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Libro N° 14412. La Corona De Hierba. Saga Roma Vol 2. McCullough, Colleen.


© Libro N° 14412. La Corona De Hierba. Saga Roma Vol 2. McCullough, Colleen. Emancipación. Octubre 25 de 2025

 

Título Original: © La Corona De Hierba. Saga Roma Vol 2. Colleen McCullough

 

Versión Original: © La Corona De Hierba. Saga Roma Vol 2. Colleen McCullough

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://ametzagaina.org/wp-content/uploads/2025/05/roma-ii-la-corona-de-hierba.pdf


 

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Portada E.O. de:  Imagen con  IA Gemini

 

 

 

 

 

© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

LA CORONA DE HIERBA

Saga Roma Vol 2

Colleen McCullough


 

 

 

La Corona De Hierba

Saga Roma Vol 2

Colleen McCullough

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Es la historia del enfrentamiento de Mario y Sila por el poder en Roma, y de la aparición de una nueva generación de jóvenes que con el tiempo también lucharán entre sí para ocupar los puestos más altos y de mayor autoridad. La novela hace partícipe al lector de los sentimientos y contradicciones de aquellos hombres que dieron forma al último de los grandes imperios de la antigüedad. La historia real y documentada, se cuenta aquí con inmediatez y realismo.

 

 

 

Colleen McCullough

La Corona de Hierba

Saga Roma Vol 2

eBook v1.5

achim_311 22.02.14

 

 

 

A Frank Esposito, en testimonio de cariño, agradecimiento, admiración y respeto.

 

 

 

 

PERSONAJES PRINCIPALES

 

 

CEPIO

 

Quinto Servilio Cepio [Cepio]

 

Livia Drusa, su esposa [hermana de Marco Livio Druso] Quinto Servilio Cepio hijo [el joven Cepio], su hijo Servilia Maior [Servilia], su hija mayor Servilia Minor [Lilla], su hija menor

 

Quinto Servilio Cepio (cónsul en 106 a. JC.), su padre Servilia Cepionis, su hermana

 

CÉSAR

 

Cayo Julio César

 

Aurelia, su esposa (hija de Rutilia, sobrina de Publio Rutilio Rufo) Cayo Julio César hijo [el joven César], su hijo Julia Maior [Lia], su hija mayor

 

Julia Minor [Ju-ju], su hija menor

 

Cayo Julio César [el abuelo César], su padre

 

Julia, su hermana

 

Julilla, su hermana

 

Sexto Julio César, su hermano mayor

 

Claudia, la esposa de Sexto

 

 

DRUSO

 

Marco Livio Druso

 

Servilia Cepionis, su esposa (hermana de Cepio) Marco Livio Druso Nerón Claudiano, su hijo adoptivo Cornelia Escipionis, su madre

 

Livia Drusa, su hermana (esposa de Cepio)

 

Mamerco Emilio Lépido Liviano, hermano de sangre, adoptado

 

 

ESCAURO

 

Marco Emilio Escauro, príncipe del Senado (cónsul en 115 a JC., censor en 109 a. JC.)

 

Cecilia Metela Dalmática [Dalmática), su segunda esposa

 

 

MARIO

 

Cayo Mario

 

Julia, su esposa (hermana de Cayo Julio César)

 

Cayo Mario hijo (el joven Mario), su hijo

 

 

METELO

 

Quinto Cecilio Metelo Pío

 

Quinto Cecilio Metelo Numídico [el Meneítos] (cónsul en 109 a. JC., censor en 102 a. JC.), su padre

 

POMPEYO

 

Cneo Pompeyo Estrabón [Pompeyo Estrabón]

 

Cneo Pompeyo [el joven Pompeyo], su hijo

 

Quinto Pompeyo Rufo, su primo lejano

 

 

RUTILIO RUFO

 

Publio Rutilio Rufo (cónsul en 105 a. JC.)

 

 

SILA

 

Lucio Cornelio Sila

 

Julilla, su primera esposa (hermana de Cayo Julio César)

 

Elia, su segunda esposa

 

Lucio Cornelio Sila hijo [el joven Sila], su hijo habido con Julilla Cornelia Sila, su hija habida con julilla

 

BITINIA

 

Nicomedes II, rey de Bitinia

 

Nicomedes III, su hijo mayor, rey de Bitinia

 

Sócrates, su hijo menor

 

 

PONTO

 

Mitrídates VI Eupator, rey del Ponto

 

Laódice, su hermana y esposa, primera reina del Ponto

 

Nisa, su esposa, segunda reina del Ponto (hija de Gordio de Capadocia) Ariarates VII Filometor, su sobrino, rey de Capadocia

 

Ariarates VIII Eusebas Filopator, su hijo, rey de Capadocia Ariarates X, su hijo, rey de Capadocia

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LISTA DE CÓNSULES

 

 

99 a. JC. (655 AUC) (Anno Urbis Conditae, año desde la fundación de Roma, en el 753 a JC.)

 

Marco Antonio Orator (censor en 97 a. JC.)

 

Aulo Postumio Albino

 

 

98 a. JC. (656 AUC)

 

Quinto Cecilio Metelo Nepos

 

Tito Didio

 

 

97 a. JC. (657 AUC)

 

Cneo Cornelio Léntulo

 

Publio Licinio Craso (censor en 89 a. JC.)

 

 

96 a. JC. (658 AUC)

 

Cneo Domicio Ahenobarbo, pontífice máximo (censor en 92 a. JC.) Cayo Casio Longino

 

95 a. JC. (659 AUC)

 

Lucio Licinio Craso Orator (censor en 92 a. JC.)

 

Quinto Mucio Escévola (pontífice máximo en 89 a. JC.)

 

 

94 a. JC. (660 AUC)

 

Cayo Celio Caldo

 

Lucio Domicio Ahenobarbo

 

 

93 a. JC. (661 AUC)

 

Cayo Valerio Flaco

 

Marco Herenio

 

 

92 a. JC. (662 AUC)

 

Cayo Claudio Pulcro

 

Marco Perperna (censor en 86 a. JC.)

 

 

91 a. JC. (663 AUC)

 

Sexto Julio César

 

Lucio Marcio Filipo (censor en 86 a. JC.)

 

 

90 a. JC. (664 AUC)

 

Lucio Julio César (censor en 89 a. JC.)

 

Publio Rutilio Lupo

 

 

89 a. JC. (665 AUC)

 

Cneo Pompeyo Estrabón

 

Quinto Pompeyo Rufo

 

 

88 a. JC. (666 AUC)

 

Lucio Cornelio Sila

 

Quinto Pompeyo Rufo

 

 

87 a. JC. (667 AUC)

 

Cneo Octavio Ruso

 

Lucio Cornelio Cinna

 

Lucio Cornelio Merula, flamen dialis (cónsul sufecto)

 

 

86 a. JC. (668 AUC)

 

Lucio Cornelio Cinna (segundo mandato)

 

Cayo Mario (séptimo mandato)

 

Lucio Valerio Falco (cónsul sufecto)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

I

 

 

—El suceso más digno de relieve de los últimos quince meses —dijo

 

Cayo Mario— fue el elefante que presentó Cayo Claudio en los ludi romani.

 

—¿Verdad que fue una maravilla? —inquirió Elia con rostro radiante, inclinándose en la silla para alcanzar con la mano el cuenco de gruesas olivas verdes importadas de la Hispania Ulterior—. ¡Aquel animal se levantaba sobre las patas traseras y andaba, bailaba con las cuatro patas, se sentaba en un sofá y comía con la trompa…!

 

—¿Por qué le encantará a la gente ver cómo los animales imitan al hombre? —terció Lucio Cornelio Sila con frialdad, volviendo su hosca cara hacia su esposa—. El elefante es el ser más noble del mundo, pero a mí, la bestia que exhibió Cayo Claudio Pulcro me parece una farsa mitad hombre y mitad elefante.

 

La pausa que siguió fue infinitesimal, pero bastó para que todos los presentes lo advirtieran inquietos; luego, Julia, con una jovial carcajada, hizo que todas las miradas se apartaran de la afligida Elia.

 

—¡Oh, vamos, Lucio Cornelio, fue la atracción que más aplaudió el público! —replicó—. ¡Yo lo vi, y su habilidad y energía eran admirables! ¡Había que verlo levantando la trompa y haciéndola sonar al compás del tambor! Además —añadió—, ni hizo mal a nadie.

 

—A mí lo que me gustó fue su color —añadió Aurelia por poner su granito de arena—: ¡rosa!

 

Intervenciones a las que Lucio Cornelio Sila no prestó atención, girando sobre el codo para entablar conversación con Publio Rutilio Rufo.

 

—Cayo Mario —dijo Julia a su marido con un suspiro y los ojos tristes —, creo que es hora de que las mujeres nos retiremos y os dejemos disfrutar del vino. Nos perdonaréis.

 

Mario extendió el brazo sobre la estrecha mesa situada entre su camilla y la silla de Julia y ella alargó el suyo para darle un afectuoso apretón de mano, tratando de no sentirse más triste al ver su agria sonrisa. ¡La despedía! No obstante, su cara conservaba signos de las secuelas del súbito infarto. Pero lo que la fiel y amante esposa no podía admitir era que el

 

ataque hubiese afectado el cerebro de Mario; sí, ahora se malhumoraba por una nadería, se irritaba cada vez más por trivialidades en su mayoría imaginarias, endurecía su actitud frente a sus enemigos.

 

Se puso en pie, desligó su mano de la de Mario, dirigiéndole una sonrisa muy particular, y puso la mano en el hombro de Elia.

 

—Vamos, querida —dijo—, bajemos al cuarto de los niños.

 

Elia se levantó de la silla y Aurelia hizo lo propio, mientras los hombres permanecían tumbados en las camillas, aunque interrumpieron la conversación hasta que en el comedor no quedaron mujeres ni criados.

 

—Así que el Meneítos vuelve por fin a Roma —dijo Lucio Cornelio Sila, una vez se aseguró de que su detestada segunda esposa no podía oírle.

 

Desde el extremo de la camilla del centro, Mario lanzó un resoplido de irritación, pero menos duro que los de antaño, ya que la hemiplejia procuraba al remanente de mueca un algo de aflicción.

 

—¿Qué es lo que te gustaría oírme decir, Lucio Cornelio? —inquirió finalmente.

 

—¿Qué voy a querer…? Que me respondas lo que piensas —contestó Sila con una breve carcajada—. Aunque me permito señalarte que no lo planteé como pregunta, Cayo Mario.

 

—Ya lo sé, pero, de todos modos, requiere una respuesta.

 

—Cierto —admitió Sila—. Bien, lo plantearé de otra manera. ¿Qué te parece que al Meneítos le hayan levantado el destierro?

 

—Pues que no entono himnos de alegría —replicó Mario dirigiéndole una penetrante mirada—. ¿Y a ti?

 

Se habían distanciado ligeramente, pensó Publio Rutilio Rufo, que estaba reclinado en solitario en la segunda camilla. Tres años antes, o incluso dos, no habrían mantenido un diálogo tan tenso. ¿Qué había sucedido? ¿Quién tenía la culpa?

 

—Sí y no, Cayo Mario —respondió Sila bajando la vista hacia su copa de vino—. ¡Me aburro! —añadió entre dientes—. Al menos cuando vuelva el Meneítos al Senado las cosas pueden tomar un cariz interesante. Echo de menos aquellos titánicos enfrentamientos que os traíais los dos.

 

—En ese caso te llevarás una decepción, Lucio Cornelio, porque no voy a estar en Roma cuando llegue el Meneítos.

 

Sila y Rutilio Rufo irguieron el tronco.

 

—¿Que no vas a estar en Roma? —inquirió Rutilio Rufo con un chillido.

 

—No voy a estar en Roma —repitió Mario, sonriendo con agria satisfacción—. Acabo de acordarme de un voto que hice a la Gran Diosa antes de derrotar a los germanos: si vencía, iría en peregrinaje a su santuario de Pessinus.

 

—¡Cayo Mario, no puedes hacer eso! —añadió Rutilio Rufo.

 

—¡Publio Rutilio, sí puedo! ¡Y pienso hacerlo!

 

—¡Sombras de Lucio Gavio Stico! —dijo Sila riendo y dejándose caer de espaldas.

 

—¿De quién? —inquirió Rutilio Rufo, siempre presto a dejar de lado lo principal cuando vislumbraba algún comadreo.

 

—El fallecido sobrino de mi fallecida madrastra —respondió Sila sin dejar de sonreír—. Hace muchos años que se trasladó a mi casa, de la que era dueña mi pobre madrastra, con el propósito de deshacerse de mí anulando el cariño que Clitumna me tenía, metiéndome en cintura en casa de su tía, pero yo me marché inmediatamente de Roma. Con lo cual no le quedó nadie a quien meter en cintura más que él mismo, cosa que hacía con gran eficacia. Pero Clitumna se hartó en seguida. — Se dio la vuelta, poniéndose boca abajo—. Murió poco después —añadió pensativo, con un espectacular suspiro que cortó su sonrisa—. Le estropeé el plan.

 

—Porque el regreso de Quinto Cecilio Metelo el Numídico, nuestro Meneítos, sea un fracaso —brindó Mario.

 

—Bebamos por ello —añadió Sila, dando un trago.

 

Siguió un inquietante silencio; se notaba que ya no existía el entendimiento de antaño y la respuesta de Sila no había logrado restablecerlo. Quizá aquel antiguo entendimiento —pensó Publio Rutilio Rufo— era más cuestión de eficacia en el contexto bélico que una auténtica amistad enraizada. ¿Cómo podían haber olvidado aquellos años en los que habían luchado juntos contra los enemigos de Roma? ¿Cómo permitían que

 

aquel desasosiego que les causaba Roma borrase todo lo anterior? Saturnino había sido el epílogo de los buenos tiempos. Saturnino y aquel lamentable infarto de Mario.

 

Pero acto seguido se dijo para sus adentros: ¡Tonterías, Publio Rutilio Rufo! Son dos hombres llamados a hacer grandes cosas que no se contentan con quedarse en casa y… sin un cargo. Sólo con que tuvieran otra guerra para luchar juntos o un Saturnino que pretendiese proclamarse rey de Roma, volverían a ronronear como un par de gatos que se lavan mutuamente la cara.

 

Pero el tiempo corría, desde luego. Cayo Mario y él tenían sesenta años y Lucio Cornelio Sila cuarenta y dos. Poco proclive a escrutar la desigual profundidad del espejo, Publio Rutilio Rufo no sabía muy bien cómo le habían curtido las vicisitudes de la edad, pero sus ojos al menos le mostraban con fidelidad, a aquella distancia, la escena que componían Cayo Mario y Lucio Cornelio Sila.

 

Cayo Mario había engordado lo bastante como para descartar la confección de nuevas togas; siempre había sido un hombre robusto, pero en buena forma y bien proporcionado, pero ahora se le notaba un exceso de carne en espalda, trasero, caderas y muslos y en aquella panza de aspecto musculoso. Hasta cierto punto, ese peso suplementario había ablandado su rostro, que era más lleno y redondo y de frente más amplia, debido a la disminución del cabello.

 

Rutilio Rufo hizo caso omiso deliberadamente de la hemiplejia para concentrarse en las increíbles cejas, tan grandes, pobladas e hirsutas como siempre. ¡Ah, qué tormentas de artística consternación no habrían desatado las cejas de Cayo Mario en el pecho de más de un escultor! Encargados de realizar en piedra el retrato de Mario para alguna ciudad, un gremio o un solar que pedía a gritos una estatua, los escultores residentes en Roma o en Italia sabían ya lo que les esperaba antes de poner los ojos en el modelo. ¡Y qué gesto de horror se dibujaba en el rostro de algún famoso escultor griego, llegado de Atenas o de Alejandría para hacer un retrato fidedigno del romano más esculpido desde tiempos de Escipión el Africano, cuando veía las cejas de Mario! Los artistas hacían lo que podían, pero, aunque se

 

viera pintado en tabla o en lienzo, el rostro de Cayo Mario acababa irremisiblemente siendo subsidiario de aquellas cejas.

 

El mejor retrato que había visto Rutilio Rufo de su viejo amigo era un tosco dibujo, hecho con una sustancia negruzca, trazado en la tapia de su casa. Lo constituían unos sobrios trazos: una sola curva voluptuosa en representación del carnoso labio inferior, un destello a guisa de ojos — ¿cómo era posible obtener aquel negro brillante?— y nada menos que diez rayas para representar las cejas.Y sin embargo era exactamente Cayo Mario, con todo su orgullo y su inteligencia, Mario el indomable, todo un carácter. Pero ¿cómo describir esa clase de arte Vultum in peius fingere… Un rostro moldeado por la malicia. Pero era estupendo que la malicia se hubiese hecho cierta. Lamentablemente, antes de que a Rutilio Rufo se le hubiera ocurrido cómo desmontar del muro el trozo de enlucido de yeso sin que se hiciera añicos, un chaparrón había acabado con aquel veraz retrato de Cayo Mario.

 

A Lucio Cornelio Sila, sin embargo, no había ningún pintor clandestino de muros que supiera representarle con igual exactitud. Sin la magia del color, Sila habría sido uno más de los miles de hombres bien parecidos. Su rostro bien formado y los uniformes rasgos le conferían una romanidad a la que nunca podría aspirar Cayo Mario. En cambio, con color, aquel rostro era único. Con sus cuarenta y dos años, no mostraba signo alguno de estar perdiendo el cabello ¡y qué cabello! No era rojo ni dorado. Era espeso y ondulado, aunque quizá lo llevara un poco largo. Los ojos parecían hielo de glaciar, de un azul sumamente pálido, circundado de otro azul oscuro como un nubarrón. Aquella noche, sus cejas delgadas y curvadas eran marrones, igual que sus largas y pobladas pestañas. Pero Publio Rutilio Rufo le había visto en circunstancias más apremiantes y sabía que aquella noche, como solía hacer a menudo, se las había pintado con stibium; en realidad, las cejas y las pestañas de Sila eran tan rubias, que sólo destacaban por la palidez de su piel, casi blanca.

 

Las mujeres perdían la cordura, la virtud y el juicio por Sila. Prescindían de la más elemental prudencia, ofendiendo a esposos, padres y hermanos con risitas y cuchicheos a poco que, al pasar por su lado, les

 

dirigiera una mirada. ¡Un hombre capaz e inteligente! Y un soldado inmejorable, además de un hábil administrador, valiente como el que más y casi perfecto en asuntos de organización propia y ajena. Pero las mujeres eran su ruina. O eso pensaba Publio Rutilio Rufo, cuyo rostro agradable pero corriente y su tez pardusca de lo más corriente le hacían anodino entre millones de compatriotas. No es que Sila fuese un conquistador ni un ladrón de corazones, porque, por lo que a Rutilio Rufo le constaba, obraba con admirable rectitud, pero no cabía duda de que un hombre que ansiaba llegar a la cúspide de la política tenía mayores posibilidades de alcanzarla si no tenía un rostro como Apolo; porque los hombres que resultaban muy atractivos para las mujeres no inspiraban confianza a sus iguales, que los juzgaban de poco fuste, afeminados o mujeriegos.

 

El año anterior, se dijo Rutilio Rufo, siguiendo el meandro de sus recuerdos, Sila se había presentado a las elecciones de pretores con factores muy a su favor: su expediente castrense era magnífico, y bien conocido, pues Cayo Mario se había encargado de difundir entre el electorado lo bien que le había servido Sila como cuestor, tribuno y legado. Hasta Catulo César, que no tenía motivo alguno para sentir afecto por Sila, se había apresurado a alabar los servicios que había prestado en la Galia itálica el año en que habían derrotado a los cimbros de Germania, Luego, durante los breves días en que Lucio Apuleyo Saturnino había constituido una amenaza para el Estado, fue Sila, infatigable y competente, quien había hecho posible que Cayo Mario acabase con aquello. Porque Sila era quien había llevado a la práctica las órdenes de Cayo Mario. Quinto Cecilio Metelo el Numídico —aquel a quien Mario, Sila y Rutilio Rufo llamaban el Meneítos

 

— no se había cansado de repetir a todos, antes de marchar al destierro, que en su opinión el verdadero artífice de la gloriosa campaña africana contra Yugurta era Sila, aunque Mario se hubiese atribuido el mérito. Pues únicamente gracias a los esfuerzos de Sila se había logrado capturar a Yugurta, y todos sabían que sin la captura del númida no se habría puesto fin a la guerra de Africa. Cuando Catulo César y otros personajes ultraconservadores del Senado asumieron la opinión del Meneítos de que el mérito de la victoria sobre Yugurta era exclusivamente de Sila, la estrella de

 

éste parecía llamada a seguir un imparable curso ascendente y se creía que su elección como uno de los seis era cosa hecha. A todo lo cual había que añadir la actitud del propio Sila, admirablemente modesta e imparcial, pues hasta el último momento de la campaña electoral había insistido en que el mérito de la captura de Yugurta era de Mario, ya que él se había limitado a cumplir órdenes. Una actitud que los electores solían apreciar, pues la lealtad al jefe en el campo de batalla o en el Foro era encomiable.

 

No obstante, cuando los electores de la Asamblea centuriada se reunieron en el aprisco del Campo de Marte y cada una de las centurias fue señalando su elegido, el nombre de Lucio Cornelio Sila —tan aristocrático y aceptable— no figuraba entre el de los seis candidatos ganadores. Y para colmo, algunos de los elegidos eran tan mediocres en hechos relevantes como en antecesores ilustres.

 

¿Por qué habría sucedido eso? Al día siguiente de las elecciones era la pregunta que se planteaban todos los allegados a Sila, aunque él no dijera nada. Sin embargo, él sabía el porqué; y poco después, Rutilio Rufo y Mario se enteraron de lo que Sila ya sabía. El motivo de su fracaso tenía nombre y era poca cosa fisícamente: Cecilia Metela Dalmática, de apenas diecinueve años y esposa de Marco Emilio Escauro, príncipe del Senado, el que había sido cónsul el año en que los germanos hicieron acto de presencia por primera vez, y el que ocupaba el cargo de censor el año en que Metelo Numídíco el Meneítos había ido a Africa a luchar contra Yugurta, y ahora portavoz del Senado desde que ostentara el cargo consular diecisiete años atrás, Era el hijo de Escauro quien tenía el compromiso de esposar a Dalmática, pero se había suicidado tras la retirada de Catulo César en Tridentum tras admitir su cobardía. Y Metelo Numídico el Meneítos, tutor de su sobrina de diecisiete años, se apresuró a entregarla en matrimonio al padre, pese a la diferencia de cuarenta años entre marido y mujer.

 

Por supuesto que nadie había preguntado a Dalmática su opiníón sobre ese enlace, y al principio ni ella misma se lo había cuestionado. Un tanto abrumada por la inmensa auctoritas y dignitas de su futuro esposo, al mismo tiempo la alegraba poder salir del tormentoso hogar de su tío Metelo Numídico, que en aquellos días albergaba a la hermana de éste, una mujer

 

cuyas inclinaciones sexuales e histérica conducta eran un tormento para los que vivían con ella. Dalmática quedó encinta en seguida (hecho que incrementó la auctoritas y dignitas de Escauro) y dio a Escauro una hija. Pero entretanto había conocido a Sila, invitado por su esposo a cenar: la mutua atracción había sido profunda e inquietante.

 

Consciente del peligro que semejante circunstancia representaba, Sila no había hecho nada por estrechar el trato con la joven esposa de Escauro. Pero ella no pensaba igual, y después de que los cuerpos destrozados de Saturnino y sus secuaces hubieran sido quemados con todos los honores que su intacta condición de romanos les otorgaba y Sila comenzase a dejarse ver por el Foro y la ciudad dentro de la campaña por el pretorado, Dalmática había comenzado a acudir al Foro y a pasear por la ciudad, persiguiendo a Sila por todas partes, ocultándose tras un plinto o una columna, bien cubierta con túnicas, creyendo que nadie la veía.

 

Sila supo en seguida rehuir ciertos lugares, como el Porticus Margaritaria, en el que era muy posible que una mujer de noble estirpe anduviera deambulando por las joyerías a guisa de coartada. Con ello disminuían las posibilidades de encontrársela y que le hablara, pero para Sila tal actuación era una segunda versión de una antigua y horrenda pesadilla, en la época en que Julilla le había agobiado con un alud de cartas de amor que ella o su criada le echaban en el sinus de la toga siempre que podían y que, por las circunstancias, no llamaban la atención. Y aquello había acabado en matrimonio; una unión confarreatio prácticamente indisoluble que había durado, en medio de amarguras, exabruptos y humillaciones, hasta el día de la muerte de ella por suicidio, un tenebroso episodio más de la interminable sarta de mujeres empeñadas en dominarle.

 

Y Sila había optado por las siniestras e inmundas callejas del Subura, confiándose a la única amiga que tenía, con el distanciamiento que tan desesperadamente necesitaba en aquel momento: Aurelia, cuñada de su difunta esposa Julilla.

 

—¿Qué puedo hacer, Aurelia? ¡Estoy atrapado con una nueva Julilla!

 

¡No puedo quitármela de encima!

 

—El problema estriba en que no saben en qué ocupar el tiempo —le contestó Aurelia, ceñuda—. Tienen nodrizas para los niños, celebran fiestas con sus amistades en las que casi todo se reduce a un chismorreo continuo, no las verás sentarse a un telar, y tienen la cabeza demasiado vacía para solazarse en la lectura. Además, a la mayoría las tiene sin cuidado el marido porque han hecho un matrimonio de conveniencia debido a que el padre necesita más apoyos políticos o el esposo la dote del apellido noble que ellas aportan. Apenas ha pasado el esposo un año fuera de casa, que ya están decididas a engañarle —añadió con un suspiro—. Al fin y al cabo, Lucio Cornelio, en asuntos de amor pueden elegir, pero ¿en qué otras facetas pueden hacer lo mismo? Las más prudentes se contentan con recurrir a esclavos, pero las más tontas se enamoran. Y desgraciadamente eso es lo que ha sucedido en este caso. ¡La pobrecilla Dalmática ha perdido la cabeza! Y por ti.

 

Sila se mordió el labio y ocultó sus pensamientos mirándose las manos.

 

—A mi pesar —dijo.

 

—¡Lo sé! Pero ¿qué opina Marco Emilio Escauro?

 

—¡Por los dioses, espero que no sepa nada!

 

—Yo diría que lo sabe de sobra —replicó ella con un bufido. —¿Y por qué no ha venido a hablar conmigo? ¿O tendré que ir yo? —Me lo estaba preguntando en este momento —contestó la dueña de

 

aquella insula de apartamentos, confidente de muchos, madre de tres hijos, fiel esposa y espíritu insatisfecho.

 

Estaba sentada junto a su mesa de trabajo, una amplia zona totalmente cubierta de rollos de papel, hojas y cubos llenos de libros, pero sin desorden; el exceso era prueba de sus muchos negocios y el trabajo pendiente.

 

Ella era la única que tal vez podía ayudarle, pensó Sila, pues la otra persona a quien podría haber acudido no era fiable en aquellas circunstancias. Sí, Aurelia era estrictamente una amiga, pero Metrobio era además su amante, con toda la complicación emocional inherente, aparte de la complicación añadida de ser del sexo masculino.

 

Cuando el día anterior se había visto con Metrobio, el joven actor griego le había hecho un comentario cáustico sobre Dalmática, y él, sorprendido, había comprendido en ese momento que toda Roma debía de estar hablando de él y Dalmática, ya que el entorno del muchacho era muy distinto a aquel en que él se desenvolvía.

 

—¿Debo ir a hablar con Marco Emilio Escauro? —volvió a preguntar Sila.

 

—Creo que sería preferible que vieras a Dalmática, pero no sé cómo podría hacerse —contestó Aurelia frunciendo los labios.

 

—¿Y no podrías invitarla a venir aquí? —añadió Sila más decidido. —¡Ni mucho menos! —replicó Aurelia escandalizada—. ¡Lucio

 

Cornelio, eres de una tozudez asombrosa y a veces pareces tonto! ¿No te das cuenta de que seguramente Marco Emilio Escauro tiene vigilada a su esposa? Lo que ha salvado de momento tu blanca piel es la falta de pruebas de sus sospechas.

 

Sila dejó entrever sus fuertes caninos, pero no mediante una sonrisa. Por un instante, Sila se quitaba la máscara y Aurelia pudo intuir la personalidad de un desconocido. No obstante… ¿sería cierto? Mejor sería decir que ella había presentido aquel otro ser que lo animaba, pero nunca lo había visto. Otro ser carente de cualidades humanas, un monstruo con garras, capaz tan sólo de aullar a la luna. Y por primera vez en su vida sintió un profundo temor.

 

Su estremecimiento hizo desaparecer al monstruo; Sila se puso la máscara y se lamentó:

 

—Entonces, ¿qué hago, Aurelia? ¿Qué puedo hacer?

 

—La última vez que hablaste con ella, es decir, hace dos años, dijiste que la amabas; pero es la única ocasión en que la has visto. Muy parecido a lo de Julilla, ¿verdad? Y, claro, eso lo hace más insoportable aún. Desde luego ella no sabe nada de Julilla, salvo el hecho de que tú tuviste una esposa que se suicidó… precisamente el dato que aumenta tu atractivo, pues da a entender que eres un peligro para las mujeres que te aman. ¡Menudo reto! No, mucho me temo que la pobrecilla Dalmática se halla bien atrapada en tus redes, aunque se las hayas echado sin esa intención.

 

Aurelia reflexionó un instante en silencio y luego fijó la mirada en él. —No digas ni hagas nada, Lucio Cornelio. Espera a que Marco Emilio

 

venga a tí. Así parecerás totalmente inocente. Pero cuida de que no pueda encontrar prueba alguna de infidelidad, por fortuita que sea. Prohíbe a tu mujer salir de casa cuando estés tú, no sea que Dalmática soborne a algún sirviente para que la deje entrar. El problema estriba en que como no entiendes a las mujeres ni te gustan demasiado, no sabes cómo actuar ante sus peores excesos y te pones frenético. Que sea su marido el que venga a hablarte. ¡Pero, sobre todo, sé amable con él! Para un hombre viejo casado con una jovencita la visita ha de ser mortificante. No es un cornudo, pero exclusivamente gracias a tu desinterés, Por consiguiente debes hacer todo lo posible por no herir su orgullo. Ten en cuenta que, en definitiva, el único que le iguala en influencia es Cayo Mario —añadió con una sonrisa—. Ya sé que él no aceptaría semejante comparación, pero es la verdad. Si quieres ser pretor no tienes que ofenderle.

 

Sila siguió su consejo, pero no del todo, por desgracia. Y se creó un gran enemigo porque no fue amable ni se mostró predispuesto a no herir el orgullo de Escauro.

 

Durante los dieciséis días que siguieron a su visita a Aurelia no sucedió nada, salvo que estuvo alerta ante los posibles observadores enviados por Escauro, y adoptó toda clase de precauciones para no darle pruebas de infidelidad. Observó guiños furtivos y sonrisas disimuladas entre las amistades de Escauro y las suyas; era indudable que siempre los habría habido, pero no había querido verlo.

 

Lo peor era que aún seguía deseando a Dalmática, o amándola —o sería una obsesión—… o las tres cosas. De nuevo Julilla. La pena, el odio, la cólera para azotar sin piedad a quien se interpusiera en su camino. De la ensoñación de hacer el amor con Dalmática pasaba fulgurante al sueño de partirle el cuello y verla efectuar una horrenda danza sobre la hierba iluminada por la luna en Circeí… ¡No, no, así era como había matado a su madrastra! Había comenzado a abrir con asiduidad el cajoncito secreto de la vitrina en que guardaba la máscara de su antepasado Publio Cornelio Sila Rufino, flamen dialis, para sacar los frasquitos de veneno y la caja con el

 

polvo blanco de fundición con el que había matado a Lucio Gavio Stichus y al forzudo Hércules Atlas. ¿Setas? Con ellas había dado muerte a su madrastra… ¡Cómelas, Dalmática!

 

Pero el tiempo y la experiencia le habían enriquecido desde la muerte de Julilla y se conocía mejor. A Dalmática no podía matarla, del mismo modo que no habría podido matar a Julilla. Con las mujeres de ilustres familias no había otra alternativa que llevar el asunto hasta las últimas consecuencias. Un día, algún día, él y Cecilia Metela Dalmática concluirían lo que en aquel momento no osaban iniciar.

 

Y en éstas, Marco Emilio Escauro vino a llamar a su puerta; aquella misma puerta a la que había llamado la mano de tantos fantasmas y que rezumaba malicia a través de sus leñosas células. El hecho de tocarla contaminaba a Escauro, quien pensó que la entrevista iba a ser más dura de lo previsto.

