva consciencia nacional que se
fusionan en el periodo premoderno.
Muchos de los
emplazamientos que visitó en su viaje eran santuarios, pero otros eran
localizaciones naturales. Bashô descansó sus «cansadas piernas» a la sombra de
un sauce gigante ya cantado en la poesía de Saigyô (1118-1190). Recorrió las
tierras ancestrales de Satô Motoharu, cuya familia había combatido con bravura
al lado del trágico Minamoto no Yoshitsune. Cuando se detuvo en un templo a
tomar té, contempló tesoros como la espada de Yoshitsune y el morral de Benkei.
Rememoraba el famoso pino de Takekuma y respondía al poeta Kyohaku, que también
había escrito acerca del árbol perenne de doble tronco. Tenía, escribió Bashô,
«posiblemente la forma más hermosa que uno pueda imaginar para un pino». Cuando
estuvo en el antiguo castillo de Taga, observó un monumento que databa del
reinado del emperador Shômu (701-756). Evocó la inmutabilidad del pasado
japonés y su persistencia en el imaginario cultural. Bashô escribió: «En este
mundo constantemente mudable donde las montañas se derrumban, los ríos cambian de
curso, se abandonan los caminos, las rocas quedan enterradas y los
95
viejos árboles ceden paso a jóvenes brotes, no dista mucho de un milagro
que este monumento haya sobrevivido el embate de mil años hasta transformase en
recuerdo vivo de los antepasados». Y recordaba: «Siento como si me hallase en
presencia de los mismos antepasados», o en presencia de los antecesores
culturales de Japón. Durante su visita al santuario de Myôjin, quedó
«impresionado por el hecho de que los poderes divinos de los dioses hayan
penetrado incluso hasta el extremo norte de nuestro país, y me incliné en
humilde reverencia ante el altar». A través de estos marcadores culturales,
Bashô contribuyó a definir «nuestro país», demarcando sus límites, fronteras y
características culturales.
Bashô colaboró para
crear un creciente corpus de conocimiento cultural que resultó una pieza
angular para la construcción de la moderna nación japonesa. Este archivo
metafórico de conocimiento público, aglutinado por las fuerzas políticas de
Tokugawa, vinculaba a los japoneses que vivían en el sur con los que lo hacían
en el lejano nordeste. Ese archivo se fue edificando en el transcurso de siglos
y quedó consolidado gracias al sistema de asistencia alterna, cuando la capital
de Edo se convirtió en el lugar de encuentro que homogeneizaba dialectos y
dispersaba historias de reliquias naturales y artificiales que constituían la
estructura de la nación.
El periodo
premoderno fue un momento importante para la construcción también de otras
formas de nación. De hecho, en los siglos XVIII y XIX se adoptaron sistemas más
exactos para trazar las fronteras. Los shogun Tokugawa se
tomaron un especial interés en elaborar un mapa del reino. Mandaron a los
señores de los dominios dibujar mapas en tres ocasiones (1644, 1696-1702 y
1835-1838). Cuando los señores entregaban esos «mapas de las provincias»
( kuniezu) en Edo secundaban un importante objetivo político y
militar. Por ejemplo, tras su entrega en 1700, todos los mapas fueron
compilados y redibujados. El nuevo mapa, el Shôhô Nihonzu (mapa
de Japón en la era Shôhô), representaba el gran reino con su accidentada línea
costera, sus ríos serpenteantes, puertos y rutas comerciales, además de las
demarcaciones provinciales. Por primera vez, los gobernantes de Japón podían
contemplar una representación legible y estandarizada de todo el reino e
imaginar la extensión de sus características geográficas y topográficas.
Más adelante,
el shogun ordenó al cartógrafo Ino Tadataka (1745-1818)
revisar la línea costera de Japón con el empleo de técnicas cartográficas
occidentales. Deseaba definir mejor los límites geográficos de Japón. En 1821,
los artífices de la política Tokugawa dispusieron del monumental Dai
Nippon enkai yochi zenzu (mapas de las áreas costeras de Japón) de
Ino. Los mapas tradicionales, que dependían del conocimiento local, contenían
extensa información textual y estaban llenos de representaciones taxonómicas o
significado religioso. Pero Inô elaboró sus mapas en el nuevo lenguaje de la
ciencia occidental, que incorporaba líneas de latitud y longitud y hacía Japón
discernible para una comunidad mundial premoderna. Con el mapa de Inô, Japón
quedaba situado en la misma lógica espacial que Europa y sus colonias, lo que
pavimentaba el camino para el posicionamiento del país de acuerdo con la lógica
del mundo moderno. Además, sus mapas eliminaron las referencias a taxonomías
humanas y culturas, una práctica que, en el imaginario cartográfico, despojaba
regiones de interés imperial futuro. Apoyándose en el trabajo cartográfico de
Inô, Mamiya Rinzô (1754-1836) llevó las técnicas occidentales al norte. Viajó
por Hokkaido, la isla de Sajalín y hasta el estuario del Amur cartografiando la
región y documentando a sus habitantes y sus recursos naturales. También
desplegó la ciencia cartográfica europea al colocar a Sajalín en una cuadrícula
universalmente reconocible y anticiparse a las futuras ambiciones imperialistas
de Japón en la región.
CONCLUSIÓN
96
Durante el periodo premoderno japonés se afianzó un acuerdo acerca de lo
que constituía «nuestro país», o Japón, un reconocimiento que trascendía las
categorías identitarias de estatus, región o familia. Como primitiva forma de
nacionalismo, este proceso comenzó con la centralización del reino bajo
los shogun Tokugawa y la exigencia política de que todos los
señores de los dominios participaran en el sistema de asistencia alterna a Edo.
En el transcurso del viaje, los señores plantaron las semillas del comercio a
lo largo de los circuitos más frecuentados en Japón. Mientras permanecían en
Edo cumplían con sus obligaciones oficiales, intercambiaban historias,
homogeneizaban dialectos, ofrecían regalos e iniciaban el proceso de creación,
visita tras visita y generación tras generación, de una política cultural
nacional que giraba en tono a Edo, que por su localización, si no por su
nombre, continua siendo la capital política, cultural y financiera de Japón. El
sistema Tokugawa nunca eliminó por completo las peligrosas ambiciones
individuales de las viejas rivalidades entre los dominios, u otras fuerzas que
mantenían a Japón fracturado políticamente, pero los gobernantes japoneses
comenzaron claramente a operar bajo la lógica de la existencia de una autoridad
nacional. No obstante, el sistema creado por el bakufu Edo
tenía problemas inherentes, que se manifestaron en los siglos XVIII y XIX y
condujeron al hundimiento del régimen en Edo y el surgimiento de la
Restauración Meiji en 1868.
97
El auge del
nacionalismo imperial
(1770-1854)
La paz Tokugawa se
prolongó durante más de dos siglos. Sin embargo, las grietas empezaron a
deformar el edifico del gobierno Tokugawa desde el principio. Con el tiempo, se
ensancharon y ramificaron en una compleja red de problemas que derribó al bakufu Edo
a mediados del siglo XIX y acabó con siglos de gobierno samurái en Japón.
Algunos de estos problemas eran de naturaleza interna e incluían revueltas
campesinas, disparidades entre la riqueza de los comerciantes y la pobreza de
los samuráis, curiosos ejemplos de milenarismo urbano y retos ideológicos que
reclamaban una vuelta al gobierno imperial. Estas dificultades internas se
agravaron con otras exteriores, incluyendo la intrusión rusa en el Pacífico
Norte y la llegada del comodoro estadounidense Matthew C. Perry (1794-1858) y
sus «barcos negros» que escupían humo en 1853. Juntas, estas fuerzas nacionales
e internacionales sobrecargaron al bakufu Edo y este se hundió
en 1868 en un relativamente breve conflicto llamado la Guerra Boshin
(1868-1869).
GRIETAS EN LA
LEGITIMIDAD TOKUGAWA
Durante el periodo
premoderno se produjeron unas 2.809 rebeliones campesinas de distinto tipo. Sus
formas iban desde la «petición directa» y la «acción colectiva» violenta a la
táctica de «aplastar y romper» y la «renovación del mundo». Pese a que muchas
revueltas campesinas se debían más a razones económicas que políticas –esto es,
que aspiraban a destrozar las casas de los mercaderes locales ricos o de
campesinos que habían sacado provecho de la dinámica economía del cultivo
comercial–, algunos levantamientos resultaron ser políticamente subversivos y
contenían aspiraciones de cambio de régimen. En la ortodoxia neoconfuciana de
la etapa premoderna existía una «economía moral» implícita, que garantizaba que
los «campesinos honorables» fueran tratados con justicia por «benevolentes
señores». Cuando, en el siglo XVII, los dominios exprimieron con demasiada
fuerza a campesinos como Sakura Sôgorô (m. 1653) y otros en Narita, estos
pidieron directamente a los señores, y en el caso de Sôgorô incluso al shogun, que
aliviaran algunas de las privaciones económicas en sus pueblos. Pensaban que
tenían derecho a vivir. «Temerosos y trémulos presentamos respetuosamente
nuestra reclamación por escrito», explicaba la dramática petición que Sôgorô
entregó al shogun en Edo. La petición señalaba que los
«campesinos en las aldeas han sufrido privaciones muchos años. Ahora se
encuentran al borde de la inanición y son incapaces de sobrevivir». Debido a
los altos impuestos sobre el arroz, «muchas personas, viejos y jóvenes, hombres
y mujeres, un total de 737, han muerto de hambre junto al camino o se han
convertido en mendigos». Este episodio concluyó con la ejecución de Sôgorô y
toda su familia por atreverse a reclamar directamente al shogun. En
una escena brutal, Sôgorô y su mujer miraban, mientras estaban crucificados,
cómo los verdugos decapitaban uno por uno a sus hijos antes de acabar
violentamente con ellos dos. Aunque Sôgorô se convirtió en un mártir campesino,
el coste de la reclamación ante el shogun fue enorme. De todas
formas, la «economía moral» que configuró las relaciones políticas entre el
Estado Tokugawa y los jefes de las aldeas empezó a mostrar graves fallos en la
estructura de la economía japonesa en transformación.
Más adelante, las
protestas «destructoras» de Shindatsu (1866), en buena medida fruto de los
cambios sociales provocados por la producción de seda, y los levantamientos
«renovadores» en Aizu (1868), tuvieron consecuencias perturbadoras y letales.
Multitudes
98
campesinas, airadas por los cambios económicos mencionados en el
anterior capítulo, saquearon las casas de los residentes más ricos. Como
resultado de la economía protoindustrial, otros campesinos se habían
beneficiado ampliamente del crecimiento económico. Como anotó un observador:
«El abuso más lamentable hoy entre los campesinos es que los que se han hecho
ricos olvidan su posición y viven con tanto lujo como los aristócratas de la
ciudad». No obstante, las mismas fuerzas que aportaron riqueza a algunos empobrecieron
y mataron de hambre a otros. La agitación para «cambiar el mundo» de los
últimos años Tokugawa tenía la apariencia política de revolución. Mientras
tanto, en ciudades como Edo tenía lugar un fenómeno conocido como ofudafuri.
Se decía que habían aparecido en ellas talismanes del gran santuario de Ise, el de
la familia imperial, lo que desató celebraciones callejeras. Con peligrosa
indiferencia ante el estricto sistema de estratificación social y división por
sexos, los alegres ciudadanos se travestían, portaban máscaras y danzaban en la
calles. Mientras desfilaban y bailaban gritaban: «¡Es extraordinario!» y «¡Qué
diablos!». La escena encarnaba el sentimiento de un momento milenarista.
Claramente, soplaban refrescantes los vientos del cambio.
AMENAZAS EXTERNAS
Con la llegada del
comodoro Matthew C. Perry en julio de 1853 a Uraga, cerca de Edo, el alboroto
interno alcanzó un punto crítico. Como otros encuentros con forasteros que
habían motivado reacciones nacionalistas, la llegada de Perry y su ultimátum en
tres partes al bakufu, desequilibraron al gobierno. El
presidente Millard Fillmore (1800-1874) pedía a Japón el establecimiento de
relaciones diplomáticas, tratar a los balleneros náufragos con más humanidad
(muchos eran simplemente decapitados si se quedan varados), abrir los puertos e
iniciar relaciones comerciales. Desconcertado por el insistente Perry (regresó
un año después de dejar Japón, en febrero de 1854), el bakufu Edo
provocó sin pretenderlo un debate nacional al pedir opinión a los señores de
los dominios. El reino se dividió en dos bandos: uno que quería «expulsar a los
bárbaros, reverenciar al emperador» (sonnô jôi) y otro que
deseaba «abrir el país» (kaikoku). El bando que buscaba
«expulsar a los bárbaros» señalaba los problemas internos a los que se
enfrentaba Japón, en particular el empobrecimiento de los samuráis y el aumento
de la riqueza de los comerciantes, y argumentaba que el bakufu no
había administrado bien el reino ni atajado la amenaza planteada por los
«barcos negros» de Perry, por lo que había fracasado en los deberes de su
cargo. Después de todo, el shogun era el «general apaciguador
de bárbaros». El shogun era una especie de representante del
emperador y, según proclamaban muchos, no había sido capaz de cumplir con su
trabajo. La solución: expulsar a los occidentales y propagar el gobierno
imperial directo.
Por otro lado, el
bando partidario de la «apertura del país» apuntaba que oponer resistencia a
Perry y a las potencias europeas sería una invitación a la destrucción
nacional. Japón debía aceptar las demandas de Perry y abrir el país. Tras
siglos de virtual aislamiento de Europa y Estados Unidos, los observadores
japoneses se enteraron de lo que estaba sucediendo en China con la Guerra del
Opio, en la que los británicos desplegaron con su habitual crueldad tecnologías
bélicas como el barco de vapor Nemesis para aplastar a la
Armada Qing y sus defensas costeras. El erudito Sakuma Shôzen (1811-1864)
escribió: «Según he oído, la situación es que los europeos [británicos] han
contaminado el distrito de Li-yüeh, que existe desde la dinastía Tang. Nuestro
país queda a corta distancia por mar de China y ningún país de Oriente podrá
mantenerse fuera del alcance de los ataques anuales de las naves británicas».
Para Sakuma, la amenaza occidental era muy real.
99
El bando que estaba a favor de «expulsar a los bárbaros» se apoyaba en
décadas de debates, que habían fermentado en Japón, sobre si el emperador debía
dirigir directamente el reino. Expertos «nativistas» (kokugaku) como
Kamo Mabuchi (1697-1769), Motoori Norinaga (1730-1801) e Hirata Atsutane
(1776-1843) se convirtieron en influyentes voces en este debate al criticar, de
diferentes modos, la fijación ideológica del bakufu con la
filosofía china. Básicamente, sostenían que Japón, no China, era el «Reino del
Centro», porque a diferencia del emperador chino que era meramente el «hijo del
cielo», el emperador japonés era en sí mismo el cielo, un «dios viviente». A
menudo consideraba al neoconfucianismo artificial en vez de natural, en el
sentido de que organizaba la sociedad de acuerdo con categorías artificialmente
creadas. Sólo Japón, exponía Kamo, había «trasmitido el lenguaje de los dioses»
por medio de la institución imperial. A continuación, escribía: «Conocer
el kokutai [esencia nacional] es conocer a los antepasados y
rendir así lealtad al emperador...». Es importante señalar que el término kokutai se
convirtió más tarde en una especie de comodín para describir los atributos
culturales y políticos exclusivos de los japoneses y de su nación. También
Norinaga se centraba en la «sucesión ininterrumpida» de los emperadores
japoneses. Criticaba a los eruditos neoconfucianos y razonaba que «no habían
sido capaces de concebir y comprender que la Vía de los Dioses [Shinto] es
superior a las vías de los países extranjeros». Estos estudiosos eligieron el
lenguaje como la clave para entender el pasado de Japón previo a la importación
del budismo y el confucianismo en los siglos VI y VII; estudiaban antiguos
cantos y poemas de las antologías literarias clásicas. Lo importante para estos
hombres, lo que hacía excepcional a Japón, era su ilustre linaje imperial. Al
final, esto se transformaría en la base del nacionalismo imperial en la era
Meiji, al igual que en la «Restauración Shôwa» que fomentó el fascismo japonés
en la década de 1930.
Hasta los sabios
neoconfucianos empezaron a aportar razones para la restauración del emperador.
En el llamado confucianismo de Wang Yangming (1472-1529), los sabios
argumentaban que la naturaleza «estática» de la ideología del bakufu había
puesto el acento en la «contemplación» en lugar de la «acción pública». Para
Wang Yangming (destacado filósofo y general Ming) el énfasis en la «acción
pública» amenzaba al bakufu, orientado con frecuencia a la
cura de males políticos, lo que colocaba al régimen de Tokugawa en el punto de
mira. Los seguidores de Wang Yangming, como Ôshio Heihachirô (1793-1837),
ponían obsesivamente el foco en la expresión de la «sinceridad de la voluntad»
y la «rectitud» del propósito para «enmendar las injusticias públicas». Una de
esas grandes injusticias era la capacidad administrativa de los shogun Tokugawa.
En 1834, Ôshio publicó Senshindô satsuki (Escuela de la
limpieza interior) y rápidamente se convirtió en uno de los más destacados
filósofos de la escuela de Wang Yangming, casi una especie de revolucionario.
En 1837 lanzó una rebelión fallida en Osaka, en un intento de rectificar la
sociedad por medio de la acción pública. Los lemas de los rebeldes eran
«¡Salvar al pueblo!» y, de interés para lo que aquí nos ocupa, «¡Reinstaurar al
emperador!». La rebelión fracasó y Ôshio se suicidó en su casa mientras el
fuego se propagaba a su alrededor, pero fuerzas subversivas se habían puesto en
marcha. Para estudiosos de Wang Yangming de distinta índole, rectificar la
sociedad significaba recuperar al emperador y destruir el bakufu.
La escuela Mito
también asumió la responsabilidad de restablecer al emperador. Esta tarea era
complicada porque los daimyô del dominio Mito llevaban el
apellido «Tokugawa» y podían convertirse en shogun. Destacados
expertos de la escuela Mito, como Fujita Yûkoku (1774-1826), Aizawa Seishisai
(1781-1863) y Fujita Tôko (1806-1855), también aceptaban que Japón necesitaba
seguir la «vía imperial». Aizawa fue el más honesto de los críticos de esta
escuela. En su Shinron (Nuevas tesis, 1825), apuntaba a las
políticas fallidas Tokugawa, los avariciosos comerciantes y los desafiantes
extranjeros. Muchos de los señores de los dominios estaban endeudados,
explicaba Aizawa, y «astutos y avaros
100
difamadores manipulan a los grandes señores del país como si fuesen
marionetas. Es evidente que la riqueza del reino ha caído en las garras de los
mercaderes». Apelaba al miedo tradicional a los cristianos y prevenía a sus
lectores contra los occidentales y su insidiosa religión: «Todos creen en la
misma religión, el cristianismo, del que se sirven para anexionarse
territorios. Allí donde van, destruyen lugares de oración, engañan a la
población local y se apoderan de esas tierras. Estos bárbaros no pararán hasta
sojuzgar a los gobernantes de todas las naciones e incorporar a sus filas a
todos los pueblos». A continuación, su crítica giraba hacia un discurso
nacionalista, que podría haber salido directamente de las bocas de los
propagandistas de la Guerra del Pacífico, y escribía: «Nuestra Tierra Divina
está donde el sol se eleva y la energía primordial tiene su origen [...] La
posición de Japón en la cima de la tierra lo convierte en norma para las
naciones del mundo. Arroja luz sobre el mundo y la distancia que alcanza el
resplandeciente influjo imperial no conoce límites».
Sakuma Shôzan
(1811-1864), que escribía al inicio de la Guerra del Opio en China, es otro
crítico de la decadencia moral de la era Tokugawa, pero su enfoque era más
práctico. Su lema, «La ética oriental como base, la tecnología occidental como
medio», abarcaba los dos campos ideológicos. Pensaba que Japón debía restaurar
el poder del emperador para frenar el declive moral y aprovechar la tecnología
occidental para defenderse. La urgencia de la situación en China exigía un
punto de vista práctico y era imposible «expulsar a los bárbaros», daba igual
lo convincentes que fueran, hasta que Japón adoptase la tecnología militar
necesaria para hacerlo. Compartimentaba su filosofía de la siguiente manera:
«Al enseñar lo concerniente a la moralidad, la benevolencia y la rectitud, la
devoción filial y el amor fraternal, la lealtad y la justicia, debemos seguir
los ejemplos y preceptos de los sabios chinos. En lo tocante a la astronomía,
la geografía, la navegación, los mapas, el estudio del principio de todas las cosas,
el arte de las armas de fuego, el comercio, la medicina, la maquinaria y la
construcción, debemos confiar principalmente en Occidente». Al final, este
enfoque práctico llegó a caracterizar a Japón durante la era Meiji, pero sólo
después de que se asentase la polvareda levantada por el hundimiento del
gobierno Tokugawa.
Los expertos no
sólo plantearon desafíos ideológicos a la ortodoxia neoconfuciana de los
Tokugawa en el campo del discurso político y el naciente nacionalismo imperial.
Es importante recordar que el neoconfucianismo constituía un bagaje filosófico
más amplio que, además de ideas políticas, incluía medicina, historia natural y
cosmología. Más o menos en la misma época en que los intelectuales nativistas
empezaban a atacar al neoconfucianismo como «artificial» e inadecuado para
Japón, los médicos comenzaron a apreciar discrepancias entre las colecciones
chinas de láminas anatómicas y los cuerpos reales. Esto quedó aún más patente
por la importación de obras de anatomía holandesas, que los médicos japoneses
decidieron que eran mucho más exactas que las chinas. No pasó mucho tiempo
antes de que los investigadores japoneses estableciesen una conexión más amplia
entre las inexactitudes de la medicina china y las posibles imprecisiones de
sus filosofías políticas. Una vez más, la ortodoxia neoconfuciana fue objeto de
crítica, en esta ocasión debido a la aparición en Japón de la observación
empírica y la medicina holandesa.
CIENCIA COSMOPOLITA
Y DECADENCIA CONFUCIANA
La evolución de las
ciencias en el Japón premoderno, en particular la influencia de las «enseñanzas
holandesas», provocó nuevas fisuras en el edificio de la autoridad Tokugawa. En
el campo del conocimiento relacionado con el cuerpo, la comprensión de la anatomía
humana gracias a la disección se transformó en la prioridad para muchos médicos
interesados en la medicina europea. Mientras que la medicina neoconfuciana
101
había elegido un enfoque conservador y no intervencionista, las
enseñanzas holandesas ofrecían una visión científica más revolucionaria que
indagaba en el interior del cuerpo. Desde el principio, algunos neoconfucianos
se opusieron a abrir y mirar de cerca los cuerpos por el riesgo que
representaba para la interpretación tradicional de la anatomía y las ciencias
médicas establecidas. Indirectamente, cuestionar la medicina neoconfuciana
significaba cuestionar la base ideológica en la que descansaba el gobierno
Tokugawa.
En su mordaz
crítica de la práctica de la disección, por ejemplo, el médico Sano Yasusada
ridiculizaba la necesidad de abrir los cuerpos y observar los órganos humanos.
Respecto a la disección y observación de los órganos internos escribía: «No
puedo imaginar qué se gana mirándolos, escuchándolos o hablando de ellos».
Otros médicos, sin embargo, como Yamawaki Tôyô (1705-1762) y Sugita Genpaku
(1733-1817), de modo similar a sus colegas europeos, creían que había mucho que
ganar abriendo y explorando el cuerpo. Para algunos médicos europeos y
japoneses, los lugares de ejecución, con sus cadáveres picoteados por los
pájaros y huesos blanqueados por el sol, resultaban irresistibles cotos de caza
para los descubrimientos anatómicos.
En Rangaku
kotohajime (Principio de los estudios holandeses, 1815), Sugita
(figura
13) contaba
la famosa historia de la disección de una anciana, una criminal apodada la
«vieja arpía del té verde». La policía la había ejecutado en Kozukapara en
abril de 1771. Normalmente, sólo los parias, los eta o burakumin, manipulaban
cuerpos muertos por temor a la impureza, un factor social que limitaba el
estudio empírico de la anatomía humana en el Japón premoderno. Maeno Ruôtaku
(1723-1803), otro médico, acompañó a Sugita y llevaron con ellos una copia
de Anatomische Tabellen, un texto de anatomía del médico de
Danzig (actual Gdansk) Johannes Adam Kulmus (1689-1745), publicado en Alemania
en 1725. Los japoneses conocían el libro por su título holandés, Ontleedkundige
tafalen, publicado nueve años después. Maeno había conseguido la copia
en Nagasaki, donde la Compañía Holandesa de las Indias Orientales
comerciaba con los japoneses desde la pequeña isla artificial de Dejima.
Coincidió que Sugita también había adquirido una copia de la obra. Nagasaki
ofrecía una vía de conexión constante con los conocimientos holandeses que
llegaban a Japón. Tanto Sugita como Maeno vieron de qué manera tan diferente
representaban los holandeses los pulmones, el corazón, el estómago y el bazo en
comparación con las imágenes anatómicas aportadas por la medicina neoconfuciana.
Al principio pusieron en duda la exactitud del texto holandés, pero cambiaron
de opinión con la disección de Kozukapara, cuando miraron e investigaron dentro
del cuerpo que tenían ante ellos.
Figura 13. Sugita
Genpaku tal como aparece en el título y la portada de Rangaku
kotohajime, 1869 (Principios de los estudios holandeses, 1815).
102
Toramatsu, el marginado social escogido para llevar a cabo la autopsia,
había caído enfermo, así que le sustituyó su abuelo de noventa años. Cortaron
la arrugada piel de la «vieja arpía del té verde» y abrieron la carne. Opinaron
sobre la localización de varios órganos internos y también señalaron otros para
los que la medicina china no tenía nombre. Al compararlos con el Ontleedkundige
tafelen, Sugita los identificó como arterias, venas y glándulas
suprarrenales (figura 14). El anciano comentó que, en todas sus disecciones,
los médicos nunca se habían interrogado acerca de las discrepancias entre el
cuerpo real, descuartizado delante de ellos, y las descripciones anatómicas
chinas. En contraste, Sugita y Maeno estaban asombrados por las similitudes
entre el texto holandés y las interioridades de la «vieja arpía del té verde».
Sugita y Maeno reunieron unos cuantos huesos blanqueados de Kozukapara y
notaron que también eran idénticos a los del libro holandés. Los dibujos chinos
resultaron completamente inexactos. Aún más, muchos órganos anatómicos chinos,
como los «seis lóbulos y dobles aurículas de los pulmones» o los «tres lóbulos
izquierdos y los cuatro derechos del hígado» parecían ser auténticas
fabulaciones.
Figura 14. Detalle
anatómico del Kaitai shinsho de Sugita Genpaku (Nuevo atlas
anatómico, 1774).
Resulta tentador
describir ese momento como un hito decisivo en la historia del Japón
premoderno, una transición revolucionaria del aprendizaje deductivo y teórico
de la medicina neoconfuciana a las observaciones empíricas en el lugar de
ejecución de Kozukapara y los textos holandeses. En este sentido, no dista
mucho de las disecciones y los dibujos anatómicos del belga Andreas Vesalio
(1514-1564) que, en su De Humani Corporis Fabrica (De la
estructura del cuerpo humano, 1543), desacreditaba miles de años de
teoría anatómica, ejemplificada en la teoría de los humores de Claudio Galeno
(129-199). De forma similar a la tradición médica neoconfuciana adoptada por
Sano Yasusada y la mayoría de las instituciones del Japón premoderno, la teoría
de los humores, o medicina hipocrática, consideraba que en el cuerpo había
cuatro fluidos corporales básicos, que se correspondían con la teoría
aristotélica de los cuatro elementos: la bilis negra (tierra), la bilis
amarilla (fuego), la flema (agua) y la sangre (aire). El exceso o la
deficiencia de esos fluidos eran la raíz de la enfermedad humana. Básicamente,
esta teoría convergía con la teoría de las cinco fases del neoconfucianismo,
que reducía el mundo a cinco elementos – agua, madera, fuego, tierra y metal–,
que a su vez guardaban correlación con colores, números, direcciones y
temperamentos.
En 1536, acompañado
por su ayudante Regnier Gemma, Vesalio se desplazó a un lugar en las afueras de
la localidad belga de Lovaina donde se realizaban ejecuciones y donde descubrió
el esqueleto intacto de un ladrón. La autoridades habían encadenado al
103
pobre tipo a la hoguera, lo habían cocinado vivo y habían dejado la
carne achicharrada a los hambrientos pájaros. Vesalio se llevó los restos a
casa para sus estudios de anatomía. En la Universidad de Padua, cerca de
Venecia, Vesalio realizó disecciones humanas y vivisecciones no humanas,
reemplazando a los barberos (el equivalente europeo de los parias japoneses, al
menos en lo tocante a disecciones) por sus estudiantes de Medicina. Durante
esos años, Vesalio dirigió varias disecciones públicas, teatrales en cuanto a
su puesta en escena e impacto, y la experiencia acumulada llevó a la
publicación de Fabrica en 1543. Aunque los colegas, en
especial su maestro Franciscus Sylvius (1614-1672), criticaban a Vesalio por
sus conclusiones y sus dibujos contrarios a Galeno, su trabajo sentó las bases
para el estudio empírico del cuerpo en Europa y finalmente en Japón. Los
grandes espectáculos de las conferencias y disecciones en Padua tipifican la
etapa posterior a Vesalio, en la cual estudiantes y profesores interactuaban
para producir y difundir conocimientos anatómicos.
Aunque no tan
innovadora como Fabrica de Vesalio, y claramente influida por
la difusión de ideas y métodos europeos, la tradución e interpretación de
Sugita supuso un avance para el pensamiento empírico japonés. Logros parecidos
ya habían trastocado el consenso científico japonés. El nuevo ambiente
científico llevó al médico Kosugi Genteki (1730-1791) a concluir que las
representaciones anatómicas chinas estaban «completamente equivocadas», tras
una disección a la que asistió en 1751 realizada por su maestro Yamawaki Tôyô.
Yamawaki dirigió la disección del cuerpo de un delincuente sin cabeza en un
templo de Kioto. Su Zôshi (Descripción de los órganos, 1759)
fue el primer texto de anatomía japonés que no se basaba en las enseñanzas
chinas sino en observaciones empíricas. Más tarde, Sugita comentaba acerca de
la disección: «Juzgando por lo que [Kosugi] vio, descubrió que todo el
conocimiento transmitido por los antepasados es completamente erróneo: eran
todas invenciones huecas». En el siglo XVIII los médicos japoneses se mostraban
cada vez más escépticos con los textos de anatomía chinos. Dado que tenían
pocas restricciones para abrir cuerpos, y contaban con una reserva de
marginados dispuestos a contravenir los tabúes existentes, los médicos del
Japón premoderno empezaron a descubrir de forma empírica el cuerpo humano.
A pesar de que los
médicos tradicionales condenaron la disección de 1751 en Kioto, los expertos
oficiales neoconfucianos, los funcionarios Tokugawa y la mayoría de los demás
médicos mantuvieron un relativo silencio sobre el asunto. Sugita escribió que
Okada Yôsen (1722-1797) y Fujimoto Rissen (1703-1769), médicos oficiales
del bakufu que habían realizado siete u ocho disecciones,
también mencionaron las diferencias entre los textos chinos y los cuerpos
reales. Para reconciliarse con la evidencia, especularon sobre las posibles
diferencias en la anatomía de chinos y «bárbaros» (en este caso, japoneses y
europeos respectivamente). Esta dudosa lógica no es sorprendente, ya que
falaces teorías raciales de las diferencias humanas también calaron en la
medicina occidental. Los comentarios de Sugita sobre sus observaciones,
combinados con el Zôshi de Yamawaki, apuntan a que, durante el
siglo XVII, floreció en Japón una cultura investigadora reprimida, que
recordaba a anteriores experiencias en Europa.
Tras la disección
de Kozukapara, Sugita planteó la hipótesis de que la antigua China conocía la
disección porque el término aparece en antiguos textos médicos, pero que la
práctica no había sido transmitida a lo largo de los siglos. Debido a esto,
afirmaba que Japón sólo había recibido las migajas de la sabiduría china.
Sugita insistía en que tras la experiencia de Kozukapara, él y otros médicos
deberían aprender la «verdadera estructura del cuerpo humano» para poder
ejercer mejor la medicina. En el siglo XIX, a inicios de la era moderna en
Japón, Sugita rememoraba la popularidad de la enseñanza holandesa y especulaba
sobre las razones por las que había prosperado. Un motivo era que «expresaba
los hechos tal como eran», o una realidad filológica empírica en vez de
deductiva. Otra razón para que floreciese el saber holandés era que «el momento
era el
104
apropiado para ese tipo de conocimiento», con su gran énfasis en las
observaciones. Ese empirismo, reflexionaba, constituía el corazón de la
«verdadera medicina» que «salva las vidas de la gente».
De hecho, «el
momento era el apropiado» para una crítica de la ciencia china. Las autoridades
Tokugawa temían que si la medicina neoconfuciana china resultaba ser incorrecta
y equivocada, si no «expresaba los hechos tal como eran», lo mismo podría
aplicarse a todo el neoconfucainismo Zhu Xi y sus marcos políticos y sociales.
Combinado con actividades radicales como «reverenciar al emperador, expulsar a
los bárbaros», bastaría para debilitar la legitimidad del Estado. Los samuráis
radicales empezaron a meter cuñas en las grietas de los cimientos de la
autoridad Tokugawa, lo que condujo al hundimiento del bakufu en
1868.
HOMBRES Y MUJERES
DE GRAN RESOLUCIÓN
No es extraño que
la mayoría de los señores de los dominios que abrazaron la doctrina de
«expulsar a los bárbaros» pertenecieran a dominios exteriores, hombres que aún
se resentían de sus derrotas en la batalla de Sekigahara (1600) dos siglos
antes. Los samuráis de los dominios «exteriores» se fueron agrupando en Kioto y
advirtieron al shogun de que no traicionase los deseos del
emperador. Entre los fanáticos imperiales que fueron a Kioto para
aportar sus energías al inminente cambio había una mujer procedente de un
enclave rural, Matsuo Taseko (1811-1894). En 1852, Matsuo había entrado en
contacto con un discípulo del nativista Hirata Atsutane, que atacaba al budismo
por considerarlo otra destructiva importación foránea. No sorprende que muchos
fanáticos imperiales comenzaran a pintarrajear estatuas budistas para apoyar a
la religión nativa, el sintoísmo, que adoraba a dioses nativos. Matsuo viajó a
Kioto con algunos «hombres de gran resolución (shishi)» para hacer
campaña en favor de una restauración imperial. Mientras estaba en la ciudad, se
vio desbordada por el nacionalismo, como demostraba un poema que escribió:
«¿Cómo esperas / que me detenga ahora? / Mis pensamientos constantemente / se
elevan cuando la locura / del espíritu japonés me embarga». La energía del
espíritu japonés había calado en todos los estratos sociales.
Pese a la intensa
agitación política de «hombres de gran resolución», el bakufu tomó
un rumbo de apertura del país y firmó el Tratado de Amistad y Comercio (Tratado
de Harris, 1858) con Estados Unidos. A los fanáticos imperiales les irritó la
mayor parte de este acuerdo, pero nada tanto como las condiciones de
extraterritorialidad. En el artículo 6, el tratado estipulaba: «Los
estadounidenses que cometan ofensas contra los japoneses serán juzgados en
tribunales consulares de Estados Unidos y, si son declarados culpables, serán
castigados de acuerdo con la ley estadounidense». En otras palabras, los
ciudadanos estadounidenses que vivieran en los puertos incluidos en el nuevo
tratado se someterían a la ley norteamericana no a la japonesa, considerada
«oriental», despótica y bárbara por los occidentales. La mayoría de los
observadores japoneses vieron esto como una quiebra de la soberanía. Debido al
artículo 6, y a otras cláusulas relativas a tarifas injustas, este y otros
acuerdos, como el impuesto a China (en el que se inspiró el Tratado de Harris),
fueron bautizados con el término de «tratados desiguales».
El artífice de la
estrategia de «apertura del país» del bakufu fue el intrépido
Ii Naosuke (1815-1860). Inmediatamente después de firmar el Tratado de Harris
hizo una purga entre simpatizantes imperiales, como Hotta Masayoshi
(1810-1864), y los expulsó de la corte y de los círculos del bakufu.
En 1860, intervino en una disputa sucesoria entre los Tokugawa para asegurarse
de que Tokugawa Iemochi (1846-1866), partidario de «abrir el país», fuera el
siguiente shogun en vez del más radical Tokugawa Hitotsubashi
(del dominio de Mito). Entretanto, el regente Manabe Akikatsu (1804-1884)
ejercía una presión considerable para que la corte aceptase la postura
diplomática del bakufu. Pero los
105
fanáticos imperiales contraatacaron con fuerza: en respuesta a la purga
de Ii de seguidores del emperador, los samuráis radicales devolvieron el golpe
en nombre de la corte y en defensa de la «tierra divina» en 1859. Justo después
de la firma del Tratado de Harris, atacaron con brutalidad a un oficial naval
ruso, un capitán mercante holandés, un empleado chino de los franceses y un
japonés contratado por el Consulado británico. En enero de 1861, los samuráis
mataron en la capital de Edo al secretario de Townsend Harris, cónsul general
estadounidense. Luego, en el Incidente Sakuradamon, el mismo Ii y el primer
ministro del shogun fueron atacados con un hacha en el
exterior del complejo oficial en Edo. Como todos los samuráis, estos «hombres
de gran resolución» creían que por algunas cosas merecía la pena matar y morir,
tal como dictaba el honor. Esa herencia de violencia política radical y
honorables muertes voluntarias tuvo un persistente impacto en la política del
moderno Japón, ya que durante la tumultuosa década de 1930 los asesinatos
políticos se generalizaron en ese país.
En respuesta a los
ataques de los samuráis, en particular al asesinato de Ii Naosuke, el bakufu lanzó
otra serie de reformas pensadas para lograr la «unión de la corte y el bakufu».
El responsable de las reformas, Matsudaira Shungaku, envió representantes a Kioto
para anunciar oficialmente el cambio de opinión del bakufu y
su adopción de la disposición de «expulsar a los bárbaros». El giro de los
Tokugawa tras el asesinato de Ii, hizo que los consejeros imperiales Sanjô
Sanetomi (1837-1891) e Iwakura Tomomi (1825-1883) se jactasen de que el shogun «tiembla»
ante la autoridad imperial. Sanjô se regodeaba en el debilitamiento del bakufu y
proclamaba: «La restauración imperial pronto llegará. ¡Qué alegría! ¡Qué
alegría!». Alardease o no, el cambio de criterio del bakufu indicaba
una falta de voluntad política y muchos de los atributos del poder real y
simbólico de los Tokugawa empezaron a erosionarse. De cara a los inquietos
dominios, el régimen Tokugawa modificó el sistema de asistencia alterna, o
servicio alternado, y eliminó las costosas ceremonias de entrega de presentes
durante las audiencias con el shogun. La canibalización de la
autoridad Tokugawa había comenzado.
Mientras tanto, los
fanáticos imperiales presionaban con drásticas acciones diseñadas para
reinstaurar el poder imperial, echar a los bárbaros y socavar el gobierno
Tokugawa. En 1862, samuráis del dominio de Satsuma, vivero del bando partidario
de «expulsar a los bárbaros», mataron a un comerciante inglés llamado Charles
Richardson (1834-1862). Los británicos respondieron exigiendo una
indemnización, cosa a la que el dominio de Satsuma no estaba dispuesto. La
respuesta final de los británicos fue bombardear Satsuma con la artillería. En
los siguientes dos años se incrementaron todavía más las revueltas políticas.
En 1863, el general del bakufu Ogasawara Nagamichi (1822-1891)
fue enviado a Kioto después de que el shogun, Tokugawa Iemochi
(18476-1866) fuese retenido brevemente en la capital imperial como rehén. Ese
mismo año un grupo de samuráis que se hacían llamar «patriotas del reino»
prendieron fuego a una parte del castillo de Edo, lo que ilustra los matices nacionalistas
del encuentro de Japón en el siglo XIX con Occidente. En 1864, cuando el
funcionario del bakufu Matsudaira Yorinori (1831-1864) desertó
para liderar un ejército contra el shogun, la autoridad
nacional parecía estar escapando de las manos del bakufu. Más
tarde, ese mismo año, los británicos mandaron un mensaje exigiendo un ajuste de
cuentas con Satsuma en respuesta al asesinato de Richardson. Los retos para el
gobierno Tokugawa empezaron a ser abrumadores.
Como Satsuma, el
dominio de Chôshû se había convertido en una espina en el costado del bakufu.
Los líderes de Chôshû y otros dominios exteriores seguían estando ansiosos por
vengar a sus antepasados por la pérdida de Sekigahara, la batalla que había
empujado a la familia Tokugawa hacia la supremacía. De hecho, habían
ritualizado su animosidad hacia su ancestral enemigo. En una ceremonia secreta,
los más viejos de Chôshû preguntaban al señor del dominio: «¿Ha llegado la hora
de empezar a someter al bakufu?». El señor respondía: «Todavía es muy
pronto. Aún no llegó el momento». Las
106
madres aleccionaban a los niños de Chôshû para que durmiesen con los
pies orientados al este, signo de desprecio hacia los shogun de
Edo. Chôshû se convirtió en un refugio para los fanáticos imperiales. También
aprovecharon la debilidad del bakufu en el dominio para
reforzar su propia posición política y militar. En 1865 Chôshû había comprado
unos 7.000 rifles modernos que serían usados contra los aliados Tokugawa sólo
tres años después. Intelectuales de Chôshû, como Yoshida Shôin (1830-1859),
hablaban abiertamente de «destruir el bakufu» y promovían la
lealtad nacionalista, inherente a reverenciar al emperador, como opuesta a la
lealtad feudal, compartimentalizada, del sistema Tokugawa. Cuando Chôshû se
alió con samuráis de los dominios de Tosa y Satsuma para crear la Alianza
Sarchô, el destino del bakufu quedó sellado. En enero de 1868,
en los campos de batalla de Fushimi y Toba, el bakufu Tokugawa
sucumbió ante sus enemigos y se hundió.
CONCLUSIÓN
El discurso
político en los años de ocaso del periodo premoderno en Japón estructuró el
discurso político durante la Restauración Meiji, desde el «Programa de Ocho
Puntos» de Sakamoto Ryôma (1836-1867) a los samuráis de Tosa, que expusieron un
plan de restauración imperial, o la proeza de Yoshida Shôin. Sakamoto
ridiculizó la conducta del bakufu: «Esos canallas de Edo son
uña y carne con los bárbaros. Pero aunque esos sinvergüenzas tengan
buena parte del poder, en cuanto me alíe con dos o tres daimyô [señores
de los dominios] no les quedará más remedio que pensar en su país [...] Es mi
firme deseo limpiar Japón». Los artífices del gobierno Meiji, como Itô Hirobumi
(1841-1909), estudiaron con samuráis radicales como Yoshida Shôin y esos
antecedentes dieron forma a su enfoque del gobierno imperial, el nacionalismo
japonés y los proyectos de construcción de un imperio en la región de
Asia-Pacífico.
En respuesta a los
«tratados desiguales» y alentado por la política radical del nacionalismo
imperial, durante la era Meiji Japón empezó a embarcarse en formas de
construcción del Estado radicalmente nuevas, que prácticamente igualaban al
pequeño país insular con las grandes potencias. El encuentro cultural con
Estados Unidos y Europa desató una respuesta intensamente nacionalista, que se
caracterizó por el movimiento «reverenciar al emperador». Las actividades de
los fanáticos imperiales ilustran esas políticas radicales nacidas en el crisol
del colonialismo, que tendrían un legado perdurable en Japón y otras partes. No
obstante, los resultados más inmediatos de la revuelta política y el diálogo
nacionalista de la década de 1860 fueron el colapso del poder Tokugawa y la
Restauración Meiji de 1868.
107
Ilustración Meiji
(1868-1912)
En enero de 1868,
en los campos de batalla de Fushimi y Toba, el bakufu Edo
sucumbió a la Alianza Satchô. Después de 268 años de malestar, los perdedores
de la batalla de Sekigahara (1600), los dominios «exteriores» que los shogun habían
mantenido tan estrechamente sojuzgados, obtuvieron por fin su venganza. Si bien
los artífices de la Restauración Meiji habían ensalzado la doctrina de
«expulsar a los bárbaros, reverencia al emperador» a inicios de la década de
1860, la realidad de gobierno –y de la amenaza planteada por las grandes
potencias y sus empobrecedores «tratados desiguales»– hacía que esos eslóganes
fuesen indefendibles políticamente. El nacionalismo imperial radical de inicios
del siglo XIX se rindió ante un compromiso de realpolitik con
Estados Unidos y Europa, en el cual la modernización se convirtió en la
preocupación de la política, la cultura y la sociedad japonesas. Los
reformadores Meiji aspiraban a llevar Japón a la edad moderna, con su gobierno
constitucional, potentes motores de vapor y fábricas iluminadas por
electricidad las 24 horas. Guiados por poderosas políticas y filosofías, los
reformadores Meiji reinventaron Japón entre finales del siglo XIX e inicios del
siglo XX. Lo moldearon para que fuese un país que, menos de medio siglo después,
se transformó en una potencia económica y militar en el mundo.
ESTADO MEIJI
Los nuevos líderes
del régimen Meiji eran, como lo describió Ôkuma Shigenobu (1838-1922),
semejantes a una «miríada de dioses» dispuestos a construir un nuevo Estado. La
Carta de Juramento de abril de 1868 estableció el marco básico para el nuevo
régimen. Aunque los primeros cuatro postulados –«asambleas deliberativas»,
sufragio universal masculino, abandono de las «costumbres nocivas del pasado» y
acceso abierto a las oportunidades empresariales– tardaron en materializarse,
el nuevo liderazgo persiguió con ahínco el quinto principio, que declaraba: «Se
buscará en todo el mundo el conocimiento para fortalecer los cimientos del
poder imperial». Este compromiso internacional transformó Japón a todos los
niveles, desde el préstamo cultural al conflicto armado.
La Misión Iwakura
de 1871-1873 encarna la determinación de los japoneses a utilizar la cultura y
las instituciones occidentales para «fortalecer los cimientos del poder
imperial». Kume Kunitake (1839-1931), autor de la crónica oficial de la misión,
reflexionaba: «La Restauración Meiji ha conducido a una transformación política
sin precedente en Japón». Cuando la misión viajó a Estados Unidos y Europa,
accedió a un mundo moderno, donde pasaron muchos días «en ruidosos trenes con
chirridos de ruedas y pitidos de silbatos, que escupían fuego en medio del olor
a hierro, a través de ondulantes nubes de humo». La locomotora a vapor se
transformó en un importante símbolo de la transformación Meiji, al igual que el
emperador, que a partir de 1871 lució el traje de mariscal de campo prusiano.
En 1872, se abrió la primera línea de ferrocarril japonesa entre Tokio y
Yokohama, a la que pronto siguieron muchos kilómetros de vías férreas.
Inmediatamente
después de la Restauración Meiji, los reformadores eliminaron los registros de
los dominios, un importante vestigio del poder feudal. En el nuevo Estado, los
dominios se convirtieron en prefecturas y los grandes daimyô en
«gobernadores». Líderes Meiji como Kido Kôin (Takayoshi, 1833-1877) y Ôkubo
Toshimichi (1830-1878), procedentes de Chôshû y Satsuma respectivamente,
orquestaron a una cohorte de
108
dominios para que hiciesen una declaración en marzo de 1869, en la cual
renunciaban a su autoridad regional, antiguamente institucionalizada por el
«despotismo sin límites» de los shogun Tokugawa. «Las tierras
en las que vivimos son tierras del emperador», declararon. «La gente que
gobernamos pertenece al emperador. ¿Cómo podemos tratar a la ligera a esas
personas como si fuesen nuestras? Ahora entregamos nuestros registros al trono
y pedimos que la corte disponga de ellos como le plazca». Exponían que la
cesión de sus tierras colocaría a Japón «en manos de una única autoridad» y por
tanto pondría al país en «pie de igualdad con países de más allá del mar», o
sea, las grandes potencias decididas a conquistar Asia. Con tales declaraciones
los reformadores Meiji, actuando a través de la corte, desmantelaban el orden
del Japón premoderno en favor de uno nuevo centralizado. Japón quedaba ahora
nominalmente bajo el control de «una única autoridad», el emperador Meiji. De
hecho el «mando personal del emperador» sería un notorio punto de reunión en
esos primeros años, aunque una pequeña oligarquía de hombres de los antiguos
dominios exteriores gobernaron de hecho el país.
Hombres como Kido
creían que Japón necesitaba ser centralizado de acuerdo con líneas militares
antes de poder emprender reformas de modernización sustanciales. Kido
mencionaba que «la tarea importante hoy es desterrar las prácticas de los
dominios y establecer con firmeza el eje militar sin el cual nada puede
llevarse a cabo». Sanjô Sanetomi (1837-1891), un funcionario de la corte,
pensaba que era el momento de la esencia cuando se trataba de centralizar los
poderes políticos y militares: «El resultado de la Restauración depende de los
próximos tres, cuatro o cinco meses», conjeturaba. Para acelerar y ejecutar
nuevas reformas emanadas del centro político, los líderes Meiji establecieron
una fuerza policial centralizada, que configuraron a la manera de las gens
d’armes de Francia y a la que colocaron bajo la dirección de otro
notable de Satsuma llamado Kawaji Toshiyoshi (1829-1879). Esta
fuerza policial pasó por varias versiones y al final quedó a cargo del
todopoderoso ministro de Interior. Esto representaba un gran cambio respecto a
las prácticas regionales de imposición de la ley basadas en el estatus de la
época Tokugawa. En 1873, la militarización del Estado Meiji dio otro paso de
gigante con Yamagata Aritomo (1838-1922) mediante el establecimiento de lo que
los plebeyos llamaban «tasa de sangre», o reclutamiento universal en un
ejército totalmente leal al emperador.
Tan decisiva como
esos ejemplos de ingeniería administrativa Meiji fue la reestructuración
social. A partir de 1869, la corte desmanteló el sistema de estratificación
social premoderno y creó amplias categorías nuevas para situar a aquellos que
ocupaban la parte superior e inferior de la pirámide social. El Estado Meiji
garantizó la libertad de ocupación a los antiguos samuráis (y a la mayoría de
las demás personas), eliminó los registros de los dominios e instauró lazos
directos entre el Estado y los individuos. En 1871, con la creación de la Ley
de Registro de Familias, la corte dividió a la sociedad en cuatro categorías
principales. Un año más tarde, la mayoría de la gente era considerada
«plebeya». Un «edicto de liberación» abolió las categorías de parias del
sistema de estatus premoderno, que tan conectadas habían estado con la
subsistencia. En la etapa Tokugawa, esos marginados manipulaban cadáveres y
curtían el cuero. La asociación de esos medios de sustento con la «impureza»,
principalmente en forma de muerte y sangre, relegaba oficialmente a los parias,
de manera hereditaria, a los márgenes de la sociedad japonesa. En 1871 el
gobierno decretó que «Los nombres eta, hinin y así
sucesivamente quedan abolidos. A partir de aquí, tanto en su estatus como en su
ocupación [los anteriores parias] deberán ser tratados como plebeyos». Incluso
después del «edicto de liberación», no era raro que los funcionarios anotasen
en los registros familiares a los antiguos parias como «nuevos plebeyos» y a
los ainu como «antiguos aborígenes», perpetuando básicamente formas de
discriminación atenuadas. Sin embargo, el simbolismo de estos cambios es
importante. Como sucede con otros cambios Meiji
109
administrativos y sociales que revolucionaron la vida japonesa, la
subsistencia de una persona dejó de girar en torno el estatus. Ahora dependía
de la distancia al emperador de esa persona. En el vórtice meteorológico del
huracán Meiji, el emperador siempre representaba el ojo de la tormenta. Igualar
a los antiguos marginados con plebeyos tuvo como coste una violencia social
asesina. En el sistema de estatus premoderno todo el mundo ocupaba un lugar y
los anteriores campesinos, que disfrutaban de prestigio en el sistema de
valores neoconfuciano, se amontonaban ahora con los marginados. En el próximo
capítulo, veremos cómo el «edicto de liberación» hizo más vulnerables a la
violencia social que antes a muchos de estos parias.
