Las grandiosas tareas fijadas en el sexto plan quinquenal de la U.R.S.S. para el desarrollo de la economía nacional exigen la solución de toda una serie de problemas científicos y técnicos. Así, por ejemplo, la tarea que se plantea a la industria química —poner fin al empleo de materias primas con fines técnicos, a partir de 1961— requiere que se despliegue una vasta labor de investigación científica en los institutos y laboratorios químicos. Las necesidades de un desarrollo impetuoso y constante de la electrificación exigen, asimismo, la solución de una serie de tareas científicas y técnicas, así como la realización de complejos experimentos. Es necesario resolver, en particular, el problema de la transmisión de energía eléctrica de corriente continua a enormes distancias, crear un sistema único de alta tensión, dominar los secretos de la producción de centrales hidráulicas y térmicas, etc.
En relación con el empleo de la energía atómica en diferentes ramas de la economía nacional, ha surgido todo un conjunto de problemas teóricos. Se ha planteado, asimismo, la tarea de regular las reacciones termonucleares.
El fenómeno y la esencia [M. I. Saoserov]
Para construir reactores atómicos, se hace indispensable producir nuevos tipos de materiales que puedan soportar las prolongadas radiaciones neutrónicas y gamma. Surge la tarea práctica de construir motores atómicos para el transporte aéreo y automovilístico, y esto plantea, a su vez, dificilísimas tareas científicas y técnicas.
El desarrollo de la economía nacional en una escala enorme, exige el que las fuerzas de la naturaleza sean utilizadas cada vez más amplia y plenamente y, en consecuencia, el que se penetre, con profundidad aun mayor, en la esencia de los fenómenos del universo. Así, por ejemplo, se hace necesario resolver la tarea de transformar directamente los residuos de energía térmica en eléctrica y la transformación directa del calor solar en electricidad, mediante el aprovechamiento de las propiedades termoeléctricas de los cuerpos semiconductores.
El desarrollo de la mecanización de los procesos de la producción obliga, igualmente, a abordar una enorme cantidad de nuevos problemas, relacionados con la complejidad de la mecanización, puesto que las ventajas obtenidas de la mecanización de una parte del proceso productivo pierden considerablemente su valor cuando la mecanización no se extiende a la parte restante.
La solución de estos importantes problemas exige el ahondar más profundamente en la esencia de los procesos productivos y el que se lleve a cabo, de manera complementaria, el estudio de nuevos problemas.
Todo esto viene a demostrar que el rápido desarrollo de la producción plantea constantemente nuevas exigencias a la investigación científica, así como la tarea de conocer cada vez más profundamente la esencia de los fenómenos.
El Partido Comunista de la U.R.S.S., tomando en cuenta la enorme importancia que la práctica tiene para la ciencia, llama la atención, muy particularmente, hacia la necesidad de perfeccionar los métodos de preparación y utilización de los jóvenes especialistas en la producción. El Pleno del Comité Central del P.C. de la U.R.S.S., celebrado en 1955, señala en su resolución la necesidad de “considerar indispensable que los jóvenes especialistas, que han terminado sus estudios, sean enviados, en general, directamente a las empresas, y sólo después de haber adquirido la suficiente experiencia productiva se deberá resolver su incorporación al trabajo en los institutos de investigación científica y de proyección”.14
El XX Congreso del P.C.U.S. ha señalado que uno de los defectos principales en la preparación de especialistas radica en la debilidad de los nexos de la escuela superior con la práctica, con la producción, en su
Resoluciones del Pleno del C.C. del P.C.U.S. de julio de 19SS, ed. rusa, pág. 22, Moscú, 1955.
El fenómeno y la esencia [M. I. Saoserov] 79
retraso con relación al nivel actual de la técnica.
Dicho Congreso ha subrayado la necesidad de estrechar más los vínculos de la teoría con la práctica, del trabajo ideológico con la vida, ya que sólo la unidad entre la teoría y la práctica permite alcanzar los más fecundos resultados tanto en la actividad teórica como en la material, en la esfera de la producción.
*
La conclusión más importante que puede deducirse en cuanto a la práctica del estudio de las categorías de esencia y fenómeno es la siguiente: el proceso del conocimiento no puede detenerse en la superficie de los fenómenos, sino que debe siempre llegar a su esencia, penetrar en lo más profundo de los procesos, asimilar las leyes por las que se rige el desarrollo de la naturaleza y de la sociedad, ya que sólo el conocimiento de la esencia, de los nexos internos de los hechos, permite que nos orientemos en el medio que nos rodea, prever el resultado probable de nuestras acciones y determinar acertadamente el rumbo que han de seguir los procesos históricos.
Por eso, el Partido Comunista educa a sus cuadros en el espíritu irreconciliable de lucha contra todo lo que sea superficialidad, contra la tendencia a deslizarse por la superficie de los fenómenos enseñándoles a ahondar profundamente en la entraña de los problemas y a conocer la esencia interna, el fundamento de las cosas.
V. I. Lenin era enemigo irreconciliable del espíritu superficial y vacuo. “Si a un comunista — decía — se le ocurriera jactarse del comunismo apoyándose en argumentos trillados, sin llevar a cabo un serio trabajo, vasto y laborioso, sin abordar los hechos ante los cuales está obligado a asumir una actitud crítica, ese comunista sería un comunista bien lamentable. Una superficialidad semejante sería, decididamente, funesta. En cambio, si sabemos que sabemos poco, nos esforzaremos en llegar a saber más..”15
El Partido Comunista exige categóricamente que todos los dirigentes posean conocimientos concretos y profundos en las esferas respectivas de la actividad que dirigen. Así, por ejemplo, exige de los dirigentes de los koljoses y sovjoses, de los trabajadores de los órganos del Partido y de los soviets correspondientes y de los colaboradores de los órganos agrícolas que dominen los conocimientos básicos de la agrotecnia y que comprendan la esencia de los procesos de la producción agrícola.
El conocimiento de la esencia de las leyes por las que se rigen los fenómenos no sólo permite al Partido trazar una línea política acertada,
V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XXXI, pág. 263.
El fenómeno y la esencia [M. I. Saoserov]
sino también atraerse a las masas y encauzar sus energías hacia la realización de las transformaciones sociales revolucionarias.
Una de las fuentes de la actividad creadora de las masas populares en la edificación comunista reside en elevar el grado de conciencia de los trabajadores, en la comprensión, por parte de ellos, del sentido, de la esencia de los acontecimientos que se producen y en el fortalecimiento de la seguridad en la justeza de la causa por la que luchan, bajo la dirección del Partido Comunista.
La capacidad de descubrir la esencia de los fenómenos tiene una enorme significación en la lucha política del Partido Comunista contra sus enemigos ideológicos, que con frecuencia esconden su verdadera esencia tras determinada máscara. La historia del P.C. de la U.R.S.S. nos brinda, a lo largo de los años, nos pocos ejemplos de la lucha contra esos enemigos. La derrota que Lenin infligió a los “marxistas legales” y a los liberales populistas ilustra brillantemente cómo se desenmascaró a esos enemigos, que, en el primer caso, se ocultaban tras una careta de marxismo y en el segundo, se disfrazaban de “amigos del pueblo”.
Después de la gran revolución socialista de octubre, el Partido tuvo que luchar, bajo la dirección de V. I. Lenin, contra los llamados “comunistas de izquierda”, que escondían su verdadera faz capitalista detrás de una fraseología “revolucionaria”.
En el período de transición de la política del comunismo de guerra a la nueva política económica (NEP) se lanzaron contra el Partido numerosos grupos de oposición, cuya esencia semianarquista se disfrazaba bajo una aparente defensa de los intereses del proletariado (grupos del “centralismo democrático”, de la “oposición obrera”, etc.). Estos grupos fueron también plenamente desenmascarados y derrotados por el Partido.
Posteriormente, el Partido desenmascaró al llamado bloque de oposición, creado en 1926 con los grupos y corrientes oportunistas más diversos. Comprendiendo los representantes del bloque de oposición que nada podrían esperar si se presentaban ante el pueblo con su verdadera faz, ocultaron su esencia oportunista bajo frases revolucionarias. Las palabras y los hechos, la apariencia y la esencia del bloque de oposición entraron abiertamente en contradicción. Al descubrir el Partido la verdadera esencia del bloque, quedó sellada su completa derrota. Poco más tarde, corrieron la misma suerte los capituladores de derecha, que también escondían, en mayor o menor grado, su esencia oportunista tras una aparente aceptación de la línea del Partido y con hipócritas declaraciones en que expresaban su voluntad de aplicarla.
Todo esto viene a demostrar cuán enorme significación tiene para la actividad política del Partido la capacidad de descubrir la esencia de los
El fenómeno y la esencia [M. I. Saoserov] 81
fenómenos tras su apariencia. Dominar el arte de identificar a nuestros enemigos, de comprender sus verdaderos objetivos e intenciones y de descubrir su verdadera esencia, significa poseer los medios necesarios para luchar victoriosamente contra ellos, para desenmascararlos y derrotarlos.
El conocimiento de la esencia de los fenómenos de la naturaleza y de la sociedad reviste una gran importancia para desplegar con éxito una propaganda atea, de bases científicas. Como es sabido, la religión se pronuncia en contra de la ciencia y de la concepción materialista del universo en todas las épocas de la historia. Los portavoces de la religión se oponen al conocimiento de la esencia de los fenómenos y de las leyes que rigen el desarrollo del mundo. Comprenden muy bien que la fe de los hombres en Dios y en las fuerzas sobrenaturales es tanto más vigorosa cuanto menos comprendan el verdadero fondo de los acontecimientos, cuanto más profundamente oculta se halla ante ellos la esencia de las cosas. He ahí por qué la Iglesia ha luchado, a lo largo de muchos siglos, contra la ciencia, que descubre la esencia de las cosas y de los fenómenos.
En la Unión Soviética, se han creado condiciones favorables para el florecimiento de la ciencia, para el conocimiento profundo de la esencia de los fenómenos de la naturaleza y de la sociedad. Sin embargo, también en la U.R.S.S. subsisten aún supervivencias religiosas en la conciencia de cierta parte de los trabajadores, que les impiden comprender los acontecimientos y captar claramente los objetivos y tareas de los ciudadanos soviéticos.
Las creencias religiosas no sólo no movilizan a los hombres para el cumplimiento de las tareas prácticas, para una actividad transformadora, revolucionaria; por el contrario, los alejan de los asuntos vitales, inculcan en ellos la pasividad y la indiferencia hacia lo que los rodea y los inducen a desviar su mirada hacia entes fantásticos, sobrenaturales. El pesimismo, la desconfianza en las propias fuerzas, la confianza en la voluntad divina, la sumisión fatalista al “destino”, a la marcha espontánea de los acontecimientos, tales son los rasgos que la religión graba en el carácter y en la conducta.
La concepción materialista, científica, del universo infunde, por el contrario, optimismo, confianza y seguridad en las propias fuerzas, suscita el afán de organizar y conquistar la victoria, de luchar contra las dificultades y de avanzar con tesón hacia adelante, por el camino del progreso social.
El Partido Comunista, por esta razón, lucha contra los prejuicios religiosos, mediante una propaganda atea, sobre bases científicas. El contenido de esta propaganda consiste en ayudar a los trabajadores a comprender la esencia de los diferentes fenómenos de la naturaleza y de
El fenómeno y la esencia [M. I. Saoserov]
la vida social, a conocer las leyes que rigen el desarrollo del mundo objetivo y a librarse de las cadenas religiosas.
El conocimiento de las leyes por las que se rige el universo, la comprensión de la esencia profunda de los fenómenos de la naturaleza y de la sociedad, contribuyen a ir liberando a los trabajadores, gradualmente, de las supervivencias religiosas. Y, al mismo tiempo, educan a los ciudadanos soviéticos en un espíritu de elevada conciencia y los incorporan a una participación más activa en la edificación de la sociedad comunista.
En nuestros días, en que el XX Congreso del Partido ha planteado a todo el pueblo soviético el cumplimiento de nuevas e importantes tareas para lograr un impetuoso y constante desarrollo de la economía nacional y de la cultura, adquiere una significación cada vez más profunda la elevación del grado de conciencia de los trabajadores, la comprensión de estas tareas por ellos y su capacidad para resolver los problemas prácticos con conocimiento de causa. Todo esto exige que el trabajo ideológico se eleve a un nivel más alto y se intensifique la lucha contra las distintas supervivencias capitalistas en la conciencia de los hombres; dicho en otros términos, la lucha contra la ideología burguesa.
CAPITULO III
LA CAUSA Y EL EFECTO
Las categorías de causa y efecto, reflejo de una de las formas del mutuo condicionamiento de los fenómenos de la naturaleza y de la sociedad
Las categorías de causa y efecto reflejan una determinada forma de la conexión mutua existente entre los fenómenos de la naturaleza y la sociedad, forma que posee sus rasgos específicos y abarca, sin excepción, todos los fenómenos de la realidad.
“Al estudiar la materia en movimiento —señala Engels—, lo primero que salta a la vista es la conexión recíproca entre los movimientos de cuerpos aislados, es decir, su mutuo condicionamiento
“.1
La relación causal entre los fenómenos, como forma específica del condicionamiento de los fenómenos de la naturaleza y la sociedad, se expresa en el hecho de que todo fenómeno aislado o conjunto de fenómenos interdependientes en la naturaleza y en la sociedad provoca o produce otro fenómeno; y a la inversa, todo fenómeno aislado ha sido provocado o producido por otro o por un conjunto de fenómenos.
El fenómeno, que provoca directamente la aparición de otro y que aparece como su origen, recibe el nombre de causa. El fenómeno provocado por determinada causa se denomina efecto.
Así, por ejemplo, la corriente eléctrica que pasa a través de los filamentos de la lámpara provoca la incandescencia de dichos filamentos. La corriente eléctrica es causa de que los hilos se pongan
F. Engels, Dialéctica de la naturaleza, trad. rusa, pág. 182, Moscú.
La causa y el efecto [V. Y. Blumberg]
incandescentes y su incandescencia es efecto del paso de la corriente eléctrica.
Al surgir la propiedad privada sobre los medios de producción en el período de desintegración de la comunidad primitiva, provocó, al mismo tiempo, la división de la sociedad en clases antagónicas. La aparición de la propiedad privada sobre los medios de producción fue la causa de que la sociedad se dividiera en las dos clases antagónicas de explotadores y explotados. La división de la sociedad en clases constituye, a su vez, el efecto de la aparición de la propiedad privada sobre los medios de producción.
El triunfo de la revolución socialista en la U.R.S.S. fue la causa de la revolución cultural, operada en el país. La extraordinaria elevación del nivel cultural de las masas populares, el florecimiento de las capacidades y los talentos de los ciudadanos soviéticos fue efecto, á su vez, del establecimiento de las relaciones socialistas de producción.
El condicionamiento causal de los fenómenos es universal. A esta conclusión nos llevan tanto la actividad práctica cotidiana de los hombres como todo el progreso del conocimiento científico.
Todo fenómeno, por intranscendente que pueda parecemos, tiene sus propias causas naturales; es decir, ha sido provocado por otros fenómenos. Pero, al mismo tiempo, todo fenómeno provoca también cierto efecto; origina la aparición de otro fenómeno.
Las categorías de causa y efecto revelan el origen de algunos fenómenos aislados. Al destacar una conexión causal particular en el conocimiento, se expresa el origen del fenómeno concreto de que se trata, partiendo de otro fenómeno o conjunto fenoménico, y se aíslan los fenómenos relacionados entre sí como causa y efecto de la conexión universal y multifacética de los fenómenos; es decir, se destacan de la interdependencia universal que rige en la naturaleza y en la sociedad.
Así, por ejemplo, al decir que la corriente eléctrica es causa de que el conductor se caliente y que su calentamiento es efecto de la corriente, prescindimos de las causas de la corriente misma, así como de los efectos a que conduce el calentamiento del conductor; prescindimos también de la influencia que ejerce el calentamiento del conductor sobre la intensidad de la corriente en cadena, que tiene su origen en la modificación que experimenta la resistencia del conductor; y, por último, dejamos a un lado la ley que expresa la relación matemática entre la acción térmica de la corriente y la intensidad de ésta (ley de Joule-Lenz), etc.
Poniendo de manifiesto el carácter específico de la relación causal como aspecto aislado o momento de la concatenación universal, del universal condicionamiento mutuo que rige en la naturaleza y en la
La causa y el efecto [V. Y. Blumberg] 85
sociedad, Engels ha dicho lo siguiente:
“Sólo partiendo de esta interdependencia universal llegamos a la verdadera relación de causalidad. Para comprender los fenómenos aislados, tenemos que desglosarlos de la concatenación universal y estudiarlos por separado y entonces aparecen los movimientos cambiantes, el uno como causa y el otro como efecto”.2
V. I. Lenin ha señalado que “el concepto humano de la causa y el efecto siempre simplifica algo la conexión objetiva entre los fenómenos de la naturaleza. . . aislando artificialmente tales o cuales aspectos del proceso universal único”.3
Por esta razón, V. I. Lenin llama a los nexos causales partículas de la conexión universal objetiva de los fenómenos.4
El rasgo esencial de la conexión entre causa y efecto estriba en que el fenómeno o grupo de fenómenos que influyen los unos sobre los otros, no pueden provocar otro fenómeno en cualquier lugar y en cualquier tiempo, sino solamente cuando se dan ciertas condiciones.
Las condiciones de los fenómenos, a diferencia de sus causas, son un conjunto de fenómenos, que por sí mismos no pueden originar directamente un nexo causal, pero que, acompañando a las causas en determinadas circunstancias de lugar y tiempo e influyendo sobre ellas, aseguran que el desarrollo discurra en la forma necesaria para producir-el efecto.5
Las condiciones vinculadas a los fenómenos que actúan como efectos operan en forma más mediata que las causas. Sería falso, sin embargo, contraponer abiertamente las condiciones y las causas, ya que las primeras influyen sobre las segundas.
Así, por ejemplo, el hombre no puede vivir sin aire, sin agua, luz y alimentos y, por tanto, sin la acción de estos elementos no puede desplegar toda su actividad, particularmente su actividad material productiva, ni tampoco la actividad teórica científica o la político-
F. Engels, Dialéctica de la naturaleza, trad. rusa, pág. 184.
V. I. Lenin, Materialismo y empiriocriticismo, trad. española, pág. 170, Moscú, 1948.
V. I. Lenin, Cuadernos filosóficos, ed. rusa, pág. 136.
El término “condiciones” se emplea también en otros sentidos. Por condiciones se entiende, a veces, las causas no esenciales, secundarias o accidentales de un fenómeno, que no pueden provocar un fenómeno en su totalidad, pero que determinan ciertos rasgos, aspectos o peculiaridades individuales de un fenómeno singular dentro de una multitud de fenómenos determinados y uniformes en cuanto a sus rasgos esenciales. Se habla también de “condiciones” en algunos casos para designar todo el conjunto de causas de un fenómeno. Así, por ejemplo, el término “condiciones de la vida material de la sociedad”, empleado en los trabajos sobre el materialismo histórico, abarca todas las causas materiales del desarrollo de la vida social: modo de producción de los bienes materiales, necesarios para la existencia humana, el medio geográfico y la densidad de población.
La causa y el efecto [V. Y. Blumberg]
social. Pero, de otra parte, ninguno de los elementos citados, ni el aire, ni los alimentos, etc., puede engendrar por sí solo una acción humana encaminada a un fin, tal como el estudio de un problema de las ciencias naturales, la participación en las actividades de un partido político, etc.
Las reacciones químicas tienen por causa la llamada “afinidad química” de las sustancias reactivas, es decir, cierta acción mutua entre las moléculas de los cuerpos, que pueden entrar en reacción recíprocamente. Así, por ejemplo, la combustión del carbón de hulla está determinada por el hecho de que sus moléculas entran en acción recíproca con las moléculas del oxígeno. Ahora bien, cada reacción química se efectúa habitualmente gracias a una modificación de la temperatura y de la presión dentro de ciertos límites. Así, para que se inicie la combustión del carbón es necesario que se caliente hasta alcanzar una temperatura de 400 grados centígrados. Si una mezcla de oxígeno e hidrógeno se pone en contacto con una pequeña cantidad de platino, ligeramente esparcido, la reacción se efectuará rápidamente, sin que se produzca explosión. El platino desempeña el papel de sustancia que acelera la reacción, es decir, de catalizador. Pero, si la mezcla de oxígeno e hidrógeno es sometida a la acción del fuego, se producirá una explosión.
La temperatura, la presión y la intervención de cuerpos especiales (catalizadores) constituyen las condiciones que hacen posible el que se produzca o no la reacción de los cuerpos reactivos y que determinan la velocidad del proceso.
Las condiciones desempeñan también un papel importantísimo en las relaciones causales de la vida social.
La producción mercantil conduce al capitalismo y es una de las causas que engendran las relaciones capitalistas de producción; pero sólo cuando los medios de producción son de propiedad privada, y las masas trabajadoras, privadas de dichos medios, se ven forzadas a vender su fuerza de trabajo como mercancía.
Ahora bien, si no se da esta condición, que convierte la producción mercantil en capitalista, si los medios de producción no son de propiedad privada, sino social, y la fuerza de trabajo no es ya una mercancía, como sucede, por ejemplo, en la U.R.S.S., la producción mercantil no conducirá al capitalismo, a la explotación de la clase obrera por un reducido grupo de poseedores de los medios de producción.
Uno de los rasgos esenciales del nexo causal entre los procesos es la sucesión de la causa y el efecto en el tiempo.
La causa antecede necesariamente en el tiempo al efecto; el efecto, en cambio, sólo aparece después de que la causa ha comenzado a actuar.
La causa y el efecto [V. Y. Blumberg] 87
La relación causal representa un momento en el desarrollo de la naturaleza y de la sociedad. El efecto, como nuevo fenómeno, solamente puede surgir en determinada fase del desarrollo de las causas que lo engendran; por esta razón, el fenómeno que hace de efecto aparece siempre después de la causa respectiva. La prioridad de la causa con respecto al efecto, por insignificante que sea, es obligada en toda relación causal.
Ahora bien, no toda sucesión de fenómenos en el tiempo expresa una relación de causa a efecto. Basándose simplemente en su sucesión en el tiempo, no se puede deducir la existencia de una relación causal entre ellos.
Así, por ejemplo, en la naturaleza se observa una reiterada repetición de fenómenos que se suceden en el tiempo, tales como el relámpago y el trueno, el día y la noche, etc. Sin embargo, la ciencia y la práctica demuestran que, en esos casos, no existe un condicionamiento causal. El relámpago no es la causa del trueno; la noche no es la causa del día, como tampoco éste lo es de la noche.
En el primer ejemplo, ambos fenómenos tienen una causa común — una fuerte descarga eléctrica producida en las nubes—; pero, de hecho, se producen simultáneamente; no obstante, la velocidad enorme de propagación de la luz, en comparación con la del sonido, determina el hecho de que el vivísimo resplandor del relámpago se perciba antes que el estampido del trueno. El orden de sucesión en el que el día sigue a la noche, y ésta al día en cada punto de la superficie terrestre, se halla determinada por la misma causa, a saber: la rotación de la tierra alrededor de su eje, por lo cual los rayos solares van iluminando gradualmente diferentes regiones de la superficie terrestre.
Entre la causa y el efecto no existe una simple sucesión temporal, sino que media, además, un nexo genético: la causa engendra, produce el efecto. El inferir la existencia de una relación entre dos fenómenos por la simple razón de que se suceden en el tiempo, entraña el error lógico que suele formularse con la frase latina post hoc, ergo propter hoc (después de esto; por ende, a causa de esto).
Rasgo importantísimo del nexo causal es su carácter necesario. Este carácter necesario de la relación causal significa que todo el conjunto de causas y condiciones del fenómeno provoca siempre absolutamente un determinado fenómeno, el efecto. Dicho con otras palabras, laS mismas causas repetidas en las mismas condiciones producen los mismos efectos.
Las causas y condiciones de muchos fenómenos de la naturaleza y de la sociedad permanecen relativamente estables a lo largo del tiempo. Esto conduce, como demuestran la ciencia y la práctica, a que los
La causa y el efecto [V. Y. Blumberg]
fenómenos se repitan en sus rasgos esenciales; esta reiteración del fenómeno demuestra igualmente el carácter necesario y la identidad del nexo causal dentro de las condiciones dadas. La existencia de causas estables, comunes a gran número de fenómenos que se repiten, envuelve una enorme significación para la actividad práctica de los hombres, para la utilización de las relaciones causales con determinados fines.
Conviene advertir, sin embargo, que la repetición de fenómenos de la misma cualidad no va acompañada exactamente en la naturaleza del mismo conjunto de causas y condiciones y que, por esta razón, el efecto presenta, en cada ocasión, peculiaridades individuales e irrepetibles. Ahora bien, toda variación producida en el efecto tiene su fundamento en los cambios operados en las causas y condiciones.
En virtud del carácter necesario de la relación causal, cualquier modificación que la causa experimente se refleja en el efecto; es decir, al aumentar o disminuir la acción de la causa, aumenta o disminuye también el resultado de esa acción, el efecto en su totalidad o determinados aspectos o rasgos suyos, siempre y cuando, naturalmente, no medien causas que operen en sentido opuesto.
M. V. Lomonósov, genial hombre de ciencia y filósofo ruso, escribió a este respecto, señalando el rasgo de la relación causal a que nos referimos:
“En general, en la naturaleza todo está dispuesto de tal modo, que el incremento de la causa lleva aparejado el de su efecto, y que, por el contrario, la disminución de la primera se traduce en la del segundo”.6 Conviene distinguir el carácter necesario de la relación de causa a efecto en cualquier nexo causal y las relaciones causales necesarias, es decir, la necesidad como forma específica del condicionamiento entre los fenómenos, que es uno de los rasgos esenciales de toda ley objetiva. Como ya hemos dicho antes, el carácter necesario de la relación de causa a efecto significa que el objeto se ajusta de un determinado modo al conjunto de causas que lo producen y de las condiciones en que esas causas operan. Las relaciones causales necesarias son, a diferencia de las casuales, las relaciones estables, reiteradas en una multitud de fenómenos, comunes o universales, que expresan las tendencias esenciales del desarrollo de cierto núcleo de fenómenos de la naturaleza o de la vida social. “La necesidad —ha dicho Lenin— es inseparable
de lo universal”.7
A la par que las relaciones causales necesarias, existen también
M. V. Lomonosov, Obras filosóficas escogidas, ed. rusa, pág. 150, Moscú, 1950.
V. I. Lenin, Cuadernos filosóficos, ed. rusa, pág. 319.
La causa y el efecto [V. Y. Blumberg] 89
objetivamente las relaciones casuales, que expresan los nexos inestables, externos, que no emanan de la tendencia esencial del desarrollo y que, a veces, presentan, en general, rasgos individuales irrepetibles.
La objetividad de las relaciones causales
El materialismo dialéctico, al caracterizar la naturaleza de las relaciones causales, la hace descansar en su objetividad. La concepción de las relaciones causales como nexos objetivos entre los fenómenos se desprende de la solución materialista que, al problema fundamental de la filosofía, da el materialismo dialéctico; es decir, se deduce del reconocimiento de la unidad material del universo.
Si el mundo es materia en movimiento, que se puede y se debe estudiar infinitamente en sus complejas e infinitas manifestaciones y fuera del cual nada puede existir, la materia en movimiento, es decir, la realidad objetiva es, en última instancia, la causa común y única, la fuente de todas las cosas y de todos los procesos.8
Las relaciones causales entre los fenómenos, descubiertas por la ciencia y la práctica, existen objetivamente, es decir, fuera e independientemente de la ciencia humana y del conocimiento; fuera y al margen del estudio de dichas relaciones, del modo de reflejarse y de la profundidad con que se reflejan las relaciones causales en los conceptos, hipótesis y teorías de la ciencia. Lenin, en su obra titulada Materialismo y empiriocriticismo, cita esta tesis de José Dietzgen: “Las ciencias naturales no buscan las causas fuera de los fenómenos o detrás de los fenómenos, sino en ellos o por medio de ellos”.9 Y opone esta tesis a las delirantes invenciones de los partidarios de Mach acerca de la causalidad como relación introducida en la naturaleza por la conciencia humana.
Poniendo de manifiesto el nexo existente entre la causalidad y el conocimiento de la materia, V. I. Lenin escribe lo siguiente:
“Hay que ahondar, por una parte, en el conocimiento de la materia hasta llegar al conocimiento (al concepto) de sustancia para encontrar las causas de los fenómenos. Pero el conocimiento efectivo de la causa ahonda, por otra parte, en el conocimiento, desde la exterioridad del
V. I. Lenin, Materialismo y empiriocriticismo, trad. española, págs. 399-400, Moscú.
V. I. Lenin, Materialismo y empiriocriticismo, trad. española, pág. 172, Moscú.
La causa y el efecto [V. Y. Blumberg]
fenómeno a la sustancia”.10
Lenin señala en el mismo pasaje que el estudio profundo de la materia en todas sus manifestaciones infinitamente complejas conduce necesariamente a establecer las causas naturales, materiales, de los fenómenos, ya que los nexos causales son nexos de las distintas clases de la materia en movimiento, que existe objetivamente. Pero el descubrimiento de las relaciones causales, es decir, del conocimiento del origen natural de los fenómenos es también una de las formas de la fundamentación y demostración de la unidad material del universo.
La condicionalidad causal de todos los fenómenos de la naturaleza y de la sociedad sin excepción se halla vinculada al hecho de que el mundo es material y de que los multiformes objetos y fenómenos de la realidad son tan sólo formas distintas de la materia en movimiento que se transforman las unas en las otras, es decir, partes o momentos de un todo único. Por esta razón, cada fenómeno tiene su fundamento en otro y se transforma, asimismo, en otro fenómeno.
La condicionalidad causal de los fenómenos, que lleva aparejada su universalidad característica y el nexo necesario entre la causa y el efecto, es una ley importantísima del mundo objetivo y una de las leyes fundamentales del desarrollo de la materia.
Del estudio de la unidad material del universo y, partiendo de ella, del principio del carácter universal de la relación causal se deduce lógicamente que si un fenómeno aparece como “carente de causa” en cierto momento del desarrollo de la ciencia y de la práctica, ello no significa más que sus causas, que existen objetivamente, no han sido aún descubiertas, y, si por el contrario, algunos fenómenos no engendran los efectos respectivos, ello sólo querrá decir que todavía no se ha sabido descubrirlos.
La idea de que la relación causal abarca todos los fenómenos de la realidad sin excepción es el principio básico de toda verdadera investigación científica, es decir, el principio del determinismo. El materialismo dialéctico, que se funda en la ciencia más avanzada y en la práctica, al demostrar la universalidad y, a la par con ello, la multiformidad de los nexos causales es la concepción determinista más consecuente.
El materialismo dialéctico, al fundamentar la objetividad de la relación causal, pone de relieve, asimismo, la inconsistencia de todas las concepciones idealistas de la causalidad, entre ellas la concepción teológica y religiosa.
El idealismo y la religión, cualesquiera que sean las formas y
10 V. I. Lenin, Cuadernos filosóficos, ed. rusa, pág. 134.
La causa y el efecto [V. Y. Blumberg] 91
manifestaciones que revistan, se empeñan siempre, de un modo o de otro, en refutar el carácter objetivo de las relaciones causales.
Tergiversando los datos que suministran la ciencia y la práctica, especulando con las limitaciones del conocimiento científico en cada época —históricamente condicionadas—, el idealismo contrapone a la concepción determinista del materialismo filosófico la falsa doctrina, diametralmente opuesta, del indeterminismo, es decir, la tesis de que en la naturaleza no hay relaciones de causa a efecto.
Lenin ha demostrado, en su obra Materialismo y empiriocriticismo, que en la historia de la ciencia se han definido dos concepciones opuestas acerca de la naturaleza de los nexos existentes entre los fenómenos y, por tanto, de las categorías de causa y efecto; ambas concepciones responden a las dos soluciones fundamentales que se han dado al problema de las relaciones entre el pensamiento y el ser, entre la conciencia y la materia. El materialismo, subraya Lenin, parte del principio de que existe una causalidad objetiva y de que la naturaleza está sujeta a leyes, y de que esta causalidad y sujeción a leyes se reflejan en la conciencia de los hombres en forma aproximadamente exacta. Por el contrario, “... la línea subjetivista en la cuestión de la causalidad, el atribuir el origen del orden... y de la necesidad en la naturaleza, no al mundo exterior objetivo, sino a la conciencia, a la razón... es el idealismo filosófico”.11
La refutación idealista de la causalidad trata de fundamentar y justificar la pasividad del hombre ante las fuerzas naturales, espontáneas, de la naturaleza y de la sociedad. En efecto, si los fenómenos de la naturaleza y de la sociedad no están condicionados objetivamente, si no se derivan necesariamente los unos de los otros, si surgen de la nada, si están sujetos a los “caprichos” o la voluntad de un ser supremo, no quedará margen alguno para la actividad práctica humana, encaminada a la transformación de la naturaleza y de la sociedad, ya que esta actividad se basa en la utilización y aplicación conscientes de la causalidad objetiva de los fenómenos, en el proceso de la actividad material productiva y político-social.
En el siglo XVIII, el filósofo idealista inglés David Hume (1711-1776) se esforzó en refutar la doctrina materialista de la causalidad, que había surgido en consonancia con el desarrollo de las ciencias naturales, de la astronomía y la física.
Según Hume, entre los fenómenos no media un nexo genético de modo que un fenómeno provoque o engendre otro.
“Todos los fenómenos —dice Hume— se hallan absolutamente
V. I. Lenin, Materialismo y empiriocriticismo, ed. rusa, págs. 169-170, Moscú.
La causa y el efecto [V. Y. Blumberg]
separados y aislados los unos de los otros; un fenómeno sucede a otro, pero nunca advertimos que medien vínculos entre ellos; coexisten, pero no están unidos entre sí’’.12
La idea de causa surge, según el filósofo inglés, porque el hombre percibe entre algunos fenómenos una sucesión en el tiempo que se repite multitud de veces. La causalidad se reduce, en la interpretación de Hume, a la asociación de percepciones, constantemente reiterada en la conciencia de un solo hombre o de muchos; es, por tanto, simplemente un hábito psíquico.
“Si creemos que el fuego calienta y que el agua enfría, es porque el pensar de otro modo acarrearía demasiados sufrimientos’’13 nos dice Hume. Ahora bien, qué sea lo que provoca la permanencia de la citada asociación de ciertas percepciones en la conciencia humana es para Hume un problema absolutamente insoluble.
Siguiendo a Hume, el filósofo agnóstico Kant (1724-1804) se pronuncia en contra de la concepción materialista de la causalidad. Negando que las cosas sean cognoscibles, el pensador alemán considera la causalidad como una forma específica de la actividad del entendimiento humano, previa a la experiencia e independiente del mundo objetivo, que viene a poner “orden” en el caos sensorial del sujeto cognoscente. Pese a algunas divergencias en las tesis filosóficas de que parten, Hume y Kant coinciden en lo esencial: la negación de la existencia de la causalidad objetiva. Como ha señalado Lenin, las diferencias que median entre las concepciones de ambos filósofos en el problema de la causalidad son diferencias secundarias entre agnósticos.14
A medida que el capitalismo se va aproximando a su fin ineluctable, causalmente condicionado, la burguesía y sus escuderos ideológicos adoptan una actitud cada vez más hostil e intolerante hacia la idea de la causalidad, científicamente entendida. Y ello es perfectamente comprensible, ya que admitir la existencia de una condicionalidad causal objetiva entre los fenómenos, equivaldría a aceptar el fallo dictado por la historia contra la formación social capitalista.
“Una vez que se ha penetrado en la conexión de las cosas —escribía Marx en 1868— se viene abajo toda la fe teórica en la necesidad permanente del actual orden de cosas, se viene abajo antes de que dicho estado se desmorone prácticamente. Por tanto, las clases dominantes
David Hume, Investigación sobre el entendimiento humano, trad. rusa, pág. 82, Moscú, 1902.
David Hume, Tratado de la naturaleza humana, trad. rusa, pág. 248, 1906.
V. I. Lenin, Materialismo y empiriocriticismo, trad. española, pág. 180, Moscú.
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están absolutamente interesadas en perpetuar esta insensata confusión”.15
La filosofía de Mach, el empiriocriticismo, que Lenin sometió a una dura crítica, constituye una clara manifestación de la lucha sostenida por los filósofos idealistas contra la concepción de la causalidad objetiva. Mach y sus partidarios, a fines del siglo XIX y comienzos del
(Karl Pearson, Ostwald, Poincaré, etc.), veían acertadamente en la categoría de causalidad una de las bases de la concepción materialista dialéctica del mundo. Sin embargo, en sus ataques contra el principio de la causalidad no dieron ni podían dar pruebas de gran originalidad, ni hacer uso de una argumentación convincente; se limitaban a copiar íntegramente las tesis teóricas y los argumentos tomados del muestrario filosófico de Hume y Kant.
Puesto que el mundo, desde el punto de vista de la filosofía machista, es sólo una combinación de sensaciones del sujeto cognoscente, más allá de la cual nada existe, los filósofos machistas, siguiendo a Kant, consideraban la causalidad como una forma de la actividad de la conciencia de un hombre singular, que introduce la sucesión y el orden en el caos sensorial. Así, Ernst Mach afirma sin rodeos que “la causa y el efecto son creaciones de nuestro pensamiento.
..” 16 Y Ostwald, partidario de Mach, sostiene que “somos nosotros mismos los que creamos el concepto de ley causal’’,17 agregando que
“si los fenómenos inorgánicos se consideran sujetos entre sí por relaciones de causalidad, ello no pasa de ser un punto de vista puramente humano...”18
Todas las corrientes “en boga” de la filosofía burguesa actual — pragmatismo, neorrealismo, personalismo, positivismo lógico, intuicionismo y toda la gama de “ismos” idealistas restantes— están empapadas de hostilidad y unidas por ella, por encima de sus diferencias, contra la concepción científica, materialista, de la causalidad objetiva y van encaminadas a refutarla.
El pragmatismo, doctrina filosófica idealista reaccionaria, extendida en los Estados Unidos, “sustituye” la categoría de la causalidad por la de la “actividad” del sujeto. El mundo, según los filósofos pragmatistas, es un conjunto caótico, una corriente de hechos, carente de sentido y de orden. Las relaciones causales, de acuerdo con ellos, se establecen por el sujeto que se comporta activamente, y se
C. Marx, F. Engels, Obras escogidas, trad. española, t. II, pág. 434, Moscú, 1952.
E. Mach, Mecánica, trad. rusa, pág. 406, Moscú, 1909.
W. Ostwald, Filosofía de la naturaleza, trad. rusa, pág. 218, Moscú, 1905.
W. Ostwald, Lecciones de filosofía natural, trad. rusa, pág. 33, 1909.
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encarga de introducirlas en la naturaleza y en la sociedad. Así, William James, uno de los fundadores del pragmatismo, llega a afirmar que “...
el único fundamento real que puedo imaginar para explicarme por qué, en general, algo aparece en el mundo, es precisamente que alguien desee que aparezca’’. 19 Desde este punto de vista, son igualmente válidos toda acción o todo modo de conducta, siempre y cuando sean útiles para los sujetos individuales que se comportan “activamente”.
El indeterminismo prevalece en las teorías económicas, políticas y jurídicas de la burguesía reaccionaria.
La variante del indeterminismo más extendida en la sociología burguesa actual es la concepción voluntarista de la vida social. Esta concepción sostiene que las ideas e instituciones políticas pueden alterar el régimen social y el curso del desarrollo de la sociedad. Una de las corrientes voluntaristas en boga en la sociología burguesa es la “teoría de la violencia”, según la cual el poder político determina, por su propia voluntad, el proceso de la vida económica, las relaciones mutuas existentes entre las clases, las naciones y los estados.
Esta reaccionaria concepción voluntarista de la violencia como principio básico del desarrollo social se expresó, con todo descaro, en la política exterior e interior del hitlerismo, en la implantación de la dictadura fascista terrorista de los hitlerianos en el interior del país y en el desencadenamiento de sangrientas guerras de conquista para lograr la dominación mundial. Y es sabido cómo la política basada en esta concepción idealista subjetiva terminó en un descalabro completo.
La “teoría de la violencia”, sin embargo, se mantiene en pie, ya que el imperialismo subsiste en una serie de países, entre los que se cuentan algunas grandes potencias. Esta “filosofía” siembra la ilusión de que el estado burgués puede acabar con el marxismo, y trata de justificar y fundamentar la carrera de armamentos, la creación de bloques agresivos, la psicosis de guerra y la pregonada política “desde posiciones de fuerza”; dicha “filosofía” desfigura, asimismo, la significación del movimiento liberador de nuestra época, afirmando que la revolución de Octubre fue obra de un puñado de “conspiradores”, que el desgajamiento de los países de democracia popular de la órbita del imperialismo ha sido resultado de la violencia ejercida desde el exterior, etc.
Una serie de investigadores de la naturaleza, cautivos de la ideología burguesa reaccionaria, se pronuncian actualmente, en los países capitalistas, contra la idea de la objetividad y universalidad de las relaciones causales.
W. James, Pragmatismo, trad. rusa, pág. 176, 1910.
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En el campo de la biología, la negación de la causalidad objetiva es uno de los rasgos esenciales de la teoría idealista y metafísica del weismanismo-morganismo. Los weismanistas niegan que la herencia de los organismos dependa causalmente de las condiciones de vida, de los factores del medio exterior, tales como la alimentación, las condiciones de luz y temperatura, humedad, etc. Según estas concepciones, las variaciones de las especies se deben, en primer lugar, a las sucesivas combinaciones de las partículas inmutables de una sustancia hereditaria —los genes—, que se transmiten de padres a hijos, y, en segundo lugar, a impulsos “casuales”, a “explosiones” en la sustancia hereditaria, llamadas mutaciones, que no podrán llegar a ser conocidas jamás por la ciencia. Los morganistas se representan la naturaleza orgánica como un conjunto caótico de fenómenos aislados los unos de los otros y arbitrarios.
También los llamados idealistas “físicos” se esfuerzan en “refutar” el principio de causalidad. Entre ellos, figuran no pocos hombres de ciencia como Niels Bohr, Werner Heisenberg, Max Born, Wolfgang Pauli, Schrddinger, P. A. M. Dirac y otros; a quienes se deben valiosas investigaciones en el campo de la física atómica y nuclear. Sin embargo, estos físicos, después de haber enriquecido la ciencia con investigaciones concretas, difunden la concepción indeterminista de la física atómica al exponer ideas más generales sobre la naturaleza y el carácter del movimiento de las partículas más pequeñas — moléculas, átomos, electrones, núcleos atómicos, etc.
La física actual descubre los aspectos peculiares, específicos, de las relaciones causales entre los fenómenos, que se producen en el átomo, en el núcleo atómico y en el curso del movimiento de algunas partículas “elementales”20 —electrones, mesones, positrones, etcétera—y pone al descubierto asimismo las diferencias existentes entre esas relaciones y los nexos causales ordinarios, propios de los grandes cuerpos, ya sea en escala terrestre o en escala cósmica.
La física de nuestro tiempo ha descubierto también multitud de fenómenos en las moléculas, los átomos, núcleos atómicos, en el movimiento de los electrones, mesones, etc., cuyas causas no ha sido todavía capaz de revelar. De este desconocimiento temporal de las causas que provocan una serie de fenómenos, producidos en el interior del átomo, así como de la existencia de numerosas y variadas formas de nexos causales en su seno y mucho más complejos que las relaciones causales existentes entre los cuerpos terrestres y cósmicos, toman pie los idealistas “físicos” para negar la existencia de una causalidad
Es decir, las partículas no sometidas a la división mecánica habitual en partes.
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objetiva en la naturaleza.
Así, por ejemplo, la física actual no conoce aún todas las causas que determinan en el átomo el paso de un electrón de un estado de mayor energía a otro de menor energía y que va acompañado de la producción de una partícula de luz —fotón—, con emisión luminosa; por esta razón, la teoría no puede predecir el momento en que ha de producirse este paso. Esto ha dado motivo para que, ya en 1930, el destacado físico danés N. Bohr afirmase que, en la física atómica, nos hemos alejado del estudio causal de los fenómenos y que debemos atribuir al electrón intratómico, que al comienzo se halla en cierto estado estable, una elección posterior libre, en modo alguno condicionada, entre las diversas vías que se le ofrecen para pasar a otros estados estables.
La física actual no conoce aún todas las causas que determinan la desintegración del núcleo atómico de un elemento radiactivo en cierto momento. Y esta insuficiencia de nuestros conocimientos, esta limitación teórica, es aprovechada para deslizar furtivamente la idea de que la desintegración radiactiva se produce sin causas.
La física actual ha demostrado que el movimiento de un electrón, como el de cualquier otra partícula “elemental”, no puede representarse como el simple desplazamiento en el espacio de una pequeñísima bolita de límites bien definidos, es decir, como un movimiento que sigue una línea determinada, una trayectoria. Los experimentos de difracción de las partículas prueban convincentemente esto. Si un gran número de electrones pasa a la misma velocidad, primero a través del pequeño orificio de una pantalla y después a través de una capa de polvo cristalino y cae sobre una placa fotográfica, los diversos electrones se registrarán en distintas partes de la placa, es decir, se formarán en ésta una serie de anillos oscuros concéntricos (en las zonas donde caen los electrones) alternando con regiones anulares, donde los electrones no han caído.
Según la mecánica de Newton, que describe el movimiento de los grandes cuerpos, todas las partículas materiales, que pasan a la misma velocidad a través de un mismo orificio pequeño, se moverán siguiendo una misma línea curva y, después de pasar a través de la capa cristalina, caerán en una misma y pequeña región de la placa. Ahora bien, el experimento nos dice que los electrones, en estas condiciones, pueden caer en distintas regiones alejadas en el espacio y separadas por otras regiones en las que los electrones no caen en absoluto. Esto se halla relacionado con el hecho de que el electrón no es una pequeñísima bolita “sólida”, inmutable y claramente delimitada, así como con el hecho de que el medio exterior condiciona causalmente el movimiento del electrón de otro modo que el movimiento de los grandes cuerpos.
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Los físicos idealistas sostienen, sin embargo, que los diversos electrones caen en regiones distintas de la placa en el experimento descrito porque cada electrón elige “por su propia voluntad” el camino que ha de seguir en su movimiento.
El conocido físico inglés Dirac, interpretando desacertadamente hechos experimentales parecidos a los antes descritos, afirma que en la mecánica cuántica rige el “indeterminismo por principio”. Y declara sin fundamento lo siguiente: “No hay que creer que la ausencia del determinismo en la teoría cuántica sea algo que debamos deplorar. El determinismo debe (?!) hallarse forzosamente ausente de una teoría racional y definitiva de la estructura de la materia”.21
La negación idealista del principio de la causalidad se ha manifestado en la historia de la filosofía, y aún sigue manifestándose, bajo la forma de la teleología. Según la concepción teleológica del mundo, los fenómenos no surgen en virtud de causas naturales objetivas, ni han sido engendrados por otros fenómenos, sino provocados por la acción de cierta fuerza misteriosa, mística, que encauza el desarrollo de la naturaleza y de la sociedad hacia fines previamente establecidos.
La teleología es inseparable de la teología, es decir, de la creencia en un principio espiritual, dotado de conciencia y voluntad, que impera sobre la naturaleza. Como el indeterminismo, la teología, o sea la religión, es enemiga de la ciencia. El rasgo esencial de toda religión es la fe en la existencia de ciertas fuerzas, que reinan sobre el mundo, que lo han creado y lo dirigen de acuerdo con los fines que ellas mismas le han trazado.
Comparten el punto de vista teleológico los representantes del personalismo, una de las corrientes filosóficas idealistas en boga en nuestros días. El norteamericano Flewelling, que figura a la cabeza de esa corriente, sostiene que el orden de los fenómenos de la naturaleza responde a una causa más profunda, que actúa con sujeción a planes orientados hacia determinados fines. Esta causa, que opera conforme a un fin determinado, es un principio espiritual supremo, es, en esencia, Dios.
El materialismo dialéctico defiende de un modo consecuente la idea del carácter objetivo de las relaciones causales y rechaza categóricamente la teleología, que es una concepción del mundo anticientífica y reaccionaria. Los fines son exclusivos de la actividad humana; fuera de los seres conscientes no existen fines. En la naturaleza, si prescindimos de la acción humana que la transforma, no
P. A. M. Dirac, Fundamentos de mecánica cuántica, 2’ edición, pág. 12, 1937.
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se da ni puede darse actividad orientada hacia un determinado fin.
El desarrollo de la ciencia y de la práctica ha refutado y refuta constantemente todas las formas posibles del indeterminismo y de la teleología y sirve de fundamento a la única concepción acertada —la concepción materialista— de la causalidad como nexo objetivo entre los fenómenos. Esta concepción' materialista de la causalidad objetiva se afirma en el proceso de influencia y de enriquecimiento mutuos de las ciencias particulares de la naturaleza y de la sociedad, de una parte, y de la filosofía materialista, de otra.
Las ciencias naturales, a lo largo de toda su historia, han descubierto y siguen descubriendo las causas objetivas de los fenómenos de la naturaleza, rescatando del idealismo y la teología un sector, tras otro de la naturaleza. La filosofía materialista sintetiza los datos de todas las ciencias de la naturaleza y de la sociedad, así como de toda la actividad práctica histórico-social, acerca del problema de la dependencia causal; y basándose en ello, destaca los rasgos esenciales de las relaciones de causa a efecto, demuestra su objetividad y construye una teoría general de la causalidad.
Así, por ejemplo, los descubrimientos llevados a cabo en el campo de la mecánica y de la astronomía en el período de los siglos XVI al XVIII prepararon el terreno para que el materialismo metafísico anterior a Marx creara la llamada teoría de la causalidad mecánica. Entre estos descubrimientos científicos tuvieron especial significación las investigaciones del genial físico inglés Newton (1642-1727) acerca de la relación de causa a efecto en el movimiento de los cuerpos suficientemente grandes, con que nos encontramos en nuestra actividad cotidiana y en las observaciones astronómicas, y que en física reciben el nombre de cuerpos macroscópicos.
Newton demostró que los cuerpos sólo salen de un estado de equilibrio o de movimiento uniforme rectilíneo bajo la influencia de otros cuerpos (bajo la acción de una fuerza). Estableció, asimismo, la relación matemática existente entre los cambios que experimenta el movimiento de un cuerpo (aceleración) y la acción de otros cuerpos (fuerzas); es decir, la relación matemática entre el efecto y la causa, en los fenómenos mecánicos. Definió, igualmente, la condicionalidad causal de la fuerza de atracción mutua entre los cuerpos de gran masa y la distancia existente entre ellos. El carácter objetivo de los nexos causales, estudiados por la mecánica newtoniana, se demuestra brillantemente por la posibilidad de predecir, con muchos años de anticipación, los eclipses de sol y de luna, la de anunciar de antemano el plazo de tiempo que los cometas invertirán en su trayectoria cerca de la Tierra.
La causa y el efecto [V. Y. Blumberg] 99
Un victorioso ejemplo de cómo pueden ponerse a contribución las mencionadas relaciones causales para los fines de la previsión científica fue la predicción teórica de la existencia de un planeta desconocido hasta entonces, Neptuno, que influía sobre el movimiento del planeta Urano.
La gran significación de la teoría física newtoniana estribaba en que, después de demostrar la objetividad de las relaciones causales, planteaba la necesidad de investigar las causas objetivas de todos los fenómenos de la naturaleza. Las concepciones de la mecánica sobre la causalidad fueron analizadas y sintetizadas por la filosofía avanzada del siglo XVIII, creadora de la teoría de la causalidad mecánica.
El gran sabio ruso M. V. Lomonosov (1711-1765) luchó ardorosamente contra todas las manifestaciones del indeterminismo, la religión y la teleología en el siglo XVIII. Partiendo de la concepción del mundo como una materia increada e indestructible, Lomonosov sostenía que cada fenómeno particular tiene su propia causa en determinado movimiento de la materia.
También los materialistas franceses del siglo XVIII —Helvecio, Holbach, Diderot y otros— sintetizaron filosóficamente las conquistas alcanzadas por las ciencias naturales mecánicas en los siglos XVI a XVIII. El materialismo francés dio a los nexos causales, descubiertos por la mecánica newtoniana, el rango de la forma universal, la única posible para ellos, de relaciones de causa a efecto. Los materialistas franceses, basándose en las leyes de la mecánica, aspiraban a explicar el mundo en su totalidad; es decir, no solamente toda la riqueza de los Eirocesos físicos y químicos, sino también la vida, la conciencia, os fenómenos sociales. El desarrollo de la ciencia y de la práctica ha venido a demostrar que no era acertado empeñarse en reducir todos los tipos de nexos causales a uno solo, el estudiado en la mecánica de Newton, y ha puesto de relieve la multiformidad, las diferencias específicas entre los diversos tipos de relaciones de causa a efecto.
En la fundamentaron de la objetividad de las relaciones causales, han desempeñado un gran papel los trabajos de los filósofos materialistas y demócratas revolucionarios rusos del siglo XIX, anteriores a Marx, como V. G. Belinski, A. I. Herzen, N. G. Chernishevski, N. A. Dobroliubov y otros. Poniendo a contribución los datos aportados por las ciencias de la naturaleza en la primera mitad del siglo pasado, los demócratas revolucionarios rusos pusieron al desnudo la carencia de fundamento y la esencia reaccionaria de la impugnación del principio de la causalidad por parte de los neokantianos, positivistas y otros epígonos de la filosofía idealista.
N. G. Chernishevski, dando un mentís a las invenciones de los
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filósofos idealistas, escribía: “Ahora podemos preguntar a cada cual: ¿puede darse algo en el mundo, sea o no importante, que no exista en forma natural? No hay efecto sin causa; si hay causa, tiene que haber, forzosamente, efecto; todo está sujeto en el mundo a la causalidad... La relación de causa a efecto es algo natural e inmutable; no puede producirse nada que sea opuesto a ella y cuanto ella exige debe suceder forzosamente... En el mundo nunca ha habido ni habrá nada que no sea natural’’.22
El desarrollo de las ciencias naturales en el siglo XIX y en la primera mitad del xx ha asestado golpes demoledores a la concepción idealista, que niega el carácter objetivo de las relaciones causales.
La teoría darwinista de la evolución tuvo una gran importancia para la fundamentación de la concepción materialista de la causalidad.
Esta teoría acabó con la idea religiosa de la creación divina de las especies animales y vegetales y la tesis también religiosa de que el organismo tiene desde el principio una estructura adaptada a un determinado fin. Darwin demostró, apoyándose en una enorme cantidad de hechos, que el mundo orgánico, en su desarrollo, ha ido pasando desde formas orgánicas inferiores a otras superiores. Darwin demostró asimismo que toda “orientación hacia un determinado fin”, es decir, toda adaptación de la estructura y de la vida de los organismos a las condiciones circundantes, es una adaptación relativa: lo que en unas condiciones resulta beneficioso, puede ser fatal para el organismo en otras, si el organismo no cambia, si no se adapta a las nuevas condiciones de vida.
El darwinismo experimentó más tarde un desarrollo creador en la biología soviética, con los trabajos del sabio I. V. Michurin y sus discípulos. La teoría michuriniana representa una nueva fase, indisolublemente entrelazada con la anterior, en el desarrollo de la biología como ciencia, en la transformación de ésta en la ciencia de las causas esenciales, determinantes de los cambios y de la formación de los organismos vegetales y animales. Los cambios que se operan en la naturaleza del organismo, así como los que se producen en su herencia, se hallan causalmente condicionados por los factores del medio exterior, rigurosamente determinados, que asimila el organismo.
Las teorías de los grandes sabios rusos I. M. Sechenov e I. P. Pavlov sobre la actividad nerviosa superior del hombre y de los animales asestaron asimismo golpes demoledores a la concepción idealista, que niega la objetividad de las relaciones causales. Los pensadores
N. G. Chernishevski, Obras completas en quince tomos, ed. rusa, t. VII, pág. 47, Moscú, 1950.
La causa y el efecto [V. Y. Blumberg] 101
idealistas consideran siempre la vida psíquica como la actividad de un alma inmaterial, inmortal, no vinculada al organismo ni al mundo exterior, como una actividad arbitraria, “espontánea”, no condicionada por nada.
I. P. Pavlov, después de haber demostrado, basándose en una enorme cantidad de datos experimentales, que la actividad psíquica, como cualquier otra actividad del organismo animal o humano, se halla condicionada causalmente por influencias externas, aplicó el principio materialista del determinismo al estudio de los fenómenos psíquicos. “Una ciencia rigurosa de la naturaleza —escribe Pavlov— está obligada a establecer con exactitud la dependencia que media entre los fenómenos dados de la naturaleza y la respuesta activa, las reacciones del organismo a ellos...”23
En la teoría de Pavlov, el principio determinista se expresa en el concepto de reflejo, que es el concepto fundamental de la teoría de la actividad nerviosa superior. El reflejo constituye una conexión rigurosamente determinada entre el fenómeno externo, que actúa sobre el organismo, y la reacción de respuesta de éste. Esta relación causal opera a través de una cadena de procesos que se condicionan los unos a los otros en el sistema nervioso, cadena que es tanto más larga y compleja cuanto más complejo es el grado de organización del animal en su conjunto y de su sistema nervioso. El sistema nervioso central del hombre y de los animales superiores —es decir, la médula espinal y el cerebro, particularmente la corteza de los grandes hemisferios cerebrales— desempeña un papel importantísimo en el establecimiento de relaciones causales reflejas.
A la filosofía marxista le cabe un gran mérito histórico en la fundamentación de la causalidad objetiva, al haber desalojado el indeterminismo del campo de las ciencias sociales, sentando los fundamentos del determinismo histórico.
El marxismo ha descubierto las verdaderas causas del desarrollo histórico, las causas del paso de una formación económico-social a otra. Por vez primera, en la historia de las teorías sociales, “el marxismo ha señalado el camino del estudio exhaustivo, multilateral, del proceso de aparición, desarrollo y decadencia de las formaciones económico-sociales... descubriendo las raíces de todas las ideas y de todas las diversas corrientes, sin excepción, en el estado de las fuerzas productivas materiales”.24
I. P. Pavlov, Obras completas, ed. ruta, de la Academia de Ciencias de la U.R.S.S., t. III, vol. 1, pág. 66 (Moscú-Leningrado, 1951).
V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XXI, pág. 40.
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El conocimiento y aplicación de las causas y leyes objetivas del desarrollo social sirve de fundamento a los partidos marxistas para dirigir la lucha de clases del proletariado; sirve de base asimismo para la transformación revolucionaria de la sociedad capitalista y fundamenta, por último, la teoría y la práctica de la edificación del socialismo y del comunismo.
La fundamentación del papel que la práctica desempeña, como criterio fundamental y supremo para la demostración científica de la objetividad de las relaciones causales, es una conquista importantísima del materialismo dialéctico.
El materialismo metafísico anterior a Marx no comprendía el papel que la práctica desempeña en la fundamentación de las categorías filosóficas. El conocimiento teórico-científico era, para él, una síntesis de la contemplación pasiva de la naturaleza, llevada a cabo al margen de la actividad material productiva y político-social de los hombres. El materialismo premarxista reducía la práctica misma a la satisfacción de las necesidades biológicas del hombre en materia de alimentos, vivienda, etc., a algunos experimentos en el laboratorio y a los inventos técnicos.
En contraposición con esta concepción metafísica, el materialismo dialéctico entiende por práctica toda la actividad material productiva y político-social de la humanidad, toda su actividad revolucionariamente transformadora.
La actividad material productiva de los hombres es un poderoso factor de transformación, de desarrollo del mundo. Como dice Engels,
. el animal se limita a aprovecharse de la naturaleza exterior y produce cambios en ella simplemente por su presencia; empero, el hombre, con las modificaciones a que la somete, la obliga a servir sus propios fines, reina sobre ella”.25
La práctica demuestra, inequívocamente, que todo fenómeno tiene en la naturaleza su fundamento necesario y su causa natural en otros fenómenos. La demostración práctica del carácter objetivo de las relaciones causales estriba en que los hombres sólo pueden provocar, con su actividad práctica, los fenómenos de la naturaleza o de la vida social apetecidos, cuando saben determinar acertadamente las causas de esos fenómenos y hacer, con su actividad material productiva, que se produzcan sus causas objetivas.
Las acciones humanas premeditadas no conducen de un modo inmediato a la consecución del fin trazado. La repetición de actos orientados hacia un fin en diversas variantes convence, día tras día, a
F. Engels, Dialéctica de la naturaleza, ed. rusa, pág. 140.
La causa y el efecto [V. Y. Blumberg] 103
los hombres de que el fenómeno deseado sólo puede producirse o provocarse, si se da un conjunto de fenómenos, rigurosamente determinado; les convence, asimismo, de que el éxito de los actos previstos, encaminados al cumplimiento de fines previamente trazados, solamente se logrará si se producen o aprovechan las causas objetivas de los fenómenos.
Si, por otra parte, descubrimos acertadamente las causas objetivas de los fenómenos, podremos provocar —como ya señaló Engels— un determinado proceso, después de crear las condiciones en que un proceso discurre en la naturaleza. Aún más, podremos provocar incluso procesos que no se presentan en la naturaleza bajo la misma forma e imprimir a estos procesos, por anticipado, cierta dirección y determinado desarrollo. “La actividad del hombre — escribe Engels— se contrasta con la causalidad”.26
La más alta conquista de la ciencia y de la técnica de nuestro tiempo —el creciente empleo de la energía atómica para fines pacíficos— es una prueba elocuente de cómo la práctica, la actividad material productiva de los hombres demuestra, en última instancia, que las relaciones causales de la naturaleza tienen un carácter objetivo
La humanidad conoce la existencia de la energía nuclear desde que se descubrió la radiactividad natural a fines del siglo XIX. Sin embargo, permanecieron ocultas durante largo tiempo las causas y condiciones que podían conducir a la liberación de la energía atómica en cantidades considerables. A comienzos de 1939, se descubrió experimentalmente que es posible desintegrar el núcleo del átomo de uranio, bajo la acción de un neutrón que penetra en él a determinada velocidad, desdoblándolo en dos núcleos o fragmentos de la misma masa aproximadamente.
El estudio teórico de este proceso permitió que se construyeran modelos de núcleos pesados y llevó a la conclusión de que estos núcleos, bajo la acción de las fuerzas intranucleares, tienden a dividirse en dos partes aproximadamente iguales. Quedó así, teóricamente establecido que, al ser absorbido el neutrón, desde fuera, a una determinada velocidad, el núcleo excitado puede fragmentarse en dos. La desintegración del núcleo va acompañada del desprendimiento de dos o tres neutrones y los fragmentos adquieren una enorme energía cinética, gracias a la energía intranuclear.
Los neutrones, desprendidos al dividirse una parte del núcleo, provocan la desintegración de una nueva parte de éste. Así, pues, la división nuclear iniciada conduce necesariamente a una reacción nuclear en cadena, que abarca, en considerables masas de uranio, una
F. Engels, Dialéctica de la naturaleza, ed. rusa, pág. 182.
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gran cantidad de núcleos y que es la causa de que la energía atómica se convierta en grandes cantidades de energía térmica.
La manera más profunda y completa de comprobar estas ideas acerca de las causas de que la energía nuclear se transforme en térmica en masas de uranio bastante grandes, ha sido la dirección y regulación de la velocidad de las reacciones nucleares en cadena, en aparatos especiales, en las calderas o reactores atómicos.
La posibilidad de imprimir la velocidad deseada a la desintegración en cadena, sobre la base de las ideas ya elaboradas acerca de los nexos causales en el campo de los procesos nucleares y combinando para ello, con rigurosa precisión, las condiciones materiales del proceso, constituye una demostración irrefutable tanto de la objetividad de las relaciones causales en el mundo del átomo como del reflejo certero de esas relaciones en el pensamiento humano.
Diversidad y acción mutua de las relaciones causales
El materialismo dialéctico no sólo ha fundamentado profundamente, por primera vez en la historia de la ciencia y de la filosofía, la universalidad y objetividad de las relaciones causales, sino que ha descubierto también el carácter dialéctico de la causalidad. Ha demostrado la diferencia que objetivamente existe entre las relaciones de causa a efecto, su valor desigual, la acción mutua entre los distintos nexos causales, así como la acción recíproca que se manifiesta en una misma relación causal y la repercusión del efecto sobre la causa que lo provoca.
En la concepción materialista dialéctica de la causalidad se funden estrechamente la concepción materialista del universo y el modo dialéctico de concebir el desarrollo de la naturaleza y de la sociedad.
La relación causal entre los fenómenos no es algo dado de una vez por todas, un nexo totalmente inmutable.
Uno de los rasgos de la relación causal, en el que se expresa la mutabilidad y relatividad del condicionamiento causal de los fenómenos, estriba en que un mismo fenómeno puede ser efecto de varios otros. Así, por ejemplo, el calentamiento de un cuerpo puede ser resultado de su iluminación por los rayos solares, de su frotamiento con otro cuerpo o del paso de una corriente eléctrica a través de él, si ese cuerpo es conductor de la electricidad.
Otra expresión del carácter variable y relativo de las relaciones
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causales consiste en el hecho de que uno y el mismo fenómeno puede provocar distintos efectos. Así, la corriente eléctrica puede ser la causa de la descomposición química de un cuerpo, si pasa a través de la solución de un electrolito; puede provocar un movimiento mecánico en un motor eléctrico o producir luz eléctrica a través del gas en un tubo cargado.
Estas peculiaridades de la condicionalidad causal de los fenómenos están relacionadas, como ya se ha dicho antes, con el hecho de que el efecto, aun siendo resultado de la causa que lo engendra, depende también de las condiciones de lugar y tiempo en que la causa actúa.
Un modo muy importante de manifestarse la relación mutua universal, dialéctica, el entrelazamiento entre distintos nexos en la naturaleza y la sociedad es la acción mutua, es decir, la acción conjunta, de múltiples causas en un mismo proceso.
Por ejemplo, la trayectoria que describe un proyectil de artillería depende, como demuestra la experiencia, de la acción conjunta de toda una serie de causas: de la acción de la fuerza de gravedad, de la resistencia del aire, la velocidad inicial del proyectil, la cantidad y calidad de la carga de pólvora, el estado del viento, el movimiento de rotación que imprimen al proyectil las estrías del ánima del cañón, el calentamiento de la bala por su roce con las paredes del ánima y con el aire, la magnetización en el polo magnético de la tierra, etc.
El auge progresivo y constante de la productividad del trabajo en la industria soviética se halla causalmente determinado por una serie de factores, entre los que se destacan, por su particular importancia, los siguientes: la oportuna modernización del equipo industrial, la total mecanización de los trabajos pesados y laboriosos y la automatización de los procesos de producción, la especialización y cooperación de las empresas industriales, el progreso inquebrantable de la ciencia y la aplicación de las conquistas científicas en la esfera de la producción, el mejoramiento en la preparación de especialistas, la elevación del interés material de los trabajadores, el continuo desarrollo de la emulación socialista en masa, etc.
El hecho de que, al surgir un determinado fenómeno, múltiples causas se hallen sujetas a una acción mutua, plantea la necesidad de investigar qué carácter tiene la acción de cada una de estas causas, así como los nexos existentes entre ellas y la influencia que ejercen las unas sobre las otras.
La acción conjunta de múltiples causas puede expresarse tanto en el hecho de que causas distintas actúen sobre el efecto en una y la misma dirección y ejerzan la misma influencia sobre él, como en el de que unas causas atenúen o contrarresten el modo de manifestarse la acción de
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otras.
La acción conjunta de varias causas explica la posibilidad de que una causa, que evidentemente está actuando, no provoque un efecto visible. Ello significa que, además de la causa dada, actúa otra en sentido inverso, cuya acción contrarresta la de la primera. El fuego no logra hacer que arda un material combustible, si éste se halla empapado de agua. Un cuerpo sobre el que actúan simultáneamente dos fuerzas puede permanecer en estado de equilibrio, si ambas fuerzas tienen la misma magnitud y actúan en dirección opuesta.
En algunos casos, las causas pueden actuar de modo que el resultado de su acción conjunta coincida con el resultado total de la acción sucesiva y aislada de cada una de ellas. Así, por ejemplo, en el movimiento mecánico de los cuerpos ordinarios (macroscópicos) actúan como causas las acciones que otros (fuerzas) ejercen sobre el cuerpo en cuestión, con la particularidad de que la acción de cada uno es independiente de la acción de los demás. Sin embargo, los casos de acción conjunta de múltiples causas son relativamente raros, tanto en la naturaleza como en la sociedad.
La acción conjunta de varias causas, en los fenómenos físicos, químicos, biológicos y muy especialmente en los sociales, suele provocar un fenómeno, cualitativamente nuevo, en comparación con los que se producen cuando aquéllas actúan aisladamente, ya que, al actuar las causas conjuntamente, no sólo surgen dichos fenómenos, sino que influyen los unos sobre los otros.
Un brillante ejemplo de esa profunda influencia mutua entre diversas causas en el campo de la vida social lo tenemos en la acción conjunta de las causas más importantes que determinaron la victoria de la gran revolución socialista de Octubre. Entre las causas determinantes de la revolución de Octubre figuraron, en efecto: la elevada actividad revolucionaria de la clase obrera, la lucha tenaz de los campesinos por la abolición del régimen de propiedad de los grandes terratenientes y la acción dirigente del Partido comunista en la revolución.
La clase obrera rusa, en lucha por la dictadura del proletariado, era la única fuerza capaz de derrocar el poder de los grandes terratenientes y de dar satisfacción a la candente necesidad de tierra que sentían los campesinos pobres. Las consignas políticas del proletariado incorporaron a millones y millones de campesinos a la lucha activa contra el imperialismo. En vísperas de la revolución socialista, los campesinos se convencieron, por su propia experiencia, de que solamente el proletariado estaba dispuesto a desembarazarse de los terratenientes y apoyaron las heroicas acciones revolucionarias del proletariado. Sin la firme alianza de la clase obrera y de los campesinos
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pobres, a la que, al estallar la revolución de Octubre, se incorporaron también los campesinos medios, no habría sido posible el triunfo de la revolución socialista en nuestro país.
La fuerza inquebrantable de la gran insurrección histórica de octubre de 1917 aparece indisolublemente unida al hecho de que la lucha de las masas populares fue organizada y dirigida por el heroico Partido de los comunistas, pertrechado con la teoría revolucionaria más avanzada, y estrechamente vinculado a las masas. Fue, pues, la lucha conjunta de los obreros y campesinos pobres, aglutinados y dirigidos por el Partido Comunista, la causa de la victoria de la revolución socialista de Octubre de 1917.
El nexo indisoluble que existe entre las causas, la activa influencia mutua que ejercen las unas sobre las otras, puede hacer que el efecto dado no surja, si algunas causas actúan por separado o si no se da una cualquiera de las definidas como necesarias.
Puede servir de ejemplo de ello el nacimiento de una corriente eléctrica cuando un conductor cerrado se mueve en un campo magnético (fenómeno de inducción electromagnética). Aquí, nos encontramos con dos causas: el campo magnético y el movimiento del conductor, ambas igualmente necesarias para que surja la corriente inducida. Basta con que falte una cualquiera de las dos para que el efecto resulte imposible.
No todas las causas que provocan determinado fenómeno ejercen la misma influencia sobre el efecto. Por oposición al materialismo metafísico, el materialismo dialéctico distingue entre causas esenciales
—determinantes, decisivas— y no esenciales —accesorias, secundarias— de un fenómeno.
Causas esenciales de fenómenos cualitativamente determinados son, en primer lugar, aquellas sin las que estos fenómenos no podrían producirse y, en segundo lugar, las causas que determinan los rasgos necesarios, generales, de dichos fenómenos. Causas no esenciales son las que engendran los rasgos peculiares transitorios, inestables, individuales, de cada fenómeno en particular. La acción de las causas no esenciales es limitada y se halla subordinada a la acción de las causas esenciales.
Así, en el ejemplo que antes hemos aducido del proyectil de artillería, la acción de la fuerza de gravedad de la tierra, la resistencia del aire y la velocidad inicial, que el disparo del cañón imprime al proyectil, son las causas esenciales que determinan la trayectoria que sigue la bala. Al repetirse numerosas veces el disparo, con la misma velocidad inicial, estos factores hacen que la trayectoria se aproxime cada vez más a determinada curva balística. En cambio, la rotación del
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proyectil, su calentamiento como resultado de su roce con las paredes del ánima del cañón y con el aire, la magnetización en el campo magnético de la Tierra, las diferencias de cantidad y calidad de la carga de pólvora en los obuses fabricados en serie son las causas no esenciales, a las que se deben, al repetirse los disparos, las diferencias individuales de la trayectoria de la curva balística en cada caso.
El distinto valor de las causas, que es un hecho objetivo, se pone de manifiesto también en el desarrollo de la vida social.
El materialismo histórico ha descubierto, como es sabido, que el modo de producción de los bienes materiales es la causa esencial, determinante y decisiva del desarrollo social, causa que condiciona la estructura de la sociedad, su vida espiritual y el paso de un régimen social a otro. El modo de producción de los bienes materiales determina el carácter que revisten las relaciones entre las clases, el tipo de ideología dominante, las instituciones políticas y jurídicas, el grado de dominio de la sociedad sobre la naturaleza, etc. Al cambiar el modo de producción, cambia también todo el régimen de vida de la sociedad, cambian las ideas políticas, jurídicas, religiosas, estéticas y filosóficas.
Por su parte, el medio geográfico y la densidad de población, son causas no esenciales del desarrollo social, aunque no cabe duda de que determinan ciertas peculiaridades de este desarrollo en algunos países y pueblos.
El mezclar y confundir las causas esenciales y no esenciales, estudiando las distintas causas como si todas ellas tuvieran el mismo valor o fuesen igualmente necesarias para determinado fenómeno, es uno de los rasgos característicos del modo metafísico de abordar el problema de las relaciones causales. Así, por ejemplo, muchos filósofos materialistas metafísicos del siglo XVIII consideraban que todos los fenómenos que influyen en cierto grado sobre otros son causas esenciales que están en el mismo plano. Holbach, destacado materialista francés del XVIII, decía: “Si en la naturaleza todo aparece entrelazado, si todos sus movimientos se engendran los unos de los otros... podemos estar seguros de que no existe una causa, por insignificante que sea o por lejana que se halle, que no produzca, a veces, los efectos más grandes e inmediatos sobre nosotros”.27
Esta concepción conducía a que los filósofos metafísicos consideraran un conjunto de causas como un conglomerado indefinido de fenómenos y a que se entorpeciera extraordinariamente la tarea fundamental del conocimiento científico, la investigación de las relaciones causales.
Holbach, Sistema de la naturaleza, trad. rusa, pág. 36, Moscú, 1940.
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La mescolanza de las causas esenciales y no esenciales es también característica del eclecticismo, una de las variantes de la concepción metafísica en las teorías filosóficas y sociológicas burguesas de la época del imperialismo. La llamada “teoría de los factores”, que llegó a adquirir carta de naturaleza en la sociología burguesa, es un ejemplo de la concepción ecléctica. Según esta teoría, el desarrollo social es resultado de la suma mecánica de las acciones ejercidas por multitud de causas equivalentes e independientes las unas de las otras, tales como el medio geográfico, las características raciales, la moral, la ciencia, la política, etc. Con semejante modo de abordar los fenómenos, se corre un velo sobre las verdaderas causas del desarrollo histórico.
El distinguir rigurosamente entre causas esenciales y no esenciales, comprendiendo que las causas, objetivamente consideradas, no pueden colocarse todas en el mismo plano es la condición necesaria para llegar a comprender el origen de los fenómenos, para distinguir las relaciones de causalidad esenciales y establecer las leyes por las que se rige el desarrollo de la naturaleza y de la sociedad.
Los fenómenos, mutuamente entrelazados por la relación de causa a efecto, se dan en determinados objetos de la naturaleza o de la vida material y espiritual de la sociedad. A este respecto, cuando se estudian fenómenos concretos, hay que distinguir rigurosamente entre las causas internas y externas de un fenómeno. Llamamos causas internas a las que actúan dentro del objeto mismo a las que han ido gestándose en todo el curso de su desarrollo y brotan durante éste, en consonancia con su cualidad específica. Causas externas son las que provienen de otros objetos.
Los fenómenos de la naturaleza y de la sociedad se hallan condicionados por la acción mutua de las causas internas y externas. La significación que revisten unas y otras en la aparición del fenómeno y el carácter de la relación entre las causas externas e internas difieren en distintos casos, a tono con los rasgos específicos del proceso natural o social estudiado.
Así, por ejemplo, el núcleo de radium se convierte, con la desintegración radiactiva natural, en un núcleo de radon con desprendimiento de un núcleo de helio, de un electrón y con emisión de rayos gamma, y todo ello, en lo esencial, bajo la acción de causas internas; tales como la acción mutua entre las partículas, integrantes del núcleo, que conduce a la ruptura de la estabilidad de éste. Las influencias externas que se ejercen sobre la desintegración radiactiva natural —los cambios de presión y de temperatura, la penetración de otras sustancias— no influyen tan sensiblemente, como demuestra la experiencia, sobre la velocidad con que se efectúa dicha desintegración.
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Ahora bien, la división del núcleo de uranio suele ir unida a una acción mutua entre las causas externas e internas, en la que las causas externas desempeñan un papel primordial tanto en la aparición como en el carácter del proceso. Si en el núcleo penetra un neutrón, a una determinada velocidad, el núcleo de uranio se dividirá en dos partes de aproximadamente la misma masa y energía. Al ser absorbido el neutrón por el núcleo, cambian a tal grado las relaciones existentes hasta ese momento entre las partículas del núcleo (neutrones y protones), que el núcleo pierde su estabilidad, desintegrándose en dos partes aproximadamente iguales por su masa.
La acción mutua de las causas internas y externas desempeña un enorme papel en el desarrollo de la naturaleza orgánica, en el proceso de adaptación de las plantas y de los animales a las condiciones de existencia y de formación de nuevas especies vegetales y animales.
La teoría de Michurin ha demostrado, como se ha dicho anteriormente, que los cambios operados en la estructura corporal y en la actividad vital de los organismos, cambios que se transmiten por herencia, surgen bajo el influjo de los cambios que se efectúan en las condiciones de vida, que el organismo asimila en el proceso de intercambio de sustancias.
Sin embargo, la adaptación de los organismos a los cambios del medio exterior y la aparición de nuevos caracteres, órganos y procesos vitales, que va unida a esa adaptación, no puede considerarse como una reacción pasiva ante los cambios producidos en las condiciones externas. Todo ser vivo crece y se reproduce asimilando las condiciones externas a su manera, en consonancia con el tipo de estructura corporal y de intercambio de sustancias, creado en el curso de un largo desarrollo histórico. Los organismos de diferentes especies toman distintas sustancias de un mismo alimento y las asimilan de diverso modo. El desarrollo de las distintas células y de los diferentes tejidos y órganos en un mismo organismo, así como las distintas fases del desarrollo de éste, exigen condiciones de vida también distintas. En esto se manifiesta la espontaneidad de los seres vivos, su asimilación activa de las condiciones del medio exterior.
Así, bajo la influencia de un grado insuficiente de humedad del suelo y de la atmósfera, la adaptación a estas condiciones adopta formas muy diversas. En unos casos, las raíces se hunden profundamente, lo que permite a las plantas absorber la humedad de las capas más profundas del suelo; otras veces, se produce una intensa caída de hojas; en otros casos, tiene lugar una considerable reducción de la superficie de las hojas y, por último, hay casos en que se opera una elevación de la presión osmótica en las células, lo que permite absorber el agua del
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suelo con un índice muy bajo de humedad. Aunque en todos los casos citados se trata de una reacción adecuada de las plantas, perfectamente definida, ante una situación de humedad insuficiente, es decir, de cambios en sus caracteres heredados, lo que permite al organismo adaptarse a las condiciones del medio, que provocan en él ciertos cambios, la manera de adaptarse tiene caracteres específicos en cada caso.
El organismo se forma a través de una compleja trama de cambios en su estructura interna y de procesos internos provocados por las condiciones del medio exterior. Las causas externas del desarrollo de los organismos —los cambios en las condiciones de vida— conducen a determinados cambios orgánicos, que tienen un carácter de adaptación indirecta, no directa; es decir, estos cambios se efectúan a través de la influencia que dichas causas externas ejercen sobre la interdependencia específica de los órganos y funciones de cada especie vegetal o animal y sobre las diversas formas de intercambio de las sustancias entre las células, los tejidos y los órganos. Esto determina el carácter rigurosamente selectivo que reviste la reacción del organismo ante la acción de las causas externas.
Ahora bien, la misma organización interna de los animales y de las plantas, la compleja interdependencia entre las distintas partes del organismo, las múltiples y diversas formas de intercambio de sustancias dentro de él no son otra cosa que una síntesis heredada y ya consolidada de todas las influencias anteriores del medio; son la suma, el producto de la larga historia de determinada especie.
La acción mutua de las causas externas e internas se manifiesta también en los fenómenos de la vida social. V. I. Lenin ha señalado que las revoluciones sociales “... maduran en el proceso del desarrollo histórico y estallan en un momento, condicionado por todo un conjunto de causas internas y externas”.28
Los comunistas reputan inevitable el triunfo del socialismo en todos los países. Pero, al mismo tiempo, el marxismo, a diferencia de las más diversas concepciones burguesas, considera que la revolución no se produce como fruto de la coacción o de un mandato desde fuera. En el nacimiento y triunfo de una revolución tienen decisiva significación las causas internas del país de que se trata, es decir, la agudización de las contradicciones sociales, la capacidad que la clase revolucionaria manifiesta en las acciones combativas de las masas, susceptibles de acabar con la resistencia de las clases reaccionarias. El marxismo ha desenmascarado y refutado, hace ya tiempo, la leyenda de la revolución
V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XXVII, pág. 506.
La causa y el efecto [V. Y. Blumberg]
“exportada”, leyenda difundida por los enemigos de la clase obrera. Sin embargo, las causas externas pueden contribuir a que la
revolución se realice o a que su desarrollo resulte más difícil, en un determinado país; pueden, asimismo, acelerar o retrasar su llegada. Así, por ejemplo, durante el período de la gran revolución socialista de Octubre en nuestro país, los factores externos tales como la división de la burguesía imperialista en dos campos hostiles (el anglo-francés y el austro-húngaro) y la existencia de un vigoroso movimiento revolucionario en Europa, facilitaron la victoria de la revolución socialista rusa en 1917, aunque la victoria se debió, en lo fundamental, a causas internas.
La comprensión de los nexos causales como relaciones puramente externas entre diferentes cuerpos, objetos o sectores de la realidad, y el desconocimiento del papel que desempeñan las causas internas de los fenómenos, ha sido uno de los rasgos característicos del materialismo anterior a Marx.
La concepción metafísica de las relaciones de causa a efecto ha tenido siempre un carácter mecánico, es decir, el carácter de un impulso, de un golpe, que un cuerpo imprime a otro distinto y exterior a él. Esta concepción metafísica, al trasladar las causas de cualquier fenómeno al exterior, al exigir que medie un impulso externo para cualquier cambio operado en el proceso, conducía necesariamente a admitir que el mundo ha sido puesto en movimiento por una fuerza sobrenatural, que hacía las veces del “relojero de la naturaleza”. Este era el punto de vista que mantenían, por ejemplo, los famosos sabios del siglo x v ii Descartes y Newton, que pese a estas limitaciones, aportaron valiosos elementos a la obra de establecer los fundamentos de la ciencia física, durante aquel período.
Al materialismo metafísico, por ignorar las fuentes internas del desarrollo, no le es dado descubrir el verdadero carácter que éste presenta, lo mismo en la naturaleza que en la vida social.
Entre las concepciones anticientíficas, que niegan la importancia de las causas internas del desarrollo, está la “teoría del equilibrio”. Esta “teoría” tuvo también partidarios en Rusia, entre las corrientes ideológicas hostiles al marxismo. Uno de sus más celosos propagandistas fue Bogdanov, portavoz de la filosofía de Mach, que intentó convertir la citada “teoría” en un “sistema” filosófico total.
Según la teoría del equilibrio, todo objeto de la naturaleza o fenómeno de la vida social sólo puede cambiar bajo la acción de “impulsos” externos, es decir, del medio ambiente. En el seno de los mismos objetos materiales no se dan, según esta teoría, estímulos propios, internos, para el cambio y el desarrollo; el medio es siempre el
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factor activo y transformador, que lleva a cabo una “selección” de los cambios, tanto en la naturaleza como en la vida social.
El desarrollo de la sociedad, de acuerdo con esta concepción, no se realiza por medio de las causas internas, gracias a las contradicciones sociales internas, sino en virtud de las relaciones puramente externas que median entre la sociedad y la naturaleza. Si la sociedad recibe de la naturaleza medios de sustento suficientes, ello se traduce en una supuesta “armonía” de la vida social, en el florecimiento del bienestar material de la sociedad en su conjunto, en la atenuación de las contradicciones sociales, en una “selección positiva”. En cambio, si decaen los esfuerzos de los hombres en la lucha con la naturaleza para lograr los medios de sustento necesarios, en virtud de sentirse hartos y satisfechos, sobreviene la ruptura de la “armonía” de la vida social y surgen los conflictos entre las distintas clases y los diversos pueblos. La “selección positiva” deja paso, entonces, a la “selección negativa”, es decir, a la destrucción y reorganización del organismo social.
La teoría del equilibrio, concepción típicamente burguesa por su orientación ideológica, corre un velo sobre el abismo que divide a las clases antagónicas y sobre su lucha y predica la armonía de clases bajo el lema de la “lucha común contra la naturaleza”. Kautsky y otros revisionistas se han valido de la teoría del equilibrio como un medio para sembrar ilusiones reformistas entre la clase obrera. Y, en los años de la lucha por la edificación del socialismo en la U.R. S. S, los oportunistas de derecha la convirtieron en arma teórica suya.
En los fenómenos sociales, es necesario delimitar las causas objetivas de las subjetivas y esclarecer la acción mutua entre unas y otras.
Las causas objetivas de los fenómenos sociales surgen independientemente de la voluntad de las clases y de los partidos políticos, en virtud del desarrollo de las condiciones económicas, que no dependen de la conciencia ni de la voluntad de los hombres. Las causas subjetivas comprenden la actividad política, la estrategia y la táctica de las clases y de los partidos, así como la actividad de algunas personalidades, que pueden acelerar o frenar la aparición de determinados fenómenos sociales y encauzar el desarrollo social por el camino más corto o llevarlo por otro más difícil y penoso.
El marxismo-leninismo nos enseña que si los hombres, las clases o los partidos actúan en consonancia con las relaciones causales objetivas de los fenómenos sociales, los procesos objetivos del desarrollo histórico se acelerarán. La actividad del Partido Comunista de la Unión Soviética constituye un brillante ejemplo de la actividad que contribuye a acelerar el desarrollo progresivo de la humanidad.
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En cambio, si los hombres, las clases o los partidos actúan a despecho de las causas objetivas de los fenómenos, los procesos del desarrollo social se verán frenados. Ahora bien, la necesidad histórica es mucho más fuerte que la actuación de las clases y de los partidos reaccionarios, y, tarde o temprano, acaba por anular a estas clases o partidos, arrojándolos a la vera del camino.
La causa y el efecto cambian constantemente de lugar en la realidad objetiva. El fenómeno, que actúa como causa en determinado fenómeno, es siempre efecto de otro. Todo fenómeno es, al mismo tiempo, causa y efecto, pero lo es —y esto es lo esencial— en relaciones distintas.
Señalando esta transformación recíproca de la causa y del fenómeno en el proceso general del desarrollo de la materia, Engels escribe lo siguiente:
“... la causa y el efecto son representaciones que sólo rigen como tales en su aplicación al caso concreto, pero que, situado el caso concreto en sus perspectivas generales, articulado con la imagen total del universo, se diluyen en la idea de una trama universal de acciones recíprocas en que las causas y efectos cambian constantemente de sitio y en que lo que ahora o aquí es efecto, cobra luego o allí carácter de causa, y viceversa”.29
Así, la corriente eléctrica, que surge en los generadores de una central eléctrica como efecto de una inducción electromagnética, se convierte en causa de los fenómenos térmicos que se producen en un calentador eléctrico; estos últimos, que son efecto de la corriente, pueden ser, a su vez, la causa de la intensa evaporación de un líquido.
La llamada gran circulación geológica de las sustancias en la naturaleza puede servir de brillante ejemplo de la continua transformación de la causa en efecto y de éste en causa. Según V. R. Williams, el esquema de dicha circulación es el siguiente: el agua, bajo la acción del calor solar, se evapora constantemente de la superficie del océano. Este vapor de agua, transportado por las corrientes de aire, se enfría en las capas superiores de la atmósfera y cae a tierra en forma de lluvia. El agua que cae impregna las rocas que forman el suelo, disuelve algunos de sus elementos y lo disuelto es llevado al océano a través de los ríos.
Una parte de los elementos del suelo, así transportados, es asimilada por los pequeños organismos vegetales, que se encuentran flotando en el agua del océano (plancton). El plancton sirve de alimento a los peces. Arrastrados por el agua, retornan de nuevo a la tierra a la par con el
F. Engels, Anti-Dühring, trad. española de W. Roces, págs. 30-31, México, 1945.
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pescado extraído por las aves, los animales y el hombre. Pero la mayor parte de los elementos del suelo permanecen en el océano y, junto con los organismos desaparecidos, son la causa de la formación de las rocas sedimentarias montañosas.