 

Sentado en la silla que Sila destinaba a los clientes, el esforzado anciano contempló amargado la serenidad de su anfitrión con aquellos ojos verde claro tan en contraste con las arrugas de su rostro y la desnudez de su cráneo, deseando en lo más profundo de su ser no haber acudido, no tener que tragarse su orgullo para aclarar aquella ridícula y odiosa situación.

 

—Me imagino que sabes quién soy, Lucio Cornelio —dijo Escauro con la barbilla alta, mirándole a los ojos.

 

—Creo que sí —respondió escuetamente Sila.

 

—He venido a pedir excusas por el comportamiento de mi esposa y a asegurarte que, después de hablarte, haré lo necesario para que ella no siga importunándote.

 

¡Ya estaba! Lo había dicho y no había muerto de vergüenza. Sin embargo, por debajo de aquella mirada serena y desapasionada de Sila le pareció detectar un cierto desdén; imaginario quizá, pero eso fue lo que hizo que Escauro se convirtiese en enemigo de Sila.

 

—Lo siento mucho, Marco Emilio.

 

—¡Di algo! ¡Házselo más fácil a este viejo tonto! ¡No dejes que siga ahí sentado con su honor destrozado! ¡Recuerda lo que dijo Aurelia! Pero las

 

palabras se negaban a acudir a su boca. Bullían incoherentes en su mente, pero su lengua era de piedra.

 

—Sería mejor para todos que abandonases Roma y te fueras a Hispania —dijo por fin Escauro—. Me han dicho que Lucio Cornelio Dolabella necesita la ayuda de alguien competente.

 

Sila parpadeó con exagerada sorpresa.

 

—¿Ah, sí? ¡No sabía yo que las cosas estuvieran tan mal! No obstante, Marco Emilio, me es imposible dejar Roma para acudir a la Hispania Ulterior. Llevo en el Senado nueve años y ha llegado el momento de presentarme al pretorado.

 

Escauro tragó salíva, esforzándose en seguir aparentando jovialidad. —Este año no, Lucio Cornelio —dijo afable—. El año que viene o al

 

otro. Este año tienes que dejar Roma.

 

—¡Marco Emilio, yo no he hecho nada malo! (¡Sí que lo has hecho! ¡Lo que estás haciendo ahora está mal, le estás pisoteando!) Tengo tres años más de la edad requerida para ser pretor y el tiemPo corre. Debo presentarme este año, y por consiguiente tendré que quedarme en Roma.

 

—Te ruego que lo reconsideres —añadió Escauro poniéndose en pie.

 

—No puedo, Marco Emilio.

 

—Lucio Cornelio, si te presentas, te aseguro que no saldrás elegido. Ni al año que viene, ni al siguiente, ni al otro —replicó Escauro sin alterarse

 

—. Eso te lo prometo, y te ruego que me creas. Vete de Roma.

 

—Te repito, Marco Emilio, que lo siento mucho pero debo quedarme en

 

Roma para presentarme al pretorado —respondió Sila.

 

Y así había sucedido. Ofendido en su auctoritas y dignitas, Marco Emilio Escauro, príncipe del Senado, se las había arreglado para mover influencias suficientes y conseguir que no eligiesen pretor a Sila. Y así fue cómo hombres de menor categoría —anodinos, mediocres, memos— vieron su nombre inscrito en los fasti y fueron pretores.

 

Por boca de su sobrina Aurelia, Publio Rutilio Rufo supo la verdad, y él a su vez se lo contó a Cayo Mario. Que Escauro, príncipe del Senado, se había empeñado en que Sila no fuese pretor, era de dominio público, aunque no lo fuera tanto el motivo. Había quien sostenía que era por la

 

lamentable chifladura de Dalmática, pero tras prolijas discusiones solía concluirse que era una explicación baladí. Habiéndole dado tiempo de sobra para que viese por sí misma lo erróneo de su conducta —le dijo—, Escauro había hablado con ella —amablemente pero sin concesiones, puntualizó él

 

— y no hizo ningún secreto de ello frente a sus amigos ni en el Foro. —Pobrecílla, tenía que sucederle —había manifestado a varios

 

senadores, asegurándose de que a sus espaldas había otros más que Pudieran oírle—. Ojalá hubiese puesto los ojos en otra persona que no fuese un simple peón de Cayo Mario, pero… Supongo que es hombre bien parecido.

 

Lo hizo muy bien; tan bien, que los especialistas del Foro y los miembros del Senado se dijeron que el verdadero motivo de que se opusiera a la candidatura de Sila era la conocida asociación de éste con Cayo Mario. Pues Cayo Mario, después de ser cónsul en un caso sin precedentes, seis veces seguidas, estaba en declive. Su tiempo había pasado y ni siquiera había sido capaz de aunar suficientes influencias para presentarse a la elección de censor. Lo que significaba que Cayo Mario, el llamado Tercer Fundador de Roma, jamás figuraría entre los cónsules más insignes, todos nombrados censores. Cayo Mario era una fuerza gastada según los parámetros romanos, una curiosidad más que una amenaza, un hombre únicamente adorado por la tercera clase.

 

Rutilio Rufo se sirvió más vino.

 

—¿De verdad piensas marcharte a Pessinus? —preguntó a Mario. —¿Y por qué no?

 

—¿Y a qué viene eso? Me refiero a que comprendería que fueses a Delfos, a Olimpia o a Dodona incluso. ¡Pero perderte en Anatolia… en plena Frigia, el país más atrasado, supersticioso e incómodo del mundo! ¡Sin un vaso de vino decente, y en lugar de carreteras, caminos de herradura durante cientos de millas! ¡Pastores incultos a derecha e izquierda, salvajes de Galacia en bandadas nada más cruzar la frontera! ¡Verdaderamente, Cayo Mario…! Si es que deseas ver a Batacio con sus ropajes dorados y luciendo joyas en la barba, ordénale que venga a Roma. Estoy seguro de

 

que le encantaría reanudar relaciones con algunas de nuestras matronas más modernas… que no han dejado de llorarle desde que se fue.

 

Mario y Sila estaban riéndose a carcajadas antes de que Rutílio Rufo concluyese su apasionado alegato, y de pronto desaparecieron todas las reservas y se sintieron los tres cómodos y en perfecto acuerdo.

 

—Vas a ver al rey Mitrídates —dijo Sila sin tono interrogativo.

 

Mario permanecía sonriente con las cejas fruncidas.

 

—¡Qué cosas se te ocurren! ¿Por qué crees eso, Lucio Cornelio? —Porque te conozco, Cayo Mario. ¡Eres un inveterado irreverente! Los

 

únicos votos que te he oído hacer eran prometiendo dar patadas en el culo a los legionarios o a los tribunos de los soldados. El único motivo que te impulsa a pasear tus cansados huesos por la salvaje Anatolia es ver por ti mismo qué es lo que sucede en Capadocia y hasta qué extremo es responsable de ello el rey Mitrídates —replicó Sila, sonriendo con una complacencia que no conocía desde hacía meses.

 

Mario se volvió estupefacto hacia Rutilio Rufo.

 

—¡Espero no ser tan transparente a los demás como a Lucio Cornelio! —Dudo mucho de que nadie se lo imagine siquiera —dijo Rutilio Rufo,

 

sonriendo también—. ¡Y yo que me lo había creído, inveterado irreverente! Sin proponérselo (o eso le pareció a Rutilio Rufo), Mario volvió la cabeza hacia Sila para enfrascarse en los comentarios de la nueva estrategia. —El problema estriba en que nuestras fuentes de información no son nada fiables —decía Mario con énfasis—. Cítame, si no, alguien relevante o inteligente que haya estado en esa región desde hace años… Entre los pretores recién nombrados no hay uno solo que yo vea capaz de hacerme un

 

informe exacto. ¿Qué sabemos realmente de aquella zona?

 

—Muy poca cosa —dijo Sila con candente atención—. En Galacia han hecho algunas incursiones Nicomedes por el oeste y Mitrídates por el este, y hace unos años el viejo Nicomedes se casó con la madre del rey niño de Capadocia, que por entonces creo que era la regente. A partir de entonces Nicomedes comenzó a llamarse rey de Capadocia.

 

—Así es —añadió Mario—. Supongo que para él sería un infortunio que Mitrídates instigara el asesinato de su esposa y repusiera al niño en el

 

trono —dijo riéndose por lo bajo—. ¡Se acabó el rey Nicomedes de Capadocia! No sé cómo pudo pensar que Mitrídates iba a consentírselo, teniendo en cuenta que la asesinada era hermana de éste…

 

—Y su hijo sigue reinando con el nombre de… ¡ah, tienen unos nombres tan raros! ¿Es Ariarates? —aventuró Sila.

 

—Ariarates séptimo, para ser exactos —puntualizó Mario.

 

—¿Qué crees que se trae entre manos? —inquirió Sila, azuzado en su curiosidad por el conocimiento de que hacía gala Mario acerca de aquellas tortuosas relaciones con Oriente.

 

—No lo sé muy bien. Probablemente nada, aparte de las habituales pendencias entre Nicomedes de Bitinia y Mítrídates del Ponto. Me gustaría hablar con él. Al fin y al cabo, Lucio Cornelio, no tendrá más de treinta años y, no obstante, ha pasado de no contar casi con territorio, como en el caso del Ponto, a poseer la mayor parte de las tierras en torno al mar Euxino. Se me pone carne de gallina al pensar que pueda causar problemas a Roma —contestó Mario.

 

Considerando que había llegado el momento de intervenir en la conversación, Publio Rutilio Rufo dejó la copa vacía en la mesita de delante de su camilla con un golpe seco.

 

—Supongo que quieres decir que Mitrídates ha puesto el ojo en la provincia romana de Asia —terció, asintiendo pensativo—. ¿Cómo no iba a quererla, dadas sus inmensas riquezas? Y es la región más civilizada del mundo… ¡era griega antes de que lo fuesen los propios griegos! Homero vivió y trabajó en nuestra provincia de Asia… ¿Os imagináis?

 

—Seguramente me lo imaginaría mejor si me lo contaras acompañándote de la lira —dijo Sila riendo.

 

—Un poco de seriedad, Lucio Cornelio. Dudo mucho de que el rey Mitrídates se plantee en broma lo de la provincia de Asia, y nosotros tampoco debemos chancearnos —dijo Rutilio Rufo, haciendo una pausa para admirar su virtuosismo verbal, con lo cual perdió su turno en la conversación.

 

—Yo creo que no hay duda alguna de que a Mítrídates se le hace la boca agua ante la perspectiva de apoderarse de la provincia de Asia —dijo Mario.

 

—Pero él es oriental —añadió Sila muy serio—, y todos los reyes orientales tienen miedo de Roma… incluso a Yugurta, que mantenía un mayor contacto con Roma que ningún monarca oriental, le aterraba Roma. Recordad las afrentas e indignidades que aguantó Yugurta antes de entrar en guerra con nosotros. Prácticamente le obligamos a ello.

 

—Oh, yo creo que Yugurta siempre pensó en declararnos la guerra — añadió Rutilio Rufo.

 

—No estoy de acuerdo —adujo Sila con el entrecejo fruncido—. Yo creo que soñaba entrar en guerra contra nosotros, pero se daba cuenta perfectamente de que era un sueño. Fuimos nosotros quienes le forzamos a entrar en guerra cuando Aulo Albino entró a saco en Numidia. En realidad es así como suelen iniciarse nuestras guerras. Se concede el mando de las legiones romanas a algún codicioso incapaz de dirigir un desfile infantil, y allá va él a por un buen botín no para Roma, sino para su propio bolsillo. Carbón y los germanos, Cepio y los germanos, Silano y los germanos… la lista es interminable.

 

—Te vas por las ramas, Lucio Cornelio —terció Mario con voz queda. —¡Lo siento! —replicó Sila con desenfado, sonriendo afectuoso a su

 

antiguo comandante—. De todos modos, creo que la situación en Oriente es parecida a la que se daba en Africa antes de que Yugurta nos declarase la guerra. Bien sabemos que Bitinia y el Ponto son enemigos tradicionales, y sabemos que tanto a Nicomedes como a Mitrídates les encantaría expansionarse, al menos en Anatolia. Y en Anatolia hay dos regiones de gran riqueza que los hacen babear: Capadocia y nuestra provincia de Asia. Quien poseyera Capadocia tendría rápido acceso a Cilicia con su fertilísimo suelo, y de apoderarse de nuestra provincia de Asia, un inmejorable acceso costero al Mediterráneo, con medio centenar de excelentes puertos y un interior riquísimo. Es muy humano que esos reyes codicien esas tierras.

 

—Bueno, a mí Nicomedes de Bitinia no me preocupa —dijo Mario interrumpiéndole— porque está atado a Roma de pies y manos, y él lo sabe. Ni creo que, al menos de momento, nuestra provincia de Asia corra ningún peligro. Lo que me preocupa es Capadocia.

 

—Exacto —añadió Sila, y asintió con la cabeza—. La provincia de Asia es romana, y no creo que Mitrídates sea muy distinto a los otros reyes orientales y no le atemorice Roma como para invadirla, por muy desgobernada que esté. Pero Capadocia no es romana, y, aunque cae en nuestra esfera de influencia, me parece que tanto Nicomedes como el joven Mitrídates dan por sentado que es una región lo bastante remota y carente de importancia para Roma como para merecer una guerra. Por otra parte, se mueven furtivamente como ladrones para hacerse con ella, enmascarando sus motivaciones con títeres y parientes.

 

—¡Yo no veo que sea nada furtivo el casamiento de Nicomedes con la regente de Capadocia! —Gruñó Mario.

 

—No, pero esa situación no duró mucho, ¿no es cierto? ¡Mitrídates sintió tal indignación que asesinó a su hermana! Y al hijo le repuso en el trono de Capadocia sin ningún miramiento.

 

—Desgraciadamente nuestro amigo y aliado es Nicomedes y no Mitrídates —dijo Mario—. Es una lástima que no estuviera yo en Roma cuando se trató todo esto.

 

—¡Bah, no me vengas con ésas! —dijo Rutilio Rufo indignado—. ¡Hace más de cincuenta años que los soberanos de Bitinia tienen oficialmente el título de amigos y aliados de Roma! Durante la última guerra que sostuvimos contra Cartago, también el rey del Ponto fue oficialmente amigo y aliado, pero el padre de este Mítrídates anuló la posibilidad de amistad con Roma al comprar Frigia al padre de Manio Aquilio. Desde entonces Roma no mantiene relaciones con el Ponto. Aparte de que es imposible conceder el privilegio de amigos y aliados a dos reyes que están enemistados, a menos que se pueda impedir la guerra entre ambos. En el caso de Bitinia y el Ponto, el Senado consideró que concederles a los dos la condición de amigo y aliado sólo habría servido para empeorar la situación entre ellos. Y eso, a su vez, era como recompensar a Nicomedes de Bitinia por haberse portado mejor que el Ponto.

 

—¡Bah, Nicomedes no es más que un vejestorio estúpido! —dijo Mario, impaciente—. Lleva reinando más de cincuenta años y no era ningún niño

 

cuando desalojó del trono a su tata. Debe de tener más de ochenta años ¡y no hace más que exacerbar la situación en Anatolia!

—Imagino que quieres decir «actuando» como un vejestorio estúpido.

 

— La réplica fue acompañada de un destello casi morado en los ojos de Rutilio Rufo, muy parecidos a los de su sobrina Aurelia y casi igual de penetrantes—. ¿Crees, Cayo Mario, que tú y yo rondamos ya la edad de que se nos llame vejestorios estúpidos?

 

—Vamos, vamos, no os enfurruñéis —terció Sila, sonriente—. Sé lo que quieres decir, Cayo Mario. Nicomedes está en plena senectud, sea o no capaz de gobernar, y hay que suponer que es muy capaz. Es el más helenizado de todos los monarcas de Oriente, pero sigue siendo un oriental. Lo que significa que si se mea en los zapatos, su hijo le deja sin trono. Por consiguiente no debe de haber perdido su astucia y seguirá vigilante, por quisquilloso y rencoroso que sea; por el contrario, en Ponto reina un hombre de apenas treinta años, vigoroso, inteligente, agresivo y presuntuoso. No, es muy difícil que Nicomedes dé una lección a Mitrídates, ¿no creéis?

 

—Difícilmente —dijo Mario—. Creo que sería lógico pensar que si llegan a las manos será una lucha desigual. Nicomedes se ha limitado a aferrarse a lo que tenía al comienzo de su reinado, mientras que Mitrídates es un conquistador. ¡Ya lo creo, Lucio Cornelio, que tengo que ver a ese Mitrídates! —añadió apoyándose en el codo izquierdo y mirando angustiado a Sila—. ¡Vente conmigo, Lucio Cornelio! ¿Cuál es la alternativa? Otro aburrido año en Roma, y más con el Meneítos parloteando en el Senado, mientras su retoño se lleva todo el mérito de haber logrado el regreso de su tata.

 

—No, Cayo Mario —contestó Sila moviendo la cabeza.

 

—Me han dicho —terció Rutilio Rufo mordiéndose morosamente una uña— que la carta oficial revocando el exilio en Rodas de Quinto Cecilio Metelo el Numídico la firman el primer cónsul Metelo Nepo y nada menos que el Meneítos hijo. ¡Del tribuno de la plebe Quinto Calidio, que obtuvo la derogación del decreto, ni palabra! ¡Firmada por un senador tan joven que para colmo es privatus!

 

—¡Pobre Quinto Calidio! —dijo Mario riendo—. Espero que el Meneítos le pague bien sus desvelos —añadió mirando a Rutilio Rufó—. Ese clan de los Cecilio Metelos no cambia con los años, ¿verdad? Cuando yo era tribuno de la plebe ya me trataban como si fuese basura.

 

—Y con razón —añadió Rutilio Rufo—, porque todo lo que hiciste por entonces les complicaba bastante las cosas en política a los Metelos. ¡Y eso que creían tenerte en sus garras! ¡Dalmático se puso hecho una furia!

 

Al oír aquel nombre, Sila se encogió, percatándose del rubor que encendía sus mejillas. El padre de ella era el difunto hermano mayor del Meneítos. ¿Cómo estaría Dalmática? ¿Qué le habría hecho Escauro?

 

—Por cierto —dijo alzando la voz—. Sé de muy buena fuente que el Meneítos hijo va a hacer un estupendo matrimonio de conveniencia.

 

Ya había borrado los recuerdos.

 

—¡Pues yo no he oído nada! —dijo Rutilio Rufo un tanto asombrado, convencido de que las mejores fuentes de información en Roma eran las suyas.

 

—Pues es cierto, Publio Rutilio.

 

—¡Explícate!

 

Sila se llevó una almendra a la boca y la masticó antes de contestar. —Buen vino, Cayo Mario —alabó llenándose la copa con la jarra que

 

los sirvientes le habían puesto a mano antes de marcharse y añadiéndole agua, despacio.

 

—¡Venga, Lucio Cornelio, no le tengas en ascuas! —dijo Mario con un suspiro—. Publio Rutilio es el mayor chismorrero del Senado.

 

—En eso estoy de acuerdo, pero tienes que admitir que escribía unas cartas muy entretenidas cuando estábamos en Afríca y en la Galia — contestó Sila sonriente.

 

—¿Quién es ella? —exclamó Rutilío Rufo sin inmutarse.

 

—Licinia Minor, la hija menor de nada menos que nuestro pretor urbano Lucio Licinio Craso Orator.

 

—¡No hablas en serio! —dijo Rutilio Rufo conteniendo una exclamación.

 

—Ya lo creo que hablo en serio.

 

—¡Pero sí no tendrá la edad!

 

—Dieciséis años cumple el día antes de la boda, según me han dicho.

 

—¡Abominable! —gruñó Mario frunciendo las cejas.

 

—¡Desde luego cada vez se hacen cosas más absurdas! —dijo Rutilio Rufo con auténtica preocupación—. ¡La edad conveniente son los dieciocho cumplidos! ¡Somos romanos, no infanticidas orientales!

 

—Bueno, por lo menos el Meneítos hijo tiene poco más de treinta años —añadió Sila—. ¿Qué me decís de la esposa de Escauro?

 

—¡Cuanto menos digamos, mejor! —espetó Publio Rutilio Rufo, falto de ánimo—. Desde luego, Craso Orator es digno de admiración. Es una familia en la que no falta dinero para las dotes y han colocado muy bien a sus hijas. La mayor la han casado nada menos que con Escípión Nasica, y ahora la pequeña con Meneítos hijo, único heredero, Creo que a Licinia le fue bastante mal casándose a los diecisiete años con un animal como Escípíón Nasica. ¿Sabíais que está embarazada?

 

Mario dio unas palmadas para llamar al mayordomo.

 

—¡Marchaos los dos a casa! Cuando la conversación degenera en simple cotilleo de viejas es que está todo agotado. ¡Embarazada! ¡En el cuarto de los niños con las mujeres tenías que estar, Publio Rutilio!

 

Para aquella cena en casa de Mario habían traído a todos los niños y estaban ya todos dormidos al concluir la fiesta. Sólo el pequeño Mario se quedaba allí, pues los demás tenían que regresar a sus casas con los padres. En el paseo había dos grandes literas, una para los hijos de Sila, Cornelia Sila y el pequeño Sila, y la otra para los tres de Aurelia: Julia Maior, a quien llamaban Lia, Julia Minor, llamada Ju-ju, y el pequeño César. Mientras los adultos seguían charlando en voz baja en el recibidor, un equipo de criados trasladaba cuidadosamente a los niños dormidos a las literas.

 

Julia parecía no conocer al que llevaba al pequeño César; se irguió y cogió angustiada a Aurelia por el brazo.

 

—¡Si es Lucio Decumio! —dijo, conteniendo un grito. —Pues claro que sí —respondió Aurelia, sorprendida, —¡Aurelia, no deberías consentirlo!

 

—Tontadas, Julia. Lucio Decumio es para mí una torre de fortaleza. Como bien sabes, el camino hasta mi casa no es un dechado de seguridad y hay que cruzar guaridas de ladrones, ir por vericuetos y qué sé yo… ¡Aún no lo sé después de siete años! No es que salga mucho de casa, pero cuando salgo siempre voy con Lucio Decumio y un par de hermanos suyos para que me acompañen a casa. El pequeño César tiene el sueño ligero, pero cuando le coge Lucio Decumío ni se mueve.

 

—¿Un par de hermanos suyos? —musitó Julia horrorizada—. ¿Quieres decir que en la casa hay más personajes como Lucio Decumio?

 

—¡No! —replicó Aurelia con desdén—. Me refiero a sus hermanos de la cofradía del cruce, Julia…, sus sirvientes. ¡Ah, no sé a qué vengo a estas cenas familiares en las raras ocasiones que lo hago! —añadió malhumorada

 

—. ¿Por qué no acabas de entender que tengo mi vida perfectamente organizada y me sobran todos esos aspavientos y prevenciones?

Julia no dijo nada hasta que ella y Cayo Mario fueron a acostarse, después de dejarlo todo recogido, comprobar que los criados se retiraban a sus dependencias, echar el cerrojo de la puerta que daba a la calle y hacer la ofrenda al trío de dioses que protegen el hogar romano, Vesta de la tierra, los Penates de la despensa y los Lares de la familia.

 

—Aurelia ha estado imposible —comentó una vez en el dormitorio. Mario estaba cansado, sensación que experimentaba con mayor

frecuencia que antaño, lo cual le avergonzaba. Por eso, en lugar de hacer lo que le apetecía, que era darse la vuelta y dormirse, se tumbó de espaldas, cogió a su mujer con el brazo izquierdo y se resignó a oír algún comentario sobre mujeres y asuntos domésticos.

 

—¿Por qué? —inquirió.

 

—¿No puedes hacer que regrese a Roma Cayo Julio? Aurelia se está convirtiendo en una especie de vestal solterona. ¡No sé…! Está amargada, hosca, reseca… Sí, ésa es la palabra: reseca —contestó Julia—. Y ese niño la está matando.

 

—¿Qué niño? —refunfuñó Mario.

 

—Su pequeño César, de veintidós meses. ¡Oh, Cayo Mario, es asombroso! Ya sé que a veces nacen niños así, pero yo no lo había visto

 

nunca ni sabía de nada semejante entre nuestras amistades. Me refiero a que a todas las madres nos complace que los hijos sepan lo que son la dignitas y la auctoritas cuando los padres los llevan por primera vez al Foro cuando cumplen siete años. ¡Pues ese pequeñajo lo sabe ya sin haber conocido a su padre! De verdad, esposo mío, que ese pequeño César es un niño asombroso.

 

Se estaba animando y se acordó de otra cosa de suficiente importancia para hacerla rebullirse.

 

—¡Ah!, ayer estuve hablando con Mucia, la esposa de Craso Orator, y me contó que él presume de que tiene un cliente con un hijo igual que el pequeño César —añadió, dándole un codazo en las costillas—. Cayo Mario, tú debes conocer a la familia porque son de Arpinum.

 

Mario no había estado prestando mucha atención, pero el codazo acabó de completar lo que había iniciado el agitado rebullir de su mujer; desvelado, pensando en Arpinum, su pueblo de origen, dijo:

 

—¿De Arpinum? ¿Quién es?

 

—Ese cliente de Craso Orator se llama Marco Tulío Cicerón y el hijo lleva el mismo nombre.

 

—Desgraciadamente conozco a esa familia. Son una especie de primos nuestros. ¡Una pandilla de litigantes! Hace unos cien años se quedaron con unas tierras nuestras y ganaron el caso ante los tribunales. Desde entonces no nos hablamos —añadió, sintiendo los párpados pesados.

 

—Ah, ya —dijo Julia arrimándose más—. Bueno, el niño tiene ocho años y es tan listo que va a estudiar al Foro. Y Craso Orator dice que causará sensación. Me imagino que cuando el pequeño César tenga ocho años también levantará un buen revuelo.

 

—¡Hummm! —contestó Cayo Mario con un sonoro bostezo.

 

—¡No te duermas, Cayo Mario! —insistió ella con otro codazo—. ¡Despierta!

 

Abrió los ojos y efectuó una especie de rugido sordo.

 

—¿Quieres que echemos una carrera por el Capitolio? —dijo.

 

Ella soltó una risita y volvió a quedarse quieta.

 

—Mira, yo no conozco a ese Cicerón, pero conozco a mi sobrino Cayo Julio César y te digo que no es un niño «normal». Ya sé que más que nada esa palabra se utiliza para referirse a la gente mentalmente afectada, pero creo que también puede significar lo contrario.

 

—Julia, cuanto mayor te haces, más charlatana te vuelves —replicó el cansado Mario.

 

—El pequeño César —prosiguió ella sin hacer caso— aún no tiene dos años y es como si tuviese cien. Dice palabras altisonantes en frases perfectamente construidas y conoce el significado preciso de los vocablos.

 

De pronto, Mario se despertó del todo y ya no estaba cansado. Se irguíó para mirar a su esposa, cuyo sereno rostro quedaba delineado por el débil fulgor de la lamparilla. ¡Su sobrino! ¡El sobrino llamado Cayo! La profecía de Marta la síría, anunciada la primera vez que la conoció en el palacio cartaginés de Gauda. Le había predicho que sería el primer hombre de Roma y siete veces cónsul, pero había añadído que no sería el más grande entre los romanos. ¡Lo sería un sobrino de su mujer llamado Cayo! En aquel entonces, él se había dicho ¡por encima de mi cadáver», nadie va a hacerme sombra. Y ahora ese niño era una realidad.

 

Volvió a tumbarse y el cansancio se le transformó en dolor de piernas. Había dedicado demasiado tiempo, energía y pasión a aquella batalla por convertirse en el primer hombre de Roma, para aguantar mansamente que el brillo de su apellido quedase ensombrecido por un aristócrata precoz que llegaría a la mayoría cuando él, Cayo Mario, fuese demasiado viejo para oponérsele, o quizá ya estuviera muerto. Por mucho que amase a su esposa y por muy humildemente que admitiera que era su apellido aristocrático lo que le había servido para obtener su primer consulado, no le complacía ver a aquel sobrino, sangre de los César, ascender más alto que él.

 

Había logrado seis consulados, lo que significaba que le faltaba uno. Nadie de la esfera política de Roma creía seriamente que Mario pudiera recuperar su pasada gloria, aquellos años de Alción en los que las centurias le votaban, tres veces in absentia, convencidos de que él era el único que podía salvar a Roma de los germanos. Pues sí, la había salvado. ¿Y cómo se lo habían agradecido? Con un aluvión de impedimentos, censuras y críticas

 

destructivas, con la perenne enemistad de Lutacio Catulo César, de Metelo Numídico el Meneítos, de una poderosa facción senatorial conchabada únicamente para derrocarle. Hombrecillos con sonoros apellidos, abrumados por el criterio de que su amada Roma había sido salvada por un despreciable hombre nuevo, un palurdo itálico que no hablaba griego, como había dicho muchos años atrás Metelo el Meneítos.

 

Pues no había acabado. Con infarto o sin infarto, Cayo Mario sería cónsul por séptima vez y pasaría a los libros de historia como el romano más ilustre de la república. Y tampoco iba a dejar que ningún guapito de pelo rubio, descendiente de la diosa Venus, entrara en los libros de historia antes que él; no lo iban a consentir ni el patricio Cayo Mario ni el romano Cayo Mario.

 

—¡Ya arreglaré yo a ese niño! —dijo en voz alta, dando un apretón a Julia.

 

—¿A qué viene esto? —dijo ella.

 

—Dentro de unos días nos vamos a Pessinus; tú, yo y nuestro hijo — replicó Mario.

 

—¡Oh, Cayo Mario! —exclamó ella, sentándose en la cama—. ¿De veras? ¡Qué estupendo! ¿De verdad que vas a llevarnos contigo?

 

—Claro, mujer. A mí me tienen sin cuidado las convenciones. Estaremos fuera dos o tres años, y a mi edad es mucho tiempo para estar sin ver a mi esposa y a mi hijo. Quizá si fuera más joven lo haría. Y como viajo como un privatus, no existe obstáculo oficial para que lleve a mi familia conmigo. Soy yo quien paga la cuenta —añadió, conteniendo la risa.

 

—¡Oh, Cayo Mario! —repitió ella sin atinar a decir otra cosa. —Visitaremos Atenas, Esmirna, Pérgamo, Nicomedia y cien ciudades

 

más.

 

—¿Y Tarsus? —inquirió ella animada—. ¡Ah, siempre he tenido ganas de ver mundo!

 

El sueño vencía irremisiblemente a Mario y sus párpados se cerraron y su maxilar inferior cedió.

 

Julia siguió parloteando unos instantes hasta que se le agotaron los superlativos y se sentó contenta, agarrándose las rodillas, para volverse

 

hacia Mario sonriéndole con ternura.

 

—Amor mío, no creo que… —dijo delicadamente.

 

El primer ronquido de Mario fue la respuesta. Como buena esposa tras doce años, meneó la cabeza apaciblemente sin dejar de sonreír y se dio la vuelta hacia la derecha.

 

Después de apagar el último rescoldo de la revuelta de esclavos de Sicilia, Manio Aquilio había regresado a Roma si no triunfante, sí en óptimas condiciones para recibir una ovación en el Senado. Que no pudiera obtener un triunfo era debido a la naturaleza del rival, que por tratarse de civiles esclavos no tenía categoría de ejército de nación enemiga; las guerras civiles y las guerras serviles recibían rango especial en el código militar romano. Ser encargado por el Senado para aplastar una sublevación civil no era menos honroso y esforzado que enfrentarse a un ejército enemigo, pero al general no se le otorgaba el derecho a reclamar un triunfo. El triunfo era el modo de mostrar al pueblo romano las ganancias de la guerra: los prisioneros, el dinero requisado, el botín de todo tipo, desde clavos de oro arrancados de las puertas de algún monarca, hasta cargamentos de canela e incienso; porque todo lo pillado enriquecía las arcas romanas, y el pueblo podía ver con sus propios ojos lo beneficiosa que era una guerra si se era romano. Es decir, si se era romano y se ganaba. Pero en las rebeliones civiles y de esclavos no había ganancias; sólo pérdidas. Las propiedades que caían en manos del enemigo y que se recuperaban tenían que devolverse a sus dueños y el Estado no podía exigirles un porcentaje.

 

Así hubo que inventar la ovación, que, como el triunfo, la constituía un desfile sobre el mismo itinerario. Sin embargo, el general no iba montado en el antiguo carro triunfal, no se pintaba la cara ni llevaba el ropaje triunfal; no sonaban trompetas, únicamente el gorjeo menos emotivo de las flautas, y, en lugar de un toro, el Gran Dios recibía una oveja en sacrificio, compartiendo con el general una ceremonia de calidad inferior.