LA RESTAURACIÓN
MEIJI EN LA HISTORIA
En medio del
torbellino del cambio político, el periodo Meiji representa uno de los momentos
más dramáticos de la historia de Japón y no es sorprendente que su legado aún
provoque discusión. Los historiadores debaten qué representó en realidad la
Restauración Meiji, el Meiji ishin en japonés. Es evidente que
la confusión surge del hecho de que nadie sabía, ni siquiera los reformadores
Meiji, que deparaba el futuro. Inicialmente, los líderes Meiji proclamaron 1868
como el año de «la restauración del poder imperial», refrendado por su victoria
en la Guerra Boshin (1868). Pero estaban en juego implicaciones mucho más
profundas que una anacrónica vuelta al gobierno imperial de mil años antes.
Como hemos visto, una burocracia central surgió para reemplazar a los dominios
del periodo premoderno, a medida que un nuevo orden social emergía de las
ruinas del sistema de estratificación social Tokugawa. El servicio militar ya
no era hereditario de los samuráis, sino que se aplicó una política de
reclutamiento nacional. Veremos que la «industriosa revolución» premoderna fue
absorbida por una auténtica revolución industrial. La educación y la ciencia
occidentales, que impulsaron el progreso tecnológico, se convirtieron en la
norma. Dada la naturaleza impresionante de estos cambios, la era Meiji llegó a
ser considerada menos como un periodo de «restauración» que como uno de
«renovación» al transformarse Japón en una de las naciones «ilustradas» del
mundo. En el siglo XIX, Ernest Satow (1843-1929), miembro del Foreign Service
británico en Japón, comprendió la naturaleza revolucionaria de esos cambios. En
sus memorias se refiere repetidamente a la «revolución de 1868». «La revolución
en Japón fue como la de 1789, salvo la guillotina», reflexionaba.
Los historiadores
japoneses luchaban por situar en contexto esos cambios. Taguchi Ukichi
(1855-1905), un erudito Meiji, quiso explicar la total «renovación» de Japón
que tuvo lugar durante la primera mitad de la etapa Meiji, aunque el
derrocamiento de los shogun Tokugawa pretendía en principio
«restaurar» las viejas instituciones imperiales. Taguchi
consideraba que la historia impulsaba de forma natural a las sociedades desde
la «barbarie» a la «civilización». La sustitución de la autoridad «feudal»
Tokugawa por la unidad nacional del gobierno imperial no fue más que un paso en
la dirección de la inevitable «ilustración» histórica de Japón. De modo
similar, Nishimura Shigeki (1828-1902), otro experto Meiji, argumentaba que la
historia «generaba progreso», incluso cuando ascendían y caían regímenes como
el de los Tokugawa. Influidos por intelectuales occidentales como John Stuart
Mill (1806-1873) y otros, estos estudiosos contextualizaron la Restauración
Meiji en una secuencia de regímenes y Estados, impulsados por fuerzas
incrustadas en la historia y la ley evolutiva natural que sólo salieron a la
luz a finales del siglo XIX. Orquestaron una revolución temporal en la que las
antiguas nociones cíclicas del tiempo y la historia, embutidas en el
confucianismo y la cosmología china, fueron reemplazadas por las ideas
progresistas occidentales.
El joven Fukuzawa
Yukichi (1835-1901), otro investigador Meiji al que conocimos en la
introducción, acompañó en 1860 a una misión a Estados Unidos para ratificar el
Tratado
110
de Harris (1858). Sus experiencias reflejan la naturaleza de esta
revolución. Fukuzawa quedó deslumbrado por Occidente, que describe como
«maravilloso» y «poderoso». Él y la oligarquía Meiji llegaron a la conclusión
de que era fundamental reproducir la civilización occidental. Encabezados por
Fukuzawa y la Sociedad de los Seis, una serie de pensadores se dedicaron a
llevar la civilización occidental a Japón. La noción de progreso dominó las
primeras décadas del experimento Meiji. Fukuzawa creía que los japoneses
necesitaban renovar su perspectiva temporal y su comprensión de lo que realmente
significaban términos como «civilización» e «historia». En una serie de
publicaciones, Fukuzawa refinó el modo en que los japoneses debían ver el
pasado y el futuro. Sostenía que la civilización humana, lo mismo en Japón que
en Inglaterra, progresaba desde la «barbarie», el «caos primitivo» y la
«semicivilización» a una «civilización» avanzada. Para Fukuzawa y sus
compañeros, la historia generaba progreso y todas las naciones se encontraban
en algún punto de su trayectoria de la barbarie a la civilización. Era, como la
ha descrito Taguchi, la «ley del desarrollo histórico». Esta perspectiva
temporal era radicalmente distinta del punto de vista neoconfuciano de la
historia y la civilización, que miraba al pasado y a los sabios de la antigua
China en busca de respuestas políticas y normas morales. El neoconfucianismo
miraba al pasado, el progreso occidental estaba obsesionado con el futuro.
Consideremos
brevemente a dos figuras clave del pensamiento en Asia Oriental y Europa. En
las Analectas, Confucio (551-479 a.E.C.), fundador de la filosofía
de Asia Oriental, declaraba: «Transmito, pero no creo». Este se convirtió en
el modus operandi del confucianismo, con numerosos intentos
por parte de diversos intérpretes de descubrir y «transmitir» ese pasado moral
por medio de una atenta lectura de los textos confucianos clave. En este
aspecto, aunque muy dinámico, el confucianismo era ante todo antiguo, en busca
constantemente de respuestas a los retos contemporáneos en las enseñanzas de
sabios del pasado de China. Debido a esta dependencia del pasado, Fukuzawa
Yokichi pensaba que la filosofía china era una «doctrina retrógrada» con
«influencias degeneradas» y, por tanto, «responsable de nuestras obvias
limitaciones» en comparación con las grandes potencias. La filosofía occidental
enseñaba «independencia» y «respeto por uno mismo», creencias importantes para
Fukuzawa. En gran medida, esas ideas estaban arraigadas en la filosofía de
Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770-1831), uno de los artífices del pensamiento
moderno progresista. Afirmaba: «La historia del mundo no es otra que la del
avance de la consciencia de libertad». En otras palabras, según la filosofía
occidental adoptada por Fukuzawa y sus contemporáneos, la historia no era un
edén político perdido gobernado por iluminados sabios, sino una estela que se
abría y desparecía lentamente detrás de un bote, una filosofía que permitía
seguir la pista al progreso de la civilización a medida que las naciones se
deslizaban poco a poco por el tiempo.
Guiado por estos
ideales progresistas, Japón absorbió las ideas y la cultura materialista de
Occidente a gran velocidad. Se crearon nuevos vocabularios para describir los
conceptos importados de Occidente. Bunmei, que
tradicionalmente hacía referencia a un concepto confuciano de «civilización
china», pasó a significar «civilización occidental» para la intelectualidad
Meiji. En otros casos, los intelectuales crearon neologismos como jiyû y kenri para
describir conceptos occidentales como «libertad» y «derechos», los mismos
rastreados por el modelo hegeliano. Algunos neologismos correspondían a la
ingeniería social antes mencionada: shakai, o «sociedad»,
sustituyó a shimin, o «cuatro pueblos» del sistema de estatus
premoderno (recordemos que los «cuatro pueblos» habían sido los samuráis, los
campesinos, los artesanos y los comerciantes). También hacían falta nuevas
palabras para describir objetos materiales extranjeros, como shashin para
«fotografía» y kokkai para «asamblea nacional». Con la
colaboración de políticos e intelectuales progresistas, Japón fue ajustándose
para adaptarse a una hueste de
111
poderosas nociones occidentales. Ejemplos de cultura materialista
empezaron a brotar como margaritas. Desde la construcción en ladrillo del
barrio de Ginza (1872) al pabellón Rokumeikan (1883), la cerveza (1869) y los
espaguetis (1872), los japoneses importaban cultura material a un ritmo
fantástico.
Sin embargo,
algunos reformadores y políticos japoneses se desilusionaron poco a poco de
Occidente, sobre todo después de contratiempos diplomáticos como la «Triple
Intervención» tras la Guerra Sinojaponesa (1895). Quedó claro que, por muy
moderno que Japón se volviese, se le seguiría negando un sitio en la mesa de las
grandes potencias. La segunda generación Meiji buscó un estilo de nación más
japonés, una nación más arraigada en los valores tradicionales orientales, en
las «costumbres nocivas» que rechazaba la Carta del Juramento de 1868 y
consideradas «retrógadas» por Fukuzawa. La Constitución Meiji (1889) conservó
las estrías y fracturas de esa transición, al igual que el Edicto Imperial
sobre la Educación (1890).
POLÍTICA MEIJI
A inicios de la era
Meiji, muchos exsamuráis y campesinos prósperos, desilusionados por la
dirección de la reforma política y económica Meiji, formaron el «Movimiento por
la Libertad y los Derechos del Pueblo» basado en los conceptos occidentales de
«libertad individual» y «derechos naturales». Hombres de Tosa como Itagaki
Taisuke (1837-1919) y Gotô Shôjirô (1838-1897), influidos por la petición de
Sakamoto Ryôma de una «asamblea nacional», empezaron a hacer campaña en pro de
la participación popular en el gobierno. En 1881, Itagaki creó el Jiyûtô (Partido
Liberal), que ayudó a presionar a la oligarquía Meiji para redactar una
constitución. Para pensadores como Fukuzawa, la nación japonesa se liberaría a
sí misma de la amenaza del imperialismo occidental mediante la consecución de
derechos para el pueblo: «Si nosotros los japoneses comenzamos a buscar el
aprendizaje con espíritu y energía para conseguir la independencia personal,
para así enriquecer y fortalecer la nación, ¿por qué vamos a temer al poder de
los occidentales?». Pero la Constitución Meiji se construyó sobre una base
distinta a la defendida por el Movimiento por la Libertad y los Derechos del
Pueblo, una base que reflejaba más una segunda oleada de reformas Meiji.
Itô Hirobumi
(1841-1909), padre de la Constitución Meiji, la describía no como producto de
la «ley natural» o los «derechos individuales», sino como «un regalo de un
benevolente y caritativo emperador al pueblo de su país». La legitimidad de la
Constitución Meiji no procedía de un «Creador» jeffersoniano o de los
inealineables derechos naturales, sino de la inagotable caridad del emperador.
Itô rechazaba la idea de la «separación de poderes» y argumentaba que la
soberanía residía únicamente en el emperador. El Estado es «como un cuerpo
humano», concluía, «que tiene extremidades y huesos, pero cuya fuente de vida
espiritual es la mente [p. e. el emperador]». Con la segunda oleada Meiji, el
excepcionalismo de la historia de Japón –el hecho de que, como escribía Itô,
«nuestro país fue fundado y gobernado por el emperador desde el principio de
nuestra historia»– configuró directamente el lenguaje y las leyes de la
Constitución. El Edicto Imperial sobre la Educación (1890) aún estaba más
centrado en el deterioro moral a causa de los excesos de los primeros años
Meiji. «El estudio de Confucio es la mejor guía de moralidad», explicaba el
preámbulo del edicto.
En suma, durante la
primera etapa Meiji se importaron todas las ideas e instituciones occidentales
para «fortalecer los cimientos del poder imperial». Pero Occidente no era ni
mucho menos monolítico y los reformadores Meiji se enfrentaron a ideas que iban
desde los «derechos naturales» y el gobierno participativo a la monarquía
ejecutiva prusiana. Al final, la evidente necesidad de reforzar el nuevo Estado
frente al imperialismo occidental para no sufrir el destino de la dinastía Qing
china durante la Guerra del Opio (1839-1842)
112
superó a la necesidad de democratización generalizada. En la segunda
oleada Meiji los reformadores criticaron muchos aspectos de la cultura
occidental como excesivos y la decepción con las grandes potencias se instauró
lentamente. En ningún otro campo fue más marcado el conflicto entre
democratización y conservadurismo Meiji que en el de los derechos de las
mujeres. Desde el principio, muchos reformadores Meiji, como aquellos asociados
con la Sociedad de los Seis, defendieron los derechos y el sufragio femeninos.
Pero a medida que ganó terreno la segunda oleada de reformas, los cuerpos de
las mujeres se convirtieron en el principal campo de batalla para librar la
lucha por el legado de la modernidad japonesa.
LA POLÍTICA MEIJI Y
LAS MUJERES
Esta contienda por
el destino del Estado Meiji –si forjar una nación de estilo occidental o una
imperial japonesa con el espíritu de los valores conservadores confucianos– se
libró más intensamente que en ninguna otra parte en los cuerpos de las mujeres japonesas.
Inicialmente, para grupos como la Sociedad de los Seis, el estatus femenino
sirvió como medida del progreso japonés hacia la civilización. En los primeros
años de la era Meiji, el gobierno pidió a las mujeres que contribuyeran al
Estado con frugalidad, trabajo duro, manejo eficiente de la casa, cuidado de
jóvenes y ancianos y crianza responsable de los hijos. El lema del Ministerio
de Educación, «Buena esposa, madre sabia», encarnaba las expectativas acerca de
las mujeres durante la primera fase Meiji. Sin embargo, las mujeres tenían
ideas propias y no transcurrió mucho tiempo antes de que ganase impulso un
movimiento por los derechos femeninos. En 1872, después de que el educador
estadounidense David Murray (1830-1905) animase a los líderes Meiji a mejorar
el acceso de las mujeres a la educación, se fundó la «Escuela Normal Femenina
de Tokio», que presumía de un exigente plan de estudios para las jóvenes.
Cuando los dirigentes Meiji recorrieron el mundo en busca de modelos para
modernizar el país, un puñado de mujeres formó parte de la Misión Iwakura. Uno
de esos líderes, Tsuda Umeko (1864-1929), creó una universidad femenina. Para
algunos iluminados oligarcas como Kuroda Kiyotaka (1840-1900), la educación
seguía siendo la clave para conseguir mujeres progresistas e ilustradas y no
dejaba de recomendar que se las enviase al extranjero.
Los debates sobre
los derechos de las mujeres empezaron en 1872, durante el Incidente del María
Luz. Una nave de bandera peruana con ese nombre ancló en el puerto de
Yokohama y varios pasajeros escaparon. Resultó que los pasajeros eran hombres
reclutados como obreros y mujeres contratadas como prostitutas de toda Asia. La
publicidad que se le dio al suceso hizo que reformistas y gobiernos extranjeros
presionasen a Japón para reformar las leyes relativas a la prostitución, y más
concretamente que cancelase los contratos y deudas que encadenaban a las
mujeres a proxenetas y burdeles. En 1872, poco después de liberar a sus parias,
Japón liberó a sus prostitutas. Aunque suponía un avance, los cuerpos de las
mujeres continuaron siendo un campo de batalla en el que dirimir la dirección
de la transformación Meiji. Ese mismo año, los funcionarios prohibieron a las
mujeres cortarse el pelo o llevar peinados de estilo masculino. Algunos de los
pensadores japoneses más destacados, como Fukuzawa, Nakamura Masanao (1832-1891)
y Mori Arinori (1847-1889), respondieron que «las mujeres también son personas»
y atacaron el sistema «feudal» de familia de Japón, que relegaba a las mujeres
al hogar y las sometía a los maridos.
Como reacción al
Movimiento por la Libertad y los Derechos del Pueblo, el Estado Meiji se volvió
más conservador a finales de la década de 1870. Como hemos visto, este
movimiento comenzó en 1874, cuando Itagaki Taisuke y Gotô Shôjirô pidieron una
Asamblea Nacional basada en el modelo ofrecido por John Stuart Mill. En 1880,
organizaron la «Liga para establecer una Asamblea Nacional». En respuesta, los
113
funcionarios Meiji recortaron los derechos de asociación política, en
particular a las mujeres. En 1890, el gobierno dictó la «Ley de Asamblea
Pública», o «Ley de Asociación y Reunión», que, entre otras restricciones,
prohibía a las mujeres tomar parte en reuniones políticas. El gobierno apuntaló
esta medida en 1900 con la «Ley de Policía y Seguridad Pública» del Ministerio
del Interior, que limitó todavía más la implicación política de las mujeres. El
Ministerio sostenía que las mujeres politizadas representaban un peligro,
porque los mítines políticos comprometían sus virtudes femeninas. Señalaba los
disturbios por la comida durante la Revolución francesa (1792) como un caso en
el que las mujeres habían dejado de ser inocentes para transformase en animales
a causa de la política radical. En la revista Shinmin (El
súbdito), el Ministerio de Interior promovía su visión idealizada de la mujer.
Por ejemplo, transformó los sufrimientos privados de Yamasaki Ichi en una
exhibición pública de moralidad cuando su historia fue publicada: «Ichi cuidaba
de su padre ciego, de sus hermanas menores y de su madre loca. Se casó en 1891,
pero sólo cinco años más tarde su marido enfermó. Se ocupó de su esposo y de su
padre hasta que murieron y sigue cuidando de su desagradecida madre». Historias
parecidas se convirtieron en modelos de conducta femenina. El Estado Meiji
empezó a negar derechos a las mujeres porque sus demandas a las familias eran
fundamentales para su enfoque del gobierno y para definir la nación.
Varias mujeres
desafiaron el ataque estatal a sus derechos. Desafíos como el de la «abuela de
los derechos del pueblo», Kusunose Kita (1833-1920), se centraron en la
relación entre propiedad, impuestos y derecho al voto. Tras la muerte de su
marido en 1872, heredó la propiedad de él y, en consecuencia, sus obligaciones
impositivas. Escribía:
Las mujeres que
somos cabezas de familia debemos responder a las exigencias del gobierno como
cualquier otro cabeza de familia, pero dado que somos mujeres, no gozamos de
iguales derechos. No tenemos derecho a votar a los representantes de la
asamblea de distrito ni a actuar como garantes legales en asuntos de propiedad,
pese a que disponemos de instrumentos legales para ese fin. Esto representa una
enorme infracción de nuestros derechos.
Haciéndose eco de
las bostonianas del siglo XVIII, continuaba: «Lo más reprensible de todo es que
la única igualdad que comparto con los hombres que son cabezas de familia es la
obligación de pagar impuestos».
A la prosa llena de
sentido común de la «abuela de los derechos del pueblo» le siguió un incesante
flujo de mujeres activistas. Kishida Toshiko (1863-1901) fue una de las
primeras defensoras de las mujeres. A la tierna edad de veinte años, Kishida
sorprendió a los asistentes a un mitin del Movimiento para la Libertad y los
Derechos del Pueblo en Osaka con un discurso sobre «El camino para las
mujeres». Kishida procedía de una familia acomodada; incluso había sido tutora
literaria de la emperatriz. Otra famosa activista de los derechos femeninos que
escuchó a Kishida, Fukuda Hideko (1865-1927), describía la experiencia de esta
manera: «Oyendo su discurso, con aquel maravilloso estilo de oratoria, fui
incapaz de contener mi resentimiento e indignación [...] e inmediatamente
empecé a organizar a las mujeres y a sus hijas», recordaba Fukuda. Kishida
argumentaba que Japón nunca lograría la ilustración Meiji mientras los hombres
sojuzgasen a las mujeres: «En este país, lo mismo que en el pasado, los hombres
siguen siendo respetados como maestros y esposos, mientras las mujeres son
menospreciadas como criadas y sirvientas. En semejante ambiente no puede haber
igualdad». La ofensiva de Kishida en pro de la educación de las mujeres y la
igualdad entre los sexos propició la creación de varios grupos a favor de los
derechos femeninos.
Lo importante es
que la articulación Meiji de la nación que estaba en marcha seguía
interconectada con la lucha por la igualdad y los derechos de las mujeres. Como
el nacionalismo Meiji hacía hincapié en la noción de «Estado familiar», el
papel de las
114
mujeres en la familia como defensoras de los valores tradicionales se
anteponía a su acceso al derecho al voto y la ciudadanía plena. La suerte de
las mujeres en el Japón Meiji es un importante signo de una política cada vez
más conservadora durante el último periodo. A diferencia de la primera oleada
de reformas, que respaldaban la completa adopción de ideas e instituciones
occidentales, la segunda impulsó el atrincheramiento confuciano, una vuelta a
esa «ética oriental» central en el nacionalismo imperial japonés. Este estilo
agresivo, de arriba abajo, caracterizó también el punto de vista Meiji sobre la
revitalización de la economía japonesa para que participase de manera más
competitiva en el comercio mundial.
ECONOMÍA POLÍTICA
La transformación
económica constituyó otro elemento decisivo en la Restauración Meiji. Los
reformadores se dieron cuenta de que la riqueza industrial se traducía en
fortaleza nacional y abrazaron con entusiasmo las teorías y prácticas
económicas occidentales. No obstante, aunque Japón se integró rápidamente en
los mercados globales capitalistas, sometidos en buena medida a la coacción
imperialista de Occidente, no era la primera vez que comerciaba con el
extranjero. Como hemos visto, las avanzadillas comerciales de los siglos XV y
XVI en el Sudeste Asiático significaron una apertura para los japoneses
medievales, al igual que la participación de Japón en el comercio de plata de
los siglos XVII y XVIII que se desarrollaba en torno a China. Resulta fácil magnificar
la ruptura histórica que supuso la capitalización e industrialización de la
economía japonesa en los primeros años Meiji. Algunos historiadores, señalando
la industrialización de Japón a finales del siglo XIX, etiquetan al país
insular como un «modernizador tardío». Sin embargo, existen pruebas por todos
lados de que la economía japonesa mostró elementos protocapitalistas y
protoindustriales mucho antes de la «apertura» Meiji. Si tenemos en cuenta su
historia premoderna, Japón no encaja en la descripción de «modernizador
tardío». Tanto en las pesquerías de arenques del norte como en el comercio de
algodón de Kinai en el oeste, los gremios madereros en Edo o simplemente el
poder de la cultura consumista japonesa, desde comerciantes de planchas de madera
que vendían grabados de estrellas kabuki hasta tiendas
especializadas en algas secas, la de Japón ya era una economía sólida,
diversificada, orientada a los consumidores y en rápida expansión. Puede que
los japoneses no hablasen fluidamente el idioma del capitalismo occidental a
comienzos del siglo XIX, pero ya conocían mucha de la gramática básica en ese
tiempo. Este hecho, lo mismo que las notables habilidades de Japón para la
apropiación, explican su meteórico ascenso económico en el siglo XX.
Los artífices de la
política Meiji estaban impresionados por el poder la industrialización. Durante
la Misión Iwakura, las plantas industriales atrajeron la atención de la
embajada. Pero los funcionarios Meiji no fueron los primeros en quedarse
impresionados por la economía y la industrialización occidentales. El bakufu Edo
había instaurado el Instituto para el Estudio de Escritos Bárbaros, en el que
se enseñaba algo de teoría económica holandesa. Los reformadores Meiji, sin
embargo, otorgaron una prioridad sin precedentes a la industrialización. En
1877, tras la creación de la Universidad de Tokio (surgida del instituto antes
citado), Ernest Fenelossa (1853-1908), historiador del arte por formación,
viajó a Japón para enseñar economía política. En 1858 Fukuzawa había fundado la
Universidad de Keiô, que ponía el énfasis en la economía, donde dio
conferencias sobre partes sustanciales de Elementos de economía
política (1837), de Francis Wayland (1796-1865). En 1875 el ministro
de Educación Mori Arinori estableció la Escuela Superior de Comercio, que
enseñaba teoría económica. Al mismo tiempo, se produjo un torbellino de
importantes traducciones, incluyendo La riqueza de las naciones (publicada
en japonés en 1884), de Adam Smith (1723-1790), y Principios de
economía
115
política (publicado en japonés en 1886), de John Stuart Mill. Los japoneses
empezaron a incorporar dinámicas teorías occidentales de desarrollo capitalista
a la rica estratigrafía de su propia experiencia económica.
Nuevas filosofías
económicas propiciaron una interacción más explotadora con las personas y, como
veremos en el próximo capítulo, con el medio ambiente natural. Sin embargo, es
fácil poner el énfasis en la ruptura entre la economía protocapitalista del periodo
premoderno y la industrial de finales del siglo XIX. A pesar del enfoque
premoderno de un medio ambiente vivo, con deidades sintoístas y el continuo
budista de la vida, los pensadores de ese periodo defendían la explotación del
medio ambiente para obtener ventajas económicas y políticas. Satô Nobuhiro
(1769-180), un ecléctico filósofo premoderno, entendía que la naturaleza estaba
dirigida por fuerzas creativas a las que daban vida los dioses sintoístas. No
obstante, este enfoque animado de la naturaleza no excluía la explotación del
entorno. Al describir el papel del gobierno, por ejemplo, Satô decía en Keizai
yôryaku (Resumen de economía, 1822): «El desarrollo de productos es la
primera tarea del gobernante». Los humanos se organizan en Estados, señalaba
Satô, para explotar mejor los recursos y controlar la energía, en una defensa
premoderna de la moderna ecología política. De hecho, los vínculos para Satô
entre el «gobernante» y el «desarrollo de productos» anticipaban el pensamiento
político económico y las prácticas del periodo Meiji.
Aunque algunos
economistas presionaban en favor de un modelo económico de laissez-faire, el
deseo que prevalecía era el de una economía política de estilo prusiano, en
la que los intereses del Estado estuvieran estrechamente alineados con los
privados. Este tipo de modelo comenzó con Friedrich List (1789-1846), el
economista alemán del siglo XIX que defendía la «economía nacional». A
diferencia de la «economía individual» propugnada por Adam Smith, que
beneficiaba sobre todo los intereses personales, List consideraba al individuo
en «unión comercial» con los intereses del Estado. Sin duda, muchos economistas
japoneses contemplaron el futuro económico de Japón a través de esta óptica de
«economía nacional». La Sociedad Económica Nacional, por ejemplo, creada en
1890, adoptó este enfoque de la economía política. Su manifiesto fundacional
anunciaba: «La riqueza genera poder. No se conoce que ese poder pueda existir
donde no existe riqueza. La actual competencia entre naciones no es otra cosa
que competencia por la fuerza y el poder productivo». La riqueza era la clave
para que Japón contrarrestase los «tratados desiguales» y la soberanía nacional
de las grandes potencias. Al principio, economistas como Seki Hajime
(1873-1935), futuro artífice de la economía de entreguerras japonesa y alcalde
de Osaka, suscribía la «prosperidad de List» y su defensa de la economía
nacional. Sin embargo, más tarde se desplazó hacia una «economía nacional del
pueblo» algo más próxima al laissez-faire liberal, en la cual
la economía nacional conservadora sería sustituida por una «progresista,
activa, internacional» más basada en la energía emprendedora. El enfoque
intermedio de Seki, nacido en Alemania y modificado sobre el terreno en Japón,
caracterizaba algunos aspectos de la economía japonesa cuando llegó el siglo
XX.
Construir vínculos
entre el desarrollo industrial y el Estado significaba que la mayoría de las
principales industrias Meiji antes de 1880 eran estatales. Pero bajo el
ministro de Finanzas Matsukata Masayoshi (1835-1924), responsable de las
políticas deflacionistas en 1881 y de la creación del Banco de Japón en 1882,
el gobierno entregó poco a poco sus holdings industriales a
firmas como Mitsui, Mitsubishi y Sumitomo, que más adelante se convirtieron
en megacorporaciones industriales conocidas como zaibatsu. El
gobierno Meiji planificó el crecimiento priorizando algunas industrias,
construyendo fábricas modelo y contratando a asesores extranjeros para
supervisar el desarrollo de industrias seleccionadas. Las políticas
establecidas en la década de 1880 impulsaron la primera fase de crecimiento
económico. Entre 1885 y 1905, las importaciones y exportaciones se
116
duplicaron; el consumo de carbón subió de 2 millones de toneladas en
1893 a 15 millones de toneladas en 1913 y la producción de acero, un importante
indicador de la industria pesada, se incremento desde las 7.500 toneladas de
1901 a las 255.000 de 1913. Empresarios como Shibusawa Eiichi (1840-1931), que
fundó el First National Bank, una operación conjunta de capitales, encabezó el
desarrollo de la industrial textil del algodón en Japón. En 1888, sus plantas
de Spinning Mills en Osaka contaban con unos 1.100 empleados. A nivel nacional,
en 1900 no menos del 70 por 100 de las fábricas japonesas se dedicaban a la
producción textil. Shibusawa instaló motores de vapor en sus hilanderías, que
permitían que los 10.500 husos dispusiesen de electricidad día y noche.
La electrificación
de Japón desempeñó un papel importante en la economía Meiji. La electrificación
de las fábricas textiles de Shibusawa presagió la electrificación general de la
nación, cuando se tendieron líneas de transmisión de cobre entre las islas japonesas.
Itô Hirobumi escribió sobre el recién fundado Ministerio de Industria que su
objetivo era «compensar las deficiencias de Japón con celeridad sacando
provecho de los puntos fuertes de la industria occidental; construir en Japón
todo tipo de equipos mecánicos inspirados en el modelo occidental, incluidos
astilleros, ferrocarriles, telégrafos, minas y edificios; y así, con un gran
salto, introducir en Japón el concepto de ilustración». Los mineros extraían
cobre en lugares como Ashio, transformando el metal en 6.500 km de tendidos en
1895. En 1910 algunas residencias privadas de Kioto contaban con luz eléctrica.
En su diario, Nakano Makiko anotaba que en enero de 1910 un nuevo alumbrado
eléctrico iluminaba su casa. «Es tan brillante que me siento como si hubiese
entrado en la casa equivocada». En 1935 Japón se había convertido ya en líder
en electrificación al abastecer a un 89 por 100 de las viviendas familiares con
electricidad, curiosamente más que Gran Bretaña y Estados Unidos.
CRIMEN Y CASTIGO
Junto con la
reforma económica, la revisión de los códigos legales japoneses fue otro
ingrediente clave para liberarse de las cadenas de los «tratados desiguales».
Lo que más irritaba a los japoneses era el artículo 6 del Tratado de Harris. En
una disposición legal colonialista conocida como «extraterritorialidad» el
tratado especificaba: «Los estadounidenses que cometan ofensas contra los
japoneses serán juzgados en tribunales consulares de Estados Unidos y, si son
declarados culpables, serán castigados de acuerdo con la ley estadounidense».
La razón de la inmunidad de los estadounidenses ante la ley japonesa era que
percibían como de naturaleza bárbara las formas «orientales» de castigo y
detención, que a ojos de la mayoría de los occidentales eran feudales y
salvajes. Para poner fin a los «tratados desiguales» con las grandes potencias
y acceder a una etapa de paridad global multilateral, Japón tenía que
reescribir sus códigos penales de modo que fuesen un reflejo de las recién
descubiertas «civilización e ilustración».
La atención que los
reformadores del Estado Meiji prestaron a la reforma legislativa no fue la
primera muestra de interés por este tema. Como hemos visto, en el siglo VIII la
corte importó códigos legales de la China Tang para facilitar la creación del Estado ritsuryô.
En 1698, durante el periodo premoderno, el bakufu Edo quiso
aportar uniformidad nacional a los delitos y castigos mediante una orden
dictada a los señores de los dominios. Más adelante, a mediados del siglo
XVIII, el shogun Tokugawa Yoshimune (1684-1751) sistematizó
los códigos penales con los «Cien artículos». En los pueblos y ciudades
premodernos, esos códigos se mostraban en postes indicadores. En las afueras de
Edo, los lugares de ejecución, llenos de cadáveres en descomposición, disuadían
a la gente de cometer futuros delitos. En unos de esos lugares de ejecución,
Sugita Genpaku, el intrépido disector, diseccionó con ayuda de un marginado a
la «vieja arpía del té verde». En 1832, cuando llegó a Edo una embajada de
Ryukyu, el bakufu hizo coincidir una
117
ejecución especial con su llegada. De este modo, esos sitios que
decoraban las proximidades de la capital del shogun servían
como marcadores disciplinarios de la autoridad del Estado. En 1610 el bakufu construyó
también el complejo carcelario de Kodenmachô, que siguió siendo utilizado para
el mismo propósito hasta bien entrada la era Meiji. Con espeluznantes castigos
como «la sierra», «la picota», «los azotes», «el tatuaje» y la crucifixión,
algunos de los cuales se llevaban a cabo en lugares como una «sala de
perforación», no es de extrañar que los visitantes estadounidenses del siglo
XIX se mostrasen aprensivos ante la posibilidad de que sus ciudadanos fuesen
castigados de acuerdo con procedimientos tan crueles.
Las condiciones de
los prisioneros en Estados Unidos no eran mucho mejores, aunque la información
que corría por Asia Oriental los hacía parecer «progresistas». Un libro chino
titulado Haiguo tuzhi (Un tratado ilustrado de los países
marítimos), escrito por Wei Yuan (1795-1857), acercó las circunstancias que
rodeaban a las prisiones estadounidenses a los lectores japoneses, en especial
a activistas del siglo XIX como Yoshida Shôin (1830-1859). Cuando el comodoro
Matthew C. Perry entró en la bahía de Edo con sus «barcos negros», Yoshida y un
compatriota intentaron colarse en uno de los cañoneros para viajar a Estados
Unidos y ver el país por sí mismos. Yoshida y su compañero fueron detenidos y
encerrados en una prisión del dominio de Chôshû. Mientras estaban encarcelados,
Yoshida consiguió una copia del Haiguo tuzhi. Descubrió que en las
cárceles estadounidenses los delincuentes «cambiaban y se convertían en buenas
personas» gracias a la instrucción positiva. En las prisiones Edo, reflexionaba
Yoshido, «no he conocido nunca a una persona que tenga buenos pensamientos»
como resultado de su encarcelación.
Como los rumores y
las realidades de la «barbarie oriental» estaban relacionados tan estrechamente
con los «tratados desiguales», los japoneses se dieron cuenta de que la reforma
penal era decisiva para arrebatar la soberanía total de Japón a las grandes
potencias. Iwakura Tomomi (1825-1883) encabezó los esfuerzos para pedir al
emperador que diese prioridad a la reforma penal. Poco después de la
Restauración Meiji, la corte anunció que «entre los centenares de reformas que
hay que poner en marcha junto con la restauración del poder imperial, las leyes
penales son una cuestión de vida o muerte para las masas y por tanto necesitan
ser corregidas con urgencia». La crucifixión, antes reservada a los acusados de
regicidio o parricidio, fue prohibida en el Shinritsu kôryô (Esbozo
del nuevo código) de 1871, al igual que ser quemado vivo. A instancias de
reformadores de prisiones como Ohara Shigechika, el ministro de Justicia Meiji
construyó la primera cárcel moderna en Kajibashi. Arquitectónicamente tenía
forma de cruz con un punto de observación en el centro, que recordaba al «panopticon» de
Jeremy Bentham (1748-1832), y como señaló Ohara, la prisión entera podía ser
inspeccionada «de un simple vistazo». Un periodista allí encarcelado recordaba:
«El diseño sigue el de una cárcel occidental y tiene forma de cruz [...] hay un
guardia en el medio [... ]que vigila las cuatro direcciones». Los funcionarios
Meiji reprodujeron el exitoso modelo de prisión de Kajibashi en Sapporo (1875)
y otras ciudades importantes. Las reformas del código penal japonés y la
construcción de modernas prisiones fueron cruciales para demostrar a las
grandes potencias que Japón había abandonado las prácticas «orientales» del
periodo premoderno.
CONCLUSIÓN
Es difícil exagerar
hasta qué punto fragmentos importados de la civilización occidental
configuraron la Restauración Meiji. A esas alturas, la apropiación cultural por
parte de Japón superaba incluso a la adopción de instituciones dinásticas Tang
de los siglos VII y VIII. Después de la Misión Iwakura, los legisladores,
intelectuales y empresarios de Japón
118
emprendieron la remodelación estratégica de prácticamente todas las
facetas de la vida japonesa. Prusia aportó el modelo de ejército para la
defensa de la nación; la Armada, como es natural, se basó en el modelo
británico. La fuerza policial que haría cumplir la ley en el país guardaba
semejanza con la del centro de París. La Escuela Agrícola de Sapporo era un
calco de los centros de enseñanza superior estadounidenses creados mediante la
Ley Morrill de Concesión de Terrenos para Universidades (1862). Con el
pensamiento político occidental en mente, Japón reinventó su aparato de
gobierno, las jerarquías sociales y el concepto de sociedad civil, al tiempo
que remodelaba la naturaleza básica de la economía y los acuerdos de comercio
internacionales. En el terreno judicial, los draconianos castigos y las
prisiones del pasado fueron sustituidos por otros innovadores inspirados en los
de Estados Unidos y otras partes. Para entretener y educar, museos, zoológicos,
jardines botánicos y universidades adornaron la capital, Tokio, y las
principales ciudades. Artefactos materiales como los bloques de varios pisos en
ladrillo alojaron usos culturales importados como salas de baile. La cerveza y
los espaguetis, ambos de origen occidental, aparecieron junto a los entrantes
tradicionales japoneses en los menús de los restaurantes. El béisbol, un nuevo
pasatiempo, resultó una importación estadounidense popular y perdurable, al
igual que otras formas de deporte y ocio. En nombre de «la civilización y la
ilustración», Japón se modernizó a un ritmo asombroso tras la Restauración
Meiji y se situó en la misma trayectoria que las grandes potencias.
Figura 15. El
emperador japonés Mutsuhito (1852-1912), ca. 1880-1901.
Pero la
modernización de Japón fue también producto de acontecimientos históricos
internos: no todo en la era Meiji se limitaba a copiar modelos extranjeros.
Japón tomó prestadas muchas teorías económicas e instituciones de Occidente,
pero tras las experiencias protocapitalistas de la etapa premoderna, fue
relativamente fácil para los reformadores Meiji imponer esas teorías e
instituciones en contextos económicos japoneses ya receptivos. La Constitución
Meiji creó un sistema político monárquico distinto a cualquier cosa que Japón
hubiese visto antes, aunque la idea de un poderoso Estado
119
centralizado, con influyentes y sofisticadas burocracias, no era nueva
en absoluto. El emperador recibió la era Meiji vestido con atuendo tradicional
y un enorme sombrero, pero un año más tarde lucía un traje de mariscal de campo
prusiano (figura 15). La noción de restauración imperial estaba profundamente
arraigada en las tradiciones japonesas, aunque fuesen tradiciones en buena
medida inventadas. En otras palabras, la Restauración Meiji injertó lo viejo y
lo nuevo, lo japonés y lo occidental, de tal manera que generó nuevas
relaciones entre el Estado y sus súbditos. Para muchos, no obstante, estas
nuevas relaciones marcaron el inicio de malos tiempos, ejemplificando hasta qué
punto los beneficios de la modernidad no estaban equitativamente repartidos en Japón
en el siglo XIX e inicios del siglo XX.
120
Revueltas Meiji
(1868-1920)
Al despuntar el
siglo XX, las reformas Meiji reconfiguraron la nación insular. Las experiencias
premodernas de Japón, combinadas con las tendencias globales durante el siglo
XIX, fueron lo bastante poderosas para convertir a Japón en una pujante nación
moderna. Transformaron la política, la sociedad y la cultura, junto con el
medio ambiente y muchos de los organismos no humanos que habitaban en el
archipiélago. Tanto las personas como el mundo natural se convirtieron en
artefactos de la vida moderna e industrial. «Chicas modernas» con melenas
cortas y dandis urbanos exhibían la última moda occidental. Japón empezó a
tener más en común con las naciones industriales de Europa que con su propia
imagen previa a la era Meiji o sus vecinos más cercanos. En este sentido, las
reformas Meiji habían reconfigurado y reescrito virtualmente cada aspecto del
paisaje y la vida japonesa, a menudo con un gran coste social y medioambiental.
El periodo Meiji tuvo un profundo punto débil, caracterizado por la adversidad
humana y los primeros signos de problemas medioambientales propiciados por la
industrialización desbocada y la dependencia de los combustibles fósiles.
CAMBIOS EN EL CAMPO
Las reformas Meiji
supusieron una dura carga para los plebeyos, sobre todo para los que vivían en
el campo. A mediados del periodo Meiji, los granjeros japoneses cultivaban
alrededor de un 11 por 100 del total de la tierra disponible, aproximadamente 4
millones de hectáreas, que en 1919 ascendería a casi el 16 por 100, cerca de 6
millones de hectáreas. Esto contrasta con prácticas más contemporáneas: en los
años posteriores a la Guerra del Pacífico, Japón experimentó un acelerado
descenso en el número de granjeros y explotaciones agrícolas. En 1965, la cifra
de «trabajadores del campo» era de 8,94 millones, pero disminuyó a 2,24
millones en 2005. En términos de hectáreas de tierra cultivada, Japón pasó de 6
millones de hectáreas en 1965 a 4,69 millones en 2005, estabilizándose en torno
a las cifras de mediados del periodo Meiji. Esto a pesar del hecho de que la
población de Japón había crecido desde justo por debajo de 40 millones en 1890
a casi 128 millones en 2005. Los números sugieren que con los japoneses
urbanizando buena parte de su suelo cultivable y la población rural
disminuyendo rápidamente, la nación insular estaba al borde de no ser capaz de
alimentarse a sí misma. Como veremos, se puede rastrear gran parte de la
turbulencia rural en Japón hasta la Restauración Meiji y las políticas
impositivas.
Aunque la nueva era
desencadenó cambios generalizados por todo Japón, las condiciones materiales
reales en el campo se habían modificado poco desde el periodo premoderno. Con
la abolición del sistema de estatus y la liberación de los antiguos parias, la posición
social de los granjeros como «honorables campesinos», venerables productores de
grano en el orden neoconfuciano, se debilitó, y esos trabajadores de la tierra
se encontraron agrupados con los antiguos marginados. Estos últimos habían sido
tratados tradicionalmente con desprecio: Kaiho Siryô (1755-1817) escribió que
los parias eran descendientes de «bárbaros», no de la diosa del Sol, por lo que
eran distintos de los japoneses. Parecían japoneses, proseguía, pero tenían
«corazones impuros». En sus escritos, Kaiho llegaba a recomendar que los
marginados adultos llevasen marcas tatuadas en la frente para que la gente
pudiera identificar más fácilmente a esos «corazones impuros», ya que
aparentemente era difícil distinguirlos desde lejos. Sin
121
embargo, a pesar de esas tradiciones discriminatorias, el gobierno Meiji
abolió el estatus de paria en 1871, perturbando por completo las anteriores
jerarquías sociales Tokugawa. En respuesta, dos años más tarde se declaró la
Rebelión del Impuesto de Sangre en la provincia de Mimasaka (1873), en la cual
la violencia iba dirigida hacia los antiguos marginados sociales.
En algunos
aspectos, no sorprende que la violencia estallase en Mimasaka. La zona tenía
una larga tradición de tensiones entre las comunidades de parias y granjeros. A
inicios del siglo XIX, ese área albergaba alrededor de un 7 por 100 de la
población marginada, más que en el conjunto de Japón (donde estaba entre un 2 y
un 3 por 100), aunque aproximadamente la misma que en otras regiones del oeste.
A menudo, las poblaciones de parias se veían golpeadas por la pobreza, incluso
después de la legislación liberadora de la Restauración Meiji. Las reformas
Meiji, los rumores acerca del «impuesto de sangre» y la tradición de violencia
marginal configuraron los contornos de la revuelta. La violencia en Mimasaka
comenzó cuando Fudeyasu Utarô, un residente local, promovió un alzamiento
contra el nuevo régimen, basándose en habladurías sobre bandidos que recorrían
el campo en busca de carne y grasa, supuestamente para vendérselas a los
occidentales. Al principio, Fudeyasu escenificó la revuelta como un movimiento
de resistencia a esos supuestos recolectores de una tasa de sangre, pero pronto
se extendió por el área rural próxima. Durante seis días, en mayo de 1873,
rondaron bandas por la zona de Mimasaka cuyo objetivo eran los funcionarios
locales y los parias recién liberados. Resulta revelador que estos grupos sólo
destruyeran propiedades de funcionarios pero a los marginados liberados les
arrebataran la vida: mataron a 18 e hirieron a muchos más. Durante los primeros
días, los rebeldes destrozaron propiedades al típico estilo premoderno de
«golpear y romper», pero al final de las revueltas recurrieron a la violencia
indiscriminada con incendios provocados. Después de que las autoridades
aplastaran la rebelión y arrestaran a los líderes alborotadores, quedó claro en
los interrogatorios que los granjeros pensaban que los parias liberados
mostraban una falta de deferencia hacia ellos. Como dijo uno de los cabecillas:
«Desde la abolición de la etiqueta de eta [marginado], los
antiguos eta de la aldea de Tsugawahara se han olvidado de su
anterior posición y en muchos casos se han comportando de forma impertinente».
La liberación de los parias conllevó una enorme carga social. La violencia
asesina en Mimasaka provocó más revuelta y violencia social causadas por las
supuestas reformas progresistas Meiji.
Con la Reforma del
Impuesto sobre la Tierra (1873), el gobierno reconocía los derechos de los
granjeros a su propia tierra, en lugar de considerarlos simples cajas
registradoras para el señor daimyô. Esto fue acompañado de cambios
fundamentales en las políticas impositivas. Bajo los shogun Tokugawa,
los granjeros ofrecían un tributo de entre el 40 y el 60 por 100 de su cosecha
a los señores locales, pero el gobierno Meiji lo revisó y ajustó al 3 por 100
del valor estimado de la tierra. En general, eso se traducía en alrededor de un
33 por 100 de la cosecha, pero como tasaban los impuestos en metálico, la
cantidad de la cosecha entregada dependía del valor del arroz en el mercado.
Como consecuencia, los agricultores cargaron con la peor parte del coste de la
Revolución Meiji. Entre 1875 y 1879, más del 80 por 100 de los ingresos del
gobierno Meiji procedían de los despiadados impuestos sobre la tierra. De 1882
a 1892, esa cifra se elevó hasta el 85 por
100. Los
reformadores Meiji lo racionalizaron como una necesidad para proteger el
incipiente sector industrial japonés. Debido a las fluctuaciones en el mercado
del arroz, el valor absoluto de la tasa sobre el suelo se duplicó, obligando a
muchos pequeños propietarios de tierras a endeudarse y abandonar sus
propiedades. En muchos aspectos, se convirtieron en arrendatarios o aparceros,
una situación que se generalizó y persistió hasta 1945.
122
Como vimos con la Rebelión del Impuesto de Sangre en Mimasaka, los
«impuestos de sangre», en realidad reclutamiento militar forzoso, solían
acompañar a los enormes impuestos sobre la tierra. En 1873, el gobierno Meiji
resaltaba la importancia de servir en el ejército mediante el reclutamiento:
«Ante todo, está el servicio militar. Luego, la gente es libre de seguir con
sus ocupaciones [...] Si quieren libertad, deben tomar parte en el servicio
militar». A pesar de semejante retórica altisonante, los granjeros de la
prefectura de Shizuoka, en buena medida como los de Mimasaka, creían que el
gobierno «se llevará a los jóvenes, los colgarán cabeza abajo, extraerán su
sangre para que los occidentales se la beban». Con semejantes rumores en
circulación, no es extraño que estallasen en varias prefecturas disturbios en
contra del reclutamiento forzoso. El problema era que muchos granjeros, que a
menudo vivían en condiciones precarias, no habían hecho la transición del
gobierno Tokugawa al Meiji. En una ocasión, cuando Fukuzawa Yukichi se encontró
con un granjero a caballo mientras estaba de vacaciones con sus hijos, el
granjero desmontó rápidamente y ofreció su caballo a Fukuzawa, que era un
antiguo samurái. «De acuerdo con las leyes del actual gobierno, cualquier persona,
granjero o comerciante, puede montar a caballo libremente, sin preocuparse de
quién se encuentra en el camino», explicaba un exasperado Fukuzawa. Dado que
los granjeros aún se consideraban encadenados a las obligaciones feudales, no
sorprende que muchos de ellos viesen el reclutamiento como una forma de
menospreciar su penoso trabajo; o, lo que es peor, que lo imaginasen como una
sangría para sedientos occidentales. Un líder del movimiento en contra del
reclutamiento protestaba: «Si somos reclutados por la fuerza en el ejército no
quedaremos libres en seis o siete años y estaremos abocados a sufrir
penalidades». El servicio militar duraba tres años, no seis, pero seguía
perjudicándoles. Además, muchas personas estaban exentas y existía la opción de
pagar para librarse del servicio, una práctica injusta con la que el gobierno
terminó en 1889.
En los primeros
años de la era Meiji, los levantamientos rurales fueron endémicos, un barómetro
que medía las crecientes presiones sociales de las reformas. Sólo en 1868,
estallaron unas 180 revueltas por distintos motivos, entre ellos los impuestos,
el reclutamiento, la liberación de los parias, la introducción del cristianismo
y las inoculaciones de cólera. En 1873, el mismo año de la Rebelión de
Mimasaka, 300.000 personas se amotinaron en Fukuoka, en la isla de Kyushu,
porque opinaban que los altos precios de los alimentos estaban motivados por el
acaparamiento, una sospecha típica del periodo Tokugawa entre los granjeros más
ricos. El gobierno mandó tropas, que reprimieron con éxito la revuelta y
ejecutaron o encarcelaron a muchos de los cabecillas. Las protestas de los
agricultores en la prefectura de Mie se volvieron violentas en 1876, cuando el
gobierno subió los ya excesivos impuestos sobre la tierra muy por encima del
valor en el mercado. Las protestas se extendieron con rapidez a todo el centro de
Japón, pero el gobierno también las sofocó. Al final, multó o castigó a unas
50.000 personas por su implicación en este episodio en concreto. En 1877,
mientras antiguos samuráis ahora convertidos en marginales luchaban contra el
reclutamiento de tropas en la Rebelión de Satsuma, que acabó con el dramático
suicidio ritual de Saigô Takamori (1828-1877), las revueltas en el campo
empezaron a remitir. No obstante, la pobreza rural persistía. En 1881, con la
política deflacionista del ministro de Finanzas Matsukata Masayoshi
(1835-1924), la pobreza rural siguió aplastando al campo japonés. En 1883,
fueron a la bancarrota unas 33.845 granjas familiares y sólo dos años más tarde
la cifra se elevó a 108.050.
Las medidas
deflacionistas de Matsukata (1881-1885) arrasaron muchas comunidades rurales.
