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LA CORONA DE HIERBA
Saga Roma Vol 2
La Corona De
Hierba
Saga Roma Vol
2
Colleen McCullough
Es la historia del enfrentamiento de Mario y Sila por el poder en Roma,
y de la aparición de una nueva generación de jóvenes que con el tiempo también
lucharán entre sí para ocupar los puestos más altos y de mayor autoridad. La
novela hace partícipe al lector de los sentimientos y contradicciones de
aquellos hombres que dieron forma al último de los grandes imperios de la
antigüedad. La historia real y documentada, se cuenta aquí con inmediatez y
realismo.
Colleen McCullough
La Corona de Hierba
Saga Roma Vol 2
eBook v1.5
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A Frank Esposito, en testimonio de cariño, agradecimiento, admiración y
respeto.
PERSONAJES PRINCIPALES
CEPIO
Quinto Servilio Cepio [Cepio]
Livia Drusa, su esposa [hermana de Marco Livio Druso] Quinto Servilio
Cepio hijo [el joven Cepio], su hijo Servilia Maior [Servilia], su hija mayor
Servilia Minor [Lilla], su hija menor
Quinto Servilio Cepio (cónsul en 106 a. JC.), su padre Servilia
Cepionis, su hermana
CÉSAR
Cayo Julio César
Aurelia, su esposa (hija de Rutilia, sobrina de Publio Rutilio Rufo)
Cayo Julio César hijo [el joven César], su hijo Julia Maior [Lia], su hija
mayor
Julia Minor [Ju-ju], su hija menor
Cayo Julio César [el abuelo César], su padre
Julia, su hermana
Julilla, su hermana
Sexto Julio César, su hermano mayor
Claudia, la esposa de Sexto
DRUSO
Marco Livio Druso
Servilia Cepionis, su esposa (hermana de Cepio) Marco Livio Druso Nerón
Claudiano, su hijo adoptivo Cornelia Escipionis, su madre
Livia Drusa, su hermana (esposa de Cepio)
Mamerco Emilio Lépido Liviano, hermano de sangre, adoptado
ESCAURO
Marco Emilio Escauro, príncipe del Senado (cónsul en 115 a JC., censor
en 109 a. JC.)
Cecilia Metela Dalmática [Dalmática), su segunda esposa
MARIO
Cayo Mario
Julia, su esposa (hermana de Cayo Julio César)
Cayo Mario hijo (el joven Mario), su hijo
METELO
Quinto Cecilio Metelo Pío
Quinto Cecilio Metelo Numídico [el Meneítos] (cónsul en 109 a. JC.,
censor en 102 a. JC.), su padre
POMPEYO
Cneo Pompeyo Estrabón [Pompeyo Estrabón]
Cneo Pompeyo [el joven Pompeyo], su hijo
Quinto Pompeyo Rufo, su primo lejano
RUTILIO RUFO
Publio Rutilio Rufo (cónsul en 105 a. JC.)
SILA
Lucio Cornelio Sila
Julilla, su primera esposa (hermana de Cayo Julio César)
Elia, su segunda esposa
Lucio Cornelio Sila hijo [el joven Sila], su hijo habido con Julilla
Cornelia Sila, su hija habida con julilla
BITINIA
Nicomedes II, rey de Bitinia
Nicomedes III, su hijo mayor, rey de Bitinia
Sócrates, su hijo menor
PONTO
Mitrídates VI Eupator, rey del Ponto
Laódice, su hermana y esposa, primera reina del Ponto
Nisa, su esposa, segunda reina del Ponto (hija de Gordio de Capadocia)
Ariarates VII Filometor, su sobrino, rey de Capadocia
Ariarates VIII Eusebas Filopator, su hijo, rey de Capadocia Ariarates X,
su hijo, rey de Capadocia
LISTA DE CÓNSULES
99 a. JC. (655 AUC) (Anno Urbis Conditae, año desde la fundación de
Roma, en el 753 a JC.)
Marco Antonio Orator (censor en 97 a. JC.)
Aulo Postumio Albino
98 a. JC. (656 AUC)
Quinto Cecilio Metelo Nepos
Tito Didio
97 a. JC. (657 AUC)
Cneo Cornelio Léntulo
Publio Licinio Craso (censor en 89 a. JC.)
96 a. JC. (658 AUC)
Cneo Domicio Ahenobarbo, pontífice máximo (censor en 92 a. JC.) Cayo
Casio Longino
95 a. JC. (659 AUC)
Lucio Licinio Craso Orator (censor en 92 a. JC.)
Quinto Mucio Escévola (pontífice máximo en 89 a. JC.)
94 a. JC. (660 AUC)
Cayo Celio Caldo
Lucio Domicio Ahenobarbo
93 a. JC. (661 AUC)
Cayo Valerio Flaco
Marco Herenio
92 a. JC. (662 AUC)
Cayo Claudio Pulcro
Marco Perperna (censor en 86 a. JC.)
91 a. JC. (663 AUC)
Sexto Julio César
Lucio Marcio Filipo (censor en 86 a. JC.)
90 a. JC. (664 AUC)
Lucio Julio César (censor en 89 a. JC.)
Publio Rutilio Lupo
89 a. JC. (665 AUC)
Cneo Pompeyo Estrabón
Quinto Pompeyo Rufo
88 a. JC. (666 AUC)
Lucio Cornelio Sila
Quinto Pompeyo Rufo
87 a. JC. (667 AUC)
Cneo Octavio Ruso
Lucio Cornelio Cinna
Lucio Cornelio Merula, flamen dialis (cónsul sufecto)
86 a. JC. (668 AUC)
Lucio Cornelio Cinna (segundo mandato)
Cayo Mario (séptimo mandato)
Lucio Valerio Falco (cónsul sufecto)
I
—El suceso más digno de relieve de los últimos quince meses —dijo
Cayo Mario— fue el elefante que presentó Cayo Claudio en los ludi
romani.
—¿Verdad que fue una maravilla? —inquirió Elia con rostro radiante,
inclinándose en la silla para alcanzar con la mano el cuenco de gruesas olivas
verdes importadas de la Hispania Ulterior—. ¡Aquel animal se levantaba sobre
las patas traseras y andaba, bailaba con las cuatro patas, se sentaba en un
sofá y comía con la trompa…!
—¿Por qué le encantará a la gente ver cómo los animales imitan al
hombre? —terció Lucio Cornelio Sila con frialdad, volviendo su hosca cara hacia
su esposa—. El elefante es el ser más noble del mundo, pero a mí, la bestia que
exhibió Cayo Claudio Pulcro me parece una farsa mitad hombre y mitad elefante.
La pausa que siguió fue infinitesimal, pero bastó para que todos los
presentes lo advirtieran inquietos; luego, Julia, con una jovial carcajada,
hizo que todas las miradas se apartaran de la afligida Elia.
—¡Oh, vamos, Lucio Cornelio, fue la atracción que más aplaudió el
público! —replicó—. ¡Yo lo vi, y su habilidad y energía eran admirables! ¡Había
que verlo levantando la trompa y haciéndola sonar al compás del tambor! Además
—añadió—, ni hizo mal a nadie.
—A mí lo que me gustó fue su color —añadió Aurelia por poner su granito
de arena—: ¡rosa!
Intervenciones a las que Lucio Cornelio Sila no prestó atención, girando
sobre el codo para entablar conversación con Publio Rutilio Rufo.
—Cayo Mario —dijo Julia a su marido con un suspiro y los ojos tristes —,
creo que es hora de que las mujeres nos retiremos y os dejemos disfrutar del
vino. Nos perdonaréis.
Mario extendió el brazo sobre la estrecha mesa situada entre su camilla
y la silla de Julia y ella alargó el suyo para darle un afectuoso apretón de
mano, tratando de no sentirse más triste al ver su agria sonrisa. ¡La despedía!
No obstante, su cara conservaba signos de las secuelas del súbito infarto. Pero
lo que la fiel y amante esposa no podía admitir era que el
ataque hubiese afectado el cerebro de Mario; sí, ahora se malhumoraba
por una nadería, se irritaba cada vez más por trivialidades en su mayoría
imaginarias, endurecía su actitud frente a sus enemigos.
Se puso en pie, desligó su mano de la de Mario, dirigiéndole una sonrisa
muy particular, y puso la mano en el hombro de Elia.
—Vamos, querida —dijo—, bajemos al cuarto de los niños.
Elia se levantó de la silla y Aurelia hizo lo propio, mientras los
hombres permanecían tumbados en las camillas, aunque interrumpieron la
conversación hasta que en el comedor no quedaron mujeres ni criados.
—Así que el Meneítos vuelve por fin a Roma —dijo Lucio Cornelio Sila,
una vez se aseguró de que su detestada segunda esposa no podía oírle.
Desde el extremo de la camilla del centro, Mario lanzó un resoplido de
irritación, pero menos duro que los de antaño, ya que la hemiplejia procuraba
al remanente de mueca un algo de aflicción.
—¿Qué es lo que te gustaría oírme decir, Lucio Cornelio? —inquirió
finalmente.
—¿Qué voy a querer…? Que me respondas lo que piensas —contestó Sila con
una breve carcajada—. Aunque me permito señalarte que no lo planteé como
pregunta, Cayo Mario.
—Ya lo sé, pero, de todos modos, requiere una respuesta.
—Cierto —admitió Sila—. Bien, lo plantearé de otra manera. ¿Qué te
parece que al Meneítos le hayan levantado el destierro?
—Pues que no entono himnos de alegría —replicó Mario dirigiéndole una
penetrante mirada—. ¿Y a ti?
Se habían distanciado ligeramente, pensó Publio Rutilio Rufo, que estaba
reclinado en solitario en la segunda camilla. Tres años antes, o incluso dos,
no habrían mantenido un diálogo tan tenso. ¿Qué había sucedido? ¿Quién tenía la
culpa?
—Sí y no, Cayo Mario —respondió Sila bajando la vista hacia su copa de
vino—. ¡Me aburro! —añadió entre dientes—. Al menos cuando vuelva el Meneítos
al Senado las cosas pueden tomar un cariz interesante. Echo de menos aquellos
titánicos enfrentamientos que os traíais los dos.
—En ese caso te llevarás una decepción, Lucio Cornelio, porque no voy a
estar en Roma cuando llegue el Meneítos.
Sila y Rutilio Rufo irguieron el tronco.
—¿Que no vas a estar en Roma? —inquirió Rutilio Rufo con un chillido.
—No voy a estar en Roma —repitió Mario, sonriendo con agria
satisfacción—. Acabo de acordarme de un voto que hice a la Gran Diosa antes de
derrotar a los germanos: si vencía, iría en peregrinaje a su santuario de
Pessinus.
—¡Cayo Mario, no puedes hacer eso! —añadió Rutilio Rufo.
—¡Publio Rutilio, sí puedo! ¡Y pienso hacerlo!
—¡Sombras de Lucio Gavio Stico! —dijo Sila riendo y dejándose caer de
espaldas.
—¿De quién? —inquirió Rutilio Rufo, siempre presto a dejar de lado lo
principal cuando vislumbraba algún comadreo.
—El fallecido sobrino de mi fallecida madrastra —respondió Sila sin
dejar de sonreír—. Hace muchos años que se trasladó a mi casa, de la que era
dueña mi pobre madrastra, con el propósito de deshacerse de mí anulando el
cariño que Clitumna me tenía, metiéndome en cintura en casa de su tía, pero yo
me marché inmediatamente de Roma. Con lo cual no le quedó nadie a quien meter
en cintura más que él mismo, cosa que hacía con gran eficacia. Pero Clitumna se
hartó en seguida. — Se dio la vuelta, poniéndose boca abajo—. Murió poco
después —añadió pensativo, con un espectacular suspiro que cortó su sonrisa—.
Le estropeé el plan.
—Porque el regreso de Quinto Cecilio Metelo el Numídico, nuestro
Meneítos, sea un fracaso —brindó Mario.
—Bebamos por ello —añadió Sila, dando un trago.
Siguió un inquietante silencio; se notaba que ya no existía el
entendimiento de antaño y la respuesta de Sila no había logrado restablecerlo.
Quizá aquel antiguo entendimiento —pensó Publio Rutilio Rufo— era más cuestión
de eficacia en el contexto bélico que una auténtica amistad enraizada. ¿Cómo
podían haber olvidado aquellos años en los que habían luchado juntos contra los
enemigos de Roma? ¿Cómo permitían que
aquel desasosiego que les causaba Roma borrase todo lo anterior?
Saturnino había sido el epílogo de los buenos tiempos. Saturnino y aquel
lamentable infarto de Mario.
Pero acto seguido se dijo para sus adentros: ¡Tonterías, Publio Rutilio
Rufo! Son dos hombres llamados a hacer grandes cosas que no se contentan con
quedarse en casa y… sin un cargo. Sólo con que tuvieran otra guerra para luchar
juntos o un Saturnino que pretendiese proclamarse rey de Roma, volverían a
ronronear como un par de gatos que se lavan mutuamente la cara.
Pero el tiempo corría, desde luego. Cayo Mario y él tenían sesenta años
y Lucio Cornelio Sila cuarenta y dos. Poco proclive a escrutar la desigual
profundidad del espejo, Publio Rutilio Rufo no sabía muy bien cómo le habían
curtido las vicisitudes de la edad, pero sus ojos al menos le mostraban con
fidelidad, a aquella distancia, la escena que componían Cayo Mario y Lucio
Cornelio Sila.
Cayo Mario había engordado lo bastante como para descartar la confección
de nuevas togas; siempre había sido un hombre robusto, pero en buena forma y
bien proporcionado, pero ahora se le notaba un exceso de carne en espalda,
trasero, caderas y muslos y en aquella panza de aspecto musculoso. Hasta cierto
punto, ese peso suplementario había ablandado su rostro, que era más lleno y
redondo y de frente más amplia, debido a la disminución del cabello.
Rutilio Rufo hizo caso omiso deliberadamente de la hemiplejia para
concentrarse en las increíbles cejas, tan grandes, pobladas e hirsutas como
siempre. ¡Ah, qué tormentas de artística consternación no habrían desatado las
cejas de Cayo Mario en el pecho de más de un escultor! Encargados de realizar
en piedra el retrato de Mario para alguna ciudad, un gremio o un solar que
pedía a gritos una estatua, los escultores residentes en Roma o en Italia
sabían ya lo que les esperaba antes de poner los ojos en el modelo. ¡Y qué
gesto de horror se dibujaba en el rostro de algún famoso escultor griego,
llegado de Atenas o de Alejandría para hacer un retrato fidedigno del romano
más esculpido desde tiempos de Escipión el Africano, cuando veía las cejas de
Mario! Los artistas hacían lo que podían, pero, aunque se
viera pintado en tabla o en lienzo, el rostro de Cayo Mario acababa
irremisiblemente siendo subsidiario de aquellas cejas.
El mejor retrato que había visto Rutilio Rufo de su viejo amigo era un
tosco dibujo, hecho con una sustancia negruzca, trazado en la tapia de su casa.
Lo constituían unos sobrios trazos: una sola curva voluptuosa en representación
del carnoso labio inferior, un destello a guisa de ojos — ¿cómo era posible
obtener aquel negro brillante?— y nada menos que diez rayas para representar
las cejas.Y sin embargo era exactamente Cayo Mario, con todo su orgullo y su
inteligencia, Mario el indomable, todo un carácter. Pero ¿cómo describir esa
clase de arte Vultum in peius fingere… Un rostro moldeado por la malicia. Pero
era estupendo que la malicia se hubiese hecho cierta. Lamentablemente, antes de
que a Rutilio Rufo se le hubiera ocurrido cómo desmontar del muro el trozo de
enlucido de yeso sin que se hiciera añicos, un chaparrón había acabado con
aquel veraz retrato de Cayo Mario.
A Lucio Cornelio Sila, sin embargo, no había ningún pintor clandestino
de muros que supiera representarle con igual exactitud. Sin la magia del color,
Sila habría sido uno más de los miles de hombres bien parecidos. Su rostro bien
formado y los uniformes rasgos le conferían una romanidad a la que nunca podría
aspirar Cayo Mario. En cambio, con color, aquel rostro era único. Con sus
cuarenta y dos años, no mostraba signo alguno de estar perdiendo el cabello ¡y
qué cabello! No era rojo ni dorado. Era espeso y ondulado, aunque quizá lo
llevara un poco largo. Los ojos parecían hielo de glaciar, de un azul sumamente
pálido, circundado de otro azul oscuro como un nubarrón. Aquella noche, sus
cejas delgadas y curvadas eran marrones, igual que sus largas y pobladas
pestañas. Pero Publio Rutilio Rufo le había visto en circunstancias más
apremiantes y sabía que aquella noche, como solía hacer a menudo, se las había
pintado con stibium; en realidad, las cejas y las pestañas de Sila eran tan
rubias, que sólo destacaban por la palidez de su piel, casi blanca.
Las mujeres perdían la cordura, la virtud y el juicio por Sila.
Prescindían de la más elemental prudencia, ofendiendo a esposos, padres y
hermanos con risitas y cuchicheos a poco que, al pasar por su lado, les
dirigiera una mirada. ¡Un hombre capaz e inteligente! Y un soldado
inmejorable, además de un hábil administrador, valiente como el que más y casi
perfecto en asuntos de organización propia y ajena. Pero las mujeres eran su
ruina. O eso pensaba Publio Rutilio Rufo, cuyo rostro agradable pero corriente
y su tez pardusca de lo más corriente le hacían anodino entre millones de
compatriotas. No es que Sila fuese un conquistador ni un ladrón de corazones,
porque, por lo que a Rutilio Rufo le constaba, obraba con admirable rectitud,
pero no cabía duda de que un hombre que ansiaba llegar a la cúspide de la
política tenía mayores posibilidades de alcanzarla si no tenía un rostro como
Apolo; porque los hombres que resultaban muy atractivos para las mujeres no
inspiraban confianza a sus iguales, que los juzgaban de poco fuste, afeminados
o mujeriegos.
El año anterior, se dijo Rutilio Rufo, siguiendo el meandro de sus
recuerdos, Sila se había presentado a las elecciones de pretores con factores
muy a su favor: su expediente castrense era magnífico, y bien conocido, pues
Cayo Mario se había encargado de difundir entre el electorado lo bien que le
había servido Sila como cuestor, tribuno y legado. Hasta Catulo César, que no
tenía motivo alguno para sentir afecto por Sila, se había apresurado a alabar
los servicios que había prestado en la Galia itálica el año en que habían
derrotado a los cimbros de Germania, Luego, durante los breves días en que
Lucio Apuleyo Saturnino había constituido una amenaza para el Estado, fue Sila,
infatigable y competente, quien había hecho posible que Cayo Mario acabase con
aquello. Porque Sila era quien había llevado a la práctica las órdenes de Cayo
Mario. Quinto Cecilio Metelo el Numídico —aquel a quien Mario, Sila y Rutilio
Rufo llamaban el Meneítos
— no se había cansado de repetir a todos, antes de marchar al destierro,
que en su opinión el verdadero artífice de la gloriosa campaña africana contra
Yugurta era Sila, aunque Mario se hubiese atribuido el mérito. Pues únicamente
gracias a los esfuerzos de Sila se había logrado capturar a Yugurta, y todos
sabían que sin la captura del númida no se habría puesto fin a la guerra de
Africa. Cuando Catulo César y otros personajes ultraconservadores del Senado
asumieron la opinión del Meneítos de que el mérito de la victoria sobre Yugurta
era exclusivamente de Sila, la estrella de
éste parecía llamada a seguir un imparable curso ascendente y se creía
que su elección como uno de los seis era cosa hecha. A todo lo cual había que
añadir la actitud del propio Sila, admirablemente modesta e imparcial, pues
hasta el último momento de la campaña electoral había insistido en que el
mérito de la captura de Yugurta era de Mario, ya que él se había limitado a
cumplir órdenes. Una actitud que los electores solían apreciar, pues la lealtad
al jefe en el campo de batalla o en el Foro era encomiable.
No obstante, cuando los electores de la Asamblea centuriada se reunieron
en el aprisco del Campo de Marte y cada una de las centurias fue señalando su
elegido, el nombre de Lucio Cornelio Sila —tan aristocrático y aceptable— no
figuraba entre el de los seis candidatos ganadores. Y para colmo, algunos de
los elegidos eran tan mediocres en hechos relevantes como en antecesores
ilustres.
¿Por qué habría sucedido eso? Al día siguiente de las elecciones era la
pregunta que se planteaban todos los allegados a Sila, aunque él no dijera
nada. Sin embargo, él sabía el porqué; y poco después, Rutilio Rufo y Mario se
enteraron de lo que Sila ya sabía. El motivo de su fracaso tenía nombre y era
poca cosa fisícamente: Cecilia Metela Dalmática, de apenas diecinueve años y
esposa de Marco Emilio Escauro, príncipe del Senado, el que había sido cónsul
el año en que los germanos hicieron acto de presencia por primera vez, y el que
ocupaba el cargo de censor el año en que Metelo Numídíco el Meneítos había ido
a Africa a luchar contra Yugurta, y ahora portavoz del Senado desde que
ostentara el cargo consular diecisiete años atrás, Era el hijo de Escauro quien
tenía el compromiso de esposar a Dalmática, pero se había suicidado tras la
retirada de Catulo César en Tridentum tras admitir su cobardía. Y Metelo
Numídico el Meneítos, tutor de su sobrina de diecisiete años, se apresuró a
entregarla en matrimonio al padre, pese a la diferencia de cuarenta años entre
marido y mujer.
Por supuesto que nadie había preguntado a Dalmática su opiníón sobre ese
enlace, y al principio ni ella misma se lo había cuestionado. Un tanto abrumada
por la inmensa auctoritas y dignitas de su futuro esposo, al mismo tiempo la
alegraba poder salir del tormentoso hogar de su tío Metelo Numídico, que en
aquellos días albergaba a la hermana de éste, una mujer
cuyas inclinaciones sexuales e histérica conducta eran un tormento para
los que vivían con ella. Dalmática quedó encinta en seguida (hecho que
incrementó la auctoritas y dignitas de Escauro) y dio a Escauro una hija. Pero
entretanto había conocido a Sila, invitado por su esposo a cenar: la mutua
atracción había sido profunda e inquietante.
Consciente del peligro que semejante circunstancia representaba, Sila no
había hecho nada por estrechar el trato con la joven esposa de Escauro. Pero
ella no pensaba igual, y después de que los cuerpos destrozados de Saturnino y
sus secuaces hubieran sido quemados con todos los honores que su intacta
condición de romanos les otorgaba y Sila comenzase a dejarse ver por el Foro y
la ciudad dentro de la campaña por el pretorado, Dalmática había comenzado a
acudir al Foro y a pasear por la ciudad, persiguiendo a Sila por todas partes,
ocultándose tras un plinto o una columna, bien cubierta con túnicas, creyendo
que nadie la veía.
Sila supo en seguida rehuir ciertos lugares, como el Porticus
Margaritaria, en el que era muy posible que una mujer de noble estirpe
anduviera deambulando por las joyerías a guisa de coartada. Con ello disminuían
las posibilidades de encontrársela y que le hablara, pero para Sila tal
actuación era una segunda versión de una antigua y horrenda pesadilla, en la
época en que Julilla le había agobiado con un alud de cartas de amor que ella o
su criada le echaban en el sinus de la toga siempre que podían y que, por las
circunstancias, no llamaban la atención. Y aquello había acabado en matrimonio;
una unión confarreatio prácticamente indisoluble que había durado, en medio de
amarguras, exabruptos y humillaciones, hasta el día de la muerte de ella por
suicidio, un tenebroso episodio más de la interminable sarta de mujeres
empeñadas en dominarle.
Y Sila había optado por las siniestras e inmundas callejas del Subura,
confiándose a la única amiga que tenía, con el distanciamiento que tan
desesperadamente necesitaba en aquel momento: Aurelia, cuñada de su difunta
esposa Julilla.
—¿Qué puedo hacer, Aurelia? ¡Estoy atrapado con una nueva Julilla!
¡No puedo quitármela de encima!
—El problema estriba en que no saben en qué ocupar el tiempo —le
contestó Aurelia, ceñuda—. Tienen nodrizas para los niños, celebran fiestas con
sus amistades en las que casi todo se reduce a un chismorreo continuo, no las
verás sentarse a un telar, y tienen la cabeza demasiado vacía para solazarse en
la lectura. Además, a la mayoría las tiene sin cuidado el marido porque han
hecho un matrimonio de conveniencia debido a que el padre necesita más apoyos
políticos o el esposo la dote del apellido noble que ellas aportan. Apenas ha
pasado el esposo un año fuera de casa, que ya están decididas a engañarle
—añadió con un suspiro—. Al fin y al cabo, Lucio Cornelio, en asuntos de amor
pueden elegir, pero ¿en qué otras facetas pueden hacer lo mismo? Las más prudentes
se contentan con recurrir a esclavos, pero las más tontas se enamoran. Y
desgraciadamente eso es lo que ha sucedido en este caso. ¡La pobrecilla
Dalmática ha perdido la cabeza! Y por ti.
Sila se mordió el labio y ocultó sus pensamientos mirándose las manos.
—A mi pesar —dijo.
—¡Lo sé! Pero ¿qué opina Marco Emilio Escauro?
—¡Por los dioses, espero que no sepa nada!
—Yo diría que lo sabe de sobra —replicó ella con un bufido. —¿Y por qué
no ha venido a hablar conmigo? ¿O tendré que ir yo? —Me lo estaba preguntando
en este momento —contestó la dueña de
aquella insula de apartamentos, confidente de muchos, madre de tres
hijos, fiel esposa y espíritu insatisfecho.
Estaba sentada junto a su mesa de trabajo, una amplia zona totalmente
cubierta de rollos de papel, hojas y cubos llenos de libros, pero sin desorden;
el exceso era prueba de sus muchos negocios y el trabajo pendiente.
Ella era la única que tal vez podía ayudarle, pensó Sila, pues la otra
persona a quien podría haber acudido no era fiable en aquellas circunstancias.
Sí, Aurelia era estrictamente una amiga, pero Metrobio era además su amante,
con toda la complicación emocional inherente, aparte de la complicación añadida
de ser del sexo masculino.
Cuando el día anterior se había visto con Metrobio, el joven actor
griego le había hecho un comentario cáustico sobre Dalmática, y él,
sorprendido, había comprendido en ese momento que toda Roma debía de estar
hablando de él y Dalmática, ya que el entorno del muchacho era muy distinto a
aquel en que él se desenvolvía.
—¿Debo ir a hablar con Marco Emilio Escauro? —volvió a preguntar Sila.
—Creo que sería preferible que vieras a Dalmática, pero no sé cómo
podría hacerse —contestó Aurelia frunciendo los labios.
—¿Y no podrías invitarla a venir aquí? —añadió Sila más decidido. —¡Ni
mucho menos! —replicó Aurelia escandalizada—. ¡Lucio
Cornelio, eres de una tozudez asombrosa y a veces pareces tonto! ¿No te
das cuenta de que seguramente Marco Emilio Escauro tiene vigilada a su esposa?
Lo que ha salvado de momento tu blanca piel es la falta de pruebas de sus
sospechas.
Sila dejó entrever sus fuertes caninos, pero no mediante una sonrisa.
Por un instante, Sila se quitaba la máscara y Aurelia pudo intuir la
personalidad de un desconocido. No obstante… ¿sería cierto? Mejor sería decir
que ella había presentido aquel otro ser que lo animaba, pero nunca lo había
visto. Otro ser carente de cualidades humanas, un monstruo con garras, capaz
tan sólo de aullar a la luna. Y por primera vez en su vida sintió un profundo
temor.
Su estremecimiento hizo desaparecer al monstruo; Sila se puso la máscara
y se lamentó:
—Entonces, ¿qué hago, Aurelia? ¿Qué puedo hacer?
—La última vez que hablaste con ella, es decir, hace dos años, dijiste
que la amabas; pero es la única ocasión en que la has visto. Muy parecido a lo
de Julilla, ¿verdad? Y, claro, eso lo hace más insoportable aún. Desde luego
ella no sabe nada de Julilla, salvo el hecho de que tú tuviste una esposa que
se suicidó… precisamente el dato que aumenta tu atractivo, pues da a entender
que eres un peligro para las mujeres que te aman. ¡Menudo reto! No, mucho me
temo que la pobrecilla Dalmática se halla bien atrapada en tus redes, aunque se
las hayas echado sin esa intención.
Aurelia reflexionó un instante en silencio y luego fijó la mirada en él.
—No digas ni hagas nada, Lucio Cornelio. Espera a que Marco Emilio
venga a tí. Así parecerás totalmente inocente. Pero cuida de que no
pueda encontrar prueba alguna de infidelidad, por fortuita que sea. Prohíbe a
tu mujer salir de casa cuando estés tú, no sea que Dalmática soborne a algún
sirviente para que la deje entrar. El problema estriba en que como no entiendes
a las mujeres ni te gustan demasiado, no sabes cómo actuar ante sus peores
excesos y te pones frenético. Que sea su marido el que venga a hablarte. ¡Pero,
sobre todo, sé amable con él! Para un hombre viejo casado con una jovencita la
visita ha de ser mortificante. No es un cornudo, pero exclusivamente gracias a
tu desinterés, Por consiguiente debes hacer todo lo posible por no herir su
orgullo. Ten en cuenta que, en definitiva, el único que le iguala en influencia
es Cayo Mario —añadió con una sonrisa—. Ya sé que él no aceptaría semejante
comparación, pero es la verdad. Si quieres ser pretor no tienes que ofenderle.
Sila siguió su consejo, pero no del todo, por desgracia. Y se creó un
gran enemigo porque no fue amable ni se mostró predispuesto a no herir el
orgullo de Escauro.
Durante los dieciséis días que siguieron a su visita a Aurelia no
sucedió nada, salvo que estuvo alerta ante los posibles observadores enviados
por Escauro, y adoptó toda clase de precauciones para no darle pruebas de
infidelidad. Observó guiños furtivos y sonrisas disimuladas entre las amistades
de Escauro y las suyas; era indudable que siempre los habría habido, pero no
había querido verlo.
Lo peor era que aún seguía deseando a Dalmática, o amándola —o sería una
obsesión—… o las tres cosas. De nuevo Julilla. La pena, el odio, la cólera para
azotar sin piedad a quien se interpusiera en su camino. De la ensoñación de
hacer el amor con Dalmática pasaba fulgurante al sueño de partirle el cuello y
verla efectuar una horrenda danza sobre la hierba iluminada por la luna en
Circeí… ¡No, no, así era como había matado a su madrastra! Había comenzado a
abrir con asiduidad el cajoncito secreto de la vitrina en que guardaba la
máscara de su antepasado Publio Cornelio Sila Rufino, flamen dialis, para sacar
los frasquitos de veneno y la caja con el
polvo blanco de fundición con el que había matado a Lucio Gavio Stichus
y al forzudo Hércules Atlas. ¿Setas? Con ellas había dado muerte a su
madrastra… ¡Cómelas, Dalmática!
Pero el tiempo y la experiencia le habían enriquecido desde la muerte de
Julilla y se conocía mejor. A Dalmática no podía matarla, del mismo modo que no
habría podido matar a Julilla. Con las mujeres de ilustres familias no había
otra alternativa que llevar el asunto hasta las últimas consecuencias. Un día,
algún día, él y Cecilia Metela Dalmática concluirían lo que en aquel momento no
osaban iniciar.
Y en éstas, Marco Emilio Escauro vino a llamar a su puerta; aquella
misma puerta a la que había llamado la mano de tantos fantasmas y que rezumaba
malicia a través de sus leñosas células. El hecho de tocarla contaminaba a
Escauro, quien pensó que la entrevista iba a ser más dura de lo previsto.
Sentado en la silla que Sila destinaba a los clientes, el esforzado
anciano contempló amargado la serenidad de su anfitrión con aquellos ojos verde
claro tan en contraste con las arrugas de su rostro y la desnudez de su cráneo,
deseando en lo más profundo de su ser no haber acudido, no tener que tragarse
su orgullo para aclarar aquella ridícula y odiosa situación.
—Me imagino que sabes quién soy, Lucio Cornelio —dijo Escauro con la
barbilla alta, mirándole a los ojos.
—Creo que sí —respondió escuetamente Sila.
—He venido a pedir excusas por el comportamiento de mi esposa y a
asegurarte que, después de hablarte, haré lo necesario para que ella no siga
importunándote.
¡Ya estaba! Lo había dicho y no había muerto de vergüenza. Sin embargo,
por debajo de aquella mirada serena y desapasionada de Sila le pareció detectar
un cierto desdén; imaginario quizá, pero eso fue lo que hizo que Escauro se
convirtiese en enemigo de Sila.
—Lo siento mucho, Marco Emilio.
—¡Di algo! ¡Házselo más fácil a este viejo tonto! ¡No dejes que siga ahí
sentado con su honor destrozado! ¡Recuerda lo que dijo Aurelia! Pero las
palabras se negaban a acudir a su boca. Bullían incoherentes en su
mente, pero su lengua era de piedra.
—Sería mejor para todos que abandonases Roma y te fueras a Hispania
—dijo por fin Escauro—. Me han dicho que Lucio Cornelio Dolabella necesita la
ayuda de alguien competente.
Sila parpadeó con exagerada sorpresa.
—¿Ah, sí? ¡No sabía yo que las cosas estuvieran tan mal! No obstante,
Marco Emilio, me es imposible dejar Roma para acudir a la Hispania Ulterior.
Llevo en el Senado nueve años y ha llegado el momento de presentarme al
pretorado.
Escauro tragó salíva, esforzándose en seguir aparentando jovialidad.
—Este año no, Lucio Cornelio —dijo afable—. El año que viene o al
otro. Este año tienes que dejar Roma.
—¡Marco Emilio, yo no he hecho nada malo! (¡Sí que lo has hecho! ¡Lo que
estás haciendo ahora está mal, le estás pisoteando!) Tengo tres años más de la
edad requerida para ser pretor y el tiemPo corre. Debo presentarme este año, y
por consiguiente tendré que quedarme en Roma.
—Te ruego que lo reconsideres —añadió Escauro poniéndose en pie.
—No puedo, Marco Emilio.
—Lucio Cornelio, si te presentas, te aseguro que no saldrás elegido. Ni
al año que viene, ni al siguiente, ni al otro —replicó Escauro sin alterarse
—. Eso te lo prometo, y te ruego que me creas. Vete de Roma.
—Te repito, Marco Emilio, que lo siento mucho pero debo quedarme en
Roma para presentarme al pretorado —respondió Sila.
Y así había sucedido. Ofendido en su auctoritas y dignitas, Marco Emilio
Escauro, príncipe del Senado, se las había arreglado para mover influencias
suficientes y conseguir que no eligiesen pretor a Sila. Y así fue cómo hombres
de menor categoría —anodinos, mediocres, memos— vieron su nombre inscrito en
los fasti y fueron pretores.
Por boca de su sobrina Aurelia, Publio Rutilio Rufo supo la verdad, y él
a su vez se lo contó a Cayo Mario. Que Escauro, príncipe del Senado, se había
empeñado en que Sila no fuese pretor, era de dominio público, aunque no lo
fuera tanto el motivo. Había quien sostenía que era por la
lamentable chifladura de Dalmática, pero tras prolijas discusiones solía
concluirse que era una explicación baladí. Habiéndole dado tiempo de sobra para
que viese por sí misma lo erróneo de su conducta —le dijo—, Escauro había
hablado con ella —amablemente pero sin concesiones, puntualizó él
— y no hizo ningún secreto de ello frente a sus amigos ni en el Foro.
—Pobrecílla, tenía que sucederle —había manifestado a varios
senadores, asegurándose de que a sus espaldas había otros más que
Pudieran oírle—. Ojalá hubiese puesto los ojos en otra persona que no fuese un
simple peón de Cayo Mario, pero… Supongo que es hombre bien parecido.
Lo hizo muy bien; tan bien, que los especialistas del Foro y los
miembros del Senado se dijeron que el verdadero motivo de que se opusiera a la
candidatura de Sila era la conocida asociación de éste con Cayo Mario. Pues
Cayo Mario, después de ser cónsul en un caso sin precedentes, seis veces
seguidas, estaba en declive. Su tiempo había pasado y ni siquiera había sido
capaz de aunar suficientes influencias para presentarse a la elección de
censor. Lo que significaba que Cayo Mario, el llamado Tercer Fundador de Roma,
jamás figuraría entre los cónsules más insignes, todos nombrados censores. Cayo
Mario era una fuerza gastada según los parámetros romanos, una curiosidad más
que una amenaza, un hombre únicamente adorado por la tercera clase.
Rutilio Rufo se sirvió más vino.
—¿De verdad piensas marcharte a Pessinus? —preguntó a Mario. —¿Y por qué
no?
—¿Y a qué viene eso? Me refiero a que comprendería que fueses a Delfos,
a Olimpia o a Dodona incluso. ¡Pero perderte en Anatolia… en plena Frigia, el
país más atrasado, supersticioso e incómodo del mundo! ¡Sin un vaso de vino
decente, y en lugar de carreteras, caminos de herradura durante cientos de
millas! ¡Pastores incultos a derecha e izquierda, salvajes de Galacia en
bandadas nada más cruzar la frontera! ¡Verdaderamente, Cayo Mario…! Si es que
deseas ver a Batacio con sus ropajes dorados y luciendo joyas en la barba,
ordénale que venga a Roma. Estoy seguro de
que le encantaría reanudar relaciones con algunas de nuestras matronas
más modernas… que no han dejado de llorarle desde que se fue.
Mario y Sila estaban riéndose a carcajadas antes de que Rutílio Rufo
concluyese su apasionado alegato, y de pronto desaparecieron todas las reservas
y se sintieron los tres cómodos y en perfecto acuerdo.
—Vas a ver al rey Mitrídates —dijo Sila sin tono interrogativo.
Mario permanecía sonriente con las cejas fruncidas.
—¡Qué cosas se te ocurren! ¿Por qué crees eso, Lucio Cornelio? —Porque
te conozco, Cayo Mario. ¡Eres un inveterado irreverente! Los
únicos votos que te he oído hacer eran prometiendo dar patadas en el
culo a los legionarios o a los tribunos de los soldados. El único motivo que te
impulsa a pasear tus cansados huesos por la salvaje Anatolia es ver por ti
mismo qué es lo que sucede en Capadocia y hasta qué extremo es responsable de
ello el rey Mitrídates —replicó Sila, sonriendo con una complacencia que no
conocía desde hacía meses.
Mario se volvió estupefacto hacia Rutilio Rufo.
—¡Espero no ser tan transparente a los demás como a Lucio Cornelio!
—Dudo mucho de que nadie se lo imagine siquiera —dijo Rutilio Rufo,
sonriendo también—. ¡Y yo que me lo había creído, inveterado
irreverente! Sin proponérselo (o eso le pareció a Rutilio Rufo), Mario volvió
la cabeza hacia Sila para enfrascarse en los comentarios de la nueva
estrategia. —El problema estriba en que nuestras fuentes de información no son
nada fiables —decía Mario con énfasis—. Cítame, si no, alguien relevante o
inteligente que haya estado en esa región desde hace años… Entre los pretores
recién nombrados no hay uno solo que yo vea capaz de hacerme un
informe exacto. ¿Qué sabemos realmente de aquella zona?
—Muy poca cosa —dijo Sila con candente atención—. En Galacia han hecho
algunas incursiones Nicomedes por el oeste y Mitrídates por el este, y hace
unos años el viejo Nicomedes se casó con la madre del rey niño de Capadocia,
que por entonces creo que era la regente. A partir de entonces Nicomedes
comenzó a llamarse rey de Capadocia.
—Así es —añadió Mario—. Supongo que para él sería un infortunio que
Mitrídates instigara el asesinato de su esposa y repusiera al niño en el
trono —dijo riéndose por lo bajo—. ¡Se acabó el rey Nicomedes de
Capadocia! No sé cómo pudo pensar que Mitrídates iba a consentírselo, teniendo
en cuenta que la asesinada era hermana de éste…
—Y su hijo sigue reinando con el nombre de… ¡ah, tienen unos nombres tan
raros! ¿Es Ariarates? —aventuró Sila.
—Ariarates séptimo, para ser exactos —puntualizó Mario.
—¿Qué crees que se trae entre manos? —inquirió Sila, azuzado en su
curiosidad por el conocimiento de que hacía gala Mario acerca de aquellas
tortuosas relaciones con Oriente.
—No lo sé muy bien. Probablemente nada, aparte de las habituales
pendencias entre Nicomedes de Bitinia y Mítrídates del Ponto. Me gustaría
hablar con él. Al fin y al cabo, Lucio Cornelio, no tendrá más de treinta años
y, no obstante, ha pasado de no contar casi con territorio, como en el caso del
Ponto, a poseer la mayor parte de las tierras en torno al mar Euxino. Se me
pone carne de gallina al pensar que pueda causar problemas a Roma —contestó
Mario.
Considerando que había llegado el momento de intervenir en la
conversación, Publio Rutilio Rufo dejó la copa vacía en la mesita de delante de
su camilla con un golpe seco.
—Supongo que quieres decir que Mitrídates ha puesto el ojo en la
provincia romana de Asia —terció, asintiendo pensativo—. ¿Cómo no iba a
quererla, dadas sus inmensas riquezas? Y es la región más civilizada del mundo…
¡era griega antes de que lo fuesen los propios griegos! Homero vivió y trabajó
en nuestra provincia de Asia… ¿Os imagináis?
—Seguramente me lo imaginaría mejor si me lo contaras acompañándote de
la lira —dijo Sila riendo.
—Un poco de seriedad, Lucio Cornelio. Dudo mucho de que el rey
Mitrídates se plantee en broma lo de la provincia de Asia, y nosotros tampoco
debemos chancearnos —dijo Rutilio Rufo, haciendo una pausa para admirar su
virtuosismo verbal, con lo cual perdió su turno en la conversación.
—Yo creo que no hay duda alguna de que a Mítrídates se le hace la boca
agua ante la perspectiva de apoderarse de la provincia de Asia —dijo Mario.
—Pero él es oriental —añadió Sila muy serio—, y todos los reyes
orientales tienen miedo de Roma… incluso a Yugurta, que mantenía un mayor
contacto con Roma que ningún monarca oriental, le aterraba Roma. Recordad las
afrentas e indignidades que aguantó Yugurta antes de entrar en guerra con
nosotros. Prácticamente le obligamos a ello.
—Oh, yo creo que Yugurta siempre pensó en declararnos la guerra — añadió
Rutilio Rufo.
—No estoy de acuerdo —adujo Sila con el entrecejo fruncido—. Yo creo que
soñaba entrar en guerra contra nosotros, pero se daba cuenta perfectamente de
que era un sueño. Fuimos nosotros quienes le forzamos a entrar en guerra cuando
Aulo Albino entró a saco en Numidia. En realidad es así como suelen iniciarse
nuestras guerras. Se concede el mando de las legiones romanas a algún codicioso
incapaz de dirigir un desfile infantil, y allá va él a por un buen botín no
para Roma, sino para su propio bolsillo. Carbón y los germanos, Cepio y los
germanos, Silano y los germanos… la lista es interminable.
—Te vas por las ramas, Lucio Cornelio —terció Mario con voz queda. —¡Lo
siento! —replicó Sila con desenfado, sonriendo afectuoso a su
antiguo comandante—. De todos modos, creo que la situación en Oriente es
parecida a la que se daba en Africa antes de que Yugurta nos declarase la
guerra. Bien sabemos que Bitinia y el Ponto son enemigos tradicionales, y
sabemos que tanto a Nicomedes como a Mitrídates les encantaría expansionarse,
al menos en Anatolia. Y en Anatolia hay dos regiones de gran riqueza que los
hacen babear: Capadocia y nuestra provincia de Asia. Quien poseyera Capadocia
tendría rápido acceso a Cilicia con su fertilísimo suelo, y de apoderarse de
nuestra provincia de Asia, un inmejorable acceso costero al Mediterráneo, con
medio centenar de excelentes puertos y un interior riquísimo. Es muy humano que
esos reyes codicien esas tierras.
—Bueno, a mí Nicomedes de Bitinia no me preocupa —dijo Mario
interrumpiéndole— porque está atado a Roma de pies y manos, y él lo sabe. Ni
creo que, al menos de momento, nuestra provincia de Asia corra ningún peligro.
Lo que me preocupa es Capadocia.
—Exacto —añadió Sila, y asintió con la cabeza—. La provincia de Asia es
romana, y no creo que Mitrídates sea muy distinto a los otros reyes orientales
y no le atemorice Roma como para invadirla, por muy desgobernada que esté. Pero
Capadocia no es romana, y, aunque cae en nuestra esfera de influencia, me
parece que tanto Nicomedes como el joven Mitrídates dan por sentado que es una
región lo bastante remota y carente de importancia para Roma como para merecer
una guerra. Por otra parte, se mueven furtivamente como ladrones para hacerse
con ella, enmascarando sus motivaciones con títeres y parientes.
—¡Yo no veo que sea nada furtivo el casamiento de Nicomedes con la
regente de Capadocia! —Gruñó Mario.
—No, pero esa situación no duró mucho, ¿no es cierto? ¡Mitrídates sintió
tal indignación que asesinó a su hermana! Y al hijo le repuso en el trono de
Capadocia sin ningún miramiento.
—Desgraciadamente nuestro amigo y aliado es Nicomedes y no Mitrídates
—dijo Mario—. Es una lástima que no estuviera yo en Roma cuando se trató todo
esto.
—¡Bah, no me vengas con ésas! —dijo Rutilio Rufo indignado—. ¡Hace más
de cincuenta años que los soberanos de Bitinia tienen oficialmente el título de
amigos y aliados de Roma! Durante la última guerra que sostuvimos contra
Cartago, también el rey del Ponto fue oficialmente amigo y aliado, pero el
padre de este Mítrídates anuló la posibilidad de amistad con Roma al comprar
Frigia al padre de Manio Aquilio. Desde entonces Roma no mantiene relaciones
con el Ponto. Aparte de que es imposible conceder el privilegio de amigos y
aliados a dos reyes que están enemistados, a menos que se pueda impedir la
guerra entre ambos. En el caso de Bitinia y el Ponto, el Senado consideró que
concederles a los dos la condición de amigo y aliado sólo habría servido para
empeorar la situación entre ellos. Y eso, a su vez, era como recompensar a
Nicomedes de Bitinia por haberse portado mejor que el Ponto.
—¡Bah, Nicomedes no es más que un vejestorio estúpido! —dijo Mario,
impaciente—. Lleva reinando más de cincuenta años y no era ningún niño
cuando desalojó del trono a su tata. Debe de tener más de ochenta años
¡y no hace más que exacerbar la situación en Anatolia!
—Imagino que quieres decir «actuando» como un vejestorio estúpido.
— La réplica fue acompañada de un destello casi morado en los ojos de
Rutilio Rufo, muy parecidos a los de su sobrina Aurelia y casi igual de
penetrantes—. ¿Crees, Cayo Mario, que tú y yo rondamos ya la edad de que se nos
llame vejestorios estúpidos?
—Vamos, vamos, no os enfurruñéis —terció Sila, sonriente—. Sé lo que
quieres decir, Cayo Mario. Nicomedes está en plena senectud, sea o no capaz de
gobernar, y hay que suponer que es muy capaz. Es el más helenizado de todos los
monarcas de Oriente, pero sigue siendo un oriental. Lo que significa que si se
mea en los zapatos, su hijo le deja sin trono. Por consiguiente no debe de
haber perdido su astucia y seguirá vigilante, por quisquilloso y rencoroso que
sea; por el contrario, en Ponto reina un hombre de apenas treinta años,
vigoroso, inteligente, agresivo y presuntuoso. No, es muy difícil que Nicomedes
dé una lección a Mitrídates, ¿no creéis?
—Difícilmente —dijo Mario—. Creo que sería lógico pensar que si llegan a
las manos será una lucha desigual. Nicomedes se ha limitado a aferrarse a lo
que tenía al comienzo de su reinado, mientras que Mitrídates es un
conquistador. ¡Ya lo creo, Lucio Cornelio, que tengo que ver a ese Mitrídates!
—añadió apoyándose en el codo izquierdo y mirando angustiado a Sila—. ¡Vente
conmigo, Lucio Cornelio! ¿Cuál es la alternativa? Otro aburrido año en Roma, y
más con el Meneítos parloteando en el Senado, mientras su retoño se lleva todo
el mérito de haber logrado el regreso de su tata.
—No, Cayo Mario —contestó Sila moviendo la cabeza.
—Me han dicho —terció Rutilio Rufo mordiéndose morosamente una uña— que
la carta oficial revocando el exilio en Rodas de Quinto Cecilio Metelo el
Numídico la firman el primer cónsul Metelo Nepo y nada menos que el Meneítos
hijo. ¡Del tribuno de la plebe Quinto Calidio, que obtuvo la derogación del
decreto, ni palabra! ¡Firmada por un senador tan joven que para colmo es
privatus!
—¡Pobre Quinto Calidio! —dijo Mario riendo—. Espero que el Meneítos le
pague bien sus desvelos —añadió mirando a Rutilio Rufó—. Ese clan de los
Cecilio Metelos no cambia con los años, ¿verdad? Cuando yo era tribuno de la
plebe ya me trataban como si fuese basura.
—Y con razón —añadió Rutilio Rufo—, porque todo lo que hiciste por
entonces les complicaba bastante las cosas en política a los Metelos. ¡Y eso
que creían tenerte en sus garras! ¡Dalmático se puso hecho una furia!
Al oír aquel nombre, Sila se encogió, percatándose del rubor que
encendía sus mejillas. El padre de ella era el difunto hermano mayor del
Meneítos. ¿Cómo estaría Dalmática? ¿Qué le habría hecho Escauro?
—Por cierto —dijo alzando la voz—. Sé de muy buena fuente que el
Meneítos hijo va a hacer un estupendo matrimonio de conveniencia.
Ya había borrado los recuerdos.
—¡Pues yo no he oído nada! —dijo Rutilio Rufo un tanto asombrado,
convencido de que las mejores fuentes de información en Roma eran las suyas.
—Pues es cierto, Publio Rutilio.
—¡Explícate!
Sila se llevó una almendra a la boca y la masticó antes de contestar.
—Buen vino, Cayo Mario —alabó llenándose la copa con la jarra que
los sirvientes le habían puesto a mano antes de marcharse y añadiéndole
agua, despacio.
—¡Venga, Lucio Cornelio, no le tengas en ascuas! —dijo Mario con un
suspiro—. Publio Rutilio es el mayor chismorrero del Senado.
—En eso estoy de acuerdo, pero tienes que admitir que escribía unas
cartas muy entretenidas cuando estábamos en Afríca y en la Galia — contestó
Sila sonriente.
—¿Quién es ella? —exclamó Rutilío Rufo sin inmutarse.
—Licinia Minor, la hija menor de nada menos que nuestro pretor urbano
Lucio Licinio Craso Orator.
—¡No hablas en serio! —dijo Rutilio Rufo conteniendo una exclamación.
—Ya lo creo que hablo en serio.
—¡Pero sí no tendrá la edad!
—Dieciséis años cumple el día antes de la boda, según me han dicho.
—¡Abominable! —gruñó Mario frunciendo las cejas.
—¡Desde luego cada vez se hacen cosas más absurdas! —dijo Rutilio Rufo
con auténtica preocupación—. ¡La edad conveniente son los dieciocho cumplidos!
¡Somos romanos, no infanticidas orientales!
—Bueno, por lo menos el Meneítos hijo tiene poco más de treinta años
—añadió Sila—. ¿Qué me decís de la esposa de Escauro?
—¡Cuanto menos digamos, mejor! —espetó Publio Rutilio Rufo, falto de
ánimo—. Desde luego, Craso Orator es digno de admiración. Es una familia en la
que no falta dinero para las dotes y han colocado muy bien a sus hijas. La
mayor la han casado nada menos que con Escípión Nasica, y ahora la pequeña con
Meneítos hijo, único heredero, Creo que a Licinia le fue bastante mal casándose
a los diecisiete años con un animal como Escípíón Nasica. ¿Sabíais que está
embarazada?
Mario dio unas palmadas para llamar al mayordomo.
—¡Marchaos los dos a casa! Cuando la conversación degenera en simple
cotilleo de viejas es que está todo agotado. ¡Embarazada! ¡En el cuarto de los
niños con las mujeres tenías que estar, Publio Rutilio!
Para aquella cena en casa de Mario habían traído a todos los niños y
estaban ya todos dormidos al concluir la fiesta. Sólo el pequeño Mario se
quedaba allí, pues los demás tenían que regresar a sus casas con los padres. En
el paseo había dos grandes literas, una para los hijos de Sila, Cornelia Sila y
el pequeño Sila, y la otra para los tres de Aurelia: Julia Maior, a quien
llamaban Lia, Julia Minor, llamada Ju-ju, y el pequeño César. Mientras los
adultos seguían charlando en voz baja en el recibidor, un equipo de criados
trasladaba cuidadosamente a los niños dormidos a las literas.
Julia parecía no conocer al que llevaba al pequeño César; se irguió y
cogió angustiada a Aurelia por el brazo.
—¡Si es Lucio Decumio! —dijo, conteniendo un grito. —Pues claro que sí
—respondió Aurelia, sorprendida, —¡Aurelia, no deberías consentirlo!
—Tontadas, Julia. Lucio Decumio es para mí una torre de fortaleza. Como
bien sabes, el camino hasta mi casa no es un dechado de seguridad y hay que
cruzar guaridas de ladrones, ir por vericuetos y qué sé yo… ¡Aún no lo sé
después de siete años! No es que salga mucho de casa, pero cuando salgo siempre
voy con Lucio Decumio y un par de hermanos suyos para que me acompañen a casa.
El pequeño César tiene el sueño ligero, pero cuando le coge Lucio Decumío ni se
mueve.
—¿Un par de hermanos suyos? —musitó Julia horrorizada—. ¿Quieres decir
que en la casa hay más personajes como Lucio Decumio?
—¡No! —replicó Aurelia con desdén—. Me refiero a sus hermanos de la
cofradía del cruce, Julia…, sus sirvientes. ¡Ah, no sé a qué vengo a estas
cenas familiares en las raras ocasiones que lo hago! —añadió malhumorada
—. ¿Por qué no acabas de entender que tengo mi vida perfectamente
organizada y me sobran todos esos aspavientos y prevenciones?
Julia no dijo nada hasta que ella y Cayo Mario fueron a acostarse,
después de dejarlo todo recogido, comprobar que los criados se retiraban a sus
dependencias, echar el cerrojo de la puerta que daba a la calle y hacer la
ofrenda al trío de dioses que protegen el hogar romano, Vesta de la tierra, los
Penates de la despensa y los Lares de la familia.
—Aurelia ha estado imposible —comentó una vez en el dormitorio. Mario
estaba cansado, sensación que experimentaba con mayor
frecuencia que antaño, lo cual le avergonzaba. Por eso, en lugar de
hacer lo que le apetecía, que era darse la vuelta y dormirse, se tumbó de
espaldas, cogió a su mujer con el brazo izquierdo y se resignó a oír algún
comentario sobre mujeres y asuntos domésticos.
—¿Por qué? —inquirió.
—¿No puedes hacer que regrese a Roma Cayo Julio? Aurelia se está
convirtiendo en una especie de vestal solterona. ¡No sé…! Está amargada, hosca,
reseca… Sí, ésa es la palabra: reseca —contestó Julia—. Y ese niño la está
matando.
—¿Qué niño? —refunfuñó Mario.
—Su pequeño César, de veintidós meses. ¡Oh, Cayo Mario, es asombroso! Ya
sé que a veces nacen niños así, pero yo no lo había visto
nunca ni sabía de nada semejante entre nuestras amistades. Me refiero a
que a todas las madres nos complace que los hijos sepan lo que son la dignitas
y la auctoritas cuando los padres los llevan por primera vez al Foro cuando
cumplen siete años. ¡Pues ese pequeñajo lo sabe ya sin haber conocido a su
padre! De verdad, esposo mío, que ese pequeño César es un niño asombroso.
Se estaba animando y se acordó de otra cosa de suficiente importancia
para hacerla rebullirse.
—¡Ah!, ayer estuve hablando con Mucia, la esposa de Craso Orator, y me
contó que él presume de que tiene un cliente con un hijo igual que el pequeño
César —añadió, dándole un codazo en las costillas—. Cayo Mario, tú debes
conocer a la familia porque son de Arpinum.
Mario no había estado prestando mucha atención, pero el codazo acabó de
completar lo que había iniciado el agitado rebullir de su mujer; desvelado,
pensando en Arpinum, su pueblo de origen, dijo:
—¿De Arpinum? ¿Quién es?
—Ese cliente de Craso Orator se llama Marco Tulío Cicerón y el hijo
lleva el mismo nombre.
—Desgraciadamente conozco a esa familia. Son una especie de primos
nuestros. ¡Una pandilla de litigantes! Hace unos cien años se quedaron con unas
tierras nuestras y ganaron el caso ante los tribunales. Desde entonces no nos
hablamos —añadió, sintiendo los párpados pesados.
—Ah, ya —dijo Julia arrimándose más—. Bueno, el niño tiene ocho años y
es tan listo que va a estudiar al Foro. Y Craso Orator dice que causará
sensación. Me imagino que cuando el pequeño César tenga ocho años también
levantará un buen revuelo.
—¡Hummm! —contestó Cayo Mario con un sonoro bostezo.
—¡No te duermas, Cayo Mario! —insistió ella con otro codazo—.
¡Despierta!
Abrió los ojos y efectuó una especie de rugido sordo.
—¿Quieres que echemos una carrera por el Capitolio? —dijo.
Ella soltó una risita y volvió a quedarse quieta.
—Mira, yo no conozco a ese Cicerón, pero conozco a mi sobrino Cayo Julio
César y te digo que no es un niño «normal». Ya sé que más que nada esa palabra
se utiliza para referirse a la gente mentalmente afectada, pero creo que
también puede significar lo contrario.
—Julia, cuanto mayor te haces, más charlatana te vuelves —replicó el
cansado Mario.
—El pequeño César —prosiguió ella sin hacer caso— aún no tiene dos años
y es como si tuviese cien. Dice palabras altisonantes en frases perfectamente
construidas y conoce el significado preciso de los vocablos.
De pronto, Mario se despertó del todo y ya no estaba cansado. Se irguíó
para mirar a su esposa, cuyo sereno rostro quedaba delineado por el débil
fulgor de la lamparilla. ¡Su sobrino! ¡El sobrino llamado Cayo! La profecía de
Marta la síría, anunciada la primera vez que la conoció en el palacio
cartaginés de Gauda. Le había predicho que sería el primer hombre de Roma y
siete veces cónsul, pero había añadído que no sería el más grande entre los
romanos. ¡Lo sería un sobrino de su mujer llamado Cayo! En aquel entonces, él
se había dicho ¡por encima de mi cadáver», nadie va a hacerme sombra. Y ahora
ese niño era una realidad.
Volvió a tumbarse y el cansancio se le transformó en dolor de piernas.
Había dedicado demasiado tiempo, energía y pasión a aquella batalla por
convertirse en el primer hombre de Roma, para aguantar mansamente que el brillo
de su apellido quedase ensombrecido por un aristócrata precoz que llegaría a la
mayoría cuando él, Cayo Mario, fuese demasiado viejo para oponérsele, o quizá
ya estuviera muerto. Por mucho que amase a su esposa y por muy humildemente que
admitiera que era su apellido aristocrático lo que le había servido para
obtener su primer consulado, no le complacía ver a aquel sobrino, sangre de los
César, ascender más alto que él.
Había logrado seis consulados, lo que significaba que le faltaba uno.
Nadie de la esfera política de Roma creía seriamente que Mario pudiera
recuperar su pasada gloria, aquellos años de Alción en los que las centurias le
votaban, tres veces in absentia, convencidos de que él era el único que podía
salvar a Roma de los germanos. Pues sí, la había salvado. ¿Y cómo se lo habían
agradecido? Con un aluvión de impedimentos, censuras y críticas
destructivas, con la perenne enemistad de Lutacio Catulo César, de
Metelo Numídico el Meneítos, de una poderosa facción senatorial conchabada
únicamente para derrocarle. Hombrecillos con sonoros apellidos, abrumados por
el criterio de que su amada Roma había sido salvada por un despreciable hombre
nuevo, un palurdo itálico que no hablaba griego, como había dicho muchos años
atrás Metelo el Meneítos.
Pues no había acabado. Con infarto o sin infarto, Cayo Mario sería
cónsul por séptima vez y pasaría a los libros de historia como el romano más
ilustre de la república. Y tampoco iba a dejar que ningún guapito de pelo
rubio, descendiente de la diosa Venus, entrara en los libros de historia antes
que él; no lo iban a consentir ni el patricio Cayo Mario ni el romano Cayo
Mario.
—¡Ya arreglaré yo a ese niño! —dijo en voz alta, dando un apretón a
Julia.
—¿A qué viene esto? —dijo ella.
—Dentro de unos días nos vamos a Pessinus; tú, yo y nuestro hijo —
replicó Mario.
—¡Oh, Cayo Mario! —exclamó ella, sentándose en la cama—. ¿De veras? ¡Qué
estupendo! ¿De verdad que vas a llevarnos contigo?
—Claro, mujer. A mí me tienen sin cuidado las convenciones. Estaremos
fuera dos o tres años, y a mi edad es mucho tiempo para estar sin ver a mi
esposa y a mi hijo. Quizá si fuera más joven lo haría. Y como viajo como un
privatus, no existe obstáculo oficial para que lleve a mi familia conmigo. Soy
yo quien paga la cuenta —añadió, conteniendo la risa.
—¡Oh, Cayo Mario! —repitió ella sin atinar a decir otra cosa.
—Visitaremos Atenas, Esmirna, Pérgamo, Nicomedia y cien ciudades
más.
—¿Y Tarsus? —inquirió ella animada—. ¡Ah, siempre he tenido ganas de ver
mundo!
El sueño vencía irremisiblemente a Mario y sus párpados se cerraron y su
maxilar inferior cedió.
Julia siguió parloteando unos instantes hasta que se le agotaron los
superlativos y se sentó contenta, agarrándose las rodillas, para volverse
hacia Mario sonriéndole con ternura.
—Amor mío, no creo que… —dijo delicadamente.
El primer ronquido de Mario fue la respuesta. Como buena esposa tras
doce años, meneó la cabeza apaciblemente sin dejar de sonreír y se dio la
vuelta hacia la derecha.
Después de apagar el último rescoldo de la revuelta de esclavos de
Sicilia, Manio Aquilio había regresado a Roma si no triunfante, sí en óptimas
condiciones para recibir una ovación en el Senado. Que no pudiera obtener un
triunfo era debido a la naturaleza del rival, que por tratarse de civiles
esclavos no tenía categoría de ejército de nación enemiga; las guerras civiles
y las guerras serviles recibían rango especial en el código militar romano. Ser
encargado por el Senado para aplastar una sublevación civil no era menos
honroso y esforzado que enfrentarse a un ejército enemigo, pero al general no
se le otorgaba el derecho a reclamar un triunfo. El triunfo era el modo de
mostrar al pueblo romano las ganancias de la guerra: los prisioneros, el dinero
requisado, el botín de todo tipo, desde clavos de oro arrancados de las puertas
de algún monarca, hasta cargamentos de canela e incienso; porque todo lo
pillado enriquecía las arcas romanas, y el pueblo podía ver con sus propios
ojos lo beneficiosa que era una guerra si se era romano. Es decir, si se era
romano y se ganaba. Pero en las rebeliones civiles y de esclavos no había
ganancias; sólo pérdidas. Las propiedades que caían en manos del enemigo y que
se recuperaban tenían que devolverse a sus dueños y el Estado no podía
exigirles un porcentaje.
Así hubo que inventar la ovación, que, como el triunfo, la constituía un
desfile sobre el mismo itinerario. Sin embargo, el general no iba montado en el
antiguo carro triunfal, no se pintaba la cara ni llevaba el ropaje triunfal; no
sonaban trompetas, únicamente el gorjeo menos emotivo de las flautas, y, en
lugar de un toro, el Gran Dios recibía una oveja en sacrificio, compartiendo
con el general una ceremonia de calidad inferior.
La ovación había satisfecho plenamente a Manio Aquilio. Una vez
festejado, ocupó su lugar en el Senado y, en su condición de consular — antiguo
cónsul— le pidieron su opinión por delante de otro consular de
igual categoría, pero que no había celebrado ningún triunfo ni ovación.
Lastrado por el rencor que guardaban hacia un familiar, otro Manio Aquilio, en
principio, él ya había desesperado de alcanzar el consulado. Sí, había cosas
difíciles de borrar cuando la familia de uno era modestamente noble, y el hecho
era que el padre de Manío Aquilio, tras las guerras que siguieron a la muerte
del rey Atalo III de Pérgamo, había vendido más de la mitad del territorio de
Frigia al padre del actual rey Mitrídates del Ponto por una suma de oro que se
había embolsado en beneficio propio. Por derecho, el territorio habría debido
ser destinado, junto con las propiedades del rey Atalo, a formar la provincia
romana de Asia, pues el rey Atalo había dejado su reino en herencia a Roma.
Atrasada y con una población tan ignorante que no daba esclavos de categoría,
Frigia no le había parecido a Manio Aquilio padre una gran pérdida para Roma.
Pero los personajes del Senado y del Foro con fuerte influencia no habían
perdonado al viejo ni habían olvidado el incidente cuando el joven Manio
Aquilio entró en la arena política.
Alcanzar el pretorado había sido difícil y había costado la mayor parte
de lo que quedaba de aquel oro póntico, pues el padre no había sido frugal ni
prudente. Así, cuando al joven Manio Aquilio se le presentó la áurea
oportunidad, la aprovechó sin pensárselo dos veces. Después que los germanos
derrotasen al lamentable dúo de Cepio y Malio Máximo en la Galia Transalpina
—con la consiguiente amenaza de invadir Italia a través del valle del Rhodanus—
había sido el pretor Manio Aquilio quien había propuesto que Cayo Mario fuese
elegido cónsul in absentia para que pudiese gozar del imperium necesario para
hacer frente a la amenaza. Su iniciativa había dejado a Mario en deuda con él;
una deuda que Cayo Mario se apresuró complacido a liquidar.
Como consecuencia, Manio Aquilio había sido legado de Mario,
contribuyendo a la derrota de los teutones en Aquae Sextiae, y al llevar a Roma
la noticia de tan ansiada victoria le habían elegido segundo cónsul para el
quinto mandato del propio Mario. Una vez concluido su año de consulado había
llevado a Sicilia dos de las legiones veteranas de su general, soberbiamente
entrenadas, para cauterizar la enconada llaga de la
sublevación de esclavos que ya duraba varios años y constituía un grave
peligro para el abastecimiento de trigo a Roma.
Al regresar a Roma y recibir la ovación, alimentaba esperanzas de
presentarse a las elecciones de censor cuando llegara el momento de elegir dos
nuevos, pero los personajes realmente influyentes en el Senado y en el Foro
esperaban el momento propicio, y como el propio Mario había caído como
consecuencia del intento de Lucio Apuleyo Saturnino de apoderarse de Roma,
Manio Aquilio se vio desvalido y obligado a comparecer ante el tribunal de
extorsiones constituido por un tribuno de la plebe con mucha influencia, el
tribuno de la plebe Publio Servilio Vatia, y amigos poderosos entre los
caballeros que actuaban de jurados y presidentes en los principales tribunales.
Aunque no pertenecía a los Servilios patricios, Vatia era de una importante
familia noble plebeya y tenía grandes ambiciones.
El juicio se celebró en un Foro soliviantado por diversos
acontecimientos, el primero de ellos las jornadas de Saturnino; si bien todos
esperaban que con su muerte no volviera a producirse más violencia ni
asesinatos de magistrados. Pese a todo había habido violencia y asesinatos,
fundamentalmente como consecuencia de las iniciativas del hijo de Metelo el
Numídico, o Meneítos joven, por vengarse de los enemigos de su padre. Por los
ingentes esfuerzos para lograr el regreso de su padre a Roma, el hijo se había
ganado un sobrenombre de mayor categoría que el del progenitor y, por sus
desvelos, ahora era Quinto Cecilio Metelo Pío. Y habiendo concluido con éxito
su lucha, Metelo Pío se había propuesto hacer sufrir a los enemigos del
Meneítos, incluido Manio Aquilio, innegable hombre de paja de Mario.
El público en la Asamblea de la plebe era escaso y poca gente se veía en
aquella zona del bajo Foro romano, el cual la asamblea había escogido para la
constitución del tribunal de extorsión.
—Este asunto es sumamente ridículo —dijo Publio Rutilio Rufo a Cayo
Mario cuando acudieron el último día del juicio de Manio Aquilio—. ¡Era una
guerra contra esclavos! Dudo mucho que pudiera cogerse botín entre Lilibaeum y
Siracusa, y menos aún que esos terratenientes trigueros no
vigilaran de cerca a Manio Aquilio para que no tuviera la menor
oportunidad de quedarse ni con una moneda de bronce.
—Es el método que utiliza Meneítos hijo para atacarme —dijo Mario,
encogiéndose de hombros—. Manio Aquilio sabe perfectamente que está purgando el
haberme prestado apoyo.
—Y el castigo por haber vendido su padre casi toda Frigia —añadió
Rutilio Rufo.
—Cierto.
El juicio se desarrollaba según el nuevo procedimiento estipulado por
Cayo Servilio Glaucia con su legislación de devolver los tribunales a los
caballeros, excluyendo de ellos a los senadores, salvo como defensores. En los
días anteriores se había nombrado el jurado, constituido por cincuenta y un
miembros de entre los hombres de negocios más importantes, el fiscal y la
defensa, tras efectuar sus alegatos provisionales, y habían hecho comparecer a
los testigos; en aquella última jornada el fiscal expondría durante dos horas
las conclusiones acusatorias, la defensa tendría la palabra durante tres horas,
para que, a continuación, el jurado deliberase el veredicto.
Servilio Vatia había actuado bien en nombre del Estado, tanto más cuanto
que él era un buen abogado y contaba con buenos ayudantes, pero no había duda
de que el público, mucho más numeroso, congregado para la última sesión estaba
allí para oír la artillería pesada de los abogados defensores de Manio Aquilio.
El primero en tomar la palabra fue el bizco César Estrabón, joven y
malévolo, de gran experiencia y con excelentes dotes naturales para la retórica
más refinada. Le siguió otro tan capaz que se había ganado el sobrenombre de
Orator: Lucio Licinio Craso Orator. Y Craso Orator cedió la palabra a otro que
también respondía al sobrenombre de Orator: Marco Antonio Orator. El haber
adquirido tal sobrenombre no se debía exclusivamente a que fuesen consumados
oradores públicos, sino a su minucioso conocimiento de los recursos de la
retórica y de las fases adecuadas a seguir en un discurso. Craso Orator poseía
mejores conocimientos jurídicos, pero Antonio Orator hablaba mejor.
—Por un pelo —dijo Rutilio Rufo al concluir su discurso Craso Orator y
comenzar el suyo Antonio Orator.
Mario se limitó a responder con un carraspeo; centraba su atención en el
discurso de Antonio Orator para no perderse una palabra. Por supuesto no era
Manio Aquilio quien había pagado abogados de semejante talla, y todos lo
sabían. Era Cayo Mario quien había contribuido económicamente a la defensa,
pues, aunque según la ley y la costumbre los abogados no podían cobrar, sí
podían aceptar un regalo ofrecido en señal de agradecimiento por su buena
actuación. Y conforme la república pasó de sus años jóvenes a edad más madura,
se había generalizado aquel hábito de hacer regalos a los abogados. Al
principio, el obsequio consistía en una obra de arte o un mueble, pero en los
últimos tiempos se hacía ya con dinero. Naturalmente, nadie hablaba de ello, y
era como si aquello no existiese.
—¡Qué mala memoria tenéis, caballeros del jurado! —clamaba Antonio
Orator—. Vamos, estrujaos el cerebro y pensad en unos años atrás, cuando la
muchedumbre del censo por cabezas llenaba nuestro querido Foro con el vientre
tan vacío como los graneros. ¿No recordáis que algunos de vosotros —en el
jurado había inevitablemente media docena de importantes comerciantes del
trigo— cobrabais a no menos de cincuenta sestercios el modius del poco grano
que guardabais en vuestros silos privados? Cuando la muchedumbre se congregaba
día tras dia a mirarnos, gritando de indignación. Sí, en aquel entonces,
Sicilia, nuestra panera, era un desastre, una Ilíada de infortunios…
Rutilio Rufo le dio un apretón en el brazo y profirió una especie de
graznido de horror.
—¡Atiza! ¡Que todos esos ladrones de palabras caigan llenos de llagas
agusanadas! ¡Pero sí precisamente ése es mi epigrama! ¡Una Ilíada de
infortunios! ¿No recuerdas que yo te escribí esa misma expresión vergonzante
cuando estabas en Galia hace unos años? Ya tuve que sufrir que Escauro se la
apropiara y ¿qué oigo ahora? ¡Que ha pasado al lenguaje general como si la
hubiese acuñado Escauro!
—¡Tace! —exclamó Mario, ansioso por escuchar el discurso de Marco
Antonio Orator.
—…convertida en mayor infortunio por la mala administración! Todos
sabemos perfectamente quién fue ese mal administrador, ¿no es cierto? —El
penetrante y enrojecido ojo se clavó en un rostro particularmente inane de la
segunda fila del jurado—. ¿No es cierto? ¡Ah, dejad que os refresque la
memoria! Los jóvenes hermanos Lúculo le hicieron rendir cuentas y le enviaron
al destierro, privándole de la ciudadanía. Me refiero, por supuesto, a Cayo
Servilio Augur. Cuando el leal cónsul Manio Aquilio llegó a Sicilia las
cosechas llevaban cuatro años sin recogerse. Y os recordaré que de Sicilia
procede la mitad de todo nuestro trigo.
Sila se aproximó, dirigió un saludo con la cabeza a Mario y centró su
atención en el aún enfurecido Rutilio Rufo.
—¿Cómo va el juicio?
—¿Quién sabe? Tratándose de Manio Aquilio?… —replicó Rufo con desdén—.
El jurado quiere hallar un pretexto para condenarle, y yo diría que lo
conseguirá. Quieren hacer un escarmiento para cualquier incauto que se atreva a
dar apoyo a Cayo Mario.
—¡Tace! —volvió a gruñir Mario.
Rutilio Rufo se apartó, arrastrando con él a Sila.
—últimamente, tampoco tú, Lucio Cornelio, te apresuras como antes a dar
apoyo a Cayo Mario.
—Tengo que labrarme mi carrera, Publio Rutilio, y mucho dudo de que
pueda hacerlo apoyando a Cayo Mario.
Rutilio Rufo asintió con una inclinación de cabeza a lo acertado de tal
afirmación.
—Sí, es comprensible. Pero, amigo mío, ¡él no se merece eso! Mario se
merece la ayuda de quienes le conocemos y le estimamos.
Sila se encogió de hombros ante las palabras de Rutilio Rufo y respondió
quejumbroso:
—¡Es muy fácil decirlo! Tú has sido consular y tuviste tu oportunidad,
pero yo no. Puedes llamarme traidor si quieres, pero yo te juro, Publio
Rutilio, que llegaré a donde me he propuesto. ¡Los dioses protejan a quienes se
crucen en mi camino!
—¿Incluso Cayo Mario?
—Incluido él.
Rutilio Rufo calló, contentándose con mover la cabeza, anonadado.
Sila permaneció en silencio por unos instantes y luego dijo:
—Me han dicho que los celtíberos están dando mucho que hacer a nuestro
gobernador de la Hispania Citerior, y Dolabella en la Ulterior está tan ocupado
con los lusitanos que no puede acudir en su ayuda. Me da la impresión de que
Tito Didio tendrá que llegarse a la Hispania Citerior durante el consulado.
—Es una lástima —contestó Rutilio Rufo—, porque me gusta el estilo de
Tito Didio, por muy hombre nuevo que sea. Unas leyes muy razonables por una
vez… y procedentes de un cónsul.
—¿Cómo, es que no crees que nuestro amado primer cónsul Metelo Nepo haya
ideado esas leyes? —replicó Sila sonriente.
—Lo mismo que tú, Lucio Cornelio. ¿Es que ha habido algún Cecilio Metelo
que se haya preocupado de mejorar la maquinaria del Estado en lugar de su
propia condición? Esas dos modestas leyes de Tito Didio son tan importantes
como beneficiosas. Se acabaron las aprobaciones precipitadas en las asambleas,
y ahora tendrán que transcurrir tres días nundinae entre la promulgacíón y la
ratificación. E igualmente se ha puesto fin a eso de juntar cosas no
relacionadas, redactando leyes confusas y difíciles. Si este año no ha habido
nada relevante en el Senado y los Comicios, al menos tenemos las leyes de Tito
Didio —dijo Rutilio Rufo con satisfacción.
Pero a Sila no le interesaban las leyes de Tito Didio.
—Todo eso está muy bien, Publio Rutilio, pero no era a lo que yo me
refería. Si Tito Didio va a la Hispania Citerior a reprimir a los celtíberos,
yo seré su primer legado. Ya he hablado con él y se mostró más que encantado.
Será una larga y terrible guerra, en la que obtendremos botín y nos dará
prestigio. Quién sabe si incluso me concede el mando de un ejército…
—Posees una buena reputación militar, Lucio Cornelio.
—¡Pero mira que cacat desde entonces! —exclamó Sila, irritado—. ¡Esos
votantes idiotas con más dinero que entendimiento lo han olvidado todo! ¿Y qué
sucede? Catulo César preferiría verme muerto por temor a que abra la boca para
amotinarme, y Escauro me castiga por algo que no he
cometido —añadió, enseñando los dientes—. ¡Que vayan con cuidado esos
dos! ¡Porque si llega el día en que yo advierta que me han entorpecido
definitivamente el paso hacia la silla de marfil, haré que se arrepientan de
haber nacido!
¡Bien que le creo!, pensó Rutilio Rufo, sintiendo un escalofrío al notar
lo peligroso que era aquel hombre. Era mejor que se ausentara.
—Pues ve a Hispania con Didio —dijo—. Tienes razón, es lo mejor para
conseguir el pretorado. Empezar bien, con una nueva reputación. Pero es una
lástima que no puedas presentarte a la elección de edil curul, tienes sentido
del espectáculo y darías juegos estupendos. Y después de eso tendrías allanado
el camino al pretorado.
—No tengo dinero para ser edil curul.
—Cayo Mario te lo daría.
—No voy a pedírselo. Lo poco que tengo, al menos lo he conseguido por mí
mismo. No me lo dio nadie; lo cogí yo.
Palabras que hicieron que Rutilio Rufo recordase el rumor difundido por
Escauro a propósito de Sila durante su campaña al pretorado, en el sentido de
que para lograr el dinero que le permitiese acceder a la condición de caballero
había matado a su querida, y que luego, para poder inscribirse en el censo
senatorial, había asesinado a su madrastra. Rutilio Rufo se había mostrado
inclinado a descartar ese rumor, lo mismo que las supuestas guarrerías de
comercio carnal con madres, hermanas e hijas, con muchachitos y las acusaciones
de coprofagia. ¡Pero a veces Sila decía unas cosas! Entonces, ¿qué podía uno
pensar?
En el juicio se produjo un revuelo: Marco Antonio Orator iniciaba la
conclusión.
—¡Ante vosotros tenéis a un hombre fuera de lo común! —gritaba—. ¡Tenéis
ante vosotros a un ciudadano de Roma, a un soldado, a un Valeroso soldado! ¡A
un patriota, a uno que cree en la grandeza de Roma! ¿Por qué tal hombre iba a
arrebatar un solo plato de peltre a los campesinos, robar sopa de acedera a
criados y pan malo a los panaderos? ¡Os lo pregunto, caballeros del jurado!
¿Habéis oído historias de peculados monstruosos, de estupro y asesinato, de
hurto? ¡No! ¡No habéis escuchado más que a unos
cuantos hombrecillos vulgares lloriqueando por la desaparición de diez
monedas de bronce, un libro o unos pescados!
Orator hizo una inspiración y pareció crecerse, poniendo de relieve el
magnífico físico de todos los Antonianos, con el pelo castaño ondulado y aquel
rostro tan poco intelectual que tanta confianza infundía. Tenía fascinados a
todos los miembros del jurado.
—Se los ha ganado —dijo plácidamente Rutilio Rufo.
—Me interesa más lo que pretende hacer con ellos —añadió Sila con gesto
alerta.
En aquel momento se produjo un revuelo y como un grito en suspenso.
Antonio Orator se acercó a grandes zancadas a Manio Aquilio y se le chó encima,
le desgarró la toga, cogió el cuello de la túnica con ambas manos y lo partió,
dejando al acusado ante el tribunal con un simple taparrabos.
—¡Mirad! —tronó Orator—. ¿Es acaso la piel blanca como el lirio y
depilada de una saltatrix tonsa? ¿Es el cuerpo fofo y panzudo de un glotón
gandul? ¡No! Lo que veis son cicatrices. Docenas de cicatrices de guerra. ¡Es
el cuerpo de un militar, un hombre Valeroso, un romano, un comandante tan
apreciado por Cayo Mario que le encomendó la misión de ir tras las líneas
enemigas para atacar por la retaguardia! ¡Es el cuerpo de quien no huyó
chillando del campo de batalla cuando una espada hizo mella en él, una lanza
rozó su muslo o una piedra le dejó sin respiración! ¡Es el cuerpo de alguien
que ante graves heridas reaccionó con una simple mueca de exasperación y
prosiguió su tarea de aniquilar al enemigo! —El abogado agitó las manos sobre
su cabeza para dejarlas caer de golpe—. Ya basta. No diré nada más. Decidme
vuestro veredicto —añadió lacónico.
Y dieron su veredicto. ABSOLVO.
—¡Farsantes! —farfulló Rutilio Rufo—. ¿Cómo se presta el jurado a
semejante engaño? Se le rasga la túnica como si fuese de papel y ahí está, ¡en
taparrabos!… ¡Por Júpiter! ¿Qué es lo que eso os da a entender?
—Que Aquilio y Antonio lo tenían preparado de antemano —contestó Mario
con una gran sonrisa.
—Yo creo que Aquilio no arriesgaba gran cosa si hubiera comparecido sin
taparrabos —añadió Sila.
Tras la risotada que siguió, Rutilio Rufo dijo a Mario:
—Dice Lucio Cornelio que se marcha a la Hispania Citerior con Tito
Didio. ¿Qué te parece?
—Creo que es lo mejor que puede hacer —respondió Mario muy tranquilo—.
Quinto Sertorio va a presentarse a la elección de tribuno de los soldados, así
que me atrevería a decir que él también se va a Hispania.
—No pareces muy sorprendido —comentó Sila.
—No lo estoy. De todos modos, las noticias sobre Hispania serán de
dominio público mañana. Hay convocada una reunión del Senado en el templo de
Bellona y en ella encargaremos a Tito Didio la guerra contra los celtíberos
—dijo Mario—. Es un buen hombre, buen militar y hábil general, en mi opinión.
Sobre todo cuando se enfrenta a galos de diversas tribus. Sí, Lucio Cornelio,
te hará más bien para las elecciones ir a Hispania como legado que recorrer
Anatolia con un privatus.
A la semana siguiente salía el privatus hacia Tarento para tomar el
barco en dirección a Patrae. Al principio algo confuso y trastornado por el
hecho de viajar con su esposa y su hijo, cosa que nunca había hecho. El militar
ladraba órdenes a los criados y viajaba con el menor equipaje posible y lo más
rápido que podía, pero las esposas, como comprobaría en seguida, pensaban de
otro modo. Julia había decidido llevarse media casa, incluido un cocinero
especializado en comidas infantiles, el pedagogo del pequeño Mario y una
muchacha que hacía milagros con el cabello de su ama. Había empaquetado,
además, todos los juguetes del pequeño, sus libros de estudio y la biblioteca
entera del pedagogo, más ropa para cualquier eventualidad y artículos que temía
no encontrar fuera de Roma.
—Somos tres y llevamos más equipaje y sirvientes que el rey de los
partos en viaje veraniego de Seleucia, en el Tigris, a Ecbatana —gruñó Mario al
cabo de tres jornadas por la vía Latina en las que aún no habían rebasado
Anagnia.
Pero siguió soportando la situación hasta que unas tres semanas más
tarde llegaban por la Via Appia a Venusia, agobiados por el calor y sin poder
encontrar una posada lo bastante amplia para alojar sirvientes y equipaje.
—¡Esto no puede seguir! —bramó Mario, después de enviar a los criados y
el equipaje menos necesarios a otro albergue y quedarse a solas con Julia—. O
aligeras tu dispositivo logístico, Julia, o te vuelves con el pequeño a Cumae a
pasar el verano. ¡Nos esperan varios meses de viaje por territorio sin
civilizar y no hay necesidad de tanto cachivache! ¡Un cocinero para el pequeño…
válganme los dioses!
Julia estaba acalorada, rendida y a punto de llorar; las maravillosas
vacaciones eran una pesadilla interminable. Tras escuchar el ultimátum, su
primera reacción fue aprovechar la oportunidad de volverse a Cumae, pero luego
pensó en los años que estaría sin ver a Mario y a su hijo; además, cabía la
posibilidad de que en cualquier remoto lugar su esposo sufriera otro infarto.
—Cayo Mario, es la primera vez que viajo, si exceptuamos las ídas a
Cumae y Arpinum; y cuando voy con el pequeño a Arpinum, o a Cumae lo hacemos
igual que ahora, pero te entiendo —dijo llevándose la mano a la cara para
enjugarse furtivamente una lágrima—. El inconveniente es que no tengo la menor
idea de cómo arreglármelas.
¡Era la primera vez que Mario oía a su esposa admitir que hubiese algo
superior a sus fuerzas! Y comprendiendo lo que le habría costado decirlo, la
abrazó y la besó en el pelo.
—No te apures, me encargo yo —dijo—. Pero si lo hago, hay algo que
quiero que quede claro.
—¡Lo que tú digas, Cayo Mario, lo que tú digas!
—¡Luego no empieces a refunfuñar porque he tirado algo que necesitabas o
he mandado regresar a un sirviente que te es imprescindible! ¡No quiero oír una
sola palabra! ¿Entendido?
Suspirando complacida y apretándole con fuerza, Julia cerró los ojos.
—Entendido —dijo.
A partir de allí viajaron bien y con rapidez; y, para sorpresa de Julia,
con gran comodidad. Siempre que podían se alojaban en villas romanas privadas
del itinerario, ya fuesen amigos o merced a una carta de presentación; era una
modalidad de hospitalidad recíproca, pero que no obligaba. Sin embargo, después
de Beneventum tuvieron que contentarse
casi siempre con posadas, y entonces Julia comprendió que habría sido
imposible de haber seguido con el equipaje inicial.
El calor proseguía implacable, pues el extremo sur de la península era
seco y casi todas las vías principales carecían de sombra, pero el ritmo más
rápido de viaje servía de alternativa a la monotonía y les permitía ofrecerse
con mayor frecuencia baño y solaz en alguna poza de los ríos o en algún centro
habitado de casas de adobe con tejado plano y suficiente perspicacia comercial
para alquilar baños.
Por ello agradecieron las fértiles tierras colonizadas por los griegos
en las llanuras costeras en torno a Tarentum, y más aún la propia Tarentum.
Seguía siendo una ciudad más griega que romana, aunque no tan importante como
otrora, cuando era término de la Via Appia. Ahora casi todo el tráfico
continuaba hacia Brundisium, principal puerto de embarque para Macedonia.
Blanca y austera, en fuerte contraste con el azul del cielo y del mar, el verde
de campos y bosques y el ocre y el gris de los riscos montañosos, Tarentum
acogió también encantada al gran Cayo Mario. Se alojaron en la fresca y cómoda
residencia del etnarca, que ya por entonces era ciudadano romano y fingía
sentirse más complacido de que le llamasen duumvir en lugar de etnarca.
Al igual que en todas las demás etapas en la Via Appia, Mario y los
personajes principales de la localidad se reunieron para hablar de Roma, de
Italia y de las tirantes relaciones que existían entre Roma y sus aliados
itálicos. Tarentum era una colonia con derechos latinos y sus magistrados
principales —los dos llamados duumviri— tenían derecho a plena ciudadanía
romana para ellos y su descendencia, pero sus raíces eran griegas y la ciudad
era tan antigua o más que la propia Roma, pues había sido una avanzadilla de
Esparta, y por cultura y costumbres era bastante espartana.
Mario comprobó que existía un gran resentimiento contra el nuevo
Brundisium, lo que a su vez había suscitado enorme simpatía entre las clases
más bajas de la ciudad hacia los ciudadanos de los aliados itálicos.
—Muchos soldados de los aliados itálicos han muerto sirviendo en
ejércitos de Roma al mando de militares ineptos —dijo el acalorado etnarca
a Mario—. Sus granjas están abandonadas y no se engendran hijos. Y en
Lucania, Samnium, Apulia, no hay dinero. Los aliados itálicos se ven obligados
a equipar sus legiones de tropas auxiliares y pagarlos para que sigan en el
campo de batalla al servicio de Roma. ¿Y para qué, Cayo Mario? ¿Para que Roma
mantenga abierta una carretera entre la Galia itálica e Hispania? ¿De qué les
sirve eso a los de Apulia o Lucania, que nunca han de usarla? ¿Para que Roma
pueda traer el trigo de Africa y de Sicilia y alimentar bocas romanas? En
tiempo de hambruna, ¿cuánto trigo se procura a los samnitas? Hace muchos años
que los romanos de Italia no pagan un impuesto directo a Roma, ¡pero los de
Apulia, Calabria, Lucania y Bruttium no cesamos de pagarlos! Supongo que
deberíamos agradecerle a Roma la Via Appia, o Brundisium cuando menos… Pero,
¿en cuántas ocasiones nombra Roma un intendente que la mantenga en condiciones
decentes? Hay un tramo, habréis pasado por él, en el que una inundación
arrastró el balasto hace ¡veinte años! ¿Y se ha reparado? ¡No! ¿Lo repararán?
¡No! Sin embargo, Roma nos impone diezmos y tasas y se lleva a nuestros jóvenes
a luchar en guerras en el extranjero; son hombres que mueren, y acto seguido un
romano se nos mete en casa y se queda con nuestras tierras; se trae esclavos
que apacienten sus enormes rebaños, los encadena para que trabajen, los
encierra en barracas para dormir y cuando mueren compra más. No gasta ni
invierte nada en nosotros. No vemos un solo sestercio del dinero que se
embolsa, ni da trabajo a los nuestros. Más que incrementar, lo que hace es
disminuir nuestra prosperidad. ¡Ha llegado el momento, Cayo Mario, de que Roma
sea más generosa con nosotros o deje de dominarnos!
Mario había escuchado impasible aquel largo y apasionado alegato, una
versión más coherente de lo que había oído durante el recorrido de la Via
Appia.
—Yo haré cuanto pueda, Marco Porcio Cleónimo —dijo con gravedad
—. En realidad hace años que intento hacer algo; que haya tenido poco
éxito se debe principalmente a que muchos de los miembros del Senado, los más
ilustres del gobierno en Roma, nunca viajan como hago yo, no hablan con la
gente del lugar, ni, ¡Apolo los ayude!, tienen ojos para ver. No
ignoraréis que yo me he pronunciado infinidad de veces en contra del
despilfarro de vidas en nuestros ejércitos, y creo que, en términos generales,
ha pasado la época en que nuestros ejércitos los mandaban militares ineptos. Si
no por otro, por mí sí lo sabe el Senado de Roma. Desde que Cayo Mario, el
hombre nuevo, enseñó a esos aficionados de Roma lo que es el generalato, he
advertido que el Senado está más predispuesto a dar el mando de sus ejércitos a
hombres nuevos de probada valía militar.
—Eso está muy bien, Cayo Mario —replicó afable Cleónimo—, pero no sirve
para resucitar a los muertos ni para que haya hijos en las granjas abandonadas.
—Lo sé.
Mientras el barco zarpaba, abriendo su gran vela cuadrada, Cayo Mario se
acodó en la borda, contemplando Tarentum difuminándose cada vez más pequeño en
la neblina azul. Y volvió a pensar en las quejas de los aliados itálicos. ¿Era
porque con mucha frecuencia le habían llamado itálico o no romano? ¿O era
porque, pese a todos sus defectos y debilidades, poseía el sentido de la
justicia? ¿O sería porque, en definitiva, no aguantaba la ineptitud desastrosa
que todo ello suponía? Una de las cosas de las que estaba firmemente convencido
era de que llegaría un día en que los aliados itálicos de Roma exigirían ser
reconocidos y pedirían plena ciudadanía romana para todos los habitantes de la
península y, quizá, incluso de la Galia itálica.
Lanzó una carcajada mental, se apartó de la borda y se dio la vuelta
para ir a buscar a su hijo; pudo demostrar su experiencia marinera, pues el
barco cabeceaba a impulsos de una fuerte brisa y cualquier persona no
acostumbrada ya habría vomitado irremediablemente.
Julia tenía buen aspecto y estaba tranquila.
—Casi toda mi familia se ha criado en el mar —dijo al acercársele
Mario—. Mi hermano Sexto es el único que se marea, seguramente por culpa del
asma.
El paquebote de Patrae hacía siempre la misma travesía y ganaba lo mismo
con los pasajeros que con la carga mercantil, por lo que Mario
disponía de una especie de camarote en cubierta; sin embargo, era
indudable que Julia estaría deseando desembarcar en Patrae.
Puesto que Mario pretendía cruzar después el golfo hasta Corinto, ella
se negó a moverse de Patrae sin antes hacer un viaje por tierra en peregrinaje
a Olimpia.
—Es muy raro —comentó, mientras se dirigían allá montados en burro
— que el santuario de Zeus más famoso del mundo esté perdido en el
Peloponeso. No sé por qué, pero siempre pensé que Olimpia estaba en la falda
del monte Olimpo.
—Tu influencia griega… —comentó Mario, que ansiaba llegar a la provincia
de Asia lo antes posible, pero no tenía el valor de negarle a Julia aquellos
caprichos. Viajar con una mujer no se avenía con su concepto de pasarlo bien.
Sin embargo, en Corinto se alegró. Cincuenta años antes, Mummio la había
saqueado, enviando todos sus tesoros a Roma, y la ciudad no se había
recuperado. Recogida al pie de un imponente peñón, llamado el Acrocorinto,
muchas de sus casas se veían abandonadas y en ruinas, con las puertas
fantasmagóricamente batidas por el viento.
—Éste es uno de los lugares en que yo quería asentar a mis antiguos
soldados —dijo con cierta añoranza mientras recorrían las desiertas calles —.
¡Mira! ¡Está pidiendo a gritos nuevos pobladores! Hay mucha tierra de cultivo y
tiene puerto en el Egeo y en el Jónico. Reúne todas las condiciones para
convertirse en un emporio. ¿Y qué es lo que me hicieron? Derogar la ley
agraria.
—Porque la había promulgado Saturnino —dijo el pequeño Mario. —Exacto. Y
porque esos imbéciles del Senado no supieron ver lo
importante que es conceder un pedazo de tierra a los soldados del censo
por cabezas que se licencian. Hijo, yo permití a los proletarios el acceso al
ejército y di a Roma sangre nueva en la modalidad de una clase de ciudadanos
que anteriormente eran inútiles, Y esos soldados sin fortuna del censo por
cabezas demostraron su valía en Numidia, en Aquae Sextiae y en Vercellae;
combatieron tan bien o mejor que los antiguos soldados, por muy ricos que
fuesen. ¡Pero no se les puede licenciar y dejar que vuelvan al
arroyo de Roma! Hay que darles tierras para que se asienten. Yo sabía
que la primera y la segunda clase nunca habrían consentido que se asentasen en
tierras públicas romanas dentro de Italia, por eso promulgué leyes para que se
estableciesen en sitios como éste que necesitan repoblación. Aquí, ellos
habrían traído Roma a las provincias, estableciendo perennes relaciones de
amistad. Pero, desgraciadamente, los personajes del Senado y los dirigentes de
los caballeros consideran que Roma es algo suyo en exclusiva, con unas
costumbres y un modo de vida que no deben esparcirse por el orbe.
—Quinto Cecilio Metelo el Numídico —dijo el pequeño Mario con cierto
tono de aborrecimiento, pues se había criado en un hogar en el que aquel nombre
jamás se pronunciaba con agrado, y generalmente se le añadía el epíteto de «el
Meneítos»… aunque ya se libraría él de hacerlo delante de su madre.
—¿Y quién más? —inquirió Mario.
—Marco Emilio Escauro, príncipe del Senado, y Cneo Domicio Ahenobarbo,
pontífice máximo, y Quinto Lutacio Catulo César, y Publio Cornelio Escipión
Nasica…
—Muy bien; basta. Sí, movilizaron a sus clientes y organizaron una
facción demasiado poderosa, incluso para mí. Y así, el año pasado borraron de
las tablillas casi toda la legislación de Saturnino.
—La ley del trigo y las leyes agrarias —dijo el pequeño Mario, que ya se
entendía muy bien con su padre ahora que estaban lejos de Roma, y al que
complacía que su progenitor aprobase sus comentarios.
—Salvo la primera ley para el asentamiento del censo por cabezas en las
islas africanas —añadió Mario.
—Lo que me recuerda, esposo mío, una cosa que quería decirte —terció
Julia.
Mario dirigió una mirada significativa a la cabeza del pequeño, pero
Julia no se contuvo.
—¿Cuánto tiempo piensas tener a Cayo Julio César en esa isla? ¿No podría
volver a Roma? —inquirió—. Debería hacerlo por el bien de Aurelia y de los
niños.
—Le necesito en Cercina —contestó Mario, lacónico—. No es un dirigente
nato, pero ningún comisionado ha trabajado nunca tan bien en mi proyecto
agrario como Cayo Julio. Mientras él esté en Cercina sé que los planes van
adelante, las quejas son mínimas y los resultados inmejorables.
—¡Pero lleva allí mucho tiempo! —replicó Julia—. ¡Hace tres años que
está!
—Y es muy posible que esté tres años Más —contestó Mario, inflexible
—. Ya sabes lo despacio que van esas encomiendas agrarias, con tanto
como hay que hacer: vigilar, entrevistarse con gente, dictaminar las
compensaciones, aclarar las numerosas confusiones y… vencer la resistencia
local. Cayo Julio lo hace todo admirablemente. No, Julia. ¡No vuelvas a
repetírmelo! Cayo Julio debe permanecer allí hasta que acabe su misión.
—Pues lo siento por su esposa y sus hijos.
Pero la preocupación de Julia era injustificada, porque Aurelia se
hallaba contenta con su suerte y apenas echaba de menos a su marido. Y no es
que fuese por falta de cariño o por negligencia de sus deberes de esposa; se
debía al hecho de que mientras él estaba lejos, ella podía realizar su trabajo
sin temor a desaprobación, críticas o —¡ojalá nunca se diera el caso!
— la prohibición de hacerlo.
Al casarse y trasladarse al mayor de los dos pisos de la planta baja del
edificio de la insula recibida como dote, Aurelia había descubierto que su
esposo esperaba que ella llevase la misma vida que le habría caído en suerte de
haber vivido en un domus privado del Palatino. Una vida muelle, elitista y
bastante inútil. El tipo de vida que ella tanto criticaba en sus conversaciones
con Lucio Cornelio Sila; tan vacía y carente de estímulos, que hacía inevitable
que una mujer sucumbiera a alguna historia amorosa. Espantada y desilusionada,
Aurelia se había percatado de que César desaprobaba que tratase en persona con
los numerosos inquilinos de las viviendas de aquellos nueve pisos y fuese ella
misma, y no un administrador, quien cobrase los alquileres y llevase toda la
tarea desde su casa.
Pero es que Cayo Julio César era un noble de estirpe antigua y
aristocrática y eso pesaba. Vinculado a Cayo Mario por su matrimonio y su falta
de fortuna, César había iniciado la carrera pública al servicio de aquél como
tribuno de los soldados y después como tribuno de sus ejércitos, para
finalmente —tras llegar a cuestor y acceder al Senado— ser nombrado delegado
del reparto de tierras en la isla de Cercina de la Sirte Menor africana a los
antiguos combatientes del censo por cabezas que habían servido con Mario. Todos
estos empleos le habían alejado de Roma, el primero de ellos inmediatamente
después de su boda con Aurelia. Había sido una pugna de amor, bendecida con dos
hijas y un varón, pero el padre no había asistido al nacimiento de ninguno de
ellos ni los había visto crecer. Una breve visita al hogar se transformaba en
un nuevo embarazo y él volvía a estar ausente meses y a veces años.
En la época en que el gran Cayo Mario se había casado con Julia, la
hermana de César, la familia de Julio César estaba arruinada, aunque la
providencial adopción del hijo mayor había servido para que los otros dos
tuviesen asegurados los fondos para acceder al consulado. El hijo adoptado se
llamaba ahora Quinto Lutacio Catulo César, Pero el padre de César (el abuelo
César, como se le conocía en aquella época, mucho después de que hubiera
muerto) tenía dos hijos y dos hijas a quienes garantizar el porvenir y sólo
disponía de dinero para uno solo de sus cuatro retoños. Sin embargo tuvo la
luminosa idea de ofrecer una de sus hijas al acaudalado —aunque, por desgracia,
de baja cuna— Cayo Mario. Y el dinero de Cayo Mario había sido el instrumento
para la dote de las hijas y la adquisición de las seiscientas iugera de tierra
próximas a Bovillac, más que suficientes para producirle a César las rentas
necesarias para inscribirse en el censo senatorial. Con el dinero de Cayo Mario
se habían allanado todos los obstáculos en el camino de los jóvenes César —los
hijos del abuelo César — de la casa de Julio César.
El propio César había heredado la gracia y la rectitud mental para
mostrar su sincera gratitud, mientras que su hermano mayor Sexto se había
sentido atormentado y poco a poco se había ido apartando de la familia después
de casarse. César sabía muy bien que sin el dinero de Cayo Mario
no habría accedido al Senado y poco porvenir habrían tenido sus
previsibles hijos. Y de no haber sido por el dinero de Mario, César nunca
habría podido aspirar a casarse con la hermosa Aurelia, hija de una noble y
rica familia, codiciada por numerosos pretendientes.
No cabía duda de que si hubiesen presionado a Mario habrían conseguido
una casa en el Palatino o en la Carinae, ya que Marco Aurelio Cota, padrastro
de Aurelia, les había instado a que utilizasen la importante dote para comprar
una casa privada; pero la joven pareja había optado por seguir el consejo del
abuelo de César, renunciando al lujo de vivir solos, y habían invertido la dote
de Aurelia en la compra de una insula, una casa de viviendas populares en la
que vivirían los recién casados hasta que la carrera de César, apenas
comenzada, les permitiese adquirir un domus en un sector más elegante de Roma;
cosa nada difícil, dado que la insula de Aurelia estaba en pleno corazón del
Subura, el barrio de Roma más poblado y más pobre, situado entre el declive del
monte Esquilino y la colina Viminal, una bulliciosa aglomeración de gentes de
todas las razas y credos, a la que se mezclaban romanos de la cuarta y quinta
clase y del censo por cabezas.
No obstante, Aurelia había hallado en la insula una ocupación que la
entretenía, y en cuanto César abandonó Italia y ella dio a luz, se dedicó con
todo entusiasmo a su papel de casera, despidió a los administradores, comenzó
ella misma a llevar los libros y pronto los inquilinos fueron amigos suyos
además de clientes. Era una mujer competente, razonable, a quien nada
atemorizaba, fuese crimen o vandalismo, y que incluso había metido en cintura a
los miembros de la cofradía del cruce con sede en el edificio. Se trataba de
una asociación formada por hombres del barrio cuya encomienda —por sanción
oficial del pretor urbano— era mantener en condiciones el altar dedicado a los
lares en el cruce existente en el vértice de la insula triangular de Aurelia,
así como la fuente, la calzada y las aceras. El encargado de la cofradía y jefe
de sus miembros era Lucio Decumio, romano de Roma, aunque sólo de la cuarta
clase.
Cuando Aurelia asumió la administración de la insula, descubrió que
Lucio Decumio y sus secuaces dirigían bajo cuerda una agencia de
protección que sembraba el terror entre tenderos y porteros de una milla
a la redonda. Ella había puesto coto a aquello y además había hecho amistad con
Lucio Decumio.
Como no tenía leche, a sus hijos los habían amamantado las mujeres que
vivían en la ínsula, abriendo a los tres pequeños patricios aristócratas las
puertas de un mundo cuya existencia, en circunstancias normales, ellos ni
habrían soñado. Con el resultado de que, mucho antes de alcanzar la edad de ir
a la escuela, los tres hablaban —en diversos niveles— griego, hebreo, sirio,
varios dialectos galos y tres variantes de latín: el de sus antepasados, el de
las clases bajas y la jerga particular del Subura. Habían visto con sus propios
ojos cómo vivía la gente romana del arroyo, habían probado toda una serie de
comidas que los extranjeros consideraban buenas, y llamaban por su nombre de
pila a los facinerosos de la taberna de la cofradía de Lucio Decumio.
Aurelia estaba convencida de que todo aquello no podía hacerles mal
alguno. Aunque no debe pensarse que era iconoclasta ni reformista; ella
mantenía inflexible los principios de su ascendencia. Pero además de todo eso,
era una mujer con auténtica pasión por las cosas bien hechas, con una profunda
curiosidad y un gran interés por la humanidad. Mientras que en su protegida
juventud se había aferrado al ejemplo de Cornelia, madre de los Gracos,
considerando a aquella heroica y desventurada matrona romana la mujer más
grande de la Historia, en su madurez se aferraba a algo más tangible y valioso:
su reserva de buen sentido común. Por ello no veía nada malo en la charla
políglota de sus tres pequeños patricios aristócratas y juzgaba que para ellos
era una experiencia sin par haber aprendido a asumir el hecho de que las gentes
del barrio a las que trataban nunca podrían aspirar a conocer la diferencia
abismal que los separaba por su cuna.
Lo que Aurelia temía era el regreso de Cayo Julio César, esposo y padre,
que en realidad no había sido ni esposo ni padre. La asiduidad habría podido
infundirle cierto grado de aptitud en ambos papeles, pero Cayo Julio César no
se había criado en la facilidad, y menos en la asiduidad. Como romana de su
clase, Aurelia tampoco sabía nada, ni le importaba, de las mujeres a las que
indudablemente recurriría de vez en cuando para
satisfacer sus necesidades básicas, aunque sí sabía, por su conocimiento
de las vidas de los ínquilinos, que las mujeres de otras clases llegaban a caer
en ataques histéricos y a matar por amor o por celos. Un estado inexplicable
para ella, pero hecho bien real. Daba gracias a los dioses por haber sido
educada en la aptitud para discernir y mejor disciplinar sus emociones, y no se
la ocurría pensar que muchas mujeres de su clase sufrieran también el terrible
tormento de los celos y la frustración.
No, cuando César volviera a casa, seguro que habría problemas. Pero ella
hacía abstracción del día en que eso sucediera, entreteniéndose sin reparos y
sin preocuparse por los tres pequeños patricios ni por el lenguaje que les
diera por hablar. Al fin y al cabo, ¿no sucedía lo mismo en el Palatino y la
Carinae, cuando las mujeres entregaban sus hijos al cuidado de nodrizas de
todas las regiones del mundo? Sólo que en tales casos se ignoraban las
consecuencias, que quedaban como ocultas bajo un mueble, pues hasta los niños
se volvían consumados conspiradores y ocultaban lo que sentían por las
muchachas y mujeres a quienes conocían mucho mejor que sus madres.
Sin embargo, el pequeño Cayo Julio era un caso especial y muy difícil;
hasta la capaz Aurelia sentía una invisible amenaza en la nuca siempre que se
detenía a pensar en aquel hijo y en su futuro. Sí, en la cena de Julia, había
confesado a ésta y a Elia que a veces casi la volvía loca; y ahora se alegraba
de haber tenido aquella debilidad, porque Elia la había sugerido poner al
pequeño César en manos de un pedagogo.
Aurelia había oído hablar de niños de una extraordinaria inteligencia,
naturalmente, pero se imaginaba que procedían de familias más pobres y humildes
que las de clase senatorial; y fue a Marco Aurelio Cota, su tío y padrastro, en
una visita que había hecho a sus padres, a quien había solicitado los medios
para dar a aquel niño singular una mejor alternativa social de la que ellos
podían darle, a cambio de hacerse ellos y el hijo clientes a su servicio para
el resto de sus días. A Cota siempre le había complacido ayudarlos y le encantó
la idea de que cuando el niño fuese mayor, tanto él como sus hijos pudiesen
contar con los servicios de alguien tan excepcionalmente dotado. Pero Cota era
también un hombre práctico y
razonable, como Aurelia le había oído decir a su esposa Rutilia en
cierta ocasión.
—Desgraciadamente, esos niños no siempre responden a las expectativas y
su fuego se quema rápidamente, volviéndose grises, fríos e inertes, o acaban
siendo excesivamente engreídos y pagados de sí mismos y se pierden. Sí, algunos
resultan estupendos y son muy útiles y valiosos. Por eso me gusta ayudar a los
padres en lo que pueda.
Lo que Cota y Rutilia pensaron de su superdotado nieto César, Aurelia no
lo sabía porque les había ocultado la precocidad de su hijo impidiendo que lo
vieran. En realidad había procurado que nadie conociese al pequeño. En cierto
sentido, su inteligencia la emocionaba, despertando en ella toda clase de
ilusiones respecto a su porvenir; pero en otros muchos aspectos la deprimía
profundamente. Si hubiese conocido sus debilidades y defectos habría sido capaz
de corregirlos. Pero ¿quién podía, aunque fuese madre, conocer las debilidades
y los defectos de carácter de un niño que aún no había cumplido dos años? Antes
de mostrarlo a la curiosidad de los demás quería estar mejor informada respecto
a él, encontrarse más identificada. Pero no se le disipaba aquella reserva
mental amenazadora de que el pequeño no poseyera la fortaleza e imparcialidad
para asumir las dotes que la naturaleza le había dado.
Era sensible, de eso estaba segura, y era fácil ganárselo, pero también
era reacio al afecto, animado por una extraña e incomprensible alegría
existencial que ella no había conocido. Era de un entusiasmo desbordante y con
una inigualable avidez mental para captar datos. Lo que más preocupaba a
Aurelia era su candidez, su anhelo por hacerse amigo de todos, su inquietud
cuando ella le aconsejaba pararse a pensar, que no diese por sentado que todo
el mundo estaba al servicio de sus propósitos, que comprendiera que había mucha
gente mala.
De todos modos, ¡qué absurdas resultaban aquellas indagaciones anímicas
en el caso de un niño! Que los procesos mentales fuesen extraordinarios, no
significaba que los acompañase la experiencia. De momento, el pequeño César no
era más que una esponja que absorbía todos los líquidos con que se tropezaba, y
si no le bastaba, él mismo la estrujaba
para embeberse más. Claro que tenía debilidades y defectos, pero ella no
sabía si eran permanentes o simples fases pasajeras del extraordinario proceso
de aprendizaje. Por ejemplo, era arrasadoramente encantador, lo sabía y se
valía de ello expresamente con los demás, como hacía con su tía Julia, más que
predispuesta a someterse a sus caprichos.
Ella no quería criar a un niño viciado en semejantes prácticas
reprobables. La propia Aurelia carecía de encanto y despreciaba a los que lo
tenían, porque sabía la facilidad con que conseguían lo que se les antojaba y
lo poco que lo apreciaban una vez conseguido. El encanto era indicio de un
carácter débil, no de un dirigente. El pequeño César tendría que renunciar a
algo que no iba a favorecerle en el contacto con otros hombres, en asuntos en
que lo que más importaba era la seriedad y las auténticas virtudes romanas.
Además, era un niño muy guapo; otro don adverso. Pero ¿cómo eliminar esa
belleza del rostro, y más cuando es herencia de los padres?
Como consecuencia de todas estas preocupaciones, que sólo el tiempo
podría disipar, había adquirido el hábito de ser severa con el pequeño y hallar
muchas menos excusas a su comportamiento que a las transgresiones de sus
hermanas, de echar sal en lugar de bálsamo en sus heridas y de aprestarse mucho
más a censurarle y regañarle. Como todos los que le conocían tendían a
apreciarle mucho y sus hermanas y primos le mimaban manifiestamente, su madre
se sentía en la obligación de que alguien desempeñase el papel de hermanastra
mala. Y tenía que ser ella, su madre. Cornelia, madre de los Gracos, no lo
habría dudado.
El hallazgo de un pedagogo adecuado para hacerse cargo de un niño que,
por derecho, habría debido estar en manos de mujeres durante sus años
venideros, no fue tarea que agobiase a Aurelia, sino más bien la clase de reto
que a ella le complacía. Elia, la esposa de Sila, la había prevenido muy
seriamente respecto a la compra de un esclavo pedagogo, lo cual dificultaba aún
más el asunto. Claudia, la esposa de Sexto César, la tenía sin cuidado, por lo
que no se molestó en pedirle consejo. Si el hijo de Julia hubiese estado al
cuidado de un pedagogo sí la habría consultado, pero el pequeño Mario, hijo
único, iba a la escuela para que se divirtiera con los niños de su edad, como
había sido la intención de Aurelia de hacerlo con el suyo cuando tuviese la
edad. Pero ahora se daba cuenta de que la escuela era una alternativa a
descartar. Su hijo se habría encontrado en la situación de ser el blanco de
todos los abusos y el ídolo de todos, condiciones nada buenas para él.
Así que Aurelia acudió al único hermano de su madre, Publio Rutilio
Rufo. El tío Publio la había ayudado muchas veces, incluso en el asunto de su
matrimonio; había sido él, cuando la lista de pretendientes tanto había crecido
con apellidos ilustres, quien había aconsejado que la permitiesen casarse con
quien más le gustase. De ese modo, había comentado él, sólo ella sería
responsable de una mala elección y quizá podría evitarse la futura enemistad de
sus hermanos menores.
Así pues, Aurelia llevó a los tres niños escaleras arriba hasta la
planta de los judíos, su refugio preferido en aquel hogar tan habitado y
ruidoso, y se dirigió en una litera a casa de su padrastro, acompañada de su
criada gala Cardixa. Naturalmente, cuando saliera de la mansión de Cota, en el
Palatino, la estarían aguardando Lucio Decumio y algunos de los suyos, porque
ya oscurecería y los depredadores del Subura estarían al acecho.
Tan bien había ocultado Aurelia el extraordinario talento de su hijo,
que le costó convencer a Cota, a Rutilia y a Publio Rutilio Rufo de que el
niño, que aún no tenía dos años, necesitaba con toda urgencia un pedagogo. Pero
después de dar paciente respuesta a numerosas preguntas comenzaron a creerla.
—Yo no conozco ninguno adecuado —dijo Cota, pasándose la mano por el
escaso pelo—. Tus hermanastros Cayo y Marco están en manos de cuidadores y el
joven Lucio va a la escuela. En mi opinión lo mejor sería acudir a un buen
vendedor de esclavos pedagogos, Mamilio Malco o Duronio Postumio. Pero si tú
quieres un hombre libre, no sé qué decirte.
—Tío Publio, llevas un buen rato ahí sentado sin decir nada —dijo
Aurelia.
—¡Así es! —exclamó malicioso el ilustre Rufo.
—¿Quiere eso decir que sabes de alguien?
—Quizá. Pero primero quisiera ver en persona al pequeño y en
circunstancias en que pueda formarme una opinión. Lo has mantenido muy oculto,
sobrina, y no sé por qué.
—Es un niño encantador —dijo Rutilia con gran afecto.
—Un niño problemático —añadió la madre sin afecto alguno.
—Bien, creo que ya es hora de que todos veamos a ese pequeño César —dijo
Cota, que había engordado y respiraba con esfuerzo.
Pero Aurelia juntó sus manos desesperada, mirándolos a todos
sucesivamente tan apenada, que los tres, sorprendidos, permanecieron quietos.
La conocían bien desde pequeña y nunca la habían visto amilanarse ante una
dificultad.
—¡No, por favor! —exclamó—. ¡No! ¿Es que no lo entendéis? ¡Lo que
vosotros proponéis es precisamente lo que no puedo consentir! ¡Mi hijo tiene
que creerse corriente y eso es imposible si llegan tres personas a hacerle
preguntas y llenarle la cabeza con falsas ideas de importancia!
—Querida hija —terció Rutilia, con dos manchas purpúreas en las mejillas
y los labios prietos—, ¡es mi nieto!
—Sí, mamá, lo sé y le verás para preguntarle lo que quieras, ¡pero aún
no! ¡En grupo, no! ¡Es muy listo! Lo que a otros niños de su edad ni se les
ocurre preguntar, él ya sabe la respuesta. De momento, por favor, deja que
venga sólo el tío Publio.
—Buena idea, Aurelia —dijo Cota con gran afabilidad, dando un codazo a
su esposa—. Al fin y al cabo pronto cumplirá dos años, a mediados de Julio,
¿no? Mira, Rutilia, que Aurelia nos invite a la fiesta de
cumpleaños y veremos por nosotros mismos cómo es el niño sin que
sospeche que nuestra presencia es por un motivo especial.
—Como quieras, Marco Aurelio —contestó Rutilia, tragándose la
indignación—. ¿Te parece bien, hija?
—Sí —respondió malhumorada Aurelia.
Naturalmente, Publio Rutilio Rufo sucumbió al increíble encanto del
pequeño César, le pareció maravilloso y le faltó tiempo para comentárselo a la
madre.
—Desde que rechazaste todas las criadas que tus padres te habían elegido
y volviste a casa tú sola con Cardixa, nadie me había gustado tanto —dijo
sonriente—. ¡En aquel entonces pensé que eras una perla sin igual! Y ahora veo
que mi perla ha engendrado no un rayo de luna, sino una rodaja de sol.
—¡Déjate de coba lírica, tío Publio! No es eso lo que quería que vieras
—replicó la madre nerviosa.
Pero Publio Rutilio Rufo consideró que era primordial que Aurelia lo
entendiese y se sentó con ella en un banco del patio de luces que se abría en
el centro de la insula. Era un rincón delicioso, dado que el otro vecino de la
planta baja, el caballero Cayo Matio, tenía un talento para la jardinería
rayano en la perfección. Aurelia llamaba a aquel patio «mis jardines colgantes
de Babilonia», pues había plantas que caían de los balcones de los pisos y las
enredaderas del suelo habían trepado hasta arriba con el transcurso de los
años. Y, como era verano, el perfume de las rosas, alhelíes y violetas
embargaba el recinto y se veían flores y capullos de todos los colores.
—Querida sobrinita —dijo Publio Rutilio Rufo muy serio, cogiéndole las
manos y obligándola a que le mirara a los ojos—, debes procurar ver lo que yo
veo. Roma ya no es joven, aunque con ello no quiero decir que esté chocheando.
Pero figúrate… doscientos cuarenta y cuatro años de monarquía y cuatrocientos
once años de república. Hace seiscientos cincuenta y cinco años que existe Roma
y cada vez es más poderosa. Pero
¿cuántas de las viejas familias siguen dándole cónsules, Aurelia? Los
Cornelios, los Servilios, los Valerios, los Postumios, los Claudios, los
Emilios, los Sulpicios, los Julios… no han engendrado un cónsul en casi
cuatrocientos años, aunque creo que en esta generación accederán a la silla
curul varios Julios. Los Sergios son tan pobres que se han visto obligados a
obtener dinero mediante el cultivo de ostras, y los Pinarios están tan
arruinados que harían cualquier cosa por enriquecerse. Entre la nobleza plebeya
las cosas están mejor que entre los patricios. Pero considero que si no nos
andamos con cuidado, Roma será finalmente de los hombres nuevos, personas sin
antepasados, hombres que no se consideran vinculados a los orígenes de Roma y a
quienes, por consiguiente, les da igual el porvenir de Roma.
»Aurelia —añadió, apretando más sus manos—, tu hijo es de la estirpe más
antigua e ilustre. Entre las familias patricias que sobreviven, sólo los Fabios
pueden compararse con los Julios, y los Fabios han tenido que adoptar hijos
durante tres generaciones para ocupar la silla curul. Los que de ellos son
Fabios auténticos son tan raros que se ocultan a las miradas de los demás. Por
el contrario, tu pequeño César pertenece a un antiguo patriciado con toda la
energía e inteligencia de un hombre nuevo. Es una esperanza para Roma, una
promesa de una clase que yo no me esperaba. Porque, para que sea aún más
poderosa, creo que Roma debe estar gobernada por los de sangre noble. Esto no
podría comentárselo nunca a Cayo Mario, al que quiero por mucho que lamente su
actuación. Cayo Mario, a lo largo de su fenomenal carrera ha hecho más mal a
Roma que medio centenar de invasiones germánicas. Las leyes que ha abolido, las
tradiciones que ha deshecho, los precedentes que ha creado… los hermanos Graco
eran al menos de la vieja nobleza y atajaron lo que consideraron perjudicial
para Roma con cierto vestigio de respeto por el mos maiorum, los criterios no
escritos de nuestros antepasados. Cayo Mario, por contra, ha lesionado ese mos
maiorum dejando a Roma a merced de muchas clases de lobos, seres que no guardan
relación alguna con la clase de animal que amamantó a Rómulo y Remo.
Impresionante en su belleza, con sus grandes y luminosos ojos clavados
con pesadumbre en el rostro de su tío, Aurelia ni notaba la fuerza con que
Publio Rutilio Rufo retenía sus manos, pues así se le ofrecía algo a qué
agarrarse, una guía por aquel mundo ignoto que ella exploraba con el pequeño
César.
—Tienes que apreciar lo que significa tu pequeño y hacer lo que esté en
tu mano para que entre con pie firme en el camino de la preminencia. Debes
imbuirle un propósito que sólo él puede lograr: preservar el mos maiorum y
renovar el vigor de lo de antaño, de la sangre ancestral.
—Comprendo, tío Publio —dijo Aurelia con seriedad.
—¡Estupendo! —exclamó él, poniéndose en pie y haciendo que se levantara—
Mañana, a la hora tercia, vendré con otra persona a verte. Que esté también el
niño.
Y así fue como el niño Cayo Julio César hijo fue confiado al cuidado de
Marco Antonio Cnifo, un galo de Nemausus cuyo abuelo había pertenecido a la
tribu de los Saluvios y había cazado cabezas con sumo placer durante las
innumerables incursiones rápidas que realizaban contra los habitantes
helenizados de la costa de la Galia transalpina, hasta que él y su hijo fueron
capturados por un grupo de masiliotas. Vendido como esclavo, el abuelo no tardó
en morir, pero el hijo era lo bastante pequeño para superar la transición de
bárbaro cazador de cabezas a sirviente doméstico de una familia griega; luego
resultó ser un muchacho listo, capaz de casarse y crear una familia, una vez
ahorrado lo suficiente para comprar su libertad. Había elegido por mujer una
muchacha griega de origen masiliota y modesta cuna, cuyo padre había dado su
aprobación pese a la descomunal estatura y el rojo cabello del pretendiente.
Así, su hijo Cnifo se había criado libre y pronto demostró que había heredado
la predisposición intelectual del padre.
Cuando Cneo Domicio Ahenobarbo creó una provincia romana en la costa de
la Galia transalpina bañada por el Mediterráneo, se había llevado consigo a un
Marco Antonio entre sus principales legados, y aquel Marco Antonio se había
valido de los servicios como intérprete y escriba del padre de Cnifo. Así, al
concluir favorablemente la guerra contra los arvernios, Marco Antonio había
obtenido la ciudadanía romana para el padre de Cnifo
en agradecimiento, ya que la generosidad de los Antonios siempre había
sido proverbial. Liberto en la época en que Marco Antonio le había empleado, el
padre de Cnifo quedó absorbido en la tribu rural de Antonio.
El pequeño Cnifo demostró precozmente su vocación de enseñante, así como
su interés por la geografía, la filosofía, las matemáticas, la astronomía y la
ingeniería. Por ello, después de ser revestido con la toga viril, su padre le
puso en un barco y le envió a Alejandría, el centro cultural del mundo. Allí,
en los claustros de la biblioteca, se dedicó al estudio bajo los auspicios del
mismísimo Diocles, el bibliotecario.
Pero había pasado la época de esplendor de la biblioteca y ya no la
regían bibliotecarios de la calidad de un Eratóstenes; por eso, cuando Marco
Antonio Cnifo cumplió veintiséis años decidió instalarse en Roma para dedicarse
a la pedagogía. Comenzó desempeñando las funciones de grammaticus y enseñando
retórica a los jóvenes; luego, algo cansado de la actitud de la juventud noble
romana, abrió una escuela para niños, que tuvo un éxito inmediato y pronto le
permitió cobrar altos precios. No pasaba apuros para pagar el alquiler de dos
habitaciones grandes en un tranquilo sexto piso de una insula alejada del
apiñamiento del Subura, más otras cuatro habitaciones en un piso más arriba en
el mismo palacio del Palatino, como vivienda propia y alojamiento para sus cuatro
valiosos esclavos, dos de los cuales atendían sus necesidades privadas,
sirviéndole los otros dos de ayudantes en las clases.
Cuando Publio Rutílio Rufo pasó a verle, Cnifo se echó a reír y le
manifestó que no tenía intención alguna de renunciar a su beneficioso negocio
para hacer de nodriza. Rutilio Rufo le ofreció un contrato en toda regla en el
que se incluía una lujosa vivienda en una insula del Palatino todavía mejor y
más dinero del que le procuraba la escuela. Pero Marco Antonio Cnifo volvió a
negarse.
—Ven, al menos, a ver al niño —insistió Rutilio Rufo—. Serías un necio
negándote a ver un cebo como el que se te propone.
Al conocer al pequeño César, el maestro cambió de idea.
—No lo hago porque se trate de quien se trata, ni por su extraordinaria
inteligencia —le dijo a Publio Rutilio Rufo—. Me comprometo a ser tutor
del pequeño César porque me gusta mucho y… temo por su futuro.
—¡Demonio de niño! —dijo Aurelia a Lucio Cornelio Sila cuando éste pasó
a verla en septiembre—. La familia hace colecta para reunir el dinero y pagarle
un magnífico pedagogo, ¿y qué sucede? ¡Que el pedagogo sucumbe a su encanto!
—Hummm —farfulló Sila, que no había ido a oír una letanía de quejas
sobre el retoño de Aurelia. Los niños le aburrían por muy listos y encantadores
que fuesen; ya era un misterio que los suyos no le aburrieran. No, él visitaba
a Aurelia para decirle que se iba.
—Así que tú también me dejas —dijo ella ofreciéndole uvas del huerto del
patio.
—Y me temo que muy pronto. Tito Didio quiere embarcar las tropas hacia
Hispania y la mejor época para ello son los primeros días de invierno, cuando
soplan vientos propícios. Pero yo iré antes por tierra para preparar la
llegada.
—¿Te cansa Roma?
—¿No te sucedería a ti lo mismo de estar en mi caso?
—Oh, sí.
—¿Aurelia, no voy a conseguirlo! —exclamó, rebulléndose inquieto y
apretando los puños.
—¿Bah! —replicó Aurelia riendo—. Eres la encarnación del caballo de
octubre, Lucio Cornelio; ya verás cómo lo consigues algún día.
—Espero que no sea tanto —añadió él, también riendo—. Me gustaría
conservar la cabeza sobre los hombros… no como el pobre caballo de octubre. Me
pregunto por qué será así… Lo malo de todos nuestros rituales es que son tan
antiguos que ni se entiende el lenguaje en que se murmuran los rezos, y no
hablemos ya del porqué de esa costumbre de uncir parejas de caballos de guerra
a los carros para hacer carreras y luego sacrificar a los de la derecha del
equipo vencedor. Y lo de luchar por la cabeza… —Había tal luminosidad, que sus
pupilas se contrajeron hasta convertirse en dos rendijas que le hacían parecer
un profeta ciego; la mirada que le dirigió
estaba cargada de profético dolor, no de una pena pasada o presente,
sino causada por el conocimiento del futuro—. ¡Aurelia, Aurelia! —exclamó—.
¿Por qué no consigo ser feliz?
—No lo sé, Lucio Cornelio —respondió ella con el corazón en un puño,
clavándose las uñas en la palma de las manos.
—Yo tampoco.
—Creo que debes ocuparte en algo —añadió ella, pensando en la inutilidad
de darle sanos consejos; pero ¿qué otra cosa podía hacer?
—¡Ah, desde luego! —replicó él, irónico—. Cuando estoy ocupado no me
queda tiempo para pensar.
Estaban sentados en el salón de visitas a lo largo de la pared baja del
jardín del patio, separados por una mesa, las uvas rojas y orondas y un plato.
Cuando cesó en su charla, Aurelia siguió mirándole, pese a que él había
desviado los ojos. ¡Qué atractivo es!, pensó, sintiendo una súbita punzada de
conmiseración, que ella generalmente lograba mantener a nivel inconsciente.
Tiene la boca como mi esposo y es muy guapo. Guapo. Guapo…
Sila la miró de pronto a los ojos y ella enrojeció. Su rostro cambiaba,
pero era difícil decir en qué… sí, parecía más él. Y alargó la mano para coger
la suya, animado por una sonrisa hechicera.
—Aurelia…
Ella se soltó de su mano, contuvo la respiración y sintió que la invadía
un vértigo.
—¿Qué, Lucio Cornelio? —atinó a decir.
—¡Amémonos!
Aurelia tenía la boca seca; necesitaba tragar para no desmayarse, pero
no podía; y los dedos de él, entrelazados a los suyos, eran como las últimas
fibras de una vida que se escapa y que no podía soltar por no perecer.
Lo que posteriormente no se explicaría es cómo había dado la vuelta a la
mesa; simplemente vio su rostro próximo al suyo, el brillo de sus labios, el
tornasol de aquellos ojos jaspeados como mármol pulimentado. Fascinada, vio el
pálpito de un músculo en su brazo derecho y sintió que, más que temblar,
vibraba, vencida, perdida…
Cerró los ojos, a la espera, y sintió la boca de él en la suya, y le
besó como si hubiese estado hambrienta de amor toda la eternidad, impulsada por
una emoción más arrasadora de lo que hubiera podido imaginar, aturdida,
aterrada, exaltada, carbonizada.
Transcurrió un instante y de nuevo se vieron separados por el espacio,
Aurelia estaba de espaldas contra el llamativo mural de la pared, como
queriendo perder corporeidad, y Sila junto a la mesa, jadeante, con el sol
incendiándole el pelo.
—¡No… puedo! —exclamó ella con un grito sordo.
—¡Pues ojalá no vuelvas a sentirte en paz!
Decidido, en medio de aquella colérica vorágine, a no hacer nada que
pudiera provocar hilaridad en ella, recogió con augusto ademán su toga, caída
en el suelo, y, con pasos inexorables que denotaban que jamás volvería, salió
de la casa como si hubiese obtenido una victoria.
Pero no le satisfacía la victoria y estaba furioso de su derrota; siguió
caminando hasta su casa con tal furia que todos se apartaban a su paso. ¡Cómo
se atrevía! ¡Cómo osaba permanecer sentada con la lujuria en los ojos,
provocándole para que la besara… de aquel modo, y luego decirle que no podía!
Como si no lo hubiera deseado tanto como él. Habría debido matarla, retorcerle
el esbelto cuello, o verla descomponerse por efecto de algún veneno, ver
aquellos ojos violeta abotagarse mientras sus manos se cerraban en torno a la
garganta. Matarla, matarla, matarla, matarla, le decía la voz del corazón, la
sangre que hinchaba las venas de su frente y de sus sienes. Matarla, matarla,
matarla. Y lo peor de aquella inmensa furia era que sabía que era tan incapaz
de hacerlo como lo había sido con Julilla, con Elia, con Dalmática. ¿Por qué?
¿Qué tenían aquellas mujeres que no tuvieran Clitumna y Nicopolis?
Al verle entrar en el vestíbulo de aquel modo, los criados se
dispersaron, su esposa se retiró sin decir nada a sus aposentos y la casa
entera se encogió enmudecida. En el despacho, fue directamente al templete de
madera en el que guardaba la máscara mortuoria de su antepasado el
flamen dialis y abrió el cajoncito oculto en la peana. El primer objeto
con que tropezaron sus trémulos dedos fue un frasquito; allí lo tenía, en la
palma de la mano, con su blanco contenido preso en el vidrio verdoso. Lo estuvo
mirando durante un buen rato; mirándolo.
El tiempo que transcurrió contemplando lo que tenía en la mano no
contaba y su mente no podía desechar un único pensamiento: le dominaba la ira.
¿O era pena? ¿O injuria? ¿O era una inmensa soledad? El fuego que le embargaba
fue cediendo hasta alcanzar un estado glacial. Sólo entonces fue capaz de
asumir aquella horripilante tara; el hecho de que él, tan aficionado al crimen
como solaz, como algo imprescindible, no podía realizarlo físicamente con
mujeres de la clase a la que él pertenecía. Con Julilla y con Elia, al menos
había hallado consuelo en ser testigo del evidente infortunio que les causaba,
y con Julilla había conocido la satisfacción de haber provocado su muerte;
porque no cabía duda de que si no hubiese visto la escena entre él y Metrobio
habría seguido bebiendo y mirándole pesarosa con aquellos ojazos amarillos y
hundidos, en perenne gesto mudo de reproche. Sin embargo, con Aurelia no podía
esperar más reacción que la habida en su casa, pues con seguridad nada más
salir de su casa se habría sobrepuesto a su arrebato para enfrascarse en su
trabajo, y al día siguiente le habría olvidado del todo. Así era Aurelia. ¡Que
se pudra! ¡Que la devoren los gusanos! ¡Puerca maldita!
En medio de aquellas imprecaciones fútiles y anticuadas, llegó a
sobreponerse y a sonreír, en un atisbo de jolgorio. Pero no le servía de
consuelo. Era absurdo, grotesco. Los dioses no tenían en cuenta las
frustraciones y deseos humanos y él no era de los que, de alguna horrenda y
misteriosa manera, saben hacer que sus ideas asesinas se conviertan en realidad
respondiendo al deseo. Aurelia seguía viva dentro de él y necesitaba borrarla
antes de marchar a Hispania si quería dedicar toda su energía a alcanzar sus
ambiciosos propósitos. Necesitaba algo que sustituyera el éxtasis de que habría
gozado rompiendo los muros de la ciudadela de Aurelia. El hecho de que hasta
que no sorprendió aquella mirada suya no había tenido intenciones de seducirla,
era algo al margen; su
deseo había sido tan acuciante, tan imperioso, que no podía expulsarlo
de su ser.
Era Roma, claro. Una vez que estuviera en Hispania se le pasaría. Si
pudiese hallar alguna clase de satisfacción ahora… En campaña nunca sentía
aquella horrenda frustración; quizá porque estaba siempre muy ocupado, quizá
porque veía la muerte en derredor, o porque se decía a sí mismo que iba
ascendiendo de posición. Pero en Roma —llevaba allí casi tres años— acababa por
llegar a tal grado de aburrimiento que en otros tiempos sólo habría podido
disiparlo con un crimen real o simbólico.
Y en aquel estado anímico glacial cayó en un ensueño en el que
desfilaban rostros de víctimas y de las que hubiese deseado que lo fueran:
Julilla, Elia, Dalmática, Lucio Cavio Stichus, Clitumna, Nicopolis, Catulo
César —íqué placer acabar para siempre con aquella engreída mirada de
camello!—, Escauro, Metelo Numídico el Meneítos… Poco a poco fue volviendo a la
realidad y cerró despacio el cajoncito. Pero se quedó con el frasquito en la
mano.
El reloj de agua marcaba mediodía. Habían transcurrido seis horas y
quedaban otras seis. Gota a gota. Tiempo de sobra para visitar a Quinto Cecilio
Metelo Numídico, el Meneítos.
Desde su regreso del exilio, Metelo el Numídico se había visto
convertido en una especie de leyenda. Como no era lo suficiente viejo para
morir, se dijo eufórico que ya era como una institución dentro del Senado. Se
hablaba de su homérica carrera como censor, su resuelto enfrentamiento con
Lucio Equitio, la paliza que había recibido y su valentía en arriesgarse a
otra; se hablaba de cómo había marchado al exilio mientras su hijo tartamudo
con… con… contaba aquel aluvión de denarios en la Curia Hostilia mientras
anochecía y Cayo Mario esperaba que diera su voto de acatamiento a la segunda
ley agraria de Saturnino.
Sí —pensó Metelo el Numídico cuando hubo salido de su despacho el último
cliente del día—, pasaré a la historia como el personaje más ilustre de una
ilustre familia, el Quinto más famoso de los Cecilio Metelos. Se
sentía ufano, feliz de volver a estar en Roma, complacido del
recibimiento y henchido de satisfacción. ¡Sí, había sido una larga guerra
contra Cayo Mario! Pero ya había concluido. El había ganado y Cayo Mario había
perdido. Roma no volvería a sufrir la iniquidad de aquel Cayo Mario.
El mayordomo llamó a la puerta del despacho.
—¿Qué hay? —dijo Metelo el Numídico.
—Domine, Lucio Cornelio Sila solicita veros.
Cuando Sila cruzó la puerta, Metelo el Numídico estaba ya de pie y se
aprestaba a recibirle con la mano tendida.
—Querido Lucio Cornelio, ¡qué placer! —dijo rezumando afabilidad. —Sí,
ya es hora de que venga a ofrecerte mis respetos en privado —
respondió Sila, sentándose en la silla de los clientes y adoptando un
gesto de afable reproche consigo mismo.
—¿Un vaso de vino?
—Sí, gracias.
Junto a la consola en que había dos jarras de vino y algunas copas de
precioso vidrio de Alejandría, Metelo el Numídico se volvió hacia Sila
enarcando una ceja y con expresión levemente burlona.
—¿Es ocasión que merezca chian sin agua? —inquirió.
—Aguar el chian es un crimen —respondió Sila, esgrimiendo una sonrisa
indicadora de que ya se sentía más a gusto.
—Respuesta de político, Lucio Cornelio —dijo Metelo sin moverse—.
No sabía que formases parte de esa casta.
—Quinto Cecilio, ¡no eches agua al vino! —exclamó Sila—. He venido con
la intención de que seamos buenos amigos —añadió en tono sincero.
—En tal caso, Lucio Cornelio, beberemos el chian sin agua. Regresando
con dos copas, Metelo el Numídico puso una en el lado del
escritorio en que estaba Sila, la otra enfrente, se sentó y alzó la
suya.
—Por la amistad —dijo, brindando.
—Y por mí —dijo Sila dando un breve sorbo, con el entrecejo fruncido,
mirando de hito en hito a su anfitrión—. Quinto Cecilio, parto para la Hispania
Citerior de primer legado con Tito Didio. No sé cuánto tiempo voy a estar
fuera, pero en este momento podría considerarse que serán años.
Cuando regrese quiero presentarme lo antes posible a las elecciones de
pretor —añadió con un carraspeo, dando otro sorbo de vino—. ¿Sabes el verdadero
motivo por el que no fui elegido pretor el año pasado?
Una sonrisa se dibujó en los labios de Metelo el Numídico, aunque tan
leve, que Sila no habría sabido decir si era de ironía, malevolencia o simple
diversión.
—Sí, Lucio Cornelio, lo sé.
—¿Y qué opinas?
—Creo que diste bien la tabarra a mi buen amigo Marco Emilio Escauro en
lo que a su esposa respecta.
—¡Ah! ¿No fue por mi vinculación a Cayo Mario?
—Lucio Cornelio, nadie que tenga el buen sentido de Marco Emilio
arruinaría tu carrera pública por haber estado militarmente vinculado a Cayo
Mario. Aunque yo no he sido testigo, he mantenido suficientes contactos con
Roma para saber que tus relaciones con Cayo Mario no han sido últimamente tan
estrechas —replicó Metelo el Numídico con voz queda—. Y lo encuentro lógico
puesto que ya no sois cuñados —añadió con un suspiro—. No obstante, es
lamentable que justo cuando habías logrado desvincularte de Cayo Mario casi
provocas un divorcio en el hogar de Marco Emilio Escauro.
—No hice nada deshonroso, Quinto Cecilio —respondió Sila muy firme,
cuidando de no dejar traslucir su cólera por aquel sermón, pero cada vez más
empedernido en su convicción de que aquel mediocre debía morir.
—Sé que no hiciste nada deshonroso —dijo Metelo el Numídico, apurando la
copa—. Es una lástima que en cuestión de mujeres, sobre todo casadas, hasta los
más viejos y prudentes se vuelvan tan suspicaces.
Cuando su anfitrión se rebulló para levantarse, Sila se puso rápidamente
en pie, cogió las dos copas y se dirigió a la consola para llenarlas.
—Ella es sobrina tuya, Quinto Cecilio —dijo Sila, vuelto de espaldas y
tapando la mesa con su toga.
—Por eso precisamente conozco la historia.
Tras ofrecer una copa a Metelo el Numídico, Sila volvió a sentarse.
—¿Y siendo tío de ella, y muy buen amigo de Marco Emilio, consideras que
está bien lo que se me ha hecho?
Encogimiento de hombros, buen sorbo de vino y una mueca.
—Lucio Cornelio, si fueses un patán no estarías ahí sentado. Pero tienes
un antiguo e ilustre apellido y eres un Cornelio patricio, aparte de un hombre
de gran valía —dijo, haciendo otra mueca y dando otro sorbo—. Si yo hubiese
estado en Roma cuando mi sobrina se encaprichó de ti, sin duda habría apoyado
cualquier acción de mi amigo Marco Emilio por poner coto a la situación. Tengo
entendido que te pidió que abandonases Roma y que te negaste. ¡Qué imprudencia!
—Supongo que no creí que Marco Emilio fuese a actuar menos
honorablemente que yo —replicó Sila riendo sin ganas.
—¡Oh, qué bien te hubieran venido de joven unos años en el Foro, Lucio
Cornelio! —exclamó Metelo el Numídico—. Careces de tacto.
—Creo que tienes razón —respondió Sila, convencido de que estaba
haciendo el papel más difícil de su vida—, pero no puedo volver atrás y tengo
que seguir mi camino.
—La Hispania Citerior con Tito Didio es, sin duda, un paso adelante.
Sila volvió a levantarse para servir otras dos copas.
—Al menos debo dejar un buen amigo en Roma antes de irme —dijo—, y me
gustaría, y lo digo de corazón, que ese amigo fueses tú. A pesar de tu sobrina
y a pesar de tus lazos con Marco Emilio Escauro, príncipe del Senado. Soy un
Cornelio, y eso me impide ofrecerme a ti como cliente. Sólo puedo ser un amigo.
¿Qué dices?
—Te digo… que te quedes a cenar, Lucio Cornelio.
Y así fue cómo Lucio Cornelio tuvo una agradable e íntima cena con
Metelo el Numídico, quien en principio había pensado cenar solo aquel día,
hallándose un poco cansado por estar a la altura de su condición de leyenda del
Foro. Hablaron de los ingentes esfuerzos de su hijo por poner fin a su exilio
en Rodas.
—Es una bendición tener un hijo así —dijo el ex desterrado, algo mareado
por la excesiva libación comenzada ya antes de la cena.
La sonrisa de Sila fue inenarrablemente encantadora.
—Es indiscutible, Quinto Cecilio —dijo—. De hecho, considero a tu hijo
un buen amigo mío. Mi hijo es aún muy niño, pero el orgullo paterno me dice que
va a ser duro de pelar.
—¿Se llama Lucio como tú?
—Por supuesto —respondió Sila, parpadeando sorprendido.
—Es curioso —replicó Metelo el Numídico, pronunciando despacio las dos
palabras—. ¿No es Publio el nombre del hijo mayor de vuestra rama de los
Cornelios?
—Quinto Cecilio, como mi padre ha muerto no puedo preguntárselo. Y desde
luego no recuerdo haberle visto lo bastante sobrio en ninguna ocasión para
hablar de asuntos de familia.
—Bien, no tiene importancia. En cuestión de nombres —añadió Metelo el
Numídico tras pensarlo un instante—, supongo que sabes que los itálicos me
llaman el Meneítos.
—Lo he oído en boca de Cayo Mario, Quinto Cecilio —contestó Sila muy
serio, inclinándose a llenar las dos preciosas copas con la igualmente bella
jarra. ¡Era una suerte que el Meneítos tuviera predilección por el vidrio!
—¡Es degradante! —añadió Metelo el Numídico, arrastrando el adjetivo.
—Totalmente degradante —dijo Sila, sintiendo un gran bienestar.
Meneítos. Meneítos.
—Me ha costado mucho acostumbrarme a ese mote.
—No me extraña, Quinto Cecilio —dijo Sila con tono de inocencia. —¡Es la
jerga de las nodrizas! Esos itálicos… ni siquiera se contentan
con apodarme cunnus, corno un buen romano.
De pronto, Metelo el Numídico se rebulló para incorporarse, llevándose
una mano a la frente, jadeante.
—¡Qué mareo! ¡No… respiro… bien! —Inspira con más fuerza, Quinto
Cecilio.
Metelo el Numídico hizo obedientemente lo que le indicaban, pero se
ahogaba.
—No… me siento… bien…
Sila se dejó rodar hacia la parte trasera de la camilla, donde había
dejado los zapatos.
—¿Quieres que te acerque una palangana?
—¡Los criados! ¡Lla… ma a los criados! —balbució llevándose las manos al
pecho—. ¡Mis… pul… mones!
Sila había vuelto a la parte delantera de la camilla y se inclinaba
sobre la mesita.
—¿Estás seguro de que son los pulmones, Quinto Cecilio?
Metelo el Numídico se contorsionaba, medio reclinado, sin apartar una
mano del pecho y con los dedos de la otra retorcidos como una garra tendida
hacia la camilla de Sila.
—¡Qué… mareo! ¡No… puedo… respirar! ¡Los… pulmones!
—¡Socorro! —bramó Sila—. ¡Pronto, auxilio!
El comedor se llenó inmediatamente de esclavos, y con impasible
serenidad envió a unos a buscar médicos y ordenó a los otros que apoyaran a
Metelo en unos cabezales porque no podía estar tumbado.
—Ya falta poco, Quinto Cecilio —dijo afablemente, sentándose en el borde
de la camilla y apartando de una patada la mesita, haciendo que cayeran al
suelo las copas con el vino y las jarras de agua, que se hicieron añicos—, Ten,
cógeme la mano —añadió dirigiéndose al tenso y aterrado Metelo—. Haced el favor
de recoger eso sin cortaros —ordenó a los criados.
Estuvo sosteniendo la mano de Metelo mientras un esclavo recogía los
restos de vidrio y el líquido derramado, agua en su mayor parte. Seguía
apretándosela cuando el comedor se llenó de médicos con sus acólitos y llegó
Metelo Pío; pero Metelo el Numídico no soltó la mano de Sila ni para tendérsela
al hijo.
Así, mientras Sila le sostenía la mano y Meneítos hijo lloraba
inconsolable, los médicos comenzaron a actuar.
—Una poción de hidromiel con hisopo y raíz de alcaparra machacada —dijo
Apolodoro de Sicilia, que era el galeno más afamado entre los residentes más
ricos del Palatino—. Creo que debemos sangrarle. Por favor, Praxis, mi lanceta.
Pero Metelo Numídico estaba demasiado ocupado tratando de respirar como
para tragar la poción de miel, y cuando le abrieron la vena su sangre brotó
escarlata brillante.
—¡Es una vena, estoy seguro de que es una vena! —exclamó Apolodoro
Siculus, hablando consigo—. ¡Qué brillo tiene la sangre! —añadió, dirigiéndose
a los otros médicos.
—¡Cómo se nos resiste, Apolodoro! No es de extrañar que sea tan
brillante —dijo Publio Sulpicio Solón, el griego de Atenas—. ¿Qué os parece un
emplasto en el pecho?
—Sí, le aplicaremos un emplasto —contestó Apolodoro de Sicilia con gesto
grave, chascando imperioso los dedos para llamar la atención de su ayudante
jefe—. ¡Praxis, el emplasto!
Metelo el Numídico seguía haciendo ímprobos esfuerzos por respirar,
golpeándose el pecho con la mano libre, mirando con ojos vidriosos a su hijo,
negándose a tumbarse y sin soltar la mano de Sila.
—No tiene el rostro amoratado —dijo Apolodoro Siculus en su afectado
griego a Metelo Pío y a Sila—. ¡Cosa que no entiendo, porque, por otra parte,
presenta todos los síntomas del morbo pulmonar agudo! —Y asintió con la cabeza,
mientras su ayudante aplicaba una materia negra y pegajosa a un trozo cuadrado
de tejido de lana—. Es la mejor cataplasma; le absorberá los elementos nocivos.
Consta de raspadura de cardenillo, litargiro de plomo debidamente separado,
alumbre, brea seca y resina de pino, todo ello mezclado en la debida proporción
con aceite y vinagre. ¡Ya está!
La cataplasma estaba lista. Apolodoro de Sicilia la aplicó al pecho
desnudo del Meneítos y aguardó con calma digna de elogio a que el emplasto
surtiera efecto.
Pero era un remedio vano, igual que la poción y la sangría; poco a poco,
Metelo el Numídico fue aflojando el vínculo con la vida a través de la mano de
Sila. Con el rostro congestionado y ojos que no veían, pasó de la parálisis al
coma y murió.
Mientras Sila abandonaba el cuarto, oyó que el pequeño físico siciliano
decía tímidamente a Metelo Pío:
—Domine, debe practicarse una autopsia.
A lo que el afligido Meneítos contestó:
—¿Qué? ¿Pensáis, griego incompetente, que además de matarle podéis
descuartizarle? ¡No; mi padre irá a la pira mortuoria intacto!
Con los ojos fijos en la espalda de Sila, el Meneítos se abrió paso
entre el grupo de médicos y le siguió hasta el vestíbulo.
—¡Lucio Cornelio!
Sila se volvió despacio con gesto de aflicción, para que lo viese Metelo
Pío, y lágrimas en las mejillas.
—¡Mi querido Quinto Pío! —musitó.
El Meneítos se mantenía en pie por efecto de la impresión, ya casi no
lloraba.
—¡No puedo creer que mi padre haya muerto!
—De un modo repentino —dijo Sila, meneando la cabeza y con un sollozo—.
¡Repentinamente, Quinto Pío! ¡Con lo bien que se encontraba…! Vine a visitarle
para ofrecerle mis respetos y me invitó a cenar. ¡Estábamos pasándolo tan
bien…! Y, luego, al final de la cena, ya veis…
—¿Por qué, por qué, por qué? —exclamó el Meneítos rompiendo a llorar de
nuevo—. ¡Acababa de regresar, y aún no era un anciano!
Sila atrajo afablemente a Metelo Pío contra sí y le hizo apoyar la
convulsa cabeza en su hombro izquierdo, acariciándole el pelo con la mano
derecha. Pero los ojos que miraban por encima de aquella cabeza reclinada
reflejaban la inmensa satisfacción obtenida por una gran emoción física. ¿Qué
otra cosa podría hacer para igualar aquella experiencia sin par? Por primera
vez había participado en la fase final de una muerte, superando la categoría de
simple instigador. En esta ocasión había sido su ministro.
El mayordomo salió del triclinium y vio al hijo de su amo muerto,
consolado por un hombre que fulgía como Apolo. Parpadeó y meneó la cabeza.
Imaginaciones.
—Debo irme —dijo Sila al mayordomo—. Hazte cargo de él y avisa a los
demás familiares.
Afuera, en el clivus Victoriae, Sila permaneció un instante parado para
que sus ojos se adaptaran a la oscuridad. Y riendo apaciblemente para sus
adentros, tomó en dirección al templo de la Magna Mater. Cuando vio las
fauces enrejadas de un sumidero, dejó caer en él el frasquito vacío.
—¡Vale, Meneítos, Meneítos! —aulló, alzando las manos al cielo sombrío—.
¡Ah, me siento mejor!
—¡Por Júpiter! —exclamó Cayo Mario dejando en la mesa la carta de Sila y
mirando a su esposa.
—¿Qué sucede?
—Ha muerto el Meneítos.
La refinada matrona, de quien el hijo pensaba que podía pasarle algo si
oía una exclamación más fuerte que ¡Edepol!, no se inmutó. Estaba acostumbrada
desde los primeros días de su matrimonio a oír aplicar el denigrante mote a
Quinto Cecilio Metelo el Numídico.
—¡Oh, qué lástima! —dijo, sin saber lo que su esposo habría deseado que
dijera.
—¿Lástima? ¡Es casi demasiado estupendo para ser verdad! —replicó Mario,
cogiendo el rollo y estirándolo para volver a leerlo. Y una vez descifrado
aquel galimatías, lo leyó más coherentemente y en voz alta a Julia, en un tono
que traicionaba su euforia:
Toda Roma acudió al funeral, que ha sido algo que hará época. Yo no
recuerdo nada semejante, aunque a mí no me interesaban mucho esas ceremonias,
desde cuando la pira crematoria de Escipión Emiliano.
El Meneítos está abatido por el dolor y ha quedado definitivamente
marcado con el sobrenombre de Pío con tanto llanto y quejido de una puerta a
otra de Roma. Los antepasados de los Cecilio Metelos eran muy sencillos si sus
imágenes son de fiar, y supongo que lo son. Algunos de los actores que las
portaban saltaban y brincaban como una especie de híbrido de rana, grillo y
gamo, y yo me paré a pensar de dónde procederían los Cecilio Metelos. Desde
luego, de algún sitio raro.
Ahora no me quito al Meneítos de encima; seguramente porque yo estaba en
su casa cuando el óbito, y como su querido tata no me soltaba la
mano, debe pensar que se habían allanado todas las diferencias entre su
padre y yo. No le he comentado que la invitación a cenar fue algo improvisado.
Un dato interesante; durante todo el tiempo en que su tata agonizaba, y aún
después, el Meneítos no tartamudeó una sola vez. Ten en cuenta que ese
impedimento le apareció después de la batalla de Arausio, por lo que hay que
suponer que es un tic nervioso de la lengua más que un defecto congénito. Dice
que actualmente le molesta mucho si lo recuerda o tiene que efectuar un
discurso formal. ¡Me lo imagino dirigiendo la ceremonia religiosa! ¡Me moriría
de risa viendo a todos rebullirse impacientes mientras él se trababa y tenía
que volver a empezar!
Te escribo ésta en vísperas de marchar a la Hispania Citerior, para
participar en lo que es de esperar sea una guerra victoriosa. Según los
informes, los celtíberos están sublevados y los lusitanos causan estragos en la
provincia ulterior, donde mi primo lejano Cornelio Dolabella ha obtenido un par
de victorias sin aplastar del todo la rebelión.
Los tribunos de los soldados ya están elegidos y con Tito Didio viene
también Quinto Sertorio. Casi como en los viejos tiempos, salvo que nuestro
comandante es un hombre nuevo muy distinto a Cayo Mario, y menos relevante.
Escribiré siempre que haya noticias que dar, pero también espero que me
escribas y me digas qué clase de hombre es Mitrídates.
—¿Qué hacía Lucio Cornelio cenando con Quinto Cecilio? —inquirió Julia,
curiosa.
—Sospecho que solicitaba favores —respondió Mario, malhumorado. —¡Oh, no
me digas, Cayo Mario!
—¿Y por qué no iba a hacerlo, Julia— No se lo reprocho. El Meneítos
está… estaba muy bien situado y actualmente tenía mayor influencia que yo. En
tales circunstancias, el pobre Lucio Cornelio no puede recurrir a Escauro, y
también entiendo que no se haya querido vincular a Catulo César —dijo Mario con
un suspiro moviendo la cabeza—. De todos modos, Julia, te anticipo que Lucio
Cornelio acabará en excelentes relaciones con todos ellos.
—¡Entonces no es amigo tuyo!
—Probablemente no.
—¡No lo entiendo! Antes os entendíais muy bien.
—Sí —contestó Mario con toda intención—. No obstante, cariño, no era el
entendimiento de dos hombres atraídos por una afinidad natural de ideas y de
espíritu. El viejo César pensaba de él como yo, que no hay nadie mejor para
tenerle al lado en momentos de peligro o cuando hay trabajo que hacer. Y es
fácil mantener una relación placentera con un hombre así. Pero dudo mucho que
Lucio Cornelio disfrute con una amistad como la que yo mantengo con Publio
Rutilio Rufo, por ejemplo. Ya me entiendes, cuando se siente igual simpatía por
los defectos y peculiaridades que por las grandes cualidades. Lucio Cornelio es
incapaz de estar sentado en silencio en un banco con un amigo por la simple
complacencia de su compañía. Ese comportamiento no forma parte de su naturaleza.
—¿Y cuál es su naturaleza, Cayo Mario?
—Nadie lo sabe —replicó Mario riendo y meneando la cabeza—. Aun después
de los años que le conozco apenas he podido profundizar.
—Creo que sí podrías —dijo Julia, sagaz—, pero lo que pasa es que no
quieres. O no quieres decírmelo a mí —añadió acercándose a él—. Aurelia es
amiga suya.
—Ya lo he notado —añadió Mario con sequedad.
—¡Pero no vayas a creer que hay nada entre ellos porque no lo hay! Lo
que sucede es que si hay alguien a quien Lucio Cornelio confía sus intimidades,
es precisamente ella.
—Humm —farfulló Mario, poniendo fin a la conversación.
Pasaban el invierno en Halicarnaso por haber llegado a Asia Menor muy a
final de temporada para emprender viaje por tierra desde la costa egea hasta
Pessinus. En Atenas se habían detenido un tiempo porque les había gustado y
desde allí habían ido a Delfos para visitar el templo de Apolo, aunque Mario se
había negado a consultar a la Pitonisa.
Julia le había preguntado, sorprendida, el porqué.
—Nadie puede acosar a los dioses —respondió él—. A mí ya me han
profetizado bastante, y si pido más revelaciones sobre el futuro los dioses me
volverán la espalda.
—¿Y no podrías preguntar en nombre del pequeño Mario?
—No —contestó él.
Habían visitado también Epidauro, en el Peloponeso, y allí, después de
admirar los edificios y las magníficas esculturas de Trasímedes de Paros, Mario
se sometió al diagnóstico del sueño que efectuaban los sacerdotes de Esculapio,
bebiendo obedientemente la poción y retirándose a los dormitorios anexos al
gran templo para pasar la noche. Lamentablemente no recordó sus sueños y lo
único que pudieron hacer los sacerdotes fue darle recomendaciones para que
perdiera peso, haciendo más ejercicio y procurase evitar agobios mentales.
—Para mí no son más que unos charlatanes —comentó Mario con desdén,
después de ofrecer al dios una costosa copa de oro y piedras preciosas.
—Pues a mí me parecen razonables —espetó Julia con los ojos fijos en
aquella cintura desbordada.
Por eso era octubre cuando zarparon desde el Pireo en una gran nave que
hacía la travesía entre Grecia y Éfeso. Pero aquel Éfeso lleno de montículos no
había complacido a Cayo Mario, que lanzaba bufidos de indignación por entre
aquellos pedruscos, y que en seguida se procuró pasaje para un barco rumbo a
Halicarnaso.
Allí, quizá en la más bella ciudad portuaria del Egeo en la provincia
romana de Asia, Mario se dispuso a pasar el invierno en una villa alquilada,
con buena servidumbre y un baño caliente de agua de mar, pues, aunque el sol
lucía casi todo el tiempo, hacía demasiado frío para el baño natural. Los
poderosos muros, las torres y la fortaleza, los imponentes edificios públicos
le hacían sentirse seguro y como en Roma, pese a que en Roma no había una
construcción tan esplendorosa como el Mausoleo, la tumba que la esposa-hermana
Artemisa había mandado construir en memoria del difunto rey Mausolo.
Cuando la primavera ya estaba avanzada, emprendieron la peregrinación a
Pessinus, no sin protestas por parte de Julia y del pequeño Mario, que querían
quedarse junto al mar a pasar el verano. Era de rigor que no consiguieran lo
que se proponían. Tanto invasores como peregrinos
seguían la ruta por el valle del río Meandro, entre la costa de Asia
Menor y la Anatolia central. Igual hizo Mario con su familia, maravillados de
la prosperidad y sofisticación de los diversos distritos por los que pasaron.
Tras dejar atrás las fascinantes formaciones cristalinas y las aguas termales
de Hierápolis, en donde trabajaban la lana negra, fijando el codiciado color
mediante las sales de las aguas, cruzaron las inmensas y accidentadas montañas
—siguiendo el curso del Meandro— y se adentraron en los bosques de Frigia.
Sin embargo, Pessinus estaba situado en una meseta sin bosques, aunque
ya verdeaba el trigo cuando ellos llegaron. Al igual que la mayoría de los
grandes santuarios de la Anatolia central —les explicó el guía—, el templo de
la Magna Mater de Pessinus poseía muchas tierras y grandes contingentes de
esclavos, por lo que era lo bastante rico y autónomo para funcionar como un
estado cualquiera; la única diferencia era que los sacerdotes gobernaban en
nombre de la díosa y conservaban las riquezas del santuario para mantener el
poder de la deidad.
Esperaban una especie de Delfos entre impresionantes montañas, y por
ello les chocó saber que Pessinus estaba por debajo del nivel de la meseta y
era un profundo barranco de un blanco radiante por sus casas encaladas. El
recinto del santuario estaba en el extremo norte, más angosto y menos fértil
que el trozo de terreno de varias millas que se extendía hacia el sur, y se
hallaba construido junto a un riachuelo primaveral que desembocaba en el río
Sangario.
Los edificios de la ciudad, el templo y el santuario rezumaban
antigüedad, pese a que las construcciones que ellos contemplaban eran griegas
de estilo y fecha, y el gran templo, erguido sobre un risco en el valle, abría
abruptamente su fachada en una escalinata de doscientos setenta grados en la
que se sentaban los peregrinos a hablar con los sacerdotes.
—Nuestro onfalo lo tenéis en Roma, Cayo Mario —dijo el archigallos
Batacio—. Os lo regalamos cuando pasabais apuros. Por eso cuando Aníbal huyó a
Asia Menor no se le ocurrió acercarse a Pessinus.
Recordando la carta de Publio Rutilio Rufo respecto a la visita de
Batacio y sus acompañantes a Roma en la época en que se temía la invasión
germana, Mario se tomaba a aquel hombre ligeramente a broma, actitud que
Batacio pronto advirtió.
—¿Es mi estado de castración lo que os hace sonreír? —inquirió.
—No sabía que lo fuerais, archigallos —respondió Mario, parpadeando. —No
se puede servir a Kubaba Cibeles sin estar emasculado, Cayo Mario. Incluso su
consorte Attis tuvo que someterse a ese gran sacrificio —
respondió Batacio.
—Creía que a Attis le habían castrado por yacer con otra mujer —dijo
Mario, sintiéndose obligado a comentar algo y por no querer embarcarse en una
conversación sobre amputaciones viriles, aunque estaba claro que el sacerdote
sí quería hablar.
—¡No! —replicó Batacio—. Esa historia es una patraña griega. Sólo en
Frigia mantenemos pura la adoración y, con ello, el conocimiento de la diosa.
Nosotros somos sus auténticos fieles y aquí nos llegó de Carquemis en tiempos
que se pierden en la memoria —añadió, apartándose del sol Y situándose en el
pórtico del gran templo, apagando así el brillo de sus vestiduras de brocado de
oro y de sus innumerables joyas.
Pasaron a la cella de la deidad para que Mario admirase la estatua.
—De oro macizo —dijo Batacio, complacido.
—¿Estáis seguro? —inquirió Mario, recordando que el guía de Olimpia les
había explicado la técnica con que estaba hecho el Zeus.
—Totalmente.
La estatua de la diosa, de tamaño natural, se hallaba sobre un plinto de
mármol, sentada en un banco corto a ambos lados del cual había un león sin
crines en cuya cabeza ella apoyaba las manos. Lucía un tocado alto, parecido a
una corona, y una sutil túnica con cinturón que dejaba entrever sus hermosos
pechos. Detrás del león de la izquierda había dos pastorcillos, uno tocando un
caramillo y el otro una enorme lira. A la derecha del otro león estaba Attis,
el consorte de Kubaba Cibeles, apoyado en un cayado y tocado con el gorro
frigio; lucía camisa de manga larga atada al cuello pero abierta para mostrar
un musculoso vientre, y los pantalones eran largos con una raja frontal en cada
pernera y cerrados a intervalos con botones.
—Interesante —comentó Mario, a quien el conjunto no le parecía nada
bello, fuese o no de oro macizo.
—Veo que no os causa admiracíón.
—Será porque soy romano y no frígio, archigallos —contestó Mario,
volviendo sobre sus pasos por la cella camino de las grandes puertas de
bronce—. ¿Y por qué se preocupa esta diosa asiática por Roma? —inquirió.
—Desde hace mucho tiempo, Cayo Mario. Si no, nunca habría consentido que
se regalase a Roma su onfalo.
—Sí, sí, ya lo sé, pero eso no responde a mi pregunta —insistió Mario.
—Kubaba Cibeles no revela sus designios ni siquiera a sus sacerdotes
—replicó Batacio, otra vez resplandeciente, pues descendía bajo el sol
por la escalinata de tres cuartos de círculo. Se sentó, dando una palmada en
las losas de mármol para invitar a Mario a hacer lo propio—. No obstante, debe
pensar que Roma seguirá acrecentando su importancia en el orbe y que quizá
algún día tenga dominio sobre Pessinus. Hace más de cien años que la acogéis en
Roma con la denominación de Magna Mater, y de todos sus templos extranjeros es
su predilecto. El gran recinto del Pireo de Atenas y el de Pérgamo, por
ejemplo, no parecen preocuparla tanto. Yo creo que es porque le gusta Roma.
—¡Pues muy bien! —dijo Mario, animoso.
Batacio hizo una mueca de dolor y cerró los ojos. Suspiró, se encogió de
hombros y señaló detrás de la escalinata el brocal de un pozo redondo.
—¿Deseáis pedirle algo a la diosa? —dijo.
—¿De qué se trata, de vocear ahí dentro y esperar que una voz
fantasmagórica conteste? No —dijo Mario negando con la cabeza.
—Así es como contesta a las preguntas que se le hacen.
—Archigallos, no es por falta de respeto a Kubaba Cibeles, pero los
dioses ya me han favorecido en cuanto a profecías y no considero prudente
pedirles más —dijo Mario.
—Entonces permanezcamos sentados un rato al sol escuchando el viento,
Cayo Mario —replicó Batacio, ocultando su profunda decepción, pues había
dispuesto unas cuantas ingeniosas respuestas del oráculo.
—Supongo —dijo Mario tras un largo silencio— que no sabréis cuál es la
mejor manera para ver al rey del Ponto. En otras palabras, ¿sabéis dónde está?
Le he escrito a Amasia pero no he obtenido respuesta alguna, y de eso hace ya
ocho meses. Y tampoco debe de haberle llegado mi segunda carta.
—Siempre está de un lado para otro, Cayo Mario —se aprestó a decir el
sacerdote—. Es posible que este año no haya estado en Amasia.
—¿Y no le hacen llegar el correo?
—Anatolia no es Roma ni territorio romano —respondió Batacio—. Ni los
cortesanos del rey Mitrídates saben dónde está si no se lo comunica. Y no suele
hacerlo.
—¡Por los dioses! —exclamó Mario, asombrado—. ¿Y cómo se las arregla
para gobernar el país?
—Gobiernan los nobles en su nombre, y no es una ardua tarea, ya que las
ciudades del Ponto son estados griegos autónomos que a Mitrídates sólo le pagan
el impuesto que él estipula. En cuanto a las zonas rurales, son primitivas y
aisladas. El Ponto es un país de altas montañas que discurren paralelas al mar
Euxino y por ello no existen buenas comunicaciones entre las diversas zonas.
Pero el rey tiene muchas fortalezas dispersas en distintas cordilleras y cuatro
cortes como mínimo, según me dijeron la última vez: Amasia, Sinope, Dasteira y
Trapezus. Pero, como os digo, siempre anda de un lado para otro y,
generalmente, sin un gran séquito. También viaja a Galacia, Capadocia y
Comagene, donde gobiernan parientes suyos.
—Ya —dijo Mario, inclinándose hacia adelante y juntando las manos entre
las rodillas—. Supongo que lo que queréis decir es que es posible que nunca
llegue a verle.
—Depende del tiempo que penséis permanecer en Asia Menor — respondió
Batacio con indiferencia.
—Creo que permaneceré aquí hasta que consiga ver al rey del Ponto,
archigallos. Entretanto, haré una visita al rey Nicomedes, que al menos se está
quieto, y luego volveré a Halicarnaso a pasar el invierno. En primavera quiero
ir a Tarso, y de allí me arriesgaré a viajar por tierra para ver al rey
Ariarates de Capadocia —dijo Mario de carrerilla, para abordar después el tema
del banco del templo, por el que sentía especial interés.
—Cayo Mario, no es cuestión de dejar el dinero de la díosa pudriéndose
en nuestras arcas —dijo Batacio muy tranquilo—. Lo prestamos con un buen
interés y aumentamos su riqueza. Sin embargo, aquí en Pessinus no tenemos
clientes, muy al contrario de lo que hacen algunos otros templos.
—Es una actividad desconocida en Roma —dijo Mario—. Supongo que será
porque allí los templos son propiedad del pueblo romano y los administra el
Estado.
—El Estado romano podría hacer dinero, ¿no?
—Podría, pero eso nos llevaría a otra burocracia más y en Roma no gustan
mucho los burócratas porque tienden a ser despreocupados o demasiado
codiciosos. Nuestra banca es privada y la organizan banqueros profesionales.
—Yo os aseguro, Cayo Mario —dijo Batacio—, que los banqueros de los
templos somos muy profesionales.
—¿Y en Cos? —inquirió Mario.
—¿El santuario de Esculapio, decís?
—Eso es.
—¡Ah, realizan una operación altamente profesional! —respondió Batacio,
casi con envidia—. ¡Actualmente es una institución bien cualificada para
financiar incluso las guerras! Desde luego, tienen muchos clientes.
—Os doy las gracias, archigallos —dijo Mario levantándose.
Batacio vio a Mario descender la rampa hacia la hermosa columnata
construida sobre el riachuelo; luego, seguro de que no iba a volverse, el
sacerdote se apresuró a entrar en su palacio, un precioso edificio no muy
grande con una arboleda.
Instalado en su despacho, cogió los menesteres de escribir y comenzó una
carta para el rey Mitrídates:
Parece ser, gran rey, que el cónsul romano Cayo Mario está decidido a
veros. Se dirigió a mí para que le ayudase a localizaros y, como no le diese
ninguna esperanza, me dijo que piensa quedarse en Asia hasta que logre veros.
Entre sus planes futuros está una visita a Nicomedes y a Ariarates. Cabe
preguntarse cómo es que se expone a los rigores de un viaje por Capadocia
cuando ya no es joven, ni goza de buena salud, como sospecho. Pero me manifestó
que en primavera irá a Tarso y luego a Capadocia.
A mí me ha parecido un hombre de fuste, majestad. Si un hombre así ha
logrado ser cónsul de Roma no menos de seis veces —pues es una persona franca y
bastante ruda— creo que no se le debe subestimar. Los nobles romanos que yo
conozco son hombres más blandos y refinados. Quizá sea una lástima no haber
tenido oportunidad de conocer a Cayo Mario en Roma para, al contrastarlo con
sus iguales, haber podido profundizar algo más que aquí en Pesinnus.
Quedo vuestro devoto y siempre fiel súbdito, Batacio.
La carta quedó sellada y envuelta en tafilete, introducida en una
cartera, y Batacio la puso en manos de uno de sus jóvenes sacerdotes para que
la llevase lo antes posible a Sinope, donde estaba el rey Mitrídates.
Su contenido no complació al monarca, quien permaneció sentado
mordiéndose el labio y con el entrecejo tan fruncido que los cortesanos,
obligados a estar en su presencia sin hablar, dieron gracias por tal
circunstancia y sintieron pena por Arquelao, cuya obligación, por contra, era
estar sentado con el rey para contestar cuando éste le hablase. No es que
Arquelao pareciera preocupado, Pues, además de ser primo y el principal notable
de Mitrídates, era también amigo, sirviente y hermano.
No obstante, por debajo de su aparente despreocupación, Arqaqqelao
sentía igual temor por su seguridad y la de los presentes aunque habría podido
perdonársele que pensase que gozaba del favor del rey, más le habría valido
recordar el fin del primer noble Diofanto, que también había sido a la vez
amigo y servidor, y padre igual que tío, que era su verdadero parentesco.
Sin embargo, se decía Arquelao contemplando de cerca aquel rostro duro y
enojado, no había alternativa. El rey era el rey para mandar a los
demás y matarlos si ello le venía en gana. Una situación que había
agudizado la inteligencia de los que vivían cerca de él, fructificando en
notable energía, veleidad, infantilismo, ingenio, dureza y timidez. Lo único
con que contaba uno para eludir mil situaciones peligrosas era la inteligencia.
Y esas situaciones peligrosas podían estallar de pronto como los temporales en
el Euxino, o cocerse a fuego lento como rescoldos en el subconsciente del
soberano. o surgir amenazadoras de algún pecado olvidado de diez años atrás.
Pues el rey nunca olvidaba una ofensa, real o imaginaria; únicamente la
reservaba para el momento oportuno.
—Por lo visto tendré que hablar con él —dijo Mitrídates—. ¿No es cierto?
—añadió.
Trampa. ¿Qué contestaría?
—Si no es porque lo decidís así, gran rey, no tenéis por qué ver a nadie
—contestó Arquelao con soltura—. De todos modos, me imagino que será
interesante conocer a un hombre como Cayo Mario.
—Pues que sea en Capadocia, en primavera. Dejemos que primero se haga
una idea de Nicomedes. Si este Cayo Mario es tan excepcional, no creo que le
complazca Nicomedes de Bitinia —dijo el rey—. Y que conozca también antes a
Ariarates. Envía a ese insecto órdenes para que se presente en Tarso a Cayo
Mario y escolte al romano personalmente a Capadocia.
—Gran rey, ¿movilizamos al ejército según lo previsto?
—Desde luego. ¿Está Gordio en camino?
—Estará en Sinope antes de que las nieves cierren los pasos, mi rey —
contestó Arquelao.
—¡Estupendo! —dijo Mitrídates, aún ceñudo, volviendo a releer la carta
de Batacio y mordiéndose el labio. ¡Esos romanos! ¿Por qué tenían que meter la
nariz en lo que, al fin y al cabo, no les importaba? ¿Por qué un hombre tan
famoso como Cayo Mario se interesaba por lo que hacían los pueblos de Anatolia
oriental? ¿Habría concluido Ariarates un trato con los romanos para destronar a
Mitrídates Eupator y convertir al Ponto en una satrapía de Capadocia?
—El camino ha sido largo y difícil —dijo a su primo Arquelao—. ¡No
me inclinaré ante los romanos!
Efectivamente, el camino había sido largo y difícil casi desde el
nacimiento, pues era el hijo pequeño del rey Mitrídates V y de su
esposa-hermana Laódice. Nacido el mismo año en que Escipión Emiliano había
muerto tan misteriosamente, Mitrídates, llamado Eupator, tenía un hermano
apenas dos años mayor que él llamado Mitrídates Cristos porque había sido el
ungido como rey. El rey su padre había soñado engrandecer el Ponto a expensas
de quien fuese, pero preferentemente a expensas de Bitinia, su tradicional y
más recalcitrante enemigo.
Al principio la situación parecía dar a entender que el Ponto
conservaría la condición de país amigo y aliado del pueblo romano, que había
obtenido Mitrídates IV por su ayuda a Atalo II de Pérgamo en la guerra contra
el rey Prusias de Bitinia. Mitrídates V había conservado cierto tiempo la
alianza con Roma, enviando fuerzas contra Cartago en la tercera guerra púnica y
contra los sucesores de Atalo III de Pérgamo, al saber que en su testamento
había dejado su reino a Roma. Pero, luego, Mitrídates V había comprado Frigia a
Manio Aquilio, procónsul romano de Asia Menor, por una suma de oro de su
peculio particular, perdiendo el título de amigo y aliado, y desde entonces
persistía la enemistad entre el Ponto y Roma, astutamente fomentada por el rey
Nicomedes de Bitinia y por los senadores romanos adversarios de Aquilio.
Con o sin enemistad de Roma y Bitinia, Mitrídates V había proseguido la
política expansionista, anexionándose Galacia y consiguiendo que le declarasen
heredero de la mayor parte de Patagonia. Pero a su esposa-hermana no le gustaba
el soberano y concibió el propósito de reinar sola en el Ponto. Cuando el joven
Mitrídates Eupator contaba nueve años, en la época en que la corte estaba en
Amasia, la reina Laódice asesinó a su esposo y hermano y entronizó a Mitrídates
Cristos, de once años. Naturalmente ella se nombró regente, y a cambio de la
garantía por parte de Bitinia de no alterar las fronteras del Ponto, renunció a
la reivindicación de Patagonia y otorgó la soberanía a Galacia.
No había cumplido aún diez años cuando el joven Mitrídates Eupator huyó
de Amasia semanas después del golpe de estado de su madre, convencido de que a
él también iba a asesinarle, pues, a diferencia de su sumiso hermano Cristos,
él, por su parecido, le recordaba a su marido; ella lo manifestaba así cada vez
con mayor frecuencia. Totalmente solo, el niño huyó, no a Roma o a alguna corte
cercana, sino a las montañas orientales del Ponto, y allí no ocultó su
identidad a los habitantes, pero sí les pidió que guardasen el secreto.
Aterrados y halagados, predispuestos a simpatizar con un miembro de la familia
real que había elegido sus tierras para el exilio, la población local protegió
fanáticamente a Mitrídates. Yendo de un pueblo a otro, el joven príncipe llegó
a conocer su patria como ninguno de sus antecesores, viviendo en remotas
regiones en las que la civilización se había retrasado, detenido o jamás había
llegado. En verano erraba totalmente libre, dedicado a la caza del oso y el
león para ganar fama de audaz entre sus súbditos ignorantes, sabiendo que los
ricos bosques del Ponto le proporcionarían alimento en forma de cerezas,
avellanas, albaricoques, suculentas verduras y conejos.
En ciertos aspectos, nunca volvería a vivir satisfacciones tan
sencillas, ni sus súbditos le dispensarían tan rendida adoración como durante
aquellos siete años en que anduvo refugiado en las montañas del Ponto oriental.
Durmiendo apaciblemente al amparo de aquellos bosques, teñidos por el rosa y el
lila del rododendro, el crema colgante de la acacia, escuchando el murmullo de
aguas cristalinas, alcanzó la juventud. Sus primeras mujeres fueron las
muchachas de pueblos pequeños y primitivos; el primer león, una enorme fiera de
largas crines, a la que mató con un garrote, emulando a Hércules; y su primer
oso, un animal mucho más alto que él.
Los mitridátidas eran gentes de elevada estatura, de origen
germano-celta de la región de Tracia, pero él tenía algo de sangre persa de la
corte del rey Darío, y durante los doscientos cincuenta años que llevaban
reinando en el Ponto habían matrimoniado con la dinastía seléucida siria, otra
casa real de origen germano-tracio descendiente del general Seleuco de
Alejandro Magno, y algún gen recesivo de la estirpe persa produjo algunos
individuos más menudos y de suave cutis crema oscuro, pero Mítrídates Eupator
era un
auténtico germano-celta de gran estatura, espaldas en las que cargaba un
ciervo bien desarrollado y muslos y pantorrillas suficientemente fuertes para
trepar por los riscos del montañoso Ponto.
A los diecisiete años se consideró ya un hombre hecho y fue al encuentro
de su destino. Envió en secreto un mensaje a su tío Arquelao, un hombre que, él
lo sabía, no guardaba ningún afecto por la reina Laódice, su hermanastra y su
soberana, y acto seguido urdieron un plan en una serie de encuentros
clandestinos en las montañas de Sinope, en donde vivía todo el año la soberana;
Mitrídates fue hablando con los notables que Arquelao juzgaba dignos de
confianza y fue recibiendo su promesa de fidelidad.
Todo salió con arreglo al plan previsto: Sinope cayó sin asedio debido a
la lucha intestina que estalló por el poder, la reina y Cristos, con los nobles
partidarios suyos, fueron apresados sin derramamiento de sangre, pero luego la
espada del verdugo hizo que ésta sí corriera, ajusticiando inmediatamente a
varios tíos, tías y primos de Mitrídates. Cristos pereció poco después, y la
reina Laódice fue la última en caer. Como era un hijo clemente, Mitrídates
encerró a su madre en una mazmorra de las defensas de Sinope, donde alguien se
olvidó de darle de comer y acabó muriendo de hambre. Inocente o matricida,
Mitrídates VI reinó en solitario cuando aún no había cumplido dieciocho años.
Enardecido, ansiaba convertir el Ponto en el país más poderoso de la
zona y quién sabe si gobernar el mundo, porque su enorme espejo de plata le
decía que él no era un rey corriente. En lugar de diadema o tiara, optó por
tocarse con una piel de león, con las fauces abiertas sobre la frente, cabeza y
orejas cubriéndole el pelo y las garras cruzándole el pecho. Como su pelo era
tan parecido al de Alejandro Magno, de color amarillo dorado, espeso y
ondulado, lo llevaba peinado igual que él. Y para demostrar su virilidad no se
dejó barba ni bigote (por ser algo ajeno al gusto helenista) sino unas largas y
pobladas patillas. ¡Qué contraste con Nicomedes de Bitinia! Viril, mujeriego,
grande, lujurioso, terrible y poderoso; eran las cualidades que el espejo de plata
le revelaba, y él se sentía satisfecho.
Casó con su hermana mayor, otra Laódice, y luego con cuantas le placían;
así, tenía una docena de esposas y un buen número de concubinas.
Laódice fue nombrada reina, pero, como el mismo solía decirle, sólo lo
sería mientras le fuese fiel. Para hacer más explícita la advertencia, envió a
Siria a por una esposa seléucida de la casa reinante, y como en aquel momento
había abundancia de princesas, tuvo por esposa a una siria llamada Antioquis.
Compró también a una tal Nisa, hija de un príncipe de Capadocia llamado Gordio,
y dio una de sus hermanas menores (también llamada Laódice) a Ariarates VI de
Capadocia.
Las alianzas matrimoniales, como pronto comprendería, eran un asunto de
suma utilidad. Su suegro Gordio conspiró con su hermana Laódice para asesinar
al marido de ésta, rey de Capadocia, y situar en el trono a su hijito con el
nombre de Ariarates VII, contentándose ella con quince años de regencia, para
mantener Capadocia esclava de su hermano Mitrídates; eso hasta que sucumbió a
los halagos del viejo rey Nicomedes de Bitinia y optó por reinar prescindiendo
de su hermano Mitrídates y de su perro guardián Gordio. Gordio huyó al Ponto y
Nicomedes asumió el título de rey de Capadocia, pero siguió residiendo en
Bitinia, consintiendo que su esposa hiciera lo que quisiera en Capadocia, salvo
mostrar una actitud amistosa frente al Ponto. Disposición que a Laódice le vino
de perlas. Sin embargo, su hijo tenía ya casi diez años y, como buen oriental,
mostraba ya tendencias autocráticas y deseaba reinar en solitario. Por un
enfrentamiento con su madre, sus pretensiones se vinieron abajo, pero no sus
deseos. Transcurrido un mes se presentó en la corte de su tío Mitrídates en
Amasia y otro mes más tarde su tío le instalaba en el trono de Mazaca, ya que
el ejército del Ponto estaba siempre en pie de guerra, no así el de Capadocia.
Laódice fue ejecutada a la vista de su impasible hermano, y las posesiones de
Bitinia en Capadocia quedaron drásticamente borradas. Lo único que molestó a
Mitrídates fue que el joven rey Ariarates VII, de diez años, no consintió en
que Gordio volviese a Capadocia, manifestando tercamente que no podía acoger en
el país al asesino de su padre.
Todas estas intromisiones de Capadocia sólo habían ocupado una pequeña
parte del tiempo del rey del Ponto; durante los primeros años de su reinado
centró casi todas sus energías en aumentar la fuerza y perfección de sus
ejércitos y sanear el tesoro del país. Mítrídates era un rey que
reflexionaba, pese a su aspecto leonino, sus afectadas actitudes y su
juventud.
Con un puñado de los notables que eran además sus más próximos parientes
(mItridátIdas), su tío Arquelao, su tío Diofanto y sus primos Arquelao y
Neoptolemo, se embarcó en Amisus para realizar un viaje por la ribera oriental
del mar Euxino. El grupo viajó con disfraces de mercaderes griegos en
prospección de contratos comerciales, y pasó por tal dondequiera que
desembarcaba, ya que los pueblos que visitaban no eran cultos ni refinados.
Trapezo y Rizo ya hacía tiempo que pagaban tributo a los reyes del Ponto,
formando nominalmente parte del reino, pero aparte de aquellos dos prósperos
puertos de salida para la plata de las ricas minas, el interior era terra
incógnita.
La expedición exploró la legendaria Cólquida, donde el río Fasis
desemboca en el mar y las gentes que viven en sus riberas hunden en sus aguas
vellones para recoger las numerosas partículas de oro que arrastran desde el
Cáucaso. Se quedaron boquiabiertos al ver aquellas montañas más altas que las
del Ponto y Armenia, con sus laderas cubiertas de nieves perpetuas, y
anduvieron al acecho de las descendientes de las amazonas que otrora vivían en
el Ponto, donde el Termodón rinde sus aluviones en el mar.
Progresivamente el Cáucaso pierde altura y comienza la interminable
llanura de los escítas y los sármatas, pueblos muy numerosos, de hábitos casi
sedentarios, aunque algo sometido por los griegos que habían establecido
colonias en la costa, no militarmente sometido, sino influido por la cultura y
las costumbres griegas más exóticas y seductoras.
En el punto en que el delta del río Vardanes corta la línea de la costa,
el barco en que viajaba Mitrídates entró en un lago enorme casi cerrado,
llamado Maeotis, y navegó por su perímetro triangular hasta descubrir en el
vértice el mayor río del mundo, el fabuloso Tanais. Supieron de nombres de
otros ríos: Rha, Udon, Boristenes, Hipanis, y oyeron relatos sobre el gran mar
situado al este, llamado Hyrcamis o Caspio.
Donde los griegos habían fundado sus colonias, allí abundaba el trigo.
—Sembraríamos más si tuviésemos mercado —dijo el etnarca de Sinde
—. Cuando probaron el pan, los escitas aprendieron a roturar el suelo y
cultivar trigo.
—Hace ya un siglo que vendéis trigo al rey Masinisa de Numidia —dijo
Mitrídates—, pero hay más mercados. No hace mucho que los romanos estaban
dispuestos a comprar al precio que fuese. ¿Por qué no buscáis mercados de una
forma más activa?
—Es verdad —respondió el etnarca—; nos hemos quedado demasiado aislados
de los pueblos del Mediterráneo, y las tasas que impone Bitinia por el paso del
Helesponto son muy altas.
—Yo creo que hemos de hacer algo para ayudar a esta gente tan estupenda,
¿no créeis? —dijo Mitrídates a sus tíos.
Una inspección de la fabulosa y fértil península llamada el Quersoneso
Táurico por los griegos y Cimeria por los escitas era el último testimonio que
necesitaba Mitrídates: aquellas tierras estaban maduras para la conquista y
debían pertenecer al Ponto.
Sin embargo, Mitrídates no era un buen general, pero sí lo bastante
inteligente para saberlo. La milicia le había interesado algunas veces y no era
cobarde, ni mucho menos; pero él no sabía cómo utilizar miles de soldados y no
había tenido ocasión de llevarlo a la práctica. Le gustaba organizar una
campaña y hacer las levas de tropa, pero dejaba a otros más capaces el mando.
El Ponto estaba lleno de tropas, desde luego, pero su rey sabía que su
calidad dejaba mucho que desear, pues los griegos que habitaban las ciudades
costeras despreciaban la guerra, y los pueblos indígenas, descendientes de las
estirpes persas que otrora habían vivido al sur y al oeste del mar Hircamis,
estaban tan atrasados que resultaba casi imposible entrenarlos militarmente.
Por consiguiente, a semejanza de la mayoría de monarcas orientales, Mitrídates
se veía obligado a recurrir a mercenarios; en su mayor parte sirios, cilicios,
chipriotas y los impetuosos habitantes de los belicosos estados semitas en
torno al Palus Asplialtites de Palestina. Combatían muy bien y eran leales,
siempre que se les pagara, pero si la paga se retrasaba un día, recogían sus
bártulos y emprendían el camino de sus casas.
Al ver a los escitas y sármatas, el rey del Ponto pensó que entre ellos
podía reclutar su ejército; los entrenaría para la infantería, dándoles el
mismo armamento que los romanos. Pero antes tenía que someterlos. Y esa tarea
se la encomendó a su tío Diofanto, hijo de la hermana de su padre, y a un noble
llamado Asclepiodoro.
El pretexto fue una queja presentada por los griegos de Sinde y del
Quersoneso por las incursiones de los hijos del rey Esciluro, ya difunto y
artífice del estado escita de Cimeria, que aún subsistía después de su muerte,
Gracias a los esfuerzos de la avanzadilla griega de Olbia, situada al oeste,
eran escitas dedicados a la agricultura, pero también belicosos.
—Pedid ayuda al rey Mitrídates del Ponto —dijo el falso grupo de
mercaderes antes de abandonar el Quersoneso Táurico—. Si queréis, podemos
llevarle una carta vuestra.
Famoso general ya en vida de Mitrídates V, Diofanto se entregó a la
tarea con entusiasmo y condujo un ejército bien entrenado al Quersoneso
Táurico, y en la primavera siguiente al viaje de Mitrídates el Ponto ganaba la
guerra y los hijos de Esciluro se rendían, a la par que el reino insular de
Cimeria; al cabo de un año, el Ponto poseía todo el Quersoneso Táurico, gran
parte del territorio roxolano al oeste y la ciudad griega de Olbia, muy
disminuida por las constantes incursiones de sármatas y roxolanos. En el
segundo año, los escitas contraatacaron, pero a finales del mismo, Diofanto
tenía sometidas las regiones orientales del lago Maeotis, la isla Suamacus, y
había edificado dos ciudades fortificadas, una enfrente de otra, en el Bósforo
cimerio.
Diofanto regresó en barco a su país y dejó a su hijo Neoptolemo
encargado de Olbia y el oeste y a su hijo Arquelao la organización del nuevo
imperio póntico de la región norte del Euxino. Realizaron una tarea espléndida,
con no poco expolio, inagotable mano de obra para los ejércitos e inmejorables
perspectivas de comercio. Todo esto se lo comunicó Diofanto al joven rey con
tono de orgullo, tras lo cual, el joven rey, celoso y atemorizado, mandó
ejecutar a su tío Diofanto.
El eco de aquello se extendió por toda la corte y llegó hasta el Euxino
norte, en donde los hijos del ejecutado lloraron de terror y aflicción y se
aplicaron con renovada energía a concluir lo que su padre había
iniciado. Neoptolemo y Arquelao avanzaron y navegaron por la orilla oriental
del Euxino, apoderándose uno por uno de todos los pequeños reinos del Cáucaso,
incluido la Cólquida rica en oro y las tierras situadas entre Fasis y el Rhizus
póntico.
La Armenia inferior, que los romanos llamaban Armenia Parva, no formaba
en puridad parte de Armenia; consistía en unas tierras situadas al oeste de la
vertiente póntica de las grandes montañas, entre los ríos Araxes y Éufrates,
que Mitrídates consideraba suyas de pleno derecho, aunque sólo fuese porque su
rey tenía por soberanos a los reyes del Ponto y no a los de Armenia. En cuanto
al Euxino oriental y septentrional, fueron de él de hecho y de nombre;
Mitrídates invadió la Armenia inferior al frente de sus ejércitos,
convencido de que bastaría con su presencia. Y no se equivocó. Cuando entró en
la pequeña ciudad de Zimara, que era la capital, la población le recibió entre
aclamaciones y el rey armenio Antípater avanzó hacia él con ademán suplicante.
Por una vez en su vida, Mitrídates se sintió como un general, y no es de
extrañar que quedara extasiado con la Armenia inferior, contemplando aquellos
picos cubiertos de nieve, los tumultuosos torrentes, el aislamiento y la
inaccesibilidad. Y allí decidió guardar los tesoros que tan rápidamente iba
acumulando, dictando sin pérdida de tiempo órdenes para la construcción de
depósitos fortificados en riscos inexpugnables de aquellas altas montañas y en
las orillas inalcanzables de los peligrosos ríos. Durante todo el verano estuvo
cabalgando para decidir la elección de tal sima, tal garganta; una vez
concluido el plan, disponía de setenta depósitos de seguridad, y la fama de su
fabulosa riqueza había llegado a Roma.
Así, cuando aún no contaba treinta años, dueño ya de un próspero imperio
con inmensas riquezas, comandante en jefe de doce ejércitos formados por
escitas, sármatas, celtas y meóticos y padre de numerosos hijos, Mitrídates VI
del Ponto envío una embajada a Roma para solicitar el título de amigo y aliado
del pueblo romano. Fue el año en que Cayo Mario y Quinto Lutacio Catulo César
vencieron a las últimas hordas de germanos en Vercellae, por lo que Mario sólo
conocía los acontecimientos por boca
ajena, principalmente por las cartas de Publio Rutilio Rufo. El rey
Nicomedes de Bitinia se había quejado inmediatamente al Senado, diciendo que
era imposible que Roma nombrase a dos reyes amigos y aliados del pueblo romano
cuando esos dos reyes estaban constantemente enfrentados, señalando que él
nunca había faltado en su lealtad a Roma desde su ascenso al trono de Bitinia,
más de cincuenta años atrás. Tribuno de la plebe por segunda vez, Lucio Apuleyo
Saturnino había apoyado a Bitinia y, al final, todo el dinero que los
embajadores de Mitrídates habían pagado a los venales senadores no había
servido para nada. La embajada enviada por el Ponto no fue recibida y regresó a
su país.
Mitrídates se tomó muy a mal la noticia. Primero sufrió un ataque de ira
que hizo que los cortesanos se dispersaran aterrorizados mientras él rugía de
rabia en su salón de audiencias, lanzando imprecaciones y horribles maldiciones
contra Roma y todo lo romano. Luego cayó en una apatía más terrorífica aún y
estuvo varias horas solo, sentado en su trono leonado, reflexionando.
Finalmente, tras notificar escuetamente a la reina Laódice que gobernase en su
ausencia, salió de Sinope y no se le volvió a ver durante un año largo.
Primero fue a Amasia, la antigua capital del Ponto, donde todos sus
antepasados reales estaban enterrados en tumbas excavadas en la roca viva de
las montañas que rodean la ciudad, y allí se dedicó a pasear de arriba abajo
durante varios días por los pasillos del palacio, sin hacer caso de la
presencia de sus amedrentados servidores y las seductoras quejas de las dos
esposas y ocho concubinas que vivían allí todo el año. Luego, del mismo modo
repentino, el rey Mitrídates salió de aquel estado de furor y se dispuso a
hacer planes. No mandó que vinieran de Sinope más cortesanos, ni cabalgó hasta
Zela, en donde estaba acampado su ejército más próximo; lo que hizo fue
convocar a los notables que vivían en Amasia para que le eligiesen un
contingente de tropas formado por mil hombres de élite. Sus instrucciones
fueron claras y terminantes, expuestas en un tono que no daba lugar a
discusión. Después, se dirigió a Ancira, la mayor ciudad de Galacia, en
avanzadilla con una escolta, seguido por los mil hombres mucho más atrás. A los
notables los había mandado por delante con órdenes de
convocar a todos los jefes de tribus a un gran encuentro en la ciudad,
donde el rey del Ponto les haría importantes propuestas.
Galacia era un lugar estrafalario, una avanzadilla celta en un
subcontinente habitado por comunidades persas, sirias, germánicas e hititas, en
el que todos, menos los sirios, eran de tez clara, aunque no como aquellos
inmigrantes celtas descendientes del segundo rey Breno de los galos. Durante
casi doscientos años habían ocupado aquel territorio amplio y rico de la
Anatolia central, y vivían al estilo galo al margen de las culturas que los
rodeaban. Incluso sus contactos intertribales eran escasos, no tenían un
soberano ni les interesaba formar un ejército para conquistar más territorio.
Es cierto que durante algún tiempo habían aceptado a Mitrídates V del Ponto
como soberano, circunstancia que no les reportaba nada, aunque tampoco a
Mitrídates, ya que nunca entregaban los diezmos y tributos estipulados por el
Ponto y Mitrídates murió antes de poder cobrarse las exacciones. A ellos nadie
los forzaba a nada; eran galos, mucho más fieros que frigios, capadocios,
pontinos, bitinios, jonios o griegos dóricos.
Los jefes de las tres tribus gálatas, y otras menos importantes,
acudieron a Ancira en respuesta a la convocatoria de Mitrídates, más atraídas
por la gran fiesta prometida que por ningún proyecto de campaña, incursión o
botín que pudiera ofrecerles Mítrídates VI. Y en Ancira, poco más que un
poblacho, encontraron a Mitrídates aguardándolos. Había ido adquiriendo durante
todo el camino desde Amasia cuantas exquisiteces había podido para ofrecérselo
a los jefes de las tribus en una fiesta mucho mejor de lo que su imaginación
había fabulado. Ya en un estado de afable complacencia antes de atacar los
alimentos, los jefes cayeron en la doble trampa de la comida y la bebida y,
mientras yacían entre los desechos de la fiesta, en medio de ronquidos y
convulsiones etílicas, los mil soldados de élite del rey Mitrídates penetraron
cautelosamente en el recinto y los fueron matando. Hasta que el último jefe
gálata no hubo muerto, no se movió el rey del trono que presidía la mesa,
sentado con la pierna por encima del brazo, balanceándola, observando la
matanza con cara de sumo interés.
—Quemadlos —les dijo— y esparcid sus cenizas sobre la sangre. En este
sitio crecerá un trigo excelente el año próximo. No hay nada que
fertilice más el suelo que la sangre y los huesos.
A continuación se proclamó rey de Galacia sin que nadie se le opusiera,
salvo los galos diseminados y sin jefes.
Luego volvió a desaparecer totalmente sin que ni su principal notable
supiera dónde estaba ni lo que hacía; el soberano se limitó a dejar una carta
ordenándole limpiar Galacia, regresar a Amasia y enviar a la reina a Sinope
para que nombrase un sátrapa para las nuevas tierras pónticas de Galacia.
Disfrazado de mercader, montado en un mediocre caballo marrón y con un
asno cargado con la ropa y un esclavo gálata bastante tonto, que ni sabía quién
era su amo, Mitrídates emprendió camino hacia Pessinus. Y en el recinto de la
Magna Mater, la diosa Kubaba Cibeles, reveló su identidad a Batacio y tomó al
archigallos a su servicio, obteniendo de él gran parte de la información que
necesitaba. Desde Pessinus se dirigió a la provincia romana de Asia siguiendo
el curso del largo valle del río Meandro.
Apenas dejó ninguna ciudad de la Caria sin indagar; el mercader oriental
de gran estatura, curioso, algo ambiguo respecto a su rama de comercio, fue de
un lugar a otro, aplicando a veces un correctivo físico a su zoquete esclavo,
mirando hacia otro lado, atento a grabar en su mente todo lo que veía. Comió
con otros mercaderes en las mesas de las posadas, paseó por la plaza del
mercado hablando con todos aquellos que le parecía que tenían algo interesante
que decir, recorrió los muelles de los puertos del Egeo, mirando fardos y
olisqueando amphorae, trató con las mujeres de los pueblos, recompensándolas
generosamente cuando satisfacían sus necesidades carnales, y escuchó historias
de las riquezas de los santuarios de Esculapio en Cos, de Artemisa en Éfeso, el
de Esculapio en Pérgamo y los fabulosos tesoros de Rodas.
De Éfeso regresó al norte hacia Esmirna y Sardis y, finalmente, llegó a
Pérgamo, capital del gobernador romano, reluciente en su acrópolis como una
arqueta de joyas. Allí vio por primera vez auténticas tropas romanas: la
guardia personal del gobernador. Roma no consideraba que hubiese riesgo militar
en la provincia de Asia y la tropa la constituían reclutas locales y la
milicia. Mitrídates estuvo observando largo y tendido aquella tropa de ochenta
soldados, tomando nota mental de las pesadas cotas de malla, las
cortas espadas y los venablos de cabeza menuda, la manera entrenada de
caminar propia del servicio que desempeñaban. Vio también por primera vez la
toga bordada de púrpura en la persona del gobernador. El personaje, escoltado
por los lictores en túnica carmesí, con las fasces en el hombro izquierdo y el
hacha insertada, dado que el gobernador tenía potestad para aplicar la pena
capital; al rey del Ponto le pareció que trataba con suma modestia a una serie
de hombres que vestían toga blanca. Supo que éstos eran los publicani,
empleados de las compañías que recogían los impuestos provinciales. Por la
manera en que paseaban por las calles de Pérgamo, tan maravillosamente trazadas
y cuidadas, parecía que la provincia fuese de ellos más que de Roma.
Era evidente que Mitrídates no pretendía entablar conversación con
ninguno de aquellos engreídos, pues estaban demasiado ocupados y eran muy
presumidos para prestar atención a un simple mercader oriental; se limitó,
pues, a dirigirles una inclinación de cabeza cuando se los cruzaba, rodeados de
sus cohortes de escribas y funcionarios, pero sí que lió amistosamente la hebra
con los pergameses en las mesas de las tabernas, a las que no acudían
precisamente los publicani.
—Nos sangran sin piedad —le dijeron tantas veces que juzgó sería la
verdad y no las manidas quejas de quienes protestan sólo por ocultar su
prosperidad, como sucede con los granjeros ricos y los que gozan de algún
monopolio.
—¿Ah, sí? —replicaba él al principio, y como le preguntaban dónde estaba
él treinta años antes cuando la muerte de Atalo, se inventó una historia de
largos viajes por el norte del mar Euxino, por si alguien le interrogaba sobre
cosas de Olbia o Cimeria y contestar como quien ha estado allí.
—En Roma —le dijeron— tienen dos altos funcionarios a los que llaman
censores, designados por elección. ¿Verdad que es raro? Además, antes tienen
que haber sido cónsules para que así se vea lo importantes que son. En
cualquier comunidad griega que se precie, los negocios del Estado los llevan
empleados civiles como es debido, no hombres que un año antes hayan estado
mandando un ejército; pues en Roma no es así, y esos
censores, simples aficionados en cuestión de negocios, tienen
encomendado el control de todos los negocios del Estado y conceden cada cinco
años contratas en nombre del Estado.
—¿Contratas? —inquirió ceñudo el déspota oriental.
—Contratas. Igual que todos los contratos, salvo que éstas se establecen
entre empresas comerciales y el Estado —contestó el mercader de Pérgamo que
conversaba con Mitrídates.
—Creo que he vivido demasiado tiempo en países en los que mandan reyes
—replicó el soberano—. ¿Y el Estado no tiene servidores que se encarguen de que
se efectúen los proyectos como es debido?
—Sólo magistrados; los cónsules, pretores, ediles y cuestores, a quienes
sólo les interesa una cosa: que estén llenas las arcas de Roma —dijo el
mercader riendo disimuladamente—. ¡Claro que, amigo mío, la mayoría de las
veces lo único que les interesa es llenar su propia bolsa!
—Continuad. Estoy asombrado.
—Esta difícil situación nuestra es culpa de Cayo Graco.
—¿Uno de los hermanos Sempronios?
—Exacto. El más joven. Fue él quien legisló que los impuestos de Asia
los cobrasen equipos de hombres especialmente nombrados para ese cometido. Así,
el Estado se lleva su parte sin necesidad de dar empleo fijo a recaudadores. De
esa ley nacieron los publicani asiáticos, los que recaudan aquí los impuestos.
Los censores en Roma ponen a subasta las contratas con arreglo a las
condiciones del Estado, y en el caso de la provincia de Asia estipulan la suma
que quiere el Tesoro cada año de un período de cinco, no la suma real que se
recauda en la provincia. Esa cifra la deciden las compañías recaudadoras, pues
tienen que hacer sus ganancias antes de abonar al Tesoro lo contratado. Por lo
tanto, un escuadrón de contables se sienta, ábaco en mano, y calcula cuánto
pueden estrujar anualmente a la provincia de Asia durante ese período de cinco
años y pujan para obtener la contrata.
—Perdonad mis pocas luces, pero ¿qué le importa a Roma la suma que se
puja, si la cantidad que el Estado quiere ya ha sido establecida de antemano?
—¡Ah, esa cifra, querido amigo, es simplemente el mínimo que acepta el
Tesoro! Y por eso se da el caso de que cada empresa de publicani trata de
calcular una cifra que sea lo bastante alta respecto al mínimo para que el
Tesoro la acepte y llevarse al mismo tiempo un buen beneficio.
—Ya entiendo —replicó Mitrídates con un bufido—. Dan la contrata a la
empresa que más puja.
—Eso es.
—Pero ¿pagan al Tesoro la cifra que han pujado o toda la suma, incluido
el fuerte beneficio?
—¡Sólo la suma que hay que pagar al Estado, amigo! —contestó el mercader
riendo—. La ganancia que la empresa piensa sacar sólo la saben ellos, y los
censores no preguntan nada, creedme. Abren las ofertas y la más alta es la que
se lleva el contrato.
—¿Los censores conceden alguna vez la contrata a una empresa que oferte
menos que otra?
—Que yo recuerde, no, amigo.
¿Entonces qué sucede? Los cálculos de las empresas, por ejemplo, ¿están
dentro del límite de la probabilidad o son demasiado optimistas? — inquirió
Mitrídates haciéndose el ignorante.
—¿Qué os imagináis? Los publicani basan sus cálculos, por lo que
sabemos, en las cifras obtenidas en el Jardín de las Hespérides y no en la Asia
menor de Atalo. Así, cuando hay una disminución de la producción en el distrito
más pequeño y en la actividad menos importante, de pronto a los publicani les
entra el pánico porque la suma que han acordado pagar al Tesoro es superior a
lo que están recaudando. ¡Si hubiesen hecho una oferta más realista todo iría
mejor! Por lo tanto, a menos que tengamos una cosecha abundante y no perdamos
una sola oveja en la esquila, hasta que vendamos hasta el último eslabón de
cadena, el último palmo de tela, la última piel de vaca, y la última amphora de
vino y medimnus de aceitunas, los recaudadores nos aprietan a todos sin contemplaciones
—contestó el mercader con amargura.
—¿Y de qué modo aprietan? —inquirió Mitrídates, preguntándose dónde
estarían los campamentos de tropas, pues no había visto ninguno en
sus viajes.
—Contratan a mercenarios cilicios, de regiones en las que hasta las
ovejas cilicias pasan hambre, y les dan carta blanca. Yo he visto vender a la
población de distritos enteros como esclavos, mujeres y niños, viejos y
jóvenes. He visto cavar en campos y derruir casas para buscar dinero. Sí,
amigo, si os dijera todo lo que he visto hacer a los recaudadores para sacar
dinero estrujando, lloraríais. Cosechas enteras confiscadas, salvo el mínimo
para que el agricultor y su familia coman y puedan sembrar al año siguiente,
rebaños diezmados, atiendas y comercios saqueados… y lo peor de todo es que
esta situación hace que la gente mienta y engañe, porque si no lo hacen lo
pierden todo.
—¿Y todos esos recaudadores publicani son romanos?
—Romanos o itálicos —contestó el mercader.
—Itálicos —dijo Mitrídates pensativo, lamentando haber pasado siete años
de su infancia oculto en los bosques del Ponto. Como había notado desde el
principio del viaje, su formación era muy deficiente en cuanto a geografía y
economía.
—Bueno, en realidad, romanos —añadió el mercader, quien tampoco estaba
muy seguro de la diferencia—. Proceden de zonas concretas que los romanos
llaman Italia. Pero aparte de eso, para mí no existe ninguna diferencia. Cuando
se juntan hablan latín por los codos en vez de tener la decencia de hacerlo en
griego, y todos visten unas túnicas horrendas y mal cortadas que hasta un
pastor se avergonzaría de llevar, unas túnicas sin pinzas ni pliegues para que
caigan bien —dijo el mercader, cogiendo complaciente la suave tela de su túnica
griega, seguro de que su corte favorecía su cuerpo más bien pequeño y
delgaducho.
—¿Y llevan toga? —inquirió Mitrídates.
—A veces. En días de fiesta o si el gobernador los convoca —respondió el
mercader.
—¿Y los itálicos también?
—No lo sé —contestó el mercader, encogiéndose de hombros—. Creo que sí.
De esta clase de conversaciones obtuvo Mitrídates la información que
deseaba; casi todas eran una retahíla de odio hacia los publicanos y sus
acólitos. Pero había también otro próspero negocio en la provincia de Asia
dirigido por los romanos: los préstamos de dinero a unos intereses
exorbitantes, y se enteró de que aquellos prestamistas solían ser empleados de
las empresas recaudadoras de impuestos, aunque éstas no intervinieran en el
préstamo. La provincia romana de Asia, pensó el rey del Ponto, era una gallina
gorda que los romanos desplumaban sin ninguna consideración. Llegaban a ella de
Roma y los departamentos que llamaban Italia para presionar y exprimir, y
volver a sus casas con la bolsa repleta, indiferentes a la difícil situación de
sus habitantes, los dorios y jonios asiáticos. ¡Por eso eran tan odiados!
De Pérgamo emprendió viaje por tierra hacia el triángulo poco importante
llamado Troade, para llegarse a la ribera sur del lago Propontis, cerca de
Cizicus, desde donde se dirigió a Prusa, en Bitinia: una región próspera
situada en el regazo de un monte cubierto de nieve llamado el Olimpo de Misia,
en la que únicamente se detuvo para observar que a los habitantes les traían
sin cuidado las maquinaciones de su rey octogenario, continuando viaje hacia la
capital de Nicomedia, donde el anciano tenía su corte. Era también una ciudad
próspera y bastante grande, dominada por el recinto del templo y el palacio en
una pequeña acrópolis.
Aquél era un país peligroso para un mitridátida y hasta era posible que
en las calles de Nicomedia se tropezase con alguien que pudiera reconocerle, un
sacerdote de la extensa cofradía de Ma o Tike o algún viajero de Sinope. Por
ello optó por alojarse en una posada miserable, lejos de los mejores barrios de
la ciudad, cubriéndose bien con los pliegues de su capa siempre que se
aventuraba a pasear. Lo único que quería era comprobar la reacción de las
gentes y hasta dónde llegaba su devoción por el rey Nicomedes para saber hasta
qué extremo le apoyarían en una guerra contra el rey del Ponto, por ejemplo,
aunque fuese pura especulación.
El resto del invierno y toda la primavera los pasó yendo desde Heraclea,
en el Euxino bitiniano, hasta los confines más remotos de Frigia y Patagonia,
observándolo todo, desde el estado de las carreteras —simples
caminos—, la situación de la agricultura y el nivel de formación de sus
habitantes.
Así, a principios de verano regresaba a Sinope, poderoso y satisfecho en
sus propósitos, para encontrarse con su hermana-esposa Laódice, emocionada y
proclive a la charla desenfrenada, y unos nobles demasiado tranquilos. Sus tíos
Arquelao y Diofanto habían muerto y sus primos Neoptolemo y Arquelao se
hallaban en Cimeria, situación que le hizo ver su vulnerabilidad, apagando su
euforia e impulsándole a reprimir sus ganas de sentarse en el trono y relatar a
la corte con todo detalle su odisea por occidente. Lo que hizo fue dirigir a
todos una sonrisa despreocupada, hacer el amor a Laódice hasta que pidió una
tregua, visitar a todos sus hijos e hijas y a sus respectivas madres, y
sentarse a esperar acontecimientos. Algo sucedía, de eso estaba seguro, y hasta
que descubriese lo que era decidió no decir palabra de dónde había estado
durante aquella larga y misteriosa ausencia, ni sobre sus futuros planes.
Luego, durante el turno de guardia nocturna, vino a verle Gordio, su
suegro capadocio, que se llevó un dedo a los labios pidiendo silencio y le
indicó con la mano que fueran a reunirse en las almenas del palacio lo antes
posible. La luna plateaba la noche y una brisa arrancaba rizos brillantes en la
superficie del mar, las sombras eran negrísimas y la luz del astro de la noche
una fatua parodia de sol. Extendida sobre la lengua de tierra que unía al
continente el bulboso promontorio en que estaba el palacio, la ciudad dormía
tranquila. La densa oscuridad de las murallas se erguía coronada por su
geométrica dentadura bajo el fulgor de unas nubes bajas.
A medio camino entre dos atalayas se encontraron el rey y Gordio,
agachados detrás de las almenas, hablando tan quedamente que ni los pájaros
durmientes pudiesen oírlos.
—Laódice estaba convencida de que esta vez no volveríais, gran señor
—dijo Gordio.
—¿Ah, sí? —inquirió el rey con voz pétrea.
—Tomó un amante hace tres meses.
—Vuestro primo Farnaces, gran señor.
¡Ah, qué lista era Laódice! No un amante cualquiera, sino uno de los
pocos varones del linaje que puede aspirar al trono del Ponto sin temor a ser
desplazado por uno de la progenie real o algún hijo menor de edad. Farnaces era
hijo del quinto hermano del rey y de la quinta hermana, con sangre real por
ambas partes. Perfecto.
—Creerá que no voy a enterarme —dijo Mitrídates.
—Cree que los pocos que lo saben tienen demasiado miedo para hablar
—replicó Gordio.
—¿Y por qué has hablado tú?
—Mi rey —dijo Gordio sonriente, brillándole los dientes bajo la luz de
la luna—. ¡Vos sois el mejor! Lo supe la primera vez que os vi.
—Te prometo que serás recompensado, Gordio —dijo el rey, apoyándose en
la muralla, pensativo—. Ella no tardará en intentar matarme —añadió finalmente.
—Eso creo, gran señor.
—¿Cuántos hombres leales tengo en Sinope?
—Creo que muchos más que ella. Es una mujer, gran señor, y por tanto más
cruel y traicionera que ningún hombre. ¿Quién puede confiar en ella? Sus
seguidores lo han hecho para ganarse ascensos. Y yo creo que además confían en
que Farnaces la mate una vez que se vea seguro en el trono. Sin embargo, la
mayoría de la corte ha resistido a sus halagos.
—¡Estupendo! Gordio, dejo en tus manos que expliques a mis leales lo que
sucede. Diles que estén dispuestos a cualquier hora del día o de la noche —dijo
el rey.