La transformación del efecto en causa y, a la inversa, de la causa en efecto se opera también, a cada momento, en la vida social. Los cambios efectuados en determinada esfera de la vida social provocan otros en otras esferas, que, a su vez, determinan causalmente los que se operan en nuevos campos de la vida material o espiritual de la sociedad. Así, por ejemplo, en las formaciones sociales anteriores al socialismo, el auge de las fuerzas productivas conduce, en determinado momento, al conflicto entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción. Este conflicto, efecto del auge de las fuerzas productivas, se traduce a su vez en la aparición de nuevas ideas sociales, reflejo del hecho de que las viejas relaciones de producción no corresponden ya al nuevo nivel de las fuerzas productivas; el conflicto se convierte, así, en causa de determinados procesos ideológicos.
La repercusión del efecto sobre la causa que lo engendró y la acción mutua entre la causa y el efecto en cada nexo causal en particular, constituyen una expresión muy importante del carácter dialéctico de la relación causal.
La causa provoca, produce el efecto, al que antecede en el tiempo; la relación causal se caracteriza por el papel activo de la causa con respecto al efecto. Es la causa, efectivamente, la que dirige el desarrollo del proceso. Pero el efecto, una vez que se ha producido, repercute sobre la causa, modificándola y transformándola.
El movimiento de un cuerpo en el agua o en el aire provoca corrientes líquidas o gaseosas. Estas corrientes, que son el efecto del cuerpo que se mueve en el medio respectivo, determinan, a su vez, la resistencia que encuentra ese movimiento. Así, por ejemplo, las corrientes de aire, creadas por las alas del avión en su movimiento horizontal, originan la tuerza ascensional, que permite superar la acción de la fuerza de la gravedad.
Los organismos cambian al cambiar sus condiciones de vida. Pero estas condiciones de vida, el medio natural, cambian asimismo en cierta medida bajo la acción del mundo orgánico, sujeto a cambios. La biología materialista actual ha sentado la tesis de que las condiciones de vida son, en un grado considerable, efecto de la actividad vital de los organismos. El geólogo soviético Vasili R. Williams ha descubierto la esencia del proceso de formación del suelo. Bajo la influencia decisiva de los factores térmicos y químicos se va produciendo la destrucción, la erosión, de la sólida masa rocosa, que constituye la corteza terrestre
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y se va formando la roca madre de la que surge el suelo. En esta roca, que sirve de fundamento en el proceso de formación del suelo, no hay, por ejemplo, nitrógeno, que existe necesariamente en los terrenos; por otra parte, los elementos biológicos importantes tales como el fósforo y el potasio, se hallan en un estado de extraordinaria dispersión. El proceso de formación del suelo se opera bajo la influencia de los seres vegetales y animales y de los microorganismos sobre la roca madre. V. R. Williams investigó detalladamente cómo unas asociaciones vegetales se suceden a otras en la naturaleza, a lo largo del proceso de transformación del suelo; cómo cada una de estas asociaciones modifica de modo peculiar al suelo y, por último, cómo de esta sucesión de asociaciones vegetales surge un solo y único proceso de formación del suelo.
La acción mutua de la causa y el efecto tiene una importancia extraordinaria en la investigación de los procesos de la vida social. Partiendo de la acción mutua dialéctica existente entre causa y efecto, el marxismo-leninismo ha descubierto la esencia de la acción mutua entre la economía y la política.
La filosofía y la sociología burguesas parten del supuesto de que la economía y la política son dos factores independientes el uno del otro.
El marxismo dice que la economía es el factor primario; es ella, efectivamente, la que engendra las ideas e instituciones políticas vigentes y da su contenido a la política. Ahora bien, aunque la política sea algo secundario o derivado con respecto a la economía, repercute, a su vez, indirectamente sobre ella. La política, señala Lenin, es la expresión concentrada de la economía. En la supraestructura política se expresa la dominación de una clase social, se afirma el imperio de determinadas relaciones de producción. Esto es precisamente lo que Lenin quiere decir cuando habla de primacía de la política sobre la economía.
Ahora bien, si el carácter primario de la economía con respecto a la política significa que las fuentes, las causas, de la política deben buscarse en la economía, la primacía de la política sobre la economía significa que la política juega un papel activo en el desempeño de las tareas económicas. Un poder político avanzado, apoyándose en las leyes objetivas y en las condiciones del desarrollo económico, puede contribuir a estimular los fenómenos económicos progresivos y a acelerar los avances económicos de la sociedad. No otra es la misión que cumple el poder revolucionario de la clase obrera, la dictadura del proletariado. Un poder político reaccionario, en cambio, frena el desarrollo de las fuerzas productivas, como puede verse claramente al analizarse la política que siguen, en la actualidad, los reaccionarios
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gobiernos burgueses.
La acción mutua de la causa y el efecto se manifiesta asimismo en la influencia que las ideas sociales ejercen sobre el desarrollo de la sociedad. Las fuentes de las ideas sociales —de las ideas económicas, políticas, filosóficas, jurídicas, etc.—, las causas de la aparición de estas ideas deben buscarse en las condiciones de vida material de la sociedad. La vida espiritual de la sociedad refleja su ser social; pero las ideas sociales ejercen, a su vez, una activa influencia sobre su causa, es decir, sobre el desarrollo de la vida material de la sociedad.
Las viejas ideas sociales, puestas al servicio de los intereses de las fuerzas caducas de la sociedad, se empeñan en conservar, defender y embellecer la base social ya sobrepasada por su época, frenando así el movimiento de avance de la sociedad. Las nuevas ideas y teorías, que reflejan, en cambio, las tareas planteadas por el desarrollo de la vida material de la sociedad, contribuyen a organizar y movilizar a las fuerzas de la clase revolucionaria, impulsando a la sociedad hacia adelante. “La teoría —dice Marx— se convierte en una fuerza material tan pronto como prende en las masas.”30
La gran significación de las ideas avanzadas, en cuanto a su capacidad de organización y transformación, puede verse en el ejemplo del propio marxismo-leninismo, arma teórica de los trabajadores en su lucha por la destrucción de las caducas relaciones capitalistas de producción y por la edificación del socialismo.
Los enemigos del marxismo han formulado y siguen formulando la absurda acusación de que el materialismo dialéctico desconoce el papel que las ideas desempeñan en el desarrollo de la sociedad y de que reduce, según ellos, todo el desarrollo social a la acción automática de la economía. Esta acusación nace tanto del desconocimiento del marxismo por los filósofos y sociólogos burgueses como de una tergiversación consciente de la filosofía marxista.
Engels, desenmascara a semejantes “críticos” del marxismo, al escribir: “Este modo de ver se basa en una representación vulgar, antidialéctica, de la causa y el efecto como dos polos fijamente opuestos, en un olvido absoluto del juego de acciones y reacciones. Que un factor histórico, una vez alumbrado... por hechos económicos, repercute a su vez sobre lo que le rodea, e incluso sobre sus propias causas, es cosa que olvidan, a veces muy intencionadamente, esos caballeros...”31
C. Marx y F. Engels, Obras completas, trad. rusa, 2' edición, t. I, pág. 422, Moscú, 1955.
C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, en dos tomos, trad. española, t. II. pág. 469, Moscú, 1955.
La causa y el efecto [V. Y. Blumberg]
El marxismo-leninismo lucha de un modo irreconciliable contra las deformaciones revisionistas del materialismo dialéctico, acomodadas al espíritu del materialismo vulgar y a la negación del papel que la conciencia social y las ideas desempeñan en el desarrollo de la sociedad. Poco después de la muerte de Marx y de Engels, los secuaces de Bernstein y Kautsky, que traicionaban los intereses de la clase obrera, empezaron a tergiversar el marxismo desde las posiciones del llamado materialismo económico. Pusieron en circulación la seudocientífica “teoría” de las fuerzas productivas, según la cual el desarrollo espontáneo de dichas fuerzas no sólo prepara las premisas materiales del socialismo, sino que conduce a éste en forma fatalmente inevitable sin necesidad de la revolución ni de la dictadura del proletariado. Los “economistas”, más tarde los mencheviques y, en el período soviético, los oportunistas de derecha defendieron esta teoría en Rusia. Todas estas corrientes políticas hostiles al marxismo-leninismo sostenían que la economía capitalista se va transformando pacífica y espontáneamente en socialista y que la clase obrera puede llegar a adquirir una conciencia socialista sólo y exclusivamente por la influencia del desarrollo económico, sin necesidad del trabajo de organización y de educación de un partido. Todas aquellas corrientes negaban la enorme significación de la teoría revolucionaria en la organización y movilización de las masas trabajadoras para el asalto al capitalismo y para la edificación de la sociedad socialista. Al Partido Comunista de la Unión Soviética y a su fundador V. I. Lenin corresponde el gran mérito de haber derrotado ideológicamente, aplicando en forma magistral la dialéctica materialista, a todos aquellos tergiversadores del marxismo y de haber defendido la pureza ideológica de la teoría marxista, a la par que mostrando su enorme significación transformadora.
El carácter dialéctico de la relación causal se expresa, por tanto, en que depende de las condiciones concretas, en la continua transformación de la causa en efecto y de éste en causa a lo largo del proceso de desarrollo de la materia, en la acción mutua que los distintos nexos causales ejercen entre sí al surgir un fenómeno y en la repercusión inversa del efecto sobre la causa. La relación de causa a efecto constituye una de las formas concretas que reviste la contradicción dialéctica.
Las categorías de causa y efecto, que descubren el origen de los fenómenos concretos, representan un arma teórica valiosísima en la actividad práctica y científica.
No es posible explicar ni prever los fenómenos sin establecer los
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nexos causales. El conocimiento científico arranca del estudio de los hechos concretos y de la fijación de las conexiones causales que entre ellos existen. La determinación de las relaciones causales y, más tarde, su confrontación y comprobación, la distinción de los nexos causales que tienen un carácter de masa, estable, que se repiten y presentan con un carácter de necesidad, constituye una fase muy importante de la investigación encaminada al descubrimiento de las leyes de la naturaleza y de la sociedad.
Caracterizando las categorías de causa y efecto como el momento primordial del conocimiento de la interdependencia entre los fenómenos, dice Lenin: “... de la coexistencia a la causalidad y de una forma de conexión e interdependencia a otra, más profunda y más general”.32
La síntesis de la experiencia del desarrollo de todas las ciencias y de la actividad práctica histórico-social en su totalidad en las categorías filosóficas de causa a efecto, nos infunde la certeza de que también serán descubiertas las conexiones causales que hasta ahora nos son desconocidas o resultan aún oscuras. La teoría dialéctica materialista de la causalidad, al fundamentar el carácter universal del condicionamiento causal entre los fenómenos, impulsa el desarrollo de la ciencia en la dirección de conocer nuevas y nuevas relaciones causales y de servirse de ellas en beneficio de la sociedad humana.
La concepción dialéctica materialista de la causalidad permite valorar acertadamente el conocimiento científico-natural del mundo, poner de relieve el contenido de los conceptos y teorías de las ciencias de la naturaleza y comprender también cuál es el camino para ir desarrollando más y más, constantemente, las ciencias naturales y superar las limitaciones de las teorías existentes.
Así, por ejemplo, los hombres de ciencia soviéticos K. V. Nikolski, D. I. Blojintsev, Y. P. Terletski, M. E. Omelianovski y otros, basándose en la teoría materialista dialéctica de la causalidad, han propuesto una interpretación acertada del contenido y de los conceptos fundamentales de la mecánica cuántica, es decir, de la teoría física que estudia el movimiento de las micropartículas — átomos, electrones, protones, neutrones, etc.—., así como la estructura de la envoltura electrónica del átomo. Estos hombres de ciencia han demostrado que la mecánica cuántica no penetra en todos los detalles del movimiento de una partícula aislada, ya que no toma en cuenta todo el conjunto de causas, que influyen en su movimiento.
La mecánica cuántica refleja solamente algunos rasgos esenciales,
32 V. T. Lenin, Cuadernos filosóficos, ed. rusa, pág. 193.
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inherentes a los movimientos de una multitud de partículas de un tipo dado y condicionados por la acción de causas comunes a todas las partículas, que registran los instrumentos de la mecánica cuántica, como, por-ejemplo, un campo de fuerza de determinado tipo. Sin embargo, la mecánica cuántica prescinde de una serie de factores variables, que determinan la desviación de un proceso individual respecto de otro cuando operan las mismas causas comunes y las mismas condiciones.
En la actualidad, los hombres de ciencia soviéticos a la par con algunos extranjeros, como Louis de Broglie, D. Bohm y Jean Vigier, discuten la posibilidad de crear una teoría que abarque un círculo más amplio de las causas que influyen en el movimiento de las micropartículas y refleje el movimiento de una partícula aislada más detalladamente que la mecánica cuántica. Los físicos soviéticos y algunos extranjeros, fundándose en el principio de causalidad, han puesto al desnudo la absoluta inconsistencia de las tergiversaciones de la mecánica cuántica por los idealistas “físicos”; estos últimos, como ya se ha dicho antes, ignorando el hecho de que en la mecánica cuántica las causas no pueden ser registradas plenamente, se esfuerzan en demostrar que este tipo de mecánica pone de manifiesto la indeterminación de los procesos atómicos.
Las tesis de la teoría dialéctica materialista de la causalidad referentes a la diversidad, desigualdad y -acción mutua de los nexos causales en la determinación del efecto, reviste gran importancia para la actividad práctica humana, orientada hacia un determinado fin, en la transformación de la naturaleza y de las relaciones sociales. Esas tesis de la dialéctica materialista nos descubren la posibilidad de establecer, en la actividad práctica humana, las acciones mutuas entre las relaciones causales necesarias para resolver tareas concretas señaladas.
Los fines que se trazan los hombres expresan idealmente una situación que todavía no se da en la naturaleza o en la vida social y que debe alcanzarse mediante la transformación de la ya existente, de su desarrollo futuro. Esta transformación se lleva a cabo por la acción que el hombre ejerce sobre los objetos de la naturaleza mediante los instrumentos de trabajo o por la influencia que unos hombres ejercen sobre otros en la sociedad, como resultado de los procesos productivos materiales y de la actividad social.
Los fines de los hombres nacen de la realidad y, al mismo tiempo, entran en oposición con ella. La causalidad, la necesidad es lo primario; la actividad orientada hacia un determinado fin, en cambio, lo derivado; refleja en la conciencia la acción mutua entre los nexos causales, en la que la actividad material del hombre se presenta como la causa esencial,
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que provoca determinada modificación de la realidad.
Toda la cultura material humana desde los objetos de uso doméstico hasta las máquinas electrónicas de calcular y las centrales eléctricas atómicas ha sido creada por obra de la combinación de nexos causales de la naturaleza. Dicha cultura se distingue esencialmente del medio geográfico natural, sin que se halle, al mismo tiempo, desligada de él, ya que surge sobre la base de la misma naturaleza.
El hombre encuentra en la naturaleza las sustancias que le sirven de punto de apoyo para crear todos los objetos de la cultura material y combina las relaciones causales entre los fenómenos, que existen objetiva e independientemente de su conciencia para provocar nuevos efectos, que por sí solos no se producen en la naturaleza. Tanto la actividad material productiva del hombre como su actividad político-social ofrecen un incalculable número de ejemplos de esa combinación, orientada a un fin, de relaciones causales objetivas.
La obtención de nuevas variedades de plantas y de razas animales se basa en una combinación intencional de las causas que deben provocar el cambio deseado en los caracteres adquiridos por herencia.
Toda la actividad del Partido Comunista de la Unión Soviética representa un ejemplo de profunda investigación de las relaciones causales en la vida social y de su utilización en beneficio del pueblo.
El Partido de los comunistas soviéticos, a lo largo de su gloriosa historia de más de medio siglo, ha descubierto y sigue descubriendo las causas objetivas y subjetivas de los diferentes fenómenos sociales y ha establecido y continúa estableciendo la importancia que estas causas encierran para la lucha de los trabajadores por el socialismo y el comunismo.
Pero el Partido no se contenta con registrar las causas de los fenómenos sociales. Además de ello, organiza la actividad política y el trabajo de las masas populares, formadas por muchos millones de ciudadanos, con el fin de intensificar, fortalecer o extender sistemáticamente —de acuerdo con las necesidades— los fenómenos que contribuyen a nuestro progreso y que provocan los efectos necesarios para llevar a cabo venturosamente la edificación del comunismo, y con el fin también de debilitar los procesos regresivos.
Un ejemplo de profunda comprensión de las relaciones causales en el desarrollo económico del país soviético y de una acertada distinción de las relaciones causales esenciales, decisivas, lo tenemos en la lucha sostenida por nuestro Partido en pro de la orientación leninista del desarrollo preferente de la industria pesada. V. I. Lenin nos ha enseñado que no se puede asegurar la reproducción socialista ampliada sin la elevación preferente de la industria pesada, en todas las etapas de la
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edificación comunista. Si la industria pesada, en su desarrollo, no se pone a la cabeza, será imposible el desarrollo gradual de las fuerzas productivas, la elevación inquebrantable de la productividad del trabajo, la indestructible capacidad defensiva del país y el auge ininterrumpido del bienestar del pueblo.
El Partido ha dado un rotundo mentís a los teorizantes, empeñados en demostrar que se podía renunciar, en una determinada fase del desarrollo de la sociedad socialista, al ritmo de vanguardia de la industria pesada. Las directrices del XX Congreso del P.C.U.S. para el sexto plan quinquenal de fomento de la economía nacional de la U.R.S.S. prevén un aumento del 70 por 100, en la producción de medios de producción, dentro de una elevación general de la producción industrial del 65 por 100 aproximadamente.
El XX Congreso ha señalado al mismo tiempo que el nivel de la producción social alcanzado en la actualidad permite desarrollar, a un ritmo acelerado, no sólo la producción de medios de producción, sino también la de objetos de amplio consumo.
El Pleno del C.C. del P.C.U.S., celebrado en septiembre de 1953, al señalar los éxitos logrados por el régimen koljosiano en la U.R.S.S., descubrió al mismo tiempo, con toda profundidad, las causas de que el nivel de la producción agrícola en su conjunto sea aún insuficiente y de que algunas de sus ramas muy importantes marchen a la zaga. Las causas objetivas de este retraso se han encontrado en el hecho de que no hemos podido desarrollar con la misma rapidez todas las ramas de la economía nacional. Hubo un período en que nos vimos obligados a consagrar las fuerzas y los medios fundamentales, así como los mejores especialistas, a desarrollar por todos los medios la industria pesada. En la resolución del Pleno de septiembre de 1953 del C.C. del P.C.U.S. se ponen al descubierto también, con todo detalle, las causas subjetivas del mencionado retraso: la infracción del principio de interesar materialmente a los koljosianos en el desarrollo de la economía nacional, en el aumento de sus ingresos; el deficiente empleo del poderoso equipo técnico proporcionado por el Estado socialista; las fallas del trabajo de dirección por parte de los órganos del Partido y de las organizaciones soviéticas y agrícolas en los koljoses, Estaciones de Máquinas y Tractores y sovjoses; la mala organización del trabajo, la débil disciplina y la actitud negligente hacia los bienes koljosianos en una serie de koljoses.
Una vez descubiertas las causas del retraso con que se marchaba en la agricultura, el Partido adoptó y puso en práctica, en los últimos años, todo un conjunto de medidas, encaminadas a lograr un ascenso vertical en la producción agrícola.
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La tesis materialista dialéctica acerca de la acción mutua de la causa y el efecto y de la repercusión del efecto sobre la causa que lo ha engendrado, encierra una enorme significación para la actividad práctica. Lenin, en un artículo suyo, muy conocido, que lleva por título Sobre nuestra revolución, desenmascaraba implacablemente el modo
escolástico de argumentar de los “pequeño-burgueses socialdemócratas”, que aseguraban que Rusia no podía llegar al socialismo. Lenin escribía a este propósito: “Ustedes dicen que para crear el socialismo hace falta civilizarse. Eso está muy bien. Pero ¿por qué no podemos sentar primero las premisas para civilizarnos, expulsando a los terratenientes y a los capitalistas rusos, para iniciar después el movimiento hacia el socialismo?33
Como vemos, Lenin fundamentó, basándose en la interdependencia dialéctica entre la causa y el efecto, una tesis importantísima para la actividad de todos los partidos marxistas. Se trata de la tesis de 3ue la
elevación cultural de la clase obrera se acelera inmensamente después de ser derrocado el poder de las clases explotadoras y de que la victoria de la revolución socialista —efecto de la actividad revolucionaria de la clase obrera —ejerce una vigorosa influencia transformadora sobre el proletariado revolucionario.
Toda la historia del poder soviético en nuestro país, así como la práctica social de los países europeos de democracia popular de la República Popular China, de la República Democrático-Popular de Corea y de la República Democrática de Viet-Nam, demuestra el profundo contenido de esta previsión de Lenin.
Las categorías de causa y efecto constituyen un instrumento necesario de toda investigación científica y de toda actividad práctica. La teoría filosófica de las relaciones de causa a efecto, elaborada por el materialismo dialéctico, al descubrir los rasgos más generales y esenciales de todo nexo causal en la naturaleza y en la sociedad, contribuye a elevar la actividad y la iniciativa creadora de los ciudadanos soviéticos en cualquier sector de trabajo y constituye, al mismo tiempo, un arma espiritual de las masas en su lucha por el comunismo.
V. I. Lenta, Obras completas ed. rusa, t. XXXIII, pág. 439.
CAPITULO IV
NECESIDAD Y CASUALIDAD
Definición de la necesidad y de la casualidad; su carácter objetivo
La filosofía idealista, tanto en el período anterior a Marx como en la actualidad, ha negado y sigue negando el carácter objetivo de la necesidad y de la casualidad, su existencia independiente de la voluntad y de la conciencia del hombre. Los filósofos idealistas derivan estas categorías de la “idea absoluta”, de la razón, de la conciencia, de principios divinos preestablecidos, etc. Así, por ejemplo, David Hume, idealista subjetivo del siglo XVIII, consideraba que la necesidad era una categoría puramente subjetiva, producto del hábito creado por la reiterada observación de los fenómenos. Según el filósofo inglés, la idea de la necesidad surge, por oposición a la de casualidad, de las impresiones que los hombres reciben al observar que los objetos o cosas se suceden los unos a los otros, colocados en una dependencia causal directa.
Para Kant, las categorías de necesidad y casualidad, como las demás categorías, son conceptos fundamentales del entendimiento, es decir, la forma “a priori” (no derivada de la experiencia) del fenómeno. En la filosofía kantiana, la necesidad y la causalidad son también categorías subjetivas.
La filosofía de Mach da una solución parecida a la de Hume y Kant en el problema de las categorías de necesidad y casualidad, al sostener que no existe más necesidad que la necesidad lógica. John Dewey, máximo exponente de la corriente pragmatista, plantea en el mismo terreno el problema de las citadas categorías. También él sostiene que todas las categorías, entre ellas las de necesidad y casualidad, son puramente subjetivas, tanto por su contenido como por su carácter.
Y no sólo los idealistas subjetivos dan una solución desacertada ai problema de las categorías de necesidad y casualidad. Para los idealistas
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objetivos, como Hegel, por ejemplo, estas categorías, lo mismo que las demás, son determinaciones del “espíritu universal”, de la “conciencia divina”, considerados en su ser “antes de la creación del mundo”, “antes de la naturaleza”. Con Hegel, dice Engels, los conceptos lógicos se presentan “como algo preexistente y la dialéctica del mundo real se torna su simple reflejo. Pero la verdad es lo contrario: la dialéctica del pensamiento sólo es el reflejo de las formas del movimiento del mundo real, tanto en la naturaleza como en la historia”.1
Hegel, sin embargo, ha aportado valiosas ideas al estudio de las categorías de necesidad y de casualidad. Lo que es necesario, dice el filósofo alemán, no puede ser de otro modo, ya que tiene su causa en las cosas mismas, en los procesos mismos. Lo casual, por oposición a lo necesario, carece de fundamento, ya que es casual, pero cabalmente por serlo tiene también cierto fundamento. La tesis hegeliana de que lo casual carece de fundamento significa que el fenómeno, considerado como casual, no puede explicarse por su propio fundamento interno, por el desarrollo de la cosa misma. Su afirmación de que lo casual tiene cierto fundamento significa que el fenómeno considerado como casual puede explicarse, sin embargo, por otro fundamento, por el fundamento externo, contenido en otros fenómenos o en otras cosas. Ahora bien, aunque no dejemos de reconocer los aspectos positivos de la tesis de Hegel sobre la necesidad y la casualidad, debemos tener presente que el filósofo alemán concibió de modo idealista la esencia de éstas, al igual que las de otras categorías.
Los idealistas objetivos actuales que siguen la doctrina del personalismo, como Flewelling y Brightman, niegan la necesidad y admiten la casualidad, pero sólo ven en esta última un producto de la voluntad divina.
Los materialistas anteriores a Marx, a diferencia de los filósofos del idealismo, admitían el fundamento material de la categoría de necesidad, así como su carácter objetivo. En cambio, consideraban, en general, como una categoría subjetiva la categoría de casualidad.
Demócrito, filósofo materialista griego, definía la casualidad como lo que carece de causa determinada; para dicho filósofo, la casualidad era una categoría subjetiva, que encubría simplemente la ignorancia humana.
Los materialistas mecanicistas no diferían mucho de Demócrito en cuanto al modo de entender la necesidad y la casualidad. En su gran mayoría, pensaban que cuanto existe en la naturaleza debe su existencia a la necesidad y que lo que llamamos casualidad representa solamente
F. Engels, Dialéctica de la naturaleza, trad. rusa, pág. 160, Moscú, 1955.
Necesidad y casualidad [N. V. Pilipenko]
la ignorancia de las causas. Esta concepción de la casualidad se expresa con más claridad en las teorías del materialista holandés Spinoza, del materialista inglés Hobbes y de los materialistas franceses del siglo XVIII.
Spinoza dice en su Etica que en las cosas no existe absolutamente nada que pueda llamarse casual. Y si alguien considera que se dan fenómenos casuales, ello se debe exclusivamente al desconocimiento de las causas que los provocan. Sólo la imperfección de nuestros conocimientos hace que consideremos un fenómeno como casual, pero basta que profundicemos en ellos para que se revelen las causas de los fenómenos y desaparezca esta casualidad ficticia.
Hobbes y la mayoría de los materialistas franceses del XVIII sostenían, como Spinoza, que nada sucede casualmente en la naturaleza y que en ella todo responde a causas necesarias. Los hombres consideran los fenómenos como casuales cuando no aciertan a descubrir los nexos existentes entre ellos y sus causas.
“Nada puede suceder casualmente en la naturaleza —dice Holbach—; todo discurre con sujeción a determinadas leyes... Un átomo material no se encuentra por casualidad con otro átomo, sino que este encuentro se realiza necesariamente con arreglo a leyes inmutables, bajo la acción de las cuales cada cuerpo se ve obligado a obrar como obra, sin que pueda hacerlo de otra manera, en las condiciones dadas. Hablar de una combinación casual de átomos o atribuirles algunos efectos casuales, equivale a ignorar las leyes...”2
¿A qué ha conducido y conduce semejante modo de entender la casualidad y la necesidad? La negación del carácter objetivo de la casualidad y la afirmación de que todos los fenómenos revisten un carácter necesario conduce a la tesis de que todo el desarrollo de la naturaleza y de la sociedad discurre conforme a un plan preestablecido. “La misma necesidad, que dirige los movimientos del mundo físico — escribe Holbach—, dirige también los movimientos del mundo del espíritu, en el que, por consiguiente, todo está sujeto a la fatalidad”.3
En semejante concepción de la necesidad y de la casualidad se rebaja el valor de la actividad práctica intencional del hombre encaminada a modificar y transformar el mundo material, sirviendo así sus propios intereses; en este modo de abordar la realidad, el hombre se convierte en juguete del destino, de la fatalidad. Los filósofos idealistas ponen a su servicio la concepción fatalista de la necesidad, que, a fin de cuentas, conduce al idealismo, a la admisión de fuerzas sobrenaturales.
P. Holbach, Obras escogidas antirreligiosas, trad. rusa, t. I. pág. 55, Moscú,
P. Holbach, Sistema de la naturaleza, trad. rusa, pág. 151, Moscú, 1940.
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El concepto del destino se vincula, frecuentemente, al del “mandato” divino.
La admisión exclusiva de la necesidad y la negación de la casualidad conduce a reducir la necesidad a una pura contingencia. Así, por ejemplo, Holbach encuentra a veces la causa necesaria de determinados acontecimientos históricos en hechos tales como los arrebatos de cólera de un fanático, la inflamación de la sangre de un conquistador, la mala digestión de un rey o los caprichos de una mujer.
Engels puso al desnudo la inconsistencia de semejante concepción de la casualidad y de la necesidad. “Si el hecho de que una vaina de guisante contenga seis guisantes en vez de cinco o siete — escribe Engels — es del mismo orden que la ley del movimiento del sistema solar o la ley de la transformación de la energía, es evidente que la casualidad no se eleva con ello al rango de la necesidad, sino que se rebaja ésta al nivel de la casualidad”.4
La concepción de la necesidad adoptada por los materialistas mecanicistas encaminó a la ciencia por el derrotero del estudio de las cualidades accidentales y superficiales de los fenómenos, los objetos y los cuerpos, apartándola de la investigación de los nexos esenciales, internos, de los fenómenos mismos y entre los fenómenos del mundo material y alejándola, asimismo, del estudio de las leyes que rigen en su desarrollo. Ahora bien, sin admitir y estudiar estas leyes, la ciencia no puede existir ni desarrollarse.
Entre los materialistas mecanicistas había también algunos que exageraban el valor de la contingencia, rebajando el papel que desempeña la necesidad. Así, el materialista francés Helvecio sostenía que los acontecimientos de nuestra vida son, con frecuencia, producto de casualidades insignificantes. La aparición de las grandes personalidades, los descubrimientos llevados a cabo en el campo del arte o de la ciencia son, según Helvecio, fruto de la acción de hechos fortuitos. Todas las ciencias se hallan subordinadas por igual al imperio de la casualidad.5
La sobreestimación del papel que desempeña la casualidad en el desarrollo de la vida social ha sido también propia de muchos ideólogos idealistas, particularmente los populistas rusos, para quienes la historia humana no era más que un conglomerado caótico de hechos fortuitos.
Concepciones semejantes, en las que se exagera el papel de la casualidad, son compartidas por muchos filósofos, sociólogos y algunos
F. Engels, Dialéctica de la naturaleza, trad. rusa, pág. 175.
K. A. Helvecio, El hombre, sus facultades intelectuales y su educación, traducción rusa, págs. 17, 135, Moscú, 1938.
Necesidad y casualidad [N. V. Pilipenko]
investigadores burgueses de la naturaleza que solamente ven la acción de la casualidad en cualquier fenómeno, desplazando por completo a la necesidad. Así, según el filósofo idealista norteamericano George Santayana, la sociedad es un caos de contingencias, en el que reina lo irracional. Y, en opinión del pensador norteamericano Flewelling, que comparte las concepciones idealistas del personalismo, en el mundo todo sucede en forma inesperada y casual.
Los idealistas “físicos”, como Jordán, Jeans y otros, pugnan por demostrar que los procesos del microcosmos son absolutamente casuales, por su propia naturaleza, y que toda forma de necesidad se halla excluida de los movimientos de las partículas materiales más diminutas —átomos, electrones, protones, etc.—. A ello hay que agregar que los idealistas “físicos” conciben la casualidad como la ausencia de causa, como algo sobrenatural o como el “libre albedrío” de las micropartículas. En la biología és también característico de los morganistas-mendelistas el estudio de los fenómenos de la naturaleza como puramente casuales.
Al sustituir la necesidad por la casualidad, a los ideólogos burgueses de nuestro tiempo les guía la mira de tergiversar la verdadera misión de la ciencia, que es la de estudiar las leyes que rigen objetivamente, y el afán de desviarla por el camino del oscurantismo y de convertirla en soporte de la religión e instrumento de defensa del orden capitalista. En efecto, reconocer que la necesidad y la sujeción a leyes son categorías objetivas, significa reconocer que el proceso histórico se halla también sujeto a leyes; significa admitir que el capitalismo es, históricamente, algo transitorio y que la victoria del comunismo es un fenómeno regido por leyes e inevitable. Algunos científicos burgueses intentan fundamentar la eternidad de la democracia burguesa basándose en el hecho de que en el microcosmos domina, según ellos, la casualidad.
El materialismo dialéctico ha dado, por vez primera, una solución científica al problema de la necesidad y de la casualidad. Sintetizando los datos proporcionados por el desarrollo secular de la práctica histórico-social de la humanidad y de todas las ciencias de la naturaleza y de la sociedad, llega a la conclusión de que los procesos y acontecimientos fundamentales del mundo material se producen en virtud de la necesidad.
A la par que la necesidad e indisolublemente vinculada a ella, existe también la casualidad. Una y otra existen objetivamente en la naturaleza y en la sociedad, es decir, al margen e independientemente de la conciencia y de la voluntad de los hombres, pero bien entendido que tanto la necesidad como la casualidad se hallan causalmente condicionadas.
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Las categorías de la necesidad y la casualidad son, al mismo tiempo, categorías del ser y del conocimiento. Categorías del ser porque expresan determinados aspectos y nexos del ser mismo, de la realidad efectiva. Y, al mismo tiempo, categorías del conocimiento porque éste no se halla desvinculado del ser, de la realidad efectiva, sino que constituye su reflejo. La ciencia conoce el mundo objetivo a través de estas categorías.
El materialismo dialéctico entiende por necesidad lo que tiene su causa en si mismo, lo que se desprende inevitablemente y con fuerza de ley de la esencia misma, de los nexos internos de las cosas, de los procesos y acontecimientos; lo que ha de suceder, forzosamente, asi y no de otro modo.
Engels entendía que el intercambio de sustancias es algo necesarip para los seres vivos, ya que se desprende de la esencia de la vida misma, pues sin intercambio de sustancias la vida sería imposible.
Lenin, hablando del auge revolucionario de las masas trabajadoras rusas en los años de 1910 a 1912, expresado en el aumento del número de paros, de manifestaciones, mítines obreros y huelgas estudiantiles, decía que “en este auge no hay nada casual; se Éiroduce de un modo absolutamente sujeto a leyes y se halla inevitablemente condicionado por todo el desarrollo anterior de Rusia”.6
Poniendo de relieve el carácter históricamente necesario de la división entre la ciudad y el campo, la contraposición entre la una y el otro, y la explotación del campo por la ciudad, en las condiciones del capitalismo en desarrollo, Lenin señala que “el predominio de la ciudad sobre el campo, tanto en la esfera económica, política e intelectual como en todas las demás, constituye un fenómeno general e inevitable de todos los países con producción mercantil y capitalismo...”7
En el XX Congreso del P.C.U.S. se ha subrayado, con toda fuerza, que la coexistencia pacífica entre los dos sistemas sociales —el capitalista y el socialista— es una necesidad objetiva, un fenómeno sujeto a las leyes de la historia. Es una necesidad, porque el paso del capitalismo al socialismo no puede realizarse simultáneamente en todos los países.
Como las premisas para pasar del capitalismo al socialismo no maduran al mismo tiempo en los diversos países, y éstos no se desgajan simultáneamente del sistema capitalista, es inevitable que, durante un tiempo relativamente largo, coexistan los estados capitalistas y los socialistas.
V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XVIII, pág. 86.
V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. II, pág. 207 (cursivo del autor)
Necesidad y casualidad [N. V. Pilipenko]
La casualidad es lo que tiene su fundamento y causa fuera de si, en otra cosa, no en si mismo, ni en la esencia de los fenómenos, de los procesos, de los hechos mismos, ni de las cosas; es lo que se desprende de los nexos accidentales o externos, no de los nexos y vínculos internos, y lo que, en virtud de ello, puede ser o no ser, lo que puede suceder así o de otro modo.
Engels aduce una serie de ejemplos de hechos casuales en el desarrollo de la naturaleza. Así, para un animal es casual el lugar donde nace, el medio ambiente en que se encuentra para vivir, los enemigos que se le enfrentan y el número de ellos que le amenaza. Del mismo modo, para la planta madre es casual hacia dónde dispersa el viento la semilla, como es casual también para la planta hija dónde halla el grano el terreno en que germina. “La abigarrada acumulación de los objetos naturales más diversos — escribe Engels — en un lugar dado, o incluso en toda la tierra sigue siendo, pese a su primitiva determinación inmemorial... algo casual”.8
Los datos de la ciencia y de la práctica demuestran que la casualidad se presenta también como el punto de intersección de diferentes procesos causalmente necesarios.
Así, por ejemplo, el granizo puede poner fin al crecimiento de una planta y destruirla. En este caso, el encuentro de la planta con el granizo, provocado por determinadas causas, es casual con relación a las leyes biológicas que rigen el crecimiento de la planta.
Y lo mismo puede apreciarse en los fenómenos sociales. La aparición de una gran personalidad en la historia es algo necesario, provocado por el hecho de que la sociedad tiene que resolver tareas ya inaplazables. Sin embargo, el que la personalidad dada sea concretamente ésta o la otra es ya algo casual con respecto a la necesidad histórica, pues ello no se deduce del curso general del proceso histórico, sino que depende directamente de una serie de acontecimientos que ponen a tal o cual personalidad a la cabeza del movimiento social.
Engels escribe, a este respecto, refiriéndose a los llamados grandes hombres: “El hecho de que surja uno de éstos, precisamente éste y en un momento y en un país determinados, es, naturalmente, una pura casualidad. Pero si lo suprimimos, se planteará la necesidad de reemplazarlo, y aparecerá un sustituto, más o menos bueno, pero a la larga aparecerá”.9
Por tanto, la necesidad y la casualidad son fenómenos objetivos, que
F. Engels, Dialéctica de la naturaleza, trad. rusa, pág. 174.
C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, en dos tomos, trad. española, t. II, pág. 475, Moscú.
Necesidad y casualidad [N. V. Pilipenko] 131
tienen sus propias causas. Las causas de la necesidad radican en los nexos profundos, esenciales, de un proceso o acontecimiento dados. Las causas de la casualidad radican, en cambio, en los nexos externos, no esenciales, de los procesos, de los acontecimientos.
Dialéctica de la necesidad y de la casualidad
La filosofía anterior a Marx no podía resolver tampoco científicamente el problema de las relaciones mutuas entre la necesidad y la casualidad.
Al hablar de los antiguos materialistas, hay que señalar que, junto a los deterministas mecanicistas, que negaban la existencia de la casualidad y que, en esencia, reducían la necesidad a la casualidad, había también otra corriente metafísica, a la que se adhirieron muchos 'investigadores de la naturaleza. Esta corriente establecía un divorcio entre la necesidad y la casualidad, considerándolas como conceptos que se excluían el uno al otro. Los fenómenos, relaciones y procesos eran considerados como casuales o necesarios, pero nunca ambas cosas a la vez.
Hegel intentó superar las insuficiencias de las concepciones materialistas metafísicas, que contraponían recíprocamente la necesidad y la casualidad. Le corresponde el mérito indiscutible de haber fundamentado las mutuas relaciones entre la necesidad y la casualidad, sentando la tesis de que ambas se hallan mutuamente vinculadas, de que pueden transformarse la una en la otra y de que la necesidad se manifiesta a través de la casualidad. Sin embargo, Hegel resolvió el problema de la dialéctica de ambas categorías sobre una base idealista.
Los demócratas revolucionarios rusos intentaron también resolver el problema de las relaciones entre la necesidad y la casualidad. Algunos de ellos, como Herzen, Belinski y Dobroliubov, pugnaron por demostrar el nexo existente entre estas categorías y el papel que desempeña cada una de ellas. Es importante asimismo el hecho de que esos pensadores concedieran una significación decisiva a la necesidad en el proceso histórico.
Belinski decía que la casualidad había desempeñado un papel importante en el hecho de que Pedro I construyera Petersburgo a orillas del río Neva. Pudo construir Petersburgo donde ahora se halla enclavado Shluselburgo y pudo también sencillamente no haberlo construido, convirtiendo a Reval o Riga en la capital del país. Pero, independientemente de esto, era necesario que Rusia tuviese una salida al Mar Báltico y que dispusiera de un medio fácil y cómodo de
Necesidad y casualidad [N. V. Pilipenko]
comunicación con Europa.10 Vemos claramente, en este ejemplo, que Belinski consideraba una casualidad dada como expresión de la necesidad histórica.
Dobroliubov señalaba que la marcha de la historia de los pueblos depende de ciertas leyes. Sólo la más extrema ignorancia, decía, puede considerar las reformas de Pedro I como resultado de la voluntad caprichosa de este hombre. Ninguna persona, que piense puede dejar de ver en ellas la consecuencia natural de la historia anterior de Rusia.11 A.
I. Herzen formuló algunas ideas de gran interés acerca de las relaciones mutuas, dialécticas, entre la necesidad y la casualidad.
El hecho de que la gran mayoría de los filósofos y sociólogos anteriores a Marx no pudieran plantear y menos aún resolver el problema de la interdependencia entre la necesidad y la casualidad se debía, en grado considerable, a que al explicar los fenómenos de la vida social no abandonaban el punto de vista idealista. Sostenían, en efecto, que en la sociedad todo depende del carácter peculiar de las personalidades históricas, que se hallan al frente del estado o a la cabeza del movimiento histórico; de los diversos motivos ideales que las impulsan, de su idea preconcebida o escogida, etc.
Esto puede verse claramente, para poner solamente estos ejemplos, en la doctrina del historiador inglés Carlyle o de los jóvenes hegelianos de Alemania, que defendían la teoría idealista “de los héroes y de la multitud”, negando el papel que las masas populares desempeñan en la historia como los verdaderos creadores de los bienes materiales y espirituales y exagerando el papel de las grandes personalidades, de los hombres que piensan “críticamente” —legisladores, reyes, emperadores, caudillos militares, sabios, inventores —a los que consideraban como los verdaderos forjadores de la historia.
Por oposición a la metafísica, que establece un divorcio entre la casualidad y la necesidad y las considera como conceptos que se excluyen recíprocamente, el materialismo dialéctico parte del principio de que la casualidad y la necesidad se hallan sujetas a una interdependencia dialéctica. La conexión e interdependencia entre ambas categorías se hallan determinadas directamente por el carácter dialéctico de los aspectos de la realidad, que se reflejan en ellas. En efecto, la realidad misma es un todo único; toda ella en su conjunto, como cada uno de sus aspectos en particular, se halla en movimiento, en desarrollo, y pasan de un estado a otro. De esto se infiere que también
V. G. Belinski, Obras, en tres tomos, ed. rusa, t. III, pág. 648, Moscú, 1948.
N. A. Dobroliubov, Obras completas, <n seis tomos, ed. rusa, t. III. págs. 259-260, Moscú, 1956.
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las categorías, en las que se reflejan determinados aspectos de la realidad, deben ser flexibles y móviles; deben transformarse las unas en las otras y hallarse vinculadas entre sí. La necesidad y la casualidad, como las demás categorías, constituyen una identidad a través de las diferencias, una unidad de contrarios.
La dialéctica de la necesidad y de la casualidad se expresa, ante todo, en el hecho de que forman una unidad, se hallan en una mutua conexión. No existe la necesidad pura, como tampoco existe la casualidad pura; la necesidad, en mayor o menor grado, se halla ligada a la casualidad, en tanto que ésta se encuentra unidad a la necesidad.
En el fragmento Sobre el problema de la dialéctica, Lenin señala que ya en el juicio “Juan es un hombre” se pone de manifiesto la unidad de la necesidad y de la casualidad. En este juicio, la necesidad se expresa en el hecho de que a Juan, en cuanto representante singular del género humano, le son inherentes necesariamente las cualidades esenciales de todo el género. Pero sus rasgos individuales —su talla, su carácter, el color de sus ojos, etc.— son rasgos casuales respecto al género humano; son rasgos propios y exclusivos suyos, que permiten distinguirlo de otros hombres.
Tomemos otro ejemplo. Es sabido que la vida social se desarrolla en virtud de la necesidad y con sujeción a leyes. Pero el desarrollo social se manifiesta al mismo tiempo en la actividad de hombres, dotados de caracteres y rasgos diferentes, que son casuales con resKo a la historia de la sociedad. De esto se deduce que la necesidad
África se entrelaza siempre con la casualidad. Por eso dice Marx que “la historia tendría un carácter muy místico si las “casualidades” no desempeñasen ningún papel. Como es natural, las casualidades forman parte del curso general del desarrollo y son compensadas por otras casualidades”.12
La conexión mutua entre la necesidad y la casualidad se expresa, asimismo, en el hecho de que la casualidad enriquece a la necesidad y es una forma de manifestarse ésta.
Así lo pone de relieve, por ejemplo, el descubrimiento de la radiactividad por A. Becquerel. Cuando se dedicaba al estudio de las propiedades del uranio, el físico francés dejó un pedazo de mineral de uranio en el cajón de su escritorio, metido dentro de una cajita que contenía placas fotográficas. Al comenzar a revelarlas, observó que se había ennegrecido la parte de las placas sobre la que estaba el pedacito del mineral de uranio. Se vio, así, que el uranio emitía ciertas radiaciones invisibles, que atravesaban las paredes de la cajita y el papel
C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, en dos tomos, trad. española. t. II. Pág. 436.
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negro y que destruían el cloruro de plata de la emulsión. A este proceso de autorradiación se le dio el nombre de radiactividad.
El descubrimiento de la radiactividad realizado por Becquerel fue, por tanto, algo casual. Si el físico francés no hubiese dejado el mineral de uranio en el cajón de la mesa de su escritorio, no habría descubierto la radiación en las placas fotográficas. Pero, de no haberlo hecho él, otro sabio habría realizado este descubrimiento, pues la necesidad de descubrir el fenómeno de la radiactividad se hallaba ya en sazón para la ciencia de ese tiempo.
La necesidad se abre siempre paso a través de una serie de casualidades. Así, por ejemplo, dadas las condiciones externas de un gas (volumen que ocupa, presión ejercida sobre él, temperatura del medio ambiente), el movimiento de sus moléculas es extraordinariamente diverso y caótico. La expansión de las moléculas del gas y el choque con las paredes del recipiente hacen que el movimiento de cada molécula cambie constantemente. Sin embargo, como demuestra la experiencia, en determinadas condiciones, las moléculas se distribuyen de modo aproximadamente uniforme con arreglo al volumen; es decir, se alcanza una densidad rigurosamente determinada, y la energía cinética media de las moléculas adquiere un valor rigurosamente fijo. Esto último nos indica que las moléculas se distribuyen en el gas con mucha exactitud, con arreglo a sus velocidades; o, lo que es lo mismo, el número de moléculas, que tienen una magnitud fija de velocidad se mantiene aproximadamente constante, aunque el valor y la dirección de su velocidad cambien en todo momento para cada molécula, en particular.
En el presente caso, las condiciones externas estables determinan, necesariamente, cierta distribución de las moléculas con arreglo al volumen y a la velocidad; pero, con esta distribución, se fijan los valores de magnitudes como la presión, la densidad, la temperatura y otras, que en conjunto caracterizan el estado termodinámico del gas. Sin embargo, la posición que ocupe cada molécula y la velocidad que alcance en un momento dado no son esenciales para establecer las magnitudes termodinámicas; para ello, sólo importa el número de moléculas existentes en un volumen dado y el número de ellas que poseen determinada velocidad.
Todas las combinaciones moleculares, que arrojan la misma distribución de las partículas tanto por el volumen como por la velocidad, se presentan como hechos casuales a través de los cuales se da el estado termodinámico necesario. Así, pues, el estado termodinámico de un gas que se presenta necesariamente en unas condiciones externas dadas surge a través de una multitud de
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combinaciones diversas de movimientos moleculares; estas combinaciones son casuales con respecto a las condiciones externas.
La tesis de que la necesidad se abre paso a través de una serie de casualidades puede ilustrarse también con ejemplos tomados de la teoría de Pavlov acerca de la actividad nerviosa superior. El reflejo condicionado se forma necesariamente cuando se asocian un reflejo incondicionado (por ejemplo, el reflejo salival que se produce durante la comida) a determinadas excitaciones de la corteza cerebral, provocadas por factores externos (sonidos, estímulos luminosos, acciones mecánicas, etc.). Por tanto, la formación de los reflejos condicionados salivales en el curso de la vida del animal puede considerarse como un hecho necesario, con fuerza de ley, si se tiene presente que en la vida de cada animal se da esa clase de asociación entre el acto de comer y otros actos concomitantes.
Ahora bien, el carácter necesario de la formación de los reflejos condicionados se pone de manifiesto a través de una gran cantidad de casualidades: en unos animales de la misma especie los reflejos salivales se forman antes que en otros; en unos se forman como reacción a unos estímulos condicionados, en otros surgen como reacción a otros distintos, en un tercer grupo de animales se producen simultáneamente ante unos y otros estímulos, etc. Las diferencias individuales que aparecen en la formación de los reflejos condicionados tienen, sin duda alguna, un carácter casual, ya que no se desprenden necesariamente de las leyes que rigen la formación de dichos reflejos. Pavlov subrayó el carácter casual de la formación de los reflejos condicionados en cada caso particular, al dar a esos reflejos el nombre de reflejos condicionados individuales, “ya que varían de un individuo a otro e incluso en el mismo individuo en diferentes momentos y en diversas condiciones”.13
Pongamos otro ejemplo. Junto al primer sistema de signalización de la realidad, que poseen tanto el hombre como los animales y que está constituido por las sensaciones, percepciones y representaciones recibidas del medio exterior circundante, ha aparecido y se ha perfeccionado, paralelamente al desarrollo del trabajo humano y de su vida social, el segundo sistema de signalización. Este sistema se halla formado por el lenguaje, es decir, por las palabras, que son señales de las primeras señales. Con el segundo sistema de signalización, surgió la capacidad de pensar por medio de conceptos, o lo que es lo mismo, el pensamiento abstracto del que carecen los animales. El segundo sistema de signalización ha surgido en el curso del desarrollo histórico del
I. P. Pavlov, Obras completas, ed. rusa, t. IV, pág. 39, Moscú-Leningrado, 1951.
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hombre como un hecho necesario; en cambio, el que estas “señales de señales” se expresen en unos pueblos con unas palabras y en otros con otras es ya algo casual.
La dialéctica de la necesidad y de la casualidad se expresa también en el hecho de que ambas categorías tienen un carácter relativo, es decir, que lo que en una relación se presenta como necesidad, en otra reviste el carácter de casualidad.
A mediados del siglo XIX, Marx y Engels descubrieron, independientemente el uno del otro, la concepción materialista de la historia. La necesidad histórica había hecho madurar este descubrimiento. El pensamiento había trabajado tesoneramente en esta dirección, como lo demuestran los trabajos de los historiadores franceses Thierry, Mignet, Guizot y la obra de Morgan titulada La sociedad primitiva. En todos ellos se apuntaban profundas conjeturas materialistas.
El hecho de que fuesen precisamente Marx y Engels quienes descubrieran la concepción materialista de la historia es algo casual, desde el ángulo de la necesidad histórica. Sin embargo, con relación a Marx y Engels mismos, este descubrimiento era el resultado necesario de sus vastísimos conocimientos, de sus aptitudes geniales y de su paso a las posiciones de la clase obrera.
La dialéctica de la necesidad y de la casualidad estriba, por último, en que al cambiar las condiciones, ambas categorías se transforman la una en la otra. Engels citaba como ejemplo de esta transformación recíproca el proceso de formación de las especies.
En el proceso de desarrollo de las especies se producen numerosos cambios fortuitos, con frecuencia inadvertidos, que después se transmiten por herencia. “Los animales, como las plantas —dice Darwin—, puede sufrir cualquier cambio como resultado de la acumulación de numerosos y débiles cambios casuales, con tal de que sean útiles en alguna forma...”14 Estos cambios casuales, al acumularse, pueden conducir a cambios tan esenciales en los organismos, que “un animal absolutamente terrestre, que por casualidad se alimenta en un poco de agua y, más tarde, en los ríos o lagos, puede convertirse, finalmente, en un animal tan acuático que sea capaz de vivir en pleno mar”.15
El propio Darwin no llegó a una comprensión consciente del nexo dialéctico entre la necesidad y la casualidad, a la concepción de que la casualidad es un modo de manifestarse la necesidad y de
Ch. Darwin, El origen de las especies, trad. rusa, pág. 283, 1952.
Obra citada, pág. 240.
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complementarla. Pero de la teoría de Darwin se deduce que si los cambios casuales útiles se convierten posteriormente en caracteres de una nueva variedad o especie, ello significará que los cambios casuales se han transformado en los caracteres necesarios de una especie. La casualidad se ha convertido, en este caso, en necesidad.
Y, por el contrario: los caracteres necesarios específicos de los organismos, al cambiar las condiciones, pueden degenerar gradualmente, pueden dejar de ser necesarios, ser cada vez menos útiles y transformarse en caracteres fortuitos. En ese caso, la necesidad se ha convertido en casualidad. Los órganos rudimentarios de los animales pueden servir de ejemplo de la transformación de los rasgos necesarios en casuales.
Engels apreció el alto valor de la teoría de Darwin al señalar que en su obra, que hace época, se demuestra cómo las infinitas diferencias individuales dentro de cada especie, diferencias que pueden extenderse hasta trascender los límites de los caracteres específicos de la especie, se convierte en el fundamento de la evolución de las especies biológicas.16
Conviene advertir que Darwin se equivocaba al incluir las causas que todavía ignoramos entre los fenómenos casuales.
La teoría michuriniana, partiendo del principio de la unidad del organismo con sus condiciones de existencia, ha sentado la tesis de que los diferentes seres vivos se distinguen entre sí por el tipo de asimilación, por el modo de intercambiar las sustancias, por una determinada herencia y por las distintas exigencias que ciertas condiciones plantean a su vida.
La exigencia de determinadas condiciones externas para la vida de las plantas expresa el carácter necesario de su desarrollo. Si las condiciones externas corresponden al fondo hereditario del organismo, éste recorre el ciclo habitual de desarrollo, pasando en forma regular por todas las fases de desarrollo por las que antes pasaron sus ascendientes. Ahora bien, puesto que las condiciones externas, en que se forma el fondo hereditario, pueden ser distintas, dicho fondo puede cambiar y dar origen a desviaciones casuales.
Estas desviaciones casuales influyen sobre el desarrollo del fondo hereditario como una necesidad enriquecida por nuevos rasgos y nuevas propiedades. Los nuevos rasgos, al fijarse en las generaciones siguientes, se convierten en rasgos estables y útiles, es decir, en una necesidad.
La transformación de lo casual en necesario y de lo necesario en
F. Engels, Dialéctica de la naturaleza, trad. rusa, pág. 174.
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casual no sólo es característico del desarrollo de los fenómenos de la naturaleza, sino que lo es también de la vida social. Así, por ejemplo, en la sociedad primitiva la economía natural era una necesidad y el cambio de productos constituye, al principio, un fenómeno casual, que viene más tarde a complementar aquella necesidad. Al desarrollarse la división del trabajo y ampliarse la producción mercantil, el cambio de productos deja de ser algo casual para convertirse en un fenómeno necesario.
Así, pues, la necesidad y la casualidad se dan en indisoluble unidad. La casualidad se presenta como un modo de manifestarse la necesidad y de complementarla. Un fenómeno puede ser necesario en una relación y casual en otra. Al modificarse las condiciones, la casualidad puede transformarse en necesidad, y ésta, a su vez, en casualidad.
La actitud de la ciencia ante la necesidad y la casualidad
El cometido de la ciencia es trazar un cuadro verdadero del universo, descubrir la necesidad objetiva y las leyes que rigen objetivamente los fenómenos y procesos, con el fin de acrecentar, al asimilar la necesidad, el poder del hombre sobre las fuerzas de la naturaleza y de la sociedad.
Descubrir la necesidad objetiva, las leyes que rigen los fenómenos, significa saber encontrar, tras la apariencia exterior de los fenómenos y de los hechos, por debajo de los nexos superficiales y casuales, los nexos y vínculos internos, necesarios, esenciales, que, en modo alguno, coinciden con los que los hombres ven en la superficie de los fenómenos.
El valor del conocimiento científico estriba precisamente en que, al descubrir los profundos nexos internos y necesarios de los fenómenos, que permanecen ocultos a la observación inmediata, y al investigar las leyes que rigen el desarrollo de la naturaleza y de la sociedad, este conocimiento científico permite al hombre actuar, basándose en las leyes citadas, escrutar las perspectivas de desarrollo, transformar el mundo en beneficio de las fuerzas progresivas de la sociedad y prever los acontecimientos futuros. Por esta razón, la ciencia no debe orientarse, en su desarrollo, hacia la casualidad, sino hacia las leyes de los fenómenos, hacia la necesidad que rige el desarrollo de los objetos y fenómenos del mundo material.
La física, la química y la biología comenzaron a ser verdaderas ciencias cuando renunciaron a fijarse en lo casual y encaminaron sus esfuerzos al estudio de las leyes objetivas que rigen el desarrollo de la naturaleza.
Hasta la década del 40 del siglo XIX, en que J. R. Mayer, Joule y Helmholtz descubrieron la ley de la conservación y transformación de
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la energía, que era una formulación más concreta de la ley universal de la conservación de la materia y de la energía, descubierta por M. V. Lomonósov en 1748, los físicos explicaban las causas del movimiento de las diversas formas de la materia por ciertos cuerpos imponderables (calóricos, líquidos, eléctricos y magnéticos, cuerpos luminosos). Todos estos fenómenos térmicos, eléctricos y magnéticos se consideraban, por otra parte, aislados en absoluto y desligados los unos de los otros.
Ya Lomonósov se había pronunciado en contra de la concepción de las sustancias ''imponderables”. Así, oponía su teoría cinéticomolecular del calor a la doctrina del principio calórico, al mismo tiempo que desarrollaba concepciones avanzadas acerca de la naturaleza de los fenómenos eléctricos y luminosos.
El descubrimiento de la ley de la conservación y transformación de la energía asestó un golpe definitivo a la concepción de las sustancias “imponderables”. Gracias a este descubrimiento, señala Engels, “las distintas fuerzas físicas, estas “especies” constantes, por así decirlo, de la física, se diferenciaron en distintas formas de la materia, que se transformaban unas en otras con arreglo a determinadas leyes. Se desterró de la ciencia la casualidad de la existencia de tal o cual cantidad de fuerzas físicas, al ponerse de manifiesto sus interconexiones y transiciones”.17
D. I. Mendeleev, mediante el descubrimiento y la fundamentación de la ley periódica de los elementos, creó las condiciones para acabar con el imperio de la casualidad en la química inorgánica. Antes de que fuera descubierta aquella ley, los elementos químicos, que en su época se calculaban en 63, y sus combinaciones, eran considerados como conglomerados casuales de sustancias aisladas, desvinculadas las unas de las otras y que no tenían nada de común entre sí. Los elementos químicos habían sido descubiertos de modo absolutamente casual y nadie podía afirmar con seguridad si existían además otros elementos en la naturaleza ni definir tampoco, caso de existir, las propiedades físicas y químicas.
En cuanto Mendeleev hubo descubierto la ley periódica, que venía a demostrar que las propiedades de los elementos químicos se hallan en una dependencia periódica con respecto al peso atómico (según los datos más recientes, las propiedades de los elementos dependen de la magnitud de las cargas de los núcleos atómicos de los elementos), el descubrimiento de nuevos elementos se situó sobre una base científica. Las esperanzas depositadas en la casualidad quedaron excluidas de esta
F. Engels, Dialéctica de la naturaleza, trad. rusa, pág. 10.
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esfera del conocimiento científico.
El mismo Mendeleev, fundándose en la ley periódica, predijo la existencia de una serie de elementos químicos, que pronto fueron descubiertos. Predijo, asimismo, el peso atómico y las propiedades más importantes de esos elementos y de sus combinaciones. A base de la ley periódica de los elementos, fueron descubiertos los gases inertes: el helio, el argón, el neón, el criptón y el xenón; se descubrieron, asimismo, los elementos transuranios; quedó establecido que la interrupción de la tabla periódica en el uranio no era algo casual, sino el producto de la inestabilidad de los nuevos elementos químicos, y que la poca difusión de los elementos raros no era tampoco un fenómeno fortuito, sino el resultado de las propiedades naturales de esos elementos, etc.
La química orgánica se ha liberado de las esperanzas puestas en la casualidad gracias a la teoría de la estructura química de los cuerpos orgánicos, elaborada por A. M. Butlerov. Antes de que fuera formulada esta teoría, la gran mayoría de los descubrimientos de nuevas sustancias orgánicas se había llevado a cabo de un modo casual.
La teoría de Butlerov acerca de la estructura de los cuerpos orgánicos permitió a la ciencia dar un nuevo paso de avance hacia la liberación del poder de la casualidad y la sumisión de las fuerzas naturales. Gracias a esta teoría, no sólo fue posible conocer las combinaciones orgánicas existentes en la naturaleza, sino también prever y crear nuevas combinaciones orgánicas en general y las sustancias isoméricas en particular, es decir, aquellas que, con la misma composición química, tienen propiedades muy distintas.
“La significación de la teoría de la estructura de Butlerov para la química sólo puede compararse, en este aspecto —dice el Académico N. D. Zelinski—, a la que tuvo la genial ley periódica de los elementos de Mendcleev; tanto una como otra permiten prever científicamente los fenómenos de la naturaleza, que aún permanecen en la oscuridad. La ley periódica previo la existencia de elementos todavía desconocidos, en tanto que la teoría de Butlerov ha predicho la existencia de combinaciones orgánicas aún no descubiertas por la ciencia”.
Basándose en la teoría de Butlerov, los químicos resuelven hoy complejos problemas relativos a la búsqueda de métodos técnicos más sencillos y accesibles para transformar las materias primas en sustancias, métodos susceptibles de ser aplicados en la economía nacional y en la vida cotidiana. Entre estas sustancias se encuentran el combustible sintético para motores, el caucho sintético, el vidrio irrompible, material plástico, tintes y filamentos artificiales, medicamentos —antibióticos, vitaminas, preparados antituberculosos y
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antipalúdicos— y toda una serie de combinaciones químicas usadas como fertilizantes en la agricultura y para combatir los insectos dañinos.
Los éxitos de la biología científica han estado y están determinados por el estudio de las leyes que rigen en la naturaleza animada; ello, por supuesto, a despecho de las teorías metafísicas idealistas, que fundan sus conclusiones en el papel dominante que conceden a la casualidad y a la voluntad divina.
Darwin, al extender su idea de la evolución a la naturaleza orgánica, demostró, basándose en una enorme cantidad de hechos, que el mundo orgánico en su totalidad —el vegetal y el animal, sin excluir al hombre— había aparecido como remate de un largo proceso evolutivo, sujeto a leyes; demostró asimismo que dicho proceso arrancaba de unos cuantos gérmenes primarios, unicelulares, surgidos a su vez de un protoplasma o cuerpo albuminoideo, que se habían formado químicamente.
V. I. Lenin valoraba en alto grado la teoría de Darwin al señalar que venía a poner fin a la concepción de las especies vegetales y animales, en las que éstas eran consideradas como especies casuales, sin relación alguna entre sí, creadas por Dios e inmutables. Lenin subrayó igualmente que la teoría de Darwin, al establecer la variabilidad de las especies y la sucesión entre ellas, colocaba por primera vez a la biología sobre bases verdaderamente científicas.
Los biólogos weismanistas, morganistas y mendelistas, en oposición al darwinismo, reducen todo el desarrollo de la naturaleza a una serie de casualidades. A juicio de dichos biólogos, la vida surgió en la tierra de un modo absolutamente casual, en forma de “genes”, o de moléculas afines a ellos. Los cambios experimentados por los organismos se producen también, según dichos biólogos, como resultado de una serie de casualidades: las mutaciones en los “genes” o “cromosomas” surgen casualmente; la división de los llamados cromosomas paternos o maternos, que se opera con la reducción, está sujeta a la pura casualidad; la fecundación es el resultado del encuentro casual de las células sexuales; la distribución de los caracteres en los descendientes híbridos se produce casualmente, etc. Los datos de la ciencia y de la práctica desmienten categóricamente estas invenciones.
Lo bioquímica soviética ha elaborado la teoría materialista del origen de la vida, basándose para ello en las observaciones de Engels, que consideraba la vida como el producto de la transformación cualitativa de la materia al convertirse en el proceso de desarrollo histórico de la naturaleza, de materia inorgánica en orgánica, y apoyándose asimismo en los datos de la ciencia actual. La teoría de los bioquímicos soviéticos sostiene que la vida ha surgido en un proceso
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gradual, sujeto a leyes, a lo largo del cual las combinaciones químicas de carbono, hidrógeno, nitrógeno y otros elementos, cada vez más, se han ido haciendo complejas.
La teoría michuriniana, por oposición al mendelismo-morganismo, ha demostrado que los cambios que se producen en todas las formas de la naturaleza orgánica están sujetos a leyes objetivas, que pueden ser conocidas, y conforme a las cuales se puede actuar.
Los biólogos soviéticos emplean varios métodos para crear nuevas variedades de plantas, modificando su herencia. Entre ellos se cuentan los siguientes: la influencia que se ejerce sobre la planta, cuando es joven, modificando determinadas condiciones de vida; la selección del material de que se parte para llevar a cabo la selección de semillas; la hibridación de formas lejanas, es decir, el método de cruzar plantas muy lejanas entre sí tanto por su parentesco como por su origen geográfico; la hibridación vegetativa, por medio del injerto del esqueje de una joven planta híbrida en el patrón de otra vieja; el método del mentor, cuando en la corona de una joven planta híbrida se injerta el esqueje de la planta más vieja, dotada de las propiedades hereditarias necesarias, etc.
V. I. Michurin, basándose en las leyes ya descubiertas del desarrollo de las plantas, creó más de trescientas variedades de árboles frutales y de bayas. Los hombres de ciencia y los trabajadores agrícolas avanzados de la U.R.S.S. hacen surgir, guiándose por esas leyes, nuevas y útiles especies vegetales y razas animales. Entre éstas, figuran la raza Kostromá de ganado vacuno, las razas caucásica y kazaja de ovejas de vellón fino, la raza georgiana de ovejas, la raza Breitov de ganado porcino, etc.
La teoría michuriniana, a base de las leyes que rigen las relaciones entre el organismo y sus condiciones de vida, ha dado también una explicación científica de los procesos de fecundación y de primacía de unos caracteres en los descendientes híbridos.
La teoría pavloviana de la actividad nerviosa superior, de los reflejos condicionados, ha desempeñado un papel inapreciable en el campo de la fisiología, contribuyendo a disipar las esperanzas depositadas en la casualidad. Según Pavlov, la ciencia no puede existir ni desarrollarse si no se admite que los procesos están sujetos a leyes, ni se estudia las leyes que los rigen. “No hay que describir simplemente los fenómenos —decía Pavlov—, sino descubrir las leyes por que se rigen en su desarrollo. De la mera descripción no puede brotar ciencia alguna”.18
“Los miércoles de Pavlov”, ed. rusa, t. II, pág. 515, ed. de la Academia de Ciencias de la U.R.S.S. Moscú-Leningrado, 1949.
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La ciencia de la sociedad se convirtió en una verdadera ciencia cuando el marxismo descubrió las leyes que rigen el desarrollo social. Antes de Marx y Engels, la mayoría de los sociólogos veían la historia como un conglomerado caótico de hechos fortuitos. En aquel tiempo, dominaba en las ciencias sociales la concepción idealista de la historia, según la cual la conciencia social determina el ser social de los hombres. Aplicando los principios fundamentales del materialismo dialéctico al estudio de los fenómenos sociales, Marx y Engels descubrieron que la vida social está sujeta a leyes, y pusieron al desnudo hasta en sus más hondas raíces las concepciones idealistas.
Los fundadores del marxismo descubrieron la concepción materialista de la historia, según la cual el modo de producción de los bienes materiales constituye la fuerza motriz decisiva en el desarrollo social. Con su descubrimiento de la concepción materialista de la historia, dice Lenin, “...Marx ha puesto fin al modo de concebir la sociedad como un agregado mecánico de individuos, sujetos a toda clase de cambios por voluntad de las autoridades... que surge y cambia casualmente, y ha colocado a la sociología, por primera vez, sobre una base científica...”19
La creación del materialismo histórico ha representado una ingente ayuda para el proletariado, al pertrecharle con el conocimiento de las leyes que rigen el desarrollo social, con la comprensión del sentido de los acontecimientos históricos y con el arte de dirigir mediante el conocimiento de ellas.
La fuerza del marxismo-leninismo estriba en que esta teoría toma en cuenta, con todo rigor, la necesidad y la comprende acertadamente. La endeblez de los adversarios del marxismo, la causa de que su derrota sea inevitable, consiste en su negativa a aceptar la necesidad histórica o a su falsa concepción de ella. Así lo revela, con particular evidencia, la actividad de los populistas y de los “marxistas legales”.
Como es sabido, los populistas negaban que el desarrollo del capitalismo en Rusia fuera un proceso histórico necesario; según ellos, la aparición de este régimen en Rusia era un fenómeno casual, producto del extravío de algunos gobernantes. Partiendo de esto, llegaban a la conclusión de que también el proletariado ruso era un fenómeno casual, carente de posibilidades de desarrollo; por esta razón, consideraban que no había que orientarse hacia el proletariado, sino hacia los campesinos, que constituían la fuerza fundamental de la transformación socialista de Rusia. De esta incomprensión de la necesidad histórica del desarrollo del capitalismo y del proletariado emanaba la táctica populista del
V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. I, pág. 124.
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terror, dirigido contra los representantes individuales de la autocracia zarista. Todo ello contribuía a apartar a extensas masas trabajadoras de la lucha revolucionaria organizada contra las clases explotadoras, a la par que frenaba la creación del partido del proletariado.
Lenin, fundándose en la concepción materialista de la historia, descubierta por Marx, refutó las doctrinas idealistas y metafísicas de los populistas acerca de la necesidad y de la casualidad. Demostró, asimismo, que las relaciones capitalistas de producción no habían aparecido en Rusia por obra del capricho fortuito de algunos individuos, sino como una necesidad, en consonancia con el grado de desarrollo de las fuerzas productivas de la sociedad.
Si los populistas reducían todo el desarrollo social a la acción de la casualidad, los “marxistas legales” caían en el extremo opuesto: convirtiendo la necesidad en un fetiche, se empeñaban en demostrar que, en la sociedad, todo está sometido a la necesidad, sin que quede ningún margen para la acción de los hombres. Partiendo de que el capitalismo es una fase necesaria del desarrollo de la sociedad, los “marxistas legales”, personificados por Struve, llegaban a la conclusión de que no era legítima la lucha que la clase obrera sostenía contra el capitalismo.
En sus críticas a Struve, Lenin demostraba que era la necesidad histórica precisamente la que determinaba la lucha de clase del proletariado, encaminada, en definitiva, al derrocamiento del capitalismo.
*
A raíz de la sesión de la Academia Lenin de Ciencias Agrícolas de la U.R.S.S., celebrada en agosto de 1948, se difundió ampliamente en el trabajo científico y en las labores de enseñanza y de propaganda la tesis de que la ciencia es enemiga de la casualidad. Esta tesis surgió como reacción ante las concepciones mendelistas-morganistas en el campo de la biología. Según estas concepciones, la naturaleza viva es un conglomerado caótico de casualidades; los cambios que se operan en la herencia de los organismos vivos se explican, de acuerdo con ellas, en virtud de las recombinaciones fortuitas e incognoscibles de los “genes”, que no dependen en absoluto de las condiciones del medio exterior.
La tesis citada apuntaba también contra algunos físicos, que niegan la existencia de nexos necesarios, sujetos a leyes, en los fenómenos del microcosmos y que proclaman que la casualidad impera en los microprocesos; estaba dirigida asimismo contra los sociólogos, que niegan las leyes objetivas del desarrollo social y que convierten en regla general la aparición casual de algunos acontecimientos casuales; la tesis
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a que nos referimos se enderezaba, por tanto, contra las doctrinas idealistas y metafísicas que suplantan la necesidad y la sujeción a ley, inherente a la naturaleza y a la sociedad, por el imperio de la casualidad.
La tesis de que la ciencia es enemiga de la casualidad suele interpretarse por los autores correspondientes en el sentido de que la ciencia solamente merece ese nombre cuando no repara en los hechos casuales, cuando, detrás de los fenómenos fortuitos de la naturaleza y de la sociedad, descubre la oculta necesidad, las leyes porque se rigen y cuando, en virtud de ello, ayuda a los hombres a salir del ciego sometimiento a la casualidad y a actuar conscientemente, libremente, en consonancia con la necesidad conocida. Sin embargo, la tesis de que la ciencia es enemiga de la casualidad no expresa exactamente la verdadera actitud de la ciencia ante la casualidad.
La dialéctica marxista parte del principio de que la necesidad y la casualidad se hallan indisolublemente unidas; parte asimismo del criterio de que la necesidad se abre paso a través de una multitud de casualidades y de que la casualidad misma es un complemento y una forma de manifestarse la necesidad. De esto se infiere que la propia casualidad tiene por base una necesidad, una ley, por la que se rigen las casualidades que aparecen en la superficie de los fenómenos. Engels dice a este respecto: . Allí donde en la superficie de las cosas parece reinar la casualidad, ésta se halla siempre gobernada por leyes internas, ocultas, y de lo que se trata es de descubrir estas leyes”.20
La ciencia, naturalmente, no se plantea la tarea de estudiar cada fenómeno casual en particular. “,. . Una ciencia — escribe Engels — que se pusiera a investigar el hecho fortuito de... una vaina aislada (de un guisante. Nota del autor) en su encadenamiento casual con las causas más alejadas, ya no sería ciencia, sino un simple juego; en efecto, esta misma vaina tiene también innumerables propiedades individuales, que son casuales: el matiz de su color, el espesor y dureza de la membrana, el tamaño de los guisantes, sin hablar de las peculiaridades individuales que solamente pueden describirse con ayuda del microscopio”.21
Ahora bien, esto no significa que la ciencia no deba estudiar en absoluto los fenómenos casuales. En los fenómenos del mundo físico o de la vida social que tienen un carácter de masa, la necesidad se presenta como el resultado que arroja, por término medio, la acción mutua que ejercen entre sí esta masa de fenómenos casuales individuales. Así, por ejemplo, es muy difícil establecer las leyes que rigen el movimiento de pasajeros en una u otra dirección, en el curso de un solo día. Pero, si
C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, en dos tomos, trad. española, t. II, pág. 365.
F. Engels, Dialéctica de la naturaleza, trad. rusa, pág. 173.
Necesidad y casualidad [N. V. Pilipenko]
consideramos un período de tiempo de un año, por ejemplo, descubriremos que dicho movimiento obedece a determinada necesidad, que está sujeto a ciertas leyes. De este hecho se parte al planificar los transportes, el movimiento de pasajeros, etc. En esa síntesis de toda una multitud de fenómenos casuales singulares se expresa la objetividad de las leyes estadísticas.
Pongamos un ejemplo extraído del mundo de los fenómenos físicos. El movimiento de cada partícula “elemental” está determinado por la combinación de un gran número de causas y condiciones de diverso valor. En un mismo conjunto de condiciones estables (en uno y el mismo campo de fuerzas), partículas diversas se mueven de distinto modo, ya que en sus movimientos influyen factores variables, irregulares, que la ciencia no ha podido descubrir aún plenamente. Sin embargo, en el movimiento total de las partículas dentro de uno y el mismo campo de fuerzas, se dan rasgos generales y necesarios. Así, por ejemplo, las partículas que se mueven a través de un enrejado cristalino siguen, una vez que cruzan el enrejado, direcciones rigurosamente definidas, “elegidas”, que se hallan determinadas por la estructura del enrejado en su totalidad, en tanto que una serie de trayectorias les están “vedadas” en sus movimientos. El hecho de que las partículas sigan direcciones rigurosamente definidas, después de atravesar el cristal, muestra lo que hay de necesario, de general, y estable en multitud de procesos singulares.
Estos ejemplos atestiguan que la ciencia no puede ignorar los hechos casuales y que debe estudiar las leyes estadísticas por que se rigen y descubrir, de este modo, la necesidad que se abre paso a través de gran número de hechos casuales.
Conviene tener presente que existen diferentes tipos de casualidades: favorables y desfavorables, es decir, casualidades negativas. La ciencia debe contribuir a conjurar estas casualidades desfavorables donde y cuando ello sea posible (por ejemplo, las que surgen de los caprichos de la naturaleza) y ayudar, hasta el máximo, a que la actividad práctica se sirva de las casualidades favorables, positivas.
Ya hemos señalado anteriormente, al referirnos a las teorías de Darwin y Michurin, que la necesidad y la casualidad pueden convertirse la una en la otra en el curso del desarrollo del mundo material. Si las desviaciones casuales que se operan en el desarrollo del organismo son útiles, hay que adoptar todas las medidas adecuadas para afianzarlas ampliamente y convertirlas en cualidades necesarias. La ciencia, en estas condiciones, lejos de ser enemiga de la casualidad y de ignorarla, debe estudiarla y servirse de ella.
Necesidad y casualidad [N. V. Pilipenko] 147
La casualidad, por último, expresa con frecuencia lo singular, lo superficial, lo individual, es decir, un momento del nexo externo en los fenómenos. En la naturaleza y en la sociedad se dan fenómenos, hechos y procesos casuales junto a los que tienen un carácter necesario. Si la ciencia pretende trazar un cuadro verdadero del mundo, no debe ignorar los fenómenos casuales, de la misma manera que no puede limitar su tarea al estudio de estos últimos.
Así, pues, la ciencia no debe depositar sus esperanzas en la casualidad, sino que debe poner su empeño en descubrir las leyes que rigen el desarrollo de la naturaleza y de la sociedad. La tarea de la ciencia estriba, basándose en un análisis de los procesos más profundos, en revelar lo que hay de universal y necesario en el mundo de lo singular y de lo fortuito, con el fin de elevar el poder del hombre sobre la naturaleza.
La necesidad y la casualidad sociales en las condiciones del socialismo
La necesidad y la casualidad sociales actúan de distinto modo bajo el capitalismo y el socialismo. En la sociedad capitalista, la necesidad social obra como una fuerza ciega, espontánea, que se manifiesta en innumerables casualidades, que dejan al hombre inerme ante su poder.
Semejante modo de actuar la necesidad social se explica por el hecho de que, bajo el capitalismo, donde rige la propiedad privada sobre los medios de producción e impera la ley de la concurrencia y de la anarquía de la producción y otras leyes que actúan espontáneamente, los hombres no pueden prever los resultados sociales de su actividad productiva, ni planificar la producción de la sociedad ni otros aspectos de la vida social.
Si bien es cierto que, también bajo el capitalismo, los hombres contribuyen al desarrollo de las fuerzas productivas, mediante el perfeccionamiento de los procesos de producción, lo hacen, sin embargo, sin tener conciencia de los cambios que todo ello introducirá en las relaciones de producción, en el modo de producción y en toda la vida social. Su actividad persigue fines prácticos muy limitados y no sólo no toma en cuenta las consecuencias sociales futuras, sino que, con frecuencia, ni siquiera presta atención a los resultados más inmediatos.
En realidad, ¿hay alguien en la sociedad capitalista que desee que estallen las crisis? Ciertamente que no. Sin embargo, las crisis se repiten con regularidad al cabo de un determinado número de años, causando enormes sufrimientos, ante todo, a las masas trabajadoras.
Bajo el capitalismo, el dominio de la propiedad privada determina que no exista una comunidad de intereses y aspiraciones entre todos los
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miembros de la sociedad. A consecuencia de ello, en la sociedad capitalista, al igual que en otras formaciones sociales antagónicas, la necesidad es el resultado de las colisiones entre innumerables aspiraciones de sujetos individuales, que actúan en diversas direcciones, a veces diametralmente opuestas.
Engels, al caracterizar la historia del desarrollo de las formaciones económico-sociales antagónicas, entre ellas la capitalista, advierte que en la historia de la sociedad, en forma parecida a lo que ocurre en la naturaleza, también reina en general, la casualidad, en la superficie de los fenómenos, pese a los fines conscientemente deseados de todos los individuos.
“Rara vez acaece lo que se desea —escribe Engels—, y en la mayoría de los casos los muchos fines perseguidos se entrecruzan unos con otros y se contradicen, cuando no son de suyo irrealizables o insuficientes los medios de que se dispone para llevarlos a cabo”.22
Examinemos algunos ejemplos, demostrativos de que la necesidad social, bajo el capitalismo, expresada en leyes, actúa como una fuerza ciega, que se abre paso a través de innumerables casualidades. Veamos la ley del valor. Es sabido que el precio de cada mercancía fluctúa: unas veces es superior a su valor, otras es inferior a éste, y casi nunca coincide directamente con él. Sin embargo, a través de los innumerables precios individuales, a través de las fluctuaciones de éstos, se abre paso la ley objetiva del valor, según la cual el valor de la mercancía se determina con arreglo a la cantidad de trabajo socialmente necesario invertido en producirla. Demostrando que la ley del valor, bajo el capitalismo, se abre paso a través de una serie de casualidades, a través de las constantes fluctuaciones de los precios, Marx advierte que “... la ley del valor sólo actúa aquí como ley interna, que los agentes individuales consideran como una ciega ley natural, y esta ley es, de este modo, la que impone el equilibrio social de la producción en medio de sus fluctuaciones fortuitas”.23
Lo mismo puede observarse en la acción de la ley según la cual el trabajo social, los medios de producción, se distribuyen por ramas de la economía, en consonancia con las exigencias de la producción de mercancías que la sociedad plantea. Aunque la distribución del trabajo y de los medios de producción en determinadas proporciones entre diversas ramas de la economía es una necesidad social, ésta, bajo el capitalismo, se abre paso a través de la casualidad y se manifiesta a través de la desproporción, provocada por la acción del mecanismo
C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, en dos tomos, trad. española, t. II, pág. 364.
C. Marx, El capital, trad. española de W. Roces, t. III, pág. 1016, México, 1947.
Necesidad y casualidad [N. V. Pilipenko] 149
espontáneo del mercado, de la competencia, etc.
Los capitalistas, efectivamente, aspiran a invertir sus capitales en las ramas de la economía más lucrativas. Y cuando se invierte en estas ramas más capital del que la sociedad necesita, inmediatamente bajan los precios de las mercancías producidas y los capitalistas trasladan sus capitales a otras ramas en que pueden obtener más beneficios que en las ramas en que se acusa un exceso de capitales.
Marx señala que, en la producción capitalista, “la proporcionalidad de las distintas ramas de la producción aparece como un proceso constante derivado de la desproporcionalidad, desde el momento en que la trabazón de la producción en su conjunto se impone aquí a los agentes de la producción como una ley ciega. ..”24
Así, pues, en la sociedad capitalista, la necesidad social rige, a espaldas de los hombres, espontáneamente, como una ciega necesidad, que se abre paso a través de innumerables casualidades.
En el socialismo, la necesidad social actúa en forma absolutamente distinta; se manifiesta bajo la forma de actividad consciente de los hombres.
Semejante modo de actuar la necesidad social se explica por el hecho de que, en la sociedad socialista, donde rige la propiedad social sobre los medios de producción, donde se da la unidad moral y política de la sociedad y donde las leyes económicas son absolutamente distintas, por su carácter y contenido, de las que imperan en la sociedad capitalista, el desarrollo histórico deja de ser el resultado de las colisiones de numerosas voluntades y aspiraciones individuales, que se oponen las unas a las otras; el desarrollo histórico es la suma de los esfuerzos conscientes de muchos hombres, que actúan, en lo esencial, en-una misma dirección. Bajo el socialismo, tanto los individuos y grupos sociales como la sociedad en su conjunto, persiguen, en lo fundamental, los mismos objetivos y coinciden sus intereses, sus aspiraciones y deseos.
Engels ha dicho que sólo con el socialismo comenzarán los hombres a forjar, en forma absolutamente consciente, su propia historia y sólo entonces las causas sociales que ellos pongan en movimiento, producirán en grado considerable y cada vez mayor los efectos apetecidos.25
La afirmación de Engels de que el paso del capitalismo al socialismo es un salto del reino de la necesidad al reino de la libertad, se ha corroborado plenamente en la sociedad socialista. Estas palabras de
C. Marx, El capital, trad. española de W. Roces, t. III, pág. 315, México, 1947.
F. Engels, Anti-Dühring, trad. rusa, pág. 267, Moscú, 1953.
Necesidad y casualidad [N. V. Pilipenko]
Engels no deben interpretarse en el sentido de que los hombres y la sociedad en su conjunto podrán liberarse de la necesidad objetiva, de la acción de las leyes objetivas que rigen en la naturaleza y en la sociedad. Quieren decir que, con el socialismo, los hombres serán verdaderamente libres, ya que sólo entonces podrán conocer y poner a su servicio la necesidad social, con lo cual se convertirán en verdaderos dueños de la naturaleza y de los procesos sociales.
Los planes quinquenales soviéticos, al igual que los planes de fomento de la economía y de la cultura de otros países del campo socialista, constituyen una brillante demostración de lo que representa la dirección consciente de la necesidad social, una vez conocida.
El Partido Comunista y el Gobierno soviético, partiendo del estímulo esencial y del objetivo final de la producción socialista — asegurar la máxima satisfacción de las necesidades materiales y culturales, en constante ascenso, de toda la sociedad— y basándose en el conocimiento de las leyes objetivas, fijan conscientemente las tareas de cada plan quinquenal y de cada año, al mismo tiempo que movilizan a las masas del pueblo para su cumplimiento; distribuyen conscientemente el trabajo social y los medios de producción entre las diversas ramas de la economía y, de un modo consciente también, eliminan la desproporción que surge en el desarrollo de las distintas ramas de la economía.
El Partido Comunista de la Unión Soviética en la actualidad parte del hecho de que el país soviético, dado el nivel a que ha llegado en el desarrollo de la producción social, cuenta con todas las condiciones necesarias para resolver en un breve plazo histórico, por la vía de la competencia económica y pacífica entre los dos sistemas sociales — capitalista y socialista—, la tarea económica fundamental de la U.R.S.S.: alcanzar y sobrepasar en la producción por habitante a los países capitalistas más desarrollados.
Etapa muy importante en la solución de esta tarea económica fundamental es el feliz cumplimiento del sexto plan quinquenal de fomento de la economía nacional de la U.R.S.S. Las tareas esenciales de este plan, cuyas bases son el desarrollo preferente de la industria pesada, el progreso técnico ininterrumpido y la elevación del rendimiento del trabajo, consisten en asegurar un vigoroso y sucesivo incremento de todas las ramas de la economía nacional, alcanzar un ascenso vertical de la producción agrícola y lograr, partiendo de aquí, una considerable elevación del bienestar material y del nivel cultural del pueblo soviético.
Los ciudadanos soviéticos tienden siempre a guiar su actividad por el conocimiento de la necesidad social, ya que esto responde a sus
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intereses vitales. Así, cuando el Partido Comunista y el Estado soviético, partiendo de la urgente necesidad de elevar la producción de trigo en el país, plantearon la tarea de cultivar varias decenas de millones de hectáreas de tierras vírgenes y baldías, el llamamiento del Partido encontró la calurosa aprobación y el apoyo de todo el pueblo soviético. Centenares de miles de jóvenes patriotas se enrolaron voluntariamente en la roturación de esas tierras hasta ahora improductivas. La misma cálida acogida han encontrado los llamamientos del Partido exhortando a fortalecer, con cuadros calificados, los koljoses rezagados, a cumplir antes del plazo señalado las tareas del sexto plan quinquenal en sectores muy importantes de la producción agrícola, a implantar por todos los medios y en todas las ramas de la economía las últimas conquistas de la técnica, etc.
El Partido Comunista de la Unión Soviética, al dirigir la edificación del comunismo en la U.R.S.S., parte en sus decisiones y en su actividad práctica de la necesidad social, tomando en consideración, a la par con ello, los rasgos peculiares con que dicha necesidad aparece en las condiciones del socialismo. El Partido lucha contra todo intento de ignorar la necesidad y de oponer a ella la voluntad subjetiva. Un brillante ejemplo de ello lo tenemos en la lucha que el Partido libra contra el culto a la personalidad, que se halla en contradicción con el marxismo y con la naturaleza misma del régimen socialista.
El culto a la personalidad contradice burdamente la concepción marxista de que el proceso histórico está sujeto a leyes. Pone en primer plano la personalidad, a la que coloca al frente del movimiento histórico, la reviste de la cualidad sobrenatural de decidir el destino de la historia y rebaja el papel del Partido y de las masas populares.
Ahora bien, en realidad, no son algunos dirigentes, por geniales que ellos sean, los que crean la historia, sino las masas populares, en cuya actividad se expresa la necesidad social. Las masas populares son, ante todo, los verdaderos creadores de los valores materiales y espirituales. No cabe duda de que las personalidades destacadas, los dirigentes, desempeñan un papel importante en la historia. El pueblo y el Partido necesitan de los dirigentes avanzados, capaces de expresar los intereses y la voluntad del pueblo, de situarse en las primeras filas de la lucha histórica y de dirigir a las masas populares. Pero ello no quiere decir que el curso de la historia dependa, en sus rasgos esenciales, de la actuación de esas personalidades. Solamente podemos considerar como gran dirigente social al que expresa profundamente la necesidad histórica y al que sabe organizar a las masas para resolver las tareas que tiene planteadas la sociedad.