Un prospero granjero y líder de la comunidad escribía que, en la prefectura de
Kanagawa los campesinos «son incapaces de pagar sus deudas por la caída de los
precios y la situación deprimida del negocio de los gusanos de seda y la
industria textil en general». Continuaba: «Los usureros han pisoteado a la
gente como si fueran
123
hormigas». Advertía que si no se aliviaba el problema, los campesinos
podían volverse violentos, pero el gobierno ignoró sus súplicas. Entonces
estallaron los disturbios en el centro y el este de Japón que culminaron en el
Incidente de Chichibu (1884). Ese mismo año, los precios de la seda cruda se
redujeron un 50 por 100 y el año siguiente fallaron las cosechas, lo que
condenó a los campesinos a la miseria más abyecta. Los prestamistas aplicaron
en Chichibu crueles tácticas de cobro y los intentos de los campesinos de
negociar la deuda fracasaron. Como respuesta, campesinos y activistas políticos
locales formaron el Partido de los Pobres, que exigió una moratoria en el cobro
de la deuda y otras formas de alivio de la presión financiera. Entre los que
respaldaban al Partido de los Pobres en Chichibu estaban los miembros del
Jiyûtô (Partido Liberal), un partido político nacional comprometido con el
Movimiento por los Derechos del Pueblo, que apoyaban el derrocamiento del
gobierno Meiji.
El Partido Liberal
era producto de las chispas revolucionarias del cambio político Meiji. Sus
fundadores, Itagaki Taisuke (1837-1919) y Gotô Shôjirô (1838-1897), influidos
por el filósofo inglés John Stuart Mill, pedían que se estableciese una
«asamblea nacional». Se hacía eco del «Programa de Ocho Puntos» de Sakamoto
Ryôma (1836-1867) de finales del periodo Tokugawa, que defendía la creación de
cuerpos legislativos nacionales, junto con la restauración del poder de la
corte imperial. En octubre de 1881, Itagaki y otros instauraron formalmente el
Partido Liberal, que mantuvo su compromiso con el Movimiento por los Derechos
del Pueblo y la creación de una «asamblea nacional». Al menos en parte, el
Movimiento por los Derechos del Pueblo y el Partido Liberal estaban impulsados
por filosofías occidentales de los «derechos naturales», que refutaban las
jerarquías tradicionales confucianas y el poder oligárquico Meiji. Durante los
primeros años Meiji, una oleada de ideas occidentales saturaron el panorama
intelectual japonés, destacando las nociones de «derechos naturales» tal como
las exponían Mill en su Sobre la libertad (1860) y
Jean-Jacques Rousseau en El contrato social (1762). Dos
destacados pensadores, Ôi Kentarô (1843-1922) y Ueki Emori (1857-1892) creían
que el Liberal Newspaper y otras publicaciones difundirían el
concepto occidental de «derechos naturales» en el campo. Defendían
una reforma de la tierra y de los impuestos e insistían en que las principales
«obligaciones» de cualquier gobierno ilustrado, cosa que afirmaba ser el poder
Meiji, eran garantizar la «libertad individual» y la «libertad de acción». Es
importante resaltar que ambos visitaron Fukushima y Chichibu sólo meses después
de que en ambas zonas estallara una violenta rebelión.
Sin embargo, el
Partido Liberal en Chichibu se distanció del Partido de los Pobres, al que
acusaban de estar dirigido por «extremistas». Hay algo de cierto en esto: en
1884, fue descubierto un complot para asesinar a funcionarios y antes de que el
gobierno pudiera adoptar acciones, el Partido de los Pobres anunció el inicio
de su rebelión en el monte Kaba, en la prefectura de Ibaraki. Su manifiesto,
claramente influido por los «derechos naturales», decía: «De fundamental
importancia para crear una nación es garantizar una distribución justa de la
riqueza y los derechos que el cielo ha concedido a todos los individuos [...]
Parece que nuestro sabio y virtuoso emperador se ha olvidado de que este no es
el momento de imponer pesadas exigencias a gente que va camino de la
inanición». Se reunían en el monte Kaba para «luchar por la revolución y
derrocar al gobierno despótico». El Partido de los Pobres comenzó a reunir un
ejército campesino encabezado por una especie de Robin Hood llamado Tashiro
Eisuke (1834-1885). «Está en mi naturaleza ayudar a debilitar y aplastar a los
fuertes», dijo en una ocasión. En noviembre de 1884, el «ejército
revolucionario» de Tashiro marchó contra la capital del condado, Ômiya,
asaltando las casas de los prestamistas y edificios públicos. Cuando el
«ejército revolucionario» llegó a Ômiya sus filas habían crecido hasta 8.000
personas. Proclamaron la creación de un «gobierno revolucionario», con Tashiro
como primer ministro. Al final, las
124
autoridades controlaron la rebelión, pero sólo después de capturar a
unos 3.000 rebeldes y arrestar a Tashiro, que fue sentenciado a muerte.
El Incidente de
Chichibu hizo poco por desviar la atención hacia el abandonado campo japonés. A
inicios del siglo XX, la diferencia entre la vida en las ciudades japonesas y
el campo era asombrosa. Mientras en las ciudades se podían ver cortes de pelo
de estilo occidental y restaurantes, teatros, trenes, luz de gas (más tarde,
eléctrica), telégrafos, periódicos, salas de baile y un montón de otros
pasatiempos civilizados, el campo seguía atrapado en unas condiciones de
miseria. En 1874, el siempre observador Fukuzawa Yukichi escribió: «El objetivo
[del gobierno] parece ser utilizar los frutos del trabajo rural para hacer
flores para Tokio». Otro escritor que trabajaba como ayudante de un médico
observaba:
No hay nadie tan
miserable como un campesino, en especial los más empobrecidos del norte de
Japón. Allí los campesinos visten harapos, comen cereales crudos y tienen
muchos hijos. Son tan oscuros como sus sucias paredes y llevan vidas sin
alegría, tan miserables que pueden ser comparadas con las de esos insectos que
se arrastran por el suelo y sobreviven a base de lamer la porquería.
La importación de
la civilización occidental abrió un abismo entre la ciudad y el campo, entre
las personas educadas y las no educadas, entre las que estaban conectadas y las
que no, y por encima de todo entre los ricos y los pobres. En ninguna otra parte
de Japón se dejaron sentir tanto las crecientes penurias como en el campo,
donde el peso de las reformas Meiji agobiaba a muchos granjeros que disfrutaban
poco de los frutos de la ilustración japonesa del siglo XIX. En gran parte, la
situación persistió hasta la abolición del sistema de arrendamiento y las
espectaculares reformas emprendidas durante la ocupación estadounidense.
EXTINCIONES
MODERNAS
Las reformas Meiji
no sólo aplastaban a los granjeros. Con la llegada del siglo XX, las políticas
Meiji ejercieron una enorme presión sobre la vida silvestre en Japón. En el
Japón premoderno, el sintoísmo y el budismo consideraban que la vida salvaje
estaba investida de vida espiritual, ya se encarnase en los kami, en
esencias deificadas o mensajeros divinos. Con el budismo, el continuo de la
vida y la trasmigración implicaban que el alma de los antepasados podía habitar
el cuerpo de un animal no humano, por lo que la gente solía tratarlos de forma
compasiva. Para los primeros teólogos budistas, los bosques y montañas, y las
plantas y los animales que en ellos vivían, cobraron creciente importancia como
espacios divinos. Para el monje Ryôgen, por poner un ejemplo, el ciclo vital de
las plantas era similar al proceso budista de iluminación. «La germinación de
una planta es, en realidad, el modo en que brota su deseo de iluminación; su
residencia en un lugar fijo refleja su compromiso de disciplina y austeridad;
su reproducción es su consecución de la iluminación», reflexionaba. No es
extraño que los santuarios sintoístas, con sus puertas torii, estuviesen
con frecuencia al borde del bosque. El sintoísmo creía que la vida silvestre era
una encarnación de los kami y algunos animales, como los
zorros, tenían que ver con prácticas religiosas específicas como el culto a
Inari. Muchos pensaban que los zorros, al igual que los perros mapache
japoneses conocidos con el nombre de tanuki, tenían la
capacidad de metamorfosearse y, cuando lo hacían, a menudo adoptaban la forma
de traviesos embaucadores, o de beldades que seducían a los leñadores.
Aunque los animales
deificados fuesen poderosos, su kami interior no les
inmunizaba frente a la explotación. Bajo los shogun Tokugawa,
los consumidores compraban enormes cantidades de animales de caza a los
carniceros de las ciudades. Como escribía un observador europeo, en algunas
carnicerías de Edo los clientes adquirían «conejos,
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liebres, jabalí y ciervo» en abundancia. Los libros de cocina del
periodo Edo contienen recetas de estofado de jabalí, así como una variedad de
otros platos de caza. El Japón premoderno tampoco se inhibió del exterminio de
la vida salvaje. En 1700, en la isla de Tsushima, situada entre Kyushu y la
península Coreana, los funcionarios del dominio local emprendieron un programa
de exterminio del jabalí de nueve años, que llevó casi a la aniquilación de
esos obstinados omnívoros ungulados. Durante la campaña, los funcionarios
compartimentaron la isla en secciones y fueron eliminando a las poblaciones de
jabalíes de una en una. Con excepción de algunos cerdos en Nagasaki, donde la
influencia china era más fuerte debido a su infraestructura comercial, Japón
tuvo relativamente poca industria pecuaria bajo el gobierno Tokugawa. El
exagerado recargo sobre el trabajo, incluyendo el no humano, determinó en gran
medida la falta de cría de ganado para consumo humano en Japón antes de la era
Meiji. Esta mezcla de trabajo y compasión por los animales se puede apreciar en
las memorias de Katayama Sen (1859-1933). Destacado socialista, escribió sobre
el trabajo en el campo con animales en los años previos al periodo Meiji: «Nací
en una granja y trabajé como granjero. El buey de la familia era absolutamente
necesario para arar y lo queríamos como a uno de nosotros. Trabajaba detrás de
él y gané dinero con su esfuerzo. Son tantos los recuerdos que tengo del animal
que nunca desearía comer carne».
Con la llegada de
la industrialización Meiji y el desarrollo económico, el hábitat silvestre se
vio sometido a una creciente presión que condujo a la disminución de especies
susceptibles. El destino de las dos subespecies de lobo, el japonés y el de
Hokkaido, ejemplifica bien las presiones a las que la expansión económica
sometió a la vida salvaje en Japón durante el periodo Meiji. Desde el
principio, los lobos japoneses formaron parte de tradiciones sagradas. La
antología poética Man’yôshû, por ejemplo, contiene poemas que
hacen referencia a las «llanuras del verdadero dios puro de la boca grande»,
una imagen que conjura la guarida divina del lobo. El término japonés para
lobo, ôkami, puede significar fonéticamente «gran deidad» y
muchos santuarios sintoístas en Japón celebran tradiciones relacionadas con la
veneración al lobo. La deidad sintoísta Daimyôjin del santuario de Ôkawa, en la
prefectura de Kioto, representaba al lobo como mensajero divino, mientras en el
santuario de Mitsumine, en la prefectura de Saitama, dos lobos sustituían a las
divinidades guardianas de la entrada. Resulta interesante el paralelismo entre
la historia de Mitsumine y los altibajos del budismo y el sintoísmo en el
transcurso de la historia japonesa. Al comienzo de su historia, Mitsumine
incorporaba elementos esotéricos del budismo Tendai y Shingon, incluidos los
del Shugendô, o ascetismo en la montaña. Pero tras la Restauración Meiji los
funcionarios consideraron que el lugar estaba incluido en las «órdenes de
separar a los dioses budistas y sintoístas». El monasterio modificó muchos de
sus elementos budistas y se transformó en un santuario sintoísta dentro del
sistema oficial. Aunque convertido en un santuario sintoísta, Mitsumine no dejó
de exhibir su iconografía única, incluyendo amuletos votivos y talismanes con
imágenes de lobos (figura 16).
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Figura 16. Amuleto
votivo en madera con imagen de lobos del santuario Mitsumine.
La separación de
sintoísmo y budismo fue parte importante de la difusión del nacionalismo Meiji.
Los kami sintoístas fueron significativos legitimadores de la
Restauración Meiji porque, como bien expresaron pensadores nativistas
premodernos como Motoori Norinaga (1730-1801), eran deidades puramente
indígenas, sin influencias del continente. Los reformadores Meiji insistían en
que la genealogía del emperador japonés se remontaba a la diosa del Sol
Amaterasu Ômikami, y que ciertos kami, según los antiguos textos
mencionados en capítulos previos, habían creado las islas japonesas. Las
deidades budistas, argumentaban esos reformadores, habían contaminado a
los kami nativos y ese modo de pensar incitaba a reconfigurar
el panorama de la divinidad en Japón. Los reformadores Meiji ordenaron la
separación obligatoria de las categorías de santuarios sintoístas y templos
budistas antes interrelacionadas, una división que dura hasta hoy y que desde
ese momento vinculó el recién formulado Shinto, «camino
del kami», o del espíritu, con el Estado imperial. El emperador
Meiji no sólo era el monarca de Japón, sino el sacerdote supremo
del sintoísmo. Como ejemplo, tras la Restauración Meiji el monje tonsurado del
monte Zôzu, en la isla Shikoku, dejó a un lado sus conexiones budistas y
rebautizó a la deidad local con el nombre claramente sintoísta de Kotohira
Ôkami, asociando así sólidamente el complejo religioso con el Estado sintoísta.
El santuario de Kotohira difundía enseñanzas sintoístas dirigidas a combatir
religiones foráneas y homenajeaba al Estado imperial.
Aunque los
campesinos y otros japoneses habían adorado a los lobos en santuarios donde se
fusionaban el sintoísmo y el budismo, y habían colocado talismanes de lobos
alrededor de sus campos para protegerlos del voraz apetito del ciervo y el
jabalí, el compromiso del gobierno Meiji con la agricultura científica,
incluyendo las granjas para cría de ganado, degradó al lobo a la categoría de
animal «dañino». Antes de la Restauración Meiji, campesinos del nordeste, que
cultivaban valiosos montes samuráis, habían llevado a cabo algunas cacerías de
lobos por los ataques a los ponis y la difusión de la rabia en el siglo XVIII,
que hizo de los lobos animales potencialmente peligrosos. Pero cazar lobos no
es lo mismo que erradicarlos, y esto último fue producto de las políticas Meiji
introducidas en Japón por asesores estadounidenses, que tenían una considerable
experiencia en matar lobos.
Edwin Dun
(1848-1931) fue uno de esos consejeros. Dun llego a Japón en 1873 desde Ohio
por recomendación de los industriales ganaderos de allí. Bajo la dirección de
la recién creada Kaitakushi (Agencia para el Desarrollo de Hokkaido), Dun fue
contratado para supervisar el desarrollo de la industria ganadera en Hokkaido
(antes territorio de Ezo, como vimos en capítulos previos). Conocido como «el
padre de la agricultura de Hokkaido», Dun impulsó la cría de ovejas, caballos y
vacas, lo que representó una desviación radical del pasado de Japón basado en
el cultivo de grano. De acuerdo con las ideologías neoconfucianas Tokugawa, los
japoneses creían que, como había escrito el
127
filósofo Kumazawa Banzan (1619-1691), el «tesoro del pueblo es el
grano», mientras que otros elementos de la economía son meros «sirvientes del
grano». Pero el compromiso Meiji con la cría de ganado y demás elementos de la
agricultura científica occidental desviaba la atención de Japón a la producción
de animales no humanos, lo que alteró el lugar que ocupaban los lobos en el
imaginario japonés. Como señalaba un informe ministerial, cuando Japón entró en
el siglo XX, la moderna nación había experimentado una «revolución en el
negocio de la carne» con 1.396 mataderos construidos en todo el país. Entre
1893 y 1902, los empleados despacharon 1,7 millones de reses para alimentar a
los ciudadanos del Japón Meiji. Dada la apuesta por la cría de ganado, y el
aumento de la masa muscular que producía, los lobos dejaron de ser los «dioses
puros de la boca grande» que patrullaban los cultivos de cereales en busca del
ciervo y el jabalí y pasaron a ser «animales dañinos» candidatos a la
exterminación. La modernización Meiji había reconfigurado por completo el modo
en que los japoneses veían la vida salvaje, en particular a los lobos.
Subrayando las
transformaciones medioambientales causadas por las reformas Meiji, la
desaparición del ciervo, una importante presa para los lobos, fue una de las
razones de que estos atacasen a tantos caballos en Hokkaido. De 1873 a 1881,
los cazadores exportaron unas 400.000 pieles de ciervo desde Hokkaido,
eliminando casi la principal fuente de alimento para los lobos. En su lugar,
los lobos escogieron a los caballos, un importante objetivo militar en el
emergente Imperio japonés. Como consecuencia, la Agencia de Desarrollo de
Hokkaido supervisó la caza del lobo y el oso a un ritmo diseñado para borrar a
dichos animales de ese territorio. En la tercera década del periodo Meiji, los
cazadores, muchos de ellos ainu, habían empujado al lobo de Hokkaido a la
extinción. Es importante no subestimar las implicaciones culturales y
ecológicas de la extinción de los lobos en Hokkaido, al igual que en el resto
de Japón. Las antiguas crónicas y antologías de poesía japonesas conectaban al
lobo con el poder imperial y la cultura confuciana, mientras que los ainu de
Hokkaido se consideraban descendientes de la unión de un lobo y una princesa
mítica. En el contexto Meiji, la caza del lobo y su eventual extinción en torno
al cambio de siglo representaron una forma de parricidio mitológico. Los
reformadores, a través de un sistema imperial y otras técnicas y tecnologías de
erradicación, mataron a anteriores deidades animistas y las reemplazaron por
una institución imperial renovada. Para los ainu, el emperador japonés representaba
a la nueva divinidad en su mundo colonizado. El último lobo japonés fue matado
en 1905, después de décadas de exitosas campañas de erradicación. Las reformas
Meiji no sólo transformaron la política, la economía y la sociedad japonesas,
sino que rehicieron el mismo entramado ecológico del país. En el modernizado
paisaje, el ganado para carne y los caballos, diseñados para servir a las
necesidades industriales, habían sustituido a la vida salvaje reverenciada de
anteriores siglos. Aunque sin duda la agricultura previa ayudó, la extinción de
los lobos está entre los primeros signos de la contribución japonesa al
Antropoceno, una época geológica caracterizada por una reconfiguración de la
superficie de la Tierra por los humanos para ponerla al servicio de sus
necesidades, y también por lo que a menudo se denomina la «sexta extinción».
MINANDO EL RÉGIMEN
CON NUEVA ENERGÍA
Las matanzas de
lobos no sólo implicaron una radical reconfiguración del ecosistema nacional
japonés sino también de la biodiversidad básica de la Tierra. De modo similar,
el paso a la economía de los combustibles fósiles representó una de las más
importantes transiciones en la historia japonesa. Además, supuso un gran giro
en la historia mundial, e incluso en el tiempo geológico reciente, a causa del
vínculo entre los combustibles fósiles y el cambio climático. Antes de la
Restauración Meiji, Japón dependía del carbón vegetal y
128
la madera, fuentes de energía renovables extraídas de bosques
gestionados con mayor o menor atención. Como hemos visto, los daimyô premodernos
solían practicar una silvicultura racional en los bosques de sus dominios para
protegerlos de la tala ilegal. También controlaban la recolección de madera
para la industria del carbón y las reservas de vida salvaje para la caza. Los
castillos y los templos budistas necesitaban madera, al igual que la
edificación de las ciudades-castillo, y los señores de los dominios sacaban
provecho de la exportación de madera a lugares como la capital de Edo.
Combustibles renovables como la madera y la energía hidráulica, junto con la
fibrosa potencia de los músculos humanos y no humanos, impulsaron la economía
protoindustrial de Japón.
A partir de 1868,
Japón comenzó a usar carbón en un esfuerzo concertado de industrialización.
Esta transición energética llevaba implícita la revolución en las estructuras
políticas japonesas y una reconfiguración radical del espacio geográfico, ya
que nuevos rasgos topográficos verticales creados artificialmente explotaban la
energía del carbón almacenado bajo el suelo. En muchos aspectos, la historia
Meiji es una historia de transiciones energéticas: la industrialización exigió
la reconfiguración de la energía humana en forma de nuevas prácticas laborales;
alimentar a más personas con menos trabajo agrícola exigió nuevas prácticas
científicas de cultivo, que produjesen más energía calórica; e impulsar el
Japón industrial exigió explotar los combustibles fósiles no renovables del
planeta.
Esta transición
energética es crucial por varios motivos: por primera vez en mil años, la
historia de Japón transcurría bajo tierra. Hasta 1868, la historia japonesa
había fluido en sentido horizontal, por encima de paisajes domésticos e
imperiales. A partir de 1868, sin embargo, comenzó a impulsarse hacia abajo en
sentido vertical. En Japón, como en todas partes en el mundo, la edad de los
combustibles fósiles creó nuevas formas de política de masas. Los trabajadores
del carbón y el transporte estuvieron entre los primeros en organizarse en
sindicatos militantes; mediante la amenaza de huelgas generales, esos mismos
trabajadores democratizaron poco a poco las prácticas políticas en un país tras
otro. En Japón, como en otros lugares, las minas de carbón se convirtieron en
enclaves importantes de protestas, a menudo violentas, del desarrollo de una
mano de obra sindicada y, a la larga, de la ampliación de la participación
política. No es extraño que a activistas como Ishimoto Shidzue, a quien
conocimos en la introducción, y su primer marido, el progresista barón Ishimoto
Keikichi, les empezaran a salir los dientes políticos en las minas de carbón de
Kyushu. De hecho, tanto el empleo de combustibles fósiles como la adopción de
filosofías políticas occidentales hicieron posible la democratización.
Las cifras de
producción de carbón reflejan esa moderna transición energética. En 1874, el
rendimiento nacional fue de 208.000 toneladas, pero en 1890 esa cifra se elevó
a 3 millones de toneladas. En 1919 la producción japonesa de carbón había
alcanzado 32 millones de toneladas. No obstante, el recurso a la energía no
renovable almacenada tenía sus límites. Para empezar, los suministros de carbón
y petróleo en la Tierra son finitos, incluyendo las ricas vetas explotadas en
otro tiempo en el norte de Kyushu y Hokkaido, emplazamientos de los mejores
yacimientos de carbón en Japón. La civilización de los combustibles fósiles del
moderno Japón queda limitada por realidades físicas y geológicas. Lo que es
más, el cambio climático resultado de la quema de combustibles fósiles ha
transformado las sociedades humanas en agentes geológicos. Básicamente, el
proceso de alteración de la geología del cambio climático puede datarse en 1874
y la máquina de vapor de James Watt (1736-1819). Esta permitió a los mineros
bombear agua fuera de los pozos e incrementar enormemente los depósitos de
carbón accesibles. En este aspecto, el motor de vapor, que marcó el nacimiento
de la era industrial, es un punto de inflexión de transformaciones históricas
además de geológicas: la Revolución industrial y la aparición del Antropoceno.
La geología no es ya el resultado de la tectónica de placas natural, el
vulcanismo y la erosión, sino que está determinada también por decisiones
humanas
129
basadas estrictamente en el coste. Esto incluye los valores inherentes a
la Restauración Meiji. Las minas de carbón que impulsaron a Japón hasta la fase
de los combustibles fósiles se desarrollaron a una velocidad asombrosa durante
las décadas previas al siglo XX. Pero este crecimiento también tuvo como
resultado riesgos a largo plazo.
En los primeros
años de la era Meiji, el Estado controlaba muchas minas como la de Miike en
Kyushu. Desde 1873, los prisioneros trabajaron en muchas de las vetas de Miike,
incluso después de que Mitsui comprase la mina en 1888 como parte del esquema
del ministro de Finanzas Matsukata de vender las industrias del gobierno
creando el gigantesco zaibatsu japonés. Sólo en 1933 dejaron
de trabajar prisioneros en la mina de Miike. También las mujeres trabajaban el
carbón. Una trabajadora de Miike recordaba: «Estaban en constante peligro de
perder la vida. En cualquier momento puede producirse un derrumbe. Hay veces en
que escapa el gas. Una bola de fuego sale disparada a continuación por las
galerías. El ruido es lo bastante fuerte para hacer que te estallen los
tímpanos». Miike explotó en 1963 y murieron 458 personas. El mayor accidente
minero en suelo japonés ocurrió a principios de 1914, en el norte de Kyushu,
cuando se produjo una explosión en la mina de carbón de Hôjô matando a 687
personas.
El caso de Hôjô
condensa los nuevos peligros de ese paisaje vertical y subterráneo. La
principal veta de Hôjô había sido descubierta en 1897. A lo largo de la
siguiente década, los ingenieros tendieron raíles hasta la mina e instalaron en
el pozo la jaula que hacía descender a los mineros decenas de metros bajo la
superficie en cuestión de segundos con los oídos taponados. Para 1913, la mina
de Hôjô producía unas 230.000 toneladas de antracita y carbón bituminoso de
alta calidad al año. La región de Chikuhô, donde estaba situada la Hôjô
Colliery, producía unos 10 millones de toneladas de carbón al año, casi la
mitad de la producción total de Japón. La mina subterránea de Hôjô era crucial
para que se extendiese el imperio en la superficie, porque alimentaba a los
barcos y trenes que permitían la expansión japonesa. El carbón de las vetas de
Nanaheda y Tagawa en Hôjô producía la formidable potencia de 7.353 calorías por
tonelada, algo decisivo para llevar a Japón a la edad de los combustibles
fósiles.
A comienzos del
siglo XX, los accidentes en las minas de carbón en la prefectura de Fukuoka,
incluyendo derrumbes, explosiones químicas, inundaciones, asfixia y explosiones
de gas o de polvo de carbón se incrementaron drásticamente y se cobraron
cientos de vidas. En la región de Chikuhô, las explosiones por polvo de carbón
y gas mataron a 210 obreros en la mina de Hôkoku en 1899 y posteriormente, en
la misma mina, a 365 en 1907. También acabaron con 256 mineros en la mina de
Ônoura en 1909 y con 365 en la misma explotación ocho años más tarde. La
explosión en la mina de Hôjô no fue un fenómeno aislado o anómalo, como no lo
fue la causa de la explosión que redujo a pedazos ese frágil entorno
subterráneo.
Un intrépido
funcionario de la prefectura, tras su investigación oficial, determinó que la
causa de la explosión había sido una lámpara de seguridad defectuosa. Tras
analizar los patrones en el carbón de coque y otros materiales incendiados en
las galerías, decidió que la ignición había ocurrido cerca de la intersección
entre el «acceso 7 ½» y el «lateral 16». A partir de ese punto, violentas
oleadas explosivas se habían sucedido en cascada por las galerías; la mayoría
de los mineros murieron quemados vivos, mientras otros se asfixiaban cuando las
grandes llamas absorbieron hasta la última molécula de oxígeno existente en las
galerías. El funcionario de la prefectura descubrió pequeñas trazas de polvo de
coque en la gasa de malla de una de las lámparas de seguridad. La malla
metálica estaba diseñada para permitir que entrase oxígeno, pero no
combustibles como el polvo de carbón o el gas metano. La lámpara que falló
pertenecía a Negoro Yôjirô, un hombre de Hiroshima que trabajaba en la mina con
su mujer Shizu y su hija mayor, Hatsuyo. En un mapa realizado tras la
explosión, hay seis cuerpos dibujados en la intersección del «acceso 7 ½» y el
«lateral 16». Dos de ellos son sin duda los de Yôjirô y su esposa, que
130
murió a su lado. A diferencia de otras minas de roca dura, donde las
supersticiones relacionadas con «diosas de las montañas» mantenían fuera a las
mujeres, en las de carbón trabajaban tanto ellas como ellos, a menudo en
equipo. Pese a los peligros que implicaba el imperio subterráneo de bocas y
galerías, el carbón extraído en Hôjô y otras partes construyó el Japón moderno,
de la misma manera que el petróleo continúa haciéndolo hoy.
METALES MODERNOS
La extracción de
minerales en Ashio también fue crucial para la industrialización japonesa.
Originalmente, dos campesinos descubrieron cobre al norte de Edo y comunicaron
el hallazgo a Nikkô Zazen’in, un templo budista. Poco después de esto, el bakufu Edo
se interesó por el cobre. A lo largo de los siglos XVII y XVIII, los arrozales
y las minas de roca dura apuntalaron el poder Tokugawa. Los shogun exportaron
miles de toneladas de cobre a China y los Países Bajos. Entre 1684 y 1697, unas
55.000 toneladas de cobre salieron de Japón. Tras la Restauración Meiji, el
cobre y las tecnologías electrificadas mediante cable estuvieron ligados a la
industrialización japonesa. Después de la creación del Ministerio de Industria
en 1870, Itô Hirobumi (1841-1909) escribió que el propósito era «compensar las
deficiencias de Japón con celeridad sacando provecho de los puntos fuertes de
la industria occidental; construir en Japón todo tipo de equipos mecánicos
inspirados en el modelo occidental, incluidos astilleros, ferrocarriles,
telégrafo, minas y edificios; y así, con un gran salto, introducir en Japón el
concepto de ilustración». Para Itô y muchos otros reformadores Meiji, la clave
para la «ilustración» de Japón era el «equipamiento mecánico» que facilitase la
industrialización y el tendido de cobre fue decisivo para afrontar ese reto. En
1895, casi 6.500 km de líneas de transmisión en cobre conectaban a Japón con su
nueva ilustración moderna.
El empresario
Furukawa Ichibei (1832-1903) lo hizo posible en parte al adquirir la mina de
cobre de Ashio en 1877. Tras el descubrimiento de ricas vetas de cobre en 1884,
Ashio producía más del 25 por 100 del cobre japonés, una cifra que siguió
creciendo. No obstante, la evidencia de la destrucción medioambiental y las
peligrosas consecuencias para la salud humana en torno al emplazamiento de la
mina iban emparejadas con el incremento en la producción de cobre. La tasa de
nacimientos cayó en áreas contaminadas por la erosión y las emanaciones tóxicas
de la mina de Ashio: en la impoluta prefectura de Tochigi, la tasa de
nacimiento rondaba el 3,44 por 100 por cada 100 personas, mientras que en las
zonas contaminadas esa cifra descendió al 2,80. De modo similar, los residentes
en Togichi experimentaron un 1,92 por 100 de muertes prematuras en las
secciones no contaminadas y más del doble, o 4,12 incidentes, en las partes
contaminadas de la prefectura. No pasó mucho tiempo antes de que las madres de
Togichi se quejaran de problemas en la lactancia y otros relacionados con las
toxinas en el ambiente. Esos portentos fisiológicos fueron vívidos
recordatorios de que, incluso en el paisaje cada vez más industrializado de
Japón, los organismos humanos estaban inextricablemente ligados a los entornos
que los rodeaban, en especial a los que quedaban aguas abajo de las minas
activas.
El río Watarase,
que atravesaba el lugar donde se encontraba la mina de Ashio, empezó a volverse
de un color «blanco azulado» y los habitantes locales informaron de peces
muertos que flotaban en el agua. Los niños que jugaban en el río o lo vadeaban
observaron úlceras enrojecidas y supurantes en sus piernas. Las existencias en
las pesquerías se desplomaron, lo que afectó a la economía local; las cercanas
plantaciones de moreras, cultivadas como guarderías para los gusanos de seda,
se marchitaron bajo la lluvia ácida producida por la fundición de mineral en
Ashio. Los depósitos de cobre japoneses eran famosos por su alto contenido
sulfúrico: más del 30-40 por 100 de la mena
131
estaba compuesto de azufre. Las fundiciones de Ashio liberaban en la
atmósfera altas dosis de dióxido de azufre empapando miles de hectáreas con
lluvia ácida. Entretanto, el río Watarase se transformó en un transportador muy
eficiente de arsénico procedente de la mina. Cuando el río se salió de su cauce
en 1890 y 1891, y de nuevo en 1896, inundó aún más tierras cultivables en una
sopa de químicos tóxicos que cubrió miles de hectáreas con cieno cargado de
azufre y arsénico. La inundación dejó tras ella un paisaje lunar y los
granjeros compararon su nuevo entorno industrial con un «infierno budista».
Aunque la
ilustración Meiji tuvo defensores como el intrépido Fukuzawa Yukichi o el
enérgico Ishimoto Shidzue, también produjo críticos, precursores de un
movimiento ambientalista mundial. Tanaka Shôzô (1841-1913) fue uno de eso
hombres (figura 17). En sus atronadores discursos en la Dieta, la nueva
Asamblea Nacional japonesa, uno detecta las semillas de una poderosa y
persistente crítica de la modernización de Japón. La misma que tras el «triple
desastre» del 11 de marzo de 2011 ha vuelto a captar la atención de la nación.
Como atestigua la historia de Japón, se produjeron muchas bajas humanas como
resultado de la rápida industrialización de Japón durante el periodo Meiji.
Figura 17. Retrato
de Tanaka Shôzô.
A inicios del siglo
XX, Tanaka percibió esas amenazas medioambientales para Japón. Había nacido en
la cuenca del río Watarase, donde la tierra se había convertido en un «infierno
budista» y había sido testigo de primera mano de la devastación causada por la
mina de cobre de Ashio. En 1890, durante las primeras elecciones parlamentarias
japonesas, Tanaka representó a la prefectura de Tochigi en la Dieta. Un año más
tarde, en el hemiciclo, reprendió al gobierno Meiji por no suspender las
operaciones en Ashio causantes de la horrible polución. En tono estruendoso
exclamó: «Se ha permitido que [...] los venenosos vertidos de la mina de cobre
de Ashio [...] ocasionen graves pérdidas y penalidades todos los años desde
1888 en las aldeas de los distritos a ambos lados del río
132
Watarase». Augurando las enfermedades que vendrían después de la
experiencia industrial de Japón en el siglo XX, continuó: «Con los campos
envenenados, el agua potable contaminada y hasta los árboles y la hierba de las
acequias amenazados, nadie puede decir qué desastrosas consecuencias nos
esperan en el futuro». En 1897 la situación aguas abajo de la mina de cobre de
Ashio había empeorado, lo que provocó la siguiente reflexión de Uchimura Kanzô
(1861-1930), el famoso humanista cristiano: «La contaminación en Ashio es una
mancha para el Imperio japonés. Si no la limpiamos, no existen la gloria ni el
honor en todo nuestro imperio». Tanaka también esgrimió su retórica contra la
oligarquía Meiji. Comparó el Ministerio de Agricultura y Comercio con un «club
de criminales a sueldo de Furukawa». Tachó al Ministerio de Interior de «banda
de trasgos». Prestando atención a un pasado en el que, como escribía el
neoconfuciano Kumazawa Banzan, el «tesoro del pueblo» era el grano, Tanaka
señalaba al propietario de la mina de Ashio, Furukawa Ichibei, y señalaba que
el gobierno Meiji estaba «dirigido por traidores que condecoraban a Furukawa
mientras le permitían arrasar los campos que eran la verdadera vida de la
nación».
Tras las graves
inundaciones en 1902, el gobierno propuso allanar varias aldeas, incluida la de
Yanaka en la prefectura de Tochigi, para construir una gigantesca cuenca de
sedimentos. Después de bajarle los humos en una cárcel de Tokio por
«comportamiento insultante hacia un funcionario», Tanaka se mudó a Yanaka para
luchar contra el desplazamiento forzoso y la destrucción del lugar. «Ha sido
inevitable que viniese aquí, era lo natural», reflexionaba. Yanaka se
transformó en el centro simbólico de la lucha de Tanaka contra el gobierno
Meiji. Cuando el gobierno inició las «expropiaciones» en Yanaka, Tanaka dedujo
que «el gobierno estaba en guerra con su propio pueblo». Fue durante la lucha
por Yanaka cuando condensó su filosofía en una frase: «Cuidar de las montañas y
bosques, cuidar de los ríos y arroyos», anticipándose en décadas a la de Aldo
Leopold (1887-1948): «Pensar como una montaña». Tanaka escribió: «Para cuidar
de las montañas, vuestros corazones deben ser como montañas; para cuidar de los
ríos, vuestros corazones deben ser como ríos». Era una llamada solitaria en
favor de una conciencia medioambiental en mitad de ruidosas máquinas, chimeneas
humeantes y excavadoras a vapor del industrializado Japón Meiji, pero
anticipaba la necesidad de protección ambiental en el siguiente siglo. Tanaka
llegó a vincular su propia vida con la del medio ambiente japonés. «Si ellos
mueren», dijo refiriéndose a las montañas y los ríos de Japón, «él también
muere», en alusión a sí mismo. En una carta a amigos continuaba en tercera
persona: «Cuando él cae es porque los ríos y bosques de Aso y Ashikaga están
muriendo, y el mismo Japón también [...] Si los que preguntan por él desean su
recuperación, que recuperen primero las arrasadas colinas y los ríos y bosques,
y Shôzô estará de nuevo bien».
CONCLUSIÓN
La Restauración
Meiji trajo «civilización e ilustración» a Japón, impulsando rápidamente al
país según todos los baremos modernos o industriales, pero también tuvo graves
costes a corto y largo plazo. Los nuevos sistemas políticos, maneras de fundar
el Estado, acelerada industrialización y sofisticados esquemas de desarrollo
impusieron una pesada carga sobre los japoneses más vulnerables, así como sobre
su medio ambiente. Las reformas Meiji exprimieron a la población rural de
Japón, en particular los casos de violencia asesina entre los anteriores
«campesinos honorables» y los marginados «no humanos» tras la «liberación» de
estos y la instauración de la clase de los «plebeyos», que abarcaba a la
mayoría de los habitantes rurales. Otro coste a corto plazo fue la destrucción
del medio ambiente local, como en el caso de la degradación de la cuenca del
río Watarase como resultado de la mina de cobre de Ashio. Los escombros de la
mina, así
133
como la erosión y los vertidos tóxicos, transformaron una tierra de
labranza en otro tiempo rica en un auténtico paisaje lunar. Pero son los costes
medioambientales a largo plazo de la modernización japonesa los que han
empezado a atraer más atención.
La energía –energía
en grandes cantidades– fue clave para la industrialización y la producción de
estilos de vida modernos. La transición a los combustibles fósiles de Japón
fue, tras la Restauracion Meiji, inmediata y generalizada. La llegada de la
economía industrial y la quema de combustibles que producían gases de efecto
invernadero causaron un cambio en el clima antropogénico, que a su vez propició
cambios geológicos como el derretimiento de glaciares y la elevación del nivel
del mar que redibujaron la faz de la Tierra. Como nación insular con gran
desarrollo costero, Japón tenía mucho que perder con la subida del nivel de los
mares, en especial a causa de la aparición de tormentas y tsunamis, un tema
sobre el que volveremos en el capítulo final. Pero toda historia de una nación
altamente industrializada debe tener en cuenta las consecuencias
medioambientales a largo plazo del paso a los combustibles fósiles, porque
aunque todos los organismos compartirán los deletéreos efectos, la
responsabilidad del cambio antropogénico del clima la comparten sólo un puñado
de economías industriales, y Japón es una de ellas.
134
Nacimiento del
Estado Imperial japonés
(1800-1910)
Los historiadores
observan a menudo que las fuerzas surgidas tras la era Meiji dieron forma a la
dirección que tomó el Imperio japonés, y en su mayor parte esta observación es
correcta. Los artífices de la política Meiji aprendieron mediante sus encuentros
con elementos como los «barcos negros» y acuerdos internacionales como los
«tratados desiguales» que la construcción del imperio era parte integral de la
modernidad occidental, sobre todo en lo relativo al fomento de la fortaleza
económica. El imperio era una característica que compartían todas las grandes
potencias y si Japón quería sumarse a sus filas, la nación insular necesitaba
construir un imperio propio. Por supuesto, no se trataba de una lección nueva
para los artífices de la política japonesa. Japón había llevado a cabo
experimentos coloniales antes, no necesariamente forjados en el crisol de sus
encuentros con Occidente sino más bien surgidos de los encuentros con los
okinawanos en el sur y los ainu en el norte. El dominio de Satsuma había conquistado
el reino de Ryukyu (Okinawa) en 1609, transformando el archipiélago en una
especie de protectorado. En el norte, los funcionarios Tokugawa justificaron la
lenta y progresiva colonización del sur de Hokkaido no con el lenguaje de los
acuerdos internacionales y el comercio global, sino con el de las costumbres
confucianas y, más importante, la necesidad del comercio. Eventualmente, el
entrelazamiento de la fase premoderna y las fuerzas modernas aportó la justificación
para la expansión japonesa en el continente y la creación de la «Esfera de
Coprosperidad de la Gran Asia Oriental», donde los intereses imperiales de
Japón chocarían con los de Estados Unidos y sus aliados europeos.
Durante las últimas
décadas del bakufu Edo, Japón se embarcó en sus experimentos
de colonización. En 1802, después de dos siglos de gobierno del dominio
Matsumae, el bakufu instauró la magistratura de Hakodate,
básicamente un virrey en el norte, y Edo empezó a determinar los
asuntos de la región septentrional y sus habitantes, los ainu. La intrusión
rusa en la isla Sajalín y las islas Kuriles obligó a Edo a establecer una
autoridad más centralizada en el norte. Tras el Tratado de Nerchinsk (1689)
entre Rusia y China, tramperos rusos se desplazaron a las islas Kuriles en
busca de valiosas pieles y hacia final de siglo crearon un puesto avanzado en
la península de Kamchatka. Desde Kamchatka, los tramperos rusos conseguían
pieles de los kamchadal locales y los ainu de las Kuriles, que los zares
consideraban como un «tributo» de los «obedientes pueblos conquistados» del
Pacífico Norte. Sin embargo, los ainu no siempre fueron participantes sumisos.
En 1770, durante el «Incidente de Iturup», los rusos mataron a varios ainu que
se negaron a rendir tributo a sus nuevos amos. El año siguiente, los ainu
contraatacaron y tendieron una emboscada a comerciantes rusos en la isla Iturup
del archipiélago de las Kuriles, matando al menos a diez de ellos. Durante el
incidente, los guerreros ainu persiguieron a los rusos hasta sus barcos, los
abordaron y los atacaron con flechas envenenadas y palos. A pesar de estos
momentos de resistencia enconada, al llegar el siglo XVIII los comerciantes y
exploradores rusos se habían convertido en elementos fijos en la frontera norte
de Japón.
En 1778, por
ejemplo, dos rusos desembarcaron en el este de Hokkaido buscando establecer
comercio con Japón. En el este de Hokkaido se encontraron con un funcionario
local Matsumae que les dijo que debido a las prohibiciones marítimas Edo era
mejor que se fuesen antes de ser detenidos por los intolerantes representantes del bakufu.
Sin embargo, antes de marcharse, los rusos ofrecieron a los funcionarios
Matsumae presentes hechos en Rusia. Cuando llegaron noticias de esto a Edo,
aumentaron las sospechas de que el dominio más septentrional, en contra de los
deseos del bakufu, comerciaba clandestinamente con Rusia.
El bakufu envió al funcionario Satô Genrokurô para
135
determinar el alcance de ese comercio ilegal. Durante el interrogatorio
al supervisor de una pesquería local, Satô fue consciente del comercio
existente entre ainu y rusos, y de que el grueso de ese intercambio se hacía en
el idioma ainu, que algunos rusos habían aprendido. Satô descubrió también que
ropa y otros productos rusos cambiaban de manos en lugares tan remotos como
Edo. Aunque los comerciantes japoneses del este de Hokkaido mantuvieron sus
labios sellados, los jefes ainu hablaron de las «hermosas sedas y las prendas
de algodón, además del azúcar y las medicinas» que obtenían de los comerciantes
rusos a cambio de pieles. En respuesta al comercio con los rusos y otras
violaciones Matsumae, el bakufu tomó el control de Ezo a
comienzos del siglo XIX.
De forma parecida a
las justificaciones de los colonos angloamericanos para la conquista de las
tierras de los nativos americanos, o la llamada «carga del hombre blanco» de
los imperios europeos, los japoneses proyectaron la conquista de los
territorios ainu mediante el enfoque del «poder benevolente» confuciano, o la
necesidad de rescatar a los ainu de una vida agobiada por la enfermedad. De
hecho, la asistencia médica a los ainu fue una manifestación del control
japonés sobre Hokkaido. Culminó en 1857 con el envío de médicos para vacunar de
la viruela a los ainu. En sus encuentros con los ainu, médicos como Kuwata
Ryûsai empezaron a crear el mapa de las nuevas fronteras del cuerpo político
japonés. También fueron importantes los marcos culturales: los ainu creían que
la viruela era una deidad y el hecho de que los japoneses pudieran vencer al
asesino divino que se transmitía por el aire con un pinchazo en el brazo
seguramente desestabilizó el panteón ainu. Los funcionarios japoneses animaron
a los ainu a dejarse asimilar por la vida japonesa, incluido el aprendizaje del
idioma japonés. En suma, a comienzos del siglo XIX, Japón tuvo su primera
experiencia colonial en la isla del norte, lo que pavimentó el camino para su
incorporación formal en la Agencia de Desarrollo de Hokkaido tras la
Restauración Meiji.
El control sobre
los ainu alteró el curso de las fuertes corrientes de las iniciativas Meiji
para modernizar e introducir mejor al Estado en las vidas de sus súbditos. La
política japonesa pasó del «benevolente cuidado» confuciano a la «protección»
colonial de los ainu evolutivamente rezagados. En el transcurso del siglo XX,
la expansión colonial japonesa se ocultó con frecuencia tras el discurso que
propugnaba extender la «civilización», fuese cual fuese la definición del
término en ese momento histórico, y ofrecer beneficios económicos y de otro
tipo a los colonizados. Eso implicaba, por ejemplo, la adopción forzosa de
nombres japoneses por parte de los pueblos sometidos.
Esa transición a la
«protección» de los ainu señaló el comienzo de políticas diseñadas para
transformar a los que hasta entonces eran cazadores, recolectores y mercaderes
en agricultores a pequeña escala. Las políticas paternalistas Meiji culminaron
en la «Ley de Protección de los Antiguos Aborígenes de Hokkaido» de 1899, que
distribuyó parcelas agrícolas de cinco hectáreas entre los ainu. En el fondo,
el gobierno Meiji aspiraba mediante esta política a quebrar la autonomía
cultural ainu: a partir de 1878 se convirtieron en súbditos llamados «antiguos
aborígenes», del mismo modo que los parias habían pasado a ser «nuevos
plebeyos». Kayano Shigeru (1926-2006), un activista ainu que formó parte de la
Dieta, resumía las políticas de asimilación Meiji de manera directa:
Leyes como la de
protección de los antiguos aborígenes de Hokkaido restringieron nuestra
libertad ignorando primero nuestros derechos básicos, como cazadores, a cazar
osos y ciervos o pescar libremente salmones y truchas, en cualquier parte y en
cualquier lugar, y obligándonos luego a trabajar la mala tierra que los japoneses
nos «proporcionaban». Al «proporcionarnos» tierra, los japoneses también
legitimaban su expolio de la región.
La Agencia de
Desarrollo de Hokkaido, que supervisó la colonización de la isla entre 1872 y
1882, se ocupaba principalmente del desarrollo agrícola e industrial, invitando
a la frontera norte, como hemos visto, a asesores extranjeros como Edwin Dun y
su
136
experiencia en la matanza de lobos. Pero la Agencia de Desarrollo
también intentó desterrar prácticas culturales ainu como el tatuaje de cara y
manos de las mujeres, los pendientes en los hombres, la quema de los hogares
después de la muerte, las ceremonias tradicionales de felicitación y prácticas
como la caza con flechas envenenadas. El régimen Meiji mantuvo la anterior
política Tokugawa y animó a los ainu a aprender japonés. Llegó a enviar a 35
ainu, mujeres incluidas, a Tokio en 1878 para que estudiasen en una escuela
superior agrícola.
Bajo expertos como
el geólogo Benjamin Lyman (1835-1920), el presidente de la Escuela de
Agricultura William Smith Clark (1826-1886), el criador de ganado Edwin Dun, el
maestro cervecero educado en Alemania Nakagawa Seibei (que fundó Sapporo Beer
en 1876) y muchos otros, Hokkaido se transformó en campo de pruebas para la
creación del imperio, un área en la que el bisoño gobierno Meiji perfeccionó su
capacidad para controlar territorios extranjeros. Los ainu se convirtieron en
un pueblo miserable que necesitaba desesperadamente atención y civilización
colonial, mientras la viruela, el sarampión, la gripe y, tras la Restauración
Meiji, la tuberculosis arruinaban a la población. En una carta a su
contrapartida japonesa Kuroda Kiyotaka (1840-1900), Horace Capron (1804-1885),
un veterano de la Guerra Civil estadounidense y supervisor extranjero de
desarrollo en Hokkaido, comentaba: «Parece que los esfuerzos para civilizar a
esta gente [los ainu] encuentran las mismas dificultades que intentos similares
con los indios de Norteamérica. No obstante, [los ainu] poseen rasgos de
carácter más afables y atractivos que los indios, y mayor capacidad para
apreciar las ventajas de una civilización superior». El marco de referencia de
Capron para interpretar Hokkaido era el Oeste americano. Lyman y otros expertos
extranjeros ayudaron en Hokkaido a buscar e inspeccionar depósitos de carbón y
otros minerales, matar a incontables osos, cuervos y lobos por medio de
programas subvencionados, transformar a los cazadores ainu en agricultores,
explotar las pesquerías y deforestar las laderas de los montes. Como las
fronteras coloniales alrededor del globo y su relación con los centros
políticos y económicos, Hokkaido fue expoliada, a menudo con dureza y
violencia, por el régimen de Tokio hambriento de recursos, un precedente que se
aplicaría en todo el Imperio moderno japonés en los años siguientes.
LA CUESTIÓN COREANA
Tras la experiencia
en Hokkaido, se produjo una convergencia de fuerzas históricas que impulsaron
al país hacia la construcción de un imperio propio en Asia-Pacífico, en buena
medida como las grandes potencias a las que emuló durante el periodo Meiji. Un
importante indicador de este movimiento hacia el imperialismo fue el cambio en
la posición que tradicionalmente ocupó China en el imaginario político japonés.
Los filósofos premodernos consideraban a China un lugar eminente que evocaba
poderosas asociaciones morales y culturales como el «Reino Medio» o el «Reino
del Centro» o, todavía más ilustre, «flor central». Para aquellos que defendían
el confucianismo Zhu Xi en los siglos XVII y XVIII, China se convirtió en una
abstracción política sin historia, asociada con el orden moral y los antiguos y
benevolentes reyes sabios a los que aspiraban a emular los líderes japoneses.
Como hemos visto, los expertos nativistas desafiaron la centralidad moral de
China en las décadas finales del periodo Tokugawa argumentando que Japón, y no
China, era la «flor central» en base a la longevidad de la institución
imperial. Motoori Norinaga (1730-1801) enfatizaba que la historia de China, a
diferencia de la de Japón, estaba repleta de desorden y falta de legitimidad
política. De manera similar, Ôkuni Takamasa (1791-1871) puntualizaba que era
Japón el que había gozado de gobierno directo e ininterrumpido de la familia
imperial, no China, a la que no aludía como la «flor central» sino con el
peyorativo nombre de «Shina». El conocido texto de Satô
137
Nobuhiro (1769-1850), que articulaba una estrategia secreta para la
expansión, insiste en la superioridad moral japonesa en un diálogo
expansionista al presionar a favor de la conquista militar de Manchuria por
parte de Japón. Incluso antes del hundimiento del bakufu Edo,
China y Manchuria estuvieron en el punto de mira del imaginario imperial de Japón.