—¿Qué vais a hacer?
—¡Dejaré que esa cerda intente matarme! Yo la conozco; es mi hermana. Y
sé que no usará el cuchillo o la flecha, sino el veneno. Con algo horrible,
para que sufra.
—¡Gran señor, permitid que los aprese a ella y a Farnaces
inmediatamente! —musitó Gordio enardecido—. ¡El veneno es algo muy sutil! ¿Y si
a pesar de todas las precauciones os hace tomar cicuta o pone una víbora en
vuestro lecho? ¡Dejadme que los aprese ahora! Es preferible.
—Necesito pruebas, Gordio —replicó el rey moviendo la cabeza—. Dejemos
que intente envenenarme. Que encuentre la planta, la seta ponzoñosa o el reptil
que mejor le parezca y que lo intente.
—¡Mi rey, mi rey! —dijo Gordio aterrado, con voz temblorosa.
—No hay por qué preocuparse, Gordio —replicó Mitrídates sin alterarse y
sin temor alguno—. Nadie sabe, y menos Laódice, que durante los siete años en
que anduve huyendo de la venganza de mi madre me hice inmune a todos los
venenos conocidos y a algunos que nadie más que yo ha descubierto. Soy quien
más sabe de venenos, puedo asegurártelo. ¿Crees que todas mis cicatrices las
han producido las armas? ¡No! Me las hice yo mismo, Gordio, para asegurarme de
que ninguno de mi familia consiga eliminarme por el método más fácil y limpio.
—¡Tan joven! —dijo Gordio asombrado.
—Pensé que era lo mejor para llegar a viejo. Nadie va a arrebatarme el
trono.
—Pero ¿cómo os hicisteis inmune, gran señor?
—Mira, está el áspid egipcio, por ejemplo —dijo el rey, animado por el
tema—, el que tiene una toca ancha y cabeza pequeña entre las placas, Me
trajeron una caja con ejemplares de todos los tamaños y comencé a dejarme picar
por los más pequeños, luego dejé que lo hiciera el más grande, un monstruo de
siete pies de largo y tan grueso como mi brazo. Al final, Gordio, me picaban y
no me sucedía nada. Y lo mismo hice con víboras y pitones, escorpiones y
arañas, y después probé una gota de todos los venenos, cicuta, acónito,
mandrágora, pulpa de semilla de cereza, poción de bayas, arbustos y raíces, la
seta calavera y la roja de puntos blancos. ¡Sí, Gordio, los probé todos,
aumentando la dosis una gota cada vez hasta que una copa entera no me hacía
efecto! Y he continuado haciéndome inmune tomando veneno y dejándome picar. Y
tomo antídotos —dijo Mitrídates, riendo por lo bajo—. ¡Deja que Laódice lo
pruebe! ¡No podrá matarme!
Y Laódice lo intentó durante el banquete oficial que dio para celebrar
el regreso del soberano. Como estaba invitada toda la corte, se despejó el gran
salón del trono y en él se dispusieron docenas de camillas y se adornaron
paredes y columnas con flores y guirnaldas, sembrando el suelo de olorosos
pétalos. Acudieron los mejores músicos de Sinope y un grupo itinerante
de actores griegos para dar una representación de la Electra de Eurípides, y la
famosa bailarina Anais de Nisibis, que veraneaba en el Euxino.
Aunque en épocas anteriores los reyes del Ponto comían sentados a la
mesa como sus antepasados tracios, hacía tiempo que habían adoptado la
costumbre griega de comer reclinados en camillas, presumiendo de ser monarcas
helenizados, producto genuino de la cultura griega.
Lo precario de tal helenismo se hizo evidente cuando los cortesanos
entraron en el salón del trono uno por uno para postrarse en el suelo ante su
rey. Y por si eran necesarias más pruebas, las habría durante el interminable
espacio de tiempo en que la reina Laódice, sonriente y seductora, ofreció su
copa escita de oro al rey, lamiendo sus bordes con su rosada lengua.
—Bebed de mi copa, esposo mío —le instó afable.
Sin dudarlo, Mitrídates dio un buen sorbo con el que despachó media
copa, dejándola en la mesita frente a la camilla que compartía con la reina.
Pero conservó parte del líquido en la boca, mirando a su hermana de hito en
hito con sus ojos verde uva con puntitos marrones. Luego frunció el entrecejo,
no con expresión temible, sino pensativo; gesto que se tornó en parpadeo con
una amplia sonrisa.
—¡Dorycnion! —dijo, paladeándolo.
La reina se puso lívida y la corte guardó silencio porque había
pronunciado la palabra con voz muy fuerte y hasta aquel momento la fiesta había
sido tranquila.
El rey volvió la cabeza hacia la izquierda.
—Gordio —dijo.
—Decid, gran señor —contestó Gordio, bajando rápido de la camilla.
—Ven a ayudarme.
Cuatro años mayor que su hermano, Laódice se parecía mucho a él, cosa
nada rara en una familia en que se habían casado con suma frecuencia hermanos
con hermanas a lo largo de varias generaciones. La reina, mujer grande pero
proporcionada, se tomaba con gran esmero su apariencia y peinaba su dorado
cabello al estilo griego, pintaba sus ojos marrón-verde con stibium, las
mejillas con colorete, los labios con carmín y manos y pies
con alheña de color marrón oscuro. La cinta blanca de la diadema dividía
su frente y las borlas de los extremos le caían sobre los hombros. Tenía un
aspecto verdaderamente regio, como era su intención.
Ahora leía su destino en el rostro de su hermano y se rebulló para bajar
de la camilla. Pero no tuvo tiempo porque él la asió de la mano con que quería
impulsarse hacia atrás y tiró de ella por encima del montón de almohadones en
que había estado reclinada, hasta que quedó en sus brazos mitad tumbada mitad
sentada. Gordio estaba arrodillado al otro lado, con aviesa expresión de
triunfo, pues sabía la recompensa que iba a solicitar: que su hija pequeña
Nisa, una esposa menor, fuese elevada a la dignidad de reina, y, en
consecuencia, que su hijo Farnaces adquiriese preferencia por delante de
Macares, hijo de Laódice.
Laódice, desamparada, volvió la cabeza y vio que cuatro notables hacían
comparecer a su amante Farnaces ante el soberano, quien le miraba impasible.
Luego, el rey volvió a dirigir su atención hacia ella.
—No voy a morir, Laódice —dijo—. En realidad, esta poción baladí ni
siquiera me sentará mal —añadió, sonriendo con auténtica complacencia—. De
todos modos, es más que suficiente para matarte.
El rey le tenía pinzada la nariz entre el pulgar y el índice de su mano
izquierda y la obligó a echar la cabeza hacia atrás, por lo que ella hubo de
abrir inmediatamente la boca porque la respiración se le había paralizado por
el terror. Y Mitrídates fue vaciando despacio el contenido de la copa escita en
su garganta, haciendo que Gordio le cerrase la boca cada vez que él vertía
líquido, mientras él le acariciaba voluptuosamente el cuello para que tragara
mejor. Ella no se resistió por considerar indigno de una mitridátida tener
miedo a la muerte, y más habiendo estado a punto de apoderarse del trono. Una
vez vacía la copa, el rey dejó tendida a su hermana en la camilla ante los ojos
del horrorizado amante.
—No intentes vomitarlo, Laódice —dijo Mitrídates sonriente—, porque si
lo haces te obligaré a beber otra vez.
Todos los presentes miraban la escena en silencio, quietos y
horrorizados. Nadie supo decir después cuánto había durado aquello, salvo el
rey (a quien, desde luego, nadie se lo preguntó). Mitrídates se volvió
hacia sus cortesanos y se dirigió a ellos en un tono parecido al de un
maestro de filosofía con sus alumnos. Y para ellos fue una auténtica revelación
el conocimiento que el rey tenía de los venenos, una faceta del soberano que
circularía velozmente en forma de rumor de un extremo a otro del Ponto y se
difundiría después fuera del país; Gordio amplió la información, quedando para
siempre unidos en la leyenda las palabras «Mitrídates» y «veneno».
—La reina —dijo Mitrídates— no habría podido elegir mejor sustancia que
el dorycnion, que los griegos llaman trychnos. Tolomeo, el general de Alejandro
Magno, posteriormente rey de Egipto, trajo la planta de la India, donde dicen
que crece y alcanza la altura de un árbol, si bien en Egipto sólo llega a
hacerse arbusto, con hojas parecidas a las de nuestra salvia. Después del
aconiton es con toda certeza el mejor veneno. Advertiréis que la reina,
conforme va muriendo, no perderá el sentido hasta el último suspiro. Por
experiencia personal puedo deciros que la percepción se acentúa
extraordinariamente y uno se encuentra en un mundo de sensaciones y visiones
sin parangón con lo que se siente en estado normal. Primo Farnaces, tengo que
decirte que todos los latidos de tu corazón, tu último parpadeo, la congoja que
sientas al ver su sufrimiento, las percibirá mejor que nunca. Puede que sea una
lástima que no pueda llevarse dentro nada más de ti, ¿verdad? Mira, ya comienza
—añadió, mirando a su hermana.
Laódice tenía clavados los ojos en Farnaces, que permanecía de pie entre
sus guardianes, con la cabeza gacha y una mirada que ninguno de los presentes
olvidaría: dolor y horror, exaltación y pena, una gama de emociones rica y
cambiante. Ella no decía nada, evidentemente porque le era imposible, y poco a
poco sus labios iban distendiéndose sobre los grandes dientes amarillos y su
cuello curvándose a medida que la columna vertebral se arqueaba y la cabeza
tendía a tocar la parte posterior de las rodillas. Luego comenzó a experimentar
unas sacudidas rítmicas, que fueron aumentando en magnitud y disminuyendo en
frecuencia hasta convertirse en fuertes convulsiones de la cabeza, el cuerpo y
las extremidades.
—¡Sufre un ataque! —exclamó Gordio con voz estridente.
—Naturalmente —añadió Mitrídates con desdén—. El ataque que acabará con
ella, ya veréis —añadió, observándolo con auténtico interés clínico, él, que
había experimentado variantes más suaves, aunque nunca ante su espejo de
plata—. Mi ambición es hallar un antídoto universal — prosiguió dirigiéndose a
los presentes mientras continuaban inexorablemente los espasmos de Laódice—, un
elixir mágico que cure los efectos de cualquier veneno, sea de planta, animal,
pez o sustancia inanimada. Actualmente me veo obligado a beber no menos de cien
pociones de distintos venenos para no perder la inmunidad. Así podré ingerir un
brebaje compuesto de cien antídotos —añadió en un aparte a Gordio—. Os confieso
que si no tomo los antídotos me siento algo indispuesto.
—Es comprensible, gran señor —graznó Gordio, temblando tan a las claras
que llamó la atención del monarca.
—Ya falta poco —dijo Mitrídates.
Pero no fue así. Las convulsiones de Laódice aumentaron de intensidad y
se hicieron más deslavazadas mientras su cuerpo se consumía. Pero por sus ojos
se notaba que aún sentía y percibía, y sólo se cerraron de agotamiento al
expirar. No miró ni una sola vez a su hermano; aunque quizá fuese porque tenía
los ojos puestos en Farnaces en el momento en que la atenazaron los espasmos y
a continuación ya no le respondían los músculos del control de dirección de la
vista.
—¡Excelente! —exclamó animoso el rey, señalando con la cabeza a
Farnaces—. Matadle —añadió.
Nadie tuvo valor para preguntar de qué manera, y, como consecuencia,
Farnaces tuvo una muerte más prosaica que Laódice con el filo de una espada.
Todos los que habían visto morir a la reina aprendieron la lección y durante
mucho tiempo no hubo más atentados contra Mitrídates VI.
Bitinia, como descubrió Mario al viajar por tierra de Pessinus a
Nicomedia, era una tierra muy rica. Como toda Asia Menor, era un país
montañoso, pero —salvo el macizo del Olimpo misiano, en Prusa— lo formaban
cordilleras de poca altura, redondeadas y menos imponentes que el Taurus.
Numerosos ríos bañaban la región, que ya hacía tiempo había sido colonizada. Se
cultivaba el trigo suficiente para alimentar a la población y al ejército, con
un excedente para el pago del tributo entregado a Roma. Era fácil el cultivo de
legumbres y había abundancia de ganado ovino. Verduras y fruta no faltaban. Y
las gentes, advirtió Mario, estaban bien alimentadas, contentas y sanas. Todos
los pueblos por los que pasó eran populosos y prósperos.
Pero no fue eso lo que le dijo Nicomedes II al llegar con su familia a
Nicomedia y alojarse en el palacio como huésped de honor del soberano.
Comparado con otros, era un palacio pequeño, pero Julia en seguida hizo saber a
Mario que tenía obras de arte muy valiosas, estaba construido con inmejorables
materiales y su arquitectura era excepcional.
—El rey Nicomedes no es ningún pobretón —comentó Julia.
—¡Ay! —suspiró Nicomedes II—. Yo soy muy pobre, Cayo Mario! Supongo que
es de esperar, siendo el rey de un país pobre. Y Roma tampoco facilita las
cosas.
Estaban sentados en un balcón con vistas a la ensenada de la ciudad, la
mar era tranquila, y desde las montañas hasta las construcciones de la orilla,
todo se reflejaba en el agua. Nicomedia parecía suspendida en el aire, pensó el
fascinado Mario, como si estuviera entre dos mundos, uno superior y otro
inferior, como una reata de asnos andando de arriba abajo hasta las nubes que
flotaban en el centro celeste de la ensenada.
—¿Qué queréis decir, majestad? —preguntó Mario.
—Bien, aquel lamentable asunto de hace cinco años con Lucio Licinio
Lúculo, por ejemplo —contestó Nicomedes—. Llegó a principios de primavera
diciendo que quería dos legiones de tropas auxiliares para luchar contra los
esclavos rebeldes de Sicilia —continuó el rey en tono malhumorado—, y yo le
dije que no disponía de tropas debido a la actuación de los recaudadores
romanos que se llevaban a la gente como
esclavos. «Liberad a mis esclavos según el decreto del Senado que dicta
la libertad de todos los esclavos de países aliados en todo el territorio
romano», le dije, «así volveré a tener un ejército y mi país conocerá de nuevo
la prosperidad». ¿Y sabéis qué me contestó? ¡Que el decreto del Senado se
refería a los esclavos con la condición de aliados itálicos!
—Y era cierto —añadió Mario estirando las piernas—. Si el decreto
hubiera incluido a los esclavos de un país con tratado de amigo y aliado del
pueblo romano habríais recibido notificación del Senado —replicó Mario,
dirigiéndole una aguda mirada bajo sus espesas cejas—. Si no recuerdo mal,
hallasteis tropas para Lucio Licinio Lúculo.
—No tantas como él quería, pero sí, le di hombres. O mejor dicho, los
encontró él —contestó Nicomedes—. Cuando le dije que no disponía de hombres,
marchó de Nicomedia para viajar por el interior y varios días después regresó
diciendo que no veía que hubiese escasez de hombres. Yo alegué que los hombres
que había visto eran labradores, no soldados, pero lo único que me dijo fue que
los campesinos eran muy buenos soldados y servirían perfectamente. Y así se me
complicaron las cosas, porque me arrebató los siete mil hombres que más
necesitaba para la economía de mi país.
—Os los devolvió un año después —replicó Mario— y, además, volvieron con
dinero en la bolsa.
—Un año durante el cual hubo cosechas insuficientes —insistió el rey
—. Un año de poca producción, Cayo Mario, que bajo el sistema de
tributos que nos impone Roma nos sitúa en una década de retraso.
—Lo que quisiera saber es por qué hay recaudadores de impuestos en
Bitinia —dijo Mario, consciente de que al rey le resultaba cada vez más difícil
demostrar sus aseveraciones—. Bitinia no forma parte de la provincia romana de
Asia.
—El problema estriba, Cayo Mario —contestó el rey rebulléndose—, en que
algunos de mis súbditos han recibido dinero prestado de los publicanos de la
provincia de Asia. Pasamos una época difícil.
—¿Y qué es una época difícil, majestad? —insistió Mario—. Yo creía, y
más desde que estalló la rebelión de esclavos de Sicilia, que gozabais de
creciente prosperidad. Cultiváis mucho trigo y podríais cultivar más.
Los agentes romanos estuvieron comprando grano durante unos años a precios por
encima de lo normal, sobre todo en esta parte del mundo. En realidad, ni
vuestro país ni la provincia de Asia pudieron cubrir la cantidad que se había
encomendado comprar a nuestros agentes. Tengo entendido que la mayor parte
procedía de las tierras del rey Mitrídates del Ponto.
¡Ahora sí! El aguijón implacable de Mario había dado en la llaga del rey
de Bitinia, haciendo brotar el veneno.
—¡Mitrídates! —exclamó el rey con desprecio, repantigándose en su
silla—. ¡Sí, Cayo Mario, ésa es la víbora que tengo en la vecindad! ¡Ésa es la
causa de que merme la prosperidad de Bitinia! Me ha costado cien talentos de
oro lograr la ayuda de Roma cuando solicitamos la condición de aliados y amigos
del pueblo romano. Y cada año que pasa me cuesta muchas veces esa cantidad el
proteger mis tierras contra sus taimadas incursiones. Porque me veo obligado a
mantener un ejército por culpa de Mitrídates, y no hay país que pueda soportar
ese gasto. ¡Mirad lo que hizo en Galacia no hace ni tres años! ¡Una carnicería
en una fiesta! En la reunión de Ancira perecieron cuatrocientos jefes de tribu
y ahora es el dueño de todos los países que me rodean: Frigia, Galacia y la
Patagonia costera. Os lo diré en cuatro palabras, Cayo Mario. ¡Si no se le
paran ahora mismo los pies a Mitrídates, incluso Roma lamentará algún día no
haber hecho nada!
—Eso creo yo también —dijo Mario—. Sin embargo, Anatolia está muy lejos
de Roma y dudo mucho que en Roma sepa alguien lo que sucede aquí. Salvo, quizá,
Marco Emilio Escauro, príncipe del Senado, que ya va siendo viejo. Lo que
pretendo hacer es ver al rey Mitrídates para hacerle una advertencia seria. Y
tal vez a mi regreso a Roma pueda convencer al Senado para que se tome más en
serio el asunto del Ponto.
—Ahora cenemos —dijo Nicomedes, poniéndose en pie—. Después
continuaremos la conversación. ¡Qué agradable es hablar con alguien que se
preocupa!
Para Julia, la estancia en una corte oriental fue una experiencia
inédita. Las mujeres romanas deberíamos viajar más, se dijo, porque ahora veo
lo estrechas de miras e ignorantes que somos respecto a los demás países. Y eso
debe reflejarse en el modo como educamos a los niños, sobre todo a nuestros
hijos.
Aquel Nicomedes II, primer soberano que conocía, era una revelación,
pues ella había imaginado que los reyes eran como un patricio romano de
condición consular, altivos, eruditos, elegantes y magníficos. Una especie de
Catulo César no romano, o incluso unas gentes no romanas al estilo de Escauro,
príncipe del Senado. Porque no podía negarse que Marco Emilio Escauro, pese a
su corta estatura y a su calvicie, era de prestancia regia.
¡Sí que era una auténtica revelación aquel Nicomedes II De gran estatura
y, sin duda alguna, robusto en su juventud, porque su avanzada edad se había
cobrado en su físico, dado que tenía más de ochenta años Y estaba flaco,
encorvado y cojo y le colgaban bolsas de piel en la barbilla y los carrillos.
Además, casi no le quedaban dientes ni pelo. Pero todo ello no era más que
decadencia física, igualmente detectable en un octogenario romano de rango
consular. Escévola Augur, por ejemplo. La diferencia estribaba en la
resistencia y en los recursos internos, pensó Julia. Para empezar, el rey
Nicomedes era tan afeminado que Julia sentía ganas de reír. Llevaba vestiduras
largas y amplias de lana fina de exquisitos colores; en las comidas lucía una
peluca rubia con tirabuzones como salchichas y siempre iba con enormes
pendientes de brillantes, se pintaba la cara como una furcia barata y hablaba
en falsete. No tenía ninguna majestad y, sin embargo, había reinado en Bitinia
más de cincuenta años con mano de hierro, aplastando todos los intentos de sus
hijos por destronarle. Mirándole —y sabiendo que en todas las fases de su vida
había sido el mismo personaje chillón y afectado— a Julia le resultaba
extremadamente difícil creer, por ejemplo, que hubiese liquidado eficazmente a
su padre o que pudiese conservar la lealtad y el afecto de sus súbditos.
Sus hijos estaban en la corte pero no le quedaba esposa, pues la reina
había muerto años atrás (se trataba de la madre de su hijo mayor, llamado
también Nicomedes) y también su segunda esposa (madre del hijo menor
llamado Sócrates). Ni a Nicomedes ni a Sócrates se les podía llamar
jóvenes, porque el primero tenía sesenta y dos años y Sócrates cincuenta y
cuatro. Aunque ambos estaban casados, eran tan afeminados como el padre. La
esposa de Sócrates era un ser ratonil que se escondía por los rincones y se
movía a saltitos, mientras que la de Nicomedes hijo era una mujerona fuerte y
campechana, muy dada a las bromas pesadas y a las carcajadas. Había dado a
Nicomedes hijo una niña llamada Nisa, que ya comenzaba a entrar en una
peligrosa edad para acceder al matrimonio. La esposa de Sócrates no le había
dado hijos.
—Era de esperar —comentó un joven esclavo a Julia mientras limpiaba la
sala de estar que le habían asignado—. Yo no creo que Sócrates haya penetrado a
una mujer. En cuanto a Nisa, le gusta su propio sexo, las potras, cosa que no
es de extrañar dada su cara de caballo.
—Eres un impertinente —replicó Julia en tono glacial, despidiendo al
joven con disgusto.
El palacio estaba lleno de bellos jóvenes, casi todos esclavos y algunos
hombres libres al servicio del rey y sus hijos. Había también docenas de pajes,
más bellos aún que los jóvenes. A Julia la sacaba de quicio el cometido de
aquellos adolescentes, sobre todo pensando en el pequeño Mario, tan atractivo,
amigable e ingenuo y ya en el umbral de la pubertad.
—Cayo Mario, vigila a nuestro hijo, ¿quieres? —dijo delicadamente a su
esposo.
—¿Por qué, por esas flores remilgadas que pululan? —replicó Mario
riendo—. No tienes que preocuparte, mea vita. Sabe distinguir un marica de una
buena anca de cerda.
—Gracias por tranquilizarme y por el símil —contestó Julia, sonriendo
—. Desde luego tu vocabulario no se refina con el paso de los años, Cayo
Mario.
—Todo lo contrario —añadió él, imperturbable. —Eso es lo que intentaba
decirte.
—¿Ah, sí? ¡Oh!
—¿Y has visto ya bastante en este sitio? —inquirió ella de sopetón.
—Si apenas llevamos aquí una semana —contestó él, asombrado—. ¿Es que te
resulta opresiva esta atmósfera circense?
—Sí, creo que sí. Siempre había tenido ganas de ver cómo viven los
reyes, pero si Bitinia es una muestra de ello, prefiero la vida de Roma. No es
por la homosexualidad, sino por el chismorreo y esos aires de afectación. Los
criados son un desastre, y con las mujeres de palacio no tengo nada en común.
Oradaltis es tan gritona que me dan ganas de taparme los oídos, y Musa… qué
bien le cuadra el nombre en latín pensando en mus, ratón, en lugar de musa, la
musa… Sí, Cayo Mario, en cuanto creas que podemos marcharnos, te lo agradeceré
—dijo Julia, la austera matrona romana.
—Pues nos marchamos ahora mismo —dijo Mario animado, sacando un rollo
del sinus de su toga—. Nos ha seguido todo el camino desde Halicarnaso hasta
aquí. Es una carta de Publio Rutilio Rufo. ¿A que no adivinas dónde está?
—En la provincia de Asia.
—Concretamente en Pérgamo. Quinto Mucio Escévola es el gobernador este
año y Publio Rutilio es su legado —dijo Mario, enarbolando gozoso la carta—.
Además, gobernador y legado se muestran muy complacidos en recibirnos. Hace
meses, porque esta carta tenía que habernos llegado en primavera. Estarán
ansiosos por tener compañía.
—Aparte de por su fama de abogado, no conozco a Quinto Mucio Escévola
—dijo Julia.
—Yo tampoco le conozco mucho. Sólo sé que él y su primo hermano Craso
Orator son inseparables. En realidad no es de extrañar que no lo conozca porque
apenas tendrá cuarenta años.
Convencido de que sus huéspedes iban a estarse con él un mes por lo
menos, el anciano Nicomedes no quería dejarlos partir; pero Mario no era rival
para una antigualla un poco boba como aquel Nicomedes II. Se marcharon con los
clamores del rey taladrándoles los oídos y navegaron por los angostos estrechos
del Helesponto rumbo al mar Egeo con vientos y corrientes favorables.
El barco entró por la desembocadura del río Caico y llegaron a Pérgamo,
unas millas tierra adentro, exactamente por la ruta en que mejor
se avistaba la ciudad, en lo alto de la acrópolis y rodeada de altas
montañas. Quinto Mucio Escévola y Publio Rutilio Rufo estaban en la ciudad,
pero Mario y Julia no lograrían conocer mucho mejor a Escévola, pues se
disponía a marchar a Roma.
—¡Oh, qué buena compañía nos habríais dado este verano, Cayo Mario!
—dijo Escévola con un suspiro—. Pero ahora tengo que llegar a Roma antes de que
sea demasiado arriesgado emprender viaje por mar. Publio Rutilio Rufo te lo
contará todo.
Mario y Rutilio Rufo fueron a despedirle, mientras Julia se instalaba en
un palacio que le agradó mucho más que el del farsante Nicomedes, a pesar de
que tampoco había muchas féminas por companía.
Mario, por supuesto, no pensó que a Julia le faltase compañía femenina;
la dejó que se ocupase de sus cosas y él se dispuso a escuchar las noticias de
boca de su viejo y querido amigo.
—Primero las de Roma —dijo impaciente.
—Pues te contaré primero las noticias de auténtica relevancia —dijo,
sonriendo complacido por ver a su amigo tan lejos de Roma—. Cayo Servilio Augur
murió en el exilio a fines del año pasado; naturalmente hubo que hacer
elecciones para cubrir su puesto en el colegio de Augures. Y te han elegido a
ti, Cayo Mario.
—¿A mí? —replicó Mario, asombrado.
—A ti, a ti.
—Nunca lo habría pensado. ¿Por qué a mí?
—Aún cuentas con mucho apoyo entre los electores romanos, pese a las
maldades que hagan Catulo César y sus iguales. Y yo creo que los electores
consideraron que merecías esa distinción. Tu nombre fue propuesto por un grupo
de caballeros, y como no existe ninguna regla sobre elección in absentia,
fuiste elegido. No puedo decir que tu victoria fuese bien acogida por el
Meneítos y compañía, pero Roma en general la recibió complacida.
Mario lanzó un fuerte suspiro de satisfacción.
—Bien, es una buena noticia, ya lo creo. ¡Yo, augur! Eso significa que
mi hijo será a su vez sacerdote o augur y también su hijo. ¡Significa que lo
he logrado, Publio Rutilio! He penetrado en el corazón de Roma, por muy
palurdo itálico que sea y lerdo en griego.
—Oh, eso ya no lo dice casi nadie de ti. El difunto Meneítos era un caso
único, ¿sabes? Si hubiera vivido, dudo mucho que te hubieran elegido — añadió
Rutilio Rufo mordaz—. Y no era porque su auctoritas fuese mayor que la de nadie
ni a causa de sus partidarios. Pero su dignitas se había acrecentado
notablemente después de los enfrentamientos en el Foro cuando era censor.
Admirado u odiado, todo el mundo admite que era sublime. Aunque yo creo que su
más importante función fue formar el núcleo que sirvió de aglutinante para
otros, y después de su regreso de Rodas puso en juego todas sus energías para
desplazarte. ¿Qué otra cosa le quedaba por hacer? Todo su poder e influencia
las utilizó para hundirte. Su muerte ha causado honda impresión, ¿sabes? Estaba
estupendamente cuando llegó a Roma y yo pensé que aún le tendríamos muchos años
con nosotros. Pero le llegó la muerte.
—¿Y por qué estaba Lucio Cornelio con él? —inquirió Mario.
—Nadie sabe por qué. íntimos no eran, eso seguro. Lucio Cornelio dice
que estaba allí por casualidad, que no tenía intención de cenar con él.
Verdaderamente es muy raro. Y a mí lo que más me intriga es que al Meneítos
hijo tampoco le extrañe que estuviera allí, lo que me da a entender que Lucio
Cornelio buscaba un entendimiento con la facción del Meneítos —dijo Rutilio
Rufo poniendo ceño—. Ha tenido una fuerte ruptura con Aurelia.
—¿Lucio Cornelio y Aurelia, quieres decir?
—Sí.
—¿Quién te lo ha dicho?
—La propia Aurelia.
—¿Y te explicó por qué?
—No. Simplemente me dijo que Lucio Cornelio no volvería a ser bien
recibido en su casa —contestó Rutilio Rufo—. En cualquier caso, se fue a la
Hispania Citerior poco después de la muerte del Meneítos y Aurelia no me lo
contó hasta después de su marcha. Me imagino que tendría miedo de que yo le
preguntara algo a él. Un asunto bastante raro, Cayo Mario.
Mario, a quien no le interesaban mucho las rencillas privadas, hizo una
mueca y se encogió de hombros.
—Bueno, es asunto de ellos, por raro que sea. ¿Qué más ha sucedido? —Los
cónsules han promulgado otra ley prohibiendo los sacrificios
humanos —contestó Rutilio Rufo riendo.
—¿Qué…?
—Que han promulgado una ley prohibiendo los sacrificios humanos. —¡Qué
absurdo! ¿Cuánto tiempo hace que en Roma no se hacen
sacrificios humanos en público ni en privado? —inquirió Mario con gesto
de repugnancia—. ¡Qué porquería!
—Pues yo creo que se sacrificaron dos griegos y dos galos cuando Aníbal
efectuó sus incursiones por Italia. Aunque dudo que tuviera nada que ver con la
nueva lex Cornelia Licinia.
—¿Pues qué, entonces?
—Como sabes, Cayo Mario, a veces los romanos decidimos poner de relieve
un nuevo aspecto de la vida pública con métodos extraños. Y yo creo que esta
ley es un ejemplo de ello. Diría que está hecha para informar al Foro de que no
ha de haber más violencia ni más muertes, encarcelamiento de magistrados ni
actividades ilegales de ninguna clase — contestó Rutilio Rufo.
—¿Y no dieron una explicación Cneo Cornelio Léntulo y Publio Licinio
Craso? —inquirió Mario.
—No. Propusieron la ley y la asamblea plebeya la aprobó.
—¡Uf! —exclamó Mario—. ¿Y qué más?
—El hermano menor del pontífice máximo, que este año es pretor, ha sido
enviado a Sicilia de gobernador. Habían llegado rumores de otra rebelión de
esclavos; imagínate…
—¿Tan mal tratamos a los esclavos en Sicilia?
—Sí… y no —replicó Rutilio Rufo, pensativo—. Para empezar, allí hay
demasiados esclavos griegos, y no se trata necesariamente de que sus amos los
traten mal, sino de que son gente muy díscola. Tengo entendido que todos los
piratas que capturó Marco Antonio Orator los pusieron a trabajar de esclavos en
los trigales sicilianos. Un trabajo que no debe ser muy de su
agrado, diría yo. Por cierto —añadió—, Marco Antonio ha colocado en los
rostra el espolón del navío pirata más grande que destruyó durante su campaña.
Es imponente.
—Yo creí que no quedaba sitio. Está todo lleno de espolones de no sé
cuántos combates navales —dijo Mario—. Bueno, continúa. ¿Qué más hay?
—Pues que nuestro pretor Lucio Ahenobarbo ha hecho tales estragos en
Sicilia que la noticia ha llegado hasta Asia Menor. Ha pasado por la isla como
un ciclón. Por lo visto, nada más desembarcar promulgó un decreto prohibiendo
que nadie llevase espada ni arma alguna, salvo los soldados de la milicia.
Naturalmente, nadie hizo el menor caso.
—Conociendo a los Domicios Ahenobarbos —replicó Mario sonriendo —, diría
que ha sido un error.
—Claro que lo ha sido. Lucio Domicio impuso severos castigos al ver que
nadie cumplía el decreto y toda Sicilia está resentida, y dudo que se produzcan
revueltas ni de esclavos ni de hombres libres.
—Los Domicios Ahenobarbos son muy burdos, pero obtienen resultados
—añadió Mario—. ¿Y eso es todo?
—Más o menos, aparte de que han entrado nuevos censores, anunciando que
piensan hacer un censo de ciudadanos romanos tan completo como no se ha visto
desde hace décadas.
—Ya era hora. ¿Quiénes son?
—Marco Antonio Orator y tu colega consular Lucio Valerio Flaco.
¿Damos un paseo? —añadió Rutilio Rufo.
Pérgamo era seguramente la ciudad mejor planificada y construida del
mundo, había oído decir Mario, y ahora lo veía con sus propios ojos. Incluso en
la ciudad baja, dispersa a los pies de la acrópolis, no había callejuelas ni
bloques ruinosos de pisos, todo estaba sujeto a un rígido reglamento de
construcción y conservación. Vastos sumideros y cloacas discurrían por las
zonas habitadas y por todas partes había canalizaciones y fuentes. El mármol
era el material más abundante, y las columnatas eran numerosas y magníficas, el
ágora era inmensa, surtida de magníficas estatuas, y a media ladera había un
gran teatro.
No obstante, flotaba un aire de dilapidación en la ciudadela y en la
ciudad; las cosas no estaban conservadas como durante el reinado de los
atálidas, proyectistas y cuidadores de la capital. Y la gente no parecía
contenta. Mario advirtió que algunos tenían aspecto de hambrientos, cosa
extraña en un país rico.
—La culpa la tienen nuestros recaudadores de impuestos —dijo publio
Rutilio Rufo cariacontecido—. ¡Cayo Mario, no tienes ni idea de lo que Quinto
Mucio y yo encontramos al llegar aquí! Toda la provincia de Asia ha estado
explotada y oprimida durante años por la codicia de esos publicani estúpidos!
Para empezar, las sumas que exige Roma para el erario son excesivas, pero los
publicani ofertan más todavía, y la consecuencia es que para obtener beneficios
tienen que estrujar a la provincia como una bayeta. Es una empresa de pura
rapiña monetaria. En lugar de concentrarse en asentar a los romanos pobres en
tierras extranjeras y financiar la adquisición de tierras públicas con los
impuestos de Asia, Cayo Graco habría hecho mejor en enviar previamente un
equipo de investigadores que evaluasen cuáles habían de ser exactamente esos
impuestos. Pero no se hizo nada de eso y la situación sigue igual desde
entonces. Los únicos cálculos de que dispone Roma son los que se sacó de la
manga la comisión enviada al morir el rey Atalo. ¡Y de eso hace treinta y cinco
años!
—Es una lástima que no lo supiera cuando era cónsul —dijo Mario,
entristecido.
—¡Mi querido Cayo Mario, ya tenías bastante preocupación con los
germanos! La provincia de Asia era lo que menos preocupaba en Roma en aquellos
años. Pero tienes razón. Si hubieses enviado una comisión, habrían podido
determinarse unas cifras realistas y se habría metido en cintura a los
publicani, porque ahora han llegado ya a una arrogancia desaforada, ¡y son
ellos quienes dirigen los asuntos de la provincia en lugar del gobernador!
—Me imagino que este año los publicani se habrán llevado un buen susto
viendo en Pérgamo a Quinto Mucio y a Publio Rutilio —comentó Mario riendo.
—Ya lo creo —dijo Rutilio Rufo esbozando una sonrisa—. Sus quejas se
habrán oído en Alejandría. Desde luego sí se han oído en Roma, que es, y
que quede entre nosotros, por lo que Quinto Mucio ha regresado antes de
lo previsto.
—¿Qué habéis estado haciendo exactamente?
—Oh, simplemente arreglando los asuntos de la provincia y de los
impuestos —contestó con voz queda.
—¿En detrimento del Tesoro y de las empresas recaudadoras? —Exacto
—contestó Rutilio Rufo encogiéndose de hombros,
volviéndose hacia la extensa ágora y dirigiendo un ademán a un plinto
vacío—. Para empezar, hemos suprimido este tipo de cosas. Aquí se alzaba una
estatua ecuestre de Alejandro el Grande, obra nada menos que de Lisipo y
reputada como la mejor representación de Alejandro. ¿Sabes dónde se halla
ahora? Pues en el peristilo de Sexto Perquitieno, ¡el caballero más rico y
vulgar de Roma!, tu vecino del Capitolio. ¡Se la llevó como pago de impuestos
atrasados, imagínate! Una obra de arte que Vale mil veces más la suma en
cuestión. ¿Qué iban a hacer los pergameños si no tenían el dinero? Sexto
Perquitieno señaló con su varita la estatua y se la dieron.
—Habrá que devolverla —dijo Mario.
—Vanas esperanzas —replicó Rutilio Rufo con un bufido.
—¿Ha vuelto para eso Quinto Mucio a Roma?
—¡Ojalá! No, ha vuelto a Roma para impedir que el grupo de presión de
los publicani nos incoe un proceso a él y a mí.
—¡Bromeas! —exclamó Mario deteniéndose.
—¡No, Cayo Mario, no bromeo! Las empresas recaudadoras de Asia tienen
inmenso poder en Roma, sobre todo en el Senado. Y Quinto Mucio y yo las hemos
ofendido gravemente al reorganizar como es debido los asuntos de la provincia
—contestó Publio Rutilio Rufo con una mueca—. Y no sólo hemos ofendido
gravemente a los publicani, sino también al Tesoro. Habrá senadores
predispuestos a no hacer caso de las quejas de las empresas recaudadoras, pero
el Tesoro no. Mira lo que te digo, Cayo Mario, la última carta que recibió
Quinto Mucio de su primo Craso Orator hizo que la cara se le pusiera del color
de la toga. Le decía que había en marcha una maniobra para despojarle de su
imperium proconsular y procesarlo por
extorsión y traición. Por eso se marchó a toda prisa a Roma, dejándome
de gobernador hasta que llegue el que nombren el año próximo.
Mientras regresaban al palacio del gobernador, Cayo Mario advirtió con
qué deferencia y afecto saludaban todos a Rutilio Rufo.
—La gente te tiene aprecio —comentó él, y no es que fuera una sorpresa.
—Más aprecian a Quinto Mucio. Sus vidas han cambiado radicalmente, Cayo
Mario, y por vez primera ven cómo trabajan los auténticos romanos. No se les
puede reprochar el odio que sentían contra Roma y los romanos. Han sido unas
víctimas a las que hemos utilizado de forma abominable. Por eso cuando Quinto
Mucio redujo los impuestos a la cifra que hemos calculado justa, poniendo coto
a las extorsiones usureras de los agentes locales de los publicani se han
puesto a bailar en la calle, como te lo digo. El consejo ha aprobado la
celebración de una fiesta anual en honor de Quinto Mucio, y creo que Esmirna y
Éfeso también. Al principio no hacían más que enviarnos regalos, objetos de
gran valor, obras de arte, joyas, tapices, Y cuando se los devolvimos dando las
gracias, volvieron a enviárnoslos. Al final tuvimos que prohibirles cruzar la
puerta de palacio.
—¿Podrá Quinto Mucio convencer al Senado de que quien tiene razón es él
y no los publicani? —inquirió Mario.
—¿Tú qué crees?
Mario reflexionó, lamentando no haber ocupado más tiempo de su carrera
pública en Roma en vez de hacerlo en el campo de batalla.
—Su reputación es intachable, y eso evitará que muchos de los senadores
sin derecho a la palabra se sientan tentados de respaldar a los publicani o… al
Tesoro. Y seguro que hace un magnífico discurso. Y Craso Orator hablará aun
mejor, apoyándole.
—Eso es lo que yo creo. Sintió mucho tener que abandonar la provincia de
Asia, ¿sabes? Creo que nunca tendrá un empleo que le complazca más que éste. Es
un hombre muy meticuloso, de mente muy clara, un administrador sin par. Mi
cometido ha consistido en recopilar información de todos los distritos de la
provincia para que él adoptase las decisiones pertinentes con arreglo a esos
datos. El resultado es que al cabo de treinta y
cinco años, la provincia de Asia cuenta por fin con cifras realistas
para determinar los impuestos y el Tesoro no tiene excusa para exigir más.
—Sí, claro, a menos que llegara el cónsul, el imperium del gobernador le
permite anular dentro de la provincia cualquier directriz de Roma —dijo Mario—.
Sin embargo, os habéis enfrentado a los censores Y los Publicani pueden argüir
que tienen contratas legales, lo mismo que el Tesoro. Al entrar nuevos censores
habrán extendido nuevas contratas… ¿Habéis podido hacer llegar vuestros datos a
Roma a tiempo de que influyesen en la corrección de las sumas estipuladas en
las nuevas contratas?
—Desgraciadamente, no —contestó Rutilio Rufo—. Ésa es otra de las
razones por las que Quinto Mucio ha tenido que irse, pues a él le parece que
podrá influir en los dos nuevos censores para que anulen las contratas de la
provincia de Asia y extiendan otras nuevas.
—Eso no debería irritar a los publicani, siempre que el Tesoro acepte
reducir sus ingresos —dijo Mario—. Ya verás cómo Quinto Mucio encuentra más
dificultades con el Tesoro que con los recaudadores. Al fin y al cabo los
publicani podrán realizar buenos beneficios si no tienen que pagar al Tesoro
cantidades absurdas, ¿no?
—Exacto —asintió Rutilio Rufo—. En eso basamos nuestras esperanzas una
vez que Quinto Mucio consiga meter en la dura cabeza de los senadores y los
tribunos del Tesoro que Roma no puede seguir esperando recibir de la provincia
de Asia lo que actualmente recauda.
—¿Quién crees que va a protestar más?
—El primero de todos, Sexto Perquitieno. Él obtendrá un buen beneficio,
pero ya no podrá llevarse obras de arte de incalculable valor cuando la gente
no pueda pagar los impuestos. Después, algunos personajes del Senado que están
muy comprometidos con los grupos de presión de caballeros y que tal vez hayan
adquirido también valiosas obras de arte. Cneo Domicio Ahenobarbo, pontífice
máximo, por ejemplo, Catulo César, el Meneítos, me imagino, Escipión Nasica y
algunos de los Licinios Crasos, aunque no el Orator.
—¿Y el portavoz del Senado?
—Supongo que Escauro apoyará a Quinto Mucio. O al menos nosotros
confiamos en ello, Cayo Mario. Hay que reconocer que Escauro es un romano
recto, a la antigua —añadió Rutilio Rufo conteniendo una risita—. Además, todos
sus clientes están en la Galia itálica y no tiene intereses personales en la
provincia de Asia; a él sólo le gusta nombrar reyes y cosas por el estilo.
¿Recaudación de impuestos? ¡Sórdido asunto! Y tampoco es coleccionista de obras
de arte.
Dejando a un Publio Rutilio Rufo mucho más contento y sumido en sus
propias preocupaciones en el palacio del gobernador (pues se negó a abandonar
su puesto), Cayo Mario llevó a su familia a la villa de Halicarnaso para pasar
un agradable invierno, rompiendo la monotonía con un viaje a Rodas.
Que pudieran navegar de Halicarnaso a Tarsos se debió estrictamente a
los desvelos de Marco Antonio Orator, que había puesto fin, al menos
provisionalmente, a las actividades de los piratas de Panfilia y Cilicia, pues
antes de la campaña de Antonio Orator la simple idea de un viaje por mar habría
sido una locura, ya que no había presa que los piratas codiciaran más que un
senador romano, sobre todo de la importancia de Cayo Mario, ya que habrían
podido exigir un rescate de veinte o treinta talentos de plata.
El barco bordeó la costa y el viaje duró más de un mes. Las ciudades de
Licia recibieron alborozadas a Mario y a su familia, igual que la gran ciudad
de Atalcia en Panfilia. Nunca habían visto unas montañas como aquéllas, tan
próximas al mar, ni siquiera en la marcha costera hacia la Galia, comentó
Mario. Sus cumbres nevadas rozaban el cielo y sus pies se bañaban en las aguas.
Los pinares de la región eran fastuosos, pues jamás habían sido talados;
sólo Chipre, no muy lejos de su ruta, tenía madera de sobra para suplir las
necesidades de toda la zona, incluido Egipto. No era de extrañar, pensó Mario
conforme transcurrían los días, que la piratería hubiese medrado allí, pues los
recovecos de la costa y las imponentes montañas proveían de excelentes calas y
puertecillos ocultos. Coracesium, que había sido la
capital de los piratas, era tan idónea al efecto que se habría dicho un
don de los dioses. Constaba de un espolón coronado por una fortaleza,
prácticamente rodeado por el mar. Antonio se había apoderado de ella merced a
la traición desde dentro. Mirando sus fuertes bastiones, Mario se estrujó el
cerebro pensando algún modo de tomarla.
Finalmente llegaron a Tarsos, unas millas aguas arriba del plácido
Cidrto, y por tanto al abrigo del mar abierto pero con función de puerto. Era
una ciudad fuertemente amurallada, en la que, naturalmente, los ilustres
huéspedes se alojaron en el palacio. La primavera se adelantaba en aquella
parte de Asia Menor y en Tarsos ya hacía calor; Julia insinuó que no le
gustaría quedarse en aquel horno cuando Mario iniciase su viaje por tierra a
Capadocia.
A finales de invierno le había llegado carta a Halicarnaso del rey de
Capadocia, Ariarates VII, prometiéndole que él en persona llegaría a Tarsos a
finales de marzo y con sumo placer y mucha honra le escoltaría desde aquella
ciudad hasta Eusebia Mazaca. Sabiendo que el joven rey estaría esperándole, a
Mario le consumía la impaciencia viendo que el viaje se prolongaba tanto, pero
no tuvo valor para negarle a Julia los caprichos de unas excursiones a Olba y a
las cascadas próximas a Side. Pero cuando llegaron a Tarsos, a mediados de
abril, el pequeño rey no estaba allí ni se sabía nada de él.
Varias cartas despachadas a Mazaca no obtuvieron respuesta; de hecho, no
regresó ninguno de los correos y Mario comenzó a preocuparse, aunque no lo
manifestó ante Julia y su hijo; pero su preocupación creció cuando Julia
insistió en hacer con él el viaje a Capadocia. Era evidente que no podía
llevarla consigo ni dejarla allí, sometida al caluroso verano. La situación se
complicó dada la peligrosa y ambigua situación de Cilicia en aquella región. El
país, que había sido posesión egipcia, había pasado después a manos de Siria,
para vivir a continuación una época de abandono, período durante el cual las
confederaciones de piratas habían ido usurpando casi todo su poder, incluso
sobre las fértiles llanuras llamadas Pedia, al este de Tarsos.
La dinastía seléucida de Siria se iba diezmando en una serie de guerras
ciViles entre hermanos y pretendientes al trono, y en aquel entonces había dos
reyes en la Siria del norte: Antíoco Gripo y Antíoco Ciziceno, quienes se
hallaban tan ocupados luchando por la posesión de Antioquía y Damasco que
durante años se habían visto obligados a dejar el resto del país en barbecho,
con el resultado de que los judíos, los idumeos y los nabateos habían fundado
reinos independientes en el sur y Cilicia estaba muy abandonada.
Por eso al llegar Marco Antonio Orator a Tarsos con la intención de
utilizarla como base se encontró con una Cilicia madura para la conquista y,
dotado de imperium para ello, la declaró provincia dependiente de Roma. Pero a
su marcha dejó un gobernador que le sustituyera y Cilicia volvió a caer en el
olvido. Las ciudades griegas bien pobladas y seguras, que se habían constituido
en entidades económicas, sobrevivieron bien, y Tarsos era una de ellas. Pero
entre estas poblaciones había regiones enteras en las que nadie gobernaba en
nombre de nadie, dominaban tiranos o las gentes decían simplemente que ahora
eran de Roma. Mario no tardó en llegar a la conclusión de que tendrían que
pasar muchos años para que los piratas recuperasen su poderío. Entretanto, los
magistrados locales se congratularon de recibir al que creían el nuevo
gobernador.
Cuanto más aguardaba recibir noticias del rey Ariarates, más claro le
resultaba que quizá le llamasen para emprender algo desesperado en Capadocia o
un asunto que requiriese mucho tiempo. Por eso su mujer y su hijo eran en ese
momento su mayor preocupación. Dejarlos en Tarsos, expuestos al riesgo de las
enfermedades estivales, estaba descartado, igual que llevarlos a Capadocia. Y
cuando pensaba en hacerlos regresar por mar a Halicarnaso, la imagen de la
inexpugnable fortaleza de Coracesium ensombrecía sus pensamientos y le inducía
a imaginar un sucesor del rey pirata. ¿Qué hacer? Nada sabemos de esta parte
del mundo, se dijo, pero está claro que tenemos que explorarla; el extremo
oriental del Mediterráneo va sin timón y una tempestad va a hacerlo naufragar.
Cuando ya casi terminaba el mes de mayo sin que hubiese noticias de
Ariarates, Mario adoptó una decisión.
—Haz el equipaje —dijo a Julia más secamente de lo que quería—. Voy a
llevarme al pequeño, pero no a Mazaca. En cuanto estemos a suficiente altura y
el clima sea más fresco, y esperemos que más saludable, vais a quedaros en
algún lugar adecuado y yo continuaré solo a Capadocia.
Julia quiso discutir, pero se contuvo. Aunque nunca había visto a Mario
en el campo de batalla, le habían llegado rumores de su autocracia militar; y
ahora recordaba ciertos comentarios de un problema que le obsesionaba y que
estaba relacionado con Capadocia.
Dos días más tarde partían, escoltados por un grupo de la milicia local
al mando de un joven griego de Tarsos a quien Mario había cobrado gran afición,
igual que Julia. Detalle más que favorable, como se vería después. En este
viaje no andaba nadie a pie porque el itinerario discurría por un paso de
montaña llamado las Puertas de Cilicia y era elevado y difícil. Encaramada en
una silla de lado en un asno, Julia consideró que valía la pena la incomodidad
por disfrutar de aquel magnífico paisaje durante el ascenso. Avanzaban por
estrechos senderos en medio de enormes montañas y cuanto más ascendían, más
profunda se hacía la nieve. Casi resultaba increíble que tres días antes
hubiera estado quejándose del calor costero y ahora tuviera que buscar en los
cofres ropa de abrigo. El tiempo se mantuvo sereno y soleado, pero cuando
cruzaban pinares se helaban de frío, por lo que deseaban llegar a los tramos
sin vegetación llenos de barrancos y turbulentos torrentes que desembocaban en
un crecido río que discurría veloz entre espuma y remolinos.
A los cuatro días de salir de Tarsos ya casi habían alcanzado la altura
máxima. En un estrecho valle, Mario encontró un campamento de indígenas que
habían acudido desde la llanura con sus rebaños de ovejas a los pastos de
verano, y allí dejó a Julia y al pequeño Mario con la escolta de la milicia. El
joven griego de Tarsos, que se llamaba Morsimo, recibió orden de cuidarlos y
protegerlos; con una buena suma compró la voluntad de los nómadas y Julia se
vio dueña de una de sus grandes tiendas de cuero marrón.
—En cuanto me acostumbre al olor, estaré cómoda —dijo a Mario antes de
que se fuera—. Dentro no se pasa frío, y tengo entendido que unos
cuantos pastores han ido a comprar más grano y provisiones. Vete y no te
preocupes de mí ni del pequeño, que por lo visto quiere hacerse pastor. Morsimo
nos cuidará estupendamente. Lo único que siento, esposo mío, es que hayamos
resultado una carga para ti.
Y así se puso en camino Mario, tan sólo acompañado de dos de sus
esclavos y un guía que le asignó Morsimo y que al parecer prefería proseguir
viaje con el romano en vez de quedarse atrás. Por lo que Mario pudo entender,
aquellos valles interiores y las escasas altiplanicies por las que pasó estaban
a unos mil ochocientos metros, lo no era una altura excesiva como para causar
mal de montaña y dolor de cabeza, pero sí para dificultar bastante el cabalgar.
Aún les quedaba un largo camino hasta Eusebia Mazaca, que, según le dijo el
guía, era el único núcleo urbano en el interior de Capadocia.
El sol se había puesto en el momento en que coronaban la vertiente
hidrográfica de los ríos que vertían en la Cilicia pediana y los que
contribuían a la enorme longitud y caudal del Halis, y siguieron cabalgando en
medio de aguanieve, niebla y lluvia. Frío, con llagas de tanto cabalgar, muerto
de cansancio, Mario aguantaba las horas de viaje con las piernas colgando y
dando gracias por tener la piel de la cara interna de los muslos lo bastante
endurecida para que no se le desgarrara por el roce.
Al tercer día volvieron a ver el sol. Las inmensas llanuras se le
antojaron lugar idóneo para el ganado, pues eran herbosas y casi sin bosques.
Capadocia, le dijo el guía, no tenía buenas tierras ni un clima adecuado para
que creciesen grandes bosques, pero se cultivaba excelente trigo labrando el
suelo.
—¿Y por qué no lo labran? —inquirió Mario.
—Hay poca gente —contestó el guía encogiéndose de hombros—. Cultivan lo
que pueden y un poco más para venderlo en el Halis, por el que remontan las
barcazas mercantes. Pero no pueden venderlo en Cilicia porque el camino es muy
malo. ¿Para qué van a preocuparse, si comen bien y están contentos?
Esa fue casi la única conversación que sostuvo Mario con el guía durante
el camino; incluso por la noche, cuando se guarecían en tiendas de cuero marrón
de algunos pastores nómadas o en casas de adobe de alguna aldea, hablaban poco.
Las montañas se sucedían más próximas o más lejanas, pero nunca eran menos
elevadas, menos verdes o menos nevadas.
Luego, cuando el guía dijo que Mazaca se encontraba sólo a cuatrocientos
estadios (que Mario tradujo en cincuenta millas romanas), entraron en una
región tan extraña, que él lamentó que no la viera Julia. Seguían las llanuras
onduladas, pero interrumpidas por barrancos serpenteantes llenos de torres
cónicas que parecía que habían sido cuidadosamente construidas con arcilla
multicolor, una vasta región de juguete edificada por un niño gigante loco. En
algunas zonas, las torres estaban rematadas por enormes piedras planas; Mario
imaginó que se balanceaban, dado lo precariamente que se sostenían en los
escasos pináculos de las torres. ¡Ah, maravilla! Sus ojos comenzaban a
distinguir ventanas y puertas en algunas de aquellas estructuras naturales tan
extrañas.
—Por eso no se ven más pueblos —dijo el guía—. Aquí hace frío y el buen
tiempo dura poco, por eso la gente excava la vivienda en esas torres de piedra,
que en verano son frescas y en invierno calientes. ¿Para qué van a construir
casas si ya se las da la Gran Diosa?
—¿Cuánto tiempo hace que viven en esas casas de piedra? —inquirió Mario,
fascinado.
—Desde que existe el hombre —contestó el guía, que lo ignoraba—. En
Cilicia decimos que los primeros hombres llegaron de Capadocia y ya entonces
vivían así.
Seguían cabalgando por aquellos barrancos llenos de torres, cuando Mario
comenzó a otear la montaña; estaba casi aislada y era la más alta que él había
visto, más alta que el monte Olimpo de Grecia, incluso más alta que las de la
cordillera que bordea la Galia itálica. El macizo principal era cónico, pero
tenía otros conos menores en las laderas y estaba totalmente cubierta de nieve,
que brillaba bajo un cielo límpido. Naturalmente sabía de qué montaña se
trataba: era el monte Argacus, descrito por los griegos y que sólo unos pocos
occidentales habían visto. Y sabía que a sus pies estaba Eusebia Mazaca, la
única ciudad de Capadocia y sede del rey.
Lamentablemente, viniendo de Cilicia se aproximaban a la montaña por el
lado desde el que no se podía ver la ciudad, situada al norte a la orilla del
Halis, el gran río rojo de Anatolia central, río que era el mejor medio de
comunicación de Mazaca.
Poco después de mediodía Mario avistó las edificaciones apiñadas detrás
del monte Argacus, y estaba a punto de lanzar un suspiro de alivio cuando se
dio cuenta de que estaban entrando en un campo de batalla. ¡Que extraordinaria
sensación cabalgar por un terreno en el que habían luchado y perecido miles de
hombres pocos días antes, sin tener noticia de que hubiera habido una batalla!
Por primera vez en su vida, Cayo Mario, vencedor de Numidia y de los germanos,
cruzaba como observador un campo de batalla.
Sentía picor, escozores y calor, pero continuaba cabalgando hacia la
pequeña ciudad sin preocuparse mucho. No habían hecho nada por limpiar aquella
extensión y por doquier se veían cadáveres hinchados en descomposición,
desprovistos de armadura y ropa, y en la hedionda atmósfera sólo campaban nubes
de moscas. El guía lloraba y los dos esclavos habían enfermado, pero Cayo Mario
seguía cabalgando como si nada, atento a descubrir algo menos atroz; el
campamento de un ejército vivo y victorioso. Y allí estaba, a tres millas al
noreste, un mar enorme de tiendas de cuero bajo un tenue palio azulado de los
innumerables fuegos.
Mitrídates. No podía ser otro. Y Cayo Mario no cometió el error de
pensar que el ejército de cadáveres era el de Mitrídates. No; el suyo era el
indemne y victorioso, porque aquel terreno por el que cabalgaba estaba lleno de
capadocios; miserables habitantes de cuevas en la roca, pastores nómadas y
probablemente —se dijo, recobrando su sentido práctico— también cadáveres de
mercenarios sirios y griegos. ¿Dónde estaría el pequeño rey? No había necesidad
de preguntarlo. No se había presentado en Tarsos ni había contestado a las
cartas porque había muerto. Igual que los correos, sin duda alguna.
Quizá otro hombre habría vuelto grupas, alejándose precipitadamente con
la esperanza de que no hubiesen detectado su llegada; pero no Cayo Mario. Por
fin había dado con el rey Mitrídates Eupator, aunque fuera de su reino. Y lo
que hizo fue azuzar en los flancos a su cansada montura para apresurar el
encuentro.
Cuando se dio cuenta de que no había guardia y no habían detectado su
avance, que nadie le salía al paso al cruzar la gran puerta de la ciudad, Mario
quedó asombrado. ¡Qué seguro debía de sentirse el rey del Ponto!
Deteniendo la sudorosa cabalgadura, atisbó los bloques en ascenso de las
calles en busca de una acrópolis o ciudadela y vio en la ladera, detrás de la
ciudad, lo que dedujo sería el palacio: un edificio en piedra blanda poco
resistente al mordisco de los vientos invernales, pues estaba enlucida y
pintada de azul oscuro, en el que destacaban las columnas de color rojo fuerte
y con capiteles en rojo aún más oscuro, realzados por relucientes dorados.
¡Allí debe de estar!, se dijo Mario. Hizo entrar al caballo por una de
las estrechas calles en cuesta, orientándose hacia el palacio, que circundaba
una tapia pintada de azul y asomaba en medio de unos jardines desnudos. La
primavera se hace esperar en Capadocia, pensó, lamentando que el joven
Ariarates no hubiera alcanzado a verla. Era evidente que las gentes de Mazaca
se habían escondido, pues las calles estaban desiertas, y cuando llegó a la
puerta del recinto de palacio se la encontró sin guardia alguna. ¡Sí que se
sentía seguro Mitrídates!
Dejó el caballo en manos de los criados que había al pie de la
escalinata de la puerta principal, una doble puerta de bronce cincelado con
relieves representando escenas del estupro de Perséfone por Hades, con
increíble lujo de detalles. Disponía del tiempo que quisiera para fijarse en
aquellas repugnantes bufonadas y se detuvo un momento a la espera de que
contestasen a su atronadora llamada. Finalmente, oyó crujir y chirriar la
puerta y se abrió una de las hojas.
—¡Sí, sí, ya he oído! ¿Qué deseáis? —preguntó un anciano en griego.
Mario sintió en lo más profundo de su ser unas ganas incontenibles de
echarse a reír y habló con voz temblona, casi burlona.
—Soy Cayo Mario, cónsul de Roma. ¿Está el rey Mitrídates?
—No —contestó el viejo.
—¿Y se le espera?
—Sí, antes de que anochezca.
—¡Estupendo! —dijo Mario cruzando la puerta y entrando a una vasta sala,
que sin lugar a dudas era el salón del trono o de recepción, haciendo gesto a
sus servidores para que le siguieran—. Necesito alojamiento para mí
y estos tres hombres. Hemos dejado los caballos fuera, necesitan ser
conducidos al establo. Para mí, un baño caliente ahora mismo.
Cuando supo que llegaba el rey, Mario, revestido con la toga, salió al
pórtico del palacio y aguardó solo en lo alto de la escalinata. Por las calles
de la ciudad se veían avanzar tropas de caballería al paso, bien montadas y
bien armadas; llevaban escudos rojos con el emblema de una luna creciente
ciñendo una estrella de ocho puntas, vestían túnica roja sobre corazas de plata
sin cincelar y cascos cónicos, rematados no por plumas o crines de caballo,
sino por un creciente de oro en torno a una estrella de plata.
El rey no encabezaba el cortejo y era imposible distinguirlo entre
aquellos centenares de soldados. Quizá no le preocupe que no haya guardia en
palacio cuando él no está, pensó Mario, pero desde luego, cuida bien de su
persona. El escuadrón cruzó la puerta y llegó hasta la escalinata, en medio del
curioso ruido que hacen los cascos sin herrar, lo que a Mario le hizo recordar
que el Ponto era un país no lo bastante desarrollado para disponer de herreros
para las monturas. Naturalmente, él era perfectamente visible y permanecía
majestuosamente envuelto en su toga bordada en púrpura varios pies por encima
de aquella tropa.
El escuadrón abrió filas y el rey Mitrídates Eupator salió del centro en
un gran caballo bayo. Llevaba una capa púrpura, igual que el escudo que portaba
su escudero, aunque con el mismo emblema del creciente y la estrella. Pero él
no llevaba casco, sino que se tocaba con una piel de león, cuyos colmillos
superiores le rozaban las cejas, con las orejas erguidas y las cuencas de los
ojos vacías. Por debajo de la coraza dorada llena de adornos y la faldilla de
tiras asomaba otra faldilla y las mangas de una malla dorada; calzaba unas
preciosas botas griegas de piel de león con cordones de oro y borlas en forma
de cabeza de león.
Mitrídates bajó del caballo y se detuvo al pie de la escalinata, mirando
a Mario desde una posición inferior que en absoluto parecía complacerle. Pero
reaccionó inteligentemente y en seguida comenzó a ascenderla. Debe tener la
misma contextura y estatura que tenía yo, pensó Mario. No era
guapo, aunque su rostro era agradable, bastante ancho y cuadrado, con
barbilla redonda prominente y nariz grande, ligeramente torcida. Era de tez
clara, con destellos de cabello dorado y patillas que asomaban por debajo de la
cabeza de león, y ojos castaños; la boca, pequeña y de labios muy rojos, daba a
entender que el rey era colérico y malhumorado.
Vamos, ¿cuándo habrás visto antes a alguien con toga praetexta?, se dijo
Mario, repasando mentalmente lo que sabía del rey, sin recordar ninguna ocasión
en que hubiera podido verla, ni siquiera una toga alba. Porque Mitrídates no
había dejado traslucir ninguna duda de que no hubiese identificado a un
consular romano, de eso estaba seguro Mario, pues la experiencia le decía que
los que no habían visto nunca la vestidura siempre quedaban fascinados, aunque
la conocieran por referencias. ¿Donde has visto tú un cónsul?
El rey Mitrídates Eupator acabó de ascender con soltura la escalinata y,
ya en lo alto, tendió la mano derecha con arreglo al gesto universal de paz. Se
estrecharon la mano, y ambos fueron lo bastante inteligentes para no convertir
la ceremonia en una pugna de fuerza.
—Cayo Mario —dijo Mitrídates, en un griego con igual deje que el de
Mario—, es un inesperado placer.
—Rey Mitrídates, ojalá pudiera decir lo mismo.
—¡Pasad, pasad! —dijo el monarca, cordial, echando un brazo por encima
de los hombros de Mario y empujándole hacia la puerta entreabierta
—. Espero que la servidumbre os haya hecho sentir cómodo. —No puedo
quejarme, gracias.
Una docena de miembros de la guardia real se les adelantaron en el
salón del trono, cerrando el cortejo otros doce. Revisaron todos los
rincones y recovecos y la mitad de ellos salió para seguir registrando el resto
del palacio, mientras los que quedaban no apartaban la vista de Mitrídates,
quien se dirigió al trono de mármol con cojín púrpura y tomó asiento, chascando
los dedos para que colocasen al lado un sillón para Cayo Mario.
—Os ¿an ofrecido refrescos? —Inquirió el rey. —He preferido tomar un
baño —contestó Mario. —Pues ¿qué os parece si cenamos?
—Bien. Pero ¿por qué no lo hacemos aquí mismo, a menos que deseéis otra
compañía? No me importa comer sentado.
Dispusieron, pues, una mesa entre ambos, trajeron vino y un sencillo
plato de ensalada… yogur mezclado con ajo y pepino y unas sabrosas albóndigas
de cordero a la parrilla. El rey no hizo ningún comentario respecto a la
sencillez de la comida, sino que se dedicó a dar cuenta de ella con voracidad,
igual que Mario, hambriento por el viaje.
Sólo una vez que hubieron acabado, y ya retirados los platos, se
dispusieron a hablar. Afuera aún se veía un crepúsculo añil de ensueño, pero el
salón del trono había quedado a oscuras; los aterrados criados iban de lámpara
en lámpara, creando puntos de luz con una llamita temblona debido a la mala
calidad del aceite.
—¿Dónde está Ariarates VI? —inquirió Mario.
—Ha muerto —contestó Mitrídates, hurgándose los dientes con un palillo
de oro—. Murió hace dos meses.
—¿De qué?
La escasa distancia de un descansillo que separaba a Mario del rey le
permitía ver que Mitrídates tenía los ojos tirando a verdes y que el color
marrón se debía a múltiples motas, un detalle bastante notable. Ahora, aquellos
ojos se tornaron glaciales, desviándose, para volver a fijarse en él muy
abiertos y candorosos; va a mentirme, pensó inmediatamente Mario.
—De una enfermedad incurable —contestó Mitrídates con gesto compungido—,
Creo que murió en palacio. Yo no estaba.
—Disteis batalla fuera de la ciudad —dijo Mario.
—No tuve más remedio —contestó escuetamente Mitrídates.
—¿Por qué?
—Porque había un pretendiente sirio al trono, una especie de primo
seléucida. Hay mucha sangre seléucida en la familia real de Capadocia — añadió
el rey.
—¿Y eso en qué os concierne?
—Atañe a mi suegro, uno de mis suegros, que es capadocio. El príncipe
Gordio. Y mi hermana era madre del difunto Ariarates VII y de su hermano menor,
que sigue vivo. Ese hijo es ahora, naturalmente, el rey, y así
garantizo que se siente en el trono de Capadocia el rey debido —contestó
Mitrídates.
—No sabía que Ariarates VII tuviese un hermano más joven —dijo Mario con
voz queda.
—Oh, sí. No os quepa duda.
—Debéis decirme qué sucedió.
—Pues que recibí una petición de ayuda en Dasteira el mes de Boedromion
y, naturalmente, puse en pie mi ejército y marché sobre Eusebia Mazaca. Estaba
desierta, el rey había muerto y su hermano había huido a las tierras de los
trogloditas. Yo ocupé la ciudad y en ésas se presentó el pretendiente sirio con
sus tropas.
—¿Cómo se llama ese pretendiente sirio? —Seleuco —se apresuró a
contestar Mítrídates.
—¡Ah, un nombre verdaderamente apropiado para un pretendiente sirio!
—comentó Mario.
Pero aquella cruda ironía no la captó Mitrídates, que no poseía la
sutileza romana o griega respecto a las palabras, y seguramente apenas reía. Es
mucho más raro que Yugurta de Numidia, pensó Mario; quizá no tan inteligente,
pero sí mucho más peligroso. Yugurta asesinó a muchos parientes próximos, pero
siempre consciente de que los dioses le exigirían cuentas, mientras que
Mitrídates se cree un dios e ignora toda vergüenza o culpabilidad. Ojalá
supiese más cosas de él y del reino del Ponto. Lo poco que me contó Nicomedes
no me sirve de nada, seguramente se imagina que conoce a este hombre, pero no
sabe nada de él.
—Creo entender que os enfrentasteis y derrotasteis a Seléuco, el
pretendiente sirio —dijo Mario.
—Exacto —dijo el rey con desprecio—. ¡Era una tropa deplorable! Los
matamos a casi todos.
—Eso he visto —dijo Mario con sequedad, inclinándose hacia adelante
—. Decidme, rey Mitrídates, ¿no es costumbre en el Ponto limpiar el
campo de batalla?
Mitrídates parpadeó, mostrando su perplejidad por la falta de recato del
romano.
—¿En esta época del año? —replicó—. ¿Para qué? Cuando llegue el verano
ya se habrán descompuesto.
—Ya entiendo. — Erguido, porque era el modo romano de sentarse, ya que
la toga no permitía rebullirse mucho, Cayo Mario apoyó las manos en los brazos
del sillón—. Me gustaría ver al rey Ariarates octavo, si es que así se llama.
¿Sería posible?
—¡Desde luego, desde luego! —replicó Mitrídates afablemente, y dio unas
palmadas—. Que vengan el rey y el príncipe Gordio —ordenó al anciano servidor
que acudió a la llamada—. Hallé a mi primo y al príncipe Gordio a salvo entre
los trogloditas hace diez días —añadió, dirigiéndose a Mario.
—¡Qué suerte! —comentó éste.
Entró el príncipe Gordio llevando de la mano a un niño de unos diez
años. El tendría más de cincuenta y ambos vestían al estilo griego;
permanecieron obedientemente a los pies del estrado, frente a Mitrídates y
Mario.
—Hola, jovencito, ¿cómo estás? —inquirió Mario.
—Bien, gracias, Cayo Mario —contestó el niño, de un asombroso parecido a
Mitrídates.
—Tengo entendido que tu hermano ha muerto.
—Sí, Cayo Mario. Murió aquí en palacio hace dos meses de una enfermedad
incurable —trinó el pequeño monarca.
—¿Y tú eres ahora el rey de Capadocia?
—Sí, Cayo Mario.
—¿Y te complace?
—Sí, Cayo Mario.
—¿Tienes edad para gobernar?
—Me ayudará el abuelo Gordio.
—¿Abuelo?
—Soy abuelo de todo el mundo, Cayo Mario —terció Gordio con un suspiro y
una aviesa sonrisa.
—Entiendo. Gracias por la audiencia, rey Ariarates.
El niño y el adulto salieron, tras una airosa reverencia.
—Es un buen chico mi Ariarates —dijo Mitrídates con gran satisfacción.
—¿Vuestro Ariarates?
—Metafóricamente, Cayo Mario.
—Se os parece mucho.
—Su madre era mi hermana.
—Sí, ya se que en vuestro linaje hay muchos matrimonios consanguíneos
—dijo Mario agitando las cejas, elocuente aviso para Lucio Cornelio Sila,
aunque para el rey Mitrídates carecía de significado—. Bien, por lo visto, los
asuntos de Capadocia han quedado bien arreglados — añadió jovial—. Eso
significa, naturalmente, que vais a regresar al Ponto con vuestro ejército.
Mitrídates tuvo un sobresalto.
—Creo que no, Cayo Mario. Capadocia aún no está segura y ese niño es el
último del linaje. Será mejor que mantenga aquí mi tropa.
—¡Sería mejor que regresarais con ella a vuestro país!
—No puedo.
—Sabéis que sí.
El rey comenzó a rebullirse, entre crujidos de su coraza.
—¡No podéis decirme lo que debo hacer, Cayo Mario!
—Oh, sí puedo —replicó Mario con firmeza, sin perder la calma—. A Roma
no le interesa notablemente esta parte del mundo, pero si comenzáis a mantener
ejércitos de ocupación en países que no os pertenecen, puedo aseguraros que
aumentará enormemente el interés de Roma por esta región. Y las legiones de
Roma las forman romanos, no campesinos capadocios ni mercenarios sirios. Estoy
seguro que no deseáis ver las legiones romanas por aquí. Pero, a menos que
regreséis al Ponto con vuestro ejército, rey Mitrídates, veréis legiones
romanas. Os lo garantizo.
—¡No podéis decir eso sin tener ningún cargo!
—Soy un romano consular, puedo decirlo y os lo digo.
La cólera del rey iba en aumento, pero Mario advirtió que también
comenzaba a sentir miedo. ¡Siempre los asustamos!, pensó regocijado. Son
como esos animales tímidos que se alejan gañendo con el rabo entre
piernas.
—¡Aquí me necesitan, igual que a mi ejército!
—No es cierto. ¡Volved a vuestro país, rey Mitrídates!
El rey se puso en pie de un salto y se llevó la mano a la espada, al
tiempo que se acercaban los doce soldados de guardia que había en el salón, a
la espera de órdenes.
—¡Podría mataros, Cayo Mario! ¡Y creo que lo haré! Podría mataros y
nadie sabría lo que os ha sucedido. Podría enviar vuestras cenizas a Roma en un
gran jarrón de oro con una carta de pésame diciendo que habíais muerto de una
enfermedad mortal en este palacio de Mazaca.
—¿Como Ariarates VII? —inquirió Mario inmutable, irguiéndose en el
sillón audazmente, sin alterarse—. ¡Calmaos rey Mitrídates! Sentaos y sed
razonable. Sabéis perfectamente que no podéis matar a Cayo Mario. Si lo
hicieseis, las legiones romanas acudirían al Ponto y a Capadocia con la rapidez
que permitan nuestras naves. Sabéis —prosiguió en tono locuaz, tras un
carraspeo— que no hemos tenido una guerra desde que derrotamos a tres cuartos
de millón de bárbaros germanos. ¡Y eso sí que era un enemigo! Aunque no un
enemigo que pueda compararse en riqueza al Ponto. El botín que Roma podría
obtener en esta parte del mundo haría esa guerra muy deseable. ¿Para qué
provocarla, rey Mitrídates? ¡Volved a vuestro país!
De pronto, Mario se vio solo. El rey había abandonado el salón con su
guardia. El romano, pensativo, se puso en pie y salió de allí camino de sus
habitaciones, con el estómago lleno de buena comída sencilla, como a él le
gustaba, y la cabeza plena de interesantes cavilaciones. Que Mitrídates
retiraría su ejército, no le cabía la menor duda, pero ¿dónde habría visto
romanos togados? ¿Y dónde habría visto un romano con toga bordada en púrpura?
Que el rey supiese que él era Cayo Mario sería porque el anciano le habría
enviado aviso, pero lo dudaba. No, el rey habría recibido las cartas que él
había enviado a Amasia y desde entonces había tratado de eludir su visita. Lo
que quería decir que Batacio, el archigallos de Pessinus era un espía a su
servicio.
Y por mucho que madrugó al día siguiente, deseoso de emprender el camino
a Cilicia lo antes posible, resultó tarde para ver al rey del Ponto. El rey del
Ponto, le dijo el anciano servidor, había salido con su ejército de regreso a
su país.
—¿Y el pequeño Ariarates Eusebio Filopator? ¿Ha partido con el rey
Mitrídates o sigue aquí?
—Está aquí, Cayo Mario. Su padre le nombró rey de Capadocia y aquí debe
estar.
—¿Su padre? —inquirió Mario con brusquedad.
—El rey Mitrídates —contestó el anciano cándidamente.
¡Así que era eso! Nada de hijo de Ariarates VI, sino hijo de Mitrídates.
Era listo, pero no lo bastante.
Gordio salió a despedirle, todo sonrisas y reverencias; pero al rey niño
no lo vio por ninguna parte.
—Así que haréis de regente —dijo Mario, de pie junto a un caballo nuevo,
mucho más alto que el que le había traído desde Tarsos; también sus servidores
llevaban mejores monturas.
—Hasta que el rey Ariarates Eusebio Filopator sea mayor de edad para
reinar, Cayo Mario.
—Filopator —dijo Mario en tono burlón— significa hijo amante de su
padre. ¿Creéis que echará de menos a su padre?
—¿A su padre? —replicó Gordio, abriendo unos ojos como platos—. Su pobre
padre murió cuando él era muy pequeño.
—No, Ariarates VI hace mucho que murió para haber podido engendrar este
niño —espetó Mario—. No soy tonto, príncipe Gordio. Llevad este aviso a vuestro
señor Mitrídates. Decidle que sé de quién es hijo el rey de Capadocia. Y que
estaré vigilante —añadió, aceptando que le ayudara a meter el pie en el
estribo—. Me imagino que sois el abuelo real del niño y no el abuelo de todo el
mundo. La única razón por la que he dejado las cosas como están es porque la
madre del niño, al menos, es capadocia… vuestra hija, supongo.
Incluso aquel ser, rendido servidor de Mitrídates, comprendió que era
inútil seguir fingiendo y asintió con la cabeza.
—Mi hija es la reina del Ponto, y su hijo mayor sucederá al rey
Mitrídates. Por eso me complace que este niño reine en mi propio país. Es el
último del linaje; mejor dicho, lo es su madre.
—No sois príncipe real, Gordio —dijo Mario con desdén—. Seréis
capadocio, pero supongo que el título de príncipe os lo habéis atribuido. Con
lo cual vuestra hija no es la última del linaje. Llevad mi aviso al rey
Mítrídates.
—Así lo haré, Cayo Mario —contestó Gordio sin ofenderse.
Mario hizo girar al caballo, pero se detuvo y miró hacia atrás.
—¡Ah, una última cuestión! ¡Limpiad el campo de batalla, Gordio! Si los
orientales queréis ganaros el respeto de los países civilizados debéis
conduciros como personas civilizadas. No se dejan miles de cadáveres tirados
después de un combate, aunque sean del enemigo y se les desprecie. No es un
buen recurso militar, sino un signo de barbarie. Y, por lo que veo, eso es lo
que precisamente es vuestro amo Mitrídates… un bárbaro. Adiós.
Y puso el caballo al trote, seguido de sus servidores.
No es que Gordio admirase la audacia de Mario, pero tampoco admiraba a
Mitrídates de corazón. Por eso volvió grupas y se dispuso a hablar con el rey
antes de que abandonase Mazaca para repetirle todo lo que le había dicho Mario
y complacerse en el enfado de Mítrídates. Claro que su hija era reina del
Ponto, y su nieto Farnaces, heredero del trono del Ponto. Sí, no le iban mal
las cosas a él, que, como había dicho Mario, no era príncipe real de Capadocia.
Cuando el rey niño, que era hijo de Mitrídates, tuviera derecho a
reinar, sin duda apoyado por su padre, él se aseguraría el reinado en el templo
de Ma de Comana, en un valle de Capadocia situado entre el curso alto del Sarus
y del Piramo. Allí, siendo sacerdote-rey, estaría seguro y gozaría de enorme
prosperidad y poder.
Encontró a Mitrídates al día siguiente en un campamento a la orilla del
Halis, no lejos de Mazaca, y le transmitió palabra por palabra lo que Mario le
había dicho. El rey se enfureció pero no hizo comentario alguno; se limitó a
mirarle con ojos desorbitados mientras apretaba y aflojaba los puños.
—¿Has limpiado el campo de batalla? —inquirió.
Gordio tragó saliva, sin saber qué contestar, y al final dio la
respuesta equivocada.
—Claro que no, gran señor.
—Pues, ¿qué haces aquí? ¡Límpialo!
—¡Gran rey, divina majestad, os llamó bárbaro!
—Con arreglo a sus costumbres, claro que lo soy —replicó Mitrídates
—. No tendrá una segunda ocasión. Si es indicio de hombre civilizado
gastar energías en semejantes tareas cuando la época del año lo hace
innecesario, que así sea. Nosotros también gastaremos energías. ¡Nadie que se
precie de civilizado encontrará en mi conducta ningún signo de barbarie!
Hasta que se te pase el malhumor, pensó Gordio para sus adentros; Cayo
Mario tiene razón, gran señor, eres un bárbaro.
Se adecentó, pues, el campo de batalla en las afueras de Mazaca. Se
quemaron los montones de cadáveres y las cenizas fueron enterradas en un enorme
túmulo que resultaba insignificante visto con el telón de fondo del monte
Argaeus.
Pero el rey Mitrídates no permaneció allí para ver sus órdenes
cumplidas; hizo regresar su ejército al Ponto y él emprendió viaje a Armenia de
un modo poco habitual, pues se hizo acompañar de casi toda la corte, incluidos
diez esposas, treinta concubinas y media docena de sus hijos mayores, en un
séquito que se extendía más de una milla de tantos caballos, carros de bueyes,
literas, carrozas y acémilas de que constaba. Avanzaban casi a paso de caracol,
cubriendo entre quince y veinticuatro millas diarias; pero avanzando
constantemente, pese a las súplicas de algunas de sus mujeres más débiles para
que hicieran un alto de un día o dos. Los escoltaba una caballería selecta de
mil hombres, exactamente el número adecuado para una embajada real.
Porque de una embajada se trataba. En Armenia reinaba un nuevo rey,
Mitrídates había recibido la noticia recién iniciada su campaña en Capadocia e
inmediatamente envió órdenes específicas a Dasteira para que vinieran mujeres e
hijos, notables, regalos, ropas y equipaje. La caravana tardó casi dos meses en
llegar al Halis junto a Mazaca, casi al mismo
tiempo que Cayo Mario. Mario no había encontrado al rey en Mazaca porque
estaba con su corte itinerante a orillas del Halis para comprobar que todo se
había hecho conforme a sus deseos.
De momento, lo único que sabía Mitrídates del nuevo soberano armenio es
que era joven, hijo legítimo del antiguo rey Artavasdes, que se llamaba
Tigranes y que había sido rehén del rey de los partos desde niño. ¡Un rey de mi
edad!, pensaba Mitrídates eufórico; un rey de una poderosa nación oriental que
no tiene compromisos con Roma, ¡un rey capaz de aliarse con el Ponto contra
Roma!
Armenia era un país atravesado por vastas cordilleras, en torno al
Ararat, que se extendía por el este hasta el mar Caspio o Hircanio; por
tradición y por su situación geográfica, estaba muy vinculado al reino de los
partos, cuyos reyes nunca habían manifestado interés alguno por las tierras al
oeste del río Éufrates.
La mejor ruta era seguir el Halis hasta su nacimiento, para cruzar la
vertiente y llegar al pequeño reino de Mitrídates llamado Armenia Menor y el
alto Éufrates y volver a cruzar otra cuenca hidrográfica hasta las fuentes del
Araxes, hasta Artaxata, capital de Armenia.
En invierno, el viaje habría sido imposible por la altitud, pero a
principios de primavera no podía ser más agradable. La caravana discurrió por
valles llenos de flores: la achicoria azul, los amarillos ranúnculos y
primaveras, las llamativas amapolas. No había bosques; unicamente plantaciones
de árboles leñosos como barrera contra los vientos. Pero la estación era tan
breve, que chopos y abedules aún no tenían hojas, pese a ser el mes de junio.
La única ciudad era Carana, y tampoco abundaban los pueblos; incluso las
tiendas marrones de los nómadas eran escasas. Lo que significaba que la
caravana tenía que transportar grano, forraje, frutas y verduras y recurrir a
los pastores con que se tropezase para proveerse de carne. Sin embargo,
Mitrídates fue listo y adquirió todo lo que no podía procurarse en la
naturaleza, para quedar en la memoria de aquellas gentes como un auténtico dios
que repartía espléndidas dádivas.
En Julio llegaron al río Araxes y surcaron el estrecho valle. Mitrídates
fue muy escrupuloso en las compensaciones a los campesinos por cualquier
destrozo que causaba su caravana, haciendo todas las transacciones por señas,
pues los que sabían un poco de griego habían quedado más allá del Éufrates.
Había enviado una avanzadilla a Artaxata para anunciar su llegada y se
aproximaba a la ciudad muy risueño: algo le decía que aquel largo peregrinaje
no iba a ser en vano.
Tigranes de Armenia acudió en persona a recibirle en el camino
extramuros, escoltado por su guardia, totalmente cubierta de cota de malla, con
largas lanzas en vanguardia y escudo a la espalda. El rey Mitrídates,
fascinado, contempló aquellos enormes caballos, también cubiertos de cota de
malla. ¡Qué espectáculo el rey armenio, de pie en un carro dorado de ruedas
pequeñas tirado por seis pares de bueyes blancos, y a cubierto en un parasol!
Vestía falda abierta con borlas, bordada en tonos amarillos y azafrán,
chaquetilla de manga corta y se tocaba con una tiara ceñida con la cinta blanca
de la diadema.
Mitrídates, con armadura dorada y la piel de león, botas griegas y la
espada enjoyada en un tahalí con diamantes que fulgía al sol, bajó de su gran
caballo bayo y avanzó hacia Tigranes con los brazos abiertos. Sus manos se
juntaron, unos ojos oscuros miraron aquellos ojos verdes y se forjó una amistad
que no se basaba estrictamente en el mutuo agrado. Cada uno vio en el otro a un
aliado y ambos comenzaron inmediatamente a evaluar sus necesidades en la
reciprocidad. Juntos, dieron media vuelta y comenzaron a caminar por el
polvoriento camino hacia la ciudad.
Tigranes era de tez clara, pero de pelo y ojos oscuros. Llevaba el
cabello y la barba largos, muy rizados y con hilos de oro. Mitrídates pensaba
que tendría aspecto de monarca helenizado, pero su estilo no era helenista,
sino parto; por eso llevaba el pelo, la barba y las vestiduras largos. No
obstante, afortunadamente hablaba un excelente griego, igual que dos o tres de
sus notables. El resto de la corte, como el populacho, hablaba un dialecto
medo.
—Incluso en lugares tan partos como Ecbatana y Susa, hablar griego es
signo de hombre cultivado —dijo el rey Tigranes mientras tomaban asiento
en dos sillones reales a un lado del trono de oro armenio—. No deseo
ofenderos sentándome más alto —añadió.
—He venido a requerir un tratado de amistad y alianza con Armenia — dijo
Mitrídates.
La conversación discurrió delicadamente para tratarse de dos hombres tan
arrogantes y autócratas, indicio de que ambos vislumbraban un cómodo acuerdo.
Mitrídates, naturalmente, era el más poderoso, pues no dependía de un soberano
y su reino era mucho más extenso, aparte de ser muchísimo más rico.
—Mi padre era muy parecido en muchos aspectos al rey de los partos —dijo
Tigranes—. Los hijos que tenía a su lado en Armenia los fue matando uno a uno,
y yo me libré porque me habían enviado de rehén a los ocho años con el rey de
los partos. Así, cuando mi padre cayó enfermo, no le quedaba más hijo que yo.
El consejo armenio negoció con el rey Mitrídates de Partia mi liberación, pero
el precio del rescate era muy elevado: setenta valles armenios, todos ellos en
la frontera entre Armenia y la Atropatene media, lo que significaba que mi país
perdía parte de sus tierras más fértiles. Además, esos valles tenían ríos
auríferos, lapislázuli de gran calidad, turquesas y ónice negro. He jurado que
Armenia recobrará esos setenta valles y me propongo encontrar un lugar mejor
que este frío hoyo de Artaxata para construir otra capital.
—¿No contribuyó Aníbal al diseño de Artaxata? —inquirió Mitrídates. —Eso
dicen —contestó Tigranes escuetamente, para volver al tema de
sus sueños imperiales—. Mi ambición es la expansión de Armenia hacia el
sur, hacia Egipto, y hasta Cilicia por el oeste. Quiero ganar acceso al
Mediterráneo, rutas comerciales, tierras más cálidas para cultivar trigo y que
todos mis súbditos hablen el griego. — Se detuvo para humedecerse los labios—.
¿Qué os parece todo eso, Mitrídates?
—Me parece bien, Tigranes —contestó el rey del Ponto—. Os garantizo mi
apoyo y mis tropas para que lo consigáis… si me apoyáis cuando avance hacia el
oeste para apoderarme de la provincia romana de Asia Menor. Podéis quedaros con
Siria, Comagene, Osrhoene, Sofene, Gordiea, Palestina y Nabatea. Yo me quedaré
Anatolia, la Cilicia incluida.
Tigranes no se lo pensó dos veces.
—¿Cuándo? —inquirió.
Mitrídates se recostó en la silla.
—Cuando los romanos estén demasiado ocupados para percatarse de nosotros
—contestó—. Somos jóvenes, Tigranes, y podemos esperar. Conozco a los romanos y
sé que más pronto o más tarde Roma se verá envuelta en una guerra en Occidente
o en Africa. En ese momento actuaremos.
Para sellar el pacto, Mitrídates presentó a la hija que había tenido con
la difunta Laódice, una muchacha de quince años llamada Cleopatra, y se la
ofreció a Tigranes por esposa. Como Armenia aún no tenía reina, Cleopatra
ascendería al trono, compromiso de gran importancia, ya que un nieto de
Mitrídates sería el heredero del trono de Armenia. Cuando la adolescente de
cabello y ojos dorados vio a su futuro esposo, rompió a llorar aterrada por su
extraño aspecto, Tigranes hizo una gran concesión para una persona que se ha
criado en una cerrada corte oriental de barbas —reales y artificiales— y rizos
—auténticos y ficticios—, afeitándose la barba y cortándose el largo cabello.
La novia comprobó que, después de todo, era un guapo mozo, puso su mano sobre
la de él y le sonrió. Deslumbrado por tanta amabilidad, Tigranes pensó que era
un hombre afortunado, quizá la última vez en su vida que sentiría algo
semejante a la humildad.
Cayo Mario se alegró sobremanera de encontrar a su esposa y a su hijo
con la reducida escolta de Tarsos, y contentos de vivir la vida de pastores
nómadas; el pequeño Mario había aprendido bastantes palabras de aquel extraño
idioma de los nómadas y había asimilado muy bien el cuidado de las ovejas.
—¡Mira, tata! —dijo a su padre, al que había llevado a ver su pequeño
rebaño en el sitio en que pastaban. Cogió una piedra y la tiró diestramente a
un lado de la oveja que dirigía el rebaño, haciendo que al instante todos los
animales dejasen de pastar y se tumbaran obedientes—. ¿Ves? Saben cuál es la
señal para tumbarse. ¿Verdad que es estupendo?
—Desde luego —contestó Mario, mirando a su hijo, fuerte, atractivo y
tostado por el sol—. Hijo, ¿estás listo para partir?
—¿Partir?
—Tenemos que salir inmediatamente para Tarsos.
El pequeño Mario parpadeó para ahuyentar las lágrimas, miró arrobado a
sus ovejas y suspiró.
—Estoy listo, tata —respondió.
Julia arrimó su asno al alto caballo capadocio de Mario en cuanto pudo.
—¿No puedes decirme qué es lo que te trae tan preocupado? —inquirió
—. ¿Por qué has enviado tan precipitadamente a Morsimos de avanzadilla?
—Ha habido un golpe de estado en Capadocia —contestó Mario—, y el
rey Mitrídates ha puesto a su hijo en el trono, con su suegro de
regente. El joven rey capadocio ha muerto, sospecho que asesinado por
Mitrídates. No obstante, la lástima es que ni Roma ni yo podemos hacer gran
cosa.
—¿Viste al rey antes de que muriera?
—No. He visto a Mitrídates.
—¿Estaba en Mazaca? —inquirió Julia, estremecida, mirando su serio
rostro—. ¿Cómo lograste huir?
—¿Huir? —replicó Mario, cambiando la grave expresión por un gesto de
sorpresa—. No había necesidad de huir, Julia. ¡Mitrídates será el rey de la
mitad oriental del mar Euxino pero jamás osaría hacer daño a Cayo Mario!
—Entonces, ¿por qué nos marchamos tan aprisa?
—Para no darle ocasión de lucubrar ideas para hacer daño a Cayo Mario
—contestó él sonriente.
—¿Y lo de Morsimos?
—Es algo muy prosaico, meum mel En Tarsos hará ahora más calor aún, y le
he enviado a que nos encuentre una embarcación para zarpar nada más llegar
allí. Pasaremos el verano placenteramente explorando las costas de Cilia y
Panfilia y haremos un viaje a las montañas para ver Olba. Ya sé que te llevé a
toda prisa por la Tracia seléucida cuando íbamos hacia Tarsos, pero ahora no
hay prisa. Eres descendiente de Eneas y es de rigor que saludes a los
descendientes de Teucro. Dicen que hay unos lagos
maravillosos en el alto Tauro, por encima de Ataleia. Iremos también a
verlos, ¿te parece bien?
—¡Ya lo creo!
El programa se realizó en todos sus detalles, y Cayo Mario y su familia
no llegaron a Halicarnaso hasta enero, tras recorrer plácidamente unas costas
famosas por su belleza. No vieron ningún pirata, ni siquiera en Coracesium,
donde Mario se dio el gusto de ascender al espolón en que se asentaba la
antigua fortaleza de los piratas para, finalmente, descubrir el modo de
tomarla.
Halicarnaso fue para Julia y el pequeño Mario como Roma, y nada más
desembarcar se dedicaron a pasear por la ciudad, recobrando el contacto con sus
encantos. Mario se sentó a descifrar dos cartas, una de Lucio Cornelio Sila,
enviada desde la Hispania Citerior, y otra llegada de Roma de Publio Rutilio
Rufo. Cuando Julia entró en el despacho se encontró con un Mario de ceño
estremecedor.
—¿Malas noticias? —le preguntó.
El ceño fue sustituido por un parpadeo levemente malicioso y Mario
adoptó una expresión inocente.
—Yo no diría que son malas.
—¿Hay alguna buena?
—¡Noticias espléndidas de Lucio Cornelio! Quinto Sertorio ha obtenido la
corona de hierba.
—¡Ah, estupendo, Cayo Mario! —exclamó Julia. Tiene sólo veintiocho años…
Claro, es un Mario. ¿Por qué se la han concedido? —inquirió Julia sonriente.
—Por evitar la aniquilación de un ejército, naturalmente. Es la única
manera de ganar la corona obsidionalis.
—¡No te hagas el listo, Cayo Mario! Sabes a qué me refiero.
—El invierno pasado le enviaron con la legión que manda a Castulo para
guarnecer la plaza, apoyado por una legión de Publio Licinio Craso de la
Hispania Ulterior. Las tropas de ésta se descontrolaron y los celtíberos
asaltaron las defensas de la ciudad. ¡Y nuestro muchacho se cubrió de
gloria salvando la ciudad, las dos legiones y ganando la corona de hierba!
—Tendré que escribirle dándole la enhorabuena. ¿Lo sabrá su madre?
¿Crees que él se lo habrá dicho?
—Probablemente no. Es demasiado modesto. Escribe tú a Ria. —Lo haré.
¿Qué más cuenta Lucio Cornelio?
—Poca cosa —contestó Mario con un gruñido—. Que no está contento. ¡Pero
es que nunca lo está! Sus elogios a Quinto Sertorio son generosos, pero creo
que habría preferido ganar él la corona de hierba. Tito Didio no le da mando en
el campo de batalla.
—¡Oh, pobre Lucio Cornelio! ¿Y por qué no?
—Porque es demasiado valioso —contestó Mario, lacónico—. Es un
planificador nato.
—¿Dice algo de la esposa germana de Quinto Sertorio?
—Sí. Está viviendo con el niño en una gran ciudad celtibérica
fortificada que se llama Osca.
—¿Y su propia esposa germana, la que tuvo gemelos?
—Vete a saber —contestó Mario, encogiéndose de hombros—. Nunca habla de
ellos.
Se hizo un breve silencio y Julia miró por la ventana.
—Ojalá hablase de ellos —dijo por fin Julia—. En cierto modo, encuentro
algo raro que no lo haga. Ya sé que no son romanos y que probablemente no podrá
traerlos a Roma. ¡Pero estoy segura de que les tiene cariño!
Mario optó por no contestar.
—La carta de Publio Rutilio es extensa y llena de novedades —dijo
provocador.
—¿Que yo puedo escuchar?
—¡Ya lo creo! —contestó Mario, conteniendo la risa—. Sobre todo la
conclusión.
—¡Pues léela, Cayo Mario, léela!
Saludos de Roma, Cayo Mario. Te escribo ésta en Año Nuevo, después de
recibir promesa de un rápido trayecto para ella nada menos que por boca de
Quinto Granios de Puteoli. Espero que te halle en Halicarnaso, pero si no es
así, ya te llegará.
Te alegrará saber que Quinto Mucio conjuró las amenazas de
procesamiento, en gran medida gracias a su elocuencia en el Senado y a los
discursos de apoyo de su primo Craso Orator y del mismísimo Escauro, príncipe
del Senado, quien está totalmente de acuerdo con lo que hemos hecho Quinto
Mucio y yo en la provincia de Asia. Como era de esperar, fue más difícil tratar
con el Tesoro que con los publicani. Si a un hombre de negocios romano le
reconoces lo suyo, siempre se impone el sentido comercial, y en nuestras
disposiciones para la provincia de Asia se ha impuesto ante todo el sentido
comercial. Fueron sobre todo los coleccionistas de arte los que más pusieron el
grito en el cielo, en particular Sexto Perquitieno. La estatua de Alejandro que
se llevó de Pérgamo ha desaparecido misteriosamente de su peristilo, quizá
porque Escauro, príncipe del Senado, le concedió especial relieve en su
discurso ante la Cámara. En cualquier caso, el Tesoro cedió por fin, a
regañadientes, y los censores anularon las contratas de Asia. A partir de
ahora, los impuestos de la provincia de Asia se basarán en las cifras que
calculamos Quinto Mucio y yo. De todos modos, no quiero darte la impresión de
que todo ha quedado olvidado, ni aun en el caso de los publicani. Una provincia
bien administrada es difícil de explotar, y entre esos recaudadores hay muchos
que querrían seguir explotando la provincia de Asia. El Senado ha acordado
enviar hombres más distinguidos para su gobierno, y eso impedirá que los
publicani se impongan.
Tenemos nuevos cónsules. Nada menos que Lucio Licinio Craso Orator y mi
querido Quinto Mucio Escévola. Nuestro pretor urbano es Lucio Julio César, que
ha sustituido a un extraordinario hombre nuevo, Marco Herenio. Nunca he visto a
nadie que tenga más atractivo para los electores que ese Marco Herenio, aunque
no acabo de entender por qué. La cuestión es que basta con que le vean y
comienzan a votarle a gritos. Un hecho que no gustó nada a aquel rastrero
monumental que tuviste a tu servicio cuando
era tribuno de la plebe, me refiero a Lucio Marco Filipo. Cuando se hizo
el recuento de votos para pretor, hace un año, Herenio figuraba en cabeza y
Filipo en cola. Quiero decir de los seis nombrados. ¡Habrías debido oír los
quejidos y gimoteos! Los de este año apenas tienen interés. El año pasado el
praetor peregrinus, Cayo Haco, llamó la atención sobre su persona dando plena
ciudadanía romana a una sacerdotisa de Ceres en Velia, una tal Califana. Toda
Roma ansía saber por qué, pero es de imaginar.
Los censores Antonio Orator y Lucio Haco han concluido la concesión de
contratas (complicada por las actividades de dos personas en la provincia de
Asia, que hizo que se retrasasen bastante) y han hecho un escrutinio en los
rollos senatoriales sin hallar ningún culpable, e igual resultado entre los
caballeros. Ahora están poniendo en marcha un censo completo del pueblo romano
en todo el orbe, dicen, y afirman que nadie escapará a sus redes.
Con tan loable propósito han alzado una caseta en el Campo de Marte para
ir confeccionando el de Roma. Para cubrir Italia, han reunido una fuerza
defuncionarios, asombrosamente bien organizada, cuyo cometido es recorrer todas
las ciudades de la península para establecer el censo correspondiente. Yo lo
apruebo, aunque hay muchos que no, y dicen que basta con el antiguo método de
que los ciudadanos rurales se inscriban a través de los duumviri de su
municipio y los de provincias a través del gobernador. Pero Antonio y Haco
insisten en que su sistema es mejor, y lo es. Tengo entendido, sin embargo, que
los ciudadanos residentes en provincias tendrán que seguir inscribiéndose a
través de los gobernadores. Naturalmente, los chapados a la antigua dicen que
el resultado será el mismo, como lo es siempre.
Y unas cuantas noticias de provincias, ya que, como estás en ese
apartado rincón del mundo, no las sabrás. Antíoco VIII de Siria, llamado Gripo
Nariz Ganchuda, ha sido asesinado por… no sé si su primo, su tío o su
hermanastro, Antíoco IX, llamado Ciziceno. Tras lo cual, la esposa de Gripo,
Cleopatra Selene de Egipto, se apresuró a casarse con el asesino de su esposo,
el tal Ciziceno. ¿Lloraría mucho entre la viudez y su nueva
boda? No obstante, esta noticia significa al menos que de momento en la
Siria del norte gobierna un solo rey.
De mayor interés para Roma es la muerte de uno de los Tolomeos, Tolomeo
Apion, hijo bastardo del horrendo Tolomeo Gran Vientre de Egipto, que murió
hace poco en Cirene. Recordarás que era rey de Cirenaica, pero murió sin dejar
heredero. ¡Y, mira lo que son las cosas, dejó el reino de Cirenaica en herencia
a Roma! El viejo Atalo de Pérgamo ha iniciado una nueva moda. Es un agradable
sistema para acabar dominando el mundo, Cayo Mario. A base de testamentos.
¡Espero que decidas regresar este año! Roma es muy aburrida sin ti, ni
siquiera tengo al Meneitos para quejarme de él. Actualmente circula un rumor de
lo más curioso, según el cual el Meneítos habría muerto ¡envenenado! El que lo
propala es nada menos que el físico de moda en el Palatino, Apolodoro Sículo.
Cuando se indispuso el Meneítos, llamaron a Apolodoro, que al parecer no quedó
muy convencido con aquella muerte y reclamó una autopsia. El Meneitos hijo se
negó, quemaron a su tata, lo enterraron en una tumba de horrendos adornos y de
eso hace ya muchas lunas. Pero el pequeño griego siciliano ha hecho
averiguaciones e insiste en que el Meneítos bebió una poción muy nociva a base
de semillas de melocotón. El Meneítos hijo replica que nadie tenía motivos para
hacerlo y ha amenazado con llevar a Apolodoro ante los tribunales si no deja de
ir diciendo por ahí que a su padre le envenenaron. Nadie piensa, ¡ni siquiera
yo!, que el Meneítos se cargara al tata, ¿y qué otra persona lo habría podido
hacer?
Un retazo final delicioso y te dejo en paz. Son cotilleos de familia
pero los repite toda Roma. El esposo de mi sobrina, al volver del extranjero y
ver el pelo rojo del último híjo, se ha divorciado por adulterio.
Te daré más detalles de esto cuando te vea en Roma. Haré un sacrificio a
los lares Permarini para tu feliz regreso.
Dejando la carta en la mesa como si quemara, Mario miró a su esposa.
—Bueno, ¿qué te parecen las noticias? ¡Tu hermano Cayo se ha
divorciado de Aurelia por adulterio! Se ve que ha tenido otro hijo, ¡un
niño
pelirrojo! jo, jo, jo. ¿Quién te imaginas que es el padre?
Julia estaba boquiabierta, sin poder decir nada. Ruborizada y con los
labios apretados, comenzó a mover la cabeza sin pausa hasta que recuperó la
palabra.
—¡No es cierto! ¡No puede ser! ¡No me lo creo!
—Pues mira, es su tío quien lo dice. Ten —añadió, tendiéndole la última
parte de la carta de Rutilio Rufo.
Ella cogió el rollo y comenzó a releer las enmarañadas palabras de las
últimas líneas con voz hueca, artificial. Las leyó unas cuantas veces y luego
dejó la carta.
—No debe de ser Aurelia —dijo tercamente—. ¡No puedo creer que sea
Aurelia!
—¿Y quién, si no? ¡Pelo rojo, Julia! ¡Es la marca de Lucio Cornelio
Sila, no de Cayo Julio César!
—Publio Rutilio tiene más sobrinas —replicó Julia en sus trece.
—¿Íntimas de Lucio Cornelio y que vivan solas en el peor barrio de
Roma?
—¿Quién sabe? Es posible.
—Como los cerdos que vuelan para los pisidios —replicó Mario.
—En cualquier caso, ¿qué tiene que ver con ello lo de que viva sola en
el peor barrio de Roma? —inquirió Julia.
—Pues que es fácil tener una historia sin que nadie se entere —contestó
Mario, risueño—. ¡Al menos hasta que se da a luz a un crío pelirrojo!
—¡Bah, deja de regocijarte! —exclamó Julia, enfadada—. No me lo creo y
no me lo creo. Además —añadió, al ocurrírsele otra explicación—, no puede ser
mi hermano Cayo porque aún no ha vuelto a Roma, y si hubiera vuelto te habrías
enterado, ya que está cumpliendo una misión que le has encomendado. — Miró a su
esposo con aire amenazador—. ¿Qué, no es cierto, esposo mío?
—Probablemente me escribió a Roma —alegó Mario, no muy convencido.
—¿Después que yo le escribiera que íbamos a estar fuera tres años, y
dándole el itinerario aproximado? ¡Vamos, Cayo Mario, admite que es muy
improbable que se trate de Aurelia!
—Admito lo que tú quieras —contestó Mario echándose a reír—. De todos
modos, Julia, seguro que es Aurelia.
—Me voy a casa —dijo Julia poniéndose en pie.
—Creí que querías ir a Egipto.
—Me voy a casa —repitió ella—. Y no me importa dónde vayas tú, Cayo
Mario, aunque preferiría que fueses a la tierra de los hiperbóreos. Yo me voy a
casa.
II
—Me voy a Esmirna para traerme mi fortuna —dijo Quinto Servilio
Cepio a su cuñado Marco Livio Druso mientras regresaban a casa caminando
desde el Foro.
Druso se detuvo y enarcó una de sus puntiagudas cejas negras.
—¡Oh! ¿Crees que es prudente? —inquirió, arrepentido inmediatamente de
haberlo dicho.
—¿Cómo prudente? —replicó Cepio, con gesto belicoso.
—Sólo te digo eso, Quinto —contestó Druso cogiendo a Cepio por el brazo
derecho—. No es que insinúe que tu fortuna en Esmirna sea el oro de Tolosa ni
que tu padre se apoderara de ese oro, pero ¿acaso toda Roma no cree culpable a
tu padre y está convencida de que la fortuna que tienes a tu nombre en Esmirna
no es sino el oro de Tolosa? En los viejos tiempos, haberlo traído a Roma no te
habría valido más que aviesas miradas y un rencor que habría marcado tu carrera
pública, pero hoy día hay una lex Servilia Glaucia de repetundis inscrita en
las tablillas, no lo olvides. Se han acabado los tiempos en que un gobernador
podía especular o extorsionar y quedarse tan tranquilo poniendo su rapiña a
nombre de otro. La ley de Glaucia especifica que la recuperación de caudales
adquiridos ilegalmente se efectuará tanto del último beneficiario como del
culpable. Ya no vale servirse del tío Lucio Tiddlypus.
—Te recuerdo que la ley Glaucia no es retroactiva —contestó Cepio muy
envarado.
—Bastará con que un tribuno de la plebe con ansias de venganza haga una
petición a la asamblea plebeya para que se invalide esa laguna y te encontrarás
con que es retroactiva. —Replicó Druso con firmeza—. ¡De verdad, hermano
Quinto, piénsalo! No quiero ver a mi hermana y a sus hijos quedarse sin
paterfamilias ni fortuna, ni deseo verte desterrado durante años en Esmirna.
—¿Y por qué tuvieron que hacer víctima a mi padre? —inquirió Cepio
enojado—. ¡Mira Metelo el Numídico, él vuelve a Roma cargado de gloria,
mientras que mi padre muere desterrado!
—Los dos sabemos por qué pasan esas cosas —comentó Druso con paciencia,
deseando por enésima vez que Cepio fuese más inteligente—. Los que dirigen la
Asamblea plebeya perdonan cualquier cosa a un noble, sobre todo cuando ha
transcurrido algo de tiempo. Pero lo del oro de Tolosa fue algo fuera de lo
corriente. Y desapareció mientras estaba confiado a la custodia de tu padre.
¡Una cantidad de oro mayor de la que tiene Roma en el Tesoro! Una vez que se
convencieron de que tu padre se había apoderado de él, comenzaron a alimentar
un odio hacia él que nada tiene que ver con el derecho, la justicia ni el
patriotismo —añadió, reemprendiendo la marcha seguido por Cepio—. ¡Piénsalo
despacio, Quinto, por favor! Si la suma que traigas equiVale a un diez por
ciento del valor del oro de Tolosa, toda Roma dirá que tu padre lo robó y tú lo
has heredado.
—No será así —replicó Cepio, muy seguro de sí mismo, riéndose—. Lo he
pensado todo bien, Marco. He tardado muchos años en solucionar el problema,
pero lo he conseguido. ¡De verdad!
—¿Cómo? —inquirió Druso, escéptico.
—Para empezar, sólo tú sabrás adónde he ido en realidad y lo que me
propongo. Para Roma, como diré a Livia Drusa y a Servilia Cepionis, voy a la
Galia itálica, al otro lado del Padus, para inspeccionar unas propiedades.
Llevo meses hablando de ello y nadie se va a sorprender ni se va a preocupar en
verificarlo. ¿Por qué iban a hacerlo, si les he repetido a todos machaconamente
mis planes de organizar en una serie de ciudades fundiciones completas en las
que se manufacture desde rejas de arado hasta cota de malla? Y es la faceta de
la propiedad lo que me interesa del proyecto, para que nadie pueda poner en
duda mi integridad senatorial. Que los dueños de las fundiciones sean otros, yo
me contento con poseer las ciudades.
Cepio hablaba con tal convicción que Druso (que apenas había oído hablar
del proyecto a su cuñado porque casi no le escuchaba) le miró sorprendido.
—Pareces dispuesto a hacerlo —dijo.
—Pues claro. Las ciudades-fundición no son más que una de las cosas en
las que pienso invertir mi dinero de Esmirna. Voy a mantener mis
inversiones en territorio romano y no en la propia Roma, por lo que no
entrará ninguna cantidad de mi dinero en las instituciones financieras de la
ciudad. Y yo no creo que el Tesoro sea tan inteligente, ni tenga tiempo, en
mirar cómo y cuánto invierto en negocios alejados de Roma —dijo Cepio.
Druso escuchaba atónito.
—¡Quinto Servilio, me dejas de piedra! No pensaba que hilaras tan fino
—dijo.
—Ya me imaginé que te quedarías de piedra —replicó Cepio con aire de
suficiencia—, aunque debo confesarte que recibí una carta de mi padre antes de
morir diciéndome lo que debía hacer —añadió, anulando la sorpresa que había
causado—. En Esmirna hay una enorme cantidad de dinero.
—Sí, claro, me lo imagino —comentó Druso con sequedad.
—¡Pero no es el oro de Tolosa! —exclamó Cepio, abriendo las manos
—. ¡Es la fortuna de mi madre y la de mi padre! Tuvo la prevención de
transferir el caudal antes de que le procesaran, a pesar de las medidas para
impedírselo de Norbano, ese cunnus engreído, que mandó encarcelarle antes del
juicio. A lo largo de los años he ido trayendo a Roma parte del dinero, aunque
en cantidades que no llamaran la atención. Por eso, como tú bien sabes, sigo
viviendo modestamente.
—Ya lo creo que lo sé —dijo Druso, que desde la condena del viejo Cepio
albergaba en su casa al cuñado con su familia—. Sin embargo, hay algo que no
acabo de entender. ¿Por qué no dejas tu fortuna en Esmirna?
—No puedo —se apresuró a contestar Cepio—. Mi padre dijo que no estaría
perpetuamente segura en Esmirna, ni en ninguna otra ciudad de la provincia de
Asia que tenga servicios normales de banca, como es el caso de Cos, o incluso
de Rodas. Me explicó que los recaudadores han hecho que las gentes de la
provincia odien a Roma y que tarde o temprano se sublevarán.
—Si eso sucediera no tardaríamos en recuperarla —dijo Druso.
—Ya lo sé, pero, entretanto, ¿crees que el oro, la plata y las monedas y
valores depositados en ella estarían seguros? Mi padre dijo que lo primero
que los revolucionarios harían sería saquear los templos y los bancos —
añadió Cepio.
—Seguramente tenía razón —dijo Druso, asintiendo con la cabeza—. Por eso
vas a trasladar tu dinero. Pero, ¿por qué a la Galia itálica?
—No todo. Parte de él irá a Campania, parte a Umbría y otra parte a
Etruria. Luego, hay ciudades como Massilia, Utica y Gades a las que también
trasladaré parte de él. Todo quedará en el Mediterráneo occidental.
—Quinto, ¿por qué no confiesas la verdad, al menos a mí, que soy cuñado
tuyo por partida doble? —inquirió Druso un tanto hastiado—. Tu hermana es mi
esposa y mi hermana es tu mujer; esos vínculos nos unen indefectiblemente. Al
menos a mí, ¡confiésame que es el oro de Tolosa!
—No es el oro de Tolosa —contestó imperturbable Quinto Servilio Cepio.
Qué terquedad, pensó Marco Livio Druso, precediéndole en el jardín
peristilo de su casa, la mejor mansión de Roma. Es más terco que una mula. Y
hay que verlo… Dueño de quince mil talentos de oro que su padre trasladó en
secreto de Hispania a Esmirna hace ocho años, pretextando que había sido robado
en el traslado de Tolosa a Narbo, donde quedó aniquilada la cohorte de
excelentes tropas romanas que custodiaban los carros, y él tan tranquilo. Y más
aún su padre, que debió organizar la matanza. Lo único que les imPorta es su
precioso oro. Son Servilios Cepiones, los Midas romanos, incapaces de salir de
su sopor intelectual a menos que oigan la palabra ¡oro!
Era el mes de enero del año en que Cneo Cornelio Léntulo y Publio
Licinio Craso eran cónsules, y los árboles de loto del jardín de Livio Druso
estaban desnudos, si bien el magnífico estanque con estatuas y fuentes obra de
Mirón seguía funcionando, gracias a la instalación de agua caliente. A
principios de año habían retirado las pinturas de Apeles, Zeuxis, Timantes y
otros artistas de los muros de la columnata para guardarlas, al sorprender a
dos de las hijas de Cepio pintarrajeándolas con pigmentos que habían hurtado a
dos artistas que estaban restaurando los frescos del atrium. Las dos niñas
habían recibido una buena paliza, pero Druso creyó prudente evitar la tentación
y, dado que lo que habían embadurnado era reciente, aún
podía arreglarse; pero ¿quién podía saber si no volvería a suceder lo
mismo cuando el niño pequeño creciera y fuera más travieso? Las valiosas
colecciones de arte era preferible no exponerlas en las casas en que había
niños. No creía que Servilia y Servililla volvieran a las andadas, pero habría
más hijos.
Por fin había fundado su propia familia, aunque no de la manera que se
había propuesto, porque él y Servilia Cepionis no tenían hijos, y dos años
antes habían adoptado al hijo pequeño de Tiberio Claudio Nerón, un hombre
empobrecido, como casi todas las ramas de los Claudios, quien cedió encantado
al niño para que se convirtiera en heredero de la fortuna de Livio Druso. Era
más corriente adoptar al hijo mayor de una familia, para que el hogar que lo
acogía tuviese la certeza de que era un niño sano, de buen carácter y de
inteligencia normal. Pero Servilia Cepionis ansiaba un pequeñín y se empeñó en
que fuese un niño de pecho. Por eso, Marco Livio Druso, que había llegado a
querer a su esposa profundamente, aunque no hubiera sido así cuando se casaron,
no quiso contrariarla. Y aplacó sus recelos con un generoso sacrificio a Mater
Matuta, para que la diosa le garantizase que el niño crecería
satisfactoriamente.
Las mujeres estaban en el salón de Servilia Cepionis, al lado del cuarto
de los niños, y salieron a recibir a sus maridos con evidente placer. Aunque
sólo eran cuñadas, más parecían hermanas, pues las dos eran de baja estatura,
de ojos y pelo muy oscuros y de armónicas facciones. Livia Drusa, la esposa de
Cepio, era la más bonita, pues se había librado de la tara familiar de unas
piernas achaparradas y tenía mejor silueta que su cuñada; por añadidura,
respondía a los criterios de belleza en una mujer, porque tenía ojos muy
grandes, bien separados y abiertos, y una boca fina, fruncida como una flor. La
nariz era algo pequeña para complacer a los entendidos, pero rompía la
monotonía de la rectitud con una leve protuberancia en la punta. Su cutis era
sano y cremoso, su cintura estrecha, y de pechos y caderas bien curvados y
amplios. Servilia Cepionis, esposa de Druso, era una versión algo más pequeña,
aunque de cutis proclive a producir granos en torno a la barbilla y la nariz y
con las piernas y el cuello demasiado cortos.
Sin embargo, era Marco Livio Druso quien amaba a la menos agraciada,
mientras que Quinto Servilio Cepio no amaba a la más guapa. En el momento de su
doble boda, ocho años antes, había sido al revés. Aunque ninguno de los dos
hombres lo advertía, la diferencia se debía a las propias mujeres; Livia Drusa
aborrecía a Cepio y se había visto obligada a casarse con él, mientras que
Servilia Cepionis estaba enamorada de Druso desde niña. Pertenecientes a la más
rancia nobleza romana, las dos mujeres eran esposas ¡nodélicas a la antigua,
obedientes, sumisas, de humor equilibrado y respetuosas al máximo. Luego,
conforme transcurrieron los años y se fueron acostumbrando al matrimonio, la
indiferencia de Marco Livio Druso fue cediendo al calor constante del afecto de
su esposa, un creciente ardor con que ella le obsequiaba en la cama, aunque,
lamentablemente, no tenían descendencia. Por el contrario, la desaforada
adoración de Quinto Servilio Cepio quedó ahogada por la callada repulsa de su
esposa, una creciente frialdad de la que no se recataba en la cama, acrecentada
por el resentimiento de que sus dos únicos retoños fuesen niñas.
Se imponía entrar en el cuarto de los niños. Druso estaba muy orgulloso
de su pequeño, Druso Nerón, un niñito gordinflón de tez oscura de menos de dos
años. Cepio se limitó a dirigir una inclinación de cabeza a sus hijas, que se
apretaron aterradas contra la pared sin decir nada. Eran copias en miniatura de
su madre, morenas, asimismo con ojos grandes y boquita de rosa, unas niñas
encantadoras… si su padre se hubiese tomado la molestia de mirarlas. Servilia
tenía cerca de siete años y había aprendido mucho de la paliza recibida cuando
intentó mejorar el caballo de Apeles y el racimo de uvas de Zeuxis. Era la
primera vez que le pegaban y fue para ella una experiencia más humillante que
dolorosa, mortificante más que aleccionadora. Lilla, por el contrario, era una
traviesa redomada, irreprimible, tozuda, agresiva y directa. Los azotes
recibidos los olvidó en seguida, salvo en el sentido de que le habían infundido
respeto hacia su padre.
Los cuatro adultos se dirigieron a continuación al triclinium para
cenar, —Cratipo, ¿no cena con nosotros Quinto Popedio? —preguntó Druso al
mayordomo.
—Domine, no se me ha indicado nada en sentido contrario.
—En ese caso, esperaremos —dijo Druso, ignorando deliberadamente la
mirada adusta que le dirigió Cepio.
Pero Cepio no estaba dispuesto a callarse.
—¿Por qué te tratas con ese hombre despreciable, Marco Livio? —
inquirió.
Druso dirigió a su cuñado una mirada impávida.
—No eres el único que me dice eso, Quinto Servilio —dijo sin inmutarse.
Livia Drusa contuvo una exclamación y una risita nerviosa, pero, como
esperaba Druso, más como crítica a Cepio.
—Es lo que yo digo —insistió Cepio—. ¿Por qué le tratas?
—Porque es amigo mío.
—¡Una sanguijuela es lo que es! —replicó Cepio con desprecio—. De
verdad, Marco Livio, vive a costa tuya. Aparece siempre sin avisar y sólo para
pedirte algo, siempre quejándose de los romanos. ¿Quién se cree que es?
—Se cree itálico de los marsos —se oyó decir a una voz alegre—. Siento
llegar tarde, Marco Livio; habrías debido comenzar a cenar sin mí, como te he
dicho otras veces. Mi tardanza está más que justificada: me ha entretenido
Catulo César con un extenso discurso sobre la perfidia de los itálicos.
Silo tomó asiento en el borde trasero de la camilla en que estaba
reclinado Druso y dejó que un esclavo le quitase las botas y le lavase los
pies, para a continuación enfundarle unos calcetines. Luego, dándose levemente
la vuelta, ocupó el locus consularis o sitio de honor a la izquierda de Druso;
Cepio estaba reclinado en sentído perpendicular a Druso, en posición menos
honorífica por ser parte de la familia y no un invitado.
—¿Estabas quejándote otra vez de mí, Quinto Servilio? —inquirió
despreocupadamente, enarcando una ceja y dirigiendo un guiño a Druso.
Druso sonrió y miró a Quinto Popedio Silo con mayor afecto del que
aparentaba cuando miraba a Cepio.
—Mi cuñado siempre se queja de algo, Quinto Popedio. No hagas caso. —No
lo hago —contestó Silo, saludando con una inclinación de cabeza a las dos
mujeres, sentadas enfrente de las camillas de sus respectivos
esposos.
Druso y Silo se habían conocido en el campo de batalla de Arausio, una
vez concluido el combate, cuando en la zona quedaban ochenta mil cadáveres de
romanos e itálicos, gracias principalmente al padre de Cepio. Forjada en
circunstancias inolvidables, su amistad había aumentado con los años y se había
reforzado por su mutua preocupación por la suerte de los aliados itálicos, una
causa en la que ambos estaban comprometidos. Formaban una singular pareja Silo
y Druso, pero ni las quejas de Cepio ni los sermones de algunos de los
senadores más viejos habían logrado hacer mella en la amistad.
El itálico Silo más parecía romano y el romano Druso podría pasar por
itálico. Silo tenía la nariz correcta, la tez adecuada y el porte necesario;
era alto, bien parecido, salvo los ojos, pues eran de un verde amarillento y un
tanto ofídicos porque casi nunca parpadeaba.
Esto, sin embargo, no era una cosa rara entre los marsos, que eran
gentes que adoraban a las serpientes y se entrenaban para no parpadear más de
lo estrictamente necesario. El padre de Silo había sido jefe de los marsos y a
su muerte fue sustituido por el hijo, a pesar de su juventud. Acaudalado y muy
cultivado, Silo tenía derecho al respeto de los romanos; éstos, sin embargo,
cuando no le rehuían descaradamente, le miraban por encima del hombro y
mostraban tendencia a tratarle con aire paternal. Todo ello porque Quinto
Popedio no era romano y ni siquiera tenía los derechos latinos; Quinto Popedio
Silo era un itálico y, por consiguiente, un ser inferior.
Procedía de las ricas tierras altas de la península central italiana, no
Muy lejanas de Roma, en las que el gran lago Fucino experimentaba unos
misteriosos ciclos que nada tenían que ver con los ríos y las precipitaciones,
una región en la que los Apeninos dividían en dos a la población marsa. De
todos los pueblos itálicos, los marsos eran los más prósperos y numerosos.
Durante siglos habían sido los aliados más fieles a Roma, y tenían a
gran orgullo el hecho de que ningún general romano hubiese triunfado sin contar
con marsos en su ejército ni hubiese sido capaz de derrotarlos a ellos. Sin
embargo, pese al transcurso de tantos siglos, los marsos, igual que las demás
etnias itálicas, seguían siendo considerados indignos de la ciudadanía romana.
En consecuencia, no podían aspirar a contratos con el Estado ni a casarse con
ciudadanos romanos, ni a recurrir a la justicia romana en casos de pena de
muerte. Podían ser azotados hasta casi perder la vida, podían robarles las
cosechas, sus productos o sus mujeres sin que pudieran apelar a la ley si el
ladrón era un romano.
Si Roma hubiese dejado a los marsos a sus expensas en sus fértiles
tierras, todas esas injusticias habrían sido menos abrumadoras; pero, igual que
sucedía en todas las regiones de la península no estrictamente romanas, las
tierras de los marsos tenían una implantación romana en su corazón, concretada
en una colonia con derechos latinos llamada Alba Fucentia. Y, naturalmente, esa
Alba Fucentia se convirtió en una ciudad, la mayor de toda la región, dado que
en ella había un núcleo de ciudadanos romanos con derecho a hacer negocios
directamente con Roma, y que el resto de la población poseía derechos latinos,
una especie de ciudadanía romana de segunda clase que les confería casi todos
los derechos de la plena ciudadanía, salvo que los poseedores del ius Latii no
podían votar en las elecciones. Los magistrados de dicha ciudad heredaban
automáticamente la plena ciudadanía para ellos y todos sus descendientes
directos nada más asumir el cargo. Así, Alba Fucentia creció en detrimento de
la antigua capital marsa, Marruvium, y allí seguía como recordatorio perenne de
las diferencias entre Roma y los itálicos.
En tiempos pretéritos toda Italia había aspirado a tener los derechos
latinos y luego a la plena ciudadanía, pues Roma, bajo la dirección esforzada e
inteligente de hombres como Apio Claudio Ceco, era consciente de la necesidad
de ese cambio, considerando conveniente la posibilidad de que toda Italia fuese
romana, pero después de que las naciones itálicas se pusieran de parte de
Aníbal en los años en que el cartaginés había estado
haciendo incursiones por la Península, su actitud se había endurecido y
había dejado de conceder la plena ciudadanía e incluso el ius Latii.
Uno de los motivos había sido la creciente inmigración de itálicos a las
ciudades romanas y latinas, e incluso a la misma Roma. Los pelignos se habían
quejado de la pérdida de cuatro mil de los suyos, incorporados a la ciudad
latina de Fregellae, y se valieron de ello como pretexto para no entregar
soldados a Roma cuando los solicitaban.
De vez en cuando, Roma trataba de hacer algo respecto a aquel problema
de emigración masiva, esfuerzos que culminaron en una ley del tribuno de la
plebe Marco Junio Penno el año anterior a la revuelta de Fergellae. Penno
expulsó de Roma y de sus ciudades colonia a todos los que no eran ciudadanos,
descubriendo con ello un escándalo que sacudió a la nobleza romana en sus
cimientos, pues se puso en evidencia que el cónsul de cuatro años antes, Marco
Perpena, era un itálico que nunca había poseído la ciudadanía romana.
Pero inmediatamente se produjo la reacción entre las filas de los que
gobernaban Roma y uno de los principales opositores a la mejora de los itálicos
fue el padre de Druso, Marco Livio Druso el Censor, uno de los causantes de la
desgracia de Cayo Graco y de la abolición de sus leyes.
Nadie habría podido imaginar que el hijo del Censor, Druso, quien asumió
muy joven el papel de paterfamilias al morir su padre mientras desempeñaba el
cargo, olvidaría la actitud y preceptos de su progenitor el Censor. De
intachable linaje plebeyo-noble, miembro del Colegio de Pontífices,
inmensamente rico, relacionado por sangre y matrimonio con las casas patricias
de Servilio Cepio, Cornelio Escipión y Emilio Lépido, el joven Marco Livio
Druso habría debido convertirse en un pilar de la facción ultraconservadora que
dominaba el Senado y, en consecuencia, Roma. Era pura coincidencia que no
hubiera sido así; Druso había participado como tribuno de los soldados en la
batalla de Arausio, cuando el cónsul patricio Quinto Servilio Cepio se había
negado a colaborar con el hombre nuevo Cayo Malio Máximo, y a causa de ello las
legiones de romanos y aliados itálicos habían sido aniquiladas por los germanos
en la Galia Transalpina.
Druso, a su regreso de la Galia Transalpina, se había consagrado a dos
cosas en su nueva vida: la amistad del noble marso Quinto Popedio Silo y a
verificar que los de su propia clase y ascendencia, sobre todo su suegro Cepio,
no apreciaban ni respetaban los esfuerzos de los que habían muerto en Arausio,
fuesen nobles romanos, auxiliares itálicos o capite censi romanos.
No obstante, eso no significa que el joven Druso abrazase inmediatamente
los objetivos y aspiraciones de un auténtico reformador, porque sobre él pesaba
fuertemente su clase, pero, al igual que otros nobles romanos antes que él, la
experiencia bélica le había hecho reflexionar. Se decía que el sino de los
hermanos Graco se había sellado cuando el mayor, Tiberio Sempronio Graco —un
vástago de la alta nobleza romana— hizo de joven un viaje por Etruria y vio que
las tierras públicas de Roma estaban en manos de un puñado de romanos ricos que
las explotaban con grupos de esclavos encadenados, a quienes por la noche
encerraban en miserables barracas denominadas ergastula. Y Tiberio Graco se
había preguntado dónde estaban los pequeños propietarios romanos que habrían
debido ser los dueños de aquellas tierras, ganándose bien la vida y criando
hijos para el ejército. Aunque fuese un producto de su clase, Tiberio Graco
había comenzado a reflexionar, y eso que, como producto de su clase, no carecía
de un gran sentido del derecho y de un inmenso amor por Roma.
Siete años habían transcurrido desde la batalla de Arausio, siete años
durante los cuales Druso había entrado en el Senado, servido de cuestor en la
provincia de Asia, se había visto obligado a alojar a su cuñado con la familia
después de la desgracia de Cepio padre, se había convertido en sacerdote de la
religión estatal, había vivido los lamentables acontecimientos que concluyeron
con el asesinato de Saturnino y sus secuaces, para alinearse finalmente en el
Senado en oposición a Saturnino, que quería convertirse en rey de Roma. Siete
años durante los cuales Druso había sido anfitrión en innumerables ocasiones de
Quinto Popedio Silo, escuchando lo que decía y ampliando sus reflexiones. Su
mayor ambición
era solventar la enconada cuestión de los itálicos de un modo
genuinamente romano, pacífico y conveniente para ambas partes. Dedicaba a ello
todas sus energías, sin alharacas, para que no se supieran sus intenciones
hasta haber encontrado la solución idónea.
El marso Silo era el único que conocía el rumbo de la mente de Druso,
pero Silo actuaba con exquisita delicadeza, pues era suficientemente astuto y
prudente para no cometer el error de incitar a Druso ni explicitar su propio
punto de vista, que era algo diferente. Los seis mil hombres de la legión que
Silo había mandado en Arausio habían muerto casi todos, y eran marsos, no
romanos; eran los marsos quienes los habían engendrado, armado y pagado. Una
inversión en hombres, tiempo y dinero que Roma posteriormente ni había
agradecido ni compensado de ningún modo.
Si lo que Druso soñaba era una emancipación general en toda Italia, Silo
aspiraba a la autonomía de su pueblo, vislumbrando una nación itálica
totalmente independiente de Roma: Italia. Y cuando se formara Italia —
aspiración que Silo había convertido en juramento— los pueblos italianos que la
constituyeran declararían la guerra a Roma, derrotándola y absorbiéndola en la
nueva nación, junto con todos los territorios extranjeros de la propia Roma.
No era Silo el único con tales aspiraciones, y él lo sabía, porque
aquellos últimos siete años había estado viajando por Italia y por la Galia
itálica buscando hombres que pensaran como él, y descubrió que abundaban. Todos
eran dirigentes en sus respectivas naciones Y de dos tipos distintos: los había
que, como Mario Egnacio, Cayo Papio Mutilo y Poncio Telesino, procedían de
familias nobles descollantes en sus etnias, y quienes, como Marco Lamponio,
Publio Vettio Scato, Cayo Vidacilio y Tito Lafrenio, eran hombres relativamente
nuevos de importancia reciente. En los comedores y despachos itálicos se seguía
hablando del tema, y el hecho de que la mayoría de estas conversaciones se
hicieran en latín no se consideraba suficiente motivo para excusar los crímenes
de Roma.
El concepto de una sola nación italiana quizá no era nuevo, pero era
evidente que los diferentes dirigentes itálicos nunca lo habían considerado una
alternativa viable. En el pasado, todas las esperanzas se habían cifrado
en obtener la emancipación total de Roma, convirtiéndose en parte de la
misma a lo largo y ancho de la península; tan antigua era la veteranía de Roma
respecto a sus aliados itálicos, que ellos pensaban según los criterios romanos
y aspiraban a asumir sus instituciones, haciendo que sus hijos, fortunas y
tierras fuesen totalmente romanos.
Algunos de los que intervenían en aquellas conversaciones lamentaban
Arausio, pero había quienes también lamentaban la falta de apoyo a la causa
italiana por parte de las poblaciones con derechos latinos, que ya comenzaban a
considerarse distintas a los simples itálicos. Los que esto reprochaban a los
habitantes de centros con derechos latinos señalaban, con toda razón, el
creciente aumento del disfrute exclusivo de los derechos latinos y la necesidad
entre los que los obtenían de mantener un sector de la población peninsular en
condiciones de inferioridad.
Arausio, desde luego, había sido la culminación de varias décadas de
aquella mortandad de soldados, que había hecho descender enormemente la
población masculina de la península, con sus secuelas de abandono de los campos
o su venta por endeudamiento, y la escasez de niños y jóvenes. Pero esa
mortandad bélica había afectado por igual a romanos y latinos y no era el
principal factor. Existían enconados resentimientos hacia los señores romanos,
los ricos que vivían en Roma y eran dueños de vastas tierras llamadas
latifundia en las que sólo empleaban esclavos para el trabajo. Había numerosos
casos de ciudadanos romanos que abusaban descaradamente de los itálicos,
amparándose en su influencia y poder para azotarlos sin motivo, apoderarse de
mujeres que no les pertenecían y confiscar parcelas ajenas para incrementar sus
tierras.
Ni siquiera para Silo estaba claro qué es lo que había impedido que la
mayoría de los que propugnaban la secesión no hubiesen obligado a Roma a
concederles la plena ciudadanía e iniciar la formación de una nación
independiente. Su convicción de que la secesión era el único medio había nacido
en Arausio, pero los que hablaban con él no habían estado en Arausio. Así,
pensaba que la nueva tendencia a romper con Roma era a causa de que estaban
hartos, de un acendrado sentimiento de que había pasado la época en que Roma
había estado dispuesta a concederles la
ansiada ciudadanía, que la situación presente iba a ser eterna. El
insulto se había acumulado sobre la ofensa hasta tal extremo que para los
itálicos la vida bajo la férula de Roma resultaba insoportable.
En Cayo Papio Mutilo, dirigente de la nación samnita, Silo veía a
alguien que perseguía casi obsesivamente la posibilidad de la secesión, pues
él, Silo, no odiaba a Roma y a los romanos, sino que apoyaba las aspiraciones
de su pueblo. Pero Cayo Papio Mutilo era de un pueblo que había sido el enemigo
más encarnizado y cruel de Roma desde que el pequeño asentamiento romano sobre
la ruta de la sal del Tíber había comenzado a enseñar los dientes. Mutilo
odiaba a Roma y a los romanos con pleno sentimiento y profundo convencimiento.
Él era un samnita, que esperaba que Roma quedara borrada de la historia. Silo
era adversario de Roma, Mutilo su enemigo.
Como todas las uniones en las que la causa común es de suficiente
importancia para descartar cualquier objeción y consideración práctica, los
itálicos que al principio se reunían para ver si se podía hacer algo decidieron
sin tardanza que sólo cabía optar por la secesión. Sin embargo, todos ellos
conocían de sobra a Roma para pensar que la nación italiana pudiera formarse
sin guerra; por eso nadie pensó en la posibilidad de declarar la independencia
antes de que transcurrieran algunos años dedicados a preparar la guerra contra
Roma; una tarea que exigiría enormes esfuerzos y grandes sumas de dinero, y más
hombres de los que posiblemente pudieran reclutarse en los años inmediatos a
Arausio. Por ello no se fijó ni se habló de fecha concreta. De momento, mientras
crecía la población infantil, el esfuerzo y el dinero se dedicaron a fabricar
armas y armaduras y a hacer acopio de materiales de guerra en cantidad
suficiente para hacer la guerra a Roma y poder obtener la victoria.
No disponían de gran cosa. Casi todas las bajas de itálicos se habían
producido lejos de Italia, y sus armas y corazas no se habían recuperado,
principalmente porque Roma había procurado recogerlas del campo de batalla en
todos los casos posibles y, naturalmente, no las habían considerado pertenencia
de los aliados. Podían comprar legalmente algunas armas, pero ni por asomo para
pertrechar a los cien mil hombres que Silo y
Mutilo consideraban necesarios para la victoria de la nueva Italia sobre
Roma. Por consiguiente, lo del armamento era un asunto secreto que progresaba
muy despacio. Tardarían años en lograr el objetivo.
Para complicar más las cosas, todo tenía que hacerse en presencia de
personas que, si advertían algo, darían cuenta inmediata a algún romano o a la
propia Roma. No se podía confiar en las colonias con derecho latino ni en los
ciudadanos romanos de paso, y por eso los centros de conspiración y escondrijo
de pertrechos estaban situados en zonas pobres y alejadas de las rutas por las
que circulaban viajeros romanos y de las colonias latinas. Los dirigentes
itálicos no hacían más que tropezarse con ingentes dificultades por doquier. No
obstante, la tarea de armamento proseguía y a ella se había sumado hacía poco
la del entrenamiento de tropas, pues los niños ya comenzaban a ser mayores.
Quinto Popedio Silo citó todos estos datos secretos en la conversación
durante la cena, sin remordimiento alguno; tal vez al final no sería Marco
Livio Druso quien encontrara una solución pacífica y eficaz. ¡Cosas más raras
se habían visto!
—Quinto Servilio nos deja durante unos meses —comentó Druso, cambiando
drásticamente de tema.
Silo no sabía si era un destello de alegría lo que observaba en la
mirada de Livia Drusa. A él le parecía una mujer muy guapa, pero nunca había
llegado a saber qué clase de mujer era; si le gustaba su vida, si le gustaba
Cepio, si vivía contenta en casa de su hermano. Su instinto respondía
negativamente a los tres interrogantes, pero no estaba seguro. Pero en seguida
dejó de pensar en Livia Drusa, porque Cepio hablaba de lo que pensaba hacer.
—… cerca de Potavium y Aquileia sobre todo —decía—. Con hierro de
Noricum, voy a procurar hacerme con la concesión, se pueden abastecer las
fundiciones que se construyan en Potavium y Aquileia. Lo más importante es que
esas zonas de la Galia itálica están muy cerca de grandes bosques con varias
especies de árboles, muy aptas para hacer carbón. Mis agentes
me han informado que existen grandes extensiones de haya y olmo listos
para la tala.
—Sin duda es el abastecimiento de hierro lo que impone la ubicación de
las fundiciones —terció Silo, que escuchaba con atención—. Por eso Pisae y
Populonia se han convertido en ciudades llenas de fundiciones, debido al hierro
que llega directamente de Ilva, ¿no es cierto?
—Eso es una falacia —replicó Cepio, con extraña coherencia—. En realidad
es la disponibilidad de árboles aptos para hacer carbón lo que las ha
convertido en ciudades llenas de fundiciones, e igual puede decirse de la Galia
itálica occidental. El carbón se obtiene mediante un proceso de manufactura y
las fundiciones consumen diez veces más carbón que metal. Por eso mi proyecto
en la Galia itálica depende tanto de fundar pueblos de carboneros como de
ciudades para la manufactura del hierro. Compraré terrenos adecuados para la
construcción de viviendas y talleres y convenceré a herreros y carboneros para
que se establezcan allí. Es más fácil trabajar con cierto número de talleres de
estructura similar que tratar con muchos pero desperdigados.
—Pero, ¿no se creará una nociva competencia entre los talleres, aparte
de la dificultad de encontrar clientes? —inquirió Silo, ocultando su creciente
entusiasmo.
—No veo por qué —contestó Cepio, que había estudiado el tema y lo
conocía bastante bien—. Si, por ejemplo, un praefectus fabrum del ejército
busca diez mil camisas de cota de malla, diez mil cascos, diez mil espadas y
puñales y diez mil lanzas, ¿no va a preferir dirigirse a una localidad en la
que le baste con ir de una fundición a otra, en lugar de tener que perder el
tiempo buscándolas en sitios muy distintos? ¿Y no le resultará más fácil al
propietario de una pequeña fundición de diez libertos y diez esclavos, por
ejemplo, vender lo que produce sin tener que pregonar los artículos por toda la
ciudad, teniendo ya de antemano asegurados los clientes?
—Tienes razón, Quinto Servilio —dijo Druso, pensativo—. Los ejércitos
actuales requieren, efectivamente, diez mil de esto y de lo otro con suma
urgencia. Es muy distinto a los viejos tiempos en que los soldados eran
propietarios, y cuando un joven cumplía diecisiete años, su tata le
regalaba la cota de malla, el casco, la espada, el puñal y las espuelas,
y su mamá le obsequiaba con las caligae, la funda del escudo, el macuto, el
penacho de crines y el sagum; y las hermanas tejían los calcetines y seis o
siete túnicas. Y esos pertrechos le valían para el resto de su vida, y la
mayoría de las veces, cuando terminaba la edad militar, se los cedía a su hijo
o a un nieto. Pero desde que Cayo Mario enroló al censo por cabezas en nuestros
ejércitos, nueve de cada diez reclutas no pueden ni costearse una bufanda para
enrollársela al cuello y que no les roce la cota de malla, ni cuenta ninguno de
ellos con madres y hermanas que les pongan de punta en blanco. Ahora nos vemos
con ejércitos de reclutas tan desprovistos de equipo militar como los no
combatientes auxiliares de antaño. La demanda ha agotado las existencias, pero
habrá que proveerse donde sea; a los legionarios no se les puede enviar al
combate si no van debidamente equipados.
—Ahora me explico una cosa —dijo Silo—. Me preguntaba por qué tantos
veteranos retirados pedían créditos para establecerse como herreros… ¡Tienes
toda la razón, Quinto Servilio! Pero se tardará casi una generación en que esos
centros de fundición hagan algo distinto a pertrechos militares. Yo, como
dirigente de mi pueblo, me devano los sesos para encontrar armas y corazas para
las legiones que, sin duda, nos pedirá Roma en breve. Y lo mismo sucede con los
samnitas, y me imagino que con los demás pueblos itálicos.
—No hay que olvidar Hispania —dijo Druso—. Me imagino que allá habrá
bosques cerca de las minas de hierro.
—En la Ulterior, sí —contestó Cepio, sonriendo complacido por ser el
centro de atención, experiencia nueva para él—. Las antiguas minas cartaginesas
de Orospeda ya hace tiempo que agotaron las reservas de madera, pero todas las
nuevas están en buenas zonas arboladas.
—¿Cuánto tardarán en empezar a producir tus ciudades? —inquirió Silo
displicente.
—En la Galia itálica, espero que dentro de dos años. Desde luego —se
apresuró a añadir—, yo nada tengo que ver con la producción y la venta, pues no
quiero incurrir en nada que desagrade a los censores. No, lo que
voy a hacer es construir esas ciudades para que me den rentas; una labor
que no empaña la dignidad senatorial.
—Y muy loable —dijo Silo con ironía—. Supongo que las situarás a la
orilla de ríos caudalosos y cerca de los bosques.
—Elegiré emplazamientos cerca de ríos navegables —contestó Cepio.
—Los galos son buenos herreros —comentó Druso.
—Pero no están debidamente organizados para prosperar —dijo Cepio con
alarde de enterado, actitud que últimamente comenzaba a prodigar—. Cuando los
organice yo, producirán mucho más.
—El comercio es tu fuerte, Quinto Servilio, no me cabe duda —dijo Silo—.
Deberías abandonar el Senado y hacerte caballero, así podrías ser dueño de las
fundiciones y de las manufacturas de carbón.
—¿Y tratar con la gente? —replicó Cepio aterrado—. ¡No, no, que lo hagan
otros!
—¿Y piensas ir tú mismo a cobrar las rentas? —inquirió Silo taimado,
bajando la vista al suelo.
—¡Ni mucho menos! —exclamó Cepio, mordiendo el anzuelo—. Voy a crear en
Placentia una empresa de agentes que se ocupe de todo. Quizá se considere
permisible que tu prima Aurelia cobre directamente las rentas, Marco Livio
—añadió, dirigiéndose a Druso—, pero yo lo considero de mal gusto.
Hubo una época en que el simple nombre de Aurelia hacía que a Druso se
le encogiera el corazón, pues había sido uno de sus más fieles pretendientes,
pero ahora, apaciguado con el amor por su esposa, sonreía al oírlo.
—Es imposible medir a Aurelia con parámetros corrientes —contestó,
sonriendo despreocupadamente a su cuñado—. Para mí es una mujer de un gusto sin
tacha.
La conversación la habían seguido las mujeres sentadas en sus sillas sin
intervenir para nada, no porque no tuviesen nada que decir, sino porque
nadie las animaba a hacerlo; estaban acostumbradas a permanecer sentadas
y calladas.
Al acabar la cena, Livia Drusa se excusó, con el pretexto de una tarea
inaplazable, y dejó a su cuñada Servilia Cepionis en el cuarto de los niños con
el pequeño Druso Nerón. La noche era muy oscura y hacía frío, y Livia Drusa
pidió a un criado que le trajera un manto, con el que se cubrió, y cruzó al
atrium hasta la logia, donde nadie pensaría en buscarla y podría disfrutar de
una hora de tranquilidad. Sola. Maravillosamente sola.
¡Así que se marchaba! ¡Por fin se iba! Incluso en la época de cuestor
había pedido destino en Roma, y ni una sola vez en los tres años que su padre
había estado desterrado antes de morir se había aventurado a viajar a Esmirna
para verle. Salvo aquel breve período durante su primer año de matrimonio, en
que había sido tribuno de los soldados —escapando sospechosamente sin un
rasguño de la batalla de Arausio—, Quinto Servilio Cepio no se había apartado
de su esposa.
Livia Drusa no sabía qué se traía entre manos, ni le preocupaba, con tal
de que fuese algo que le indujera a viajar. Era de suponer que su situación
financiera comenzaba a resentirse al extremo de impulsarle a hacer algo por
mejorarla, aunque muchas veces durante aquellos años Livia Drusa se había
preguntado si su marido sería en realidad tan pobre como decía. No entendía
cómo su hermano los aguantaba en su casa, además de que se había visto obligado
a retirar su preciosa colección de pintura. ¡Cómo se habría horrorizado su
padre! Pues era su padre quien había construido aquel domus enorme, simplemente
para exhibir adecuadamente sus obras de arte. «Oh, Marco Livio, ¿por qué me
obligaste a casarme con él?»
Ocho años de matrimonio y dos hijos no habían podido conformarla con su
destino, aunque ya no era aquel profundo abatimiento de los primeros años, pues
al tocar fondo se había conformado con su desgracia, pero sin olvidar lo que le
había dicho su hermano al lograr finalmente doblegarla:
«Espero que te muestres con Quinto Servilio como cualquier joven a quien
alegra el matrimonio. Le dirás que te complace y le tratarás con
absoluta deferencia, respeto, interés y dedicación. En ningún momento,
ni siquiera en la intimidad del dormitorio cuando estéis casados, le darás el
más mínimo indicio de que no es el marido que deseas.»
Luego, Druso la había conducido ante el altar del atrium en que se
adoraba a los dioses del hogar —Vesta de la tierra, los Di Penates de la
despensa y los lar familiaris— y la había obligado a hacer aquella terrible
promesa mediante juramento. Ya hacía tiempo que había dejado de abominar de su
hermano por aquello, desde luego, merced a la madurez y a haber descubierto una
faceta desconocida de Druso.
El Druso de su niñez y su adolescencia era terco, reservado, indiferente
a ella y le causaba un profundo temor, y hasta después de la caída y destierro
de su suegro no se había dado cuenta de cómo era en realidad. O quizá, se dijo
(dado que también ella poseía la frialdad de Livio Druso), el afecto que le
había cobrado sería consecuencia de aquel cambio tras la batalla de Arausio. En
cualquier caso, se había ablandado y era más abierto, aunque no había vuelto a
mencionar el hecho de haberla obligado a casarse con Cepio, ni la había
exonerado de aquel terrible juramento. Pero sobre todo, ella le admiraba por su
irreprochable deferencia con ella y con Cepio, porque jamás se había quejado ni
de palabra ni con gestos de su presencia en la casa. Por eso le había
sorprendido tanto que aquella noche Druso hubiese plantado cara a Cepio por
criticar a Quinto Popedio Silo.
¡Qué deslumbrante había estado Cepio en la cena! Por el entusiasmo con
que había hablado del tema, explicándolo con tanta lógica y detalle, era de
creer que lo tenía organizado de un modo muy práctico y comercial. Puede que
Silo tuviese razón y Cepio tuviese madera de comerciante y de caballero
despierto para los negocios. Lo que pensaba hacer parecía apasionante. Y muy
rentable. ¡Ah, qué maravilla tener casa propia!, pensó con añoranza.
Una carcajada brotó de las fauces de la escalera que conducía del
peristilo a las dependencias de los criados en el sótano; Livia Drusa se
sobresaltó, temblorosa, y se acurrucó temiendo que fueran a salir criados al
atrium. Efectivamente, salía un grupito charlando entre risitas en tan rápido
dialecto griego que Livia Drusa no entendió la gracia. ¡Qué contentos iban!
¿Por qué? ¿Qué tenían ellos que no tuviera ella? La posibilidad de
llegar a ser libertos, obtener la ciudadanía romana y vivir su propia vida. A
ellos les pagaban, y a ella no; tenían muchos amigos y compañía, y ella no;
podían establecer relaciones íntimas entre sí sin que los criticasen ni se lo
impidiesen, y ella no. Que su razonar no fuese del todo exacto, a Livia Drusa
no le importaba. Para ella, era así.
No la habían visto y volvió a relajarse. La luna gibosa había alcanzado
altura suficiente para esclarecer la ciudad. Se dio la vuelta en el banco de
mármol y apoyó los brazos en la balaustrada, mirando hacia el Foro. La casa de
Druso estaba situada al borde del Germalus del Palatino, donde el Clivus
Victoriae torcía en ángulo recto y discurría paralelo al Foro, y la vista era
inmejorable; antiguamente la panorámica se extendía hasta la izquierda del
Velabrum, en la época en que junto a la casa estaba el solar vacío del area
Flaciana, pero ahora el enorme pórtico que había construido Quinto Lutacio
Catulo César alzaba sus columnas al cielo y la ocultaba. El resto no había
cambiado. La casa de Cneo Domicio Ahenobarbo, pontífice máximo, seguía asomando
por debajo de la de Druso y podía ver el peristilo.
Era una vista de Roma muy distinta del animado panorama diurno; ahora
los llamativos colores de los edificios se reducían a grises y reflejos. No es
que la ciudad estuviera inmóvil, pues se veían antorchas por las calles y se
oía el traqueteo de carros y los gritos a los bueyes, dado que muchas tiendas y
comerciantes aprovechaban la ausencia de gente en las calles para abastecerse.
Por el bajo Foro pasaba un grupo de borrachos cantando una canción popular de
amor, ¿de qué, si no? Un nutrido séquito de esclavos escoltaba una litera muy
cerrada entre la basílica Sempronia y el templo de Cástor y Pólux; sin duda,
alguna dama importante que volvía a casa tras un banquete. Un gato de ronda
maullaba a la luna y le contestaban una docena de perros, cosa que divirtió
tanto a los borrachos que uno de ellos tropezó cuando bordeaban la oscura
hondonada de la Comitia y cayó en las gradas, entre gritos de jolgorio de sus
amigotes.
Livia Drusa dejó vagar la mirada hacia el peristilo de la casa de
Domicio Ahenobarbo, situada más abajo, mirándolo anhelante. Hacía
mucho tiempo, antes de su matrimonio, la habían recluido prohibiéndole
tratar incluso con muchachas de su edad, y ella había llenado aquel vacío con
la lectura, enamorándose de alguien a quien no tenía esperanzas de conocer. Una
época en que solía sentarse allí por el día para mirar hacia el balcón de abajo
por si veía al joven alto y pelirrojo que tanto le atraía y sobre el que
trenzaba sus fantasías, tomándole por el rey Odiseo de Itaca y asumiendo ella
el papel de Penélope, que le espera fiel. Durante años, las pocas veces que le
había visto —ya que el joven no visitaba la casa con mucha frecuencia— habían
bastado para fomentar aquel rapto callado, un estado emocional que había
perdurado tras su matrimonio y que sólo servía para agravar su desgracia. No
sabía de quién se trataba, aunque le constaba que no era un Domicio Ahenobarbo,
pues los de esa familia eran rechonchos, aunque también pelirrojos. No, él no
parecía un Ahenobarbo.
Nunca olvidaría el día de su desilusión, el día en que su suegro había
sido acusado de traición en la Asamblea de la Plebe, el día en que Cratipo, el
mayordomo de su hermano, había llegado corriendo al otro extremo del Palatino
para, a toda prisa, sacarlas a ella y a Servilia niña de la casa de Servilio
Cepio por si les sucedía algo. ¡Qué día! Al ver por primera vez a Servilia
Cepionis con Druso, comprendió cómo una mujer puede influir en el marido y supo
también que no siempre las mujeres quedan excluidas de los consejos de familia;
y había sido la primera vez que había probado vino sin aguar. Y fue luego, al
cesar los disturbios, cuando Servilia Cepionis había mencionado el nombre del
Odiseo pelirrojo: Marco Porcio Catón Saloniano. ¡Nada de caballero! Ni siquiera
noble, pero sí nieto de un campesino túsculo por un lado y biznieto de un
esclavo celtíbero por otro.
En aquel instante, Livia Drusa se había hecho mayor.
—¡Ah, estás ahí! —dijo la voz chillona de Cepio—. ¿Pero qué haces ahí,
mujer? ¡Te vas a helar! ¿Entra en casa!
Livia Drusa, obediente, se levantó para ir a su odiosa cama.
A fines de febrero, Quinto Servilio Cepio salió de viaje, después de
decir a Livia Drusa que no le esperase hasta pasado un año como mínimo, o quizá
más. Ella se sorprendió, pero él le explicó que era necesario, ya que había
invertido todo su dinero en aquel negocio en la Galia itálica y tenía que estar
allí para supervisar la operación. Había sido insistente en su actividad
sexual, dijo, porque quería un hijo y si se quedaba encinta estaría ocupada
durante su ausencia. En los primeros años de matrimonio, a Livia Drusa tales
intimidades la habían agobiado enormemente, pero después de saber el nombre de
su adorado Odiseo pelirrojo, los actos amorosos de Cepio habían sido un simple
aburrimiento al que ya no se sumaba el asco. Sin decir nada a su marido de los
planes que tenía para ocupar el tiempo que él iba a estar ausente, le despidió
y aguardó un intervalo de mercado de ocho días antes de pedir una entrevista
con su hermano.
—Marco Livio, tengo que pedirte un gran favor —comenzó diciendo, sentada
en la silla de los clientes, poniendo cara de sorpresa y riendo—. ¡Por los
dioses! ¿Sabes que ésta es la primera vez que me siento aquí desde que me
convenciste para que me casase con Quinto Servilio?
La tez color oliva de Druso se oscureció y se miró las manos que tenía
cruzadas sobre la mesa.
—Ocho años hace —dijo en tono neutro.
—Eso es —añadió ella con otra carcajada—. Pero hoy no me siento para
hablar de lo que sucedió hace ocho años, hermano, sino para pedirte un favor.
—Si puedo concedértelo, Livia Drusa, lo haré con mucho gusto —dijo él,
complacido de que no le hubiese hecho mayores reproches.
Muchas veces había pensado pedirle excusas, pues no se le había escapado
su constante desdicha, y él había tenido que admitir que la pobre había
aguantado el aburrido temperamento de Cepio, pero el orgullo le había impedido
hablar y nunca le había abandonado el convencimiento profundo de que, casándola
con Cepio, al menos había evitado la posibilidad de que acabara como su madre.
Aquella horrible mujer le había avergonzado durante muchos años con las
lamentables aventuras eróticas que trascendían en las conversaciones de
terceros.
—Tú dirás —dijo, viendo que Livia Drusa callaba.
Ella, con el entrecejo fruncido, se humedeció los labios y alzó sus
bellos ojos, mirándole de frente.
—Marco Livio, hace ya mucho tiempo que me vengo dando cuenta de que mi
esposo y yo hemos prolongado excesivamente nuestra estancia.
—Te equivocas —se apresuró él a contestar—, pero si he podido causarte
esa impresión por alguna cosa, te ruego me perdones. De verdad, hermana, sabes
que en esta casa siempre has sido bien acogida, y siempre lo serás.
—Te lo agradezco, pero lo que te digo es cierto. Tú y Servilia Cepionis
nunca tenéis ocasión de estar a solas, lo que quizá sea la causa por la que no
ha tenido hijos.
—Lo dudo —replicó él con una mueca.
—Yo no —dijo ella, inclinándose hacia adelante—. En estos momentos,
Marco Livio, vivimos tiempos tranquilos. Tú no tienes ningún cargo oficial y ya
hace tiempo que por la presencia del pequeño Druso Nerón es mayor la
posibilidad de que tengas un hijo. Eso dicen las viejas, y yo lo creo.
—¡Al grano, al grano! —la instó él, apenado.
—La cuestión es que, mientras Quinto Servilio está de viaje, quisiera
irme con mis hijos al campo —dijo ella—. Tú tienes una villa cerca de Tusculum,
que no está a más de media jornada de viaje de Roma. En esa casa hace muchos
años que no vive nadie. ¡Por favor, Marco Livio, cédemela un tiempo! ¡Déjame
vivir a solas!
Druso la miró de hito en hito buscando algún indicio que delatara que
pensaba cometer alguna indiscreción, pero no advirtió nada.
—¿Se lo has dicho a Quinto Servilio?
—Naturalmente —respondió ella muy serena, sin dejar de mirarle a los
ojos.
—Pues no me lo comentó.
—¡Fantástico! —replicó ella sonriente—. Aunque, muy propio de él.
Druso soltó una carcajada.
—Bien, hermana, si él está de acuerdo, no veo motivo para negártelo.
Como bien dices, Tusculum no está lejos de Roma y podré vigilarte.
Con expresión extasiada, Livia Drusa dio efusivamente las gracias a su
hermano.
—¿Cuándo quieres irte?
—Inmediatamente —contestó ella, poniéndose en pie—. ¿Puedo decirle a
Cratipo que lo organice todo?
—Desde luego —contestó él con un carraspeo—. En realidad, Livia Drusa,
te echaremos de menos. Y a tus hijas.
—¿A pesar de haberle pintado otra cola al caballo y cambiar el racimo de
uvas por unas horribles manzanas?
—Habría podido hacerlo el pequeño Nerón con dos años mas —replicó él—.
Si se piensa bien, hubo suerte porque la pintura aún estaba fresca y el daño no
fue irreparable. Las obras de arte de nuestro padre están a seguro en el
sótano, y allí quedarán hasta que hayan crecido los niños.
Se puso también en pie y juntos fueron por la columnata hasta la sala de
estar del ama de casa, en donde Servilia Cepionis estaba tejiendo en un telar
mantas para la nueva cama del pequeño Druso Nerón.
—Nuestra hermana quiere dejarnos —dijo Druso al entrar.
No cabía duda de la consternación de su esposa, ni de su morboso placer.
—¡Oh, Marco Livio, qué lástima! ¿Por qué?
Pero Druso prefirió evadirse y dejar que su hermana diera las
explicaciones.
—Voy a irme con las niñas a la villa de Tusculum; viviremos allí hasta
que regrese Quinto Servilio.
—¿En la villa de Tusculum? —inquirió estupefacta Servilia Cepionis—.
Pero, querida Livia, si aquello está hecho una ruina… Creo que fue del primer
Livio, y no tiene baño ni letrina, ni una cocina decente. Y te faltará sitio.
—Me da igual —contestó Livia Drusa, cogiendo la mano de su cuñada y
llevándosela a la mejilla—. Querida ama de casa, soy capaz de vivir en un
tugurio con tal de ser ama de casa. No te lo digo como reproche ni para
herirte, pues desde el día en que tu hermano y yo vinimos a vivir aquí has sido
de lo más amable, pero debes comprender mi postura. Quiero mi
propia casa, quiero sirvientes que no me llamen dominilla y no me hacen
caso porque me conocen desde niña. Quiero un poco de terreno para pasear y un
poco de libertad que me libere del agobio de esta horrenda ciudad. ¡Por favor,
Servilia Cepionis, compréndelo!
—Lo comprendo —respondió la dueña de la casa, mientras dos lágrimas
corrían por sus mejillas.
—¡No te apenes, alégrate por mí!
Se abrazaron en perfecta armonía.
—Voy a buscar ahora mismo a Marco Livio y a Cratipo —dijo Servilia
Cepionis animada, dejando su labor y tapando el telar—. Contrataremos albañiles
para que conviertan la villa en algo cómodo donde puedas vivir.
Pero Livia Drusa no pensaba esperar. Tres días más tarde tenía a punto a
las niñas, numerosos cubos de libros preparados, y con los pocos criados de
Cepio se puso en camino hacia Tusculum.
Aunque no había vuelto a estar allí desde niña, lo encontró todo casi
igual. Era una casita enlucida y pintada de un amarillo bilioso, sin un
auténtico jardín ni peristilo. Pero su hermano no había perdido el tiempo y ya
estaba llena de obreros de un constructor de la localidad, que la recibió en
persona, prometiéndole que en un par de meses tendría la obra acabada.
Por lo tanto, Livia Drusa se instaló en medio de aquel caos relativo,
con el polvo del yeso, el ruido de martillos, mazas y sierras y el constante
alud de instrucciones y comentarios gritados en el latín de los tusculanos, que
vivían tan sólo a veinticuatro millas de Roma pero que apenas iban a la ciudad.
Las niñas reaccionaron según su carácter: la pequeña Lilla, de cuatro años y
medio, estaba en la gloria, mientras que la reservada y sosegada Servilia era
evidente que detestaba la casa, la actividad de los obreros y a su madre,
aunque no necesariamente en ese orden. De todos modos, la actitud de Servilia
no alteró el panorama, mientras que la alborotadora participación de Lilla en
todo lo que se hacía acrecentó el caos.
Tras dejar a la pequeña a cargo de la niñera y a Servilia al cuidado del
anciano y severo tutor, Livia Drusa, al día siguiente, se fue a pasear por el
placentero y tranquilo campo invernal, casi sin acabar de creerse que hubiese
roto los barrotes de tan largo encarcelamiento.
Aunque el calendario marcaba primavera, estaban en pleno invierno. Cneo
Domício Ahenobarbo, pontífice máximo, no había instado al Colegio de Pontífices
que presidía a que hicieran su cometido manteniendo el calendario abreviado en
consonancia con las estaciones. Y no es que en Roma y alrededores hubiesen
sufrido aquel año un invierno crudo, pues había nevado poco y el Tíber no se
había helado, por consiguiente, la temperatura estaba bastante por encima de
cero, el viento sólo soplaba frío a ratos y había bastante yerba.
Feliz como no lo había sido en su vida, Livia Drusa recorrió las tierras
de la casa, saltó una cerca de piedra y caminó detenidamente por el perímetro
de un campo que estaban arando, saltó otra divisoria de piedra y entró en un
prado con ovejas. Bien tapados con sus abrigos de lana, los estúpidos animales
trotaron alejándose de ella cuando intentó atraerlas; sonriendo, se encogió de
hombros y siguió andando.
Más allá del prado encontró un hito divisorio pintado de blanco junto a
un altarcito cubierto, delante del cual aún se notaba la mancha de sangre de un
sacrificio. En las ramas más bajas del árbol que le daba sombra, colgaban
muñequitos y pelotas de lana y cabezas de ajo, todo descolorido y ajado por la
intemperie. Detrás del altar había una cazuela de barro boca abajo. Livia Drusa
la levantó con curiosidad para soltarla de inmediato, pues escondía el cadáver
descompuesto de un gran sapo.
Demasiado hecha a la ciudad para entender que si seguía caminando
entraba en propiedad ajena —y que se hallaba en tierras de alguien escrupuloso
con las atenciones debidas a los dioses del suelo y los límites— Livia Drusa
siguió andando. Cuando vio el primer azafrán se arrodilló para contemplar mejor
su flor amarilla; luego se puso en pie y contempló las ramas desnudas de un
árbol como si fuese la primera vez que veía algo semejante.
A continuación se encontró con un huerto de perales; quedaban algunos
frutos sin recoger y Livia Drusa sucumbió fácilmente a la tentación. La pera
era dulce y jugosa y se puso las manos hechas una pena. Oía correr agua no muy
lejos y cruzó por entre los frutales en dirección al murmullo hasta dar con un
arroyuelo. El agua estaba helada, pero no le importó; metió las manos en la
corriente y, riendo por lo bajo, se las secó al sol, que ya estaba alto y
calentaba. Se quitó la palla, arrodillada junto al arroyo, la extendió y la
dobló en un rectángulo fácil de llevar y se levantó. Y entonces le vio.
Estaba leyendo y tenía el rollo en la mano izquierda, ya enroscado
porque se había distraído mirando fijamente a la furtiva. ¡El rey Odiseo de
ítaca! Al mirarle a los ojos, Livia Drusa se quedó sin respiración, pues,
efectivamente, eran los ojos de Odiseo, grandes, grises y hermosos.
—Hola —le dijo, sonriéndole sin timidez ni cortedad. Después de los años
que habían pasado desde la época en que le veía desde el balcón, parecía
realmente el viajero que había vuelto al hogar, un hombre al que conocía tan
bien como la reina Penélope a Odiseo.
Se puso la palla doblada en el brazo y se dirigió hacia él, sonriente y
sin dejar de hablar.
—He robado una pera —dijo—. ¡Qué buena estaba! No sabía que en esta
época del año hubiera peras en los árboles. Sólo salgo de Roma en verano para
ir al mar, pero es muy distinto.
Él no decía nada y se limitaba a dejar que se acercara, mirándola con
sus luminosos ojos grises.
Sigo amándote, iba diciéndose ella para sus adentros. ¡Aún te amo! Me da
igual que seas descendiente de un esclavo y de un campesino. Te amo. Había
olvidado el amor, igual que Penélope. Y ahora te encuentro al cabo de los años.
Sigo amándote.
Cuando se detuvo, estaba ya demasiado cerca de él para considerarlo un
encuentro fortuito de dos desconocidos; él notaba el calor que irradiaba su
cuerpo, y aquellos grandes ojos oscuros que se clavaban en los suyos le miraban
como reconociéndole. Con amor, dándole la bienvenida. Por consiguiente, le
pareció perfectamente natural acercársele hasta casi rozarla y rodearla con sus
brazos. Ella alzó el rostro y le rodeó el cuello con los
suyos, y los dos se besaron sonrientes. Viejos amigos, antiguos amantes;
un esposo y una esposa que no se ven desde hace veinte años, separados por
maquinaciones ajenas, divinas y humanas, y que se gozan en el reencuentro.
El tacto seguro y firme de sus manos también le pareció conocido, y no
tuvo necesidad de decirle adónde ir ni lo que había que hacer; era el rey de su
corazón y siempre lo había sido. Con la seriedad de una niña a quien han
confiado un tesoro, se desnudó y le ofreció sus senos, y le fue desvistiendo
mientras él extendía la amplia túnica en el suelo, y se tumbaron en ella.
Temblorosa de placer, le besó el cuello y le lamió el lóbulo de la oreja, cogió
su rostro entre las manos y volvió a besarle, acariciando su cuerpo con deleite
y musitando mil ternuras cuando los labios de él rozaban su piel.
Frutos dulces y pegajosos; ramas desnudas entrelazadas bajo un cielo muy
azul; la sacudida de un estirón de pelo; un pajarillo con las alas inmóviles
atrapado en los sutiles zarcillos de una nube; un nudo de desbordada euforia
por la naciente —ya renacida— libertad… ¡Libertad, oh, qué éxtasis!
Estuvieron echados en aquella túnica durante horas, calentándose
mutuamente los cuerpos, sonriéndose embobados, atónitos de haberse encontrado,
sin temor por la transgresión, embebidos en el encanto de toda clase de
descubrimientos.
También charlaron. Estaba casado con una Cuspia, hija de un publicanus,
y su hermana era la esposa de Lucio Domicio Ahenobarbo, el hermano menor del
pontífice máximo. La dote de su hermana había constituido un enorme gasto, al
que únicamente había podido hacer frente casándose con Cuspia, que tenía un
padre inmensamente rico. Aun no tenían hijos, pues él tampoco encontraba en su
esposa nada digno de amor ni de admiración; y explicó que la mujer ya empezaba
a quejarse al padre de que no le hacía caso.
Cuando Livia Drusa le dijo quién era, Marco Porcio Catón Saloniano se
quedó muy parado.
—¿Te has enfadado? —inquirió ella, irguiéndose y mirándole angustiada.
Él sonrió y negó con la cabeza.
—¿Cómo voy a enfadarme si los dioses me han escuchado y te han enviado a
las tierras de mis antepasados? En cuanto te vi en el arroyo supe que eras para
mí. Y si estás vinculada a familias tan poderosas, debe ser otra señal de que
me favorecen.
—¿De verdad que no tenías idea de quién era?
—En absoluto —contestó él, algo entristecido—. No te había visto en mi
vida.
—¿Nunca? ¿No salías nunca al balcón de Cneo Domicio, ni me habías visto
en el balcón de mi hermano, más arriba?
—Nunca —contestó él.
—Yo te he visto muchas veces durante años —dijo ella suspirando.
—Me alegra profundamente que te gustase la visión.
—Me enamoré de ti a los dieciséis años —dijo ella reclinando la cabeza
en su hombro.
—¡Qué perversos son los dioses! —comentó él—. Si hubiese mirado hacia
arriba y te hubiese visto, no habría descansado hasta casarme contigo. Ahora
tendríamos muchos hijos y no nos veríamos en esta terrible situación.
—No puedo divorciarme hasta que regrese mi marido —dijo ella,
estremecida—. Tardará un año, por lo menos. Y no creo que mi hermano y mi
esposo te acepten. Seguramente no tendré dote y perderé a mis hijas.
—Yo no puedo divorciarme de Cuspia —añadió él muy entristecido—. Tardaré
diez años en pagar la dote de mi hermana, porque no tuve más remedio que
hacerlo a plazos, a pesar de la fortuna de Cuspia.
Se abrazaron instintivamente, con una mezcla de placer y aflicción.
—¡Oh, será horrible si nos descubren! —exclamó ella.
—Sí.
—No es justo.
—No.
—No deben enterarse, Marco Porcio.
—Debemos unirnos con honor, Livia Drusa, no sintiéndonos culpables
—replicó él, rebulléndose.
—No faltamos al honor —insistió ella muy seria—. Sólo por las
circunstancias parece lo contrario. Yo no siento vergüenza.
—Ni yo —añadió él, sentándose y abrazándose las rodillas, pero su mirada
era triste—. Mi deseo es poder casarme contigo, y mantener este secreto será
muy penoso.
—Penoso o no, yo lo guardaré —dijo ella muy decidida—. Te he encontrado,
mi rey Odiseo, y no te perderé.
Él volvió a abrazarla y la retuvo hasta que ella dejó oír su protesta,
deseosa de mirarle, tan bien formado, aquellos brazos y aquellas piernas, la
tez cremosa y con un vello escaso, del mismo color llamativo que el cabello, en
un cuerpo musculoso, el rostro anguloso. Un auténtico Odiseo. O, en cualquier
caso, su Odiseo.
—Te amo, Marco Porcio Catón —dijo.
—Yo también te amo, Livia Drusa.
La tarde estaba avanzada cuando le dejó, después de acordar que se
verían en el mismo lugar y a la misma hora al día siguiente; pero prolongaron
tanto la despedida que cuando llegó a la casa de Druso los obreros ya habían
acabado la jornada. Mopsus, el mayordomo, estaba a punto de enviar a la
servidumbre en su busca. Volvía tan contenta y eufórica que no se le había
ocurrido pensar en aquellos aspectos de la realidad, y se quedó mirando como
una estúpida a Mopsus, a la tenue luz del crepúsculo, sin saber qué decirle
como excusa.
Tenía un aspecto lamentable. La melena en su espalda era una maraña
plagada de ramitas y de yerbas, sus vestiduras estaban manchadas de barro y los
delicados zapatos que calzaba los llevaba colgando de la mano: tenía sucias la
cara y las manos y los pies llenos de barro.
—Domina, domina, ¿qué os ha sucedido? —exclamó el mayordomo—. ¿Os habéis
caído?
Ante tales palabras, Livia Drusa volvió a la realidad.
—Efectivamente, Mopsus —respondió animosa—. Ha sido una terrible caída,
pero estoy viva.
Los criados, alborotados, la rodearon y la entraron en la casa, donde la
prepararon una antigua bañera de bronce en la sala de estar. Lilla, que había
estado llorando por la ausencia de su madre, salió correteando tras la nodriza
para ir a cenar, mientras Servilia seguía en silencio a su madre y desde un
rincón observó cómo una criada le desabrochaba la túnica, lanzando
exclamaciones al ver el estado de su cuerpo, más sucio que las ropas.
Cuando la criada se dio la vuelta para ver si el agua estaba bien de
temperatura, Livia Drusa, desnuda y sin pudor, estiró los brazos por encima de
la cabeza tan lenta y voluptuosamente que la discreta Servilia, que estaba
junto a la puerta, comprendió el sentido de aquel gesto a un nivel primitivo y
atávico que sólo con el tiempo esclarecería definitivamente. Livia Drusa bajó
los brazos y se llevó las manos a los redondos senos, jugueteando unos
instantes con los pezones sin dejar de sonreír. Luego entró en la bañera y se
volvió para que la criada le echase agua por la espalda y le frotase con una
esponja, por lo que no vio que Servilia abría la puerta y salía.
Durante la cena, en la que a Servilia se la permitía acompañar a la
madre, Livia Drusa charló animadamente por los codos de la pera que se había
comido, de la flor del azafrán, de los muñequitos en el árbol del altar
limítrofe, del arroyuelo, y adornó su imaginaria y vertiginosa caída por un
terraplén con toda clase de detalles. Servilia permanecía sentada, comiendo con
melindre, inexpresiva. Un desconocido habría considerado el rostro de la madre
como el de una niña feliz, y el de la hija, como el de una madre preocupada.
—¿Te sorprende mi felicidad, Servilia? —inquirió la madre.
—Sí, es muy raro —contestó la hija sosegadamente.
Livia Drusa se inclinó sobre la mesita que compartían y apartó un mechón
de pelo de la frente de su hija, auténticamente interesada por primera vez en
aquella réplica en miniatura de sí misma, y los recuerdos de su desgraciada
niñez acudieron a ella en tropel.
—Cuando tenía tu edad —dijo—, mi madre no me hacía caso. Era a causa de
Roma; hace poco me di cuenta de que Roma me estaba afectando de igual modo. Por
eso nos hemos venido a vivir al campo Y vamos a estar
aquí hasta que tata vuelva. ¡Soy feliz porque soy libre, Servilia! No
quiero pensar en Roma.
—A mí me gusta Roma —replicó Servilia, sacando la lengua a los distintos
platos—. Tío Marco tiene un cocinero mejor.
—Ya encontraremos un cocinero que te guste, si eso es lo que te
preocupa. ¿Es lo que más te preocupa?
—No. Los obreros.
—Bueno, dentro de un mes o dos habrán acabado y estaremos tranquilas.
Mañana… —comenzó a decir, recordando de pronto—, no, pasado, iremos a pasear
las dos.
—¿Por qué no mañana? —protestó Servilia.
—Porque necesito otro día para mí sola.
—Estoy cansada, mamá —dijo Servilia levantándose de la silla—. ¿Puedo
irme a la cama?
Y así comenzó el año más feliz en la vida de Livia Drusa, una época en
la que lo único que importaba era el amor, y el amor se llamaba Marco Porcio
Catón Saloniano; una pequeña reserva de ese amor era para Servilia y Lilla.
No tardaron en acordar una rutína, pues, naturalmente, Catón no pasaba
muchos días en la casa de campo tusculana, o no los había pasado hasta conocer
a Livia Drusa. Era imperativo encontrar un lugar de cita más seguro, un sitio
en el que no pudiese sorprenderlos ningún campesino o algún pastor y en el que
Livia Drusa pudiera lavarse y acicalarse. Catón lo solventó expulsando a una
familia que vivía en una casita aislada dentro de sus tierras, anunciando a
todo el mundo que iba a utilizarlo como lugar de estudio, pues pensaba escribir
un libro. El libro se convirtió en pretexto para todo, en particular para sus
largas ausencias de Roma, lejos de su esposa. Siguiendo los pasos de su abuelo,
la obra iba a ser un minucioso compendio de la vida rural romana, incluyendo
todos los ritos, hechizos, preces, supersticiones y costumbres de naturaleza
religiosa, para concluir con una
exposición de las técnicas y métodos de la agricultura moderna. En Roma,
a nadie le extrañó, dados los antecedentes familiares de Catón.
Siempre que podía ir a Tusculum se veían a la misma hora todas las
mañanas, pues Livia Drusa se las había reservado para ella, ya que las niñas
estaban ocupadas con sus lecciones. Se separaban, con gran aflicción, a
mediodía. Incluso cuando Marco Livio Druso acudía a ver cómo estaba su hermana
y a supervisar las reformas de la casa, ella seguía dando sus «paseos».
Naturalmente, era tan evidente y sencilla su felicidad, que Druso no podía por
menos de aplaudir el buen sentido de su hermana por haberse ido a vivir allí,
mientras que si hubiera dado muestras de nerviosismo o mala conciencia, sí que
habría dado en pensar algo. Pero Livia Drusa jamás traslucía el menor
nerviosismo, puesto que pensaba que sus relaciones con Catón eran justas,
correctas y limpias; merecidas y correspondidas.
Naturalmente que hubo dificultades, sobre todo al principio. Para Livia
Drusa, la principal eran los dudosos antepasados de su amado, aunque eso ya no
le importaba tanto como cuando Servilia Cepionis le había dicho quién era, pero
seguía reconcomiéndola. Menos mal que no era tan tonta como para decírselo
abiertamente; lo que hacía era buscar la manera de sacar a colación el tema de
modo que él viera que no le subestimaba por ello, aunque así era. ¡No, no lo
hacía con aires de superioridad ni con malevolencia! Era simplemente por el
pesar que le producía la seguridad de su impecable estirpe, por el deseo de que
él pudiese ser también beneficiario de aquel desahogo social tan romano.
Su abuelo era el ilustre Marco Porcio Catón el Censor. De estirpe latina
rica, los Porcios Priscos habían tenido suficiente preminencia social para
tener a su cargo durante varias generaciones los caballos públicos de los
caballeros de Roma ya antes del nacimiento de Catón el Censor; pero, aunque
gozaban de plena ciudadanía y de la condición de caballeros, vivían en Tusculum
más que en Roma y no habían mostrado aspiraciones por ocupar cargos públicos.
Pronto descubrió Livia Drusa que su amado no consideraba en absoluto
dudosa su ascendencia, pues, como le dijo:
—Ese mito tiene su origen en el carácter de mi abuelo, que se hizo pasar
por campesino cuando un exquisito patricio le hizo un desprecio siendo cadete a
los veintisiete años, en la primera guerra contra Aníbal; se complació tanto en
aquella farsa, que nunca la descubrió, y pensamos que hizo muy bien, pues si
los hombres nuevos surgen y caen en el olvido, a Catón el Censor no le olvidará
nadie.
—Lo mismo puede decirse de Cayo Mario —dijo apocada Livia Drusa.
Su amado se sobresaltó como si le hubiera mordido.
—¿Ése? Él sí que es un auténtico hombre nuevo, un campesino! ¡Mi abuelo
tenía antepasados! Sólo era un hombre nuevo en el sentido de que fue el primero
de la familia que entró en el Senado.
—¿Cómo sabes que tu abuelo simplemente se fingía campesino? —Por las
cartas suyas que conservamos.
—¿Y la otra rama de la familia no es la que conserva sus papeles? Al fin
y al cabo es la rama más antigua.
—¿Los Licinianos? ¡Ni los nombres! —contestó Catón en tono de disgusto—.
Es la rama de los Saloníanos, la nuestra, la que brillará en el futuro cuando
los historiadores hablen de la Roma de nuestra época. ¡Somos nosotros los
auténticos descendientes de Catón el Censor! ¡Nosotros no nos damos aires de
finos! ¡Hacemos honor a la clase de hombre que era Catón el Censor, Livia
Drusa!
—Que se fingía campesino.
—¡Efectivamente! Un auténtico romano rudo, audaz, sincero, apegado a la
tradición! —replicó Catón con los ojos brillantes—. ¿Sabes que bebía el mismo
vino que sus esclavos? Nunca enlució las alquerías ni las villas, ni tenía
tapices ni telas púrpura en su casa de Roma, y jamás pagó más de seis mil
sestercios por un esclavo. Nosotros, los Salonianos, hemos seguido esa
tradición y vivimos igual que él.
—¡Oh! —exclamó Livia Drusa.
Pero él no advirtió su consternación porque estaba obcecado en explicar
a su joven y amada Livia lo fantástico que había sido Catón el Censor.
—¿Cómo iba a haber sido realmente un campesino si fue el mejor amigo de
Valerio Flaco y, cuando se trasladó a Roma, el mejor orador y
abogado de todos los tiempos? Nadie le ha superado; estuvo muy por
encima de especialistas como Craso Orator, y el viejo Mucio Escévola el Augur
afirma que su retórica era única y que nadie ha sido capaz de utilizar mejor el
aforismo y la hipérbole. ¡Y mira sus soberbios escritos! Mi abuelo fue educado
a lo grande, hablaba y escribía latín con tal perfección, que jamás tuvo
necesidad de hacer un borrador.
—Ya veo que tendré que leer algo de él —dijo Lívia Drusa con un
ligerísimo retintín, pues su tutor no había considerado a Catón digno de su
interés.
—¡Hazlo! —se apresuró a decir Catón, abrazándola y atrayéndola entre sus
piernas—. Empieza por el Carmen de Moribus, que te dará una idea de la clase de
hombre moral que era y qué profundamente romano. Desde luego, fue el primer
Porcio que llevó el cognomen de Catón, pues hasta entonces los Porcio
ostentaban el de Prisco; ¿te das cuenta de lo antiguo que es nuestro linaje que
a él le llamaban el Antiguo? ¡Figúrate que el abuelo de mi abuelo tuvo que
pagar el coste de cinco caballos públicos muertos en combate por Roma mientras
él era el encargado!
—Lo que me importa es lo de Saloniano, no lo de Prisco ni lo de Catón.
Salonio era un esclavo celtíbero, ¿no?, mientras que la rama más antigua dice
descender de una Licinia noble y de la tercera hija del gran Emilio Paulo y de
la Cornelia mayor de los Escipiones.
Ahora era él quien ponía ceño, pues el razonamiento denotaba sin lugar a
dudas la presunción de Livia. Pero ella le miraba con ojos adorables y él
estaba muy enamorado; no era culpa de la pobrecilla el que no le hubiesen
informado debidamente respecto a los Porcios Catones. Tendría que ponerla él al
corriente.
—No ignorarás la historia de Catón el Censor de Salonia —dijo, apoyando
la barbilla en su hombro.
—No la conozco, meum mel. Cuéntamela, por favor.
—Mi abuelo no se casó por primera vez hasta los cuarenta y dos años. Ya
entonces había sido cónsul, obtenido una gran victoria en la Hispania Ulterior
y celebrado un triunfo, ¡pero no era codicioso! jamás tomó su parte de los
botines ni vendió a los prisioneros para embolsarse el dinero. Él lo
daba todo a los soldados, y sus descendientes siguen mostrándole afecto
por ello —dijo Catón, tan orgulloso de su abuelo que había perdido el hilo de
la historia.
—Así que fue a los cuarenta y dos años cuando se casó con la noble
Licinia —se aprestó ella a recordarle.
—Exacto. De ella sólo tuvo un hijo, Marco Liciniano, aunque parece ser
que la adoraba y no sé por qué no tuvieron más hijos. En fin, al morir Licinia
mi abuelo tenía setenta y siete años y tomó a una esclava de la casa como
compañera de lecho. En la casa vivían su hijo Liciniano y la mujer de éste, la
dama de alta cuna que tú has mencionado; aquello los ofendió, pues parece ser
que no hizo de ello ningún secreto y la esclava se movía por la casa como si
fuese la dueña. Pronto se supo en Roma lo que sucedía, porque Marco Liciniano y
Emilia Tercia se encargaron de comentarlo. A todos menos a Catón el Censor.
Pero, claro, él se enteró de que estaban pregonándolo por toda la ciudad, y en
lugar de preguntarles por qué no le habían dicho nada a él, lo que hizo fue
despachar tranquilamente a la esclava una buena mañana y dirigirse al Foro sin
decir que ya no estaba la mujer.
—¡Qué cosa tan extraña! —comentó Livia Drusa.
Catón prosiguió sin replicar.
—Catón el Censor tenía un cliente llamado Salonio, un celtíbero de Salo,
que había sido uno de sus escribas esclavos.
»—¡Eh, Salonio! —exclamó mi abuelo al llegar al Foro—. ¿Has encontrado
ya marido para tu preciosa hija?
»—Pues no, domine —contestó Salonio—, pero tened la certeza de que
cuando encuentre un buen hombre para ella os lo llevaré para que me deis
vuestra opinión y la aprobación.
»—No tienes que seguir buscando —replicó mi abuelo—. Tengo un buen
marido para ella, ¡alguien excepcional! Buena fortuna, fama intachable,
excelente familia, todo lo que puedas desear. Salvo que me temo que tiene los
dientes algo largos, aunque está sano, eso sí, pero hasta el más considerado no
tendría más remedio que decir que es un hombre muy viejo.
»—Domine, si la elección es vuestra, ¿cómo no iba a complacerme? — dijo
Salonio—. Mi hija nació siendo yo esclavo vuestro y su madre era también
esclava vuestra. Cuando me disteis el gorro de liberto, tuvisteis la bondad de
hacer libre a toda mi familia. Pero mi hija sigue estando a vuestro servicio,
como yo, mi esposa y mi hijo. Perded cuidado que Salonia es una buena chica y
se casará con quien os hayáis tomado la molestia de buscarle, pese a la edad
que tenga.
»—¡Sensacional, Salonio! —exclamó mi abuelo—. ¡Soy yo!
—¡Qué mal lenguaje! —comentó Livia Drusa, rebulléndose—. Creía que el
latín de Catón el Censor era impecable.
—Mea vita, mea vita, ¿es que no tienes sentido del humor? —inquirió
Catón, mirándola—. ¡Lo decía como una gracia, porque quería quitarle hierro,
nada más! Salonio se quedó pasmado, y no podía creerse que le ofreciesen una
alianza matrimonial con una casa noble en la que se contaban un censor y un
triunfo.
—No me extraña que se quedara pasmado —dijo Livia Drusa.
—Mi abuelo —prosiguió Catón— le reiteró que hablaba en serio y trajeron
a la tal Salonia, que se casó inmediatamente con él porque era un día propicio.
Pero cuando Marco Liciniano se enteró, un par de horas más tarde, porque el
hecho se difundió por toda Roma, reunió un grupo de amigos y fueron a ver a
Catón el Censor.
»—¿Es porque desaprobábamos que tuvierais una esclava por querida por lo
que deshonráis más nuestra casa dándome semejante madrastra? — inquirió
Liciniano, muy enojado.
—¿Cómo puedo deshonrarte, hijo mío, si estoy a punto de demostrar lo
hombre que soy engendrando más hijos a mi avanzada edad? —replicó mi abuelo con
regio ademán—. ¿Preferirías que me hubiese casado con una mujer noble estando
más cerca de los ochenta que de los setenta? Semejante alianza no sería
adecuada. Me caso con la hija de mi liberto, un matrimonio adecuado a mi edad y
mis necesidades.
—¡Qué cosa tan excepcional! —dijo Livia Drusa—. No cabe duda de que lo
hizo para vejar a Liciniano y a Emilia Tercia.
—Es lo que creemos los Salonianos —añadió Catón.
—¿Y siguieron viviendo todos en la misma casa?
—Por supuesto. Marco Liciniano murió poco después, aunque la opinión de
la gente fue que se debió a un ataque al corazón. Con ello, Emilia quedó sola
en la casa con su suegro y su nueva esposa Salonia, suerte más que merecida, en
mi opinión. Como su padre había muerto, no tenía casa donde ir.
—Y Salonia engendró a tu padre —dijo Livia Drusa.
—Efectivamente —contestó Catón Saloniano.
—¿Y no te afecta ser el nieto de una mujer que nació esclava? — inquirió
Livia Drusa.
—¿Por qué tendría que afectarme? —replicó Catón, perplejo—. Todos
tenemos un origen y tengo entendido que los censores mostraron su acuerdo con
la tesis de mi abuelo Catón el Censor en el sentido de que su sangre tenía
nobleza de sobra para ennoblecer la sangre del esclavo que fuese. Nunca han
impedido el acceso de los Salonianos al Senado. Salonio era de estirpe gala; si
hubiera sido griego, mi abuelo jamás habría hecho semejante cosa, porque
detestaba a los griegos.
—¿Y tú has enlucido las alquerías? —inquirió Livia Drusa, comenzando a
achucharse contra él.
—Claro que no —contestó él, ya enfebrecido.
—Ahora ya sé por qué tenemos que beber un vino tan malo.
—¡Tace, Livia Drusa! —replicó Catón, tumbándola boca arriba.
La existencia de un amor tan grande que sus partícipes consideran
perfecto suele llevar a indiscreciones, a comentarios imprudentes que propician
su descubrimiento; pero Livia Drusa y Catón Saloniano prosiguieron las
relaciones con eficaz secretismo. Naturalmente, de haber estado en Roma las
cosas habrían sido muy distintas, pero, por fortuna, el aletargado Tusculum
permaneció ignorante del jugoso escándalo que se estaba fraguando.
Al cabo de un mes, Livia Drusa se percató de que estaba encinta, y bien
sabía que el hijo no era de Cepio, porque el mismo día en que el esposo
había salido de Roma ella tenía la menstruación, dos semanas más tarde
yacía en brazos de Marco Porcio Catón Saloniano y cuando llegó el momento no se
le produjo el período. por sus dos embarazos anteriores conocía de sobra los
indicios de la gravidez, y ahora los presentaba todos. Iba a tener un hijo de
su amante Catón, no de su esposo Cepio.
Tomándoselo con filosofía, Livia Drusa optó por no ocultar su estado,
confiando que la proximidad de fechas la serviría de coartada. ¿Y si no hubiera
quedado embarazada tan pronto? ¡Oh, mejor no pensarlo!
Druso manifestó su alegría, e igualmente Servilia Cepionis; a Lilla le
pareció muy divertido tener un hermanito y Servilia se limitó a mostrar su
consabida actitud indiferente.
Desde luego, había que decírselo a Catón, pero no sabía hasta qué
extremo. Le venía a la cabeza la flemática cara de Livio Druso y tenía que
pensarlo. Era terrible ocultárselo a Catón si era un niño. Y sin embargo… Sin
duda nacería antes del regreso de Cepio y todos darían por sentado que era hijo
de él. Y si lo que había engendrado Catón era un niño y le ponían el nombre de
Quinto Servilio Cepio, sería heredero del oro de Tolosa. Quince mil talentos.
El hombre más rico de Roma, y con un nombre glorioso. Muchísimo más ilustre que
el de Catón Saloniano.
—Voy a tener un hijo, Marco Porcio —le dijo a Catón cuando se vieron
otra vez en la casita de dos piezas que para ella se había convertido en el
verdadero hogar.
Alarmado, más que ilusionado, él la miró fijamente.
—¿Es mío o de tu esposo? —inquirió.
—No lo sé —contestó Livia Drusa—. De verdad que no lo sé. Y dudo que lo
sepa cuando nazca. Estoy segura que es niño —añadió.
Catón se recostó en el cabezal de la cama, cerró los ojos y apretó sus
bellos labios.
—Es mío —dijo.
—No lo sé —repitió ella.
—Tendrás que decir a todo el mundo que es de tu marido.
—¿Qué otra cosa puedo hacer?
Él abrió los ojos y se volvió a mirarla, entristecido.
—Nada, lo sé. Yo no puedo casarme contigo aunque tuvieses la posibilidad
de divorciarte. Cosa que no harás a menos que tu esposo regrese antes de lo
previsto. Pero lo dudo. Todo parece una trama urdida por los dioses.
—¡Que así sea! Al final son los hombres y las mujeres quienes ganan, no
los dioses —dijo Livia Drusa, juntándose a él para besarle—. Te quiero, Marco
Porcio. Espero que sea tuyo.
—Yo espero que no —contestó Catón.
El estado de Livia Drusa no afectó en nada a sus actividades; siguió
dando los paseos matinales y Catón Saloniano continuó pasando más tiempo que
nunca en la finca tusculana de su abuelo. Hacían el amor apasionadamente y sin
consideración para con el feto que se iba formando; cuando Catón se recataba,
Livia Drusa sostenía que un amor semejante no podía ser nocivo para su hijo.
—¿Sigues prefiriendo Roma a Tusculum? —preguntó a su hija Servilia un
idílico día de finales de octubre.
—Oh, sí —contestó Servilia, que había sido un hueso duro de roer durante
aquellos meses, eludiendo hablar con su madre y contestando tan concisamente a
sus preguntas que las comidas eran un arduo ejercicio para Lívia Drusa.
—¿Por qué, Servilia?
La niña miró el vientre de su madre, ya enorme.
—Para empezar, porque allí hay buenos médicos y comadronas — contestó.
—¡Ah, pierde cuidado por el niño! —exclamó Livia Drusa, riendo—. Está
muy bien y cuando llegue el momento todo irá bien. Aún me falta un mes.
—¿Por qué siempre dices «el niño», mamá?
—Porque sé que es un niño.
—Eso no se puede saber hasta que nazca.
—Mira la pequeña cínica —replicó Livia Drusa divertida—. Yo sabía que tú
ibas a ser niña, y lo mismo con Lilla. ¿Por qué no iba a acertar esta vez? Lo
siento distinto y me habla distinto.
—¿Que te habla?
—Sí. Vosotras también me hablabais cuando estabais dentro.
—¡Mamá, mira que eres rara! —añadió la niña mirándola con sorna—. Y cada
vez más. ¿Cómo va a hablarte el niño desde dentro si los niños tardan un año
por lo menos en hablar?
—Eres igual que tu padre —replicó Livia Drusa con un gesto despectivo.
—¡Así que no te gusta tata! ¡Ya lo sabía yo! —añadió la hija en tono
distanciado más que acusatorio.
La niña tenía siete años; lo bastante mayor, pensó su madre, para asumir
ciertos hechos. Oh, no lo expresaría de una manera que la hiciera caer en
prejuicio contra su padre, pero… ¿No sería estupendo hacerse amiga de su hija
mayor?
—No —contestó Livia Drusa con toda intención—. No me gusta tata.
¿Quieres saber por qué?
—Supongo que vas a decírmelo —contestó Servilia encogiéndose de hombros.
—Bien, ¿a ti te gusta?
—¡Sí, sí! ¡Es la mejor persona del mundo!
—Oh… Pues tendré que decirte por qué a mí no me gusta. Si no, tendrás
resentimiento por mi actitud. Tengo mis motivos.
—No dudo que lo creas.
—Cariño, yo no quería casarme con tata, pero tu tío Marco me obligó a
hacerlo. Y ése es un mal comienzo.
—Debiste de tener la posibilidad de elegir —dijo Servilia.
—Ninguna. Sucede raras veces.
—Creo que habrías debido aceptar el hecho de que tío Marco sabe las
cosas mejor que tú. Yo no veo mal que te eligiera esposo —dijo el pequeño juez
de siete años.
—¡Oh, cariño! —exclamó Livia Drusa, mirando cariacontecida a su hija
—. Servilia, no se puede decir tajantemente quién nos gusta y quién no
nos gusta. Y a mí, tata no me gustaba. Siempre me ha sucedido, desde que tenía
tu edad. Pero nuestros padres habían dispuesto nuestro matrimonio y tío Marco
no vio en ello nada malo. Yo no pude hacerle entender que la falta de amor no
es necesariamente fatal para el matrimonio, mientras que si alguien no te
gusta, ya desde un principio se va al agua.
—Yo creo que eres tonta —dijo Servilia con desdén. ¡Más tozuda que una
mula!, pensó Livia Drusa.
—El matrimonio es un asunto muy personal, hija. Y cuando a uno de los
cónyuges no le gusta el otro, es una pesada carga. En el matrimonio se toca
mucho, y cuando alguien no te gusta no te apetece que te toque. ¿Lo comprendes?
—A mí no me gusta que nadie me toque —replicó Servilia.
—¡Afortunadamente eso cambiará! —dijo su madre, sonriendo—.
Bueno, como decía, me obligaron a casarme con un hombre que a mí no me
gustaba que me tocara. Un hombre que no me gustaba y que sigue sin gustarme.
Sin embargo, se crea cierto sentimiento. A ti y a Lilla os quiero. ¿Cómo es
entonces que soy incapaz de querer a tata al menos con una parte de mi ser, si
él contribuyó a que nacieseis tú y Lilla?
Un gesto de disgusto cruzó el rostro de Servilia.
—¡De verdad, mamá, que eres tonta! Primero dices que no te gusta tata y
luego que le quieres. ¡Es una tontería!
—No, Servilia, es humano. Amar y gustar son dos sentimientos muy
distintos.
—Bueno, a mí me gustará y querré al esposo que tata me elija — respondió
Servilia en tono de superioridad.
—Espero que así sea cuando llegue el momento —dijo Livia Drusa tratando
de cambiar el énfasis de tan molesta conversación—. En este momento estoy muy
contenta. ¿Sabes por qué?
Servilia inclinó su morena cabecita a un lado, pensativa, y luego
contestó muy decidida:
—Sé por qué, pero no veo por qué has de estarlo. Estás contenta porque
vives en este sitio horrendo y vas a tener un niño. Y me parece… que tienes un
amigo —añadió con los ojos brillantes.
Un gesto de gran temor llenó el rostro de Livia Drusa, una exPresión tan
elocuente y atormentada, que la niña se estremeció de contento, sorprendida,
pues simplemente lo había lanzado guiándose por el instinto, originado por su
propia y acuciante carencia de amigos.
—¡Claro que tengo un amigo! —exclamó la madre, borrando la expresión de
temor y sonriendo—. Y me habla desde dentro.
—Para mí no será un amigo —añadió la niña.
—¡Oh, Servilia, no digas estas cosas! Un hermano será el mejor amigo que
puedas tener, créeme!
—Tío Marco es tu hermano y te obligó a casarte con tata, que no te
gustaba.
—Circunstancia que no impide que sea mi amigo. Los hermanos y las
hermanas se crían juntos, se conocen mejor que nadie y aprenden a gustarse
—replicó Livia Drusa con entusiasmo.
—No se puede aprender a que te guste alguien que no te gusta.
—En eso te equivocas. Si se intenta, se puede.
—Entonces —replicó Servilia con una especie de bufido—, ¿por qué tú no
has logrado que te guste tata?
—¡No es mi hermano! —exclamó Livia Drusa, cavilando qué más cosas podría
alegar. ¿Por qué sería tan tozuda aquella niña? ¿Por qué se empeñaba en ser tan
reacia, tan obtusa? Porque es hija de su padre, se dijo. ¡Es igual que él! Sólo
que mucho más lista y astuta—. Porcella —añadió—, lo único que yo quiero es que
seas feliz. Y te prometo que no consentiré que tata te obligue a casarte con
alguien que no te guste.
—Quizá tú no estés cuando yo me case —replicó la niña.
—¿Y por qué no iba a estar?
—Tu madre no estaba, ¿no es cierto?
—Mi madre es un caso totalmente distinto —contestó Livia Drusa con cara
de consternación—. Pero no ha muerto.
—Ya lo sé. Vive con tío Mamerco, pero no nos hablamos con ella porque es
una mujer licenciosa.
—¿Eso a quién se lo has oído?
—A tata.
—¡Tú no puedes saber lo que es una mujer licenciosa!
—Sí que lo sé. Una mujer que olvida que es patricia.
—Una definición muy interesante, Servilia —replicó Livia Drusa,
conteniendo una sonrisa—. ¿Crees que tú olvidarás alguna vez que eres patricia?
—¡Jamás! —contestó la niña, altanera—. Yo actuaré conforme a los deseos
de mi tata.
—No sabía que hablabas tanto con tata.
—Hablamos continuamente. —Mintió Servilia con tanta maestría que su
madre no se percató. Viéndose marginada por los padres, la pequeña se había
coligado con el padre desde su más tierna infancia porque le parecía el más
poderoso y el más útil para ella. Y sus fantasías infantiles giraban en torno
al disfrute con el padre de una intimidad que sabía que no podía darse nunca,
pues Cepio consideraba a las hijas un estorbo y lo que deseaba era un hijo.
¿Cómo sabía esto la pequeña? Porque seguía como una sombra a su tío Marco,
escuchándolo todo a escondidas y enterándose de cosas que no debía. Siempre le
había parecido a Servilia que era su padre el que hablaba como un verdadero
romano, y no su tío Marco, y menos aún aquel donnadie itálico llamado Silo. Al
faltarle el padre de modo tan angustioso, la niña temía ahora lo peor: que
cuando su madre concibiese un niño, ella perdería irremediablemente la
esperanza de ser la preferida del padre.
—Bien, Servilia —añadió Livia Drusa con énfasis—, me alegro mucho de que
te guste tata, pero debes mostrarte más madura cuando él regrese y volváis a
hablar. Lo que te he dicho sobre él de que no me gusta es una confidencia, un
secreto entre las dos.
—¿Por qué? ¿Es que él no lo sabe? Livia Drusa arrugó el entrecejo,
perpleja.
—Servilia, si tanto hablas con tu padre, tienes que saber que él no
tiene la menor idea de que no me gusta. Tu tata no es un hombre muy perspicaz,
precisamente. Si lo fuese tal vez me habría gustado.
—Bueno, es que no perdemos el tiempo hablando de ti —replicó Servilia
despectiva—. Hablamos de cosas importantes.
—Para tener siete años eres muy experta zahiriendo.
—Con mi tata nunca lo hago.
—¡Me parece muy bien! Pero no te olvides de lo que te he dicho. Lo que
te he dicho, lo que he intentado decirte, es un secreto entre las dos. Te he
hecho depositaria de una confidencia y espero que la trates como haría una
patricia romana, con respeto.
Cuando Lucio Valerio Flaco y Marco Antonio Orator fueron elegidos
censores, en abril, Quinto Popedio Silo llegó a casa de Druso muy excitado.
—¡Oh, qué maravilla poder hablar con Quinto Servilio! —exclamó
sonriente. Nunca se recataba de mostrar su antipatía hacia Cepio, del mismo
modo que éste tampoco la ocultaba.
Comprendiéndolo —y en secreto acuerdo con Silo, aunque la deferencia
hacia su familia le impidiera expresarlo—, Druso hizo caso omiso del
comentario.
—¿A qué se debe esa excitación? —inquirió.
—¡A nuestros censores! Proyectan el mayor censo de la historia,
cambiando el método para confeccionarlo —dijo Silo, alzando los brazos
eufórico—. Oh, Marco Livio, no sabes con qué pesimismo veo la situación de los
itálicos. He comenzado a no vislumbrar otra solución que la secesión de Roma.
Como era la primera vez que Druso oía hablar a Silo de sus temores, se
irguió en su silla y le miró alarmado.
—¿Secesión? ¿Guerra? —inquirió—. Quinto Popedio, ¿cómo puedes pronunciar
tales palabras? ¡Ten la certeza de que la situación de los itálicos se
arreglará pacíficamente, yo estoy entregado a ese propósito!
—Lo sé, amigo mío, y debes creerme cuando digo que la secesión y la
guerra distan mucho de ser mis deseos. Es una alternativa que no conviene ni a
Italia ni a Roma, pues el coste en dinero y en hombres nos dejaría
postrados durante décadas, independientemente de quien venza. En las
guerras civiles no hay botín.
—¡No menciones eso!
Silo se rebulló en la silla, apoyó los brazos en el escritorio de Druso
y se inclinó impaciente.
—¡Es que, justamente, no pienso en ello! Porque se me ha ocurrido un
modo de manumitir un número suficiente de itálicos para que cambie radicalmente
la actitud de Roma.
—¿Te refieres a una manumisión masiva?
—No es una manumisión completa; eso sería imposible. Pero sí lo bastante
importante para que una vez iniciada se llegue a la libertad total — contestó
Silo.
—¿Cómo? —inquirió Druso, sintiéndose un poco decepcionado, ya que él
siempre se había creído más adelantado que Silo en el proyecto de una
ciudadanía romana plena para los itálicos.
—Bien, como sabes, los censores siempre se han preocupado más que otra
cosa por saber quiénes viven en Roma, y los censos rurales y provinciales se
han hecho con retraso y han sido de índole totalmente voluntaria. Un habitante
del agro con deseos de inscribirse tenía que acudir a los duumviri de su
municipio o pueblo, o viajar hasta la localidad más próxima con categoría de
municipio. Y en las provincias tenía que presentarse al gobernador y a veces
eso representaba un largo viaje. Los que se lo tomaban en serio, lo emprendían;
los que no, se prometían hacerlo la próxima vez, pensando en que los empleados
del censo trasladarían su nombre de los rollos antiguos a los nuevos, que suele
ser lo que hacen.
—Sí, todo eso lo sé —comentó Druso en tono amable.
—No importa, me parece que debes volver a oírlo, Marco Livio. Nuestros
censores son una curiosa pareja. Antonio Orator nunca me ha parecido realmente
eficiente, aunque supongo que, pensando en la clase de campaña que efectuó
contra los piratas, debe de serlo. En cuanto a Lucio Valerio, flamen Martialis
y consular, lo único que recuerdo de él es el lío que organizó el último año de
Saturnino, cuando Cayo Mario no podía gobernar por enfermedad. No obstante, se
dice que no hay nadie que no
haya nacido dotado de algún talento, y ahora resulta que Lucio Valerio
tiene talento para lo que podríamos llamar logística. Hoy he entrado por la
puerta Collina y paseaba por el bajo Foro cuando me tropecé con Lucio Valerio.
— Silo abrió unos ojos como platos, haciendo un teatral gesto de sorpresa—.
¡Imagínate cómo me quedé cuando me saludó y me dijo si tenía un rato para
charlar! ¡A mí, un itálico! Naturalmente, le contesté que estaba a su
disposición. En resumen, que quería que le indicase los nombres de algunos
marsos con ciudadanía romana que estuvieran dispuestos a efectuar un censo de
ciudadanos con derecho latino en territorio marso. Y a fuerza de hacerme el
obtuso, al final conseguí que me lo explicase todo. Él y Antonio Orator quieren
formar una plantilla especial de lo que ellos llaman administrativos censuales
y enviarla por toda Italia y la Galia itálica a finales de año y a principios
del que viene para que hagan el censo de las zonas rurales más remotas. Según
Lucio Valerio, a vuestros nuevos censores les preocupa que tal como se ha
efectuado hasta ahora queden muchos ciudadanos de áreas rurales y con derecho
latino que no se hayan inscrito por desidia. ¿A ti qué te parece?
—¿Qué va a parecerme? —replicó Druso, perplejo.
—En primer lugar, Marco Livio, considero que eso es ver las cosas
claras.
—Desde luego, y con gran sentido comercial. ¿Pero qué otra cosa especial
ves tú para estar tan contento?
—Mi querido Druso, si los itálicos podemos presentarnos a esos
administrativos del censo, con toda seguridad podrán inscribir a un gran número
de itálicos que merezcan la ciudadanía romana. No la chusma, sino hombres que
por derecho merecerían haber sido romanos hace muchos años —dijo Silo con gran
convicción.
—Eso no es posible —replicó Druso muy serio—. No es ético y es ilícito.
—¡Es un derecho moral!
—No se trata de la moral, Quinto Popecio, sino de la ley. Todo ciudadano
espúreo inscrito en los rollos de Roma será ¡legal. Yo no puedo
aprobar eso, ni tu deberías tampoco. ¡No, no me repliques nada! Piénsalo
y verás que tengo razón —añadió Druso con firmeza.
Durante un buen rato, Silo observó la expresión de su amigo y finalmente
alzó las manos, exasperado.
—¡Oh, maldita sea, Marco Livio, sería tan fácil!
—Sí, y más fácil aún de desenmarañar una vez hecho el mal. Al inscribir
a esos falsos ciudadanos, los expones a la furia de la ley romana y a que sus
nombres se anoten en una lista negra y les impongan fuertes multas —dijo Druso.
—Bien, bien —replicó Silo con un suspiro, encogiéndose de hombros —, ya
te entiendo, pero era una buena idea.
—No era una buena idea —replicó Marco Livio Druso, decidido a no dar su
brazo a torcer.
Silo no dijo nada más, pero cuando la casa —con menos gente aquellos
días— quedó tranquila por la noche, tomó ejemplo de la ausente Livia Drusa y
fue a sentarse en la balaustrada del peristilo.
Ni por un momento se le había ocurrido pensar que Druso no fuese a
coincidir con sus apreciaciones; de haberlo pensado, no le habría planteado el
asunto. Quizá, pensó Silo entristecido, era ése el motivo por el que muchos
romanos decían que los itálicos nunca podrían ser romanos. No entendía la
mentalidad de Druso.
Ahora su posición era comprometida porque había descubierto sus
intenciones y se daba cuenta de que no podía contar con el silencio de Druso.
¿Iría Druso al día siguiente a contárselo todo a Valerio Flaco y a Marco
Antonio Orator?
No le quedaba más remedio que aguardar acontecimientos. Y tendría que
trabajar a fondo —¡y con mucha sutileza!— para convencer a Druso de que lo que
había calificado de luminosa idea, concebida entre el Foro y el Palatino, era
una tontería que no merecía la pena y que se había disipado con un buen sueño.
Pero no tenía intención de abandonar el proyecto. Al contrario, su
simplicidad y propósito lo hacían cada vez más atractivo. ¡Los censores
esperaban que se inscribieran muchos miles de ciudadanos! ¿A qué, si no,
prever un notable aumento de la inscripción rural? Tenía que viajar en
seguida a Bovianum a ver a Cayo Papio Mutilo el samnita y luego irían juntos a
hablar con otros dirigentes de los aliados itáliCos. Cuando los censores
comenzasen a enrolar en serio su pequeño ejército de administrativos, los
dirigentes itálicos tenían que estar preparados para sobornarlos y situar en el
cargo a empleados que trabajasen en secreto por la causa itálica, alterando o
añadiendo rollos al censo. No podrían falsificar nada en la ciudad de Roma, ni
él realmente se lo proponía, porque no merecía la pena incluir a los habitantes
itálicos de Roma que no tuvieran la ciudadanía, dado que habían emigrado desde
las tierras de sus antepasados para vivir mejor o peor en una gran metrópolis y
estaban irremediablemente integrados.
Estuvo mucho rato sentado en la columnata reflexionando sobre los medios
y los métodos para lograr su propósito de igualdad para todos los itálicos de
la península.
Por la mañana se dispuso a borrar la indiscreta conversación con Druso,
debidamente arrepentido aunque contento, como si realmente no le importase lo
más mínimo que Druso le hubiera mostrado lo equivocado que estaba.
—Estaba en un error —le dijo en tono melifluo—. consultando con la
almohada me he dado cuenta de que tenías toda la razón.
—¡Estupendo! —comentó Druso sonriendo.
Quinto Servilio Cepio no regresó a casa hasta el otoño del año
siguiente, después de viajar desde Esmirna, en la provincia de Asia, hasta la
Galia itálica, a Utica, en la provincia de Africa, a Gades, en la Hispania
Ulterior, y de nuevo a la Galia itálica, sembrando dadivosamente sus caudales y
recogiendo mayores beneficios aún. Y poco a poco el oro de Tolosa fue
transformándose en otra cosa: grandes parcelas de ricas tierras en las riberas
del río Baetis, en la Hispania Ulterior, casas de alquiler en Gades, Utica,
Corduba, Hispalis, la vieja y la nueva Cartago, Cirta, Nemausus, Arelate y las
principales ciudades de la Galia itálica y la península italiana. A las
poblaciones dedicadas al hierro y al carbón que fue creando en la Galia
itálica, se fueron sumando ciudades de manufacturas textiles, y en las zonas en
que las tierras de labranza eran excepcionales, Quinto Servilio Cepio las
adquiría, sirviéndose de bancos itálicos más que romanos y de empresas
igualmente itálicas. Todo ello sin que su fortuna saliese de Asia Menor.
Llegó a la casa de Marco Livio Druso en Roma sin anunciarse, y por ello,
sólo entonces se enteró de que no estaban su esposa e hijas.
—¿Dónde se encuentran? —preguntó a su hermana.
—Donde tú dijiste que podían estar —contestó Servilia Cepionis un tanto
perpleja.
—¿Cómo donde yo dije?
—Siguen en la casa de campo de Marco Livio en Tusculum —contestó ella,
deseando que su marido volviese a casa.
—¿Y por qué diablos viven allí?
—Para estar más tranquilas —contestó Servilia Cepionis, llevándose la
mano a la cabeza—. ¡Oh, debí de entenderlo mal! Estaba convencida de que Marco
Livio me había dicho que tú estabas de acuerdo.
—Yo no estaba de acuerdo en nada —replicó Cepio, enojado—. ¡Estoy año y
medio fuera, llego a casa esperando que mi esposa y mis hijas me den la
bienvenida y resulta que no están! ¡Es absurdo! ¿Qué hacen en Tusculum?
Una de las virtudes que los hombres de la familia de los Servilios
Cepionis más valoraban era la continencia sexual vinculada a la fidelidad
conyugal, y Cepio no había estado con ninguna mujer durante todo aquel tiempo.
En consecuencia, cuanto más se aproximaba a Roma, más crecían sus deseos de
volver a yacer con su esposa.
—Livia Drusa estaba harta de Roma y se fue a vivir a la antigua villa de
Livio Druso en Tusculum —añadió Servilia Cepionis, con el corazón latiéndole
aceleradamente—. ¡De verdad que yo creía que habías dado tu consentimiento! En
cualquier caso, a ella no le ha sentado nada mal; nunca la había visto tan bien
y tan feliz —añadió, sonriendo a su hermano—. Tienes un hijito, Quinto
Servilio. Nació en las calendas de diciembre pasado.