J. V. Stalin fue un dirigente de esas características mientras cumplió
Necesidad y casualidad [N. V. Pilipenko]
estas exigencias. Pero cuando, en virtud de una serie de factores objetivos, que se daban en el proceso de la edificación del socialismo en la U.R.S.S., y también de los rasgos negativos del carácter del mismo J. V. Stalin, se creó el culto a su personalidad, dejó de cumplir con dichas exigencias y su actividad, que hasta entonces había sido beneficiosa para el pueblo, comenzó a desempeñar un papel cada vez más negativo.
Las serias lecciones del culto a la personalidad demuestran que todo aquel que deje de tomar en cuenta la actividad de las masas populares y considere que su propia personalidad y sus decisiones desempeñan casi el papel fundamental en la historia, se halla condenado inevitablemente a cometer errores y a sufrir fracasos en su trabajo. Así le sucedió a Stalin, cuando aislándose de las masas y creyendo en su propia infalibilidad, comenzó a caer en la arbitrariedad y cometió una serie de graves faltas, entre las que se cuentan las siguientes: la violación de las normas leninistas de la vida del Partido, la infracción del principio de la dirección colectiva, el quebrantamiento de la legalidad revolucionaria, la aplicación en la agricultura de algunas medidas infundadas desde el punto de vista económico, la infracción de la política nacional leninista en algunas repúblicas, etc.; también en la política exterior cometió Stalin algunos errores, especialmente en relación con Yugoslavia.
La lucha desplegada por el Partido contra el culto a la personalidad ha dado ya resultados positivos. El Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética, partiendo de las decisiones del XX Congreso del Partido, ha exhortado a todas las organizaciones de éste, en su resolución Sobre la superación del culto a la personalidad y sus consecuencias, a observar consecuentemente en todo su trabajo las importantísimas tesis marxistas-leninistas acerca del pueblo como forjador de la historia, y creador de todas las riquezas materiales y espirituales de la humanidad, y acerca del papel dirigente del partido marxista en la lucha revolucionaria por la transformación de la sociedad, por el triunfo del comunismo.
Claro está que la necesidad se manifiesta también, en la sociedad socialista, bajo la forma de casualidades, que revisten carácter objetivo. Sin embargo, bajo el socialismo, donde los hombres actúan con conocimiento de la necesidad, es decir, de un modo consciente y planificado, la casualidad deja de tener un imperio ilimitado sobre el hombre. Pero, como fenómeno objetivo que es, la casualidad ejerce también en la sociedad socialista cierta influencia, con frecuencia desfavorable, sobre diversos aspectos de la vida social. A veces surgen desajustes y desproporciones en el desarrollo de la economía nacional
Necesidad y casualidad [N. V. Pilipenko] 153
de la U.R.S.S. Estos desajustes y desproporciones en el desarrollo de las ramas de la economía nacional son, en un grado considerable, casualidades provocadas, algunas veces, por una planificación desacertada o por el mal trabajo efectuado por tales o cuales órganos de dirección.
Las leyes objetivas que rigen el desarrollo de la producción socialista no operan automáticamente, razón por la cual sólo el estudio profundo de las exigencias que plantean esas leyes y la toma en consideración de todos sus aspectos permiten conjurar los desajustes y desproporciones en la economía nacional y asegurar su rápido desarrollo.
A este respecto, es de suma importancia, de una parte, el que los órganos encargados de la planificación, al elaborar planes de largo alcance, tanto para la economía nacional en su conjunto como para algunas ramas o empresas en particular, se apoyen en la iniciativa creadora de las masas, que abre nuevas y nuevas posibilidades de acelerar el desarrollo y contribuye a mejorar, perfeccionar, modificar y concretar los planes; y de otra parte, es muy importante que los planes aprobados por el gobierno sean dados a conocer a todos los trabajadores como una ley de obligatorio cumplimiento.
La distribución de las nuevas empresas industriales constituye, en la sociedad socialista, una necesidad; sin embargo, aquí pueden surgir casualidades no apetecibles. Así, en el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética se ha hecho notar que, al distribuir las nuevas empresas industriales, los ministerios han seleccionado, en algunos casos, el lugar donde debían construirse sin la suficiente fundamentación técnica y económica, sin tener presentes las perspectivas de desarrollo de la rama de la economía respectiva en su conjunto y sin coordinar el desarrollo de ésta con la distribución de las ramas afines.
Así, por ejemplo, en la construcción de la línea de ferrocarril Taishet-Ust Kut no se tomó en consideración la posibilidad de construir la central hidroeléctrica de Bratsk. Sin embargo, al iniciarse la construcción de esta central hubo que trasladar un sector importante de la citada línea siguiendo otro trazado, lo que representó para el Estado una pérdida de más de 200 millones de rublos.
La casualidad se manifiesta en la preparación y distribución de los especialistas. N. S. Jruschiov decía en el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética que la preparación de los especialistas en las distintas ramas de la economía nacional no había estado determinada, hasta ahora, por las perspectivas de desarrollo de esas ramas, sino por las demandas de los ministerios, carentes de
Necesidad y casualidad [N. V. Pilipenko]
fundamento en grado considerable y, con frecuencia, inestables. Esto hace que en unas ramas de la economía y de la cultura haya un exceso de especialistas mientras que en otras se advierta la escasez de ellos. Una grave falta en la preparación de especialistas industriales y agrícolas consiste en que no se toman en cuenta, en su formación, las peculiaridades de algunas regiones del país y las características de las empresas donde deben trabajar.
Hay también casualidades desfavorables provocadas por los caprichos de la naturaleza. Es sabido qué en 1954, a consecuencia de la sequía, se recogió una mala cosecha de cereales en Ucrania, en Povoizhe. En 1955, como resultado de la sequía, disminuyó bastante, asimismo, la cosecha de trigo en Kazajstán y Siberia Occidental y en otras regiones del país.
Sin embargo, aunque la casualidad ejerce cierta influencia sobre diversos aspectos de la vida social, su acción, pese a todo, queda limitada con el socialismo, el cual permite eliminar las casualidades desfavorables o paralizar su influencia nociva. Así, por ejemplo, el Partido Comunista y el Gobierno soviético adoptan una serie de medidas en la lucha contra las casualidades provocadas por los elementos de la naturaleza. En 1954, como resultado de las medidas adoptadas oportunamente para poner en cultivo las tierras vírgenes y baldías, la cosecha de trigo en todo el país fue superior a la de 1953; del mismo modo, y a consecuencia de las medidas aplicadas para mejorar la agrotecnia, la cosecha global de trigo de todo el país, en 1955, superó a la obtenida en 1954.
Gran atención se concede a la forestación. En las directrices del XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética para el sexto plan quinquenal se traza la tarea de cubrir no menos de 370.000 hectáreas de plantaciones forestales protectoras en barrancos y terrenos arenosos y crear asimismo 560.000 hectáreas de franjas protectoras de arbolado en las tierras de los koljoses y sovjoses.
La existencia de reservas —de víveres, materias primas, financieras, etc. —en manos del Estado desempeña un papel importante en la lucha contra las casualidades desfavorables. En las directrices del XX Congreso del Partido para el sexto plan quinquenal de fomento de la economía nacional de la U.R.S.S., se señala que, en las condiciones de la economía planificada, socialista, es de suma importancia que el Estado posea reservas de víveres y financieras y que una de las tareas fundamentales del sexto plan quinquenal consiste en el constante incremento de dichas reservas.
El Partido y el Estado enseñan a los ciudadanos soviéticos a no someterse a la fuerza de la causalidad ciega y a subordinar ésta a su
Necesidad y casualidad [N. V. Pilipenko] 155
propio control, a la voluntad social.
Con frecuencia, en una región o en un koljós que se han quedado a la zaga, los trabajadores que tienen una responsabilidad de dirección se remiten a las causas objetivas, a las malas condiciones atmosféricas, para explicar por qué se han rezagado. No se puede negar, ciertamente, que estas condiciones ejercen cierta influencia, pero no constituyen las causas del rezagamiento.
Si se hace un examen más detenido de la cuestión se llega siempre al resultado de que en la misma región, dándose las mismas condiciones atmosféricas, los koljoses vecinos han podido recoger una buena cosecha, cumplir íntegramente los compromisos de entrega de trigo al Estado y asegurar plenamente el “día de trabajo”. Y es que en estos koljoses se ha sabido utilizar la tierra, la nueva técnica y la fuerza de trabajo de acuerdo con las exigencias económicas; se ha sabido desplegar la iniciativa creadora de los koljosianos y reina el orden y la disciplina. Y gracias a todo ello, y a despecho de las casualidades desfavorables, se ha logrado cumplir los objetivos trazados.
Las particularidades que adopta la necesidad en el modo de manifestarse y la limitación de la influencia de las casualidades en las condiciones del socialismo expresan la superioridad del sistema socialista sobre el capitalismo, activamente aprovechada por el pueblo soviético y el Partido Comunista en beneficio de la victoria del comunismo.
CAPITULO V
LA LEY
El concepto de ley
La ley objetiva es una de las formas generales de las relaciones existentes entre los fenómenos de la realidad. Las leyes de la ciencia reflejan las leyes objetivas.
Todo fenómeno o grupo de fenómenos entraña siempre una compleja red, muy ramificada, de diversos nexos y vínculos: necesarios y casuales, esenciales y no esenciales, internos y externos, estables e inestables, etc. La ley no abarca todos estos nexos y relaciones, sino solamente aquellos que definen la esencia, la determinación cualitativa del fenómeno dado. Por esta razón, el fenómeno es siempre más rico que la ley, la cual es sólo una parte del fenómeno.
Marx define la ley como “la conexión interna y necesaria entre dos cosas...”1 Y en Lenin encontramos la definición de la ley como una relación de esencias o entre esencias, como el fenómeno esencial.2
La ley es, pues, una relación interna, necesaria, esencial, entre los fenómenos. Cuando la semilla de una planta encuentra las condiciones favorables, germina necesariamente. En esta necesidad se expresa la ley de la herencia; en ella no entran los rasgos peculiares de la planta, los rasgos no esenciales e individuales, provocados por las constantes variaciones de las condiciones del medio ambiente. Bajo el capitalismo existe entre el proletariado y la burguesía una relación interna, necesaria, esencial, relación que se expresa en la ley de la plusvalía y en otras leyes económicas del capitalismo. Ahora bien, en los nexos existentes entre ambas clases hay, además, muchos aspectos casuales, no esenciales, que no entran en la ley de la plusvalía.
Los nexos no esenciales introducen determinados matices en la acción de la ley, sin modificar para nada su esencia, aunque frecuentemente la ocultan. El capitalista se dedica, a veces, a una aparente labor de
C. Marx, El Capital, trad. española de W. Roces, t. III, pág. 290, México, 1947.
V. I. Lenin, Cuajemos filosóficos, ed. rusa, págs. 127, 128.
La ley [G. M. Straks] 157
“beneficencia”, ocultando su verdadera faz de explotador. Por esta razón, es de suma importancia, cuando se estudia cualquier fenómeno, descubrir sus nexos internos, esenciales, y no dejar que se oculten o escondan detrás de otros secundarios, no esenciales.
La necesidad inherente a la ley proviene de que esta ley opera siempre en determinadas condiciones necesarias. Estas condiciones en las que se basan la existencia y la acción de las leyes objetivas se hallan representadas por la variedad y multiplicidad de formas de la materia en movimiento en la naturaleza, y por la vida material de la sociedad, por las diversas formas de conciencia social y por un determinado ser social de los hombres.
Así, por ejemplo, la existencia de cuerpos distintos es la condición de la ley de la gravedad, ley que expresa determinado nexo interno, necesario entre ellos. La existencia de ciases hostiles entre sí —de explotadores y de explotados —es la condición de la ley de la lucha de clases, que expresa el nexo interno, esencial, entre dichas clases.
El carácter esencial y necesario de los nexos, que la ley abarca, imprime a ésta la forzosidad, la necesidad que se expresa en los postulados de toda ley.
Los postulados de la ley no son algo subjetivo. Significan que el fenómeno dado solamente puede existir y desarrollarse dentro de los nexos, que la ley predetermina. Así, por ejemplo, con arreglo a la ley de la herencia, todo ser vivo necesita de determinadas condiciones externas para existir.
La ley se caracteriza como una relación de causa a efecto; sin embargo, dicha relación es más amplia que la ley, ya que la lleva en su seno. La relación causal puede no tener fuerza de ley, puede ser casual, es decir, no ser por sí misma una manifestación de la ley, como ocurre, por ejemplo, en el caso de la avería de una máquina provocada por una causa fortuita. Ahora bien, la ley entraña necesariamente cierta relación causal, ya que provoca siempre —directa o indirectamente— determinado efecto. Así, por ejemplo, la ley de la anarquía de la producción, bajo el capitalismo, engendra la crisis como uno de sus efectos; en este caso, la ley opera como causa.
La ley implica un nexo de causa a efecto, en su más profundo sentido. En el nexo esencial entre dos fenómenos, que es lo que constituye la ley, la acción de un aspecto se convierte en causa de la acción del otro, y, a la par, en efecto suyo. El desarrollo de las fuerzas productivas engendra, como el más importantísimo efecto, el desarrollo de las relaciones de producción; pero la acción de las nuevas relaciones de producción se convierte, a su vez, en importante factor causal del desarrollo de las fuerzas productivas. Se manifiesta en ello la ley de la correspondencia de
158 La ley [G. M. Straks]
las relaciones de producción con el carácter de las fuerzas productivas. Todo fenómeno es, internamente, contradictorio. En su individualidad
es irrepetible y, sin embargo, pese a ello, se repite y reproduce constantemente. El fenómeno es cambiante, pero lleva en sí, al mismo tiempo, algo estable, firme y en reposo. La ley representa lo que continuamente se repite y se reproduce en el fenómeno.
Lenin caracteriza la ley como lo firme (lo que permanece), lo adecuado (es decir, lo idéntico, lo que se repite) del fenómeno. Esta idea de Lenin puede ilustrarse con el ejemplo de la ley química de la constancia de la composición, según la cual, cualquiera que sea el camino por el que se produzca una combinación química, su composición seguirá siendo una y la misma. Ello expresa la estabilidad, la reiteración inherente a los nexos, que representan la ley. Otro ejemplo elocuente de este género es la repetición de las propiedades químicas y físicas de los elementos, según la ley periódica de Mendeleev.
La repetición se observa también en los fenómenos de la vida social. Ciertos filósofos idealistas —los neokantianos— consideran que la sociedad y la naturaleza se diferencian por el hecho de que los fenómenos sociales son siempre radicalmente individuales e irrepetibles y no pueden estar sujetos, por ello, a ley alguna. Los filósofos burgueses no comprenden la verdadera trayectoria del desarrollo social, no ven el papel decisivo que la vida material desempeña en el desarrollo de la sociedad,
y ello les impide percibir la reiteración en los fenómenos sociales. Lenin ha subrayado que solamente el análisis de los fenómenos
sociales materiales permitió a Marx observar su repetibilidad y sintetizar acertadamente los regímenes de los diferentes países en un solo concepto, en el concepto fundamental de formación económicosocial. Fue ésta una de las condiciones fundamentales en el descubrimiento de las leyes de la vida social, de la creación de la ciencia de las leyes del desarrollo de la sociedad.
En toda sociedad, cambia primero la vida material social, y después, y en consonancia con ello, cambia también la conciencia de los hombres Después de haber puesto de relieve y de sintetizar los nexos que invariablemente se repiten y la dependencia existente entre la vida material y espiritual de la sociedad, Marx descubrió y formuló la ley general de la historia, según la cual el ser social de los hombres determina su conciencia social.
La nota de la repetibilidad se halla indisolublemente unida a otro importantísimo rasgo de la ley que es su universalidad. “La ley es la forma que reviste la universalidad en la naturaleza”3 —dice Engels. La ley es
F. Engels, Dialéctica de la naturaleza, trad. rusa. pág. 186.
La ley [G. M. Straks] 159
universal en el sentido de que encarna los nexos necesarios, esenciales, estables, de todos los fenómenos de un determinado campo, sin excepción.
Por muy individualmente que se presente un fenómeno, si no es casual, siempre se descubrirán en él ciertos rasgos comunes, que le convierten en un fenómeno sujeto a leyes. Así, por ejemplo, cada figura histórica es una personalidad irrepetible, pero la personalidad progresiva, siempre y en todas las condiciones, expresa cierta necesidad social ya madura. Y en ello consiste esa fuerza de ley que es inherente a su acción.
Toda ley es una ley del movimiento. Los nexos existentes entre los objetos y fenómenos solamente surgen, existen, cambian y desaparecen gracias al movimiento de éstos. En los nexos esenciales, necesarios, se expresa el movimiento esencial y necesario que es precisamente lo que constituye la esencia de la ley dada. Toda ley no solamente señala los nexos necesarios, sino también el género o especie de movimiento, que forma los nexos de que se trata. Así, la ley de la conservación de la energía no sólo nos dice que existe un nexo entre diferentes formas de energía, sino también que este nexo se expresa en la transformación de una forma de energía en otra, dentro de una correlación rigurosamente determinada.
El hecho de que toda ley es una ley del movimiento se expresa en las acciones que produce, dentro de unas condiciones dadas. La acción de la ley hace que se efectúe determinado proceso en el campo de fenómenos de que se trata. Muchas leyes constituyen, primordialmente, un proceso de cambios cuantitativos. Entre ellas se cuenta, por ejemplo, la segunda ley de Newton, según la cual la aceleración de un cuerpo es inversamente proporcional a la masa y directamente proporcional a la fuerza, que actúa sobre el cuerpo; o la ley de BoyleMariotte, por virtud de la cual el volumen y la presión de un gas, a una temperatura constante, son inversamente proporcionales entre sí.
Hay leyes que expresan, principalmente, los cambios cualitativos, los saltos, como ocurre en todas las leyes que caracterizan procesos como los de fusión y solidificación, vaporización y condensación, y el paso de los cristales de una modificación cristalina a otra.
Los cambios cuantitativos y cualitativos, cualquiera que sea el campo de fenómenos en que se manifiesten, mantienen entre sí relaciones mutuas, que se expresan en la acción de la ley universal de la transformación de los cambios cuantitativos en cambios cualitativos.
El fenómeno casual, no abarcado por determinada ley, puede ser expresión de otra ley o de un conjunto de leyes. Existen muchos fenómenos, cada uno de los cuales presenta un carácter casual, y solamente en su movimiento total se manifiestan las leyes que los rigen,
160 La ley [G. M. Straks]
las leyes estadísticas, que se diferencian de las leyes dinámicas.
El concepto de ley dinámica se aplica en un proceso aislado (trayectoria de una bala, caída de una piedra, etc.), en el cual el estado inicial, dadas unas condiciones estables, predetermina toda su trayectoria futura.
Las leyes estadísticas rigen en los procesos, que se distinguen por su carácter de masa. Estas leyes se manifiestan en innumerables fenómenos homogéneos que se producen en condiciones iguales y estables.
La mecánica cuántica, que estudia los fenómenos masivos que se presentan en el movimiento de las partículas “elementales”, constituye el campo propio de las leyes estadísticas. Así, la desintegración espontánea de los átomos radiactivos se efectúa con arreglo a leyes estadísticas. Los diferentes núcleos de un elemento se desintegran en diversos lapsos de tiempo, pero el promedio de tiempo de desintegración para este elemento sigue siendo el mismo. Así, la llamada constancia radiactiva demuestra que una parte del número total de los átomos del elemento radiactivo se desintegra en un segundo.
La aparición de cada electrón individual se halla también sujeta a leyes de carácter estadístico. Queda con ello rotundamente refutada la teoría idealista, según la cual el movimiento del electrón no está sujeto a leyes, la tesis del “libre arbitrio” del electrón.
Tiene razón Roger Garaudy cuando dice: “Si el electrón no estuviera sujeto a leyes, el conjunto de sus “ caprichos” no podría convertirse en una acción ordenada y previsible”.4
Las leyes estadísticas abarcan una masa de fenómenos, cada uno de los cuales tiene un carácter casual.
Así, pues, la ley es una relación necesaria, esencial, interna y estable de los objetos y fenómenos, expresada en los movimientos de éstos.
Toda ley existe sobre la base de ciertas condiciones, plantea determinadas exigencias, en consonancia con los rasgos que le son inherentes, y se manifiesta en acciones, características de ella.
La lucha entre el materialismo y el idealismo en relación con el problema de la ley. Carácter objetivo de las leyes
En torno al problema del carácter de las leyes se viene librando, desde hace ya mucho tiempo, una aguda lucha entre el materialismo y el idealismo.
El materialismo parte del criterio de que las leyes de la naturaleza tienen un carácter objetivo y de que se reflejan en la conciencia humana.
Roger Garaudy, Problemas de la teoría marxista-leninista del conocimiento, trad. rusa, pág. 220, Moscú, 1955.
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El idealismo considera que son producto de la razón o de la voluntad humana (idealismo subjetivo) o expresión de la Idea Absoluta o del Espíritu Absoluto (idealismo objetivo).
El materialismo orienta los esfuerzos de la ciencia hacia el descubrimiento y la utilización de las leyes objetivas en beneficio del hombre. El idealismo, hostil a la ciencia, ha sido siempre un obstáculo en el camino del conocimiento y la utilización de las leyes de la naturaleza y de la sociedad.
Los materialistas del siglo XVIII, los autores de la Enciclopedia de las ciencias, de las artes y de los oficios, consideraban que el descubrimiento de las leyes era una cuestión vital para la ciencia. Criticando a los filósofos idealistas por negar la objetividad de las leyes, los materialistas franceses caracterizaban la sujeción de la naturaleza a leyes como un nexo constante e indestructible entre las causas y sus efectos. El más alto exponente de los enciclopedistas franceses, Diderot, sostenía que ni la vida del hombre ni su actividad práctica serían posibles si no pusiera a su servicio las leyes objetivas.
“Creo que si en la naturaleza no discurriera todo con arreglo a leyes generales, que si, por ejemplo, el pinchazo de ciertos cuerpos duros fuera doloroso y el de otros, en cambio, produjera un placer, moriríamos, sin haber recogido siquiera la cienmillonésima parte de la experiencia necesaria para la conservación de nuestro organismo y para nuestro bienestar”.5
Sin embargo, ya en la época del capitalismo ascensional se revelaba una tendencia idealista en la ciencia y en la filosofía burguesa en relación con el problema del carácter de las leyes.
Nada tiene de casual el hecho de que fuese precisamente la burguesía alemana del siglo XVIII, incapaz de luchar decididamente contra el feudalismo y deseosa de llegar a una transacción con él, la que diera a la filosofía un pensador como Kant, quien se planteaba la tarea de limitar el poder de la ciencia, para dejar sitio a la fe. La ambigüedad es el rasgo característico de la filosofía kantiana.
Kant consideraba la ley como una forma “a priori” (al margen de la experiencia) del entendimiento humano, mediante la cual el hombre pone orden en el caos fenoménico. Pero, aun negando la objetividad de la ley, reconocía su carácter necesario: el hombre no inventa la ley a su libre arbitrio; la ley que introduce en la naturaleza es innata en él. Según Kant, solamente podemos aplicar la ley en el mundo de los fenómenos, pero en modo alguno en el mundo verdaderamente real, en el mundo de las “cosas
D. Diderot, Obras completas, en diez tomos, ed. rusa, t. I, pág. 267, Moscú- Leningrado, 1935.
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en sí”. De este modo, el filósofo alemán adaptaba las leyes de la ciencia para obligarlas a convivir pacíficamente con los dogmas de la religión.
Hegel, al abordar el problema de la ley, puso de manifiesto un profundo sentido dialéctico, que Lenin valoró en alto grado. A él debemos la definición de la ley como lo esencial del fenómeno, como lo que permanece “en calma”, “en reposo”, en los fenómenos, etc. Sin embargo, la concepción hegeliana de la ley no deja de estar impregnada de cierta mistificación. La ley solamente existe para Hegel en una determinada fase del desarrollo de la idea absoluta, como expresión de la actividad que es inherente a ella. La naturaleza y la sociedad son solamente formas en que se encarna la idea absoluta y sus leyes simplemente huellas de la idea absoluta detrás de las cuales en Hegel se oculta Dios.
Ludwig Feuerbach, defendiendo a la ciencia en su lucha con el idealismo y la religión, sostenía la idea de que la naturaleza está sujeta a leyes objetivas. En sus críticas del kantismo, afirmaba que el entendimiento no puede dictar sus leyes a la naturaleza. Las leyes de la realidad son, al mismo tiempo, leyes del pensamiento, ya que el hombre mismo es una parte de la naturaleza. “El reconocimiento de que la naturaleza está sujeta a leyes objetivas —señala Lenin— se halla indisolublemente unido, en Feuerbach, al reconocimiento de la realidad objetiva del mundo exterior”.6
La burguesía, al llegar al poder, necesitaba servirse de las leyes de la ciencia para desarrollar la producción con el fin de obtener ganancias; pero, al mismo tiempo, pugnaba por desarraigar de ellas todo contenido materialista. Este mandato social fue cumplido, a mediados del siglo XIX, por el filósofo francés Auguste Comte, fundador de la filosofía idealista del positivismo.
Comte sostenía que la ciencia debe limitarse exclusivamente a observar los fenómenos, que él concebía como sensaciones humanas. La ciencia debía proponerse como fin establecer un mínimo de leyes de los fenómenos, por las cuales debe guiarse el conocimiento. Las leyes, en esta forma idealista, convienen a los intereses de la burguesía, ya que sólo se consideran como leyes de las sensaciones y percepciones del hombre.
Esta concepción positivista del carácter de las leyes es la que predomina en la filosofía burguesa de la época del imperialismo.
Así, por ejemplo, desde el punto de vista de la filosofía de Mach, las leyes de la ciencia son solamente cómodos procedimientos para describir un gran número de fenómenos sensoriales individuales. La ley de la gravitación sólo sirve para relacionar y describir una multitud de percepciones de la caída de los cuerpos. El machista Karl Pearson afirma
V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XIV, pág. 142.
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que “la ley, en un sentido científico, es por esencia un producto del espíritu humano, carente de sentido fuera del hombre. Debe su existencia al poder creador del intelecto humano. Tiene más sentido decir que el hombre dicta sus leyes a la Naturaleza que decir, a la inversa, que es la Naturaleza quien dicta sus leyes al hombre”.7
Los idealistas subjetivos de nuestro tiempo, al negar la objetividad de las leyes, rechazan con particular insistencia su carácter forzoso, necesario. Así lo revela, con especial claridad, el ejemplo del instrumentalismo, una de las filosofías dominantes en los Estados Unidos. John Dewey, cabeza de esta escuela, considera que las leyes son “instrumentos” que permiten “manejar con eficacia los negocios”. Los hombres mismos crean y anulan las leyes. Estas son verdaderas cuando nos reportan “éxitos”, cuando nos son útiles en nuestros asuntos, cuando nos permiten hacer “business”.
Dewey y sus discípulos, cayendo en el más extremo subjetivismo, ponen en evidencia lo que hay de vicioso en su teoría. Surge, en efecto, una pregunta legítima: ¿por qué los hombres parten de determinadas leyes? Pregunta a la que sólo se puede dar esta respuesta científica: porque las leyes de la naturaleza y de la sociedad tienen un carácter objetivo. “El mundo es el movimiento de la materia con sujeción a leyes, y nuestro conocimiento, como producto superior de la naturaleza, puede reflejar estas leyes”.8
Muchos representantes de la ciencia y de la filosofía burguesas de nuestro tiempo revelan un curioso dualismo en el problema de la ley, pues mientras que admiten la existencia de leyes en una región de la realidad, la niegan decididamente en otro. Los físicos de la escuela de Copenhague (N. Bohr, W. Heisenberg y P. Jordán) admiten que existen leyes en el macrocosmos y, en cambio, niegan su existencia en el microcosmos. Según ellos, los microprocesos “surgen” en el momento de la observación, merced a la influencia que ejerce el instrumento del observador. Sólo el instrumento, es decir, la acción del hombre —afirman dichos físicos—, introduce las leyes en el mundo de los microfenómenos.
El pragmatista George Herbert Mead considera que sólo el pasado está sujeto a leyes, y para ello se funda en que éste ya no existe y en que no es posible introducir en él ningún cambio. El futuro no está en absoluto sujeto a leyes, es completamente casual, ya que ofrece a los seres vivos la posibilidad de una acción creadora y libre.
En todas estas invenciones no están bien atados los cabos; en efecto, ¿cómo puede el microcosmos, que “no conoce leyes”, ser una parte del
K. Pearson, La gramática de la ciencia, trad. rusa, pág. 111.
V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XIV, pág. 156.
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macrocosmos, basado en leyes? ¿Cómo el futuro, que “no está sujeto a leyes”, puede convertirse en un pasado que sí lo está?
Los filósofos burgueses reaccionarios, al negar el carácter objetivo de las leyes, han imaginado una serie de “leyes”, que no existen en la realidad, entre ellas “la ley de la fertilidad decreciente del suelo”, “la ley de la lucha por la existencia en la sociedad”, etc. La obstinada y fastidiosa propaganda en favor de estas “leyes” inexistentes es una de las formas que adopta la lucha contra el reconocimiento por la ciencia del carácter objetivo de las leyes de la naturaleza y de la sociedad y en pro de la perpetuación del capitalismo.
La burguesía reaccionaria está interesada en negar la objetividad de las leyes por una serie de motivos: en primer lugar, porque es reacia a la concepción científica y materialista del mundo y necesita del apoyo de la religión, como uno de los pilares ideológicos más importantes. “Al expulsar a las leyes del campo de la ciencia, se trata, de hecho, simplemente de introducir subrepticiamente las leyes de la religión”.9 En segundo lugar, porque la negación de las leyes objetivas ayuda a la burguesía a “justificar” la arbitrariedad y el aventurerismo, que son rasgos característicos de su política en la época de la descomposición del capitalismo. Y, en tercer término, la negación del carácter objetivo de las leyes le sirve para negar que el desarrollo de la sociedad discurre objetivamente y, ante todo, le sirve para negar el carácter inevitable, con sujeción a leyes, de la desaparición del capitalismo y de su sustitución por el socialismo.
Hay, en los países capitalistas, muchos hombres de ciencia que se pronuncian contra el idealismo, defendiendo la objetividad de las leyes de la naturaleza y el contenido objetivo de las leyes de la ciencia. Entre los esforzados defensores de la ciencia, que combaten el idealismo, se hallan los grandes sabios Langevin, recientemente fallecido, Joliot Curie y John Bernal. Louis de Broglie, uno de los más grandes sabios franceses, ha asumido la defensa del carácter objetivo de las leyes de la naturaleza y se ha pronunciado en contra del subjetivismo. El ilustre hombre de ciencia ha dicho que las concepciones subjetivistas dejan en la física una penosa huella y de que ésta se sentiría feliz de desembarazarse de ellas.10
La filosofía marxista, basándose en los datos de la ciencia y de la práctica, ha fundamentado firmemente el carácter objetivo de las leyes del mundo exterior.
El mundo es, por su propia naturaleza, algo material. La materia es la
V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XX, pág. 182.
“Los problemas de la causalidad en la mecánica cuántica’’. Recopilación de trabajos de autores extranjeros. Ed. rusa, pág. 31, Moscú, 1955.
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realidad objetiva, que existe fuera e independientemente de la voluntad y de la conciencia de los hombres. Las condiciones en que rige una ley constituyen una determinada esfera del mundo material infinito o el mundo entero en su totalidad. Y, partiendo de aquí, es también un hecho irrefutable que la ley, que representa el nexo entre esas condiciones, es asimismo algo objetivo.
Así lo comprueba el hecho de que las leyes de la naturaleza, que actualmente rigen, regían ya cuando aún no existían el hombre ni la sociedad humana.
Las leyes objetivas no pueden ser creadas por nadie. Surgen cuando se dan determinadas condiciones objetivas. Así, las leyes que rigen la actividad del sistema nervioso surgieron precisamente cuando los seres vivos alcanzaron en su desarrollo cierto grado de complejidad. Del mismo modo, la ley de la lucha de clases comienza a regir a partir del momento en que la sociedad aparece dividida en clases hostiles.
Al cambiar las condiciones objetivas, independientemente de la voluntad y de la conciencia de los hombres cambian también las leyes que las rigen. Así, por ejemplo, la ley del valor desempeña el papel de regulador de la producción en la sociedad capitalista, pero en la economía socialista pierde esta función.
Las leyes objetivas no pueden ser abolidas por nadie. Al desaparecer determinadas condiciones objetivas, las correspondientes leyes pierden su vigencia, es decir, dejan de existir. La destrucción del capitalismo en la U.R.S.S., por ejemplo, trajo como consecuencia la total anulación de las leyes que rigen en la economía capitalista.
Al llegar a este punto, se plantea el siguiente problema: si las leyes existen sobre la base de ciertas condiciones objetivas, y estas últimas, en la vida social, son producto de la actividad humana, ¿significa esto que los hombres crean las leyes de la sociedad, y que éstas, por consiguiente, no tienen un carácter objetivo, a diferencia de lo que ocurre con las leyes de la naturaleza?
Al abordar este problema, conviene tener presente que la aparición, modificación o desaparición de determinadas condiciones objetivas en la sociedad (las relaciones de producción, por ejemplo) es un proceso objetivo, que se opera independientemente de la voluntad y de la conciencia del hombre, y de la humanidad.
Los hombres parten siempre de las condiciones creadas con anterioridad y que se desarrollan en consonancia con leyes objetivas. Así, al derrocar el capitalismo, el proletariado parte de las condiciones objetivas existentes, por ejemplo, del carácter social de la producción, condiciones sin las cuales sería imposible pasar al socialismo. El proletariado se guía, asimismo, por leyes objetivas.
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Puesto que la creación o modificación de las condiciones de la vida material de la sociedad mediante la actividad humana es un proceso objetivo, la aparición, modificación o desaparición de las correspondientes leyes sociales se opera con absoluta independencia de la conciencia de los hombres.
Los postulados que plantea la ley son una de las expresiones ¿el carácter objetivo de ésta. En efecto, para alcanzar los fines propuestos, hay que tomar en consideración los postulados de las leyes correspondientes. La actividad desarrollada en cualquier esfera está condenada al fracaso si no se atiende a esos postulados.
A veces se expresa la opinión de que es imposible, en general, desatender los postulados de las leyes de la naturaleza y de la sociedad, pero esta opinión se halla en contradicción con numerosos hechos. Si fuera imposible infringir los postulados de las leyes, ello significaría que toda actividad discurre con arreglo a leyes y que debe, por tanto, conducir al éxito. Ahora bien, las cosas están lejos de suceder así. La violación de los postulados de las leyes determina con frecuencia el fracaso de una determinada actividad.
Por violación de los postulados de una ley objetiva no debe entenderse su abolición, ya que esto es imposible, sino la ejecución de actos que contravienen a dicha ley y que, por ello mismo, le impiden obrar o entorpecen su desarrollo.
Los intentos de desdeñar los postulados de la ley se traducen forzosamente en una serie de manifestaciones negativas o abiertamente perniciosas. Así, por ejemplo, cuando se construye una casa sin atender suficientemente a las leyes de la mecánica, acaba por deteriorarse o, simplemente, se derrumba. El escritor, que infringe las leyes del arte (por ejemplo, la ley de la unidad entre el contenido ideológico y la forma artística) fracasa inevitablemente o crea una obra carente de valor artístico.
El infractor de los postulados de las leyes objetivas no queda nunca impune. En esto se revela y se demuestra el carácter objetivo de las leyes.
El conocimiento de las leyes es resultado de un largo proceso de desarrollo de la ciencia y de la práctica. Los hombres han estado siempre sujetos a leyes, aunque no sospecharan siquiera la existencia de ellas. Así, por ejemplo, el hombre ha estado sometido a la ley de la conservación de la energía desde el momento en que apareció la vida humana sobre la tierra, ya que no habría podido subsistir sin someterse a la citada ley. Ahora bien, la ley de la conservación de la energía no fue descubierta hasta el año de 1842.
La ley de la plusvalía entra en vigor cuando los primeros capitalistas, propietarios de los medios de producción, comienzan a explotar a los
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obreros asalariados, despojados de toda clase de medios de producción. Esto acaeció ya en la Inglaterra del siglo xiv; sin embargo, sólo a mediados del siglo XIX descubrió Marx la existencia de la ley de la plusvalía.
El carácter objetivo de las leyes se demuestra también por el hecho de que éstas operan, en muchos casos, a despecho de los deseos de los individuos o de ciertas clases sociales. En la actualidad, se opera con fuerza de ley el proceso de desintegración del sistema colonial del imperialismo, y se desarrolla inconteniblemente el proceso de liberación de los pueblos oprimidos. Y todo ello, contra la voluntad de los imperialistas y frente a su rabiosa resistencia. Las leyes objetivas del socialismo rigen en todos los países que se han desgajado del campo capitalista, en contraposición con los deseos de las fuerzas reaccionarias.
Toda la actividad práctica social de la humanidad, toda la historia de la ciencia y de la técnica, demuestra el carácter objetivo de las leyes.
Diferencias entre las leyes de la naturaleza y las leyes de la sociedad
Entre las leyes de la naturaleza y las de la sociedad median varias diferencias esenciales. Una de ellas guarda relación con el papel que la actividad del hombre desempeña en la aparición de determinadas leyes.
La actividad humana no es condición necesaria para que surjan las leyes de la naturaleza. Estas leyes regían cuando aún el hombre no existía, y en la actualidad actúan, en muchos casos, independientemente de lo que los hombres hagan. En cambio, las leyes de la sociedad solamente existen sobre la base de las condiciones creadas por la actividad humana. Engels ha dicho que las leyes sociales son las leyes de las relaciones sociales, propias de los hombres.
Las leyes sociales operan bajo la forma de la actividad humana. Con arreglo a las condiciones objetivas existentes, los hombres contraen determinadas relaciones necesarias, independientes de su voluntad y de su conciencia, en las que se expresan las leyes sociales objetivas, que corresponden a las condiciones objetivas dadas.
Así, por ejemplo, allí donde existe la división social del trabajo y la propiedad privada sobre los medios de producción, los hombres actúan necesariamente como productores de mercancías, es decir, producen objetos de consumo para otros, que cambian por los objetos creados por otros productores. En estas actividades suyas, en las relaciones mutuas que contraen los productores y los poseedores de mercancías, rige la ley del valor. Esta ley expresa que los poseedores de mercancías las cambian con arreglo a la cantidad de trabajo socialmente necesario invertido en su producción, es decir, con arreglo a su valor.
Partiendo de las condiciones en que unos hombres poseen los medios
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de la producción y otros se hallan totalmente privados de ellos, aunque sean libres desde el punto de vista jurídico, los unos y los otros entran necesariamente en relaciones mutuas como capitalistas y obreros asalariados, respectivamente, rigiendo en estas relaciones la ley de la plusvalía. Ley que expresa el hecho de que el capitalista, de todo el valor creado por el obrero asalariado, solamente retribuye el valor de la fuerza de trabajo, es decir, el salario, apropiándose la parte restante.
Otra diferencia entre las leyes de la naturaleza y las leyes de la vida social es la que se refiere a las relaciones existentes entre las leyes de las formas más desarrolladas y las menos desarrolladas de un mismo sector de la realidad objetiva.
Las leyes de las formas superiores de la materia en la naturaleza no anulan las de otras formas menos complejas, sino que coexisten con ellas y las presuponen. Así, al surgir las leyes biológicas con la aparición de la vida sobre la tierra, no perdieron su vigencia las leyes de la química, de la física o de la mecánica. Más aún, las leyes biológicas no podían ni pueden existir si no se dan las premisas creadas por las leyes que rigen en las formas inferiores del movimiento de la materia.
La relación que mantienen las leyes de las formas más desarrolladas con las formas de desarrollo inferior, en la historia de la sociedad, es distinta. Las leyes específicas de las formaciones sociales caducas no se complementan, sino que son sustituidas por las leyes propias de una nueva formación social. Las nuevas leyes van restringiendo el radio de acción de las leyes caducas, hasta que llega un momento en que las desplazan totalmente, despojándolas de toda validez. Así sucedió, en efecto, cuando las leyes específicas de la sociedad esclavista fueron sustituidas por las leyes del feudalismo, y al verse éstas, a su vez, desplazadas por las leyes del régimen capitalista.
Con el triunfo del socialismo en la Unión Soviética, comenzaron a regir, sin compartir su dominio con otras, las leyes del sistema socialista y dejaron de actuar, al mismo tiempo, las leyes del capitalismo.
Las leyes de la naturaleza y de la sociedad se diferencian también por el diverso lugar que unas y otras ocupan en las relaciones entre las clases y en la lucha de clases.
Las leyes de la naturaleza y las leyes de las ciencias naturales, que adecuadamente las reflejan, no afectan por sí mismas a los intereses de las distintas clases. Sin embargo, las clases se esfuerzan por aprovechar en su favor las leyes de las ciencias naturales. Así, por ejemplo, la burguesía ha impulsado y se ha beneficiado del progreso de las ciencias naturales y de las ciencias técnicas para realizar la revolución industrial, que permitió afirmar la dominación del modo capitalista de producción. Las leyes de la física nuclear, al igual que otras leyes de las ciencias
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naturales y técnicas, sirven tanto a los países capitalistas como a los países socialistas.
El descubrimiento de nuevas leyes de la naturaleza fortalece siempre las posiciones del materialismo y asesta un nuevo golpe a la concepción filosófica idealista del mundo. A ello se debe el que las fuerzas reaccionarias acojan con hostilidad o se empeñen en tergiversar radicalmente los descubrimientos científicos, que minan las bases de su ideología. Así, por ejemplo, la reacción católica medieval declaró la guerra al descubrimiento copernicano de las leyes que rigen la estructura del sistema solar, al igual que a la teoría de Galileo de la rotación de la Tierra, la teoría de Giordano Bruno acerca de la infinidad de los mundos, etc. Y es que estos descubrimientos venían a destruir los dogmas fundamentales de la Iglesia; por ello, la Iglesia Católica persiguió sañudamente a Copérnico, recluyó en la cárcel a Galileo y quemó en la hoguera a Giordano Bruno.
Los idealistas de nuestro tiempo tergiversan una de las más grandes conquistas de la física actual —el descubrimiento de las leyes que rigen en las transformaciones nucleares— con el fin de apoyar así a la religión, de “demostrar” el carácter finito del universo, la creación del mundo por obra de Dios, etc.
Sin embargo, las nuevas leyes de las ciencias naturales, por importantes que ellas sean, no apuntan directamente contra los intereses vitales de las clases caducas. La aplicación de estas leyes no puede conducir por sí misma al derrocamiento de una determinada clase. Ello explica también el hecho de que el descubrimiento y la aplicación de las leyes de la naturaleza se opere sin desencadenar las convulsiones y revoluciones, que van aparejadas forzosamente al descubrimiento y la aplicación de las nuevas leyes sociales.
En la sociedad dividida en clases, las leyes sociales afectan a los intereses vitales de las distintas clases. La ley universal de la acumulación capitalista, que “determina una acumulación de miseria, equivalente a la acumulación de capital”,11 responde plenamente a los intereses de la burguesía, pero no responde en absoluto a los del proletariado. La aplicación de las leyes económicas del socialismo responde por entero a los intereses de la clase obrera y de todas las masas trabajadoras, pero se halla en contradicción con los intereses de clase de la burguesía. Para que en la sociedad comiencen a regir las leyes objetivas del socialismo, es indispensable transformar la propiedad capitalista en socialista, lo que exige, a su vez, que la burguesía sea aniquilada como clase.
Las clases caducas adoptan una actitud hostil ante el descubrimiento
C. Marx, El capital, trad. española de W. Roces, t. I, pág. 728, México, 1945.
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y la aplicación de las nuevas leyes del desarrollo social, cuya acción lleva a la tumba a esas clases.
La clase avanzada se halla vitalmente-interesada en el descubrimiento y la aplicación de nuevas leyes objetivas de la sociedad, ya que esto augura su liberación del yugo que sobre ellas pesa y la efectividad de su papel dirigente en la sociedad. Esta clase o estas clases sociales constituyen la fuerza, que aplasta la resistencia de las clases caducas de la sociedad. Todo lo cual significa que, en la sociedad dividida en clases, la aplicación de las leyes sociales se efectúa en un proceso de aguda lucha de clases.
Leyes generales y leyes especificas
La generalidad es, como ya se ha puesto de manifiesto más arriba, uno de los rasgos característicos de toda ley. El grado de generalidad de una ley se determina por la extensión del campo de los fenómenos en que actúa esta ley.
Hay leyes generales del desarrollo del mundo y leyes que tienen una máxima generalidad. Existen leyes generales de la naturaleza, que se dan en todos los fenómenos, y leyes generales de la sociedad, que rigen a lo largo de toda su historia. Hay también leyes particulares, específicas, inherentes a cada forma de la materia, a cada formación económico-social, o a varias.
Entre las leyes que tienen un ámbito de máxima generalidad figuran las leyes universales del desarrollo del universo, las leyes de la dialéctica materialista. Estas leyes son las más generales por estas dos razones: a) porque las condiciones en que actúan (la infinitud de la materia en desarrollo, tanto en el espacio como en el tiempo) no desaparecen nunca, sino que se limitan a cambiar constantemente; b) porque se dan en todos los fenómenos de la naturaleza, de la sociedad y del pensamiento, en todos y cada uno de los momentos de su existencia.
Las leyes objetivas universales del desarrollo del mundo expresan la unidad material que es inherente al universo.
Tanto en la naturaleza como en la sociedad, hay condiciones que se mantienen constantemente a través de todos los cambios. Las leyes generales de la naturaleza y de la vida social rigen sobre la base de esas condiciones.
La ley de la conservación de la materia y de la energía, descubierta por M. V. Lomonosov en 1748, es una ley universal de la naturaleza, ya que abarca todas las formas de conservación de la materia y de sus propiedades: conservación de la masa, de la energía, de la cantidad de movimiento y del momento de esta cantidad.
La ley de la conservación de la energía actúa, sin excepción, en todos
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los campos de la naturaleza y en todos los fenómenos: en el movimiento mecánico que engendra calor, en las transformaciones nucleares, en la fotosíntesis de las plantas, etc.
Las leyes generales de la naturaleza expresan el hecho de que la naturaleza es un todo único, pese a su infinita diversidad.
En la sociedad se dan también condiciones que se conservan en todas sus formas: la producción, la supraestructura, la conciencia social y otras. Sobre la base de estas condiciones operan las leyes generales del desarrollo social tales como la ley de la correspondencia de las relaciones de producción con el carácter de las fuerzas productivas, la ley que expresa la función determinante de la base sobre la supraestructura, la ley según la cual el ser social determina su conciencia, etc.
La existencia de leyes que rigen a lo largo de toda la historia (leyes sociológicas) demuestra que la historia de la sociedad es un proceso único e ininterrumpido.
Además de las leyes generales, hay también leyes particulares, específicas. Cada una de las formas de movimiento tiene su propio sistema de leyes particulares, entre las cuales figuran las leyes de la mecánica, las leyes del movimiento molecular, de los procesos electromagnéticas, del movimiento de las micropartículas (leyes de la mecánica cuántica), las leyes químicas, biológicas, las leyes propias de cada formación económico-social y las leyes del pensamiento.
Las leyes específicas expresan los rasgos cualitativos característicos de una forma de movimiento de la materia o de determinada formación social.
Las leyes generales se diferencian de las específicas, ante todo, por su mayor radio de acción o por su gran duración, o bien por ambos caracteres a la vez. La ley de la gravitación universal, por ejemplo, actúa en todo el mundo material y en todo tiempo; las leyes de Kepler, en cambio, solamente caracterizan el movimiento de los planetas dentro de los límites del sistema solar, desde el momento en que surgió este sistema.
No debe exagerarse, sin embargo, la diferencia que media entre las leyes generales y las específicas, ya que no se trata de una diferencia absoluta, sino relativa. La generalidad y la particularidad son rasgos inherentes a todas las leyes objetivas, sin excepción.
Así, las leyes generales de la naturaleza o de la sociedad son particulares, específicas en relación con las leyes generales del desarrollo. Por ejemplo, la transformación de una forma de energía en otra (de mecánica en térmica, eléctrica, etc.), de acuerdo con la ley de la conservación de la energía, es la forma específica de manifestarse en la naturaleza la ley universal de la transformación de los cambios cuantitativos en cualitativos. Por otra parte, una ley particular es una ley
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común a todos los fenómenos de un determinado campo y puede tener el carácter de ley general con relación a otras leyes más particulares. Así, por ejemplo, la ley del intercambio de sustancias es una ley específica de la naturaleza orgánica, pero es una ley general respecto a otras leyes de la naturaleza viva (herencia, variabilidad, etc.), ya que los procesos normales en el organismo son siempre una manifestación del intercambio de sustancias.
Las leyes del arte son, por supuesto, leyes específicas de una determinada forma de la conciencia social, pero existen leyes generales valederas para las distintas artes (por ejemplo, la ley de la unidad de la forma y del contenido, la ley de la concordancia de las imágenes artísticas con la verdad de la vida, la ley de la tipificación, etcétera) y leyes particulares que sólo rigen en uno de los campos del arte (poesía, pintura, teatro, cine, etc.).
Las leyes generales y las leyes particulares expresan de distinto modo su carácter específico.
El carácter específico, inherente a las leyes más generales del desarrollo del mundo, así como a las leyes generales de la naturaleza o de la sociedad, estriba en que operan, bajo distinta forma, en los diversos sectores de la realidad. Así, la ley de la unidad y lucha de contrarios rige en el simple movimiento mecánico como unidad de la continuidad y la discontinuidad, y en la naturaleza orgánica se presenta bajo la forma de unidad de la asimilación y la disimilación.
La especificidad de determinadas leyes se expresa, además, en el hecho de que todas estas leyes tienen un carácter histórico, ya que operan de distinto modo en distintas condiciones históricas concretas. La ley de la unidad y la lucha de contrarios, por ejemplo, no rige en absoluto de igual manera bajo el capitalismo que en la sociedad socialista.
En la sociedad capitalista, las contradicciones sociales adoptan inevitablemente la forma de antagonismo, que sólo pueden resolverse, en última instancia, por medio de la revolución socialista. En cambio, las contradicciones de la sociedad socialista no revisten carácter antagónico y se superan mediante la transformación y el perfeccionamiento de los eslabones rezagados de la economía y de la supraestructura, y no por medio de revoluciones.
Las leyes generales de la naturaleza, aun siendo leyes eternas, son, asimismo, leyes históricas en el sentido de que su acción depende siempre de determinadas condiciones. Así, al aparecer la vida sobre la tierra, surgieron también nuevos aspectos en la acción de la ley de la conservación de la energía. Surgió, por ejemplo, la capacidad de los organismos vegetales de asimilar directamente la energía solar (fenómeno de la fotosíntesis).
La ley [G. M. Straks] 173
La historicidad es también nota inherente a todas las leyes del desarrollo social. Una ley general, común a todas las épocas históricas, es la que señala la disminución de la fuerza humana invertida por unidad de producción, como consecuencia del aumento de la productividad del trabajo social. Bajo el capitalismo, esta ley se expresa en el hecho de que al aumentar la productividad del trabajo aumenta también el ejército de los desocupados por paro forzoso y se acentúa la depauperación de la clase obrera. En la sociedad socialista, la disminución de la inversión de fuerza de trabajo que lleva aparejado el aumento de la productividad no provoca el paro forzoso y acrecienta la riqueza social y el bienestar de cada trabajador.
La acción de las leyes particulares ofrece también sus rasgos específicos, que emanan del hecho de que las leyes particulares rigen dentro de un campo de fenómenos de la naturaleza o de la sociedad cualitativamente distintos. En consonancia con esto, cada ley se distingue por el carácter de sus nexos específicos, por la forma peculiar de movimiento, que la citada ley expresa, desde el punto de vista de la cualidad; se distingue, asimismo, por la contradicción concreta que se encarna en la ley y también por sus distintos modos de manifestarse en condiciones concretas e históricas diversas.
Así, las leyes de la mecánica cuántica expresan el tipo de relación existente en el movimiento de las micropartículas (electrones, protones, neutrones, etc.). Este tipo de movimiento presenta la particularidad de que la energía del sistema de las micropartículas se transforma por cuantas, es decir, por porciones discontinuas, que constituyen unidades enteras y extremadamente diminutas de energía.
Las leyes de la mecánica expresan la mutua relación existente entre los cuerpos macrocósmicos y se manifiestan en el desplazamiento de estos cuerpos en el espacio. La primera ley de Newton, por ejemplo, dice que todo cuerpo mantiene su estado de reposo o de movimiento uniforme en línea recta, a menos que la acción ejercida por otros cuerpos le obligue a cambiar de estado. Las leyes biológicas expresan el nexo existente entre los organismos vivos y sus condiciones de existencia; dichas leyes caracterizan la forma biológica del movimiento de la materia.
En toda ley se expresa una determinada unidad de contrarios, y, con frecuencia, esto se expresa en la formulación misma o en el enunciado de la ley. Así sucede con la tercera ley de Newton, según la cual a toda acción se opone siempre una reacción igual y de sentido contrario. Y lo mismo vemos en la ley de la asimilación y disimilación, en la ley de la lucha de clases en las sociedades antagónicas, etc.
El modo metafísico de abordar el problema de la ley se pone de manifiesto cuando se niega que las contradicciones sean inherentes a la
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propia ley, lo que conduce, a fin de cuentas, forzosamente, al idealismo. Esto se pone de relieve en el siguiente ejemplo: las micropartículas que estudia la mecánica cuántica se distinguen por su naturaleza contradictoria, ya que en ellas se dan en unidad las propiedades ondulatorias y corpusculares. Debido a esta naturaleza contradictoria, el movimiento de las micropartículas no puede compararse con el de los cuerpos ordinarios, en el que, en cada momento, el cuerpo ocupa una posición que puede fijarse con precisión y posee una velocidad susceptible de ser definida por su magnitud y dirección.
El idealismo “físico” actual especula con estas dificultades. En efecto, los idealistas físicos, en vez de admitir la existencia de una contradicción real en el seno mismo de las leyes que rigen el movimiento de las micropartículas, declaran que las propiedades contradictorias de éstas se limitan a complementarse las unas a las otras, sin que pueda afirmarse que existen nunca simultáneamente, ya que en un determinado momento, en un experimento se manifiesta la estructura ondulatoria de las partículas, mientras que en otro experimento, y en otro momento, aparece la estructura corpuscular. A ello hay que agregar que las propiedades contradictorias de las micropartículas se consideran como datos incompatibles entre sí, suministrados por diferentes instrumentos de experimentación. Unos se limitarían exclusivamente a fijar la “posición de la partícula”, en tanto que otros aparatos sólo determinarían la longitud de onda. Según la concepción de los idealistas físicos, las micropartículas son simples categorías lógicas, que se ponen en relación con sensaciones, con la ayuda de los instrumentos de experimentación.
En realidad, como ha demostrado S. I. Vavilov, en un rayo de luz las ondas se hallan indisolublemente unidas a las partículas-fotones, y los fotones, pese al aparente carácter caótico de sus movimientos, están sujetos a las leyes ondulatorias.
La dificultad con que tropieza la física actual en este problema estriba en que los físicos, acostumbrados a operar con las nociones de la física clásica, no han elaborado aún conceptos que reflejen con bastante precisión las contradicciones implícitas en las leyes de la mecánica cuántica. Sin embargo, no cabe duda de que la ciencia, a despecho de las concepciones idealistas y metafísicas, podrá superar también esta contradicción, como ha superado otras contradicciones semejantes en tiempos pasados.
El carácter histórico no es exclusivo de las leyes generales, sino que se da también en las leyes particulares, ya que éstas operan de distinto modo en condiciones históricas concretas. Así, por ejemplo, en la fase de la manufactura capitalista, la ley de la plusvalía rige bajo la forma de lucha de los capitalistas por la creación y aumento de la plusvalía
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absoluta; en cambio, en la fase del capitalismo industrial, la citada ley reviste la forma de la lucha por la creación y aumento de la plusvalía relativa.
Así, pues, el carácter específico de toda ley objetiva, ya sea general o particular, estriba, primero en lo que la distingue de otras leyes, que operan en el sector dado de fenómenos; segundo, en lo que la diferencia de las leyes, que rigen en otros sectores de la realidad, y, tercero, en aquello por que se caracteriza la acción de una determinada ley en diferentes condiciones históricas concretas.
Las leyes influyen las unas sobre las otras y su acción conjunta representa su interdependencia. Así lo indica ya el hecho de que las leyes objetivas en su totalidad sean leyes de uno y el mismo mundo material, de un mundo único, pese a toda su multiplicidad y diversidad.
Cualquiera que sea el proceso que examinemos, siempre constituirá un conjunto de leyes que influyen las unas sobre las otras. No existe ninguna ley que rija en estado “puro”, es decir, independientemente de otras leyes. Solamente en el proceso de análisis podemos considerar aisladamente la acción de una ley; en la realidad, siempre nos encontramos ante un sistema de leyes que actúan las unas sobre las otras, ya que las mismas condiciones se hallan vinculadas por diferentes nexos a otras distintas. En esto reside, asimismo, el fundamento de las relaciones mutuas existentes entre distintas leyes.
Esas relaciones mutuas se dan dentro del marco de un campo determinado de fenómenos que tienen la misma cualidad, cosa que tienen muy presente la ciencia y la técnica. En todo cálculo técnico, se parte de las relaciones mutuas existentes entre diversas leyes. Así, al calcular la resistencia de un techo hay que tomar en cuenta su propio peso12 (es decir, la ley de la gravedad), la presión de la carga (es decir, la ley del equilibrio entre fuerzas opuestas), las leyes inherentes a la deformación y destrucción del material, etc.
Las relaciones mutuas existentes entre la ley fundamental y otras leyes de un campo dado de la realidad constituyen un ejemplo de la interdependencia de las leyes. Todas las leyes expresan nexos esenciales, pero no todos estos nexos tienen el mismo carácter esencial para el sector de fenómenos de que se trata. El nexo más profundo y más esencial es el que se expresa en la ley fundamental del campo dado. Este nexo se convierte, a su vez, en la condición fundamental para que operen las restantes leyes.
Como consecuencia de todo esto, la ley fundamental se entrelaza necesariamente con la acción de las otras leyes, ejerciendo sobre ellas una
“Progreso de las ciencias físicas”, en ruso, t. XVI, fase. 7, págs. 892-894, 1936.
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influencia decisiva. Así, por ejemplo, la ley económica fundamental influye sobre las leyes restantes de una formación dada. Por ejemplo, la ley de la plusvalía —ley fundamental del capitalismo— determina la acción de la ley de la competencia. En efecto, los capitalistas entran en competencia impulsados precisamente por su avidez de ganancias.
Por otra parte, las leyes de una formación social dada son a modo de palancas peculiares por medio de las cuales ejerce su acción la ley económica fundamental. Así, los postulados de la ley económica fundamental del socialismo solamente pueden cumplirse por mediación de la ley del crecimiento ininterrumpido de la productividad del trabajo, de la ley de distribución con arreglo al trabajo y de otras leyes económicas de la sociedad socialista.
Existe, asimismo, una interdependencia entre leyes cualitativamente distintas en un mismo fenómeno, en el que se dan formas de la materia, también cualitativamente distintas. A esto hay que agregar que las leyes de la forma más desarrollada de la materia desempeñan el papel determinante de todo fenómeno, en tanto que la acción de las leyes restantes condiciona la acción de las primeras.
El hombre, por su esencia social, se halla sometido a las leyes sociales. Ahora bien, las leyes del pensar, las leyes de la lógica, por ejemplo, aun siendo leyes sociales, solamente pueden operar sobre la base de las premisas creadas por la fisiología de la actividad nerviosa superior del hombre con todas las leyes específicas inherentes a ella.
En la vida social, las leyes de la sociedad se hallan siempre en una acción mutua con las leyes de la naturaleza. La industria y la agricultura en su totalidad se basan en la utilización de una gran cantidad de leyes naturales (mecánicas, químicas y biológicas). La acción de estas leyes se convierte, por esta razón, en premisas de las leyes que rigen el desarrollo de la producción. Sin embargo, es evidente que las leyes de la naturaleza no pueden desempeñar un papel determinante en la sociedad, ya que ésta se desarrolla con arreglo a sus leyes internas. Las leyes de la naturaleza influyen en la sociedad, refractándose en la acción de sus propias leyes.
La interdependencia entre las leyes generales y las leyes específicas reviste especial interés. En relación con este problema, se suele incurrir en dos errores diferentes. El primero consiste en negar la existencia real de las leyes generales y admitir solamente las leyes específicas; el segundo estriba en negar la autonomía de las leyes específicas y sostener que éstas son siempre formas de manifestarse las leyes generales. En realidad, las relaciones mutuas entre las leyes generales y las leyes específicas son mucho más complejas, y no se reducen, en modo alguno, al hecho de que las primeras se manifiesten a través de las segundas.
La ley general puede operar por intermedio de una sola o de varias
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leyes, o a la par con ellas. La ley de la conservación de la materia y de la energía actúa en una serie de leyes menos generales, pero que, en relación con ella, tienen un carácter específico, tales como la ley de la conservación de la energía, la ley de la conservación de la cantidad de movimiento, la ley de la conservación del momento de éste, la ley de la conservación del peso de la sustancia, etc.
La ley que rige en toda la historia y conforme a la cual los medios de producción y el trabajo se distribuyen en determinadas proporciones entre las diferentes ramas de la economía nacional, actúa en las condiciones del capitalismo bajo la forma de la ley del valor. Esta ley determina la distribución de los medios de producción y del trabajo por diferentes ramas de la producción de acuerdo con los fines de la acumulación capitalista.
En el socialismo, esta ley general del valor actúa bajo la forma de la ley del desarrollo planificado, según la cual los medios de producción y el trabajo se distribuyen por ramas de la economía nacional, en consonancia con el fin de asegurar la máxima satisfacción de las necesidades de la sociedad.
Sin embargo, no es forzoso, en modo alguno, que las leyes generales de la historia actúen bajo la forma de la ley específica correspondiente. Así, por ejemplo, la ley de la correspondencia de las relaciones de producción con el carácter de las fuerzas productivas, que rige en toda la historia de la sociedad, no rige bajo la forma de ley específica de la formación social dada. El nexo entre lo general y lo específico se presenta aquí de otro modo. Las leyes específicas de una formación dada pueden contribuir a que ejerza su acción esta ley social, pero no pueden constituir un freno para ella, como puede verse en el ejemplo del régimen capitalista.
Las leyes específicas del capitalismo, en su época ascensional, contribuían a que operara la ley social de la correspondencia, acelerando el desarrollo de las fuerzas productivas. Sin embargo, la acción de las leyes específicas del capitalismo, en la época imperialista, ahonda enormemente las contradicciones del régimen capitalista, que, por esta razón, se acerca más a su muerte.
Todo esto responde asimismo, rigurosamente, a los postulados de la ley de la correspondencia, que, en estas condiciones, tiende a la destrucción de las relaciones burguesas de producción, ya caducas, y a su sustitución por otras nuevas, por relaciones de tipo socialista.
Por otra parte, las leyes específicas del capitalismo, en las condiciones actuales, frenan la acción de la ley de la correspondencia, limitando el desarrollo de las fuerzas productivas. Así, por ejemplo, la anarquía de la producción, inherente al capitalismo, se halla en contradicción con el
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carácter social de la producción, que exige que la economía sea planificada.
Al mismo tiempo, no en toda ley específica se manifiesta la ley general correspondiente. Así, no existe una ley general histórica de la población: “... todo régimen histórico concreto de producción tiene sus leyes de población propias que rigen de un modo históricamente concreto”.13 En esta ley específica se manifiesta la acción de otras leyes, tanto generales como específicas.
Bajo las condiciones del modo capitalista de producción, por ejemplo, la ley de población se expresa en que “al producir la acumulación de capital, la población obrera produce también en proporciones cada vez mayores los medios para su propio exceso relativo”.14 Dicho en otras palabras: la producción capitalista engendra necesariamente una población trabajadora sobrante, es decir, el ejército de los desocupados por paro forzoso. En esta ley de la población, propia del capitalismo, no se manifiesta una ley general histórica, que no existe, como ya se ha señalado antes. Dicha ley se debe a un conjunto de condiciones propias de la economía capitalista.
Las relaciones mutuas existentes entre diversas leyes pueden intensificar la acción de cada una de ellas en particular. Cuanto mejor opere la ley de la distribución con arreglo al trabajo en la sociedad socialista, tanto mejores resultados dará la ley del auge continuo de la productividad del trabajo, y viceversa.
Todas las leyes económicas específicas del socialismo, por cuanto que su acción tiende al fortalecimiento de las relaciones socialistas de producción, fortalecen, por ello mismo, la acción de la ley de la correspondencia de las relaciones de producción con el carácter de las fuerzas productivas.
Al mismo tiempo, la acción de una o varias leyes puede convertirse en un obstáculo para otra ley, reduciendo su radio de acción. Así, por ejemplo, al operar las leyes específicas del socialismo se ha restringido el radio de acción de la ley del valor.
La tesis de que las leyes son interdependientes y de que se hallan sujetas a una acción mutua es de suma importancia para la actividad práctica. Esta tesis implica que no se puede atender exclusivamente a unas leyes objetivas, ignorando otras.
No se puede, por ejemplo, desarrollar la producción socialista, en forma ininterrumpida y planificada, sin asegurar, ante todo, el incremento de la producción de medios de producción. Si no se atiende los postulados
C. Marx, El capital, trad. española de W. Roces, t. I, pág. 713, México1945.
Obra citada, t. I, pág. 712.
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de una ley, esto afecta invariablemente, de modo perjudicial, a la acción de las otras leyes, con las que la primera está indisolublemente vinculada. Así, si se ignora el principio del interés material, es decir, la ley de la distribución con arreglo al trabajo, se frena el auge de la productividad del trabajo. En la actividad práctica, por tanto, debe tenerse en cuenta la interdependencia existente entre las diversas leyes objetivas.
*
El materialismo dialéctico se opone a los intentos metafísicos e idealistas de dar a la esfera de acción de determinadas leyes mayor o menor amplitud de la que tienen en realidad.
Los materialistas mecanicistas atribuían una validez absoluta a las leyes de la mecánica, que ellos consideraban como las leyes universales del mundo. En el siglo XVIII, las leyes de la mecánica se reputaban universales debido a que los fenómenos mecánicos eran, hasta entonces, los mejores estudiados, ya que la física, la química y la biología se hallaban todavía en sus comienzos. En el siglo XIX, y particularmente en el xx, se desarrollaron numerosas ciencias, como la física, la química, la biología, la embriología, la zoología, la botánica, etc., que vinieron a poner de manifiesto los rasgos cualitativos específicos de diferentes formas de la materia y de las leyes que rigen su movimiento. Marx y Engels, por su parte, descubrieron las leyes del desarrollo social.
Todo esto puso de relieve que las leyes de la mecánica tienen determinado campo de acción, absolutamente delimitado. No obstante, el mecanicismo no abandonó la escena, sino que pasó a ser una de las armas ideológicas de la reacción burguesa. La actitud mecanicista se manifiesta no solamente en el desmesurado valor que otorga a las leyes de la mecánica, sino también, de un modo general, en la tendencia a reducir las leyes de los fenómenos complejos a las leyes de fenómenos más simples. El mecanicismo de nuestro tiempo reduce las leyes cualitativamente distintas a las leyes de la mecánica cuántica. Así, los partidarios de la teoría idealista de la “resonancia” en la química orgánica actual se esfuerzan en hacer de la química orgánica un dominio de la mecánica cuántica, “fundándose” en que los átomos están formados por electrones y sujetos a las leyes de la mecánica cuántica.
El físico E. Schródinger reduce la vida a leyes mecánico-cuánticas, arguyendo que la vida tiene por fundamento una sustancia hereditaria inmutable (el cristal aperiódico, según la expresión de Schródinger), que constituiría una molécula orgánica, la que, a su vez, sería una formación mecánico-cuántica. “Mi cuerpo —dice Schródinger— funciona como un simple mecanismo”, y agrega que la vida es “la más grande obra maestra, creada en un tiempo según los lineamientos dominantes de la mecánica cuántica”.
180 La ley [G. M. Straks]
Los filósofos idealistas dedican muchos esfuerzos particularmente a presentar las cosas como si la vida social se rigiera por las leyes de la naturaleza.
Después de la aparición de la doctrina de Darwin, ya en la segunda mitad del siglo XIX, empezó a ganar terreno la teoría del darwinismo social, según la cual la ley de la lucha por la existencia es la fuerza motriz de la sociedad. Marx calificó a G. Lange, uno de los sostenedores de esta teoría, de servidor de la burguesía, empeñado en presentar la lucha de clases como si fuera un fenómeno eterno, resultante de la “lucha por la existencia”. F. Engels demostró que la ley de la lucha por la existencia tiene un campo de acción limitado en la naturaleza y que, incluso en el mundo vegetal y animal, no hay que ver solamente una “lucha” unilateral. “Es una perfecta puerilidad —dice Engels— tratar de resumir toda la rica diversidad del desarrollo histórico y toda su complejidad en la fórmula pobre y unilateral de “la lucha por la existencia”.15
No puede admitirse tampoco que las leyes de una formación social dada se apliquen a otra formación. Esta tesis reviste suma importancia en la lucha contra la economía política y la filosofía burguesas, que desde hace largo tiempo presenta las leyes del capitalismo como si fueran leyes “eternas” y “naturales”, que operasen en todas las sociedades. Se trata de una de las variantes de las teorías burguesas sobre la perennidad del capitalismo, refutadas por toda la marcha del desarrollo histórico.
Y no menos nocivos y reaccionarios son los intentos de reducir la generalidad de determinadas leyes objetivas, haciendo apatecer su campo de acción mucho más limitado de lo que en realidad eá.
Son bien conocidos los numerosos empeños de los idealistas físicos por presentar las cosas como si la ley de la conservación de la materia y del movimiento no fuera una ley general de la naturaleza.
Cuando a fines del siglo XIX se descubrió el fenómeno de la radiactividad, los idealistas físicos se empeñaron en interpretar torcidamente este descubrimiento, pretendiendo hacer ver qué con él “desaparecía” una parte de la materia, al convertirse en una emisión radiactiva, supuestamente “no material”. Al descubrirse en la década del treinta del presente siglo la transformación de las partículas materiales — electrón y positrón— en partículas de luz, los idealistas físicos se apresuraron a interpretar este fenómeno come la “aniquilación”, es decir, como la desaparición de la materia, como una desmaterialización; por ello, afirmaban también que en este proceso no actúa la ley de la conservación de la materia y del movimiento. Lo cierto es que, tanto en un caso como en el otro, solamente se produce la transformación de la
F. Engels, Dialéctica de la naturaleza, trad. rusa, pág. 249.
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materia de uno en otro estado, cumpliéndose plenamente los postulados de la ley de la conservación de la materia y del movimiento.
Los idealistas se esfuerzan en quebrantar el carácter universal de la citada ley, admitido por la ciencia, para llegar a la conclusión de que la materia es “destructible”, lo que equivale.», admitir la necesidad de su creación”, y a “confirmar”, de este modo, el mito religioso de la creación del mundo por Dios.
La posición adoptada por algunos dirigentes de los partidos socialistas de derecha en relación con la ley de la lucha de clases sirve de brillante ejemplo para demostrar cuán nocivos son los intentos de restringir el grado de generalidad de una ley objetiva. Según ellos, la ley de la lucha de clases regía en el pasado, en la época de Marx, pero en la actualidad, en la sociedad capitalista, ha perdido su validez para dejar paso a la comunidad de intereses de clase entre los capitalistas y los obreros. Pero la realidad es muy otra, pues la ley de la lucha de clases no puede dejar ni dejará de actuar mientras haya clases explotadoras y explotadas. La actual sociedad burguesa no nos ofrece un cuadro idílico, sino el panorama de una encarnizada lucha de clases.
En consecuencia, tanto en la actividad científica como en la práctica, es necesario tomar muy rigurosamente en consideración el grado de generalidad de las leyes objetivas. Y no puede admitirse que la acción de leyes cualitativamente específicas de un sector dado de la realidad se atribuya a fenómenos de otro sector, ni puede tampoco aceptarse que se reduzca el campo de acción de cualquier ley.
El conocimiento de las leyes objetivas y su utilización en la actividad práctica
La historia de la ciencia y de la técnica es la historia del conocimiento y la utilización de las leyes de la naturaleza. El punto de partida del descubrimiento de toda ley se halla en el conocimiento sensible. Con frecuencia, la más simple observación permite descubrir que, en determinados fenómenos, se repiten algunos de sus rasgos. Sin embargo, por medio de los órganos sensoriales, que reflejan, sobre todo, lo singular y lo externo, no es posible descubrir lo general ni lo interno, es decir, lo que constituye el fundamento de la repetibilidad y lo que es la ley del fenómeno.
El pensamiento abstracto generaliza los datos sensibles en forma de supuestos e hipótesis de la ciencia, y la práctica debe comprobar si los supuestos establecidos corresponden a los hechos. D. I. Mendeleev consideró que la ley periódica de los elementos, que él había descubierto, era solo una hipótesis hasta que la práctica del experimento científico llegara a descubrir los nuevos elementos químicos, que había predicho,
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basándose en su propio descubrimiento.
La concepción materialista de la historia, descubierta por Marx y Engels, como ha señalado Lenin, fue una hipótesis científica, hasta que Marx, apoyándose en una enorme recopilación de hechos, comprobó las conclusiones a que había llegado respecto a la formación capitalista, corroborando de ese modo la verdad del materialismo histórico como ciencia de las leyes generales del desarrollo social.
La hipótesis científica, comprobada y confirmada por la práctica, pasa a la ciencia como teoría, sobre la base de las nuevas leyes descubiertas.
El contenido de las leyes de la ciencia y su correspondiente formulación cambian. Esto se debe, por una parte, a un conocimiento más profundo de las leyes objetivas correspondientes, y, por otra, a los cambios operados en la misma realidad objetiva, y, por tanto, en sus leyes.
Mendeleev pensaba que las propiedades de los elementos químicos estaban determinadas por su peso atómico. Los datos obtenidos más tarde llevaron a la conclusión de que las propiedades de los elementos químicos se hallan determinadas por la carga del núcleo atómico. Esto vino a significar un conocimiento más preciso y profundo de la ley de Mendeleev.
Una ley se precisa también cuando, en el propio desarrollo de la ciencia y de la práctica, se pone de manifiesto que su campo de acción se ha reducido o, por el contrario, ampliado, en relación con el que antes se le atribuía.
Al nacer la mecánica cuántica, por ejemplo, se ha demostrado que las leyes de la mecánica clásica, que la física clásica hasta entonces consideraba como leyes universales, solamente eran válidas para cuerpos de masa relativamente grande y de velocidades de movimiento insignificantes en comparación con la velocidad de la luz. Y se ha descubierto, asimismo, que las leyes de la propagación de la luz rigen también para las partículas materiales (electrones y otras), que poseen, como la luz, no sólo una naturaleza discreta (discontinua), sino también continua (ondulatoria).
Al cambiar las leyes objetivas de la realidad, tienen que cambiar, asimismo, las leyes de la ciencia que las reflejan, como puede verse muy bien en el ejemplo del marxismo-leninismo. Lenin desarrolló la ciencia marxista al descubrir y reflejar los cambios operados en las leyes sociales objetivas en la época del imperialismo y de las revoluciones proletarias. Con ello, Lenin descubrió los nuevos rasgos que caracterizan, en la época imperialista, la ley del desarrollo desigual del capitalismo, la ley de la revolución social y otras.
El desarrollo del conocimiento, el descubrimiento de las leyes
La ley [G. M. Straks] 183
científicas va desde las leyes particulares a las generales y a las de máxima generalidad, y a su vez, desde las leyes generales a las particulares. El conocimiento de una serie de leyes particulares de la química, tales como la ley de las relaciones múltiples, la ley de la constancia de la composición, etc., facilitó el descubrimiento de la ley periódica de Mendeleev, que tiene el carácter de ley general para los procesos químicos. La creación de la dialéctica materialista, como ciencia de las leyes más generales del desarrollo del universo, fue preparada, como ha señalado Engels, por los tres grandes descubrimientos de las ciencias naturales del siglo XIX: la teoría celular, la ley de la conservación y transformación de la energía y la teoría de Darwin.
El conocimiento de las leyes generales, al mismo tiempo, se convierte en punto de partida del descubrimiento de nuevas leyes particulares. Así, Helmholtz descubrió la ley de la inducción electromagnética, que expresa el nexo existente entre las fuerzas electromotrices de la inducción y los cambios de la corriente de fuerza magnética, basándose para dicho descubrimiento en la ley de la conservación de la energía.
Para la ciencia, el descubrimiento de las leyes no es un fin en sí mismo. Su más alta misión estriba en servir a la práctica, en contribuir a que la actividad práctica se eleve a un nivel cada vez más alto. El grado de dominio del hombre sobre la naturaleza y sobre los procesos sociales está determinado por el grado de conocimiento de las leyes sociales y por las posibilidades que se ofrecen para ponerlas al servicio de la práctica. “Las leyes del mundo exterior... —dice Lenin— son los fundamentos de la actividad humana conforme a un fin”.16
En el curso de la actividad práctica del hombre se han creado, históricamente, determinados modos de utilizar y aplicar las leyes objetivas. Al cambiar las condiciones objetivas, se puede encauzar, modificar o impedir la acción de las leyes. De acuerdo con lo que interese a la práctica, se puede acelerar o, por el contrario, obstruir la acción de una ley cualquiera o de un conjunto de leyes.
La química se vale de diferentes catalizadores para obtener la velocidad necesaria en una reacción química. Al producirse una explosión atómica, la reacción en cadena de desintegración del núcleo se efectúa a una enorme velocidad, no regulada. En la caldera atómica, es decir, en el reactor, se absorbe, con ayuda de diferentes cuerpos, una parte de los neutrones, que provocan la reacción en cadena de desintegración del núcleo, lográndose de este modo regular la velocidad de la reacción.
Los biólogos michurinistas han creado nuevas variedades de seres vivos, acelerando la acción de las leyes de la naturaleza viva.
16 V. I. Lenin, Cuadernos filosóficos, ed. rusa, pág. 161.
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La eliminación o creación de las condiciones adecuadas puede impedir que una ley actúe. Toda la técnica anticorrosiva persigue el fin de impedir la oxidación de los metales. Se calcula que la corrosión de las construcciones de hierro, rieles de ferrocarril, etc., destruye anualmente una cantidad de hierro equivalente a la cuarta parte de su extracción mundial en un año. El empleo de medios anticorrosivos (cubriendo, por ejemplo, el hierro con una capa de estaño, zinc, níquel, cromo, cobre, pintura al óleo, barniz, esmalte, etc.) protege la superficie del hierro contra la acción de determinadas leyes químicas, que produce la oxidación del hierro.
Las guerras imperialistas son producto de la acción de las leyes objetivas del imperialismo. En nuestra época, puesto que todavía existen países imperialistas, continúa existiendo la base sobre la que surgen las guerras. Sin embargo, como se señala en las resoluciones del XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, no es fatalmente inevitable que haya guerras en nuestra época. Las fuerzas de la paz, encabezadas por el campo del socialismo, son tan poderosas en nuestro tiempo, que pueden impedir las guerras y garantizar una paz firme y estable. Esto equivale a “contener” una ley, a impedir que se ejerza su acción.
La utilización de las leyes naturales se amplía a medida que se desarrolla la ciencia y la técnica. En esto se manifiesta el creciente poder del hombre sobre la naturaleza: sus fuerzas se aprovechan cada vez más en la actividad práctica de la producción social de la humanidad.
Las leyes del movimiento de los electrones comenzaron a ser descubiertas hace ya más de medio siglo y, desde entonces, se ha ido ampliando sucesivamente su esfera de aplicación. En la utilización de estas leyes se fundan, por ejemplo, la automática, la telemecánica y el funcionamiento de las actuales máquinas de calcular.
Puede servir también de ejemplo de la ampliación de la esfera de aplicación de las leyes de la ciencia, el empleo de la energía atómica con fines pacíficos en la U.R.S.S. En este país, en efecto, se ha construido la primera central eléctrica atómica del mundo con una potencia de 5.000 kilovatios; se han elaborado e implantado métodos para el aprovechamiento de la energía atómica en diferentes ramas de la economía nacional y en la medicina.
En las directrices del XX Congreso del Partido Comunista de la U.R.S.S. para el sexto plan quinquenal se prevé un sucesivo y rápido progreso en este campo, mediante la construcción de centrales eléctricas atómicas con una potencia de 2 a 2 y medio millones de kilovatios, la labor encaminada a la construcción de motores atómicos para el transporte, la construcción de un rompehielos atómico y el desarrollo
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extraordinario de los trabajos necesarios para el empleo sucesivo de las emisiones radiactivas en la industria, la agricultura y la medicina.
Conviene señalar que no basta el conocimiento de las leyes para que éstas puedan ponerse al servicio de la sociedad, sino que se requieren también determinadas premisas sociales. El descubrimiento y la utilización de las leyes que rigen los procesos nucleares abren una nueva época en la historia de la ciencia y de la técnica. Los imperialistas, sin embargo, pretenden emplear la energía nuclear para el exterminio en masa de la población. La sociedad socialista, forzada a poner la energía nuclear al servicio de la defensa del país, se halla vitalmente interesada en aplicarla con fines pacíficos, para acelerar la victoria del comunismo.
El conocimiento de las leyes objetivas y el arte de aplicarlas representan un arma poderosa en la propaganda atea de carácter científico, en la lucha contra los prejuicios religiosos, que infieren grave daño a la edificación del comunismo. Para quien comprenda que las leyes objetivas actúan en todos los campos de la naturaleza y de la vida social y que el mundo se desarrolla siguiendo sus propias leyes internas, es evidente que en el universo no existen fuerzas sobrenaturales, que los hombres pueden conocer plenamente las leyes objetivas y ponerlas a su servicio.
Particularidad de las leyes objetivas del socialismo y de su utilización por el Partido Comunista
En la sociedad socialista existen diversas clases de leyes sociales: a) leyes que rigen en toda sociedad (por ejemplo, la ley de la correspondencia de las relaciones de producción con el carácter de las fuerzas productivas, la ley del papel determinante de la base con respecto a la supraestructura); b) leyes específicas, que sólo rigen en algunas formaciones sociales (la ley del valor); c) leyes específicas, que actúan solamente en la primera fase del comunismo (la ley de la distribución con arreglo al trabajo), y d) leyes características de las dos fases de la sociedad comunista (la ley económica fundamental, la ley del desarrollo planificado de la economía nacional).
Todas estas leyes en su conjunto expresan el nexo de unión del socialismo con la formación social precedente; expresan, asimismo, la diferencia esencial entre ambas formaciones y el proceso de desarrollo de la sociedad comunista desde la fase inferior a la superior.
La primera particularidad que distingue a las leyes objetivas del socialismo estriba en que su acción no es en absoluto espontánea.
Las leyes económicas del capitalismo, basadas en la propiedad privada sobre los medios de producción, rigen por su propia naturaleza en forma espontánea y no se pueden utilizar de modo planificado y
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consciente. Cada capitalista se preocupa solamente de su interés particular, y ello hace que se creen y repitan una serie de relaciones, reguladas por leyes, que rigen a espaldas de los hombres.
Engels comparó la acción de estas leyes al rayo que cae, sin que el hombre pueda regularlo. Bajo el capitalismo, las leyes revisten la forma de la casualidad; la ley opera solamente como cierta tendencia dominante en medio de innumerables violaciones y desviaciones en una u otra dirección. Así, la ley del valor o la ley de la tendencia decreciente de la cuota de ganancia, etc. La acción de la ley se deja sentir aquí en el hecho de que sus violaciones se producen en determinadas condiciones. Los precios de las mercancías fluctúan alrededor de la magnitud, determinada por la ley del valor. Bajo las condiciones del capitalismo premonopolista, la ganancia capitalista fluctúa por debajo del nivel fijado por la ley de la cuota de ganancia.
“En toda la producción capitalista —dice Marx— la ley general sólo se impone como una tendencia predominante, de un modo muy complicado y aproximativo, como una media jamás suceptible de ser fijada entre perpetuas fluctuaciones”.17
Todo esto no quiere decir que en la sociedad capitalista sea imposible de un modo general utilizar las leyes económicas en beneficio de la sociedad. En el período del capitalismo ascensional, la burguesía se sirvió de la ley de la correspondencia entre las relaciones de producción con el carácter de las fuerzas productivas, para luchar contra el feudalismo. Después de destruir las relaciones feudales de producción, la burguesía estableció nuevas relaciones de producción, relaciones burguesas, que respondían al carácter de las fuerzas productivas, engendradas en el seno mismo de la sociedad feudal. Sin embargo, en este caso, no se trataba de la utilización consciente de la citada ley, descubierta más tarde por los fundadores del marxismo. La burguesía se sirvió de la ley de la correspondencia entre las relaciones de producción con el carácter de las fuerzas productivas, guiándose por sus intereses de clase y bajo la influencia de las tareas prácticas más inmediatas. Los ideólogos de la burguesía, que defendían la necesidad de sustituir las relaciones feudales de producción por las relaciones capitalistas, partían de algunas manifestaciones aisladas de la citada ley, del mismo modo que los hombres partían de algunas manifestaciones de la ley de gravitación, aunque ignoraban todavía su existencia.
Las leyes del capitalismo, por consiguiente, operan por intermedio de la actividad espontánea de los hombres. Cuando el capitalismo se convierte en un obstáculo para el desarrollo sucesivo de la sociedad, la
C. Marx. El capital, trad. española de W. Roces, t. III. pág. 208, México. 1947.
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acción de sus leyes, que refuerza extraordinariamente el duro yugo de la explotación capitalista, impulsa al proletariado cada vez más a la lucha revolucionaria consciente, encaminada a destruir el capitalismo.
Bajo el socialismo, las leyes económicas rigen sobre la base de la propiedad social socialista sobre los medios de producción. Las relaciones sociales entre los hombres no surgen ni se repiten en forma espontánea, sino como resultado de la actividad consciente de la sociedad, bajo la dirección del Partido Comunista. Esto quiere decir que las leyes económicas ya no actúan aquí como una fuerza ciega, sino que, conservando su carácter objetivo, se convierten en una fuerza, aprovechada y aplicada conscientemente por los órganos dirigentes de la sociedad. Engels compara las leyes económicas del socialismo a la electricidad, dócil a la voluntad del hombre.
El socialismo se distingue por la forma peculiar, nueva, con que en este tipo de sociedad operan las leyes, forma que consiste en la actividad consciente, planificada, de la actividad de la sociedad socialista, del Estado, bajo la dirección del Partido Comunista.
Todo ello no significa, sin embargo, que la economía del socialismo excluya absolutamente todo elemento de espontaneidad. Ahora bien, cuanto más consciente sea la actividad de los hombres, es decir, cuanto más tengan presente los postulados de las leyes objetivas, tanto menor será la influencia de los elementos espontáneos, que entran en contradicción con los postulados de dichas leyes objetivas, y tanto más venturosamente discurrirá el desarrollo de la sociedad.
La posibilidad de aplicar conscientemente las leyes objetivas del socialismo se convierte en realidad cuando la acción de dichas leyes corresponde a los intereses de las masas trabajadoras.
El carácter espontáneo y ciego de la acción de las leyes, bajo el capitalismo, no significa que el proletariado se someta a ellas pasivamente, que no luche contra sus efectos, tal como se dejan sentir negativamente en su situación. Mientras exista el capitalismo, el proletariado luchará por reducir, hasta donde ello sea posible, la explotación capitalista, por la elevación del salario, etc.
Bajo el socialismo, la acción de las leyes económicas objetivas concuerda, por primera vez en la historia universal, con las aspiraciones subjetivas de las masas. El Partido Comunista pertrecha a los trabajadores con el conocimiento de las leyes objetivas del desarrollo social y dirige la actividad práctica de las masas trabajadoras, encaminada a servirse efectivamente, hasta el grado máximo posible, de las leyes objetivas del socialismo, en beneficio del triunfo definitivo del comunismo.
La emulación socialista en masa, la lucha que libran los obreros, los campesinos, los hombres de ciencia y los técnicos para elevar la
188 La ley [G. M. Straks]
productividad del trabajo, para economizar diferentes materias primas, reducir el precio de coste e implantar nuevas técnicas, constituyen diferentes aspectos de la utilización de las leyes objetivas del socialismo por las masas populares, bajo la dirección del Partido Comunista.
Del hecho de que las leyes objetivas del socialismo actúan por intermedio de la actividad de las masas populares, se deduce que la acción de dichas leyes será tanto más plena y efectiva cuanto más favorables sean las condiciones en que las masas puedan desenvolver su actividad creadora. Por ello, el Partido Comunista vela constantemente por que nadie frene la actividad creadora del pueblo soviético.
El nuevo sistema de planificación, implantado por el Comité Central del Partido y por el Gobierno soviético en 1955, asegura una mayor libertad de iniciativa a los koljoses y garantiza una mayor participación de los koljosianos en la planificación de la producción dentro de cada koljós. Durante la elaboración de las directrices para el sexto plan quinquenal, se tomaron en cuenta las propuestas del personal de las empresas de todo el país. El Partido ha adoptado medidas para ampliar los derechos de los órganos de las repúblicas en la edificación económica y cultural, lo que contribuirá a que se despliegue en grado mayor todavía la iniciativa creadora sobre el propio terreno.