 

La ovación había satisfecho plenamente a Manio Aquilio. Una vez festejado, ocupó su lugar en el Senado y, en su condición de consular — antiguo cónsul— le pidieron su opinión por delante de otro consular de

 

igual categoría, pero que no había celebrado ningún triunfo ni ovación. Lastrado por el rencor que guardaban hacia un familiar, otro Manio Aquilio, en principio, él ya había desesperado de alcanzar el consulado. Sí, había cosas difíciles de borrar cuando la familia de uno era modestamente noble, y el hecho era que el padre de Manío Aquilio, tras las guerras que siguieron a la muerte del rey Atalo III de Pérgamo, había vendido más de la mitad del territorio de Frigia al padre del actual rey Mitrídates del Ponto por una suma de oro que se había embolsado en beneficio propio. Por derecho, el territorio habría debido ser destinado, junto con las propiedades del rey Atalo, a formar la provincia romana de Asia, pues el rey Atalo había dejado su reino en herencia a Roma. Atrasada y con una población tan ignorante que no daba esclavos de categoría, Frigia no le había parecido a Manio Aquilio padre una gran pérdida para Roma. Pero los personajes del Senado y del Foro con fuerte influencia no habían perdonado al viejo ni habían olvidado el incidente cuando el joven Manio Aquilio entró en la arena política.

 

Alcanzar el pretorado había sido difícil y había costado la mayor parte de lo que quedaba de aquel oro póntico, pues el padre no había sido frugal ni prudente. Así, cuando al joven Manio Aquilio se le presentó la áurea oportunidad, la aprovechó sin pensárselo dos veces. Después que los germanos derrotasen al lamentable dúo de Cepio y Malio Máximo en la Galia Transalpina —con la consiguiente amenaza de invadir Italia a través del valle del Rhodanus— había sido el pretor Manio Aquilio quien había propuesto que Cayo Mario fuese elegido cónsul in absentia para que pudiese gozar del imperium necesario para hacer frente a la amenaza. Su iniciativa había dejado a Mario en deuda con él; una deuda que Cayo Mario se apresuró complacido a liquidar.

 

Como consecuencia, Manio Aquilio había sido legado de Mario, contribuyendo a la derrota de los teutones en Aquae Sextiae, y al llevar a Roma la noticia de tan ansiada victoria le habían elegido segundo cónsul para el quinto mandato del propio Mario. Una vez concluido su año de consulado había llevado a Sicilia dos de las legiones veteranas de su general, soberbiamente entrenadas, para cauterizar la enconada llaga de la

 

sublevación de esclavos que ya duraba varios años y constituía un grave peligro para el abastecimiento de trigo a Roma.

 

Al regresar a Roma y recibir la ovación, alimentaba esperanzas de presentarse a las elecciones de censor cuando llegara el momento de elegir dos nuevos, pero los personajes realmente influyentes en el Senado y en el Foro esperaban el momento propicio, y como el propio Mario había caído como consecuencia del intento de Lucio Apuleyo Saturnino de apoderarse de Roma, Manio Aquilio se vio desvalido y obligado a comparecer ante el tribunal de extorsiones constituido por un tribuno de la plebe con mucha influencia, el tribuno de la plebe Publio Servilio Vatia, y amigos poderosos entre los caballeros que actuaban de jurados y presidentes en los principales tribunales. Aunque no pertenecía a los Servilios patricios, Vatia era de una importante familia noble plebeya y tenía grandes ambiciones.

 

El juicio se celebró en un Foro soliviantado por diversos acontecimientos, el primero de ellos las jornadas de Saturnino; si bien todos esperaban que con su muerte no volviera a producirse más violencia ni asesinatos de magistrados. Pese a todo había habido violencia y asesinatos, fundamentalmente como consecuencia de las iniciativas del hijo de Metelo el Numídico, o Meneítos joven, por vengarse de los enemigos de su padre. Por los ingentes esfuerzos para lograr el regreso de su padre a Roma, el hijo se había ganado un sobrenombre de mayor categoría que el del progenitor y, por sus desvelos, ahora era Quinto Cecilio Metelo Pío. Y habiendo concluido con éxito su lucha, Metelo Pío se había propuesto hacer sufrir a los enemigos del Meneítos, incluido Manio Aquilio, innegable hombre de paja de Mario.

 

El público en la Asamblea de la plebe era escaso y poca gente se veía en aquella zona del bajo Foro romano, el cual la asamblea había escogido para la constitución del tribunal de extorsión.

 

—Este asunto es sumamente ridículo —dijo Publio Rutilio Rufo a Cayo Mario cuando acudieron el último día del juicio de Manio Aquilio—. ¡Era una guerra contra esclavos! Dudo mucho que pudiera cogerse botín entre Lilibaeum y Siracusa, y menos aún que esos terratenientes trigueros no

 

vigilaran de cerca a Manio Aquilio para que no tuviera la menor oportunidad de quedarse ni con una moneda de bronce.

 

—Es el método que utiliza Meneítos hijo para atacarme —dijo Mario, encogiéndose de hombros—. Manio Aquilio sabe perfectamente que está purgando el haberme prestado apoyo.

 

—Y el castigo por haber vendido su padre casi toda Frigia —añadió Rutilio Rufo.

 

—Cierto.

 

El juicio se desarrollaba según el nuevo procedimiento estipulado por Cayo Servilio Glaucia con su legislación de devolver los tribunales a los caballeros, excluyendo de ellos a los senadores, salvo como defensores. En los días anteriores se había nombrado el jurado, constituido por cincuenta y un miembros de entre los hombres de negocios más importantes, el fiscal y la defensa, tras efectuar sus alegatos provisionales, y habían hecho comparecer a los testigos; en aquella última jornada el fiscal expondría durante dos horas las conclusiones acusatorias, la defensa tendría la palabra durante tres horas, para que, a continuación, el jurado deliberase el veredicto.

 

Servilio Vatia había actuado bien en nombre del Estado, tanto más cuanto que él era un buen abogado y contaba con buenos ayudantes, pero no había duda de que el público, mucho más numeroso, congregado para la última sesión estaba allí para oír la artillería pesada de los abogados defensores de Manio Aquilio.

 

El primero en tomar la palabra fue el bizco César Estrabón, joven y malévolo, de gran experiencia y con excelentes dotes naturales para la retórica más refinada. Le siguió otro tan capaz que se había ganado el sobrenombre de Orator: Lucio Licinio Craso Orator. Y Craso Orator cedió la palabra a otro que también respondía al sobrenombre de Orator: Marco Antonio Orator. El haber adquirido tal sobrenombre no se debía exclusivamente a que fuesen consumados oradores públicos, sino a su minucioso conocimiento de los recursos de la retórica y de las fases adecuadas a seguir en un discurso. Craso Orator poseía mejores conocimientos jurídicos, pero Antonio Orator hablaba mejor.

 

—Por un pelo —dijo Rutilio Rufo al concluir su discurso Craso Orator y comenzar el suyo Antonio Orator.

 

Mario se limitó a responder con un carraspeo; centraba su atención en el discurso de Antonio Orator para no perderse una palabra. Por supuesto no era Manio Aquilio quien había pagado abogados de semejante talla, y todos lo sabían. Era Cayo Mario quien había contribuido económicamente a la defensa, pues, aunque según la ley y la costumbre los abogados no podían cobrar, sí podían aceptar un regalo ofrecido en señal de agradecimiento por su buena actuación. Y conforme la república pasó de sus años jóvenes a edad más madura, se había generalizado aquel hábito de hacer regalos a los abogados. Al principio, el obsequio consistía en una obra de arte o un mueble, pero en los últimos tiempos se hacía ya con dinero. Naturalmente, nadie hablaba de ello, y era como si aquello no existiese.

 

—¡Qué mala memoria tenéis, caballeros del jurado! —clamaba Antonio Orator—. Vamos, estrujaos el cerebro y pensad en unos años atrás, cuando la muchedumbre del censo por cabezas llenaba nuestro querido Foro con el vientre tan vacío como los graneros. ¿No recordáis que algunos de vosotros —en el jurado había inevitablemente media docena de importantes comerciantes del trigo— cobrabais a no menos de cincuenta sestercios el modius del poco grano que guardabais en vuestros silos privados? Cuando la muchedumbre se congregaba día tras dia a mirarnos, gritando de indignación. Sí, en aquel entonces, Sicilia, nuestra panera, era un desastre, una Ilíada de infortunios…

 

Rutilio Rufo le dio un apretón en el brazo y profirió una especie de graznido de horror.

 

—¡Atiza! ¡Que todos esos ladrones de palabras caigan llenos de llagas agusanadas! ¡Pero sí precisamente ése es mi epigrama! ¡Una Ilíada de infortunios! ¿No recuerdas que yo te escribí esa misma expresión vergonzante cuando estabas en Galia hace unos años? Ya tuve que sufrir que Escauro se la apropiara y ¿qué oigo ahora? ¡Que ha pasado al lenguaje general como si la hubiese acuñado Escauro!

 

—¡Tace! —exclamó Mario, ansioso por escuchar el discurso de Marco Antonio Orator.

 

—…convertida en mayor infortunio por la mala administración! Todos sabemos perfectamente quién fue ese mal administrador, ¿no es cierto? —El penetrante y enrojecido ojo se clavó en un rostro particularmente inane de la segunda fila del jurado—. ¿No es cierto? ¡Ah, dejad que os refresque la memoria! Los jóvenes hermanos Lúculo le hicieron rendir cuentas y le enviaron al destierro, privándole de la ciudadanía. Me refiero, por supuesto, a Cayo Servilio Augur. Cuando el leal cónsul Manio Aquilio llegó a Sicilia las cosechas llevaban cuatro años sin recogerse. Y os recordaré que de Sicilia procede la mitad de todo nuestro trigo.

 

Sila se aproximó, dirigió un saludo con la cabeza a Mario y centró su atención en el aún enfurecido Rutilio Rufo.

 

—¿Cómo va el juicio?

 

—¿Quién sabe? Tratándose de Manio Aquilio?… —replicó Rufo con desdén—. El jurado quiere hallar un pretexto para condenarle, y yo diría que lo conseguirá. Quieren hacer un escarmiento para cualquier incauto que se atreva a dar apoyo a Cayo Mario.

 

—¡Tace! —volvió a gruñir Mario.

 

Rutilio Rufo se apartó, arrastrando con él a Sila.

 

—últimamente, tampoco tú, Lucio Cornelio, te apresuras como antes a dar apoyo a Cayo Mario.

 

—Tengo que labrarme mi carrera, Publio Rutilio, y mucho dudo de que pueda hacerlo apoyando a Cayo Mario.

 

Rutilio Rufo asintió con una inclinación de cabeza a lo acertado de tal afirmación.

 

—Sí, es comprensible. Pero, amigo mío, ¡él no se merece eso! Mario se merece la ayuda de quienes le conocemos y le estimamos.

 

Sila se encogió de hombros ante las palabras de Rutilio Rufo y respondió quejumbroso:

 

—¡Es muy fácil decirlo! Tú has sido consular y tuviste tu oportunidad, pero yo no. Puedes llamarme traidor si quieres, pero yo te juro, Publio Rutilio, que llegaré a donde me he propuesto. ¡Los dioses protejan a quienes se crucen en mi camino!

 

—¿Incluso Cayo Mario?

 

—Incluido él.

 

Rutilio Rufo calló, contentándose con mover la cabeza, anonadado.

 

Sila permaneció en silencio por unos instantes y luego dijo:

 

—Me han dicho que los celtíberos están dando mucho que hacer a nuestro gobernador de la Hispania Citerior, y Dolabella en la Ulterior está tan ocupado con los lusitanos que no puede acudir en su ayuda. Me da la impresión de que Tito Didio tendrá que llegarse a la Hispania Citerior durante el consulado.

 

—Es una lástima —contestó Rutilio Rufo—, porque me gusta el estilo de Tito Didio, por muy hombre nuevo que sea. Unas leyes muy razonables por una vez… y procedentes de un cónsul.

 

—¿Cómo, es que no crees que nuestro amado primer cónsul Metelo Nepo haya ideado esas leyes? —replicó Sila sonriente.

 

—Lo mismo que tú, Lucio Cornelio. ¿Es que ha habido algún Cecilio Metelo que se haya preocupado de mejorar la maquinaria del Estado en lugar de su propia condición? Esas dos modestas leyes de Tito Didio son tan importantes como beneficiosas. Se acabaron las aprobaciones precipitadas en las asambleas, y ahora tendrán que transcurrir tres días nundinae entre la promulgacíón y la ratificación. E igualmente se ha puesto fin a eso de juntar cosas no relacionadas, redactando leyes confusas y difíciles. Si este año no ha habido nada relevante en el Senado y los Comicios, al menos tenemos las leyes de Tito Didio —dijo Rutilio Rufo con satisfacción.

 

Pero a Sila no le interesaban las leyes de Tito Didio.

 

—Todo eso está muy bien, Publio Rutilio, pero no era a lo que yo me refería. Si Tito Didio va a la Hispania Citerior a reprimir a los celtíberos, yo seré su primer legado. Ya he hablado con él y se mostró más que encantado. Será una larga y terrible guerra, en la que obtendremos botín y nos dará prestigio. Quién sabe si incluso me concede el mando de un ejército…

 

—Posees una buena reputación militar, Lucio Cornelio.

 

—¡Pero mira que cacat desde entonces! —exclamó Sila, irritado—. ¡Esos votantes idiotas con más dinero que entendimiento lo han olvidado todo! ¿Y qué sucede? Catulo César preferiría verme muerto por temor a que abra la boca para amotinarme, y Escauro me castiga por algo que no he

 

cometido —añadió, enseñando los dientes—. ¡Que vayan con cuidado esos dos! ¡Porque si llega el día en que yo advierta que me han entorpecido definitivamente el paso hacia la silla de marfil, haré que se arrepientan de haber nacido!

 

¡Bien que le creo!, pensó Rutilio Rufo, sintiendo un escalofrío al notar lo peligroso que era aquel hombre. Era mejor que se ausentara.

 

—Pues ve a Hispania con Didio —dijo—. Tienes razón, es lo mejor para conseguir el pretorado. Empezar bien, con una nueva reputación. Pero es una lástima que no puedas presentarte a la elección de edil curul, tienes sentido del espectáculo y darías juegos estupendos. Y después de eso tendrías allanado el camino al pretorado.

 

—No tengo dinero para ser edil curul.

 

—Cayo Mario te lo daría.

 

—No voy a pedírselo. Lo poco que tengo, al menos lo he conseguido por mí mismo. No me lo dio nadie; lo cogí yo.

 

Palabras que hicieron que Rutilio Rufo recordase el rumor difundido por Escauro a propósito de Sila durante su campaña al pretorado, en el sentido de que para lograr el dinero que le permitiese acceder a la condición de caballero había matado a su querida, y que luego, para poder inscribirse en el censo senatorial, había asesinado a su madrastra. Rutilio Rufo se había mostrado inclinado a descartar ese rumor, lo mismo que las supuestas guarrerías de comercio carnal con madres, hermanas e hijas, con muchachitos y las acusaciones de coprofagia. ¡Pero a veces Sila decía unas cosas! Entonces, ¿qué podía uno pensar?

 

En el juicio se produjo un revuelo: Marco Antonio Orator iniciaba la conclusión.

 

—¡Ante vosotros tenéis a un hombre fuera de lo común! —gritaba—. ¡Tenéis ante vosotros a un ciudadano de Roma, a un soldado, a un Valeroso soldado! ¡A un patriota, a uno que cree en la grandeza de Roma! ¿Por qué tal hombre iba a arrebatar un solo plato de peltre a los campesinos, robar sopa de acedera a criados y pan malo a los panaderos? ¡Os lo pregunto, caballeros del jurado! ¿Habéis oído historias de peculados monstruosos, de estupro y asesinato, de hurto? ¡No! ¡No habéis escuchado más que a unos

 

cuantos hombrecillos vulgares lloriqueando por la desaparición de diez monedas de bronce, un libro o unos pescados!

 

Orator hizo una inspiración y pareció crecerse, poniendo de relieve el magnífico físico de todos los Antonianos, con el pelo castaño ondulado y aquel rostro tan poco intelectual que tanta confianza infundía. Tenía fascinados a todos los miembros del jurado.

 

—Se los ha ganado —dijo plácidamente Rutilio Rufo.

 

—Me interesa más lo que pretende hacer con ellos —añadió Sila con gesto alerta.

 

En aquel momento se produjo un revuelo y como un grito en suspenso. Antonio Orator se acercó a grandes zancadas a Manio Aquilio y se le chó encima, le desgarró la toga, cogió el cuello de la túnica con ambas manos y lo partió, dejando al acusado ante el tribunal con un simple taparrabos.

 

—¡Mirad! —tronó Orator—. ¿Es acaso la piel blanca como el lirio y depilada de una saltatrix tonsa? ¿Es el cuerpo fofo y panzudo de un glotón gandul? ¡No! Lo que veis son cicatrices. Docenas de cicatrices de guerra. ¡Es el cuerpo de un militar, un hombre Valeroso, un romano, un comandante tan apreciado por Cayo Mario que le encomendó la misión de ir tras las líneas enemigas para atacar por la retaguardia! ¡Es el cuerpo de quien no huyó chillando del campo de batalla cuando una espada hizo mella en él, una lanza rozó su muslo o una piedra le dejó sin respiración! ¡Es el cuerpo de alguien que ante graves heridas reaccionó con una simple mueca de exasperación y prosiguió su tarea de aniquilar al enemigo! —El abogado agitó las manos sobre su cabeza para dejarlas caer de golpe—. Ya basta. No diré nada más. Decidme vuestro veredicto —añadió lacónico.

 

Y dieron su veredicto. ABSOLVO.

 

—¡Farsantes! —farfulló Rutilio Rufo—. ¿Cómo se presta el jurado a semejante engaño? Se le rasga la túnica como si fuese de papel y ahí está, ¡en taparrabos!… ¡Por Júpiter! ¿Qué es lo que eso os da a entender?

 

—Que Aquilio y Antonio lo tenían preparado de antemano —contestó Mario con una gran sonrisa.

 

—Yo creo que Aquilio no arriesgaba gran cosa si hubiera comparecido sin taparrabos —añadió Sila.

 

Tras la risotada que siguió, Rutilio Rufo dijo a Mario:

 

—Dice Lucio Cornelio que se marcha a la Hispania Citerior con Tito Didio. ¿Qué te parece?

 

—Creo que es lo mejor que puede hacer —respondió Mario muy tranquilo—. Quinto Sertorio va a presentarse a la elección de tribuno de los soldados, así que me atrevería a decir que él también se va a Hispania.

 

—No pareces muy sorprendido —comentó Sila.

 

—No lo estoy. De todos modos, las noticias sobre Hispania serán de dominio público mañana. Hay convocada una reunión del Senado en el templo de Bellona y en ella encargaremos a Tito Didio la guerra contra los celtíberos —dijo Mario—. Es un buen hombre, buen militar y hábil general, en mi opinión. Sobre todo cuando se enfrenta a galos de diversas tribus. Sí, Lucio Cornelio, te hará más bien para las elecciones ir a Hispania como legado que recorrer Anatolia con un privatus.

 

A la semana siguiente salía el privatus hacia Tarento para tomar el barco en dirección a Patrae. Al principio algo confuso y trastornado por el hecho de viajar con su esposa y su hijo, cosa que nunca había hecho. El militar ladraba órdenes a los criados y viajaba con el menor equipaje posible y lo más rápido que podía, pero las esposas, como comprobaría en seguida, pensaban de otro modo. Julia había decidido llevarse media casa, incluido un cocinero especializado en comidas infantiles, el pedagogo del pequeño Mario y una muchacha que hacía milagros con el cabello de su ama. Había empaquetado, además, todos los juguetes del pequeño, sus libros de estudio y la biblioteca entera del pedagogo, más ropa para cualquier eventualidad y artículos que temía no encontrar fuera de Roma.

 

—Somos tres y llevamos más equipaje y sirvientes que el rey de los partos en viaje veraniego de Seleucia, en el Tigris, a Ecbatana —gruñó Mario al cabo de tres jornadas por la vía Latina en las que aún no habían rebasado Anagnia.

 

Pero siguió soportando la situación hasta que unas tres semanas más tarde llegaban por la Via Appia a Venusia, agobiados por el calor y sin poder encontrar una posada lo bastante amplia para alojar sirvientes y equipaje.

 

—¡Esto no puede seguir! —bramó Mario, después de enviar a los criados y el equipaje menos necesarios a otro albergue y quedarse a solas con Julia—. O aligeras tu dispositivo logístico, Julia, o te vuelves con el pequeño a Cumae a pasar el verano. ¡Nos esperan varios meses de viaje por territorio sin civilizar y no hay necesidad de tanto cachivache! ¡Un cocinero para el pequeño… válganme los dioses!

 

Julia estaba acalorada, rendida y a punto de llorar; las maravillosas vacaciones eran una pesadilla interminable. Tras escuchar el ultimátum, su primera reacción fue aprovechar la oportunidad de volverse a Cumae, pero luego pensó en los años que estaría sin ver a Mario y a su hijo; además, cabía la posibilidad de que en cualquier remoto lugar su esposo sufriera otro infarto.

 

—Cayo Mario, es la primera vez que viajo, si exceptuamos las ídas a Cumae y Arpinum; y cuando voy con el pequeño a Arpinum, o a Cumae lo hacemos igual que ahora, pero te entiendo —dijo llevándose la mano a la cara para enjugarse furtivamente una lágrima—. El inconveniente es que no tengo la menor idea de cómo arreglármelas.

 

¡Era la primera vez que Mario oía a su esposa admitir que hubiese algo superior a sus fuerzas! Y comprendiendo lo que le habría costado decirlo, la abrazó y la besó en el pelo.

 

—No te apures, me encargo yo —dijo—. Pero si lo hago, hay algo que quiero que quede claro.

 

—¡Lo que tú digas, Cayo Mario, lo que tú digas!

 

—¡Luego no empieces a refunfuñar porque he tirado algo que necesitabas o he mandado regresar a un sirviente que te es imprescindible! ¡No quiero oír una sola palabra! ¿Entendido?

 

Suspirando complacida y apretándole con fuerza, Julia cerró los ojos.

 

—Entendido —dijo.

 

A partir de allí viajaron bien y con rapidez; y, para sorpresa de Julia, con gran comodidad. Siempre que podían se alojaban en villas romanas privadas del itinerario, ya fuesen amigos o merced a una carta de presentación; era una modalidad de hospitalidad recíproca, pero que no obligaba. Sin embargo, después de Beneventum tuvieron que contentarse

 

casi siempre con posadas, y entonces Julia comprendió que habría sido imposible de haber seguido con el equipaje inicial.

 

El calor proseguía implacable, pues el extremo sur de la península era seco y casi todas las vías principales carecían de sombra, pero el ritmo más rápido de viaje servía de alternativa a la monotonía y les permitía ofrecerse con mayor frecuencia baño y solaz en alguna poza de los ríos o en algún centro habitado de casas de adobe con tejado plano y suficiente perspicacia comercial para alquilar baños.

 

Por ello agradecieron las fértiles tierras colonizadas por los griegos en las llanuras costeras en torno a Tarentum, y más aún la propia Tarentum. Seguía siendo una ciudad más griega que romana, aunque no tan importante como otrora, cuando era término de la Via Appia. Ahora casi todo el tráfico continuaba hacia Brundisium, principal puerto de embarque para Macedonia. Blanca y austera, en fuerte contraste con el azul del cielo y del mar, el verde de campos y bosques y el ocre y el gris de los riscos montañosos, Tarentum acogió también encantada al gran Cayo Mario. Se alojaron en la fresca y cómoda residencia del etnarca, que ya por entonces era ciudadano romano y fingía sentirse más complacido de que le llamasen duumvir en lugar de etnarca.

 

Al igual que en todas las demás etapas en la Via Appia, Mario y los personajes principales de la localidad se reunieron para hablar de Roma, de Italia y de las tirantes relaciones que existían entre Roma y sus aliados itálicos. Tarentum era una colonia con derechos latinos y sus magistrados principales —los dos llamados duumviri— tenían derecho a plena ciudadanía romana para ellos y su descendencia, pero sus raíces eran griegas y la ciudad era tan antigua o más que la propia Roma, pues había sido una avanzadilla de Esparta, y por cultura y costumbres era bastante espartana.

 

Mario comprobó que existía un gran resentimiento contra el nuevo Brundisium, lo que a su vez había suscitado enorme simpatía entre las clases más bajas de la ciudad hacia los ciudadanos de los aliados itálicos.

 

—Muchos soldados de los aliados itálicos han muerto sirviendo en ejércitos de Roma al mando de militares ineptos —dijo el acalorado etnarca

 

a Mario—. Sus granjas están abandonadas y no se engendran hijos. Y en Lucania, Samnium, Apulia, no hay dinero. Los aliados itálicos se ven obligados a equipar sus legiones de tropas auxiliares y pagarlos para que sigan en el campo de batalla al servicio de Roma. ¿Y para qué, Cayo Mario? ¿Para que Roma mantenga abierta una carretera entre la Galia itálica e Hispania? ¿De qué les sirve eso a los de Apulia o Lucania, que nunca han de usarla? ¿Para que Roma pueda traer el trigo de Africa y de Sicilia y alimentar bocas romanas? En tiempo de hambruna, ¿cuánto trigo se procura a los samnitas? Hace muchos años que los romanos de Italia no pagan un impuesto directo a Roma, ¡pero los de Apulia, Calabria, Lucania y Bruttium no cesamos de pagarlos! Supongo que deberíamos agradecerle a Roma la Via Appia, o Brundisium cuando menos… Pero, ¿en cuántas ocasiones nombra Roma un intendente que la mantenga en condiciones decentes? Hay un tramo, habréis pasado por él, en el que una inundación arrastró el balasto hace ¡veinte años! ¿Y se ha reparado? ¡No! ¿Lo repararán? ¡No! Sin embargo, Roma nos impone diezmos y tasas y se lleva a nuestros jóvenes a luchar en guerras en el extranjero; son hombres que mueren, y acto seguido un romano se nos mete en casa y se queda con nuestras tierras; se trae esclavos que apacienten sus enormes rebaños, los encadena para que trabajen, los encierra en barracas para dormir y cuando mueren compra más. No gasta ni invierte nada en nosotros. No vemos un solo sestercio del dinero que se embolsa, ni da trabajo a los nuestros. Más que incrementar, lo que hace es disminuir nuestra prosperidad. ¡Ha llegado el momento, Cayo Mario, de que Roma sea más generosa con nosotros o deje de dominarnos!

 

Mario había escuchado impasible aquel largo y apasionado alegato, una versión más coherente de lo que había oído durante el recorrido de la Via Appia.

 

—Yo haré cuanto pueda, Marco Porcio Cleónimo —dijo con gravedad

 

—. En realidad hace años que intento hacer algo; que haya tenido poco éxito se debe principalmente a que muchos de los miembros del Senado, los más ilustres del gobierno en Roma, nunca viajan como hago yo, no hablan con la gente del lugar, ni, ¡Apolo los ayude!, tienen ojos para ver. No

 

ignoraréis que yo me he pronunciado infinidad de veces en contra del despilfarro de vidas en nuestros ejércitos, y creo que, en términos generales, ha pasado la época en que nuestros ejércitos los mandaban militares ineptos. Si no por otro, por mí sí lo sabe el Senado de Roma. Desde que Cayo Mario, el hombre nuevo, enseñó a esos aficionados de Roma lo que es el generalato, he advertido que el Senado está más predispuesto a dar el mando de sus ejércitos a hombres nuevos de probada valía militar.

 

—Eso está muy bien, Cayo Mario —replicó afable Cleónimo—, pero no sirve para resucitar a los muertos ni para que haya hijos en las granjas abandonadas.

 

—Lo sé.

 

Mientras el barco zarpaba, abriendo su gran vela cuadrada, Cayo Mario se acodó en la borda, contemplando Tarentum difuminándose cada vez más pequeño en la neblina azul. Y volvió a pensar en las quejas de los aliados itálicos. ¿Era porque con mucha frecuencia le habían llamado itálico o no romano? ¿O era porque, pese a todos sus defectos y debilidades, poseía el sentido de la justicia? ¿O sería porque, en definitiva, no aguantaba la ineptitud desastrosa que todo ello suponía? Una de las cosas de las que estaba firmemente convencido era de que llegaría un día en que los aliados itálicos de Roma exigirían ser reconocidos y pedirían plena ciudadanía romana para todos los habitantes de la península y, quizá, incluso de la Galia itálica.

 

Lanzó una carcajada mental, se apartó de la borda y se dio la vuelta para ir a buscar a su hijo; pudo demostrar su experiencia marinera, pues el barco cabeceaba a impulsos de una fuerte brisa y cualquier persona no acostumbrada ya habría vomitado irremediablemente.

 

Julia tenía buen aspecto y estaba tranquila.

 

—Casi toda mi familia se ha criado en el mar —dijo al acercársele Mario—. Mi hermano Sexto es el único que se marea, seguramente por culpa del asma.

 

El paquebote de Patrae hacía siempre la misma travesía y ganaba lo mismo con los pasajeros que con la carga mercantil, por lo que Mario

 

disponía de una especie de camarote en cubierta; sin embargo, era indudable que Julia estaría deseando desembarcar en Patrae.

 

Puesto que Mario pretendía cruzar después el golfo hasta Corinto, ella se negó a moverse de Patrae sin antes hacer un viaje por tierra en peregrinaje a Olimpia.

 

—Es muy raro —comentó, mientras se dirigían allá montados en burro

 

— que el santuario de Zeus más famoso del mundo esté perdido en el Peloponeso. No sé por qué, pero siempre pensé que Olimpia estaba en la falda del monte Olimpo.

 

—Tu influencia griega… —comentó Mario, que ansiaba llegar a la provincia de Asia lo antes posible, pero no tenía el valor de negarle a Julia aquellos caprichos. Viajar con una mujer no se avenía con su concepto de pasarlo bien.

 

Sin embargo, en Corinto se alegró. Cincuenta años antes, Mummio la había saqueado, enviando todos sus tesoros a Roma, y la ciudad no se había recuperado. Recogida al pie de un imponente peñón, llamado el Acrocorinto, muchas de sus casas se veían abandonadas y en ruinas, con las puertas fantasmagóricamente batidas por el viento.

 

—Éste es uno de los lugares en que yo quería asentar a mis antiguos soldados —dijo con cierta añoranza mientras recorrían las desiertas calles —. ¡Mira! ¡Está pidiendo a gritos nuevos pobladores! Hay mucha tierra de cultivo y tiene puerto en el Egeo y en el Jónico. Reúne todas las condiciones para convertirse en un emporio. ¿Y qué es lo que me hicieron? Derogar la ley agraria.

 

—Porque la había promulgado Saturnino —dijo el pequeño Mario. —Exacto. Y porque esos imbéciles del Senado no supieron ver lo

importante que es conceder un pedazo de tierra a los soldados del censo por cabezas que se licencian. Hijo, yo permití a los proletarios el acceso al ejército y di a Roma sangre nueva en la modalidad de una clase de ciudadanos que anteriormente eran inútiles, Y esos soldados sin fortuna del censo por cabezas demostraron su valía en Numidia, en Aquae Sextiae y en Vercellae; combatieron tan bien o mejor que los antiguos soldados, por muy ricos que fuesen. ¡Pero no se les puede licenciar y dejar que vuelvan al

 

arroyo de Roma! Hay que darles tierras para que se asienten. Yo sabía que la primera y la segunda clase nunca habrían consentido que se asentasen en tierras públicas romanas dentro de Italia, por eso promulgué leyes para que se estableciesen en sitios como éste que necesitan repoblación. Aquí, ellos habrían traído Roma a las provincias, estableciendo perennes relaciones de amistad. Pero, desgraciadamente, los personajes del Senado y los dirigentes de los caballeros consideran que Roma es algo suyo en exclusiva, con unas costumbres y un modo de vida que no deben esparcirse por el orbe.

 

—Quinto Cecilio Metelo el Numídico —dijo el pequeño Mario con cierto tono de aborrecimiento, pues se había criado en un hogar en el que aquel nombre jamás se pronunciaba con agrado, y generalmente se le añadía el epíteto de «el Meneítos»… aunque ya se libraría él de hacerlo delante de su madre.

 

—¿Y quién más? —inquirió Mario.