Era una buena noticia, pero no había noticia capaz de neutralizar el
enfado de Cepio al descubrir que su esposa no estaba en casa y verse así
obligado a postergar sus ansias.
—Envía a alguien que las traiga inmediatamente —dijo.
Poco después llegaba Druso, quien se encontró con su cuñado sentado muy
erguido en el despacho, sin ningún libro en la mano ni otra cosa en su mente
que la ausencia de Livia Drusa.
—¿Qué es esa historia de Livia Drusa? —inquirió nada más entrar Druso,
sin hacer caso de la mano que le tendía ni darle un beso de hermano.
Previamente advertido por su esposa, Druso se dirigió despacio a tomar
asiento tras el escritorio.
—Livia Drusa se trasladó a la villa de Tusculum durante tu ausencia — le
contestó—. No hay nada malo en ello, Quinto Servilio. Estaba harta de la
ciudad; eso es todo. Desde luego, el traslado le ha sentado muy bien y está
estupendamente. Y tienes un hijo.
—Mi hermana me ha dicho que tenía la impresión de que yo había dado mi
consentimiento al traslado —dijo Cepio con un bufido—. ¡Pues no lo di!
—Sí, Livia Drusa dijo que habías dado el consentimiento —replicó Druso
impasible—. Pero bueno, eso es lo de menos. Supongo que no debió ocurrírsele
hasta después de haberte marchado tú y para evitar inconvenientes dijo que
estabas de acuerdo. Cuando la veas, creo que te darás cuenta de lo bien que ha
obrado. Está mucho mejor que nunca de salud y de espíritu. Es evidente que le
prueba la vida campestre.
—Tiene que ser disciplinada.
—Eso, Quinto Servilio —dijo Druso enarcando una de sus puntiagudas
cejas—, no es asunto mío. No quiero saber nada. Lo que si quiero saber es cómo
te ha ido el viaje.
Cuando la comitiva de criados llegó a la villa, aquel mismo día, la
tarde ya avanzada, Livia Drusa estaba en casa para recibirlos. No mostró
consternación alguna, se limitó a asentir con la cabeza, diciéndoles que
estaría lista para volver a Roma al mediodía siguiente. Luego llamó a
Mopsus y le dio instrucciones.
La antigua alquería tusculana se había transformado en una auténtica
villa campestre, con jardín peristilo y todos los servicios higiénicos. Livia
Drusa cruzó las habitaciones hasta la sala de estar, cerró puerta y persianas y
se tumbó llorando en la camilla. Todo había acabado. Había vuelto Quinto
Servilio, y para Quinto Servilio el hogar estaba en Roma. No la dejaría ir a
Tusculum, y seguro que ya sabría que había mentido respecto a lo del permiso
para trasladarse; lo que bastaba, dado su temperamento, para que le prohibiese
volver a Tusculum por el resto de sus días.
Catón Saloniano no estaba porque había sesión del Senado en Roma, y
hacía ya varias semanas que no le veía. Una vez enjugadas las lágrimas, se
sentó en su pequeño escritorio, cogió un pliego, pluma y tinta y le escribió.
Ha vuelto mi marido y ha enviado criados a buscarme. Cuando leas la
presente estaré ya en Roma entre los muros de la casa de mi hermano y a la
vista de todos. No sé cuándo ni cómo podremos volver a vernos.
¿Cómo podré vivir sin ti? ¡Oh, mi adorado, mi tesoro! ¿Cómo podré
soportarlo? No verte, no sentir tus brazos, tus manos, tus labios… ¡No lo
soporto! Pero él me pondrá tantas restricciones y en Roma hay tanta gente, que
desespero de poder volver a verte. Te amo más de lo que sé expresar. No lo
olvides. Te amo.
Por la mañana fue a dar un paseo como de costumbre, diciendo a los
criados que regresaría antes del mediodía, cuando habían de salir para Roma.
Generalmente se apresuraba en acudir a la cita, pero aquella mañana caminó muy
despacio, absorbiendo con los cinco sentidos la belleza del campo otoñal,
grabando en su memoria todas las peñas y arbustos para los años de soledad que
le aguardaban. Y cuando llegó a la casita encalada en que ella y Catón se
habían encontrado durante veintiún meses, fue como sonámbula de una pared a
otra, tocándolo todo, entristecida, con ternura. Contra toda esperanza había
ansiado encontrarle allí, pero no estaba; dejó,
pues, la nota a la vista sobre la cama, sabiendo que nadie mas se
atrevería a entrar en la casa.
Después emprendió viaje a Roma, en medio del traqueteo y el bamboleo del
carpentum de dos ruedas que Cepio consideraba adecuado para el transporte de su
esposa. Al principio, Livia Drusa había insistido en llevar al pequeño Cepio
—como todos llamaban a su hijo— en el vehículo con ella, pero al cabo de tres
millas entregó el niño a un fuerte esclavo para que lo llevase a pie.
Servililla estuvo algo más con ella, hasta que su estómago se sublevó y tantas
veces se asomó a la ventanilla que también tuvo que seguir a pie. A Livia Drusa
le habría encantado sobremanera unirse a ellos, pero cuando lo mencionó le
comunicaron que el amo había dado instrucciones terminantes de que viajase en
el carpentum con las ventanillas tapadas.
Servilia, a diferencia de Lilla, tenía un estómago de hierro y
permaneció en el vehículo; cuando le dijeron de ir a pie, contestó altanera que
las patricias no iban a pie. Se notaba claramente, pensó Livia Drusa, que la
niña iba muy ilusionada. únicamente la estrecha convivencia de aquellos meses
había hecho posible que la madre adquiriese tal penetración psicológica, porque
aparentemente sólo se advertía un leve destello en los ojos y un ligero frunce
en la comisura de aquella boquita sensual.
—Me alegra mucho que tengas ganas de ver a tata —dijo Livia Drusa,
agarrándose a un sujetamanos en un momento en que el carpentum daba un
peligroso tumbo.
—Ya sé que tú no —replicó Servilia aviesa.
—Procura entenderlo —exclamó la madre—. ¡Estaba encantada viviendo en
Tusculum, sencillamente! ¡Odio Roma!
—¡Ja! —se burló Servilia.
Y ahí concluyó la conversación.
Cinco horas después, el carpentum y la escolta llegaban a casa de Marco
Livio Druso.
—Habría llegado antes a pie! —dijo Livia Drusa con aspereza al
carpentarius, que se disponía a marcharse.
Cepio los esperaba en la suite de habitaciones que siempre habían
ocupado. Cuando su esposa cruzó la puerta, la saludó con una adusta inclinación
de cabeza, y cuando hizo pasar a las niñas para que saludaran al padre antes de
retirarse a sus aposentos, las acogió también con una neutra y altiva
inclinación de cabeza. Y continuó impasible cuando Servilia le dirigió una
amplia y tímida sonrisa.
—Id y decid a la nodriza que traiga al pequeño Quinto —dijo Livia Drusa
empujándolas hacia la puerta.
Pero la nodriza aguardaba ya; Livia Drusa cogió al pequeño y lo entró
ella misma en la sala de estar.
—¡Aquí tienes a tu hijo, Quinto Servilio! —dijo sonriente—. ¿No es
precioso?
Era una exageración muy comprensible en una madre, ya que el pequeño
Cepio no era un niño guapo, aunque tampoco es que fuese feo. A sus diez meses,
permanecía muy derecho en brazos de su madre y lo miraba todo muy tranquilo,
sin sonrisas ni carantoñas. La gran mata de pelo largo y lacio era de un rojo
llamativo, tenía ojos color de avellana y era larguirucho de miembros y enjuto
de cara.
—¡Por Júpiter! —exclamó Cepio, mirándole atónito—. ¿De dónde le viene
ese pelo?
—De la familia de mi madre, dice Marco Livio —contestó recatada Livia
Drusa.
—¡Ah! —exclamó Cepio aliviado, no porque sospechase de la infidelidad de
su esposa, sino porque le gustaba que todo quedase bien atado. Como no era un
hombre afectuoso, no se molestó en coger al niño en brazos y hubo que instarle
a que hiciera una mamola al pequeño y le hablase como hace un tata—. ¡Bien!
—añadió finalmente—. Devuélvelo a la niñera, ya es hora de que tú y yo estemos
a solas.
—Pero si es la hora de la cena —replicó Livia Drusa mientras cruzaba la
puerta y se lo entregaba a la niñera—. Es tarde y no podemos retrasarla más
—añadió, con el corazón en un puño ante la perspectiva del débito conyugal.
—No tengo hambre —dijo Cepio, cerrando las persianas, echando la llave a
la puerta y comenzando a despojarse de la toga—. Y peor para ti si la tienes,
esposa, ¡porque esta noche no cenas!
Aunque no era hombre sensible ni observador, Quinto Servilio Cepio no
podía por menos de percatarse de lo que había cambiado Livia Drusa en cuanto se
metió en la cama y la atrajo hacia sí. Estaba tensa y notablemente esquiva.
—¿Qué te sucede? —exclamó decepcionado.
—Que, como todas las mujeres, esto empieza a desagradarme — contestó—.
Perdemos el interés después de haber tenido dos o tres hijos.
—¡Pues más vale que lo recuperes! —replicó Cepio, cada vez más
disgustado—. Los hombres de mi familia somos moderados y morales y tenemos fama
de no dormir más que con nuestras esposas.
La frase sonaba pomposa y absurda, como si la hubiese aprendido
maquinalmente.
Así, el reencuentro de aquella noche habría únicamente podido
calificarse de positivo al nivel más rudimentario, porque, aun después de
varias acometidas de Cepio, Livia Drusa seguía fría, apática y, además, ofendió
profundamente a su esposo quedándose dormida en medio del último asalto, ¡y
roncando! Él la zarandeó brutalmente para despertarla.
—¿Así es como esperas tener otro hijo? —la recriminó, clavándole los
dedos en los hombros.
—No quiero ningún otro hijo —contestó ella.
—Si no te andas con cuidado —balbució él, a punto de experimentar el
orgasmo—, me divorcio de ti.
—Si el divorcio significa que puedo volver a vivir en Tusculum. —
replicó ella por encima de los bramidos de Cepio—, no me importaría lo más
mínimo. Detesto Roma y detesto lo que estamos haciendo —añadió zafándose y
apartándose de él—. ¿Puedo dormir ya?
Cepio, cansado, no dijo nada, pero por la mañana volvió a tratar del
tema nada más despertarse, aún más enojado.
—Soy tu esposo —dijo bajándose de la cama— y espero que mi esposa cumpla
dignamente.
—¡Ya te he dicho que he perdido interés! —contestó ella con aspereza
—. Si no te conviene, Quinto Servilio, te sugiero que te divorcies.
Pero el cerebro de Cepio había colegido que ella deseaba el divorcio,
aun sin sospechar nada de infidelidad.
—No habrá divorcio, esposa.
—Bien sabes que yo puedo divorciarme de ti.
—Dudo mucho de que tu hermano lo consienta. Así que igual da: no habrá
divorcio. Lo que sí tendrás que mostrar un poco de interés. Mejor dicho, yo te
lo procuraré —añadió, cogiendo el cinturón de cuero y doblándolo tirante.
Livia Drusa se le quedó mirando atónita.
—¡Bah, deja de hacer baladronadas! ¡No soy una niña!
—Te comportas como si lo fueras.
—¡No se te ocurra tocarme!
A guisa de respuesta, Cepio la agarró del brazo, se lo retorció a la
espalda y le subió el camisón para sujetarlo con la misma mano. Con un ruido
seco, el cinturón golpeó costado, muslo, nalgas y piernas. Al principio ella
trató de soltarse, pero notó que él era capaz de romperle el brazo. A cada
nuevo azote el dolor crecía y notaba que su piel ardía; sus gritos sordos se
transformaron en sollozos y luego en gritos de miedo. Cuando cayó de rodillas,
tratando de taparse la cabeza con los brazos, él no la sujetó y, cogiendo el
cinturón con las dos manos, siguió azotándola enfurecido.
Comenzaba a notar sus gritos penetrándole como un himno de alegría; le
destrozó el camisón y siguió azotándola hasta cansarse, incapaz ya de sostener
el cinturón, que le cayó de las manos.
Le dio un puntapié y, cogiéndola del pelo, la arrastró hasta el cerrado
cubículo de dormir, cargado y maloliente de la sesión nocturna.
—¡Ahora veremos! —exclamó jadeante, cogiéndose el pene erecto con la
mano—. ¡Tienes que obedecer, esposa, si no, habrá más!
Y subiéndose encima de ella, fornicó convencido de que sus achuchones,
los débiles puñetazos y los gritos de angustia eran señal de excitación.
El jaleo procedente de las habitaciones de Cepio no había pasado
inadvertido. Lo había oído la pequeña Servilia, que caminaba cautelosamente por
la columnata a ver si su tata ya se había despertado, y lo oyeron algunos
criados. Druso y Servilia Cepionis no lo oyeron, ni nadie se lo contó, porque
no hubo quien se atreviese.
La doncella de Livia Drusa, después de bañarla, explicó con todo detalle
y con gestos de horror las contusiones de su señora en las dependencias de los
criados.
—¡Está llena de verdugones! —comentó al mayordomo Cratipo—. ¡y ha
sangrado! ¡La cama está llena de sangre! ¡Pobrecilla, pobrecilla!
Cratipo lloró desconsolado en su impotencia, pero no fue el único, pues
había varios sirvientes que conocían a Livia Drusa desde niña y le tenían
afecto. Y cuando la vieron aquella mañana, volvieron a llorar, porque andaba
más despacio que un caracol y parecía tener ganas de morirse. Pero Cepio,
dentro de su furor, había sido astuto y no se advertía un solo golpe en brazos,
rostro, cuello o pies.
Durante dos meses no hubo cambios, salvo que las palizas de Cepio,
aplicadas a intervalos de unos cinco días, cambiaron de estructura; ahora se
centraba en determinadas zonas del cuerpo de su esposa para que las otras
fueran curándose. Le resultaba un estímulo sexual insuperable y sentía un
fantástico aumento de poder; por fin comprendía la sapiencia de las antiguas
costumbres, el fundamento del paterfamilias. El verdadero papel de la mujer.
Livia Drusa no dijo nada a nadie, ni siquiera a la doncella que la
bañaba, y que ahora, además, vendaba sus heridas. El cambio en ella era
evidente y Druso y su esposa comenzaron a preocuparse seriamente; sólo podía
atribuirse a que hubiese vuelto a vivir en Roma, pensaba Druso, y, recordando
su resistencia a casarse con Cepio, llegó también a preguntarse si no sería la
presencia de éste el motivo de que anduviese arrastrando los pies, con gesto
desvaído y más suave que un guante.
En lo más íntimo de su ser, Livia Drusa apenas sentía más que la
angustia física de los golpes y sus secuelas. Quizá a veces diera en
reflexionar que era un castigo, o quizá el gran dolor físico que la abrumaba
hacía más llevadera la pérdida de su adorado Catón, o quizá los dioses se
mostraban propicios, porque había abortado un feto de tres meses que Cepio
habría indudablemente comprendido que no era suyo. Con la sorpresa del regreso
inesperado de Cepio, no había reparado en el problema hasta que se había solucionado
así. Sí, eso debía de ser. Los dioses la favorecían. Más tarde o más temprano
moriría si su marido no paraba. Y la muerte era infinitamente mejor que vivir
con Quinto Servilio Cepio.
El ambiente en la casa había cambiado radicalmente, y era un detalle que
a Druso, desde luego, le irritaba. Lo que habría debido ocupar sus pensamientos
era el embarazo de su mujer, un gozoso e inesperado obsequio que ya desesperaba
de obtener. Sin embargo, también Servilia Cepionis estaba irritada, contagiada
por aquel palio taciturno que era Druso. ¿Qué sucedía? ¿Es que una esposa
infeliz podía realmente crear tanta tristeza? Para empezar, los criados andaban
serios y silenciosos, y eso que habitualmente eran gente ruidosa que molestaba
constantemente, pues, desde niño, él se había acostumbrado a despertarse al oír
las carcajadas procedentes de las dependencias debajo del atrium. Y ahora no se
reían; andaban todos con cara larga, contestaban con monoSilabos y barrían,
fregaban y quitaban el polvo cual si estuvieran cansados o no hubieran dormido
bien. Ni siquiera Cratipo, siempre tan compuesto, parecía el mismo.
Al amanecer del día final de año, Druso llamó a su mayordomo antes de
que Cratipo fuese a decir al portero que dejase pasar a los clientes del amo
que aguardaban en la calle.
—Un momento —dijo Druso, señalando hacia su despacho—, quiero hablar
contigo.
Pero una vez cerrada la puerta se vio incapaz de abordar el tema y se
puso a pasear de arriba abajo, mientras Cratipo permanecía de pie mirando al
suelo. Finalmente, Druso se detuvo y miró al mayordomo.
—Cratipo, ¿qué sucede? —inquirió con la mano abierta—. ¿Te he ofendido
en algo? ¿Por qué están tan descontentos los criados? ¿Es que he cometido
alguna falta grave contra vosotros al trataros? Si es eso, te ruego que me lo
digas. No quiero que haya ningún esclavo descontento por una falta mía o de
alguien de mi familia. Pero sobre todo no quiero verte a ti así. ¡Sin ti la
casa se nos viene encima!
Para su sorpresa, Cratipo rompió a llorar. Druso estuvo un instante sin
saber qué hacer, pero su instinto se impuso y fue a sentarse junto al mayordomo
en el sofá, pasándole el brazo por los hombros y ofreciéndole el pañuelo. Pero
cuanto más afectuoso se mostraba, más lloraba Cratipo. También al borde de las
lágrimas, Druso se levantó a por vino, convenció al griego para que bebiera y
siguió consolándole hasta que fue cediendo su aflicción.
—¡Oh, Marco Livio, qué agobiante ha sido!
—¿El qué, Cratipo?
—¡Las palizas!
—¿Las palizas?
—¡Y esa manera de gritar en voz baja! —añadió Cratipo, rompiendo a
llorar de nuevo.
—¿Te refieres a mi hermana? —inquirió Druso.
—Sí.
Druso notaba que el corazón le latía apresuradamente, se ruborizaba y
las manos le temblaban.
—¡Explícate! ¡Por los dioses del hogar, te conmino a que te expliques!
—Quinto Servilio acabará matándola.
Un estremecimiento agitó a Druso y respiró hondo.
—¿Es que su esposo le pega?
—¡Sí, domine, sí! —contestó el mayordomo, rebulléndose para rehacer su
compostura—. ¡Sé que no es de mi incumbencia decirlo y os juro que no lo habría
hecho si no me hubierais requerido con tanta amabilidad y preocupación! Yo… Yo…
—Cálmate, Cratipo, no estoy enfadado contigo —dijo Druso con voz queda—.
Te aseguro que te estoy profundamente agradecido por habérmelo
dicho —añadió, poniéndose en pie y ayudándole a hacer lo propio—. Ahora
ve a decir al portero que se excuse con los clientes porque hoy no puedo
recibirlos, dile que tengo otras cosas que hacer. Luego, di a mi esposa que
vaya al cuarto de los niños y se quede allí con ellos porque tengo que mandar a
todos los criados al sótano a que realicen una tarea. Cuando hayas comprobado
que toda la servidumbre está abajo, quédate tú también. Pero antes dirás a
Quinto Servilio y a mi hermana que vengan al despacho.
Nada más quedarse a solas, Druso se sobrepuso y logró calmarse, pues
pensó que tal vez Cratipo exageraba y que el asunto quizá no fuera tal como
pensaban los criados.
En cuanto vio a Livia Drusa supo que no era exageración, sino bien
cierto. Fue ella la que entró primero y él notó en seguida su dolor, su
angustia, su temor, su profunda aflicción, y advirtió su falta de ganas de
vivir. A continuación entró Cepio, más intrigado que otra cosa.
Druso permaneció de pie y no los invitó a sentarse, sino que miró a su
cuñado de hito en hito con aborrecimiento y dijo:
—Me consta, Quinto Servilio, que estás vejando físicamente a mi hermana.
Livia Drusa contuvo un grito, mientras que Cepio se cruzaba de brazos,
asumiendo una truculenta expresión de desdén.
—Lo que haga a mi esposa, Marco Livio, es asunto exclusivamente mío
—respondió.
—No estoy de acuerdo —replicó Druso procurando no alterarse. Tu esposa
es mi hermana y miembro de una familia grande y poderosa; en esta casa jamás le
pegó nadie antes de casarse y no voy a consentir que nadie lo haga.
—¡Es mi esposa, lo que significa que está bajo mi tutela y no bajo la
tuya, Marco Livio! Yo hago con ella lo que quiero.
—Tu relación con ella es matrimonial —replicó Druso con gesto duro —,
mientras que mi relación con ella es consanguinea y eso es muy importante. ¡No
consentiré que pegues a mi hermana!
—¡Tú dijiste que te desentendías de los métodos que emplease para
disciplinarla! Y dijiste bien porque no es asunto tuyo.
—Si alguien pega a una esposa, es asunto de todos, hasta del más bajo en
la escala social —dijo Druso mirando a su hermana—. Livia Drusa, te ruego que
te despojes de tus vestiduras; quiero ver lo que te ha hecho.
—¡No lo hagas, esposa¡ —exclamó Cepio profundamente indignado—. ¡Ni se
te ocurra desnudarte ante quien no es tu marido!
—Desvístete, Livia Drusa —dijo Druso.
Ella no hacía movimiento alguno ni abría la boca.
—Querida, haz lo que te digo —añadió Druso con afecto, acercándose a
ella—. Tengo que verlo.
Cuando le puso el brazo por encima, ella dio un grito y se apartó. Pero
Druso, procurando tocarla lo menos posible, le desabrochó la túnica por los
hombros.
Lo que más despreciaba un hombre de rango senatorial eran los maridos
que pegaban a sus mujeres. Y a pesar de saberlo, Cepio no tuvo valor para
impedir que Druso descubriese su labor. La túnica había caído hasta la cintura
de Livia Drusa, descubriendo unos senos cuya belleza quedaba afeada por las
marcas de antiguos verdugones levemente rojizos y de un amarillo sulfuroso.
Druso le desabrochó el ceñidor, y la túnica y la falda interior cayeron a los
pies de su hermana. La última paliza la había recibido en los muslos, que aún
estaban hinchados y con la carne enrojecida y contusa. Con ternura, Druso
volvió a cubrirla y guió sus manos exánimes para que se sujetara la ropa, antes
de volverse hacia Cepio.
—Sal de mi casa —le dijo, dominando el gesto.
—Mi esposa es propiedad mía —replicó Cepio—, y la ley me autoriza a que
la trate del modo que estime necesario. Puedo incluso matarla.
—Tu esposa es hermana mía y no consentiré que ni el más estúpido e
intratable de los animales de mi granja maltrate a un Livio Druso — respondió
Druso—. ¡Fuera de mi casa!
—Si yo me voy, ella viene conmigo —dijo Cepio.
—Ella se queda conmigo. ¡Y ahora vete, infame!
En aquel momento, una vocecita chilló a espaldas de ellos con tono
venenoso:
—¡Ella se lo merece, se lo merece! —La pequeña Servilia se acercó
corriendo a su padre y le miró a la cara—. ¡No la pegues, padre, mátala!
—Servilia, vuelve al cuarto de los niños —dijo Druso en tono de hastío.
Pero la pequeña se aferraba a la mano de Cepio, impertérrito frente a
Druso, con las piernas abiertas y echando fuego por los ojos.
—¡Merece que la mates! —chillaba—. ¡Yo se por que vivía en Tusculum y lo
que hacía allí! ¡Y sé por qué se ruboriza!
Cepio soltó la mano de la niña como si quemara, empezando a pensar.
—¿Qué quieres decir, Servilia? —inquirió, zarandeándola bruscamente
—. ¡Vamos, di lo que sea!
—¡Tenía un amante… y yo sé quién es! —exclamó la pequeña con encono—.
¡Mi madre tenía un amante! ¡Uno de pelo rojo! Se veían todas las mañanas en una
casita de la finca. ¡Lo sé porque la seguí! ¡Y vi lo que hacían juntos en la
cama! ¡Y sé cómo se llama! ¡Marco Porcio Catón Solaniano, un descendiente de
esclavos! ¡Lo sé porque se lo pregunté a tía Servilia Cepionis! —La niña se
volvió a mirar a su padre y su rostro cambió del odio a la adoración—. ¡Tata,
si no la matas, déjala aquí! ¡No te merece! ¡Es mala! ¿Qué es al fin y al cabo?
¡Una plebeya, no una patricia como tú y como yo! ¡Si la dejas aquí, prometo
cuidarte!
Druso y Cepio estaban como petrificados, mientras que Livia Drusa volvía
por fin en sí. Se abrochó el cinto y se encaró con su hija.
—Hijita, no es lo que tú piensas —dijo con gran afecto, alargando la
mano para acariciarle la mejilla.
Pero Servilia se la apartó de un manotazo, arrimándose más a su padre.
—¡Yo sé bien lo que pienso y no necesito que me lo digas tú! ¡Has
deshonrado nuestro nombre, el nombre de mi padre! ¡Mereces la muerte!
¡Y el niño no es de mi padre!
—El pequeño Quinto es de tu padre —replicó Livia Drusa—. Es tu hermano.
—¡Es del hombre del pelo rojo, el hijo de un esclavo! —exclamó la niña,
tirando de la túnica de Cepio—. ¡Tata, por favor, sácame de aquí!
En respuesta, Cepio cogió a la pequeña y la apartó de él con un empellón
tan fuerte que la hizo caer al suelo.
—Qué lerdo he sido —dijo con voz queda—. La niña tiene razón: mereces la
muerte. Lástima que no te diera con el cinturón más fuerte y más a menudo.
Y con los puños cerrados, salió del cuarto, seguido por la niña,
llorosa, suplicándole que la esperase.
Druso se quedó a solas con su hermana.
Las piernas no le sostenían y fue a sentarse pesadamente en la silla.
¡Livia Drusa! ¡Sangre de su sangre! ¡Su única hermana! Adúltera, meretrix. Sin
embargo, hasta aquella atroz confrontación no se había percatado de cuánto la
quería, ni habría podido imaginarse cuánto le afectaba su aflicción ni lo
responsable que él se sentía.
—La culpa es mía —dijo con labios temblorosos.
Ella se dejó caer pesadamente en el sofá.
—No, es culpa mía —dijo.
—¿Es verdad que tienes un amante?
—Tuve un amante, Marco Livio. El primero y el único. No he vuelto a
saber de él desde que volví de Tusculum.
—Pero Cepio no te pegaba por eso.
—No.
—¿Por qué, entonces?
—Después de Marco Porcio no podía seguir fingiendo —contestó Livia
Drusa— y mi indiferencia le enfurecía; por eso me pegaba. Luego descubrió que
pegarme le daba placer, le… le excitaba.
Por un instante, dio la impresión de que Druso iba a vomitar; luego alzó
los brazos y los agitó impotente.
—¡Por los dioses, en qué mundo vivimos! —exclamó—, Livia Drusa, te he
hecho daño.
Ella se acercó a la silla de los clientes para sentarse.
—Tú obraste de acuerdo con tus ideas, Marco Livio —dijo con voz suave—.
De verdad, hermano, eso hace años que lo entendí. Tus innumerables amabilidades
desde entonces han hecho que te quiera, igual que a Servilia Cepionis.
—¡Mi esposa! —exclamó Druso—. ¡A saber cómo la afectará esto!
—Debemos ocultárselo lo mejor que podamos —dijo Livia Drusa—.
Tiene un embarazo muy tranquilo y no debemos turbarlo.
—Tú quédate aquí —dijo Druso poniéndose enérgicamente de pie y yendo
hacia la puerta—. Quiero asegurarme de que su hermano no dice nada que pueda
trastornarla. Toma un poco de vino. Vuelvo en seguida.
Pero Cepio ni siquiera había pensado en su hermana. Del despacho de
Druso había ido apresuradamente a sus habitaciones, con la niña agarrándosele a
la cintura hasta que la abofeteó y la encerró en el dormitorio. Allí la
encontró Druso acurrucada en el suelo en un rincón, sollozando.
Los criados habían vuelto a sus obligaciones, y Druso la hizo levantarse
y la sacó para llevarla a donde estaban las niñeras.
—Cálmate, Servilia. Que Estratonice te lave la cara y te dé de
desayunar.
—¡Quiero a mi tata!
—Tu tata se ha ido de esta casa, niña, pero no te desesperes; seguro que
en cuanto se organice enviará alguien a por ti —dijo Druso, dudando entre estar
agradecido a la criatura por haber dicho toda la verdad o detestarla
precisamente por ello.
—Sí, seguro que enviará a por mí —dijo la pequeña, animándose y
siguiendo a su tío hacia la columnata.
—Ahora ve con Estratonice —dijo Druso—. Procura ser discreta, Servilia
—añadió muy serio—. Por tu tía y por tu padre… ¡Sí, por tu padre! No digas una
palabra de lo que ha sucedido.
—¿En qué puede dañarle que lo cuente? El es la víctima.
—A ningún hombre le gusta que le humillen, Servilia. Puedo asegurarte
que a tu padre no le gustaría que lo contaras.
Servilia se encogió de hombros y se fue con la niñera, mientras Druso
iba a ver a su esposa para contarle justo lo imprescindible.
Para su gran sorpresa, ella aceptó la noticia sin alterarse.
—Me alegro que por fin sepamos qué es lo que sucedía —dijo—. ¡Pobre
Livia Drusa! Marco Livio, creo que no me gusta mucho la actitud de mi hermano.
Cuanto mayor es, más intratable se vuelve. Aunque ahora
recuerdo que cuando éramos niños le gustaba atormentar a los hijos de
los esclavos.
Druso volvió con Livia Drusa, que seguía sentada en la silla de los
clientes, aparentemente calmada.
—¡Qué mañana! —exclamó él, sentándose—. ¡No me imaginaba lo que iba a
desatarse cuando le pregunté a Cratipo por qué la servidumbre estaba tan
afligida!
—¿Están afligidos? —inquirió Livia Drusa perpleja.
—Sí, por ti, querida. Se habían enterado de que Cepio te pegaba; ten en
cuenta que te conocen desde niña y te tienen mucho cariño, hermana.
—¡Es muy agradable! No tenía ni idea.
—Ni yo, lo confieso. ¡Por los dioses que he sido lerdo! No sé cómo
decirte cuánto lamento todo esto.
—No te preocupes —dijo ella suspirando—. ¿Se ha llevado a Servilia? —No
—contestó Druso con una mueca—. La encerró en vuestro cuarto. —¡Pobrecilla, con
lo que le adora!
—De eso ya me he dado cuenta. Y no lo entiendo.
—Y ahora qué hacemos, Marco Livio?
—¡A decir verdad, no tengo la menor idea! —contestó él, encogiéndose de
hombros—. Quizá lo mejor que podemos hacer es comportarnos lo más normal que
podamos dadas las circunstancias hasta que sepamos de… — estaba a punto de
decir Cepio, como había hecho toda la mañana, pero optó por el tradicional
apelativo cortés— Quinto Servilio.
—¿Y si se divorcia de mí, como supongo que hará?
—Entonces te lo habrás quitado de encima.
La principal preocupación de Livia Drusa cobró entidad y preguntó
angustiada:
—¿Y Marco Porcio Catón?
—Ese hombre te importa mucho, ¿verdad?
—Sí, me importa.
—¿Es suyo el niño, Livia Drusa?
¡Las veces que le había dado vueltas en la cabeza! ¿Qué diría cuando
alguien de su familia cuestionara el color de su pelo o su parecido con
Marco Porcio Catón? Consideraba que Cepio la debía algo a cambio de los
años de paciente servidumbre, su conducta modélica y… las palizas. Su hijo
tenía un nombre, y si admitía que Catón era el padre, lo perdería; dado que
había nacido con ese nombre, no podría evitar la tara de ilegítimo si ella se
lo negaba. La fecha de nacimiento no descartaba la paternidad de Cepio y ella
era la única que sabía con certeza que él no era el padre.
—No, Marco Livio, el niño es hijo de Quinto Servilio —dijo con firmeza—.
Inicié relaciones con Marco Porcio cuando ya estaba embarazada.
—Pues es una lástima que sea pelirrojo —dijo Druso con cara adusta. —¿No
has visto nunca las bromas que la Fortuna se complace en gastar
a los mortales? —replicó ella, sonriendo con malicia—. Desde el momento
en que conocí a Marco Porcio supe que la Fortuna estaba enredando y cuando
nació el pequeño con pelo rojo, no me sorprendió… Aunque me doy cuenta de que
nadie me creerá.
—Yo te apoyaré, hermana —dijo Druso—. Por lerdo y poca cosa que sea, te
respaldaré en todo lo que sea.
—¡Oh, Marco Livio —exclamó ella con lágrimas en los ojos—, cómo te lo
agradezco!
—Es lo menos que puedo hacer —añadió él con un carraspeo—. En cuanto a
Servilia Cepionis, puedes estar segura de que me apoyará y, por lo tanto,
también a ti.
Cepio envió la notificación de divorcio aquella misma tarde y la hizo
seguir de una carta dirigida a Druso, que dejó a éste asombrado.
—¿Sabes lo que dice ese desgraciado? —dijo a su hermana, a la que ya
habían visto los médicos y ahora estaba en cama, tumbada boca abajo, mientras
dos ayudantes le aplicaban cataplasmas desde los hombros hasta los tobillos. En
esa postura difícilmente podía ver la cara de Druso, por lo que torció el
cuello para mirarle con el rabillo del ojo.
—¿Qué dice? —inquirió.
—Para empezar, niega la paternidad de sus tres hijos; se niega a
devolver tu dote y te acusa de repetidos adulterios. Tampoco piensa pagarme los
gastos de alojamiento originados en más de siete años… basándose, al parecer,
en que nunca fuiste su mujer y que los niños no son suyos sino de otros.
—¡Ecastor! —exclamó Livia Drusa, hundiendo la cabeza en la almohada—.
Marco Livio, ¿cómo puede hacerles eso a sus hijas, no ya a su hijo? Es
comprensible en el caso del pequeño Quinto, pero a Servilia y a Lilla… A
Servilia se le partirá el corazón.
—¡Ah, aún dice más! —prosiguió Druso enarbolando la carta—. Va a
modificar el testamento para desheredar a los tres hijos, y, además, tiene la
desvergüenza de pedirme «su» anillo. ¡«Su» anillo!
Livia Drusa supo en seguida a qué anillo se refería su hermano. Una
alhaja de familia que había sido de su padre y de su abuelo y de la que se
decía que era un sello de Alejandro Magno. En la época en que Quinto Servilio
Cepio se había hecho amigo de Marco Livio Druso, el primero había codiciado el
anillo y lo había visto pasar del dedo de Druso el Censor al dedo del Druso
amigo suyo, y, finalmente, al marchar a Esmirna y a la Galia itálica, le había
rogado que se lo dejase portar como amuleto. Druso no quería dejárselo pero,
por no parecer grosero, al final había accedido. Naturalmente, nada más
regresar Cepio, Druso se lo había pedido; al principio, aquél había buscado
excusas para quedárselo, aunque finalmente se lo había quitado para
devolvérselo, diciendo con una risa forzada:
—¡Ah, de acuerdo, de acuerdo! Pero la próxima vez que salga de viaje
tienes que dármelo, Marco Livio, porque da suerte.
—¿Cómo se atreverá? —masculló Druso cogiéndose el dedo, cual si temiera
que apareciese Cepio para arrebatarle aquel anillo que era demasiado estrecho
para los otros dedos y requería llevarlo en el meñique, aunque quedase algo
holgado. Alejandro Magno era más bien pequeño.
—No hagas caso, Marco Livio —dijo su animosa hermana volviendo lo mejor
que podía la cabeza para mirarle—. ¿Qué sucederá con mis hijos? — inquirió—.
¿Puede hacer eso que dice?
—No, cuando yo me las entienda con él —dijo Druso, ceñudo—. ¿Te ha
enviado a ti también una carta?
—No, sólo la comunicación de divorcio.
—Pues todo irá bien, hermana.
—¿Qué les digo a los niños?
—Nada, hasta que yo hable con el padre.
Marco Livio Druso volvió a su despacho, donde cogió un pergamino de
inmejorable calidad (quería que lo que escribiera aguantase el paso del tiempo)
y contestó a Cepio.
Eres muy libre de negar la paternidad de tus tres hijos, Quinto
Servilio. Pero yo soy muy libre de jurar que efectivamente son hijos tuyos, y
lo juraré si llega el caso. Ante un tribunal. Comiste mi pan y bebiste mi vino
desde abril del año en que Cayo Mario fue cónsul por tercera vez hasta que
partiste de viaje hace veintitrés meses, y en el interregno continué
alimentando, vistiendo y albergando a tu familia. Te reto a que halles pruebas
de adulterio por parte de mi hermana durante los años que tú y ella habéis
vivido en esta casa. Si examinas el acta de nacimiento de tu hijo, comprobarás
que ha tenido que ser engendrado en esta casa.
Te aconsejaría muy encarecidamente que desistas de tu intención de
desheredar a tus tres hijos. Si persistes en tu actitud, denunciaré tu conducta
ante un tribunal para querellarme en nombre de tus hijos. Durante mi deposición
ante el tribunal me descargaré de ciertos datos que conozco relativos al aurum
Tolosanum y el destino de grandes sumas de dinero que has trasladado desde
Esmirna para invertirlas en casas de banca, propiedades y negocios impropios de
un senador, por todo Occidente y el Mediterráneo.
Entre los testigos que me vería obligado a presentar habría varios de
los más prestigiosos médicos de Roma, todos los cuales pueden testificar el
carácter criminal de las heridas que has infligido a mi hermana.
Aparte de esto, estoy dispuesto a convocarla a ella como testigo, y a mi
mayordomo, que oyó lo que tú sabes.
En lo que respecta a la dote de mi hermana y a los miles de sestercios
que me debes por vuestra manutención, no quiero ensuciarme las manos cobrándome
la deuda. Quédate el dinero. No te será de ningún provecho.
Finalmente, está el asunto de mi anillo. Su condición de herencia de
familia de los Livios es de dominio público y es mejor que desistas de
reclamarlo.
Selló la carta y la envió inmediatamente con un criado al nuevo
domicilio de Cepio: la casa de Lucio Marcio Filipo. Despedido con un puntapié,
el mensajero regresó desconsolado a informar a Druso que no había respuesta.
Druso esbozó una leve sonrisa, recompensó con diez denarios al esclavo, se
arrellanó en la silla y cerró los ojos, imaginándose regocijado a Cepio
reconcomido de rabia. Sabía que no habría que acudir a los tribunales. Y, a
pesar de quien fuese realmente hijo el pequeño Quinto, oficialmente seguiría
siendo de Cepio y heredero del oro de Tolosa. Su sonrisa aumentó, refocilándose
en la idea de que el pequeño acabara siendo un Servilio Cepio pelirrojo, de
cuello, piernas y brazos largos, y narigudo. ¡Buen premio para un infame que
pegaba a su esposa!
Poco después fue al cuarto de los niños y dijo a su sobrina Servilia que
saliera al jardín. Hasta aquel día, realmente no se había fijado en la niña si
no era para sonreírle de pasada, hacerle una caricia en el pelo, darla de vez
en cuando un obsequio o decirse que era un poco taciturna y que nunca sonreía.
¿Cómo podía Cepio negarle la paternidad? Era el vivo retrato de su padre: una
bestezuela vengativa. Druso era de la opinión de que los niños no debían ver ni
oír las cosas de los mayores, y el comportamiento de aquella mañana le había
horrorizado. ¡Una niña malvada y chivata! Bien habría merecido que Cepio
hiciera con ella lo que se proponía, desheredándola.
Estando en estas reflexiones, al ver que Servilia salía del cuarto de
los niños y cruzaba el jardín camino de la fuente, puso cara de enfado y mirada
glacial.
—Servilia, puesto que te entrometiste en la reunión que teníamos los
mayores esta mañana, creo conveniente informarte personalmente de que tu
padre ha decidido divorciarse de tu madre.
—¡Ah, bien! —exclamó Servilia, satisfecho su honor—. Recogeré mis cosas
y me iré con él.
—No, porque él no te quiere —replicó Druso marcando las palabras. La
niña se puso tan pálida que, en circunstancias normales, Druso
habría temido por ella y la habría sostenido, pero sabiendo cómo era se
limitó a verla tambalearse. No se desmayó, sino que se irguió y su rostro se
puso carmesí.
—No te creo —replicó—. ¡Mi tata no me haría eso, lo sé!
—Si no me crees —dijo Druso encogiéndose de hombros—, ve tú misma a
verle. No está muy lejos; vive en casa de Lucio Marco Filipo, unas casas más
allá. Ve y pregúntaselo.
—Lo haré —dijo Servilia poniéndose en camino, seguida de la niñera.
—Déjala, Estratonice —dijo Druso—. Acompáñala y cuida de que
vuelva.
Qué desgraciados son todos, pensó Druso, quedándose junto a la fuente. Y
qué infeliz sería yo si no tuviera a mi querida Servilia Cepionis y a nuestro
hijito… y el que está por venir. Su estado de contrición se estaba disipando,
desplazado por el empeño de hacer saber a Servilia que su padre la repudiaba.
Luego, conforme el débil sol fue calentando sus huesos y fue olvidando el
ajetreo de la jornada, su sentido de justicia se impuso y volvió a ser Marco
Livio Druso, abogado de los engañados. Pero nunca abogado de Quinto Servilio
Cepio, por muy engañado que estuviera.
Cuando Servilia volvió, seguía sentado junto al soleado y cristalino
chorro que brotaba por la boca del escamoso delfín, con los ojos cerrados y
plácida expresión.
—¡Tío Marco! —chilló la niña.
—Hola —dijo él, abriendo los ojos y forzando una sonrisa—. ¿Qué ha
pasado?
—No me quiere, dice que no soy hija suya, que soy hija de otro —
respondió la pequeña, enfurruñada.
—¿Lo ves, por qué no me creías?
—Porque estás de parte de ella.
—Servilia, no puedes tener esa inquina a tu madre. Es ella la
perjudicada, no tu padre.
—¡Cómo dices eso! ¡Ella tenía un amante!
—Si tu padre hubiese sido más bueno con ella no lo habría tenido. Un
hombre nunca debe pegar a su esposa.
—Debería haberla matado, no pegarle. Es lo que habría hecho yo. —Oh,
vete de mi vista, niña horrenda! —exclamó Druso, desistiendo. Esperemos —se
dijo cerrando los ojos de nuevo— que el rechazo de su
padre la beneficie y con el tiempo se produzca un acercamiento a la
madre; es lo natural.
Tenía hambre y poco después comió pan, aceitunas y huevos duros con su
mujer, a la que puso al corriente de lo que había pasado. Como sabía que ella
tenía el mismo criterio que Servilio Cepio en cuanto a lo conveniente y a la
alcurnia, no sabía cómo reaccionaría ante la noticia de que su cuñada había
obtenido el divorcio debido a una historia con un hombre de origen servil.
Pero, aunque la identidad del amante de Livia Drusa no era realmente de su
agrado, Servilia Cepionis estaba demasiado enamorada de Druso para estar en
contra de él; hacía tiempo que había comprobado que las familias siempre
generan lealtades escindidas, y ella había optado por ser leal a Druso. Los
años en que habían compartido la casa con Cepio no le habían granjeado a éste
sus simpatías, pues la ambigua inferioridad de la infancia había desaparecido
casi completamente y ya llevaba viviendo lo bastante con Druso para haber
adquirido parte de su valor.
Disfrutaron de una agradable comida, pese a las circunstancias, y Druso
se sintió más capaz para enfrentarse a lo que la jornada aún pudiera
depararles. Y nunca mejor dicho, porque a primera hora de la tarde se
produjeron nuevos incidentes por obra de Marco Porcio Catón Saloniano.
Invitándole a dar un paseo por la columnata, Druso se dispuso a esperar
lo peor.
—¿Qué sabéis de todo esto? —inquirió sin alterarse.
—Hace un rato, he recibido la visita de Quinto Servilio Cepio y Lucio
Marcio Filipo —contestó Catón en el mismo tono neutro y tranquilo de Druso.
—¿Ah, los dos? Supongo que Filipo iría en calidad de testigo —añadió
Druso.
—Eso es.
—¿Y?
—Cepio se limitó a comunicarme que se había divorciado de su esposa,
fundamentándolo en adulterio cometido conmigo.
—¿Nada más?
Catón puso ceño.
—¿Y qué más iba a decir? Lo que sucede es que lo dijo en presencia de mi
esposa, que ha ido a hablar con su padre.
—¡Por los dioses que el asunto trae cola! —exclamó Druso, alzando los
brazos—. Sentaos, Marco Porcio. Mejor será que os lo explique todo. Lo del
divorcio no es más que el principio.
Enterado de los pormenores, Catón se enfureció más que Druso; los
Porcios Catones mantenían una fachada de imperturbable frialdad, pero todos
ellos —y ellas— eran célebres por su genio. Y Druso tardó no poco, y gracias a
sus buenos razonamientos, en convencer a Catón de que si iba en busca de Cepio
y lo mataba, o incluso si lo dejaba medio muerto, las cosas se pondrían mucho
peor de lo que ya estaban para Livia Drusa. Una vez seguro de haber apaciguado
a Catón, le llevó a que viera a Livia Drusa y cualquier duda que hubiera podido
alimentar respecto a la profundidad del sentimiento que compartían, quedó
solventada con la primera mirada que se dirigieron. Sí, era amor eterno.
¡Pobrecillos!
—Cratipo —dijo al mayordomo, después de dejarlos solos—, vuelvo a tener
hambre y quiero cenar inmediatamente. Haz el favor de comunicarlo a la señora
Servilia Cepionis.
Pero Servilia Cepionis prefirió cenar en el cuarto de los niños, pues la
pequeña Servilia se había metido en la cama, anunciando que no pensaba probar
bocado ni siquiera un sorbo de agua, para que cuando su padre supiera que había
muerto, lo lamentase.
Por tanto, Druso se dirigió solo al comedor, anhelando que aquella
jornada concluyera y no volviera a repetirse una semejante en su pequeño
rincón terreno; suspirando agradecido, tomó asiento a solas en la
camilla para aguardar el gustatio.
—¿Qué es lo que he oído? —exclamó una voz en la puerta.
—¡Tío Publio!
—Vamos a ver, ¿cuál es la verdad de la historia? —inquiría Publio
Rutilio Rufo, quitándose los zapatos y despidiendo al criado que pretendía
lavarle los pies. Se subió a la camilla junto a Druso y se acodó sobre el brazo
izquierdo, con su jovial rostro lleno de curiosidad, simpatía y preocupación—.
Bullen por toda Roma una docena de versiones distintas sazonadas de divorcio,
adulterio, esclavos amantes, esposas maltratadas, niñas malas… ¿De dónde sale
todo eso y tan rápido?
Pero Druso fue incapaz de contestarle porque aquella última intrusión
era el colmo. Se arrellanó en el almohadón y soltó una carcajada.
Publio Rutilio Rufo decía la verdad: toda Roma bullía, se sumaban dos y
dos y casi siempre daban el resultado exacto, a lo que contribuía notablemente
el hecho de que el más pequeño de los tres hijos de la esposa divorciada tenía
una cabecita pelirroja y que la esposa inmensamente rica pero vulgar de Marco
Porcio Catón Saloniano también le había enviado a éste los papeles del
divorcio, y que igualmente la inseparable pareja de Quinto Servilio Cepio y
Marco Livio Druso no se dirigía la palabra, aunque Cepio insistía en que nada
tenía que ver con las divorciadas y que el motivo era que Druso le había robado
el anillo.
Los hubo con cabal inteligencia y buen sentido que observaron que las
mejores personas se ponían del lado de Druso y su hermana. Otros de carácter
menos encomiable, como Lucio Marco Filipo y Publio Cornelio Escipión Nasica,
eran partidarios de Cepio, lo mismo que los caballeros aduladores que pacían en
los mismos prados comerciales que Cneo Cuspio Buteo, el ofendido padre de la
esposa de Catón, por sobrenombre «el Buitre». Hubo también los que no se
pusieron de parte de nadie y encontraron divertidísima la querella; entre éstos
se contaba Marco Emilio Escauro, príncipe del Senado, que comenzaba a salir de
nuevo a la
superficie tras varios años de riguroso enclaustramiento a causa de la
desgracia de que su esposa se hubiese enamorado de Sila, y que ahora
consideraba que podía reírse, ya que el capricho de la joven Dalmática no había
sido correspondido y ya empezaba a abultársele el vientre con un niño que él
sabía sin lugar a dudas que tenía que ser suyo. Publio Rutilio Rufo fue otro de
los que se reían, pese a su condición de tío de la adúltera.
Pero, tal como evolucionaron las cosas, ninguno de los culpables de la
historia sufrió tanto como Marco Livio Druso.
—O quizá es mejor decir —farfulló Druso a Silo, poco después de que los
nuevos cónsules accedieran al cargo— que, como de costumbre, la cosa acabó como
si yo fuera el culpable de los hijos de los demás. Si tuviera el dinero que ese
maldito Cepio me ha costado de un modo u otro al cabo de los años, seria mucho
más rico. Mi nuevo cuñado, Catón Saloniano, se ha quedado desplumado, está
ahogado por los pagos aplazados de la dote de su hermana a Lucio Domicio
Ahenobarbo, y desde luego le ha volado la fortuna de la mujer y el apoyo social
del logrero de su padre. Así que no sólo tengo que pagar a Lucio Domicio, sino
que además, como de costumbre, debo albergar a mi hermana, a su esposo y a su
numerosa prole, que está a punto de aumentar.
—¡Oh, Marco Livio, de ningún noble romano se ha abusado tanto como de
ti! —exclamó Silo, uniéndose a los que veían la faceta cómica del asunto y
riendo hasta desternillarse, aunque sabía que con ello no consolaba a Druso.
—Ya está bien —replicó Druso sonriente—. Sería deseable que la vida, la
Fortuna o lo que sea, me tratase con algo más del respeto que merezco, pero, al
margen de lo que haya podido ser mi vida antes de Arausio, o en el caso de que
no hubiera habido un Arausio, todo eso ha quedado atrás. Lo único que sé es que
no puedo abandonar a mi pobre hermana y que, pese a que me resistí, me agrada
mi nuevo cuñado mucho más de lo que me agradaba el anterior. Puede que
Saloniano sea el nieto de una mujer nacida esclava, pero a pesar de ello es un
auténtico caballero y mi casa se alegra dándole cobijo. Incluso apruebo el modo
como trata a Livia Drusa, y debo
decir que se ha ganado a mi esposa, proclive a considerarle poco
aceptable por su procedencia, mientras que ahora le gusta mucho.
—Me congratulo de que tu pobre hermanita sea feliz por fin —dijo Silo
—. Siempre me dio la impresión de que la afligía una profunda desgracia,
aunque ocultase su pena con la firmeza característica de los Livios Drusos. Sin
embargo, es una lástima que no puedas desembarazarte de tus huéspedes. Supongo,
además, que tendrás que financiar la carrera de Saloniano.
—Desde luego —contestó Druso sin mostrar pesadumbre—. Afortunadamente mi
padre me dejó más dinero del que puedo gastar y aún no me veo en la penuria.
¡Imagínate cómo le fastidiará a Cepio cuando encamine a Catón Saloniano hacia
el cursus honorum!
—¿Te importa que cambiemos de tema? —dijo de pronto Silo.
—En absoluto —contestó Druso, sorprendido—. Espero que el nuevo tema
incluya una minuciosa descripción de tus andanzas estos últimos meses… Hacía
casi un año que no nos veíamos, Quinto Popedio.
—¿Tanto tiempo? —replicó Silo, calculando y asintiendo con la cabeza —.
Sí, es verdad. ¡Cómo pasa el tiempo! —añadió encogiéndose de hombros—. En
realidad no he hecho tantas cosas, simplemente han progresado mis negocios.
—Cuando te muestras tan cauteloso no te creo —comentó Druso, complacido
por ver a su querido amigo—. No obstante, creo que no tienes intención de
decirme lo que has estado haciendo, y no quiero insistir. ¿Cuál es el tema del
que querías hablar?
—De los nuevos cónsules —contestó Silo.
—Por una vez son buenos —comentó Druso alegre—. ¡No recuerdo ninguna
otra elección de una pareja tan sólida: ¡Craso Orator y Escévola! Espero
grandes cosas de ellos.
—¿Ah, sí? Ojalá pudiera decir lo mismo; lo que yo espero son
complicaciones.
—¿En el frente itálico? ¿Por qué?
—Oh, de momento sólo son rumores. Y espero que infundados, aunque, sin
saber por qué, lo dudo, Marco Livio —dijo Silo frunciendo el entrecejo
—. Los censores se han presentado a los cónsules con los rollos de
inscripción de ciudadanos romanos de toda Italia, y me han dicho que están
preocupados por el gran número de nuevos nombres. ¡Idiotas! ¡Primero se dedican
a decir que con su nuevo método de censo se obtendrá un mayor número de
inscripciones de ciudadanos que con el antiguo, y ahora dicen que hay un exceso
de nuevos ciudadanos!
—¡Así que es por eso por lo que hace meses que no estás en Roma! —
exclamó Druso—. ¡Oh, Quinto Popedio, ya te lo advertí! ¡Si haces eso no
podremos seguir siendo amigos, para mi gran pesar! Habéis manipulado los
rollos.
—Sí.
—¡Quinto Popedio, te lo dije! ¡Qué complicación! —exclamó Druso
llevándose las manos a la cabeza y dejándolas así un rato, mientras Silo, más
turbado de lo que había pensado, guardaba silencio, pensando a toda velocidad.
Finalmente, Druso se quitó las manos de la cabeza—. Bueno, supongo que de nada
sirve afligirse —añadió, poniéndose en pie y meneando repetidas veces la cabeza
en paciente exasperación, mirando a Silo—. Mejor será que vuelvas a tu tierra y
no te dejes ver por la ciudad durante una buena temporada, Quinto Popedio. No
podemos permitirnos el lujo de llamar la atención de algún miembro
especialmente listo de la facción antiitálica teniéndote a la vista. Yo haré lo
que pueda en el Senado, pero lamentablemente soy novel y no tengo derecho a la
palabra. Y por desgracia cuentas con muy pocos amigos entre los que lo tienen.
—Marco Livio —añadió Silo, que también se había levantado—, habrá
guerra. Me marcho a mi casa porque tienes razón; habrá a quien le dé por pensar
si me ven por aquí. Pero esto te demuestra que no existe un medio pacífico para
conseguir la manumisión de los itálicos.
—Sí lo hay. Tiene que haberlo —replicó Druso—. Ahora, Quinto Popedio,
vete y procura pasar lo más inadvertido posible. Y si vas a salir por la puerta
Collina, hazme el favor de dar un rodeo y no pasar por el Foro.
Druso fue quien no dio ningún rodeo para ir al Foro. Allá se fue con su
toga, buscando caras conocidas. No había reunión en el Senado ni en la
Asamblea, pero siempre se veía gente por el bajo Foro. Afortunadamente, el
primer personaje con el que se topó fue su tío Publío Rutilio Rufo, que
iba hacia la Carinae camino de su casa.
—Ahora sí que me gustaría que Cayo Mario estuviera en Roma —dijo Druso
cuando encontraron un lugar tranquilo al sol, justo al lado de uno de los
antiguos árboles del Foro.
—Sí, me temo que no conseguiremos mucho apoyo en el Senado para tus
amigos itálicos —replicó Rutilio Rufo.
—Creo que se podría conseguir si hubiese alguien poderoso que los
hiciera reflexionar. Pero ¿quién queda, estando Cayo Mario en Oriente? A menos
que tú, tío…
—No —respondió con firmeza Rutilio Rufo—. Simpatizo con la causa
itálica, pero yo no tengo influencia en el Senado. He perdido auctoritas desde
mi regreso de Asia Menor y los recaudadores siguen pidiendo mi cabeza, pues
saben que la de Quinto Mucio no pueden conseguirla por el poder que tiene.
Mientras que un consular viejo como yo, que nunca ha gozado de gran fama ante
los tribunales, no ha sido orador famoso ni ha llevado ningún ejército a la
victoria… No, de verdad, yo no tengo capacidad.
—O sea, quieres decir que poco se puede hacer.
—Eso es, Marco Livio.
Sin embargo, en el terreno de la opinión pública las cosas no estaban
paradas. Quinto Servilio Cepio pidió audiencia con los cónsules Craso Orator y
Mucio Escévola y con los censores Antonio Orator y Valerio Flaco. Y lo que les
contó interesó enormemente a los cuatro.
—La culpa de esto es de Marco Livio Druso —dijo Cepio—. En mi presencia
ha dicho muchas veces que a los itálicos debe concedérseles plena ciudadanía y
que en Italia no debe haber diferencias sociales. El tiene amigos itálicos
poderosos, el dirigente marso Quinto Popedio Silo y el de los samnitas, Cayo
Papio Mutilo. Por lo que oí en casa de Marco Livio, estoy dispuesto a jurar que
Marco Livio Druso está aliado con esos dos itálicos y que ideó un plan para
trucar el censo.
—Quinto Servilio, ¿tienes pruebas que aValen tu acusación? —inquirió
Craso Orator.
Dicho lo cual, Cepio se irguió con increíble dignidad y gesto de
ofendido.
—¡Soy un Servilio Cepio, Lucio Licinio! Yo no miento. ¿Pruebas que
aValen mi acusación? —añadió francamente indignado—. ¡Yo no acuso! ¡Simplemente
expongo los hechos y no necesito «pruebas» que aValen nada! ¡Te repito que soy
un Servilio Cepio!
—Me importa un bledo que sea el mismísimo Rómulo —dijo Marco Livio Druso
cuando los cónsules y los censores fueron a verle—. ¡Si no comprendéis que esos
«hechos» que él dice exponer forman parte del acoso que Quinto Servilio Cepio
se trae contra mí y los míos no sois la clase de hombres que yo pienso! ¡Es
absurdo! ¿Por qué iba a conspirar contra los intereses de Roma? El hijo de mi
padre no hace semejante cosa. De Silo y de Mutilo no puedo responder. Mutilo
nunca ha estado en esta casa y Silo viene en su condición de amigo mío. Que yo
crea que la ciudadanía deba ampliarse a todos los itálicos es más que sabido y
nunca lo he ocultado. Pero la ciudadanía que me gustaría ver concedida a los
latinos e itálicos debe ser legal y otorgada libremente por el Senado y el
pueblo de Roma. Falsificar el censo de algún modo, ya sea alterando los rollos
o atestiguando una ciudadanía que no es cierta, es algo que yo no apruebo, por
muy justa que considere la causa que mueve a hacerlo —dijo alzando los brazos—.
Eso es cuanto tengo que decir, Quirites, vosotros veréis. Si me creéis, pasad a
tomar conmigo una copa de vino. Si creéis a ese mentiroso inconsciente de
Cepio, salid de esta casa y no volváis.
Riendo apaciblemente, Quinto Mucio Escévola cogió a Druso del brazo.
—Para empezar, Marco Livio, me complace enormemente tomar una
copa de vino contigo.
—Y a mí —terció Craso Orator.
Los censores optaron también por beber vino.
—Lo que me preocupa —dijo Druso en el comedor aquella misma tarde
— es cómo obtuvo Quinto Servilio esa, digamos, información. Porque sólo
tuve una conversación sobre ese tema con Quinto Popedio, hace ya muchas
lunas, cuando eligieron a los censores.
—¿De qué versaba, Marco Livio? —inquirió Catón Solaniano.
—Oh, Silo tenía un disparatado proyecto para inscribir ciudadanos
ilegalmente, pero yo le disuadí. O eso creí. Yo no volví a hablar más del
asunto. ¡Si ni siquiera había vuelto a ver a Quinto Popedio hasta hace poco!
¿Cómo sabría Cepio ese dato?
—A lo mejor no estaba fuera de tu casa y oyó vuestra conversación — dijo
Catón, que personalmente no aprobaba la actitud de Druso relativa a los
itálicos, pero no pensaba criticárselo. Una de las servidumbres de ser su
huésped.
—No, estaba fuera —replicó Druso con aspereza—. En aquel entonces
viajaba fuera de Italia, y, desde luego, no iba a regresar sigilosamente un día
concreto para sorprendernos en una conversación que ni siquiera yo sabía que
fuera a entablarse.
—Entonces, ¿cómo puede ser? —inquirió Catón—. ¿No escribirías algo que
él haya podido averiguar?
Druso meneó la cabeza tan enérgicamente que dejó a Catón convencido.
—Yo no he escrito nada. Nada de nada.
—¿Y por qué estás tan seguro de que a Quinto Servilio le ayudaron a
preparar sus acusaciones? —inquirió Livia Drusa.
—Porque me acusa de falsificar las inscripciones de los nuevos
ciudadanos y me relaciona con Quinto Popedio.
—¿Y no se lo habrá inventado?
—Tal vez, sólo que hay un dato preocupante: mencionó a un tercero, a
Cayo Papio Mutilo, de los samnitas. ¿A quién oiría ese nombre en concreto? Yo
lo conozco únicamente porque sé que Quinto Popedio ha hecho gran amistad con
ese samnita. La cuestión es que estoy convencido de que Quinto Popedio y Papio
Mutilo han falsificado las listas, pero ¿cómo lo sabía Cepio?
—Marco Livio, no te prometo nada —dijo Livia Drusa levantándose—, pero
quizá pueda darte una respuesta. ¿Me excusas un momento?
Druso, Catón Saloniano y Servilia Cepionis aguardaron intrigados el
momento. ¿A qué podría recurrir Livia Drusa para dar respuesta a tan misterioso
interrogante, cuando posiblemente la explicación era que Cepio había acertado
por casualidad?
Livia Drusa volvió al cabo de un rato con su hija Servilia, llevándola
firmemente cogida del hombro.
—Quédate, Servilia, quiero preguntarte una cosa —dijo muy seria—. ¿Has
estado viendo a tu padre?
El rostro de la pequeña estaba tan tranquilo e inexpresivo que a todos
les pareció el de una persona culpable que finge.
—Quiero que digas la verdad, Servilia —añadió Livia Drusa—. ¿Has estado
visitando a tu padre? No; antes de que me contestes quiero recordarte que si lo
niegas preguntaré a Estratonice y las otras niñeras.
—Sí, voy a visitarle —respondió Servilia.
Druso se incorporó, igual que Catón, mientras que Servilia Cepionis se
hundía en su silla y se tapaba la cara con la mano.
—¿Qué le has contado a tu padre sobre tu tío Marco y su amigo Quinto
Popedio?
—La verdad —contestó Servilia impasible.
—¿Qué verdad?
—Que conspiraban para inscribir a los itálicos en los rollos de
ciudadanos romanos.
—¿Cómo has podido hacer eso, Servilia, si no es verdad? —terció Druso
indignado.
—¡Es verdact! —chilló la pequeña—. ¡Hace muchos días vi unas cartas en
el cuarto del hombre marso!
—¿Entraste en el cuarto de un huésped sin su permiso? —inquirió Catón
Solaniano sin dar crédito a lo que oía—. ¡Eso es despreciable, niña!
—¿Quién eres tú para juzgarme? —replicó la pequeña, volviéndose contra
él—. ¡Tú, que desciendes de una esclava y un campesino!
Catón tragó saliva, apretando los labios.
—Seré eso que dices, Servilia, pero hasta los esclavos respetan el
principio sagrado de no violar la intimidad de un huésped.
—¡Yo soy una patricia de los Servilios —replicó la niña con firmeza—,
mientras que ese hombre no es más que un itálico que cometía una traición,
igual que tío Marco!
—¿Qué cartas viste, Servilia? —inquirió Druso.
—Cartas de un samnita llamado Cayo Papio Mutilo.
—Pero no cartas de Marco Livio Druso.
—No hacía falta; tienes tanta intimidad con los itálicos, que todos
saben que haces lo que ellos quieren y conspiras con ellos.
—Suerte tiene Roma de que seas hembra, Servilia —replicó Druso, forzando
la voz y el gesto para hacerlos sarcásticos—, porque si fueses ante los
tribunales con esos razonamientos quedarías en ridículo. —Se bajó de la camilla
y se acercó a donde estaba la pequeña—. Eres una idiota y una ingrata, niña.
Falsa y, como dice tu padrastro, despreciable. Si fueses mayor te echaría de
casa, pero dadas las circunstancias haré lo contrario. Quedarás encerrada, con
entera libertad para andar por la casa siempre que te acompañe alguien, pero no
saldrás de ella bajo ningún concepto, ni visitarás a tu padre ni a nadie. Ni le
enviarás notas. Si él manda a por ti para que vayas a vivir con él, te dejaré
marchar encantado, pero si eso sucediera, nunca más te permitiré entrar en mi
casa, ni para ver a tu madre. Como tu padre te niega la custodia, yo soy tu
paterfamilias y mi palabra es ley para ti porque así está estipulado. Daré
instrucciones a todos en esta casa para que hagan contigo lo que he dispuesto.
¿Entendido?
La pequeña Servilia no mostró signo alguno de vergüenza o temor,
permaneció erguida con los ojos echando fuego.
—Yo soy una patricia de los Servilios —contestó— y por mucho que hagas
no puedes alterar el hecho de que soy mejor que todos vosotros juntos. Lo que
para mis inferiores puede estar mal, en mi caso es simple deber. He descubierto
una conspiración contra Roma y se lo he dicho a mi padre. Era mi deber. Puedes
castigarme como quieras, Marco Livio, y me da igual que me encierres para
siempre en un cuarto, que me pegues o que me mates. Sé que he cumplido con mi
deber.
—¡Oh, llévatela a donde no la vea! —gritó Druso a su hermana.
—¿Mando que le peguen? —inquirió Livia Drusa, tan indignada como Druso.
—¡No! —exclamó él, tajante—. No quiero más palizas en mi casa, Livia
Drusa. Haz con ella lo que he dicho. Si sale del cuarto de los niños o de la
clase, que la acompañe alguien. Aunque ya tiene edad para pasar del cuarto de
los niños a su propio cubículo para dormir, se lo prohibo. Que sufra la falta
de intimidad, ya que ella no se la concede a mis huéspedes. Eso será suficiente
castigo conforme pasan los años, pues aún le quedan otros diez para salir de
aquí… Eso si su padre se toma algún interés en encontrarle pareja. Si él no lo
hace, ya me encargaré yo, ¡pero no un patricio, sino algún campesino palurdo!
—No, Marco Livio, un campesino palurdo no —dijo riendo Catón Saloniano—.
Cásala con algún liberto, un noble por naturaleza sin la menor esperanza de
serlo nunca socialmente. Así quizá descubra que los esclavos y los manumitidos
pueden ser mejor que los patricios.
—¡Os odio! —chilló Servilia mientras su madre la sacaba del comedor
—. ¡Os odio a todos! ¡Y os maldigo, os maldigo! ¡Ojalá todos hayáis
muerto antes de que yo alcance la edad de casarme!
Cuando ya habían olvidado a la niña, Servilia Cepionis se desmoronó en
la silla y cayó al suelo. Druso la alzó, aterrado, y la llevó al dormitorio,
donde, aplicándole plumas calientes bajo la nariz, lograron hacerle recobrar el
sentido. Se echó a llorar desconsolada.
—¡Oh, Marco Livio, la suerte te es adversa desde que te aliaste con mi
familia! —comentó entre sollozos, mientras él se sentaba en el borde de la cama
y la abrazaba, rogando al cielo porque el niño no resultara afectado.
—Sabes que sí que tengo suerte —replicó él, besándola en la frente con
ternura—. No enfermes, mea vita, esa niña no lo merece. No le des ese gusto.
—Te quiero, Marco Livio. Siempre te he querido y siempre te querré.
—¡Excelente! Yo también te quiero, Servilia Cepionis. Un poco más
cada día que pasa. Ahora tranquilízate, por el bien de nuestro hijo
—añadió él, dándole una suave palmadita en el abultado vientre.
Servilia Cepionis murió al dar a luz un día antes de que Lucio Licinio
Craso Orator y Quinto Mucio Escévola promulgasen una nueva ley sobre la
situación itálica a los miembros del Senado. Marco Livio Druso, que se arrastró
hasta la Cámara para conocer los pormenores de la misma, no estaba en
condiciones de prestar la atención debida.
Aquello había sido una sorpresa para todos los de la casa, dado que
Servilia Cepionis había llevado el embarazo perfectamente y sin incidentes. El
parto fue tan súbito, que ni ella misma advirtió indicio alguno; a las dos
horas había muerto a consecuencia de una hemorragia que ni con compresas ni con
elevación lograron contener. Druso, que en aquellos momentos estaba fuera de
casa, volvió a toda prisa, y ella pasó de los terribles dolores a una euforia
despreocupada y alucinatoria, muriendo sin darse cuenta de que él le sujetaba
la mano ni de que su vida se apagaba. Final venturoso para ella pero horrible
para Druso, que no escuchó de sus labios palabras de cariño, de alivio ni de
reconocimiento. Era el punto final de tantos años esperando el ansiado varón:
una figura exánime en una cama, desangrada y agotada por el esfuerzo. Al morir,
el niño apenas había entrado en la vagina y los médicos y comadronas suplicaron
a Druso que les dejaran desprenderlo de la madre, pero él se negó.
—Dejad que ella siga envolviéndole —contestó—. Que tenga ese consuelo.
Si viviera, no podría quererle.
Y en tal estado se dirigió a la Curia Hostilia, más muerto que vivo, y
ocupó su lugar en las filas de en medio, dado que su sacerdocio le confería un
lugar más prominente que su simple condición de senador. Su criado colocó la
silla plegable y tuvo que hacer que se sentara, mientras que los senadores
cercanos le musitaban el pésame y él no cesaba de asentir con la cabeza dando
las gracias, con el rostro casi tan lívido como el de la muerta. Antes de
proponérselo vio a Cepio en el banco trasero de la sección opuesta y aún
palideció más. ¡Cepio! Al comunicarle la muerte de su hermana, había contestado
que se iba de Roma inmediatamente después de aquel pleno y no podría asistir al
entierro de Servilia Cepionis.
La visión que tenía Druso de los procedimientos y de la Cámara era
bastante global, por hallarse sentado cerca del final de la sección izquierda,
junto a las enormes puertas de bronce construidas por la curia siglos
antes, en tiempos del rey Tulio Hostilio, abiertas ahora para que pudiera oír
el público congregado en el pórtico. Porque los cónsules habían decidido que
fuese una sesión pública, aunque sólo se permitiera la entrada a los senadores
y sus ayudantes privados.
Al otro extremo de la Cámara, flanqueado por las tres gradas en que los
senadores situaban sus sillas plegables, se alzaba el estrado de los
magistrados curules; en frente, el largo banco de madera que alojaba a los diez
tribunos de la plebe. Las preciosas sillas curules de marfil labrado de los dos
cónsules estaban situadas delante del estrado, y detrás de él las de los seis
pretores, que a su vez tenían detrás las de los dos ediles curules. Los
senadores que tenían derecho a la palabra por la simple acumulación de años en
cargos curules ocupaban la grada inferior de cada sección; la grada del medio
era para los sacerdotes o augures, los que habían sido tribunos de la plebe o
eran sacerdotes de colegios menores, mientras que la grada superior era para
los pedarii, cuya única potestad en la Cámara era votar.
Una vez que las plegarias, los sacrificios y los presagios fueron
declarados satisfactorios, Lucio Licinio Craso Orator, el primer cónsul, se
puso en pie.
—Príncipe del Senado, pontífice máximo, colegas magistrados curules,
miembros de esta augusta cámara, el Senado ha venido tratando últimamente de la
inscripción ¡legal de itálicos como ciudadanos romanos en el censo actual
—comenzó diciendo, sosteniendo en su mano un documento—. Aunque nuestros
ilustres colegas los censores Marco Antonio y Lucio Valerio esperaban que las
listas se incrementasen con algunos miles de nombres nuevos, lo que no
esperaban eran tantísimos millares. Pero es lo que ha sucedido. El censo en
Italia ha experimentado un aumento sin precedentes de los que afirman ser
ciudadanos romanos, pero se nos ha testificado que la mayoría de esos nuevos
nombres son de individuos con la categoría de aliados itálicos, sin ningún
derecho a ser ciudadanos de Roma. Se nos ha testificado que los dirigentes de
las naciones itálicas acordaron inscribir masivamente sus pueblos como
ciudadanos romanos. Y se han
mencionado dos nombres: Quinto Popedio Silo, dirigente de los marsos, y
Cayo Papio Mutilo, dirigente de los samnitas.
Al oír un perentorio chascar de dedos, el cónsul calló y dirigió una
inclinación de cabeza al centro de la primera grada de su derecha.
—Cayo Mario, te doy la bienvenida por el regreso a esta Cámara. ¿Quieres
preguntar algo?
—Efectivamente, Lucio Licinio —respondió Mario, poniéndose en pie y
mostrándose en excelente forma y muy bronceado—. Los nombres de esos dos
individuos, Silo y Mutilo, ¿figuran en las listas?
—No, Cayo Mario, no figuran.
—Entonces, testimonios aparte, ¿qué pruebas tienes?
—Pruebas, ninguna —contestó Craso Orator con frialdad—. Sólo he
mencionado sus nombres a efectos de testificación como indicio de que incitaron
personalmente a los ciudadanos de sus pueblos a inscribirse masivamente.
—Entonces, Lucio Licinio, ese testimonio a que os referís no cabe duda
de que es sospechoso.
—Es posible —replicó Craso Orator sin alterarse, repitiendo una florida
reverencia—. Cayo Mario, si permites que prosiga con mi parlamento, lo aclararé
todo a su debido tiempo.
Mario le devolvió sonriente la reverencia y se sentó.
—Prosigamos, pues, padres conscriptos. Como tan acertadamente ha
señalado Cayo Mario, un testimonio no avalado con pruebas materiales es
cuestionable. Vosotros, cónsules y censores, no ignoráis esa circunstancia. Sin
embargo, el que nos dio ese testimonio es un hombre ilustre y tal testimonio
confirma, en efecto, nuestras propias observaciones —añadió Craso Orator.
—¿Quién es esa persona ilustre? —inquirió Publio Rutilio Rufo sin
levantarse.
—Debido a cierto riesgo intrínseco, nos pidió que no divulgásemos su
nombre —contestó Craso Orator.
—¡Yo os lo puedo decir, tío! —terció Druso alzando la voz—. ¡Su nombre
es Quinto Servilio Cepio, el que maltrata a su esposa! ¡También a
mí me ha acusado!
—Orden, Marco Livio —terció el cónsul.
—¡Pues sí, le he acusado! ¡Es tan culpable como Silo y Mutilo! —gritó
Cepio desde la grada posterior.
—Quinto Servilio, guarda el orden y siéntate.
—¡No lo haré hasta que no se incluya el nombre de Marco Livio Druso en
mi acusación! —gritó Cepio aún más fuerte.
—Los cónsules y los censores han considerado fundadamente que Marco
Livio Druso no está implicado en este asunto —replicó Craso Orator, ya algo
enojado—. ¡Guarda compostura, igual que todos los pedarii, y no olvides que
esta Cámara aún no te ha concedido el derecho a la palabra! ¡Siéntate y mantén
tu lengua dentro de la boca cerrada! ¡La Cámara no desea escuchar las
alegaciones de quienes mantienen rencillas personales, esta Cámara debe atender
a lo que digo!
Se hizo un silencio, que Craso Orator observó también reverentemente
unos instantes, para proferir un carraspeo y continuar.
—Por los motivos que sean, y a instigación de quien sea, en los rollos
censuales aparecen de pronto demasiados nombres. Dadas las circunstancias, es
lógico suponer que muchos se han atribuido ilegalmente la ciudadanía. Es deber
de los cónsules rectificar la situación y no iniciar falsos juicios ni inculpar
a nadie sin pruebas. Únicamente una cosa nos interesa: saber que si no hacemos
algo nos veremos con un excedente de ciudadanos que querrán ser miembros de las
treinta y una tribus rurales y que en la próxima generación podrán obtener más
votos en las elecciones tribales que los ciudadanos de verdad, y cuya
influencia posiblemente se haga notar en las votaciones de las clases
centuriadas.
—Pues espero sinceramente que hagamos algo, Lucio Licinio —dijo Escauro,
príncipe del Senado, desde su asiento en el centro de la primera grada de la
parte derecha, junto al de Cayo Mario.
—Quinto Mucio y yo hemos redactado una nueva ley —contestó Craso Orator,
sin enojarse por la interrupción— con el propósito de eliminar de las listas de
Roma a los falsos ciudadanos. Solamente eso. No es un acta de expulsión, ni se
pretende un éxodo masivo de falsos ciudadanos de Roma ni
de ninguna otra localidad romana o latina dentro de Italia. Su propósito
es descubrir a los que se han inscrito en las listas como ciudadanos y no lo
son. A tal efecto, proponemos que la península se divida en diez regiones:
Umbría, Etruría, Picenum, Lacio, Samnium, Campania, Apulia, Lucania, Calabria y
Bruttium. En cada una de estas partes se establecerá un tribunal especial con
potestad para indagar la condición de ciudadano de todos los que figuren en el
censo por primera vez. La ley propone que estos quaestiones los formen jueces
en lugar de jurados y que estos jueces sean miembros del Senado de Roma; el
presidente de los tribunales tendrá rango consular y como ayudantes contará con
dos senadores noveles. Se estipulan una serie de premisas a guisa de orientación
para las indagaciones de los tribunales y todos los que comparezcan han de
contestar (¡con pruebas!) a las preguntas dispuestas en esos pasos
orientativos. Será un protocolo bastante estricto que impida a los falsos
ciudadanos eludirlo, eso os lo garantizamos. En un ulterior contio leeremos el
texto completo de la lex Licinia Mucia, pues juzgo que el primer contio de
ninguna ley no debe entorpecerse con las minucias legalistas.
—Con permiso, Lucio Licinio —dijo Escauro, príncipe del Senado,
poniéndose en pie—, quisiera preguntar si te propones establecer alguno de tus
quaestiones especiales en la ciudad de Roma y, en caso afirmativo, si ese
quaestio funcionaría como potestad investigadora tanto en el Lacio como en
Roma.
—Roma constituirá el undécimo quaestio —contestó Craso Orator con
solemne ademán—. El Lacio es aparte. Sin embargo, en relación con Roma,
quisiera decir que los rollos de listas de la ciudad no han revelado una
inscripción masiva de nuevos ciudadanos que creamos sea falsa. A pesar de ello,
consideramos que es conveniente establecer un tribunal de investigación, ya que
en la ciudad debe haber, a poco que se profundice en la investigación,
ciudadanos que no tengan derecho a serlo.
—Gracias, Lucio Licinio —dijo Escauro, volviendo a sentarse.
A Craso Orator se le notaba muy enfadado, pues se habían derrumbado
todas sus esperanzas de endilgar uno de sus discursos de refinada retórica,
ya que lo que había iniciado como discurso se había convertido en un
diálogo de preguntas y respuestas.
Antes de que pudiera reanudarlo, Quinto Lutacio Catulo César se puso en
pie, confirmando la sospecha del primer cónsul de que la Cámara no estaba de
humor para escuchar discursos excelsos.
—¿Puedo hacer una pregunta? —inquirió Catulo César en tono edulcorado.
—Todos pueden hacerla, Quinto Lutacio —respondió Craso Orator con un
suspiro—. Hasta los que no tienen derecho a la palabra. Te ruego que la hagas;
te invíto a ello. ¡Hazla!
—¿La lex Licinia Mucia prescribirá o especificará multas concretas, o va
a dejarse el castigo a discreción de los jueces con arreglo a la jurídica
existente?
—Lo creas o no, Quinto Lutacio, ¡de eso iba yo a hablar! —replicó Craso
Orator con muestras visibles de estar a punto de perder la paciencia
—. La nueva ley especifica multas concretas. La primera y más relevante
es que todos los falsos ciudadanos que durante este último censo se hayan
inscrito como ciudadanos sufrirán la ira de los tribunales y se les someterá a
flagelación con el látigo de nudos, el nombre del culpable quedará inscrito en
una lista, de modo que él y todos sus descendientes jamás puedan obtener la
ciudadanía, y se les impondrá una multa de cuarenta mil sestercios. Si el falso
ciudadano tiene residencia en una ciudad, pueblo o municipio con derechos
latinos o romanos, él y sus amistades quedarán privados de esa residencia y
deberán regresar al lugar de origen de sus antepasados. Sólo en ese aspecto
concreto se trata de una ley de expulsión. A los que no posean la ciudadanía
pero no hayan falsificado su condición no les afecta y podrán continuar en su
domicilio habitual.
—¿Y los que hayan falsificado su condición en otro censo anterior? —
inquirió Escipión Nasica el viejo.
—No serán azotados ni multados, Publio Cornelio, pero se les inscribirá
en una lista y serán expulsados de cualquier localidad latina o romana.
—¿Y si uno no puede pagar la multa? —inquirió Cneo Domicio Ahenobarbo,
pontífice máximo.
—Será vendido como garantía de la deuda al Estado de Roma por un plazo
mínimo de siete años.
—¿Me concedes la palabra, Lucio Licinio? —espetó Cayo Mario poniéndose
en pie.
—¡Ah! ¿Por qué no, Cayo Mario? —replicó Craso Orator, alzando los
brazos—. ¡La tienes, siempre que no te interrumpa media Roma!
Druso contempló a Mario mientras éste descendía de su sitial y se
dirigía al centro de la Cámara. Su corazón, órgano que él había creído inerme
por la muerte de su esposa, latía aceleradamente. Allíestaba la única
esperanza. «¡Oh, Cayo Mario, por muy poco que me gustes como persona, pensaba
Druso, di tú lo que yo diría si tuviese derecho a la palabra! Si tú no lo
haces, no lo hará nadie. Nadie.»
—Ya veo —comenzó Mario con voz tonante— que es una intervención
legislativa minuciosamente pensada, como no era menos de esperar de dos de
nuestros mejores juristas. Aunque le falta una cosa para hacerla redonda: una
cláusula estipulando una recompensa para los delatores. ¡Es una ley admirable!
¿Pero es una ley justa? ¿No debemos preocuparnos por ese aspecto antes que
nada? Y, lo que es más, ¿nos consideramos lo bastante poderosos, lo bastante
arrogantes, ¡lo bastante lerdos! para aplicar las sanciones que la ley
estipula? A tenor del discurso de Lucio Licinio, que no es de los mejores
suyos, yo añado: hay decenas de miles de esos supuestos ciudadanos falsos
esparcidos desde la frontera de la Galia itálica hasta Bruttium y Calabria.
Hombres que se sienten con pleno derecho a participar en los asuntos internos
del gobierno de Roma, si no, ¿a qué correr el riesgo de efectuar una falsa
declaración de ciudadanía? Todos los que viven en Italia saben a lo que se
arriesgan si se descubre la falsedad de esa declaración. Azotes, destierro,
multa, aunque generalmente no se apliquen a la vez al mismo individuo.
Se volvió hacia el lado izquierdo de la Cámara y prosiguió:
—Pero ahora, padres conscriptos, parece que hemos de descargar el peso
de la ley sobre esas decenas de miles de hombres ¡y sobre sus familias! Vamos a
azotarlos, multarlos con cantidades impagables,
apuntándolos en una lista negra y expulsándolos de sus hogares si éstos
se hallan en una localidad romana o latina.
Cubrió la distancia hasta las puertas abiertas y desde allí se dirigió a
las dos secciones de la Cámara.
—¡Decenas de miles, padres conscriptos! ¡No uno, dos, tres o cuatro
hombres, sino decenas de miles! Y familias con hijos, hijas, esposas, madres,
tías, tíos, primos, a sumar a esas decenas de miles, que tendrán amigos incluso
quizá entre quienes poseen legalmente la ciudadanía romana o los derechos
latinos. Fuera de las ciudades romanas y latinas los iguales a ellos serán
mayoría. Y nosotros, los senadores que seremos elegidos (echando suertes, digo
yo) vamos a constituir esos equipos investigadores, vamos a escuchar las
pruebas, a seguir las directrices para el escrutinio de los que comparezcan y a
aplicar la lex Licinia Mucia al pie de la letra a los que resulten falsos. Mi
aplauso para los que tengan suficiente valor para hacer ese cometido, porque
yo, para empezar, ¡desearía que me diera otro infarto! ¿O es que la lex Licinia
Mucia pondrá destacamentos armados de milicia a la constante disposición de
todos y cada uno de esos quaestiones?
Comenzó a avanzar despacio por la Cámara sin dejar de perorar.
—¿Es realmente un delito desear ser romano? No peco de exagerado si digo
que gobernamos en lo más notable del orbe. Se nos respeta en todo, se nos
muestra deferencia cuando viajamos por doquier y hasta los reyes aceptan
nuestras órdenes. Hasta el último que pueda llamarse romano, pese a que sea del
capite censii es mejor que ningún otro hombre. Por pobre que sea para poseer un
solo esclavo, sigue formando parte del pueblo que rige el mundo. Eso le
confiere una valía sin igual, que nada define mejor que la palabra «romano».
Aunque desempeñe el trabajo menestral obligado por no tener un solo esclavo,
todavía puede decir: «Soy romano y mejor que el resto de la humanidad.»
Llegado casi a la altura del banco de los tribunos, giró sobre sus
talones, mirando hacia las puertas.
—Dentro de las fronteras de Italia nos damos codo con codo con hombres y
mujeres afines, incluso de la misma raza en muchos casos. Hombres y mujeres que
han alimentado a nuestras tropas y pagado tributos
durante no menos de cuatrocientos años y que han participado en nuestras
guerras compartiendo los gastos. Oh, sí, de vez en cuando se han sublevado, han
ayudado a nuestros enemigos o han protestado por nuestra política. ¡Pero ya han
sido castigados por esos delitos! ¿Se les puede reprochar que deseen ser
romanos? Esa es la cuestión. No por qué quieren ser romanos, ni por qué ha
surgido ese repentino aluvión de declaraciones falsas. ¿Merecen realmente
nuestro reproche?
—¡Sí! —gritó Quinto Servilio Cepio—. ¡Sí! ¡Son inferiores! ¡Son nuestros
súbditos y no nuestros iguales!
—¡Orden, Quinto Servilio! ¿Siéntate y guarda silencio o abandona esta
Cámara! —tronó Craso Orator.
Con paso que le permitía conservar la dignidad fisica, Cayo Mario giró
en un círculo pleno, con el rostro cada vez más contorsionado por una amarga
sonrisa.
—¿Creéis saber lo que voy a decir, verdad? —inquirió para toda la
Cámara, lanzando una carcajada—. Estáis pensando: «Este Cayo Mario, el itálico,
va a recomendar que Roma se olvide de la lex Licinia Mucia y que se deje a esas
decenas de miles de nuevos ciudadanos inscritos en el censo.» ¡Pues bien,
padres conscriptos —añadió, elevando sus enmarañadas cejas —, os equivocáis! No
soy partidario de eso. Igual que vosotros, no soy partidario de que nuestros
sufragios sufran detrimento alguno permitiendo que se mantenga en el censo a
hombres que hayan vulnerado los principios legales de inscripción. Me inclino
por que la lex Licinia Mucia proceda con esos tribunales de encuesta como han
previsto sus eminentes redactores, pero hasta cierto punto. ¡Sin pasarnos de
ese punto! Todo falso ciudadano debe ser borrado de los rollos del censo y
expulsado de las tribus romanas. Pero nada más. ¡Nada más! ¡Os advierto
solemnemente, padres conscriptos, Quirites que escucháis a las puertas, que en
cuanto apliquéis las sanciones a esos ciudadanos espúreos con el consiguiente
éxodo de cuerpos, hogares, bolsas y futuros descendientes, recogeréis una
cosecha de odio y venganza como jamás se ha conocido! ¡Cosecharéis muertes,
sangre, pobreza y un rencor que durará milenios! ¡No aprobéis lo que los
itálicos han intentado hacer, pero no los castiguéis por intentarlo!
Muy bien dicho, Cayo Mario, pensó Druso, aplaudiendo al unísono con
algunos otros. Pero la mayoría no aplaudía y de afuera llegaban murmullos,
indicando que los que escuchaban en el Foro no estaban de acuerdo con tanta
clemencia.
—¿Puedo hablar? —dijo Marco Emilio Escauro, levantándose.
—Podéis, portavoz de la Cámara —contestó Craso Orator.
Aunque él y Cayo Mario eran de la misma edad, Escauro, príncipe del
Senado, no conservaba la misma actitud joven, pese a la simetría de rostro. Las
arrugas que lo surcaban se hundían en la carne y su calvo cráneo también estaba
arrugado. Pero conservaba jóvenes sus hermosos ojos verdes, sanos, alerta y
luminosos. Y de inteligencia sin par. Sin embargo, aquel día no estaba en vena
de su inveterado y admirado sentido del humor; aquel día tenía las comisuras de
los labios crispadas hacia abajo. El también caminó por la Cámara hacia las
puertas, pero allí dio la espalda a los senadores para mirar la muchedumbre de
afuera.
—Padres conscriptos del Senado de Roma, soy vuestro portavoz,
debidamente confirmado por nuestros actuales censores. Estoy en el cargo desde
el año de mi consulado, hace veinte años exactamente. Soy un consular que ha
sido censor, y he dirigido ejércitos y firmado tratados con nuestros enemigos y
con quienes se manifestaron como amigos. Soy un patricio de la familia Emilia,
pero, por encima de todo eso, por loable y prestigioso que sea, ¡soy un romano!
»Me resulta curioso tener que coincidir con Cayo Mario, que se ha
definido como itálico. Pero dejadme que os repita lo que ha dicho al principio
de su parlamento. ¿Es realmente un delito desear ser romano? ¿Querer formar
parte de una raza que domina en lo más notable del orbe? ¿Querer pertenecer a
una raza que puede dar órdenes a reyes con la seguridad de que se cumplen? Como
Cayo Mario, yo os digo que no es un crimen desear ser romano. Pero en lo que
diferimos es en el énfasis de tal afirmación. No es delito quererlo, pero sí es
delito hacerlo. Y yo no puedo consentir que los que hayan escuchado a Cayo
Mario caigan en esa trampa. Esta Cámara no se ha reunido para compadecer a los
que desean lo que no tienen. Esta Cámara se ha reunido para discutir ideales,
sueños, anhelos y
aspiraciones. Estamos aquí para hablar de una realidad: la usurpación
ilegal de la ciudadanía romana por decenas de miles de hombres que no son
romanos, y que por consiguiente no tienen derecho a llamarse romanos. Que
quieran serlo no es óbice. La cuestión estriba en que esas decenas de miles de
hombres han cometido un grave delito, y en que nosotros, guardianes del legado
de Roma, no deberíamos tratar ese grave delito como una falta menor, merecedora
tan sólo, simbólicamente, de un palmetazo.
Tras estas palabras, se volvió de cara a la Cámara.
—¡Padres conscriptos, yo, portavoz de la Cámara, apelo a vosotros en
tanto que auténticos romanos para que aprobemos esta ley con todo el poder y la
autoridad que os están conferidos! De una vez por todas hay que acabar con esa
pasión itálica por ser romanos; hay que erradicarla. ¡La lex Licinia Mucia debe
incluir las más duras sanciones que se hayan inscrito en las tablillas! ¡Y no
sólo eso! Creo que deben asumirse las dos sugerencias hechas por Cayo Mario,
enmendándola para que las incluya. La primera enmienda, ofreciendo una
recompensa por cualquier información tendente al descubrimiento de falsos
romanos, con cuatro mil sestercios, el diez por ciento de la multa. De ese
modo, nuestro Tesoro no tendrá que rebuscar y obtendrá el dinero de los
culpables. Y os digo que la segunda enmienda debe estipular que un destacamento
de milicia armada acompañe a esos equipos de jueces conforme se efectúan las
comparecencias ante los tribunales que establezcan. El dinero para el pago de
esos soldados temporales puede también proveerse con las multas que se cobren.
Por consiguiente, con toda sinceridad, doy las gracias a Cayo Mario por sus
sugerencias.
A continuación, nadie supo con certeza si había sido el final de la
intervención de Escauro, pues Publio Rutilio Rufo se puso en pie gritando:
—¡Concededme la palabra! ¡Tengo que hablar! Escauro, que ya estaba
sentado, asentía con la cabeza.
—Ese pobre Escauro ya no es ni la sombra de lo que fue —dijo Lucio
Marcio Filipo a sus vecinos de asientos—. Nunca había aprovechado el parlamento
de otro para estructurar el suyo.
—Yo no lo encuentro nada mal —comentó Lucio Sempronio Aselio, que estaba
a su izquierda.
—Ya no es el mismo —insistió Filipo.
—¡Tace, Lucio Marcio! —dijo Marco Herenio, que estaba a su derecha —,
quiero oír a Publio Rutilio.
—¡Cómo no! —dijo con sorna Filipo.
Publio Rutilio Rufo no optó por caminar por el centro de la Cámara e
inició su discurso de pie junto a su escabel plegable.
—¡Padres conscriptos, Quirites que escucháis afuera, oíd, os lo ruego!
—comenzó a decir y, encogiéndose de hombros, hizo una mueca—. No confío
demasiado en vuestro buen sentido, y por ello no creo que logre disuadiros de
la opinión de Marco Emilio que es hoy la de la mayoría de vosotros. Sin
embargo, lo que voy a deciros no puede omitirse y debe oírse para que en el
futuro quede constancia de su prudencia y justicia. Porque os aseguro que así
será en el futuro.
Efectuó un carraspeo y tronó:
—¡Cayo Mario tiene razón! Lo único que debe hacerse es eliminar a los
ciudadanos falsos de las listas y de nuestras tribus. Aunque soy consciente de
que casi todos vosotros, ¡y yo me incluyo!, consideráis a los itálicos una
especie distinta a los auténticos romanos, espero que tengamos suficiente
sentido común para entender que no por eso son simples bárbaros. Son gentes
refinadas, sus dirigentes son personas extremadamente cultivadas, y básicamente
llevan la misma vida que nosotros los romanos. ¡Por consiguiente, no se les
puede tratar como a bárbaros! Los tratados que tenemos con ellos datan de
varios siglos y durante siglos han colaborado con nosotros. Tienen parentesco
de sangre con nosotros, como ha dicho Cayo Mario.
—Sí, desde luego, con Cayo Mario sí —comentó burlón Lucio Marcio Filipo.
Rutilio Rufo se volvió a mirar al ex pretor, enarcando las cejas.
—Muy perspicaz en hacer ese distingo —dijo con voz dulce— entre
parentesco de sangre y parentesco conseguido con dinero. De no haber hecho ese
distingo se te habría relacionado con Cayo Mario como una
ventosa, ¿no es cierto, Lucio Marcio? ¡Porque en lo que a dinero
respecta, Cayo Mario tiene más relación contigo que tu propio tata! ¡Porque
juro que antaño a él le has pedido mucho más dinero que todo el que tu tata
haya podido darte! Si el dinero fuese como la sangre, tu también serías víctima
de la misma rémora que los itálicos, ¿no es cierto?
La Cámara estalló en carcajadas, aplausos y silbidos, mientras Filipo
enrojecía, deseando que se le tragara la tierra.
—¡Os ruego que consideremos más seriamente las previsiones penales de la
lex Licinia Mucia! —prosiguió Rutilio Rufo, volviendo al tema—. ¿Cómo vamos a
azotar a gentes con las que hemos de convivir y a las que exigimos soldados y
dinero? Aunque algunos miembros disolutos de esta Cámara se permitan hacer
aseveraciones sobre otros miembros de la misma en cuanto a sus orígenes, yo me
digo ¿tan distintos somos de los itálicos? Es lo que digo y es lo que someto a
vuestra consideración. Es mala cosa que un padre críe a su hijo a base de
palizas cotidianas, pues cuando ese hijo sea mayor detestará a su padre y no lo
querrá ni lo admirará. Si azotamos a nuestros afines itálicos de la península,
tendremos que convivir con gentes que nos odiarán por nuestra crueldad. Si
impedimos que obtengan la ciudadanía, tendremos que coexistir con gentes que
nos odiarán por nuestra presunción. Si los arruinamos con multas infamantes,
tendremos que coexistir con gentes que nos odien por nuestra codicia. Si los
expulsamos de sus casas, tendremos que convivir con gentes que nos odien por
nuestra insensibilidad. ¿Cuál es la magnitud de ese odio? Mucho más, padres
conscriptos, de lo que podemos permitirnos de unas gentes que viven en las
mismas tierras que nosotros.
—Entonces, abrumémoslos más aún —terció Catulo César en tono de hastío—.
Abrumémoslos para que no les quede ningún sentimiento. Es lo que merecen por
robar el mejor obsequio que puede ofrecer Roma.
—¡Quinto Lutacio, intenta comprenderlo! —suplicó Rutilio Rufo—. ¡Se lo
apropian porque no se les concede! Cuando alguien roba lo que juzga que le
corresponde, no lo llama robo, sino recuperación.
—¿Cómo se puede recuperar lo que en principio no se tiene?
—De acuerdo —replicó Rutilio Rufo, dándose por vencido—, he intentado
haceros ver la imprudencia de infligir sanciones severas a las gentes entre las
cuales vivimos, que habitan al linde de nuestras carreteras, y que constituyen
la mayoría del populacho en las zonas en que se hallan nuestras villas
campestres y tenemos nuestras fincas, esas gentes que muchas veces cultivan
nuestras tierras si no somos lo bastante modernos para emplear mano de obra
esclava. No diré nada más respecto a las consecuencias de castigar a los
itálicos.
—¡Gracias a todos los dioses! —dijo Escipión Nasica con un suspiro.
—¡Trataré ahora de las enmiendas sugeridas por nuestro príncipe del
Senado… no por Cayo Mario! —dijo Rutilio Rufo, haciendo caso omiso del
comentario—. ¡Y permitid que os diga, princeps Senatus, que recoger la ironía
de otro para construir la tesis propia no es buena retórica! Si no andáis con
más cuidado, la gente empezará a decir que perdéis facultades. En cualquier
caso, es comprensible que resulte difícil encontrar palabras conmovedoras y
poderosas para exponer algo que no se cree de corazón, ¿no es cierto, Marco
Emilio?
Escauro, levemente ruborizado, no contestó.
—No es costumbre romana institucionalizar la delación pagada, como
tampoco es costumbre romana emplear guardaespaldas —prosiguió Rutilio Rufo—. Si
comenzamos a hacerlo con arreglo a las cláusulas de la lex Licinia Mucia,
estaremos demostrando a nuestros compatriotas itálicos que les tenemos miedo.
¡Demostraremos a nuestros compatriotas itálicos que la lex Licinia Mucia no
está hecha para castigar los delitos, sino para aplastar una amenaza potencial
denotada por nuestros compatriotas itálicos! ¡Y, por pasiva, demostraremos a
nuestros compatriotas itálicos que pensamos que ellos pueden soportarnos mucho
mejor de lo que nosotros los soportamos a ellos! Medidas tan severas y medios
tan poco romanos como son delatores pagados y guardaespaldas, son señal de un profundo
temor y no haremos sino exponer nuestra debilidad, padres conscriptos,
Quirites, no nuestra fuerza! Quien se siente realmente seguro no va por ahí con
una escolta de ex gladiadores ni mirando hacia atrás cada cuatro pasos. Quien
se siente
realmente seguro no ofrece una recompensa por información sobre sus
enemigos.
—¡Bobadas! —replicó con desdén Escauro, príncipe del Senado—. Emplear
delatores pagados es de sentido común. Eso aligerará la descomunal tarea de los
tribunales especiales, que tendrán que juzgar a decenas de miles de
transgresores. ¡Cualquier medio que sirva para abreviar y aligerar el proceso
es conveniente! En cuanto a las escoltas armadas, son también de sentido común
para impedir las manifestaciones y prevenir disturbios.
—¡Escuchad, escuchad! ¡Escuchad, escuchad! —se oyó por toda la Cámara
entre aplausos.
Rutilio Rufo se encogió de hombros.
—¡Ya veo que hablo para oídos sordos… lástima que haya tan pocos de
vosotros que sepan leer el movimiento de los labios! Otra cosa más y concluyo.
Si empleamos a delatores, diseminaremos una plaga en nuestra querida patria que
nos agobiará durante décadas. Será una plaga de espías, pequeños chantajistas,
terribles sospechas entre amigos y parientes, pues en toda comunidad hay
siempre alguien que, por dinero, hace lo que sea, ¿no es cierto, Lucio Marcio
Filipo? Desataremos esa brigada repugnante que trabaja furtivamente en los
pasillos de palacio de los reyes extranjeros y que siempre aparece entre las
estructuras en los regímenes basados en el miedo o cuando se aprueba una
legislación represiva. ¡Os ruego que no deis suelta a ese repugnante ejército!
Seamos lo que siempre hemos sido: ¡romanos! Inmunes al miedo y por encima de
esos recursos propios de reyes extranjeros. Eso es todo, Lucio Licinio —añadió,
sentándose.
Nadie aplaudió, aunque se oyeron susurros y ruido de gente rebulléndose,
mientras Mario sonreía.
Y ya estaba, pensó Marco Livio Druso cuando se cerró la sesión. Era
evidente que había triunfado Escauro, príncipe del Senado, y que la que perdía
era Roma. ¿Cómo iban a escuchar aquellos oídos sordos a Rutilio Rufo? Cayo
Mario y Rutilio Rufo habían hablado con mucho sentido común, un sentido común
que casi tiraba de espaldas. ¿Qué expresión había empleado Cayo Mario? Una
cosecha de sangre como nunca se había visto.
La contrariedad era que casi ninguno de ellos sabía lo que eran los
itálicos, salvo por algún negocio o alguna molesta contigüidad. No tienen la
menor idea, pensó Druso entristecido, de que todo itálico es una simiente de
odio y venganza lista para germinar. Y yo tampoco lo habría sabido de no haber
conocido a Quinto Popedio Silo en el campo de batalla.
Su cuñado Marco Porcio Catón Saloniano, que estaba sentado en la grada
superior, no muy lejos, se abrió paso hasta él y le puso la mano en el hombro.
—¿Vuelves a casa conmigo, Marco Livio?
Druso miró hacia arriba, sin levantarse, con la boca ligeramente abierta
y los ojos obnubilados.
—Vete sin mí, Marco Porcio —contestó—; estoy muy cansado y quiero
reflexionar.
Aguardó a que el último de los senadores hubiera cruzado la puerta e
hizo señal a su criado de que recogiera la silla plegable y se fuera a casa sin
esperarle. Luego descendió despacio hasta las losas blancas y negras y salió
cuando ya los esclavos de la Curia Hostilia comenzaban a barrer las gradas;
cuando acabaran la limpieza, cerrarían las puertas por prevención ante la
chusma del Subura y se retirarían a las dependencias de esclavos públicos,
detrás de las tres domi publici de los sacerdotes flamines.
Druso, cabizbajo, cruzó la columnata del pórtico, pensando en cuánto
tardarían Silo y Mutilo en enterarse de los acontecimientos de la jornada,
convencido en lo más profundo de su ser de que la lex Licinia Mucia, con las
enmiendas de Escauro, pasaría el proceso de promulgación y ratificación en el
prescrito plazo mínimo de tres días entre mercados. Diecisiete días después
Roma contaría con una nueva ley en las tablillas y habría muerto toda esperanza
de reconciliación pacífica con los aliados itálicos.
Se tropezó con Cayo Mario sin esperárselo. Y sin querer. Retrocedió unos
pasos y no supo articular una excusa al ver la fiera mirada de Mario,
acompañado de Publio Rutilío Rufo.
—Ven a casa con tu tío y conmigo, Marco Livio, y toma una copa de mi
excelente vino —dijo Mario.
Pese a la sabiduría acumulada en sus sesenta y dos años, Mario no habría
podido prever la reacción de Druso a su amable invitación; el terso y oscuro
rostro del Livio, en el que ya comenzaban a dibujarse las arrugas, se
descompuso y sus ojos se llenaron de lágrimas. Tapándose la cabeza con la toga
para ocultar su debilidad, Druso lloró como si fuera el fin del mundo, mientras
Mario y Rutilio Rufo se le acercaban tratando de consolarle, musitando torpes
frases y dándole palmadas en la espalda. En aquel momento, a Mario se le
ocurrió una idea, y metiendo la mano en el sinus de su toga sacó un pañuelo,
que introdujo en la improvisada capucha de Druso.
Druso tardó un rato en sobreponerse, dejó caer la toga y se volvió hacia
ellos.
—Ayer murió mi esposa —dijo, entre hipidos.
—Lo sabemos, Marco Livio —dijo Mario afectuoso.
—¡Creí que me encontraba bien, pero esto es demasiado! Lamento haber
dado este espectáculo.
—Lo que necesitas es un buen trago de excelente falerno —replicó Mario,
adelantándose a descender la escalinata.
Efectivamente, un buen trago de aquel vino sin par contribuyó
notablememte a que Druso recuperase en parte la normalidad. Mario había mandado
traer otra silla a su despacho y los tres tomaron asiento, con los respectivos
jarros de vino y de agua a mano.
—Bien, lo hemos intentado —dijo Rutilio Rufo con un suspiro.
—Puede que no hubiéramos debido molestarnos —gruñó Mario.
—No estoy de acuerdo, Cayo Mario —replicó Druso—. La sesión se ha
recogido palabra por palabra; vi cómo Quinto Mucio daba instrucciones, y los
escribas estuvieron ocupados mientras hablabas y durante la intervención de
Escauro y Craso Orator. Así que, en el futuro, cuando se dilucide lo que estaba
bien y lo que estaba mal, habrá quien lea lo que dijiste y la posteridad sabrá
que no todos los romanos eran unos locos arrogantes.
—Supongo que eso puede ser un consuelo, aunque habría preferido que
todos hubiesen rechazado las últimas cláusulas de la lex Licinia Mucia —
dijo Rutilio Rufo—. ¡Lo malo es que todos viven entre itálicos y es como
si no los conocieran!
—Es muy cierto —asintió Druso, dejando la copa en la mesa para que Mario
volviera a llenársela—. Habrá guerra —añadió lacónico.
—¡No, guerra, no! —se apresuró a decir Rutilio Rufo.
—Sí, la habrá. A menos que haya alguien capaz de bloquear esa ley y
consiga el sufragio de toda Italia —replicó Druso, dando un sorbo—. Sobre el
cadáver de mi esposa —añadió, con los ojos de nuevo bañados en lágrimas— he
jurado no tener nada que ver con ese falso registro de ciudadanos itálicos,
pero en cuanto me enteré de que se había producido, supe quién lo había
organizado. Han sido los dirigentes de todos los pueblos itálicos, no
exclusivamente mi amigo Silo y su amigo Mutilo. Y ni por un momento he pensado
que hayan imaginado que podían salirse con la suya. No, creo que lo han hecho
como último recurso para que Roma vea lo acuciante que es implantar el sufragio
universal en Italia. ¡Y os digo que la guerra es inevitable!
—No están organizados para emprender una guerra —dijo Mario. —Quizá te
lleves una desagradable sorpresa —contestó Druso—. De
dar crédito a las observaciones que a veces me ha hecho Silo, y creo que
hay que dárselo, hace ya años que vienen hablando de ir a la guerra. Desde
Arausio cuando menos. No tengo pruebas, lo digo únicamente basándome en mi
conocimiento de la clase de hombre que es Quinto Popedio Silo. Y sabiendo la
clase de hombre que es, creo que ya deben estar materialmente preparados para
la guerra. Los niños han crecido, y en cuanto cumplen diecisiete años los ponen
a hacer instrucción militar. Y con toda lógica. ¿Quién va a decirles nada
porque quieran que sus jóvenes estén preparados para el día en que Roma los
reclame? ¿Quién puede desmentirles si dicen que las armas y los pertrechos que
están acumulando son para cuando Roma les exija las legiones de tropas auxiliares?
Mario apoyó los codos en el escritorio y lanzó un gruñido.
—Muy cierto, Marco Livio. Espero que te equivoques, porque una cosa es
luchar contra bárbaros o extranjeros con las legiones romanas, pero si tenemos
que combatir a los itálicos deberemos de enfrentarnos a guerreros
tan entrenados como nosotros. Los itálicos serán un terrible enemigo,
como ya lo fueron otrora. ¡Recordad cómo nos derrotaban los samnitas! Al final
vencimos, pero el Samnio es tan sólo una parte de Italia. Una guerra contra
toda Italia puede ser nuestro final.
—Es lo que yo pienso —dijo Druso.
—Entonces, lo mejor es que comencemos a tratar de formar un grupo que
presione a favor de una integración pacífica de los itálicos en el Estado
romano —dijo Rutilio Rufo, decidido—. Si es eso lo que quieren, debemos
dárselo. Nunca he sido partidario incondicional de la emancipación total en
Italia, pero soy razonable; y si como romano no lo apruebo, como patriota tengo
que hacerlo. Una guerra civil sería nuestra ruina.
—¿Estás completamente seguro de lo que has dicho? —preguntó Mario a
Druso, con voz sombría.
—Totalmente seguro, Cayo Mario.
—Entonces creo que debes salir de viaje lo antes posible para hablar con
Quinto Silo y Cayo Mutilo —dijo Mario, expresando en voz alta su criterio— para
tratar de convencerlos, y a los otros itálicos mediante ellos, de que, a pesar
de la lex Licinia Mucia, no está irrevocablemente cerrada la puerta a la
ciudadanía generalizada. Si se están preparando para la guerra, no podrás
disuadirlos para que interrumpan los preparativos, pero podrás convencerlos de
que una guerra es un último recurso tan horrible, que acepten esperar. Y que
esperen y esperen. Entretanto debemos demostrar en el Senado y la Comitia que
un grupo de los nuestros está decidido a propugnar la emancipación general de
todos los itálicos. Y tarde o temprano, Marco Livio, tendremos que encontrar un
tribuno de la plebe que quiera consagrar su vida a una legislación encaminada a
convertir toda Italia en romana.
—Yo seré ese tribuno de la plebe —dijo Druso con firmeza. —¡Magnífico!
Nadie podrá acusarte de ser un demagogo o de tratar de
ganarte a la tercera y cuarta clases. Estarás muy por encima de la edad
habitual de un tribuno de la plebe y, en consecuencia, te verán como alguien
maduro y responsable. Eres hijo de un censor sumamente conservador, y la
única tendencia liberal que tienes es tu bien sabida simpatía por la
causa itálica —dijo Mario, complacido.
—Pero aún no —dijo con firmeza Rutilio Rufo—. ¡Hay que esperar, Cayo
Mario! Primero hay que formar un grupo influyente y asegurarnos el apoyo de la
comunidad romana… y eso va a llevarnos varios años. No sé si lo has advertido,
pero hoy la multitud del exterior de la Curia Hostilia me demostró lo que
siempre he sospechado: que la oposición a la emancipación de los itálicos no se
da exclusivamente entre las clases dirigentes, sino que es un asunto en el que
se produce unanimidad entre todos los romanos, desde la cúspide social hasta el
capite censii y en el que, si no me equivoco, los ciudadanos con derecho latino
están también de parte de Roma.
—Es el deseo de privilegio que tienen todos —dijo Mario, asintiendo con
la cabeza—: quieren tener más categoría que los itálicos. Yo creo que es muy
posible que ese sentimiento de superioridad esté más arraigado entre las clases
bajas que entre la élite. Tendremos que reclutar a Lucio Decumio.
—¿Lucio Decumio? —inquirió Druso, enarcando las cejas.
—Es un conocido mío de muy baja extracción —contestó Mario sonriente—.
Pero tiene gran ascendiente entre los de su nivel y es un rendido servidor de
mi cuñada Aurelia. Yo procuraría enrolarla a ella para que, a su vez, le capte.
—Dudo mucho que tengas suerte con Aurelia —dijo Druso frunciendo el
entrecejo—. ¿No has visto a su hermano mayor, Lucio Aurelio Cota, en la parte
superior de la grada próxima al pretor? No hacía más que vitorear y aplaudir
con los demás, igual que su tío Marco Aurelio Cota.
—Tranquilízate, Marco Livio, ella no es ni con mucho tan aferrada a la
tradición como sus familiares —dijo Rutilio Rufo—. Esa joven piensa por sí
misma y está unida por matrimonio a una de las ramas más heterodoxas y
radicales de la familia de Julio César. La ganaremos para la causa, pierde
cuidado. Y mediante ella lograremos enrolar a Lucio Decumio.
Se oyó llamar levemente a la puerta y entró Julia ataviada con vaporosas
vestiduras de finísimo lino adquiridas en Cos. Igual que Mario, estaba muy
bronceada y saludable.
—Marco Livio, querido amigo —dijo acercándose a abrazarle por detrás de
la silla e inclinándose a darle un beso en la mejilla—, no quiero amilanarte
con sensiblerías, pero quiero que sepas cuánto lo he sentido y decirte que aquí
siempre serás bien acogido.
Era tan plácida su presencia y tan fuerte la simpatía que irradiaba, que
Druso se sintió profundamente consolado y más bien animado por aquel pésame.
—Te lo agradezco, Julia —dijo, poniéndose en pie para besarle la mano.
Julia se sentó en la silla que le arrimó Rutilio Rufo y aceptó una copa de vino
ligeramente aguado, con pleno convencimiento de que era bien recibida en aquel
grupo de varones, aunque se daba perfecta cuenta de que
la conversación había sido profunda y seria.
—La lex Licinia Mucia, ¿no? —comentó.
—Eso es, mel —contestó Mario, mirándola apasionadamente y más enamorado
que cuando se había casado con ella—. Pero de momento no hemos podido hacer
más. Ya hablaremos luego de ello, creo que te necesitaré.
—Haré lo que esté en mi mano —dijo ella, asiendo a Druso por el brazo y
echándose a reír—. ¡Marco Livio, indirectamente has interrumpido nuestras
vacaciones!
—¿Cómo es posible que haya hecho semejante cosa? —inquirió Druso
sonriente.
—La culpa es mía —dijo Rutilio Rufo, con expresión perversa, conteniendo
la risa.
—Por supuesto —añadió Julia, dirigiéndole una mirada furibunda—. Marco
Livio, tu tío nos escribió a Halicarnaso en enero diciéndonos que su sobrina
acababa de divorciarse por adulterio al dar a luz un niño pelirrojo.
—Y es cierto —contestó Druso, aún más sonriente.
—Sí, pero el problema es que tiene otra sobrina… ¡Aurelia! Aunque puede
que no lo sepas, circulaba cierto rumor en la familia a propósito de su amistad
con cierto pelirrojo que ahora está de primer legado con Tito Didio en la
Hispania Citerior. Así que, al leer el críptico comentario de tu tío, mi esposo
pensó que se refería a Aurelia. Y yo me empeñé en regresar, porque
habría apostado la cabeza a que lo único que unía a Aurelia con Lucio
Cornelio Sila era una buena amistad. ¡Y cuando llegamos aquí me enteré de que
nos habíamos estado preocupando por la sobrina que no era! Publio Rutilio nos
la jugó bien —añadió, riendo otra vez.
—Os echaba de menos —dijo Rutilio Rufo.
—Las familias son a veces una pesadez —dijo Druso—. Pero tengo que
admitir que Marco Porcio Catón Saloniano es un hombre mucho más agradable que
Quinto Servilio Cepio. Y Livia Drusa es feliz.
—Entonces todo va bien —dijo Julia.
—Sí, todo va bien —corroboró Druso.
Quinto Popedio Silo estuvo viajando de un lugar a otro durante los días
que transcurrieron entre la primera sesión sobre la lex Licinia Mucia y su
aprobación prácticamente por unanimidad del voto de las tribus en la Asamblea
del Pueblo. Así, fue por boca de Cayo Papio Mutilo que Silo lo supo al llegar a
Bovianum.
—Entonces, es la guerra —dijo muy serio a Mutilo.
—Me temo que sí, Quinto Popedio.
—Hay que convocar un consejo de dirigentes nacionales.
—Ya está en marcha.
—¿Dónde?
—Donde a los romanos nunca se les ocurrirá pensar —contestó Papio
Mutilo—. En Grumentum, dentro de diez días.
—¡Estupendo! —exclamó Silo—. La Lucania interna es un lugar del que no
se les ocurrirá sospechar; allí no hay terratenientes romanos ni latifundia a
menos de un día a caballo desde Grumentum.
—Y lo que es más importante, tampoco residentes romanos.
—¿Y cómo nos guardaremos de algún viajero romano que pudiera aparecer?
—inquirió Silo, arrugando el entrecejo.
—Marco Lamponio lo tiene todo previsto —dijo Mutilo, con una leve
sonrisa—. Lucania es una región de bandoleros y cualquier viaJero romano
que se aventure caerá en sus manos. Una vez concluido el consejo, Marco
Lamponio se cubrirá de gloria liberándolos sin rescate.
—¡Muy acertado! ¿Cuándo piensas emprender viaje?
—Dentro de cuatro días —contestó Mutilo, agarrándole del brazo y
sacándole a pasear por el jardín con columnata de su elegante casa. Al igual
que Silo, Mutilo era un hombre de buena posición, cultivado y con buen gusto—.
Quinto Popedio, dime qué tal te ha ido en ese viaje por la Galia itálica.
—He visto que las cosas están por el estilo a como me las expuso Quinto
Servilio Cepio hace dos años y medio —contestó Silo con satisfacción—. Hay una
serie de bonitos asentamientos diseminados por el curso del río Medoacus
después de Patavium y en el Sontius y el Natiso a partir de Aquileia. Envían el
mineral de hierro por tierra desde la región de Noricum próxima a Norcia,
aunque en su mayor parte el transporte se hace por barco, por un brazo
navegable del Dravus, para cruzar luego la cuenca hasta el Sontius y el
Tiliaventus, desde donde sigue también por barco hasta su destino final. Los
asentamientos situados en los cursos más altos de los ríos se dedican a
elaborar carbón, que envían por barco hasta los centros productores de hierro.
Me hice pasar por praefectus fabrum romano en mi viaje por la región y pagué en
metálico, por lo que nadie me negó su colaboración. Pagué bien para asegurarme
de que trabajan con denuedo para servir el pedido, y como resultó que yo era el
primer cliente serio que tenían, están muy satisfechos de hacerme armas y
corazas en exclusiva.
—¿Estás seguro de que ha sido prudente fingirte praefectus fabrum
romano? —inquirió Mutilo con gesto de preocupación—, ¿Y si les llega un
auténtico praefectus fabrum? Se darán cuenta de que has sido un falsario e
informarán a Roma.
—Pierde cuidado, Cayo Papio, he cubierto mis pistas concienzudamente
—replicó Silo impasible—. Ten en cuenta que gracias a mí, esos nuevos
asentamientos no necesitan buscar negocio. Los pedidos romanos van a
localidades ya establecidas, como Pisae y Populonia, mientras que, enviados
desde Patavium y Aquileia, nuestras armas viajarán por el Adriático hasta
puertos itálicos que no utilizan los romanos. Ningún romano
podrá husmear esos cargamentos, y menos imaginar que la Galia itálica
del este se dedica al comercio de armas. La actividad romana se efectúa en el
oeste, en el mar toscano.
—¿Y en la Galia itálica hay más capacidad de producción?
—¡Por supuesto! Cuanta más actividad haya, más herreros se irán
estableciendo. Hay que decir en favor de Quinto Servilio Cepio que ha
organizado un buen negocio.
—¿Y qué me dices de Cepio? ¡El no es amigo de los itálicos!
—Pero es cauteloso —replicó Silo sonriente—, y no forma parte de sus
planes hablar en Roma de sus negocios, él simplemente intenta esconder el oro
de Tolosa en diversos lugares remotos. Y trabaja bien a cubierto del escrutinio
senatorial, lo que significa que no va a estar constantemente encima de todo,
con excepción de los libros de contabilidad de vez en cuando, ni va a visitar
los asentamientos con frecuencia. Me sorprendió al demostrar semejante talento;
su sangre es de mucha mejor calidad que su cerebro en cualquier otra
circunstancia. ¡No, no hay que preocuparse por Quinto Servilio Cepio! Mientras
los sestercios sigan tintineando en sus bolsas, se mantendrá tranquilo y feliz.
—Entonces, lo que tenemos que hacer ahora es encontrar más dinero — dijo
Mutilo, rechinando los dientes—. ¡Por todos los dioses tradicionales itálicos,
Quinto Popedio, yo y mi pueblo veríamos con gran satisfacción el final de Roma
y los romanos!
Pero al día siguiente Mutilo tendría que sufrir la presencia de un
romano, pues a Bovianum llegó el propio Marco Livio Druso, siguiendo los pasos
de Silo y cargado de noticias.
—El Senado ha comenzado ya a echar suertes para formar equipos de jueces
para esos tribunales extraordinarios —dijo Druso, inquieto por hallarse en una
región como Bovianum, que, por tradición, era un foco de insurrección, y
temiendo que alguien le hubiese visto llegar.
—¿Van de verdad a aplicar la lex Licinia Mucia en toda su amplitud? —
inquirió Silo, sin acabar de creérselo.
—Así es —contestó Druso, taciturno—. He venido a decirte que tienes unos
seis intervalos de mercado para hacer lo que puedas para prevenir el
golpe. Este verano estarán ya en marcha los quaecstiones, y toda
localidad en que se establezca un quaestio la llenarán de bandos con promesas
de privilegios y recompensas monetarias para quienes faciliten información.
Habrá no pocos infames deseosos de ganarse cuatro, ocho o doce mil sestercios,
y te aseguro que muchos harán una fortuna. Es una desgracia, de acuerdo, pero
la asamblea del Pueblo aprobó esa maldita ley casi por unanimidad.
—¿Dónde estará situado el tribunal más cercano a mi casa? —inquirió muy
serio Mutilo.
—En Aesernia. En cualquier caso habrá un tribunal regional en una
colonia romana o con derechos latinos.
—No se atreverían a situarlo en ningún otro sitio.
Se hizo un silencio durante el cual ni Mutilo ni Silo dijeron nada de la
guerra, lo cual alarmó a Druso más que si lo hubieran expresado abiertamente.
Sabía que en varias ocasiones los había sorprendido hablando de conjuras, pero
había sido por azar y él era un romano demasiado leal para participar en
conjuras y demasiado buen amigo de Silo para entrometerse en ellas. Por eso no
dijo nada y decidió hacer lo que debía sin menoscabo de su patriotismo.
—¿Qué sugieres que hagamos? —inquirió Mutilo.
—Ya os digo, lo que podéis hacer es intentar aminorar el golpe.
Convenced a los que viven en colonias o municipios romanos o latinos para que
abandonen inmediatamente su domicilio si se han inscrito como ciudadanos
romanos sin tener derecho. No querrán abandonarlos, pero vosotros debéis
convencerlos, porque si no se marchan los azotarán, los multarán y los
desahuciarán —contestó Druso.
—¡No pueden hacer eso! —exclamó Silo apretando los puños—. Marco Livio,
hay muchos de esos llamados espúreos y Roma debe ser consciente de la cantidad
de enemigos que se creará si aplica severamente la ley. Una cosa es azotar aquí
y allá a un par de itálicos y otra hacerlo masivamente en aldeas y pueblos.
¡Están locos! ¡Te juro que la gente no se someterá!
Druso se llevó las manos a los oídos y meneó la cabeza.
—¡No, Quinto Popedio, no me lo digas! ¡Te ruego que no me digas una
palabra que pueda imputárseme como traición! ¡Aún soy romano! Créeme que
únicamente he venido por ayudaros en la medida de lo posible, pero no me
impliquéis en nada que yo sinceramente creo que va a ser inútil, os lo ruego.
Haced que salgan de sus hogares esos falsos ciudadanos porque si no los
descubrirán. Y hacedlo ahora que aún pueden salvar algo de lo que han ganado
viviendo entre romanos o latinos. No importa que todos vean que se marchan con
tal de que se dirijan lo más lejos posible para que no los detengan. La milícia
armada será escasa y estará más que ocupada protegiendo a los jueces para
dedicarse a perseguir culpables. Una de las cosas en que podéis confiar es en
la tradicional reticencia del Senado a gastar dinero, que en las actuales
circunstancias os es favorable. ¡Que los vuestros huyan! Y aseguraos de que se
pagan todos los tributos itálicos, no permitáis que nadie deje de pagarlos
porque no se otorgue la ciudadanía romana.
—Así lo haremos —aseguró Mutilo, quien, como samnita, conocía las
terribles venganzas romanas—. Traeremos a nuestras gentes a nuestro país y los
ayudaremos.
—Bien —dijo Druso—. Con eso se reducirá el número de represaliados. No
puedo quedarme aquí —añadió nervioso moviendo las manos—, tengo que irme antes
de mediodía para estar antes del anochecer en Casinum, que es un lugar más
adecuado que Bovianum para un Livio Druso. En Casinum tengo una casa.
—¡Pues, ve, ve! —añadió Silo, nervioso—. Por nada del mundo quisiera que
te acusaran de traición, Marco Livio. Has demostrado ser un buen amigo y te
estamos agradecidos.
—Me iré sin tardanza —contestó Druso, esforzándose por sonreír—, pero
primero quisiera que me dieseis palabra de que no recurriréis a la guerra
mientras quede otra alternativa. No he perdido la esperanza de una solución
pacífica y ahora cuento con algunos poderosos aliados en el Senado. Cayo Mario
ha vuelto del extranjero y mi tío Publio Rutilio Rufo también trabaja por
vuestra causa. Yo os juro que dentro de pocos años me presentaré al cargo de
tribuno de la plebe y a través de la Asamblea plebeya
obtendré la emancipación general de todos los itálicos. Pero ahora es
imposible; primero tenemos que hacer que prospere la idea en Roma y entre los
de nuestra clase. Sobre todo entre los caballeros. Puede que la lex Licinia
Mucia os sea en definitiva más favorable que adversa. Nosotros pensamos que
cuando se comprueben sus efectos, muchos romanos simpatizarán con los itálicos.
Lamento que vaya a crear héroes de vuestra causa del modo más arduo y penoso,
pero héroes serán y, finalmente, los romanos lamentarán el quebranto que os
hacen. Os lo juro.
Silo le acompañó hasta el caballo, un animal de refresco de los establos
de Mutilo, y vio que iba sin escolta.
—¡Marco Livio, es peligroso cabalgar en solitario! —le advirtió Silo.
—Más peligroso sería que viajara con alguien, aunque fuese un esclavo,
porque la gente habla y no puedo permitirme el lujo de darle a Cepio
ocasión de acusarme de haber venido a Bovianum para participar en una
conspiración —dijo Druso, aceptando la ayuda que le ofrecía para montar.
—A pesar de que ninguno de los dirigentes nos inscribimos como
ciudadanos, no me aventuro a ir a Roma —dijo Silo, levantando la vista hacia su
amigo, en cuya cabeza el sol formaba un halo.
—Por supuesto que no —contestó Druso con una mueca—. Para empezar, tengo
un delator en mi casa.
—¡Por Júpiter! ¡Espero que le crucifiques!
—Desgraciadamente, Quinto Popedio, no tengo más remedio que aguantarme
porque se trata de mi sobrina Servilia, de nueve años, hija de Cepio, y que ha
salido al padre. —Pese a que su rostro estaba a contraluz, se vio claramente
cómo enrojecía—. Descubrimos que entró en tu habitación durante la última
visita y por ello Cepio pudo dar el nombre de Cayo Papio como uno de los
instigadores de la inscripción masiva, figúrate. Explícaselo para que él
aprecie también cómo nos divide esta prueba a todos los que vivimos en Italia.
Los tiempos han cambiado, y ya no se trata en verdad de Samnium contra Roma. A
lo que debemos aspirar es a una unión pacífica de todos los pueblos de la
península. Si no, no progresará Roma ni las naciones itálicas.
—¿Y no puedes enviar a esa mocosa con su padre? —inquirió Silo.
—Él no la quiere ni ver, aunque haya traicionado a mis huéspedes —
contestó Druso—. La tengo encerrada y vigilada, pero siempre cabe la
posibilidad de que se escape y vaya a contarle algo. Así que no vengas a Roma
ni te acerques a mi casa. Si necesitas verme urgentemente, envíame un mensajero
y nos veremos en cualquier sitio fuera de la ciudad.
—De acuerdo —respondió Silo, con la mano alzada para palmear al caballo
en la grupa—. Mis mejores recuerdos a Livia Drusa, Marco porcio y,
naturalmente, a Servilia Cepionis.
El dolor inundó el rostro de Druso justo en el momento en que Silo
palmeteaba al caballo y éste echaba a andar.
—¡Hace tiempo que murió! —gritó por encima del hombro—. ¡No sabes cómo
la echo de menos!
Los quaestiones previstos por la lex Licinia Mucia fueron
estableciéndose en Roma, Spoletium, Cosa, Firmum Picenum, Aesernia, Alba
Fucentia, Capua, Rhegium, Luceria, Paestum y Brundisium, con la provisión de
que en cuanto todas aquellas regiones hubiesen sido revisadas, los respectivos
tribunales se trasladaran a otra localidad.
Sólo el Lacio quedó sin tribunal; dado que las tierras de los marsos se
consideraban tierras importantes, aquella región fue adscrita a la de Alba
Fucentia.
Pero, en términos generales, los dirigentes itálicos que se habían
reunido en Grumentum siete días después de la visita de Druso a Silo y Mutilo
en Bovianum consiguieron hacer huir a los falsos ciudadanos de todas las
colonias y ciudades romanas y latinas. Hubo, desde luego, quienes se
resistieron a creer que sufrirían represalias, así como otros que quizá
pensaron que tenían demasiada influencia y no necesitaban huir. Sobre éstos
cayó toda la furia de los quaestiones.
Cada tribunal, aparte del presidente de rango consular y los dos
senadores jueces, disponía de un equipo de administrativos, doce lictores (al
presidente se le había conferido imperium proconsular) y una escolta armada a
caballo compuesta de cien milicianos escogidos entre los
veteranos licenciados de la caballería y antiguos gladiadores capaces de
montar y poner un caballo al galope.
Los jueces habían sido elegidos a suertes. El azar no recayó ni en Cayo
Mario ni en Publio Rutilio Rufo; lo que no era de sorprender ya que sus canicas
de madera no debieron introducirse en los jarros sellados y llenos de agua. Por
consiguiente, cuando se les hizo girar como peonzas, ¿cómo iban a salir las
bolas por el pitorro?
A Quinto Lutacio Catulo César le tocó en suerte Aesernia, a Cneo Domicio
Ahenobarbo, pontífice máximo, Alba Fucentia; ninguna localidad para Escauro,
príncipe del Senado, pero Cneo Cornelio Escipión Nasica obtuvo Brundisium, una
ciudad que no le gustaba lo más mínimo. Metelo Pío el Meneítos y Quinto
Servilio Cepio eran de los jueces más jóvenes, igual que el cuñado de Druso,
Marco Porcio Catón Saloníano. Al propio Druso tampoco la suerte le deparó
ninguna localidad, lo que le causó profundo placer, ya que se habría visto
obligado a declarar al Senado que su conciencia le impedía acatar tal cometido.
—Han metido la pata —le comentó Mario—, porque si hubiesen tenido el
sentido común que se les supone congénito se habrían asegurado de que te tocaba
algún tribunal y te habrían obligado a declarar en público lo que sientes,
¡poniéndote en un buen compromiso en las actuales circunstancias!
—Pues me alegro de que no tengan ese buen sentido que se les supone por
nacimiento —dijo Druso con un suspiro de alivio.
A Marco Antonio Orator el Censor le tocó en suerte la presidencia del
quaestio de la ciudad de Roma, cosa que le encantó, ya que sabía que los
infractores serían más difíciles de descubrir que en las zonas rurales y a él
le gustaban las complicaciones. Así, además, podía confiar en ganar millones de
sestercios en multas, gracias a los delatores, que ya comenzaban a moverse por
todas partes con largas listas de nombres.
La caza varió notablemente de un lugar a otro. A Catulo César, Aesernia
no le gustó en absoluto: era una ciudad situada en el centro del Samnio en la
que Mutilo había logrado convencer a casi todos los culpables para que huyeran,
los ciudadanos romanos y residentes latinos no tenían información que ofrecer y
a los samnitas era imposible inducirlos a traicionar a los suyos
por mucho dinero que se les ofreciera. De todos modos, los pocos que no
huyeron fueron juzgados sumariamente para dar ejemplo (al menos con arreglo a
las ideas de Catulo César), y el presidente dio en su escolta con un individuo
particularmente brutal que efectuaba las flagelaciones. No obstante, las
sesiones eran aburridas, pues el protocolo estipulaba que se leyeran los
nombres de los nuevos ciudadanos inscritos en el censo y se tardaba en
verificar que cada uno de esos nombres correspondía a alguien que ya no vivía
en Aesernia. Cada tres o cuatro días aparecía alguno de los que no habían
huido, y eran esas ocasiones las que Catulo César ansiaba. Como no carecía de
valor, hacía caso omiso de las numerosas ofensas, los silbidos y abucheos con
que le recibían por doquier y los pequeños sabotajes de que eran objeto él y
sus dos jueces, los escribas y los lictores y hasta los milicianos de su
escolta. Las cinchas de las sillas de montar saltaban de repente Y los jinetes
caían al suelo, el agua solía estar misteriosamente sucia, en las habitaciones
campaban todos los bichos y arañas de Italia, salían serpientes de arcas,
aparadores y sábanas, tropezaban por doquier con muñecos togados ensangrentados
y emplumados, así como pollos y gatos muertos; y los casos de envenenamiento
alimentario se hicieron tan frecuentes, que el presidente del tribunal se vio
obligado a forzar a los esclavos a probar la comida horas antes de servirla y a
poner vigilancia constante a las vituallas.
Curiosamente, Cneo Domicio Ahenobarbo, pontífice máximo, en Alba
Fucentia resultó un presidente alentador. Allí, igual que en Aesernia, la
mayoría de los culpables habían huido y el tribunal tardó seis días de sesiones
en dar con su primera víctima. Nadie le delató, pero el hombre era bastante
acomodado para poder pagar la multa y mantuvo la cabeza bien alta mientras
Ahenobarbo ordenaba la inmediata confiscación de sus propiedades en Alba
Fucentia. Como el miliciano encargado de aplicar los azotes disfrutara con su
tarea, el presidente del tribunal, pálido, ordenó que cesara la flagelación al
ver que la sangre salpicaba a los que estaban a diez pasos de la víctima.
Cuando apareció otro culpable, fue otro quien le flageló, pero con tanta
delicadeza que el castigado casi no sufrió laceraciones. Por otra parte,
Ahenobarbo, pontífice máximo, descubrió su
insospechada repulsa por los delatores, que no fueron muchos, aunque los
hubo particularmente repugnantes, quizá por lógica. No podía hacer nada para
negarles la recompensa, pero optó por someterlos a tan extenso y desagradable
interrogatorio respecto a su propia ciudadanía, que los chivatos dejaron de
comparecer. En cierta ocasión en que un falso ciudadano denunciado resultó
tener tres hijos deformes y retrasados mentales, Ahenobarbo pagó a escondidas
la multa por su cuenta y se negó impertérrito a expulsarle de la ciudad en
donde sus desgraciados hijos tenían mejor vida que la que habrían llevado en el
campo.
Así, mientras que en el Samnio se escupía con desprecio a la sola
mención del nombre de Catulo César, en Alba Fucentia, Ahenobarbo, pontífice
máximo, se granjeó bastantes simpatías y los marsos recibieron mejor trato que
los samnitas. En cuanto a los otros tribunales, hubo presidentes crueles,
presidentes aceptables y presidentes que emularon a Ahenobarbo. Pero el odio
crecía y las víctimas de la ley fueron tan numerosas que se creó un aglutinante
entre los itálicos para sacudirse el yugo de Roma aun a costa de perder la
vida. Ninguno de los tribunales tuvo valor para enviar a la milicia a las zonas
rurales a buscar a los que habían escapado de las ciudades.
El único juez que tuvo problemas legales fue Quinto Servilio Cepio, a
quien se le había asignado el tribunal de Brundisium. Aquel sofocante y
polvoriento puerto de mar desagradó tanto a Cneo Escipión Nasica al llegar, que
una enfermedad sin importancia (que, para deleite de la población, después se
supo que eran hemorroides) le obligó a volver apresuradamente a Roma para el
tratamiento. Dejó el quaestio en manos de Cepio como presidente y de ayudante
nada menos que a Metelo Pío el Meneítos. Como en casi todas las localidades,
los culpables habían huido antes de que se estableciera el tribunal. No
abundaban los delatores. Se leyó la lista de nombres y no aparecían los
nombrados, en tanto los días se sucedían infructuosamente; hasta que un delator
presentó lo que parecían pruebas irrefutables contra uno de los ciudadanos
romanos más respetados de Brundisium. Este hombre no formaba parte de los que
habían acudido a la inscripción masiva, pero el delator afirmó que la
usurpación ilegal de la
ciudadanía databa, en su caso, de veinte años atrás. Tan minucioso como
un perro que desentierra comida putrefacta, Cepio quiso dar ejemplo y llegó al
extremo de someterle a interrogatorio bajo tortura. Metelo Pío tuvo miedo y
protestó, pero Cepio no quiso escucharle, tan convencido estaba de la
culpabilidad de aquel ostensible pilar de la comunidad. Pero después se
adujeron pruebas que no dejaban lugar a dudas de que el hombre era lo que
afirmaba ser: un ciudadano romano acomodado. Hecho lo cual, fue él quien
denunció a Cepio, quien inmediatamente se puso en camino hacia Roma y logró con
un inspirado discurso de Craso Orator su absolución; pero bajo ningún concepto
pudo regresar a Brundisium, y fue Cneo Escipión Nasica quien, entre maldiciones
para los Servilios Cepiones, se vio obligado a ocupar su lugar. Para Craso
Orator, obligado a asumir la defensa de una persona a la que detestaba, el
hecho de haber ganado el pleito fue un magro consuelo.
—Hay veces, Quinto Mucio —comentó a su primo y buen colega Escévola— en
que desearía que hubiesen elegido cónsules a otros.
Por aquellos días, Publio Rutilio Rufo escribía a Lucio Cornelio Sila en
la Hispania Citerior, en contestación a una misiva que le había llegado del
primer legado, sediento de noticias, en la que le pedía un diario de los
acontecimientos de Roma. Petición que Rutilio Rufo se aprestó a cumplir de
buena gana.
Te juro, Lucio Cornelio, que no tengo ningún amigo en el extranjero a
quien molestar con una sola línea. Es un placer poder escribirte y prometo
mantenerte bien informado de lo que suceda.
Para empezar, te contaré lo de los quaestiones extraordinarios de la más
famosa ley promulgada en muchos años, la lex Licinia Mucia. Resultó tan
peligrosa e impopular para quienes los formaban hacia finales de verano, que no
había nadie vinculado a ellos que no anhelase una excusa para detener las
averiguaciones. De pronto, afortunadamente, se encontró milagrosamente un
pretexto. Los salassi, los brenos y los rhaeti comenzaron
a hacer incursiones en la Galia itálica en la otra orilla del río Padus,
causando algún estrago entre el lago Benacus y el valle de los salassi, es
decir, la zona central y occidental de la Galia itálica, a la otra orilla del
Padus. El Senado declaró inmediatamente el estado de emergencia, derogando el
enjuiciamiento de los falsos ciudadanos, y todos los jueces especiales
regresaron a Roma, profundamente agradecidos por el respiro. Y, quizá en
represalia, votó enviar nada menos que al pobre Craso Orator a la Galia itálica
con un ejército para aplastar la sublevación de las tribus o cuando menos
expulsarlas de las zonas civilizadas. Lo que Craso Orator hizo con suma
eficacia durante una campaña que ha durado menos de dos meses.
Craso Orator llegó hace pocos días a Roma y dejó su ejército en el Campo
de Marte, porque dice que sus tropas le habían aclamado como imperator en el
campo de batalla y quería celebrar un triunfo. Su primo Quinto Mucio Escévola,
que se había quedado en Roma gobernando, recibió la petición del general
acampado e inmediatamente convocó una reunión del Senado en el templo de
Bellona, ¡Pero no se discutió el triunfo solicitado!
«¡Tonterías! —dijo tajante Escévola—. ¡Tonterías absurdas! ¿Un triunfo
por una campaña meona contra unos miles de salvajes desorganizados? ¡No se hará
mientras yo ocupe la silla curul de cónsul! Si concedimos un solo triunfo
compartido a dos generales del calibre de Cayo Mario y Quinto Lutacio Catulo
César, ¿vamos ahora a hacer lo contrario otorgando un triunfo completo a quien
no ha conducido una guerra y menos aún ganado una batalla? ¡No! ¡Nada de
triunfo! Jefie de lictores, id a decir a Lucio Licinio que conduzca sus tropas
a los cuarteles de Capua y que cruce el pomerium con su gruesa humanidad y haga
algo útil para variar!»
¡Huy, huy, huy! Yo diría que Escévola se había caído de la cama o que su
esposa le había echado de ella, que viene a ser lo mismo. En fin, Craso Orator
licenció a sus tropas y cruzó con su gorda figura el pomerium, pero no para ser
útil por una vez. Lo único que le movía era el deseo de hablar
largo y tendido con su primo Escévola. Pero le echaron con cajas
destempladas.
«¡Bobadas!», dijo Escévola inflexible. ¿Sabes, Lucio Cornelio, que hay
veces que Escévola me recuerda notablemente al príncipe del Senado Escauro de
joven? «Por mucho afecto que te tenga, Lucio Licinio, no pienso aprobar tu
casi-triunfo», le replicó Escévola.
El resultado de esta alharaca es que los primos no se dirigen la
palabra, lo que hace bastante difícil actualmente la vida en el Senado, dado
que los dos comparten el consulado. De todos modos, yo he conocido cónsules que
se llevaban mucho peor el uno con el otro. Todo lo arreglará el tiempo.
Personalmente, considero que es una lástima que no hubieran dejado de hablarse
antes de idear la lex Licinia Mucia.
Y después de contarte estas tonterías, ya no tengo más noticias de Roma.
El Foro está muy poco animado estos días.
No obstante, creo que debes saber que en Roma se han sabido grandes
cosas de ti. Tito Didio —siempre supe que era un hombre honorable— te menciona
en elogiosos términos cada vez que envía un despacho al Senado.
Por consiguiente, yo te sugeriría muy seriamente que consideres el
regreso a la ciudad hacia fines del año próximo, a tiempo para presentarte a
las elecciones de pretor. Puesto que hace años que murió Metelo Numídico el
Meneitos, y que Catulo César, Escipión Nasica y Escauro, príncipe del Senado,
están muy ocupados tratando de dar vida a la lex Licinia Mucia a pesar de todos
los inconvenientes que ha generado, nadie se interesa mucho por Cayo Mario, ni
por las personas y circunstancias vinculadas a él en el pasado. Los electores
están predispuestos a votar a hombres competentes, y en este momento parece
haber escasez de ellos. Lucio Julio César no ha tenido dificultades para que le
eligieran praetor urbanus este año, y el hermanastro de Aurelia, Lucio Cota, es
praetor peregrinus. Creo que tu consideración pública es mucho mayor que la de
ellos, de verdad. Y no creo que Tito Didio te niegue el permiso, pues le has
servido mucho más de lo que un primer legado sirve a su comandante; el otoño
que viene hará cuatro años, una buena tarea.
En fin, piénsalo, Lucio Cornelio. He hablado con Cayo Mario y le
entusiasma la idea, al igual que —¡lo creas o no!— a nada menos que Marco
Emilio Escauro, príncipe del Senado. El nacimiento de un niño que es su vivo
retrato ha hecho cambiar bastante al viejo. Aunque no sé por qué llamo viejo a
un hombre de mi edad.
Sentado en su despacho de Tarraco, Sila absorbió despacio la jovial
carta. La noticia de que Cecilia Metela Dalmática hubiese dado un hijo a
Escauro fue la que primero ocupó su mente, con la total exclusión de las otras
noticias y opiniones más importantes de Rutilio Rufo, hasta que sonrió
amargamente y desechó el recuerdo de la joven. Luego reflexionó sobre la
candidatura a praetor y se dijo que Rutilio Rufo tenía razón. El año próximo
sería el momento adecuado, no encontraría otro mejor. Estaba seguro de que Tito
Didio no le negaría la licencia, y, además, le facilitaría cartas de
recomendación que le ayudarían mucho. No, no había ganado en Hispania una
corona de laurel; había sido para Quinto Sertorio. Pero a él tampoco le había
ido tan mal.
¿Sería un sueño? Una flechita disparada por la Fortuna por medio de la
pobre Julilla, que había trenzado una corona de laurel sin saber el significado
militar. ¿O lo habría intuido claramente Julilla? ¿Le quedaría aún por ganar su
corona de laurel? ¿En qué guerra? En aquel momento no sucedía nada de gran
importancia ni había ninguna amenaza en perspectiva. Sí, aún había disturbios
en las dos provincias de Hispania, pero sus obligaciones no eran las adecuadas
para procurarle la obtención de una corona graminea. Él era el inapreciable
jefe de logística, provisiones, armas y estrategia de Tito Didio, pero no le
encomendaba el mando de tropas. Cuando fuera pretor tendría una oportunidad; y
soñó con relevar a Tito Didio en la Hispania Citerior. ¡Un buen cargo fructífero
de gobernador era lo que necesitaba!
Necesitaba dinero. De eso se daba perfecta cuenta. Con cuarenta y cinco
años, se le pasaba el tiempo volando, y pronto sería tarde para aspirar al
consulado, por mucho que la gente citara a Cayo Mario como ejemplo. Cayo Mario
era un caso especial que no tenía parangón, ni siquiera en
Lucio Cornelio Sila. Para Sila, el dinero era el precursor del poder, y
eso había sido así incluso en el caso de Cayo Mario; porque de no haber tenido
la fortuna que había acumulado mientras fue gobernador pretoriano de la
Hispania Ulterior, el abuelo de César nunca le habría echado el ojo para marido
de Julia, y si no se hubiera casado con Julia, dificilmente habría obtenido el
consulado, pese a lo difícil que había sido. Dinero. ¡Tenía que conseguir
dinero! Así que iría a Roma para presentarse a las elecciones de pretor y
volvería a Hispania a ganar dinero.
En agosto del año siguiente, tras un prolongado silencio, volvió a
escribir Rutilio Rufo.
He estado enfermo, Lucio Cornelio, pero ya me he recuperado del todo.
Los médicos calificaron la enfermedad con los más abstrusos conceptos, pero mi
personal diagnóstico es que se trataba de aburrimiento. En cualquier caso, se
me han ido el aburrimiento y la enfermedad porque las cosas en Roma están más
prometedoras.
Primero, ya comienza a hablarse de tu candidatura a pretor. Las
reacciones entre los electores son excelentes, supongo que te alegrará saberlo.
Escauro sigue apoyándote, una manera indirecta de decir que no te considera
culpable de esa vieja historia con su mujer, imagino yo. ¡Viejo engreido!
Habría debido tener suficiente entereza para haberlo admitido entonces en lugar
de obligarte a lo que yo siempre he considerado un exilio. Pero al menos
Hispania te ha venido bien. Si Cayo Mario hubiese conseguido del Meneítos el
apoyo que a ti te da Tito Didio, le habría sido más fácil.
Ahora, las noticias internacionales. El viejo Nicomedes de Bitinia murió
por fin, creo que con casi noventa y tres años. El hijo de su fallecida esposa,
que tiene nada menos que sesenta y cinco, le ha sucedido en el trono. Pero hay
un hijo más joven —de cincuenta y siete— llamado Sócrates (el otro se llama
Nicomedes, y reinará con la cifra III) ha presentado demanda ante el Senado de
Roma para que depongan a Nicomedes tercero y ocupar él el trono. El Senado está
deliberando con extrema pesadez, por considerar poco importantes los asuntos
extranjeros.
También ha habido algo de revuelo en Capadocia, donde la población ha
depuesto al rey niño para entronizar a uno al que llaman Ariarates VIII. Pero
el octavo Ariarates murió hace poco en circunstancias sospechosas, según nos
han dicho. El rey niño y su regente Gordius han vuelto a hacerse dueños de la
situación, ayudados por un ejército de Mítrídates, rey del Ponto.
Cuando Cayo Mario regresó de esa parte del mundo, pronunció un discurso
en la Cámara, advirtiéndonos de que el rey Mitrídates del Ponto es un joven
peligroso, pero los que se molestaron en asistir a esa reunión concreta no
hicieron más que cabecear mientras hablaba; luego, Escauro, príncipe del
Senado, se levantó y dijo que opinaba que Cayo Mario exageraba. Por lo visto el
joven rey del Ponto ha estado cortejando a Escauro con una serie de
correctísimas cartas, escritas en un griego impecable y trufadas de citas de
Homero, Hesiodo, Esquilo, Sófocles y Euripides, y no digamos Menandro y
Píndaro. Y Escauro ha llegado a la conclusión de que constituye un buen cambio
respecto al sátrapa oriental, más predispuesto a leer a los clásicos que a
introducir una lanza por el orificio trasero de su abuela. Cayo Mario, por el
contrario, sostiene que ese Mitrídates sexto —llamado, figúrate, Eupator!— hizo
que su madre pereciese de hambre, mató a su hermano, que era rey bajo la
regencia de la madre, asesinó a varios tíos y primos y para adornarlo envenenó
a su hermana, ¡que a la vez era su esposa! Ya puedes imaginarte que es un
individuo de lo más afable, ¡muy en la línea de los clásicos!
Políticamente, Roma está saturada de gandules complacientes, y te juro
que no sucede nada. En lo que respecta a los tribunales, ha habido cosas más
interesantes. Por segundo año el Senado envió los tribunales extraordinarios
para investigar la inscripción masiva ¡legal de itálicos y, como sucedió el año
pasado, les resultó imposible localizar a la mayoría de los inscritos. Sin
embargo, ha habido varios triunfos, es decir varios centenares de víctimas a
apuntar al débito de Roma. Lucio Cornelio, de verdad que un escalofrío te
recorre la espina dorsal si en una localidad itálica notas que tienes detrás de
ti una docena de forzudos. Nunca había visto esas miradas, tanta Jálta de
colaboración, pasividad diría yo, por
parte de los itálicos. Probablemente se habrían necesitado años para que
nos aceptasen, pero desde que se establecieron estos tribunales e iniciaron su
repugnante tarea de flagelación y confiscación, lo que nos tienen es odio. Un
factor positivo es que el Tesoro comienza a llorar porque el monto de multas
impuestas no llega para cubrir los gastos de las altas dietas de los senadores.
Cayo Mario y yo intentamos presentar una moción en la Cámara hacia finales de
año para que se deroguen los quaestiones de la lex Licinia Mucia por inútiles y
excesivamente costosos para el Estado.
Un brote muy nuevo y muy joven de la casa plebeya de los Sulpicios, un
tal Publio Sulpicio Rufo, tuvo el valor de llevar ante el tribunal de traición
a Cayo Norbano por haber inducido ilegalmente el exilio de Quinto Servilio
Cepio, famoso por el aurum Tolosanum y Arausio. Sulpicio alegó que la acusación
era inadmisible en la Asamblea plebeya y que habría debido llevarse ante el
tribunal de traiciones. Añado que este joven Sulpicio acompaña siempre al
actual Cépio, lo que, por su parte, denota muy mal gusto, Bien, Antonio Orator
actuó de defensor y en mi opinión hizo el mejor discurso de toda su carrera,
con el resultado de que todo el jurado votó unánimemente la absolución y
Norbano dejó con un palmo de narices a Sulpicio y a Cepio. Te adjunto copia del
discurso de Orator para tu deleite. Te encantará.
Respecto al otro Orator, Lucio Licinio Craso, los maridos de sus dos
hijas han producido muy distinta progenie. Escipión Nasica hijo tiene un varón
llamado también Escipión Nasica. La hija, Licinia, se ha criado estupendamente
y ya tiene una hija, pero la Licinia que se casó con Metelo Pío el Meneítos no
ha tenido suerte y la habitación de los niños del Meneítos está vacía porque
Licinia Meneítos es estéril. Mi sobrina Livia Drusa tuvo una niña a finales del
año pasado, una Porcia, naturalmente, y con un pelo como un par de almiares
incendiados. Livia Drusa sigue enloquecida por Catón Saloniano, quien me parece
un individuo bastante agradable. ¡Roma tiene una auténtica reproductora en
Livia Drusa!
Estoy divagando, pero ¿qué más da? Este año nuestros ediles están
curiosamente relacionados. Mi sobrino Marco Livio es uno de los ediles
plebeyos y su colega un anodino Remmio inmensamente rico, mientras que
su cuñado Catón Saloniano es edil curul. Su actuación será espléndida.
Noticias de la familia. La pobre Aurelia sigue viviendo sola en el
Subura, pero espera que Cayo Julio regrese por fin a casa el año que viene, o
al otro como mucho. Su hermano Sexto es pretor este año y pronto le llegará el
turno a Cayo Julio. Desde luego, Cayo Mario cumplirá su promesa y sobornará al
precio que sea en caso necesario. Aurelia y Cayo Julio tienen un hijo
extraordinario; el pequeño César, como le llaman, tiene cinco años y ya sabe
leer y escribir. Pero lo más extraordinario es que lee sin titubear. Le das un
galimatías que hayas acabado de redactar y él te lo lee de corrido. Conozco
pocos adultos capaces de eso, y ahí tienes a ese crío de cinco años déjándonos
lelos. Su fisico es también admirable; pero no está mimado, porque Aurelia le
trata con excesiva dureza, en mi opinión.
No se me ocurre nada más, Lucio Cornelio. Apresúrate a regresar. Hay
algo que me dice que tienes una silla curul esperándote.
Lucio Cornelio Sila se apresuró a regresar tal como se le pedía, la
mitad de su ser eufórico de esperanza Y la otra mitad convencido de que algo
sucedería que frustrara esa esperanza. Aunque anhelaba con todas las fibras de
su corazón visitar a su amante de tantos años, Metrobio, no lo hizo, ni estaba
tampoco en casa cuando la estrella del teatro trágico vino a visitarle como
cliente. Aquél era su año, y si fracasaba, la diosa Fortuna le volvería la
espalda para siempre. Por eso no quería hacer nada para enojarla, pues era una
diosa proclive a la aversión cuando sus protegidos se entregaban a historias
amorosas importantes. Adiós, Metrobio.
Pero sí pasó a visitar a Aurelia después de dedicar unos instantes a sus
hijos, quienes habían crecido tanto que le dieron ganas de llorar. ¡De cuatro
años de sus vidas le había privado una tonta a la que aún añoraba! Cornelía
Sila tenía ya trece años; con aquella belleza frágil de su difunta madre que
empezaba a despuntar, hacía que se volvieran a mirarla, tanto más cuanto que
quedaba acrecentada por una preciosa melena pelirroja ondulada heredada del
padre. Le dijo que ya tenía la menstruación, y era de imaginar, a tenor de
aquellos senos que ya apuntaban bajo la lisa túnica. Al verla, Sila
se sintió viejo, una sensación totalmente nueva y turbadora; pero ella
le dirigió la hechicera sonrisa de Julilla, se echó en sus brazos y sin
necesidad de empinarse mucho le cubrió de besos. El hijo tenía doce años;
físicamente era casi un César, con el cabello rubio, ojos azules, rostro
elongado, nariz larga gruesa; era alto y delgado, pero musculoso.
Sila halló en aquel muchacho el amigo que nunca había tenido; un cariño
tan perfecto, puro, inocente, profundo, que se vio pensando nada más que en
aquello, en lugar de dedicarse a captar electores. El joven Sila — aunque aún
vestía la toga bordada en púrpura de la niñez y lucía, colgado de una cadena al
cuello, el talismán de la bulla para protección del mal de ojo
— acompañaba al padre a todas partes, permaneciendo grave y
discretamente a un lado, escuchando atentamente todo lo que Sila hablaba con
sus amistades. Luego, al volver a casa, se sentaban en el despacho paterno y
departían sobre lo que habían hecho aquel día, de la gente que habían visto, de
cómo estaba el Foro.
Pero Sila no llevó a su hijo al Subura, fue solo, sorprendiéndose cuando
de vez en cuando alguien le saludaba o le daba unas palmaditas en la espalda.
¡Por fin empezaba a ser conocido! Considerando un buen presagio aquellos
saludos, llamó a la puerta de Aurelia con más optimismo del que le había hecho
salir del Palatino. Naturalmente, Eutico, el mayordomo, le abrió en seguida.
Como carecía del sentimiento de la vergüenza, no se sintió inferior mientras
aguardaba en la sala de espera, y cuando la vio salir del despacho se limitó a
tenderle la mano con una sonrisa. Sonrisa a la que ella correspondió.
Qué poco había cambiado. Y cuánto había cambiado. ¿Qué edad tenía ya?
¿Veintinueve? ¿Treinta? Helena de Troya entrega los laureles, pensó. La belleza
personíficada. Los ojos malva eran más grandes y las negras pestañas igual de
espesas; la tez tan tersa y cremosa como siempre, y aquel aire indefinible de
inmensa dignidad y compostura más acentuado.
—¿Se me perdona? —inquirió él, estrechándole la mano. —¡Naturalmente,
Lucio Cornelio! ¿Cómo voy a seguir reprochándote
una debilidad mía?
—¿Lo intento de nuevo? —añadió él, impenitente.
—No, gracias —respondió ella, sentándose—. ¿Una copa de vino? —Sí, por
favor —contestó Sila, mirando en derredor—. ¿Sigues sola,
Aurelia?
—Todavía, y totalmente feliz. Te lo aseguro.
—Eres la persona más autosuficiente que conozco. Si no hubiera sido por
aquel breve incidente, pensaría que eres inhumana, ¡o sobrehumana! Por eso me
alegra que sucediera, porque sería imposible mantener amistad con una auténtica
diosa, ¿no crees?
—O con un auténtico demonio, Lucio Cornelio —replicó ella.
—¡Ya lo creo! ¡Me rindo! —dijo Sila riendo.
Llegó el vino y fue servido. Mientras bebía de la copa, observó por
encima del borde su rostro irisado por las pequeñas burbujas de aquel caldo
ligeramente efervescente. Quizá fuese la placidez y el deleite de su nueva
amistad con el hijo lo que confería a sus ojos una nueva dimensión de la
mirada, permitiéndole el acceso a las luminosas ventanas de aquella mente
femenina y profundizar en su interior, para descubrir sucesivas capas de
complejidades, contingencias y problemas, todo ello ordenado con cuidado y con
lógica en diversas categorías.
—¡Oh! —exclamó, parpadeando—. ¡No tienes ninguna fachada ficticia!
¡Eres exactamente lo que aparentas!
—Eso espero —contestó ella sonriendo.
—La mayoría no somos así, Aurelia.
—Tú, desde luego, no.
—¿Qué crees que oculta mi fachada?
Ella meneó la cabeza insistentemente.
—Lucio Cornelio, piense lo que piense, me lo guardaré. Algo me dice que
es más seguro.
—¿Más seguro?
—¿Por qué habré empleado esa palabra? —dijo ella, encogiéndose de
hombros—. Sinceramente, no lo sé. ¿Será una premonición? No, lo más probable es
que venga de antes, porque yo no tengo premoniciones.
—¿Cómo están tus hijos? —inquirió él, por hablar de un tema menos
arriesgado.
—¿Quieres verlo por ti mismo?
—Bien. Puedo decirte que los míos me han causado una gran sorpresa. Y te
confieso que me va a costar ser educado con Marco Emilio Escauro. ¡Cuatro años,
Aurelia! Se han hecho mayores y yo me he perdido todo el proceso.
—A casi todos los hombres de nuestra clase les sucede lo mismo, Lucio
Cornelio —dijo ella con voz plácida—. Es muy posible que hubieras tenido que
estar lejos de Roma aunque no se hubiera producido el incidente de Dalmática.
Disfruta con tus hijos mientras puedas y no te reconcomas con lo que es agua
pasada.
Las finas cejas rubias que oscurecía con tinte se enarcaron por la
sorpresa.
—¡Hay tantas cosas de mi vida que me gustaría cambiar, Aurelia! Ése es
el problema, que lamento muchas cosas.
—Laméntalo si no tienes más remedio, pero no dejes que ensombrezca el
hoy ni el mañana —replicó ella, más práctica que mística—. Si no lo haces,
Lucio Cornelio, el pasado te agobiará constantemente. Como te he dicho ya
muchas veces, aún tienes mucho camino por delante. La carrera apenas ha
empezado.
—¿Lo crees así?
—Totalmente.
Los tres niños entraron en tropel. Todos ellos Césares de la cabeza a
los pies. Julia Maior, llamada Lia, tenía diez años y Julia Minor, llamada
Ju-Ju, casi diez. Las dos eran esbeltas, altas y gráciles; se parecían a la
difunta Julilla, salvo que los ojos eran azules. El pequeño César tenía seis
años. Aunque lo notó inmediatamente, Sila no sabía cómo se las arreglaba para
dar la impresión de ser más guapo que sus hermanas. Una belleza completamente
romana, desde luego. Ahora recordaba que era el niño del que Publio Rutilio le
había dicho que leía con tanta facilidad. Eso era indicio de un grado
extraordinario de inteligencia. Pero al pequeño le podían suceder no pocas
cosas que apagaran aquel fuego de su mente.
—Niños, éste es Lucio Cornelio Sila —dijo Aurelia.
Las niñas musitaron un tímido saludo, pero el pequeño César esbozó una
sonrisa que dejó a Sila sin respiración y turbó su ser como la primera vez que
había visto a Metrobio. Los ojos que le miraban fijamente eran igual que los de
aquél, de un azul claro circundado de un círculo oscuro. Irradiaban
inteligencia. Así es como podría haber sido yo de haber tenido una madre como
la maravillosa Aurelia y no un padre borracho, pensó Sila. Un rostro capaz de
prender fuego a Atenas, y una mente igual.
—César —dijo Sila—, me han dicho que eres muy listo.
La sonrisa se transformó en risa.
—Será porque no habéis hablado con Marco Antonio Cnifo —contestó el
pequeño.
—¿Quién es Cnifo?
—Mi tutor, Lucio Cornelio.
—¿Y no puede tu madre seguir enseñándote dos o tres años más? —Creo que
debí de volverla loca con mis preguntas cuando era pequeño
y por eso me puso un tutor.
—Aún lo eres.
—Más pequeño —replicó el niño sin intimidarse.
—Qué precoz —comentó Sila.
—¡No pronunciéis esa palabra, por favor!
—¿Por qué no, pequeño César? ¿Qué sabes tú, con seis años, de los
matices de las palabras?
—De ésa sé de sobra que casi siempre se aplica a niñas altivas que
hablan como sus abuelas —contestó el pequeño, muy seguro de sí mismo.
—¡Ajá! —dijo Sila, ya más interesado—. Eso no lo has leído en ningún
libro, ¿verdad? Así que tienes ojos con los que alimentas de información tu
mente y estableces deducciones.
—Naturalmente —contestó el pequeño sorprendido.
—Ya está bien. Ahora marchaos —dijo Aurelia.
Los niños salieron y el pequeño César siguió sonriendo a Sila por encima
del hombro hasta que se encontró con la mirada de la madre.
—Si no se quema, será un adorno para su clase o una espina —dijo Sila.
—Esperemos lo primero —comentó Aurelia.
—No lo sé —añadió Sila, riendo.
—Vas a presentarte a pretor —dijo Aurelia por cambiar de tema, pensando
que Sila ya estaría harto de niños.
—Sí.
—Tío Publio dice que obtendrás el cargo.
—¡Pues esperemos que sea más Tiresias que Casandra!
Y fue como Tiresias; cuando se hizo el recuento de votos, Sila no sólo
era pretor, sino que, al ser el más votado, obtuvo el cargo de praetor urbanus.
Aunque en circunstancias normales los cometidos del pretor urbano eran
exclusivamente los tribunales y las peticiones de querellas, se le concedió
poder para actuar in loco consularis (si los dos cónsules estaban ausentes o
incapacitados para gobernar) y defender Roma al frente de sus ejércitos en caso
de ataque, promulgar leyes y dirigir el Tesoro.
La noticia de que iba a ser pretor urbano consternó profundamente a
Sila. El pretor urbano no podía ausentarse de Roma más de diez días seguidos;
así, el cargo le impedía tener un refugio y se veía obligado a permanecer en la
ciudad, con todas las tentaciones de su vida anterior y conviviendo con una
mujer a la que despreciaba. Sin embargo, había encontrado un apoyo que nunca
habría podido imaginar en la persona de su hijo. El joven Sila sería su amigo,
le acompañaría al Foro y estaría todas las noches en casa para hablar y reír
con él. ¡Qué parecido era a su primo César! De aspecto, sí; y también era
listo, aunque no a la manera del pequeño César. Sila tenía el convencimiento de
que no le habría gustado que su hijo hubiese sido tan inteligente como el pequeño
César.
Las elecciones causaron mayor revuelo que el detalle de que Sila saliese
en cabeza de la lista de pretores, un revuelo que tuvo su faceta divertida para
los que no se vieron directamente afectados. Lucio Marcio Filipo había
anunciado su candidatura a cónsul, convencido de que era la estrella en medio
de mediocridades; pero el primer puesto fue para Cayo Valerio Flaco, hermano
menor del censor Lucio Valerio Flaco. Bueno, no estaba mal. Al menos, Valerio
Flaco era un patricio de familia influyente. ¡Pero el segundo cónsul resultó
ser nada menos que el execrable hombre nuevo Marco Herenio! Y los alaridos que
lanzó el ofendido Filipo pudieron oírse en
Caersoli, juraban los habituales del Foro, conteniendo la risa. Todos
sabían en qué radicaba el fallo, incluido Filipo; el origen eran las
observaciones que había hecho Publio Rutilío Rufo en su discurso a favor de una
lex Licinia Mucia más flexible, pues hasta entonces habían olvidado que Cayo
Mario había comprado a Filipo cuando era tribuno de la plebe. Pero ya había
transcurrido tiempo de sobra desde el discurso y la candidatura consular de
Filípo y la gente lo había vuelto a olvidar.
—¡Me vengaré de Rutilio Rufo por esto! —perjuró Filipo a Cepio. —Nos
vengaremos los dos —dijo Cepio, que también le guardaba
rencor.
Pocos días antes de que concluyera aquel año, Livia Drusa dio a luz un
niño, Marco Porcio Catón Saloniano hijo, un bebé delgadito y llorón con el pelo
rojo de los Catones, cuello largo y una narizota ganchuda que desentonaba en
aquella carita. Llegó de nalgas a este mundo, negándose a colaborar en el
parto, por lo que éste fue laborioso y las comadronas y los médicos tuvieron
que rajar y agobiar a la madre para extraerlo de la vagina.
—Domina —dijo el griego Apolodoro Siculo, con el rostro iluminado por
una sonrisa—, el niño ha sufrido muy poco; no tiene magullamientos,
tumefacciones ni morados. Ahora bien, os advierto que si se comporta en la vida
igual que al venir a este mundo, será una persona difícil.
Demasiado exhausta para contestar, Livia Drusa le dirigíó una débil
sonrisa y en lo más profundo de su ser brotó el deseo de no tener más hijos.
Era la primera vez que sufría tanto en un parto.
Antes de que permitieran a los otros hijos verla, transcurrieron unos
días, durante los cuales Cratipo tuvo que encargarse solo de una casa sin ama.
Como era de prever, Servilia no pasó de la puerta y no quiso conocer a
su hermanastro. Lilla —sobradamente adoctrinada aquellos días por la hermana—
quiso adoptar una actitud distanciada, pero acabó por ceder a las carantoñas de
su madre y llegó a acariciar y besar al recién nacido. Porcia, llamada
Porcella, con sus catorce meses, era muy pequeña para la visita
posparto, pero el pequeño Cepio, de tres años, tuvo acceso al dormitorio
y se quedó extasiado. Su diminuto hermanito le encantó y no cesó de pedir que
le dejasen cogerlo en brazos, acunarlo y besarlo.
—Va a ser mío —dijo el pequeño Cepio, resistiéndose a la nodriza que
quería apartarle.
—Te lo doy, Quinto —dijo Livia Drusa, profundamente agradecida de que
uno de los gemelos le hubiera tomado tanto afecto—. Tú le cuidarás.
Aunque no había entrado en la habitación, Servilia permaneció junto a la
puerta hasta que hicieron salir a Lilla y al pequeño Cepio y luego se acercó
unos pasos a la cama para fijar con desdén los ojos en su madre, satisfecha al
ver aquella cara ojerosa y agotada.
—Vas a morirte —dijo con suficiencia.
Livia Drusa se quedó pasmada.
—¡Bobadas! —replicó tajante.
—Morirás —insistió la pequeña—. He deseado que suceda y sucederá.
Lo deseé con tía Servilia Cepionis y se murió.
—Es una tontería y no está bien decir esas cosas —replicó la madre, con
el corazón latiéndole aceleradamente—. Los deseos no sirven para que las cosas
sucedan, Servilia. Si suceden y lo has deseado, es por simple coincidencia. ¡El
Destino y la Fortuna son quienes lo propician, no tú! Tú no tienes entidad
suficiente para atraer la atención del Destino y la Fortuna.
—¡Es inútil que intentes convencerme! ¡Sé echar mal de ojo y cuando
maldigo a alguien, se muere! —replicó la niña con regocijo, saliendo del
cuarto.
Livia Drusa permaneció callada con los ojos cerrados. No se sentía bien;
no se había sentido bien desde el nacimiento del pequeño Catón, pero no podía
creer que fuera por culpa de Servilia. O al menos eso se dijo para convencerse.
No obstante, en los días que siguieron su estado fue deteriorándose de
forma alarmante. Tuvieron que buscar un ama de cría para el pequeño, al que
sacaron del dormitorio, y el pequeño Cepio se hizo cargo de él sin pérdida de
tiempo.
—Temo por su vida, Marco Livio —cloqueó Apolodoro Sículo a Druso
—. No es una hemorragia masiva, pero no hay manera de hacerla remitir.
Tiene fiebre y hay un flujo fétido mezclado en la sangre.
—Pero ¿por qué me sucede esto? —exclamó Druso, enjugándose las
lágrimas—. ¿Por qué se me mueren todos?
Pregunta que nadie podía contestar, y Druso tampoco dio crédito al mal
de ojo de Servilia cuando se lo contó Cratipo, que odiaba a la niña. En
cualquier caso, Livia Drusa siguió empeorando.
Lo peor de todo, pensó Druso, es que en la casa no había ninguna mujer
de categoría superior a la de las esclavas. Catón Saloniano pasaba el mayor
tiempo posible con su esposa, pero a Servilia había que tenerla apartada y a
Druso y Catón les parecía que Livia Drusa buscaba algo o alguien que no estaba
allí. Servilia Cepionis, probablemente. Druso se echó a llorar y tomó una
decisión.
Al día siguiente fue a visitar una casa en la que nunca había estado: la
de Mamerco Emilio Lépido Liviano, su hermano. A pesar de que su padre le había
dicho que no era hijo suyo. ¡Cuánto tiempo hacía de eso! ¿Le recibiría?
—Quiero hablar con Cornelia Escipionis —dijo.
El portero, que ya había abierto la boca dispuesto a decir que el dueño
de la casa no estaba, la cerró y asintió con la cabeza. Druso fue conducido al
atrium y aguardó unos instantes.
No reconoció a la mujer avejentada que entró con paso vacilante. Llevaba
el pelo recogido en un moño gris y vestía prendas de diversos colores al azar;
era fuerte y de rostro escurrido y más bien feo. Druso pensó que se parecía
mucho a los bustos de Escipión el Africano que había en el Foro. Lo cual no era
de extrañar, dado su próximo parentesco.
—¿Marco Livio? —inquirió con una hermosa voz grave y melosa.
—Sí —contestó él, sin saber cómo iniciar la conversación.
—¡Cuánto te pareces a tu padre! —dijo ella, sin tono alguno de reproche,
sentándose en el borde de una camilla y señalándole una silla
enfrente—. Siéntate, hijo.
—Supongo que te estarás preguntando qué me ha traído aquí —dijo,
sintiendo un nudo en la garganta y haciendo ímprobos esfuerzos por no perder la
compostura.
—Algo muy grave, qué duda cabe —replicó ella.
—Se trata de mi hermana, está muriéndose.
La mujer cambió radicalmente de actitud y se puso en pie.
—Pues no hay tiempo que perder, Marco Livio. Deja que le diga a mi nuera
lo que pasa y nos vamos.
Druso ni siquiera sabía que tenía una nuera, y es muy posible que ella
tampoco supiera que la esposa de él había muerto. A su hermano Mamerco le
conocía vagamente de verle por el Foro, aunque nunca se hablaban; por los diez
años de diferencia de edad, sabía que Mamerco aún no podía entrar en el Senado.
Pero, al parecer, estaba casado.
—¿Tienes una nuera? —dijo a su madre cuando salían de la casa. —Desde
hace poco —contestó Cornelia Escipionis, con una voz huera
muy distinta a la habitual—. Mamerco se casó con una de las hermanas de
Apio Claudio Pulcher el año pasado.
—Mi esposa murió —dijo él, de pronto.
—Sí, me enteré. Ahora siento no haber ido a verte, pero creí
sinceramente que no sería muy bien recibida en tales circunstancias, y yo soy
muy orgullosa. Demasiado, lo sé.
—Supongo que habría debido ser yo el que viniera a verte.
—Algo así.
—No se me ocurrió.
—Es comprensible —añadió ella con una mueca—. Es curioso que te hayas
rebajado por tu hermana y no por ti.
—Así es el mundo. El nuestro, al menos.
—¿Cuánto le queda a mi hija?
—No lo sabemos. Los médicos dicen que poco, pero ella sigue resistiendo.
Por otra parte, siente un gran terror. No sé de qué o por qué. A los romanos no
los atemoriza la muerte.
—O eso decimos, Marco Livio. Pero por debajo de la apariencia de la
falta de temor, siempre existe el terror de lo desconocido.
—La muerte no es algo desconocido.
—¿Tú no lo crees? Quizá más bien sea que la vida es dulce.
—A veces.
—¿No puedes llamarme madre? —Inquirió ella tras un carraspeo. —¿Por qué?
Te fuiste de casa cuando tenía diez años y mi hermana
cinco.
—No podía seguir viviendo con aquel hombre.
—No me extraña —dijo Druso con sequedad—. No era la clase de persona
capaz de aguantar que le pusieran los cuernos.
—¿Lo dices por tu hermano Mamerco?
—¿Quién si no?
—Es tu hermano legal, Marco Livio.
—Eso es lo que mi hermana insiste en decirle a su hija respecto al
pequeño —replicó Druso—. Pero basta con ver al pequeño Cepio para que hasta el
más ingenuo se dé cuenta de quién es hijo.
—Pues te sugiero que mires con mayor atención a Mamerco, porque es un
auténtico Livio Druso y no un Cornelio Escipión. O un Emilio Lépido —añadió
tras una pausa.
Habían llegado a la casa de Druso. Una vez que el portero les franqueó
la puerta. Cornelia Escipionis miró en derredor atemorizada.
—Nunca había visto esta casa —dijo—. Realmente tu padre tenía un gusto
maravilloso.
—Es una lástima que no tuviera un afecto maravilloso.
La madre desvió la mirada y no contestó.
Que la amargada maldición de Servilia influyera o no en el Destino y la
Fortuna, Livia Drusa llegó a creer que sí; veía que se moría y no sabía por qué
causa. Había traído sin complicaciones cuatro hijos al mundo, ¿por qué tenía
que ser distinto en el caso del quinto? Lo habitual es que fuera más fácil.
Cuando la robusta anciana apareció en la puerta de la habitación, Livia
Drusa se la quedó mirando, preguntándose a quién se le habría ocurrido hacerle
gastar sus energías con una extraña. La desconocida entró con los brazos
abiertos.
—Livia Drusa, soy tu madre —dijo la recién llegada, sentándose en el
borde de la cama y abrazándola.
Las dos rompieron a llorar, tanto por lo inesperado del encuentro como
por los años perdidos; luego, Cornelia Escipionis arregló la cama a su hija y
se sentó al lado en una silla.
Los ojos ya obnubilados de la enferma absorbieron anhelantes aquel
rostro escipiónico, el porte de matrona y el sencillo peinado.
—Tengo entendido que eras muy guapa, madre —dijo. —Una devoradora de
hombres, quieres decir… —Mi padre… y mi hermano…
Cornelia Escipionis le dio una palmadita en la mano, sonriente.
—Bah, son Livios Drusos, ¿qué más puede decirse? «¡Yo amo la vida, hija!
Me gusta reír y no tomarme las cosas en serio; y conocía a muchos hombres y
mujeres, ¡pero sólo en plan de amistad! Lo que sucede es que en Roma una mujer
no puede tener amigos sin que medio mundo te achaque algo más que simple
afinidad intelectual. Sin excluir, como se vio, a tu propio padre, mi esposo. A
pesar de ello, yo me consideraba con todo derecho a ver a mis amistades
masculinas y femeninas cuando quería. Desde luego no me gustaba el chismorreo
ni que tu padre siempre creyese de antemano las murmuraciones en vez de mis
explicaciones. ¡Nunca me defendió!
—¡Así que nunca tuviste amantes! —dijo Livia Drusa.
—No mientras vivía con tu padre; no. Era la maledicencia de los demás,
no maldad mía. Por eso comprendí que si seguía con tu padre me moriría. Y así,
al nacer Mamerco, dejé que tu padre creyese que era hijo del viejo Mamerco
Emilio Lépido, que era uno de mis amigos más queridos, y cuando el viejo
Mamerco pidió adoptar al niño, tu padre consintió de inmediato… a condición de
que yo me fuese. Pero nunca se divorció de mí, ¿no es extraño? El viejo Mamerco
era viudo y le encantó recibir a la madre
del hijo que había adoptado. Fui a vivir a una casa mucho más alegre,
Livia Drusa, y fui la fiel esposa del viejo Mamerco hasta su muerte.
—¡Y yo que pensé que habías tenido muchos amantes! —exclamó Livia Drusa,
irguiéndose a duras penas en las almohadas.
—¡Oh, claro que los tuve, querida! Después de morir Mamerco. Llegué a
tenerlos por docenas, pero los amoríos pasan con el tiempo, ¿sabes? No son más
que un medio para descubrir la naturaleza humana cuando falta un fuerte vínculo
afectivo, que es lo que suele suceder. Y luego, de pronto, un día te das cuenta
de que los amoríos no valen la pena por las complicaciones que acarrean y que
lo que a una le falta no se encuentra por medio de ellos. Hace años que no he
tenido ningún amante, y soy más feliz viviendo con mi hijo Mamerco y tratando a
sus amigos. O lo era hasta que él se casó, porque mi nuera no me gusta —añadió
torciendo el gesto.
—¡Madre, voy a morir y no podré conocerte!
—Mejor eso que nada, Livia Drusa. No es culpa de tu hermano
exclusivamente —dijo Cornelia Escipionis, encarando con firmeza la realidad—.
Cuando dejé a tu padre no hice nada por veros a ti y a tu hermano, y podría
haberlo hecho. Pero no quise —irguió el tronco y adoptó un aire animoso—.
Bueno, ¿quién dice que vayas a morir? Hace casi dos meses que nació tu niño, y
nada de morirte.
—No es por culpa de él —dijo Livia Drusa—. Me han echado mal de ojo.
—¿Mal de ojo? —repitió Cornelia Escipionis mirándola atónita—. ¡Oh,
Livia Drusa, eso son tonterías que no tienen sentido!
—Sí que lo tienen.
—¡Hija, no es cierto! ¿Y quién es la persona que tanto te odia? ¿Tu
antiguo marido?
—No, él ni siquiera piensa en mí.
—¿Quién, entonces?
Pero Livia Drusa temblaba sin atreverse a contestar.
—¡Dímelo! —le instó la madre, con la actitud característica de los
Escipiones.
—Servilia —contestó la hija en un susurro.
—¿Servilia? —inquirió Cornelia Escipionis mostrando ceño—. ¿Te refieres
a la hija de tu primer esposo?
—Sí.
—Comprendo —dijo dando unas palmaditas en la mano de Livia Drusa
—. No quiero ofenderte diciéndote que todo es pura imaginación tuya,
hija mía, pero lo superarás. No le des esa satisfacción a la niña.
Notó una sombra a sus espaldas, se volvió y vio un hombre pelirrojo en
la puerta, al que sonrió.
—Tú debes de ser Marco Porcio —dijo, levantándose—. Yo soy tu suegra, y
acabo de tener una animada charla con Livia Drusa. Quédate ahora con ella, yo
voy a buscar a su hermano.
Y salió hacia la columnata del jardín mirando por todas partes hasta dar
con su hijo mayor, que estaba sentado junto a la fuente.
—¡Marco Livio! —dijo al llegar a su lado—. ¿Sabías que tu hermana se
cree víctima de un maleficio?
—¡No puede ser! —replicó Druso, perplejo. —¡Sí! Dice que es su hija
Servilia.
—Ah, ya —dijo Druso, apretando los labios. —¿Y te quedas tan tranquilo,
hijo?
—Ni mucho menos. Esa niña es peligrosa y tenerla en casa es como
albergar a la Esfinge, porque es un monstruo capaz de pensar con maldad.
—¿Y es posible que Livia Drusa se esté muriendo porque crea que tiene
mal de ojo?
—Madre —contestó Druso inconscientemente, asintiendo con la cabeza —,
Livia Drusa se muere como consecuencia de su último parto; eso es lo que dicen
los médicos y yo les creo; en vez de curar, se le ha abierto la herida. ¿No has
advertido el olor que hay en el cuarto?
—Claro, pero sigo insistiendo en que se cree víctima de un maleficio.
—Voy a llamar a la niña —dijo Druso levantándose.
Era una criatura pequeña y muy morena, de una belleza misteriosa y
enigmática, pero animada por un fuego y un poder que a la abuela se le antojó
una especie de casa construida sobre una fumarola tapada. Algún día la tapadera
saltaría y el techo saldría volando dejándolo todo al descubierto:
una masa bullente de venenos y ruinas. ¿Qué sería lo que habría hecho
tan infeliz a aquella pequeña?
—Servilia, ésta es tu abuela, Cornelia Escipionis —dijo Druso sin soltar
a su sobrina del hombro.
La niña lanzó un bufido y no contestó.
—Acabo de estar con tu madre —dijo Cornelia Escipionis—. ¿Sabes que está
convencida de que la has echado mal de ojo?
—¿Ah, sí? Estupendo —contestó Servilia—. Y es verdad.
—Ah, bien, gracias —dijo la abuela, haciendo un ademán para que se
fuera, totalmente inexpresiva—. ¡Al cuarto de los niños!.
Al regresar, Druso esgrimía una amplia sonrisa.
—¡Ha sido sensacional! —dijo, sentándose—. La has hundido. —Nadie podrá
hundir a Servilia —replicó Cornelia Escipionis,
pensativa—. De no ser un hombre —añadió.
—Ya lo ha hecho su padre.
—Ah, entiendo… Sí, me dijeron que se niega a reconocer a sus hijos.
—Exacto; los otros son muy pequeños para que se sientan afectados,
pero a Servilia, en su momento, se le partió el corazón… o es lo que yo
creí.
No sé qué pensar, madre. Es tan taimada como peligrosa.
—Pobrecilla.
—¡Ah! —exclamó Druso.
En ese momento entró Cratipo, haciendo pasar a Mamerco Emilio Lépido
Liviano.
Era fisicamente muy parecido a Druso, pero carecía del poderío tan
evidente en su hermano. Veintisiete años en oposición a los treinta y siete de
Druso, no contaba con una carrera famosa ante los tribunales ni se le auguraba
un brillante futuro político como en el caso de Druso. A pesar de ello, se
advertía en él una especie de fuerza flemática que el mayor no tenía; lo que el
pobre Druso había tenido que aprender por si solo después de la batalla de
Arausio, a Mamerco se le había ofrecido desde la cuna gracias a la presencia de
su madre, una auténtica Cornelia de la rama de los Escipiones, mujer de amplias
miras, cultivada y con inquietudes intelectuales.
Cornelia Escipionis se rebulló en el asiento para hacer sitio a Mamerco,
quien retrocedió timidamente al ver que Druso no se adelantaba a recibirle y se
le quedaba mirando inquisitivo.
—Sé amable, Marco Livio —dijo la madre—. Sois hermanos y debéis ser
buenos amigos.
—Nunca creí que fuésemos hermanos de verdad —dijo Mamerco. —Yo sí
—añadió Druso, serio—. ¿Qué es lo cierto, madre? ¿Lo que me
has dicho hoy o lo que le dijiste a mi padre?
—Lo que te he dicho hoy. A tu padre le conté otra cosa para poder
escapar. Sé que mi conducta no tiene excusa, y he sido todo lo que hayas podido
pensar de mí y más, Marco Livio, aunque por distinto motivo. —Se encogió de
hombros—. Yo no soy de las que se arrepienten; vivo en el presente, pensando en
el futuro, nunca en el pasado.
—Bien venido a mi casa, Mamerco Emilio —dijo Druso, tendiendo sonriente
a su hermano la mano derecha.
Mamerco se la estrechó y luego se le acercó a besarle en los labios.
—Mamerco —dijo emocionado—. Soy el único romano que tiene ese
nombre; así que llámame Mamerco.
—Nuestra hermana se está muriendo —dijo Druso sin soltar la mano de
Mamerco y haciendo que se sentara a su lado.
—Oh… cuánto lo siento. No sabía nada.
—¿No te lo ha dicho Claudia? —inquirió su madre indignada—. Le dejé un
recado muy concreto.
—No, sólo me dijo que te habías ido a toda prisa con Marco Livio.
Cornelia Escipionis tomó una decisión; se imponía una solución. —Marco Livio
—dijo, mirándole con lágrimas en los ojos—, me he
dado por entero a tu hermano estos últimos veintisiete años —se enjugó
las lágrimas—. Mi hija nunca lo sabrá, pero tú y Marco Porcio vais a
encontraros con seis niños que cuidar y sin ninguna mujer, a menos que volváis
a casaros…
—No, madre, yo no —replicó Druso con énfasis.
—Pues, si te parece bien vendré a vivir aquí para cuidar de los niños.
—Me parece bien —dijo Druso, volviéndose hacia su hermano con otra
sonrisa—. Me alegra saber que tengo más familia.
El día en que el pequeño Catón cumplía dos meses murió Livia Drusa. En
cierto aspecto fue una muerte feliz, ya que ella conocía la inminencia y se
había propuesto con toda su fuerza de voluntad que les fuese lo más llevadera
posible a los que dejaba en este mundo. La presencia de su madre la ayudó
sobremanera, al saber que sus hijos quedarían con alguien de la familia que les
daría cariño. Emulando la entereza de Cornelia Escipionis (que impidió que
volviera a ver para nada a Servilia) se dispuso para el trance final y dejó de
pensar en maleficios y mal de ojo. Era muchísimo más importante el destino de
los que seguían con vida.
Tuvo palabras de amor y consuelo para Catón Saloniano, le dio consejos y
recomendaciones y fue su rostro lo último que sus ojos apagados vieron antes de
morir, aferrada a su mano, sintiendo el amor de él mientras se internaba en las
sombras del olvido. Para su hermano Druso tuvo palabras de cariño y ánimo y
frases de consuelo. De sus hijos, sólo pidió que le dejasen ver al pequeño
Cepio.
—Cuida a tu hermanito Catón —musitó, besándole con labios febriles
—. Cuida de mis hijos —dijo dirigiéndose a su madre.
—No había pensado que Penélope moriría antes que Odiseo —dijo a
Catón Saloniano.
Fueron sus últimas palabras.
III
Aunque no tenía
experiencia alguna ante
los tribunales y sus
conocimientos de la ley romana eran mínimos, Sila disfrutó siendo
praetor urbanus. Por un lado, tenía sentido común, y por otro, se hallaba
rodeado de buenos ayudantes y nunca le intimidaba preguntarles cuando
necesitaba consejo. Lo que más le gustaba era lo que él consideraba su
autonomía; no tener que depender de Cayo Mario. Por fin comenzaba a ser
conocido por sí mismo, como entidad independiente. Aumentaba su modesto grupo
de clientes, y todos veían con agrado su costumbre de hacerse acompañar por su
hijo. Esperaba que fuese una buena baza para el muchacho y que pudiera iniciar
desde muy joven una buena carrera en el ámbito jurídico y con los mejores
comandantes del ejército.
El muchacho no sólo se parecía a César, sino que poseía el atractivo de
la rama de los Julios, por lo que se ganaba fácilmente amistades que conservaba
gracias a su carácter simpático y afable. Destacaba entre sus amigos un
muchacho unos cinco meses mayor que él, un joven escuálido de cráneo
descomunal, llamado Marco Tulio Cicerón. Curiosamente, era de Arpinum, el
pueblo de Cayo Mario, y su abuelo había sido cuñado de Marco, el hermano de
Cayo Mario, ya que ambos se habían casado con dos Gratidias hermanas. Todo esto
no tuvo necesidad de averiguarlo Sila, pues cuando su hijo traía a Cicerón a
casa, él mismo le anegaba con un aluvión de datos. Cicerón era locuaz.
No hubo necesidad, por ejemplo, de preguntar qué hacía aquel muchacho de
Arpinum en Roma. El mismo lo contó en seguida.
—Mi padre es un buen amigo de Marco Emilio Escauro, príncipe del Senado
—dijo el joven Cicerón, dándose importancia—, y también de Quinto Mucio
Escévola el Augur. ¡Y es cliente de Lucio Licinio Craso Orator! Por eso, cuando
mi padre se dio cuenta de que yo era inteligente y tenía buenas dotes para que
se perdieran en Arpinum, nos trasladamos a Roma; y aquí nos vinimos el año
pasado; tenemos una bonita casa en el Carinae, junto al templo de Tellus; al
otro lado del templo vive Publio Rutilio Rufo. Estoy estudiando con Quinto Mudo
Augur y con Lucio Craso Orator, aunque más con éste, porque Quinto Mudo Augur
es muy viejo.
Claro que hace años que venimos a Roma; figúrate que inicié mis estudios
en el Foro cuando tenía ocho años. ¡Nosotros no somos unos patanes, Lucio
Cornelio, tenemos mucha más categoría que Cayo Mario!
Divertido, Sila dejaba que aquel muchacho de trece años charlara por los
codos, preguntándose cuándo sucedería lo inevitable; cuándo aquella cabeza de
sandía se desprendería del tallo demasiado fino y caería al suelo sin dejar de
hablar. Era una enorme cabeza que asentía, se erguía y se balanceaba; una carga
evidentemente incómoda y arriesgada.
—¿Sabéis —dijo Cicerón con voz ingenua— que ya tengo audiencia cuando
hago los ejercicios de retórica? ¡Mis preceptores no son capaces de vencerme en
ningún debate!
—Supongo entonces que pensarás hacerte abogado —dijo Sila, que apenas
podía meter baza.
—¡Oh, claro! Pero no como el gran Aculeo, mi linaje me confiere derecho
al consulado. Bueno, primero el Senado, naturalmente. Todos dicen que haré una
gran carrera pública —añadió inclinando el cabezón—. Según mi experiencia,
Lucio Cornelio, el trato jurídico con el electorado es mucho más efectivo que
esa vieja cansada que es el ejército.
Mirándole fascinado, Sila dijo con voz suave:
—Yo he conseguido llegar a donde estoy gracias a esa vieja, Marco Tulio.
No hice una carrera jurídica, y sin embargo aquí me tienes, de pretor urbano.
—Si, pero no teníais las ventajas que yo tengo, Lucio Cornelio — replicó
Cicerón sin pensárselo dos veces—. Yo seré pretor a los cuarenta años, que es
lo adecuado.
—Estoy seguro de ello, Marco Tulio —dijo Sila, dándose por vencido. —Sí,
tata —dijo el joven Sila una vez a solas con su padre, y por
consiguiente sin trabas para darle el diminutivo con que le llamaba
desde niño—, ya sé que es un poco engreído, pero aun así me gusta. ¿A ti no?
—Creo que este Cicerón es de temer, hijo, pero sí, se gana a la gente.
¿De verdad que es tan listo como dicen?
—Ve a escucharle un día y juzga por ti mismo, tata.
—¡No, gracias! —contestó Sila, meneando la cabeza—. ¡No pienso darle ese
gusto a semejante presuntuoso!
—El príncipe del Senado Escauro está profundamente impresionado con él
—dijo el joven Sila, reclinándose en su padre con una naturalidad que el pobre
Cicerón nunca conocería; Cicerón comenzaba a comprobar que su padre era el tipo
de caballero rural empeñado en impresionar a los nobles romanos, y se le solía
marginar como si fuera un pariente de Cayo Mario, nombre tabú. La consecuencia
era que el hijo se iba alejando cada vez más del padre, consciente de que verse
vinculado a Cayo Mario era una desventaja que no le favorecía en sus
aspiraciones a un cargo público.
—Escauro, príncipe del Senado —dijo Sila con no poca satisfacción—,
tiene muchas más cosas de qué ocuparse en este momento que fijarse en el joven
Marco Tulio Cicerón.
Y era un comentario pertinente, porque, como portavoz de la Cámara,
Marco Emilio Escauro solía recibir a las embajadas extranjeras y se encargaba
de la faceta de los asuntos exteriores que no implicaran alternativa bélica.
Casi todos los senadores consideraban a las naciones extranjeras poco más que
una provincia de Roma carente de importancia para dedicarle tiempo, y por eso
el portavoz de la Cámara andaba siempre a la busca de miembros para los comités
que no implicasen un viaje previo al extranjero a cargo del Estado, una clase
de gente que escaseaba. Por eso la respuesta del Senado al agraviado Sócrates,
hijo menor del fallecido rey de Bitinia, tardó diez meses en formularse y ser
entregada al correo para que la llevase a Nicomedia. No era una respuesta que
pudiera complacer a Sócrates, ya que confirmaba la entronización de Nicomedes
III y rechazaba tajantemente sus pretensiones.
Y aun antes de que este asunto quedara resuelto, Escauro, príncipe del
Senado, heredó otro contencioso relativo a un país extranjero. La reina Laódice
y el rey Ariobarzanes de Capadocia llegaron a Roma, huyendo del rey Tigranes de
Armenia y su suegro el rey Mitrídates del Ponto. Hartos de estar gobernados por
un hijo de Mitrídates y el nieto de su títere Gordio, los capadocios, después
de la marcha de Cayo Mario de Mazaca, habían intentado encontrar un rey
realmente capadocio. Se rumoreaba que el sirio
por el que habían optado había muerto envenenado por Gordio, y entonces
rebuscaron en los archivos genealógicos y hallaron un noble capadocio con
sangre real, un Ariobarzanes. Su madre —llamada, cómo no, Laódice— era prima
del último Ariarates al que en verdad podía calificarse de capadocio. El rey
niño Ariarates Eusebio y su abuelo Gordio tuvieron que dejar el trono y huir al
Ponto, pero, sabedor de que por medio de Cayo Mario Roma trataba de intervenir,
Mitrídates no actuó directamente y se sirvió de Tigranes de Armenia. Por eso
era Tigranes quien había invadido Capadocia, poniendo allí un nuevo rey, que en
esta ocasión no era un hijo de Mitrídates, ya que en un consejo entre Ponto y
Armenia se determinó que el trono no podía ocuparlo un niño. El nuevo rey de
Capadocia era el propio Gordio.
Laódice y Ariobarzanes salieron del país y se presentaron en Roma a
principios de la primavera del año en que Sila era pretor urbano. Su presencia
fue un grave inconveniente para Escauro, pues no pocas veces había manifestado
(y había leído en cartas) que la suerte de Capadocia debía dejarse en manos de
los capadocios, y su defensa del rey Mitrídates resultaba embarazosa, pese a
que no podía probarse la acusación de Laódice y Ariobarzanes de que era él
quien estaba detrás de la invasión llevada a cabo por Tigranes de Armenia.
—Tendréis que ir y comprobarlo personalmente —dijo Sila a Escauro cuando
salían de la poco concurrida reunión del Senado en la que se había debatido la
situación de Capadocia.
—¡Es un agobio! —gruñó Escauro—. En este momento no puedo dejar Roma.
—Pues tendréis que nombrar a alguien —dijo Sila.
Pero Escauro irguió su exiguo tórax, y sobre todo la barbilla, y asumió
la carga.
—No, Lucio Cornelio, iré yo.
Y allá se fue en visita relámpago. No a Capadocia, sino a ver al rey
Mitrídates en su corte de Amasia. Bien alimentado en banquetes, con excelente
vino, festejado y aplaudido, Marco Emilio Escauro lo pasó en grande en el
Ponto. Como huésped real, fue a cazar el león y el oso, a pescar al Euxino el
atún y el delfín, a visitar los parajes más hermosos,
cascadas, gargantas, picachos; y, como huésped real, fue agasajado con
cerezas, el fruto más delicioso que había probado en su vida.
Asegurándole que el Ponto no tenía ambiciones sobre Capadocia, se
lamentó y criticó en su presencia la conducta de Tigranes. Y como encontrara la
corte del Ponto graciosamente helenizada y con el griego como lengua habitual,
Marco Emilio Escauro, príncipe del Senado, hizo el equipaje y regresó a Italia
en una nave real.
—Se lo ha creído —dijo Mitrídates a su primo Arquelao con una amplia
sonrisa.
—Yo creo que se debe fundamentalmente a las cartas que le habéis escrito
estos dos años —añadió Arquelao—. Seguid haciéndolo, majestad, es muy rentable.
—Lo mismo que la bolsa de oro que le di.
—¡Bien cierto!
Desde los primeros días de asumir su cargo de praetor urbanus, Sila
comenzó a intrigar para hacerse con uno de los dos puestos de gobernador de la
Hispania, por eso hacía buenas migas con Escauro y, a través de él, con otros
personajes del Senado. Dudaba que pudiera ganarse del todo a Catulo César,
debido a lo sucedido en el río Athesis cuando los cimbros germánicos habían
invadido la Galia itálica, pero en términos generales iba progresando, y a
primeros de junio estaba seguro de que le asignarían la Hispania Ulterior, que
era la mejor provincia para gobernar en el sentido de ganar mucho dinero.
Pero la Fortuna, que tanto le quería, se disfrazó de ramera dispuesta a
traicionarle una vez más. Tito Didio había regresado de la Hispania Citerior
para celebrar un triunfo, dejando el gobierno en manos de su cuestor hasta
fines de año. Y dos días después de Tito Didio, Publio Licinio Craso celebraba
también un triunfo por sus victorias en la Hispania Ulterior, dejando,
igualmente, a su cuestor encargado del gobierno de aquella provincia hasta
acabar el año. Tito Didio había asegurado que a su marcha todo estaba en paz en
la Hispania Citerior, después de la cruenta guerra con
la que había dejado exhaustos a los celtíberos indígenas. Publio Craso,
por el contrario, había salido de su provincia sin adoptar parecidas
precauciones; se había adueñado de las minas de estaño y quería coordinar la
explotación en el marco de las empresas en las que poseía acciones encubiertas.
En su viaje a las Casitérides, las famosas islas del estaño, había impresionado
profundamente a todos con la magnificencia de su condición de romano,
ofreciendo mejores contratos comerciales y garantizando los envíos a las
riberas del Mediterráneo de todo el mineral que se extrajera. Padre de tres
hijos, había aprovechado su estancia en Hispania para cubrirse el riñón, pero
la provincia seguía sin estar sometida.
No habían transcurrido dos intervalos de mercado desde que Publio Craso
celebrara su triunfo la víspera de los idus de junio, cuando llegaron noticias
de que los lusitanos volvían a sublevarse con renovado ímpetu. El pretor Publio
Cornelio Escipión Nasica, enviado a la Hispania Ulterior como gobernador
sustituto, resultó tan eficaz en el desempeño de sus funciones, que ya se
hablaba de prorrogarle el mando para el año siguiente. Era de una familia
influyente y, naturalmente, el Senado quería complacerle. Lo que quería decir
que Sila tenía que despedirse de sus esperanzas de obtener la Hispania
Ulterior.
Y la Hispania Citerior también le quedó vedada en octubre, cuando el
cuestor que Tito Didio había dejado al mando envió un mensaje urgente pidiendo
ayuda, pues se habían sublevado los vascones, los cántabros y los ilergetes. Al
ser pretor urbano, Sila no podía prestarse voluntario y, desde el tribunal de
pretores, tuvo que ver sin inmutarse cómo encargaban al cónsul Cayo Valerio
Flaco el gobierno de la Hispania Citerior.
¿Qué le quedaba? ¿Macedonia? Era una provincia consular, que rara vez se
entregaba a un pretor, pero que precisamente aquel año había sido concedida al
pretor urbano del año anterior, el hombre nuevo Cayo Sentio, quien rápidamente
demostró su valía y, por consiguiente, era muy improbable que lo sustituyesen
en mitad de la campaña que había organizado con su igualmente eficiente legado,
Quinto Brutio Sura. ¿Asia? Sila sabía que aquella provincia estaba prometida a
otro Lucio Valerio Flaco. ¿Africa? Aquello era un remanso de paz por aquel
entonces y no
podía esperarse nada. ¿Sicilia? Remanso de paz. Nada. ¿Cerdeña y
Córcega? Otro remanso de paz. Descartado.
Con desesperada necesidad de dinero, Sila vio cómo se le escapaban una
tras otra las posibilidades de un puesto lucrativo de gobernador y tenía que
quedarse en Roma a cargo de los tribunales. Ya sólo le quedaban dos años para
el consulado, y entre sus colegas pretores estaban Publio Escipión Nasica y
Lucio Flaco, que con su gran influencia se había asegurado el cargo de
gobernador de Asia para el año siguiente. Los dos con dinero de sobra para
sobornar sin límite. Otro pretor, Publio Rutilio Lupo, era aún más rico. A
menos que pudiera hacer fortuna en el extranjero, Sila sabía que sus esperanzas
eran vanas.
Sólo la compañía de su hijo le hacía conservar el juicio, impidiendo que
cometiera alguna tontería, a pesar de que sabía que arruinaría definitivamente
su carrera. Metrobio vivía en la misma ciudad, pero gracias a su hijo podía
resistir el poderoso impulso de ir a verle. El pretor urbano era muy conocido
en Roma al final del año en el cargo y Sila era por añadidura un hombre que no
pasaba inadvertido; la presencia de sus hijos le impedía darle cita en su casa
y era imposible verse en el apartamento de Metrobio de la colina Caeha. Adiós,
Metrobio.
Y lo peor era que ya no podía recurrir a Aurelia porque por fin había
vuelto Cayo Julio César; se había acabado la libertad de la pobre. La había
visitado una vez y había tenido un recibimiento frío por parte de una dama
hierática, que formalmente le había rogado que no volviese, sin darle
explicación alguna que le indicara cuál era el problema, pero no le costó mucho
imaginarse a qué obedecía su actitud. Cayo Julio César sería adversario en las
elecciones pretorianas de noviembre, ayudado por la innegable influencia de
Cayo Mario, y la esposa de César sería una de las damas romanas más observadas,
aunque viviera en el Subura. Nadie le había contado a Sila cuánto había
soliviantado sin querer a los Cayo Mario, en sus vacaciones por Asia, pero
Claudia, la esposa de Sexto César, se había encargado de relatar la graciosa
historia al marido de Aurelia en la fiesta que habían celebrado para celebrar
su vuelta, y aunque los demás se lo tomaron a broma, a César no le había hecho
ninguna gracia.
¡Oh, gracias a los dioses que tenía al joven Sila! Aunque con el hijo no
había ningún solaz. Controlado en todos sus pasos, el Sila que habría podido
irrumpir con alguna perversidad, se hallaba en reposo, dormitando. Por nada del
mundo se habría rebajado a los ojos de su hijo querido.
Así, conforme el año tocaba a su fin, Sila vio cómo se desvanecían sus
posibilidades, sufriendo la privación de Metrobio y de Aurelia, escuchando la
charla pretenciosa del joven Cicerón y dando a su hijo cada vez más cariño. Los
detalles de su vida anterior a la muerte de su madrastra, que Sila jamás había
contado a nadie de su clase, los desvelaba ahora a aquel muchacho tan
maravilloso y comprensivo, que escuchaba arrobado aquellas historias que le
daban una imagen de una persona que él jamás conocería. La única faceta de su
vida que Sila no reveló a su retoño fue la de aquel monstruo sañudo capaz de
aullar a la luna. Aquello, se dijo, se había acabado para siempre.
Cuando el Senado asignó las provincias, cosa que sucedió a últimos de
noviembre, todo salió como Sila había previsto. A Cayo Sentio le prorrogaron el
mando en Macedonia; a Cayo Valerio Flaco, en la Hispania Citerior; a Publio
Escipión Nasica, en la Hispania Ulterior, y la provincia de Asia a Lucio
Valerio Flaco. Cuando le ofrecieron Africa, Sicilia o Cerdeña y Córcega, Sila
lo rechazó elegantemente. Mejor no tener ningún cargo de gobernador que quedar
relegado a un lugar en el que no sucedía nada. Cuando se celebrasen las
elecciones consulares, dentro de dos años, los electores considerarían dónde
habían estado los gobernadores pretorianos, y el destino de Africa, Sicilia,
Córcega y Cerdeña no impresionarían lo más mínimo.
Y entonces la Fortuna tiró su disfraz y se mostró en plena gloria de su
afecto por Sila. En diciembre llegó una carta desesperada del rey Nicomedes de
Bitinia, poniendo al descubierto los designios del rey Mitrídates en Asia
Menor, pero sobre todo en Bitinia. Y casi simultáneamente llegaron noticias de
Tarsus de que Mitrídates había invadido Capadocia al frente de un poderoso
ejército y no pensaba detenerse hasta apoderarse de Cilicia y Siria. Con gran
perplejidad, Escauro, príncipe del Senado, propugnó el envío de un gobernador a
Cilicia. Roma no disponía de muchas tropas de reserva, pero había que
dar suficientes fondos al gobernador para que, en caso necesario, organizase
tropas indígenas. Escauro era un romano terco, cosa que Mitrídates no había
comprendido, al creerle que lo tenía sumiso gracias a un montón de cartas y una
bolsa de oro. Pero Escauro era muy capaz de quemar un montón de cartas si se
presentaba una amenaza de tal envergadura para Roma, y Cilicia era una región
vulnerable de importancia, y aunque allí no solía enviarse un gobernador
periódicamente, Roma consideraba Cilicia como una posesión.
—Enviad a Lucio Cornelio Sila a Cilicia —dijo Cayo Mario cuando le
consultaron—. Es un hombre muy apto que se encuentra en una situación precaria.
El sabrá entrenar a las tropas, equiparlas y mandarlas. Si hay alguien capaz de
solventar la situación, Lucio Cornelio es el más indicado.
—¡Me han asignado un cargo de gobernador! —dijo Sila a su hijo al llegar
a casa después de la reunión del Senado en el templo de Bellona.
—¿Sí? ¿Dónde? —inquirió excitado el joven.
—En Cilicia. Para contener al rey Mitrídates del Ponto.
—¡Oh, tata, es estupendo! —Pero el muchacho comprendió de inmediato que
ello significaba la separación, y por un brevísimo instante sus ojos
traicionaron su aflicción y su pena, pero conteniendo un sollozo miró a su
padre con aquel increíble respeto y confianza que a Sila tanto le enternecía—.
Te echaré de menos, claro, pero me alegro mucho por ti, padre.
Había hablado como un adulto. Le había llamado padre, no tata. Eufóricos
y a punto de romper a llorar, los fríos ojos claros de Lucio
Cornelio Sila se posaron en su hijo con el mismo respeto y confianza con
que él le había obsequiado. Luego le dirigió una sonrisa de rendido afecto.
—Bah, ¿qué es eso de que me vas a echar de menos? —inquirió—. No irás a
pensar que voy a irme sin ti… Tú vienes conmigo.
Otro sollozo contenido, convertido en alegría irreprimible, y una
sonrisa inenarrable.
—Tata! ¿De verdad?
—Nunca he dicho nada más en serio, muchacho. Vamos los dos o no voy. ¡Y
pienso ir!
Partieron para Oriente a principios de enero, que según el calendario
era todavía época otoñal, en que la navegación era factible. Sila se hizo
acompañar de un séquito de lictores (doce, dado que su imperium era
proconsular), funcionarios, escribas y esclavos públicos, su hijo, rebosante de
alegría, y Ariobarzanes de Capadocia con su madre Laódice. El arca de guerra
iba bien surtida, gracias a los denuedos de Escauro, príncipe del Senado, y su
mente muy bien dispuesta gracias a una larga conversación con Cayo Mario.
Hicieron la travesía entre Tarentum y el puerto griego de Patrae, donde
tomaron otro barco para Corinto, viajaron por tierra hasta el Pireo de Atenas y
de allí en otra nave hasta Rodas. De Rodas a Tarsus, Sila tuvo que fletar un
navío, pues ya se aproximaba el invierno y el tráfico comercial estaba
interrumpido. Así, el grupo llegó a Tarsus a fines de enero, sin ver en todo el
itinerario más que unos cuantos puertos y astilleros y mucha agua.
Nada había cambiado en Tarsus desde la visita de Mario, tres años y
medio antes, ni en Cilicia, que seguía plácidamente viviendo en el limbo. La
llegada de un gobernador oficial cayó bien en Tarsus y en Cilicia, y apenas se
había instalado Sila en el palacio residencial, cuando se vio asediado por
hombres dispuestos a ayudarle, muchos de ellos pensando en la buena paga del
ejército.
Pero Sila sabía con quién tenía que tratar, y consideró significativo
que esa persona no se hubiera presentado a solicitar los favores del nuevo
gobernador romano y siguiera con su tarea habitual, que era mandar la milicia
de Tarsus. Se llamaba Morsimo, y Cayo Mario se lo había recomendado.
—A partir de ahora quedas relevado del mando —dijo Sila amistosamente a
Morsimo cuando se presentó a instancias de él—. Necesito un indígena que me
ayude a reclutar, equipar y entrenar cuatro buenas legiones de tropas
auxiliares antes de que queden abiertos en primavera los pasos hacia el
interior. Cayo Mario me ha dicho que eres la persona idónea para este cometido.
¿Te consideras capaz?
—Sé que lo soy —respondió Morsimo sin pensarlo dos veces.
—Un factor favorable es que aquí el tiempo es bueno —dijo Sila,
animoso—. Podemos poner a los hombres militarmente en condiciones durante el
invierno, si podemos reunir el personal adecuado para la instrucción y un
armamento igual al de las tropas de Mitrídates. ¿Podremos?
—Claro que sí —contestó Morsimo—. Encontrarás más reclutas dispuestos de
los que necesitas. El ejército atrae a los jóvenes y aquí no lo hemos tenido
desde hace… ¡oh, muchos años! Si Capadocia no hubiese tenido trastornos
internos y menos ingerencias del Ponto y de Armenia, habría podido invadirnos y
conquistarnos. Afortunadamente también Siria ha estado muy revuelta. Así que
seguimos existiendo por pura suerte.
—La Fortuna —dijo Sila, esbozando su más fiera sonrisa y pasando el
brazo por los hombros de su hijo—. La Fortuna me favorece, Morsimo. Llegará un
día en que me llamaré Félix —añadió, dando un apretón al joven Sila—. De todos
modos, hay una cosa muy importante que debo hacer antes de que transcurra un
día solar, aunque sea de invierno.
—¿Es algo en lo que pueda ayudarte? —inquirió el griego de Tarsus,
perplejo.
—Eso espero. Dime dónde puedo comprar un buen sombrero de paja que no se
destroce en diez días —contestó Sila.
—Padre, yo no quiero ponerme sombrero —dijo el joven Sila camino del
mercado con su padre—. ¡Sombrero! Sólo los palurdos llevan sombrero.
—Y yo —dijo Sila sonriente.
—¿Tú?
—Cuando estoy en campaña, jovencito, llevo un buen sombrero que me libre
del sol. Me lo recomendó Cayo Mario hace años, cuando fuimos por primera vez a
Africa a combatir contra el rey Yugurta de Numidia. Póntelo y no te preocupes
de las risas ni de los comentarios, me dijo. Al cabo de un tiempo ya no se
fijan. Seguí su consejo, pues tengo la piel muy clara y se me quema. Mira, en
realidad, al hacerme famoso en Numidia, mi sombrero se hizo también famoso.
—Nunca te he visto llevar sombrero en Roma.
—En Roma procuro no estar al sol, por eso el año pasado hice que me
instalaran un dosel en el tribunal de pretor.
Se hizo un silencio; la estrecha calle por la que caminaban se abrió de
pronto en forma de enorme plaza irregular con árboles que daban sombra y
numerosas casetas y tenderetes.
—Padre —dijo el joven con voz tímida.
Sila miró a un lado y a otro, sorprendido al ver la poca diferencia de
estatura que había entre él y su hijo. Ganaba la sangre de los César; el joven
Sila sería alto.
—Dime, hijo.
—Por favor, ¿me compras también uno a mí?
Cuando Mitrídates supo que habían enviado un gobernador romano a Cilicia
y que estaba reclutando y entrenando tropas indígenas, se quedó mirando atónito
a quien se lo contaba, que era Gordio, el nuevo rey de Capadocia.
—¿Quién es ese Lucio Cornelio Sila? —inquirió.
—No sabemos nada de él, majestad, salvo que el año pasado era el
magistrado jefe en la ciudad de Roma, y que ha sido legado de varios generales
romanos famosos, Cayo Mario en Africa contra Yugurta, Quinto Lutacio Catulo
César en la Galia itálica contra los germanos y Tito Didio en Hispania contra
las tribus indígenas —contestó Gordio, dando toda la información de carrerilla,
pues aquellos nombres nada le decían, con excepción del de Cayo Mario.
Tampoco a Mitrídates le decían gran cosa, y una vez más el rey del
Ponto se vio lamentando su deficiente educación geográfica e histórica.
Arquelao ampliaría la información.
—Lucio Cornelio Sila no es ningún Cayo Mario —dijo Arquelao, pensativo—,
pero tiene una gran experiencia y no debemos subestimarle porque no sepamos
quién es. Desde que entró en el Senado de Roma presta sus servicios en el
ejército, aunque no creo que haya mandado nunca un ejército en el campo de
batalla.
—Se llama Cornelio —comentó el rey, inflando el tórax—, pero ¿es un
Escipión? ¿Qué es eso de «Sila»?
—No es un Escipión, gran rey —contestó Arquelao—. Pero es un Cornelio
patricio, y no lo que los romanos llaman un hombre nuevo, un don nadie. Se dice
que es difícil.