Todas estas medidas del Partido Comunista crean condiciones aún más favorables para la acción de las leyes objetivas del socialismo y para su mejor utilización por las masas en la edificación del comunismo.
La acción de las leyes del capitalismo conduce invariablemente al hundimiento de este régimen. La ley de la plusvalía y las demás leyes de la economía capitalista contribuyeron al desarrollo de las fuerzas productivas durante el período ascensional del capitalismo, pero, a fin de cuentas, se convirtieron en un freno para el desarrollo de la producción. La avidez de las máximas ganancias por parte de los monopolios capitalistas conduce inevitablemente a la crisis mundial de superproducción, a la inmovilización de una parte considerable de los fondos productivos y a otras consecuencias, que acarrean un carácter destructor para las fuerzas productivas.
La acción de las leyes objetivas del socialismo se traduce, en cambio, en el auge continuo y el florecimiento de este régimen, como lo demuestra el desarrollo de sus fuerzas productivas. En 1955, la producción industrial de la U.R.S.S. había sobrepasado en 27 veces el nivel de antes de la Revolución y en más de 3 el de 1940, último año anterior a la guerra. En la República Popular China, la producción industrial en 1955 aumentó en más de 4 veces, en comparación con la de 1949.
Señalemos una particularidad más de las leyes objetivas del socialismo en contraste con las de la sociedad capitalista.
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En la transición del capitalismo al socialismo, en el curso de la revolución proletaria y en el proceso de la edificación del socialismo, se destruye la base capitalista y se lleva a cabo una revolución en el dominio de la supraestructura. De esta manera, pierden su validez las leyes específicas del capitalismo y comienzan a regir las leyes específicas del socialismo.
La transición del socialismo al comunismo no exige una transformación social radical, es decir, una revolución social. El paso de la fase inferior del comunismo a su fase superior se lleva a cabo mediante el total fortalecimiento de las bases del socialismo, de su base técnico-material, de su economía y de su supraestructura. Es decir, se r efuerza, con ello, la acción m isma de las leyes del socialismo.
En este proceso de transición se van creando paulatinamente las condiciones para que, a fin de cuentas, pierdan su validez algunas leyes específicas de ¡a primera fase del comunismo y comiencen a regir las leyes específicas de su fase superior. Así, a medida que se produce el auge sucesivo de las fuerzas productivas y se desarrolla la economía socialista, pierde validez la ley de distribución con arreglo al trabajo y comienza a regir la ley de distribución de acuerdo con las necesidades.
En relación con el problema del carácter de las leyes y de su utilización, el Partido, en su actividad práctica, se ve obligado a sostener una lucha en dos direcciones: contra el subjetivismo, que considera que las clases o los partidos no están sujetos a ninguna ley objetiva y pueden actuar por su propia, voluntad, y contra el fatalismo, según el cual el hombre se halla inerme ante los procesos objetivos.
El subjetivismo apareció en la Unión Soviética, durante algunos años, en las manifestaciones de ciertos economistas, filósofos, historiadores y juristas, según las cuales el Estado soviético destruye las viejas leyes económicas y crea otras nuevas; aparece asimismo en sus afirmaciones de que las leyes, dictadas por el Estado soviético —leyes, en consecuencia, de carácter jurídico— son leyes económicas.
En realidad, las leyes jurídicas, dictadas por el Estado, expresan la voluntad de la clase dominante, la cual refleja las relaciones económicas de una sociedad dada. Las leyes de los Estados burgueses reaccionarios frenan el desarrollo social, van dirigidas contra las leyes económicas, que se abren paso en la sociedad. En esto radica la endeblez de los Estados burgueses reaccionarios y de su legislación. Como resultado de la revolución social, desaparecen estas leyes, a la par que los Estados que las engendraron. Tal fue la suerte que corrieron las leyes de la Rusia zarista, del Gobierno Provisional, de los Gobiernos reaccionarios de la China del Kuomintang, de la Polonia de los pañis y de otros países de la Europa central y sudoriental, donde ahora se halla establecido el régimen
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de democracia popular.
Las leyes del Estado socialista expresan la voluntad de la clase obrera y de todo el pueblo soviético, y responden, en su conjunto, adecuadamente a los postulados de las leyes objetivas del desarrollo de la sociedad, y, en primer lugar, a los de las leyes económicas. Las leyes del Estado soviético representan, precisamente por ello, una enorme fuerza progresiva, que acelera el desarrollo social. Es bien conocida, por ejemplo, la gran función organizadora desempeñada por los planes quinquenales de desarrollo de la economía nacional de la U.R.S.S.
El subjetivismo es particularmente peligroso en las condiciones del socialismo, precisamente porque la economía se construye conscientemente, y no en forma espontánea. Esta actividad consciente sólo puede tener éxito si se basa en el conocimiento de las leyes económicas objetivas y las toma en cuenta. Una forma especial del subjetivismo la tenemos en las violaciones de los postulados de determinadas leyes económicas que se dan en la actividad práctica de algunas organizaciones económicas, soviéticas o de Partido. La violación de los postulados de la ley de la distribución con arreglo al trabajo, del principio del interés material, se tradujo en un debilitamiento de la economía en muchos koljoses y regiones agrícolas. El ritmo desigual de la producción en muchas empresas y su irregularidad constituyen una infracción de los postulados de la ley del desarrollo planificado de la economía nacional e infiere graves daños a la sociedad.
También la actitud fatalista ante las leyes objetivas del socialismo causa serios perjuicios. Y podemos ilustrar también esto con el ejemplo de los dirigentes económicos, que, confiando en las ventajas objetivas del sistema socialista, dejan de prestar atención al progreso técnico, causando, con ello, un enorme quebranto al Estado soviético.
Ya hemos señalado antes que las leyes económicas objetivas, en el socialismo, a diferencia de lo que sucede en la sociedad capitalista, ejercen su acción por medio de la actividad consciente de los hombres. No hay ni puede haber, por ello, ningún aspecto de la sociedad socialista capaz de desarrollarse con éxito de un modo espontáneo, como un proceso natural. El Partido Comunista y el Estado soviético no se caracterizan por su actitud contemplativa, sino por su participación activa en los procesos objetivos, en la aplicación de las leyes objetivas, al servicio del desarrollo social y del triunfo del comunismo.
En el informe del Comité Central del Partido Comunista de la U.R.S.S., pronunciado en el XX Congreso del Partido, se señala que en las condiciones actuales de lucha de la sociedad soviética por una continua elevación de la productividad del trabajo y por la solución de la tarea económica fundamental de la U.R.S.S., pasan a ocupar el primer
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plano la teoría del marxismo, los problemas concretos de la economía. Ello significa que el estudio de las leyes económicas objetivas del socialismo y el arte de aplicarlas en el trabajo práctico, reviste una importancia vital. Es evidente que la aplicación de las leyes económicas del socialismo se convierte en una frase huera, si no se posee un conocimiento profundo de la economía concreta. Por esta razón, el estudio de la economía política del socialismo y, en particular, de la economía concreta, ocupa, en la actualidad, el centro de la atención de los cuadros del Partido, de los Soviets y de las organizaciones económicas.
La utilización de las leyes económicas del socialismo se lleva a cabo a través de una lucha constante con las dificultades y en un proceso de superación de las contradicciones. Entre ellas figuran la necesidad de superar las desproporciones que la economía nacional ha heredado del capitalismo, así como las desproporciones que surgen en el desarrollo de la producción socialista; figuran, asimismo, las violaciones de los postulados de las leyes objetivas, etc.
La solución de una tarea económica plantea, con frecuencia, nuevas tareas, más complejas, y esto exige, constantemente, que se aborde de modo creador el problema de la utilización de las leyes objetivas del socialismo.
Las formas y los modos de utilizar y aplicar las leyes objetivas, en la sociedad socialista, cambian a tono con las condiciones y con las tareas ya resueltas. Por ello, la búsqueda de nuevas formas en la aplicación de las leyes objetivas es una preocupación constante tanto del Partido y del Gobierno soviético como de los órganos dirigentes de otros países del campo socialista. En el proceso de la edificación del socialismo y del comunismo en la Unión Soviética, se han perfeccionado las formas de la utilización de la ley del valor (cálculo económico, desarrollo del crédito, política de precios, etc.). Sin embargo, en este aspecto existen aun muchos defectos y quedan muchas tareas pendientes de solución. El trabajo de las estaciones de máquinas y tractores, por ejemplo, se valora todavía en una gran parte sin tomar en consideración los resultados obtenidos. Hasta ahora, no existe una práctica metódica, bien elaborada y comprobada, para fijar el precio de coste de la producción de los koljoses. La incapacidad para aplicar la ley del valor en este importante sector de la economía soviética frena el ascenso de la productividad del trabajo y el bienestar de los koljosianos.
Existen también defectos en la utilización de la ley de distribución con arreglo al trabajo (mezcla y confusión en la remuneración del trabajo de personas de la misma profesión, casos de nivelación injustificada de salarios, etc.). En el informe del Comité Central del Partido Comunista
192 La ley [G. M. Straks]
de la Unión Soviética ante el XX Congreso del Partido, se señala la necesidad de mejorar y perfeccionar insistentemente las formas de salario en todas las ramas de la economía nacional, implantando una reglamentación por virtud de la cual una parte del sueldo de los ingenieros y técnicos y de los dirigentes económicos se haga depender de los índices fundamentales de trabajo de las fábricas, empresas, ramas industriales, koljoses, estaciones de máquinas y tractores o sovjoses.
La práctica que se venía siguiendo en los koljoses, según la cual la parte fundamental de los ingresos destinada a la distribución con arreglo a los “días de trabajo” se entregaba solamente al expirar el año económico, no contribuía suficientemente a estimular el auge de la producción, ni respondía a las exigencias de elevar de un modo constante el interés material de los koljosianos en el desarrollo de la hacienda colectiva.
Teniendo en cuenta la experiencia de los koljoses avanzados, el Comité Central del Partido Comunista y el Consejo de Ministros de la U.R.S.S. han adoptado la decisión de pagar mensualmente un adelanto a los koljosianos y de conceder una remuneración suplementaria por el trabajo en los koljoses. Esta decisión es un brillante ejemplo de cómo se perfecciona la aplicación del principio socialista de la distribución con arreglo al trabajo.
La época actual se caracteriza por una considerable ampliación de la esfera de acción de las leyes objetivas vigentes en la sociedad socialista. Ha surgido el socialismo como sistema mundial, encabezado por la U.R.S.S. y la República Popular China, y las leyes del socialismo rigen hoy en una extensión, que abarca más de la cuarta parte de Todo el territorio del globo terrestre, en la que vive más del 35 por 100 de toda la población del mundo. Esto hace más efectiva la utilización de las leyes objetivas en cada uno de los países socialistas, ya que hoy se dispone, gracias a ello, de medios más poderosos y de mayores posibilidades para cumplir los postulados de estas leyes.
Una prueba de ello la tenemos en la utilización de la ley del desarrollo preferente de la industria pesada. Ahora, ya no es necesario que cada uno de los países europeos de democracia popular desarrolle todas las ramas cíe la industria pesada, ya que este problema se resuelve, con mucho más éxito, mediante los esfuerzos conjuntos de todos los países del campo socialista.
Pero, al mismo tiempo, esto hace más compleja la utilización de las leyes objetivas por los países del campo socialista. En efecto, para planificar su economía, cada uno de esos países debe tomar en consideración las necesidades de los otros fraternalmente unidos a él. En la actualidad, se plantea la necesidad de establecer una coordinación más
La ley [G. M. Straks] 193
estrecha entre los planes de la economía nacional de los países del campo socialista, así como de una cooperación y especialización de la producción entre la Unión Soviética y los países de democracia popular.
Las grandes conquistas del campo socialista, su creciente e ininterrumpido poderío demuestran la enorme superioridad del socialismo y de sus leyes objetivas sobre el capitalismo caduco y sobre sus leyes de explotación del hombre por el hombre, y demuestran, también, que los partidos comunistas y obreros, guiándose por la teoría del marxismo-leninismo, utilizan y aplican acertadamente las leyes de la sociedad en aras del socialismo y del comunismo.
CAPITULO VI
CONTENIDO Y FORMA
Definición de las categorías de contenido y forma
Contenido y forma son categorías de la dialéctica materialista, en las que se reflejan, como en otras categorías, los aspectos esenciales del desarrollo del mundo objetivo.
El marxismo llega a la solución del problema de la esencia de estas categorías y de las relaciones mutuas entre ellas, tomando como base la práctica histórico-social, los datos de la ciencia y la asimilación crítica de los conceptos que brinda todo el desarrollo anterior de la filosofía.
La filosofía que antecede a Marx había formulado una serie de tesis en relación con el problema del contenido y la forma, pero esta filosofía no podía, en realidad, resolver cabalmente dicho problema.
Entre los filósofos antiguos, fue Aristóteles quien se ocupó más que ningún otro de las citadas categorías, al tratar de fundamentar la mutua relación existente entre materia y forma. Según él, todas las cosas proceden de la materia. La materia amorfa, de acuerdo con la concepción aristotélica, es solamente el ser en potencia y uno de los principios de la aparición de las cosas; el otro es la forma.
Para el filósofo griego, la materia es un material pasivo, inerte, que se transforma en ser, en acto, es decir, en contenido de determinados objetos, bajo la acción de la forma. La fuente del movimiento hay que buscarla en la forma, y el movimiento surge de la unión de la materia con la forma.
Al admitir la prioridad de la forma, Aristóteles caía definitivamente en el idealismo. Llegaba a afirmar, en efecto, que la forma es un principio espiritual, inmutable, que existe con anterioridad a la materia, y que hay una forma suprema, que es Dios. De este modo, se cerraba el camino para llegar a un examen más profundo del problema del contenido y de la forma.
En el período de desintegración del régimen esclavista, los filósofos neoplatónicos agravaron aun más los errores idealistas de Aristóteles, llegando a establecer un divorcio absoluto entre el contenido y la forma.
Contenido y forma [N. V. Medvedev] 195
El materialismo mecanicista y metafísico de los siglos XVII y XVIII trató de superar el divorcio entre el contenido y la forma y de dar al problema una solución materialista. Giordano Bruno, por ejemplo, señaló la unidad del contenido y de la forma, que eran, para él, manifestaciones de una naturaleza única. Francis Bacon, uno de los fundadores del materialismo metafísico, suponía que la forma es inherente por necesidad a la materia. En el fondo, formulaba la idea de que la forma es inherente al contenido y que se halla determinada por éste. Bacon entendía por forma el movimiento en cuanto estado de la materia. Aunque la concepción de Bacon acerca de la forma y el contenido era, en lo fundamental, acertada, materialista, este pensador no percibía aún toda la complejidad del problema de las relaciones mutuas entre ambas categorías.
Los viejos materialistas, metafísicos y mecanicistas, no veían e incluso negaban, por regla general, las contradicciones internas, inherentes a los objetos y a los fenómenos, ni acertaban a elevarse a una comprensión de la fuente del movimiento de la materia por sí misma; por todo ello, era natural que no estuvieran en condiciones de explicar las contradictorias relaciones mutuas entre el contenido y la forma, ni de demostrar, especialmente, el papel activo de la forma.
Los filósofos idealistas alemanes Kant y Hegel, que prestaron preferente atención al esclarecimiento de la función activa de la forma, contribuyeron en algo a la solución del problema. Sin embargo, la posición idealista de que partían les conducía a mistificar las relaciones entre el contenido y la forma.
Kant, como es sabido, admitía la existencia de cosas fuera de la conciencia humana, pero negaba toda posibilidad de conocerlas. Según el filósofo alemán, el caos de impresiones sensibles se ordena por medio de las formas “a priori” de la sensibilidad (el espacio y el tiempo) y de las categorías del entendimiento (causalidad, ley, etcétera), innatas en el hombre y que se dan en él independientemente de toda experiencia. Kant consideraba, metafísicamente, las formas lógicas como inmutables, aisladas de su contenido material, y, llegaba, por esta vía, a la conclusión idealista de que la forma y el contenido son patrimonio privativo del hombre, que no conoce más que sus propias impresiones sensibles, y no pertenecen, por tanto, al mundo objetivo.
Enfrentándose a la metafísica, que no alcanzaba a ver la actividad de la forma, y sometiendo a crítica la separación kantiana entre el contenido y la forma, Hegel subrayaba la unidad y el carácter contradictorio de la forma y la materia y señalaba, al mismo tiempo, que la forma es, en esa misma medida, el movimiento de la materia. La forma y la materia, según Hegel, se presuponen la una a la otra.
Contenido y forma [N. V. Medvedev]
La materia debe necesariamente tener una forma, y la forma debe, a su vez, materializarse. Pero, al considerar la materia solamente como el ser-otro de la idea, como algo inferior en relación con la idea, Hegel afirmaba que la materia “es pasiva, en oposición a la forma, que es lo activo”.1 Es el resultado a que conduce, inevitablemente, su concepción idealista, deformada, del universo.
Por tanto, Aristóteles, al plantear en términos generales el problema de las categorías, entre ellas las de contenido y forma, sentaba ciertas bases para su investigación en el futuro. Los representantes del materialismo metafísico aportaron, como un elemento valioso, su empeño en concebir el contenido y la forma partiendo de una base materialista, pero estaban lejos de comprender la dialéctica de las relaciones mutuas entre ambas categorías. Hegel señaló el nexo dialéctico que une a las categorías de contenido y forma y en ello reside el aspecto positivo de sus ideas. No podía, sin embargo, resolver acertadamente el problema, ya que partía de bases falsas, idealistas.
El idealismo subjetivo, que se extendió en los siglos XIX y xx y cuya influencia se intensificó al acentuarse el carácter reaccionario de la burguesía, revivió las concepciones subjetivistas de Berkeley y Kant, sin aportar nada valioso a la solución del problema del contenido y la forma, aunque le prestara mucha atención.
Los neokantianos y los positivistas lógicos (Cassirer, Wittgenstein y otros) “depuraron” la filosofía de Kant del reconocimiento de la existencia de “cosas en sí”, afirmando que más allá de nuestra conciencia, de nuestras sensaciones (de la “experiencia pura”) y de nuestras vivencias no existe absolutamente nada. Esto trajo como resultado el más completo divorcio entre las formas del pensamiento y su contenido, es decir, los objetos reales y los procesos del mundo exterior.
La filosofía semántica se mueve en la misma dirección. Los filósofos semánticos niegan que exista un nexo entre la forma verbal y el contenido del concepto y reducen el objeto de la filosofía a un operar escolástico con formas verbales, sintácticas, desprovistas de todo contenido real.
Según Carnap, el juicio lógico recae sobre el lenguaje, sobre formas lingüísticas, y no sobre cosas objetivas. La lógica del lenguaje se convierte así en el contenido de la filosofía. Ensalzando el mundo de las formas escolásticas abstractas, de que se ocupa la filosofía semántica, el filósofo idealista Ayer declara que cuanto existe no es más que una construcción lógica, carente de contenido material.
Hegel, Obras completas, trad. rusa, t. V, pág. 535. Moscú, 1935.
Contenido y forma [N. V. Medvedev] 197
Los idealistas pretenden convencer a las masas de que todos los problemas de la existencia encuentran satisfactoria solución en la esfera del pensamiento puro, sin necesidad de que se opere cambio alguno en el mundo material, donde domina la burguesía.
Como vemos, ni la filosofía anterior a Marx, pese a sus valiosas aportaciones, ni, menos aún, la reaccionaria filosofía burguesa de nuestro tiempo, estaban ni están en condiciones de resolver el problema del contenido y de la forma.
Solamente el materialismo dialéctico podía y puede ofrecer una solución verdaderamente científica de este problema.
El materialismo dialéctico parte de la tesis de que el mundo que existe objetivamente es una materia infinitamente multiforme y en continuo movimiento y desarrollo. Y la fuente del movimiento de este mundo material único debe buscarse en las contradicciones que lleva en su seno. El contenido y la forma se dan en todas las cosas y procesos de la realidad.
En el mundo objetivo, el contenido es el aspecto interno de los objetos. Este aspecto representa un conjunto de elementos y procesos que constituyen el fundamento de la existencia y del desarrollo de las cosas. La forma es la organización, la estructuración del contenido. En los fenómenos, que pertenecen a. la esfera del conocimiento, la forma es la expresión del contenido.
Pongamos algunos ejemplos para explicar qué son el contenido y la forma.
En la naturaleza, cada átomo posee cierto número de partículas elementales (electrones, protones y neutrones), que actúan las unas sobre las otras. Estas partículas constituyen el contenido del átomo. Las partículas, a su vez, se hallan dispuestas en cierto orden: los protones y neutrones forman el núcleo del átomo y los electrones se mueven alrededor del núcleo; como resultado de ello, el átomo posee una determinada estructura o forma, que es característica de todo elemento químico.
El contenido de diferentes cristales se halla representado por un conjunto de átomos, sujetos a una estrecha relación mutua, y su forma consiste en la estructura del enrejado cristalino, en que los átomos se disponen en forma muy precisa en relación los unos con los otros.
Cada cuerpo químico tiene su propia estructura, que constituye su forma.
“Toda la naturaleza orgánica —escribe Engels— es una sólida demostración de la identidad o unidad indisoluble del contenido y la forma. Los fenómenos morfológicos y los fisiológicos, la forma y el
Contenido y forma [N. V. Medvedev]
contenido se condicionan mutuamente”.2
Cada organismo tiene su propio contenido representado por el conjunto de elementos materiales inherentes a él, células, órganos, que cumplen diversas actividades y funcionan de un modo específico. De la misma manera, cada organismo posee, asimismo, determinada estructura, una cierta organización de los elementos materiales que lo integran, es decir, una forma. Ningún organismo podría existir sin la unidad de contenido y forma.
El modo de producción social presenta dos aspectos —las fuerzas productivas y las relaciones de producción—, que actúan como contenido y forma, vinculados entre sí.
El contenido de una empresa o institución lo constituye la actividad concreta de los hombres que la integran, y la forma está representada por la organización, por la distribución y la subordinación de quienes trabajan en ella.
En la vida espiritual, las cosas son un poco distintas. El pensamiento, la idea es el reflejo de determinado contenido en la conciencia humana, expresado por medio de palabras.
En una obra literaria o pictórica el contenido se halla representado por las relaciones sociales, por el trabajo o la lucha de clases, que se refleja en ella, y la forma, expresión del contenido, por la composición, el asunto, el lenguaje, etc.
La forma no es algo superficial o exterior, impuesto desde fuera al contenido del objeto. Claro está que los objetos tienen también una forma externa, espacial y geométrica que salta en seguida a los ojos; pero la forma no se limita a esta manifestación externa, sino que internamente se halla unida al contenido.
Todo organismo vivo se ha formado no solamente con los elementos exteriores a él. También los órganos que constituyen su contenido —y que estudia la anatomía— tienen su propia forma. Las células orgánicas, que integran cada órgano en particular, poseen su propia forma, que reviste un interés especial para la histología. En las células cualitativamente distintas de órganos diferentes se efectúan los procesos específicos inherentes a ellas, que han adquirido bioquímicamente una forma, que ofrecen determinada estructura y se hallan sujetos a una acción mutua. La forma externa aparece vinculada al comportamiento activo del contenido, que se ha ido formando internamente, y que viene a ser su resultado.
Aclaremos esta idea a la luz de otros ejemplos.
Cuando contemplamos un monumento arquitectónico,
F. Engels, Dialéctica de la naturaleza, trad. rusa, pág. 247, 1955.
Contenido y forma [N. V. Medvedev] 199
prescindimos, naturalmente, del hecho de que está compuesto de elementos que tienen su propia forma —ladrillos, vigas, etc.— y fijamos la atención en la forma arquitectónica inmediatamente visible. Esta forma externa es resultado de una determinada combinación de muchas unidades que poseen, interiormente, su forma. El material de construcción, dotado de forma, no se identifica por supuesto con la forma arquitectónica. La forma exterior es producto del contenido total, integrado por una enorme cantidad de elementos particulares, que poseen su forma propia.
La forma externa no se identifica por ello, en general, con la forma interna, inherente al contenido. El huevo de gallina, por ejemplo, tiene su propia estructura interna (forma), como todo cuerpo vivo; pero, al mismo tiempo, posee cierta forma externa, que la estructura interna del huevo no expresa directamente. La forma exterior del árbol, siendo análoga a la de cualquier planta, no revela ni manifiesta directamente las formas internas, características de los diferentes tejidos vegetales, cuyo conjunto constituye el organismo.
El nexo de las formas externa e interna con el contenido del objeto presenta un carácter distinto en los diferentes objetos y procesos.
La forma, por consiguiente, no es sólo algo superficial, sino también algo interno que penetra y traspasa el contenido, dotado de forma en cada uno de sus elementos. El contenido y la forma se penetran recíprocamente; el contenido tiene una forma y la forma posee un contenido.
Al mismo tiempo, el contenido y la forma no son una pareja de contrarios inmutables e inmóviles. Cada uno de estos polos opuestos, enlazados en un conjunto de relaciones mutuas con otros fenómenos, puede desempeñar el papel de forma o de contenido. Las relaciones de producción, por ejemplo, son la forma de las fuerzas productivas. Pero, si consideramos las relaciones de producción en otra conexión mutua, a saber, como base, en su interdependencia con la supraestructura, la base actuará entonces como contenido, como objeto que se refleja en la conciencia social, y la supraestructura desempeñará, aquí, la función de forma.
La forma, si la consideramos en otra relación, se presenta como contenido. Así, las pirámides, los prismas, conos, etc., son formas de cosas materiales, pero en cuanto objetos de estudio científico se convierten en parte del contenido de la geometría. De la misma manera, la forma de una obra literaria puede transformarse en el contenido de una investigación literaria.
No existe, por consiguiente, una forma que no esté empapada de contenido, que no organice el movimiento y la actividad de un
Contenido y forma [N. V. Medvedev]
contenido, del mismo modo que no existe un contenido que no se exprese, estructuralmente, en determinada forma. No existe ningún contenido cuyo desarrollo no provoque ciertos cambios en su forma, como no hay tampoco una forma que no influya, a su vez, en el desarrollo del contenido.
Papel determinante del contenido con relación a la forma
Del nexo existente entre el contenido y la forma, de que antes se ha hablado, se deduce que el contenido y la forma son interdependientes y que no pueden existir en absoluto fuera de esta relación de interdependencia. El contenido y la forma son aspectos de la realidad, a la que es inherente la actividad puesta de manifiesto en dicha interdependencia. Pero no basta con admitir que existe esta interdependencia para descubrir la esencia de los nexos que median entre el contenido y la forma. Se necesita, ante todo, poner de manifiesto cuál es el aspecto que desempeña el papel determinante en dicha relación de interdependencia, es decir, sobre qué fundamento descansa ésta.
Por oposición a las doctrinas de los filósofos idealistas, el materialismo dialéctico sostiene que el papel fundamental y determinante en la correlación entre el contenido y la forma corresponde al contenido. Primero, cambia el contenido y después y, en consonancia con este cambio, se modifica y reestructura la forma. El contenido opera como el principio rector por ser el fundamento mismo de las cosas.
La materia en movimiento, con sus estados concretos, es el contenido de los objetos y de los fenómenos, que se presentan bajo múltiples formas. “La materia —dice Marx— es el sujeto de todos los cambios”. 3 El contenido del conocimiento lo da el mismo mundo material, que se refleja en el cerebro humano en forma de percepciones, conceptos, etc. Estas formas ideales, los pensamientos, se expresan por medio de sonidos y se representan con signos gráficos, es decir, materialmente. Por consiguiente, las formas ideales, tanto por su contenido como por su expresión externa, dependen del mundo material.
La forma no puede existir aislada del contenido; carece de un sustrato propio, al margen de él. Su fundamento es el contenido mismo; es natural, por ello, que la forma dependa del contenido, que es el aspecto determinante.
El contenido de los objetos y fenómenos se halla en continuo
C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, en dos tomos, trad. rusa, t. II, pág. 88.
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desarrollo. La forma, a su vez, se desarrolla también, pero más lentamente que el contenido; es decir, posee una mayor estabilidad que éste.
El contenido desempeña el papel determinante en los cambios que se operan en la forma. El desarrollo de la naturaleza y la actividad práctica social demuestra, con hechos, la justeza de esta importantísima tesis.
La teoría michuriniana ha fundamentado de un modo inquebrantable la tesis de que el desarrollo de los organismos se opera en un proceso de mutua vinculación con las condiciones externas de existencia, con el medio natural. Los elementos materiales que constituyen el organismo reaccionan constantemente ante la acción de factores naturales, que tienen una gran importancia biológica para la vida de la planta o del animal. Ahora bien, las condiciones ambientales pueden cambiar considerablemente; el alimento, por ejemplo, de cuya energía se mantiene la actividad vital del organismo, puede ser otro, etc., y al cambiar el medio, se modifica también el modo de reaccionar del ser viviente. Bajo la influencia de los cambios que se operan en el medio exterior, pueden surgir en el organismo nuevos cuerpos albuminoideos, puede cambiar el carácter del intercambio de sustancias, el carácter del funcionamiento del cuerpo; dicho de otro modo, puede cambiar el contenido.
Al cambiar el contenido, se opera también un cambio visible en la estructura morfológica o, lo que es lo mismo, en la forma del organismo.
Los cambios morfológicos, es decir, los cambios que se producen en la estructura, en la organización de los diferentes órganos y tejidos (formas) del organismo, se operan como una consecuencia necesaria del prolongado funcionamiento, que cambia a lo largo de una serie de generaciones, de los elementos materiales vivos, es decir, del contenido.
Engels, al explicar el papel que el trabajo ha desempeñado en el proceso de transformación del mono en hombre, dice que “únicamente por el trabajo, por la adaptación a nuevas y nuevas funciones, por la transmisión hereditaria del perfeccionamiento especial así adquirido por los músculos, los ligamentos y, en un período más largo, también por los huesos; únicamente por la aplicación siempre renovada de estas habilidades heredadas a funciones nuevas y cada vez más complejas, ha sido como la mano del hombre ha alcanzado ese grado de perfección..”4
Así, pues, el funcionamiento cada vez más perfecto de la mano, su utilización en operaciones de trabajo, precedieron y provocaron los
C. Marx y F. Engels. Obras tscogidas. en dos tomos, trad. española, t. II. Págs. 72-73.
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cambios y el desarrollo de su estructura morfológica, de su forma. Refiriéndose al desarrollo de los órganos del lenguaje, Engels señala
también el papel determinante que ha desempeñado su funcionamiento. “La necesidad creó el órgano: la laringe poco desarrollada del mono se fue transformando, lenta pero firmemente, mediante modulaciones que producían a su vez otras más perfectas, mientras los órganos de la boca aprendían poco a poco a pronunciar un sonido articulado tras otro”.5
Dicho de otro modo, el funcionamiento, o lo que es lo mismo, la pronunciación de determinados sonidos por la laringe y los órganos de la boca determinó el desarrollo de estos órganos. E igual cosa puede decirse del desarrollo del cerebro humano.
La influencia que el medio cambiante ejerce sobre los organismos animales es mucho más intensa precisamente cuando actúa sobre los órganos que tienen una mayor actividad y que, por esta razón, se ven influidos considerablemente por las condiciones exteriores. Las modificaciones que se operan en las formas de los organismos se fijan por herencia, como resultado del desarrollo de su contenido bajo la acción del medio ambiente.
El papel que la función desempeña en los cambios que se operan en las formas orgánicas es corroborado también por los datos de que se dispone acerca de los analizadores del cerebro. I. P. Pavlov ha señalado que en la estructura más compleja del sistema nervioso central existe una región, donde se establece la conexión directa del organismo con el medio exterior. Esta región es la de los grandes hemisferios cerebrales.
Los hemisferios cerebrales, en consonancia con la complejísima función que desempeñan, tienen una estructura de elementos nerviosos y de combinaciones de estos elementos en extremo variada y compleja. Pavlov ha subrayado que corresponde ahí a las células nerviosas en esta trama el grado más alto de complejidad estructural y que estas células son sensibles a los más variados estímulos externos; en ellas reside “la base del progreso del sistema nervioso central, que se realiza gracias al cerebro”.6
Por lo que se refiere a la estructura de la región del analizador, encargada de transmitir la excitación desde la parte central sensitiva al órgano efector, es mucho más simple, en consonancia con su función menos compleja.
La carencia de fundamento de las opiniones que niegan el papel determinante del contenido respecto a los cambios que se operan en la forma, se revela también en las concepciones de los biólogos burgueses,
C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, trad. española, t. II. pág. 74.
I. P. Pavlov, Obras completas, ed. rusa, t. III, Libr. 1, pág. 156, Moscú- Leningrado, 1951.
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partidarios de la teoría weismanista-morganista. La tesis fundamental de dicha teoría estriba en afirmar que las condiciones de vida materiales y externas no provocan los cambios que se operan en la herencia, y que ésta depende completamente de los genes contenidos en las células sexuales, elementos inmutables que no toman parte en el intercambio general de sustancias que se opera en el ser vivo.
La ciencia y la práctica han demostrado que los caracteres hereditarios se modifican en el proceso de interdependencia entre el organismo y el medio ambiente, proceso en el que el medio desempeña el papel determinante. Si descartamos el papel del medio, tenemos que explicar los cambios que surgen en los organismos recurriendo a la acción de una fuerza mística, sobrenatural
El weismanismo-morganismo actúa, bien de un modo abierto, bien solapadamente, como el portavoz del idealismo en la biología.
J. Huxley y otros partidarios de la “teoría” de la preadaptación — una de las variedades del weismanismo— sostienen que las nuevas formas orgánicas (las especies), aparecen con entera independencia de las condiciones de vida y poseen una capacidad especial de adaptación a una situación determinada. La nueva especie se encarga de descubrir estas condiciones. Así, pues, los biólogos que defienden la teoría de la preadaptación suponen que primeramente apareció el topo, por ejemplo, como una forma orgánica específica y que más tarde se metió bajo tierra. La forma del organismo se presenta, aquí, como un fin interno y místico del desarrollo de la vida, cuyas causas son inexplicables y que no depende en absoluto de las condiciones materiales.
El divorcio entre la forma y el contenido que establece la biología weismanista-morganista actual conduce inevitablemente a la conclusión idealista, teóricamente reaccionaria y prácticamente nociva, de que no se puede provocar intencionalmente determinados cambios en las formas vivientes. La práctica agrícola, sin embargo, refuta plenamente semejante conclusión.
Los datos relativos al desarrollo de la vida social demuestran igualmente que el contenido desempeña el papel determinante con respecto a la forma. La ley de la correspondencia de las relaciones de producción con el carácter de las fuerzas productivas, descubierta por Marx, pone de relieve los rasgos específicos de la interdependencia dialéctica entre el contenido y la forma en la vida social.
La producción social se halla siempre sujeta a un proceso de movimiento y desarrollo, que comienza siempre por los cambios que se operan en el estado de las fuerzas productivas y, ante todo, en los instrumentos de producción. El desarrollo de las fuerzas productivas de
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la sociedad es la base, el fundamento de la historia de la humanidad. Las relaciones de producción, es decir, la forma que reviste el
desarrollo de las fuerzas productivas, se modifica en consonancia con los cambios operados en el contenido. La historia de la humanidad se nos presenta como una sucesiva sustitución de las formas sociales, determinada por el desarrollo del contenido, o lo que es lo mismo, de las fuerzas productivas. Estas últimas desempeñan una función tan decisiva, que Marx escribió lo siguiente acerca de los instrumentos de trabajo, considerándolos como índices de las relaciones sociales en que el trabajo se realiza: “El molino a mano hace surgir la sociedad encabezada por el señor feudal; el molino de vapor, la sociedad presidida por el capitalista industrial”.7
El Partido Comunista de la Unión Soviética, guiándose por la ley de la correspondencia de las relaciones de producción con el carácter de las fuerzas productivas, es decir, de la concordancia de la forma con el contenido, ha seguido y sigue la firme orientación de desarrollar por todos los -medios las fuerzas productivas del país y, sobre esta base, se efectúan los cambios correspondientes en las relaciones de producción. Apoyándose en la base material industrial, creada en el curso de la edificación del socialismo, el Partido se puso al frente del viraje radical operado en las relaciones de producción en el campo, mediante la sustitución de las pequeñas haciendas de propiedad privada por las grandes haciendas colectivas. El Partido Comunista de la Unión Soviética prepara también el paso del socialismo al comunismo, a la fase superior de la sociedad comunista, mediante el desarrollo multilateral de las fuerzas productivas del país.
Así, pues, cualquiera que sea el sector de la realidad que consideremos, se corrobora la función determinante que ejerce el contenido respecto a la forma.
Rezagamiento de la forma con respecto al contenido
La forma posee cierta autonomía con relación al contenido, como se pone de manifiesto ya en el hecho mismo de su interdependencia. Si los aspectos que se hallan mutuamente relacionados actúan activamente el uno sobre el otro, es natural que cada uno de ellos tenga, dentro de esa relación, cierta autonomía, y que exista la posibilidad de que el uno influya sobre el otro.
Esta premisa, común a toda interdependencia y actividad, se manifiesta igualmente en las relaciones mutuas existentes entre el contenido y la forma
C. Marx y F. Engels, Obras completas, t, IV, 2’ edición, pág. 133, Moscú, 1953.
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La relativa autonomía de la forma se revela en su mayor estabilidad con respecto al contenido, que cambia con más rapidez que la forma.8 Una de las manifestaciones de la autonomía relativa de la forma consiste en el rezagamiento de su desarrollo con respecto al del contenido, como lo demuestran muchos hechos de la vida, en la naturaleza y en la sociedad.
Los cambios que se operan en el intercambio de sustancias, es decir, en el contenido, no traen consigo, rápida y automáticamente, cambios de forma. El contenido, aunque ya modificado, sigue inserto todavía por algún tiempo en la vieja forma. La teoría y la práctica de la creación de nuevas variedades de plantas demuestran la importancia que tiene la creación de la llamada herencia perturbada de las plantas, después de la cual la creación de las condiciones necesarias conduce a la aparición de una nueva variedad.
Refiriéndose a la adaptación de los híbridos vegetales a condiciones no habituales, comparadas con las que lo eran para los organismos padres, V. I. Michurin decía: “... el organismo de la planta joven saca, por decirlo así, a la especie o variedad maternas del carril de sus funciones vitales, priva de estabilidad a la forma que reviste su organización y, cayendo bajo la influencia de nuevas condiciones de existencia, se va adaptando gradualmente a ellas, haciendo surgir en su seno nuevas propiedades y convirtiéndose, de este modo, en una nueva variedad frutal”.9
El intercambio de sustancias constituye el fundamento de la herencia y de la variabilidad. La herencia quebrantada puede explicarse, según la bioquímica, como la perturbación de la buena organización del tipo anterior de intercambio de sustancias. El organismo de herencia quebrantada, que conserva durante algún tiempo la anterior estructura morfológica, es un ejemplo típico del rezagamiento de la forma con respecto a los cambios ya operados en el contenido.
También en la vida social marcha la forma a la zaga del contenido. El capitalismo actual constituye un ejemplo del claro retraso de la forma social con relación al desarrollo del contenido. Hace ya tiempo que, en
Hagamos notar que la falta de concordancia entre el contenido y la forma, que se manifiesta en cuerpos y fenómenos materiales concretos, no debe aplicarse a los casos en que la categoría de forma se emplea para caracterizar el movimiento, el espacio y el tiempo como formas del ser de la materia, ya que no pueden ser relativamente independientes con respecto a la materia. El movimiento, el espacio y el tiempo no pueden dejar de pertenecer, en ningún caso, a la materia, aunque se encuentren en un relativo aislamiento con respecto a ella. Si se admitiera Jo contrario, se dejaría abierta la puerta al idealismo, que concibe el movimiento, el espacio y el tiempo sin materia, reduciendo completamente esas categorías a fenómenos de la conciencia pura.
I. V. Michurin, Obras, en cuatro tomos, t. I, pág. 345, Moscú, 1948.
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los países capitalistas, reviste la producción un carácter social, no obstante lo cual se mantiene en pie la propiedad capitalista privada sobre los medios de producción. Las masas trabajadoras se ven despojadas por un puñado de magnates del capital, en cuyas manos se concentran los medios de producción y el poder político. La producción, en su forma burguesa, choca sistemáticamente con la estrechez y limitación de la capacidad adquisitiva de las masas, que viven en la miseria, y esto hace que estallen las crisis económicas. Los intentos encaminados a evitar las crisis, mediante la carrera de armamentos, lejos de mejorar la situación del sistema social burgués, ahondan todavía más sus contradicciones. En esta situación, muchos inventos dejan de ponerse en práctica o se aplican desnaturalizándolos, a tono con los intereses de la burguesía. Todo ello demuestra que las relaciones burguesas de producción se han convertido de formas del desarrollo de las fuerzas productivas en trabas que entorpecen dicho desarrollo.
En el socialismo, rige también la ley general según la cyal determinadas formas sociales quedan a la zaga del contenido. Peto el rezagamiento no alcanza aquí la gravedad ni conduce tampoco a los resultados propios del capitalismo. Ello se explica por el hecho de que, en la sociedad socialista, en que no existen clases antagónicas, no hay tampoco una fuerza social reaccionaria organizada, que se halle directamente interesada en mantener en pie las formas caducas de la vida social. Los elementos rutinarios, los que se oponen activamente a lo nuevo y no comprenden la necesidad de acabar con las formas caducas, no pueden frenar durante largo tiempo, en esta sociedad, la modificación de las viejas formas en consonancia con el contenido que ha desarrollado o se desarrolla. El Partido Comunista de la Unión Soviética y el Gobierno soviético disponen de los medios necesarios para modificar, a su debido tiempo, las formas caducas y no permitir un grave retraso.
Veamos algunos ejemplos. También las fuerzas productivas, como el elemento más dinámico y revolucionario de la producción, marchan en la sociedad socialista delante de las relaciones de producción. El rezagamiento de las relaciones de producción con respecto al nivel alcanzado por el desarrollo de las fuerzas productivas tiene diversas manifestaciones concretas. Así, por ejemplo, la cooperación del tipo manufacturero, que existe en la actualidad en muchas ramas, ha quedado ya rezagada con respecto a la forma de propiedad cooperativa, es decir, al contenido desarrollado en su seno. El Pleno del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética, celebrado en julio de 1955, señalaba en su resolución que “muchas ramas de la
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cooperación manufacturera han dejado de tener, en la actualidad, el carácter de producción cooperativa artesanal y, en el fondo, puesto que reciben del Estado el equipo industrial necesario y las materias primas para la producción, no se distinguen de las empresas de la industria del Estado de las repúblicas federadas”.10 Sobre la base de esta resolución, el Pleno consideró conveniente llevar a cabo una reorganización de la cooperación manufacturera, previendo la necesidad de transferir a la industria estatal los arteles que han perdido su carácter de cooperativas de producción.
A medida que han ido creciendo y desarrollándose la industria y la agricultura y extendiéndose las atenciones culturales al pueblo, se ha ido ampliando más y más la escala de la planificación de la economía nacional y de la cultura. Después de la guerra, ha surgido la necesidad de armonizar el plan de fomento de nuestro país con las necesidades económicas de los países de democracia popular y con la creciente circulación estable de mercancías dentro del campo socialista. Simultáneamente con el enorme volumen alcanzado por la economía y la cultura de la U.R.S.S., se hace cada vez más inaplazable la tarea de fijar las perspectivas tanto de las repúblicas federadas en particular como de todo el país soviético en su conjunto por un plazo relativamente largo.
Es natural que, dada la enorme complejidad del contenido de la labor de planificación y de las necesidades de su desarrollo ulterior, su forma actual de organización, la estructura de los órganos de planificación han quedado a la zaga del contenido, lo que podía influir negativamente en la actividad estatal y en el ascenso de la edificación económica y cultural de la U.R.S.S. El Comité Central del Partido Comunista y el Consejo de Ministros de la U.R.S.S. han decidido, por esta razón, reorganizar la estructura de los órganos de planificación, encargando la planificación corriente a las comisiones económicas de Estado, y la de largo alcance al Comité del Plan de Estado de la U.R.S.S. (Gosplan).
Correlación del contenido con las viejas y las nuevas formas
La relativa autonomía de la forma se manifiesta de muy diversos modos. Se deja sentir, especialmente, en el b'-cho de que una y la misma forma puede servir a diferentes contenidos, e incluso opuestos.
Los koljoses son la forma socialista de la producción agrícola. Sin embargo, en los primeros años de la colectivización los enemigos del
“Resoluciones del Pleno de julio de 1955 del C.C. del P.C.U.S.”, ed rusa, pág. 19, Moscú. 1955.
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Poder soviético, aún no desenmascarados, trataron de utilizar esta forma, en algunas regiones, para luchar contra el socialismo. Estos elementos antisoviéticos ingresaban en los koljoses con el fin de crear en ellos nidos contrarrevolucionarios impulsados por el anhelo de minarlos desde dentro. Esos elementos lanzaban, por entonces, la consigna de “koljoses sin comunistas”. La forma koljosiana solamente podía fortalecerse y desarrollarse siempre y cuando que los koljoses se hallaran al servicio de los intereses de la producción socialista, no de los kulaks, es decir, a condición de que la forma koljosiana se fundiera con el nuevo contenido, con el contenido socialista.
El hecho de que una y la misma forma sea utilizada por diferentes contenidos no quiere decir, en absoluto, que las relaciones mutuas entre la forma y el contenido se mantengan idénticas en cada uno de los diferentes casos. Si la nueva forma sirve a un viejo contenido, tendremos como resultado un agudo conflicto, que estallará, de súbito, entre el contenido y la forma, conflicto que culminará en la destrucción de la segunda, ya que se pondrá al descubierto un profundo divorcio entre la forma y el contenido. Pero si la nueva forma sirve a un nuevo contenido, la concordancia existente entre el contenido y la forma se convertirá en una de las condiciones de su desarrollo progresivo.
En la vida real, se da con frecuencia el caso de que formas diferentes sean utilizadas por contenidos similares o del mismo género.
En la vida política de la sociedad suele presentarse una gran variedad de formas que sirven a contenidos similares. Las funciones políticas del Estado, sus actividades, encaminadas a mantener y afianzar el régimen económico, que responde a los intereses de la clase social dominante, constituyen su contenido en cuanto elemento de la supraestructura. El carácter del régimen económico y de la clase dominante determinan el tipo de Estado; sin embargo, dentro de los límites del mismo tipo de Estado, la historia conoce diversas formas de gobierno, de organización estatal. Lenin subraya que el Estado ha adoptado diversas formas —república, oligarquía y monarquía— en las sociedades esclavista, feudal y capitalista.
Ahora bien, en estos casos, el contenido concreto no es indiferente a la forma. Así, por ejemplo, la forma de gobierno más característica y más extendida en la época feudal era la monarquía absoluta, mientras que la república tenía en aquel período un campo muy limitado. En el período anterior al capitalismo premonopolista, se extendieron ampliamente las repúblicas burguesas y las monarquías constitucionales, formas de gobierno que respondían a la economía de la libre concurrencia de los propietarios burgueses. En la época del imperialismo, implantada ya la dominación de los magnates del capital
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y habiéndose puesto de manifiesto, al mismo tiempo, la inestabilidad y la desintegración del sistema capitalista, la burguesía emprende el camino de la limitación y la abolición de la democracia, el camino de la fascistización de los Estados capitalistas.
Sin embargo, la orientación reaccionaria de la burguesía hacia los regímenes fascistas tropieza con la resistencia de las grandes masas trabajadoras, que quieren servirse de los regímenes democráticos para organizar sus fuerzas y preparar la victoria sobre el capital. Las formas estatales, por esta razón, dependen, en alto grado, de la correlación de fuerzas entre las clases de la sociedad.
También en el perodo de la dictadura de la clase obrera se da una diversidad de formas estatales. Lenin escribía a esle respecto lo siguiente: “El paso del capitalismo al comunismo producirá, evidentemente, una gran abundancia y variedad de formas políticas, pero la esencia de ellas se reducirá inevitablemente a una sola: la dictadura del proletariado”.11
La implantación de los regímenes de democracia popular en una serie de países, a la par que la forma soviética de organización estatal en la U.R.S.S., corroboraron en la práctica la previsión teórica de Lenin.
Ciertas diferencias existentes en las formas que reviste la dictadura de la clase obrera en los países de democracia popular en Europa y Asia, así como las diferencias que median entre ellas y la forma soviética, se hallan determinadas por las peculiaridades del desarrollo histórico-social, por ciertos rasgos específicos y por la atmósfera en que ejerce su actividad el poder político de cada uno de esos países.
También los demás países recorrerán inevitablemente el camino que lleva del capitalismo al socialismo, pero las formas que adopte esta transición serán diferentes, en virtud de las peculiaridades de las condiciones internas y externas. Ahora bien, es indiscutible que la transformación radical, cualitativa, de la sociedad —el paso del capitalismo al socialismo— solamente puede llevarse a cabo por medio de la revolución socialista. Y esto es lo que distingue esencialmente al marxismo-leninismo del oportunismo, que niega la necesidad de esta revolución.
El contenido de la revolución socialista consiste en la implantación de un nuevo poder —la dictadura del proletariado—, en la sustitución de la dictadura de la burguesía, en la destrucción de las relaciones capitalistas de producción y en la instauración de las relaciones socialistas. Sin embargo, las formas concretas del proceso revolucionario dado pueden variar.
V. I. Lenin. Obras completas, ed. rusa. t. XXV. pág. 585.
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En las resoluciones del XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética se señala lo siguiente: “Es completamente lógico que las formas del paso de los países al socialismo sean en adelante aún más variadas. No es obligado, ciertamente, que las formas del paso al socialismo vayan unidas en cualesquiera condiciones a la guerra civil. El leninismo enseña que las clases dominantes no ceden el poder voluntariamente. Sin embargo, la mayor o menor agudización de la lucha de clases por el tránsito al socialismo, y el empleo o no de la violencia en esta transición, no dependen tanto del proletariado como del grado de resistencia que los explotadores opongan a la voluntad de la aplastante mayoría de los trabajadores, como del empleo de la violencia por la propia clase de los explotadores”.12
Así, pues, la revolución socialista puede realizarse en forma de lucha armada o pacíficamente, es decir, sin que estalle la insurrección armada o la guerra civil. El XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética ha señalado la posibilidad de que el proletariado utilice el Parlamento en algunos países para conquistar el poder.
Esta posibilidad nace de las nuevas condiciones que se dan actualmente en la situación internacional y dentro de los países burgueses. En nuestra época, existe el poderoso campo socialista, cada día más fuerte, que abarca una tercera parte de la población de la humanidad y cuya influencia en la vida internacional y en el ánimo de las masas se acentúa inconteniblemente en el mundo entero. En todos los países capitalistas existen partidos marxistas-leninistas, cuya autoridad entre las amplias masas populares crece constantemente, a la par que ellos mismos se templan en la lucha. Se fortalece la unidad de la clase obrera. El sistema capitalista se debilita, se hace cada vez más inestable, y se desintegra el sistema colonial del imperialismo.
El capitalismo monopolista trae a la clase obrera un aumento inusitado de la pobreza, un alza de los impuestos, provocado en un grado considerable por la carrera de armamentos, el desempleo en masa y el aumento de la explotación; los campesinos se arruinan invariablemente a consecuencia de la política de precios de la producción agrícola, dictada por los monopolios y a consecuencia de los impuestos y de la competencia que les hace la gran producción. Todo esto crea y amplía la base de masas para llevar a cabo la transformación socialista en los países capitalistas.
Las masas se oponen a la burguesía reaccionaria porque ésta sigue una política antidemocrática, al limitar los derechos del pueblo; porque
Resoluciones del XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, ed. rusa, pág. 10-11, Moscú, 1956.
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traiciona y enajena la independencia nacional apoyándose en los monopolistas norteamericanos para llevar adelante sus designios antipopulares y, por último, porque los imperialistas desempeñan el papel de incendiarios de una nueva guerra, que los pueblos rechazan con indignación.
En estas condiciones, los partidos comunistas tienen la posibilidad efectiva de unir en torno suyo a las más grandes masas populares y de conquistar, luchando contra el capital monopolista, una firme mayoría en el Parlamento. Después de lograr esa mayoría, los partidos comunistas pueden establecer un nuevo poder, el poder proletario, llevar a cabo la socialización, la nacionalización de los medios de producción y emprender la edificación del socialismo. La marcha concreta de los acontecimientos dependerá de las condiciones que se den en cada país y de la resistencia que oponga la burguesía.
Así, pues, los cambios importantes operados en la distribución de las fuerzas de clase, es decir, en el contenido de la vida política en la etapa histórica actual, crean la posibilidad de que algunos países puedan seguir una vía pacífica, e incluso parlamentaria, en su transición al socialismo.
La edificación del socialismo y del comunismo, la creación de un régimen social nuevo por su contenido, ha dado lugar también a una gran diversidad de formas sociales nuevas.
A la par que las nuevas formas, bajo el socialismo se utilizan también ampliamente, en las diversas esferas de la economía y de la vida político-social, las viejas formas.
“En la actualidad — escribe Lenin —, desde el punto de vista del desarrollo del comunismo internacional, nuestro trabajo tiene un contenido tan firme, tan fuerte y poderoso (gracias al poder soviético, a la dictadura del proletariado), que puede y debe manifestarse en cualquier forma, así en la forma nueva como en la vieja; puede y debe transformar, dominar, someter todas las formas, no sólo las nuevas, sino también las viejas, no para reconciliarse con las viejas formas, sino para saber convertir todas las formas y de todo género, las nuevas y viejas, en instrumento de la victoria total y definitiva, decisiva y rotunda del comunismo’’.13
La posibilidad, e incluso la necesidad, de que el nuevo contenido utilice, en el socialismo, las viejas formas, se halla determinada por el hecho de que, después del triunfo de la revolución socialista, subsisten durante un período de tiempo bastante largo, algunos fenómenos económicos heredados del pasado.
V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa. t. XXXI, pág. 85.
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La revolución socialista, por ejemplo, no puede abolir de golpe la economía mercantil, ya que aún no se han creado las condiciones económicas objetivas necesarias para ello. Por esta razón, la sociedad, después de haber abolido la explotación del hombre por el hombre y edificado el socialismo, conserva aún formas económicas como las del cambio de mercancías y otras formas íntimamente unidas a éste, como son el dinero, los bancos, etc., pero sirviéndose de ellas para fortalecer la economía socialista. Ahora bien, estas formas se hallan empapadas de un nuevo contenido, tanto por su carácter de clase como por los fines de la actividad que en ellas se realiza.
Conviene tener presente, sin embargo que, bajo el socialismo, no es posible utilizar las viejas formas sociales sin someterlas a un análisis crítico. Este problema se resuelve en cada caso de un modo concreto, tomando en consideración la situación real y las necesidades de la edificación comunista.
La utilización de las viejas formas —económicas y de otra clase— en el proceso de la edificación del comunismo reviste un carácter temporal. Cuando la nueva producción, de tipo comunista, alcance un nivel suficientemente alto y, en consonancia con ello, se establezca la propiedad nacional única sobre todos los medios de producción, entonces también desaparecerán las viejas formas económicas —el cambio de mercancías, el dinero, el crédito, los bancos— para ser sustituidas por las formas que correspondan a las condiciones propias de la fase superior del comunismo.
También en la naturaleza pueden las viejas formas servir a un contenido nuevo como lo demuestran los hechos antes aducidos, al hablar del rezagamiento de la forma con respecto al contenido.
El proceso de sintetización del reflejo del mundo exterior, expresado en las formas verbales, se caracteriza también por el hecho de que el contenido cambiante de un concepto se reviste de una vieja forma verbal. Así, en la U.R.S.S. nos servimos de las palabras “ganancia”, “salario”, “clase obrera”, “crédito”, “campesinos “, etc., que formaban parte de nuestro lenguaje antes del triunfo de la gran Revolución Socialista de Octubre y de la edificación del socialismo en la U.R.S.S.; sin embargo, el contenido del concepto expresado por estas palabras ha cambiado radicalmente. El empleo de algunas formas viejas en el desarrollo del contenido es, por consiguiente, una ley general.
El problema de las formas de transición, que la realidad engendra en determinadas condiciones, se halla en cierta relación con las tesis que estamos examinando. Estas formas se caracterizan por la combinación de elementos de formas cualitativamente distintas en un todo único, lo que responde al carácter específico del contenido en cada
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caso concreto.
Las formas de transición se dan en la naturaleza. El organismo de herencia quebrantada y con nuevas formas que se manifiestan parcialmente puede incluirse entre las formas de transición; según sean las condiciones concretas, externas de su existencia, podrá convertirse en una nueva especie o variedad o, dadas otras condiciones, afirmar su herencia anterior.
La comuna agrícola de otros tiempos era una forma de transición, en la que se entrelazaban la propiedad privada y la propiedad social sobre los medios de producción. Pero, por oposición a las cooperativas semisocialistas de los países de democracia popular, la comuna agrícola, en condiciones históricas muy distintas, representaba “el paso de la sociedad, basada en la propiedad social, a la sociedad basada en la propiedad privada”.14
Las cooperativas agrícolas semisocialistas que existen en algunos países de democracia popular son un ejemplo de forma de transición en la vida social presente. En dichas cooperativas se entrelaza el empleo colectivo, social, de los medios de producción y el mantenimiento de la propiedad privada sobre algunos de ellos, principalmente sobre las tierras; en consonancia con esto, se establecen también las relaciones de distribución; en efecto, cada miembro de la cooperativa recibe una parte de los ingresos por su participación personal en la producción social, de acuerdo con el principio socialista de remuneración con arreglo al trabajo, y otra parte la recibe por su parcela de tierra, es decir, ya como propietario agrícola privado.
Esta forma transitoria, semisocialista, de cooperación se orienta en su desarrollo hacia la forma socialista cooperativa de producción, que representa un tipo superior.
Como vemos, la tendencia de desarrollo de las formas sociales de transición se determina por las condiciones histórico-sociales, entre las que desempeña un papel muy importante la forma de propiedad, que no tenga el carácter de forma de transición y que sea la forma dominante y rectora en la sociedad dada.
Conviene subrayar que las formas de transición no solamente son complejas, sino que son además muy contradictorias de por sí, reflejando de este modo las contradicciones existentes en el contenido. Por ello, las formas de transición tienen menor estabilidad histórica que las que no poseen ese carácter. Y esto se expresa incluso en su propia denominación.
El desarrollo no se opera, de modo general, a través de las formas
14 C. Marx y F. Engels, Obras completas, trad. rusa, t. XXVII, pág. 695, Moscú, 1935.
Contenido y forma [N. V. Medvedev]
de transición. En determinadas condiciones, una forma puede pasar a otra muy distinta, sin que se den formas de transición. Así, por ejemplo, en la República Popular China la propiedad privada de los imperialistas y de la burguesía compradora se transformó directamente en propiedad socialista; al paso que la propiedad de la burguesía nacional se transforma en propiedad socialista, mediante el empleo de la forma de transición de la empresa mixta, es decir, privada y del Estado al mismo tiempo.
Por tanto, la dialéctica de las relaciones mutuas entre el contenido y la forma se manifiesta y se hace más compleja por el hecho de que una y la misma forma, durante algún tiempo, puede encarnar en diferentes contenidos y por el hecho de que contenidos similares pueden servirse de diferentes formas, en su proceso de desarrollo.
Carácter contradictorio de las relaciones mutuas entre el contenido y la forma
Hemos examinado antes las tesis de que el contenido desempeña el papel determinante en el desarrollo; la de que el movimiento de la forma se rezaga un tanto con respecto a los cambios que se operan en el contenido; la de que, en virtud de ciertas condiciones concretas, el contenido, que se desarrolla, se ve forzado a servirse temporalmente de una y la misma forma o a revestirse, aun siendo el mismo, de formas diferentes. Pues bien, de estas tesis se puede extraer la conclusión de que entre el contenido y la forma surge cierta discordancia en el proceso de desarrollo.
Debemos hacer notar que la contradicción entre el contenido y la forma puede permanecer oculta, si los objetos, fenómenos y aspectos inherentes a ellos se estudian fuera de su movimiento, como si se hallaran petrificados. Engels ha señalado que las contradicciones solamente se descubren cuando los objetos y fenómenos se abordan dialécticamente, es decir, cuando se les enfoca en su movimiento y desarrollo.15 Esta indicación de Engels se enlaza íntimamente con el estudio del contenido y de la forma. Sólo ajustándose a esa condición puede llegarse a una concepción acertada de las contradicciones en desarrollo entre las citadas categorías.
La forma y el contenido actúan en el proceso de desarrollo como contrarios dialécticos, que se condicionan mutuamente.
Lenin caracterizaba la correlación entre forma y contenido como una de las manifestaciones esenciales de la ley universal de la unidad y lucha de contrarios. Al exponer en los Cuadernos filosóficos sus
F. Engels, Anti-Dühring, trad. rusa, pág. 113.
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famosos dieciséis elementos de la dialéctica, Lenin dice, en el punto noveno: ... no sólo la unidad de los contrarios, sino también el paso de CADA determinación, cualidad, rasgo, aspecto, propiedad a cada otra [¿a su opuesto?]”; y en el punto 15 escribe: “... lucha del contenido con la forma, y a la inversa, rechazo de la forma, modificación del contenido”.16 Y más adelante señala que el punto 15 es un ejemplo del 9, es decir, de la citada ley fundamental de la dialéctica materialista.
El desarrollo dialéctico objetivo de todos los fenómenos de la naturaleza y de la vida social da como resultado el que todo equilibrio, toda concordancia entre objetos aislados, entre los aspectos internos de cada objeto y también entre la forma y el contenido sean puramente relativos y temporales. Una concordancia inmóvil y absoluta, concebida metafísicamente, “no puede existir en el desarrollo de la naturaleza ni en el de la sociedad”. 17
La correspondencia entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción, en el socialismo, no puede entenderse, como es sabido, en el sentido absoluto de la palabra, ya que el desarrollo desigual de los dos aspectos del modo de producción provoca también en la sociedad socialista cierta discordancia entre ellas.
El nacimiento y desarrollo de las contradicciones y de la “lucha” entre el contenido y la forma, tanto en la vida social como en el desarrollo de la naturaleza, son manifestaciones de la ley universal del desabollo a través de la lucha de contrarios. Sin embargo, el carácter de la contradicción entre el contenido y la forma, su grado de desarrollo y el modo de resolverse en cada caso concreto presentan rasgos peculiares, ya que todo depende de las condiciones concretas, internas y externas.
La “lucha” del contenido con la forma es una de las fuerzas motrices del desarrollo de las cosas y de los fenómenos y de su tránsito a nuevos estados cualitativos. Sin embargo, para no caer en una concepción superficialmente estrecha y unilateral de las fuentes del desarrollo de las cosas, debe tenerse presente que la “lucha” entre el contenido y la forma se despliega siempre dentro de condiciones concretas. Los cambios que se operan en el contenido están forzosamente unidos a fluctuaciones más o menos intensas de esas condiciones, lo que no se puede pasar por alto sin riesgo de simplificar de un modo burdo y unilateral todo el complejo proceso de la realidad.
Recurriremos a algunos ejemplos para esclarecer ciertos aspectos generales y singulares de la diversidad de manifestaciones con que se
V. I. Lenin, Cuadernos filosóficos, ed. rusa, pág. 193.
V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XXVII, pág. 312.
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presenta la contradicción entre el contenido y la forma.
Antes nos hemos referido a las actuales relaciones capitalistas de producción poniéndolas como ejemplo del claro retraso de la forma económica con respecto al desarrollo de las fuerzas productivas, y hemos hecho notar que esta forma caduca entorpece tenazmente el desarrollo del contenido. Ahora bien, no siempre ha sucedido así, en efecto, en las primeras fases del desarrollo del modo capitalista de producción se daba una concordancia entre el contenido y la forma, razón por la cual el capitalismo progresaba rápidamente. Pero ¿significa esto que ya en aquel tiempo no existiera contradicción alguna entre la forma económica y las fuerzas productivas? Ciertamente que no; existía ya entonces cierta contradicción, si bien insuficientemente desarrollada aún Al cabo del tiempo, esta contradicción fue ahondándose, hasta alcanzar la profundidad que en la actualidad tiene. Se trata, por su carácter, de una contradicción antagónica. La clase obrera, fuerza productiva fundamental, está empeñada en la lucha contra la burguesía, que es la clase que organiza y defiende las relaciones capitalistas de producción, sin la abolición de las cuales no es posible liberar a los obreros de la explotación ni de la opresión.
La lucha entre el contenido en desarrollo y la forma ya caduca se manifiesta, en las condiciones del capitalismo actual, en todas las esferas de la vida social. No se limita a las relaciones económicas, sino que abarca también el campo de la política del Estado y el campo ideológico. Y ello se debe al hecho de que la supraestructura burguesa pretende alargar por todos los medios la existencia de las relaciones de producción ya caducas.
Cuando la forma marcha muy a la zaga del contenido, su acción se ejerce en dirección opuesta al desarrollo de éste; la forma se convierte, así, en un freno. Sin embargo, no debe caerse en una superficial elevación a lo absoluto de esta transformación de la vieja forma en freno del desarrollo del contenido. Así, por ejemplo, la lucha de los monopolios y la competencia de las potencias en la carrera de armamentos conduce actualmente, en los países capitalistas, a cierto progreso técnico —no pocas veces importante— en algunas ramas de la producción. Sin embargo, la tendencia a frenar el desarrollo de las fuerzas productivas, a la que se refería Lenin, se deja sentir cada vez con más fuerza.
La contradicción antagónica entre el contenido y la forma del modo de producción se presenta, en la época actual, como un agudo conflicto entre ambos aspectos. Para resolver esta contradicción, es indispensable una revolución proletaria, que lleve a cabo una transformación social radical, y cree una nueva forma social, que contribuya al desarrollo
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ulterior del contenido. Una vez logrado esto, el contenido cambia también cualitativamente.
El desarrollo de las contradicciones antagónicas entre el contenido y la forma conduce, por consiguiente, al cabo del tiempo, a que los aspectos contrarios lleguen a un abierto divorcio entre ellos en todas sus relaciones y a que su “lucha” se transforme en un agudo conflicto, que trae como resultado, a fin de cuentas, la desaparición, la destrucción de la vieja forma; el contenido adopta una nueva forma, y más tarde él mismo sufre una transformación.
El carácter antagónico de la contradicción, su transformación en agudo conflicto y la destrucción revolucionaria de la vieja forma son inherentes a las sociedades divididas en clases hostiles, y particularmente a la sociedad capitalista. En cambio, esta tendencia del desarrollo y esta solución de la contradicción entre el contenido y la forma, no son características de la sociedad socialista.
En el socialismo se dan contradicciones no antagónicas entre la forma y el contenido, que pueden presentarse en diferentes momentos de su desarrollo. Sin embargo, uno y otro aspecto no entran en abierta discordancia en todas las relaciones fundamentales, que es lo que sucede bajo el capitalismo. Ello se explica por el hecho de que en la sociedad socialista, por no existir clases antagónicas, las formas sociales y, de modo general, algunos aspectos de ellas, cambian gradualmente y se adaptan a las necesidades de la edificación del comunismo.
Podemos ilustrar esto con el ejemplo de la forma de distribución socialista que se caracteriza por el principio de la remuneración con arreglo al trabajo. La forma de distribución, que constituye un elemento esencial del conjunto de las relaciones de producción, es parte integral, un aspecto de la forma económica.
El principio de la remuneración con arreglo a la cantidad y calidad del trabajo responde al carácter social de la producción socialista y contribuye considerablemente a su desarrollo. Sin embargo, algunas formas concretas de la aplicación de este principio no concuerdan, en ocasiones, con las necesidades del desarrollo sucesivo de la producción, con el auge de las fuerzas productivas. Esto se debe, principalmente, a los cambios constantes que se operan en el contenido, a los cambios en cuanto a la interdependencia entre los factores económicos, al progreso de la técnica, al incremento de la productividad del trabajo, a las variaciones que experimenta el precio de costo de algunas partes del producto social y a otros factores.
El Partido Comunista y el Gobierno soviético han modificado, más de una vez, las normas de producción y el salario de una serie de
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categorías de obreros y empleados; han modificado los precios de acopio y de compra de la producción agrícola, han rebajado los precios de las mercancías de amplio consumo, etc., preocupándose por el ascenso de la producción social y por la elevación del bienestar material de los trabajadores. Estas medidas se han puesto en práctica siempre que se ha advertido una falta de concordancia entre las necesidades del desarrollo de la producción y las manifestaciones concretas de las relaciones de distribución.
Así, por ejemplo, en la actualidad existe cierta desarmonía entre la organización de la remuneración del trabajo de algunas categorías de trabajadores de la economía y la necesidad de acelerar el aumento de la productividad del trabajo y de la producción social en ciertas ramas de la economía socialista. La organización de la remuneración del trabajo, existente en la actualidad, no estimula suficientemente el interés de los trabajadores de la economía en mejorar por todos los medios la producción, por poner a contribución con mayor rapidez la experiencia y la técnica más avanzadas, etc. Las tarifas fijas en la remuneración de algunos trabajadores, que no armonizan con las importantes primas que se conceden por la superación de los índices económicos, frenan, evidentemente, el desarrollo de la iniciativa en el terreno de la producción. Con frecuencia, el sistema de primas en la remuneración del trabajo se aplica en forma unilateral y estrecha. Así sucede, por ejemplo, en el caso del constructor que aplica una iniciativa que mejora considerablemente la calidad de la producción y a consecuencia de lo cual se beneficia grandemente la economía social, lo que equivale a elevar la productividad del trabajo social.
Pero si esta producción de alta calidad, en una fábrica dada, exige los mismos gastos que antes de aplicarse la propuesta, el constructor no recibe, por regla general, un estímulo material. En otras palabras, no se estimula la elevación de la calidad de la producción si no va acompañada de una disminución de su precio de costo. Este modo de enfocar el estímulo material a los constructores se halla en contradicción con la necesidad de elevar la calidad de la producción, en la que se halla interesado todo el pueblo soviético. Este ejemplo aislado demuestra la necesidad de abordar ciertos aspectos concretos de la forma económica en consonancia con el desarrollo del contenido.
En las resoluciones del XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética se plantea este problema, considerándolo como una de las tareas puestas a la orden del día del Partido: “Con objeto de liquidar con la mayor rapidez los defectos existentes en la organización del trabajo y en el sistema de salarios —se dice en las resoluciones—, y para estimular el interés económico personal de los trabajadores en el
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resultado de su labor, se decide:
asegurar la vasta aplicación de normas de rendimiento técnicamente fundadas, que correspondan al nivel actual de la técnica y de la organización de la producción...;
regular la remuneración de las distintas categorías de ingenieros, peritos y empleados; poner fin a la pluralidad de sistemas y a la disparidad en las condiciones de retribución del trabajo de los ingenieros, peritos y empleados;
elevar el papel de las primas en la tarea de estimular la introducción de nuevos elementos técnicos, de incrementar la productividad del trabajo y de reducir el precio de costo de la producción”.18
Las contradicciones inherentes a las relaciones de distribución se refieren solamente a un aspecto de la forma social. Estas contradicciones se han resuelto y seguirán resolviéndose de modo planificado, por medio de las medidas correspondientes trazadas por el Partido Comunista de la U.R.S.S. y el Gobierno soviético.
En los años posteriores a la guerra, surgió en nuestro país una contradicción entre la técnica agrícola, cada vez más alta, y las posibilidades limitadas de su empleo por los pequeños koljoses. No se trataba, en este caso, de una contradicción entre la propiedad social en su totalidad y las fuerzas productivas en general, ni siquiera entre la propiedad koljosiana —como forma especial de la propiedad socialista— y las fuerzas productivas; tratábase de una contradicción entre estas últimas y una expresión concreta, el nivel de desarrollo de la propiedad koljosiana.
El Partido advirtió, a su debido tiempo, la contradicción que había estado madurando y la resolvió mediante el perfeccionamiento, el desarrollo sucesivo de la forma, ampliando los koljoses. Se introdujeron cambios en la forma de organización de la propiedad cooperativo-koljosiana, y, en la actualidad, esta forma contribuye al desarrollo de las fuerzas productivas de la agricultura socialista. La tarea estriba en fortalecer por todos los medios, desde el punto de vista de su organización y economía, nuestros koljoses, como ya han señalado también las resoluciones de los plenos del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética celebrados en el período que va de 1953 a 1955, y acerca de lo cual se habla, asimismo, en las “Directrices del XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética para el sexto plan quinquenal de fomento de la economía nacional de la
Directrices del XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética para el sexto plan quinquenal de fomento de la economía nacional de la U.R.S.S. en 1956-1960, ed. rusa, pág. 51, Moscú, 1956.
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U.R.S.S.”
En el futuro, con el paso del socialismo al comunismo, madurará la necesidad de llegar a establecer un solo tipo de propiedad, la propiedad comunista nacional sobre todos los medios de producción. La forma de propiedad cooperativo-koljosiana se elevará al nivel de la propiedad nacional y se fundirá con esta última.
Bajo el socialismo, se convierte en regla general la extinción gradual o la modificación radical de algunos aspectos de la forma, lo que se traduce, al cabo del tiempo, en su transformación esencial y multifacética. Pero todos estos cambios se efectúan sin necesidad de llevar a cabo una revolución, es decir, se producen de modo gradual, bajo la dirección del Partido Comunista, que organiza y encauza dichos cambios.
Partiendo de la dialéctica de la forma y del contenido, el Partido modifica y perfecciona sus propias formas de organización. A ello hay que agregar que el Partido observa aquí también las contradicciones que se ponen de manifiesto entre el contenido que caduca o cambia, entre la actividad del Partido y las condiciones de esta actividad, de una parte, y sus formas anteriores, de otra.
En las resoluciones del X Congreso del Partido se dice:
“1º El Partido marxista revolucionario rechaza radicalmente los intentos de establecer una forma de organización del Partido, absolutamente válida y adecuada para todas las fases del proceso revolucionario y de uniformar sus métodos. Por el contrario, las formas de organización y los métodos de trabajo los determinan totalmente las peculiaridades de la situación histórica concreta dada y las tareas que se desprenden directamente de esa situación.
2º Partiendo de este punto de vista, es comprensible que toda forma de organización, así como los métodos correspondientes, pueden convertirse, al cambiar las condiciones objetivas del desarrollo de la revolución, de forma de desarrollo de la organización del Partido, en forma que frena este desarrollo; e, inversamente, la forma de organización que se ha vuelto inservible puede ser nuevamente necesaria y la única adecuada al resurgir las condiciones objetivas correspondientes.”19
En los sombríos años del zarismo, el Partido bolchevique se vio forzado a recurrir a los más rigurosos métodos conspirativos y a abstenerse de aplicar el principio de elección abierta de los dirigentes
El Partido Comunista de la Unión Soviética en las resoluciones y acuerdos de los Congresos y Conferencias y de los Plenos del C.C. del P.C., ed. rusa, parte I, pág. 516, Moscú, 1954.
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de las organizaciones locales del Partido.
Desde el derrocamiento del zarismo, el Partido aplica consecuentemente el principio del centralismo democrático, formulado en los estatutos aprobados en 1917 por su VI Congreso. Pero los métodos rigurosamente conspirativos y la restricción de la democracia interna volvieron a implantarse, como es natural, en los años de la gran guerra patriótica en las organizaciones del Partido, que actuaban en el territorio ocupado temporalmente por las tropas nazis.
La historia del Partido Comunista de la U.R.S.S. es rica en bruscos virajes de las condiciones político-sociales de la actividad del Partido, en consonancia con las cuales fueron modificados sus estatutos. Lenin señala que un viraje, un cambio brusco en el desarrollo conduce “... inevitablemente a una falta de concordancia entre la vieja forma y el nuevo contenido”.20 Y esto vale, asimismo, para el desarrollo histórico del Partido, aunque las contradicciones, en este caso, no han llegado nunca a convertirse en conflicto.
El mejoramiento de las formas de vida del Partido seguirá siendo, en el futuro, objeto de los desvelos de nuestro Partido. En las resoluciones del XX Congreso se señala lo siguiente: “El Congreso encarga al Comité Central que continúe su labor de perfeccionamiento de la estructura y de las formas de actividad de los órganos del Partido y de los Soviets, en consonancia con los cambios de la situación.”21
Así, pues, resumiendo lo que llevamos dicho acerca de las relaciones mutuas entre el contenido y la forma cuando se dan condiciones diversas, cabe señalar lo siguiente: la contradicción entre la forma y el contenido, en la vida social, solamente se convierte en conflicto agudo cuando la contradicción tiene un carácter antagónico y la forma queda muy a la zaga del contenido. Por tanto, si bien es cierto que la contradicción entre la forma y el contenido es un factor constante del desarrollo, el conflicto entre ambos aspectos de la contradicción no surge siempre, sino solamente en determinadas condiciones históricas.
En la sociedad no dividida en clases hostiles, las contradicciones entre el contenido y la forma que se revelan en los fenómenos sociales no revisten un carácter antagónico, ni se ahondan hasta convertirse en conflictos sociales. Estas contradicciones se resuelven con las acciones de las masas, sujetas a un plan y bajo la dirección de su partido marxista-leninista.
V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XXI, pág. 392.
Resoluciones del XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, ed. rusa, pág. 22.
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La forma, activa fuerza motriz en el desarrollo del contenido
De todo lo antes expuesto se deduce que la concordancia o, por el contrario, la discordancia entre la forma y el contenido, es de suma importancia para el desarrollo de éste. El objeto, el régimen social, sólo puede desarrollarse con más éxito y mayor rapidez allí donde la forma corresponde al contenido. Si ambos aspectos concuerdan, ello significará que la forma satisface las necesidades del desarrollo del contenido, contribuye a que el movimiento avance y actúa como importante fuerza motriz del progreso.
Los éxitos alcanzados por la U.R.S.S. bajo el régimen soviético son claro testimonio de la enorme significación que las relaciones socialistas de producción tienen en la edificación del comunismo. La Unión Soviética, en el curso de veintiséis años (1929-1955), pese a los enormes daños causados por la guerra, aumentó su producción en más de veinte veces, mientras que los Estados Unidos, en condiciones muy favorables, sólo pudieron aumentarla poco más de dos veces; Inglaterra, Francia e Italia, por otra parte, no llegaron siquiera a duplicar el volumen de su producción.
Estos éxitos de la industria soviética se hallan determinados, en grado considerable, por la activa contribución de las relaciones socialistas de producción como forma social específica.
El régimen socialista concede al trabajo una significación social inmediata, ya que aquí el trabajador no trabaja sólo para sí, en el sentido más restringido del término, sino para toda la sociedad, de la que todo ciudadano soviético —en cuanto que propietario colectivo de la producción— es miembro.
Los ciudadanos soviéticos saben que el bienestar social y personal de todos los trabajadores del país dependen de la productividad de su trabajo, razón por la cual el trabajo en la U.R.S.S. se ha convertido en un empeño altamente honroso.
En el socialismo, por hallarse los trabajadores interesados en la elevación del nivel técnico de la producción, se abren las más amplias posibilidades para el auge de las fuerzas productivas, posibilidades que no podían darse, bajo ningún concepto, en ninguna de las formaciones sociales que, en la historia de la humanidad, han precedido a la sociedad socialista.
El principio de la remuneración con arreglo al trabajo se halla íntimamente vinculado al interés material personal de los trabajadores en los resultados de su labor. Ya Lenin subrayaba especialmente la extraordinaria importancia que el interés personal de carácter material reviste para los éxitos de la producción. El Comité Central del Partido
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Comunista de la U.R.S.S. y el Gobierno soviético, siguiendo las indicaciones de Lenin, resuelven prácticamente los problemas que se plantean, con respecto a la remuneración del trabajo de los obreros y koljosianos.
Ya hemos citado, a título de ejemplo, la decisión del XX Congreso del Partido Comunista de la U.R.S.S. relacionada con los problemas del salario de los obreros y empleados. La resolución del Comité Central del P.C.U.S. y del Consejo de Ministros “Sobre los anticipos mensuales a los koljosianos y la remuneración suplementaria del trabajo en los koljoses” del año de 1956 elimina los defectos en que se incurría antes al aplicar el principio de la remuneración con arreglo al trabajo y del interés material personal de los koljosianos y sienta un importante estímulo para elevar la productividad del trabajo en los koljoses.
Para que las relaciones socialistas de producción influyan de un modo efectivo, como forma social, sobre el desarrollo del contenido — es decir, sobre las fuerzas productivas—, es necesario estudiar atentamente los procesos que se operan en la sociedad soviética y eliminar los desajustes parciales que pueden presentarse.
Y es aquí cabalmente donde se hace sentir el enorme papel que desempeña una forma de supraestructura como el Estado soviético, instrumento principal en la edificación del comunismo.
El Estado soviético fortalece por todos los medios la base económica socialista, protegiendo la propiedad social socialista contra la acción de los malversadores. El Estado soviético afianza las relaciones de colaboración y de ayuda mutua entre los trabajadores de la U.R.S.S., aplicando una política encaminada a fortalecer la colaboración política y de trabajo entre la clase obrera y los campesinos, así como entre los trabajadores de las diferentes naciones socialistas de la Unión. El Estado soviético perfecciona constantemente las proporciones y las normas concretas en la aplicación del principio de remuneración con arreglo al trabajo.
Y, a la par con ello, despliega una enorme labor de planificación de la producción social, con el fin de lograr un auge constante de la producción y de elevar el nivel material y cultural del pueblo soviético.
El Estado soviético encauza el desarrollo de la ciencia en nuestro país y crea las condiciones favorables necesarias para la actividad científica, lo que es de suma importancia para el progreso de la producción y para acelerar todo el proceso de la edificación del comunismo.
El Estado socialista, que dispone de una extensísima red de instituciones culturales y educativas, desde las casas-cuna hasta los establecimientos de enseñanza superior, encauza la labor del teatro, del
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cine, de la radio y de la televisión, y lleva a cabo una labor de educación de los constructores del comunismo.
Podemos aducir un nuevo ejemplo, que pone de manifiesto la importancia esencial que reviste la correspondencia de la forma con el contenido. Ya se ha señalado más de una vez que, en la Unión Soviética, la construcción de viviendas, de instituciones culturales, centros de descanso y empresas, pese al enorme volumen de los trabajos que se llevan a cabo, dista mucho de satisfacer las necesidades crecientes de la población. Una de las causas de que la construcción no sea lo suficientemente rápida reside en su propia dispersión existente entre débiles organismos constructores que no pueden emplear, como es debido, los recursos técnicos, materiales, etc., que se ponen a su disposición.
Cuando en algunas ciudades se ha modificado la organización, la forma en el dominio de la construcción, siguiendo las orientaciones del Partido, ello se ha traducido inmediatamente en resultados positivos. “La experiencia de concentrar y unificar las entidades constructoras, primero en Moscú y luego en Leningrado y Kiev —dice N. S. Jruschiov—, ha surtido efectos muy positivos. Debemos propagar con audacia y decisión esta experiencia aplicándola en otras repúblicas y ciudades, en diferentes ramas de la economía.”22 Esto ha sido recogido también en las resoluciones del XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética.
Todo esto pone de relieve qué importancia práctica tan grande reviste la concordancia entre la forma y el contenido.
La necesidad de que se correspondan el contenido y la forma viene impuesta objetivamente por las necesidades del desarrollo del contenido. Toda forma concreta existe solamente en la medida en que corresponde total o parcialmente al contenido, en la medida en que abre ancho cauce a su desarrollo y contribuye al desarrollo del contenido, o, al menos, brinda una posibilidad de desarrollo por limitada que sea. Cuanto menos corresponde la forma al contenido, tanto más se acerca aquélla a su muerte. Cuando surge un hondo divorcio entre la forma y el contenido, la vieja forma acaba por desaparecer, para dejar paso a otra nueva, que corresponde al contenido en desarrollo y garantiza su progreso ulterior y su existencia futura.
El contenido, en su desarrollo, tiende a engendrar la forma que le corresponde. Esta tendencia a establecer la concordancia entre el contenido y la forma es una ley universal, por la que se rige el desarrollo
N. S. Jruschiov, Informe del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética al XX Congreso del Partido, ed. rusa. pág. 91, Moscú, 1956.
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de la naturaleza y de la sociedad.
La lucha del Partido Comunista de la Unión Soviética contra las tergiversaciones antimarxistas de la correlación entre el contenido y la forma
De todo lo antes expuesto se infiere que las categorías de contenido y de forma, así como su interdependencia, ofrecen no sólo un interés teórico, sino que se hallan íntimamente vinculadas a los problemas de la política del Partido Comunista. Es, por ello, perfectamente natural que la concepción de estas categorías y las conclusiones prácticas que sacan de ella las diversas tendencias políticas se hayan convertido en objeto de una aguda lucha teórica y política. En esta lucha, el Partido Comunista ha defendido consecuentemente las posiciones del materialismo dialéctico y del materialismo histórico, arremetiendo enérgicamente contra los idealistas y mecanicistas de diverso género, que se encubren con la bandera del marxismo. El marxismo-leninismo ha tenido que enfrentarse, en esta lucha, no sólo a los adversarios de dentro del país, sino también a los oportunistas del extranjero, aferrados a sus posiciones antimarxistas.
Entre los oportunistas se dan dos tipos de tergiversaciones, al abordar el problema de las relaciones mutuas entre el contenido y la forma. Una de ellas consiste en subestimar el activo papel que desempeña la forma, lo que se traduce en considerar a ésta como algo pasivo, que sigue automáticamente el movimiento del contenido. Basándose en ello, se llega a la conclusión de que no existe contradicción entre la forma y el contenido. La otra tergiversación estriba en establecer un divorcio entre la forma y el contenido, considerando que el desarrollo de la forma no está condicionado por los cambios que se operan en el contenido. Ambas tergiversaciones se combinan en la práctica.
Partiendo de estas falsas tesis teóricas, los oportunistas han sentado sus conclusiones prácticas, que examinaremos de modo concreto.
Ya en el II Congreso del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso los mencheviques trataron de limitar la significación de la forma de organización del Partido, aprobada en los estatutos. Sostenían que dicha forma no reviste una significación esencial para el Partido y que se desarrolla automáticamente, en forma paralela al desarrollo del contenido, es decir, a la actividad del Partido. Los mencheviques expresaban semejantes ideas para fundamentar teóricamente sus intentos de convertir al Partido en una entidad incoherente e informe, desde el punto de vista orgánico, lo que facilitaría la vuelta a los métodos artesanales y al sistema de círculos, que antes existían.
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En su obra titulada Un paso adelante, dos pasos atrás, Lenin demostró que del contenido de la actividad del Partido eran parte integrante una amplia labor teórica, una propaganda muy diversa y la agitación entre las masas obreras y trabajadoras en general, la dirección de los movimientos populares, de las manifestaciones y las huelgas, la aglutinación de las capas no proletarias en torno al proletariado, etc. Señaló, asimismo, que la falta de desarrollo y la debilidad de la forma, es decir, de la organización del Partido, impedían que se desarrollara el contenido, o lo que es lo mismo, su actividad, y que, debido a ello, se estancaba la labor del Partido. Y puso de relieve el oportunismo menchevique en los problemas de organización, hizo notar el apoyo que los oportunistas de la Segunda Internacional brindaban a los mencheviques y desarrolló la sólida teoría marxista de los fundamentos orgánicos del partido revolucionario de la clase obrera.
Más tarde, el Partido Comunista libró una lucha contra los oportunistas de la Segunda Internacional, que rebajaban mecánicamente el papel que desempeña la forma en la vida social, con el fin de justificar su propia política. Estos oportunistas sostenían que, si las relaciones de producción (la forma) siguen automáticamente, en su movimiento, al desarrollo de las fuerzas productivas (al contenido), ello significa que la base económica socialista debe plasmarse también automáticamente, cuando las fuerzas productivas crezcan hasta alcanzar un alto nivel. Y puesto que el auge de las fuerzas productivas se produce espontáneamente bajo el capitalismo, el proletariado debe esperar pacientemente a que llegue el tiempo en que el capitalismo se transforme espontánea y suavemente en socialismo.
Como vemos, del modo mecanicista de entender las relaciones mutuas entre el contenido y la forma se llega a conclusiones que condenan al proletariado a la pasividad y a su dócil sometimiento a la burguesía.
El Partido Comunista asestó un golpe demoledor a todas las “teorías” de ese género, demostrado la necesidad de destruir revolucionariamente la forma social burguesa y de acabar con las clases explotadoras por la vía de la revolución proletaria y de la dictadura de la clase obrera.
Las esperanzas que los bujarinistas depositaban en el curso espontáneo de la edificación del socialismo en nuestro país equivalía también a negar el papel activo que desempeñan las formas sociales como el Estado soviético y el Partido Comunista, lo que iba encaminado a sostener a los capitalistas y a restaurar el capitalismo.
El Partido dio de lado todas estas ideas hostiles al leninismo, demostrando que el triunfo del socialismo tiene que ser conquistado por
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la intensa actividad del Estado y del Partido, como fuerzas que encabezan la obra creadora de las masas populares.
La tesis de la absoluta correspondencia de las relaciones de producción con el carácter de las fuerzas productivas y de la ausencia de contradicciones entre ellas en la sociedad socialista, que solía formularse en un pasado reciente, tenía sus raíces en una concepción mecanicista de las relaciones entre el contenido y la forma, no superada totalmente.