 

—Marco Emilio Escauro, príncipe del Senado, y Cneo Domicio Ahenobarbo, pontífice máximo, y Quinto Lutacio Catulo César, y Publio Cornelio Escipión Nasica…

 

—Muy bien; basta. Sí, movilizaron a sus clientes y organizaron una facción demasiado poderosa, incluso para mí. Y así, el año pasado borraron de las tablillas casi toda la legislación de Saturnino.

 

—La ley del trigo y las leyes agrarias —dijo el pequeño Mario, que ya se entendía muy bien con su padre ahora que estaban lejos de Roma, y al que complacía que su progenitor aprobase sus comentarios.

 

—Salvo la primera ley para el asentamiento del censo por cabezas en las islas africanas —añadió Mario.

 

—Lo que me recuerda, esposo mío, una cosa que quería decirte —terció Julia.

 

Mario dirigió una mirada significativa a la cabeza del pequeño, pero Julia no se contuvo.

 

—¿Cuánto tiempo piensas tener a Cayo Julio César en esa isla? ¿No podría volver a Roma? —inquirió—. Debería hacerlo por el bien de Aurelia y de los niños.

 

—Le necesito en Cercina —contestó Mario, lacónico—. No es un dirigente nato, pero ningún comisionado ha trabajado nunca tan bien en mi proyecto agrario como Cayo Julio. Mientras él esté en Cercina sé que los planes van adelante, las quejas son mínimas y los resultados inmejorables.

 

—¡Pero lleva allí mucho tiempo! —replicó Julia—. ¡Hace tres años que está!

 

—Y es muy posible que esté tres años Más —contestó Mario, inflexible

 

—. Ya sabes lo despacio que van esas encomiendas agrarias, con tanto como hay que hacer: vigilar, entrevistarse con gente, dictaminar las compensaciones, aclarar las numerosas confusiones y… vencer la resistencia local. Cayo Julio lo hace todo admirablemente. No, Julia. ¡No vuelvas a repetírmelo! Cayo Julio debe permanecer allí hasta que acabe su misión.

 

—Pues lo siento por su esposa y sus hijos.

 

Pero la preocupación de Julia era injustificada, porque Aurelia se hallaba contenta con su suerte y apenas echaba de menos a su marido. Y no es que fuese por falta de cariño o por negligencia de sus deberes de esposa; se debía al hecho de que mientras él estaba lejos, ella podía realizar su trabajo sin temor a desaprobación, críticas o —¡ojalá nunca se diera el caso!

 

— la prohibición de hacerlo.

 

Al casarse y trasladarse al mayor de los dos pisos de la planta baja del edificio de la insula recibida como dote, Aurelia había descubierto que su esposo esperaba que ella llevase la misma vida que le habría caído en suerte de haber vivido en un domus privado del Palatino. Una vida muelle, elitista y bastante inútil. El tipo de vida que ella tanto criticaba en sus conversaciones con Lucio Cornelio Sila; tan vacía y carente de estímulos, que hacía inevitable que una mujer sucumbiera a alguna historia amorosa. Espantada y desilusionada, Aurelia se había percatado de que César desaprobaba que tratase en persona con los numerosos inquilinos de las viviendas de aquellos nueve pisos y fuese ella misma, y no un administrador, quien cobrase los alquileres y llevase toda la tarea desde su casa.

 

Pero es que Cayo Julio César era un noble de estirpe antigua y aristocrática y eso pesaba. Vinculado a Cayo Mario por su matrimonio y su falta de fortuna, César había iniciado la carrera pública al servicio de aquél como tribuno de los soldados y después como tribuno de sus ejércitos, para finalmente —tras llegar a cuestor y acceder al Senado— ser nombrado delegado del reparto de tierras en la isla de Cercina de la Sirte Menor africana a los antiguos combatientes del censo por cabezas que habían servido con Mario. Todos estos empleos le habían alejado de Roma, el primero de ellos inmediatamente después de su boda con Aurelia. Había sido una pugna de amor, bendecida con dos hijas y un varón, pero el padre no había asistido al nacimiento de ninguno de ellos ni los había visto crecer. Una breve visita al hogar se transformaba en un nuevo embarazo y él volvía a estar ausente meses y a veces años.

 

En la época en que el gran Cayo Mario se había casado con Julia, la hermana de César, la familia de Julio César estaba arruinada, aunque la providencial adopción del hijo mayor había servido para que los otros dos tuviesen asegurados los fondos para acceder al consulado. El hijo adoptado se llamaba ahora Quinto Lutacio Catulo César, Pero el padre de César (el abuelo César, como se le conocía en aquella época, mucho después de que hubiera muerto) tenía dos hijos y dos hijas a quienes garantizar el porvenir y sólo disponía de dinero para uno solo de sus cuatro retoños. Sin embargo tuvo la luminosa idea de ofrecer una de sus hijas al acaudalado —aunque, por desgracia, de baja cuna— Cayo Mario. Y el dinero de Cayo Mario había sido el instrumento para la dote de las hijas y la adquisición de las seiscientas iugera de tierra próximas a Bovillac, más que suficientes para producirle a César las rentas necesarias para inscribirse en el censo senatorial. Con el dinero de Cayo Mario se habían allanado todos los obstáculos en el camino de los jóvenes César —los hijos del abuelo César — de la casa de Julio César.

 

El propio César había heredado la gracia y la rectitud mental para mostrar su sincera gratitud, mientras que su hermano mayor Sexto se había sentido atormentado y poco a poco se había ido apartando de la familia después de casarse. César sabía muy bien que sin el dinero de Cayo Mario

 

no habría accedido al Senado y poco porvenir habrían tenido sus previsibles hijos. Y de no haber sido por el dinero de Mario, César nunca habría podido aspirar a casarse con la hermosa Aurelia, hija de una noble y rica familia, codiciada por numerosos pretendientes.

 

No cabía duda de que si hubiesen presionado a Mario habrían conseguido una casa en el Palatino o en la Carinae, ya que Marco Aurelio Cota, padrastro de Aurelia, les había instado a que utilizasen la importante dote para comprar una casa privada; pero la joven pareja había optado por seguir el consejo del abuelo de César, renunciando al lujo de vivir solos, y habían invertido la dote de Aurelia en la compra de una insula, una casa de viviendas populares en la que vivirían los recién casados hasta que la carrera de César, apenas comenzada, les permitiese adquirir un domus en un sector más elegante de Roma; cosa nada difícil, dado que la insula de Aurelia estaba en pleno corazón del Subura, el barrio de Roma más poblado y más pobre, situado entre el declive del monte Esquilino y la colina Viminal, una bulliciosa aglomeración de gentes de todas las razas y credos, a la que se mezclaban romanos de la cuarta y quinta clase y del censo por cabezas.

 

No obstante, Aurelia había hallado en la insula una ocupación que la entretenía, y en cuanto César abandonó Italia y ella dio a luz, se dedicó con todo entusiasmo a su papel de casera, despidió a los administradores, comenzó ella misma a llevar los libros y pronto los inquilinos fueron amigos suyos además de clientes. Era una mujer competente, razonable, a quien nada atemorizaba, fuese crimen o vandalismo, y que incluso había metido en cintura a los miembros de la cofradía del cruce con sede en el edificio. Se trataba de una asociación formada por hombres del barrio cuya encomienda —por sanción oficial del pretor urbano— era mantener en condiciones el altar dedicado a los lares en el cruce existente en el vértice de la insula triangular de Aurelia, así como la fuente, la calzada y las aceras. El encargado de la cofradía y jefe de sus miembros era Lucio Decumio, romano de Roma, aunque sólo de la cuarta clase.

 

Cuando Aurelia asumió la administración de la insula, descubrió que Lucio Decumio y sus secuaces dirigían bajo cuerda una agencia de

 

protección que sembraba el terror entre tenderos y porteros de una milla a la redonda. Ella había puesto coto a aquello y además había hecho amistad con Lucio Decumio.

 

Como no tenía leche, a sus hijos los habían amamantado las mujeres que vivían en la ínsula, abriendo a los tres pequeños patricios aristócratas las puertas de un mundo cuya existencia, en circunstancias normales, ellos ni habrían soñado. Con el resultado de que, mucho antes de alcanzar la edad de ir a la escuela, los tres hablaban —en diversos niveles— griego, hebreo, sirio, varios dialectos galos y tres variantes de latín: el de sus antepasados, el de las clases bajas y la jerga particular del Subura. Habían visto con sus propios ojos cómo vivía la gente romana del arroyo, habían probado toda una serie de comidas que los extranjeros consideraban buenas, y llamaban por su nombre de pila a los facinerosos de la taberna de la cofradía de Lucio Decumio.

 

Aurelia estaba convencida de que todo aquello no podía hacerles mal alguno. Aunque no debe pensarse que era iconoclasta ni reformista; ella mantenía inflexible los principios de su ascendencia. Pero además de todo eso, era una mujer con auténtica pasión por las cosas bien hechas, con una profunda curiosidad y un gran interés por la humanidad. Mientras que en su protegida juventud se había aferrado al ejemplo de Cornelia, madre de los Gracos, considerando a aquella heroica y desventurada matrona romana la mujer más grande de la Historia, en su madurez se aferraba a algo más tangible y valioso: su reserva de buen sentido común. Por ello no veía nada malo en la charla políglota de sus tres pequeños patricios aristócratas y juzgaba que para ellos era una experiencia sin par haber aprendido a asumir el hecho de que las gentes del barrio a las que trataban nunca podrían aspirar a conocer la diferencia abismal que los separaba por su cuna.

 

Lo que Aurelia temía era el regreso de Cayo Julio César, esposo y padre, que en realidad no había sido ni esposo ni padre. La asiduidad habría podido infundirle cierto grado de aptitud en ambos papeles, pero Cayo Julio César no se había criado en la facilidad, y menos en la asiduidad. Como romana de su clase, Aurelia tampoco sabía nada, ni le importaba, de las mujeres a las que indudablemente recurriría de vez en cuando para

 

satisfacer sus necesidades básicas, aunque sí sabía, por su conocimiento de las vidas de los ínquilinos, que las mujeres de otras clases llegaban a caer en ataques histéricos y a matar por amor o por celos. Un estado inexplicable para ella, pero hecho bien real. Daba gracias a los dioses por haber sido educada en la aptitud para discernir y mejor disciplinar sus emociones, y no se la ocurría pensar que muchas mujeres de su clase sufrieran también el terrible tormento de los celos y la frustración.

 

No, cuando César volviera a casa, seguro que habría problemas. Pero ella hacía abstracción del día en que eso sucediera, entreteniéndose sin reparos y sin preocuparse por los tres pequeños patricios ni por el lenguaje que les diera por hablar. Al fin y al cabo, ¿no sucedía lo mismo en el Palatino y la Carinae, cuando las mujeres entregaban sus hijos al cuidado de nodrizas de todas las regiones del mundo? Sólo que en tales casos se ignoraban las consecuencias, que quedaban como ocultas bajo un mueble, pues hasta los niños se volvían consumados conspiradores y ocultaban lo que sentían por las muchachas y mujeres a quienes conocían mucho mejor que sus madres.

 

Sin embargo, el pequeño Cayo Julio era un caso especial y muy difícil; hasta la capaz Aurelia sentía una invisible amenaza en la nuca siempre que se detenía a pensar en aquel hijo y en su futuro. Sí, en la cena de Julia, había confesado a ésta y a Elia que a veces casi la volvía loca; y ahora se alegraba de haber tenido aquella debilidad, porque Elia la había sugerido poner al pequeño César en manos de un pedagogo.

 

Aurelia había oído hablar de niños de una extraordinaria inteligencia, naturalmente, pero se imaginaba que procedían de familias más pobres y humildes que las de clase senatorial; y fue a Marco Aurelio Cota, su tío y padrastro, en una visita que había hecho a sus padres, a quien había solicitado los medios para dar a aquel niño singular una mejor alternativa social de la que ellos podían darle, a cambio de hacerse ellos y el hijo clientes a su servicio para el resto de sus días. A Cota siempre le había complacido ayudarlos y le encantó la idea de que cuando el niño fuese mayor, tanto él como sus hijos pudiesen contar con los servicios de alguien tan excepcionalmente dotado. Pero Cota era también un hombre práctico y

 

razonable, como Aurelia le había oído decir a su esposa Rutilia en cierta ocasión.

 

—Desgraciadamente, esos niños no siempre responden a las expectativas y su fuego se quema rápidamente, volviéndose grises, fríos e inertes, o acaban siendo excesivamente engreídos y pagados de sí mismos y se pierden. Sí, algunos resultan estupendos y son muy útiles y valiosos. Por eso me gusta ayudar a los padres en lo que pueda.

 

Lo que Cota y Rutilia pensaron de su superdotado nieto César, Aurelia no lo sabía porque les había ocultado la precocidad de su hijo impidiendo que lo vieran. En realidad había procurado que nadie conociese al pequeño. En cierto sentido, su inteligencia la emocionaba, despertando en ella toda clase de ilusiones respecto a su porvenir; pero en otros muchos aspectos la deprimía profundamente. Si hubiese conocido sus debilidades y defectos habría sido capaz de corregirlos. Pero ¿quién podía, aunque fuese madre, conocer las debilidades y los defectos de carácter de un niño que aún no había cumplido dos años? Antes de mostrarlo a la curiosidad de los demás quería estar mejor informada respecto a él, encontrarse más identificada. Pero no se le disipaba aquella reserva mental amenazadora de que el pequeño no poseyera la fortaleza e imparcialidad para asumir las dotes que la naturaleza le había dado.

 

Era sensible, de eso estaba segura, y era fácil ganárselo, pero también era reacio al afecto, animado por una extraña e incomprensible alegría existencial que ella no había conocido. Era de un entusiasmo desbordante y con una inigualable avidez mental para captar datos. Lo que más preocupaba a Aurelia era su candidez, su anhelo por hacerse amigo de todos, su inquietud cuando ella le aconsejaba pararse a pensar, que no diese por sentado que todo el mundo estaba al servicio de sus propósitos, que comprendiera que había mucha gente mala.

 

De todos modos, ¡qué absurdas resultaban aquellas indagaciones anímicas en el caso de un niño! Que los procesos mentales fuesen extraordinarios, no significaba que los acompañase la experiencia. De momento, el pequeño César no era más que una esponja que absorbía todos los líquidos con que se tropezaba, y si no le bastaba, él mismo la estrujaba

 

para embeberse más. Claro que tenía debilidades y defectos, pero ella no sabía si eran permanentes o simples fases pasajeras del extraordinario proceso de aprendizaje. Por ejemplo, era arrasadoramente encantador, lo sabía y se valía de ello expresamente con los demás, como hacía con su tía Julia, más que predispuesta a someterse a sus caprichos.

 

Ella no quería criar a un niño viciado en semejantes prácticas reprobables. La propia Aurelia carecía de encanto y despreciaba a los que lo tenían, porque sabía la facilidad con que conseguían lo que se les antojaba y lo poco que lo apreciaban una vez conseguido. El encanto era indicio de un carácter débil, no de un dirigente. El pequeño César tendría que renunciar a algo que no iba a favorecerle en el contacto con otros hombres, en asuntos en que lo que más importaba era la seriedad y las auténticas virtudes romanas. Además, era un niño muy guapo; otro don adverso. Pero ¿cómo eliminar esa belleza del rostro, y más cuando es herencia de los padres?

 

Como consecuencia de todas estas preocupaciones, que sólo el tiempo podría disipar, había adquirido el hábito de ser severa con el pequeño y hallar muchas menos excusas a su comportamiento que a las transgresiones de sus hermanas, de echar sal en lugar de bálsamo en sus heridas y de aprestarse mucho más a censurarle y regañarle. Como todos los que le conocían tendían a apreciarle mucho y sus hermanas y primos le mimaban manifiestamente, su madre se sentía en la obligación de que alguien desempeñase el papel de hermanastra mala. Y tenía que ser ella, su madre. Cornelia, madre de los Gracos, no lo habría dudado.

 

 

El hallazgo de un pedagogo adecuado para hacerse cargo de un niño que, por derecho, habría debido estar en manos de mujeres durante sus años venideros, no fue tarea que agobiase a Aurelia, sino más bien la clase de reto que a ella le complacía. Elia, la esposa de Sila, la había prevenido muy seriamente respecto a la compra de un esclavo pedagogo, lo cual dificultaba aún más el asunto. Claudia, la esposa de Sexto César, la tenía sin cuidado, por lo que no se molestó en pedirle consejo. Si el hijo de Julia hubiese estado al cuidado de un pedagogo sí la habría consultado, pero el pequeño Mario, hijo único, iba a la escuela para que se divirtiera con los niños de su edad, como había sido la intención de Aurelia de hacerlo con el suyo cuando tuviese la edad. Pero ahora se daba cuenta de que la escuela era una alternativa a descartar. Su hijo se habría encontrado en la situación de ser el blanco de todos los abusos y el ídolo de todos, condiciones nada buenas para él.

 

Así que Aurelia acudió al único hermano de su madre, Publio Rutilio Rufo. El tío Publio la había ayudado muchas veces, incluso en el asunto de su matrimonio; había sido él, cuando la lista de pretendientes tanto había crecido con apellidos ilustres, quien había aconsejado que la permitiesen casarse con quien más le gustase. De ese modo, había comentado él, sólo ella sería responsable de una mala elección y quizá podría evitarse la futura enemistad de sus hermanos menores.

 

Así pues, Aurelia llevó a los tres niños escaleras arriba hasta la planta de los judíos, su refugio preferido en aquel hogar tan habitado y ruidoso, y se dirigió en una litera a casa de su padrastro, acompañada de su criada gala Cardixa. Naturalmente, cuando saliera de la mansión de Cota, en el Palatino, la estarían aguardando Lucio Decumio y algunos de los suyos, porque ya oscurecería y los depredadores del Subura estarían al acecho.

 

Tan bien había ocultado Aurelia el extraordinario talento de su hijo, que le costó convencer a Cota, a Rutilia y a Publio Rutilio Rufo de que el niño, que aún no tenía dos años, necesitaba con toda urgencia un pedagogo. Pero después de dar paciente respuesta a numerosas preguntas comenzaron a creerla.

 

—Yo no conozco ninguno adecuado —dijo Cota, pasándose la mano por el escaso pelo—. Tus hermanastros Cayo y Marco están en manos de cuidadores y el joven Lucio va a la escuela. En mi opinión lo mejor sería acudir a un buen vendedor de esclavos pedagogos, Mamilio Malco o Duronio Postumio. Pero si tú quieres un hombre libre, no sé qué decirte.

 

—Tío Publio, llevas un buen rato ahí sentado sin decir nada —dijo Aurelia.

 

—¡Así es! —exclamó malicioso el ilustre Rufo.

 

—¿Quiere eso decir que sabes de alguien?

 

—Quizá. Pero primero quisiera ver en persona al pequeño y en circunstancias en que pueda formarme una opinión. Lo has mantenido muy oculto, sobrina, y no sé por qué.

 

—Es un niño encantador —dijo Rutilia con gran afecto.

 

—Un niño problemático —añadió la madre sin afecto alguno.

 

—Bien, creo que ya es hora de que todos veamos a ese pequeño César —dijo Cota, que había engordado y respiraba con esfuerzo.

 

Pero Aurelia juntó sus manos desesperada, mirándolos a todos sucesivamente tan apenada, que los tres, sorprendidos, permanecieron quietos. La conocían bien desde pequeña y nunca la habían visto amilanarse ante una dificultad.

 

—¡No, por favor! —exclamó—. ¡No! ¿Es que no lo entendéis? ¡Lo que vosotros proponéis es precisamente lo que no puedo consentir! ¡Mi hijo tiene que creerse corriente y eso es imposible si llegan tres personas a hacerle preguntas y llenarle la cabeza con falsas ideas de importancia!

 

—Querida hija —terció Rutilia, con dos manchas purpúreas en las mejillas y los labios prietos—, ¡es mi nieto!

 

—Sí, mamá, lo sé y le verás para preguntarle lo que quieras, ¡pero aún no! ¡En grupo, no! ¡Es muy listo! Lo que a otros niños de su edad ni se les ocurre preguntar, él ya sabe la respuesta. De momento, por favor, deja que venga sólo el tío Publio.

 

—Buena idea, Aurelia —dijo Cota con gran afabilidad, dando un codazo a su esposa—. Al fin y al cabo pronto cumplirá dos años, a mediados de Julio, ¿no? Mira, Rutilia, que Aurelia nos invite a la fiesta de

 

cumpleaños y veremos por nosotros mismos cómo es el niño sin que sospeche que nuestra presencia es por un motivo especial.

 

—Como quieras, Marco Aurelio —contestó Rutilia, tragándose la indignación—. ¿Te parece bien, hija?

 

—Sí —respondió malhumorada Aurelia.

 

 

 

Naturalmente, Publio Rutilio Rufo sucumbió al increíble encanto del pequeño César, le pareció maravilloso y le faltó tiempo para comentárselo a la madre.

 

—Desde que rechazaste todas las criadas que tus padres te habían elegido y volviste a casa tú sola con Cardixa, nadie me había gustado tanto —dijo sonriente—. ¡En aquel entonces pensé que eras una perla sin igual! Y ahora veo que mi perla ha engendrado no un rayo de luna, sino una rodaja de sol.

 

—¡Déjate de coba lírica, tío Publio! No es eso lo que quería que vieras —replicó la madre nerviosa.

 

Pero Publio Rutilio Rufo consideró que era primordial que Aurelia lo entendiese y se sentó con ella en un banco del patio de luces que se abría en el centro de la insula. Era un rincón delicioso, dado que el otro vecino de la planta baja, el caballero Cayo Matio, tenía un talento para la jardinería rayano en la perfección. Aurelia llamaba a aquel patio «mis jardines colgantes de Babilonia», pues había plantas que caían de los balcones de los pisos y las enredaderas del suelo habían trepado hasta arriba con el transcurso de los años. Y, como era verano, el perfume de las rosas, alhelíes y violetas embargaba el recinto y se veían flores y capullos de todos los colores.

 

—Querida sobrinita —dijo Publio Rutilio Rufo muy serio, cogiéndole las manos y obligándola a que le mirara a los ojos—, debes procurar ver lo que yo veo. Roma ya no es joven, aunque con ello no quiero decir que esté chocheando. Pero figúrate… doscientos cuarenta y cuatro años de monarquía y cuatrocientos once años de república. Hace seiscientos cincuenta y cinco años que existe Roma y cada vez es más poderosa. Pero

 

¿cuántas de las viejas familias siguen dándole cónsules, Aurelia? Los Cornelios, los Servilios, los Valerios, los Postumios, los Claudios, los Emilios, los Sulpicios, los Julios… no han engendrado un cónsul en casi cuatrocientos años, aunque creo que en esta generación accederán a la silla curul varios Julios. Los Sergios son tan pobres que se han visto obligados a obtener dinero mediante el cultivo de ostras, y los Pinarios están tan arruinados que harían cualquier cosa por enriquecerse. Entre la nobleza plebeya las cosas están mejor que entre los patricios. Pero considero que si no nos andamos con cuidado, Roma será finalmente de los hombres nuevos, personas sin antepasados, hombres que no se consideran vinculados a los orígenes de Roma y a quienes, por consiguiente, les da igual el porvenir de Roma.

 

»Aurelia —añadió, apretando más sus manos—, tu hijo es de la estirpe más antigua e ilustre. Entre las familias patricias que sobreviven, sólo los Fabios pueden compararse con los Julios, y los Fabios han tenido que adoptar hijos durante tres generaciones para ocupar la silla curul. Los que de ellos son Fabios auténticos son tan raros que se ocultan a las miradas de los demás. Por el contrario, tu pequeño César pertenece a un antiguo patriciado con toda la energía e inteligencia de un hombre nuevo. Es una esperanza para Roma, una promesa de una clase que yo no me esperaba. Porque, para que sea aún más poderosa, creo que Roma debe estar gobernada por los de sangre noble. Esto no podría comentárselo nunca a Cayo Mario, al que quiero por mucho que lamente su actuación. Cayo Mario, a lo largo de su fenomenal carrera ha hecho más mal a Roma que medio centenar de invasiones germánicas. Las leyes que ha abolido, las tradiciones que ha deshecho, los precedentes que ha creado… los hermanos Graco eran al menos de la vieja nobleza y atajaron lo que consideraron perjudicial para Roma con cierto vestigio de respeto por el mos maiorum, los criterios no escritos de nuestros antepasados. Cayo Mario, por contra, ha lesionado ese mos maiorum dejando a Roma a merced de muchas clases de lobos, seres que no guardan relación alguna con la clase de animal que amamantó a Rómulo y Remo.

 

Impresionante en su belleza, con sus grandes y luminosos ojos clavados con pesadumbre en el rostro de su tío, Aurelia ni notaba la fuerza con que Publio Rutilio Rufo retenía sus manos, pues así se le ofrecía algo a qué agarrarse, una guía por aquel mundo ignoto que ella exploraba con el pequeño César.

 

—Tienes que apreciar lo que significa tu pequeño y hacer lo que esté en tu mano para que entre con pie firme en el camino de la preminencia. Debes imbuirle un propósito que sólo él puede lograr: preservar el mos maiorum y renovar el vigor de lo de antaño, de la sangre ancestral.

 

—Comprendo, tío Publio —dijo Aurelia con seriedad.

 

—¡Estupendo! —exclamó él, poniéndose en pie y haciendo que se levantara— Mañana, a la hora tercia, vendré con otra persona a verte. Que esté también el niño.

 

Y así fue como el niño Cayo Julio César hijo fue confiado al cuidado de Marco Antonio Cnifo, un galo de Nemausus cuyo abuelo había pertenecido a la tribu de los Saluvios y había cazado cabezas con sumo placer durante las innumerables incursiones rápidas que realizaban contra los habitantes helenizados de la costa de la Galia transalpina, hasta que él y su hijo fueron capturados por un grupo de masiliotas. Vendido como esclavo, el abuelo no tardó en morir, pero el hijo era lo bastante pequeño para superar la transición de bárbaro cazador de cabezas a sirviente doméstico de una familia griega; luego resultó ser un muchacho listo, capaz de casarse y crear una familia, una vez ahorrado lo suficiente para comprar su libertad. Había elegido por mujer una muchacha griega de origen masiliota y modesta cuna, cuyo padre había dado su aprobación pese a la descomunal estatura y el rojo cabello del pretendiente. Así, su hijo Cnifo se había criado libre y pronto demostró que había heredado la predisposición intelectual del padre.

 

Cuando Cneo Domicio Ahenobarbo creó una provincia romana en la costa de la Galia transalpina bañada por el Mediterráneo, se había llevado consigo a un Marco Antonio entre sus principales legados, y aquel Marco Antonio se había valido de los servicios como intérprete y escriba del padre de Cnifo. Así, al concluir favorablemente la guerra contra los arvernios, Marco Antonio había obtenido la ciudadanía romana para el padre de Cnifo

 

en agradecimiento, ya que la generosidad de los Antonios siempre había sido proverbial. Liberto en la época en que Marco Antonio le había empleado, el padre de Cnifo quedó absorbido en la tribu rural de Antonio.

 

El pequeño Cnifo demostró precozmente su vocación de enseñante, así como su interés por la geografía, la filosofía, las matemáticas, la astronomía y la ingeniería. Por ello, después de ser revestido con la toga viril, su padre le puso en un barco y le envió a Alejandría, el centro cultural del mundo. Allí, en los claustros de la biblioteca, se dedicó al estudio bajo los auspicios del mismísimo Diocles, el bibliotecario.

 

Pero había pasado la época de esplendor de la biblioteca y ya no la regían bibliotecarios de la calidad de un Eratóstenes; por eso, cuando Marco Antonio Cnifo cumplió veintiséis años decidió instalarse en Roma para dedicarse a la pedagogía. Comenzó desempeñando las funciones de grammaticus y enseñando retórica a los jóvenes; luego, algo cansado de la actitud de la juventud noble romana, abrió una escuela para niños, que tuvo un éxito inmediato y pronto le permitió cobrar altos precios. No pasaba apuros para pagar el alquiler de dos habitaciones grandes en un tranquilo sexto piso de una insula alejada del apiñamiento del Subura, más otras cuatro habitaciones en un piso más arriba en el mismo palacio del Palatino, como vivienda propia y alojamiento para sus cuatro valiosos esclavos, dos de los cuales atendían sus necesidades privadas, sirviéndole los otros dos de ayudantes en las clases.

 

Cuando Publio Rutílio Rufo pasó a verle, Cnifo se echó a reír y le manifestó que no tenía intención alguna de renunciar a su beneficioso negocio para hacer de nodriza. Rutilio Rufo le ofreció un contrato en toda regla en el que se incluía una lujosa vivienda en una insula del Palatino todavía mejor y más dinero del que le procuraba la escuela. Pero Marco Antonio Cnifo volvió a negarse.

 

—Ven, al menos, a ver al niño —insistió Rutilio Rufo—. Serías un necio negándote a ver un cebo como el que se te propone.

 

Al conocer al pequeño César, el maestro cambió de idea.

 

—No lo hago porque se trate de quien se trata, ni por su extraordinaria inteligencia —le dijo a Publio Rutilio Rufo—. Me comprometo a ser tutor

 

del pequeño César porque me gusta mucho y… temo por su futuro.

 

 

 

—¡Demonio de niño! —dijo Aurelia a Lucio Cornelio Sila cuando éste pasó a verla en septiembre—. La familia hace colecta para reunir el dinero y pagarle un magnífico pedagogo, ¿y qué sucede? ¡Que el pedagogo sucumbe a su encanto!

 

—Hummm —farfulló Sila, que no había ido a oír una letanía de quejas sobre el retoño de Aurelia. Los niños le aburrían por muy listos y encantadores que fuesen; ya era un misterio que los suyos no le aburrieran. No, él visitaba a Aurelia para decirle que se iba.

 

—Así que tú también me dejas —dijo ella ofreciéndole uvas del huerto del patio.

 

—Y me temo que muy pronto. Tito Didio quiere embarcar las tropas hacia Hispania y la mejor época para ello son los primeros días de invierno, cuando soplan vientos propícios. Pero yo iré antes por tierra para preparar la llegada.

 

—¿Te cansa Roma?

 

—¿No te sucedería a ti lo mismo de estar en mi caso?

 

—Oh, sí.

 

—¿Aurelia, no voy a conseguirlo! —exclamó, rebulléndose inquieto y apretando los puños.

 

—¿Bah! —replicó Aurelia riendo—. Eres la encarnación del caballo de octubre, Lucio Cornelio; ya verás cómo lo consigues algún día.

 

—Espero que no sea tanto —añadió él, también riendo—. Me gustaría conservar la cabeza sobre los hombros… no como el pobre caballo de octubre. Me pregunto por qué será así… Lo malo de todos nuestros rituales es que son tan antiguos que ni se entiende el lenguaje en que se murmuran los rezos, y no hablemos ya del porqué de esa costumbre de uncir parejas de caballos de guerra a los carros para hacer carreras y luego sacrificar a los de la derecha del equipo vencedor. Y lo de luchar por la cabeza… —Había tal luminosidad, que sus pupilas se contrajeron hasta convertirse en dos rendijas que le hacían parecer un profeta ciego; la mirada que le dirigió

 

estaba cargada de profético dolor, no de una pena pasada o presente, sino causada por el conocimiento del futuro—. ¡Aurelia, Aurelia! —exclamó—. ¿Por qué no consigo ser feliz?

 

—No lo sé, Lucio Cornelio —respondió ella con el corazón en un puño, clavándose las uñas en la palma de las manos.

 

—Yo tampoco.

 

—Creo que debes ocuparte en algo —añadió ella, pensando en la inutilidad de darle sanos consejos; pero ¿qué otra cosa podía hacer?

 

—¡Ah, desde luego! —replicó él, irónico—. Cuando estoy ocupado no me queda tiempo para pensar.

 

Estaban sentados en el salón de visitas a lo largo de la pared baja del jardín del patio, separados por una mesa, las uvas rojas y orondas y un plato. Cuando cesó en su charla, Aurelia siguió mirándole, pese a que él había desviado los ojos. ¡Qué atractivo es!, pensó, sintiendo una súbita punzada de conmiseración, que ella generalmente lograba mantener a nivel inconsciente. Tiene la boca como mi esposo y es muy guapo. Guapo. Guapo…

 

Sila la miró de pronto a los ojos y ella enrojeció. Su rostro cambiaba, pero era difícil decir en qué… sí, parecía más él. Y alargó la mano para coger la suya, animado por una sonrisa hechicera.

 

—Aurelia…

 

Ella se soltó de su mano, contuvo la respiración y sintió que la invadía un vértigo.

 

—¿Qué, Lucio Cornelio? —atinó a decir.