—¿Dificil?
Arquelao tragó saliva; ya no le quedaba más información y no tenía ni
idea de en qué consistía la «dificultad» de Sila. Y optó por inventárselo.
—Es un negociador muy difícil, majestad, que no ve las cosas más que a
su manera.
Estaban en la corte de Sinope, la ciudad preferida del rey, sobre todo
en invierno. Se habían sucedido unos años bastante pacíficos y no había habido
cortesanos ni parientes que mordieran el polvo. Nisa, la hija de Gordio, había
resultado ser una consorte tan satisfactoria, que su padre había sido nombrado
rey de Capadocia tras la invasión de Tigranes; la lista de hijos reales seguía
aumentando y las posesiones del Ponto al este y al norte del Euxino
prosperaban.
Pero se iba desvaneciendo el recuerdo de Cayo Mario, y el rey del Ponto
tenía los ojos puestos en el sur y el oeste. Su artimaña de Valerse de Tigranes
para intervenir en Capadocia había dado buen resultado y Gordio continuaba en
el trono pese a la visita de Escauro. El único beneficio que Roma había
obtenido de aquella visita fue la retirada del ejército armenio de Capadocia,
que, de todos modos, era lo que Mitrídates tenía previsto. Ahora, por fin,
parecía que Bitinia iba a caer en sus manos, pues un año atrás Sócrates había
acudido al Ponto pidiendo asilo, convirtiéndose a tal extremo en títere de
Mitrídates que el rey había considerado que no corría riesgo alguno
instalándolo en el trono como paso previo a otra invasión. Una invasión que
pensaba iniciar en primavera, avanzando velozmente hacia el oeste para copar
totalmente al rey Nicomedes III.
Las noticias que le trajo Gordio le dieron que pensar. ¿No sería
demasiada osadía anexionarse Bitinia o sentar a Sócrates en el trono, cuando
había dos gobernadores romanos en la zona? ¡Y cuatro legiones en Cilicia! Se
decía que Roma era capaz de derrotar a cualquier ejército con
cuatro buenas legiones. Sí, eran tropas auxiliares de Cilicia, no
soldados romanos, pero los cilicios eran belicosos y orgullosos; de no haberlo
sido, Siria, por muy debilitada que se hallara, los habría invadido. Cuatro
legiones eran unos veinte mil combatientes efectivos, pero el Ponto podía
disponer de doscientos mil. Numéricamente no había comparación, pero, no
obstante… ¿Quién era aquel Lucio Cornelio Sila? Tampoco eran conocidos Cayo
Sentio ni su legado Quinto Brutio Sura, y ellos dos arrasaban en la frontera
macedónica desde Illyricum al Oeste hasta el Helesponto en el este,
capitaneando una campaña devastadora que hacía tambalearse a celtas y tracios.
Nadie estaba seguro de que los romanos fuesen a permanecer alejados de las
tierras del río Danubius. Y eso preocupaba a Mitrídates, que planeaba avanzar
por la orilla occidental del Euxino hacia las tierras del Danubius. No le hacía
ninguna gracia tropezarse allí con Roma.
¿Quién sería Lucio Cornelio Sila? ¿Otro general romano de la categoría
de Sentio? ¿Por qué le habrían enviado a él a guarnecer Cilicia, dejando en
Roma a Cayo Mario y a Catulo César, vencedores de los germanos? Uno de ellos
—Mario— se había presentado solo y sin armas en Capadocia, con un discurso que
daba a entender que volvía a Roma sin dejar de estar al tanto de lo que sucedía
en el Ponto. ¿Por qué, entonces, no había venido él a Cilicia? ¿Por qué había
venido aquel desconocido, Lucio Cornelio Sila? Por lo visto, Roma siempre tenía
a mano un excelente general. ¿Sería Sila mejor aún que Mario? Sí, el Ponto
contaba con ejércitos de sobra, pero no disponía de buenos generales. Después
de su espléndida campaña contra los bárbaros, al norte del mar Euxino, Arquelao
ansiaba probar fortuna contra enemigos más poderosos; pero Arquelao era un
primo suyo con sangre real, y un rival en potencia. Lo mismo podía decirse de
su hermano Neoptolemo y su primo Leónipo. ¿Y qué rey podía estar seguro de sus
propios hijos? Las madres ansiaban el poder y eran también enemigos en
potencia; igual que ellos cuando alcanzaban una edad en que por voluntad propia
codiciaban el trono del padre.
¡Si hubiese tenido dotes de general!, pensaba Mitrídates, mientras sus
ojos verde uva con pintas marrones repasaban el rostro de los que le rodeaban.
Pero en el aspecto bélico carecía del incomparable talento que
habría debido heredar de su antepasado Heracles. ¿O no era así?
Pensándolo bien, Heracles no había sido general. Heracles había luchado en
solitario contra leones y osos, usurpadores de tronos, dioses y diosas, perros
del averno y toda clase de monstruos. La clase de adversarios que le habrían
gustado a Mitrídates. En los tiempos de Heracles no se habían inventado los
generales; los guerreros se agrupaban y se unían a otros, iban en carros a
todas partes y luchaban cuerpo a cuerpo en duelo. ¡Esa era la clase de guerra
que él se sentía en disposición de emprender! Pero aquellos tiempos se habían
ido para siempre, igual que los carros. Los tiempos modernos requerían
ejércitos y los generales eran como semidioses que, sentados o de pie en un
alto, observaban el campo de batalla dando órdenes, señalando cosas y
mordiéndose un padrastro, pensativos, sin dejar de mirar todos los movimientos
de la batalla a sus pies. Los generales sabían instintivamente si una línea
estaba a punto de ceder o de retroceder, dónde iba a concentrar el enemigo el
asalto masivo; si, los generales nacían sabiendo lo que eran flancos,
maniobras, asedios, artillería, columnas de refresco, formaciones, despliegues,
filas y líneas. Cosas que a Mitrídates no le cabían en la cabeza, ni le gustaban
ni le interesaban ni se le daban bien.
Y mientras sus ojos vagaban sin mirar, todos los cortesanos le
observaban tan atentamente como el halcón en lo alto contempla al ratón en el
suelo, sólo que sintiéndose como el ratón. Allí estaba él, sentado en su trono
de oro macizo, engastado con miles de perlas y rubíes, ataviado con la piel de
león (pues estaban en consejo de guerra) y una túnica de la malla más suave y
flexible con baño de oro, resplandeciente e infundiendo temor en todos los
corazones. Nadie se le oponía ni nadie sabía cómo hacerlo. Monarca absoluto,
compleja mezcla de cobarde y valiente, fanfarrón y rastrero, salvador y
destructor. En Roma nadie le habría hecho caso y se habrían reído de él, pero
en Sinope todos le obedecían y nadie se le reía.
—Sea quien fuere ese Lucio Cornelio Sila —dijo por fin el rey—, los
romanos le han enviado sin ejército de guarnición a un país extranjero y tendrá
que utilizar tropas que no conoce. Por consiguiente, tengo que suponer que
Lucio Cornelio Sila es un enemigo a tener en cuenta —añadió,
clavando la vista en Gordio—. ¿Cuántos soldados envié en otoño a tu
reino de Capadocia?
—Cincuenta mil, gran rey —contestó Gordio.
—A principios de primavera iré en persona a Eusebia Mazaca con otros
cincuenta mil, llevando de general a Neoptolemo. Arquelao, tú irás a Galacia
con otros cincuenta mil hombres para guarnecerla en la frontera occidental, por
si los romanos planean invadir el Ponto por dos frentes. Mi reina gobernará
desde Amasia, pero sus hijos permanecerán aquí en Sinope vigilados como rehenes
para que ella se comporte como es debido. Si se descubriera alguna traición, se
ejecutará inmediatamente a sus hijos —dijo Mitrídates.
—¡Mi hija no sueña con nada parecido! —exclamó Gordio, aterrado,
temiéndose que las esposas secundarias del rey fingieran alguna traición que
indujera a la ejecución de los hijos antes de que se aclarase todo.
—No tengo motivos para creerlo —replicó el rey—. Es una simple
precaución que adopto últimamente. Cuando estoy fuera de mis tierras, hago que
los hijos de mis distintas esposas sean confinados en diversas ciudades como
rehenes en garantía del buen comportamiento de sus madres. Las mujeres son un
ganado muy raro —añadió pensativo— y siempre aprecian más a sus hijos que a si
mismas.
—Más vale guardarse contra la que no lo hace así —dijo una voz fina y
afectada, surgida de una persona gorda y afectada.
—Ya lo hago, Sócrates, ya lo hago —replicó Mitrídates sonriente.
No le caía mal aquel repelente cliente de Bitinia, aunque no fuese más
que porque podía decirse con orgullo que ningún hermano suyo así de repelente
habría llegado a cumplir más de cincuenta años. Que ningún hermano de él
hubiese vivido hasta los veinte, repelente o no, era algo en lo que nunca se
paraba a pensar. Los bitinios eran unos blandos. De no haber sido por Roma y la
protección que les prestaba, Bitinia se la habría tragado el Ponto hacía
treinta años. ¡Roma, Roma, Roma! Siempre surgía Roma. ¿Por qué no tendría Roma
una guerra terrible al otro extremo del Mediterráneo que la mantuviera ocupada
una década por lo menos? Así, cuando quisiera volver la vista a Oriente, el
Ponto dominaría la región y a
Roma no le quedaría más remedio que dedicar su atención al oeste. Al
ocaso.
—Gordio, te encargo que vigiles cómo orienta las cosas en Cilicia ese
Lucio Cornelio Sila. ¡Infórmame del más mínimo detalle! Que no se te escape
nada. ¿Está claro?
—Sí, todopoderoso —contestó Gordio temblando.
—¡Bien! —dijo el rey, bostezando—. Tengo hambre. Comamos. ¡Tú, no!
—añadió bruscamente al ver que Gordio se les unía camino del comedor—. Tú
vuelves inmediatamente a Mazaca. Capadocia no puede estar sin rey.
Desgraciadamente para Mitrídates, el tiempo primaveral favoreció a Sila.
El paso de las Puertas Cilicias era menos alto y tenía menos nieve que las
series de tres puertos por los que Mitrídates tenía que conducir los cincuenta
mil hombres desde el campamento en las afueras de Zela hasta el pie del monte
Argaeus. Gordio le había enviado un mensaje a Sinope notificando que Sila se
ponía en marcha con su ejército antes de que el rey tuviese tiempo de cruzar la
montañosa frontera, y cuando le llegó la noticia, en el momento en que
abandonaba Zela, de que Sila había llegado a Capadocia y estaba acampando a
unos cuatrocientos estadios al sur de Mazaca y a cuatrocientos estadios al
Oeste de la Comana capadocia —y no parecía prever más movimientos— el rey
respiró más tranquilo.
A pesar de ello, se apresuró a cruzar con su ejército aquel peligroso
terreno, sin hacer caso de las súplicas de hombres y bestias, con los oficiales
látigo en mano y él mismo con la bota pronta a apartar del camino a los
exhaustos. Ya había mandado correos al este a la Artaxata armenia y a su yerno
el rey Tigranes advirtiéndole de que los romanos estaban reforzando Cilicia y
que Capadocia estaba en manos de un gobernador romano. Alarmado, Tigranes pensó
que lo mejor era notificarlo a sus amos partos y esperar órdenes de Seleucia en
el Tigris antes de hacer nada. Mitrídates no había pedido ayuda, pero Tigranes
hacia tiempo que había
tomado medidas y no estaba muy seguro de querer enfrentarse a Roma, al
margen de lo que pretendiera Mitrídates.
Cuando el rey del Ponto llegó al Halis, lo cruzó y acampó sus cincuenta
mil hombres con los cincuenta mil que ya tenía en Mazaca. Gordio salió a
recibirle con increíbles noticias.
—¡El romano está construyendo una carretera! —¿Una carretera? —inquirió
el rey, parándose en seco. —Por el paso de las Puertas Cilicias, gran rey.
—Pero si hay un camino… —replicó Mitrídates.
—¡Lo sé, lo sé!
—¿Y para qué construir otro?
—¡No lo sé!
Los gruesos y rojos labios de aquella pequeña boca se encogieron, se
fruncieron hacia afuera y hacia dentro, confiriendo al rostro de Mitrídates, si
lo hubiera sabido (o alguien hubiese tenido el valor de decírselo, cosa que no
había sucedido) un claro parecido con un pez; estuvo un rato haciendo esa mueca
y finalmente se encogió de hombros.
—Les encanta hacer carreteras —dijo en tono de asombro—. Supongo que
será una manera de matar el tiempo. ¡Al fin y al cabo ha llegado aquí mucho
antes que yo! —añadió indignado.
—Eso de la carretera, gran rey… —terció discretamente Neoptolemo. —¿Qué?
—Creo que debe de tratarse de que Lucio Cornelio Sila está mejorando el
camino. Cuanto mejor sea, con mayor rapidez podrá trasladar sus tropas. Por eso
los romanos construyen buenas carreteras.
—Pero ha avanzado por la que había sin cambiarla, ¿para qué construir
una nueva después de haber hecho el avance? —exclamó Mitrídates, que no acababa
de entenderlo. A la tropa se la hacía avanzar a punta de látigo mientras
hubiese camino… ¿A qué molestarse en hacerlo más fácil, como un paseo por la
ciudad?
—Imagino —dijo Neoptolemo con harta paciencia— que, al ver el estado en
que se hallaba el camino, los romanos han decidido mejorarlo por si necesitan
volver a recorrerlo.
La suposición surtió efecto y el rey abrió unos ojos como platos. —¡Pues
se llevará una sorpresa! ¡Cuando le haya expulsado de
Capadocia con sus mercenarios cilicios, no me voy a molestar en
destrozar la carretera nueva, sino que la enterraré despedazando las montañas!
—¡Muy bien dicho, gran rey! —dijo Gordio, adulador.
El rey lanzó un gruñido de indignación y avanzó hacia su caballo, montó
apoyando el pie en la espalda de un esclavo arrodillado y se acomodó en la
silla. Sin aguardar a ver si el séquito estaba listo para seguirle, espoleó al
animal en los flancos y salió al galope. Gordio se apresuró a montar en el suyo
y seguir al rey, quejándose y dejando a Neoptolemo cada vez más pequeño atrás,
mirándolos.
Era muy arduo infundir ideas extranjeras en el cerebro del rey, pensó
Neoptolemo. ¿Habrá captado el propósito de la carretera? No sé por qué no lo
comprende. ¡Yo si! Los dos somos del Ponto, ninguno de los dos nos hemos
educado en el extranjero, y procedemos de la misma estirpe. En realidad, él ha
estado en muchos más sitios, y sin embargo parece negado para ciertos
razonamientos que yo entiendo en seguida; aunque hay otras cosas que él capta
antes que yo. Supongo que somos dos mentes distintas y no pensamos igual. Quizá
cuando el individuo es un autócrata absolutista la mente se le pervierte en
algún aspecto. Y eso que mi primo Mitrídates no es tonto. Lástima que entienda
tan mal a los romanos. Casi todas las conclusiones a las que llega respecto a
ellos se fundamentan en sus curiosas aventuras en la provincia de Asia, y eso
no es el mejor antecedente que pueda darse. ¿Cómo podríamos hacerle ver lo que
todos vemos?
La estancia del rey en el palacio azul de Eusebia Mazaca fue breve; al
día siguiente de su llegada se puso en marcha con su ejército camino de la zona
en que se hallaba Sila. ¡Por aquel terreno no había que preocuparse de
carreteras! Aunque había algunas colinas que salvar y habría que efectuar algún
rodeo por aquellos extraños barrancos, era un camino fácil para la marcha.
Mitrídates estaba satisfecho del avance: ciento sesenta estadios por día. Y si
no lo hubiera visto con sus propios ojos, nunca habría creído que
un ejército romano marchando por igual terreno sin carretera pudiera
cubrir el doble de la distancia.
Pero Sila no se movió. Su campamento estaba en el centro de una llanura
y se dedicó a fortificarlo al máximo, pese a que por la ausencia de bosques en
Capadocia tuvo que surtirse de madera en las Puertas Cilicias. Así, cuando
Mitrídates apareció por el horizonte vio una estructura totalmente
cuadrangular, perímetro de un espacio con un área de unos treinta y dos
estadios cuadrados, con fuertes parapetos y una empalizada erizada de puntas de
diez pies de alto, además de los tres fosos exteriores, el primero de veinte
pies de ancho lleno de agua, el central de quince pies con estacas puntiagudas
y el último al pie de la empalizada de veinte pies y lleno también de agua. Sus
vigías le comunicaron que había cuatro pasos sobre los fosos, correspondientes
a las cuatro puertas situadas en el centro de cada uno de los lados del
cuadrilátero.
Era la primera vez en su vida que Mitrídates veía un campamento romano,
y contuvo un gesto de asombro porque se sabía observado por muchos ojos. Hizo
detenerse al ejército y él se fue a ver más de cerca la fortaleza de Sila.
—Mi señor rey, ha llegado un heraldo de los romanos —dijo uno de sus
oficiales que le salió al paso mientras cabalgaba despacio a lo largo de un
lado del formidable reducto de Sila.
—¿Qué es lo que quieren? —inquirió Mitrídates, frunciendo el entrecejo
al ver la valla y las empalizadas, con aquellas torres que sobresalían a
intervalos.
—El procónsul Lucio Cornelio Sila solicita parlamentar.
—Me parece bien. ¿Dónde y cuándo?
—En el camino que conduce a la puerta principal del campamento romano,
ese que tenéis a la derecha, gran rey. El heraldo dice que vos y él solos.
—¿Cuándo?
—Ahora, gran rey.
Mitrídates espoleó el caballo hacia la derecha, ansiando ver a aquel
Lucio Cornelio Sila y sin temor alguno; no le constaba que los romanos
recurriesen a la celada de atravesarle con una lanza durante una tregua
al acudir a parlamentar. Por eso al llegar al camino descabalgó sin pensárselo
dos veces, pero se detuvo, molesto por su poca perspicacia. No debía consentir
de nuevo que un romano le hiciera lo que Cayo Mario y le mirase desde arriba. Y
volvió a montar. Pero el caballo, poniendo los ojos en blanco, asustado por los
fosos de ambos lados, se negaba a avanzar. El rey quiso forzar al animal un
instante, pero pensó que aquello desprestigiaría aún más su imagen; retrocedió,
volvió a bajarse del caballo y fue a pie hacia el centro, en un tramo en que el
foso semejaba unas fauces erizadas de estacas.
Se abrió la puerta, dando paso a un hombre que se dirigió hacia él. Era
pequeño comparado con su gran estatura, se dijo Mitrídates satisfecho, pero
estaba bien formado. El romano llevaba una sencilla armadura de hierro amoldada
al torso, la doble faldilla de tiras de cuero que llamaban pteryges, túnica
escarlata y una ondeante capa también escarlata. No se cubría la cabeza y su
pelo rojo dorado relucía al sol, mecido por la leve brisa. El rey Mitrídates no
podía apartar los ojos de él, pues en su vida había visto unos cabellos de
aquel color, ni siquiera entre los celtas gálatas; ni una piel tan blanca como
aquella que aparecía por debajo del dobladillo próximo a las rodillas y las
botas que le cubrían hasta la mitad de las pantorrillas, notablemente musculosas,
y en brazos, cuello y rostro. ¡Blanca como la nieve! ¡Sin color alguno!
Y cuando lo tuvo más cerca, el rey vio la cara de Lucio Cornelio Sila y
aquellos ojos que le hicieron estremecerse. ¡Apolo! ¡Apolo encarnado en romano!
El rostro era tan fuerte, tan divino, de tan profunda majestad, no un rostro
liso copia de una estatua, sino realmente divino como debían tenerlo los
dioses. ¡Un hombre-dios en plena forma y poderío. Un romano. ¡Un romano!
Sila había salido a su encuentro totalmente seguro de si mismo, pues
Cayo Mario le había explicado su encuentro con el rey del Ponto para darle la
medida del oriental. Pero no se le había ocurrido que su aspecto físico pudiera
impresionar al rey, ni, al notar que tal sucedía, entendía por qué. Bien, no
importaba el porqué, pero aprovecharía aquella inesperada ventaja.
—¿Que hacéis en Capadocia, rey Mitrídates? —inquirió.
—Capadocia es mía —respondió el rey, aunque no con la voz tonante con
que había previsto dirigirse al Apolo romano antes de verle; no, le salió una
voz más bien huera y débil; él mismo lo notó, para mayor irritación.
—Capadocia es de los capadocios.
—Los capadocios son el mismo pueblo que los pontinos.
—¿Cómo es posible si tienen su propio linaje real con tantos cientos de
años como el del Ponto?
—Sus reyes han sido extranjeros, no capadocios.
—¿En qué sentido?
—Son seléucidas de Siria.
—Es curioso, pues —replicó Sila, encogiéndose de hombros—, rey
Mitrídates, que el rey capadocio que tengo en mi campamento no se parezca en
nada a un seléucida sirio. ¡Ni a vos! Y su linaje no es sirio, seléucida ni de
otro origen. El rey Ariobarzanes es capadocio y lo ha elegido su pueblo en
lugar de vuestro Ariarates Eusebio.
Mitrídates se sobresaltó. Gordio no le había dicho que Mario había
averiguado quién era el rey Ariarates Eusebio, y la afirmación de Sila le
parecía presciente y sobrenatural. Otra prueba más de la naturaleza de aquel
Apolo romano.
—El rey Ariarates Eusebio ha muerto; murió durante la invasión armenia
—dijo Mitrídates con la misma voz débil—. Ahora los capadocios tienen un rey
capadocio. Se llama Gordio y yo estoy aquí para garantizar su trono.
—Gordio es un títere vuestro, rey Mitrídates, cosa lógica en un suegro
cuya hija es reina del Ponto —replicó Sila sin alterarse—. Gordio no es el rey
que han elegido los capadocios, sino el que vos impusisteis valiéndoos de
vuestro yerno Tigranes. El verdadero rey es Ariobarzanes.
Otra presciencia. ¿Quién era aquel Lucio Cornelio Sila, sino el propio
Apolo?
—¡Ariobarzanes es un pretendiente!
—No, según el Senado del Pueblo de Roma —contestó Sila, aprovechando la
ventaja—. Me ha encargado el Senado del Pueblo de
Roma la reinstauración en el trono del rey Ariobarzanes y que me asegure
de que el Ponto y Armenia abandonan las tierras de Capadocia.
—¡No es asunto de Roma! —exclamó el rey, haciendo acopio de coraje al
ver que perdía posiciones.
—Todo lo que sucede en el mundo es asunto de Roma —contestó Sila,
haciendo una pausa para mayor énfasis de lo que iba a decir—. Marchaos de aquí,
rey Mitrídates.
—¡Capadocia es mi patria tanto como el Ponto!
—No, no lo es. Regresad al Ponto.
—¿Pensáis obligarme a ello con vuestro ridículo ejército? —inquirió con
sorna Mitrídates, ya enojado—. ¡Mirad esos cien mil hombres, Lucio Cornelio
Sila!
—Cien mil bárbaros —replicó Sila con desdén—. Me los comeré. —¡Lucharé!
¡Os advierto que lucharé!
Sila le volvió la espalda dispuesto a irse y le dijo por encima del
hombro, antes de echar a andar:
—¡Dejaos de amenazas y largaos!
Al llegar a la puerta se dio la vuelta y dijo con voz más fuerte:
—Volved a vuestro país, rey Mitrídates. Dentro de ocho días me pondré en
marcha hacia Eusebia Mazaca para reponer al rey Ariobarzanes en el trono. Si os
oponéis, aniquilaré vuestro ejército y os mataré. Ni el doble de hombres de los
que ven mis ojos podrían impedírmelo.
—¡Si ni siquiera tenéis soldados romanos! —gritó Mitrídates.
—Son lo bastante romanos —replicó Sila con su temible sonrisa—. Los ha
equipado y preparado un romano, y lucharán como romanos, os lo aseguro.
¡Marchaos!
El rey volvió como una exhalación a su tienda imperial, y tan furioso
que nadie osó hablarle, ni el mismo Neoptolemo. Una vez dentro de ella, se
dirigió sin detenerse a su estancia privada en la parte posterior y allí se
sentó en el sillón real, cubriéndose la cabeza con la capa púrpura. ¡No, Sila
no era Apolo, sino un simple romano! Pero ¿qué clase de hombres eran los
romanos que tenían aspecto de Apolo? O, como Cayo Mario, ¿tan grandotes y
regios que jamás dudaban de su poder y autoridad? Los romanos que él
había visto en la provincia de Asia, aun a distancia, como en el caso
del gobernador, le habían parecido hombres corrientes, pese a su arrogancia.
Sólo había conocido a dos romanos, Cayo Mario y Lucio Cornelio Sila. ¿Cuál era
el auténtico romano? Su sentido común le decía que los que había visto en la
provincia de Asia, mientras que algo en su interior afirmaba que eran Mario y
Sila. Al fin y al cabo, él era un gran rey, descendiente de Heracles y del
persa Darío, y los que le hacían frente tenían que ser grandes.
¿Por qué no podía él mandar personalmente un ejército? ¿Por qué no
entendía ese arte? ¿Por qué tenía que dejarlo en manos de hombres como sus
primos Arquelao y Neoptolemo. Eran hijos prometedores, pero las madres eran
ambiciosas. ¿A quién podría dirigirse con plena confianza? ¿Cómo podía
enfrentarse a los romanos grandes, los que derrotaban a miles de soldados?
La rabia dio paso a las lágrimas, y el rey lloró en vano hasta que su
desesperación se hizo resignación, un sentimiento ajeno a su naturaleza. Tenía
que aceptar que no se podía vencer a los romanos, y en consecuencia no podían
realizarse sus ambiciones, a menos que los dioses sonriesen al Ponto y dieran a
los romanos algo que hacer en algún lugar más cercano a Roma que Capadocia. Si
llegara el día en que los únicos romanos que enviasen contra el Ponto fuesen
hombres corrientes, Mitrídates actuaría. Hasta entonces, Capadocia, Bitinia y
Macedonia tendrían que esperar. Tiró la capa al suelo y se puso en pie.
Gordio y Neoptolemo aguardaban en el otro cuarto de la tienda, y cuando
el rey apareció en el umbral de la divisoria los dos se pusieron en pie de un
salto.
—Poned en marcha el ejército —dijo tajante—. Volvemos al Ponto. ¡Que el
romano reponga a Ariobarzanes en el trono de Capadocia! Soy joven y tengo
tiempo. Esperaré a que Roma esté ocupada en otro lugar y entonces avanzaré
hacia el Oeste.
—¿Y yo? —inquirió Gordio.
El rey se mordió el dedo índice, mirándole fijamente.
—Creo que ha llegado el momento de deshacerme de ti, suegro —dijo,
alzando la barbilla—. ¡Guardias, entrad!
Lo hicieron rápidamente.
—Lleváoslo y matadle —ordenó Mitrídates, señalando al medroso Gordio—.
¿Tú que esperas? —añadió, volviéndose hacia el demudado y tembloroso
Neoptolemo—. ¡Pon en marcha el ejército ahora mismo!
—Bien, bien —dijo Sila a su hijo—, se retira.
Estaban en la torre vigía de la puerta principal que miraba al norte, en
dirección al campamento de Mitrídates.
Por una parte, el joven Sila lo sentía, pero en el fondo se alegraba.
—Mejor así, ¿no, padre?
—De momento, creo que si.
—No hubiéramos podido vencerle, ¿verdad?
—¡Si, claro que habríamos podido! —contestó Sila enardecido—. ¿Iba a
traer a mi hijo en campaña de no haber creído que íbamos a vencer? Se va
únicamente por una cosa: porque sabe que le habríamos vencido. Mitrídates habrá
estado errante por los bosques, pero sabe reconocer el poder militar y la
calidad del adversario, aunque sea la primera vez que lo ve. En realidad
tenemos suerte de que haya vivido tan aislado. El único modelo a que pueden
referirse estos orientales es Alejandro Magno, que, con arreglo a los
parámetros militares romanos, está muy anticuado.
—¿Cómo era el rey del Ponto? —inquirió el joven, curioso.
—¿Cómo era? —repitió Sila, pensándose la respuesta—. ¿Sabes que es
difícil contestar? Muy poco seguro de si mismo, desde luego, y, por
consiguiente, fácil de manipular. No haría muy buena figura en el Foro, pero es
por ser extranjero. Como todos los tiranos, debe de estar acostumbrado a
salirse con la suya desde pequeño. Si tuviera que definirle con una sola
palabra, diría que es un palurdo. Pero es rey de todo lo que tiene a la vista y
es peligroso; y capaz de aprender. Es una suerte que no haya tenido la experiencia
de Roma y los romanos siendo más joven, como en el caso de Yugurta, ni el
refinamiento de Aníbal, por poner un ejemplo.
Hasta que conoció a Cayo Mario, y a mi, me imagino que estaría
satisfecho de si mismo. Pero hoy ya no lo está y eso no le sentará nada bien.
Mi pronóstico es que buscará los medios de aventajarnos en nuestro juego. Es
muy orgulloso y engreído y no descansará hasta provocarnos, pero no correrá el
riesgo de hacerlo hasta estar totalmente convencido de que puede vencer. Y hoy
no está seguro. ¡Ha sido muy prudente levantando el campamento, jovencito,
porque yo le habría despedazado su ejército!
El joven Sila miró fascinado a su padre, asombrado de su seguridad y
convicción.
—¿Un ejército tan grande?
—El número es lo de menos, hijo —contestó Sila, volviéndose para salir
de la torre—. Hay una docena de maneras para arrollarle. El piensa en plan
numérico, pero aún no ha llegado a la solución adecuada, que es utilizar como
una sola unidad lo que tienes. Si hubiese decidido presentar batalla y yo le
hubiese dado el gusto de dirigir mis fuerzas de frente hacia él, se habría
limitado a ordenar una carga y todo su ejército se nos habría echado encima en
masa. ¡Y eso es facilísimo de desbaratarlo! Por otra parte, es imposible que
hubiera podido tomar el campamento. Pero es peligroso. ¿Sabes por qué,
jovencito?
—No —contestó el hijo, perplejo.
—Porque ha decidido marcharse —respondió Sila—. Se irá a su país y le
dará vueltas en la cabeza hasta dar con la idea de lo que debía haber hecho.
¡Cinco años, muchacho! Creo que dentro de cinco anos este Mitrídates dará que
hacer a Roma.
Morsimo se les acercó al pie de la torre, con actitud muy parecida a la
del joven Sila, contento y afligido a la vez.
—¿Qué hacemos ahora, Lucio Cornelio? —inquirió.
—Exactamente lo que le he dicho a Mitrídates. Dentro de ocho días nos
encaminaremos a Mazaca y repondremos a Ariobarzanes en el trono. De momento no
sucederá nada y creo que Mitrídates no volverá a Capadocia en unos cuantos años
porque yo aún no he acabado.
—¿No?
—Quiero decir que aún no he acabado con él, porque no regresaremos a
Tarsus —dijo Sila, con su temible sonrisa.
—¡No iréis a dirigiros al Ponto…! —exclamó Morsimo.
Sila se echó a reír.
—¡No! Voy al encuentro de Tigranes.
—¿Tigranes? ¿Tigranes de Armenia?
—El mismo.
—Pero, ¿por qué, Lucio Cornelio?
Dos pares de ojos se clavaron ansiosos en el rostro de Sila en espera de
la respuesta, pues ni el hijo ni el legado tenían la menor idea.
—Porque quiero ver el Éufrates —dijo Sila con añoranza.
Era una respuesta inesperada, pero fue el joven Sila, que conocía esos
repentes de su padre, quien lanzó una risita; Morsimo se alejó rascándose la
cabeza.
A Sila se le había ocurrido una idea: en Capadocia no iba a haber
disturbios y Mitrídates, de momento, se quedaría en el Ponto, pero necesitaba
otro acto disuasorio. Pero, no habiéndose entablado batalla, Sila no había
tenido la oportunidad de hacerse con oro o con tesoros de un botín, y, por otra
parte, no creía que del reino de Capadocia pudiera obtenerse algo. Las riquezas
que hubiera podido haber en Eusebia Mazaca ya hacía tiempo que habrían ido a
parar a las arcas de Mitrídates.
El tenía órdenes concretas: expulsar de Capadocia a Mitrídates y a
Tigranes y restablecer en el trono a Ariobarzanes y cesar toda actividad en las
fronteras de Cilicia. Como simple pretor —con imperium preconsular o no— no le
quedaba más remedio que obedecer. No obstante… De Tigranes no se había sabido
nada, y no se había unido al rey del Ponto en aquella curiosa invasión; lo que
significaba que estaría viviendo todavía en las fortalezas de las montañas
armenias sin saber los deseos de Roma, sin estar amedrentado y sin haber visto
un romano.
Y no se podía confiar en que le transmitiesen con exactitud tales deseos
si el mensajero tenía que ser Mitrídates. Por todo ello, el gobernador de
Cilicia se propuso encontrar a Tigranes y exponerle personalmente las
órdenes de Roma. ¿Por qué no? Incluso, quizá… Tal vez en el camino a Armenia se
tropezase con una bolsa de oro. Un oro que necesitaba desesperadamente. A
condición de que ese oro para uso privado del gobernador fuese acompañado de
otra cantidad de oro para el Tesoro romano, no estaba mal visto que éste
aceptase semejantes obsequios; los cargos de extorsión, traición o soborno sólo
se hacían si el Tesoro no se embolsaba nada o, como en el caso del padre de
Manio Aquilio, el gobernador vendía algo propiedad del Estado y se quedaba con
el producto de la venta, como había hecho con Frigia.
Concluidos los ocho días de plazo, Sila salió con las cuatro legiones
del campamento fortificado que había construido y lo dejó abandonado en aquella
llanura; algún día le vendría bien, pues no pensaba que Mitrídates lo
destruyera si volvía a Capadocia. Y hacia Mazaca se dirigió con su hijo y su
ejército, y en el salón de audiencias de palacio fue testigo de la subida al
trono de Ariobarzanes, que también contemplaron encantados el joven Sila y la
madre del rey. Era evidente que los capadocios también lo celebraban, pues
salieron de sus casas para aclamarle.
—Por precaución, gran rey, más vale que comencéis a reclutar y entrenar
un ejército inmediatamente —dijo Sila cuando se disponía a partir —, puede que
Roma no sea siempre capaz de intervenir.
El rey prometió fervientemente hacerlo, pero Sila tenía sus dudas.
Para empezar había poco dinero en Capadocia y, por otra parte, los ·
capadocios no eran belicosos por naturaleza. Un campesino romano resultaba un
excelente soldado, pero no un pastor capadocio. En cualquier caso, él había
dado el consejo y lo habían oído; más no podía hacer.
Sus vigías le comunicaron que Mitrídates había cruzado el gran río rojo
Halis y ya comenzaba a pasar el primero de los puertos de montaña pónticos
camino de Zela. De lo que ningún vigía podía informarle, desde luego, era de si
Mitrídates había enviado algún mensajero a Tigranes de Armenia. Ni habría
importado. Lo que Mitrídates hubiese podido decir no le habría dejado en mal
lugar, pero la verdad sólo se sabría una vez que Tigranes se viera con Sila.
Desde Mazaca, Sila condujo su ejército hacia el este por la ondulada
altiplanicie de Capadocia hacia el río Éufrates y el vado de Metilene en la
ruta de Tomisa. Ya era primavera avanzada y le dijeron que estaban abiertos
todos los pasos excepto los de Ararat. De todos modos, si rodeaba el Ararat,
también éstos estarían abiertos cuando llegase a la zona. Sila asintió con la
cabeza y no dijo nada; ni siquiera a su hijo ni a Morsimo. No sabía con
exactitud adónde iba, y lo único que se proponía era alcanzar el Éufrates.
Entre Mazaca y Dalanda estaba la cordillera Anti-Tauro, no tan difícil
de salvar como Sila se figuraba, pues, aunque tenía altas cumbres, los pasos
eran bastante bajos y sin nieve ni aludes. Los cruzaron por una serie de
gargantas rocosas de vivos colores, por cuyo lecho discurrían espumosos
torrentes, de los que los campesinos aprovechaban el rico aluvión en la corta
estación de cultivo. Eran pueblos antiguos que habían quedado retrasados en la
historia y a los que nunca se reclutaba para el ejército ni se les arrebataban
las tierras por el poco valor que tenían. Sila los cruzó sin cometer desmanes,
comprando y pagando cuantas provisiones necesitaba, impidiendo que sus hombres
tocasen nada. Era un país ideal para tender emboscadas, pero sus vigías estaban
siempre alerta y no le constaba que Tigranes hubiese movilizado el ejército
para esperarle al otro lado del Éufrates.
Melitene era tan sólo una región sin ninguna ciudad, pero allí la
campiña era llana y rica,y configuraba una amplia zona entre montañas de la
planicie del Éufrates. Aquello estaba mucho más habitado, pero la población era
igual de rudimentaria y era evidente que no estaban acostumbrados a ver
ejércitos en orden de marcha, pues ni siquiera Alejandro el Grande en su
tortuoso periplo había pasado por Melitene. Se enteró, además, de que tampoco
había pasado por allí Tigranes camino de Capadocia, pues había optado por
seguir la ruta norte por el alto Éufrates, en una línea más recta desde
Artaxata.
Y allí estaba por fin el gran río entre orillas cortadas a pico, no tan
ancho como el Rhodanus, pero de corriente más rápida. Sila contempló pensativo
sus veloces aguas, asombrado de su color, un inolvidable azul-
verde lechoso, y dio un abrazo a su hijo, al que cada vez quería más.
¡Era un acompañante perfecto!
—¿Podemos cruzarlo? —preguntó a Morsimo.
Pero el cilicio de Tarsus, precavido, se limitó a mover la cabeza.
—Quizá más adelante, cuando se hayan fundido las nieves, si es que
hay deshielo, Lucio Cornelio. Los indígenas dicen que el Éufrates es más
profundo que ancho y debe ser el río más rápido del mundo.
—¿Y no hay ningún puente? —inquirió Sila, inquieto.
—Por aquí arriba, no. Un puente requeriría una ingeniería inexistente en
esta parte del mundo. Sé que Alejandro el Grande tendió un puente, pero mucho
más abajo y en una época del año más tardía.
—Los romanos lo harían.
—Sí.
—En fin —dijo Sila con un suspiro, encogiéndose de hombros—, no tengo
ingenieros ni tiempo, así que iremos a donde sea antes de que las nieves
cierren los pasos y nos impidan regresar. Aunque creo que volveremos por el
norte de Siria y por el monte Amano.
—¿Adónde vamos, padre, ahora que ya has visto el potente Eufrates? —
inquirió sonriente el joven Sila.
En Samosata la corriente del río seguía siendo demasiado fuerte, aunque
había unas barcazas, que Sila rechazó tras un breve examen.
—Continuamos hacia el sur —dijo.
Le dijeron que el próximo vado estaba en Zeugma, pasada la frontera
siria.
—¿Está apaciguada Siria ahora que Gripo ha muerto y Ciziceno reina solo?
—preguntó a un hombre que hablaba griego.
—No lo sé, señor romano.
Cuando el ejército estaba preparado y a punto de reanudar la marcha,
decreció el caudal del gran río y Sila adoptó una decisión.
—Lo cruzaremos en barca ahora que es posible —dijo.
Una vez en la otra orilla lanzó un suspiro de alivio, aunque no se le
escapaba la aprensión de las tropas, cual si hubiesen cruzado la mítica Estigia
y se hallasen en el infierno. Reunió a los oficiales y les aleccionó
respecto a cómo mantener a la tropa contenta. El joven Sila asistió
también a la reunión.
—No vamos a volver todavía a nuestras casas —dijo Sila—. Así que más
vale que todos se adapten y se lo pasen bien. Dudo mucho de que exista en
muchas millas a la redonda un ejército que pueda vencernos, si es que hay
alguno. Decidles que están bajo el mando de Lucio Cornelio Sila, un general
mucho más grande que Tigranes o el parto Surenas; decidles que somos el primer
ejército romano que cruza a la otra orilla del Éufrates y que eso,
precisamente, nos protege.
Como el verano estaba en puertas, Sila no planeaba descender a las
llanuras sirias y mesopotámicas, pues el calor y la monotonía desmoralizarían
mucho antes a sus soldados que el hecho de enfrentarse a lo desconocido. De
Samosata se dirigió de nuevo hacia el este, en dirección a Amida en la orilla
del Tigris. Eran las tierras fronterizas entre Armenia al norte y el reino de
los partos al sudeste, pero no había tropas de guarnición. Las legiones
cruzaron campos plagados de rojas amapolas, ahorrando provisiones, pues aunque
había ciertos cultivos, no había mucho que vender en los graneros.
Cruzaron parajes de pequeños reinos, Sofene, Gordiea, Osroene y
Comagene, todos rodeados de cumbres nevadas, pero la marcha fue fácil, dado que
no era necesario hacerla entre montañas. En Amida, una ciudad de muros negros a
orillas del Tigris, Sila se entrevistó con el rey de Comagene y el de Osroene,
que se pusieron en camino para verle al tener noticia de aquella extraña fuerza
romana que avanzaba por la zona en plan pacífico.
A Sila, sus nombres le resultaban impronunciables, pero ambos se
presentaron con un sobrenombre griego que ensalzaba el patronímico y Sila se
dirigió a Comagene llamándole Epifanio y a Osroene, Filromaios.
—Honorable romano, estáis en Armenia —dijo Comagene muy serio—, y el
poderoso rey Tigranes asumirá que la invadís.
—Y no está muy lejos —añadió Osroene igual de serio.
—¿No está lejos? —replicó Sila con gesto de alerta más que de temor —.
¿Dónde?
—Va a construir una nueva capital en el sur de Armenia y ha elegido el
lugar —dijo Osroene—. La ciudad va a llamarse Tigranocerta.
—¿Dónde?
—Al este de Amida, un poco más al norte; a unos quinientos estadios —
contestó Comagene.
—Unas sesenta millas —dijo Sila tras un rápido cálculo.
—No os propondréis ir allá, ¿verdad?
—¿Por qué no? —replicó Sila—. No he matado a nadie, no he saqueado
ningún templo ni robado provisiones. He venido en misión de paz a hablar con el
rey Tigranes. En realidad voy a pediros un favor. Enviad mensajes a
Tigranocerta al rey Tigranes y decidle que voy en son de paz.
Los mensajeros partieron y hallaron a Tigranes ya informado del avance
de Sila, pero nada predispuesto a hacerle frente. ¿Qué hacía Roma en la orilla
oriental del Éufrates? Naturalmente que él, Tigranes, no creía que vinieran en
plan pacífico, pero la magnitud del ejército de Sila no daba a entender que
fuese una invasión en toda regla. Lo importante era saber si debía o no
atacarlos, porque Tigranes, igual que Mitrídates, temía el nombre de Roma. Por
lo tanto, decidió no atacar de no ser atacado. Y entretanto iría con su
ejército al encuentro del romano Lucio Cornelio Sila.
Las noticias se las había dado Mitrídates, por supuesto. Era una carta
taciturna a la defensiva, diciéndole que Gordio había muerto y que Capadocia
volvía a estar en manos de un títere de Roma, el rey Ariobarzanes. Que había
llegado de Cilicia un ejército romano y que su comandante (no mencionaba el
nombre) le había aconsejado volverse a su país. De momento, decía el rey del
Ponto, juzgaba prudente abandonar el plan de invadir Cilicia después de someter
a Capadocia de una vez para siempre. Por lo tanto instaba a Tigranes a que
renunciara al plan de entrar por el oeste en Siria y reunirse con su suegro en
las llanuras aluviales de Cilicia Pedia.
Ninguno de los dos reyes había pensado ni por un momento que el romano
Lucio Cornelio Sila, una vez cumplida su misión en Capadocia, fuese a dirigirse
a Otro lugar que no fuese a Tarsus, y cuando Tigranes se convenció ya de lo que
le informaban sus espías —que Sila estaba en el Éufrates buscando un vado— los
mensajes que hubiera podido enviar a Mitrídates en Sinope no podían llegar al
destinatario antes de que Sila apareciese a las puertas de Armenia. Por lo
tanto, Tigranes había enviado aviso de la presencia de Sila a sus soberanos
partos en Seleucia del Tigris, con la que la comunicación era fácil por largo
que fuese el viaje.
El rey de Armenia se encontró con Sila en el Tigris a unas millas del
emplazamiento de la nueva capital, y cuando Sila llegó por la orilla occidental
se encontró con el campamento de Tigranes en la orilla opuesta. Comparado con
el Éufrates, el Tigris era un arroyo de caudal inferior y más turbio, color
marrón, y quizá la mitad de ancho. Nacía en la vertiente peor del Anti-Tauro y
no contaba ni con la décima parte de los afluentes del
Éufrates ni con tanto deshielo y fuentes permanentes. A unas mil
quinientas millas al sur, en la región de Babilonia, Ctesifonte y Seleucia del
Tigris, ambos ríos discurrían a la escasa distancia de sesenta y cuatro millas,
y habían abierto canales que unían el Eufrates con el Tigris para que éste
desembocara en el mar Pérsico.
¿Quién va a ver a quién?, se preguntó Sila, sonriendo perverso, mientras
asentaba a su ejército en un campamento muy fortificado y aguardaba en la
orilla occidental a ver quién cedía primero y cruzaba el río. Fue Tigranes
quien tomó la iniciativa, no por temor al ataque, sino por simple curiosidad.
Como pasaban los días sin que Sila compareciera, el rey estaba en ascuas, y un
día vieron ponerse en marcha la barcaza real, una embarcación áurea de casco
plano que se movía impulsada por pértigas más que por remos, y en la que había
un toldo dorado y carmesí con flecos también dorados, bajo el cual estaba el
trono sobre un estrado, magnífica réplica del original de palacio en oro,
marfil y con profusión de pedrería.
El rey llegó al embarcadero de madera en un carro de oro de cuatro
ruedas que deslumbró a los que se hallaban en la orilla occidental, y en el que
un esclavo a sus espaldas sostenía sobre la real cabeza un parasol dorado
bordado con pedrería.
—¿Y ahora cómo se las va a arreglar? —dijo Sila a su hijo desde su
escondite tras una fila de escudos.
—¿A qué te refieres, padre?
—¡A la dignitas! —exclamó Sila, sonriendo—. No creo que vaya a
ensuciarse los pies en ese malecón de madera, y no le han puesto una alfombra.
La complicación se resolvió por si sola. Dos fornidos esclavos subieron
al carro, descendieron al portador de la sombrilla y aguardaron con las manos
trenzadas a que el rey posase delicadamente su trasero para llevarle hasta la
barcaza y sentarle suavemente en el trono. Mientras la lenta embarcación
cruzaba el tranquilo río, el rey permanecía inmóvil, como si no viese la
multitud de la orilla occidental. La barcaza embarrancó suavemente en la orilla
y, como no había muelle, se repitió la operación anterior: los esclavos
cogieron al rey, apartándose a un lado mientras transportaban el
trono a una roca aplanada, lo colocaban y el portador de la sombrilla se
aprestaba a darle sombra. Acto seguido, los esclavos llevaron al rey a que
tomara asiento.
—¡Muy bonito! —exclamó Sila.
—¿Muy bonito? —inquirió el joven Sila con los ojos muy abiertos. —¡Ahora
sí que me la ha jugado, hijo! Aunque me siente o me esté de
pie, él me domina.
—¿Qué puedes hacer?
Bien escondido del rey, que aguardaba en el promontorio, Sila hizo una
seña a su esclavo personal.
—Ayúdame a quitarme esto —dijo, desabrochándose las correas de la
coraza.
Despojado de la armadura, se quitó también la protección de cuero, se
cambió la túnica escarlata por una rústica de color de avena, se la ciñó con un
cordel, se echó una capa parda de campesino sobre los hombros y se caló el
sombrero de paja de ala ancha.
—En presencia del sol hay que ser un palurdo —dijo a su hijo con una
sonrisa.
Y así salió de entre las filas de su guardia, dirigiéndose hacia donde
se encontraba Tigranes, más inmóvil que una estatua en su trono. Sila parecía
un humilde indígena y el rey le tomó por alguien sin importancia y continuó
mirando fijamente, con ceño, hacia las filas del ejército romano.
—Saludos, rey Tigranes, soy Lucio Cornelio Sila —dijo en griego al
llegar al pie de la roca en que estaba encaramado el oriental. Se quitó el
sombrero y alzó la vista, abriendo mucho sus ojos claros, dado que la sombrilla
real le resguardaba del sol.
El rey contuvo una exclamación al ver aquel pelo y contemplar semejantes
ojos. Para una persona acostumbrada únicamente a ver ojos oscuros —y que
consideraba único el ribete amarillo de los de su reina— los ojos de Sila le
resultaron horribles tizones del día del juicio final.
—¿Ese ejército es tuyo, romano? —inquirió Tigranes.
—Mío.
—¿Y qué hace en mis tierras?
—De viaje para verte, rey Tigranes.
—Ya me ves. ¿Qué más?
—¡Nada! —contestó Sila sin darle importancia, enarcando las cejas y
moviendo los ojos—. He venido a verte, rey Tigranes, y te he visto. Y una vez
que te diga lo que me han ordenado decirte, regresaré con mi ejército a Tarsus.
—¿Que te han ordenado decirme, romano?
—El Senado y el pueblo de Roma te requieren a que permanezcas dentro de
tus fronteras, rey. Armenia no afecta a Roma, pero que te aventures en
Capadocia, Siria o Cilicia le resultará ofensivo. Y Roma es poderosa y dueña de
todas las tierras en torno al Mediterráneo, un territorio mucho mayor que el de
Armenia. Los ejércitos de Roma son numerosos e invencibles. Por lo tanto, rey,
quédate en tus tierras.
—Estoy en mis tierras —replicó el rey, irritado por tan directo razonar
—. Roma es la intrusa.
—Sólo para cumplir las órdenes que se me dieron, rey. No soy más que
un enviado —dijo Sila sin amilanarse—. Espero que lo hayas oído bien.
—¡Uf! —exclamó Tigranes, alzando una mano, al tiempo que sus
fornidos esclavos entrelazaban las manos y se acercaban a él. Se sentó
en ellas y de nuevo fue conducido a la barcaza, donde quedó inmóvil de espaldas
a Sila, mientras las pértigas la impulsaban a través de la turbia corriente.
—¡Vaya, vaya! —dijo Sila a su hijo, restregándose gozoso las manos—.
Estos reyes orientales son unos anticuados, hijo mío. Unos engreídos que se dan
una importancia desmesurada y se desinflan como una vejiga si los pinchan.
¡Morsimo! —añadió, mirando en derredor.
—Aquí estoy, Lucio Cornelio. —Levantamos el campamento y nos vamos.
—¿Hacia dónde?
—A Zeugma. Dudo que Ciziceno de Siria nos plantee más complicaciones que
esa basura que ves alejarse por el río. Por mucho que los moleste, todos temen
a Roma. Lo cual me complace —añadió Sila con
sorna—. Lástima no haber podido hacer que me viera desde una posición
inferior.
Los motivos de Sila para dirigirse al sudoeste, hacia Zeugma, no eran
estrictamente dictados por ser la ruta más corta, y menos montañosa, a Cilicia
Pedia; le quedaban pocas provisiones y los cultivos en las altiplanicies
estaban verdes todavía. Por el contrario, en las tierras bajas de la alta
Mesopotamia cabía hallar grano a la venta, pues la tropa comenzaba a cansarse
de las frutas y verduras con que se habían alimentado desde la salida de
Capadocia y ansiaban comer pan. Por consiguiente, tendrían que aguantar el
calor de las llanuras sirias.
Y así fue, al salir de los riscos al sur de Amida y desembocar en las
llanuras de Osroene, se encontró con que estaban en plena siega y con
abundancia de pan. En Edesa se entrevistó con el rey Fiofomaios y vio que
Osroene le concedía complacido cuanto quería. Y le daba una alarmante noticia.
—Lucio Cornelio, creo que el rey Tigranes ha puesto en marcha su
ejército y os sigue —dijo Filoromalos.
—Lo sé —contestó Sila sin alterarse.
—¡Os atacará! ¡Y me atacará a mí!
—Mantén tu ejército disperso, rey, y a vuestra gente fuera de su camino.
Es mi presencia lo que le preocupa, pero una vez que compruebe que realmente
regreso a Tarsus, se retirará a Tigranocerta.
Aquella profunda confianza tranquilizó en gran medida a Osroene, quien
despidió a Sila con gran cantidad de trigo y algo que el romano había
desesperado de encontrar: una gran bolsa de monedas de oro con la efigie no de
él, sino del propio Tigranes.
Tigranes siguió a las tropas de Sila hasta el Éufrates y Zeugma, pero
muy a la zaga de la retaguardia y, por consiguiente, posibilitando el alto y la
preparación para el combate, medida más precavida que hostil. Pero una vez que
Sila hubo cruzado el río en Zeugma —operación mucho más fácil que en Samosata—
recibió la visita de cincuenta nobles, todos con atavío exótico para un romano,
consistente en sombreritos redondos cuajados de perlas y pepitas de oro, unos
asfixiantes collares espirales de oro que les
llegaban al pecho, camisas bordadas en oro y faldas rectas, bordadas
también en oro, que les llegaban a los pies, calzados igualmente en oro.
No le causó sorpresa saber que el grupo era una embajada del rey de los
partos, pues sólo los partos disponían de tanto oro. ¡Qué apasionante! Una
recompensa a su imprevisto y no autorizado viaje al este del Éufrates. Tigranes
de Armenia era súbdito de los partos, según tenía entendido; quizá pudiese
convencer a los partos para que le pusieran freno y le impidieran ceder a las
lisonjas de Mitrídates.
En esta ocasión no pensaba mirar a Tigranes alzando la vista, ni la
alzaría hacia los partos.
—Recibiré a los partos que hablen griego, y al rey Tigranes, pasado
mañana, en la orilla del Éufrates, en el punto en que mis hombres conduzcan a
los dignatarios —dijo Sila a Morsimo. Aún no le habían visto los que formaban
la embajada, pese a que él sí había podido observarlos, pues, sabiendo que su
presencia había impresionado a Mitrídates y a Tigranes, había decidido
impresionar también a los partos.
Como llevaba en la sangre madera de actor, montó el escenario con gran
minuciosidad. Hizo construir un elevado estrado con losas de mármol blanco
pulimentado del templo de Zeus en Zeugma, y sobre el estrado otro de amplitud
suficiente para colocar la silla curul un palmo más alto que el resto de la
superficie, y en frente de ella situó un pedestal de mármol rojo oscuro que
había servido de realce a una estatua de Zeus. Confiscó en la ciudad artísticos
sitiales de mármol, con respaldo de grifos y leones, esfinges y águilas, y los
dispuso en el estrado en dos grupos de seis en dos lados y uno espléndido para
Tigranes, formado por dos leones alados, enfrente del pedestal con la silla
curul, modesto asiento comparado con los otros, y sobre todo ello hizo tender
un toldo rojo y gualda con la tapiceria que adornaba el santuario del templo de
Zeus.
Poco después del amanecer del día convenido, una escolta romana condujo
a seis de los embajadores partos al estrado y los acomodó en un grupo de seis
sitiales, mientras el resto de la embajada permanecía en el suelo, debidamente
sentado a la sombra. Tigranes quiso subir al estrado rojo, pero se le invitó
cortés pero firmemente a hacerlo en su regio sitial,
situado en el centro del semicírculo formado por los otros. Los partos
miraron a Tigranes, él los miró a ellos, y todos dirigieron la vista al podio
de mármol rojo.
Cuando todos estuvieron sentados compareció Lucio Cornelio Sila,
ataviado con su toga praetexta bordada en púrpura con la vara de marfil, signo
de su cargo, con un extremo en la palma de la mano y el otro detrás del codo.
Con el cabello resplandeciente, aun al pasar del sol a la sombra, caminó sin
dirigir la vista a derecha o izquierda hasta los escalones del estrado, salvó
el último escalón hasta su silla curul y tomó asiento con la vara alzada y la
espalda erguida, un pie adelantado y el otro retrasado, en la pose clásica. Un
auténtico romano.
No les divirtió, y a Tigranes menos que a nadie, pero poco podían hacer,
pues los habían acomodado con tal dignidad y cortesía que reclamar sentarse a
la misma altura que la silla curul no habría servido para acrecentar su
dignidad.
—Señores representantes del rey de los partos y rey Tigranes, os doy la
bienvenida a la reunión —dijo Sila desde su posición dominante, deleitándose en
inquietarlos con sus extraños ojos claros.
—¡No te corresponde parlamentar, romano! —espetó Tigranes—. ¡Yo he
convocado a mis soberanos!
—Lo siento mucho, rey, pero si me corresponde parlamentar —replicó Sila
con una sonrisa—. Has acudido a donde yo me encuentro, invitado por mí. ¿Quién
de vosotros, señores partos, es el que dirige la delegación? — añadió acto
seguido, sin dar tiempo a que Tigranes replicara, volviéndose levemente hacia
ellos con su más fiera sonrisa, mostrando los colmillos.
Como era de esperar, el más anciano, sentado en el primer sitial, hizo
una regia reverencia.
—Soy yo, Lucio Cornelio Sila. Mi nombre es Orobazus y soy sátrapa de
Seleucia del Tigris. Yo sólo respondo ante el rey de reyes, Mitrídates de los
partos, que lamenta que el tiempo y la distancia le impidan estar hoy aquí.
—¿Se encuentra en su palacio de verano en Ecbatana, verdad? — inquirió
Sila.
—Bien informado estáis, Lucio Cornelio Sila —contestó Orobazus,
parpadeando—. No sabía que en Roma se conocieran tan bien sus movimientos.
—Llamadme simplemente Lucio Cornelio, señor Orobazus —dijo Sila,
inclinándose un poco hacia adelante sin doblar la columna vertebral,
manteniendo en la silla una postura de perfecta mezcla de gracia y poderío,
como correspondía a un romano dirigiendo una reunión importante—. Hoy vamos a
hacer historia aquí, señor Orobazus, pues es la primera vez que los embajadores
del reino de los partos se reúnen con un embajador de Roma. Y es muy adecuado
que ello tenga lugar en el río que constituye la divisoria entre dos mundos.
—Efectivamente, mi señor Lucio Cornelio —comentó Orobazus.
—No digáis «mi señor», sino sencillamente Lucio Cornelio —replicó Sila—.
En Roma no hay señores ni reyes.
—Eso hemos oído, pero lo encontramos extraño. Seguís, pues, la modalidad
griega. ¿Cómo es que Roma se ha engrandecido tanto si no la gobierna un rey? Es
comprensible entre los griegos, que nunca fueron grandes por no tener un gran
rey y se escindieron en una miriada de pequeños estados que se enfrentaron unos
a otros. Roma, por el contrario, actúa como si tuviera un gran rey. ¿Cómo no
teniendo rey habéis adquirido tanto poder, Lucio Cornelio? —inquirió Orobazus.
—Roma es nuestro rey, señor Orobazus, aúnque la nombremos con una forma
femenina y digamos «ella». Los griegos se supeditaban a un ideal, vosotros os
subordináis todos a un hombre, vuestro rey, pero los romanos nos subordinamos a
Roma y sólo a Roma. Nosotros no doblamos la rodilla ante ningún ser humano,
señor Orobazus, del mismo modo que no nos doblegamos ante ningún ideal
abstracto. Roma es nuestro dios, nuestro rey, nuestra vida. Y aunque todos los
romanos se esfuerzan por acrecentar su reputación y ser más grandes ante sus
compatriotas, en último extremo todo va dirigido a acrecentar Roma y a la
grandeza de Roma. Nosotros, señor Orobazus, adoramos un lugar, no a un hombre.
No un ideal. Los hombres pasan por la tierra en un vuelo, y los ideales se
esfuman conforme soplan los vientos filosóficos, pero un lugar es eterno
mientras los que viven en él
lo amen, lo cuiden y lo engrandezcan. Yo, Lucio Cornelio Sila, soy un
gran romano, pero al final de mi vida todo lo que haya hecho será para
engrandecer el poder y la majestad de donde he nacido: Roma. Hoy estoy aquí, no
por cuenta propia, ni por cuenta de otro hombre, sino por cuenta de ¡Roma! Si
firmamos un tratado, quedará depositado en el templo de Júpiter Feretrius, el
más antiguo de Roma, y allí se conservará sin que sea mio ni siquiera lleve mi
nombre. Un legado para la grandeza de Roma.
Había hablado con elocuencia en su hermoso griego ático, mucho mejor que
el de los partos o el de Tigranes, y ellos le habían escuchado fascinados,
esforzándose por comprender un concepto que les era totalmente ajeno. ¿Una
ciudad con más grandeza que un hombre? ¿Un lugar más grande que el resultado
del raciocinio de un hombre?
—¡Pero un lugar, Lucio Cornelio —adujo Orobazus—, no es más que un
conjunto de objetos! Si es una ciudad, es un conjunto de edificaciones; si un
santuario, un conjunto de templos; si un paisaje, un conjunto de árboles, rocas
y campos. ¿Cómo un lugar puede generar ese sentimiento, esa nobleza? Miráis un
conjunto de edificaciones, pues ya sé que Roma es una gran ciudad, ¿y qué es lo
que hacéis en consideración a esos edificios?
—Esto es Roma, señor Orobazus —replicó Sila, tendiendo la vara de marfil
y tocando el musculoso antebrazo, blanco como la nieve—. Esto es Roma —añadió
apartando los pliegues de su toga para mostrar la equis curvada de la silla
plegable—. Esto es Roma, señor Orobazus —repitió, extendiendo el brazo
izquierdo, cubierto de pliegues de la toga, y tocando la tela y haciendo una
pausa para mirar aquelíos pares de ojos clavados en él desde abajo—. Yo soy
Roma, señor Orobazus, igual que todo aquel que se llame romano. Roma es un
cortejo que se remonta a mil años, en tiempos en que un huido de Troya llamado
Eneas puso pie en las playas del Lacio, originando una raza que fundó hace
seiscientos sesenta y dos años un lugar llamado Roma. Durante un tiempo, esa
Roma fue gobernada por reyes, hasta que los romanos repudiaron el concepto de
que un hombre pueda ser más poderoso que el lugar que le ha visto nacer. No hay
ningún romano más grande que Roma. Roma es el crisol de los grandes hombres.
Pero lo que son y lo que hacen es para gloria de ella, son su contribución a
ese cortejo
que continúa. Y yo os digo, señor Orobazus, que Roma perdurará mientras
los romanos la quieran más que a sí mismos, más que a sus hijos y más que a su
propia fama y triunfos. — Hizo otra pausa y respiró hondo—. Mientras los
romanos quieran más a Roma que a un ideal o a un solo hombre.
—Pero el rey es la encarnación de todo eso que decís, Lucio Cornelio
—replicó Orobazus.
—Un rey no puede serlo —añadió Sila—. A un rey, lo primero que le
importa es él mismo, y se cree más cerca de los dioses que ningún otro hombre.
Hay reyes que se creen dioses. Simple egoísmo, señor Orobazus. Los reyes se
aprovechan de sus países; Roma se engrandece con los romanos.
—No comprendo lo que decís, Lucio Cornelio —dijo Orobazus, alzando los
brazos en senecto ademán de rendición.
—Pues pasemos a los motivos que han hecho que nos reunamos aquí, señor
Orobazus. Es una circunstancia histórica, y por cuenta de Roma os hago una
propuesta. Todo lo que queda al este del río Éufrates es de vuestra absoluta
potestad y asunto del rey de los partos, pero lo que está al oeste del río
Eufrates es asunto de Roma y potestad de quienes actúan en nombre de Roma.
—¿Queréis decir, Lucio Cornelio —replicó Orobazus enarcando sus hirsutas
cejas grises—, que Roma quiere gobernar en todas las tierras al oeste del río
Éufrates? ¿Que Roma pretende destronar a los reyes de Siria, del Ponto, de
Capadocia, de Comagene y muchas otras tierras?
—Ni mucho menos, honorable Orobazus. Roma quiere garantizar la
estabilidad de las tierras al oeste del Éufrates, impedir que unos reyes se
expansionen a costa de otros, evitar que las fronteras de los paises se
reduzcan o se amplíen. ¿Sabéis, por ejemplo, honorable Orobazus, en qué lugar
exacto me hallo hoy?
—Con exactitud, no, Lucio Cornelio. Recibimos aviso de nuestro súbdito
Tigranes de Armenia de que ibais contra él con un ejército. Y hasta el momento
no he podido obtener razón alguna del rey Tigranes que me explique por qué
vuestro ejército no ha pasado a la acción. Estabais muy al este del Éufrates, y
ahora parece que os dirigís de nuevo hacia el oeste.
¿Qué os trajo aquí? ¿Por qué entrasteis con vuestro ejército en Armenia?
¿Y por qué, una vez dentro, no habéis atacado?
Sila volvió el rostro para mirar a Tigranes y vio el círculo dentado de
su tiara, decorado a ambos lados por encima de la diadema con una estrella de
ocho puntas y un creciente formado por dos águilas, notando que estaba hueco y
que el rey era bastante calvo. Molesto por su situación inferior, el rey alzó
la barbilla y miró irritado a Sila.
—¿Cómo, rey, no se lo dijiste a tu señor? —inquirió Sila. Al no recibir
respuesta, se volvió hacia Orobazus y los otros partos—. Roma está seriamente
preocupada, honorable Orobazus, porque algunos reyes del extremo oriental del
Mediterráneo se hagan excesivamente poderosos y expulsen a otros. A Roma le
complace la situación en Asia Menor, pero el rey Mitrídates del Ponto ha puesto
sus miras en el reino de Capadocia y en otras regiones de Anatolia, incluida
Cilicia, que se ha puesto voluntariamente en manos de Roma ahora que el rey de
Siria no tiene suficiente poder para protegerla. Pero vuestro súbdito, el rey
Tigranes, ha apoyado a Mitrídates, llegando incluso hace poco a invadir
Capadocia.
—Algo de eso he oído —dijo Orobazus impasible.
—¡Me imagino, honorable Orobazus, que nada escapa a la atención del rey
de los partos y de sus sátrapas! Sin embargo, después de hacerle el trabajo
sucio al Ponto, el rey Tigranes regresó a Armenia y no ha vuelto a pasar al
oeste del Eufrates —dijo Sila con un carraspeo—. Lamentablemente, he tenido que
expulsar de nuevo de Capadocia al rey del Ponto; encomienda del Senado y del
pueblo de Roma que llevé a cabo a principios de año. Sin embargo, pensé que mi
tarea no habría quedado culminada sin viajar para hablar con el rey Tigranes.
Por eso me dirigí a Eusebia Mazaca para verle.
—¿Con vuestro ejército, Lucio Cornelio? —inquirió Orobazus.
—¡Desde luego! —replicó Sila enarcando sus puntiagudas cejas.
Comprenderéis, honorable Orobazus, que ando por un confín del mundo que no
conozco, y es una simple precaución. Por eso he venido con mi ejército y me he
conducido con absoluto decoro, como me imagino sabréis; no hemos saqueado ni
pillado, ni pisoteado ningún cultivo. Hemos
comprado cuanto necesitábamos y seguimos haciéndolo. Considerad mi
ejército como una escolta muy numerosa. ¡Yo soy un hombre importante, honorable
Orobazus! Mi puesto en el gobierno de Roma no ha alcanzado el cenit y aún
llegaré más alto. Por consiguiente, me incumbe a mi, ¡y a Roma!, cuidar de
Lucio Cornelio Sila.
—Un momento, Lucio Cornelio —interrumpió Orobazus con un gesto
—. Tengo aquí a un caldeo, Nabopolosor, que viene no de Babilonia sino
de la misma Caldea, donde el delta del Éufrates desemboca en el mar de Persia.
Me sirve de vidente y de astrólogo y su hermano está al servicio del rey
Mitrídates de los partos. Todos los presentes de Seleucia del Tigris creemos en
lo que vaticina. ¿Permitiríais que os examinara la palma de la mano y el
rostro? Quisiéramos saber por nosotros mismos si sois tan gran hombre como
decís.
Sila se encogió de hombros con expresión de indiferencia.
—Me da igual, honorable Orobazus. ¡Que ese hombre escrute las líneas de
mi mano y de mi rostro cuanto queráis! ¿Está aquí? ¿Queréis que lo haga ahora?
¿O debo ir yo a algún sitio?
—Quedaos sentado, Lucio Cornelio, Nabopolosor vendrá aquí —dijo Orobazus
chascando los dedos y diciendo algo al grupo de observadores partos sentados en
el suelo.
De entre ellos surgió un individuo que no se diferenciaba de los demás,
con el sombrero redondo cuajado de perlas, el collar espiral y vestiduras
doradas. Con las manos metidas en las mangas, se llegó hasta los escalones del
estrado, los ascendió ágilmente y se detuvo en el último, ante el estrado de
Sila; allí sacó una mano de la manga y cogió la mano derecha que le tendía el
romano para ir mirando despacio las líneas; luego la soltó y se puso a
escrutarle el rostro. Hizo una reverencia, descendió los escalones,
retrocediendo hasta Orobazus, y sólo en ese momento volvió la espalda a Sila.
Tardó un rato en hacer su informe, mientras Orobazus y los demás
escuchaban atentamente con rostro impasible. Hecho lo cual, regresó hasta Sila,
inclinó el tronco hasta el suelo y salió de la plataforma sin alzar la cabeza,
en actitud de solemne sumisión.
El corazón de Sila, que había comenzado a latir aceleradamente mientras
el adivino daba su veredicto, volvió a saltar de gozo cuando el caldeo se
escurrió de la plataforma para regresar a su puesto en el grupo. No sabía qué
les había dicho, pero era evidente que acababa de confirmar su afirmación de
que era un gran hombre romano al hacerle aquella profunda reverencia como si
hubiera sido su rey.
—Nabopolosor dice, Lucio Cornelio, que sois el hombre más grande del
mundo, y que ninguno de vuestros contemporáneos puede compararse a vos desde el
río Indus hasta el río del océano en el extremo de Occidente. Debemos creerle,
pues no se ha recatado de incluir entre vuestros inferiores a nuestro rey
Mitrídates, jugándose con ello la cabeza —dijo Orobazus con distinto timbre en
la voz.
Sila advirtió que el propio Tigranes le miraba ahora con temor.
—¿Resumimos lo parlamentado? —inquirió Sila, sin alterar la postura,
el gesto y el tono protocolario.
—Os lo ruego, Lucio Cornelio.
—Bien. Creo que había explicado el porqué de la presencia de mi
ejército, pero no lo que había venido a decir al rey Tigranes. En pocas
palabras, le dije que permaneciera en el lado del río Éufrates que le
corresponde, advirtiéndole que no ayudase a su suegro del Ponto a lograr sus
ambiciones, ya fuesen relativas a Capadocia, Cilicia o Bitinia. Y después de
advertirselo, volví grupas.
—¿Creéis, Lucio Cornelio, que el rey del Ponto ha puesto sus miras más
allá de Anatolia?
—¡Yo creo que ambiciona todo el mundo, honorable Orobazus! Ya es dueño
del Euxino oriental, desde Olbia en el Hypanis hasta la Cólquida del Fasis. Se
ha apoderado de la Galacia asesinando a todos los notables y ha matado al
último rey de la dinastía capadocia. Estoy seguro de que es el artífice de la
invasión de Capadocia llevada a cabo por Tigranes, aqui presente. Y al margen
del objeto de esta reunión —añadió, inclinándose hacia adelante, con un fulgor
extraño en los ojos—, os diré que la distancia entre el Ponto y el reino de los
partos es mucho menor que la existente entre el Ponto y Roma. Por consiguiente,
creo que el rey de los partos debería
vigilar sus fronteras dado que el del Ponto alimenta ambiciones
expansionistas, vigilando a la par atentamente a su súbdito el rey Tigranes de
Armenia —añadió Sila, con una sonrisa amable y los colmillos bien ocultos—. Eso
es cuanto tengo que decir, honorable Orobazus.
—Habéis hablado cuerdamente, Lucio Cornelio —dijo el parto—. Tendréis el
tratado. Todo el occidente del Éufrates será potestad de Roma y todo el este
del Éufrates potestad del rey de los partos.
—¿He de entender que eso significa que no habrá más incursiones al Oeste
por parte de Armenia?
—Indudablemente —respondió Orobazus, dirigiendo una mirada glacial al
molesto e irritado Tigranes.
Por fin, pensó Sila mientras los enviados partos abandonaban el estrado
—seguidos por un Tigranes al que no le llegaba la camisa al cuerpo—, por fin sé
lo que debió de sentir Mario cuando Marta, la vidente siria, le predijo que
sería siete veces cónsul de Roma y le calificó de tercer fundador de Roma.
¡Pero Cayo Mario sigue vivo! ¡Y a mí me han llamado el hombre más grande del
mundo! ¡De todo el orbe, desde la India al océano Atlántico!
Pero durante los días que siguieron no dejó trascender el menor júbilo
ante quienes le rodeaban; su hijo, que había asistido de lejos a la entrevista,
no sabía más que lo que sus ojos habían visto, y ninguno de los que acompañaban
a Sila había oído nada. Y Sila sólo habló del tratado.
El acuerdo iba a inscribirse en una piedra monumental que Orobazus
pensaba erigir en el sitio en que había alzado Sila la plataforma de mármol que
ya había sido desmantelada para devolver los ricos materiales a sus lugares de
origen. Era un obelisco en cuyos cuatro lados se esculpió el tratado en latín,
griego, parto y medo, haciendo dos copias en pergamino auténtico, una para que
Sila la llevase a Roma y otra para que Orobazus la presentase a Seleucia del
Tigris, donde el honorable anticipó que complacería enormemente al rey
Mitrídates de los partos.
Tigranes se había esfumado como un perro apaleado en cuanto pudo zafarse
de sus soberanos y regresó al lugar en que estaban trazando las calles de
Tigranocerta. Su primer impulso lógico fue escribir a Mitrídates
del Ponto, pero estuvo bastante tiempo andando. Cuando se decidió, fue
con cierta satisfacción por las noticias que había recibido de un amigo
residente en la corte de Seleucia del Tigris.
Tened cuidado con el romano Lucio Cornelio Sila, mi apreciado y poderoso
suegro. En Zeugma del Éufrates concluyó un tratado de amistad con el sátrapa
Orobazus de Seleucia del Tigris en nombre de mi soberano el rey Mitrídates de
los partos.
Entre ambos me han atado de manos, amado rey del Ponto. Según los
términos del tratado, tengo que permanecer al este del Éufrates y no osar
desobedecer mientras ese viejo tirano que lleva vuestro nombre siga en el trono
de los partos. Setenta valles pagó mi reino por mi regreso, y si desobedeciera
me arrebatarían otros setenta.
Pero no debemos desesperar. Como os he oído decir, aún somos jóvenes y
tenemos tiempo para ser pacientes. Este tratado entre Roma y el reino de los
partos me ha decidido y voy a expansionar a Armenia. Para vos los territorios
que mencionasteis de Capadocia, Paflagonia, la provincia de Asia, Cilicia,
Bitinia y Macedonia. Para mi, el sur de Siria, Arabia y Egipto. Y,
naturalmente, el reino de los partos. Pues Mitrídates, el viejo rey de los
partos, morirá, y preveo que se producirá una guerra por la sucesión, pues ha
sojuzgado a sus hijos igual que me sojuzga a mi, no favorece a ninguno y los
atormenta con amenazas de muerte, llegando a veces a matar a alguno para que
los demás se sometan. Por eso no hay ningún respeto de ningún hijo respecto a
otro, lo cual es peligroso cuando muera el viejo rey. Yo os juro, honrado y
estimado suegro, que en el momento en que estalle la guerra interna entre los
hijos del rey de los partos, aprovecharé la oportunidad y atacaré en Siria,
Arabia, Egipto y Mesopotamia, pero hasta entonces proseguiré mi labor de
construir Tigranocerta.
Una cosa más tengo que comunicaros respecto a la reunión entre Orobazus
y Lucio Cornelio Sila. Orobazus ordenó al adivino caldeo Nabopolosor leer la
palma de la mano y el rostro del romano. Bien, yo conozco los vaticinios de
este Nabopolosor, cuyo hermano es adivino del
propio rey de reyes, y os digo, grande y sabio suegro, que es un vidente
que nunca se equivoca. Cuando hubo examinado la mano y el rostro de Lucio
Cornelio Sila se postró en tierra humillándose ante él como únicamente lo hace
ante el rey de reyes. ¡Y luego dijo a Orobazus que Lucio Cornelio Sila era el
hombre más grande del mundo! Desde el río Indus hasta el río del océano, le
dijo. Y yo sentí gran temor. Igual que Orobazus. Con toda razón. Cuando
regresaron a Seleucia del Tigris, se encontraron con el rey y Orobazus le
comunicó inmediatamente lo que había sucedido, incluidos detalles que le había
dado el romano sobre nuestras actividades, poderoso suegro. E incluyendo la
opinión del romano de que vos tenéis ambiciones de conquista del reino de los
partos. El rey Mitrídates lo ha tomado muy en cuenta y me vigila, aunque lo
único que me consuela es que ha mandado ejecutar a Orobazus y a Nabopolosor por
honrar más a un romano que a su rey. Sin embargo, ha decidido cumplir el
tratado, escribiendo a Roma a tal efecto. Parece que el viejo lamenta no haber
visto en persona a Lucio Cornelio Sila. Yo sospecho que, de haberlo podido
hacer, habría dado trabajo a su verdugo. Lástima que estuviese en Ecbatana.
Sólo el futuro nos mostrará nuestro destino, queridísimo y admiradísimo
suegro. Puede que Lucio Cornelio Sila no vuelva más a Oriente y que su grandeza
quede circunscrita a Occidente. Y puede también que un día sea yo quien asuma
el título de rey de reyes. Sé que esto no significa nada para vos, pero para
quien se ha criado en las cortes de Ecbatana, Susa y Seleucia del Tigris lo es
todo.
Mi querida esposa, vuestra hija, se encuentra muy bien. Nuestros hijos
están bien. Ojalá pudiera informaros de que nuestros planes van bien, pero, de
momento, no es así.
Diez días después de la entrevista en la plataforma, Lucio Cornelio Sila
recibía su copia del tratado y fue invitado a la inauguración del monumento
junto al gran río azul lechoso. Revistió la toga praetexta, procurando olvidar
el inmisericorde sol de verano que le quemaba el rostro, pues en tales
circunstancias no podía llevar el sombrero. Lo único que hizo fue untarse
aceite con la esperanza de aminorar las quemaduras.
Pero el sol no le perdonó; lección que aprendió su hijo, prometiéndose
ir siempre protegido por un sombrero. El padre padeció mucho y estuvo varios
días con ampollas y pelándose, sucesivamente, supurando agüilla, rascándose y
volviendo a supurar. Pero cuando llegaron a Tarsus, unos cuarenta días después,
su piel estaba casi curada y no le escocía. Morsimo había encontrado un
ungüento oloroso en un mercado a orillas del río Píramo y desde que comenzó a
aplicárselo la piel fue recuperándose y no le quedó señal alguna, cosa que
complació enormemente al presumido Sila.
Del mismo modo que nada dijo del vaticinio de Nabopolosor, de la bolsa
de oro no contó nada a nadie, ni a su propio hijo. A la que le había entregado
el rey Osroene siguieron otras cinco, obsequio del parto Orobazus. Eran monedas
acuñadas con la efigie de Mitrídates II de los partos, un anciano de cuello
corto, nariz como un anzuelo, pelo muy rizado y barba puntiaguda, con el mismo
sombrerito sin ala con que se tocaban sus embajadores, salvo que él lucía la
cinta de la diadema, orejeras y toca.
Sila cambió en Tarsus sus monedas de oro por denarios romanos, y para su
sorpresa vio que poseía una fortuna de diez millones de denarios, o cuarenta
millones de sestercios. ¡Había más que duplicado su fortuna! Naturalmente que
de aquella banca de Tarsus no salió cargado de bolsas de monedas romanas, sino
que optó por la permutatio y únicamente se llevó un modesto rollo de pergamino
auténtico.
El año tocaba a su fin y el otoño estaba muy avanzado; era el momento de
pensar en regresar a Roma. Había llevado a cabo su cometido, y lo había hecho
muy bien. Los del Tesoro que habían financiado la expedición no se quejarían,
pues había habido otras diez bolsas de oro, dos del rey Tigranes de Armenia,
cinco del rey de los partos, una del rey de Comagene y otras dos nada menos que
del rey del Ponto. Lo cual significaba que Sila podía pagar su ejército, dar a
Morsimo una buena recompensa, y conservar en sus arcas de guerra más de dos
tercios del total, aumentándolas considerablemente. ¡Había sido un buen año! Su
fama crecería en Roma, y ahora tenía dinero para iniciar la campaña del
consulado.
Ya estaba listo el equipaje y la nave que había fletado acababa de echar
el ancla en Cidno, cuando le llegó una carta de Publio Rutilio Rufo con
fecha de septiembre.
Espero, Lucio Cornelio, que ésta te llegue a tiempo. Y espero que hayas
tenido mejor año que yo. Pero eso te lo contaré más adelante.
Me encanta relatar lo que sucede en Roma a los que se encuentran lejos.
¡Cómo voy a echarla de menos! ¿Y quién me escribirá a mí? Pero ya hablaremos de
esto.
En abril elegimos nuevos censores, Cneo Domicio Ahenobarbo, pontífice
máximo, y Lucio Licinio Craso Orator. Una mala pareja, como puedes ver. El
irascible unido al inmutable —Hades y Zeus—, el sucinto vinculado al
verborreico, una arpía y una musa. Toda Roma intenta hallar la definición
perfecta del más imperfecto binomio. Que, por supuesto, habrían debido formarlo
Craso Orator y mi querido Quinto Mucio Escévola. Pero no fue así. Escévola se
negó a presentarse porque dice que está muy atareado. ¡Muy cansado, más bien!
Después del revuelo que crearon los últimos censores —con la lex Licinia Mucia
como plato fuerte— yo creo que a Escévola no le han quedado fuerzas.
En cualquier caso, los tribunales especiales previstos por la lex
Licinia Mucia han pasado a mejor vida. Cayo Mario y yo conseguimos que se
desmantelasen a primeros de año, fundamentándonos en que eran una rémora
financiera injustificable. Afortunadamente todos se mostraron conformes y la
enmienda se aprobó sin incidente alguno en el Senado y los Comitia. Pero aún
perduran terribles secuelas, Lucio Cornelio. A dos de los jueces más
execrables, Cneo Escipión Nasica y Catulo César, les han quemado las alquerías
y las villas, y a otros les han destrozado los cultivos, las viñas y les han
envenenado los aljibes. Y ahora tenemos un deporte nacional nocturno: dar con
un romano y pegarle una paliza de muerte. Aunque, claro, ninguno —incluido
Catulo César— admite que estos hechos tengan nada que ver con la lex Licinia
Mucia.
El repugnante joven Quinto Servilio Cepio ha tenido la osadía de
denunciar a Escauro, príncipe del Senado ante el tribunal de extorsiones,
acusándole de haber aceptado una gran suma como soborno del rey Mitrídates del
Ponto. Puedes imaginarte lo que sucedió. Escauro se
personó en el lugar en que estaba reunido el tribunal en el bajo Foro,
¡pero no para responder de las acusaciones! Fue derecho a donde estaba Cepio y
le abofeteó, mejilla izquierda, mejilla derecha, ¡plaf!, plaf! Yo te aseguro
que en semejantes circunstancias Escauro crece dos palmos. Parecía dominar por
entero a Cepio, cuando de hecho son casi igual de altos.
«¡Cómo te atreves! —bramó—. ¡Cómo te atreves, miserable gusano! ¡Retira
inmediatamente esa absurda acusación o desearás no haber nacido! ¿Tú, un
Servilio Cepio, miembro de una familia famosa por su amor al oro, osas acusarme
a mí, Marco Emilio Escauro, príncipe del Senado, de apoderarme de oro? ¡Me meo
en ti, Cepio!»
Y se alejó, cruzando el Foro, entre vítores, aplausos y aclamaciones,
sin hacer caso. Cepio se quedó allí con las marcas de la mano de Escauro en los
dos carrillos, esquivando las miradas del grupo de caballeros convocados para
elegir el jurado. Pero después de la intervención de Escauro, por muchas
pruebas que Cepio hubiese podido presentar, el jurado habría absuelto a
Escauro.
«Retiro la acusación», dijo Cepio, escabulléndose hacia su casa.
Así acaban todos los que acusan a Marco Emilio Escauro, actor sin igual,
farsante y príncipe de rectitud. Te confieso que a mí me encantó, porque Cepio
llevaba tanto tiempo haciéndole la vida imposible a Marco Livio Druso que ya es
un tema del que se habla en el Foro, Por lo visto a Cepio le parecía que mi
sobrino debía haberse puesto de su parte cuando se descubrió la historia de mi
sobrina con Catón Saloniano, y como las cosas no fueron como él quería,
reaccionó con toda maldad. ¡Aún sigue hablando del famoso anillo!
Pero basta de Cepio, individuo repulsivo para ser el tema de una carta.
Tenemos ya en las tablillas otra ley útil, gracias al tribuno de la plebe Cneo
Papirio Carbón. ¡Ésta sí que es una familia sin suerte desde que sus miembros
decidieron prescindir de su condición patricia! Dos suicidios en la última
generación y ahora un grupo de Papirios jóvenes que no piensan más que en crear
complicaciones. En fin, hace unos meses Carbón convocó un contio de la Asamblea
plebeya, a principios de primavera concretamente. ¡Hay que ver cómo pasa el
tiempo! Craso Orator y
Ahenobarbo, pontífice máximo, se acababan de declarar candidatos para el
cargo de censor. Lo que intentaba Carbón sacar adelante era una versión
modernizada de la lex frumentaria que Saturnino hizo aprobar por la plebe, pero
la reunión se le fue de las manos y murieron un par de ex gladiadores, atacaron
a algunos senadores y hubo que suspender el acto a causa del tumulto. Craso
Orator se vio envuelto en ello porque andaba haciendo campaña, y salió con la
toga hecha un asco y demudado. Como consecuencia, promulgó un decreto en el
Senado que estipula que la responsabilidad del orden durante una asamblea es
totalmente del magistrado que la convoca. El decreto fue acogido como un
ejemplo encomiable de legislación, pasó a la Asamblea de todo el pueblo y se
aprobó. Si la reunión de Carbón se hubiese celebrado ya vigente esta ley de
Craso Orator, habría podido ser acusado de incitación a la violencia y
fuertemente multado.
Y ahora viene la noticia más curiosa.
¡Ya no tenemos censores!
Pero ¿qué ha sucedido, Publio Rutilio?, te oigo exclamar. Bien; te lo
diré. Al principio pensamos que se llegarían a entender bastante bien, pese a
su manifiesta diferencia de carácter. Despacharon los contratos del Senado,
repasaron los rollos de los senadores y de los caballeros, y después
promulgaron un decreto expulsando a todos los maestros de retórica de Roma
menos a un puñado intachable, descargando sobre todo su furia en los maestros
de retórica latina, aunque no creas que los de retórica griega salieron muy
bien parados. Ya sabes qué clase de gente son, Lucio Cornelio; por unos
sestercios al día convierten a los hijos de ciudadanos poco acomodados de la
tercera y cuarta clase en abogados, que luego no hacen más que rondar por el
Foro en busca de trabajo, incitando al populacho crédulo y proclive a las
querellas. La mayoría no se molestan en enseñar en griego, ya que los procesos
legales se llevan a cabo en latín, y es bien sabido que esos llamados maestros
de retórica denigran la ley y a los abogados, abusan de los ingenuos y
desfavorecidos, les extorsionan por el poco dinero que tienen y son una
deshonra para el Foro. ¡Y allá fueron todos con bolsas y equipaje, lanzando en
vano maldiciones contra Craso
Orator y Ahenobarbo, pontífice máximo! Todos. Sólo los maestros de
retórica con reputación sin tacha y una clientela como es debido han podido
quedarse.
La medida ha estado bien y todos han elogiado a los censores, por lo que
era de esperar que hubieran seguido de acuerdo para actuar mejor juntos; pero
comenzaron a regañar. ¡Y qué discusiones en público! Todo culminó en un áspero
intercambio de groserías delante de media Roma, la media Roma (de la que formo
parte, lo confieso) que se quedó cerca de ellos a escuchar lo que se decían.
No sé si sabrás que Craso Orator se ha consagrado a la piscicultura, un
negocio considerado no incompatible con la dignidad senatorial. Así que ha
instalado en sus fincas enormes estanques y está haciendo una fortuna con la
venta de anguilas, lucios, carpas, etcétera, al colegio de epullones, por poner
un ejemplo, en vísperas de las grandes fiestas públicas. ¡Qué poco imaginábamos
lo que se nos venía encima cuando Lucio Sergio Orata inició el cultivo de
ostras en los lagos de Baiae! Es un gran progreso pasar de las ostras a las
anguilas, querido Lucio Cornelio.
¡Ah, cuánto voy a echar de menos este delicioso comadreo de Roma! Pero
ya te contaré. Volvamos a Craso Orator y su piscicultura. En sus fincas es una
simple actividad comercial, pero, como es Craso Orator, le ha encantado lo de
los peces y ha agrandado el tamaño del estanque del jardín de su casa de Roma y
lo ha llenado con los ejemplares más exóticos y caros. Se sienta en la orilla,
agita el agua con el dedo, y a por las miguitas acuden gambas y toda clase de
apreciados habitantes de las aguas. Tiene, sobre todo, una carpa, un ser enorme
del color del mejor peltre y de agradable rostro, tan mansa que acude rauda al
borde del estanque en cuanto Orator pone el pie en el jardín. Realmente yo no
le reprocho que le gusten esas cosas. No me parece mal, en absoluto.
En fin, el pez murió y a Craso Orator se le partió el corazón; durante
un intervalo de mercado no salió de su casa, y a los que se tomaron la molestia
de acercarse les dijeron que estaba postrado de aflicción. Finalmente
reapareció en público, muy cariacontecido, y se unió a su colega el pontífice
máximo en su caseta del Foro; aunque me apresuro a
añadir que estaban a punto de trasladarla al Campo de Marte para
efectuar el tan esperado censo del populacho general.
«¡Ah! —exclamó Ahenobarbo, pontífice máximo, al verle aparecer—. ¿No
llevas la toga pulla, Lucio Licinio? ¿No vistes de luto? ¡Me sorprende porque
me han dicho que en la ceremonia de cremación de tu pez contrataste un actor
que llevase su máscara de cera, haciéndole nadar todo el camino hasta el templo
de Venus Libitina! ¡Y me han dicho también que has mandado construir una
vitrina para la máscara del pez y piensas sacarla en procesión en los futuros
entierros de los Licinios Crasos como si fuera de la familia!»
Craso Orator se irguió majestuosamente —bueno, como todos los Licinios
Crasos, figura no le falta— y miró por encima de su hiperbólica nariz a su
colega censor.
«Es cierto, Cneo Domicio, que he llorado a mi pez muerto —dijo altanero
Craso Orator—. ¡Y eso demuestra que soy más bondadoso que tú, que hasta ahora
se te han muerto tres esposas y no has derramado una sola lágrima!»
Y ése fue, Lucio Cornelio, el final de las funciones de censores de
Lucio Licinio Craso Orator y Cneo Domicio Ahenobarbo, pontífice máximo.
Lástima que no se pueda efectuar el censo del populacho hasta dentro de
cuatro años, supongo, porque nadie se preocupa por elegir nuevos censores.
Y ahora entro en las malas noticias. Te escribo ésta en vísperas de mi
marcha a Esmirna, a donde voy exiliado. ¡Sí, ya imagino tu sorpresa! ¿Publio
Rutilio Rufo, el más inofensivo y recto de los hombres, condenado al exilio?
Pues así es. Algunos en Roma no han olvidado la espléndida tarea que llevamos a
cabo Quinto Mucio Escévola y yo en la provincia de Asia; hombres como Sexto
Perquitieno, que ya no pueden confiscar obras de arte inapreciables a guisa de
deudas por impuestos. Y como soy el tío de Marco Livio Druso, me he ganado
también la enemistad de ese horripilante Quinto Servilio Cepio. Y, por medio de
él, de semejante escoria como Lucio Marco Filipo, que persiste en que le elijan
cónsul. Por supuesto que a nadie se le ocurrió meterse con Escévola, pues tiene
mucho poder; por eso
optaron por ir a por mi. Y lo consiguieron. Ante el tribunal de
extorsiones presentaron pruebas vergonzosamente falsificadas de que yo —¡yo!—
obtuve dinero de los desventurados ciudadanos de la provincia de Asia. El
fiscal fue un tal Apicio, un ser que alardea de ser cliente de Filipo. Oh,
muchos, ofendidos, se ofrecieron a defenderme; entre ellos Escévola, Craso
Orator y Antonio Orator, incluso el nonagenario Escévola el Augur, figúrate. Y
ese repugnante niño prodigio que siempre anda con ellos por el Foro, Marco
Tulio Cicerón, de Arpinum, se ofreció también a hablar en mi defensa.
Pero me di cuenta de que todo habría sido inútil, Lucio Cornelio. Al
jurado le habían pagado una fortuna (¿aurum Tolosanum?) para que me condenara.
Así que rechacé los ofrecimientos y me defendí yo mismo. Con gracia y dignidad,
modestia aparte. Y con calma. Mi único ayudante fu e mi querido sobrino Cayo
Aurelio Cota, el mayor de los tres hijos de Marco Cota y hermanastro de mi
querida Aurelia. Su hermanastro, que fue pretor el año de la lex Licinia Mucia,
por el contrario, tuvo el descaro de ayudar a la acusación. Su tío Marco Cota y
su hermanastra le han retirado la palabra.
Como te he dicho, el resultado era inevitable. Dictaminaron que era
culpable de extorsión, privándome de la ciudadanía y condenándome al exilio a
más de ochocientas millas de Roma. No obstante, no me han confiscado las
propiedades; creo que debieron imaginar que si se atrevían acabarían
linchándolos. Mis últimas palabras al tribunal fueron para informarles de que
elijo ir al exilio entre las gentes por cuenta de las cuales se me condena, los
ciudadanos de la provincia de Asia, y en concreto a Esmirna.
Nunca regresaré a Roma, Lucio Cornelio. Y no lo digo por resentimiento
ni por mi orgullo herido, pero no quiero volver a ver una ciudad y unas gentes
que consienten tan manifiesta injusticia. Tres cuartas partes de la ciudad va a
llorar esa injusticia, pero eso no impedirá que la víctima, yo, pierda la
ciudadanía romana y tenga que partir al destierro. Bien, no pienso rebajarme y
darles la satisfacción a los que me han condenado de agobiar al Senado con un
aluvión de apelaciones para que
me devuelvan la ciudadanía y se revoque la sentencia. Pienso comportarme
como romano que soy y acataré sumiso, como un buen perro romano, la sentencia
de un tribunal romano legal.
Ya he recibido una carta del etnarca de Esmirna, loco de alegría, por lo
que se ve, ante la perspectiva de contar con un nuevo ciudadano llamado Publio
Rutilio Rufo. Por lo visto van a organizar festejos en mi honor en cuanto
llegue. ¡Curiosas gentes, que reaccionan de este modo ante la llegada de quien
se supone los expolió sin piedad!
No te apenes mucho por mí, Lucio Cornelio. Ya ves que me cuidarán bien.
Esmirna ha votado incluso una generosa pensión para mí además de concederme una
casa y buenos criados. Quedan en Roma bastantes Rutilios y el clan no resultará
afectado; está mi hijo, mis sobrinos y mis primos de la rama de los Rutilios
Lupo. Pero a partir de ahora vestiré la clámide griega y las sandalias, pues no
tengo derecho a vestir la toga. En tu viaje de regreso, Lucio Cornelio, si
tienes tiempo, ¿por qué no pasas por Esmirna para verme? ¡Me he imaginado que
ninguno de mis amigos que ande por el extremo oriental del Mediterráneo dejaría
de pasar por Esmirna para verme! Un agradable placer para un exiliado.
He decidido escribir en serio. Se acabaron los compendios de logística,
táctica y estrategia militar. Quiero convertirme en biógrafo y proyecto
comenzar con una biografía de Metelo Numídico, el Meneitos, sazonándola con
jugosas anécdotas que harán que Meneitos hijo se muerda los puños de rabia.
Luego seguiré con Catulo César y mencionaré cierto amotinamiento que tuvo lugar
en Athesis en la época en que las hordas germanas llegaron hasta Tridentum. ¡No
sabes cómo voy a divertirme! Así pues, ven a verme, Lucio Cornelio. ¡Necesito
información que sólo tú puedes facilitarme!
A Sila no le había gustado nunca Publio Rutilio Rufo, pero cuando dejó
el grueso rollo en la mesa, tenía los ojos llenos de lágrimas. Y se hizo una
promesa: que algún día cuando él —el hombre más grande del mundo— fuese el
primer hombre de Roma, tomaría represalias contra individuos como Cepio y
Filipo. Y contra aquel sapo ecuestre llamado Sexto Perquitieno.
Sin embargo, cuando entró su hijo con Morsimo, tenía los ojos secos y se
había calmado.
—Ya estoy listo —dijo a Morsimo—. Haz el favor de recordarme que le diga
al capitán que ponga rumbo a Esmirna. Tengo que ver a un viejo amigo, a quien
he prometido poner al corriente de los acontecimientos de Roma.
IV
Mientras Lucio Cornelio Sila estaba en Oriente, Cayo Mario y Publio
Rutilio Rufo lograron promulgar una ley que derogaba los tribunales
especiales provistos por la lex Licinia Mucia, con lo cual Marco Livio Druso
cobró ánimo.
—Creo que ha llegado el momento —dijo a Mario y a Rutilio Rufo poco
después de su aprobación—, a finales de este año me presentaré a tribuno de la
plebe. Y a principios del que viene promulgaré una ley a través de la Asamblea
de la plebe emancipando a todos los habitantes de Italia.
Mario y Rutilio Rufo se miraron sin tenerlas todas consigo, pero no
dijeron nada. Druso tenía razón en que nada se perdía intentándolo, aunque
cabía esperar que con el paso del tiempo se flexibilizara la opinión en Roma.
Con la suspensión de los tribunales especiales se ponía punto final a las
flagelaciones y no habría evidencia de la inhumanidad del Estado romano.
—Marco Livio, ya has sido edil; podrías presentarte a las elecciones de
pretor —dijo Rutilio Rufo—. ¿Estás seguro de que quieres ser tribuno de la
plebe? Quinto Servilio Cepio va a presentarse a pretor y te enfrentarás en el
Senado a un adversario con imperium. Y, además, Filipo es otra vez candidato al
consulado, y si lo obtiene, cosa bastante probable porque los electores están
hartos de verle año tras año con la toga candida, tendrás un cónsul aliado a un
pretor que te harán la vida imposible como tribuno de la plebe.
—Lo sé —dijo Druso con firmeza—. De todos modos, voy a presentarme. Sólo
os ruego que no lo digáis a nadie, pues tengo un plan especial para ganar la
elección que requiere que la gente crea que lo he decidido en el último
momento.
Que declarasen culpable, condenándole al exilio, a Publio Rutilio Rufo a
principios de septiembre, fue un duro golpe para Druso, que había contado con
su inapreciable apoyo en el Senado. Ahora sólo contaba con Cayo Mario, un
hombre con el que Druso no tenía mucha intimidad y a
quien no admiraba incondicionalmente. En cualquier caso, no era
sustituto de un miembro de su familia. Ello, además, implicaba que Druso no
disponía de nadie con quien hablar en el seno familiar; su hermano Mamerco se
había hecho amigo suyo, pero sus tendencias políticas se inclinaban más hacia
Catulo César y el Meneitos hijo; con él no había abordado el delicado tema de
la emancipación de los itálicos, ni quería hacerlo. Y Catón Saloniano había
muerto. Tras la muerte de Livia Drusa había tenido un pretorado muy activo a
cargo de los tribunales de homicidio y desfalco, fraude y usura, pero cuando
los crecientes disturbios en Hispania indujeron al Senado a enviar un
gobernador especial a la Galia Transalpina a principios de año, Catón Saloniano
lo había aceptado encantado para mantenerse ocupado. Había marchado a su
destino, dejando sus hijos al cuidado de su suegra Cornelia Escipionis y de su
cuñado Druso. Y en el verano había llegado la noticia de una caída del caballo,
en la que se había hecho una herida que no parecía grave; pero luego había
sufrido un ataque epiléptico, seguido de parálisis, para entrar en un estado de
coma que desembocó en una muerte plácida e inconsciente. Para Druso, la noticia
fue como una puerta que se cierra. Todo lo que le quedaba de su hermana eran
los hijos.
Por lo tanto era comprensible que Druso escribiese a Quinto Popedio Silo
después del exilio de su tío y le invitase a vivir en Roma. Ya no tenían
vigencia los tribunales especiales de la lex Licinia Mucia y el Senado había
decidido por acuerdo tácito hacer caso omiso de la inscripción masiva de
itálicos en el censo de Antonio Flaco hasta que se llevara a efecto el próximo
censo. No había, pues, motivo que impidiera la estancia de Silo en Roma. Y
Druso necesitaba enormemente poder hablar con alguien de confianza respecto a
su cargo de tribuno.
Habían transcurrido tres años y medio desde su última entrevista aquel
memorable día en Bovianum.
—Sólo Cepio queda vivo —le dijo Druso, sentados en su despacho a la
espera de que los avisasen para cenar—, y no quiere saber nada de los hijos,
que incluso ahora siguen siendo suyos legalmente. De los dos que son Porcios
Catones Salonianos, sólo tengo que decirte que son huérfanos.
Afortunadamente no se acuerdan de su madre y Porcia, la pequeña,
recuerda vagamente a su padre. Los niños se encuentran zarandeados en este mar
proceloso y su tabla de salvación es mi madre. Naturalmente, Catón Saloniano no
les ha podido legar fortuna, excepto sus propiedades en Tusculum y una finca en
Lucania. Yo me encargaré de las provisiones para que el niño ingrese en el
Senado cuando llegue el momento y de que la niña tenga una dote adecuada. Tengo
entendido que Lucio Domicio Ahenobarbo, que está casado con la tía de la niña,
hermana de Catón Saloniano, ha puesto seriamente los ojos en la pequeña Porcia
para su hijo Lucio. Yo he dispuesto mi testamento, y estoy seguro de que Cepio
también; quiera o no, Quinto Popedio, no puede desheredarlos ni privarlos de la
dote, aunque se niegue a verlos, el muy canalla.
—Pobrecillos… —dijo Silo, que también era padre—. Y el pequeño Catón,
sin padre ni madre… ni en el recuerdo.
—¡Ah, es un niño muy raro! —dijo Druso con una sonrisa irónica—. Está
muy delgadito, tiene el cuello muy largo y una enorme nariz ganchuda para un
niño tan pequeño. A mí me recuerda un buitre, y por más que quiera no acaba de
gustarme. Aún no tiene dos años y ya anda por toda la casa mirándolo todo con
el cuello estirado y la nariz dirigida al suelo, gritando. No, no llora; grita.
Es incapaz de decir nada en tono normal; no hace más que chillar y lanzar
bravatas. En cuanto le veo venir, por lástima que le tenga, desaparezco.
—¿Y la pequeña espía, Servilia?
—Ah, está muy calmada, muy modosita y obediente. Pero no te fies de ella
bajo ningún concepto, Quinto Popedio. Esa es otra que no me gusta nada —añadió
Druso, entristecido.
—¿Hay alguno que te guste? —inquirió Silo, mirándole con sus penetrantes
ojos amarillos.
—Mi hijo, Druso Nerón. Es un niñito encantador; bueno, no tan niñito,
tiene ya ocho años. Quise prevenir a mi esposa de que era imprudente adoptar un
niño, pero ella quería un varón y no hubo nada que hacer. Me gusta también
mucho el pequeño Cepio, ¡pero no puedo creer que sea hijo de él! Es el vivo
retrato de Catón Saloniano y, como niño, muy parecido al
pequeño Catón. Lilla está bien y Porcia también, aunque para mí las
niñas son un misterio.
—¡Anímate, Marco Livio! —dijo Silo sonriente—. Algún día serán mayores y
entonces será cuando realmente se pueda juzgar si gustan o no. ¿Por qué no me
llevas a verlos? Te confieso que tengo curiosidad por ver a ese buitre y a la
espía. ¿No es curioso que sea lo imperfecto lo que más nos atrae?
El resto del día lo pasaron charlando de asuntos caseros, y fue al día
siguiente cuando se dedicaron a hablar de la situación en Italia.
—Quinto Popedio, voy a presentarme a las elecciones de tribuno de la
plebe a principios de noviembre —dijo Druso.
—¿Después de haber sido edil? —replicó Silo, parpadeando, cosa rara en
un marso—. Deberías aspirar al pretorado.
—Sí, ahora podría ser pretor —contestó Druso sin alterarse.
—¿Y por qué, entonces, tribuno de la plebe? ¡No pensarás intentar la
emancipación de los itálicos…
—Eso es precisamente lo que voy a procurar. He esperado pacientemente,
Quinto Popedio, ¡los dioses son testigos de mi paciencia! Y creo que es el
momento oportuno, ahora que la lex Licinia Mucia está aún presente en la mente
de todos. Dime alguien del Senado con la edad apropiada que aúne la dignitas y
la auctoritas necesarias para ser tribuno de la plebe, como es mi caso. Llevo
en el Senado diez largos años, he sido paterfamilias de los míos casi veinte
años, mi reputación es intachable y lo único que se me puede reprochar es que
siempre he sido partidario de la emancipación de los itálicos. He sido edil
plebeyo y organicé grandes juegos, mi fortuna es inmensa, tengo muchos clientes
y soy un hombre conocido y respetado en toda Roma. Por ello, si soy candidato a
tribuno de la plebe y no a pretor, todos comprenderán que me impulsan a ello
poderosas razones. He sido famoso como abogado y como orador. Sin embargo, no
se ha oído mi voz en la Cámara estos diez últimos años, y todavía tengo cosas
que decir. En los tribunales, la mención de mi nombre atrae multitudes. De
verdad, Quinto Popedio, cuando opte por presentarme
a tribuno de la plebe, todos en Roma, desde el más bajo al más alto,
estarán convencidos de que mis motivos tienen perfecta lógica.
—Desde luego, será la sensación —dijo Silo, inflando los carrillos—.
Pero no creo que lo logres. Más prudente sería que te eligieran pretor y cónsul
dentro de dos años.
—Con el cargo de cónsul no podría hacer nada —dijo Druso con firmeza—.
Este tipo de ley debe venir de la Asamblea plebeya, debe promulgarla un tribuno
de la plebe. Si intentara promulgarla siendo cónsul, la vetarían
inmediatamente. Pero siendo tribuno de la plebe, puedo controlar a mis colegas
de un modo que, siendo cónsul, es imposible. Y tengo autoridad sobre el cónsul
en virtud del veto, y si fuera necesario, podría negociarlo. Cayo Graco se
jactaba de utilizar inteligentemente el tribunado de la plebe, pero, te lo
aseguro, Quinto Popedio, nadie me aventajará. Tengo la edad, la sabiduría, los
clientes y el prestigio. Y, además, un programa legislativo ya elaborado más
ambicioso que la simple emancipación de toda Italia. Me propongo reorganizar
los asuntos públicos de Roma.
—Que la gran serpiente portadora de luz te proteja y te guíe, Marco
Livio; es lo único que puedo decirte.
Con la mirada impasible y una actitud que denotaba que creía en lo que
estaba diciendo, Druso se inclinó hacia adelante.
—Quinto Popedio, ya es hora. No puedo consentir que haya guerra entre
Roma e Italia, y sospecho que tú y tus amigos estáis preparando la guerra. Si
la emprendéis, perderéis. Y Roma también, aunque salga vencedora. Roma nunca ha
perdido una guerra, amigo mío. Batallas, sí; y quizá en los primeros días los
itálicos llevéis la iniciativa, ¡pero Roma vencerá! Porque Roma siempre vence.
¡Pero qué victoria tan pírrica! Las secuelas económicas son estremecedoras.
Sabes tan bien como yo el viejo dicho de no hagas la guerra en tu propio país…
que sean las propiedades de otro las que la sufran —alargó la mano por encima
del escritorio para asir el antebrazo de Silo—. ¡Quinto Popedio, te ruego que
me dejes hacerlo a mi manera! Por la vía pacífica, la lógica, la única que
puede dar buenos resultados.
Silo, convencido, asintió con la cabeza, con la mirada limpia. —¡Querido
Marco Livio, cuenta con mi sincero apoyo! ¡Adelante! No
importa el que no lo crea posible. Si no hay alguien de tanta valía como
tú que lo intente, ¿cómo puede saber Italia hasta dónde llega la oposición de
Roma a la emancipación general? Visto en retrospectiva, estoy de acuerdo
contigo en que ha sido una tontería intentar falsear el censo, y no creo que
ninguno de nosotros pensase que iba o que podía salir bien. Fue más bien el
modo de hacer saber al Senado y al pueblo de Roma lo fuertes que nos sentimos
los itálicos. Pero ha constituido un retroceso; para nosotros y para vosotros.
¡Adelante! Todo lo que Italia pueda hacer por secundarte, cuenta con ello.
Tienes mi palabra de honor.
—Preferiría tener toda Italia como cliente —replicó Druso entristecido
—. Una vez lograda la emancipación, podría imponer fácilmente mi
voluntad en Roma si tuviera la clientela de toda Italia.
—Lo conseguirás, Marco Livio —dijo Silo, asombrado—. Si lo logras, serás
el patrón de todos los itálicos que se beneficien de tu tarea.
—En teoría, sí —dijo Druso, torciendo el gesto para refrenar el júbilo
interior—. Pero en la práctica sería imposible.
—¡Fácil no es! —se apresuró a exclamar Silo—. Bastaría con que Cayo
Papio Mutilo y los otros dirigentes exigieran un juramento a los itálicos en el
sentido de que si logras la emancipación general todos te sean fieles hasta la
muerte.
Druso se quedó boquiabierto y pensativo, mirando a Silo. —¿Un juramento?
¿Tú crees que estarían dispuestos?
—Seguro, con tal de que el voto no obligara a sus hijos ni a los tuyos —
contestó Silo muy seguro.
—No es necesario incluir a la progenie —añadió Druso, marcando las
palabras—. Sólo pido tiempo y apoyo masivo. Después, ya estará hecho.
¡Toda Italia por clientela! El sueño de todo noble romano: tener
clientes para formar ejércitos enteros. Teniendo toda Italia por clientela no
habría nada imposible.
—Cuenta con el juramento, Marco Livio —dijo Silo, animoso—. Tienes razón
en desear toda Italia como clientela; la emancipación general no será
más que el comienzo —añadió con una risa fuerte, levemente cascada—.
¡Qué éxito ver a alguien convertido en el primer hombre de Roma… no: en el
primer hombre de Italia, gracias a la intervención de quienes ahora no influyen
para nada en los asuntos de Roma! —exclamó Silo, zafando suavemente su
antebrazo del apretón de Druso—. Explícame cómo piensas hacerlo.
Pero Druso era incapaz de ordenar sus ideas; las implicaciones eran
apabullantes. ¡Toda Italia por clientela!
¿Cómo hacerlo? ¿De qué manera? De los personajes importantes del Senado,
sólo Cayo Mario le apoyaría; y Druso sabía que no le bastaría con el respaldo
de Mario. Necesitaba a Craso Orator, a Escévola, a Antonio Orator y a Escauro,
príncipe del Senado. Conforme se aproximaban las elecciones tribunicias, la
desesperación de Druso aumentaba. Seguía esperando el momento propicio, y el
momento propicio no se presentaba. Su candidatura a tribuno de la plebe seguía
siendo un secreto compartido sólo por Silo y Mario.
Una mañana muy temprano, a finales de octubre, Druso se encontró con
Escauro, príncipe del Senado, Craso Orator, Escévola, Antonio Orator y
Ahenobarbo, pontífice máximo, juntos en la hondonada de los Comitia; era
evidente que hablaban de la caída de Publio Rutilio Rufo.
—Venid, Marco Livio —dijo Escauro, dejando sitio en el corrillo—.
Estábamos hablando de cuál sería el mejor medio para arrebatar los tribunales
al Ordo equester, porque declarar culpable a Publio Rutilio ha sido un crímen.
Los caballeros se han apropiado el derecho a constituir cualquier tribunal
romano.
—Es lo que me parece a mí —contestó Druso, uniéndose al grupo—.
En cualquier caso a quien querían hundir era a ti, no a Publio Rutilio.
—¿Y, entonces, por qué no me atacaron a mí? —inquirió Escévola, que aún
estaba muy enojado.
—Tú tienes muchos amigos, Quinto Mucio.
—Y Publio Rutilio pocos. Es una lástima. ¡Yo os digo que no podemos
consentir quedarnos sin Publio Rutilio. Siempre fue un hombre de principios que
no se entregaba a nadie, y eso no es frecuente —añadió Escauro, irritado.
—Yo no creo que podamos quitarles del todo los tribunales a los
caballeros —dijo Druso, midiendo sus palabras—. Si la ley de Cepio el cónsul no
se inscribió en las tablillas, y no se inscribió, no sé cómo se va a poder
inscribir otra ley que devuelva los tribunales al Senado. Y no sólo eso, sino
que los caballeros se creen invulnerables. La ley de Cayo Graco no hace
referencia al caso de culpabilidad de un jurado formado por caballeros por
aceptar sobornos, y los caballeros insisten en que la lex Sempronia dice que no
se les puede juzgar por aceptar sobornos cuando actúan de jurados.
—¡Marco Livio, eres con mucho el mejor en edad de pretor! —terció Craso
Orator, que estaba mirándole alarmado—. Si tú dices eso, ¿qué puede hacer el
Senado?
—Yo no he dicho que el Senado tenga que perder las esperanzas, Lucio
Licinio —replicó Druso—. Lo que he dicho es que los caballeros se negarán a
ceder los tribunales. Sin embargo, ¿y si los obligamos a verse en una situación
en la que no tengan más remedio que compartirlos con el Senado? Aún no son los
plutócratas quienes gobiernan Roma, y lo saben perfectamente. ¿Por qué no,
pues, ponerlos entre la espada y la pared? ¿Por qué no hacemos que alguien
proponga una nueva ley para reglamentar los tribunales superiores, para que se
constituyan mitad y mitad con miembros del Senado y del Ordo equester?
—¡Entre la espada y la pared! —exclamó Escévola—. A los caballeros les
resultará difícil encontrar razones para negarse, les parecerá una rama de
olivo por parte del Senado. ¿Qué más equitativo que mitad y mitad? Desde luego
no podrán acusar al Senado de querer arrebatarles el control judicial, ¿no es
cierto?
—¡Ja, ja! —dijo Craso Orator, sonriente—. Las filas están prietas dentro
del Senado, Quinto Mucio. Pero, como sabemos todos los senadores, siempre hay
algunos caballeros en un jurado con ambiciones de ingresar en
la Curia Hostilia. Si el jurado está formado exclusivamente por
caballeros, no pueden hacer nada, pero si sólo forman el cincuenta por ciento,
podrían maniobrar en favor suyo. ¡Muy acertado, Marco Livio!
—Podríamos alegar —terció Ahenobarbo, pontífice máximo— que nosotros
como senadores poseemos una experiencia jurídica tan importante que los
tribunales ganarían con nuestra presencia. ¡Y que, al fin y al cabo, nosotros
tuvimos el control exclusivo de los tribunales durante casi cuatrocientos años!
Podríamos argüir que en la época moderna no se puede consentir semejante
exclusividad, ni puede quedar excluido el Senado.
Para Ahenobarbo era una argumentación lógica; lo había lucubrado poco
después de su experiencia como juez en Alba Fucentia durante la época de la lex
Licinia Mucia, pese a que Craso Orator era quien le había inducido. Pero
seguían unidos por el espíritu de clase y de privilegios.
—Muy bien pensado —dijo Antonio Orator, con sonrisa beatífica.
—Así es —añadió Escauro, volviéndose para ver a Druso de frente—.
¿Trataréis de hacerlo siendo pretor, Marco Livio? ¿O tenéis la intención de que
sea otro quien lo haga?
—Lo haré yo mismo, príncipe del Senado, pero no como pretor — contestó
Druso—. Voy a presentarme a tribuno de la plebe.
Todos se quedaron atónitos y fijaron la mirada en Druso.
—¿A vuestra edad? —inquirió Escauro.
—Mi edad es una buena ventaja —respondió Druso, tranquilo—. Aunque tengo
la adecuada para ser pretor, voy a ser candidato a tribuno de la plebe y nadie
podrá acusarme de juventud, falta de experiencia, impulsividad, ganas de
ganarme a la multitud ni de ninguno de los motivos por los que se suele desear
ser tribuno de la plebe.
—Entonces, ¿por qué quieres ser tribuno de la plebe? —inquirió Craso
Orator.
—Quiero promulgar leyes —contestó Druso sin perder la calma ni la
compostura.
—Podéis promulgar leyes siendo pretor —adujo Escauro.
—Sí, pero no con la facilidad y apoyo con que lo hace un tribuno de la
plebe. Y a la Asamblea plebeya le gusta su papel legislador. ¿Para qué
trastocar las cosas, príncipe del Senado?
—Tienes previstas otras leyes —dijo Escévola en voz baja.
—Efectivamente, Quinto Mucio.
—Danos una idea de lo que te propones legislar.
—Quiero duplicar el número de senadores —contestó Druso, ante el asombro
general y cierta tensión en algunos.
—Marco Livio, comienzas a parecerte a Cayo Graco —dijo Escévola,
alarmado.
—Comprendo que lo pienses, Quinto Mucio, pero lo que sucede es que
quiero reforzar la influencia del Senado en las tareas de gobernación y soy lo
bastante amplio de miras como para utilizar ideas de Cayo Graco si convienen a
mis propósitos.
—¿Cómo va a favorecer el dominio senatorial el hecho de llenar el Senado
de caballeros? —inquirió Craso Orator.
—Desde luego eso es lo que propuso Cayo Graco —dijo Druso—. Yo propongo
algo ligeramente distinto. Para empezar, no creo que se pueda seguir
argumentando que el Senado no se haya quedado pequeño. A las reuniones vienen
muy pocos y muchas veces no alcanzamos el quórum. Si hay que constituir
jurados, ¿no acabaríamos hartos de hacerlo constantemente? Admítelo, Lucio
Licinio, más de la mitad de los senadores se negaban a formar parte de un
jurado en la época en que éramos nosotros quienes constituíamos los tribunales.
Mientras que Cayo Graco quería llenar el Senado de caballeros, yo quiero
llenarlo con hombres de nuestro rango senatorial, más algunos caballeros para
que queden contentos. Todos nosotros tenemos tíos y sobrinos, o hermanos más
jóvenes, que no pueden acceder al Senado porque está completo. Yo los admitiría
a ellos con preferencia a los caballeros. ¿Y qué mejor método que ver a algunos
caballeros que se oponen al Senado convertidos en partidarios del mismo
haciéndolos senadores? Son los censores los que admiten nuevos senadores, sin
posibilidad de apelación. — Hizo un carraspeo—. Ya sé que en este momento no
tenemos censores, pero podemos elegir una pareja el próximo abril, o en abril
del otro año.
—Me complace esta idea —dijo Antonio Orator.
—¿Y qué otras leyes os proponéis promulgar? —inquirió Ahenobarbo,
pontífice máximo, ignorando la referencia implícita a él y a Craso Orator, que
por derecho aún debían seguir siendo censores.
—Todavía no lo sé, Cneo Domicio —contestó Druso lacónico, con aire
indeciso.
—¡Cómo no vais a saberlo! —replicó sarcástico el pontífice maximo.
—Bueno —añadió Druso, sonriendo con inocente dulzura—, tal vez sí,
Cneo Domicio, pero no lo bastante para hablar de ellas en tan digna
compañía. Perded cuidado; tendréis oportunidad de dar vuestra opinión.
—Bah —exclamó Ahenobarbo, pontifice máximo, con gesto escéptico. —Lo que
me gustaría saber, Marco Livio, es desde cuándo teníais el
propósito de presentaros a la elección de tribuno de la plebe —inquirió
Escauro, príncipe del Senado—. Porque no me explico cómo habiendo sido elegido
edil plebeyo no hicisteis nada por intervenir en la Cámara. Ya veo que estabais
reservando vuestra oratoria para mejores fines, ¿no?
—Marco Emilio —replicó Druso con los ojos muy abiertos—, ¿cómo podéis
decir semejante cosa? ¡Un edil no tiene por qué tomar la palabra!
—Humm —contestó Escauro, encogiéndose de hombros—. Contad con mi apoyo,
Marco Livio. Me gusta vuestro estilo.
—Cuenta también con el mío —dijo Craso Orator.
Y todos los demás acordaron también apoyar a Druso.
Druso no anunció su candidatura a tribuno de la plebe hasta la mañana
del día de las elecciones, lo que, generalmente, habría sido una estratagema
temeraria, pero en este caso resultó una excelente idea, pues le ahorró tener
que contestar a preguntas comprometidas durante el plazo preelectoral y, por
otra parte, pareció como si al ver la poca entidad de los otros candidatos
hubiese alzado los brazos escandalizado y se hubiera decidido a presentarse
para mejorar el equipo. Los mejores nombres del resto de la candidatura eran
Sestio, Saufeio y Minicio, ninguno de ellos noble, y menos aún de valía. Druso
anunció su candidatura después que lo hubiesen hecho otros veintidós.
Fueron unas elecciones tranquilas, poco concurridas. Se presentaron unos
dos mil electores, porcentaje muy reducido; y como en la zona de los Comitia
cabían con holgura el doble, no hubo necesidad de hacerlas en un recinto mayor,
como el circo Flaminio. Una vez declarados los candidatos, el presidente del
colegio saliente de tribunos de la plebe inició el procedimiento de votación
instando a los electores a agruparse en tribus; el cónsul Marco Perperna, un
plebeyo, no quitaba ojo de todo, como encargado del escrutinio, y como la
asistencia fue baja, los esclavos públicos que sostenían las sogas que
separaban a las tribus no tuvieron que enviar a recintos acotados con cuerdas
fuera de la zona a las tribus más numerosas.
Como se trataba de una elección, las treinta y cinco tribus emitieron el
voto a la vez en lugar de hacerlo sucesivamente una tras otra, como en el caso
de aprobar una ley o dar el veredicto de un juicio. Las cestas en que se
depositaban las tablillas de cera inscritas con el voto estaban en un estrado
debajo del muro de los rostra, al que sólo tenían acceso los tribunos de la
plebe salientes, los candidatos y el cónsul encargado del escrutinio.
El estrado de madera instalado al efecto seguía la curva de la grada
inferior de la zona de votaciones, tapándola. Treinta y cinco angostos
pasadizos en cuesta iban desde la parte inferior hasta las cestas, a una altura
de unos seis pies, y las sogas que separaban a las tribus se extendían a modo
de porciones de tarta hasta el lado opuesto a los rostra. Los electores
llegaban a la rampa, recibían su tablilla de cera de los custodes, se detenían
a inscribir su elección con el stylus, ascendían por el puente de tablas y la
depositaban en la cesta de su tribu correspondiente. Una vez cumplido el deber
electoral, salían andando por la grada superior y del recinto por ambos lados
del muro de los rostra. Los que se habían tomado la molestia o se habían
sentido con ánimo de revestir la toga, no se marchaban hasta después del
recuento, por lo que, después de votar, se quedaban rezagados en el bajo Foro
charlando, comiendo un tentempié y observando cómo iba la votación.
Durante todo este largo proceso, los tribunos de la plebe salientes
permanecían detrás de la tribuna de los rostra, los candidatos, delante, y el
presidente del colegio saliente con el cónsul encargado del escrutinio,
sentados en un banco, enfrente, para ver todo lo que sucedía en el recinto
inferior.
Algunas tribus, en particular las cuatro urbanas, contaban aquel día con
varios centenares de electores, mientras que otras tenían muchos menos, incluso
sólo un par de docenas en el caso de tribus rurales distantes. Sin embargo,
sólo contaba un voto por cada tribu: el de la mayoría de sus miembros, lo que a
las tribus rurales distantes les confería una ventaja desproporcionada.
Puesto que las cestas sólo tenían capacidad para aproximadamente cien
tablillas, las retiraban a medida que se llenaban para poner otras en su lugar;
el recuento lo fiscalizaba constantemente desde su posición central el cónsul
encargado del escrutinio, que efectuaban, en una gran mesa en la grada
superior, a sus pies, treinta y cinco custodes con sus ayudantes.
Una vez concluido, unas dos horas antes de ponerse el sol, el cónsul
encargado leía los resultados ante los que habían aguardado hasta el final y
los que habían vuelto a congregarse en el recinto, ya sin cuerdas, y autorizaba
también la publicación de los resultados en una hoja de pergamino que se
exponía en el muro de atrás de los rostra con vista al Foro, para que en días
sucesivos pudieran leerlos los que por allí pasaban.
Marco Livio Druso fue el nuevo presidente del Colegio, después de
efectuar el escrutinio de la mayoría de las tribus; de hecho, las treinta y
cinco tribus le habían votado, fenómeno extraordinario. Los Minicios, Sestius y
Saufeios también fueron votados, y otros seis con nombres tan poco conocidos y
sugerentes que casi nadie los recordó, ni dieron motivo para ello durante el
año que permanecieron en el cargo, que se inició el décimo día de diciembre,
unos treinta días a partir de la votación. Naturalmente, a Druso le encantó no
tener adversarios de talla.
El colegio de los tribunos de la plebe tenía su sede en la basílica
Porcia, en la planta baja y en el extremo próximo al Senado; era un espacio
abierto con mesas y sillas plegables sin respaldo y con el molesto estorbo de
varias gruesas columnas. Como la basílica Porcia era la más antigua de Roma, su
construcción era muy rara. Allí, los días en que no se podía hacer la reunión
en la zona de votaciones o no había convocatoria, se sentaban los
tribunos de la plebe para escuchar a los que les planteaban problemas, quejas y
sugerencias.
Druso estaba deseando iniciar su nueva tarea y pronunciar el discurso
inaugural en el Senado. La oposición de los magistrados mayores era de esperar,
ya que Filipo había vuelto a ser segundo cónsul con Sexto Julio César, el
primer Julio que se sentaba en la silla consular en cuatrocientos años; Cepio
volvía a ser pretor, aunque uno entre ocho en lugar de los seis habituales,
pues había años en que el Senado consideraba que seis eran insuficientes y
recomendaba elegir ocho. Y éste era uno de esos años.
La intención de Druso era comenzar a legislar antes que ninguno de sus
colegas tribunos, pero cuando el colegio asumió sus funciones el diez de
diciembre, al patán de Minicio, nada más terminar la ceremonia, le faltó tiempo
para anunciar con voz chillona que convocaba el primer contio para hablar de
una nueva ley muy necesaria. En el pasado, dijo Minicio, a los hijos de un
matrimonio entre dos cónyuges uno de los cuales no era ciudadano romano, se les
asignaba la condición del padre. ¡Eso era muy fácil! ¡Demasiados romanos
híbridos!, gritó Minicio. Y para cerrar aquella brecha inadmisible en la
ciudadela romana, anunció la promulgación de una nueva ley que impidiera
otorgar la ciudadanía romana a todos los hijos de matrimonios mixtos, aunque el
padre fuese romano.
La lex Minicia de liberis fue una desagradable sorpresa para Druso, pues
fue aprobada en los Comitia entre aclamaciones, demostrando que la mayoría de
los electores de las tribus seguían pensando que la ciudadanía romana no debía
otorgarse a los individuos considerados inferiores; es decir: al resto de la
humanidad.
Cepio, por supuesto, apoyó la medida, aunque se empeñó en que no se
inscribiese en las tablillas; acababa de hacerse amigo de otro senador, un
cliente de Ahenobarbo, pontífice máximo, a quien (mientras era censor) había
incluido en los rollos senatoriales. Riquísimo, fundamentalmente a expensas de
sus compatriotas de Hispania, el nombre del nuevo amigo de Cepio era imponente:
Quinto Vario Severo Hybrida Sucronensis. Aunque no era de extrañar que
prefiriese que le llamaran Quinto Vario; lo de Severo se
lo había ganado por su crueldad más que por una gravedad de la que
carecía, el Hybrida era prueba de padre o madre sin ciudadanía, y el
Sucronensis indicaba que había nacido y se había criado en la ciudad de Sucro
de la Hispania Citerior. Apenas romano, más extranjero que los itálicos, Quinto
Vario estaba decidido a convertirse en uno de los hombres más grandes de Roma,
y no se andaba con remilgos respecto a cómo conseguirlo.
Cuando le presentaron a Cepio, Vario se pegó a él como una lapa, le
abrumó a lisonjas con sus deferencias y favores y elevó a Cepio al mismo nivel
que éste había hecho con Druso en los buenos tiempos.
No todos los amigos de Cepio aceptaron de mil amores a Quinto Vario,
aunque sí Lucio Marcio Filipo, ya que el hispano siempre estaba dispuesto a
conceder ayuda financiera a un aspirante a cónsul en apuros y a no agobiarle
exigiéndole el pago. Pero Quinto Cecilio Metelo Pío, el Meneítos, detestó al
tal Vario desde el primer momento.
—Quinto Servilio, ¿cómo tienes estómago para tragar a ese ser tan vil?
—preguntó el Meneitos a Cepio, sin, por una vez, tartamudear—. ¡Mira, si ese
Vario hubiese estado en Roma cuando murió mi padre, habría creído al fisico
Apolodoro y sabria quién era el envenenador del gran Metelo Numidico!
A Ahenobarbo, pontífice máximo, el Meneitos le comentó:
—¿Cómo es que tus mejores clientes son una boñiga? ¡Hay que ver, entre
los Servilios plebeyos de la familia del Augur y ese Vario, te estás labrando
fama de patrón de chulos, mierdas, escoria y gusanos!
Comentario que dejó boquiabierto al pontífice máximo, sin saber qué
decir.
Pero no todos penetraban tan fácilmente en la personalidad de Vario;
para los incautos e ignorantes era un hombre estupendo. Para empezar, era muy
bien parecido y muy masculino: alto, bien formado, piel bronceada pero no
atezada, de mirada fiera y rasgos agradables. Y era aceptable, pero sólo en la
intimidad, pues su oratoria dejaba mucho que desear y no acababa de librarse de
la tara de aquel fuerte deje hispánico, aunque no
cejaba en sus esfuerzos por hacerlo, por consejo de Cepio. Entretanto,
continuaba discutiéndose la clase de hombre que era.
—Es de esos hombres como hay pocos, un hombre razonable —decía Cepio.
—Es un parásito y un intrigante —opinaba Druso.
—Es un hombre espléndido y encantador —alababa Filipo.
—Es más escurridizo que un gargajo —decía el Meneitos.
—Es un cliente respetable —sentenciaba Ahenobarbo, pontífice maximo.
—No es romano —decía desdeñoso Escauro, príncipe del Senado.
Naturalmente, al encantador, razonable y respetable Quinto Vario, la lex
Minicia de liberis no le hizo ninguna gracia, ya que ponía en tela de
juicio su condición de ciudadano. Lamentablemente era ahora cuando descubría lo
obtuso que podía ser Cepio, porque por mucho que insistiera no conseguía que
éste retirase su apoyo a la ley de Minício.
—No te preocupes, Quinto Vario —dijo Cepio—, no es una ley retroactiva.
Druso estaba más obsesionado que nadie con la ley, de eso no cabía duda,
aunque nadie lo sabía. Era un claro indicador del sentimiento que reinaba —al
menos en Roma— respecto a la concesión de la ciudadanía.
—Tendré que reorganizar mi programa legislativo —comentó a Silo en una
de sus visitas, antes de fin de año—. Habrá que posponer el sufragio universal
hasta finales de mi tribunato. Esperaba hacerlo al principio, pero no puedo.
—No podrás hacerlo, Marco Livio —dijo Silo, meneando la cabeza—.
No te dejarán.
—Lo conseguiré y me dejarán —replicó Druso, más decidido que nunca.
—Mira, puedo darte algo de aliento —añadió Silo con una sonrisa—. He
hablado con los otros dirigentes itálicos y todos comparten mi opinión de que
si logras que seamos romanos mereces ser el patrón de todos los itálicos
emancipados. Hemos redactado una especie de juramento y
comenzaremos a prestarlo a partir de ahora hasta el verano. Así que tal
vez sea mejor que no puedas inaugurar tu cargo con la ley del sufragio general.
Druso se ruborizó; no acababa de creérselo. ¡No ya un ejército de
clientes, sino una nación entera!
Y dio comienzo a su programa legislativo promulgando la ley de compartir
los tribunales entre el Senado y el Ordo equester, seguida de un decreto para
ampliar el número de senadores. Sin embargo, su primer público no fue la
Asamblea plebeya, sino la propia Cámara, a la que pidió que le autorizase a
presentarlo para su ratificación a la Asamblea plebeya, junto con el decreto
senatorial de aprobación.
—No soy un demagogo —dijo en la Curia Hostilia ante las silenciosas
filas de senadores togados—. Ved en mí al tribuno de la plebe del futuro, un
hombre con suficiente edad y experiencia para darse cuenta de que las
costumbres antiguas son las apropiadas y correctas, un hombre que preservará
hasta el último suspiro la auctoritas del Senado. Nada de lo que haga en los
Comitia será una sorpresa para los miembros de esta Cámara, pues lo presentaré
primero ante ella para obtener vuestro mandato. Y nada de lo que os solicite es
indigno de vosotros, ni lo que me proponga será indigno de mí. Soy hijo de un
tribuno de la plebe que asumió sus obligaciones igual que yo, hijo de un hombre
que fue cónsul y censor, hijo de un hombre que expulsó a los escordiscos de
Macedonia tan eficazmente que mereció un triunfo. Soy descendiente de Emilio
Paulo, de Escipión el Africano, de Livio Salinator. Soy de vieja estirpe. Y soy
lo bastante viejo para el cargo que ocupo.
»Aquí, padres conscriptos, en este edificio, en esta asamblea de nombres
antiguos y gloriosos, reside el crisol de la ley romana, del gobierno romano,
de la administración romana. Es en esta asamblea, en este edificio, donde
hablaré antes con la esperanza de que os guíe la sabiduría y la amplitud de
miras para daros cuenta de que todo lo que proponga es lógico, razonable e
imprescindible.
Al concluir el discurso, la Cámara aplaudió con el espíritu de
agradecimiento únicamente posible en quienes habían visto con sus propios ojos
lo que había hecho el tribuno Saturnino. Aquél era un tribuno de la
plebe totalmente distinto, que era antes que nada senador y después
servidor de la plebe.
Los cónsules que asistían a la sesión eran, desde luego, el par
saliente, los dos bastante liberales en criterios e ideales, y también los
pretores cesantes eran independientes. Así, con muy poca oposición, Druso
obtuvo su mandato del Senado y se aceptaron las dos leyes. Aunque los cónsules
entrantes no eran tan prometedores, Sexto César apoyó las medidas y Filipo,
curiosamente, estuvo suave; sólo Cepio se pronunció en contra, pero como todos
conocían su animosidad respecto a su ex cuñado, nadie hizo caso. En la Asamblea
plebeya —en la que los caballeros tenían mucha fuerza— era donde Druso esperaba
más oposición, pero no la hubo. Quizá fuese, pensó, por haber presentado las
dos leyes en el mismo contio, permitiendo que un grupo de caballeros viese la
trampa que contenía la segunda; pues la posibilidad de sentarse en el Senado,
negada a ese mismo grupo por lo reducido del ente senatorial de gobierno,
constituía un poderoso incentivo. Además, parecía un tipo de jurado muy
equitativo, ya que su miembro número cincuenta y uno sería un caballero, a
cambio de lo cual la presidencia la ocuparía un senador. El honor quedaba a
salvo.
Los esfuerzos de Druso iban encaminados a lograr la concordia entre las
dos grandes órdenes, la senatorial y la ecuestre, a una llamada a ambos bandos
para articularla. Y, al mismo tiempo, Druso deploraba lo que había hecho Cayo
Sempronio Graco, abriendo una brecha artificial entre ellas.
—Fue Cayo Graco el primero que escindió las dos órdenes, una distinción
social artificial cuando menos, ya que ¿qué es un miembro no senatorial de una
familia senatorial, incluso ahora, sino un caballero? Si está en el censo de
caballeros, se incorporará como caballero, porque ya hay demasiados miembros de
esta familia en el Senado. ¡Caballeros y senadores pertenecen a la primera
clase! Una familia puede contar con varios miembros en ambas órdenes, sí, pero
gracias a Cayo Graco padecemos una separación artificial. La única diferencia
está en los censores. Si una persona entra en el Senado, no puede dedicarse a
empresas comerciales que no tengan nada que ver con la tierra. Y eso siempre ha
sido así —dijo Druso ante la Asamblea plebeya, con la mayoría del Senado entre
el público—.
¡Tal vez no se admire a hombres como Cayo Graco ni se aprueben sus
acciones, pero no hay nada reprobable en aprovechar lo que haya de admirable y
valioso en esos trucos! Fue Cayo Graco el primero en sugerir la ampliación del
Senado; no obstante, debido a la situación de la época, la oposición de mi
padre y los aspectos menos ideales del programa, nada se llevó a cabo. Y yo lo
revivo ahora, sin dejar de ser hijo de mi padre, porque considero lo útil y
beneficiosa que esta ley es en la época actual. Roma crece, aumentan las
obligaciones públicas de sus hijos al servicio del Estado, mientras que la
cantera de que se nutre de hombres públicos escasea y no se renueva. Hace falta
una nueva cantera tanto para el Senado como para el Ordo equester, y mis
medidas van encaminadas a estimular esa renovación.
Las leyes fueron aprobadas a mediados de enero del nuevo año, a pesar de
que Filipo era segundo cónsul y Cepio uno de los pretores con sede en Roma.
Druso pudo así respirar con alivio. De momento no se había granjeado la
animosidad de nadie, y quizá fuese excesivo esperar que las cosas siguieran
igual, pero si que habían salido mucho mejor de lo que se había pensado.
A principios de marzo habló en el Senado a propósito del ager publicus,
consciente de que pronto se le desenmascararía y los ultraconservadores verían
de pronto lo peligroso que iba a resultarles aquel prosélito. Pero Druso había
confiado en Escauro, príncipe del Senado, en Craso Orator y en Escévola y los
había plegado a su manera de pensar. Y si había podido conseguir eso, había
posibilidades de poder ganarse a todo el Senado; estaba seguro.
Se puso en pie para tomar la palabra con cierto cambio en su actitud,
que dio a entender a todos que iba a tratar de algo especial. Nunca se le había
visto tan contenido, tan metafórico, tan impecable en gesto y actitud.
—Tenemos el mal entre nosotros —comenzó a decir desde el centro de la
Cámara, cerca de las puertas de bronce, que había ordenado cerrar; hizo una
pausa y recorrió con la vista las gradas de una y otra parte, valiéndose
de su habitual truco de hacer creer a cada uno de los que miraba que se
dirigía Únicamente a él—. Tenemos el mal entre nosotros. Un mal terrible. ¡Un
mal alimentado por nosotros mismos! ¡Sí, creado por nosotros! Pensando, sí,
como suele suceder, que lo que hacíamos era admirable y lo más oportuno. Porque
me doy cuenta de ello, pues no me mueve más que respeto por mis antepasados y
no critico a los artífices de ese mal que hay entre nosotros, ni arrojo el
menor estigma sobre quienes se sentaron en esta augusta cámara en otras épocas.
»¿Cuál es ese mal entre nosotros? —prosiguió en retórico interrogante,
enarcando las cejas y bajando levemente la entonación—. El ager publicus,
padres conscriptos! Ése es el mal entre nosotros. ¡Si, es un mal! Nos
apoderamos de las mejores tierras de nuestros enemigos itálicos, sicilianos y
extranjeros y las hicimos nuestras, llamándolas ager publicus de Roma,
convencidos de que incrementábamos la riqueza común de Roma, de que
recogeríamos ingentes beneficios de tan buenas tierras, ¡gran prosperidad. Pero
es bien cierto que no ha sido así. En lugar de mantener las tierras confiscadas
en sus parcelas primitivas, aumentamos la magnitud de las fincas arrendadas
para reducir la carga de trabajo de nuestros servidores civiles y evitar que el
gobierno romano se convirtiese en una burocracia griega. Pero así transformamos
el ager publicus en algo poco atractivo para los agricultores que lo trabajan,
intimidándolos con el tamaño de las parcelaciones y privándolos de toda
esperanza de seguir haciéndolo por la cuantía del arrendamiento. El ager
publícus se convirtió en monopolio de los ricos, de los que pueden pagar el
arrendamiento y dedicar esas tierras a la clase de utilización que exige su
gran extensión. Cuando otrora esas tierras contribuían notablemente a la alimentación
de Italia, ahora sólo producen objetos de consumo. Mientras que antes esas
tierras contaban con un buen asentamiento de gentes y estaban adecuadamente
cultivadas, ahora son fincas enormes, diseminadas y muchas veces descuidadas.
Comenzaban a mirarle caras serias; Druso sintió como si el corazón le
latiera más despacio y se le removiera en el pecho, notaba que perdía ánimo y
tuvo que esforzarse por seguir aparentando calma y firmeza en la voz.
Nadie le había interpelado; aún no lo habían oído todo y tenía que
seguir como si no hubiese advertido el cambio de ambiente.
—Pero eso, padres conscriptos, fue sólo el principio del mal. Eso fue lo
que Tiberio Graco vio en su periplo por los latifundia de Etruria, comprobando
que el trabajo lo hacían esclavos extranjeros en lugar de las buenas gentes de
Italia y de Roma. Eso fue lo que vio Cayo Graco cuando asumió la tarea de su
hermano diez años después. Yo también lo veo. Pero yo no soy Sempronio Graco, y
no considero los motivos de los hermanos Gracos suficientes para trastornar los
mos maiorum, nuestras costumbres y tradiciones. En tiempos de los hermanos
Gracos yo habría sido partidario de mi padre.
Hizo una pausa para dirigir una mirada furibunda a la audiencia y
exclamar con absoluta sinceridad:
—¡Lo digo en serio, padres conscriptos! En los tiempos de Tiberio Graco,
en los tiempos de Cayo Graco, me habría alineado con mi padre. El tenía razón.
Pero los tiempos han cambiado y han surgido otros factores que agravan el mal
inherente al ager publicus. En primer lugar me referiré a los disturbios en
nuestra provincia de Asia, iniciados con Cayo Graco, al legislar la recaudación
de diezmos e impuestos por empresas privadas. La recaudación de impuestos en
Italia ya se llevaba a cabo hacía mucho tiempo, pero nunca había alcanzado
tanta importancia. Como consecuencia de esta incuria de nuestras
responsabilidades senatoriales y el creciente papel en el gobierno público de
facciones dentro del Ordo equester, hemos visto una administración modélica en
la provincia de Asia entorpecida, vitriólicamente atacada y, finalmente, al
igual que a nuestro estimado consular Publio Rutilio Rufo, esas facciones de
caballeros nos han dado a entender que más vale que nosotros, ¡miembros del
Senado de Roma!, no osemos poner el pie en su terreno. Bien, yo he comenzado a
poner coto a esa clase de intimidación haciendo que el Ordo equester comparta
la administración de esos tribunales en igualdad de condiciones con el Senado,
y a paliar la desproporción respecto a los caballeros ampliando el Senado. Pero
seguimos teniendo el mal entre nosotros.
Algunas caras no estaban tan serias; la mención de su querido tío,
Publio Rutilio Rufo, había jugado en su favor y también la alusión a la
administración modélica de Quinto Mucio Escévola.
—A él se ha unido, padres conscriptos, un nuevo mal. ¿Cuántos de
vosotros sabéis cuál es este nuevo mal? Yo creo que pocos. Me refiero a un mal
creado por Cayo Mario, aunque eximo a ese eminente consular séxtuple de haber
actuado a sabiendas. ¡Ese es el problema! Cuando el mal se inicia no es mal en
absoluto: es producto del cambio, de la necesidad, de los reajustes de
equilibrio en nuestro sistema de gobierno y en nuestros ejércitos. Nos hemos
quedado sin soldados. ¿Y por qué nos hemos quedado sin soldados? Entre los
numerosos motivos hay uno estrechamente vinculado al ager publicus. Quiero
decir que con la creación del ager publicus se expulsó a los pequeños
terratenientes de sus hogares, dejando de alimentar a muchos hijos y quedando,
con ello, desguarnecido el ejército. Cayo Mario hizo lo único que podía hacer,
mirado en retrospectiva: alistar al capite censi en el ejército. El hizo
soldados de las masas del censo por cabezas que no tenían dinero para comprarse
los pertrechos militares, no procedían de familias terratenientes y,
naturalmente, no disponían ni de un par de sestercios.
Siguió hablando en tono más bajo, haciendo que todos alargaran el cuello
y prestaran oído.
—La paga del ejército es magra. El botín que hicimos a los germanos,
deleznable. Cayo Mario y sus sucesores, incluidos sus legados, enseñaron a los
proletarios a combatir, a manejar las armas, a sentirse útiles y a adquirir la
dignidad de romanos. ¡Y yo estoy de acuerdo con Cayo Mario! No podemos
arrinconarlos en sus callejas urbanas y en sus aldehuelas. Hacerlo sería
alimentar un nuevo mal, masas de hombres entrenados militarmente con la bolsa
vacía, sin nada que hacer y con un creciente resentimiento por la ofensa que
con nuestro tratamiento les infligimos. La solución de Cayo Mario, que se
inició mientras estaba en Africa luchando contra Yugurta, fue asentar a estos
antiguos combatientes sin fortuna en tierras públicas del extranjero. Fue la
larga y loable tarea de estos últimos años llevada a cabo por el pretor urbano
Cayo Julio César en las islas de la Pequeña Sirte
africana. Yo soy de la opinión, ¡y os insto fervientemente, colegas
miembros de esta Cámara, a que consideréis lo que digo como simple previsión
para el futuro!, soy de la opinión que Cayo Mario tenía razón, y debemos seguir
asentando esos veteranos del ejército en ager publicus extranjero.
Druso no había cambiado de sitio desde el principio de su discurso. Y
allí siguió. Algunas caras volvían a endurecerse a la simple mención del nombre
de Cayo Mario, pero el propio Mario seguía sentado en su silla en el centro de
la primera fila de consulares con gran dignidad y rostro impasible. En la grada
media, en el lado opuesto a Mario, se acomodaba el ex pretor Lucio Cornelio
Sila, que había regresado de su misión de gobernación en Cilicia y escuchaba
con sumo interés a Druso.
—Sin embargo, todo esto nada tiene que ver con el mal más desastroso e
inminente, el ager publicus de Italia y Sicilia. ¡Hay que hacer algo! Mientras
tengamos ese mal entre nosotros, padres conscriptos, nos va a corroer la moral,
la ética, nuestro criterio de la idoneidad, el propio mos maiorum. En la
actualidad el ager publicus itálico pertenece a aquellos que de nosotros y de
los caballeros de la primera clase se han interesado por los pastos de los
latifundia. El ager publicus de Sicilia pertenece a ciertos cultivadores de
trigo a gran escala que suelen vivir en Roma y dejan sus empresas de la isla en
manos de capataces y esclavos. ¿Situación estable, pensáis? ¡Pues considerad lo
siguiente! Desde que Tiberio y Cayo Sempronio Graco nos metieron la idea en la
cabeza, el ager publicus de Italia y Sicilia está ahí esperando la repartición
y su utilización en esto o aquello. ¿Cuántos generales honorables nos deparará
el futuro? ¿También a ellos les complacerá, como a Cayo Mario, conceder a sus
antiguos combatientes tierras en Italia? ¿Cómo serán de honorables los tribunos
de la plebe en años venideros? ¿No podría suceder que surgiera otro Saturnino
que encandilase a los menesterosos con promesas de parcelas en Etruria, en
Campania, en Umbría, en Sicilia? ¿Hasta qué extremo serán honorables los
plutócratas del futuro? ¿No sucederá que las tierras públicas aumenten aún más
de tamaño, hasta que una, dos o tres personas sean dueñas de media Italia y de
media Sicilia? Porque, ¿a qué viene decir que el ager publicus es
propiedad del Estado, si el Estado lo arrienda y los que dirigen el
Estado pueden al respecto legislar lo que les plazca?
Druso efectuó una profunda inspiración, separó las piernas y siguió la
perorata.
—¡Yo os insto a que acabéis con eso! ¡Acabad con la existencia de las
tierras públicas de Italia y Sicilia! ¡Hagamos ahora mismo acopio de valor para
acometer lo que se debe, repartiendo todas las tierras públicas entre los
pobres, los que las merecen, los antiguos combatientes y todos los que vengan!
¡Empecemos con los más ricos y aristócratas de entre nosotros, que cada uno de
los que aquí están sentados tenga sus diez iugera del ager publicus, que cada
ciudadano romano tenga sus diez iugera! Para algunos de nosotros es algo
baladí, mas para otros será una bendición. ¡Acabad con ello, os digo! ¡Acabad
radicalmente con ello! No dejéis nada que los hombres perniciosos del futuro
puedan aprovechar para destruir nuestra clase, nuestra prosperidad. ¡No les dejéis
nada con lo que puedan jugar, salvo caelum aut caenum, cielo o fango! [ 1 ] ¡He
jurado hacerlo, padres conscriptos, y lo haré! ¡No dejaré nada del ager
publicus romano bajo el cielo que no sea fango inútil de marismas! ¡No porque
me preocupen los pobres y menesterosos! ¡No porque me preocupe el futuro de los
ex combatientes del censo por cabezas! ¡No porque tenga rencor a los de esta
Cámara y a nuestros bucólicos caballeros por la posesión de esas tierras! Sino
porque, ¡y es mi única razón!, las tierras públicas de Roma representan un
desastre venidero, al estar ahí a disposición de algún general que les eche el
ojo para sus tropas, al estar ahí a merced de algún tribuno de la plebe
demagogo que las quiera como medio para convertirse en el primer hombre de
Roma, al estar ahí para que las deseen dos o tres plutócratas como preámbulo
para hacerse dueños de Italia y Sicilia!
La Cámara lo había oído y no tenía más remedio que reflexionar; ése fue
el logro de Druso. Filipo no decía nada, y cuando Cepio pidió el uso de la
palabra, Sexto César se la negó, alegando tajante que ya se había hablado mucho
y que la sesión se reanudaría al día siguiente.
—Has estado muy bien, Marco Livio —dijo Mario al pasar junto a él,
camino de la salida—. Sigue con tu programa con ese espíritu y serás el
primer tribuno de la plebe en la historia capaz de arrastrar al Senado.
Sin embargo, para gran sorpresa de Druso —ya que apenas le conocía— fue
Lucio Cornelio Sila quien le abordó afuera y le animó a seguir hablando.
—Acabo de regresar de Oriente, Marco Livio, y quiero saberlo todo con
detalle. En primer lugar, qué leyes habéis promulgado y todo lo que pensáis
respecto al ager publicus —dijo el extraño personaje, de tez bronceada por la
misión en Oriente.
Sila estaba, efectivamente, interesado, ya que era uno de los pocos de
la Cámara con suficiente inteligencia y discernimiento para darse cuenta de que
Druso no era un radical ni un verdadero reformista, sino más bien un hombre muy
conservador, preocupado por preservar los derechos y privilegios de su clase y
hacer que Roma fuese lo que siempre había sido.
Llegados a la hondonada de las votaciones y a resguardo del clima
invernal, Sila recabó la opinión de Druso, planteándole de vez en cuando una
pregunta. Pero fue Druso quien habló largo y tendido, agradecido al fin de que
un Cornelio patricio estuviese dispuesto a escuchar lo que la mayoría de
Cornelios patricios consideraban traición. Al final, Sila le tendió la mano,
agradeciéndole sinceramente las explicaciones.
—Votaré a favor vuestro en el Senado, aunque no pueda hacerlo en la
Asamblea plebeya —le dijo.
Siguieron caminando juntos hasta el Palatino, pero ninguno de los dos
manifestó el deseo de solazarse con un jarro de vino en un despacho
calefactado, pues no sintieron ese mutuo agrado que induce a tal invitación. Al
llegar a casa de Druso, Sila le dio una palmada en la espalda y siguió colina
abajo por el clivus Victoriae hasta la calle donde estaba su casa. Tenía muchas
ganas de hablar con su hijo, cuyos consejos cada vez apreciaba más, pese a que
era consciente de que carecía del juicio de la madurez. El joven Sila era una
caja de resonancia de partidarios, y para una persona con pocos clientes y
escasas esperanzas de reunir multitudes, elemento inapreciable.
Pero no iba a resultar halagüeño el regreso a casa. Nada más entrar,
Elia le dijo que el muchacho sufría un grave resfriado. Además, había un
cliente
que había insistido en esperar, alegando que traía noticias urgentes. La
simple mención de la indisposición del hijo bastó para que Sila se olvidase del
cliente y no se apresurase a entrar en el despacho, sino en la cómoda sala de
estar en que Elia había instalado al jovencito, pensando en que el cubículo de
dormir, oscuro y sin ventilación, no era lo más adecuado para el enfermo. Su
hijo tenía fiebre, faringitis, moqueaba, y le miraba con ojos de adoración,
aunque legañosos. Sila se tranquilizó, le dio un beso y le animó diciéndole:
—Hijo mío, si te cuidas, la indisposición te durará dos intervalos de
mercado, pero si te dejas, la tendrás dos semanas. Te aconsejo que dejes hacer
a Elia.
Luego se dirigió al despacho, con el entrecejo fruncido, pensando en qué
le aguardaría, pues sus clientes no eran asunto que le preocupasen gran cosa,
ya que al no ser un hombre generoso no repartía mucho dinero; su clientela la
formaban principalmente soldados y centuriones, gentes anodinas de provincias y
del agro a los que había ido ayudando conforme les conocía y que había captado
como clientes. Y de esos pocos, además, eran escasos los que vivían en Roma.
Era Metrobio. Debía de habérselo figurado, pero no se le había ocurrido.
Indicio evidente de lo bien que había logrado apartarle de su mente. ¿Qué edad
tendría ahora? Poco más de treinta años; quizá treinta y dos o treinta y tres.
¡Cómo pasaban los años! Camino del olvido. Pero Metrobio seguía siendo el
mismo, y a juzgar por el beso que se dieron, continuaba siendo suyo. Pero Sila
se estremeció; la última vez que Metrobio había ido a visitarle había muerto
Julilla. No le traía suerte, aunque él considerase el amor un sustituto de la
suerte. Pero para Sila el amor no era sustituto de nada. Se apartó
resueltamente de Metrobio y se sentó detrás del escritorio.
—No deberías haber venido —dijo con sequedad.
Metrobio lanzó un suspiro, se sentó airoso en la silla de clientes y
apoyó los brazos cruzados en el escritorio, mirándole triste con sus hermosos
ojos.
—Lo sé, Lucio Cornelio, ¡pero soy cliente tuyo! Tú hiciste que me
concediesen la ciudadanía sin ser hombre libre, y estoy legitimado como
Lucio Cornelio Metrobio, de la tribu Cornelia. Si acaso, imagino que tu
mayordomo debe de estar más preocupado por lo poco que vengo por aquí que por
lo contrario. ¡De verdad que no hago ni digo nada que empañe tu preciosa
reputación! Ni a mis amigos y compañeros del teatro, ni a mis amantes ni a tus
criados. ¡Te ruego que me creas porque es de justicia!
Los ojos de Sila se llenaron de lágrimas, pero se apresuró a parpadear.
—Lo sé, Metrobio. Y te lo agradezco —dijo con un suspiro,
levantándose para acercarse a la consola en que estaba el vino—. ¿Una
copa?
—Sí, gracias.
Sila dejó la copa de plata en el escritorio ante el actor, le pasó los
brazos por los hombros y apoyó la mejilla en la espesa cabellera. Pero antes de
que Metrobio tuviese tiempo de alzar las manos para cogerle los brazos, había
vuelto a su asiento tras el escritorio.
—¿Cuál es ese asunto urgente? —inquirió. —¿Conoces a un individuo
llamado Censorino?
—¿Qué Censorino? ¿El asqueroso Cayo Marcio Censorino o el Censorino que
frecuenta el Foro, que es de buena posición y tiene unas curiosas ambiciones
senatoriales?
—El segundo, Lucio Cornelio. No sabía que conocieras tan bien a tus
compatriotas romanos.
—Desde la última vez que te vi he sido pretor urbano y el cargo ha
acrecentado mis conocimientos.
—Me lo imagino.
—¿Y qué hay de ese segundo Censorino?
—Va a presentar una acusación contra ti ante el tribunal de traiciones,
alegando que aceptaste un importante soborno de los partos para traicionar los
intereses de Roma en Oriente.
—¡Por los dioses! —exclamó Sila parpadeando—. ¡No tenía la menor idea de
que hubiese en Roma alguien tan al corriente de mis aventuras en Oriente! Y eso
que nadie se ha molestado en requerirme para que haga un informe completo ante
el Senado. ¿Censorino? ¿Cómo se habrá enterado en
el Foro de lo que sucedió en Oriente, y más aún al este del Éufrates? ¿Y
tu cómo lo has sabido, si a mí no me ha llegado ni un rumor?
—Es un fanático del teatro y su principal diversión es celebrar fiestas
con actores, y cuanto más trágicos, mejor. Yo acudo normalmente a sus fiestas
—dijo Metrobio sonriente, sin ninguna admiración por el tal Censorino—. ¡No,
Lucio Cornelio, no es ningún amante mio! Le desprecio, pero me encantan las
fiestas, aunque ya no son tan divertidas como las que tú solías dar. Pero
Censorino hace lo que puede y en ellas te encuentras con todo el mundo, con
gente que conozco y que me gusta. Y sirven buena comida y buen vino —añadió,
frunciendo los labios con aire pensativo—. De todos modos, estos últimos meses
he advertido que Censorino se rodea de gente rara. Y le ha dado por lucir un
monóculo hecho de una sola esmeralda purísima y de talla perfecta, una joya que
él no habría podido adquirir, aunque tenga dinero para aspirar al censo
senatorial. Quiero decir que se trata de una joya digna de un Tolomeo de
Egipto, no de un asiduo al Foro.
—¡Fascinante! —exclamó Sila sonriente, tomando un sorbo de vino—. Ya veo
que tendré que frecuentar a ese Censorino… después del juicio, si no antes.
¿Tienes alguna pista?
—Creo que debe ser agente de alguien. De los partos o de algún otro
pueblo de Oriente. Esos invitados tan raros deben de ser orientales, porque
visten riquísimas túnicas recamadas en oro, van cargados de alhajas y no les
falta dinero que poner en las manos romanas condescendientes.
—No pueden ser los partos —dijo Sila, convencido—. A ellos no les
importa lo que suceda al Oeste del Éufrates, de eso estoy seguro. Es
Mitrídates. O Tigranes de Armenia. Pero yo creo que debe de ser Mitrídates del
Ponto. ¡Bien, bien! —dijo frotándose las manos—. Así que Cayo Mario y yo somos
causa de preocupación en el Ponto, ¿no es eso? Y, por lo visto, Sila más que
Mario. Eso es porque parlamenté con Tigranes y firmé un tratado con los
sátrapas del rey de los partos. ¡Vaya, vaya!
—¿Y qué harás? —inquirió Metrobio, preocupado.
—Bah, no te preocupes por mí —respondió Sila, animoso, levantándose a
cerrar del todo las maderillas de la persiana—. Hombre prevenido vale
por dos, decididamente. Esperaré a que Censorino tome la iniciativa y…
—¿Y qué?
—Pues le haré desear no haber nacido —dijo Sila, enseñando los terribles
colmillos y dirigiéndose a la puerta que daba al vestíbulo a echar el cerrojo,
para a continuación hacer lo propio con la que daba a la columnata del jardín—.
Mientras tanto, el mayor amor de mi vida, aparte de mi hijo, está aquí y la
cosa no tiene remedio. No puedo dejarte marchar sin acariciarte.
—Ni yo me iré hasta que lo hayas hecho.
Se abrazaron, reclinando mutuamente la mejilla en el hombro respectivo.
—¿Recuerdas años atrás? —dijo Metrobio, soñador, sonriendo con los ojos
cerrados.
—¿Cuando tú ibas con aquel faldellín ridículo y el tinte chorreando por
los muslos? —dijo Sila, también sonriendo, pasándole una mano por el pelo y la
otra voluptuosamente por las duras nalgas.
—Y tú con aquella peluca de serpientes vivas… —¡Era la Medusa!
—Y lo parecías de verdad.
—No hables tanto —añadió Sila.
Transcurrió más de una hora antes de que Metrobio se fuese; nadie había
prestado atención a su visita, pero Sila contó a la cálida y afectuosa Elia que
acababan de prevenirle contra una inminente querella ante el tribunal de
traiciones.
—¡Oh, Lucio Cornelio! —exclamó ella alarmada, parpadeando.
—No te preocupes, cariño —dijo Sila alegremente—. Ya verás como todo
queda en nada.
—¿Te sientes bien? —inquirió ella angustiada.
—Créeme, esposa mía, hacía años que no me sentía tan bien o… con tantas
ganas de hacerte el amor apasionadamente —añadió, abrazándola por la cintura—.
Vamos a la cama.
No hubo necesidad de que Sila hiciera más indagaciones sobre Censorino,
pues al día siguiente Censorino atacó. Se personó ante el tribunal del pretor
urbano, el picentino Quinto Pompeyo Rufo, y presentó una querella contra Sila
por aceptar un soborno de los partos para traicionar a Roma.
—¿Tienes pruebas? —inquirió con gravedad Pompeyo Rufo.
—Tengo pruebas.
—Pues dime lo esencial.
—No, Quinto Pompeyo. Lo haré ante el tribunal. Quiero la pena capital,
no que se le aplique una multa; la ley no me obliga a desvelarte las
circunstancias —dijo Censorino, manoseando la alhaja dentro de la toga;
demasiado valiosa para dejarla en casa, pero demasiado llamativa para exhibirla
en público.
—Muy bien —dijo muy estirado Pompeyo Rufo—. Diré al presidente del
quaestio de maiestate que convoque el tribunal en el estanque de Curtius dentro
de tres días.
Pompeyo Rufo contempló cómo Censorino cruzaba casi a saltos el bajo Foro
hacia el Argiletum, y llamó a su ayudante, un joven senador de la familia
Fanio.
—Quédate cuidando el despacho —le ordenó, poniéndose en pie—, voy a
hacer un recado.
Localizó a Lucio Cornelio Sila en una taberna de la Via Nova, cosa no
tan difícil como hubiera podido parecer, pues sabía cómo indagarlo, como todo
buen pretor urbano. El compañero de libación de Sila era nada menos que
Escauro, príncipe del Senado, uno de los pocos de la Cámara que se interesaba
por lo que había hecho Sila en Oriente. Estaban en una mesita al fondo de la
taberna, un local bastante frecuentado por gentes de alcurnia suficiente para
pertenecer al Senado, pero al dueño se le salieron los ojos de las órbitas al
ver entrar una tercera toga praetexta. ¡El príncipe del Senado y dos pretores
urbanos, nada menos! Cuando se lo dijera a sus amigos…
—Vino y agua, Cloacio —dijo Pompeyo Rufo conciso mientras pasaba por
delante del mostrador—. ¡Y que sea de buena cosecha!
—¿El vino o el agua? —replicó con gesto inocente Publio Cloacio.
—Las dos cosas, escoria, o te llevo ante los tribunales —añadió Pompeyo
Rufo, sonriendo al llegar a la mesa.
—El asunto Censorino —dijo Sila nada más verle.
—Exacto —dijo el pretor urbano—. Debes de tener mejores fuentes de
información que yo, pues te juro que para mí ha sido una auténtica sorpresa.
—Tengo buenas fuentes —dijo Sila sonriente; le era simpático el pretor
de Picenum—. ¿Traición, no?
—Traición. Dice que tiene pruebas.
—Igual que los que condenaron a Publio Rutilio Rufo.
—Bueno, me lo creeré cuando las calles de Barduli estén pavimentadas con
oro —dijo Escauro, eligiendo como ejemplo la ciudad más pobre de Italia.
—Lo mismo digo —añadió Sila.
—¿Puedo hacer algo? —inquirió Pompeyo Rufo, cogiendo una de las copas
que traía el tabernero y llenándola con vino y agua—. ¡Las dos cosas son malas,
gusano! —exclamó, mirándole con una mueca.
—A ver si encontráis algo mejor en toda la Via Nova —replicó Publio
Cloacio sin ofenderse, y alejándose de mala gana hasta un lugar desde el que
pudiera oír lo que decían.
—Ya me ocuparé yo —dijo Sila, aparentemente despreocupado.
—He dispuesto la comparecencia para dentro de tres días en el estanque
de Curtius. Afortunadamente no rige la lex Livio, y medio jurado será de
senadores, lo que es mucho mejor que uno solo de caballeros. ¡Cómo detestan la
idea de que un senador se haga rico a expensas de otros! Aunque está bien que
lo hagan —dijo Pompeyo Rufo, asqueado.
—¿Y por qué el tribunal de traiciones en lugar del de sobornos? —
inquirió Escauro—. Si ha alegado que aceptaste un soborno, debería denunciarlo
ante el de sobornos.
—Censorino alega que el soborno lo aceptó como pago por revelar nuestras
intenciones de movimiento en Oriente —dijo el pretor urbano.
—He regresado con un tratado —dijo Sila a Pompeyo Rufo.
—¿Te das cuenta qué gran mérito? —exclamó Escauro en tono admirativo.
—¿Lo va a reconocer el Senado? —inquirió Sila.
—Lo hará, Lucio Cornelio, tienes la palabra de Emilio Escauro.
—Me han dicho que obligaste a los partos y al rey de Armenia a sentarse
a un nivel más bajo que tú —dijo el pretor urbano conteniendo la risa—. ¡Bravo,
Lucio Cornelio! ¡Esos déspotas orientales necesitan que les bajen los humos!
—Oh, yo creo que Lucio Cornelio continúa la tradición de Popiho Laenas
—añadió Escauro sonriendo—. La próxima vez les trazará un círculo alrededor de
los pies. Lo que me gustaría saber —añadió con el entrecejo fruncido— es dónde
ha obtenido Censorino la información de cosas que han sucedido en el Éufrates.
Sila se rebulló incómodo en su silla, sin saber a ciencia cierta si
Escauro seguía considerando inocuo a Mitrídates del Ponto.
—Supongo que actúa de agente de alguno de esos reyes orientales — dijo.
—De Mitrídates del Ponto —se apresuró a decir Escauro.
—¿Cómo, te has desengañado? —inquirió Sila sonriente.
—Me gusta pensar lo mejor de todo el mundo, Lucio Cornelio, pero no soy
tonto —contestó Escauro poniéndose en pie y lanzando un denario al tabernero,
que lo cazó al vuelo—. ¡Cloacio, dales un jarro más de tus magníficas cosechas!
—Si tan malo es, ¿por qué no estáis en vuestra casa bebiendo chian y
falerno? —vociferó Publio Cloacio sin alterarse, mientras Escauro abandonaba el
local.
A guisa de respuesta, el príncipe del Senado se limitó a alzar el dedo,
pinchando el aire, lo que provocó una sonora carcajada de Cloacio.
—¡Qué vejancón tan tremendo! —comentó, sirviendo más vino en la mesa—.
No sé que haríamos sin él…
Sila y Pompeyo Rufo se arrellanaron más cómodamente en la silla.
—¿No vas hoy al tribunal? —inquirió Sila.
—Lo he dejado a cargo del joven Fanio, le vendrá bien bregar con el
quisquilloso populacho romano —contestó Pompeyo Rufo.
Siguieron bebiendo vino (que realmente no era tan malo, como todos
sabían) durante un tiempo en silencio, y finalmente Pompeyo Rufo dijo:
—¿Esperas presentarte al consulado a fines de año, Lucio Cornelio? —No
creo —contestó Sila con gesto adusto—. ¡Lo había pensado,
convencido de que la presentación en Roma de un tratado formal obligando
al rey de los partos a un acuerdo de gran beneficio para Roma causara
impresión, pero, ya ves, nada en el Foro y menos en el Senado! Más me habría
valido quedarme en Roma a tomar lecciones de danza lasciva; habría suscitado
más comentarios. Así que he optado por pensar en decidirme si sobornar al
electorado, pero creo que sería tirar el dinero. Hay personas como Rutilio Lupo
que pueden gastar diez veces más.
—Yo quiero ser cónsul —dijo Pompeyo Rufo, también muy serio—, pero dudo
de mis posibilidades porque soy picentino.
—¡Si te han votado el primero de la lista de pretores, Quinto Pompeyo!
—replicó Sila con los ojos muy abiertos—. Eso suele contar, ¿sabes?
—También a ti te votaron en cabeza de lista en la misma elección hace
dos años —replicó Pompeyo Rufo—, y ya ves, no crees tener muchas posibilidades.
Y si un Cornelio patricio que ha sido praetor urbanus no se considera con
muchas posibilidades, ¿cuáles crees tú que tiene uno que es de Picenum, y no
precisamente un hombre nuevo?
—Cierto. Soy un Cornelio patricio, pero mi apellido no es Escipión ni
tuve por abuelo a Emilio Paulo. Nunca he sido buen orador y hasta que me
eligieron pretor urbano, los asiduos al Foro habían reparado menos en mí que en
un eunuco de la Magna Mater. Había cifrado todas mis esperanzas en ese tratado
histórico con los partos y en el hecho de haber sido el primero en cruzar el
Eufrates con un ejército romano, y ahora el Foro está más fascinado por lo que
hace Druso.
—Él sí que será cónsul cuando se presente.
—No puede fallarle ni aunque tuviera que rivalizar con Escipión el
Africano y Escipión Emiliano. Te aseguro, Quinto Pompeyo, que estoy fascinado
con lo que hace.
—Y yo, Lucio Cornelio.
—¿Crees que tiene razón?
—Sí.
—Bien; igual que yo.
Se hizo otro silencio, sólo interrumpido por el ruido de Publio Cloacio
que servía a otros clientes, que con el rabillo del ojo miraban respetuosos las
togas bordadas de púrpura.
—¿Y si aguardases un par de años más —insinuó Pompeyo Rufo, dando
vueltas lentamente a la copa de peltre entre sus manos y con la vista baja— y
nos presentamos los dos? Los dos somos pretores urbanos, tenemos buen historial
castrense y edad suficiente, los dos podemos sobornar algo, y… A los electores
les gustan los binomios porque auguran buenas relaciones consulares durante el
cargo. Creo que juntos tenemos mayores oportunidades que por separado. ¿Qué
dices, Lucio Cornelio?
Sila clavó los ojos en el rubicundo rostro de Pompeyo Rufo y contempló
aquellos ojos azul oscuro, los regulares rasgos celtas y aquella melena
pelirroja rizada.
—Digo —respondió marcando las palabras— que haremos buenísima pareja.
¡Dos pelirrojos a ambos extremos de las gradas senatoriales, con un fisico
impresionante y haciendo juego! ¡Ya verás cómo les gustamos a esos retorcidos y
malhumorados mentulae! ¿No les gustan las gracias? ¿Pues qué mejor gracia que
dos cónsules pelirrojos de igual estatura y complexión, aunque de establos
totalmente distintos? ¡Lo haremos, amigo! —añadió tendiéndole la mano—. ¡Es una
suerte que ninguno de los dos tengamos canas que mermen el efecto ni estemos
quedándonos calvos!
—¡Trato hecho, Lucio Cornelio! —respondió Pompeyo Rufo estrechándole la
mano, encantado.
—¡Trato hecho, Quinto Pompeyo! —dijo Sila, parpadeando al ocurrírsele
una idea al pensar en la enorme riqueza de Pompeyo Rufo—. ¿Tienes un hijo?
—inquirió.
—Sí.
—¿Qué edad tiene?
—Cumple los veintiuno este año. —¿Está comprometido en matrimonio? —No,
aún no.
—Yo tengo una hija, patricia por parte de padre y de madre, que cumple
dieciocho años en junio, después de nuestra presentación como binomio consular.
¿Aceptarías el matrimonio entre mi hija y tu hijo en los Quinctilis dentro de
tres años?
—¡Claro que sí, Lucio Cornelio!
—Tiene una buena dote, pues su abuelo le dejó antes de morir la fortuna
de la madre; unos cuarenta talentos de plata, algo más de un millón de
sestercios. ¿Es suficiente?
Pompeyo Rufo asintió con la cabeza, complacido.
—¿Te parece que empecemos a hablar en el Foro de nuestra candidatura
combinada?
—¡Excelente idea! Es mejor ir acostumbrando desde ahora a los electores
para que cuando llegue el momento nos voten sin pensarlo — añadió Sila.
—¡Ajá! —retumbó una voz desde la puerta, que dio paso a Cayo Mario; éste
pasó junto a los boquiabiertos bebedores de la mesa próxima al mostrador como
si no existieran.
—Nuestro respetable príncipe del Senado me ha dicho que te encontraría
aquí, Lucio Cornelio —dijo Mario, sentándose y levantando la cabeza hacia
Cloacio, que ya estaba al lado—. Tráeme tu habitual vinagre, Cloacio.
—Claro —replicó Publio Cloacio, viendo que el jarro de la mesa estaba
casi vacío—, porque ya me diréis qué saben de vino los itálicos…
—¡Me meo en ti, Cloacio! —dijo Mario con una sonrisa burlona—.
Cuidado con tus modales… y tu lengua.
Una vez concluidas las bromas, Mario se dispuso a hablar en serio,
alegrándose de que Pompeyo Rufo estuviera allí.
—Quiero saber cómo veis vosotros las nuevas leyes de Marco Livio — dijo.
—Tenemos la misma opinión —respondió Sila, que había pasado a visitar
varias veces a Mario desde su regreso sin conseguir verle. No es que tuviese
motivos para pensar que no le hubiera recibido aposta, pues el sentido común le
decía que no; sería, simplemente, que había acudido en
momentos poco oportunos. Sin embargo, en la última visita se había
marchado decidido a no volver. Por ese motivo no había relatado a Mario los
acontecimientos de Oriente.
—¿Y cuál es esa opinión? —inquirió Mario, por lo visto sin haberse
percatado de que había molestado a Sila.
—Que tiene razón.
—Estupendo —dijo Mario, retirándose hacia atrás para que Cloacio los
sirviera—. Necesita todo el apoyo posible para esa ley agraria y yo me he
ofrecido a sondear la opinión.
—Es una ayuda —comentó Sila, sin saber qué decir.
—Tú eres un buen pretor urbano, Quinto Pompeyo —añadió Mario,
dirigiéndose al picentino—. ¿Cuándo vas a presentarte a cónsul?
—¡Precisamente de eso acabamos de hablar Lucio Cornelio y yo! — contestó
Pompeyo Rufo con júbilo—. ¡Vamos a presentarnos juntos dentro de tres años!
—Muy bien pensado —dijo Mario con interés, percatándose de la
estrategia—. ¡Sois una pareja ideal! —añadió riendo—. Mantened esa decisión y
no rompáis el binomio. Os elegirán fácilmente.
—Eso creemos —dijo Pompeyo Rufo, animado—. De hecho hemos sellado el
acuerdo con un compromiso matrimonial.
—¡Ah, sí? —inquirió Mario, enarcando la ceja derecha.
—Mi hija con su hijo —añadió Sila, un poco a la defensiva. ¿Por qué
sería Mario la única persona capaz de inquietarle? ¿Sería por el carácter de
Mario o por su propia inseguridad?
—¡Espléndido, muy bien hecho! —bramó Mario—. Así se soluciona
estupendamente el dilema de la familia. A Julia, a Elia y a Aurelia las
complacerá.
—¿Qué quieres decir? —inquirió Sila cejijunto.
—Es que, por lo visto, mi hijo y tu hija —contestó Mario, sin el menor
tacto, como de costumbre— se gustan demasiado. Pero el difunto César dijo que
ninguno de los primos debían casarse… y yo debo decir que estoy totalmente de
acuerdo; aunque eso no ha impedido que mi hijo y tu hija se hayan hecho toda
clase de absurdas promesas.
Aquello era una sorpresa para Sila, que jamás había pensado en semejante
unión, y que por ver tan poco a su hija, ésta no había tenido ocasión de
hablarle del joven Mario.
—¡Vaya, vaya, Cayo Mario, eso lo veía venir hace años, aunque paso
demasiado tiempo fuera!
Pompeyo Rufo escuchaba el diálogo un tanto consternado, y lanzó un
carraspeo.
—Lucio Cornelio, si hay algún inconveniente, no te preocupes por mi hijo
—dijo tímidamente.
—Inconveniente, ninguno, Quinto Pompeyo —respondió Sila sin vacilar—.
Son primos de primer grado y se han criado juntos, simplemente. Como has oído
decir a Cayo Mario, nunca hemos tenido intención de llegar a semejante enlace.
El acuerdo al que acabo de llegar contigo lo reafirma claramente. ¿No te
parece, Cayo Mario?
—Efectivamente, Lucio Cornelio. Demasiada sangre patricia, y además
primos. El viejo César lo desaprobaba.
—¿Tienes pensada una esposa para el joven Mario? —inquirió Sila,
curioso.
—Sí. Quinto Mucio Escévola tiene una hija que será mayor de edad dentro
de cuatro o cinco años. He efectuado sondeos y él no se opone — dijo Mario, sin
poder contener la risa—. ¡Seré un patán itálico que no habla griego, Lucio
Cornelio, pero raro es el aristócrata romano que le haga ascos a la enorme
fortuna que algún día heredará el joven Mario!
—¡Cierto! —añadió Sila con otra buena carcajada—. ¡Así que a mí sólo me
queda encontrar una esposa para el joven Sila, que no sea hija de Aurelia!
—¿Qué tal una de las hijas de Cepio? —inquirió perversamente Mario
—. ¡Imagínate todo ese oro!
—Es una idea, Cayo Mario. Tiene dos, ¿verdad? Y viven con Marco
Livio.
—Eso es. Julia sentía buena disposición respecto a la mayor para el
joven Mario, pero yo creo que, políticamente, le resultará más conveniente el
matrimonio con Mucia. Tu situación es distinta, Lucio Cornelio, y una
Servilia Cepionis sería idóneo —dijo Mario con cierta diplomacia por una
vez en su vida.
—Sí, es verdad. Lo pensaré.
Pero el asunto de la esposa para su hijo no perduró en la mente de Sila
una vez que comunicó a su hija que había quedado prometida al hijo de Quinto
Pompeyo Rufo. Cornelia Sila demostró ser digna hija de Julilla poniéndose a
gritar como una desesperada.
—Ya puedes chillar cuanto quieras, hija —dijo Sila sin conmoverse—.
Harás lo que te mande y te casarás con quien yo diga.
—¡Sal, Lucio Cornelio! —exclamó Elia retorciéndose las manos—. Tu hijo
quiere verte. ¡Haz el favor de dejarme a mí con Cornelia!
Y Sila fue a ver a su hijo sin que se le hubiera pasado el enfado.
El resfriado del joven había mejorado, aunque seguía en cama con dolores
y flemas.
—Esto tiene que acabar, amiguito —dijo Sila alegre, sentándose en el
borde de la cama y besando a su hijo en la frente—. El tiempo es frío, pero
esta habitación no.
—¿Quién grita? —inquirió el joven con la respiración pesada.
—Tu hermana. ¡Los demonios se la lleven!
—¿Por qué? —inquirió el joven Sila, que sentía un gran afecto por
Cornelia Sila.
—Porque acabo de decirle que se casará con el hijo de Quinto Pompeyo
Rufo, y por lo visto ella pensaba que iba a casarse con su primo Mario.
—¡Oh, todos pensábamos que iba a casarse con Mario! —exclamó sorprendido
el hijo de Sila.
—Nadie había hablado de eso y nadie lo deseaba. Tu avus César se oponía
a que los primos os casaseis unos con otros. Cayo Mario está de acuerdo y yo
también —dijo Sila mostrando ceño—. ¿Acaso pensabas casarte con alguna de las
Julias?
—¿Quién, Lia o Ju-Ju? —contestó el joven riendo desaforadamente hasta
que le sobrevino un acceso de tos que únicamente cesó al producir un
maloliente esputo—. ¡No, tata, no se me ocurriría nada peor! ¿Con quién
voy a casarme?
—No lo sé, hijo. Pero te prometo una cosa: te preguntaré primero si te
gusta.
—A Cornelia no se lo has preguntado.
—Es una chica —contestó Sila, encogiéndose de hombros—. Y a las hembras
no se les da otra opción; tienen que hacer lo que se les dice. La única razón
por la que el paterfamilias carga con el gasto de las hijas es porque puede
Valerse de ellas para mejorar su situación o la de su hijo. Si no, ¿para qué
alimentarlas y vestirlas durante dieciocho años? Hay que darles una buena dote
y eso el padre de familia lo hace a fondo perdido. No, hijo mío, a las chicas
sólo se las utiliza para obtener ventajas. Aunque, oyendo gritar a tu hermana,
no sé si no tenían más razón en la época antigua, cuando a las niñas las
ahogaban en el Tíber.
—No me parece justo, tata.
—¿Por qué? —inquirió el tata, sorprendido de que el hijo fuese tan
obtuso—. Las mujeres son seres inferiores, joven Lucio Cornelio. Tejen sus
ilusiones en las telas, no en el telar del tiempo. No tienen ninguna
importancia en el mundo; no hacen la historia, ni gobiernan. Las cuidamos
porque es nuestra obligación y las protegemos contra las preocupaciones, la
pobreza, las responsabilidades… Por eso, si no mueren al dar a luz, viven más
que los hombres. A cambio de eso, nosotros les exigimos obediencia y respeto.
—Entiendo —dijo el joven Sila, aceptando la explicación en su estricto
significado de definición de un estado de cosas.
—Ahora me voy, tengo una cosa que hacer —dijo Sila, levantándose—. ¿Ya
comes?
—Un poco, pero me cuesta tragar la comida.
—Luego volveré.
—No se te olvide, tata. Estaré despierto.
Primero tenía que comportarse normalmente, ir con Elia a cenar a casa de
Quinto Pompeyo Rufo, que estaba encantado de iniciar la amistosa relación.
Afortunadamente, Sila no había dicho nada de llevar a Cornelia
Sila para que conociera al hijo; la joven había dejado de llorar, pero
Elia le comentó nerviosa que se había metido en cama y había dicho que no iba a
cenar.
Ninguna otra cosa que se le hubiese ocurrido a la pobre Cornelia Sila en
protesta habría afectado más a Sila; los ojos que se clavaron en Elia eran como
glaciales estrellas.
—¡Eso tiene que acabar! —espetó, saliendo antes de que Elia pudiera
impedírselo camino del dormitorio de su hija.
Cruzó la puerta y sacó de la cama a la llorosa joven, sin preocuparle el
miedo que le inspiraba, arrastrándola de los pelos por el suelo y abofeteándola
sin piedad. Cornelia no gritó; sólo emitió unos tímidos chillidos apenas
audibles, más aterrada por la mirada de su padre que por los golpes. Debió de
propinarle una docena de bofetadas y luego la tiró como si fuese una muñeca de
trapo, sin preocuparse de si la había matado, de lo furioso que estaba.
—No se te ocurra hacerlo —le dijo en voz baja—. ¡A mi no me busques las
vueltas dejándote morir de hambre! ¡Por mí, tanto mejor! Tu madre casi se muere
por negarse a comer, pero métete en la cabeza que a mí eso no me lo haces! ¡Te
mueres de hambre, o ahogada por la comida que te haré tragar con la misma
consideración que un granjero con las ocas! Te casarás con Quinto Pompeyo Rufo,
y sonriente, o te mato. ¿Me oyes? Te mato, Cornelia.
Estaba roja de sofoco, con los ojos amoratados, los labios hinchados y
partidos y sangrando por la nariz, pero su aflicción era mucho más grave. Nunca
había pensado que pudiera existir aquella especie de furia, ni había tenido
miedo a su padre.
—Te he oído, padre —musitó.
Elia esperaba afuera, con las mejillas llenas de lágrimas, cuando quiso
entrar, Sila la agarró brutalmente del brazo y la arrastró lejos.
—¡Por favor, Lucio Cornelio, por favor! —gimió Elia con terror de esposa
y angustia de madre.
—Déjala sola —dijo él.
—¡Debo estar con ella! ¡Me necesita!
—Que se quede donde está y que no vaya nadie con ella.
—Pues te ruego que me dejes en casa —añadió ella, llorando
desconsoladamente.
La furia de Sila creció; notaba su corazón batiendo, y a punto estaba él
también de llorar de rabia.
—Muy bien, quédate en casa —dijo con aspereza, casi bufando—. Yo
representaré la alegría familiar ante la perspectiva de este matrimonio. Pero
no te acerques a ella, Elia, o haré contigo lo mismo.
Y, así, fue solo a casa de Quinto Pompeyo Rufo, en el Palatino, con
vistas al Foro romano, causando buena impresión en la halagada familia de
Pompeyo Rufo, incluidas las mujeres, que estaban en la gloria ante la
perspectiva de la boda del joven Quinto con una patricia Julio-Cornelia. Quinto
hijo era un muchacho bien parecido, de ojos verdes y pelo castaño rojizo, alto
y grácil, pero Sila tardó poco en comprender que su inteligencia no llegaba a
la mitad de la de su padre. Mejor que mejor: llegaría a cónsul porque su padre
lo había sido, engendraría hijos pelirrojos con Cornelia Sila y sería un buen
marido, fiel y considerado. De hecho, pensó Sila, sonriendo para sus adentros,
por poco que su hija lo admitiese, de haberlo visto, el joven Quinto Pompeyo
Rufo era mucho más agradable y tratable para vivir que el mimado y arrogante
cachorro de Cayo Mario.
Como los Pompeyos Rufos seguían siendo campesinos de corazón, la cena
había concluido bastante antes de que oscureciera, pese a que estaban en plena
temporada invernal. Como le quedaba un asunto pendiente antes de volver a casa,
Sila miró a lo lejos, con ceño, desde lo alto de la escalinata de Joyeros que
conducía a la Via Nova y al Foro. Un paseo demasiado largo para ir a ver a
Metrobio, y demasiado arriesgado. ¿Dónde llenaría aquella hora que le quedaba?
La respuesta le vino al posar la vista en el humeante declive del
Subura: en casa de Aurelia, claro. Cayo Julio César estaba otra vez fuera, de
gobernador en la provincia de Asia. Con tal de que Aurelia estuviese
convenientemente acompañada, ¿por qué no iba a hacerle una visita? Bajó a paso
vivo la escalinata con la facilidad y agilidad de un hombre mucho más
joven que él y allá se fue hacia el Clivus Orbius, el camino más rápido
para llegar al Subura Minor y la insula de Aurelia.
Eutico le hizo pasar con cierta reticencia. Y la actitud de Aurelia no
fue mejor.
—¿Están levantados tus hijos? —inquirió Sila.
—Si, lamentablemente —contestó ella con una sonrisa irónica—. Han salido
búhos en vez de alondras. Detestan irse a la cama y les cuesta mucho
levantarse.
—Pues haz una excepción y diles que vengan con nosotros, Aurelia — dijo
Sila, sentándose en un confortable sofá—. No hay mejor compañía para una dama
que los niños.
—Tienes toda la razón, Lucio Cornelio —dijo ella, iluminándosele el
rostro.
Así pues, la madre puso a los niños en un rincón del cuarto; las niñas,
ya púberes, habían crecido mucho, y el niño también tenía buena estatura,
porque era su destino: ser siempre más alto que los demás.
—Me alegro de verte —dijo Sila, sin hacer caso del vino que el mayordomo
había dejado junto a su brazo.
—Yo también me alegro, Lucio Cornelio.
—Más que la última vez, ¿no?
—¡Ah, claro! Tenía graves problemas con mi esposo, Lucio Cornelio. —Ya
me di cuenta. Y eso que me consta, y cómo, que no hay esposa
más fiel y casta que tú.
—Oh, no es que él creyera que le había sido infiel. El problema entre
Cayo Julio y yo es más… teórico —dijo ella.
—¿Teórico? —inquirió Sila con una amplia sonrisa.
—A él no le gusta el barrio, ni que yo haga de casera. No le gusta Lucio
Decumio y no le gusta mi manera de educar a los niños, que hablan tanto la
jerga del Subura como el latín del Palatino; aparte de que saben tres clases de
griego, arameo, hebreo, gálico arvernio, gálico eduo, gálico tolosano y licio.
—¿Licio?
—En la tercera planta vive una familia licia y los niños andan por todas
partes y aprenden fácilmente toda clase de lenguas. Yo no sabía que los licios
tenían su propia lengua, un idioma muy antiguo, parecido al pisidio.
—¿Tuviste una discusión muy fuerte con Cayo Julio?
—Bastante —contestó Aurelia con una mueca, encogiéndose de hombros.
—Agravada por el hecho de tu actitud, muy poco propia de una dama romana
—añadió comprensivo Sila, que acababa de castigar fisicamente a su hija por lo
mismo. Pero Aurelia era Aurelia y no se la podía medir más que con sus propios
parámetros, como decían muchos con admiración más que reprobación; tanto era su
encanto.
—Yo adopté la actitud que debía —replicó ella sin mostrar preocupación—.
Sí, en realidad, me mantuve firme tanto, que tuvo que ceder —añadió con mirada
triste—. Y eso, Lucio Cornelio, supongo que te imaginarás que fue lo peor de la
disputa, porque a ningún hombre de su condición le gusta ceder en una
diferencia con su esposa. Su reacción fue ensimismarse en una especie de
desinterés altivo, cerrándose a cualquier otra discusión por mucho que yo le
pinchase. ¡Figúrate!
—¿Ha dejado de estar enamorado de ti?
—No lo creo. ¡Ojalá! Eso le simplificaría mucho la vida, estando donde
está —contestó Aurelia.
—Así que eres tú quien lleva la toga actualmente.
—Eso me temo. Con orla púrpura incluida.
—Tendrías que haber sido hombre, Aurelia —añadió Sila apretando los
labios y asintiendo con la cabeza—. Hasta ahora no me había dado cuenta, pero
es así.
—Tienes razón, Lucio Cornelio.
—Así que él se alegró de marchar a la provincia de Asia y tú de que se
fuera, ¿no?
—Vuelves a tener razón, Lucio Cornelio.
A continuación, Sila inició el relato de su viaje a Oriente, y su
auditorio aumentó, porque el pequeño César se sentó en el sofá de la madre y
escuchó
con avidez cuanto decía de sus encuentros con Mitrídates, Tigranes y los
embajadores partos.
Tenía casi nueve años y estaba más guapo que nunca, advirtió Sila,
encandilado por aquel rostro. ¡Qué parecido al pequeño Sila! Y al mismo tiempo
muy distinto. Había ya superado la fase inquisitiva y ahora pasaba por la de
escuchar; le miraba, apoyado en Aurelia, con ojos brillantes y la boca abierta,
y su rostro era un espejo que reflejaba los constantes cambios que se sucedían
en su mente, pero el cuerpo irradiaba calma.
Al final planteó las preguntas que se le ocurrieron con más juicio que
Escauro, más educación que Mario y más interés que los dos juntos. ¿Cómo sabrá
todo esto?, se preguntaba Sila, dialogando con una personita de ocho años al
mismo nivel que haría con Escauro y Mario.
—¿Qué crees que sucederá? —inquirió Sila, no por bailarle el agua sino
porque realmente le intrigaba.
—Que habrá guerra con Mitrídates y Tigranes —contestó el pequeño. —¿Y
con los partos no?
—Hasta dentro de mucho, no. Pero si ganamos la guerra contra Mitrídates
y Tigranes, el Ponto y Armenia quedarán bajo nuestra égida y Roma comenzará a
preocupar a los partos igual que sucede ahora con Mitrídates y Tigranes.
—Muy bien, pequeño César —dijo Sila, asintiendo con la cabeza.
Continuaron hablando una hora, hasta que Sila se puso en pie para
marcharse, revolviendo el pelo del pequeño a guisa de despedida. Aurelia
le acompañó a la puerta, mientras dirigía una seña al vigilante Eutico, que ya
estaba recogiendo a los niños para acostarlos.
—¿Cómo están todos? —inquirió Aurelia, mientras Sila abría la puerta que
daba al Vicus Patricius, lleno de gente, aunque ya hacía tiempo que había
anochecido.
—El joven Sila sufre un fuerte resfriado y Cornelia Sila tiene la cara
hecha una pena —contestó él sin alterarse lo más mínimo.
—Lo del chico lo entiendo, pero ¿qué le ha pasado a tu hija?
—Que le he dado una tunda.
—¡Ah! ¿Por qué delito, Lucio Cornelio?
—Parece que ella y el joven Mario habían decidido casarse en su momento,
pero yo la he prometido al hijo de Quinto Pompeyo Rufo. Y ella optó por mostrar
su oposición dejándose morir de hambre.
—Ecastor! Me imagino que la pobre niña nada sabía de las intentonas de
su madre en ese sentido.
—No.
—Y ahora si.
—Desde luego.
—Mira, yo conozco un poco a ese joven, y estoy segura de que será mucho
más feliz con él que con el hijo de Mario.
—Es exactamente lo que pienso yo —añadió Sila, riendo.
—¿Y qué opina Cayo Mario? —A él tampoco le interesaba esa unión —
contestó Sila mostrando los dientes—. Pretende a la hija de Escévola.
—La conseguirá sin gran dificultad… ave, Turpilia —añadió, saludando a
una amiga que pasaba, quien en seguida se detuvo y se quedó a la espera como si
quisiera hablar.
Sila se despidió y Aurelia se apoyó en el marco de la puerta, escuchando
atentamente lo que decía Turpilia.
A Sila no le preocupaba cruzar el Subura de noche, del mismo modo que a
Aurelia no le preocupó verle alejarse en la oscuridad. Ninguna ramera se le
acercó, pues su porte irradiaba la experiencia de todos los lupanares de Roma.
Lo único que le habría chocado a Aurelia, de haberlo visto, es que en lugar de
dirigirse al Foro, camino del Palatino, tomó por el Vicus Patricius.
Iba a ver a Censorino, que vivía en el alto Vinimal, en la calle que
conducía al manzano púnico. Era un respetable barrio de caballeros, aunque no
lo bastante lujoso como para albergar a quien presumía de monóculo de
esmeralda.
En principio parecía que el mayordomo de Censorino fuese a negarle la
entrada, pero Sila sabía arreglar eso: le bastó con poner una cara terrible y
algo automático impulsó al criado a franquearle la entrada. Sin dejar de
esgrimir su perversa sonrisa, Sila recorrió el estrecho pasillo que conducía
de la puerta al vestíbulo de aquel piso de la planta baja de una ínsula
y miró en derredor, mientras el criado se apresuraba a avisar a su amo.
Si, muy bonito; los frescos de las paredes eran nuevos y según el estilo
de moda. Recuadros de un rojo vivo con escenas de la entrega de Briseida a
Agamenón por Aquiles, príncipe de Ftía; estaban enmarcados en falsas ágatas
pintadas con primor, que se transformaban en un espléndido dado también de
imitación. El suelo era de mosaico policromo y las cortinas de un granate tan
oscuro que debía ser de Tiro; los sofás estaban tapizados en oro y púrpura de
la mejor clase. No estaba nada mal para un miembro mediocre del Ordo equester,
pensó Sila.
Por la puerta apareció un indignado Censorino, desconcertado por la
conducta de su mayordomo, que se había esfumado.
—¿Qué quieres? —espetó Censorino.
—Tu monóculo de esmeralda —contestó Sila con voz amable. —¿Qué?
—Ya sabes, Censorino, el que te han regalado los agentes del rey
Mitrídates.
—¿El rey Mitrídates? ¡No sé a qué te refieres! Yo no tengo ningún
monóculo de esmeralda.
—No digas bobadas, claro que tienes uno. Dámelo.
Censorino no cabía en sí de indignación; enrojeció y luego palideció.
—¡Dame el monóculo de esmeralda, Censorino!
—¡No pienso darte nada más que la condena y el exilio!
Antes de que Censorino hubiese podido apartarse, Sila se había arrimado
tanto a él, que cualquiera que los hubiese visto habría pensado que se trataba
de un grotesco abrazo; Sila le había puesto las manos en los hombros, pero no
como las de un amante. Aquellas manos mordían, hacían daño, eran como garras de
hierro.
—Escucha, despreciable gusano, he matado a hombres de mucho mayor fuste
que tú —dijo Sila con voz suave y tono casi amoroso—. No acudas a los
tribunales o morirás. ¡Lo digo en serio! Retira esa absurda acusación o
morirás. Tan muerto como el forzudo de la leyenda llamado Hércules Atlas, tan
muerto como una mujer que se rompió la crisma en los acantilados de
Circei, tan muerto como mil germanos, tan muerto como los que me
amenazan a mí y a los míos, tan muerto como acabará Mitrídates si decido que
deba morir. Puedes decírselo cuando le veas. ¡Te creerá! Él metió el rabo entre
piernas y se largó de Capadocia cuando se lo ordené. Porque se dio cuenta de
que hablaba en serio. Ahora tú también te das cuenta, ¿verdad?
Censorino no contestó ni hizo nada por zafarse de aquel brutal abrazo.
Quieto y con la respiración entrecortada, miraba el cercano rostro de Sila como
si nunca le hubiese visto, sin saber qué hacer.
Una de las manos de Sila se apartó del hombro de Censorino y se
introdujo en su túnica en busca de lo que había atado al extremo de una fuerte
tira de cuero, mientras la otra mano descendía del otro hombro y le apretaba el
escroto. Mientras Censorino chillaba como un perro cuando es pillado por un
carro, Sila rompió la tira de cuero de un tirón, cual si hubiese sido de lana,
y se guardó dentro de la toga el resplandeciente monóculo. Nadie acudió a ver
quién había gritado. Sila giró sobre sus talones y salió de la casa andando
tranquilamente.
—¡Ah, me siento mucho mejor! —exclamó al cruzar el umbral, soltando una
fuerte carcajada que atronó en los oídos de Censorino hasta que alguien cerró
la puerta.
La rabia y la decepción por la actitud de Cornelia Sila se desvanecieron
y Sila caminó hacia su casa con el paso ligero de un niño y la alegría
reflejada en el rostro. Pero su contento se esfumó nada más cruzar la puerta y
ver, en lugar de la luz mortecina de una casa en que sus habitantes duermen
plácidamente, todas las lámparas encendidas, un grupo de jóvenes y el mayordomo
enjugándose las lágrimas.
—¿Qué sucede? —inquirió angustiado.
—¡Vuestro hijo, Lucio Cornelio! —exclamó el mayordomo.
Sila, sin atender a más explicaciones, echó a correr hacia el cuarto que
daba al jardín, en el que Elia había instalado al muchacho para que curase del
resfriado. Ella estaba afuera, delante de la puerta, abrigada con un chal.
—¿Qué sucede? —volvió a preguntar Sila, cogiéndola del brazo.
—El niño está muy mal —musitó ella—. Hace dos horas he llamado a los
médicos.
Sila apartó a los médicos y se acercó a la cabecera de la cama,
adoptando una actitud tranquila y relajada.
—¿Qué es esto, jovencito, asustándolos a todos? —¡Padre! —exclamó el
joven Sila, sonriendo. —¿Qué sucede?
—¡Tengo mucho frío, padre! ¿Te importa que te llame tata delante de
desconocidos?
—Claro que no.
—¡Me duele mucho!
—¿Dónde, hijo?
—En el esternón, tata. ¡Tengo mucho frío!
Su respiración era entrecortada y sibilante; a Sila le parecía una
parodia de la agonía de Metelo Numídico el Meneitos, y quizá por eso no acababa
de creerse que estuviera asistiendo a una agonía. Sí, parecía que el joven se
moría. ¡Imposible!
—No hables, hijo. ¿No puedes tumbarte?
—No puedo respirar tumbado —contestó el joven, mirándole con ojos de
pena circundados como de negras magulladuras—. ¡tata, por favor, no te vayas!
—Estoy aquí, Lucio, y no voy a irme.
Pero, en cuanto pudo, Sila hizo un aparte con Apolodoro Siculo para
preguntarle cuál era el mal.
—Lucio Cornelio, se trata de una inflamación pulmonar, siempre dificil
de atajar, pero más complicada en el caso de vuestro hijo.
—¿Por qué más complicada?
—Porque me temo que haya afectado el corazón. No sabemos con certeza la
importancia del corazón, aunque yo creo que asiste al hígado. Vuestro hijo
tiene los pulmones· hinchados y parte de los humores se han propagado a la
envoltura cardiaca y oprimen el corazón —dijo el físico, aterrado: era el
precio que en ocasiones como aquella debía pagar por su
fama, comunicando a un romano de alcurnia que los físicos nada podían
hacer por el paciente—. El pronóstico es grave, Lucio Cornelio. Me temo que
nada podamos hacer.
Sila se lo tomó aparentemente con tranquilidad, y, además, algo le decía
que el físico hablaba con toda sinceridad y que era imposible la curación. Un
buen físico, aunque la mayoría eran charlatanes, adoptaba la actitud que él
había mostrado ante la muerte del Meneitos. Pero el cuerpo de las personas era
a veces víctima de alteraciones de tal magnitud, que los médicos eran
impotentes pese a sus lancetas, irrigaciones, cataplasmas, pociones y hierbas
mágicas. Era cosa de suerte. Y ahora Sila se percataba de que su querido hijo
no tenía suerte. Lo había abandonado la diosa Fortuna.
Volvió a acercarse al lecho, apartó el montón de almohadas y ocupó su
lugar, cogiendo al hijo en sus brazos.
—¡Oh, tata, qué bien estoy así! ¡No me dejes!
—No me moveré de aquí, hijo. Te quiero más que a nada.
Estuvo varias horas abrazando al hijo, con la mejilla pegada a su pelo
sudoroso, escuchando la agobiada respiración y los gemidos intermitentes
producidos por los dolores. El muchacho ya no podía hacer el esfuerzo de toser
a causa del dolor, ni se le pudo hacer que bebiera, pues tenía los labios
llagados y la lengua agrietada y negra. Hablaba a veces, siempre al padre, con
una voz cada vez más débil y balbuciente, con palabras cada vez menos lúcidas y
lógicas, hasta que entró en el ámbito de la inconsciencia.
Treinta horas más tarde moría en los brazos entumecidos de su padre.
Sila no se había movido más que a requerimiento del enfermo, no había comido ni
bebido, ni se había alejado para ir al retrete, pero no estaba físicamente
afectado. Para él, lo único importante había sido estar con su hijo. Quizá,
como padre, hubiese sido para él un consuelo que el joven Sila le hubiese
reconocido en el momento de morir, pero el muchacho ya estaba muy lejos de
aquella habitación, de aquellos brazos, y murió inconsciente.
Todos temían a Lucio Cornelio Sila. Por eso los cuatro médicos,
amedrentados, le apartaron los brazos del hijo exánime, le ayudaron a ponerse
en pie y le sujetaron mientras estiraban al muerto en la cama. Sin embargo,
Sila no dijo ni hizo nada para causar tal temor; se condujo como
un hombre sumamente juicioso y admirable. Cuando recuperó el movimiento
de sus músculos entumecidos, ayudó a lavarle y vestirle con la toga púber
bordada de púrpura. En diciembre de aquel mismo año, en la festividad de
Juventas, habría sido mayor de edad. Para que los llorosos esclavos limpiasen
la cama, él mismo cogió en brazos aquella carga inmóvil y volvió a depositarla
en las sábanas limpias, le colocó los brazos pegados al cuerpo y las monedas en
los párpados para que se le cerraran, sin olvidar introducirle en la boca la
moneda de pago a Caronte por el último viaje.
Elia no se había movido de la puerta durante aquellas terribles horas;
ahora, Sila la cogió por los hombros y la condujo hasta una silla junto al
lecho mortuorio, para que contemplara al niño que había cuidado desde pequeño
como si fuese suyo. Vinieron también Cornelia Sila —con la cara marcada por el
castigo—, Julia, con Cayo Mario, y Aurelia.
Sila los saludó con toda lucidez, les agradeció el pésame, incluso
esbozó una sonrisa, y contestó a sus vacilantes preguntas con voz firme y
clara.
—Tengo que bañarme y cambiarme —les dijo—. Es el alba del día en que
debo comparecer ante el tribunal de traiciones. Y aunque la muerte de mi hijo
podría servirme de legítima excusa, no quiero darle ese gusto a Censorino. Cayo
Mario, ¿me acompañas cuando esté listo?
—Con mucho gusto, Lucio Cornelio —contestó Mario con voz bronca,
enjugándose las lágrimas. Nunca había admirado tanto a Sila.
En primer lugar, Sila fue a la modesta letrina de la casa y,
aprovechando que estaba vacía, se acomodó en uno de los cuatro asientos del
banco de mármol y pudo, por fin, hacer de vientre, escuchando el profundo rumor
del agua corriente por debajo; mientras manoseaba los desbaratados pliegues de
la toga, que no se había cambiado desde la última velada con su hijo moribundo,
sus dedos tropezaron con un objeto extraño: lo sacó para mirarlo a la luz y lo
reconoció como algo perteneciente a otro mundo, algo muy lejano. ¡El monóculo
de esmeralda de Censorino! Una vez aliviado y aseado, se volvió hacia el banco
de mármol y arrojó el valioso objeto por el orificio. La corriente de agua era
muy fuerte y no se oyó la caída.
Cuando salió al vestíbulo para reunirse con Cayo Mario y dirigirse al
Foro, había recuperado como por ensalmo toda la belleza de sus años
mozos; estaba radiante y todos cuantos se cruzaban con él se quedaban
pasmados.
Los dos recorrieron en silencio el camino hasta el estanque de Curtius,
donde se habían congregado varios centenares de caballeros para ofrecerse a la
selección de jurados, y en donde los funcionarios estaban preparando los jarros
para extraer las suertes. Elegirían ochenta y uno, pero, a petición de la
acusación, retirarían quince, y otros quince a petición de la defensa, con lo
que quedarían cincuenta y uno: veintiséis caballeros y veinticinco senadores.
Ese caballero de más era el precio que había pagado el Senado por recobrar la
presidencia senatorial de los tribunales.
Transcurrió el tiempo y se eligieron los miembros del jurado, pero como
Censorino no aparecía, se autorizó a la defensa, dirigida por Craso Orator y
Escévola, a retirar sus quince miembros, sin que Censorino se hubiera
presentado. A mediodía, el tribunal comenzó a impacientarse, y el presidente,
sabedor de que el acusado había acudido directamente desde el lecho mortuorio
de su hijo, envió un mensajero a casa de Censorino para averiguar qué sucedía.
Un buen rato después regresó el funcionario diciendo que Censorino había
recogido el día anterior sus propiedades portátiles para emprender un viaje al
extranjero con destino desconocido.
—Se levanta este tribunal —dijo el presidente—. Lucio Cornelio, recibid
nuestras más vivas excusas y nuestro pésame.
—Te acompaño, Lucio Cornelio —dijo Mario—. ¡Qué cosa más rara! ¿Qué le
habrá sucedido?
—Gracias, Cayo Mario, pero prefiero estar solo —dijo Sila sin alterarse
—. En cuanto a Censorino, me imagino que habrá ido a buscar asilo en el
país de Mitrídates. Ayer tuve cuatro palabras con él, ¿sabes? —añadió con
sonrisa de hiena.
Desde el Foro, Sila se dirigió a buen paso a la puerta Esquilina.
Cubriendo casi totalmente el Campus Esquilinus, fuera de la muralla serviana,
se extendía la necrópolis de Roma, una auténtica ciudad de sepulturas, algunas
humildes y otras suntuosas, aunque abundaba el término medio; allí se guardaban
las cenizas de la población de Roma, ciudadanos y no ciudadanos, esclavos y
hombres libres, nativos y extranjeros.
A la derecha de un gran cruce, a varios centenares de pasos de la
muralla serviana, estaba el templo de Venus Libitina, patrona de la extinción
de la fuerza vital. Era un hermoso edificio, rodeado de un bosque de cipreses,
pintado de color verde brillante con columnas jónicas púrpura, capiteles rojo y
oro y tejado amarillo en el pórtico. Los numerosos escalones estaban
pavimentados con terrazo rosa oscuro y en su frontón se representaban los
dioses y diosas del más allá en vivos colores; en lo más alto de la techumbre
se levantaba una estatua dorada de Venus Libitina sobre un carro tirado por
ratones, precursores de la muerte.
Allí, entre los cipreses, levantaba sus tenderetes el gremio de los
enterradores, que ofrecían sus servicios sin la menor actitud condolida o
discreta, abordando a los posibles clientes y acosándolos con toda clase de
recursos, ya que los entierros eran un negocio como cualquier otro: aquello era
el mercado de los sirvientes de la muerte. Sila pasó entre las casetas como un
fantasma, manteniendo a raya incluso a los más impertinentes, con su dote
innata para inhibir a la gente, hasta que llegó a la empresa que se ocupaba del
enterramiento de los Cornelios, donde encargó el sepelio.
Enviarían a los actores a la casa al día siguiente para que recibieran
las indicaciones pertinentes, y todo estaría dispuesto para celebrar un solemne
entierro al tercer día. Como todos los Cornelios, el joven Sila, siguiendo la
tradición de la familia, sería inhumado en vez de cremado. Sila abonó el
entierro con un pagaré de veinte talentos de plata contra su banca —un precio
que se comentaría en Roma durante varios dias—, y lo hizo sin rechistar, él que
con tanto cuidado contaba cada sestercio.
De nuevo en casa, hizo salir a Elia y a Cornelia Sila del cuarto en que
yacía el muerto y se sentó en la silla de su esposa a mirar el cadáver. No
sabía lo que sentía. Notaba en su interior el peso abrumador de la aflicción,
la pérdida, la fuerza del destino. Era una carga tan insoportable que no le
permitía analizar sus sentimientos. Allí, ante él, yacía su ruina, los restos
de su amigo más querido, su compañero de la vejez, el heredero de su nombre, de
su fortuna, de su fama, de su carrera pública. Se había esfumado en treinta
horas, sin que fuese una decisión de los dioses, un capricho del destino. El
resfriado había empeorado, causando una inflamación pulmonar
que le había ahogado el corazón. Se daban miles de casos iguales. No era
culpa de nadie, ni respondía a designio alguno. Era un accidente. Para el
muchacho, que no sabía ni sentía ya nada, era simplemente el final de la vida
sin remisión. Para los que quedaban en la tierra y sabían y padecían, era el
preludio de un vacío en mitad de la vida que no cesaría hasta el final de la
existencia. Su hijo había muerto y él se había quedado sin amigo.
Cuando, dos horas más tarde, regresó Elia, fue a su despacho a escribir
una carta a Metrobio.
Ha muerto mi hijo. La última vez que estuviste en casa murió mi esposa.
Dada tu profesión, deberías ser heraldo de alegría, el deus ex machina de la
obra, pero eres la figura velada, precursora del dolor.
No vuelvas nunca a mi casa. Ahora comprendo que mi patrona Fortuna no
consiente rivales, pues yo te he amado con el mismo tesón interno que ella
considera exclusivamente suyo. Te había entronizado como un ídolo y para mí has
sido la encarnación del amor perfecto. Pero ella lo exige para sí, y ella es
hembra, el principio y el fin de todo hombre.
Si llega el día en que la Fortuna rompa conmigo, te llamaré. Hasta ese
día, nada. Mí hijo era un buen hijo, un muchacho como es debido. Un romano.
Ahora ha muerto y estoy solo. No te quiero.
La selló cuidadosamente, llamó al mayordomo y le dio instrucciones para
hacerla llegar al destinatario. Luego se quedó mirando la pared en la que —¡qué
extraña era la vida!— estaba representado Aquiles junto a un féretro,
sosteniendo a Patroclo en sus brazos. Influido, con toda evidencia, por las
máscaras trágicas de las grandes obras, el artista había plasmado un rictus de
exagerada agonía en el rostro de Aquiles, que a Sila le pareció un grave error,
una interpretación de un dolor íntimo incompatible con la policromía del
fresco. Dio unas palmadas, y cuando entró el mayordomo, le dijo:
—Haz que mañana quiten esa pintura.
—Lucio Cornelio, han venido los enterradores. El lectus funebris está
dispuesto en el atrium para que vuestro hijo yazga de cuerpo presente —
dijo el mayordomo, lloroso.
Sila examinó el féretro, que era una caja de preciosa talla dorada,
forrada de negro con almohadones negros, y asintió con la cabeza. El mismo tomó
el cadáver de su hijo, con los primeros indicios del rigor mortis, y lo colocó
sentado, apoyado en los almohadones. Estaría en el atrium hasta que ocho
sepultureros vestidos de negro llevaran en procesión funeraria el lecho
mortuorio, que colocaron con la cabecera del lado de la puerta del jardín y los
pies del lado de la puerta de salida, adornada por fuera con ramas de ciprés.
Al tercer día se celebró el entierro del joven Sila. Como deferencia
hacia quien había sido praetor urbanus y con toda probabilidad iba a ser
cónsul, se suspendieron los asuntos públicos en el Foro y todos los que habían
acudido a él aguardaron la llegada del cortejo, vestidos con la toga pulla, la
toga de luto. A causa de los carros, el séquito que partió de la casa de Sila
discurrió por el Clivus Victoríae hacia el Velabrum, giró en el Vicus Tuscus y
entró en el Foro romano por entre el templo de Cástor y Pólux y la basílica
Sempronia. Lo encabezaban dos sepultureros con togas negras, seguían los
músicos vestidos de negro, tocando clarines militares, cuernos curvados y
flautas hechas con tibias de enemigos de Roma muertos en el campo de batalla.
Los cantos mortuorios eran solemnes, con poca melodía y sin gracia. Acompañaban
a los músicos las mujeres ataviadas de negro que se ganaban la vida como
plañideras, profiriendo sus lamentos, dándose golpes al pecho y llorando a
lágrima viva. Las seguía un grupo de danzarines, que evolucionaban y giraban en
movimientos rituales más antiguos que la propia Roma, ondeando ramas de ciprés.