Partiendo de la acertada concepción marxista de la dialéctica del contenido y la forma, el Partido Comunista de la Unión Soviética ha luchado también contra los idealistas mencheviques del tipo de Rubín, Karev y otros, que suministraban al trotskismo los “fundamentos” filosóficos para combatir el marxismo-leninismo y la política del partido bolchevique.
A la zaga de los filósofos idealistas, hablaban de la primacía y la autonomía de la forma con respecto al contenido, y escribían, de acuerdo con ello, que las relaciones socialistas de producción pueden desarrollarse con independencia de las fuerzas productivas y que éstas, por tanto, pueden modificarse arbitrariamente.
Los trotskistas proponían, partiendo de esto, proceder a la liquidación de los kulaks y a efectuar un viraje radical de las relaciones de producción en el campo en 1926, es decir, cuando aún no se daban las condiciones objetivas para que dicho viraje se operara. Las propuestas hostiles de los trotskistas fueron desenmascaradas, a su tiempo, y rechazadas por el Partido.
Los saltos izquierdistas, voluntaristas, desde el arte agrícola a la comuna, que, como es sabido, causaron enorme daño a la obra de la colectivización, estaban también relacionados con una desacertada concepción de las relaciones mutuas entre la forma y el contenido, con el divorcio que se establecía entre el desarrollo de la forma, por -una parte, y el movimiento, el estado del contenido, de otra.
El Partido Comunista de la Unión Soviética, a la par que subraya el papel determinante del contenido, señala la necesidad de modificar y combinar las formas de lucha, en consonancia con la situación concreta existente.
Los bolcheviques acertaron a combinar las diferentes formas de lucha —legal e ilegal— en las condiciones del zarismo. Esta experiencia histórica del partido bolchevique ha sido un ejemplo instructivo e inspirador para los partidos comunistas de todos los países capitalistas, que se esfuerzan en conquistar a las masas.
V. I. Lenin y sus partidarios desenmascararon implacablemente los traidores intentos mencheviques, que tendían a limitarse
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exclusivamente a las formas legales de lucha, siguiendo la pauta trazada por los dirigentes de la Segunda Internacional, y a liquidar, en nombre de la legalización de dichas formas, al partido revolucionario mismo.
Por tanto, no sólo el problema de las relaciones mutuas entre el contenido y la forma, sino también el de las formas de lucha del partido proletario, se convirtió en objeto de aguda lucha entre el marxismo-leninismo revolucionario y el oportunismo. Este problema sigue atrayendo la atención, en la actualidad, del movimiento obrero y democrático mundial.
El marxismo-leninismo insiste en la necesidad de utilizar con mucha agilidad las diferentes formas de organización, particularmente en los momentos decisivos del desarrollo de la vida social.
El Partido Comunista ha luchado siempre y sigue luchando contra la separación idealista del contenido y la forma, en la literatura, en el arte, en la arquitectura, etc. El Partido exhorta a nuestros escritores y pintores a lograr la unidad del contenido y la forma en las obras artísticas. En la resolución del Comité Central del Partido Sobre la ópera «La gran amistad» de V. Muradeli, adoptada en 1948, se condenó severamente la separación del contenido y la forma, así como las deformaciones formalistas que se daban, entonces, en la labor de algunos compositores de nuestro país. En la resolución adoptada en 1955 sobre los problemas de la construcción, el C.C. del P.C.U.S. señala que es inadmisible el que se utilicen las viejas formas arquitectónicas en la arquitectura sin tomar en consideración al nuevo contenido. En esto, se expresaba de modo especial el divorcio entre el contenido y la forma, que se manifestaba en la obra de algunos arquitectos soviéticos.
Pero el Partido se pronuncia también contra la nivelación trivial de las formas de las obras de arte y exhorta a que los artistas creen una gran diversidad de formas nuevas, que correspondan al rico contenido —el más avanzado— de la cultura soviética.
Toda una inmensa experiencia histórica corrobora la justeza de la concepción materialista dialéctica de ias relaciones mutuas entre el contenido y la forma y de la aplicación práctica de esa concepción.
De todo lo que antes se ha expuesto se deduce que el contenido y la forma son aspectos inseparables de todas las cosas y de todos los fenómenos del mundo objetivo, aspectos que se desarrollan de modo interdependiente. El contenido desempeña el papel determinante y rector con relación a la forma, pero sufre, a su vez, la influencia de ésta. El desarrollo de la forma queda a la zaga del movimiento del contenido debido a que no concuerdan de manera absoluta. Sobre esta base, surge la posibilidad de que una misma forma sirva a diversos contenidos y de
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que contenidos similares adopten formas distintas.
La interdependencia entre el contenido y la forma reviste un carácter contradictorio. Las contradicciones entre ambos aspectos se desarrollan y resuelven de distinto modo, según sean las condiciones concretas internas y externas. En las sociedades antagónicas, esas contradicciones se transforman en agudos conflictos, que sólo pueden resolverse por medio de la revolución. Bajo el socialismo y cuando el Partido Comunista y el Estado siguen una política acertada, queda excluida la posibilidad de que se den semejantes conflictos, ya que todos los grupos sociales están unidos por relaciones de amistad y de colaboración fraternal.
Las viejas formas que se utilizan bajo el socialismo conservan principalmente su aspecto exterior, ya que se hallan vinculadas a un nuevo contenido y han cambiado radicalmente por su carácter social.
El Partido Comunista de la Unión Soviética aplica venturosamente la teoría dialéctica materialista de las relaciones mutuas e interdependencia entre el contenido y la forma en su lucha contra todas las deformaciones antimarxistas y en el proceso de edificación del comunismo, como lo demuestra toda la historia de nuestro Partido y del Estado soviético.
CAPITULO VII
POSIBILIDAD Y REALIDAD
Definición de la posibilidad y la realidad
La realidad, en el sentido más amplio de la palabra, es el mundo objetivo que nos rodea y existe infinitamente en el tiempo y en el espacio. Sin embargo, la realidad solamente existe en sus manifestaciones finitas y concretas —cuerpos, fenómenos, objetos—, ninguna de las cuales está dotada de Tina existencia eterna. Todas ellas se hallan sujetas a un proceso de cambio, de aparición y desaparición. Engels, en su Dialéctica de la naturaleza, habla del mundo como un proceso “... en el que cada forma finita de existencia de la materia —lo mismo si es un sol que una nebulosa, un individuo animal o una especie de animales, la combinación química o la disociación— es igualmente pasajera y en el que no hay nada eterno, a no ser la materia en eterno movimiento y transformación y las leyes según las cuales se mueve y transforma”.1
En este eterno proceso de movimiento, de aparición y desaparición de los fenómenos del universo se efectúa constantemente la transformación de ciertas posibilidades en realidad. Pero, en este caso, ya no empleamos el concepto de realidad en el amplio sentido que le hemos dado antes. Por contraposición al mundo, concebido como un todo, infinito en el espacio y en el tiempo, cada una de sus manifestaciones concretas no existe eternamente ni se da siempre en la realidad. En el proceso de movimiento y desarrollo, unos fenómenos dejan paso a otros, bien entendido que los nuevos fenómenos no caen por así decir del cielo, sino que surgen cuando se dan ciertas premisas.
Antes de que los fenómenos se conviertan en una realidad, deben existir primeramente, y existen, como mera posibilidad de aparición, posibilidad creada por determinados fenómenos anteriores, que encierran dicha posibilidad en forma de condiciones.
Así, puesto que todo movimiento, cambio y desarrollo implica siempre la aparición de algo nuevo, es decir, el nacimiento de nuevos fenómenos, representa, por lo tanto, un proceso de transformación de la
F. Engels, Dialéctica de la naturaleza, trad. rusa, pág. 18, Moscú, 1955.
Posibilidad y realidad [V. A. Sidorkin] 231
posibilidad de esos nuevos fenómenos en una realidad, que encierra, a su vez, nuevas posibilidades de cambios futuros, de un desarrollo ulterior.2
La posibilidad y la realidad son, por tanto, dos aspectos interdependientes del movimiento y del desarrollo de los fenómenos del mundo objetivo y, por consiguiente, del proceso mismo de su conocimiento.
Las condiciones existentes en la realidad objetiva, es decir, los fenómenos que se dan en ella, crean las posibilidades. Por esta razón, para descubrir la esencia de las categorías que estamos examinando, hay que responder a la siguiente cuestión: ¿por qué un fenómeno lleva en su seno precisamente tales o cuales posibilidades?
La práctica viva nos demuestra con absoluta evidencia que ciertas condiciones engendran determinadas posibilidades. Nadie espera, por ejemplo, que llueva cuando el cielo está sereno y sin nubes, ni que crezca un pino de la semilla del abedul, etc. Ya el poeta y filósofo Lucrecio Caro escribía en la antigüedad: “... las cosas solamente pueden crecer, siempre naciendo, de ciertas semillas y también de una madre...” Y, al explicar las causas de por qué ocurrían las cosas de este modo, señalaba: “Es claro que debe suceder así en virtud de ciertas leyes”.3
La dependencia en que se encuentran las posibilidades respecto de unas condiciones dadas nos sugiere la idea que esa dependencia se debe al hecho de que el mundo se halla sujeto a leyes objetivas. Por tanto, para descubrir la esencia de la posibilidad, hay que esclarecer los nexos que mantiene con la ley, con la sujeción a leyes.
Ahora bien, ¿cómo resuelven las ciencias naturales este problema de los nexos?
La biología considera la base hereditaria del organismo, es decir, su
Con esto, no solamente puede surgir un objeto o fenómeno nuevo, desde el punto de vista cualitativo. Es oportuno advertir aquí el error que implica la afirmación de que la transformación de la posibilidad en realidad es siempre un salto, la aparición de una nueva cualidad.
La transformación de la posibilidad en realidad es un “salto” en el sentido de que la cosa que era posible se ha vuelto real, es decir, un “salto” en el sentido di una transformación de la posibilidad en realidad, lo que no siempre significa la transformación de los cambios cuantitativos en cualitativos. Los cambios cuantitativos surgen también por medio de la transformación de lo posible en real. Un cuerpo elástico de determinadas dimensiones, en cuanto no ha alcanzado el límite de su elasticidad, puede sufrir un aumento ulterior. Pero, al transformarse esta posibilidad en realidad, el cuerpo permanece en el mismo estado cualitativo, sufriendo solamente cambios cuantitativos. Así pues, en el mundo objetivo, el proceso de transformación de la posibilidad en realidad, en términos generales, abarca tanto los cambios cualitativos en forma de salto, como los cambios cuantitativos.
Lucrecio Caro, Sobre la naturaleza de las cosas, trad. rusa, t. I. pág. 115. Moscú, 1946.
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tipo genético, como la expresión de su adaptabilidad a determinadas condiciones del medio exterior y como resultado de su capacidad para formar su propio cuerpo, del modo correspondiente, a partir de esas condiciones. Esta adaptabilidad se lleva a cabo con las diferentes propiedades y los distintos caracteres de la estructura del organismo, bien entendido que el genotipo, o lo que es lo mismo la base hereditaria del organismo, encierra como posibilidad toda la gama de adaptaciones al medio ambiente, que fueron elaboradas en el curso de toda la historia filogenética de sus ascendientes, especialmente de los más próximos. Por esta razón, las posibilidades del desarrollo del organismo y de que aparezcan unos rasgos o unas propiedades concretos, son sumamente variadas.4
Al mismo tiempo, estas posibilidades, pese a su diversidad, se hallan rigurosamente definidas, ya que de la base hereditaria no puede desarrollarse cualquier forma orgánica, dotada de no importa qué naturaleza o caracteres. Una de las tesis más importantes de la biología es la de que todo ser viviente se desarrolla y crea sus órganos partiendo de las condiciones del medio exterior y con arreglo a su propia herencia. Así, pues, el fondo hereditario, precisamente en virtud de la ley biológica de la herencia, representa la suma de posibilidades de que surjan determinados caracteres y cualidades del organismo; es decir, expresa un conjunto de determinadas posibilidades.
Pero el fondo hereditario no es más que la posibilidad de que surjan ciertas formas o determinados caracteres del organismo. Ahora bien, para que esa posibilidad se realice es indispensable que se den las condiciones exteriores adecuadas, como puede verse, con particular evidencia, en el fenómeno de la dominancia.
El fondo hereditario que resulta, por ejemplo, de la unión, en uno u otro grado, de diferentes progenitores —el padre y la madre— implica la posibilidad de que en el organismo aparezcan propiedades y caracteres que poseían sus ascendientes tanto por la línea materna como por la paterna. Pero si se tienen en cuenta los caracteres que se excluyen los unos a los otros, el hecho de que surja determinado carácter en el proceso de desarrollo del organismo no dependerá forzosamente del fondo hereditario, sino de las condiciones del medio ambiente en que vive el organismo. Por tanto, se desarrollarán y dominarán los caracteres que encuentren las condiciones adecuadas de existencia y se adapten mejor a las condiciones del medio ambiente.
Así, pues, el fondo hereditario que se ha ido formando con arreglo
Aquí no nos referimos a los fenómenos de modificación y creación de una nueva herencia, que amplían extraordinariamente las posibilidades del desarrollo progresivo del organismo.
Posibilidad y realidad [V. A. Sidorkin] 233
a ciertas leyes biológicas brinda la posibilidad de que se manifiesten estos o aquellos caracteres y cualidades. Pero se trata sólo de la posibilidad de que surjan determinados caracteres, que sólo se manifiestan necesariamente cuando se dan las condiciones del medio ambiente, necesarias para ello, y, por tanto, más o menos fortuitas.
Conclusiones análogas pueden obtenerse de otras ciencias. Así, por ejemplo, la teoría de la estructura química de la sustancia, debida al gran científico ruso A. M. Butlerov y que ha sido objeto de un profundo desarrollo en la química avanzada actual, sostiene que las propiedades químicas, la capacidad de reaccionar de las sustancias se hallan determinadas por su estructura química. A. M. Butlerov formuló las leyes que rigen la dependencia de las propiedades químicas de los cuerpos respecto de su estructura química, y esta tesis suya constituye una de las piedras angulares de su teoría de la estructura química. En virtud de que las propiedades químicas dependen, con fuerza de ley, de la estructura química de una determinada sustancia, surgen posibilidades de que se operen ciertas reacciones químicas. Por lo que se refiere a la cuestión de cuál sea precisamente la posibilidad que se realice, ello dependerá del medio químico con el que entra en una relación mutua la sustancia dada.
La teoría matemática de las probabilidades nos dice cuál es la probabilidad o, dicho en otros términos, el grado de posibilidad de que ocurra determinado suceso. Disponiendo del valor numérico de la probabilidad de este suceso, se puede calcular hasta qué punto es probable o posible que ocurra dentro de un conjunto dado de condiciones. Los valores numéricos de la probabilidad dependen de un conjunto de condiciones necesarias y no son casuales en modo alguno, ya que de otra manera no podrían predecirse de antemano. La probabilidad, sus valores numéricos, se hallan determinados por propiedades objetivas y por las leyes que rigen en los fenómenos correspondientes. Pero estas leyes admiten una gran diversidad de fenómenos individuales distintos. El que en un caso concreto ocurra realmente determinado suceso (por ejemplo, la venta de la mercancía a cierto precio en el mercado) dependerá de un gran número de causas, que a veces no derivan en absoluto las unas de las otras y que, frecuentemente, carecen de importancia por su carácter, pero que influyen, sin embargo, en la aparición del fenómeno dado, que es, por todas estas causas, un fenómeno casual.
Los hechos considerados corroboran la tesis de que la dependencia de las posibilidades respecto de sus propias condiciones y la creación de ciertas posibilidades por determinadas condiciones se efectúan con sujeción a las leyes objetivas que rigen en el mundo. La dependencia de
Posibilidad y realidad [V. A. Sidorkin]
la posibilidad respecto de sus propias condiciones refleja el nexo existente, con fuerza de ley, entre las condiciones y los fenómenos posibles en virtud de esas condiciones. En efecto, ¿qué nos dice el hecho de que en el fondo hereditario del manzano se dé la posibilidad de que sus frutos tengan una forma redonda y un sabor peculiar? Nos dice que existe un nexo, con fuerza de ley, entre el fondo hereditario y la aparición de determinados caracteres en el árbol en el curso de su desarrollo.
En el mundo se dan determinadas posibilidades de cambio y desarrollo porque el mundo es el movimiento mismo de la materia, sujeto a leyes. Si el mundo fuera el reino del caos y de la casualidad, si estuviera desprovisto de leyes objetivas, todo sería igualmente posible e imposible. El reconocimiento de la existencia de leyes objetivas es una de las condiciones fundamentales para admitir la existencia de la posibilidad objetiva. E, inversamente, la negación de la existencia de las leyes objetivas conduce, en forma inevitable, a negar que exista la posibilidad objetiva. Así, el filósofo Avenarius, que rechaza la existencia de la necesidad objetiva, sostiene que la necesidad es sólo un grado de la probabilidad de que se produzca el efecto que se espera. Y, en esta afirmación, se implican directamente la negación de la necesidad, la negación de la sujeción a leyes y la posibilidad objetiva. Es evidente que, de acuerdo con las ideas de Avenarius, no queda lugar para esta última.
Desde el punto de vista del filósofo citado, la posibilidad es lo mismo que la probabilidad concebida de un modo subjetivo; es solamente la probabilidad que se espera, no la posibilidad que surge, con fuerza de ley, de la situación objetiva de las cosas, de las condiciones objetivas existentes.
Lo mismo podemos ver en el ejemplo de la tergiversación idealista de la teoría de probabilidades. La negación de las leyes objetivas conduce en esta teoría a que la probabilidad, en tanto que grado de la posibilidad, pierda su carácter objetivo al ser considerada subjetivamente. R. Mises, hombre de ciencia alemán que comparte las concepciones de Mach, dice en el prólogo a su obra titulada Probabilidad y estadística: “Nunca he podido plantearme otra tarea que no sea la de descubrir, del modo sistemático más simple que sea posible, los hechos percibidos por los sentidos”.5 Mises considera que las leyes no son más que un medio cómodo de registrar los datos de la experiencia, negando, por lo tanto, que tengan un carácter objetivo. Por la misma razón, no considera que la probabilidad se halle condicionada,
R. Mises, Probabilidad y estadística, trad. rusa. pág. X, Moscú, 1930.
Posibilidad y realidad [V. A. Sidorkin] 235
con fuerza de ley, por las cualidades de los objetos mismos; la probabilidad, para Mises, es una mera descripción de nuestra experiencia sensible. Sin embargo, la ciencia avanzada nos dice que la probabilidad, es decir, la frecuencia con que ocurre un suceso radica en las leyes que los rigen y en sus propiedades, teniendo por ello un carácter objetivo.
El nexo existente entre la posibilidad y las leyes que rigen en el fenómeno dado determinan que no puedan conocerse las posibilidades, sin que se conozcan las leyes correspondientes. Así lo demuestra toda la historia de la ciencia y de la práctica.
La ciencia, al descubrir las leyes inherentes al mundo objetivo, es decir, las leyes que rigen los fenómenos de éste, pertrecha al hombre, de este modo, con el conocimiento de las posibilidades ocultas en las fuerzas de la naturaleza, y con el de las posibilidades del desarrollo de la sociedad, que se utilizan en la actividad práctica humana.
La posibilidad nace, por lo tanto, de la existencia de la necesidad objetiva y de las leyes que actúan en la naturaleza; gracias a ello, ciertas condiciones encierran en su seno determinadas posibilidades.
Sin embargo, la posibilidad se halla vinculada no solamente con la ley, con la necesidad, sino también con la casualidad.
La posibilidad es casual en cuanto puede realizarse o no. Los factores casuales provocan con su acción innumerables posibilidades de que se produzcan determinados fenómenos en la naturaleza. Así, por ejemplo, la posibilidad de que las precipitaciones atmosféricas, que caen en cierta región y determinado día, lleguen a cierto número, se debe a una gran cantidad de factores; por ello, esta posibilidad puede adoptar formas muy diversas.
Conviene distinguir este género de posibilidad de las posibilidades por medio de las cuales se expresa la necesidad histórica. Esta última forma de posibilidad también lleva sobre sí la marca de la casualidad, pero no en el sentido de que pueda ser o no ser, sino en el de que en ella se dan peculiaridades casuales, individuales e irrepetibles.
Las condiciones que crean determinada posibilidad no son algo dado de una vez para siempre. Estas condiciones —y a la par que ellas las posibilidades correspondientes— también pasan por un proceso de transformación y desarrollo. Al examinar los rasgos característicos de este proceso, conviene detenerse en las diferencias que median entre la posibilidad abstracta, formal, de una parte, y la posibilidad real de otra.
Al hablar de la posibilidad abstracta y formal debe advertirse, ante todo, que esta posibilidad abstracta se distingue de la imposibilidad en general. La posibilidad abstracta, en verdad, no puede convertirse directamente en realidad. Para ello se requiere, primero, que sea una
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posibilidad real, que disponga de las condiciones concretas correspondientes para su transformación en realidad.
Ahora bien, la posibilidad abstracta no debe ser identificada con la imposibilidad en general, es decir, con lo que no puede realizarse cualesquiera que sean las condiciones, ya que su realización entraría en absoluta contradicción con las leyes del mundo objetivo. Así, por ejemplo, la construcción de un motor eterno no es una mera posibilidad abstracta, sino simplemente una imposibilidad, ya que un motor de ese género no puede construirse en ningún caso. Su construcción equivaldría a infringir la ley de la conservación y de la transformación de la energía, lo cual es tan imposible como el aniquilamiento de la materia.
La posibilidad abstracta se manifiesta en las condiciones más generales de la aparición de un fenómeno; se expresa, asimismo, en las condiciones más generales de la acción de las leyes en que se funda dicha posibilidad. Sin embargo, para que la acción de estas leyes, adoptando una forma concreta, sea una posibilidad real —no meramente abstracta— se requiere que haya también, además de las condiciones generales, unas condiciones necesarias concretas. Por esta razón, la posibilidad real, por oposición a la abstracta, es la posibilidad de que surja un fenómeno en un tiempo dado y en determinada situación concreta.
El Partido Comunista enseña que solamente puede ser fecunda la actividad práctica que se apoya en las posibilidades reales, no en las abstractas, y que está dirigida a la utilización de las primeras.
Uno de los medios de que se valen los enemigos del marxismo para intentar desfigurar las leyes que rigen el desarrollo social y sembrar ilusiones utópicas entre las masas populares con el fin de adormecerlas, es la sustitución de las posibilidades reales por posibilidades abstractas. Así, los ideólogos del imperialismo aseguran falazmente que es posible dirigir planificadamente la economía capitalista y conjurar, de este modo, el paro forzoso, las crisis económicas y otras calamidades sociales, engendradas por el capitalismo.
Los nexos existentes entre las diferentes ramas de la producción en nuestro tiempo y su carácter social llevan en su seno, por supuesto, la posibilidad de la planificación económica. Pero dichos nexos y el carácter social de la producción no contienen por sí solos más que la posibilidad abstracta de la planificación, ya que su posibilidad real no se da en cualquier régimen económico. Solamente en las condiciones del socialismo, cuando la propiedad sobre los medios de producción tiene un carácter social, se da Ja posibilidad real de planificar la economía.
Posibilidad y realidad [V. A. Sidorkin] 237
Al trazar la diferencia existente entre la posibilidad abstracta y la posibilidad real, conviene tener presente que esa diferencia es relativa. La relatividad de esa diferencia se expresa, primero, en que ambas posibilidades se fundan en condiciones reales, aunque de distinto orden, y, segundo, en que la posibilidad abstracta puede desarrollarse y convertirse en real a medida que se van dando las condiciones concretas correspondientes. A su vez, la continuación de este último proceso en determinadas condiciones es, en cierto sentido, un desarrollo sucesivo de la posibilidad real hasta tanto no hayan madurado todas las premisas fundamentales y mientras la acción de las leyes internas no haya conducido a la transformación de esa posibilidad real en realidad.
Marx nos ofrece un brillante ejemplo de esa transformación al estudiar el problema del carácter inevitable de las crisis bajo el capitalismo. Con el paso de la economía natural a la economía monetaria y al utilizarse el dinero como medio de circulación se crea ya, como señala Marx, cierta posibilidad de crisis, que se encierra en la metamorfosis que sufre la mercancía (mercancía-dinero-mercancía) y en el desdoblamiento del proceso único de cambio en dos actos independientes: compra y venta. Así, por ejemplo: un poseedor de mercancías vende su mercancía a otro, pero a su vez, no compra a él o a otros poseedores; por tanto, en este caso no se produce la realización de sus mercancías. La utilización del dinero como medio de circulación crea, de este modo, según Marx, la primera forma de crisis.
El desarrollo posterior de las relaciones mercantiles monetarias conduce a que el dinero no sólo opere como medio de circulación, sino también como medio de pago. Surge, entonces, la posibilidad de apropiarse, de hecho, de la mercancía antes de que sea pagada con dinero; es decir, “... la enajenación de las mercancías se separa en el tiempo de la realización de sus precios”.6 Y así aparece la obligación del crédito. Con el fin de cumplir Ja obligación asumida con el crédito, el acreedor tiene que vender su mercancía en un plazo determinado para poder entregar, en concepto de pago, la suma necesaria de dinero; si no lo hace, entrará en quiebra y el acreedor, que no ha recibido el dinero en el plazo fijado, no podrá cumplir sus propias obligaciones, en las que él es deudor, etc. En las condiciones de la superproducción y de la falta de venta de mercancías, esta cadena de deudas puede provocar, a su vez, una cadena de quiebras.
Por tanto, el dinero como medio de pago crea la segunda forma de crisis como un desarrollo ulterior de la primera. Es evidente que, en este
6 C. Marx, El capital, trad. española de W. Roces, t. I, vol. I, pág. 147, México, D. F„ 1946.
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caso, ya existe una base mucho más real para que surja la posibilidad de la crisis. Ahora bien, tanto en el primer caso como en el segundo, solamente existe la posibilidad abstracta, formal, de la crisis. El “ser de la crisis” se presenta en las contradicciones entre la compra y la venta, entre el dinero como medio de circulación y como medio de pago “en sus formas más elementales y solamente en su contenido más elemental, puesto que esta forma misma constituye su contenido más elemental. Pero no se trata todavía de un contenido fundado “.7
Las leyes que rigen la circulación simple de mercancías y operan en las condiciones de la utilización del dinero como medio de circulación y de pago crean por sí mismas solamente la forma de las crisis.
La posibilidad real de la crisis se da cuando surgen las contradicciones económicas capitalistas. El nacimiento del capitalismo implica la transformación de la posibilidad formal de la crisis en una posibilidad real, que se afirma y desarrolla más y más al desarrollarse el capitalismo y ahondarse y agudizarse sus contradicciones. Originariamente, cuando el capitalismo se basaba en el trabajo artesanal y en la manufactura, solamente existía la posibilidad real de la crisis, ya que en estas condiciones las contradicciones capitalistas no alcanzaban aún la agudización y el vigor suficientes, entre ellas la contradicción entre la producción y el consumo, como una de las bases de las crisis económicas. Pero, al mismo tiempo, la posibilidad de la crisis ya revestía en esa etapa un carácter real, puesto que estaban presentes las contradicciones del capitalismo, entre ellas la contradicción entre la producción y el consumo.
El desarrollo ulterior del capitalismo a la par que la extensión y ahondamiento de sus contradicciones, especialmente la contradicción fundamental del capitalismo entre el carácter social de la producción y la forma privada, capitalista de apropiación, conduce al fortalecimiento, al desarrollo de la posibilidad real de la crisis. Los productos, por una parte, son necesarios para satisfacer las necesidades sociales, y, por otra, se hallan en manos privadas. La producción ha alcanzado un volumen inmenso, pero también alcanzan enormes dimensiones la miseria de las masas y el paro forzoso, que mantienen el consumo a un bajo nivel, obstaculizando la realización de las mercancías en el mercado. Alcanzan, asimismo, enormes proporciones la división del trabajo, los nexos entre las diferentes ramas y empresas de la producción capitalista, de una parte, y la competencia y la anarquía de la producción, los factores espontáneos del mercado, etc., de otra.
Las contradicciones capitalistas, que se extienden y agudizan,
C. Marx. Teoría de la acumulación, trad. rusa, pág. 57, Moscú, 1948.
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encierran en su seno la posibilidad real, absolutamente madura, de las crisis económicas, que se convierten en inevitables al darse las condiciones correspondientes y se convierten en realidad, sacudiendo periódicamente los cimientos de la economía capitalista.
El modo histórico-concreto de abordar el problema de la posibilidad real es una de las condiciones fundamentales de una actividad práctica acertada, dirigida plenamente a utilizar las premisas objetivas que han madurado suficientemente.
Así, por ejemplo, una de las conquistas de la Gran Revolución Socialista de Octubre fue la implantación de la jornada de ocho horas, ya en los primeros días del poder soviético. A la par con ello, el Partido Comunista, en su VIII Congreso, proclamó la necesidad de pasar gradualmente a una jornada de trabajo más reducida, a medida que fuera aumentando la producción social y elevándose la productividad del trabajo.
Ya en los años anteriores a la guerra se dieron pasos en esa dirección, pero hubo que suspenderlos, sin embargo, ante la amenaza de la segunda guerra mundial. En la actualidad, después de los grandes éxitos alcanzados en el desarrollo sucesivo de nuestra economía, existe la posibilidad real de adoptar medidas para reducir la jornada de trabajo. Por ello, desde marzo de 1956, se ha implantado la jornada de seis horas de trabajo la víspera de los días de descanso y de fiesta. Las directrices para el sexto plan quinquenal prevén, a su vez, la reducción de la jornada de trabajo a siete horas para los obreros y empleados, sobre la base del desarrollo sucesivo de la producción y de la elevación de la productividad del trabajo.
El carácter histórico y concreto de la posibilidad real demuestra que ésta es resultado del desarrollo, de la acumulación de las condiciones necesarias correspondientes; demuestra, asimismo, que en el curso de este proceso y en una determinada fase se crean las premisas necesarias para que surjan los correspondientes fenómenos de la realidad.
Ahora bien, se plantea la cuestión de por qué la posibilidad durante cierto tiempo sólo es una mera posibilidad, que no se convierte en realidad. Una de las fases del desarrollo consiste en la maduración gradual de las condiciones existentes, a la par que surgen condiciones insuficientes para que la posibilidad se convierta en realidad. Mientras este proceso se opera, la posibilidad sigue siendo una posibilidad, y sólo cuando dicho proceso alcanza determinada fase final, que depende en cada caso concreto de la naturaleza del proceso que se está operando, la posibilidad se convierte en realidad. En el caso contrario, continuará siendo una simple posibilidad. Así, por ejemplo, el trigo encierra en su seno la espiga madura sólo como posibilidad mientras la planta no
Posibilidad y realidad [V. A. Sidorkin]
asimile de las condiciones externas cuanto necesita para madurar plenamente. El estudiante es sólo especialista como posibilidad mientras no posea el mínimo de conocimientos y de experiencia necesarios para dominar una especialidad en una determinada fase del desarrollo de la ciencia y de la práctica.
La realidad es la posibilidad ya realizada. Así, por ejemplo, el socialismo es una realidad en nuestro país, alcanzada en el proceso de la edificación del socialismo.
La categoría de realidad se halla indisolublemente unida a las categorías de necesidad y de ley. Conviene subrayar la importancia de esta tesis en virtud de que la reaccionaria filosofía burguesa predica el indeterminismo, el subjetivismo y la negación de las leyes objetivas. Estos filósofos burgueses consideran la realidad como algo absolutamente casual, no sujeto a la acción de las leyes objetivas. Además, entre los sociólogos burgueses se hallan extendidas las concepciones idealistas subjetivas, según las cuales los acontecimientos históricos son el producto de la actividad de las personalidades destacadas, cuya voluntad y aspiraciones fijan el curso de la historia.
El modo de considerar la realidad como el efecto casual de circunstancias fortuitas también es característico, en la actualidad, de numerosos cultivadores burgueses de las ciencias naturales, que predican, asimismo, las concepciones indeterministas. Baste recordar las aseveraciones de los hombres de ciencia idealistas acerca del “libre albedrío” del electrón, de los cambios indeterminados en la herencia, etc.
La filosofía marxista, por oposición a semejantes concepciones, sostiene que toda realidad se engendra por la acción de determinadas leyes objetivas, que existen sobre la base de ciertas condiciones objetivas.
La causalidad, por supuesto, imprime siempre su huella a la realidad, ya que las condiciones en que se efectúa la transformación de la posibilidad en realidad, aun siendo necesarias, dejan sentir su acción a través de una gran diversidad de casualidades. Las casualidades, sin embargo, sólo pueden modificar, en una u otra forma, la realidad; pero, el carácter fundamental de ésta se determina por la necesidad, por las leyes que la condicionan. Así, por ejemplo, son más o menos casuales las condiciones externas del medio ambiente, a consecuencia de las cuales se forman los correspondientes reflejos condicionados en los animales. Pero, esas condiciones solamente conducen a la formación del reflejo condicionado sobre la base de determinadas leyes, inherentes al sistema nervioso animal, que rigen los fenómenos de la actividad nerviosa: excitación, inhibición, irradiación y concentración de la
Posibilidad y realidad [V. A. Sidorkin] 241
excitación, etc.
Resulta, entonces, que la casualidad es sólo un momento, un aspecto de la transformación de la posibilidad en realidad, y, naturalmente, de la realidad misma. El otro aspecto más profundo, el aspecto interno, está constituido por las leyes que rigen los nexos y relaciones, sobre la base de los cuales actúa la casualidad y que condicionan la esencia misma de la realidad. El conocimiento de la realidad no puede quedarse, por lo tanto, en el conocimiento de su existencia exterior, sino que debe penetrar más profundamente hasta llegar a la esencia de las cosas, pues la realidad es el fenómeno existente con las leyes que le son propias y con la esencia interna que le es inherente.
El gran sabio ruso I. P. Pavlov, dirigiéndose a los jóvenes soviéticos consagrados a la ciencia, enseñaba cómo debe abordarse el estudio de la realidad. “Al estudiar, al experimentar y observar, procurad no quedaros en la superficie de los hechos... Tratad de penetrar en el secreto de su aparición. Buscad tesoneramente las leyes que los rigen”.8
Así, pues, es real un fenómeno que, como posibilidad realizada, representa el resultado necesario —dentro de las condiciones de realización de esa posibilidad— de la acción de las leyes objetivas que condicionan la existencia real del fenómeno dado y determinan su esencia interna. Sin embargo, para descubrir más profundamente esta determinación, conviene detenerse, particularmente, en las condiciones necesarias para que dicha posibilidad se realice; conviene detenerse, asimismo, en el carácter que reviste la acción que ejercen esas condiciones.
Condiciones de realización de la posibilidad
Hemos visto anteriormente que tanto la existencia de la posibilidad como de la realidad se halla vinculada a las leyes que rigen en el mundo objetivo. Toda posibilidad se funda en determinadas leyes objetivas; si estas leyes actúan, la posibilidad se transforma en realidad, es decir, surge cierta realidad.
Las tesis apuntadas nos sirven de punto de partida para conprender el carácter de las condiciones en que se efectúa la transformación de la posibilidad en realidad. Ahora bien, ¿qué son por si mismas estas condiciones?
El fenómeno que encierra en su seno estas o aquellas posibilidades
I. P. Pavlov. Obras completas, ed. rusa, l. I. ed. de la Academia de Ciencias de la U.R.S.S., págs. 22, 23, Moscú-Leningrado, 1951
Posibilidad y realidad [V. A. Sidorkin]
se halla vinculado con otros muchos fenómenos. Sin embargo, todos esos fenómenos no son por sí mismos condiciones suficientes para que se realicen las posibilidades contenidas en el primer fenómeno.
En el proceso de formación de los órganos y propiedades correspondientes de una planta pueden influir distintos factores; no sólo la composición química del suelo, el agua, la temperatura, sino también la electricidad, la ionización, etc. Pero no todos estos factores, considerados en su totalidad, constituyen las condiciones de existencia de la planta, las condiciones de su desarrollo, requeridas por el fondo hereditario. “Las condiciones de existencia” del ciclo de desarrollo de la planta son aquellas sin las cuales no pueden desarrollarse sus fases, sus órganos ni sus caracteres en la marcha paulatina de la planta hacia su reproducción “. 9 Además, para que pueda darse cada fase se requieren determinadas condiciones. Estas condiciones, es decir, la temperatura, la humedad, etc., pueden fluctuar, a su vez, dentro de ciertos límites, provocando una tendencia distinta en el desarrollo de la planta, dando lugar de este modo a diferencias en cuanto a su altura, color y forma de las hojas y de los granos de semilla, número de éstos y otras propiedades concretas. Así, por ejemplo, el lino pasa el fotoperíodo a una temperatura media diaria de 8-10° a 27° en mayo y primera quincena de junio, si se dan además otras condiciones necesarias. Sin embargo, a otras temperaturas, la planta no pasa al mismo ritmo el citado fotoperíodo, lo que no deja de reflejarse, aun contando con otras condiciones iguales, en la altura que la planta alcanza en crecimiento.
Por tanto, las condiciones de realización de cierta posibilidad también deben ser fijadas rigurosamente, y sólo en esas condiciones la posibilidad se transforma en realidad.
En la transformación de la posibilidad en realidad, hay que distinguir las condiciones objetivas y las condiciones subjetivas. Las primeras existen fuera e independientemente de la conciencia humana.
Mientras el hombre no actúa sobre la naturaleza, la transformación de la posibilidad en realidad se efectúa en ella bajo la influencia exclusiva de las condiciones objetivas, es decir, de las fuerzas naturales que actúan espontáneamente.
El hombre, al actuar sobre la naturaleza, apoyándose en sus leyes objetivas y utilizando las posibilidades mismas que ella le brinda, crea de modo consciente y planificado las condiciones para que esas posibilidades se transformen en realidad. El hombre aspira, de esa forma, a eludir las casualidades, sin esperar a que se creen las
T. D. Lisenko, Agrobiología, ed. rusa, pág. 59, Moscú, 1952.
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condiciones por sí mismas bajo la acción de las fuerzas naturales, espontáneas. Y crea también condiciones artificiales, que no se encuentran por sí mismas en la naturaleza, con lo cual transforma en realidad posibilidades que no podrían realizarse sin que el hombre actuara sobre la naturaleza. Esto lo prueba claramente, en particular, la actividad agrícola del hombre, la selección de plantas y animales dotados de caracteres que responden a las necesidades humanas.
En cuanto a la vida social, la actividad de los hombres en este campo constituye una condición esencial para la transformación de la posibilidad en realidad. Las leyes objetivas del desarrollo de la sociedad solamente se manifiestan a través de la actividad humana, ya sea ésta espontánea o consciente.
Las leyes objetivas de la sociedad crean la posibilidad de que se resuelvan tales o cuales tareas del desarrollo social o de tales o cuales transformaciones sociales. Para que esta posibilidad se convierta en una realidad se requiere la intervención activa de los hombres. En la realización de las posibilidades creadas por las leyes de la vida social adquieren una enorme importancia, además de las condiciones objetivas, las condiciones subjetivas; es decir, el grado de conciencia, de orientación hacia un determinado fin que revelan los hombres al utilizar las condiciones objetivas necesarias para la transformación de la posibilidad en realidad. En el desarrollo de la vida social reviste una importancia especial el grado de conciencia que los hombres tienen de una posibilidad objetiva para utilizarla; tiene importancia, asimismo, el que deseen servirse de ella y pongan en esto el suficiente empeño.
Al terminar la primera guerra mundial, en algunos países europeos existía una situación revolucionaria que creaba la posibilidad objetiva de realizar la revolución socialista. Así, por ejemplo, en los años de 1919 a 1920 el movimiento obrero y campesino había adquirido una enorme fuerza y capacidad combativa en Italia. Las posiciones de los viejos partidos gobernantes se habían debilitado y la burguesía italiana se hallaba desconcertada. Así, pues, “la sociedad italiana... se hallaba madura objetivamente para la revolución...”10 Las masas trabajadoras, sin embargo, a causa de la falta de un partido marxista-leninista en Italia
—como acontecía en otros países de Europa Occidental en los que, en ese período, los partidos comunistas acababan de crearse—, se vieron privadas de la fuerza organizadora y dirigente, capaz de conducirlas por la vía de la revolución socialista. “Ni siquiera los dirigentes más
Treinta años de vida y de lucha del Partido Comunista Italiano. Recopilación de artículos y documentos. Trad. rusa, pág. 58, Moscú, 1953.
Posibilidad y realidad [V. A. Sidorkin]
avanzados tenían una clara idea de cómo resolver, sin dilaciones ni pérdida de tiempo..., el problema de crear el partido revolucionario de la clase obrera y el problema de desarrollar el movimiento revolucionario de las masas y de dirigirlas hasta la victoria”. 11 La situación revolucionaria de Italia, al igual que la de otros países de Europa Occidental, no desembocó, por ello, en la revolución. Y a esto hay que agregar que la clase obrera, privada de una dirección marxista-leninista, ni siquiera pudo mantenerse en el poder, en aquellos países, como Hungría y Baviera, donde lo había conquistado.
El marxismo siempre se ha pronunciado contra la negación del papel que desempeña el factor subjetivo en la realización de las posibilidades del desarrollo social. El Partido, en su tiempo, infligió una completa derrota a los “economistas”, que si bien reconocían formalmente la posibilidad de que el socialismo pudiera realizarse con las fuerzas de la clase obrera, negaban, en cambio, la utilización consciente de esta posibilidad, al rendir culto a la espontaneidad. El Partido derrotó, en el período de la edificación del socialismo en la U.R.S.S., a los desviacionistas de derecha, que admitían formalmente, de palabra, la posibilidad de construir el socialismo, a la par que proponían que se dejara que las cosas siguieran un curso espontáneo. Este “reconocimiento” de la posibilidad de construir el socialismo equivalía a su negación.
Nuestra época se distingue por el papel creciente, jamás visto, que las masas populares desempeñan en los acontecimientos históricos. El
Congreso del Partido Comunista de la U.R.S.S., al señalar la posibilidad de impedir las guerras en nuestra época, ha acentuado el papel que desempeña el factor subjetivo en la conjuración de las guerras, la enorme importancia de la voluntad de paz de los pueblos, de su vigilancia y de su afán de frustrar los planes de los agresores. Mientras en el globo terráqueo exista el capitalismo, las fuerzas reaccionarias, que representan los intereses de los monopolios capitalistas, seguirán tendiendo a las aventuras bélicas y a las agresiones, podrán intentar el desencadenamiento de la guerra. Pero las guerras no son fatalmente inevitables en las condiciones actuales. La correlación de fuerzas en el escenario mundial ha cambiado radicalmente en favor de los partidarios de la paz. Se ha creado el poderoso campo socialista, que brinda a las fuerzas amantes de la paz no sólo los medios morales, sino también los medios materiales para impedir la agresión. Existe, además, otro poderoso grupo de Estados, que se pronuncian activamente contra la guerra. Existe, asimismo, el
Obra citada, pág. 59.
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poderoso movimiento de partidarios de la paz de todos los pueblos y el movimiento obrero de los países capitalistas, que se ha convertido en una enorme fuerza.
Así, pues, en las condiciones actuales se han creado posibilidades efectivas para no permitir a los agresores imperialistas que lancen a los pueblos a una nueva guerra mundial. Esto no significa, por supuesto, que las agresiones bélicas puedan ser conjuradas automáticamente. Para impedir las guerras se necesita que las fuerzas que luchan contra ella permanezcan vigilantes y movilizadas, que actúen unidas en un frente único y no debiliten su lucha por la conservación y fortalecimiento de la paz. Cuanto más activamente defiendan los pueblos la paz, habrá tanto mayores garantías de que no se desencadenará una nueva guerra.
El marxismo-leninismo, al mismo tiempo que se pronuncia contra el fatalismo, libra una lucha incansable contra las concepciones subjetivistas, que niegan el papel de las condiciones objetivas y de la sujeción a leyes, como fundamento de las posibilidades objetivas y de la transformación de estas últimas en realidad. Todo género de devaneos izquierdistas en la actividad económica o política implica sobreestimar exageradamente el papel de las condiciones subjetivas a la par que ignorar totalmente el que desempeñan las condiciones objetivas en la transformación de la posibilidad en realidad. Dentro de esos devaneos, caen, por ejemplo, los intentos de dejar a un lado el artel agrícola para pasar de pronto a la comuna, o los de arrumbar el comercio para pasar de golpe al intercambio de productos. Semejantes proyectos, alejados de la vida, estaban condenados de antemano al fracaso. El marxismo-leninismo enseña que sólo es fecunda la actividad que se apoya en las posibilidades objetivas, en las leyes que rigen objetivamente.
Las condiciones subjetivas actúan siempre a través de las condiciones objetivas y se expresan en la utilización consciente y orientada a un fin de estas últimas. Para construir el socialismo, por ejemplo, no basta conocer la ley de la correspondencia de las relaciones de producción con el carácter de las fuerzas productivas, como tampoco basta conocer otras leyes sociales; es necesario crear y utilizar debidamente, apoyándose en dichas leyes, las palancas políticas y económicas que permiten la destrucción de las relaciones capitalistas y el triunfo del régimen socialista.
El problema de la significación del factor subjetivo en la realización de tal o cual posibilidad en el curso del desarrollo social es, en el fondo, el problema del grado de conciencia y de orientación a fines con que los hombres, durante su actividad, aseguran libre curso —en cierta dirección— a la acción de las leyes objetivas, en que se basa dicha
Posibilidad y realidad [V. A. Sidorkin]
posibilidad.
La lucha por transformar en realidad una de las posibilidades opuestas en el proceso de desarrollo
La posibilidad y la realidad son aspectos del desarrollo y movimiento de los fenómenos, indisolublemente vinculados entre sí. La posibilidad se transforma en realidad cuando se dan las condiciones necesarias. Pero, al mismo tiempo, una determinada realidad encierra, por virtud de las leyes objetivas que le son inherentes, ciertas posibilidades de cambio y desarrollo.
El socialismo ha triunfado en nuestro país. Gracias a las leyes objetivas que le son propias, el régimen socialista ha creado, a la par con ello, enormes posibilidades al desarrollo de lo nuevo, al progreso cada vez mayor de nuestra economía, al florecimiento de la cultura y elevación sucesiva del bienestar del pueblo. El triunfo del socialismo en la U.R.S.S. ha creado la posibilidad del paso gradual al comunismo. El Partido plantea la transformación de esta posibilidad en realidad como la tarea fundamental del desarrollo ulterior de la sociedad soviética.
El carácter antes señalado del nexo existente entre la posibilidad y la realidad expresa, de modo esencial, la continuidad del movimiento y del desarrollo de los fenómenos del mundo objetivo, y pone de relieve, al mismo tiempo, la penetración mutua, la flexibilidad de las categorías en que dicho movimiento se refleja.
En una determinada realidad se dan posibilidades diversas, e incluso posibilidades opuestas, por cuanto que dicha realidad contiene siempre diferentes aspectos, procesos y propiedades. Así, por ejemplo, en la presente situación internacional, que se caracteriza por la existencia del campo de la paz, la democracia y el socialismo, por una parte, y del campo imperialista, por otra, se dan dos posibilidades opuestas: la posibilidad de que las fuerzas de los pueblos amantes de la paz, encabezados por la Unión Soviética, mantengan la paz y contengan la agresión, y la posibilidad de que las fuerzas imperialistas agresivas desencadenen una nueva guerra.
La transformación de una de estas dos posibilidades en la realidad correspondiente, en virtud de las posibilidades opuestas conte•nidas en la realidad, es también un proceso contradictorio, cuyo contenido implica la realización de una posibilidad y la destrucción de la opuesta. En este carácter del proceso de transformación de la posibilidad en realidad se manifiesta una de las leyes fundamentales de la dialéctica
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materialista: la ley de la lucha de contrarios, como fuente y contenido de todo movimiento, de todo cambio y desarrollo.
El concepto de posibilidades opuestas, al ser aplicado al desarrollo o movimiento de lo inferior a lo superior, de lo viejo a lo nuevo, se concreta en el concepto de posibilidad progresiva y de posibilidad conservadora. La realidad se desarrolla precisamente porque es el desarrollo mismo y, justamente por ello, no es algo homogéneo, sino que encierra lo viejo y lo nuevo, lo que perece y lo que nace, lo reaccionario y lo revolucionario. Debido a este carácter contradictorio de la realidad, en ella se da la posibilidad de que lo viejo siga existiendo, se mantenga y triunfe temporalmente sobre lo nuevo; pero existe, asimismo, la posibilidad de que nazca, se afiance y triunfe lo nuevo, lo progresivo, lo que puede elevar el desarrollo a un nivel superior. Ambas posibilidades existen objetivamente, ya que tras ellas se hallan fuerzas absolutamente reales que luchan entre sí.
En esta lucha, la posibilidad conservadora puede alcanzar un triunfo temporal, es decir, transformarse temporalmente en realidad. Esta transformación, en determinadas condiciones, puede explicarse por el hecho de que, al principio, lo viejo sigue siendo más vigoroso que lo nuevo, ocupando durante cierto tiempo una posición dominante. “Cuando lo nuevo acaba de nacer — dice Lenin — lo viejo aún permanece y, durante algún tiempo, es más fuerte que aquél; así sucede siempre tanto en la naturaleza como en la vida social”.12
El desarrollo de la revolución en nuestro país nos ofrece ejemplos de transformación de una posibilidad conservadora en realidad, es decir, de triunfo temporal de las fuerzas reaccionarias. La derrota de la revolución de los años de 1905 a 1907 es uno de ellos. La revolución fue derrotada porque en aquel tiempo el viejo régimen autocrático de los terratenientes resultó ser más fuerte que las jóvenes fuerzas revolucionarias.
Sin embargo, la victoria de la posibilidad conservadora, o lo que es lo mismo, su transformación en realidad reviste un carácter parcial, sin que pueda modificar el carácter general del desarrollo como movimiento progresivo.
La victoria de una posibilidad, su realización, significa, como ya se ha dicho antes, la destrucción de la posibilidad opuesta. Ahora bien, por lo que toca al triunfo de la posibilidad conservadora, esto solamente se refiere a una etapa del desarrollo, considerada aisladamente. Así, por ejemplo, la derrota de la revolución de los años de 1905 a 1907 significó
V. I. Lenin. Obras completas, ed. rusa, t. XXIX. pág. 392.
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en Rusia la destrucción, la desaparición de la posibilidad de que triunfase en cierta etapa del desarrollo del movimiento revolucionario ruso, es decir, la desaparición de una posibilidad dada, concreta. Pero no significó otra cosa, ya que la posibilidad progresiva surge de las condiciones mismas, de las nuevas condiciones del desarrollo, y se funda en las leyes objetivas existentes sobre la base de esas nuevas condiciones.
La posibilidad progresiva expresa la necesidad histórica del movimiento sucesivo de avance; el triunfo de la posibilidad conservadora, es decir, su realización, significa solamente una demora temporal en la solución de esta tarea, pero no logra quitarla del orden del día, ya que no puede anular la necesidad histórica. Marx y Engels han escrito que “... toda tentativa de aplastarla por la fuerza (a la necesidad social. Nota del autor) solamente la obliga a actuar con mayor fuerza aún hasta que, al fin, sacude sus cadenas”.13 La victoria de la posibilidad conservadora no acarrea la destrucción de las fuerzas que están en favor de esta necesidad histórica, es decir, de la necesidad social. Lenin escribía varios años después de la derrota de la primera revolución rusa: “... ninguna victoria de la reacción, por muy completa que sea, ningún triunfo de la contrarrevolución puede destruir a los enemigos de la autocracia zarista, a los enemigos de la opresión terrateniente y capitalista... Enemigos como la clase obrera y los campesinos pobres no pueden ser destruidos”.14
Por todas estas circunstancias, la posibilidad progresiva se mantiene también en el caso de que la posibilidad conservadora se transforme en realidad. Después de la derrota de la revolución de los años de 1905 a 1907, y en virtud de que las contradicciones solamente habían sido ocultadas, pero no resueltas, y en virtud también de que el régimen autocrático de los terratenientes no había sido destruido, seguía existiendo en Rusia una situación general revolucionaria, que dejaba abierta a las fuerzas revolucionarias la posibilidad de realizar la revolución en un momento dado.
“Desde 1908 aproximadamente hasta 1915, los bolcheviques consideraron que ya no se daba en Rusia una situación directamente revolucionaria, pero si consideraban que existía una situación revolucionaria general, que llevaba inevitablemente en su entraña una segunda revolución... Y los bolcheviques elaboraron toda su táctica
C. Marx y F. Engels, Revolución y contrarrevolución en Alemania, trad. rusa, pág. 8, Moscú, 1940.
V. I. Lenin. Obras completas, t. XVI, pág. 326.
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previendo esta segunda revolución”.15
Al agudizarse ulteriormente y de modo inevitable las contradicciones entre el régimen en descomposición, podrido, de la autocracia zarista y las necesidades vitales del desarrollo social, a la par que entre dicho régimen y el creciente estado de ánimo revolucionario de las fuerzas progresivas, y al ponerse al desnudo con enorme pujanza estas contradicciones, surgió en Rusia una nueva situación, una situación directamente revolucionaria. Esta situación creaba la posibilidad objetiva de que las masas populares de nuestro país llevaran a cabo victoriosamente la revolución, bajo la dirección del Partido Comunista. “Desde 1916, comienza a crearse nuevamente una situación directamente revolucionaria, que en 1917 se transforma en revolución”.16
Como ya se ha señalado antes, la posibilidad no es algo dado de una vez y para siempre; puede pasar por un proceso de fortalecimiento y consolidación, o puede, al contrario, debilitarse y desaparecer por completo. La posibilidad progresiva crece y se fortalece, con fuerza de ley, en el curso de la lucha de lo nuevo con lo viejo, y en este proceso se manifiesta la superioridad de lo nuevo en el desarrollo. Lo nuevo es superior porque es el portador de la necesidad histórica, porque expresa las necesidades del desarrollo. Esta necesidad, que surge en las entrañas mismas de lo viejo, se afianza y refuerza a medida que se ahonda la contradicción entre lo nuevo y lo viejo. Así, por ejemplo, a medida que se desarrolla el capitalismo y se ahondan sus contradicciones se refuerza cada vez más la necesidad de resolver estas contradicciones por medio de la instauración revolucionaria de un nuevo régimen, el régimen socialista.
Lo nuevo, a su vez, puede ser el portador de la necesidad histórica y expresar la necesidad de que el desarrollo se eleve a un nivel superior, por cuanto puede asegurar esta elevación, en virtud de su propia naturaleza, ya que lo nuevo es más avanzado que lo viejo y supera a éste por sus posibilidades de desarrollo y de perfeccionamiento en el futuro. En el carácter inevitable de la victoria del socialismo sobre el capitalismo se basa el hecho de que el primero descubra nuevas posibilidades, jamás conocidas por la historia, de desarrollo de las fuerzas productivas. El socialismo ha de vencer necesaria e
El Partido Comunista de la Unión Soviética en las resoluciones y acuerdos de los Congresos, Conferencias y Plenos del Comité Central, ed. rusa, parte II, pág. 164, Moscú, 1954.
El Partido Comunista de la Unión Soviética en las resoluciones y acuerdos de los Congresos. Conferencias y Plenos del Comité Central, ed. rusa, parte II. Pág. 164.
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inevitablemente al capitalismo por cuanto ofrece y seguirá ofreciendo los más altos ejemplos de trabajo y por cuanto puede elevar la riqueza social mucho más que el sistema económico capitalista.
Por tanto, la agudización de las contradicciones entre lo nuevo y lo viejo, el fortalecimiento inquebrantable y desarrollo de lo nuevo como portador de la necesidad ya en sazón determinan, con fuerza de ley, el crecimiento y fortalecimiento de las posibilidades progresivas del triunfo de lo nuevo en la lucha con lo viejo.
El fortalecimiento de unas posibilidades significa el debilitamiento de otras opuestas a ellas. Por oposición a lo nuevo, lo viejo, lo conservador, lo que no responde a las nuevas condiciones, a las condiciones que han cambiado, se hunde y extingue, es decir, se halla condenado a desaparecer. Por esta razón, el aumento y fortalecimiento, con fuerza de ley, de las posibilidades de triunfo de lo nuevo significa, al mismo tiempo, el debilitamiento y disminución, con fuerza de ley, de las posibilidades de conservar lo viejo.
La conciencia de que lo nuevo es invencible en el desarrollo social, inspira a las fuerzas avanzadas y revolucionarias la fe en el futuro, en el carácter inevitable de su triunfo, incitándolas a luchar activamente por su victoria, para utilizar plenamente las condiciones y posibilidades objetivas de esa victoria.
La victoria total de la posibilidad progresiva significa la destrucción de la posibilidad conservadora, ya que crea las condiciones que hacen perder a esta última su realidad. Sin embargo, en ciertas condiciones, sigue existiendo la posibilidad de que resurja lo viejo. De esto se deduce la necesidad de luchar por el afianzamiento sucesivo de lo nuevo y por la desaparición de las condiciones que hacen posible el resurgimiento de lo viejo.
En nuestro país ha triunfado el régimen socialista. Han sido destruidas las relaciones capitalistas y su régimen de pequeña producción mercantil. Con ello, han desaparecido en el país las condiciones que hacen posible el restablecimiento, la restauración del capitalismo. Ahora bien, existe todavía el campo imperialista, que forja criminales planes de agresión contra la Unión Soviética y los países de democracia popular. Por esta razón, el Partido Comunista inculca al pueblo soviético un espíritu de vigilancia, de disposición constante a rechazar a cualquier agresor.
Cómo se descubren las posibilidades y se transforman en realidad en el desarrollo de la sociedad socialista soviética
El socialismo, por ser un régimen superior al capitalismo y más progresivo, descubre nuevas posibilidades de desarrollo social, que la
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historia jamás había conocido. A la par con ello, en la sociedad socialista cambia también el carácter de la transformación de esas posibilidades en realidad.
El capitalismo se desarrolla como resultado de la acción espontánea de las leyes sociales. Dondequiera que las fuerzas progresivas tienen la posibilidad de resolver las tareas que plantean las transformaciones sociales, esa realización tropieza con la resistencia encarnizada de las clases explotadoras.
En la sociedad socialista donde no existen clases hostiles, todo el pueblo, bajo la dirección del Partido Comunista, encauza sus fuerzas hacia la edificación del comunismo, basando su actividad en un conocimiento científicamente fundado de las posibilidades reales, de las vías y medios para la edificación del comunismo. En esto reside uno de los rasgos característicos del desarrollo de la sociedad socialista soviética, que lo distinguen del desarrollo del sistema capitalista. Y en esto estriba también una de las causas del ritmo inaudito de transformación de las posibilidades que encierra el régimen soviético, en un efectivo florecimiento de todos los aspectos de su vida.
El Partido Comunista, al dirigir y organizar la actividad del pueblo soviético, al luchar contra la espontaneidad en la edificación socialista, siempre ha concedido una enorme importancia al descubrimiento de las posibilidades de que dispone el régimen soviético, así como a su utilización consciente y activa.
La teoría marxista-leninista es el fundamento científico orientador de las posibilidades de desarrollo de la sociedad soviética, de las condiciones de su transformación en realidad y de la actividad práctica en esta dirección. El Partido, guiándose por la teoría marxista-leninista, derrotó definitivamente en su tiempo a los elementos trotskistas y a otros capituladores, que negaban que en nuestro país existieran posibilidades reales de construir el socialismo. El Partido demostró científicamente que en nuestro país se daban factores externos e internos, que creaban plenamente la posibilidad de edificar el socialismo.
Al luchar contra los restauradores derechistas del capitalismo, el Partido partía del criterio de que esa posibilidad no se transformaría en realidad de modo espontáneo y natural; partía, asimismo, de que sólo podría realizarse siguiendo firmemente una política encaminada a la destrucción de los elementos capitalistas de la ciudad y del campo, al fortalecimiento de la dictadura de la clase obrera y de la alianza de ésta con los campesinos; encaminada, a su vez, a la cooperación en masa de los campesinos y a dotar de una nueva base técnica a la economía nacional. La aplicación firme y consecuente de esta política, merced a
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los heroicos esfuerzos del pueblo soviético, encabezado por el Partido, ha sido una condición importantísima y decisiva para transformar en una realidad la posibilidad de edificar el socialismo en nuestro país.
La poderosa industria socialista desarrollada en todas las ramas, la agricultura socialista, el régimen social y político, la acertada política del Partido Comunista estrechamente vinculado con el pueblo y nuestras inagotables riquezas naturales crean plenamente la posibilidad de que triunfe el comunismo. Pero esta posibilidad no es todavía una realidad.
El Partido siempre ha prevenido y sigue previniendo contra toda confusión de la posibilidad y la realidad. La mezcolanza de una y otra causa daño al trabajo práctico, engendra la complacencia y una infundada y superficial confianza en sí mismo, da lugar a diferentes proyectos sin base alguna y siembra ilusiones utópicas. El Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética censuró enérgicamente, en diversas ocasiones, la vehemencia de las gentes que decretaban que la edificación del socialismo en nuestro país estaba ya completamente terminada; eran gentes que empezaban ya a describir, con todo lujo de detalles, el paso al comunismo y proponían, entre otras medidas, la sustitución del comercio soviético por el cambio directo de productos. Ahora bien, para llevar a su término la edificación del socialismo y pasar directamente al comunismo, se requiere ante todo adelantar a los países capitalistas más desarrollados en el aspecto económico, y desarrollar al máximo la base material productiva, de modo que los bienes destinados a satisfacer las necesidades de los trabajadores afluyan en verdaderos torrentes.
Sin embargo, no bastan simplemente las posibilidades para que todo esto se convierta en realidad; se necesita el trabajo activo y creador, bajo la dirección del Partido Comunista, de los millones y millones de hombres que integran el pueblo soviético y se requiere, asimismo, el esfuerzo tesonero de todas las organizaciones estatales y sociales.
Al comunismo, como al socialismo, no puede llegarse en forma espontánea. Hay que poner al descubierto y utilizar plenamente las ventajas y posibilidades que encierra el régimen socialista, apoyándose para ello en el conocimiento de los hechos. Esas ventajas y posibilidades no pueden convertirse en realidad por sí mismas, es decir, espontáneamente. Así, por ejemplo, nuestro país dispone de enormes posibilidades para elevar continuamente la productividad del trabajo. Las relaciones socialistas de producción corresponden al carácter del desarrollo de las fuerzas productivas. Nuestro país cuenta con una poderosa base técnica en todas las ramas de la economía nacional y dispone de especialistas calificados. Sin embargo, pese a estas
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posibilidades, la productividad del trabajo en la U.R.S.S. es inferior todavía a la alcanzada en los países capitalistas más desarrollados. Para que esas posibilidades se transformen en realidad hay que perfeccionar por todos los medios e impulsar la técnica de que se dispone; hay que ampliar la mecanización de los trabajos laboriosos; hay que practicar con más audacia la mecanización total y la automatización de los procesos de la producción y, finalmente, deben introducirse más decididamente en la producción las conquistas de la ciencia, de la técnica y de la experiencia más avanzada. Hay que observar, asimismo, la disciplina de trabajo y en la producción, mejorar la organización del trabajo, aplicar plenamente el principio socialista del interés material, elevar sistemáticamente el nivel técnico y cultural y la conciencia política de los especialistas y desarrollar la emulación socialista.
El rezagamiento de la producción agrícola, que se produjo en el pasado y que ya ha sido superado en la actualidad, se explica en gran parte por el hecho de que nos hallábamos lejos de haber utilizado plenamente las posibilidades y ventajas del sistema socialista, y, especialmente, el principio socialista del interés material. Una de las causas del bajo nivel de la ganadería, por ejemplo, residía en el hecho de que los precios de acopio y de compra de los productos de la ganadería no estimulaban el interés de los koljoses ni de los koljosianos en el desarrollo de la ganadería, ni daba a ellos los ingresos debidos, lo que llevaba a la violación del principio de la entrega obligatoria por hectárea de los productos de la ganadería.
El Pleno de septiembre del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética y los plenos posteriores, el XX Congreso del Partido, han sido un ejemplo de descubrimiento leninista, audaz, de los defectos que frenan el aprovechamiento de las grandes ventajas del régimen socialista. El Partido ha dado el ejemplo en el descubrimiento de las posibilidades del régimen socialista; ha señalado, asimismo, el camino y los medios para transformar en realidad esas*posibilidades y ha pertrechado de ese modo al pueblo soviético con un programa, científicamente fundado, de desarrollo sucesivo de la economía y de la cultura de nuestro país. El Partido enseña que cuanto más plenamente se descubran y utilicen las ventajas y posibilidades del socialismo, tanto más rápido será nuestro avance.
La actividad del Partido nos brinda un brillante ejemplo de cómo la posibilidad se puede transformar en realidad y de cómo hay que crear las condiciones necesarias para llevar a cabo esta transformación.
La posibilidad se transforma en realidad, tanto en todo el país como en cada koljós, en cada empresa industrial, etc., gracias a un minucioso trabajo de organización para crear las condiciones de esa
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transformación y gracias también a la activa incorporación de las masas al trabajo.
Para transformar en realidad las posibilidades de que cada obrero cumpla el plan en la empresa, hay que garantizarle las condiciones necesarias para ello: arreglar previamente su máquina, preparar sus herramientas, organizar el abastecimiento ininterrumpido de materias primas, etc. Si no se crean estas condiciones, se desaprovecharán incluso las posibilidades del trabajador más activo y más experimentado de la producción.
El Partido Comunista, teniendo presente que la transformación de la posibilidad en realidad no se realiza en el desarrollo de nuestra sociedad de modo espontáneo, sino en forma consciente, es decir, con el esfuerzo intenso de las masas y de todos los escalones de los órganos dirigentes, ha prestado y sigue prestando una enorme atención a los cuadros calificados, que pueden organizar la actividad de las masas en la esfera del trabajo, a la par que dirigir la economía de las empresas y koljoses con conocimiento de causa. Así, por ejemplo, el Partido ha planteado el cumplimiento de las tareas relativas al nuevo auge de la agricultura en íntima relación con el problema de los cuadros. “Hoy — se dice en el informe del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética al XX Congreso del Partido—, cuando existen las premisas materiales y orgánicas para elevar verticalmente la agricultura, todo depende de una acertada dirección, de la capacidad de los órganos del Partido, de los soviets y de la agricultura para asegurar, con un tenaz trabajo de organización, el cumplimiento de las decisiones adoptadas por el Partido’’.17
El Partido ha adoptado, en los últimos tiempos, una serie de medidas para fortalecer con especialistas a las estaciones de máquinas y tractores y a los koljoses con el objeto de garantizar una acertada dirección de la producción agrícola. Decenas de miles de especialistas agrícolas fueron enviados a los koljoses, miles de comunistas se dirigieron al campo, fueron elegidos presidentes de los koljoses y trabajan con éxito.
En el descubrimiento y utilización de las posibilidades existentes en el régimen socialista, la crítica y la autocrítica constituyen un arma poderosa.
Los planes quinquenales de fomento de la economía nacional se elaboran tomando en cuenta la mejor utilización de las posibilidades existentes. Pero en el curso del cumplimiento de los planes surgen nuevas posibilidades en las fábricas, koljoses y sovjoses bajo la forma
N. S. Jruschiov, Informe del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética al XX Congreso del Partido, ed. rusa, pág. 80, Moscú, 1956.
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de reservas de la producción, de economía en los recursos y de la racionalización de los instrumentos y métodos de trabajo. Los trabajadores de nuestro país descubren estas posibilidades en el curso de su labor cotidiana, gracias a una amplia utilización de la crítica y de la autocrítica, y ponen esas posibilidades al servicio del desarrollo sucesivo y profundo de la economía nacional.
Los trabajadores agrícolas de la región de Voronezh han dado un admirable ejemplo de descubrimiento de nuevas posibilidades, al convertirse en los iniciadores de la emulación socialista para aumentar la producción de leche y de carne. Estos trabajadores se comprometieron en 1956 a aumentar dos veces en los koljoses y en los sovjoses la producción de carne, es decir, se comprometieron a cumplir en un año las tareas fijadas por el sexto plan quinquenal para un quinquenio; en cuanto a la producción de leche, asumieron el compromiso de aumentarla dos veces en año y medio. La patriótica iniciativa de los trabajadores agrícolas de Voronezh fue respaldada por los koljosianos y obreros de los sovjoses de Ucrania, Bielorrusia, Kazajstán, República Autónoma de Bashkiria, territorio de Krasnodar, regiones de Moscú, Riazán y otras. “Si los trabajadores de la agricultura de las repúblicas, territorios y regiones —se dice en el Llamamiento del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética y del Consejo de Ministros de la U.R.S.S. del 7 de abril de 1956— siguen el ejemplo de los más avanzados, se puede afirmar con toda seguridad que las tareas fijadas por el sexto plan quinquenal para la producción de leche y de carne serán cumplidas totalmente en el país en un plazo de dos o tres años como máximo”. El Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética y el Consejo de Ministros de la U.R.S.S. se han dirigido a todos los trabajadores de la agricultura exhortándoles a cumplir con éxito esta tarea y a elevar verticalmente la producción de artículos agrícolas ya en el primer año del sexto plan quinquenal.
Las posibilidades de nuestro desarrollo se utilizan en medio de una lucha contra lo viejo, contra el burocratismo y la rutina, en lucha contra la actitud despectiva hacia las necesidades de los trabajadores.
El Partido y el pueblo soviético no solamente aprovechan las posibilidades que se presentan ante él, sino que en el curso mismo de su transformación en realidad, y apoyándose en las leyes objetivas, crean nuevas posibilidades al desarrollo futuro, al progreso ulterior de la sociedad.
El pueblo soviético, dirigido por el Partido Comunista, ha creado una industria desarrollada en todas sus ramas, que constituye la base fundamental de nuestra economía socialista. Esto ha hecho posible que,
Posibilidad y realidad [V. A. Sidorkin]
en cuanto al progreso técnico, se planteen a la industria no sólo tareas aun más amplias, sino también cualitativamente nuevas, con el fin de alcanzar y sobrepasar, sobre la base de éste, y en un plazo históricamente brevísimo, a los países capitalistas más desarrollados en el aspecto económico.
La creación de una poderosa industria pesada y su desarrollo preferente, al igual que la creación y fortalecimiento del régimen koljosiano, permite organizar en la actualidad un auge vertical de la agricultura socialista, de la industria ligera y de la alimentación y, de ese modo, elevar considerablemente la producción de artículos de amplio consumo, con el fin de asegurar la máxima satisfacción de las crecientes necesidades materiales y culturales de toda la sociedad.
Tal es a grandes rasgos la significación que tiene en el desarrollo de la sociedad socialista soviética el descubrimiento consciente y la utilización práctica de las posibilidades. Todo ello viene a subrayar el enorme papel que desempeña el Partido Comunista como fuerza dirigente y orientadora de nuestra sociedad, y su política fundada en la concepción filosófica marxista; subraya, asimismo, el papel que desempeña la intensa actividad creadora, consciente, de las masas populares soviéticas, integradas por millones y millones de hombres, como la fuerza decisiva de la edificación comunista en la transformación de las ilimitadas posibilidades, que lleva en su seno el régimen socialista, en una realidad.
CAPITULO VIII
LO SINGULAR, LO PARTICULAR Y LO UNIVERSAL
Qué significan las categorías de lo singular, particular y universal
Lo singular, lo particular y lo universal, como otras categorías de la dialéctica materialista, reflejan el mundo objetivo y caracterizan algunos aspectos esenciales del conocimiento; son como peldaños del conocimiento de la realidad.
Lo singular es un fenómeno u objeto determinados, un proceso o hecho que se da en la naturaleza y en la sociedad. Lo singular recibe con frecuencia en las obras filosóficas el nombre de individual. También se denomina singular o individual al concepto de un hecho o acontecimiento real único, es decir, al pensamiento que abarca este hecho singular. En la naturaleza, lo singular se halla representado, por ejemplo, por un determinado planeta, por cierta planta o por un animal dado. Y en la historia de la sociedad lo singular es un acontecimiento concreto, por ejemplo, una determinada batalla o una revolución en un” país dado. Lo singular es también un hombre concreto: Juan, Teodoro o Basilio.
Lo singular o individual comprende también, a veces, un grupo de objetos, que forma parte de un grupo más amplio, más general. Pero acerca de esto se hablará detalladamente más adelante.
Por universal se entiende la comunidad que existe objetivamente de rasgos, propiedades y caracteres de los objetos y fenómenos singulares de la realidad objetiva, o también la similitud de las relaciones y nexos entre ellos. Universal es lo que se repite a través de lo múltiple, lo diverso y lo individual. También se denomina universal o general al grupo o clase de objetos, caracterizados por poseer notas comunes a lodos ellos. Lo universal se refleja en el conocimiento bajo la forma de los conceptos generales, de los juicios universales y de las leyes de la ciencia.
Se denomina particular a un grupo de objetos, fenómenos o hechos que, siendo generales, forman parte al mismo tiempo de otro grupo más general; dentro de este grupo, lo particular se presenta como singular o
Lo singular, lo particular y lo universal [A. O. Sternin]
individual, es decir, como parte de un todo más amplio. Lo particular comprende un conjunto de objetos, que en una relación se presenta como universal y en otra como individual o singular. El árbol, que abarca un conjunto de seres vegetales, es, por ejemplo, algo particular. El árbol es universal en cuanto comprende una enorme cantidad de árboles singulares, individuales, es decir, de plantas foliáceas y coníferas. Pero este árbol universal forma parte, como singular o individual, del conjunto de plantas al que pertenecen, además de los árboles, las hierbas, arbustos, hongos, etc. Ello quiere decir que el árbol es universal en un sentido y singular en otro; la existencia simultánea de estas dos cualidades es lo que le convierte en “particular”.
En el mundo real, lo particular viene siendo como el eslabón que une lo singular y lo universal. Y en el conocimiento lo particular se expresa en forma de conceptos y juicios “particulares”, que son peldaños del conocimiento en su desarrollo de lo singular a lo universal.
La diferencia existente entre lo singular, lo particular y lo universal es relativa. En la vida real, lo mismo que en el conocimiento, todo fenómeno es singular con respecto a un conjunto más amplio de fenómenos; por ello, solamente viendo a un fenómeno determinado en su interdependencia con otros puede establecerse si es singular, particular o universal. Un grupo o clase de fenómenos, un conjunto de éstos, suele ser todo ello a la vez, es decir, singular, particular y universal. Solamente el objeto o proceso singular, individual, no puede ser particular y universal (el árbol dado, el hecho dado), aunque, como se verá más adelante, en todo fenómeno singular hay siempre rasgos generales.
Prosigamos. Se dan fenómenos que no pueden ser particulares. En realidad, no existe una materia particular; como el movimiento y el ser, la materia posee la máxima generalidad. Estos universales límites se reflejan en los conceptos de máxima generalidad, más allá de los cuales no puede avanzar la teoría del conocimiento, la gnoseología.
Conviene señalar también que la materia, el ser y el movimiento y otros fenómenos que poseen la máxima universalidad, por no ser nunca particulares, existen siempre, realmente, sólo en lo particular y en lo singular.
Las categorías de singular, particular y universal se hallan íntimamente vinculadas con otras categorías.
La categoría de lo universal se halla íntimamente relacionada con la ley, en cuanto que ésta expresa el nexo estable, esencial, interno y reiterado entre los fenómenos. Lo que no es universal, lo que no se repite siempre y, en determinada forma, en ciertas condiciones, no puede considerarse como ley. Por tanto, la ley es uno de los modos de manifestarse la universalidad.
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Lo universal se halla íntimamente vinculado, a su vez, con la necesidad, es decir, con lo que hay de interno, de forzoso, en los fenómenos y relaciones del mundo objetivo. Por ejemplo, la explotación de los trabajadores, la competencia y la avidez de ganancias constituye algo necesario para el capitalismo. Lo que es necesario para esta formación social se convierte en algo inherente a ella siempre y en todas partes, cualquiera que sea el país y la fase de su desarrollo. Lo necesario, por tanto, es lo universal.
Lo universal se halla, asimismo, íntimamente vinculado con la categoría de esencia.
La esencia es el aspecto interno de la realidad que expresa el nexo profundo entre los fenómenos, lo que se mantiene a través de los infinitos cambios de estos fenómenos y a través’ de sus relaciones con los otros. La esencia es aquello sin lo cual el objeto pierde su cualidad específica, convirtiéndose fundamentalmente en otro objeto. Así, por ejemplo, la esencia de la vida es el intercambio de sustancias.
Los ejemplos aducidos demuestran que lo universal penetra profundamente en tina serie de categorías muy importantes, formando parte, por un lado, de su contenido, y determinando, de otro, su aplicación a todos los fenómenos de la realidad.
Lo universal no forma parte del contenido de otras categorías como las de casualidad y fenómeno, por ejemplo, ya que la casualidad y el fenómeno no son justamente lo universal, lo que contiene constante y forzosamente todo aspecto y todo nexo de la realidad. Sin embargo, la casualidad y el fenómeno son universales en el sentido de que se hallan presentes siempre y en cualquier proceso.
La categoría de singular se halla íntimamente relacionada con las de casualidad y fenómeno. La necesidad, como es sabido, se presenta bajo la forma de la casualidad, unida siempre a circunstancias que no son necesarias, ya que a veces pueden darse unas circunstancias y a veces, otras. Ello significa que la casualidad es algo singular, algo que no es característico ni se presenta en masa.
Pongamos un ejemplo. De la flor del manzano, que se desarrolla en condiciones normales, se forma necesariamente el fruto. Pero el número de granos de semilla que encierra la manzana —10 ó 12—, o el aspecto de la corteza del fruto —lisa, con protuberancias o huellas de haber sido devorada por gusanos—, son hechos casuales, irrepetibles, singulares. Las semillas se dan necesariamente en el fruto, y la corteza, por supuesto, también se da de modo necesario; sin embargo, el número de granos de semilla y los detalles de la forma de la corteza son algo casual, singular, que no se repite en todos los frutos cabalmente del mismo modo, sin excepción.
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Veamos otro ejemplo. La explotación es algo necesario para el capitalista; es un rasgo general sin el cual no existiría como capitalista. Sin embargo, con respecto al capital en general, la rama de la economía donde el capitalista invierte su capital o los hombres concretos de cuyo trabajo extrae la plusvalía, son fenómenos singulares, casuales. Estos hombres singulares y estas ramas industriales concretas en las que actúa el capital dado pueden cambiar; son casuales con respecto a la explotación que el capitalista ejerce constantemente.
Lo singular se halla íntimamente vinculado con el fenómeno, en que se manifiesta la esencia. La esencia de la vida, por ejemplo, se muestra en formas muy diversas: en las plantas y en los animales, en los microbios y en los infusorios unicelulares, y en el complejo organismo del hombre. Todos los fenómenos enumerados son fenómenos vitales, y todos ellos son singulares con respecto a la esencia, a lo general, a la vida.
El problema de las categorías de lo universal y de lo particular se halla íntimamente unido al problema filosófico de las relaciones del pensamiento —es decir, de los conceptos, los juicios y las leyes de la ciencia— con el ser, con los objetos conocidos.
Tanto los objetos y procesos singulares como lo universal, es decir, los rasgos, los nexos y cualidades comunes en estos objetos singulares, así como las leyes que rigen en ellos, están dotados de una existencia real, objetiva. Sin embargo, en el reino del pensamiento lo singular sólo se conoce en sus rasgos comunes con otros objetos singulares. “Toda palabra (el lenguaje) —dice Lenin— es ya una generalización... Los sentidos muestran lo real; el pensamiento y la palabra, lo general”.1
Si digo que el objeto singular dado es una mesa, lo defino por sus rasgos comunes con los de otros muchos objetos, que poseen esos mismos rasgos (un tablero de determinada anchura y longitud, de cierta cualidad, dispuesto horizontalmente y colocado a cierta altura, etc.). No defino, por tanto, el objeto en su totalidad, sino solamente algunos rasgos suyos. Si para precisar aún más la definición digo que es “la mesa”, defino el objeto de un modo universal, ya que cualquier mesa es “la mesa”. Si queremos describir las cualidades de una mesa singular —su anchura, belleza, sus patas de roble, su solidez—, veremos que volvemos a definirla por medio de conceptos generales, señalando los rasgos de la mesa que convienen también a otras mesas y a otros objetos.
Así, pues, el pensamiento sólo puede conocer y definir lo singular considerándolo como universal. El pensamiento no puede expresar lo singular si no es por medio de lo universal.
Lo universal en el pensamiento, es decir, los conceptos y las leyes, es
1 V. I. Lenin. Cuadernos filosóficos, ed. rusa, pág. 256. Moscú, 1947.
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una abstracción de lo singular, una síntesis de los rasgos, de las cualidades y de los procesos observados realmente en innumerables objetos y fenómenos singulares en una sola imagen, en una sola fórmula. A ello hay que agregar que el pensamiento, al reflejar lo universal, lo esencial, al destacar lo fundamental y necesario, viene a separar del objeto lo que tiene de inesenciai, de casual y secundario. Lo universal refleja más profundamente el objeto y proporciona un conocimiento más hondo de lo singular, ya que pone de manifiesto lo que hay de esencial, de dominante, en este objeto singular. En esto reside la enorme fuerza y la superioridad del pensamiento abstracto frente al conocimiento sensible; en ello estriba la superioridad de la abstracción sobre la percepción inmediata.
Se comprende, sin embargo, que los conceptos y las leyes de la ciencia, que reflejan lo universal, sean algo derivado y abstraído de las cualidades de los objetos reales y que estas cualidades y estos objetos mismos sean lo primario. El concepto, la ley, se hallan un tanto separados del objeto singular, y en ellos los rasgos esenciales de lo singular se captan aisladamente, al margen de sus nexos con otros rasgos del objeto singular, con otros rasgos casuales, derivados. Sin embargo, los rasgos esenciales, fundamentales, nunca existen en la realidad sin los rasgos casuales, secundarios; lo que es común a los objetos singulares no existe sin lo que los diferencia. No existe algo así como la mesa en general, es decir, un objeto que solamente posea los rasgos que se expresan en el concepto de “mesa”. Y no existe ente alguno que no posea algo singular o individual, es decir, que sólo posea los rasgos expresados en su concepto. Resulta, por tanto, que en la más simple generalización (“la mesa”, “el hombre”) se da cierto alejamiento de la realidad, cierta unilateralidad, un poquito de fantasía para decirlo con las palabras de Lenin. Este poquito de fantasía crea la posibilidad de que el hombre transforme el concepto abstracto sin percatarse de ello, inconscientemente, en un producto de su fantasía y, en última instancia, en Dios. Así, pues, ya en la más elemental abstracción se halla dada la posibilidad del idealismo. El idealismo consiste precisamente en inflar desmesuradamente esta abstracción, en convertir lo universal en algo absoluto, en lo primario.
Los filósofos idealistas han concebido de un modo no científico en todos los tiempos la naturaleza de los conceptos generales y de las categorías, han negado su fundamento objetivo y rechazado que lo singular, es decir, lo real, sea lo primario. La teoría idealista más importante de la antigüedad fue la del filósofo griego Platón. Según este pensador, lo “universal” es la “idea”, que existe eternamente y con anterioridad a las cosas, en tanto que éstas no son más que copias imperfectas o sombras de las ideas. Platón mantenía la absurda
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concepción de que el concepto general, la idea, es un ente singular. Existen, según Platón, “entes” como la “mesa en general”, el “caballo en general”, etc., mientras que las mesas, los caballos y otras cosas reales son sólo reflejos de estos “seres eternos”.
Lenin, que justamente consideraba que estas concepciones tenían un carácter bárbaro y monstruoso, decía que los filósofos idealistas Kant y Hegel abordaban del mismo modo este problema.
Según Hegel, el más grande filósofo idealista del siglo XIX, los conceptos generales y las categorías se presentan como algo preexistente con respecto a la realidad, y la dialéctica de la vida real no es más que el simple reflejo de estas ideas. La verdadera realidad sólo posee lo universal e ignora lo singular. “Lo universal —dice Hegel— es el fundamente y el fondo, la raíz y la sustancia de lo singular”.2 En la filosofía hegeliana, las relaciones reales aparecen invertidas: lo primario, es decir, las cosas, se presentan como secundario, y las copias, las ideas, los reflejos, se hacen pasar por lo primario. Según Hegel, el concepto no es una reproducción ideal de las cosas, no es el reflejo de lo que existe objetivamente, de modo necesario y esencial, en las cosas; el concepto, dice el filósofo alemán, es lo que vive en las cosas mismas, “lo que hace que las cosas sean lo que son”.3
Hegel deforma y mistifica las relaciones entre lo singular y lo universal. Lo universal como idea determina, según él, el carácter de las cosas. No obstante, en la realidad vemos precisamente lo contrario: el carácter de las cosas es lo que determina nuestro conocimiento de ellas. Las ideas generales acerca de las cosas dependen de las cualidades que éstas poseen.
La burguesía de la época imperialista se aferra a todas las doctrinas reaccionarias pasadas y presentes con el fin de afirmar las posiciones del idealismo en la conciencia de los trabajadores y apartarlos, de este modo, de la lucha activa por la transformación de la vida social.
En los países de Europa Occidental y también especialmente en los Estados Unidos se halla difundida la corriente filosófica del “neotomismo”, en la que militan los secuaces de Tomás de Aquino, filósofo escolástico del siglo XIII. Los neotomistas, siguiendo a su maestro medieval, sostienen que lo uno, es decir, lo universal, constituye la base de la existencia de la pluralidad, o lo que es lo mismo, de las cosas singulares. Lo uno es la esencia divina, prototipo de todas las cosas. La doctrina neotomista del “universal” divino y único, que ha creado toda la pluralidad real de las cosas es uno de los puntales de la “filosofía” de la
Hegel, Obras completas, trad. rusa, t. I, pág. 283, Moscú, 1930.
Obra citada, pág. 274.
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Iglesia Católica de nuestros días, que, como es bien sabido, es hostil al conocimiento científico del mundo.
Los llamados “personalistas” predican en nuestros días y en forma aun más sutil la teoría de las relaciones entre lo universal y lo singular; los “personalistas” siguen la corriente filosófica del idealismo objetivo, muy difundida en los Estados Unidos.
Los personalistas sostienen que lo singular y concreto no es material, sino espiritual, es decir, “sustancia espiritual”; todo es “persona” o, dicho con otras palabras, todo se halla animado, ya se trate del hombre, de los animales o de cualquier objeto. La “persona” constituye el concepto fundamental de la filosofía personalista. La ciencia ha demostrado que la conciencia, el “espíritu”, es una propiedad exclusiva de la materia que ha alcanzado un alto grado de organización; el personalismo, sin embargo, no se atiene a los datos de la ciencia. Los personalistas se empeñan en querer convencer a los hombres de que el espíritu es un rasgo universal en todo el mundo y que todo el mundo físico inanimado es un mundo “infrahumano”, que, como el hombre, está dotado de conciencia.
La ciencia ha demostrado que la unidad del mundo reside en su materialidad. Sin embargo, el personalismo, a despecho del saber científico, sostiene que la unidad del mundo estriba en su espiritualidad.
Según la mística teoría personalista, sobre lo “singular espiritual” se alza lo “universal espiritual”, la persona suprema, el espíritu universal que crea lo singular y lo dirige.
Así, pues, caracteriza al idealismo objetivo, entre cuyos representantes figuran Platón, Hegel, los neotomistas actuales y los personalistas, la afirmación de que lo singular es algo derivado y que lo universal es eterno, y que éste, siendo solamente ideal, existe con anterioridad a las cosas.
El idealismo subjetivo deforma la verdadera imagen del mundo en otro sentido: niega la existencia de lo universal y admite sólo la de las cosas singulares, sensibles, bien entendido que los idealistas subjetivos conciben estas cosas singulares como un complejo de sensaciones del hombre. Esta era la concepción de Berkeley, quien sostenía que en la conciencia sólo puede haber representaciones individuales y que estas representaciones son las cosas mismas. El mismo punto de vista adoptaron los partidarios de la filosofía de Mach, enemigos de la teoría marxista, materialista. Según ellos, el objeto y la sensación, el objeto y el pensamiento, son una y la misma cosa. El pensamiento no es una copia del objeto, es decir, de lo universal fijado en los objetos, sino que se identifica con el objeto mismo.
La reaccionaria filosofía burguesa de nuestra época se caracteriza en lo fundamental por su tendencia idealista subjetiva. Las escuelas más
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difundidas del idealismo subjetivo actual, es decir el positivismo lógico y la filosofía semántica, concentran sus esfuerzos principales en la negación del carácter objetivo de los conceptos generales, de los juicios y leyes universales. Uno de los más destacados representantes del positivismo lógico, Neurath, declara que las proposiciones sólo pueden ser comparadas con otras proposiciones y no con la experiencia. Y el filósofo semántico Carnap afirma que si hablamos acerca de algo, no hay que pensar que exista aquello de que hablamos. Sólo existe lo que nosotros decimos, afirma Carnap, es decir, el pensamiento, las palabras, pero no la realidad a que hacen referencia.
Los filósofos semánticos consideran que la tarea fundamental de la filosofía estriba en estudiar la significación de las palabras; de ahí el nombre que han dado a su filosofía. La semántica, en efecto, es la rama de la lingüística que se ocupa del estudio de la significación de las palabras y de las oraciones.