 

—¡Amémonos!

 

Aurelia tenía la boca seca; necesitaba tragar para no desmayarse, pero no podía; y los dedos de él, entrelazados a los suyos, eran como las últimas fibras de una vida que se escapa y que no podía soltar por no perecer.

 

Lo que posteriormente no se explicaría es cómo había dado la vuelta a la mesa; simplemente vio su rostro próximo al suyo, el brillo de sus labios, el tornasol de aquellos ojos jaspeados como mármol pulimentado. Fascinada, vio el pálpito de un músculo en su brazo derecho y sintió que, más que temblar, vibraba, vencida, perdida…

 

Cerró los ojos, a la espera, y sintió la boca de él en la suya, y le besó como si hubiese estado hambrienta de amor toda la eternidad, impulsada por una emoción más arrasadora de lo que hubiera podido imaginar, aturdida, aterrada, exaltada, carbonizada.

 

Transcurrió un instante y de nuevo se vieron separados por el espacio, Aurelia estaba de espaldas contra el llamativo mural de la pared, como queriendo perder corporeidad, y Sila junto a la mesa, jadeante, con el sol incendiándole el pelo.

 

—¡No… puedo! —exclamó ella con un grito sordo.

 

—¡Pues ojalá no vuelvas a sentirte en paz!

 

Decidido, en medio de aquella colérica vorágine, a no hacer nada que pudiera provocar hilaridad en ella, recogió con augusto ademán su toga, caída en el suelo, y, con pasos inexorables que denotaban que jamás volvería, salió de la casa como si hubiese obtenido una victoria.

 

 

Pero no le satisfacía la victoria y estaba furioso de su derrota; siguió caminando hasta su casa con tal furia que todos se apartaban a su paso. ¡Cómo se atrevía! ¡Cómo osaba permanecer sentada con la lujuria en los ojos, provocándole para que la besara… de aquel modo, y luego decirle que no podía! Como si no lo hubiera deseado tanto como él. Habría debido matarla, retorcerle el esbelto cuello, o verla descomponerse por efecto de algún veneno, ver aquellos ojos violeta abotagarse mientras sus manos se cerraban en torno a la garganta. Matarla, matarla, matarla, matarla, le decía la voz del corazón, la sangre que hinchaba las venas de su frente y de sus sienes. Matarla, matarla, matarla. Y lo peor de aquella inmensa furia era que sabía que era tan incapaz de hacerlo como lo había sido con Julilla, con Elia, con Dalmática. ¿Por qué? ¿Qué tenían aquellas mujeres que no tuvieran Clitumna y Nicopolis?

 

Al verle entrar en el vestíbulo de aquel modo, los criados se dispersaron, su esposa se retiró sin decir nada a sus aposentos y la casa entera se encogió enmudecida. En el despacho, fue directamente al templete de madera en el que guardaba la máscara mortuoria de su antepasado el

 

flamen dialis y abrió el cajoncito oculto en la peana. El primer objeto con que tropezaron sus trémulos dedos fue un frasquito; allí lo tenía, en la palma de la mano, con su blanco contenido preso en el vidrio verdoso. Lo estuvo mirando durante un buen rato; mirándolo.

 

El tiempo que transcurrió contemplando lo que tenía en la mano no contaba y su mente no podía desechar un único pensamiento: le dominaba la ira. ¿O era pena? ¿O injuria? ¿O era una inmensa soledad? El fuego que le embargaba fue cediendo hasta alcanzar un estado glacial. Sólo entonces fue capaz de asumir aquella horripilante tara; el hecho de que él, tan aficionado al crimen como solaz, como algo imprescindible, no podía realizarlo físicamente con mujeres de la clase a la que él pertenecía. Con Julilla y con Elia, al menos había hallado consuelo en ser testigo del evidente infortunio que les causaba, y con Julilla había conocido la satisfacción de haber provocado su muerte; porque no cabía duda de que si no hubiese visto la escena entre él y Metrobio habría seguido bebiendo y mirándole pesarosa con aquellos ojazos amarillos y hundidos, en perenne gesto mudo de reproche. Sin embargo, con Aurelia no podía esperar más reacción que la habida en su casa, pues con seguridad nada más salir de su casa se habría sobrepuesto a su arrebato para enfrascarse en su trabajo, y al día siguiente le habría olvidado del todo. Así era Aurelia. ¡Que se pudra! ¡Que la devoren los gusanos! ¡Puerca maldita!

 

En medio de aquellas imprecaciones fútiles y anticuadas, llegó a sobreponerse y a sonreír, en un atisbo de jolgorio. Pero no le servía de consuelo. Era absurdo, grotesco. Los dioses no tenían en cuenta las frustraciones y deseos humanos y él no era de los que, de alguna horrenda y misteriosa manera, saben hacer que sus ideas asesinas se conviertan en realidad respondiendo al deseo. Aurelia seguía viva dentro de él y necesitaba borrarla antes de marchar a Hispania si quería dedicar toda su energía a alcanzar sus ambiciosos propósitos. Necesitaba algo que sustituyera el éxtasis de que habría gozado rompiendo los muros de la ciudadela de Aurelia. El hecho de que hasta que no sorprendió aquella mirada suya no había tenido intenciones de seducirla, era algo al margen; su

 

deseo había sido tan acuciante, tan imperioso, que no podía expulsarlo de su ser.

 

Era Roma, claro. Una vez que estuviera en Hispania se le pasaría. Si pudiese hallar alguna clase de satisfacción ahora… En campaña nunca sentía aquella horrenda frustración; quizá porque estaba siempre muy ocupado, quizá porque veía la muerte en derredor, o porque se decía a sí mismo que iba ascendiendo de posición. Pero en Roma —llevaba allí casi tres años— acababa por llegar a tal grado de aburrimiento que en otros tiempos sólo habría podido disiparlo con un crimen real o simbólico.

 

Y en aquel estado anímico glacial cayó en un ensueño en el que desfilaban rostros de víctimas y de las que hubiese deseado que lo fueran: Julilla, Elia, Dalmática, Lucio Cavio Stichus, Clitumna, Nicopolis, Catulo César —íqué placer acabar para siempre con aquella engreída mirada de camello!—, Escauro, Metelo Numídico el Meneítos… Poco a poco fue volviendo a la realidad y cerró despacio el cajoncito. Pero se quedó con el frasquito en la mano.

 

El reloj de agua marcaba mediodía. Habían transcurrido seis horas y quedaban otras seis. Gota a gota. Tiempo de sobra para visitar a Quinto Cecilio Metelo Numídico, el Meneítos.

 

 

Desde su regreso del exilio, Metelo el Numídico se había visto convertido en una especie de leyenda. Como no era lo suficiente viejo para morir, se dijo eufórico que ya era como una institución dentro del Senado. Se hablaba de su homérica carrera como censor, su resuelto enfrentamiento con Lucio Equitio, la paliza que había recibido y su valentía en arriesgarse a otra; se hablaba de cómo había marchado al exilio mientras su hijo tartamudo con… con… contaba aquel aluvión de denarios en la Curia Hostilia mientras anochecía y Cayo Mario esperaba que diera su voto de acatamiento a la segunda ley agraria de Saturnino.

 

Sí —pensó Metelo el Numídico cuando hubo salido de su despacho el último cliente del día—, pasaré a la historia como el personaje más ilustre de una ilustre familia, el Quinto más famoso de los Cecilio Metelos. Se

 

sentía ufano, feliz de volver a estar en Roma, complacido del recibimiento y henchido de satisfacción. ¡Sí, había sido una larga guerra contra Cayo Mario! Pero ya había concluido. El había ganado y Cayo Mario había perdido. Roma no volvería a sufrir la iniquidad de aquel Cayo Mario.

 

El mayordomo llamó a la puerta del despacho.

 

—¿Qué hay? —dijo Metelo el Numídico.

 

—Domine, Lucio Cornelio Sila solicita veros.

 

Cuando Sila cruzó la puerta, Metelo el Numídico estaba ya de pie y se aprestaba a recibirle con la mano tendida.

 

—Querido Lucio Cornelio, ¡qué placer! —dijo rezumando afabilidad. —Sí, ya es hora de que venga a ofrecerte mis respetos en privado —

 

respondió Sila, sentándose en la silla de los clientes y adoptando un gesto de afable reproche consigo mismo.

 

—¿Un vaso de vino?

 

—Sí, gracias.

 

Junto a la consola en que había dos jarras de vino y algunas copas de precioso vidrio de Alejandría, Metelo el Numídico se volvió hacia Sila enarcando una ceja y con expresión levemente burlona.

 

—¿Es ocasión que merezca chian sin agua? —inquirió.

 

—Aguar el chian es un crimen —respondió Sila, esgrimiendo una sonrisa indicadora de que ya se sentía más a gusto.

 

—Respuesta de político, Lucio Cornelio —dijo Metelo sin moverse—.

 

No sabía que formases parte de esa casta.

 

—Quinto Cecilio, ¡no eches agua al vino! —exclamó Sila—. He venido con la intención de que seamos buenos amigos —añadió en tono sincero.

 

—En tal caso, Lucio Cornelio, beberemos el chian sin agua. Regresando con dos copas, Metelo el Numídico puso una en el lado del

 

escritorio en que estaba Sila, la otra enfrente, se sentó y alzó la suya.

 

—Por la amistad —dijo, brindando.

 

—Y por mí —dijo Sila dando un breve sorbo, con el entrecejo fruncido, mirando de hito en hito a su anfitrión—. Quinto Cecilio, parto para la Hispania Citerior de primer legado con Tito Didio. No sé cuánto tiempo voy a estar fuera, pero en este momento podría considerarse que serán años.

 

Cuando regrese quiero presentarme lo antes posible a las elecciones de pretor —añadió con un carraspeo, dando otro sorbo de vino—. ¿Sabes el verdadero motivo por el que no fui elegido pretor el año pasado?

 

Una sonrisa se dibujó en los labios de Metelo el Numídico, aunque tan leve, que Sila no habría sabido decir si era de ironía, malevolencia o simple diversión.

 

—Sí, Lucio Cornelio, lo sé.

 

—¿Y qué opinas?

 

—Creo que diste bien la tabarra a mi buen amigo Marco Emilio Escauro en lo que a su esposa respecta.

 

—¡Ah! ¿No fue por mi vinculación a Cayo Mario?

 

—Lucio Cornelio, nadie que tenga el buen sentido de Marco Emilio arruinaría tu carrera pública por haber estado militarmente vinculado a Cayo Mario. Aunque yo no he sido testigo, he mantenido suficientes contactos con Roma para saber que tus relaciones con Cayo Mario no han sido últimamente tan estrechas —replicó Metelo el Numídico con voz queda—. Y lo encuentro lógico puesto que ya no sois cuñados —añadió con un suspiro—. No obstante, es lamentable que justo cuando habías logrado desvincularte de Cayo Mario casi provocas un divorcio en el hogar de Marco Emilio Escauro.

 

—No hice nada deshonroso, Quinto Cecilio —respondió Sila muy firme, cuidando de no dejar traslucir su cólera por aquel sermón, pero cada vez más empedernido en su convicción de que aquel mediocre debía morir.

 

—Sé que no hiciste nada deshonroso —dijo Metelo el Numídico, apurando la copa—. Es una lástima que en cuestión de mujeres, sobre todo casadas, hasta los más viejos y prudentes se vuelvan tan suspicaces.

 

Cuando su anfitrión se rebulló para levantarse, Sila se puso rápidamente en pie, cogió las dos copas y se dirigió a la consola para llenarlas.

 

—Ella es sobrina tuya, Quinto Cecilio —dijo Sila, vuelto de espaldas y tapando la mesa con su toga.

 

—Por eso precisamente conozco la historia.

 

Tras ofrecer una copa a Metelo el Numídico, Sila volvió a sentarse.

 

—¿Y siendo tío de ella, y muy buen amigo de Marco Emilio, consideras que está bien lo que se me ha hecho?

 

Encogimiento de hombros, buen sorbo de vino y una mueca.

 

—Lucio Cornelio, si fueses un patán no estarías ahí sentado. Pero tienes un antiguo e ilustre apellido y eres un Cornelio patricio, aparte de un hombre de gran valía —dijo, haciendo otra mueca y dando otro sorbo—. Si yo hubiese estado en Roma cuando mi sobrina se encaprichó de ti, sin duda habría apoyado cualquier acción de mi amigo Marco Emilio por poner coto a la situación. Tengo entendido que te pidió que abandonases Roma y que te negaste. ¡Qué imprudencia!

 

—Supongo que no creí que Marco Emilio fuese a actuar menos honorablemente que yo —replicó Sila riendo sin ganas.

 

—¡Oh, qué bien te hubieran venido de joven unos años en el Foro, Lucio Cornelio! —exclamó Metelo el Numídico—. Careces de tacto.

 

—Creo que tienes razón —respondió Sila, convencido de que estaba haciendo el papel más difícil de su vida—, pero no puedo volver atrás y tengo que seguir mi camino.

 

—La Hispania Citerior con Tito Didio es, sin duda, un paso adelante.

 

Sila volvió a levantarse para servir otras dos copas.

 

—Al menos debo dejar un buen amigo en Roma antes de irme —dijo—, y me gustaría, y lo digo de corazón, que ese amigo fueses tú. A pesar de tu sobrina y a pesar de tus lazos con Marco Emilio Escauro, príncipe del Senado. Soy un Cornelio, y eso me impide ofrecerme a ti como cliente. Sólo puedo ser un amigo. ¿Qué dices?

 

—Te digo… que te quedes a cenar, Lucio Cornelio.

 

Y así fue cómo Lucio Cornelio tuvo una agradable e íntima cena con Metelo el Numídico, quien en principio había pensado cenar solo aquel día, hallándose un poco cansado por estar a la altura de su condición de leyenda del Foro. Hablaron de los ingentes esfuerzos de su hijo por poner fin a su exilio en Rodas.

 

—Es una bendición tener un hijo así —dijo el ex desterrado, algo mareado por la excesiva libación comenzada ya antes de la cena.

 

La sonrisa de Sila fue inenarrablemente encantadora.

 

—Es indiscutible, Quinto Cecilio —dijo—. De hecho, considero a tu hijo un buen amigo mío. Mi hijo es aún muy niño, pero el orgullo paterno me dice que va a ser duro de pelar.

 

—¿Se llama Lucio como tú?

 

—Por supuesto —respondió Sila, parpadeando sorprendido.

 

—Es curioso —replicó Metelo el Numídico, pronunciando despacio las dos palabras—. ¿No es Publio el nombre del hijo mayor de vuestra rama de los Cornelios?

 

—Quinto Cecilio, como mi padre ha muerto no puedo preguntárselo. Y desde luego no recuerdo haberle visto lo bastante sobrio en ninguna ocasión para hablar de asuntos de familia.

 

—Bien, no tiene importancia. En cuestión de nombres —añadió Metelo el Numídico tras pensarlo un instante—, supongo que sabes que los itálicos me llaman el Meneítos.

 

—Lo he oído en boca de Cayo Mario, Quinto Cecilio —contestó Sila muy serio, inclinándose a llenar las dos preciosas copas con la igualmente bella jarra. ¡Era una suerte que el Meneítos tuviera predilección por el vidrio!

 

—¡Es degradante! —añadió Metelo el Numídico, arrastrando el adjetivo.

 

—Totalmente degradante —dijo Sila, sintiendo un gran bienestar.

 

Meneítos. Meneítos.

 

—Me ha costado mucho acostumbrarme a ese mote.

 

—No me extraña, Quinto Cecilio —dijo Sila con tono de inocencia. —¡Es la jerga de las nodrizas! Esos itálicos… ni siquiera se contentan

 

con apodarme cunnus, corno un buen romano.

 

De pronto, Metelo el Numídico se rebulló para incorporarse, llevándose una mano a la frente, jadeante.

 

—¡Qué mareo! ¡No… respiro… bien! —Inspira con más fuerza, Quinto Cecilio.

 

Metelo el Numídico hizo obedientemente lo que le indicaban, pero se ahogaba.

 

—No… me siento… bien…

 

Sila se dejó rodar hacia la parte trasera de la camilla, donde había dejado los zapatos.

 

—¿Quieres que te acerque una palangana?

 

—¡Los criados! ¡Lla… ma a los criados! —balbució llevándose las manos al pecho—. ¡Mis… pul… mones!

 

Sila había vuelto a la parte delantera de la camilla y se inclinaba sobre la mesita.

 

—¿Estás seguro de que son los pulmones, Quinto Cecilio?

 

Metelo el Numídico se contorsionaba, medio reclinado, sin apartar una mano del pecho y con los dedos de la otra retorcidos como una garra tendida hacia la camilla de Sila.

 

—¡Qué… mareo! ¡No… puedo… respirar! ¡Los… pulmones!

 

—¡Socorro! —bramó Sila—. ¡Pronto, auxilio!

 

El comedor se llenó inmediatamente de esclavos, y con impasible serenidad envió a unos a buscar médicos y ordenó a los otros que apoyaran a Metelo en unos cabezales porque no podía estar tumbado.

 

—Ya falta poco, Quinto Cecilio —dijo afablemente, sentándose en el borde de la camilla y apartando de una patada la mesita, haciendo que cayeran al suelo las copas con el vino y las jarras de agua, que se hicieron añicos—, Ten, cógeme la mano —añadió dirigiéndose al tenso y aterrado Metelo—. Haced el favor de recoger eso sin cortaros —ordenó a los criados.

 

Estuvo sosteniendo la mano de Metelo mientras un esclavo recogía los restos de vidrio y el líquido derramado, agua en su mayor parte. Seguía apretándosela cuando el comedor se llenó de médicos con sus acólitos y llegó Metelo Pío; pero Metelo el Numídico no soltó la mano de Sila ni para tendérsela al hijo.

 

Así, mientras Sila le sostenía la mano y Meneítos hijo lloraba inconsolable, los médicos comenzaron a actuar.

 

—Una poción de hidromiel con hisopo y raíz de alcaparra machacada —dijo Apolodoro de Sicilia, que era el galeno más afamado entre los residentes más ricos del Palatino—. Creo que debemos sangrarle. Por favor, Praxis, mi lanceta.

 

Pero Metelo Numídico estaba demasiado ocupado tratando de respirar como para tragar la poción de miel, y cuando le abrieron la vena su sangre brotó escarlata brillante.

 

—¡Es una vena, estoy seguro de que es una vena! —exclamó Apolodoro Siculus, hablando consigo—. ¡Qué brillo tiene la sangre! —añadió, dirigiéndose a los otros médicos.

 

—¡Cómo se nos resiste, Apolodoro! No es de extrañar que sea tan brillante —dijo Publio Sulpicio Solón, el griego de Atenas—. ¿Qué os parece un emplasto en el pecho?

 

—Sí, le aplicaremos un emplasto —contestó Apolodoro de Sicilia con gesto grave, chascando imperioso los dedos para llamar la atención de su ayudante jefe—. ¡Praxis, el emplasto!

 

Metelo el Numídico seguía haciendo ímprobos esfuerzos por respirar, golpeándose el pecho con la mano libre, mirando con ojos vidriosos a su hijo, negándose a tumbarse y sin soltar la mano de Sila.

 

—No tiene el rostro amoratado —dijo Apolodoro Siculus en su afectado griego a Metelo Pío y a Sila—. ¡Cosa que no entiendo, porque, por otra parte, presenta todos los síntomas del morbo pulmonar agudo! —Y asintió con la cabeza, mientras su ayudante aplicaba una materia negra y pegajosa a un trozo cuadrado de tejido de lana—. Es la mejor cataplasma; le absorberá los elementos nocivos. Consta de raspadura de cardenillo, litargiro de plomo debidamente separado, alumbre, brea seca y resina de pino, todo ello mezclado en la debida proporción con aceite y vinagre. ¡Ya está!

 

La cataplasma estaba lista. Apolodoro de Sicilia la aplicó al pecho desnudo del Meneítos y aguardó con calma digna de elogio a que el emplasto surtiera efecto.

 

Pero era un remedio vano, igual que la poción y la sangría; poco a poco, Metelo el Numídico fue aflojando el vínculo con la vida a través de la mano de Sila. Con el rostro congestionado y ojos que no veían, pasó de la parálisis al coma y murió.

 

Mientras Sila abandonaba el cuarto, oyó que el pequeño físico siciliano decía tímidamente a Metelo Pío:

 

—Domine, debe practicarse una autopsia.

 

A lo que el afligido Meneítos contestó:

 

—¿Qué? ¿Pensáis, griego incompetente, que además de matarle podéis descuartizarle? ¡No; mi padre irá a la pira mortuoria intacto!

 

Con los ojos fijos en la espalda de Sila, el Meneítos se abrió paso entre el grupo de médicos y le siguió hasta el vestíbulo.

 

—¡Lucio Cornelio!

 

Sila se volvió despacio con gesto de aflicción, para que lo viese Metelo Pío, y lágrimas en las mejillas.

 

—¡Mi querido Quinto Pío! —musitó.

 

El Meneítos se mantenía en pie por efecto de la impresión, ya casi no lloraba.

 

—¡No puedo creer que mi padre haya muerto!

 

—De un modo repentino —dijo Sila, meneando la cabeza y con un sollozo—. ¡Repentinamente, Quinto Pío! ¡Con lo bien que se encontraba…! Vine a visitarle para ofrecerle mis respetos y me invitó a cenar. ¡Estábamos pasándolo tan bien…! Y, luego, al final de la cena, ya veis…

 

—¿Por qué, por qué, por qué? —exclamó el Meneítos rompiendo a llorar de nuevo—. ¡Acababa de regresar, y aún no era un anciano!

 

Sila atrajo afablemente a Metelo Pío contra sí y le hizo apoyar la convulsa cabeza en su hombro izquierdo, acariciándole el pelo con la mano derecha. Pero los ojos que miraban por encima de aquella cabeza reclinada reflejaban la inmensa satisfacción obtenida por una gran emoción física. ¿Qué otra cosa podría hacer para igualar aquella experiencia sin par? Por primera vez había participado en la fase final de una muerte, superando la categoría de simple instigador. En esta ocasión había sido su ministro.

 

El mayordomo salió del triclinium y vio al hijo de su amo muerto, consolado por un hombre que fulgía como Apolo. Parpadeó y meneó la cabeza. Imaginaciones.

 

—Debo irme —dijo Sila al mayordomo—. Hazte cargo de él y avisa a los demás familiares.

 

Afuera, en el clivus Victoriae, Sila permaneció un instante parado para que sus ojos se adaptaran a la oscuridad. Y riendo apaciblemente para sus

 

adentros, tomó en dirección al templo de la Magna Mater. Cuando vio las fauces enrejadas de un sumidero, dejó caer en él el frasquito vacío.

 

—¡Vale, Meneítos, Meneítos! —aulló, alzando las manos al cielo sombrío—. ¡Ah, me siento mejor!

 

 

—¡Por Júpiter! —exclamó Cayo Mario dejando en la mesa la carta de Sila y mirando a su esposa.

 

—¿Qué sucede?

 

—Ha muerto el Meneítos.

 

La refinada matrona, de quien el hijo pensaba que podía pasarle algo si oía una exclamación más fuerte que ¡Edepol!, no se inmutó. Estaba acostumbrada desde los primeros días de su matrimonio a oír aplicar el denigrante mote a Quinto Cecilio Metelo el Numídico.

 

—¡Oh, qué lástima! —dijo, sin saber lo que su esposo habría deseado que dijera.

 

—¿Lástima? ¡Es casi demasiado estupendo para ser verdad! —replicó Mario, cogiendo el rollo y estirándolo para volver a leerlo. Y una vez descifrado aquel galimatías, lo leyó más coherentemente y en voz alta a Julia, en un tono que traicionaba su euforia:

 

Toda Roma acudió al funeral, que ha sido algo que hará época. Yo no recuerdo nada semejante, aunque a mí no me interesaban mucho esas ceremonias, desde cuando la pira crematoria de Escipión Emiliano.

 

El Meneítos está abatido por el dolor y ha quedado definitivamente marcado con el sobrenombre de Pío con tanto llanto y quejido de una puerta a otra de Roma. Los antepasados de los Cecilio Metelos eran muy sencillos si sus imágenes son de fiar, y supongo que lo son. Algunos de los actores que las portaban saltaban y brincaban como una especie de híbrido de rana, grillo y gamo, y yo me paré a pensar de dónde procederían los Cecilio Metelos. Desde luego, de algún sitio raro.

 

Ahora no me quito al Meneítos de encima; seguramente porque yo estaba en su casa cuando el óbito, y como su querido tata no me soltaba la

 

mano, debe pensar que se habían allanado todas las diferencias entre su padre y yo. No le he comentado que la invitación a cenar fue algo improvisado. Un dato interesante; durante todo el tiempo en que su tata agonizaba, y aún después, el Meneítos no tartamudeó una sola vez. Ten en cuenta que ese impedimento le apareció después de la batalla de Arausio, por lo que hay que suponer que es un tic nervioso de la lengua más que un defecto congénito. Dice que actualmente le molesta mucho si lo recuerda o tiene que efectuar un discurso formal. ¡Me lo imagino dirigiendo la ceremonia religiosa! ¡Me moriría de risa viendo a todos rebullirse impacientes mientras él se trababa y tenía que volver a empezar!

 

Te escribo ésta en vísperas de marchar a la Hispania Citerior, para participar en lo que es de esperar sea una guerra victoriosa. Según los informes, los celtíberos están sublevados y los lusitanos causan estragos en la provincia ulterior, donde mi primo lejano Cornelio Dolabella ha obtenido un par de victorias sin aplastar del todo la rebelión.

 

Los tribunos de los soldados ya están elegidos y con Tito Didio viene también Quinto Sertorio. Casi como en los viejos tiempos, salvo que nuestro comandante es un hombre nuevo muy distinto a Cayo Mario, y menos relevante. Escribiré siempre que haya noticias que dar, pero también espero que me escribas y me digas qué clase de hombre es Mitrídates.

 

—¿Qué hacía Lucio Cornelio cenando con Quinto Cecilio? —inquirió Julia, curiosa.

 

—Sospecho que solicitaba favores —respondió Mario, malhumorado. —¡Oh, no me digas, Cayo Mario!

 

—¿Y por qué no iba a hacerlo, Julia— No se lo reprocho. El Meneítos está… estaba muy bien situado y actualmente tenía mayor influencia que yo. En tales circunstancias, el pobre Lucio Cornelio no puede recurrir a Escauro, y también entiendo que no se haya querido vincular a Catulo César —dijo Mario con un suspiro moviendo la cabeza—. De todos modos, Julia, te anticipo que Lucio Cornelio acabará en excelentes relaciones con todos ellos.

 

—¡Entonces no es amigo tuyo!

 

—Probablemente no.

 

—¡No lo entiendo! Antes os entendíais muy bien.

 

—Sí —contestó Mario con toda intención—. No obstante, cariño, no era el entendimiento de dos hombres atraídos por una afinidad natural de ideas y de espíritu. El viejo César pensaba de él como yo, que no hay nadie mejor para tenerle al lado en momentos de peligro o cuando hay trabajo que hacer. Y es fácil mantener una relación placentera con un hombre así. Pero dudo mucho que Lucio Cornelio disfrute con una amistad como la que yo mantengo con Publio Rutilio Rufo, por ejemplo. Ya me entiendes, cuando se siente igual simpatía por los defectos y peculiaridades que por las grandes cualidades. Lucio Cornelio es incapaz de estar sentado en silencio en un banco con un amigo por la simple complacencia de su compañía. Ese comportamiento no forma parte de su naturaleza.

 

—¿Y cuál es su naturaleza, Cayo Mario?

 

—Nadie lo sabe —replicó Mario riendo y meneando la cabeza—. Aun después de los años que le conozco apenas he podido profundizar.

 

—Creo que sí podrías —dijo Julia, sagaz—, pero lo que pasa es que no quieres. O no quieres decírmelo a mí —añadió acercándose a él—. Aurelia es amiga suya.

 

—Ya lo he notado —añadió Mario con sequedad.

 

—¡Pero no vayas a creer que hay nada entre ellos porque no lo hay! Lo que sucede es que si hay alguien a quien Lucio Cornelio confía sus intimidades, es precisamente ella.

 

—Humm —farfulló Mario, poniendo fin a la conversación.

 

Pasaban el invierno en Halicarnaso por haber llegado a Asia Menor muy a final de temporada para emprender viaje por tierra desde la costa egea hasta Pessinus. En Atenas se habían detenido un tiempo porque les había gustado y desde allí habían ido a Delfos para visitar el templo de Apolo, aunque Mario se había negado a consultar a la Pitonisa.

 

Julia le había preguntado, sorprendida, el porqué.

 

—Nadie puede acosar a los dioses —respondió él—. A mí ya me han profetizado bastante, y si pido más revelaciones sobre el futuro los dioses me volverán la espalda.

 

—¿Y no podrías preguntar en nombre del pequeño Mario?

 

—No —contestó él.

 

Habían visitado también Epidauro, en el Peloponeso, y allí, después de admirar los edificios y las magníficas esculturas de Trasímedes de Paros, Mario se sometió al diagnóstico del sueño que efectuaban los sacerdotes de Esculapio, bebiendo obedientemente la poción y retirándose a los dormitorios anexos al gran templo para pasar la noche. Lamentablemente no recordó sus sueños y lo único que pudieron hacer los sacerdotes fue darle recomendaciones para que perdiera peso, haciendo más ejercicio y procurase evitar agobios mentales.

 

—Para mí no son más que unos charlatanes —comentó Mario con desdén, después de ofrecer al dios una costosa copa de oro y piedras preciosas.

 

—Pues a mí me parecen razonables —espetó Julia con los ojos fijos en aquella cintura desbordada.

 

Por eso era octubre cuando zarparon desde el Pireo en una gran nave que hacía la travesía entre Grecia y Éfeso. Pero aquel Éfeso lleno de montículos no había complacido a Cayo Mario, que lanzaba bufidos de indignación por entre aquellos pedruscos, y que en seguida se procuró pasaje para un barco rumbo a Halicarnaso.

 

Allí, quizá en la más bella ciudad portuaria del Egeo en la provincia romana de Asia, Mario se dispuso a pasar el invierno en una villa alquilada, con buena servidumbre y un baño caliente de agua de mar, pues, aunque el sol lucía casi todo el tiempo, hacía demasiado frío para el baño natural. Los poderosos muros, las torres y la fortaleza, los imponentes edificios públicos le hacían sentirse seguro y como en Roma, pese a que en Roma no había una construcción tan esplendorosa como el Mausoleo, la tumba que la esposa-hermana Artemisa había mandado construir en memoria del difunto rey Mausolo.

 

Cuando la primavera ya estaba avanzada, emprendieron la peregrinación a Pessinus, no sin protestas por parte de Julia y del pequeño Mario, que querían quedarse junto al mar a pasar el verano. Era de rigor que no consiguieran lo que se proponían. Tanto invasores como peregrinos

 

seguían la ruta por el valle del río Meandro, entre la costa de Asia Menor y la Anatolia central. Igual hizo Mario con su familia, maravillados de la prosperidad y sofisticación de los diversos distritos por los que pasaron. Tras dejar atrás las fascinantes formaciones cristalinas y las aguas termales de Hierápolis, en donde trabajaban la lana negra, fijando el codiciado color mediante las sales de las aguas, cruzaron las inmensas y accidentadas montañas —siguiendo el curso del Meandro— y se adentraron en los bosques de Frigia.

 

Sin embargo, Pessinus estaba situado en una meseta sin bosques, aunque ya verdeaba el trigo cuando ellos llegaron. Al igual que la mayoría de los grandes santuarios de la Anatolia central —les explicó el guía—, el templo de la Magna Mater de Pessinus poseía muchas tierras y grandes contingentes de esclavos, por lo que era lo bastante rico y autónomo para funcionar como un estado cualquiera; la única diferencia era que los sacerdotes gobernaban en nombre de la díosa y conservaban las riquezas del santuario para mantener el poder de la deidad.

 

Esperaban una especie de Delfos entre impresionantes montañas, y por ello les chocó saber que Pessinus estaba por debajo del nivel de la meseta y era un profundo barranco de un blanco radiante por sus casas encaladas. El recinto del santuario estaba en el extremo norte, más angosto y menos fértil que el trozo de terreno de varias millas que se extendía hacia el sur, y se hallaba construido junto a un riachuelo primaveral que desembocaba en el río Sangario.

 

Los edificios de la ciudad, el templo y el santuario rezumaban antigüedad, pese a que las construcciones que ellos contemplaban eran griegas de estilo y fecha, y el gran templo, erguido sobre un risco en el valle, abría abruptamente su fachada en una escalinata de doscientos setenta grados en la que se sentaban los peregrinos a hablar con los sacerdotes.