Después de éstos venían los actores portando las cinco máscaras de cera de los
antepasados de Sila, cada una de ellas montada en un carro negro tirado por dos
caballos también negros. El féretro iba al final, portado en alto por ocho
libertos vestidos de negro, que habían sido esclavos de Clitumna, madrastra de
Sila, y que se habían incorporado a la clientela de éste al recibir la libertad
en el testamento. Sila caminaba detrás del lectus funebris, con la toga negra
cubriéndose la cabeza y acompañado de su sobrino Lucio Nonio y de Cayo Mario,
Sexto Julio César, Quinto Lutacio César y sus dos hermanos, Lucio
Julio César y Cayo Julio César Estrabón, todos con la cabeza velada;
detrás de ellos caminaban las mujeres, vestidas de negro pero con la cabeza
descubierta y el cabello desbaratado.
Ante la tribuna de los rostra, plañideras, músicos y sepultureros se
agruparon debajo del muro trasero del Foro, mientras los empleados de la
funeraria ayudaban a los actores que portaban las máscaras a subir los
escalones de la tribuna y los acomodaban en sillas curules de marfil. Vestían
la toga bordada de púrpura, como convenía al rango de los antepasados de Sila,
y el que representaba al Sila que había sido flamen dialis iba revestido con el
atuendo sacerdotal. Colocaron el féretro en la tribuna, y los familiares del
difunto —salvo Lucio Nonio y Elia, vinculados en cierto modo a la casa de los
Julios— ascendieron la escalinata para escuchar el elogio. Fue el propio Sila
quien lo pronunció, y fue muy breve.
—Hoy entierro a mi único hijo —dijo ante la silenciosa multitud que se
había congregado—. Era miembro de la gens Cornelia, de una rama con antigüedad
de más de doscientos años, en la que ha habido cónsules y sacerdotes, hombres
de gran honorabilidad. En diciembre se habría hecho un Cornelio adulto, pero no
ha sido así. Al morir contaba casi quince años.
Se volvió a mirar a los familiares y al joven Mario, con toga negra y la
cabeza cubierta por el velo, pues ya usaba la toga viril; por su nueva
condición le correspondía estar muy alejado de Cornelia Sila, quien le miraba
apenada, con el rostro contusionado. También estaban Aurelia y Julia, pero
mientras que Julia lloraba y sostenía a Elia, Aurelia permanecía erguida e
impasible, con aire severo más que afligido.
—Mi hijo era un muchacho estupendo, muy querido y atento. Su madre murió
cuando era muy pequeño, pero su madrastra ha sido una auténtica madre para él.
Si hubiera vivido habría sido el idóneo heredero de una casa noble patricia,
pues era educado, inteligente, perspicaz y valiente. Cuando viajé a Oriente
para entrevistarme con los reyes del Ponto y de Armenia, me acompañó sin temor
a los peligros que implica andar por tierras extranjeras. Fue testigo de mi
entrevista con los embajadores partos y hubiese sido el más indicado de su
generación para que Roma le hubiese enviado a tratar con ellos. Fue mi mejor
compañero y mi más leal partidario. Roma pierde
tanto como mi familia. Le entierro con gran cariño y profunda pena y os
ofrezco gladiadores en los juegos funerarios.
La ceremonia de los rostra concluyó, todos se levantaron y el cortejo
reemprendió el camino hacia la puerta Capena, pues Sila había comprado una
tumba para su hijo en la Via Appia, donde se hallaban enterrados la mayor parte
de los Cornelios. En la puerta de la tumba fue él quien levantó al hijo del
ataúd y lo depositó dentro de un sarcófago de mármol montado sobre tablones
deslizantes; cerraron la tapa y los libertos que habían transportado el féretro
lo empujaron hacia la tumba y quitaron los tablones. Sila cerró la gran puerta
de bronce, cerrando así mismo algo de su ser. Su hijo había muerto y ya nada
volvería a ser igual.
Varios días después del entierro del hijo de Sila se aprobaba la lex
Livia agraria. Fue presentada a la Asamblea plebeya con el sello de aprobación
del Senado, pese a la terca oposición de Cepio y Vario y tuvo una inesperada
resistencia en los Comitia. Algo con lo que no había contado Druso era la
oposición de los itálicos, pero estaba harto de oposición por parte de los
mismos. Aunque las tierras en cuestión no eran suyas, las tierras colindantes
al ager publicus romano eran en su mayoría itálicas y la agrimensión había
dejado mucho que desear. Muchos mojones divisorios los habían cambiado
subrepticiamente, incorporando a fincas de itálicos tierras que no les
correspondían. Ahora había que proceder a una prospección a gran escala para
parcelar las tierras públicas en trozos de diez iugera y corregir las
discrepancias. Las tierras públicas de Etruria eran las más afectadas,
probablemente porque Cayo Mario era uno de los mayores propietarios de
latifundia en la región, y a Cayo Mario le importaba poco que sus vecinos
itálicos sisaran tierras al Estado romano. También se produjeron agitaciones en
Umbría, mientras que en Campania apenas hubo protestas.
Sin embargo, Druso quedó encantado y escribió a Silo en Marruvium que
todo iba de maravilla; Escauro, Mario e incluso Catulo César habían quedado
impresionados por la argumentación de Druso en cuanto al ager publicus y
consiguieron convencer al segundo cónsul Filipo para que no hiciese nada. Nadie
pudo hacer callar a Cepio, pero sus protestas cayeron
casi todas en oídos sordos, debido en parte a su escaso arte oratorio y
también a una eficaz campaña de rumores a propósito de los que heredaban
ingentes cantidades de oro, y en Roma nadie podría perdonar semejante cosa a
los Servilios Cepionis.
Así que te ruego, Quinto Popedio, que veas qué puedes hacer para
persuadir a las gentes de Etruria y Umbría para que cesen en sus quejas. Lo que
menos necesito son protestas de los propietarios de las tierras que quiero
parcelar.
La respuesta de Silo no fue nada halagüeña.
Lamentablemente, Marco Livio, poca influencia tengo en Umbría y en
Etruria. Ya sabes que allí la gente es muy rara, convencida de su autonomía y
harta de los marsos. Debes estar preparado para dos incidentes. Uno se rumorea
ya bastante en el Norte; el otro me ha llegado por pura casualidad, y es el que
más me preocupa.
Veamos el primer incidente. Los mayores propietarios de Etruria y Umbría
piensan acudir en comandita a Roma para protestar por la parcelación del ager
publicus romano. Alegan (naturalmente no van a admitir que han falseado los
límites) que el ager publicus romano de Etruria y Umbría tiene una existencia
tan antigua que ha alterado la economía y la incidencia de población, y que
aceptar un aluvión de pequeños propietarios sería la ruina de Etruria y Umbría.
Argumentan que en las ciudades no hay la clase de tiendas y mercados donde
compran los pequeños propietarios, ya que las tiendas se han convertido en
almacenes, dado que los latifundistas y los capataces compran a granel. Alegan
también que los dueños de los latifundia libertarán a los esclavos sin preocuparse
de las consecuencias; con lo cual miles de libertos merodearán por esas
regiones causando disturbios y robando. Por consiguiente, dicen, deben ser
Etruria y Umbría quienes promulguen el decreto para enviar a estos esclavos a
sus lugares de origen. Etcétera, etcétera. ¡Prepárate para recibir a la
delegación!
El segundo incidente puede resultar más peligroso. Algunos de nuestros
samnitas más exaltados han pensado que no hay esperanzas de obtener la
ciudadanía ni llegar a la paz con Roma, y quieren demostrar su gran descontento
durante la celebración de las fiestas de Júpiter Latiaris en el monte Albano
asesinando a los cónsules Sexto César y Filipo. El plan está perfectamente
preparado y se prevé que caigan sobre ellos en suficiente número a su regreso
de Bovillae a Roma.
Mejor será que hagas cuanto esté en tu mano para apaciguar a los
terratenientes de Etruria y Umbría y desbaratar el intento de asesinato. Una
noticia más halagüeña es que a todos los que les he planteado lo del juramento
de clientela han reaccionado muy bien. El número de potenciales clientes de
Marco Livio Druso crece cada vez más.
¡Al menos eso era una buena noticia! Con el ceño fruncido, Druso pasó a
reflexionar sobre aspectos menos atractivos de la carta de Silo. En el asunto
de los itálicos de Etruria y Umbría poco podía hacer, salvo redactar un
discurso que causara impacto en el Foro cuando se presentasen. Y en cuanto al
plan para asesinar a los cónsules, no le quedaba más remedio que prevenirlos,
pero ellos le instarían a que les dijese la fuente de información y no les
satisfarían respuestas evasivas; sobre todo a Filipo.
Por consiguiente, decidió ir a ver a Sexto César en lugar de a Filipo y
no ocultarle quién se lo había dicho.
—He tenido carta de mi amigo Quinto Popedio Silo, el marso de Marruvium
—le dijo—, y parece que una banda de descontentos samnitas han decidido que la
única manera de que Roma entre en razón respecto al asunto de la ciudadanía
para todos los itálicos es demostrarle su profunda determinación… mediante la
violencia. A ti y a Lucio Marcio os atacará un grupo numeroso y bien armado de
samnitas en la Via Appia, entre Bovillae y Roma, a vuestro regreso de las
fiestas latinas.
Sexto César no tenía uno de sus mejores días: las sibilancias
respiratorias le traían de cabeza y tenía los labios y los lóbulos de las
orejas levemente amoratados. Pero estaba acostumbrado a su mal, y pese a él
había logrado alcanzar el consulado antes que su primo Lucio César, que
había sido pretor antes que él.
—Os concederé un voto de gratitud de la Cámara, Marco Livio —dijo el
primer cónsul— y me encargaré de que el príncipe del Senado escriba a Quinto
Popedio Silo dándole las gracias en nombre de la Cámara.
—¡Sexto Julio, te agradecería que no lo hagas! —se apresuró a decir
Druso—. ¿No sería mejor no decir nada a nadie, disponer de unas buenas cohortes
de tropas de Capua y tratar de hacer caer a los samnitas en una trampa,
capturándolos luego? Si no, sabrán que se ha descubierto la conjura y no se
moverán; y tu colega Lucio Marcio creerá que nunca ha existido. Para
salvaguardar mi reputación, prefiero que detengáis a los descontentos samnitas.
Así daremos a los itálicos una lección, flagelando y ajusticiando a los
insurrectos, para que vean que con la violencia no van a ninguna parte.
—Tienes razón, Marco Livio, así lo haremos —dijo Sexto Julio César. Y
así, con la perspectiva de la delegación de protesta de los itálicos y el
plan de asesinato de los descontentos, Druso siguió trabajando. Llegaron
los de Etruria y Umbría, afortunadamente con tales humos y pretensiones que
irritaron a gentes que les habrían dado su apoyo; fueron despedidos sin haberse
granjeado muchas simpatías. Sexto César hizo exactamente lo que Druso le había
dicho, y cuando los samnitas atacaron al pacífico séquito en las afueras de
Bovillae, las cohortes de legionarios, escondidas detrás de las tumbas de la
Via Appia, cayeron sobre ellos, matando a algunos en la lucha; los prisioneros
fueron flagelados y ejecutados.
Lo que más preocupaba a Druso era el hecho de que su lex agraria se
había aprobado con la condición de que a todos los ciudadanos romanos se les
asignaran diez iugera de las tierras públicas. El Senado y el resto de la
primera clase eran los primeros que iban a recibir las parcelas, y los
proletarios del capite censi los últimos. Aunque se había dicho que existían
millones de iugera de tierras públicas en Italia, Druso dudaba de que cuando
llegase el momento del reparto a los del censo por cabezas quedase mucha
tierra. Como nadie ignoraba, no era conveniente ganarse la animosidad de los
del censo por cabezas, por lo que habría que darles otra compensación que no
fuesen tierras. Y sólo era posible una: grano público a
precio módico estable durante las épocas de carestía. ¡Ah, qué batalla
en el Senado supondría presentar una lex frumentaria que garantizase el
abastecimiento permanente de trigo barato a los del censo por cabezas!
Para mayor complicación, el intento de asesinato de las fiestas latinas
había alarmado tanto a Filipo, que estaba en marcha una investigación para
descubrir qué amigos tenía Druso por toda Italia; en mayo tomó la palabra en la
Cámara y anunció que había disturbios en Italia y que en algunas localidades se
hablaba de emprender la guerra contra Roma. No hizo tales manifestaciones como
un hombre asustado, sino como quien participaba de la opinión de que a los
itálicos se les debía conceder un derecho merecido. Y por ello propuso que se
nombrase a dos prefectos itinerantes que viajasen al sur y al norte de Roma
respectivamente, para averiguar por cuenta del Senado y el pueblo de Roma lo
que sucedía.
Catulo César, que tanto había padecido en Aesernia aquellos días en que
había formado parte del tribunal extraordinario con ocasión de la lex Licinia
Mucia, pensó que era una excelente idea. Naturalmente los senadores, que en
otras ocasiones no se habrían impresionado, aclamaron incondicionalmente el
parecer de Filipo. En resumen: al pretor Servio Sulpicio Galba se le encomendó
hacer indagaciones al sur de Roma, y al pretor Quinto Servilio, de la familia
Augur, se le designó para efectuarlas al norte de Roma. A ambos se les autorizó
a nombrar un legado y se les otorgó imperium proconsular, concediéndoseles
dinero para que viajaran en las condiciones que su rango requería y una pequeña
fuerza de ex gladiadores como escolta.
La noticia de que el Senado había delegado en dos pretores para
esclarecer lo que Catulo César denominaba la «cuestión itálica» no le hizo
ninguna gracia a Silo. Mutilo de Samnio, dolido por la flagelación y ejecución
de los doscientos valientes de la Via Appia, era partidario de considerar esta
nueva indignidad un acto de beligerancia, y Druso, alarmado, escribía una carta
tras otra suplicándoles que aguardasen y le diesen una oportunidad.
Entretanto se aprestó para la batalla que iba a plantearse en el Senado
cuando presentara su ley sobre subsidio de grano. Del mismo modo que el
ager publícus, el abastecimiento de grano barato no debía limitarse
estrictamente a las clases bajas; el proyecto era que todo ciudadano romano que
hiciera cola ante las casetas de los ediles en el pórtico Minucia obtuviera la
esquela oficial que estipulara su derecho a adquirir cinco modii de grano y
pudiera ir con ella a los silos estatales de los acantilados del Aventino para
que se los entregaran. Había algunos ciudadanos acaudalados y famosos que
aprovecharían el privilegio, la mitad de ellos por ser incurables avarientos y
la otra mitad por principio. Pero, en términos generales, la mayoría de los que
podían dar al mayordomo unas monedas para adquirir trigo en los graneros
privados del Vicus Tuscus no eran partidarios de ir en persona con una esquela
estatal para comprar grano a bajo precio. Comparado con el coste en Roma de
otras cosas —como era el caso de los alquileres, siempre astronómicos—, la suma
de cincuenta o cien sestercios mensuales por persona para la adquisición de
trigo era una minucia. Por lo tanto, la gran mayoría de los que hacían cola
para que les entregasen la cartilla eran ciudadanos necesitados de la quinta
clase o menesterosos del censo por cabezas.
—Las tierras no llegarán para todos ellos, ni mucho menos —dijo Druso en
el Senado—, pero no debemos olvidarlos ni darles motivo para pensar que se les
vuelve a despreciar. El pesebre de Roma es lo bastante grande, padres
conscriptos, para alimentar a todas las bocas romanas. Si no podemos dar
tierras a los del censo por cabezas, tenemos que darles grano barato, al precio
módico de cinco sestercios por modius constante durante años,
independientemente de que haya escasez o abundancia. Con ello la carga dineraria
será más llevadera para el Tesoro y cuando haya exceso de grano el Estado podrá
adquirirlo a un precio entre dos y cuatro sestercios el modius, y vendiéndolo a
cinco aún sacará un beneficio que ayude a los desembolsos durante los años de
escasez. Por tal motivo, sugiero que el Tesoro lleve una cuenta aparte
exclusivamente para la compra de trigo. No debemos cometer el error de recurrir
a los ingresos generales para financiarlo.
—¿Y cómo os proponéis pagar semejante largueza, Marco Livio? — inquirió
Lucio Marcio Filipo.
—Lo tengo todo calculado, Lucio Marcio —contestó Druso sonriente
—. En la ley existe una cláusula por la que se devalúan algunas de
nuestras monedas.
La Cámara se llenó de murmullos: a nadie le gustaba oír la palabra
devaluación, pues la mayoría de los senadores eran conservadores en lo que al
fiscus atañía. No era política romana depreciar la moneda, pues se consideraba
un truco propio de los griegos. Sólo durante la primera y segunda guerra púnica
contra Cartago se había recurrido a ello, y fundamentalmente había sido con la
intención de homologar el peso de la acuñación. Radical en otros aspectos, Cayo
Graco había incrementado el valor de las monedas de plata.
Sin intimidarse, Druso prosiguió en sus explicaciones.
—Uno de cada ocho denarii se acuñará en bronce mezclado con plomo para
que tenga el mismo peso que la moneda de plata, y se le añadirá baño de plata.
Lo he calculado del modo más conservador posible; es decir, he supuesto que
tendremos cinco años de escasez de trigo por cada dos de abundancia; como
advertiréis, es un cálculo muy pesimista, ya que de hecho tenemos más años
buenos que malos. No obstante, no se puede descartar otro período de hambruna
como el que padecimos a causa de la guerra servil de Sicilia. Además, la
acuñación con baño de plata lleva más trabajo que la de plata pura y, por
consiguiente, calculé mi programa en base a uno de cada ocho denarios, aunque
la cifra exacta se aproxima más a uno de cada diez. Como podéis ver, el Tesoro
no pierde. Y tampoco será una medida agobiante para los que hacen negocios con
papel. La principal carga la soportarán los que utilicen monedas estrictamente,
y en mi opinión la principal ventaja es que evita la animadversión que
suscitaría un impuesto directo.
—¿Y por qué tomarse el trabajo de platear una de cada ocho monedas en
cada acuñación, cuando se podría hacer en una de cada diez? —inquirió el pretor
Lucio Lucilio, que, como toda su familia, tenía una lengua hábil, pero era una
nulidad en aritmética y en las cosas prácticas.
—Porque yo creo —respondió Druso— que es vital que la mayoría de los que
utilizan monedas no puedan distinguir las auténticas de las
plateadas. Si hacemos toda una acuñación en bronce, nadie las
utilizaría. Por milagroso que parezca, Druso logró la aprobación de su lex
frumentaria. Apoyado por el Tesoro (que hizo sus cuentas y llegó a la
misma conclusión que Druso, percatándose del beneficio que obtendría con la
devaluación), el Senado sancionó su promulgación en la Asamblea de la plebe. En
aquel organismo, los caballeros más poderosos comprendieron en seguida lo poco
que les afectaría en las transacciones que no se hicieran al contado. Sí, se
daban cuenta de que la medida afectaba a todos, que la distinción entre monedas
y papel era ilusoria, pero eran pragmáticos y sabían perfectamente que el
auténtico valor de cualquier clase de dinero era el que le atribuía la gente
que lo utilizaba.
A fines de junio la ley estaba inscrita en las tablillas. El trigo
estatal en años venideros se vendería a cinco sestercios el modius y los
cuestores del Tesoro se dispusieron a efectuar la primera acuñación de monedas
depreciadas, igual que los viri monetales que dirigían la acuñación. Tardarían
algo más, desde luego, pero los funcionarios encargados de ello calculaban que
para septiembre uno de cada ocho denarios sería plateado. Hubo quejas y Cepio
no dejó de refunfuñar; tampoco a los caballeros acabó de complacerles la
maniobra de Druso y entre las clases bajas de Roma cundió la sospecha de que
los gobernantes los engañaban de algún modo, pero Druso no era Saturnino y el
Senado le quedó agradecido. Cuando celebraba un contio de la Asamblea de la
plebe, se pronunciaba por el decoro y la legalidad, y si vislumbraba
desórdenes, lo suspendía de inmediato. Tampoco manipuló descaradamente a los
augures ni recurrió a tácticas violentas.
A fines de junio se produjo un parón obligado en el programa de Druso,
al llegar el verano oficial. El Senado suspendió sus reuniones y lo mismo
hicieron los Comitia. Druso agradeció el respiro, pues cada vez se encontraba
más cansado, y se marchó de Roma. Envió a su madre y los seis niños que tenía
encomendados a su villa a la orilla del mar, en Misenum, y él fue en primer
lugar a ver a Silo y a Mutilo y viajó con ellos por toda Italia.
Le resultaba evidente que los pueblos itálicos del centro de la
península estaban decididos a levantarse en pie de guerra. Mientras cabalgaba
con Silo y Mutilo por polvorientos caminos vio legiones de tropas bien
equipadas entrenándose, en maniobras, en lugares muy alejados de asentamientos
romanos o latinos; pero no dijo ni preguntó nada, convencido de que aquella
instrucción militar sería innecesaria. En un impulso legislativo sin
precedentes, había logrado convencer al Senado y a la Asamblea plebeya de la
necesidad de reformar los tribunales, el Senado, el ager publicus y el subsidio
de grano. Nadie —ni Tiberio Graco, Cayo Graco, Cayo Mario o Saturnino— había
conseguido lo que él, aprobando tantas leyes sin violencia, sin oposición
senatorial o sin rechazo por parte de los caballeros. Le creían, le respetaban
y confiaban en él. Ahora sabía que cuando hiciera pública su intención de la
manumisión general de itálicos, le harían caso aunque no estuvieran muy de
cuerdo. ¡Lo haría! Y, como consecuencia, él, Marco Livio Druso, tendría como
clientela un cuarto de la población del mundo romano, gracias al juramento de
lealtad que le prestasen en toda la península, incluidas Umbría y Etruria.
Unos ocho días antes de que el Senado volviera a reunirse, en las
calendas de septiembre, Druso llegó a su villa de Misenum para descansar antes
de reemprender sus tareas. Había descubierto que su madre era su alegría y su
consuelo, pues era una mujer ingeniosa, cultivada, comprensiva y casi masculina
en su apreciación de lo que, en definitiva, era un mundo de hombres. La mujer
mostraba gran interés por la política y había seguido complacida el programa
legislativo de su hijo. Sus antecedentes liberales cornelianos la predisponían
a cierto radicalismo, pero su conservadurismo básico de igual raíz corneliana
la impulsaba a aprobar la magistral apreciación filial de la realidad del
Senado y el pueblo. Nada de violencia ni amenazas, nada de armas que no fuesen
una voz de oro y una lengua de plata. ¡Así debían ser los buenos políticos! Y
así era Marco Livio, y ella se congratulaba de que no hubiese heredado la
tozudez, el engreimiento y la falta de comprensión de su padre. No, él había
salido a ella.
—Bueno, te has desenvuelto magistralmente con la ley, las tierras y las
clases bajas —dijo sin preámbulos—. ¿Te queda algo más que hacer?
Druso respiró hondo y la miró fijamente.
—Voy a legislar la plena ciudadanía romana para todos los habitantes de
Italia.
—¡Oh, Marco Livio! —exclamó ella, más pálida que su vestido color de
hueso—. Hasta ahora te han dejado hacer, pero eso no te lo consentirán.
—¿Por qué no? —replicó él, sorprendido. Se había acostumbrado a creer
que era capaz de hacer lo que nadie haría.
—La conservación de la ciudadanía es una encomienda que han dado los
dioses a Roma —contestó ella sin recobrar el color—. ¡No lo consentirían aunque
se les apareciese el propio Quirino en medio del Foro ordenando concedérsela a
todos! —añadió, agarrándole del brazo—. ¡Marco Livio, Marco Livio, renuncia!
¡No se te ocurra intentarlo! ¡Te suplico que no lo intentes! —concluyó, con un
estremecimiento.
—¡Madre, he jurado hacerlo y lo haré!
Ella se quedó mirando por unos instantes aquellos ojos oscuros con
expresión de temor. Luego lanzó un suspiro y se encogió de hombros.
—Bien, no volveré a decirte nada. Para algo eres descendiente de
Escipión el Africano. ¡Ay, hijo, hijo, te matarán!
—¿Por qué, mamá? —replicó él, enarcando una ceja—. No soy Cayo Graco, ni
Saturnino. Procedo totalmente dentro de la ley y no represento peligro para
nadie ni para el mos maiorum.
—Ven a ver a los niños —añadió ella, poniéndose en pie, demasiado
inquieta para proseguir aquella conversación—. Te han echado mucho de menos.
No era una exageración, porque Druso se había ganado las simpatías de
los niños. Cuando llegaron al cuarto de juegos, resultaba evidente que había
una pelea.
—¡Voy a matarte, pequeño Catón! —oyeron decir a Servilia al entrar.
—¡Basta, Servilia! —dijo Druso tajante, al notar la seriedad con que lo
decía la niña—. Catón es tu hermanastro y no debes ponerle la mano
encima.
—¡Dejará de serlo si me las veo con él a solas —replicó Servilia
amenazadora.
—¡No vas a vértelas a solas con él nunca, nariguda! —terció el pequeño
Cepio, poniéndose delante del pequeño para protegerle.
—¡No soy nariguda! —replicó Servilia, indignada.
—¡Ya lo creo que si! —añadió el pequeño Cepio—. ¡Tienes una nariz
horrible que acaba en nudo!
—¡Callaos! —exclamó Druso—. ¿Es que no sabéis más que regañar? —¡Claro,
estamos discutiendo! —chilló el pequeño Catón. —¡A ver si no, estando él!
—terció Druso Nerón.
—¡Cállate, Nerón cara negra! —añadió el pequeño Cepio en defensa de
Catón.
—¡No soy ningún cara negra!
—¡Silo eres, silo eres, silo eres! —gritó el pequeño Catón, apretando
los puños.
—¡Tú no eres un Servilio Cepio! —dijo Servilia al pequeño Cepio—, sino
descendiente de un esclavo galo pelirrojo a quien colocaron con nosotros los
Servilios Cepionis!
—¡Nariguda, nariguda, nariguda!
—Tace! —vociferó Druso.
—¡Hijo de esclavo! —espetó Servilia.
—¡Hija de zoquete! —gritó Porcia.
—¡Pecosa cara de cerdo! —añadió Lilla.
—Siéntate, hijo —dijo Cornelia Escipionis sin alterarse por la rencilla
infantil—. Ya nos harán caso cuando terminen.
—¿Siempre sacan a relucir ese tema de la paternidad? —inquirió Druso por
encima de la algarabia.
—Estando Servilia, desde luego.
Servilia, niña de trece años, dotada de un rostro agradable y
misterioso, habría debido ser apartada de los otros niños más pequeños, pero
seguía con ellos en virtud del castigo impuesto por su tío, el cual, al oír el
tema de fondo de la rencilla, se preguntó si no habría sido un error mantenerla
allí.
Servilia-Lilla acababa de cumplir doce años y maduraba a ojos vistas.
Más bonita que Servilia, aunque no tan atractiva, denotaba claramente con su
rostro moreno y picaresco la clase de persona que era. El tercer miembro de los
niños mayores, muy alineado con ellos en contra de los pequeños, era el hijo
adoptivo de Druso, Marco Livio Druso Nerón Claudiano, de nueve años, guapo al
estilo de los Claudios, de tez morena y porte serio, no era un chico
inteligente, aunque sí agradable y dócil.
Luego estaba Catón, a quien Druso no podía considerar hijo de Cepio por
mucho que Livia Drusa se lo hubiese asegurado; era como Catón Saloniano, con la
misma contextura flaca y musculosa, indicio de que iba a ser alto, la misma
forma de la cabeza y las orejas, el largo cuello, los miembros largos y el
cabello rojo. Aunque sus ojos eran de color marrón claro, no eran los ojos de
Cepio, pues los tenía muy separados, abiertos y hundidos. De los seis niños, el
pequeño Cepio era el preferido de Druso; tenía un aire de fortaleza y una
inclinación a la responsabilidad que le complacían. Tenía casi seis años y
conversaba con su tío como un hombrecito; tenía la voz profunda y una mirada
siempre seria y reflexiva, y sonreía poco, con excepción de cuando su hermanito
Catón hacía algo que le divertía o le emocionaba. Su afecto por el pequeño era
tan fuerte que parecía paternalismo, y no consentía separarse de él.
Porcia, llamada Porcella, estaba a punto de cumplir cuatro años; era una
niña sencilla que comenzaba a llenarse de pecas, unas pecas marrones grandotas
que la hacían objeto de burla por parte de los niños mayores, que la detestaban
y siempre estaban agobiándola con pellizcos, patadas, mordiscos, arañazos y
bofetadas. Era el auténtico prototipo de la nariz aguileña catoniana, pero
tenía unos preciosos ojos gris oscuro y era buena por naturaleza.
El pequeño Catón tenía casi tres años y era un auténtico monstruo de
aspecto y naturaleza. La nariz le crecía más de prisa que el resto del cuerpo,
aquilina, terminada en una protuberancia romana más que el gancho semita, y
desentonaba con el resto del rostro, que era de gran hermosura, con una boca
deliciosa, ojos grises, grandes y luminosos, pómulos salientes y barbilla bien
formada. Aunque sus anchos hombros eran indicio de que
adquiriría un buen cuerpo, estaba lastimosamente delgado porque comía
muy poco. Era por naturaleza un desagradable entrometido, el prototipo de la
mentalidad que más detestaba Druso; una respuesta lúcida y lógica a una de sus
más descaradas preguntas sólo servía para motivar más preguntas, signo de que
el pequeño o era muy lerdo o demasiado terco para entender otro punto de vista.
Su característica más simpática —¡y falta le hacía!— era su profunda devoción
por el pequeño Cepio de quien no se apartaba noche y dia, a tal extremo que
cuando se ponía insoportable bastaba con la amenaza de separarle de su hermano
para que inmediatamente cediera.
Silo había hecho su última visita a Druso poco después del segundo
cumpleaños del pequeño Catón. Ahora Druso era tribuno de la plebe y a Silo no
le parecía prudente mostrar ante los romanos que su amistad seguía siendo muy
estrecha. A Silo, que también tenía hijos, le gustaba ver a los niños cuando
iba a casa de Druso, y se había interesado por la pequeña delatora,
halagándola, aunque no acababa de hacer caso omiso del desprecio que ella le
mostraba por ser itálico. Los cuatro niños de edades intermedias le gustaban y
jugaba con ellos, pero detestaba al pequeño Catón, aunque dificilmente podía
dar una razón a Druso de su repulsa por un ser de dos años.
—Ante él me siento como un animal estúpido —dijo Silo a Druso—.
Mis sentidos y mi instinto me dicen que es un enemigo.
Era la espartana resistencia del niño lo que más le impresionaba, aunque
fuese un admirable rasgo de carácter. Cuando veía a aquel pequeñajo sin
derramar una sola lágrima y con la cabeza muy alta después de hacerse alguna
herida, Silo se encolerizaba y se ponía de mal humor. ¿Por qué?, se preguntaba,
sin llegar a ninguna conclusión satisfactoria. Quizá fuese porque el pequeño
Catón no ocultaba su desprecio por los itálicos. La maligna influencia de
Servilia. Pero cuando ella le daba el mismo trato, el pequeño llegaba a
desairarla. Nadie sería capaz de humillar a aquel pequeño, concluyó Silo.
Un día, sacado de quicio por las preguntas tan crueles e impertinentes
con que el pequeño acosaba a Druso —aparte de su desconsideración por la
paciencia y amabilidad del tío—, Silo cogió al niño y lo asomó por una
ventana sobre un jardín lleno de agudas rocas.
—¡Si no eres bueno, pequeño Catón, te tiro! —le dijo.
El pequeño permaneció en el aire callado y desafiante sin inmutarse y
sin que los zarandeos y amenazas de soltarle o de otra clase lograsen
arrancarle una palabra de sometimiento. Al final, Silo, vencido, le dejó en el
suelo y movió la cabeza mirando a Druso.
—Menos mal que sólo es un niño —dijo—, porque si fuese un hombre, Italia
nunca convencería a los romanos.
En otra ocasión Silo preguntó al pequeño a quién quería.
—A mi hermano.
—¿Y después?
—A mi hermano.
—Pero ¿a quién más después de tu hermano?
—A mi hermano.
—¿Es que no quiere a nadie más? —inquirió Silo volviéndose hacia Druso—.
¿A ti o a su aya?
—Por lo visto, Quinto Popedio, no quiere más que a su hermano — contestó
Druso encogiéndose de hombros.
La reacción de Silo frente al pequeño Catón era la de cualquier otra
persona, porque el pequeño no se hacía querer.
Los niños se habían polarizado desde siempre en dos grupos, y como los
mayores se aliaban contra el retoño de Catón Saloniano, en el cuarto de juegos
siempre se oían gritos y chillidos de pelea. Se habría podido pensar, con toda
lógica, que los Servilios Livianos se impondrían en todos los aspectos a los
Catones, mucho más pequeños, pero desde el momento en que el pequeño Catón
cumplió dos años y pudo incorporar su minúsculo cuerpo a la pugna, los que
comenzaron a imponerse fueron los Catones. Nadie podía con el pequeño Catón que
era irreductible. Puede que las cosas las comprendiera con dificultad, pero era
el prototipo del eterno adversario, infatigable, terco, murmurador, vocinglero,
despiadado y monstruoso.
—Madre —dijo Druso, resumiendo aquel pandemónium infantil—, nos
hemos juntado con lo peorcito de Roma.
Había otros, aparte de Druso y los dirigentes itálicos, que trabajaban
aquel verano. Cepio no había dejado de presionar a los caballeros, y con Vario
había logrado aglutinar una resistencia de la asamblea contra Druso; mientras
que Filipo, que por sus gustos siempre andaba falto de dinero, se dejó sobornar
por un grupo de caballeros y senadores cuyos latifundia representaban la mayor
parte de su fortuna.
Naturalmente nadie se imaginaba lo que preparaba, pero la Cámara sabía
que Druso había presentado la solicitud para hablar durante la reunión de las
calendas de septiembre, y estaba en ascuas. Muchos senadores, arrastrados a
principio de año por la oratoria de Druso, esperaban que en esta ocasión no
estuviera tan brillante, y el movimiento inicial de apoyo había desaparecido;
por eso los reunidos en la Curia Hostilia el primer día de septiembre se
encontraban dispuestos a hacer oídos sordos a la elocuencia de Druso.
Sexto Julio César tenía la presidencia, ya que al ser septiembre uno de
los meses en que le correspondían los fasces, los ritos preliminares se
observaban escrupulosamente. La Cámara aguardó sentada e inquieta mientras se
consultaban los presagios, se efectuaban las plegarias y se limpiaba la
suciedad del sacrificio. Cuando por fin se inició la sesión, todo lo que
precedía al discurso del tribuno de la plebe se despachó en un santiamén.
Había llegado el momento. Druso se levantó del banco tribunicio, debajo
del estrado en que estaban sentados los cónsules, los pretores y los ediles
curules, y se dirigió a su puesto habitual junto a las puertas de bronce, que,
como en anteriores ocasiones, había ordenado cerrar.
—Venerables padres de la patria, miembros del Senado de Roma — comenzó
diciendo con voz pausada—, hace varios meses hablé en esta Cámara de un gran
mal que existía entre nosotros… el mal del ager publicus. Hoy quiero hablar de
otro mal mucho peor que el ager publicus. Un mal que si no lo erradicamos
acabará con nosotros y será el fin de
Roma. Me refiero, naturalmente, a las gentes con las que convivimos en
la península. Me refiero a las gentes que llamamos itálicos.
Un murmullo recorrió las filas de ambos lados de la Cámara, más parecido
a un viento entre los árboles que a voces humanas, o como el zumbido de un
enjambre lejano. Druso lo oyó, advirtió su significado, pero continuó
impasible.
—A esos miles y miles de personas los tratamos como ciudadanos de
tercera clase. ¡Tal como digo! Los ciudadanos de primera clase son romanos, la
segunda clase la constituyen los que tienen derechos latinos y la tercera clase
de ciudadano es el itálico. Aquel al que no se considera con ningún derecho a
participar en nuestras asambleas romanas. Aquel a quien se grava con impuestos,
se le flagela, se le multa, se le extorsiona, se le saquea, se le explota.
Aquel cuyos hijos no están a seguro de nosotros, cuyas mujeres no están a
seguro de nosotros, cuyas propiedades no están a seguro de nosotros. Aquel a
quien recurrimos para luchar en nuestras guerras y financiar las tropas que nos
entrega, aunque se le obligue a consentir que seamos nosotros quienes tengamos
el mando. Aquel que, si hubiésemos cumplido nuestras promesas, no habría tenido
que soportar las colonias romanas y latinas en medio de sus tierras, pues
prometimos plena autonomía a los pueblos itálicos a cambio de tropas e
impuestos, pero al que burlamos sembrando sus fronteras de colonias,
apropiándonos de lo mejor de su mundo y negándole la entrada en el nuestro.
Los murmullos crecían, aunque sin ahogar las palabras de Druso, pero se
veía venir la tormenta. Druso se notaba la boca seca y tuvo que hacer una pausa
para humedecerse los labios y tragar saliva del modo más natural posible. No
debía dar muestras de nerviosismo.
—En Roma no tenemos rey —prosiguió—. Sin embargo, en Italia, hasta el
último de nosotros actúa como un rey. Porque nos gusta esa sensación, nos
complace ver a nuestros inferiores arrastrándose ante nuestras regias narices.
¡Nos gusta jugar a ser reyes! Si los pueblos de Italia fuesen realmente
inferiores, habría excusa para ello. Pero lo cierto es que los itálicos no son
inferiores por naturaleza. Son sangre de nuestra sangre. Si no lo fuesen, ¿cómo
podría nadie de esta Cámara difamar a otro miembro de
ella por tener «sangre itálica»? Yo he oído llamar itálico al gran y
glorioso Mario. ¡Al vencedor de los germanos! He oído llamar ínsubro al noble
Lucio Calpurnio Pisón, cuyo padre murió valientemente en Burdigala. ¡He oído
censurar a Marco Antonio Orator porque tomó por segunda esposa a la hija de un
itálico, pese a que derrotó a los piratas y fue censor!
—¡Sí, fue censor —terció Filipo—, y mientras fue censor permitió que
miles y miles de itálicos se inscribiesen como ciudadanos romanos!
—¿Insinúas, Lucio Marcio, que yo estaba en connivencia? —inquirió
Antonio Orator con voz amenazadora.
—¡Indudablemente, Marco Antonio!
—¡Filipo, sal de la grada, y repítelo! —exclamó Antonio Orator,
poniéndose en pie como una torre.
—¡Orden! ¡Marco Livio tiene la palabra! —vociferó Sexto César,
comenzando a notársele la respiración sibilante—. ¡Lucio Marcio y Marco
Antonio, estáis faltando al orden! ¡Sentaos y guardad silencio!
—Repito —continuó Druso—. Los itálicos son sangre de nuestra sangre. Han
sido parte nada desdeñable de nuestros triunfos, en Italia y en el extranjero.
No son malos soldados. No son malos agricultores. No son malos comerciantes.
Tienen riquezas. Tienen una nobleza tan antigua como la nuestra, dirigentes tan
cultivados como los nuestros, mujeres tan cultas y refinadas como las nuestras.
Viven en el mismo tipo de casas que nosotros. Comen los mismos alimentos que
nosotros. Tienen tantos entendidos en vinos como nosotros. Se parecen a
nosotros.
—¡Tonterías! —gritó Catulo César con desprecio, señalando a Cneo Pompeyo
Estrabón de Picenum—. ¡Ahí tenéis! ¡Chato y con el pelo color de arena! ¡Los
romanos tienen pelo rojo, amarillo o blanco, pero no color arena! ¡Es galo, no
romano! Y, si por mí fuera, él y todas las setas no romanas que crecen en la
oscuridad de nuestra querida Curia Hostilia serían arrojadas a la calle! ¡Cayo
Mario, Lucio Calpurnio Pisón, Quinto Vario, Marco Antonio por rebajarse con esa
boda, todos los Pompeyos que llegaron de Picenum con el pelo de la dehesa,
todos los Didios de Campania, los Pedios de Campania, los Saufeios, Labienos y
Apuleyos… afuera con ellos!
La Cámara era un clamor. Nombrándolos o insinuándolo, Catulo César había
insultado a casi un tercio de los senadores, pero sus afirmaciones las
compartían totalmente los otros dos tercios, aunque sólo fuese porque les había
recordado su superioridad. Sólo Cepio no acababa de sonreír tan a sus anchas
como se proponía, pues Catulo César había mencionado a Quinto Vario.
—¡Me oiréis! —tronó Druso—. ¡Aunque tengamos que estar aquí hasta el
anochecer, me oiréis!
—¡No, yo no! —gritó Filipo.
—¡Ni yo! —chilló Cepio.
—¡Marco Livio tiene la palabra! ¡Se expulsará a los que no le dejen
hablar! —bramó Sexto César—. ¡Funcionario, sal y trae mis lictores!
El funcionario jefe se apresuró a ir a por los doce lictores de Sexto
César, que hicieron acto de presencia con sus blancas togas y los fasces sobre
el hombro.
—Situaos detrás del estrado curul —dijo Sexto César con voz fuerte—.
Tenemos una sesión tumultuosa y puede que os pida que expulséis a algunos.
Continúa —dijo a Druso, con una inclinación de cabeza.
—¡Tengo intención de presentar un decreto ante el concilium plebis para
conceder la ciudadanía romana a todas las gentes desde el Arnus al Rhegium,
desde el Rubico a Vereium, desde el mar Toscano al Adriático! — dijo Druso a
voces para hacerse oír—. ¡Ya es hora de que erradiquemos ese terrible mal por
el que en Italia se considera a un hombre superior a otro y de que los romanos
seamos una clase exclusiva! ¡Padres conscriptos, Roma es Italia e Italia es
Roma! ¡Admitamos sin más demora ese hecho y demos la misma consideración
igualitaria a todos los que viven en Italia!
Aquello era un pandemónium. Algunos no cesaban de gritar: «¡No, no,
no!», pateando; se oían rugidos de indignación, abucheos y silbidos, en torno a
Druso llovían sillas y desde todas las gradas de ambos lados se esgrimían puños
contra él.
Pero Druso permanecía impertérrito sin amilanarse.
—¡Lo haré! —gritó—. ¡Lo haré!
—¡Por encima de mi cadáver! —aulló Cepio desde el estrado.
—¡Si es necesario —replicó Druso caminando hacia él— se hará por encima
de tu cadáver, cretino de remate! ¿Cuándo has hablado o tratado con itálicos
para saber la clase de gente que son? —tronó Druso temblando de indignación.
—¡En tu casa, Druso, en tu casa! ¡Hablando de insurrección! ¡Una buena
camada de sucios itálicos! ¡Silo y Mutilo, Egnatio y Vidacilio, Lamponio y
Duronio!
—¡En mi casa jamás, y menos hablando de insurrección! Cepio se había
puesto en pie con el rostro congestionado.
—¡Eres un traidor, Druso! ¡Un baldón en tu familia, una úlcera en el
rostro de Roma! ¡Te llevaré ante los tribunales por esto!
—¡No, costra repugnante, seré yo quien te lleve! ¿Qué fue de todo el oro
de Tolosa, Cepio? ¡Díselo a la Cámara! ¡Cuenta a la Cámara lo prósperas que son
tus innumerables empresas, tan incompatibles para un senador! —gritó Druso.
—¿Vais a consentir que siga hablando? —bramó Cepio, volviéndose a mirar
a ambos lados de la Cámara, implorante con los brazos abiertos—. ¡Es un
traidor! ¡Una víbora!
Durante todo este diálogo, Sexto César y Escauro, príncipe del Senado,
no habían cesado de llamar al orden; Sexto César se dio por vencido e hizo un
gesto a los lictores, se arregló la toga y abandonó la sesión detrás de su
escolta, sin mirar a derecha ni izquierda. Algunos pretores le siguieron, pero
Quinto Pompeyo Rufo saltó del estrado en dirección a Catulo César, en el mismo
instante en que Cneo Pompeyo Estrabón también se dirigía hasta él desde el otro
extremo de la Cámara. Los dos le miraban con ojos asesinos y los puños
cerrados. Pero antes de que ninguno de ellos se acercase al desdeñoso y altivo
Catulo César, Cayo Mario se interpuso, meneando con fiereza su vieja cabezota y
agarrando a Pompeyo Estrabón de las muñecas para hacerle bajar los brazos, al
tiempo que Craso Orator contenía al enfurecido Pompeyo Rufo. Los dos Pompeyos
fueron sacados sin contemplaciones de la Cámara con el concurso de Druso y
Antonio Orator, mientras Catulo César permanecía de pie junto a su silla,
sonriendo.
—No les ha sentado muy bien —dijo Druso, recobrando aliento.
El grupo se había retirado al recinto de los Comitia, buscando un retiro
para sobreponerse, pero al instante se vieron rodeados por una serie de
partidarios indignados.
—¿Cómo se ha atrevido Catulo César a decir eso de los Pompeyos? — gritó
Pompeyo Estrabón, escudándose en su primo lejano Pompeyo Rufo—. ¡Si su pelo es
del color de la arena…!
—¡Quin taces, todos vosotros! —terció Mario, buscando en vano a Sila con
la mirada; hasta aquel día Sila había sido uno de los partidarios más
entusiastas de Druso y no se había perdido uno solo de sus discursos. ¿Dónde
estaría? ¿Se habría vuelto atrás a la vista de lo sucedido? ¿Estaría rindiendo
pleitesía a Catulo César? El sentido común le impedía pensarlo, pero ni
siquiera él había esperado tal alboroto en la Cámara. ¿Y Escauro, príncipe del
Senado?
—¿Cómo ha osado ese licencioso e ingrato Filipo insinuar que yo manipulé
el censo? —exclamó Antonio Orator, con el rubicundo rostro aún más colorado—.
¡Será gusano… Mira cómo se calló en cuanto le dije que me lo dijera afuera!
—¡Marco Antonio, al acusarte a ti me acusaba a mi! —terció Lucio Valerio
Flaco, que había salido de su habitual sopor—. ¡Juro que ésta me la paga!
—No les ha sentado muy bien —dijo Druso, incapaz de desviarse del tema.
—Evidentemente; ¿no esperarías lo contrario, Marco Livio? —dijo la voz
de Escauro, a espaldas del grupo.
—¿Estás aún de mi parte, príncipe del Senado? —inquirió Druso después
que Escauro se abriera paso al centro del grupo.
—¡Sí, si! —exclamó Escauro con un revoloteo de manos—. Estoy de acuerdo
en que ya es hora de que hagamos algo tan lógico, aunque sólo sea por evitar
una guerra. Lamentablemente, la mayoría de la gente se obstina en no creer que
los itálicos vayan a ir a la guerra contra Roma.
—Pues ya se enterarán de lo equivocados que están —añadió Druso.
—Ellos lo quieren —dijo Mario, mirando de nuevo en derredor—.
¿Dónde está Lucio Cornelio Sila? —inquirió.
—Se ha ido solo —contestó Escauro. —¿No se ha ido con nadie de la
oposición?
—No, fue solo —dijo Escauro con un suspiro—. Me da la impresión de que
ha perdido bastantes ánimos desde la muerte de su pobre hijo.
—Es cierto —añadió Mario, algo más tranquilo—. De todos modos, creo que
el alboroto no le ha estimulado.
—Eso sólo puede hacerlo el tiempo —dijo Escauro, que había perdido un
hijo en circunstancias mucho más dolorosas que Sila.
—¿Adónde vas ahora, Marco Livio? —inquirió Mario.
—A la Asamblea plebeya —contestó Druso—. Voy a convocar un contio para
dentro de tres días.
—Encontrarás aún mayor oposición —dijo Craso Orator.
—Me da igual —replicó Druso porfiado—. ¡He jurado que haré que se
apruebe esta ley, y no pienso renunciar!
—Entretanto, Marco Livio —dijo Escauro en tono conciliador—, nosotros
seguiremos con la sesión del Senado.
—Al menos tú podrás influir mejor en esos a quienes Catulo César ha
insultado —dijo Druso con sonrisa desmayada.
—Desgraciadamente, muchos de ellos se opondrán totalmente a la concesión
de la ciudadanía —dijo Pompeyo Rufo, sonriendo—. Tendrán que volver a hablar
con sus tías y primos itálicos, después de fingir que no tenían ninguno.
—¡Pareces recuperado del insulto! —espetó Pompeyo Estrabón, que seguía
indignado.
—No, no me he recuperado —contestó Pompeyo Rufo sin dejar de sonreír—.
Lo he disimulado ante los que lo provocaron, pero no hay necesidad de enfadarse
con los demás.
Druso celebró su contio el cuarto día de septiembre. La Asamblea de la
plebe se congregó en seguida, esperando una reunión emocionante, aunque sin
temor a violencia alguna al estar presidida por Druso. No obstante, apenas
Druso había iniciado las primeras frases de apertura de la sesión,
cuando apareció Lucio Marcio Filipo, escoltado por sus lictores y
seguido de un numeroso grupo de caballeros jóvenes e hijos de senadores.
—¡Esta asamblea es ilegal y os insto a que la suspendáis! —gritó Filipo
abriéndose paso entre la multitud, detrás de los lictores—. ¡Vamos, dispersaos,
os ordeno que os disperséis!
—No tienes autoridad en una Asamblea de la plebe legalmente convocada
—replicó Druso tranquilo y sin alterarse—. Ocúpate de tus asuntos, segundo
cónsul.
—Soy plebeyo y tengo derecho a estar aquí —alegó Filipo.
—En ese caso, Lucio Marcio —replicó Druso, sonriendo amable—, te ruego
que te comportes como un plebeyo, no como un cónsul. Quédate y escucha como el
resto de los plebeyos.
—¡La reunión es ilegal! —repitió Filipo.
—Los presagios han sido propicios y me he ceñido perfectamente a la ley
para convocarla; nos haces perder el tiempo miserablemente —dijo Druso,
secundado con fuertes vítores de los presentes, que tal vez habían acudido
dispuestos a oponerse a la propuesta de Druso, pero que no toleraban la
intromisión de Filipo.
Ésa fue la señal para que los jóvenes que rodeaban a Filipo comenzasen a
empujar al público, ordenándole marcharse a casa, al tiempo que sacaban porras
de debajo de las togas.
Al ver las porras, Druso reaccionó.
—¡Se suspende el contio! —gritó desde los rostra—. ¡No consentiré que
nadie siembre el caos en lo que debe ser una asamblea ordenada!
Pero aquello no complació al resto de la audiencia y unos cuantos
comenzaron a repeler los empujones y atropellos; una porra lanzada al aire
alcanzó al propio Druso, que en aquel instante saltaba de la tribuna para
impedir que se esgrimiesen las porras y todos se fueran pacíficamente a casa.
En aquel momento, un cliente de Cayo Mario, amargamente decepcionado,
perdió los estribos y antes de que nadie se lo impidiera — incluidos los
lictores del segundo cónsul— se acercó a Filipo, le largó un
puñetazo en la nariz y desapareció sin que pudieran detenerle, dejando
al pobre Filipo sangrando con la inmaculada toga hecha una pena.
—Te lo tienes bien merecido —dijo Druso, sonriente otra vez, mientras se
alejaba.
—Bien hecho, Marco Livio —dijo Escauro, príncipe del Senado, que lo
había contemplado todo desde la escalinata de la Cámara—. ¿Y ahora qué?
—Volveré al Senado.
Para su sorpresa, cuando Druso volvió al Senado, el séptimo día de
septiembre, fue mejor recibido. Se notaba la influencia que habían ejercido sus
aliados consulares.
—Lo que el Senado y el pueblo de Roma deben comprender —dijo Druso con
voz fuerte, segura e impresionante— es que si continuamos negando la ciudadanía
a las gentes de Italia, habrá guerra. ¡Y no lo digo a la ligera! Y antes de que
alguno de vosotros comience a ridiculizar a los pueblos de Italia como si fuese
un enemigo baladí, os recordaré que hace cuatrocientos años que participan con
nosotros en guerras, y que en ciertos casos la han hecho contra nosotros. Saben
cómo combatimos y ellos combaten igual. En el pasado, Roma ha tenido que hacer
ingentes esfuerzos para vencer a uno o dos pueblos itálicos. ¿Alguno de
vosotros ha olvidado Cannae, una derrota que nos infligió el pueblo samnio?
Hasta Arausio, Cannae fue la peor derrota sufrida por Roma. Así pues, si ahora
los diversos pueblos de Italia deciden coligarse contra Roma, yo os planteo el
siguiente interrogante: ¿Puede Roma vencerlos?
Una ola de intranquilidad recorrió las filas blancas de ambos lados de
la Cámara, como un viento que azotase un bosque de árboles de plumas.
—Ya sé que la mayoría de los que estáis sentados aquí creéis que la
guerra es de todo punto imposible. Por dos motivos. Primero, porque no creéis
que los aliados itálicos encuentren jamás razones para coligarse contra un solo
enemigo. Segundo, porque pensáis que ningún pueblo de Italia salvo Roma esté
preparado para la guerra. Incluso entre los que me apoyan sinceramente hay
quienes son incapaces de creer que los aliados
itálicos estén preparados para la guerra; hasta el punto que no resulta
una exageración decir que ninguno de los que me apoyan lo cree. ¿Dónde están
las armas y las corazas?, se dicen. ¿Dónde los pertrechos y las tropas? ¡Pues
yo os digo que están ahí! Listos y a la espera. Italia está preparada. Si no
les concedemos la ciudadanía, los itálicos nos arruinarán con la guerra.
Hizo una pausa y alzó los brazos.
—No me cabe duda, padres conscriptos del Senado, de que os percatáis de
que una guerra entre Italia y Roma sería una guerra civil. Un conflicto entre
hermanos. Un conflicto en la tierra que llamamos nuestra y que ellos llaman
suya. ¿Cómo podremos justificar ante nuestros nietos semejante ruina de lo que
habrían de heredar recurriendo a argumentos tan endebles como los que oigo cada
vez que se reúne esta Cámara? En la guerra civil no hay vencedores. Ni botín.
Ni esclavos que vender. ¡Pensad en lo que os pido que hagáis con mayor
detenimiento y objetividad que nunca! No es un asunto emocional, ni un asunto
de prejuicio. Ni para tomárselo a la ligera. Lo que realmente trato de hacer es
ahorrarle a mi querida Roma los horrores de la guerra civil.
Esta vez la Cámara escuchaba atenta y Druso comenzó a alimentar
esperanzas. Ni siquiera Filipo, que estaba sentado, indignado y balbucía algo
de vez en cuando, osó interrumpir. Tampoco lo hizo —y quizá fuese más
significativo— el vociferante y perverso Cepio. A menos que se tratase de una
nueva estrategia acordada en días anteriores. Incluso podía ser que Cepio no
deseara verse con una nariz hinchada como Filipo.
Cuando Druso hubo concluido, tomaron la palabra para apoyarle Escauro,
príncipe del Senado, Craso Orator, Antonio Orator y Escévola. Y la Cámara
escuchó.
Pero cuando Cayo Mario se puso en pie para tomar la palabra, la paz se
quebró: precisamente en el momento en que Druso se había convencido de haber
ganado. Luego se vio obligado a colegir que Filipo y Cepio lo tenían planeado
así.
—¡Basta! —clamó Filipo, poniéndose en pie de un salto en el estrado
curul—. ¡Os digo que basta! ¿Quién eres tú, Marco Livio Druso, para corromper
las mentes y los principios de hombres tan grandes como nuestro
príncipe del Senado? Que el itálico Mario esté de tu parte es
comprensible, pero ¿el portavoz de la Cámara? ¡Pobres de mis oídos que han
tenido que escuchar lo que han dicho algunos de nuestros más honorables
consulares!
—¡Pobre de tu nariz, Filipo! —exclamó burlón Antonio Orator—. ¿Huele
realmente el olor que tú despides?
—¡Tace, italófilo! —gritó Filipo—. ¡Cierra tu vil boca y tápate esa cara
de italófilo!
Como esta última referencia a una parte de la anatomía no salía a
relucir en la Cámara, Antonio Orator se puso en pie de un salto al oir el
insulto, pero Mario y Craso Orator, que le flanqueaban, le sujetaron para que
no se lanzara contra Filipo.
—¡Me oiréis! —gritó Filipo—. ¡Daos cuenta de lo que os han metido en la
mollera, borregos consulares! ¿Guerra? ¿Cómo va a haber una guerra? ¡Los
itálicos no tienen armas ni hombres! ¡Dificilmente podrían ir a la guerra con
un rebaño de borregos… aunque fuesen borregos como vosotros!
Sexto César y Escauro, príncipe del Senado, habían estado llamando al
orden desde la primera interrupción de Filipo, y ahora Sexto César hacía señas
a sus lictores, que, por precaución, había dejado dentro. Pero antes de que
pudiesen avanzar hasta él, que se hallaba en el centro de la Cámara, ya se
había arrancado la toga púrpura y se la había arrojado a Escauro.
—¡Quédatela, Escauro, traidor! ¡Quédatela! ¡Yo voy a Roma a buscar otro
gobierno!
—¡Y yo voy a los Comitia a reunir al pueblo patricio y plebeyo! —gritó
Cepio, bajando del estrado.
La sesión degeneró en el caos; los senadores sin derecho a la palabra
iban de un lado a otro, Escauro y Sexto César no cesaban de llamar al orden, y
la mayoría de los de la primera y segunda grada se dirigían en tropel hacia las
puertas tras Filipo y Cepio.
El extremo inferior del Foro lo llenaba una multitud que aguardaba el
final de la sesión del Senado. Cepio se dirigió directamente a los rostra,
dando gritos para que todo el pueblo se congregase por tribus. Sin preocuparse
por formalismos —ni por el hecho de que el Senado no había
cerrado oficialmente el debate, lo cual significaba que no podía
convocarse la asamblea— se lanzó a una diatriba contra Druso, que ya se había
situado junto a él en la tribuna.
—¡Miradle, el traidor! —aullaba Cepio—. ¡Se dedica a dar la ciudadanía a
los sucios itálicos de esta península, a los piojosos pastores samnitas, a los
patanes y lerdos picentinos, a los brigantes malolientes de Lucania y Bruttium!
¡Y nuestro Senado idiota es de tal incompetencia que está a punto de
consentírselo! ¡Pero yo no lo consentiré!
Druso se volvió hacia sus nueve colegas tribunos de la plebe, que le
habían seguido hasta la tribuna de los rostra y que miraban con cara de pocos
amigos al patricio Cepio, independientemente de lo que opinaran de la propuesta
de Druso. Cepio había hecho una llamada a todo el pueblo, cierto, pero antes de
que el Senado hubiese dado término a la sesión, y había usurpado el terreno de
los tribunos de la plebe del modo más arrogante. Incluso a Minucio se le veía
molesto.
—Voy a acabar con esta farsa —dijo Druso, con los labios muy prietos
—. ¿Estáis todos conmigo?
—Lo estamos —contestó Saufeio, que era el factótum de Druso. —¡Esto es
una reunión convocada ilegalmente y opongo mi veto a que
prosiga! —dijo Druso dando un paso al frente.
—¡Fuera de mi asamblea, traidor! —gritó Cepio.
—¡Marchaos a casa, gente de esta ciudad! —clamó Druso sin hacerle caso—.
¡He interpuesto mi veto a la asamblea porque no es legal! ¡El Senado sigue
reunido en sesión oficial!
—¡Traidor! ¡Pueblo de Roma!, ¿vais a cumplir órdenes de un hombre que
quiere despojaros de vuestra más valiosa pertenencia? —chilló Cepio.
—¡Detened a este gamberro, colegas tribunos! —gritó Druso sin poder
aguantar más y haciendo un gesto a Saufeio.
Nueve hombres rodearon a Cepio y le apresaron, sometiéndole sin
dificultad; Filipo, que estaba abajo, de pronto pensó en algo urgente y
desapareció.
—¡Ya está bien, Quinto Servilio Cepio! —añadió Druso con una voz
estentórea que se hizo oír hasta en el bajo Foro—. ¡Soy un tribuno de la
plebe en el desempeño de mis obligaciones! Y presta atención porque es
mi único aviso. ¡Cesa y desiste inmediatamente en tu actitud o haré que te
arrojen de la roca Tarpeya!
La Asamblea plebeya era el feudo de Druso, y Cepio, al ver cómo le
miraba enfurecido, comprendió. Acababa de invocar el antiguo rencor entre
patricios y plebeyos, y si Druso ordenaba a los miembros de su colegio que le
arrojasen desde la roca Tarpeya, le obedecerían.
—¡Aún no has ganado! —vociferó mientras se zafaba y desaparecía a toda
prisa a la zaga de Filipo.
—No sé si Filipo no estará harto de su huésped —comentó Druso a Saufeio
al ver la humillante salida de Cepio.
—Yo estoy harto de los dos —dijo Saufeio con un profundo suspiro—.
Supongo que te habrás dado cuenta, Marco Livio, que de haber proseguido la
sesión el Senado habría avalado tu propuesta.
—Claro que me he dado cuenta. ¿Por qué crees que Filipo organizó de
pronto semejante pataleta? ¡Qué mal actor es! —dijo Druso riendo—. ¡Mira que
tirar la toga…! ¿Qué no será capaz de hacer?
—¿No estás desilusionado?
—Poco me falta, pero no pienso parar hasta que no pueda más.
El Senado reanudó las deliberaciones en los idus, día de descanso
oficial, y por consiguiente un día en que no podía reunirse la Asamblea de la
plebe y Cepio no podría abandonar la Cámara.
Sexto César tenía aspecto de agotado y en toda la Cámara resonaban sus
sibilancias, pero aguantó hasta el final de las ceremonias iniciales para
ponerse en pie y hablar.
—No pienso tolerar ni uno más de estos lamentables altercados —dijo con
voz clara y potente—. En cuanto al hecho de que la principal corriente de
interrupciones proceda del podio curul, lo considero aún mayor humillación.
¡Lucio Marcio y Quinto Servilio Cepio, conducíos como corresponde a vuestro
cargo, al cual, me permito señalaros, no hacéis gran honor, sino al contrario,
lo deshonráis! Si vuestro ilegal e irrespetuoso
comportamiento continúa, enviaré los fasces al templo de Venus Libitina
y expondré los hechos a los electores congregados en centurias. Tienes la
palabra, Lucio Marcio —añadió con una inclinación de cabeza a Filipo—. ¡Pero no
olvides que estoy harto! Igual que el portavoz de la Cámara.
—No te doy las gracias, Sexto Julio, del mismo modo que no se las doy al
portavoz de la Cámara ni a los otros miembros disfrazados de patriotas —dijo
Filipo con toda desvergüenza—. ¿Cómo puede un hombre llamarse buen patriota y
hacer dejación de nuestra ciudadanía? ¡La respuesta es que no puede ser una
cosa y la otra! La ciudadanía romana es para los romanos. Y no debe darse a
nadie que no tenga derecho a ella por familia, antepasados y decreto legal.
Somos hijos de Quirino y los itálicos no. Y eso, primer cónsul, es todo cuanto
tengo que decir. No tengo nada más que añadir.
—¡Hay mucho más que decir! —replicó Druso—. Que somos hijos de Quirino,
no tiene vuelta de hoja. ¡Pero Quirino no es un dios romano! Es un dios de los
sabinos y por eso vive en el Quirinal, el lugar en que otrora se alzaba la
ciudad de los sabinos. ¡En resumen, Lucio Marcio, Quirino es un dios italiano!
Rómulo lo adoptó y Rómulo lo hizo romano. Pero Quirino pertenece igualmente al
pueblo de Italia. ¿Cómo vamos a traicionar a Roma haciéndola más grande? Porque
eso es lo que haremos al conceder la ciudadanía a toda Italia. Roma será Italia
y será poderosa. Italia será Roma y será poderosa. Lo que conservemos como
descendientes de Rómulo será nuestro exclusivamente y para siempre. No podrá
ser de nadie más. ¿Lo que Rómulo nos dio no es la ciudadanía! Eso se lo hemos
dado ya a muchos que no pueden arrogarse la condición de ser hijos de Rómulo,
nativos de la ciudad de Roma. Si la romanidad está en juego, por qué Quinto
Vario Severo Hybrida Sucronensis se sienta en esta augusta Cámara? ¡El sí que
tiene un nombre, Quinto Servilio Cepio, que advierto que no has mencionado
cuando tú y Lucio Marcio tratabais de impugnar la romanidad de ciertos miembros
de esta Cámara! ¡Cuando Quinto Vario no es realmente romano! ¡Hasta después de
cumplir los veinte años no había visto esta Cámara ni había hablado latín en
sus sesiones! ¡No obstante, sentado está en el Senado de Roma por la gracia de
Quirino, un hombre menos romano
de lo que pueda ser por sus ideas, por su lenguaje, por su manera de ver
las cosas, menos romano que cualquier itálico! Si hemos de hacer como dicen
Quinto Servilio Cepio y Lucio Marcio Filipo, y limitar la ciudadanía romana a
los que de entre nosotros pueden alegar familia, antepasados y decreto legal,
el primero que debe abandonar esta Cámara yla ciudad de Roma es Quinto Vario
Severo Hybrida Sucronensis! ¡El sí es extranjero!
La andanada hizo que Vario se pusiera en pie, pese a que, como pedarius,
no tenía derecho a la palabra.
Sexto César sacó fuerzas de flaqueza para superar sus dificultades
respiratorias y pidió orden con tal voz, que no se produjo ninguna
interrupción.
—Marco Emilio, portavoz de esta Cámara, veo que quieres hablar.
Tienes la palabra.
Escauro estaba indignado.
—¡No consentiré que esta Cámara degenere poniéndose a la altura de un
reñidero de gallos porque la deshonren unos magistrados curules que no tienen
categoría ni para limpiar las vomitonas de las calles! ¡Ni voy a hacer ninguna
referencia al derecho de nadie a sentarse en esta augusta Cámara! Lo único que
quiero decir es que si esta Cámara ha de sobrevivir, ¡y si Roma ha de
sobrevivir!, hemos de ser liberales con los itálicos en el asunto de la
ciudadanía como lo hemos sido con algunos de los que hoy se sientan entre
nosotros.
Filipo había vuelto a levantarse.
—Sexto Julio, cuando diste permiso para hablar al portavoz de la Cámara,
no te percataste de que yo quería hablar. Como cónsul tengo derecho a hacerlo
primero.
—Pensé que habías terminado, Lucio Marcio. ¿Acaso no has acabado? —No.
—Pues, por favor, di lo que tengas que decir de una vez. Portavoz de la
Cámara, ¿te importa aguardar a que el segundo cónsul diga lo que tenga que
decir?
—Naturalmente que no —dijo Escauro afable, sentándose.
—Propongo —dijo Filipo con aplomo— que esta Cámara borre de las
tablillas todas las leyes de Marco Livio Druso. No se han aprobado legalmente.
—¡Eso es un disparate! —exclamó Escauro indignado—. ¡Jamás en la
historia del Senado ningún tribuno de la plebe ha legislado con mayor escrúpulo
por los preceptos que Marco Livio Druso!
—No obstante, sus leyes no son válidas —replicó Filipo, a quien al
parecer comenzaba a molestar otra vez la nariz, pues se la palpaba con
insistencia—. Los dioses han señalado su desagrado.
—Mis asambleas contaron con la aprobación de los dioses —dijo lacónico
Druso.
—Son sacrílegas, como lo demuestran claramente los acontecimientos de
Italia en estos diez últimos meses —replicó Filipo—. ¡Yo os digo que toda
Italia se ha visto afectada por manifestaciones de la ira divina!
—¿Ah, sí, Lucio Marcio? Italia siempre se ha visto afectada por
manifestaciones de la ira divina —dijo Escauro hastiado.
—¡No como este año! —dijo Filipo con un bufido—. Propongo que esta
Cámara recomiende a la Asamblea de todo el pueblo anular las leyes de Marco
Livio Druso, dado que los dioses han mostrado su desagrado. Y veo, Sexto Julio,
que deberemos someterlo a votacion.
Escauro y Mario ponían ceño, conscientes de que algo había oculto, sin
acertar a dar con ello. Una cosa era cierta: Filipo tenía las de perder. ¿Por
qué, entonces, después de tan poco inspirada intervención, hablaba de votar?
Efectivamente, la Cámara votó y Filipo perdió frente a una amplia
mayoría. Circunstancia que le sacó de quicio, haciéndole vociferar y
despotricar hasta el escupitajo; el pretor urbano Quinto Pompeyo Rufo, que
estaba a su lado en el estrado, se cubrió con gesto teatral la cabeza con su
toga para protegerse de la lluvia de saliva. ¡Ingratos codiciosos! ¡Locos de
remate! ¡Borregos! ¡Insectos! ¡Asaduras! ¡Menudillos! ¡Gusanos! ¡Pederastas!
¡Violadores infantiles! ¡Carroñas! ¡Pozos de avaricia!, fueron algunos de los
improperios que Filipo lanzó contra sus colegas.
Sexto César le dejó que se agotara y luego ordenó al jefe de lictores
que golpeara el suelo con el haz de varillas hasta hacer temblar las vigas del
techo.
—¡Basta! —gritó—. ¡Siéntate y cálmate, Lucio Marcio, o tendré que
expulsarte de la Cámara!
Filipo se sentó, mientras de su nariz brotaba un líquido pajizo.
—¡Sacrilegio! —aulló, dejando volar la palabra en un siniestro eco.
Después ya no se movió.
—¿Qué se traerá entre manos? —musitó Escauro a Mario.
—No sé. ¡Ojalá lo adivinara! —gruñó Mario.
—¿Puedo hablar, Sexto Julio? —dijo Craso Orator poniéndose en pie.
—Puedes, Lucio Licinio.
—No voy a tratar de los itálicos ni de nuestra querida ciudadanía romana
o de las leyes de Marco Livio —comenzó diciendo en su hermosa y meliflua voz—.
No. Voy a hablar del cargo de cónsul, y como preámbulo a mis comentarios haré
una observación: jamás en los años que llevo en esta Cámara he visto el cargo
de cónsul tan deshonrado, degradado y envilecido como lo ha sido estos últimos
días por obra de Lucio Marcio Filipo. ¡A nadie que haya tratado ese cargo, ¡el
más importante del país!, del modo que lo ha hecho Lucio Marcio Filipo debe
permitírsele seguir ejerciéndolo! No obstante, cuando los electores designan a
alguien para un cargo, el elegido no está obligado por ninguna regla salvo su
propia inteligencia y buenos modales y los múltiples ejemplos que le suministra
el mos maiorum.
»Ser cónsul de Roma es verse elevado a un nivel sólo algo por debajo de
los dioses y muchísimo más alto que rey alguno. El cargo de cónsul se concede
libremente y no descansa sobre amenazas o poder retributorio. Durante un año,
el cónsul es lo más excelso que hay. Su imperium excede al de cualquier
gobernador. ¡El es el comandante en jefe de los ejércitos, el jefe del
gobierno, el representante del Tesoro y el símbolo de cualquier significado que
haya de atribuirse a la república de Roma! Sea patricio u hombre nuevo,
inmensamente rico o relativamente pobre, es «el cónsul». Sólo tiene un igual:
el otro cónsul. Sus nombres se inscriben en los fasti consulares para que
brillen perennemente.
»Yo he sido cónsul. Quizá treinta de los que estáis hoy aquí sentados
hayáis sido cónsules, y algunos también censores. Yo les pregunto cómo se
sienten en este momento, ¿cómo os sentís en este momento, caballeros
consulares, después de escuchar a Lucio Marcio Filipo desde principios de este
mes? ¿Os sentís como yo? ¿Sucios? ¿Deshonrados? ¿Humillados? ¿Consideráis de
justicia que este afortunado poseedor por tercera vez del cargo quede sin
censurar? ¿No lo consideráis? ¡Magnífico! ¡Tampoco lo considero yo, caballeros
consulares!
Craso Orator se volvió desde las primeras filas y miró furibundo hacia
Filipo en el estrado curul.
—¡Lucio Marcio Filipo, eres el peor cónsul que he visto en mi vida! ¡Si
yo estuviera sentado en el lugar de Sexto Julio, no tendría ni un ápice de la
paciencia que él ha demostrado! ¿Cómo te atreves a deambular por los vici de
nuestra amada urbe precedido de tus doce lictores y a llamarte cónsul? ¡Tú no
eres un cónsul! ¡No le llegas a la altura de las botas a un cónsul! Es más, me
permitiré emplear la expresión de nuestro portavoz: ¡no Vales ni para limpiar
la vomitona de las calles! ¡En vez de ser un modelo de conducta para nuestros
jóvenes y esta Cámara, y para los que acuden al Foro, te conduces como el peor
demagogo que haya puesto los pies en los rostra, como el obstruccionista más
deslenguado que azuza detrás de la multitud en el Foro! ¿Cómo osas aprovecharte
del cargo para verter improperios contra los miembros de esta Cámara? ¿Cómo te
atreves a insinuar que otros han actuado ilegalmente? ¿Ya te he aguantado
bastante, Lucio Marcio Filipo! —tronó tajante, señalándole con el dedo—. ¡O te
comportas como un cónsul o quédate en casa!
Cuando Craso Orator volvió a sentarse, la Cámara prorrumpió en sonoros
aplausos, mientras Filipo permanecía con la vista en el suelo y la cabeza
agachada para que no se le viera la cara; Cepio, por el contrario, miraba con
ojos de fuego a Craso Orator.
—Gracias, Lucio Licinio —dijo Sexto César con un carraspeo—, por
recordarme a mí y a todos los que ostentan el cargo lo que es un cónsul. Presto
tanta atención a tus palabras como espero haya hecho Lucio Marcio. Y como
parece que ninguno de nosotros puede comportarse con decencia en
este ambiente, doy por concluida la sesión. La Cámara volverá a reunirse
dentro de una semana. Estamos en plenos ludi romani y, en primer lugar, creo
que nos incumbe hallar mejor modo de saludar a Remo y a Rómulo que estas
sesiones tan ásperas y poco dignas del Senado. Tened buenas vacaciones, padres
conscriptos, y disfrutad con los juegos.
Escauro, príncipe del Senado, Druso, Craso Orator, Escévola, Antonio
Orator y Quinto Pompeyo Rufo fueron a casa de Cayo Mario a beber vino y hablar
de los acontecimientos de la jornada.
—¡Oh, Lucio Licinio, con qué elegancia has aplastado a Filipo! — comentó
feliz Escauro, bebiendo con ganas el vino.
—Ha sido memorable —añadió Antonio Orator.
—Yo también te doy las gracias, Lucio Licinio —dijo Druso, sonriente.
Craso Orator aceptó con suma modestia los elogios, limitándose a decir: —¡Él se
lo buscó, el muy idiota!
En Roma aún hacía bastante calor, y todos se habían quitado la toga al
entrar en la casa y se solazaban en el frescor del jardín.
—Lo que quisiera saber —dijo Mario, sentado en el borde del estanque
— es lo que Filipo se trae entre manos. —Y yo —añadió Escauro.
—¿Y por qué iba a hacerlo? —inquirió Pompeyo Rufo—. No es más
que un patán mal educado. Siempre ha sido así.
—No, algo trama su sucia mente —dijo Mario—. Hubo un momento en que
estuve a punto de darme cuenta, pero luego me distraje y ya no puedo acordarme.
—Bueno, Cayo Mario —añadió Escauro con un suspiro—, de una cosa puedes
estar seguro: nos enteraremos. Seguramente en la próxima sesión.
—Será interesante —dijo Craso Orator, masajeándose el hombro izquierdo y
haciendo una mueca—. ¿Por qué estos días estaré tan cansado y dolorido? Hoy no
pronuncié un discurso demasiado largo… Aunque estaba indignado; es cierto.
Aquella noche se demostraría que Craso Orator iba a pagar más cara su
intervención de lo que habría pensado. Su esposa Mucia, la hija más joven de
Escévola el Augur, se despertó de madrugada con frío, se arrebujó contra su
esposo para calentarse y descubrió horrorizada que estaba helado. Había muerto
pocas horas antes en la plenitud de su carrera y en el cenit de la fama.
Para Druso, Mario, Escauro, Escévola y otros de ideas afines, su muerte
fue una catástrofe. Para Filipo y Cepio, fue un indicio favorable. Ambos
renovaron con entusiasmo sus intrigas entre los pedari del Senado, hablándoles,
persuadiéndolos y engatusándolos. Y así se encontraron en excelente forma
cuando volvió a reunirse la Cámara una vez concluidos los ludi romani.
—Quiero volver a plantear la votación sobre la cuestión de si las leyes
de Marco Livio Druso deben permanecer en las tablillas —dijo Filipo con voz
gorjeante, dispuesto, por lo visto, a comportarse como un cónsul modélico—.
Comprendo cuánto debe cansaros a muchos de vosotros esta oposición a las leyes
de Marco Livio y me consta que la gran mayoría estáis convencidos de que son
unas leyes totalmente lícitas. Bien, no voy a rebatir que se observaran los
presagios religiosos, que los procedimientos de votación no se hicieran
legalmente y que no se hubiera obtenido el consentimiento del Senado antes de
proceder a la convocatoria de la Asamblea.
Dio un paso al frente en el estrado y alzó la voz.
—¡Sin embargo, hay un impedimento religioso! Un impedimento religioso de
tal magnitud y presagio que nuestra conciencia nos impide ignorarlo. Por qué
los dioses se complacen en cosas así, no sabría decirlo. Yo no soy un
entendido. Pero no deja de ser que aunque los augurios y presagios fueron
interpretados favorablemente antes de cada reunión de la Asamblea plebeya
convocada por Marco Livio, en toda Italia hubo signos que indicaban un notable
grado de ira divina. Yo soy augur, padres conscriptos, y para mi es evidente
que ha habido sacrilegio.
Alargó una mano y un administrativo le entregó un rollo que Filipo
desplegó.
—El día decimocuarto antes de las calendas de enero, el día en que Marco
Livio promulgó en el Senado la ley regulando los tribunales y la que ampliaba
el Senado, los esclavos públicos se dirigieron al templo de Saturno a
adecentarlo para la festividad del día siguiente, puesto que el día siguiente,
si recordáis, era la jornada inaugural de la Saturnal, y se encontraron las
cinchas de lana que fajan la estatua de madera de Saturno empapadas de aceite,
un charco de aceite en el suelo y el interior de la estatua seco. Se acababa de
derramar hacía poco, según todos los indicios, y todos coincidieron en que
Saturno mostraba su desagrado por algo.
»El día en que Marco Livio Druso aprobó en la Asamblea plebeya sus leyes
sobre los tribunales y la ampliación del Senado, el esclavo-sacerdote de Nemi
fue asesinado por Otro esclavo, quien, según la costumbre por la que se rigen,
se convirtió en el nuevo esclavo-sacerdote. Pero el nivel del agua en el
estanque sagrado de Nemi bajó de pronto un palmo, y el nuevo esclavo-sacerdote
murió sin lucha, lo cual es un terrible presagio.
»El día en que Marco Livio Druso promulgó en el Senado su ley
disponiendo del ager publicus, hubo una lluvia de sangre en el ager Campanus y
una espantosa plaga de ranas en el ager publicus de Etruria.
»El día en que la lex Livia agraria se aprobó en la Asamblea plebeya,
los sacerdotes de Lanuvium descubrieron que los ratones habían roído los
escudos sagrados, portento de lo más aciago, e inmediatamente lo expusieron a
nuestro colegio de pontífices en Roma.
»El día en que el equipo de cinco funcionarios del tribuno de la plebe
Saufeio quedó convocado para iniciar la parcelación del ager publicus de Italia
y Sicilia, en el templo de la Pietas del Campo de Marte, junto al circo
Flaminio, cayó un rayo que causó graves daños.
»El día en que la lex frumentaria de Marco Livio Druso fue aprobada en
la Asamblea plebeya, se comprobó que la estatua de Diva Angerona había sudado
profusamente. La venda que le tapaba la boca había resbalado hasta el cuello y
hubo quienes juraron que le habían oído musitar el nombre secreto de Roma,
complacida de poder hablar por fin.
»En las calendas de septiembre, el día en que Marco Livio Druso presentó
en esta Cámara su propuesta de ley para conceder a los itálicos
nuestra preciada ciudadanía, un horrible terremoto destruyó la ciudad de
Mutina en la Galia itálica. Este portento, el adivino Publio Cornelio Culeolo
lo interpreta como que toda la Galia itálica está irritada por no concedérsele
también la ciudadanía. Señal, padres conscriptos, de que si otorgamos la
ciudadanía a la Italia peninsular, todos los demás territorios de Roma la
reclamarán.
»El día en que el eminente consular Lucio Licinio Craso Orator me
zahirió públicamente en esta Cámara, por la noche murió misteriosamente en su
lecho y por la mañana estaba frío como el hielo.
»Hay muchos portentos, padres conscriptos —insistió Filipo sin apenas
necesidad de elevar la voz, tal era el silencio que reinaba en el Senado—. He
citado sólo los sucedidos en los mismísimos días en que se promulgaron o
ratificaron las leyes de Marco Livio Druso, pero os daré una lista
suplementaria.
»Un rayo causó daños en la estatua de Júpiter Latiaris en el monte
Albano, temible presagio. El último día de los ludi romani cayó lluvia de
sangre en el templo de Quirino, y sólo allí, ¿no es un signo inequívoco de ira
divina? Se movieron las lanzas sagradas de Marte, un temblor de tierra agrietó
el templo de Marte en Capua, la fuente sagrada de Hércules en Ancona se secó
por primera vez en la historia y ya no mana; en una calle de Puteoli surgió una
enorme zanja de fuego y todas las puertas de las murallas de la ciudad de
Pompeya se cerraron misteriosamente de golpe.
»Y hay más, padres conscriptos, ¡mucho más! Expondré la lista completa
en los rostra para que todo el mundo en Roma vea con qué insistencia los dioses
condenan esas leyes de Marco Livio Druso. ¡Las condenan! ¡Mirad los dioses más
afectados! Pietas, que gobierna la lealtad y los deberes de la familia;
Quirino, el rey de la asamblea de hombres romanos; Júpiter Latiaris, el Júpiter
latino; Hércules, el protector de la potencia militar romana y patrón de los
generales romanos; Marte, el dios de la guerra; Vulcano, dueño de los lagos de
fuego en el subsuelo de Italia; Diva Angerona, que sabe el nombre secreto de
Roma, el cual, si se pronuncia, provoca la ruina de Roma; Saturno, que mantiene
la riqueza de Roma y rige nuestro ser en el tiempo.
—Por otra parte —terció Escauro, príncipe del Senado, marcando las
palabras—, esos presagios podrían muy bien indicar los terribles males que se
abatirán sobre Italia si no se conservan en las tablillas las leyes de Marco
Livio Druso.
Filipo no hizo caso y entregó el rollo al funcionario.
—Ponlo inmediatamente en los rostra —dijo, descendiendo del estrado
curul y situándose frente al banco de los tribunos—. Propongo una votación de
la Cámara. Los que estén a favor de declarar no válidas las leyes de Marco
Livio Druso que se sitúen a mi derecha y los que estén a favor de conservarlas
en las tablillas que se pongan a mi izquierda. Os ruego que procedáis.
—Yo encabezaré la votación, Lucio Marcio —dijo Ahenobarbo, pontífice
máximo, poniéndose en pie—. Como pontífice máximo, me has convencido sin ningún
género de duda.
La Cámara, en silencio, fue abandonando las gradas; se veían caras tan
blancas como las togas, y sólo un puñado de senadores se situó a la izquierda
de Filipo con la vista baja.
—La votación es elocuente —dijo Sexto César—. Esta Cámara ha decidido
eliminar de los archivos las leyes del tribuno Marco Livio Druso y destruir las
tablillas. Convocaré la Asamblea de todo el pueblo a tal efecto para dentro de
tres días.
Druso fue el último en moverse y mientras cubría la corta distancia
entre la izquierda de Filipo y el extremo del banco tribunicio mantuvo la
cabeza bien alta.
—Naturalmente, Marco Livio —dijo airoso Filipo cuando pasaba ante él,
haciendo que los senadores se detuvieran como un solo hombre—, puedes
interponer el veto.
Druso, lívido, miró a Filipo sin verle.
—Oh, no, Lucio Marco, no podría —contestó sin alterarse—. ¡Yo no soy un
demagogo! Mis obligaciones como tribuno de la plebe las he llevado siempre a
cabo con el consentimiento de esta Cámara y mis iguales en ella han declarado
nulas esas leyes; como es mi deber, me avengo a su decisión.
—¡Con lo cual los laureles son para nuestro querido Marco Livio! — dijo
ufano Escauro dirigiéndose a Escévola mientras el grupo se deshacía.
—Efectivamente —añadió Escévola, contrayendo los hombros enojado
—. ¿Qué piensas realmente de esos presagios?
—Dos cosas. En primer lugar, que ningún año he visto a nadie que se
tomara tantas molestias en recopilar tan minuciosamente desastres
naturales. Y en segundo lugar, que, si esos presagios indican algo, para mí que
es la guerra que nos enfrentará con Italia de no mantener las leyes de Marco
Livio.
Escévola, desde luego, había votado con Escauro y los demás partidarios
de Druso, no podía por menos, y seguía siendo amigo suyo, pero se le veía muy
intranquilo y lo manifestó con una objeción:
—Sí, sí, pero…
—¡Quinto Mucio!, ¿acaso crees…? —inquirió Mario sorprendido. —¡No, no,
no es eso! —contestó Escévola malhumorado, descartando
por sentido común las supersticiones—. Pero ¿y los sudores y el
desplazamiento de la mordaza de Diva Angerona? —inquirió con lágrimas en los
ojos—. ¿Y la muerte de mi primo Craso, mi amigo del alma?
—Quinto Mucio —dijo Druso, que se había acercado al grupo—. Creo que
Marco Emilio está en lo cierto. Esos presagios son una señal de lo que sucederá
si se invalidan mis leyes.
—Quinto Mucio, eres miembro del Colegio de Pontífices —dijo paciente
Escauro, príncipe del Senado—. Todo comenzó con el único fenómeno creíble, el
derrame del aceite de la estatua de madera de Saturno. ¡Pero eso hace años que
era de esperar! Por eso está sujeta con cinchas. En cuanto a Diva Angerona,
¿qué más fácil que introducirse en el santuario, quitarle la mordaza y darle un
baño de alguna sustancia pegajosa que deje marcas? Todos sabemos, además, que
los rayos tienden a caer en los puntos más altos, y bien sabes que el templo de
Pietas es pequeño pero muy alto. En cuanto a los terremotos, llamaradas de
fuego, lluvias de sangre y plagas de ranas… ¡bah! ¡Me niego a hablar de eso!
Lucio Licinio murió en su lecho. ¡Ojalá todos tuviésemos tan agradable final!
—Sí, pero… —arguyó Escévola, sin acabar de convencerse.
—¡Miradle! —exclamó Escauro, dirigiéndose a Mario y a Druso—. Si él se
deja engañar, ¿cómo vamos a reprochárselo a esa pandilla de idiotas
supersticiosos?
—¿No crees en los dioses, Marco Emilio? —inquirió Escévola, espantado.
—¡Sí, sí, si, claro que creo! ¡Pero en lo que no creo, Quinto Mucio, es
en las maquinaciones e interpretaciones de quienes afirman actuar en nombre de
los dioses! No conozco un presagio o un vaticinio que no pueda interpretarse en
dos maneras diametralmente opuestas. ¿Y qué le confiere tal seguridad a Filipo?
¿El hecho de que sea augur? ¡Ese no sabría distinguir un auténtico agüero
aunque lo pisase y le mordiera su magullada nariz! ¡En cuanto a Publio Cornelio
Culeolo… es lo que su nombre indica, pelotas de nuez! Estoy dispuesto a jugarme
contigo una buena suma, Quinto Mucio, a que si a alguno se le hubiese ocurrido
recopilar los desastres naturales y los llamados fenómenos sobrenaturales
ocurridos durante el segundo tribunato de Saturnino, habría una lista no menos
impresionante. ¡Despierta y aplica a la situación algo de tu escepticismo
jurídico, te lo ruego!
—Tengo que decir que Filipo me sorprendió —dijo Mario, taciturno—.
Me engañó una vez, pero nunca pensé que ese cunnus fuese tan hábil.
—Sí, es muy listo —comentó Escévola, deseoso de que Escauro no siguiera
insistiendo en sus deficiencias—. Supongo que lo tendría preparado hace tiempo.
¡Lo que es seguro es que no ha sido una brillante idea de Cepio! —añadió
riendo.
—¿Cómo te sientes, Marco Livio? —inquirió Mario.
—¿Cómo me siento? —repitió Druso, que mostraba un extraño rictus de
cansancio—. Oh, Cayo Mario, de verdad, ya ni lo sé. Ha sido una artimaña muy
hábil, desde luego.
—Habrías debido interponer tu veto —añadió Mario.
—En mi lugar, tú lo habrías hecho… y no te lo hubiera reprochado —
contestó Druso—. Pero no puedo desdecirme de lo que manifesté al principio del
tribunado, procura entenderlo. Prometí que me avendría a los deseos de mis
iguales en el Senado.
—Ahora ya no habrá emancipación —dijo Escauro.
—¿Y por qué no? —inquirió Druso, sorprendido.
—¡Marco Livio, han anulado todas tus leyes! ¡O las anularán!
—¿Y eso qué tiene que ver? La emancipación no se ha planteado aún ante
la Asamblea plebeya, yo simplemente la presenté a la Cámara. Pero nunca prometí
al Senado que no presentaría una ley a la plebe si ellos no la recomendaban. Yo
dije que primero trataría de obtener su mandato. Y esa promesa la he cumplido.
Pero ahora no puedo detenerme simplemente porque el Senado haya dicho que no.
No se ha cumplido todo el proceso: antes tiene que dar el no la plebe, pero yo
intentaré persuadirla para que dé el sí —contestó Druso sonriente.
—¡Por los dioses, Marco Livio, mereces ganar! —exclamó Escauro. —Eso
pienso yo —dijo Druso—. ¿Me excusáis? Tengo que escribir
unas cartas a mis amigos itálicos para persuadirlos de que no emprendan
la guerra porque aún no ha acabado la batalla.
—¡Es una tontería! —exclamó Escévola—. Si los itálicos están decididos a
hacer la guerra si les negamos la ciudadanía, y en eso te creo, Marco Livio, de
verdad, si no, me habría puesto a la derecha de Filipo, tardarán años en estar
preparados.
—Pues en eso, Quinto Mucio, te equivocas, porque ya están en pie de
guerra. Y mejor preparados que Roma.
Que los marsos estaban preparados para la guerra lo supieron el Senado y
el pueblo de Roma días más tarde, cuando llegaron noticias de que Quinto
Popedio Silo conducía dos fuertes legiones marsas, bien equipadas y armadas,
por la Via Valeria camino de Roma. El sorprendido príncipe del Senado convocó
sesión urgente de la Cámara y se encontró con que sólo asistían unos cuantos
senadores; ni Filipo ni Cepio estaban, ni enviaron recado alguno explicando su
ausencia. Druso también se negó a asistir, alegando que no se sentía con ánimos
de estar presente en una sesión en que sus iguales iban a debatir la amenaza de
guerra iniciada por un amigo suyo, como era Quinto Popedio Silo.
—¡Qué conejos! —exclamó Escauro dirigiéndose a Mario y mirando las
gradas vacías—. Han echado a correr a sus madrigueras; creen, por lo visto, que
si se quedan allí los enemigos retrocederán.
Pero Escauro no pensaba que los marsos vinieran en son de guerra y se
las ingenió para convencer a su escaso auditorio de que lo mejor era tratar
aquella «invasión» con métodos pacíficos.
—Cneo Domicio —dijo a Ahenobarbo, pontífice máximo—, tú que eres un
consular de prestigio, que has sido censor y que eres pontífice máximo, ¿estás
dispuesto a ponerte en marcha para salir al encuentro de ese ejército, igual
que Popilio Laenas? Tú fuiste el iudex en el tribunal extraordinario que en
virtud de la lex Licinia Mucia se estableció en Alba Fucentia hace unos años;
los marsos te conocen, y me consta que te respetan mucho por tu clemencia.
Averigua por qué se ha puesto en marcha ese ejército y qué quieren los marsos.
—Muy bien, príncipe del Senado, seré un nuevo Popilio Laenas — contestó
Ahenobarbo—, a condición de que me otorgues pleno imperium proconsular para que
pueda decir y hacer lo que dicten las circunstancias. Y te ruego que se
incluyan las hachas en los fasces.
—Concedidas las dos cosas —dijo Escauro.
—Los marsos llegarán mañana a las afueras de Roma —dijo Mario con una
mueca—. Supongo que os dais cuenta del día que es.
—Efectivamente —contestó Ahenobarbo—. Es la víspera de las nonas de
octubre… el aniversario de la batalla de Arausio, en la que los marsos
perdieron una legión entera.
—Lo han planeado aposta —dijo Sexto César, casi contento de asistir a la
aciaga reunión en la que no comparecían Filipo ni Cepio y tan sólo lo hacían
los senadores que él sabía que eran patriotas.
—Por eso, padres conscriptos, no creo que esto sea un acto de guerra —
dijo Escauro.
—Funcionario, ve a convocar a los lictores de las treinta curiae —dijo
Sexto César—. Tendrás imperium proconsular, Cneo Domicio, en cuanto se
presenten los lictores de las treinta curias. ¿Nos informarás en una sesión
especial pasado mañana? —inquirió.
—¿En las nonas? —replicó Ahenobarbo sin acabar de creérselo.
—En esta situación imprevista, Cneo Domicio, nos reuniremos en las nonas
—dijo con firmeza Sexto César—. ¡Esperemos que sea una sesión más concurrida!
¿Dónde va a parar Roma si en una situación urgente sólo se congrega un puñado
de senadores?
—Yo sé por qué, Sexto Julio —dijo Mario—. No han acudido porque no han
creído que fuese una convocatoria real y han pensado que era una crisis
provocada.
En las nonas de octubre la Cámara estaba más concurrida, aunque no del
todo. Druso había acudido, pero Filipo y Cepio brillaban por su ausencia, dando
a entender con ello a los senadores lo que pensaban de la «invasión».
—Cneo Domicio, cuéntanos qué ha sucedido —dijo Sexto César, único cónsul
presente.
—Bien, me entrevisté con Quinto Popedio Silo cerca de la puerta Collina
—contestó Ahenobarbo, pontífice máximo—. Venía a la cabeza de un ejército de
unas dos legiones; diez mil soldados como mínimo, con el número debido de
auxiliares, ocho piezas de excelente artillería y un escuadrón de caballería.
Iba a pie, igual que sus oficiales. No vi señal alguna de pertrechos, por lo
que supongo que han venido en orden de marcha ligera —añadió con un suspiro—.
¡Era un espectáculo impresionante, padres conscriptos! Soldados de gran
prestancia, en perfectas condiciones y muy disciplinados. Mientras hablaba con
Silo, permanecieron firmes al sol sin hablar ni romper filas.
—¿Puedes decirnos, pontífice máximo, si las cotas de malla y las armas
eran nuevas? —inquirió Druso, angustiado.
—Sí, Marco Livio. No cabe duda; todo era nuevo y de la mejor calidad
—respondió Ahenobarbo.
—Gracias.
—Continúa, Cneo Domicio —dijo Sexto César.
—Me detuve con los lictores a una distancia al alcance de la voz de
Quinto Popedio Silo y sus legiones. Luego, Silo y yo nos apartamos para hablar
donde no nos oyeran. «¿A qué viene esta expedición bélica, Quinto Popedio?», le
pregunté con mucha serenidad y cortesía.
»«Venimos a Roma porque hemos sido convocados por los tribunos de la
plebe», contestó Silo con igual cortesía.
»«¿Los tribunos de la plebe?», dije yo. «¿No por un tribuno de la plebe
que se llama Marco Livio Druso?»
»«Por los tribunos de la plebe», contestó él.
»«¿Por todos ellos, queréis decir?», volví a preguntar para estar
seguro.
»«Por todos ellos», me dijo.
»«¿Y por qué habrían de convocaros los tribunos de la plebe?», inquirí.
»«Para asumir la ciudadanía romana y comprobar que se les otorga a
todos los itálicos», contestó.
»Yo me aparté un poco de él y, enarcando las cejas, observé las legiones
que había a sus espaldas. «¿Por medio de las armas?», pregunté.
»«Si fuera necesario, sí», contestó.
»En consecuencia, utilicé mi imperium proconsular para hacer una
afirmación que no habría podido hacer sin él, a tenor de las recientes sesiones
de esta Cámara. Una afirmación, padres conscriptos, que consideré que requería
la situación. Le dije a Silo: «La fuerza de las armas no será necesaria, Quinto
Popedio.»
»Su respuesta fue una desdeñosa carcajada. «¡Vamos, Cneo Domicio!»,
dijo. «¿Esperáis sinceramente que me lo crea? Los itálicos hemos aguardado
durante generaciones esa ciudadanía sin empuñar las armas y, por nuestra
paciencia, hemos visto cómo se desvanecían nuestras esperanzas. Y hemos llegado
a la conclusión de que la única manera de obtener la ciudadanía es por la
fuerza.»
»Naturalmente, eso me turbó, padres conscriptos. Di una palmada y grité:
«¡Quinto Popedio, Quinto Popedio, os aseguro que el día está muy cercano! ¡Os
ruego que disperséis esa tropa, envainéis las espadas y regreséis a las tierras
de los marsos! Os doy mi solemne palabra de que el
Senado y el pueblo de Roma concederán la ciudadanía romana a todos los
itálicos.»
»El se me quedó mirando un buen rato sin decir palabra, y luego
contestó: «Muy bien, Cneo Domicio, alejaré de aquí mi ejército, pero sólo lo
suficiente para ver si no mentís. Pues en verdad os digo, pontífice máximo, que
si el Senado y el pueblo de Roma no conceden a Italia plena ciudadanía romana
durante el plazo en que el actual colegio de tribunos de la plebe esté en el
cargo, volveré a marchar sobre Roma. Y toda Italia me seguirá. Tomad buena
nota. Toda Italia se unirá para destruir a Roma.»
»Tras lo cual dio media vuelta y se alejó. Asimismo, sus tropas dieron
una media vuelta perfecta, mostrándome lo bien entrenadas que estaban, y se
marcharon. Yo regresé a Roma y me he pasado toda la noche reflexionando, padres
conscriptos. Me conocéis bien y de hace tiempo, no tengo fama de hombre
paciente ni siquiera comprensivo, pero sé muy bien la diferencia entre un
rábano y un toro. ¡Y yo os digo sin ambages, colegas senadores, que ayer vi un
toro! Un toro con paja en los cuernos y fuego en las fauces. ¡Y no fue una
promesa en vano la que le hice a Silo! Haré cuanto esté en mi mano para que el
Senado y el pueblo de Roma concedan la emancipación a toda Italia.
Se oyeron murmullos y muchos miraron a Ahenobarbo, pontífice máximo,
admirados del notable cambio de actitud en alguien famoso por ser tan
intratable e intolerante.
—Volveremos a reunirnos mañana —dijo Sexto César con aire complacido—.
Ya es hora de que hallemos solución a esto. Los dos pretores que han estado
viajando por Italia a petición de Lucio Marcio —dijo Sexto César con una grave
inclinación de cabeza hacia la silla vacía de Filipo— aún no nos han traído su
respuesta. Hay que volver a discutir la solución. Pero antes quiero ver aquí,
escuchando, a los que últimamente no se han molestado en escuchar… Mi colega
consular y el pretor Quinto Servilio Cepio en particular.
Al día siguiente estaban los dos al corriente con todo detalle del
informe de Ahenobarbo, aunque nada preocupados o interesados, según les pareció
a Druso, a Escauro, príncipe del Senado, y a otros que tanto deseaban verlos
cambiar de actitud. Cayo Mario, inopinadamente apesadumbrado, miró a los
presentes. Sila no se había perdido ninguna sesión desde que Druso había sido
elegido tribuno de la plebe, pero tampoco había colaborado; la muerte de su
hijo le había hecho rehuir la compañía de todos, hasta de su colega en el
futuro consulado, Quinto Pompeyo Rufo; escuchaba impasible y se limitaba a irse
cuando se cerraba la sesión y era como si desapareciese de la faz de la tierra.
Curiosamente, había votado mantener las leyes de Druso en las tablillas, por lo
que Mario suponía que seguía estando de parte de ellos, pero nadie había
hablado con él. Catulo César parecía incómodo aquel día, probablemente como
consecuencia de la defección de su hasta entonces partidario incondicional, Ahenobarbo,
pontífice máximo.
Se advirtió un revuelo y Mario dirigió su atención a la Cámara. Filipo
tenía los fasces el mes de octubre, por lo que aquel día ocupaba él la
presidencia y no Sexto César. Había traído otro documento, uno que, en esta
ocasión, no había confiado a su ayudante. Una vez concluidos los formalismos de
apertura de la sesión, se puso en pie para tomar la palabra.
—Marco Livio Druso —dijo con frialdad, marcando las palabras—, quiero
leer a la Cámara algo de una importancia mucho mayor que ese conato de invasión
de vuestro amigo Quinto Popedio Silo. Pero antes de leerlo, quiero que todos
los senadores te oigan decir que estás presente y que vas a escuchar.
—Estoy presente, Lucio Marcio, y escucharé —contestó Druso secamente,
marcando las palabras.
Se le veía terriblemente cansado, pensó el atento Cayo Mario; como si ya
le hubiesen abandonado las fuerzas y sólo se aguantara por el poder de la
voluntad. En las últimas semanas había perdido mucho peso, tenía las mejillas
macilentas y los ojos hundidos y marcados por profundas ojeras.
¿Por qué me siento como un esclavo en la rueda de trabajo?, se
preguntaba Mario. ¿Por qué estoy tan nervioso, tan angustiado y aprensivo?
Druso no tiene mi temple, ni mi inquebrantable convicción de tener razón; es
demasiado objetivo, demasiado razonable, demasiado inclinado hacia ambas
partes. Le matarán mentalmente, si no fisicamente. ¿Por qué no
habré visto lo peligroso que es Filipo? ¿Cómo no me había percatado de
lo astuto que es?
Filipo desenrolló el pergamino y lo sostuvo entre ambas manos con los
brazos estirados.
—No voy a hacer ningún comentario preliminar, padres conscriptos —
dijo—. Me limitaré a leerlo para que vosotros extraigáis vuestras propias
conclusiones. El texto dice así:
—«Juro por Júpiter Optimus Maximus, por Vesta, por Marte, por Sol
Indiges, por Terra y Tellus, por los dioses y héroes que fundaron y protegieron
a los pueblos de Italia en sus revueltas, que tendré por amigos y enemigos a
los amigos y enemigos de Marco Livio Druso. Juro que me afanaré por el
bienestar y prosperidad de Marco Livio Druso y de todos cuantos presten este
juramento, aun a costa de mi vida, mis hijos, mis familiares y mis propiedades.
Si con la ley de Marco Livio Druso me convierto en ciudadano de Roma, juro que
adoraré a Roma como única nación y que me consideraré vinculado como cliente a
Marco Livio Druso. Me comprometo a hacer prestar este juramento a cuantos
itálicos pueda. Juro sinceramente, en el convencimiento de que mi palabra dará
sus frutos. Y si soy perjuro, que pierda la vida, mis hijos, mis familiares y
mis propiedades. Que así sea y así lo juro.»
Nunca había reinado tal silencio en la Cámara. La vista de Filipo iba de
Escauro, boquiabierto, a Mario, con una cruel sonrisa; de Escévola, con los
labios muy apretados, a Ahenobarbo, enrojecido; de Catulo César, con gesto
horrorizado, a Sexto César, afligido; de Metelo Pío el Meneítos, francamente
consternado, a Cepio, descaradamente contento.
Luego soltó con la mano izquierda el pergamino, que se enrolló
ruidosamente y media Cámara se sobresaltó.
—Éste, padres conscriptos, es el juramento que han prestado miles y
miles de itálicos el año pasado. ¡Y por ello, padres conscriptos, es por lo que
Marco Livio Druso ha actuado tan esforzadamente, tan denodadamente, tan
entusiásticamente, para que a sus amigos itálicos se les conceda el valioso
regalo de nuestra ciudadanía romana! —dijo moviendo insistentemente la cabeza—.
¡No porque le importen un ápice sus sucios
pellejos itálicos! ¡No porque crea en la justicia, incluso una justicia
tan degenerada! ¡No porque sueñe con una carrera tan brillante que le lleve a
los libros de historia! ¡Sino, colegas de esta Cámara, porque le ha prestado
juramento de clientela casi toda Italia! ¡Si concediésemos la emancipación a
Italia, Italia sería de Marco Livio Druso! ¡Imaginaos! ¡Una clientela desde el
Arnus al Rhegium, desde el mar Toscano al Adriático! ¡Mi enhorabuena, Marco
Livio! ¡Qué premio! ¡Qué razón para tanto denuedo! ¡Una clientela mayor que
cien ejércitos!
Filipo giró sobre sus talones, bajó del estrado curul, al que dio la
vuelta con pasos mesurados para dirigirse hasta el extremo del largo banco
tribunicio de madera en que estaba sentado Druso.
—Marco Livio Druso, ¿es cierto que toda Italia ha prestado ese
juramento? —inquirió—. ¿Es cierto que a cambio de ese juramento, tú has jurado
otorgar la ciudadanía a todos los itálicos?
Con el rostro más blanco que la toga, Druso se puso tambaleante en pie,
con una mano extendida, no se sabía si implorando o refutando. Y acto seguido,
cuando sus labios balbucían algo, cayó cuan largo era sobre las losas blancas y
negras del suelo de la Cámara. Filipo retrocedió unos pasos con gesto de
repugnancia, mientras Mario y Escauro se arrodillaban rápidamente junto al
caído.
—¿Está muerto? —inquirió Escauro, haciéndose oír por encima de la voz de
Filipo, que aplazaba la sesión hasta el día siguiente.
Con el oído pegado al pecho de Druso, Mario movió la cabeza.
—Es un colapso grave, pero no está muerto —dijo, irguiéndose sobre los
talones con un suspiro de alivio.
El síncope duraba tanto, que el rostro de Druso comenzó a adquirir un
color ceniciento, al tiempo que movía brazos y piernas con espantosos espasmos,
profiriendo horrendos sonidos. —¡Es un ataque! —exclamó Escauro.
—No, no creo —dijo Mario, que tenía experiencia bélica y había visto en
el campo de batalla toda clase de ataques—. Cuando alguien pierde tanto tiempo
el conocimiento, sufre espasmos, pero sólo al final. Pronto volverá en sí.
Filipo se detuvo camino de la salida para echar un vistazo, lo
suficiente apartado para que, en caso de que Druso vomitase, no le manchase la
toga.
—¡Sacad de aquí a ese canalla! —dijo con desprecio—. Si muere, que muera
en terreno no santificado.
—Mentulam caco, cunne! —dijo Mario alzando la cabeza hacia Filipo con
voz suficientemente alta para que todos los que se hallaban cerca lo oyeran.
Filipo prosiguió su camino, algo más presuroso; si había alguien a quien
temiese, ése era Cayo Mario.
Los que se quedaron rezagados esperaron un buen rato hasta que Druso
recobró el conocimiento, y, con gran placer, Mario vio que entre ellos estaba
Lucio Cornelio Sila.
Cuando Druso volvió en si, no parecía saber dónde estaba ni lo que había
sucedido.
—He mandado traer la litera de Julia —dijo Mario a Escauro—.
Dejémosle tumbado hasta que llegue.
Se había despojado de la toga para hacer con ella una almohada para
Druso y taparle.
—¡Estoy verdaderamente turbado! —dijo Escauro, sentándose en el borde
del estrado curul, tan alto que las piernas le colgaban—. ¡De verdad que nunca
lo habría creído de este hombre!
—¡Tonterías, Marco Emilio! ¿No lo crees de un noble romano? ¡Pues a mí
me sucedería lo contrario! ¡Por Júpiter, qué manera de engañarse!
Los luminosos ojos verdes bailotearon.
—¡Por Júpiter, patán itálico, qué bien conoces nuestras debilidades! —
dijo Escauro encogiéndose de hombros.
—Conviene que alguien las conozca, amable saco de huesos —replicó Mario
afable, sentándose al lado del príncipe del Senado y mirando a los tres que
quedaban, Escévola, Antonio Orator y Lucio Cornelio Sila—. Bien, caballeros
—añadió balanceando las piernas—, ¿qué hacemos ahora?
—Nada —dijo lacónico Escévola.
—¡Oh, Quinto Mucio, perdona a nuestro inanimado tribuno de la plebe su
romana debilidad, haz el favor! —exclamó Mario, que ya reía con tantas
ganas como Escauro.
—¡Será una debilidad romana, Cayo Mario, pero yo no la tengo! — espetó
Escévola ofendido.
—No, probablemente no… por eso nunca tendrás su categoría, amigo mio
—replicó Mario señalando con un pie al tendido Druso.
—¡Cayo Mario, eres realmente insoportable! —añadió Escévola torciendo el
gesto—. En cuanto a ti, príncipe del Senado, ¡deja ya de tomártelo a guasa!
—Ninguno hemos contestado a la pregunta que ha hecho Mario — terció
pacíficamente Antonio Orator—. ¿Qué hacemos ahora?
—No depende de nosotros —dijo Sila, interviniendo por primera vez—.
Depende de él, naturalmente.
—¡Muy bien dicho, Lucio Cornelio! —exclamó Mario, poniéndose en pie al
ver el conocido rostro del jefe de los porteadores de la litera de su esposa
asomar tímidamente por la gran puerta de bronce—. Vamos, susceptibles amigos,
llevemos a casa al pobre Druso.
El pobre Druso estuvo aún delirando por el camino hasta que se hizo
cargo de él su madre, que, con gran perspicacia, se abstuvo de llamar a un
médico.
—No harán más que sangrarle y purgarle, que es lo que menos falta le
hace —dijo, inflexible—. Lo que sucede es que últimamente no ha comido mucho.
Cuando se le pase, le daré vino caliente con miel y se recuperará. Y más si
echa un buen sueño.
Cornelia Escipionis metió a su hijo en cama y le hizo beber una buena
copa de vino caliente con miel.
—¡Filipo! —gritó él, intentando incorporarse.
—No te preocupes de esa alimaña hasta que te encuentres con más fuerzas.
Druso dio unos cuantos sorbos y logró incorporarse, pasándose los dedos
por el negro pelo corto.
—¡Oh, madre, qué cosa tan horrible! ¡Filipo ha descubierto lo del
juramento!
Como Escauro la había puesto al corriente de la situación, Cornelia no
tenía necesidad de más explicaciones y asintió con la cabeza.
—No pensarías que Filipo o cualquier otro no irían a averiguarlo…
—¡Hacía tanto tiempo, que me había olvidado del maldito juramento! —Marco
Livio, eso no tiene importancia —dijo ella, arrimando la silla
al lecho y cogiéndole la mano—. Lo que haces es mucho más importante que
el motivo por que lo hagas, ¡así de claro! El motivo por el que se hace algo es
simple bálsamo para el hecho en sí, el porqué de lo que se haga no afecta a los
resultados. Lo que importa es lo que se hace, y estoy segura que un amor propio
sano es lo mejor para hacerlo bien. ¡Así que, anímate, hijo! Está aquí tu
hermano y está muy preocupado por ti. ¡Anímate!
—Me guardarán rencor por esto.
—Algunos sí, cierto. Casi todos por envidia, pero otros estarán
reconcomidos de admiración —dijo la madre—. Desde luego, a los amigos que te
han traído a casa no parece haberles disgustado.
—¿Quiénes han sido? —inquirió él muy interesado.
—Marco Emilio, Marco Antonio, Quinto Mucio y Cayo Mario — contestó
ella—. ¡Ah, y ese hombre tan fascinante, Lucio Cornelio Sila! Ah, si no fuera
por mi edad…
Ahora que la conocía, aquellos comentarios los escuchaba sin
escandalizarse, por eso le hizo gracia y sonrió.
—¡Qué raro que te guste! Te digo una cosa, a él le interesan mis ideas.
—Eso tengo entendido. Su único hijo murió a primeros de año,
¿verdad?
—Sí.
—Se le nota —dijo Cornelia Escipionis levantándose—. Bien, Marco Livio,
voy a hacer pasar a tu hermano, y tienes que decidirte a comer. No hay nada que
los buenos alimentos no curen. Haré que te preparen un plato gustoso y
nutritivo y Mamerco y yo nos sentaremos delante de ti hasta que te lo comas.
Ya había anochecido cuando le dejaron a solas con sus pensamientos. Se
sentía mucho mejor, cierto, pero aquel tremendo cansancio no se le pasaba y no
parecía tener muchas ganas de dormir aun después de haber comido y bebido vino
caliente. ¿Cuánto hacía que no dormía profundamente? Meses.
Filipo se había enterado. Era inevitable que alguien se enterase, y que
quien lo supiese fuese a comentárselo a él o a Filipo. O a Cepio. ¡Era curioso
que Filipo no se lo hubiese dicho a su querido amigo Cepio! De ser así Cepio se
habría anticipado y lo habría explotado en provecho propio para que Filipo no
se llevara los laureles. Aquella noche no todo sería paz y concordia en casa de
Filipo, pensó Druso, sonriendo sin poderlo evitar.
Asumido conscientemente el hecho del descubrimiento, Druso se quedó
tranquilo. Su madre tenía razón. La divulgación del juramento no tenía por qué
afectar a lo que estaba haciendo; no afectaba más que a su amor propio. Si la
gente optaba por pensar que lo hacía únicamente por atraerse tan inmensa
clientela, ¿qué más daba? ¿Por qué tenía que esforzarse en hacerles creer que
sus motivos eran totalmente altruistas? No sería romano renunciar a las
ventajas personales, ¡y él era romano! Ahora veía claramente que en cualquier
otro caso el conceder la ciudadanía a cien mil hombres habría suscitado gritos
entre los senadores, los dirigentes de la plebe y seguramente entre la mayoría
de las clases más bajas de Roma. Que nadie hubiese intuido las implicaciones
hasta que Filipo hubo leído el juramento, era indicio de lo emocional e
irracional que era la circunstancia, que había provocado una reacción tan
visceral que obnubilaba los aspectos prácticos. ¿Cómo había podido pensar que
la gente intuyese la lógica de lo que él pretendía, cuando su apreciación era
tan emocional que ni siquiera habían pensado en la clientela? Si no veían lo de
la clientela, era imposible que entendieran la lógica.
Se le cerraron los párpados y acabó por dormirse profunda y
satisfactoriamente.
Cuando acudió a la Curia Hostilia al amanecer, Druso volvía a ser el
mismo y estaba dispuesto a enfrentarse a los partidarios de Filipo y Cepio.
En su silla, Filipo, haciendo caso omiso de otros asuntos, incluida la
aproximación de los marsos, abordó de inmediato los del juramento
prestado por los itálicos.
—¿Es correcto el texto de lo que leía ayer, Marco Livio? —inquirió. —Que
yo sepa, Lucio Marcio, sí, pero nunca oí prestarlo ni lo había
visto escrito.
—Pero te constaba.
Druso parpadeó y adoptó un aire de sorpresa.
—¡Naturalmente que me constaba, segundo cónsul! ¿Cómo va uno a ignorar
algo tan ventajoso para su persona a la par que para Roma? Si hubieses sido tú
el promotor de la emancipación general de Italia, ¿no te habría constado?
Era un ataque vengativo. Filipo, cogido por sorpresa, hizo una pausa
antes de contestar.
—¡Nunca me sorprenderás recomendando nada para los itálicos que no sea
unos buenos latigazos! —respondió con desdén.
—¡Pues peor para ti! —gritó Druso—. ¡Ya que hay que hacerlo, Vale la
pena hacerlo a todos los niveles, padres conscriptos! ¡Rectificar una
injusticia que persiste a lo largo de numerosas generaciones, haciendo que el
país adquiera una hegemonía auténtica y deseable, abatir algunas de las
barreras más Pavo rosas entre hombres de clases distintas, erradicar la amenaza
inminente de guerra, ¡y digo inminente!, y contar con todos esos nuevos
ciudadanos romanos vinculados por un juramento a Roma y a un romano! ¡Esto
último es vitalmente importante, porque significa que cada uno de esos nuevos
ciudadanos hallará una orientación genuinamente romana, significa que sabrán
cómo votar y por quién votar, significa que serán encauzados para elegir a
auténticos romanos en lugar de hombres de sus pueblos itálicos!
Era una argumentación a tener en cuenta; Druso lo notaba en los rostros
de quienes le escuchaban con interés. Y todos escuchaban con interés. Conocía
perfectamente el principal temor de sus colegas senadores: que una cifra
abrumadora de nuevos ciudadanos romanos sumada a las treinta y cinco tribus
mermara considerablemente el contenido romano de las elecciones, se traduciría
en una pugna entre los itálicos en las elecciones a cónsul, a pretor, a edil, a
tribuno de la plebe, a cuestor, significaría un
importante acceso de itálicos al Senado, decididos a arrebatarles el
control de la Cámara y ponerlo en manos de Italia. Eso sin tener en cuenta
otras elecciones. Pero si esos nuevos romanos estaban vinculados por un
juramento —y era un terrible juramento—, tanto a Roma como a un romano genuino
el honor los obligaba a votar tal como se les indicara, como todo grupo de
clientes.
—Los itálicos son hombres de honor, igual que nosotros —dijo Druso
—. ¡Lo han demostrado por el simple hecho de haber prestado ese
juramento! ¡A cambio del regalo de la ciudadanía, se avendrán a los deseos de
los auténticos romanos! ¡De los genuinos romanos!
—¿Quieres decir que se avendrán a nuestros deseos? —inquirió Cepio
cáustico—. ¡Y el resto de los romanos genuinos nos habremos asignado un
dictador oficioso!
—¡Tonterías, Quinto Servilio! ¿Cuándo en mi conducta como tribuno de la
plebe he mostrado algo que no sea conformidad a la voluntad del Senado? ¿Cuándo
me he mostrado más preocupado por mi propio bien que por el bien del Senado?
¿Cuándo me he mostrado indiferente a las necesidades de todas las clases del
pueblo de Roma? ¿Qué mejor patrón pueden tener los itálicos que yo, el hijo de
mi padre, un auténtico romano, un hombre profunda y esencialmente conservador?
Druso se volvió de un lado de la Cámara hacia el otro con los brazos
abiertos.
—¿A quién preferís como patrón de tantos nuevos ciudadanos, padres
conscriptos? ¿A Marco Livio Druso o a Lucio Marcio Filipo? ¿A Marco Livio Druso
o a Quinto Servilio Cepio? ¿A Marco Livio Druso o a Quinto Vario Severo Hybrida
Sucronensis? ¡Más vale que os decidáis, miembros del Senado de Roma… porque los
itálicos han de emanciparse! ¡Lo he jurado y lo haré! Habéis borrado mis leyes
de las tablillas, habéis despojado a mi tribunado de la plebe de su propósito y
sus logros. ¡Pero aún no ha concluido mi año de cargo, y me he granjeado
honorablemente vuestro respeto por cómo os he tratado, colegas senadores!
Pasado mañana plantearé mi propuesta de emancipación general de Italia a la
Asamblea de la plebe, y se tratará el asunto contio tras contio, con la más religiosa
corrección, con la debida atención a la ley y del modo más pacífico y
ordenado. Pues, aparte de otros juramentos, os juro a todos vosotros que no
concluirá mi tribunado de la plebe sin que la lex Livia quede inscrita en las
tablillas… ¡Una ley que estipule que todos los hombres desde el Arnus al
Rhegium, desde el Rubico al Vereium, desde el Toscano al Adriático sean plenos
ciudadanos romanos! ¡Si los hombres de Italia me han prestado un juramento, yo
les presto otro a ellos: que mientras esté en el cargo los veré emancipados! ¡Y
creedme que lo haré, lo haré!
Era evidente que se los había ganado; todos lo notaban.
—Lo más asombroso de todo —comentó Antonio Orator— es que ahora les ha
hecho pensar que la ciudadanía general es inevitable. Están acostumbrados a ver
a los hombres ceder y Druso les ha hecho ceder a ellos, príncipe del Senado, te
lo garantizo.
—Estoy de acuerdo —dijo Escauro, que parecía como iluminado—. ¿Sabes,
Marco Antonio, que yo pensaba que nada del gobierno romano podía sorprenderme y
que todo tenía un precedente, generalmente mejor? Pero este Marco Livio es
único. Nunca se había visto nada igual en Roma. Y sospecho que no se volverá a
ver.
Druso cumplió su palabra. Llevó al concilium plebis su propuesta de
emancipación de toda Italia, marcado por un halo de indomabilidad que todos
admiraron. Su fama había crecido y se había divulgado, y se hablaba de él en
todos los estratos sociales. Por su firme conservadurismo, por su férrea
determinación a hacer las cosas legalmente y como era debido, se había
convertido en una especie de héroe. Toda Roma era esencialmente conservadora,
incluido el censo por cabezas, capaz de seguir a un Saturnino pero incapaces de
matar a sus mejores ciudadanos por un Saturnino. El mos maiorum —las
tradiciones y costumbres heredadas de siglos— contaba siempre, incluso para el
censo por cabezas. Y por fin había un hombre para quien el mos maiorum
importaba tanto como la justicia. Marco Livio Druso comenzó a adquirir fama de
semidiós, lo que a su vez hacía que la gente creyese que todas sus aspiraciones
eran acertadas.
Desesperados, Filipo, Cepio, Catulo César y sus seguidores, con Metelo
Pío el Meneítos indeciso en su órbita, vieron cómo Druso llevó a efecto las
contiones durante la segunda mitad de octubre hasta primeros de noviembre. Al
principio, las reuniones solían ser tormentosas, circunstancia que Druso sabía
tratar magníficamente, concediendo la palabra a todos e incluso consintiendo
que hablasen en coro, pero sin jamás sucumbir a la tiranía ni a la seducción de
la multitud. Cuando una reunión subía demasiado de tono, la suspendía. Al
principio, Cepio intentó desbaratar las asambleas por medio de la violencia,
pero aquella manida técnica de las elecciones de nada sirvió con Druso, que
parecía tener un instinto innato de cuándo iba a producirse el tumulto y suspendía
una vez tras otra la asamblea antes de que sucediera.
Seis contiones, siete, ocho… Y todas cada vez más tranquilas y con una
audiencia cada vez más conforme con la inevitabilidad de aquella ley.
Incansablemente, Druso refutaba a sus adversarios con impecable gracia y
dignidad, admirable buen humor y constante lógica. Ante aquellos razonamientos,
sus enemigos parecían burdos, zafios, lerdos.
—Es la única manera —comentó a Escauro, príncipe del Senado, tras la
octava contio, estando en la escalinata de la Cámara, desde donde Escauro había
observado el desarrollo—. Lo que les falta a los políticos romanos nobles es
paciencia. Afortunadamente es una cualidad que poseo en abundancia. Hago caso a
todos los que acuden a escuchar, y eso les agrada. ¡Les agrado! He sido
paciente con ellos y se han acostumbrado a creerme.
—Eres el primero que les gusta verdaderamente desde los tiempos de Cayo
Mario —dijo Escauro, añorante.
—Y con motivo —replicó Druso—. Cayo Mario es otro en quien saben que
pueden confiar. Les atrae por su loable sinceridad, su fuerza, su actitud de
ser uno más igual que ellos en lugar de un noble romano. Yo no poseo esas
ventajas naturales y no puedo dejar de ser lo que soy, un noble romano. Pero la
paciencia ha ganado la partida, Marco Emilio. Han aprendido a confiar en mí.
—¿Crees realmente que ha llegado el momento de proceder a la votación?
—Si.
—¿Reúno a los demás? Podemos cenar en mí casa.
—Hoy más que nunca creo que debemos cenar en la mía —replicó Druso—.
Mañana se juega mi destino, en un sentido o en otro.
Escauro se apresuró a ir en busca de Mario, Escévola y Antonio Orator.
Al ver a Sila, le saludó también.
—Te invito de parte de Marco Livio a cenar en su casa, Lucio Cornelio.
¡Ven con nosotros! —añadió impulsivo al ver un aire de reserva en su rostro
—. ¡Allí no habrá nadie que nos incordie!
—De acuerdo, Marco Emilio, iré —contestó Sila, cambiando de actitud
y hasta sonriendo.
A principios de septiembre, los seis habrían tenido que caminar solos,
pues, aunque Druso tenía muchos clientes, no era costumbre que éstos siguieran
a su patrón a casa al concluir los asuntos del Foro. Era al amanecer cuando se
reunían en casa del patrón. Sin embargo, aquel día de la octava contio, los
partidarios de Druso en la zona de asambleas habían aumentado tanto, que él y
sus cinco amigos nobles eran el núcleo de un animado grupo de unas doscientas
personas; no había entre ellos hombres importantes ni ricos. Habían acudido
gentes de la tercera y cuarta clases, y hasta del censo por cabezas, para
admirar y tener el honor de conocer a aquel hombre resuelto, indomable e
íntegro. Desde la segunda se habían ido congregando en número creciente para
escoltarle hasta su casa, y aquel día lo hacían aún más animados por ser la
víspera de las votaciones.
—Así que mañana se decide —comentó Sila a Druso por el camino. —Si,
Lucio Cornelio. Han aprendido a conocerme y a confiar en mi
desde los caballeros con poder en la Asamblea plebeya hasta estas
modestas personas que ahora nos rodean. Yo no veo motivo para retrasar más el
voto. Estamos como en el fiel de la balanza: si he de triunfar, lo haré mañana.
—No cabe duda de que triunfarás, Marco Livio —terció Mario, satisfecho—.
Yo seré el primero en votar a favor de tu ley.
El itinerario fue un corto paseo desde el bajo Foro hasta la escalinata
de las Vestales, para girar a la derecha por el Clivus Victoriae hasta la casa
de Druso.
—¡Pasad, pasad, amigos! —dijo Druso animando a la multitud—. Excusadme,
id pasando al atrium. Lleva a los demás a mi despacho y aguardad allí —añadió
en voz baja para Escauro—. No tardaré, pero es de cortesía dirigirme a ellos
antes de despedirme.
Mientras Escauro y los otros cuatro nobles se encaminaban al despacho,
Druso encabezó a su desordenada concurrencia hacia el jardín peristilo en
dirección a la gran puerta doble del muro trasero, junto al extremo de la
columnata. Atrás quedaba el atrium, una preciosa habitación policroma, aunque
ya oscura pues se había puesto el sol. Estuvo un rato entre sus admiradores,
bromeando y charlando, exhortándolos a votar debidamente al día siguiente, y
ellos comenzaron a marcharse en grupos hasta que sólo quedaron unos cuantos.
Caía el crepúsculo y en aquel momento en que aún no se habían encendido las
lámparas, las sombras de los recesos detrás de los pilares y los nichos eran
negras e impenetrables.
¡Qué bien! Ya se iban los pocos que quedaban. Uno de ellos le rozó
bruscamente en la penumbra y Druso notó que se rasgaba el sinus de su toga y
sentía un dolor punzante en la ingle; contuvo como pudo el grito que estuvo a
punto de proferir, porque, aunque eran admiradores suyos, al fin y al cabo
aquellos hombres eran desconocidos. Se apresuraban a salir, comentando lo
rápido que había desaparecido la luz y deseosos de llegar a sus casas antes de
que la noche convirtiese las calles de la ciudad en gargantas plagadas de
peligros.
Medio obnubilado de dolor, Druso se apoyó en el umbral de la puerta que
daba al jardín, con el brazo izquierdo alzado y entorpecido por los numerosos
pliegues de la toga, mirando al portero, que en el otro extremo del peristilo
hacía salir a los últimos; luego se volvió para dirigirse al despacho en el que
aguardaban sus amigos. Pero en cuanto trató de dar un paso, aquel inexplicable
y agudo dolor fue como un estallido. No pudo ahogar un grito que brotó de su
interior como una cruel arpía. Algo caliente y viscoso le resbalaba por la
pierna derecha. ¡Qué horror!
Cuando Escauro y los demás salieron en tropel del despacho, a Druso
comenzaban a fallarle las piernas y se agarraba crispado la cadera derecha con
una mano; la apartó, mirándola atónito, pues estaba llena de sangre. De
su sangre. Cayó de rodillas y se derrumbó en el suelo como un muñeco y
allí quedó tumbado con los ojos abiertos y la respiración entrecortada por el
dolor.
Fue Mario y no Escauro quien se hizo cargo de la situación. Apartó de la
cadera derecha los pliegues de la toga y apareció el mango de un puñal, clavado
en la parte superior de la ingle. Misterio aclarado.
—Lucio Cornelio, Quinto Mucio, Marco Antonio, id a buscar cada uno un
médico —dijo Mario resueltamente—. ¡Príncipe del Senado, que enciendan
inmediatamente las lámparas! ¡Todas!
Druso volvió a gritar de improviso; fue una queja desgarradora y
horrible que ascendió hasta el techo tachonado de estrellas del atríum y lo
recorrió de viga en viga como un torpe murciélago. En aquel momento el atrium
se llenó de esclavos corriendo y gritando, mientras Cratipo, el mayordomo,
ayudaba a Escauro a encender las lámparas y Cornelia Escipionis irrumpía
seguida de los seis niños, para arrodillarse junto a su hijo en aquel suelo ya
encharcado de sangre.
—Un asesino —dijo Mario, lacónico.
—Tengo que avisar a su hermano —dijo la madre, poniéndose en pie, con la
orla de la túnica teñida de sangre.
Nadie se fijaba en los niños, que se apretujaron a espaldas de Mario,
mirando boquiabiertos la escena, el charco de sangre cada vez más grande, el
rostro contorsionado de su tío y aquel objeto romo que le sobresalía del bajo
vientre. Chillaba constantemente, a causa del dolor producido por la hemorragia
interna que comprimía los principales nervios de la pierna, y a cada grito de
agonía los niños se sobresaltaban, gimiendo acobardados, hasta que el pequeño
Cepio pudo sobreponerse y abrazó a su hermanito Catón contra su pecho para que
no viese aquella escena de agonía.
Sólo al regresar Cornelia Escipionis se percataron de la presencia de
los niños, a quienes se obligó a salir, acompañados por la nodriza, llorando
temblorosa; la madre volvió a arrodillarse, impotente, junto a su hijo
moribundo.
En aquel momento apareció Sila, casi arrastrando a Apolodoro Siculo, a
quien obligó de un empujón a que atendiese al herido.
—Este mentula sin corazón no quería interrumpir su cena —dijo. —Hay que
llevarle al lecho para que pueda examinarle —dictaminó el
fisico griego al recobrar el resuello.
Mario, Sila, Cratipo y otros dos criados levantaron al encogido Druso
del suelo y, dejando un gran reguero de sangre de la empapada toga, le
condujeron a la gran cama en que él y Servilia Cepionis habían tratado
inútilmente durante años de engendrar un hijo. La habitación era pequeña pero
estaba clara como el día a causa de las muchas lámparas que habían traído.
Llegaban más médicos; Mario y Sila los dejaron a solas con Druso y se
unieron a los demás en el atrium, desde donde se oía gritar a Druso sin cesar.
Cuando entró Mamerco corriendo, Mario señaló hacia el dormitorio y se quedó
quieto.
—No podemos irnos —dijo Escauro, de pronto, enormemente avejentado.
—No, no podemos —añadió Mario, sintiéndose muy viejo.
—Pues volvamos al despacho; así estorbaremos menos —dijo Sila,
tembloroso por efecto de la inquietud y del esfuerzo de haber arrastrado al
reticente galeno desde su casa.
—¡Por Júpiter, no acabo de creérmelo! —exclamó Antonio Orator.
—¿Habrá sido Cepio? —inquirió Escévola, tembloroso.
—Yo me inclinaría por Vario, ese canalla hispano —dijo Sila enseñando
los dientes.
Se acomodaron en el despacho, evidenciándose su impotencia como hombres
acostumbrados a dirigir, resonando aún en sus oídos los tremendos gritos del
dormitorio. Pero no llevarían mucho rato allí, cuando vieron que Cornelia
Escipionis hacia honor a los de su clan, pues a pesar del drama había dispuesto
que un esclavo les sirviera vino y comida.
Cuando finalmente los médicos lograron extraer el puñal, vieron que era
el arma ideal para el propósito que se perseguía, pues se trataba de una
cuchilla de zapatero de hoja ancha y curvada.
—Se lo han retorcido completamente dentro de la herida —dijo Apolodoro
Siculo a Mamerco, por encima de los impresionantes gemidos
de Druso.
—¿Entonces? —inquirió Mamerco, sudoroso por el calor de las llamas de
tantas lámparas e incapaz de apreciar las consecuencias de aquella herida.
—Todo está deshecho sin posibilidad de arreglo, Mamerco Emilio:
vasos sanguíneos, nervios, vejiga y creo que hasta el intestino.
—¿Y no se le puede administrar algo para aliviar el dolor?
—Ya le he dado jarabe de amapolas, pero le haré beber más; aunque,
desgraciadamente, no creo que sirva de mucho.
—¿Qué podríamos darle? —inquirió Mamerco.
—Nada.
—¿Queréis decir que mi hijo va a morir? —inquirió incrédula Cornelia
Escipionis.
—Sí, domina —dijo el fisico con gesto digno—. Marco Livio sufre una
hemorragia interna y externa que nosotros no podemos contener. Morirá sin
remisión.
—¿Con esos dolores? ¿No pueden hacer algo? —preguntó la madre. —En
nuestra farmacopea la droga más eficaz es el jarabe de amapolas
de Anatolia, domina. Si eso no los alivia, nada puede hacerse.
Toda la larga noche la pasó Druso en un continuo alarido. El eco de su
agonía llegaba a todos los rincones de la magnífica mansión y a los oídos de
los seis niños, apelotonados en el cuarto de juegos; el pequeño Catón seguía
con la cabeza hundida entre los brazos de su hermano y todos lloraban y gemían,
recordando la escena de tío Marco ensangrentado en tierra, una obsesión que
mortificaba dramáticamente sus mentes infantiles.
—¡Estoy contigo y no te pasará nada! —exclamaba el pequeño Cepio,
acunando con firmeza a su hermanito.
En el Clivus Victoriae la gente seguía congregándose hasta cubrir una
zona de trescientos pasos en ambas direcciones; también allí se oían los
lamentos de Druso, secundados por sollozos y gemidos no tan fuertes pero
también dolorosos.
Dentro de la casa se había reunido el Senado en el atrium, aunque Cepio
y Filipo habían adoptado la prudente decisión de no acudir. Y como advirtió
Lucio Cornelio Sila, que asomó la cabeza por la puerta del despacho,
tampoco estaba allí Quinto Vario. En aquel momento reparó en una sombra junto a
la puerta que daba a la columnata y se dirigió cautelosamente hacia ella. Era
una niña de unos trece o catorce años, morena y graciosa.
—¿Qué quieres? —la preguntó, situándose de pronto ante ella, iluminado
por una lámpara a sus espaldas.
Ella contuvo un grito al ver aquella cabellera rojo-dorada; por un
instante creyó ver al difunto Catón Saloniano. Sus ojos irradiaron odio y luego
se apagaron.
—¿Y quién eres tú para preguntármelo? —replicó con gran altivez.
—Lucio Cornelio Sila. ¿Y tú?
—Servilia.
—Vuélvete a la cama, jovencita. Aquí no tienes por qué estar.
—Busco a mi padre.
—¿Quinto Servilio Cepio?
—¡Sí, sí, mi padre!
Sila se echó a reír sin consideración alguna por ella.
—¿Cómo iba a estar aquí, tonta, si media Roma sospecha que es el
inductor del asesinato de Marco Livio?
A Servilia se le iluminaron los ojos de alegría. —¿De verdad, de verdad
que va a morirse? —Sí.
—¡Qué bien! —exclamó con franca ferocidad, abriendo una puerta y
desapareciendo.
Sila se encogió de hombros y regresó al despacho.
Poco después del amanecer entró Cratipo.
—Marco Emilio, Cayo Mario, Marco Antonio, Lucio Cornelio, Quinto Mucio,
el amo os requiere.
Los gritos se reducían ya a unos esporádicos y atragantados gemidos; los
que se hallaban en el despacho sabían lo que esto significaba y se apresuraron
a seguir al mayordomo, cruzando por entre el grupo de senadores que aguardaban
en el atrium.
Druso yacía moribundo, con la piel tan blanca como las sábanas y el
rostro semejando una simple máscara en la que algún espíritu diabólico hubiera
insertado un par de hermosos ojos oscuros, fulgurantes y vitales. A un lado del
lecho estaba de pie Cornelia Escipionis, hierática e impávida, y al otro,
Mamerco Emilio Lépido Liviano, hierático e impávido. Los médicos se habían ido.
—Amigos, debo dejaros —dijo Druso.
—Lo sabemos —dijo Escauro, afable.
—Mi obra quedará inconclusa.
—Cierto —comentó Mario.
—Para impedírmelo han tenido que hacer esto —añadió con un ahogado
gemido de dolor.
—¿Quién ha sido? —inquirió Sila.
—Cualquiera de un grupo de siete hombres que no conocía. Gente
corriente; de la tercera clase, diría yo. No del censo por cabezas.
—¿Habías recibido amenazas? —preguntó Escévola.
—Ninguna —contestó con un nuevo quejido.
—Encontraremos al asesino —dijo Antonio Orator.
—O a quien le pagó —añadió Sila.
Continuaron al pie del lecho en silencio para no agotar más el poco de
vida que le restaba a Druso. Pero cuando estaba a punto de expirar, con la
respiración muy debilitada y casi sin sentir el dolor, consiguió incorporarse y
los miró con ojos obnubilados.
—Ecquandone? —preguntó con voz firme y recia—. Ecquandone similem ma
civem habebit res publica? ¿Quién podrá socorrer a la república como yo?
Aquellos espléndidos ojos se velaron completamente, tornándose oro mate,
y Druso exhaló su último suspiro.
—Nadie, Marco Livio Druso —contestó Sila—. Nadie.
V
Quinto Popedio Silo recibió la noticia de la muerte de Druso por una
carta
de Cornelia Escipionis que le llegó a Marruvium apenas dos días después
de la tragedia, una prueba mas de la extraordinaria fortaleza y presencia de
ánimo de la madre del difunto. Había prometido a su hijo decírselo a Silo antes
de que la nueva le llegase tergiversada y así lo hizo.
Silo lloró, aunque sin que aquella muerte le resultara una sorpresa.
Después se sintió más liviano y más resuelto. Se había acabado el tiempo de
esperar y reflexionar. Con la muerte de Marco Livio Druso se esfumaba toda
esperanza de obtener pacíficamente la emancipación de Italia.
Cursó cartas a Cayo Papio Mutilo de los samnitas, a Heno Asinio de los
marrucini, a Publio Presenteio de los pelignos, a Cayo Vidacilio de los
picentinos, a Cayo Pontidio de los frentanos, a Tito Lafrenio de los vestinos y
al que estuviera al frente de los hirpinos, un pueblo famoso por cambiar muy a
menudo de pretor. Pero ¿dónde reunirse? Todos los pueblos itálicos sabían que
había dos pretores romanos en un viaje por la península para hacer indagaciones
sobre «la cuestión itálica» y que husmeaban en todas las localidades con
categoría de colonia romana o latina. En una zona central respecto a la
mayoría, a trasmano de Roma y al mismo tiempo en una buena carretera, una
carretera romana, por supuesto. Silo obtuvo la respuesta casi de inmediato:
rocoso e inexpugnable, fortificado con gruesas murallas, en el corazón de los
Apeninos y con abastecimiento de agua, estaba Corfinium, en la Via Valeria,
junto al río Atemus; una ciudad de los pelignos próxima a las tierras de los
marrucini.
Allí en Corfinium se reunieron a los pocos días de la muerte de Druso
los dirigentes de ocho pueblos itálicos y muchos de sus seguidores: los marsos,
los samnitas, los marrucini, los vestinos, los pelignos, los frentanos, los
picentinos y los hirpinos. Todos ellos exaltados y decididos.
—Vamos a la guerra —fueron casi las primeras palabras que pronunció
Mutilo en el consejo—. ¡Hay que ir a la guerra, compatriotas itálicos! ¡Roma se
niega a otorgarnos la dignidad y la categoría a que nos hemos hecho merecedores
con nuestra conducta. Nosotros nos forjaremos un país independiente que nada
tenga que ver con Roma y los romanos,
eliminaremos las colonias romanas y latinas construidas en nuestras
tierras y nos labraremos un destino propio con nuestros hombres y nuestras
riquezas!
Una salva de vítores y batir de pies acogió la belicosa declaración,
reacción que exaltó a Mutilo, y que a Silo le infundió ánimos. Si al primero le
reconcomía el odio a Roma, el segundo había perdido la fe en ella.
—¡Se acabaron los impuestos a pagar a Roma! ¡Se acabaron los soldados
para Roma! ¡Se acabaron las espaldas de itálicos azotadas por látigos romanos!
¡Se acabaron las deudas con Roma! ¡Se acabaron las inclinaciones de cabeza, los
saludos y las humillaciones ante Roma! — gritaba Mutilo—. ¡Seremos una potencia
nosotros mismos! ¡Sustituiremos a Roma! ¡Porque Roma, compatriotas itálicos,
será reducida a cenizas!
La reunión se celebró en la plaza del mercado de Corfinium, ya que no
existía allí un local o un foro lo bastante grande para los dos mil
congregados. Así, los vítores que acogieron la segunda parte del discurso de
Mutilo se elevaron en el aire, difundiéndose en una ola sonora dentro de las
murallas que asustó a los pájaros y atemorizó a la población.
Ya está hecho, pensó Silo, escuchándolo. Se ha adoptado la decisión.
Pero aún quedaban muchas decisiones por adoptar. En primer lugar, un
nombre para el nuevo país.
—¡Italia! —gritó Mutilo.
Y un nombre para la nueva capital de Italia, es decir Corfinium.
—¡Itálica! —gritó Mutilo.
Y hacía falta un gobierno.
—Un consejo de quinientos, formado equitativamente por todos los pueblos
que componen Italia —dijo Silo, con la conformidad de Mutilo. Mutilo era el
corazón de Italia y Silo el cerebro de Italia—. Todas nuestras reglas civiles,
incluida la constitución, las dictará y aplicará este concilíum Italiae, que
residirá permanentemente en la nueva capital Itálica. Pero como todos sabéis
bien, hemos de emprender una guerra contra Roma para que esta Italia cobre
existencia. Por consiguiente, hasta que no se concluya victoriosamente la
guerra contra Roma (¡como así será!) Italia dispondrá de un consejo provisional
o de guerra formado por doce pretores y dos
cónsules. Sé que son denominaciones romanas, pero servirán por su
simplicidad más que nada. Actuando constantemente con el conocimiento y
aprobación del concilium Italiae, este consejo de guerra dirigirá la guerra
contra Roma.
—¡En Roma no se lo creerán! —exclamó Tito Lafrenio de los vestinos
—. ¿Eso es todo cuanto tenemos que ofrecer, dos nombres? ¡Un nombre para
un país inexistente y un nuevo nombre para una ciudad vieja!
—Ya se lo creerán —dijo pausadamente Silo— cuando comencemos a acuñar
moneda y a convocar arquitectos que tracen el núcleo de una ciudad magnífica.
En la primera emisión figurarán los ocho pueblos fundadores representados por
ocho hombres con la espada desenvainada a punto de sacrificar un cerdo, Roma, y
en la otra cara la efigie de una nueva diosa: ¡la propia Italia! Como mascota,
elegiremos el toro samnita y como dios patrón el Liber Pater, padre de la
libertad, y conduciremos a una pantera atada con una cuerda como símbolo del
modo como domesticaremos a Roma. Y antes de que transcurra un año, nuestra
nueva capital Itálica tendrá un Foro tan grande como el de Roma, una sede del
consejo con capacidad para quinientos representantes, un templo de Italia mejor
que el templo de Ceres de Roma y un templo de Júpiter Italiae mejor que el de
Júpiter Optimus Maximus, romano. ¡Pronto verá Roma que nada le debemos!
Volvieron a estallar los vítores, mientras Silo aguardaba sonriente en
la tribuna a que se hiciera el silencio.
—¡Roma nos encontrará unidos! —prosiguió—. Juro esto ante todos los
presentes y ante todos los habitantes de una Italia libre. ¡Agruparemos los
recursos en hombres y dinero, en pertrechos y vituallas! ¡Y los que hagan la
guerra contra Roma en nombre de Italia trabajarán más unidos que jamás lo
hiciera comandante alguno en ninguna guerra! ¡En toda Italia esperan nuestros
soldados la llamada a las armas! ¡Tenemos cien mil hombres preparados para
entrar en batalla en pocos días, y habrá más, muchos más! —Hizo una pausa y
lanzó una carcajada—. ¡En un plazo de dos años, compatriotas italianos, os
garantizo que serán los romanos los que suplicarán ser emancipados como
ciudadanos de Italia!
Como la causa era justa y un anhelo común, a la par que una necesidad,
no hubo prácticamente rencillas por el poder; el consejo de quinientos hombres
asumió sus funciones cívicas aquel mismo día, al tiempo que se reunía el
consejo provisional.
Los magistrados de este consejo provisional se habían elegido por el
sistema griego a mano alzada, e incluían dos pretores de los pueblos que aún
tenían que incorporarse a la unidad itálica, los lucanos y los venusinos, tan
seguros estaban los electores de su incorporación.
Los dos cónsules fueron Cayo Papio Mutilo, de los samnitas, y Quinto
Popedio Silo, de los marsos. Entre los pretores se contaban Heno Asinio, de los
marrucini, Publio Vetio Escato, de los marsos, Publio Presenteio, de los
pelignos, Cayo Vidacilio, de los picentinos, Mario Egnacio, de los samnitas,
Tito Lafrenio, de los frentanos, Lucio Afranio, de los venusinos y Marco
Lamponio, de los lucanos.
El consejo de guerra, reunido en la reducida sala de cónclaves de
Corfinium ¡ Itálica, inició en seguida su cometido.
—Hay que enrolar a los etrurios y a los umbros —dijo Mutilo—. Si no se
nos unen no podremos aislar a Roma por el norte, y si no podemos aislarla por
el norte podrá seguir contando con los recursos de la Galia itálica.
—Los etrurios y los umbros son muy especiales —alegó el marso Escato—.
¡Nunca se han considerado italianos como nosotros, ni parece importarles el
trato que reciben de Roma!
—Pero hicieron una protesta masiva contra la parcelación del ager
publicus —terció Heno Asinio—. Yo creo que eso es signo de que se nos unirán.
—Yo creo que indica lo contrario —replicó Silo, frunciendo el ceño—. De
todos los pueblos itálicos, los etrurios son los más vinculados a Roma y los
umbros siguen ciegamente a los etrurios. ¿A quién conocemos de nombre entre
ellos, por cierto? A nadie. El problema es que los Apeninos los han mantenido
siempre aislados del resto por el este, tienen la Galia itálica al norte y Roma
y el Lacio los unen al sur. Venden sus pinos y sus cerdos a Roma y no a Otros
pueblos itálicos.
—Lo de los pinos lo entiendo, pero ¿qué importancia pueden tener los
cerdos? —preguntó el picentino Vidacilio.
—Es que hay cerdos y cerdos, Cayo Vidacilio —contestó Silo, riendo
—. Algunos cerdos no hacen más que gruñir, pero hay otros que procuran
estupendas cotas militares.
—¡Ah, Pisae y Populonia! —exclamó Vidacilio—. Ya entiendo. —Bien,
Etruria y Umbría quedan para un futuro —dijo Mario Egnacio
—. Sugiero que designemos a los más persuasivos de los quinientos del
consejo para que vayan a hablar con sus dirigentes, mientras nosotros
acometemos la tarea más acuciante: la guerra. ¿Cómo vamos a iniciarla?
—¿Qué dices tú, Quinto Popedio? —inquirió Mutilo.
—Llamamos a los soldados a las armas, pero mientras lo hacemos sugiero
que distraigamos un tanto a los romanos enviando una delegación al Senado de
Roma para pedirles de nuevo la ciudadanía.
—¡Que utilicen su ciudadanía del mismo modo que los griegos un
muchachito lindo! —dijo burlón Mario Egnacio.
—¡Oh, sí! —dijo Silo, risueño—. Pero no hay necesidad de hacérselo saber
hasta que tengamos el instrumento para alojársela donde tú dices en la persona
de nuestros ejércitos. Estamos preparados, sí, pero tardaremos un mes en
movilizar las tropas. Sé de cierto que en Roma casi todos creen que nos faltan
años para iniciar las hostilidades. Por lo tanto, ¿a qué desengañarlos? Si
enviamos otra delegación dará la impresión de que no se equivocan sobre nuestro
grado de preparación.
—Estoy de acuerdo, Quinto Popedio —dijo Mutilo.
—Bien. Entonces sugiero que elijamos Otro grupo de negociadores locuaces
y persuasivos de entre los quinientos representantes para que vayan a Roma, y
yo creo que debería encabezarlos al menos un miembro del consejo de guerra.
—De una cosa estoy seguro —dijo Vidacilio—, y es que si ganamos la
guerra hay que hacerlo rápido. Tenemos que golpear a los romanos rápido y
fuerte, en la mayoría de frentes posibles. Tenemos tropas muy bien entrenadas,
disponemos de todos los pertrechos necesarios y contamos con
magníficos centuriones. — Hizo una pausa con gesto grave—. Pero no
tenemos generales.
—¡No estoy de acuerdo! —tronó Silo—. Si te refieres a que no contamos
con un Cayo Mario, tienes razón, pero él ya es un viejo, y ¿quién más tienen
los romanos? ¿Quinto Lutacio Catulo César, que se jacta de haber vencido a los
cimbros germanos en la Galia itálica, cuando todos sabemos que fue Cayo Mario?
Tienen a Tito Didio, pero no puede compararse a Mario. Y lo que es más
importante, tienen las legiones acampadas en Capua; cuatro, y todas de tropas
veteranas. Sus mejores generales en activo, Sentio y Bruto, están luchando en
Macedonia y se hallan demasiado ocupados para que los traigan aquí.
—Roma, antes de verse conquistada por nosotros —dijo amargamente
Mutilo—, dejará que todas sus provincias se despedacen y hará que todos vuelvan
aquí para combatir. ¡Por eso tenemos que ganar rápidamente la guerra!
—Tengo una cosa más que añadir a propósito de los generales —dijo Silo
sin alterarse—. No importa realmente de qué generales disponga Roma. Porque
Roma actuará como siempre ha hecho: los cónsules del año son los comandantes en
el campo de batalla. Creo que podemos descartar a Sexto Julio César y a Lucio
Marcio Filipo porque les queda poco tiempo para cesar en el cargo. No sé
quiénes serán los cónsules del año que viene, pero ya deben haberlos elegido.
Por eso no estoy de acuerdo contigo, Cayo Vidacilio, ni contigo, Cayo Papio.
Los que estamos aquí reunidos hemos hecho tanta milicia como cualquiera de los
posibles candidatos a cónsul en Roma. ¡Yo, por ejemplo, he participado en siete
batallas importantes y he tenido el privilegio de ser testigo del espantoso
descalabro romano en Arausio! Mi pretor Escato, tú mismo, Cayo Vidacilio, Cayo
Papio, Herio Asinio, Mario Egnacio… ¡No hay nadie de los aquí presentes que no
haya participado en seis campañas! Conocemos los resortes del mando tan bien
como cualquiera de los generales que envíen los romanos de comandantes y de
legados.
—Además, tenemos la gran ventaja —terció Presenteio— de que conocemos el
terreno mejor que ellos. Llevamos años entrenándonos en
toda Italia. La experiencia militar de Roma es notable en el extranjero
pero no en Italia; una vez que los legionarios salen de las escuelas de
reclutamiento en Capua, van a otro destino. Es una lástima que las legiones de
Didio no hayan embarcado aún, pero esas cuatro legiones de veteranos son casi
las únicas tropas de que dispone Roma si no trae las que tiene en el
extranjero.
—¿No ha venido Publio Craso con tropas de Hispania Ulterior para
celebrar su triunfo? —inquirió Herio Asinio.
—Si, pero volvieron a embarcarlas para reprimir nuevas insurrecciones de
los hispanos —contestó Mutilo, que era quien mejor sabía la situación en
Capua—. Han mantenido acuarteladas las cuatro legiones de Tito Didio por si
eran necesarias en la provincia de Asia y en Macedonia.
En aquel momento llegó un mensajero de la plaza del mercado con una nota
del consejo; Mutilo la cogió, la leyó varias veces balbuciente y se echó a
reír.
—¡Bien, generales del consejo de guerra, parece que nuestros amigos de
ahí afuera están tan decididos como nosotros a actuar! Es un documento que dice
que todos los miembros del concilium Italiae han acordado que todas las
principales ciudades de Italia se hermanen con otra similar en los distintos
pueblos itálicos para intercambiar rehenes; nada menos que cincuenta niños de
todas las edades!
—Para mí eso es prueba de desconfianza —comentó Silo.
—Imagino. Pero, no obstante, es también prueba de afán y decisión. Yo
preferiría llamar acto de fe el hecho de que todas las ciudades de Italia opten
por arriesgar la vida de cincuenta niños —dijo Mutilo—. Los cincuenta de mi
ciudad de Bovianum irán a Marruvium, y viceversa. Ya se han decidido varios
intercambios más: Asculum Picentum y Sulmo… Teate y Saepinum. ¡Estupendo!
Silo y Mutilo salieron a conferenciar con el gran consejo y regresaron
al poco, viendo que sus colegas habían estado hablando de estrategia.
—Primero, lo mejor es marchar sobre Roma —decía Tito Lafrenio. —Sí, pero
sin emplear todas las fuerzas —dijo Mutilo, sentándose—. Si
actuamos suponiendo que no vamos a recibir ayuda de Etruria y Umbría, y
creo que así debemos entenderlo, nada puede hacerse de momento al norte
de Roma. Y no podemos ignorar que, en el norte, Picentum está muy sometido al
control de los Pompeyos romanos para que pueda prestarnos ayuda. ¿No os parece,
Cayo Vidacilio, Tito Herenio?
—Si, así es —contestó Vidacilio con voz firme—. Picentum es romano,
porque Pompeyo Estrabón sólo es dueño de la mitad y Pompeyo Rufo del resto.
Tenemos una cuña entre Sentinum y Camennum.
—De acuerdo, el norte debemos dejarlo casi totalmente —dijo Mutilo
—. Al este de Roma nuestra situación es mucho mejor, desde luego, una
vez que se levanten los apeninos. Y al sur de la península tenemos excelentes
posibilidades de aislar completamente a Roma de Tarentum y Brundisium. Si Marco
Lamponio se nos une con la Lucania, y estoy seguro de que sí, podremos también
aislar a Roma de Rhegium. — Se detuvo e hizo una mueca—. No obstante, quedan
las tierras bajas de Campania desde el Samnio hasta la Apulia adriática. Y ahí
es donde hemos de golpear con mayor fuerza, por varios motivos. Sobre todo
porque Roma cree que Campania ya no es lo que era, aunque innegablemente es
romana. ¡Pero no es cierto, caballeros! Podrán aguantar en Capua y en Puteoli,
pero creo que podemos arrebatarles el resto de Campania. Si lo conseguimos, se
quedan sin sus mejores puertos cerca de Roma, les cortamos el acceso a los
grandes puertos tan vitales del sur y les privamos de sus mejores tierras de
cultivo…, y aislamos Capua. Una vez que los tengamos luchando a la defensiva,
Etruria y Umbría se apresurarán a ponerse de nuestra parte. Tenemos que
controlar todas las carreteras de acceso a Roma por el este y por el sur e
intentar controlar la Via Flaminia y la Via Cassia. Naturalmente, una vez que
Etruria se una a nosotros, dominaremos todas las carreteras romanas. Si es
necesario, podemos hacerlos perecer por hambre.
—¿No ves, Cayo Vidacilio? —exclamó Silo con aire de triunfo—. ¿Quién ha
dicho que no tenemos generales?
—¡De acuerdo, Quinto Popedio! —contestó Vidacilio alzando las manos,
dándose por vencido—. Cayo Papio es un verdadero general.
—Yo creo que puedes ver que, sin salir de este cuarto, tenemos una
buena docena de generales —añadió Mutilo.
El mismo día en que se constituía la nueva nación de Italia y sus
notables se reunían a deliberar en la nueva capital, Itálica, el pretor Quinto
Servilio, de la familia de los Augures, cabalgaba por la Via Salaria desde la
ciudad portuaria de Firmum Picenum, camino, por fin, de Roma. Llevaba
patrullando desde junio las tierras al norte de Roma y había recorrido las
fértiles colinas de Etruria hasta el río Arnus, que constituía la frontera con
la Galia itálica; de allí había pasado al este de Umbría, al sur hacia Picenum
y a la costa adriática. Tenía la impresión de haberse informado muy bien. No
había dejado una sola piedra itálica sin remover y no había descubierto ninguna
conjura, sencillamente porque no había ninguna conjura; estaba convencido.
Su viaje había sido regio aunque no constara oficialmente. Dotado de
imperium proconsular, gozaba de la suntuosa ostentación de cabalgar precedido
de doce lictores vestidos de carmesí, con cinturón negro de hebilla de bronce,
portando las hachas en los haces de varillas. Montado en corcel blanco,
revestido con una coraza plateada con túnica púrpura debajo, Quinto Servilio,
de la familia de los Augures, había inconscientemente imitado al rey Tigranes
de Armenia, haciendo que un esclavo caminase a su lado llevando una sombrilla
para protegerle del sol. De haberlo visto Cornelio Sila, aquel hombre tan
extraño, se habría muerto de risa. Y probablemente habría procedido a apearle
de su afeminada montura para restregarle la cara por el polvo.
Cada día, un equipo de criados de Quinto Servilio se adelantaba
presuroso a buscarle el mejor alojamiento, generalmente en la villa de algún
magnate o magistrado, pese a que a él le importaba un bledo las condiciones en
que viajase su séquito. Además de los lictores y una buena fuerza de esclavos,
le escoltaban veinte soldados fuertemente armados en excelentes caballos. Para
que no le faltase compañía en aquel viaje de placer, había elegido por legado a
un tal Fonteio, un nuevo rico desconocido
que había adquirido su porción de gloria donando (junto con una inmensa
dote) a su hija Fonteia de siete años al colegio de las vírgenes vestales.
A Quinto Servilio, de la familia de los Augures, le parecía que los
senadores de Roma habían organizado un revuelo por nada, pero no era persona
que se quejase, pues había visto más cosas en Italia de las que habría podido
imaginar y en circunstancias deliciosas sin parangón alguno. Porque por
doquiera que iba le agasajaban y celebraban fiestas en su honor y su arca de
viaje aún estaba más que a la mitad debido a la generosidad de sus anfitriones
y al poder que le confería su imperium proconsular, con lo cual se las prometía
muy felices de acabar su pretorado con una buena bolsa a expensas del Estado.
La Via Salaría era la antigua ruta de la sal, la pieza clave de la
prosperidad inicial de la Roma de los tiempos anteriores a la monarquía, cuando
las minas de sal de las llanuras de Ostia quedaban diseminadas a lo largo de la
misma. Sin embargo, por entonces esta vía ya había perdido importancia, al
extremo de que el firme lo tenía muy abandonado el negligente Estado, como
comprobaría el propio Quinto Servilio nada más salir de Firmum Picenum. Había
tramos de varias millas muy deteriorados a causa de las inundaciones, en los
que no quedaba nada de la calzada sobre las piedras redondas de cimentación; y,
para mayor complicación, cuando se disponía a llegar a la siguiente ciudad
importante, Asculum Picentum, se encontró el camino bloqueado por un desprendimiento.
Sus hombres tardaron un día y medio en abrir paso, tiempo durante el cual el
pobre Quinto Servilio tuvo que pasarlo a pie de obra sin ninguna comodidad.
El itinerario desde la costa era muy empinado, debido a la estrechez del
litoral este por hallarse muy próximo a la alta cordillera de los Apeninos. La
ciudad de Asculum Picentum, en el interior, era el mayor y más importante
núcleo habitado del Picenum sur, rodeada de una impresionante circunferencia de
altas murallas de piedra, cual réplica a las altas cumbres que la rodeaban. El
río Truentius discurría próximo a ella, aunque en aquella época del año apenas
era una sucesión de charcos. Pero los ingeniosos asculanos habían tomado el
aprovisionamiento de agua de una capa de grava por debajo del lecho del río.
Su vanguardia de criados había cumplido bien su cometido, comprobó
Quinto Servilio al llegar por fin a las puertas de Asculum Picentum, pues allí
le aguardaba un grupo de prósperos mercaderes que hablaban latín en vez de
griego y vestían la toga de ciudadano romano.
Quinto Servilio desmontó de su afeminado caballito blanco, recogió su
capa púrpura sobre el hombro izquierdo y recibió al comité de recepción con
airosa condescendencia.
—¿No es una colonia romana ni latina, verdad? —inquirió displicente,
dado que sus conocimientos en la materia dejaban mucho que desear, tanto más
cuanto que era un pretor romano itinerante por Italia.
—No, Quinto Servilio, pero aquí vivimos un centenar de comerciantes
romanos —contestó el que encabezaba la delegación y que se llamaba Publio
Fabricio.
—¿Y dónde están los dirigentes picentinos? —preguntó indignado Quinto
Servilio—. ¡Esperaba ser recibido también por los naturales de la localidad!
—Los picentinos hace meses que nos rehúyen, Quinto Servilio — respondió
compungido Fabricio—. No sé por qué, pero no parecen tenernos mucho aprecio. Y
hoy es fiesta local en honor de Pico.
—¿Pico? —repitió Quinto Servilio, perplejo—. ¿Una fiesta en honor de un
pájaro?
Cruzaron las puertas y entraron en una especie de placita adornada con
guirnaldas de flores otoñales y adoquines cubiertos de pétalos y margaritas.
—Pico es para los indígenas una especie de Marte picentino —contestó
Fabricio—. Se cree que era un rey itálico de época pretérita que dirigió a los
picentinos desde sus primitivos asentamientos a través de las montañas hasta el
actual Picenum. Cuando llegaron allí, Pico se convirtió en un pájaro
carpintero, que marcó los nuevos límites agujereando los árboles.
—Ah… —comentó Quinto Servilio, perdiendo interés.
Fabricio condujo a Quinto Servilio y a su legado Fonteio a su espléndida
mansión en lo más alto de la ciudad, a los lictores y a la tropa los alojó
cerca, con comodidades en consonancia, y a los esclavos los acomodó con sus
propios esclavos. Quinto Servilio se puso muy ufano ante aquel
recibimiento tan deferente y lujoso, en particular cuando vio su
magnífica habitación.
Hacía calor y el sol aún estaba alto. Los dos romanos tomaron un baño y
se reunieron con su anfitrión en la columnata con vistas a la ciudad, rodeada
por unas impresionantes murallas y no menos imponentes montañas al fondo. Una
panorámica de la que, en cualquier caso, gozaban casi todas las casas de la
ciudad.
—Si os parece, Quinto Servilio —dijo Fabricio cuando aparecieron sus
invitados—, podemos ir esta noche al teatro. Representan las Bacchides de
Plauto.
—Delicioso —dijo Quinto Servilio, sentándose en una mullida silla a la
sombra—. Desde que salí de Roma no he ido al teatro —añadió con un voluptuoso
suspiro—. He visto que hay flores por todas partes, y sin embargo nadie en las
calles. ¿Es debido a la fiesta de ese pájaro?
—No —contestó Fabricio con el entrecejo fruncido—. Por lo visto tiene
algo que ver con la nueva política que han adoptado los itálicos. Esta mañana a
primera hora enviaron a Sulmo cincuenta niños de Asculum, todos itálicos, y
esperan la llegada de otros cincuenta de Sulmo en contrapartida.
—¡Es asombroso! Sería como para pensar que están intercambiando rehenes
—dijo Quinto Servilio, despreocupado—. ¿Es que los picentinos piensan entrar en
guerra contra los marrucini? Es lo que parece, ¿no?
—A mí no me han llegado rumores de guerra —Contestó Fabricio. —Bueno, si
han enviado cincuenta niños de Asculum a una ciudad de
los marrucini y esperan que ellos les envíen cincuenta, es indicio de
que las relaciones, cuando menos, son tirantes —comentó Quinto Servilio con una
risita—. ¡Ah, sería estupendo que comenzasen a luchar entre sí! Así dejarán de
pensar en lo de obtener la ciudadanía, ¿no es cierto? —añadió dando un sorbo de
vino y alzando la vista, sorprendido—. ¡Mi apreciado Publio Fabricio! ¿Vino
fresco?
—Un buen lujo, ¿no os parece? —replicó Fabricio, complacido de haber
sorprendido a un pretor romano de nombre tan antiguo, célebre y patricio como
Servilio—. Cada dos días envío una expedición a las
montañas para que me traigan nieve para mantenerlo fresco en verano y en
otoño.
—Una delicia —dijo Quinto Servilio recostándose en la silla—. ¿En qué
ramo trabajas? —inquirió de pronto.
—Tengo un contrato de exclusividad con los huertos de esta zona —
contestó Publio Fabricio—. Les compro manzanas, peras y membrillos y los
mejores los envío en seguida a Roma para la venta en los mercados. Con el resto
hago mermelada en una factoría y luego la envío a Roma. Tengo también un
contrato para los garbanzos.
—Ah, está muy bien.
—Sí, me va bastante bien —añadió Fabricio en tono ufano—. Os advierto,
no obstante, que es característico de estos itálicos que cuando ven a uno con
ciudadanía romana que vive mejor que ellos, comienzan a rezongar sobre
monopolios, prácticas comerciales desleales y otros comentarios propios de
holgazanes. Lo cierto es que no les gusta trabajar y los pocos a los que les
gusta, carecen de visión comercial. Si por ellos fuese, la fruta y las
hortalizas se pudrirían en el suelo. ¡Yo no vine a este agujero frío y
desapacible a robarles el negocio, es un negocio que he creado yo! Cuando
empecé, estaban tan agradecidos que era poco todo el trabajo que les daba,
mientras que ahora parece como si fuese persona non grata en Asculum. Y a mis
amigos romanos les sucede igual, Quinto Servilio.
—Lo vengo oyendo durante todo el viaje, de Saturnia a Ariminum — comentó
el pretor encargado de indagar lo de «la cuestión itálica».
Cuando el sol había recorrido aproximadamente un tercio de su curso
hacia el Oeste y ya comenzaba a notarse la brisa de las montañas, Publio
Fabricio y sus distinguidos huéspedes se encaminaron al teatro, una estructura
provisional de madera levantada al amparo de las murallas para que el público
estuviera a la sombra mientras el sol aún alumbraba la scaena en que se
representaba la obra. Habría en total unos quinientos picentinos en las gradas
semicirculares, con excepción de las dos primeras filas, reservadas a los
romanos.
Fabricio había efectuado unas modificaciones de última hora en el centro
de la primera fila, donde habían levantado un bonito estrado protegido por un
dosel, con espacio suficiente para la silla curul de Quinto Servilio, otra para
su legado Fonteio y una tercera para él. Que aquella estructura tapase la vista
a los de las filas inmediatamente posteriores, le traía sin cuidado. Su huésped
era un pretor romano con imperium proconsular y mucho más importante que una
pandilla de itálicos.
El grupo entró en el teatro por un túnel bajo la curvada cavea y salió
por un lateral, unas doce filas más atrás del estrado honorífico, que estaba
frente a la orquesta, un semicírculo vacío entre el escenario y el público. Lo
encabezaban los majestuosos lictores con fasces y hacha al hombro, seguía el
pretor con su legado y el encantado Fabricio trotando a su lado y cerraban la
marcha veinte soldados. La esposa de Fabricio —que no había sido presentada a
los viajeros romanos— se hallaba sentada con sus amigas a la derecha del
estrado, en la fila de atrás, ya que la primera fila estaba exclusivamente
reservada para varones con ciudadanía romana.
Al entrar el grupo, un fuerte murmullo recorrió las filas ocupadas por
picentinos, que se inclinaron hacia adelante y estiraron el cuello para ver a
los extranjeros. El murmullo fue creciendo hasta convertirse en un auténtico
bramido con abucheos y silbidos. Aunque algo sorprendido y consternado por
aquella hostil acogida, Quinto Servilio, de la familia de los Augures, siguió
caminando con paso majestuoso y la cabeza muy alta hasta el estrado y,
regiamente, tomó asiento en la silla de marfil, manteniendo una actitud
patricia que no correspondía a lo que era. Le siguieron Fonteio y Fabricio,
mientras que los lictores y soldados se acomodaban en los asientos de la
primera fila a ambos lados del estrado, colocando lanzas y fasces entre las
desnudas rodillas.
Dio comienzo la obra, una de las más agudas y divertidas de Plauto,
acompañada por una deliciosa música. La representaban actores ambulantes pero
de calidad y orígenes diversos; había romanos, latinos e itálicos, aunque
ningún griego por tratarse de una compañía con un repertorio exclusivamente de
comedias en latín. Las fiestas de Pico en Asculum era una de sus etapas
anuales, pero aquel año reinaba un ambiente distinto.
Aquella tendencia antirromana soterrada entre el público picentino era
un fenómeno nuevo, y los actores se enfrascaban en sus papeles con renovado
vigor, acentuando las situaciones más cómicas con gestos exagerados, decididos
a disipar el malestar de los picentinos.
Desgraciadamente, también entre los actores se notaba el antagonismo,
pues, mientras un par de romanos actuaban descaradamente para los del estrado,
los latinos e itálicos lo hacían para la población local. El prólogo dio paso a
la trama, con hilarantes diálogos entre los protagonistas y un gracioso dúo
cantado sobre un fondo de flauta. Luego, el primer canticum, una magnífica aria
de tenor acompañada a la lira; el cantante, un itálico de Samnio, tan famoso
por su habilidad para alterar el texto como por su bella voz, se acercó al
proscenio y cantó dirigiéndose al estrado honorífico:
¡Salve, pretor de Roma!
¡Salve y márchate!
¿Qué necesidad tenemos en esta fiesta
de deslumbrante ostentación?
¡Miradle ahí tan encumbrado,
nada pasmado de los demás!
¿No es indecente mis buenas gentes
que nos invada nuestras butacas?
¡Todos a una con él afuera!
¡A derribar a ese canalla!
¡Tan ufano en su silla de marfil,
de los testículos lo sacamos de aquí!
¡A patadas con este vil,
que eche el bofe corriendo de aquí!
No pudo acabar la improvisada canción porque un soldado de la escolta de
Quinto Servilio cogió la lanza que tenía entre las rodillas y, sin levantarse,
se la arrojó. El tenor samnita cayó muerto, atravesado, con un gesto de
desprecio en su sorprendido rostro.
Se hizo un profundo silencio; el público picentino no acababa de creer
lo que había sucedido ni sabía cómo reaccionar. Y mientras permanecían mudos,
el actor latino Saunio, el favorito del público, dio un salto hacia un lado de
la escena y comenzó un enfebrecido monólogo, mientras entre otros cuatro
sacaban el cadáver y los dos actores romanos desaparecían entre bastidores.
—¡Apreciados picentinos, yo no soy romano! —gritaba Saunio,
encaramándose como un simio a una columna y con la máscara colgándole de la
mano—. ¡Os imploro que no me confundáis con esos de ahí! — añadió, señalando al
estrado romano—. ¡Yo soy un simple latino, mis apreciados picentinos, y también
padezco esos fasces que recorren de un lado a otro nuestra querida Italia, yo
también deploro los actos de estas arrogantes aves de rapiña romanas!
En aquel momento, Quinto Servilio se levantó de la silla curul, bajó del
estrado, cruzó el semicírculo de la orquesta y subió al escenario.
—¡Actor, si no quieres que te atraviesen el pecho con una lanza, sal de
escena! —gritó Quinto Servilio—. ¡En mi vida había escuchado semejantes
insultos! ¡Consideraos afortunados, escoria itálica, porque no ordene a mis
tropas que acaben con todos vosotros!
Dio la espalda a Saunio para mirar al público, y, como la acústica era
muy buena, pudo hablar con voz normal y le oyeron hasta en lo alto de la cavea.
—¡No olvidaré lo que aquí se ha dicho! —espetó—. ¡La auctoritas romana
ha sufrido una afrenta moral! ¡Y os prometo que la población de este montón de
estiércol itálico lo pagará caro!
Lo que sucedió a continuación fue tan rápido que después nadie supo
explicárselo. Los quinientos picentinos cayeron en masa sobre las filas
delanteras romanas, saltaron el vacío semicírculo de la orquesta y se
abalanzaron sobre los soldados, los lictores y los romanos togados como un muro
humano con mil manos que estrujaban, tiraban y desgarraban. No se esgrimió
ninguna lanza, no se desenvainó ninguna espada ni se sacó ningún hacha de los
haces de varillas; soldados y lictores, hombres togados con sus respectivas
mujeres enjoyadas, fueron despedazados. La parte delantera del
teatro quedó bañada en sangre y trozos de cuerpo volaban como pelotas de
un lado a otro; la multitud chillaba y bramaba enloquecida de odio y placer y
dejó a los cuarenta funcionarios romanos y a los doscientos comerciantes
romanos con sus respectivas esposas reducidos a un sanguinolento picadillo.
Fonteio y Fabricio fueron de los primeros en perecer.
Tampoco se libró Quinto Servilio, de la familia de los Augures, porque
un numeroso grupo saltó al escenario antes de que pudiera moverse y se
complació en arrancarle las orejas, retorcerle la nariz hasta desprendérsela,
sacarle los ojos y arrancarle los dedos, cruelmente arañados por las sortijas,
para luego, mientras gritaba como un poseso, agarrarle por los pies, los brazos
y la cabeza y despedazarle.
Cuando todo hubo concluido, los picentinos de Asculum lanzaron vítores
entre danzas, amontonaron los trozos de romano en el Foro y corrieron por las
calles arrastrando hasta morir a los romanos que no habían ido al teatro. Al
anochecer no quedaba vivo en Asculum Picentum ningún ciudadano romano ni
pariente del mismo. Cerraron las imponentes puertas de la ciudad y comenzaron a
tratar de lo que habían de hacer para sobrevivir. Nadie lamentó por un momento
aquella locura; era como si la acción hubiese servido para extirpar un enconado
absceso de odio, y ahora se recreaban en ese odio, jurándose nunca jamás
someterse a Roma.
Cuatro días después de los sucesos de Asculum Picentum llegaba la
noticia a Roma. Dos actores romanos habían logrado escapar del escenario,
escondiéndose y contemplando horrorizados la escabechina, y después habían
abandonado la ciudad antes de que cerraran las puertas. Cuatro días tardaron en
llegar a Roma, a pie, sentados en carros tirados por mulas y a caballo en la
grupa, enmudecidos de terror para contar nada de lo sucedido en Asculum
Picentum hasta verse a salvo en la ciudad. Como eran actores, su relato no
perdió precisamente en detalles y toda Roma lo escuchó sobrecogida, mientras el
Senado decretaba luto por el pretor muerto y las vestales hacían sacrificios en
memoria de Fonteio, padre de su última novicia.
Si algo podía calificarse de afortunado respecto a la matanza era el
hecho de que ya se hubieran efectuado las elecciones en Roma, con lo que el
Senado se ahorraba la ingrata tarea de enfrentarse a solas con Filipo. Lucio
Julio César y Publio Rutilio Lupo eran los nuevos cónsules; un hombre bueno en
el caso de César, vinculado por necesidad económica a un rico engreído pero
inepto como Lupo. Era otro año de ocho pretores, con la habitual mezcla de
patricios y plebeyos, competentes e incompetentes. César Estrabón, el hermano
menor bizco del nuevo cónsul Lucio Julio César, era edil curul, y entre los
cuestores se contaba nada menos que Quinto Sertorio, que, gracias a la corona
de laurel ganada en Hispania, podía acceder al cargo que deseara. Cayo Mario,
primo de la madre de éste, ya se había ocupado de que Sertorio ingresase en el
censo senatorial, y en cuanto se nombraran otros dos nuevos censores tenía
garantizado su ingreso en el Senado. Poco sabía de tribunales, pero era muy
famoso pese a su juventud y poseía el encanto mágico para las multitudes,
peculiar también de Cayo Mario.
La impresionante y poco corriente colección de tribunos de la plebe
contaba con un repulsivo representante en Quinto Vario Severo Hybrida
Sucronensis, que se las prometía muy felices en cuanto el colegio entrase en
funciones para hacérselas pagar a los partidarios de la emancipación de Italia;
del primero al último. La noticia de la matanza de Asculum Picentum fue un
magnífico pretexto para Vario, y aunque aún no había asumido el
cargo, fue ganándose incansablemente por parte de los caballeros y
asiduos al Foro el apoyo de su proyecto de venganza contra la Asamblea plebeya.
El Senado, exasperado por las acerbas censuras de Filipo y Cepio, ansiaba que
concluyera el año.
Luego, poco después de la noticia de la matanza, llegó una delegación de
veinte nobles itálicos de la nueva capital, Itálica, aunque ellos no
mencionaran para nada a Italia ni su capital; el grupo se limitó a solicitar
audiencia con el Senado para hablar de la emancipación de toda la población de
Italia al sur, no del Arnus y el Rubico, ¡sino del Padus, en la Galia itálica!
La nueva frontera había sido concienzudamente pensada para suscitar la
hostilidad de toda Roma, desde el Senado hasta el censo por cabezas, pues los
dirigentes de la nueva nación italiana ya no querían la emancipación, sino la
guerra.
Encerrado con la delegación en el Senaculum, un pequeño edificio anexo
al templo de la Concordia, Marco Emilio Escauro, príncipe del Senado, intentaba
rechazar aquella inaceptable pretensión. Fiel partidario de Druso, una vez
muerto éste no veía el sentido de seguir presionando por la emancipación
general. Amaba la vida.
—Decid a vuestros dirigentes que no se puede negociar nada hasta obtener
plena reparación por los hechos de Asculum Picentum —dijo Escauro con desdén—.
El Senado no os recibirá.
—Asculum Picentum no es más que el ejemplo irrefutable del profundo
sentimiento que une a los italianos —dijo el jefe de la delegación, Publio
Vetio Escato, de los marsos—. En cualquier caso, no está en nuestra mano exigir
nada a Asculum Picentum. Es una decisión que compete a los picentinos.
—Es una decisión que compete a Roma —replicó secamente Escauro.
—Solicitamos de nuevo que nos reciba el Senado —dijo Escato.
—El Senado no os recibirá —contestó impertérrito Escauro.
Tras lo cual, los veinte delegados giraron sobre sus talones, decididos
a marcharse, sin que les pesara, advirtió Escauro. El último en salir fue
Escato, que le entregó un rollo.
—Tomad, Marco Emilio, de parte de los marsos —dijo.
Escauro no desplegó el documento hasta llegar a su casa, una vez que se
lo hubo devuelto el escriba a quien lo había confiado. Se dispuso a leerlo, un
tanto molesto por haberlo olvidado, y su sorpresa fue enorme a medida que iba
descifrándolo.
Al amanecer convocó una reunión de la Cámara, que estuvo poco concurrida
por lo precipitado del caso. Como de costumbre, ni Filipo ni César se
molestaron en aparecer. Silo hicieron Sexto César y los nuevos cónsules y
pretores, así como los tribunos de la plebe salientes y casi todos los
entrantes. Los consulares habían acudido, y Sexto César hizo el recuento y vio
con alivio que había quórum.
—Tengo aquí —dijo Escauro— un documento firmado por tres dirigentes
marsos: Quinto Popedio Silo, que se denomina cónsul, Publio Vetio Escato, que
se denomina pretor, y Lucio Frauco, que se denomina concejal. Voy a leéroslo.
Al Senado y al pueblo de Roma. Nosotros, representantes elegidos del
pueblo marso, en nombre de nuestro pueblo declaramos nula nuestra condición de
aliados de Roma. Que no pagaremos a Roma impuestos, tributos, tasas ni diezmos.
Que no contribuiremos con tropas a su ejército. Que recuperaremos de Roma la
ciudad de Alba Fucentia con todas sus tierras. Os rogamos que lo toméis como
una declaración de guerra.
Se oyó un murmullo en las gradas y Cayo Mario alargó el brazo para que
Escauro le diera el documento, que a continuación pasó de mano en mano hasta
que todos comprobaron que era auténtico.
—Bien, parece que ya está ahí la guerra —dijo Mario.
—¿Contra los marsos? —inquirió Ahenobarbo, pontífice máximo—. Cuando
hablé con Silo ante la puerta Collina dijo que habría guerra… ¡pero los marsos
no pueden vencernos! ¡No tienen gente para emprender la guerra contra Roma!
Esas dos legiones que traía es lo más que pueden reunir los marsos.
—Se me antoja extraño —confesó Escauro.
—A menos —terció Sexto César— que estén en connivencia con otros pueblos
itálicos.
Pero nadie podía creerlo, Mario incluido. La reunión se cerró sin que
hubiesen llegado a ninguna conclusión, salvo que sería prudente estar
vigilantes respecto a Italia, ¡pero no sólo con un par de pretores itinerantes!
Servio Sulpicio Galba, el pretor delegado para investigar «la cuestión itálica»
al sur de Roma, había escrito diciendo que regresaba, y la Cámara consideró que
sería mejor esperar a que volviese para decidir qué debía hacerse. ¿Una guerra
con Italia? Quizá, pero aún no.
—Sé que en vida de Marco Livio yo era el primero en estar convencido de
que teníamos la guerra con Italia en puertas —dijo Mario a Escauro una vez
terminada la sesión—, pero ahora que él no está, ¡no lo creo en absoluto! Me
pregunto si no sería por influencia suya; sinceramente, no lo sé. ¿Es una
aventura a la que van solos los marsos? ¡Tiene que serlo! Sin embargo, Quinto
Popedio nunca me había parecido un loco.
—De acuerdo en todo lo que has dicho, Cayo Mario —dijo Escauro—. ¡Ah!,
¿por qué no leería ese documento cuando Escato aún estaba en Roma? Los dioses
están jugando con nosotros; lo noto en los huesos.
El hecho de que el año estuviese a punto de concluir hacia sin duda que
las mentes senatoriales no pensasen más que en asuntos de Roma; nadie quería
adoptar decisiones con los dos cónsules casi al término de su gestión, y los
dos entrantes estaban pulsando todavía las alianzas entre los miembros de la
Cámara.
Por eso durante el mes de diciembre los únicos asuntos que se trataban
en el Senado y en el Foro eran los internos; y los incidentes más triviales,
por ser los más patentes y esencialmente romanos, relegaron a un segundo plano
la declaración de guerra de los marsos. Uno de los incidentes más triviales fue
la vacante sacerdotal creada por la muerte de Marco Livio Druso. Aún después de
tantos años, Ahenobarbo, pontífice máximo, seguía pensando que debía
concedérsele el puesto que dejaba Druso, por lo que en seguida propuso el
nombre de su hijo mayor, Cneo, prometido hacía poco a
Cornelia Cinna, la hija mayor del patricio Lucio Cornelio Cinna. El
pontificado, desde luego, era privativo de la clase plebeya, que era a la que
había pertenecido Druso. Cuando todos los nombres estuvieron recogidos, la
lista de candidatos parecía una lista honorífica de plebeyos e incluía a Metelo
Pío el Meneitos, otro que vivía en perenne resentimiento ya que el puesto de su
padre había sido para Cayo Aurelio Cota por elección. Luego, en el último
momento, Escauro, príncipe del Senado, dejó pasmados a todos incluyendo un
nombre patricio: Mamerco Emilio Lépido Liviano, hermano de Druso.
—¡No es legal por dos motivos! —gruñó Ahenobarbo, pontífice máximo—.
Primero porque es patricio, y segundo porque es un Emilio, y tú ya eres
pontífice, Marco Emilio, con lo cual no puede haber otro Emilio.
—¡Tonterías! —replicó Escauro, rotundo—. No le nomino en tanto que
Emilio adoptado, sino como hermano de sangre del sacerdote fallecido. Es un
Livio Druso, e insisto en que se le incluya.
El Colegio de Pontífices acordó finalmente que, en tales circunstancias,
Mamerco debía ser considerado un Livio Druso y dejar que su nombre figurase en
la lista de candidatos. Y se evidenció la preferencia de los electores por
Druso, porque Mamerco consiguió votos de las diecisiete tribus y obtuvo así el
puesto sacerdotal de su hermano.
Más grave —o eso pareció por entonces— fue la conducta de Quinto Vario
Severo Hybrida Sucronensis. Cuando el nuevo colegio de tribunos de la plebe
asumió el cargo el décimo día de diciembre, Quinto Vario presentó una moción
para que se inscribiera en las tablillas una ley obligando a juzgar por
traición a todos los que habían apoyado la emancipación de los itálicos. Sus
nueve colegas, no obstante, se apresuraron a vetar semejante propuesta. Pero
Vario siguió el ejemplo de Saturnino, llenó el «aprisco» asambleario de matones
y mercenarios y logró intimidar a sus colegas para que retirasen el veto,
logrando igualmente intimidar a la oposición, y así el día de año nuevo se creó
un tribunal extraordinario para juzgar la traición, que todo Roma comenzó a
denominar la comisión variana, con potestad exclusiva para juzgar a quienes
hubiesen apoyado la emancipación de Italia. Pero los términos de imputación
eran tan vagos y relativos, que cualquiera
quedaba expuesto al riesgo de comparecer ante el jurado formado
exclusivamente por caballeros.
—Lo utilizará para perseguir a sus enemigos y a los de Filipo y Cepio
—dijo abiertamente Escauro, príncipe del Senado—. ¡Ya veréis! ¡Es la ley más
lamentable aprobada con manipulación!
Vario corroboró que Escauro tenía razón al elegir a su primera víctima,
el estirado, formal y ultraconservador pretor de cinco años antes Lucio Aurelio
Cota. Hermanastro de Aurelia por parte de padre, y nunca ferviente partidario
de la emancipación, Cota había contemporizado con la idea, junto con otros
muchos senadores, en la época en que Druso tan enconadamente había bregado en
la Cámara por la legislación; uno de los principales motivos de su cambio de
ánimo era el odio que tenía a Filipo y a Cepio. Y haber cometido el error de
cortar tajantemente a Quinto Vario.
Este Cota, el mayor de su generación, era la víctima idónea de la
comisión variana, pues no era de categoría tan alta como los consulares ni tan
baja como los pedarii. Si Vario lograba que le condenasen, el tribunal se
convertiría en un instrumento de terror para el Senado. El primer día del
juicio, Cota vio claramente lo que le esperaba, pues el jurado estaba lleno de
gente que odiaba al Senado y el presidente —el poderosísimo caballero
plutócrata Tito Pomponio— prestó poca atención a las alegaciones de la defensa.
—Mi padre se equivoca —dijo el joven Tito Pomponio, que estaba entre la
multitud congregada para ver actuar a la comisión variana.
Su auditor era otro miembro del pequeño clan de acólitos legales de
Escévola el Augur: Marco Tulio Cicerón, cuatro años más joven y cuarenta años
mayor en cuanto a inteligencia, si no sentido común.
—¿Qué quieres decir? —inquirió Cicerón, que se había inclinado por la
amistad de Tito Pomponio tras la muerte del hijo de Sila.
Aquello había sido la primera tragedia en la vida de Cicerón, y meses
después del suceso aún iba de luto y echaba de menos a su querido amigo.
—Esa obsesión de mi padre por entrar en el Senado —contestó el joven
Tito Pomponio entristecido— le reconcome, Marco Tulio. No hay cosa que haga que
no esté orientada a su ingreso en el Senado. Incluido el señuelo de
Quinto Vario nombrándole presidente del tribunal. Naturalmente, la
anulación de las leyes de Marco Livio Druso ha permitido prescindir de la
composición senatorial del jurado y Quinto Vario se aprovecha de ello para
encandilarle, prometiéndole que si hace lo que él diga será miembro del Senado
en cuanto se elijan los nuevos censores.
—Tu padre tiene negocios —objetó Cicerón— y tendrá que dejarlos en
cuanto sea senador, con excepción de la propiedad de las tierras.
—¡Oh, claro que lo hará! —contestó amargamente el joven Tito Pomponio—.
¡Yo, que aún no tengo veinte años, soy quien se ocupa de casi todas las
gestiones de la empresa, y me lo agradece bien poco! ¡En realidad le avergüenza
ser un hombre de negocios!
—¿Y qué tiene eso que ver con que tu padre esté equivocado? — inquirió
Cicerón.
—¡Pues todo, zopenco! —dijo el joven Tito—. ¡Quiere entrar en el Senado!
Pero es un error, porque él es caballero y uno de los más influyentes de Roma.
Y yo no veo que sea nada malo ser uno de los caballeros más importantes de
Roma. Tiene el Caballo Publico (que yo heredaré) y todos le piden consejo,
tiene gran poder en la Asamblea y es asesor de los tribunos del Tesoro. ¿Qué
más quiere? ¡Ser senador! ¡Ser uno de esos tontos de la grada trasera que no
tienen derecho a la palabra, y que ni siquiera saben hablar!
—Quieres decir que es un arribista social —comentó Cicerón—. Bueno, no
lo veo tan mal. También yo lo soy.
—¡Marco Tulio, mi padre ya está socialmente en la cúspide! Por
nacimiento y por su fortuna. Los Pomponios están estrechamente emparentados
desde muchas generaciones con los Cecilios de la rama Pio, y no se puede pedir
más sin ser patricio. Entiendo que tú seas un arribista social, Marco Tulio
—prosiguió el joven Tito, retoño de la más alta nobleza caballeresca, sin
pensar que sus palabras podían herir—; cuando entres en el Senado serás un
hombre nuevo, y si llegas al consulado ennoblecerás a tu familia. Lo que
significa que tendrás que granjearte las simpatías de todos los hombres
relevantes que puedas, plebeyos y patricios; mientras que para mi padre,
convertirse en senador pedarius, en realidad, es dar un paso atrás.
—Entrar en el Senado no es un paso atrás —replicó Cicerón, al quite.
Aquellos días, las palabras del joven Tito eran por demás zahirientes,
pues Cicerón había comprendido que en cuanto decía que era de Arpinum,
automáticamente se le ofendía con el mismo desprecio reservado al más famoso
natural de su mismo lugar de nacimiento: Cayo Mario. Si Cayo Mario era un
itálico que no hablaba griego, ¿qué otra cosa podía ser Marco Tulio Cicerón que
una versión más culta de Cayo Mario? Los Tulio Cicerones nunca habían sentido
gran simpatía por los Marios, pese a algún matrimonio habido entre los dos
clanes, pero desde su llegada a Roma el joven Marco Tulio Cicerón odiaba a Cayo
Mario. Y odiaba a su pueblo natal.
—En fin —añadió Tito Pomponio hijo—, cuando sea Paterfamilias me
contentaré con mi categoría de caballero. ¡Y será inútil que me propongan el
Senado, por mucho que me lo supliquen los censores! ¡Te juro, Marco Tulio, que
jamás entraré en el Senado!
Entretanto, la desesperación de Lucio Cota era más que evidente. No fue
ninguna sorpresa que al día siguiente, al reunirse el tribunal, se supiese que
había optado por el destierro voluntario en lugar de arriesgarse al inevitable
veredicto de DAMNO. Semejante estratagema le permitía recoger la mayor parte de
sus riquezas y llevárselas, pues, de haber esperado a ser convicto, el tribunal
se las habría confiscado y el exilio le habría resultado más duro al carecer de
subsistencias.
Era un momento desfavorable para liquidar valores; mientras el Senado no
acababa de dar crédito a lo que se avecinaba y los Comitia estaban enfrascados
en las actividades legislativas de Quinto Vario, el mundo de los negocios se
olía algo y había adoptado las medidas pertinentes. Desapareció el efectivo,
las acciones cayeron y las pequeñas empresas convocaron consejos de
administración urgentes. Los fabricantes e importadores de artículos de lujo
examinaron la perspectiva de que se dictasen leyes suntuarias estrictas en caso
de guerra y elaboraron estrategias para cambiar sus mercancías habituales por
artículos básicos.
No hubo nada que pudiese hacer que el Senado se convenciera de que la
declaración de guerra de los marsos iba en serio. No se tenían noticias de
ningún ejército en marcha ni de preparativos bélicos en toda Italia. Lo
único preocupante, quizá, era que Servio Sulpicio Galba, el pretor delegado
para investigar la situación en el sur de la península, no acababa de llegar a
Roma. Y no se había vuelto a saber de él.
La comisión variana tomó ímpetu y condenó al exilio a Lucio Calpurnio
Bestia, confiscándole sus propiedades, igual que a Lucio Memio, que fue a
Delos. A mediados de enero tuvo que comparecer Antonio Orator, pero hizo tan
magnífico discurso de defensa, entre vítores de la multitud del Foro, que el
jurado optó, prudentemente, por declararle inocente. Fastidiado por tal
contrariedad, Quinto Vario, en represalia, acusó de traición a Marco Emilio
Escauro, príncipe del Senado.
Escauro se personó inesperadamente a responder a la acusación, revestido
de su toga praetexta y decididamente irradiando el halo de su dignitas y
auctoritas y escuchó impasible la lectura que hizo Vario (que se hacía cargo en
persona de todas las acusaciones) de la lista de sus maldades en relación con
los itálicos. Cuando terminó de hablar, Escauro lanzó un bufido y se volvió, no
de cara al jurado, sino a la multitud.
—¿Habéis oído, Quirites? —bramó—. ¡Un arribista mestizo de Sucro, en
Hispania, acusa a Escauro, príncipe del Senado, de traición! ¡Escauro niega la
acusación! ¿A quién creéis?
—¡A Escauro, a Escauro, a Escauro! —respondió la multitud.
A continuación deliberó el jurado y, finalmente, se levantó de sus
asientos para pasear en hombros a Escauro por el bajo Foro.
—¡Será loco…! —dijo después Mario a Escauro—. ¿Es que realmente pensaba
que te podría declarar culpable de traición? ¿Lo creerían los caballeros?
—Después de haberlo hecho con el pobre Publio Rutilio, me imagino que
piensan que pueden declarar culpable a cualquiera que se les ponga por delante
—dijo Escauro arreglándose la toga, que se le había trastocado un poco durante
su paseo a hombros.
—Vario debería haber comenzado su campaña contra los consulares más
importantes empezando por mí no por ti —comentó Mario—. No sé cómo no aprendió
la lección cuando absolvieron a Marco Antonio. ¡Espero
que ahora la haya aprendido! Seguro que suspende los juicios unas
semanas para proseguirlos después con víctimas de menor entidad. Bestia no
importa, todos saben que era un buitre, y el pobre Lucio Cota carecía de
influencias. Sí, los Aurelios Cota son poderosos, pero no les gusta Lucio, sino
los hijos que su tío Marco Cota crió con Rutilia. — Mario hizo una pausa y
parpadeó exageradamente—. Claro que el principal inconveniente de Vario estriba
en que no es romano. Tú lo eres, yo lo soy, pero él no. Y no lo entiende.
—Ni Filipo ni Cepio —añadió Escauro con desdén, negándose a morder el
anzuelo.
El mes que Silo y Mutilo habían considerado para llevar a cabo la
movilización fue más que suficiente. Sin embargo, al concluir el plazo ningún
ejército itálico se puso en marcha. Por dos motivos. Uno, Mutilo lo entendía;
pero el otro le ponía al borde de la desesperación. Las negociaciones con los
dirigentes de Etruria y Umbría eran más lentas que la marcha de un caracol, y
nadie del consejo de guerra ni del consejo aliado quería iniciar las
hostilidades sin estar bien seguros de los resultados que iban a obtenerse.
Mutilo lo entendía. Pero se daba además una curiosa reticencia a ser los
primeros en tomar la iniciativa bélica, no por miedo, sino por un respeto
secular hacia Roma, y eso Mutilo lo deploraba.
—Aguardemos a que Roma tome la iniciativa —dijo Silo en el consejo de
guerra.
—Aguardemos a que Roma tome la iniciativa —dijo Lucio Frauco en el
consejo itálico. Al enterarse de que los marsos habían entregado una
declaración de guerra al Senado, se puso furioso al pensar que Roma se
movilizaría de inmediato. Pero Silo seguía en sus trece.
—Así es como se hacen las cosas —porfiaba—. Hay reglas que rigen en la
guerra, igual que hay leyes que rigen todos los aspectos de la conducta humana.
Roma no podrá decir que no hemos avisado.
Y a partir de ahí, nada de lo que Mutilo pudiera decir o hacer hizo que
sus iguales dirigentes itálicos cambiasen de opinión en el sentido de que
fuese Roma quien lanzase la primera piedra.
—¡Si les atacamos ahora, acabamos con ellos! —gritó Mutilo en el consejo
aliado, pese a que ya lo había dicho su delegado Cayo Trebatio—. ¡Comprenderéis
que cuanto más tiempo les demos para prepararse, menos posibilidades tenemos de
ganar la guerra! ¡El hecho de que en Roma ignoren nuestros preparativos es
nuestra mejor ventaja! ¡Caigamos sobre ellos! ¡Salgamos mañana mismo! ¡Si
perdemos más tiempo no venceremos!
Pero todos los demás movieron la cabeza con gravedad, menos Mario
Egnacio, el representante samnita compañero de Mutilo en el consejo de guerra;
hasta Silo se opuso, aun admitiendo la lógica de tomar la iniciativa.
—No estaría bien —era la respuesta que obtenían los samnitas por mucho
que presionasen.
La matanza de Asculum Picentum tampoco causó impresión; Cayo Vidacilio,
de los picentinos, se negó a enviar una guarnición a la ciudad para rechazar
una posible represalia romana, alegando que las represalias romanas tardaban y
que a lo mejor ni se producía.
—¡Tenemos que ponernos en marcha! —suplicaba Mutilo una y otra vez—.
¡Los campesinos dicen que el invierno no va a ser largo, no hay motivo para
esperar hasta la primavera! ¡Hay que emprender la marcha!
Pero nadie quería emprenderla y no lo hicieron.
Por eso los primeros disturbios se dieron entre los samnitas, pues nadie
consideró los sucesos de Asculum Picentum como una prueba de sublevación; la
ciudad había desbordado su límite de paciencia y había pasado a la acción. Por
el contrario, la numerosa población samnita en Campania, muy mezclada a romanos
y latinos y que durante generaciones había estado cociendo a fuego lento, de
pronto comenzó a hervir.
Servio Sulpicio Galba trajo las primeras noticias concretas al llegar a
Roma en febrero, despeinado y sin escolta.
El nuevo primer cónsul, Lucio Julio César, convocó inmediatamente al
Senado para que oyera el informe de Galba.
—He estado prisionero seis semanas en Nola —dijo Galba ante la
estupefacta Cámara—. Acababa de enviaros mi comunicado de que regresaba antes
de alcanzar Nola, que en principio no tenía previsto visitar, pero como me
hallaba cerca y allí hay una numerosa población samnita, lo decidí en el último
momento. Me alojé en casa de una anciana muy amiga de mi madre, romana, desde
luego. Y ella fue quien me dijo que estaban sucediendo cosas raras en Nola,
porque, de pronto, a romanos y latinos les resultaba imposible obtener
servidumbre, artículos en el mercado ¡y hasta comida! Sus criados tenían que ir
con un carro hasta Acerrae para comprar lo más necesario. Cuando recorría la
ciudad con mis lictores y soldados no recibíamos más que abucheos y silbidos,
aunque nunca podíamos localizar a los culpables.
Galba se agitaba incómodo, consciente de que el relato de sus aventuras
no era muy inspirado.
—La noche en que llegué a Nola, los samnitas cerraron las puertas de la
ciudad y se apoderaron de ella. Todos los romanos y latinos fueron hechos
prisioneros y obligados a permanecer en sus casas. Sin lictores, sin soldados y
sin funcionarios, me vi encerrado en la casa de mi anfitrión, con una guardia
samnita en la puerta principal y en la trasera. Y allí estuve hasta hace tres
días, cuando mi anfitrión logró distraer a los guardianes de la puerta trasera
mientras yo escapaba. Disfrazado de comerciante samnita, pude cruzar las
puertas de la ciudad antes de que se organizara la persecución.
Escauro se inclinó hacia adelante.
—Servio Sulpicio, ¿viste a alguien de autoridad durante tu
confinamiento?
—A nadie —contestó Galba—. Sólo hablé con los que montaban guardia en la
puerta principal.
—¿Y qué decían?
—Que el Samnio estaba sublevado, Marco Emilio. Yo no podía comprobarlo,
y cuando logré huir me costó un día entero esconderme de cuantos desde lejos me
parecían samnitas. Sólo cuando alcancé Capua comprobé que nadie sabía nada de
esa sublevación, al menos en esa parte
de Campania. De hecho, parece que nadie sabe lo que pasa en Nola. Por el
día, los samnitas nolanos mantienen una puerta abierta como si no sucediese
nada, y cuando conté en Capua lo que me había sucedido se quedaron perplejos.
¡Y alarmados! Los duumviri de Capua me han pedido que el Senado les envíe
instrucciones.
—¿Te dieron de comer durante el cautiverio? ¿Y tu anfitriona? ¿Le
permitían comprar en Acerrae?
—Había poca comida. A mi anfitriona le permitían comprar en Nola, pero
sólo ciertos artículos y a precios desorbitados. No dejaban salir de la ciudad
a ningún latino ni romano —contestó Galba.
En esta ocasión el Senado estaba lleno, pues eso al menos era lo que
había logrado el tribunal de Vario: la unidad senatorial, haciendo que la
Cámara ansiase otro asunto que no fuese la comisión variana.
—¿Puedo hablar? —dijo Cayo Mario.
—Sí, si no hay nadie de mayor rango que quiera hacerlo —replicó
friamente el segundo cónsul, Publio Rutilio Lupo, que tenía los fasces en
febrero y no era partidario de Mario.
Pero nadie pidió la palabra por delante de Mario.
—Si en Nola han confinado a los ciudadanos romanos y latinos en las
circunstancias que has dicho, no cabe duda de que Nola está sublevada contra
Roma. Consideremos un momento los acontecimientos: en junio del año pasado el
Senado delegó a dos de sus pretores para que indagaran lo que nuestro estimado
consular Quinto Lutacio denominó «la cuestión itálica». Hace unos tres meses el
pretor Quinto Servilio fue asesinado en Asculum Picentum junto con los
residentes romanos de la localidad. Y hace unos dos meses el pretor Servio
Sulpicio fue hecho prisionero en Nola, al igual que todos los ciudadanos
romanos de la ciudad.
»Dos pretores, el del norte y el del sur, y dos incidentes atroces, uno
en el norte y otro en el sur. Toda Italia, ¡aun en las zonas más atrasadas!,
sabe y comprende la importancia, la representatividad del pretor romano. Y sin
embargo, padres conscriptos, en el primer caso se cometió asesinato y en el
segundo se detuvo al pretor unos días confinado. Que no sepamos en qué habría
concluido ese arresto de Servio Sulpicio se debe a la feliz
circunstancia de su fuga. Sin embargo, yo creo que, de no haberse dado,
Servio Sulpicio habría muerto también. ¡Dos pretores de Roma con imperium
proconsular! Atacados, por lo que se ve, sin temor a represalias. ¿Qué quiere
eso decir? ¡Una sola cosa, colegas senadores! ¡Para mí, que Asculum Picentum y
Nola se hallan enValentonados para hacer lo que han hecho sin temor a
represalias! En otras palabras, tanto Asculum Picentum como Nola esperan que se
rompan las hostilidades entre Roma y los pueblos itálicos antes de que Roma sea
capaz de replicar.
La Cámara escuchaba con atención cada palabra de Mario. Hizo una pausa y
miró de un rostro a otro, buscando determinadas personas. Lucio Cornelio Sila,
por ejemplo, que le contemplaba con ojos relucientes, y Quinto Lutacio Catulo
César, que escuchaba con gesto amedrentado.
—Soy culpable del mismo delito que todos vosotros, padres conscriptos.
Desde que murió Marco Livio Druso, no ha habido nadie que me haya estado
diciendo que habría guerra, y comencé a creer que él estaba equivocado. Cuando
la marcha del marso Silo sobre Roma no tuvo consecuencias, también yo comencé a
pensar que era tan sólo una argucia más para obtener la ciudadanía. Cuando el
delegado marso entregó a nuestro príncipe del Senado una declaración de guerra,
la desdeñé porque procedía de un solo pueblo itálico, pese a que en la
delegación estaban representados ocho. ¡Lo confieso sinceramente: no podía
creer que un pueblo itálico emprendiese la guerra contra nosotros!
Hizo otra pausa y caminó hasta situarse delante de las puertas cerradas,
desde donde veía toda la Cámara.
—Lo que hoy nos ha contado Servio Sulpicio hace que todo cambie y arroja
nueva luz sobre los acontecimientos de Asculum Picentum. Asculum es una ciudad
de los picentinos y Nola de los samnitas de Campania. Ninguna de las dos es
colonia romana o latina; por consiguiente, hay que colegir que picentinos y
samnitas están coligados contra Roma. Y puede que esos ocho pueblos que
enviaron hace tiempo una delegación formen parte de esa liga. Yo creo que tal
vez con la entrega a nuestro portavoz de la Cámara de esa declaración de
guerra, los marsos quisieran advertirnos de la circunstancia, mientras que a
los otros siete pueblos les tiene sin cuidado.
Marco Livio Druso no se cansaba de repetir que los aliados itálicos
estaban a punto de declarar la guerra. Ahora le creo; sólo que pienso que los
aliados itálicos ya han dado el primer paso.
—¿Crees realmente que existe la ruptura de hostilidades? —inquirió
Ahenobarbo, pontífice máximo.
—Sí, Cneo Domicio.
—Continúa, Cayo Mario —terció Escauro—, quiero oírte antes de tomar la
palabra.
—Poco más tengo que decir, Marco Emilio. Salvo que debemos movilizamos,
y muy de prisa. Que debemos tratar de averiguar la magnitud de esa coalición
contra Roma. Que debemos poner en marcha cuantas tropas tengamos armadas para
defender nuestras carreteras y accesos a Campania. Que debemos averiguar cuál
es la actitud de los latinos hacia nosotros y cómo van a reaccionar nuestras
ciudades colonia en las regiones hostiles si estalla la guerra. Como sabes,
poseo muchas tierras en Etruria, igual que Quinto Cecilio Metelo Pío y otros de
los Cecilios. Quinto Servilio Cepio tiene muchas tierras en Umbría, y Cneo
Pompeyo Estrabón y Quinto Pompeyo Rufo, grandes propiedades al norte de
Picenum. Por tal motivo, creo que debemos mantener en nuestro campo Etruria,
Umbría y el norte de Picenum… tomando inmediatamente la iniciativa de negociar
con los dirigentes locales. Sin embargo, en el caso del norte de Picenum, sus
dirigentes están hoy sentados en esta Cámara.
Mario inclinó la cabeza en dirección a Escauro, príncipe del Senado. —Ni
que decir tiene que yo personalmente me pongo a las órdenes de
Roma —añadió.
—Estoy totalmente de acuerdo con lo que ha expuesto Cayo Mario, padres
conscriptos —dijo Escauro poniéndose en pie—. No podemos perder tiempo. Y
aunque me doy cuenta de que estamos en febrero, propongo que se despoje de los
fasces al segundo cónsul y se entreguen al primer cónsul. Es el primer cónsul
quien debe dirigir asuntos tan graves como éste.
Rutilio Lupo se irguió en su silla, indignado, pero no concitaba mucha
popularidad en la Cámara, y aunque insistió en que se procediera a una
votación, se opuso la gran mayoría. Y así se vio obligado, furioso, a
ceder el primer puesto a Lucio Julio César, primer consul. Estaba presente el
amigo de Lupo, Cepio, pero no habían acudido Filipo ni Quinto Vario.
Lucio Julio César, encantado, demostró sin demora que merecía la
confianza del portavoz de la Cámara, pues aquel mismo dia había adoptado las
decisiones más imperiosas. Los dos cónsules irían al campo de batalla, dejando
al pretor urbano, Lucio Cornelio Cinna, el gobierno de Roma. Había que
descartar el empleo de las tropas de las provincias, ya que esta nueva crisis
no podía alterar disposiciones tomadas anteriormente. Y estas disposiciones
eran que Sentio continuase en Macedonia y los gobernadores de Hispania
prosiguieran su actuación. Lucio Lucilio iría de gobernador a la provincia de
Asia; sin embargo, para que el rey Mitrídates no tuviera posibilidades mientras
Roma zanjaba sus problemas internos, se enviaba a Publio Servilio Vatia a
Cilicia para asegurar la paz en aquella región de Anatolia. Y, lo que era más
importante, Cayo Celio Caldo fue dispensado de sus deberes pretoriales
jurídicos en Roma y se le confiaba el cargo extraordinario de gobernador
conjunto de la Galia transalpina y la Galia itálica.
—Porque está claro —dijo Lucio Julio César— que si Italia se ha
sublevado, no tendremos suficientes tropas de refresco fieles en la península.
En la Galia itálica hay muchas colonias latinas y romanas. Cayo Celio se
acuartelará en la Galia itálica para reclutar y entrenar la tropa.
—Una sugerencia —tronó Cayo Mario—. Me gustaría que el cuestor Quinto
Sertorio fuese con Cayo Celio. Este año tiene obligaciones fiscales y aún no es
miembro del Senado, pero estoy seguro, como muy bien saben los aquí presentes,
que Quinto Sertorio es un auténtico militar. Que aplique su experiencia fiscal
lo mejor que pueda en el ámbito militar.
—De acuerdo —dijo sin ambages Lucio César.
Naturalmente, existían tremendos problemas financieros que resolver. El
Tesoro era solvente y tenía a mano recursos más que sobrados, pero…
—Si esta guerra es de mayor magnitud de lo que pensamos, o se prolonga
más de lo que normalmente cabe esperar, necesitaremos más dinero del que
tenemos —dijo Lucio César—. Más vale actuar a tiempo.
Sugiero que vuelva a establecerse el impuesto directo a todos los
ciudadanos romanos y a los que tienen derechos latinos.
Aquello, desde luego, suscitó furibunda oposición en muchas facciones de
la Cámara, pero Antonio Orator pronunció un excelente discurso, igual que
Escauro, príncipe del Senado, y al final se acordó adoptar la medida. El
tributum no se aplicaba de continuo, sino sólo en caso de necesidad. Después de
la sumisión de Perseo de Macedonia por el gran Emilio Paulo, se había abolido,
sustituyéndolo por un tributum a pagar por los no romanos.
—Si hemos de tener en el campo de batalla más de seis legiones, no nos
bastarán los ingresos del extranjero —dijo el jefe de tribunos del Tesoro—. El
coste de armarlas, alimentarlas, pagarlas y mantenerlas en campaña recaerá
totalmente sobre el Tesoro romano.
—¡Adiós, aliados itálicos! —exclamó con violencia Catulo César. —Dado
que tendremos que mantener entre diez y quince legiones en pie
de guerra… ¿en cuánto debemos fijar el tributum? —inquirió Lucio César,
a quien esta faceta del mando le repugnaba.
El jefe de tribunos del Tesoro y sus ayudantes conferenciaron durante un
buen rato.
—Un uno por ciento del censo total —fue la respuesta.
—¡El censo por cabezas queda excluido, como siempre! —gritó Cepio. —¡El
censo por cabezas —replicó Mario con sorna— será quien
probablemente lleve el peso de la lucha, Quinto Servilio!
—Ya que hablamos de asuntos financieros —añadió Lucio Julio César,
haciendo caso omiso del enfrentamiento—, mejor será que deleguemos a algunos de
los senadores de más prestigio para que se encarguen del equipamiento de las
legiones, sobre todo corazas y armas. Normalmente es el praefectus fabrum quien
se ocupa de ello, pero en este momento no sabemos con certeza cómo vamos a
distribuir las legiones, ni cuántas vamos a necesitar. Yo creo que es preciso
que el Senado se encargue provisionalmente del equipamiento del ejército.
Tenemos cuatro legiones veteranas bien armadas en Capua y dos legiones más en
proceso de reclutamiento e instrucción. Todas estaban destinadas al servicio en
las
provincias, pero eso queda ahora descartado. Las provincias tendrán que
contentarse de momento con las tropas que tengan.
—¡Lucio Julio —terció Cepio—, eso es absurdo! Con la simple evidencia de
dos incidentes en dos ciudades estamos decretando el restablecimiento del
tributum, hablando de poner quince legiones en pie de guerra, delegando
senadores para que organicen la compra de miles y miles de mallas, espadas,
etcétera, enviando gobernadores a provincias que oficialmente no denominamos
provincias… ¡Acabarás proponiendo que se recluten a todos los varones de menos
de treinta y cinco años que sean ciudadanos romanos o latinos!
—Efectivamente —contestó cordial Lucio César—. No obstante, querido
Quinto Servilio, no tienes por qué preocuparte…, tú superas con creces los
treinta y cinco. En años, al menos —añadió tras una pausa.
—A mí me parece —dijo Catulo César, altanero— que Quinto Servilio puede,
¡y digo puede!, haber dicho algo razonable. Creo que sin duda podríamos
contentarnos con las tropas que tenemos actualmente, preparando más sobre la
marcha…, sólo conforme se materialicen las pruebas de insurrección
generalizada, si se materializan.
—¡Cuando se necesiten las tropas, Quinto Lutacio, tienen que estar
listas y equipadas para el combate! —insistió Escauro—. ¡Deben estar
entrenadas! —repitió, volviendo la vista hacia el que estaba a su derecha—.
Cayo Mario, ¿cuánto se tarda en convertir a un recluta en un buen soldado?
—Para poderle enviar al campo de batalla…, cien días. Y en ese plazo
nadie es buen soldado, Marco Emilio. Hace falta participar en una batalla para
serlo —contestó Mario.
—¿Puede hacerse en menos de cien días?
—Puede…, si se dispone de buenos reclutas y de centuriones instructores
fuera de lo normal.
—Pues mejor será que encontremos centuriones fuera de lo normal para la
instrucción —comentó Escauro, taciturno.
—Sugiero que volvamos al tema que nos ocupa —dijo con firmeza Lucio
César—. Estábamos hablando de un praefectus fabrum senatorial que se encargue
del equipamiento y armamento de las legiones que aún no
poseemos. En mi opinión, deberíamos proponer varios nombres para el
cargo y que el elegido designe a su propio equipo. Sugiero que propongamos
hombres que, por un motivo u otro, no sean aptos para el combate. Nombres, por
favor.
Se eligió para el cargo a Lucio Calpurnio Piso Cesonino, hijo del primer
legado Cayo Casio, muerto en Burdigala en la emboscada de los germanos. Víctima
de una extraña enfermedad que en verano afectaba a los niños, Piso tenía la
pierna izquierda atrofiada y no era apto para el servicio militar. Casado con
la hija de Publio Rutilio Rufo, ahora exiliado en Esmirna, Piso era un hombre
inteligente que había sufrido mucho por la muerte prematura de su padre, en
particular en el aspecto económico. Al saber que le encomendaban la
procuraduría de todos los ejércitos y que podía designar a sus colaboradores,
sus ojos se iluminaron. ¡Si no era capaz de rendir un buen servicio a Roma al
tiempo que llenaba su bolsa vacía, era digno de quedar para siempre en el
anonimato! Permaneció sentado y sonriente, pensando que podría llevar a cabo
las dos cosas.