Inicialmente, el
interés por la expansión continental se centró en la Corea Joseon (1392-1897),
que a finales del siglo XIX se encontró inextricablemente embutida entre dos
mundos incompatibles: los confines tradicionales del orden tributario de la
China Qing, cuyos funcionarios consideraban al país peninsular como un Estado
tributario, y las ambiciones imperialistas del Japón Meiji. La complejidad de
la situación quedó patente cuando, tras la Restauración, la diplomacia japonesa
envió a la corte Joseon un anuncio oficial de la fundación del gobierno
imperial Meiji. Como el «decreto imperial» contenía un lenguaje utilizado sólo
por el emperador chino –para así colocar a Japón en paridad con China–, los
coreanos se negaron a reconocerlo. Además, se produjo el Incidente de Un’yô
(1875): una guarnición costera coreana en la isla Ganghwa, ya tensa después de
haberse defendido de intrusos franceses y estadounidenses, disparó a una
embarcación japonesa. Al igual que el comodoro Perry había «abierto» Japón con
sus «barcos negros» en 1852, estableciendo lazos comerciales y diplomáticos con
el en otro tiempo cerrado Japón mediante los «tratados desiguales», Japón
devolvió el «favor» a Corea. Hanabusa Yoshitada (1842-1917) viajó a Busan para
iniciar la «apertura» de Corea a los interesentes diplomáticos y comerciales
japoneses con el «Tratado de Amistad Japón-Corea» (1876). Como el «Tratado
Harris» (1858) entre Estados Unidos y Japón, el tratado entre Japón y Corea
abrió los puertos comerciales coreanos, ratificó las relaciones diplomáticas,
permitió que Japón inspeccionase las costas y especificó el «estatus
independiente de Corea», desvinculándola de sus anteriores obligaciones
tributarias con China. La aventura imperial de Japón en Asia Oriental,
inspirada en buena medida en el encuentro del país con lanchas cañoneras de
Occidente, había comenzado.
Fukuzawa Yukichi,
con un impecable pragmatismo imperial propio del siglo XIX, articuló la
necesidad de expansión japonesa en Corea en el contexto de experiencias con los
imperios estadounidense y europeos. No es extraño que el «Tratado Japón-Corea»
recordase tanto al «Tratado Estados Unidos-Japón» de casi dos décadas antes. En
su famoso tratado Datsu-A-ron (Adiós Asia), publicado primero
en 1885 en News of the Times, un medio de gran difusión,
Fukuzawa lo exponía con claridad: o Japón colonizaba Asia, o sería
colonizado por las grandes potencias. Decidido partidario de la
occidentalización, argumentaba que tras la Restauración Meiji Japón había
adoptado «la civilización occidental contemporánea en todo, lo oficial y lo
privado, en todo su territorio». A diferencia de sus vecinos asiáticos, más
concretamente de Corea y China, «Japón es el único que se ha liberado de los
viejos usos y debe ir más allá que el resto de los países orientales asumiendo
el “fin de la asociación con Asia” como clave de una nueva doctrina». En su
opinión Japón necesitaba distanciarse de sus vecinos de Asia Oriental.
Para Fukuzawa, con
la Restauración Meiji Japón había trascendido culturalmente sus propios
orígenes históricos y geográficos. «Aunque Japón está cerca del extremo de
Asia», escribía en una declaración reveladoramente histórica, «el espíritu de
su pueblo ha trascendido el conservadurismo oriental y se ha desplazado hacia
la civilización occidental». La diplomacia japonesa en Corea fue una muestra de
esa mudanza. Dado «el cariño [de Corea y China] por la convención y las
costumbres anticuadas, parece inevitable que pierdan su independencia», debido
a la colonización, «repartida entre las naciones civilizadas del mundo»,
observaba. Fukuzawa sostenía que en vez de ampliar los privilegios especiales
de Corea y China, «deberíamos relacionarnos con ellos como lo hacen las naciones
occidentales». Japón, que todavía se hallaba dolido por los «tratados
desiguales», entendía cómo se relacionaban exactamente las naciones
occidentales con
138
las orientales. Esa mentalidad de colonizar o ser colonizado, implícita
en la experiencia japonesa del siglo XIX, impulsó la eventual creación de la
«Esfera de Coprosperidad de la Gran Asia Oriental».
Con el gobierno
Meiji trazando el rumbo para un futuro imperial, Japón centró su atención en
Corea, lo que desembocó inevitablemente en una confrontación con China. Al
tiempo que redoblaban su interés por Corea, los japoneses sellaban la
Convención de Tientsin con China en 1885. El acuerdo, firmado por Itô Hirobumi
(1841-1909) y Li Hongzhang (1823-1901), aspiraba a disipar la tensión tras el
Golpe de Gapsin en Corea de 1884. Kim Ok-gyun (1851-1894) y Pak Yonghyo,
miembros del Movimiento de la Ilustración coreano favorable a Japón, desataron
un coup d’état de tres días destinado a derrocar a la corte
Joseon. Cuando el golpe fracasó, los perpetradores huyeron a Japón y las tropas
chinas ocuparon gran parte de Corea. La Convención de Tientsin acordó que ambos
países retirarían sus fuerzas de Corea y que ninguno de los dos países mandaría
allí tropas de nuevo sin avisar al otro. En contra de lo pactado, cuando
estalló en 1894 la Rebelión campesina de Donghak (revolución panteísta), la
corte Joseon pidió ayuda militar a China, que envió soldados sin alertar a los
japoneses. Los rebeldes de Donghak hicieron la situación aún más inestable al
prender fuego a la legación diplomática de Japón en Seúl.
El ministro de la
Guerra, Yamagata Aritomo (1838-1922), aplicó una considerable presión y Tokio
despachó 1.500 hombres a Incheon, cerca de Seúl, para vigilar sus intereses
diplomáticos y comerciales. Poco después se produjeron choques entre fuerzas
japonesas y chinas. En cuestión de días, Japón, equipado con su nuevo ejército
entrenado al estilo occidental, tomó Pyongyang. Tres meses más tarde controlaba
territorio de China y Manchuria, incluido Port Arthur, de crucial valor
estratégico. En marzo de 1895, China pidió la paz y Li fue a Japón para
negociar un armisticio.
Enardecido por su
patriótica victoria, Japón exigió tierras y una indemnización a la dinastía
Qing. Pero Alemania, Rusia y Francia intervinieron y negaron a Japón el botín
de guerra mediante la «Triple Intervención». Rusia tenía sus propios planes
para la península Coreana y de cara a ese objetivo alcanzó un tratado por su
cuenta con la dinastía Qing en 1898. Japón contraatacó con un acuerdo con
Inglaterra en 1902. Cuando los rusos optaron por no reconocer los intereses
japoneses en Corea, ambos países entraron en guerra en 1905. Una vez en marcha
el conflicto, el general Nogi Maresuke (1849-1912) asedió la plaza fuerte rusa
de Port Arthur durante 156 días y forzó la rendición de los rusos. Cuando el
almirante Tôgô Heihachirô (1848-1934) hundió en una espectacular maniobra la
mayor parte de la flota rusa del Báltico en la batalla del estrecho de
Tsushima, el zar pidió la paz. La victoria japonesa hizo estallar otra efusión
de exuberante patriotismo en todas partes. En el Tratado de Portsmouth (1905),
Japón obtuvo importantes concesiones. No obstante, tanto Tôyama Mitsuru
(1855-1944), un líder político de derechas, como el líder de la oposición, Kôno
Hironaka, proclamaron que Japón había aceptado un compromiso humillante dado el
alto coste económico y humano del conflicto. De hecho, se calcula que los
japoneses perdieron a 70.000 hombres, incluidos los muertos por enfermedades y
heridas. Pese a todo, alentado por el éxito militar contra una potencia europea
y el estridente patriotismo en el país, Japón había irrumpido en el escenario
mundial a inicios del siglo XX.
JAPÓN EN LOS
ALBORES DEL IMPERIO
Mientras Japón
expandía su influencia en Corea y más allá, el país experimentaba importantes
cambios. Las políticas económicas Meiji condujeron a la predominancia japonesa
en áreas clave, incluyendo la producción de algodón y seda textil. Muchos de
los primeros intereses a gran escala auspiciados por el gobierno Meiji fueron
los de las
139
empresas textiles, que se beneficiaron de generosas ayudas. En la década
de 1880 los fabricantes crearon la Asociación de Tejedores de Algodón, que
propició algunas de las legendarias técnicas de eficiencia laboral japonesas.
En 1935, la producción de algodón textil suponía el 26 por 100 de las
exportaciones japonesas y casi el 15 por 100 de toda la producción industrial.
Desde el último periodo Meiji, la industria textil se convirtió en un coloso en
Japón. El país no sólo estaba preparado para competir en el escenario
geopolítico del astuto juego colonial, sino también en el terreno de la
manufactura y el comercio.
Aunque Japón ya
producía seda en el periodo premoderno, los modelos occidentales impulsaron la
moderna industria textil, como sucedió con la mayoría de las iniciativas Meiji.
En 1870, especialistas europeos viajaron a Japón para ayudar a levantar fábricas
textiles. Dos años después, el gobierno Meiji abrió una «planta modelo» en
Tomioka, que imitaron otros fabricantes del país con asombroso éxito. En 1868,
momento de la Restauración Meiji, Japón exportaba 1 millón de kilogramos de
seda. En 1893, mientras Japón redoblaba sus esfuerzos imperiales en Corea, la
producción aumentó a 4,6 millones de kilos exportados. Dos años después de
terminar la Guerra Sinojaponesa de 1895, Japón producía alrededor del 27 por
100 de la seda cruda mundial. En 1913, en los albores de la Primera Guerra
Mundial, no menos de 800.000 obreros, e incontables gusanos de seda, trabajaban
para la industria de la seda japonesa. Resulta irónico que la industria
predominante en el Japón Meiji, la pieza central de su moderno conglomerado industrial,
se alzase sobre una simbiosis de siglos entre humanos, en este contexto
«obreras», y un insecto que era su tradicional aliado, el Bombyx mori.
Las obreras
fabriles eran miles de jóvenes a las que convencían las compañías o los
reclutadores profesionales para que trabajasen en las plantas textiles. La
mayoría de estas «obreras», como concluía un informe de 1927, soportaron las
húmedas y terribles condiciones de las tejedurías para contribuir a la economía
familiar. Una mujer recordaba:
Cuando regresé a
casa con las ganancias de un año y entregué el dinero a mi madre, ella aplaudió
y dijo: «Con esto podemos arreglárnoslas hasta fin de año». Y mi padre, que
estaba enfermo, se sentó en la cama y me hizo repetidas reverencias. Dijo: «Ha
tenido que ser duro, Sué. Gracias [...] gracias [...]». Luego metimos el dinero
en una caja de madera, pusimos la caja en el altar y rezamos [...] Cuando
pienso en la cara de mi madre en ese momento, soy capaz de soportar cualquier
penalidad.
Para las obreras de
las fábricas trabajar en la brutal industria textil era una manera de cumplir
con los sempiternos deberes filiales confucianos. Al principio, cuando abrió la
planta modelo de Tomioka, resultó atrayente por sus conexiones con la industrialización
de estilo occidental. Un 40 por 100 de las 371 empleadas procedían de antiguas
familias samuráis. Al final, la industria exigió «hijas del campo dóciles y
obedientes». Los agricultores no solían perder la oportunidad de mejorar su
suerte y cambiar el gusto leñoso de los rábanos (daikon) por
el delicado sabor del arroz blanco.
Las condiciones en
los molinos textiles eran atroces y el aire estaba cargado de pelusas. Por
razones de patente, había que sumergir los capullos en agua hirviendo y
cocerlos antes de extraer el hilo. Como resultado, la condensación se acumulaba
en los techos de la fábrica y goteaba todo el día sobre las trabajadoras. En
invierno, las mujeres contraían a menudo catarros o gripe a causa de la
penetrante humedad. La industria expuso también a las mujeres a una serie de
enfermedades pulmonares, incluida la tuberculosis. A la tuberculosis se la
solía llamar la «epidemia moderna», porque estaba relacionada con enclaves
industriales. El proceso de manufactura hacinaba a la gente en entornos donde
el bacilo viajaba con facilidad entre cuerpos ya inmunológicamente deprimidos.
La tuberculosis es debilitante y mortal: los bacilos no son tóxicos en sí
mismos, pero la fuerte respuesta inmunológica del organismo frente a ellos
causa
140
tuberculosis pulmonar. Estas áreas caseosas de los pulmones,
reconocibles por una consistencia similar a la del queso, dejan cavidades y
cuando esas cavernas se forman cerca de arterias y venas provocan hemorragia, o
la tos sangrante llamada hemoptisis, asociada con la enfermedad. Esas fábricas,
literalmente cálidas y húmedas incubadoras de bacilos, se multiplicaron a lo
largo del periodo Meiji; las mujeres representaban en torno al 90 por 100 de la
fuerza de trabajo, la mayoría de menos de veinticinco años.
La tuberculosis y
otras enfermedades pulmonares se convirtieron pronto en asesinos de masas. En
1903 el gobierno Meiji encargó un estudio sobre los molinos textiles titulado
«La situación de los trabajadores fabriles»: de 689 obreros despedidos por
problemas de salud entre 1899 y 1902, la mitad lo fueron por «enfermedad
respiratoria», y la mitad de estos por tuberculosis, aunque los médicos
raramente diagnosticaban tuberculosis debido al estigma social ligado a esta
enfermedad. Dañaba la reputación de las familias porque, según se decía hasta
hace poco, era hereditaria. Otros estudios llevados a cabo por médicos
concluyeron que el 50 por 100 de las mujeres fallecidas en la industria textil
morían de tuberculosis, que consideraban el reto más serio para la salud de esa
industria y quizá de todo el Japón industrial. En un discurso de 1913 ante la
Sociedad Médica Nacional, un médico implicaba a la industria textil en la
expansión de la tuberculosis, porque para lidiar con el problema los
propietarios de las fábricas se limitaban a echar a las trabajadoras cuando
enfermaban. Esto generaba vectores de transmisión de la enfermedad por todo el
país y una epidemia nacional. Junto con el beriberi, una enfermedad nutricional
causada por deficiencia de tiamina, que solía matar a tantos soldados y
marineros como la guerra, la tuberculosis se estaba convirtiendo en la
enfermedad nacional del Japón Meiji.
Un factor que
facilitó la difusión de la tuberculosis es que muchas mujeres la mantenían en
secreto, o se referían a ella con una serie de eufemismos para la enfermedad
pulmonar. Dado que muchos pensaban que era hereditaria, la enfermedad podía
acarrear la desgracia y la vergüenza a la familia entera, o al menos arruinar
las perspectivas de matrimonio. Tanizaki Jun’ichirô (1886-1965) explora este
delicado tema en su obra maestra, Sasameyuki (Las hermanas
Makioka, 1948). En la novela, una acomodada familia japonesa, representada por
las hermanas Makioka, intenta encontrar un marido adecuado para la tercera
hermana, Yukiko. En una ocasión, un potencial candidato pide que Yukiko se haga
una radiografía porque tiene un físico frágil y enfermizo. Los resultados dan
negativo en tuberculosis, pero las hermanas encuentran un fallo en el historial
del aspirante, en concreto que la madre del caballero lleva loca más de una
década, y se anula el compromiso. Más adelante, un rico hombre de Nagoya
corteja a Yukiko y contrata a un detective privado para que investigue a fondo
a la familia Makioka. Cuando descubre que la madre murió de tuberculosis a los
treinta y seis años, el individuo rompe el compromiso. Como sugiere la novela,
los rumores acerca del estigma social y hereditario de la tuberculosis
persistían mucho después de que el científico alemán Robert Koch (1843-1910)
descubriese el bacilo de la tuberculosis en los años 1880.
En gran medida como
el gobierno prusiano, que aportó fondos para la investigación de Koch, el
gobierno Meiji se mostró muy interesado en la tuberculosis y su posible cura, a
la vista de que constituía una epidemia en enclaves industriales, urbanos y
militares, donde las multitudes podían dispersar fácilmente la enfermedad.
Tenía sentido que, en 1890, cuando Koch presentó su informe preliminar sobre
una cura para la tuberculosis en Berlín, Kitasato Shibasaburô (1853-1931)
(figura 18), un destacado científico, lo presentase de inmediato a una
publicación médica puntera. El gobierno Meiji había enviado a Kitasato, un
aspirante a bacteriológo que trabajaba para el Ministerio del Interior, a
Berlín en 1885 para que estudiase con Koch. Kitasato, de treinta y dos años de
edad, rápidamente se convirtió en uno de sus estudiantes favoritos. Kitasato
había resultado crucial en el descubrimiento. En 1889, por ejemplo, Kitasato
cultivó con éxito una muestra
141
del bacilo del tétanos, y mientras trabajaba con Emil von Behring
(1854-1917), otro científico alemán, descubrió muchos de los misterios de la
inmunidad frente a las toxinas. Así que no sorprende que Kitasato ayudase a
Koch en su laboratorio. Cuando la burocracia del Ministerio del Interior
amenazó con hacerle volver a casa, el emperador intervino y se permitió que
Kitasato permaneciese en Berlín para continuar su prestigiosa tarea con Koch.
Figura 18. El
bacteriólogo Kitasato Shibasaburô.
En marzo de 1891
llegaron a Japón los primeros cargamentos de tuberculina, la cura de Koch. El
ejército, la Sociedad de Higiene y Salud japonesa y la Universidad de Tokio
iniciaron ensayos clínicos. Al final la tuberculina obtuvo resultados
desiguales y habrían de pasar muchos años antes de encontrar una verdadera cura
para la tuberculosis. Sin embargo, el descubrimiento supuso una revolución
bacteriológica en la ciencia y la medicina japonesas. Para ilustrarlo, en 1891
no se podía ver un sólo microscopio en las estanterías de las tiendas de toda
la prefectura de Tokio: sólo dos de las tiendas habían vendido 170
instrumentos. Ese mismo año, el gobierno Meiji abrió su Centro de Microscopía
en Tokio, que llevaba a cabo análisis bacteriológicos del bacilo de la
tuberculosis y otros microorganismos. Con el tiempo, la industria y el gobierno
cambiaron su enfoque hacia la prevención, pero la tuberculosis siguió siendo un
asesino en Japón durante décadas.
DISCIPLINA PÚBLICA
Los intentos del
Estado Meiji de controlar a los súbditos japoneses se habían vuelto opresivos
en 1910. Con la emergencia del Imperio japonés, se luchó activamente por la
«reforma del cuerpo y el alma», como proclamaba una consigna, para resistir la
amenaza
142
del imperio occidental y crear un nuevo Estado japonés. Se consiguió la
reforma mediante el control del cuerpo y la sexualidad humanos de una forma
nunca antes vista en la historia japonesa. Si el Estado premoderno se había
preocupado por el control del sistema de estatus, vigilando los cortes de pelo
y otros usos que marcaban los límites de la posición social, el Estado Meiji
aspiraba a disciplinar el cuerpo con ayuda de la higiene y el control de la
sexualidad, como escenificaba la creación de la Agencia Central de Salud
(1872), el sistema escolar de higiene (1898) y varias leyes que imponían
revisiones sanitarias. Como tantas otras cosas durante el periodo Meiji, el
foco en la sanidad y la higiene exigía un lenguaje y un nivel de implicación
nuevos por parte del Estado. Durante la Misión Iwakura (1871), Nagayo Sensai
(1838-1902), impresionado por la medicina y las instalaciones sanitarias en
Alemania y los Países Bajos, creó el nuevo término japonés para higiene (eisei) basado
en la palabra alemana. Fundó la Agencia para la Higiene en 1874, luego
integrada en el Ministerio de Interior. Esta oficina supervisaba la situación
de la higiene en la nación y el emergente imperio.
De modo similar,
Gotô Shinpei (1857-1927), influido por las teorías europeas sobre la higiene y
la medicina, planteó proyectos de infraestructuras sanitarias e higiénicas en
el incipiente Imperio japonés. Gotô, que formaba parte del creciente
contingente de intelectuales que bajo influencia alemana consideraban a la
nación como un cuerpo u organismo, se inspiró en la «medicina social» de Rudolf
Virchow (1821-1902) y la «política social» de Otto von Bismarck (1815-1898). En
su analogía del «Estado como cuerpo humano», el ejército constituía los dientes
y garras y la higiene y las políticas sanitarias su sistema inmunitario. Esta
metáfora del «Estado como cuerpo humano» se popularizó al mismo tiempo que
Japón avanzaba hacia la Guerra del Pacífico y desarrollaba políticas fascistas
en el país.
Los funcionarios
Meiji creían que amenazas para la salud como la tuberculosis, e incluso la
locura, eran contagiosas y malignas y podían propagarse del individuo a todo el
cuerpo nacional. En un reflejo de este enfoque estatal, Ôkuma Shigenobu
(1838-1922) señalaba: «En ocasiones la locura se vuelve infecciosa. Esta
infección puede ser terrible y extenderse sin cesar entre la gente. Puede
hacerse patológica en una sociedad y hasta en un Estado». Armados con tales
filosofías higiénicas, los legisladores japoneses de principios del siglo XX
querían «mejorar la raza» y «corregir la sociedad» por medio de estrictas
políticas relacionadas con la salud. En 1902, el gobierno Meiji contrató a
miles de médicos para que trabajasen en las escuelas y revisasen a los niños en
busca de enfermedades como la escrofulosis (una forma de tuberculosis que
afectaba a los nódulos linfáticos), enfermedades crónicas y alteraciones
nerviosas. Con frecuencia, los médicos japoneses vinculaban síntomas como el
agotamiento con la masturbación, considerada una enfermedad social resultado de
una educación sexual inapropiada. Algunos políticos defendían la «pedagogía
sexual» basada en el modelo alemán para inocular al cuerpo nacional frente a la
masturbación generalizada y las enfermedades venéreas. Las escuelas femeninas y
las fábricas textiles también se convirtieron en focos de políticas sanitarias,
algunas de las cuales buscaban reformar los hábitos en los dormitorios de las
«obreras» para que no amenazasen la constitución moral del cuerpo nacional
japonés. Es importante señalar que mientras los legisladores e intelectuales
japoneses echaban mano del pensamiento alemán y utilizaban la analogía corporal
para describir a la nación, toda desavenencia social u oposición política eran
consideradas enfermedades amenazadoras, un presagio del deslizamiento de Japón
hacia el fascismo décadas después.
Recurrir al cuerpo
como analogía para describir a la nación también modeló las ciencias naturales
en Japón, sobre todo el desarrollo del pensamiento ecológico. Inspirándose en
el pensamiento ecológico de Alemania y de un puñado de universidades estadounidenses,
los intelectuales japoneses empezaron a participar en discusiones sobre el
papel de las sociedades en la dirección de la evolución, no sólo la de los
individuos
143
sugerida por Charles Darwin (1809-1882). Reflexionando desde el ámbito
confuciano japonés, los humanos podían ser considerados no sólo como criaturas
individualistas, como sugería el liberalismo occidental, sino como una especie
altamente social en la que el éxito evolutivo del grupo pesaba más que el de
los individuos. Imanishi Kinji (1902-1992), un destacado biólogo evolucionista,
anticipaba la importancia de la evolución social hace más de medio siglo.
En Seibutsu
no sekai (El mundo de las cosas vivientes, 1941), propuso primero la
existencia de la specia, o sociedad de especies holística que
evoluciona socialmente. Degradaba el organismo individual en evolución, un hito
del darwinismo, y ascendía al todo social. Imanishi escribió: «Se pueden
considerar miembros de una especie los vinculados por lazos de parentesco y
relaciones territoriales y que comparten la misma forma de vida». Imanishi,
aunque no era fascista, argumentaba que al igual que el súbdito no es más que
un elemento de la nación imperial, el organismo individual «no es otra cosa que
un elemento de la especie» y la sociedad «un lugar de vida compartida» en el
que «el individuo se reproduce y sobrevive». Mientras que Darwin consideraba en
el Origen de las especies (1859) de la mayor importancia las
«diferencias individuales» heredadas, porque «aportaban materiales
para la selección natural», Imanishi pensaba que la evolución se producía a
nivel social, a través de afinidades que transcendían al individuo. Aunque no
eran necesariamente el producto de pensadores fascistas, estas teorías
ecológicas promovieron la idea básica de que los grupos sociales, incluidas las
naciones, constituían organismos naturales que necesitaban ser fortalecidos
mediante la higiene estatal y otras medidas.
CONCLUSIÓN
A pesar de que
Japón aprendió muchas de sus estrategias coloniales de las duras experiencias
de sus «tratados desiguales» con Estados Unidos y las naciones de Europa, el
colonialismo japonés no fue producto exclusivamente del préstamo cultural de
Occidente. Tanto en Okinawa como en Hokkaido, Japón había sacado sus propias
lecciones acerca de lo que suponía conquistar y colonizar otros pueblos y sus
tierras. En manos de los artífices de la política, estas lecciones cruzaron el
mar hasta las nuevas fronteras coloniales de Asia Oriental. Como un reflejo del
entorno confuciano en el que habían nacido, esas tácticas indígenas japonesas
eran en gran medida de naturaleza cultural y funcionaban bajo el viejo
principio confuciano de que los «bárbaros» de la periferia podían ser
incorporados por medio de la adopción de la civilización central. De ahí que
los japoneses obligasen a los ainu a hablar japonés y a abandonar la caza para
transformarse en agricultores. Los obligaron a adoptar nombres japoneses y a
acatar los sistemas de creencias japoneses. Los obligaron a considerar al
emperador japonés su nuevo líder patriarcal. En mayor o menor medida, los
coreanos fueron los destinatarios de similares prácticas coloniales blandas,
además de tácticas más duras de pura violencia. A inicios del siglo XX, Japón
ya había emprendido el camino para crear un imperio, camino que en muchos
aspectos llegaría a dominar su historia durante ese siglo.
144
Imperio y
democracia imperial
(1905-1931)
En la primera mitad
del siglo XX, el imperio era el centro de la vida japonesa: la competencia con
las potencias europeas y estadounidense en la región de Asia-Pacífico, la
necesidad de recursos naturales, el trabajo en caladeros de pesca distantes
para renovar ingresos y alimentar bocas hambrientas y otras fuerzas
contribuyeron a la construcción del imperio. Al final, sin embargo, la
«política china» de Japón fue la chispa en la yesca seca que prendió la Guerra
del Pacífico. Los «intereses especiales» de Japón en China, que desafiaban el
acceso de Estados Unidos y Europa a los productos y mercados chinos, colocaron
a Japón en un derrotero que lo enfrentó a las grandes potencias. La política
exterior japonesa estaba diseñada para proteger sus inversiones económicas y
militares en China, la mayoría de las cuales giraban en torno al Ferrocarril
del Sur de Manchuria, arrendado a Japón tras la Guerra Rusojaponesa (1905).
Pero otras fuerzas soterradas empujaron a Japón hacia la «guerra total» en
Asia. Medio siglo de legislación racial contra la inmigración y la política
exterior antagónica en Estados Unidos desilusionaron a muchos diplomáticos y
legisladores japoneses, que instauraron una creciente deriva autárquica hacia
el imperio. Tras la doble victoria en las guerras Sinojaponesa (1895) y
Rusojaponesa (1905), las grandes potencias conspiraron para privar a Japón de
su botín de guerra, sobre todo territorio en el norte de Corea y China.
Claramente, no había lugar para la emergente nación asiática en la mesa de las
grandes potencias. En este contexto, Japón perseguía una forma alternativa de
nacionalidad moderna que entretejiese la legitimidad de un imperio en Asia
Oriental con los retos de la modernización y el «panorientalismo». Desde el
punto de vista de la retórica, Japón buscaba defender a sus hermanos y hermanas
asiáticos de la agresión y la invasión imperialista occidental. No es un
secreto que esta carrera fue un poderoso impulsor de los sucesos que condujeron
a la Guerra del Pacífico.
LA CONSTRUCCIÓN DEL
IMPERIO JAPONÉS
La Guerra
Rusojaponesa fue un conflicto salvaje. Ambos bandos sufrieron grandes pérdidas
en Mukden y otros enfrentamientos importantes. Reunidos en Portsmouth, New
Hampshire, con la mediación de Estados Unidos, los diplomáticos japoneses y
rusos acordaron reconocer las propiedades coloniales del otro en el continente,
incluido el despliegue de pequeñas fuerzas policiales para vigilar sus
respectivos intereses. Es significativo que Rusia cediese el usufructo del
Ferrocarril del Sur de Manchuria a Japón, una concesión que más adelante
resultó fundamental en el estallido de la Guerra del Pacífico. Originalmente,
Rusia había tendido la línea férrea a finales del siglo XIX como parte del
Ferrocarril de China Oriental, pero luego perdió la parte sur de la línea desde
Harbin a Port Arthur. El gobierno japonés financió con generosidad en 1906 la
Compañía del Ferrocarril del Sur de Manchuria y le encargó el desarrollo de
recursos económicos a lo largo de la zona del tendido, básicamente 62 metros a
cada lado de las vías durante una distancia de aproximadamente 1.100 km. La
línea férrea unía más de 20 ciudades y pueblos, en los que los japoneses
estacionaron carbón, equipamiento eléctrico y otros suministros necesarios para
mantener los trenes en movimiento (figura 19). Gotô Shinpei (1857-1929),
antiguo gobernador de Taiwán al que presentamos antes, fue el primer presidente
de la compañía, cuya sede oficial japonesa estaba en Dalian, en la península de
Liaodong.
145
Figura 19. Cargando
carbón en una mina de Fushun en 1940.
El ferrocarril
demostró ser el eje de las posesiones japonesas en Asia Oriental y el factor
definitorio de las inversiones económicas japonesas en el noroeste de China y
Manchuria, ricos en recursos. Durante sus primeros 25 años, los activos de la
compañía del ferrocarril ascendieron de 163 millones de yenes a más de 1
billón, con un 20-30 por 100 de tasa de crecimiento anual. No sólo se
transformó en la compañía más grande de Japón, sino que durante muchos años
también fue la más provechosa. Como resultado del contrato de arrendamiento,
las implicaciones económicas y personales con China no dejaron de aumentar a
comienzos del siglo XX. En 1900, antes de que Japón ganase la concesión, sólo
alrededor de 3.880 japoneses residían en China. En 1910, cinco años después del
Tratado de Portsmouth, esa cifra se había elevado a 26.600. En 1920 eran
133.930. La mayoría de los japoneses residían en Manchuria, pero algunos habían
empezado a asentarse en ciudades del sur como Shanghái como consecuencia de la
expansión de la industrial textil. Japón se benefició de diferentes maneras de
la Primera Guerra Mundial, que angustiaba a las grandes potencias. En 1914,
cuando «la guerra que acabaría con todas las guerras» estalló en Europa, el
comercio japonés con China suponía 591 millones de yenes. En 1918 había crecido
hasta 2.000 millones de yenes. En 1895, justo antes de la Guerra Sinojaponesa,
el comercio exterior de Japón constituía alrededor de un 3 por 100 del mercado
chino; esa cifra subió al 30 por 100 en 1920, demostrando la capacidad de Japón
para sacar provecho de la Primera Guerra Mundial.
Provocativas
políticas coloniales acompañaron la creciente presencia económica en China y
Manchuria. En 1915, mientras las grandes potencias tendían alambre de espino y
cavaban trincheras en el continente europeo, el primer ministro Ôkuma Shigenobu
(1838-1922) y el ministro de Asuntos Exteriores Katô Kômei (1860-1926, también
conocido como Katô Takaaki) intentaron imponer las famosas «Veintiuna
exigencias» al inoperante gobierno chino, recientemente sometido por el
alzamiento del señor de la guerra Yuan Shikai (1859-1916). En resumen, la
dinastía Qing había caído en 1911 después del Levantamiento de Wuchang, cuando
los revolucionarios eligieron a Sun Yatsen (1866-1925) como presidente
provisional.
Sin embargo, Sun
entregó el incipiente gobierno republicano a Yuan a cambio de que consiguiese
la abdicación del emperador niño Qing Puyi (1906-1967), que más tarde sería el
emperador títere del Manchukuo controlado por Japón (1932). La joven república
china también buscaba el apoyo del ejército de Pekín, que dirigía Yuan. En
1913, cuando China celebró elecciones a la nueva Asamblea Nacional, el
Kuomintang (Partido Nacionalista) obtuvo una aplastante victoria. La estrella
más brillante del Kuomintang, Song Jiaoren (1882-1913), fue asesinado mientras
viajaba con amigos en el andén de una estación de tren por alguien que
probablemente trabajaba para Yuan. Inmediatamente después, Yuan tomó medidas
contra el incipiente Kuomintang y se declaró emperador de China. El nuevo
emperador, que reinaba sobre una China frágil e inestable, recibió en ese
momento las
146
«Veintiuna exigencias» secretas de Japón y se vio forzado a aceptarlas
casi todas, aunque se retractó de muchas.
Las descaradas
«Veintiuna exigencias» buscaban expandir los intereses económicos y la
influencia de Japón en China. Como recompensa por ponerse al lado de los
aliados durante la Primera Guerra Mundial, Japón adquirió las posesiones
alemanas en la península de Shandong, además de los valiosos ferrocarriles de
la región. China reconoció los «derechos especiales» de Japón en Manchuria y
Mongolia Interior, y una empresa Sinojaponesa consiguió el monopolio minero a
lo largo del curso del río Yangtzé. Japón también intentó reducir la capacidad
de las potencias europeas de arrendar bahías y puertos en la costa china y
logró un mandato amplio para la construcción de líneas férreas en China. Aún
fue más controvertido que Japón quisiera desplegar su propia policía en el
país, así como que el 50 por 100 de las adquisiciones militares chinas
procediesen de Japón y que China contratase asesores militares japoneses.
En resumen, los
japoneses impusieron exigencias coloniales de gran calado a China en un momento
en que Estados Unidos y las potencias europeas estaban preocupados por la
guerra. Para Estados Unidos, las «Veintiuna exigencias» iban en contra de la
«política de puertas abiertas», que insistía en que ningún país tenía
«intereses especiales» en China. En 1899, el secretario de Estado
estadounidense John Hay (1838-1905) había despachado una nota diplomática a los
principales actores imperiales, incluido Japón, estableciendo la «política de
puertas abiertas». En esencia, Hay afirmaba que todas las potencias tenían
derechos sobre los puertos chinos en sus respectivas esferas de interés
colonial, así como un acceso proporcional a los mercados chinos. Este desacuerdo
básico entre los «derechos especiales» de Japón y la «política de puertas
abiertas» de Estados Unidos y sus aliados fue un importante punto de fricción
que condujo a las dos potencias del Pacífico a la guerra.
La disputa sobre la
«política de puertas abiertas» no era la primera discordia que surgía entre
ambos países. En Estados Unidos, una serie de decisiones políticas
discriminatorias habían marginado a Japón y a los inmigrantes japoneses,
enfrentando a ambos países. En 1906, la San Francisco School Board anunció que
«para evitar que los niños blancos se viesen afectados por la relación con
pupilos de raza mongol», los niños asiáticos serían separados de los
estudiantes blancos en los colegios. En 1913, la «California Alien Land Law»
(Ley de la Tierra y de los Extranjeros) prohibió «que los extranjeros [que
poseían tierras en la costa del Pacífico] fuesen candidatos a la ciudadanía».
Esta ley, que iba principalmente dirigida a los japoneses, salpicó también a chinos,
coreanos e indios. El gobierno japonés respondió explicando que la ley era
«injusta e incompatible [...] con los sentimientos de amistad y buena vecindad
que habían presidido las relaciones entre los dos países». La ley estaba
pensada para reducir la inmigración japonesa y crear un ambiente hostil para
los japoneses que ya vivían y trabajaban en California. En 1922, el Supremo de
Estados Unidos dictaminó que los japoneses no tenían derecho a la ciudadanía.
En el caso Takao Ozawa vs. Estados Unidos, la Corte Suprema
sentenció que Ozawa era miembro de una «raza no asimilable» y no podía ser
naturalizado como ciudadano estadounidense. El insulto final, la «Ley de
Inmigración» de 1924, prohibía a los japoneses emigrar a Estados Unidos porque
no eran candidatos a la ciudadanía.
El racismo
estadounidense afectó a las negociaciones internacionales. En las
conversaciones del Tratado de Versalles de 1919, la delegación japonesa
aspiraba a reafirmar el control japonés sobre antiguas posesiones alemanas en
la península de Shandong, cosa que consiguió. Además, quería que se garantizase
en términos explícitos la «igualdad racial» en los documentos fundacionales de
la Liga de Naciones. Pero el presidente estadounidense Woodrow Wilson
(1856-1924) y otros lograron rehuir el asunto. Para la delegación japonesa, la
mayor parte de la retórica sobre la «igualdad racial» en el
147
nuevo orden internacional posterior a la Primera Guerra Mundial era
retórica hueca. Tres años más tarde, en la Conferencia Naval de Washington
(1922) Japón aceptó a regañadientes la relación «5-5-3» para el tonelaje de los
respectivos buques de guerra, lo que colocó al joven imperio oriental en
desventaja frente a Estados Unidos y Gran Bretaña. Japón era cada vez más
consciente de que el nuevo orden internacional era racista y el incipiente
Imperio japonés tendría que luchar para conseguir un puesto en la mesa de las
grandes potencias.
En cierto sentido,
estos acontecimientos internacionales propiciaron que el eje se desplazase a
China. Japón redobló su interés en el continente y estableció nuevas conexiones
con sus vecinos asiáticos. Desde la Guerra Rusojaponesa, Japón se había convertido
en un modelo de independencia en los círculos nacionalistas orientales. En
relación con el enfrentamiento naval durante ese conflicto, un diplomático de
Londres comentó: «La batalla de Tsushima es con mucho la mayor y más importante
batalla naval desde Trafalgar». En Estados Unidos, el presidente Theodor
Roosevelt (1858-1919) llamó a la increíble derrota de Rusia «el mayor fenómeno
que el mundo jamás haya visto». Pero más importante que las observaciones
occidentales fueron las de los vecinos en Asia, irritados desde hacia mucho
tiempo con el poder colonial. La victoria japonesa impulsó a Jawaharlal Nehru
(1889-1964), futuro primer ministro de la India, a fantasear con «la libertad
india y asiática de la esclavitud de Europa». En Sudáfrica, un joven Mohandas
Gandhi (1869-1948) se sintió igualmente inspirado: «Cuando todos en Japón,
ricos o pobres, sintieron respeto por ellos mismos, el país fue libre. Pudo
abofetear a Rusia [...] Del mismo modo, también nosotros necesitamos sentir el
espíritu del amor propio». Incluso Mao Zedong (1893-1976), cuyo Partido
Comunista Chino se hizo famoso luchando contra los japoneses, recordaba: «En
ese momento conocí y percibí la belleza de Japón y sentí algo de su orgullo».
Japón se había convertido en un faro de esperanza en Asia, hecho que provocó e
impulsó el giro de Japón hacia China.
Revolucionarios
chinos como Sun Yatsen fueron atraídos por las crecientes señales de libertad
asiáticas. En buena medida, fundó su «Alianza Revolucionaria» mientras
estudiaba en Japón. Al mismo tiempo que los partidos políticos crecían y se
diversificaban en Japón durante la década de 1920, en lo que con frecuencia se
denomina «democracia Taishô», en China se produjo una democratización similar
con el Movimiento del Cuatro de Mayo (1919), en el que los estudiantes
expresaron su ira por la capitulación de China en el Tratado de Versalles.
Algunos en Japón, como el periodista y político Ishibashi Tanzan (1884-1973)
defendían una política del «pequeño Japón» con el abandono de las posesiones en
Manchuria. Tanizaki Jun’ichirô, destacada figura literaria, viajó en 1918 a
Corea, norte de China y Manchuria. En 1922, se creó en la Universidad Imperial
de Tokio el «Instituto para la Cultura Oriental» y una década después la
«Sociedad para la Concordia», que promovía la armonía entre los cinco grupos
étnicos existentes en Manchuria. En 1941, la «Sociedad para la Concordia»
todavía distribuía panfletos en Manchuria defendiendo la igualdad racial y
repudiando el racismo de la Alemania nazi. El punto focal de Japón en China fue
decisivo para fortalecer lazos con sus vecinos de Asia, aunque todos esos lazos
quedarían rotos por la conducta japonesa durante la Guerra del Pacífico.
También legitimaba, en sentido cultural, la expansión japonesa en China y la
esfera de la región Asia-Pacífico.
IMPERIO PELÁGICO
Emparejados a los
éxitos en tierra, en la construcción del imperio existían temores marítimos. La
sucesión de conquistas territoriales de Japón era impresionante para un país
del tamaño de Montana: las islas Ryukyu en 1871, las islas Bonin y Kuriles en 1875,
Taiwán en 1895, el sur de la isla Sajalín y partes de la península de Liaodong
en 1905, la
148
anexión de Corea en 1910, Micronesia tras la Primera Guerra Mundial y
Manchuria después de 1931. La Guerra del Pacífico empezó con el Incidente del
puente Marco Polo de 1937, que llevó a una invasión de China y el Sudeste
Asiático. Pero el líquido imperio marítimo japonés, que un historiador ha
etiquetado como «imperio pelágico», igualaba y apuntalaba estos espectaculares
logros en tierra. Del mismo modo que buscaba recursos naturales en tierras
asiáticas, como carbón en Manchuria o caucho en el Sudeste Asiático, Japón
también buscaba recursos marinos en su imperio pelágico con la explotación de
pesquerías en alta mar en buena parte del océano Pacífico.
La conquista
pelágica fue una parte crucial del poder japonés a finales del siglo XIX e
inicios del siglo XX. El Tratado de San Petersburgo de 1875 permitió a los
japoneses pescar en aguas del Pacífico Norte ruso y los pescadores tardaron
poco en montar las operaciones en el litoral de Okhotsk. En 1875 había en el
área 300 barcos de pesca, pero en 1904, en vísperas de la Guerra Rusojaponesa,
esa cifra se había multiplicado por diez. Mientras, las embarcaciones pesqueras
rusas en la zona seguían siendo unas 200. Cuando se trataba de explotar
caladeros, Japón estaba a la vanguardia de la innovación tecnológica, lo mismo
que hoy. En 1908 Japón encargó su primer «arrastrero», un barco de pesca
diseñado en Gran Bretaña. Cinco años más tarde, 100 de estos barcos llenaban
los mares en torno al archipiélago japonés. Japón también encargó atuneros a
motor en 1906, que permitieron a los pescadores japoneses capturar listados
cerca de las islas Bonin, a casi 1.200 km de las islas principales. Mientras
los arrastreros barrían las aguas al norte y al sur de las principales islas,
las tropas japonesas atraían la atención internacional por sus triunfos en
guerras contra China y Rusia.
El ansia de
recursos naturales impulsó la conquista terrestre de Manchuria. A medida que
crecía la población japonesa, los planificadores vieron en Manchuria un terreno
fértil para aumentar el rendimiento agrícola y alimentar a las hambrientas
bocas. A mediados de la década de 1930, un ministerio supervisaba los
asentamientos experimentales en Manchuria en un intento de incrementar la
productividad agrícola. En cuatro años, los planificadores movilizaron a
321.882 granjeros de muchas prefecturas japonesas para que participasen en el
programa. Guiados por la investigación social científica, los planificadores
esperaban recolocar a un tercio de la población rural de Japón en parcelas de
1,6 hectáreas en la Manchuria colonial. Allí se convertirían en propietarios
rurales y producirían comida para el hambriento imperio. Con el rural japonés
despoblado, los planificadores tenían la esperanza de que surgirían granjeros
independientes (no arrendatarios) en las islas importantes. Al final, unas
tecnologías retrógradas y una mala comprensión del terreno frustraron a muchos
agricultores japoneses en Manchuria, pero los vínculos entre el imperio y la
ampliación de las bases de recursos naturales continuaron siendo importantes.
Los planificadores contemplaban de manera similar el imperio pelágico japonés.
Como explicaba un funcionario del ministerio:
Con el constante
aumento de la población [...] la demanda de productos de la pesca muestra un
asombroso avance, situación que aún acelera más la creciente demanda exterior.
En estas circunstancias los pescadores ya no pueden conformarse con trabajar
sólo en la costa y están obligados, en mayor medida que nunca, a aventurarse en
mar abierto e incluso a llegar hasta las distantes costas de Corea y las islas
del mar del Sur.
En otras palabras,
los agricultores japoneses ya no podían contentarse con labrar el suelo de las
principales islas japonesas y los pescadores necesitaban expandir sus esferas
desde la línea de costa hasta incluir el «mar abierto». Muchos japoneses atendieron
a esta llamada: la flota de barcos camaroneros, por ejemplo, amplió las
capturas japonesas a 407.542 cajas de cangrejo enlatado en 1931, ocho veces lo
producido diez años antes. La vida en uno de esos barcos industriales sirvió de
tema para una de las grandes novelas proletarias japonesas, Kanikôsen (El
pesquero, 1929), de
149
Kobayashi Takiji (1903-1933), que sería arrestado, desnudado en pleno
invierno y golpeado hasta morir por la Policía del Pensamiento, famosa por su
brutalidad.
Aunque los
planificadores explicaban a menudo que Japón necesitaba productos del mar para
alimentar a una población en aumento, buena parte del pescado era enlatado y
vendido en los mercados occidentales para reunir recursos en caso de guerra,
como petróleo, caucho y mineral de hierro. Para conseguir esto, cada aspecto de
la flota pelágica japonesa creció. En 1910 Japón tenía sólo un 1 por 100 de las
capturas mundiales de ballenas, pero en 1938 había ascendido al 12 por 100.
Ahora, Japón y caza de ballenas son casi sinónimos. En este sentido, el imperio
pelágico japonés evolucionó en gran medida de la misma forma que el terrestre.
Manchuria, convertida en un importante mercado, fortaleció la economía
japonesa. Un hombre de negocios de Osaka señalaba en 1933: «Manchuria se ha
convertido recientemente en un área con una increíble expansión como mercado de
consumidores para los productos japoneses; las exportaciones este año se
acercaron a los 300.000 yenes, más de diez veces lo que representaban hace sólo
unos cuantos años, y superan con mucho las exportaciones a China». De forma
parecida, uno de los propagandistas de la industria de pesca pelágica japonesa
comentaba en 1940: «La industria pesquera es una importante fuente de divisas
para Japón. Sus exportaciones de productos del mar suman anualmente entre 150
millones y 160 millones de yenes, con lo que es la tercera industria
exportadora después de la seda cruda por piezas y las hilaturas de algodón sin
confeccionar». Una muestra de la importancia del imperio pelágico para las
ambiciones japonesas fue la exploración, subvencionada por el Estado, de nuevas
pesquerías. Japón inspeccionó aguas próximas en el mar de la China Meridional,
el mar del Japón y el mar de Bering, así como otras más lejanas cerca de la costa
mexicana del Pacífico, la bahía argentina de La Plata y el mar Arábigo. Era
frecuente que los arrastreros japoneses incluyeran a pescadores locales, como
hacían los pescadores chinos de corvinas en el mar de China Oriental. En la
década de 1930, Japón era capaz de obtener tanto de sus imperios terrestre y
pelágico como para prepararse para la guerra total.
La expansión de la
flota pelágica japonesa se correspondía con la creciente identificación de
Japón como un «imperio oceánico». Un autor explicaba: «Desde la era de los
dioses, Japón ha sido el reino de la pesca». El folclorista Yanagita Kunio
(1875-1962), que aspiraba a descubrir los orígenes del pueblo japonés,
argumenta en cierto momento que los japoneses proceden del Pacífico Sur,
generando una obsesión en tiempos de guerra por tomar la región conocida como
«Nan’yô». Muchos sugerían que las ambiciones militares japonesas deberían
extenderse hacia el sur, hacia Micronesia, en vez de hacia las áridas estepas
del noroeste de Asia, donde el Ejército de Kwantung (Guandong) estaba atascado.
En 1941, en vísperas del ataque naval a Pearl Harbor, el gobierno proclamó el
«Día de Conmemoración del Mar» como fiesta nacional para «dar las gracias por
las bendiciones del mar y rogar por la prosperidad del Japón marítimo». En
semejante entorno cultural, los océanos fueron integrados con facilidad en la
«Esfera de Coprosperidad de la Gran Asia Oriental» de tiempos de guerra. Aunque
el esfuerzo de guerra reclutó y al final sacrificó la impresionante flota de
pesca japonesa, la idea de un imperio pelágico continuó siendo una fuerza
impulsora en las ambiciones imperiales de Japón.
El legado del
imperio pelágico japonés no carece de importancia en la historia mundial. El
país insular fue pionero en muchas técnicas y tecnologías de pesca que hoy han
reducido casi hasta la extinción las poblaciones de peces comerciales del
planeta. Las redes de deriva, los «muros de la muerte» o «cortinas de la
muerte» como se las llama a menudo, una tecnología japonesa perfeccionada en
los años 1970, mata incontables ballenas, delfines, tortugas, tiburones y otras
formas de vida marina. En 1990, los científicos estimaron que estas redes de
enmalle y deriva mataban anualmente entre
150
315.000 y 1 millón sólo de delfines. En su momento de apogeo, tendían
suficientes redes por la noche para dar una vuelta y media al globo, sin
escatimar malla monofilamento. Palangres con una línea única, que arrastran
carcasas de albatros y caparazones de tortugas, por no hablar de que están
diseñados para atrapar las dos especies de atún de aleta azul y otras especies
comerciales, atraviesan sigilosamente los océanos del mundo como autómatas
asesinos. A escala mundial, los palangreros japoneses arman unos 107 millones
de anzuelos todos los años y matan 44.000 albatros, considerados «capturas
accesorias».
En 1971,
aproximadamente 1.200 palangreros japoneses trabajaban en el océano Antártico,
o Austral, en torno a Australia, cada uno con millones de anzuelos. Debido a
esto, las capturas de atún de aleta azul ascendieron a más de 20.000 toneladas
en 1982. En 1991, sin embargo, los científicos calcularon que el número de
ejemplares de esta especie se había reducido en un 90 por 100 desde 1960, y que
estaba amenazada de extinción por la sobrepesca. No obstante, hay mucho en
juego en la industria del atún. En 2001, un atún de aleta azul capturado frente
a las costas de la prefectura de Aomori alcanzó un precio de 173.600 dólares en
una subasta en Tsukiji, 800 dólares por cada kilo del gigante de más 200 kg. La
carne del atún rojo de cola azul, muy valorada en los restaurantes de sushi de
todo el mundo, representa el nuevo metal precioso de nuestra moderna bonanza
oceánica. Los japoneses se han dado cuenta de que las poblaciones de túnidos se
enfrentan a la inminente desaparición comercial bajo semejante presión y han
establecido «granjas de cultivo» en Port Lincoln, Australia: capturan peces
jóvenes, los crían y los sacrifican para los mercados de sushi de Japón. En
esta industria, los «vaqueros de atunes» forcejean con atunes vivos en cercados
de los puentes de embarcaciones de pesca, donde son liquidados con golpes en el
cerebro y el lomo con barras metálicas antes de llevarlos a Tsukiji. En los
criaderos de túnidos del Mediterráneo, por el contrario, esperan a que los
animales se hagan más grandes, los pastorean hasta un rincón del redil y les
disparan con rifles desde los barcos. La mayor parte de este pescado es para
los mercados japoneses y también para los de sushi europeo.
En el momento de
escribir esto, las llamadas naves de «investigación» todavía persiguen y matan
ballenas en el Pacífico Norte y el Pacífico Sur con arpones explosivos en el
marco de una industria impulsada menos por la economía, la subsistencia o las
ciencias marinas que por tradiciones inventadas y un nacionalismo
antioccidental desfasado. Los defensores de la caza de ballenas insisten en que
«hace más de mil años que nos alimentamos de ellas», pero ignoran el hecho de
que la carne de ballena nunca fue una parte significativa de la dieta o la
economía japonesas. Otros partidarios de la matanza de ballenas invocan
«estilos de vida alimentarios» como motivo de esta controversia. «La cultura
gastronómica de los japoneses, que emplea carne de ballena como fuente de
proteína animal, debe ser respetada», afirmaba el editorial de un periódico.