 

—Nuestro onfalo lo tenéis en Roma, Cayo Mario —dijo el archigallos Batacio—. Os lo regalamos cuando pasabais apuros. Por eso cuando Aníbal huyó a Asia Menor no se le ocurrió acercarse a Pessinus.

 

Recordando la carta de Publio Rutilio Rufo respecto a la visita de Batacio y sus acompañantes a Roma en la época en que se temía la invasión

 

germana, Mario se tomaba a aquel hombre ligeramente a broma, actitud que Batacio pronto advirtió.

 

—¿Es mi estado de castración lo que os hace sonreír? —inquirió.

 

—No sabía que lo fuerais, archigallos —respondió Mario, parpadeando. —No se puede servir a Kubaba Cibeles sin estar emasculado, Cayo Mario. Incluso su consorte Attis tuvo que someterse a ese gran sacrificio —

 

respondió Batacio.

 

—Creía que a Attis le habían castrado por yacer con otra mujer —dijo Mario, sintiéndose obligado a comentar algo y por no querer embarcarse en una conversación sobre amputaciones viriles, aunque estaba claro que el sacerdote sí quería hablar.

 

—¡No! —replicó Batacio—. Esa historia es una patraña griega. Sólo en Frigia mantenemos pura la adoración y, con ello, el conocimiento de la diosa. Nosotros somos sus auténticos fieles y aquí nos llegó de Carquemis en tiempos que se pierden en la memoria —añadió, apartándose del sol Y situándose en el pórtico del gran templo, apagando así el brillo de sus vestiduras de brocado de oro y de sus innumerables joyas.

 

Pasaron a la cella de la deidad para que Mario admirase la estatua.

 

—De oro macizo —dijo Batacio, complacido.

 

—¿Estáis seguro? —inquirió Mario, recordando que el guía de Olimpia les había explicado la técnica con que estaba hecho el Zeus.

 

—Totalmente.

 

La estatua de la diosa, de tamaño natural, se hallaba sobre un plinto de mármol, sentada en un banco corto a ambos lados del cual había un león sin crines en cuya cabeza ella apoyaba las manos. Lucía un tocado alto, parecido a una corona, y una sutil túnica con cinturón que dejaba entrever sus hermosos pechos. Detrás del león de la izquierda había dos pastorcillos, uno tocando un caramillo y el otro una enorme lira. A la derecha del otro león estaba Attis, el consorte de Kubaba Cibeles, apoyado en un cayado y tocado con el gorro frigio; lucía camisa de manga larga atada al cuello pero abierta para mostrar un musculoso vientre, y los pantalones eran largos con una raja frontal en cada pernera y cerrados a intervalos con botones.

 

—Interesante —comentó Mario, a quien el conjunto no le parecía nada bello, fuese o no de oro macizo.

 

—Veo que no os causa admiracíón.

 

—Será porque soy romano y no frígio, archigallos —contestó Mario, volviendo sobre sus pasos por la cella camino de las grandes puertas de bronce—. ¿Y por qué se preocupa esta diosa asiática por Roma? —inquirió.

 

—Desde hace mucho tiempo, Cayo Mario. Si no, nunca habría consentido que se regalase a Roma su onfalo.

 

—Sí, sí, ya lo sé, pero eso no responde a mi pregunta —insistió Mario. —Kubaba Cibeles no revela sus designios ni siquiera a sus sacerdotes

 

—replicó Batacio, otra vez resplandeciente, pues descendía bajo el sol por la escalinata de tres cuartos de círculo. Se sentó, dando una palmada en las losas de mármol para invitar a Mario a hacer lo propio—. No obstante, debe pensar que Roma seguirá acrecentando su importancia en el orbe y que quizá algún día tenga dominio sobre Pessinus. Hace más de cien años que la acogéis en Roma con la denominación de Magna Mater, y de todos sus templos extranjeros es su predilecto. El gran recinto del Pireo de Atenas y el de Pérgamo, por ejemplo, no parecen preocuparla tanto. Yo creo que es porque le gusta Roma.

 

—¡Pues muy bien! —dijo Mario, animoso.

 

Batacio hizo una mueca de dolor y cerró los ojos. Suspiró, se encogió de hombros y señaló detrás de la escalinata el brocal de un pozo redondo.

 

—¿Deseáis pedirle algo a la diosa? —dijo.

 

—¿De qué se trata, de vocear ahí dentro y esperar que una voz fantasmagórica conteste? No —dijo Mario negando con la cabeza.

 

—Así es como contesta a las preguntas que se le hacen.

 

—Archigallos, no es por falta de respeto a Kubaba Cibeles, pero los dioses ya me han favorecido en cuanto a profecías y no considero prudente pedirles más —dijo Mario.

 

—Entonces permanezcamos sentados un rato al sol escuchando el viento, Cayo Mario —replicó Batacio, ocultando su profunda decepción, pues había dispuesto unas cuantas ingeniosas respuestas del oráculo.

 

—Supongo —dijo Mario tras un largo silencio— que no sabréis cuál es la mejor manera para ver al rey del Ponto. En otras palabras, ¿sabéis dónde está? Le he escrito a Amasia pero no he obtenido respuesta alguna, y de eso hace ya ocho meses. Y tampoco debe de haberle llegado mi segunda carta.

 

—Siempre está de un lado para otro, Cayo Mario —se aprestó a decir el sacerdote—. Es posible que este año no haya estado en Amasia.

 

—¿Y no le hacen llegar el correo?

 

—Anatolia no es Roma ni territorio romano —respondió Batacio—. Ni los cortesanos del rey Mitrídates saben dónde está si no se lo comunica. Y no suele hacerlo.

 

—¡Por los dioses! —exclamó Mario, asombrado—. ¿Y cómo se las arregla para gobernar el país?

 

—Gobiernan los nobles en su nombre, y no es una ardua tarea, ya que las ciudades del Ponto son estados griegos autónomos que a Mitrídates sólo le pagan el impuesto que él estipula. En cuanto a las zonas rurales, son primitivas y aisladas. El Ponto es un país de altas montañas que discurren paralelas al mar Euxino y por ello no existen buenas comunicaciones entre las diversas zonas. Pero el rey tiene muchas fortalezas dispersas en distintas cordilleras y cuatro cortes como mínimo, según me dijeron la última vez: Amasia, Sinope, Dasteira y Trapezus. Pero, como os digo, siempre anda de un lado para otro y, generalmente, sin un gran séquito. También viaja a Galacia, Capadocia y Comagene, donde gobiernan parientes suyos.

 

—Ya —dijo Mario, inclinándose hacia adelante y juntando las manos entre las rodillas—. Supongo que lo que queréis decir es que es posible que nunca llegue a verle.

 

—Depende del tiempo que penséis permanecer en Asia Menor — respondió Batacio con indiferencia.

 

—Creo que permaneceré aquí hasta que consiga ver al rey del Ponto, archigallos. Entretanto, haré una visita al rey Nicomedes, que al menos se está quieto, y luego volveré a Halicarnaso a pasar el invierno. En primavera quiero ir a Tarso, y de allí me arriesgaré a viajar por tierra para ver al rey Ariarates de Capadocia —dijo Mario de carrerilla, para abordar después el tema del banco del templo, por el que sentía especial interés.

 

—Cayo Mario, no es cuestión de dejar el dinero de la díosa pudriéndose en nuestras arcas —dijo Batacio muy tranquilo—. Lo prestamos con un buen interés y aumentamos su riqueza. Sin embargo, aquí en Pessinus no tenemos clientes, muy al contrario de lo que hacen algunos otros templos.

 

—Es una actividad desconocida en Roma —dijo Mario—. Supongo que será porque allí los templos son propiedad del pueblo romano y los administra el Estado.

 

—El Estado romano podría hacer dinero, ¿no?

 

—Podría, pero eso nos llevaría a otra burocracia más y en Roma no gustan mucho los burócratas porque tienden a ser despreocupados o demasiado codiciosos. Nuestra banca es privada y la organizan banqueros profesionales.

 

—Yo os aseguro, Cayo Mario —dijo Batacio—, que los banqueros de los templos somos muy profesionales.

 

—¿Y en Cos? —inquirió Mario.

 

—¿El santuario de Esculapio, decís?

 

—Eso es.

 

—¡Ah, realizan una operación altamente profesional! —respondió Batacio, casi con envidia—. ¡Actualmente es una institución bien cualificada para financiar incluso las guerras! Desde luego, tienen muchos clientes.

 

—Os doy las gracias, archigallos —dijo Mario levantándose.

 

Batacio vio a Mario descender la rampa hacia la hermosa columnata construida sobre el riachuelo; luego, seguro de que no iba a volverse, el sacerdote se apresuró a entrar en su palacio, un precioso edificio no muy grande con una arboleda.

 

Instalado en su despacho, cogió los menesteres de escribir y comenzó una carta para el rey Mitrídates:

 

Parece ser, gran rey, que el cónsul romano Cayo Mario está decidido a veros. Se dirigió a mí para que le ayudase a localizaros y, como no le diese ninguna esperanza, me dijo que piensa quedarse en Asia hasta que logre veros.

 

Entre sus planes futuros está una visita a Nicomedes y a Ariarates. Cabe preguntarse cómo es que se expone a los rigores de un viaje por Capadocia cuando ya no es joven, ni goza de buena salud, como sospecho. Pero me manifestó que en primavera irá a Tarso y luego a Capadocia.

 

A mí me ha parecido un hombre de fuste, majestad. Si un hombre así ha logrado ser cónsul de Roma no menos de seis veces —pues es una persona franca y bastante ruda— creo que no se le debe subestimar. Los nobles romanos que yo conozco son hombres más blandos y refinados. Quizá sea una lástima no haber tenido oportunidad de conocer a Cayo Mario en Roma para, al contrastarlo con sus iguales, haber podido profundizar algo más que aquí en Pesinnus.

 

Quedo vuestro devoto y siempre fiel súbdito, Batacio.

 

 

La carta quedó sellada y envuelta en tafilete, introducida en una cartera, y Batacio la puso en manos de uno de sus jóvenes sacerdotes para que la llevase lo antes posible a Sinope, donde estaba el rey Mitrídates.

 

 

Su contenido no complació al monarca, quien permaneció sentado mordiéndose el labio y con el entrecejo tan fruncido que los cortesanos, obligados a estar en su presencia sin hablar, dieron gracias por tal circunstancia y sintieron pena por Arquelao, cuya obligación, por contra, era estar sentado con el rey para contestar cuando éste le hablase. No es que Arquelao pareciera preocupado, Pues, además de ser primo y el principal notable de Mitrídates, era también amigo, sirviente y hermano.

 

No obstante, por debajo de su aparente despreocupación, Arqaqqelao sentía igual temor por su seguridad y la de los presentes aunque habría podido perdonársele que pensase que gozaba del favor del rey, más le habría valido recordar el fin del primer noble Diofanto, que también había sido a la vez amigo y servidor, y padre igual que tío, que era su verdadero parentesco.

 

Sin embargo, se decía Arquelao contemplando de cerca aquel rostro duro y enojado, no había alternativa. El rey era el rey para mandar a los

 

demás y matarlos si ello le venía en gana. Una situación que había agudizado la inteligencia de los que vivían cerca de él, fructificando en notable energía, veleidad, infantilismo, ingenio, dureza y timidez. Lo único con que contaba uno para eludir mil situaciones peligrosas era la inteligencia. Y esas situaciones peligrosas podían estallar de pronto como los temporales en el Euxino, o cocerse a fuego lento como rescoldos en el subconsciente del soberano. o surgir amenazadoras de algún pecado olvidado de diez años atrás. Pues el rey nunca olvidaba una ofensa, real o imaginaria; únicamente la reservaba para el momento oportuno.

 

—Por lo visto tendré que hablar con él —dijo Mitrídates—. ¿No es cierto? —añadió.

 

Trampa. ¿Qué contestaría?

 

—Si no es porque lo decidís así, gran rey, no tenéis por qué ver a nadie —contestó Arquelao con soltura—. De todos modos, me imagino que será interesante conocer a un hombre como Cayo Mario.

 

—Pues que sea en Capadocia, en primavera. Dejemos que primero se haga una idea de Nicomedes. Si este Cayo Mario es tan excepcional, no creo que le complazca Nicomedes de Bitinia —dijo el rey—. Y que conozca también antes a Ariarates. Envía a ese insecto órdenes para que se presente en Tarso a Cayo Mario y escolte al romano personalmente a Capadocia.

 

—Gran rey, ¿movilizamos al ejército según lo previsto?

 

—Desde luego. ¿Está Gordio en camino?

 

—Estará en Sinope antes de que las nieves cierren los pasos, mi rey — contestó Arquelao.

 

—¡Estupendo! —dijo Mitrídates, aún ceñudo, volviendo a releer la carta de Batacio y mordiéndose el labio. ¡Esos romanos! ¿Por qué tenían que meter la nariz en lo que, al fin y al cabo, no les importaba? ¿Por qué un hombre tan famoso como Cayo Mario se interesaba por lo que hacían los pueblos de Anatolia oriental? ¿Habría concluido Ariarates un trato con los romanos para destronar a Mitrídates Eupator y convertir al Ponto en una satrapía de Capadocia?

 

—El camino ha sido largo y difícil —dijo a su primo Arquelao—. ¡No

 

me inclinaré ante los romanos!

 

 

 

Efectivamente, el camino había sido largo y difícil casi desde el nacimiento, pues era el hijo pequeño del rey Mitrídates V y de su esposa-hermana Laódice. Nacido el mismo año en que Escipión Emiliano había muerto tan misteriosamente, Mitrídates, llamado Eupator, tenía un hermano apenas dos años mayor que él llamado Mitrídates Cristos porque había sido el ungido como rey. El rey su padre había soñado engrandecer el Ponto a expensas de quien fuese, pero preferentemente a expensas de Bitinia, su tradicional y más recalcitrante enemigo.

 

Al principio la situación parecía dar a entender que el Ponto conservaría la condición de país amigo y aliado del pueblo romano, que había obtenido Mitrídates IV por su ayuda a Atalo II de Pérgamo en la guerra contra el rey Prusias de Bitinia. Mitrídates V había conservado cierto tiempo la alianza con Roma, enviando fuerzas contra Cartago en la tercera guerra púnica y contra los sucesores de Atalo III de Pérgamo, al saber que en su testamento había dejado su reino a Roma. Pero, luego, Mitrídates V había comprado Frigia a Manio Aquilio, procónsul romano de Asia Menor, por una suma de oro de su peculio particular, perdiendo el título de amigo y aliado, y desde entonces persistía la enemistad entre el Ponto y Roma, astutamente fomentada por el rey Nicomedes de Bitinia y por los senadores romanos adversarios de Aquilio.

 

Con o sin enemistad de Roma y Bitinia, Mitrídates V había proseguido la política expansionista, anexionándose Galacia y consiguiendo que le declarasen heredero de la mayor parte de Patagonia. Pero a su esposa-hermana no le gustaba el soberano y concibió el propósito de reinar sola en el Ponto. Cuando el joven Mitrídates Eupator contaba nueve años, en la época en que la corte estaba en Amasia, la reina Laódice asesinó a su esposo y hermano y entronizó a Mitrídates Cristos, de once años. Naturalmente ella se nombró regente, y a cambio de la garantía por parte de Bitinia de no alterar las fronteras del Ponto, renunció a la reivindicación de Patagonia y otorgó la soberanía a Galacia.

 

No había cumplido aún diez años cuando el joven Mitrídates Eupator huyó de Amasia semanas después del golpe de estado de su madre, convencido de que a él también iba a asesinarle, pues, a diferencia de su sumiso hermano Cristos, él, por su parecido, le recordaba a su marido; ella lo manifestaba así cada vez con mayor frecuencia. Totalmente solo, el niño huyó, no a Roma o a alguna corte cercana, sino a las montañas orientales del Ponto, y allí no ocultó su identidad a los habitantes, pero sí les pidió que guardasen el secreto. Aterrados y halagados, predispuestos a simpatizar con un miembro de la familia real que había elegido sus tierras para el exilio, la población local protegió fanáticamente a Mitrídates. Yendo de un pueblo a otro, el joven príncipe llegó a conocer su patria como ninguno de sus antecesores, viviendo en remotas regiones en las que la civilización se había retrasado, detenido o jamás había llegado. En verano erraba totalmente libre, dedicado a la caza del oso y el león para ganar fama de audaz entre sus súbditos ignorantes, sabiendo que los ricos bosques del Ponto le proporcionarían alimento en forma de cerezas, avellanas, albaricoques, suculentas verduras y conejos.

 

En ciertos aspectos, nunca volvería a vivir satisfacciones tan sencillas, ni sus súbditos le dispensarían tan rendida adoración como durante aquellos siete años en que anduvo refugiado en las montañas del Ponto oriental. Durmiendo apaciblemente al amparo de aquellos bosques, teñidos por el rosa y el lila del rododendro, el crema colgante de la acacia, escuchando el murmullo de aguas cristalinas, alcanzó la juventud. Sus primeras mujeres fueron las muchachas de pueblos pequeños y primitivos; el primer león, una enorme fiera de largas crines, a la que mató con un garrote, emulando a Hércules; y su primer oso, un animal mucho más alto que él.

 

Los mitridátidas eran gentes de elevada estatura, de origen germano-celta de la región de Tracia, pero él tenía algo de sangre persa de la corte del rey Darío, y durante los doscientos cincuenta años que llevaban reinando en el Ponto habían matrimoniado con la dinastía seléucida siria, otra casa real de origen germano-tracio descendiente del general Seleuco de Alejandro Magno, y algún gen recesivo de la estirpe persa produjo algunos individuos más menudos y de suave cutis crema oscuro, pero Mítrídates Eupator era un

 

auténtico germano-celta de gran estatura, espaldas en las que cargaba un ciervo bien desarrollado y muslos y pantorrillas suficientemente fuertes para trepar por los riscos del montañoso Ponto.

 

A los diecisiete años se consideró ya un hombre hecho y fue al encuentro de su destino. Envió en secreto un mensaje a su tío Arquelao, un hombre que, él lo sabía, no guardaba ningún afecto por la reina Laódice, su hermanastra y su soberana, y acto seguido urdieron un plan en una serie de encuentros clandestinos en las montañas de Sinope, en donde vivía todo el año la soberana; Mitrídates fue hablando con los notables que Arquelao juzgaba dignos de confianza y fue recibiendo su promesa de fidelidad.

 

Todo salió con arreglo al plan previsto: Sinope cayó sin asedio debido a la lucha intestina que estalló por el poder, la reina y Cristos, con los nobles partidarios suyos, fueron apresados sin derramamiento de sangre, pero luego la espada del verdugo hizo que ésta sí corriera, ajusticiando inmediatamente a varios tíos, tías y primos de Mitrídates. Cristos pereció poco después, y la reina Laódice fue la última en caer. Como era un hijo clemente, Mitrídates encerró a su madre en una mazmorra de las defensas de Sinope, donde alguien se olvidó de darle de comer y acabó muriendo de hambre. Inocente o matricida, Mitrídates VI reinó en solitario cuando aún no había cumplido dieciocho años.

 

Enardecido, ansiaba convertir el Ponto en el país más poderoso de la zona y quién sabe si gobernar el mundo, porque su enorme espejo de plata le decía que él no era un rey corriente. En lugar de diadema o tiara, optó por tocarse con una piel de león, con las fauces abiertas sobre la frente, cabeza y orejas cubriéndole el pelo y las garras cruzándole el pecho. Como su pelo era tan parecido al de Alejandro Magno, de color amarillo dorado, espeso y ondulado, lo llevaba peinado igual que él. Y para demostrar su virilidad no se dejó barba ni bigote (por ser algo ajeno al gusto helenista) sino unas largas y pobladas patillas. ¡Qué contraste con Nicomedes de Bitinia! Viril, mujeriego, grande, lujurioso, terrible y poderoso; eran las cualidades que el espejo de plata le revelaba, y él se sentía satisfecho.

 

Casó con su hermana mayor, otra Laódice, y luego con cuantas le placían; así, tenía una docena de esposas y un buen número de concubinas.

 

Laódice fue nombrada reina, pero, como el mismo solía decirle, sólo lo sería mientras le fuese fiel. Para hacer más explícita la advertencia, envió a Siria a por una esposa seléucida de la casa reinante, y como en aquel momento había abundancia de princesas, tuvo por esposa a una siria llamada Antioquis. Compró también a una tal Nisa, hija de un príncipe de Capadocia llamado Gordio, y dio una de sus hermanas menores (también llamada Laódice) a Ariarates VI de Capadocia.

 

Las alianzas matrimoniales, como pronto comprendería, eran un asunto de suma utilidad. Su suegro Gordio conspiró con su hermana Laódice para asesinar al marido de ésta, rey de Capadocia, y situar en el trono a su hijito con el nombre de Ariarates VII, contentándose ella con quince años de regencia, para mantener Capadocia esclava de su hermano Mitrídates; eso hasta que sucumbió a los halagos del viejo rey Nicomedes de Bitinia y optó por reinar prescindiendo de su hermano Mitrídates y de su perro guardián Gordio. Gordio huyó al Ponto y Nicomedes asumió el título de rey de Capadocia, pero siguió residiendo en Bitinia, consintiendo que su esposa hiciera lo que quisiera en Capadocia, salvo mostrar una actitud amistosa frente al Ponto. Disposición que a Laódice le vino de perlas. Sin embargo, su hijo tenía ya casi diez años y, como buen oriental, mostraba ya tendencias autocráticas y deseaba reinar en solitario. Por un enfrentamiento con su madre, sus pretensiones se vinieron abajo, pero no sus deseos. Transcurrido un mes se presentó en la corte de su tío Mitrídates en Amasia y otro mes más tarde su tío le instalaba en el trono de Mazaca, ya que el ejército del Ponto estaba siempre en pie de guerra, no así el de Capadocia. Laódice fue ejecutada a la vista de su impasible hermano, y las posesiones de Bitinia en Capadocia quedaron drásticamente borradas. Lo único que molestó a Mitrídates fue que el joven rey Ariarates VII, de diez años, no consintió en que Gordio volviese a Capadocia, manifestando tercamente que no podía acoger en el país al asesino de su padre.

 

Todas estas intromisiones de Capadocia sólo habían ocupado una pequeña parte del tiempo del rey del Ponto; durante los primeros años de su reinado centró casi todas sus energías en aumentar la fuerza y perfección de sus ejércitos y sanear el tesoro del país. Mítrídates era un rey que

 

reflexionaba, pese a su aspecto leonino, sus afectadas actitudes y su juventud.

 

Con un puñado de los notables que eran además sus más próximos parientes (mItridátIdas), su tío Arquelao, su tío Diofanto y sus primos Arquelao y Neoptolemo, se embarcó en Amisus para realizar un viaje por la ribera oriental del mar Euxino. El grupo viajó con disfraces de mercaderes griegos en prospección de contratos comerciales, y pasó por tal dondequiera que desembarcaba, ya que los pueblos que visitaban no eran cultos ni refinados. Trapezo y Rizo ya hacía tiempo que pagaban tributo a los reyes del Ponto, formando nominalmente parte del reino, pero aparte de aquellos dos prósperos puertos de salida para la plata de las ricas minas, el interior era terra incógnita.

 

La expedición exploró la legendaria Cólquida, donde el río Fasis desemboca en el mar y las gentes que viven en sus riberas hunden en sus aguas vellones para recoger las numerosas partículas de oro que arrastran desde el Cáucaso. Se quedaron boquiabiertos al ver aquellas montañas más altas que las del Ponto y Armenia, con sus laderas cubiertas de nieves perpetuas, y anduvieron al acecho de las descendientes de las amazonas que otrora vivían en el Ponto, donde el Termodón rinde sus aluviones en el mar.

 

Progresivamente el Cáucaso pierde altura y comienza la interminable llanura de los escítas y los sármatas, pueblos muy numerosos, de hábitos casi sedentarios, aunque algo sometido por los griegos que habían establecido colonias en la costa, no militarmente sometido, sino influido por la cultura y las costumbres griegas más exóticas y seductoras.

 

En el punto en que el delta del río Vardanes corta la línea de la costa, el barco en que viajaba Mitrídates entró en un lago enorme casi cerrado, llamado Maeotis, y navegó por su perímetro triangular hasta descubrir en el vértice el mayor río del mundo, el fabuloso Tanais. Supieron de nombres de otros ríos: Rha, Udon, Boristenes, Hipanis, y oyeron relatos sobre el gran mar situado al este, llamado Hyrcamis o Caspio.

 

Donde los griegos habían fundado sus colonias, allí abundaba el trigo. —Sembraríamos más si tuviésemos mercado —dijo el etnarca de Sinde

 

—. Cuando probaron el pan, los escitas aprendieron a roturar el suelo y

 

cultivar trigo.

 

—Hace ya un siglo que vendéis trigo al rey Masinisa de Numidia —dijo Mitrídates—, pero hay más mercados. No hace mucho que los romanos estaban dispuestos a comprar al precio que fuese. ¿Por qué no buscáis mercados de una forma más activa?

 

—Es verdad —respondió el etnarca—; nos hemos quedado demasiado aislados de los pueblos del Mediterráneo, y las tasas que impone Bitinia por el paso del Helesponto son muy altas.

 

—Yo creo que hemos de hacer algo para ayudar a esta gente tan estupenda, ¿no créeis? —dijo Mitrídates a sus tíos.

 

Una inspección de la fabulosa y fértil península llamada el Quersoneso Táurico por los griegos y Cimeria por los escitas era el último testimonio que necesitaba Mitrídates: aquellas tierras estaban maduras para la conquista y debían pertenecer al Ponto.

 

Sin embargo, Mitrídates no era un buen general, pero sí lo bastante inteligente para saberlo. La milicia le había interesado algunas veces y no era cobarde, ni mucho menos; pero él no sabía cómo utilizar miles de soldados y no había tenido ocasión de llevarlo a la práctica. Le gustaba organizar una campaña y hacer las levas de tropa, pero dejaba a otros más capaces el mando.

 

El Ponto estaba lleno de tropas, desde luego, pero su rey sabía que su calidad dejaba mucho que desear, pues los griegos que habitaban las ciudades costeras despreciaban la guerra, y los pueblos indígenas, descendientes de las estirpes persas que otrora habían vivido al sur y al oeste del mar Hircamis, estaban tan atrasados que resultaba casi imposible entrenarlos militarmente. Por consiguiente, a semejanza de la mayoría de monarcas orientales, Mitrídates se veía obligado a recurrir a mercenarios; en su mayor parte sirios, cilicios, chipriotas y los impetuosos habitantes de los belicosos estados semitas en torno al Palus Asplialtites de Palestina. Combatían muy bien y eran leales, siempre que se les pagara, pero si la paga se retrasaba un día, recogían sus bártulos y emprendían el camino de sus casas.

 

Al ver a los escitas y sármatas, el rey del Ponto pensó que entre ellos podía reclutar su ejército; los entrenaría para la infantería, dándoles el mismo armamento que los romanos. Pero antes tenía que someterlos. Y esa tarea se la encomendó a su tío Diofanto, hijo de la hermana de su padre, y a un noble llamado Asclepiodoro.

 

El pretexto fue una queja presentada por los griegos de Sinde y del Quersoneso por las incursiones de los hijos del rey Esciluro, ya difunto y artífice del estado escita de Cimeria, que aún subsistía después de su muerte, Gracias a los esfuerzos de la avanzadilla griega de Olbia, situada al oeste, eran escitas dedicados a la agricultura, pero también belicosos.

 

—Pedid ayuda al rey Mitrídates del Ponto —dijo el falso grupo de mercaderes antes de abandonar el Quersoneso Táurico—. Si queréis, podemos llevarle una carta vuestra.

 

Famoso general ya en vida de Mitrídates V, Diofanto se entregó a la tarea con entusiasmo y condujo un ejército bien entrenado al Quersoneso Táurico, y en la primavera siguiente al viaje de Mitrídates el Ponto ganaba la guerra y los hijos de Esciluro se rendían, a la par que el reino insular de Cimeria; al cabo de un año, el Ponto poseía todo el Quersoneso Táurico, gran parte del territorio roxolano al oeste y la ciudad griega de Olbia, muy disminuida por las constantes incursiones de sármatas y roxolanos. En el segundo año, los escitas contraatacaron, pero a finales del mismo, Diofanto tenía sometidas las regiones orientales del lago Maeotis, la isla Suamacus, y había edificado dos ciudades fortificadas, una enfrente de otra, en el Bósforo cimerio.

 

Diofanto regresó en barco a su país y dejó a su hijo Neoptolemo encargado de Olbia y el oeste y a su hijo Arquelao la organización del nuevo imperio póntico de la región norte del Euxino. Realizaron una tarea espléndida, con no poco expolio, inagotable mano de obra para los ejércitos e inmejorables perspectivas de comercio. Todo esto se lo comunicó Diofanto al joven rey con tono de orgullo, tras lo cual, el joven rey, celoso y atemorizado, mandó ejecutar a su tío Diofanto.

 

El eco de aquello se extendió por toda la corte y llegó hasta el Euxino norte, en donde los hijos del ejecutado lloraron de terror y aflicción y se

 

aplicaron con renovada energía a concluir lo que su padre había iniciado. Neoptolemo y Arquelao avanzaron y navegaron por la orilla oriental del Euxino, apoderándose uno por uno de todos los pequeños reinos del Cáucaso, incluido la Cólquida rica en oro y las tierras situadas entre Fasis y el Rhizus póntico.

 

La Armenia inferior, que los romanos llamaban Armenia Parva, no formaba en puridad parte de Armenia; consistía en unas tierras situadas al oeste de la vertiente póntica de las grandes montañas, entre los ríos Araxes y Éufrates, que Mitrídates consideraba suyas de pleno derecho, aunque sólo fuese porque su rey tenía por soberanos a los reyes del Ponto y no a los de Armenia. En cuanto al Euxino oriental y septentrional, fueron de él de hecho y de nombre;

 

Mitrídates invadió la Armenia inferior al frente de sus ejércitos, convencido de que bastaría con su presencia. Y no se equivocó. Cuando entró en la pequeña ciudad de Zimara, que era la capital, la población le recibió entre aclamaciones y el rey armenio Antípater avanzó hacia él con ademán suplicante. Por una vez en su vida, Mitrídates se sintió como un general, y no es de extrañar que quedara extasiado con la Armenia inferior, contemplando aquellos picos cubiertos de nieve, los tumultuosos torrentes, el aislamiento y la inaccesibilidad. Y allí decidió guardar los tesoros que tan rápidamente iba acumulando, dictando sin pérdida de tiempo órdenes para la construcción de depósitos fortificados en riscos inexpugnables de aquellas altas montañas y en las orillas inalcanzables de los peligrosos ríos. Durante todo el verano estuvo cabalgando para decidir la elección de tal sima, tal garganta; una vez concluido el plan, disponía de setenta depósitos de seguridad, y la fama de su fabulosa riqueza había llegado a Roma.

 

Así, cuando aún no contaba treinta años, dueño ya de un próspero imperio con inmensas riquezas, comandante en jefe de doce ejércitos formados por escitas, sármatas, celtas y meóticos y padre de numerosos hijos, Mitrídates VI del Ponto envío una embajada a Roma para solicitar el título de amigo y aliado del pueblo romano. Fue el año en que Cayo Mario y Quinto Lutacio Catulo César vencieron a las últimas hordas de germanos en Vercellae, por lo que Mario sólo conocía los acontecimientos por boca

 

ajena, principalmente por las cartas de Publio Rutilio Rufo. El rey Nicomedes de Bitinia se había quejado inmediatamente al Senado, diciendo que era imposible que Roma nombrase a dos reyes amigos y aliados del pueblo romano cuando esos dos reyes estaban constantemente enfrentados, señalando que él nunca había faltado en su lealtad a Roma desde su ascenso al trono de Bitinia, más de cincuenta años atrás. Tribuno de la plebe por segunda vez, Lucio Apuleyo Saturnino había apoyado a Bitinia y, al final, todo el dinero que los embajadores de Mitrídates habían pagado a los venales senadores no había servido para nada. La embajada enviada por el Ponto no fue recibida y regresó a su país.

 

Mitrídates se tomó muy a mal la noticia. Primero sufrió un ataque de ira que hizo que los cortesanos se dispersaran aterrorizados mientras él rugía de rabia en su salón de audiencias, lanzando imprecaciones y horribles maldiciones contra Roma y todo lo romano. Luego cayó en una apatía más terrorífica aún y estuvo varias horas solo, sentado en su trono leonado, reflexionando. Finalmente, tras notificar escuetamente a la reina Laódice que gobernase en su ausencia, salió de Sinope y no se le volvió a ver durante un año largo.