—Pasemos ahora al mando y las disposiciones —dijo Lucio César, que ya
comenzaba a cansarse, aunque no pensaba dar por concluida la sesión hasta dejar
zanjado este último tema.
—¿Cuál es la mejor manera de organizarnos? —inquirió.
Por derecho, habría debido dirigir aquella pregunta a Cayo Mario, pero
él no era un admirador de Mario; además, pensaba que por el infarto y por su
edad, Mario ya no era el de antes. Mario ya había tenido una intervención y
había dicho lo que tenía que decir. Los ojos de Lucio César se fueron fijando
en los rostros de los que ocupaban las gradas de ambos lados, pensativo.
Después de preguntar cuál era la mejor manera de organizarse, añadió
rápidamente otra pregunta para que la contestara Mario.
—Lucio Cornelio, de sobrenombre Sila, me gustaría oír tu opinión — dijo
el primer cónsul, marcando claramente las palabras, ya que el pretor urbano era
también un Lucio Cornelio, por sobrenombre Cinna.
A Sila le sorprendió la interpelación, pero no por eso vaciló en
contestar.
—Si nuestros enemigos son los ocho pueblos que enviaron esa delegación,
existen posibilidades de que nos ataquen en dos frentes: por el este, a lo
largo de la Via Salaria y la Via Valeria con sus dos ramales, y por el sur,
donde la influencia samnita cubre toda la zona del Adriático hasta el Toscano
en la bahía del Crater. Empecemos por el sur. Si los pulleses, los lucanos y
los venusinos se unen a los samnitas, los hirpinos y los frentanos, el sur se
convierte por sí solo en amplísimo campo de operaciones. Al segundo teatro de
operaciones podemos asignarle dos nombres: frente norte, referido a las tierras
al norte y al este de Roma, o frente central, en el sentido de los territorios
al norte y al este de Roma. Los marsos, los pelignos, los marrucini, los vestinos
y los picentinos son los pueblos que ocupan este frente central o norte.
Habréis notado que, de momento, no he incluido Etruria, Umbría ni el Picenum
norte.
Sila respiró hondo y se apresuró a continuar con la exposición que
bullía en su mente.
—En el sur, nuestros enemigos harán todo lo posible por aislarnos de
Brundisium, Tarentum y Rhegium, y en el centro o norte, procurarán aislarnos de
la Galia itálica, desde luego en la Via Flaminia y posiblemente en la Via
Cassia. Si lo consiguen, nuestro único acceso a la Galia itálica será por la
Vía Aurelia y por la Via Emilia Scauri hasta Dertona y de allí hasta Placentia.
—Baja al centro de la Cámara, Lucio Cornelio, de sobrenombre Sila —
interrumpió Lucio César.
Sila bajó de la grada, dirigiendo una leve mirada a Mario; no le hacía
gracia estar plagiando su análisis del viejo maestro. El que lo hiciera
respondía a complejos motivos, una mezcla de amargo resentimiento porque el
hijo de Mario estuviera vivo, y rencor porque al regresar de Cilicia nadie del
Senado, Mario incluido, le hubiese instado a hacer un informe de su actuación
en Oriente; aparte de la plena seguridad de que si hablaba bien en la Cámara
llegaría muy lejos y rápido. Lo siento, Cayo Mario, pensó. No quiero
perjudicarte, pero pienso hacerlo siempre que sea preciso.
—Yo creo —continuó desde el centro de la Cámara— que necesitamos a los
dos cónsules en el campo de batalla, como ha sugerido Lucio Julio. Uno de ellos
tendría que ir al sur de Capua, que nos es vital; porque si perdemos Capua
perdemos los mejores dispositivos de entrenamiento y una ciudad muy
experimentada en la provisión de instrucción militar y reclutamiento. Tendría
que haber, desde luego, un encargado consular de la instrucción y el
reclutamiento en la misma Capua, aparte del cónsul con mando en ese frente. El
cónsul que vaya al sur tendrá que hacer frente a lo que los samnitas y sus
aliados le organicen. Lo que los samnitas tratarán de hacer es dirigírse al
Oeste, a través de sus viejas guaridas en torno a Acerae y Nola, hacia los
puertos de la orilla sur de la bahía del Crater, Stabiae, Salemum, Surrentum,
Pompeii y Herculaneum. Si alguno, o todos, caen en sus manos, dispondrán de
puertos en el mar Toscano mucho mejores que los del Adriático al norte de
Brundisium. Y nos habrán aislado del extremo sur.
Sila no era un gran orador, sus estudios de retórica habían sido escasos
y en el ejercicio de su cargo como senador siempre había estado en una guerra u
otra, pero aquello no consistía en disertar con buena oratoria, sino en exponer
las cosas claramente.
—El frente central o norte es más difícil. Hemos de suponer que todas
las tierras entre el norte de Picenum y Apulia, incluidas las tierras altas de
los Apeninos, son territorio enemigo. Aquí son los propios Apeninos el gran
obstáculo. Si logramos conservar Etruria y Umbría podremos dar buena cuenta del
enemigo desde un principio, pero si no lo logramos, Etruria y Umbría pasarán al
enemigo y perderemos las rutas de comunicación con la Galia itálica. Al frente
de ese teatro de operaciones debe haber un cónsul.
—Pero tendremos que tener un comandante supremo —dijo Escauro. —No
podemos, príncipe del Senado. Nuestras tierras separan esos dos
teatros que he descrito —dijo Sila con firmeza—. El Lacio es alargado y
se interna en el norte de Campania, con lo que posiblemente sólo la mitad de
Campania nos permanecerá fiel. Dudo mucho que el sur de Campania nos sea leal
si los insurgentes ganan alguna batalla, porque está plagada de samnitas e
hirpinos. Fijaos en lo que ha sucedido en Nola. Al este del Lacio, los Apeninos
son impracticables, y tenemos además las lagunas Pontinas.
Un solo comandante tendría que ir y venir constantemente de una región a
otra, muy alejadas, y no podría hacerlo con suficiente rapidez para hacerse
cargo de la situación. ¡Habrá que luchar en dos frentes! Si no tres.
Posiblemente el sur pueda llevarse como una sola campaña, pues los Apeninos son
muy bajos en el punto de confluencia de Samnio, Apulia y Campania. Sin embargo,
el frente norte o central es muy probable que acabe dividido en dos frentes, el
norte y el central; y ello debido a que allí se dan las máximas alturas de los
Apeninos. Las tierras de los marsos, los pelignos y posiblemente los marrucini
constituyen un teatro de operaciones distinto a las de los picentinos y
vestinos. Yo no veo el modo de contener a los itálicos presentándoles batalla únicamente
en el centro. Probablemente tendremos que enviar un ejército a las zonas
rebeldes de Picenum a través de Umbría y el norte de Picenum para que descienda
a la vertiente adriática. Entretanto, tendremos que atacar al este de Roma en
tierras de marsos y pelignos.
Sila tuvo irremisiblemente que hacer una pausa, por mucho coraje que le
causara su debilidad. ¿Qué pensaría Cayo Mario? Si no estaba de acuerdo con su
exposición, en su mano estaba manifestarlo. Al oírle tomar la palabra, se puso
tenso.
—Por favor, continúa, Lucio Cornelio —decía el viejo maestro—. Hasta
ahora yo no lo habría hecho mejor.
Sus ojos claros lanzaron un destello y una tenue sonrisa se dibujó en
las comisuras de los labios, para esfumarse inmediatamente.
—Creo que eso es todo —dijo, encogiéndose de hombros—. Tened en cuenta
que es aplicable a una insurrección en la que participan ocho pueblos itálicos
por lo menos. Sin embargo, yo diría que los que sean enviados al teatro de
operaciones norte-central en particular deben contar con numerosos clientes en
la zona. Si, por ejemplo, Cneo Pompeyo Estrabón tuviese que maniobrar en
Picenum, dispone allí de una fuerte base de poder en sus miles de clientes. Lo
mismo podría decirse de Quinto Pompeyo Rufo, aunque en menor escala. En
Etruria, Cayo Mario es un gran terrateniente que cuenta también con miles de
clientes; como también los Cecilios Metelos. En Umbría, Quinto Servilio Cepio
es único. Si esos
hombres estuviesen en relación con el teatro de operaciones norte o
central sería una buena ayuda.
Sila hizo una inclinación de cabeza al sedente Lucio Julio César y
regresó a su puesto entre murmullos de admiración (al menos eso pensó él). Le
habían preguntado su opinión antes que a nadie en la Cámara, y eso había sido
una buena oportunidad para dar una zancada hacia la fama. ¡Increíble! ¿Sería
posible que, por fin, hubiese llegado su hora?
—Debemos dar las gracias a Lucio Cornelio Sila por tan magnífica
exposición —dijo Lucio César, sonriendo a Sila de un modo que prometía futuros
favoritismos—. Por mi parte, estoy de acuerdo con él. Pero ¿qué dice la Cámara?
¿Hay alguien que piense otra cosa?
Por lo visto nadie pensaba distinto.
Escauro, príncipe del Senado, lanzó un bronco carraspeo.
—Tienes que tomar tus disposiciones, Lucio Julio —dijo—. Si los padres
conscriptos no tienen inconveniente, sólo quiero manifestar que preferiría
quedarme en Roma.
—Creo que harás falta en Roma, estando ausentes los dos cónsules —
contestó afable Lucio César—. El portavoz de la Cámara será de gran utilidad a
nuestro pretor urbano, Lucio Cornelio, de sobrenombre Cinna. Publio Rutilio
Lupo —añadió, mirando de lado a su colega Lupo—, ¿estarías dispuesto a aceptar
la carga del mando al norte y centro de Roma? Como primer cónsul, considero que
es esencial que yo tome el mando en Capua.
—Asumiré la carga con gran placer, Lucio Julio —contestó Lupo sin caber
en sí de gozo.
—Entonces, si la Cámara no hace objeciones, yo tomaré el mando en
Campania. Como jefe legado, elijo a Lucio Cornelio, de sobrenombre Sila. Para
el mando en la propia Capua y dirigir todas las actividades pertinentes, nombro
al consular Quinto Lutacio Catulo César. Mis otros legados serán Publio Licinio
Craso, Tito Didio y Servio Sulpicio Galba —dijo Lucio César—. Colega, Publio
Rutilio Lupo, ¿a quiénes eliges tú?
—A Cneo Pompeyo Estrabón, Sexto Julio César, Quinto Servilio Cepio y
Lucio Porcio Cátón Uciniano —contestó Lupo con voz fuerte.
Se hizo un silencio que duró un instante que a todos les pareció
interminable. ¡Alguien debe romperlo!, pensó Sila abriendo la boca sin
proponérselo.
—¿Y Cayo Mario? —inquirió ásperamente.
—Tengo que confesar —dijo Lucio César parpadeando— que no elegí a Cayo
Mario pensando en lo que dijiste, Lucio Sila; creí que era natural que mi
colega Publio Rutilio quisiera llevarlo con él.
—¡Pues no lo quiero! —replicó Lupo—. ¡Ni voy a consentir que me lo
endoséis! Que se quede en Roma con los demás de su edad e incapacidad. Está
demasiado viejo y enfermo para ir a la guerra.
En aquel momento, Sexto Julio César se puso en pie.
—¿Puedo hablar, primer cónsul? —dijo.
—Te lo ruego, Sexto Julio.
—No soy viejo —dijo Sexto Julio César con voz ronca—, pero estoy
enfermo, como bien sabe la Cámara por mi respiración sibilante. En mi juventud
adquirí experiencia militar más que suficiente, sobre todo con Cayo Mario en
Africa y en las Galias contra los germanos. También serví en Arausio, donde mi
enfermedad decididamente me salvó la vida. De todos modos, con el invierno a
las puertas, no serviré de mucho en la campaña de los Apeninos. Soy más viejo y
mi pecho es débil. Desde luego cumpliré con mi deber, pues soy romano de una
gran familia. Pero he advertido que en todo lo que se ha hablado, nadie ha
mencionado la caballería, y necesitaremos caballería. Quisiera pedir a la
Cámara que me excusase de servir como comandante en el campo de batalla entre
montañas y me autorice a organizar el dispositivo de transportes y a pasar los
meses más fríos reuniendo una fuerza de caballería en Numidia, la Galia
transalpina y Tracia. Puedo también enrolar para la infantería a ciudadanos
romanos que residen en el extranjero. Es una tarea para la que estoy capacitado
y cuando regrese reasumiré el mando en el campo de batalla que os dignéis
indicar.
— Efectuó un carraspeo y comenzó a notársele la respiración sibilante—.
Requiero a la Cámara a que considere a Cayo Mario como sustituto en mi cargo de
legado.
—¡Ja! ¡Cuñados! —exclamó Lupo, poniéndose en pie de un salto—. ¡A mí no
me engañas, Sexto Julio, no me engañas! ¡Después de escucharte durante años, me
da la impresión de que tu mal es de lo más oportuno! ¡Te viene y se te va según
te conviene! Yo también puedo hacerlo… ¡Escuchad!
Lupo comenzó a imitar una respiración sibilante.
—Estarás harto de oír mi respiración, Publio Lupo, pero no has escuchado
bien —replicó Sexto César con amabilidad—, porque no tengo sibilancias cuando
aspiro, sino cuando espiro.
—¡Me da igual cómo hagas tus malditos ruidos! —gritó Lupo—. ¡No vas a
librarte de servir a mis órdenes y no pienso aceptar a Cayo Mario en tu lugar!
—Un momento, os lo ruego —terció Escauro, príncipe del Senado,
poniéndose en pie—. Tengo algo que decir al respecto —añadió, mirando a Lupo en
su silla curul con una expresión muy parecida a la que había adoptado cuando
Vario le había acusado de traición—. ¡No eres de las personas a quienes más
estimo precisamente, Publio Lupo! De hecho, me apena profundamente que lleves
el mismo nombre que mi querido amigo Publio Rutilio, de sobrenombre Rufo. ¡ Sí,
seréis parientes, pero no os parecéis lo más mínimo! Rufo el Rojo era una de
las mayores honras de esta Cámara que mucho añoramos, mientras que Lupo el Lobo
es una de las pústulas más lamentables!
—¡Me estás insultando! —exclamó Lupo, indignado—. ¡No puedes hacerlo;
soy cónsul!
—Yo soy el portavoz de la Cámara, Publio Lobo, y creo que a mi edad ya
ha quedado suficientemente demostrado que puedo hacer lo que me plazca… ¡porque
cuando hago algo, Publio Lobo, tengo mis buenas razones y a mi corazón lo mueve
el interés de Roma! ¡Pues bien, gusano miserable, piensa con la cabeza! ¡Y no
me refiero a esa parte de tu anatomía que tienes pegada al cuello! ¿Quién te
has creido que eres? ¡Estás sentado en esa silla porque has tenido dinero de
sobra para sobornar al electorado!
Rojo de ira, Lupo abrió la boca.
—¡No hables, Lupo! —gruñó Escauro—. ¡Quédate sentado!
Escauro se volvió hacia Cayo Mario, que estaba muy erguido en su
asiento. Nadie habría podido decir lo que sentía por verse marginado.
—Tenemos aquí a un gran hombre —prosiguió Escauro—. ¡Sólo los dioses
saben las veces que a lo largo de mi vida le habré maldecido! ¡Sólo los dioses
saben cuántas veces en mi vida habré deseado que no existiera! ¡Sólo los dioses
saben cuántas veces en mi vida habré sido su peor enemigo! Pero a medida que el
tiempo discurre cada vez más raudo y mi vida se esfuma, compruebo que cada vez
recuerdo a menos hombres. Y no es un simple factor relacionado con la
previsible inminencia de la muerte, sino un acopio de la experiencia que me
dice a quién Vale la pena recordar con afecto y a quién no. Algunos de los
hombres por quienes más afecto he sentido, hoy día no me dicen nada. Mientras
que por algunos de los que más he detestado tengo profundos sentimientos.
Sabiendo perfectamente que Mario le estaría mirando con un peculiar
destello en los ojos, Escauro se guardó mucho de volver la cabeza, porque no
ignoraba que, de haberlo hecho, no habría podido contener la carcajada, y el
discurso que estaba pronunciando era sentido y grave. ¡Un rasgo humorístico
podía echarlo todo por tierra!
—Cayo Mario y yo hemos vivido juntos toda una época —continuó, mirando
al demudado Lupo—. El y yo hemos estado sentados uno al lado del otro en esta
Cámara, mirándonos con ira muchos más años de los que hace que tú, Lobo, llevas
la toga de adulto. Hemos regañado y vociferado, pugnado uno con otro. Pero
también hemos combatido juntos a los enemigos de la república, hemos
contemplado juntos los cadáveres de gentes que habrían podido ser la ruina de
Roma, hemos andado codo con codo, hemos reído al unísono y hemos llorado
juntos. ¡Os lo repito! Tenemos aquí a un gran hombre. A un gran romano.
Escauro bajó de la grada hasta el suelo de la Cámara, caminó hasta las
puertas y se quedó allí plantado.
—Igual que Cayo Mario, igual que Lucio Julio, igual que Lucio Cornelio
Sila, hoy no me cabe la menor duda de que nos hallamos ante una terrible
guerra. Ayer no estaba tan convencido. ¿Por qué ese cambio? Sólo los dioses lo
saben. Cuando el orden establecido de las cosas nos dice que
éstas son de cierta manera porque han sido de esa cierta manera durante
mucho tiempo, nos cuesta modificar nuestras impresiones y la pasión obnubila
nuestro intelecto. Pero cuando en un breve lapso de tiempo caen las escamas de
nuestros ojos, lo vemos todo claramente. Y es lo que a mí me ha sucedido hoy.
Le ha sucedido también a Cayo Mario. Y probablemente les habrá sucedido a la
mayoría de los senadores presentes. Porque de pronto se manifiestan con
claridad mil pequeños indicios que ayer se nos escapaban.
»He optado por permanecer en Roma porque sé que aquí seré más útil en el
cuerpo político. Pero no es el caso de Cayo Mario. Que, ¡como yo!, hayáis
estado más en desacuerdo que de acuerdo con él, o que, ¡como Sexto Julio!,
estéis vinculados a él por el doble lazo del afecto y de un matrimonio, todos
tenéis que admitir, ¡como lo admito yo!, que en Cayo Mario tenemos un excelente
talento militar y un pozo de experiencia que supera a la de todos nosotros
juntos. ¡Poco me importaría que Cayo Mario tuviese noventa años y hubiese
sufrido tres infartos! Me habría levantado del mismo modo a deciros lo que
estoy diciendo, que si es capaz de razonar como lo hace, tenemos que utilizarlo
en donde más descuella: ¡en el campo de batalla! ¡Desterrad vuestra
intolerancia, padres conscriptos! Cayo Mario tiene mi misma edad, nada más que
sesenta y siete años, y el único infarto que le afectó data ya de diez años
atrás. Como príncipe del Senado, insisto en que Cayo Mario debe ser jefe legado
de Publio Lupo y poner al servicio de Roma su mejor talento.
Nadie hablaba. Y parecía que nadie respirase; incluso Sexto César.
Escauro volvió a sentarse junto a Mario, con Catulo César al otro lado. Lucio
César los miró a los tres y a continuación dirigió la vista a lo largo de la
grada hacia las puertas, donde se sentaba Sila. Al mirarle a los ojos, notó que
su corazón se aceleraba. ¿Qué significaba aquella mirada? Tantas cosas, que era
difícil de decir.
—Publio Rutilio Lupo, te ofrezco la oportunidad de aceptar
voluntariamente de legado mayor a Cayo Mario. Si te niegas, plantearé la
cuestión a la Cámara en votación.
—¡De acuerdo, de acuerdo! —exclamó Lupo—. ¡Pero no le quiero como único
legado mayor! ¡Que comparta el cargo con Quinto Servilio Cepio!
—¡Ésta si que es buena! —exclamó Mario, echando hacia atrás la cabeza y
soltando una carcajada—. ¡El caballo de octubre uncido con un burro!
Julia, naturalmente, esperaba a Mario tan anhelante como puede estarlo
la fiel esposa de un político. A Mario le fascinaba que siempre parecía saber
como por instinto que algo grave se debatía en el Senado. Ni él mismo lo había
imaginado al ponerse en camino por la mañana hacia la Curia Hostilia. ¡Pero
ella si!
—¿Tendremos guerra? —inquirió Julia.
—Sí.
—¿Será enconada? ¿Sólo con los marsos, o con otros?
—Yo calculo que con la mitad de los aliados itálicos y seguramente se
les unirán otros. ¡Tenía que habérmelo imaginado! Pero Escauro dio en el clavo:
la pasión nubla los hechos. Druso lo sabía. ¡Ah, Julia, si no hubiese muerto!
Si él estuviese vivo, los itálicos habrían obtenido la ciudadanía y no nos
enfrentaríamos a una guerra.
—Marco Livio murió porque hay quienes no consentirán bajo ningún
concepto que los itálicos adquieran la ciudadanía.
—Tienes razón; claro que tienes razón. ¿Crees que al cocinero le daría
una apoplejiá si se le encomienda una exquisita cena para una tribu entera,
mañana? —añadió, cambiando de tema.
—Yo creo que entrará en trance, porque siempre está refunfuñando que
invitamos poco.
—¡Estupendo! Mañana he invitado a cenar a toda una tribu.
—¿Por qué, Cayo Mario?
—Quizá porque tengo el extraño presentimiento de que será la última vez
que muchos de nosotros nos veamos, mea vita. Meum mel. Te amo, Julia.
—Y yo a ti —contestó ella, apacible—. Bien, ¿quiénes vienen a cenar?
—Quinto Mucio Escévola, que espero sea el suegro de nuestro hijo,
Marco Emilio Escauro, Lucio Cornelio Sila, Sexto Julio César, Cayo Julio
César y Lucio Julio César.
—¿Con sus esposas? —inquirió Julia, un tanto agobiada.
—Sí, con las esposas.
—¡Oh, no!
—¿Por qué lo dices?
—¡Dalmática, la esposa de Escauro, y Lucio Cornelio!
—Bah, eso sucedió hace años —replicó Mario, restándole importancia
—. Los hombres los situaremos en las camillas en estricto orden de
categoría; tú colocas a las mujeres del mejor modo posible. ¿Qué te parece?
—Bien, de acuerdo —contestó Julia, que aún tenía sus reservas—. Lo mejor
será que siente a Dalmática y a Aurelia en frente de Lucio y Sexto Julio, y a
Elia y Licinia frente al lectus medius. Yo me sentaré con Claudia de cara a
Cayo Julio y Lucio Cornelio. ¡No creo que Lucio Cornelio se haya acostado con
Claudia! —añadió con una risita.
—¿Insinúas que se ha acostado con Aurelia? —inquirió Mario con profusa
perturbación del entrecejo.
—¡No! ¡Cayo Mario, de verdad que a veces eres exasperante!
—A veces lo eres tú —replicó Mario—. Bueno, ¿y dónde piensas colocar a
nuestro hijo? Sólo tiene diecinueve años.
Julia colocó al joven Mario a los pies del lectus imus, el lugar más
bajo para un varón. El no hizo objeciones, dado que el siguiente invitado a
aquel puesto más bajo era otro pretor urbano, su tío Lucio Cornelio. El resto
de invitados eran todos consulares, y su padre reunía dos consulados más que
todos los demás juntos. Fue una agradable sensación para el joven, pero no se
hacía ilusiones de superar a su progenitor, pues la única manera sería ser
cónsul a una edad muy joven, incluso más joven de la que tenían al serlo
Escipión el Africano o Escipión Emiliano.
El joven Mario sabía que le tenían dispuesto un matrimonio con la hija
de Escévola; no conocía a Mucia, pues era muy joven para ir a fiestas, pero le
habían dicho que era muy bella. No era de extrañar, su madre, Licinia,
seguía siendo una mujer hermosa, que ahora estaba casada con Metelo
Celer, hijo de Metelo el Baleárico. Adulterio. La joven Mucia tenía dos
hermanastros Cecilios Metelos. Escévola se había casado con otra Licinia, menos
hermosa, y era ésta la que acudió a la cena y se lo pasó en grande.
A pesar de ello, Lucio Cornelio Sila escribía a Publio Rutilio Rufo, en
Esmirna:
Para mí fue un auténtico desastre, Y si no fue un desastre irremediable
fue por obra y gracia de Julia, que se aseguró de que todos los hombres
quedaban acomodados según el protocolo y sentó a las damas donde no causaran
problemas. Con el resultado de que lo único que vi de Aurelia y de Dalmática,
esposa de Escauro, fue la espalda.
Sé que Escauro te escribe, porque nuestras cartas salen en el mismo
correo; así que no te repetiré la noticia de la guerra inminente contra los
itálicos, ni te daré un resumen del discurso que él pronunció en la Cámara en
elogio de Cayo Mario. ¡Estoy seguro de que Escauro te habrá enviado una copia!
Sólo te diré que la actitud de Lupo me pareció lamentable, y no pude quedarme
callado cuando vi que se negaba a dar un cargo al viejo maestro. Lo que más me
fastidia es que ese burro de Lupo —¡de lobo no tiene nada!— sea el comandante
de todo un frente, mientras Cayo Mario queda relegado a tareas secundarias. Lo
más curioso es la afabilidad con que Cayo Mario recibió la noticia de que
tendría que compartir el cargo de legado mayor con Cepio. ¿Qué preparará el zorro
de Arpinum contra semejante zopenco? Me imagino que algo de órdago.
Pero me he alejado del tema de la cena y quiero volver a él, ya que
Escauro y yo hemos acordado escribir abundantemente y repartirnos los temas. A
mí me han tocado en suerte los comadreos, lo que no es justo, ya que Escauro es
el mayor chismoso que conozco después de ti, Publio Rutilio. Escévola fue a la
cena porque Cayo Mario está preparando la boda de su hijo con Mucia, la hija
que tuvo Escévola con la primera Licinia (llamada Mucia Tercia, para
distinguirla de las dos Mucias mayores que ella de Escévola el Augur). La joven
tiene ahora trece años y lo siento por ella, porque el joven Mario no es de las
personas que yo más admire; es un
cachorro arrogante, presuntuoso y ambicioso. Los que tengan que
habérselas con él en el futuro se verán en un brete. No es de la misma
naturaleza que mi querido y difunto hijo.
Publio Rutilio, como nunca he tenido mucha vida familiar ni de niño ni
de mayor, mi hijo me resulta insustituible. Desde el día que le conocí le amé
con todo mi corazón. En él encontraba al compañero ideal, y todo lo que yo
hacía le parecía maravilloso. En mi viaje a Oriente, él añadió una faceta de
interés y entusiasmo. No me importó que no pudiera darme la opinión y los
consejos que me habría dado una persona de mi edad; pero siempre comprendía las
cosas y era afectuoso. Y de pronto murió. ¡Fue tan súbito e inesperado…! No
ceso de repetirme: si se tuviese tiempo, si se pudiese prever… Pero ¿qué
preparativos puede hacer un padre para la muerte de su hijo?
Viejo amigo, desde que él murió el mundo me resulta más gris. Es como si
prescindiera de mí. Ya hace casi un año y creo que ya me he acostumbrado a su
ausencia, aunque en muchos aspectos nunca me acostumbraré. Me falta una parte
de mi propia esencia y noto un vacío que jamás llenaré. Me siento, por ejemplo,
incapaz de hablar de él a nadie y oculto su nombre como si nunca hubiese
existido. Porque mi dolor es insoportable. Ahora, mientras escribo hablándote
de él, estoy llorando.
Pero tampoco pretendía hablarte de mi hijo. ¡Se suponía que había de
escribirte a propósito de esa malhadada cena! Quizá lo que me indujo a pensar
en él (aunque confieso que siempre pienso) fue el hecho de que ella estuviese
presente. La pequeña Cecilia Metela Dalmática, esposa de Escauro. Supongo que
ahora tendrá unos veintiocho años o poco le faltará. Se casó con Escauro a los
diecisiete, a principios del año en que derrotamos a los cimbros; lo recuerdo.
Tienen una niña de diez años y un niño de unos cinco; los dos de Escauro, sin
género de dudas, los conozco. Escauro ya habla de casar a la niña con el hijo
de su gran amigo Escévola el Augur, Manio Acilio Glabrio. Aunque hace años que
son consulares para no preocuparse por el baldón de homo novus, no es el linaje
lo que los atrae, supongo, sino la fortuna familiar, casi igual a la de los
Servilios Cepionis. A mí, personalmente, me tienen sin cuidado los Acilios
Glabriones, pese a que el abuelo de Manio Acilio Glabrio se pusiera de
parte de Cayo Graco. ¡Por ello precisamente murió, como todos los que fueron
partidarios suyos! Bueno, basta. Creo que ha sido un buen chismorreo, ¿no
crees? ¿No? ¡Pues que Lamia te lleve!
Dalmática es una hermosa mujer. ¡Cómo me encandiló la primera vez,
cuando me presentaba a las elecciones de pretor! ¿Recuerdas? Es sorprendente
pensar que ya han pasado diez años. Paso de los cincuenta años, Publio Rutilio,
y me parece que estoy tan lejos de ser cónsul como cuando vivía en el Subura.
Uno se inclina a preguntarse qué es lo que le haría Escauro por aquellas
tonterías de hace nueve años. Pero ella lo oculta bien. Lo único que salió de
su boca cuando nos encontramos en el comedor fue un frío ave y una tímida
sonrisa. No me miró a los ojos. Y no se lo reprocho. Supongo que pensaría que
Escauro consideraría reprochable su actitud y obró en consecuencia. Desde
luego, él nada habría podido reprocharle, porque desde que se sentó en la silla
de espaldas a mí no se volvió en toda la cena. Todo lo contrario de nuestra
querida y apreciada Aurelia, que nos mareó con sus giros y movimientos. Si,
vuelve a ser feliz porque Cayo Julio va a salir en breve de viaje para una
misión. Acompaña a su hermano Sexto Julio a reunir caballería para Roma en
Africa y en la Galia.
No pretendo ser malévolo, aunque ésa sea mi reputación, y bien merecida
que la tengo. Los dos la conocemos muy bien y nada puedo decirte de ella que
sea una sorpresa para ti. Ella y su esposo se aman profundamente, pero no es un
amor feliz y cómodo. El le corta el vuelo y ella lo sufre; por eso, al saber
que va a estar fuera de Roma unos cuantos meses, la otra noche era todo
animación, risas y se la veía muy distinta a la persona prosaica que suele ser,
Y Cayo Julio, que estaba a mi lado en la camilla, lo notó perfectamente. Ya
sabes, Publio Rutilio, que cuando Aurelia está animada, contagia su buen humor
a todos. Helena de Troya no le habría llegado a la suela del zapato.
¡Imagínate, si puedes, al príncipe del Senado haciendo el tonto como un
adolescente! Y no digamos Escévola; y hasta Cayo Mario. No es que las demás
mujeres no llamasen la atención,
pues algunas estaban radiantes, pero ni siquiera Julia o Dalmática
podían hacerle sombra, detalle que Cayo Julio captó claramente.
Sin embargo, fue una cena extraña. Es como si te oyera decir: ¿Y por qué
se celebró? No estoy seguro, aunque me dio la impresión de que Cayo Mario había
tenido algún presentimiento. Como si los que estábamos reunidos no fuésemos a
volver a vernos en iguales circunstancias. Habló de ti apesadumbrado, diciendo
cuánto te echaba de menos. Y habló también con tristeza de si mismo. Y de
Escauro. Y —¡cosa que me turbó!— del joven Mario. En cuanto a mi, me vi objeto
de su más profunda pena. Aunque nos hemos apartado progresivamente desde la
muerte de Julilla, es algo que no entiendo en él. Estamos ante lo que promete
ser una guerra muy difícil de ganar, lo que significa, creo yo, que Cayo Mario
y yo tendremos que trabajar juntos con la misma unión con que solíamos hacerlo;
por lo que la única conclusión a que puedo llegar es que teme por sí mismo.
Teme no sobrevivir a la guerra. Teme que sin su potente presencia para
apoyarnos, todos padeceremos.
Fiel a mi compromiso con Escauro, no te hablaré de la guerra que se
avecina. Sin embargo, tengo un retazo que ofrecerte que Escauro desconoce. El
otro día vino a visitarme Lucio Calpurnio Pisón Cesonino, a quien han
encomendado organizar el armamento y aprovisionamiento de las nuevas legiones.
¿No está casado con tu hija? Sí, cuanto más lo pienso, más convencido estoy de
que sí. Bueno, me contó una curiosa historia. Es una lástima que los Apeninos
nos aíslen de tal modo de la Galia itálica, sobre todo de la parte adriática.
Ya era hora de que organizásemos la Galia itálica como una auténtica provincia
y enviásemos un gobernador en toda regla, más otro gobernador a la Galia
Transalpina. Para esta guerra hemos nombrado un solo gobernador para las dos
Galias, pero con sede en la itálica, el pretor Cayo Celio Caldo. Quinto
Sertorio es su cuestor; un nombramiento muy acertado. Es asombroso cómo los
Marios llevan lo militar en la sangre; estoy convencido, porque Sertorio es un
Mario por parte de madre. Y sabino, por ende.
Pero estoy alejándome de lo que te decía. Pisón Cesonino hizo un viaje
rápido al norte para encargar corazas y armas y se dirigió a las
localidades habituales, Populonia y Pisae. Allí oyó hablar de nuevas
ciudades con talleres de fundición al este de la Galia itálica, dirigidas por
una empresa de Placentia. Y a Placentia se encaminó, ¡pero no pudo averiguar
nada! Sí, localizó la empresa, pero no soltaron prenda. Entonces se dirigió al
este, a Patavium y Aquileia, donde descubrió que en la región existe toda una
nueva industria; y, además, se enteró de que en todas esas ciudades con
fundiciones han estado fabricando armas y corazas para los aliados itálicos con
un contrato de exclusiva… ¡hace casi diez años! Cesonino piensa que no hay
trampa ni cartón: a los herreros les ofrecieron un contrato exclusivo, les
pagaban religiosamente y sirvieron los encargos. Aunque los talleres son de
propiedad particular, las ciudades son de un propietario único que es dueño de
todo menos de los talleres. Un dueño que, según los indígenas, es senador de
Roma. Y para enturbiar más el asunto, parece ser que los herreros están
convencidos de haber estado fabricando armamento para Roma y que el que les
firmó los contratos era un praefectus fabrum romano. Ante la insistencia de
Pisón Cesonino para que le dijeran cómo era el misterioso contratista, le
describieron un individuo que no puede ser más que Quinto Popedio Silo de los
marsos.
Yo me pregunto cómo habrá sabido Silo a dónde dirigirse para hacer los
encargos, cuando en Roma nada se sabía de esta industria del hierro. Y se me ha
ocurrido una curiosa explicación, aunque sospecho que será difícil probarla.
Por eso no se la mencioné a Pisón Cesonino. Quinto Servilio Cepio vivió en casa
de Marco Livio Druso durante años, al quedarse solo cuando su mujer se fue con
Marco Catón Saloniano. Bien, cuando yo comenzaba a dar los primeros pasos para
la candidatura al pretorado, Cepio emprendió un largo viaje. Tú me has repetido
en cartas anteriores que el oro de Tolosa ya no está en Esmirna, que Cepio se
presentó allí durante este viaje lejos de Roma y se lo llevó, con gran dolor de
las bancas de la localidad. Silo, pues, iba con frecuencia a aquella casa y
tenía mucha más amistad con Druso que éste con Cepio. ¿Y si se hubiese enterado
de que Cepio iba a invertir parte de su fortuna en esas fundiciones del este de
la Galia itálica? En ese caso, Silo habría podido anticiparse a
Roma para firmar contratos en exclusiva y obtener corazas y armas para
su pueblo sin necesidad de que los fabricantes fuesen a buscar negocio.
Para mí que Cepio es el senador romano dueño de todo, y que esa empresa
con sede en Placentia es suya. Pero dudo que pueda probarlo, Publio Rutilio. En
cualquier caso, Pisón Cesonino presionó a los fabricantes de la región y ya no
harán más corazas ni armas para los itálicos. Las harán para nosotros.
Roma se apresta para la guerra, pero hay un ambiente extraño en los
preparativos, dado el enemigo al que hemos de enfrentarnos. A nadie le agrada
tener que combatir en Italia, y sospecho que al enemigo tampoco. Podría
habernos atacado hace tres meses, a juzgar por los informes de espionaje de que
dispongo. Ah, se me había olvidado comentarte que estoy muy ocupado montando
una red de espionaje. Al menos te prometo que nuestra información sobre sus
movimientos será muy superior a la suya respecto a los nuestros.
Por cierto, esta parte de mi carta es algo posterior a la fecha con que
la encabecé, porque el correo de Escauro no partió.
De momento tenemos aseguradas Etruria y Umbría. Oh, hay rumores, pero no
alcanzarán suficiente importancia para que se produzca la secesión; gracias, en
gran medida, al sistema económico de los latifundia. Cayo Mario va de un lado a
otro reclutando tropas y apaciguando ánimos; para dar a Cepio su merecido, se
ha movido mucho en Umbría.
Los padres conscriptos pusieron el grito en el cielo cuando mis
servicios de espionaje revelaron que los itálicos tienen ya en pie de guerra y
bien entrenadas veinte legiones. Y como tenía pruebas demostrativas, tuvieron
que creerlo. ¡Y aquí nos tienes a nosotros con seis legiones! Afortunadamente
tenemos corazas y armas para diez legiones más por lo menos, gracias a los
ahorrativos individuos que despachamos a los campos de batalla a recoger las de
los cadáveres propios y enemigos, aparte de los prisioneros. Lo tenemos
almacenado en Capua en innumerables cobertizos. Lo que no sabemos es cómo vamos
a reclutar e instruir tropas en el poco tiempo que nos queda.
Te diré que la Cámara resolvió a fines de febrero hacer un ejemplo en
Asculum Picentum al estilo de Numancia. Así que tendremos un frente norte y un
frente central. El mando del frente norte lo posee Pompeyo Estrabón, y a él se
le encomendó el objetivo de Asculum Picentum, dándole órdenes para que atacase
en mayo. Seguimos a principios de primavera, pero al menos este año nuestro
dilatorio pontífice máximo ha intercalado veinte días de más a últimos de
febrero, por eso la fecha de esta última parte de mi carta es de marzo. Por
cierto, ahora escribo en solitario porque Escauro dice que no tiene tiempo.
¡Como si yo lo tuviera! No, Publio Rutilio, no pienses que es un sacrificio.
Muchas veces en el pasado tú has cambiado mi vida cuando estaba lejos de Roma.
No hago más que corresponder como te mereces.
Lupo es la clase de comandante que no hace nada que le parezca que
rebaje su dignidad. Por eso, cuando se acordó que él y Lucio César se
repartiesen las cuatro legiones veteranas de Tito Didio y que ambos se hicieran
cargo de una legión bisoña, no se vio con ánimos de abandonar Carseoli (donde
ha establecido su cuartel general para la campaña del frente central) para
tomarse la molestia de ir a Capua a hacerse cargo de la tropa y envió en su
lugar a Pompeyo Estrabón. No le gusta Pompeyo Estrabón. Desde luego, ¿hay
alguien que le guste?
¡Pero Pompeyo Estrabón se la guardó! Después de hacerse cargo de las dos
legiones veteranas y la otra bisoña en Capua, se dirigió a Roma, cuando Lupo le
había ordenado llevar la legión bisoña al norte hasta Picenum y entregarle a él
las otras dos en Carseoli. Escauro ha estado una semana entera riendo por lo
que hizo, que fue poner la legión nueva al mando de Cayo Perperna y enviársela
a Lupo a Carseoli, mientras él regresaba a toda prisa con las otras dos por la
Via Flaminia. Y no sólo eso, sino que cuando Catulo César llegó a Capua para
asumir el mando de la plaza, vio que Pompeyo Estrabón había hecho una incursión
en los almacenes de corazas y armas, haciendo acopio de armamento para cuatro
legiones. Escauro aún no ha parado de reír. A mi no me hace ninguna gracia, de
todos modos. Porque, ¿qué podemos hacer ahora? ¡Nada!
Pompeyo Estrabón está a la expectativa. Tiene mucho de galo, ¿no te
parece divertido?
Cuando Lupo se dio cuenta de cómo le había tomado el pelo, exigió a
Lucio César la entrega de una de sus legiones veteranas. Naturalmente, Lucio
César se negó, diciendo más o menos que si Lupo era incapaz de controlar a sus
legados, más le valía acudir llorando a contárselo al primer cónsul.
Lamentablemente, Lupo lo ha cargado a las espaldas de Mario y de Cepio,
obligándolos a reclutar y entrenar tropas con renovada energía. Mientras, él
permanece en Carseoli enfurruñado.
Celio y Sertorio mueven montañas en la Galia itálica para enviar armas,
corazas y tropas, y hasta los más pequeños talleres y fundiciones del
territorio romano en todo el mundo se entregan febrilmente al trabajo. Así que
supongo que no importa mucho que la red de ciudades de Cepio hayan estado
aprovisionando a los itálicos estos últimos años. Nosotros tampoco habríamos
podido darles trabajo. Ahora ya trabajan para nosotros y no podemos quejarnos.
Antes de mayo tenemos que tener seis legiones en orden de combate. Es
decir, tenemos que organizar diez legiones que ahora no tenemos. ¡Ya lo
haremos! Si hay algo en lo que Roma destaca es en hacer lo que sea preciso
cuando tiene factores en contra. Llegan voluntarios de todas clases y de todas
partes, y los ciudadanos con derechos latinos son incondicionales nuestros.
Debido a las prisas no hemos podido separar los reclutas latinos de los
romanos, por lo que involuntariamente se ha creado cierta hegemonía. Lo que
quiero decir es que en esta guerra no habrá legiones auxiliares. Todas llevan
la denominación de romanas con su número correspondiente.
Lucio Julio César y yo salimos para Campania a principios de abril,
dentro de una semana. Quinto Lutacio Catulo César está ya instalado de
comandante en Capua, un cargo que creo que desempeñará bien. Me complace
enormemente el que no tenga mando directo de tropas. Nuestra legión de reclutas
bisoños quedará dividida en dos unidades de cinco cohortes, pues Lucio César y
yo consideramos que es preciso para guarnecer Nola y Aesernia. Puede hacerse
con estas tropas, que no es
necesario que sean laureadas. Aesernia es una avanzadilla en territorio
enemigo, desde luego, pero sabemos que nos es leal. Escipión Asiagenes y Lucio
Acilio, los dos legados menores (y bastante mediocres), se llevan cinco
cohortes a Aesernia. El pretor Lucio Postumio es un hombre bastante equilibrado
y me gusta. ¿No será porque no es Albinus, dirás?
Y eso es todo de momento, querido Publio Rutilio. El correo de Escauro
está a punto de llegar. Cuando pueda volveré a escribirte, pero me temo que
tendras que confiar en tus corresponsales femeninas para las noticias normales.
Julia ha prometido escribirte con frecuencia.
Sila dejó la pluma con un suspiro. Una larga carta, pero también le
había servido de desahogo. Había valido la pena, aunque se hubiera privado de
sueño. Sabía a quién escribía, era algo que tenía muy presente, pero había sido
capaz de decir por escrito cosas que en persona nunca habría dicho a Publio
Rutilio Rufo. Sin duda, se debía a que Rufo estaba demasiado lejos para
representar amenaza alguna.
De todos modos no le había contado los elogios recibidos en el Senado
por parte de Lucio Julio César. Era demasiado reciente y precario como para
arriesgarse a ofender a la Fortuna contándolo como si fuese algo definitivo.
Sila estaba seguro de que había sido algo fortuito, pues, al no gustarle Cayo
Mario, Lucio César había puesto los ojos en otro para interpelarle. En
justicia, habría debido preguntar a Tito Didio, a Publio Craso o algún otro
triunfador, pero había puesto los ojos en él y había decidido que fuese Sila.
Sí, desde luego había sido para él una sorpresa que expusiera tan
magistralmente la situación, pero, luego, Lucio César había hecho lo lógico:
distinguirle con el puesto de asesor. Consultar a Mario o a Craso no le
convenía al cónsul, pues equivaldría a quedar como un principiante que tiene
que asesorarse constantemente. Mientras que preguntar a alguien relativamente
desconocido como Sila, parecía algo genial en un consular. Lucio César podría
arrogarse el mérito de haber «descubierto» a Sila. Inclinándose por Sila
establecía una especie de apadrinamiento.
De momento, a Sila le complacía la situación. Mientras se comportase
amable y deferente con Lucio César, conseguiría los mandos y los cargos que
necesitara para eclipsar a Lucio César, quien, como Sila no tardaría en
descubrir, tenía una vena de pesimismo morboso y no era tan competente como
parecía en principio. Cuando los dos salieron para Campania, a principios de
abril, Sila le dejó adoptar las disposiciones y decisiones militares, mientras
él se entregaba con encomiable energía y entusiasmo a reclutar y entrenar a las
nuevas legiones. En las dos legiones veteranas de Capua había bastantes
centuriones que habían servido a sus órdenes en un puesto u otro, y aun más
entre los centuriones retirados que habían vuelto a enrolarse de instructores.
Se corrió el rumor y la fama de Sila creció. Ahora lo único que necesitaba era
que Lucio César cometiese algunos errores o se viera tan atascado en alguna
fase de la campaña que no le quedase otro remedio que concederle a él, Sila,
carta blanca. Una cosa tenía bien clara Sila: cuando llegara su hora, él no
cometería ningún error.
Mejor preparado que ningún otro comandante, Pompeyo Estrabón formó dos
nuevas legiones con gente de sus vastas propiedades al norte de Picenum, y con
los centuriones de las dos legiones veteranas que se había apropiado tuvo sus
tropas en condiciones de combate en cincuenta días. En la segunda semana de
abril se puso en marcha desde Cingulum con cuatro legiones, dos curtidas y dos
bisoñas. Era una buena proporción, y aunque su carrera militar no había sido
particularmente descollante, contaba con suficiente experiencia de mando y se
había labrado fama de muy duro.
Un incidente que había sufrido a los treinta y tres años, cuando era
cuestor en Cerdeña, había contribuido, desgraciadamente, al desprecio y
marginación de sus colegas del Senado. Pompeyo Estrabón había escrito desde
Cerdeña al Senado solicitando que le autorizasen a impugnar a su superior, el
gobernador Tito Albucio, y poderes para denunciarle ante los tribunales a su
regreso a Roma. Dirigido por Escauro, el Senado había respondido con una dura
misiva del pretor Cayo Memio, a la que se adjuntaba copia del discurso de
Escauro, dedicando a Estrabón toda clase
de epítetos, desde seta venenosa hasta estúpido, bovino, mal educado,
presuntuoso y grosero. Pompeyo Estrabón estaba convencido de haber actuado
correctamente solicitando el proceso de su superior, mientras que para Escauro
y los otros dirigentes de la Cámara por aquel entonces, su pretensión era
imperdonable. ¡A un superior no se le encausa! Aunque al superior en cuestión
nadie se apresuró a procesarle. Luego, Lucio Marcio Filipo había hecho que
Estrabón fuese el hazmerreír de todos, sugiriendo que el Senado nombrase a otro
fiscal bizco para el juicio en que tenía que comparecer Tito Albucio, y
designaron a César Estrabón.
César Estrabón tenía bastante de rey celta, pese a que él porfiaba que
era totalmente romano. Su principal argumento de romanidad era su tribu,
clustumina, una tribu rural relativamente antigua cuyos miembros habitaban en
el valle este del Tíber. Pero pocos romanos importantes creían que los Pompeyos
no hubieran vivido en Picenum mucho antes de la fecha de la conquista romana.
La tribu creada por los nuevos ciudadanos de Picenum era la velina, y la
mayoría de los vasallos que vivían en las tierras de los Pompeyos al norte de
Picenum y en Umbría oriental pertenecían a la tribu velina. La explicación que
daban los notables romanos era que los Pompeyos eran picentinos y tenían
vasallos mucho antes de la influencia romana en aquella región de Italia, y que
habían comprado su pertenencia a una tribu mejor que la velina. Se trataba de
una zona de Italia en la que se había producido un importante asentamiento de
galos después de la fallida invasión de Italia central y Roma dirigida por el
primer Breno trescientos años atrás, y, como los Pompeyos tenían un físico muy
celta, los notables de Roma los consideraban celtas.
Sea lo que fuere, unos setenta años atrás un Pompeyo había emprendido,
por fin, el inevitable viaje a Roma por la Via Flaminia y, sobornando a los
electores sin ningún prurito, se había hecho votar cónsul veinte años después.
Al principio, aquel Pompeyo —que estaba más estrechamente emparentado con
Quinto Pompeyo Rufo que con Pompeyo Estrabón— había sostenido una pugna con el
gran Metelo el Macedónico, pero habían limado sus diferencias y acabaron
compartiendo el censorado. Todo lo cual iba afianzando la romanidad de los
Pompeyos.
El primer Pompeyo de la rama Estrabón que viajó al sur había sido el
padre de Pompeyo Estrabón, quien había obtenido un puesto en el Senado,
casándose nada menos que con la hermana del famoso satírico latino Cayo
Lucilio. Los Lucilios eran de Campania y ciudadanos romanos de muchas
generaciones atrás, bastante ricos y con cónsules en la familia. Una
transitoria falta de numerario había convertido al padre de Pompeyo Estrabón en
un buen partido, y más teniendo en cuenta que a esa cifra deudora se sumaba el
poquísimo atractivo de Lucilia. Desgraciadamente, el padre de Estrabón había
muerto antes de poder acceder a una magistratura superior, pero no sin que
Lucilia diese a luz a un bizquito llamado Cneo Pompeyo, inmediatamente apodado
Estrabón; había sido madre de otro varón, llamado Sexto, que también había
muerto demasiado joven para alcanzar renombre en política. Por eso en Pompeyo
Estrabón se cifraban todas las esperanzas de grandeza de la familia.
Estrabón no era aplicado en el estudio por naturaleza, y ni mucho menos
un intelectual; aunque le habían educado en Roma una serie de excelentes
tutores, no había aprendido mucho. Cuando trataron de inculcarle las grandes
ideas griegas, Pompeyo Estrabón las había desechado como palabrería inútil y
utópica; a él le gustaban los señores de la guerra y los conquistadores que
tanto abundaban en la historia de Roma. En sus tiempos de contubernalis a las
órdenes de diversos comandantes, Pompeyo no se había ganado el afecto de sus
compañeros, hombres como Lucio César, Sexto César, su primo mediano Pompeyo
Rufo, Catón Liciniano o Lucio Cornelio Cinna. Cierto que le habían hecho objeto
de sus burlas por sus ojos atrozmente estrábicos, pero también porque era de
una grosería innata que su educación romana no había podido erradicar. Sus
primeros años en el ejército habían sido lamentables y su cargo de tribuno de
los soldados no mucho mejor. ¡A nadie le gustaba Pompeyo Estrabón!
Todo esto se lo contaría después a su propio hijo, acérrimo partidario
del progenitor. Aquel hijo (que ahora tenía quince años) y una hija, Pompeya,
eran los retoños de otra Lucilia, ya que Pompeyo Estrabón, siguiendo los pasos
de su padre, se había casado con una Lucilia fea, hija ésta del hermano del
famoso satírico Cayo Lucilio Hirro. Afortunadamente,
la sangre pompeyana tenía fuerza para limar la fealdad de los genes
lucilianos, ya que ni Estrabón ni su hijo eran feos, estrabismo aparte; igual
que anteriores generaciones de Pompeyos, eran bien parecidos y de tez clara,
ojos azules y nariz muy respingona. La rama familiar de los Rufos tenían el
pelo rojo y la de los Estrabones, dorado.
Cuando Estrabón partió con sus cuatro legiones hacia el sur pasando por
Picenum, dejó a su hijo en Roma con la madre para que continuara su educación.
Pero tampoco el hijo tenía dotes intelectuales —tendencia fomentada, por
cierto, por el padre— y dio en hacer los bártulos y dirigirse al norte de
Picenum para presentarse a los centuriones que habían quedado en la retaguardia
para seguir entrenando como legionarios a los clientes de Pompeyo; y allí se
sometió a una rigurosa instrucción militar mucho antes de estar en edad de
revestir la toga viril. A ese respecto, a diferencia de su padre, todos sus
compañeros le adoraban. Se hacia llamar Cneo Pompeyo a secas, sin sobrenombre;
nadie de aquella rama necesitaba sobrenombre, salvo su padre, y el de Estrabón
no podía adoptarlo porque él no era bizco. No, el joven Pompeyo tenía los ojos
grandes, redondos, muy azules y bastante perfectos. Ojos de poeta, decía su
madre, embobada.
Mientras el Joven Pompeyo se largaba de casa, Pompeyo Estrabón proseguía
su marcha hacia el sur, y cuando cruzaba el río Tinna, cerca de Falernum, cayó
en una emboscada de seis legiones picentinas al mando de Cayo Vidacilio y tuvo
que efectuar un difícil contraataque entorpecido por las aguas que le impedían
la maniobra. Para complicar la situación, Tito Lafrenio apareció con dos
legiones de vestinos y Publio Vetio Escato con otras dos de marsos. Todos los
itálicos querían tener la primicia de la ruptura de hostilidades.
Nadie ganó la batalla. Ante un enemigo tan superior en número, Pompeyo
Estrabón hizo lo que pudo para escapar casi intacto de aquel río y se dirigió
con su precioso ejército a la ciudad costera de Firmum Picenum, donde se hizo
fuerte dispuesto a aguantar un largo asedio. Los itálicos habrían podido
aniquilarlos, pero aún no habían aprendido la lección de una virtud militar
característicamente romana: la rapidez. En ese aspecto, el
vencedor había sido Pompeyo Estrabón, aunque la iniciativa del combate
la hubiesen llevado los itálicos.
Vidacilio dejó a Tito Lafrenio ante las murallas de Firmum Picenum,
asediando a los romanos, y él se fue con Escato a hacer de las suyas a otra
parte, mientras Pompeyo Estrabón enviaba mensaje a Celio, en la Galia itálica,
pidiéndole refuerzos lo antes posible. No era una situación desesperada, ya que
tenía acceso al mar y a una pequeña flota romana en el Adriático, que nadie
recordaba. Firmum Picenum era una colonia de derechos latinos y leal a Roma.
En cuanto los itálicos supieron que Pompeyo Estrabón estaba en marcha,
su honor quedó satisfecho: Roma era la agresora. Mutilo y Silo obtuvieron en el
consejo general todo el apoyo solicitado. Mientras Silo permanecía en Itálica y
enviaba a Vidacilio, Lafrenio y Escato al norte para enfrentarse a Pompeyo
Estrabón, Cayo Papio Mutilo conducía seis legiones a Aesernia. ¡No podía
consentirse una avanzadilla enemiga que manchara la autonomía de Italia!
Aesernia debía caer.
El arrojo de los dos legados menores de Lucio César se hizo pronto
evidente. Escipión Asiagenes y Lucio Acilio se disfrazaron de esclavos y
huyeron de la ciudad antes de que llegaran los samnitas. Su deserción no
desanimó en absoluto a la población de Aesernia. Formidablemente fortificada y
muy bien aprovisionada, la ciudad cerró sus puertas y guarneció las murallas
con las cinco cohortes de reclutas que los legados habían dejado escapar a toda
prisa. Mutilo vio de inmediato que el asedio sería largo, y optó por dejar a
dos de sus legiones que atacasen implacablemente; siguió con las otras cuatro
hacia el río Voltumus, que separaba la Campania este de la del oeste.
Cuando llegó la noticia de que los samnitas estaban en camino, Lucio
César se trasladó de Capua a Nola, donde las cinco cohortes de Lucio Postumio
habían aplastado la insurrección.
—Hasta que averigüe lo que pretende Mutilo, creo que es preferible
reforzar Nola con las dos legiones de veteranos —dijo a Sila cuando se
disponía a abandonar Capua—. Sigue con los preparatívos. El enemigo nos
supera en número. En cuanto puedas, envía tropas a Venafrum con Marcelo.
—Ya se ha hecho —contestó Sila lacónico—. Campania siempre ha sido la
región preferida de asentamiento de los antiguos combatientes y acuden en
tropel a enrolarse. No precisan más que un casco, una cota de malla, una espada
y un escudo. En cuanto pueda equiparlos y escoger los más experimentados para
nombrarlos centuriones, los iré enviando a las plazas que quieras reforzar.
Publio Craso y sus dos hijos mayores fueron ayer a Lucania con una legión de
veteranos retirados.
—¡Deberías habérmelo dicho! —exclamó Lucio César un tanto malhumorado.
—No, Lucio Julio, no tengo por qué —replicó Sila con firmeza y sin
alterarse—. Estoy aquí para llevar a la práctica tus planes. Una vez que me
dices quién ha de marchar, a dónde y con qué, mi obligación es cumplir tus
órdenes. No tienes que volver a decírmelo ni yo tengo que decírtelo.
—¿A quién has enviado a Beneventum? —inquirió Lucio César, consciente de
que comenzaban a despuntar sus defectos, dado que se excedía en sus exigencias
de general.
No obstante, para Sila no eran excesivas. El no dejaba traslucir su
satisfacción. Más tarde o más temprano, la situación superaría a Lucio César y
él tendría su oportunidad. Dejó que Lucio César se trasladara a Nola,
consciente de que era un recurso provisional y fútil. Efectivamente, cuando
llegó la noticia del asedio de Aesernia, Lucio César regresó a Capua y decidió
que lo mejor era acudir en ayuda de Aesernia. Pero las zonas centrales de
Campania, en torno al Volturnus, estaban en abierta insurrección, había
legiones samnitas por todas partes y se rumoreaba que Mutilo se había puesto en
marcha en dirección a Beneventum.
El norte de Campania seguía siendo seguro y más inclinado de parte de
los romanos; Lucio César se encaminó con sus dos legiones de veteranos a través
de Teanum Sidicinum e Interamna, para aproximarse a Aesernia por territorio
amigo. Lo que no sabía era que Publio Vetio Escato, de los marsos, se había
separado del asedio a Pompeyo Estrabón en Firmum Picenum y avanzaba por la
orilla occidental del lago Fucinus camino
también de Aesernia. Bajó por la vertiente del Liris, rodeó Sora y se
encontró con Lucio César entre Atina y Casinum.
Ninguno de los dos se lo esperaba y ambos bandos entablaron batalla
improvisada, complicada por la garganta en que se encontraron. La perdió Lucio
César. Tuvo que retroceder a Teanum Sidicinum, dejando dos mil cadáveres de
valiosos veteranos, mientras Escato continuaba sin obstáculos hacia Aesernia.
Esta vez los itálicos podían atribuirse una auténtica victoria; y lo hicieron.
Nunca resignadas al yugo de Roma, las ciudades del sur de Campania se
decantaron en favor de Italia una tras otra, incluidas Nola y Venafrum. Marco
Claudio Marcelo logró escapar con sus tropas de Venafrum antes de que llegase
el ejército samnita, pero en lugar de retirarse a una plaza romana segura como
Capua, optó por encaminarse a Aesernia, donde se encontró con que los itálicos
le tenían puesto cerco cerrado: Escato y los marsos por un lado y los samnitas
por el otro. Pero la guardia itálica no era muy rigurosa y Marcelo supo
aprovecharlo sin demora, logrando entrar con las tropas en la ciudad por la
noche. Aesernia contaba ahora con un comandante capaz y valiente y con diez
cohortes de legionarios.
Lamiéndose las heridas en Teanum Sidicum, taciturno como un perro viejo
que ha perdido el primer enfrentamiento, el deprimido y consternado Lucio Julio
César fue recibiendo una serie de noticias adversas: se había perdido Venafrum,
Aesernia estaba cercada, Nola era una prisión con dos mil soldados romanos,
incluido el pretor Lucio Postumio, y Publio Craso y sus dos hijos habían tenido
que refugiarse en Grumentum perseguidos por los lucanos, que también se habían
sumado a la sublevación al mando del competente Marco Lamponio. Y para remate,
los servicios de espionaje de Sila informaban que los apulios y los venusinos
estaban a punto de unirse a la coalición itálica.
Pero eso no era nada comparado con los apuros que pasaba Publio Rutilio
Lupo al este de Roma. Se iniciaron al llegar Cayo Perperna con una legión de
reclutas bisoños en lugar de dos legiones de veteranos, durante aquel febrero
intercalado, y a partir de ahí las cosas fueron de mal en peor. Mientras Mario
se dedicaba a enrolar y armar tropas y Cepio hacía lo propio, Lupo se entregaba
a una batalla por escrito con el Senado de Roma. Había focos de insurrección
entre sus propias tropas e incluso entre las filas de sus legados, decía Lupo
enfurecido, inquiriendo qué pensaba hacer el Senado. ¿Cómo iba a poder dirigir
una guerra cuando sus propios hombres se enfrentaban a él? ¿Quería o no quería
Roma que se protegiera Alba Fucentia? ¿Y cómo iba a poder hacerlo si no contaba
con legionarios curtidos? ¿Cuándo se iba a hacer algo para retirar a Pompeyo
Estrabón? ¿Cuándo iba a tomarse la iniciativa de encausar a Pompeyo Estrabón
por traición? ¿Cuándo iba el Senado a devolverle las dos legiones veteranas que
se había quedado Pompeyo Estrabón? ¿Y cuándo se le iba a librar de aquel
insoportable insecto, Cayo Mario?
Lupo y Mario estaban acampados en la Via Valeria, en las afueras de
Carseoli, muy bien fortificados, gracias a Mario que tomó la iniciativa de
hacer trabajar a los reclutas. «Para que endurezcan los músculos», contestó
inocentemente cuando Lupo se quejó de que la tropa cavaba trincheras en lugar
de hacer instrucción. Cepio estaba en retaguardia, también sobre la Via
Valeria, en las afueras de Varia. En cierto aspecto, Lupo tenía razón, porque
nadie hacía caso de los demás. Cepio se mantenía muy alejado de Carseoli y su
general, alegando que no podía soportar el enrarecido ambiente de la tienda de
mando. Y Mario —que alimentaba la justa idea de que el general entraría en
combate contra los marsos en cuanto dispusiese de suficientes tropas— no dejaba
de quejarse. Las tropas no tenían ninguna experiencia, decía, y necesitarían
cien días completos de entrenamiento antes de poder entrar en combate; gran
parte del equipo era deficiente y, por lo tanto, era mejor que Lupo aguardase y
aceptase la situación en lugar de obcecarse con Pompeyo Estrabón y las dos
hurtadas legiones.
Pero si Lucio César era un indeciso, Lupo era un incompetente absoluto.
Su experiencia militar era mínima y pertenecía a la escuela de generales de
salón que pensaban que en cuanto el enemigo avistaba una legión romana,
ya había acabado el combate… en favor de Roma. Además, despreciaba a los
itálicos y los consideraba poco menos que bellacos campestres. No estaba
dispuesto a dar un paso hasta que Mario hubiese reunido y armado cuatro
legiones. De todos modos, hacía todos esos cálculos sin contar con Mario. Mario
se aferraba tercamente a su tesis: que los soldados no podían entrar en combate
hasta estar debidamente entrenados, y en cierta ocasión en que Lupo le ordenó
marchar sobre Alba Fucentia, se negó rotundamente. Y al negarse Mario, se
negaron los legados subordinados.
Y Lupo siguió enviando cartas a Roma, acusando a los legados de motín
más que de insubordinación. Al final de todo estaba Cayo Mario. Siempre Cayo
Mario.
En estas circunstancias, Lupo no se puso en marcha hasta fines de mayo,
a raíz de un consejo que convocó, ordenando a Cayo Perperna tomar la legión de
reclutas formada en Capua con la mejor legión que hubiese y avanzar por el paso
oeste a lo largo de la Via Valeria hacia territorio marso. El objetivo era Alba
Fucentia, para aliviar la presión si los marsos la habían rodeado o guarnecerla
contra un posible ataque. De nuevo Mario planteó objeciones, pero esta vez no
le valió de nada. Los reclutas, decía con razón Lupo, ya habían hecho el
período de instrucción. Así, Perperna y las dos legiones efectuaron el avance
por la Via Valeria.
El paso oeste era un desfiladero rocoso a mil cuatrocientos metros,
donde aún no se habían fundido del todo las nieves invernales. Las tropas
murmuraban, quejándose del frío, y Perperna no supo disponer suficientes vigías
en los puntos elevados, más preocupado por tenerlos a todos contentos en lugar
de conservarlos vivos. Publio Presenteio atacó a la columna justo en el momento
en que se hallaba completa dentro de la garganta, a la cabeza de cuatro
legiones de pelignos hambrientos de victoria. Y obtuvieron una victoria tan
completa como fácil. Los cadáveres de cuatro mil soldados de Perperna quedaron
en el paso, y Presenteio se hizo con sus armas y corazas; además de apoderarse
del armamento de los seis mil supervivientes, que éstos abandonaron para huir más
de prisa. El propio Perperna fue de los que más corrieron.
En Carseoli, Lupo degradó a Perperna y lo envió humillado a Roma. —Es
una estupidez, Lupo —dijo Mario, que hacía tiempo que había
dejado de dar al general el trato de cortesía llamándole Publio Rutilio,
pues le molestaba dar ese nombre tan querido a alguien tan indigno de él—. A
Perperna no se le puede echar la culpa; es un aficionado. La culpa es tuya y de
nadie más. Ya te avisé de que la tropa no estaba preparada; habría debido
mandarles a alguien que entendiera de tropas inmaduras: yo.
—¡Tú, ocúpate de tus asuntos! —espetó Lupo—. ¡Y procura no olvidar que
tu principal asunto es decirme sí a mí!
—Lupo, no te diría sí ni aunque me enseñaras el culo —replicó Mario, con
el abrumador ceño sobre la nariz y aspecto fiero—. ¡Eres un idiota y un inepto
de campeonato!
—¡Te enviaré a Roma! —gritó Lupo.
—Envía a tu abuela a dar un paseo por la carretera —dijo Mario con
desprecio—. ¡Han muerto cuatro mil hombres que habrían podido llegar a ser
buenos soldados y tenemos seis mil supervivientes desnudos que merecerían ser
azotados! ¡No se lo reproches a Cayo Perperna, tuya es la culpa! —añadió
moviendo la cabeza y dándose una palmada en la fláccida mejilla izquierda—.
¡Ah, es como si hubiésemos retrocedido veinte años! ¡Estás haciendo lo mismo
que aquel resto de imbéciles senatoriales: matar a los hombres!
Lupo se puso en pie, muy estirado, sin que por ello resultase muy
impresionante.
—No sólo soy el cónsul, sino el comandante en jefe en este frente — dijo
altivo—. Me permito recordarte que dentro de ocho días exactos serán las
calendas de junio, y tú y yo partiremos hacia el norte, a Nersae, y entraremos
en territorio marso por el norte. Lo haremos con dos columnas de dos legiones
cada una, cruzando separadamente el Velinus. Sólo hay dos puentes de aquí a
Reate y ninguno de los dos permite el paso de tropa en filas de ocho en fondo;
por eso iremos en dos columnas, pues si no tardaríamos mucho en cruzarlo. Yo
cruzaré por el puente más próximo a Carseoli y tú el más próximo a Cliterna.
Nos reuniremos en Himella, más
allá de Nersae, y entraremos en la Via Valeria cerca de Antinum.
¿Entendido, Mario?
—Entendido —contestó Mario—. Es una estupidez, pero entendido. De lo que
no te das cuenta, Lupo, es de que es muy probable que haya legiones itálicas al
oeste del territorio marso.
—No hay legiones itálicas al oeste del territorio marso —dijo Lupo—.
Los pelignos que tendieron la emboscada a Perperna han regresado al
este.
—Como quieras —replicó Mario, encogiéndose de hombros—. Luego no digas
que no te avisé.
Salieron ocho días más tarde, encabezando la marcha Lupo con sus dos
legiones, seguido por Mario hasta el punto en que debían proseguir por
separado, quedándole a Lupo menos distancia hasta el puente por el que tenía
que cruzar el rápido y gélido Velinus, crecido con el deshielo. Nada más
perderse de vista la columna de Lupo, Mario condujo a sus tropas a un bosque
cercano y ordenó acampar sin encender fuegos.
—Vamos a seguir el curso del Velinus hasta Reate, en cuya orilla opuesta
hay montañas imponentes —dijo a su legado mayor, Aulo Plaño—. Si yo fuese un
itálico astuto decidido a derrotar a los romanos dispondría a mis mejores
vigías en la cresta de esas alturas para otear cualquier movimiento de tropas
en esta orilla. Los itálicos deben saber que Lupo se ha pasado meses sentado en
Carseoli, por lo tanto es de suponer que esperen que se mueva y se hallen a la
expectativa. El primer intento de avance lo aniquilaron, así que estarán
aguardando el siguiente, fijate lo que te digo. Así que nosotros nos vamos a
quedar en este frondoso bosque hasta que anochezca y luego proseguiremos la
marcha lo mejor que podamos hasta que amanezca y nos esconderemos en otro bosque
espeso. No pienso exponer a mis tropas hasta que pasen ese puente a paso
ligero.
Plotio era joven, desde luego, pero con suficiente experiencia por haber
servido de tribuno menor contra los cimbros en la Galia itálica a las órdenes
de Catulo César, pero, como todos los que sirvieron en aquella campaña, sabia
de quién era el verdadero mérito. Y conforme escuchaba a Mario, sintió enorme
alegría de tener la suerte de haber sido destinado a la columna de Mario en vez
de a la de Lupo. Antes de salir de Carseoli había estado
tomando el pelo al legado de Lupo, Marco Valerio Mesala, que también
deseaba haber emprendido la marcha con Mario.
Cayo Mario alcanzó el puente el duodécimo día de junio, después de
avanzar muy lentamente porque las noches eran sin luna y era un terreno sin
carreteras, salvo una pista serpenteante que había preferido no seguir. Lo
había dispuesto todo minuciosamente, y para tener absoluta seguridad de que las
cumbres estaban sin vigías, había mandado explorarlas. Las dos legiones
avanzaban con buen ánimo y decididas a hacer lo que él ordenase, y eso que eran
la misma clase de hombres que habían cruzado con Perperna el paso oeste
quejándose del frío y descontentos, gente de los mismos pueblos y regiones.
Pero ahora eran soldados con confianza y bien predispuestos a lo que fuera,
incluido el combate, y obedecieron las órdenes al pie de la letra cuando se
inició el cruce del puente. Será porque son soldados de Mario, pensó Aulio
Plotio, aunque eso signifique que son mulas de Mario. Como siempre, Mario
avanzaba con transportes ligeros, mientras que Lupo se había empeñado en
hacerlo con un buen convoy de pertrechos.
Plotio bajó hasta el lecho de la corriente, a la izquierda del puente,
para buscar un lugar adecuado desde donde observar el paso de las tropas. El
río iba crecido y rugía, pero, como deliberadamente había elegido un pequeño
promontorio que se adentraba en la Corriente, a su derecha quedaba un remanso
lleno de remolinos y cadáveres. En un primer momento los miró de soslayo, sin
fijarse, pero luego llamaron su atención y se quedó horrorizado. ¡Cadáveres de
soldados! ¡Y dos o tres docenas! A juzgar por las plumas de los cascos, eran
romanos.
Se llegó a todo correr en busca de Mario, quien nada más ver la escena
comprendió.
—Lupo —dijo muy serio—. Le han presentado batalla en la orilla opuesta
del puente que tenía que cruzar. Ven, ayúdame.
Plotio descendió hasta el borde del agua detrás de Mario y le ayudó a
sacar uno de los cadáveres; Mario le dio la vuelta y observó aquel rostro de
aterrada expresión, blanco como la cera.
—Fue ayer —dijo, soltando el cadáver—. Me gustaría detenerme y enterrar
a estos desgraciados, Aulo Plotio, pero no hay tiempo. Reúne a las
tropas en la otra orilla en orden de combate. Yo las arengaré. ¡Date
prisa! Creo que los itálicos no saben que estamos aquí, así que tenemos una
mínima posibilidad de resarcirnos de esto.
Publio Vetio Escato, con dos legiones de marsos, había partido de las
cercanías de Aesernia un mes antes, para dirigirse a Alba Fucentia, donde se
encontró con Quinto Popedio Silo que asediaba la ciudad, de derechos latinos,
muy fortificada y decidida a resistir. Silo había optado por permanecer en
territorio marso para presionar al máximo a los romanos, pero por sus servicios
de espionaje sabía que los romanos estaban entrenando tropas en Carseoli y
Varia.
—Ve a echar un vistazo —dijo a Escato.
Al encontrarse con Presenteio y sus pelignos cerca de Antinum, recibió
un detallado informe sobre la derrota de Perperna en el paso occidental;
Presenteio seguía hacia el este para entregar el botín de armamento y
aprovecharlo en la campaña de reclutamiento de los pelignos. Escato se dirigió
al Oeste e hizo exactamente lo que Mario había previsto que haría un itálico
astuto: dispuso buenos vigías en las cumbres en la orilla este del Velinus, y,
mientras tanto, construyó un campamento en esa orilla a medio camino entre los
dos puentes, y, cuando estaba pensando que debía internarse más hacia Carseoli,
un mensajero llegó con la noticia de que un ejército romano cruzaba el puente
situado más al sur.
Con increíble placer, el propio Escato observó cómo Lupo pasaba sus
tropas de una orilla a otra, cometiendo todos los errores posibles, pues
consintió en que rompieran filas antes de cruzarlo y las dejó sin formar una
vez llegadas a la otra orilla. Para Lupo lo único que contaba era el convoy de
pertrechos; estaba en el puente, vestido sólo con una túnica, cuando Escato
cayó con sus marsos sobre las legiones. En el campo quedaron ocho mil soldados
romanos, incluido Publio Rutilio Lupo y su legado, Marco Valerio Mesala.
Lograrían escapar unos dos mil, arrastrando los carros fuera del puente y
despojándose de mallas, cascos y espadas para echar a correr hacia Carseoli.
Era el undécimo día de junio.
La batalla, si así podía llamarse, se produjo a finales de la tarde.
Escato decidió permanecer sobre el terreno en vez de hacer que sus tropas
regresaran al campamento. Al amanecer del día siguiente comenzarían a
despojar a los cadáveres, amontonándolos una vez desnudos para quemarlos, y
arrastrando a la otra orilla los carros abandonados. Sin duda estarían cargados
de trigo y otros víveres. Y les servirían para transportar el armamento
capturado. ¡Una magnífica jugada! ¡Derrotar a los romanos, pensó Escato
complacido, era tan fácil como dar azotes a un niño! ¡Ni siquiera sabían cómo
protegerse maniobrando en terreno enemigo! Eso sí que era raro. ¿Cómo se las
habrían arreglado para conquistar medio mundo y mantenerlo subyugado?
Estaba a punto de enterarse porque Mario estaba a punto de aparecer, y
ahora le tocaba a Escato verse atacado con sus tropas en total desorden.
Mario tropezó en primer lugar con el campo marso en el que no había una
sola alma. Irrumpió en él, apoderándose de todo cuanto había: pertrechos,
víveres en abundancia y mucho dinero; pero no de un modo desordenado, sino que
dejó a la mayoría de las tropas auxiliares detrás haciendo el saqueo mientras
él apretaba el paso con las legiones. Hacia medio día llegó al campo de batalla
de la víspera y se encontró con las tropas marsas despojando del armamento a
los cadáveres.
—¡Ah, estupendo! —bramó a Aulo Plotio—. ¡Mis hombres reciben el mejor
baño de sangre: será una fuga desordenada! ¡Eso les da una confianza enorme y
les convierte en veteranos sin que se den cuenta!
Fue, efectivamente, una fuga desordenada. Escato huyó precipitadamente
hacia las montañas, dejando dos mil cadáveres de marsos y todo cuanto tenía.
Pero el balance, pensó Mario entristecido, era favorable a los itálicos, que
eran los que más soldados habían matado. Tantos meses de reclutamiento e
instrucción para nada. Ocho mil hombres pasarían a ser cadáveres —como parecía
inevitable— porque los mandaba un tonto.
En el puente encontraron los cuerpos de Lupo y de Mesala.
—Lo siento por Marco Valerio, creo que habría sido un buen militar —
comentó Mario a Plotio—, ¡pero me alegro sobremanera de que la Fortuna diese la
espalda a Lupo! Si hubiera vivido, habría perdido más hombres aún.
A lo que Plotio no tuvo nada que añadir.
Mario envió los cadáveres del cónsul y su legado a Roma, escoltados por
su único escuadrón de caballería y con una carta explicando la situación. Era
hora de que Roma se llevara un buen susto, pensó Mario. Si no, nadie de los que
vivían en ella iba a creer que había una guerra en Italia, ni que los itálicos
eran de temer.
Escauro, príncipe del Senado, envió dos respuestas, una por cuenta del
Senado y otra personal.
Lamento profundamente cuanto dice el informe oficial, Cayo Mario. No es
obra mía, te lo aseguro, pero el problema está, viejo amigo, en que no tengo la
energía necesaria para zarandear con una mano a un ente de trescientos hombres.
Lo hice hace veinte años cuando el asunto de Yugurta, pero son precisamente
estos últimos veinte años los que pesan. No es que en el Senado haya
trescientos hombres estos días, pues serán más bien un centenar, ya que los que
tienen menos de treinta y cinco años están cumpliendo una clase u otra de
servicio militar, igual que algunos de los mayores, incluido un tal Cayo Mario.
La llegada de tu cortejo fúnebre a Roma causó honda impresión. Toda la
ciudad se puso a plañir y a mesarse los cabellos, y no digamos a darse golpes
de pecho. De pronto la guerra cobraba realidad. Quizá no se les habría podido
dar mejor lección. La moral se les cayó a los pies más rápido que un rayo.
Hasta que el cadáver del cónsul llegó al Foro, creo que toda Roma —¡incluidos
senadores y caballeros!— consideraba que esta guerra era una prebenda. Pero
ahora tenían ahí a Lupo, de cuerpo presente, muerto por un itálico en un campo
de batalla a no muchas millas de Roma. Fue un momento dramático cuando salimos
de la Curia Hostilia y nos quedamos boquiabiertos al ver a Lupo y a Mesala.
¿Ordenaste a la escolta que los destapase al llegar al Foro? ¡Apuesto a que sí!
En fin, toda Roma está de luto y no se ve más que gente con vestiduras
negras y monótonas por todas partes. Todos los que quedan en el Senado visten
el sagum en lugar de la toga, y la franja estrecha de caballeros en la túnica
en lugar del latus clavus. Los magistrados curules se han quitado la insignia
del cargo hasta para sentarse en los sencillos taburetes de madera
en la Curia y en los tribunales. Se contemplan leyes suntuarias respecto
a la púrpura, la pimienta y las panoplias. De una indiferencia total, Roma ha
pasado al extremo contrario. Por dondequiera que voy oigo a la gente
preguntarse si realmente vamos a perder la guerra.
Como verás, la respuesta oficial se refiere a dos asuntos distintos. El
primero lo deploro personalmente, pero se adoptó en nombre de la «seguridad
nacional». A saber: en el futuro todas las bajas de guerra, desde el simple
soldado hasta el general, serán enterradas con las honras fúnebres que permitan
las circunstancias en el campo de batalla. Ningún cadáver debe entrar en Roma
para no minar la moral. ¡Tonterías, tonterías! Pero así lo han querido.
El segundo es mucho peor, Cayo Mario. Conociéndote, sé que habrás leído
ésta antes que la oficial; por consiguiente, mejor será que te diga sin ambages
que la Cámara se negó a concederte el mando supremo. No es que te dejaran de
lado, porque no tuvieron el valor de hacerlo, pero han optado por un mando
conjunto entre tú y Cepio. Posiblemente no se habría podido adoptar decisión
más asnal, estúpida y fútil. Incluso haber nombrado a Cepio por encima de ti
habría sido más hábil. Pero supongo que tú sabrás arreglártelas con tu
inimitable estilo.
¡No sabes cómo me indigné. Pero el problema está en que los que quedan
en la Cámara son con gran diferencia las cagarrutas secas que quedan en la popa
de la nave. Los decentes están en el campo de batalla o —como en mí caso—
tienen una tarea que hacer en Roma, pero somos un puñado comparado con esos
boñigos. En este momento me siento como si estuviera de más. Es Filipo quien
dirige el cotarro. ¿Te imaginas? Ya fue un horror tener que enfrentarse a él en
aquellos días que desembocaron en el asesinato de Marco Livio, pero ahora es
peor. Y los caballeros de los Comitia le comen en la palma de la mano. Escribí
a Lucio Julio diciéndole que regrese a Roma y escoja un cónsul suffectus en
sustitución de Lupo, pero me contestó diciendo que tenemos que arreglárnoslas
solos porque él está muy ocupado como para escaparse de Campania un solo día.
Yo hago lo que puedo, pero de verdad, Cayo Mario, me encuentro muy viejo.
Sin duda, Cepio se pondrá insufrible cuando sepa la noticia. He tratado
de organizar los correos para que tú lo sepas antes que él. Eso te dará un
margen de tiempo para decidir cómo tratarlo cuando se te presente empavonado.
Sólo puedo darte un consejo: hazlo a tu manera.
Pero al final fue la fortuna la que se encargó de ello, fantásticamente
y con ironía. Cepio aceptó el mando conjunto con extrema confianza, pues había
derrotado a una legión de marsos mientras Mario se enfrentaba a Escato en el
río Velinus. Equiparando su pequeño éxito a la victoria de Mario, notificó al
Senado que había conseguido la primera victoria de la guerra, dado que el
combate se había producido el diez de junio y la victoria de Mario fue tres
días después. En el ínterin se había producido una apabullante derrota, que
Cepio se las compuso para imputársela a Mario más que a Lupo.
Para consternación de Cepio, a Mario no pareció importarle quién se
llevaba el mérito ni lo que Cepio pretendía en Varia. Cuando éste le indicó que
regresase a Carseoli, Mario no le hizo caso. Se había apoderado del campamento
de Escato en el Velinus, lo había fortificado perfectamente con todos los
hombres de que disponía y se dedicaba a entrenar sin respiro a sus tropas,
mientras los días pasaban y Cepio se reconcomía ante la imposibilidad de
invadir las tierras de los marsos. Además de haber heredado los supervivientes
de Lupo, unas cinco cohortes, Mario contaba con dos tercios de los seis mil
hombres que habían huido del ataque de Presenteio en el paso occidental, y los
había reequipado a todos. Disponía, así, de una fuerza de tres legiones bien
reforzadas. Pero antes de que dieran un paso, había dicho en una carta, las
tendría preparadas a su entera satisfacción, no según el criterio de un cretino
que no sabía distinguir la vanguardia de los flancos.
Cepio contaba con aproximadamente legión y media, que había distribuido
formando dos unidades sin potencia plena y no se sentía con confianza para
moverse. Así, mientras Mario entrenaba sin cesar a sus tropas unas millas al
nordeste, Cepio seguía estancado en Varia, echando chispas. Junio dio paso al
Quinctilis y Mario seguía entrenando a sus
hombres, mientras Cepio continuaba en Varia echando chispas. Igual que
Lupo antes que él, la mayor parte del tiempo la dedicaba a escribir cartas de
queja al Senado, donde Escauro y Ahenobarbo, pontífice máximo, Quinto Mucio
Escévola y unos cuantos incondicionales mantenían a raya al despótico Lucio
Marcio Filipo cada vez que proponía despojar del mando a Cayo Mario.
Hacia mediados de Julio, Cepio recibió una visita. Nada menos que Quinto
Popedio Silo, de los marsos.
Silo llegó al campamento de Cepio con una pareja de esclavos de
expresión aterrada, un burro muy cargado y dos niños de pecho, al parecer
gemelos. Avisado, Cepio salió a la explanada del campamento, donde aguardaba
Silo armado de pies a cabeza con su modesto cortejo detrás. Los niños, en
brazos de la esclava, iban envueltos en mantas purpúreas bordadas en oro.
Al ver a Cepio, el rostro de Silo se iluminó.
—¡Quinto Servilio, me alegro de veros! —exclamó, acercándose a él con la
mano extendida.
Consciente de que eran el centro de interés de todos, Cepio adoptó un
aire altanero y no hizo caso de la mano que le tendían.
—¿Qué quieres? —inquirió desdeñoso.
Silo dejó caer la mano, logrando que el gesto no denotara humillación.
—Busco el cobijo y la protección de Roma —dijo— y, en memoria de
Marco Livio Druso, he preferido entregarme a ti que a Cayo Mario.
Un tanto ablandado por la respuesta —y ansioso de curiosidad— Cepio
dudaba.
—¿Por qué necesitas la protección de Roma? —inquirió, pasando la vista
de Silo a los niños envueltos en púrpura, al esclavo y al cargado asno.
—Como sabéis, Quinto Servilio, los marsos entregaron a Roma una
declaración formal de guerra —contestó Silo—. Lo que no sabéis es que gracias a
los marsos los pueblos itálicos retrasaron la ofensiva mucho tiempo después de
la declaración. En los consejos celebrados en Corfinium, la ciudad que
actualmente se llama Itálica, no cejé de reclamar tiempo, esperando
secretamente que no se atacase. Porque considero esta guerra
inútil, repugnante y deplorable. ¡Italia no puede vencer a Roma! Algunos
del consejo comenzaron a acusarme de simpatizar con Roma, y yo lo negué. Luego,
Publio Vetio Escato, mi propio pretor, regresó a Corfinium después del combate
con el cónsul Lupo y el que tuvo a continuación con Cayo Mario, y a partir de
entonces las cosas se pusieron al rojo vivo. Escato me acusó de connivencia con
Cayo Mario y todos le creyeron. Y de pronto me
vi repudiado. No me mataron
en Corfinium debido a que el jurado contaba nada menos que con quinientos
consejeros itálicos, y mientras deliberaban huí de la ciudad y me dirigí a mi
pueblo natal, Marruvium. Pude adelantarme a mis perseguidores, encabezados por
Escato; porque sé que entre los marsos no estaré seguro, recogí a mis dos
hijos, Italicus y Marsicus, y decidí pedir protección a Roma.
—¿Y qué te hace pensar que vamos a protegerte? —inquirió Cepio con un
resoplido—. ¡Qué olor!… Tú nada has hecho por Roma.
—¡Sí que lo he hecho, Quinto Servilio! —replicó Silo, señalando el
asno—. Me he apoderado del tesoro de los marsos y se lo ofrezco a Roma. En el
burro hay cargada una pequeña parte de él; una parte muy pequeña. Pero a unas
millas de aquí, escondidos en un valle que yo conozco, detrás de unas montañas,
hay otros treinta asnos, todos cargados de oro como éste.
¡Oro! ¡Era una materia que Cepio era capaz de oler! Siempre se había
dicho que el oro no tenía olor, pero eso no iba con Cepio, del mismo modo que
había sucedido con su padre. No nacería un solo Quinto Servilio Cepio que no
pudiera oler el oro.
—A ver —dijo conciso, acercándose al asno.
Las albardas iban bien tapadas por una piel que Silo se aprestó a
quitar. Y allí estaba: oro. Cinco lingotes bastamente fundidos en cada albarda,
brillando al sol. Todos con la marca de la serpiente marsa.
—Habrá unos tres talentos —dijo Silo, volviendo a tapar las albardas y
mirando ansiosamente en derredor por si alguien los observaba. Después de
volver a atar las correas, Silo hizo una pausa y se quedó mirando a Cepio con
aquellos extraordinarios ojos verdeamarillos, que despedían un destello que
inquietaba al romano—. El asno es vuestro —añadió— y podréis tal
vez haceros con dos o tres más si me otorgáis vuestra protección y la de
Roma.
—Cuenta con ella —contestó Cepio sin pensárselo dos veces, con una
sonrisa avariciosa—. Pero me quedo con cinco asnos.
—Como queráis, Quinto Servilio —dijo Silo con un suspiro—. ¡Ah, qué
cansado estoy! Llevo tres días huyendo.
—Pues descansa —dijo Cepio—, y mañana me conduces a ese valle escondido.
¡Quiero ver ese oro!
—Convendría que fueseis con el ejército —dijo Silo mientras se dirigían
hacia la tienda de mando, seguidos por la esclava con los niños. Eran unos
niños que no lloraban ni alborotaban—. Ahora ya sabrán lo que he hecho y quién
sabe la tropa que enviarán en persecución. Me imagino que se figurarán que he
pedido asilo a Roma.
—¿Que se figuren lo que quieran! —replicó Cepio sin caber en sí de
alegría—. ¡Mis dos legiones darán cuenta de los marsos! —añadió abriendo la
cortina de la tienda pero entrando el primero—. Ah… dejarás a tus hijos en el
campamento mientras hacemos la expedición.
—Lo comprendo —dijo Silo, muy digno.
—Se te parecen —dijo Cepio cuando la esclava los dejó en una tela para
cambiarles los pañales. Y era cierto, porque los dos tenían los mismos ojos que
Silo. Pero Cepio tuvo un sobresalto—. ¡Alio, muchacha! —gritó a la esclava—.
¡No quiero aquí caca de nene! Aguarda a que hayamos alojado a tu amo para hacer
lo que tengas que hacer.
Y así fue como Cepio condujo a sus dos legiones fuera del campamento a
la mañana siguiente, mientras la esclava de Silo se quedaba en él con los
gemelos reales; igual que el oro, descargado del asno y guardado en la tienda
de Cepio.
—Quinto Servilio, ¿sabíais que Cayo Mario está en estos momentos sitiado
por diez legiones de picentinos, pelignos y marrucini? —dijo Silo.
—¡No! —exclamó Cepio, que cabalgaba junto al marso al frente de su
ejército—. ¿Diez legiones? ¿Podrá vencerlas?
—Cayo Mario siempre vence —contestó pausadamente Silo.
—Humm —añadió Cepio.
Cabalgaron hasta que el sol estuvo alto, saliendo casi inmediatamente de
la Via Valeria para tomar en dirección sudoeste por el Anio hacia Sublaqueum.
Silo insistió en mantener un paso que permitiese a la infantería seguirlos,
pese a que Cepio tenía tantas ganas de ver el oro que quería ir más de prisa.
—Está a buen recaudo y no se lo va a llevar nadie —dijo Silo para
tranquilizarle—. Es mucho mejor que vuestras tropas estén con nosotros y no
hayan perdido el resuello cuando lleguemos, Quinto Servilio.
El terreno era accidentado pero se podía caminar; y así anduvieron
muchas millas, hasta que, poco antes de Sublaqueum, Silo se detuvo.
—¡Es allí! —dijo señalando hacia una montaña en la otra orilla del Anio
—. Detrás se esconde el valle. Hay un puente cerca de aquí por el que
podremos cruzar.
Era un puente magnífico, ancho y de piedra. Cepio ordenó al ejército
cruzar a buen paso, con él a la cabeza. La carretera discurría desde Anagnia
hasta la Via Latina a Sublaqueum, cruzaba el Anio en aquel punto y terminaba en
Carseoli. Una vez que las tropas hubieron cruzado el río, tenían buena
carretera para caminar y apretaron el paso animadas. Por la actitud de Cepio se
daban cuenta de que aquello era una especie de excursión y no una incursión
militar, y mantuvieron los escudos a la espalda, utilizando las lanzas como
cayados para aligerar el peso de las corazas. El día avanzaba y seguramente
aquella noche tendrían que acampar a descubierto y sin comer, pero era una
suerte no ir cargados con las raciones, y la actitud del general les decía que
era inminente alguna especie de recompensa.
Cuando las dos legiones se hallaban extendidas al pie de la montaña en
un tramo en que la carretera describía una curva hacia el nordeste, Silo se
volvió hacia Cepio.
—Voy a adelantarme, Quinto Servilio —dijo— para asegurarme de que no hay
ningún impedimento. No quiero que alguien se asuste y eche a correr.
Cepio aminoró el paso y vio a Silo espolear el caballo y perderse en la
distancia, para, a unos centenares de pasos de la curva, salir de la carretera
y
desaparecer tras un farallón.
Los marsos cayeron sobre la columna de Cepio por todos lados, por el
frente en que Silo había desaparecido, por detrás; surgieron de cada roca y
hondonada de ambos lados de la carretera. Los legionarios no tuvieron tiempo de
reaccionar, y antes de que hubieran podido sacar los escudos de las fundas de
piel para protegerse y de poder desenvainar las espadas y ponerse el casco,
cuatro legiones de marsos deshacían la columna repartiendo golpes a diestro y
siniestro como quien se entrega a un juego. El ejército de Cepio pereció hasta
el último hombre, excepto uno: el propio Cepio, hecho prisionero al principio
del ataque y obligado a contemplar la matanza de sus tropas.
Cuando todo hubo acabado y no quedaba un solo soldado romano en pie,
Quinto Popedio Silo regresó junto a Cepio, rodeado de sus legados, incluidos
Escato y Frauco. Venía muy sonriente.
—Bien, Quinto Servilio, ¿qué decís ahora?
Demudado y tembloroso, Cepio hizo acopio de valor y dijo:
—Quinto Popedio, olvidas que tengo a tus hijos como rehenes.
—¿Mis hijos? —repitió Silo con una carcajada—. ¡No! Son de la pareja de
esclavos que tienes retenida. Pero los recuperaré… con el asno. En tu
campamento no ha quedado nadie que me lo impida. Pero no me molestaré en
llevarme la carga del asno —añadió, con un destello frío y dorado en sus ojos—.
Puedes quedártela.
—¡Es oro! —exclamó Cepio, pasmado.
—No, Quinto Servilio, no es oro. Es plomo recubierto con un finísimo
baño de oro. Si lo hubieras rascado, habrías descubierto la artimaña. ¡Pero
bien que conocía yo a Cepio! Eres incapaz de rascar un lingote de oro aunque en
ello te vaya la vida… como es el caso —añadió, desenvainando la espada,
desmontando y acercándose a él. Frauco y Escato llegaron junto al caballo de
Cepio, le desensillaron y, sin decir palabra, le despojaron de la coraza y la
cota de cuero duro. Cepio, viendo lo que le esperaba, rompió a llorar.
—Quiero oírte pidiendo compasión, Quinto Servilio —dijo Silo acercándose
a un paso de él.
Pero Cepio no podía ni implorar. En Arausio se había salvado huyendo y
desde entonces no había vuelto a encontrarse en una situación de peligro, ni
cuando los marsos habían atacado su campamento. Ahora comprendía por qué habían
atacado; si, habían perdido un puñado de hombres, pero eran unas pérdidas que
habían valido la pena, pues Silo había reconocido el terreno para preparar su
plan. Si Cepio hubiese reflexionado sobre la situación en que se hallaba,
habría implorado piedad, pero ya le era imposible. Quinto Servilio Cepio no
sería el romano más valiente, pero no dejaba de ser un romano de alcurnia, un
patricio, un noble. Quinto Servilio Cepio podía llorar, y quién sabe lo que
lloraría por perder la vida y todo aquel oro fantástico… Pero Quinto Servilio Cepio
no podía implorar.
Alzó la barbilla, con la vista obnubilada, y miró al infinito.
—Esto es por cuenta de Druso —dijo Silo—. Tú hiciste que le mataran. —Yo
no —replicó Cepio muy digno—. Lo habría hecho, pero no fue necesario. Se
encargó Quinto Vario. Y fue muy oportuno, porque si no hubiese muerto, tú y tus
sucios amigos seríais ciudadanos de Roma. Pero no
lo sois ni lo seréis nunca. Hay muchos como yo en Roma.
Silo alzó la espada hasta que la mano que la empuñaba estuvo algo más
alta del hombro.
—Por Druso —dijo, asestando un golpe a Cepio en la unión del cuello y el
hombro, haciendo que saltara una esquirla de hueso que hizo un corte en la
mejilla de Frauco, aunque no tan profundo como el de Silo, que rajó la parte
superior del esternón del romano, destrozando venas, arterias y tendones.
Salpicó sangre por todas partes, pero Silo no había acabado y Cepio no se
desplomaba. El marso retrocedió un poco, volvió a alzar el brazo y descargó un
segundo golpe al otro lado del cuello del romano. Mientras caía, Silo le
dirigió un tercer tajo que le cercenó la cabeza. Escato la recogió y la clavó
despiadadamente en una lanza. Cuando Silo estuvo de nuevo montado, Escato le
pasó la lanza y el ejército marso se puso en marcha por la Via Valeria,
enarbolando en vanguardia la ciega cabeza de Cepio.
Los marsos dejaron atrás el cuerpo decapitado de Cepio con los restos de
su ejército. Estaban en territorio romano: que los romanos lo limpiaran.
Era más importante huir antes de que Mario descubriera lo que había
sucedido. Desde luego, la historia que Silo había contado a Cepio de un ataque
a Mario por parte de diez legiones era una invención para ver cómo reaccionaba
el romano. De todos modos, Silo envió a buscar a sus esclavos y a los falsos
gemelos reales al desierto campamento de las afueras de Varia. Y al asno; pero
no mandó recoger el «oro». Cuando lo desenterraron, en la tienda de Cepio,
todos creyeron que era parte del oro de Tolosa y se preguntaron dónde estaría
el resto, hasta que entró Mamerco y rasparon la superficie de los lingotes,
descubriendo que era plomo y demostrándose la autenticidad de la extraña
explicación que había dado Mamerco.
Porque era preciso que Silo informase a alguien de lo que realmente
había sucedido. A él le daba igual, pero lo había hecho por Druso. Y por eso
había escrito a Mamerco, hermano de Druso.
Quinto Servilio Cepio ha muerto. Ayer le conduje con su ejército a una
emboscada en la carretera entre Carseoli y Sublaqueum, haciéndole salir de
Varia con la artimaña de que había desertado de los marsos, robando el tesoro
de mi pueblo. Llevé un asno cargado con lingotes de plomo con un baño de oro.
¡Ya conocéis la debilidad de los Servilios Cepionis! Les pones oro delante de
las narices y se olvidan de todo lo demás.
Todos los soldados romanos de Cepio han muerto. A Cepio le capturamos
vivo y lo maté yo. Le corté la cabeza y la llevé clavada en una lanza al frente
de mis tropas. En memoria de Druso. En memoria de Druso, Mamerco Emilio. Y por
los hijos de Cepio, que ahora heredarán el oro de Tolosa, con la parte del león
para el cuquillo de pelo rojo del nido de Cepio. Cierta justicia. Si Cepio
hubiera vivido y sus hijos hubieran alcanzado la mayoría, él habría encontrado
el modo de desheredarlos. Ahora lo heredarán todo. Me ha complacido hacer esto
por Druso, porque sé que a él le habría agradado profundamente. Por Druso. Que
su memoria perdure en el espíritu de todos los hombres buenos, romanos e
itálicos.
Como en aquella pobre familia las desgracias nunca venían solas ni nada
las paliaba, la carta de Silo llegó tan sólo unas horas después de la
muerte de Cornelia Escipionis, complicándose el terrible problema que
esperaba a Mamerco. Con la muerte de Cornelia Escipionis y Quinto Servilio
Cepio, se quebraban las últimas esperanzas de estabilidad, de los seis niños
que vivían en casa de Druso. Ahora eran huérfanos del todo, sin parientes y sin
abuelo. Tío Mamerco era el único familiar con vida que les quedaba.
Por derecho, la situación habría debido resolverse llevándoselos a su
casa para acabarlos de criar; habrían constituido una buena compañía para su
pequeña Emilia Lépida, que empezaba a dar los primeros pasos. En los meses que
siguieron a la muerte de Druso, Mamerco se había ido encariñando con los niños,
incluso con el horrible Catón, cuyo carácter indomable le parecía digno de
compasión, mientras que su cariño hacia su hermano Cepio, hacía que se le
saltasen las lágrimas. Pero nunca había pensado en que tendría que llevárselos
a casa hasta que dispuso lo del entierro de su madre y habló con su esposa. Su
matrimonio no databa de cinco años y Mamerco estaba muy enamorado, pues como no
necesitaba un casamiento por interés, había esposado a una mujer por amor,
profundamente engañado, al creer que ella también lo hacía por amor. Su esposa,
una de las Claudias menores, empobrecida y desesperada, se había agarrado a él
como a una tabla de salvación, pero no le amaba. Y no le gustaban los niños.
Hasta su pequeña le aburría y siempre la dejaba en manos de las criadas, por lo
que la pequeña Emilia Lépida estaba mimada y poco disciplinada.
—¡Aquí no vienen! —gritó Claudia Mamerco sin dejarle concluir las
explicaciones.
—¡Tienen que vivir aquí…! ¡No tienen otro sitio adonde ir! —replicó él,
sin salir de su asombro y aún no recuperado de la impresión causada por la
muerte de su madre.
—¡Suerte tienen con esa magnífica casa! Y dinero más que de sobra…
Contrata cuidadores y tutores y que se queden donde están —añadió ella
torciendo el gesto—. ¡Quítatelo de la cabeza, Mamerco, aquí no vienen!
Aquello, desde luego, fue la primera grieta en el ídolo. Mamerco se la
quedó mirando, asombrado, con los labios apretados.
—Insisto en que vengan —dijo.
—¡Esposo, puedes insistir hasta que el agua se convierta en vino! Me da
igual. Aquí no vienen, O, silo prefieres, si vienen ellos, me voy yo.
—¡Claudia, ten compasión, están tan solos…!
—¿Y por qué tengo que tenerles compasión? No van a morirse de hambre ni
les faltará educación. De todos modos, ninguno de ellos sabe lo que es tener
padre —replicó Claudia Mamerco—. Las dos Servilias son tan rencorosas como
engreídas, Druso Nerón es un zoquete y los demás son descendientes de esclavos.
Déjalos donde están.
—Necesitan un hogar —alegó Mamerco.
—Ya tienen una buena casa.
Que Mamerco cediese no quería decir que fuese por debilidad, simplemente
era un hombre práctico y comprendió que era contraproducente imponerse a
Claudia, si los traía a casa con su declarada oposición, sería peor para los
niños. Y él no podía estar en casa todo el día; por la reacción de Claudia, era
evidente que haría víctima de su rencor a los pequeños a la mínima oportunidad.
Fue a ver a Marco Emilio Escauro, príncipe del Senado, que no era un
Emilio Lépido, pero sí el Emilio de más edad de toda la gens. Escauro era,
además, coalbacea testamentario de Druso y albacea exclusivo del testamento de
Cepio. Por ello le competía la responsabilidad de lo que se hiciera con los
niños. Mamerco se sentía fatal. La muerte de su madre había sido un durísimo
golpe, ya que siempre había compartido su vida con ella hasta que se había ido
a vivir a casa de Druso; cosa que ella había hecho — ¡ahora que lo pensaba!—
después de que él se hubiese casado con Claudia y la nuera entrara en la casa.
Sin embargo, jamás le había manifestado la menor palabra de protesta a
propósito de Claudia. Sí, ahora que lo pensaba, su madre tenía que haber
abandonado contenta aquella casa.
Cuando Mamerco llegó a casa de Marco Emilio Escauro ya no estaba
enamorado de Claudia y no corría el menor peligro de sustituir ese amor por
otra clase más amigable y cómoda. Hasta aquel día había creído imposible
desenamorarse tan de prisa y tan rotundamente; pero así era. Allí estaba,
llamando a la puerta de Escauro, desgarrado por la muerte de su madre y
desenamorado de su esposa.
Por eso no le costó nada explicarle crudamente el asunto a Escauro.
—¿Qué hago, Marco Emilio?
Escauro, príncipe del Senado, se recostó en el asiento, con los claros
ojos verdes clavados en el rostro de Livio, de nariz aguileña, ojos oscuros y
huesos prominentes. Mamerco era el último miembro de dos familias. Debía ser
amable con él y ayudarle en lo que pudiera.
—Creo que debes avenirte a los deseos de tu esposa, Mamerco. Lo que
significa que tendrás que dejar a los niños en la casa de Marco Livio Druso, y,
al mismo tiempo, buscar a alguien para que viva con ellos.
—¿Quién?
—Déjamelo a mí, Mamerco —contestó Escauro animoso—. Ya pensaré en
alguien.
Y pensó en alguien dos días más tarde. Complacido consigo mismo, hizo
llamar a Mamerco.
—¿Te acuerdas de aquel Quinto Servilio Cepio que fue cónsul dos años
antes de que nuestro ilustre pariente Emilio Paulo derrotara a Perseo de
Macedonia en Pidna? —inquirió Escauro.
—No le conozco personalmente, Marco Emilio —contestó Mamerco sonriente—,
pero sé a quién te refieres.
—Estupendo —dijo Escauro, también sonriente—. Pues ese Quinto Servilio
tiene tres hijos. El mayor lo adoptaron los Fabios Máximos, con lamentables
resultados… Eburnus y su infortunado hijo. — Escauro estaba deleitándose en las
explicaciones, porque era uno de los mejores especialistas romanos en
genealogía y sabía dilucidar las ramificaciones del árbol familiar de cualquier
noble romano—. El hijo menor, Quinto, engendró al cónsul Cepio, que robó el oro
de Tolosa y perdió la batalla de Arausio. Tuvo también una hija, Servilia, que
se casó con nuestro estimado consular Quinto Lutacio Catulo César. Y de Cepio
el Cónsul viene ese otro Cepio al que mató el otro día el marso Silo, y la
hembra que se casó con tu hermano Druso.
—Te has dejado al hijo de en medio —dijo Mamerco.
—¡Expresamente, Mamerco, expresamente! Es él quien realmente me
interesa. Su nombre era Cneo, pero se casó mucho después que su hermano más
joven, Quinto, de modo que su hijo, un Cneo, sólo tuvo edad para ser cuestor
cuando su primo hermano ya era consular y en plena actividad, cuando perdió la
batalla de Arausio. El joven Cneo fue cuestor en la provincia de Asia, y hacía
poco se había casado con una Porcia Liciniana, que no ha aportado una gran
dote, pero Cneo no necesitaba una esposa con mucha dote porque es muy rico,
como todos los Servilios Cepionis. Cuando Cneo el Cuestor marchó a la provincia
de Asia ya era padre de una niña llamada Servilia Cnea, para diferenciarla de
las otras Servilias. Muy desafortunado el sexo de este producto de su
matrimonio con Porcia Liciniana.
Escauro hizo una pausa para respirar.
—¿No es maravilloso, mi querido Mamerco, lo intrincados que son los
vínculos de nuestra familia?
—Increíbles, diría yo —respondió Mamerco.
—Volvamos a la niña de dos años, Servilia Cnea —dijo Escauro,
arrellanándose cómodamente en la silla—. He utilizado la palabra
«desafortunado» con toda razón, pues Cneo Cepio había prudentemente redactado
su testamento antes de marchar a la provincia de Asia siendo cuestor, aunque
imagino que ni por un momento habría pensado que se ejecutaría. Según la lex
voconia de mulierum hereditaubus, Servilia Cnea, por ser niña, no podía heredar
y la enorme fortuna que dejó fue a parar a su primo Cepio, el que perdió la
batalla de Arausio y robó el oro de Tolosa.
—Advierto, Marco Emilio, que eres muy franco hablando del oro de Tolosa
—comentó Mamerco—. Todos dicen que lo robó, pero nunca se lo había oído decir
con tanta seguridad a nadie de tu auctoritas.
—¡Ah! —exclamó Escauro con vivo ademán—, todos sabemos que lo robó,
Mamerco. ¿Por qué no decirlo? Nunca me has parecido una persona chismosa, y
creo que se te pueden decir las cosas.
—Efectivamente.
—Lo concertado, naturalmente, era que ese Cepio de Arausio y del oro de
Tolosa devolviese la fortuna a Servilia Cnea en caso de heredarla, pues
Cneo Cepio había previsto en su testamento dejar a la hija lo máximo que
la ley permite, una suma baladí comparada con el monto de su fortuna. Cuando
regresaba, siendo cuestor, de la provincia de Asia, el barco naufragó y murió
ahogado. Cepio, el de Arausio y el oro de Tolosa, heredó la fortuna, pero no se
la devolvió a la niña, sino que la sumó, sin necesitarla, a la suya propia, que
ya era astronómica. Y con el tiempo, la herencia de la pobre Servilia Cnea pasó
a Cepio, el que el otro día murió a manos de Silo.
—Es repugnante —dijo Mamerco muy serio.
—Efectivamente, pero son las cosas de la vida —añadió Escauro. —¿Y qué
fue de Servilia Cnea? ¿Y de su madre?
—Oh, han sobrevivido, desde luego. Viven muy modestamente en la casa de
Cneo Cepio, que Cepio el Cónsul y luego su hijo les dejaron habitar. No
legalmente, simplemente habitarla. Cuando el testamento del último Quinto Cepio
se verifique oficialmente, y en ello estoy actualmente, la casa quedará
incluida; como sabes, todo lo que tenía Cepio, con excepción de las dotes de
las dos niñas, va a ser para el pequeño Cepio el pelirrojo, ¡ja, ja! ¡Para mi
sorpresa me nombró único albacea! Yo pensaba que habría nombrado a alguien como
Filipo, pero me equivocaba. Ningún Cepio ha descuidado jamás su fortuna, y el
recién fallecido debió pensar que si Filipo o Vario eran los albaceas se
perdería una buena parte. ¡Prudente decisión! Porque, desde luego, Filipo se
habría portado como un cerdo en un campo de bellotas.
—Todo esto es fascinante, Marco Emilio —dijo Mamerco, sintiendo un vivo
interés por la genealogía—, pero sigo sin ver…
—¡Un poco de paciencia, Mamerco, a eso voy! —dijo Escauro.
—Por cierto —añadió Mamerco, recordando lo que había dicho su hermano
Druso—, imagino que uno de los motivos por el que te nombraron albacea sería
por influencia de mi hermano Druso. Por lo visto contaba con cierta información
sobre Cepio y amenazó con desvelarla si él no dejaba a sus hijos incluidos en
el testamento. Quizá Druso impusiera el albacea. Yo sé que Cepio tenía Pavo r
de que Druso revelara lo que sabía.
—De nuevo el oro de Tolosa —dijo Escauro, complacido—. Tiene que ser
eso. Lo que he averiguado de los asuntos de Cepio, aunque es
escasamente el producto de dos o tres días de trabajo, es fascinante.
¡Qué cantidad de dinero! A las dos niñas les ha dejado una dote de doscientos
talentos a cada una, y aun así eso no roza ni con mucho lo que habrían podido
heredar incluso aplicando la lex Voconia. El pequeño Cepio pelirrojo es el
hombre más rico de Roma.
—¡Por favor, Marco Emilio, acaba la historia!
—¡Oh, sí, sí! ¡Juventud impaciente! Según la ley, dado que el
beneficiario es un menor, estoy obligado a tener en cuenta cosas tan
negligibles como la casa en que siguen viviendo Servilia Cnea, que ya tiene
diecisiete años, y su madre Porcia Liciniana. Bien, lo que no tengo ni idea es
qué clase de hombre será el pelirrojo Cepio, y no quiero dejar a mi propio hijo
quebraderos de cabeza testamentaríos. No es de descartar que el pequeño Cepio,
al hacerse adulto, quiera saber por qué consentí que Servilia Cnea y su madre
hayan seguido viviendo sin pagar alquiler en esa casa. El primitivo
propietario, cuando el pequeño Cepio sea mayor, hará tanto tiempo que ha muerto
que puede no llegar ni a saberlo. Legalmente, esa casa es suya.
—Ya veo a dónde vas a parar, Marco Emilio —dijo Mamerco—.
Continúa, estoy en ascuas.
—Yo, Mamerco, sugeriría —dijo Escauro, inclinándose hacia adelante
— que ofrecieses un empleo a Servilia Cnea, no a su madre. La pobre
muchacha no tiene dote alguna y en estos quince años desde la muerte del padre
se han gastado la pequeña herencia que les ha permitido vivir decentemente. He
de añadir que los Porcios Licinianos no pueden prestarles ayuda. O no se la
prestarán, que viene a ser lo mismo. Desde que hablamos la primera vez, pasé a
ver a las dos mujeres, haciendo Valer mi condición de albacea, y después de
explicarles los intríngulis del testamento, se han quedado atemorizadas ante lo
que el futuro pueda reservarles. Les dije que, en mi opinión, habría que vender
la casa para que la falta de las rentas de alquiler de estos quince años no
aparezca en la revisión del fisco.
—¡Es una maniobra tan hábil y enrevesada como para ganarte el cargo de
gran chambelán del rey Tolomeo de Egipto! —dijo Mamerco riéndose.
—¡Cierto! —añadió Escauro con un suspiro—. Servilia Cnea tiene ahora
diecisiete años, como te he dicho. Lo cual quiere decir que alcanzará la edad
casadera habitual de aquí a un año. Pero, ¡ay!, no es ninguna beldad; en
realidad es bastante feilla, la pobre. Sin dote, jamás podrá aspirar ni
remotamente a un marido de su clase. Su madre es de auténtica estirpe Catón
Liciniano, a quien no le gusta la idea de un caballero vulgar pero rico o un
campesino adinerado para su hija. Pero ¡qué remedio, cuando no hay dote!
¡Que enrevesado es!, pensó Mamerco, sin abandonar su actitud de sumo
interés.
—Mamerco, lo que sugiero es lo siguiente. Como ya he suscitado su
preocupación con mi visita, ellas estarán dispuestas a escucharte. Sugiero que
propongas a Servilia Cnea y a su madre, ¡pero sólo como compañía!, que acepten
una cantidad por cuidar a los hijos de Marco Livio Druso. Que vivan en casa de
Druso con una buena asignación para gastos y mantenimiento. Con la condición de
que Servilia Cnea no se case hasta que el niño más pequeño sea mayor de edad.
El menor es Catón, que ahora tiene tres años. Dieciséis menos tres son trece.
Por consiguiente, Servilia Cnea debe seguir soltera trece años más hasta que
expire su contrato contigo. ¡No es una edad en que sea imposible casarse! Y más
si le ofreces obsequiarla con una dote igual que las de sus primas, a las que
va a cuidar, cuando concluya su tarea. La fortuna de Cepio permite
perfectamente dotarla con doscientos talentos, Mamerco, créeme. Y para dejar
las cosas bien sentadas, puesto que ya no soy joven, reservaré esos doscientos
talentos y los invertiré en nombre de Servilia Cnea, en depósito hasta que
cumpla treinta y un años, y a condición de que haya actuado a plena
satisfacción tuya y mía.
Una aviesa sonrisa surcó el rostro de Escauro.
—Mamerco, no es guapa, pero te garantizo que cuando tenga treinta y un
años podrá elegir cómodamente entre una docena de pretendientes de su clase.
¡Doscientos talentos son irresistibles! —dijo, jugueteando un instante con la
pluma y mirando después fijamente a Mamerco a los ojos—. Ya no soy joven y soy
el último Escauro de los Emilios; tengo una esposa joven,
una hija que acaba de cumplir once años y un hijo de cinco. Ahora soy el
albacea de la mayor fortuna de Roma, y si algo me sucediera antes de que mi
hijo sea mayor de edad, ¿a quién voy a confiar las fortunas de mis seres
queridos y las fortunas de esos tres retoños Servilios? Tú y yo somos los
albaceas de la fortuna de Druso, lo que significa que compartimos la
responsabilidad de los tres niños porcianos. ¿Estás dispuesto a ser albacea y
depositario de los míos si yo muero? Eres un Livio por nacimiento y un Emilio
por adopción, Mamerco, y me quedaría más tranquilo si me dijeras que sí.
Necesito guardarme las espaldas con la confianza de un hombre honrado.
—Acepto, Marco Emilio —contestó Mamerco sin dudarlo.
Con ello concluyó la conversación. Nada más salir de casa de Escauro,
Mamerco fue directamente a ver a Servilia Cnea y a su madre. Vivían en un buen
lugar, cerca del circo Máximo, en el lado del Palatino, pero Mamerco se percató
en seguida de que, aunque Cepio les había permitido vivir en la casa, él no se
había gastado mucho en conservarla, pues el estuco de las paredes estaba
desconchado y el techo del atrium tenía manchas de humedad, a tal punto que en
un rincón el yeso había cedido y se veían el cañizo y las vigas. Los murales
habían sido muy bonitos pero estaban deslucidos y ennegrecidos. Sin embargo,
mientras aguardaba a que le recibieran, echó una ojeada al jardín y comprobó
que eran hacendosas porque estaba muy bien cuidado y lleno de flores.
Solicitó verlas a las dos, y ambas salieron a recibirle. Porcia, por
curiosidad más que nada. Si, claro que sabía que estaba casado, ninguna mujer
noble romana con una hija casadera dejaba de averiguar el estado de los hombres
jóvenes de su clase.
Las dos eran morenas; Servilia Cnea de pelo más negro que la madre. Y
más fea, pues, a pesar de que la madre tenía la nariz de los Catones, muy
aquilina, la hija la tenía pequeña. Además, Serviha Cnea padecía un profuso
acné, tenía los ojos muy juntos y un tanto porcinos y una boca muy grande de
labios finos. Si la madre era una dama altiva y digna, la hija simplemente
tenía aspecto severo, con la clase de carácter aburrido y anodino capaz de
disuadir a hombres más decididos que Mamerco, que no era ningún tímido.
—Somos parientes, Mamerco Emilio —dijo airosamente la madre—.
Mi abuela era Emilia Tercia, hija de Paulo.
—Efectivamente —dijo Mamerco, sentándose donde le indicaban.
—Y estamos también emparentados por parte de los Livios —continuó la
dama, sentándose en un sofá enfrente de él, con la hija muda al lado.
—Lo sé —dijo Mamerco, sin saber cómo sacar a colación el motivo de su
visita.
—¿Que deseáis? —inquirió Porcia, solventando la dificultad.
Mamerco expuso sus motivos con igual crudeza y con palabras llanas, ya
que no era un gran hablador a pesar de ser hijo de Cornelia de los Escipiones.
Porcia y Servilia Cnea le escuchaban atentamente sin dejar traslucir lo que
pensaban.
—Es decir, que tendríamos que vivir en casa de Marco Livio Druso durante
trece o catorce años, ¿no es eso? —inquirió Porcia cuando él acabó de exponer
la propuesta.
—Sí.
—Y después, mi hija, con una dote de doscientos talentos, podría
casarse.
—Si.
—¿Y yo?
Mamerco parpadeó sorprendido. Siempre había pensado que las madres
seguían viviendo en la casa del paterfamilias, pero, claro, ésa era
precisamente la casa que Escauro quería vender. Y había que tener valor para
pedirle a una suegra como aquélla que se viniera a vivir a la casa, pensó
Mamerco.
—¿Aceptaríais el usufructo de una villa a la orilla del mar, en Misenum
o Cumae, junto con una asignación adecuada a las necesidades de una dama de
vuestra edad? —inquirió.
—Sí —contestó Porcia sin dudarlo.
—En ese caso, si lo acordamos con un contrato legal, ¿debo entender que
ambas aceptan la tarea de cuidar a los niños?
—Así es —contestó Porcia por encima de su impresionante nariz—. ¿Tienen
pedagogo los niños?
—No. El mayor tiene unos diez años y ha ido a la escuela; Cepio aún no
tiene siete años y el pequeño Catón sólo tres —contestó Mamerco.
—No obstante, Mamerco Emilio, considero de vital importancia que
encontréis alguien adecuado para que viva en la casa como tutor de los seis
niños —dijo Porcia—. No habrá varones en la casa. Y aunque no existe peligro
fisico, por el bien de los niños creo que debe haber un hombre de autoridad que
no sea esclavo y que viva en la casa. Un pedagogo sería lo idóneo.
—Tenéis toda la razón, Porcia. Me ocuparé de ello en seguida —dijo
Mamerco, disponiéndose a salir.
—Iremos mañana —dijo Porcia mientras le acompañaba a la puerta. —¿Tan
pronto? Me parece estupendo, pero ¿no tenéis cosas que arreglar
o disponer?
—Mi hija y yo no poseemos nada, Mamerco Emilio, salvo algunas ropas.
Hasta los criados que tenemos son de la finca de Quinto Servilio Cepio —dijo,
abriendo la puerta—. Que tengáis buen día, Mamerco Emilio. Y gracias por
habernos librado de peores penurias.
Bien, pensó Mamerco mientras apretaba el paso en dirección al
establecimiento cercano a la basílica Sempronia donde esperaba encontrar un
pedagogo a la venta, ¡cuánto me alegro de no ser uno de esos seis pobres niños!
Pero aún así vivirán mejor que con mi Claudia.
—Mamerco Emilio, tenemos unos cuantos nombres muy convenientes en
nuestro registro —dijo Lucio Duronio Postumio, el dueño de una de las mejores
agencias romanas de pedagogos.
—¿Cuánto cuesta un buen pedagogo actualmente? —inquirió Mamerco, que
nunca se había visto en semejante situación.
—Entre cien mil y trescientos mil sestercios —contestó Duronio
frunciendo los labios—. O más, si el producto es algo especial.
—¡Uf! —exclamó Mamerco con un silbido—. ¡A Catón el Censor no le habría
hecho mucha gracia!
—Catón el Censor era un anticuado tacaño —replicó Duronio—. Incluso en
su tiempo, un buen pedagogo costaba más de seis mil míseros sestercios.
—¡Pero es que voy a comprar un pedagogo para tres de sus descendientes
directos!
—Lo tomáis o lo dejáis —replicó Duronio displicente.
Mamerco lanzó un suspiro. ¡Qué caro estaba saliendo el atender a
aquellos seis niños!
—Bien, de acuerdo, ¿qué remedio me queda? ¿Cuándo puedo ver a los
candidatos?
—Como a todos los esclavos que tengo a la venta los alojo en Roma, os
los enviaré a casa por la mañana. ¿Cuánto es lo máximo que estáis dispuesto a
pagar?
—¡Yo qué sé! ¡Si os parece, unos cuantos cientos de miles más de
sestercios…! ¡No os excedáis, Duronio! ¡Si me enviáis un imbécil o un ladrón,
juro que os castraré con verdadero placer!
No dijo nada a Duronio de que pensase conceder la libertad al hombre que
compraba, pues con ello no habría hecho sino aumentar el precio. No, el que
adquiriese lo manumitiría en privado y lo incorporaría a su clientela, lo que
en resumen equivalía a obligarle a ese empleo como si siguiese siendo esclavo,
porque un cliente liberto pertenecía a su antiguo amo.
Al final sólo encontró a uno satisfactorio que, naturalmente, era el más
caro. Duronio sabía lo que se hacía y, dado que no iba a haber mujeres adultas
en la casa con un Paterfamilias vigilante, el tutor tenía que ser de gran
integridad moral, a la par que agradable y comprensivo. El elegido se llamaba
Sarpedon y era originario de Licia, al sur de la provincia de Asia. Como la
mayoría de los de su situación, él mismo se había vendido esclavo, considerando
que tenía mejores posibilidades de vivir una vejez cómoda y sin privaciones si
pasaba los años que le quedaban al servicio de un romano de alto rango. O se
ganaba la libertad o le cuidarían. Así, había ido a las dependencias que en
Esmirna tenía Duronio Postumio y le habían inscrito. Este era su primer empleo,
es decir, era la primera vez que le compraban. Tenía veinticinco años y era muy
culto en latín y griego; hablaba el griego ático más puro, y el latín lo
dominaba como un auténtico romano. Pero no fueron esas virtudes las que le
valieron el empleo, sino su gran fealdad: era tan bajo, que a Mamerco le
llegaba al pecho, de una delgadez casi raquítica,
y estaba marcado por cicatrices de unas quemaduras que había sufrido de
pequeño. No obstante, tenía muy bella voz y en su rostro estropeado lucían dos
bonitos ojos. Cuando le dijeron que iban a liberarle en seguida y que su nombre
sería Mamerco Emilio Sarpedon, se consideró el más afortunado de los hombres,
pues con el sueldo mucho más alto y la ciudadanía romana, algún día podría
retirarse a su ciudad natal de Xantus para vivir como un potentado.
—Es un asunto caro —dijo Mamerco a Escauro, dejando el rollo en su
escritorio—. Y te prevengo como albacea de lo que corresponde a los Servilios
Cepionis, que no vas a salir mejor librado que en el caso de nuestro albaceazgo
conjunto del testamento de Druso. Ahí tienes la factura de lo que se ha gastado
hasta el momento. Sugiero que la dividamos entre las dos fortunas.
Escauro cogió el rollo y lo desplegó.
—Tutor… ¿Cuatrocientos mil?
—¡Pues habla tú con Duronio! —exclamó Mamerco—. ¡Yo he hecho todos los
trámites siguiendo tus directrices! En esa casa habrá dos mujeres nobles
romanas y hay que garantizar su virtud, por lo que no puede vivir en ella un
tutor atractivo. El pedagogo que he comprado es tan feo que da grima.
—¡Bien, bien! —dijo Escauro con una risita—. ¡Te creo, te creo! —
añadió, examinando con más detalle el documento—. Dote para Servilia Cnea,
doscientos talentos. Bueno, eso no puedo discutirlo porque yo mismo lo sugerí.
Gastos anuales de la casa, sin incluir reparaciones y mantenimiento, cien mil
sestercios… Sí, está bastante bien… Etcétera, etcétera… ¿Villa en Misenum o
Cumae? ¿Para quién demonios?
—Para Porcia, cuando Servilia Cnea vaya a casarse.
—¡Oh, merda! ¡En eso no había pensado! Sí, claro, tienes razón. Ningún
marido la aceptaría a ella encima de casarse con un cardo como Servilia Cnea…
Sí, sí, asciende a mucho. Lo dividiremos en dos.
Se sonrieron y Escauro se levantó.
—¡Mamerco, creo que esto merece una copa de vino! Lástima que tu esposa
no quiera colaborar; porque como albaceas de las fortunas nos
habríamos ahorrado mucho dinero.
—Como no sale de nuestro bolsillo, bien podemos hacernos cargo del
gasto, Marco Emilio. ¿A qué preocuparse? La paz conyugal Vale más que nada
—dijo tomando la copa de vino—. En cualquier caso, yo me marcho de Roma. Ha
llegado el momento de cumplir mis deberes militares.
—Entiendo —dijo Escauro, volviéndose a sentar.
—Hasta la muerte de mi madre, mi principal cometido fue estar en Roma y
ayudarla con los niños, pues no estaba bien desde que murió Druso de la pena
que le había causado. Pero ahora los niños están en buenas manos y no tengo
excusa. Me marcho.
—¿Con quién?
—Con Lucio Cornelio Sila.
—Buena elección —dijo Escauro, asintiendo con la cabeza—. Es un hombre
con futuro.
—¿Tú crees? ¿No es algo mayor?
—También lo era Cayo Mario. Y, pensándolo bien, Mamerco, ¿quién más hay?
En este momento escasean los grandes hombres en Roma. Si no fuese por Cayo
Mario no habríamos obtenido ahora ni una sola victoria y, como él mismo dice en
el informe, fue una victoria pírrica. Él venció, pero Lupo había sufrido una
espantosa derrota el día anterior.
—Cierto. De todos modos estoy decepcionado con Lucio Julio. Yo le había
juzgado capaz de grandes cosas.
—Es muy excitable, Mamerco.
—He oído que el Senado la llama la guerra mársica.
—Sí, por lo visto pasará a los libros de historia como guerra mársica.
Al fin y al cabo —añadió Escauro con aire travieso—, no podemos llamarla la
guerra itálica. ¡Roma caería en el pánico pensando que luchábamos contra toda
Italia! Además, fueron los marsos quienes nos entregaron una declaración formal
de guerra. Denominándola guerra mársica parece más modesta, menos importante.
—¿A quién se le ocurrió eso? —inquirió Mamerco, mirándole atónito.
—A Filipo, naturalmente.
—Ah, me alegro de irme —dijo Mamerco poniéndose en pie—. Si me quedara,
¡quién sabe si no me captarían para entrar en el Senado!
—Edad para ser cuestor sí tienes, desde luego.
—La tengo, pero no pienso presentarme. Esperaré al censorado — contestó
Mamerco Emilio Lépido Liviano.
Mientras Lucio César se lamía las heridas en Teanum Sidicinum, Cayo
Papio Mutilo cruzaba el río Volturnus y luego el Calor. Al llegar a Nola, la
población le recibió con eufórica alegría. Habían logrado deshacerse de la
guarnición romana de dos mil hombres al partir Lucio César, y le mostraron muy
ufanos la prisión provisional en la que habían encerrado a las cohortes. Era un
recinto dentro de las murallas, anteriormente dedicado a matadero de ovejas y
cerdos, que habían cerrado con un muro de piedra coronado de trozos de cristal
y en torno al cual patrullaban constantemente. Para mantener a los romanos
decaídos, le dijeron los de Nola, sólo les daban de comer una vez por semana y
de beber cada tres días.
—¡Muy bien! —comentó Mutilo, complacido—. Les dirigiré unas palabras.
Utilizó para su discurso la plataforma de madera desde la cual los
nolanos arrojaban pan y agua a los cautivos.
—¡Me llamo Cayo Papio Mutilo! —gritó—. Soy samnita, y a finales de año
mandaré en toda Italia, Roma incluida. No tenéis nada que hacer contra
nosotros. Estáis débiles, gastados, inútiles. ¡Os ha vencido la población! Y
ahora estáis encerrados como los animales que antes guardaban ahí, pero más
apiñados que ellos. Sois dos mil en un recinto que antes daba cabida a
doscientos cerdos. Es incómodo, ¿verdad? Estáis enfermos, pasáis hambre y sed,
y yo he venido a decíros que aún padeceréis más. A partir de ahora no se os
dará más que agua cada cinco días. Pero os queda una alternativa: alistaros en
las legiones de Italia. Pensáoslo.
—¡No hay nada que pensar! —gritó Lucio Postumio, el comandante de la
guarnición—. ¡Nos quedamos aquí!
—Les daremos quince días —dijo Papio, bajando de la plataforma—.
Se rendirán.
Las cosas iban muy bien para Italia. Cayo Vidacilio había invadido
Apulia y se encontró en un teatro bélico nada sangriento, pues Larinum, Teanum
Aoulum, Lucena y Ausculum se sumaron a la causa itálica y la población acudió
en tropel a alistarse en las legiones itálicas. Cuando Mutilo alcanzó la costa
en la bahía del Cráter, los puertos de Stabiae, Salernum y Surrentum se
declararon a favor de Italia, igual que el puerto fluvial de Pompeii.
Encontrándose dueño de cuatro flotas de guerra, Mutilo decidió llevar la
campaña por mar, lanzando un ataque contra Neapolis. Pero Roma tenía un mayor
dominio de los mares y el almirante romano Otacilio venció a los barcos
itálicos, obligándolos a retirarse a sus respectivos puertos. Decididos a
resistir, los neapolitanos combatieron estoicamente los fuegos causados por el
bombardeo de Mutilo en las dependencias portuarias con proyectiles de aceite en
llamas.
En todas las ciudades en que la población había optado por la alianza
con Italia, los habitantes romanos fueron pasados por las armas. Nola era una
de esas ciudades, y el Valeroso anfitrión de Servio Sulpicio Galba había
perecido como los demás; pero aún sabiéndolo, la famélica guarnición prisionera
resistió hasta que Lucio Postumio convocó una reunión, cosa nada difícil, dada
la estrechez en que estaban confinados.
—Creo que los soldados rasos deben rendirse —dijo Postumio, mirando con
sus cansados ojos aquellos rostros demacrados—. Podemos tener la seguridad de
que los itálicos van a matarnos. Y yo, desde luego, los desafiaré hasta la
muerte, porque soy el comandante y es mi deber. Mientras que vosotros,
soldados, tenéis otro deber con Roma: seguir con vida para luchar en otras
guerras, guerras en el extranjero. ¡Así que os ruego que os unáis a los
itálicos! Si después de uniros a ellos podéis desertar y pasaros a nuestras
filas, tanto mejor. Pero, cueste lo que cueste, conservad la vida. Seguid vivos
por Roma. — Hizo una pausa para descansar—. Los centuriones también deben
rendirse. Sin sus centuriones, Roma está perdida. En cuanto a mis oficiales, si
queréis capitular, lo comprenderé; igual que si os negáis.
Lucio Postumio tardó mucho en convencer a los soldados. Todos querían
morir, aunque sólo fuese para demostrar a los itálicos que era imposible
acobardar a los auténticos romanos. Pero al final se impuso el criterio de su
comandante y los legionarios se rindieron. Sin embargo, a los centuriones, por
mucho que les habló y porfió, no pudo convencerlos. Sus tribunos militares
tampoco quisieron ceder y murieron todos: centuriones, tribunos militares y el
propio Lucio Postumio.
Antes de que hubiera sido pasado por las armas el último de los
oficiales romanos confinados en las cochiqueras, Herculaneum se sumó a la causa
itálica y asesinó a los ciudadanos romanos. Mutilo, eufórico y seguro de sí
mismo, emprendió la guerra marítima y lanzó de nuevo incursiones relámpago
contra Neapolis, Puteoli, Cumae y Tarracina. Con ello, toda la costa del Lacio
entraba en el conflicto, exacerbándose aún más el rencor existente entre
romanos, latinos e itálicos del Lacio. El almirante Otacilio les hizo frente
con decisión y con la fortuna de que no lograron hacerse con ningún puerto más,
aunque ardieron numerosas instalaciones portuarias y se produjeron víctimas.
Cuando se vio sin ningún género de duda que la península al sur y al
norte de Campania era territorio itálico, Lucio Julio César consultó con su
legado mayor, Lucio Cornelio Sila.
—Estamos totalmente aislados de Brundisium, Tarentum y Rhegium, de eso
no hay duda —dijo, cabizbajo, Lucio César.
—Si es así, olvidémoslo —contestó Sila, animoso—. Mejor concentrarnos al
norte de Campania. Mutilo ha puesto sitio a Acerrae, lo que significa que
avanza hacia Capua. Si Acerrae se rinde, Capua caerá… porque su sustento es
romano pero su corazón es itálico.
Lucio César se arrellanó en la silla, como ofendido.
—¿Cómo puedes estar tan… contento viendo que no podemos contener a
Mutilo ni a Vidacilio? —inquirió.
—Porque sé que venceremos —replicó Sila con firmeza—. — ¡Créeme, Lucio
Julio, venceremos! Mira, esto no es como las elecciones. En las
elecciones, los primeros votos son reflejo del resultado final, pero en
la guerra, la victoria es finalmente para el bando que no cede. Los itálicos
dicen que luchan por su libertad. A primera vista no puede haber mejor
motivación, pero no es así, porque es algo intangible, un simple concepto,
Lucio Julio, y nada más. Mientras que Roma lucha por su supervivencia. Y por
eso vencerá. Los itálicos no luchan a vida o muerte igual que nosotros. Ya
conocen una vida a la que están acostumbrados hace muchas generaciones. Puede
que no sea la ideal, que no sea la que desean; pero es tangible. ¡Aguarda,
Lucio Julio, y ya verás que cuando los itálicos se cansen de luchar por un
sueño, la situación se volverá en su contra! Ellos no son una entidad. No
tienen una historia y una tradición como nosotros. ¡Carecen de mos maiorum!
Roma es real. Italia es una entelequia.
Era como si Lucio César fuese mentalmente sordo, aunque tuviera en
perfecto estado los oídos.
—Si no podemos echar a los itálicos del Lacio, estamos apañados. Y no
creo que podamos.
—¡Los echaremos del Lacio! —persistió Sila sin perder el ánimo. —¿Cómo?
—inquirió el blandengue sentado en la silla de general. —Para empezar, Lucio
Julio, te traigo buenas noticias. Tu primo Sexto
Julio y su hermano Cayo Julio han desembarcado en Puteoli y en sus
barcos llevan dos mil soldados númidas de caballería y veinte mil de
infantería. Y la mayoría de las tropas de infantería son veteranas. En Africa
se han reclutado millares de curtidos soldados de Mario, con las sienes un poco
encanecidas, pero decididos a luchar por su patria. Ahora estarán ya en Capua
para que les pertrechen y les pongan en forma con la instrucción. Quinto
Lutacio opina que se formarán cuatro legiones en lugar de cinco sin plena
fuerza de combate, y yo estoy de acuerdo. Con tu permiso, enviaré dos legiones
a Mario en el norte, ahora que es comandante en jefe, y las otras dos las
mantendremos aquí en Campania —dijo Sila, sonriendo jubiloso.
—Yo las mantendría todas aquí en Campania —dijo Lucio César.
—No creo que debamos —replicó Sila con firmeza, sin alterarse—. En el
norte han tenido más pérdidas que nosotros y las dos únicas legiones
curtidas están sitiadas en Firmum Picenum con Pompeyo Estrabón.
—Sí, creo que tienes razón —dijo Lucio César, algo más convencido—. Por
mucho que deteste a Cayo Mario, tengo que admitir que estoy mucho más tranquilo
si tiene el mando él. La situación mejorará en el norte.
—¡Y aquí también! —gorjeó Sila con un destello de exasperación en la mirada. ¡Por los dioses! ¿Habría algún lugarteniente con un general tan pesimista como aquél? Se inclinó sobre la mesa de Lucio César con gesto muy serio—. Tenemos que alejar a Mutilo de Acerrae hasta que estén listas las nuevas tropas, y tengo un plan para hacerlo.
—¿Cómo?
—Déjame que marche con las dos mejores legiones sobre Aesernia. —¿Estás seguro?
—¡Confía en mí, Lucio Julio, confía en mí!
—Es que…
—¡Tenemos que alejar de Acerrae a Mutilo! Y lo mejor es una maniobra de distracción contra Aesernia. ¡Confia en mí, Lucio Julio! Lo haré y no perderé ningún hombre.
—¿Cuál es tu plan? —inquirió Lucio César, pensando en la derrota del desfiladero próximo a Atina en donde le había atacado Escato.
—Seguiré la misma ruta que tú, la Via Latina hasta Aquinum y luego la garganta de Melfa.
—Te tenderán una emboscada.
—Pierde cuidado, estaré prevenido —replicó Sila sin perder los ánimos, advirtiendo que cuanto más se deprimía Lucio César, más se exaltaba su imaginación.
Al jefe samnita Duilio, sin embargo, las dos espléndidas legiones que surgieron por la carretera a Aquinum no le parecieron muy aptas para repeler una emboscada. A última hora de la tarde la cabeza de la formación romana entraba confiada en las fauces del desfiladero y el samnita oía perfectamente gritar a la tropa a centuriones y tribunos, que se apresuraran a alcanzar el centro para acampar antes de que anocheciera.
Duilio miró desde la cresta, con el entrecejo fruncido y mordiéndose las uñas. Aquel descaro de los romanos ¿sería el colmo de la estupidez o alguna
estratagema? En cuanto las primeras filas de la columna estuvieron a la vista, supo quién la mandaba, y, además, lo hacia a pie. Era Lucio Cornelio Sila, inconfundible con su sombrero de paja. Y Sila no tenía fama de tonto, pese a que de momento su actuación en la guerra había sido ínfima. Por la manera en que todos se apresuraban parecía que, en efecto, se disponían a hacer un campamento muy fortificado para apoderarse del desfiladero y expulsar a la guarnición samnita.
—No lo conseguirá —dijo finalmente Duilio, aún ceñudo—. De todos modos, esta noche haremos lo que podamos. Es demasiado tarde para atacar, pero haré que le sea imposible retroceder mañana cuando le ataque. Tribuno, pon en marcha una legión en su retaguardia, y sin ruido, ¿entendido?
Sila estaba con su segundo, abajo en el desfiládero, viendo a los afanosos legionarios.
—Espero que salga bien —dijo el lugarteniente, nada menos que Quinto Cecilio Metelo Pío, el Meneitos hijo.
Desde la muerte de su padre, el Numidico, había aumentado el afecto de Metelo Pío por Sila. Había servido al sur de Capua con Catulo César y los primeros meses de la guerra los había pasado ayudando a poner en pie de guerra las tropas de Capua. Aquella misión, a las órdenes de Sila, era la primera tarea realmente militar que le encomendaban desde la invasión de los germanos y ansiaba descollar, decidido a que Sila no tuviera motivo de queja de él. Estaba dispuesto a cumplir las órdenes al pie de la letra.
Sila enarcó las finas cejas, que ya no se teñía.
—Saldrá bien —dijo muy sereno.
—¿Y no sería mejor quedarnos en posición y echar a los samnitas del desfiladero? Así tendríamos asegurado el acceso al este —dijo el Meneítos animándose.
—No daría resultado, Quinto Cecilio. Sí, podríamos apoderarnos del desfiladero, pero no tenemos las dos legiones más que serían necesarias para conservarlo. Lo cual quiere decir que los samnitas volverían a tomarlo en cuanto nos fuésemos. Ellos si que tienen dos legiones de sobra. Por consiguiente, es más importante demostrarles que lo que consideran una
posición inexpugnable no lo es necesariamente —dijo Sila con un gruñido contenido—. Bien, ya casi no hay luz. Que enciendan las antorchas con toda naturalidad.
Metelo Pío mandó encenderlas, de tal modo que a los vigías en las alturas les pareció en las horas siguientes que la fortificación del campamento de Sila proseguía febrilmente.
—No cabe duda que han decidido arrebatarnos el paso —dijo Duilio—.
¡Locos! Se quedarán dentro para siempre —añadió alborozado.
Pero al salir el sol, Duilio comprendió su craso error. Detrás de los enormes parapetos de piedra y tierra, levantados a ambos lados del desfiladero, no había ningún soldado; después de burlar al toro samnita, los romanos se habían esfumado. Hacia el este, no hacia el oeste. Desde su atalaya, Duilio veía la retaguardia de la columna de Sila bajo una nube de polvo camino de Aesernia. Y nada podía hacer él, pues las órdenes que tenía eran tajantes: guarnecer el paso de Melfa y no acosar a ninguna fuerza enemiga en las desprotegidas llanuras. Lo mejor que podía hacer en tales circunstancias era enviar aviso a Aesernia.
Pero eso resultó también inútil, porque Sila abrió brecha en las filas de los sitiadores y entró en la ciudad casi sin bajas.
—Es muy hábil —decía el siguiente mensaje itálico, esta vez de Cayo Trebatio, comandante samnita del cerco, a Cayo Papio Mutilo, que atacaba Acerrae—. Aesernia es demasiado extensa para poder cercarla completamente con las tropas que tengo y haberle impedido penetrar en ella, y no creo que pueda evitar que salga si lo decide.
Sila vio en seguida que los habitantes de la ciudad sitiada estaban contentos y nada deprimidos. Había diez cohortes de excelentes tropas, y a los que habían desertado de Escipión Asiagenes y Acilio se habían sumado los fugitivos de Venafrum y de Beneventum. Además, tenían un comandante competente en la persona de Marco Claudio Marcelo.
—Te agradecemos los víveres y las armas que nos has traído —dijo Marcelo—. Podremos aguantar muchos meses.
—¿Es que piensas quedarte aquí?
—¡Claro! —contestó Marcelo sonriente, asintiendo con la cabeza—. Tuve que salir de Venafrum pero estoy decidido a no moverme de la latina Aesernia. Los ciudadanos romanos de Venafrum y Beneventum han muerto todos a manos de la población —añadió, ya sin sonreír—. ¡Cómo nos odian los itálicos! Sobre todo los samnitas.
—Y con motivo, Marco Claudio —contestó Sila, encogiéndose de hombros—. Pero eso es pasado y futuro. Y lo que a nosotros nos importa es la victoria en el campo de batalla y el conservar las ciudades que son retadoras avanzadillas en el mar itálico —añadió, inclinándose hacia adelante—. Esta es también una guerra de espíritus, y hay que enseñar a los itálicos que Roma y los romanos son inviolables. He saqueado todos los asentamientos entre el paso de Melfa y Aesernia, y lo habría hecho aunque sólo hubiese habido dos casuchas. ¿Para qué? Para demostrar a los itálicos que Roma puede operar tras las líneas enemigas y apoderarse de productos de la tierra itálica para avituallar ciudades como Aesernia. Si puedes resistir aquí, querido Marco Claudio, también tú les darás una lección.
—Resistiré en Aesernia todo lo que pueda —dijo taxativo Marcelo.
Así, cuando Sila abandonó la ciudad, lo hizo con toda confianza, sabiendo que aguantaría el asedio. Cruzó al descubierto por territorio itálico, confiando en su suerte, aquel vínculo mágico que le unía a la diosa Fortuna, ya que no tenía idea de dónde paraban los ejércitos samnitas o picentinos. Y la suerte le sonrió, aun cuando pasó ante ciudades como Venafrum, arengando a sus soldados para que profirieran insultos, entre gestos de burla, contra los centinelas de las murallas. Cuando sus tropas cruzaron las puertas de Capua lo hicieron cantando, entre vítores de la enardecida población.
Le dijeron que Lucio César había marchado sobre Acerrae nada más retirar Mutilo parte de sus tropas para continuar lo que parecía un fuerte despliegue en ayuda de la sitiada Aesernia, pero, por suerte, Mutilo había permanecido en Acerrae. Dejando a Catulo César para asegurarse de que
sus hombres se tomaban un merecido descanso, Sila montó en una mula y salió en busca de su general.
Lo encontró de malhumor y sin la caballería que Sexto César había transportado por mar.
—¿Sabes lo que ha hecho Mutilo? —inquirió Lucio César nada más entrar Sila.
—No —contestó éste, apoyándose en una columna hecha de lanzas capturadas al enemigo y resignándose a oír una letanía de quejas.
—Al capitular Venusia y unirse sus habitantes a la causa itálica, el picentino Cayo Vidacilio encontró un rehén enemigo confinado en aquella ciudad. Yo me había olvidado completamente de que estaba allí, y supongo que nadie se acordaba ya de Oxintas, uno de los hijos del rey Yugurta de Numidia. Bien, pues Vidacilio envió al númida a Acerrae; yo, en el ataque, utilicé la caballería númida en vanguardia. ¿Y sabes lo que hizo Mutilo? ¡Sacó a Oxintas en cortejo con una túnica púrpura y una diadema! Y mis dos mil soldados de caballería se arrodillaron ante un enemigo de Roma! — exclamó Lucio César tragándose la rabia—. ¡Y pensar lo que ha costado traerlos hasta aquí! ¡Todo en vano!
—¿Y qué has hecho?
—Los cerqué y los obligué a marchar hasta Puteoli para que los embarquen a Numidia. ¡Que su rey se encargue de ellos!
—Muy bien hecho, Lucio Julio —dijo Sila, irguiéndose y acariciando la columna de lanzas capturadas—. ¡Vamos, no has sufrido ningún desastre militar por mucha exhibición de Oxintas! Has ganado una batalla.
El congénito pesimismo de Lucio César comenzó a disiparse, a pesar de que era incapaz de esbozar una sonrisa.
—Sí, he ganado una batalla…, eso si. Mutilo atacó hace tres días, supongo que al enterarse de tu fantástica entrada en Aesernia rompiendo el cerco. Yo le engañé sacando las tropas por la puerta trasera del campamento y matamos seis mil samnitas.
—¿Y Mutilo?
—Se retiró en el acto. De momento, Capua no corre peligro.
—¡Excelente, Lucio Julio!
—Ojalá yo pensara igual —replicó Lucio César, entristecido. —¿Qué más ha sucedido? —inquirió Sila, reprimiendo un suspiro. —Publio Craso ha perdido a su hijo mayor ante Grumentum y quedó
encerrado mucho tiempo en la ciudad. Afortunadamente para Publio Craso y su hijo mediano, los lucanos son tan veleidosos como indisciplinados, y cuando Lamponio salió para otro destino con sus tropas, Publio y Lucio Craso pudieron huir —dijo el comandante en jefe con un profundo suspiro
—. Esos locos de Roma querían que lo dejase todo y compareciese allí nada menos que para asesorarles en la elección de un cónsul suffectus sustituto de Lupo hasta las elecciones. Los mandé a paseo, aconsejándoles que lo dejen en manos del pretor urbano; Cinna es muy capaz —volvió a lanzar un suspiro, un resoplido y cambió de tema—. Cayo Celio, en la Galia itálica, ha enviado un ejército bastante decente al mando de Publio Sulpicio para que ayude a Pompeyo Estrabón a levantar su engreído trasero de Firmum Picenum. ¡Le deseo toda la suerte del mundo para tratar con ese bizco semibárbaro! Ah, tengo que decirte que Cayo Mario y tú teníais razón respecto al joven Quinto Sertorio. En estos momentos es él quien manda en la Galia itálica y lo hace mejor que Cayo Celio. Celio ha salido a toda prisa para la Galia Transalpina.
—¿Qué sucede allí?
—Los saluvios han emprendido una mortífera incursión de caza de cabezas —contestó Lucio César con una mueca—. ¿Qué esperanzas hay de civilizar a esas gentes si los siglos que llevan en contacto con la cultura romana y griega son como si nada? En cuanto pensaron que ya no los vigilábamos, han vuelto a sus bárbaras andanzas. ¡Caza de cabezas! He enviado a Cayo Celio un mensaje personal dándole instrucciones para que actúe sin contemplaciones. No podemos permitirnos una insurrección general en la Galia Transalpina.
—Así que el joven Quinto Sertorio aguanta bien en la Galia itálica… — dijo Sila, con una expresión mezcla de cansancio, impaciencia y amargura —. ¿Y qué otra cosa podía esperarse? Ganador de la corona de hierba antes de cumplir treinta años.
—¿Tienes envidia? —inquirió Lucio César, malicioso.
—¡No, no le tengo envidia! —espetó Sila—. ¡Que tenga suerte y vaya a más! Me gusta ese joven. Le conozco desde que era cadete con Mario en Africa.
Lucio César profirió un sonido ambiguo y volvió a ensimismarse en su tristeza.
—¿Ha sucedido algo más? —se apresuró a preguntar Sila.
—Sexto Julio César al frente de la mitad de las tropas que trajo por mar se puso camino de Roma por la Via Appia, y supongo que piensa pasar allí el invierno. Está enfermo, como de costumbre —añadió Lucio César, que no sentía gran afecto por su primo—. Afortunadamente tiene a su hermano Cayo y entre los dos forman un individuo aceptable.
—¡Ah, así mi amiga Aurelia tendrá marido por un buen rato! — comentó Sila con una tierna sonrisa.
—¿Sabes que eres muy raro, Lucio Cornelio? ¿Qué puede importarnos eso?
—No importa nada. Pero tienes razón, Lucio Julio. Soy muy raro. Lucio César vio algo en el rostro de Sila que le impulsó a cambiar de
tema.
—Tú y yo nos pondremos en marcha pronto —dijo.
—¿Ah, si? ¿Con qué misión? ¿A dónde?
—Tu maniobra en Aesernia me ha convencido de que esa ciudad es clave en este frente. Mutilo, después de su derrota, se dirige allí, o al menos es lo que informa tu servicio de espionaje. Yo creo que debemos dirigirnos allí también. Aesernia no debe caer.
—¡Oh, Lucio Julio! —exclamó Sila desesperado—. ¡Aesernia no es más que una espina espiritual en la zarpa itálica! Mientras resista, los itálicos tendrán sus dudas respecto a ganar la guerra; aparte de eso, Aesernia no tiene importancia. Además, está muy bien aprovisionada y tiene un comandante muy capaz y decidido en Marco Claudio Marcelo. Déjale que siga dejando a los sitiadores con dos palmos de narices y no te preocupes. Si Mutilo se ha retirado al interior, la única ruta es el paso de Melfa. ¿Para qué arriesgar nuestras valiosas tropas?
—¡Tú lo cruzaste! —replicó Lucio César, ruborizado.
—Sí, porque los engañé. Pero no podremos repetirlo. —Lo cruzaré —replicó Lucio César, hierático. —¿Con cuántas legiones?
—Con todas las que tenemos; las ocho.
—¡Oh, Lucio Julio, no lo hagas! —imploró Sila—. Sería mejor y más prudente concentrarnos en expulsar a los samnitas del Oeste de Campania de una vez por todas. Con ocho legiones en bloque podemos apoderarnos de todos los puertos que tiene Mutilo, reforzar Acerrae y tomar Nola. ¡Nola es más importante para los itálicos que Aesernia para nosotros!
Los labios del general se crisparon de disgusto.
—¡Quien está al mando soy yo, no tú, Lucio Cornelio! Y he dicho que a Aesernia.
—Por supuesto, lo que tú digas —contestó Sila, encogiéndose de hombros.
Siete días más tarde, Lucio Julio César y Lucio Cornelio Sila marchaban hacia Teanum Sidicinum con ocho legiones, toda la fuerza disponible en el frente sur. El fondo supersticioso de Sila iba soliviantado, pero no le quedaba más remedio que obedecer. El general era Lucio César. Una lástima, pensaba Sila caminando en cabeza de sus dos legiones —las mismas que había llevado a Aesernia— y viendo delante de él la gran columna de tropas serpenteando por las colinas. Lucio César le había situado en retaguardia, lo bastante alejado para que en cada alto del camino no participase en las conversaciones en su tienda. Ahora era Metelo Pío el Meneitos quien compartía las charlas con Lucio César, un privilegio que no le apetecía nada, porque él quería estar con Sila.
En Aquinum el general mandó llamar a Sila y le arrojó una carta con bastante enojo. ¡Cómo habían cambiado las cosas!, pensó Sila, recordando que antes de todo aquello, en Roma, era a él a quien Lucio César había recurrido pidiendo consejo, convirtiéndose en su «experto». Ahora Lucio César ya se consideraba experto.
—Léela —dijo tajante el general—. Es de Cayo Mario y acaba de llegar.
Por cortesía, quien recibía una carta solía leerla a las personas con quienes la compartía. Consciente de ello, Sila sonrió irónicamente para sus adentros y comenzó a desentrañar la misiva de Mario.
Como comandante del frente norte, Lucio Julio, creo que ha llegado el momento de informarte de mis planes. Te escribo ésta en las calendas del Sextilis, acampado cerca de eate.
Tengo la intención de invadir las tierras de los marsos ahora que mi ejército está en óptimas condiciones y estoy totalmente seguro de que se conducirá tan magníficamente como hicieron en el pasado todos mis ejércitos, por el bien de Roma y de su general.
¡Ajá!, pensó Sila, encolerizado. ¡Nunca había oído expresarse al viejo en estos términos! «Por el bien de Roma y de su general.» ¿Qué será lo que se trae entre manos? ¿Por qué vincula su nombre al de Roma? No los ejércitos de Roma, sino mis ejércitos. Lo habría pasado por alto, porque todos lo decimos, de no ser por esa referencia al general. Esta carta irá a los archivos de guerra y en ella Cayo Mario se equipara a Roma.
Sila alzó la cabeza y miró a Lucio César; si el comandante del frente sur había reparado en la frase, hacia como si no. Pero Lucio César no solía tener tanta sutileza, pensó Sila antes de reanudar la lectura.
Creo que coincidirás conmigo, Lucio Julio, en que necesitamos una victoria, una victoria completa y decisiva en el frente a mi mando. Roma llama a esta guerra contra los itálicos la guerra mársica, luego debemos derrotar a los marsos en el campo de batalla y si es posible infligirles pérdidas que les impidan recuperarse.
Ahora puedo hacerlo, querido Lucio Julio, pero para llevarlo a cabo necesito la ayuda de mi viejo amigo y colega Lucio Cornelio Sila. Dos legiones más. Comprendo perfectamente que te será harto difícil prescindir de los servicios de Lucio Cornelio, y no digamos de dos legiones. Si no
considerase imperativo lo que te pido, no te rogaría este favor. Pero te aseguro que ese traslado no va a ser definitivo. Digamos que es un préstamo, no un regalo. Sólo lo necesito dos meses.
Si ves la manera de acceder a mi petición, tu amabilidad será por el bien de Roma. Si no puedes acceder a ello, tendré que seguir sentado en Reate pensando otra cosa.
Sila alzó la vista y se quedó mirando a Lucio César, enarcando las cejas. —¿Y bien? —inquirió, dejando la carta despacio en la mesa del general. —Si, si, ve con él, Lucio Cornelio —dijo éste con indiferencia—. Yo haré lo de Aesernia sin ti. Cayo Mario tiene razón. Necesitamos una victoria decisiva contra los marsos en el campo de batalla. Este frente de guerra está muy complicado y es imposible contener a los samnitas y a sus aliados o sorprenderlos juntos en número suficiente para infligirles una derrota decisiva. Aquí lo único que puedo hacer es seguir haciendo demostración de la fuerza y de la decisión de Roma. En el sur no va a haber una batalla
decisiva; es en el norte donde debe darse.
La cólera de Sila volvió a aumentar. Uno de los dos generales pensaba en sí mismo como parte de Roma, y el otro se encontraba sumido en un abatimiento que le impedía ver cláro al sur, al este o al oeste. ¡Suerte que al menos en el norte vislumbraba alguna posibilidad! ¿Cómo podía vencerse en Campania teniendo el mando un hombre como Lucio César?, se preguntaba Sila. ¡Por los dioses!, ¿por qué nunca tengo el grado que me corresponde? ¡Soy mejor que Lucio César y quizá pudiera ser mejor que Cayo Mario! Desde que entré en el Senado me he pasado la vida sirviendo a hombres inferiores a mí; incluso Cayo Mario es inferior porque no es un Cornelio patricio. ¡Metelo el Meneitos, Cayo Mario, Catulo César, Tito Didio y ahora este cachorro de una antigua casa, constantemente deprimido! ¿Y quién es el que va cada vez mejor, gana la corona de hierba y acaba gobernando en una provincia a la provecta edad de treinta años? Quinto Sertorio. Un sabino sin importancia. ¡Primo de Mario!
—¡Lucio César, venceremos! —exclamó Sila muy serio—. ¡Te digo que oigo aletear a la Victoria a nuestro alrededor! Haremos polvo a los itálicos.
Pueden vencernos en una batalla o dos, pero no pueden ganar la guerra. ¡No puede nadie! Roma es Roma, poderosa y eterna. ¡Yo creo en Roma!
—¡Oh, yo también, Lucio Cornelio, yo también! —contestó Lucio César disgustado—. ¡Ahora, márchate! ¡Sé útil a Cayo Mario, porque te juro que a mi no me eres de gran utilidad!
Sila se puso en pie y alcanzó la puerta de salida, pero antes de cruzarla se volvió. Había leído tan ensimismado la carta, que el aspecto físico de Lucio César no había podido distraer su atención de Mario. Pero ahora le invadía un temor, viendo a su general decaído, letárgico, tembloroso y sudando.
—Lucio Julio, ¿te encuentras bien? —inquirió Sila.
—¡Sí, si!
—No, no estás bien —replicó Sila, volviendo a sentarse.
—Estoy bien, Lucio Cornelio.
—¡Que te vea un médico!
—¿En este poblacho? Tendrán alguna curandera asquerosa que receta pociones de estiércol de cerdo y cataplasmas de arañas machacadas.
—Pasaré por Roma y te enviaré al Siciliano.
—Pues envíalo a Aesernia, Lucio Cornelio, que es donde estaré —dijo Lucio César, con el entrecejo sudoroso—. Puedes irte.
Sila se encogió de hombros y se puso en pie.
—Tú sabrás. Para mí que tienes las fiebres.
Eso debía de ser, pensó mientras cruzaba la puerta y salía a la calle, esta vez sin volverse. Lucio César iba a entrar en el paso de Melfa en un estado físico que le incapacitaba para el ataque; le tenderían una emboscada y tendría que retirarse por segunda vez a Teanum Sidicinum a lamerse las heridas, dejando un importante número de soldados muertos en aquel peligroso desfiladero. ¡Ah!, ¿por qué serían siempre tan tercos y obtusos?
No había andado gran trecho, cuando se encontró con el Meneitos, también con aire macilento.
—Ese hombre está enfermo —dijo Sila, señalando la casa con un movimiento de cabeza.
—¡No me hables! —exclamó Metelo Pío—. Ya en sus mejores momentos es difícil de animar, pero cuando está con fiebres es desesperante. ¿Qué le has hecho para que esté de malhumor y te haya marginado?
—Le dije que dejara Aesernia y se concentrara en echar a los samnitas del oeste de Campania.
—Sí, lo único que le faltaba a nuestro comandante tal como se encuentra —replicó el Meneitos, esbozando una sonrisa.
El tartamudeo de Metelo Pío siempre había fascinado a Sila.
—Ultimamente no tartamudeas —dijo.
—Oh, ¿por qué lo-lo-lo has di-di-cho, Lucio Cornelio? No me-me-me pasa si no pienso en e-e—ello, ¡mal-mal-mal-dita sea!
—¿Ah, sí? Qué interesante. Antes… de Arausio no tartamudeabas, ¿verdad?
—Sí. ¡Es u-u—una cr-cr-cruz! —contestó Metelo Pío con un gran suspiro, dirigido a olvidar conscientemente su impedimento vocal—. En su ac-ac-actual estado no creo que te ha-ha-haya di-di-dicho lo que piensa hacer cuando regrese a Roma.
—No. ¿Qué piensa hacer?
—Conceder la ciudadanía romana a todos los itálicos que no hayan alzado un dedo contra nosotros.
—¡Bromeas!
—Yo no, Lucio Cornelio. En su compañía se me ha olvidado lo que es un chiste. Es cierto; te juro que es cierto. En cuanto las cosas vayan bien aquí, esperemos que para el otoño, se quitará el uniforme de general y revestirá la to-to-toga bordada en púrpura, y dice que su última actuación como cónsul será conceder la ciudadanía a todos los itálicos que no hayan empuñado las armas contra nosotros.
—¡Pero eso es una traición! ¿Quieres decir que él y el resto de esos imbéciles ineptos que tienen el mando han perdido miles de hombres por una cosa que ni siquiera han tenido valor para pensarla? —dijo Sila, temblando—. ¿Es que va a conducir seis legiones al paso de Melfa a sabiendas de la inutilidad de las vidas que se pierdan? ¿A sabiendas de que
va a abrir las puertas de Roma a todos los itálicos de la península? Porque eso es lo que sucederá, ¿sabes? Todos se emanciparán, desde Silo y Mutilo hasta el último liberto clientes de ellos. ¡No puede hacer eso!
—¡No hace falta que me chilles, Lucio Cornelio! Yo soy de los que siempre estaré en contra de la emancipación.
—Ni tan siquiera tendrás ocasión de oponerte a ello, Quinto Cecilio, porque estarás en el campo de batalla y no en el Senado. Allí sólo estará Escauro para oponerse, y ya es muy viejo. Votarán Filipo y el resto de las saltatrices tonsae —añadió Sila con los labios prietos, mirando distraído a la animada calle—. Y votarán que sí. Y los Comitia, igual.
—Tú también estarás en el campo de batalla, Lucio Cornelio —dijo el Meneitos cabizbajo—. Me-me-me han dicho que te han nombrado segundo de Cayo Mario, el viejo patán itálico. ¡Seguro que él no desaprueba la ley de Lucio Julio!
—No estoy seguro —replicó Sila con un suspiro—. Una cosa que hay que admitir respecto a Cayo Mario, Quinto Cecilio, es que por encima de todo es un militar, y que antes de que se acaben sus días en el campo de batalla habrá unos cuantos marsos muertos que no puedan adquirir la ciudadanía.
—Esperémoslo, Lucio Cornelio. Porque el día en que Cayo Mario entre en un Senado medio lleno de itálicos, volverá a ser el primer hombre de Roma. Y cónsul por séptima vez.
—No, si yo puedo impedirlo —comentó Sila.
Al día siguiente, Sila separó sus dos legiones de la retaguardia de la columna de Lucio César cuando ésta giraba para tomar la ruta del río Melfa y siguió por la Via Latina para cruzar el Melfa camino de la antigua ciudad en ruinas de Fregellae, que Lucio Opimio había arrasado en represalia por la insurrección treinta y cinco años antes. Sus legiones hicieron alto entre los parapetos floridos formados por los desmoronados muros y torres, y como no estaba de humor para vigilar a tribunos y centuriones en la
fundamental tarea de plantar estacas y fortificaciones, dio un paseo en solitario por la ciudad desierta.
Aquí yace todo por lo que luchamos, pensó. Aquí yace lo que esos asnos del Senado nos dijeron que habría cuando aplastásemos esta nueva insurrección generalizada de Italia. Hemos entregado nuestro tiempo, nuestros impuestos, nuestras vidas para convertir Italia en una inmensa Fregellae. Dijimos que los itálicos pagarían con sus vidas; crecerían amapolas rojas en suelo tinto de sangre itálica, las calaveras de los itálicos quedarían blanquecinas como esas rosas blancas y los ojos amarillos de las margaritas mirarían ciegas al sol a través de sus órbitas vacías. ¿Para qué hacemos todo esto si no sirve para nada? ¿Por qué hemos muerto y seguimos haciéndolo si no sirve para nada? Él va a legislar la concesión de la ciudadanía a la mitad de los insurrectos de Umbría y Etruria. Y luego ya no podrá parar, O alguien recoge la vara de imperium que él deje caer o todos obtendrán la ciudadanía con las manos aún manchadas de nuestra sangre. ¿Para qué hacemos todo esto si no va a servir de nada? Nosotros, descendientes de los troyanos, que deberíamos descubrir a los traidores dentro de las murallas. Nosotros, que somos romanos, no itálicos. Y él quiere que se hagan romanos. Entre él y los de su ralea van a destruir todo lo que representa Roma. Su Roma no será ya la de sus antepasados, mi Roma. Este jardín itálico entre ruinas de Fregellae es mi Roma, la Roma de mis antepasados… fuerte y lo bastante decidida para que en sus calles rebeldes crezcan flores sin el zumbido de las abejas y el piar de los pájaros.
No estaba muy seguro de si la calina que nublaba su visión era consecuencia de su aflicción o producto del calor que irradiaban los abrasadores adoquines que pisaba, pero a través de aquella atmósfera tremolante comenzó a discernir una figura que se acercaba, azul y grande: un general romano que avanzaba al encuentro de otro general romano. Ahora era más negra que azul, y se veía el brillo de la coraza y el casco. ¡Cayo Mario! Cayo Mario el itálico.
Sila lanzó un suspiro como un sollozo, el corazón comenzó a latirle aceleradamente y se detuvo para esperar a Mario.
—Lucio Cornelio.
—Cayo Mario.
Ninguno de los dos se acercó al otro. Luego, Mario giró sobre sus talones y se puso a su lado para seguir caminando juntos, callados como tumbas. Fue Mario quien, finalmente, lanzó un carraspeo, incapaz de aguantar aquella emoción silenciosa.
—Supongo que Lucio Julio va camino de Aesernia —dijo.
—Sí.
—Debería estar en la bahía del Cráter, recuperando Pompeya y Stabiae. Otacilio está armando una buena flota ahora que tiene más reclutas. La marina siempre es el hermano pobre en la lista de prioridades del Senado. De todos modos, me han dicho que el Senado va a obligar a todos los hombres libres que no tengan impedimentos físicos a enrolarse en una fuerza especial para guarnecer las costas de la Campania y el bajo Lacio, de manera que Otacilio pueda incorporar esa milicia costera a su flota.
—Humm —gruñó Sila—. ¿Y cuándo piensan decretarlo los padres conscriptos?
—¡Quién sabe! Al menos han comenzado a hablar de ello.
—¡Maravilla de las maravillas!
—Te veo muy amargado. ¿Te crispa los nervios Lucio Julio? No me extraña nada.
—Sí, Cayo Mario, estoy amargado —contestó Sila sin alterarse—. He estado paseando por esta preciosa calle, pensando en el destino de Fregellae y el porvenir que les espera a nuestros actuales enemigos itálicos. ¿Sabes que Lucio Julio piensa legislar la concesión de la ciudadanía romana a todos los itálicos que hayan permanecido pacíficamente al lado de Roma? ¿No es estupendo?
Mario dio un paso vacilante, para inmediatamente recuperar su pesado ritmo.
—¿Ahora va a hacer eso? ¿Cuándo? ¿Antes o después de llegar como un relámpago a Aesernia?
—Después.
—Con lo cual habrás implorado a los dioses que te iluminen para entender por qué luchamos, ¿no? —dijo Mario, haciéndose
inconscientemente eco de los pensamientos de Sila. A esta frase siguió una carcajada—. De todos modos, la verdad es que a mí me gusta batallar. Esperemos que haya un par de batallas antes de que el Senado y el pueblo de Roma adopten la decisión. ¡Qué cambio! Si Marco Livio Druso no estuviera entre los muertos nada de esto habría sucedido, el Tesoro estaría lleno en lugar de estar vacío y la paz reinaría en la península, llena de romanos legalizados, felices y contentos.
—Si.
Volvieron a quedarse callados, mientras caminaban hacia las ruinas del foro de Fregellae, entre cuyos yerbajos y flores permanecían en pie algunas columnas y tramos de escalinatas en el vacío.
—Tengo una tarea para ti —dijo Mario, sentándose en una piedra sillar
—. ¡Vamos, ponte a la sombra o siéntate a mi lado, Lucio Cornelio! Y quítate ese maldito sombrero para que pueda verte los ojos.
Sila se puso obedientemente a la sombra y se quitó el sombrero, pero no se sentó ni dijo nada.
—Te habrás preguntado por qué he venido a verte en Fregellae en lugar de esperarte en Reate.
—Me imagino que no querrás que vaya a Reate. Carcajada de Mario.
—Siempre me adivinas las intenciones, Lucio Cornelio. Pues sí, no quiero que vayas a Reate —dijo, dejando de sonreír—. Y es que no quería exponerte mis planes por carta. Cuanta menos gente sepa lo que vas a hacer, mejor. Y no es que piense que hay algún espía en el puesto de mando de Lucio Cornelio; es simple prudencia.
—La única manera de guardar un secreto es no decírselo a nadie. —Cierto, cierto —contestó Mario con un bufido tan fuerte que hizo
crujir las correas y hebillas de su coraza—. Lucio Cornelio, tú abandonarás aquí la Via Latina y remontarás el Liris hacia Sora y después continuarás hasta el nacimiento del río. En otras palabras, quiero que estés en la vertiente sur, no lejos de la Via Valeria.
—Bien, mi papel está entendido. ¿Y el tuyo?
—Mientras tú remontas el Liris, yo saldré de Reate hacia el paso occidental por la Via Valeria. Pienso entrar en ella más allá de Carseoli. Esa ciudad está en ruinas con una guarnición enemiga, de marrucini según me han dicho los escuchas, al mando de Heno Asinio en persona. Si puedo, le obligaré a entablar batalla por la posesión de la Via Valeria en el tramo anterior al paso. En cuyo caso quiero que estés a mi altura…, pero en la vertiente sur.
—En la vertiente sur sin que lo sepa el enemigo —añadió Sila, que comenzaba a animarse.
—Exacto. Eso quiere decir que mates a todos los que te encuentres. Todos saben que yo estoy al norte de la Via Valeria y espero que no se les ocurra a los marrucini ni a los marsos pensar que haya un ejército enemigo que llegue por el flanco sur. Procuraré distraer su atención con mis movimientos —dijo Mario, sonriente—. Tú, naturalmente, estás con Lucio Julio camino de Aesernia.
—No has perdido el don del generalato, Cayo Mario.
—¡Eso espero! —contestó Mario, con un fulgor en sus fieros ojos marrones—. Porque, te lo digo sinceramente, Lucio Cornelio, si perdiese ese don no habría nadie en esta maldita conflagración que me sustituyera, y acabaríamos concediendo la ciudadanía a nuestros enemigos en el campo de batalla.
Parte del ser de Sila se inclinaba a discutir lo de la ciudadanía, pero otra parte más dominante presentaba otras ideas.
—¿Y yo? —espetó—. Yo tengo capacidad de general.
—Si, si, claro que si —respondió Mario, afable—. No me he permitido dudarlo ni por un instante. Pero en ti no es algo congénito.
—Pero se puede aprender —insistió Sila.
—Claro que puede aprenderse. Como has hecho tú. Pero si no lo llevas en la sangre, Lucio Cornelio, a lo más que puedes aspirar es a ser un buen general —replicó Mario, sin darse cuenta de lo despectivo que se mostraba
—. A veces no basta con ser un buen general y se impone la inspiración. Y eso sólo se lleva en la sangre.
—Algún día —replicó Sila pensativo—, Roma no te tendrá, Cayo Mario, y entonces veremos. ¡Yo tendré el mando supremo!
Pero Mario seguía en sus trece sin percatarse de las intenciones de Sila. —Bien, Lucio Cornelio —añadió riéndose—, cuando llegue ese día,
esperemos que Roma únicamente necesite un buen general, ¿no crees? —Lo que tú digas —contestó Lucio Cornelio Sila.
Lo más mortificante, ¡claro!, era que el plan de Mario era perfecto. Sila penetró con sus dos legiones hasta Sora sin tropezarse con el enemigo y a continuación, en un combate que no pasó de ser una escaramuza, derrotó a una modesta fuerza de picentinos mandados por Tito Herenio. Y desde Sora hasta el nacimiento del Liris sólo encontró campesinos latinos y sabinos, que le acogieron tan jubilosamente que no estimó necesario cumplir las órdenes de Mario, matándolos. Había más probabilidades de que los picentinos que se habían salvado del enfrentamiento de Sora dieran aviso de su presencia en la zona, pero él había fingido ante ellos hallarse en Sora por orden de Lucio César, para marchar a continuación a unírsele al este del paso de Melfa. Afortunadamente, el resto de los picentinos y pelignos de Tito Herenio estaban al acecho en un lugar por donde Sila no tenía que pasar.
Por la comunicación constante que mantenían, Sila sabía que Mario había hecho lo previsto, entrando en la Via Valeria después de Carseoli. Heno Asinio y sus marrucini habían acudido a defender la Via, sufriendo una aplastante derrota al caer en la celada que les tendió Mario haciéndoles creer que no quería plantear combate allí. Había perecido el propio Heno Asinio y casi todo su ejército. Luego, Mario se puso en marcha hacia el paso occidental sin que le amenazase ninguna fuerza y en aquel momento se dirigía a Alba Fucentia con cuatro legiones de hombres seguros de la victoria. ¿Cómo iban a perder llevando por jefe al zorro de Arpinum? Ya habían efectuado su bautismo de sangre, ¡y de qué manera!
Sila, con sus dos legiones, siguió en paralelo la marcha de Mario por la Via Valeria hasta que la vertiente que los separaba se convertía en la cuenca de la altiplanicie del lago Fucinus; aun así, se mantuvo a una distancia de quince millas detrás de Mario, sin dejarse ver con relativa facilidad. En esta
tesitura, tuvo la oportunidad de dar gracias a que los marsos fueran tan aficionados a hacer su propio vino, a pesar de la orografía, pues al sur de la Via Valeria todo el terreno eran viñedos cercados con muros para protegerlos del viento acerado que soplaba de las montañas. Y era la época del año en que comienzan a formarse las tiernas uvas y los insectos necesitan aire suave para polinizar. Allí Sila sí mató a cuantos encontró, principalmente mujeres y niños, porque, excepto los viejos, todos los hombres de las aldehuelas y granjas del lago se habían enrolado en el ejército.
Supo en seguida que Mario había entablado batalla con los marsos, porque el viento aquel día soplaba del norte y traía los ruidos tan indistintamente a través de aquellos viñedos, que sus soldados pensaron que el combate se libraba entre las vides. Al amanecer había llegado un correo para comunicarle que seguramente sería aquel mismo día; por consiguiente, Sila se situó en orden de marcha, en fila de ocho en fondo, entre los muros de tres metros de los viñedos, y aguardó.
Efectivamente, a las pocas horas de los primeros fragores, los marsos fugitivos comenzaron a llegar en tropel a las cercas de piedra y se encontraron con las espadas de los legionarios de Sila, ávidos de participar en el combate. En ciertos puntos la lucha fue encarnizada, pues eran hombres a la desesperada, pero en ningún caso corrieron peligro las tropas de Sila.
Como de costumbre, soy el hábil lacayo de Cayo Mario, pensó Sila desde el altozano en que presenciaba el combate. El era el cerebro que concebía la estrategia, la mano que dirigía la táctica y la voluntad que lo llevaba todo a buen término. Y aquí estoy yo, al otro lado de un maldito muro, recogiendo hambriento sus migajas. Qué bien que se conoce y qué bien me conoce.
Fastidiado por tener que regocijarse de la victoria, Sila montó en su mula cuando concluyó la lucha y recorrió el largo camino hasta la Via
Valeria para informar a Cayo Mario que todo había salido conforme a lo previsto y que los marsos estaban prácticamente exterminados.
—¡He entablado combate con el mismo Silo! —comentó Mario con su habitual ronca euforia de después de la batalla, dando unas palmadas a Sila en la espalda y haciéndole pasar a la tienda de mando con un brazo sobre los hombros—. Los sorprendimos —añadió regocijado—. Supongo que porque ellos se consideraban en su propio terreno. ¡Caí sobre ellos como un relámpago, Lucio Cornelio! Por lo visto no habían ni soñado que Asinio pudiera ser derrotado. No habían recibido ningún emisario que se lo dijese y lo único que sabían es que estaba en marcha porque yo, por fin, había salido de Reate. Y de pronto aparezco por una esquina delante de sus narices. Ellos iban a reforzar las tropas de Asinio, y yo me detuve a suficiente distancia para no verme obligado a entablar combate y formé a las tropas en cuadrado, como si me dispusiera a luchar a la defensiva, sin atacar.
»«¡Cayo Mario, si eres tan buen general, ven a luchar conmigo!», me gritó Silo a caballo.
»«¡Si eres tan buen general, ven a cogerme, Quinto Popedio!», le grité
yo.
»Nunca sabremos lo que habría hecho, porque, acto seguido, sus hombres cogieron las riendas entre los dientes y cargaron sin que él diese la orden. Me lo pusieron fácil, porque yo sé qué es lo que hay que hacer, y Silo no. Digo que no lo sabe, porque escapó ileso. Cuando sus tropas se dispersaron despavoridas, él picó espuelas y emprendió el galope hacia el este. Supongo que no parará hasta dar con Mutilo. En cualquier caso, obligué a los marsos a retirarse en una sola dirección, a través de los viñedos, sabiendo que tú los esperabas allí para acabar con ellos. Y eso es todo.
—Ha sido un planteamiento perfecto, Cayo Mario —dijo Sila con sinceridad.
Y se dispusieron a celebrar la victoria con los legados y el joven Mario, que servía de cadete y estaba transfigurado de orgullo por su padre. ¡Ah, el
cachorro del oso!, pensó Sila, sin dirigirle una mirada.
Y se repitió la batalla, que duró casi más tiempo que en la realidad, pero, finalmente, conforme fue descendiendo el nivel de las amphorae de vino, la charla derivó inevitablemente hacia la política. El tema fue la proyectada ley de Lucio César, que para los subordinados de Mario fue una auténtica sorpresa porque él no les había comentado la conversación sostenida con Sila en Fregellae. Hubo diversidad de reacciones. Ellos eran soldados, hombres que llevaban seis meses luchando y habían visto perecer a miles de compañeros, y además sentían que los chochos y cobardes de Roma no les habían dado la posibilidad de coordinar la preparación para iniciar la guerra y vencer. Los que vivían a salvo en Roma fueron objeto de improperios tales como «gansos» y «vírgenes vestales resecas», siendo Filipo el que mayores críticas suscitaba, seguido de cerca por Lucio César.
—Los Julios Césares son todos un manojo de nervios —dijo Mario, congestionado—. Es una lástima que tengamos de primer cónsul en esta crisis a un Julio César. Ya sabía yo que cedería.
—Cayo Mario, se diría que eres partidario de no conceder nada a los itálicos —comentó Sila.
—Hubiera preferido que no —replicó Mario—. Hasta que la cuestión desembocó en guerra abierta era distinto, pero una vez que un pueblo se declara enemigo de Roma, es también enemigo mío. Para siempre.
—También yo lo siento así —dijo Sila—. Sin embargo, si Lucio Julio logra convencer al Senado y al pueblo para que aprueben la ley, disminuirán las posibilidades de que Etruria y Umbría se pasen al enemigo. He oído que se han producido disturbios.
—Efectivamente. Por eso Lucio Catón Liciniano y Aulo Plotio han separado sus fuerzas de las de Sexto Julio y se encaminan allá; Plotio a Umbría y Catón Liciniano a Etruria —contestó Mario.
—Entonces, ¿qué hace Sexto Julio?
—Se está recuperando en Roma —terció el joven Mario con voz tonante—. Un mal resfriado, decía mi madre en su última carta.
Sila habría debido aplastarle con la mirada, pero no lo hizo. ¡Aunque uno fuese hijo del comandante en jefe, no se intervenía en la conversación
siendo un simple contubernalis!
—No cabe duda de que, con la campaña de Etruria, Catón Liciniano tendrá posibilidades de obtener el consulado el año que viene —dijo Sila—. Si hace las cosas bien; y yo imagino que si.
—Yo también lo creo —dijo Mario, eructando—, pues es una tarea mínima, idónea para un inútil como Catón Liciniano.
—¿Cómo, Cayo Mario? ¿No te ha impresionado? —inquirió Sila sonriente.
—¿A ti sí? —replicó Mario parpadeando.
—Ni mucho menos. — Ya había bebido bastante vino y tomó agua—. Y entretanto, ¿qué hacemos nosotros? Los días transcurridos de septiembre son un intervalo de mercado y yo tendré que volver a Campania pronto. Me gustaría aprovechar al máximo el poco tiempo que me queda; si es posible.
—¡No puedo creer que Lucio Julio dejase que Egnacio le engañase en el paso de Melfa —terció el joven Mario.
—Hijo, eres muy joven para saber hasta dónde llega la idiotez humana —contestó Mario, aprobando el comentario más que desaprobando la intervención de su retoño—. No podemos esperar nada de Lucio Julio — añadió, volviéndose hacia Sila— ahora que ha vuelto por segunda vez a Teanum Sidicinum después de haber perdido la cuarta parte de su ejército. Luego ¿para qué regresar tan pronto, Lucio Cornelio? ¿Para sostenerle la mano? Supongo que ya se encargan de eso no pocos. Sugiero que vayamos juntos a Alba Fucentia —añadió como último comentario, rematado por un extraño sonido, mezcla de risa y arcada.
—¿Te encuentras bien? —inquirió Sila irguiéndose.
Por un instante la tez de Mario se tornó color de ceniza, pero se recuperó y soltó una de sus carcajadas.
—¡Después del día que hemos tenido, perfecto, Lucio Cornelio! Bien, como decía: vamos los dos en socorro de Alba Fucentia y después… yo creo que un paseito por el Samnio, ¿no te parece? Dejamos que Sexto Julio sitie Asculum Picentum, mientras nosotros nos encargamos de los samnitas. A mí, sitiar ciudades me aburre; no es lo mio —añadió con risita de borracho—. ¿No sería estupendo que aparecieras en Teanum Sidicinum con
Aesernia en el sinus de tu toga, como regalo para Lucio Julio? ¡Qué agradecido te estaría!
—Sí, muy agradecido, Cayo Mario.
Se despidieron. Sila y el joven Mario ayudaron a Cayo Mario a acostarse y le tumbaron sin complicaciones. Luego, el joven Mario salió, dirigiendo una celosa mirada a Sila, que se quedaba rezagado contemplando aquel corpachón tumbado en el lecho.
—Lucio Cornelio —dijo Mario con lengua de trapo—, haz el favor de venir tú en persona por la mañana a despertarme, quiero hablar contigo a solas. Esta noche no puedo. ¡Ese vino!
—Que duermas bien, Cayo Mario. Vendré por la mañana.
Pero no sería conforme a lo previsto. Cuando Sila —que tampoco se encontraba muy bien— entró en la sección trasera de la tienda de mando, se encontró con el corpachón tal como lo había dejado por la noche. Frunció el entrecejo y se acercó a toda prisa, sintiendo un picor insoportable. No, no había temor de que Mario estuviese muerto; había oído sus ronquidos nada más entrar en la tienda. Ahora lo miró más de cerca y vio su mano derecha tratando de agarrar torpemente la sábana y en sus desorbitados ojos un profundo terror parecido a la locura. Desde la mejilla hundida hasta el pie fláccido, el lado izquierdo estaba laxo, flojo, inmóvil. El gigante se había derrumbado, impotente para rechazar un golpe que no había visto venir.
—Infarto —balbució.
La mano de Sila fue automáticamente a acariciar aquel cabello sudoroso; ahora se le podía querer. Estaba acabado.
—¡Oh, mi pobre amigo! —exclamó Sila acercando su mejilla a la del postrado y rozando con los labios sus lágrimas—. ¡Pobre! Ahora sí que estás acabado.
Pero el postrado replicó inmediatamente, con palabras muy distorsionadas pero lo bastante claras para entenderlas con la cara tan cerca.
—Aún… no… Siete… veces.
Sila se apartó como si Mario se hubiese incorporado y le hubiera golpeado. Luego, conforme se enjugaba las lágrimas con la mano, lanzó
una aguda carcajada casi histérica, que cesó tan bruscamente como había comenzado.
—¡Cayo Mario, para mi que estás acabado!
—No… lo estoy —replicó Mario, con una mirada inteligente de la que había desaparecido todo terror y que despedía ira—. Siete… veces.
De una zancada, Sila llegó hasta la divisoria de la tienda y pidió auxilio como si el mismísimo Cancerbero anduviera pisándole los talones.
Sólo una vez que por la tienda hubieron desfilado todos los médicos del ejército y después de que Mario quedó acostado lo más cómodo posible, convocó Sila una reunión con todos los que se apiñaban afuera, contenidos por el joven Mario, que lloraba desconsolado.
Celebró la reunión en el foro del campamento, por considerar más conveniente que los soldados vieran que se adoptaban medidas, ya que la noticia del ataque de Mario se había difundido y no era el joven Mario el único que lloraba.
—Asumo el mando —dijo Sila con voz tranquila a los doce hombres que le rodeaban, sin que hubiera ninguna objeción.
—Regresamos inmediatamente al Lacio, antes de que la noticia llegue a oídos de Silo o de Mutilo.
Esto suscitó la protesta de Marco Cecilio, de la rama con el sobrenombre de Cornutus.
—¡Es absurdo! —exclamó indignado—. ¡No estamos ni a treinta millas de Alba Fucentia y dices que tenemos que dar media vuelta!
Con los labios muy prietos, Sila hizo un amplio gesto con la mano abarcando los grupos de soldados que miraban, algunos llorando.
—¡Míralos, loco! —espetó—. ¿Cómo quieres ir con ellos a pleno territorio enemigo? ¡Han perdido la moral! ¡Tenemos que cuidarlos hasta hallarnos seguros dentro de nuestras fronteras, Cornutus… y luego hay que encontrar otro general al que tengan un mínimo aprecio!
Cornutus abrió la boca para decir algo, pero calló y se encogió de hombros.
—¿Alguien tiene algo más que decir?
Nadie planteó objeciones.
—Bien, pues levantad el campamento a toda prisa. Mis legiones al otro lado de los viñedos ya están avisadas y nos esperarán en la carretera.
—¿Y Cayo Mario? —inquirió el jovencísimo Licinio—. Puede morir si le movemos.
La estentórea carcajada que lanzó Sila le dejó de piedra.
—¿Cayo Mario? ¡Ni con un hacha de sacrificio le matarías, muchacho! —Al ver cómo reaccionaban, antes de seguir hablando dominó todo lo que pudo sus emociones—. No temáis, caballeros, Cayo Mario me aseguró hace apenas dos horas que no está acabado ni mucho menos. No faltarán voluntarios para llevar su litera.
—¿Vamos todos a Roma? —preguntó tímidamente el joven Licinio. Sólo en aquel momento, en que ya estaba del todo sobrepuesto, se dio
cuenta Sila de lo atemorizados y desamparados que se encontraban; pero eran nobles romanos y eso hacia que todo lo cuestionasen y sopesasen con arreglo a su posición. Tenía que tratarlos con la misma delicadeza que a gatitos recién nacidos.
—No, no vamos todos a Roma —contestó Sila sin delicadeza alguna en la voz ni en el gesto—. Cuando lleguemos a Carseoli, tú, Marco Cecilio Cornutus, asumirás el mando del ejército y lo acamparás fuera de Reate. Su hijo y yo llevaremos a Mario a Roma con cinco cohortes como guardia de honor.
—Muy bien, Lucio Cornelio; si tú así lo quieres, supongo que es como debe hacerse —dijo Cornutus.
La impresión que le causó la mirada de aquellos extraños ojos claros fue como un rebullir de gusanos en las mandíbulas.
—No te equivocas, Marco Cecilio, en pensar que debe hacerse como yo deseo —replicó Sila con voz suave y acariciante—. ¡Y si no se hace exactamente como digo, te juro que te arrepentirás de haber nacido! ¿Está claro? ¡Muy bien! ¡Moveos!
VI
La noticia de la derrota que infligió Lucio César a Mutilo en Acerrae llegó
a Roma y levantó un tanto la moral de los senadores. Con tal motivo se emitió una proclama anunciando que no era necesario que los ciudadanos romanos siguieran vistiendo el sagum. Luego llegó la noticia de la derrota de Lucio César en el paso de Melfa por segunda vez, junto con unas cifras de bajas casi iguales a las pérdidas del enemigo en Acerrae y nadie en el Senado solicitó que se decretase lo contrario, por no dar a conocer la nueva derrota.
—Una futesa —dijo Marco Emilio, príncipe del Senado, a los escasos senadores que se presentaron para hablar del asunto. Le temblaban los labios, pero se contuvo cuanto pudo—. A lo que tenemos que hacer frente es a un asunto mucho más serio: estamos perdiendo esta guerra.
No estaba Filipo para discutir. Ni tampoco asistía Quinto Vario, que aún continuaba instruyendo casos secundarios de traición en el tribunal, y que ahora que había abandonado la querella contra Antonio Orator y Escauro, príncipe del Senado, se ensañaba con numerosas víctimas.
Así, privado del estímulo de la oposición, Escauro se encontraba sin voluntad para proseguir y allí estaba pesadamente sentado en su silla. Soy demasiado viejo, se decía, ¿cómo podrá Mario, que tiene mi edad, llevar el peso de todo un frente de guerra?
El interrogante tuvo respuesta a finales de Sextilis, cuando llegó un correo informando al Senado de que Cayo Mario y sus tropas habían derrotado a Heno Asinio, causándole la baja de siete mil marrucini, y entre ellos el propio Heno Asinio. Pero era tal el desánimo en Roma, que nadie juzgó prudente celebrarlo. No, la ciudad aguardaba que al cabo de otros cuantos días llegasen noticias de otra derrota. Y, efectivamente, unos días después llegó otro correo que se personó ante los miembros del Senado, quienes, sentados muy erguidos, con cara imperturbable, se disponían a oír la mala nueva. De entre los consulares, sólo estaba Escauro.
Cayo Mario tiene el placer de informar al Senado y al pueblo de Roma de que, en este día, él y sus ejércitos infligieron una aplastante derrota a
Quinto Popedio Silo y a los marsos. Quince mil marsos han muerto y otros cinco mil han sido hechos prisioneros.
Cayo Mario quiere hacer constar la valiosa contribución a esta victoria de Lucio Cornelio Sila, y ruega le excuséis un informe completo hasta que pueda informar al Senado y al pueblo de Roma de que Alba Fucentia ha sido liberada. ¡Viva Roma!
A la primera lectura, nadie lo creía; un sobresalto recorrió las poco nutridas filas. Escauro dio otra vez lectura al comunicado con voz temblorosa y, finalmente, estallaron los vítores. Una hora después, toda Roma lo celebraba. ¡Cayo Mario lo había logrado! ¡Cayo Mario había dado un vuelco a la fortuna de Roma! ¡Cayo Mario, Cayo Mario, Cayo Mario!
—Otra vez el héroe popular —dijo Escauro al flamen dialis Lucio Cornelio Merula, que no había faltado a una sola reunión del Senado desde el inicio de la guerra, a pesar de los innumerables tabúes que afectaban al cargo; entre sus iguales, el flamen dialis no podía vestir toga, sino ir envuelto en una gruesa capa doble de lana, la laena, cuyo corte tenía forma de círculo, y a guisa de tocado llevaba un ajustado casco de marfil adornado con los símbolos de Júpiter y rematado por un disco macizo de lana atravesado por un pincho. Era el único entre sus iguales que no se cortaba el pelo, porque él en concreto había optado por dejarse el pelo largo y la barba hasta el pecho, en lugar de aguantar la tortura de ser rasurado con hueso o bronce. El flamen dialis no podía entrar en contacto corporal con hierro de ninguna clase, lo que significaba que no podía participar en la guerra. Menguado en la posibilidad de prestar servicio militar por su patria, Lucio Cornelio Merula había optado por asistir con asiduidad al Senado.
—Bien, Marco Emilio —dijo Merula con un suspiro—, por muy patricios que seamos, creo que ya es hora de que admitamos que nuestros linajes están tan agotados que somos incapaces de generar un héroe popular.
—¡Bobadas! —espetó Escauro—. ¡Cayo Mario es un monstruo! —¿Y cómo nos las veríamos sin él? —¡Como auténticos romanos!
—¿Es que no apruebas su victoria?
—¡Claro que la apruebo! ¡Unicamente que me habría gustado que quien firmase el comunicado hubiera sido Lucio Cornelio Sila!
—Sí, ya sé que fue un buen praetor urbanus, pero no sabia que fuese un Mario en el campo de batalla —comentó Merula.
—¿Cómo vamos a saberlo mientras Cayo Mario no abandone el campo de batalla? Lucio Cornelio Sila ha estado siempre con Cayo Mario… vamos, desde la guerra contra Yugurta. Y siempre ha contribuido notablemente a las victorias de Cayo Mario. Pero es Mario quien se lleva el mérito.
—Sé justo, Marco Emilio, en su carta Cayo Mario hace mención específica de Lucio Sila. Yo no veo que sea un elogio cicatero, ni puedo oír palabras denigrantes hacia el hombre que, al fin, se ha hecho eco de mis plegarias —dijo Merula.
—¿Un hombre se hace eco de tus preces, flamen dialis? Ése sí que es un modo curioso de decirlo.
—Los dioses no nos responden directamente, príncipe del Senado. Si no están conformes, nos lo hacen saber por medio de algún fenómeno, y cuando propician nuestros ruegos lo hacen a través de los hombres.
—¡Eso lo sé tan bien como tú! —exclamó Escauro, picado—. ¡Mi afecto por Cayo Mario es igual que mi odio, pero tengo todo el derecho a desear que fuese otro quien firmase la carta!
En aquel momento entró en la desierta Cámara un funcionario del Senado.
—Príncipe del Senado, acaba de recibirse un comunicado urgente de Lucio Cornelio Sila.
—¡Ahí tienes, una respuesta a tus plegarias! —comentó Escauro con una risita—. ¡Una carta con la firma de Lucio Sila!
Por toda respuesta, Merula le dirigió una mirada mordaz. Escauro cogió el diminuto rollo, lo desplegó y, atónito, vio que no constaba más que de dos líneas, escritas en letras mayúsculas separadas por guiones. Sila no quería errores de interpretación.
CAYO-MARIO-ABATIDO-POR-INFARTO-EJÉRCITO-RETIRADO-A-REATUQCYdXT16Xxzr1qCSVxxntce0-UYXmcqJ_aodkoq39Fv2E6f-SILA.
Enmudecido, Escauro, príncipe del Senado, entregó el comunicado a Merula y se sentó en la grada inferior.
—Edepol! —exclamó el flamen Dialis, sentándose también—. ¡Ah!, ¿es que no va a salir nada bien en esta guerra? ¿Crees que habrá muerto Cayo Mario? ¿Es eso lo que quiere decir Lucio Sila?
—Yo creo que vive, pero no puede ejercer el mando y sus tropas lo saben —contestó Escauro, aspirando profundamente—. ¡Funcionario! — gritó con voz atronadora.
El funcionario, que permanecía inmóvil junto a la puerta, se les acercó lleno de curiosidad.
—Llama a los heraldos y que proclamen la noticia de que Cayo Mario ha sufrido un infarto y lo trae a Roma su legado Lucio Cornelio Sila.
El escriba contuvo un grito de asombro, palideció y salió a toda prisa.
—¿Es una medida prudente, Marco Emilio? —inquirió Merula.
—Sólo el Dios griego lo sabe, flamen Dialis. Yo no. Lo único que sé es que si convoco primero al Senado para discutirlo, votarían no dar la noticia, y eso no puedo sancionarlo —replicó Escauro decidido, poniéndose en pie
—. Acompáñame. Voy a comunicárselo a Julia antes de que los heraldos comiencen a vocearlo desde los rostra.
Y así estaban las cosas cuando las cinco cohortes que escoltaban la litera de Mario cruzaron la puerta Collina, con las lanzas envueltas en ramas de ciprés y las espadas y puñales invertidos; pasaron por la plaza del mercado adornada con guirnaldas y flores y atestada de gente en silencio. Parecía a la vez una fiesta y un funeml. Y así fue todo el camino hasta el Foro, donde también colgaban guirnaldas por doquier, pero la multitud guardaba silencio. Las flores las habían colocado para celebrar la gran victoria de Mario, pero su desgracia les había sumido en aquel silencio.
Cuando, tras los soldados, apareció la encortinada litera, se oyó un profundo susurro:
—¡Debe de estar vivo! ¡Debe de estar vivo!
Sila y sus cohortes hicieron alto en el bajo Foro, junto a los rostra, mientras a Cayo Mario le llevaban a su casa, clivus Argentarius arriba. Marco Emilio, príncipe del Senado, fue quien subió a la tribuna de los rostra.
—¡Quirites, el tercer fundador de Roma vive! —tronó Escauro—. Como de costumbre, él ha inclinado la balanza de la guerra a favor de Roma, y Roma jamás podrá agradecérselo debidamente. Haced sacrificios por su salud, aunque puede que en esta ocasión Cayo Mario nos deje. Su estado es grave. Pero gracias a él, quirites, nuestra situación ha mejorado increiblemente.
Nadie lanzó vítores, ni nadie lloró. Las lágrimas se reservaban para el entierro, para una ocasión desesperada. Escauro bajó de la tribuna y la gente comenzó a dispersarse.
—No morirá —dijo Sila, con aspecto muy cansado.
—Ni por un instante lo he pensado —replicó Escauro sarcástico—. Aún no ha sido cónsul siete veces; así que no puede morir.
—Eso es exactamente lo que me dijo él.
—¿Cómo, es que puede hablar?
—Algo. Palabras no le faltan, lo que sucede es que las farfulla. Un médico del ejército dice que es porque el ataque lo ha sufrido el lado izquierdo en vez del derecho, aunque no sé a qué se debe, ni tampoco lo sabe el médico, pero afirma que suele ser así cuando se producen heridas en la cabeza. Si la parálisis es en el lado derecho, el habla desaparece. Cuando es en el izquierdo, se conserva esa facultad.
—¡Qué cosas! ¿Por qué los médicos de la ciudad no dicen nada de eso? —inquirió Escauro.
—Supongo que no verán tantas cabezas rotas.
—Cierto —añadió Escauro, cogiendo afectuosamente a Sila del brazo —. Ven a mi casa, Lucio Cornelio, a tomar una copa de vino y cuéntame
con todo detalle cuanto ha sucedido. Yo te hacia con Lucio Julio en Campania.
Sila tuvo que poner en juego toda su voluntad para rechazar la invitación.
—Prefiero ir a mi casa, Marco Emilio. Llevo la armadura y me da calor.
Escauro lanzó un suspiro.
—Ya es hora de que olvidemos lo que sucedió hace tantos años —dijo con toda sinceridad—. Mi esposa es mayor, más comedida y se halla muy ocupada con los niños.
—Pues bien, vayamos a tu casa.
Los esperaba en el atrium para recibirlos, tan ansiosa por saber el estado de Mario como todos en Roma. Ahora, ya con veintiocho años, conocía la inmensa dicha de haber ganado en belleza, y era una beldad pletórica que posó en Sila unos ojos grises como el mar en un día nublado.
A Sila no se le escapó que, aunque Escauro la dirigió una amplia sonrisa sincera y llena de afecto, ella le tenía miedo.
—Bien venido, Lucio Cornelio —dijo ella en tono neutro.
—Gracias, Cecilia Dalmática.
—Esposo, he dispuesto refresco en tu despacho —añadió, igualmente en tono neutro—. ¿Va a morir Cayo Mario?
Le contestó Sila, sonriendo ya confiado, pasado el primer momento. Era muy distinto a verla en casa de Mario en una cena.
—No, Cecilia Dalmática. Aún nos queda Mario para rato. De eso estoy seguro.
—En ese caso, os dejo —comentó ella, tras lanzar un suspiro de alivio. Los dos permanecieron en el atrium hasta que hubo desaparecido y
Escauro condujo a Sila a su tablinum.
—¿Quieres el mando del frente mársico? —inquirió Escauro dándole una copa de vino.
—Dudo que el Senado me lo conceda, príncipe del Senado.
—Francamente, yo también. Pero ¿lo quieres?
—No, no lo quiero. Mi carrera durante este año de guerra ha tenido lugar en Campania, aparte de esa operación especial con Cayo Mario, y
preferiría seguir en el frente que conozco. Lucio Julio me espera —contestó Sila, sabiendo perfectamente lo que pensaba hacer cuando los nuevos cónsules asumieran el cargo, y no deseando que Escauro participase en sus planes.
—¿Son tuyas las tropas que han escoltado a Mario?
—Sí. Las otras quince cohortes las envié directamente a Campania. Las que faltan, yo mismo las llevaré mañana.
—¡Oh, ojalá te presentases a cónsul! —dijo Escauro—. ¡Hace quince años que no se dan unas expectativas consulares tan mediocres!
—Voy a presentarme con Quinto Pompeyo Rufo a finales del año que viene —contestó Sila con firmeza.
—Eso había oído. Lástima.
—Este año no podría ganar la elección, Marco Emilio.
—Sí podrías, si yo te doy mi apoyo.
—Un ofrecimiento que llega tarde —replicó Sila sonriente—. Estaré muy ocupado en Campania para vestir la toga candida. Además, tengo que compartir la suerte con mi colega, ya que Quinto Pompeyo y yo nos presentamos en equipo. Mi hija va a casarse con su hijo.
—Entonces retiro mi ofrecimiento. Tienes razón. Roma tendrá que salir al paso como pueda este año. Será un gran placer que los cónsules del año que viene estén emparentados. La armonía curul es una cosa estupenda. Y dominarás a Quinto Pompeyo con la misma facilidad con que él aceptará ese dominio.
—Eso creo yo, príncipe del Senado. El momento de las elecciones son las únicas fechas en que Quinto Pompeyo puede prescindir de mí, ya que quiere aminorar la campaña para venir él también a Roma. Creo que casaré a mi hija con el hijo de Quinto Pompeyo en diciembre, aunque aún no tenga dieciocho años, porque ella está deseosa —mintió Sila, a sabiendas de que la muchacha era de lo más reacia, pero confiando en la Fortuna.
Su convencimiento respecto a la actitud de Cornelia Sila quedó corroborado cuando dos horas después llegaba a su casa. Elia le recibió con la noticia de que Cornelia Sila había intentado fugarse de casa.
—Afortunadamente a su doncella le entró miedo y me lo contó —dijo Elia entristecida; quería mucho a su hijastra y por ello deseaba que pudiera casarse con el hombre de su corazón, el joven Mario.
—¿Y qué pensaba hacer, echarse a los campos destrozados por la guerra? —inquirió Sila.
—No tengo ni idea, Lucio Cornelio. Ni creo que ella lo supiese tampoco. Me figuro que fue un impulso.
—Pues cuanto antes se case con el joven Quinto Pompeyo, mejor —dijo Sila con severidad—. Voy a hablar con ella.
—¿Aquí, en tu despacho?
—Si, Elia, en mi despacho.
Como sabía que no le tenía afecto, ni le agradaba la simpatía que sentía por su hijastra, Elia miró a su esposo con una mezcla de temor y lástima.
—Lucio Cornelio, por favor, trata de no ser duro con ella —dijo.
Petición que Sila ignoró dándole la espalda.
Cornelia Sila compareció casi como una prisionera, acompañada de dos esclavos.
—Podéis marcharos —dijo Sila a los guardianes, clavando su fría mirada en el rebelde rostro de su hija, una faz preciosa que había heredado el color de piel del padre y la belleza de la madre, menos los grandes ojos, que eran de un azul muy distinto.
—¿Qué es lo que tienes que decir, jovencita?
—Esta vez estoy preparada, padre. ¡Puedes pegarme hasta matarme porque me da igual! ¡No quiero casarme con Quinto Pompeyo y no puedes obligarme!
—Hija, te casarás con Quinto Pompeyo aunque tenga que atarte y drogarte —replicó Sila en un tono suave, presagio de gran violencia.
Pero, a pesar de sus lágrimas y pataletas, era mucho más hija suya que de Julilla. Notó que se afirmaba sobre los pies, como dispuesta a recibir un tremendo golpe, y advirtió que sus ojos brillaban como zafiros.
—¡No voy a casarme con Quinto Pompeyo!
—¡Por todos los dioses que lo harás, Cornelia!
—¡No me casaré con él!
Normalmente, tal desafío habría provocado una ira desatada en Sila, pero en esta ocasión, quizá porque viera en el rostro de la muchacha algún rasgo de su hijo muerto, no tuvo fuerzas para encolerizarse.
—Hija —espetó con un bufido—, ¿sabes quién es Pietas? —Claro que lo sé: el deber —contestó Cornelia Sila, cautelosa. —Amplía la definición, Cornelia. —Es la diosa del deber.
—¿Qué clase de deber?
—Toda clase de deber.
—Incluido el deber de los hijos para con sus padres, ¿no es cierto? — dijo Sila con suavidad.
—Sí —contestó ella.
—Desafiar al paterfamilias es una cosa horrible, Cornelia. No sólo se ofende a Pietas, sino que, conforme a la ley, estás obligada a obedecer al cabeza de familia. Y yo lo soy —dijo Sila, severo.
—El primer deber es para conmigo misma —contestó ella, heroica.
A Sila comenzaron a temblarle los labios.
—No, hija, tu primer deber es conmigo. Dependes de mi mano. —¡Padre, con mano o sin mano, no pienso traicionarme!
Los labios cesaron en su temblor, se quedaron abiertos y Sila soltó una carcajada.
—¡Oh, vete! —exclamó él cuando pudo—. ¡Cumple con tu deber o te vendo como esclava! —gritó tras ella, sin dejar de reír—. ¡Puedo hacerlo y nadie me lo impedirá!
—¡Ya soy una esclava! —replicó ella a voces.
¡Qué soldado habría sido! Una vez recuperada la seriedad, Sila se sentó a escribir al ciudadano griego de Esmirna, Publio Rutilio Rufo.
Y eso es exactamente lo que sucedió, Publio Rutilio. ¡La pequeña e insolente impúdica no dio su brazo a torcer! Y no me queda otro remedio que cumplir unas amenazas que no contribuyen a mis deseos de ser elegido cónsul aliado a Quinto Pompeyo. La muchacha no me sirve de nada muerta o esclava… y no le servirá a Quinto Pompeyo si tengo que atarla y
drogarla para hacerla comparecer ante el celebrante matrimonial. ¿Qué hago, pues? Te lo pregunto muy seriamente y con desesperación. ¿Qué hago? Me he acordado de la anécdota de cómo tú solucionaste el dilema de Marco Aurelio Cota cuando tenía que elegir esposo para Aurelia. Así que, aquí tienes otro dilema matrimonial, admirado y apreciado consejero.
Confieso que aquí existe un estado de cosas que, de no ser por la incapacidad de casar a mí hija con quien debe ser, ni me hubiera parado a escribirte. Pero ahora que ya he comenzado —y a condición de que tengas una solución a mi dilema— te contaré lo que ha sucedido.
Dejé a nuestro príncipe del Senado en el momento en que se disponía a escribirte, así que no necesito decirte la desgracia de que ha sido víctima Cayo Mario. Me limitaré a explicarte mis esperanzas y temores para el futuro, y procuraré, al menos, vestir la toga praetexta y sentarme en la silla curul de cónsul, ya qae el Senado ha pedido a los magistrados curules que revistan sus mejores galas para dar realce a la victoria de Mario —¡muy mía!— sobre los marsos. Esperemos que esto marque el final de esos estúpidos gestos de duelo y alarma.
En este momento parece bastante probable que los cónsules del año que viene sean Lucio Porcio Catón Liciniano y —¡oh, horror!— Cneo Pompeyo Estrabón. ¡Qué horrenda pareja! Un presuntuoso culo de gato y un bárbaro arrogante incapaz de ver más allá de su nariz. Te confieso que no acabo de entender en modo alguno cómo ciertas personas llegan al consulado. Es evidente que no basta para ello haber sido un buen pretor urbano o en provincias. Ni tener un expediente militar tan amplio e ilustre como el linaje del rey Tolomeo. No me queda más remedio que llegar a la conclusión de que el factor realmente importante es llevarse bien con el Ordo equester, porque si a los caballeros no les gustas, Publio Rutilio, ya puedes ser el mismo Rómulo, que no tienes la menor posibilidad en las elecciones. Los caballeros dieron seis veces la silla consular a Cayo Mario, tres de ellas in absentia. ¡Y les sigue gustando! Es un hombre que resuelve cosas. Si, también les agrada que el candidato tenga antepasados, pero no es suficiente para que le voten, a menos que les abra sus buenas bolsas o les ofrezca toda clase de incentivos complementarios, como son créditos
más fáciles o información privilegiada en todo lo que el Senado piense llevar a cabo.
Yo habría debido ser cónsul hace años, si hubiese sido pretor hace años. Si, pero el príncipe del Senado me puso trabas. Y lo hizo movilizando a los caballeros que le siguen balando como un rebaño de corderos. Te parecerá, pues, que cada vez he de detestar más al Ordo equester. Me pregunto si no sería maravilloso hallarse en una posición desde la que se pudiera hacer con ellos lo que se quisiera. ¡Ah, cómo los haría padecer, Publio Rutilio! Y por cuenta tuya también.
A propósito de Pompeyo Estrabón, ha estado muy ocupado contando a toda Roma que se cubrió de gloria en Picenum, cuando, en mi opinión, el verdadero artífice de ese pequeño éxito es Publio Sulpicio, que trajo un ejército de la Galia itálica e infligió una sonada derrota a una fuerza mixta de picentinos y pelignos aun antes de establecer contacto con Pompeyo Estrabón.
Nuestro amigo bizco —ojalá se pudra— pasa todo el verano cómodamente encerrado en Firmum Picenum. En cualquier caso, ahora que no está en su habitual residencia de verano, se atribuye todo el mérito de la victoria sobre Tito Lafrenio, que murió con sus hombres en la batalla. De Publio Sulpicio (que fue quien estuvo allí y tuvo una destacada participación) ni una palabra. Y por si eso fuera poco, los agentes de Pompeyo Estrabón en Roma hacen que esa batalla parezca mucho más importante que las operaciones de Cayo Mario contra marsos y marrucini.
La guerra va a dar un vuelco. Algo me lo dice.
Estoy seguro que no tengo que darte detalles de la nueva ley que Lucio Julio César quiere promulgar en diciembre. Le di la noticia al príncipe del Senado hace unas horas pensando que rugiría de indignación; sin embargo, le agradó bastante. Él piensa que ofrecer la ciudadanía es muy meritorio, siempre que no se otorgue a quienes han levantado las armas contra nosotros. Etruria y Umbría le preocupan y cree que se apaciguarían los ánimos en las dos regiones en cuanto se les concediera el voto. Yo, aunque lo intenté, no pude convencerle de que la ley de Lucio Julio no será más que el principio, y que a no tardar todos los itálicos serán ciudadanos
romanos, por muy fresca que tengan la sangre romana en la espada. Publio Rutilio, yo te pregunto ¿para qué hemos estado luchando?
Contéstame en seguida y dime cómo tratar a las jovencitas.
Sila incluyó la carta a Rutilio Rufo en el paquete postal que el príncipe del Senado enviaba a Esmirna por correo especial; lo que significaba que Rutilio Rufo lo recibiría en tres o cuatro intervalos de mercado y que la contestación la traería el mismo correo en un plazo parecido igual.
De hecho, Sila tuvo la respuesta a finales de noviembre. Estaba aún en Campania, ayudando al conValeciente Lucio César, a quien el servil Senado había concedido un triunfo por su victoria sobre Mutilo en Acerrae, ignorando olímpicamente el hecho de que los dos ejércitos hubiesen regresado a Acerrae y que en el momento del decreto se hallasen de nuevo enzarzados en la lucha. El motivo alegado por el Senado era que las tropas de Lucio César le habían aclamado imperator en el campo de batalla. Cuando Pompeyo Estrabón se enteró, sus agentes alzaron tal revuelo que el Senado se vio obligado a decretar otro triunfo para él. ¡Qué bajo hemos caído!, pensó Sila, vencer a los itálicos no es triunfar.
Tan señalado honor no indujo entusiasmo alguno en Lucio César; cuando Sila le preguntó cómo quería que le organizasen el triunfo, puso cara de sorpresa y dijo:
—Como no hay botín, no hace falta organizarlo. Desfilaré con mis fuerzas por Roma y se acabó.
Acababa de iniciarse el hiato invernal y en Acerrae era un fastidio con aquellos dos ejércitos que la cercaban. Mientras Lucio César se enfrascaba en redactar el borrador de su ley de emancipación, Sila fue a Capua para ayudar a Catulo César y a Metelo Pío el Meneitos a reorganizar las legiones más que diezmadas por el segundo combate en el paso de Melfa. Y allí recibió la carta de Rutilio Rufo.
Querido Lucio Cornelio, ¿por qué será que los padres nunca saben cómo tratar a sus hijas? ¡Me desespero! Desde luego, debo decirte que yo nunca tuve contrariedades con mi hija. Cuando la casé con Lucio
Calpurnio Pisón, lo hizo embelesada. No cabe duda que fue debido a que ella no era nada del otro mundo y no tenía mucha dote; su principal dote era que su tata no hizo nada por encontrarle esposo. Si le hubiese traído a aquel repelente hijo de Sexto Perquitieno, se habría desmayado; así que, cuando comparecí con Lucio Pisón ella lo consideró un regalo de los dioses y desde entonces no ha dejado de darme las gracias. Y el matrimonio ha sido tan feliz, que, al parecer, ellos piensan hacer lo mismo y la hija de mi hijo se casará con el hijo de mi hija cuando tengan la edad. Sí, sí, ya sé lo que solía decir el abuelo de César, pero es la primera pareja de primos carnales que se casa en nuestra familia. Tendrán unos retoños preciosos.