Pero ¿por qué estos filósofos conceden tanta atención al lenguaje? Es sabido que toda palabra generaliza, ya que expresa un concepto. La filosofía semántica nos exhorta a revisar este concepto acerca de las palabras, adoptado por todas las gentes sensatas. Según los filósofos semánticos, la palabra no expresa lo general; es solamente un signo, un nombre con el que se designa una vivencia subjetiva, una percepción individual. Korzybski, uno de los fundadores de la filosofía semántica, llega a decir que ningún concepto, ninguna de las palabras que empleamos en los juicios tiene una significación determinada, un sentido preciso.
Los filósofos semánticos niegan que exista lo universal tanto en la naturaleza como en la sociedad y sostienen que los conceptos generales sólo llevan la confusión a los hombres, ya que se les hace creer que, detrás de los conceptos generales, existen ciertos objetos, hechos o fenómenos reales, que pueden influir en su vida. Estos filósofos llegan, por ello, a la conclusión de que los conceptos generales deben ser excluidos de la ciencia y del lenguaje, y, en primer lugar, los conceptos que siembran la discordia y llevan inquietud a las gentes. “Las innumerables dificultades políticas y económicas de los Estados Unidos —dice el filósofo semántico St. Chase— han surgido y se han desarrollado a causa de la imperfección del lenguaje”.4
Los semánticos consideran, por ejemplo, que los conceptos de “capital”, “lucha de clases”, “imperialismo”, “plusvalía”, “fascismo”, “patria”, “nación” y “progreso” son sólo abstracciones vacías, “generales”, detrás de las cuales no hay nada singular ni real. Estos
St. Chase, The Tyranny of Words, pág. 22. Nueva York, 1938.
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filósofos se proponen eliminar los citados términos del lenguaje asegurando que, al mismo tiempo que desaparecen del diccionario, desaparecerán también las experiencias desagradables, los infortunios y los sufrimientos de los trabajadores, vinculados con estas palabras. Basta que perfeccionemos el lenguaje para que desaparezcan las contradicciones de clase; he ahí la receta que los filósofos semánticos ofrecen a la humanidad.
“La sustitución de una sola palabra por otra puede cambiar el curso de la historia —escribe la revista norteamericana This Week Magazine—
se necesita un nuevo nombre para el capitalismo.” Y la revista propone una serie de nombres más “eufónicos” para el capitalismo ya caduco, que se ha sobrevivido a sí mismo, tales como “productivismo “, “democracia industrial”, “nuevo capitalismo”, etc. Es comprensible que la nueva denominación del capitalismo no haya prendido ni pueda prender, pues lo que los pueblos anhelan no es un nuevo nombre, sino una nueva vida.
Los semánticos se empeñan en demostrar la irrealidad de lo universal con muy pobres argumentos. Así, por ejemplo, St. Chase afirma que el capital es una palabra vacía, una ficción. Tratad de fotografiar el capital, nos dice, cuando está operando. Ahora bien, es evidente que no podemos fotografiar el capital, ya que no es una cosa, sino una relación social que contraen los hombres entre sí en una determinada fase del desarrollo de la producción mercantil. Los trabajadores de los Estados Unidos y los de otros países, que sufren la explotación, se ven sujetos, sin embargo, de un modo absolutamente real al yugo del capital y los sofismas de los filósofos semánticos no les convencerán de que el capital es una ficción.
Los semánticos resuelven así el problema de lo universal, es decir, en pleno divorcio de la práctica, que demuestra el carácter objetivo de nuestros conceptos y juicios.
En cuanto a lo singular, según esta filosofía, no es un objeto individual, sino una “unidad lógica”, una “idea singular”, no algo individual dotado de una existencia objetiva y material. Al negar la realidad de lo universal y de lo singular, los semánticos caen de hecho en el solipsismo, es decir, llegan a la disparatada conclusión de que sólo existe el sujeto pensante individual.
Las doctrinas anticientíficas idealistas de la actualidad reflejan el marasmo del pensamiento filosófico burgués. Estas doctrinas ayudan al capitalismo a embrollar la mente de los trabajadores, infundiéndoles una falsa concepción del mundo.
La teoría materialista sirve al proletariado de arma espiritual en la lucha por su liberación. La acertada concepción de las relaciones entre lo universal y lo singular constituye un aspecto importante de la concepción verdadera del mundo.
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Dialéctica objetiva de lo singular, lo particular y lo universal
Lo individual o singular es siempre el objeto concreto, el fenómeno individual. Fijemos nuestra atención en el abedul. Este árbol tiene sus caracteres propios, que son exclusivos de él: la altura, el tamaño, la edad, las condiciones de vida y peculiaridades de su desarrollo. Nuestra percepción distingue fácilmente este árbol de otros abedules, de otros objetos que se hallan cerca de él, de las hierbas, los arbustos y el suelo sobre el cual se alza. Las hojas de este abedul y su fino tronco blanco son exclusivas de él; en otro abedul también encontraremos un tronco parecido al de nuestro árbol, pero siempre se tratará de otro tronco. Podemos distinguir fácilmente a un abedul concreto, singular, del resto del mundo circundante.
Pero ¿este abedul, en realidad, es absolutamente singular y se halla separado por completo del mundo? ¿No hay en él algo que conviene, asimismo, a otros objetos, a los demás abedules? ¿No tiene algo de común con el roble, que crece cerca de él, o con otros árboles? En la realidad, ¿los abedules se presentan tan singulares, tan irrepetibles como los hemos considerado? Si examinamos los nexos existentes entre nuestro abedul y otros objetos y establecemos las condiciones de su crecimiento y el carácter de su desarrollo, veremos que se halla unido por miles de lazos a otros objetos y fenómenos y que en él no hay ningún carácter que no se dé, de uno u otro modo, en otros objetos. El abedul singular es una partícula del abedul general y lo que tiene de individual no es más que el modo específico de combinarse los rasgos, que son inherentes a otras combinaciones y, en otro grado, a otros abedules, robles, arbustos, etc.
En nuestro abedul advertimos su propia altura, su tamaño, su edad, su tronco y sus propias hojas; pero la altura, el tamaño, la edad y el tronco se dan también en otros abedules, lo que quiere decir que no todo es pura individualidad en estos rasgos individuales, puesto que en ellos hay también algo universal. Por otra parte, además de estos caracteres individuales, el abedul posee otros que se dan en todos los árboles de este género; entre los caracteres propios de todo abedul figuran la forma específica del tronco, el tono plateado de su corteza, la forma de las hojas característica de todos los abedules, la peculiaridad de su estructura, la de las semillas y el modo específico de realizarse el intercambio de sustancias en él. Todos estos caracteres “particulares” se hallan en cualquier abedul. Pero en este árbol encontramos rasgos que son comunes no solamente a otros abedules, sino también a cualquier planta foliácea: las hojas en forma de lámina con nerviaciones ramificadas, características también del roble, del arce, del álamo blanco y de otros árboles con hojas. Ello significa que el abedul individual posee también, además de los
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caracteres singulares, otros caracteres particulares y universales.
Pero lo que tiene de “universal” —es decir, su carácter foliáceo— se presenta como singular con respecto a su carácter de “planta”, en tanto que ésta es sólo una forma “particular” de la naturaleza viviente.
Así, pues, este abedul concreto, individual, se halla vinculado a otros muchos objetos. Y esos innumerables e infinitos nexos con lo universal, que hemos visto en el abedul podemos verlos en cualquier ente individual. “Lo singular sólo existe en el nexo que lo une a lo universal”,5 dice Lenin a este respecto.
Esto podemos verlo, asimismo, en cualquier fenómeno de la naturaleza inorgánica. Por ejemplo, los átomos de cada uno de los elementos son distintos; es decir, son algo “singular”, ya que poseen su propio peso atómico, su valencia, su propia carga del núcleo y una determinada estructura de la envoltura electrónica, etc. Pero en todos los átomos hay algo que es común a ellos: todos tienen un núcleo, una capa electrónica y una serie de partículas elementales; el núcleo de todos los átomos, a su vez, puede desintegrarse. Precisamente a causa de que en todos ellos existen propiedades comunes surge la posibilidad de transformar el átomo de un elemento en el átomo de otro. El átomo, como cualquier otro fenómeno del mundo objetivo, es una unidad de lo idéntico y de lo diverso, de lo universal y de lo singular.
Veamos esto mismo a la luz de otro ejemplo: el del movimiento como modo de ser universal de la materia. El marxismo dice que el movimiento aplicado a la materia es el cambio en general; el movimiento es tan universal como la materia misma. No puede darse la materia sin movimiento como tampoco puede darse el movimiento sin la materia. Sin embargo, el movimiento se presenta siempre bajo una determinada forma, bajo una forma particular; y así tenemos diversos tipos de movimiento: mecánico, molecular, electromagnético, movimiento de las micropartículas, movimiento en los compuestos químicos y en la vida orgánica, movimiento bajo la forma del desarrollo social y de la actividad del órgano del pensamiento, el cerebro. Pero esta forma “particular” se realiza en lo singular a través de los fenómenos individuales de movimiento.
La unidad de lo individual, de lo particular y de lo universal se expresa en las leyes que rigen el desarrollo de la naturaleza. Veamos, por ejemplo, una ley universal como la ley de la gravitación, que rige en todos los cuerpos materiales. Esta ley dice que dos cuerpos cualesquiera se atraen mutuamente con una fuerza que es directamente proporcional al producto de las masas e inversamente al cuadrado de las distancias. Esta ley
5 V. I. Lenin, Cuadernos filosóficos, ed. rusa, pág. 329.
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universal actúa a través de una serie de leyes menos generales, es decir, a través de leyes particulares (por ejemplo, a través de las leyes de Kepler, que dan razón del movimiento de los planetas al rededor del Sol, a través de la ley de la libre caída de los cuerpos, etc.). Y estas leyes “particulares” se manifiestan en el movimiento singular, concreto, de un planeta dado.
Esta misma interdependencia real, objetiva, entre lo singular, lo particular y lo universal la encontramos en los fenómenos sociales.
El trabajo siempre se presenta como la unidad de estos tres momentos: universal, particular y singular. Posee una naturaleza universal que se mantiene siempre, cualquiera que sea la forma económico-social en que exista. “El proceso de trabajo ... —dice Marx— es la actividad racional encaminada a la producción de valores de uso, la asimilación de las materias naturales al servicio de las necesidades humanas, la condición general del intercambio de materias entre la naturaleza y el hombre, la condición natural eterna de la vida humana, y, por lo tanto, independiente de las formas y modalidades de esta vida y común a todas las formas sociales por igual.”6
Pero el trabajo, además de su esencia universal, tiene también sus rasgos específicos; lo que en el trabajo hay de universal — la producción de los bienes necesarios para la existencia — se manifiesta a través de lo particular, bajo una determinada forma histórica y concreta. Así, por ejemplo, la particularidad del trabajo asalariado estriba en que el obrero trabaja al servicio del capitalista, que es el propietario de los medios de producción y se apropia del producto del trabajo del obrero. El trabajo asalariado, como cualquier tipo de trabajo, sólo existe en los procesos singulares del trabajo, bajo la forma de un trabajo singular, concreto.
Otros múltiples hechos de la vida social confirman la realidad de esta unidad de lo singular y de lo universal. Así, por ejemplo, las contradicciones internas son inherentes a todos los fenómenos sociales o naturales. Pero esta contradicción universal se presenta siempre como contradicción concreta entre determinadas clases, entre ciertos partidos, entre Estados o como contradicción en el seno de las clases, de los partidos o de los Estados.
Mao Tse-Tung, en su trabajo Acerca de la contradicción, dice a este propósito: “La relación existente entre el carácter universal y el carácter específico de la contradicción es una relación entre lo universal y lo singular... Lo universal existe a través de lo singular y sin éste no puede darse lo universal.”7
Así, pues, en la naturaleza orgánica y en la inorgánica, al igual que en
C. Marx, El capital, trad. española de W. Roces, pág., 206, México, D. F., 1946.
Mao Tse-Tung, Obras escogidas, tr.nl. rusa. t. II. pág. 440. Moscú, 1953.
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los fenómenos sociales, advertimos que lo singular no existe al margen de sus nexos con lo universal, y que lo universal sólo existe a través de lo singular y en el seno de éste.
“Lo singular se opone a lo universal”, ha señalado Lenin, pero estos polos de la contradicción no existen aislados el uno del otro, sino mutuamente vinculados entre sí, formando una unidad. Todo objeto singular posee, al mismo tiempo, el carácter de lo particular y de lo universal. Ello quiere decir que todo lo que es singular es también, de uno u otro modo, universal.
Pero todo lo universal, según la definición de Lenin, es también una parte, un aspecto o la esencia de lo singular. Lo universal existe en lo singular y éste forma parte de lo universal. El nexo indisoluble que une a estos dos contrarios constituye el rasgo fundamental de su dialéctica.
Otro rasgo de la dialéctica de estas categorías es el nexo que une un objeto singular, a través de miles de transiciones, a los objetos singulares de otro género, lo que expresa el encadenamiento objetivó que existe en la naturaleza y revela, al mismo tiempo, su necesidad.
Así, por ejemplo, el abedul concreto se halla íntimamente vinculado a un objeto singular de otro género como el terreno dado, del que el abedul toma los minerales nutricios; se halla en relación, asimismo, con determinados rayos solares con ayuda de los cuales se lleva a cabo un proceso de fotosíntesis en las hojas del abedul y se toman del aire las sustancias nutritivas correspondientes. Ningún fenómeno singular puede desarrollarse ni existir sin estos nexos con otros fenómenos singulares.
Cada una de las categorías que estamos examinando abarca sólo un aspecto de la realidad. Después de haber señalado lo universal y de afirmar que “esto es un abedul”, solamente hemos puesto de relieve lo que reviste una importancia esencial, pero prescindiendo de numerosos aspectos del objeto (lugar en que se encuentra, altura, edad, etc.). Es claro que lo singular se halla vinculado sólo parcialmente, no en forma plena, con la universal —es decir, con “el abedul”—, ya que muchos rasgos individuales quedan fuera del marco del universal dado. “Todo lo singular forma parte, de modo incompleto, de lo universal”, dice Lenin.8 Y en esto reside la insuficiencia de lo universal. Pero también lo singular, considerado en sí mismo, es insuficiente, ya que sólo existe efectivamente en relación con lo universal. Ello significa que la verdadera imagen del mundo, tal como es en la realidad, es una unidad dialéctica de estos dos contrarios: lo universal y lo singular.
La dialéctica objetiva de lo universal y de lo singular se manifiesta y reside en el hecho de que lo singular puede transformarse en universal. Y
8 V. I. Lenin, Cuadernos filosóficos, ed. rusa, pág. 329.
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los ejemplos de esta transformación los hallamos tanto en la naturaleza como en la sociedad. Supongamos que una planta de una determinada variedad, que se caracteriza por un tipo de intercambio de sustancias ya consolidado, se ve sujeta a condiciones no habituales para ella: experimenta un cambio gradual de temperatura, de la humedad del aire y del suelo, así como de la composición de éste. Estos cambios individuales que se operan en sus condiciones de existencia conducen a que aparezcan en la planta propiedades y caracteres del organismo que no son característicos ni habituales de la variedad dada.
Estas desviaciones casuales y singulares se basan, sin embargo, en la ley de la adaptación de los organismos al medio ambiente y se afianzan en los descendientes. Las plantas que no se desvían de lo universal, es decir, del tipo creado en las viejas condiciones, acaban por extinguirse; pero las plantas, que se desvían y responden a los cambios operados en el medio circundante con cambios en el carácter de su desarrollo, sobreviven. Los cambios singulares se vuelven paulatinamente universales y lo universal se transforma gradualmente en singular hasta desaparecer más tarde por completo.
La tesis relativa a la transformación de lo singular y casual en universal y necesario constituye una de las bases de la teoría científica del desarrollo de la naturaleza orgánica, ya que rechaza el concepto de especie, es decir, de lo universal, en la naturaleza viviente, como algo rígido y dado de una vez para siempre.
El desarrollo de las formas del valor, descubierto por Marx en El capital, puede servirnos de ejemplo para ver la transformación de lo singular en universal. Es sabido que ya en la sociedad primitiva había surgido entre los hombres el cambio de los productos de su trabajo. El cambio tenía, entonces, un carácter casual y a este carácter casual del cambio correspondía una forma simple o casual del valor. Al surgir la primera gran división social del trabajo, es decir, la segregación de las tribus de pastores, el cambio se hace más regular y más necesario para el funcionamiento normal de la producción. A esta fase de desarrollo del cambio corresponde la forma total o desplegada del valor. Este cambio más regular, en el que una multitud de mercancías diversas se cambian por muchas otras, no podía funcionar en las condiciones de la forma simple del valor, en que el valor de una mercancía se expresaba solamente en el valor de alguna otra. Una forma más alta del valor surge cuando el valor de la mercancía se expresa en el valor de uso de numerosas mercancías, que desempeñan la función de equivalentes. El valor se ha desarrollado aquí de lo singular y casual a lo particular, tanto en el sentido de la frecuencia con que aparece en el cambio cada vez más amplio como en el sentido del carácter de su expresión (el valor de una mercancía se
Lo singular, lo particular y lo universal [A. O. Sternin] 271
expresa en muchas).
El desarrollo posterior de la división social del trabajo y de la producción mercantil condujo a que el cambio se convirtiera en la forma predominante y necesaria de la realización de los productos. Las necesidades del cambio cada vez más amplio determinaron que resultara insuficiente la forma del cambio directo de unas mercancías por otras, lo que venía ejerciéndose como forma fortuita o desplegada del valor. Surge así la forma universal del valor en la que todas las mercancías se cambian por una que actúa como equivalente universal. Esta función de equivalentes universal las desempeñan, en diferentes lugares, en estos primeros tiempos, diversas mercancías: el ganado, las pieles, la sal, etc.
Las necesidades de la ampliación sucesiva de la producción mercantil condujeron a una sucesiva concentración del equivalente universal, a la creación de la forma monetaria del valor y a la concentración de la función de equivalente universal en una determinada mercancía, en el dinero.
Así, pues, la forma singular, fortuita, del valor que había surgido como expresión de la división del trabajo, nacida sobre la base del incremento de las fuerzas productivas y como expresión también de la necesidad en el cambio, se desarrolló a través de la forma particular del valor (forma desplegada) hasta convertirse en la forma universal del valor.
Lo singular, que se eleva hasta lo universal, expresa el curso progresivo del desarrollo. Tras estos fenómenos singulares se halla el futuro, ya que lo nuevo, lo progresivo, lo que expresa la sujeción a la ley, triunfa inevitablemente en el curso del desarrollo.
Tomemos, por ejemplo, el triunfo de la Gran Revolución Socialista de Octubre y la edificación del socialismo en nuestro país. Los ideólogos de la burguesía se empeñaban en afirmar, en todos los tonos, que nuestra revolución tenía un carácter único y casual y no podría repetirse en otros países. Sin embargo, en la actualidad muchos países de Europa y Asia, incluyendo una potencia tan grande como China, han emprendido, siguiendo a la U.R.S.S., el camino de la edificación socialista. El socialismo se ha convertido así en un sistema mundial.
El curso del desarrollo histórico demuestra palmariamente que las ideas y la práctica del socialismo abarcan cada vez a mayor número de países; demuestra, a su vez, que todos los países llegarán, por caminos distintos, al socialismo, el cual se convertirá de este modo en el régimen social avanzado, universal, que imperará en toda la esfera terrestre.
Estos son los rasgos fundamentales de la dialéctica de las categorías de lo singular, de lo particular y lo universal en la realidad, dialéctica objetiva de la que es reflejo la dialéctica del conocimiento humano.
Lo singular, lo particular y lo universal [A. O. Sternin]
Dialéctica de lo singular, lo particular y lo universal en el conocimiento
En su famoso fragmento Sobre el problema de la dialéctica, Lenin señala que “... la dialéctica, en general, es inherente a todo conocimiento humano”.9 Una de las manifestaciones más elocuentes de la dialéctica del conocimiento es la unidad contradictoria de las categorías de singular, particular y universal.
Las formas fundamentales del pensamiento humano son el concepto, el juicio y el raciocinio. El concepto es la forma del pensamiento que sintetiza nuestros conocimientos; en él se reflejan los rasgos generales y esenciales de un conjunto más o menos amplio de objetos. El concepto es el resultado de la abstracción de lo singular y de lo particular, del descubrimiento de lo universal en lo singular y de la fijación de este último en nuestro pensamiento. “La mesa”, “el hombre”, “la máquina”, “la revolución” y “la planta” pueden servir de ejemplo de conceptos.
El concepto, como conocimiento de lo universal, se halla íntimamente vinculado al conocimiento de lo singular y de lo particular. En primer lugar, no puede formarse concepto alguno que sea resultado del estudio de lo singular, al margen de la relación existente entre lo singular y lo particular; y en segundo lugar, no podemos pensar el contenido de un concepto ya formado si pasamos por alto la relación existente entre lo singular y lo particular.
En lógica se llama definición al pensamiento acerca del contenido del concepto o al descubrimiento de este contenido. Lenin dice que definir un concepto significa, en primer lugar, subsumirlo bajo un concepto más general. Toda definición comienza con esta operación, pero no se agota en ella. Debe incluir además los rasgos específicos del fenómeno, lo que le diferencia de otro fenómeno o proceso más general, ya que la esencia de un fenómeno no se descubre con el simple acto de poner de manifiesto lo universal. Diciendo que el cuadrado es un rectángulo, o lo que es lo mismo, al incluirlo en un concepto más general, no explicamos cuál es la esencia de esa figura geométrica; para ello se requiere señalar la “diferencia específica” del tipo dado de rectángulo, es decir, el poseer los lados iguales.
Ello significa que al definir un concepto, al poner de manifiesto su contenido, señalamos en la unidad del objeto o de un grupo de objetos algo universal y algo particular. Esta necesidad de descubrir el contenido del concepto se extiende a todos los conceptos, con excepción de las categorías más generales, que se definen de un modo especial.
9 V. I. Lenin, Cuadernos filosóficos, ed. rusa. pág. 529.
Lo singular, lo particular y lo universal [A. O. Sternin] 273
Lenin definió el imperialismo como la fase monopolista del capitalismo. De esta definición se deduce que el imperialismo es capitalismo; no es, por tanto, una nueva formación social, sino la misma formación capitalista con todo lo que es inherente a ella: la concentración de los medios de producción en manos de los propietarios mientras las masas explotadas se ven privadas de ellos, y el trabajo asalariado propio también de esta formación. Pero el capitalismo posee, además de lo que comparte con la fase que ha precedido al imperialismo, otros rasgos específicos, peculiares, que constituyen la fase monopolista del capitalismo. Lenin ha puesto de relieve estos rasgos específicos en cinco rasgos fundamentales del imperialismo.10
Vemos que el concepto de “imperialismo” se define por algo genérico (el “capitalismo”) y por algo específico (el “imperialismo”). Y, en su contenido, este concepto se revela como unidad de lo universal y de lo particular. El concepto refleja en el conocimiento lo universal y lo esencial, alcanzado en el proceso de abstracción y de generalización, pero el conocimiento no puede detenerse en este punto.
Después de haber alcanzado lo universal, lo esencial, el conocimiento aspira a fijar los rasgos específicos, las propiedades de grupos singulares de fenómenos dentro de este universal, es decir, aspira a llegar a lo individual y a lo particular. El verdadero y pleno conocimiento consiste tanto en captar los rasgos esenciales, generales, de los objetos como en penetrar en las formas concretas con que lo universal se manifiesta.
Así, Engels, sintetizando genialmente los resultados alcanzados en el estudio de los fenómenos vitales por las ciencias naturales de su tiempo, señala que el proceso de autorrenovación de los cuerpos albuminoides es lo más universal en esos fenómenos. Al conocimiento de esta idea universal se ha llegado partiendo de la investigación y confrontación de un enorme número de hechos singulares. No se puede comprender qué es la vida sin captar este elemento común, es decir, sin elevarse a lo universal. Pero los fenómenos vitales, cuya existencia es imposible sin el intercambio de sustancias, no se reducen a este elemento universal. Por ello, el verdadero conocimiento de la esencia de la vida exige también que se estudie el elemento singular en que realmente se manifiesta este aspecto universal, exige la diferenciación del concepto obtenido y requiere, a su vez, que el pensamiento se mueva en un sentido inverso, es decir, en dirección a lo particular y a lo singular. “Para agotar realmente lo que la vida es —dice Engels—, tendríamos que recorrer todas sus formas y manifestaciones, desde la más baja hasta la más alta”.11
V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XXII, pág. 253.
F. Engels, Anti-Dühring, trad. española de W. Roces, pág. 89, México, D. F., “1945.
Lo singular, lo particular y lo universal [A. O. Sternin]
La biología actual estudia la vida en sus infinitas manifestaciones, tanto en los animales y en las plantas como en los microorganismos. El concepto de vida, según la ciencia actual, es tanto un conocimiento de lo universal, enriquecido por un saber de lo concreto, como un conocimiento universal diferenciado.
La investigación que Marx hace de la plusvalía puede ponerse de ejemplo del conocimiento que se mueve desde lo universal a lo particular y a las formas singulares. La peculiaridad del fenómeno estudiado exigía, en este caso, que en la primera fase del análisis se esclareciera ante todo lo que hay de universal en la plusvalía. Los economistas burgueses no podían explicar la esencia, el enigma de la plusvalía, debido a que analizaban sólo algunas formas singulares de ella — la ganancia, el interés, la renta —, sin detenerse a esclarecer lo que es fundamental y determinante en todas esas formas, mostrándose incapaces de examinar el fenómeno en su universalidad.
Por medio de la abstracción, Marx puso de relieve lo universal, lo que se da en toda forma de plusvalía, a saber: el trabajo no retribuido del obrero, el valor que el obrero asalariado crea con su propio trabajo por encima del valor de su fuerza de trabajo y del que se apropia gratuitamente el capitalista. La doctrina de la plusvalía es la piedra angular de la teoría económica de Marx.
La fuerza de la doctrina de la plusvalía reside ante todo en la abstracción de lo universal que Marx realiza en este fenómeno. Pero esta doctrina en su conjunto constituye un conocimiento de lo universal y de lo particular en su unidad. Después de haber esclarecido la esencia de la plusvalía en el tomo I de El capital, Marx analiza en los tomos siguientes todas las formas particulares que reviste: la ganancia, el interés y la renta. Marx ha descubierto el secreto de la explotación capitalista en todas sus manifestaciones generales y particulares, y esto ha pertrechado al proletariado con la concepción de la esencia de la explotación, cualquiera que sea el tipo de capital: industrial, bancario o agrario. El concepto de ''plusvalía” constituye un conocimiento particularizado y diferenciado de lo universal.
Debe tenerse presente que este concepto universal diferenciado no incluye en su seno, en su contenido, todos los caracteres de lo particular.
Como es sabido, Lenin calificó de absurdos los intentos de introducir todos los caracteres de los fenómenos singulares en el concepto universal. Estos intentos, según él, venían a demostrar una crasa ignorancia de lo que es la ciencia.
Por supuesto, si en el concepto universal incluyéramos todos los rasgos particulares, despojaríamos al concepto de su primer rasgo característico, la universalidad. Si en los conceptos de vida o de plusvalía,
Lo singular, lo particular y lo universal [A. O. Sternin] 275
por ejemplo, incluyéramos todas las formas conocidas de la vida o de la plusvalía, no podríamos aplicar ese concepto a ninguna de las formas particulares de esos fenómenos. Las plantas no podrían ser consideradas, en ese caso, como organismos vivientes, ya que no tendrían los caracteres particulares de los animales o de los microorganismos. Del mismo modo, si en el concepto de “plusvalía” se incluyeran todos los rasgos particulares de sus distintas formas, no podría aplicarse a ninguna de ellas por separado.
El concepto particularizado no es una simple combinación de los caracteres universales y particulares, sino el resultado del estudio del fenómeno, cuando el pensamiento se mueve de lo universal a lo particular, destacando los rasgos esenciales y determinantes de lo particular. En el concepto universal abstracto sólo se da un conocimiento de lo universal, si bien es cierto, como ya hemos visto, que este conocimiento no puede concebirse al margen del conocimiento de lo particular, del que se destaca este elemento universal; pero en el concepto diferenciado el conocimiento se da, al mismo tiempo, como expresión del conocimiento de lo particular y de lo singular, alcanzado por la razón humana.
El conocimiento de lo singular y de lo particular enriquece nuestro conocimiento de lo universal y convierte a éste de universal abstracto, en un universal lleno de diferencias y de movimiento. Al estudiar este problema, Lenin transcribe el siguiente pasaje de la Ciencia de la lógica, de Hegel: “... una máxima moral que sale de los labios de un adolescente que la comprende correctamente no tiene el mismo sentido ni el mismo alcance que en labios de un hombre con experiencia de la vida y que, al enunciarla, expresa toda la fuerza de su contenido”. Y Lenin anota al margen: “Buena comparación (materialista)”.12
Es evidente que un mismo concepto tiene una significación para el hombre que empieza a estudiar la ciencia y apenas comienza a vivir, y otra significación y otro alcance para el hombre que ha conocido la ciencia y la vida a través de múltiples manifestaciones suyas, que ha vencido numerosas dificultades y conocido prácticamente lo que hay de valioso tras las fórmulas generales expresadas en conceptos generales abstractos.
Lo mismo debe decirse de la ciencia en su conjunto. Un mismo concepto tiene distintas significaciones para la ciencia en distintas fases de su desarrollo: una, cuando solamente se han fijado los rasgos más generales de cierto sector de fenómenos y otra cuando este concepto expresa el conocimiento del fenómeno particular estudiado, de la historia
12 V. I. Lenin, Cuadernos filosóficos, ed. rusa, pág. 73.
Lo singular, lo particular y lo universal [A. O. Sternin]
y movimiento de este fenómeno.
Lenin señala que en El capital encontramos precisamente el universal que encarna en él la riqueza de lo particular, de lo individual.13 A este género de conceptos pertenecen los conceptos fundamentales de El capital: “valor”, “plusvalía”, “trabajo” y otros.
La dialéctica de lo singular, de lo particular y de lo universal se expresa también en los juicios. El juicio es una forma lógica por medio de la cual afirmamos o negamos de un objeto o fenómeno cierta cualidad o determinado rasgo. En el juicio señalamos que este objeto o fenómeno pertenece a una determinada clase.
La esencia de la conexión que se establece en todo juicio entre el sujeto y el predicado consiste en el nexo que se establece entre lo singular y lo universal, bien entendido que esta conexión permite descubrir en el juicio mismo los gérmenes de todos los elementos de la dialéctica: la interdependencia entre la casualidad y la necesidad, entre la esencia y el fenómeno en el proceso de conocimiento. Así lo indica Lenin en el fragmento Sobre el problema de la dialéctica.
Analizando proposiciones muy simples como “Las hojas del árbol son verdes”, “Juan es un hombre” y “Zhuchka es un perro”, Lenin demuestra que en cada una de estas proposiciones lo singular (“las hojas de los árboles”, “Juan”, “Zhuchka”) es universal (“verdes”, “hombre”, “perro”). Ello significa que en todo juicio hay una contradicción, ya que en él se unen lo diferente y contradictorio. En contradicción que aparece en los juicios expresa la contradicción que existe realmente entre lo singular y lo universal. Si en los juicios no se diera esta contradicción, si en ellos no se manifestara esta dialéctica, no podrían reflejar verdaderamente las contradicciones de la vida misma.
En el juicio “Juan es hombre” hemos prescindido en el predicado, es decir, en el concepto de “hombre”, de todos los rasgos individuales y personales de Juan: su estatura, su edad, su ocupación, es decir, de todos los rasgos que pueden darse o no en un hombre concreto y que no son característicos de él en cuanto hombre en general. Señalamos que lo que hay de esencial y necesario en Juan es el ser hombre, y con ello lo distinguimos del conjunto de seres vivientes que no son seres humanos. Ser hombre es algo necesario en Juan; los demás rasgos son fortuitos y pueden cambiar: puede cambiar su estatura, cambia constantemente de edad y pueden cambiar sus ocupaciones, sus ideas y sus gustos. En Juan, en el individuo concreto, siempre se dan rasgos necesarios, o sea los rasgos del hombre en general, y rasgos casuales, cambiantes. El juicio enunciado sobre Juan, en tanto que unidad de lo singular y de lo universal,
13 V. I. Lenin, Cuadernos filosóficos, ed. rusa, pág. 72.
Lo singular, lo particular y lo universal [A. O. Sternin] 277
refleja, por tanto, la unidad existente en Juan, como en cualquier otro ente, entre él fenómeno y la esencia, entre la casualidad y la necesidad. Esto es propio de todo juicio.
También es un rasgo característico de la dialéctica de los juicios el curso que sigue su movimiento de lo singular a lo universal, a través de lo particular.
Engels nos ofrece en su Dialéctica de la naturaleza un brillante ejemplo de ese movimiento de los juicios, al exponer la historia del desarrollo de los conocimientos humanos acerca de la naturaleza del calor y de la transformación de un tipo de energía en otro.14
Los hombres habían observado, desde hacía ya tiempo, que por medio de la frotación se podía producir calor, y sobre la base de esta observación se formuló el siguiente juicio: “La frotación produce calor”. La ampliación sucesiva de los conocimientos permitió que se enunciara un nuevo juicio, que daba una idea más profunda del calor: “Todo movimiento mecánico produce calor”. El primer juicio puede considerarse como un juicio singular, en el que se afirma algo de un solo tipo de movimiento mecánico, la frotación; el segundo es un juicio más amplio, particular. En este juicio se enuncia algo que no sólo afecta a un tipo Je movimiento mecánico, sino a la totalidad de ellos, al movimiento mecánico en general.
El desarrollo posterior del conocimiento científico, sobre la base de la práctica de la humanidad, ha permitido llegar a este juicio universal: “Todo tipo de movimiento puede convertirse en determinadas condiciones en otro tipo de movimiento”. Este último juicio contiene ya un conocimiento de la transformación universal de todos los tipos de movimiento: del calor, por ejemplo, en movimiento mecánico, del movimiento mecánico en químico, del químico en electricidad, etc. El juicio universal se basa, por tanto, en juicios singulares y particulares.
El movimiento del juicio desde lo singular a lo universal a través de lo particular es una ley específica del pensamiento, un acto constante y estable de éste, que refleja una ley de la naturaleza, el hecho real de que en todo fenómeno singular hay rasgos universales y particulares.
Esto puede verse también en el ejemplo antes citado. En efecto, el fenómeno físico singular, el hecho individual del calentamiento de un cuerpo por medio de la frotación, implica, al mismo tiempo, la transformación del movimiento mecánico en calor y, en general, la transformación de un determinado tipo de movimiento en otro. La interdependencia existente en la naturaleza entre lo singular, lo particular y lo universal se refleja, con toda precisión, en la interdependencia entre
F. Engels, Dialéctica de la naturaleza, trad. rusa, págs. 177-178.
Lo singular, lo particular y lo universal [A. O. Sternin]
los juicios de la clase correspondiente.
Después de haber analizado el movimiento de los juicios citados, Engels llega a esta notable conclusión: ... esto demuestra que las leyes del pensamiento y las leyes de la naturaleza concuerdan si son conocidas verdaderamente “.15
La historia de la ciencia nos ofrece numerosos ejemplos de un movimiento semejante de los juicios.
Hasta comienzos del siglo XIX, los cuerpos gaseosos se dividían en “vapores” y “gases propiamente dichos” o “gases permanentes”. Esto se relacionaba con el hecho de que los “vapores” (del agua, del éter y del alcohol) podían transformarse en líquido al aumentar la presión a la temperatura de la habitación, mientras que los “gases permanentes” (anhídrido carbónico, nitrógeno, hidrógeno, cloro, oxígeno, aire, óxido de carbono, óxido de nitrógeno, etc.) no podían convertirse en líquido por alta que fuera la presión. El físico inglés M. Faraday, a comienzos del siglo XIX, expuso la idea de que la diferencia entre los vapores y los gases era sólo aparente y pudo obtener cloro líquido aplicando simultáneamente para licuar los gases el aumento de la presión y el enfriamiento.
Así, pues, a consecuencia del experimento de Faraday, se pudo formular este juicio singular: el “gas permanente” cloro puede transformarse en líquido.
Después que los físicos elaboraron la teoría de la temperatura crítica, cuya existencia había señalado D. I. Mendeleev por primera vez, muchos de los gases que hasta entonces se consideraban “permanentes” fueron licuados por medio de la aplicación simultánea de la elevación de la presión y del enfriamiento por debajo de su temperatura crítica. De este modo, el desarrollo del experimento físico y de la teoría condujo a la transformación del juicio singular en el siguiente juicio particular: “Un gran número de gases “permanentes” pueden convertirse en líquido al ser sometidos al necesario enfriamiento por debajo de su temperatura crítica y a una alta presión”. Sin embargo, el oxígeno, el nitrógeno, el helio y otros gases, durante largo tiempo, no cedían a los esfuerzos de los experimentadores.
A fines del siglo XIX y comienzos del xx fueron condensados todos los gases que hasta entonces no habían podido ser licuados y en 1908 se logró licuar el helio, que era el de temperatura crítica más baja ( — 267°.9). El progreso de la física permitió pasar del juicio particular al siguiente juicio universal: “Todos los gases sin excepción pueden convertirse en líquidos, si el gas es enfriado por debajo de su temperatura crítica y es sometido, al mismo tiempo, a una alta presión”.
F. Engels, Dialéctica de la naturaleza, trad. rusa, pág. 178.
Lo singular, lo particular y lo universal [A. O. Sternin] 279
La revolución que se inició en la física a fines del siglo XIX y abarcó toda la primera mitad del XX, es una cadena de grandes descubrimientos, que jalonan el movimiento de lo singular a lo particular y lo universal.
En 1895, el físico Róntgen descubrió unas radiaciones invisibles a las que llamó rayos X, a causa de su misteriosa naturaleza física. En 1896, el profesor Henri Becquerel se convenció casualmente de que las sales de uranio también emitían radiaciones, con la particularidad de que esta emisión se distinguía por sus propiedades de la de los rayos X. El descubrimiento de Becquerel permitió formular este juicio singular: “Existe un elemento (el uranio) que espontáneamente emite radiaciones invisibles”. Los esposos Curie se plantearon entonces el problema de si no habría también otros elementos que emitieran radiaciones invisibles con las mismas propiedades. Los experimentos pusieron de manifiesto que el mineral uránico de estructura resinosa y la calcolita (mineral uránico de cobre) emitían radiaciones de mayor intensidad que el uranio en estado puro. Después de prolongados experimentos, los esposos Curie lograron separar de estos cuerpos compuestos dos nuevos elementos —el polonio y el radio—, que emitían radiaciones invisibles parecidas a las del uranio. Este descubrimiento, llevado a cabo en 1898, permitió que la ciencia estableciera el siguiente juicio particular: “Algunos elementos poseen la propiedad de emitir radiaciones espontáneamente “. La propiedad que mostraban estos elementos de emitir radiaciones por sí mismos fue llamada radiactividad. Más tarde, la ciencia pudo ampliar considerablemente el número de elementos que podían considerarse radiactivos. Por otra parte, cada día aumenta el número de elementos radiactivos artificiales, obtenidos en los reactores atómicos. La ciencia va incluyendo día tras día a nuevos elementos entre los que poseen propiedades radiactivas, acercándose así a la formulación de un juicio universal.
El juicio acerca de la existencia de los elementos isótopos ha seguido un camino parecido; es decir, la ciencia también se mueve, en este caso, por el camino de la más amplia generalización de los descubrimientos primarios.
La generalización de los conocimientos anteriores, formulados en juicios científicos menos universales, es una ley del desarrollo de la ciencia.
Así, la teoría de la desintegración radiactiva, creada en 1903 por Rutherford y Soddy y que tuvo en su tiempo una significación progresiva, fue una generalización de los experimentos realizados a finales del siglo XIX. La llamada ley del desplazamiento estableció, de modo generalizado, el nexo existente entre el fenómeno de la desintegración radiactiva y la distribución de los elementos en el sistema de Mendeleev.
Lo singular, lo particular y lo universal [A. O. Sternin]
La tesis fundamental de la ley de Mendeleev, que hace depender las propiedades físico-químicas de los elementos de su respectivo peso atómico, ha sido generalizada por la ciencia al establecer, asimismo, el nexo existente entre el peso atómico y la carga del núcleo del átomo; las propiedades físico-químicas de los elementos se consideran actualmente como función de la carga de los núcleos atómicos. La ciencia y la práctica de nuestro tiempo confirman la ley periódica de los elementos, en forma generalizada.
Todos estos hechos corroboran que los juicios, formados sobre la base del conocimiento de lo singular, se mueven en su desarrollo de lo particular a lo universal, reflejando cada vez más profundamente la esencia de los procesos de la realidad objetiva y las leyes que rigen en ellos.
Los datos que nos suministran las ciencias confirman la conocida tesis de Engels de que “todo verdadero y exhaustivo conocimiento consiste simplemente en elevar en el pensamiento lo singular a lo particular y de esto a lo universal”.16
Es claro que los conceptos y los juicios no se mueven por sí mismos hacia la universalidad, sino que se desarrollan sobre la base de la práctica y del experimento, de las investigaciones científicas, es decir, sobre la base de una compleja actividad del pensamiento. Los raciocinios constituyen una fase muy importante de esa actividad; en ellos, lo mismo que en otras formas del pensamiento, percibimos también la unidad de lo singular, de lo particular y de lo universal.
El raciocinio es el proceso de obtención de un nuevo conocimiento sobre la base de conocimientos ya existentes. El raciocinio es el proceso de conocimiento mediato de la realidad, del conocimiento de un objeto por medio de otro. Y en esto se distingue del conocimiento inmediato, en el cual el objeto se capta de pronto, sin que medien raciocinios. El conocimiento inmediato se obtiene por medio de los órganos de los sentidos. Supongamos que tengo ante mí una pizarra; puedo conocer de modo inmediato su color, negro por ejemplo, el estado de su superficie, etc. Pero ¿cómo establecer qué superficie tiene? ¿Nos bastará para ello el conocimiento inmediato? Es evidente que no basta. Para calcular la superficie de la pizarra debo medir, en primer lugar, su longitud, después el ancho y a continuación multiplicar el largo por el ancho; de este modo, podré saber cuántos metros o centímetros cuadrados tiene la pizarra. Para obtener este último conocimiento, ya no me he guiado simplemente por los órganos sensoriales, sino que me he apoyado en los datos obtenidos en el proceso de medición y he extraído de ellos un nuevo conocimiento.
F. Engels, Dialéctica de la naturaleza, trad. rusa, pág. 185.
Lo singular, lo particular y lo universal [A. O. Sternin] 281
En este ejemplo tenemos, por tanto, el proceso del raciocinio.
El raciocinio es de dos clases: deductivo e inductivo. La deducción y la inducción caracterizan el movimiento del conocimiento entre dos polos: lo singular y lo universal. Sin embargo, pese a esta oposición, ambos tipos de razonamiento se hallan íntimamente unidos. Lo particular no puede concluirse de lo universal (deducción) sin que previamente se forme lo universal. Y lo universal, señala Engels, debe obtenerse “de lo singular, no de sí mismo o del aire”.17 Con otras palabras, la inferencia de lo universal a lo particular resulta imposible sin la inferencia de lo particular a lo universal; es decir, la deducción es imposible sin la inducción.
La deducción parte del criterio de que todo concepto singular lleva en su seno rasgos particulares y que lo particular contiene, a su vez, rasgos universales; por ello, todo lo singular perteneciente a lo particular dado, lleva en su seno necesariamente rasgos de universalidad.
El llamado silogismo categórico puede servir de ejemplo elemental de la deducción. En este silogismo existe el término medio, es decir, el concepto que se encuentra en cada uno de los dos juicios que forman parte del razonamiento. Este concepto expresa “lo particular”. Puesto que este particular se halla contenido en cierto universal y este particular encierra, a su vez, cierto singular, es legítima la conclusión de que el singular dado se hallará contenido en el universal correspondiente, es decir, tendrá los rasgos de este universal.
Las formas más elementales de la deducción reflejan los nexos más simples entre lo singular, lo particular y lo universal. Así, por ejemplo, sabemos que todos los metales son buenos conductores de la electricidad (juicio universal); sabemos también que un objeto dado es metal; y de esto sacamos la irrefutable conclusión de que este objeto también será buen conductor de la electricidad. En este ejemplo, el “metal” representa lo particular, lo que participa de lo universal, es decir, el ser “buen conductor de la electricidad”. El objeto dado tiene rasgos de lo particular por cuanto es metálico y posee, a su vez, rasgos de “lo universal”, ya que es buen conductor de la electricidad.
Se comprende de suyo que la deducción no sólo se aplica en casos tan simples como el que acabamos de citar.
La deducción, como uno de los aspectos del análisis dialéctico de la realidad, desempeña un papel importante en el pensamiento más complejo, ya que garantiza la aplicación acertada de las leyes generales a los casos particulares, ampliando así considerablemente nuestros conocimientos de las cosas. Las ciencias naturales y sociales nos brindan
C. Marx y F. Engels, Obras completas, trad. rusa, t. XXI, pág. 7, Moscú,
Lo singular, lo particular y lo universal [A. O. Sternin]
muchos ejemplos de ello.
El carácter inconmovible de algunas tesis generales y las conclusiones acertadas que de ellas se derivan constituyen el fundamento de toda investigación científica. Así, por ejemplo, ningún verdadero hombre de ciencia podrá negar, cualesquiera que sean las circunstancias, la aplicación de la ley de la conservación de la materia y de la energía a cualquier forma de materia o caso particular de la transformación de la energía. Es sabido que los idealistas interpretaban el hecho de que la “pareja” formada por el electrón y el positrón se transformara en radiación como la desaparición de la materia misma, como una infracción de la ley de la conservación de la materia. La firme convicción de que se trataba de una ley inmutable; la convicción de que la materia no se había desvanecido, sino simplemente adoptado una nueva forma, fue el estímulo que impulsó a los físicos a buscar esta nueva forma de la materia. Se descubrió, entonces, que la “pareja” electrón-positrón se había transformado en fotón, es decir, en el fenómeno material de la radiación electromagnética.
El capital de Marx nos ofrece gran número de inferencias deductivas, que desempeñan un papel importante en la investigación. Marx demuestra, con ayuda de la deducción, la acción de la ley del valor, descubierta por él, en los diferentes campos de la producción y de la circulación capitalistas. El razonamiento deductivo también desempeñó su papel en la formación del concepto general de plusvalía, a partir de sus formas singulares, concretas. De este modo, lo universal, obtenido de lo singular, conduce a un conocimiento más profundo de lo singular.
La inducción también se halla relacionada con el problema de lo singular y de lo universal en el conocimiento. La inferencia inductiva considera lo singular con los nexos que conducen a lo universal. Sólo partiendo de la admisión de la unidad de lo singular y de lo universal, se puede hacer una generalización. La inducción desempeña un importante papel en la elevación de lo singular a lo universal.
Muchas leyes importantísimas de la naturaleza fueron descubiertas, originariamente, por el método de la inducción y más tarde fueron comprobadas por el análisis y la práctica. Entre ellas figura la ley conocida con el nombre de principio de Arquímedes, que dice que todo cuerpo sumergido en un líquido sufre un empuje vertical igual al peso del líquido que desaloja, y figuran también las leyes de Kepler, según las cuales los planetas describen órbitas elípticas. Estas leyes también fueron demostradas, posteriormente, por el método de la inducción: el principio de Arquímedes fue obtenido mediante el análisis de la presión que sufre el cuerpo sumergido en un líquido y las leyes de Kepler fueron deducidas de la ley de la gravitación universal y de las leyes del movimiento,
Lo singular, lo particular y lo universal [A. O. Sternin] 283
descubiertas por Newton.
Incluso en las matemáticas, las ciencias deductivas por excelencia, algunos de sus postulados fundamentales fueron demostrados, al principio, inductivamente y más tarde fueron corroborados por la deducción. Así sucedió, por ejemplo, con un importante teorema de la teoría de los números, el llamado pequeño teorema de Fermat, matemático francés. Fermat estableció por medio de la observación que en la fórmula
ap-1
p
siempre tenemos como residuo una unidad, si p es un número simple y a es cualquier número que no sea múltiplo de p. Este teorema fue demostrado, posteriormente, mediante la deducción.
La inducción puede desempeñar también su papel en las síntesis relacionadas con los fenómenos sociales.
Una serie de tesis importantísimas formuladas por Marx en E/ capital pudieron sentarse con ayuda de la inducción. Así, Marx, al examinar el valor, sintetiza un gran número de hechos singulares del proceso de cambio, señalando que las mercancías se equiparan entre sí en el cambio por una tercera que es común a ellas. Después de aportar una serie de ejemplos de cambio de mercancías, Marx llega a la conclusión de que lo que hay de común en todas ellas es el trabajo en general.18
Marx se apoya en la demostración inductiva al analizar el proceso histórico en el curso del cual se van separando los medios de producción y los productores directos, citando para ello numerosos hechos relativos a la marcha de este proceso, tomados de la historia de Inglaterra. El autor de El capital se basa, asimismo, en gran número de hechos al estudiar los métodos para obtener la plusvalía relativa.
El capítulo VIII del tomo I de El capital (“La jornada de trabajo”) nos ofrece un brillante ejemplo de este doble análisis —inductivo y deductivo—, al que hacía referencia Lenin.19
En la primera fase de su investigación sobre la jornada de trabajo, Marx aborda la solución del problema por el camino de la deducción. Detrás de la aparente unidad indisoluble de la jornada de trabajo, descubre la esencia de ésta en sus partes componentes: la jornada de trabajo se divide en tiempo de trabajo necesario y tiempo de trabajo excedente. Esta tesis se deduce de la teoría marxista de la plusvalía. El tiempo de trabajo necesario se determina por el valor de la fuerza de
C. Marx. El capital, trad. española de W. Roces, t. I, págs. 41-43, México, D. F., 1946.
V. I. Lenin, Cuadernos filosóficos, ed. rusa, pág. 216.
Lo singular, lo particular y lo universal [A. O. Sternin]
trabajo y esta última por el valor de los medios de subsistencia.
El análisis de esta parte de la jornada de trabajo permanece dentro de los límites de la deducción; es decir, las conclusiones lógicas se han obtenido a partir de tesis ya establecidas.20 Pero las cosas se presentan de distinto modo al definirse lo que es el tiempo de trabajo excedente. De las leyes de la producción capitalista se deduce solamente que la jomada de trabajo debe incluir en su seno el trabajo excedente, pues de otro modo todo el sistema capitalista se vendría abajo; la deducción permite establecer después que la duración de la jornada de trabajo no puede extenderse hasta comprender el “día natural de existencia”, es decir, las veinticuatro horas, ya que en este caso el obrero no podría reponer la fuerza de trabajo gastada por él. Pero la magnitud del tiempo de trabajo excedente no puede deducirse simplemente de las leyes de la producción capitalista.
Marx recurre al método inductivo al investigar el tiempo de trabajo excedente por cuanto la naturaleza de este fenómeno no permite ser abordado deductivamente. El capítulo VIII del tomo I de El capital se distingue de otros de este mismo tomo por su enorme abundancia de datos históricos aportados. En las páginas de este capítulo se dan a conocer hechos de la lucha librada por la jornada de trabajo en distintas ramas de la producción: alfarera, panadera y cerillera; se citan declaraciones e informes de los obreros, de los inspectores de fábrica, de los propios capitalistas, y cobra vida una abigarrada multitud de obreros de todos los oficios, edades y sexos. Marx nos traza el cuadro de la espantosa explotación capitalista y del trabajo agotador a que son sometidos los niños y los adolescentes y cita numerosos casos de enfermedad en masa, de extenuación y muerte de obreros a causa de un trabajo agotador.
Basándose en hechos tomados de diferentes ramas industriales inglesas, Marx establece conclusiones generales válidas para toda Inglaterra y, generalizando lo que descubre en la realidad inglesa, sienta una conclusión valedera para toda la producción capitalista. Marx parte con ello del criterio de que el país más desarrollado industrialmente señala su propio futuro al país menos desarrollado.
La conclusión a que llega Marx es la siguiente: “La creación de una jornada normal de trabajo es, por tanto, fruto de una larga y difícil guerra civil, más o menos encubierta, entre la clase capitalista y la clase trabajadora”.21
Así, pues, todas las formas del pensamiento lógico —los conceptos, juicios y raciocinios— implican la unidad de lo singular, de lo particular
C. Marx, El capital, trad. española de W. Roces, t. I, págs. 257-258, México, D. F., 1946.
C. Marx, El capital, trad. española de W. Roces, t. I, pág. 330, México, D. F., 1946.
Lo singular, lo particular y lo universal [A. O. Sternin] 285
y de lo universal.
La interdependencia entre las categorías citadas es también característica del conocimiento de la realidad que reviste la forma de imágenes artísticas.
Él problema artístico fundamental de la literatura estriba en la profundidad de la tipificación, en la creación de imágenes típicas de una época dada, de determinado régimen social. El tipo es, según la admirable definición de V. G. Belinski, el fruto “triunfal de la íntima fusión de dos extremos, lo universal y lo especifico”,22 es decir, de lo particular. El hombre representado en la obra artística debe ser expresión, según Belinski, del carácter universal de una parte del mundo humano y, al mismo tiempo, de un hombre concreto, pleno, individual.23
Por tanto, en el arte, lo universal no es lo típico; lo universal es sólo un elemento de éste. Si lo universal se manifiesta separado de lo singular, puede convertirse en la obra artística en un simple portavoz del espíritu de la época, que proclama determinadas ideas, pero ello no será lo típico, es decir, lo que posee tanto los rasgos generales, los rasgos que se repiten y son característicos de un determinado grupo social, como los rasgos particulares y singulares, los rasgos irrepetibles. Ahora bien, no puede considerarse típico el personaje que, poseyendo rasgos individuales, irrepetibles, no revele al mismo tiempo, con toda claridad, los rasgos universales y esenciales del grupo social dado.
El tipo constituye siempre una síntesis artística. Gorki decía a este propósito: “Si el escritor sabe abstraer de cada veinte, cincuenta o cien tenderos, funcionarios u obreros sus rasgos de clase más característicos, sus costumbres, gustos, gestos, creencias, modo de hablar, etc.; si sabe abstraerlos y fundirlos en un solo tendero, funcionario u obrero, el escritor habrá creado, por este medio, un “tipo”, y con ello habrá hecho arte”.24
El problema de lo típico, uno de los problemas estéticos fundamentales, es en alto grado el problema de la íntima unidad entre lo universal y lo singular, de la unidad entre lo que se repite y lo individual. Esta unidad se da en las imágenes concretas y sensibles que crea el escritor, reflejando verídicamente la realidad.
Es unilateral y profundamente erróneo concebir lo típico exclusivamente como lo universal o lo esencial, o, por el contrario, como lo excepcional o lo individual. Sin embargo, las concepciones de lo típico en la creación artística, difundidas en los últimos años entre los trabajadores de la literatura y del arte, se reducían precisamente a esto, ya
V. G. Belinski, Obras completas, ed. rusa t. V, págs. 318-319, Moscú, 1954.
V. G. Belinski, Obras completas, ed. rusa, t. III, pág. 53, Moscú, 1953.
M. Gorki, Obras completas, en treinta tomos, ed. rusa, t. XXIV, pág. 468, Moscú. 1953.
Lo singular, lo particular y lo universal [A. O. Sternin]
que esas concepciones limitaban lo típico a la esencia de un determinado fenómeno social.
La fórmula escolástica de que lo típico solamente expresa la esencia social del fenómeno suprime de lo típico precisamente lo que constituye el carácter específico del reflejo artístico de la realidad, es decir, la necesidad de encarnar lo universal en lo individual.
No puede surgir una imagen artística, concreta y sensible, sin que lo universal se encarne en lo individual. En esto se distingue el reflejo artístico de la realidad del pensamiento lógico, que si bien se plantea como fin conocer la esencia de los fenómenos se queda, no obstante, en lo fundamental, en el campo de la abstracción. Al formular una ley, la ciencia nunca nos presenta todas las múltiples y variadas manifestaciones de esta ley, todos los rasgos individuales en que esta ley se manifiesta. El artista, sin embargo, sólo puede y debe reflejar la esencia, fundiéndola con lo individual y a través de lo singular. El sociólogo puede decirnos, por ejemplo, que la clase obrera de nuestro país condujo tras ella a los campesinos por el camino de la edificación del socialismo; puede decir, asimismo, que decenas de miles de obreros comunistas marcharon al campo, poniéndose allí a la cabeza de los campesinos koljosianos. El novelista M. A. Shólojov, sin ofrecernos fórmulas teóricas generalizadoras, crea el personaje de Davidov, es decir, una imagen profundamente artística, en la que se une íntimamente lo esencial con lo individual, los rasgos del obrero comunista en general con los de un hombre concreto, singular, que tiene su propio destino y posee lados positivos y negativos. Lo que hay de esencial en la imagen de este comunista, de este dirigente koljosiano, penetra hondamente en nuestra conciencia, ya que el genio del escritor ha sabido fundirlo, en un todo único, con el destino vivo e irrepetible de este hombre concreto.
La imagen de Korchaguin de la novela de N. Ostrovski titulada Cómo se templó el acero, es también un ejemplo de profunda imagen típica. En esa imagen se reflejan las más hermosas cualidades de la juventud de nuestra época: su hombría, su audacia, su disposición al sacrificio en aras de la patria y su firme temple en la lucha. Estos rasgos se expresan en una imagen individual, en los actos individuales del héroe. La fusión de lo universal y de lo singular en la imagen de Korchaguin hace que ésta se nos presente llena de vida y de verdad, como una imagen cautivadora.
La unidad de lo singular y de lo universal es, por tanto, un rasgo característico de todas las formas de conocimiento, si bien reviste una forma peculiar en el conocimiento artístico.
La dialéctica de las categorías de lo singular, de lo particular y de lo universal refleja en el conocimiento la dialéctica de la realidad objetiva. Por esta razón, las citadas categorías cobran una gran significación
Lo singular, lo particular y lo universal [A. O. Sternin] 287
práctica para la actividad social, para la lucha del proletariado por su liberación y por la transformación revolucionaria de la sociedad.
Significación de las categorías de lo singular, lo particular y lo universal para la actividad práctica
La significación de las categorías de lo singular, de lo particular y de lo universal para la actividad práctica se halla determinada, ante todo, por el hecho de que la consideración de lo singular y lo universal, en su unidad y diferencias, responde a uno de los principios fundamentales de la dialéctica: abordar de modo histórico y concreto los fenómenos; es decir, responde al principio de la verdad concreta.
En efecto, ningún fenómeno puede ser comprendido ni valorado justamente si no se tiene presente su esencia, lo que tiene de común con otros fenómenos, y no se captan al mismo tiempo sus caracteres específicos, lo que le distingue de otros, su peculiaridad. Si no disponemos de una exacta idea general, no haremos más que vagar por la superficie de los fenómenos. Pero, como ha señalado Engels, no basta una idea general para comprender las particularidades que forman el cuadro fenoménico; y, a la par con ello, mientras no conozcamos esas particularidades, tampoco estará claro para nosotros el cuadro general.25
La cuidadosa atención a lo universal y a lo particular constituía para Lenin un importantísimo principio metódico, del que no se puede prescindir al abordar problemas teóricos y prácticos fundamentales. A la luz de algunos ejemplos, podemos ver con qué tenacidad luchaba Lenin por la aplicación de este principio en las etapas más diversas de la historia de nuestro Partido.
En 1902, Lenin sometió a crítica el proyecto de programa del Partido, elaborado por Plejánov, a causa de que en él se hablaba del capitalismo en general, sin mostrar en cambio los rasgos característicos del capitalismo ruso. Y, sin embargo, era indispensable que en el citado programa se incluyera precisamente este análisis del capitalismo ruso con todas las peculiaridades de su desarrollo, ya que dicho programa fijaba los objetivos y trazaba la línea de combate de la clase obrera rusa.
En 1905, Lenin, pronunciándose contra las consignas oportunistas de la nueva Iskra, que ponía en el primer plano la “autogestión revolucionaria” del pueblo, esclarece con todo detalle el problema de la correlación entre el todo y las partes; Lenin demuestra con ello que el proceso del desarrollo espontáneo se opera de modo confuso y que, con este motivo, hay que saber distinguir la parte del todo, lo singular de lo
F. Engels, Anti-Dühring, trad. rusa, pág. 20.
Lo singular, lo particular y lo universal [A. O. Sternin]
universal,' los hechos que modifican la marcha general del proceso de los hechos que no ejercen una influencia decisiva sobre su curso.
“El proceso dialéctico de desarrollo —escribe Lenin— introduce efectivamente en el marco del capitalismo los elementos de la nueva sociedad, sus elementos materiales y espirituales. Pero los socialistas deben saber distinguir la parte del todo, deben destacar en sus consignas el todo y no la parte, deben oponer las condiciones esenciales de una transformación efectiva a los remiendos parciales, que con frecuencia desvían a los luchadores de su verdadero camino revolucionario”.26
En el período de la guerra imperialista de 1914 a 1918, adquirió una gran importancia el problema nacional, especialmente el problema de la posibilidad de las guerras nacionales. Algunos socialdemócratas creían que ya no podrían estallar más guerras nacionales, ya que lo que caracteriza a la época actual, a la época del imperialismo, son las guerras imperialistas, de conquista. Este era el punto de vista que sostenían Rosa Luxemburgo, K. Radek y algunos otros. En este caso, se infringía abiertamente la dialéctica, ya que lo singular se oponía a lo universal y lo que no era típico se contraponía metafísicamente a lo que sí lo era.
Lenin escribía en 1916 lo siguiente: “... esto es absurdo. Se trata de un error evidente tanto histórico y político como lógico (pues la época es una suma de fenómenos diversos, en los que además de lo típico siempre se da otra cosa)”. Y, más adelante, decía: “... en la época imperialista puede haber guerras “justas”, “defensivas”, revolucionarias [a saber: 1) nacionales; 2) civiles; 3) socialistas, etc.]”.27
Los hechos históricos han dado la razón a Lenin. La primera guerra mundial culminó con la guerra del Estado socialista soviético contra los imperialistas que le habían atacado. La segunda guerra mundial se caracterizó por la existencia de muchas guerras de liberación nacional. «Los países de Europa Central y Oriental (Polonia, Checoslovaquia, Yugoslavia y otros) combatieron heroicamente por su liberación nacional, contra los invasores hitlerianos. Su justa lucha de liberación nacional se transformó en lucha contra la opresión social, que culminó en la revolución democrático-popular de esos países. Los pueblos de Corea y de Indochina libraron también heroicas luchas de liberación nacional contra los imperialistas.
El importante papel que desempeñan los rasgos peculiares del desarrollo de diferentes países en la época actual puede verse, asimismo, a la luz de este otro ejemplo. El rasgo principal de la época actual es la transformación del socialismo en sistema mundial, que abarca una serie
V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. IX, pág. 342.
V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XXXV, págs. 180 y 181.
Lo singular, lo particular y lo universal [A. O. Sternin] 289
de países que tienen una población total de 1.000 millones de habitantes, disponen del 30 por 100 de la producción industrial mundial y ocupan la cuarta parte de la superficie terrestre. ¿Dónde incluiremos, entonces, al resto de la humanidad, es decir, a las dos terceras partes de ella que no pertenecen al campo socialista? ¿Habrá que incluirlas totalmente en el campo del imperialismo?
Entre los países que no forman parte del campo socialista los hay que siguen una política de paz y de independencia nacional. Sus pueblos anhelan el progreso social y se pronuncian contra los bloques militares. Por ello, la política de paz de la India, Birmania, Indonesia, Egipto y algunos otros países árabes, pese a las diferencias de régimen social y económico que median entre ellos y los países del campo socialista, no viene a fortalecer el campo imperialista, sino al campo de la paz y de la democracia.
Por esta razón, -la inclusión de todos los países no socialistas en el campo del imperialismo significaría un modo formal y escolástico de abordar los problemas; significaría el desconocimiento de la multiplicidad y diversidad de los procesos que constituyen, en la actualidad, la vida política y social de muchos países no socialistas.
El problema nacional siempre ha sido y sigue siendo un ejemplo de la necesidad de considerar, con toda flexibilidad, lo universal y lo particular, ya que su solución requiere que estas categorías sean utilizadas y aplicadas con la mayor pericia. Él internacionalismo proletario exige que se fundan los intereses generales del movimiento obrero con los intereses particulares de la clase obrera de cada país.
En el Informe del Comité Central del Partido Comunista ae la Unión Soviética ante el XX Congreso del Partido se señalan los errores de algunos camaradas que suponían erróneamente que el amor a la patria está reñido con la solidaridad internacional de los trabajadores, con el internacionalismo proletario. Pero, en verdad, el amor a la patria, es decir, a los trabajadores que componen la enorme mayoría de la población de cada país, no puede entrar en contradicción con los bellos y nobles sentimientos de cariño por los trabajadores de todo el mundo. Quien ame verdaderamente y respete a su pueblo amará y respetará a cualquier cuidadano de otra nacionalidad. Quien luche por la felicidad de su pueblo no puede dejar de simpatizar con la lucha que otros pueblos sostengan por su felicidad.
En nuestro tiempo, la unión del internacionalismo proletario y del patriotismo no es sólo una consigna, sino una realidad. Todo el mundo sabe cuán enorme es la ayuda que se prestan mutuamente los países del campo socialista. La creación del Instituto Unificado de Investigaciones Nucleares, en el que los hombres de ciencia de todos los países socialistas
Lo singular, lo particular y lo universal [A. O. Sternin]
llevan a cabo investigaciones científicas, es un acontecimiento importante, que expresa la ayuda que esos países se prestan entre sí. El Gobierno soviético ha entregado gratuitamente a este instituto una valiosísima instalación que comprende el mayor acelerador de partículas del mundo, el sincrofasotrón.
La íntima unión del patriotismo socialista y del internacionalismo proletario constituye la base ideológica del fortalecimiento de las relaciones mutuas, fraternales, entre los países socialistas. Hay que hacer notar que el socialismo no anula el desarrollo ni las peculiaridades nacionales, sino que, por el contrario, garantiza el desarrollo multifacético de la economía y de la cultura de todas las naciones y nacionalidades.
La determinación de lo universal y de lo singular desempeña un papel importante, a veces claramente decisivo, al trazar el camino del socialismo en cada país en particular. El marxismo-leninismo nunca ha creído que todos los países puedan alcanzar esta meta siguiendo infaliblemente la misma vía. En su trabajo El “izquierdismo”, enfermedad infantil del comunismo, Lenin ha escrito que la unidad táctica internacional del movimiento obrero no impide que este principio revista formas particulares, en consonancia con las diferencias de carácter nacional y estatal. Lenin consideraba como una tarea fundamental del partido proletario la necesidad de estudiar, de descubrir y captar lo específico, lo particular, lo nacional, en el modo concreto de resolver cada país una tarea internacional común.28
El movimiento comunista mundial cumple este gran precepto de Lenin. Los partidos comunistas y obreros de diferentes países, teniendo presentes las particularidades y la situación concreta de sus países respectivos, han resuelto y siguen resolviendo de distinto modo los problemas de la revolución socialista. Después de la segunda guerra mundial ha surgido una gran diversidad de formas estatales de la dictadura del proletariado. La forma de la dictadura del proletariado en los países de Europa Central y Oriental es la democracia popular, a diferencia de nuestro país, donde reviste la forma de poder de los soviets. Y los países de democracia popular también poseen sus peculiaridades, que se manifiestan tanto en la estructura de los órganos del Estado, que reflejan las peculiaridades —creadas históricamente— de su desarrollo nacional y estatal, como en las vías de la edificación del socialismo.
El pueblo chino construye el socialismo en forma muy original, en consonancia con sus propias particularidades y condiciones. En China, a consecuencia del atraso económico y técnico heredado de épocas
V. 1. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XXXI, pág. 72.
Lo singular, lo particular y lo universal [A. O. Sternin] 291
pasadas, se utiliza en forma más amplia que en los países europeos de democracia popular el capitalismo de Estados, en interés de la construcción socialista.
En enero de 1956 se inició en China la transformación en masa de las empresas privadas en empresas privadas y del Estado, es decir, en empresas mixtas. La particularidad de esta transformación estriba en que se convierten en empresas mixtas no sólo las fábricas, las grandes plantas industriales y tiendas de propiedad privada, como sucedía en años anteriores, sino ramas enteras de la industria y del comercio. El Estado garantiza empleo a todos los industriales y comerciantes que responden a las medidas del Gobierno y les ofrece puestos en las empresas y en el comercio, de acuerdo con su experiencia.
La burguesía nacional china forma parte del frente nacional y popular-democrático. Entre la clase obrera y la burguesía nacional no sólo no se libra una lucha, sino que existen relaciones de efectiva colaboración. El modo flexible, dialéctico, con que se aborda en China la solución de los problemas de la edificación socialista, basándose en las peculiaridades económicas y políticas del país, está dando los más fecundos resultados.
En China también se lleva a cabo, de un modo original, la transformación socialista de la agricultura. Después de la revolución popular en este país, durante largo tiempo, la forma fundamental de cooperación estaba constituida por la unificación de tipo semisocialista, en que se conservaba la propiedad privada sobre la tierra y sobre los instrumentos de trabajo; pero, en la actualidad, la agricultura se encuentra ya en la fase de la incorporación en masa de los campesinos a las haciendas de tipo socialista.
Los diferentes países de democracia popular, unidos en lo esencial, aplican formas y métodos diversos en la solución de los problemas concretos y llevan a cabo la transformación socialista a un ritmo distinto. Los partidos comunistas y obreros, sin sectarismo ni dogmatismo, dirigen la edificación del socialismo en sus respectivos países, tomando en cuenta los rasgos particulares y específicos de su desarrollo.
El XX Congreso del Partido Comunista de la U.R.S.S., partiendo del enorme fortalecimiento de las fuerzas del socialismo y de los cambios radicales que se han operado en la situación internacional, ha establecido que la clase obrera de una serie de países capitalistas tiene ahora la posibilidad efectiva de unir tras ella a la mayoría aplastante del pueblo, de conquistar una firme mayoría en el Parlamento y de asegurar el paso de los medios fundamentales de producción a las manos del pueblo.
El Partido considera que las formas de transición al socialismo serán cada vez más diversas. Sin embargo, toda esta diversidad y variedad posibles de vías, de formas y de ritmo de las transformaciones socialistas
Lo singular, lo particular y lo universal [A. O. Sternin]
deberán tener necesariamente algo común, sin lo cual el desarrollo dado no sería socialista. En el Informe del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética al XX Congreso del Partido se señala cuál es esta circunstancia común: “En todas las formas de transición al socialismo —se dice en el Informe— es condición indispensable y decisiva que la dirección política la ejerza la clase obrera, encabezada por su vanguardia. Sin esto, es imposible pasar al socialismo”.29
La solución al importantísimo problema del movimiento revolucionario de nuestro tiempo — el de la unidad de la clase obrera — se halla relacionada también con la aplicación práctica de la dialéctica de lo singular y de lo universal. El XX Congreso del Partido ha señalado que, en la actualidad, se dan condiciones favorables para la unificación de las distintas fuerzas del movimiento obrero internacional. Lo principal en este aspecto es la posibilidad y la necesidad de que los partidos comunistas y socialistas y las organizaciones sindicales de todas las tendencias luchen contra la amenaza de una nueva guerra mundial. “Los intereses de la lucha por la paz —se dice en el Informe del Comité Central del Partido al XX Congreso— exigen que se dejen a un lado las acusaciones mutuas y se hallen puntos de contacto para elaborar, partiendo de ellos, las bases de la colaboración “.30
Es absolutamente posible la colaboración, es decir, la acción común y con éxito entre los comunistas y los partidos y dirigentes del movimiento socialista, que mantienen puntos de vista distintos a los comunistas en cuanto a las formas del paso al socialismo. Las divergencias sobre problemas filosóficos y teóricos, que dividen a comunistas y socialistas, no deben impedir la solución de las grandes tareas comunes de la lucha contra una nueva guerra, de la lucha por la satisfacción de las reivindicaciones económicas de la clase obrera y contra la explotación y la depauperación crecientes de la clase obrera en los países capitalistas.
Nuestros problemas internos, los problemas de la edificación económica y de la vida del Partido, también se hallan relacionados con la aplicación práctica de las categorías de lo universal y de lo singular. En la aplicación de una política económica única, decía Lenin, necesitamos el desarrollo multifacético y en todos los sentidos de la iniciativa, de la independencia de acción sobre el terreno mismo, del estudio de la experiencia práctica de la mayor diversidad posible.”31
N. S. Jruschiov, Informe del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética al XX Congreso del Partido, ed. rusa, pág 44, Moscú, 1956.
Obra citada, pág. 22.
V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa. t. XXXII, pág. 343.
Lo singular, lo particular y lo universal [A. O. Sternin] 293
Al apoyar a todo innovador de la producción, el Partido parte del criterio de que en todo comienzo progresivo, que tenga un carácter singular, puede y debe estar presente lo universal. En las directrices del
Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética para el sexto plan quinquenal se señala que todas las organizaciones económicas y del Partido deben garantizar, con la mayor rapidez, que en la producción se introduzca la experiencia de las mejores empresas y de los mejores koljoses, de los trabajadores avanzados de la industria y de la agricultura.
Es difícil topar con un aspecto de la actividad práctica de nuestro Partido que no exija, en mayor o menor grado, aplicar la dialéctica de lo singular y de lo universal.
Los errores que se produjeron en la planificación de la agricultura, la desmesurada y burocrática centralización de la planificación, se hallaban relacionados con una subestimación de las peculiaridades del desarrollo de las regiones y de los koljoses, es decir, de las posibilidades aue se habían creado en ellos para la agricultura. El nuevo sistema de planificación, establecido por el Comité Central del Partido y por el Gobierno soviético, toma en cuenta adecuadamente tanto las tareas generales como las condiciones particulares de determinadas regiones, lo que responde a la necesidad de desarrollar la iniciativa local.
Las recomendaciones que el Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética y el Gobierno soviético han hecho a los koljoses en el sentido de que complementen y modifiquen algunos artículos de los estatutos del artel agrícola, a fin de que correspondan a las condiciones locales, concretas, tienen una gran importancia para el desarrollo de la iniciativa en los lugares mismos. Esto contribuirá a eliminar los defectos en que se incurría en el pasado, al imponer a los koljoses normas económicas y formas de organización que, por su carácter general, no correspondían a las condiciones concretas de su producción ni al nivel de desarrollo de la hacienda.
Al elaborar el proyecto de directrices del XX Congreso del Partido para el sexto plan quinquenal, el Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética tuvo muy en cuenta las proposiciones hechas por los trabajadores de miles y miles de empresas y koljoses. La iniciativa patriótica y la diversa y variada experiencia, en el terreno de la producción, de las amplias masas de obreros, koljosianos, especialistas de la industria y de la agricultura y de los hombres de ciencia, ayudaron al Comité Central del Partido a fijar, con mayor exactitud, las posibilidades y las tareas del desarrollo de la industria, de la agricultura y de los transportes.
La hábil combinación de la centralización con el despliegue de la iniciativa local constituye una de las tareas fundamentales en muchos
Lo singular, lo particular y lo universal [A. O. Sternin]
sectores de la edificación socialista. Las directrices del XX Congreso para el sexto plan quinquenal prevén, por ejemplo, una cierta reorganización del sistema de abastecimientos, de modo que en él se combine el principio de la centralización con el desarrollo de la iniciativa local al utilizarse los recursos de que se dispone para abastecer a la población.
En el problema de las relaciones entre los intereses personales y sociales se manifiesta también el problema de las relaciones mutuas entre lo singular y lo universal.
La infracción o el olvido del principio del interés material personal causa enorme daño a los intereses generales sociales. Conocida es la indicación de Lenin de que el socialismo no puede construirse sin el entusiasmo necesario de los hombres y que hay que despertar el interés personal de éstos por los frutos de su labor. La subestimación de los intereses personales de los koljosianos, la práctica de imponer elevados impuestos a sus parcelas privadas y los bajos precios de acopio de la producción agrícola han dado resultados negativos. Al no sentirse suficientemente interesados en los frutos de su trabajo, los koljosianos se mostraban indiferentes en muchos casos hacia la hacienda koljosiana, disminuían las siembras en sus propias parcelas y reducían, asimismo, el número de cabezas de ganado de su propiedad. La actitud de los koljosianos hacia la hacienda colectiva ha cambiado radicalmente, en los últimos tiempos, al fortalecerse el principio del interés material personal; ello ha determinado, en gran parte, el auge iniciado en la agricultura socialista, así como el levantamiento de las parcelas individuales antes abandonadas.
Pero también conduce a resultados nocivos el poner en primer plano los intereses personales con perjuicio de los intereses de toda la sociedad. Esta actitud es característica de las gentes que no han desarraigado todavía de sus conciencias las supervivencias del capitalismo, de las gentes aprovechadas que se lucran con la propiedad socialista o sólo piensan en hacer carrera.
La armónica combinación, la unión de los intereses sociales y los personales, poniendo en primer lugar a los primeros, constituye el noble principio moral y jurídico del socialismo. Esto no significa, por supuesto, que la personalidad individual tenga que ver dañados sus intereses en la sociedad socialista. Por el contrario, todo miembro de esta sociedad, al trabajar precisamente por toda la comunidad social, al velar siempre por los intereses sociales, asegura con ello las condiciones necesarias para gozar de una existencia personal feliz. Por otra parte, la felicidad de cada uno es lo que garantiza la felicidad y la libertad de todos. Los fundadores del marxismo señalaron, hace ya más de cien años, esta peculiaridad de la nueva sociedad. Marx y Engels definieron el comunismo como una
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asociación de hombres “en la que el libre desarrollo de cada uno es la condición del libre desarrollo de todos”.32
Ningún trabajo fecundo será posible si no se tiene presente la existencia de lo universal y de lo singular en los objetos que nos rodean. Los hombres en su actividad práctica tienen que contar con estos dos aspectos de la realidad, sean conscientes o no de que utili • zan estas categorías.
Veamos un ejemplo que brinda nuestra agricultura. El hombre de ciencia e innovador T. S. Maltsev formuló y fundamentó la tesis general de que las plantas de un año, lo mismo que las de varios años, pueden elevar la fertilidad del suelo. Y señaló los modos de utilizar las plantas de un año con este fin: arado profundo de la tierra sin vertederas, una vez cada cuatro o cinco años, y laboreo no profundo del suelo una vez al año, unido a una cuidadosa extirpación de las malas hierbas. El método de Maltsev ha demostrado rotundamente su eficacia al ser aplicado en el koljós “Los Legados de Lenin”, así como en muchos koljoses de la región de más allá de los Urales, de Kazajstán, Stavropol y otras zonas.
Los koljoses y sovjoses, sin embargo, no se limitan simplemente a copiar el método de Maltsev, sino que lo ponen en práctica con arreglo a las condiciones climatológicas, y además toman en cuenta las cualidades características de sus tierras, utilizan otros instrumentos agrícolas en las labores preparatorias de la siembra, modifican los plazos e introducen cambios en algunos métodos de cultivo. El propio T. S. Maltsev no se cansa de recomendar a los trabajadores de la agricultura que no se consideren sus métodos en forma dogmática, que los apliquen con arreglo a las condiciones del suelo y del clima de sus regiones, y estudien y utilicen las posibilidades de elevar la fertilidad del suelo. De este modo, las leyes universales se aplican concretamente teniendo presente las condiciones especificas en que dichas leyes se manifiestan. Estos dos aspectos — lo universal y lo singular — deben ser tenidos en cuenta por todo agrónomo o trabajador de la agricultura.
La necesidad de tener presentes las categorías antes examinadas puede verse también a la luz de otro ejemplo. El profesor parte en su labor pedagógica del conocimiento de las leyes generales del desarrollo de la infancia en edad escolar, pero al mismo tiempo debe tener presente cómo se refleja este aspecto universal en la conducta concreta de este o aquel alumno, en su actitud hacia el estudio, hacia la familia, hacia sus compañeros, es decir, debe tomar en cuenta los rasgos característicos de los escolares.
La unión de lo universal y de lo singular desempeña también un papel
32 C. Marx y F. Engels, Obras completas, ed. rusa. 2ª ed., t. IV, pág. 4.7, Moscú, 1955.
Lo singular, lo particular y lo universal [A. O. Sternin]
importante en la vida interna del Partido. El principio fundamental de organización de nuestro Partido prevé una firme disciplina, la subordinación de todos sus miembros a las leyes generales por las que se rige la vida del Partido, y, a la par con ello, el derecho de cada miembro del Partido a mostrar su propia iniciativa y expresar libremente su opinión.
De la propia naturaleza del Partido, del centralismo democrático, deriva el principio de la dirección colectiva. Nuestro Partido ha luchado en estos últimos años contra el culto a la personalidad. El culto a la personalidad inculca el desprecio a las iniciativas que proceden de abajo y constituye la aplicación práctica de la contraposición metafísica, antimarxista, de la actividad de una personalidad a la actividad general de todo el Partido y de todo el pueblo.
En el examen de los problemas del trabajo del Partido es de suma importancia saber descubrir lo característico, lo específico. Con frecuencia, los informes en que se exponen los resultados de la investigación de la labor de las organizaciones del Partido de diferentes empresas se parecen unos a otros, es decir, no ponen al descubierto las peculiaridades del trabajo de cada una de ellas. En estas condiciones, los órganos superiores del Partido no pueden dar un consejo valioso a las organizaciones inferiores. Con frecuencia, sucede que la decisión adoptada es justa; sin embargo, faltan en ella consejos concretos, que podrían contribuir a arreglar las cosas en la empresa dada. Esta falta de contenido concreto en la labor de dirección demuestra una incapacidad para distinguir lo específico, lo particular. En las resoluciones de este género se habla “de todo y de nada”; no contribuyen, por ello, a resolver las tareas concretas planteadas y ayudan muy poco a mejorar el trabajo. Es claro que tampoco son buenas las resoluciones que caen en el extremo opuesto, es decir, las que se limitan a enumerar las tareas prácticas concretas, olvidando los principios y las tareas generales que sirven de punto de partida.
Así, pues, la solución de las tareas teóricas y prácticas, el encauzamiento de los esfuerzos de todo el Partido y de la actividad de cualquier organización inferior suya, de cualquier soviet u órgano económico, exigen que esas tareas sean abordadas acertadamente, de modo dialéctico, y, sobre todo, se tengan presentes y apliquen con acierto las categorías de lo singular, lo particular y lo universal.
El período de auge de la actividad creadora de las masas del Partido y de todo el pueblo, que ahora vive nuestro país, plantea la tarea de luchar, firmemente, contra el dogmatismo y el esquematismo, contra la incapacidad de captar y tomar en cuenta los rasgos específicos de lo nuevo, de lo particular. En toda la labor del Partido, en los éxitos
Lo singular, lo particular y lo universal [A. O. Sternin] 297
alcanzados en la aplicación de su política exterior e interior, palpamos los magníficos frutos de la flexibilidad y el espíritu de iniciativa de la dirección del Partido y del Estado.
Tras de rechazar la concepción idealista y metafísica de las categorías de lo singular, particular y universal, el Partido aplica creadoramente estas categorías en la solución venturosa de las tareas prácticas planteadas por la edificación del comunismo.
CAPITULO IX
LO ABSTRACTO Y LO CONCRETO
Las categorías de lo abstracto y lo concreto son dos importantes categorías de la dialéctica marxista, en tanto que teoría del conocimiento y lógica. Estas categorías surgidas de la necesidad de comprender profundamente el proceso del conocimiento nos permiten captar la dialéctica del reflejo de la realidad en la conciencia humana. El análisis de estas categorías es una tarea directa de la lógica dialéctica. Pero estas categorías sólo pueden ser comprendidas definiendo el lugar que ocupan en el proceso de conocimiento, que refleja en forma profunda y multifacética la dialéctica del mundo objetivo.
Las categorías de lo abstracto y lo concreto se hallan íntimamente vinculadas con otras categorías de la dialéctica y, en particular, con las de esencia y fenómeno, ley, análisis y síntesis, lo lógico y lo histórico, lo sensible y lo racional. Lo abstracto y lo concreto, como otras categorías gnoseológicas, poseen un contenido objetivo, es decir, reflejan las leyes objetivas por las que se rigen los fenómenos de la naturaleza y de la sociedad.
Lo concreto en el conocimiento refleja el hecho objetivo de que los fenómenos y objetos de la realidad existen en una unidad, como un todo compuesto de diferentes aspectos, cualidades y relaciones.
Así, toda planta, por ejemplo, el trigo, consta de diferentes aspectos y propiedades. El trigo se compone de raíz, tallo y espiga. Posee, además, determinado color y cierta forma; cada una de sus partes posee, a su vez, su propia estructura y forma, etc. También podemos poner de ejemplo un fenómeno social como el lenguaje, que constituye una unidad del léxico y de sistema gramatical.
La imagen concreta cognoscitiva representa un reflejo unitario del objeto o del fenómeno; es decir, sus diferentes aspectos se presentan en una unidad, en una conexión recíproca.
Lo abstracto puede darse en el conocimiento porque los diferentes aspectos y las diversas propiedades y relaciones de los objetos y fenómenos poseen una relativa autonomía, se distinguen entre sí, se hallan en una distinta relación con la esencia; por ello, en el conocimiento
Lo abstracto y lo concreto [P. V. Kopnin] 299
se pueden separar unos aspectos o propiedades del objeto, abstrayéndolos de otros.
Así, por ejemplo, la sociedad humana es un organismo social sumamente complejo. En toda sociedad se dan determinadas fuerzas productivas y relaciones de producción, así como diferentes formas de la supraestructura: el Estado, la religión, la filosofía, etc. Toda sociedad posee su propia cultura y su propia ciencia. La sociedad es la unidad de estos distintos aspectos; cada aspecto tiene, sin embargo, sus rasgos peculiares y sus propias leyes de desarrollo. En el proceso cognoscitivo es necesario separar y estudiar estos aspectos determinados de la sociedad. Así proceden las diferentes ciencias. Unas estudian el desarrollo de la técnica, otras convierten en objeto de estudio las relaciones de producción y un tercer grupo de ciencias aborda el estudio de la historia de la cultura, de las ciencias, etc. Lo abstracto surge al separar estos aspectos, propiedades y nexos determinados del objeto, con el fin de captar su esencia.
En la historia de la filosofía hace ya tiempo que se viene planteando el problema de la correlación entre lo abstracto y lo concreto en el conocimiento, y desde entonces las diferentes corrientes filosóficas lo abordan y resuelven de distinta manera.
Lo abstracto y lo concreto en la lógica formal
El problema de lo abstracto y lo concreto se relaciona directamente con el modo de concebir la formación de los conceptos científicos.
En la filosofía ha dominado, durante largo tiempo, el punto de vista lógico-formal acerca de la formación de los conceptos, punto de vista que en esencia consiste en lo siguiente:
Existen cosas y fenómenos que se dan en nuestras sensaciones y percepciones. Analizando las percepciones de las cosas y destacando en ellas algunas partes elementales y determinados rasgos, el investigador compara estos rasgos entre sí y halla los que son comunes y similares entre ellos. Según la lógica formal, estos rasgos comunes y similares, ya separados, constituyen el concepto. Así es como John Locke se imagina el proceso de formación de los conceptos. A la cuestión de cómo se ha formado el concepto de “animal” Locke responde en estos términos: “Porque, observando que hay varias cosas que difieren de su idea de “hombre”, y que, por lo tanto, no pueden quedar comprendidas bajo esa designación, pero que, sin embargo, poseen ciertas cualidades que también posee el hombre, con sólo retener esas cualidades y uniéndolas en una sola idea, forjan otra idea aun más general, a la cual, después de
Lo abstracto y lo concreto [P. V. Kopnin]
haberle dado un nombre, convierten en un término de mayor extensión. Esta nueva idea no se forma por adición de nada nuevo, sino tan sólo, como en el caso anterior, prescindiendo de la forma y de algunas de las otras propiedades significadas por la palabra “hombre” y reteniendo solamente la noción de un cuerpo dotado de vida, de sentidos y de movimiento espontáneo, la cual queda comprendida bajo el nombre de animal”.1
Así concebían también el proceso de formación de los conceptos otros muchos filósofos. Semejante teoría de la abstracción desembocaba en la ley lógico-formal de la relación inversa entre la extensión y el contenido (comprensión) del concepto. Según esta ley, cuanto más general sea un concepto, tanto menor será su contenido. Así, por ejemplo, si se comparan por su extensión los conceptos de “tilo” y ”árbol”, resultará que la extensión del concepto de “árbol” será mayor que la del concepto de “tilo”, ya que el concepto de “árbol” incluye en su seno no sólo al tilo, sino a todas las variedades de árboles. Sin embargo, por lo que toca a su contenido, el concepto de “tilo” es más rico que el de “árbol”, pues en el contenido del concepto de “tilo” se incluyen todos los rasgos inherentes a todos los árboles en general y, además, se incluyen los rasgos característicos, exclusivos de los tilos, que permiten distinguirlos de otros árboles.
Y, efectivamente, si el proceso de abstracción se redujera a separar unos rasgos y a encontrar sólo lo que hay de común y de similar entre ellos, y por contenido del concepto se entendiera únicamente el número de rasgos, no se podría llegar verdaderamente a otra conclusión. En este caso, los conceptos más generales, es decir, las categorías, tendrían que ser considerados como los conceptos más carentes de contenido, como los más vacíos.'Y a esa conclusión han llegado algunos filósofos al considerar, por ejemplo, que el concepto de “tiza” es más concreto y tiene más contenido que los de “materia” y de “movimiento”.