 

Primero fue a Amasia, la antigua capital del Ponto, donde todos sus antepasados reales estaban enterrados en tumbas excavadas en la roca viva de las montañas que rodean la ciudad, y allí se dedicó a pasear de arriba abajo durante varios días por los pasillos del palacio, sin hacer caso de la presencia de sus amedrentados servidores y las seductoras quejas de las dos esposas y ocho concubinas que vivían allí todo el año. Luego, del mismo modo repentino, el rey Mitrídates salió de aquel estado de furor y se dispuso a hacer planes. No mandó que vinieran de Sinope más cortesanos, ni cabalgó hasta Zela, en donde estaba acampado su ejército más próximo; lo que hizo fue convocar a los notables que vivían en Amasia para que le eligiesen un contingente de tropas formado por mil hombres de élite. Sus instrucciones fueron claras y terminantes, expuestas en un tono que no daba lugar a discusión. Después, se dirigió a Ancira, la mayor ciudad de Galacia, en avanzadilla con una escolta, seguido por los mil hombres mucho más atrás. A los notables los había mandado por delante con órdenes de

 

convocar a todos los jefes de tribus a un gran encuentro en la ciudad, donde el rey del Ponto les haría importantes propuestas.

 

Galacia era un lugar estrafalario, una avanzadilla celta en un subcontinente habitado por comunidades persas, sirias, germánicas e hititas, en el que todos, menos los sirios, eran de tez clara, aunque no como aquellos inmigrantes celtas descendientes del segundo rey Breno de los galos. Durante casi doscientos años habían ocupado aquel territorio amplio y rico de la Anatolia central, y vivían al estilo galo al margen de las culturas que los rodeaban. Incluso sus contactos intertribales eran escasos, no tenían un soberano ni les interesaba formar un ejército para conquistar más territorio. Es cierto que durante algún tiempo habían aceptado a Mitrídates V del Ponto como soberano, circunstancia que no les reportaba nada, aunque tampoco a Mitrídates, ya que nunca entregaban los diezmos y tributos estipulados por el Ponto y Mitrídates murió antes de poder cobrarse las exacciones. A ellos nadie los forzaba a nada; eran galos, mucho más fieros que frigios, capadocios, pontinos, bitinios, jonios o griegos dóricos.

 

Los jefes de las tres tribus gálatas, y otras menos importantes, acudieron a Ancira en respuesta a la convocatoria de Mitrídates, más atraídas por la gran fiesta prometida que por ningún proyecto de campaña, incursión o botín que pudiera ofrecerles Mítrídates VI. Y en Ancira, poco más que un poblacho, encontraron a Mitrídates aguardándolos. Había ido adquiriendo durante todo el camino desde Amasia cuantas exquisiteces había podido para ofrecérselo a los jefes de las tribus en una fiesta mucho mejor de lo que su imaginación había fabulado. Ya en un estado de afable complacencia antes de atacar los alimentos, los jefes cayeron en la doble trampa de la comida y la bebida y, mientras yacían entre los desechos de la fiesta, en medio de ronquidos y convulsiones etílicas, los mil soldados de élite del rey Mitrídates penetraron cautelosamente en el recinto y los fueron matando. Hasta que el último jefe gálata no hubo muerto, no se movió el rey del trono que presidía la mesa, sentado con la pierna por encima del brazo, balanceándola, observando la matanza con cara de sumo interés.

 

—Quemadlos —les dijo— y esparcid sus cenizas sobre la sangre. En este sitio crecerá un trigo excelente el año próximo. No hay nada que

 

fertilice más el suelo que la sangre y los huesos.

 

A continuación se proclamó rey de Galacia sin que nadie se le opusiera, salvo los galos diseminados y sin jefes.

 

Luego volvió a desaparecer totalmente sin que ni su principal notable supiera dónde estaba ni lo que hacía; el soberano se limitó a dejar una carta ordenándole limpiar Galacia, regresar a Amasia y enviar a la reina a Sinope para que nombrase un sátrapa para las nuevas tierras pónticas de Galacia.

 

Disfrazado de mercader, montado en un mediocre caballo marrón y con un asno cargado con la ropa y un esclavo gálata bastante tonto, que ni sabía quién era su amo, Mitrídates emprendió camino hacia Pessinus. Y en el recinto de la Magna Mater, la diosa Kubaba Cibeles, reveló su identidad a Batacio y tomó al archigallos a su servicio, obteniendo de él gran parte de la información que necesitaba. Desde Pessinus se dirigió a la provincia romana de Asia siguiendo el curso del largo valle del río Meandro.

 

Apenas dejó ninguna ciudad de la Caria sin indagar; el mercader oriental de gran estatura, curioso, algo ambiguo respecto a su rama de comercio, fue de un lugar a otro, aplicando a veces un correctivo físico a su zoquete esclavo, mirando hacia otro lado, atento a grabar en su mente todo lo que veía. Comió con otros mercaderes en las mesas de las posadas, paseó por la plaza del mercado hablando con todos aquellos que le parecía que tenían algo interesante que decir, recorrió los muelles de los puertos del Egeo, mirando fardos y olisqueando amphorae, trató con las mujeres de los pueblos, recompensándolas generosamente cuando satisfacían sus necesidades carnales, y escuchó historias de las riquezas de los santuarios de Esculapio en Cos, de Artemisa en Éfeso, el de Esculapio en Pérgamo y los fabulosos tesoros de Rodas.

 

De Éfeso regresó al norte hacia Esmirna y Sardis y, finalmente, llegó a Pérgamo, capital del gobernador romano, reluciente en su acrópolis como una arqueta de joyas. Allí vio por primera vez auténticas tropas romanas: la guardia personal del gobernador. Roma no consideraba que hubiese riesgo militar en la provincia de Asia y la tropa la constituían reclutas locales y la milicia. Mitrídates estuvo observando largo y tendido aquella tropa de ochenta soldados, tomando nota mental de las pesadas cotas de malla, las

 

cortas espadas y los venablos de cabeza menuda, la manera entrenada de caminar propia del servicio que desempeñaban. Vio también por primera vez la toga bordada de púrpura en la persona del gobernador. El personaje, escoltado por los lictores en túnica carmesí, con las fasces en el hombro izquierdo y el hacha insertada, dado que el gobernador tenía potestad para aplicar la pena capital; al rey del Ponto le pareció que trataba con suma modestia a una serie de hombres que vestían toga blanca. Supo que éstos eran los publicani, empleados de las compañías que recogían los impuestos provinciales. Por la manera en que paseaban por las calles de Pérgamo, tan maravillosamente trazadas y cuidadas, parecía que la provincia fuese de ellos más que de Roma.

 

Era evidente que Mitrídates no pretendía entablar conversación con ninguno de aquellos engreídos, pues estaban demasiado ocupados y eran muy presumidos para prestar atención a un simple mercader oriental; se limitó, pues, a dirigirles una inclinación de cabeza cuando se los cruzaba, rodeados de sus cohortes de escribas y funcionarios, pero sí que lió amistosamente la hebra con los pergameses en las mesas de las tabernas, a las que no acudían precisamente los publicani.

 

—Nos sangran sin piedad —le dijeron tantas veces que juzgó sería la verdad y no las manidas quejas de quienes protestan sólo por ocultar su prosperidad, como sucede con los granjeros ricos y los que gozan de algún monopolio.

 

—¿Ah, sí? —replicaba él al principio, y como le preguntaban dónde estaba él treinta años antes cuando la muerte de Atalo, se inventó una historia de largos viajes por el norte del mar Euxino, por si alguien le interrogaba sobre cosas de Olbia o Cimeria y contestar como quien ha estado allí.

 

—En Roma —le dijeron— tienen dos altos funcionarios a los que llaman censores, designados por elección. ¿Verdad que es raro? Además, antes tienen que haber sido cónsules para que así se vea lo importantes que son. En cualquier comunidad griega que se precie, los negocios del Estado los llevan empleados civiles como es debido, no hombres que un año antes hayan estado mandando un ejército; pues en Roma no es así, y esos

 

censores, simples aficionados en cuestión de negocios, tienen encomendado el control de todos los negocios del Estado y conceden cada cinco años contratas en nombre del Estado.

 

—¿Contratas? —inquirió ceñudo el déspota oriental.

 

—Contratas. Igual que todos los contratos, salvo que éstas se establecen entre empresas comerciales y el Estado —contestó el mercader de Pérgamo que conversaba con Mitrídates.

 

—Creo que he vivido demasiado tiempo en países en los que mandan reyes —replicó el soberano—. ¿Y el Estado no tiene servidores que se encarguen de que se efectúen los proyectos como es debido?

 

—Sólo magistrados; los cónsules, pretores, ediles y cuestores, a quienes sólo les interesa una cosa: que estén llenas las arcas de Roma —dijo el mercader riendo disimuladamente—. ¡Claro que, amigo mío, la mayoría de las veces lo único que les interesa es llenar su propia bolsa!

 

—Continuad. Estoy asombrado.

 

—Esta difícil situación nuestra es culpa de Cayo Graco.

 

—¿Uno de los hermanos Sempronios?

 

—Exacto. El más joven. Fue él quien legisló que los impuestos de Asia los cobrasen equipos de hombres especialmente nombrados para ese cometido. Así, el Estado se lleva su parte sin necesidad de dar empleo fijo a recaudadores. De esa ley nacieron los publicani asiáticos, los que recaudan aquí los impuestos. Los censores en Roma ponen a subasta las contratas con arreglo a las condiciones del Estado, y en el caso de la provincia de Asia estipulan la suma que quiere el Tesoro cada año de un período de cinco, no la suma real que se recauda en la provincia. Esa cifra la deciden las compañías recaudadoras, pues tienen que hacer sus ganancias antes de abonar al Tesoro lo contratado. Por lo tanto, un escuadrón de contables se sienta, ábaco en mano, y calcula cuánto pueden estrujar anualmente a la provincia de Asia durante ese período de cinco años y pujan para obtener la contrata.

 

—Perdonad mis pocas luces, pero ¿qué le importa a Roma la suma que se puja, si la cantidad que el Estado quiere ya ha sido establecida de antemano?

 

—¡Ah, esa cifra, querido amigo, es simplemente el mínimo que acepta el Tesoro! Y por eso se da el caso de que cada empresa de publicani trata de calcular una cifra que sea lo bastante alta respecto al mínimo para que el Tesoro la acepte y llevarse al mismo tiempo un buen beneficio.

 

—Ya entiendo —replicó Mitrídates con un bufido—. Dan la contrata a la empresa que más puja.

 

—Eso es.

 

—Pero ¿pagan al Tesoro la cifra que han pujado o toda la suma, incluido el fuerte beneficio?

 

—¡Sólo la suma que hay que pagar al Estado, amigo! —contestó el mercader riendo—. La ganancia que la empresa piensa sacar sólo la saben ellos, y los censores no preguntan nada, creedme. Abren las ofertas y la más alta es la que se lleva el contrato.

 

—¿Los censores conceden alguna vez la contrata a una empresa que oferte menos que otra?

 

—Que yo recuerde, no, amigo.

 

¿Entonces qué sucede? Los cálculos de las empresas, por ejemplo, ¿están dentro del límite de la probabilidad o son demasiado optimistas? — inquirió Mitrídates haciéndose el ignorante.

 

—¿Qué os imagináis? Los publicani basan sus cálculos, por lo que sabemos, en las cifras obtenidas en el Jardín de las Hespérides y no en la Asia menor de Atalo. Así, cuando hay una disminución de la producción en el distrito más pequeño y en la actividad menos importante, de pronto a los publicani les entra el pánico porque la suma que han acordado pagar al Tesoro es superior a lo que están recaudando. ¡Si hubiesen hecho una oferta más realista todo iría mejor! Por lo tanto, a menos que tengamos una cosecha abundante y no perdamos una sola oveja en la esquila, hasta que vendamos hasta el último eslabón de cadena, el último palmo de tela, la última piel de vaca, y la última amphora de vino y medimnus de aceitunas, los recaudadores nos aprietan a todos sin contemplaciones —contestó el mercader con amargura.

 

—¿Y de qué modo aprietan? —inquirió Mitrídates, preguntándose dónde estarían los campamentos de tropas, pues no había visto ninguno en

 

sus viajes.

 

—Contratan a mercenarios cilicios, de regiones en las que hasta las ovejas cilicias pasan hambre, y les dan carta blanca. Yo he visto vender a la población de distritos enteros como esclavos, mujeres y niños, viejos y jóvenes. He visto cavar en campos y derruir casas para buscar dinero. Sí, amigo, si os dijera todo lo que he visto hacer a los recaudadores para sacar dinero estrujando, lloraríais. Cosechas enteras confiscadas, salvo el mínimo para que el agricultor y su familia coman y puedan sembrar al año siguiente, rebaños diezmados, atiendas y comercios saqueados… y lo peor de todo es que esta situación hace que la gente mienta y engañe, porque si no lo hacen lo pierden todo.

 

—¿Y todos esos recaudadores publicani son romanos?

 

—Romanos o itálicos —contestó el mercader.

 

—Itálicos —dijo Mitrídates pensativo, lamentando haber pasado siete años de su infancia oculto en los bosques del Ponto. Como había notado desde el principio del viaje, su formación era muy deficiente en cuanto a geografía y economía.

 

—Bueno, en realidad, romanos —añadió el mercader, quien tampoco estaba muy seguro de la diferencia—. Proceden de zonas concretas que los romanos llaman Italia. Pero aparte de eso, para mí no existe ninguna diferencia. Cuando se juntan hablan latín por los codos en vez de tener la decencia de hacerlo en griego, y todos visten unas túnicas horrendas y mal cortadas que hasta un pastor se avergonzaría de llevar, unas túnicas sin pinzas ni pliegues para que caigan bien —dijo el mercader, cogiendo complaciente la suave tela de su túnica griega, seguro de que su corte favorecía su cuerpo más bien pequeño y delgaducho.

 

—¿Y llevan toga? —inquirió Mitrídates.

 

—A veces. En días de fiesta o si el gobernador los convoca —respondió el mercader.

 

—¿Y los itálicos también?

 

—No lo sé —contestó el mercader, encogiéndose de hombros—. Creo que sí.

 

De esta clase de conversaciones obtuvo Mitrídates la información que deseaba; casi todas eran una retahíla de odio hacia los publicanos y sus acólitos. Pero había también otro próspero negocio en la provincia de Asia dirigido por los romanos: los préstamos de dinero a unos intereses exorbitantes, y se enteró de que aquellos prestamistas solían ser empleados de las empresas recaudadoras de impuestos, aunque éstas no intervinieran en el préstamo. La provincia romana de Asia, pensó el rey del Ponto, era una gallina gorda que los romanos desplumaban sin ninguna consideración. Llegaban a ella de Roma y los departamentos que llamaban Italia para presionar y exprimir, y volver a sus casas con la bolsa repleta, indiferentes a la difícil situación de sus habitantes, los dorios y jonios asiáticos. ¡Por eso eran tan odiados!

 

De Pérgamo emprendió viaje por tierra hacia el triángulo poco importante llamado Troade, para llegarse a la ribera sur del lago Propontis, cerca de Cizicus, desde donde se dirigió a Prusa, en Bitinia: una región próspera situada en el regazo de un monte cubierto de nieve llamado el Olimpo de Misia, en la que únicamente se detuvo para observar que a los habitantes les traían sin cuidado las maquinaciones de su rey octogenario, continuando viaje hacia la capital de Nicomedia, donde el anciano tenía su corte. Era también una ciudad próspera y bastante grande, dominada por el recinto del templo y el palacio en una pequeña acrópolis.

 

Aquél era un país peligroso para un mitridátida y hasta era posible que en las calles de Nicomedia se tropezase con alguien que pudiera reconocerle, un sacerdote de la extensa cofradía de Ma o Tike o algún viajero de Sinope. Por ello optó por alojarse en una posada miserable, lejos de los mejores barrios de la ciudad, cubriéndose bien con los pliegues de su capa siempre que se aventuraba a pasear. Lo único que quería era comprobar la reacción de las gentes y hasta dónde llegaba su devoción por el rey Nicomedes para saber hasta qué extremo le apoyarían en una guerra contra el rey del Ponto, por ejemplo, aunque fuese pura especulación.

 

El resto del invierno y toda la primavera los pasó yendo desde Heraclea, en el Euxino bitiniano, hasta los confines más remotos de Frigia y Patagonia, observándolo todo, desde el estado de las carreteras —simples

 

caminos—, la situación de la agricultura y el nivel de formación de sus habitantes.

 

Así, a principios de verano regresaba a Sinope, poderoso y satisfecho en sus propósitos, para encontrarse con su hermana-esposa Laódice, emocionada y proclive a la charla desenfrenada, y unos nobles demasiado tranquilos. Sus tíos Arquelao y Diofanto habían muerto y sus primos Neoptolemo y Arquelao se hallaban en Cimeria, situación que le hizo ver su vulnerabilidad, apagando su euforia e impulsándole a reprimir sus ganas de sentarse en el trono y relatar a la corte con todo detalle su odisea por occidente. Lo que hizo fue dirigir a todos una sonrisa despreocupada, hacer el amor a Laódice hasta que pidió una tregua, visitar a todos sus hijos e hijas y a sus respectivas madres, y sentarse a esperar acontecimientos. Algo sucedía, de eso estaba seguro, y hasta que descubriese lo que era decidió no decir palabra de dónde había estado durante aquella larga y misteriosa ausencia, ni sobre sus futuros planes.

 

Luego, durante el turno de guardia nocturna, vino a verle Gordio, su suegro capadocio, que se llevó un dedo a los labios pidiendo silencio y le indicó con la mano que fueran a reunirse en las almenas del palacio lo antes posible. La luna plateaba la noche y una brisa arrancaba rizos brillantes en la superficie del mar, las sombras eran negrísimas y la luz del astro de la noche una fatua parodia de sol. Extendida sobre la lengua de tierra que unía al continente el bulboso promontorio en que estaba el palacio, la ciudad dormía tranquila. La densa oscuridad de las murallas se erguía coronada por su geométrica dentadura bajo el fulgor de unas nubes bajas.

 

A medio camino entre dos atalayas se encontraron el rey y Gordio, agachados detrás de las almenas, hablando tan quedamente que ni los pájaros durmientes pudiesen oírlos.

 

—Laódice estaba convencida de que esta vez no volveríais, gran señor —dijo Gordio.

 

—¿Ah, sí? —inquirió el rey con voz pétrea.

 

—Tomó un amante hace tres meses.

 

—Vuestro primo Farnaces, gran señor.

 

¡Ah, qué lista era Laódice! No un amante cualquiera, sino uno de los pocos varones del linaje que puede aspirar al trono del Ponto sin temor a ser desplazado por uno de la progenie real o algún hijo menor de edad. Farnaces era hijo del quinto hermano del rey y de la quinta hermana, con sangre real por ambas partes. Perfecto.

 

—Creerá que no voy a enterarme —dijo Mitrídates.

 

—Cree que los pocos que lo saben tienen demasiado miedo para hablar —replicó Gordio.

 

—¿Y por qué has hablado tú?

 

—Mi rey —dijo Gordio sonriente, brillándole los dientes bajo la luz de la luna—. ¡Vos sois el mejor! Lo supe la primera vez que os vi.

 

—Te prometo que serás recompensado, Gordio —dijo el rey, apoyándose en la muralla, pensativo—. Ella no tardará en intentar matarme —añadió finalmente.

 

—Eso creo, gran señor.

 

—¿Cuántos hombres leales tengo en Sinope?

 

—Creo que muchos más que ella. Es una mujer, gran señor, y por tanto más cruel y traicionera que ningún hombre. ¿Quién puede confiar en ella? Sus seguidores lo han hecho para ganarse ascensos. Y yo creo que además confían en que Farnaces la mate una vez que se vea seguro en el trono. Sin embargo, la mayoría de la corte ha resistido a sus halagos.

 

—¡Estupendo! Gordio, dejo en tus manos que expliques a mis leales lo que sucede. Diles que estén dispuestos a cualquier hora del día o de la noche —dijo el rey.

 

—¿Qué vais a hacer?

 

—¡Dejaré que esa cerda intente matarme! Yo la conozco; es mi hermana. Y sé que no usará el cuchillo o la flecha, sino el veneno. Con algo horrible, para que sufra.

 

—¡Gran señor, permitid que los aprese a ella y a Farnaces inmediatamente! —musitó Gordio enardecido—. ¡El veneno es algo muy sutil! ¿Y si a pesar de todas las precauciones os hace tomar cicuta o pone una víbora en vuestro lecho? ¡Dejadme que los aprese ahora! Es preferible.

 

—Necesito pruebas, Gordio —replicó el rey moviendo la cabeza—. Dejemos que intente envenenarme. Que encuentre la planta, la seta ponzoñosa o el reptil que mejor le parezca y que lo intente.

 

—¡Mi rey, mi rey! —dijo Gordio aterrado, con voz temblorosa.

 

—No hay por qué preocuparse, Gordio —replicó Mitrídates sin alterarse y sin temor alguno—. Nadie sabe, y menos Laódice, que durante los siete años en que anduve huyendo de la venganza de mi madre me hice inmune a todos los venenos conocidos y a algunos que nadie más que yo ha descubierto. Soy quien más sabe de venenos, puedo asegurártelo. ¿Crees que todas mis cicatrices las han producido las armas? ¡No! Me las hice yo mismo, Gordio, para asegurarme de que ninguno de mi familia consiga eliminarme por el método más fácil y limpio.

 

—¡Tan joven! —dijo Gordio asombrado.

 

—Pensé que era lo mejor para llegar a viejo. Nadie va a arrebatarme el trono.

 

—Pero ¿cómo os hicisteis inmune, gran señor?

 

—Mira, está el áspid egipcio, por ejemplo —dijo el rey, animado por el tema—, el que tiene una toca ancha y cabeza pequeña entre las placas, Me trajeron una caja con ejemplares de todos los tamaños y comencé a dejarme picar por los más pequeños, luego dejé que lo hiciera el más grande, un monstruo de siete pies de largo y tan grueso como mi brazo. Al final, Gordio, me picaban y no me sucedía nada. Y lo mismo hice con víboras y pitones, escorpiones y arañas, y después probé una gota de todos los venenos, cicuta, acónito, mandrágora, pulpa de semilla de cereza, poción de bayas, arbustos y raíces, la seta calavera y la roja de puntos blancos. ¡Sí, Gordio, los probé todos, aumentando la dosis una gota cada vez hasta que una copa entera no me hacía efecto! Y he continuado haciéndome inmune tomando veneno y dejándome picar. Y tomo antídotos —dijo Mitrídates, riendo por lo bajo—. ¡Deja que Laódice lo pruebe! ¡No podrá matarme!

 

Y Laódice lo intentó durante el banquete oficial que dio para celebrar el regreso del soberano. Como estaba invitada toda la corte, se despejó el gran salón del trono y en él se dispusieron docenas de camillas y se adornaron paredes y columnas con flores y guirnaldas, sembrando el suelo de olorosos

 

pétalos. Acudieron los mejores músicos de Sinope y un grupo itinerante de actores griegos para dar una representación de la Electra de Eurípides, y la famosa bailarina Anais de Nisibis, que veraneaba en el Euxino.

 

Aunque en épocas anteriores los reyes del Ponto comían sentados a la mesa como sus antepasados tracios, hacía tiempo que habían adoptado la costumbre griega de comer reclinados en camillas, presumiendo de ser monarcas helenizados, producto genuino de la cultura griega.

 

Lo precario de tal helenismo se hizo evidente cuando los cortesanos entraron en el salón del trono uno por uno para postrarse en el suelo ante su rey. Y por si eran necesarias más pruebas, las habría durante el interminable espacio de tiempo en que la reina Laódice, sonriente y seductora, ofreció su copa escita de oro al rey, lamiendo sus bordes con su rosada lengua.

 

—Bebed de mi copa, esposo mío —le instó afable.

 

Sin dudarlo, Mitrídates dio un buen sorbo con el que despachó media copa, dejándola en la mesita frente a la camilla que compartía con la reina. Pero conservó parte del líquido en la boca, mirando a su hermana de hito en hito con sus ojos verde uva con puntitos marrones. Luego frunció el entrecejo, no con expresión temible, sino pensativo; gesto que se tornó en parpadeo con una amplia sonrisa.

 

—¡Dorycnion! —dijo, paladeándolo.

 

La reina se puso lívida y la corte guardó silencio porque había pronunciado la palabra con voz muy fuerte y hasta aquel momento la fiesta había sido tranquila.

 

El rey volvió la cabeza hacia la izquierda.

 

—Gordio —dijo.

 

—Decid, gran señor —contestó Gordio, bajando rápido de la camilla.

 

—Ven a ayudarme.

 

Cuatro años mayor que su hermano, Laódice se parecía mucho a él, cosa nada rara en una familia en que se habían casado con suma frecuencia hermanos con hermanas a lo largo de varias generaciones. La reina, mujer grande pero proporcionada, se tomaba con gran esmero su apariencia y peinaba su dorado cabello al estilo griego, pintaba sus ojos marrón-verde con stibium, las mejillas con colorete, los labios con carmín y manos y pies

 

con alheña de color marrón oscuro. La cinta blanca de la diadema dividía su frente y las borlas de los extremos le caían sobre los hombros. Tenía un aspecto verdaderamente regio, como era su intención.

 

Ahora leía su destino en el rostro de su hermano y se rebulló para bajar de la camilla. Pero no tuvo tiempo porque él la asió de la mano con que quería impulsarse hacia atrás y tiró de ella por encima del montón de almohadones en que había estado reclinada, hasta que quedó en sus brazos mitad tumbada mitad sentada. Gordio estaba arrodillado al otro lado, con aviesa expresión de triunfo, pues sabía la recompensa que iba a solicitar: que su hija pequeña Nisa, una esposa menor, fuese elevada a la dignidad de reina, y, en consecuencia, que su hijo Farnaces adquiriese preferencia por delante de Macares, hijo de Laódice.

 

Laódice, desamparada, volvió la cabeza y vio que cuatro notables hacían comparecer a su amante Farnaces ante el soberano, quien le miraba impasible. Luego, el rey volvió a dirigir su atención hacia ella.

 

—No voy a morir, Laódice —dijo—. En realidad, esta poción baladí ni siquiera me sentará mal —añadió, sonriendo con auténtica complacencia—. De todos modos, es más que suficiente para matarte.

 

El rey le tenía pinzada la nariz entre el pulgar y el índice de su mano izquierda y la obligó a echar la cabeza hacia atrás, por lo que ella hubo de abrir inmediatamente la boca porque la respiración se le había paralizado por el terror. Y Mitrídates fue vaciando despacio el contenido de la copa escita en su garganta, haciendo que Gordio le cerrase la boca cada vez que él vertía líquido, mientras él le acariciaba voluptuosamente el cuello para que tragara mejor. Ella no se resistió por considerar indigno de una mitridátida tener miedo a la muerte, y más habiendo estado a punto de apoderarse del trono. Una vez vacía la copa, el rey dejó tendida a su hermana en la camilla ante los ojos del horrorizado amante.

 

—No intentes vomitarlo, Laódice —dijo Mitrídates sonriente—, porque si lo haces te obligaré a beber otra vez.

 

Todos los presentes miraban la escena en silencio, quietos y horrorizados. Nadie supo decir después cuánto había durado aquello, salvo el rey (a quien, desde luego, nadie se lo preguntó). Mitrídates se volvió

 

hacia sus cortesanos y se dirigió a ellos en un tono parecido al de un maestro de filosofía con sus alumnos. Y para ellos fue una auténtica revelación el conocimiento que el rey tenía de los venenos, una faceta del soberano que circularía velozmente en forma de rumor de un extremo a otro del Ponto y se difundiría después fuera del país; Gordio amplió la información, quedando para siempre unidos en la leyenda las palabras «Mitrídates» y «veneno».

 

—La reina —dijo Mitrídates— no habría podido elegir mejor sustancia que el dorycnion, que los griegos llaman trychnos. Tolomeo, el general de Alejandro Magno, posteriormente rey de Egipto, trajo la planta de la India, donde dicen que crece y alcanza la altura de un árbol, si bien en Egipto sólo llega a hacerse arbusto, con hojas parecidas a las de nuestra salvia. Después del aconiton es con toda certeza el mejor veneno. Advertiréis que la reina, conforme va muriendo, no perderá el sentido hasta el último suspiro. Por experiencia personal puedo deciros que la percepción se acentúa extraordinariamente y uno se encuentra en un mundo de sensaciones y visiones sin parangón con lo que se siente en estado normal. Primo Farnaces, tengo que decirte que todos los latidos de tu corazón, tu último parpadeo, la congoja que sientas al ver su sufrimiento, las percibirá mejor que nunca. Puede que sea una lástima que no pueda llevarse dentro nada más de ti, ¿verdad? Mira, ya comienza —añadió, mirando a su hermana.

 

Laódice tenía clavados los ojos en Farnaces, que permanecía de pie entre sus guardianes, con la cabeza gacha y una mirada que ninguno de los presentes olvidaría: dolor y horror, exaltación y pena, una gama de emociones rica y cambiante. Ella no decía nada, evidentemente porque le era imposible, y poco a poco sus labios iban distendiéndose sobre los grandes dientes amarillos y su cuello curvándose a medida que la columna vertebral se arqueaba y la cabeza tendía a tocar la parte posterior de las rodillas. Luego comenzó a experimentar unas sacudidas rítmicas, que fueron aumentando en magnitud y disminuyendo en frecuencia hasta convertirse en fuertes convulsiones de la cabeza, el cuerpo y las extremidades.

 

—¡Sufre un ataque! —exclamó Gordio con voz estridente.

 

—Naturalmente —añadió Mitrídates con desdén—. El ataque que acabará con ella, ya veréis —añadió, observándolo con auténtico interés clínico, él, que había experimentado variantes más suaves, aunque nunca ante su espejo de plata—. Mi ambición es hallar un antídoto universal — prosiguió dirigiéndose a los presentes mientras continuaban inexorablemente los espasmos de Laódice—, un elixir mágico que cure los efectos de cualquier veneno, sea de planta, animal, pez o sustancia inanimada. Actualmente me veo obligado a beber no menos de cien pociones de distintos venenos para no perder la inmunidad. Así podré ingerir un brebaje compuesto de cien antídotos —añadió en un aparte a Gordio—. Os confieso que si no tomo los antídotos me siento algo indispuesto.

 

—Es comprensible, gran señor —graznó Gordio, temblando tan a las claras que llamó la atención del monarca.

 

—Ya falta poco —dijo Mitrídates.

 

Pero no fue así. Las convulsiones de Laódice aumentaron de intensidad y se hicieron más deslavazadas mientras su cuerpo se consumía. Pero por sus ojos se notaba que aún sentía y percibía, y sólo se cerraron de agotamiento al expirar. No miró ni una sola vez a su hermano; aunque quizá fuese porque tenía los ojos puestos en Farnaces en el momento en que la atenazaron los espasmos y a continuación ya no le respondían los músculos del control de dirección de la vista.

 

—¡Excelente! —exclamó animoso el rey, señalando con la cabeza a Farnaces—. Matadle —añadió.

 

Nadie tuvo valor para preguntar de qué manera, y, como consecuencia, Farnaces tuvo una muerte más prosaica que Laódice con el filo de una espada. Todos los que habían visto morir a la reina aprendieron la lección y durante mucho tiempo no hubo más atentados contra Mitrídates VI.

 

 

Bitinia, como descubrió Mario al viajar por tierra de Pessinus a Nicomedia, era una tierra muy rica. Como toda Asia Menor, era un país montañoso, pero —salvo el macizo del Olimpo misiano, en Prusa— lo formaban cordilleras de poca altura, redondeadas y menos imponentes que el Taurus. Numerosos ríos bañaban la región, que ya hacía tiempo había sido colonizada. Se cultivaba el trigo suficiente para alimentar a la población y al ejército, con un excedente para el pago del tributo entregado a Roma. Era fácil el cultivo de legumbres y había abundancia de ganado ovino. Verduras y fruta no faltaban. Y las gentes, advirtió Mario, estaban bien alimentadas, contentas y sanas. Todos los pueblos por los que pasó eran populosos y prósperos.

 

Pero no fue eso lo que le dijo Nicomedes II al llegar con su familia a Nicomedia y alojarse en el palacio como huésped de honor del soberano. Comparado con otros, era un palacio pequeño, pero Julia en seguida hizo saber a Mario que tenía obras de arte muy valiosas, estaba construido con inmejorables materiales y su arquitectura era excepcional.