«Los europeos y americanos presionan [a Japón] con su cultura culinaria y sus
puntos de vista éticos al decir que está bien comer carne de vaca y de cerdo,
pero que es inaceptable comer carne de ballena.» Durante una reciente
manifestación, un defensor de la caza de ballenas, con un clásico peinado
yakuza y gafas de sol, enarbolaba orgulloso una pancarta que rezaba: «¡No
jodáis a los japoneses!». La mayoría de los japoneses están en contra de matar
ballenas y rara vez, o nunca, han probado su carne, pero la industria se
mantiene en funcionamiento con ayuda de muchos de los elementos más sombríos
del país. De momento, sus voces han demostrado sonar más alto que las otras y Japón
prosigue su caza «científica» a expensas de su reputación internacional.
LA NUEVA CLASE
MEDIA
151
Las experiencias políticas de Japón en las décadas de 1920 y 1930 se
engloban entre el declive de la «democracia Taishô» y el ascenso de la
«emergencia nacional» Shôwa. Los altibajos de la economía japonesa durante ese
periodo provocaron desigualdades sociales y agitación política. Durante la
Primera Guerra Mundial aumentó tanto la implicación económica de Japón en China
como la totalidad de su rendimiento industrial. A causa de las dificultades en
que se encontraban Estados Unidos y Europa, representó una oportunidad clave
para la expansión económica japonesa. Entre 1914 y 1918, la producción
industrial creció casi siete veces, de 1.400 millones de yenes a 6.800
millones; sólo las exportaciones de algodón se incrementaron un 185 por 100.
Debido a la escasez de trabajadores industriales, los salarios subieron mucho,
al igual que los precios de los productos de consumo, y una enorme inflación
anuló los beneficios para el pueblo del crecimiento económico. Una profunda
desigualdad económica caracterizó este periodo, en el que los nuevos ricos
industriales ganaron relevancia. Según una fuente, entre 1915 y 1919 el número
de «millonarios» en Japón aumentó un 115 por 100. En esos años dorados,
floreció una nueva prosperidad, pero en 1920 el país experimentó una devastadora
crisis bancaria. Las industrias despidieron trabajadores al tiempo que se
producía una desaceleración. El año siguiente la economía empezó a mostrar
signos de recuperación, pero de repente el «gran terremoto de Kantô» redujo a
escombros y cenizas gran parte del entramado político y económico japonés. Una
vez más, en un par de años, se evidenciaron algunos signos de recuperación,
pero entonces Japón sufrió otra crisis bancaria en 1927 que hundió de cabeza al
país en la Gran Depresión mundial. Los principales bancos se desplomaron,
incluidas destacadas instituciones coloniales como el Banco de Taiwán, y Japón
se sumió en el estancamiento económico. Los efectos de estos tumultuosos años
supusieron algo más que meras preocupaciones económicas: también sirvieron para
socavar la legitimidad de las políticas democráticas, al asociar a políticos de
partido con peces gordos de la industria y por la progresiva implicación del
ejército en la política, principalmente en asesinatos políticos y en acciones
temerarias en otros países.
Los éxitos
económicos japoneses de la década de 1920 llevaron a un aumento del consumismo
generalizado y a la aparición de una clase media japonesa. El lujo asociado con
la nueva prominencia económica de Japón dio lugar a nuevos pasatiempos como el
«recorrido por Ginza», donde atildados dandis y sus acompañantes femeninas
examinaban con atención los grandes almacenes como Mitsukoshi y visitaban las
cafeterías de los restaurantes caros. Las mujeres de clase media hojeaban las
páginas de Fujin no tomo (El amigo de las mujeres), una
popular revista femenina del hogar y estilos de vida propios de la
clase media, que alcanzó una circulación de 3 millones de copias en los años
1920. Esta publicación promovía una imagen de las mujeres modernas como
amorosas madres y entregadas amas de casa, personas que cultivaban su talento
doméstico. En 1925, las emisoras de radio comenzaron a retransmitir en las
grandes ciudades japonesas. Un año después, el gobierno agrupó a tres emisoras
independientes para crear la cadena nacional NHK, que monopolizó las ondas
durante años. Con algo menos de 1,5 millones de aparatos de radio en el país,
las familias de clase media podían reunirse en torno a sus receptores para
escuchar música occidental, comedias y otras historias. El cine también se hizo
popular. Este medio llegó a Japón con el cambio de siglo, gracias a la
importación del Edison Vitascope y el cinematógrafo Lumière, pero floreció de
verdad con la aparición de la clase media japonesa. El clásico de 1924 Nichiyôbi (Domingo)
aportó diversión a esa clase media, de empleados de cuello blanco, un poco en
el mismo estilo de películas como ¿Bailamos? (1996), un remake japonés
realizado 50 años más tarde del clásico estadounidense de 1937 Ritmo
loco.
En los años 1910
surgió el término «oficinista» para describir a un varón urbano de clase media
vestido a la manera occidental que cargaba una tartera bentô camino
del despacho. El «oficinista» se convirtió en una caracterización de los
trabajadores de clase
152
media de las ciudades que perdura hasta hoy. Con la expansión de la
nueva clase media, los papeles e identidades de las mujeres cambiaron
espectacularmente. Como hemos visto, el Estado Meiji había mostrado gran
interés por las mujeres y había dictado regulaciones y políticas, como prohibir
determinados peinados, que convertían a las mujeres en depositarias de la
tradición japonesa. Sin embargo, la «chica moderna» de la década de 1920
desafiaba tales prohibiciones. Algunos historiadores ven en la «chica moderna»
un icono feminista, otros la consideran una consumista caprichosa, pero de
cualquier modo fue un producto de su época y simbolizó la manera en que la
nueva cultura consumista de Japón transformó el tejido social.
La «chica moderna»
recorría Ginza embutida en su vestido ajustado hasta las rodillas, con
relucientes medias transparentes y zapatos de tacón alto, lo que tenía el
efecto de acentuar su voluptuoso trasero. Influida por estrellas del cine
estadounidense como Clara Bow (1905-1965) y Gloria Swanson (1899-1983), cubría
su melena corta con un sombrero de ala blanda, ocultando provocativamente su
liberador corte de pelo. El corte de pelo a lo garçon estaba
de moda y era políticamente volátil porque desafiaba la ordenanza Meiji de 1872
que prohibía el cabello corto en las mujeres. La «chica moderna», como
identificación, aparece por vez primera en un artículo de 1924 que explica que
«los chicos jóvenes se enamoran de muchachas que dicen lo que piensan en lugar
de mostrarse siempre humildes y callar sus opiniones». La melena por encima de
los hombros traspasaba los límites de la conducta aceptable. Cuando una mujer
volvía de Europa y decidía cortarse el pelo, su madre se sentía ultrajada y la
acusaba de manchar la reputación de la familia. «¡Tienes que estar loca! Si
sales así, todo el mundo dirá que eres una de esas nuevas mujeres», exclamaba
excitada su madre. La feminista y poeta Takamure Itsue (1895-1964) pensaba que
la «chica moderna» (en realidad, todas las cosas «modernas») no era más que un
producto del superficial hedonismo estadounidense. Comentaba: «Estados Unidos,
donde se concentra toda la riqueza del mundo, es el lugar de nacimiento del
moderno hedonismo, o de la modernidad. La concentración de riqueza es lo que
hay detrás de la diversión y el entretenimiento». Ya fuese una activista del
feminismo o una frívola diva de la moda, la «chica moderna» siguió siendo un
poderoso símbolo en Japón antes de la Gran Depresión y no transcurrió mucho
tiempo antes de que la hiciese compañía el «chico moderno» en el paseo por el
distrito de Ginza en Tokio.
No obstante, el
ascenso de la clase media se produjo a expensas de otras. El tumultuoso
ambiente económico y social provocaba una gran desigualdad económica y social
en la sociedad japonesa. En la década de 1920, por ejemplo, aumentó el número
de miembros de los sindicatos de 103.412 a 354.312 y muchas huelgas importantes
amenazaron el moderno motor industrial japonés. En 1921, las empleadas de la
Tokyo Muslin Company abandonaron sus puestos de trabajo para pedir mejores
pagas, una jornada de ocho horas y mejor comida en los alojamientos
comunitarios. Ese mismo año, 30.000 obreros industriales cualificados de los
astilleros Kawasaki y Mitsubishi en Kobe pararon para exigir subida de salarios
y mejores condiciones laborales. En 1927, miles de trabajadores de la empresa
Noda Soy Sauce, fabricante de la marca Kikkoman, fueron a la huelga. Esta se
volvió violenta cuando la compañía despidió a los huelguistas y contrató a
esquiroles, que fueron atacados por los piquetes de trabajadores. A uno incluso
le arrojaron ácido a la cara y la policía respondió golpeado a los huelguistas.
Al final, el afamado industrial Shibusawa Eiichi (1840-1931) hizo de mediador
en las conversaciones entre ambas partes, que consiguieron poner fin a la
huelga.
Mientras los
obreros luchaban por una parte mayor del pastel económico Taishô, otros grupos
marginales seguían buscando un acceso. Muchos consideraban a los ainu del norte
de Japón, acribillados por las enfermedades y atrapados en la pobreza tras el
periodo Meiji, una «raza moribunda». Para combatir esa percepción, en 1930 unos
153
cuantos activistas crearon la «Asociación Ainu», que aún presiona a
favor de un mejor trato. En muchos aspectos, representaba un intento de
asimilación total de este pueblo en la corriente principal de la sociedad
japonesa. Otros pretendieron elevar el nivel de la cultura ainu. El joven Chiri
Yukie (1902-1922), antes de su trágica muerte a los diecinueve años, recopiló
cuentos de transmisión oral para la «La canción del dios búho», un homenaje a
las tradiciones orales que estaban desapareciendo de las aldeas ainu. Como los
ainu, los marginados japoneses aspiraban a un trato igualitario en la década de
1920. Se seguía asociando con la «impureza» a estos parias, que constituían
alrededor del 2 por 100 de la población y luchaban para conseguir empleo e
integrarse en la sociedad japonesa. En 1922, jóvenes activistas marginales
formaron la «Sociedad de los niveladores» y se dedicaron a perseguir la
«liberación total por nuestros propios medios». Emprendieron una «campaña
nacional de denuncia» en un intento de lograr que la gente que los había
discriminado en el pasado pidiese disculpas y para prevenir futuros prejuicios.
DEMOCRACIA IMPERIAL
Junto a la
emergencia de una nueva clase media e identidades consumistas, la nueva
política democrática de Japón avanzó en paralelo al ascenso económico del país.
Antes de la promulgación de la Constitución Meiji, «viejos estadistas» habían
manejado los asuntos de Japón. Personajes como Itô Hirobumi (1841-1909) y
Kuroda Kiyotaka (1840-1900), nombrados por el emperador, supervisaron el
gobierno Meiji. Durante las primeras décadas de este periodo, unos cuantos
hombres, principalmente de los dominios de Chôshû y Satsuma, ocuparon poderosos
cargos en el gabinete. Los votantes masculinos japoneses acudieron por primera
vez a las urnas en julio de 1890 para elegir a 300 hombres para la nueva Cámara
de Representantes. Los resultados emocionaron a los activistas demócratas en
Japón porque partidos como el Shinpotô (Partido Progresista) de Ôkuma Shigenobu
(1838-1922) y el Jiyûtô (Partido Liberal) de Itagaki Taisuke ganaron la mayoría
de los escaños. A finales del siglo XIX, parecía que la democracia
parlamentaria había arribado a las costas japonesas. Pero los partidos
políticos enseguida irritaron a los «viejos estadistas» con sus incesantes
disputas, tomas de posiciones y polémicas, lo que desató acusaciones de que
estaban sólo al servicio de sus propias «agendas interesadas y estrechas de
miras». Durante el último periodo Meiji, el temor a los políticos partidistas
de conveniencia motivó la aparición de estadistas de «gabinetes
trascendentales» que, como Kuroda Kiyotaka proclamó, podían «estar
incondicionalmente por encima de los partidos políticos y mantenerse al margen
de los mismos, para seguir así el camino correcto». El miedo de Itô a las
repercusiones internacionales si la democratización naufragaba, hizo que
abandonase la idea del «gabinete trascendental» y nombrara a Itagaki ministro
de Interior en 1896. Le siguieron los nombramientos de otros políticos de
partido.
El político más
destacado de inicios de la década de 1920 fue Hara Kei (1856-1921, también
conocido como Hara Takashi) (figura 20), que con sus Rikken Seiyûkai (Amigos
del Partido del Gobierno Constitucional) consolidó el primer gobierno de
partido verdadero de la historia japonesa. Hara fue el primer político
importante de Japón de origen plebeyo, pero no por eso hizo concesiones en su
ansia de ley, orden y crecimiento económico. En 1920, por ejemplo, Hara
desplegó al ejército para disolver una huelga de trabajadores del acero. Con
esto se ganó la admiración de viejos militares como Yamagata Aritomo, que
sirvió mucho tiempo como estadista en la institución política. Yamagata hacía
la siguiente observación: «¡Hara es extraordinario! Los tranvías y las acerías
se han tranquilizado. Las políticas de Hara son admirables».
154
Figura 20. Retrato
de Hara Takashi.
La herencia de Hara
es desigual: fracasó a la hora de explotar su mayoría para impulsar la
legislación mediante sufragio universal, para gran enfado de sus críticos
socialistas y demócratas. Para defender su falta de acción, Hara argumentaba:
«Es demasiado pronto. La abolición de las restricciones al impuesto de
propiedad [para votar] con intención de erradicar las distinciones de clase es
una idea peligrosa». En 1919, modificó finalmente los requisitos para tener
derecho a voto, lo que aumentó el electorado en Japón de 3 millones de hombres
al 5 por 100 de la población. Al cambiar la legislación Meiji de 1900, el
gobierno garantizó derechos limitados a las mujeres para que asistiesen a
mítines políticos. También convirtió a Japón en miembro fundador de la Liga de
Naciones.
Entre 1918 y 1931,
el sistema de partidos japonés creó una puerta giratoria para primeros
ministros y sus gobiernos: 11 primeros ministros, todos del Rokken Seiyûkai,
Kenseitô (Partido Constitucional) y Rokken Minseitô (Partido Democrático
Constitucional) formaron gabinetes. La política de partidos en Japón se asoció
cada vez más con la ambición y la corrupción, lo que enfureció a los
ultranacionalistas de derechas y dio lugar a lo que un observador
estadounidense describió como «gobierno por asesinato». Para ilustrar la
inestabilidad política de esa época, un guardagujas ferroviario de diecinueve
años acuchilló a Hara hasta matarlo en 1921. Los años 1920 y 1930 fueron
peligrosos para los políticos e industriales japoneses. Los ultranacionalistas,
que condenaban a los industriales y a sus lacayos de los partidos políticos por
socavar el imperio con sus mezquinos intereses, tomaron cartas en el asunto. En
1920, por ejemplo, los ultranacionalistas atacaron al primer ministro Hamaguchi
Osachi (1870-1931), que murió a causa de las heridas nueve meses más tarde. En
1932, algunos miembros del ultranacionalista «Cuerpo de la Fraternidad de la
Sangre» dispararon a Inoue Junnosuke (1869-1932), antiguo gobernador del Banco
de Japón, y un mes más tarde otros miembros del mismo grupo asesinaron a Dan
Takuma (1858-1932), director general del zaibatsu Mitsui,
cuando salía de su despacho. La Fraternidad de la Sangre responsabilizaba a
esos hombres de las penurias económicas de Japón durante la Gran Depresión. A
continuación,
155
cadetes de la Armada asesinaron al primer ministro Inukai Tsuyoshi
(1855-1932) en su residencia, después de que el líder del gobierno civil
japonés desafiara tímidamente la continua «vigilancia» militar en Manchuria del
ejército de Kwantung. Además, los cadetes navales lanzaron granadas en oficinas
del gobierno y de los partidos políticos, y en la sede central del Mitsubishi
Bank en Tokio. A juzgar por los objetivos elegidos, los ultranacionalistas
consideraban que los principales industriales japoneses y los partidos por
ellos subvencionados eran los responsables de los males sociales, económicos y
de política exterior de la nación.
Hombres como Dan
Takuma, que se graduó en el MIT (Massachusetts Institute of Technology), fueron
coherentes defensores la democracia y las políticas económicas liberales. En
1921 viajó con hombres de negocios a Estados Unidos y Europa y buscó estrechar
relaciones con las grandes potencias, una elección que, a ojos de los
ultranacionalistas, aseguraba su muerte. Para aquellos jóvenes, había
traicionado el legado de la Restauración Meiji, o lo que con frecuencia
llamaban el «orgullo Meiji».
A inicios de los
años 1930, el gobierno civil era más frágil que nunca y los críticos de
derechas más vociferantes. El documento fundacional de otro grupo
ultranacionalista formado en 1930, la Sociedad del Cerezo en Flor, expresaba
las preocupaciones de la derecha de manera concisa: «Si observamos las
recientes tendencias sociales, los principales líderes asumen una conducta
inmoral, los partidos políticos son corruptos, ni capitalistas ni aristócratas
entienden a las masas, las aldeas rurales están devastadas, el desempleo y la
depresión son graves». En esencia, bajo el sistema de partidos democráticos,
«el espíritu emprendedor positivo que marcó el periodo que siguió a la
Restauración Meiji se ha desvanecido por completo». Las sombras de la era Meiji
se cernieron amenazadoras a medida que avanzaba lentamente el estancamiento de
finales de la década de 1920 e inicios de la de 1930. Jóvenes oficiales del
ejército y otros ultranacionalistas impulsaron el nacionalismo imperial de
finales de los periodos Tokugawa y Meiji, comparando la pureza del poder
imperial con la avaricia y el egoísmo de la política de partidos. De ahí que la
Sociedad del Cerezo en Flor pudiera afirmar: «El pueblo comparte nuestra ansia
por la aparición de un gobierno limpio y enérgico, basado de verdad en las
masas y con el emperador como centro genuino». Para esta Sociedad, fundada por
un teniente coronel, el ejército, bajo mando exclusivo del emperador de acuerdo
con la Constitución Meiji, podía jugar un papel decisivo a la hora de restaurar
un gobierno «limpio», en el que la corrupción de la política de partidos
pudiese ser barrida. «Aunque nosotros, como militares, no participemos
directamente en el gobierno, quedará patente nuestra devoción por servir al
país cuando el momento y la ocasión lo demande, y trabajaremos para enmendar a
los gobernantes y expandir el poder nacional», continuaba la Sociedad.
A pesar de ser
progresistas en un sentido restringido, los gobiernos japoneses de la década de
1920 también fueron capaces de ejercer la violencia política. En 1920, Hara
reprimió una huelga en la acería más grande de Japón de forma brutal y
concluyente. Tres años más tarde, después del gran terremoto de Kantô, las
fuerzas gubernamentales toleraron e incluso alentaron la violencia contra
«bolcheviques» y «coreanos», mientras los partidos políticos cerraban los ojos.
Dos semanas después del temblor, la policía asesinó a la feminista y crítica
social Itô Noe (1895-1923) y a su amante anarquista Ôsugi Sakae (1885-1923),
junto con el sobrino de este. También mataron a un destacado líder sindical. En
1925, bajo el Kenseitô, el gobierno aprobó la «Ley de Preservación de la
Seguridad Pública», por la cual las críticas al emperador y al sistema de
posesión de la propiedad privada eran castigadas con la muerte. Amparada por
esta ley, en 1928 la policía persiguió a miles de miembros del Partido
Comunista. El gobierno también potenció las actividades de la Policía del
Pensamiento, que erradicaba la disensión política, principalmente la de los
comunistas. Se estima que entre 1925 y 1945 la policía del gobierno arrestó a
70.000
156
personas con ayuda de esta ley. Se convirtió en un símbolo tristemente
célebre del «valle oscuro» japonés durante las décadas de 1910 a 1930.
En este inestable
ambiente político empezaron a surgir nuevas voces, que no encajaban exactamente
en las categorías de derecha o izquierda. La de Kita Ikki (1883-1937) fue una
de ellas. A los catorce años empezó a interesarse por el socialismo y a los diecisiete
publicaba artículos en un periódico local criticando las teorías políticas
Meiji sobre la «esencia nacional» de Japón. Los artículos le hicieron merecedor
de una investigación política, pero el asunto no fue más allá. En 1904 Kita se
trasladó a Tokio, donde se introdujo en círculos socialistas, aunque quedó
decepcionado con aquellos superficiales «oportunistas». De hecho, las teorías
políticas socialistas de Kita tenían poco de marxistas y recordaban más al
nacionalsocialismo alemán, excepto por el antisemitismo. Kita pasó varios años
en China, implicado en el derrocamiento de la dinastía Qing. Cuando regresó a
Japón en 1919 se vinculó con la política ultranacionalista radical. Ese año
publicó su Nihon kaizô hôan taikô (Plan para la reorganización
de Japón), que resaltaba la necesidad de que Asia se liberase de los grilletes
del imperialismo occidental. Un Japón revitalizado conduciría a Asia lejos de
la oscuridad de la opresión de Occidente. «Verdaderamente, nuestros 700
millones de hermanos en China e India no tienen otro camino a la independencia
que el que les ofrece nuestra guía y protección», escribió. Japón debía
convertirse en un carismático Estado autoritario liderado por el emperador,
consumando así lo que Kita llamó la «restauración Shôwa». Mediante la
suspensión de la Constitución Meiji, Japón podía evitar la «influencia maligna»
de la Dieta y el egoísmo de los partidos políticos. La voz de Kita,
ultranacionalista, antidemocrática y antipartido, cobró cada vez más influencia
al entrar Japón en los años 1930. Y, lo que es más importante, ganó empuje
entre un gran número de jóvenes oficiales del ejército, cada día más
convencidos de que debían tomar cartas en el asunto.
Un sombrío evento
ilustra el campo minado de la política imperial japonesa en esta coyuntura. En
1936, un puñado de maestros de artes marciales de Okinawa se reunió en Naha
para discutir cómo integrar mejor los estilos de lucha de Okinawa en las artes
marciales y los clubes deportivos del Japón imperial. Tradicionalmente, los
habitantes de Okinawa llamaban a su modalidad de arte marcial tôdi,
que también se puede leer como karate. En kanji significa
«manos chinas» y tiene sentido porque las técnicas de lucha había
sido importadas originalmente de China, donde sus practicantes las conocían
como quanfa . Antes de convertirse en la prefectura de
Okinawa, en 1879, las islas Ryukyu habían sido una importante vía
de entrada para los productos, medicinas e ideas procedentes de China. Pero el
clima político en 1936 implicaba que los maestros de Okinawa cambiasen el kanji de
sus artes marciales tradicionales para que fuesen incluidas junto a actividades
como el yudo y el kendo. Al final cambiaron el kanji para
karate de «manos chinas» a «manos vacías», en alusión al estilo de lucha sin
armas. El punto importante es que un arte marcial quintaesencialmente japonés
había llegado de China a través de Okinawa, cuyos maestros, para preservar su
herencia cultural, tuvieron que sortear con cuidado la política imperial de la
década de 1930, en la que el repertorio chino había sufrido una considerable
merma en el imaginario japonés. China, en otro tiempo cuna del confucianismo y
los «dioses eminentes», estaba siendo borrada literalmente de las tradiciones
de Okinawa y asimilada en el Imperio japonés.
CONCLUSIÓN
En octubre de 1929
se hundió la Bolsa de Nueva York. Como sucedió en muchas otras naciones, la
Gran Depresión golpeó con fuerza a Japón, aunque estadísticamente provocó menos
daños que el colapso financiero estadounidense. La Gran Depresión afectó duramente
a los arrendatarios rurales japoneses y a los comerciantes, pero las
157
estadísticas de desempleo nunca llegaron a ser como las de Estados
Unidos o ciertas partes de Europa. No obstante, la Gran Depresión socavó el
poco respaldo que aún tenía la política de partidos en Japón. Los
acontecimientos internacionales, sobre todo los del norte de China y Manchuria,
prendieron con facilidad en la leña seca del ámbito interno japonés. En medio
de la crisis económica, Machuria parecía encerrar una importante promesa de
ayuda para sacar a Japón de su estancamiento económico. Jóvenes oficiales,
rebosantes de los ideales de Kita Ikki y cansados de la egoísta política
partidista, empezaron a hacerse con el control. Los asesinatos estratégicos
fueron un ingrediente en la emergencia del ultranacionalismo y el fascismo en
Japón, al igual que la vigilancia militar en Manchuria. En 1931, jóvenes
oficiales del ejército de Kwantung se encargaron de organizar los sucesos que
precipitaron la Guerra del Pacífico. En sus mentes, desatar una «guerra final»
con Estados Unidos purgaría la economía liberal de Japón, que actuaba en
interés propio, con el fascismo imperial en ascenso. En opinión de muchos, el
destino del mundo estaba en la balanza.
158
La Guerra del
Pacífico
(1931-1945)
En los años 1930,
la cultura fascista japonesa configuró su política, su cultura y sus relaciones
exteriores. El «aventurismo» militar en Manchuria y los asesinatos políticos en
casa llevaron al hundimiento de la política de partidos y al ascenso del gobierno
militar, en el que generales, almirantes y sus lugartenientes ocuparon los
puestos más altos del gabinete. En 1931, el ejército de Kwantung conquistó gran
parte de Manchuria y Tokio acabó aceptando esas ganancias territoriales
como fait accompli. El nacimiento del Imperio autárquico japonés
(mapa 3) avanzó en paralelo a esas victorias militares. Indignado con la
fastidiosa diplomacia, Japón renunció a la Liga de Naciones y a la mayoría de
sus acuerdos internacionales. Con una invasión en toda regla de China, a partir
de 1937 Japón libró la llamada «Gran Guerra de Asia Oriental», atacando Pearl
Harbor (1941) y arrastrando a Estados Unidos al conflicto. El racismo, los
malentendidos culturales y la pura crueldad caracterizaron la contienda en
ambos bandos. Las corrientes históricas que llevaron al espectacular colapso de
la política de partidos y la emergencia del militarismo tuvieron sus raíces en
el nacionalismo imperial y la Constitución Meiji, que había aislado al ejército
de la creciente desazón en la política parlamentaria. Los militares japoneses
siempre estuvieron al margen de la refriega política y en el imaginario popular
trascendían la corrupción de la economía y la política liberales, cada vez más
estrechamente asociada con los excesos del individualismo estadounidense y la
codicia.
Mapa 3. Imperio
japonés, 1874-1945.
159
Todos los implicados en la Guerra del Pacífico pagaron un alto precio.
Millones murieron en el escenario bélico del Pacífico como resultado del
expansionismo japonés. Dentro del país, aunque inicialmente fascinados por la
exuberante cultura de la guerra total, los japoneses empezaron a sufrir
mientras atravesaban el llamado «valle oscuro» a medida que la derrota se
alzaba amenazadora en el horizonte. En 1945, Estados Unidos y sus aliados
habían paralizado la industria y la maquinaria militar de Japón y con el
bombardeo atómico de Hiroshima y Nagasaki Japón «se rindió incondicionalmente».
En los siete años de ocupación estadounidense que siguieron a la guerra se
produjeron profundos y generalizados cambios en las instituciones políticas
japonesas, la aplicación de la ley, la defensa, la educación, la economía y la
cultura popular, cuyo legado configuró la sociedad nipona durante los años de
posguerra.
INCIDENTE EN
MANCHURIA
El oficial del
ejército de Kwantung Ishiwara Kanji (1889-1949), artífice del Incidente de
Mukden o de Manchuria (1931), creía que Japón y Estados Unidos estaban abocados
a una confrontación masiva en el Pacífico, o lo que llamó una «guerra final».
Estaba en juego nada menos que la «salvación del mundo». Como muchos jóvenes
oficiales idealistas, no veía la hora de que se produjese un incidente que
hiciera estallar la guerra en Manchuria. «Cuando los preparativos militares
estén completados no tendremos que ir muy lejos para encontrar el motivo o la
ocasión. Todo lo que necesitamos es elegir el momento y proclamar al mundo
nuestra incorporación de Manchuria», sostenía. «Si hace falta el ejército de
Kwantung puede crear la ocasión para que esto suceda mediante una conspiración
y obligar a la nación a aceptarlo.» Eso es precisamente lo que él y su
colaborador Itagaki Seishirô (1885-1948) hicieron en septiembre de 1931.
El ejército de
Kwantung había intentado fomentar y aprovechar los disturbios en Manchuria
antes. En 1928, por ejemplo, sus fuerzas volaron el vagón del señor de la
guerra manchú Zhang Zoulin (1875-1928). En su viaje de regreso desde Pekín, el
tren de Zhang cruzó la línea del Ferrocarril del Sur de Manchuria controlada
por los japoneses, donde un oficial del ejército de Kwantung había colocado
explosivos. Los oficiales japoneses aseguraron después que el ejército de
Kwantung estaba molesto por la incapacidad de Zhang para frenar la Expedición
del Norte (1926-1928) de Chiang Kai-shek (1887-1975), el intento del Kuomintang
(Partido Nacionalista) de unificar China bajo una sola autoridad nacional. Los
japoneses habían prosperado en el vulnerable y descentralizado ámbito político
y las tentativas del Kuomintang de unificar el país amenazaban su empresa
colonial. También es cierto que al matar a Zhang el ejército de Kwantung
esperaba generar un conflicto mayor en Manchuria, que ofreciese la raison
d’être para extender la guerra en el norte de China y sacar ventaja a
los políticos de los partidos en Tokio.
El asesinato de
Zhang en 1928 no consiguió expandir el conflicto, pero el 18 de septiembre de
1931 el Incidente de Mukden obtuvo el efecto deseado. Amparados en la
oscuridad, miembros de ejército de Kwantung intentaron volar una sección del
Ferrocarril del Sur de Manchuria. El ejército culpó de inmediato de la
explosión a bandidos chinos y en cuestión de días ocuparon Mukden y Changchun.
Con la velocidad del rayo, el ejército de Kwantung ocupó Jilin (22-23 de
septiembre), Qiqihar (20 de noviembre), el sudoeste de Manchuria (31 de
diciembre) y Harbin (5 de febrero). Hartos de que en Tokio se hicieran los
remolones, los oficiales del ejército de Kwantung obligaron al gobierno civil a
aceptar el fait accompli. El gabinete del primer ministro Wakatsuki
Reijirô (1866-1949) aprobó con renuencia la conquista de Jilin.
Wakatsuki renunció a su cargo tras la toma de Qiqihar e Inukai Tsuyoshi
(1855-1932), el último primer ministro civil hasta el periodo de posguerra,
160
tomó las riendas hasta su asesinato en 1932 por ultranacionalistas. En
1932, bajo Inukai, Japón instauró el Manchukuo, que se convirtió en
protectorado del imperio.
En diciembre de
1931, la Liga de Naciones encargó que el «Informe Lytton» determinase qué había
ocurrido en realidad en Manchuria. Cuando el informe fue finalmente publicado
en octubre de 1932, el tema de quién había provocado el incidente quedó en
buena medida sin examinar. No obstante, el informe era crítico con las acciones
de supuesta autodefensa del ejército Kwantung tras el incidente, en particular
las invasiones de las principales ciudades manchúes. Cuando la Liga de Naciones
elevó una moción para condenar a Japón como «agresor» en Manchuria, el
extravagante embajador Matsuoka Yôsuke (1880-1946) se marchó. Japón se retiró
oficialmente de la Liga de Naciones el mes siguiente. A raíz de este abandono,
Japón empezó a renunciar a otros acuerdos internacionales como la Convención
para la Caza de Focas de 1911. Se creó un imperio autárquico en gran parte
divorciado de la ley internacional.
Las acciones
militares en Manchuria siguieron transformando la política y la cultura en
Japón, llevaron a la aparición de un Estado fascista. Los informes desde
Manchuria inundaron los medios de noticias japoneses. Los periódicos y las
emisoras de radio introdujeron a Manchuria en las salas de estar familiares.
Más gente que nunca escuchaba la información de la guerra, incluida la
cobertura en directo desde el frente. En 1932, Para entender las nuevas
armas y El comentarista militar estaban entre los
títulos más populares en Tokio, prueba de la cultura militarizada
que consumía la mayoría de la población japonesa. Las publicaciones centraban
su atención en el «problema de Manchuria» con ediciones especiales en los
kioskos. Las canciones bélicas patrióticas sustituyeron al jazz despreocupado
de la década previa, con «¡Ah, nuestra Manchuria!» entre los temas favoritos
del público. Producciones teatrales como Los primeros pasos en Fengtian
– Manchuria del Sur resplandece bajo el sol naciente copaban las
carteleras de Tokio. Muchas obras promovían el mito del sacrificio
y los «tres proyectiles humanos» ocupaban los primeros puestos de las listas. A
mediados de la década de 1930, la mayoría de los japoneses consideraban
excitante la perspectiva de la guerra total en Manchuria. Y Manchuria se
transformó en el tema dominante en las noticias y el mundo del entretenimiento.
Sin embargo, no
todos los japoneses creían en esa estimulante cultura de la guerra. El mismo
año del Incidente de Manchuria, la policía secreta japonesa detuvo a 10.422
izquierdistas, y en los dos siguientes años 13.938 y 14.622 izquierdistas,
respectivamente, fueron encarcelados. El gobierno consideraba a la izquierda un
peligro subversivo para el kokutai de Japón, la «esencia
nacional». También situó a los intelectuales en su punto de mira,
incluido el experto constitucionalista Minobe Tatsukichi (1873-1948). Minobe
había expuesto en su «teoría del emperador como órgano» que la institución
imperial era sólo uno de los «órganos» de gobierno, siendo los otros dos la
Dieta y la burocracia. Sus teorías limitaban implícitamente la posición central
del emperador en la política Taishô y la Shôwa, lo que desató la ira de los
ultranacionalistas. Una organización patriótica se quejaba de que la «teoría
del emperador como órgano es contraria a la esencia de nuestra inigualable
política nacional y una blasfemia contra la sacralidad del trono». En 1937, el
Ministerio de Educación expuso la idea de la «inigualable política nacional»
en Kokutai no hongi (Principios fundamentales de la política
nacional), mencionada brevemente en el capítulo 2, que vinculaba la
«hermosa naturaleza de Japón, no vista en otros países» con su «esencia
nacional» única. El Kokutai no hongi ofrecía ejemplos
comparativos: «Los atractivos naturales sobrepasan a los de la India, y en
Occidente se tiene la impresión de que el hombre somete a la naturaleza. En
ningún sitio como en nuestro país se encuentra la profunda armonía entre hombre
y naturaleza. Nuestro pueblo está en constante armonía con la naturaleza». El
entorno natural quedó ligado a ese carácter nacional «inigualable». En ese
contexto, no sorprende que Japón creara sus primeros parques nacionales en la
161
década de 1930, en un intento de preservar elementos de ese medio
ambiente natural sublime.
Durante el
dramático «Incidente del 26 de febrero», el pensamiento patriótico que
consideraba la política nacional, el emperador y el ejército «inigualables»
tuvo una terrible expresión en las calles de Tokio. El 26 de febrero de 1936,
21 jóvenes oficiales de la Primera División incitaron a 1.400 hombres a
abandonar sus acuartelamientos en Tokio para derrocar al gobierno. Esa mañana
de febrero, los disparos que se dejaron oír en la nevada capital señalaron otra
ronda de asesinatos políticos. Los fanáticos militares mataron al ministro de
Finanzas Takahashi Korekiyo (1854-1936), al anterior primer ministro Saitô
Makoto (1858-1936) y a otras personalidades. El primer ministro Okada Keisuke
(1868-1952) logró escapar gracias a que su esposa lo sacó de casa disfrazado de
mujer. A mediodía los cabecillas del golpe se habían hecho con gran parte del
control y tenían rodeados la Dieta y los cuarteles. La filosofía política de
derechas de Kita Ikki había inspirado a los responsables, que aspiraban a
«despertar al pueblo y traer una Restauración Shôwa». Básicamente, los líderes
golpistas deseaban «eliminar las barreras que separaban al pueblo del
emperador», nacionalizar las principales industrias, ayudar a los arrendatarios
rurales y echar a los corrompidos partidos políticos del poder. La toma de
poder fracasó cuando el emperador Hirohito (1901-1989) se puso en contra de los
autores: diez batallones se desplazaron a Tokio y rodearon las posiciones
rebeldes. El 29 de febrero todo había acabado. El ejército perdonó a la mayoría
de los soldados y suboficiales, pero mandó ante un pelotón de fusilamiento
público a 13 jóvenes oficiales, así como al cabecilla intelectual del golpe,
Kita Ikki. El «Incidente del 26 de febrero» fue el último desafío serio a la
autoridad del gobierno en esos tormentosos años, en buena medida porque el país
se enfrentaba a la acuciante perspectiva de la guerra total en China.
GRAN GUERRA DE ASIA
ORIENTAL (GUERRA DEL PACÍFICO)
En julio de 1937,
Japón y China se sumergieron en una guerra total tras el aparentemente trivial
«Incidente del puente Marco Polo». De acuerdo con el Protocolo Boxer (1901),
Japón había estacionado tropas cerca de Pekín. Mientras realizaban maniobras
nocturnas en las proximidades del ornamentado puente, los soldados chinos
respondieron, supuestamente, a los cartuchos de fogueo japoneses con fuego
real. Un soldado japonés desapareció temporalmente. Los oficiales en Tokio y en
el escenario chino procuraron de inmediato bajar la tensión de la situación.
Hasta el artífice del Incidente de Manchuria, Ishiwara Kanji, al que habían
transferido a Tokio, quiso quitar hierro al asunto. Como muchos colegas en ese
momento, Ishiwara creía que la Unión Soviética, no China, era la mayor amenaza
estratégica en la región para Japón. Con un buen conocimiento de la historia
militar, Ishiwara comparó la posible implicación en China con la campaña de
Napoleón en España, considerándola un «lento hundimiento en el lodazal más profundo».
El primer ministro Konoe Fumimaro (1891-1945) secundó a los militares y reiteró
el compromiso de «no expansión» de Tokio y el «arreglo local» de lo que empezó
a ser denominado el «problema de China». Aunque los responsables militares
chinos y japoneses alcanzaron un acuerdo, Chian Kai-shek se negó a aceptarlo.
El Kuomintang se había vuelto más poderoso en el norte de China tras la
instauración en 1928 del régimen nacionalista en Nanjing. Chiang empezó a
canalizar el sentimiento nacionalista, que tenía una intensa antipatía por
Japón. Abriéndose camino cautelosamente en el panorama político, Chang dio
instrucciones a los mandos militares locales de que rechazasen el acuerdo.
Luego, recolocó a sus cuatro divisiones en la provincia de Hebe en violación de
anteriores pactos sinojaponeses.
162
Dos días después del Incidente del puente Marco Polo, Chiang dijo: «Si
nos permitimos perder un centímetro más de nuestro territorio, seremos
culpables de un delito imperdonable contra nuestra raza». Chiang desplazó con
éxito el problema de manos de los comandantes locales al terreno de las
maniobras geopolíticas. Japón respondió a la retórica de Chiang con sonido de
sables: despachó tres divisiones a China por consejo del general Tôjô Hideki
(1884-1948). Treinta días después del incidente, el Ejército Japonés de
Guarnición de China ocupó Pekín. El «problema de China» se transformó así en la
guerra de China. Pronto estalló la violencia en Shanghái, con crueles
enfrentamientos entre nacionalistas y comunistas chinos en abril de 1927. Las
fuerzas japonesas allí eran mínimas comparadas con los 100.000 soldados del
Kuomintang. Una vez más, el primer ministro Konoe procedió al bombardeo
retórico al declarar que China había adoptado una actitud «arrogante e
insultante» hacia Japón que exigía una «acción decidida». A continuación,
bombarderos chinos atacaron las instalaciones navales japonesas en Shanghái y
Chiang ordenó la completa movilización de China para la guerra. «China está
abocada a defenderse a sí misma y a su existencia como nación», explicó. La
lucha en Shanghái fue salvaje y las tropas se enzarzaron en combates cuerpo a
cuerpo en las calles durante meses. Aunque al final los japoneses tomaron
Nanjing, la capital de Chiang, y Cantón, en 1938 la guerra había llegado a un
punto de estancamiento, como había profetizado Ishiwara que ocurriría.
Japón perseveró en
su altiva retórica al enumerar sus objetivos geopolíticos en Asia Oriental.
Tras la caída de Cantón, el primer ministro Konoe aclaraba: «Lo que Japón
persigue es el establecimiento de un nuevo orden que garantizará la estabilidad
permanente de Asia Oriental. Ese es el propósito último de la actual campaña
militar». De cara a esos fines, en agosto de 1940, el ministro de Exteriores
Matsuoka anunció la formación de la «Esfera de Coprosperidad de la Gran Asia
Oriental», un área de cooperación que abarcaba el Estado títere de Manchukuo y
China, además de la Indochina francesa y las Indias Orientales holandesas. El
primer ministro Konoe proclamó que las naciones de la «Esfera de Coprosperidad
de la Gran Asia Oriental» estarían unidas como «ocho cuerdas en la cumbre, un
solo tejado», en referencia al Nihon shoki (Crónicas de Japón,
720) del siglo VIII, que describía la extensión de los dominios del emperador
Jinmu en el antiguo reino. En su reencarnación del siglo XX, «ocho cuerdas, un
cielo» sugería una familia de naciones dirigidas por la benevolencia imperial.
Fue la culminación del panorientalismo, en el que todas las naciones
encontrarían «su lugar en el mundo» bajo el paternalismo japonés. Para bloquear
una respuesta estadounidense al movimiento en el Sudeste Asiático, el ministro
de Asuntos Exteriores Matsuoka firmó el «Pacto Tripartito» con la Alemania nazi
y la fascista Italia el mes siguiente, consolidando una alianza de seguridad
con los países europeos beligerantes. En diciembre de 1941, cerró la «Alianza
entre Tailandia y Japón», en la que ambos países prometían «relaciones
estrechas e inseparables», incluso en caso de ataque. En abril de 1941,
Matsuoka fue a Moscú para sellar el «Pacto de neutralidad Soviético-japonés»,
que aseguraba la frontera norte de Manchukuo para Japón. En julio, como
resultado de la vorágine diplomática de Matsuoka, tropas japonesas fueron
desplazadas a la Indochina francesa.
Estados Unidos
respondió a la beligerancia japonesa en el este y el Sudeste Asiático con
sanciones que restringían la posibilidad de Japón de adquirir recursos que
necesitaba urgentemente para su esfuerzo de guerra. Las sanciones comenzaron en
octubre de 1937, cuando el presidente Franklin Roosevelt (1882-1945) pronunció
un contundente discurso condenando una «epidemia de terror e ilegalidad
internacional», en una alusión nada sutil a Japón y la Alemania nazi. A medida
que Japón conseguía más territorio, los estadounidenses ampliaron el alcance de
sus sanciones. En 1939, Roosevelt extendió las sanciones al aluminio,
molibdeno, níquel y tungsteno. El año siguiente se incorporó a las sanciones el
combustible para aviación, el aceite lubricante y otros productos de la
163
maquinaria bélica japonesa. En 1941, después de que los japoneses
entrasen en la Indochina francesa, Roosevelt congeló los bienes de Japón en
Estados Unidos e impuso un embargo total sobre el crudo. Ese año Roosevelt
nombró al general Douglas MacArthur (1880-1964) comandante en Extremo Oriente,
fortaleciendo la posición militar de Estados Unidos en Asia. Por último,
también ese mismo año, Winston Churchill (1875-1965) y Roosevelt firmaron la
«Carta del Atlántico», que llamaba al internacionalismo y el desarme de las
naciones que cometiesen «agresiones fuera de sus fronteras». Estas medidas no
bastaron para disuadir a Japón. Mientras la guerra con Estados Unidos se cernía
en el horizonte, Japón empezó a planear las invasiones de Filipinas, Malasia,
Birmania y, bajo los auspicios del almirante Yamamoto Isoroku (1884-1943), la
base naval estadounidense de Pearl Harbor. Con esta última acción, Yamamoto
aspiraba a lograr un golpe rápido y decisivo contra la Flota del Pacífico
estadounidense y a establecer el dominio de Japón en el escenario del Pacífico.
En octubre de 1941,
mientras Estados Unidos y Japón se escoraban a gran velocidad hacia la guerra,
el emperador Hirohito nombró al general Tôjô primer ministro para «borrar la
pizarra» diplomáticamente. El jefe del Estado Mayor de la Armada advirtió que Japón
quemaba «400 toneladas de crudo a la hora», y que debía poner fin al punto
muerto con Estados Unidos. El primer ministro Tôjô trabajó estrechamente con
asesores militares para formular dos propuestas, ambas inaceptables para el
secretario de Estado Cordell Hull (1871-1955). Estados Unidos se negó a
reconocer a la «Esfera de Coprosperidad de la Gran Asia Oriental», mientras
Japón rechazaba la presencia estadounidense en Asia, que consideraba peligrosa
para sus intereses económicos y su seguridad. En los primeros días de diciembre
de 1941, Tôjô dijo a sus consejeros que había «agotado todos los medios a su
disposición» y que Estados Unidos no daba su brazo a torcer. El presidente del
Consejo Privado japonés resumió las preocupaciones japonesas en esta coyuntura
al confesar que los estadounidenses querían destruir los modernos logros
japoneses y socavar el legado del periodo Meiji. «Está claro que la existencia
de nuestro país está siendo amenazada», anunció, «que todos los grandes éxitos
del emperador Meiji habrán sido en vano y no hay nada que podamos hacer. Creo
que si las negociaciones con Estados Unidos son inútiles, es inevitable el
inicio de la guerra». En el mismo momento en que aireaba estos pensamientos, la
flota de Yamamoto se dirigía hacia Pearl Harbor y hacia el enfrentamiento entre
los dos adversarios del Pacífico.
El 7 de diciembre
de 1941, cuando expertos pilotos japoneses dejaron caer las bombas sobre Pearl
Harbor, ocho acorazados estadounidenses y 200 aviones resultaron dañados o
destruidos y casi 4.000 soldados murieron. Un escribiente que viajaba en el
buque insignia del almirante Yamamoto recordaba tras el ataque: «Llovieron
telegramas de celebración y felicitación al almirante Yamamoto Isoroku [...] Me
ocupé de ellos, abrí cada sobre y se lo pasé personalmente al almirante». El
almirante respondió con humildad sabiendo que la guerra sería larga. «Juro que
realizaré los más arduos esfuerzos y no me regodearé en este pequeño éxito al
comienzo de la guerra». Cinco días más tarde, el gobierno japonés proclamó la
«Gran Guerra de Asia Oriental», que ahora incluía a Estados Unidos y las
potencias ABCD (siglas inglesas de America [Estados Unidos], Britain [Gran
Bretaña], China y Dutch [holandeses]).
Las tropas
japonesas entraron raudas en Hong Kong (25 de diciembre), Manila (2 de enero de
1942), Singapur (15 de febrero), Yakarta (5 de marzo) y Rangún (8 de marzo). No
obstante, en el verano de 1942, la en apariencia invencible máquina de guerra
japonesa se hallaba a la defensiva. En la batalla de Midway, la Armada
estadounidense mandó al fondo del océano Pacífico a cuatro de los seis buques
implicados en Pearl Harbor. El desembarco de marines estadounidenses en
Guadalcanal obligó a los japoneses a evacuar la isla después de una feroz lucha
en la jungla. La batalla de Midway no fue el primer enfrentamiento importante
entre Estados Unidos y Japón, pero fue la más
164
decisiva. En mayo de 1942, en la batalla del mar del Coral,
estadounidenses y japoneses se encontraron en el primer choque marítimo; los
dos países se retiraron renqueando con serios daños, aunque Japón destruyó un
mayor número de barcos estadounidenses. En 1943, Estados Unidos y sus aliados
habían infligido varias derrotas importantes al ejército japonés, incluido el
derribo del avión de transporte del almirante Yamamoto, en el que murió. Tras
una serie de hirientes derrotas, Tôjô informó crípticamente a la Dieta: «La
verdadera guerra empieza ahora». En octubre de 1944, el admirante de la flota
Chester Nimitz (1885-1966) y MacArthur confluyeron en el golfo de Leyte, en las
islas Filipinas, donde hundieron seis cargueros japoneses y aplastaron
irreversiblemente a la en otro tiempo orgullosa Armada japonesa. Con la pérdida
de Filipinas, el esfuerzo bélico japonés se volvió más desesperado. En los
primeros meses de 1945, pilotos kamikaze, «viento divino», se dejaban caer
sobre los marines estadounidenses que se acercaban. A pesar de estas tácticas
suicidas, Estados Unidos ocupó Iwo Jima (marzo de 1945) y Okinawa (abril de
1945) en su aproximación a tierras japonesas. Al acercarse a Okinawa, las
fuerzas estadounidenses desembarcaron en la pequeña isla de Tokashiki, unas 20
millas al oeste de la isla principal. Cuando tocaron tierra a finales de marzo
de 1945, con la eufemísica orden de «pulverizar las joyas», los japoneses de
Tokashiki comenzaron a suicidarse en masa, a menudo matando a los miembros de
la familia con sus propias manos: había corrido el rumor de que los
estadounidenses mutilaban los cuerpos de los japoneses capturados. Un hombre
agazapado en una cueva de Tokashiki recordaba: «Sabíamos que si éramos
capturados nos harían pedazos. Nos cortarían la nariz, las orejas, los dedos y
nos pasarían por encima con sus tanques». Asustados y desesperados, él y su
hermano mataron a su madre machacando la cabeza de la pobre mujer con piedras.
También mataron a su hermano menor y a su hermana. Al llegar a Okinawa, la
batalla se tornó feroz (figura 21). 110.000 hombres de una guarnición japonesa
cayeron defendiendo la isla; 50.000 soldados estadounidenses murieron para
tomarla. La propaganda racista saturaba las dos orillas del Pacífico y
japoneses y estadounidenses libraron una guerra salvaje y despiadada. El
reportero estadounidense Ernie Pyle (1900-1945) comentó: «En Europa tenemos la
sensación de que nuestros enemigos, por horribles y mortíferos que sean, siguen
siendo personas [...] [Pero en el Pacífico] pronto me di cuenta de que los
japoneses eran vistos como algo subhumano y repulsivo; del mismo modo que
algunos miran a los ratones y a las cucarachas». No fue por azar que los
soldados estadounidenses consideraran «subhumanos» a los japoneses. Años de
propaganda gubernamental, en los que con frecuencia se retrataba a los
japoneses como monos o piojos, se habían instaurado profundamente en la
mentalidad de los soldados estadounidenses, transformando a hijos de granjeros
en asesinos en el campo de batalla.
165
Figura 21. El Yamato, orgullo de la Armada japonesa.
Era el barco de guerra más pesado de su época.
Este acorazado fue
encargado en diciembre de 1941 y botado cerca de Okinawa en abril de 1945.
En lugar de
deshumanizar a los soldados estadounidenses, la propaganda en Japón ensalzaba
la pureza racial de los japoneses convirtiendo la «Gran Guerra de Asia
Oriental» en una contienda moral contra el imperialismo de las grandes
potencias ABCD. De hecho, como proclamó el gobierno japonés durante el
conflicto:
Nosotros, la raza
Yamato, estamos vertiendo ahora nuestra sangre para cumplir nuestra misión en
la historia del mundo de establecer una Esfera de Coprosperidad de la Gran Asia
Oriental. Para liberar al billón de personas de Asia, y también para mantener nuestra
posición de liderazgo en la Esfera de Coprosperidad de la Gran Asia Oriental,
debemos regar con la sangre de los Yamato este suelo.