La solución a tu dilema, Lucio Cornelio, es, en realidad, de lo más simple. Sólo requiere la connivencia de Elia, porque tú debes quedar como si no hubieses intervenido. Que Elia empiece a hacerle a la muchacha unas cuantas insinuaciones de que tú has cambiado de idea sobre su matrimonio y que estás pensando en averiguar otras perspectivas. Elia deberá citar unos cuantos nombres de hombres totalmente repulsivos, tal como el hijo de Sexto Perquitieno. Ya verás como a la jovencita eso no le gusta nada.
Que Cayo Mario esté en las últimas es una suerte —con perdón—, pues el joven Mario no puede casarse mientras el paterfamilias esté incapacitado. Comprende que es esencial que la joven Cornelia Sila tenga la ocasión de encontrarse a solas con el hijo de Mario. Después se entera de que su esposo puede ser mucho peor que el hijo de Quinto Pompeyo. Que Elia la lleve consigo a visitar a Julia en un momento en que el joven Mario esté en casa, y que no les impidan verse a solas… ¡Tienes que avisar de antemano a Julia de lo que tramáis! Verás cómo el joven Mario es un individuo mimado y egocéntrico.
Créeme, Lucio Cornelio, ya verás cómo no hace ni dice nada para hacerse Valer ante la enamorada. Aparte de la enfermedad de su padre, lo que más le preocupa en este momento es quién va a tener el honor de aguantarle como cadete mayor. Es lo bastante inteligente para darse cuenta de que, sea quien sea, no le va a consentir ni la décima parte de lo que solía hacerlo su padre, aunque hay comandantes más indulgentes que otros. Por la carta de Escauro vengo a deducir que nadie quiere saber nada de él
y que su destino depende estrictamente de la comisión de contubernalis. Por mi modesta red de informadores sé que el hijo de Mario pasa su tiempo fundamentalmente con las mujeres y la bebida, no necesariamente en ese orden. Sin embargo, será uno de los motivos por los que nuestro jovencito no caerá en trance al verse con Cornelia Sila, reliquia de su niñez, por la que, cuando tenía quince o dieciséis años, nutría tiernos sentimientos, aprovechándose, seguramente, de su buena disposición de un modo que ella nunca percibió. No es muy distinto ahora de como era entonces; la diferencia estriba en que él se cree que síy ella cree que no. Créeme, Lucio Cornelio, él cometerá toda clase de patochadas y, además, seguro que ella le irrita.
Una vez que la muchacha se haya visto con él, dile a Elia que insista un poco más en el hecho de que cree que vas a renunciar a la alianza con Pompeyo Rufo, y que necesitas el apoyo de un caballero muy rico.
Y ahora, Lucio Cornelio, te diré un valioso secreto relativo a las mujeres. Una mujer quizá haya decidido rechazar radicalmente a un pretendiente, pero si de pronto ese pretendiente abandona el cortejo por motivos que nada tienen que ver con el rechazo, ella inevitablemente decide pensárselo mejor y comprobar cómo es la presa que se le escapa. ¡Al fin y al cabo, tu hija no conoce al pretendiente! Elia deberá encontrar una poderosa razón para que Cornelia Sila vaya a una cena en casa de Quinto Pompeyo Rufo. Que el padre está de permiso en Roma, que la madre está enferma, o lo que sea. ¿No se tragará nuestra jovencita su desagrado para tener la oportunidad de echar un vistazo al desdeñado pretendiente? Te aseguro, Lucio Cornelio, que aceptará ir. Y, como yo conozco al pretendiente, estoy totalmente seguro de que cambiará de idea. Es exactamente el tipo de hombre que puede atraerla, porque siempre será más lista que ély no tendrá ningún problema en ser quien mande en la casa. ¡Irresistible perspectiva! Se parece tanto a ti… en ciertas cosas.
Sila dejó la carta. La cabeza le daba vueltas. ¿Simple? ¿Cómo era capaz Publio Rutilio de lucubrar una trama tan enrevesada y decir que era de lo más simple? ¡Las maniobras militares eran más sencillas! No obstante, valía
la pena intentarlo. Todo valía la pena intentarlo. Así pues, reanudó la lectura algo más animado, ansioso por saber qué más le contaba Rutilio Rufo.
Las cosas que suceden en este rinconcito del vasto orbe no son buenas. Supongo que en estos momentos no hay nadie que tenga tiempo ni ganas de saber lo que sucede en Asia Menor. Pero no me cabe la menor duda de que en las dependencias del Senado hay un informe olvidado, que nuestro príncipe del Senado habrá leído. Además, recibirá la carta que le he escrito por el mismo correo que lleve ésta.
En el trono de Bitinia hay un títere del Ponto. ¡Sí, en cuanto se aseguró de que Roma había vuelto la espalda, el rey Mitrídates invadió Bitinia! Es ostensible que quien dirigió la invasión fue Sócrates, el hermano menor del rey Nicomedes III, lo que justifica que Bitinia continúe llamándose un país libre al haber cambiado el rey Nicomedes por el rey Sócrates. Parece una contradicción llamarse Sócrates y ser rey, ¿no? ¿Te imaginas a Sócrates el ateniense dejándose coronar rey? A pesar de esto, en la provincia de Asia todos sufren el espejismo de que Bitinia es un país libre, cuando, menos por el nombre, es ahora un feudo de Mitrídates del Ponto, quien por cierto debe estar furioso por el lento proceder del rey Sócrates, que dejó escapar al rey Nicomedes. Pese a sus años, Nicomedes cruzó el Helesponto más rápido que un corzo; aquí corre el rumor de que se dirige a Roma para quejarse de la pérdida del trono Que el Senado y el pueblo de Roma graciosamente le cedían. Le veréis en Roma antes de fin de año, cargado con la mayor parte del tesoro de Bitinia.
Y, por si eso fuera poco, ¡hay también un títere del Ponto en el trono de Capadocia! Mitrídates y Tigranes fueron juntos a Eusebia Mazaca y sentaron en el trono a otro hijo de Mitrídates. Éste se llama también Ariarates, pero no debe ser el Ariarates que conoció Cayo Mario. En cualquier caso, el rey Ariobarzanes fue tan raudo como el rey Nicomedes de Bitinia y escapó como un rayo de sus perseguidores. Llegará a Roma a pedigüeñar poco después de Nicomedes. ¡Lamentablemente, es mucho más pobre!
Lucio Cornelio, estoy seguro de que en nuestra provincia de Asia se están cociendo grandes problemas. Hay muchos aquí que no han olvidado los tiempos de los publicani. Y muchos que odian el nombre de Roma. Por eso hay muchos círculos aquí en los que se venera el nombre de Mitrídates. Mucho me temo que si tuviera la intención —y es más que probable que la tenga— de apoderarse de la provincia de Asia, le recibirían con los brazos abiertos.
Ya sé que todo esto no es un problema que te afecte. Es competencia de Escauro, el cual me dice que no se encuentra muy bien.
Ahora estarás en pleno teatro de operaciones en Campania. Estoy de acuerdo contigo en que seha producido un cambio de situación. ¡Pobres, pobres itálicos! Con ciudadanía o sin ella, no se les perdonará durante muchas generaciones.
Cuéntame el resultado del asunto de tu hija. Preveo que el amor se impondrá al fin.
Más que intentar explicar a su esposa la artimaña de Rutilio Rufo, Sila le envió a Roma esa parte de la carta con una nota adjunta instándola a seguir exactamente las indicaciones, si las entendía.
Por lo visto, Elia no tuvo dificultad alguna en hacerlo, pues cuando Sila llegó a Roma con Lucio César, se encontró el hogar rebosante de armonía familiar y una hija encantada y cariñosa, haciendo planes para la boda.
—Todo ha salido exactamente como previó Publio Rutilio —dijo Elia, contenta—. El joven Mario se comportó como un bruto en la entrevista que tuvo con ella. ¡Pobrecilla! Fue conmigo a su casa llena de amor y convencida de que el hijo de Cayo Mario se echaría en sus brazos para llorar en su pecho y se encontró con un joven enfurecido porque la comisión de cadetes del Senado le había ordenado seguir prestando servicio en su unidad; seguramente el general que sustituya a Cayo Mario será uno de los nuevos cónsules, y el joven Mario los detesta a ambos. Creo que intentó que le dieran destino contigo, pero la comisión se negó en redondo.
—No tan en redondo como se lo habría negado yo de haber recurrido a mi —dijo Sila sonriente.
—Creo que lo que más le enfurecía era el hecho de que nadie quería tenerle a sus órdenes. Claro, él atribuye la culpa de todo a la oposición con que tropieza su padre, pero yo creo que en lo más íntimo de su ser debe de darse cuenta de que es por sus propios defectos —añadió Elia nerviosa, y contenta de que todo hubiera salido bien—. No quería el afecto de Cornelia ni su adolescente adoración; según ella, se portó de un modo infame.
—Y entonces Cornelia decidió casarse con Quinto Pompeyo.
—¡Oh, no inmediatamente, Lucio Cornelio! Primero dejé que llorase un par de días, y luego le dije que, como no parecía que tú tuvieses prisa por la boda con Quinto Pompeyo, si le apetecía ir a cenar a su casa, para ver cómo era y satisfacer su curiosidad.
—¿Y qué sucedió? —inquirió Sila sonriente.
—Se miraron los dos y se gustaron. En la cena estuvieron sentados uno frente al otro, hablando como viejos amigos. — Elia, movida por su alegría, dio un apretón a Sila en la mano—. Fuiste muy inteligente en no decirle a Quinto Pompeyo que nuestra hija no quería esa boda, porque Cornelia encantó a toda la familia.
—¿Ya está decidida la boda? —inquirió Sila, liberándose de un tirón de la mano de su esposa.
Elia asintió con la cabeza, con gesto entristecido.
—Para cuando acaben las elecciones —contestó, mirándole con ojos casi llorosos—. Lucio Cornelio, querido, ¿por qué no te gusto? ¡Yo hago lo que puedo!
—Francamente, Elia, por la sencilla razón de que me aburres — respondió él con gesto adusto, apartándose.
Salió del cuarto y Elia permaneció inmóvil, consciente tan sólo de una alegría empañada: no había dicho que fuese a divorciarse de ella. Mejor pan rancio que nada.
La noticia de que Aesernia se había rendido al fin a los samnitas llegó poco después del regreso a Roma de Lucio César y Sila. La población era presa del hambre y había agotado cuantos perros, gatos, mulas, asnos,
caballos y cabras quedaban antes de capitular. Marco Claudio Marcelo la había entregado personalmente, había desaparecido y nadie sabía su paradero. Salvo los samnitas.
—Ha muerto —dijo Lucio César.
—Seguramente —comentó Sila.
Lucio César, naturalmente, no iba a regresar al teatro de operaciones. El cargo de cónsul tocaba a su fin y esperaba ser censor en primavera, por lo que no tenía ninguna gana de continuar de legado del nuevo comandante en jefe del frente sur.
Los tribunos de la plebe entrantes eran algo mejor que los de los últimos años, quizá porque ahora toda Roma hablaba de la ley de emancipación que se rumoreaba iba a promulgar Lucio César. De todos modos se mostraban progresistas y casi todos a favor de un trato más benigno para los itálicos. El presidente del colegio era Lucio Calpurnio Pisón, que tenía el segundo sobrenombre de Frugi para diferenciar su pertenencia al clan de los Calpurnios Pisones del de los Calpurnios Pisones que se habían aliado matrimonialmente con Publio Rutilio Rufo y llevaban el segundo sobrenombre de Cesonino. Pisón Frugi, que era un hombre enérgico de acentuada tendencia conservadora, ya había anunciado que, en principio, se opondría a los dos tribunos de la plebe más radicales, Cayo Papirio Carbón y Marco Plautio Silvano, si intentaban ignorar las limitaciones de la ley de Lucio César para conceder también la ciudadanía a los itálicos que participasen en la guerra. Que hubiese aceptado no oponerse a la ley de Lucio César se debía a los buenos oficios de Escauro y otros a quienes él respetaba. Así, el interés por los asuntos del Foro, casi desaparecido desde el comienzo de la guerra, comenzó a recuperarse y el año que estaba en puertas prometía una importante actividad política.
Mucho más deprimentes fueron las elecciones centuriadas, al menos a nivel consular. Hacía meses que se daba por ganadores a los dos principales candidatos, y ahora ya habían ganado. Que Cneo Pompeyo Estrabón fuese primer cónsul y Lucio Porcio Catón Liciniano segundo cónsul, lo atribuían todos al hecho de que Pompeyo Estrabón hubiese celebrado un triunfo pocos días antes de las elecciones.
—Esos triunfos son de pena —dijo Escauro, príncipe del Senado, a Lucio Cornelio Sila—. Primero Lucio Julio y ahora Cneo Pompeyo, ¡figúrate! Me siento muy viejo.
Y también lo aparentaba, pensó Sila, sintiendo un estremecimiento de alarma. Si la ausencia de Cayo Mario prometía una actividad apática y aburrida en el campo de batalla, ¿qué consecuencias traería la falta de Marco Emilio Escauro en ese otro campo de batalla que era el Foro? ¿Quién se ocuparía de esos minúsculos pero muy importantes asuntos extranjeros en que Roma siempre se veía implicada? ¿Quién llamaría al orden a engreídos imbéciles como Filipo y arrogantes arribistas como Quinto Vario? ¿Quién se enfrentaría a cualquiera que surgiese tan descarado y seguro de su valía? Lo cierto era que desde el infarto de Cayo Mario, Escauro había decaído a ojos vistas. Era evidente que por mucho que hubieran reñido y refunfuñado mutuamente durante más de cuarenta años, se necesitaban el uno al otro.
—¡Marco Emilio, cuídate! —dijo de pronto Sila, movido por un presentimiento.
—¡Todos tenemos que irnos algún día! —contestó el príncipe del Senado con un destello de sus verdes ojos.
—Cierto. Pero tú, aún no. Roma te necesita. Si no, quedaremos a merced de las gentilezas de Lucio Julio César y Lucio Marco Filipo. ¡Menuda perspectiva!
—¿Es lo peor que podría sucederle a Roma? —replicó Escauro riendo, ladeando la cabeza como un viejo pájaro desplumado—. En ciertos aspectos, estoy totalmente de acuerdo contigo, Lucio Cornelio. Pero en otros, tengo la impresión de que Roma estaría mucho peor en tus manos que en las de Filipo —añadió, moviendo con rapidez los dedos de una mano—. Puede que no seas un militar nato, pero casi todos los años que llevas en el Senado los has pasado en el ejército. He advertido que muchos años de servicio militar convierten en autócratas a los senadores. Como sucede con Cayo Mario. Cuando alcanzan un alto cargo político, les molestan las restricciones políticas normales.
Estaban ante la librería de Sosio, en el Argiletum, lugar en el que se había alzado durante décadas uno de los mejores mercados de Roma, y, por eso, mientras hablaban, iban comiendo tartas rellenas de pasas con natillas y miel; un chiquillo los miraba atentamente, listo para acercarse a ofrecerles una jofaina de agua caliente y un paño. Las tartas eran pegajosas y chorreaban.
—Cuando llegue mi hora, Marco Emilio, el camino que Roma siga en mis manos dependerá de la clase de Roma que sea. Una cosa te prometo, no causaré la desgracia de Roma ni de sus antepasados, ni consentiré que la dominen gentes como Saturnino —replicó Sila con aspereza.
Escauro dio el último bocado, demostrando al pilluelo que se había percatado de su presencia chascando sus pringosos dedos para que no se acercara a ellos por propia iniciativa. Con gran cuidado, se lavó y se secó las manos, y le dio un sestercio. Luego, mientras Sila hacía lo propio (dando al chiquillo una moneda mucho más pequeña), reanudó la conversación.
—Tuve un hijo que no era como se debe ser —dijo muy entero—. Era un débil y un cobarde, a pesar de ser un joven muy agradable. Ahora tengo otro hijo, demasiado pequeño para saber de qué temple es. Sin embargo, la primera experiencia me ha servido para saber una cosa, Lucio Cornelio. Por muy ilustres que nuestros antepasados hayan sido, al final dependemos en gran medida de nuestra progenie.
—También mi hijo murió —replicó Sila, con una mueca—, pero no tengo otro.
—En cuyo caso, ése sería tu destino.
—¿No crees que todo sea azar, príncipe del Senado?
—No, no lo creo. Yo he vivido para contener a Cayo Mario. Roma me necesitaba para eso… y ahí estuve, a las órdenes de Roma. Pero, en cierto modo, actualmente te veo más como un Mario que como un Escauro. Y no vislumbro a nadie capaz de contenerte. Lo que puede resultar más peligroso para el mos maiorum que mil Saturninos —contestó Escauro.
—Te aseguro, Marco Emilio, que Roma no corre peligro conmigo — dijo Sila—. Me refiero a tu Roma —añadió, después de reflexionar sobre lo
que había dicho—, no a la de Saturnino.
—Lo espero sinceramente, Lucio Cornelio.
Siguieron caminando en dirección al Senado.
—Tengo entendido que Catón Liciniano ha decidido hacerse cargo de los asuntos en Campania —dijo Escauro—. Es más difícil de tratar que Lucio Julio César… igual de inseguro, pero muy dominante.
—A mí no me estorbará —contestó Sila tranquilo—. Cayo Mario le calificó de guisante, igual que su anodina campaña en Etruria. Yo sé cómo tratar a los guisantes.
—¿Cómo?
—Aplastándolos.
—No te concederán el mando, ¿sabes? Lo intenté.
—Eso no tiene la menor importancia —contestó Sila sonriente—. Ya tomaré el mando cuando aplaste el guisante.
En otro hombre, habría sonado a vanagloria y Escauro se habría echado a reír; pero en Sila sonaba a funesto presagio y el príncipe del Senado se estremeció.
Cumplía diecisiete años el tres de enero, y Marco Tulio Cicerón se dirigió con su cuerpecillo a la caseta de enrolamiento militar del Campo de Marte, después de las elecciones centuriadas. El adolescente fatuo y seguro de si mismo que tan amigo había sido del hijo de Sila, se había apaciguado bastante y, con sus diecisiete años, sabía que su estrella le marcaba el camino con un tenue brillo, disminuido por el terrible incendio de la guerra civil. Donde otrora él descollaba entre la admiración de las multitudes, no se veía ahora a nadie. Y quizá no volviera a congregarse nadie más. Todos los tribunales estaban cerrados, con excepción del de Quinto Vario. El pretor urbano, que habría debido estar al frente de ellos, gobernaba Roma por ausencia de los cónsules. Como a los itálicos les iban tan bien las cosas, era verosímil que los tribunales no volviesen a abrirse. Salvo Escévola el Augur, ya nonagenario e inactivo, todos los mentores y preceptores de
Cicerón habían desaparecido. Craso Orator había muerto y al resto los había arrastrado el huracán militar al olvido oficial.
Lo que más asustaba a Cicerón era que nadie mostrase el menor interés en él ni en su destino. Los pocos grandes hombres que conocía y que seguían viviendo en Roma estaban demasiado ocupados para molestarlos — ah, claro que los había molestado para que consideraran su situación—, pero no había logrado que le ayudaran a conseguir una entrevista con nadie, ni con Escauro, príncipe del Senado, ni con Lucio César. Al fin y al cabo, él no era nadie sino un brillante monstruo del Foro, de diecisiete años. ¿Por qué iban a interesarse en él los importantes? Como había dicho su padre (ahora cliente de un fallecido) tenía que olvidarse de un puesto especial y apechar sin quejarse con lo que viniera.
Al llegar a la caseta del Campo de Marte, situada en el lado de la Via Lata, no vio a nadie conocido. Los presentes eran viejos senadores sin derecho a la palabra, obligados a hacer un trabajo tan oneroso como importante, una tarea que no les gustaba. El presidente fue el único que levantó la vista cuando le llegó el turno al joven Cicerón —el resto siguió enfrascado en gruesos rollos de papel— y miró de arriba abajo el enclenque cuerpo del joven (que daba la impresión de ser mayor por aquella cabezota de calabaza) sin manifestar el menor entusiasmo.
—Nombre y apellido.
—Marco Tulio.
—Nombre y apellido del padre.
—Marco Tulio.
—Nombre y apellido del abuelo.
—Marco Tulio.
—Tribu.
—Cornelia.
—Sobrenombre, si lo tienes.
—Cicerón.
—Clase.
—Eques de la primera.
—¿Tu padre tiene el Caballo Público?
—No.
—¿Puedes pagarte los pertrechos?
—Claro.
—¿Sabes leer y escribir?
—¡Naturalmente!
—Tu tribu es rural. ¿De qué distrito?
—De Arpinum.
—¡Ah, el pueblo de Cayo Mario! ¿Quién es el patrón de tu padre?
—Lucio Licinio Craso Orator.
—¿Ninguno más, de momento?
—No, de momento no.
—¿Tienes alguna instrucción militar?
—No.
—¿Sabes distinguir la empuñadura de la espada de la punta?
—Si os referís a si sé usarla, no.
—¿Montas a caballo?
—Sí.
El presidente acabó de tomar nota, levantó la vista y le dirigió una agria sonrisa.
—Vuelve dos días antes de los nones de enero, Marco Tulio, y se te asignará servicio militar.
Y eso fue todo. Le habían ordenado presentarse precisamente el día de su cumpleaños. Cicerón se alejó de la caseta profundamente humillado. ¡Ni siquiera se habían dado cuenta de quién era! ¡Seguro que tenían que haberle visto en el Foro y oído comentar sus intervenciones! Pero, en cualquier caso, no se lo habían dado a entender, y era evidente que pensaban hacerle cumplir servicio militar. Haber solicitado un servicio administrativo habría sido quedar como un cobarde ante ellos; era inteligente de sobra para darse cuenta. Por eso no había dicho nada, por no manchar su nombre de modo que algún rival candidato al consulado pudiera reprochárselo años después.
Inclinado a la amistad con gente mayor que él, no había en aquel momento nadie a quien poder hacerle confidencias; todos estaban haciendo el servicio militar fuera de Roma, desde Tito Pomponio hasta los diversos
sobrinos del fallecido pátrón de su padre y sus propios primos. El joven Sila, el único amigo al que habría podido recurrir, había muerto. No tenía a dónde ir, salvo a su casa. Dirigió sus pasos hacia el vicus Cuprius y fue caminando despacio, desesperado, hasta la casa de su padre en el Carinae.
Todos los ciudadanos romanos varones, al cumplir diecisiete años, tenían la obligación de inscribirse para el servicio militar activo —y en aquellos momentos, incluso los del censo por cabezas— pero hasta que estalló la guerra con los itálicos no se le había ocurrido a Cicerón pensar que le correspondería hacer de soldado; él había pensado utilizar a sus mentores del Foro para conseguir un puesto en el que brillara su talento literario, sin necesidad de revestir una cota de malla o ceñir una espada, aparte de algún desfile. Pero no había tenido suerte —ahora no le cabía duda— y algo en su interior le decía que iba a verse sometido a un régimen que detestaba. Y que moriría.
Su padre, que en Roma nunca se había sentido a gusto ni contento, estaba en Arpinum para preparar las tierras de sus vastas propiedades para el invierno, y no regresaría a la ciudad hasta que el hijo mayor fuese llamado a filas. Quinto, su hermano más joven, que ahora tenía ocho años, estaba con el padre, pues era muy distinto a Marco y prefería la vida del campo. Por eso era Helvia, la madre, quien había tenido que quedarse en Roma a cuidar la casa de su hijo, y lo había hecho con muy pocas ganas.
—¡No eres más que un estorbo! —le dijo cuando, triste y desconsolado, fue a verla con la esperanza de que le escuchase con afecto—. Por culpa tuya no estoy en el pueblo con tu padre y tenemos que pagar esta casa tan cara, en esta ciudad, en la que no hay un solo esclavo que no sea un ladrón o un pícaro; así que, cuando no estoy repasando los libros de gastos, tengo que dedicarme a comprobar lo que hacen. Aguan el vino, me cobran por las mejores aceitunas y compran las peores, traen la mitad del pan y el aceite que nos cobran y comen y beben como glotones. Tendré que hacer yo misma las compras. — Hizo una pausa para respirar—. ¡Y todo por tu culpa y tus locas ambiciones, Marco! Hay que saber estar cada uno en su lugar, que es lo que yo siempre digo. Pero nadie me hace caso. ¡Tú venga a empujar a tu padre para que despilfarre en tu fantástica educación el dinero
que no nos sobra, y bien sabes que no serás jamás un Cayo Mario! Nunca he visto un muchacho más desgarbado… y ya me dirás para qué sirve tanto Homero y Hesíodo… De los papeles no se saca para comer ni para ganarse la vida. Y yo tengo que estar aquí simplemente porque…
No quiso seguir escuchándola. Marco Tulio Cicerón se alejó, tapándose los oídos, para recluirse en su despacho.
Tenía un despacho gracias a su padre, que había cedido lo que habría debido ser su cuarto para uso exclusivo del inteligente y prometedor retoño. En principio era el padre quien había tenido sus ambiciones, que luego había asumido el hijo. ¿Cómo iba a retener en Arpinum a semejante prodigio? ¡Ni hablar! Hasta el nacimiento de Cicerón, el único hombre famoso de Arpinum había sido Cayo Mario, y los Tulios Cicerones se consideraban por encima de los Marios porque éstos no eran tan inteligentes. Así pues, que los Marios tuviesen un guerrero, un hombre de acción; los Tulios Cicerones tendrían un intelectual. Los hombres de acción pasan; los intelectuales quedan para siempre.
El embrión de intelectual se encerró en el despacho, a salvo de la madre, y rompió a llorar.
El día de su cumpleaños, Cicerón volvió a la caseta del Campo de Marte con las rodillas temblorosas y fue sometido a una versión abreviada del interrogatorio del primer día.
—¿Nombre completo con sobrenombre?
—Marco Tulio Cicerón, hijo.
—¿Tribu?
—Cornelia.
—¿Clase?
—Primera.
Miraron entre los rollos de órdenes para los que comparecían aquel día y le dieron el suyo para su presentación al comandante de su destino. El sentido práctico romano tenía bien prevista la posibilidad de que se
olvidaran las órdenes verbales, y, además, ya habían enviado copia de ella a la oficina de reclutamiento en Capua.
El presidente de junta leyó detenidamente las anotaciones bastante extensas de la orden de incorporación de Cicerón y le miró de hito en hito.
—Bien, Marco Tulio Cicerón hijo, ha habido una oportuna intercesión a favor tuyo —dijo—. En principio te habíamos asignado destino de legionario y habrías debido ir a Capua. Pero hay una solicitud especial del príncipe del Senado para que se te asigne al servicio del estado mayor de uno de los cónsules. En consecuencia, quedas destinado al estado mayor de Cneo Pompeyo Estrabón. Preséntate a él en su casa mañana al amanecer para recibir instrucciones. Esta junta señala que no tienes instrucción militar y, por consiguiente, recomienda que le dediques todo el tiempo posible efectuándola en los polígonos de entrenamiento del Campo de Marte antes de tu incorporación. Puedes irte.
A Cicerón le temblaron aún más las rodillas al sentir un gran alivio. Cogió el precioso rollo y salió apresuradamente. ¡Servicio en el estado mayor! ¡Ah, que los dioses te sean propicios, Marco Emilio, príncipe del Senado! ¡Gracias, gracias! ¡Haré una valiosa aportación a la figura de Cneo Pompeyo… seré el historiador de su ejército o le redactaré los discursos, y no tendré que desenvainar la espada!
No tenía intención de hacer ninguna instrucción militar en el Campo de Marte, pues ya lo había intentado a los dieciséis años y había visto que no sabía pisar con firmeza, carecía de rapidez manual, puntería y presencia de ánimo. Al poco tiempo de iniciar la instrucción con la espada de madera, era el centro de atención de todos. Pero no se trataba, como en el Foro, de un grupo boquiabierto de admiradores, no; sus bufonadas en el Campo de Marte hacían desternillarse de risa a quienes le miraban, y conforme pasaba el tiempo todos se metían con él. Imitaban su voz aguda y su risa quejumbrosa, se tomaban a chacota su erudición, y su aspecto de viejo le hacía destacar como el protagonista de una farsa. Marco Tulio Cicerón abandonó el entrenamiento militar, jurándose no reanudarlo jamás. A nadie con quince años le gusta que se rían de él, pero aquel quinceañero ya había
sido objeto de admiración por parte de los adultos y se consideraba un individuo extraordinario en todos los aspectos.
Hacia tiempo que se decía que algunos hombres no tienen condiciones para ser soldados. Y él era uno de ellos. ¡No era cobardía! Era más bien una carencia absoluta de valía fisica, y no se le podía reprochar como una debilidad innata del carácter. Los muchachos de su edad eran estúpidos, un poco mejor que simples animales, que daban importancia a su cuerpo y no a su mente. ¿Es que no se daban cuenta de que la mente sería un florón aun después que el cuerpo estuviera en decadencia? ¿No querían ser distintos? ¿Qué había de interesante en saber clavar una lanza en el centro de la diana o en decapitar de un tajo un muñeco de paja? Cicerón era lo bastante inteligente para darse cuenta de que las dianas y los muñecos de paja eran cosas muy distintas a la realidad del campo de batalla y que muchos de aquellos juveniles asesinos de sucedáneos abominarían de la realidad.
El día siguiente, al amanecer, se presentó, vestido con la toga virilis, en casa de Cneo Pompeyo Estrabón en el lado del Palatino que miraba al Foro, deseando que su padre hubiera estado para acompañarle, cuando vio que había cientos de jóvenes congregados. Algunos reconocieron al prodigioso retórico, pero nadie trató de entablar conversación con él y poco a poco se vio relegado al más oscuro rincón del atrium de Pompeyo Estrabón. Allí esperó unas horas a que la multitud fuera decreciendo y a que alguien saliera a ocuparse de él. El nuevo segundo cónsul era el hombre más importante de Roma en aquel momento y todos querían hablar con él o pedirle algún favor. Además, tenía un verdadero ejército de clientes, todos picentinos, aunque Cicerón no habría imaginado que hubiera tantos residentes en Roma de no haber visto aquella multitud.
Quedarían un centenar de personas y Cicerón comenzaba a sentir grandes deseos de que alguno de los siete secretarios pusiera la vista en él, cuando un muchacho de su edad se le aproximó y se apoyó en la pared mirándole. Los ojos que le escrutaban de arriba abajo eran fríos, desapasionados y seguramente los ojos marrones más hermosos que había visto Cicerón. Eran tan grandes y abiertos que parecían denotar una constante sorpresa, y eran de un azul cielo profundo, digno de definirse
como único. La revuelta cabellera, dorada y brillante presentaba dos particularidades: una, el copete que se erguía sobre la ancha frente, y la otra, un mechón que le caía en medio de la ancha frente. Tenía una boca de labios finos, pómulos salientes, nariz corta y respingona, hoyuelo en la barbilla, tez rosada y pecosa y cejas y pestañas doradas como el pelo. No obstante, era un rostro muy agradable, y su dueño, después de aquel somero escrutinio del retórico en ciernes, esbozó una sonrisa tan atractiva que Cicerón sucumbió.
—¿Tú quién eres? —dijo el muchacho. —Marco Tulio Cicerón, hijo. ¿Y tú? —Cneo Pompeyo, hijo. —¿Estrabón?
El joven Pompeyo se echó a reír.
—¿Acaso soy bizco, Marco Tulio?
—No, ¿pero no es costumbre, de todos modos, adoptar el sobrenombre paterno? —replicó Cicerón.
—No en mi caso —contestó Pompeyo—. Quiero ganarme un sobrenombre yo mismo. Y ya sé cuál va a ser.
—¿Cuál?
—Magno.
Cicerón profirió una peculiar risa relincho.
—¿No te parece un poco exagerado eso de Magno? Además, tú no puedes atribuirte el sobrenombre; son los demás quienes te lo atribuyen.
—Lo sé, pero me lo atribuirán.
—Te deseo suerte —dijo Cicerón, pasmado ante la asombrosa seguridad en sí mismo de su interlocutor.
—¿Qué haces aquí?
—Me han destinado de cadete al estado mayor de tu padre.
—¡Oh, edepol! ¡No le gustarás! —comentó Pompeyo con un silbido. —¿Por qué?
—Porque eres enclenque —dijo el joven Pompeyo, de nuevo con aquella mirada fría.
—Seré enclenque, Cneo Pompeyo, pero mi inteligencia es superior a la de cualquiera —espetó Cicerón.
—A mi padre, eso no le impresionará —respondió el hijo, mirándose con complacencia su bien formado cuerpo.
La respuesta dejó anonadado a Cicerón y comenzó a sentir esa depresión que de vez en cuando lo agobiaba con mayor crueldad que a personas con cuatro veces su edad. Tragó saliva, miró al suelo y deseó que Pompeyo se marchase y le dejara en paz.
—No hay por qué ponerse triste —añadió Pompeyo, enérgico—. ¡Tengo entendido que puedes ser un león con la espada y el escudo! ¡Y con eso te lo ganas!
—No soy ningún león con la espada y el escudo —respondió Cicerón con voz chillona—. Pero tampoco soy ningún cobarde, ¿entiendes? La verdad es que soy un desastre con los pies y las manos; es algo más fuerte que yo, no lo puedo evitar.
—Pues en el Foro bien que sabes adoptar posturas —replicó Pompeyo.
—¿Sabes quién soy? —inquirió Cicerón, maravillado.
—Claro —dijo Pompeyo, con una caída de ojos—. También es cierto que a mi no se me da nada bien eso de la dialéctica. Mis tutores hace años que me arrean sin resultado. Para mí es una pérdida de tiempo y no me entra la diferencia entre sententia y epigramma, y no digamos sutilezas como color y descriptio.
—¿Y cómo esperas que te den el sobrenombre de Magno si no sabes hablar? —dijo Cicerón.
—¿Y cómo esperas que te llamen Grande si no sabes esgrimir una espada?
—¡Ah, ya! Tú piensas ser otro Cayo Mario.
—¡Nada de otro Cayo Mario! —exclamó ofendido Pompeyo—. ¡Seré yo mismo y dejaré a Cayo Mario como un novicio!
Cicerón emitió una risita, y un destello animó sus ojos oscuros.
—¡Ah, Cneo Pompeyo, eso me ha gustado! —exclamó.
Se acercó alguien y los dos se volvieron a mirar. Era el mismísimo Cneo Pompeyo Estrabón, tan recio que parecía cuadrado, aunque le faltaba
estatura. Se parecía mucho al hijo, aunque no tenía los ojos tan azules y los suyos eran tan estrábicos que parecían mirar exclusivamente el puente de su propia nariz. Le conferían un algo enigmático a la par que antiestético, ya que no se podía saber lo que miraban dada su extraña disposición.
—¿Quién es éste? —preguntó a su hijo.
Pompeyo hijo hizo algo tan maravilloso que Cicerón jamás lo olvidaría ni dejaría de estarle agradecido por ello: le pasó el musculoso brazo por los hombros y le dio un apretón.
—Es mi amigo Marco Tulio Cicerón hijo —contestó animoso, sin darle gran importancia—. Le han destinado a tu estado mayor, padre, pero no tienes que preocuparte, yo me ocuparé de él.
—¡Humm! —farfulló Pompeyo Estrabón—. ¿Quién te ha destinado conmigo?
—Marco Emilio Escauro, príncipe del Senado —contestó Cicerón con un hilo de voz.
—¡Ah, claro, el sarcástico cunnus! —dijo el primer cónsul, asintiendo con la cabeza—. Me imagino que estará en su casa partiéndose de risa — añadió, volviendo la espalda indiferente—. Da las gracias que eres amigo de mi hijo, citocaccia, si no te echaría a los cerdos.
Cicerón enrojeció como una amapola. Para él, que procedía de una familia en la que no se decían palabrotas porque su padre las consideraba de suma vulgaridad, oír aquello de labios del cónsul le causaba gran impresión.
—¿Eres una mujercita, Marco Tulio, no? —inquirió Pompeyo sonriente. —Hay maneras mejores y más graciosas de utilizar nuestra gran lengua latina que proferir groseras imprecaciones —dijo Cicerón con dignidad. — ¿Es que criticas a mi padre? —inquirió su nuevo amigo, tensándose
amenazador.
—¡No, no, Cneo Pompeyo! —respondió Cicerón, retractándose sin pensárselo dos veces—. ¡Es que no me ha gustado que me llames mujercita!
Pompeyo se distendió y volvió a sonreír.
—¡Más te vale, porque no me gusta que nadie encuentre faltas en mi padre! —dijo mirando con curiosidad a Cicerón—. Por todas partes se habla mal, Marco Tulio, en particular en torno a los burdeles y las letrinas
públicas. Si un general no llama a sus soldados cunnus y mentulae está mal visto y piensan que es una vestal estirada.
—Cierro ojos y oídos —dijo Cicerón—. Gracias por ofrecerme tu protección —añadió para cambiar de tema.
—¡No tiene importancia, Marco Tulio! Creo que haremos buenas migas; tú me ayudarás en los informes y las cartas y yo con el escudo y la espada.
—Trato hecho —dijo Cicerón sin moverse del sitio.
Pompeyo, que había comenzado a alejarse, se volvió.
—¿Ahora qué esperas? —inquirió.
—No he entregado a tu padre la orden de incorporación.
—Tírala —contestó Pompeyo sin darle importancia—. A partir de hoy eres mio; mi padre no te hará ni caso.
Cicerón le siguió hacia el jardín peristilo, donde se sentaron al sol y Pompeyo se puso a demostrarle que, aunque detestaba la retórica, era un buen hablador y un chismoso.
—¿Te has enterado de lo de Cayo Vetieno?
—No —contestó Cicerón.
—Se ha cortado los dedos de la mano derecha para no tener que hacer el servicio militar. El pretor urbano Cinna le ha condenado a residir de por vida como criado en los cuarteles de Capua.
—Curiosa sentencia, ¿no crees? —dijo Cicerón con un estremecimiento.
—¡Tenían que hacer un escarmiento! No podía quedarse con una multa y el destierro. Nosotros no somos como esos reyes orientales y nunca metemos a la gente en la cárcel. ¡No metemos a nadie en prisión ni un mes! En realidad, creo que la solución de Cinna es muy justa —dijo Pompeyo sonriendo—. ¡Los militares de Capua le harán la vida imposible a Vetieno para siempre!
—Y que lo digas —añadió Cicerón, tragando saliva.
—Bien, venga, te toca a ti.
—Me toca, ¿el qué?
—Contar algo.
—No se me ocurre nada, Cneo Pompeyo. —¿Cómo llaman a la mujer de Claudio Pulcher? —No lo sé —contestó Cicerón, perplejo.
—Con ese cerebrón y no sabes nada… Bien, tendré que decírtelo—. Cecilia Metela Baleárica. ¿No te parece un nombre descomunal?
—Es una familia muy augusta.
—¡No tan famosa como lo será la mía!
—¿Y qué pasa con ella?
—Que murió el otro día.
—¡Oh!
—Tuvo un sueño cuando Lucio Julio regresó a Roma para las elecciones —siguió contando Pompeyo— y a la mañana siguiente fue a verle y le dijo que Juno Sospita se le había aparecido para quejarse de los repugnantes acontecimientos de su templo, al que por lo visto acudieron unas parturientas que murieron y lo único que se hizo fue retirar los cadáveres sin fregar el suelo. Lucio Julio y Cecilia Metela Baleárica cogieron bayetas y cubos y se pusieron a limpiar el templo arrodillados. ¿Te imaginas? Lucio Julio se puso la toga hecha una pena porque no se la quitó, so pretexto de que debía pleno respeto a la diosa. Luego fue directamente a la Curia Hostilia, promulgó esa ley para los itálicos y pronunció ante la Cámara una filípica sobre lo descuidados que están los templos y que cómo esperaba Roma ganar la guerra si a los dioses no se les tenía el debido respeto. Así que, al día siguiente, todo el Senado se proveyó de cubos y trapos y se dedicaron a fregar todos los templos. — Pompeyo dejó de hablar
—. ¿Qué sucede?
—¿Y tú cómo sabes todo eso, Cneo Pompeyo?
—Porque escucho todo lo que se habla, incluso a los esclavos. ¿Tú qué
haces todo el día, leer a Homero?
—Ya hace años que leí a Homero —contestó Cicerón, complacido—.
Ahora leo a los grandes oradores.
—Y no tienes ni idea de lo que pasa en la ciudad.
—Ahora que te conozco, seguro que me entero. ¿Debo entender que después del sueño y de limpiar el templo de Juno Sospita, la esposa de Apio
Claudio Pulcher dio ejemplo en su casa expirando?
—Murió de repente. Lucio Julio dice que es una tragedia. Era una de las matronas más honradas de Roma, con seis niños, todos con un año de diferencia, el menor de sólo un año de edad.
—El siete es número de suerte —dijo Cicerón, por decir algo ingenioso. —Para ella, no —replicó Pompeyo sin captar la ironía—. Nadie lo entiende, después de seis partos sin contrariedades. Lucio Julio dice que los
dioses están indignados.
—¿Cree que la nueva ley apaciguará la ira divina?
—No sé —contestó Pompeyo encogiéndose de hombros—. Nadie lo sabe. Lo único que sé es que mi padre está a favor, y yo también. Mi padre piensa legislar la ciudadanía plena para todas las poblaciones de derecho latino de la Galia itálica.
—Y Marco Plauto Silvano no tardará en legislar su ampliación a todos los que estén inscritos en los rollos de los municipios de Italia si la solicitan personalmente a un pretor en Roma dentro de un plazo de sesenta días después de la promulgación —añadió Cicerón.
—Sí, Silvano, pero con su amigo Cayo Papirio Carbón —le corrigió Pompeyo.
—¡Esto ya está mejor! —dijo Cicerón sonriente, animándose—. Las leyes y la legislación es un tema que me encanta.
—Me alegra que haya alguien a quien se lo parezca —añadió Pompeyo
—. A mí las leyes me parecen un estorbo. Siempre están pensadas para hombres superiores de capacidad superior que destacan de los demás, sobre todo en la juventud.
—¡Los hombres no podrían vivir sin leyes! —Los hombres superiores, sí.
Pompeyo Estrabón no hizo nada por marcharse de Roma, aunque no dejaba de comentar a todos que ni a él ni a Lucio Catón los echarían de menos, porque el pretor urbano, Aulo Sempronio Aseho, era muy competente. Sin embargo, pronto se evidenció que el motivo real de
quedarse rezagado era vigilar de cerca el aluvión legislativo ulterior a la lex Julia, tarea que había dejado en sus manos el segundo cónsul Lucio Porcio Catón Liciniano. Era una pareja de cónsules que no se llevaban bien, y, así, Lucio Catón se dirigió a Campania para cambiar de ideas y habituarse, finalmente, al frente central, ya que Pompeyo Estrabón había manifestado su intención de proseguir la guerra en Picenum, aunque fue a Sexto Julio César a quien ordenó asediar Asculum Picentum, pese a que su afección pulmonar era grave y el invierno era uno de los más fríos que se recordaban. Poco después llegó la noticia de que Sexto César había matado a ocho mil rebeldes picentinos que había capturado en su tránsito de un campamento en mal estado a otro nuevo en las afueras de Camerinum. Pompeyo Estrabón se indignó, pero siguió en Roma.
Su lex Pompeia estaba siendo aprobada en los Comitia sin inconvenientes. Acordaba la plena ciudadanía romana a todos los habitantes de ciudades con derechos latinos de la Galia itálica, al sur del río Padus, y concedía derechos latinos a las ciudades de Aquileia, Patavium y Mediolanum, al norte del Padus. Toda la población de aquellas grandes y prósperas ciudades se convertían en clientes suyos, y ése era el verdadero motivo de la legislación. Pompeyo Estrabón, que no era ningún paladín del derecho a la ciudadanía, consintió en que Pisón Frugi pusiera pegas a los que se beneficiaban de las tres leyes de emancipación. Para lo cual, primero promulgó una ley creando dos tribus más en las que debían englobarse todos los nuevos ciudadanos independientemente de donde residieran, conservando las treinta y cinco tribus exclusivamente para los romanos de solera. Pero cuando Etruria y Umbría comenzaron a protestar por la injusticia de recibir el mismo trato que los libertos de Roma, Pisón Frugi modificó la ley y todos los nuevos ciudadanos quedaron incorporados en ocho de las antiguas tribus y en las dos de reciente invención.
Luego, el primer cónsul celebró las elecciones de censores, y Lucio Julio César y Publio Licinio Craso asumieron el cargo. Ya antes de cursar los contratos sacerdotales, Lucio César anunció que, en honor de su antepasado Eneas, derogaba todos los impuestos de la ciudad de Troya, su venerado Illium. Como Troya no era más que un pequeño pueblo, se lo
consintieron sin oposición. Escauro, príncipe del Senado —que habría podido plantear objeciones—, estuvo distraído con la llegada de los dos reyes fugitivos, Nicomedes de Bitinia y Ariobarzanes de Capadocia, quienes lloriqueaban y sobornaban con igual fervor, y no acababan de entender que a Roma le interesase más la guerra con los itálicos que declarar la guerra a Mitrídates.
El principal opositor a la ley emancipatoria de Lucio César fue Quinto Vario, por temor a convertirse en la primera víctima de ella. Los nuevos tribunos de la plebe se le echaron encima como lobos, dirigidos por Marco Plautio Silvano. Con una rápida lex Plautia, la comisión variana —que hasta entonces juzgaba a los que habían apoyado la causa de otorgar la ciudadanía a los itálicos— se convirtió en la comisión plautiana, para juzgar a los que habían intentado negar la ciudadanía a los itálicos. Fue el hermano menor de Lucio César, el bizco César Estrabón, quien extrajo la paja de la suerte para el primer juicio de la comisión plautiana: el caso de Quinto Vario Severo Hybrida Sucronensis.
La técnica de César Estrabón fue, como de costumbre, brillante. El veredicto era previsible mucho antes de que se viese la quinta sesión del juicio de Quinto Vario, en particular porque en virtud de la lex Plautia los caballeros del jurado habían sido sustituidos por ciudadanos de todas las clases de las treinta y cinco tribus. Quinto Vario optó por no esperar el veredicto y, para gran aflicción de sus íntimos amigos Lucio Marcio Filipo y el joven Cayo Flavio Fimbria, se envenenó. Pero desgraciadamente no supo elegir bien la pócima y estuvo agonizando varios días. Sólo sus escasos amigos acudieron al funeral, durante el cual Fimbria juró vengarse de César Estrabón.
—Preguntadme si tengo miedo —dijo César Estrabón a sus hermanos, Quinto Lutacio Catulo César y Lucio Julio César, que no habían asistido al funeral y se habían quedado con Escauro, príncipe del Senado, en la escalinata de la Cámara para ver qué sucedía.
—Tú desafiarías a Hércules y Hades —dijo Escauro, con pícara mirada. —Os diré el desafío que voy a hacer: presentarme a cónsul sin haber
sido antes pretor —respondió Estrabón.
—¿Y para qué quieres hacer eso? —inquirió Escauro.
—Para poner a prueba la ley.
—¡Aaah, cómo sois los abogados! —exclamó Catulo César—. Todos igual: sois capaces de verificar en términos legales lo que constituye la virginidad de las vestales. Lo juraría.
—¡Creo que ya lo hemos hecho! —dijo César Estrabón, riendo. —Bueno —dijo Escauro—, voy a ver cómo está Cayo Mario y luego
me iré a casa a preparar mi discurso. ¿Cuándo te marchas a Capua? — añadió, mirando a Catulo César.
—Mañana.
—¡Quinto Lutacio, no te vayas, te lo suplico! ¡Quédate hasta finales del intervalo de mercado para oir mi discurso! Creo que va a ser el más importante de mi vida.
—Eso es mucho decir —comentó Catulo César, que había venido de Capua para ver cómo su hermano Lucio César derogaba el tributo de Troya
—. ¿Podrías decirme de qué trata?
—Desde luego. Sobre aprestarnos para la guerra contra el rey Mitrídates
del Ponto —contestó afablemente Escauro.
Los Césares se le quedaron mirando.
—Ya veo que tampoco ninguno de vosotros cree que se nos viene encima. ¡Pues se nos viene, caballeros, os lo aseguro!
Y el príncipe del Senado echó a andar hacia el clivus Argentarius. Encontró a Julia con su cuñada Aurelia. Las dos mujeres tenían una
prestancia tan encantadora, tan genuinamente romana, que no pudo contenerse y les besó las manos, homenaje poco corriente en Escauro.
—¿Estás enfermo, Marco Emilio? —inquirió Julia, sonriendo y mirando a Aurelia.
—Sólo muy cansado, Julia, pero no al punto de no poder apreciar la hermosura. ¿Cómo se encuentra hoy el gran hombre? —añadió, señalando con la cabeza hacia la puerta del despacho.
—Mucho más animado, gracias a Aurelia —respondió la esposa del gran hombre.
—¿Y pues?
—Le ha traído compañía.
—¿Quién?
—Mi hijo, el pequeño César —contestó Aurelia.
—¿Un niño?
Julia se echó a reír, mientras se les adelantaba hacia el despacho.
—Sí, con sus escasos once años, supongo que es un niño, pero en todos los demás aspectos, Marco Emilio, el pequeño César es tan adulto como tú. Cayo Mario comienza a mejorar de forma espectacular, pero está aburrido. La parálisis le entorpece para moverse, pero, por otra parte, detesta estar en cama. Esposo, ha venido Marco Emilio a visitarte —añadió, abriendo la puerta del despacho.
Mario estaba tumbado en una camilla debajo de una ventana que daba al jardín, con el lado izquierdo inútil recostado en almohadones y la camilla situada de modo que su lado útil fuera el que se veia al entrar. En un taburete a sus pies estaba sentado el hijo de Aurelia, o eso supuso Escauro, porque no conocía al pequeño.
Sí, un auténtico César, se dijo, recordando que acababa de estar con otros tres. Alto, bien parecido y rubio. Este, además, tenía el aire de Aurelia.
—Príncipe del Senado, te presento a Cayo Julio —dijo Julia. —Siéntate, muchacho —dijo Escauro, inclinándose a apretar la mano
derecha de Mario—. ¿Cómo va eso, Cayo Mario?
—Despacio —contestó Mario, aún con el habla torpe—. Como ves, las mujeres me han puesto un perro guardián. Es mi Cancerbero.
—Un perrillo guardián, más bien —comentó Escauro, sentándose en la silla que el pequeño César le había acercado antes de volver a sentarse en la banqueta—. ¿Y cuáles son exactamente tus obligaciones, jovencito?
—Aún no lo sé —contestó el pequeño César sin dar muestra alguna de timidez—. Mi madre me ha traído hoy.
—Yo creo que las mujeres piensan que necesito alguien que me lea — dijo Mario—. ¿Tú qué crees, joven César?
—Yo prefiero hablar con Cayo Mario en vez de leer —contestó el pequeño con desenfado—. Tío Mario no escribe libros, pero yo muchas
veces he pensado que me gustaría que lo hiciese. Quiero saber todo lo relativo a los germanos.
—Plantea preguntas muy interesantes —dijo Mario, a punto de caer abatido al intentar moverse.
El niño se puso en pie inmediatamente y aguantó el brazo derecho de Mario para que pudiese cambiar de postura. Lo había hecho sin nerviosismo ni aturdimiento, y dando muestras, además, de bastante fuerza para su edad.
—¡Así estoy mejor! —dijo Mario jadeante, ahora que podía ver mejor la cara de Escauro—. Me voy a llevar bien con mi guardián.
Escauro se estuvo una hora, más fascinado por el pequeño César que atento a la enfermedad de Mario. Aunque el niño no tomó ninguna iniciativa de conversación, contestó a las preguntas que le hacían con la dignidad y soltura de un adulto y escuchó atentamente la conversación de Mario y Escauro sobre la incursión de Mitrídates en Bitinia y Capadocia.
—Has leído bastante para tener diez años, pequeño César —dijo Escauro cuando se levantaba para marcharse—. ¿Conoces por casualidad a un muchacho que se llama Marco Tulio Cicerón?
—Sólo de nombre, príncipe del Senado. Dicen que será el mejor abogado que haya habido en Roma.
—Puede que sí, puede que no —comentó Escauro, yendo hacia la puerta—. De momento, Marco Cicerón está haciendo sus deberes militares. Volveré a verte dentro de dos o tres días, Cayo Mario, dado que no puedes acudir al Senado a oír mi discurso. Lo ensayaré delante de ti… y del pequeño César.
Escauro dirigió sus pasos hacia su casa en el Palatino, sintiéndose muy cansado y más preocupado por el estado de Mario de lo que realmente quería admitir. Habían transcurrido seis meses y el gran hombre aún seguía confinado en aquella camilla en su tablinum. Quizá la compañía del niño le sirviera de acicate. ¡Era una buena idea! Pero dudaba que su viejo amigo y enemigo mejorase lo bastante para acudir a las reuniones del Senado.
El largo camino hasta la escalinata de las Vestales le había rendido, y tuvo que detenerse en el clivus Victoriae a descansar antes de cubrir el breve trecho hasta su casa. Preocupado por las dificultades que tendría que
vencer para causar impresión a los padres conscriptos y hacerles ver la urgencia de los asuntos de Asia Menor, llamó a la puerta y le abrió su esposa en vez del portero.
¡Qué maravillosa era!, pensó, mirándola al rostro con gran deleite. Todas las contrariedades se habían desvanecido hacía tiempo y ahora la amaba profundamente. Gracias por el regalo, Quinto Cecilio, pensó, recordando con afecto a su fallecido amigo Metelo Numídico el Meneitos, pues era él quien le había dado a Cecilia Metela Dalmática.
Alargó la mano para acariciarla e inclinó la cabeza para descansarla en su pecho y sentir aquella piel joven. Cerró los ojos y suspiró.
—¡Marco Emilio! —exclamó ella de pronto, aguantándole a pulso con dificultad—. ¿Qué sucede, qué te pasa?
Fue el mayordomo quien contestó, momentos después, levantándose de la camilla junto a la cual estaba arrodillado y en la que yacía Marco Emilio Escauro, príncipe del Senado.
—Ha muerto, domina. Marco Emilio ha muerto.
Casi en el mismo momento en que la noticia de la muerte de Escauro, príncipe del Senado, se difundía por Roma, llegaba la noticia de que Sexto Julio César había muerto de inflamación pulmonar durante el asedio de Asculum Picentum. Tras asimilar el contenido de la carta del legado de Sexto César, Cayo Baebio, Pompeyo Estrabón tomó una decisión. En cuanto concluyese el funeral oficial de Escauro, emprendería la marcha hacia Asculum Picentum.
Era muy raro que el Senado aprobase la asignación de fondos para un funeral, pero, incluso en circunstancias difíciles como las que se vivían entonces, era impensable que Escauro no recibiera honras funerarias oficiales. Toda Roma le adoraba y toda Roma acudió a rendirle el último homenaje. Las cosas ya no serían iguales sin la calva cabeza de Marco Emilio reflejando el sol como un espejo, sin los hermosos ojos verdes de Marco Emilio vigilando implacables a los malos de alto linaje de Roma, sin el ingenio, el humor y el coraje de Marco Emilio. Su recuerdo perduraría.
Para Marco Tulio Cicerón, el hecho de salir de aquella Roma adornada con ramas de ciprés fue un mal presagio; también para él moría todo lo que más quería: el Foro y los libros, la ley y la retórica. Su madre estaba ocupada alquilando la casa del Carinae, ya con las cajas del equipaje listas para el regreso a Arpinum, aunque a él no le había preparado nada ni estaba cuando quiso despedirse de ella. Salió a la calle y dejó que le ayudasen a montar en el caballo que su padre le había enviado del campo, ya que la familia no tenía el honor de disponer del Caballo Público; llevaba sus pertenencias cargadas en una mula, y lo que no cabía, atrás quedaba. Pompeyo Estrabón mandaba un pequeño ejército y no toleraba que sus subordinados llevasen exceso de equipaje. Cicerón se había enterado gracias a su nuevo amigo Pompeyo, con quien se reunió fuera de la ciudad, en la Via Lata, una hora después.
Hacía mucho frío y el viento mordía. Los carámbanos que colgaban de balcones y árboles comenzaban a derretirse cuando el modesto estado mayor de Pompeyo Estrabón iniciaba el viaje hacia el norte en pleno invierno. Parte del ejército del general había permanecido acampado en el Campo de Marte desde el día del desfile en su triunfo y ya se había puesto en marcha antes que el estado mayor. El resto de las seis legiones aguardaban en Veii, cerca de Roma. Allí acamparon aquella noche, y Cicerón se vio compartiendo la tienda con otros cadetes del estado mayor del general, unos ocho jóvenes de edades comprendidas entre los dieciséis años que tenía Pompeyo y los veintitrés de Lucio Volumnio. Durante la jornada, el viaje no había dado tiempo para conocer a los otros cadetes y Cicerón tuvo que afrontar la penosa experiencia al plantar el campamento; él no tenía ni idea de cómo se montaba una tienda ni lo que había que hacer y se quedó apartado, reconcomido hasta que Pompeyo le arrojó una cuerda y le dijo que aguantara sin moverse.
Recordando aquella primera noche en la tienda con los cadetes, con la ventaja de la distancia del tiempo y la edad, lo que más chocó a Cicerón fue el modo espontáneo y sin tapujos con que Pompeyo le ayudó sin decir que era su protegido y el hecho de que no le atormentasen por su aspecto físico. El hijo del general era indudablemente el jefe de tienda, pero no por ser el
hijo del general, pues no era culto ni libresco, sino porque la inteligencia de Pompeyo era notable y poseía una seguridad sin fallos; era un autócrata nato, impaciente ante las limitaciones, intolerante con los necios. Quizá por eso le había gustado Cicerón, que no era nada tonto y menos aún persona inclinada a imponer limitaciones.
—Tus pertrechos no sirven —le dijo a Cicerón, mirando las pertenencias que había descargado de la mula.
—Nadie me indicó lo que había que traer —contestó Cicerón, castañeteándole los dientes y con la cara morada de frío.
—¿No tienes a tu madre o a una hermana? Ellas siempre saben lo que hay que preparar —replicó Pompeyo.
—Madre sí, pero no tengo hermanas —contestó sin poder contener el tembleque—. Pero mi madre no me quiere.
—¿No traes pantalones, ni manoplas, ni túnicas de lana doble, ni calcetines gruesos, ni gorro de lana?
¿Qué muchacho de diecisiete años piensa en ropa de abrigo?, se preguntaría Cicerón años más tarde, sintiendo aún el ánimo que le había infundido Pompeyo cuando, sin pedir permiso a nadie, hizo que los demás le diesen prendas calientes.
—No lloriqueéis, tenéis de sobra —dijo Pompeyo a los otros—. Marco Tulio será idiota en ciertos aspectos, pero también es más listo que todos nosotros juntos. Y es mi amigo. Podéis dar gracias a vuestra buena estrella de que tengáis madres y hermanas que os han preparado el equipaje. ¡Volumnio, tú no necesitas seis pares de calcetines; además, nunca te los cambias! Venga, dame esas manoplas, Tito Pompeyo. Ebutio, una túnica. Teideio, otra. Fundilio, un gorro. Maianio, tienes de todo de sobra, así que da una cosa de cada. Igual que yo.
El ejército cruzó las montañas entre ventiscas y con nieve profunda. Cicerón, ya más abrigado, caminaba penosamente sin saber qué sucedería si se tropezaban con el enemigo, o qué es lo que le tocaría hacer. El encuentro se produjo inesperadamente de forma fortuita; acababan de cruzar el río helado en Fulginum, cuando las tropas de Pompeyo Estrabón se toparon con cuatro legiones astrosas de picentinos que cruzaban las sierras del sur
de Picenum, por lo visto camino de Etruria. Los itálicos fueron derrotados, aunque Cicerón no se vio envuelto en el combate porque iba en retaguardia con el convoy de pertrechos, dado que el joven Pompeyo había decidido vigilar las voluminosas pertenencias de los cadetes. Cicerón se daba cuenta de que así Pompeyo no tenía por qué preocuparse de él mientras marchaban por territorio enemigo.
—¡Estupendo! —exclamó Pompeyo mientras limpiaba la espada en la tienda de los cadetes aquella noche—. ¡Hemos hecho una carnicería! Cuando dijeron de rendirse, mi padre se echó a reír y los obligamos a escapar por las cumbres sin convoy de aprovisionamientos. Así que si no mueren de frío, morirán de hambre —añadió, acercando la hoja a la luz de la antorcha para comprobar que estaba reluciente.
—¿Y no podríamos haberlos hecho prisioneros? —inquirió Cicerón. —¿Siendo mi padre el comandante? —dijo Pompeyo riendo—. El no es
partidario de dejar enemigos con vida.
Como no era un timorato, Cicerón insistió.
—Pero son italianos, no enemigos extranjeros. ¿No los necesitaremos después para nuestras legiones, cuando acabe esta guerra?
—Estoy de acuerdo contigo, Marco Tulio —dijo Pompeyo tras pensárselo—. ¡Pero ahora ya es tarde para preocuparse! A mi padre le fastidiaron y cuando alguien le fastidia, no le da cuartel. Yo seré igual — añadió, clavando sus ojos azules en los marrones de Cicerón.
Pasaron meses antes de que Cicerón dejase de pensar en ellos, aquellos rústicos picentinos, pereciendo congelados o escarbando desesperadamente bajo las encinas para encontrar bellotas, que era el único alimento posible en las montañas. Era otra horrible faceta de la guerra para alguien que en lo más íntimo de su ser la detestaba.
Cuando Pompeyo Estrabón alcanzó el Adriático en Fanum Fortunae, Cicerón había aprendido a hacer cosas útiles y hasta se había acostumbrado a llevar la cota de malla y la espada. En la tienda, era él quien limpiaba y hacía la comida, y en la del general se ocupaba de las tareas intelectuales que los administrativos y secretarios picentinos de Pompeyo Estrabón encontraban excesivas para su limitado talento: informes al Senado, cartas
al Senado y partes de batallas y escaramuzas. Cuando Pompeyo Estrabón repasó el primer trabajo de Cicerón, una carta al pretor urbano Aselo, se quedó mirando al muchachito con mirada extraña, sin saber qué decir.
—No está mal, Marco Tulio. Quizá haya motivo para esa vinculación de mi hijo contigo. No sabía yo por qué era…, pero él siempre tiene razón. Por eso le dejo tomar iniciativas.
—Gracias, Cneo Pompeyo.
—A ver si arreglas eso, muchacho —dijo el general, señalando con un amplio gesto el desordenado escritorio.
Finalmente se dispusieron a descansar a unas millas de Asculum Picentum, y como lás tropas del finado Sexto César aún estaban cercando la ciudad, Pompeyo Estrabón optó por montar el campamento lejos de ellas.
El general y su hijo solían salir con frecuencia a hacer una incursión con el número de tropas que estimaban necesario y permanecían lejos del campamento varios días. En tales ocasiones, el general dejaba a su hermano menor, Sexto Pompeyo, al mando de las tropas y Cicerón se encargaba de todo el papeleo. Aquellos períodos de relativa libertad habrían debido ser una delicia para Cicerón, pero no lo eran porque no estaba Pompeyo hijo para protegerle y Sexto Pompeyo le despreciaba al extremo de agredirle a veces, dándole bofetadas, patadas y ponerle la zancadilla cuando se movía con prisas.
Cuando todavía el terreno estaba duro y helado y aún faltaba para la primavera, el general y su hijo salieron con una pequeña fuerza hacia la costa para detectar movimientos de tropas enemigas.
Poco después del amanecer del día siguiente, cuando Cicerón estaba delante de la tienda de mando frotándose las doloridas nalgas, unos marsos a caballo entraron en el campamento como si fuese suyo. Tan tranquila y segura era su actitud, que nadie tomó las armas. El único que reaccionó fue el hermano de Pompeyo Estrabón, que avanzó hacia ellos y les dirigió un saludo al ver que se detenían ante la tienda.
—Soy Publio Vetio Escato, de los marsos —dijo el que los capitaneaba, desmontando.
—Y yo Sexto Pompeyo, hermano del general, al mando provisional durante su ausencia.
—Lástima —replicó Escato torciendo el gesto—, porque he venido a tratar con Cneo Pompeyo.
—Si no te importa esperar, él tiene que volver —dijo Sexto Pompeyo.
—¿Cuánto tardará?
—Entre tres y seis días.
—¿Puedes alimentar a mis hombres y a los caballos?
—Claro que sí.
Correspondió a Cicerón, el único contubernalis que había quedado en el campamento, organizar el alojamiento y aprovisionamiento de la tropa de Escato. Para su sorpresa, veía que los mismos que habían obligado a los picentinos a huir en desbandada por las montañas, condenándolos al frío y al hambre, ahora que tenían el enemigo en casa se comportaban con suma hospitalidad, desde Sexto Pompeyo hasta el último soldado raso de las tropas auxiliares. No entiendo este fenómeno llamado guerra, se decía Cicerón, contemplando a Sexto Pompeyo y a Escato que caminaban juntos en amigable actitud o salían a cazar jabalíes, que en invierno salían de sus guaridas en busca de alimento. Cuando Pompeyo Estrabón regresó de su incursión, le dio una palmada en la espalda a Escato como sí fuese su mejor amigo.
Los actos de hospitalidad desembocaron en una gran fiesta. Cicerón miraba asombrado a los Pompeyos, imaginándose cómo serían las celebraciones en lo más profundo de sus enormes fincas del norte de Picenum: cerdos enormes asándose en el espetón, fuentes rebosantes, todos sentados en bancos y mesas, en lugar de reclinados, criados yendo y viniendo con más vino que agua. Para un romano del corazón del mundo latino, como Cicerón, el espectáculo que se desarrollaba en la tienda de mando era francamente bárbaro. Así no celebraba nadie las fiestas en Arpinum; ni siquiera Cayo Mario. Por supuesto que no se le ocurrió a Cicerón pensar que si se da un banquete en un campamento del ejército a más de cien hombres, difícil es disponer de camillas y andarse con delicadezas. Aunque sí habría debido hacerse.
—No entraréis pronto en Asculum —dijo Escato.
Pompeyo Estrabón no contestó, ocupado como estaba en masticar una tajada de carne de cerdo de piel crujiente e inflada; acabó, se limpió las manos en la túnica y sonrió.
—Igual me da lo que tardemos —replicó—, más pronto o más tarde, Asculum Picentum caerá. Y yo me encargaré de que se arrepientan de haber puesto la mano encima a un pretor romano.
—Es que la provocación fue muy grande —alegó Escato con toda naturalidad.
—Grande o pequeña, a mí me da a igual —contestó Pompeyo Estrabón
—. He oído que Vidacilio ha entrado y os veréis obligados a alimentar más bocas.
—No hay ninguna boca de Vidacilio que alimentar en Asculum — replicó Escato con tono extraño.
—¿Ah, no? —inquirió Pompeyo Estrabón, levantando el rostro pringado de grasa de cerdo.
—Vidacilio se volvió loco, por lo que sabemos —contestó Escato, que comía con más delicadeza que su anfitrión.
Presintiendo que iba a contar algo, toda la tienda guardó silencio.
—Se presentó ante Asculum con veinte mil hombres poco antes de que muriera Sexto Julio —dijo Escato—, por lo visto con la intención de actuar de acuerdo con los que estábamos dentro. Su idea era que cuando él atacase a Sexto Julio, los asculanos saliésemos de improviso cayendo sobre la retaguardia romana. Era un buen plan que podría haber salido bien. Pero cuando Vidacilio atacó, los asculanos no nos movimos; Sexto Julio abrió sus líneas y le dejó penetrar, por lo que en Asculum no hubo más remedio que abrir las puertas y dejarle entrar.
—No sabía que Sexto Julio tuviese tanto ingenio militar —dijo Pompeyo Estrabón.
—Pudo ser una casualidad, pero lo dudo —dijo Escato encogiéndose de hombros.
—Supongo que a los asculanos no les encantaría la perspectiva de tener que alimentar veinte mil bocas.
—¡Se subían por las paredes! —contestó Escato sonriente—. No recibieron a Vidacilio con los brazos abiertos, sino con mala cara; entonces, Vidacilio se dirigió al Foro, subió al tribunal y dijo ante toda la ciudad lo que pensaba de la gente que no obedecía las órdenes. Si hubieran hecho lo que él pedía, no existiría ejército de Sexto Julio. Cosa que posiblemente sea verdad, pero el caso es que los asculanos no estaban dispuestos a admitirlo. El magistrado mayor se dirigió al tribunal y dijo a Vidacilio lo que pensaba, preguntándole si no se daba cuenta de que no había comida bastante para alimentar al ejército con el que había entrado.
—Me alegra saber que hay tan poca concordia entre las diversas facciones del enemigo —comentó Pompeyo Estrabón.
—Si os cuento todo esto es para demostraros que Asculum está decidido a resistir —añadió Escato con voz firme—. Como es muy posible que os enteraseis, he querido que sepáis la auténtica historia.
—¿Y qué sucedió? ¿Hubo una pelea en el Foro?
—Exacto. Se hizo evidente que Vidacilio estaba loco. Llamó a los asculanos simpatizantes de Roma y sus soldados mataron a unos cuantos. Entonces, la población fue a por las armas y respondió. Afortunadamente, la mayor parte de las tropas de Vidacilio comprendió que había perdido el juicio y desalojaron el Foro; en cuanto oscureció se abrieron las puertas y más de diecinueve mil hombres se infiltraron a través de las líneas romanas. Sexto Julio había muerto y sus hombres estaban más ocupados en el duelo que en vigilar debidamente.
—¡Humm! —exclamó Pompeyo Estrabón—. Continuad.
—Vidacilio se apoderó del Foro. Había entrado con muchas vituallas y se dispuso a dar una gran fiesta. Quedarían unos setecientos u ochocientos hombres para el banquete, y también organizó una gigantesca pira funeraria. Cuando la fiesta estaba en su apogeo, bebió una copa con veneno, subió a lo alto de la pira y le prendió fuego. ¡Y mientras sus hombres se entregaban a la jarana, él se quemó vivo! Me han contado que fue espantoso.
—Estaba más loco que un galo cazador de cabezas —dijo Pompeyo Estrabón.
—Eso es —añadió Escato.
—Y la ciudad sigue en la lucha, ¿es eso lo que decís?
—Luchará hasta la muerte del último asculano.
—Os digo una cosa, Publio Vetio, si cuando tome Asculum Picentum quedan asculanos vivos se arrepentirán de estarlo —dijo Pompeyo Estrabón, tirando un hueso y limpiándose otra vez las manos en la túnica—. Sabéis cómo me llaman, ¿no? —inquirió en tono amable.
—No, creo que no.
—Carnifex. El Carnicero. Y da la casualidad, Publio Vetio, de que me enorgullece ese nombre. He tenido bastantes epítetos en mi vida. El de Estrabón no requiere explicación, pero cuando tenía unos años más que mi hijo ahora, estaba de contubernalis con Lucio Cinna, Publio Lupo, mi primo Lucio Lucilio y mi buen amigo Cneo Octavio Ruso, aquí presente. Servíamos a las órdenes de Carbón en aquella terrible expedición contra los germanos en Noricum. A mis compañeros cadetes yo no les gustaba mucho, salvo a Cneo Octavio Ruso, aquí presente. ¡Si no hubiera sido amigo mio, hoy no estaría aquí como legado mayor! Bien, mis compañeros cadetes añadieron otro sobrenombre al de Estrabón: Menoeces. Sucedió que, camino de Noricum, habíamos pasado por mi casa y vieron que el cocinero de mi madre era bizco y se llamaba Menoeces. Y aquel gracioso malnacido de Lucilio (sin ningún respeto por mi madre, que era tía suya) me puso Cneo Pompeyo Estrabón Menoeces. — Lanzó un suspiro apagado—. Ese sobrenombre lo llevé durante años, pero actualmente me dicen Cneo Pompeyo Estrabón Carnifex. Suena mejor: Estrabón el Carnicero.
Escato parecía aburrido más que asustado.
—Bueno, ¿y qué puede importar un nombre? —dijo—. A mí no me llaman Escato por haber nacido en un bonito manantial, ¿sabéis? Por lo visto era muy cagón.
Pompeyo Estrabón sonrió brevemente.
—¿Y qué os trae por aquí, Publio Vetio el Cagón?
—La capitulación.
—¿Estáis cansados de luchar?
—Sinceramente, sí. No es que no esté dispuesto a seguir luchando, y lo haré si es preciso, pero creo que Italia está acabada. Si Roma fuese un
enemigo extranjero, no estaría aquí. Pero soy un marso italiano y Roma lleva en Italia tanto tiempo como los marsos. Creo que ya es hora de que ambos bandos salven cuanto puedan de este desastre, Cneo Pompeyo. La lex Julia de civitate Latinis et sociis danda cambia bastante la situación. Y aunque no es aplicable a los que han empuñado las armas contra Roma, he advertido que no hay nada en la lex Plautia Papiria que me impida solicitar la ciudadanía romana si ceso las hostilidades y me presento al pretor en Roma. Y lo mismo respecto a mis hombres.
—¿Qué condiciones pondríais, Publio Vetulio?
—El paso sin obstrucción de mi ejército a través de las lineas romanas, tanto aquí como ante Asculum Picentum. Nos desbandaremos entre Asculum e Interocrea y tiraremos la armadura y las armas al Avens. A partir de Interocrea necesitaré un salvoconducto para mis hombres hasta llegar a Roma para presentarnos ante el tribunal del pretor. Os pido igualmente una carta para el pretor, confirmando los hechos y dando vuestra aprobación a la concesión de la ciudadanía para mí y todos mis hombres.
Se hizo un profundo silencio. Cicerón y Pompeyo hijo, que escuchaban desde un rincón, se miraron mutuamente.
—Mi padre no aceptará —musitó Pompeyo.
—¿Por qué?
—Tiene ganas de una buena batalla.
¿Realmente de caprichos así depende el destino de pueblos y naciones?, pensó Cicerón.
—Ya comprendo por qué lo pedís, Publio Vetio —dijo finalmente Pompeyo Estrabón—, pero no puedo concedéroslo. Habéis derramado demasiada sangre romana con vuestras espadas. Si queréis cruzar nuestras líneas para presentaros al pretor en Roma tendréis que ganar cada palmo de terreno.
Escato se puso en pie, dándose una palmada en los muslos.
—Bueno, ha valido la pena intentarlo —dijo—. Os doy las gracias por la hospitalidad, Cneo Pompeyo, pero ya es hora de que vuelva con mi ejército.
La tropa marsa partió de noche, y apenas dejó de oírse el ruido de sus cascos, Pompeyo Estrabón mandó tocar las trompetas y el campamento se entregó a una febril actividad.
—Atacarán mañana, seguramente por dos frentes —dijo Pompeyo afeitándose el lampiño vello de un antebrazo con la espada—. Será una buena batalla.
—¿Y qué tengo que hacer? —inquirió Cicerón, apabullado.
Pompeyo envainó la espada y se dispuso a tumbarse en el catre; los Otros cadetes estaban de servicio y en aquel momento se encontraban solos.
—¡Te pones la cota de malla y el casco, coges la espada y el puñal y colocas el escudo y la lanza fuera de la tienda de mando —dijo Pompeyo con júbilo—, si los marsos irrumpen en el campamento, Marco Tulio, tendrás que combatir hasta el final!
Los marsos no irrumpieron en el campamento. Cicerón escuchó los gritos y el fragor del lejano combate, pero no vio nada hasta que llegó Pompeyo Estrabón con su hijo. Ambos volvían despeinados y llenos de sangre, pero muy sonrientes.
—El legado Frauco ha muerto —dijo Pompeyo a Cicerón—. Arrollamos a los marsos y a una fuerza de picentinos. Escato logró escapar con unos cuantos hombres, pero hemos cortado todos los accesos a las carreteras y si quieren volver a Marruvium tendrán que hacerlo por las bravas a través de las montañas, sin comida ni lugar donde guarecerse.
—Dejar a los hombres morir de frío y hambre parece ser una de las especialidades de tu padre —dijo Cicerón tragando saliva y temblándole las rodillas.
—Te repugna, ¿verdad, pobre Marco Tulio? —replicó Pompeyo riendo y dándole unas afectuosas palmadas en la espalda—. Así es la guerra, no tiene vuelta de hoja. Ellos harían lo mismo con nosotros. Si te repugna, tú no tienes la culpa; es tu carácter. Tal vez los que son tan inteligentes como tú pierden el gusto por la guerra. ¡Suerte la mía! No me gustaría tener que enfrentarme a un guerrero que fuese tan inteligente como tú. Afortunadamente para Roma hay muchos más hombres parecidos a mi padre y a mí que a ti. Roma ha llegado a ser lo que es luchando. Pero
alguien tiene que llevar los asuntos del Foro… Ese es tu campo de batalla, Marco Tulio.
Aquella primavera era un campo de batalla tan turbulento como cualquier frente de guerra, pues Aulo Sempronio Aselio se buscó la enemistad de los prestamistas. Las finanzas de Roma, públicas y privadas, se hallaban en peor estado que durante la segunda guerra púnica, cuando Aníbal había invadido Italia, aislando la ciudad. Los comerciantes no tenían dinero, el Tesoro estaba prácticamente vacío y no se ingresaba gran cosa. Hasta en las zonas de Campania que seguían en poder de Roma reinaba un caos que impedía la ordenada recaudación de rentas; los cuestores se las veían y deseaban para cobrar los derechos de aduana y de porte, y Brundisium, uno de los puertos más importantes, estaba bloqueado. Ahora los itálicos eran insurrectos que no pagaban impuestos, y, con la excusa del rey Mitrídates, la provincia de Asia demoraba el pago de tasas; Bitinia no pagaba nada y los ingresos de Africa y Sicilia se los comían las compras extraordinarias de trigo. Y para colmo de males, Roma estaba en deuda con una de sus propias provincias, la Galia itálica, que era de donde procedía la mayor parte del armamento. La emisión monetaria de un denario plateado de cada ocho, efectuada por Marco Livio Druso, había provocado una extrema desconfianza generalizada hacia el dinero, y se acuñó un exceso de sestercios para tratar de superar la dificultad. Los préstamos estaban a la orden del día entre los rentistas altos y medios y los réditos eran los más altos que se habían conocido.
Dueño de un próspero negocio, Aulo Sempronio Aselio decidió que lo mejor para mejorar la situación era tratar de aligerar las deudas. Su método era interesante y legal, pues invocó una antigua ley que prohibía cobrar intereses por prestar dinero. En resumen, según Aselio, era ilegal cobrar interés por los préstamos. Era una lástima que la vieja ley hubiese caído en el olvido durante siglos y que la usura fuese un negocio boyante para un amplio grupo de caballeros dedicados a las finanzas. El hecho era, afirmó Aselio, que había muchos más caballeros que se dedicaban a pedir dinero
prestado que a prestarlo, y hasta que no se paliara su situación económica, nadie se recuperaría en Roma. El monto de préstamos no reembolsados aumentaba día a día, los deudores andaban como locos y —puesto que los tribunales de quiebra estaban cerrados como los demás— los acreedores recurrían a la violencia para cobrarse las deudas.
Antes de que Aselio pudiese promulgar el restablecimiento de la antigua ley, los prestamistas se enteraron y solicitaron que volviese a abrir los tribunales de quiebra.
—¡Tat! —exclamó—, Roma se halla en medio de su peor crisis desde tiempos de Aníbal, y vosotros comparecéis a solicitar que ponga las cosas peor? ¡Por lo que a mi respecta, sois un grupito de repugnantes avaros y así me permito decíroslo! ¡Fuera de aquí! ¡Si no lo hacéis, claro que restableceré un tribunal! ¡Un tribunal extraordinario para juzgar a los que prestan dinero con interés!
Y Aselio no quiso dar su brazo a torcer. Si lo único que podía hacer por los deudores romanos era insistir en que los intereses eran ilegales, al menos así aligeraría notablemente el monto de deudas y en cumplimiento de la ley. Que se devuelva el capital, naturalmente, pero nada de intereses. Como buen Sempronio, en la familia de Aselio la tradición era ayudar a los menesterosos, y él ansiaba seguir esa tradición, entregándose a su misión con fanático fervor, considerando impotentes a sus enemigos frente a la ley.
Lo que no supo tener en cuenta fue que no todos sus enemigos eran caballeros; había también senadores prestamistas, pese al hecho de que pertenecer al Senado hacía incompatible toda actividad comercial, y más todavía una tan abominable como la usura. Entre los senadores prestamistas se contaba Lucio Casio, un tribuno de la plebe. Al estallar la guerra había entrado en el negocio porque apenas le llegaba con los ingresos de su censo senatorial, y Casio se encontró con las deudas impagadas de todo lo que había prestado y cada vez con mayores perspectivas de que los nuevos censores fiscalizaran su situación. Aunque Lucio Casio no era, ni mucho menos, el mayor prestamista del Senado, era el más joven y su desesperación le llevó al borde del pánico. Como por naturaleza era un
individuo bastante transgresor de la ley, Casio actuó no sólo por cuenta propia, sino en nombre de todos los usureros.
Aselio era augur, aparte de pretor urbano, y examinaba periódicamente por cuenta de la ciudad los presagios en el podio del templo de Cástor y Pólux. Unos días después de su enfrentamiento a los prestamistas, estaba interpretando los auspicios cuando advirtió que la multitud en el bajo Foro era más numerosa de la habitual congregada para contemplar un augurio.
En el momento en que alzaba un cuenco para verter una libación, alguien le arrojó una piedra que le alcanzó encima de la ceja izquierda, haciendo que se tambaleara y que el cuenco cayera de sus manos, rebotando por la escalinata del templo y derramando el agua sagrada por doquier. Luego llovieron más piedras; una verdadera tormenta. Agachado y cubriéndose la cabeza con su toga de dos colores, Aselio descendió corriendo la escalinata y se dirigió instintivamente al templo de Vesta. Pero las buenas gentes de la multitud se dispersaron al darse cuenta de lo que sucedía y los airados prestamistas que le agredían se interpusieron entre Aselio y la tierra sagrada del templo de Vesta.
Sólo le quedaba un escape: el estrecho callejón llamado clivus Vestae, para llegar a la escalinata de las Vestales y ascender hasta la Via Nova, unos pies por encima del Foro. Con los usureros pisándole los talones, Aselio logró llegar a la Via Nova, una calle de tabernas entre el Foro y el Palatino, y, dando gritos de socorro, irrumpió en el establecimiento de Publio Cloacio.
Pero nadie le ayudaba. Mientras dos sujetaban a Cloacio y otros dos a su ayudante, el resto de los agresores le cogió en vilo, tumbándole en una mesa, de un modo parecidísimo a como los acólitos del augur extendían a las víctimas en las aras sacrificiales. Uno le cortó la garganta con tanta saña, que el puñal rascó en las vértebras; y allí en la mesa quedó Aselio en un charco de sangre, mientras Publio Cloacio lloraba y perjuraba que él no conocía a ninguno de los agresores, ¡ni a uno solo!
Por lo visto, nadie los conocía en Roma. Espantado por la naturaleza sacrílega del hecho, al margen del homicidio en sí, el Senado ofreció una recompensa de diez mil denarios a quien facilitase información que
permitiera prender a los asesinos, deplorando públicamente el asesinato de un augur, en plena ceremonia oficial, revestido de sus atributos sagrados. Como en la semana que siguió nadie dijo ni pío, el Senado añadió nuevos incentivos a la recompensa: el perdón para el cómplice, manumisión de un esclavo del sexo que fuere e inclusión en una tribu rural de un liberto o una liberta. Pero fue en vano.
—¿Qué puede esperarse? —comentó Cayo Mario al joven César mientras paseaban despacio por el jardín—. Los prestamistas están detrás de ello, naturalmente.
—Eso dice Lucio Decumio.
—¿Eres muy amigo de ese facineroso, jovencito? —inquirió Mario, deteniéndose.
—Mucho, Cayo Mario. Está muy informado de todo lo que pasa en Roma.
—Poco adecuado para tus oídos, la mayor parte de ello.
—Mis oídos han crecido igual que yo en el Subura —replicó el pequeño, sonriente—. No creo que se asusten por nada.
—¡Fresco! —dijo Mario, dándole con su manaza un cariñoso cachete en la cabeza.
—Cayo Mario, este jardín nos queda pequeño. Si quieres recuperar tu lado izquierdo, tendremos que caminar más distancia y más rápido.
Lo había dicho con firmeza y autoridad, en tono que no admitía réplica.
Pero Mario no pensaba callarse.
—¡No voy a consentir que Roma me vea así! —bramó.
El pequeño César se soltó aposta del brazo izquierdo de Mario y dejó al gran hombre caminar tambaleándose sin apoyo, hasta que vio que estaba a punto de caer y volvió a sujetarle con suma facilidad. A Mario le asombraba la fuerza de que era capaz aquel cuerpecillo y tampoco se le había escapado que el pequeño César la utilizaba con un extraordinario instinto cuando y donde surtía el máximo efecto.
—Cayo Mario, dejé de llamarte tío cuando vine contigo después del infarto porque considero que tu enfermedad nos pone casi al mismo nivel. Tu dignitas ha menguado y la mía ha crecido; somos iguales. Pero en
algunas cosas soy superior a ti —dijo el niño sin intimidarse—. Como favor a mi madre, y porque pensé que podría ayudar a un gran hombre, sacrifiqué mi tiempo libre para hacerte compañía y lograr que volvieses a andar. Te negaste a estar tumbado en la camilla y que te leyera, y ya se ha agotado la mina de historias que tenías para contarme. ¡Conozco todas las flores y plantas de este jardín! Y te digo claramente que ya ha cumplido de sobra su propósito. Mañana vamos a cruzar la puerta del Clivus Argentarius, y me da igual que tiremos hacia el Campo de Marte o que bajemos hacia la puerta Fontinalis. ¡Pero mañana salimos!
Los fieros ojos marrones se clavaron en los del pequeño, de color azul glacial, que, por mucho que Mario pretendiese no notarlo, le recordaban los de Sila. Era como encontrarse un gran felino en una cacería y comprobar que los ojos que debían ser amarillos eran azul claro circundados de negro. A aquellos gatos se los consideraba seres del otro mundo. ¿Habría también hombres así?
El duelo de miradas prosiguió un instante.
—Yo no salgo —dijo Mario.
—Sí saldrás.
—¡Los dioses te pudran, pequeño César! ¡No puedo ceder ante un niño! ¿Es que no tienes una manera más diplomática de plantear las cosas?
Un destello irónico iluminó los inquietos ojos, confiriéndoles una atractiva viveza, poco habitual en los de Sila.
—Tratando contigo, Cayo Mario, no existe eso de la diplomacia — replicó el pequeño—. El lenguaje diplomático es prerrogativa de los diplomáticos, y tú no lo eres, gracias a los dioses. Con Cayo Mario uno siempre sabe a qué atenerse. Y eso es precisamente lo que me gusta de ti.
—No, si no te conformarás con mi negativa, ¿verdad, jovencito? — añadió Mario, comenzando a ceder—. Primero la pedrada y luego la caricia. ¡Menudo método!
—Eso es; no me conformo con tu negativa.
—Bien, pues entonces, haz el favor de sentarme ahí. Si vamos a salir mañana, necesito un descanso. ¿Qué te parece si salimos en litera hasta la Via Recta? Allí me bajo y me pongo a andar hasta que te quedes contento.
—Cayo Mario, si vamos hasta la Via Recta será gracias a nuestro propio esfuerzo.
Siguieron un rato sentados en silencio; el pequeño César se mantenía perfectamente inmóvil. No le había costado mucho darse cuenta de que a Mario no le gustaba la gente nerviosa, y al comentárselo a su madre, ella le había dicho que era una buena cosa aprender a estarse quieto sin movimientos nerviosos. ¡Sí, sabía cómo imponerse a Cayo Mario, pero con su madre no había manera! Lo que le habían pedido no era, desde luego, lo más apetecible para un chico de diez años. Todos los días, después de las clases con Marco Antonio Cnifo, tenía que renunciar a salir con su amigo Cayo Macio, de la otra vivienda de la planta baja, para ir a casa de Mario a hacerle compañía, y no le quedaba nada de tiempo libre porque su madre no le permitía tomarse un solo día para él.
—Es tu deber —le decía en las raras ocasiones en que él le suplicaba que le dejase ir con Cayo Macio al Campo de Marte para ver algún acontecimiento, la selección de los caballos para la guerra que corrían en octubre, o el entreno de un equipo de gladiadores contratados para un funeral.
—¿Es que siempre tengo que tener deberes? —replicaba él—. ¿No puedo olvidarlos ni un momento?
—No, Cayo Julio —contestaba ella—. Hay que cumplir con el deber en todos los momentos de nuestra vida, cada vez que respiras; el deber no puede dejarse por propia complacencia.
Y tenía que irse a casa de Cayo Mario, de prisa y mirando bien dónde pisaba, sin olvidarse de sonreír y saludar a este y a aquel por las calles del Subura, apretando un poco el paso cuando caminaba por delante de las librerías del Argiletum por no ceder a la tentación de entrar en alguna. La educación fría pero implacable que le había dado su madre se hacía notar: no pierdas el tiempo, que no se te vea como si no tuvieras nada que hacer, no caigas en la tentación aunque se trate de libros, sonríe y saluda siempre a los conocidos e incluso a ciertas personas aunque no las conozcas.
A veces, antes de llamar a la puerta de Cayo Mario, subía corriendo la escalinata de la torre Fontinalis y desde arriba contemplaba el Campo de
Marte, anhelando estar allí con otros chicos para jugar a la guerra con una improvisada espada de madera, luchar en la hierba, robar rabanitos de las huertas que flanqueaban la Via Recta y hacer trastadas. Pero, para no pensárselo más, en seguida giraba sobre sus talones y bajaba la escalinata para estar en casa de Cayo Mario antes de que nadie advirtiese que llegaba un poco tarde.
Le encantaba su tía Julia, que era quien solía abrirle la puerta; siempre le sonreía y le daba un beso. ¡Le encantaba que le besaran! Su madre no aprobaba esa costumbre y decía que ejercía una influencia corruptora, que era demasiado griega para ser moral. Menos mal que su tía Julia no pensaba igual. Cuando se agachaba para darle el beso en los labios jamás inclinaba la cabeza hacia un lado para hacerlo en la mejilla, y él cerraba los ojos y aspiraba lo más profundamente que podía para captar su más intimo aroma. Años después de que ella hubiese muerto, cuando el adulto Cayo Julio César sentía en ocasiones el perfume de Julia en otra mujer, no podía evitar que se le llenasen los ojos de lágrimas.
Ella siempre le ponía al corriente de la situación: «Hoy está imposible», o «Ha venido a verle un amigo y está de excelente humor», o «Dice que la parálisis va a peor y está muy deprimido».
La jornada siempre era igual: su tía le daba de comer a mediodía y le dejaba un rato libre de sus obligaciones con Cayo Mario, mientras ella misma le servía la comida y él se tumbaba en la camilla del cuarto de labor de Julia con un libro, a la vez que comía —algo que en su casa no le habrían consentido— y se enfrascaba en las aventuras de algún héroe o en los versos de un poeta. Le fascinaban las palabras. Las palabras podían hacer que su corazón se elevase, zozobrase o se acelerase, y a veces, como sucedía con Homero, le pintaban un mundo más real que el mundo en que él vivía.
«La muerte nada puede mostrar en él que no sea hermoso», recitaba una y otra vez, imaginándose al joven guerrero muerto, tan Valeroso, noble y perfecto, que —fuese Aquiles, Héctor o Patroclo— triunfaba aun después de muerto.
Oía, entonces, a su tía llamándole, o llegaba un criado tocando a la puerta del cuarto para decirle que volviera, y tenía que dejar el libro para cumplir con su deber. Sin resentimiento ni decepción.
Cayo Mario era una pesada carga. Era viejo; había estado delgado, había engordado y vuelto a adelgazar, y la piel le formaba bolsas y arrugas; y estaba aquella horrenda flaccidez de la mejilla izquierda y la mirada de sus terribles ojos. Babeaba por la comisura izquierda sin darse cuenta y la saliva le quedaba colgando hasta que mojaba la túnica e iba haciendo una mancha húmeda. A veces despotricaba, sobre todo a su desventurado acompañante, la única persona que estaba constantemente atado a él y en quien desahogaba su ira. A veces lloraba y las lágrimas se juntaban con la baba, y además moqueaba. En ocasiones lanzaba tales carcajadas por alguna gracia que él sabía, que hasta las vigas retumbaban y, entonces acudía en seguida tía Julia con su eterna sonrisa y, amablemente, le mandaba a casa.
Al principio, el niño se sentía impotente y no sabía qué hacer ni cómo hacerlo, pero era una persona muy ingeniosa y en seguida supo cómo tratar a Cayo Mario. No tenía otra opción si no quería fracasar en la tarea que su madre le había encomendado; una perspectiva inimaginable de consecuencias imprevisibles. Además, la tarea le sirvió para descubrir sus propias debilidades. Para empezar, tenía poca paciencia, pese a que la educación de su madre le permitía disimular el defecto bajo la apariencia de algo que lo parecía, por lo que, en definitiva, ya no distinguía la auténtica paciencia de la fingida. Como no era melindroso, acabó por no importarle el babeo, y como también era muy decidido, supo qué remedio poner a la situación. Nadie se lo dijo, porque nadie lo entendía, ni siquiera los médicos. Había que hacer que Cayo Mario se moviera. Cayo Mario tenía que hacer ejercicio. Había que hacerle ver a Cayo Mario que era necesario que volviese a vivir como una persona normal.
—¿Y qué más has aprendido de ese Lucio Decumio o de algún otro rufián del Subura? —inquirió Mario.
El pequeño tuvo un sobresalto por aquella pregunta tan inopinada, absurda y alejada de sus pensamientos.
—Mira, acabo de atar cabos a un asunto, si no me equivoco. Y creo que
no.
—¿Qué?
—El motivo por el que Catón el Cónsul ha decidido dejar Samnio y Campania a Lucio Cornelio y asumir él el antiguo frente de batalla contra los marsos del que tú tenías el mando.
—¡Ajá! A ver, dime tu teoría.
—Se debe a la clase de persona que creo es Lucio Cornelio —contestó muy serio el pequeño César.
—¿Y qué clase de persona es?
—Una persona capaz de meter mucho miedo a otras.
—¡Eso desde luego!
—Debe haberse dado cuenta de que no le concederán el mando del frente sur, porque es del cónsul, y no se ha molestado en discutir. Se ha limitado a esperar a que el cónsul Lucio Catón llegase a Capua y le ha hechizado con un miedo tan fuerte, que Catón ha decidido poner tierra por medio y marcharse de Campania.
—¿Cómo has llegado a esa conclusión? —Gracias a Lucio Decumio. Y a mi madre.
—Nadie mejor que ella para saberlo —comentó Mario, crípticamente. El pequeño César frunció el entrecejo, apartó la mirada y se encogió de
hombros.
—Una vez, Lucio Cornelio tuvo el mando y nadie fue tan estúpido como para entrometerse. Yo creo que es muy buen general.
—No tanto como yo —dijo Mario con un suspiro que sonó como un sollozo.
—¡Vamos, no empieces a compadecerte, Cayo Mario! —espetó inmediatamente el pequeño—. Podrás volver a mandar tropas, sobre todo cuando salgamos de este jardín de las narices.
Mario no se esperaba ese ataque y cambió de tema.
—¿Te ha dicho esa fuente de información del Subura lo que ha hecho el cónsul Catón frente a los marsos? —inquirió con sorna—. ¡Nadie me
cuenta lo que está pasando… como si fuese a molestarme! Y lo que me molesta es no saber qué sucede. ¡Si tú no me dieras noticias, estallaría!
—Mi fuente de información cree que el cónsul empezó a encontrarse con contrariedades nada más llegar a Tibur. Pompeyo Estrabón se hizo cargo de tus tropas, ¡en eso es único!, así que al cónsul Lucio Catón no le han quedado más que reclutas bisoños, campesinos recién emancipados de Umbría y Etruria. Y no sólo se las ve y se las desea para entrenarlos, sino que sus legados tampoco tienen ni idea. Así que comenzó la instrucción convocando una asamblea de todo el ejército, arengándolos en unos términos sin ningún miramiento. Ya sabes, que si eran idiotas y palurdos, cretinos y bárbaros, un montón de miserables gusanos, que él estaba acostumbrado a soldados mucho mejores, que morirían todos si no se espabilaban, etcétera.
—¡La sombra de Lupo y Cepio! —exclamó Mario, sorprendido. —Bueno, uno de los que le escucharon en Tibur es amigo de Lucio
Decumio y se llama Tito Titinio, de profesión centurión retirado, a quien tú concediste una parcela de tierra después de Vercellae. Dice que en cierta ocasión te hizo una buena.
—Sí, lo recuerdo muy bien —comentó Mario, intentando sonreír y babeando sin cesar.
El pequeño César se le acercó con el «pañuelo de Mario», como él decía, y la saliva quedó eliminada.
—Viene a Roma y se queda habitualmente en casa de Lucio Decumio porque le gusta enterarse de los asuntos del Foro. Cuando estalló la guerra se alistó de centurión instructor y estuvo acuartelado en Campania mucho tiempo. Ahora, a principios de año, le han enviado a que ayude al cónsul Catón.
—Me imagino que a Tito Titinio y a los otros centuriones instructores les habrá sido imposible comenzar la instrucción después de la arenga de Tibur.
—Exactamente. Pero es que a ellos también los mencionó en la arenga. Y por eso se ve como se ve. Tito Titinio se enfureció de tal manera oyéndole insultar a todos que al final se agachó y cogió un terrón del suelo
y se lo tiró. Tras lo cual, todos comenzaron a bombardearle con terrones y acabó cubierto de ellos hasta las rodillas y con el ejército casi amotinado. ¡Desfigurado, enfangado y mudo! —concluyó el pequeño en un rapto de inspiración, conteniendo la risa.
—¡Deja de hacer comentarios y sigue con la historia!
—Perdona, Cayo Mario.
—Continúa.
—No le hicieron daño, pero para Catón fue un acto intolerable para su dignitas y auctoritas, y, en vez de olvidar el incidente, puso grilletes a Titio Titinio y le envió encadenado a Roma con una carta para el Senado en la que les pide que le juzguen por incitación al amotinamiento. Ha llegado esta mañana y lo tienen en las celdas de la Lautumiae.
—¡Bien —dijo en tono bastante alegre Mario, iniciando ímprobos esfuerzos para ponerse en pie—, ya sabemos adónde iremos mañana por la mañana!
—¿Vamos a ver qué va a sucederle a Titio Titinio?
—Si hay que ir al Senado, yo voy, desde luego. Tú puedes esperar en el vestíbulo.
El pequeño César le ayudó a levantarse y se colocó acto seguido al lado izquierdo para sostenerle.
—No es necesario, Cayo Mario, porque va a comparecer ante la Asamblea plebeya y el Senado no interviene.
—Tú eres patricio y no puedes estar en los Comitia cuando se reúne la plebe. Pero, dado mi estado, yo tampoco puedo. Así que encontraremos un buen sitio en lo alto de la escalinata del Senado y lo observaremos todo desde allí —dijo Mario—. ¡Ah, cómo lo necesitaba! ¡Los espectáculos del Foro son mucho mejor que cualquier cosa que a los ediles se les ocurra incluir en los juegos!
Si Cayo Mario había dudado en alguna ocasión del cariño que le tenía el pueblo de Roma, sus dudas habrían quedado despejadas a la mañana siguiente, cuando salió de su casa y comenzó a bajar paso a paso por la
cuesta del clivus Argentarius que cruza la puerta Fontinalis hasta el bajo Foro. Llevaba un bastón en la mano derecha y a su izquierda al niño Cayo Julio César; pero en seguida, a derecha e izquierda, delante y detrás, tuvo a todo hombre y mujer con que se tropezaba en el camino. Le vitoreaban, lloraban a cada burdo paso que daba, adelantando con fuerza la pierna derecha y arrastrando penosamente la izquierda, torciendo la cadera, los que se apiñaban a su alrededor le jaleaban. En seguida se corrió la voz, adelantándose al cortejo.
¡Cayo Mario! ¡Cayo Mario!
Al entrar en el bajo Foro los vítores eran ensordecedores. Con las espesas cejas sudorosas, apoyándose con más fuerza en el pequeño César, sin que nadie lo notase más que el niño, logró ascender al encintado de la zona de votaciones e inmediatamente una docena de senadores se apresuraron a izarle al podio de la Curia Hostilia, pero él los apartó y con su propio esfuerzo, peldaño a peldaño, ascendió la escalinata. Le trajeron una silla curul y en ella se sentó con la sola ayuda del niño.
—Pierna izquierda… —dijo jadeante.
El pequeño César comprendió inmediatamente, se arrodilló y le estiró hacia adelante el miembro paralizado hasta hacerlo descansar por delante de la derecha, según la postura clásica. Luego cogió el inanimado brazo izquierdo y se lo puso en el regazo, ocultando los dedos crispados de la mano bajo un pliegue de la toga.
Y allí se mantuvo, sentado en regia actitud, inclinando la cabeza para agradecer los vítores, con el sudor rodándole por la cara y echando el bofe. Ya estaba convocada la plebe, pero todos los que estaban en la hondonada de votaciones se volvieron de cara a la escalinata del Senado para aclamarle. A continuación, los diez tribunos de la plebe, desde la tribuna de los rostra, solicitaron a la multitud tres estentóreos hurras.
El niño permanecía junto a la silla curul y miraba aquella muchedumbre, en su primera experiencia de la extraordinaria euforia que genera un pueblo unido, sintiendo la caricia de la adulación al estar tan cerca de la causa, y dándose cuenta de lo que debía de sentirse siendo el
primer hombre de Roma. Cuando por fin cesaron los vítores, sus agudos oídos captaron algunas frases susurradas.
—¿Quién es ese niño tan guapo?
Él sabía perfectamente que era hermoso y no ignoraba el efecto que ello causaba en los demás. Sin embargo, si olvidaba para lo que estaba allí, su madre se enfadaría, y no le gustaba ofenderla. En la comisura izquierda de los labios de Mario comenzaba a acumularse la saliva y había que limpiársela. Le cogió el pañuelo del sinus de su toga infantil bordada de púrpura y mientras la multitud suspiraba de admiración, enjugó el sudor del rostro de Mario, limpiando al mismo tiempo la baba sin que nadie lo notara.
—¡Proseguid la asamblea, tribunos! —vociferó Mario cuando hubo recuperado el aliento.
—¡Traed al preso Titio Titinio! —ordenó Pisón Frugi, presidente del colegio—. Miembros de la plebe congregados aquí por tribus, nos hemos reunido para decidir la suerte de Titio Titinio, centurión plus prior en las legiones del cónsul Lucio Porcio Catón Liciníano. Su caso nos ha sido trasladado a nosotros, sus iguales, por el Senado de Roma tras la debida consideración. El cónsul Lucio Porcio Catón Liciniano alega que Titio Titinio se esforzó por incitar al amotinamiento y pide que lo castiguemos lo más severamente que la ley prevé. Como el amotinamiento es traición, estamos aquí para dirimir si Titinio debe morir o seguir viviendo.
Pisón Frugi hizo una pausa mientras conducían al prisionero —un hombrón de cincuenta años, vestido con una túnica y encadenado de pies y manos— hasta la tribuna de los rostra, dejándolo a su lado.
—Miembros de la plebe, el cónsul Lucio Porcio Catón Liciniano afirma en una carta que convocó una asamblea de todas las legiones de su ejército y que mientras se dirigía a esta asamblea legalmente convocada, Titio Titinio, este preso que veis, le golpeó con un proyectil arrojado con la mano, y que incitó a continuación a cuantos tenía a su alrededor a hacer lo mismo. La carta lleva el sello consular.
—Titio Titinio —añadió Pisón Frugi, volviéndose hacia el centurión—, ¿qué contestas?
—Que es cierto, tribuno. Sí que golpeé al cónsul con un proyectil lanzado a mano. Un terrón de barro, tribuno —añadió tras una pausa—, ése era el proyectil. Cuando lo arrojé, todos los que estaban a mi alrededor hicieron lo propio.
—Un terrón de barro —repitió Pisón Frugi marcando las palabras—. ¿Y qué te impulsó a arrojar ese proyectil a tu comandante?
—¡Él nos llamó palurdos, miserables gusanos, patanes imbéciles, inútiles redomados y muchas más cosas! —contestó Titio Titinio con su vozarrón de instructor—. A mí no me habría importado que nos hubiese dicho mentulae y cunni, tribuno…, que es un lenguaje corriente entre el general y sus tropas. ¡Si hubiese tenido a mano huevos podridos se los habría tirado, pero no había otra cosa a mano que pellas de tierra! —tronó, tras lanzar un suspiro—. ¡Igual me da que me estranguléis o que me arrojéis de la roca Tarpeya, porque si viera de nuevo a Lucio Catón, os juro que volvería a hacer lo mismo!
Titio se volvió de cara a la escalinata del Senado y señaló a Cayo Mario, haciendo sonar las cadenas.
—¡Ese sí que es un general! ¡Yo he servido de centurión con Cayo Mario en Numidia y luego en la Galia! Y cuando cogí el retiro me dio en Etruria una parcela de sus propiedades. ¡Yo os digo, miembros de la plebe, que Cayo Mario no se habría hecho semienterrar con terrones! ¡Cayo Mario tenía afecto por sus soldados y no los despreciaba como hace Lucio Catón! ¡Y a Cayo Mario no se le habría ocurrido encadenar a un hombre y mandarle a Roma para que le juzgasen los civiles porque ese hombre le hubiese tirado algo! ¡El general le habría restregado la cara con lo que le hubiese tirado! ¡Yo os digo que Lucio Catón no es ningún general y que Roma no obtendrá victorias con él! ¡Un general resuelve sus propios asuntos y no da esa tarea a una asamblea de las tribus!
A las palabras de Titio Titinio siguió un profundo silencio que nadie rompía.
—Cayo Mario —dijo Pisón Frugi con un suspiro—, ¿qué harías con este hombre?
—Lucio Calpurnio Pisón Frugi, es un centurión y, tal como dice, le conozco. Es un hombre de valía, pero cubrió a su general con pellas de barro seco y eso es una infracción militar, al margen de la provocación. No se le puede devolver al cónsul Lucio Porcio Catón, porque sería un insulto para el cónsul, que lo apartó de su servicio y nos lo envió. Yo creo que lo mejor en interés de Roma es enviar a Titio Titinio con otro general. ¿Puedo sugerir que vuelva a Capua y se reintegre allí a sus antiguas obligaciones?
—¿Qué dicen mis colegas tribunos? —inquirió Pisón Frugi.
—Yo digo que se haga lo que indica Cayo Mario —contestó Silvano.
—Y yo —dijo Carbón.
Los otros siete fueron de la misma opinión.
—¿Qué dice el concilium plebis? ¿Hay que proceder a una votación formal o lo hacéis a mano alzada?
Todos levantaron la mano.
—Titio Titinio, esta Asamblea te ordena presentarte a Quinto Lutacio Catulo en Capua —dijo Pisón Frugi, sin dejar que una sonrisa iluminase su rostro—. Lictores, quitadle las cadenas. Queda libre.
Pero él se negó a irse hasta que no le llevaran a presencia de Cayo Mario. Hecho lo cual, cayó de rodillas ante él y se echó a llorar.
—Entrena bien a los reclutas en Capua, Titio Titinio —dijo Mario, con los hombros caídos de cansancio—. Y ahora, si me excusáis, creo que es hora de que me vaya a casa.
Lucio Decumio salió de detrás de una columna, todo sonrisas, tendiendo la mano a Titio Titinio, pero mirando a Mario.
—Tienes una litera dispuesta, Cayo Mario —dijo.
—¡No pienso ir a casa en litera cuando he venido hasta acá por mis propios pies! —replicó—. Ayúdame, niño —añadió sujetándose con la manaza derecha en el bracito del pequeño, haciéndolo enrojecer por la gran presión sin que el pequeño hiciese mueca alguna, centrado en la tarea de ayudar a ponerse en pie al gran hombre, como si tal cosa. Una vez incorporado, Mario cogió el bastón, el niño se le puso al lado izquierdo y bajaron por la escalinata como dos cangrejos trabados. Media Roma, como mínimo, los acompañó colina arriba, animando a Mario en sus esfuerzos.
Los criados se pelearon por el honor de acompañar a su cuarto al ceniciento amo, y nadie advirtió que el pequeño César se quedaba rezagado. Una vez que se vio a solas, se acurrucó en el pasillo entre la puerta y el atrium y permaneció inmóvil con los ojos cerrados. Allí se lo encontró Julia momentos después. Atemorizada, se arrodilló a su lado, sin atreverse a pedir ayuda.
—¡Cayo Julio! ¿Qué te sucede?
Al levantarlo en brazos, vio que estaba desmadejado, pálido y que apenas respiraba. Le cogió las manos para comprobar el pulso y entonces advirtió la marca de los dedos de Mario en su brazo.
—¡Cayo Julio, Cayo Julio!
El niño abrió los ojos, suspiró, sonrió y su rostro recobró inmediatamente el color.
—¿Le he traído hasta casa? —inquirió.
—Claro que si, Cayo Julio, lo has hecho estupendamente —contestó Julia, con lágrimas en los ojos—. ¡Te has cansado más que él! Esos paseos te van a agotar.
—No, tía Julia, no te preocupes, de verdad. Ya sabes que él no saldría más que conmigo —contestó, poniéndose en pie.
—Si, desgraciadamente, lo sé. ¡Gracias, Cayo Julio! No sé cómo agradecértelo. Te ha hecho daño —añadió, examinándole el moretón—. Voy a ponerte algo para que te alivie.
Sus ojos se animaron con un destello y su boca esbozó una sonrisa que enterneció a Julia.
—Tía Julia, yo sé lo que me aliviaría.
—¿El qué?
—Un beso de los tuyos, por favor.
Y le dio cuantos besos quiso, y lo que más le gustaba de comer, y un libro, y le dejó descansar en la camilla de su cuarto de labores. Y no le dejó marchar hasta que llegó Lucio Decumio a por él.
Mientras transcurrían los días de aquel año en que, por fin, el curso de la guerra evolucionaba a favor de Roma, Cayo Mario y el pequeño César se convirtieron en referencia obligada de la urbe. El pequeño ayudaba al gran hombre y éste cada vez mejoraba más. Después de aquel primer día, siguieron dirigiendo sus pasos hacia el Campo de Marte, donde ya había menos gente y apenas llamaban la atención. Conforme Mario recuperaba fuerzas, prolongaban los paseos, culminando en el glorioso dia en que llegaron hasta el Tíber, al final de la Via Recta, y después de un buen descanso, Cayo Mario nadó en el Trigarium.
Una vez que comenzó a nadar periódicamente, fue mejorando a ojos vista. Y también aumentó su fascinación por los ejercicios militares y ecuestres que contemplaban a su paso. Mario había decidido que ya era hora de que el pequeño César iniciase su educación militar. ¡Por fin! Por fin, Cayo Julio César aprendía los rudimentos del arte que tanto anhelaba. Le montaron en la silla de un caballito bastante brioso y demostró que era un jinete nato; él y Mario se enfrentaban con espadas de madera, hasta que el gran hombre ya no podía con él. Le enseñaron a arrojar el pilum y siempre daba en el blanco; aprendió a nadar en cuanto Mario adquirió plena soltura para ayudarle en caso necesario, y escuchó nuevas historias de boca de Mario: los recuerdos de un general sobre la estrategia de sus batallas.
—Casi todos los comandantes pierden el combate antes de salir al campo a librarlo —dijo Mario al pequeño, estando sentados en la orilla del río, arropados en toallas de lino.
—¿De qué manera, Cayo Mario?
—Principalmente, de dos. Los hay que saben tan poco del arte del mando que en realidad creen que lo único que tienen que hacer es señalar el enemigo a las legiones y quedarse atrás viendo cómo actúan. Y hay otros que tienen la cabeza tan atiborrada de manuales y hazañas de generales de su juventud, que siguen los textos, y eso es buscarse la derrota. ¡Porque cada enemigo, cada batalla, Cayo Julio, es distinta! Hay que enfocarla con el respeto propio de una situación irrepetible. Ante todo la noche anterior hay que planificar lo que se va a hacer sobre un pergamino en la tienda de mando, aunque no considerándolo definitivo. Se espera a trazar el plan
definitivo una vez avistado el enemigo y el terreno en la mañana del combate; cómo está dispuesto y cuáles son sus puntos débiles. ¡Y entonces se decide! Las ideas preconcebidas suelen ser fatales, y la situación puede cambiar conforme evoluciona el combate, porque todas las etapas son únicas. Puede cambiar el ánimo de las tropas, o el terreno enfangarse antes de lo previsto, o levantarse una polvareda que no te deja ver los sectores, o el general enemigo lanzar un ataque sorpresa, o surgir fallos o errores en tu propio plan o en el plan del enemigo —dijo Mario, enardecido.
—¿Nunca puede desarrollarse una batalla según lo planificado la víspera? —inquirió el pequeño César con los ojos brillantes.
—¡Alguna vez ha sucedido! Pero es muy raro, pequeño César. Recuerda siempre que, independientemente de lo que hayas planeado y por complicado que sea el plan, hay que estar preparado para modificarlo en un abrir y cerrar de ojos. Y hay también otra regla de oro, muchacho: que el plan sea lo más sencillo posible. Los planes sencillos siempre dan mejor resultado que los engendros tácticos, aunque sólo sea por la simple razón de que el general no puede llevarlo a cabo sin recurrir a la cadena de mando. Y la cadena de mando se degrada progresivamente según lo distante que esté del general.
—O sea que un general debe tener un estado mayor con gran experiencia y entrenado a la perfección —dijo el niño, pensativo.
—¡Es primordial! —exclamó Mario—. Por eso un buen general no deja de dirigirse siempre a sus tropas antes de la batalla. Y no es por reforzar su moral, jovencito, sino para que los oficiales sepan qué planes tiene, pues, conociéndolos, pueden interpretar las órdenes al final de la cadena de mando.
—Vale la pena conocer a los soldados, ¿verdad?
—Ya lo creo. Y vale la pena asegurarse de que te conocen. Y que les gustas. Si el general gusta a la tropa, ésta se afana más y se arriesga más; no olvides nunca lo que dijo Titio Titinio en los rostra: a los soldados se les puede decir todos los epítetos que quieras, pero nunca darles motivo para que crean que los desprecias. Si conoces a tus oficiales y ellos te conocen, con veinte mil legionarios romanos derrotas a cien mil bárbaros.
—Tú fuiste soldado antes de ser general.
—Claro. Una ventaja que tú nunca tendrás porque eres un patricio romano. Y es más: si no has sido soldado antes de ser general, no puedes ser un auténtico general —dijo Mario, inclinándose hacia adelante, mirando algo más allá del Trigarium en el césped de la llanura vaticana—. Los mejores generales siempre han sido soldados. Mira Catón el Censor. Cuando tengas edad de ser cadete, no te quedes detrás de las líneas al servicio de tu comandante, ¡ve a primera línea a combatir! Deja a un lado tu nobleza. Siempre que haya una batalla, conviértete en oficial. Si el general presenta objeciones y quiere hacerte recorrer el campo llevando órdenes, dile que prefieres luchar. Y no te lo prohibirá porque no es algo que sea frecuente. Debes combatir como un soldado raso. Si no, cuando alcances el mando, ¿cómo vas a entender las vicisitudes de los soldados en primera línea? ¿Cómo vas a saber qué los atemoriza, qué los arredra, qué los anima y les hace embestir como toros? ¡Y te diré otra cosa, muchacho!
—¿Qué? —inquirió el pequeño César fascinado.
—¡Que es hora de irse a casa! —contestó Mario riendo, hasta que vio la cara que ponía el pequeño—. ¡Eh, muchacho, no me eches tu caballote encima! —bramó, decepcionado porque el niño no veía la gracia y le miraba enfurecido.
—¡No se te ocurra bromear con cosas tan serias! —replicó el niño, con una voz suave y tranquila como la que adoptaba Sila a veces—. ¡El tema es importante, Cayo Mario, y tú no estás para divertirme! Quiero saberlo todo antes de tener la edad de ser cadete, para, de ese modo, asimilar con una base más sólida que los demás. ¡Nunca dejaré de aprender! ¡Así que déjate de bromas que no tienen ninguna gracia y trátame como a un hombre!
—No eres un hombre —contestó Mario con voz queda, sorprendido por aquella reacción y sin saber qué decir.
—¡Cuando se trata de aprender, soy más hombre que nadie que conozca, tú incluido —replicó el pequeño, cada vez más enfurecido, a tal extremo que algunos bañistas cercanos a ellos se volvieron a mirarlos. No obstante, a pesar de su cólera, conservó la presencia de ánimo; miró a los curiosos y se puso raudo en pie, con los labios apretados—. No me importa
ser un niño cuando tía Julia me trata como a un niño —añadió, ya calmado —, pero cuando tú me tratas como a un niño, Cayo Mario… ¡me ofendes muchísimo! ¡Y no te lo consiento! —alargó la mano para ayudarle a levantarse—. Vamos a casa. Hoy me has hecho perder la paciencia.
Mario se aferró a la mano y tomó el camino de su casa sin decir palabra.
Oportuna decisión, como se vería, pues nada más entrar se encontraron con Julia, que los esperaba angustiada, con aspecto de haber llorado.
—¡Oh, Cayo Mario, ha sucedido algo horrible! —exclamó, sin acordarse que no convenía preocuparle.
—¿Qué es ello, meum mel?
—¡El joven Mario! ¡No, no, mi amor, no ha muerto! —añadió al ver la mirada de estupefacción de su esposo—. ¡Ni tampoco está herido! ¡Perdona, perdona que te dé estos sustos… pero no sé ni dónde estoy, ni qué hacer!
—Pues siéntate, Julia, y sobreponte. Me pondré aquí a tu lado y Cayo Julio al otro y nos lo cuentas, tranquila y con claridad, y sin llorar como una fuente.
Julia se sentó, mientras Mario y el pequeño César lo hacían a ambos lados de ella, cogiéndole cada uno una mano.
—A ver, dime —dijo Mario.
—Ha habido una gran batalla contra los marsos al mando de Quinto Popedio Silo, cerca de Alba Fucentia, creo. Y han vencido ellos… aunque nuestro ejército pudo retirarse sin muchas pérdidas —dijo Julia.
—Bueno, eso ya está algo mejor —dijo Mario con voz pesada—. Sigue.
Supongo que habrá algo más.
—El cónsul Lucio Catón murió poco antes de que nuestro hijo ordenase la retirada.
—¿Nuestro hijo ordenó la retirada?
—Si —contestó Julia, conteniendo las lágrimas con todas sus fuerzas. —¿Y cómo sabes todo esto, Julia?
—Porque Quinto Lutacio pasó a verte a primera hora. Por lo visto estaba de visita oficial en el frente marso, en relación, por lo que he entendido, con los constantes problemas que tenía Lucio Catón con las tropas. No lo sé, de verdad que no lo sé —añadió, apartando la mano que le sujetaba el pequeño César y llevándosela a la cabeza.
—Bien, da igual que Quinto Lutacio visitase el frente —dijo Mario, tajante—. Supongo que fue testigo de esa batalla que ha perdido Catón.
—No, él estaba en Tibur, que es donde se retiró el ejército después del combate. Parece ser que sufrió una aplastante derrota y la tropa se quedó sin mando. El único que conservó la calma fue nuestro hijo, por lo visto. Por eso tocó retirada y camino de Tibur intentó restablecer el orden entre las legiones, pero no lo consiguió. Se ve que los pobres habían perdido la razón.
—Y… ¿qué hay de malo en ello, Julia?
—Es que en Tibur había un pretor, un nuevo legado nombrado por Lucio Catón… Lucio Cornelio Cinna… sí, ése es el nombre que me dijo Quinto Lutacio. Y cuando el ejército llegó a Tibur, Lucio Cinna relevó del mando a nuestro hijo, todo pareció volver a la normalidad y Lucio Cinna incluso le elogió por su sentido común —añadió Julia, retorciéndose las manos.
—Está bien. ¿Y qué sucedió después?
—Lucio Cinna convocó una reunión para averiguar qué había pasado. Sólo había unos cuantos cadetes y tribunos para informar, ya que al parecer los legados habían muerto pues no había ninguno en Tibur —continuó Julia, intentando con todas sus fuerzas hacer un relato lúcido—. Luego, cuando Lucio Cinna abordó las circunstancias de la muerte del cónsul Lucio Catón… ¡uno de los cadetes acusó a nuestro hijo de haberle asesinado!
—Entiendo —comentó Mario con voz pausada y sin alterarse—. Bien, Julia, continúa.
—Ese cadete dijo que el joven Mario trató de persuadir a Lucio Catón para que ordenase la retirada, pero él le apostrofó llamándole hijo de traidor itálico, se negó a ordenarla y añadió que era preferible que todos los romanos cayeran frente al enemigo que vivir sin honra. ¡Y el cadete dice
que nuestro hijo le clavó a Lucio Catón la espada hasta la empuñadura por la espalda! Y que luego tomó el mando y ordenó la retirada —concluyó Julia entre lágrimas.
—¿Y no podía Quinto Lutacio haber aguardado a contármelo a mí en lugar de abrumarte a ti con la noticia? —inquirió Mario con aspereza.
—No tenía tiempo, Cayo Mario —contestó Julia, enjugándose las lágrimas y tratando de sobreponerse—. Le han enviado con urgencia desde Capua y tuvo que emprender viaje a toda prisa. De hecho, dice que no debía haber pasado por Roma para visitarnos; así que debemos darle las gracias. Dijo que tú sabrías qué hacer, y cuando Quinto Lutacio dice eso es porque cree que nuestro hijo ha matado a Catón. ¡Oh, Cayo Mario!, ¿qué podemos hacer? ¿Qué es lo que ha querido decir Quinto Lutacio?
—Que tengo que ir a Tibur con mi amigo Cayo Julio, aquí presente — contestó Mario poniéndose en pie.
—¡Tú no puedes viajar! —exclamó Julia conteniendo un grito.
—Claro que puedo. Ahora cálmate, esposa, y dile a Estrofantes que envíe a alguien a casa de Aurelia para que venga Lucio Decumio. Él me asistirá durante el viaje para ahorrarle energías al niño. — Y diciendo esto, Mario apretaba con fuerza el hombro del pequeño, no apoyándose en él, sino como indicándole que no dijese nada.
—Que vaya contigo sólo Lucio Decumio, Cayo Mario —dijo Julia—.
Cayo Julio debe estar en casa, con su madre.
—Sí, tienes razón. Márchate a casa, joven César.
—Mi madre me mandó estar contigo para algo, Cayo Mario —replicó el pequeño con firmeza—. Y si en estas circunstancias te dejara, se enfadaría mucho.
Mario habría insistido, pero fue Julia, conociendo a Aurelia, la que se retractó.
—Tiene razón, Cayo Mario. Llévatelo.
Así fue como una hora larga más tarde, aquel verano, en un carro tirado por cuatro mulas, salían de Roma por la puerta Esquilina Cayo Mario, el pequeño César y Lucio Decumio. Este, que era un buen conductor, mantuvo a los animales a buen trote hasta Tibur sin que llegasen exhaustos.
El pequeño César, apretado entre Mario y Decumio, fue contemplando encantado el paisaje hasta que se hizo de noche. Nunca había efectuado un viaje tan improvisado y en lo más íntimo de su ser sintió la pasión por los viajes rápidos.
Aunque le llevaba nueve años, el pequeño César conocía a su primo carnal, pues conservaba muchos recuerdos de la infancia y era una persona que ni le agradaba ni le desagradaba. Y no es que el joven Mario le hubiese maltratado ni se hubiera burlado de él; no, era por los otros niños a quienes había maltratado o de quienes se había burlado, la causa de que el pequeño César no mantuviera una buena disposición para con su primo. Durante las constantes disputas entre Mario hijo y Sila hijo, a él siempre le había parecido que era éste quien llevaba razón. Además, el joven Mario siempre había tenido dos caras con Cornelia Sila: muy amable delante de ella y despreciativo a sus espaldas; y no sólo se reía de ella delante de sus primos, sino también ante sus amigos. Por consiguiente, el apuro en que se encontraba el hijo de Mario no preocupaba gran cosa al pequeño. Pero sí que lo sentía, y mucho, por Cayo Mario y tía Julia.
Cuando oscureció, la carretera se fue iluminando por una media luna y Lucio Decumio puso a las mulas al paso. El niño en seguida se quedó dormido con la cabeza reclinada en el regazo de Mario y con ese desmadejamiento que sólo se ve en el cuerpo de niños y animales.
—Bien, Lucio Decumio, vamos a hablar —dijo Mario.
—Buena idea —contestó Lucio Decumio, animoso.
—Mi hijo se encuentra en grave apuro.
—Bah, no puede ser —replicó Lucio Decumio para quitar hierro al asunto.
—Le acusan del asesinato del cónsul Catón.
—Por lo que yo he oído del cónsul Catón, al joven Mario deberían concederle la corona de hierba por salvar el ejército.
—Y que lo digas —replicó Mario riéndose—. Según cuenta mi esposa, ésas han sido las circunstancias. ¡Ese imbécil de Catón se buscó la derrota! Me imagino que ya habrían muerto sus legados y supongo que los tribunos estarían transmitiendo órdenes por el campo, órdenes erróneas seguramente.
Desde luego, el único personal de estado mayor que tenía a su lado eran los cadetes, y sería mi hijo quien le aconsejaría la retirada. Catón se negó y le llamó hijo de traidor itálico. Tras lo cual, según dice otro cadete, el joven Mario le metió tres palmos de espada romana por la espalda y ordenó la retirada.
—¡Y ha hecho muy bien, Cayo Mario!
—Eso creo yo… en cierto modo. Pero, por otra parte, lamento que lo hiciera cuando Catón le daba la espalda. Pero yo conozco a mi hijo, y, aunque tiene genio, no carece de sentido del honor. Mientras era pequeño no tuve muchas oportunidades de estar en casa para quitarle ese genio, y, además, era listo y no nos lo mostraba ni a su madre ni a mi.
—¿Cuántos testigos hay, Cayo Mario?
—Por lo que tengo entendido, sólo uno. Pero no lo sabré hasta que vea a Lucio Cornelio Cinna, que ahora tiene el mando. Desde luego, el joven Mario tendrá que responder de esos cargos. Si el testigo se ratifica en la versión de los hechos, a mi hijo pueden condenarle a flagelación y a ser decapitado. Porque matar a un cónsul no es un simple asesinato: es nefas.
—Bah, bah —se limitó a farfullar Lucio Decumio.
Naturalmente, él ya sabía que le habían pedido que hiciera aquel viaje para enderezar un entuerto. Pero lo que le fascinaba era que le hubiera solicitado Cayo Mario. ¡Cayo Mario! El hombre más decidido y honorable que él conocía. ¿Qué había dicho años atrás Lucio Sila? Que mientras él tomaba un camino tortuoso, Cayo Mario iba recto. Sin embargo, aquella noche era como si Mario hubiese optado por un camino tortuoso. No le parecía propio de su carácter, porque él pensaba que Cayo Mario habría debido probar antes otros recursos.
Lucio Decumio se encogió de hombros. Al fin y al cabo, Cayo Mario era padre y aquél era su único hijo. Insustituible. Y no era tan mal chico, arrogancia aparte. Debía de ser difícil ser hijo de un gran hombre. Sobre todo para alguien que no tiene la misma fibra.
Sí, era valiente, y nada tonto, pero nunca llegaría a ser un gran hombre. Eso costaba mucho; mucho más de lo que el joven Mario podía pensar. ¡Qué madre tan guapa tenía! Ah, si él hubiese tenido una madre como la del
pequeño César, las cosas habrían sido muy distintas. Aquella mujer no le pasaba ni una a su hijo. Aparte de que la familia no tenía mucho dinero.
El terreno, que hasta entonces era plano, comenzó a elevarse bruscamente y las cansadas mulas comenzaron a hacerse las remolonas, pero Lucio Decumio las fustigó, dirigiéndoles terribles vituperios, y con mano de hierro las obligó a seguir.
Quince años atrás, Lucio Decumio se había proclamado protector de Aurelia, la madre del pequeño César, procurándose, aproximadamente por la misma época, una fuente adicional de ingresos. Era romano por nacimiento y miembro de la tribu urbana palatina, pero por el censo era miembro de la cuarta clase y de profesión encargado de la cofradía del cruce que había en la casa de pisos de Aurelia. Era un hombrecillo de rasgos anodinos y aspecto insignificante, cuya falta de erudición ocultaba una confianza inquebrantable en su propia inteligencia y fuerza de voluntad. La cofradía la dirigía como un general.
Sancionadas oficialmente por el pretor urbano, las obligaciones de la cofradía consistían en vigilar el cruce, barrer y regar la zona, cuidar del altar a los lares del cruce, comprobar que la fuente que abastecía de agua al barrio estuviera siempre limpia y organizar las fiestas anuales de la Compitalia. Miembros de la cofradía eran toda una gama de individuos del barrio, desde ciudadanos romanos de segunda clase hasta del censo por cabezas, y extranjeros, desde judíos y sirios hasta libertos y esclavos griegos; sin embargo, la segunda y tercera clase no acudían a la cofradía y en lugar de ello hacían generosos donativos. Los que frecuentaban la sorprendentemente limpia sede de la cofradía eran trabajadores que pasaban allí su día libre charlando y bebiendo vino barato. Todos los trabajadores — libertos o esclavos— tenían un día libre cada ocho, aunque no todos a la vez. Lo preceptivo era un día libre cada ocho días a contar desde el ingreso en el empleo. Por eso los que estaban en el local un día concreto podían ser gentes muy distintas a las de cualquier otro día, y siempre que Lucio
Decumio anunciaba que había algo que hacer, los que habían acudido dejaban el vino y obedecían las órdenes del encargado.
La cofradía dirigida por Lucio Decumio realizaba actividades muy ajenas al cuidado del cruce. Cuando el tío y padrastro de Aurelia, Marco Aurelio Cota, le compró la ínsula como medio rentable de inversión de la dote, la decidida joven descubrió en seguida que aquel local de su casa daba cobertura a una pandilla que asediaba a los tenderos y comerciantes del barrio cobrándoles una tasa de protección contra el vandalismo y la violencia; pero pronto puso coto a tal situación, o mejor dicho, Lucio Decumio y sus cofrades trasladaron su agencia de protección a zonas en las que Aurelia no conocía a las víctimas ni tenían nada que ver con el barrio.
Aproximadamente por la misma época en que Aurelia adquirió su ínsula, Lucio Decumio encontró una ocupación que convenía a su carácter tanto como a su bolsa: se convirtió en asesino. Aunque sus fechorías se murmuraban más que relatarlas claramente, los que le conocían le consideraban responsable de numerosos homicidios políticos y comerciales de romanos y extranjeros. Que no le molestara nadie —y no digamos arrestarle— se debía a su habilidad y audacia. Nunca había pruebas. Sin embargo, la naturaleza de su lucrativo oficio era de dominio público en el Subura. Como decía el propio Lucio Decumio, si nadie sabe que eres un asesino, nadie te ofrece trabajo. Algunas fechorías las negaba, y en eso también se le creía. Así, se le había oído comentar que el asesinato de Aselio era obra de un chapucero que había puesto en peligro a Roma matando a un augur en pleno ritual y ataviado con las vestiduras sagradas. Aunque Lucio Decumio opinaba que Metelo Numídico el Meneitos había sido envenenado, proclamaba a los cuatro vientos que había sido por mano de una mujer.
Se había enamorado de Aurelia desde que la conoció, no de un modo romántico o carnal —insistía él—, sino por reconocimiento instintivo de un espíritu afin, tan decidido, Valeroso e inteligente como él. Aurelia se convirtió en algo suyo que había que querer y proteger, y conforme fueron naciendo sus hijos, también ellos quedaron guarecidos bajo el ala protectora del rufián. Al pequeño César le idolatraba y, a decir verdad, le quería más
que a sus dos hijos, que eran casi unos hombres y comenzaban a aprender las obligaciones de la cofradía. Él había protegido al niño durante años, pasando horas en su compañía y adquiriendo un sincero aprecio por el mundo al que pertenecía; él le había explicado cómo funcionaba la agencia de protección y cómo actuaba un buen asesino. No había nada de Lucio Decumio que no supiese el pequeño César. Y nada había que le resultara incomprensible; sencillamente, la conducta apropiada para un patricio romano no era la misma que la de un romano de cuarta clase encargado de una cofradía de cruce. A cada uno lo suyo. Pero eso no era óbice para que fuesen amigos y se tuvieran afecto.
—Nosotros, los romanos de clase baja somos villanos —le había dicho Lucio Decumio al pequeño—, y no podemos comer y beber decentemente, tener tres o cuatro buenas esclavas, una de ellas con un cunnus que valga la pena alzarle la falda. Aunque fuésemos listos para el negocio, y casi ninguno lo somos, ¿dónde íbamos a encontrar capital, digo yo? No, yo siempre digo que cada uno se hace la túnica conforme le conviene y ya está —dijo apoyando el índice en un lado de la nariz y enseñando sus sucios dientes—. ¡Pero no digas ni una palabra de esto, Cayo Julio! ¡Ni una palabra a nadie! Y menos a tu querida madre.
El pequeño guardaba los secretos y no decía nada a nadie, Aurelia incluida. La formación del pequeño era mucho más amplia de lo que ella imaginaba.
A medianoche, el carruaje con las sudorosas mulas llegaba al campamento militar en las afueras del pueblo de Tibur. Cayo Mario sacó al ex pretor Lucio Cornelio Cinna de la cama sin el menor miramiento.
Se conocían ligeramente, pues había casi treinta años de diferencia de edad entre ellos, pero Cinna se había significado por sus discursos en la Cámara como defensor de Mario, y había sido un buen praetor urbanus — el primero de los gobernadores de Roma en tiempo de guerra debido a la ausencia de los cónsules—, pero el enfrentamiento con los itálicos había echado por tierra sus esperanzas de aumentar su fortuna privada con el
cargo de gobernador en alguna provincia. Ahora, dos años después, se encontraba sin medios para pagar la dote de sus hijas e incluso no estaba muy seguro de poder garantizar la carrera senatorial de su hijo más allá de simple senador sin derecho a la palabra. La carta del Senado, otorgándole el mando supremo del frente marso tras la muerte del cónsul Catón, no le había entusiasmado, pues la cruda realidad era que le obligaba a dedicarse intensamente a apuntalar una estructura que había dejado tambaleante un comandante tan inepto como arrogante. ¡Ah!, ¿dónde estaría aquella suculenta provincia?
Hombre fornido y bajo, de rostro curtido y mandíbula desencajada, su aspecto no le había impedido hacer un buen matrimonio con una rica heredera, Annia, de una buena familia plebeya que había sido consular durante dos siglos. Cinna y Annia tenían tres hijos, una chica de quince años, un hijo de siete y otra niña de cinco. Aunque no era ninguna beldad, Annia era una mujer que llamaba la atención por su pelo rojo y ojos verdes; la hija mayor había heredado su pelo, mientras que los otros dos retoños eran morenos como el padre. Nada de esto había tenido relevancia hasta que Cneo Domicio Ahenobarbo, pontífice máximo, había ido a visitar a Cinna para pedirle la mano de su hija mayor en representación de su hijo Cneo.
—A los Domicios Ahenobarbos nos gustan las esposas pelirrojas —dijo sin rodeos el pontífice máximo—, y tu hija Cornelia Cinna reúne todas las condiciones que yo deseo para ser la esposa de mi hijo… tiene la edad adecuada, es patricia y es pelirroja. En principio había echado el ojo a la hija de Lucio Sila, pero, lamentablemente, va a casarse con el hijo de Quinto Pompeyo Rufo. Aunque tu hija es más que adecuada. Es de la misma gens y supongo que tendrá una buena dote.
Cinna había tragado saliva, dirigiendo una plegaria a Juno Sospita y a Ops, confiando llegar en un futuro a ser gobernador de alguna apetecible provincia.
—Cuando mi hija tenga edad para casarse, Cneo Domicio, tendrá una dote de cincuenta talentos. Más no puede ser. ¿Te parece bien?
—¡Oh, de sobra! —contestó Ahenobarbo—. Cneo es mi principal heredero, así que a tu hija no le faltará de nada. Creo que estoy entre los
cinco o seis hombres más ricos de Roma y tengo miles de clientes. ¿Quieres que procedamos a la ceremonia de esponsales?
Todo esto había tenido lugar el año anterior al pretorado de Cinna, un momento para imaginarse razonablemente que iba a poder disponer del dinero para la dote de su hija antes de que llegase el momento del casamiento con el hijo de Cneo Domicio Ahenobarbo. Si la fortuna de Annia no hubiese estado tan condenadamente comprometida, las cosas habrían sido más fáciles; pero era el padre de Annia quien mantenía el control, y a la muerte de ella los hijos no la heredarían.
Cuando Cayo Mario le despertó y la luna ya desaparecía por el oeste, Cinna no tenía ni idea de las consecuencias que aquella visita acarrearía. De mala gana, se puso una túnica y unos zapatos y se dispuso a decir cosas desagradables al padre de un cadete que parecía muy prometedor.
El gran hombre entró en la tienda de mando seguido de una curiosa escolta, un hombre del común de unos cincuenta años y un niño guapísimo. Era el niño quien efectuaba casi toda la faena; por sus gestos se notaba que estaba acostumbrado. Cinna le habría tomado por un esclavo de no haber sido porque llevaba la hulla al cuello y se comportaba como un patricio de mejor familia que los Cornelios. Al sentarse Mario, el niño permaneció a su izquierda y el cincuentón detrás.
—Lucio Cornelio Cinna, te presento a mi sobrino Cayo Julio César y a mi amigo Lucio Decumio. Puedes hablar sin tapujos delante de ellos —dijo Mario, poniéndose la mano izquierda en el regazo con la derecha, con aspecto menos cansado de lo que Cinna habría podido pensar y más en posesión de sus facultades de lo que las noticias de Roma, ya un tanto pasadas, por cierto, habrían dado a entender. Aunque, afortunadamente, no parecía un temible adversario, pensó Cinna.
—Una tragedia, Cayo Mario.
Los despiertos ojos de Mario recorrieron la tienda para ver si había alguien y, tras comprobar que no, se posaron en Cinna.
—¿Estamos solos, Lucio Cinna?
—Totalmente.
—Bien —dijo Mario, sentándose más cómodo en la silla—. Mi fuente de información es de segunda mano y me he enterado por Quinto Lutacio que pasó a verme a casa, pero yo no estaba. Fue él quien se lo contó a mi esposa, quien a su vez me lo contó a mi. Tengo entendido que a mi hijo se le acusa del asesinato del cónsul Lucio Catón durante una batalla y que hay testigo o testigos. ¿Son así los hechos?
—Sí, eso me temo.
—¿Cuántos testigos?
—Uno solo.
—¿Y quién es? ¿Un hombre íntegro?
—Por encima de todo reproche, Cayo Mario. Es un contubernalis llamado Publio Claudio Pulcher —contestó Cinna.
—¡Ah, esa familia! —gruñó Mario—. Es famosa por sus rencores y por ser muy difícil de tratar. Y más pobre que un pastor de Apulia. ¿Cómo puedes afirmar tan tajantemente que está por encima de todo reproche?
—Porque Claudio no parece de la familia —replicó Cinna, decidido a acabar con las esperanzas de Mario—. Su reputación en la tienda de cadetes y durante el mando del finado Lucio Catón es impecable. Lo comprobarás cuando le veas. Muestra una profunda lealtad a sus compañeros, es el mayor de todos, y un gran afecto por tu hijo. Y también tengo que decir que admira el comportamiento en el combate de tu hijo. Lucio Catón no gozaba de las simpatías de su estado mayor, y no digamos nada de la tropa.
—Pero Publio Claudio ha acusado a mi hijo.
—Lo creyó su deber.
—¡Ah, ya! Un mojigato presumido.
—¡No, Cayo Mario, no lo es! —replicó Cinna—. ¡Piensa por un momento como comandante, te lo ruego, no como padre! El joven Pulcher es un estupendo romano, tan entregado a su deber como a su familia. El ha cumplido con su deber, por mucho que lo detestara. Y ésa es la pura verdad.
Cuando Mario se rebulló para levantarse, se notó que estaba cansado, pues, aunque ya se había acostumbrado a moverse por sí solo, tenía que ayudarle el pequeño César. El anodino Lucio Decumio se puso a la derecha de Mario y lanzó un carraspeo.
—¿Quieres decir algo? —inquirió Cinna.
—Perdonad, Lucio Cinna, ¿el caso del joven Mario se juzga mañana? —No. Puede ser al día siguiente —contestó Cinna parpadeando
sorprendido.
—Pues si no os importa, que sea al día siguiente. Cuando Cayo Mario se levante mañana, y no lo hará muy temprano, tendrá que hacer ejercicio porque se ha pasado mucho tiempo sentado incómodo en el carruaje. — Decumio hablaba despacio, concentrándose en las reglas gramaticales—. Actualmente su ejercicio consiste en tres horas diarias a caballo, y se le debe dar la oportunidad de hablar con ese cadete llamado Publio Pulcher. El joven Mario está acusado de un crimen capital, y un hombre de la importancia de Cayo Mario merece una deferencia, ¿no? Yo creo que sería mejor que Cayo Mario viera a Publio Claudio en algún sitio menos… menos formal que la tienda. Ninguno queremos que las cosas… que las cosas sean más penosas de lo que debe… de lo que deben ser; así que yo creo que estaría bien que organizaseis una salida a caballo para mañana por la tarde y que acudieran todos los cadetes, incluido Publio Claudio.
Cinna fruncía el entrecejo, sospechando que querían inducirle a hacer algo que lamentaría. El niño que estaba a la izquierda de Mario le dirigió una sonrisa encantadora con un guiño.
—Os ruego que perdonéis a Lucio Decumio —dijo el pequeño César—. Es el cliente más devoto de mi tío. ¡Y además es un déspota! La única manera de tenerle contento es complacerle.
—No puedo permitir que Cayo Mario hable en privado con Publio Claudio antes del juicio —contestó Cinna apesadumbrado.
Mario había permanecido con aire de profunda indignación durante el diálogo, pero ahora se volvía con tal gesto furibundo hacia Lucio Decumio y el niño, que Cinna pensó que iba a darle otra apoplejía.
—¿Pero qué son todas esas tonterías? —bramó—. ¡No tengo por qué ver para nada a ese dechado del deber llamado Publio Claudio! ¡Lo único que deseo es ver a mi hijo y asistir al juicio!
—Vamos, vamos, Cayo Mario, no os pongáis nervioso —terció Lucio Decumio con voz zalamera—. Mañana, después de una buena cabalgada,
iréis más dispuesto al juicio.
—¡Ah, los dioses me libren de mentecatos! —exclamó Mario, saliendo de la tienda por sí solo—. ¿Dónde está mi hijo?
El pequeño César se quedó rezagado, mientras Lucio Decumio se apresuraba a seguir a Mario.
—No le deis importancia, Lucio Cinna —dijo, esgrimiendo otra vez la encantadora sonrisa—. Siempre están riñendo, pero Lucio Decumio tiene razón. Cayo Mario necesita descansar y hacer mañana su ejercicio cotidiano. Para él es un triste asunto, y a todos nos preocupa que no afecte gravemente a su convalecencia.
—Sí, claro, lo entiendo —dijo Cinna, dándole unas paternalistas palmaditas en el hombro, pues era demasiado alto para dárselas en la cabeza
—. Mejor será que le lleve ahora a ver a su hijo —añadió, cogiendo una antorcha del soporte y yendo tras el bulto de Mario—. Por aquí, Cayo Mario. Para cubrir las apariencias, he confinado a tu hijo a solas en una tienda hasta que comparezca a juicio. Y he puesto una guardia para que no hable con nadie.
—Supongo que comprenderás que este juicio no es decisivo —dijo Mario cuando pasaban entre dos filas de tiendas—. Si el resultado es desfavorable para mi hijo, quiero que lo juzguen sus iguales en Roma.
—Desde luego —contestó Cinna.
Cuando padre e hijo se vieron frente a frente, el joven Mario dirigió a su progenitor una mirada algo airada, pero en seguida se contuvo. Hasta que reparó en Lucio Decumio y el pequeño César.
—¿Por qué has traído a ésos? —inquirió.
—Porque no podía hacer el viaje solo —contestó Mario, haciendo un brusco gesto a Cinna para que saliera y dejando que le ayudasen a sentarse en la única silla que había en la tienda—. Bien, hijo mío, tu genio te ha metido finalmente en un buen lío —añadió, como quien recita aburridamente una sentencia.
El joven Mario le miró estupefacto, como a la espera de algún signo. Luego lanzó un sollozo y exclamó:
—¡Yo no lo hice!
—Bien —dijo Mario con afecto—. No digas más que eso, hijo, y todo ira bien.
—¿Ah, sí, padre? ¿Y cómo, si Publio Claudio jura que fui yo?
Mario se puso en pie de pronto, decepcionado.
—Si sigues sosteniendo que eres inocente, hijo, te prometo que no te sucederá nada. Nada.
El rostro del joven Mario reflejó una sensación de alivio; pensó que aquél era el signo que esperaba.
—¿Vas a arreglarlo, verdad?
—Puedo arreglar muchas cosas, Cayo Mario hijo, pero no un juicio militar presidido por un hombre de honor —contestó Mario hastiado—. Lo más que podré conseguir es que te juzguen en Roma. Ahora, haz como yo y duerme. Te veré mañana por la tarde.
—¿Sólo mañana por la tarde? ¿No es para mañana el juicio?
—Te veré mañana por la tarde. El juicio lo han retrasado un día para que yo pueda hacer mi ejercicio… si no, nunca estaré en forma para ser cónsul por séptima vez —añadió, volviéndose en la entrada de la tienda y sonriéndole con grotesca sorna—. Tengo que cabalgar, me dicen éstos. Y me van a presentar al que te acusa; pero no para convencerle de que haga otra versión, hijo. Me han prohibido verle a solas. Yo, Cayo Mario — prosiguió, recuperando el aliento—, aleccionado por un simple pretor sobre lo que debo hacer… ¡Te puedo perdonar que matases a un militar chapucero a punto de permitir el aniquilamiento de su ejército, joven Mario, pero no te perdono que me hayas puesto en esta situación de tener que transigir!
Cuando se reunieron para salir a caballo, a la mañana siguiente, Cayo Mario fue puntillosamente correcto en su actitud frente a Publio Claudio Pulcher, un joven moreno y de aspecto avergonzado, que, con toda evidencia, habría deseado hallarse en cualquier otra parte menos allí. Nada más ponerse en marcha, Mario se unió a Cinna, mientras que su legado Marco Cecilio Cornutus y el pequeño César cabalgaban detrás y los cadetes
a retaguardia. Una vez comprobado que ninguno de ellos conocía el terreno, Lucio Decumio se puso en cabeza.
—Hay una magnífica vista de Roma a unas dos millas —dijo—, justamente la distancia que tiene que cabalgar Cayo Mario.
—¿Cómo conoces tan bien Tibur? —inquirió Mario.
—Mi abuelo paterno era de aquí —contestó el suburense al frente de la fila que formaban los jinetes por un estrecho sendero serpenteante que ascendía cada vez más.
—No pensaba que tuvieras nada de rural en tu malfamado cuerpo, Lucio Decumio.
—Y no lo tengo, Cayo Mario —contestó él, sonriendo por encima del hombro—. ¡Pero ya sabéis cómo son las mujeres! Mi madre nos traía a rastras aquí todos los veranos.
Hacía muy buen día y el sol calentaba, pero un vientecillo fresco azotaba el rostro de los jinetes, y se oía el rugir del Anio en su angosto lecho, ora estrepitoso, ora un murmullo. Lucio Decumio puso el corcel a paso lento y el tiempo fue transcurriendo sin que apenas se dieran cuenta; sólo el evidente placer que Mario extraía del paseo hacía que el resto viera en ello algo positivo. Publio Claudio Pulcher, que había estado temiendo el encuentro con el padre del joven Mario, fue relajándose poco a poco y entabló conversación con los otros dos cadetes; mientras que Cinna, que cabalgaba junto a Mario, se preguntaba si éste haría alguna propuesta al acusador de su hijo, pues estaba convencido que era el motivo real del paseo. El, que también era padre, imaginaba que habría recurrido a lo que fuese de haberse encontrado su hijo en igual situación.
—¡Mirad! —exclamó Lucio Decumio ufano, apartando su caballo del sendero para que los demás se adelantasen—. Una vista que Vale la pena, ¿no es cierto?
Lo era. Estaban en una cornisa en la ladera, un lugar en que algún cataclismo había desprendido la roca, dejando un precipicio a pico hasta la llanura de abajo. Se veían las aguas turbulentas y espumeantes del Anio hasta su confluencia con el Tíber, una corriente azulada irrumpía a lo lejos por el norte. Más allá de la confluencia de los dos ríos estaba Roma, una
extensión de vívidos colores y tejados de ladrillo rojo, con sus templos coronados de estatuas brillantes; y ya en la línea del horizonte el aire era tan diáfano, que incluso se vislumbraba el mar Toscano.
—Estamos a mucha distancia por encima de Tibur —dijo Lucio Decumio a sus espaldas, descabalgando.
—¡Qué pequeña se ve la ciudad desde aquí! —dijo Cinna, maravillado. Todos se acercaron al borde del precipicio para contemplar la panorámica, menos Lucio Decumio. Los jinetes se entremezclaron y se hizo evidente que Mario no iba a tener oportunidad de hablar con Publio
Claudio, pues Cinna los había separado al acercarse los cadetes.
—¡Mirad! —exclamó el pequeño César, golpeando fuerte con el pie al caballo, que se había plantado—. ¡El acueducto del Anio! ¿A que parece de juguete? ¡Es precioso!
Se había dirigido a Publio Claudio, que parecía extasiado por la panorámica y dispuesto, como el pequeño, a observar todos los detalles.
Se acercaron los dos al borde lo máximo que sus caballos consintieron para contemplar Roma, sonriéndose mutuamente una vez saciada la vista.
Como realmente era una panorámica magnífica, todos —menos Lucio Decumio— prestaban únicamente atención mirando al frente. Por eso nadie advirtió que el suburense sacaba un pequeño objeto en forma de i griega de la bolsa que llevaba colgada a la túnica, ni le vieron colocar una aguda punta metálica en el centro de una tira de cuero flexible que unía los extremos de la pequeña horca de madera. Con la misma naturalidad de quien da un bostezo o se rasca la cabeza, se llevó el artilugio a la altura del ojo, tensó todo lo que pudo la tira de cuero, apuntó con cuidado… y la soltó.
El caballo de Publio Claudio relinchó y retrocedió encabritado, mientras el cadete se agarraba instintivamente a las crines para no caer. Sin importarle el peligro, el pequeño César alargó la mano por encima del cuello de su montura y agarró la brida del animal. Todo sucedió tan de prisa, que nadie después pudo recomponer la escena, salvo el notorio hecho de que el pequeño César había actuado con una apabullante valentía impropia de su edad, pues también su caballo se asustó y, al retroceder,
chocó de costado con el del cadete, yendo a plantar las patas delanteras en el vacío… Los dos caballos con los jinetes cayeron al precipicio, pero, no se supo cómo, el pequeño César, en lugar de ser arrastrado, se irguió en la silla y pudo saltar sobre la cornisa, agarrándose al suelo como un gato.
Todos permanecieron estupefactos al borde del abismo, pálidos, con ojos como platos, y en principio preocupados sólo por ver si el pequeño se encontraba bien. Luego, y el niño el primero (y menos jadeante que ninguno), todos se asomaron al precipicio. Allá abajo se veían los dos caballos despanzurrados. Con Publio Claudio Pulcher. Se hizo un profundo silencio. Prestaron oído por si llegaban gritos de auxilio, pero sólo se escuchaba el rumor del viento. Y nada se movía; ni un halcón en lo alto.
—¡Vamos, apártate! —se oyó decir a una voz, y Lucio Decumio agarró al pequeño del hombro y lo retiró del borde del precipicio, arrodillándose para palparle por todas partes y comprobar que no tenía nada roto—. ¿Por qué has hecho eso? —musitó en voz muy baja para que nadie le oyera.
—Tenía que parecer convincente —le respondió el pequeño en un suspiro—. Hubo un momento en que no estaba seguro que su caballo fuese a caer. Y era mejor asegurarse. Sabía que no me pasaría nada.
—¿Y cómo sabías lo que yo iba a hacer? ¡Si ni siquiera mirabas hacia donde estaba!
—¡Oh, Lucio Decumio —exclamó el pequeño con gesto de exasperación—, te conozco de sobra! En cuanto Mario mandó buscarte supe para qué era. A mí, lo que le suceda a mi primo me da igual, pero no deseo la desgracia para Cayo Mario y mi familia. Un rumor es una cosa, pero un testigo es otra.
Apoyando su mejilla contra aquel pelo dorado, Lucio Decumio cerró los ojos en gesto tan exasperado como el del pequeño.
—¡Pero has arriesgado la vida!
—Tú no te preocupes por mi vida, ya la cuido yo. Cuando la descuide será porque ya no sirva para nada —replicó el chiquillo, zafándose del abrazo del suburense para ir a ver si Cayo Mario se encontraba bien.
Inquieto y confuso, Lucio Cornelio Cinna sirvió vino para él y Cayo Mario nada más llegar a la tienda. Lucio Decumio había llevado al pequeño César a pescar en las cascadas del Anio y el resto del grupo estaba reunido para formar otro que fuese a recoger los restos del cadete Publio Claudio Pulcher para enterrarlo.
—Tengo que decir que, por lo que a mí y a mi hijo respecta, ha sido un oportuno accidente —dijo Mario crudamente, dando un cumplido trago de vino—. Sin Publio Claudio, el juicio se va al agua, amigo mío.
—Ha sido un accidente —añadió Cinna en un tono que daba a entender que su mayor preocupación era convencerse a sí mismo—. ¡Otra cosa no ha podido ser!
—Exacto. Otra cosa no ha podido ser. Casi estuve a punto de perder un muchacho mejor que mi hijo.
—Yo creía que el chico no se salvaba.
—Creo que ese muchachito es la suerte personificada —dijo Mario con un ronroneo—. Tendré que vigilarle para que no me eclipse.
—¡Oh, que complicación! —exclamó Cinna con un suspiro.
—Sí, no es un buen presagio para quien ocupa la tienda de general — comentó Mario afable.
—¡Espero salir mejor librado que Lucio Catón!
—Peor, es difícil —añadió Mario con una sonrisa—. Sin embargo, yo, sinceramente, espero que salgas con bien de ésta, Lucio Cinna. Y te quedo muy agradecido por tu paciencia. ¡Enormemente!
De algún modo, en lo más íntimo de su ser, Cinna oyó el tintineo de una cascada de monedas, ¿o sería el rumor del Anio, donde aquel extraordinario muchacho estaba alegremente pescando como si nada pudiera quebrar su entereza?
—¿Cuál es el primer deber de uno, Cayo Mario? —inquirió Cinna de pronto.
—El primer deber de una persona, Lucio Cinna, es la familia.
—¿Y Roma no?
—¿Y qué es Roma sino su familia?
—Si… Sí, supongo que sí. Y los que hemos nacido para ello y tenemos hijos para el mismo propósito, debemos esforzarnos porque nuestras familias sigan teniendo la posibilidad de gobernar.
—Así es —dijo Cayo Mario.
VII
Una vez que Lucio Cornelio Sila hubo hechizado (como había dicho el
pequeño César) a Catón el Cónsul, desplazándolo del frente marso, procedió a adoptar medidas para recuperar el territorio romano en poder de los itálicos. Aunque oficialmente seguía siendo legado, de hecho ostentaba el mando supremo del frente sur, y sabía que no habría injerencia por parte del Senado ni de los cónsules, siempre, desde luego, que obtuviera buenos resultados. Italia estaba cansada; uno de sus dos principales dirigentes, el marso Silo, habría seguramente considerado la rendición de no haber sido por el otro, Cayo Papio Mutilo, que se negaba a ceder; Sila lo sabía. Por consiguiente tenía que actuar de modo que le hiciera ver que defendía una causa perdida.
La primera acción de Sila fue tan secreta como fantástica, pero disponía del hombre adecuado para esa tarea que él no podía llevar a cabo. Si su idea daba frutos, sería el principio del fin para los samnitas y sus aliados en el sur. Sin decir a Catulo César en Capua por qué apartaba las dos mejores legiones del escenario de Campania, Sila las embarcó de noche en una flota anclada en el puerto de Puteoli.
Iban al mando de su legado Cayo Cosconio, con órdenes explícitas de zarpar y doblar el talón de la península para desembarcar en la costa este, cerca de Apenestae, en Apulia. El primer tercio del viaje, en descenso por la costa oeste, debían hacerlo sin perder de vista tierra, para que cualquier vigía en Lucania pensase que la flota se dirigía a Sicilia, donde existían rumores de sublevación. Durante el segundo tercio, la flota podía aproximarse a la costa y reavituallarse en puertos como Croto, Tarentum y Brundisium, en donde difundirían la noticia de que iban a sofocar disturbios en Asia Menor, versión que se había hecho circular entre la propia tropa. Y cuando zarpase de Brundisium, último tercio del viaje y el más corto, toda la ciudad debía quedar convencida de que se dirigía a través del Adriático a Apollonia, en Macedonia occidental.
—Después de Brundisium —dijo Sila a Cosconio—, no se te ocurra tocar tierra hasta que llegues al punto de destino. En tus manos dejo la decisión de dónde desembarcar exactamente. Elige un lugar tranquilo y no
ataques hasta que no estés preparado del todo. Tu cometido es liberar la Via Minucia al sur de Larinum y la Via Appia al sur de Ausculum Apulium. Después, concéntrate sobre el este del Samnio. Cuando estés en esa fase yo avanzaré en dirección este para reunirme contigo.
Eufórico por haber sido designado para aquella vital misión y seguro de que él y sus hombres tenían capacidad para llevarla a buen fin, Cosconio ocultaba su entusiasmo y escuchaba sin perder detalle.
—Recuerda, Cayo Cosconio, que por mar has de ir sin prisas —dijo Sila
—. En la mayoría de las jornadas no quiero que navegues más de veinticinco millas. Estamos a finales de marzo, así que debes desembarcar al sur de Apenestae dentro de cincuenta días. Si desembarcas demasiado pronto, no tendré tiempo de completar el movimiento de tenaza. Necesito esos cincuenta días para recuperar todos los puertos de la bahía del Cráter y echar a Mutilo de Campania occidental. Sólo después podré avanzar en dirección este.
—Como la navegación rodeando el pie de la península es problemática, me alegro de disponer de cincuenta días, Lucio Cornelio —contestó Cosconio.
—Si tienes que remar, rema —añadió Sila.
—Estaré en mi destino dentro de cincuenta días, puedes estar seguro, Lucio Cornelio.
—Sin perder un solo hombre; y menos una nave.
—Todas llevan un buen capitán y estupendos timoneles, y se han previsto todas las eventualidades de la singladura. No fallaré. Llegaremos a Brundisium lo antes posible y aguardaremos allá lo que sea necesario; ni un día más ni un día menos —dijo Cosconio.
—¡Muy bien! Y recuerda una cosa, Cayo Cosconio. Tu mejor aliado es la Fortuna. Ofrécele sacrificios cada día. Si ella te tiene tanto afecto como a mí, todo saldrá bien.
La flota que transportaba a Cosconio y a las dos legiones de choque zarpó de Puteoli al día siguiente a luchar contra los elementos, fiando en un
factor determinante: la suerte. Apenas había zarpado, Sila regresó a Capua y partió hacia Pompeya. Se trataba de un ataque mixto por tierra y mar, ya que Pompeya contaba con soberbias instalaciones portuarias junto a la desembocadura del Sarnus. El plan de Sila consistía en bombardear la ciudad con proyectiles incendiarios lanzados desde naves ancladas en el río.
Pero una duda persistía en su mente, y era algo que no podía modificar. La flotilla estaba al mando de un hombre al que no le gustaba cumplir las órdenes y en el que no se podía confiar del todo: nada menos que Aulo Postumio Albino. Veinte años atrás, había sido el mismo Aulo Postumio Albino quien había provocado la guerra contra el rey Yugurta de Numidia. Y no había cambiado.
Al recibir órdenes de Sila para que llevara sus naves de Neapolis a Pompeya, Aulo Albino decidió primero hacer saber a la marinería quién mandaba y lo que les sucedería si no se ponían marcialmente firmes cada vez que chascase los dedos. Pero la marinería era toda de Campania y de origen griego y las cosas que Aulo Albino les dijo les parecieron insoportablemente insultantes. Y, al igual que el cónsul Catón, quedó enterrado bajo un alud de proyectiles: pero éstos eran piedras, no terrones de barro, y Aulo Postumio Albino murió.
Afortunadamente, Sila no se hallaba muy lejos cuando le llegó la noticia del asesinato. Dejó que sus tropas prosiguieran la marcha al mando de Tito Didio y se dirigió con su mula a Neapolis para enfrentarse a los cabecillas de la sedición. Se hizo acompañar por su otro legado, Metelo Pío el Meneítos. Tranquilo e impasible, escuchó las apasionadas alegaciones y pretextos de los amotinados y respondió friamente:
—Mucho me temo que o demostráis que sois los mejores marinos y guerreros de la historia naval de Roma, o no olvidaré que habéis asesinado a Aulo Albino.
Luego nombró almirante a Publio Gabinio y así concluyó el motín. Metelo Pío el Meneitos se mordió la lengua hasta que él y Sila iban
camino de reunirse con el ejército. Ya no podía aguantar más.
—Lucio Cornelio, ¿vas a aplicarles algún castigo?
Sila alzó deliberadamente el ala del sombrero para que el Meneitos viese sus ojos glaciales y risueños.
—No, Quinto Cecilio, no pienso hacerlo.
—¡Tendrías que haberles despojado de la ciudadanía y mandar azotarlos!
—Si, eso es lo que casi todos los comandantes habrían ordenado… los necios. De todos modos, como tú eres sin duda uno de esos comandantes necios, te explicaré por qué no lo he hecho, para que lo veas tú mismo.
Sila alzó la mano derecha y fue enumerando las razones una por una. —En primer lugar, no nos podemos permitir perder esos hombres. Se
han curtido con Otacilio y tienen experiencia. Segundo, yo admiro su gran sentido común al deshacerse de un hombre que los habría mandado muy mal y que quizá los habría conducido a la muerte. Tercero, ¡yo no quería a ese Aulo Albino!, pero era un consular y no podía prescindir de él ni marginarle.
Con los tres dedos en el aire, Sila se volvió en la silla para mirar al desventurado Meneítos.
—Voy a decirte una cosa, Quinto Cecilio. Si por mi fuese, en mi estado mayor no habría lugar en absoluto para ineptos tan despreciables como Aulo Albino, el FInado cónsul Lupo y el actual cónsul Catón Liciniano. Le concedí el mando naval a él porque pensé que sería un mal menor. ¿Cómo voy a castigar a unos hombres que han hecho lo que yo habría hecho en similares circunstancias? Y cuarto —añadió estirando otro dedo—, esos hombres se han puesto en el brete de que si no actúan como espero, sí que puedo despojarlos de la ciudadanía y mandar azotarlos; lo que significa que tendrán que luchar como fieras. Y quinto —espetó, estirando el pulgar—, me es indiferente cuántos asesinos y ladrones tenga en mis tropas, con tal de que luchen como fieras.
La mano cayó con fiero ademán, cual hacha bárbara.
Metelo Pío abrió la boca, pero optó prudentemente por callarse lo que pensaba.
En el punto en que la carretera a Pompeya se dividía en dos ramales, uno hacia la puerta del Vesubio y el otro hacia la puerta Herculánea, Sila
dispuso a las tropas en un campamento bien fortificado. Cuando ya se hallaba bien protegido entre trincheras y empalizadas, la flotilla había alcanzado su destino e iniciaba el bombardeo de proyectiles incendiarios sobre la ciudad con mayor celeridad de lo que era capaz de recordar el más viejo centurión. Las caras aterradas que se veían en lo alto de las murallas daban a entender que era una clase de arte militar que nadie se esperaba. Pero peor fue el incendio.
Al día siguiente se evidenció que los samnitas de Pompeya habían enviado desesperados mensajes de socorro al aparecer un ejército samnita, superior en más de diez mil hombres al de Sila, que hizo alto a menos de trescientos pasos del campamento romano. Sila tenía un tercio de sus veinte mil hombres fuera, efectuando incursiones, y con la inesperada presencia del enemigo era una tropa que quedaba aislada. Con aspecto más temible que nunca, Sila se personó en las empalizadas con Metelo Pío y Tito Didio para escuchar los insultos y rechiflas que el viento traía desde las murallas de la ciudad, y que le gustaron menos aún que la aparición del ejército samnita.
—Ordenad la llamada a las armas —dijo a sus legados.
Tito Didio se volvía para hacerlo, cuando Metelo Pío le agarró por el brazo, deteniéndole.
—¡Lucio Cornelio, no podemos enfrentarnos a ésos! —exclamó el Meneitos—. ¡Nos harán pedazos!
—No nos queda más remedio que salir a luchar —replicó Sila tajante, mostrando su cólera por la objeción—. Ese que ha llegado es Lucio Cluentio y viene con ganas de quedarse. Si le dejo construir un campamento tan fortificado como el nuestro, volveremos a encontrarnos en la situación de Acerrae. ¡Y no pienso dejar estancadas cuatro legiones durante meses en un sitio como éste, ni necesito que Pompeya demuestre al resto de puertos rebeldes que Roma es incapaz de recuperarlos! ¡Y si eso no fuese motivo suficiente para atacarlos ahora mismo, Quinto Cecilio, ten en cuenta que cuando regresen las tropas que tenemos en incursión de avituallamiento se van a meter sin previo aviso entre el ejército samnita y será su perdición!
—Voy a llamar a las armas —dijo Didio, zafándose de Metelo Pío y dirigiéndole una mirada de desprecio.
Cubriéndose la cabeza con un casco en lugar de su habitual sombrero, Sila subió al tribunal del foro del campamento y se dirigió a los escasos trece mil hombres de que disponía.
—¡Todos sabéis lo que espero de vosotros! —gritó—. ¡Tenemos ahí una bandada de samnitas que nos triplican en número! ¡Pero Roma está harta de ser derrotada por una bandada de samnitas y Sila está harto de que los samnitas se apoderen de ciudades romanas! ¿De qué sirve ser un romano vivo si Roma tiene que humillarse ante los samnitas como una perra? ¡Este romano no lo hará! ¡Sila no está dispuesto! ¡Si tengo que salir solo a combatir, lo haré! ¿Voy a salir solo? ¿Es eso? ¿O vais a salir conmigo porque también sois romanos y estáis tan hartos de los samnitas como yo?
Todo el ejército respondió con estentóreos vítores, mientras él permanecía inmóvil hasta que acabaran. Porque él no había acabado.
—¡A echarlos! —gritó aún con mayor fuerza—. ¡A echarlos a todos! ¡Pompeya es nuestra! ¡Los samnitas han asesinado a mil romanos y ahora esos samnitas están en lo alto de las murallas de Pompeya creyéndose a salvo y abucheándonos porque creen que les tenemos miedo, esa pandilla de puercos samnitas! ¡Pues vamos a demostrarles que se equivocan! ¡Vamos a darles para el pelo hasta que regresen las tropas de incursión, y cuando regresen, nuestros gritos de guerra servirán para guiarlos a la batalla! ¡Contendremos a los samnitas hasta que vuelvan nuestros compañeros y les caigan por la espalda como romanos que son!
Se oyó una segunda aclamación estentórea, pero Sila ya había bajado de la tribuna, esgrimiendo la espada. Tres ordenadas columnas se dirigieron a paso ligero hacia la puerta principal y las dos laterales. Sila mandaba la de en medio.
Tan rápido fue el despliegue romano, que Cluentio, pensando que no presentarían batalla, apenas tuvo tiempo de disponer a sus tropas para hacer frente a la carga romana. Comandante frío y audaz, no retrocedió y permaneció en primera línea de combate, pero Sila, que seguía a la cabeza de sus tropas, tampoco quiso retroceder un palmo y sus hombres le
secundaron. Durante una hora, romanos y samnitas lucharon cuerpo a cuerpo sin cuartel y sin retroceder. Había habido pocas batallas libradas en combate tan cerrado, y ambos bandos sabían que el resultado de aquélla afectaría inevitablemente a la evolución de la guerra.
En aquella hora fueron cayendo numerosos legionarios, pero en el momento en que parecía inevitable que Sila ordenase la retirada, la línea samnita se estremeció, cedió y comenzó a replegarse. Las tropas romanas que habían salido de incursión de pillaje regresaban y comenzaban a atacar por la retaguardia. Entre gritos de ¡Roma es invencible!, Sila volvió con sus tropas a la refriega con renovada energía, pero, a pesar de todo, Cluentio cedía terreno a duras penas y durante otra hora supo mantener sus tropas bien unidas. Luego vio que todo estaba perdido, cerró filas y se abrió camino entre los romanos que le atacaban por retaguardia, para retirarse a toda prisa hacia Nola.
Considerándose símbolo del reto itálico en el sur —y sabiendo que Roma era consciente de que había hecho morir de hambre a muchos soldados romanos—, Nola no podía permitirse poner en peligro su seguridad. Por eso, cuando Cluentio y más de veinte mil soldados samnitas llegaron ante sus murallas, apenas a una milla de la vanguardia de las tropas de Sila, se encontraron con las puertas cerradas. Asomados a los altos, desgastados y reforzados adarves de las murallas, los magistrados de la ciudad miraron a Lucio Cluentio y sus samnitas y se negaron a abrirles las puertas. Finalmente, cuando las primeras filas de tropas romanas se aproximaban a la retaguardia samnita, disponiéndose a cargar, la puerta ante la cual se hallaba Cluentio, que no era la más grande, se abrió de par en par. Pero los magistrados no quisieron abrir más que aquella puerta secundaria por mucho que suplicaran los contrariados soldados samnitas.
Ante Pompeya había sido una batalla, pero ante Nola fue una derrota completa. Sorprendido por la traición de Nola, y aterrado al verse acorralado entre los bastiones de la muralla norte, el ejército samnita sufrió un sangriento desastre en el que perdió casi hasta el último hombre. Sila mató con su propia mano a Cluentio, que se negó a refugiarse en Nola con sólo un puñado de sus hombres.
Fue la mayor hazaña de Sila. A los cincuenta y un años, general con mando supremo en un frente de guerra, ganaba su primera batalla al frente de sus tropas. ¡Y qué victoria! Cubierto completamente de sangre, con la espada prácticamente pegada a la mano derecha, echando peste a sudor y sangre, Lucio Cornelio Sila miró al campo de batalla, se quitó el casco y lo lanzó al aire con un grito de júbilo. Inmediatamente, un ruido ensordecedor atronó sus oídos, acallando los lamentos y gritos de los samnitas moribundos, un ruido que iba en aumento y que sonaba a cántico:
«¡Im-pe-ra-tor! ¡Im-pe-ra-tor! ¡Im-pe-ra-tor!»
La soldadesca lo repetía sin cesar, a guisa de espaldarazo. Era el triunfo definitivo del vencedor, aclamado emperador en el campo de batalla, O eso fue lo que pensó, mientras sonreía feliz, esgrimiendo la espada por encima de su cabeza con la mata de pelo sudorosa brillando al sol del atardecer y el corazón desbordando una emoción que le impedía decir palabra, si hubiera habido una palabra que decir. ¡Yo, Lucio Cornelio Sila, he demostrado sin sombra de duda que un hombre tan capaz como yo puede aprender lo que no le es innato y ganar la batalla más dura de esta guerra o de cualquier otra! ¡Ya verás, Cayo Mario! ¡Por muy inválido que estés, no te mueras hasta que yo pueda volver a Roma y demostrarte cuán equivocado estabas al juzgarme! ¡Soy igual a ti! Y en el futuro te superaré. Mi nombre hará sombra al tuyo. Es de justicia. Porque yo soy un patricio Cornelio y tú un simple rústico de la campiña latina.
Pero había cosas que hacer y él era un patricio romano. Se le acercaron Tito Didio y Metelo Pío, curiosamente apagados, mirándole con un temor y una adoración que Sila únicamente conocía por las miradas de Julilla o de Dalmática. ¡Y éstos son hombres, Lucio Cornelio Sila! Hombres de valía y fama: Didio, el vencedor de Hispania, y Metelo Pío, heredero de una casa noble y famosa. Las mujeres eran necias sin importancia, pero los hombres sí contaban. Sobre todo hombres como Tito Didio y Metelo Pío. ¡Nunca en todos los años de servicio con Cayo Mario había visto a un hombre que le mirase con tanta adoración! Hoy he obtenido mucho más que una victoria. Hoy he obtenido la revancha de mi vida, y queda justificada mi actuación con Stichus, Clitumna, Hércules Atlas y Metelo Numídico el Meneitos. Hoy
he demostrado que todas las vidas que he arrebatado para estar aquí en el campo de batalla de Nola eran vidas inferiores a la mía. Hoy comienzo a comprender a Nabopolasor de Caldea… Soy el hombre más grande del mundo, ¡desde el Océano Atlántico al río Indus!
—Trabajaremos durante toda la noche —dijo resuelto a Didio y Metelo Pío— para que al amanecer los cadáveres samnitas estén despojados y amontonados y los nuestros listos para la pira. Sé que ha sido una jornada agotadora, pero aún no ha concluido. Hasta el final, nadie debe tomarse descanso. Quinto Cecilio, busca unos cuantos hombres idóneos que estén en buenas condiciones y cabalga hasta Pompeya lo más rápido posible para traer pan y vino suficiente para todos; y que vengan los auxiliares para hacer leña y buscar aceite. Tenemos una montaña de cadáveres que quemar.
—¡Pero si no hay caballos, Lucio Cornelio! —contestó el Meneítos con voz desmayada—. ¡A Nola hemos llegado a pie, recorriendo treinta millas en cuatro horas!
—Pues encuéntralos —replicó Sila con suma frialdad—. Te quiero aquí de vuelta al amanecer. Tito Didio, recorre las unidades y mira a ver quién debe ser condecorado por hechos de armas en combate. En cuanto quememos a nuestros muertos y a los del enemigo, regresaremos a Pompeya; pero quiero que aquí, ante las murallas de Nola, quede una legión de Capua. Y que los heraldos anuncien a sus habitantes que Lucio Cornelio Sila ha jurado a Marte y a Bellona que las tropas romanas la sitiarán hasta que se rinda, ya sea dentro de un mes de días, un mes de meses o un mes de años.
Antes de que Tito Didio y Metelo Pío hubiesen tenido tiempo de marcharse, el tribuno de los soldados Lucio Licinio Lúculo compareció encabezando una delegación de centuriones; eran ocho veteranos, primi pila y pili priores, que llegaban con paso grave y solemne, cual sacerdotes en una procesión o cónsules que asisten a la ceremonia del año nuevo.
—Lucio Cornelio Sila, tu ejército desea darte una muestra de gratitud. Sin ti las legiones habrían sido derrotadas y muertos sus hombres. Has luchado en primera línea dándonos ejemplo a todos sin desfallecer durante la marcha hacia Nola. A ti solo se debe la gran victoria sin igual en toda esta
guerra. Has salvado más que un ejército: has salvado a Roma. Lucio Cornelio, te honramos —dijo Lúculo, dando un paso atrás para ceder el puesto a los centuriones.
El del centro, que era el más veterano, alzó los brazos y los tendió hacia Sila. En sus manos sostenía un humilde y burdo círculo hecho de tallos trenzados de hierbas del campo de batalla, con raíces, tierra y briznas de sangre. Corona graminea. Corona obsidionalis. La corona de hierba. Sila extendió los brazos instintivamente y luego los dejó caer, sin saber cómo era el ritual. ¿Se cogía para ponérsela en la cabeza, o era el primus pilus, Marco Canuleio, quien le coronaba en representación del ejército?
Permaneció inmóvil mientras Canuleio, que era un hombre alto, alzaba con las dos manos la corona de hierba y la depositaba en aquella cabellera rojo-dorada.
No se pronunciaron más palabras. Tito Didio, Metelo Pío, Lúculo y los centuriones le saludaron reverentes, sonriéndole tímidamente, y le dejaron. Allí quedó solo, cara al sol muriente, con aquella humilde corona de hierba que apenas hacia sentir su peso, las lágrimas rodándole por el rostro ensangrentado y un desbordante sentimiento que parecía que fuese a acabar con él. ¿Qué le aguardaba a partir de ahora? ¿Qué más podía ofrecerle la vida? Pero en aquel momento se acordó de su hijo muerto y, antes de que pudiera regocijarse plenamente con su triunfo, su alegría se había desvanecido. No le restaba más que una profunda aflicción que le hizo caer de rodillas, llorando desconsoladamente.
Alguien le ayudó a incorporarse, le enjugó la suciedad y las lágrimas, le rodeó con un brazo la cintura y le condujo hasta un bloque de piedra detrás de la carretera de Nola. Y en ella le depositó suavemente para que tomara asiento, sentándose a su vez al lado. Era Lucio Licinio Lúculo, el primer tribuno de los soldados.
El sol ya se había puesto en el mar toscano; el día más glorioso de la vida de Sila tocaba a su fin para dar paso a las tinieblas. Con los brazos caídos entre las piernas, lanzaba profundos suspiros, preguntándose lo de siempre: ¿Por qué nunca soy feliz?
—Lucio Cornelio, no tengo vino que ofrecerte. Ni tampoco agua —dijo Lúculo—. Salimos de Pompeya sin pensar en otra cosa más que en atrapar a Cluentio.
Sila lanzó un profundo suspiro y se sobrepuso.
—No importa, Lucio Lúculo. Como dice una amiga mía, siempre hay cosas que hacer.
—Nosotros podemos hacerlas. Tú descansa.
—No. Yo soy el comandante y no puedo descansar mientras mis hombres trabajan. Un rato más y me encontraré mejor. Estaba perfectamente hasta que me vino el recuerdo de mi hijo, ya sabes que lo perdí.
Las lágrimas pugnaban por brotar de nuevo, pero las contuvo.
Lúculo no decía nada y permanecía quieto.
Poco sabía Sila de aquel joven; le habían elegido tribuno de los soldados en diciembre y primero había ido a Capua, siendo destinado al mando de la legión días antes de la expedición a Pompeya. Pero a pesar de que había cambiado mucho, transformándose de un simple mozuelo en un hombretón, Sila le reconoció.
—Tú y tu hermano Varro Lúculo fuisteis los acusadores de Servilio el Augur hace años en el Foro, ¿me equivoco? —inquirió Sila.
—No, Lucio Cornelio. El Augur tuvo la culpa de la desgracia y la muerte de nuestro padre y de la pérdida de la fortuna de nuestra familia. Pero lo pagó —contestó Lúculo, iluminándosele el agraciado rostro, al tiempo que una sonrisa fruncía las comisuras de su risueña boca.
—En la guerra servil de Sicilia Servilio el Augur sustituyó a tu padre como gobernador de la isla y luego le hizo comparecer ante el tribunal.
—Así es.
Sila se puso en pie y tendió el brazo derecho para estrechar la mano de Lucio Licinio Lúculo.
—Bien, Lucio Licinio, te doy las gracias. ¿Fue idea tuya lo de la corona de hierba?
—Oh, no, Lucio Cornelio. ¡Ha sido cosa de los centuriones! Ellos me dijeron que la corona de hierba deben otorgarla los militares profesionales y
no los magistrados elegidos para el ejército. Me hicieron venir porque ha de ser testigo uno de los magistrados electos —dijo Lúculo sonriendo, y riendo después—. ¡Además, supongo que tampoco se les da muy bien dirigirse oficialmente a un general, y me lo encargaron a mí!
Dos días después, el ejército de Sila volvía al campamento ante Pompeya. Estaban todos tan exhaustos que ni siquiera la comida decente resultó un aliciente, y durante veinticuatro horas reinó un impresionante silencio mientras tropa y oficiales dormían tan profundamente como los muertos que habían quemado ante los muros de Nola, agravio para el olfato de sus hambrientos habitantes.
Ahora la corona de hierba estaba guardada en una caja de madera que habían traído los criados de Sila; cuando tuviera tiempo, la pondría en una máscara de cera de su rostro, que la ley le autorizaba a encargar. Se había distinguido lo bastante como para unirla a las imagines de sus antepasados, aunque aún no hubiera alcanzado el consulado. Además, en el Foro se alzaría su estatua con la corona de hierba en honor al gran héroe de la guerra contra los itálicos. Todo eso le parecía irreal, pero allí estaba como prueba irrefutable la corona de hierba guardada en la caja.
Una vez descansado y repuesto, el ejército desfiló antes de la ceremonia de entrega de condecoraciones. Sila se puso la corona de hierba y fue aclamado con prolongados y estentóreos vítores al subir a la tribuna del campamento. La tarea organizativa había quedado encomendada a Lúculo, del mismo modo que Mario se la había encomendado a Quinto Sertorio.
Pero mientras en la tribuna recibía el tributo del ejército, a Sila se le ocurrió una idea, que no creía que le hubiese venido a la mente a Mario en aquellos años en Numidia y Galia, aunque quizá sí durante la guerra contra los itálicos. Aquel mar de rostros en orden de desfile, en traje de gala… era un mar de hombres que pertenecía a Lucio Cornelio Sila. Ahí están mis legiones. Son mías antes que de Roma: las he creado yo, las he dirigido, les he concedido la mayor victoria de la guerra… y tengo que procurarles la recompensa cuando se retiren. Dándome la corona de hierba, me dan un
regalo mucho más importante: se me entregan, y, si quisiera, podría llevarlas a donde me apeteciera. Podría incluso llevarlas contra Roma. Era una idea absurda, pero que acudió a la mente de Sila en aquellos momentos en que ocupaba la tribuna ceremonial. Una idea que quedó en reserva en el subconsciente.
Pompeya se rindió al día siguiente, después de que los habitantes contemplaron la ceremonia de condecoración desde las murallas. Los heraldos de Sila habían proclamado la noticia de la derrota de Lucio Cluentio ante los muros de Nola y la noticia había llegado a Pompeya, que, bombardeada implacablemente con proyectiles incendiarios desde la flota en el río, padecía lo indecible. Era como si todos los vientos transmitieran el mensaje de que la hegemonía itálica y samnita se desmoronaba y la derrota era ya inevitable.
De Pompeya, Sila marchó con dos de sus legiones contra Tabiae, mientras Tito Didio llevaba las otras dos a Herculaneum. El último día de abril capitulaba Stabiae y poco después se rendía Surrentum. A mediados de mayo, Sila volvía a emprender la marcha, en esta ocasión en dirección este. Catulo César había entregado legiones de refresco a Tito Didio antes de Herculaneum y Sila recuperó sus otras dos legiones. Aunque Herculaneum era la ciudad que más había tardado en unirse a la insurrección de los itálicos, demostraba que sabia perfectamente a lo que se exponía si se rendía a Roma, y, aunque sus calles ardían por efecto de los bombardeos navales, continuaba desafiando a Tito Didio mucho después de la capitulación de los otros puertos.
Sila pasó con sus cuatro legiones ante Nola sin dignarse mirar la ciudad, aunque envió a Metelo Pío el Meneitos a ver al comandante de la legión que la asediaba con un mensaje para que el pretor Apio Claudio Pulcher no levantara el sitio bajo ningún pretexto hasta que la ciudad se rindiese. Hombre austero, que había enviudado hacía poco, Apio Claudio se limitó a asentir con la cabeza.
Al final de la tercera semana de mayo, Sila llegaba a la ciudad de Aeclanum sobre la Via Appia. Sus servicios de espionaje le informaron que los hirpinos habían comenzado a concentrarse allí; pero él se había
propuesto impedir toda concentración de insurrectos en el sur. Un vistazo a las defensas de Aeclanum y el rostro de Sila se iluminó con la más temible de sus sonrisas, mostrando los incisivos. Aquellas murallas, aunque altas y bien construidas, eran de madera.
Sabiendo con certeza que los hirpinos habían enviado una petición de ayuda a Marco Lamponio, Sila dispuso sus fuerzas ante la ciudad sin levantar el campamento y envió a Lúculo ante la puerta principal para conminarlos a la rendición. La respuesta de la ciudad llegó en forma de pregunta: ¿Podría Lucio Cornelio Sila conceder un día a Aeclanum para que lo pensaran y adoptasen una decisión?
—Tratan de ganar tiempo, con la esperanza de que mañana lleguen los refuerzos de Lamponio —dijo Sila a Metelo Pío y a Lúculo—. Tengo que pensar en ese Lamponio, porque no puede consentirse que siga campando por su respeto en Lucania. — Se encogió de hombros, pero optó por resolver la situación que tenía a la vista—. Lucio Licinio, lléVales mi respuesta. Disponen sólo de una hora. Quinto Cecilio, coge cuantos hombres necesites y recorre todas las granjas que puedas recogiendo leña y aceite, apila la leña mojada en aceite a lo largo de las murallas a ambos lados de la puerta principal y emplaza en cuatro puntos distintos las cuatro piezas de artillería. Cuando lo tengas todo listo, pegas fuego a las murallas y comienzas a lanzar proyectiles sobre la ciudad. Seguro que sus edificios son también de madera y arden como yesca.
—¿Y si lo tengo todo dispuesto antes de una hora? —inquirió el Meneitos.
—Pues lo prendes —contestó Sila—. Los hirpinos no juegan limpio, ¿por qué vamos a hacerlo nosotros?
Como la madera con que estaban construidas las fortificaciones de Aeclanum era vieja y seca, las llamas eran voraces, igual que el incendio de los edificios. Las puertas de Aeclanum se abrieron de par en par y sus habitantes salieron en tropel dando gritos de rendición.
—Matadlos y saquead la ciudad —dijo Sila—. Ya es hora de que los itálicos sepan que de mí es inútil que esperen clemencia.
—¿Mujeres y niños también? —inquirió Quinto Hortensio, el otro primer tribuno de los soldados.
—¡Qué!, ¿no tienes estómago para hacerlo, abogado del Foro? — replicó Sila con sorna.
—No es ésa la intención de mi pregunta, Lucio Cornelio —contestó Hortensio sin alterar su hermosa voz—. No me anima ninguna piedad por los mocosos hirpinos, pero, como cualquier abogado del Foro, me gustan las cosas claras para saber a qué atenerme.
—Que no haya supervivientes —añadió Sila—. Pero di a los hombres que gocen de las mujeres antes de matarlas.
—¿No te interesa hacer prisioneros para venderlos como esclavos? — inquirió el Meneitos, práctico como siempre.
—Los itálicos no son enemigos extranjeros. Aunque saquee sus ciudades, no haré esclavos. Prefiero verlos muertos.
De Aeclanum, Sila fue en dirección sur hacia la Via Appia y dirigió sus contentas tropas a Compsa, segundo bastión hirpino. Igual que la ciudad hermana, sus murallas eran de madera; pero la noticia de la suerte de Aeclanum había llegado antes que Sila y nada más aproximarse vio que la ciudad aguardaba con las puertas abiertas y una comitiva de magistrados afuera. En esta ocasión, Sila optó por la clemencia y no saqueó Compsa.
Desde Compsa, el general envió una carta a Capua para Catulo César, diciéndole que enviase a Lucania dos legiones al mando de los hermanos Aulo y Publio Gabinio. Las órdenes eran tomar todas las ciudades de Marco Lamponio y liberar la Via Popilia hasta Rhegium. Luego, Sila se acordó de otro hombre de valía y añadió una posdata para Catulo César para que incluyese al segundo legado Cneo Papirio Carbón en la expedición a Lucania.
En Compsa, Sila recibió dos mensajes. Uno de ellos informándole de que Herculaneum había caído finalmente tras un ataque duramente repelido los días antes de los idus de junio, pero que Tito Didio había muerto en el combate.
—Toma represalias contra Herculaneum —contestó Sila a Catulo Cesar.
El segundo mensaje le llegó a través de Apulia y era de Cayo Cosconio:
Después de un viaje estupendo y sin incidentes, desembarqué mis legiones en una zona de lagunas salinas cerca del pueblo pesquero de Salapia a los cincuenta días exactos de zarpar de Puteoli. Todo salió conforme a lo previsto. Desembarcamos de noche cautelosamente, atacamos Salapia y al amanecer la arrasamos. Me aseguré de que se aniquilaba a todos los que vivían en las cercanías para que no pudieran avisar a los samnitas.
De Salapia marché hasta Cannae y la tomé sin combate; después vadeé el Aufidius y avancé hacia Canusium. A unas quince millas me tropecé con una nutrida fuerza samnita mandada por Cayo Trebatio y no pude evitar el enfrentamiento. Como nos superaban en número y el terreno me era desfavorable, la lucha fue encarnizada y cruenta. Pero también lo fue para Trebatio. Decidí retirarme a Cannae antes de perder más hombres, reagrupando a la tropa en orden para volver a vadear el Aujidius con Trebatio a la zaga. Luego vislumbré una estratagema y fingí huir presa del pánico, escondiéndome detrás de una montaña en la orilla de Cannae. Y dio resultado. Seguro de sí mismo, Trebatio comenzó a vadear la corriente con las tropas en desorden, mientras que mis hombres estaban tranquilos y preparados para proseguir el combate. Los rodeamos en círculo y caímos sobre él cuando aún se hallaba cruzando el río. Ha sido una victoria para Roma. Tengo el honor de informarte que quince mil samnitas han perecido en el Aufidius. Trebatius y los pocos supervivientes huyeron a Canusium, que se ha preparado para el asedio a que los he obligado.
He dejado ante Canusium una fuerza de cinco cohortes, incluidos los heridos, al mando de Lucio Luccio y con las quince cohortes restantes me dirigí al norte hacia tierras de los frentanos. Ausculum Apulium se rindió sin lucha, y también Larinum.
Redactando este informe, recibo noticia de Lucio Luccio de que Canusium ha capitulado. Cumpliendo mis órdenes, Lucio Luceio ha saqueado la ciudad, matando a sus habitantes, aunque parece que Cayo Trebatio logró escapar. Como no estamos en situación de hacer prisioneros
y no puedo permitir que haya tropas enemigas en retaguardia, no me quedaba otra alternativa que arrasar Canusium. Espero que no te contraríe. Desde Larinum proseguiré el avance hacia los frentanos, aguardando noticia de tus movimientos y nuevas órdenes.
Sila dejó la carta en la mesa con gran satisfacción y llamó a voces a Metelo Pío y a sus dos primeros tribunos de los soldados, que eran dos jóvenes que estaban actuando notablemente.
Tras comunicarles las noticias de Cosconio y escuchar con la mayor paciencia de que fue capaz sus frases de entusiasmo (nadie estaba al corriente del viaje de Cosconio), procedió a impartir nuevas órdenes.
—Ya es hora de que paremos los pies al propio Mutilo —dijo—. Si no lo hacemos, caerá sobre Cayo Cosconio con tantas tropas que no quedará vivo un solo romano, y eso sería una parca recompensa para tan audaz campaña. El servicio de espionaje me ha informado de que en este momento Mutilo está pendiente de mis movimientos para decidir si se dirige contra mí o contra Cayo Cosconio. Lo que espera es que yo vuelva hacia el sur por la Via Appia y concentre mis esfuerzos en torno a Venusia, que está suficientemente fortificada para entretenerme mucho tiempo. Una vez que le llegue noticia confirmándoselo, atacará a Cayo Cosconio. Así que hoy mismo levantamos el campamento y nos dirigimos al sur. Pero al anochecer damos la vuelta y salimos de la carretera. El terreno de aquí a Volturnus es duro y accidentado, pero hay que hacer ese avance. El ejército samnita hace tiempo que está acampado a medio camino entre Venafrum y Aesernia, y Mutilo no da señales de emprender la marcha. Tenemos casi doscientas millas de camino muy difícil hasta llegar a donde está. Pero, de todos modos, caballeros, nos encontraremos allí dentro de ocho días y listos para el combate.
Nadie intentó hacer objeciones. Sila arreaba a su ejército sin piedad, pero tal era su moral desde Nola, que los soldados hacían lo que fuese necesario. El saqueo de Aeclanum también había influido favorablemente en la tropa y Sila no se había quedado con nada; sus oficiales, sólo con algunas mujeres, y no las mejores.
Sin embargo, la marcha hasta el campamento de Mutilo les llevó veintiún días y no los ocho previstos. No había ninguna carretera y las montañas eran escarpados riscos que muchas veces exigían bordearlas con complicadas maniobras. Aunque para sus adentros iba irritado, Sila tuvo la prudencia de mostrarse en todo momento animoso y considerado ante la tropa y los oficiales, asegurándose de procurar a los soldados las mínimas comodidades. En cierto modo, la corona de hierba le había hecho más amable y su única obsesión era su ejército. Si el terreno hubiese sido tan fácil como él había creído, les habría hecho apretar el paso, pero tal como se presentaba, vio la necesidad de mantenerlos animosos y aceptar lo inevitable. Si la Fortuna seguía favoreciéndole encontraría a Mutilus donde esperaba. Y Sila pensaba que la Fortuna seguía de su parte. Así estaban las cosas cuando al final del Quinctilis Lúculo entró en el campamento de Sila con la cara radiante.
—¡Sigue ahí! —exclamó sin rodeos.
—¡Estupendo! —dijo Sila, sonriente—. Eso significa que ha agotado su suerte, Lucio Licinio… porque la mía continúa. Difunde esa noticia a la tropa. ¿Dala impresión de que piense ponerse en marcha pronto?
—Más bien parece que ha dado unas largas vacaciones a sus hombres.
—Están hartos de esta guerra, y Mutilo lo sabe —añadió Sila alegre—. Además, estará preocupado porque lleva más de sesenta días en ese campamento y todas las noticias que le llegan hacen cada vez más difícil decidir hacia dónde dirigirse. Ha perdido la Campania occidental y está perdiendo Apulia.
—¿Qué hacemos, entonces? —inquirió Lúculo, que tenía una inclinación bélica natural y le encantaba todo lo que estaba aprendiendo con Sila.
—Levantamos un campamento sin fuegos en el lado opuesto de la última sierra que desciende hasta el Volturnus y esperamos sin hacer ruido —contestó Sila—. Me gustaria caer sobre él en el momento en que se disponga a ponerse en marcha. Tendrá que hacerlo pronto o perderá la guerra sin entablar batalla. Si fuese Silo seguramente optaría por evitarla, pero tratándose de Mutilo, que es samnita y nos odia…
Seis días después, Mutilo optaba por emprender la marcha. Lo que Sila no sabia era que el jefe samnita acababa de recibir noticia de una terrible batalla en las afueras de Larinum entre Cayo Cosconio y Mario Egnatio, pues, aunque había mantenido su ejército inactivo, Mutilo no había consentido que Cosconio invadiera el norte de Apulia como quien efectúa una parada militar, y había enviado contra él un curtido ejército de samnitas y frentanos al mando de Egnatio. Pero la reducida fuerza romana estaba en excelentes condiciones, confiaba plenamente en su comandante y había llegado a creerse invencible. El derrotado había sido Mario Egnatio, pereciendo en el campo de batalla con la mayoría de sus hombres. Aciaga noticia para Mutilo.
Poco después del amanecer, las cuatro legiones de Sila salían de su escondite de la sierra y caían sobre Mutilo. Sorprendido con el campamento a medio desmontar y con las tropas en desorden, el samnita estaba perdido. Gravemente herido, huyó con los restos de su ejército a Aesernia, donde se encerró. De nuevo la asediada ciudad se dispuso a aguantar otro sitio, sólo que ahora con Roma fuera y el Samnio dentro.
Cuando todavía estaba estudiando las consecuencias de la derrota samnita, Sila recibió la noticia de la victoria sobre Mario Egnatio del propio Cosconio y se mostró eufórico. Por muchos focos de resistencia que persistieran, la guerra estaba decidida. Y Mutilo lo sabía desde hacía más de dos meses.
Sila dejó unas cohortes en Aesernia al mando de Lúculo para impedir la salida de Mutilo y se dirigió a la antigua capital samnita de Bovianum, que era una ciudad con fortificaciones impresionantes con tres ciudadelas conectadas por fuertes murallas. Cada una de las ciudadelas estaba orientada en distinta dirección al efecto de poder avistar las tres diferentes carreteras que confluían en la ciudad, que se consideraba inexpugnable.
—¿Sabéis una cosa que siempre advertí en Cayo Mario cuando estaba en el campo de batalla? —dijo Sila a Metelo Pío y a Hortensio—. Que nunca le apasionaba la estrategia de tomar ciudades. Para él, lo único que contaba era la batalla campal. A mí, por el contrario, me fascina conquistar
ciudades. Si observáis Bovianum, os parecerá inexpugnable; pero ya veréis como cae hoy mismo.
Y cumplió su palabra, engañando a los samnitas al hacerles creer que acampaba el ejército bajo la ciudadela que dominaba la carretera de Aesernia; mientras, una legión se escabullía por entre las montañas y atacaba a la ciudadela que miraba al Saepinum. Cuando Sila vio la enorme humareda que se elevaba sobre la torre del Saepinum, que era la señal convenida, atacó la torre de Aesernia. En menos de tres horas, Bovianum se rendía.
Sila acuarteló a sus tropas en Bovianum en lugar de instalar un campamento y utilizó la ciudad como base mientras efectuaba incursiones por los alrededores para estar seguro de que el sur del Samnio quedaba totalmente sometido y sin posibilidades de reclutar nuevas tropas.
Luego, dejando Aesernia sitiada con tropas llegadas de Capua, con sus cuatro legiones en bloque, conferenció con Cayo Cosconio. Era fines de septiembre.
—¡El este es tuyo, Cayo Cosconio! —dijo animado—. Quiero que me limpies totalmente la Via Appia y la Via Minucia. Instala tu cuartel general en Bovianum, que tiene una guarnición soberbia, y muéstrate tan implacable como hasta ahora. Lo más importante es mantener a Mutilo bloqueado dentro de Aesernia e impedir que reciba refuerzos.
—¿Cómo van las cosas en el norte? —inquirió Cosconio, que no había tenido prácticamente noticias desde que zarpó de Puteoli en marzo.
—¡Estupendamente! Servio Sulpicio Galba ha dado cuenta de casi todos los marrucini, marsos y vestinios. Dice que Silo estuvo en el campo de batalla, pero logró huir. Cinna y Cornutus han ocupado todas las tierras de los marsos y Alba Fucentia ha caído de nuevo en nuestras manos. El cónsul Cneo Pompeyo Estrabón ha hecho pedazos a los picentinos y ha reducido las zonas rebeldes de Umbría. Sin embargo, Publio Sulpicio y Cayo Baebio continúan firmes ante Asculum Picentum, que sin duda debe estar a punto de sucumbir de hambre, pero aún resiste.
—¡Entonces los hemos vencido! —exclamó Cosconio, maravillado.
—Oh, claro. ¡Teníamos que vencer! ¡Los dioses no iban a consentir una Italia en la que no mandara Roma! —dijo Sila.
El sexto día del mes de octubre llegaba a Capua para ver a Catulo César y hacer los preparativos pertinentes para los cuarteles de invierno del ejército. El tráfico por la Via Appia y la Via Minucia estaba restablecido, pese a que la ciudad de Venusia resistía tercamente, impotente para otra cosa que contemplar la actividad romana en la carretera que discurría por sus proximidades. Por la Via Popilia podían circular las tropas y convoyes de Campania en dirección a Rhegium, pero aún no era segura para los viajeros, dado que Marco Lamponio seguía emboscado en las montañas y centraba sus energías en incursiones que no pasaban de ser simples correrías de bandoleros.
—No obstante —dijo Sila al jubiloso Catulo César, cuando se preparaba para marchar a Roma a fines de noviembre—, creo que podemos decir sin temor a equivocarnos que toda la península vuelve a estar en nuestras manos.
—Prefiero esperar a que recuperemos Asculum Picentum para afirmarlo —replicó Catulo César, que había estado dedicado incansablemente durante dos años a tan ingrata tarea—. Allí comenzó todo, Lucio Cornelio, y sigue resistiendo.
—No olvides Nola —dijo Sila con un gruñido.
Pero Asculum Picentum tenía los días contados. Montando su caballo público, Pompeyo Estrabón fue con su ejército a juntarlo con el de Publio Sulpicio Rufo en octubre y cercó la ciudad con una auténtica muralla de tropas romanas. Ni una cuerda que colgase de las defensas pasaba inadvertida. La siguiente iniciativa fue cortar el suministro de agua; ingente trabajo, ya que la toma estaba distribuida en centenares de puntos distintos de la capa de grava existente bajo el lecho del río Truentius. Pero Pompeyo Estrabón mostró notable habilidad ingenieril, complaciéndose, además, en supervisar personalmente los trabajos.
Al servicio del cónsul Estrabón se hallaba su cadete más denostado, Marco Tulio Cicerón. Como Cicerón dibujaba bastante bien y utilizaba una taquigrafía inventada por él para anotarlo todo con gran rapidez y exactitud, al cónsul Estrabón le era muy útil en situaciones como la que sirvió para privar poco a poco de agua a Asculum Picentum. Cicerón hizo lo que le decían y se mantuvo callado, tan aterrado por su comandante como pasmado por su absoluta indiferencia ante la angustia de los picentinos.
En noviembre, los magistrados de Asculum Picentum abrieron las puertas principales y fueron saliendo para entregar la ciudad a Cneo Pompeyo Estrabón.
—Os entregamos la ciudad —dijo el decano de los magistrados con gran dignidad—. Solamente os pedimos que nos devolváis el agua.
Pompeyo Estrabón echó hacia atrás su canosa y amarillenta cabeza y soltó una carcajada.
—¿Para qué —inquirió humorístico—, si no va a quedar nadie vivo para beberla?
—¡Tenemos sed, Cneo Pompeyo!
—Pues seguid sedientos —contestó.
Entró con su caballo público en Asculum Picentum a la cabeza de un cortejo formado por sus legados Lucio Gelio Poplicola, Cneo Octavio Ruso y Lucio Junio Bruto Damasipo, con los tribunos de los soldados, los cadetes y un contingente selecto de tropas de cinco cohortes.
Mientras los soldados se diseminaban por la ciudad para detener a todos los habitantes e inspeccionar las casas, el cónsul Estrabón se dirigió al foro-mercado. Aún conservaba señales de la ocupación de Vidacilio, y donde antes se asentara el tribunal de magistrados no había más que un montón de troncos chamuscados, resto de la pira en que Vidacilio se había inmolado.
Mordisqueando la implacable fusta con que castigaba a su caballo público, el cónsul Estrabón miró detenidamente en derredor e hizo un gesto con la cabeza a Bruto Damasipo.
—Haz una plataforma sobre esa pira, rápido —le dijo tajante.
Al cabo de un rato, un grupo de soldados había arrancado puertas y vigas de los edificios más próximos y Pompeyo Estrabón tenía su
plataforma con escalinata. Sobre ella colocaron su silla curul y una banqueta para el escriba.
—Ven conmigo —dijo a Cicerón, salvando los escalones y sentándose en la silla curul, sin haberse despojado de la coraza y el casco de general, aunque con una capa púrpura en lugar de la roja de general.
Cicerón se apresuró a dejar el montón de tablillas que llevaba en una mesa junto a la banqueta y tomó también asiento, con una tablilla en el regazo y estilo de hueso en mano. Era de suponer que iba a celebrarse un juicio.
—Poplicola, Ruso, Damasipo, Cneo Pompeyo hijo, venid aquí —dijo el cónsul con su habitual sequedad.
Con el corazón en un puño, Cicerón logró calmarse lo bastante para no perderse detalle de la escena, dispuesto a hacer las primeras anotaciones oficiales. Era evidente que la ciudad había adoptado ciertas precauciones antes de abrir las puertas, pues una gran cantidad de espadas, cotas de malla, lanzas, puñales y otros objetos que podían conceptuarse de armas se amontonaban ante el edificio de juntas.
Trajeron a los magistrados y les hicieron permanecer de pie frente al improvisado tribunal. Pompeyo Estrabón abrió el juicio, diciendo:
—Sois culpables de traición y asesinato. No sois ciudadanos romanos, por lo que seréis azotados y decapitados. Consideraos afortunados de que no os dé el castigo propio de esclavos y os crucifique.
Allí mismo, al pie del tribunal, se ejecutaron todas las sentencias, mientras el aterrado Cicerón, dominando sus ascos por el método de fijar la vista en la tablilla que tenía en el regazo, garabateaba signos ininteligibles en la cera.
Una vez ejecutados los magistrados, el cónsul Estrabón procedió a pronunciar la misma sentencia para todos los varones entre trece y ochenta años que sus soldados pudieron encontrar. Para activar el asunto, dispuso cincuenta soldados para las flagelaciones y otros cincuenta para las decapitaciones. Otros se encargaron de escarbar en el montón de armamento ante el edificio de juntas por si encontraban buenas hachas; pero, mientras tanto, los verdugos fueron actuando con las espadas, y, con
la rutina, alcanzaron tal habilidad en decapitar a sus exhaustas víctimas, que prescindieron de las hachas. No obstante, transcurrida una hora no llevaban decapitados más que a trescientos asculanos, cuyas cabezas fueron clavadas en lanzas y colocadas en las murallas, dejando los cuerpos amontonados a un lado del Foro.
—Tenéis que avivar el ritmo —dijo Pompeyo Estrabón a sus soldados y oficiales—. ¡Quiero dejarlo acabado hoy mismo, no dentro de una semana! Disponed doscientos hombres para los azotes y otros doscientos para la decapitación. Y daos prisa. No lo estáis haciendo por equipos ni sistemáticamente, y si no os espabiláis seguiréis la misma suerte.
—Sería mucho más fácil dejarlos morir de hambre —dijo el hijo del cónsul, mirando desapasionadamente aquella carnicería.
—Mucho más fácil, pero ilegal —contestó el padre.
Aquel día perecieron más de cinco mil varones de Asculum, una matanza que perviviría en el recuerdo de todos los romanos que fueron testigos de ella, aunque ninguna voz se alzó en contra, ni nadie comentó nada posteriormente. La plaza quedó materialmente cubierta de sangre y su peculiar olor, cálido, dulzón, fétido y ferroso, se alzó como una niebla en aquella atmósfera montañosa soleada.
Al ponerse el sol, el cónsul se levantó, desperezándose, de su silla curul. —Volvemos al campamento —dijo lacónico—. Mañana nos ocuparemos de las mujeres y los niños. No hay necesidad de dejar guardia
dentro. Sólo cerrad las puertas y montad patrullas fuera.
Y no dio ninguna orden respecto a lo que había que hacer con los cadáveres, ni mandó limpiar la sangre.
Por la mañana, el cónsul volvió a sentarse en el tribunal, insensible a lo que tenía ante sus ojos, mientras sus soldados mantenían a los que aún quedaban con vida agrupados por tandas fuera del Foro. La sentencia fue la misma para todos:
—Marchaos inmediatamente de aquí, sólo con lo que lleváis puesto.
Nada de comida, dinero, objetos de valor ni recuerdos.
Los dos años de asedio habían convertido a Asculum Picentum en una ciudad mísera; no quedaba nada de dinero y menos aún objetos de valor.
Pero antes de que a los desterrados se les permitiese abandonar la ciudad, les registraron y a ninguno se le dejó ir a su casa desde donde estaban concentrados; todos los grupos de mujeres y niños fueron conducidos hacia las puertas como borregos, obligándolos a cruzar las líneas de Pompeyo Estrabón hacia tierras completamente asoladas por las legiones. No se atendieron los gritos de clemencia ni el llanto de los niños; las tropas de Pompeyo Estrabón no estaban para bromas. Las mujeres hermosas fueron para oficiales y centuriones y las menos agraciadas, para la tropa. Cuando acabaron, las que aún seguían con vida fueron conducidas a los campos devastados con sus madres e hijos.
—No hay nada que merezca la pena llevar a Roma para mi triunfo — dijo el cónsul una vez que todo estuvo concluido, levantándose de su silla curul—. Lo que haya, dádselo a los soldados.
Cicerón siguió a su general y miró boquiabierto lo que se le antojó la mayor carnicería del mundo, ya sin sentir náuseas ni estremecimiento alguno. Si esto es la guerra, se dijo, que nunca más vuelva a estar en una. Sin embargo, su amigo Pompeyo, a quien adoraba y sabía cuán amable era, no se privaba de atusarse hacia atrás su hermosa cabellera rubia y de silbar alegremente, abriéndose camino por entre los charcos de sangre coagulada plagados de moscas, y sus bellos ojos azules no irradiaban más que aquiescencia por aquellos montones de cadáveres decapitados.
—He mandado a Poplicola que nos reserve dos buenas mujeres a los cadetes —dijo Pompeyo rezagándose para evitar que Cicerón pisase un charco de sangre—. ¡Ah, cómo nos divertiremos! ¿Tú has visto a alguien haciéndolo? ¡Pues esta noche lo verás!
—Cneo Pompeyo —dijo Cicerón heroicamente, conteniendo la respiración—, no me faltan agallas, pero no tengo ánimo ni estómago para la guerra. Después de ver lo que ha sucedido aquí estos dos últimos días, no me excitaría ni viendo a Paris haciéndoselo a Helena. En cuanto a esas mujeres de Asculum, te ruego que no cuentes conmigo. Dormiré bajo un árbol.
Pompeyo se echó a reír y pasó el brazo por los deprimidos hombros de su amigo.
—¡Oh, Marco Tulio, eres una vestal apergaminada como no hay dos! — exclamó, conteniendo la risa—. ¡El enemigo es el enemigo! ¡No se puede sentir piedad por gente que no sólo ha desafiado a Roma, sino que ha matado a un pretor romano y a centenares de hombres, mujeres y niños romanos, despedazándolos! ¡Así, como suena! Pero bueno, vete a dormir bajo un árbol. Tu polvo lo echaré yo.
Salieron de la plaza y caminaron por una calle corta y estrecha hasta la puerta principal. Y allí estaba de nuevo el horror: una fila de horripilantes trofeos con cuellos deshechos y rostros picoteados que se extendía en ambas direcciones hasta donde la vista alcanzaba. Cicerón sintió arcadas, pero ya había adquirido tal habilidad en no perder el ánimo ante el cónsul, que se mantuvo impávido delante de su amigo, que siguió charlando despreocupado.
—No había nada para exhibirlo en un triunfo —decía Pompeyo—, pero encontré una red espléndida para atrapar pájaros; y mi padre me ha dado varios cubos de libros y una edición de mi tío abuelo Lucilio que no conocíamos. Suponemos que será obra de algún copista local. Muy interesante y muy bonito.
—No tienen comida ni ropa de abrigo —dijo Cicerón.
—¿Quiénes?
—Las mujeres y los niños desterrados.
—¡Eso espero!
—¿Y esa porquería que queda ahí dentro?
—¿Te refieres a los cadáveres?
—Sí, me refiero a los cadáveres. Y a la sangre. Y a las cabezas.
—Se irán pudriendo.
—Y acarrearán enfermedades.
—¿Enfermedades? ¿A quién? Cuando mi padre deje las puertas clavadas para siempre, no quedará un ser vivo en Asculum Picentum. Si algunos de las mujeres y los niños vuelven cuando nos hayamos marchado, no podrán entrar. Asculum Picentum ya no existe y nadie volverá a vivir en él —respondió Pompeyo.
—Ahora ya veo por qué a tu padre le llaman el Carnicero —dijo Cicerón, sin preocuparle si le ofendía o no.
En realidad, Pompeyo se lo tomó como un cumplido; tenía curiosas lagunas en su inteligencia y sus creencias eran inamovibles.
—Es un buen sobrenombre, ¿verdad? —inquirió con voz ronca, temeroso de que aquel profundo cariño por su padre estuviera convirtiéndose en debilidad—. ¡Vamos, Marco Tulio, camina —añadió, apretando el paso—, no quiero que esos cunni empiecen sin mi, cuando he sido quien les ha procurado las mujeres!
Cicerón apretó el paso, pero le quedaba algo por decir.
—Cneo Pompeyo, tengo que decirte una cosa —añadió jadeante.
—Dime —contestó Pompeyo, ausente.
—He pedido el traslado a Capua, donde creo que mis conocimientos estarán más aprovechados. Escribí a Quinto Lutacio y me ha contestado diciendo que acepta muy complacido mis servicios. O que a lo mejor me pone a las órdenes de Lucio Cornelio Sila.
Pompeyo se había detenido y le miraba estupefacto.
—¿Y por qué has hecho eso? —inquirió.
—El estado mayor de Cneo Pompeyo Estrabón es estrictamente militar, Cneo Pompeyo, y yo de militar no tengo nada —contestó, mirando con gran sinceridad y afecto con sus ojos marrones el rostro atónito de su protector, quien dudaba entre echarse a reír o indignarse—. ¡Te ruego que me dejes ir! Siempre te estaré agradecido por tu ayuda y nunca lo olvidaré, pero tú no eres tonto, Cneo Pompeyo, y sabes perfectamente que no me adapto al estado mayor de tu padre.
Las nubes tormentosas se disiparon y los ojos azules de Pompeyo lanzaron un destello de contento.
—¡Como quieras, Marco Tulio! ¿Sabes que te echaré de menos? — añadió con un suspiro.
Sila llegó a Roma a primeros de diciembre, sin tener ni idea de si iban a celebrarse las elecciones. Tras la muerte de Aselio, Roma estaba sin pretor
urbano y la gente andaba diciendo que el cónsul que quedaba, Pompeyo Estrabón, vendría cuando le apeteciera y sanseacabó. En circunstancias normales, esto habría desesperado a Sila, pero ahora nadie tenía ya la menor duda de quién iba a ser el próximo cónsul, porque la fama de Sila se había acrecentado de la noche a la mañana. Gente que no le conocía, le saludaba como a un hermano, las mujeres le sonreían y se le insinuaban con la mirada, los niños le aclamaban… y había sido elegido augur in absentia como sustituto del difunto Aselio. Toda Roma creía indefectiblemente que Lucio Cornelio Sila había ganado la guerra contra los itálicos. No Cayo Mario, ni Cneo Pompeyo Estrabón. ¡Sila, Sila, Sila!