En la lógica formal, el conocimiento concreto es la percepción sensible, inmediata, de las cosas, y el conocimiento abstracto consiste en separar lo que hay de común y similar en ellas. El conocimiento se mueve desde la percepción sensible a determinadas definiciones abstractas. Y todo el proceso del pensamiento abstracto se reduce a destacar algunos rasgos del objeto.
La lógica formal describe la estructura, las formas del pensamiento creadas históricamente, es decir, el concepto, el juicio y el raciocinio. No se puede negar la gran importancia de la lógica formal y de su teoría de la abstracción, pero no sería acertado reducir el complejo proceso de la
John Locke, Ensayo sobre el entendimiento humano, trad. rusa, pág. 406, Moscú, 1898.
Lo abstracto y lo concreto [P. V. Kopnin] 301
abstracción a estos procedimientos elementales, elevándolos al rango de lo absoluto.
Antes de la aparición del marxismo, los lógicos y los filósofos eran metafísicos por excelencia; a causa de ello, convertían en algo absoluto a la lógica formal y a su teoría del concepto y hacían de su esquemática y simplificada concepción de la formación del concepto una teoría acabada de la abstracción, lo que les llevaba a subestimar el papel del concepto en el conocimiento, en el logro de un conocimiento concreto y profundo. El sensualista, con su limitado horizonte, teme que la abstracción no dé más de lo que ya ha dado, en forma inmediata, la percepción. Para el empirista la abstracción es una forma peculiar del conocimiento sensible, lo mismo lo que son la percepción o la sensación, pero incluyendo menor número de rasgos. El empirista no comprende que la abstracción es una forma del conocimiento de la realidad cualitativamente distinta, en comparación con el grado sensible del conocimiento. Nuestro pensamiento capta todo lo que es inaccesible de modo inmediato a los sentidos sobre la base dé los datos sensoriales. Así, por ejemplo, el hombre no puede representarse las dimensiones ni la velocidad del movimiento de las partículas elementales de la materia. Sin embargo, la ciencia actual, por medio del pensamiento abstracto, ha forjado el concepto de partículas elementales y el de velocidad de sus movimientos.
La filosofía positivista actual, que propugna en forma trivial esta teoría de la abstracción, puede servir de ejemplo para ver a dónde conduce el estrecho punto de vista del empirismo sobre la esencia del concepto y a dónde conduce, a su vez, el elevar a un grado absoluto la concepción lógico-formal de la formación de los conceptos.
Uno de los positivistas actuales, el filósofo semántico Hayakawa, presenta el proceso de la abstracción del siguiente modo:
Ante nosotros se encuentra un objeto singular, por ejemplo, la vaca Bessy. Todo objeto es siempre un proceso dinámico, por lo cual nunca puede ser conocido en su totalidad, ni podemos tener tampoco un conocimiento exacto de él. La experiencia no nos da la imagen del objeto como es en sí. El objeto de nuestra experiencia no es algo que exista fuera e independientemente de nosotros, sino en la interdependencia de nuestro sistema nervioso —imperfecto según este filósofo positivista— y algo que está fuera de él. Como vemos, el agnosticismo es la premisa filosófica de que parte Hayakawa en su concepción de la formación del concepto.
El segundo aspecto vicioso de esta teoría semántica, en el problema de la formación del concepto, estriba en su incomprensión de la dialéctica de lo singular y de lo universal, de la identidad y la diferencia. El concepto sólo puede abarcar lo general; por ello, en su movimiento cada vez se aparta más y más de la esencia del objeto. “Bessy —dice Hayakawa— es
Lo abstracto y lo concreto [P. V. Kopnin]
algo individual; nada hay en todo el mundo que se parezca a ella en todos los aspectos. Sin embargo, nuestro sistema nervioso, abstrayendo automáticamente o destacando del proceso, es decir, de Bessy, todos los rasgos que la asemejan a otros animales por su tamaño, por sus funciones y sus costumbres, la clasifica como vaca.”2
Todo el proceso de la abstracción se reduce, por lo tanto, a separar ciertos rasgos de las cosas singulares. Así, por ejemplo, al clasificar a Bessy entre las vacas, señalamos el parecido existente entre un ejemplar único —Bessy— y otros ejemplares similares, borrando así toda diferencia entre ellos; con la particularidad de que la transformación de Bessy en “vaca” significa un empobrecimiento de nuestro conocimiento, ya que en vez de un “proceso dinámico”, en vez del completo “proceso eléctrico-químico-neurológico” o del vivo “torbellino” que es Bessy sólo tenemos ahora la idea estadística de “vaca”. Así, cuanto más nos elevamos en la abstracción, tanto más pobre se vuelve nuestro conocimiento.
Hayakawa construye la siguiente escala de la abstracción: 1) la vaca como es en sí misma; 2) la vaca tal como la percibimos. Pero ya en la percepción de la vaca se omiten algunos rasgos del objeto individual; 3) la palabra Bessy, es decir, el nombre que se da a la percepción del objeto. Esta palabra no es el objeto; al designar éste, se omiten muchos rasgos característicos suyos; 4) la palabra “vaca”, que incluye los rasgos característicos inherentes a todas las vacas; 5) la expresión lingüística “animal doméstico”, en la que se ha prescindido de todos los rasgos peculiares de las vacas y se han conservado los rasgos que convienen tanto a las vacas como a los cerdos, pollos, cabras, etc.; 6) la expresión “bienes campesinos”; 7) la palabra “bienes”; 8) la palabra “riqueza”, que se eleva a un grado superior de abstracción y prescinde ya de casi toda referencia a los rasgos característicos de Bessy.
Por tanto, según Hayakawa, cuando la abstracción alcanza un alto grado, pierde casi todo contacto con el objeto. En este caso, los conceptos verdaderamente abstractos se vuelven superfluos y se convierten en palabras, en meros sonidos. Por esta razón, los filósofos semánticos afirman que los conceptos de mayor significación son aquellos que se hallan en el peldaño más bajo de la abstracción, es decir, los más próximos a la percepción sensible del objeto singular. Esta concepción del proceso de la abstracción concuerda plenamente con el limitado punto de vista del empirismo acerca de la esencia del concepto.
Sin embargo, el movimiento desde lo concreto y sensible hasta lo abstracto es, en realidad, mucho más complejo y tiene más contenido de
Hayakawa, Language in thought and action, pág. 167, Nueva York, 1949.
Lo abstracto y lo concreto [P. V. Kopnin] 303
lo que se imaginan tanto la lógica formal como la filosofía neopositivista.
Cómo resuelve la lógica dialéctica el problema de lo abstracto y lo
concreto
La teoría materialista dialéctica del conocimiento parte del principio de que el proceso cognoscitivo comienza con la percepción sensible, inmediata. Todos los conceptos, todas las teorías e ideas derivan, en última instancia, de la experiencia. El materialismo filosófico marxista considera, plenamente de acuerdo con los datos de las ciencias naturales de nuestro tiempo, que sólo a través de las sensaciones podemos conocer las propiedades de las cosas.
Las sensaciones y percepciones no son símbolos o jeroglíficos de la realidad, sino copias, reproducciones o imágenes de ella. El mundo del conocimiento sensible es un mundo objetivo, que se refleja en nuestra conciencia.
Por medio de las sensaciones, las percepciones y las representaciones que son formas del conocimiento sensible, inmediato, los hombres captan determinadas propiedades de las cosas (colores, sonidos y sabores), y aprehenden los objetos y fenómenos individuales como un todo, en sus nexos mutuos concretos y sensibles. Así, por ejemplo, cuando percibimos el automóvil que corre por la calle, lo captamos como un todo; es decir, percibimos su forma y su color, oímos el ruido del motor y de sus ruedas, distinguimos sus partes aisladas y vemos a las gentes que transitan por la calle, pero todos estos aspectos singulares se muestran en su unidad, con sus nexos concretos. Gracias a la percepción, la realidad se nos presenta en forma sensible.
La percepción es sólo el punto de partida del conocimiento; éste no puede terminar en ella, ya que aquélla sólo proporciona un conocimiento concreto, si bien difuso, es decir, un todo único, compuesto de partes y elementos heterogéneos. En la percepción no se descubre la esencia del objeto, ni se ponen de relieve las leyes profundas que rigen su movimiento. La imagen sensible refleja, de modo inmediato, el objeto en sus aspectos esenciales y no esenciales. La cualidad más valiosa de la percepción sensible y concreta es su evidencia inmediata.
La dialéctica materialista, al estudiar el grado sensible del conocimiento y determinar el papel que desempeña, se pronuncia por una parte contra toda subestimación de los datos de los sentidos, contra la tendencia a disminuir el valor del conocimiento que proporcionan las sensaciones, las percepciones y las representaciones, y se pronuncia, por otra, contra la desmesurada elevación del papel que desempeña la percepción.
Lo abstracto y lo concreto [P. V. Kopnin]
Existe la falsa concepción de que el conocimiento concreto y sensible solamente refleja las cualidades específicas de un objeto dado y en modo alguno los rasgos generales que convienen tanto a este objeto como a otros; sin embargo, los hechos desmienten semejante concepción.
En la imagen sensible se reflejan tanto las propiedades generales que un objeto comparte con los demás de la misma clase como las que son específicas de él. Así, por ejemplo, en nuestra percepción de un árbol concreto se dan tanto las propiedades inherentes a todos los árboles (la raíz, el tronco, la copa) como las propiedades que lo individualizan (la forma peculiar y la ramificación de la raíz, la inclinación del tronco, etc.). Si el conocimiento sensible no nos proporcionara cierto conocimiento de lo universal, ¿de dónde lo podría extraer el pensamiento, cuya fuente es la imagen sensible?
La dialéctica materialista admite la necesidad del movimiento de nuestro conocimiento desde lo sensible y concreto hasta lo abstracto, considerando a éste como una nueva fase cualitativa del proceso cognoscitivo.
El fundamento material del movimiento de lo concreto y sensible a lo abstracto es la práctica histórico-social de la humanidad. El hombre fija su atención, ante todo, en los objetos y aspectos que, prácticamente, le son más útiles y necesarios para existir. La práctica determina cuál es el aspecto del objeto que debe destacarse como dominante y esencial.
El concepto de “especie”, tan importante para las ciencias biológicas, ha surgido sobre la base de las relaciones prácticas del hombre con las plantas y los animales que desempeñan un papel importante en su vida. Primeramente, el hombre agrupó a los individuos aislados en grupos homogéneos atendiendo a su similitud entre ellos, y más tarde comenzó a agrupar las plantas y los animales no sólo por su similitud entre ellos, sino por su origen, surgiendo de este modo el concepto genético de especie.
Los conceptos de los fenómenos de la vida social se forman sobre la base de la práctica. En su obra El Estado y la revolución, Lenin ha descubierto el proceso de formación de uno de los conceptos fundamentales del marxismo, el de “dictadura del proletariado”. Los fundadores del marxismo elabotaron la teoría de la dictadura del proletariado generalizando la actividad práctica revolucionaria, especialmente de las revoluciones de 1848 y 1871. De este modo, generalizando la experiencia de la revolución de 1848, Marx llegó a la conclusión de que la revolución proletaria debe destruir la máquina estatal burguesa. “Hasta qué punto se atiene Marx rigurosamente —dice Lenin— a la base efectiva de la experiencia histórica, se ve teniendo en cuenta que en 1852 Marx no plantea todavía el problema concreto de
Lo abstracto y lo concreto [P. V. Kopnin] 305
saber con qué se va a sustituir esta máquina del Estado que ha de ser destruida. La experiencia no suministraba todavía entonces los materiales para esta cuestión, que la historia puso al orden del día más tarde, en 1871”.3
La experiencia de la Comuna de París de 1871, sintetizada por Marx, corroboró la conclusión a que había llegado en 1852 y permitió responder más concretamente a la cuestión planteada: con qué sustituir el Estado burgués, y cuál será la naturaleza del Estado proletario.
La Comuna de París brindó el primer ejemplo de cómo hay que destruir la máquina del Estado burgués (acabar con el ejército permanente burgués, abolir los privilegios del aparato burocrático, etc.). Pero la experiencia de la Comuna de París por sí sola no era suficiente para que surgiera el concepto concreto de “dictadura del proletariado”. V. I. Lenin, generalizando la experiencia del movimiento revolucionario en una nueva época histórica, especialmente la experiencia de la revolución rusa de 1905 a 1907, sentó la tesis sumamente importante de los soviets como forma de la dictadura del proletariado.
Los conceptos de los fenómenos de la vida social surgen solamente cuando éstos alcanzan cierto grado de madurez, o cuando una y la misma cualidad se repite muchas veces hasta convertirse en general. El concepto científico de valor se formó en las condiciones de la sociedad capitalista, donde las relaciones mercantiles se convierten en las relaciones dominantes, manifestándose en el fenómeno del cambio que se repite millones de veces.
La abstracción es un proceso ordenado a un fin. El hombre analiza el objeto con un determinado fin, al destacar una cualidad del objeto y prescindir de otra. Los fines del pensamiento científico no son arbitrarios ni puramente subjetivos, sino que tienen un contenido objetivo. Los fines reciben su significación objetiva a través de la práctica y ellos mismos son expresión de las necesidades prácticas.
Cualquiera que sea el concepto científico actual que consideremos, nos encontraremos siempre con que este concepto ha recorrido un largo y difícil camino histórico en su aparición y desarrollo. No se puede decir que el proceso de formación y desarrollo de un concepto científico actual haya llegado a su término y que la ciencia no pueda introducir modificación alguna en su contenido. Los conceptos fundamentales, que sirven de punto de partida, como los de masa y energía en la física, de especie y variedad en biología, etc., conceptos cuya formación cuenta ya con una larga y difícil historia, se están desarrollando en forma continua y constante. Así, por ejemplo, el concepto de “especie” ha surgido, en la
V. I. Lenin, Obras completas, ed. tusa, t. XXV, pág. 381.
Lo abstracto y lo concreto [P. V. Kopnin]
biología, de la síntesis de las percepciones y representaciones de los hombres acerca del mundo vegetal y animal. Antes de Linneo, este concepto no tenía límites muy precisos; en el concepto de especie se incluía a todas las plantas y a todos los animales que, por regla general, tenían rasgos parecidos. Posteriormente, comenzó a entenderse por especie el conjunto de individuos que procedían los unos de los otros, es decir, de los mismos padres o de padres parecidos a ellos. La teoría de Darwin, al incluir en el concepto de especie la nota de la variabilidad, abrió una nueva fase en la historia de este concepto. Y el desarrollo ulterior del concepto de “especie” se halla vinculado con la teoría michuriniana.
Los conceptos cambian ya sea porque cambia la realidad misma, como ocurre con los conceptos de los fenómenos sociales, o porque se ahonda en el conocimiento de los fenómenos del mundo exterior. En algunas etapas de la historia de la ciencia, se produce una radical transformación de los viejos conceptos a la par que surgen otros nuevos; se pone de relieve, asimismo, una abierta discordancia entre los hechos de la realidad y los conceptos de ella, lo que conduce a una modificación del contenido de estos últimos.
Todos los métodos de investigación —la comparación, la experimentación, la precisión teórica, etc.— desempeñan determinado papel en la formación del concepto.
Las abstracciones son de distinto grado. Para obtener algunas de ellas —las abstracciones elementales— basta una simple comparación que permita destacar lo universal; pero, cuando se trata de abstracciones más profundas, hay que recorrer un camino más difícil para llegar a su formación. Para forjar el concepto de “mesa”, por ejemplo, basta simplemente comparar nuestras percepciones y representaciones de este objeto para separar, sobre la base de esta comparación, sus rasgos más generales, o lo que es lo mismo, los rasgos que expresan la peculiaridad de toda esta clase de objetos. Ahora bien, si tomamos conceptos como los de “número imaginario’’, “cero absoluto” o “diferencial”, o cualquier otro complejo concepto científico, veremos que no han surgido mediante la comparación de las percepciones de números imaginarios singulares, de ceros absolutos o diferenciales, que, por otra parte, no pueden percibirse en modo alguno; se han formado siguiendo un camino más complicado, que comprende no sólo la comparación, sino también el análisis y la síntesis, la deducción y la inducción constituyendo una unidad. Si en el caso de los conceptos como el de “mesa” resulta fácil y simple hallar los objetos que reflejan, tratándose del número imaginario, del cero absoluto, del diferencial, etc., es mucho más difícil y casi imposible hallar el prototipo físico correspondiente y sus nexos con el
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mundo objetivo, aunque también existan éstos, si bien no en forma tan evidente. El idealismo suele especular con esto, imaginándose los conceptos citados como si fueran puros productos del espíritu humano.
La lógica formal solamente ha señalado un aspecto de la comparación: el que se refiere al establecimiento de los rasgos comunes, similares. Pero la comparación permite descubrir, asimismo, las diferencias existentes entre los objetos, sus peculiaridades y el carácter de sus cambios.
Así, por ejemplo, para formar el concepto científico de “trabajo” no basta comparar los diversos aspectos del trabajo humano y establecer lo que hay de común, lo que es inherente a todas las formas y tipos de trabajo. Como resultado de esa comparación, no se pueden fijar los rasgos específicos del trabajo humano. Es necesario comparar, asimismo, el trabajo humano y el comportamiento de los animales, y hallar la diferencia esencial, cualitativa, que media entre el trabajo humano y la actividad animal parecida al trabajo.
La tarea de abstraer no solamente consiste en destacar lo que hay de común, de idéntico, entre los objetos, sino también en poner de relieve su esencia. La abstracción no estriba simplemente en separar lo general, sino en destacar, al mismo tiempo, lo que es general, lo esencial. El investigador se esfuerza en mostrar, por medio de la abstracción, y en su estado puro, la sujeción a leyes, libre de las manifestaciones casuales que la desnaturalizan.
Llegar al concepto de “hombre” no significa revelar cualquier rasgo general que convenga a todos los hombres. La definición del hombre como animal bípedo, desprovisto de pelos y de plumas en el cuerpo no es una definición exacta; y no lo es porque, aun comprendiendo rasgos que convienen a todos los hombres, está muy lejos de revelarnos la esencia del hombre. Por esta misma razón, resultan insatisfactorias las definiciones del hombre como animal que habla, como ser pensante, etc.
Formar el concepto científico de hombre significa descubrir lo que ha convertido al hombre en hombre, lo que le ha permitido elevarse sobre el mundo circundante. El marxismo ha demostrado que la esencia del hombre consiste en su capacidad de producir instrumentos de trabajo.
La abstracción que destaca los aspectos inesenciales, secundarios del objeto y prescinde, en cambio, de las cualidades y relaciones esenciales es una abstracción vacía, carente de razón. Esta abstracción no contribuye a captar la esencia del objeto y desvía al investigador de ella. El análisis concreto e histórico de los fenómenos de la realidad no se basa en abstracciones vacías, sino en abstracciones empapadas de razón y de contenido.
Marx examina en El capital una gran cantidad de abstracciones, de definiciones abstractas como “mercancía”, “valor”, “trabajo”, “dinero”,
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“producción”, “consumo”, “crisis”, etc. Pero en estas abstracciones se descubren los aspectos y las cualidades esenciales del objeto dado, y, con ayuda de ellas, Marx descubre las leyes económicas por que se rige el desarrollo de la sociedad.
La trayectoria de nuestro conocimiento desde las sensaciones, percepciones y representaciones hasta las abstracciones en que se reflejan los aspectos más esenciales del objeto constituye la trayectoria general de todo conocimiento humano. Y así avanza el conocimiento en todas las ramas del saber, ya se trate de las ciencias naturales o de las sociales.
Como resultado de este movimiento, nos alejamos directamente de todos los aspectos casuales e inesenciales del objeto, pero, en cambio, nos acercamos más y más al conocimiento de su esencia, es decir, a la verdad.
“El pensamiento —dice Lenin—, al elevarse de lo concreto a lo abstracto, no se aleja —si es verdadero...— de la verdad, sino que se aproxima a ella. Las abstracciones de materia, de ley natural, la abstracción de valor, etc., en una palabra, todas las abstracciones científicas (justas, serias, no arbitrarias) reflejan la naturaleza más profunda, más fiel, más plenamente”.4
El pensamiento se aleja del objeto, gracias a la abstracción, pero solamente para comprenderlo con más profundidad. La abstracción constituye un peldaño, una vía que lleva al conocimiento concreto y multilateral.
En realidad, la física actual opera con definiciones y conceptos muy abstractos, cuyos modelos físicos son difíciles e incluso imposibles de imaginar hasta ahora. Sin embargo, gracias precisamente a estas abstracciones, la física ha conocido en forma profunda y multilateral la estructura misma de la materia.
En las matemáticas podemos distinguir tres grados de abstracciones. Primero: nacimiento del concepto de número (identificación de los objetos, prescindiendo de la infinita diversidad de sus cualidades individuales) y creación de los símbolos numéricos, es decir, las cifras. Segundo: paso de los números concretos al uso de letras como símbolos (paso de la aritmética al álgebra). Tercero: eliminación no sólo del contenido numérico de los símbolos, sino también del contenido cuantitativo concreto de las operaciones matemáticas; así, por ejemplo, la igualdad a+b=b+a se presenta, entonces, no solamente como igualdad de magnitudes, sino también de vectores, de factores cuyo orden se altera, etc.
La matemática no se divorcia de la realidad al elevarse al grado más alto de la abstracción; al contrario, gracias a abstracciones como
4 V. I. Lenin, Cuadernos filosóficos, ed. rusa, pág. 146.
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“multiplicidad”, “grupo” y “espacio abstracto” ha llegado a asimilar los procesos más complejos de la naturaleza. “Puede afirmarse —dice el académico Kolmorov, conocido matemático soviético— que el novísimo desarrollo de la matemática la aproxima aún más a la realidad, le permite abarcar una gran diversidad de fenómenos reales y estudiarlos menos esquemáticamente que la matemática clásica”5
La abstracción destaca un aspecto del objeto para presentarlo en “estado puro”, es decir, en un estado que no posee en la realidad. Así, la “producción en general”, la “materia en general” son abstracciones, ya que en la realidad no existen la una ni la otra, sino sólo y exclusivamente las formas concretas de la producción y de la materia. Sin embargo, estas abstracciones reflejan efectivamente, lo mismo que otras, los aspectos esenciales de los objetos, inherentes a toda producción y a toda forma material. Sin comprender estos aspectos y estas propiedades, no se puede comprender tampoco profunda y verdaderamente ninguna forma concreta de la producción ni tampoco ninguna forma concreta de la materia.
El proceso de formación de los conceptos implica una simplificación, una esquematización y un empobrecimiento de la realidad. Pero toda abstracción incluye también como ingrediente la fantasía. El idealismo suele especular con esta peculiaridad de nuestras abstracciones.
“El doble carácter del conocimiento humano —escribe Lenin— y la posibilidad del idealismo (= de la religión) se dan ya en la primera abstracción elemental. . . Cuando la inteligencia (humana) aborda la cosa individual y saca de ella una imagen (= un concepto), esto no es un acto simple, inmediato, no es un reflejo muerto en un espejo, sino un acto complejo, de doble faz zigzagueante, un acto que incluye la posibilidad de una escapada imaginativa de la vida; y aun más, incluye la posibilidad de una transformación (imperceptible, de la que el hombre no es consciente) del concepto abstracto, de la idea en una fantasía (en última instancia = Dios). Pues en la más simple generalización, en la idea general más elemental (la “mesa” en general) hay cierta parte de fantasía”.6
El idealismo se vale del hecho de que la realidad se simplifica y esquematiza un tanto en las abstracciones, el hecho de que éstas contengan un ingrediente de fantasía, de escapada de la realidad, para tergiversar las relaciones existentes entre la abstracción y el mundo objetivo. Algunos idealistas sostienen que los conceptos existen por sí mismos, independientemente de las cosas reales, que son presentadas como creaciones de estos conceptos. Esta posición es característica del idealismo objetivo, que divorcia al concepto de la realidad objetiva, lo
Recopilación de trabajos sobre filosofía matemática, ed. rusa, pág. 13, Moscú, 1936.
V. I. Lenin, Cuadernos filosóficos, ed. rusa, pág. 308.
Lo abstracto y lo concreto [P. V. Kopnin]
que conduce, en última instancia, a disminuir el papel que el concepto desempeña en el conocimiento de esa realidad puesto que lo aísla de ella. Otros filósofos afirman que las abstracciones son superfluas, innecesarias e infecundas, verdaderas trabas para el conocimiento del mundo. Este punto de vista acerca de la esencia de la abstracción es característico del neopositivismo actual.
Los rasgos distintivos de la filosofía neopositivista son los siguientes: su concepción idealista de la experiencia, de las sensaciones, y la separación de éstas del mundo exterior, lo que conduce a negar la existencia de una realidad independiente del hombre; la negación de la posibilidad de conocer la esencia de las cosas y la reducción del conocimiento científico a un simple registro y a la mera descripción de los hechos, así como la renuncia a conocer las leyes que rigen el desarrollo de la naturaleza y de la sociedad y, de hecho, la negación de que estas leyes tengan una existencia objetiva; por último, su actitud despectiva hacia el pensamiento teórico, abstracto.
Bajo la bandera de la ludia contra la abstracción y las especulaciones, los positivistas se oponen en realidad a las abstracciones científicas. El positivismo actual se caracteriza por la reducción de todos los problemas filosóficos a problemas lógicos y estos últimos a problemas lingüísticos, con lo cual toda la filosofía acaba por hundirse en el laberinto de las abstractas y escolásticas especulaciones lingüísticas.
La filosofía semántica, variedad del neopositivismo, se distingue por la reducción de las abstracciones a palabras. Los conceptos más generales son sólo palabras, con la particularidad de que éstas se consideran como signos o símbolos, que no guardan relación alguna con los fenómenos de la naturaleza y de la sociedad. La ciencia sólo se ocupa de operar con símbolos.
Así, por ejemplo, el filósofo semántico Carnap escribe lo siguiente: “Los empiristas en general miran muy despectivamente cualquier género de abstracciones, como las de cualidad, clase, relación, número, proposición, etc., y suelen simpatizar más con los nominalistas que con los realistas (en la significación que se daba a este término en la Edad Media). Hasta donde esto es posible, tratan de eludir cualquier referencia a esencias abstractas, limitándose a lo que a veces se llama el lenguaje nominalista, es decir, un lenguaje desprovisto de esas referencias”.7
A los filósofos semánticos les desagradan especialmente los conceptos generales o, como ellos mismos dicen, las palabras generales. Todo lenguaje puede ser transformado, según ellos, sin mengua de su expresividad, en un lenguaje que no contenga palabras generales.
Semanties and the philosopby of language, pág. 208. 1952.
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En la obra de Stuart Chase titulada La tiranía de las palabras, se intenta demostrar el carácter absurdo de los conceptos generales de la ciencia. Al analizar su concepción, se pone de relieve toda la importancia y esterilidad del positivismo de nuestros días en su pretensión de resolver un problema tan importante como el de la abstracción. Según Chase, todo cuanto existe más allá de nuestro “yo” puede clasificarse en tres grupos o en tres mundos: 1) lo macroscópico o normal, es decir, lo que vemos con nuestros propios ojos o. tocamos con nuestras propias manos; 2) lo microscópico, es decir, el mundo en el que podemos penetrar con ayuda de los instrumentos; 3) lo submicroscópico, acerca del cual puede juzgarse partiendo de las relaciones establecidas originariamente por las matemáticas.
Al primero de los mundos citados pertenecen las estrellas, el sol, la luna, las ciudades, las casas, los animales, etc.; al segundo, los cromosomas, las células y las bacterias, y en el tercero figuran, en cuanto podemos pensarlo sobre la base de determinadas operaciones, los átomos y la actividad cuántica. Los conceptos científicos, que registran y describen estos fenómenos, tienen sentido, es decir, pueden referirse al objeto correspondiente. En cambio, los conceptos abstractos, según Chase, o sea los conceptos que no se limitan a registrar y describir un hecho singular, sino que tratan de descubrir los procese» internos, profundos, que se operan en los fenómenos, están desprovistos de sentido, es decir, no corresponden a ningún objeto real Los conceptos abstractos son sólo palabras, y el más potente microscopio no podrá descubrir la “justicia”, la “libertad”, etc. Con frecuencia se emplea la palabra “humanidad” sin meditarse mucho acerca del objeto de referencia. “La esencia de la humanidad —dice Chase— no existe. Gritad tan alto como podáis: “Eh, humanidad, ¡ven aquí!, y no habrá un solo Adán que os responda”.8
Los conceptos para Chase no son más que rótulos. Existen rótulos para los objetos concretos (perro, mesa, lápiz); existen otros para los conjuntos de objetos (humanidad), y finalmente, hay una tercera clase de rótulos para las esencias y cualidades (la verdad, la libertad).
El empirista que no desea ir más allá del registro y descripción de los hechos singulares tiene que llegar como conclusión a negar la significación objetiva de los conceptos científicos más generales.
Los positivistas son incapaces de comprender la esencia de los conceptos científicos y de “hallar los objetos de referencia” correspondientes, por cuanto ignoran o no desean ver la dialéctica de lo universal y de lo singular. Piensan que admitir la objetividad de lo
St. Chase, The Tyranny of Words. pág. 102. New York. 1938
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universal significa suponer que éste existe fuera e independientemente de lo singular.
Pero, en realidad, lo universal existe objetivamente, pero sólo en lo singular y a través de éste. Y nuestros conceptos reflejan precisamente lo universal.
La negación de la significación objetiva de los conceptos generales conduce a negar la historia como ciencia, a negar la posibilidad de descubrir las leyes objetivas del desarrollo social y la posibilidad de transformar la sociedad en beneficio de los trabajadores. La verdadera ciencia histórica, por supuesto, no nace del registro o de la descripción de los hechos singulares pasados, sino del descubrimiento de las leyes que rigen el desarrollo de la sociedad. Estas leyes se expresan por medio de conceptos generales, de abstracciones, es decir, no pueden expresarse por medio de sensaciones, percepciones y representaciones. Los positivistas de nuestro tiempo, al negar la objetividad de los conceptos, reducen la ciencia de la sociedad a una mera descripción de los acontecimientos históricos, sin someterlos a un profundo análisis teórico. Ahora bien, no es posible ciencia histórica alguna sin los conceptos de “formación económico-social “, de “producción “, de “régimen económico de la sociedad”, de “base”, “supraestructura”, etc.
De sus consideraciones gnoseológicas sobre la carencia de sentido de los conceptos generales, los filósofos semánticos deducen la conclusión de que los conceptos de “progreso “, “civilización”, “capitalismo”, “nación”, “soberanía” y otros se hallan desprovistos de toda significación y son sólo ideas generales, que carecen del objeto correspondiente.
Chase, al negar la significación objetiva de los conceptos científicos, intenta refutar la teoría marxista-leninista, particularmente la economía política del marxismo. Con este fin, se empeña en refutar uno de los conceptos fundamentales de la economía política, el concepto de “valor”. La práctica ha corroborado, sin embargo, la verdad de las conclusiones de la ciencia económica marxista, es decir, la significación objetiva del concepto de “valor”.
Así, pues, lo abstracto en la lógica dialéctica no sólo refleja lo que hay de similar entre los fenómenos, sino su esencia, su sujeción a leyes y su naturaleza universal.
Lo universal, que se pone de manifiesto en la abstracción, no se identifica con lo universal dado en la experiencia sensible. El pensamiento no se limita a recibir un universal ya acabado, dado en la percepción, sino que lo somete a una elaboración teórica. Como resultado de esta actividad abstrayente, surge un nuevo universal, es decir, la ley interna que rige el desarrollo del objeto.
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El proceso de elevación de lo abstracto a lo concreto
Hegel ha sido el primero en plantear, a lo largo de la historia de la filosofía, que lo abstracto no es el punto final del proceso del conocimiento. Lo abstracto, según el gran filósofo alemán, debe moverse hacia lo concreto; es decir, el proceso analítico debe ser seguido de un proceso de síntesis. Este movimiento de lo abstracto a lo concreto recibe el nombre de movimiento ascensional.
Hegel inicia su sistema lógico con la definición más abstracta, con la de ser, con la de “puro ser”, cuyo contenido total se agota en la significación de la cópula verbal “es”. En su desenvolvimiento sucesivo, la idea se va enriqueciendo con una serie de determinaciones, es decir, va adquiriendo concreción, pasando del ser a la esencia y de la esencia al concepto. Este movimiento culmina en el concepto de “idea absoluta”, que según Hegel es concreta, es decir, sumamente rica en determinaciones.
Después de señalar acertadamente la necesidad de que el movimiento se opere sucesivamente de lo abstracto a lo concreto, Hegel, desde sus posiciones idealistas, mistifica la marcha ascendente de lo abstracto a lo concreto al suponer que el mundo concreto mismo es el resultado de este proceso. Marx tomó de Hegel la idea de que el conocimiento se mueve de lo abstracto a lo concreto, después de haberla sometida a una reelaboración materialista. Si para Hegel la marcha ascendente de lo abstracto a lo concreto es el nacimiento mismo de lo concreto, para Marx es “...sólo el método, con ayuda del cual el pensamiento asimila lo concreto y lo reproduce espiritualmente como concreto”.9
En el movimiento de lo abstracto a lo concreto no se crea el objeto concreto mismo, que ya existía antes e independientemente de que fuera conocido; lo que surge es el concepto concreto de él. Para el materialista, esta marcha ascendente hacia lo concreto significa una marcha hacia el conocimiento profundo de la esencia del objeto, a consecuencia del cual se modifica la imagen cognoscitiva, pero no el objeto mismo.
Así, pues, la lógica dialéctica considera que lo concreto es el punto de partida y de llegada del proceso cognoscitivo. Lo concreto y sensible es el punto de partida del conocimiento; lo concreto, a su vez, como síntesis y combinación de numerosas abstracciones, es la meta del conocimiento y las abstracciones aisladas constituyen el medio para alcanzar este fin.
La lógica formal desconocía lo concreto como síntesis de innumerables determinaciones abstractas y lo reducía a lo concreto-sensible. La dialéctica materialista no considera que lo abstracto y lo
C. Marx, Contribución de la crítica de la economía política, trad. rusa, pág. 214, 1953.
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concreto sean dos categorías diferentes, no vinculadas entre sí, como sostenía la lógica formal, sino dos momentos del proceso de captación de la esencia del objeto. Lenin dice que lo universal es “... inerte, impuro, incompleto, etc., pero es sólo una etapa hacia el conocimiento de lo concreto, pues nunca se puede conocer plenamente lo concreto. La suma infinita de conceptos generales, de leyes, etc., da lo concreto en su totalidad’’.10
Lo concreto, como suma de los innumerables aspectos conocidos en su unidad por medio de la abstracción, es el conocimiento más profundo y más empapado de contenido de los objetos del mundo exterior. Supera a lo concreto-sensible en que no sólo refleja las determinaciones externas del objeto en su concatenación directa, accesible a la percepción, sino también los aspectos esenciales en sus nexos también esenciales. Y supera, asimismo, a lo abstracto porque refleja no sólo determinado aspecto esencial del objeto, sino los diferentes aspectos esenciales en sus concatenaciones, es decir, capta el objeto de un modo multilateral.
“Lo concreto —dice Marx— es concreto porque es la unión de innumerables determinaciones, siendo la unidad de lo diverso. En el pensamiento se presenta, por ello, como un proceso de unificación: como resultado y no como punto de partida, aunque en la realidad es el punto de partida y, por consiguiente, es también el punto de partida de la percepción y de la representación. En el primer caso, la representación completa se evapora hasta convertirse en una determinación abstracta; en el segundo, en cambio, las determinaciones abstractas conducen a una reproducción de lo concreto por medio del pensamiento “.11
Marx subraya, por tanto, que el pensamiento en el proceso cognoscitivo se aparta, al comienzo, de lo concreto (la representación completa “se evapora”, al comienzo, hasta convertirse en una determinación abstracta), pero no para abandonar en general lo concreto, sino para reproducir lo concreto en toda su concreción. Así, por ejemplo, la física actual se ha alejado de la representación concretasensible de los cuerpos y fenómenos de la naturaleza para pasar al campo de las determinaciones abstractas. Si los conceptos de la física correspondían antes a modelos de los cuerpos y fenómenos que podían ser percibidos sensiblemente, la física actual no pretende encontrar semejantes modelos para sus conceptos abstractos. Sin embargo, mediante la unión de las abstracciones (fórmulas, ecuaciones) penetra de modo mucho más profundo y completo en lo concreto (los fenómenos físicos), como lo demuestran las conquistas de la técnica, basadas en la física actual
V. I. Lenin. Cuadernos filosóficos. pág. 261.
C. Marx. Contribución a la crítica de la economía política, trad. rusa, página 213.
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(empleo de la energía atómica, máquinas electrónicas, etc.).
La marcha de nuestro conocimiento desde lo concreto-sensible a través de lo abstracto hacia lo concreto, reproducido sobre la base del conocimiento de la esencia de los fenómenos, expresa la ley dialéctica de la negación de la negación en el desarrollo del saber humano.
Lo abstracto es la negación de lo concreto-sensible, y lo concreto, como síntesis de innumerables abstracciones, es la negación de lo abstracto. Pero esto no significa una simple vuelta a lo concreto, que servía de punto de partida, sino a lo concreto elevado a un nivel más alto de desarrollo, en que el objeto es captado de modo profundo y multilateral.
En la marcha ascendente de lo abstracto a lo concreto no se opera un simple proceso de sumar o ensartar una abstracción tras otra, sino una síntesis que significa una penetración cada vez más honda en la esencia del. fenómeno. Al sintetizar las abstracciones, se modifica el contenido de éstas, pues incluso algunas abstracciones, que forman parte de la síntesis, captan luego la realidad más profundamente que antes de participar en la síntesis.
No podemos imaginarnos el proceso de formación de los conceptos como si, al principio, nos encontráramos con abstracciones aisladas, independientes las unas de las otras, que más tarde son unificadas. Las abstracciones surgen en la relación de unas con otras y una abstracción nace como la prolongación lógica de otra.
Una vez que han surgido las primeras abstracciones, el desarrollo de los conceptos no sólo sigue la dirección de crear nuevas abstracciones del objeto, sino también de precisar y ahondar en las abstracciones (determinaciones) que ya han surgido. Con otras palabras, el proceso de formación del concepto tiene dos caras: una, el proceso constante de captar cada vez más profundamente algunos aspectos del objeto, y otra, el proceso también constante de captar el objeto en su totalidad.
El capital, de Marx, que comienza con la exposición de lo abstracto, es un ejemplo clásico de la unidad del análisis y de la síntesis en el conocimiento de la esencia de los fenómenos y en la formación de los conceptos científicos.
La economía política anterior a Marx partía, al analizar los procesos económicos, de lo inmediato, del todo, es decir, de lo concreto, obtenido por medio del estudio directo del objeto. Analizando lo concreto, llegaba a algunas abstracciones como las de trabajo, división del trabajo, valor de cambio, etc. Esta economía política veía en la obtención de estas abstracciones el remate de la investigación.
Sin embargo, donde los economistas anteriores a él veían el resultado final de la investigación, Marx solamente veía el punto de partida.
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El tomo I de El capital está consagrado, en lo fundamental, al estudio del proceso de la producción capitalista en su forma pura. Marx inicia su estudio con el examen de las categorías económicas más elementales: la mercancía y el dinero, para pasar más adelante a esclarecer la esencia del capital. El tomo II se halla dedicado al estudio del proceso de circulación (más concreto que la mercancía y el dinero), sin el cual no puede existir producción alguna. Y, por último, en el tomo III, Marx investiga las relaciones capitalistas de producción en su conjunte, como unidad de la producción y de la circulación. El capitalismo aparece entonces como un todo concreto con todas las contradicciones, que han de llevarle a la tumba. A ello hay que agregar que lo concreto no sólo se presenta como resultado de la percepción sensible e inmediata del capitalismo, sino como la síntesis de innumerables determinaciones abstractas.
Las contradicciones que constituyen el contenido mismo de este concreto están ya contenidas en la célula de la sociedad burguesa, en la mercancía.
“Marx, en El capital —escribe Lenin—, analiza primero lo que hay de más simple, de más habitual, de más fundamental, de más general y de más ordinario; lo que se encuentra millares de veces, la relación de la sociedad burguesa (mercantil): el cambio de mercancías. El análisis descubre en este fenómeno elemental (en esta “célula” de la sociedad burguesa) todas las contradicciones (respective el embrión de todas las contradicciones) de la sociedad contemporánea. Su exposición posterior nos muestra el desarrollo (el crecimiento y el movimiento) de estas contradicciones y de esta sociedad”.12
El desarrollo lógico de lo abstracto a lo concreto (de las contradicciones de la mercancía a las contradicciones de las relaciones capitalistas de producción) refleja el desarrollo histórico de la producción mercantil simple a la producción capitalista, y esto significa que el desarrollo del concepto refleja el desarrollo del objeto mismo.
La marcha ascendente de lo abstracto a lo concreto no solamente se realiza en la economía política, sino que es una ley universal del desarrollo del conocimiento humano. Así, por ejemplo, nuestro saber acerca del origen de la Tierra y de otros planetas del sistema solar se desarrolla también siguiendo el movimiento de lo abstracto a lo concreto. Las primeras hipótesis cosmogónicas, propuestas por la ciencia de los tiempos modernos, revestían un carácter sumamente abstracto, ya que consideraban y elevaban al rango de lo absoluto un solo aspecto de este complejo y variado proceso. Así, por ejemplo, la hipótesis de Kant sobre el origen de los planetas del sistema solar era abstracta, porque trataba de
12 V. I. Lenin, Cuadernos filosóficos, ed. rusa, pág. 328.
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explicar el proceso del origen de los planetas partiendo sólo de las leyes mecánicas y de la acción mutua entre dos fuerzas: la atracción y la repulsión. Las hipótesis cosmogónicas actuales, propuestas por la astronomía soviética, dan una idea más concreta del origen de la Tierra. Estas hipótesis, basándose en los conocimientos que brindan las ciencias actuales (la astronomía, la mecánica, la física, la química, la geología, etc.), tratan de explicar en forma multilateral y en su totalidad el complejo proceso del origen de los planetas y de reproducir lo concreto en toda su plenitud, mediante la síntesis de numerosas y profundas abstracciones.
El saber actual acerca del átomo, acerca de su estructura, constituye, asimismo, una síntesis de innumerables abstracciones, de fórmulas y ecuaciones matemáticas. Algunos físicos extranjeros, viendo que nuestros conocimientos sobre el átomo tienen un armazón de definiciones abstractas, de fórmulas y ecuaciones, llegan a pensar que el átomo mismo es sólo estas abstracciones, fórmulas y ecuaciones. Sin embargo, es verdad que, por medio de estas abstracciones, se captan profundamente las propiedades reales del átomo en sus concatenaciones esenciales.
Los sistemas matemáticos más perfectos son aquellos que se elevan también de lo abstracto a lo concreto, de algunos axiomas, que fijan las propiedades y leyes más generales, a una reproducción de lo concreto en toda su concreción. Ejemplo de ellos es la geometría de Lobachevski; su creador, partiendo en ella de un reducido número de axiomas y determinaciones, llegó a reflejar propiedades geométricas concretas, reales, que antes no habían sido estudiadas.
El método axiomático es sumamente fecundo en las matemáticas, siempre que se conciba de modo materialista la esencia de los axiomas y no se considere el proceso ascendente que parte de ellos como una creación de nuevas propiedades y relaciones por el pensamiento, sino como un proceso de conocimiento profundo y multilateral de ellas.
El criterio de verdad de la imagen cognoscitiva, que se obtiene como resultado de la marcha ascendente de lo abstracto a lo concreto, es la práctica.
La práctica ha corroborado la verdad de nuestras ideas actuales sobre el átomo y ha sentado, asimismo, que la geometría de Lobachevski, la llamada geometría imaginaria, en realidad refleja profunda y exactamente los nexos efectivos entre las cosas del mundo material. Y la práctica del desarrollo social, el triunfo del socialismo en la U.R.S.S., la práctica de la edificación del socialismo en otros países ha confirmado la justeza del análisis de la sociedad capitalista, hecho por Marx, y la verdad de las conclusiones de Lenin sobre el imperialismo como capitalismo en descomposición, agonizante.
El hecho de que el concepto científico no sea una abstracción aislada
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y desnuda, sino una síntesis de innumerables abstracciones, nos dice que la ley lógico-formal de la relación inversa entre la comprensión y la extensión del concepto no descubre los nexos profundos, reales, que existen entre la comprensión y la extensión del concepto. El proceso de generalización y formación del concepto no empobrece, sino que enriquece nuestro conocimiento del objeto; con este proceso no nos alejamos de la verdad, sino que nos aproximamos a ella.
El concepto científico, que proporciona un conocimiento concreto del objeto, no incluye en su contenido todos los rasgos particulares, casuales e individuales del objeto. En su trabajo El problema agrario y los “críticos de Marx”, Lenin condenó severamente a Hertz, que había iniciado el absurdo intento de “introducir todos los rasgos particulares de los fenómenos singulares en el concepto general”. Esto no significa que el concepto se desligue de toda la riqueza de lo individual y de lo particular. El concepto capta lo singular, lo particular, al reflejar de modo profundo y unilateral las leyes que rigen su desarrollo. El concepto está más empapado de contenido y es mucho más verdadero que lo concreto-sensible, que incluye en su seno todos los rasgos particulares y-singulares del objeto. El concepto concreto capta la ley general que rige el cambio del objeto y es mucho más concreto que cada uno de los casos particulares en que se manifiesta.
Así, por ejemplo, Lenin, al descubrir la esencia del imperialismo, señala sus rasgos económicos fundamentales: 1) la concentración de la producción y del capital ha llegado a un punto tan alto de desarrollo, que ha hecho surgir los monopolios, los cuales desempeñan un papel decisivo en la vida económica; 2) se opera la fusión del capital bancario con el industrial y surge, sobre la base de este capital financiero, la oligarquía financiera; 3) la exportación de capitales, a diferencia de la exportación de mercancías, adquiere una particular importancia; 4) se forman agrupaciones monopolistas internacionales de capitalistas, que se reparten el mundo, y 5) se pone fin al reparto territorial del mundo entre las potencias capitalistas más importantes.
Dando a todos estos rasgos la forma lógica de la definición, Lenin llega a esta conclusión: “El imperialismo es el capitalismo en la fase de desarrollo en la cual ha tomado cuerpo la dominación de los monopolios y del capital financiero, ha adquirido una importancia de primer orden la exportación de capital, ha empezado el reparto del mundo por los trusts internacionales y ha terminado el reparto de todo el territorio del mismo entre los países capitalistas más importantes”. 13
Estos distintos rasgos comprendidos por el concepto de
V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XXII, pág. 253.
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“imperialismo” no se limitan a coexistir, sino que se suponen mutuamente los unos a los otros, se hallan en una relación genética entre sí y el desarrollo de uno de los rasgos conduce al desarrollo de otro. Así, por ejemplo, la concentración de la producción y del capital ha creado las premisas para la fusión del capital bancario con el industrial, ha hecho surgir la posibilidad de la exportación del capital y de la formación de agrupaciones monopolistas internacionales de capitalistas; todos los demás factores, inversamente, una vez surgidos, contribuyen a la concentración de la producción y del capital. Así, pues, el foco en el que se concentran todos los rasgos del imperialismo es la concentración de la producción, la creación de los monopolios. Por eso, dice Lenin que el imperialismo se puede definir brevemente como la fase monopolista del capitalismo.
El concepto leninista del imperialismo, por ser concreto y multilateral, expresa lo que es el imperialismo de modo más profundo y más completo que la simple descripción de una de sus formas concretas. Este concepto no excluye ninguno de los rasgos particulares del imperialismo. Cualquier forma concreta del imperialismo presenta una mayor riqueza de rasgos que este concepto. Pero este último descubre la esencia de esta fase del capitalismo y, por lo tanto, es más concreto que la descripción de cualquier forma concreta del imperialismo —por ejemplo, el imperialismo norteamericano—, en la cual los distintos rasgos se presentan de un modo confuso, sin que se vean con claridad las relaciones que guardan con la esencia del objeto.
Sólo cuando se pone al descubierto la naturaleza misma del imperialismo, la ley que rige su devenir y desarrollo, pueden comprenderse todos sus rasgos y aspectos particulares, todos los caracteres específicos con que se manifiesta en determinados países y en distinto tiempo. Por esta razón, el análisis leninista del imperialismo constituye el fundamento metodológico del análisis de cualquiera de sus formas.
El fenómeno concreto es siempre más rico que la ley que lo rige, pero sólo el conocimiento de la ley hace posible que el fenómeno sea reflejado en toda su concreción y, precisamente por ello, tal como es en realidad.
Así, pues, el proceso cognoscitivo discurre en la siguiente forma: La ciencia se eleva de la sensación y de la percepción, que dan un conocimiento sensible-concreto del objeto a las determinaciones abstractas, en que se reflejan los aspectos esenciales del objeto. El conocimiento, sobre la base de las abstracciones, vuelve de nuevo a lo concreto, pero ya como una síntesis de innumerables determinaciones, de la multiplicidad y diversidad de aspectos de los objetos. Pero el conocimiento no se detiene en lo concreto y prosigue hacia adelante. Al
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analizarlo de nuevo, podemos obtener abstracciones aun más elevadas, que al ser sintetizadas nos darán un conocimiento más profundo y multilateral, es decir, más concreto, del objeto, y así sucesivamente. El conocimiento, por tanto, es por su propia esencia un proceso infinito.
La lógica dialéctica y la definición del concepto
La lógica formal, que parte del criterio de que una determinada abstracción agota el contenido del concepto, se contenta, al definir el concepto, con la definición que se hace con auxilio del género próximo y de la diferencia específica.
Los fundadores del marxismo-leninismo, aunque reconocen el valor de algunas definiciones breves, expresadas en una u otra forma, insisten, al mismo tiempo, en el carácter limitado de toda definición. No se puede reducir todo el conocimiento del objeto a unas definiciones por exactas y buenas que sean. La ciencia no consiste en unas cuantas definiciones. Al definir la vida como una modalidad de la existencia de la materia, Engels decía:
“Las definiciones carecen de valor para la ciencia, pues no son nunca satisfactorias. La única definición real es la del desarrollo de la cosa misma, pero ésta no es ya una definición. Para saber y exponer lo que es la vida, tenemos que investigar todas las formas de ésta y exponerlas en su concatenación. En cambio, para el uso corriente. suelen ser útiles y, en ocasiones, incluso necesarias las breves síntesis de los caracteres más generales y más significativos, contenidos en una llamada definición, y en nada pueden perjudicar, siempre y cuando que no se les exija más de lo que pueden decir”.14
La misma idea sostiene Lenin al exponer la significación y limitación de las definiciones breves. “Pero las definiciones demasiado breves — escribe Lenin— aunque sean útiles, pues resumen lo principal, son sin embargo insuficientes, ya que de ellas hay que deducir especialmente los rasgos más esenciales del fenómeno que se ha de definir”.15
Las definiciones tienen un gran valor científico si no se establecen aisladamente, al margen de otros conocimientos, sino en relación con ellos, y si se las considera como un breve balance del análisis profundo de la esencia del desarrollo del fenómeno. Ahora bien, si se las convierte en punto de partida de toda investigación, si el profundo análisis de la esencia de los fenómenos es sustituido por magras definiciones, éstas dejan de ser un medio para el conocimiento de la realidad. La sustitución del análisis de la esencia del objeto por juegos malabares con las
F. Engels, Anti-Dühring, trad. rusa, pág. 322. 1953.
V. I. Lenin. Obras id. rusa. t. XXII. pág. 253.
Lo abstracto y lo concreto [P. V. Kopnin] 321
definiciones es algo característico del modo de pensar de los sofistas. Nunca debe olvidarse que toda definición tiene un carácter limitado y
que esta limitación se debe al carácter concreto de la realidad y a las condiciones históricas concretas, siendo por ello una expresión limitada de éstas.
La lógica formal ha establecido una serie de reglas y condiciones a las que hay que atenerse en toda definición. Entre ellas, figuran las siguientes: observar la proporcionalidad de la definición, es decir, la extensión del concepto definido debe ser igual a la del concepto que define; la definición no debe ser un mero círculo, o sea, no debe ser tautológica; la definición no debe ser negativa; la definición debe ser precisa y clara.
Todas estas reglas elementales, por supuesto, deben observarse necesariamente tanto en la definición de los conceptos simples como en la de los conceptos complejos. Las definiciones de todas las ramas de la ciencia, y entre ellas la ciencia marxista-leninista, observan estas reglas; por cuanto que dichas ciencias son verdaderas.
Pero estas reglas o condiciones son insuficientes puesto que sólo atienden a las exigencias formales de la definición y no a las del contenido. No se plantean, en general, el problema del contenido que se vierte en la forma de la definición, ni el de la verdad total de la definición, sino simplemente el de su corrección formal. La dialéctica materialista plantea una serie, de exigencias que se relacionan con el contenido de la definición, brinda un método para definir y establece unas condiciones cuyo cumplimiento permite a la definición desempeñar el papel que le corresponde, es decir, poner de manifiesto la esencia del objeto.
La primera de ellas consiste en que el objeto sea abrazado, de modo multilateral, en la definición; o lo que es lo mismo, es necesario descubrir hasta donde sea posible todos los rasgos y aspectos esenciales, todas las cualidades fundamentales del objeto, que constituyen el contenido del concepto. “Para conocer realmente un objeto —dice Lenin—, hay que abarcarlo, estudiar todos sus aspectos y nexos y todas sus mediaciones”.16
No podemos abrazar de una sola vez todos los aspectos, pero debemos aspirar a ello. Este postulado previene a nuestro conocimiento contra el dogmatismo y el adormecimiento. En una sola definición no se puede abrazar por entero al objeto. Para mostrar toda la riqueza de éste, todos sus aspectos diversos, se requiere formular una serie de definiciones, y sólo el conjunto de ellas puede pretender reflejar concretamente la esencia del objeto.
La segunda condición que debe cumplir una definición estriba en
V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XXXII. pág. 72.
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poner al descubierto el desarrollo del objeto, su automovimiento, es decir, debe proceder históricamente al analizar la esencia del objeto. Una sola y breve definición fija exclusivamente un estado del objeto; pero la definición real debe mostrarnos al objeto 'en su desarrollo, debe reflejar la ley que rige su movimiento. Es característico del método empleado por Marx no sólo descubrir la ley por la que se rigen los fenómenos, sino lo que es fundamental, hallar la ley de sus cambios, de su desarrollo, es decir, la ley que explica el paso de una forma a otra, de un tipo de interdependencia a otro.
Así, por ejemplo, al definir en El capital la esencia del capitalismo, Marx aspira a demostrar que el proceso de formación y desarrollo del capitalismo no puede expresarse en una sola definición. “En realidad — escribe Marx—, la producción capitalista es la producción de mercancías como forma general de la producción, pero lo es exclusivamente, y cada vez más a medida que se desarrolla, porque aquí el propio trabajo aparece como mercancía, porque el obrero vende el trabajo, es decir, la función de su fuerza de trabajo, y la vende además, según nuestra hipótesis, por el valor determinado por su coste de reproducción. A medida que el trabajo se convierte en trabajo asalariado, el productor se convierte en capitalista industrial; de aquí que la producción capitalista (y, por tanto, la producción de mercancías) sólo cobre su expresión completa allí donde queda incluido también en la categoría de los obreros asalariados el productor agrícola directo”.17
Para que la definición refleje el desarrollo del objeto, se requiere también el descubrimiento de sus contradicciones. Una definición que no ponga de relieve las contradicciones existentes en el desarrollo del objeto no es una verdadera definición. Los economistas metafísicos, al abordar las categorías económicas superiores como, por ejemplo, el capital, se asombran al descubrir las contradicciones que les son inherentes. Ellos quisieran que el capital sólo fuera una cosa o sólo una relación social y dan pruebas de una absoluta impotencia cuando descubren que el capital se manifiesta unas veces como relación social y otras, de nuevo, como cosa.
Por último; en la definición hay que incluir a la práctica social como criterio de verdad y como definidor práctico de lo que el hombre necesita del objeto en una fase determinada del desarrollo de la sociedad. Todas las definiciones científicas tienen por fundamento la generalización de la actividad práctica humana, que es la que fija los nexos de un objeto dado, de sus diferentes aspectos y distintas cualidades con lo que el hombre necesita; es decir, una definición ocupa el primer plano y se presenta
C. Marx, El Capital, trad. española de W. Roces, t. II, pág. 125. México. D. F. 1946.
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como la más esencial e importante, de acuerdo con las condiciones históricas y las necesidades prácticas del hombre.
Lo abstracto y lo concreto, por consiguiente, se hallan íntimamente vinculados entre sí. Lo concreto es el punto de partida y la meta del conocimiento. Lo abstracto es sólo un aspecto, una fase del conocimiento de lo concreto. La práctica es el fundamento de nuestro movimiento cognoscitivo de lo concreto a lo abstracto, y de lo abstracto a lo concreto. El conocimiento de la dialéctica de las relaciones mutuas entre lo abstracto y lo concreto permite comprender la esencia del pensamiento científico, teórico; es, por ello, una necesidad vital para el investigador en cualquier rama de la ciencia.
CAPITULO X
LO HISTORICO Y LO LOGICO
Las categorías de lo histórico y de lo lógico son de gran importancia para comprender la esencia del conocimiento, para captar el proceso del conocimiento de la realidad y para abordar, en toda su profundidad, algunos problemas lógicos del método marxista de investigación. Estas categorías nos permiten abordar de un modo acertado la solución de las tareas prácticas y nos permiten, asimismo, dar pruebas de la debida flexibilidad en las condiciones de la lucha por el comunismo, condiciones que cambian históricamente.
La significación del problema de lo histórico y de lo lógico y de sus relaciones mutuas estriba, ante todo, en que es el problema mismo de la unidad indisoluble entre la teoría y la práctica. El marxismo es enemigo de toda escolástica mental, de toda teorización que no esté enraizada en el suelo vivo del desarrollo histórico de la realidad y se halle divorciada de la práctica progresiva de la vida social. Uno de los rasgos decisivos de la nueva concepción del mundo, la única verdaderamente científica, creada por los ideólogos del proletariado revolucionario, consiste en situar en el centro de todos los problemas la práctica, es decir, la transformación revolucionaria del mundo. Los creadores de esa concepción no consideraban la teoría, el conocimiento teórico, como una fuerza que se bastase a sí misma, sino como un poderoso instrumento de actividad práctica, de transformación de la naturaleza y de la sociedad. De aquí su decidida oposición a la logización abstracta, que se sitúa por encima de las épocas históricas y sustituye la representación del movimiento histórico real de la sociedad por el movimiento de su propia mente, como dijo Marx dirigiéndose al socialista pequeño burgués Proudhon.
El criterio fundamental de verdad de todo razonamiento, de cualquier tesis teórica, es, para el marxista, su concordancia con la práctica históricamente en desarrollo, y es, asimismo, el grado y profundidad con que refleja la vida. El punto de vista de la vida, de la práctica, dice Lenin, debe ser el punto de vista primero y fundamental de la teoría del conocimiento. Para atender al postulado fundamental del marxismo acerca de la unidad de la teoría y la práctica, del nexo de aquélla con la vida, se necesita resolver acertadamente el problema de
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las relaciones mutuas entre lo lógico y lo histórico.
El problema de lo histórico y lo lógico reviste una enorme importancia para comprender el carácter creador de la ciencia, para luchar contra el dogmatismo y el estancamiento en ella. La ciencia sólo puede progresar cuando tiene presente los nuevos datos de la realidad y de la práctica, y los refleja en sus conceptos, categorías y leyes. Cuando en cualquier ciencia se divorcian lo lógico y lo histórico, su movimiento se detiene y se muestra incapaz de satisfacer las necesidades y las exigencias de la vida en desarrollo.
El problema de lo histórico y de lo lógico reviste también una importancia en nuestros días a la luz de la lucha actual entre los dos campos opuestos en filosofía, y, por tanto, a la luz de la necesidad de someter a crítica las más recientes tendencias de la filosofía y de la sociología idealistas. La logización abstracta, en la que se evapora toda relación con la realidad histórica efectiva, se aviene en la filosofía burguesa actual con la hostilidad positivista hacia las teorías generalizadoras, que reflejan la lógica objetiva, sujeta a leyes, del desarrollo de la realidad. La concepción marxista de lo lógico y de lo histórico contribuye a poner al desnudo a esta filosofía extraña a la ciencia y ayuda, asimismo, a la lucha por abordar la realidad de un modo verdaderamente científico.
Unidad de lo lógico y de lo histórico
La solución acertada del problema de la unidad y de la interdependencia entre lo histórico y lo lógico permite comprender las complejas relaciones mutuas existentes entre ambas categorías en el proceso de conocimiento y evitar así un doble peligro: el de la pura logización, y el de una superficial y empírica descripción de la realidad.
Por “histórico” hay que entender la realidad objetiva, que existe independientemente de la conciencia, del sujeto cognoscente; la realidad que se desarrolla históricamente y se halla en un estado de cambio constante. La categoría de lo histórico refleja el carácter histórico y mutable del mundo objetivo.
Lo “lógico” es una forma del conocimiento, el reflejo de la realidad, la copia intelectual o imagen de ella; es, asimismo, una determinada forma del movimiento del pensamiento hacia el objeto.
Los conceptos de lógico e histórico, como podrá deducirse de lo que sigue, designan también dos métodos distintos de investigación de la realidad.
Lo lógico y lo histórico se hallan en unidad y deben considerarse en íntima relación. A ello hay que agregar que se trata de una unidad en la
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que lo histórico, es decir, el mundo objetivo en desarrollo, determina a lo lógico, y en la que lo lógico es un reflejo de lo histórico, es derivado con respecto a él.
El problema de lo lógico y de lo histórico es una de las manifestaciones más importantes del problema gnoseológico fundamental de las relaciones del pensamiento y del ser. Por ello, sólo puede resolverse acertadamente, y asi se resuelve por el marxismo, sobre la base de la concepción materialista — la única concepción científica — del carácter primario de la materia y del carácter derivado de la conciencia.
El modo materialista de abordar el problema de las relaciones mutuas entre los conceptos lógicos y las cosas es una premisa determinante y la condición para comprender científicamente el problema de las categorías de lo lógico y de lo histórico. El idealismo filosófico, que abre un profundo abismo entre la lógica del conocimiento y la lógica del mundo objetivo, es un obstáculo considerable para la solución de este problema.
Lo lógico, según la filosofía idealista, es una pura forma, independiente del contenido del mundo real. Como es sabido, la concepción de la lógica como teoría de las formas puras del pensamiento, independientes de la realidad, halló su más clara expresión, en la época moderna de la historia de la filosofía, en el pensamiento de Kant. La lógica, según el filósofo alemán, “prescinde de todo contenido del conocimiento racional y de las diferencias existentes entre sus objetos y sólo tiene que ver con la forma pura del pensamiento”.1 Y en otro lugar afirma: “La lógica no es ciencia de la razón por su materia, sino sólo por su forma; es la ciencia a priori de las leyes necesarias del pensamiento...”2
Desde los tiempos de Kant, la contraposición de las formas lógicas puras a la realidad objetiva ha encontrado ancho campo en la filosofía burguesa.
Hegel sometió a crítica el formalismo kantiano, afirmando acertadamente que las formas lógicas deben estar empapadas de contenido. En su filosofía, hallamos el primer intento de vincular la lógica con la historia del desarrollo del mundo mismo y de su conocimiento. Y en esto reside el alto mérito de Hegel. Sin embargo, al sostener que el desarrollo del concepto es la esencia y el fundamento del mundo objetivo, el filósofo alemán desnaturalizaba las verdaderas relaciones entre lo lógico y lo histórico, al subordinar éste a aquél. El
Immanuel Kant, Critica de la razón pura, trad. rusa, pág. 63, Petrogrado. 1915.
I. Kant, Lógica, trad. rusa, pág. 6, Petrogrado, 1915.
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desarrollo histórico de la realidad es, para Hegel, un producto del desarrollo lógico del concepto. La filosofía hegeliana, por consiguiente, en virtud de su carácter idealista, no podía asestar un golpe definitivo al apriorismo lógico. Sólo el marxismo, utilizando los aspectos valiosos de la lógica de Hegel, pudo asestarle semejante golpe y crear la lógica dialéctica, que refleja acertadamente y de modo multilateral la dialéctica del mundo objetivo.
El formalismo lógico, la ruptura abierta de las formas lógicas con el mundo objetivo, ha llegado a su punto culminante en la filosofía idealista actual. Los filósofos idealistas de nuestro tiempo se vanaglorian de ver la tarea de la filosofía no en la explicación e interpretación de las leyes que rigen en la naturaleza, en el mundo objetivo, sino en la pura logización, que prescinde conscientemente de la vida real. Ya Lenin en su tiempo señaló que la novísima filosofía burguesa se reducía a la gnoseología, con el objeto de elaborar de un modo idealista los datos de la ciencia y defender así el fideísmo. Esta indicación de Lenin puede aplicarse por completo a la filosofía idealista actual, que se dedica especialmente a los problemas lógicos. La lógica se considera como lo diametralmente opuesto al mundo real. Ella misma construye sus propias leyes y sus principios, sin descender a la “prosaica” realidad. La lógica idealista pretende instaurar una necesidad a la que ha de sujetarse la realidad, ya que sólo existe, según ella, la necesidad lógica.
Los logicistas actuales sostienen que, si en la solución de los problemas lógicos hay que contar con la realidad, esto sólo prueba la debilidad de la lógica.
Wittgenstein, uno de los principales portavoces de la lógica idealista actual, escribe lo siguiente:
“Nuestro principio fundamental es el de que todo problema, que puede resolverse por medio de la lógica, puede ser resuelto inmediatamente. Pero si llegamos a una situación que exija resolver un problema por medio de la percepción de la realidad, ello demostrará que nos encontramos en un camino absolutamente falso”.3
Lo lógico, por tanto, no se considera como el reflejo y la expresión del mundo objetivo, de la lógica objetiva de la vida misma, sino como el dominio de un pensamiento puro, “inmaculado”, que no tuviera relación alguna con la realidad.
La filosofía marxista, por oposición al idealismo, rechaza todo divorció entre las relaciones lógicas, de una parte, y las relaciones reales, de otra. Lenin señalaba que, incluso las “figuras” lógicas más
L. Wittgenstein, Tractatus Logico-Philosophicus, ed. alemana, pág. 144.
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habituales, es decir, las que estudia la lógica elemental, la lógica formal, reflejan las relaciones habituales de las cosas, pues de otro modo serían imposible las leyes lógicas.
Aristóteles, creador de la lógica formal, y los filósofos materialistas posteriores, que desarrollaron la doctrina de la lógica formal, consideraban las formas lógicas del pensamiento como reflejo del mundo objetivo. Los antiguos materialistas, anteriores a Marx, comprendían muy bien que los nexos existentes entre los conceptos lógicos y los nexos y relaciones existentes entre los conceptos y los juicios lógicos deben reflejar los nexos y relaciones entre las cosas mismas. Spinoza expresaba muy bien este principio materialista con su conocido aforismo: “El orden y la conexión de las ideas es lo mismo que el orden y la conexión de las cosas”.4
Pero los viejos materialistas no comprendían el carácter histórico, transitorio, cambiante, de los nexos y relaciones de las cosas. Su lógica, por esta razón, era una lógica metafísica que ni siquiera se planteaba, en lo esencial, el problema de las relaciones entre lo lógico y lo histórico.
El problema de lo lógico y de lo histórico es un problema de la lógica dialéctica. No se lo planteaba ni podía planteárselo la lógica elemental, es decir, la lógica formal, ya que ésta no estudia los fenómenos ni los objetos en su desarrollo y cambio, con sus aspectos sujetos a transformaciones. La lógica formal, por consiguiente, no estudia tampoco las formas del pensamiento lógico en su desarrollo, en sus transiciones.
Para la lógica dialéctica, cuya esencia consiste en el estudio de los objetos en su desarrollo, el problema fundamental es, naturalmente, el problema de las relaciones entre lo lógico y lo histórico, es decir, el problema de reflejar el desarrollo histórico en la lógica de los conceptos. Se trata del problema de reflejar exactamente la realidad, o sea el de la concordancia de la forma (de lo lógico) con el contenido (con la vida, con lo que está sujeto eternamente a cambio, con la vida en eterno desarrollo, con la práctica).
Lenin subrayó especialmente la unidad de la dialéctica y de la lógica en la filosofía marxista al sostener que sólo el reflejo de las leyes objetivas del desarrollo en el pensamiento puede darnos y nos da una lógica verdaderamente científica. Lenin enseñaba a ver no sólo la dialéctica de las cosas, sino también la dialéctica de los conceptos, la dialéctica del conocimiento.
Los conceptos no nacen arbitrariamente de la mente humana. Como
Barus Spinoza, Etica, trad. rusa, II, prop. 7, pág. 41, Moscú-Leningrado, 1932.
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ha señalado Marx, los hombres no empiezan estando en una relación teórica con la realidad. Al contrario, la relación práctica que guardan con ella constituye el punto de partida y el fundamento de su actividad teórica. Los conceptos nacen de la práctica y resumen, sintetizan lo que previamente se ha dado en la vida real, en la práctica. Y puesto que la práctica se desarrolla históricamente, los conceptos surgen como “nudos”, que fijan en la conciencia humana una determinada fase histórica alcanzada por la práctica social.
Cuando Lenin reprochaba a Plejanov que no comprendiera que la dialéctica es también la lógica y la teoría del conocimiento del marxismo, no sólo tenía presente el hecho de que Plejanov, en sus trabajos filosóficos especiales, no concediera atención a la elaboración de la “gran lógica”, es decir, a la lógica dialéctica, y no se interesara tampoco por la teoría dialéctica del conocimiento. Lenin tenía presente, asimismo, que su incomprensión de la unidad de la dialéctica, de la lógica y de la teoría del conocimiento se expresaba también en las posiciones políticas y tácticas del período menchevique de la actividad de Plejanov, en su inclinación a deducir ciertas verdades por una vía puramente lógica, pasando por alto la práctica social histórica, sujeta a cambios.
Los mencheviques, encabezados por Plejanov, deducían de la tesis general sobre el carácter de la revolución de 1905 —por analogía con las revoluciones burguesas de Occidente y en forma puramente lógica— que la fuerza motriz fundamental de la revolución rusa debía ser la burguesía. Todo su análisis acerca del papel que las clases habían desempeñado en la revolución de 1905 y de la correlación de clase entre las distintas fuerzas se basaba en un divorcio entre lo lógico y lo histórico, en su incapacidad para reflejar en la lógica de los conceptos las condiciones históricas cambiantes en que se había realizado la primera revolución rusa.
La concepción dialéctica marxista de lo lógico como la expresión teórica concentrada de lo histórico permite captar cuidadosamente lo nuevo, lo que nace en la realidad, y concretar los conceptos, las formulas generales, en consonancia con la nueva situación histórica. Precisamente en ese modo de abordar los fenómenos se funda el planteamiento de algunas cuestiones de principio del desarrollo internacional contemporáneo, hecho en el Informe del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética ante el XX Congreso del Partido.
Como se demuestra en este informe, sería erróneo deducir de la tesis general de que el imperialismo engendra las guerras la conclusión puramente especulativa de que las guerras en nuestra época son
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inevitables. Esta conclusión es errónea porque no toma en cuenta las nuevas condiciones históricas del desarrollo contemporáneo, cuando existe y se desarrolla, junto al sistema capitalista mundial, el sistema socialista mundial, cuando han crecido las fuerzas que luchan por la paz y pueden, en determinadas condiciones, impedir que estalle una nueva guerra.
Lo mismo sucede con el problema de la posibilidad de que algunos países lleguen al socialismo mediante la conquista de la mayoría en el Parlamento por las fuerzas avanzadas, encabezadas por la clase obrera y su partido, y la transformación del órgano parlamentario en instrumento de las transformaciones socialistas. Esta conclusión se funda, asimismo, en un examen cuidadoso de los cambios operados en las condiciones históricas del desarrollo internacional contemporáneo.
Tanto el problema de la posibilidad de impedir las guerras en la época actual como el de la diversidad de formas de transición de diferentes países hacia el socialismo se hallan en plena consonancia con los postulados de la dialéctica, considerados en su desarrollo histórico. Aquí tenemos también la unidad de lo lógico y lo histórico.
La unidad de lo lógico y de lo histórico se expresa, asimismo, en la compleja conexión dialéctica existente entre lo universal, lo particular y lo singular. Lo universal es lo esencial, lo necesario, lo que es propio de innumerables fenómenos y procesos particulares y singulares. Pero sería erróneo creer que, sobre esta base, se puede deducir lo particular y lo singular de lo universal, en forma directa e inmediata, puramente lógica.
En la realidad, lo universal siempre se expresa a través de lo particular y de lo singular. Así, por ejemplo, las leyes generales de la construcción del socialismo actúan en una serie de países en distintas formas, cada una de las cuales se halla determinada por la peculiaridad de las condiciones externas e internas del país dado. No se podría comprender, por ejemplo, la experiencia original que brinda el paso del capitalismo al socialismo en China, el camino de la transformación gradual de la industria privada capitalista y del comercio en socialistas, si ese paso y esa transformación se hubieran realizado en el marco de una y la misma fórmula general, si no se hubiese concretado sobre la base del estudio de lo singular y de lo particular, es decir, de las condiciones peculiares internas y externas en que se desarrolla la revolución socialista en la República Popular China.
Lenin calificaba de trivialización del marxismo, de burla del materialismo dialéctico, el empeño en buscar respuesta a los problemas concretos en el simple desenvolvimiento lógico de una verdad general, y siempre exigía que lo universal se aplicara de modo concreto,
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tomando en cuenta las peculiaridades de las condiciones concretas, que inevitablemente modifican lo universal.
La unidad de lo lógico y de lo histórico se desprende, por consiguiente, de la esencia misma de la concepción filosófica dialéctica materialista. Lo lógico es una imagen, una copia del mundo objetivo; no puede contraponerse, por ello, a los nexos reales de las cosas y debe considerarse en unidad con estos nexos y ser su expresión misma. Pero el mundo real no permanece en reposo; su gran ley es la ley del desarrollo y del cambio, de la transformación de un viejo estado cualitativo en otro nuevo, en virtud de las tendencias opuestas, que se encierran en cada objeto y fenómeno. La lógica, el desarrollo lógico del pensamiento, deben reflejar todo esto en conceptos; las categorías de la ciencia y de la lucha política deben ser históricas y concretas, es decir, deben ser la expresión histórica y concreta de la práctica de la humanidad, en constante desarrollo. En esto también se manifiesta la unidad profunda e indisoluble de lo lógico y de lo histórico.
Correlación dialéctica entre lo lógico y lo histórico, en el proceso del conocimiento
De la unidad de lo histórico y lo lógico se deduce también la interdependencia entre ambas categorías en el proceso del conocimiento de la realidad efectiva. Si lo lógico se halla en unidad con lo histórico, el curso lógico del conocimiento debe reflejar el curso histórico que sigue el objeto estudiado en su desarrollo. Pero esto no es más que un aspecto del problema. Sería erróneo imaginarse de modo simplista, no dialéctico, el reflejo de lo histórico en lo lógico, sin advertir también las diferencias y contradicciones existentes en el marco de su unidad. Estos dos aspectos del problema deben ser tenidos en cuenta y examinados para comprender acertadamente la interdependencia entre lo lógico y lo histórico en el proceso cognoscitivo.
El fin del conocimiento no es otro que alcanzar la verdad acerca de un determinado objeto. Conocer adecuadamente un objeto significa abordarlo dialécticamente, es decir, comprender el objeto en su aparición y desarrollo, estudiarlo desde el punto de vista de los procesos que lo han engendrado y le han dado tales o cuales rasgos y cualidades; en una palabra, significa captarlo no como un producto acabado, sino como el resultado de cierto movimiento y desarrollo. Esta es la ley del conocimiento, ley que permite penetrar en la esencia misma de las cosas, apartar de ellas los velos engañosos y equívocos que ocultan su verdadera esencia. Esta ley no ha sido creada por la razón humana, sino
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que ha sido impuesta al pensamiento por la naturaleza misma, por el propio mundo objetivo.
Los fenómenos de la naturaleza y de la sociedad no surgen como algo acabado y definitivo, sino que nacen bajo la influencia de ciertas condiciones. Estos fenómenos pasan por un complejo proceso de desarrollo y su estado actual no es más que el producto de todo el desarrollo anterior. Estos fenómenos, por consiguiente, sólo pueden ser conocidos si se estudia su aparición, las condiciones que lo han engendrado, si se recorren las mismas fases que ha seguido en su desarrollo.
Lenin descubre profunda y brillantemente esta ley del conocimiento en el ejemplo del problema del Estado, problema de los más complejos a que se enfrenta la ciencia de la sociedad.
Si se considera el Estado como un fenómeno social acabado, resultará muy difícil responder a la cuestión de cuál sea su esencia, de si se trata de un fenómeno eterno o transitorio, etc. Podemos imaginarnos el Estado, en ese caso, como un modo de ser inseparable de toda organización social, como resultado de un acuerdo, de un “contrato” entre los hombres, etc. Los ideólogos burgueses embrollan conscientemente, a cada paso, este para mantener a los trabajadores en la oscuridad en relación con la esencia del Estado explotador. Lenin decía que “para abordar del modo más científico este problema, es necesario echar aunque sea una fugaz ojeada histórica al surgimiento y desarrollo del Estado”.5
Y, a continuación, Lenin formula este principio del conocimiento como un principio general, aplicable a cualquier problema: “Lo más seguro en las cuestiones de las ciencias sociales, y lo más necesario para adquirir realmente el hábito de abordar de un modo acertado este problema sin perderse en el fárrago de nimiedades o entre la enorme diversidad de los conceptos en lucha; lo más importante para abordar esta cuestión desde el punto de vista científico, es no olvidarse de la concatenación histórica fundamental, analizar esta cuestión desde el punto de vista de cómo el fenómeno dado ha surgido en la historia, cuáles son las fases principales por las que ha pasado en el proceso de su desarrollo, y, partiendo de este punto de vista de su desarrollo, ver en qué se ha convertido, en la actualidad, dicha cuestión”.6
Al aplicar concretamente este importante principio metodológico al Estado, Lenin explica las condiciones históricas en que ha aparecido, demuestra que el Estado ha surgido sobre la base de la división de la
V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XXIX, págs. 435-436.
V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XXIX, pág. 436.
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sociedad en clases, que, por consiguiente, el Estado es el órgano de coerción de una clase sobre otra, y que el proletariado solamente podrá construir la sociedad comunista después de haber derrocado el Estado de los capitalistas y de haber creado otro nuevo, el Estado socialista.
Las ciencias de la naturaleza y de la sociedad, las ciencias del pensamiento mismo, han adquirido un amplio impulso sólo cuando los fenómenos han comenzado a estudiarse desde el punto de vista de su aparición y desarrollo y como resultado de todo el desarrollo anterior. Por ejemplo, el conocimiento de las especies vegetales y animales descansaba sobre un terreno inseguro mientras la ciencia, representada por el darwinismo, no estudió las especies orgánicas en su nacimiento y desarrollo, en sus transiciones de unas a otras.
El marxismo pudo transformar el socialismo de utopía en ciencia en virtud de haber demostrado que el comunismo es el resultado necesario, sujeto a leyes, del desarrollo que se opera en el marco y sobre la base del modo capitalista de producción. “Marx —dice Lenin— se plantea el problema del comunismo como el investigador de la naturaleza se plantea, por ejemplo, el problema del desarrollo de una especie biológica, una vez que conocemos cómo ha surgido y en qué dirección determinada se modifica”.7
Los productos del conocimiento mismo, de la actividad del pensamiento, también se transforman en algo inexplicable si se ¡es considera como algo acabado y definitivo, es decir, si no se les enfoca en su aparición y desarrollo.
Si al concepto, por ejemplo, se le aísla de todo el proceso de desarrollo del conocimiento, podría parecer que no es el resultado de la generalización de los fenómenos reales de la naturaleza, que no es la síntesis de los datos de la percepción sensible, como es en realidad, sino cierto objeto autónomo, independiente del mundo objetivo, como se lo imaginan los filósofos idealistas.
Así, pues, la dialéctica exige que el objeto sea investigado en su aparición y desarrollo, y se estudien los distintos escalones y diversas fases que recorre en su desarrollo.
De esto se deduce una importante conclusión para la solución del problema de las relaciones mutuas entre lo lógico y lo histórico en el proceso cognoscitivo de las cosas y de los fenómenos concretos, a saber: lo lógico debe reflejar, en lo esencial, el proceso histórico que estos fenómenos y objetos sufren en su desarrollo. Por tanto, también las categorías y conceptos científicos, que resumen la marcha misma del desarrollo del objeto, deben ser reflejo del nexo histórico entre los
V. I. Lenin. Obras completas, ed. rusa, t. XXV, pág. 130.
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fenómenos y deben deducirse unas de otras en consonancia con ¡a verdadera historia del objeto de la investigación.
A ello hay que agregar que la concordancia del proceso lógico del conocimiento con el desarrollo histórico de la realidad misma no puede entenderse, por supuesto, en el sentido hegeliano, es decir, como identidad del pensamiento y del ser, sino como el reflejo del desarrollo histórico del mundo objetivo por medio de conceptos.
La gran significación metodológica del principio dialéctico de la concordancia de lo lógico y de lo histórico reside, asimismo, en que dicho principio proporciona, en cada rama del conocimiento científico, el criterio para elaborar una estructura, un sistema adecuado de conceptos y de categorías. En cualquier ciencia no sólo es de suma importancia la formulación, la formación de los conceptos y categorías, sino también la elaboración del sistema de estas categorías y de estos conceptos. En este terreno no cabe la arbitrariedad, sino que debe regir la lógica más rigurosa, con absoluta independencia de la voluntad y de los deseos del investigador.
Mendeleev, por ejemplo, al elaborar su sistema periódico de los elementos, al pasar de los elementos químicos más simples a los más complejos, no procedió de modo arbitrario, sino guiándose por determinados principios científicos. La construcción lógica de la tabla de Mendeleev, del paso de los elementos más simples a los más complejos, refleja el proceso histórico de la naturaleza misma, proceso que ha ido adquiriendo cada vez mayor complejidad. Y aunque el propio Mendeleev desconocía aún la mutabilidad y transformación de los elementos químicos, captó y reflejó, en el sistema que había creado, precisamente la histórica mutabilidad de la naturaleza. Exactamente lo mismo ocurre en cualquier otra ciencia: la disposición y el orden de los conceptos, leyes y categorías tienen un riguroso fundamento objetivo. Este fundamento lo proporciona el principio dialéctico de la concordancia de lo lógico con lo histórico, según el cual el desarrollo histórico de la realidad se refleja en el desenvolvimiento lógico de los conceptos.
La gran importancia del principio de la unidad de lo lógico y de lo histórico puede verse, asimismo, a la luz de la solución de un problema tan complejo como el de la clasificación de las ciencias, es decir, el problema de determinar el lugar que corresponde a cada ciencia particular en un sistema universal de las ciencias. Antes de la aparición del marxismo, las ciencias solían clasificarse por algunos rasgos accidentales, arbitrarios. El materialismo dialéctico, con su teoría de la unidad de lo lógico y lo histórico, de lo lógico como reflejo de lo histórico, nos brinda un hilo conductor seguro en la solución de este
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problema.
Cada ciencia o grupo de ciencias estudian determinada forma del movimiento de la materia. Y puesto que las formas de este movimiento se han ido haciendo, históricamente, cada vez más complejas, desarrollándose de lo simple a lo complejo, de lo inferior a lo superior, la clasificación de las ciencias, es decir, el lugar que cada una de ellas ocupa en un sistema universal de las mismas, se determina por el desarrollo histórico y sucesivo de las formas del movimiento material. El paso de unas ciencias a otras debe reflejar las transiciones históricas reales de unas formas del movimiento a otras. “Del mismo modo que una forma del movimiento se desarrolla a partir de otra —dice Engels—
así también el reflejo de ellas, es decir, las distintas ciencias particulares, deben derivarse unas de otras”.8
En este modo de abordar el problema de la clasificación de las ciencias, que es el único verdaderamente científico, sería falso colocar en el escalón inferior de esta escala científica una ciencia como, por ejemplo, la biología, y a continuación, la física y la química, ya que la forma biológica del movimiento, es decir, la vida, es, desde el punto de vista histórico, una fase más alta, que ha surgido sobre lá base de los procesos físico-químicos. Engels consideraba, en su tiempo, que la clasificación de las ciencias naturales debía comenzar por la mecánica, por ser la ciencia que estudia la forma más elemental del movimiento. Sin embargo, en la actualidad se conoce una nueva forma de éste, que históricamente ha precedido al movimiento mecánico de los macrocuerpos, es decir, el movimiento de las micropartículas, los protones, electrones, etc. Es evidente que el principio de la concordancia, de la unidad de lo lógico y de lo histórico, exige que se introduzcan determinadas modificaciones en la clasificación de las ciencias, y que la ciencia que estudia las partículas elementales de la materia y su movimiento se coloque en dicha clasificación antes que las ciencias que se ocupan de estudiar los macrocuerpos.
Las ciencias sociales deben ocupar, por causas claramente comprensibles, los estratos superiores del conocimiento científico, ya que la sociedad y la forma específica del movimiento de la vida social han surgido históricamente mucho más tarde que otras formas.
La lógica de la clasificación de las ciencias se funda, por tanto, íntegramente en la unidad de lo lógico y de lo histórico, en el reflejo lógico del desarrollo histórico de la naturaleza y de la sociedad.
El capital, de Marx, constituye un brillante ejemplo de investigación científica, basada en la unidad, en la concordancia de lo lógico y de lo
F. Engels. Dialéctica de la naturaleza, trad. rusa, pág. 199, 1955.
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histórico. Lenin reclamaba insistentemente que se utilizara este genial modelo del método marxista en la solución de una serie de problemas teóricos de la lógica dialéctica. Y señalaba, especialmente, que El capital nos brinda un ejemplo del análisis lógico, fundado en la generalización del desarrollo histórico del capitalismo.
Lenin, en sus Cuadernos filosóficos, nos presentan el siguiente esquema de la marcha del pensamiento y del movimiento de las categorías económicas en El capital: mercancía-dinero-capital-producción de plusvalía absoluta-producción de plusvalía relativa. Y, a continuación, comenta dicho esquema con estas palabras: “La historia del capitalismo y el análisis de los conceptos, que la resumen”.9
El citado esquema demuestra que Marx comienza su investigación por las categorías económicas que expresan las relaciones más elementales, y de ellas parte hacia las categorías que fijan las relaciones más complejas y más desarrolladas de la producción mercantil. La mercancía es una relación más simple que el dinero, y éste, a su vez, es más simple que el capital, etc.
La lógica del proceso cognoscitivo exige aquí que, primeramente, se investigue la relación elemental, sin la cual sería imposible comprender la más compleja. Por ejemplo, no se puede comprender la esencia del dinero como forma superior del valor si no se estudian la mercancía y sus contradicciones, el desarrollo de éstas, el desarrollo de las formas del valor desde sus formas singulares y casuales a la forma universal, a la forma monetaria. Tampoco es posible comprender el capital sin que el pensamiento se mueva de lo simple a lo complejo, es decir, del dinero al capital, ya que la aparición de este último supone la existencia de un poseedor de dinero y también la existencia de una mercancía especial, la fuerza de trabajo del obrero, privado de todos los medios de producción y que sólo poseeuna “propiedad”, su fuerza de trabajo. La categoría de fuerza de trabajo como mercancía expresa una relación más compleja y más desarrollada que la de la simple mercancía con que Marx comienza su análisis.
Así, pues, la lógica misma del conocimiento, la lógica del pensamiento, exige ir de lo simple a lo complejo. Pero esta lógica no es casual, sino que tiene su fundamento no en sí misma, sino en el desarrollo de la realidad efectiva, de la práctica viva, que refleja y se desenvuelve de lo simple a lo complejo. Si el dinero puede comprenderse lógicamente por medio del estudio de la mercancía y de sus contradicciones, ello se explica por el hecho de que el dinero ha surgido y se ha desarrollado en la realidad efectiva de la mercancía
V. I. Lenin. Cuadernos filosóficos. ed. rusa. pág. 215.
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misma, en las necesidades reales del desarrollo del cambio de mercancías.
Los economistas burgueses no comprendían la verdadera esencia del dinero y ni siquiera trataban de deducir la categoría de dinero del desarrollo de la mercancía, del cambio de mercancías, de las formas más elementales del valor. De aquí que convirtieran el dinero en un fetiche, que poseía la fuerza mágica de producir un dinero complementario. Marx quitó al dinero su “misteriosa” envoltura, demostrando que es el resultado del desarrollo de la mercancía y de sus contradicciones, es decir, el producto del desarrollo de la producción y del cambio de mercancías.
Dicho con otras palabras: en el riguroso movimiento lógico de las categorías, que nos muestra El capital, de la mercancía al dinero, del dinero al capital, etc., se refleja el proceso histórico del desarrollo de la producción mercantil, el movimiento desde la producción mercantil simple a la producción mercantil capitalista. Aún más, esto último es precisamente lo que determina el movimiento lógico de los citados conceptos económicos.