Pese a la noble
retórica, los japoneses habían librado una guerra despiadada, simbolizada por
la «Masacre de Nanjing» (diciembre de 1937) y otras atrocidades bien
documentadas, como la guerra biológica y los crueles experimentos en humanos
llevados a cabo por la Unidad 731. Por desgracia, las observaciones de Lewis
Smythe (n. 1901), un misionero cristiano, eran un lugar común en Nanjing cuando
los mandos japoneses perdieron el control de sus soldados. «La pasada noche, 15
de diciembre, soldados japoneses entraron en una casa china [...] y violaron a
la joven esposa y se llevaron a tres mujeres. Cuando dos de los maridos
huyeron, los soldados les dispararon a ambos.» Más tarde, en 1946, el Tribunal
de Distrito de Nanjing calculó que las fuerzas japonesas habían asesinado a
cerca de 300.000 hombres, mujeres y niños en la masacre.
HUELLAS ECOLÓGICAS
DE LA GUERRA
Es bien sabido que
la guerra total se cobró un terrible peaje entre la población humana de las
islas japonesas y en el escenario del Pacífico. Después de la guerra, Japón
quedó reducido a ruinas. Tokio perdió alrededor del 50 por 100 de sus edificios
a causa de los bombardeos; a nivel nacional, la guerra dejó a 8 millones de
personas sin hogar. El 80 por 100 de los barcos japoneses fueron destruidos y
el 30 por 100 de su capacidad industrial. 2,1 millones de japoneses perecieron
en el conflicto. En líneas generales, Estados Unidos estimó que entre 18 y 19
millones de personas murieron dentro de la esfera de las actividades militares
japonesas. La Guerra del Pacífico resultó catastrófica para la región
Asia-Pacífico.
Sin embargo, es
menos conocido el coste de la guerra para el medio ambiente natural japonés. El
daño medioambiental y las bajas humanas se entremezclaron con frecuencia. En
marzo de 1945, el «gran bombardeo aéreo de Tokio» arrasó casi 44 km2 de
la capital de la nación y mató a 80.000 personas. Durante los bombardeos de
1944 y 1945, casi una cuarta parte de las viviendas de Japón fueron destruidas,
quemadas o demolidas, dejando al 30 por 100 de la población sin hogar. En
total, los bombardeos estadounidenses mataron a cientos de miles de japoneses.
En muchos aspectos, aunque Tokio fue en gran medida reconstruida en 1923 tras
el gran terremoto de Kantô, la ciudad era un yesquero. Muchas ciudades estaban
construidas en buena parte de madera y fueron objetivos fáciles para las bombas
incendiarias. Como comentó proféticamente un periodista francés sobre Tokio
justo antes de los bombardeos:
La capital se
revuelve en su inmundicia. Una casa japonesa se pudre en 20 años, lo mismo que
una ciudad. Tokio, reconstruida en 1923 después del gran terremoto, estaba
deteriorada [...] No pueden imaginar una manea de salvar esta capital de la
descomposición y la ruina a menos
166
que alguna catástrofe impulse a reconstruirla de nuevo [...] un fuego
purificador, por ejemplo, que lo destruyese todo.
En marzo de 1945,
durante la «Operación Meetinghouse», los bombardeos en altura de las
«superfortalezas» B-29 estadounidenses dejaron caer miles de bombas
incendiarias sobre la ciudad.
No obstante, el
mundo natural demostró ser sorprendentemente resistente a las bombas, incluso
después de que Estados Unidos lanzase bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki.
Tras las dos bombas atómicas de agosto de 1945, la radiación residual se disipó
deprisa en los hipocentros y la vida animal y vegetal retornó a las ciudades
arrasadas. Las ratas y los insectos de Hiroshima, por ejemplo, reaparecieron
relativamente indemnes, lo mismo que la mayor parte de la vida vegetal. Cuando
los científicos japoneses recolectaron insectos en torno al hipocentro de la
explosión en Hiroshima, no detectaron alteraciones genéticas. En las ciudades
reducidas a ruinas, las plantas comenzaron a colonizar espacios anteriormente
habitados y la mayoría de las malformaciones florales desaparecieron en dos o
tres años. Un año después de la explosión 25 tipos de herbáceas habían
colonizado el hipocentro de Hiroshima, muchas de ellas plantas antes escasas.
Las plantas prosperaron de tal manera que un observador occidental escribió: «De
hecho, parece como si hubiesen dejado caer con las bombas una retorta con
semillas de Senna tora». En otras palabras, el incendio de las
principales ciudades japonesas, tanto por bombas incendiarias como atómicas,
abrió el camino a plantas y animales colonizadores, e incluso sus habitantes
humanos, una vez que terminó la guerra, recolonizaron rápidamente sus entornos
construidos.
Con anterioridad a
la guerra y durante la misma, la actividad económica japonesa transformó el
entorno natural. Como se ha mencionado, el gobierno japonés quería acumular
divisas extranjeras antes de declarar la guerra total y expandir las pesquerías
disponibles ofreció un modo de cumplir ese objetivo. En la década de 1930,
cuando los pescadores japoneses empezaron a explorar las costas más allá de
Japón, lo hicieron para suministrar pescado enlatado a los mercados
estadounidenses. Japón también incrementó la caza pelágica de ballenas y en
1938 era la tercera nación del globo con mayores capturas. En los años 1930
Japón había explotado los entornos de su imperio para impulsar su esfuerzo
bélico. Corea comenzó a cultivar arroz para los consumidores japoneses,
mientras en Manchuria la soja se convirtió en la cosecha por excelencia. Los
campesinos japoneses sembraron más trigo para exportarlo a Manchuria a cambio
de soja. Cuando fallaron las cosechas en Corea, que no era adecuada para el
monocultivo de arroz, las hambrunas golpearon Japón dificultando la
autosuficiencia durante los años de guerra y minando la filosofía autárquica
del imperio.
En general, la
agricultura japonesa experimentó masivas convulsiones en los años del
conflicto. Antes de la guerra, Japón era famoso por su uso intensivo de
fertilizantes químicos, pero cuando los funcionarios desviaron la producción a
instalaciones de fijación del nitrógeno, como la planta de Chisso en Minamata,
para generar químicos para el esfuerzo bélico, la producción de fertilizantes
disminuyó. El gobierno había suspendido todas las importaciones de fosfato y
potasio, que los granjeros utilizaban como abono. Para sustituirlos, comenzaron
a explorar el bosque en busca de mantillo y otros desechos orgánicos que
pudiesen emplear en su lugar. Como consecuencia, los bosques resultaron dañados
y el crecimiento de los árboles se atrofió. La erosión se intensificó y la
sedimentación de las vías de agua alcanzó un ritmo alarmante. Muchos campesinos
volvieron a la práctica de usar excrementos, a menudo en forma de aguas
residuales sin tratar ni compostar. El resultado fue que los excrementos
contaminaron las fuentes de agua y parásitos e infecciones bacterianas
florecieron durante los años de la contienda. El ganado desapareció
virtualmente de las granjas, porque los soldados requisaron casi todos los
caballos para el servicio en Manchuria y en otras partes. La mayoría de los
167
animales de compañía, como los perros, hacía mucho que habían sido
sacrificados para alimentar al creciente número de bocas humanas hambrientas.
Los pájaros escaseaban, ya que cazarlos para obtener comida se convirtió en un
«deber patriótico». Los cazadores mataban 7,5 millones de tordos, picogordos,
pinzones, verderones y escribanos palustres cada año para consumo humano.
La matanza de
grandes animales en el Zoológico Imperial de Tokio fue el ejemplo más dramático
de carnicería animal durante la guerra. A finales del siglo XIX e inicios del
siglo
XX el
zoo era un popular escenario de exhibición del imperio, parte de la euforia de
tiempos de guerra mencionada antes. En 1897, el Ministerio de la Familia aprobó
una exposición de animales «trofeos de guerra» y el zoológico se convirtió en
un centro de la cultura imperial. Un jabalí salvaje, capturado en Corea
mientras las tropas japonesas estaban de «safari», fue encerrado junto a un
ciervo del continente; tres camellos bactrianos confiscados a las tropas chinas
en Port Arthur en 1894 también se convirtieron en «nuevos huéspedes» del zoo,
lo mismo que el leopardo que una unidad manchú tenía como mascota. Los niños
podían alimentar a los caballos o animales de tiro que habían servido en el
frente. El emperador Meiji costeó la exhibición con dinero de los propios
cofres imperiales. Una vez que estuvo en marcha la «Guerra de la Gran Asia
Oriental», los funcionarios movilizaron el zoológico para impulsar las
exigencias culturales de la guerra total. Eran habituales las exposiciones de
«animales militares»: elefantes, camellos, yaks, mulas, asnos, palomas, perros
y caballos desplegados en campañas. Debido a la enorme popularidad del
zoológico entre los japoneses, y a su utilización como propaganda imperial y de
tiempo de guerra, la decisión de matar a los animales en el verano de 1943
resultó realmente dramática. La matanza se realizó al amparo de la oscuridad,
teóricamente para ahorrar alimentos escasos. Los cadáveres de los más famosos
habitantes del zoo fueron sacados por la entrada de servicio en carretillas
tapadas. Los cuidadores y empleados del zoológico mataron a unos 27 animales de
hambre, por envenenamiento, a martillazos y con lanzas de bambú afiladas.
Dispararles habría atraído demasiada atención. Dos leones de Abisinia recibidos
como regalo por el emperador Hirohito del emperador de Etiopía estaban entre
las víctimas, al igual que tres elefantes amaestrados y el leopardo de
Manchuria. En muchos sentidos, la matanza de los animales del zoológico fue
similar a otras acciones dramáticas que tuvieron lugar en Japón mientras el
país entraba en una «fase crítica» del esfuerzo de guerra. También los
zoológicos de Londres y Berlín habían matado animales, pero la ceremonia
budista que rodeó a las muertes, el «Servicio en recuerdo de los animales
mártires» celebrado en septiembre, revelaron que incluso muertos, los animales
servían como valiosa propaganda para el esfuerzo bélico japonés.
Japón no sólo
perdió muchos de sus animales, sino muchos árboles. Japón cortaba cada vez más
bosques para las importaciones de madera. A finales de los años 1930 la vendía
incluso en mercados internacionales para obtener divisas. Durante la guerra los
leñadores talaron muchos de los enclaves más majestuosos de Japón. Las cifras
son impactantes: entre 1941 y 1945 los leñadores talaron el 15 por 100 de los
bosques japoneses para el esfuerzo de guerra, y la inmensa mayoría del terreno
no fue reforestada. En 1951, un silvicultor estadounidense en Japón observó que
«los bosques accesibles han quedado reducidos a un estado de agotamiento por
una mala gestión forestal, la sobreexplotación prolongada, una reforestación
insuficiente, la erosión del suelo y la depredación de los insectos».
El «proyecto del
aceite de pino» también contribuyó a esta rampante deforestación. Tras el
embargo del petróleo de Estados Unidos, las reservas de petróleo cayeron y en
1944 los investigadores japoneses buscaron fuentes alternativas de energía para
mantener en marcha la maquinaria bélica de Japón. Para muchos, el aceite de
pino era la respuesta a la escasez de combustibles, pero la extracción
resultaba laboriosa y muy destructiva para el medio ambiente. A pesar de que la
energía humana y los sacrificios
168
medioambientales exigidos para fabricar el combustible eran
sobrecogedores, los súbditos japoneses golpeados por años de guerra total,
construyeron 34.000 alambiques para extraer 70.000 barriles de crudo de aceite
de pino de los bosques que aún quedaban en pie. Un observador comentaba:
«Monumentales pilas de raíces y tocones se alinean a lo largo de muchas
cunetas. Las laderas de los montes han quedado desnudas de árboles y retoños».
Lo irónico es que muy poco de este valioso aceite se quemó en los motores de
los cazas o los acorazados japoneses, porque los científicos nunca
perfeccionaron los métodos de refinado. El último clavo en el ataúd de los
bosques japoneses fue una plaga de coleópteros escolítidos provocada por la
rapacidad de las prácticas forestales de tiempo de guerra. Los silvicultores
calcularon que en 1946 los voraces escarabajos habían infestado 600.000
hectáreas de bosques de coníferas.
También en el
terreno industrial, los preparativos para la guerra produjeron problemas
medioambientales. Con el cambio de siglo, la mina de Mitsui en Kamioka, en la
prefectura de Toyama, pasó de la extracción de plata y cobre a la de plomo y
zinc, metales decisivos en la guerra. Al hacer esto, la mina liberó cientos de
toneladas métricas de cadmio muy pulverizado en la cuenca de drenaje del río
Jinzû. El cadmio envenenó a miles de agricultores, sobre todo mujeres, que
contrajeron la enfermedad itai-itai («¡ay, ay!» en japonés). Japón necesitaba
plomo para baterías y proyectiles; las fábricas de municiones usaban zinc con
casquillos de latón y los astilleros lo utilizaban para galvanizar los
acorazados navales. Una intricada red de circunstancias históricas llevó a la
aparición del envenenamiento por cadmio en la década de 1950, pero el empleo
del método de pulverización Potter, una tecnología para la separación de
metales, contribuyó a la biodisponibilidad de los desechos del cadmio en las
cercanas plantaciones de arroz. El pulverizado de minerales de Kamioka, que en
los años 1920 se había reducido a partículas de 0,18 mm que flotaban en cubas
de separación, se oxidaba e ionizaba al ser lavado en arroyos y ríos, lo que
facilitaba su camino hasta los tallos en los arrozales de las zonas bajas. Las
prácticas de trabajo imperiales también contribuyeron a la contaminación y las
enfermedades. En 1941, antes de que un gran número de prisioneros coreanos y
pilotos estadounidenses derribados trabajasen en Kamioka, los porcentajes de
recuperación del zinc representaban casi un 90 por 100 y los trabajadores
liberaban unas 20 toneladas de cadmio en el ambiente. A partir de 1943, cuando
coreanos no cualificados traídos básicamente como esclavos constituían el 50
por 100 de los mineros, extrajeron menos zinc y la cantidad de cadmio desechada
se triplicó. La huella perdurable de la Guerra del Pacífico en Toyama fue la
contaminación por cadmio y el envenenamiento. Después de acabada la guerra las
mujeres siguieron sufriendo a causa de la contaminación medioambiental
debilitante provocada por el esfuerzo de guerra japonés. Los cuerpos de esas
mujeres no fueron consagrados en Yasukuni como mártires, pero también ellas
deben ser incluidas como víctimas de la «Guerra de la Gran Asia Oriental».
HIROSHIMA Y
NAGASAKI
En 1945, el
machacante zumbido de los B-29 aterrorizaba por igual a los civiles y a los
soldados japoneses. Las «superfortalezas» construidas por Boeing llevaban el
caos y la destrucción gratuita a cualquier sitio donde apuntasen. De la ciudad
de Toyama no quedó prácticamente nada; la mayor parte de Tokio, como hemos
mencionado, quedó reducida a cenizas. El 6 de agosto de 1945, el B-29 Enola
Gay tiró su carga atómica, «Little Boy», sobre Hiroshima, que detonó
justo por debajo de los 600 metros sobre la ciudad. Tres días después se
produjo el bombardeo de Nagasaki. En Hiroshima, el aire sobrecalentado por una
emisión masiva de rayos-X explotó a partir del hipocentro y se expandió
concéntricamente hacia afuera a la velocidad del sonido, reduciendo a cenizas la
mayor parte de todo lo inflamable en su camino. La bola de fuego producida por
«Little
169
Boy» tenía 370 metros de diámetro y provocó temperaturas en la
superficie que alcanzaron los 6.000 grados centígrados. En cuestión de minutos
tras la explosión, «Little Boy» provocó una tormenta de fuego de 3,2 km de
diámetro. Yamaoka Michiko, que entonces tenía quince años, recordaba el momento
en que explotaron las bombas: «Nadie allí parecía un ser humano. Hasta ese
momento pensaba que habían caído bombas incendiarias. Todo el mundo estaba
aturdido. Los humanos habían perdido la capacidad de hablar. La gente ni
siquiera era capaz de gritar “¡Qué dolor!” aunque estuviesen ardiendo. No
decían “¡Quema!”. Se limitaban a permanecer sentados achicharrándose» (figura
22). Unos 66.000 ciudadanos de Hiroshima murieron directamente a causa de
«Little Boy» y «Fat Man» se cobró 73.883 vidas en Nagasaki. Por supuesto, miles
más murieron por la radiación a lo largo de los siguientes meses y años. El
presidente Harry Truman (1884-1972) expresó con claridad la venganza
estadounidense cuando explicó el empleo de la nueva arma: «La hemos usado con
aquellos que nos atacaron sin aviso en Pearl Harbor, contra los que han matado
de hambre, golpeado y ejecutado a los prisioneros de guerra estadounidenses,
contra los que han dejado de fingir que obedecen las leyes internacionales
relativas a los conflictos armados».
Figura 22. Una
víctima quemada en el bombardeo atómico de Hiroshima.
Japón se rindió el
15 de agosto de 1945. A mediodía, los japoneses se reunieron en torno a sus
aparatos de radio para escuchar, por vez primera, la voz temblorosa del
emperador Hirohito explicando la decisión. Manipulando deliberadamente su
considerable papel en la declaración, agitación y prolongación de la guerra,
Hirohito proclamó que se rendía para salvar a la «civilización humana» de la
«extinción total» y para lograr una «gran paz para todas las generaciones
venideras». Mientras las ciudades japonesas ardían, Hirohito afirmaba: «Que la
nación entera continúe adelante como una sola familia de generación en
generación, siempre firme en su fe en la inmortalidad de este país divino,
siempre consciente de la pesada carga de sus responsabilidades y del largo
camino que se abre ante ella». Con ese país divino arrasado por la guerra se
encontró el general MacArthur cuando descendió del avión en la base de la
fuerza aérea de Atsugi el 28 de agosto de 1945.
170
Hasta hoy, Japón
sobrelleva con incomodidad el legado histórico de su agresión imperial en el
siglo XX. Muchos jóvenes han empezado a investigar relatos justificadores como
la polémica historieta gráfica de Kobayashi Yoshinori (n. 1953): Sensôron (Sobre
la guerra, 1998). Dirigida directamente a una generación de jóvenes nacidos
después de la guerra, la crítica de Kobayashi de la idea de que Japón libró una
«guerra de agresión», en vez de perseguir objetivos legítimos de política
exterior antes y durante la Guerra del Pacífico, ganó considerable empuje
cuando apareció, para gran consternación de los vecinos de Japón. La Guerra del
Pacífico sigue siendo la experiencia que define el siglo
XX japonés.
Muchos, como el primer ministro de posguerra Nakasone Yasuhiro (n. 1918), a la
hora de ilustrar otros legados de esa guerra insisten en que la Constitución de
posguerra «huele a mantequilla» y han buscado reescribirla para reflejar
valores japoneses, incluyendo la renovación del vocabulario relacionado con el
emperador y el «Artículo Nueve». Nakasone comentó en una ocasión: «Mientras
existan las actuales instituciones, persistirá el estado de rendición
incondicional».
Si Japón aún vive
una situación de «rendición incondicional» es una cuestión de perspectiva
política, pero la necesidad de reconstrucción de Japón después de la guerra era
imperativa. Tras concluir la ocupación estadounidense en 1952, Japón empezó a
trabajar para recuperar su infraestructura económica, social y política. Obtuvo
un éxito extraordinario en esta tarea, pero no sin experimentar costes
nacionales. A medida que Japón comenzó a emerger como un líder económico
mundial por segunda vez, durante su «milagrosa» recuperación tras la guerra,
las implicaciones medioambientales de priorizar el crecimiento económico
desbocado empezaron a afectar a algunas de las comunidades japonesas más
vulnerables.
171
Historia del Japón
de posguerra
(1945-hoy)
Japón salió de la
guerra tambaleante, pero gracias a la resolución del periodo Meiji y el apoyo
de Estados Unidos, el pequeño país insular empezó enseguida su reconstrucción.
En la década de 1950 Japón había entrado en la era del «crecimiento acelerado»,
y lavadoras, frigoríficos y televisores, las «tres joyas sagradas» del
consumismo de posguerra, empezaron a forma parte de la mayoría de los hogares
japoneses, o al menos de la imaginación de la mayoría de los consumidores,
iluminando vidas antes abatidas. Las agencias gubernamentales, en colaboración
con las grandes empresas y los sindicatos, resguardados bajo el paraguas de
seguridad de Estados Unidos, orquestaron la recuperación económica que dio a
luz a fuerzas motrices mundiales como Toyota Motor Corporation y Sony. En lo
político, el conservador Partido Liberal Democrático lideró la Dieta durante
décadas. Revisó las reformas de los años de ocupación estadounidense y promovió
más tarde cambios constitucionales, así como una mayor privatización de la economía.
No obstante, cuando Japón entró en los años 1970, la contaminación
medioambiental tiñó su celebrado éxito económico. Aunque los «cuatro grandes»
casos –el envenenamiento por metilmercurio en Niigata y Minamata, el asma en
Yokkaichi y el envenenamiento por cadmio en Toyama– acapararon la mayor parte
de los titulares nacionales e internacionales, hubo otros problemas de
contaminación, más pequeños pero igualmente devastadores, allí donde el
desarrollo industrial fue desenfrenado. En aras de la recuperación económica de
posguerra, que constituyó una preocupación de la política japonesa durante
décadas, la nación parecía dispuesta a envenenar a las personas y los entornos
más vulnerables.
Del mismo modo que
las exportaciones de productos japoneses, desde el Toyota Corona al walkman de
Sony, caracterizaron las décadas posteriores a la Guerra del Pacífico, la
exportación de cultura popular ha caracterizado décadas recientes. Desde los
destrozos urbanos de Godzilla a las películas de animación de Miyazaki Hayao
(n. 1941), la producción cultural refleja muchas ansiedades japonesas
relacionadas con la guerra nuclear y la contaminación industrial. Japón ha
emergido como un importante exportador de cultura. Hoy la nación insular es tan
famosa por sus novelas gráficas como por la «guerra santa» que libra contra
Estados Unidos y su asombrosamente exitosa economía de posguerra.
LA OCUPACIÓN Y EL
CAMBIO DE RUMBO
Japoneses y
representantes de los Aliados sellaron los términos del Acta de Rendición el 2
de septiembre de 1945, a bordo del acorazado de la Armada estadounidense Missouri.
Aunque hubo pocos alardes en tan sombría ocasión, las dos banderas de Estados
Unidos que había a bordo del Missouri habían sido
cuidadosamente elegidas. La primera había sido desplegada por funcionarios de
la Casa Blanca la mañana del «día de la infamia» en Pearl Harbor; la otra, una
«Old Glory» con 31 estrellas, había ondeado en el buque insignia del comodoro
Matthew C. Perry cuando «abrió Japón» casi un siglo antes. Mediante la firma,
Japón se rindió incondicionalmente. De acuerdo con un informe de Estados Unidos
al general MacArthur: «Nuestras relaciones con Japón no descansan en una base
contractual, sino en una rendición sin condiciones. Dado que ostenta la
autoridad suprema, no atenderá ninguna cuestión que los japoneses planteen como
de su competencia». MacArthur entendía que su «competencia» en Japón era total.
172
En sus propias palabras, aspiraba a «poner a Japón al día con modernos
pensamientos y acciones progresistas». Los japoneses, por su parte, asumieron
la derrota, aceptaron estratégicamente el liderazgo de MacArthur y, justo
después de la ocupación estadounidense (1945-1952), reformaron las políticas y
prioridades según fue necesario. Como atestiguan sus memorias, la política de
ocupación de MacArthur era profundamente ambiciosa: ante todo, destruir el
poder militar. Castigar a los criminales de guerra. Levantar la estructura del
gobierno representativo. Modernizar la Constitución. Celebrar elecciones
libres. Conceder el derecho al voto a las mujeres. Liberar a los prisioneros
políticos. Liberar a los campesinos. Instaurar una prensa libre y responsable.
Liberalizar la educación. Descentralizar el poder político. Separar la Iglesia
del Estado...». A determinado nivel, buscaba reproducir la experiencia del
Japón Meiji y recolocar al país en una trayectoria democrática muy parecida a
la de Estados Unidos.
Pese a que los
japoneses se prepararon para la ocupación con inquietud, la ansiedad pronto se
convirtió en excitación cuando resultó evidente que los soldados
estadounidenses no planeaban transformar Japón en un colosal parque de
atracciones, como se había rumoreado, con un puñado de japonesas esclavizadas
en los puestos de comida. Muchos japoneses acogieron a sus ocupantes, porque
los habían liberado del Estado militarizado que dominó Japón durante décadas.
Como comentó un reportero tras la guerra:
Parece que la razón
por la que los jóvenes consideran Tokio un sitio maravilloso es porque fueron
liberados de las fuerzas opresoras por los estadounidenses. La policía ya no
puede pavonearse con arrogancia, ni tampoco los profesores y rectores. Los jóvenes
pueden comportarse con la libertad que deseen mientras no infrinjan la ley.
Tokio parece ahora preparado para asegurarles los placeres de la juventud y la
libertad.
Considerada desde
esa perspectiva ventajosa, la ocupación estadounidense liberó a los japoneses
de su ser militarizado.
En ese aspecto,
existía una atmósfera de liberación no sólo en la antigua «Esfera de
Coprosperidad de la Gran Asia Oriental», sino en el mismo Japón, donde la
derrota del gobierno militar fascista liberó al japonés medio de una sucesión
de primeros ministros y gabinetes de guerra. Sin embargo, como muchos han
señalado, esa sensación de liberación interna también sirvió para obviar el
sentido de responsabilidad popular por las atrocidades cometidas por Japón en
tiempo de guerra, cargando la culpa sobre un puñado de líderes militares como
el general Tôjô Hideki. Como hemos visto, en los primeros años la euforia
nacional por la guerra total se había extendido mucho más allá del pequeño
grupo de generales. Eran muchos los japoneses que consumían gustosamente películas,
programas radiofónicos y libros bélicos, y que visitaban a los «animales
militares», desde heroicos caballos a patrióticas palomas, exhibidos en el
Zoológico Imperial de Tokio. Ahí radican algunas de las críticas contemporáneas
chinas y coreanas sobre la falta de voluntad de Japón a aceptar
responsabilidades de guerra. Mientras que las retribuciones por la
responsabilidad de los hechos en Alemania se distribuyeron ampliamente entre la
población a través de iniciativas educativas, en Japón nunca hubo una
conciencia de responsabilidad nacional por barbaridades como la masacre de
Nanjing (1937). Los agotados fantasmas del general Tôjô y 13 de sus colegas
criminales de «Clase A» continúan cargando con ese peso nacional en el
santuario de Yasukuni en Tokio, donde descansan las almas de los muertos
japoneses de la guerra.
En parte, esta
incapacidad para aceptar la responsabilidad nacional ha abierto la puerta a
encendidos debates en Japón relacionados con la culpa y las crueldades de la
guerra. El debate comenzó cuando el historiador Ienaga Saburô (1913-2002)
publicó Shin Nihonshi (Nueva historia japonesa, 1947) y un
importante editor de Tokio le propuso revisar el libro para
convertirlo en texto universitario. A causa de la estructura altamente
173
centralizada del sistema educativo japonés, el libro de texto se habría
utilizado en todo en país. No obstante, a lo largo de los años 1950 Ieanaga se
enfrentó a los procedimientos de autorización del Ministerio de Educación, que
no dejaba de encontrar fallos en la interpretación que hacía Ienaga de los
acontecimientos clave durante el conflicto. En 1965 Ienaga emprendió tres
prolongados litigios contra el gobierno por la naturaleza inconstitucional de
los protocolos de autorización de los libros de texto, que sostenía violaban
sus derechos a la libre expresión tal como los recogía la Constitución de
posguerra (promulgada en marzo de 1946). Obtuvo victorias parciales a lo largo
de los años, pero lo más importante fue que el caso centró la atención internacional
en las controversias relativas a las interpretaciones sobre la Guerra del
Pacífico. Desde entonces, historiadores conservadores como Hata Ikuhiko (n.
1932) han desafiado la versión establecida de las brutalidades en tiempo de
guerra como la masacre de Nanjing. En varios libros escolares, Hata ha revisado
con regularidad la cifra de civiles chinos asesinados en Nanjing (su cálculo
reduce el número de 300.000 a 40.000, en buena medida gracias a la exclusión de
soldados chinos). Varias obras de Hata han sido traducidas al chino y las
consiguientes polémicas históricas siguen enfureciendo a los vecinos de Japón.
La estrategia del novelista gráfico Kobayashi Yoshinori (n. 1953) ha sido algo
diferente. En lugar de dirigirse a esos «aburridos hombres con traje» que
generalmente interpretan el pasado, con su popular historieta gráfica Sensôron (Sobre
la guerra, 1998) Kobayashi quería hacer «algo que los intelectuales no pueden
escribir, algo que les guste leer a los jóvenes y les absorba por completo, sin
que sea superficial sino profundo». En esta historia gráfica, Kobayashi
argumenta que Japón no libró una guerra de agresión, sino una guerra
justificada para liberar a Asia del imperialismo occidental «blanco». Además,
afirma que la denigración de los héroes de guerra japoneses es una
confabulación de Estados Unidos para «lavar el cerebro» a los jóvenes japoneses
y mantenerlos alejados de un saludable amor por su país. Con su trabajo,
Kobayashi buscaba despertar el «nacionalismo inconsciente» que vivía en todos los
japoneses con su nueva versión de la saga de la «Guerra de la Gran Asia
Oriental».
La principal
divergencia con las historias prevalecientes está en que Kobayashi trata a los
soldados japoneses, incluidos muchos criminales de guerra, como héroes, lo que
constituye una revisión histórica de una de las iniciativas más ambiciosas
durante la ocupación: el Tribunal Penal Militar Internacional para el Lejano
Oriente, que pretendía sentar ante la justicia a aquellos japoneses que
hubiesen cometido «crímenes contra la paz». De los 28 inculpados como
criminales de guerra de «Clase A» el más famoso era el general Tôjô. Tras la
llegada del general MacArthur a Atsugi intentó suicidarse, pero fue audazmente
resucitado por los médicos estadounidenses y ahorcado tras el juicio tres años
más tarde. Otros tribunales sentenciaron a miles de hombres por delitos de
Clase B y C, muchos de los cuales participaron después en el gobierno de
posguerra. MacArthur contrató a 12 juristas para que supervisasen al tribunal,
la mayoría procedentes de naciones que habían firmado el «acta de rendición» al
acabar la guerra. La opinión del jurista indio Radhabinod Pal (1886-1967) fue
la única discordante: «Lamento sinceramente mi incapacidad para compartir el
juicio y la decisión de mis camaradas letrados». Básicamente, el juez Pal acusó
a Estados Unidos y a sus aliados de aplicar la justicia del vencedor al
escribir: «Los beligerantes, que durante la guerra se anotaron victorias y
capturaron prisioneros de guerra, son susceptibles de que se les atribuyan
crueldades del mismo tipo que las supuestas en la presente formulación de
cargos y, si en último término son derrotados, es su derrota como tal la que
establece su carácter más diabólico y malvado». Al margen de la opinión del
juez Pal, de los 28 criminales de «Clase A», se consideró que uno no estaba en
condiciones de afrontar el juicio y dos murieron durante el proceso. De los 25
que sobrevivieron, siete fueron ahorcados y 16 condenados a cadena perpetua.
174
La decisión de no encerrar al emperador Hirohito fue la más polémica.
Cuando Washington pareció decantarse por la detención del emperador (en gran
medida por la presión de rusos y británicos), MacArthur escribió: «He advertido
de que necesitaría al menos un millón de refuerzos para adoptar dicha acción.
Creo que si el emperador es imputado, y quizá ahorcado, como criminal de
guerra, habría que implantar el gobierno militar en todo Japón». Así que la
ocupación asumió la tarea de reescribir la historia japonesa para exonerar al
emperador de cualquier responsabilidad por la guerra. A finales de 1945, el
jefe de la Sección de Educación e Información Civil del Mando Supremo Aliado
escribió una serie de artículos que fueron traducidos al japonés por la nueva
agencia oficial de noticias. La primera entrega, que de modo simbólico apareció
el 8 de diciembre de 1945, incluía el siguiente párrafo: «El emperador en
persona ha afirmado recientemente que no fue su deseo atacar Pearl Harbor sin
aviso, pero la policía militar aplicó todos los esfuerzos para evitar que [esta
declaración] llegase al pueblo». En otras palabras, el emperador Hirohito era
un amante de la paz. La campaña para redibujar al emperador como paladín de la
democracia no beligerante había comenzado. Al final, los aliados perdonaron al
emperador, pero administraron su renuncia al estatus divino. En un discurso
retransmitido por radio a la nación el 1 de enero de 1946, Hirohito explicaba:
«Los lazos entre nos y nuestro pueblo siempre han sido de mutua confianza y
cariño. No dependen de meras leyendas y mitos. No se apoyan en la falsa
concepción de que el emperador es divino y que el pueblo japonés es superior a
otras razas y está destinado a gobernar el mundo». De la misma manera que el
emperador Meiji cambió su atuendo tradicional por un uniforme de mariscal de
campo prusiano cuando la ocasión lo requirió, el emperador Hirohito desmontó de
su blanco caballo de guerra, se quitó el uniforme militar y se convirtió en el
símbolo benigno de una nación democrática hasta su muerte en 1989.
Las reformas de la
ocupación estadounidense fueron verdaderamente generalizadas y transformadoras.
Los ocupantes supervisaron la llegada de un nuevo sistema educativo, el
«rompedor zaibatsu», una nueva fuerza política descentralizada y la
elaboración de una Constitución progresista. Los funcionarios del SCAO (Supreme
Commander of Allied Powers) recurrieron primero al experto legal Matsumoto Jôji
(1877-1954) para que redactase la nueva Constitución, pero MacArthur no quedó
satisfecho con los resultados. En el texto de Matsumoto la soberanía seguía
residiendo en el emperador en vez de en el pueblo. Al final, los oficiales del
SCA.P. hicieron su propio borrador de la Constitución. En él el emperador se
convertía en un «símbolo del Estado y de la unidad del pueblo». Ya no era el
centro de la soberanía del Estado. A diferencia de la Constitución Meiji
(1889), el documento no era un «regalo» de un gobernante divino ni la soberanía
emanaba de él; más bien, fue producto de un pequeño grupo de oficiales del New
Deal que sirvieron en Japón durante la ocupación. En su «Artículo Nueve» la
Constitución renunciaba al «derecho a la beligerancia» de Japón para resolver
disputas internacionales. El polémico artículo decía: «El pueblo japonés, que
aspira sinceramente a una paz internacional basada en la justicia y el orden,
renuncia para siempre a la guerra como un derecho de soberanía de la nación y a
la amenaza o el uso de la fuerza como medios para resolver disputas
internacionales». La ocupación estadounidense, dirigida en gran parte por
representantes del New Deal, estaba rehaciendo Japón desde abajo para
transformarlo en una sociedad progresista, pacifista y democrática.
A pesar del tenor
liberal del New Deal de los dos primeros años de ocupación, en 1948 eran
evidentes los signos de cambio. Las actitudes y políticas del SCA.P. hacia los
muy activos sindicatos japoneses constituyen un importante barómetro del cambio
de actitudes y prioridades a medida que Estados Unidos pivotaba hacia la Guerra
Fría con la Unión Soviética. Antes de la guerra, la mano de obra japonesa había
pasado rápidamente de la predominancia femenina en el sector textil a los
trabajadores varones en la industria pesada. Los sindicatos obreros se hicieron
más fuertes en la inmediata posguerra debido a
175
su importancia para la recuperación económica de Japón. Los políticos
socialistas y comunistas empezaron a colaborar con los sindicatos de
trabajadores aportando su destreza organizativa. Aunque MacArthur era
conservador, el SCA.P. había garantizado a los sindicatos un margen de maniobra
relativamente amplio, ya que los consideraba útiles para coaccionar a un
gobierno japonés muy nervioso por la extensión del comunismo después de la
guerra. En 1945, el SCA.P. presionó a la Dieta para que aprobase la «Ley Sindical»,
inpirada en la progresista Ley Wagner estadounidense de 1935. Pronto la
siguieron la progresista «Ley de Ajuste de Relaciones Laborales» (1947) y la
«Ley de Estándares Laborales» (1947). En resumen, esta legislación inicial
garantizaba el derecho a organizarse, participar en negociaciones colectivas y
en huelgas, además de fijar la jornada laboral, vacaciones, seguridad e higiene
en el puesto de trabajo, incluidas restricciones al trabajo femenino e
infantil. No obstante, en 1948 los sindicatos comenzaron a entrar en conflicto
con el SCA.P., fundamentalmente porque este creía que las tácticas sindicales
amenazaban la recuperación económica que Estados Unidos tanto deseaba. Los
funcionarios de ocupación se quedaron perplejos ante el estridente activismo
político de los sindicatos japonses, que se comportaban de forma muy diferente
a las comparativamente dóciles organizaciones sindicales de Estados Unidos.
En febrero de 1947,
el SCA.P. empezó a acortar las riendas de los sindicatos japoneses con la
cancelación de una huelga general del ferrocarril. A partir de ahí, los líderes
sindicales se vieron enfrentados a la policía japonesa respaldada por tropas de
combate estadounidenses, que en ocasiones situaban tanques visiblemente en la
retaguardia. En 1949, bajo influencia del SCA.P., la Dieta abandonó la
filosofía progresista de la Ley Wagner (1935) por la más conservadora Ley
Taft-Hartley (1947). Sorprendido por el cambio de rumbo del SCA.P., el
movimiento obrero desconfiaba cada día más de Estados Unidos y sus planes en
Japón. En esta misma época (febrero de 1949) el banquero Joseph Dodge
(1890-1964) llegó a Japón como asesor económico del SCA.P. Siguiendo la «Línea
Dodge», el SCA.P. coercionó a la Dieta para que promoviera la austeridad
fiscal, equilibrara el presupuesto, estableciese una única tasa de cambio de
divisas y privatizase todavía más la economía japonesa, medidas todas ellas de
vuelta a la «política económica» controlada por el Estado de la etapa Meiji. En
resumen, Japón fue cada vez menos un experimento de democratización New Deal y
más un bastión capitalista en Asia para la inminente Guerra Fría.
POLÍTICA DE
POSGUERRA
En esta coyuntura
crítica, apareció en escena un eminente político de posguerra encarnado en
Yoshida Shigeru (1878-1967).Yoshida no era nuevo en el gobierno japonés: había
servido como embajador en Italia y Reino Unido durante la tumultuosa década de
1930. Debido a su destacada posición en el Imperio japonés, las autoridades
estadounidenses le encarcelaron brevemente en 1945. Sin embargo, tras su
liberación, se convirtió rápidamente en una figura central de la política de
posguerra. Los funcionarios del SCA.P. dieron el visto bueno a Yoshida por su
deseo explícito de alinear económica y militarmente a Japón con Estados Unidos.
En lo que llegó a conocerse como «Doctrina Yoshida», el primer ministro
priorizó la recuperación económica de corte liberal occidental, al tiempo que
confiaba en la protección militar de Estados Unidos, un ingrediente clave del
éxito económico en el Japón de posguerra. En esencia, Japón pudo reconstruirse
sin el exorbitante gasto en defensa. Para cumplir estos objetivos y desterrar el
espectro de la rendición incondicional, Yoshida firmó el Tratado de Paz de San
Francisco y el Tratado de Seguridad Estados Unidos-Japón, que acabaron
formalmente con la guerra en abril de 1952 y fijaron los acuerdos de seguridad
de Japón con Estados Unidos. Con el fin de la ocupación, empezó el periodo de
posguerra en Japón.
176
A lo largo de la década de 1950, Yoshida y otros políticos conservadores
buscaron mitigar o modificar muchas de las reformas más progresistas del SCA.P.
En el terreno educativo, por ejemplo, el SCA.P. había ordenado al gobierno que
liberalizara la educación y eliminara elementos militaristas y nacionalistas de
los planes de estudio. Con Shidehara Kijûrô (1872-1951), primer ministro cuando
Japón se rindió, el gobierno japonés se opuso a dichas reformas, esgrimiendo la
necesidad de combatir la «raíz de nuestro reciente declive moral». El primer
ministro Shidehara era partidario de poner el énfasis en el Decreto imperial
Meiji sobre la Educación (1890), un documento que se recitaba en las escuelas
japonesas y enseñaba patriarcado tradicional confuciano y reverencia al
emperador. No hace falta decir que MacArthur rechazó esas preocupaciones e
insistió en que se revisasen los planes de estudio para armonizarlos con «el
gobierno representativo, la paz internacional, la dignidad del individuo y
derechos fundamentales como la libertad de asociación, opinión y religión». Más
controvertido fue que el SCA.P. cediese el control de los planes de estudio a
juntas electas en cada prefectura, así como que les otorgase el poder de
aprobar los libros de texto. El SCA.P. había destruido la autoridad central del
Ministerio de Educación, en especial en lo relativo a la autorización de los
textos, en favor de modelos de educación descentralizados estadounidenses.
Tales reformas
alarmaron al conservador Yoshida, que estaba preocupado por el «deterioro de la
moral pública, la necesidad de poner freno a los excesos derivados de un mal
entendido sentido de la libertad, el abandono en el que el respeto por la
nación y sus tradiciones habían caído debido a las erróneas ideas de progreso».
Justo después de la guerra, la salud moral del pueblo se convirtió en una
preocupación para los políticos conservadores japoneses; incluso recurrieron a
eso para explicar la rendida derrota de la nación. El 28 de agosto de 1945,
por ejemplo, el primer ministro Higashikuni Naruhiko (1887-1990) mencionó el
deterioro de la moralidad pública como una de las razones por las que Japón
había perdido la guerra. «Hemos llegado a este final porque las políticas del
gobierno fueron débiles», explicó en su primera conferencia de prensa. «Pero
otra causa [de la derrota] fue un deterioro en la conducta moral de la gente».
Para invertir el sentido de las reformas del SCA.P. y combatir el declive moral
del país, en 1954 la Dieta introdujo cambios que debilitaron el Sindicato de
Maestros y, eventualmente, iniciaron la recentralización del control de la
educación.
Resultan
instructivas, además, las reformas de las fuerzas policiales japonesas. De modo
parecido a como había hecho con la educación, el SCA.P. descentralizó a la
policía de acuerdo con líneas estadounidenses. Durante la guerra fue
competencia del Ministerio de Interior, incluidas las ruines actividades de la
policía secreta. Según el modelo estadounidense, los municipios y prefecturas
se ocupaban ahora de hacer cumplir la ley. Al igual que hizo con la reforma
educativa, con la Ley de Reforma de la Policía la Dieta abolió, entre 1951 y
1954, la policía municipal en favor de una fuerza policial en las prefecturas
bajo control de la Comisión de Seguridad Pública Nacional. En el contexto de la
Guerra Fría y el estallido de la de Corea (1950-1953), Asia se había vuelto
cada vez más inestable, sobre todo a partir de la fundación de la República
Popular China (1949). En respuesta, el primer ministro Yoshida empezó a
reforzar las capacidades defensivas de Japón, pese al marco de no beligerancia
del «Artículo Nueve». En 1950 Japón creó la Reserva de la Policía Nacional,
diseñada para reemplazar a los 75.000 soldados estadounidenses que habían
cambiado el escenario japonés por el coreano. Tras el «Tratado de Cooperación
Mutua y Seguridad» entre Japón y Estados Unidos (1952), la Reserva de la
Policía Nacional se metamorfoseó en las Fuerzas de Autodefensa japonesas en
1954, que continúa al servicio de los intereses de seguridad defensivos de
Japón. En origen, las Fuerzas de Autodefensa quedaban restringidas a las islas
japonesas, pero en décadas recientes Japón ha comenzado a desplegarlas en
operaciones de mantenimiento de la paz. A nivel estratégico, en el siglo XX las
Fuerzas de
177
Autodefensa comenzaron a centrar su atención en China con la disputa por
las islas Senkaku/Diaoyu y otros puntos calientes próximos. Como testimonio de
su importancia, en 2013 Japón tenía el quinto presupuesto de defensa más alto,
aunque su ejército esté exclusivamente dedicado a la autodefensa.
En el momento de
escribir esto, las islas Sensaku constituyen un punto crítico en las relaciones
sinojaponesas. Compuestas por ocho islotes, con un área conjunta de 6,3 km2,
estas islas han reavivado las discusiones en Japón sobre el papel de las
Fuerzas de Autodefensa y la necesidad de modificar el «Artículo Nueve» de la
Constitución. La historia es la siguiente: en 1895, tras la Guerra
Sinojaponesa, Japón reclamó las islas y, poco después, empresarios japoneses
construyeron allí plantas de procesamiento de pescado. Estas fracasaron en 1940
y, aunque eran propiedad de ciudadanos japoneses, permanecen desiertas desde
entonces. En 1945, el gobierno de Estados Unidos asumió el control de las
islas; posteriormente, en 1971, cedieron el control mediante el «Tratado de
reversión a Okinawa». El año siguiente, tanto la República Popular China como
la República de China (Taiwán) reclamaron las islas después de que la Comisión
Económica de Naciones Unidas para Asia y Extremo Oriente descubriese cerca
reservas de gas y petróleo. A partir de ese momento, la rivalidad entre los dos
gigantes asiáticos se intensificó. En octubre de 2012, cuando China hizo oír
con más fuerza sus quejas sobre las islas Senkaku, el primer ministro Noda
Yoshihiko (n. 1957) anunció que Japón estaba «firmemente resuelto a defender su
suelo y sus aguas territoriales». En un inusual despliegue de fuerza, lanchas
patrulleras de los guardacostas japoneses jugaron al ratón y al gato con las
naves de vigilancia chinas. Además, intentaron evitar que los
ultranacionalistas japoneses llegasen a nado para plantar banderas en las
islas. Frente a la postura de confrontación de China respecto a las islas
Senkaku/Diaoyu, de Corea por las islas Takeshima/Dokdo y la amenaza de
programas de armas nucleares y misiles de Corea del Norte, Japón se ha visto
forzado a reevaluar el lugar de las Fuerzas de Autodefensa dentro de su propia
posición geopolítica.
Durante la mayor
parte del periodo de posguerra, Japón estuvo gobernado por el Partido Liberal
Democrático (1955), respaldado por una triangulación del poder entre los
políticos conservadores de la Dieta, los burócratas del gobierno y los
ejecutivos de las grandes corporaciones. EL PLD gobernó Japón entre 1955 y
1993, con 15 primeros ministros durante ese tiempo. La política de posguerra de
Japón se parece con frecuencia al juego de las sillas musicales. Una excepción
fue el carismático Nakasone Yasuhiro (n. 1918), contemporáneo y aliado de su
contrapartida estadounidense, el presidente Ronald Reagan (1911-2004). Nakasone
fue primer ministro desde 1982 a 1987. Hay que señalar que el primer ministro
Nakasone, acérrimo conservador y nacionalista, fue el primer jefe de Estado
japonés que visitó el santuario de Yasukuni después de que los cadáveres de 14
criminales de guerra de «Clase A» fueran trasladados allí en 1978. Nakasone
provocó un revuelo diplomático entre Estados Unidos y Japón en 2001 cuando
señaló la homogeneidad racial como la raíz de los excelentes resultados en los
tests educativos. Refiriéndose a Estados Unidos, Nakasone explicaba: «Hay
muchos negros, puertorriqueños y mexicanos en Estados Unidos. En consecuencia,
la puntuación media es muy baja». Luego intentó clarificar sus comentarios:
había que admitir que Estados Unidos había«conseguido grandes logros», pero
«hay cosas que los estadounidenses no han sido capaces de hacer a causa de las
múltiples nacionalidades que hay allí». Como muestra de los que mucho que
algunas actitudes tardan en extinguirse, Nakasone señaló a continuación: «Por
el contrario, las cosas son más sencillas en Japón porque somos una sociedad
unirracial». Las palabras de Nakasone fueron reproducidas en los medios como
algo exclusivo de él, pero es evidente que entre los conservadores del PLD aún
resuenan esas ideas de tiempos de guerra alusivas a la pureza racial de Japón.
También privatizó elementos clave de la economía japonesa, incluida la
industria tabaquera en 1985,
178
monopolio estatal desde 1898, y los Ferrocarriles Nacionales,
sustituidos en 1987 por siete compañías privadas conocidas como «Grupo JR». El
mantra de la privatización se convirtió en el sello de fábrica del gobierno
conservador del PLD en el Japón de posguerra.
EL SEGUNDO MILAGRO
ECONÓMICO Y SUS DECEPCIONES
En menos de una
década de ocupación estadounidense la economía japonesa empezó a recuperarse.
Inmediatamente después de la guerra, el objetivo fundamental de la
planificación económica era evitar que la gente muriese de hambre, pero en 1955
Japón entró en la era del «crecimiento acelerado», en el que la expansión
económica se convirtió en la principal prioridad. En los años 1960 el
crecimiento económico japonés asombró al mundo: como media, su PNB crecía un 10
por 100 al año, superando a Alemania Occidental y los demás países capitalistas
del mundo, con excepción de Estados Unidos. En gran medida, la economía
japonesa experimentó una aceleración gracias a las lucrativas adquisiciones de
Estados Unidos para la Guerra de Corea. En 1955, después de que los estadounidenses
hubieran gastado 2.000 millones de dólares en productos japoneses, las
condiciones económicas en Japón habían mejorado hasta el punto de que mucha
gente contaba con los recursos para adquirir bienes de consumo familiar no
perecederos. A inicios de los años 1970, la economía japonesa se ralentizó
ligeramente cuando la Organización de Países Productores de Petróleo bajó los
precios. Sin embargo, tras esta breve contracción, Japón recuperó un asombroso
crecimiento del PNB durante décadas, a menudo entre el 3,5 y 5,5 anual. En
1987, la economía japonesa sobrepasó a la de Estados Unidos en PNB per cápita.
Organismos gubernamentales como el Ministerio de Comercio Internacional e
Industria (1949) y la Agencia de Planificación Económica (1955) orquestaron
buena parte de la planificación industrial que condujo al éxito japonés. A
diferencia de lo sucedido en el periodo Meiji, cuando las reformas beneficiaron
a las ciudades, el «crecimiento acelerado» de Japón dispersó los beneficios
materiales también en el campo. En la década de 1970, los ingresos familiares
en el campo fueron cinco veces más altos que 20 años antes y esas familias
rurales adquirían las mismas «tres joyas» (lavadoras, frigoríficos y receptores
de televisión) que sus contrapartidas urbanas. La recuperación de posguerra
abarcó así muchos niveles de la sociedad japonesa.
Muchas industrias
de antes de la guerra prosperaron en el ambiente de posguerra. En 1937, por
ejemplo, Toyoda Loom Works inició su transformación en Toyota Motor Company. El
hijo del fundador, Toyoda Kiichirô (1894-1952), levantó una sofisticada planta
de producción cerca de Nagoya y comenzó a rodearse de expertos, incluidos
ingenieros y catedráticos de física. El complejo contenía 17 instalaciones
distintas, desde moldeado de metal y paneles a soldadura y pintura. Entre 1937
y 1940, gracias a la nueva fábrica de Nagoya, la producción de vehículos pasó
de 4.013 a 14.787 unidades al año. Como resultado de la Segunda Guerra Mundial,
Toyota y otras firmas importantes se vieron obligadas a depender menos de
tecnologías extranjeras y confiar más en el desarrollo de las propias. Cuando
Toyota creó su Instituto para la Investigación Física y Química, explicó:
Ahora que nos
enfrentamos a una segunda gran guerra en Europa se ha vuelto muy complicado
importar conocimiento occidental y, dado que los Aliados han cerrado nuestros
sectores de investigación a gente de fuera, resulta muy difícil conseguir
información sobre sus hallazgos. En semejante clima es cada vez más urgente que
desarrollemos una investigación independiente y dirigida por nosotros mismos, y
que establezcamos instituciones para abrir nuestro propio camino hacia el
progreso.