El Senado nunca le había nombrado oficialmente comandante en jefe del frente sur después de la muerte del cónsul Catón, y todo lo que había llevado a cabo lo había hecho en condición de legado de un muerto. Sin embargo, pronto sería el nuevo primer cónsul, y entonces el Senado tendría que concederle el mando que exigiera. El embarazo de algunos jefes de fila senatoriales, como Lucio Marcio Filipo, ante esa laguna legalista divertía a Sila cuando hablaba con ellos. Era evidente que todos le habían creído un hombre sin fuste, incapaz de realizar milagros. Ahora era un héroe popular.
Una de las primeras visitas que efectuó a su regreso a Roma fue a Cayo Mario, a quien encontró tan mejorado que fue para él una sorpresa. Con el viejo estaba el niño de once años Cayo Julio César, ya casi tan alto como Sila, aunque aún no mostraba signos de pubertad. Tan inteligente como durante las visitas que Sila había hecho a casa de Aurelia. Había estado cuidando a Mario un año, escuchando con la tensa atención de una criatura de su edad cada palabra que salía de la boca del maestro, sin olvidar nada.
Sila supo por boca de Mario la desgracia que había estado a punto de ocurrirle al joven Mario, que aún proseguía su servicio militar al mando de Cinna y Cornutus en la campaña contra los marsos, ya más tranquilo y responsable. También supo de la peligrosa y casi mortal caída del pequeño César, quien, mientras Mario relataba lo sucedido, permanecía sentado sonriente y mirando al vacío. La presencia del Lucio Decumio en el incidente suscitó inmediatamente, por lo inopinada, la alarma en Sila. ¡Qué raro en Cayo Mario! ¿Hasta dónde se iba a llegar si el propio Mario se
rebajaba a contratar a un asesino profesional? Tan claramente accidental había sido la muerte de Publio Claudio Pulcher, que Sila comprendió que no había sido un accidente. Pero ¿cómo lo habrían hecho? ¿Y qué papel había desempeñado en ello el pequeño César? ¿Sería posible que aquel… aquel chiquillo se hubiera jugado la vida para empujar al cadete hacia el precipicio? ¡No! Ni siquiera Sila era capaz de semejante flema en un asesinato.
Dirigiendo su inquietante mirada al niño mientras Mario parloteaba (era evidente que no creía que hubiera sido necesaria la intervención de Lucio Decumio), Sila centró todas sus energías en infundir miedo al pequeño. Pero el muchacho, al sentir aquellos rayos invisibles, simplemente miró a Sila de arriba abajo sin el menor atisbo de temor. Ni la más leve aprensión. Y tampoco le sonreía; el pequeño César le miraba con profundo y escueto interés. ¡Sabe cómo soy!, se dijo Sila, ¡ah, jovencito, pero yo también sé cómo eres! Que el Gran Dios se sirva de ambos para salvaguardar Roma.
Generoso como era, Mario no experimentó más que alegría por los éxitos de Sila. Incluso la corona de hierba —única condecoración militar que no figuraba en la panoplia del gran hombre— mereció su aplauso sin resentimiento ni envidia.
—¿Qué tienes que decir ahora sobre las dotes de general no innatas? — inquirió Sila, provocador.
—Digo que me había equivocado, Lucio Cornelio. ¡Ah, pero no a propósito del generalato aprendido! No, me equivoqué al pensar que no lo llevabas en la sangre. Y lo llevas, lo llevas. Enviar a Cayo Cosconio por mar a Apulia fue genial, y tu maniobra de tenaza se efectuó de una manera que nadie habría sido capaz, por mucho que hubiera estudiado, de no ser un general nato hasta la médula.
Respuesta que habría debido satisfacer totalmente a Lucio Cornelio Sila. Pero no fue así. Porque Sila tenía la impresión de que Mario seguía considerándose mejor general que él, convencido de que habría sido capaz de someter mejor y con mayor rapidez a los itálicos del Sur. ¿Qué tendré que hacer para que este viejo burro tozudo vea que ha encontrado la horma de su zapato?, exclamaba Sila para sus adentros, sin dar el menor indicio
externo de su descontento. Mientras la cólera le reconcomía miró al pequeño César y vio en sus ojos que leía su pensamiento.
—¿Qué piensas, joven César? —inquirió Sila.
—Mi admiración no puede ser mayor, Lucio Cornelio.
—Respuesta poco elocuente.
—Bien sincera.
—Vamos, jovencito, te llevo a casa.
En principio caminaron en silencio; Sila vestía su impoluta toga blanca de candidato y el niño la toga infantil bordada de púrpura con el amuleto de la bulla en una correilla al cuello. Sonrisas e inclinaciones de cabeza de los que se cruzaban con ellos hicieron creer a Sila que iban dirigidos a él, hasta que advirtió que, en su mayor parte, eran para el pequeño.
—¿Cómo es que todos te conocen?
—Simple reflejo de la gloria, Lucio Cornelio, por acompañar a todas partes a Cayo Mario.
—¿Así que no es por ti mismo?
—Por estas cercanías del Foro me conocen como el chico de Cayo Mario, pero una vez en el Subura se me conoce por lo que soy.
—¿Está tu padre en Roma?
—No, sigue con Publio Sulpicio y Cayo Baebio ante Asculum Picentum —contestó el niño.
—Entonces pronto regresará, porque ese ejército está en camino.
—Supongo que sí.
—¿No tienes ganas de ver a tu padre?
—Sí, claro que sí —contestó el pequeño llanamente.
—¿Te acuerdas de tu primo, mi hijo?
—¿Cómo podría olvidarle? —contestó, esta vez con un auténtico destello de entusiasmo en su rostro—. ¡Era tan bueno…! Cuando murió le escribí un poema.
—¿Y qué dice? ¿Me lo recitas?
El pequeño César movió la cabeza.
—En aquella época no se me daba muy bien; así que, perdona que no te lo recite. Algún día le escribiré uno mejor y te daré una copia.
¡Qué tontería remover la herida por el simple hecho de que le costaba encontrar conversación con un chiquillo de once años! Sila guardó silencio y contuvo las lágrimas.
Como de costumbre, Aurelia estaba ocupada en su despacho, pero salió en cuanto Eutico le dijo quién había traído al niño a casa. Cuando se sentaron en la sala de visitas, el pequeño permaneció con ellos, observando atentamente a su madre. ¿Pero qué mosca le habrá picado?, se preguntó Sila, fastidiado porque la presencia del pequeño le impedía preguntar a Aurelia cosas que le interesaban. Afortunadamente, ella advirtió su irritación y despidió en seguida a su hijo, que se fue a regañadientes.
—Qué le sucede?
—Sospecho que Cayo Mario le ha dicho alguna cosa que le ha causado una idea equivocada sobre mi amistad contigo, Lucio Cornelio —contestó Aurelia muy tranquila.
—¡Por los dioses! ¡Cómo se ha atrevido ese viejo villano!
—¡Oh! —exclamó la bella Aurelia riendo—, ¡ya hace tiempo que esa clase de cosas ha dejado de preocuparme! Sé de cierto que cuando mi tío Publio Rutilio escribió a Cayo Mario en Asia Menor dándole la noticia de que el marido de su sobrina se había divorciado de ella al ver que había dado a luz un niño pelirrojo, Julia y Cayo Mario creyeron que la sobrina era yo y el padre del niño… tu.
Ahora fue Sila quien se echó a reír.
—¿Tan mal te conocen? Tus defensas son más inexpugnables que las de Nola.
—Cierto. Bien lo sabes tú.
—Soy un hombre como los demás.
—No estoy de acuerdo. ¡Deberías llevar heno en el cuerno!
Con el oído pegado al falso techo de un escondite de su cuarto, el pequeño César experimentó un gran alivio. ¡Su madre era una mujer virtuosa! Pero esa emoción fue desplazada por otra más difícil de vencer: ¿Por qué nunca le había mostrado a él esa faceta de su carácter? Allí estaba, riendo y relajada, dedicada a una especie de chanza que él consideraba simple chismorreo de adultos. ¡Mira que gustarle aquel hombre repelente!
Por las cosas que le decía se notaba su antigua y profunda amistad. No sería amante de Sila, pero existía entre ellos una intimidad que él se daba perfecta cuenta que no existía con su padre. Su marido. Enjugándose inquieto las lágrimas, se tumbó y esforzó su mente para distanciarse de la manera que conseguía hacerlo aquellos días, cuando ponía en ello toda su voluntad. ¡Olvida que es tu madre, Cayo Julio César, hijo! ¡Olvida lo mucho que tú detestas a Sila! Escúchalos y aprende.
—Muy pronto serás cónsul —decía ella.
—A los cincuenta y dos años. Más viejo que Mario cuando lo fue. —¡Y ya abuelo! ¿Has visto a la niña?
—¡Oh, Aurelia, por favor! Supongo que más tarde o más temprano tendré que ir a casa de Quinto Pompeyo con Elia del brazo, a cenar y a hacerle gracias al niño. ¿Pero por qué voy a preocuparme por el nacimiento de una niña de mi hija al extremo de apresurarme a verla?
—La pequeña Pompeya es preciosa.
—¡Pues que levante más revuelo que Helena de Troya!
—¡No digas eso! Yo siempre he pensado que la pobre Helena tuvo una vida muy desgraciada. Fue un bien mueble, un juguete de dormitorio — replicó Aurelia.
—Las mujeres son bienes muebles —añadió Sila sonriendo.
—¡Yo no! Yo tengo mis propiedades y mi trabajo.
—Ya se ha levantado el sitio de Asculum Picentum —dijo Sila, cambiando de tono—. Cayo Julio regresará un día de éstos. ¿Qué será entonces de todo eso que me dices?
—¡No me lo recuerdes, Lucio Cornelio! Aunque le amo tiernamente, temo el instante en que cruce por esa puerta y empiece a encontrar faltas en todo, desde los niños a mi papel de casera, y yo intentaré desesperadamente complacerle hasta que me mande algo que no aguante.
—Y entonces, mi pobre Aurelia, le dirás que no tiene razón y comenzarán las escenas desagradables —añadió Sila con afecto.
—¿Tú te adaptarías a mí? —inquirió ella desafiante.
—Ni aunque fueses la única mujer sobre la tierra, Aurelia.
—Pues Cayo Julio se adapta a mí.
—¡Ah! ¡Qué vida ésta!
—¡Bah, deja de hacerte el frívolo! —espetó ella.
—Pues cambiaré de tema —dijo Sila, reclinándose hacia atrás apoyado en las dos manos—. ¿Cómo está la viuda de Escauro?
—Ecastor! —exclamó ella con los ojos brillantes—. ¿Aún te interesa? —Desde luego.
—Tengo entendido que se halla bajo la custodia de un hombre relativamente joven… Mamerco Emilio Lépido Liviano, hermano de Livio Druso.
—Le conozco. Es ayudante de Quinto Lutacio en Capua, pero combatió con Tito Didio en Herculaneum y fue a Lucania con los Gabinos. Un tipo fornido… de esos que todos consideran la sal de la tierra. — Se incorporó, adoptando, de pronto, la postura de un gato que acecha una presa—. ¿Va por ahí la cosa? ¿Va a casarse con Lépido Liviano?
—¡Lo dudo! —contestó Aurelia riendo—. El esta casado con una mujer horrible que no le quita ojo. La Claudia que es hermana de Apio Claudio Pulcher… ya sabes, su esposa hizo limpiar a Lucio Julio el templo de Juno Sospita revestido con la toga. Y ella murió de parto dos meses después.
—Es prima de mi Dalmática… me refiero a la Baleárica fallecida —dijo Sila con una sonrisa.
—Tiene muchos primos —añadió Aurelia.
—¿Crees que Dalmática se interesaría por mí actualmente? —inquirió Sila enérgico.
—No tengo ni idea —respondió Aurelia, moviendo la cabeza—. Te lo digo con toda sinceridad, Lucio Cornelio. No tengo ningún contacto con las mujeres de mi clase que no son de la familia.
—Pues quizá podrías hacer amistad con ella cuando regrese tu marido.
Entonces tendrás más tiempo libre —dijo Sila malicioso.
—¡Basta, Lucio Cornelio! Por decir eso, te vas ahora mismo.
Fueron juntos hasta la puerta. En cuanto dejó de verlos por el agujerito, el pequeño César salió de su escondite.
—¿Harás amistad con Dalmática por mí? —inquirió Sila, mientras ella le abría la puerta.
—No, no lo haré —contestó ella—. Si tan interesado estás, hazla tú.
Aunque te diré que divorciándote de Elia perderás popularidad.
—Ya he sido impopular antes. Vale.
Las elecciones por tribus se celebraron sin la presencia del cónsul, por haber confiado el Senado la encomienda del escrutinio a Metelo Pío el Meneitos, que era pretor y había venido a Roma con Sila. Que los tribunos de la plebe iban a ser conservadores se hizo evidente al ver que el cabeza de lista era Publio Sulpicio Rufo y no muy detrás salía elegido Publio Antistio. Sulpicio había obtenido licencia de Pompeyo Estrabón, tras labrarse una excelente reputación de comandante en el campo de batalla, luchando contra los picentinos. Ahora quería obtener fama política. Era célebre por su retórica y por su actuación en el Foro desde joven, y era, con mucho, el orador más prometedor entre las jóvenes lumbreras: al igual que el finado Craso Orator, su escuela era la asiática y de gestos tan airosamente calculados como su áurea voz, su léxico y sus recursos retóricos. Su caso más famoso había sido el juicio contra Cayo Norbano por haber inculpado ilegalmente a Cepio, el cónsul del oro de Tolosa, y que lo hubiese perdido no había empañado lo más mínimo su reputación. Gran amigo de Marco Livio Druso —aunque no era partidario de la emancipación de los itálicos —, desde la muerte de éste había trabado amistad con Quinto Pompeyo Rufo, el que se presentaba en binomio con Sila a las elecciones consulares. El que fuese el presidente del colegio de tribunos de la plebe no presagiaba nada bueno para las payasadas tribunicias de cariz demagógico, bien que, en realidad, no parecía que ninguno de los diez elegidos fuese proclive a la demagogia, ni la elección del colegio fue seguida por un aluvión de legislación polémica. Más prometedor era el nombramiento de Quinto Cecilio Metelo Celer como edil plebeyo, un hombre muy rico del que se rumoreaba que pensaba organizar unos magníficos juegos para la ciudad, harta de la guerra.
De nuevo bajo la presidencia del Meneitos, las centurias se reunieron en el Campo de Marte para oír el anuncio de los candidatos consulares y
pretorianos. Cuando Sila y su colega Quinto Pompeyo Rufo anunciaron su candidatura conjunta, los vítores fueron ensordecedores. Pero cuando Cayo Julio César Estrabón Vopisco Sesquículo anunció que iba a contestar las elecciones consulares, se hizo un profundo silencio.
—¡No puedes! —replicó Metelo Pío con voz airada—. ¡Aún no has sido pretor!
—Yo sostengo que no hay nada en las tablillas que impida a nadie presentarse a cónsul antes que a pretor —alegó César Estrabón, sacando un abultado rollo que levantó protestas entre los presentes—. He traído una disertación que voy a leer de cabo a rabo para demostrar lo que digo.
—¡Enróllalo y no te molestes, Cayo Julio Estrabón! —dijo Sulpicio, el nuevo tribuno de la plebe desde la multitud congregada bajo el estrado de los candidatos—. ¡Yo veto tu candidatura!
—¡Ah, vamos, Publio Sulpicio! ¡Hagamos caso de la ley por una vez en lugar de usarla en contra de la gente! —replicó César Estrabón.
—Yo veto tu candidatura, Cayo Julio Estrabón. Baja de ahí y únete a los tuyos —dijo Sulpicio con firmeza.
—¡Pues me declaro candidato al pretorado!
—Este año no —contestó Sulpicio—. Lo veto igualmente.
A veces el hermano menor de Quinto Lutacio Catulo César y de Lucio Julio César el Censor mostraba muy mala intención y su genio le ponía en difíciles situaciones, pero en esta ocasión César Estrabón se contentó con encogerse de hombros, sonreír y bajar del estrado para unirse a Sulpicio.
—¡Loco! ¿Por qué has hecho eso? —inquirió Sulpicio.
—Habría salido bien si tú no intervienes.
—Antes te habría matado yo —dijo una voz.
César Estrabón se volvió, vio que la voz pertenecía al joven Cayo Flavio Fimbria y espetó sarcástico:
—¡Piénsatelo, cretino codicioso, tú no matas ni a una mosca!
—¡Alto, alto! —se apresuró a decir Sulpicio, poniéndose entre los dos
—. ¡Vete, Cayo Flavio! ¡Vamos, márchate! ¡Fuera de aquí! Deja el gobierno de Roma a quienes son mayores y superiores a ti.
César Estrabón se echó a reír mientras Fimbria se alejaba.
—Para lo joven que es, tiene muy mala intención —dijo Sulpicio—. No te ha perdonado que acusases a Vario.
—No me extraña —contestó César Estrabón—. Con la muerte de Vario se quedó sin su único apoyo visible.
No habría más sorpresas; una vez presentadas las candidaturas a cónsul y pretor, todos se fueron a casa a aguardar con la mayor paciencia posible que llegara el cónsul Cneo Pompeyo Estrabón.
No regresó a Roma hasta casi finales de diciembre y se empeñó en celebrar su triunfo antes de llevar a cabo las elecciones. El que retrasase su regreso a Roma se debió a una brillante idea que había concebido tras la toma de Asculum Picentum. Su desfile triunfal (porque él no renunciaba a ello) iba a ser muy deslucido sin botín que exhibir ni carrozas exóticas con grupos de cautivos raros para los romanos. Y fue entonces cuando tuvo la brillante idea. ¡En el desfile exhibiría miles de niños itálicos! Sus tropas se dedicaron a recorrer los campos para apresar unos cuantos miles de niños de edades comprendidas entre cuatro y doce años, y, así, cuando desfiló en su carro triunfal por el itinerario prescrito, se hizo preceder de una legión de críos desamparados. Fue un horrible espectáculo, cuando menos porque demostraba la cantidad de varones adultos itálicos que habían perdido la vida por iniciativa de Cneo Pompeyo Estrabón.
Las elecciones curules se celebraron tres días antes de año nuevo. Lucio Cornelio Sila salió elegido primer cónsul y su amigo Quinto Pompeyo Rufo, segundo cónsul. Dos pelirrojos del extremo opuesto del espectro nobiliario romano. Roma ansiaba tener un binomio en buena armonía en el cargo con la esperanza de superar los males causados por la guerra.
Iba a ser un año de seis pretores, lo que supuso la prórroga en el cargo a casi todos los gobernadores de provincias: Cayo Sentio y su legado Quinto Bruto Sura en Macedonia; Publio Servilio Vatia y sus legados Cayo Celio y Quinto Sertorio en las Galias; Cayo Casio en la provincia de Asia; Quinto Apio en Cilicia y Cayo Valerio Flaco en Hispania. El nuevo pretor Cayo Norbano fue enviado a Africa, y de pretor urbano se designó a un hombre
muy mayor, Marco Junio Bruto, que tenía un hijo que acababa de entrar en el Senado, pero había anunciado su candidatura a pretor pese a su proverbial mala salud porque alegaba que Roma necesitaba en ese cargo un hombre decente, pues había muchos hombres decentes en campaña. El praetor peregrinus fue un Servilio plebeyo de la familia de los Augures.
El día de año nuevo amaneció radiante y los presagios nocturnos habían sido propicios. Quizá por ello no era sorprendente que, tras dos años de temores y espantos, toda Roma decidiese echarse a la calle para ver la ceremonia inaugural. Todos qúerían ser testigos de la victoria sobre los itálicos y había muchos que esperaban que los nuevos cónsules lograran subsanar los tremendos problemas financieros de la ciudad.
De vuelta a su casa después de velar toda la noche, Lucio Cornelio Sila revistió la toga bordada en púrpura, ciñó con sus propias manos la corona de hierba y salió a disfrutar de la novedad de caminar detrás de doce lictores togados que portaban al hombro el haz de varillas, ritualmente amarradas con correillas rojas de cuero. Delante de él iban los caballeros que habían optado por acompañarle a él en vez de a su colega, y detrás, los senadores, incluido su buen amigo el Meneitos.
Es mi día, se decía, entre murmullos y voces de apreciación de la muchedumbre al ver la corona de hierba. Por primera vez en mi vida no tengo rivales ni iguales. Soy el primer cónsul, he ganado la guerra contra los itálicos y llevo la corona de hierba. Soy más grande que un rey.
Los dos cortejos salidos de las casas de los nuevos cónsules se juntaron al pie del clivus Palatinus, en el lugar en que aún se alzaba la vieja puerta Mugonia, reliquia de los tiempos en que Rómulo había levantado las murallas de su ciudad palatina. A partir de allí, seis mil personas prosiguieron solemnemente el tortuoso itinerario por la Velia, descendiendo por el clivus Sacer hasta el bajo Foro; en su mayoría, caballeros con la franja estrecha —el angustus clavus— en la túnica, y un Senado en su mínima expresión, detrás de los cónsules y sus lictores. La multitud los aclamaba por doquier, asomada a las ventanas que daban al Foro, encaramada a los arcos y techos de las basílicas, a los tejados de las tabernas y tiendas de la Via Nova y a las galerías de las mansiones del
Palatino y el Capitolio que daban al Foro. Gentío. Gentío por doquier aclamando al portador de la corona de hierba, una guirnalda que la mayoría de ellos nunca había visto.
Sila caminaba con una regia dignidad desconocida, respondiendo a los vítores con leves inclinaciones de cabeza, sin esbozar una sonrisa, sin brillo de gozo en la mirada. Era su sueño hecho realidad. Su día. Una de las cosas que más le fascinaba era distinguir tan claramente a individuos concretos en aquella ingente muchedumbre: una mujer hermosa, un niño subido a hombros de un adulto, un extranjero. Y Metrobio. Estuvo en un tris de detenerse, pero síguío caminando; no era más que un rostro entre la multitud, fiel y discreto como siempre. Aquella hermosa faz morena no mostraba signo alguno de una relación particular, salvo en los ojos, quizá; pero, aparte de Sila, nadie lo habría notado. Unos ojos tristes. De pronto quedó atrás y ya no le vio. Era cosa pasada.
El cortejo de caballeros se detuvo al llegar a la zona que bordeaba la hondonada de los Comitia, antes de girar a la izquierda y seguir por entre el templo de Saturno y los arcos abovedados de enfrente de los Doce Dioses, para volver la cabeza hacia el clivus Argentarius y proferir unos vítores más estentóreos que los que le habían dedicado a él. Sila los oía pero no veía a quién iban dirigidos; y notó el sudor corriéndole por la espalda. ¡Alguien le estaba robando el calor de la multitud! Porque también el gentío se volvía a mirar desde tejados y escalinatas en la misma dirección, lanzando aclamaciones por encima de un mar de manos que se agitaban como juncos.
Jamás en su vida había tenido Sila que hacer un esfuerzo semejante para no cambiar de expresión, modificar las regias inclinaciones de cabeza o alterar la impasibilidad de su mirada. El cortejo reemprendía la marcha y él avanzó por el bajo Foro detrás de sus lictores, sin estirar lo más mínimo el cuello para ver qué le esperaba al pie del clivus Argentarius. Quién le robaba su multitud. Su día. ¡Su día!
Y allí estaba Cayo Mario. En compañía del niño y con la toga praetexta. Aguardando para unirse a los senadores curules que iban a la zaga de Sila y Pompeyo Rufo. Otra vez activo. Dispuesto a asistir a la ceremonia inaugural de los nuevos cónsules, a la ulterior reunión del Senado en el
templo de Júpiter Optimus Maximus en lo alto del Capitolio y a la fiesta en ese mismo templo. Cayo Mario. Cayo Mario, el militar genial. Cayo Mario, el héroe.
Cuando Sila llegó a su altura, Cayo Mario le dirigió una reverencia. Reconcomido por una rabia inmensa, que bajo ningún concepto podía dejar traslucir, Sila se volvió para corresponder con otra reverencia. Tras lo cual la muchedumbre enfebrecida lanzó gritos de alegría y los rostros se llenaron de lágrimas. Luego, después de que Sila girase a la izquierda para pasar junto al templo de Saturno y emprender la subida del Capitolio, Cayo Mario ocupó su lugar entre los togados de orla púrpura, con el niño a su lado. Había mejorado tanto que casi no se le notaba el renqueo del pie izquierdo y mostraba la mano izquierda sujetando los profusos pliegues de la toga, para que todos viesen que ya no estaba inválido. En cuanto a su rostro, prescindía de sonreír para no mostrar aquella mueca en que se había convertido su sonrisa.
Esto me lo pagarás, Cayo Mario, pensó Sila. ¡Sabías que era mi día! Y no has podido resistir la tentación de mostrarme que Roma sigue siendo tuya. Que yo —un Cornelio patricio— no soy nada comparado contigo, un palurdo itálico que no habla griego. Que yo no cuento con el afecto de la gente. Que nunca podré llegar a donde tú has llegado. Bien, Cayo Mario, puede que sea así, pero me las pagarás. Has sucumbido a la tentación de dar el espectáculo en mi día. Si hubieses elegido volver a la vida pública mañana, pasado mañana u otro día cualquiera, el resto de tu vida sería muy distinto de la miseria en que voy a obligarte a vivir. Porque pienso hundirte. Nada de veneno, ni puñal. Lograré que tus descendientes no puedan ni exhibir tu imago en la procesión funeraria familiar. Arruinaré tu fama para siempre.
Pero, de alguna manera, logró sobreponerse y concluir aquella horrenda jornada. Con aire ufano y complacido, el nuevo primer cónsul permanecía de pie, a un lado del templo de Júpiter Optimus Maximus, esgrimiendo una sonrisa inane como la del rostro de la estatua del Gran Dios, dejando que los senadores tributaran su homenaje a Cayo Mario, al margen del hecho de que la mayoría de ellos le detestaban. Cuando Sila comprendió que la
iniciativa de Mario había sido del todo inocente, que no se había detenido a pensar que le hacía sombra en su día y únicamente le había animado la idea de que sería una jornada sin par para hacer su reaparición en el Senado, la consideración no palió en nada su rabia ni fue óbice para que se retractara en su juramento de hundirle. Al contrario, la irresponsabilidad del acto hacía más intolerable aún la acción del gran hombre, porque venía a significar que, para Mario, Sila tenía muy poca importancia. Mario lo pagaría amargamente.
—¿Co… como se atrevió? —musitó Metelo Pío a Sila al término de la ceremonia, cuando los esclavos públicos iniciaban los preparativos de la fiesta—. Lo… lo… lo… hizo adrede.
—Ah, claro que lo hizo adrede —mintió Sila.
—¿Vas a de… de… dejarlo a… a… así? —añadió Metelo Pío, casi implorando.
—Cálmate, Meneitos, estás tartamudeando —replicó Sila dándole el detestado sobrenombre, pero de un modo que no resultaba ofensivo—. No quiero que ninguno de esos imbéciles se dé cuenta de lo que siento. Deja que ellos, ¡y él!, crean que estoy plenamente satisfecho. Yo soy el cónsul, Meneitos. Él, no. El no es más que un viejo enfermo que trata de recuperar un ascendiente que no volverá a tener.
—Quinto Lutacio está lívido —añadió Metelo Pío, conteniendo su tartamudez—. ¿Le ves allí? Acaba de decir una buena de Mario, fingiendo, el viejo hipócrita, que no lo decía en ese sentido. ¿Será posible?
—De eso no me he enterado —contestó Sila mirando hacia donde Catulo César hablaba con su habitual engreimiento y de forma airada con su hermano el censor y con Quinto Mucio Escévola, que parecía enfadado. Sila sonrió—. Se equivoca de interlocutor con Quinto Mucio si está diciendo cosas insultantes de Mario.
—¿Por qué? —inquirió el Meneitos, curiosamente más indignado que el propio Sila.
—Porque hay una boda en perspectiva. Quinto Mucio va a entregar su hija al joven Mario en cuanto sea mayor de edad.
—¡Por los dioses! ¡Podría casarla mucho mejor!
—¿Ah, sí, amigo mío? —contestó Sila alzando una ceja—. ¡Piensa en el dinero que tiene!
Cuando Sila emprendió el regreso a casa, no quiso que le acompañara nadie salvo Catulo César y Metelo Pío, aunque al llegar a ella entró solo y los despidió con un ademán. La casa estaba tranquila y no se veía a su esposa, cosa que le satisfizo profundamente, porque no estaba seguro de haber podido soportar sus zalamerías sin matarla. Se apresuró a encerrarse en su despacho, echando las persianas de la ventana que daba a la columnata. Dejó caer la toga al suelo y apartó el albo montón de una patada; su rostro reflejaba al fin sus sentimientos. Se acercó a la consola en que estaban los seis templos en miniatura perfectamente restaurados, recién pintados y dorados. Los cinco de sus antepasados los había hecho reparar después de su entrada en el Senado; en el sexto guardaba su propia mascarilla, entregada la víspera por el taller de Mago, en el Velabrum.
El cierre estaba muy bien disimulado en el entablamento de la primera fila de columnas. Al pulsarlo, las columnas se abrieron por el centro en doble puerta. Dentro se vio a si mismo: un rostro de tamaño natural, unido a la mitad anterior del cuello, con orejas incluidas; detrás de ellas había unas cintas para sujetarla cuando se portaba y que ahora ocultaba la peluca.
La imago de cera de abejas era una obra de arte; tenía la tez del mismo color que la de Sila; el marrón de cejas y pestañas naturales era igual que el que usaba él a veces para teñírselas cuando asistía al Senado o iba a alguna fiesta. Los labios, perfectamente dibujados, estaban levemente abiertos porque Sila siempre respiraba por la boca; los ojos eran exactos. Sin embargo, observándola con más detalle, se advertía que las pupilas eran pequeños orificios a través de los cuales el actor que llevaba la máscara pudiese ver lo suficiente si le llevaban de la mano. Sólo en la peluca había fallado Magio del Velabrum en cuanto a similitud de color, porque no había podido encontrar ese pelo. No faltaban en Roma peluqueros y pelucas, y había unos tonos de rubio y rojo que eran los que más se usaban. La principal fuente de aprovisionamiento eran bárbaros galos y germanos, obligados a desprenderse de su cabellera por los tratantes de esclavos o por
sus amos que necesitaban dinero. La obra de Magio era más roja que la mata de pelo de Sila, aunque la exuberancia y disposición eran exactas.
Sila estuvo largo rato contemplándose, sin lograr sobreponerse de la visión que de él tenían los demás. El espejo de plata más perfecto no reflejaba tan fidedignamente su rostro como aquel imago. Haré que los escultores del taller de Magio cincelen unos bustos y una estatua de tamaño natural con armadura, se dijo, complacido con aquella imagen que veían los demás. Finalmente, su mente volvió a la perfidia de Mario y su mirada se hizo neutra; luego dio un saltito, tiró con los dedos de dos palanquitas en el suelo del templo y la máscara de Lucio Cornelio Sila avanzó desde el interior para detenerse, lista para que alguien la despojara de la peluca y la apartara de su base, que era un molde de barro del rostro de Sila. Pegada al relieve de su propio rostro y a resguardo de la luz y el polvo en la oscuridad del templete, la máscara duraría varias generaciones.
Sila se llevó las manos a la cabeza y se qiitó la corona de hierba para ponerla sobre la peluca de la máscara. Ya el día mismo en que habían arrancado los tallos del campo de Nola estaban oscurecidos y sucios, por proceder de un campo de batalla; y los dedos que los habían trenzado no eran los dedos hábiles y delicados de una florista, sino los del centurión primus pilus Marco Canuleio, más acostumbrados a enarbolar una nudosa clava de vid. Ahora, siete meses después, la corona de hierba se había mustiado y era un trenzado de delgados hilos como cabellos, y las pocas hojas que quedaban estaban secas y arrugadas. Pero aguantas, mi hermosa corona de hierba, pensó Sila, colocándola en la peluca debidamente. Sí, aguantas; estás hecha de hierba itálica, trenzada por un soldado romano. Durarás. Igual que yo. Y juntos llevaremos a la ruina a Cayo Mario.
El Senado volvió a reunirse al día siguiente de la ceremonia oficial del nombramiento de los nuevos cónsules, convocado por Sila. Por fin había un nuevo príncipe del Senado, nombrado durante las ceremonias del día de año nuevo. Era Lucio Valerio Flaco, el «hombre de paja» de Mario, segundo cónsul el año en que Mario había ocupado la silla curul por sexta vez, había
sufrido el primer infarto y no había podido impedir los desmanes de Saturnino. No era un nombramiento muy bien visto, pero eran tantas las limitaciones, precedentes y reglas, que sólo Lucio Valerio Flaco había reunido las condiciones por ser patricio, jefe de fila de un grupo de senadores, consular, censor, e interrex más veces que ningún otro senador patricio. Nadie se hacía ilusiones de que llenase el hueco de Marco Emilio Escauro con tanta donosura y firmeza. Ni el propio Flaco.
Antes de convocar formalmente la reunión, había ido a ver a Sila para hablarle confusamente de los problemas de Asia Menor, con frases tan incoherentes y premisas tan ambiguas que Sila le había parado los pies, señalando la necesidad de recurrir a los presagios. Como ahora era augur, presidió las ceremonias junto con Ahenobarbo, pontífice máximo. Otro que tampoco tiene muy buen aspecto, pensó Sila con un suspiro; era deplorable el estado del Senado.
Sila no había dedicado todo el tiempo desde su regreso a Roma a visitar amigos, posar para Magio en el Velabrum, charlar de cosas insustanciales, atender a su aburrida esposa y ver a Cayo Mario. Sabiendo que iba a ser cónsul, la mayor parte del tiempo lo había dedicado a hablar con los caballeros que más respetaba o sabía más capaces, a hablar con los senadores que habían permanecido en Roma durante la guerra (como el nuevo pretor urbano Marco Junio Bruto) y a hablar con personas como Lucio Decumio, miembro de la cuarta clase y encargado de la cofradía del cruce.
Ahora, puesto en pie, se disponía a demostrar a la Cámara que Lucio Cornelio Sila era una persona que no toleraba oposición.
—Príncipe del Senado, padres conscriptos, no soy orador —comenzó diciendo, totalmente inmóvil delante de su silla curul—, por lo que no esperéis bellos discursos. Lo que os daré será una explicación sencilla de los hechos, seguida de un esbozo de las medidas que trataré de tomar para remediar la situación. Podéis debatir los resultados, si lo juzgáis necesario, pero quiero recordaros que la guerra aún no ha concluido satisfactoriamente. Por consiguiente, no quiero seguir en Roma más tiempo del debido. Quiero también advertiros que trataré sin contemplaciones a los
miembros de esta augusta Cámara que intenten entorpecer mi labor por vanagloria o intereses personales. No estamos para aguantar la clase de payasadas a que se dedicaba Lucio Marcio Filipo los días anteriores a la muerte de Marco Livio Druso. Espero que lo hayas oído, Lucio Marcio.
—Tengo los oídos totalmente abiertos, Lucio Cornelio —replicó Filipo con voz cansina.
Otro habría contestado a Filipo con cuatro palabras bien dichas, pero Lucio Cornelio Sila lo hizo con la mirada. A pesar de las risitas, aquellos extraños ojos claros recorrieron las gradas buscando culpables, y la expectativa de un enfrentamiento verbal fue cortada de raíz, las risas cesaron y todos consideraron oportuno inclinarse hacia adelante y adoptar una actitud de sumo interés.
—Ninguno de nosotros ignora la grave situación financiera de Roma, tanto en el área pública como en la privada. Los cuestores urbanos me comunican que el Tesoro está vacío y los tribunos del Tesoro me han dado la cifra de lo que debe Roma a las diversas empresas e individuos de la Galia itálica; una cifra superior a tres mil talentos de plata y que aumenta a diario por dos motivos: primero porque Roma se ve aún obligada a comprar a esas empresas e individuos; segundo, porque el monto principal no se ha pagado, los intereses no se han pagado y no siempre podemos abonar los intereses de los intereses impagados. Los negocios se van a pique. Los que en el sector público han prestado dinero, no pueden cobrar deudas ni intereses, ni intereses sobre los intereses impagados. Y los que han pedido dinero prestado están aún en peores condiciones.
Pensativo, posó la vista en Pompeyo Estrabón, que estaba sentado en la primera fila de la derecha junto a Cayo Mario, mirándose la nariz tranquilamente. Los ojos de Sila parecían decir al resto de la Cámara: ahí tenéis a un hombre que habría debido dedicar un poco de tiempo al margen de sus actividades militares para hacer algo por la vertiginosa crisis económica de Roma, en particular después de la muerte del pretor urbano.
—Por consiguiente, requiero que esta Cámara envíe un senatus consultum a la asamblea de todo el pueblo representado por sus tribus, patricias y plebeyas, solicitando una lex Cornelia al siguiente efecto: que
todos los deudores, ciudadanos romanos o no, queden obligados a pagar únicamente interés simple, es decir interés sólo sobre la deuda contraída, al porcentaje acordado por las partes en el momento del préstamo. Queda prohibido el cobro de interés compuesto y del interés simple a un porcentaje más alto del acordado en principio.
Ahora se oían murmullos, sobre todo procedentes de los que habían prestado dinero, pero la invisible amenaza que irradiaba Sila los apagó. Era inequívocamente romano de pies a cabeza; tenía la voluntad de un Cayo Mario pero con la actitud de un Marco Emilio Escauro, y nadie consideró por un instante —ni siquiera Lucio Casio— tratar a Lucio Cornelio Sila como habían tratado a Aulo Sempronio Aselio. No era la clase de persona contra quien se organiza una conjura para asesinarla.
—No hay vencedores en una guerra civil —añadió Sila con voz pausada
—. Y esta guerra que ya toca a su fin es una guerra civil. Mi opinión personal es que ningún itálico puede jamás ser romano, pero soy lo bastante romano para respetar las leyes que últimamente se han promulgado para que los itálicos se conviertan en romanos. Roma no obtendrá botín, ni indemnización suficiente para cubrir con una capa de lingotes de plata el suelo del templo de Saturno.
—¡Edepol! ¿Qué oratoria es ésa? —inquirió Filipo a los que estaban cerca de él.
—Tace! —gruñó Mario.
—Los tesoros de los itálicos están tan agotados como el nuestro — prosiguió Sila, sin hacer caso de aquel cruce de palabras—. Los nuevos ciudadanos que figurarán en los rollos están cargados de deudas y empobrecidos como los propios romanos. En tales circunstancias, habrá que empezar de nuevo en otra parte, ya que promulgar una anulación general de deudas es impensable. Pero tampoco se puede agobiar a los deudores hasta ahogarlos. En otras palabras, lo lógico y equitativo es reducir los dos términos del binomio. Y eso es lo que pretende la lex Cornelia.
—¿Y la deuda de Roma a la Galia itálica? —inquirió Mario—. ¿Cae dentro del ámbito de la lex Cornelia?
—Desde luego, Cayo Mario —contestó Sila complacido—. Todos sabemos que la Galia itálica es muy rica. La guerra en la península no la afectó y ha ganado mucho dinero con esta guerra. Por consiguiente, ella y sus comerciantes pueden perfectamente soportar la anulación de medidas como el interés compuesto. Gracias a Cneo Pompeyo Estrabón, toda la Galia itálica al sur del Padus es ahora totalmente romana y a los principales centros al norte del río se les han otorgado derechos latinos. Yo creo que es muy justo que la Galia itálica reciba el mismo trato que las demás comunidades romanas o latinas.
—No les hará muy felices llamarse clientes de Pompeyo Estrabón cuando conozcan que esta lex Cornelia es aplicable en la Galia itálica — musitó Sulpicio a Antistio con una sonrisa.
—Propones una buena ley, Lucio Cornelio —dijo de pronto Marco Junio Bruto—, pero no va lo bastante lejos. ¿Y en los casos en que el litigio sea inevitable y una de las partes no tenga dinero para depositar el sponsio ante el pretor urbano? Aunque estén cerrados los tribunales de quiebra, hay muchos casos en que el pretor urbano tiene potestad para dirimir sin los procedimientos jurídicos habituales. Siempre que se haya depositado la fianza, claro. Pero tal como estipula la ley actualmente, si no se deposita la suma en litigio el pretor urbano tiene las manos atadas y no puede dirimir el caso ni dar un fallo. ¿Puedo sugerir una segunda lex Cornelia eximiendo del depósito del sponsio en casos de deuda?
—¡Bien, ésas son las cosas que me gusta oír, praetor urbanus! — exclamó Sila, riendo y dando una palmada—. ¡Soluciones lógicas a asuntos problemáticos! ¡Sí, sí, promulguemos una ley que exima del sponsio al buen criterio del pretor urbano!
—Bueno, si vamos a llegar a eso, ¿por qué no abrir los tribunales de quiebra? —inquirió Filipo, aterrado ante una ley relacionada con la recaudación de deudas, dado que siempre estaba endeudado y era uno de los peores pagadores de Roma.
—Por dos razones, Lucio Marcio —contestó Sila, hablando como si el comentario de Filipo hubiese sido serio y no sarcástico—. Primero, porque aún no contamos con suficientes magistrados para los tribunales, y el
Senado ha quedado tan mermado que sería difícil hallar los jueces extraordinarios, dado que deben poseer conocimientos legales de índole pretoriana. Segundo, porque la quiebra es un procedimiento civil y los llamados tribunales de quiebra los conforman totalmente jueces especiales nombrados a criterio del pretor urbano. Lo que nos lleva directamente a la razón primera, ¿no es cierto? Si no tenemos personal para los tribunales criminales, ¿cómo vamos a dotarnos de personal para los juicios más flexibles y discrecionales por delitos civiles?
—¡Sucinta explicación! Gracias, Lucio Cornelio —dijo Filipo.
—No hay de qué, Lucio Marcio. Y quiero decir que no hay por qué volver a hablar de eso. ¿Entendido?
Hubo más debate, desde luego. No es que Sila esperase que su propuesta fuese aceptada sin objeciones. Pero incluso entre los prestamistas del Senado, la oposición fue tibia, pues todos consideraban que mejor era recaudar algún dinero que no cobrar nada, y Sila tampoco había intentado abolir radicalmente el interés.
—Efectuemos una votación —dijo Sila, cuando consideró que ya habían discutido bastante, para evitar mayores pérdidas de tiempo.
Ganó la votación por amplia mayoría y la Cámara preparó un senatus consultum recomendando las dos nuevas leyes de Sila a la Asamblea del pueblo, un ente al que el cónsul podía presentárselas en persona, aunque fuese patricio.
El pretor Lucio Licinio Murena, hombre más famoso por su negocio de anguilas de cultivo que por sus actividades políticas, propuso, a continuación, que la Cámara considerase el regreso de los desterrados por la comisión variana dirigida en su momento por Quinto Vario.
—¡Henos aquí concediendo la ciudadanía a media Italia, mientras hombres condenados por ser partidarios de la emancipación siguen despojados de la ciudadanía! —exclamó Murena con énfasis—. ¡Ya es hora de que vuelvan al país, pues son precisamente los romanos que necesitamos!
Publio Sulpicio se levantó enérgicamente del banco de tribunos y se situó ante la silla del cónsul.
—¿Puedo hablar, Lucio Cornelio?
—Adelante, Publio Sulpicio.
—Yo era muy amigo de Marco Livio Druso, aunque nunca me gustó lo de la emancipación para los itálicos. No obstante, deploré el modo de actuar de Vario con su tribunal. Hemos de preguntarnos cuántos de los procesados fueron víctimas suyas por el simple hecho de que los detestaba. Pero persiste el hecho de que el tribunal se creó legalmente y actuó con procedimientos acordes con la ley. En este momento, ese tribunal sigue funcionando, aunque de forma totalmente opuesta. Es el único tribunal abierto. Por consiguiente debemos colegir que es un organismo legalmente constituido y sus fallos tienen vigencia. En consecuencia, yo quiero informar a esta Cámara de que si se pretende hacer regresar a cualquier persona sentenciada por la comisión variana, me opondré con mi veto — dijo Sulpicio.
—Y yo —terció Publio Antistio.
—Siéntate, Lucio Licinio Murena —dijo Sila afable.
Murena se sentó, abatido, y poco después el Senado concluía su primera sesión ordinaria bajo la presidencia del cónsul Sila.
Cuando Sila abandonaba la Cámara, Pompeyo Estrabón le salió al paso.
—Quisiera decirte algo en privado, Lucio Cornelio.
—Por supuesto —contestó Sila cordial, decidido a prolongar la conversación, pues había visto a Mario al acecho y no podía eludirle sin una buena excusa.
—En cuanto hayas arreglado los asuntos financieros de Roma a tu entera satisfacción —dijo Pompeyo Estrabón con su voz neutra pero amenazante—, supongo que abordarás la cuestión del mando en la guerra.
—Sí, Cneo Pompeyo, espero abordarlo —contestó llanamente Sila—. Imagino que lo legal habría sido tratarlo ayer en la Cámara cuando se ratificaron todos los gobernadores provinciales, pero, como habrás comprendido por mi discurso de hoy, considero este conflicto una guerra civil y preferiría discutir lo del mando en una sesión normal.
—Ah, sí, claro, comprendo tu punto de vista —contestó Pompeyo Estrabón, no en el tono de alguien avergonzado por lo burdo de la pregunta,
sino como quien admite no tener idea del protocolo.
—¿Y entonces? —añadió Sila muy cortés, viendo con el rabillo del ojo que Mario se alejaba en compañía del pequeño César, que debía estar esperándole afuera.
—Si incluyo las tropas que Publio Sulpicio trajo de la Galia itálica el año antepasado y las tropas que trajo Sexto Julio de Africa, tengo diez legiones —contestó Pompeyo Estrabón—. Y estoy seguro que comprenderás, porque te has visto en iguales circunstancias, Lucio Cornelio, que la mayoría de las legiones hace un año que no cobran.
—¡Me doy perfecta cuenta de lo que quieres decir, Cneo Pompeyo! — replicó Sila con triste sonrisa.
—Bien, hasta cierto punto, Lucio Cornelio, la deuda está cancelada porque la tropa se quedó con todo lo que había en Asculum Picentum, desde muebles hasta monedas de bronce. Ropa, chucherías femeninas, menudencias e incluso las lámparas priápicas. Se quedaron contentos, igual que en otras ocasiones, con que les entregara el botín que había. Menudencias. Pero suficiente para soldados rasos. Bueno, así ha quedado cancelada parte de la deuda. Pero la otra parte me afecta personalmente — añadió tras una pausa.
—¿Ah, sí?
—Cuatro de las legiones son mías. Se reclutaron entre los colonos de mis fincas del norte de Picenum y de Umbría sur, y todos los soldados son clientes míos, por lo que no esperan que Roma les pague nada. Se contentan con lo que hayan podido pillar.
—¡Continúa! —le instó Sila, alerta.
—Bien —añadió Pompeyo Estrabón pensativo, frotándose la barbilla con su manaza derecha—, estoy bastante satisfecho tal como están las cosas, aunque algunas tendrán que cambiar al no ser yo cónsul.
—¿Cuáles, Cneo Pompeyo?
—Para empezar, necesito un imperium proconsular y la confirmación del mando en el norte. — La mano que rascaba la barbilla describió un amplio círculo—. El resto para ti, Lucio Cornelio. Yo no quiero nada más. Sólo mi rinconcito de nuestro querido mundo romano. Picenum y Umbría.
—¿A cambio de lo cual no enviarás al Tesoro la factura de las soldadas de cuatro de esas diez legiones y reducirás la de las otras seis?
—Eres muy listo en todos los aspectos, Lucio Cornelio.
—¡Trato hecho, Cneo Pompeyo! —dijo Sila tendiéndole la mano—. Daría Picenum y Umbría al mismísimo Saturnino si con ello Roma no tuviera que pagar los sueldos de diez legiones.
—¡Oh, no, a Saturnino no, aunque su familia procediera de Picenum! Yo me ocuparé de ello mejor que él.
—Estoy seguro, Cneo Pompeyo.
Así, cuando en la Cámara se planteó el asunto del reparto de los puestos de mando para concluir las operaciones de la guerra contra los itálicos, Pompeyo Estrabón obtuvo lo que quería sin oposición por parte del cónsul con la corona de hierba ni de nadie, porque Sila había estado presionando sin parar. Aunque Pompeyo Estrabón no era muy afín a Sila —carecía de sutileza o sofisticación—, se sabía que era tan peligroso como un oso acorralado y tan cruel como un déspota oriental; los relatos de su actuación en Asculum Picentum habían llegado a Roma a través de un medio tan nuevo como inopinado; un contubernalis de dieciocho años llamado Marco Tulio Cicerón había escrito un resumen de la misma en una carta a uno de sus dos preceptores vivos, Quinto Mucio Escévola, y Escévola lo había contado todo, aunque su locuacidad se debía más a las cualidades literarias de la carta que al comportamiento vil y monstruoso de Pompeyo Estrabón.
«Humillante!», fue el juicio de Escévola sobre la carta, y «¿Qué cabe esperar de semejante carnicero?» su opinión sobre las acciones de Pompeyo Estrabón.
Aunque Sila retuvo el mando supremo en los frentes sur y centro, el mando real del sur fue para Metelo Pío el Meneítos; Cayo Cosconio había sufrido una herida, que se le infectó, y estaba retirado del servicio activo. El lugarteniente del Meneitos era Mamerco Emilio Lépido Liviano, que se había suavizado y se había hecho elegir cuestor. Como Publio Gabinio había muerto y su hermano menor Aulo era demasiado joven para darle un mando de responsabilidad, Lucania fue para Cneo Papirio Carbón, decisión juzgada excelente por casi todos.
En medio del debate —que cobró más animación por dominar el sentimiento de que Roma prácticamente había ganado la guerra— murió Cneo Domicio Ahenobarbo, pontífice máximo. Lo cual significó que hubo que suspender las sesiones de Curia y Comitia y encontrar dinero para un funeral oficial para quien, en el momento de su muerte, tenía muchas más riquezas que el erario estatal. Sila presidió la elección del sucesor con cierto resentimiento, pues al asumir la silla curul había asumido igualmente la mayor parte de responsabilidad en los problemas financieros de Roma y le dolía gastar una buena cantidad de dinero en quien no lo necesitaba. Además, antes de Ahenobarbo no había habido necesidad de gastar en la elección, porque él era un tribuno de la plebe convertido en sumo pontífice en virtud de la lex Domitia de sacerdotis, una ley que modificaba el método de nombrar sacerdotes y augures según una designación interna por el de hacerlo con arreglo a una elección externa. Quinto Mucio Escévola —que ya era sacerdote— fue el nuevo pontífice, con lo que el puesto sacerdotal de Ahenobarbo fue para un nuevo miembro del colegio de pontífices, Quinto Cecilio Metelo Pío el Meneitos. Al menos en aquel aspecto, pensó Sila, se hacía cierta justicia, ya que al morir Metelo el Meneitos padre, su puesto sacerdotal se había atribuido por votación al joven Cayo Aurelio Cota, elocuente ejemplo de cómo la elección para un cargo podía acabar con el derecho familiar al mismo, que siempre había sido hereditario.
Una vez concluidas las exequias, se reanudó la actividad del Senado y los Comitia. Pompeyo Estrabón pidió —y obtuvo— como legados a Poplicola y Bruto Damasipo, aunque su otro legado, Cneo Octavio Ruso, anunció que se consideraba más capaz para servir a Roma en Roma, afirmación que todos interpretaron como señal de que se presentaría a las elecciones consulares a final de año. Cinna y Cornutus siguieron al frente de las operaciones en tierras de los marsos y Servio Sulpicio Galba quedó al mando de los combates contra los marrucini, los vestinos y los pelignos.
—A fin de cuentas es una buena selección —comentó Sila a su colega consular Quinto Pompeyo Rufo.
Era en ocasión de una cena familiar en la mansión de Pompeyo Rufo para celebrar que Cornelia Sila se hallaba otra vez encinta. La noticia no
había causado en Sila tanta alegría como en Elia y los Pompeyos Rufos, pero se resignó a cumplir sus tareas familiares, como ver a su nieta, que, según su otro abuelo, su colega consular, era la niña más preciosa del mundo.
Pompeya, con cinco meses, era efectivamente preciosa, tuvo que admitir Sila. Tenía un abundante pelo rojo rizado, cejas y pestañas morenas tan largas y tan espesas que parecían abanicos, y unos enormes ojos verdeoscuros. Su tez era de color crema y su boquita de un rojo capullo, y cuando sonreía se le formaban hoyuelos en las rosadas mejillas. Aunque Sila dijo no entender de niños, Pompeya le parecía una niña soñolienta y estúpida que sólo se animaba cuando ante su nariz agitaban un objeto brillante. Un presagio, pensó Sila, conteniendo la risa.
Su hija era feliz, eso era evidente, y en un aspecto distante era algo que complacía a Sila, que no la quería, pero sí que era proclive a cierto afecto cuando ella no le molestaba. En su rostro, a veces vislumbraba cierto aire a su hermano muerto, un gesto al alzar la vista, y entonces recordaba que el muchacho la había querido mucho. ¡Qué injusta era la vida! ¿Por qué había tenido que ser Cornelia Sila, una muchacha inútil, la que había vivido plenamente sana, y el hijo el que había muerto tan prematuramente? Tendría que haber sido al revés. En un mundo como debía ser, el paterfamílias habría debido tener la posibilidad de elegir.
No pensaba nunca en sus dos hijos germanos, engendrados cuando había vivido en una tribu bárbara, y nunca anhelaba verlos ni pensaba en ellos como sustitutos del queridísimo hijo muerto habido con Julilla. No eran romanos y la madre era bárbara. Siempre volvía el hijo a su memoria; un vacío imposible de llenar. Y allí, ante sus ojos, tenía a la hija que habría dado a la muerte sin ningún remordimiento de haber podido recuperar a su querido retoño.
—Qué maravilla que todo haya salido tan bien —le dijo Elia cuando regresaban a casa, sin escolta de criados.
Como sus pensamientos giraban aún en torno a las injusticias de la vida, que le había arrebatado al hijo dejándole una hija inservible, el comentario de la pobre Elia no pudo ser más inoportuno.
—¡Considérate divorciada desde ahora mismo! —replicó él con toda saña.
—¡Oh, Lucio Cornelio —exclamó ella, deteniéndose de golpe, estupefacta—, piénsalo, te lo ruego!
—Búscate otra casa; a la mía no vuelvas —replicó él, encaminando sus pasos al Foro y dejándola sola en medio del clivus Victoriae.
Cuando se hubo recuperado lo bastante de la impresión para poder pensar, también ella dio media vuelta, pero no para ir al Foro, sino a casa de Quinto Pompeyo Rufo.
—¿Puedo ver a mi hija, por favor? —dijo al esclavo que hacía de portero y que la miraba perplejo. Escasos momentos antes había franqueado la salida a una mujer preciosa y muy contenta y ahora volvía con aspecto de estar a punto de morir, de lo pálida y afligida que se la veía.
Cuando le preguntó si quería ver al amo, ella le respondió que prefería pasar a la sala de estar de Cornelia Sila para hablar con ella a solas sin molestar a nadie.
—¿Qué sucede, madre? —inquirió Cornelia Sila, muy tranquila, nada más entrar; pero se paró en seco al verle la cara, para volver a preguntárselo en tono muy distinto—. ¿Qué sucede, madre? ¿Qué es lo que sucede?
—Se ha divorciado de mí —contestó Elia con un hilo de voz—. Me ha dicho que no vuelva a su casa, y no me he atrevido a volver. Lo ha dicho en serio.
—Pero, madre… ¿Por qué? ¿Cuándo? ¿Dónde?
—Ahora mismo, en la calle.
Cornelia Sila se dejó caer abrumada para sentarse al lado de su madrastra, la única madre que había tenido, al margen de un débil recuerdo de una debilucha quejumbrosa, más preocupada por la copa de vino que por los hijos. Sí, había vivido casi dos años con la abuela Marcia, pero la abuela Marcia no había querido hacer otra vez el papel de madre y a los niños los había cuidado con aspereza y sin amor. Por eso cuando Elia había ido a vivir a la casa, tanto el pequeño Sila como ella, Cornelia, la habían acogido con los brazos abiertos, dándole el cariño de madre.
Cogiendo la mano fría de Elia, Cornelia Sila pensó en la mentalidad de su padre, sus temibles arrebatos y cambios de humor, la violencia con que brotaban en él, cual lava de un volcán, y la frialdad con que negaba toda esperanza o posibilidad al corazón humano.
—¡Es un monstruo! —dijo entre dientes.
—No —replicó Elia con desgana—, es un hombre que nunca es feliz. No sabe quién es ni lo que quiere. O quizá lo sepa, pero no se atreve a serlo y conseguir eso que quiere. Sabía que acabaría divorciándose de mí, aunque yo creía que me lo advertiría… por un cambio en su modo de ser o ¡algo! Fíjate, mentalmente había acabado conmigo desde un principio. Por eso, al ver que transcurrían los años, comencé a tener cierta esperanza… Bueno, es igual. Al fin y al cabo ha durado más de lo que yo esperaba.
—¡Llora, madre! Te hará bien.
Pero lo que le salió fue una risa triste.
—Oh, no. Ya lloré de sobra al morir nuestro hijo. Entonces fue cuando él murió también.
—No te va a dar nada, madre. ¡Le conozco! Es ruin y no te dará nada.
—Sí, ya lo sé.
—Pero tienes tu dote.
—Se la di a él hace mucho.
Cornelia Sila se puso en pie con gran dignidad.
—Vivirás conmigo, madre. No voy a dejarte. Quinto Pompeyo verá que es de toda justicia.
—No, Cornelia. Dos mujeres en un hogar son demasiadas, y ya tienes a tu suegra, que es una mujer muy buena y te quiere, pero no aceptará que traigas a una tercera.
—¿Y qué vas a hacer? —exclamó la joven.
—Esta noche me quedaré aquí en tu sala de estar y mañana ya lo pensaré —contestó Elia, tranquila—. Te ruego que no se lo digas a tu suegro. Para él va a ser una situación embarazosa. A tu esposo cuéntaselo si no tienes más remedio. Voy a escribir una nota a Lucio Cornelio diciendo donde estoy. ¿Puedes mandársela ahora mismo con un criado?
—Claro, madre.
La hija de otro habría añadido alguna frase diciéndole que seguramente por la mañana él cambiaría de idea, pero no la hija de Sila. Conocía perfectamente a su padre.
Al amanecer llegó la respuesta de Sila. Elia rompió el sello con manos temblorosas.
—¿Qué dice? —inquirió Cornelia Sila impaciente.
—«Me divorcio de ti por estéril.»
—¡Oh, madre, qué injusto! ¡Se casó contigo porque eras estéril! —Mira, Cornelia, es muy listo —respondió Elia con cierta admiración
—. Ha optado por el divorcio con esa alegación porque legalmente yo no tengo nada que hacer. No puedo reclamar mi dote ni pedir una pensión. Llevo casada con él doce años y cuando nos casamos aún tenía edad de concebir, pero no tuve hijos con mi primer marido ni con él. Ningún tribunal dictaminaría a mi favor.
—Pues tendrás que vivir conmigo —dijo Cornelia Sila muy decidida—. Anoche conté a Quinto Pompeyo lo que había sucedido, y él dice que no pasará nada si vives aquí, que no hay inconveniente. Si tú no fueses tan agradable sería distinto, pero sé que es posible.
—¡Tu pobre esposo! —dijo Elia sonriente—. ¿Qué iba a decir? ¿Y qué iba a decir su pobre padre? Los dos son buenos y generosos, pero yo sé lo que voy a hacer, Cornelia, es mucho mejor.
—¡Madre! No…
—No, no, claro que no voy a hacer eso, Cornelia —replicó Elia, forzando una carcajada—. ¡Sería para ti una obsesión el resto de tu vida! Y yo quiero que seas muy feliz, hija querida —añadió, irguiéndose en la silla muy decidida—. Me iré a casa de tu abuela Marcia, en Cumae.
—¿Con la abuela? ¡Oh, no; con lo severa que es…!
—Tonterías. El verano pasado estuve tres meses con ella y lo pasé muy bien, Cornelia. Ultimamente me escribe con frecuencia porque se encuentra sola. A sus sesenta y siete años tiene miedo de verse sin nadie. Es muy penoso no tener más que a los esclavos a la hora de morir. Sexto Julio no iba mucho a verla, pero cuando él murió le causó mucha aflicción. Y creo
que Cayo Julio hace cuatro o cinco años que no va a verla; ni se lleva bien con Aurelia y Claudia. Ni con sus nietos.
—A eso me refiero. Es tan propensa a irritarse y tan difícil… ¡Si lo sabré yo! Ella era quien nos cuidaba hasta que llegaste tú.
—Pues ella y yo nos llevamos muy bien. Siempre nos hemos entendido. Ya éramos amigas antes de que yo me casara con tu padre. Fue ella quien me recomendó a Lucio Cornelio como esposa idónea. Así que me debe un favor. Viviendo con ella seré útil, tendré cosas que hacer y no estaré obligada a ella por nada. Una vez que se me pase la impresión del divorcio, creo que disfrutaré de la vida y de la compañía de Marcia —dijo Elia decidida.
Esta estupenda decisión para solventar tan difícil situación fue muy bien acogida en la familia del cónsul Pompeyo Rufo. Aunque ninguno de ellos habría negado la hospitalidad permanente a Elia, ahora podían ofrecérsela provisionalmente con sumo agrado.
—¡No entiendo a Lucio Cornelio! —dijo el cónsul Pompeyo Rufo a Elia al día siguiente—. Cuando le vi, quise sacar a colación el asunto del divorcio, aunque sólo fuese para explicarle por qué vives aquí, pero me dirigió tal mirada… ¡Me quedé helado! De verdad te digo que me quedé helado. ¡Es temible! Yo creí que le conocía, pero el problema está en que tendré que seguir contemporizando durante todo el consulado pues prometimos a los electores actuar en buena armonía y no puedo faltar a la promesa.
—Claro que no —dijo Elia con afecto—. Quinto Pompeyo, nunca he tenido la menor intención de predisponerte en contra de Lucio Cornelio, créeme. Lo que suceda entre marido y mujer es un asunto privado, y para cualquiera ajeno a la pareja debe de ser algo inexplicable que el matrimonio se acabe sin motivo aparente. Siempre hay motivos y generalmente son lógicos. ¿Quién sabe? Puede que Lucio Cornelio quiera de verdad tener más hijos. Su único hijo murió y no tiene heredero. Y, realmente, no tiene mucho dinero; así que es comprensible lo de la dote. Yo me las arreglaré. Si puedes hacer que lleven a Cumae esta carta para Marcia y esperen contestación, en seguida sabremos a qué atenernos.
Quinto Pompeyo miró al suelo, con el rostro más rojo que el pelo. —Lucio Cornelio ha enviado tus ropas y tus pertenencias, Elia. Lo
siento mucho.
—¡Ah, estupendo! —dijo Elia sin perder la calma—. Empezaba a pensar que a lo mejor las había tirado.
—Toda Roma lo comenta.
—¿El qué? —inquirió ella, mirándole a los ojos.
—El divorcio. Dicen que es una crueldad para ti. La gente no lo encuentra bien —dijo Pompeyo Rufo con un carraspeo—. Da la casualidad de que eres una de las mujeres más queridas y respetadas de Roma, y se comenta todo, incluida la penuria en que te encuentras. Esta mañana, en el Foro, le silbaron y abuchearon.
—¡Oh, pobre Lucio Cornelio! —dijo Elia apenada—. ¡Qué mal le habrá sentado!
—Pues no lo ha demostrado. Siguió andando como si tal cosa — comentó Quinto Pompeyo con un suspiro—. ¿Por qué, Elia, por qué? — añadió, moviendo la cabeza—. ¡Después de tantos años, es absurdo! Si quería tener otro hijo, ¿por qué no se divorció de ti al morir el joven Sila, hace ya tres años?
La respuesta a la pregunta de Quinto Pompeyo Rufo llegó a oídos de Elia antes de recibir la carta de Marcia invitándola a ir a Cumae.
En esta ocasión fue Quinto Pompeyo hijo quien trajo la noticia, tan jadeante que casi no podía hablar.
—¿Qué sucede? —inquirió Elia, viendo que Cornelia Sila no lo hacía. —¡Lucio… Cornelio… se ha casado… con la viuda de Escauro! —
exclamó.
Cornelia Sila no mostró sorpresa.
—Entonces —dijo apretando los labios— te podrá devolver la dote, madre. Es tan rico como Creso.
Pompeyo Rufo hijo aceptó una copa de agua, la vació de un trago y siguió hablando más pausadamente.
—Ha sido esta mañana a última hora. No lo sabía nadie salvo Quinto Metelo Pío y Mamerco Lépido Liviano. ¡Supongo que debían saberlo! Quinto Metelo Pío es primo carnal de ella y Mamerco Lépido Liviano es el albacea testamentario de Marco Emilio Escauro.
—¿Cómo se llama? ¡No me acuerdo cómo se llama!
—Cecilia Metela Dalmática, pero todos la llaman Dalmática, según me han dicho. Dicen que hace años, poco después de la muerte de Saturnino, estaba tan enamorada de Lucio Cornelio que hizo el tonto y dejó en ridículo a Marco Emilio Escauro. Dicen que él no le hacía caso y que, luego, su esposo la encerró y parece que desde entonces nadie ha vuelto a verla.
—Ah, si, recuerdo bien el incidente —dijo Elia—. Es que no me acordaba de su nombre. Pero, aunque Lucio Cornelio nunca me dijo nada hasta que Marco Emilio Escauro la encerró, yo no podía salir de casa mientras estuviera Lucio Cornelio, porque tenía mucho cuidado de demostrarle a su esposo que él no hacía nada malo —añadió con un suspiro
—. Pero fue inútil porque Marco Emilio Escauro movió los hilos para que no le eligieran pretor.
—Mi padre no le dio alegría —dijo Cornelia Sila, severa—. No ha hecho feliz a ninguna mujer.
—¡No digas esas cosas, Cornelia!
—¡Ya no soy una niña! ¡Ya soy madre! ¡Y sé perfectamente lo que me digo, porque yo no le quiero como tú. Yo soy sangre de su sangre… ¡cosa que a veces me da miedo! Mi padre es un monstruo, y las mujeres exacerban lo peor de él. Mi madre se suicidó… y nadie ha podido quitarme de la cabeza que fue por algo que le hizo mi padre.
—Nunca lo sabrás, Cornelia, así que deja de pensar en eso —terció Quinto Pompeyo, tajante.
—¡Qué raro! —exclamó de pronto Elia como sorprendida—. Si me hubieran preguntado con quién habría podido casarse, yo habría dicho que con Aurelia.
—Y yo —añadió Cornelia, asintiendo con la cabeza—. Siempre han hecho muy buenas migas. Son pájaros del mismo plumaje —añadió, encogiéndose de hombros—. ¡Pájaros no, monstruos!
—Creo que no he visto nunca a Cecilia Metela Dalmática —dijo Elia, con ánimo de evitar que Cornelia Sila siguiera diciendo cosas arriesgadas —, ni en la época en que andaba detrás de mi marido.
—¡Ya no es tu marido, mamá; es el marido de ella!
—No la conoce casi nadie —dijo Pompeyo Rufo hijo, también deseoso de calmar a Cornelia—. Marco Escauro la mantuvo totalmente recluida después de aquel desliz, por inocente que fuese. Tiene dos hijos, una niña y un niño, pero nadie los conoce. Y desde que Marco Escauro murió se ha dejado ver menos que nunca. Por eso toda la ciudad comenta el caso — añadió alargando el brazo con la copa para que le sirvieran más agua—. Hoy es el primer día tras el período de duelo; otro motivo para suscitar comentarios.
—Debe de quererla mucho —añadió Elia.
—¡Bobadas! —replicó Cornelia Sila—. Él no quiere a nadie.
Después de dejar plantada a la pobre Elia en el clivus Victoriae, Sila cayó sin paliativos en una profunda depresión en las horas que siguieron. En parte por remover el cuchillo en la profunda herida que había abierto en la preciosa y aburrida Elia, a la mañana siguiente acudió a casa de Metelo Pío. Su interés por la viuda de Escauro databa de antiguo y era frío como su carácter: él deseaba hacer sufrir a Elia. No le bastaba con el divorcio y tenía que encontrar algo mejor para remover el cuchillo. ¿Y qué mejor que casarse en seguida con otra y dar a entender que se había divorciado de ella por ese motivo? Esas mujeres, pensaba mientras caminaba hacia la casa de Metelo Pío, me han traído loco desde mi primera juventud. Desde que dejé de venderme a los hombres porque creí tontamente que las mujeres eran víctimas más fáciles. Pero la víctima he sido yo. Víctima de ellas. Maté a Nicopolis y a Clitumna, y, gracias a los dioses, Julilla se quitó ella misma la vida. Pero es demasiado peligroso matar a Elia, aunque no basta con el divorcio, pues hace años que lo espera.
Encontró al Meneitos enfrascado en una charla con su nuevo cuestor, Marco Emilio Lépido Liviano. Era una verdadera suerte encontrarlos a los
dos juntos. Sin duda era el preferido de la Fortuna. Era natural que Mamerco y el Meneítos estuviesen confinados en el despacho, pero tal era el aura de la temible depresión de Sila, que los dos le saludaron con la nerviosa inquietud de una pareja a la que se ha sorprendido haciendo el amor. Buenos militares ambos, tomaron asiento después de que él lo hiciera y se le quedaron mirando sin saber qué decir.
—¿Os habéis comido la lengua? —inquirió Sila.
—¡No, Lucio Cornelio, no! —replicó con un respingo Metelo Pío—.
Perdona, es que tenía la mente en otras cosas.
—¿Tú también, Mamerco? —dijo Sila.
—En realidad, si —contestó pausadamente Mamerco con toda sinceridad, esbozando una sonrisa.
—Pues os voy a dar otro tema totalmente distinto en que pensar — añadió Sila con su más fiera sonrisa.
Ninguno de los dos dijo nada.
—Quiero casarme con Cecilia Metela Dalmática.
—¡Por Júpiter! —graznó Metelo Pío.
—No es un comentario muy original, Meneítos —dijo Sila, poniéndose en pie, yendo hacia la puerta del despacho para echar la llave y volviendo a sentarse con una ceja enarcada—. Os pido a los dos que lo penséis y me deis una contestación antes de la hora de la cena. Como quiero tener un hijo, me he divorciado de mi esposa porque es estéril. Pero no quiero remplazarla por una muchacha estúpida. Ya soy demasiado mayor para jovencitas caprichosas. Quiero una mujer madura que haya demostrado ser fértil dando a luz dos veces, y una de ellas un niño. He pensado en Dalmática porque parece, o parecía hace años, sentir debilidad por mí.
Tras lo cual se marchó, dejándolos con la boca abierta.
—¡Por Júpiter! —volvió a exclamar con menos énfasis Metelo Pío. —Si que es una sorpresa —dijo Mamerco, que estaba menos
sorprendido que el Meneitos porque no conocía a Sila tan bien como Metelo Pío, ni mucho menos.
—¿Por qué ella? —añadió el Meneítos rascándose la cabeza—. Salvo de pasada, cuando murió Marco Emilio, hace años que no pensaba en
Dalmática. Es prima carnal mía, pero después de aquel asunto con Lucio Cornelio, ¡qué cosa!, quedó confinada en su casa más segura que en las celdas de la Lautumiae. — Miró a Mamerco—. Como albacea testamentario, tú la habrás visto estos últimos meses.
—Respondiendo a tu primera pregunta de por qué ella, me imagino que el dinero tendrá mucho que ver —contestó Mamerco—. En cuanto a lo segundo, la he visto varias veces desde la muerte de Marco Emilio, aunque no tan a menudo como habría debido. Estaba ya en el frente cuando murió él, pero a ella la he visto porque tuve que volver a Roma a solventar los asuntos de Marco Emilio. Y si quieres que te sea sincero, no me parece que fuese una viuda muy afligida. Parecía más preocupada por sus hijos. De todos modos, lo encuentro natural, porque, ¿cuántos años se llevaban? ¿Cuarenta?
—Por lo menos. Recuerdo que cuando se casó lo sentí un poco por ella. Estaba previsto el matrimonio con el hijo de Marco Emilio, pero se suicidó, y mi padre se la dio al padre del suicida.
—Lo que más me impresionó fue su apocamiento —dijo Mamerco—. O quizá sea que ha perdido la confianza en sí misma. Le da miedo salir de casa, a pesar de que le dije que le convenía. Pero no tiene amistades.
—¿Cómo va a tenerlas si Marco Emilio la tenía recluida? No creas que lo he dicho en broma —dijo Metelo Pío.
—Al morir él —añadió Mamerco, pensativo— se quedó totalmente sola en casa, con excepción de los niños y con pocos esclavos para lo grande que es la casa. Pero cuando yo le sugería que se trajese para acompañarla a su tía o a su prima, se indignó y me dijo que no quería saber nada de ellas. Al final tuve que contratar a un matrimonio romano de buena familia y buena reputación para que vivieran con ella. Me dijo que comprendía que hubiera que tener en cuenta el qué dirán, y más pensando en el antiguo desliz; pero prefería vivir con extraños que con familiares. ¡Es una pena, Quinto Cecilio! ¿Qué edad tenía cuando el incidente? ¿Diecinueve años? ¡Y casarla con un hombre de sesenta…
—Es el azar del matrimonio, Mamerco. Mira yo: casado con la hija menor de Lucio Craso Orator, cuya hija mayor tiene ya tres hijos. Y mi
Licinia aún no ha concebido… ¡y no será porque no lo intentemos, créeme! Por eso pensamos adoptar a uno de sus sobrinos.
Mamerco frunció la frente y pareció súbitamente inspirado.
—¡Te sugiero que hagas lo que va a hacer Lucio Cornelio! Divórciate de Licinia Minor alegando esterilidad y cásate con Dalmática.
—No, Mamerco, no puedo. Quiero mucho a mi esposa —contestó el Meneitos malhumorado.
—Entonces, ¿hemos de considerar en serio la propuesta de Lucio Cornelio?
—Ah, desde luego. Él no es rico, pero tiene algo mejor. Es un gran hombre. Mi prima Dalmática ha estado casada con un gran hombre y está acostumbrada. Lucio Cornelio llegará lejos, Mamerco. No sé por qué estoy tan profundamente convencido, ya que no sé en qué sentido puede llegar más lejos. ¡Pero sé que llegará! Lo sé. No es un Mario, ni un Escauro, pero estoy seguro de que eclipsará a los dos.
—Entonces —dijo Mamerco, poniéndose en pie— mejor será que veamos qué dice Dalmática. De todos modos, mañana no puede celebrarse la boda.
—¿Por qué no? ¿Aún estará de luto?
—No. Curiosamente el luto finaliza hoy y lo digo por eso, porque resultaría sospechoso que se casase mañana —contestó Mamerco—. Yo dejaría pasar unas semanas.
—No, tiene que ser mañana —replicó con firmeza el Meneitos—. Tú no conoces a Lucio Cornelio como yo. No hay nadie a quien estime y respete más. ¡Pero no se te ocurra contradecirle, Mamerco! Si acordamos la boda, ha de ser para mañana.
—Acabo de acordarme de una cosa, Quinto Cecilio. La última vez que
vi a Dalmática, hará dos o tres intervalos de mercado, me preguntó por Lucio Cornelio y por nadie más, ni siquiera por ti, que eres su pariente más cercano.
—Bueno, estaba enamorada de él a los diecinueve años y a lo mejor sigue estándolo. Las mujeres son muy raras y tienen cosas así —dijo el Meneítos dándoselas de experimentado.
Cuando llegaron a casa de Marco Emilio Escauro y se vieron con Cecilia Metela Dalmática, Metelo Pío comprendió lo que había querido decir Mamerco calificándola de apocada. Un ratoncito, pensó el, de lo medrosa que la vio. Un ratoncito muy atractivo, en cualquier caso, y de carácter muy dulce. No se le ocurrió pensar cómo se habría sentido él de haber sido obligado a casarse a los dieciséis años con una mujer de sesenta; las mujeres tenían que obedecer y un sexagenario tenía más que ofrecer en todos los aspectos que una hembra mayor de cuarenta y cinco años. Fue él quien inició la conversación, por haber acordado que, al ser su pariente más próximo, asumía oficialmente el papel de paterfamílias.
—Dalmática, hoy hemos recibido una oferta de matrimonio para ti. Te aconsejamos encarecidamente que aceptes, aunque creemos que debes tener el derecho a declinar el enlace si lo deseas —dijo Metelo Pío, muy formalista—. Eres la viuda del príncipe del Senado y la madre de sus hijos. No obstante, consideramos que es improbable que se te presente mejor ocasión de matrimonio.
—¿Quién me ha pedido, Quinto Cecilio? —inquirió Dalmática con un hilo de voz.
—El cónsul Lucio Cornelio Sila.
Una expresión de gozo e incredulidad inundó su rostro, el gris de sus ojos se tornó plata brillante y con sus manos esbozó casi un aplauso.
—¡Acepto! —musitó.
Los dos hombres se quedaron sorprendidos, pues esperaban haber tenido que recurrir a persuasivos razonamientos para que Dalmática aceptase.
—Quiere casarse contigo mañana —dijo Mamerco.
—¡Hoy mismo, si quiere!
¿Qué iban a decir? ¿Qué podía decirse?
—Eres una mujer muy rica, Dalmática —alegó Mamerco, por decir algo
—. No hemos hablado con Lucio Cornelio respecto a la disposición de una dote. Yo creo que él sabe perfectamente que eres rica, aunque lo considere algo secundario, pues alega que se ha divorciado de su mujer porque es estéril, y que no quería casarse con una mujer joven, sino más bien con una
mujer sensata, capaz aún de engendrar hijos, y preferentemente con una que los tenga ya, como prueba de su fertilidad.
La ponderada explicación ensombreció un tanto su radiante rostro, pero ella asintió con la cabeza como si lo entendiera y no dijo una palabra.
Mamerco se adentró en el barrizal de los asuntos financieros.
—Desde luego no podrás seguir viviendo aquí. Esta casa pertenece ahora a tu hijo y quedará bajo mi custodia. Sugiero que preguntes al matrimonio que te hace compañía si quieren seguir viviendo aquí hasta que tu hijo tenga edad para asumir responsabilidades legales. Los esclavos que no quieras llevarte al nuevo domicilio, pueden quedarse aquí con los caseros. Sin embargo, la casa de Lucio Cornelio es muy pequeña comparada con ésta. Creo que te parecerá claustris.
—La que yo encuentro claustris es ésta —respondió Dalmática con un deje de ironía. ¿Sería posible?
—Una nueva vida exige una nueva casa —dijo Metelo Pío, tomando el relevo del empantanado Mamerco—. Si a Lucio Cornelio le parece bien, podemos convenir aportar un domus tan grande como éste en una zona adecuada a gente de vuestra condición. Tu dote la constituye el dinero que te dejó tu padre, mi tío Dalmático. Y además dispones de una gran suma heredada de Marco Emilio que, en puridad, no puede constituir parte de la dote. No obstante, para tu seguridad, Mamerco y yo miraremos el modo de que quede incluida en el contrato pero siendo tuya. No creo que sea prudente dejar que Lucio Cornelio disponga de tu dinero.
—Como os parezca —dijo Dalmática.
—Entonces, si Lucio Cornelio acepta estas condiciones, la boda puede celebrarse mañana a la hora sexta. Y hasta que encontremos una casa nueva, vivirás con Lucio Cornelio en su casa —dijo Mamerco.
Como Lucio Cornelio estuvo de acuerdo, impertérrito, a la hora sexta del día siguiente, él y Cecilia Dalmática se unían en matrimonio, oficiado por Metelo Pío y con Mamerco de testigo. Se prescindió de todo boato y después de la breve ceremonia, que no fue una confarreatio, los novios se dirigieron a casa de Sila acompañados de los dos hijos de la novia, Metelo Pío, Mamerco y los tres esclavos que había pedido llevarse la casada.
Cuando Sila la cogió en brazos para cruzar el umbral, ella se sobrecogió al advertir la soltura con que lo hacía. Mamerco y Metelo Pío entraron a tomar una copa de vino, pero se marcharon tan de prisa que Crisógono, el nuevo mayordomo, estaba aún ocupado enseñando a los niños y a su tutor las habitaciones que les destinaban y los dos esclavos permanecían encogidos sin saber qué hacer en un rincón del jardín peristilo. Los novios estaban solos en el atríum.
—Bien, esposa —dijo Sila llanamente—, te has casado con otro viejo, y sin duda volverás a quedarte viuda.
A Dalmática le pareció una afirmación tan insultante, que contuvo un grito sin saber qué responder.
—¡No eres un viejo, Lucio Cornelio!
—Tengo cincuenta y dos años. Viejo en comparación con tus treinta. —¡Eres joven, comparado con Marco Emilio! Sila echó hacia atrás la cabeza y rompió a reír.
—Sólo hay un sitio para demostrarlo —replicó, levantándola de nuevo
—. ¡Hoy no cenas, esposa! Vamos a la cama. —Pero… ¿y los niños? Están en una casa nueva…
—Ayer compré otro mayordomo después de divorciarme de Elia y es
muy dispuesto. Se llama Crisógono, un griego muy zalamero; pero son los mejores mayordomos una vez que el amo se sabe todos sus trucos y ellos se percatan de que puede ser capaz de crucificarlos. Tus hijos estarán regiamente atendidos, porque Crisógono necesita congraciarse.
La clase de matrimonio que Dalmática había vivido con Escauro se hizo mucho más evidente cuando Sila la tumbó en la cama, porque la joven se bajó de ella precipitadamente, abrió el arca que había mandado traer de su casa y extrajo un impecable camisón de lino.
Mientras Sila la contemplaba fascinado, ella se volvió de espaldas, se desabrochó el precioso vestido de lana color crema, se lo sujetó bajo las axilas y logró meterse pudorosamente el camisón por la cabeza dejándolo
caer antes de despojarse de la ropa. De la vestimenta de día pasó al atuendo de noche en un abrir y cerrar de ojos, y sin mostrar un ápice de piel.
—Quitate esa maldita prenda —dijo Sila a sus espaldas.
Ella se volvió y casi se quedó sin respiración. Su nuevo esposo estaba desnudo, y su piel era más blanca que la nieve, con el vello rizado del pecho y el bajo vientre del mismo color que su melena; un hombre sin bolsas en el diafragma, sin las arrugas de la senectud, un hombre duro y musculoso.
Escauro había estado horas manoseándola por debajo de la túnica, pellizcándole los pezones y hurgándole la entrepierna para conseguir una reacción del pene, el único miembro viril que ella había conocido, aunque realmente no lo hubiera visto. Escauro era un romano a la antigua, de los que realizan el coito con el mismo recato que se espera de la esposa; no sabia Dalmática que cuando coyuntaba con una mujer menos recatada que ella, su actuación sexual era muy distinta.
Sila, por el contrario, tan noble y aristocrático como su difunto esposo, se exhibía sin ningún pudor ante ella, con el pene tan grande y erecto como el del Príapo de bronce del despacho de Escauro.
No es que ella desconociera la anatomía íntima del hombre y de la mujer, dado que estaba bien representada en todas las casas: los genitales masculinos en las termas, los pedestales de las mesas y hasta en los murales; pero nunca se le había ocurrido ni remotamente relacionarlos con la vida conyugal. Eran simples adornos de los muebles. Para ella, la vida conyugal había sido un esposo que nunca se mostraba desnudo ante ella y que, a pesar de haber engendrado dos hijos, por la experiencia de ella era bien distinto a los príapos de los muebles y los objetos ornamentales.
Cuando, tantos años atrás, había conocido a Sila en aquella cena, se había quedado deslumbrada. Nunca había visto a un hombre tan hermoso, tan duro y tan fuerte y, sin embargo, tan… tan… ¿afeminado? Lo que había sentido por él entonces (y durante las veces que le había estado mirando a escondidas cuando él andaba preparando en Roma su candidatura a las elecciones de pretor) no era algo conscientemente carnal, pues ella era una mujer casada, con experiencia carnal, y eso lo relegaba como el factor menos importante y atractivo del amor. Su pasión por Sila era un capricho
de quinceañera, algo intangible e inexplicable. Detrás de columnas y persianas le había acariciado con la vista, soñando con sus besos más que con su pene, suspirando por él del modo más romántico. Lo que ella quería era conquistarle, hacerle su esclavo, ganárselo haciendo que se echara a sus pies a solicitarle llorando su amor.
Su esposo lo había descubierto y, a partir de ese momento, su vida cambió. Pero no su amor por Sila.
—Te has cubierto de ridículo, Cecilia Metela Dalmática —le había dicho Escauro friamente sin levantar la voz—. Pero lo que es mucho peor, me has dejado en ridículo a mi. Toda la ciudad se rie de mí, el primer hombre de Roma. Y eso tiene que acabar. Has gemido, suspirado y llorado del modo más estúpido por un hombre que no te ha hecho caso ni te ha dado pie, que no quiere tus favores y al que me he visto obligado a castigar para preservar nuestra reputación. Si no nos hubieses comprometido a los dos, él ahora seria pretor, como merece. Por consiguiente, has destrozado la vida de dos hombres: tu esposo y otro que es irreprochable. Que yo no me califique a mí mismo de irreprochable se debe a mi debilidad por haber dejado arrastrar demasiado tiempo este lamentable asunto. Pero esperaba que te dieses cuenta del error por ti misma y demostrases a Roma que, en definitiva, eres digna esposa del príncipe del Senado. Pero el tiempo ha demostrado que eres una idiota sin remisión; y sólo hay un modo de tratar a una idiota sin remisión. No volverás a salir jamás de casa bajo ningún pretexto. Ni para entierros, ni para bodas, ni con amigas, ni de compras. Y no recibirás visitas de amigas, ya que no puedo fiarme de tu prudencia. Tengo que decirte que eres un recipiente bobo y vacío, una esposa indigna de un hombre de mi auctoritas y dignitas. Ahora vete.
Desde luego, tan radical repudio no fue óbice para que Escauro gozase del cuerpo de su esposa, pero era viejo y seguía envejeciendo y esas ocasiones se espaciaban cada vez más. Al nacer el primer hijo, ella recobró cierta libertad, pero Escauro jamás le levantó el enclaustramiento. Y en sus sueños, en su soledad, cuando el tiempo pesaba sobre sus hombros cual yugo de plomo, seguía pensando en Sila y amándole con su corazón de adolescente.
Ahora, mirar a Sila desnudo no despertaba en ella deseo sexual alguno, sólo un vertiginoso deslumbramiento causado por su belleza y virilidad, la atroz constatación de que, en definitiva, la diferencia entre Sila y Escauro era mínima. Belleza y virilidad eran las diferencias reales, ¡porque Sila no iba a arrodillarse a sus pies a pedir llorando su amor! ¡No le había conquistado! Era él quien iba a conquistarla, batiendo sus defensas con su ariete.
—Quítate eso, Dalmática —dijo.
Ella se quitó el camisón con la presteza de un niño sorprendido en una travesura, sonriendo y asintiendo con la cabeza.
—Eres preciosa —añadió él con una especie de gorjeo, acercándose a ella y metiéndole el miembro entre las piernas, mientras la apretaba. Después la besó, y Dalmática se encontró zarandeada por más sensaciones de las que hubiera jamás imaginado; la sensación de su piel, sus labios, su pene, sus manos, el olor a limpio y dulce, como sus niños después del baño.
Y así, despertándose, creciendo, descubrió dimensiones que nada tenían que ver con sus sueños y fantasías y si mucho con la convivencia de los cuerpos. Y del amor pasó a la adoración y a la esclavitud fisica.
Para Sila, ella era la encarnación del hechizo que había sentido al principio por Julilla, aunque mágicamente mezclado a resabios de Metrobio; despertaba en él un éxtasis delirante que no había experimentado casi en veinte años. ¡Yo también lo necesitaba y ni lo sabia!, pensó maravillado. Esto es para mi importante, vital, y lo había olvidado.
No es de extrañar que desde aquel primer increíble dia de unión con Dalmática, nada pudiese hacer mella en él; ni los abucheos y silbidos que aún le dirigían en el Foro los que deploraban el trato e había dado a Elia, ni las malévolas insinuaciones de hombres que, como Filipo, sólo pensaban en el dinero de Dalmática, ni el corpachón de inválido de Cayo Mario apoyado en su infantil acompañante, ni los codazos y guiños de Lucio Decumio, ni las risas disimuladas de los que le consideraban un sátiro y a la viuda de Escauro una víctima inocente. Ni siquiera la amarga nota de enhorabuena que le envió Metrobio con un ramillete de pensamientos.
Menos de dos semanas después de la boda, se trasladaron a una gran mansión en el Palatino con vistas al circo Máximo y no lejos del templo de la Magna Mater. Tenía mejores frescos que los de la casa de Marco Livio Druso, columnas macizas de mármol, los mejores suelos de mosaico de Roma y muebles y objetos ornamentales más propios de un déspota oriental que de un senador romano. Sila y Dalmática contaban incluso con una mesa preciosa de madera de cedro, con una veta en forma de cola de Pavo real sobre un pedestal de marfil con incrustaciones de oro en formas de delfines entrelazados, regalo de boda de Metelo Pío el Meneitos.
Dejar aquella casa en la que había vivido veinticinco años fue otro importante factor de ruptura con el pasado. Se acabaron los recuerdos de la vieja y horrenda Clitumna y su más horrendo sobrino Stichus; atrás quedaban los recuerdos de Nicopolis, Julilla, Marcia y Elia. Y si el recuerdo de su hijo no se borraba, al menos sí que se evitaba la eventualidad de sentir pena al ver y tocar objetos que su hijo había visto y tocado; ya no tendría que pasar ante el cuarto vacío de los niños y sufrir la evocación de la imagen de aquel niñito desnudo y riente que le acosaba por doquier. Con Dalmática empezaba todo de nuevo.
Fue una suerte para Roma que Sila permaneciese en la ciudad mucho más tiempo del que había pensado de no ser por Dalmática, porque así pudo dirigir personalmente el programa de aminoración de deudas y discurrir medios para ingresar dinero en el erario público. Con potentes medidas y efectuando ingresos en las más inconcebibles ocasiones, consiguió pagar a las legiones (Pompeyo Estrabón cumplió su palabra y presentó una factura muy aligerada) y hasta parte de la deuda a la Galia itálica, viendo con satisfacción que los negocios acusaban una ligera recuperación.
Sin embargo, en noviembre tuvo que pensar seriamente en apartarse del cuerpo de su esposa. Metelo Pío estaba ya en el sur con Mamerco; Cinna y Cornutus lanzaban incursiones en tierras de los marsos, y Pompeyo Estrabón —acompañado de su hijo, pero sin el prodigioso burócrata Cicerón— permanecía al acecho en algún lugar de Umbría.
Pero quedaba una cosa por hacer, que Sila acometió el día antes de marcharse, ya que el asunto no requería promulgar ninguna ley y competía
a los censores. La pareja entrante se había mostrado renuente en el asunto del censo, pese a que la ley de Pisón Frugi confinaba a los nuevos ciudadanos en ocho de las tribus rurales y en dos nuevas tribus, distribución que no ponía en peligro la situación electoral por tribus. Habían recurrido a una ilegalidad técnica, por si la temperatura de las aguas censoriales se calentaba demasiado para sus delicadas pieles y la discreción les obligaba a dimitir del cargo, y cuando los augures les instaron a efectuar una modesta ceremonia, fueron dando largas para no celebrarla.
—Príncipe del Senado, padres conscriptos, el Senado sufre una crisis — dijo Sila, hablando inmóvil junto a su silla, como tenía por costumbre—. Tengo aquí —añadió extendiendo la mano derecha con un rollo— una lista de senadores que no volverán nunca más a esta Cámara porque han muerto. Poco más de un centenar. Ahora bien, la mayor parte de ese centenar de nombres es de pedaríi, senadores sin derecho a la palabra y sin un particular conocimiento jurídico aparte del senatorial. Pero hay otros nombres, de hombres cuya ausencia se hace notar, pues eran la cantera de presidentes de tribunal, jueces y árbitros extraordinarios, oficiales de reclutamiento, legisladores y magistrados. ¡Y no han sido reemplazados! ¡Y tampoco veo iniciativa alguna para reemplazarlos! Mencionaré algunos: el censor y príncipe del Senado Marco Emilio Escauro; el censor y pontífice máximo Cneo Domicio Ahenobarbo; el consular Sexto Julio César; el consular Tito Didio; el cónsul Lucio Porcio Catón Liciniano; el cónsul Publio Rutilio Lupo; el consular Aulo Postumio Albino; el pretor Quinto Servilio Cepio; el pretor Lucio Postumio; el pretor Cayo Cosconio; el pretor Quinto Servilio; el pretor Publio Gabinio; el pretor Marco Porcio Catón Saloniano; el pretor Aulo Sempronio Aselio; el edil Marco Claudio Marcelo; el tribuno de la plebe Marco Livio Druso; el tribuno de la plebe Marco Fonteio; el tribuno de la plebe Quinto Vario Severo Hybrida Sucronensis; el legado Publio Licinio Craso hijo y el legado Marco Valerio Mesala.
Sila hizo una pausa, satisfecho. Todos le miraban perplejos.
—Sí, ya sé —dijo afablemente— que hasta que no leamos la lista entera no apreciaremos debidamente cuántos grandes y prometedores hombres han caído. Siete cónsules y siete pretores. Catorce hombres de eminente
autoridad para actuar de jueces, comentar leyes y costumbres y salvaguardar el mos maiorum. Eso sin mencionar los otros seis nombres que habrían llegado a ser eminentes o poco habrían tardado en incorporarse a las filas de los dirigentes. Hay otros nombres que no he leído, entre los que se encuentran tribunos de la plebe que se labraron menor fama durante el cargo, pero que, no obstante, eran hombres de valía.
—¡Oh, Lucio Cornelio, es una tragedia —dijo Flaco, príncipe del Senado, con voz conmovida.
—Si, Lucio Valerio, en efecto —replicó Sila—. Hay muchos nombres que no están en la lista porque no han muerto, pero que se hallan ausentes de la Cámara por diversos motivos, servicio en ultramar o en otras partes de Italia. Incluso en la pausa invernal de esta guerra, no he podido contar más de cien senadores reunidos en la Curia Hostilia, pese a que los residentes en Roma están en la ciudad en esta época del año. Hay también una importante lista de senadores actualmente desterrados debido a las consideraciones de la comisión variana y de la comisión plautiana. Y hombres como Publio Rutilio Rufo.
»Por consiguiente, honorables censores Publio Licinio y Lucio Julio, os ruego encarecidamente que hagáis cuanto sea necesario para llenar los asientos vacantes. Dad la oportunidad a hombres de fuste y ambición de esta ciudad para que cubran las desastrosamente diezmadas filas del Senado de Roma. Y nombrad, además, entre los pedarii a quienes merezcan aportar su opinión y ascender en el cargo. Muchas veces no hay suficientes senadores presentes para obtener quorum. ¿Cómo puede el Senado de Roma pretender ser un órgano principal de gobierno si no se alcanza consenso?
Y eso era todo, concluyó Sila. Había hecho lo que podía para que Roma siguiera adelante, dando en público a la pareja de inertes censores una palmada en la espalda para que se pusieran manos a la obra. Ahora lo único que quedaba por hacer era terminar la guerra contra los itálicos.
VIII
El único aspecto de gobierno que Sila descuidó totalmente no lo había
captado nadie desde la muerte del llorado Marco Emilio Escauro; su sucesor, Lucio Valerio Flaco, había hecho un débil intento por llamar la atención de Sila, pero carecía de personalidad. Pero tampoco se le podía reprochar a Sila el descuido. Italia se había convertido en el centro del mundo romano y los físicamente implicados en el desastre no podían ver más allá de él.
Una de las últimas tareas de Escauro estaba relacionada con dos reyes destronados, Nicomedes de Bitinia y Ariobarzanes de Capadocia. El esforzado príncipe del Senado había enviado uná comisión a Asia Menor para que investigase la situación relativa al rey Mitrídates del Ponto. El que dirigía la delegación era Manio Aquilio, colega de Cayo Mario en el quinto consulado y vencedor de la guerra servil de Sicilia. Acompañaban a Aquilio otros como Tito Manlio Mancino, Cayo Malio Maltino y los dos reyes Nicomedes y Ariobarzanes. El cometido de dicha comisión había quedado claramente expuesto por Escauro: reinstaurar a los dos soberanos y advertir a Mitrídates que no traspasara las fronteras.
Manio Aquilio había cortejado profusamente a Escauro para que le concediera la misión, pues su situación financiera era muy apurada debido a las graves pérdidas sufridas al estallar la guerra contra los itálicos. Su puesto de gobernador en Sicilia diez años atrás no le había aportado nada más que una querella judicial al regreso, y, aunque había sido declarado inocente, su reputación se había resentido inmerecidamente. El oro que su padre había recibido de Mitrídates V a cambio de la cesión al Ponto de la mayor parte de Frigia se había acabado hacía tiempo, pero el hijo seguía siendo objeto del odio que había levantado aquel abuso. Escauro, firme partidario de la costumbre de que los cargos fuesen hereditarios —y convencido de que el padre había hablado con el hijo de los problemas de aquella zona— consideró juicioso encomendar a Manio Aquilio la misión de reponer en su trono a los dos reyes, concediéndole el privilegio de que él mismo escogiese a los miembros de la comisión.
El resultado fue una delegación más preocupada por la rapiña que por la justicia, por acumular dinero que por el bienestar de dos países extranjeros. Antes de efectuarse los primeros preparativos del viaje, Manio Aquilio había convenido un trato satisfactorio con el rey Nicomedes, de setenta años, y cien talentos de oro de Bitinia habían ingresado milagrosamente en su banca. De no haber sido por ello, tan difícil era la situación financiera del comisionado, que ni habría podido salir de Roma, ya que todos los senadores estaban obligados a solicitar formalmente permiso para salir de Italia y no había posibilidad de hacerlo sin que se enterasen las bancas y los banqueros, que verificaban minuciosamente las listas expuestas en los rostra y la Regia.
Una vez decidido el viajar por mar en vez de hacerlo por tierra por la Via Egnatia, la comisión llegó a Pérgamo en junio del año anterior y fue recibida con cierta pompa por el gobernador de la provincia de Asia, Cayo Casio Longino.
En Cayo Casio encontró Manio Aquilio la horma de su zapato en cuanto a codicia y carencia de escrúpulos, como ambos comprendieron inmediatamente con suma complacencia. Así, aquel caluroso junio se urdió en Pérgamo una conspiración en el preciso momento en que Tito Didio caía en el ataque a Herculaneum. El objeto de la misma era ver cuánto oro podían sacarle a la situación los delegados y el gobernador, y en particular en los territorios que bordeaban el Ponto y que en realidad no estaban bajo la autoridad romana, principalmente Paflagonia y Frigia.
Las cartas del Senado a Mitrídates del Ponto y a Tigranes de Armenia conminándolos a retirarse de Bitinia y Capadocia se enviaron por correo desde Pérgamo. Pero apenas habían abandonado la ciudad los portadores de las cartas, Cayo Casio ordenó la instrucción extraordinaria de una legión de tropas auxiliares y decretó una leva de milicia de un extremo a otro de la provincia de Asia. Luego, con un destacamento armado por escolta, los delegados Aquilio, Manlio y Malio se dirigieron a Bitinia con el rey Nicomedes, mientras el rey Ariobarzanes permanecía en Pérgamo con el súbitamente activo gobernador.
El poder de Roma seguía dando sus frutos. El rey Sócrates se quedó sin trono y emprendió el regreso al Ponto, el rey Nicomedes ocupó dicho trono y al rey Ariobarzanes se le ordenó regresar a Capadocia. Los tres delegados permanecieron en Nicomedia para pasar el resto del verano y planear la invasión de Paflagonia, la franja de territorio que separaba Bitinia del Ponto a lo largo de las riberas del mar Euxino. Los templos de Paflagonia eran ricos en oro, al contrario de los del país de Nicomedes, como descubrieron con decepción los delegados. Al huir a Roma el año anterior, el anciano se había llevado consigo la mayor parte del tesoro, yendo a parar a las cuentas bancarias de varios romanos, desde Marco Emilio Escauro (que no le hacía ascos a aceptar un pequeño obsequio) hasta Manio Aquilio y Otras muchas manos codiciosas.
El descubrimiento de que Nicomedes no tenía oro había suscitado cierto odio entre los delegados, y Manlio y Malio se sentían engañados, mientras que Aquilio pensó que tendría que ingeniárselas para encontrar suficiente cantidad para darles satisfacción sin necesidad de recurrir a su depósito de Roma. Naturalmente, quien pagó las consecuencias fue el rey Nicomedes. Los tres nobles romanos le instaron denodadamente a que invadiese Paflagonia y le amenazaron con la pérdida del trono si no obedecía sus órdenes. Mensajes de Cayo Casio desde Pérgamo corroboraron las exigencias de la comisión, y Nicomedes cedió, movilizando su modesto pero bien armado ejército.
A fines de septiembre, los delegados y el anciano rey Nicomedes marchaban sobre Paflagonia, Aquilio al mando del ejército y el rey como simple invitado a la expedición. Deseando echar sal a las heridas de Mitrídates, Aquilio obligó a Nicomedes a cursar órdenes a las guarniciones navales y flotas de Bitinia del Bósforo tracio y del Helesponto para que no dejasen navegar a ningún barco del Ponto entre el mar Euxino y el mar Egeo. ¡Desafía a Roma si te atreves, rey Mitrídates!, era el aviso implícito en esta medida.
Todo se desarrolló exactamente como había previsto Manio Aquilio. El ejército bitinio avanzó por la costa de Paflagonia asaltando ciudades y saqueando templos, al tiempo que crecía el montón de objetos de oro,
capitulaba el gran puerto de Amastris, y pilamenes, mandatario de la Paflagonia continental, unía sus fuerzas a las de los invasores romanos. En Amastris, los tres delegados decidieron regresar a Pérgamo, dejando al pobre y anciano rey invernando con su ejército entre Amastris y Sinope, peligrosamente próximo a la frontera del Ponto.
Fue en Pérgamo, a mediados de noviembre, donde los delegados recibieron una embajada del rey Mitrídates, quien hasta entonces no había dicho ni hecho nada. Encabezaba la delegación un tal Pelópidas, primo del rey.
—Mi primo, el rey Mitrídates, suplica humildemente al procónsul Manio Aquilio que ordene al rey Nicomedes y a su ejército regresar inmediatamente a Bitinia —dijo Pelópidas, que iba vestido al estilo griego y se había personado en Pérgamo sin escolta armada.
—Eso es imposible, Pelópidas —contestó Manio Aquilio, sentado en su silla curul, con la varilla de mando de marfil y rodeado por los doce lictores con túnica carmesí y las hachas en los fasces—. Bitinia es un estado soberano, amigo y aliado del pueblo romano, sí, pero completamente dueño de sus destinos. No puedo ordenar nada al rey Nicomedes.
—Entonces, procónsul, mi primo el rey Mitrídates suplica humildemente que le deis permiso para defender su reino de las depredaciones de Bitinia —replicó Pelópidas.
—Ni el rey Nicomedes ni el ejército de Bitinia están en territorio del Ponto —contestó Manio Aquilio—. Por consiguiente, prohíbo terminantemente a tu primo Mitrídates que levante un solo dedo contra el rey Nicomedes y su ejército. ¡Bajo ningún concepto, díselo a tu rey, Pelópidas! En ninguna circunstancia.
Pelópidas lanzó un suspiro, alzó los hombros y abrió los brazos, en gesto nada romano, y dijo:
—Entonces, lo último que se me ha encomendado deciros, procónsul, es que en tal caso, mi primo el rey Mitrídates dice lo siguiente: «¡Incluso el que sabe que va a perder presenta batalla!»
—Si tu primo el rey presenta batalla, perderá —contestó Aquilio, haciendo seña a sus lictores para que acompañasen a Pelópidas.
Se hizo el silencio al salir el noble póntico, roto por el cejijunto Cayo Casio.
—Uno de los nobles del Ponto que acompañaban a Pelópidas me ha dicho que Mitrídates va a enviar directamente a Roma una carta de protesta. —¿Y de qué le va a servir eso? —inquirió Aquilio, enarcando una ceja
—. En Roma no hay nadie que tenga tiempo para escucharle.
Pero los de Pérgamo tuvieron que escuchar un mes después, cuando
Pelópidas regresó.
—Mi primo el rey Mitrídates me envía para repetiros la súplica de que le permitáis defender su país —dijo Pelópidas.
—Su país no está amenazado, Pelópidas, así que mi respuesta sigue siendo no —contestó Manio Aquilio.
—Entonces, a mi primo el rey no le queda otro remedio que llevaros la contraria, procónsul. Se quejará oficialmente al Senado y al pueblo de Roma de que sus delegados en Asia Menor apoyan a Bitinia en un acto de agresión y al mismo tiempo niegan al Ponto el derecho a defenderse —dijo Pelópidas.
—Más vale que tu querido primo el rey se abstenga, ¿me oyes? — replicó tajante Aquilio—. En cuanto al Ponto y a toda Asia Menor, ¡yo soy el Senado y el pueblo de Roma! ¡Y ahora vete y no vuelvas!
Pelópidas permaneció en Pérgamo un tiempo para ver qué podia averiguar de los misteriosos movimientos de tropas que había puesto en marcha Cayo Casio, y estando allí llegaron noticias de que un hijo de Mitrídates llamado Ariarates —nadie sabía cuál de los hijos llamados Ariarates— pretendía de nuevo ocupar el trono de Capadocia. Manio Aquilio hizo venir inmediatamente a Pelópidas y le dijo que conminaba al Ponto y a Armenia a retirarse de Capadocia.
—Harán lo que se les dice porque les aterran las represalias de Roma — comentó Aquilio complacido, con un estremecimiento—. Hace frío aquí, Cayo Casio. ¿No crees que los recursos de la provincia de Asia dan para tener un fuego o dos en el palacio?
En febrero, en la residencia pergameña del gobernador, la confianza había alcanzado tales cotas, que Aquilio y Casio concibieron un plan aún
más audaz: ¿A qué detenerse en los confines del Ponto? ¿Por qué no dar a su rey una buena lección invadiendo el Ponto? La legión de la provincia de Asia estaba en óptimas condiciones, la milicia acampada entre Esmirna y Pérgamo, también en buenas condiciones, y, además, a Cayo Casio se le había ocurrido otra brillante idea.
—Podemos añadir otras dos legiones a la fuerza expedicionaria si sumamos las de Quinto Opio en Cilicia —dijo Manio Aquilio—. Cursaré un mensaje a Tarsus para que Quinto Opio venga a Pérgamo a conferenciar sobre el destino de Capadocia. Opio sólo tiene imperium pretoriano y yo proconsular, y tendrá que obedecerme. Le diré que nuestro plan es contener a Mitrídates atacándole por detrás en vez de invadir Capadocia.
—Dicen que en Armenia Parva hay más de setenta reductos llenos a rebosar de oro de Mitrídates —añadió Aquilio embelesado.
Pero Casio, que procedía de una familia guerrera, no estaba dispuesto a desviarse del plan.
—Invadiremos el Ponto por cuatro puntos distintos a lo largo del curso del río Halys —dijo impaciente—. El ejército bitinio se encargará de Sinope y Amisus en el Euxino, para después avanzar hacia el interior siguiendo el Halys, así dispondrán de buen forraje, ya que cuentan con la mayor parte de la caballería y animales de carga. Aquilio, tú mandarás la legión mía de auxiliares y atacarás por Galacia. Yo avanzaré con la milicia por el curso superior del Meandro hacia Frigia. Quinto Opio puede desembarcar en Ataleia y avanzar hacia Pisidia; yo y él nos encontraremos en el Halys en la zona intermedia entre tus tropas y las de Bitinia. Con cuatro ejércitos distintos sobre el curso del río confundiremos a Mitrídates y no sabrá dónde acudir. ¡Es un reyezuelo, querido Manio Aquilio, con más oro que soldados!
—No tiene salvación —dijo Aquilio sonriente, soñando con los setenta reductos atiborrados de oro.
Casio lanzó un estentóreo carraspeo.
—Sólo hay una cosa con la que debemos tener cuidado —dijo con distinto tono de voz.
—¿Cuál? —inquirió Manio Aquilio con la mosca en la oreja.
—Quinto Opio es antes que nada un tradicionalista romano para quien el honor está por encima de todo, así que olvidaos de ganar ni un sestercio con actividades reprobables. Y no podemos hacer ni decir nada que le haga sospechar que la expedición no obedece estrictamente a restablecer la justicia en Capadocia.
—¡Así tocaremos a más! —dijo Aquilio con una risita.
—Eso digo yo —añadió Cayo Casio, satisfecho.
Pelópidas procuró olvidarse del sudor que le chorreaba por la frente y colocar las manos de forma que no se le notase el temblor.
—Así pues, gran rey, el procónsul Aquilio me despidió sin más —dijo, concluyendo su relato.
El rey no hizo más que pestañear, sin modificar la expresión que había mantenido durante toda la audiencia, impasible, casi benigna. A sus cuarenta años, con veintitrés de reinado, el sexto Mitrídates, llamado Eupator, había aprendido a ocultar sus sentimientos, salvo en el caso de sus temibles disgustos. Y no es que la noticia que le traía Pelópidas no le causase profundo desagrado, pues se la esperaba.
Durante dos años había vivido en la constante esperanza alumbrada desde el primer día en que Roma había entrado en guerra con sus aliados itálicos. El instinto le decía que era su oportunidad y esta vez había incluso escrito a su yerno Tigranes avisándole para que estuviese preparado. Al recibir contestación de que Tigranes le apoyaba en todo, decidió que lo primero que debía hacer era lograr que la guerra de Italia le resultase a Roma lo más dura posible, y envió una embajada a los itálicos Quinto Popedio Silo y Cayo Papio Mutilo a la nueva capital, Itálica, ofreciéndoles dinero, armas, barcos e incluso tropas de refuerzo. Pero, para su gran sorpresa, los embajadores regresaron con las manos vacías. Silo y Mutilo habían rechazado la oferta del Ponto indignados y con desprecio.
—¡Decid al rey Mitrídates que a él no le importa para nada la querella de Italia con Roma! Italia no va a mover un dedo para ayudar a un rey extranjero a hacer daño a Roma —fue la respuesta.
El rey del Ponto había recogido velas, enviando aviso a Tigranes de Armenia para que aguardase el momento oportuno, preguntándose si realmente llegaría ese momento, cuando incluso Italia, que tan desesperadamente necesitaba ayuda para vencer en su lucha por la libertad y la independencia, se permitía despreciativa morder la mano del Ponto que generosamente le ofrecía amistad y apoyo militar.
Nervioso y un si es no es más indeciso de lo normal, Mitrídates no quiso adoptar ninguna decisión; si en un momento determinado estaba convencido de que había llegado la hora de declarar la guerra a Roma, al poco rato no estaba tan seguro. Preocupado e inquieto, ocultaba sus dudas a todos, pues el rey del Ponto no podía tener confidentes ni asesores, ni siquiera su yerno, que era también un rey poderoso. Su corte era una especie de vacío en el que nadie sabía con certeza lo que sentía el rey, y la nobleza no estaba al corriente de los planes del monarca ni de si había riesgo de guerra.
Frustrado su ofrecimiento a los itálicos, Mitrídates pensó en Macedonia, país con el que la provincia romana mantenía una dificil frontera de más de mil quinientas millas frente a las tribus bárbaras del norte. Seria cuestión de inducir disturbios a lo largo de ella para que Roma dirigiese toda su atención a aquella zona. Así, envió agentes a reavivar los rescoldos del odio que sentían por Roma las tribus de los bessi y los escordiscos y las demás de Mesia y Tracia, con el resultado de que Macedonia comenzó a sufrir la peor racha de incursiones bárbaras desde hacía muchos años. En el primer empuje, los escordiscos llegaron hasta Dodona en el Epiro. Sin embargo, por suerte, la Macedonia romana contaba con un soberbio e íntegro gobernador en la persona de Cayo Sentio, quien tenía a sus órdenes al legado Quinto Bruto Sura, de mayor fuste aún.
Como con los disturbios causados por los bárbaros no se logró que Sentio y Bruto Sura pidiesen refuerzos a Roma, Mitrídates pensó en provocarlos en el interior de la provincia. Y poco después de haberlo decidido, apareció en Macedonia un tal Eufenes, que afirmaba ser descendiente directo de Alejandro el Grande (su parecido era sorprendente), alegando sus derechos al antiguo y caduco trono del país. Los habitantes de
localidades refinadas como Salónica y Pella en seguida comprendieron sus intenciones, pero los rudos campesinos del interior abrazaron fervientemente su causa. Lamentablemente para Mitrídates, Eufenes demostró carecer de auténtico espíritu militar y talento para organizar a sus partidarios en forma de ejército. Sentio y Bruto Sura se encargaron de él sin necesidad de pedir urgentemente a Roma dinero para tropas de refuerzo, que era el propósito de los manejos del rey del Ponto.
Y así estaban las cosas a los dos años de estallar la guerra entre Roma y sus aliados itálicos. Mitrídates no había avanzado nada en sus ambiciosos planes, se hallaba nervioso, vacilaba y sufría reconcomiéndose y haciéndoselo pagar a los cortesanos; conteniendo a Tigranes, más agresivo y menos inteligente, y pensando solo, sin confiar en nadie.
De pronto, el rey se rebulló en el trono y todos los cortesanos del salón se sobresaltaron.
—¿Y qué más has descubierto durante tu segunda y prolongada visita a Pérgamo? —preguntó a Pelópidas.
—Que el gobernador Cayo Casio ha puesto en pie de guerra su legión de tropas auxiliares y está entrenando y equipando otras dos legiones de milicia, oh poderoso —contestó Pelópidas, humedeciéndose los labios y ansioso por demostrar que, a pesar de haber fracasado en su misión, su lealtad al rey seguía siendo debidamente fanática—. Ahora tengo un espía en el palacio del gobernador en Pérgamo, gran rey, y antes de marchar me comunicó que cree que Cayo Casio y Manio Aquilio proyectan invadir el Ponto esta primavera en coordinación con Nicomedes de Bitinia y su aliado pilamenes de Paflagonia. Al parecer, también en combinación con el gobernador de Cilicia, Quinto Opio, que fue a Pérgamo a conferenciar con Cayo Casio.
—¿Sabes si esta proyectada invasión cuenta con la sanción del Senado y el pueblo de Roma? —inquirió el rey.
—En el palacio del gobernador se rumorea que no, gran rey.
—Por parte de Manio Aquilio era de esperar, si el cachorro ha salido al perro que había en tiempos de mi padre. La codicia del oro. Mi oro —dijo Mitrídates, abriendo los rojos y carnosos labios para enseñar sus grandes dientes amarillentos—. Y parece que el gobernador de la provincia romana de Asia es de la misma ralea. Igual que Quinto Opio de Cilicia. ¡Un trío hambriento de oro!
—En cuanto al gobernador de Cilicia, oh gran rey, no parece ser así — dijo Pelópidas—, pues han tenido buen cuidado de hacerle creer que es una expedición organizada contra nuestra presencia en Capadocia. Tengo entendido que Quinto Opio es lo que los romanos llaman un hombre honorable.
El rey guardó silencio, contrayendo y extendiendo los labios como un pez y mirando al infinito. Si amenazan nuestras tierras es muy distinto, pensaba Mitrídates. Porque me obligan a quedarme con la espalda pegada a mis fronteras y se me exige que deponga las armas y consienta que esos denominados dueños del mundo violen mi país. El país que me acogió cuando era un fugitivo, el país que amo más que a la propia vida. El país que deseo sea dueño del mundo.
—¡No lo harán! —exclamó con fuerte voz.
Todos levantaron la cabeza, pero el rey no decía nada más. Siguió contrayendo y extendiendo los labios una y otra vez, sin pausa.
Ha llegado la hora. Es el momento decisivo, pensaba Mitrídates. Mi corte ha escuchado las noticias de Pérgamo y ahora estarán juzgando; no a los romanos, sino a mí. Si permanezco sumiso mientras esos codiciosos delegados de Roma continúan pretendiendo ser representantes del Senado y el pueblo de Roma y amenazan con cruzar mis fronteras, mis súbditos me despreciarán, mi fama menguará tanto que dejarán de tenerme miedo, y entonces algún pariente pensará que ha llegado el momento de cambiar al rey del Ponto. Ahora tengo hijos con edad de reinar, cada uno de ellos respaldado por una madre hambrienta de poder, y están mis primos de sangre real, Pelópidas, Arquelao, Neoptolemo y Leónipo. Si me someto como el canalla que los romanos creen que soy, dejaré de ser el rey del Ponto. Moriré.
»Así pues, es la guerra contra Roma. Ha llegado la hora. No por decisión mía, y seguramente tampoco por decisión de ellos, sino provocada por tres delegados romanos codiciosos. Estoy decidido. Haré la guerra a Roma.
Y una vez adoptada la decisión, Mitrídates notó que se le quitaba un gran peso de encima y desaparecía una especie de sombra en el subconsciente; sentado en el trono, pareció hincharse como un enorme sapo dorado, con los ojos brillantes. El Ponto iba a entrar en guerra. El Ponto iba a dar una lección a Manio Aquilio y a Cayo Casio. El Ponto iba a ser dueño de la provincia romana de Asia. Y el Ponto iba a cruzar el Helesponto para irrumpir en Macedonia oriental y avanzar por la Via Egnatia hacia el oeste. El Ponto haría zarpar sus naves del Euxino rumbo al Egeo para extenderse hacia occidente. Hasta que Italia y Roma se sometieran a los ejércitos y flotas del Ponto. El rey del Ponto sería el rey de Roma, el soberano más poderoso de la historia, muchísimo más grande que Alejandro Magno. Sus hijos reinarían por todo el orbe en lugares tan remotos como Hispania y Mauritania, sus hijas serían reinas de todas las tierras desde Armenia hasta Numidia y la Galia Transalpina. Todos los tesoros del mundo serían del rey del mundo, todas las mujeres hermosas, ¡las tierras de todo el orbe! Luego se acordó de su yerno Tigranes y sonrió. Que Tigranes se quedase con el reino de los partos y se expansionara hacia la India y los misteriosos paises aún más lejanos.
Pero el rey no dijo que iba a emprender la guerra contra Roma. Abrió la boca y dijo:
—Que venga Aristión.
Todos los cortesanos estaban tensos, aunque ninguno sabía exactamente qué sentimiento animaba a aquel temible personaje sentado en el trono de pedrería. Sólo sabían que sucedía algo.
En el salón de audiencias entró un griego alto y de gran belleza, ataviado con túnica y chlamys, quien sin torpeza ni rubor se postró a los pies del rey.
—Levántate, Aristión. Tengo un trabajo para ti.
El griego se levantó y se le quedó mirando extasiado, como en adoración. Era una pose que practicaba delante del espejo que el rey Mitrídates había colocado con toda idea en su lujosa habitación, y el griego se jactaba de haber hallado el equilibrio exacto entre un servilismo que el rey desdeñaría y una autonomía que no le habría hecho ninguna gracia. Llevaba casi un año en la corte póntica de Sinope, a la que había llegado desde su Atenas natal, pues era un filósofo peripatético de la escuela fundada por los discípulos de Aristóteles, que hacía aquel viaje resuelto a ganarse prosélitos en tierras menos cultivadas que Grecia, Roma y Alejandría. Por pura suerte había encontrado al rey del Ponto, que le había tomado a su servicio, ya que el soberano estaba acomplejado por sus carencias educativas desde su viaje a la provincia de Asia, diez años atrás.
Aristión, con gran cuidado en arropar sus lecciones en términos puramente de plática, acariciaba los oídos del monarca con relatos de la grandeza preterida de Grecia y de Macedonia, el poder repelente y odioso de Roma, las condiciones en que se desarrollaban el comercio y los negocios y la geografía e historia del mundo. Y, finalmente, Aristión se había llegado a creer el árbitro de la elegancia y sofisticación de Mitrídates en lugar de su pedagogo.
—Pensar que pueda seros de utilidad me llena de placer, oh poderoso Mitrídates —dijo Aristión con tono melifluo.
Tras lo cual, el rey procedió a demostrar que, aunque había temido emprender la guerra contra Roma, llevaba años pensando cómo hacerla.
—¿Eres de linaje lo bastante alto para tener poder político en Atenas? —inquirió inopinadamente el rey.
—Lo soy, gran rey —mintió Aristión con gesto encantador, ocultando su gran sorpresa.
En realidad era hijo de esclavo, pero de eso hacía ya mucho tiempo. Y en Atenas nadie le recordaba. Lo que contaba era la apariencia; y su aspecto era enormemente aristocrático.
—Pues necesito que regreses inmediatamente a Atenas y comiences a acaparar poder político —dijo Mitrídates—. Necesito un agente leal en Grecia que tenga ascendiente para suscitar resentimiento contra Roma. No
me importa el método que emplees, pero cuando los ejércitos y flotas del Ponto invadan las tierras de las dos orillas del mar Egeo, quiero tener a Atenas, ¡y a Grecia!, en la palma de la mano.
Un murmullo recorrió el salón, seguido de un estremecimiento de bélico fervor. ¡El rey no iba a postrarse a los pies de Roma!
—¡Estamos contigo, mi rey! —exclamó Arquelao con una sonrisa de satisfacción.
—¡Oh, poderoso, tus hijos te lo agradecen! —gritó Farnaces, su hijo mayor.
Mitrídates se Pavo neÓ aún más, embelesado de placer. ¿Cómo no se había percatado antes de lo peligrosamente que había estado a un paso de la rebelión? ¡Sus súbditos y parientes ansiaban emprender la guerra contra Roma! Pues él estaba preparado. Llevaba años preparado.
—No nos pondremos en marcha antes de que los delegados romanos y los gobernadores de la provincia de Asia y de Cilicia den un solo paso — dijo—. Pero en cuanto crucen nuestras fronteras, caeremos sobre ellos. Que armen las flotas y dispongan las dotaciones y que los ejércitos estén en pie de guerra. Si los romanos piensan apoderarse del Ponto, yo voy a apoderarme de Bitinia y de la provincia de Asia. Capadocia ya es mía y lo seguirá siendo porque cuento con tropas suficientes para que mi hijo Ariarates no tenga que prestarme las suyas —dijo, clavando sus ojos verdes, levemente desorbitados, en Aristión—. ¿Qué esperas, filósofo? Ve a Atenas con suficiente oro de mis tesoros para activar la causa. Pero, ¡cuidado! Nadie debe saber que eres mi agente.
—¡Comprendo, poderoso rey, comprendo! —dijo Aristión con voz sonora, retrocediendo para salir del salón.
—Farnaces, Macares, joven Mitrídates, joven Ariarates, Arquelao, Pelópidas, Neoptolemo, Leónipo, vosotros quedaos conmigo —dijo el rey, tajante—. El resto podéis marcharos.
El abril del año en que Lucio Cornelio Sila y Quinto Pompeyo Rufo fueron cónsules se iniciaba la invasión romana de Galacia y el Ponto.
Mientras Nicomedes III lloraba y se retorcía las manos, suplicando que le dejasen regresar a Bitinia, Pilemenes, príncipe de Paflagonia, ordenaba al ejército de Nicomedes avanzar hacia Sinope. Manio Aquilio se puso al frente de la legión romana de tropas auxiliares acuartelada en la provincia de Asia y marchó por tierra desde Pérgamo, atravesando Frigia, con la intención de cruzar la frontera del Ponto al norte del gran lago salado Tana. Existía una ruta de comercio sobre el itinerario, por lo que Aquilio pudo avanzar bastante de prisa. Cayo Casio se puso al frente de las dos legiones de milicia en las afueras de Esmirna y remontó el valle del Meandro para Internarse en Frigia sobre un eje que apuntaba al modesto asentamiento comercial de Prymnessus. Mientras, Quinto Opio zarpaba de Tarsus rumbo a Attaleia y marchaba con sus dos legiones hacia Pisidia sobre una línea que le conducía al oeste del lago Limnae.
En la primera semana de mayo, el ejército bitinio cruzaba la frontera del Ponto y llegaba al Amnias, afluente del Halys que discurría hacia el interior y que en las cercanías de Sinope era paralelo a la costa. La estrategia adoptada por Pilemenes consistía en avanzar desde la confluencia del Amnias y el Halys en dirección norte hacia el mar, donde pensaba dividir sus fuerzas para atacar Sinope y Amisus a la vez. Lamentablemente, el ejército bitinio se tropezó en el Ammas con un poderoso ejército póntico al mando de los hermanos Arquelao y Neoptolemo, antes de poder llegar al valle más amplio del Halys, y sufrió una aplastante derrota. Campamento, pertrechos, tropas, armas, todo se perdió. Menos el anciano rey Nicomedes, que, acompañado de un séquito de nobles y esclavos de su confianza, abandonó a sus tropas a su fatídica suerte para tomar inequívocamente el camino de Roma.
Casi al mismo tiempo en que el ejército bitinio se enfrentaba a los hermanos Arquelao y Neoptolemo, Manio Aquilio llegaba con su legión a las cumbres, avistando el lago Taita a lo lejos, al sur. Pero Aquilio no pudo deleitarse en la contemplación de la panorámica: a sus pies, en la llanura, se veía un ejército más vasto que el lago, con armas relucientes y formado de tal manera, que a un experto no se le podía escapar la magnífica disciplina y confianza. ¡Aquello no era ninguna horda de bárbaros! Cien mil soldados
pónticos de caballería e infantería aguardando a que cayera en sus garras. Con la rapidez del rayo privativa de un general romano, Aquiho dio media vuelta con sus tropas y escapó. Cuando se aproximaba al río Sangarius, cerca de Pessinus —¡tanto oro y no poder detenerse a cogerlo!— el ejército póntico dio alcance a su retaguardia y comenzó a destrozarla. Igual que el rey Nicomedes, Aquilio abandonó el ejército a su suerte y huyó con sus oficiales y sus dos colegas delegados a través de las montañas de Misia.
El rey Mitrídates en persona fue a enfrentarse con Cayo Casio, pero su indecisión le jugó una mala pasada; empezó a vacilar y Casio tuvo noticia de la derrota de los bitinios y de Aquilio antes de que Mitrídates le alcanzara. El gobernador de la provincia de Asia se retiró con su ejército en dirección sudeste a la gran ciudad de Apameia, situada en un cruce de rutas comerciales, acantonándose tras sus fortificaciones. Situado al suroeste de Casio, Quinto Opio se enteró también de la derrota y optó por quedarse en Laodiceia, justo sobre la ruta que seguía el ejército de Mitrídates bajando por el curso del Meandro.
Así, el ejército póntico, mandado por Mitrídates en persona, se encontró con Quinto Opio antes de localizar a Casio. Decidido a aguantar el asedio, Opio vio en seguida que los laodicenses no eran de la misma opinión. La población abrió las puertas al rey del Ponto, le lanzó pétalos de flores y le entregó como obsequio extraordinario a Quinto Opio. Las tropas cilicias regresaron a su país por el mismo camino por el que habían venido, pero el rey se quedó con el gobernador romano, quien fue atado a un poste en el ágora de Laodiceia. Entre grandes carcajadas, el propio Mitrídates instó a la población a que arrojasen a Quinto Opio excrementos, huevos podridos, verduras pochas y toda clase de materiales blandos y silenciosos. Nada de piedras ni palos. Porque el rey recordaba que Pelópidas le había dicho que el romano era un hombre honorable. Dos días después, Opio quedaba en libertad prácticamente ileso, haciéndole encaminarse a Tarsus. A pie.
Cuando Cayo Casio supo la suerte que había corrido Quinto Opio, abandonó la milicia en Apameia y huyó en un caballo de fortuna hacia la costa de Mileto, manteniendo el rio Meandro entre él y Mitrídates, y viajando totalmente solo. Consiguió cruzar la red póntica en torno a
Laodiceia, pero en Nisa le reconocieron y fue conducido a presencia del etnarca, un tal Chaeremon. Casio tornó su angustia casi en grito de placer al ver que Chaeremon era ferviente partidario de Roma y dispuesto a hacer lo que fuese por ayudarle. Lamentándose por no atreverse a quedarse, Casio se zampó una buena comida, montó en un caballo fresco y se marchó al galope hacia Miletus, en donde buscó la nave más rápida dispuesta a llevarle a Rodas. Llegado a Rodas sin incidentes, tuvo que acometer la más ardua tarea que imaginarse pueda, redactando una carta para el Senado y el pueblo de Roma tratando de convencerlos de la grave situación existente en Asia Menor, pasando por alto sus propias debilidades. Naturalmente no dio término a tan hercúleo cometido en un día, ni siquiera en un mes, pues, aterrado porque pudiera trascender su culpabilidad, Cayo Casio Longino fue aplazando la decisión.
A fines de junio toda Bitinia y la provincia de Asia habían caído en poder de Mitrídates, con excepción de algunas intrépidas y dispersas poblaciones que confiaban en sus defensas, su inaccesibilidad y el poder de Roma. Un cuarto de millón de soldados del Ponto holgaban en las verdes praderas desde Nicomedia a Milasa. Como en su gran mayoría eran bárbaros del norte, cimerios, escitas, sármatas, roxolanos y caucasianos, sólo el temor al rey Mitrídates impidió que se desbocaran.
Las distintas ciudades helenizadas jónicas y dorias y puertos de la provincia de Asia se apresuraron a dar al monarca oriental el trato obsequioso que encarecía. El odio acumulado durante los cuarenta años de ocupación romana fue una inapreciable baza para el rey Mitrídates, que fomentó la romanofobia proclamando que aquel año y los cinco siguientes quedaban derogados los impuestos, diezmos y tasas. Los que debían dinero a prestamistas romanos o itálicos quedaban eximidos de sus deudas, y, como consecuencia, la provincia de Asia llegó a nutrir la esperanza de que bajo el dominio del Ponto viviría mejor que bajo el yugo de Roma.
El rey descendió por el curso del Meandro y se dirigió al norte costeando hacia una de sus ciudades preferidas: Éfeso. Y allí se instaló temporalmente para impartir justicia, granjeándose aún más el afecto de los habitantes de la provincia de Asia, prometiendo que todos los
destacamentos de milicia que se rindiesen serían perdonados, quedarían en libertad y, además, recibirían dinero para regresar a sus casas. Los que más odiaban a Roma —o al menos lo proclamaban más alto— fueron nombrados para ocupar los principales cargos en pueblos, ciudades y distritos; las listas de personas simpatizantes con los romanos o empleados por éstos aumentaron rápidamente y los delatores hicieron su agosto.
Sin embargo, bajo aquel regocijo y aquellas lisonjas se palpaba el terror de los que sabían de sobra lo que era la crueldad y el capricho de los reyes orientales y lo superficial que era su aparente magnanimidad, pues no eran más que unos sátrapas que en un momento dado conceden su favor y cuando menos se espera te hacen decapitar. Y nadie sabía cuándo se inclinaría la balanza.
A finales de junio, en Efeso, el rey del Ponto cursó tres órdenes secretas, pero la tercera, la más secreta de todas.
¡Cuánto disfrutó con aquellas órdenes, diciendo lo que tenía que hacer éste, dónde tenía que ir aquél! ¡Ah, cómo se moverían sus peones! Que otros seres inferiores definieran y perfeccionasen los detalles, el mérito de la ingeniosa y complicada trabazón era estrictamente suyo. ¡Y qué trabazón! Recorrió el palacio tarareando y silbando, trayendo de cabeza cien escribas para redactar y sellar las órdenes, ingente tarea realizada en un solo día. Y cuando el último paquete del último correo quedó sellado, reunió en el patio de palacio a los escribas y ordenó a la guardia que los degollara. ¡Los muertos no hablan!
La primera orden era para Arquelao, que en aquel momento no gozaba de gran favor porque había querido tomar la ciudad de Magnesia en un asalto frontal, que había sido un rotundo fracaso en el que había resultado gravemente herido. No obstante, Arquelao seguía siendo su mejor general y él debía recibir el paquete de la primera orden. Uno solo. Le mandaba tomar el mando de todas las flotas del Ponto y cruzar el Euxino hasta el Egeo a finales de Gamelio —el Quinctilis romano—, a un mes vista.
La segunda orden era también un solo paquete. Se lo envió a su hijo Ariarates (otro distinto al Ariarates rey de Capadocia), encomendándole el mando de un ejército de cien mil hombres para cruzar el Helesponto e internarse en Macedonia oriental a finales de Gamelio, a un mes vista.
La tercera orden se distribuyó en varios cientos de paquetes, enviados a todos los pueblos, ciudades y distritos o comunidades desde Nicomedia, en Bitinia, hasta Cnidus, en Caria, y Apameia, en Frigia, para su entrega al principal magistrado local. Decretaba en ella que todo ciudadano romano, latino o itálico de Asia Menor —hombre, mujer o niño— fuese ejecutado con todos sus esclavos a fines de Gamelio, a un mes vista.
La tercera era la orden que más ilusión le hacía, la que le impulsaba a frotarse las manos y emitir una risita o dar un saltito inopinado mientras paseaba por Éfeso con una sonrisa de oreja a oreja. A fines de Gamelio no habría un solo romano en Asia Menor. Y cuando hubiese acabado con Roma
y los romanos, no quedaría uno solo desde las columnas de Hércules hasta la primera catarata del Nilo. No existiría Roma.
A principios de Gamelio, acariciando sus secretos, el rey del Ponto salió de Éfeso para viajar a Pérgamo, donde le esperaba algo especial.
Los otros dos delegados y los oficiales de Manio Aquilio habían optado por huir a Pérgamo, mientras que Manio Aquilio estaba refugiado en Mitilene en la isla de Lesbos, con la intención de tomar allí un barco para Rodas, donde, por un mensaje, sabía que se encontraba refugiado Cayo Casio. Pero nada más desembarcar en Lesbos cayó enfermo de fiebres tifoideas y tuvo que posponer el viaje. Pero cuando los de Lesbos se enteraron de la caída de la provincia de Asia (de la que oficialmente formaban parte), enviaron prudentemente al procónsul romano de regalo al rey Mitrídates.
Desembarcado en el pequeño puerto de Atarneus, enfrente de Mitilene, Manio Aquilio fue encadenado a la silla de montar de un gigantesco jinete bastamiano y arrastrado hasta Pérgamo, donde le aguardaba ansioso y relamiéndose el rey del Ponto. Cayendo constantemente, tropezando, cubierto de porquería, zaherido e injuriado, Aquilio logró sobrevivir a aquel horrendo viaje, enfermo como estaba. Pero cuando Mitrídates le examinó en Pérgamo, comprendió que si seguían dándole semejante trato no duraría mucho y le fastidiarían unos planes maravillosos que tenía dispuestos para el romano.
Así, el procónsul fue atado a la silla de un pollino, montado al revés, y paseado cruelmente de arriba abajo por Pérgamo para que los ciudadanos de la antigua capital romana viesen la estima en que tenía el rey del Ponto a un magistrado romano y lo poco que temía las represalias.
Finalmente, lleno de mierda y convertido en sombra de lo que había sido, Manio Aquilio fue conducido a presencia del autor de sus tormentos. Sentado sobre un estrado, en trono dorado con un lujoso dosel en medio del ágora de Pérgamo, el rey bajó la vista hacia el hombre que se había negado a retirar el ejército de Bitinia, le había impedido la defensa de su reino y no
había querido presentar directamente sus quejas al Senado y al pueblo de Roma.
Fue en aquel momento, al ver el cuerpo informe y lleno de pústulas de Manio Aquilio, cuando el rey Mitrídates del Ponto perdió el último vestigio de temor hacia Roma. ¿De qué había tenido miedo? ¿Por qué había retrocedido ante aquel ridículo y débil ser? ¡El, Mitrídates del Ponto era mucho más poderoso que Roma! Cuatro modestos ejércitos con menos de veinticinco mil hombres! Era Manio Aquilio quien encarnaba Roma, no Cayo Mario ni Lucio Cornelio Sila. Su concepto de Roma había sido un mito perpetuado por dos romanos atípicos. La Roma auténtica la tenía allí a sus pies.
—¡Procónsul! —clamó con fuerte voz.
Aquilio alzó la vista, pero no tenía fuerzas para hablar.
—Procónsul de Roma, he decidido darte el oro que codiciabas.
La guardia subió hasta el dosel a Manio Aquilio y le obligó a sentarse en una banqueta a cierta distancia a la izquierda del rey, donde le ataron fuertemente los brazos al cuerpo con correas de cuero, sujetando un soldado las del lado izquierdo y otro las del derecho para que no se moviera.
Acto seguido llegó un herrero con unas tenazas y un crisol al rojo vivo, capaz para varias copas de metal fundido, que despedía un humo acre y un olor abrasador.
Un tercer soldado se colocó a la espalda del romano, le agarró del pelo y le obligó a echar la cabeza hacia atrás; luego le cogió de la nariz con la otra mano y le cerró brutalmente las coanas. Manio Aquilio no pudo evitar el acto reflejo de respirar, y abrió la boca. Al instante un chorro de turgente y brillante metal le entró en la garganta y continuó vertiéndose mientras él aullaba debatiéndose en vano para levantarse de la banqueta, hasta que expiró, con la boca, la barbilla y el pecho cubiertos por una cascada de oro solidificado.
—Abridle en canal y recuperad hasta la última partícula —dijo el rey Mitrídates, recreándose en la escena del meticuloso raspado interno y externo del romano.
—Arrojad sus restos a los perros —añadió el rey, levantándose del trono, descendiendo despreocupadamente del estrado y cruzando ante los restos despedazados de Manio Aquilio, procónsul de Roma.
¡Todo iba estupendamente! Nadie lo sabía mejor que el rey Mitrídates mientras paseaba por las frescas terrazas del palacio de Pérgamo, en lo alto de las montañas, aguardando a que finalizase Gamelio, el Quinctilis romano. Le habían llegado noticias de Aristión desde Atenas, diciendo que su misión había tenido éxito.
Nada nos detendrá ahora, oh poderoso Mitrídates, pues Atenas marcará el camino a Grecia. Inicié mi campaña hablando de la antigua hegemonía y riqueza de Atenas, porque en mi opinión la gente mayor piensa en la gloria del pasado con profunda nostalgia, y, por ello, es fácil seducirla con la promesa de un regreso a esos días gloriosos. Hablé en el ágora seis meses seguidos, venciendo poco a poco a la oposición y ganando prosélitos. Incluso convencí a mi público de que Cartago se había aliado con vos contra Roma, ¡y me creyeron! ¡Qué lejanos los tiempos en que los atenienses eran el pueblo más culto del mundo! Nadie sabía que Cartago fue totalmente arrasado por Roma hace casi cincuenta años. Increíble.
Escribo porque tengo el placer de comunicaros que acabo de ser elegido capitán militar de Atenas; escribo a mediados de Poseidón. Yme han concedido autoridad para elegir a mis colegas. Naturalmente, he elegido a hombres que creen firmemente que la salvación de nuestro mundo griego está en vuestras manos, gran rey, y que ansían ver el día en que aplastéis a Roma con vuestra bota leonina.
Atenas es totalmente mía, incluido el Pireo. Lamentablemente, los elementos romanos y mis enemigos jurados huyeron antes de que pudiera echarles la mano encima, pero los que han sido tan necios de quedarse — casi todos atenienses ricos que no acababan de creerse que pudieran Correr peligro— ya han perecido. He confiscado todas las propiedades de los desterrados y los muertos y he reunido un fondo para nuestra guerra contra Roma.
Lo que he prometido a mis electores lo cumpliré, tengo que cumplirlo, pero no entorpecerá vuestra campaña, oh gran rey. Les he prometido liberar la isla de Delos de los romanos. Es un emporio muy rentable, cuyas rentas mantuvieron la prosperidad ateniense en épocas de máxima hegemonía. A principios de Gamelio, mi amigo Apelicon (magnífico almirante y diestro general) organizará una expedición contra Delos. Es una manzana podrida y no opondrá resistencia.
Y eso es todo de momento, mi señor y dueño. La ciudad de Atenas es vuestra y el puerto del Pireo está abierto a vuestras naves siempre que lo necesitéis.
Sí que necesitaba el rey el Pireo; y la ciudad de Atenas conectada a él por la Larga Muralla. Porque a fines de Quinctilis, el Gamelio griego, las flotas de Arquelao zarparon del Helesponto y se dirigieron a la ribera occidental del mar Egeo. Totalizaban trescientas galeras de guerra con puente de tres o más bancos de remeros, más de cien birremes sin puente con doble banco y mil quinientas embarcaciones de transporte con tropas y marinos. Arquelao no se preocupó del litoral de la provincia de Asia, pues ya estaba en poder de su rey. Su intención era establecer la presencia póntica en Grecia para que Macedonia quedase aplastada entre dos ejércitos del Ponto, el suyo en Grecia y el del joven Ariarates en Macedonia oriental.
El joven Ariarates se había ajustado también al plan previsto por su padre el rey. A fines de Quinctilis cruzó con sus cien mil hombres el Helesponto e inició el avance por la estrecha franja costera hacia la Macedonia tracia por la Via Egnatia construida por los romanos. No encontró resistencia alguna, por lo que estableció acantonamientos en la costa, en Abdera, y un poco más tierra adentro en Filipos, para continuar en dirección Oeste hacia el primer asentamiento fortificado romano, la ciudad de Salónica, residencia del gobernador.
A últimos de Quinctilis, los ciudadanos romanos, latinos e itálicos residentes en Bitinia, la provincia de Asia, Frigia y Pisidia fueron asesinados sin excepción: hombres, mujeres, niños y esclavos. En esta orden, la más secreta de todas, Mitrídates había aplicado gran astucia, pues,
en lugar de recurrir a sus hombres para llevarla a cabo, había dispuesto que fuese la población indígena compuesta por griegos jónicos y dorios la que llevara a cabo la matanza. En muchas zonas se recibió con alborozo el decreto y no hubo dificultad en reunir una fuerza de voluntarios dispuestos a eliminar al opresor romano, pero hubo zonas en las que se horrorizaron y no hubo manera de persuadir a nadie para matar a los romanos. En Tralles, el etnarca tuvo que contratar a una banda de mercenarios frigios para llevarla a cabo. Otros distritos hicieron lo propio, en la esperanza de que la culpa recayese sobre extranjeros.
Ochenta mil romanos, latinos e itálicos con sus familias murieron en un mismo día, junto con setenta mil esclavos. La matanza se extendió desde Nicomedia, en Bitinia, hasta Cnidus, en Caria, y tierra adentro hasta Apameia. No se salvó nadie ni los huidos recibieron ayuda para escapar. El terror del rey Mitrídates no admitía compasión alguna. De haber utilizado sus propios soldados, la responsabilidad de la matanza hubiese sido enteramente suya, pero obligando a los principales núcleos de población griega a hacer el trabajo sucio, pretendía lavarse las manos. Y los griegos comprendieron perfectamente lo que se les venía encima: con el rey Mitrídates del Ponto, la vida no era más prometedora que bajo el yugo de Roma, por muchos impuestos que hubiese condonado.
Muchos fugitivos buscaron amparo en templos, pero se les negó y fueron detenidos mientras seguían implorando a este o a aquel dios. A los que se aferraban aterrados a altares o estatuas les cortaron las manos para sacarlos del lugar sagrado y ejecutarlos fuera.
Lo peor de todo era la última cláusula de la orden de ejecución, sellada personalmente por Mitrídates: ningún esclavo romano, latino o itálico debía ser quemado: había que trasladar los cadáveres lo más lejos posible de los núcleos habitados para que se pudrieran en barrancos, valles cerrados, cumbres y en lo profundo de los mares. Ochenta mil romanos, latinos, itálicos y setenta mil esclavos. Ciento cincuenta mil personas. Los animales carroñeros de tierra, mar y aire comieron bien aquel Sextilis, pues ninguna población se atrevió a desobedecer la orden quemando a las víctimas. El rey
Mitrídates se complació enormemente en viajar de un lugar a otro para contemplar los inmensos montones de cadáveres.
Pocos romanos se libraron de la muerte. Sólo los desterrados, despojados de la ciudadanía y condenados a no volver a Roma. Y entre ellos estaba Publio Rutilio Rufo, amigo de romanos famosos, ciudadano de Esmirna muy respetado y autor de procaces retratos literarios de personajes como Catulo César y Metelo Numidico el Meneitos.
En general, pensó Mitrídates a principios del mes de Antesterión, que era el Sextilis romano, las cosas no podían ir mejor. En la provincia de Asia, sus sátrapas estaban instalados en la sede gubernamental desde Mileto hasta Andramyttium, e igualmente en Bitinia, en donde ya no habría más reyes, pues el único candidato que Mitrídates habría permitido ascender al trono, había muerto. Efectivamente, Sócrates, después de su regreso al Ponto, irritó tanto al gran rey con sus lloriqueos que éste le había mandado ejecutar para no oírle. Toda Anatolia al norte de Licia, Panfilia y Cilicia estaba en poder del Ponto y el resto no tardaría en caer.
Sin embargo, nada complacía tanto al rey como la matanza de romanos, latinos e itálicos. Cada vez que pasaba por un lugar en el que habían amontonado miles de cadáveres para que se pudrieran, reía y se regocijaba. No había hecho distingos entre romanos e italianos a pesar de que sabía que Roma e Italia estaban en guerra, fenómeno que nadie mejor que él podía entender, pues se trataba de una lucha fratricida por hacerse con el poder.
Sí, todo iba viento en popa. Su hijo Mitrídates actuaba de regente en el Ponto (aunque el prudente monarca se había hecho acompañar de la nuera en su avance por la provincia de Asia, para asegurarse el buen comportamiento del hijo); su hijo Ariarates era rey de Capadocia; Frigia, Bitinia, Galacia y Paflagonia eran satrapías reales al mando de sus hijos mayores, y su yerno Tigranes de Armenia tenía carta blanca para actuar al este de Capadocia a condición de no pisar los dedos al Ponto. Que Tigranes conquistase Siria y Egipto. Así estaría ocupado. Mitrídates frunció el entrecejo. En Egipto, el populacho no admitiría un rey extranjero. Es decir, un Tolomeo títere; si es que podía encontrarse alguien dispuesto. Pero, desde luego, las reinas de Egipto serían descendientes de Mitrídates. No
podía consentir que una hija de Tigranes usurpara un puesto destinado a una hija de Mitrídates.
Lo más impresionante fue el éxito de las flotas del rey, haciendo salvedad del rotundo fracaso de Aristión y su «magnifico almirante y diestro general» Apelicon, pues la invasión ateniense de Delos fue un desastre. De todos modos, después de apoderarse de las Cícladas, Arquelao fue a tomar Delos y allí también hizo ejecutar a veinte mil romanos, latinos e itálicos; luego se la cedió a Atenas para asegurarse que Aristión seguía en el poder, ya que las flotas pónticas necesitaban el Pireo como base occidental.
En manos del Ponto estaban ya las islas de Eubea, Sciathos y gran parte de la Tesalia lindante con la bahía de Pagasae, además de los importantes puertos de Demetrias y Metona. Gracias a sus conquistas en el norte de Grecia, las fuerzas pónticas pudieron cortar las carreteras de Tesalia con Grecia central, factor que hizo que casi todo el resto de Grecia se uniera a Mitrídates. El Peloponeso, Beocia, Laconia y todo el Atica aclamaron fervientemente al rey del Ponto como libertador del yugo romano y permanecieron expectantes para ver cómo los ejércitos y la flota del gran rey aplastaban Macedonia.
Pero la ocupación de Macedonia, de momento, no fue viable. Atrapados entre una Grecia súbitamente hostil y las fuerzas de tierra pónticas que avanzaban por la Via Egnatia, Cayo Sentio y Quinto Bruto no cedieron al pánico ni se resignaron a la derrota; reclutaron febrilmente cuantas tropas auxiliares pudieron y las acuartelaron con las dos legiones romanas que era toda la fuerza disponible en Macedonia para hacer frente a Mitrídates. El Ponto no conquistaría Macedonia sin pagar un alto precio.
A fines del verano los días transcurrían algo aburridos para el rey Mitrídates, ya cómodamente instalado en Pérgamo y dueño indiscutible de Asia Menor. La única perspectiva interesante que se le presentaba era ir a ver los montones de cadáveres, y el más apabullante de esos monumentos ya lo había visto. Pero se dio cuenta de que le faltaba el del distrito del curso alto del Caicus, sobre el que se alzaba Pérgamo. Había en la provincia de Asia dos ciudades llamadas Stratoniceia; la mayor estaba en Caria y
continuaba resistiendo tenazmente el asedio de las fuerzas del Ponto. La Stratoniceia menor estaba más tierra adentro que Pérgamo y era plenamente leal a Mitrídates. Así, cuando el rey entró en esta ciudad, sus habitantes salieron en masa a aclamarle y arrojaron pétalos de flores en honor a su victorioso avance.
Entre la multitud, sus ojos se posaron en una joven griega llamada Monima e inmediatamente ordenó que se la trajesen. Era tan pálida su piel, que el cabello parecía blanco y no se le notaban pestañas y cejas, lo cual le confería una extraña belleza. El rey la examinó detenidamente y, al ver lo extraña que era, con aquellos ojos rosa oscuro brillante, la unió a sus otras esposas. El padre, Filopoemon, no se opuso, y menos aún cuando Mitrídates se lo llevó consigo (igual que a Monima) al sur, a efeso, donde le nombró sátrapa de la región.
Aun deleitándose con las diversiones que daban fama a Éfeso —y disfrutando de su esposa albina—, el rey tuvo tiempo para un acto de gobierno, enviando un lacónico mensaje a Rodas exigiendo la rendición y la entrega del gobernador Cayo Casio Longino, refugiado en la isla. La respuesta, que no tardó en llegar, fue un rotundo no a ambas exigencias. Rodas era amiga y aliada del pueblo romano y honraría su compromiso hasta la muerte, de ser necesario.
Por primera vez desde el principio de la campaña, Mitrídates tuvo un arrebato de cólera. Mientras sus cortesanos y los más descarados aduladores de Efeso se amedrentaban, el rey recorría de arriba abajo el salón de audiencias despotricando hasta ahogar su rabia y dejarse caer abatido en el trono, con la barbilla apoyada en la mano, los labios contraídos y rastros de lágrimas en sus carnosas mejillas.
A partir de aquel momento perdió todo interés en las diversas empresas que había puesto en marcha y centró exclusivamente sus energías en conseguir la sumisión de Rodas. ¡Cómo osaban negarse a rendirse a él! ¿Es que una pequeñez como Rodas se creía capaz de resistir al poderío del Ponto? Bien, pronto sabrían lo que era bueno.
Su flota estaba muy atareada en las operaciones en el Egeo occidental para mermar las escuadras y dedicarlas a una insignificante campaña como
sería la que iba a lanzar contra la pequeña isla de Rodas. Por eso, el rey exigió que Esmirna, Éfeso, Priene, Miletus, Halicarnassus y las islas de Chios y Samos le donasen las naves que necesitaba. Tropas de tierra tenía de sobra, pues mantenía dos ejércitos en la provincia de Asia; pero gracias a la tenaz resistencia de Patara y Termessus en Licia, no podía conducirlas al punto lógico para lanzar la invasión de Rodas, es decir, las playas y ensenadas de Licia. La marina de Rodas tenía merecida fama de irreductible y se hallaba concentrada en la costa occidental de la isla, vigilando el mar entre Halicarnassus y Cnidus. Así, impedida la utilización de Licia, las fuerzas de invasión de Mitrídates tendrían que optar por aquellos corredores marítimos.
Pidió centenares de naves de transporte y todas las galeras de guerra que hubiese en la provincia de Asia y ordenó que se concentrasen en Halicarnassus, y a aquella ciudad, tan querida de Cayo Mario, condujo uno de sus ejércitos para embarcarlo. Zarpaba a fines de septiembre con su gigantesca galera acorazada de dieciséis bancos de remeros en medio de la armada, fácilmente identificable por el trono oro y púrpura erigido bajo palio a popa, desde el cual, dueño y señor, lo contemplaba todo con deleite.
Por torpes y pesadas que fuesen las mayores naves de guerra, aún debían navegar tan despacio como las de transporte, una heteróclita colección de todo tipo de navíos de cabotaje, sólo aptos para costear cabos y ensenadas. Por tanto, cuando la vanguardia de la flota daba la vuelta a la punta de la península de Cnido y entraba en mar abierto en el mar Cárpato, la mayoría de las naves se extendía en interminable ringlera hasta Halicarnassus, en donde los últimos navíos de transporte salían del puerto, llenos de aterrados soldados del Ponto.
Con trirremes ligeras y muy rápidas, parcialmente cubiertas, la marina de Rodas hizo su aparición en el horizonte y puso proa hacia la improvisada flota póntica. La táctica naval de Rodas no incluía galeras pesadas de dieciséis bancos como la que utilizaba el rey Mitrídates; aquellos navíos acorazados cargaban mucha marinería y muchas piezas de artillería, pero los rodenses desdeñaban la eficacia de la artillería en el combate naval y nunca se mantenían lo bastante quietos para permitir el abordaje. La marina
de Rodas había cobrado fama por la rapidez y extrema maniobrabilidad de sus naves, capaces de surcar las aguas como rayos entre los pesados acorazados; la tripulación sabía embestir con tanta fuerza con el espolón, que la velocidad compensaba de sobra la falta de peso y el espolón de roble reforzado con bronce de la trirreme rodense penetraba profundamente en el flanco del más fuerte acorazado. Los de Rodas afirmaban que el único método decisivo en un combate naval era horadar los navíos enemigos.
Cuando la flota póntica avistó a la de Rodas, se dispuso a una encarnizada batalla; pero, al parecer, Rodas sólo hacía una incursión, pues, después de volver locas a las galeras de Mitrídates con la velocidad de sus virajes, dio media vuelta y se alejó sin más hazaña que destrozar a dos galeras de cinco bancos, particularmente ineptas. No obstante, antes de abandonar las aguas consiguieron dar al gran rey el mayor susto de su vida. Era la primera vez que el del Ponto se enfrentaba a un enemigo por mar y sólo había navegado por el Euxino, en el que ni el más osado pirata se habría atrevido a atacar a una nave del Ponto.
Excitado y fascinado, el rey asistía al espectáculo naval sentado en su trono de oro y púrpura, tratando de no perderse el menor detalle, sin ocurrírsele pensar que podía correr peligro. Había virado hasta apartarse por la izquierda para ver las travesuras de una galera enemiga magistralmente maniobrada a cierta distancia a popa, cuando su gran navío sufrió una sacudida, crujió, vibró con fuertes convulsiones y el ruido de muchos remos quebrándose como varas mezclado a gritos de consternación y de alarma.
Su súbito y cerval pánico cesó casi al instante de iniciarse, pero hizo mella en él. En aquel breve pero intenso lapso de terror, el rey del Ponto se cagó y lo puso todo perdido de heces sólidas mezcladas a una profusa cantidad de líquidos intestinales, una masa maloliente empapando el almohadón púrpura bordado en oro, que chorreaba por las patas del trono y por sus piernas hasta la melena de los leones de oro del empeine de sus botas, enfangando todo el puente cuando lo pisoteó al levantarse. ¡Y sin poder ir a ningún sitio! No podía ocultarlo a sus estupefactos servidores y oficiales, ni a los marineros del centro del navío que habían alzado la vista para comprobar si su rey estaba bien.
Luego vio que el navío no había sufrido ninguna embestida y sólo se trataba de uno de sus propios barcos, una galera grandota y torpe de la isla de Chios que había rozado a lo largo de la borda, arrancando los remos de ambas embarcaciones.
¿Era asombro lo que expresaban sus ojos? ¿O regocijo? Los ojos desorbitados del monarca brillaban de furor mientras miraba aquellos rostros, viéndolos sonrojarse y palidecer como una copa transparente de la que se vacía el vino.
—¡Me siento mal! —gritó—. No sé qué me pasa. ¡Estoy enfermo!
¡Ayudadme, estúpidos!
El inmovilismo se quebró y en un segundo se vio rodeado de gente, con ropa limpia surgida como por arte de ensalmo, y dos servidores que habían reaccionado con verdadera celeridad acudieron con dos cubos de agua de mar y la vertieron sobre el rey. Al sentir la frialdad en sus piernas Mitrídates pensó en un mejor modo de resolver la grave situación y, echando la cabeza hacia atrás, soltó la carcajada.
—¡Vamos, estúpidos, cambiadme la ropa!
Se alzó el faldón de pteryges de oro, el inferior de malla de oro y la túnica púrpura que le cubría la piel, mostrando robustos muslos, fuertes nalgas y por delante un poderoso miembro que había engendrado medio centenar de hijos. Una vez retirado lo peor hacia otra zona del puente, se quitó toda la ropa y quedó desnudo en la popa del navío, mostrando a su asombrada tripulación qué magnífico espécimen era su rey. Seguía riéndose complacido y de vez en cuando se golpeaba el vientre, lanzando un gruñido.
Pero más tarde, cuando la escuadra de Rodas ya estaba en lontananza y los dos acorazados pónticos quedaron destrabados, sentado en un almohadón limpio en su recién fregado trono, el mudado monarca llamó al capitán del navío.
—Capitán, quiero que al vigía y al timonel de esta nave les corten la lengua, les arranquen los testículos, les saquen los ojos y les corten las manos. Luego, mándalos por ahí con una escudilla colgada al cuello —dijo Mitrídates—. En la nave de Chíos, que se dé el mismo castigo a vigía, timonel y capitán; al resto de la tripulación, que la ejecuten. ¡Y nunca más
dejes que me encuentre a menos de un tiro de piedra de un navío de Chios ni de esa vil isla! ¿Te percatas de lo que digo, capitán?
—Sí, gran rey —contestó el marino, tragando saliva—, me percato. Poderoso rey —añadió el hombre con un carraspeo, haciendo acopio de valor—, tengo que poner rumbo a algún sitio para proveerme de remos, pues a bordo no tenemos suficientes de reserva. Así no podemos navegar.
Por lo visto el rey recibió muy comprensivo la noticia de la nueva contrariedad.
—¿A dónde sugieres que pongamos rumbo?
—A Cnido o a Cos. Hacia el sur, no.
Un destello de interés por algo distinto a su pública humillación iluminó los ojos del rey.
—¡A Cos! —exclamó—. ¡Rumbo a Cos! Tengo que arreglar cuentas con los sacerdotes del Asklepeion que dieron asilo a los romanos. Y quiero ver el tesoro que tienen. Y el oro. Sí, a Cos, capitán.
—El príncipe Pelópidas desea veros, gran rey.
—Si desea verme, ¿a qué espera?
Seguía siendo peligroso, nunca era más peligroso que cuando reía sin tener ganas. Podía desatarse ante cualquier cosa, una palabra inoportuna, una mirada indiscreta, una falsa interpretación. Cuando Pelópidas se personó en un santiamén, estaba aterrado, pero tuvo la enorme prudencia de no mostrarlo.
—Bien, ¿de qué se trata?
—Gran rey, he oído que ordenáis que la nave vaya a Cos para repararla. ¿Puedo trasladarme a otra nave para seguir rumbo a Rodas? Supongo que querréis que siga en la escuadra cuando desembarquen nuestras tropas, a menos que penséis transbordar a otro barco, en cuyo caso, si os place, yo me quedo en éste para supervisar la reparación. Decidme qué he de hacer, gran rey.
—Tú ve a Rodas. Dejo a tu criterio el lugar de desembarco. Pero que no sea tan lejos de la ciudad que el ejército se fatigue con la marcha. Acámpalo
y espera mi llegada.
Cuando el acorazado real entró en el puerto de la ciudad de Cos, en la isla del mismo nombre, el rey Mitrídates dejó que el capitán se ocupase del asunto de los remos y él desembarcó en una esbelta barcaza ligera. Inmediatamente se dirigió con su guardia al recinto del santuario del dios Asklepios, patrono de la curación, que estaba en las afueras de la ciudad. Todo había sido tan rápido, que nadie sabía quién era cuando entró en el zaguán del templo, diciendo a voces que quería ver al encargado, característico insulto por parte de Mitrídates, que sabía perfectamente que el encargado era el sumo sacerdote.
—¿Quién es este arrogante advenedizo? —preguntó un sacerdote a otro a poca distancia del rey.
—Soy Mitrídates del Ponto, y vosotros, hombres muertos.
Así, cuando llegó el sumo sacerdote, dos de sus acólitos yacían decapitados entre él y el visitante. El sumo sacerdote, que era un hombre muy sutil e inteligente, se imaginó quién era el recién llegado en cuanto le dIjeron que un orangután vestido de oro y púrpura pedía a gritos verle.
—Bien venido al santuario de Asklepios, rey Mitrídates —dijo con gran calma, sin mostrarse amedrentado.
—Tengo entendido que eso es lo que les dices a los romanos.
—Se lo digo a todos.
—Pero no a los romanos que he mandado matar.
—Si vos llegarais pidiendo asilo, se os concedería en igual medida, rey Mitrídates. El dios Asklepios no hace distingos, pues todos los hombres le necesitan más pronto o más tarde. Un hecho que conviene recordar. Es un dios de vida, no de muerte.
—De acuerdo, considera eso como un castigo —dijo Mitrídates señalando los dos sacerdotes muertos.
—Un castigo el doble de grande de lo merecido.
—¡No me tientes el genio, sumo sacerdote! Ahora muéstrame tus libros… y no los que enseñas al gobernador romano.
El Asklepeion de Cos era la institución bancaria más importante del mundo después del banco estatal de Egipto, y su prosperidad se debía a la perspicaz actividad de un largo elenco de sacerdotes administradores que se remontaban a tiempos de los Tolomeos de Egipto, pues Cos había sido posesión egipcia. Por consiguiente, su desarrollo como entidad dedicada a la formación de capitales era una consecuencia lógica del sistema bancario egipcio. Al principio, el templo había sido un santuario de lo más característico, similar a los de otros lugares; consagrado a la curación y a la higiene, el Asklepeion de Cos era una concepción de unos discípulos de Hipócrates, donde en sus orígenes se practicaba el arte de la incubación, la curación por el sueño con interpretación de lo soñado, como aún se hacía en los santuarios de Epidauro y de Pérgamo. Pero al paso de las generaciones, y con la ocupación de Egipto, en Cos el dinero había sustituido a las curaciones y era la principal renta del templo, decantándose los sacerdotes más por lo egipcio que por lo griego.
Era un enorme recinto con edificios dispersos entre jardines floridos, con gimnasio, ágora, tiendas, baños, biblioteca, un seminario, alojamientos para eruditos de paso, casas y residencias para esclavos, palacio para el sumo sacerdote, una necrópolis en terreno sagrado, círculos de cubículos subterráneos para dormir, hospital, el gran edificio dedicado a asuntos bancarios y el templo del dios. Todo ello rodeado por un bosque sagrado de plátanos.
La estatua no era criselefantina ni de oro, sino de mármol blanco de Paros y obra de Praxíteles; era una deidad barbada, parecida a Zeus, de pie y apoyado en un tronco con una serpiente enroscada. Tenía la mano derecha extendida, sujetando una tablilla, y a sus pies un perro grande tumbado. La estatua la había pintado Nicias de un modo tan realista que en la penumbra parecía dotada de movimiento. Los ojos del dios, azul fuerte, destellaban un regocijo humano y bonachón.
Nada de aquello gustó a Mitrídates, quien dio una vuelta al templo, diciéndose que aquella estatua no valía nada y no merecía ser saqueada. Luego examinó los libros y comunicó al sumo sacerdote que iba a hacer una incautación. Todo el oro romano en depósito, para empezar; unos
ochocientos talentos de oro en depósito a plazo fijo del gran templo de Jerusalén, cuyo sínodo tenía la loable prudencia de mantener una reserva de urgencia a salvo de las depredaciones de seléucidas y tolomeos; y los tres mil talentos de oro que había depositado unos catorce años atrás la anciana reina Cleopatra de Egipto.
—Veo que la reina de Egipto os confió también tres niños —comentó Mitrídates.
Pero el sumo sacerdote estaba más preocupado por el oro, y dijo en tono más frío que enojado:
—¡Rey Mitrídates, no tenemos aquí todo ese oro… lo prestamos!
—No te lo he pedido todo —replicó él en tono amenazador—. He pedido… sí, digamos cinco mil talentos del oro romano, tres mil talentos del oro egipcio y ochocientos talentos del oro judío. Un modesto porcentaje de lo que hay registrado en los libros, sumo sacerdote.
—¡Pero entregaros casi nueve mil talentos de oro nos dejará prácticamente sin reservas!
—Qué lástima —replicó el rey, levantándose del pupitre en que había examinado los libros—. Entrégalo, sumo sacerdote, o verás tu santuario reducido a polvo antes de que tú mismo lo muerdas. Ahora enséñame los tres niños egipcios.
—Os entregaré el oro, rey Mitrídates —dijo el sumo sacerdote con voz neutra, aceptando lo inevitable—. ¿Hago que comparezcan aquí los príncipes egipcios?
—No, prefiero verlos a la luz del día.
Lo que buscaba, naturalmente, era un tolomeo títere. Aguardó impaciente a que los trajeran a su presencia en el lugar sombreado que había elegido entre pinos y cedros.
—Ponedlos a los tres ahí —dijo, señalando un lugar a veinte pies de distancia—. Y tú, sumo sacerdote, ven aquí. ¿Quién es ése? —añadió, señalando al mayor de los tres, un joven que lucía un vaporoso vestido.
—El hijo legítimo del rey Tolomeo Alejandro de Egipto y heredero del trono.
—¿Y por qué está aquí en lugar de estar en Alejandría?
—Porque su abuela, que le trajo aquí, temía por su vida.
—¿Qué edad tiene?
—Veinticinco años.
—¿Quién fue su madre?
La influencia que Egipto ejercía en Asklepeion era manifiesta en el respetuoso tono con que contestaba el sumo sacerdote, y era evidente que consideraba mucho más augusto el linaje de los tolomeos que el del propio Mitrídates.
—Su madre fue Cleopatra IV.
—¿La que le trajo aquí?
—No, ésa era Cleopatra III, su abuela. Su madre era hija de ella y del rey Tolomeo Gran Vientre.
—¿No se casó con el hijo menor, Alejandro?
—Más tarde. Primero se casó con el hijo mayor, y tuvo una hija.
—Eso tiene más lógica. La hija mayor se casa siempre con el hijo mayor, tengo entendido.
—Así es, pero no es necesariamente obligatorio. La anciana reina detestaba tanto a su hijo mayor como a su hija mayor, y los obligó a divorciarse. Cleopatra hija huyó a Chipre y allí se casó con su hermano menor y tuvieron este hijo.
—¿Y qué fue de ella? —inquirió el rey, sumamente interesado.
—La anciana reina obligó a Alejandro a divorciarse de ella y la joven huyó a Siria, donde se casó con Antioco Ciziceno, que estaba en guerra con su primo carnal Antioco Gripo. Al ser derrotado Ciziceno, fue apuñalada ante el altar de Apolo en Dafne por su propia hermana, esposa de Gripo.
—Muy parecido a lo de mi familia —dijo Mitrídates sonriente.
El sumo sacerdote no pensaba que fuese asunto de risa y prosiguió como si no hubiera oído nada.
—La anciana reina logró finalmente expulsar a su hijo mayor de Egipto e hizo venir a Alejandro, el padre de este joven, haciéndole rey. Y este joven fue a Egipto con él, pero Alejandro tenía miedo de su madre y la detestaba. Quizá ella imaginase lo que le aguardaba, no lo sé; lo cierto es que llegó a Cos hace catorce años con varias naves cargadas de oro y tres niños, y nos
encomendó su custodia. Poco después de su regreso a Egipto, el rey Tolomeo Alejandro la mandó matar —añadió el sumo sacerdote con un suspiro; era evidente que apreciaba a la anciana Cleopatra III—. A continuación, Alejandro se casó con su sobrina Berenice, hija de su hermano mayor Soter y de la joven Cleopatra, que había sido esposa de ambos.
—Así que el rey Tolomeo Alejandro gobierna Egipto con su sobrina Berenice, tía de este joven y al mismo tiempo hermanastra.
—Por desgracia, no. Sus súbditos le desposeyeron hace seis meses y murió en un combate, tratando de recuperar el trono.
—¡Luego este joven debería ser el rey de Egipto!
—No —contestó el sumo sacerdote, procurando ocultar su deleite por la confusión de su indeseado visitante—. Soter, el hermano mayor del rey Tolomeo, vive aún. Cuando el pueblo depuso a Alejandro, hizo venir a Tolomeo Soter para gobernar, y sigue haciéndolo con su hija la reina Berenice, aunque, naturalmente, no puede esposarla. Los tolomeos sólo pueden casarse con hermanas, sobrinas o primas.
—¿No tuvo Soter otra esposa después de que la anciana reina le obligase a divorciarse de la joven Cleopatra? ¿No tuvo más hijos?
—Sí, volvió a desposarse con su hermana menor Cleopatra Selene; y tuvieron dos hijos.
—Sin embargo, dices que este joven es el heredero.
—Lo es, porque cuando muera el rey Tolomeo Soter el trono lo hereda
él.
—¡Ajá! —exclamó Mitrídates, frotándose las manos con fruición—. ¡Ya veo que tendré que guardarlo bien, sumo sacerdote! Y hacer que se case con una de mis hijas.
—Podéis intentarlo —comentó secamente el sumo sacerdote.
—¿Cómo intentarlo?
—No le gustan las mujeres y no se acostará con una por ningún concepto.
Mitrídates profirió un ruido de contenida irritación y se encogió de hombros.
—¡Entonces no procreará un heredero! De todos modos, me lo llevo. Luego ésos —añadió, señalando a los otros dos— han de ser los hijos de Soter y su segunda hermana-esposa, Cleopatra Selene.
—No —contestó el sumo sacerdote—. Los hijos de Soter y Cleopatra Selene los trajo aquí la anciana reina, pero murieron al poco tiempo de la enfermedad infantil estival. Estos son más jóvenes.
—Pues, ¿quién los ha traído aquí? —exclamó Mitrídates, exasperado. —Son los hijos de Soter y su concubina real, la princesa Arsinoe de
Nabatea. Nacieron en Siria mientras Soter combatía allí contra su madre, la anciana reina, y su primo Antioco Gripo. Cuando Soter abandonó Siria, no se llevó a los hijos y a su madre; los confió a su a liado sirio, su primo Antioco Ciziceno, y de pequeños vivieron en Siria. Luego, hace ocho años, Gripo fue asesinado y Ciziceno se convirtió en rey de Siria. En aquel momento, la esposa de Gripo era Cleopatra Selene, pues la había esposado para sustituir a su primera esposa, la hermana mediana de Tolomeo, que había muerto… ejem, de un modo horrible.
—¿Qué modo horrible? —inquirió el rey sin inmutarse, dado que la historia de su familia era muy parecida, aunque no tuviese el brillo generalmente atribuido a los Tolomeos de Egipto.
—Ella había matado a la joven Cleopatra, como os he dicho, ante el altar de Apolo en Dafne. Bien, Ciziceno la capturó y la mandó ejecutar muy, muy despacio. Diente por diente, por así decir.
—Así pues, la hermana menor, Cleopatra Selene, no fue mucho tiempo viuda después de la muerte de Gripo, y se casó con Ciziceno.
—Exactamente, rey Mitrídates. Pero no le gustaban estos niños; eran algo relacionado con su anterior matrimonio con Soter, a quien detestaba. Y fue ella quien los envió aquí hace cinco años.
—Tras la muerte de Ciziceno, sin duda. Luego se casó con el hijo de su esposo muerto y sigue siendo la reina Cleopatra Selene de Siria. ¡Fantástico!
—Veo que conocéis muy bien la historia de la casa de los Seléucidas — comentó el sumo sacerdote enarcando las cejas.
—Algo. Estoy emparentado con ellos —contestó el rey—. ¿Qué edad tienen los niños, y cómo se llaman?
—El mayor es Tolomeo Filadelfo, pero le damos el sobrenombre de Auletes porque cuando llegó tenía una voz aguda parecida al sonido de una flauta. Me complace decir que merced a la madurez y a nuestras enseñanzas, ya no tiene ese pitido musical. Ahora cuenta dieciséis años. El otro tiene quince y le llamamos simplemente Tolomeo. Es un buen chico, pero indolente —dijo el sumo sacerdote con un suspiro, cual un padre paciente pero decepcionado—. Nos tememos que es indolente por naturaleza.
—Así pues, en esos dos jóvenes reside el futuro de Egipto —dijo Mitrídates pensativo—. El inconveniente es que son bastardos, y supongo que no podrán heredar.
—Su linaje no es totalmente puro, es cierto —replicó el sumo sacerdote —, pero si su primo Alejandro no engendra (lo que parece bien probable) son los únicos Tolomeos que hay. He recibido carta de su padre, el rey Tolomeo Soter, diciéndome que se los envíe inmediatamente. Ahora es otra vez rey, pero no tiene reina a quien esposar, y quiere mostrárselos a sus súbditos, que están dispuestos a aceptarlos como herederos.
—Pues tiene mala suerte —dijo Mitrídates con toda naturalidad—, porque me los llevo yo. Así se casarán con hijas mías y sus hijos serán mis nietos. ¿Qué fue de su madre, Arsinoe? —inquirió, cambiando de tono.
—No lo sé. Creo que Cleopatra Selene mandó matarla en la época en que envió sus hijos aquí, a Cos. Los muchachos no están seguros, pero lo temen —contestó el sumo sacerdote.
—¿Y cuál es el linaje de Arsinoe? ¿Es de calidad?
—Arsinoe era la hija mayor del rey Aretas de Nabatea y de su reina. La política nabatea ha consistido siempre en enviar la princesa más perfecta como concubina del rey de Egipto. ¿Qué mejor alianza para una de las casas reales semíticas menores? La madre del anciano rey Aretas era una seléucida de la casa real siria. Su esposa, madre de Arsinoe, era hija del rey Demetrio Nicanor de Siria y de la princesa parta Rodoguna, también
seléucida, con buena parte de sangre de Arsaces. Yo diría que el linaje de Arsinoe es espléndido —dijo el sumo sacerdote.
—¡Oh, sí, como el de una de mis esposas! —dijo cordial el rey del Ponto—. Una pequeña encantadora, hija de Demetrio Nicanor y Rodoguna. Me ha dado tres varones estupendos y dos hijas. ¡Las niñas serán esposas ideales para estos muchachos; perfectas! Así se refuerza el linaje.
—Creo que el rey Tolomeo Soter piensa casar a Tolomeo Auletes con su hermanastra y tía, la reina Berenice —comentó resuelto el sumo sacerdote —. Por lo que a los egipcios respecta, así se refuerza mucho mejor el linaje.
—Tanto peor para los egipcios —replicó Mitrídates, volviéndose furioso hacia el sumo sacerdote—. ¡Hay que tener en cuenta que Tolomeo Soter de Egipto y yo tenemos la misma sangre seléucida! Mi tatarabuela Laodice se casó con Antioco el Grande y su hija Laodice casó con mi bisabuelo, Mitrídates IV. Por consiguiente, Soter es primo mío y mis hijas Cleopatra Trifena y Berenice Nisa son también primas suyas, y dos veces primas de los hijos habidos con Arsinoe de Nabatea porque su madre es hija de Demetrio Nicanor y de Rodoguna, igual que la madre de Arsinoe.
El rey lanzó un profundo suspiro.
—Escribe al rey Tolomeo Soter diciéndole que yo cuidaré de sus hijos. Indícale que, como en su casa real no quedan mujeres de edad idónea, Berenice debe tener ya cuarenta años, sus hijos se casarán con las hijas de Mitrídates del Ponto y de Antioco de Siria. ¡Y puedes dar las gracias a tu dios de la serpiente en el tronco de que te necesito para escribir esa carta! Pues si no, viejo, te habría matado, porque te encuentro muy irrespetuoso.
El rey se dirigió a donde estaban los tres jóvenes, mirando estupefactos y amedrentados.
—Vais a vivir en el Ponto, jóvenes Tolomeos —les dijo tajante—. ¡Vamos, seguidme de prisa!
Y así fue como cuando la galera real del rey Mitrídates se hizo de nuevo a la mar, la acompañaban varios navíos más pequeños que tomaron rumbo a Cnido, camino de Efeso. Transportaban casi nueve mil talentos de oro y a
los tres herederos del trono de Egipto. Cos había sido una escala necesaria más que rentable. Y el rey del Ponto disponía de un Tolomeo títere.
Cuando el rey arribó al lugar elegido por Pelópidas para el desembarco en Rodas, se encontró con que no habían llegado la mayor parte de las naves de transporte de tropas y no pudo tomar al asalto la ciudad de Rodas hasta que, como dijo Pelópidas:
—… se pueda organizar el viaje de otro ejército, gran rey. El almirante Damagoras de Rodas atacó dos veces a nuestras naves de transporte y la mitad de las tropas yacen en el fondo del océano. De los supervivientes, algunos llegaron hasta aquí, pero otros regresaron a Halicamassum. La próxima vez tendremos que rodear con galeras las naves de transporte en lugar de dejarlas ir a su ritmo y sin escolta.
Naturalmente, las noticias distaban mucho de satisfacer al rey, pero como había llegado sano y salvo, le había ido bien en Cos y le traía sin cuidado la suerte que habían corrido los soldados pónticos, aceptó la realidad de que debía esperar refuerzos y se dedicó a escribir a su regente en el Ponto, el joven Mitrídates, a propósito de los herederos del trono de Egipto.
Parecen todos muy cultos, pero ignoran totalmente la importancia del Ponto en el orbe, hijo mío; y eso hay que rectificarlo. Mis hijas Cleopatra Trifena y Berenice Nisa serán prometidas en matrimonio a estos jóvenes. Cleopatra Trifena será para Tolomeo Filadelfo y Berenice Nisa para Tolomeo a secas. Las bodas respectivas se celebrarán cuando las hembras cumplan quince años.
En cuanto al afeminado, Tolomeo Alejandro, habrá que poner coto a su amor por los hombres, porque los egipcios le preferirán como futuro rey, dado que es el hijo legítimo. Por consiguiente, se le enseñará a que le gusten las mujeres si quiere conservar la cabeza sobre los hombros. En tus manos dejo la aplicación de este edicto.
Ponerse a escribir era un sufrimiento para el rey, que generalmente se valía de escribas, pero no quería que nadie viese la carta y tardó varios días en dejarla a punto, después de quemar varios borradores.
A finales de octubre la carta estaba en camino y el rey del Ponto se sintió, por fin, lo bastante fuerte para acometer el ataque de Rodas. Montó el asalto de noche, concentrándolo sobre el perímetro urbano de la parte de tierra, porque en el puerto estaba la escuadra enemiga. Pero nadie en la jerarquía de mando póntica tenía conocimientos ni ingenio para tomar una ciudad tan grande y bien fortificada como Rodas, y la operación fue un fracaso. Lamentablemente, el rey carecía de paciencia para someterla a un largo bloqueo y el único modo seguro era conquistarla. La asaltarían. Pero esta vez atraerían a la escuadra rodense para que saliera del puerto y persiguiera a un señuelo, ya que el principal empuje del ataque se haría por mar, precedido de una sambuca.
Lo que más emocionaba al rey era que lo de la sambuca era idea suya y, en la reunión de estado mayor, Pelópidas y los otros generales la habían elogiado, diciendo que era una estratagema muy ingeniosa que, sin duda, daría resultado. Ruborizado de regocijo, Mitrídates decidió construir personalmente la sambuca, es decir, bocetarla y supervisar la construcción.
Cogió dos galeras inmensas de dieciséis remos, idénticas y construidas en el mismo astillero y las ató por las bordas tangentes, y fue precisamente ahí en lo que la sambuca más adoleció de la ignorancia ingenieril del gran rey, pues debió mandar atarlas por las bordas de fuera y distribuir el peso uniformemente por toda la estructura. Pero él mandó atarlas por las bordas tangentes, y sobre ambas dispuso un puente tan grande, que parte de él sobresalía en voladizo, y no hizo nada por afirmarlo debidamente a la base. Sobre ese puente hizo erigir dos torres en el centro, una situada sobre el espacio entre las dos proas y otra sobre las popas, separadas por menor distancia. Entre ambas torres se construyó un amplio puente susceptible de ser elevado y bajado mediante un juego de poleas y cabrestantes hasta el plano del puente y lo alto de las torres. Dentro de éstas había unos inmensos molinos de ruedas movidos por los pies de cientos de esclavos para subir el puente levadizo. Uno de los lados largos del puente tenía acoplada mediante
bisagras una alta valla de gruesas planchas de madera como protección contra los proyectiles, y cuando el puente alcanzaba su máxima altura o un poco más del adarve de las murallas del puerto de Rodas, la valla caía sobre ellas formando una pasarela.
El ataque se inició un día tranquilo del mes de noviembre, dos horas después de distraer a la escuadra enemiga que zarpó hacia el norte. El ejército póntico asaltó las murallas de la parte de tierra por sus puntos más débiles, con el flanco externo desplegado para mantener entretenida a la flota de Rodas, que en ese momento comprendió la estratagema y regresó. En el centro de la enorme flotilla póntica se alzaba la sambuca remolcada por docenas de galeras ligeras y seguida de cerca por los navíos cargados de tropas.
Entre gritos de alarma y enfebrecida actividad en las defensas rodenses, las tripulaciones de las naves ligeras arrimaron rápidamente la sambuca al paño de muralla marítima en que se asentaba el templo de Isis; una vez concluida la maniobra, los navíos cargados de tropas se fueron acercando. Sin sufrir graves daños por la enloquecida lluvia de piedras, flechas y lanzas, los soldados del Ponto abordaron la sambuca para estacionarse apretadamente en el puente levadizo; inmediatamente, los que operaban las poleas comenzaron a azotar a los esclavos para que pusieran en movimiento con sus piernas el molino de rueda. Entre horrendos crujidos y chirridos, el puente entre las torres comenzó a elevarse con su carga de tropas. Cientos de cascos de los defensores llenaron los adarves, para contemplar entre fascinados y aterrados la maniobra. Mitrídates la seguía desde su «acorazado» en medio de la apretada flota, viendo cómo la sambuca concentraba toda la resistencia rodense en el tramo de muralla del templo de Isis. Una vez que la sambuca acaparase toda la atención de los defensores, los otros barcos podían acercarse a los demás puntos de la muralla y montar impunemente un asalto con escalas y así todas las fortificaciones que rodeaban el puerto habrían quedado coronadas por soldados.
¡No puede fallar! Esta vez caen en mis manos, pensaba el rey, mientras sus ojos se recreaban mirando la sambuca y el puente que iba elevándose
lentamente entre las dos torres. Muy pronto alcanzaría la altura de la muralla, la valla protectora se abatiría sobre los goznes y formaría una pasarela para que los soldados asaltaran la muralla. Había tropa suficiente en el puente para mantener a raya a los defensores mientras el artilugio descendía hasta el puente de las dos embarcaciones para cargar nuevas tropas y volver a elevarlas. ¡No existe la menor duda de que soy el mejor!, se decía Mitrídates.
Pero conforme el centro de gravedad fue elevándose con el puente de la sambuca, la distribución de peso cambió, las embarcaciones trabadas comenzaron a separarse, las sogas que las unían fueron rompiéndose en sucesivos estallidos y las torres comenzaron a tambalearse; el puente de las embarcaciones fue combándose y el puente ascendente comenzó a balancearse. Luego, las dos embarcaciones que soportaban todo el peso comenzaron a zozobrar por el centro: cubiertas, torres, puente, soldados, marineros, artífices y esclavos cayeron al agua en medio de los navíos que se balanceaban, y una algarabía de gritos, siniestros crujidos, rugidos y vítores histéricos de los eufóricos rodenses que lo contemplaban desde la muralla; vítores que en seguida se transformaron en auténticas carcajadas.
—¡No quiero volver a oir el nombre de Rodas! —dijo el gran rey mientras su poderosa galera le conducía de nuevo a Halicarnassum—. Está demasiado próximo el invierno para proseguir esta pequeña campaña contra una pandilla de idiotas y locos. Los ejércitos que avanzan hacia Macedonia y las flotas que costean Grecia requieren más mi atención. Además, que ejecuten a todos los ingenieros que tengan algo que ver con la construcción de esa absurda sambuca. No, matarlos no. ¡Que les corten la lengua, les saquen los ojos, les corten las manos, los testículos y les pongan una escudilla al cuello!
Tan furioso estaba el rey de tamaña humillación que se dirigió a Licia con un ejército dispuesto a asediar Patara, pero al mandar talar un bosque de árboles consagrados a Latona, la madre de Apolo y Artemis se le apareció en sueños y le disuadió de ello. Al día siguiente, el rey dejó el sitio en manos de sus subalternos, dio el mando al desventurado Pelópidas y se fue con su fascinante esposa albina a Hierapolis. Allí, retozando entre
cabriolas en los estanques de aguas termales en medio de las cascadas de cristal petrificado que caían de las alturas, logró olvidar las risotadas de Rodas y el navío de Chios, que le había dado el mayor susto de su vida.
IX
La noticia de la matanza en la provincia de Asia de romanos, latinos e
itálicos llegó a Roma en un tiempo récord, antes que la noticia en que se comunicaba la invasión de la provincia llevada a cabo por Mitrídates. Justo nueve días después del último día de Quinctilis, el príncipe del Senado Lucio Valerio Flaco convocaba reunión de la Cámara en el templo de Bellona, fuera del pomerium, por tratarse de un asunto de guerra en el extranjero. A los que acudieron les leyó una carta de Publio Rutilio Rufo, llegada de Esmirna.
Envío la presente por medio de un navío rápido especialmente fletado hasta Corinto, para transbordarla a otro igualmente rápido con destino a Brundisium, confiando en que la sublevación en Grecia no lo intercepte. He dado instrucciones al correo para que galope día y noche desde Brundisium a Roma. La enorme cantidad de dinero que esto acarrea me la ha facilitado mi amigo Miltiades, etnarca de Esmirna, quien únicamente suplica que el Senado y el pueblo de Roma no olviden este favor cuando — como ha de ser inevitable— la provincia de Asia vuelva a ser de Roma.
Quizá no sepáis aún de la invasión del rey Mitrídates del Ponto, que ahora es dueño de Bitinia y de nuestra provincia de Asia. Manio Aquilio ha muerto en las más horrendas circunstancias y Cayo Casio ha huido no sé dónde. Un cuarto de millón de soldados del Ponto se encuentran al Oeste del Taurus, y el Egeo está lleno de escuadras pónticas, al tiempo que Grecia se ha aliado con el Ponto en contra de Roma.
Pero eso no es lo peor. El último día de Quinctilis, todos los romanos, latinos e itálicos de la provincia de Asia, Bitinia, Pisidia y Frigia han perecido asesinados por orden del rey Mitrídates del Ponto. También dieron muerte a sus esclavos. Creo que la cifra de muertos gira entorno a ochenta mil ciudadanos y setenta mil esclavos; un total de ciento cincuenta mil. Que yo no corriera igual suerte se debe a hallarme privado de la ciudadanía, aunque tengo la impresión de que el rey dio orden de que no se me hiciera nada. Buen regalo para el perro de Hades. ¿En qué habría podido contribuir la salvación de mi provecta vida para evitar la brutal carnicería
de mujeres y niños romanos? Los arrastraron desde los altares en que clamaban a los dioses, y sus cadáveres insepultos aún se están pudriendo por orden del rey del Ponto. Este bárbaro monstruoso se cree el rey del mundo y alardea diciendo que pisará suelo italiano antes que acabe el año.
No queda nadie al este de Italia que pueda hacer frente al desafío salvo los nuestros de Macedonia. Pero no tengo esperanzas en Macedonia. Aunque no he podido obtener confirmación, se dice que Mitrídates ha organizado una expedición contra Tesalónica y que sus tropas han entrado ya al oeste de Filipos sin encontrar resistencia. Tengo más noticias referidas al escenario de Grecia, en donde un agente del Ponto llamado Aristión se ha hecho con el poder en Atenas, convenciendo a casi toda Grecia para que se ponga de parte de Mitrídates. Las islas del Egeo están en manos del Ponto; disponen de flotas ingentes. Al caer Delos, dieron muerte a otros veinte mil de los nuestros.
Os ruego que os hagáis cargo de la obligada brevedad de ésta y que hagáis cuanto podáis para evitar que este horrendo bárbaro Mitrídates se corone rey de Roma. Así de grave es la situación.
—¡Ah, lo que nos faltaba! —dijo Lucio César a su hermano Catulo César.
—No nos faltaba, pero ahí lo tenemos —añadió Cayo Mario, echando fuego por los ojos—. ¡Guerra contra Mitrídates! Yo sabía que llegaría, aunque realmente me ha sorprendido que haya tardado tan poco.
—Lucio Cornelio está en camino —terció el otro censor, Publio Licinio Craso—. Cuando llegue, respiraré más tranquilo.
—¿Por qué? —inquirió Mario con énfasis—. ¡No deberíamos haberle convocado! Que acabe la guerra contra los itálicos.
—Es el primer cónsul —replicó Catulo César—, y el Senado no puede adoptar decisiones importantes sin que lo presida en su silla.
—¡Bah! —exclamó Mario, cambiando de postura.
—¿Qúé le sucede? —inquirió Flaco, príncipe del Senado.
—¿Tú qué crees, Lucio Valerio? Es un viejo caballo de guerra que olfatea el olor de un conflicto ideal…, en país extranjero —contestó Catulo
César.
—Pero no creerá que él va a poder ir —terció Publio Craso el censor—. ¡Es demasiado viejo y está enfermo!
—Claro que lo cree —respondió Catulo César.
La guerra de Italia había acabado, aunque los marsos no se rindieron oficialmente. De los pueblos que se habían alzado en armas contra Roma, eran los más perjudicados: apenas había quedado un varón marso con vida. En febrero, Quinto Popedio Silo huyó a Samnio y se refugió en Aesernia con Mutilo. Y se encontró con un Mutilo tan gravemente herido, que nunca más podría mandar tropas: se hallaba paralizado de cintura para abajo.
—Voy a cederte el mando de Samnio, Quinto Popedio —dijo.
—¡No! —exclamó Silo—. Yo no sé tratar a la tropa como tú, y menos a soldados samnitas… ni tengo dotes de general.
—No ha quedado nadie y mis samnitas han decidido seguirte.
—¿De verdad que los samnitas quieren continuar la guerra?
—Sí —contestó Mutilo—, pero en nombre de Samnio, no de Italia. —Lo comprendo, ¿pero no queda ningún samnita que los mande? —Ninguno, Quinto Popedio; tienes que hacerlo tú. —Bien, de acuerdo —contestó Silo suspirando.
De lo que no hablaron fue de sus frustradas esperanzas de una Italia independiente. Ni tampoco de lo que ambos no ignoraban: que Italia estaba derrotada y que Samnio no podía vencer.
En mayo, el último ejército rebelde salió de Aesernia al mando de Quinto Popedio Silo. Constaba de treinta mil soldados de infantería y mil de caballería, reforzado por una tropa de veinte mil esclavos manumitidos. Casi todos los de infantería habían resultado heridos en un combate u otro y se hallaban en Aesernia por ser la única plaza segura que quedaba; Silo había traído la caballería, logrando cruzar las lineas romanas de cerco a la ciudad. Todas estas circunstancias hacían inevitable la salida, porque Aesernia no tenía posibilidades de seguir alimentando tantas bocas.
Todos sabían que era el último recurso y nadie confiaba en la victoria; lo más que podían esperar era hacerles pagar cara su vida a los romanos. Pero cuando la tropa de Silo tomó Bovianum y aniquiló a la guarnición romana, todos se animaron. ¿No habría una posibilidad? Metelo Pío estaba acampado con su ejército ante Venusia, en la Via Appia, y a Venusia se dirigieron.
Y fue en las afueras de Venusia donde se libró la última batalla, cerrando una curiosa concatenación de acontecimientos iniciados con la muerte de Marco Livio Druso. Sí, en el campo de batalla de Venusia libraron singular combate los dos hombres que más afecto habían sentido por Druso: sus amigos Silo y Mamerco. Mamerco permanecía inmóvil, mirando al marso con lágrimas en los ojos y la espada alzada. No se decidía.
—¡Acaba conmigo, Mamerco! —suspiró Quinto Popedio Silo—. Me lo debes por haber matado a Cepio. ¡No quiero desfilar en un triunfo encabezado por el Meneítos!
—Por matar a Cepio —dijo Mamerco, y lo mató. Luego lloró desconsoladamente por Druso y la amarga victoria.
—Se acabó —dijo Metelo Pío el Meneítos a Lucio Cornelio Sila, que había acudido a Venusia nada más saber de la batalla—. Ayer capituló Venusia.
—No, no se ha acabado —replicó Sila con una sonrisa—. Sólo cuando se rindan Aesernia y Nola.
—¿Has considerado —se arriesgó a decir tímidamente el Meneítos— que si levantásemos el sitio de Aesernia y Nola las dos ciudades volverían a la normalidad y seguramente todos harían como si nada hubiese pasado?
—Estoy convencido de que sí —contestó Sila—, y precisamente por eso no levantaré el asedio de ninguna de las dos. ¿Para qué dejarlos sin castigo? Pompeyo Estrabón no lo hizo con Asculum Picentum. No, Meneitos, Aesernia y Nola seguirán asediadas; hasta la eternidad, si es necesario.
—Me han dicho que Escato ha muerto y que los pelignos se han rendido.
—Exacto, salvo que no te lo han contado bien —respondió Sila con una sonrisa—. Pompeyo Estrabón aceptó la rendición de los pelignos y Escato prefirió clavarse su propia espada.
—¡Entonces todo ha acabado! —exclamó Metelo Pío, maravillado.
—No, hasta que se rindan Aesernia y Nola.
La noticia de la matanza de romanos, latinos e itálicos en la provincia de Asia le llegó a Sila en Capua, donde había establecido su cuartel general, relevando a Catulo César para que se tomase en Roma un merecido descanso. Además, había heredado su secretario, el prodigioso Marco Tulio Cicerón, y vio que era tan eficiente, que Catulo César estaba de más.
A Cicerón, Sila le pareció tan aterrador como Pompeyo Estrabón, aunque por distintos motivos. Y echó mucho de menos a Catulo César.
—Lucio Cornelio, ¿no podría licenciarme al acabar este año? —inquirió Cicerón—. Aunque no he servido dos años completos, contando las campañas, he participado en diez.
—Ya —contestó Sila, animado por la persona de Cicerón de un sentimiento muy parecido al de Pompeyo Estrabón—. De momento no puedo prescindir de ti porque nadie sabe organizar esto tan bien como tú, y menos ahora que Quinto Lutacio se toma un descanso en Roma.
Pero nunca hay descanso, pensaba Sila, galopando hacia Roma en una calesa tirada por cuatro mulas. Apenas ponemos fin a un conflicto, cuando estalla otro. Y el nuevo hará que el de Italia parezca dos ramitas de rescoldo.
Todos los senadores se dieron cita en Roma para la reunión del Senado en la que se iba a tratar de los acontecimientos de la provincia de Asia. También estaba Pompeyo Estrabón. Serían unos ciento cincuenta reunidos en el templo de Bellona, fuera del pomerium del Campo de Marte.
—Bien, sabemos que Manio Aquilio ha muerto. Y posiblemente habrán muerto también sus dos colegas delegados —dijo Sila ante la Cámara, en tono coloquial—. No obstante, parece que Cayo Casio logró escapar, a pesar de que no tenemos noticias de él. Lo que no comprendo es cómo no
hemos tenido ninguna noticia de Quinto Opio desde Cilicia. Hay que suponer que también hemos perdido Cilicia. Es triste que Roma tenga que depender de un desterrado para recibir semejantes noticias.
—Yo supongo que todo ello quiere decir que Mitrídates atacó como un relámpago —dijo Catulo César, frunciendo el entrecejo.
—O que nuestros representantes oficiales han estado haciendo cosas raras —terció Mario.
El comentario no suscitó réplicas, sino profunda cavilación; cierta lealtad aglutinaba constantemente la unidad de la Cámara, pero era imposible tratarse tan a fondo como lo hacían los miembros del Senado sin que nadie supiera con quién se jugaba los cuartos. Y todos sabían perfectamente cómo eran Cayo Casio y los tres delegados.
—Al menos Quinto Opio habría debido ponerse en contacto con nosotros —dijo Sila, expresando lo que pensaban todos—. Es un hombre de honor y no dejaría a Roma ignorante en una situación como ésta. Yo creo que hay que dar por sentada la pérdida de Cilicia.
—Bien, habrá que enviar como sea un mensaje a Publio Rutilio y pedirle más información —dijo Mario.
—Yo creo que si alguno de los nuestros se ha salvado, se habrán puesto en camino hacia Roma a finales del Sextilis —dijo Sila—. Cuando lleguen, tendremos más información.
—Yo, por la carta de Rutilio Rufo, interpreto que no hay supervivientes —dijo Sulpicio desde el banco tribunicio—. ¡Mitrídates no ha hecho ningún distingo entre romanos e itálicos! —añadió con un gruñido, apretando los puños.
—Mitrídates es un bárbaro —comentó Catulo César.
Pero la explicación no le bastaba a Sulpicio, que durante un largo rato después de la lectura de la carta de Rutilio Rufo, dos días antes, parecía haberse quedado de piedra.
—No ha hecho distingos —repitió—. ¡Pero es irrelevante que no haya hecho distingos! ¡Da igual! Los itálicos de la provincia de Asia han pagado el mismo precio que los residentes romanos y latinos. Han muerto todos. Han muerto con sus mujeres, hijos y esclavos. ¡Sin distingos!
—¡Vamos, Sulpicio, domínate! —exclamó Pompeyo Estrabón, que quería ir al grano—. Pareces una rueda en un bache.
—Orden, por favor —dijo Sila risueño—. No nos hemos reunido en Bellona para dilucidar las motivaciones de no hacer distingos. Estamos aquí para decidir lo que hay que hacer.
—¡La guerra! —espetó inmediatamente Pompeyo Estrabón.
—¿Es eso lo que todos sentís, o sólo algunos? —inquirió Sila.
La Cámara se pronunció unánimemente por la guerra.
—Tenemos suficientes legiones preparadas —dijo Metelo Pío— y están bien pertrechadas. Al menos a ese respecto nos hallamos mejor que de costumbre. Mañana mismo podemos embarcar veinte legiones para Oriente.
—No podemos —replicó Sila con voz pausada—. En realidad, dudo ·mucho que podamos embarcar una sola legión, y menos veinte.
La Cámara guardaba silencio.
—Padres conscriptos, ¿de dónde vamos a sacar el dinero? Concluida la guerra contra Italia, no nos queda otro remedio que licenciar las legiones ¡porque no podemos seguir pagándolas! Roma estaba en peligro en la propia Italia y todos los romanos y latinos han tenido que incorporarse al combate. Podemos decir que lo mismo sucede en una guerra en el extranjero, sobre todo ahora que el agresor se ha apoderado de la provincia de Asia y han muerto ochenta mil de los nuestros. Pero el hecho es que en este momento la patria no corre peligro. Y los soldados están cansados. Al final se les ha pagado, pero para ello nos hemos quedado con las arcas vacías. Y eso significa que hay que desmovilizarlos y mandarlos a sus casas. ¡Porque no existe la menor perspectiva de contar con bastante dinero para otra campaña!
Las palabras de Sila hicieron más intenso el silencio de la Cámara.
Luego, Catulo César lanzó un suspiro.
—De momento dejemos a un lado las consideraciones monetarias — dijo—. ¡Es mucho más importante el hecho de que tenemos que parar los pies a Mitrídates!
—¡Quinto Lutacio, no me has oído! —exclamó Sila—. ¡No hay dinero para una campaña!
Catulo César asumió su más altanera actitud y contestó:
—Propongo que se dé el mando de la guerra contra Mitrídates a Lucio Cornelio Sila. Una vez resuelta la cuestión del mando, podemos hablar del dinero.
—¡Y yo advierto que presento una moción para que no se dé el mando de la guerra contra Mitrídates a Lucio Cornelio Sila! —bramó Cayo Mario
—. ¡Que Lucio Cornelio Sila se quede en Roma y se preocupe del dinero! ¡Dinero! ¡Como si fuese momento de preocuparse del dinero cuando Roma arriesga su existencia! Ya se encontrará el dinero. Siempre se encuentra. Al rey Mitrídates le sobra, y será él quien en definitiva acabe pagando. ¡Padres conscriptos, no podemos dar el mando de esta campaña a un hombre que se preocupa por el dinero! ¡Esta campaña debéis dármela a mí!
—No estás bien de salud, Cayo Mario —replicó Sila, inmutable.
—¡Lo suficiente para darme cuenta de que el asunto del dinero está de más! —espetó Mario—. ¡El Ponto es nuevamente la amenaza germánica! ¿Y quién venció a los germanos? ¡Cayo Mario! ¡Colegas de esta augusta Cámara, debéis darme el mando de esta campaña! ¡Soy el único que puede ganarla!
De su asiento se levantó Flaco, príncipe del Senado, hombre apacible, con poca fama de valiente.
—Si fueses joven y estuvieses bien de salud, Cayo Mario, no tendrías partidario más fervoroso que yo. Pero Lucio Cornelio tiene razón; no estás bien y eres demasiado viejo. Has sufrido dos infartos. No podemos dar el mando de esta guerra a un hombre que puede sufrir un ataque en el preciso momento en que más se le necesita. No sabemos qué es lo que provoca el infarto, Cayo Mario, pero sabemos que el que ha sufrido uno, siempre recae. Como te ha sucedido a ti. ¡Y te sucederá! No, padres conscriptos, como príncipe del Senado os digo que no podemos tomar en consideración a Cayo Mario para esta campaña. Yo secundo la moción de que el mando se dé al primer cónsul, Lucio Cornelio.
—Me apoyará la Fortuna —replicó Mario tercamente.
—Cayo Mario, acepta la opinión del príncipe del Senado en el espíritu con que lo ha dicho —dijo Sila muy tranquilo—. Nadie te menosprecia, y
menos yo, pero la realidad es ésa. Esta Cámara no puede correr el riesgo de confiar la dirección de una guerra a quien ha sufrido dos infartos y tiene setenta años.
Mario cedió, pero era más que evidente que no acataba la opinión de la Cámara; permaneció sentado, con las manos en las rodillas y la comisura derecha del labio caída.
—¿Aceptas el mando, Lucio Cornelio? —inquirió Quinto Lutacio Catulo César.
—Sólo si la Cámara me lo concede por clara mayoría, Quinto Lutacio.
Si no, no —contestó Sila.
—Pues hagamos una votación —dijo Flaco, príncipe del Senado.
Sólo tres se colocaron en la oposición cuando los senadores se desplazaron ficticiamente en aquel sucedáneo de Senado: Cayo Mario, Lucio Cornelio Cinna y el tribuno de la plebe Publio Sulpicio Rufo.
—¡No lo acabo de creer! —musitó el censor Craso a su colega Lucio César—. ¡Sulpicio!
—Desde que llegó la noticia de la matanza está haciendo cosas raras — añadió Lucio César—. No para de decir, ya lo habéis oído, que Mitrídates no ha hecho distingos entre romanos e itálicos. Supongo que lamenta el haberse opuesto tan radicalmente a la emancipación de los itálicos.
—¿Y qué le impulsa de pronto a ponerse al lado de Cayo Mario?
—No sé, Publio Licinio —contestó Lucio César encogiéndose de hombros—. De verdad que no lo sé.
Sulpicio se puso al lado de Mario y de Cinna porque eran los que se oponían al Senado. No había otro motivo. Al saber las noticias que enviaba Rutilio Rufo desde Esmirna, experimentó un profundo cambio y desde entonces no había logrado superar su aflicción. Ni su mala conciencia; le atormentaba una confusión mental que le impedía pensar más que en aquello: un rey extranjero no había hecho diferencias entre romanos e itálicos. Y si un rey extranjero metía a romanos e itálicos en un mismo saco, a los ojos del resto del mundo es que no había diferencia entre ellos; la naturaleza y actuaciones de unos eran las mismas que las de los otros.
Ferviente patriota y profundamente conservador, al estallar la guerra contra los itálicos Sulpicio había abrazado la causa romana con todo su corazón. Cuestor el año de la muerte de Druso, vio que cada vez se le otorgaba más confianza con cargos de mayor responsabilidad y los había desempeñado admirablemente. Gracias a sus desvelos, habían caído muchos itálicos. Gracias a que lo había consentido, la población de Asculum Picentum había sufrido de un modo más terrible del que merecían los propios bárbaros; aquellos miles de niños itálicos obligados a desfilar en el triunfo de Pompeyo Estrabón y expulsados después de la ciudad sin comida, ropa ni dinero para vivir o morir, abandonados a las fuerzas o la voluntad de sus cuerpecillos inmaduros, no podía olvidarlos. ¿Por quién se tomaba Roma para infligir tan terrible castigo a personas que eran sus iguales? ¿En qué se diferenciaba Roma del rey del Ponto? ¡Al menos él no se andaba con ambigüedades! Al menos él no había justificado sus motivos con argumentos de razón y superioridad. Aunque tampoco lo hacía Pompeyo Estrabón. Era el Senado el que adoptaba una actitud equívoca.
Ah, ¿qué era lo que estaba bien? ¿Quién tenía razón? Si un hombre itálico, una mujer itálica, un niño itálico se habían salvado de la matanza y aparecían en Roma, ¿cómo podría él, Publio Sulpicio Rufo, mirar a la cara a esos pobres supervivientes? ¿En qué se diferenciaba realmente él, Publio Sulpicio Rufo, del rey Mitrídates? ¿No había matado él a muchos miles de itálicos? ¿No había sido legado al mando de Pompeyo Estrabón y consentido sus atrocidades?
Pero en medio de esta aflicción y confusión mental, Sulpicio también era capaz de pensar con coherencia; mejor dicho, tenía pensamientos coherentes, válidos, lógicos.
No era realmente culpa de Roma, sino del Senado. De los hombres de su propia clase, él incluido. En el Senado —¡en su propia persona!— residía la fuente del elitismo romano. El Senado había matado a su amigo Marco Livio Druso. El Senado había dejado de conceder la ciudadanía romana después de la guerra contra Aníbal, el Senado había autorizado la destrucción de Fregellae. El Senado, el Senado, el Senado… Los hombres de su propia clase. El incluido.
Pues ahora tendrían que pagarlo. Y él también. Ya era hora, se dijo Sulpicio, de que se acabara lo del Senado de Roma. Ya estaba bien de antiguas familias dirigentes, poder y riqueza concentrado en manos de unos pocos, con injusticias tan tremendas como aquella cruel iniquidad perpetrada contra los itálicos. Estamos equivocados, pensó. Y hemos de pagarlo. Tiene que desaparecer el Senado. Roma ha de volver a manos del pueblo, que no es más que un simple peón, por mucho que afirmemos que es soberano. ¿Soberano? ¡No mientras haya Senado! Mientras exista el Senado, la soberanía del pueblo no es más que una palabra! No se trata del censo por cabezas, por supuesto, sino del pueblo. Los hombres de la segunda, tercera y cuarta clases, que constituyen, con gran diferencia, la mayoría de los romanos y son los que menos poder tienen. Los caballeros de la primera clase, realmente ricos y poderosos, no se diferencian en nada del Senado. Ellos también deben desaparecer.
Unido a Mario y a Cinna (¿por qué se situaba Cinna en la oposición?; ¿qué es lo que de pronto le vinculaba a Mario?), Sulpicio miró a las cerradas filas de los senadores que tenía enfrente. En ellas estaban su buen amigo Cayo Aurelio Cota (nombrado senador a los veintiocho años porque los senadores se habían tomado a pecho las palabras de Sila y estaban llenando el elitista organismo de personas idóneas) y el segundo cónsul, Quinto Pompeyo Rufo, sumiso como los demás… ¿Es que no veían su culpabilidad? ¿Por qué le miraban así, como si el culpable fuese él? ¡Sí que lo era, desde luego! Él lo sabía; mientras que ellos no tenían la menor idea. Pues si no lo entienden, pensó Sulpicio, aguardaré a que se inicie esta nueva guerra —¡ah!, ¿por qué estamos siempre en guerra?— esté organizada. Hombres como Quinto Lutacio y Lucio Cornelio Sila participarán en ella y no estarán en Roma para oponerse. Esperaré y dedicaré todo mi tiempo a destruir el Senado y la primera clase.
—Lucio Cornelio Sila —dijo Flaco, príncipe del Senado—, toma el mando de la guerra contra Mitrídates en nombre del Senado y el pueblo de Roma.
—Únicamente que no sabemos de dónde vamos a sacar el dinero — comentó Sila una vez concluida la cena en su nueva casa.
Estaban con él los hermanos César, el flamen dialis Lucio Cornelio Merula, el censor Publio Licinio Craso, el banquero y mercader Tito Pomponio, el banquero Cayo Opio, Quinto Mucio Escévola, pontífice máximo, y Marco Antonio Orator, que acababa de reintegrarse al Senado tras una larga enfermedad. Precisamente el elenco de invitados de Sila tenía por objeto solventar la cuestión, si es que podia solventarse.
—¿No hay nada en el Tesoro? —inquirió Antonio Orator, que no se lo acababa de creer—. Quiero decir que ya sabemos la actitud de los cuestores urbanos y de los tribunos del Tesoro, que no cesan de decir que está vacío, cuando en realidad está lleno.
—Créelo, Marco Antonio, no hay nada —respondió Sila con firmeza—. Yo mismo he estado allí varias veces, preocupándome de que no se enterasen que iba a verlos.
—¿Y el templo de Ops? —inquirió Catulo César.
—Vacío también.
—Bien —dijo Escévola, pontífice máximo—, está el oro escondido por los reyes de Roma para una eventualidad como ésta.
—¿Qué oro? —preguntaron todos a coro, Sila incluido.
—Yo mismo no lo sabía hasta que fui nombrado pontífice máximo, ¡de verdad! —contestó Escévola a la defensiva—. Está en los sótanos del templo de Júpiter Optimus Maximus; habrá…, no llegará a unos doscientos talentos.
—¡Magnifico! —dijo irónicamente Sila—. Sin duda cuando Servio Tulio era rey de Roma habría con eso para financiar una guerra que pusiera fin a todas, pero hoy dia no llega ni para mantener seis meses a cuatro legiones en pie de guerra. ¡Menuda prisa tendría que darme!
—Algo es algo —dijo tranquilo Tito Pomponio.
—¿Por qué los banqueros no podéis prestar al Estado dos mil talentos? —inquirió Craso el Censor, que amaba el dinero con locura y no tenía tanto como él habría querido; sólo las concesiones de minas de estaño en
Hispania, y había estado demasiado ocupado para controlar debidamente la operación.
—Porque no tenemos para prestar —contestó Opio pacientemente. —Además, la mayoría de nosotros trabaja con bancas de la provincia de
Asia para invertir nuestros excedentes de reserva, lo que quiere decir que Mitrídates será ahora el que las tenga —añadió Tito Pomponio con un suspiro.
—¡Aquí también tendréis dinero! —dijo Craso el Censor con un bufido. —Sí, pero no lo bastante para hacer un préstamo al Estado —replicó
Opio.
—¿Res facta o res ficta?
—Es la realidad, Publio Lucinio, de verdad.
—¿Coincidimos todos los presentes en juzgar que esta situación es peor que la guerra contra los itálicos? —inquirió Lucio Cornelio Merula, sacerdote de Júpiter.
—¡Desde luego que sí! —espetó Sila—. Flamen dialis, yo que he conocido a Mitrídates, puedo asegurarte que si no se le paran los pies se coronará rey de Roma.
—Pues, como nunca obtendríamos autorización del pueblo para vender el ager publicus, sólo hay una manera de conseguir dinero sin imponer nuevos tributos —dijo Merula.
—¿Cuál?
—Podemos vender todas las propiedades que le quedan al Estado en las proximidades del Foro. Para eso no hace falta contar con el pueblo.
Se hizo un tenso silencio.
—No podría darse peor momento para poner a la venta los bienes del Estado —dijo Tito Pomponio, cariacontecido—, ahora que el mercado está a la baja.
—Me temo que no sé muy bien de qué tierras dispone el Estado cerca del Foro, excepción hecha de las casas de los sacerdotes —dijo Sila—, y eso no podrá venderse.
—Estoy de acuerdo, venderlas sería nefas —dijo Merula, que vivía en uno de los domus publici—. De todos modos hay otras propiedades. Las
cuestas del Capitolio, dentro de la puerta Fontinalis y frente al Velabrum, son terrenos de primera para casas grandes. Tambien hay una gran zona que comprende el mercado general y el macellum Cuppedenis. Podrían parcelarse.
—Me niego a que se venda todo —dijo Sila tajante—. Las zonas de mercado, si, porque no sirven más que para eso y como terreno de juego del colegio de lictores, y parte del Capitolio, la zona que mira al Velabrum a la izquierda del clivus Capitolinus… y desde la puerta Fontinalis hasta la Lautumiae. Pero nada del Foro, y nada del Capitolio frente al Foro.
—Yo compro los mercados —dijo Cayo Opio.
—Sólo si no hay nadie que ofrezca más —añadió Pomponio, que había estado pensando lo mismo—. Para ser equitativos y obtener el mejor precio habrá que subastarlo todo.
—Tal vez sería mejor quedarnos con la zona del mercado general y vender sólo la del mercado Cuppedenis —dijo Sila, pensando de mala gana en la venta de terrenos tan estupendos.
—Creo que tienes razón, Lucio Sila —dijo Catulo César.
—Estoy de acuerdo —añadió Lucio César.
—Si vendemos el Cuppedenis, me imagino que aumentarían los alquileres de los mercaderes de especias y flores y no les gustaría nada — dijo Antonio Orator.
Pero Sila había pensado otra solución.
—¿Y si pedimos prestado el dinero? —inquirió.
—¿Dónde? —añadió Merula, suspicaz.
—A los templos de Roma. Y se lo reintegramos con el botín. Juno Lucina, Venus Libitina, Juventas, Ceres, Juno Moneta, Magna Mater, Cástor y Pólux, los dos de Júpiter Stator, Diana, Hércules Musarun, Hércules Olivarius… todos tienen riquezas.
—¡No! —gritaron al unísono Escévola y Merula.
Una rápida mirada a todas las caras le bastó a Sila para darse cuenta de que no encontraría respaldo por parte de nadie.
—Bueno, pues si no queréis que los templos de Roma financien la campaña, ¿qué me decís de los templos de Grecia? —inquirió.
—Lo que es nefas es nefas, Lucio Cornelio —dijo Escévola Poniendo ceño—. Los dioses, son dioses en Grecia y en Roma.
—Sí, pero los dioses griegos no son los dioses de Roma, ¿no?
—Los templos son sagrados —insistió Merula.
FIN

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