El propio Marx, refiriéndose al tránsito lógico del dinero al capital, escribe: “Este tránsito es, asimismo, histórico. La forma antediluviana del capital es el capital comercial que desarrolla siempre dinero. Al mismo tiempo, el nacimiento del verdadero capital partiendo del dinero o del capital mercantil, que se apodera de la producción”.10
Marx investiga, primero, la creación de plusvalía absoluta y después examina la obtención de plusvalía relativa. Y, nuevamente, la lógica del movimiento del pensamiento de lo simple a lo complejo corresponde al movimiento histórico real. Esta misma concordancia entre lo lógico y lo histórico puede verse a la luz de los análisis de Marx del desarrollo de las formas del valor, de la función del dinero, etc.
Al explicar por qué la investigación teórica del valor tiene que preceder a la de los precios de producción, dice lo siguiente: “Prescindiendo de la dominación de los precios y del movimiento de éstos por la ley del valor, es, pues, absolutamente correcto considerar los valores de las mercancías, no sólo teóricamente, sino históricamente, como el prius de los precios de producción”.11 Es bien sabido que el cambio de las mercancías atendiendo a su valor precedió al cambio de ellas por su precio de producción.
A la luz de todo lo anterior, resulta clara la conclusión a que llega
C. Marx y F. Engels, Cartas escogidas, trad. rusa, pág. 102. 1955.
C. Marx, El capital, trad. española de W. Roces, t. III. págs. 225-226. México. D. F., 1946.
Lo histórico y lo lógico [M. M. Rosental]
Marx en su Contribución a la crítica de la economía política acerca de la concordancia de las leyes del pensamiento abstracto, que postulan un movimiento ascensional de lo simple a lo complejo, con el proceso histórico real. Citando ejemplos que demuestran que las categorías simples expresan las relaciones elementales que existían con anterioridad a las relaciones más complejas de la producción mercantil, Marx escribe: “En tanto que leyes del pensamiento abstracto, que se elevan de lo simple a lo complejo, corresponden al proceso histórico real”.12
Sin embargo, como se demostrará más adelante, Marx, al señalar la absoluta justeza e incluso la necesidad del movimiento de lo simple a lo complejo, estaba muy lejos de atribuir un valor absoluto al principio según el cual el pensamiento se mueve de lo simple a lo complejo.
Lenin, al proseguir el análisis de Marx del capitalismo en su fase superior, la fase del imperialismo, se atuvo en su investigación del modo más riguroso al principio de la concordancia del análisis lógico con el curso del desarrollo histórico. En su obra El imperialismo, fase superior del capitalismo, Lenin, al someter el imperialismo a un análisis lógico, no se mueve del terreno de la transformación histórica del capitalismo premonopolista en el capitalismo monopolista. El concepto leninista de imperialismo se halla empapado de un profundo contenido histórico y la lógica misma de la investigación refleja, en su integridad, la historia de la aparición y desarrollo del imperialismo.
Tanto en Lenin como en Marx, la lógica y la historia se hallan íntimamente unidas y el concepto de capitalismo imperialista ha sido descubierto por medio del análisis de la historia del tránsito del viejo al nuevo capitalismo. Lenin ha expresado, en su obra antes citada, la correlación existente entre la lógica de las categorías económicas y de la historia, con estas palabras: “Concentración de la producción; monopolios que surgen de ella; fusión o ensambladura de los bancos con la industria; he ahí la historia del surgimiento del capital financiero y el contenido de este concepto”.13
Lenin se oponía a los que pensaban que el imperialismo podía comprenderse al margen de su desarrollo histórico que partía de las fases anteriores del capitalismo. “El imperialismo —decía— ha crecido desarrollando y prolongando directamente las propiedades fundamentales del capitalismo en general”.14 Y si el imperialismo se
C. Marx, Contribución a la crítica de la economía política, trad. rusa, página 215, Moscú, 1953.
V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XXII, pág. 214.
V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XXII, pág. 252.
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caracteriza por el hecho de que algunos de los rasgos fundamentales del capitalismo se han convertido en lo contrario, como, por ejemplo, la libre competencia se ha transformado en monopolio, ello una vez más sólo puede comprenderse analizando la dialéctica interna del desarrollo del capitalismo premonopolista, que había preparado la nueva fase del desarrollo capitalista.
En el VIII Congreso del Partido, Lenin se pronunció con toda energía contra la proposición de Bujarin de que en el nuevo programa del Partido se incluyera únicamente el rasgo del capital financiero, prescindiendo de todo cuanto se refería al viejo capitalismo. Lenin demostró que esta imagen libresca del capitalismo era sólo una dañina lucubración, aislada de la trayectoria histórica de la transformación del viejo capitalismo en otro nuevo y aislada, asimismo, de toda la complejidad y del carácter contradictorio de la vida real. En el imperialismo lógicamente “puro” no queda sitio para la libre competencia, que coexiste en el imperialismo real con los monopolios y que ahonda el carácter contradictorio del desarrollo en una nueva fase. “En ninguna parte del mundo —dice Lenin—, ha existido ni existirá el capitalismo monopolista, sin la libre competencia en toda una serie de ramas. Pintar un sistema así, significa pintar un sistema, divorciado de la vida y falso”.15
Esta imagen puramente lógica del imperialismo, separada del desarrollo histórico real, según demostraba Lenin, podía causar un daño considerable a la solución práctica de los problemas más importantes, de la transformación socialista de la sociedad. La proposición de Bujarin podía conducir a la incomprensión y a la negación del papel que desempeñan los campesinos medios en la edificación del socialismo. Pues, ¿de dónde puede salir el campesino medio, si no se demuestra que el imperialismo ha ¿urgido del viejo capitalismo, de las viejas relaciones económicas'mercantiles, que todavía subsisten junto a las formas superiores del capitalismo?
“Decimos que hemos llegado a la dictadura, pero hay que saber cómo hemos llegado... Y, por eso, decimos: para comprender en qué situación nos encontramos, tenemos que decir cómo hemos marchado, qué es lo que nos ha llevado a la revolución socialista. Nos llevó el imperialismo, nos llevó a ella el capitalismo en sus formas económicas mercantiles primarias. Hay que comprender todo esto, pues sólo tomando en cuenta la realidad, podemos resolver problemas como, por ejemplo, el de nuestra actitud hacia los campesinos medios”.16
V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XXIX. pág. 147.
V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XXIX, pág. 148.
Lo histórico y lo lógico [M. M. Rosental]
Al analizar las nuevas relaciones, las relaciones socialistas creadas en la U.R.S.S., es de suma importancia observar la presente ley del conocimiento. Muchos conceptos y categorías de la economía política del capitalismo no expresan ni pueden expresar la naturaleza de nuestra economía socialista. Las categorías como plusvalía, acumulación capitalista, fuerza de trabajo como mercancía y otras ya no corresponden a la nueva realidad, a la realidad socialista. Aplicar dichas categorías a esta realidad implica establecer un divorcio entre lo lógico y lo histórico. La generalización teórica de la economía soviética ha exigido que se formulen nuevos conceptos y categorías económicos, que reflejen profundamente las peculiaridades históricas del modo socialista de producción. Entre estos nuevos conceptos figuran la ley económica fundamental del socialismo, el desarrollo planificado de la economía nacional, la acumulación socialista, la colectivización de la agricultura, la distribución con arreglo al trabajo, etc. A la luz de este ejemplo, se pone de manifiesto la naturaleza histórica de los conceptos y categorías, como expresión teórica, lógica, que siempre se desarrolla históricamente con la práctica social concreta.
El socialismo nace del capitalismo, de las premisas objetivas y subjetivas que crea el desarrollo mismo de la sociedad burguesa. El socialismo no puede acabar de pronto, de un solo goipe, con una serie de fenómenos de la sociedad capitalista. No es algo estático, sino un proceso histórico, en el que van desapareciendo gradualmente los restos de lo viejo para ser sustituidos por lo nuevo; es un proceso en el que algunas formas viejas, que objetivamente son necesarias todavía, se van llenando de un nuevo contenido.
Bajo el socialismo, por ejemplo, sigue existiendo la producción mercantil, pero se trata de otra distinta, ya que está puesta al servicio del fortalecimiento del socialismo y del tránsito gradual al comunismo. En nuestro país ha desaparecido la oposición entre la ciudad y el campo, entre el trabajo físico y el intelectual, pero subsisten aún importantes diferencias entre ellos, etc.
Al estudiarse teóricamente estos fenómenos y procesos, así como otros similares de la sociedad socialista, es sumamente importante reflejar en los conceptos y en las categorías la compleja dialéctica del desarrollo histórico, la dialéctica del tránsito de lo viejo a lo nuevo, y ello con el objeto de expresar, de una parte, el carácter específico de las relaciones socialistas y de reflejar, de otra, el hecho de que el socialismo surge históricamente del capitalismo y que, por consiguiente, el régimen socialista no puede librarse todavía completamente de las “manchas originales” de lo viejo.
Con otras palabras: se necesita una máxima flexibilidad de los
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conceptos, flexibilidad que se halla determinada no por el “propio desarrollo” de ellos, sino absolutamente por la unidad de lo lógico y de lo histórico, por el reflejo de las transiciones dialécticas, que se operan en la realidad misma, en la lógica de la investigación y de la exposición. En esto reside uno de los rasgos peculiares más importantes de la lógica dialéctica, que permite operar con conceptos móviles, “fluidos” y flexibles, que reflejan adecuadamente la dialéctica objetiva de la realidad.
Sin embargo, al subrayar la unidad, el nexo existente entre lo lógico y lo histórico, sería erróneo concebir sus relaciones mutuas como una identidad absoluta de ambas categorías, sin tener presente que esta identidad, como toda identidad, es una unidad de diferencias.
Sería falso concebir lo lógico como algo pasivo, como una reproducción fotográfica del desarrollo de la realidad. El pensamiento desempeña un papel importante en el proceso cognoscitivo y no se reduce a una simple descripción de hechos. Lo lógico no es mera descripción de hechos, aunque éstos se tomen en su desarrollo histórico, sino un complejo proceso del pensamiento, que aspira a conocer la realidad captando las leyes que rigen su desarrollo. Con frecuencia, el pensamiento descubre y estudia —tras el desarrollo caótico que reviste la forma de casualidades— la necesidad y la regularidad objetivas, que permiten comprender el proceso histórico real. Gracias al conocimiento de las leyes objetivas, podemos comprender por qué el desarrollo histórico sigue este curso y no otro, y podemos iluminar un hecho histórico aislado merced al conocimiento de la tendencia general, de la necesidad general del desarrollo.
Engels llamaba reflejo “corregido” al reflejo lógico del desarrollo histórico; con ello, quería decir que este reflejo no sigue pasivamente el curso histórico del desarrollo de los fenómenos, sino que esclarece la necesidad de este desarrollo, captando lo más importante y esencial de él.
Al desarrollo histórico real le son inherentes muchos elementos casuales que con frecuencia velan la verdadera esencia de los fenómenos. A fin de descubrir profundamente esta esencia, el reflejo lógico prescinde de semejantes elementos casuales y de innumerables hechos secundarios y nos muestra los fenómenos bajo la forma pura y clara en extremo en que se manifiestan con sus rasgos más esenciales.
Ley universal del desarrollo histórico es el movimiento gradual de lo inferior a lo superior, de lo viejo, de lo caduco a lo nuevo, a lo más progresivo. Sin embargo, el desarrollo histórico real, al abrirse paso hacia adelante, se mueve con frecuencia en zigzag o volviendo hacia atrás, lo que puede explicarse por circunstancias temporales, en las
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cuales lo viejo es todavía más firme que lo nuevo, viéndose este último derrotado. El reflejo lógico del proceso histórico, para descubrir el hilo conductor del desarrollo, prescinde de estos zigzags y retrocesos temporales, que se apartan de la tendencia general del movimiento.
Al afirmar que lo lógico es lo histórico corregido, Engels subraya acertadamente que esta corrección se hace con arreglo a las leyes que dicta el propio proceso histórico objetivo.
La eliminación de tales o cuales casualidades o zigzags, en el curso de la investigación de la tendencia general del desarrollo social, se halla plenamente fundada desde el punto de vista de las leyes mismas de la historia, ya que esta última se abre paso hacia adelante a través de innumerables casualidades y zigzags. La tesis del desarrollo progresivo de la sociedad implica el reflejo “corregido” de la historia, puesto que prescinde de los zig-zags, del “movimiento regresivo” temporal. Esta tesis refleja la realidad histórica mil veces más profundamente que la descripción empírica de todos los zigzags y casualidades, que llenan la historia, pues refleja la ley objetiva de la historia y “corrige” lo histórico con arreglo a sus propias leyes. Esto no significa, por supuesto, que se ignore o se pase por alto toda la complejidad del proceso histórico, ni que deje de tenerse en cuenta que el desarrollo social no tiene ni puede tener un carácter rectilíneo.
El capital, de Marx, como antes se ha dicho, constituye un análisis lógico del modo capitalista de producción, en el que se refleja el proceso histórico real del surgimiento y desarrollo del capitalismo. Pero en El capital no se cuenta la historia concreta del capitalismo de tal o cual país en particular. Es cierto que Marx señala que Inglaterra, el país clásico del capitalismo en aquella época, constituyó la principal ilustración de sus conclusiones teóricas. Sin embargo. El capital no es la historia del capitalismo inglés, como no lo es tampoco de ningún otro país. En El capital se investigan las leyes del modo capitalista de producción, es decir, las leyes que rigen su nacimiento, desarrollo y su inevitable desaparición. Esto se hace en forma teórico-abstracta, o lo que es lo mismo, por medio de los conceptos, las leyes y las categorías de la ciencia, y en cuanto dicho pensamiento generaliza, “corrigiéndolo”, el proceso histórico real de cualquier país donde impere el capitalismo.
Marx mismo habló muy bien de esto en el prólogo a la primera edición de El capital. Ironizando a costa de un lector alemán de El capital, que quería tranquilizarse a sí mismo arguyendo que, en virtud del poco desarrollo de las relaciones capitalistas en Alemania, las cosas no iban tan mal como en Inglaterra, Marx advierte a este lector: “... de te fabula narratur!” Y agrega, a continuación: “Lo que aquí nos
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interesa no es precisamente el grado más o menos alto de desarrollo de las contradicciones sociales que brotan de las leyes naturales de la producción capitalista. Nos interesan más bien estas leyes de por si, estas tendencias, que actúan y se imponen con férrea necesidad”.17
Es absolutamente comprensible que lo lógico, por ser un reflejo ''corregido” de lo histórico, al tratar de reflejar en el pensamiento, del modo más profundo, 1a lógica de la realidad objetiva, no siempre puede seguir fielmente el curso del desarrollo histórico, llegando en algunos casos a desviarse incluso de la trayectoria histórica.
En este aspecto, El capital es de nuevo muy instructivo. Marx, por ejemplo, no investiga el secreto de la acumulación originaria, es decir, la prehistoria del capitalismo, al comienzo del tomo I de su obra, sino al final de él, cuando ya ha demostrado el carácter históricamente transitorio del capitalismo.
Marx, naturalmente, no procedió así por casualidad. La razón de ello hay que buscarla en que el análisis de la ley fundamental del capitalismo
—la ley de la producción de plusvalía— permite comprender con mayor profundidad y claridad, la prehistoria misma de la sociedad capitalista; permite comprender, a su vez, que la expropiación del pequeño productor, la separación de éste de la propiedad y su transformación en obrero, desprovisto de medios de producción, constituye la premisa del nacimiento del capitalismo. Por ello, solamente al final del tomo I, Marx traza la historia de la formación del obrero “libre” y, por otra parte, del poseedor del capital, historia escrita en los anales de la humanidad 'con el ardiente lenguaje de la espada y del fuego”.
En el tomo III de su obra, Marx nos ofrece un ejemplo parecido. En la marcha del análisis lógico, la formación de la cuota general de ganancia aparece teniendo como punto de partida la concurrencia de los capitales industriales, modificada posteriormente por obra de la interposición del capital comercial. “En la trayectoria del desarrollo histórico —advierte Marx—, las cosas ocurren exactamente a la inversa”.18 La esfera en que se forma primeramente la cuota general de ganancia es la esfera de la rotación del capital.
Este “retroceso” de lo lógico con respecto a lo histórico, como cualquier otro, se halla determinado por la necesidad de reflejar aun más profundamente la esencia del fenómeno. Como dice Engels, el análisis lógico permite estudiar todo fenómeno, desde el punto de vista de su
C. Marx, El capital, trad. española de W. Roces, t. I, pág. 6, México, D. F., 1946.
C. Marx, El capital, trad. española de W. Roces, t. III, vol. I, pág. 550, México, D. F., 1946.
Lo histórico y lo lógico [M. M. Rosental]
desarrollo, “allí donde el proceso alcanza una plena madurez y su forma clásica”.19
El desarrollo procedente no sólo nos permite comprender mejor su resultado, sino que, a su vez, este resultado, es decir, el escalón superior del desarrollo, permite observar y comprender profundamente el pasado, ver en su forma ya acabada, madura, lo que antes se presentaba en germen y, con frecuencia, en forma velada y oscura, pues “es más fácil estudiar el organismo desarrollado que la simple célula”.20 En esto reside la fuerza poderosa del método lógico de investigación.
Así, por ejemplo, la forma desarrollada de la lucha de clases, que en la sociedad burguesa ha alcanzado un nivel superior, permite comprender mejor su desarrollo en aquellas formaciones sociales como, por ejemplo, las sociedades esclavista y feudal, en las que la lucha de clases se hallaba velada por una serie de circunstancias accesorias. No es casual que el marxismo haya podido crear la ciencia de la sociedad, la ciencia de las leyes que rigen su desarrollo, estudiando ante todo la sociedad burguesa, donde las leyes del desarrollo histórico se presentan más al desnudo. La anatomía de la sociedad burguesa sirvió de base para comprender la anatomía del desarrollo de la sociedad en el pasado y estudiar las leyes del desarrollo social en general.
El análisis que Marx llevó a cabo de la forma más alta y más perfecta de la explotación del hombre por el hombre —de la forma capitalista— mostró con toda claridad el mecanismo de la explotación en todas las formas en que ya existía anteriormente, es decir, mostró la esencia de toda explotación. Como es sabido, esta esencia consiste en que los explotadores se apropian, sin compensación alguna, del trabajo no remunerado del esclavo, del siervo o del obrero. El estudio de la esencia de la ganancia del capital industrial, o lo que es lo mismo, de la forma más alta y más desarrollada del capital, pone al desnudo, a su vez, la esencia de sus formas “antediluvianas” —las del capital usurario y del capital comercial— envueltas aún en las sombras de las relaciones medievales.
Esto explica en gran parte el hecho de que en El capital algunas categorías económicas, que reflejan relaciones más complejas y más tardías, sean estudiadas por Marx antes que las categorías que expresan relaciones que históricamente precedieron a ellas. Debe tenerse presente, asimismo, que Marx estudia en su obra el capital comercial y el capital monetario, principalmente bajo su forma capitalista modificada. Ello significa que estas formas del capital se hallan
Cita tomada de la Contribución a la crítica de la economía política de C. Marx.
C. Marx, El capital, trad. española de W. Roces, t. I. pág. 6, México, D. F., 1946.
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subordinadas a la forma principal, es decir, al capital industrial, por lo cual es lógico deducirlas de las relaciones más desarrolladas, y no a la inversa.
Al estudiar el orden y la sucesión de las categorías de la economía política del socialismo (y ésta es una tarea que se plantea a nuestros economistas), es indudable que el movimiento de las categorías también debe sujetarse, en este caso, al principio de la unidad de lo lógico y de lo histórico, al principio del reflejo del proceso histórico de transformación y desarrollo del modo socialista de producción en el movimiento de las categorías económicas.
El período de transición del capitalismo al socialismo, la industrialización, la colectivización de la agricultura, el afianzamiento del modo socialista de producción, el paso gradual del socialismo al comunismo; he ahí el esquema general que muestra la marcha del análisis lógico, marcha que coincide con el desarrollo histórico de la sociedad socialista. En este caso, como en El capital, lo lógico no se presenta como un simple reflejo, sino como un reflejo “corregido” de lo histórico.
Por ejemplo, ciertos fenómenos económicos —la producción mercantil, el valor y el dinero— no desaparecen, como es sabido, en el socialismo. Por esta razón, también existen las categorías de producción mercantil, de valor y de dinero en la economía política del socialismo, como categorías que expresan los caracteres específicos, las peculiaridades que estos fenómenos revisten en la sociedad socialista. La producción mercantil, el valor y el dinero existían mucho antes que surgiera el modo capitalista de producción; por tanto, le habían precedido. Sin embargo, sería erróneo que, basándonos en esto, iniciáramos el análisis de la economía socialista por estas categorías. En realidad, la producción mercantil, la acción de la ley del valor y del dinero adquieren en el socialismo unos rasgos nuevos tan peculiares que sólo pueden comprenderse estudiando previamente lo que es esencial y fundamental, lo que caracteriza al modo socialista de producción.
No se pueden comprender las peculiaridades de estos fenómenos económicos y, por consiguiente, de las categorías respectivas que los reflejan si no analizamos primeramente las relaciones socialistas de producción, la ley económica fundamental del socialismo, la ley del desarrollo planificado de la economía nacional, etc. Esos fenómenos, en las condiciones del socialismo, modifican los viejos rasgos y engendran otros nuevos en la producción mercantil y en las categorías económicas vinculadas a ellos. Solamente si se tiene en cuenta que el socialismo es el sistema de la propiedad social sobre los medios de producción, en el marco del cual el desarrollo económico ya no conoce
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la anarquía de la producción, puesto que esta última se efectúa en forma planificada, se puede comprender, por ejemplo, que la ley del valor no sea, en el socialismo, un regulador de la producción, que su esfera de acción esté limitada, etc.
Veamos ahora el ejemplo del dinero. En la economía capitalista, el dinero, con su función de medio de circulación y de pago, contribuye a que surjan las crisis económicas. En el socialismo, después de haber sido superada la contradicción entre el carácter social de la producción y la propiedad privada sobre los medios de producción, el dinero ha dejado completamente de cumplir la función que le era propia en la sociedad capitalista. Por el contrario, en manos del Estado socialista se convierte en un instrumento del desarrollo planificado de la economía nacional. Y esto, de nuevo, sólo puede comprenderse a la luz de los rasgos específicos fundamentales de la economía socialista.
Por ello, lo verdaderamente acertado en el aspecto metodológico será establecer un orden de sucesión en el desarrollo de las categorías económicas del socialismo, en el cual las categorías de producción mercantil, de valor y de dinero sean analizadas después de haberlo sido la ley económica fundamental del socialismo, la ley del desarrollo planificado de la economía nacional, etc.
También en este caso podemos aplicar por completo la valiosísima indicación metodológica que Marx hace en su Contribución a la crítica de la economía política, según la cual toda forma de la sociedad tiene su propio modo de producción, que es el que determina el lugar y la influencia que corresponden a todos sus restantes aspectos y manifestaciones. “Se trata de una luz general — dice Marx —, en la que se pierden todos los matices restantes, modificando sus peculiaridades. Es como un éter especial que fijara el peso específico de toda sustancia que se encontrara en él”.21
Por lo tanto, la correlación entre lo lógico y lo histórico en el proceso cognoscitivo incluyen tanto el momento de la identidad como el de la diferencia, con la particularidad de que la diferencia no sólo no excluye su unidad y sus relaciones mutuas, sino que, al contrario, matiza y destaca aun más acusadamente el hecho de que lo lógico es el reflejo de lo histórico. Se comprende de suyo que la solución marxista del problema de la correlación existente entre lo histórico y lo lógico solamente nos brinda las indicaciones metodológicas generales. Ahora bien, estas indicaciones deben ser concretadas al aplicarse a cada sector del conocimiento científico, tomando en cuenta los caracteres específicos y las tareas de cada uno de ellos, especialmente los
C. Marx, Contribución a la crítica de la economía política, trad. rusa, página 220.
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caracteres específicos de las ciencias naturales y sociales, etc.
El método lógico y el método histórico de investigación
AI reseñar la obra de Marx Contribución a la crítica de la economía política, Engels señalaba que la investigación emprendida por Marx podía realizarse, de acuerdo con el método dialéctico, de dos modos: el histórico y el lógico. Sin embargo, teniendo presente el objetivo que Marx se había propuesto, es decir, analizar el capital, Engels llega a la conclusión de que “el único método adecuado era el método lógico de investigación”.
Por método lógico de investigación, el marxismo entiende el estudio de los fenómenos en su estado más “puro”, en forma generalizada, a diferencia del método histórico, que refleja la trayectoria histórica de los fenómenos y acontecimientos en todas sus manifestaciones concretas.
Sin embargo, sería erróneo sacar de estas palabras de Engels la conclusión de que el método lógico es el único acertado en toda investigación. No menos irreflexivo sería deducir de estas palabras que el método histórico nos obliga a seguir todos los zigzags y todos los hechos fortuitos del desarrollo de la realidad, es decir, llegar a la conclusión de que el método histórico es una especie de descripción empírica de los fenómenos, no pudiendo considerarse, por lo tanto, como un método científico de investigación. En verdad, ambos métodos, cada uno de ellos en el momento y lugar apropiados, son manifestaciones distintas y ambas rigurosamente científicas del método dialéctico marxista.
No se pueden borrar las diferencias existentes entre ellos, diferencias que son de gran importancia para determinar cuál es el método más adecuado en tal o cual caso concreto. Pero, al mismo tiempo, no se les puede contraponer absolutamente el uno al otro, pues, como señala Engels, en esencia el método lógico es “el método histórico mismo, pero liberado éste de su forma histórica...”22
Ahora bien, ¿en qué consisten las diferencias existentes entre ambos métodos de investigación?
Es evidente que el método lógico, aun siendo por esencia el método histórico mismo, liberado de su forma histórica, no puede ser el método más adecuado para estudiar el desarrollo concreto del proceso histórico. El único método apropiado, en ese caso, es el método histórico, ya que es el que permite seguir el hilo que atraviesa el desarrollo histórico, sin
Cita tomada de la obra de C. Marx Contribución a la crítica de la economía política, pág.
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prescindir de ningún género de zigzags ni de hechos fortuitos, que son importantes para reflejar, del modo más completo, el cuadro histórico. El estudio de la historia política de un país dado, por ejemplo, no puede prescindir del análisis de la actividad de personalidades concretas, que, como es sabido, introducen un elemento de casualidad en la historia. Así, al analizarse las causas de la caída del zarismo ruso en febrero de 1917 se mencionan también, junto a las condiciones decisivas que provocaron la crisis zarista, otros hechos como los manejos de Rasputin en el Palacio imperial, las relaciones de la zarina con los alemanes, etc. Estos “detalles” y “casualidades” son importantes no sólo porque imprimen una fisonomía concreta a los acontecimientos, sino también porque desempeñan determinado papel en el proceso histórico, frenando o impulsando a éste. No tomarlos en cuenta, significaría empobrecer la investigación, dejar de reflejar la verdadera trayectoria histórica del desarrollo.
El método lógico, que prescinde de semejantes detalles, zigzags y casualidades y da un reflejo “corregido” del desarrollo histórico no puede ser el método más adecuado para investigar el proceso histórico concreto. Pero el método histórico, a su vez, no es tampoco el método más apropiado cuando la investigación se propone analizar, como en el caso de El capital, las leyes del movimiento en su forma “pura”, abstracto-teórica. Lo principal no consiste, entonces, en trazar un cuadro concreto del proceso histórico concreto, sino, al contrario, en alcanzar el grado más alto de generalización del desarrollo histórico, presentando a este último en una forma abstracta y teórica consecuente.
En la solución de esta tarea, apenas si queda sitio para el estudio de la actividad de las personalidades concretas; el método lógico prescinde de la “fisonomía” individual del desarrollo, lo cual es inadmisible, en cambio, en un trabajo histórico. A este respecto, es interesante confrontar dos obras de Marx: El capital, en la que se ha aplicado fundamentalmente el método lógico de investigación, y La lucha de clases en Francia, que constituye una aplicación ejemplar del método histórico. Esta obra se engalana con los nombres de los dirigentes concretos de la Revolución de 1848. También hallamos los nombres de Cavaignac, Luis Napoleón, Luis Felipe, Ledru-Rollin, Luis Blanc y muchos otros. En esta obra se analiza el papel desempeñado por cada una de estas figuras políticas, y se presentan la historia y la acción de las leyes históricas a modo de una cadena de acontecimientos que se suceden los unos a los otros, y en los cuales se encarna la actividad de determinadas clases, de ciertos partidos y personalidades concretas.
En El capital, a diferencia de la obra citada, se expone de un modo teórico-abstracto el cuadro del proceso real. Este proceso no aparece
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ante nosotros bajo la forma de acontecimientos concretos y de la actividad de ciertas personalidades, sino bajo la forma del movimiento, del desarrollo de las leyes y de las categorías económicas, que generalizan profundamente los fenómenos y los hechos reales. Por supuesto, también en El capital actúan los hombres —los capitalistas, los propietarios de la tierra y los proletarios—, pero se trata de personas “abstractas”, productos de la generalización, o como decía el propio Marx, “... aquí sólo nos referimos a las personas en cuanto personificación de categorías económicas, como representantes de determinados intereses y relaciones de clase”.23
Sin embargo, sería falso exagerar esta importante diferencia entre ambos métodos. Si el método lógico es el método histórico mismo, pero liberado de su forma histórica, el método histórico debe también descubrir las leyes que rigen, es decir, la lógica objetiva del desarrollo histórico. Es un profundo error concebir el método histórico como una descripción empírica o simple registro de hechos.
Este modo positivista de concebir la historia es el que impera precisamente en la ciencia histórica burguesa de nuestra época. La sociología burguesa, desde hace ya largo tiempo, predica la idea de que la historia de la sociedad humana no se funda en la acción de las. leyes objetivas. Según ella, la diferencia entre la naturaleza y la sociedad estriba en que la primera se halla sujeta a leyes, en tanto que la segunda no lo está. Las ciencias naturales, por lo tanto, son las ciencias de las leyes; las ciencias sociales, en cambio, son las ciencias de los hechos singulares, ''irrepetibles”. De esto se extrae la conclusión de que las ciencias históricas describen acontecimientos, sin que quepa la explicación de ellos a la luz de las leyes objetivas. Sin embargo, en la sociología burguesa actual, en la economía política y en otras ciencias sociales no faltan precisamente teorías especulativas, que inventan leyes abstractas, desprovistas de todo contenido histórico real. Si las concepciones neopositivistas persiguen el fin de ocultar, detrás de los fenómenos descritos, las leyes que los rigen, su esencia, las teorías especulativas de todo género buscan el mismo fin, sólo que por otros medios.
La historia tiene, por supuesto, su propia lógica objetiva, expresada por la acción de las leyes del desarrollo, que existen independientemente de la conciencia humana. La esencia del método histórico de investigación no se reduce, por tanto, a describir simplemente los acontecimientos y los hechos históricos concretos, ni la actividad de las personalidades históricas concretas, sino que consiste
C. Marx. El capital, trad. española de W. Rotes, t. I. pág. 8, México. D. F., 1946.
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en descubrir y explicar el carácter de estos acontecimientos y de esta actividad, que se producen con fuerza de ley; consiste asimismo en comprender la necesidad que permanece oculta detrás de los hechos casuales y en mostrar y esclarecer la acción de las masas populares, que constituyen la fuerza fundamental y decisiva de la historia.
Con otras palabras, el método histórico de investigación descubre la misma lógica, las mismas leyes que el método lógico, pero si este último opera bajo una forma teórico-abstracta, el primero descubre esta lógica en la entraña misma y en la sangre de los hechos históricos y de la actividad de los pueblos, las clases, los partidos y personalidades aisladas. En esos detalles singulares y concretos como, por ejemplo, los manejos de Rasputín en el Palacio imperial o las relaciones de la zarina con los alemanes, el método histórico ve expresada, con fuerza de ley, la corrupción y la crisis del zarismo, la necesidad ya madura del derrocamiento del régimen zarista.
En La lucha de clases en Francia, Marx llama a la victoria obtenida por Luis Napoleón, “personaje mediocre y ridículo”, en las elecciones del 10 de diciembre de 1848 una “picara bufonada de la historia universal”. Pero Marx explica por qué ha sucedido así y demuestra que detrás de esta ridícula y absurda casualidad se ocultaba la profunda necesidad histórica. Al depositar sus votos en las urnas electorales en favor de Napoleón III, los campesinos franceses que recordaban a Napoleón I y la lucha de éste contra los señores feudales, votaban por sus intereses de clase, contra la república de los ricos, que les imponía pesados impuestos. “Para los campesinos —escribe Marx— Napoleón no era una persona, sino un programa”.24 El proletariado, al votar por Luis Napoleón, infligía una derrota al odiado Cavaignac. Para los obreros, señala Marx, la elección de Napoleón era la invalidación de la victoria burguesa de junio. La gran burguesía, en su mayoría, estaba igualmente interesada en el triunfo de Luis Napoleón. Finalmente, el ejército, al votar por Napoleón, votaba por la guerra, contra la paz. Y Marx saca de todo esto la siguiente conclusión: “Y así vino a resultar...
que el hombre más simple de Francia adquirió la significación más compleja. Precisamente porque no era nada, podía significarlo todo, menos a sí mismo”.25
Al hablar de las diferencias existentes entre ambos métodos de investigación, hay que tener presente que ninguno de los dos se encuentra en estado puro. No existe el método lógico puro, como no
C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, en dos tomos, trad. española, t. I, pág. 155. Moscú, 1955.
Obra citada, pág. 156.
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existe tampoco el método histórico puro, libre de elementos del método lógico.
El capital, de Marx, representa, indudablemente, el modelo clásico y el ejemplo de la investigación realizada con ayuda del método lógico. Pero, al mismo tiempo, en esta obra se utiliza un material histórico tan enorme que Lenin pudo decir, con todo fundamento, que El capital nos ofrece un análisis teórico e histórico del capitalismo.
La obra de Lenin titulada El desarrollo del capitalismo en Rusia constituye un ejemplo clásico de investigación marxista histórico-económica. En ella se expone la transformación y desarrollo del capitalismo ruso. Esta obra, sin embargo, reviste una enorme importancia teórica, ya que la historia se entrelaza íntimamente con la teoría. En este trabajo Lenin nos muestra la historia de la transformación y desarrollo del capitalismo en Rusia como la expresión concreta de la acción de las leyes generales de la producción mercantil, descubiertas y estudiadas por Marx. En el primer capítulo de su obra, examina las tesis teóricas fundamentales de la “economía política abstracta”, según sus propias palabras, acerca del problema de la creación del mercado interior para el capitalismo, lo que debe servir de introducción a la “sección de hechos de la obra”.
Pero, al mismo tiempo, Lenin sintetiza tan profundamente el desarrollo del capitalismo ruso que su obra adquiere una inmensa significación teórica.
La significación teórica de este trabajo reside, asimismo, en que al investigar la historia concreta del desarrollo del capitalismo en Rusia, su autor enriquece considerablemente la teoría misma de la “economía política abstracta” en toda una serie de problemas, como, por ejemplo, la formación del mercado interior para el capitalismo, el proceso de disgregación de los campesinos en el curso del desarrollo capitalista, la penetración del capitalismo en la agricultura, etc.
Todo lo antes dicho significa que, pese a todas las diferencias que median entre los métodos lógico e histórico, los límites existentes entre ellos son convencionales y se penetran mutuamente. De esto se infiere que los trabajos de los historiadores, economistas y filósofos soviéticos deben estar libres tanto del empirismo, que se reduce a registrar y describir los hechos, sin descubrir su esencia, las leyes que los rigen, como de la logización abstracta, que ignora la necesidad de sacar conclusiones teóricas y de generalizar los hechos concretos. El marxismo combina armónicamente en sí mismo el análisis más riguroso y consecuente de los hechos reales —por medio de las leyes de la ciencia— con las audaces generalizaciones teóricas, que tienen por fundamento granítico a los hechos mismos.
Lo histórico y lo lógico [M. M. Rosental]
Correlación entre la lógica y la historia del pensamiento
Las categorías de lo histórico y de lo lógico no sólo ponen de manifiesto las relaciones mutuas existentes entre la lógica del conocimiento y la trayectoria histórica que sigue la realidad objetiva en su desarrollo. Ambas categorías tienen también gran importancia para comprender la correlación entre el proceso lógico del conocimiento, como se opera en la conciencia de un sujeto individual, y el desarrollo histórico del pensamiento mismo, conforme a la lógica de la trayectoria histórica del conocimiento. Se trata de un problema sumamente importante, que exige un estudio particular. Ahora, sin embargo, nos limitaremos a hacer algunas observaciones.
Lenin concedió una enorme importancia a este problema. Consideraba que la elaboración de la lógica dialéctica debía basarse en la generalización de la historia del conocimiento, es decir, de la historia de la filosofía, de la historia de las ciencias naturales, de la economía política y de otras ciencias, de la historia del lenguaje, del desarrollo mental del niño, etc. Lenin señalaba que la labor realizada por Marx debía ser continuada sometiendo la historia del pensamiento humano, la historia de la ciencia y de la técnica a una elaboración dialéctica.
Esta indicación de Lenin tiene un sentido muy profundo. Al subrayar la enorme significación que la generalización dialéctica de la historia del pensamiento tiene para la elaboración de la lógica y de la teoría del conocimiento, Lenin tiene en cuenta que la historia del pensamiento es la práctica de la actividad pensante de la humanidad. En esta actividad práctica se han ido formando y creándose las leyes del conocimiento, las leyes que rigen su movimiento hacia la verdad objetiva. La historia del conocimiento desde sus orígenes hasta las cumbres alcanzadas en la época actual no podía ser otra por lo que toca a sus rasgos fundamentales, esenciales. Ciertamente, sus etapas más importantes y los rasgos característicos de las fases principales de la historia del pensamiento, así como el paso de unas fases a otras, no tenían un carácter casual, sino que estaban condicionados por la naturaleza interna del conocimiento y por las leyes de éste.
Si durante el período histórico, por ejemplo, que se extiende desde la Edad Media hasta finales del siglo XVIII imperaba el método de conocimiento, que consistía en estudiar los fenómenos de la naturaleza como fenómenos acabados y dados de una vez para siempre, esto no podía explicarse por las limitaciones de las facultades cognoscitivas de los hombres de aquella época, sino por las condiciones históricas en que se desarrollaba la ciencia y por las leyes objetivas que rigen el desenvolvimiento del conocimiento humano. Como ha señalado
Lo histórico y lo lógico [M. M. Rosental] 353
Engels, antes de conocer los fenómenos en su desarrollo, es necesario conocerlos como fenómenos relativamente constantes y estables. Y esto vale tanto para el desarrollo histórico del pensamiento como para el proceso cognoscitivo en particular. Ello explica que, en el período antes citado, los esfuerzos del pensamiento humano, de la ciencia, se encaminaran, principalmente, al análisis, a la fragmentación del todo, es decir, la naturaleza, y se encauzaran, asimismo, al conocimiento de cada fragmento en particular, al margen de sus nexos con el todo.
Este método de conocimiento, si bien es cierto que tenía sus aspectos negativos, preparó las condiciones para el grandioso salto que había de darse en la época siguiente. Esta época, que comenzó aproximadamente a finales del siglo XVIII, se caracterizó por grandes descubrimientos científicos.
Por supuesto, sería erróneo considerar las leyes que rigen la historia del conocimiento como leyes que no van más allá de los límites del pensamiento “puro”. El conocimiento humano es un fenómeno social; por tanto, no se pueden comprender sus leyes si no se toma en cuenta todo el conjunto de condiciones sociales en que se opera el proceso histórico del conocimiento.
Así, por ejemplo, en virtud de la ley general que rige el desarrollo del conocimiento, el pensamiento humano en cada nueva fase histórica conoce más profundamente la naturaleza. Con otras palabras, el conocimiento se desenvuelve en una línea ascensional, es decir, su desarrollo tiene un carácter progresivo. Naturalmente, este carácter del desarrollo del conocimiento no se halla determinado exclusivamente por la lógica interna del movimiento del pensamiento, sino por la totalidad de las condiciones de desarrollo de la sociedad. Cada nueva fase histórica del profeso social pone en manos de la facultad cognoscitiva del hombre nuevas posibilidades de penetrar en los secretos de la naturaleza, desconocidas hasta entonces. Estas nuevas posibilidades adoptan la forma de una práctica productiva más alta de la humanidad, de una nueva técnica, de instrumentos y aparatos científicos más perfectos, que permiten conocer más profundamente la esencia de los fenómenos. Estas nuevas posibilidades surgen también gracias a las nuevas clases y fuerzas sociales, que irrumpen en el escenario de la historia, luchando por un constante desarrollo progresivo de la sociedad y, por consiguiente, luchando a su vez por el progreso del conocimiento, por el avance de la ciencia.
La historia del pensamiento, por lo tanto, es un proceso difícil, una compleja combinación de factores y condiciones diferentes. La trayectoria histórica objetiva del conocimiento surge absolutamente de la acción de este conjunto de factores y condiciones.
Lo histórico y lo lógico [M. M. Rosental]
La generalización de la marcha histórica del conocimiento desempeña un papel importante, ayudando a comprender cómo opera el conocimiento en la mente de un sujeto individual, ya que lo lógico y lo histórico, en lo esencial, también concuerdan en este caso. La lógica del acto cognoscitivo individual refleja también, aunque sea de modo concentrado y abreviado, la sucesión lógica del desarrollo histórico del conocimiento humano; por supuesto, se reflejan los rasgos más generales, no todos los detalles, zigzags y retrocesos inevitables en la historia del conocimiento.
No hay por qué asombrarse de esta concordancia de lo lógico con lo histórico, ya que, como se ha dicho anteriormente, la historia del pensamiento es la práctica misma del conocimiento, en el curso de la cual han surgido y se han elaborado las leyes generales que rigen su desarrollo, su movimiento. Por lo tanto, es completamente natural que la lógica del proceso cognoscitivo singular refleje la práctica histórica del conocimiento.
Esta es la razón de por qué Lenin exigía tan insistentemente el estudio y la generalización dialéctica de la historia del conocimiento. En ello veía la condición necesaria y segura para elaborar una teoría acertada, científica, del conocimiento y de la lógica. “El concepto (el conocimiento) en el ser (en los fenómenos inmediatos) —escribe Lenin
— descubre la esencia (la ley de la causa, la identidad, la diferencia, etc.); tal es realmente la marcha general de todo conocimiento humano (de toda ciencia) en general. Tal es también la marcha de las ciencias de la naturaleza, de la economía política y [de la historia]... Seguir esta tarea del modo más concreto y más amplio en la historia de cada una de las ciencias parece una tarea sumamente noble”.26
Lenin subraya que la marcha histórica del conocimiento en general y de cada ciencia en particular comienza con el conocimiento de los fenómenos externos y no con los aspectos internos, esenciales, de los objetos. El conocimiento descubre, detrás de la apariencia externa de las cosas, su esencia interna, la ley que las rige. Es natural que el conocimiento siga esta trayectoria histórica, ya que la esencia de las cosas permanece oculta a la mirada inmediata, requiriéndose grandes esfuerzos para revelar esta esencia.
Los primeros sabios que trataron de dar una respuesta a la pregunta por el ser, por el fundamento de la naturaleza, creyeron que este fundamento era el fuego, el aire, el agua, etc. Tomaban fenómenos tangibles, inmediatamente visibles, y los hacían pasar por el ser, por la esencia de todas las cosas. Tuvo que pasar mucho tiempo para que la
26 V. I. Lenin, Cuadernos filosóficos, ed. rusa, pág. 214.
Lo histórico y lo lógico [M. M. Rosental] 355
ciencia pudiera conocer la verdadera esencia material de la naturaleza. El desarrollo histórico de las ciencias naturales ha ido pasando de los fenómenos externos a la esencia de éstos. La física atómica y nuclear contemporánea ha explicado muchos fenómenos, que si bien eran ya conocidos, se ignoraban las causas que los engendraban. Así, por ejemplo, sólo el descubrimiento de la estructura del átomo ha permitido esclarecer las leyes que rigen los procesos químicos, la combinación y disgregación de los átomos, etc.
Por lo tanto, el desarrollo histórico del conocimiento se atiene a una determinada lógica, según la cual el conocimiento se va ahondando en el proceso que parte del fenómeno, de los aspectos externos que saltan a los ojos, a la esencia, a los nexos y relaciones internos de las cosas.
Esta es la lógica que rige, asimismo, en el proceso individual del conocimiento. Cuando queremos conocer un fenómeno desconocido para nosotros, también empezamos captando su aspecto exterior; ahondando en él descubrimos más tarde su esencia, la ley que lo rige. Este camino, trazado por la práctica histórica del conocimiento, se repite también en el acto cognoscitivo individual del hombre contemporáneo. Por consiguiente, el estudio de la historia del conocimiento nos ayuda a comprender cómo conocemos en la actualidad los objetos.
El estudio de la historia del pensamiento da respuesta, asimismo, a otra importante cuestión de la teoría científica del conocimiento. Nos referimos al problema de cuáles son las fases fundamentales del conocimiento de la verdad objetiva. La experiencia histórica del desarrollo del conocimiento prueba irrefutablemente que, en las primeras fases del pensamiento humano, imperaban las formas del pensamiento concreto-sensible. La capacidad de pensar abstractamente estaba muy poco desarrollada; esta capacidad fue desarrollándose gradualmente, gracias sobre todo al trabajo humano y a la ampliación de los medios técnicos de que iba disponiendo el hombre en su lucha con la naturaleza, a medida que iba sometiendo a las fuerzas naturales.
Al principio, el hombre juzgaba acerca de los fenómenos que le rodeaban basándose, principalmente, en los datos que le proporcionaban sus órganos sensoriales, es decir, en sus sensaciones, percepciones y representaciones. Sólo en las fases ulteriores, más aftas, fue desarrollándose más y más la actividad abstrayente y generalizadora del pensamiento humano.
La ley que rige el proceso histórico del pensamiento se ve confirmada por la marcha del desarrollo intelectual del niño, que Lenin invitaba a estudiar con el fin de fundamentar científicamente las leyes del conocimiento. La historia del desarrollo intelectual del niño se
Lo histórico y lo lógico [M. M. Rosental]
presenta como una historia abreviada y repetida de la humanidad. El pensamiento infantil, ciertamente, tiene en los primeros años un carácter exclusivamente concreto-sensible, y sólo más tarde se va desarrollando gradualmente en él la facultad de generalizar, el pensamiento abstracto.
Sobre la base de los datos que brinda la historia del pensamiento humano, podemos hoy sostener que el camino que recorre el hombre actual para conocer la verdad debe reproducir, en lo esencial, el camino histórico del desarrollo del conocimiento, o sea desde la percepción sensible y la representación a la abstracción, que es el instrumento para conocer la esencia de las cosas. Todo conocimiento parte del hecho de que el objeto actúa sobre nuestros órganos sensoriales. Sin esta acción del objeto, nada podríamos saber de él. Por ello, la percepción sensible, la observación de las cosas, constituye necesariamente la primera fase del acto cognoscitivo de un sujeto individual, y sólo más tarde podemos pasar a una fase más alta, la fase de la generalización y del pensamiento abstracto, mediante el cual conocemos las leyes que rigen los fenómenos.
Es bien sabido que Lenin, en su admirable formulación del proceso dialéctico del conocimiento, caracterizaba también de este modo la marcha del pensamiento en el conocimiento de la realidad objetiva: “De la percepción sensible del pensamiento abstracto, y de él a la práctica; tal es el camino dialéctico del conocimiento de la verdad, del conocimiento de la realidad objetiva”.27
Esta tesis leninista se funda en la concordancia de lo lógico y de lo histórico, en la sintetización de la historia del conocimiento.
La fisiología actual, concretamente la doctrina de Pavlov de los dos sistemas de signalización de la realidad, confirma la teoría dialéctica materialista del conocimiento y la lógica como historia generalizada de este último. Conviene recordar que Lenin, al enumerar las zonas del conocimiento, “de las que debe formarse la teoría del conocimiento y la dialéctica”, menciona la historia del desarrollo mental de los animales. Ahora bien, según la fisiología de la actividad nerviosa superior de los animales, éstos sólo poseen el primer sistema de signalización de la realidad, es decir, sólo reflejan de modo inmediato la realidad, por medio de la acción del medio exterior sobre sus órganos sensoriales. El primer sistema de signalización es común al hombre y a los animales. Pero en el hombre se eleva, sobre el primer sistema de signalización, un nuevo sistema, específicamente humano: el segundo sistema de signalización de la realidad. Este segundo sistema se halla
27 V. I. Lenin, Cuadernos filosóficos, ed. rusa, págs. 146-147.
Lo histórico y lo lógico [M. M. Rosental] 357
constituido por el lenguaje y la capacidad —ligada a éste— de crear conceptos, o sea el pensamiento abstracto. Ello significa que la historia del hombre y de los animales demuestra que el conocimiento se desarrolla, con fuerza de ley, desde el reflejo inmediato de la realidad al reflejo mediato, es decir, demuestra que el proceso cognoscitivo también está sujeto a leyes en el sujeto individual. La ontogénesis del conocimiento coincide con su filogénesis.
Esto explica por qué Lenin formula tan categóricamente la tesis que puede considerarse, con todo derecho, como la tesis fundamental para comprender y elaborar ulteriormente la lógica dialéctica y la teoría marxista del conocimiento. “En la lógica —dice Lenin—, la historia del pensamiento debe coincidir, en todo y por todo, con las leyes del pensamiento”.28
Guiándose por la tesis de la coincidencia de las leyes del pensamiento con la historia de éste, los filósofos marxistas deben elaborar un sistema científico de la lógica dialéctica, un sistema de categorías. Este trabajo es de una enorme importancia para comprender la esencia del proceso cognoscitivo y para comprender, asimismo, el movimiento lógico del pensamiento siguiendo el camino que conduce a captar cada vez más profundamente la realidad objetiva.
28 V. I. Lenin, Cuadernos filosóficos, ed. rusa, pág. 214.
Índice bibiográfico
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Índice de nombres
INDICE DE NOMBRES
Aquino, Tomás de (1225-1274). Filósofo escolástico, uno de los más destacados de la Iglesia Católica. Subordina en toda la razón a la fe. 262.
Annenkov, Pavel Vasilievich (1812-1887). Terrateniente liberal ruso, hombre de letras, que mantuvo correspondencia con Marx. 35.
Aristóteles (384-322 antes de n. e.). Filósofo de la antigua Grecia. 5, 12, 13, 63, 194, 196, 234, 328.
Ayer, Alfredo Julio (1910). Filósofo idealista inglés contemporáneo, 196.
Bacon, Francisco (1561-1626). Filósofo materialista inglés, político e historiador. 14, 195. Becquerel, Antonio Enrique (18521908). Físico e ingeniero francés, premio Nobel de Física
en 1902 por sus investigaciones sobre cuerpos radiactivos. 133, 279.
Belinski, Vissarion Grigorievich (1811-1848). Gran demócrata revolucionario ruso, crítico literario y filósofo, discípulo de M. G. Pavlov. 99, 131. 285.
Bergson, Enrique (1859-1941). Filósofo idealista francés, premio Nobel de Literatura en 1928. 25. 33, 34, 39.
Berkelev. Jorge (1685-1753). Filósofo metafísico y prelado anglicano. Nació en Irlanda.
Fue profesor en Oxford.
14, 15, 16, 17, 26, 29263.
Bernal, Juan Desmond (1901). Físico inglés, prof. de la Universidad de Londres. Aplicó los rayos X al estudio de la estructura de los metales. 164.
Bernstein, Eduardo (1850-1932). Figura sobresaliente de la socialdemocracia alemana, inició un movimiento de revisión de los principios del marxismo. 117.
Blanc, Luis (1811-1882). Escritor, po1848 formó parte del gobierno prolítico y economista francés, que en visional, dispuesto a poner en práctica sus proyectos socialistas, pero fracasó y tuvo que emigrar de Francia al ser vencida la revolución. Más tarde colaboró con Thiers. 348.
Blojintsev, Dimitri Ivanovich. Físico teórico soviético, contemporáneo. Nació en 1908. Miembro correspondiente de la Academia de Ciencias de la R.S.S. de Ucrania. Especializado en estudios sobre Mecánica cuántica y Acústica. 119-
Bogdanov, Alejandro (1873-1928). Filósofo, economista y escritor ruso. 112.
Bohm, D. Físico destacado contemporáneo. 51, 119.
Bohr, Niels Henrik David (1885). Físico danés, premio Nobel en 1922, autor de la teoría sobre la constitución del átomo. 95.
Born, Max (1882). Físico alemán que se ha destacado por sus estudios sobre la constitución del átomo. 95.
Brightman. Filósofo idealista. 125. Broglie, Luis Víctor, príncipe de (1892). Físico francés, creador de la Mecánica ondulatoria. 51, 119, 164.
Bruno, Giordano (1548-1600). Filósofo italiano de la época del Renacimiento, que luchó contra la religión. 169, 195.
Bujarín, Nicolás Ivanovich (18881938). Economista y político ruso, bolchevique de los primeros tiempos y organizador, más tarde, de un grupo de oposición. 339.
Butlerov, A. M. (1828-1886). Químico ruso, creador de la teoría sobre la estructura química de la sustancia, base de la química orgánica. 140, 233.
Carlyle, Tomás (1795-1881). Filósofo e historiador escocés, defensor del culto a los héroes que son, según él, los que impulsan el progreso de la humanidad. 132.
Carnap, Rodolfo (1891). Filósofo semántico alemán, profesor en la Univ. de Chicago,
362 Índice de nombres
Estados Unidos, desde 1936. 26, 27, 196, 264, 310.
Caro, Lucrecio (99-51 antes de n.e.). Poeta y filósofo latino de la época de Cicerón. 231.
Cassirer, Ernesto (1874-1945). Filósofo alemán, neokantiano de la escuela de Marburgo.
196.
Cavaignac, Luis Eugenio (1802-1857). General francés; después de haber sido investido de un poder dictatoria) por la Asamblea Constituyente, aplastó con toda crueldad la insurrección de Junio (1848) del proletariado de París. 348, 350.
Compte, Augusto (1798-1857). Filósofo y sociólogo francés, fundador del positivismo. 24, 162.
Copérnico, Nicolás (1473-1543). Astrónomo polaco, creador del sistema planetario heliocéntrico, contrario a ¡as ideas teológicas que consideraban la Tierra como centro del Universo. 169.
Curie, María Sklodowska (1867-1934) y Curie. Pedro (1859-1906). Los esposos Curie, que descubrieron y obtuvieron el cioruro y bromuro de radio Premios Nobel en 1903, de Física, compartido con Becquerel. 279.
Curie, Joliot (véase Joliot Curie). Chase, Stuart. Filósofo semántico norteamericano. 264, 265, 311.
Chernishevski, Nicolás Gavrilovich (1828-1889). Sociólogo y economista ruso, continuador de la obra de BeIinski, demócrata revolucionario. 99.
Darwin. Carlos (1809-1882). Naturalista inglés, fundador de la teoría evolucionista moderna. 50, 100, 136, 137, 140.
Demócrito (hacia 460-370 antes de n.e.). Filósofo materialista de la antigüedad griega, uno de los fundadores del atomismo. 125.
Descartes, Renato (1596-1650). Filósofo y matemático francés; dualista en filosofía y materialista mecánico en la física. 111.
Dewey. John (1859-1952). Filósofo, psicólogo y pedagogo norteamericano, creador de la teoría del instrumentalismo y máximo exponente del pragmatismo. 124, 163.
Diderot, Dionisio (1713-1784). Relevante personalidad de la “Ilustración'' francesa, director de la gran Encielopedia. 15, 19. 99, 161.
Dietzgen. José (1828-1888). Filósofo materialista proletario alemán, de oficio curtidor, miembro de la Liga de los Comunistas. 89.
Dirac, Pabló Antonio Mauricio (1902). Físico y matemático inglés contemporáneo. Premio Nobel de Física en 1933, que se ha destacado en el estudio del electrón. 95, 96.
Dobrolyubov, Nicolás Alexandrovich (1836-1861). Demócrata revolucionario, discípulo de Belinski y de Chernishevsky. 99, 131.
Engels, Federico (1820-1895). Fundador, con Carlos Marx, del comunismo científico. 30, 32, 33, 41, 42, 49, 53, 83, 84, 102, 113, 117, 124, 127, 129, 130, 139, 141, 145, 147,149,159, 167, 180, 182, 183, 186,187,197, 201, 214, 230, 273, 274,277,280, 281, 288, 320, 335, 341,343,346, 347, 352.
Faraday. Miguel (1791-1867). Químico y físico inglés que hizo profundas investigaciones en electroquímica. 278.
Felipe, Luis, duque de Orleáns (1773-1850). Rey de Francia, fué entronizado por la Revolución de julio (1830), representante de una monarquía liberal moderada; destronado por la Revolución de Febrero (1848), que instauró la Segunda República. 348.
Fermat, Pedro de (1601- 1665). Matemático francés, investigador en la teoría del cálculo de probabilidades y en teoremas que llevan su nombre. 283.
Feuerbach, Ludwig (1804-1872). Ideólogo de la burguesía revolucionario democrática, defensor del materialismo. 53. 162.
Flewelling, Rodolfo Tyler (1871). Filósofo y pastor protestante norteamericano; profesor de la Universidad de California del Sur. Fundador de la revista El Personalista. 97, 125, 128.
Galileo, Galilei (1564-1642). Matemático, físico y astrónomo italiano, que considera la
Índice de nombres 363
experiencia como la única fuente de conocimiento. 169-Garaudy, Roger. 160.
Gorki, Máximo (1868-1936). Escritor revolucionario ruso. 286.
Guizot, Francois-Pierre (1787-1874). Historiador y estadista burgués francés, monárquico.
136.
Hayakawa. Filósofo semántico contemporáneo. 301, 302.
Hegel, Jorge Guillermo Federico (17701831). Gran filósofo idealista y dialéctico alemán. 7, 20, 22, 23, 31, 40, 41, 61, 63, 66, 124, 125, 131, 162. 195, 196, 262, 263, 313, 326, 327.
Heisenberg, Wemer (1901). Físico alemán. Premio Nobel de Física en 1932. Profesor en la Univ. de Leipzig. 95.
Helmholtz, Germán Luis F. von (18211894). Fisiólogo y físico alemán, que hizo grandes investigaciones científicas. 138, 183.
Helvecio, Claudio Adrián (1715-1771).
Filósofo materialista francés, ligado al círculo de los enciclopedistas. 99, 127.
Herbert Mead, George. Pragmatista. 163.
Herzen, Alejandro Ivanovich (18121870). Pensador ruso, de la generación de revolucionarios de la nobleza terrateniente. 99, 131, 132.
Hobbes. Tomás (1588-1679). Filósofo materialista inglés. 18, 19, 125, 126.
Holbach, Pablo Enrique (1723-1789). Filósofo materialista francés, ideólogo de la burguesía revolucionaria del siglo XVIII. 99, 108, 126, 127.
Hook, Sidney. Filósofo idealista norteamericano. 49, 52.
Hume, David (1711-1776). Filósofo inglés, idealista subjetivo agnóstico. 14, 15, 17, 20, 58, 59, 91, 92, 93, 124.
Huxley, Thomas Henry (1825-1895). Naturalista inglés, amigo y adepto de Darwin. 203. James, William (1842-1910). Filósofo norteamericano que desarrolló y sistematizó el
pragmatismo. 25, 93.
Jaspers. Carlos (1883). Psiquiatra y filósofo alemán, representante de la llamada Filosofía de la Existencia. 59.
Jeans, Sir James Horwbod (1877-1946). Astrónomo, físico y matemático. 128.
Joliot, Juan Federico (1900-1958). Eminente físico francés. Descubrió la radioactividad artificial o inducida en unión de su esposa Irene Joliot Curie. Premio Nobel de Química en 1933. 164.
Jordán. Pascual (1902). Físico alemán que ha realizado importantes trabajos acerca de la teoría de los cuantas. 128.
Joule, James Prescott (1818-1889). Eminente físico inglés que se dedicó a la investigación científica. 138.
Jruschiov, N. S. Primer secretario del Partido Comunista de la U.R.S.S., Primer ministro en 1958. 153, 224.
Kant, Manuel (1724-1804). Fundador del idealismo clásico alemán. 22, 23, 42, 54, 58, 59, 92, 93, 124, 161, 195, 262, 317, 326.
Karev, N. I. (1850-1931). Historiador burgués liberal y publicista ruso. 226.
Kautsky, Carlos (1854-1938). Teórico socialista alemán de la II Internacional, que combatió a Bernstein y el revisionismo para pasar a posiciones reformistas más tarde, combatiendo la revolución rusa. 112, 117.
Keynes, lord John Maynard (18831946). Economista inglés, técnico en problemas monetarios. 60.
Kolmorov, A. N. (1903). Matemático soviético contemporáneo. Célebre por sus trabajos sobre la teoría de la variable real, cálculo de probabilidades y topología. 309.
Korzybski. Uno de los fundadores de la filosofía semántica. 264.
Lange, Friedrich Albert (1828-1875). Publicista alemán, autor de libros social-reformistas sobre la clase obrera. 180.
Langevin. Paul (1872-1946). Notable físico francés. 51, 164.
364 Índice de nombres
Lao-Tse (604-? antes de n.e.). Filósofo chino al que se considera fundador del taoísmo. 11, 12.
Ledru Rollin, Alejandro Augusto (18071874). Político francés miembro del gobierno provisional en 1848. 348.
Lenin, Vladimir Ilich (1870-1924). Citado en toda la obra.
Linneo, Carlos (1707-1778). Naturalista y botánico sueco; autor de una clasificación de las plantas y de los animales. 306.
Lobachevski, Nicolás Ivanovich (17931856). Matemático ruso, que estableció las bases de la Geometría no eudidiana. 317, 318.
Locke, John (1632-1704). Filósofo sensualista dualista inglés. 14, 16, 17, 299.
Lomonosov. Miguel Vasilevich (17111765). Científico ruso y escritor destacado. 88, 138.
171.
Luxemburgo, Rosa (1870-1919) Socialdemócrata del ala izquierda alemana, economista destacada. 289.
Mach, Ernesto (1838-1916). Físico y filósofo idealista austríaco. 25, 89, 92, 93, 112, 124, 234, 263.
Maltsev, T. S. Investigador científico en el campo de la biología, 296.
Mao Tse-Tung (1893). Presidente de la República Popular de China, Presidente del Partido Comunista chino. 269.
Marx, Carlos (1818-1883). Citado en toda la obra.
Marx y Engels. 40, 50, 55, 117, 135, 136, 142, 179, 248. 295.
Mayer, Julio Roberto de (1814-1878). Físico alemán, cuyo nombre va unido al principio de la conservación de la energía. 138.
Mendeleev, Dimitri Ivanovich (18341907). Químico ruso, que estableció la clasificación o sistema periódico de los elementos químicos que lleva su nombre. 50, 139, 182, 278, 280. 334.
Michurin, Iván Vladimirovich (18601935). Biólogo genetista ruso, investigador especializado en la mejora de los árboles frutales por hibridación. 52, 100, 109, 142, 205.
Mignet, Francisco Augusto María. (1796-1884). Historiador francés, secretario perpetuo de la Academia francesa de Ciencias Morales. 136.
Mises, Ludwig von (1881). Economista austríaco, adversario del socialismo y de toda intervención del Estado en la economía. 234.
Morgan, Lewis Henry (1818-1881). Científico norteamericano, etnógrafo e historiador de la sociedad primitiva. 136.
Napoleón I (1769-1821). 350.
Napoleón III, Luis Bonaparte (1808- 1873). 348, 350.
Neurath, Otto (1882-1945). Filósofo austríaco. 264.
Newton, Isaac (1642-1727). Científico inglés; físico, astrónomo y matemático, una de las figuras más destacadas de la ciencia. 42, 98, 99, 111. 283.
Nietzsche, Federico (1844-1900). Filósofo alemán. 25.
Nikolski, K. V. Científico soviético, 119.
Omelianovski, M. E. Científico soviético. 119.
Ostrovski, Nicolás Alexeievich (1904- 1937). Una de las primeras figuras de la literatura rusa post-revolucionaria. 287.
Otswald, Guillermo (1853-1932). Químico alemán. Premio Nobel de Química en 1909. 92, 93.
Pauli, Wolfgang (1900). Físico austríaco. Premio Nobel de Física en 1945. Investigador sobre la teoría de la relatividad. 95.
Pavlov, Iván Petrovich (1849-1936). Fisiólogo ruso, investigador y descubridor de la teoría de los reflejos condicionados. 100, 135, 142, 202, 241.
Pearson, Carlos (1857-1936). Matemático inglés. 92, 163.
Pedro I (el Grande) (1672-1725). Zar de Rusia. 131, 132.
Índice de nombres 365
Platón (hacia 428 hacia 348 antes de n.e.). Filósofo idealista griego. 12, 61, 261, 262, 263.
Plejanov, George Valentinovich (18561918). Uno de los grandes marxistas rusos. 288, 329.
Poincaré, Julio Enrique (1854-1912). Matemático francés, físico y astrónomo. 92.
Proudhon, Pedro José (1809-1865). Economista francés teórico del anarquismo. 35, 324.
Radek, Carlos (1885). Escritor revolucionario ruso. 289.
Rasputín, Gregorio Yefimovich (18721916). Monje ruso que ejerció un gran poder sobre la familia imperial. 548, 350.
Ricardo, David (1772-1823). Economista inglés. 74.
Roentgen, Guillermo Conrado von (1845-1923). Físico alemán que descubrió los rayos X.
Premio Nobel de Física en 1901. 279.
Rubín. Idealista menchevique. 226. Russell, Bertrand (1872). Filósofo y matemático inglés. 59-
Rutherford, Ernesto (1871-1937). Científico inglés, premio Nobel de Química en 1908. 280. Santayana, Jorge (1863-1952). Poeta y filósofo español, que vivió en los Estados Unidos
desde los diez años y fué profesor en Harvard. 62, 127.
Schopenhauer, Arturo (1788-1860). Filósofo alemán. 25.
Schródinger, Erwin (1887). Físico austríaco, premio Nobel de Física en 1933. 95, 180. Sechenov, I. M. (1829-1905). Sabio naturalista ruso, investigador sobre la actividad
nerviosa superior del hombre y de los animales. 100.
Shojolov, Mijail A. (1905). Novelista ruso destacado 287.
Smith, Adam (1723-1790). Destacado filósofo y economista escocés. 74.
Soddy, Sir Federico (1877). Químico inglés, premio Nobel de Química en 1921. 280. Spencer, Herbert (1820 -1903). Filósofo inglés, agnóstico positivista, apologista del
capitalismo. 24.
Spinoza, Baruj Benedicto (1632-1677). Filósofo materialista holandés. 125, 126, 328.
Stalin, José Visarianovich (1879-1953). 151, 152.
Struve, P. B. (1870-1944). Economista burgués, del grupo de los “marxistas legales” en Rusia. Después de 1917 fue enemigo declarado del poder soviético, miembro del gobierno contrarrevolucionario de Denikin y Wrangel. Sus ideas fueron desenmascaradas por Lenin. 144.
Terletski, Y. P. Científico soviético. 119.
Thierry, Simón Domingo Amadeo
(1797-1873). Historiador y político francés. Consejero de Estado después de la revolución de Julio. 136.
Tolomeo, Claudio (100-178). Matemático y astrónomo egipcio. 73.
Vavilov, Sergei Ivanovich (1891-1951). Físico ruso que se distinguió en sus trabajos sobre la teoría cuántica de la luz en relación con la visión y con la óptica fisiológica. 174.
Vigier, Jean. Físico investigador de la Física cuántica. 51, 119.
Williams, Vasili R. (1863-1939). Geólogo soviético, uno de los fundadores de la agrobiología moderna. Académico. 114, 115.
Wittgenstein, Luis. Filósofo alemán contemporáneo. 10, 27, 28. 196, 327.
Zelinski, N. D. (1861). Científico soviético, creador de la escuela soviética de química, académico desde 1929; miembro correspondiente desde 1924. Héroe del trabajo socialista (1945).
Índice de materias
INDICE DE MATERIAS
Abstracción, 2, 10, 50, 71, 502, 507, 508, 510, 511.
abstracciones científicas, 10. 59, 71.
categorías de lo abstracto y lo concreto, 298.
concepto de número. 508.
pensamiento abstracto, 501.
dialéctica de las relaciones mutuas entre lo abstracto y lo concreto, 525.
imagen conceptual, 71.
imagen sensible, 71, 505, 504.
teoría de la abstracción, 500, 501.
teoría semántica, 501.
Academia Lenin de Ciencias Agrícolas de la U.R.S.S., 144.
Acumulación capitalista. 177. Agnosticismo, 16, 58, 60, 501.
Agrotecnia, 154.
Apriorismo lógico, 527.
Biología científica, 140.
autorrenovación del ser vivo, 65.
biología materialista, 115.
bioquímica soviética. 141.
caracteres hereditarios, 205.
condiciones externas de existencia, 201.
darwinismo. 50. 99, 100, 156, 141, 180, 185, 506, 555.
esencia de la vida, 65.
evolución de las especies biológicas, 157.
genotipo, 252.
hemisferios cerebrales. 202.
herencia “perturbada” de las plantas, 205.
hibridación vegetativa. 142.
leyes biológicas. 168, 174.
ley biológica de la herencia, 156, 252.
ley de la adaptación de los organismos al medio ambiente, 270.
teoría celular, 185.
teoría de la actividad nerviosa superior, 101.
teoría de Pavlov, 154. 142.
teoría de la “preadaptación”, 205.
teoría michuriniana, 157, 141, 142, 200, 506.
biólogos michurinistas, 184.
mendelismo-morganismo, 141, 144.
biólogos mendelistas-morganistas, 128.
weismanismo-morganismo, 94, 202, 205.
biólogos weismanistas, morganistas y
mendelistas, 141.
sistema nervioso central, 202.
teoría materialista del origen de la vida. 141.
Burguesía, 5. 156, 162, 169, 180, 187, 196, 197, 208, 209, 210, 211, 216, 226, 262, 271, 529, 550.
alemana del siglo XVIII, 161.
imperialista, 111.
368 Índice de materias
italiana, 245.
nacional china, 291.
democracia burguesa. 67. 69.
dictadura de la burguesía. 209.
estado burgués. 505.
sistema social burgués, 206.
sociólogos burgueses, 240.
supraestructura burguesa, 216.
Burocratismo, 255.
Capitalismo, 51 2. 46, 59. 128, 129, 144, 147, 148, 155, 156, 157, 164, 165, 172, 175. 176, 177, 178, 188, 189, 192, 195, 205, 209, 215, 226, 257, 258, 244, 249, 250. 259, 275, 288. 516. 519, 550, 559. 540, 542, 545, 545.
ascensional, 161, 187.
industrial. 175.
monopolista, 210, 211.
premonopolista. 186.
capital comercial. 75.
capital fijo y circulante, 74. 75.
crisis mundial de superproducción. 189.
desarrollo del capitalismo en Rusia, 145.
esencia del capitalismo, 66.
manufactura capitalista, 175.
régimen capitalista, 7.
sistema social capitalista, 150, 251. 284, 529.
Casualidad, 25, 39.
ficticia, 126.
y necesidad, 40, 124, 125.
positiva y negativa, 146.
carácter objetivo de la casualidad, 126. categorías de casualidad y fenómeno, 259-concepciones idealistas del personalismo, 128. tesis hegeliana de lo casual, 125. V. Necesidad.
Categorías. 3, 4, 5, 6, 7, 9.
“a priori” de Kant, 20.
según Kant, 20.
aristotélicas, 12.
de contradicción, 8, 42.
de cualidad, 8.
de Hobbes, 18.
de la dialéctica. 1.
de la contradicción dialéctica, 53.
de medida, 8.
de singular, particular y universal, 258, 260, 287, 293.
del entendimiento, 195.
del salto, 46.
dialécticas, 43, 44, 45.
y conceptos filosóficos, 9.
doctrina de las categorías, 21, 50.
sistema vaiseshika, 11.
desarrollo de las categorías. 43.
esencia de las categorías, 31, 35.
flexibilidad de las categorías, 246.
naturaleza de las categorías, 13.
Índice de materias 369
escuela de los nyai, 11.
principio dialéctico del desarrollo, 52.
valor gnoseológico de las categorías, 39.
sistema categorial, 41. 42.
Causa (categoría de), 21.
causa y efecto. 1, 5, 83, 118, 122.
acción conjunta de varias causas, 105, 118.
acción mutua entre la causa y el efecto. 114, 116, 122.
acción mutua de las causas internas
y externas, 109, 111.
carácter necesario de la relación de
causa a efecto. 88, 97, 104.
carácter objetivo de los nexos causales, 87, 98.
acción mutua de los nexos causales, 119.
causas esenciales de fenómenos, 107. causas externas, 109. 110.
causas internas y externas, 108.
causas no esenciales, 107.
causas objetivas y subjetivas. 112, 113, 120.
combinación de nexos causales de la naturaleza. 120.
concepción metafísica de las relaciones de causa a efecto, 111.
concepto de la ley causal, 93. condicionalidad causal de los fenómenos. 90, 92.
conexión entre causa v efecto, 85. dependencia causal, 98.
diversidad y acción mutua de las relaciones causales, 103.
interdependencia dialéctica entre causa y efecto, 122.
nexo genético entre causa y efecto, 87.
relaciones causales, 20, 83, 88, 101, 113, 118, 120, 121, 157.
relatividad del condicionamiento causal, 104.
sucesión de la causa y el efecto en
el tiempo, 86.
teoría del equilibrio, 112.
teoría de la violencia, 94.
unidad material del universo, 89, 90.
Causalidad, 9, 25, 120.
carácter dialéctico de la causalidad, 104.
causalidad objetiva, 91, 92, 101.
concepciones idealistas de la causalidad, 90.
concepción materialista de la causalidad, 92, 97, 99.
ley de la causalidad, 49.
principio de causalidad, 95, 97, 99, 119.
relaciones de causalidad, 5, 108.
teoría de la causalidad mecánica, 98.
teoría general de la causalidad. 98. 118. 119.
Ciencia. 46.
ciencia marxista, 183.
ciencia marxista leninista. 321.
carácter creador de la ciencia, 325.
concepción científica del universo, 31.
conocimiento científico, 2. 108, 118. 263.
elementos radiactivos artificiales. 280.
energía atómica, 6. 103.
energía térmica. 103.
estado termodinámico de un gas, 134.
mecánica clásica, 183.
370 Índice de materias
mecánica cuántica, 51, 119, 160, 174, 183.
mecánica de Newton, 96, 98, 99
núcleo atómico. 48.
núcleo de radium, 109.
núcleo de radon. 109.
sincrofasotrón, 290.
teorema de Fermat, 285.
teoría de Butlerov, 140.
teoría cinético-molecular del calor, 138.
teoría de la desintegración radiactiva, 280.
teoría de la estructura química de la sustancia, 139, 233.
teoría de Galileo, 169-
teoría de Giordano Bruno, 169.
teoría heliocéntrica. 73.
teoría idealista de la “resonancia” en la química orgánica, 180.
Clase obrera, 144, 170, 248, 251.
actividad revolucionaria de la clase OL-re-a, 122.
dictadura de la clase obrera, 209.
Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética, 152. 191, 192, 193. 207, 252, 255, 290, 294.
Comité del Plan de Estado de la U.R.S.S. 207.
Comuna agrícola, 212.
Comuna de París, 305.
Comunismo, 47, 121, 123. 128, 152, 155, 185, 188, 189, 191. 193, 204. 209, 211, 219, 222.
251. 252, 297, 324, 333, 340, 345. de guerra, 80.
posibilidad de que triunfe, 251.
Concepto, 3, 5, 12, 19.
abstracto, 4, 261, 275.
análisis lingüístico, 26.
antinomias de Kant, 58.
carácter objetivo de los conceptos generales, 264.
concepciones nominalistas acerca de los conceptos generales, 19.
conceptos científicos, 6.
conceptos generales, 9, 18.
dialéctica de los conceptos, 37, 38.
esencia del concepto, 301.
flexibilidad de los conceptos, 33.
mutabilidad y fluidez de los conceptos, 34.
naturaleza del concepto, 14.
noción materialista del concepto, 17.
significación objetiva de los conceptos generales, 312.
Congresos. XX Congreso del P.C.U.S., 121, 129, 152, 153, 154, 184, 185, 191, 192, 209, 210, 218, 222, 224, 244, 253, 254, 290. 292, 293, 294, 329.
Congreso del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso, 225. Conocimiento, 2.
abstracto, 301.
concreto, 53, 300, 301, 303, 304, 308. de la verdad objetiva. 355. racional, 18. 19.
sensible, 2, 18, 19, 21, 71, 182, 261, 301, 303, 304, 320. teórico, 101, 324.
categorías gnoseológicas, 298.
Índice de materias 371
categorías del ser y del conocimiento. 128.
definición materialista del conocimiento, 70.
dialéctica del conocimiento, 38, 272, 328.
doctrina de Pavlov, 356.
esencia del conocimiento. 324.
gnoseología, 54, 258, 327.
grado sensible del conocimiento. 54.
imagen concreta cognoscitiva, 298, 314, 318.
nódulos del conocimiento, 3.
ontogénesis y filogénesis del conocimiento. 356.
problema gnoseológico fundamental de las relaciones del pensamiento y del ser, 326.
proceso cognoscitivo, 1, 2, 54, 70, 71, 79.
razón cognoscente, 63.
significación gnoseológica, 36.
teoría científica del conocimiento, 355.
teoría del conocimiento de Locke, 14.
teoría dialéctica del conocimiento. 329, 356.
teoría marxista del conocimiento. 5, 54, 329, 357.
teoría materialista dialéctica del conocimiento, 303.
Contenido y forma, 1.
actividad práctica social, 200.
cambios morfológicos, 201.
carácter contradictorio de la forma y la materia, 195.
categorías de forma, 6, 8.
concepción materialista dialéctica del
contenido y forma, 228.
condiciones ambientales, 201.
contenido objetivo, 5, 9.
esencia de los nexos entre el contenido y la forma, 200.
interdependencia dialéctica entre el contenido y la forma en la vida social. 203.
principio del centralismo democrático, 220.
régimen esclavista, 194.
régimen koljosiano, 121.
regímenes de democracia popular, 209.
regímenes democráticos. 209.
regímenes fascistas, 209.
teoría dialéctica materialista del contenido y la forma. 229.
Contradicciones capitalistas, 238.
Consejo de Ministros de la U.R.S.S., 193.
Cooperativas agrícolas semisocialistas, 213.
Cualidades accidentales y superficiales
de los fenómenos. 127.
diferencia cualitativa. 42.
Deducción, 281, 282. 284, 306. Determinismo. 48. 96.
histórico, 101,
deterministas mecanicistas, 131.
principio materialista del determinismo, 90. 100.
Dialéctica, 1. 10.
de lo singular y de lo universal, 301, 312.
fluidez dialéctica, 38.
postulados de la dialéctica. 330.
significación objetiva de la dialéctica, 41.
teoría dialéctica del desarrollo. 1.
372 Índice de materias
tesis nominalista, 14.
términos del método dialéctico. 50.
Eclecticismo, 108.
Economía. Capitalista, 67, 236, 239, 345.
monetaria. 237.
nacional de la U.R.S.S., 150.
natural, 137, 237.
planificada, 154, 178.
política abstracta, 351.
política burguesa, 74. 180.
política del capitalismo, 7.
política del socialismo. 344.
socialista. 165, 190. 192, 218, 255, 340, 345.
economistas burgueses, 274, 336.
economistas metafísicos, 323.
esencia de los fenómenos económicos. 68.
nueva política económica (Nep), 80.
Empirismo, 10, 14, 15. 18, 45, 302, 351.
subjetivo, 28.
empirista, 301, 312.
Esencia de los fenómenos, 81.
categoría de esencia, 259.
constancia de la esencia, 66.
constancia de la masa, 48.
dialéctica de la esencia y del fenómeno, 55.
unidad de la esencia y del fenómeno, 62.
Enciclopedia de las ciencias, de las artes y de los oficios, 161.
Experiencia, 19.
cognoscitiva, 42.
Fatalismo, 190, 245.
Fenómeno y esencia. 54.
categorías de fenómeno y esencia, 54, 56, 61, 79.
concepción dialéctica de la esencia y el fenómeno, 61.
fenómenos casuales. 126, 145, 159.
fenómenos históricos, 65.
fenómenos sociales materiales. 158.
trabajo humano abstracto, 72.
trabajo ideológico, 79, 82.
Filosofía. Categorías filosóficas, 1, 8. 11, 48.
concepción filosófica idealista del mundo, 169.
corriente pragmatista, 124.
corrientes de la filosofía burguesa actual. 93. 108.
doctrina filosófica de Kant, 20, 24, 161, 196. 326.
doctrinas idealistas y metafísicas. 22. 27. 99, 124, 143, 144. 162, 325, 326.
doctrina “neotomista'' del universal
divino y único, 263.
doctrina sensualista de Locke, 14, 16.
escolástica idealista, 14. 324.
escuela peripatética, 16.
existencialismo, 59.
fideísmo. 15. 327.
burguesa. 24, 25, 26, 33, 115, 161, 163, 197, 240, 264, 326, 327.
hegeliana. 262, 327.
Índice de materias 373
de la Iglesia Católica, 263.
de Mach, 162.
materialista, 97.
marxista. 49. 59, 62. 101, 164, 240, 327, 328.
medieval. 13.
metafísica, 10, 27.
neopositivista, 303, 310.
positivista, 301.
racista, 25.
semántica. 196, 264, 310.
formalismo lógico. 327.
instrumentalismo (filosofía de Dewey). 163.
intuicionismo. 24.
neotomismo de Tomás de Aquino, 262.
pragmatismo, 24, 25, 93.
Filósofos: burgueses, 59, 60, 158. 164.
idealistas, 2, 33, 49. 54, 55, 64, 99, 124, 125, 126, 161, 180, 200, 227, 282, 327, 333.
neokantianos, 158.
marxistas, 357.
materialistas, 328.
metafísicos, 108.
neoplatónicos, 194.
semánticos, 25. 27. 59. 60, 265. 302, 311, 312, 351.
Física atómica, 48.
clásica, 175.
físicos idealistas. 96.
físicas de la escuela de Copenhague, 163.
concepción indeterminista de la física atómica actual, 95.
Fisiología de la actividad nerviosa superior, 134, 142, 176.
Forma, 6.
estructura morfológica. 205.
formas “a priori'' de la sensibilidad. 195.
formas escolásticas. 196.
Generalización, 2. 10. 16, 30, 283, 309, 318, 353. 356.
de la historia del conocimiento. 352, 354.
teórica, 2.
Historia; su concepción materialista. 135, 136, 142, 143, 182.
carácter histórico, transitorio, cambiante, de los nexos y relaciones de las cosas. 328.
carácter primario de la materia. 326.
categorías de lo histórico y de lo
lógico, 351.
ciencia histórica burguesa. 349.
concepción idealista de la historia. 142.
concepción materialista del mundo. 28. 81, 82, 92, 104, 164.
concepciones neopositivistas de la historia, 349.
feudalismo, 14. 161, 187.
de la filosofía, 10.
de la sociedad. 133.
del conocimiento. 43, 354.
del pensamiento humano. 43, 352, 353.
filogenética. 232.
historicidad de los conceptos y categorías. 6.
práctica progresiva de la vida social. 324.
374 Índice de materias
principio dialéctico de la concordancia de lo lógico y de lo histórico. 334.
régimen zarista, 350.
relaciones mutuas entre los conceptos lógicos y las cosas. 326.
sociología burguesa actual, 349.
tesis marxistas leninistas acerca del
pueblo como forjador de la historia, 152.
Hombre individual, 3.
actividad del hombre, 85.
actividad material del hombre. 120.
actividad político social. 85. 120.
actividad práctica, 4, 118. 126.
actividad teórica, 4.
actividad vital del organismo, 201.
cultura material humana, 120.
Ideas. 6.
absolutas. 23. 124.
abstractas, 17.
dialécticas, 13.
innatas. 14.
simples, 15.
Idealismo. 10, 12, 14. 15. 58, 126, 160. 161, 174, 194, 261. 262, 307. 309, 310.
filosófico, 91, 326.
“físico”, 174.
objetivo, 22, 61, 161. 263.
subjetivo, 11, 14, 16, 17, 24, 25. 59. 161, 196, 263, 264.
operacionalismo. 60.
principios divinos preestablecidos. 124.
Idealistas de nuestro tiempo. 169.
empiristas. 55.
físicos. 95. 119, 181.
y mecanicistas, 225.
objetivos, 124, 125.
racionalistas, 54.
subjetivos, 62, 124, 163.
ideólogos: burgueses, 128, 332.
idealistas, 127.
del imperialismo, 59, 236.
del proletariado revolucionario. 324.
mencheviques, 226.
Ideología, 38.
burguesa. 82. 94.
Imperialismo, 24. 25, 106, 108. 162. 183, 208, 273. 289. 290. 319, 320. 329. 339.
concepto leninista del imperialismo, 338.
época imperialista, 178.
imperialistas, 167, 185.
sistema colonial del imperialismo,167, 210.
Indeterminismo, 90, 93, 96, 97, 98, 240.
concepción voluntarista de la vida
social, 94.
Juicios. 3.
dialéctica de los juicios, 277.
Lenguaje nominalista, 311.
Ley. 3.
Índice de materias 375
de Boyle-Mariotte, 159.
de gravitación, 187.
de jule-Lenz, 84.
del intercambio de sustancias. 172.
de la conservación de la cantidad de movimiento, 177.
de la conservación de la energía, 138, 139, 159, 166, 171, 172, 173, 177, 181, 183, 236, 282.
de la constancia de la composición, 183.
de la gravedad, 157, 175, 268.
de la gravitación, 162, 171, 268.
de la inducción electromagnética, 183.
periódica de los elementos químicos, 139, 140, 158, 182, 183.
quimica de la composición, 158.
leyes de Kepler, 171, 268, 283.
de la ciencia, 6, 156, 162, 185.
de la física nuclear, 169.
de la mecánica, 166, 171, 179.
de la mecánica cuántica, 171, 173, 175, 180.
de la naturaleza, 166, 167, 169, 176, 177, 182, 184.
de la propagación de la luz, 183.
de las transformaciones nucleares, 169.
del movimiento molecular, 171.
del sistema solar, 169.
químicas, biológicas, etc., 171.
del valor. 148, 165, 168, 177, 179, 186, 192, 282, 337.
de la concurrencia y de la anarquía en la producción, 147, 157, 176.
de la cuota de ganancia, 186.
de la plusvalía, 156, 166, 167, 168, 175, 176. 189, 343.
universal de la acumulación capitalista, 169.
de la producción capitalista, 284.
leyes económicas específicas del socialismo, 170, 176, 178, 179.
económicas del capitalismo, 156, 178, 186.
económicas objetivas, 188, 191.
estadísticas. 146, 160.
ley de distribución con arreglo al trabajo, 176, 178.
ley de población, 178.
del crecimiento ininterrumpido de la productividad del trabajo, 176.
del desarrollo de la industria pesada, 193.
del desarrollo desigual del capitalismo, 183.
del desarrollo planificado, 177, 191.
de la asimilación y disimilación, 174.
de la correspondencia de las relaciones de producción, 157, 171, 179, 204.
de la lucha de clases, 157, 165, 174, 181.
de la lucha por la existencia, 180.
de la revolución social, 183.
de la unidad, 39.
de las relaciones múltiples, 183.
dialéctica de la transformación, 50.
económica fundamental del socialismo, 176, 340.
leves de la dialéctica materialista, 170, 214.
ley general del conocimiento, 6.
general de la historia, 158.
objetiva, 156, 166, 175.
376 Índice de materias
objetiva del desarrollo, 39, 49.
objetiva de la historia, 324.
social de la correspondencia de las fuerzas productivas, 178.
universal de la lucha de contrarios, 214.
leyes de la sociedad, 176.
del arte, 172.
del capitalismo, 180. 187, 189.
del conocimiento, 352.
del desarrollo social, 170, 173, 179.
del feudalismo, 168.
del mundo objetivo, 236.
del pensamiento, 51, 162, 337.
del régimen capitalista. 168.
del sistema socialista, 168, 193.
dinámicas, 160.
fundamentales de la dialéctica materialista, 246.
generales de la construcción del socialismo, 330.
generales de la historia, 177.
generales de la naturaleza y de la
sociedad, 170, 171, 172, 173.
generales del desarrollo, 172.
objetivas, 162, 164, 165, 179, 181, 182, 184, 192, 193, 231, 234, 240, 241, 242, 245,
246, 248, 255, 349, 352.
sociales, 167, 186, 171.
universales del desarrollo del universo, 170.
carácter esencial y necesario de los nexos que la ley abarca, 157.
carácter objetivo de las leyes, 161, 164, 166, 167.
concepción hegeliana de la ley, 162.
concepción hegeliana del universo, 196. concepción positivista del carácter de las leyes, 162,
Este libro, publicado por la Editorial Grijalbo, S. A., avenida Granjas, 82, México, 16, D. F., acabóse de imprimir el día 30 de agosto de 1960 en los talleres de la Editorial Fournier, S. A., Arquitectura, 29, Copilco-Universidad, México, 20, D. F. Ejemplares 5,000 Fecha de edición: 20 septiembre 1960.
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