179
Las bombas estadounidenses destruyeron buena parte de las instalaciones
de Toyota. Sin embargo, la empresa se recuperó, sobre todo después de recibir
encargos para fabricar componentes de vehículos militares estadounidenses en
Corea. En los años cincuenta, Toyota y su competidor Nissan comenzaron a
automatizar las cadenas de montaje con robots y a mejorar los procesos
productivos, lo que llevó a la introducción de modelos tan populares como el
Toyota Corona (1957). Como resultado de estas innovaciones, la industria
automovilística japonesa experimentó una expansión espectacular: en 1953, Japón
fabricó 11 millones de automóviles y exportó más de la mitad.
Asimismo, el éxito
de compañías como Matsuhita (National y Panasonic) y Sony demuestra la
diversidad del crecimiento económico durante la posguerra. Tomemos como muestra
Sony Corporation, fundada en 1946 por Ibuka Masaru (1908-1997) y Morita Akio
(1921-1999). En 1950, merced a la pericia como ingeniero de Ibuka, Japón
produjo sus primeras grabadoras. En 1953, Sony perfeccionó el transistor de
radio y revolucionó la industria electrónica para el consumo. Si Ibuka era el
genio de la ingeniería detrás de las operaciones, Morita aportó la fuerza de la
mercadotecnia internacional. En 1970, Sony fue la primera compañía japonesa
cuyo nombre figuró en la Bolsa de Nueva York. Con Sony la etiqueta «made in
Japan» empezó a ser un sinónimo de calidad y alta tecnología, no de productos
inferiores hechos en Asia. Como Toyota, Sony intentaba continuamente mejorar
los productos, también los desarrollados fuera del país. Los televisores Sony
son un buen ejemplo: en la década de 1960, lo convencional era que los
receptores de televisión fuesen aparatos a válvulas, pero Sony introdujo
aparatos que funcionaban con transistores, lo que hizo posible fabricar
televisores más pequeños y más adecuados para las pequeñas casas japonesas. Al
hacer esto, Sony se convirtió en punta de lanza del compromiso con la
miniaturización electrónica, que eventualmente sería el criterio de referencia
personal y de la industria electrónica nacional.
No obstante, la
miope búsqueda de Japón de la expansión industrial y el crecimiento económico
tuvo un alto coste ambiental y humano. Durante la recuperación de la posguerra,
cuatro casos de contaminación de gran repercusión hicieron tambalear el
compromiso de Japón con el crecimiento económico y obligaron a la Dieta a
intervenir para limpiar el aire, el agua y el suelo contaminados de Japón por
medio de una legislación específica. Los ahora famosos «cuatro grandes» casos
de contaminación fueron el del envenenamiento por metilmercurio en Minamata
(prefectura de Kumamoto) y Niigata (prefectura de Niigata), el asma de
Yakkaichi (prefectura de Mie) y el envenenamiento por cadmio (prefectura de
Toyama). A inicios de la década de 1970, el fotógrafo W. Eugene Smith
(1918-1978) atrajo la atención internacional sobre la «enfermedad de Minamata»
con sus imágenes de las comunidades de pescadores del mar de Shiranui afectadas
por la enfermedad. Documentó su valeroso esfuerzo para recibir justicia del
gobierno nacional y la Chisso Corporation, que había vertido mercurio en aguas
de las inmediaciones. Chisso tuvo su origen a inicios del siglo XX: Noguchi
Shitagau (1873-1944) fundó la compañía en 1908, en un tiempo en que los
científicos presionaban en favor de los avances en electroquímica, más
concretamente en la tecnología de fijación de nitrógeno para producir
fertilizantes.
Chisso se convirtió
enseguida en un gigante de la industria japonesa del siglo XX con la producción
de compuestos de carburo de calcio y nitrógeno. Los fertilizantes eran
cruciales para el desarrollo industrial, porque muchos campesinos dejaban sus
granjas para trabajar en las fábricas y había que obtener mayor rentabilidad de
la tierra. El esfuerzo bélico japonés aportó otro mercado a los productos
químicos de Chisso, sobre todo la industria armamentística. Como muchos
gigantes industriales japoneses, Chisso acabó muy involucrada en la guerra
total de Japón. En 1929, por ejemplo, levantó en Hungnam, norte de Corea, una
planta de fertilizantes que creció rápidamente y transformó
180
una pequeña aldea de pescadores en un centro industrial con 180.000
habitantes. Chisso construyó centrales hidroeléctricas en los ríos Pujon,
Changjin, Honchon y Yalu, por todas partes en el recién adquirido Imperio
japonés. La empresa extendió también la fabricación de municiones a Taiwán. En
1932, un ingeniero de Chisso desarrolló el «método de circulación del líquido
por reacción química», que insuflaba gas acetileno sobre sales de mercurio para
producir acetaldehído (etanal). En 1951, los ingenieros de Chisso sustituyeron
el manganeso por ácido nítrico como oxidante en la elaboración de acetaldehído.
A continuación, usaron agua salobre del estuario cercano para producir un tipo
de metilmercurio altamente soluble. Era absorbido con facilidad por los ecosistemas
y organismos, ya se tratase de moluscos, gatos o pescadores locales. Estos
avances tecnológicos dispararon la producción y los beneficios en Chisso, pero
también contaminaron el entorno marino próximo de distintas maneras. Al final,
miles murieron a causa de Chisso.
Entre 1930 y 1960,
Chisso vertió 600 toneladas de mercurio en la bahía de Minamata. El
metilmercurio recorrió la cadena alimentaria marina del mar de Shiranui y llegó
a la cumbre de la cadena trófica local: el feto humano. Dada la solubilidad en
lípidos del metilmercurio, este penetraba fácilmente en la placenta. Pruebas
posteriores demostraron que los niveles de mercurio en los cordones umbilicales
eran mayores que en la misma sangre de las mujeres. Sin saberlo, el cuerpo de
la madre desviaba mercurio al feto, alterando fases neurológicas decisivas en
la organogénesis fetal. Algunas de las primeras señales de que el metilmercurio
había penetrado en el ecosistema fueron los «gatos bailarines» de Minamata.
Básicamente, eran gatos escorados y moribundos de los muelles con cerebros
marinados en mercurio, los mismos que en otros tiempos habían mantenido a raya
la población costera de roedores. Luego vinieron las víctimas humanas: la
«enfermedad de Minamata» se caracterizaba por dolorosas manos engarfiadas, ojos
en blanco, bocas babeantes, habla mal articulada, y cuerpos temblorosos de
niños que habían contraído la enfermedad de modo congénito. Cuando los
pescadores pidieron justicia, sus «egoístas» demandas fueron desestimadas,
porque amenazaban la lenta recuperación del Japón de posguerra y destruían
puestos de trabajo muy necesarios. En marzo de 1973, en un relevante fallo, el
juez Saitô Jirô encontró a Chisso culpable de «negligencia corporativa»: desde
entonces, responsables y víctimas han litigado en los tribunales. Decenas de
miles de personas aspiraban a la certificación de la enfermedad, pero en 2001
sólo 2.265 víctimas habían sido reconocidas como tales (otras muchas recibieron
alguna forma de compensación) y la mayoría ya habían muerto. Para los pescadores
de Minamata y sus familias el coste humano de la recuperación fue terriblemente
alto.
El envenenamiento
por dióxido de sulfuro en Yokkaichi es otro ejemplo del elevado precio
medioambiental pagado por la recuperación de Japón en la posguerra, una carga
que las comunidades más empobrecidas percibieron siempre como desproporcionada.
En 1955, durante la etapa de «crecimiento acelerado», el gobierno escogió
Yokkaichi como emplazamiento para un gran complejo petroquímico. Antes de la
guerra el lugar había sido un puerto de aguas profundas, así que era perfecto
para los grandes petroleros que transportaban el crudo hasta Japón. El petróleo
era crítico para la recuperación económica de posguerra, así que las obras
empezaron en Yokkaichi en 1956. Para la construcción se ocuparon humedales y se
reciclaron escombros de anteriores refinerías. Los planificadores industriales
se referían a su visión mundial de Yokkaichi como un kombinato, una
versión japonesa del término soviético kombinat, un gran
campus industrial integrado por grupos de industrias relacionadas. En 1958 los
petroleros amarraban con regularidad en los embarcaderos de Showa Oil
Refineries de Yokkaichi, donde los ingenieros refinaban el crudo para obtener
gasolina, queroseno y nafta. A medida que la contaminación inundó el área, la
calidad del aire en la cercana Isozu, una pequeña aldea de pescadores, se
volvió
181
intolerable. Sus capturas eran rechazadas en el mercado de pescado de
Tsukiji por problemas sanitarios y los frágiles medios de vida de los
habitantes entraron en una espiral letal. En abril de 1964 se produjo la
primera víctima de la afección pulmonar aguda conocida como «asma de
Yokkaichi». La siguieron otras muchas. Una vez más, para conseguir gasolina
para los coches, queroseno para calentar las casas y nafta para la fabricación
de plásticos, el Japón industrial estaba decidido a matar a las personas más
vulnerables.
La Dieta aprobó la
«Ley Básica para el Control de la Contaminación» en 1967. La ley pretendía
«combatir la contaminación ambiental» al nivel más básico y garantizar «la
protección de la salud de las personas y la conservación de su entorno vivo».
La ley definía términos técnicos como kôgai, la palabra
japonesa para contaminación ambiental: «Cualquier situación en la que la salud
humana y el medio ambiente vivo se vean dañados por la contaminación del aire,
el agua o la tierra, ruido, vibración, hundimiento del suelo y olores molestos,
que abarquen un área considerable como resultado de la actividad industrial y
otras actividades humanas». La nueva legislación abarcaba todo, desde la
atmósfera nociva de Yokkaichi al ensordecedor ruido del aeropuerto de Osaka,
donde las quejas por contaminación acústica se dispararon en la década de 1960.
En diciembre de 1969, con la Ley Básica para el Control de la Contaminación ya
en vigor, ciudadanos de los barrios situados en las inmediaciones del
aeropuerto Itami de Osaka interpusieron una demanda ante el Tribunal de
Distrito exigiendo daños por la alarmante contaminación acústica. Durante diez
años, estuvo dando vueltas y varios tribunales fallaron a favor de los
demandantes. En noviembre de 1975, se dictó finalmente una sentencia que
ordenaba interrumpir los vuelos entre las 9 de la noche y las 7 de la mañana.
El caso llegó al Supremo de Japón, uno de los tribunales más conservadores del
mundo, que tras seis años de deliberaciones dictaminó que la decisión era
ilegal, pero que las víctimas tenían derecho al reasentamiento. Al margen de
los debates constitucionales, el aeropuerto internacional de Itami en Osaka
sigue estando estrictamente regulado.
En 1970, poco
después de la adopción de la ley, la que muchos llaman la «Dieta de la
contaminación» presentó 14 disposiciones sobre legislación medioambiental. Los
«cuatro grandes» casos fueron zanjados en el plazo de varios años después de la
aprobación de la ley: el envenenamiento por metilmercurio de Niigata en 1971,
el asma de Yokkaichi en 1972, el envenenamiento por cadmio de Toyama en 1972 y
el envenenamiento por metilmercurio de Minamata en 1973. En 1971 el gobierno
estableció la Agencia de Medio Ambiente, que pasó a ser Ministerio de Medio
Ambiente en septiembre de 2001. En esta época, los legisladores eliminaron el
lenguaje respetuoso con la industria, fundamentalmente verborrea, que desde la
ley de 1967 buscaba «armonizar» el control de la contaminación con el
crecimiento económico. Aún existían muchos retos medioambientales en Japón,
pero a finales de la década de 1960 e inicios de la de 1970 se produjo un
fuerte clamor popular contra la industrialización desenfrenada de los años
posteriores a la Guerra del Pacífico.
NUEVAS
EXPORTACIONES CULTURALES
Japón es conocido
hoy tanto por sus exportaciones de cultura popular como por sus productos
industriales, sobre todo tras la explosión de la «burbuja económica» japonesa
en 1991, que dio paso a lo que muchos han llamado las «décadas pérdidas». El
primer icono de esa cultura popular exportada fue el incansable Godzilla, que
debutó en las pantallas japonesas en 1954 con la película Gojira del
director Honda Ishirô (1911-1993). La Tôjô, una de las mayores compañías
cinematográficas de Japón, invirtió 60 millones de yenes en los efectos
especiales, entonces vanguardistas (figura 23). El actor Shimura Takashi
(1905-1982), que ese mismo año se hizo famoso por su papel protagonista en la
182
película de Akira Kurosawa (1910-1998) Los siete samuráis (1954),
interpretaba al protagonista humano. Godzilla apareció el mismo año del
«Incidente del Dragón Afortunado»: en marzo de 1954, los pescadores
que iban a bordo del atunero japonés se vieron accidentalmente
expuestos a los efectos de los ensayos nucleares que Estados Unidos llevaba a
cabo en el atolón de Bikini. Menos de siete meses después, el operador de radio
del barco murió a causa del síndrome de radiación aguda. Godzilla surgió de
esas mismas aguas como protesta de la cultura popular contra las pruebas
nucleares y la guerra. En una ocasión, el director Honda explicó: «No teníamos
prevista una secuela y esperábamos, ingenuamente, que el fin de Godzilla
coincidiese con el fin de los ensayos nucleares». Godzilla no sólo no
desapareció en 1954, sino que el adorable cometrenes pasó a formar parte de una
de las series más perdurables de la historia del cine japonés. Tôjô no echó el
cierre hasta julio de 1995, con Gojira tai Desutoroia (Godzilla
contra Destroyer). «Como las películas de Godzilla componen una serie, se
imponen algunas limitaciones al personaje de Godzilla y a la historia de
fondo», admitió un ejecutivo de la empresa Tôhô. «Por eso hemos decidido poner
fin a la serie.»
Figura 23. Godzilla
se enfrenta a las fuerzas de autodefensa japonesas en Tokio.
Desde el debut de
Godzilla en las pantallas de Estados Unidos con el título de 1956 Godzilla,
rey de los monstruos, muchos otros productos de la cultura popular
japonesa se han abierto camino en el mundo. A diferencia de las
aguas radioactivas de posguerra en las que nadaba Godzilla, el Japón de los
años 1980 se caracterizó por una inexplicable búsqueda de lo «mono». En Tokio y
otras ciudades se podía ver a algunas mujeres adultas vestidas de colegialas,
con peluches de animales colgando de suéteres rosa o de las cremalleras de sus
bolsos. Las mujeres, en particular, querían parecer «aniñadas», como escribió
un observador. Es el caso de vocalistas femeninas como Seiko Matsuda (n. 1962)
quien arrasaba, sobre todo entre los chicos, cuando se vestía de Little Bo Peep
para los conciertos y apariciones en televisión. Por las ciudades de Japón
desfilaban cientos de miles de burikko, mujeres que
encandilaban a los hombres recreando su adolescencia. Pero un producto más
duradero de la fase ñona en Japón fue Hello Kitty, creado por la casa Sanrio en
1974. Aunque en apariencia era sólo un motivo simpático para una bolsa de tela,
Sanrio le dio una biografía cosmopolita: «Hello Kitty nació en Londres,
Inglaterra, donde vive con sus padres y su hermana gemela Mimi. Hello Kitty y
Mimi están en tercero [...] Entre sus aficiones está escuchar música, leer,
comer las galletas que hace su hermana y, lo mejor de todo, hacer nuevas
amistades». Hello Kitty hasta tenía su propio periódico, Ichigo shinbun (Noticias
fresa). La empresa Sanrio describe su negocio como «regalos de comunicación
social» y, a juzgar por los beneficios, parece funcionar. Mientras
183
personalidades estadounidenses como Lady Gaga llevan bolsos de Hello
Kitty, más por sutil ironía que por «noñería», presumo, los beneficios de
Sanrio en 2010 alcanzaron casi a 10.000 millones de yenes.
Hasta los media
japoneses han logrado popularidad mundial, incluyendo el manga (novelas
gráficas) y el anime (cine de animación). Aunque los japoneses leían manga
antes de la guerra, y el género probablemente tenga sus raíces culturales en
las tallas en madera del periodo premoderno, el formato actual floreció tras la
ocupación estadounidense. Hoy abarca desde serias críticas conservadoras de
actitudes japonesas ante la Guerra del Pacífico y caliente pornografía
sadomasoquista a tratados económicos e historias de ciencia ficción. Tezuka
Osamu (1928-1989), conocido como el «dios del manga», fue el artista y contador
de historias que impulsó este género a su papel dominante en la cultura popular
de posguerra. Tezuka había estudiado para médico pero nunca ejerció. Era también
aficionado a la entomología y mostraba un gran interés por el mundo de los
insectos: su nom de plume era Osamushi, una referencia a un
tipo de escarabajo terrestre. En su manga, Tezuka trata una serie de temas
importantes, incluyendo historias de frágiles y deslucidos héroes que se
enfrentan a problemas irresolubles. Debido a la naturaleza sesuda de sus temas,
Tezuka hizo que fuese aceptable que los adultos leyesen manga, cosa que como
cualquiera que se haya desplazado en metro en Japón sabe, hacen en tropel.
Tezuka creció en Takarazuka, sede de la transgresora Takarazuka Revue Company,
donde se quedó fascinado por el cine, en especial las películas de dibujos
animados de Walt Disney (1901-1966). En una ocasión declaró que había
visto Blancanieves y Bambi unas 80 veces,
hasta memorizar prácticamente cada fotograma. Para la generación de posguerra,
el manga más famoso de Tezuka es Tetswan Atom (Astro Boy), de
entre 1951 y 1969. Hoy el manga está entre las exportaciones japonesas más
importantes y el género se ha hecho muy popular fuera de Japón.
El manga está
estrechamente relacionado con el anime, o películas de animación, que también
goza de popularidad internacional. A diferencia de Tezuka, que adoraba las
películas de Disney de joven, el primer creador de anime japonés, Miyazaki
Hayao (n. 1941), nunca se interesó mucho por los clásicos de Disney, que solía
encontrar triviales. Miyazaki montó con su colaborador, Takahata Isao (n.
1935), el estudio Ghibli, que se ha convertido en un gigante de la industria
cinematográfica de animación. Miyazaki logró reconocimiento mundial con
su Kaze no tani no Nausicaä (Nausicaä del Valle del Viento,
1984), una de las muchas películas que explora las intersecciones del
comportamiento humano, en especial la avaricia comercial, y la fragilidad y
mutabilidad del mundo natural. En su ecodrama fantástico, Nausicaä, una
sensible muchacha, lucha por sobrevivir en un mundo tóxico postapocalíptico
habitado por tribus guerreras de insectos mutantes. El personaje principal
recuerda a la princesa Heian de Mushi mezuru himegimi (La
princesa que amaba a los insectos, siglo XII). También se basa en el personaje
de Maryara de Rowlf, obra del ilustrador estadounidense Richard Corben (n.
1940). Otras ecofábulas producidas por los estudios Ghibli incluyen la película
de 1994 Heisei tanuki gassen ponpoko (La guerra de los
mapaches Heisei), la historia de una tribu de mapaches mutantes que
aprovechan sus fabulosos poderes para metamorfosearse para combatir el
desarrollo de la Nueva Ciudad de Tama. La escena de la «Operación Fantasma», en
la que los mapaches de forma cambiante invocan a una serie de espectros
japoneses e iconos culturales para atemorizar a los nuevos habitantes de Tama,
es visualmente asombrosa. Miyazaki hizo después Mononokehime (La
princesa Mononoke, 1997), la historia de una joven criada por una pareja de
lobos similares a dioses, recuerdo de los lobos reales de Japón, reverenciados
en otro tiempo pero cazados hasta la extinción en el periodo Meiji. El
personaje principal es un joven príncipe emishi llamado Ashitaka, que se ve
inmerso en una lucha entre la industrializada Ciudad del Hierro y los animales
del
184
cercano bosque y el Gran Espíritu del Bosque. En ciertos aspectos, la
obra explora la muerte de la naturaleza. A medida que se intensifica la
industrialización humana y la explotación del mundo natural por parte de los
humanos, los animales pierden su existencia subjetiva como dioses y se
convierten en objeto de la explotación humana. A lo largo de la película,
mientras el mundo natural es explotado por la Ciudad del Hierro, los animales
pierden también su capacidad para hablar, un símbolo de su cosificación en el
imaginario humano.
Evidentemente, si
el crecimiento industrial y el colapso medio ambiente caracterizan los años de
posguerra, esas tendencias históricas corren en paralelo con una exploración
cultural de esos mismos temas. Desde el Godzilla radioactivo a la princesa
loba, la cultura popular japonesa ha seguido explorando el tema del lugar que
ocupa el humano moderno en el mundo natural.
CONCLUSIÓN
En 1991, la
«burbuja económica» en Japón explotó con un sonido ahogado. No fue un
acontecimiento inmediato, sino más bien un deterioro lento del boom económico
desencadenado por la construcción y la inflación de los precios. En 1985, por
ejemplo, el precio del suelo residencial en Tokio subió un 45 por 100, hasta
297.000 yenes por metro cuadrado; en 1990, en el apogeo de la burbuja, ese
mismo metro cuadrado costaba el asombroso precio de 890.000 yenes. Con precios
tan elevados para la propiedad la economía se sobrecalentó, lo que también
provocó descontrolados flujos de dinero y expansiones del crédito. Después de
que el Banco de Japón intentara enfriar la economía con una serie de medidas de
ajuste económico, en 1991 los precios de acciones y activos cayeron en picado y
Japón se hundió en las «décadas pérdidas». Para una nueva generación de
japoneses, los prósperos años ochenta, con los precios inflados de la vivienda
y el mercado de valores, son un recuerdo lejano. Muchos japoneses jamás los
experimentaron. Sumado al triple desastre, Japón llegó al siglo XXI más
vulnerable que nunca, mientras una serie de «barcos negros» en forma de nuevos
desafíos ponían a prueba a la emprendedora nación insular.
185
Desastres naturales
y el filo de la historia
En el siglo XIX,
cuando los reformadores Meiji pusieron en marcha la rápida industrialización de
Japón, sólo reconocieron sus obvios beneficios económicos y militares, los
mismos exhibidos despiadadamente por el imperialismo occidental. Desde
entonces, Japón se ha convertido en parte de una comunidad de naciones ricas,
que con la quema de combustibles fósiles han minado lentamente la estabilidad
relativa del clima que protegía a las civilizaciones humanas. Desde la
transición durante el periodo Meiji a la energía no renovable, Japón se ha
convertido en un importante contribuyente global al cambio climático, con
emisiones de dióxido de carbono, o gases de efecto invernadero, equivalentes a
1.390 megatones en 2005, más que Alemania o Reino Unido. Una consecuencia del
cambio climático en la Tierra es la subida del nivel del mar, que plantea
graves retos a muchas naciones insulares del Pacífico, incluido Japón. El
vínculo entre la industrialización japonesa en el siglo XIX y la realidad de la
elevación de los océanos es innegable y ha colocado a Japón en un precario
precipicio histórico. Los beneficios de la «civilización e ilustración» del
siglo XIX, y el crecimiento económico que aportaron, se han transformado en
unas cuantas generaciones en una amenaza para Japón a un nivel fundamental. El
clima, la topografía y la biodiversidad de Japón están sometidos a dramáticos
cambios, lo mismo que la nación que este medio ambiente físico sustenta. Como
ha observado un historiador: «La disciplina de la historia reside en la
asunción de que nuestro pasado, presente y futuro están conectados por una
cierta continuidad de la experiencia humana», pero el cambio climático amenaza
esa continuidad. En el caso de Japón, el cambio climático ha suscrito medio
siglo convulso, en el que las fuerzas naturales, desde eventos sísmicos a
supertormentas en el Pacífico, interactúan con otras no naturales, como los
patrones de asentamiento costero y la incorporación de tierras, para establecer
el tenor de las perspectivas japonesas para el siglo XXI.
NATURALEZAS
CAMBIANTES
En Japón, siglos de
meditación filosófica han buscado vislumbrar cómo el carácter insular del país
determina su cultura. A inicios del siglo XX, la voz más influyente en esta
discusión fue el filósofo Watsuji Tetsurô (1889-1960). En respuesta a gigantes europeos
como Martin Heidegger (1889-1976), en su obra maestra Fûdo (Clima
y cultura, 1935), Watsuji vincula el espacio geográfico con el tiempo histórico
como determinantes cruciales en la evolución de las culturas nacionales.
Watsuji deseaba reconstruir la cultura japonesa desde sus cimientos, poniendo
el énfasis en la interrelación entre clima y comunidades humanas. Watsuji
asumió que la gente nunca trasciende su medio ambiente y que la topografía, el
clima, el suelo, el agua, las plantas y los animales se sincronizan para dar
forma a la evolución cultural de una nación. Por esa misma época, Heidegger había
apuntado en su influyente Sein und Zeit (Ser y tiempo, 1927)
la básica naturaleza material del entorno. Antes, Watsuji llegó a la conclusión
de que «todas las investigaciones sobre la cultura de Japón deben en su
simplificación final volver al estudio de su naturaleza».
Pero la constante
climatológica de la filosofía de Watsuji cambia drásticamente a causa del
«cambio climático» y la subida del nivel del mar. Globalmente, el nivel del mar
comenzó a subir por la expansión térmica (el agua se expande cuando se
calienta) y la fusión de depósitos de agua terrestre (como glaciares, casquetes
nevados y capas de hielo), variando el volumen del agua de los océanos.
Procesos locales, como la circulación en los océanos y la presión atmosférica,
así como el movimiento tectónico, la subsidencia
186
y la sedimentación, magnifican los incrementos en el volumen oceánico y
producen nuevas alteraciones en el nivel del mar. En parte, estas
transformaciones climatológicas apuntalan el nacimiento del Antropoceno, en el
que las fuerzas de origen humano sobrepasan a las naturales a la hora de crear
rasgos en la superficie dinámica de la Tierra.
Mediante el uso de
medidores de mareas y altimetría por satelite, los científicos han seguido los
cambios recientes en los niveles del mar paralelos a la industrialización de
Japón y otras naciones. Al parecer, durante la mayor parte de la historia humana
hasta 1900 E.C., los niveles de los océanos permanecieron más o menos estables,
lo que hizo posible que filósofos como Watsuji vincularan el desarrollo
cultural con una topografía y una climatología relativamente invariables. Antes
de eso, durante el Pleistoceno (aproximadamente 2.588.000 a 11.700 A.P.) el
nivel de los mares fluctuó de forma extrema y llegó a los 120 metros. A
mediados del Holoceno (11.700 A.P.), sin embargo, el nivel del mar se
estabilizó, en buena medida debido a la mayor estabilidad climatológica, que
posibilitó la agricultura y el desarrollo de civilizaciones humanas. Pero la
industrialización desestabilizó la burbuja climática del Holoceno. A partir de
1900 E.C., debido a la expansión térmica y la fusión de los glaciares, el nivel
ha aumentado sensiblemente, siendo más visible al extenderse la
industrialización por el globo. En 1900 y 1993, el nivel del mar alcanzó de
media 1,7 mm al año. Los científicos del IPCC (Grupo [o Panel]
Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático) especulan con la
posibilidad de que en 2090 esa cifra se eleve a 4 mm al año.
Además de las
variaciones «insignificantes» en el nivel del mar están los episodios
«extremos», más devastadores, a los que Japón es propenso y que amplifican la
capacidad destructiva de los desastres naturales. Los episodios extremos de
incremento en el nivel del mar están generados por tsunamis no relacionados
directamente con el cambio climático, sino con los movimientos tectónicos y la
brusca aparición de tempestades generadas por tifones y otras tormentas. La
frecuencia e intensidad de estas subidas extremas del nivel del mar se dan la
mano con el aumento de los eventos insignificantes. En otras palabras, a medida
que el nivel medio del mar ascendía durante el siglo XX, también lo hacía la
frecuencia e intensidad de grandes tormentas y la devastación causada por los
tsunamis, que se han vuelto más peligrosos al ascender el nivel del agua. Como
señalan los científicos del IPCC, «el cambio climático puede apreciarse en su
mayor parte a través del impacto de los episodios extremos», incluyendo la
ferocidad de las tormentas en el Pacífico. Desde la década de 1950, las
tormentas en el oeste del Pacífico Norte, las que afectan a Japón directamente,
casi han duplicado su índice de poder de disipación (PDI), con un incremento de
alrededor del 30 por 100 en el número de tormentas tropicales y huracanes de
categorías 4 y 5 desde 1990. La elevación de las temperaturas de los océanos
motivadas por el calentamiento global influye en El Niño/Oscilación del Sur
(ENSO), lo que exacerba todavía más la intensidad de las tormentas. En la
segunda mitad del siglo XX, se produjo en Japón un ascenso de los ciclones
extratropicales, además de peligrosas tormentas tropicales y huracanes. El
promedio anual de precipitaciones en Japón (1.000 mm a 2.000 mm) no varió de
forma radical durante ese tiempo, pero sí el patrón de dichas precipitaciones.
Desde la época de los cortesanos Heian, las predecibles y «deseadas lluvias»
suponían precipitaciones puntuales y configuraban los ritmos de la estética
japonesa, como afirmaba Watsuji. Pero ahora el patrón de lluvias es mucho más
variable y difícil de predecir, lo que significa que el «clima» de la filosofía
de Watsuji ya no es una constante. En lugar de eso se está transformando,
cambiando al mismo tiempo el panorama natural y el histórico.
La elevación del
nivel del mar puede acarrear daños económicos y pérdida de vidas en algunas de
las áreas más pobladas de Japón, incluidos 23 distritos del Tokio
metropolitano, que los ingenieros construyeron en tierras bajas a nivel del
mar. Sectores industriales de Japón, que van desde la fabricación y la
generación de energía a la pesca
187
y el ocio, están en zonas bajas costeras, lo que convierte en
potencialmente catastrófica para la economía japonesa la amenaza de aumento del
nivel del mar. Tokio alberga aproximadamente el 28 por 100 de la producción
industrial del país, el 39 por 100 de sus empresas a gran escala, casi la mitad
de los estudiantes universitarios de Japón, el 85 por 100 de las compañías
extranjeras y más de la mitad de los empleados japoneses de la industria de la
información. Si incluimos a Nagoya y Osaka, importantes ciudades levantadas
también en áreas costeras bajas que han sido azotadas por terremotos y barridas
por tsunamis en el pasado, los porcentajes económicos son abrumadores. El
grueso del sector industrial de Japón se ubica en áreas costeras vulnerables a
las subidas en el nivel del mar.
Japón tiene una
larga línea costera (34.390 km) en comparación con el tamaño de la tierra total
del país, lo que lo hace particularmente vulnerable a la elevación del nivel
del mar, episodios extremos de meteorología y tsunamis. Del tamaño total de la
tierra, en torno al 72 por 100 del país es una cordillera montañosa, lo que
implica que la población de Japón tiende a concentrarse en las tierras llanas
cerca de la costa. Ahora, unos 11 millones de personas, alrededor de un 10 por
100 de la población total, viven en áreas susceptibles de inundación. Buena
parte de la costa japonesa es un entorno urbanizado, caracterizado en zonas por
escolleras, rompeolas y otras formas de protección, pero la mayoría está
expuesto por completo a los mares que lo rodean.
Las cifras en las
zonas industriales son impactantes: el 95 por 100 de la bahía de Osaka, por
ejemplo, es artificial y sólo conserva pequeñas parcelas de las en otro tiempo
famosas playas con pinos y arena blanca, como las de Suma. Las costas japonesas
son predominantemente entornos urbanizados.
LA NATURALEZA
ARTIFICIAL DE LOS EPISODIOS EXTREMOS
Un historiador ha
mencionado que no sólo los llamados «desastres naturales» se resienten de
arrolladores elementos obra del hombre, sino que los políticos y planificadores
«consideran estos acontecimientos como estrictamente naturales en un intento de
justificar una serie de medidas irresponsables, que han demostrado ser
socialmente, si no moralmente, insensatas». Es una dura acusación, pero este
razonamiento refleja sin duda la respuesta del gobierno japonés al triple
desastre –el terremoto, el tsunami y el accidente nuclear del 11 de marzo de
2011–, en la que se utilizan los aspectos naturales e impredecibles de la
calamidad, que generaron un «desastre de mil años», para justificar no sólo la
ineptitud del gobierno, sobre todo en relación con la supervisión de la
industria nuclear, sino también para legitimar la expansión de la potencia
nuclear en Japón. No obstante, los desastres naturales no «ocurren
sencillamente» y no se trata de catástrofes indiferentes, «moralmente neutras».
Más bien están construidas históricamente a varios niveles y con el cambio
climático y la subida del nivel de mar la naturaleza de las supertormentas
muestra las huellas humanas de pasadas elecciones y decisiones políticas.
Como han demostrado
los científicos del IPCC, los episodios costeros extremos, incluidos los
tsnunamis y supertormentas, van parejos a aumentos en el nivel del mar. Según
sube el nivel medio de los mares, se incrementan la aparición e intensidad de
las tormentas y de las olas que inundan, matan y ponen en peligro la propiedad
y otros activos económicos. Esos mismos científicos han demostrado que desde la
décadas de 1950 ha crecido la intensidad de las tormentas en el oeste del
Pacífico Norte, con cambios en el nivel de los mares, y sostienen que se
volverán más violentas en el futuro a medida que los océanos sigan calentándose
y el mar ascendiendo. Los científicos estiman que actualmente en Japón unos 861
km2 de terreno están por debajo del nivel medio de la
188
pleamar, con unos 2 millones de habitantes y 54 billones de yenes en
bienes tangibles en esas áreas bajas vulnerables. Cuando el nivel del mar suba
un metro, como se ha predicho que hará a finales de siglo, la tierra por debajo
del nivel medio de la marea alta
aumentará a 2.340
km2, casi el triple del tamaño actual. La población de esa zona
ascenderá a 4 millones con activos valorados en 109 billones. Las áreas
potencialmente anegables de Japón subirán de 6.270 km2 a 8.900
km2, con más de 15 millones de personas en peligro. Con un tsunami,
las olas pueden alcanzar más de 20 metros de altura dependiendo de las
condiciones locales, lo que significa que el nivel del mar puede aumentar
todavía más en caso de maremotos.
Cuando de tormentas
se trata, las más importantes tienen su propio nombre y como protagonistas de
la historia requieren algo de trabajo biográfico. En las condiciones en las que
se encuentra la Tierra durante el Antropoceno, el aumento del nivel del mar, el
calentamiento de los océanos y el desarrollo costero se han combinado para
magnificar la intensidad de las tormentas, y el daño provocado por el aumento
de estas, las lluvias torrenciales y los fuertes vientos también se ha visto
exacerbado. En la década posterior a la Guerra del Pacífico se produjeron
varios tifones importantes, pero en el caso de dos, el tifón Ida (más conocido
como tifón Kanagawa en Japón) y el tifón Vera, la presión barométrica, las
lecturas de velocidad del viento, las bajas y los daños a la propiedad fueron
un reflejo de las supertormentas del Antropoceno.
Durante la noche de
los días 26 y 27 de septiembre de 1958, Ida (figura 24) golpeó Japón cerca de
la ciudad de Kanagawa con vientos de 190 km/h, y ráfagas de 258 km/h, y las
intensas precipitaciones que la acompañaron provocaron destructivos aludes de
lodo en todo Japón. La tormenta se había formado al oeste del Pacífico, cerca
de Guam, y había ganado fuerza a medida que se desplazaba por las aguas cálidas
hacia Japón. El 24 de septiembre, cuando un Hurrican Hunter (avión vulgarmente
conocido como cazador de huracanes o rastreador de tifones) empleó una sonda
con paracaídas (dispositivo de medición meteorológica) diseñada por el NCAR
(Centro Nacional de Investigación Atmosférica de Estados Unidos) para hacer las
estimaciones, la lectura de la presión barométrica fue de 877 mb (milibares) y
la velocidad máxima del viento de 325 km/h. Estas lecturas convirtieron al
tifón Ida en la mayor tormenta registrada. Ida devastó Japón. Tras desbordarse
los ríos Kano, Meguro y Arakawa, 2.118 edificaciones quedaron destruidas o
fueron directamente barridas. Un metro de aumento en la marea alta inundó más
de 48.562 hectáreas de arrozales en el área y causó una destrucción
generalizada. El tifón Ida dejó caer casi 430 l/m2 de agua
sobre Tokio, la cifra diaria más alta desde que comenzaron los registros en
1876. Al final, se cobró 1.269 vidas, dejó a decenas de miles de personas sin
hogar y originó 50 millones de dólares en daños. Fue la primera de las
supertormentas gemelas que presentaron a Japón el clima extremo de la era del
Antropoceno.
189
Figura 24. El ojo
del tifón Ida.
Exactamente un año
después, el tifón Vera arrasó la bahía de Ise en el centro de Japón, cerca de
la muy industrializada ciudad de Nagoya. Cuando Vera tocó tierra, los vientos
superaron los 193 km/h y los 305 l/m2 de lluvia por día
causaron aludes de barro que aplastaron o sepultaron 36.000 edificios. Una
subida en el nivel del agua de 6 metros inundó la bahía de Ise y se llevó siete
embarcaciones, incluido un carguero británico de 7.412 toneladas. Olas de más
de 9 metros hundieron 25 barcos de pesca que intentaban capear la tormenta y
mataron a casi 50 marineros. El tifón Vera se cobró 5.159 vidas y dejó a un
millón de personas sin hogar. Los daños fueron estimados en 2.000 millones de
dólares, lo que hizo de Vera la tormenta más destructiva en la historia moderna
de Japón. La variación en el nivel del mar tuvo mucho que ver con el poder
devastador de estas dos supertormentas, al igual que el calentamiento de los
océanos, que hizo que las tormentas se intensificaran mientras avanzaban hacia
Japón.
Los cambios en el
nivel del mar no influyen sólo las tormentas, sino también los tsunamis. Como
hemos visto, Japón es un patrimonio sísmicamente activo. Los siglos XIX y XX
tuvieron su porción de terremotos destructivos, muchos de ellos acompañados de
tsunamis. Los mejor documentados son el terremoto de Ansei (1854-1855), el de
Nôbi en el centro de Japón (1891), el Meiji-Sanriku (1896), el gran terremoto
de Kantô (1923) en Yokohama y Tokio, y el gran terremoto de Hanshin-Awaji de
1995. Como el temblor en Ansei se produjo durante el periodo Tokugawa
(1603-1868), las crónicas del desastre adoptaron la forma de cientos de
grabados en bloques de madera, que representaban a un pez gato junto a
mercaderes y funcionarios del gobierno balanceándose sobre su resbaladiza
espalda. Cuando el pez gato se retorcía y agitaba su cola, la tierra se
sacudía, a menudo desvelando la abundancia de sus riquezas, representadas en
forma de
190
monedas de oro que caen del cielo. En la tumultuosa mitad del siglo XIX,
cuando, como vimos, «la presión exterior y el desorden interno» habían
debilitado al bakufu Edo hasta llevarlo al hundimiento, esos
terremotos y su interpretación social, que los consideraba una redistribución
de la riqueza, resultaban amenazadores para la legitimidad Tokugawa. Los tres
terremotos sucesivos provocaron grandes tsunamis, incendios y caos, que
tuvieron como resultado unas 17.000 muertes. Pero puede que las resonancias políticas
fueran el auténtico legado del terremoto de Ansei, ya que el régimen Tokugawa
cayó diez años después.
El terremoto de
Nôbi ocurrió durante el periodo Meiji. Alcanzó una magnitud de 8 puntos, la
mayor para un terremoto tierra adentro en la historia de Japón. Se cobró
alrededor de 7.000 vidas y redujo a escombros muchos de los modernos bloques de
ladrillo tan cuidadosamente levantados por los reformadores Meiji. En Osaka y
otros lugares, la mayoría de las casas tradicionales de madera resistieron el
temblor del 28 de octubre de 1891, pero la tejeduría de algodón de Naniwa, un
«edificio de tres pisos construido en ladrillo al estilo de las fábricas
inglesas», como lo describía un periódico, se hundió por completo, el único en
todo Osaka en hacerlo. La construcción, que «sólo tenía unos meses» aplastó a
21 personas al venirse abajo. Según se informó, no sólo se hundió la planta de
algodón de Naniwa, sino que «todas las fábricas de construcción extranjera
resultaron más o menos dañadas», lo mismo que muchas de las casas de ladrillo
de las concesiones extranjeras. De modo similar, como contaba otro periódico, se
derrumbaron «magníficos edificios de ladrillo» como la oficina de Correos de
Nagoya, pero los tradicionales de madera sobrevivieron. Esas construcciones de
ladrillo hundidas en el desastre sísmico ponen de manifiesto los elementos
humanos del evento natural.
El 1 de septiembre
de 1923, cuando el gran terremoto de Kantô redujo a escombros buena parte de
Tokio y Yokohama, las grietas en la falla sísmica sacaron a la luz chirriantes
divisiones sociales en el nuevo orden imperial japonés, que tuvieron como
resultado violencia racial en toda el área de Tokio. El habilidoso Gotô Shinpei
(1857-1929), fogueado como administrador colonial en Taiwán y alcalde de Tokio,
supervisó la reconstrucción tras el desastre, que con ayuda del ejército
imperial se llevó a cabo de manera rápida y eficiente, aunque los militares
alardearon innecesariamente. Gotô, con ayuda del historiador y planificador
urbano Charles A. Beard (1874-1948), deseaba transformar las zonas arrasadas de
Tokio en un entorno moderno modelo, pero los opositores políticos desbarataron
sus ambiciones. En cualquier caso, el terremoto dejó al descubierto el punto
débil del Japón imperial. El día después del terremoto, un periódico de Tokio
informaba de que los «coreanos y socialistas estaban planeando un complot
rebelde y traicionero. Urgimos a los ciudadanos a cooperar con el ejército y la
policía para defendernos de los coreanos». Simultáneamente, la Armada imperial
desplazó barcos a la península de Corea. Con el nacionalismo étnico japonés y
las preocupaciones raciales avivando las llamas, el desastre sísmico de 1923 en
Japón enseguida se transformó en uno social. Durante varios días, después de
que se extendiesen rumores de que los coreanos habían provocado los incendios y
envenenado el abastecimiento de agua de la ciudad, los vigilantes recorrieron
las calles de Tokio eliminando a «coreanos» y «bolcheviques». Pese a que hubo
momentos de cooperación internacional y buena voluntad, el legado del gran
terremoto de Kantô marca el ascenso del militarismo japonés tanto como la
retórica de renovación social y recuperación. El desastre natural presagió para
muchos la necesidad de cambio en el ámbito artificial de la civilización
humana. Como declaró el emperador Taishô (1879-1926) tras el gran terremoto de
Kantô: «En años recientes la ciencia y el conocimiento humano han progresado
mucho. Al mismo tiempo se han instaurado frívolos y extravagantes hábitos [...]
Si no son controlados, tememos que el futuro del país sea oscuro, ya que el
desastre sucedido al pueblo japonés es grave».
191
Históricamente, la mayoría de los terremotos importantes en Japón se
produjeron en alta mar y generaron tsunamis. El terremoto de Tônankai del 7 de
diciembre de 1944, causó muchos daños a lo largo de la costa de la prefectura
de Wakayama y la región de Tôkai; 1.223 personas perdieron la vida en la
sacudida y el tsunami de 8 metros, que barrió, destruyó o dañó seriamente
73.000 hogares. El 20 de diciembre de 1946 un terremoto de magnitud 8,1 en
Nankaidô golpeó la región en torno al sur de Honshu y las islas Shikoku. El
tsunami alcanzó alturas máximas de 6 metros, mató a miles de personas y
destruyó 36.000 casas. Muchos de los temblores en el mar más devastadores de
Japón ocurrieron al este de la costa de Sanriku en el nordeste de Japón, a lo
largo de la fosa oceánica de subducción japonesa. Esta fosa oceánica se crea
cuando la placa del Pacífico desciende por debajo de la placa de Okhotsk frente
a la costa de Sanriku, un movimiento que causa la mayoría de los peores
terremotos y tsunamis en el noroeste de Japón. Durante el periodo Meiji, el
terremoto de Sanriku del 15 de junio de 1896 fue una muestra de la devastación
que las sacudidas en el nordeste podían provocar, en especial si iban
acompañadas de un tsunami. El terremoto, algunos de cuyos temblores se dejaron
sentir incluso en la costa de California, tuvo una magnitud de 8,5 y generó un
tsunami con alturas máximas de 25 metros. Murieron 22.000 personas como
consecuencia del terremoto y el tsunami, que destruyeron 10.000 viviendas y
dejaron a mucha gente sin refugio. El 2 de marzo de 1933 otro terremoto en
Sanriku recorrió la costa nordeste. Este poseía una magnitud de 8,4 y el
tsunami que lo acompañó barrió miles de hogares. La altura máxima del tsunami
fue de 28,7 metros y los daños alcanzaron a Hawái.
Estos dos
terremotos en Sanriku, pese a lo devastadores que fueron, se quedaron cortos en
comparación con el megaterremoto del 11 de marzo de 2011, de magnitud 9. Una
superposición de fallas cerca de la fosa oceánica de la zona de subducción
causó el desastre, el peor en un país frecuentemente visitado por catástrofes
sísmicas. La cuestión es que las supertormentas y los episodios sísmicos, con
sus correspondientes tsunamis, han sido parte importante de las experiencias
modernas de Japón. Mientras el país se enfrenta a un futuro caracterizado por
el cambio climático y la subida del nivel del mar, la violencia inhumana de
tales desastres naturales promete intensificarse.
EL TRIPLE DESASTRE
El 9 de marzo de
2011, dos días antes del gran terremoto de Japón Oriental, se pudieron percibir
varias inquietantes sacudidas previas en ciudades del norte como Sendai, una de
ellas de magnitud 7,2. El 11 de marzo, varios temblores más sacudieron con fuerza
el nordeste de Japón hasta que el megaterremoto principal golpeó la región 15
minutos antes de las tres de la tarde. Cientos de brutales réplicas siguieron
al enorme terremoto y se reprodujeron durante años después del desastre.
Geológicamente, como resultado del megaterremoto, la isla de Honshu se movió
2,4 metros hacia el este y el eje de la tierra se desplazó 25 cm. Fue el mayor
terremoto jamás registrado en Japón y el quinto más potente en el mundo desde
que empezaron los registros modernos en 1900. El epicentro del megaterremoto se
originó cerca de la fosa oceánica japonesa, donde la placa del Pacífico se
introduce bajo la isla de Honshu, unos 72 km al este de la península de Miyagi.
El hipocentro, básicamente la «zona cero» del terremoto, se encontraba a
relativamente poca profundidad, 32 km. Como resultado del temblor, olas de más
de 40 metros desembarcaron en la prefectura de Iwate y, en algunos casos
viajaron hasta 10 km tierra adentro causando grandes estragos en comunidades a
baja altitud.
Todos estos
factores geológicos y sísmicos contribuyeron a la fuerza natural del enorme
terremoto en el este de Japón (mapa 4). Aparte del efecto que pudo tener la
subida del nivel del mar, el origen del terremoto y el tsunami estaban más allá
del control humano. El terremoto fue un suceso natural, pero una vez que las
oleadas de sacudidas
192
en tierra y el colosal muro de agua del tsunami alcanzaron la costa este
de Japón, el desastre natural se convirtió de inmediato en humano, destruyendo
o barriendo proyectos de desarrollo económico, divisiones de clase, diques,
comercios, escuelas, puertos pesqueros protegidos, invernaderos y otras
creaciones de la política y la toma de decisiones japonesas. Los canales de
riego, puertos, aparcamientos y calles canalizaron el agua en cuanto tocó
tierra. Los antepasados locales de algunas comunidades del nordeste, como los
del pueblo de Yoshihama en la prefectura de Iwate, habían trasladado su aldea
desde zonas bajas a otras más altas tras los desastres anteriores de 1896 y
1933. En lugar de con estaciones de tren, colegios y viviendas, que los
habitantes de Yoshihama habían reubicado en zonas altas, el arrollador tsunami
se encontró con plantaciones de arroz, que reprodujeron el modelo de humedales
naturales y mitigaron el daño del tsunami. Como consecuencia, sólo murió una
persona el 11 de marzo de 2013. Pero el aprendizaje de estas lecciones conllevó
un elevado precio. En 1896, Yoshihama perdió a 204 habitantes, la mayoría
arrastrados cuando asistían a una boda en la zona baja costera. Después de
1896, el jefe de Yoshihama incentivó la construcción de viviendas en las
colinas circundantes, a mayor altitud, lo que dio sus frutos: en 1933 sólo 17
personas perecieron como resultado del desastre. En otras aldeas cercanas,
mucha gente con memoria muy corta había empezado a invadir las tierras bajas y
a construir casas cerca de los arrozales a medida que el recuerdo de las
tragedias de 1896 y 1933 se hundía en un horizonte generacional. Por desgracia,
esos lugares pagaron un alto coste el 11 de marzo de 2011 (figura 25).
Mapa 4. Mapa
sísmico de la USGS (United States Geological Survey), 1900-2012.
193
Figura 25. Una niña
retorna al emplazamiento donde estaba su hogar después del tsunami del 11 de
marzo de 2011.
Uno de esos pueblos
fue Minami Sanriku, que se interponía justo en el camino del tsunami de 2011.
Olas de 12 metros golpearon la ciudad, destruyéndola casi por completo y
llevándose por delante al diez por 100 de sus habitantes. Lo que una vez fue un
pueblo de pescadores quedó reducido a escombros por el tsunami. Una de las
imágenes más reiteradas del tsunami es la del alcalde de Minami Sanriku subido
al punto más alto del edificio del gobierno, una de las 10 personas, de las 130
refugiadas en ese lugar, que sobrevivieron al embate de las olas y la
inundación. El tsunami devastó una franja de 500 km de la costa japonesa,
borrando muchas comunidades y matando a cerca de 20.000 personas. Cuando la ola
llegó a la orilla, atacó con violencia una parte de Japón ya por golpeada por
el abandono y la despoblación. Algunos expertos calculan que en 2025 el
nordeste habrá perdido el 20 por 100 de su población. Lo terrible es que el
tsunami aceleró el proceso de despoblación arrastrando a unas 20.000 personas
al mar.
Resultó que el
terremoto y el tsunami no eran más que el comienzo de la pesadilla japonesa del
11 de marzo. Se produjo la fusión de tres reactores nucleares en la planta de
Fukushima Daiichi dirigida por TEPCO (Tokyo Electric Power Company), que
saturaron a las comunidades próximas con peligrosos niveles de radiación que
dejaron inhabitables muchas de ellas durante generaciones. Para situarlo en la
perspectiva de las experiencias nucleares japonesas, el gobierno estimó que la
fusión había producido 170 veces más cesio 137 y dos veces la cantidad de
estroncio que el ejército estadounidense descargó sobre Hiroshima al final de
la Guerra del Pacífico. En unos días tras el terremoto y el tsunami los
japoneses se familiarizaron con unidades especializadas de medición como
microsieverts y becquerelios, además de con materiales tan peligrosos como el
cesio y el estroncio. La mayoría de las 110.000 personas evacuadas de la zona
por el gobierno poseían casas en las que enfermarían si decidieran volver. El
material radiactivo apareció en todo: suministros de agua, centros de atención
de día, leche materna, alimentos infantiles, peces, carne y té verde. La
radiación de Fukushima se infiltró en la cadena alimentaria nacional de Japón.
No pasó mucho tiempo antes de que funcionarios del gobierno detectaran
radiación en todas las prefecturas japonesas, incluida la lejana Okinawa. La
mitad de los niños de Fukushima mostraban radiación interna, una grave amenaza
de problemas de salud, entre otros peligrosos cánceres. En el plazo de dos años
después del triple desastre los médicos detectaron tasas de cáncer de tiroides
más elevadas de lo normal en los niños de Fukushima y casi la mitad de ellos
presentaban módulos tiroideos (aunque algunas de estas evidencias son objeto de
polémica).
En ciertos
aspectos, el gobierno respondió con celeridad. Estableció de inmediato un
Centro de Control de Crisis y Sede Central de Contramedidas y los gobernadores
de las prefecturas pidieron enseguida ayuda a las Fuerzas de Autodefensa de
Japón (SDF). El primer ministro Kan Naoto (n. 1946) asumió el control de TEPCO
durante un tiempo
194
limitado, cuando la gigantesca empresa no informó de la explosión de
hidrógeno en el complejo de Fukushima. Movilizó a las SDF al «nivel máximo» y
en tres días 100.000 soldados, alrededor de la mitad de los efectivos militares
japoneses, estaban inmersos en operaciones de búsqueda y rescate en todo el
nordeste. Las SDF distribuyeron casi 5 millones de raciones de comida y 30.000
toneladas de agua, además de reunir los cadáveres de más de 8.000
conciudadanos.
No obstante,
también hubo grandes fallos. Un coro de voces lanzó críticas al primer ministro
Kan por «temerario» e «incompetente» al no convocar el Consejo Nacional de
Seguridad o incluir oficiales militares en sus centros de gestión de
emergencias. Los funcionarios japoneses calcularon que el coste del desastre
fue de 16,9 billones de yenes, pero Standard & Poor subió la cifra a 50
billones de yenes. La economía japonesa se resintió del desastre de distintas
maneras. Por ejemplo, el fabricante de coches Toyota suspendió la producción en
Estados Unidos y Europa y sus ventas en 2011 descendieron más de un 30 por 100.
En sentido más amplio, como resultado del triple desastre la economía japonesa
descendió casi un 4 por 100 en el primer cuarto de 2011 y otro 1,3 por 100 en
el segundo cuarto. Ante al temor a los productos alimentarios contaminados por
radiación, muchos países restringieron las importaciones japonesas y las
exportaciones de alimentos de Japón bajaron un 8 por 100. Sin embargo, esto no
evitó que naciones extranjeras, muchas de ellas vecinas, enviaran ayuda y
equipos de asistencia. China, que había aceptado la ayuda de Japón, incluida la
de las SDF, tras el devastador terremoto de 2008 en Sichuan, devolvió el favor
en 2011 mandando un equipo de rescate integrado por 15 personas y se
comprometió a contribuir con 4,5 millones de dólares. El pueblo de Corea del
Sur también respondió deprisa y la Cruz Roja coreana reunió 19 millones de
dólares para las víctimas del nordeste de Japón. Las organizaciones de
beneficencia taiwanesas aportaron 175 millones de dólares en ayudas.
Inmediatamente después del triple desastre, los japoneses dejaron a un lado
algunas de las rivalidades regionales más susceptibles para socorrer a la
tambaleante nación.
Estados Unidos
envió unos 630 millones en ayudas a las víctimas del desastre en el nordeste de
Japón y el ejército estadounidense desempeñó un destacado papel de apoyo.
Cuando golpearon el terremoto y el tsunami, el portaaviones de clase Nimitz
USS Ronald Reagan, que estaba desarrollando maniobras
conjuntas con Corea del Sur, fue rápidamente redesplegado al
nordeste de Japón. Se instaló frente a la costa el 13 de marzo, donde sirvió
como base avanzada de asistencia, incluyendo el transporte y reabastecimiento
de unidades de las SDF. En la llamada «Operación Tomodachi (Amistad)» el
ejército estadounidense aportó robots inmunes a la radiación para evaluar el
daño en la planta nuclear de Fukushima Daiichi. Pero también hubo críticas a la
respuesta de Estados Unidos, como la del dibujante de derechas Kobayashi
Yoshinori (n. 1953). Señaló que la «Operación Tomodachi» representaba sólo una
pequeña fracción del «apoyo a la nación anfitriona» que Estados Unidos recibe
del gobierno japonés con las bases militares. También tachó a Estados Unidos de
«amigo desalmado» cuando se enteró de que el Ronald Reagan se
había desplazado para ponerse a salvo después de la explosión de hidrógeno en
el reactor de Fukushima Daiichi.
Para muchos, el
triple desastre puso de manifiesto la necesidad de que Japón despertase tras
«décadas pérdidas» de recesión y distanciamiento. Recordemos, en el capítulo 3,
a Kamo no Chôme, el eremita medieval que describió un terremoto y un tsunami
tan salvajes que «el mar ascendió e inundó la tierra». Al situar el desastre
natural en el contexto inhumano de su época, concluía que, a raíz del temblor
la gente «se convenció de lo efímero de todas las cosas terrenales» y comenzó
«a hablar de lo malo de aferrarse a ellas y de la impureza de sus corazones».
Sus pensamientos representaban una interpretación budista del terremoto y el
tsunami, una en la que, como concluía, «todas las dificultades de la vida
surgen de esa fugaz naturaleza evanescente del hombre
195
y su morada». De modo similar, como el gobernador conservador de Tokio
Ishihara Shintarô (n. 1932) explicó, el triple desastre representaba la ocasión
de «lavar la codicia» de la sociedad contemporánea japonesa, mientras los
científicos izquierdistas consideraban el desastre «el principio de un nuevo
capítulo en la historia japonesa». La retórica del desastre y la reconstrucción
se hizo palpable de inmediato. Como explicaba el socialdemócrata Abe Tomoko (n.
1948), «todo Japón, no sólo Tohoku, necesita una reconstrucción». Además de
tener atributos humanos con frecuencia, los desastres naturales también marcan
crisis en el mundo de los hombres.
Al menos un
funcionario del gobierno dijo que las instituciones políticas y económicas
japonesas estaban afectadas por una «enfermedad geriátrica» y señaló que la
recuperación del desastre ofrecía una oportunidad para «crear una nueva
nación». Un catedrático de Tokio veía el triple desastre como una ocasión para
«cambiar nuestro modo de pensar, nuestra civilización». El filósofo Umehara
Takeshi (n. 1925), un destacado esencialista japonés, esgrimió el triple
desastre para moralizar acerca de la necesidad de que Japón volviese a una
forma simple de vida, una reminiscencia de las culturas cazadoras Jômon a las
que aludimos en el primer capítulo. Se refería a la triple catástrofe como un
«desastre de la civilización», que dejaba al descubierto los límites de la
Ilustración europea y la «arrogante» guerra contra la naturaleza. Prestando
oídos a un pasado mitologizado arraigado en el altruismo budista, Japón
necesitaba «regresar a la coexistencia con la naturaleza», explicó. Líderes
locales evocaban el triple desastre cuando urgían a las comunidades a
establecer «vínculos de contacto humano» que engendrasen «solidaridad». En
cierto sentido, no sorprendió que el abad del santuario de Kiyomizu en Kioto
eligiese «vínculo» como carácter kanji del año en 2011. Los
héroes también jugaron un papel en el restablecimiento del sentimiento perdido
de comunidad en Japón. Destacaron a los «cincuenta de Fukushima», trabajadores
que, arriesgando su salud, retornaron al reactor de Fukushima Daiichi para
reducir los potenciales daños. Un reportaje en un periódico proclamaba:
«Soportando la carga de la incertidumbre, continúan combatiendo contra un
enemigo oculto».
Justo después del
triple desastre, el término que caracterizaba las conversaciones sobre el
suceso era «inimaginable». Como cuando se usa «natural» para describir los
desastres, «inimaginable» servía para situar el terremoto y el tsunami, y lo
que es más importante, la fusión en Fukushima Daiichi, al margen de la toma de
decisiones japonesa respecto a la elección energética. En palabras de un
gerente de TEPCO, el «accidente en Fukushima fue causado por un tsunami que iba
mucho más allá de lo imaginable en la base de diseño». Definía el suceso como
un «accidente imprevisible». Un profesor de la Universidad de Tokio,
especializado en campos que él definía como «riesgología» y «fracasología»,
criticó a los expertos por utilizar constantemente el término «inimaginable»
para describir el triple desastre. «Imaginar desastres es la responsabilidad de
los expertos», insistía. Yosano Kaoru, antiguo funcionario del gobierno y
empleado de la industria nuclear, dijo en referencia al triple desastre que «no
hay explicación para el trabajo de Dios» y repetía que la energía nuclear es
segura. Consideraba que era «injusto» hacer pagar a TEPCO por un desastre
natural «anormal». «El incidente superó la escala científicamente prevista. No
merece que se dañe su imagen», razonaba.
Pero algunos
empezaron a reflexionar sobre el triple desastre, sobre todo los integrantes
del activo movimiento antinuclear japonés. En los años de posguerra Japón había
derivado hacia un futuro nuclear, a pesar de que el recuerdo de Hiroshima y
Nagasaki estaba aún muy fresco. En 1945, el Partido Liberal Democrático aprobó
el primer presupuesto para energía atómica de 250 millones. Aunque la cantidad
inicial fue modesta, durante los años de posguerra Japón siguió gastando cada
vez más en energía nuclear. Entre 1970 y 2007 el gobierno japonés invirtió 10
billones en energía nuclear, aproximadamente un tercio del gasto total en
energía del sector público y un 95 por 100
196
del presupuesto nacional para investigación y desarrollo energéticos. El
Ministerio de Comercio Internacional e Industria creó «compañías de control
público» para ayudar a las empresas privadas a desarrollar energía nuclear,
socializando el alto coste de abrir centrales nucleares. Toshiba trabajó con
General Electrics, por ejemplo, mientras Mitsubishi lo hacía con Westinghouse.
A mediados de los años 1980, todas las empresas de servicios públicos de Japón,
a excepción de Okinawa Electric Power Company, tenían en marcha plantas de
energía nuclear. Antes del triple desastre, las centrales nucleares generaban
en torno al 30 por 100 de la electricidad de Japón, algo menos que de gas
natural licuado. A partir de 2011, los críticos reiteraron los ataques hacia la
industria afectada. Entre los muchos problemas estaban la eliminación de
residuos y el almacenamiento del combustible gastado. Ya en la década de 1970,
los reactores nucleares japoneses producían más combustible irradiado del que
podían reciclar.
Un subproducto del
reprocesado de uranio, el plutonio, había demostrado ser particularmente
peligroso y difícil de almacenar, y además podía convertirse en material apto
para armas. Hace poco Japón se ha enfrentado a la presión internacional por sus
8 toneladas de plutonio almacenadas en la planta de reciclado de Rokkasho, en
la prefectura de Aomori, suficiente para fabricar unas 1.000 cabezas nucleares
(aunque se devolvieron 315 kg de plutonio a Estados Unidos en 2014). Rokkasho
–2,2 billones de yenes de inversión y sigue sumando– ha sido un enorme sumidero
de dinero, pero para muchos expertos en energía el riesgo financiero es
aceptable dado que el uranio y el plutonio reprocesados abastecerían las
centrales nucleares japonesas hasta mediados del siglo XXI. JNFL (Japan Nuclear
Fuel Limited) se encarga de Rokkasho y el mayor accionista de JNFL es TEPCO,
responsable de la planta de Fukushima Daiichi. El principal objetivo de
Rokkasho es hacer MOX (mixed oxide fuel), una mezcla de óxidos utilizada como
combustible en reactores nucleares de fisión, consistente en una combinación de
plutonio y uranio que los expertos esperan usar en una nueva generación de
reactores de agua pesada. No obstante, la tecnología adecuada ha resultado tan
escurridiza como el apetito público por la energía nuclear, lo que deja a Japón
con peligrosas cantidades de plutonio que amenazan con proliferar. En el
momento de escribir esto, continúan parados todos los reactores nucleares
japoneses menos dos, así que el proyecto de Rokkasho está en duda.
La industria de la
energía nuclear en Japón está plagada de errores y contratiempos. Hasta 2007,
las empresas de servicios públicos informaron de 97 percances, incluidos
accidentes críticos en la planta de Fukushima Daiichi en 1978 y 1989. En 1995
se produjo en un reactor de la Power Reactor and Nuclear Fuel Corporation una
filtración de sodio. Cuatro años después, tuvo lugar un incidente importante
que duró casi un día entero en un reactor de Tôkai, durante el cual dos
trabajadores murieron por exposición a la radiación. Los manifestantes se han
vuelto osados en sus exigencias nada irrazonables. Empujados a la acción por
las preocupaciones sobre la seguridad tras el triple desastre, los padres de
Fukushima, al tiempo que protestaban por la decisión del Ministerio de
Educación de subir el máximo permitido de exposición a la radiación para los
alumnos en un 2.000 por 100, tiraban sacos de arena del parque infantil en los
despachos de los funcionarios. Preguntaban si deberían dejar a sus hijos jugar
allí. En septiembre de 2011, el Premio Nobel Ôe Kenzaburô (n. 1935) planteó una
protesta en el santuario Meiji en Tokio, donde los manifestantes mostraron
pancartas que decían «Sayonara, energía nuclear». Más tarde, en julio de 2012,
una manifestación antinuclear en el parque Yoyogi de Tokio congregó a unas
170.000 personas. Está claro que el triple desastre ha provocado sentimientos
antinucleares en el único país que ha experimentado el poder destructivo de las
armas atómicas.
197
Japón se enfrenta
hoy a muchos retos. Algunos de ellos, como los desafíos de la política
internacional con China y Corea, tienen su raíz en decisiones históricas sobre
el comportamiento en las guerras y el marco de la paz. Japón y sus vecinos aún
luchan con el legado de la Guerra del Pacífico, aunque la generación que
combatió en ella ha desaparecido hace mucho. En 2014, después de que el primer
ministro Abe Shinzô (n.1954) visitara Yasukuni, el santuario de Tokio en el que
están enterrados los caídos de Japón en la guerra, incluidos 14 criminales de
guerra de «Clase A», el ministro de Exteriores chino respondió que Abe ya no
era bienvenido en China. «Ha quedado al descubierto la hipocresía de las
declaraciones de Abe cuando habla de dar prioridad a las relaciones con China y
su deseos de diálogo con los líderes chinos», continuó. De los criminales de
guerra enterrados en el santuario de Yasukuni, el ministro dijo: «Sus manos
están cubiertas con sangre de las víctimas. Son fascistas. Son los nazis de
Asia». Como ilustran estos comentarios, las tensiones acerca de la «Guerra de
la Gran Asia Oriental» siguen torturando las relaciones entre Japón y sus
vecinos asiáticos, definiendo la política y las relaciones exteriores en esta
inestable parte del mundo.
Como toda la vida
en la Tierra, Japón también se enfrenta a retos relacionados con el cambio
climático y la subida del nivel del mar. Mientras escribo, y el clima del
planeta se calienta como resultado de los gases de efecto invernadero atrapados
en su atmósfera, el futuro de todo el globo, incluidos sus habitantes humanos y
no humanos, se encuentra unido por una amenaza común, que convierte los
capítulos relacionados con la energía en la historia de todas las naciones
importantes. Según las estimaciones sobre cambio climático de la EPA
(Environmental Protection Agency) estadounidense, dependiendo de los niveles en
los gases de efecto invernadero, la temperatura global de la Tierra puede subir
11 grados hasta 2100. Desde nuestra ventajosa posición en 2014, esto significa
que en aproximadamente el mismo tiempo que va de la Restauración Meiji al
bombardeo atómico de Hiroshima y Nagasaki, es probable que los humanos causen
daños catastróficos al planeta por el uso de combustibles fósiles no
renovables. En el caso de Japón, o cualquier nación industrializada por ende,
hay que analizar cualesquiera políticas o decisiones históricas que propicien
el incremento de los gases de efecto invernadero, porque la fusión de los
casquetes de hielo y glaciares amenaza seriamente las pobladas costas
japonesas. Casi 100 millones de personas, o en torno al 80 por 100 de la
población actual de Japón, se puede considerar costera, lo que hace importante
cualquier discusión acerca del cambio en el nivel de los mares (mapa 5).
198
Mapa 5. Efecto del
aumento del nivel del mar en Japón a finales de siglo.
Todavía no se sabe
cómo afrontará Japón estos múltiples retos, pero las acciones que tome el país
insular serán importantes porque mostrarán el camino a todos los que surcamos
las agitadas aguas del siglo XXI.
199
2,6 millones-
11.700 A.P.
11.700-100 A.P.
14.500-300 a.E.C.
12.700 A.P.
9.500 A.P.
3.000-2.400 a.E.C.
300 a.E.C.-300
E.C.
57 E.C.
107 E.C.
238 E.C.
247 E.C.
297 E.C.
300-700 E.C.
250-700 E.C.
604 E.C.
645 E.C.
669 E.C.
689 E.C.
702-718 E.C.
552
562
663
NACIMIENTO DEL
ESTADO YAMATO (14.500 A.E.C.-710 E.C.)
Pleistoceno
Holoceno
Fase arqueológica
Jômon
Aparición de la
alfarería en las islas japonesas
Perros en las islas
japonesas
Llegada de la
agricultura a las islas japonesas
Fase arqueológica
Yayoi
Dinastía Han
Oriental manda enviados al reino de Wa Dinastía Han Oriental manda enviados al
reino de Wa Enviados de Wa visitan al emperador Wei Cao Rui Enviados de Wa
visitan a los líderes coreanos Wei zhi describe el reino de Wa
Fase arqueológica
de las tumbas
Confederación
Yamato
Constitución de los
diecisiete artículos
Reformas Taika
El reino de Wa se
convierte en Nihon
Códigos Kiyomihara
Códigos Taihô-Yôrô
PERIODO DE LAS
CORTES (710-1185) El budismo es introducido en Japón desde Corea Las fuerzas de
Yamato y Baekje evacuan Mimana La Armada Tang derrota a Yamato
en el río Geum
200
|
Periodo Nara |
|
|
710 |
La capital
imperial se desplaza a Nara (Heijô-kyô) |
|
712 |
Se escribe
el Kojiki |
|
720 |
Se escribe
el Nihon shoki |
|
737 |
Epidemia de
viruela en Kioto |
|
773-811 |
«Guerra de los
Treinta y Ocho Años» entre Yamato y los emishi |
|
794-1185 |
Periodo Heian |
|
794 |
La capital
imperial se traslada a Kioto (Heian-kyô) |
|
800 |
Sakanoue no
Tamuramaro es enviado a luchar contra los emishi |
|
802 |
El general emishi
Aterui es decapitado |
|
805 |
Introducción en
Japón del budismo Tendai |
|
806 |
Introducción en
Japón del budismo Shingon |
|
905 |
Compilación
del Kokinshû, antología imperial de poesía waka |
|
|
ASCENSO DEL
GOBIERNO SAMURÁI (1185-1336) |
|
702 |
El sistema ritsuryô crea
un Ministerio Militar |
|
792 |
Abolido el
reclutamiento militar imperial |
|
939-940 |
Rebelión de Taira
no Masakado |
|
941 |
Es asesinado el
pirata Fujiwara no Sumitomo |
|
993-995 |
Brote de viruela |
|
998 |
Brote de
sarampión |
|
1016 |
Epidemia de
enfermedad intestinal |
|
1020 |
Brote de viruela |
|
1025-1026 |
Epidemia de
sarampión y enfermedad intestinal |
|
1027 |
Epidemia de
enfermedad intestinal |
|
1028-1031 |
Rebelión de Taira
no Tadatsune |
|
1036 |
Brote de viruela |
|
1051-1063 |
Guerra de los
Primeros Nueve Años |
|
1081 |
Los monjes de
Enryakuji atacan Kioto |
201
|
Guerra de los
Últimos Tres Años |
|
|
1108-1110 |
Erupciones del
monte Asama y el monte Fuji |
|
1113 |
Los monjes de
Kôfukuji y Enryakuji pelean por el templo de Kiyomizu |
|
1134-1135 |
Brote de gripe |
|
1156-1160 |
Rebelión
Hôgen-Heiji en Kioto |
|
1180-1185 |
Guerra Genpei |
|
1180 |
Hambruna en Kioto |
|
1184 |
Importante
terremoto y tsunami |
|
1192 |
Minamoto no
Yoritomo se convierte en shogun |
|
1192-1333 |
Bakufu (sogunato)
de Kamakura |
|
1221 |
El bakufu de
Kamakura pasa a la familia Hôjô tras la Guerra Jôkyû |
|
1223 |
Los piratas
saquean la costa cerca de Kumajo |
|
1227 |
Los piratas son
decapitados delante del enviado coreano |
|
1232 |
Se redactan los
Códigos Jôei |
|
1274 |
Primera invasión
mongol |
|
1281 |
Segunda invasión
mongol |
|
1333-1336 |
Restauración
Kenmu del emperador Go-Daigo |
|
1336-1392 |
Periodo de las
Cortes del Norte y del Sur |
|
EL JAPÓN MEDIEVAL
Y EL PERIODO DE LOS ESTADOS EN GUERRA (1336-1573) |
|
|
1336-1573 |
Bakufu de Ashikaga |
|
1337-1573 |
Cultura Muromachi |
|
1338 |
Ashikaga Takauji
se convierte en shogun |
|
1368 |
Ashikaga
Yoshimitsu se convierte en shogun |
|
1401 |
El bakufu de
Ashikaga paga tributo a la China Ming |
|
1467-1477 |
Guerra Ônin |
|
1467-1573 |
Periodo de los
Estados en guerra |
|
1532 |
La secta budista
Ikkôshû lanza la «Rebelión del Reino Bajo el Cielo» |
|
|
ENCUENTRO DE
JAPÓN CON EUROPA |
202
|
Los portugueses
desembarcan en Tanegashima |
|
|
1570 |
El padre
Francisco Cabral encabeza la Compañía de Jesús |
|
1579 |
El padre
Alexandro Valignano lidera la Compañía de Jesús |
|
1580 |
Los portugueses
obtienen la autoridad administrativa sobre Nagasaki |
|
1587 |
Primer edicto de
expulsión de Toyotomi Hideyoshi |
|
1596 |
Incidente
del San Felipe |
|
1597 |
Ejecución de los
«Veintiséis santos» de Nagasaki |
|
1607 |
El Santa
Buenaventura viaja de Japón a México |
|
1623 |
Cincuenta
cristianos quemados en la hoguera en Edo |
|
1637-1638 |
Rebelión
Shimabara |
|
|
UNIFICACIÓN DEL
REINO (1560-1603) |
|
1551 |
Muere Oda
Nobuhide |
|
1555 |
Oda Nobutomo es
asesinado |
|
1557 |
Oda Nobuyuki es
asesinado |
|
1560 |
Batalla de
Okehazama |
|
1571 |
Oda Nobunaga
derrota a los monjes Tendai del monte Hiei |
|
1573 |
Exilio de
Ashikaga Yoshiaki |
|
1574 |
Oda Nobunaga
derrota a los monjes Ikkôshû de la secta Honganji |
|
1575 |
Takeda Katsuyori
es derrotado en el castillo de Nagashino |
|
1579 |
Construcción del
castillo de Azuchi |
|
1582 |
Oda Nobunaga
rechaza a los enviados de la corte |
|
1582 |
Akechi Mitsuhide
asesina a Oda Nobunaga |
|
1582 |
Toyotomi
Hideyoshi pone fin al asedio del castillo de Takamatsu |
|
1582 |
Toyotomi
Hideyoshi y los aliados de Oda derrotan a Akechi Mitsuhide |
|
1582 |
Se convoca la
conferencia de Kiyosu |
|
1583-1597 |
Construcción del
castillo de Osaka |
|
1583 |
Batalla de
Shizugatake |
|
1585 |
Toyotomi
Hideyoshi derrota a Chôsokabe Motochika |
203
|
El emperador
otorga a Toyotomi Hideyoshi el título de kanpaku |
|
|
1585 |
El emperador da a
Toyotomi Hideyoshi el nombre de «Toyotomi» |
|
1587 |
Toyotomi
Hideyoshi derrota a Shimazu Yoshihisa |
|
1587 |
Los coreanos
rechazan las invitaciones japonesas |
|
1588 |
Se termina el
palacio de Jurakudai |
|
1588 |
Toyotomi
Hideyoshi promulga la orden de «Restricción de armas» |
|
1590 |
Enviados de Corea
visitan Japón |
|
1591 |
Toyotomi
Hideyoshi congela el estatus social mediante edictos |
|
1592 |
Toyotomi
Hideyoshi se convierte en taikô |
|
1592 |
Toyotomi
Hideyoshi ordena la elaboración de un censo |
|
1592 |
Toyotomi
Hideyoshi invade por primera vez Corea |
|
1593 |
Nacimiento de
Toyotomi Hideyori |
|
1595 |
Ejecución de
Toyotomi Hidetsugu |
|
1595 |
Toyotomi
Hideyoshi promulga los «Códigos del castillo de Osaka» |
|
1597 |
Toyotomi
Hideyoshi invade por segunda vez Corea |
|
1598 |
Muerte de
Toyotomi Hideyoshi |
|
1600 |
Batalla de
Sekigahara |
|
1603-1636 |
Construcción de
Edo |
|
1603 |
Tokugawa Ieyasu
funda el bakufu Edo |
|
1615 |
Se promulgan las
«Nuevas leyes militares» |
|
1617 |
Construcción del
mausoleo Nikkô |
|
1635 |
Se establece
el sankin kôtai |
|
|
INICIO DEL JAPÓN
PREMODERNO (1600-1800) |
|
1603 |
Tokugawa Ieyasu
se convierte en shogun |
|
1616 |
Muerte de
Tokugawa Ieyasu |
|
1642-1643 |
Hambruna de
Kan’ei |
|
1644 |
Primeros mapas
provinciales, kuniezu, del bakufu Edo |
|
1669 |
Guerra de
Shakushain |
204
|
Leyes suntuarias
de Tokugawa Tsunayoshi |
|
|
1689 |
Matsuo Bashô
viaja al noreste |
|
1696-1702 |
Segundos
mapas, kuniezu, del bakufu Edo |
|
1701 |
Venganza de Akô |
|
1732 |
La gran hambruna
Kyôhô |
|
1749 |
«Hambruna del
jabalí» de Hachinohe |
|
1782-1788 |
La gran hambruna
Tenmei |
|
1808-1810 |
Mamiya Rinzô
cartografía Sajalín y el estuario del río Amur |
|
1821 |
Se completa el
mapa científico de Japón de Inô Tadataka |
|
1833-1837 |
La gran hambruna
Tenpô |
|
1835-1838 |
Terceros mapas
provinciales, kuniezu, del bakufu Edo |
|
|
CONSOLIDACIÓN DEL
NACIONALISMO (1770-1854) |
|
1652 |
Sakura Sôgorô se
postula directamente como shogun |
|
1751 |
Yamawaki Tôyô
lleva a cabo una disección en Kioto |
|
1771 |
Sugita Genpaku
supervisa una disección en Kozukapara |
|
1837 |
Rebelión de Ôshio
Heihachiro |
|
1853-1854 |
Llegada del
comodoro Matthew C. Perry en los «barcos negros» |
|
1858-1860 |
Purga Ansei |
|
1858 |
Firma del Tratado
de Harris |
|
1860 |
Ii Naosuke es
asesinado por sicarios imperiales en el Incidente de Sakuradamon |
|
1860 |
El bakufu Edo
lanza la política kôbugattai |
|
1861 |
Hendrick Heusken
es asesinado por sicarios imperiales |
|
1862 |
Charles
Richardson es asesinado por un samurái de Satsuma |
|
1863 |
El shogun Tokugawa
Iemochi retenido en Kioto |
|
1866 |
Revueltas en
Shindatsu |
|
1868 |
Revueltas en Aizu |
|
1868 |
Matsuo Taseko
viaja a Kioto con otros defensores del imperio |
|
1868 |
El bakufu Edo
se hunde tras la Guerra Boshim |
205
|
ILUSTRACIÓN MEIJI
(1868-1912) |
|
|
1858 |
Se crea la
Universidad Keiô |
|
1868-1912 |
Periodo Meiji |
|
1868 |
Carta de
juramento imperial |
|
1869 |
Los daimyô entregan
sus tierras |
|
1871-1873 |
Misión Iwakura |
|
1871 |
Se instaura la
Ley de Registro de Propiedad |
|
1871 |
Abolición del
antiguo sistema de estatus |
|
1871 |
Liberación de
parias |
|
1872 |
Se inaugura la
línea férrea Tokio-Yokohama |
|
1872 |
Reconstrucción
del barrio de Ginza |
|
1872 |
Incidente
del María Luz |
|
1872 |
Liberación de
prostitutas |
|
1872 |
Se prohíbe a las
mujeres llevar el pelo corto |
|
1873-1874 |
Se funda la
Sociedad de los Seis Meiji |
|
1873 |
Reclutamiento
universal |
|
1875 |
Se instaura la
Escuela de Derecho Mercantil |
|
1875 |
Se construye la
prisión de Kajibashi |
|
1877 |
Se funda la
Universidad de Tokio |
|
1881 |
Políticas
deflacionistas de Matsukata Masayoshi |
|
1882 |
Se instaura el
Banco de Japón |
|
1883 |
Se completa el
pabellón Rokumeikan |
|
1889 |
Promulgación de
la Constitución Meiji |
|
1890 |
Promulgación del
Edicto Imperial de Educación |
|
1890 |
Se aprueba la Ley
de Reunión y Asociación |
|
1890 |
Se aprueba la Ley
de Seguridad Policial |
|
|
REVUELTAS MEIJI
(1868-1920) |
|
1868 |
Se ordena la
separación del budismo y el sintoísmo |
206
|
Obtención de la
energía a partir de combustibles fósiles |
|
|
1872 |
Se nacionaliza la
mina de carbón de Miike |
|
1873 |
Reforma del
Impuesto sobre la Tierra |
|
1873 |
Rebelión del
Impuesto de Sangre de Mimasaka |
|
1873 |
Revueltas de
Fukuoka |
|
1874 |
Se extraen
208.000 toneladas de carbón |
|
1876 |
Protestas en la
prefectura de Mie |
|
1877 |
Rebelión de
Satsuma |
|
1877 |
Furukawa Ichibei
compra la mina de cobre de Ashio |
|
1881-1885 |
La política
deflacionista causa la masiva bancarrota rural |
|
1881 |
Se forma el
partido Jiyûtô |
|
1884 |
Levantamiento de
Chichibu |
|
1884 |
Ashio es líder en
la producción japonesa de cobre |
|
1889 |
Se extingue el
lobo de Hokkaido |
|
1890-1891 |
Se desborda el
río Watarase y esparce las toxinas de Ashio |
|
1890 |
Mitsui se hace
cargo de la mina de carbón de Miike |
|
1890 |
Se producen 3
millones de toneladas de carbón |
|
1890 |
Tanaka Shôzô es
elegido para la Dieta |
|
1896 |
Se desborda el
Watarase y propaga toxinas de Ashio |
|
1897 |
Se descubre una
veta de carbón en Hôjô |
|
1899 |
Una explosión de
gas mata a 210 personas en la mina de carbón de Hôkoku |
|
1902 |
Tanaka Shôzô se
traslada a Yanaka |
|
1905 |
Se extingue el
lobo japonés |
|
1907 |
Una explosión de
gas mata a 365 personas en la mina de carbón de Hôkoku |
|
1909 |
Una explosión
mata a 256 personas en la mina de carbón de Ônomura |
|
1914 |
687 personas
mueren a causa de una explosión en la mina de carbón de Hôjô |
|
1917 |
Una explosión en
la mina de carbón de Ônomura mata a 365 personas |
|
|
NACIMIENTO DEL
ESTADO IMPERIAL JAPONÉS (1800-1910) |
207
|
Rusos y ainu
(ainos) mueren en el Incidente de Iturup |
||
|
1778 |
Los rusos
intentan comerciar con los japoneses en el este de Ezo |
|
|
1802 |
El bakufu Edo
establece la magistratura de Hakodate en Ezo |
|
|
1857 |
El bakufu Edo
promueve la vacunación contra la viruela entre los ainu |
|
|
1869-1882 |
La Comisión
Kaitakushi supervisa la colonización de Hokkaido |
|
|
1872 |
Se abre una
fábrica modelo de seda en Tomioka |
|
|
1872 |
Se crea la
Oficina Central de Higiene |
|
|
1875 |
Barcos japoneses
disparan durante el Incidente del Un’yô |
|
|
1875 |
La diplomacia
japonesa se «abre paso» en Corea |
|
|
1876 |
Se firma el
Tratado de Amistad Japón-Corea |
|
|
1876 |
Se funda la
cervecera Sapporo |
|
|
1878 |
Los ainu son
catalogados como «antiguos aborígenes» |
|
|
1885 |
Firma de la
Convención de Tientsin con la China Qing |
|
|
1885 |
Kitasato
Shibasaburô se incorpora al laboratorio del alemán Robert Koch |
|
|
1890 |
Kitasato
Shibasaburô participa en la búsqueda de una cura para la tuberculosis |
|
|
con Koch |
||
|
|
||
|
1895 |
Guerra
Sinojaponesa |
|
|
1895 |
Japón sufre la
«Triple Intervención» |
|
|
1898 |
Se crea un
sistema de higiene escolar |
|
|
1899 |
Se aprueba el
Acta de Protección de Antiguos Aborígenes de Hokkaido |
|
|
1902 |
Japón firma un
acuerdo internacional con Inglaterra |
|
|
1903 |
El gobierno
estudia la tuberculosis en la industria textil |
|
|
1905 |
Guerra
Rusojaponesa |
|
|
1905 |
Tratado de
Portsmouth |
|
|
1910-1911 |
Proceso de Alta
Traición |
|
|
1913 |
800.000 personas
trabajan en la industria de la seda |
|
|
|
IMPERIO Y
DEMOCRACIA IMPERIAL (1905-1931) |
|
|
1875 |
Tratado de San
Petersburgo |
|
|
1896 |
Se instaura el
partido Shinpotô |
208
|
Se funda el
Kenseitô |
||
|
1899 |
Estados Unidos
declara la «política de puertas abiertas» |
|
|
1900 |
Se crea el Rikken
Seiyûkai |
|
|
1906 |
Se funda la
Compañía del Ferrocarril del Sur de Manchuria |
|
|
1906 |
Decisión de
segregar del San Francisco School Board |
|
|
1908 |
Japón emplea el
primer arrastrero de fondo |
|
|
1913 |
Aprobación en
California de la Alien Land Law |
|
|
1915 |
Imposición a
China de las «Veintiuna exigencias» |
|
|
1919 |
Tratado de
Versalles |
|
|
1920 |
Hara Kei recurre
al ejército para detener la huelga de los trabajadores del metal |
|
|
1920 |
133.930
residentes japoneses en China |
|
|
1921 |
El primer
ministro Hara Kei es asesinado |
|
|
1921 |
Huelga de obreras
de la Tokyo Muslim Company |
|
|
1922 |
El Supremo de
Estados Unidos sostiene que los japoneses no pueden |
|
|
convertirse en
ciudadanos estadounidenses |
||
|
|
||
|
1922 |
Conferencia Naval
de Washington |
|
|
1922 |
Se crea la
Asociación para la Igualdad de los Parias |
|
|
1924 |
La Ley de
Inmigración estadounidense prohíbe la inmigración japonesa |
|
|
1925 |
Se aprueba la Ley
de Preservación de la Seguridad Pública |
|
|
1927 |
Se crea el Rikken
Minseitô |
|
|
1927 |
Huelga de los
trabajadores de la Noda Soy Sauce |
|
|
1930 |
Se crea la
Asociación Ainu |
|
|
1930 |
Se crea la
ultranacionalista Sociedad del Cerezo en Flor |
|
|
1931 |
El primer
ministro Hamaguchi Osachi es asesinado |
|
|
1932 |
Se funda el
Manchukuo |
|
|
1932 |
Es asesinado
Inoue Junnosuke, anterior gobernador del Banco de Japón |
|
|
1932 |
Es asesinado el
director general de Mitsui, Dan Takuma |
|
|
1932 |
Es asesinado el
primer ministro Inukai Tsuyoshi |
|
|
1941 |
Japón proclama el
Día de la Armada |
209
|
LA GUERRA DEL
PACÍFICO (1931-1945) |
|
|
1897 |
Exhiben en el zoo
de Tokio «trofeos de guerra» animales |
|
1906 |
Se establece la
guarnición militar de Kwantung |
|
1928 |
Es bombardeado el
tren de Zhang Zoulin |
|
1931 |
Incidente de
Manchuria |
|
1931 |
El ejército de
Kwantung entra en Jilin, Qiqihar, en el sudoeste de Manchuria |
|
1932 |
El ejército de
Kwantung llega a Harbin |
|
1932 |
La Liga de
Naciones publica el «Informe Lytton» |
|
1932 |
Japón abandona la
Liga de Naciones |
|
1936 |
«Incidente del 26
de febrero» en Tokio |
|
1936 |
El ministro de
Finanzas, Takahashi Korekiyo, es asesinado |
|
1936 |
Asesinado el
anterior primer ministro Saitô Makoto |
|
1937 |
Se publica Kokutai
no hongi |
|
1937 |
Incidente del
puente Marco Polo |
|
1937 |
El ejército
imperial toma Pekín |
|
1937 |
El ejército
imperial toma Shanghái |
|
1937 |
El ejército
imperial perpetra la masacre de Nanjing |
|
1939 |
Sanciones de
Estados Unidos contra Japón |
|
1940 |
Se crea la Esfera
de Coprosperidad de la Gran Asia Oriental |
|
1940 |
Pacto Tripartito
con Italia y Alemania |
|
1941 |
Estados Unidos
congela los bienes japoneses |
|
1941 |
Se declara la
Gran Guerra de Asia Oriental |
|
1941 |
Firma de la
Alianza entre Tailandia y Japón |
|
1941 |
Firma del Pacto
de Neutralidad Soviético-japonés |
|
1941 |
El general
Douglas MacArthur se convierte en comandante de Extremo Oriente |
|
1941 |
Se firma la Carta
Atlántica |
|
1941 |
Es nombrado
primer ministro el general Tôjô Hideki |
|
1941 |
Bombardeo de
Pearl Harbor |
210
|
El ejército
imperial toma Hong Kong |
|
|
1942 |
Toma de Manila,
Singapur, Batavia y Rangún |
|
1942 |
Batalla del mar
de Coral |
|
1942 |
Batalla de Midway |
|
1943 |
Matanza de
animales en el zoológico de Tokio |
|
1944 |
Batalla del golfo
de Leyte |
|
1944 |
Comienza el
proyecto de resina de pino como combustible alternativo |
|
1945 |
Estados Unidos
lanza la campaña incendiaria «Operación Meetinghouse» |
|
1945 |
Batalla de Iwo
Jima |
|
1945 |
Batalla de
Okinawa |
|
1945 |
Lanzamiento de
bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki |
|
1945 |
«Rendición
incondicional» de Japón |
|
|
HISTORIA DEL
JAPÓN DE POSGUERRA (1945-HOY) |
|
1895 |
Japón reclama las
islas Senkaku/Diaoyu |
|
1937 |
Se funda la
compañía Toyota |
|
1945-1952 |
Estados Unidos
ocupa Japón |
|
1945 |
Se firma la
rendición |
|
1945 |
Se aprueba la Ley
Sindical |
|
1946 |
Se funda la
corporación Sony |
|
1946 |
Se aprueba la Ley
de Ajuste de las Relaciones Laborales |
|
1946 |
El emperador
Hirohito renuncia a su estatus divino |
|
1946 |
Se convoca el
Tribunal Militar Internacional para Extremo Oriente |
|
1947 |
Se adopta la
Constitución de posguerra |
|
1947 |
La ocupación
estadounidense cancela la huelga general |
|
1947 |
Se aprueba la Ley
de Normas de Trabajo |
|
1949 |
Joseph Dodge
llega a Japón |
|
1950 |
Se crea la
Reserva Nacional de Policía |
|
1951 |
Firma del Tratado
de Paz de San Francisco |
211
|
Firma del Tratado
de Cooperación y Seguridad Mutuas |
||
|
1954 |
Ley de Reforma
Policial |
|
|
1954 |
Incidente
del Lucky Dragon 5 |
|
|
1955 |
Se crea el
Jimintô |
|
|
1967 |
Se aprueba la Ley
Básica de Control de la Contaminación del Aire |
|
|
1969 |
Pleito contra el
aeropuerto de Osaka en Itami |
|
|
1971 |
Fallo en Niigata
sobre la «enfermedad de Minamata» |
|
|
1971 |
Se crea la
Agencia de Medio Ambiente |
|
|
1972 |
Estados Unidos
transfiere a Japón el control de las islas Senkaku/Diaoyu |
|
|
1972 |
Fallo judicial
sobre el «asma de Yokkaichi» |
|
|
1972 |
Fallo judicial
sobre la contaminación por cadmio de Toyama |
|
|
1973 |
Fallo judicial
sobre la «enfermedad de Minamata» |
|
|
1978 |
Catorce
criminales de guerra de «Clase A» son enterrados en el santuario de |
|
|
Yasukuni |
||
|
|
||
|
1985 |
Privatización de
la industria del tabaco |
|
|
1987 |
Creación del
Japan Railways Group |
|
|
1991 |
Estallido de la
«burbuja económica» |
|
|
2001 |
El Ministerio de
Medio Ambiente sustituye a la Agencia de Medio Ambiente |
|
|
|
DESASTRES
NATURALES Y EL FILO DE LA HISTORIA |
|
|
1854 |
Terremoto de
Ansei |
|
|
1891 |
Terremoto de Nôbi |
|
|
1896 |
Terremoto de
Meiji-Sanriku |
|
|
1900-1993 |
El nivel global
del mar sube anualmente 1,7 mm |
|
|
1923 |
Gran terremoto de
Kantô |
|
|
1958 |
Tifón Ida |
|
|
1959 |
Tifón Vera |
|
|
1993 |
El nivel global
del mar sube anualmente 3 mm |
|
|
1995 |
Terremoto de
Hanshin-Awaji |
|
|
2005 |
Japón produce
1.390 megatoneladas de gases de efecto invernadero |
212
2011 El
«triple desastre» del 11 de marzo en Japón
213
Ameterasu Ômikami
Antropoceno:
La diosa del Sol,
deidad tutelar de la casa imperial.
Periodo geológico
posterior al Holoceno, que se caracteriza por la abrumadora presencia de firmas
litoestratigráficas y bioestratigráficas de seres humanos, más que por fuerzas
naturales. La llegada del Antropoceno coincide con la Revolución industrial.
bakufu
chonmage
daimyô
dogû
emishi
fumie
gekokujô
gun’eki
haiku
hakama
Inari
(santuarios)
Jimintô
jitô
Jiyûtô
Literalmente,
«gobierno de tienda», el término hace referencia a los gobiernos samuráis en
Kamakura, Kioto y Edo.
Estilo de peinado
samurái común en el periodo Edo.
Señor samurái del
periodo Edo responsable de un dominio.
Figuritas de
arcilla de la fase arqueológica Jômon.
O «Ezo», el término
se refiere a los grupos epi-Jômon del noreste de Japón fuera de la esfera del
gobierno imperial en el oeste y el centro de Japón.
«Pisar la imagen»
era una técnica empleada por los funcionarios Edo para descubrir a los
cristianos en las aldeas consistente en hacer que los sospechosos pisotearan
una imagen sagrada.
«Lo bajo contra lo
alto», o los más débiles gobiernan a los más fuertes, es una referencia a la
agitación social y política del periodo de los Estados en guerra.
Sistema de
reclutamiento militar del periodo premoderno japonés, en el que los señores de
los dominios ofrecían hombres y armas en función del rendimiento previsto,
calculado a través de inspecciones catastrales, de las tierras cultivadas.
Forma poética de 17
sílabas, normalmente en el orden 5-7-5, popularizada por Matsuo Bashô en el
periodo premoderno.
Pantalones
tradicionales japoneses.
Los santuarios de
la diosa Inari y los kami que la acompañan, encarnados a
menudo en un zorro rojo, representan una variante del sintoísmo que gira en
torno a la agricultura y la industria. Los santuarios Inari suelen estar
situados cerca de terrenos cultivables.
El conservador
Partido Liberal Democrático, fundado en 1955, gobernó Japón desde el periodo de
la posguerra, a excepción de 11 meses en 1993-1994 y 2009-2012.
Representantes
medievales que gobernaron los estados shôen en el bakufu Kamakura
y el Ashinaga.
El Partido Liberal,
oficialmente creado en 1881 por Itagaki Taisuke y Gotô Shôjito. Surgió del
Movimiento para los Derechos del Pueblo y pedía el establecimiento de
214
Jômon (cultura)
kaikoku
kana
kanji
kampaku
karate
Kenseitô
kôbugattai
Kofun
kôgai
kokutai
kurobune
una Asamblea
Nacional.
Una fase
arqueológica del archipiélago japonés entre 15.500 y 300 a.E.C., caracterizada
por los motivos en forma de cuerda en la alfarería y patrones de caza y
recolección en lo relativo a la subsistencia.
Denominación de la
postura de «abrir el país» del bakufu Edo tras la llegada de
Matthew C. Perry en 1853. Esta postura contrasta con «reverenciar al emperador,
expulsar a los bárbaros», o sommô jôi, lema de los lealistas
imperiales.
Trascripción
vernácula japonesa desarrollada sobre todo por las mujeres en el periodo Heian
y empleada en estilos poéticos clásicos como el waka. Hoy el
término adopta la forma de los silabarios karakana e hiragama.
Lenguaje silábico
compuesto de pictogramas e ideogramas usado hoy con el katakana y
el hiragama en la escritura japonesa.
Asesor imperial, el
emperador otorgó el título de «regente» a algunos de los hombres más poderosos
del reino, incluidos Fujinara no Michinaga y Toyotomi Hideyoshi.
Literalmente,
«manos vacías», este término alude a una forma de arte marcial de Okinawa. El
nombre para esta modalidad de lucha en Okinawa era tôdi, pero al
Japón imperial no le agradaba esta asociación con China, así que el kanji se
cambió para reflejar la técnica de combate sin armas.
El Partido
Constitucional establecido en 1898 tras la fusión del Shinpotô y el Jiyûtô.
Política de «unión
de la corte imperial y el bakufu Edo» tras el Incidente de
Sakuradamon y el asesinato de Ii Naosuke.
Fase arqueológica
en el archipiélago japonés entre 250 y 700, después de la fase Yayoi, caracterizada
por la aparición de grandes enterramientos.
Literalmente «daño
público», término común para todas las formas de contaminación medioambiental.
Definido en 1967 como «toda situación en la cual la salud humana y la vida en
el entorno son dañados por la contaminación del aire, el agua o el suelo, el
ruido, la vibración, la subsidencia del terreno y olores ofensivos en un área
considerable como resultado de la industria o de otra actividad humana».
Terminología
nacionalista que hace referencia a la «esencia nacional de Japón». Los
intelectuales nativistas del periodo premoderno impulsaron el concepto, al
igual que lo harían después los nacionalistas modernos que describían las
cualidades únicas del Estado imperial japonés. Los caracteres kanji significan
literalmente «cuerpo nacional».
(barcos negros):
«Barcos negros» se refiere a los barcos de vapor del escuadrón de las Indias
Orientales del comodoro Matthew C. Perry durante su expedición a Japón en 1853.
Nanbanjin Referencia
a los portugueses y otros europeos del siglo XVI que arribaron al sur de
Nombre japonés del
país (el formal es Nippon). El término significa «origen del Sol»
215
Nihon
ofudafuri
ôkimi
Rikken Minseitô
Rikken Seiyûkai
ritsuryô
sakoku
sankin kôtai
y hace referencia
al papel de Amaterasu Ômikami, la diosa del Sol, y la fundación mítica del
país.
Cuando los
talismanes del santuario de Ise cayeron del cielo en el siglo XIX, presagiando
la caída del bakufu Edo y la restauración imperial.
Regentes
regionales, en ocasiones llamados daiô, que gobernaban las
provincias durante la confederación Yamato.
Partido Democrático
Constitucional fundado en 1927 mediante una fusión de los partidos Kenseitô y
Seiyu Hontô.
«Amigos del Partido
Constitucional del Gobierno», establecido por Itô Hirobumi en 1900.
Gobierno
burocrático imperial «penal y administrativo» importado de la China de la
dinastía Tang durante los periodos Yamato y Nara.
Referencia a Japón
como un «país cerrado» tras las prohibiciones marítimas de inicios del siglo
XVII, que prohibían el contacto con los países europeos, con excepción de los
Países Bajos. Bajo las prohibiciones marítimas, Japón siguió manteniendo lazos
diplomáticos y comerciales con otros países asiáticos.
En 1635, la
política de «asistencia alterna» o «servicio alternado», denominado a veces
«sistema de rehenes» exigía que los daimyô durante la etapa
premoderna mantuviesen residencias en Edo, donde vivían un año de cada dos.
Cuando no estaban en Edo, dejaban a sus mujeres e hijos en la capital como
rehenes, para evitar que estableciesen alianzas contra el bakufu Edo.
seii
taishôgun
shiki
Shinpotô
shishi
shôen
shugo
sonnô jôi
Literalmente
«general apaciguador de los bárbaros», título que concedía el emperador al jefe
de los gobiernos de los bakufu samuráis.
Autorización de la
Corte que describía los derechos de una familia aristocrática o un monasterio
budista a crear estados shôen.
Partido
Progresista, originalmente fundado por Ôkuma Shigenobu en 1896.
«Hombres de gran
resolución», samuráis que secundaban la consigna «reverenciar al emperador,
expulsar a los bárbaros», o sommô jôi, y que aspiraban a derrocar
el bakufu Edo a mediados del siglo XIX.
Estados o
monasterios budistas autorizados por la Corte a recaudar impuestos.
Originalmente, bajo el sistema de «igual terreno» esos Estados eran
exclusivamente de propiedad imperial, pero en el transcurso del periodo Heian
llegaron a parecerse a estados privados.
Gobernadores
provinciales medievales nombrados por el bakufu Ashikaga para
supervisar las provincias.
«Reverenciar al
emperador, expulsar a los bárbaros», lema esgrimido por los lealistas
imperiales en los años finales del bakufu Edo que propició la
restauración
216
waka
Yayoi (cultura)
yûgen
zaibatsu
imperial de 1868.
Esta consigna contrastaba con la de «abrir el país», o kaikoku,
política inicialmente fomentada por el bakufu Edo.
Forma de poesía
clásica de treinta y una sílabas que utilizaba la escritura kana popular
durante el periodo Heian.
Fase arqueológica
en el archipiélago japonés entre 300 a.E.C. y 300 E.C., caracterizada por la
emergencia de la agricultura de los arrozales y la especialización social.
Noción estética
popular en el periodo medieval que denota una profunda delicadeza conectada con
las ideas budistas de lo insondable y lo distante.
Conglomerado
industrial y financiero, como las corporaciones Mitsubishi o Sumitomo, que
controló buena parte de la economía japonesa entre finales del periodo Meiji y
1945.
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