 

—El rey Nicomedes no es ningún pobretón —comentó Julia.

 

—¡Ay! —suspiró Nicomedes II—. Yo soy muy pobre, Cayo Mario! Supongo que es de esperar, siendo el rey de un país pobre. Y Roma tampoco facilita las cosas.

 

Estaban sentados en un balcón con vistas a la ensenada de la ciudad, la mar era tranquila, y desde las montañas hasta las construcciones de la orilla, todo se reflejaba en el agua. Nicomedia parecía suspendida en el aire, pensó el fascinado Mario, como si estuviera entre dos mundos, uno superior y otro inferior, como una reata de asnos andando de arriba abajo hasta las nubes que flotaban en el centro celeste de la ensenada.

 

—¿Qué queréis decir, majestad? —preguntó Mario.

 

—Bien, aquel lamentable asunto de hace cinco años con Lucio Licinio Lúculo, por ejemplo —contestó Nicomedes—. Llegó a principios de primavera diciendo que quería dos legiones de tropas auxiliares para luchar contra los esclavos rebeldes de Sicilia —continuó el rey en tono malhumorado—, y yo le dije que no disponía de tropas debido a la actuación de los recaudadores romanos que se llevaban a la gente como

 

esclavos. «Liberad a mis esclavos según el decreto del Senado que dicta la libertad de todos los esclavos de países aliados en todo el territorio romano», le dije, «así volveré a tener un ejército y mi país conocerá de nuevo la prosperidad». ¿Y sabéis qué me contestó? ¡Que el decreto del Senado se refería a los esclavos con la condición de aliados itálicos!

 

—Y era cierto —añadió Mario estirando las piernas—. Si el decreto hubiera incluido a los esclavos de un país con tratado de amigo y aliado del pueblo romano habríais recibido notificación del Senado —replicó Mario, dirigiéndole una aguda mirada bajo sus espesas cejas—. Si no recuerdo mal, hallasteis tropas para Lucio Licinio Lúculo.

 

—No tantas como él quería, pero sí, le di hombres. O mejor dicho, los encontró él —contestó Nicomedes—. Cuando le dije que no disponía de hombres, marchó de Nicomedia para viajar por el interior y varios días después regresó diciendo que no veía que hubiese escasez de hombres. Yo alegué que los hombres que había visto eran labradores, no soldados, pero lo único que me dijo fue que los campesinos eran muy buenos soldados y servirían perfectamente. Y así se me complicaron las cosas, porque me arrebató los siete mil hombres que más necesitaba para la economía de mi país.

 

—Os los devolvió un año después —replicó Mario— y, además, volvieron con dinero en la bolsa.

 

—Un año durante el cual hubo cosechas insuficientes —insistió el rey

 

—. Un año de poca producción, Cayo Mario, que bajo el sistema de tributos que nos impone Roma nos sitúa en una década de retraso.

—Lo que quisiera saber es por qué hay recaudadores de impuestos en Bitinia —dijo Mario, consciente de que al rey le resultaba cada vez más difícil demostrar sus aseveraciones—. Bitinia no forma parte de la provincia romana de Asia.

 

—El problema estriba, Cayo Mario —contestó el rey rebulléndose—, en que algunos de mis súbditos han recibido dinero prestado de los publicanos de la provincia de Asia. Pasamos una época difícil.

 

—¿Y qué es una época difícil, majestad? —insistió Mario—. Yo creía, y más desde que estalló la rebelión de esclavos de Sicilia, que gozabais de

 

creciente prosperidad. Cultiváis mucho trigo y podríais cultivar más. Los agentes romanos estuvieron comprando grano durante unos años a precios por encima de lo normal, sobre todo en esta parte del mundo. En realidad, ni vuestro país ni la provincia de Asia pudieron cubrir la cantidad que se había encomendado comprar a nuestros agentes. Tengo entendido que la mayor parte procedía de las tierras del rey Mitrídates del Ponto.

 

¡Ahora sí! El aguijón implacable de Mario había dado en la llaga del rey de Bitinia, haciendo brotar el veneno.

 

—¡Mitrídates! —exclamó el rey con desprecio, repantigándose en su silla—. ¡Sí, Cayo Mario, ésa es la víbora que tengo en la vecindad! ¡Ésa es la causa de que merme la prosperidad de Bitinia! Me ha costado cien talentos de oro lograr la ayuda de Roma cuando solicitamos la condición de aliados y amigos del pueblo romano. Y cada año que pasa me cuesta muchas veces esa cantidad el proteger mis tierras contra sus taimadas incursiones. Porque me veo obligado a mantener un ejército por culpa de Mitrídates, y no hay país que pueda soportar ese gasto. ¡Mirad lo que hizo en Galacia no hace ni tres años! ¡Una carnicería en una fiesta! En la reunión de Ancira perecieron cuatrocientos jefes de tribu y ahora es el dueño de todos los países que me rodean: Frigia, Galacia y la Patagonia costera. Os lo diré en cuatro palabras, Cayo Mario. ¡Si no se le paran ahora mismo los pies a Mitrídates, incluso Roma lamentará algún día no haber hecho nada!

 

—Eso creo yo también —dijo Mario—. Sin embargo, Anatolia está muy lejos de Roma y dudo mucho que en Roma sepa alguien lo que sucede aquí. Salvo, quizá, Marco Emilio Escauro, príncipe del Senado, que ya va siendo viejo. Lo que pretendo hacer es ver al rey Mitrídates para hacerle una advertencia seria. Y tal vez a mi regreso a Roma pueda convencer al Senado para que se tome más en serio el asunto del Ponto.

 

—Ahora cenemos —dijo Nicomedes, poniéndose en pie—. Después continuaremos la conversación. ¡Qué agradable es hablar con alguien que se preocupa!

 

Para Julia, la estancia en una corte oriental fue una experiencia inédita. Las mujeres romanas deberíamos viajar más, se dijo, porque ahora veo lo estrechas de miras e ignorantes que somos respecto a los demás países. Y eso debe reflejarse en el modo como educamos a los niños, sobre todo a nuestros hijos.

 

Aquel Nicomedes II, primer soberano que conocía, era una revelación, pues ella había imaginado que los reyes eran como un patricio romano de condición consular, altivos, eruditos, elegantes y magníficos. Una especie de Catulo César no romano, o incluso unas gentes no romanas al estilo de Escauro, príncipe del Senado. Porque no podía negarse que Marco Emilio Escauro, pese a su corta estatura y a su calvicie, era de prestancia regia.

 

¡Sí que era una auténtica revelación aquel Nicomedes II De gran estatura y, sin duda alguna, robusto en su juventud, porque su avanzada edad se había cobrado en su físico, dado que tenía más de ochenta años Y estaba flaco, encorvado y cojo y le colgaban bolsas de piel en la barbilla y los carrillos. Además, casi no le quedaban dientes ni pelo. Pero todo ello no era más que decadencia física, igualmente detectable en un octogenario romano de rango consular. Escévola Augur, por ejemplo. La diferencia estribaba en la resistencia y en los recursos internos, pensó Julia. Para empezar, el rey Nicomedes era tan afeminado que Julia sentía ganas de reír. Llevaba vestiduras largas y amplias de lana fina de exquisitos colores; en las comidas lucía una peluca rubia con tirabuzones como salchichas y siempre iba con enormes pendientes de brillantes, se pintaba la cara como una furcia barata y hablaba en falsete. No tenía ninguna majestad y, sin embargo, había reinado en Bitinia más de cincuenta años con mano de hierro, aplastando todos los intentos de sus hijos por destronarle. Mirándole —y sabiendo que en todas las fases de su vida había sido el mismo personaje chillón y afectado— a Julia le resultaba extremadamente difícil creer, por ejemplo, que hubiese liquidado eficazmente a su padre o que pudiese conservar la lealtad y el afecto de sus súbditos.

 

Sus hijos estaban en la corte pero no le quedaba esposa, pues la reina había muerto años atrás (se trataba de la madre de su hijo mayor, llamado también Nicomedes) y también su segunda esposa (madre del hijo menor

 

llamado Sócrates). Ni a Nicomedes ni a Sócrates se les podía llamar jóvenes, porque el primero tenía sesenta y dos años y Sócrates cincuenta y cuatro. Aunque ambos estaban casados, eran tan afeminados como el padre. La esposa de Sócrates era un ser ratonil que se escondía por los rincones y se movía a saltitos, mientras que la de Nicomedes hijo era una mujerona fuerte y campechana, muy dada a las bromas pesadas y a las carcajadas. Había dado a Nicomedes hijo una niña llamada Nisa, que ya comenzaba a entrar en una peligrosa edad para acceder al matrimonio. La esposa de Sócrates no le había dado hijos.

 

—Era de esperar —comentó un joven esclavo a Julia mientras limpiaba la sala de estar que le habían asignado—. Yo no creo que Sócrates haya penetrado a una mujer. En cuanto a Nisa, le gusta su propio sexo, las potras, cosa que no es de extrañar dada su cara de caballo.

 

—Eres un impertinente —replicó Julia en tono glacial, despidiendo al joven con disgusto.

 

El palacio estaba lleno de bellos jóvenes, casi todos esclavos y algunos hombres libres al servicio del rey y sus hijos. Había también docenas de pajes, más bellos aún que los jóvenes. A Julia la sacaba de quicio el cometido de aquellos adolescentes, sobre todo pensando en el pequeño Mario, tan atractivo, amigable e ingenuo y ya en el umbral de la pubertad.

 

—Cayo Mario, vigila a nuestro hijo, ¿quieres? —dijo delicadamente a su esposo.

 

—¿Por qué, por esas flores remilgadas que pululan? —replicó Mario riendo—. No tienes que preocuparte, mea vita. Sabe distinguir un marica de una buena anca de cerda.

 

—Gracias por tranquilizarme y por el símil —contestó Julia, sonriendo

 

—. Desde luego tu vocabulario no se refina con el paso de los años, Cayo Mario.

—Todo lo contrario —añadió él, imperturbable. —Eso es lo que intentaba decirte.

 

—¿Ah, sí? ¡Oh!

 

—¿Y has visto ya bastante en este sitio? —inquirió ella de sopetón.

 

—Si apenas llevamos aquí una semana —contestó él, asombrado—. ¿Es que te resulta opresiva esta atmósfera circense?

 

—Sí, creo que sí. Siempre había tenido ganas de ver cómo viven los reyes, pero si Bitinia es una muestra de ello, prefiero la vida de Roma. No es por la homosexualidad, sino por el chismorreo y esos aires de afectación. Los criados son un desastre, y con las mujeres de palacio no tengo nada en común. Oradaltis es tan gritona que me dan ganas de taparme los oídos, y Musa… qué bien le cuadra el nombre en latín pensando en mus, ratón, en lugar de musa, la musa… Sí, Cayo Mario, en cuanto creas que podemos marcharnos, te lo agradeceré —dijo Julia, la austera matrona romana.

 

—Pues nos marchamos ahora mismo —dijo Mario animado, sacando un rollo del sinus de su toga—. Nos ha seguido todo el camino desde Halicarnaso hasta aquí. Es una carta de Publio Rutilio Rufo. ¿A que no adivinas dónde está?

 

—En la provincia de Asia.

 

—Concretamente en Pérgamo. Quinto Mucio Escévola es el gobernador este año y Publio Rutilio es su legado —dijo Mario, enarbolando gozoso la carta—. Además, gobernador y legado se muestran muy complacidos en recibirnos. Hace meses, porque esta carta tenía que habernos llegado en primavera. Estarán ansiosos por tener compañía.

 

—Aparte de por su fama de abogado, no conozco a Quinto Mucio Escévola —dijo Julia.

 

—Yo tampoco le conozco mucho. Sólo sé que él y su primo hermano Craso Orator son inseparables. En realidad no es de extrañar que no lo conozca porque apenas tendrá cuarenta años.

 

Convencido de que sus huéspedes iban a estarse con él un mes por lo menos, el anciano Nicomedes no quería dejarlos partir; pero Mario no era rival para una antigualla un poco boba como aquel Nicomedes II. Se marcharon con los clamores del rey taladrándoles los oídos y navegaron por los angostos estrechos del Helesponto rumbo al mar Egeo con vientos y corrientes favorables.

 

El barco entró por la desembocadura del río Caico y llegaron a Pérgamo, unas millas tierra adentro, exactamente por la ruta en que mejor

 

se avistaba la ciudad, en lo alto de la acrópolis y rodeada de altas montañas. Quinto Mucio Escévola y Publio Rutilio Rufo estaban en la ciudad, pero Mario y Julia no lograrían conocer mucho mejor a Escévola, pues se

 

disponía a marchar a Roma.

 

—¡Oh, qué buena compañía nos habríais dado este verano, Cayo Mario! —dijo Escévola con un suspiro—. Pero ahora tengo que llegar a Roma antes de que sea demasiado arriesgado emprender viaje por mar. Publio Rutilio Rufo te lo contará todo.

 

Mario y Rutilio Rufo fueron a despedirle, mientras Julia se instalaba en un palacio que le agradó mucho más que el del farsante Nicomedes, a pesar de que tampoco había muchas féminas por companía.

 

Mario, por supuesto, no pensó que a Julia le faltase compañía femenina; la dejó que se ocupase de sus cosas y él se dispuso a escuchar las noticias de boca de su viejo y querido amigo.

 

—Primero las de Roma —dijo impaciente.

 

—Pues te contaré primero las noticias de auténtica relevancia —dijo, sonriendo complacido por ver a su amigo tan lejos de Roma—. Cayo Servilio Augur murió en el exilio a fines del año pasado; naturalmente hubo que hacer elecciones para cubrir su puesto en el colegio de Augures. Y te han elegido a ti, Cayo Mario.

 

—¿A mí? —replicó Mario, asombrado.

 

—A ti, a ti.

 

—Nunca lo habría pensado. ¿Por qué a mí?

 

—Aún cuentas con mucho apoyo entre los electores romanos, pese a las maldades que hagan Catulo César y sus iguales. Y yo creo que los electores consideraron que merecías esa distinción. Tu nombre fue propuesto por un grupo de caballeros, y como no existe ninguna regla sobre elección in absentia, fuiste elegido. No puedo decir que tu victoria fuese bien acogida por el Meneítos y compañía, pero Roma en general la recibió complacida.

 

Mario lanzó un fuerte suspiro de satisfacción.

 

—Bien, es una buena noticia, ya lo creo. ¡Yo, augur! Eso significa que mi hijo será a su vez sacerdote o augur y también su hijo. ¡Significa que lo

 

he logrado, Publio Rutilio! He penetrado en el corazón de Roma, por muy palurdo itálico que sea y lerdo en griego.

 

—Oh, eso ya no lo dice casi nadie de ti. El difunto Meneítos era un caso único, ¿sabes? Si hubiera vivido, dudo mucho que te hubieran elegido — añadió Rutilio Rufo mordaz—. Y no era porque su auctoritas fuese mayor que la de nadie ni a causa de sus partidarios. Pero su dignitas se había acrecentado notablemente después de los enfrentamientos en el Foro cuando era censor. Admirado u odiado, todo el mundo admite que era sublime. Aunque yo creo que su más importante función fue formar el núcleo que sirvió de aglutinante para otros, y después de su regreso de Rodas puso en juego todas sus energías para desplazarte. ¿Qué otra cosa le quedaba por hacer? Todo su poder e influencia las utilizó para hundirte. Su muerte ha causado honda impresión, ¿sabes? Estaba estupendamente cuando llegó a Roma y yo pensé que aún le tendríamos muchos años con nosotros. Pero le llegó la muerte.

 

—¿Y por qué estaba Lucio Cornelio con él? —inquirió Mario.

 

—Nadie sabe por qué. íntimos no eran, eso seguro. Lucio Cornelio dice que estaba allí por casualidad, que no tenía intención de cenar con él. Verdaderamente es muy raro. Y a mí lo que más me intriga es que al Meneítos hijo tampoco le extrañe que estuviera allí, lo que me da a entender que Lucio Cornelio buscaba un entendimiento con la facción del Meneítos —dijo Rutilio Rufo poniendo ceño—. Ha tenido una fuerte ruptura con Aurelia.

 

—¿Lucio Cornelio y Aurelia, quieres decir?

 

—Sí.

 

—¿Quién te lo ha dicho?

 

—La propia Aurelia.

 

—¿Y te explicó por qué?

 

—No. Simplemente me dijo que Lucio Cornelio no volvería a ser bien recibido en su casa —contestó Rutilio Rufo—. En cualquier caso, se fue a la Hispania Citerior poco después de la muerte del Meneítos y Aurelia no me lo contó hasta después de su marcha. Me imagino que tendría miedo de que yo le preguntara algo a él. Un asunto bastante raro, Cayo Mario.

 

Mario, a quien no le interesaban mucho las rencillas privadas, hizo una mueca y se encogió de hombros.

 

—Bueno, es asunto de ellos, por raro que sea. ¿Qué más ha sucedido? —Los cónsules han promulgado otra ley prohibiendo los sacrificios

 

humanos —contestó Rutilio Rufo riendo.

 

—¿Qué…?

 

—Que han promulgado una ley prohibiendo los sacrificios humanos. —¡Qué absurdo! ¿Cuánto tiempo hace que en Roma no se hacen

 

sacrificios humanos en público ni en privado? —inquirió Mario con gesto de repugnancia—. ¡Qué porquería!

 

—Pues yo creo que se sacrificaron dos griegos y dos galos cuando Aníbal efectuó sus incursiones por Italia. Aunque dudo que tuviera nada que ver con la nueva lex Cornelia Licinia.

 

—¿Pues qué, entonces?

 

—Como sabes, Cayo Mario, a veces los romanos decidimos poner de relieve un nuevo aspecto de la vida pública con métodos extraños. Y yo creo que esta ley es un ejemplo de ello. Diría que está hecha para informar al Foro de que no ha de haber más violencia ni más muertes, encarcelamiento de magistrados ni actividades ilegales de ninguna clase — contestó Rutilio Rufo.

 

—¿Y no dieron una explicación Cneo Cornelio Léntulo y Publio Licinio Craso? —inquirió Mario.

 

—No. Propusieron la ley y la asamblea plebeya la aprobó.

 

—¡Uf! —exclamó Mario—. ¿Y qué más?

 

—El hermano menor del pontífice máximo, que este año es pretor, ha sido enviado a Sicilia de gobernador. Habían llegado rumores de otra rebelión de esclavos; imagínate…

 

—¿Tan mal tratamos a los esclavos en Sicilia?

 

—Sí… y no —replicó Rutilio Rufo, pensativo—. Para empezar, allí hay demasiados esclavos griegos, y no se trata necesariamente de que sus amos los traten mal, sino de que son gente muy díscola. Tengo entendido que todos los piratas que capturó Marco Antonio Orator los pusieron a trabajar de esclavos en los trigales sicilianos. Un trabajo que no debe ser muy de su

 

agrado, diría yo. Por cierto —añadió—, Marco Antonio ha colocado en los rostra el espolón del navío pirata más grande que destruyó durante su campaña. Es imponente.

 

—Yo creí que no quedaba sitio. Está todo lleno de espolones de no sé cuántos combates navales —dijo Mario—. Bueno, continúa. ¿Qué más hay?

 

—Pues que nuestro pretor Lucio Ahenobarbo ha hecho tales estragos en Sicilia que la noticia ha llegado hasta Asia Menor. Ha pasado por la isla como un ciclón. Por lo visto, nada más desembarcar promulgó un decreto prohibiendo que nadie llevase espada ni arma alguna, salvo los soldados de la milicia. Naturalmente, nadie hizo el menor caso.

 

—Conociendo a los Domicios Ahenobarbos —replicó Mario sonriendo —, diría que ha sido un error.

 

—Claro que lo ha sido. Lucio Domicio impuso severos castigos al ver que nadie cumplía el decreto y toda Sicilia está resentida, y dudo que se produzcan revueltas ni de esclavos ni de hombres libres.

 

—Los Domicios Ahenobarbos son muy burdos, pero obtienen resultados —añadió Mario—. ¿Y eso es todo?

 

—Más o menos, aparte de que han entrado nuevos censores, anunciando que piensan hacer un censo de ciudadanos romanos tan completo como no se ha visto desde hace décadas.

 

—Ya era hora. ¿Quiénes son?

 

—Marco Antonio Orator y tu colega consular Lucio Valerio Flaco.

 

¿Damos un paseo? —añadió Rutilio Rufo.

 

Pérgamo era seguramente la ciudad mejor planificada y construida del mundo, había oído decir Mario, y ahora lo veía con sus propios ojos. Incluso en la ciudad baja, dispersa a los pies de la acrópolis, no había callejuelas ni bloques ruinosos de pisos, todo estaba sujeto a un rígido reglamento de construcción y conservación. Vastos sumideros y cloacas discurrían por las zonas habitadas y por todas partes había canalizaciones y fuentes. El mármol era el material más abundante, y las columnatas eran numerosas y magníficas, el ágora era inmensa, surtida de magníficas estatuas, y a media ladera había un gran teatro.

 

No obstante, flotaba un aire de dilapidación en la ciudadela y en la ciudad; las cosas no estaban conservadas como durante el reinado de los atálidas, proyectistas y cuidadores de la capital. Y la gente no parecía contenta. Mario advirtió que algunos tenían aspecto de hambrientos, cosa extraña en un país rico.

 

—La culpa la tienen nuestros recaudadores de impuestos —dijo publio Rutilio Rufo cariacontecido—. ¡Cayo Mario, no tienes ni idea de lo que Quinto Mucio y yo encontramos al llegar aquí! Toda la provincia de Asia ha estado explotada y oprimida durante años por la codicia de esos publicani estúpidos! Para empezar, las sumas que exige Roma para el erario son excesivas, pero los publicani ofertan más todavía, y la consecuencia es que para obtener beneficios tienen que estrujar a la provincia como una bayeta. Es una empresa de pura rapiña monetaria. En lugar de concentrarse en asentar a los romanos pobres en tierras extranjeras y financiar la adquisición de tierras públicas con los impuestos de Asia, Cayo Graco habría hecho mejor en enviar previamente un equipo de investigadores que evaluasen cuáles habían de ser exactamente esos impuestos. Pero no se hizo nada de eso y la situación sigue igual desde entonces. Los únicos cálculos de que dispone Roma son los que se sacó de la manga la comisión enviada al morir el rey Atalo. ¡Y de eso hace treinta y cinco años!

 

—Es una lástima que no lo supiera cuando era cónsul —dijo Mario, entristecido.

 

—¡Mi querido Cayo Mario, ya tenías bastante preocupación con los germanos! La provincia de Asia era lo que menos preocupaba en Roma en aquellos años. Pero tienes razón. Si hubieses enviado una comisión, habrían podido determinarse unas cifras realistas y se habría metido en cintura a los publicani, porque ahora han llegado ya a una arrogancia desaforada, ¡y son ellos quienes dirigen los asuntos de la provincia en lugar del gobernador!

 

—Me imagino que este año los publicani se habrán llevado un buen susto viendo en Pérgamo a Quinto Mucio y a Publio Rutilio —comentó Mario riendo.

 

—Ya lo creo —dijo Rutilio Rufo esbozando una sonrisa—. Sus quejas se habrán oído en Alejandría. Desde luego sí se han oído en Roma, que es, y

 

que quede entre nosotros, por lo que Quinto Mucio ha regresado antes de lo previsto.

 

—¿Qué habéis estado haciendo exactamente?

 

—Oh, simplemente arreglando los asuntos de la provincia y de los impuestos —contestó con voz queda.

 

—¿En detrimento del Tesoro y de las empresas recaudadoras? —Exacto —contestó Rutilio Rufo encogiéndose de hombros,

 

volviéndose hacia la extensa ágora y dirigiendo un ademán a un plinto vacío—. Para empezar, hemos suprimido este tipo de cosas. Aquí se alzaba una estatua ecuestre de Alejandro el Grande, obra nada menos que de Lisipo y reputada como la mejor representación de Alejandro. ¿Sabes dónde se halla ahora? Pues en el peristilo de Sexto Perquitieno, ¡el caballero más rico y vulgar de Roma!, tu vecino del Capitolio. ¡Se la llevó como pago de impuestos atrasados, imagínate! Una obra de arte que Vale mil veces más la suma en cuestión. ¿Qué iban a hacer los pergameños si no tenían el dinero? Sexto Perquitieno señaló con su varita la estatua y se la dieron.

 

—Habrá que devolverla —dijo Mario.

 

—Vanas esperanzas —replicó Rutilio Rufo con un bufido.

 

—¿Ha vuelto para eso Quinto Mucio a Roma?

 

—¡Ojalá! No, ha vuelto a Roma para impedir que el grupo de presión de los publicani nos incoe un proceso a él y a mí.

 

—¡Bromeas! —exclamó Mario deteniéndose.

 

—¡No, Cayo Mario, no bromeo! Las empresas recaudadoras de Asia tienen inmenso poder en Roma, sobre todo en el Senado. Y Quinto Mucio y yo las hemos ofendido gravemente al reorganizar como es debido los asuntos de la provincia —contestó Publio Rutilio Rufo con una mueca—. Y no sólo hemos ofendido gravemente a los publicani, sino también al Tesoro. Habrá senadores predispuestos a no hacer caso de las quejas de las empresas recaudadoras, pero el Tesoro no. Mira lo que te digo, Cayo Mario, la última carta que recibió Quinto Mucio de su primo Craso Orator hizo que la cara se le pusiera del color de la toga. Le decía que había en marcha una maniobra para despojarle de su imperium proconsular y procesarlo por

 

extorsión y traición. Por eso se marchó a toda prisa a Roma, dejándome de gobernador hasta que llegue el que nombren el año próximo.

 

Mientras regresaban al palacio del gobernador, Cayo Mario advirtió con qué deferencia y afecto saludaban todos a Rutilio Rufo.

 

—La gente te tiene aprecio —comentó él, y no es que fuera una sorpresa.

 

—Más aprecian a Quinto Mucio. Sus vidas han cambiado radicalmente, Cayo Mario, y por vez primera ven cómo trabajan los auténticos romanos. No se les puede reprochar el odio que sentían contra Roma y los romanos. Han sido unas víctimas a las que hemos utilizado de forma abominable. Por eso cuando Quinto Mucio redujo los impuestos a la cifra que hemos calculado justa, poniendo coto a las extorsiones usureras de los agentes locales de los publicani se han puesto a bailar en la calle, como te lo digo. El consejo ha aprobado la celebración de una fiesta anual en honor de Quinto Mucio, y creo que Esmirna y Éfeso también. Al principio no hacían más que enviarnos regalos, objetos de gran valor, obras de arte, joyas, tapices, Y cuando se los devolvimos dando las gracias, volvieron a enviárnoslos. Al final tuvimos que prohibirles cruzar la puerta de palacio.

 

—¿Podrá Quinto Mucio convencer al Senado de que quien tiene razón es él y no los publicani? —inquirió Mario.

 

—¿Tú qué crees?

 

Mario reflexionó, lamentando no haber ocupado más tiempo de su carrera pública en Roma en vez de hacerlo en el campo de batalla.

 

—Su reputación es intachable, y eso evitará que muchos de los senadores sin derecho a la palabra se sientan tentados de respaldar a los publicani o… al Tesoro. Y seguro que hace un magnífico discurso. Y Craso Orator hablará aun mejor, apoyándole.

 

—Eso es lo que yo creo. Sintió mucho tener que abandonar la provincia de Asia, ¿sabes? Creo que nunca tendrá un empleo que le complazca más que éste. Es un hombre muy meticuloso, de mente muy clara, un administrador sin par. Mi cometido ha consistido en recopilar información de todos los distritos de la provincia para que él adoptase las decisiones pertinentes con arreglo a esos datos. El resultado es que al cabo de treinta y

 

cinco años, la provincia de Asia cuenta por fin con cifras realistas para determinar los impuestos y el Tesoro no tiene excusa para exigir más.

 

—Sí, claro, a menos que llegara el cónsul, el imperium del gobernador le permite anular dentro de la provincia cualquier directriz de Roma —dijo Mario—. Sin embargo, os habéis enfrentado a los censores Y los Publicani pueden argüir que tienen contratas legales, lo mismo que el Tesoro. Al entrar nuevos censores habrán extendido nuevas contratas… ¿Habéis podido hacer llegar vuestros datos a Roma a tiempo de que influyesen en la corrección de las sumas estipuladas en las nuevas contratas?

 

—Desgraciadamente, no —contestó Rutilio Rufo—. Ésa es otra de las razones por las que Quinto Mucio ha tenido que irse, pues a él le parece que podrá influir en los dos nuevos censores para que anulen las contratas de la provincia de Asia y extiendan otras nuevas.

 

—Eso no debería irritar a los publicani, siempre que el Tesoro acepte reducir sus ingresos —dijo Mario—. Ya verás cómo Quinto Mucio encuentra más dificultades con el Tesoro que con los recaudadores. Al fin y al cabo los publicani podrán realizar buenos beneficios si no tienen que pagar al Tesoro cantidades absurdas, ¿no?

 

—Exacto —asintió Rutilio Rufo—. En eso basamos nuestras esperanzas una vez que Quinto Mucio consiga meter en la dura cabeza de los senadores y los tribunos del Tesoro que Roma no puede seguir esperando recibir de la provincia de Asia lo que actualmente recauda.

 

—¿Quién crees que va a protestar más?

 

—El primero de todos, Sexto Perquitieno. Él obtendrá un buen beneficio, pero ya no podrá llevarse obras de arte de incalculable valor cuando la gente no pueda pagar los impuestos. Después, algunos personajes del Senado que están muy comprometidos con los grupos de presión de caballeros y que tal vez hayan adquirido también valiosas obras de arte. Cneo Domicio Ahenobarbo, pontífice máximo, por ejemplo, Catulo César, el Meneítos, me imagino, Escipión Nasica y algunos de los Licinios Crasos, aunque no el Orator.

 

—¿Y el portavoz del Senado?

 

—Supongo que Escauro apoyará a Quinto Mucio. O al menos nosotros confiamos en ello, Cayo Mario. Hay que reconocer que Escauro es un romano recto, a la antigua —añadió Rutilio Rufo conteniendo una risita—. Además, todos sus clientes están en la Galia itálica y no tiene intereses personales en la provincia de Asia; a él sólo le gusta nombrar reyes y cosas por el estilo. ¿Recaudación de impuestos? ¡Sórdido asunto! Y tampoco es coleccionista de obras de arte.

 

 

Dejando a un Publio Rutilio Rufo mucho más contento y sumido en sus propias preocupaciones en el palacio del gobernador (pues se negó a abandonar su puesto), Cayo Mario llevó a su familia a la villa de Halicarnaso para pasar un agradable invierno, rompiendo la monotonía con un viaje a Rodas.

 

Que pudieran navegar de Halicarnaso a Tarsos se debió estrictamente a los desvelos de Marco Antonio Orator, que había puesto fin, al menos provisionalmente, a las actividades de los piratas de Panfilia y Cilicia, pues antes de la campaña de Antonio Orator la simple idea de un viaje por mar habría sido una locura, ya que no había presa que los piratas codiciaran más que un senador romano, sobre todo de la importancia de Cayo Mario, ya que habrían podido exigir un rescate de veinte o treinta talentos de plata.

 

El barco bordeó la costa y el viaje duró más de un mes. Las ciudades de Licia recibieron alborozadas a Mario y a su familia, igual que la gran ciudad de Atalcia en Panfilia. Nunca habían visto unas montañas como aquéllas, tan próximas al mar, ni siquiera en la marcha costera hacia la Galia, comentó Mario. Sus cumbres nevadas rozaban el cielo y sus pies se bañaban en las aguas.

 

Los pinares de la región eran fastuosos, pues jamás habían sido talados; sólo Chipre, no muy lejos de su ruta, tenía madera de sobra para suplir las necesidades de toda la zona, incluido Egipto. No era de extrañar, pensó Mario conforme transcurrían los días, que la piratería hubiese medrado allí, pues los recovecos de la costa y las imponentes montañas proveían de excelentes calas y puertecillos ocultos. Coracesium, que había sido la

 

capital de los piratas, era tan idónea al efecto que se habría dicho un don de los dioses. Constaba de un espolón coronado por una fortaleza, prácticamente rodeado por el mar. Antonio se había apoderado de ella merced a la traición desde dentro. Mirando sus fuertes bastiones, Mario se estrujó el cerebro pensando algún modo de tomarla.

 

Finalmente llegaron a Tarsos, unas millas aguas arriba del plácido Cidrto, y por tanto al abrigo del mar abierto pero con función de puerto. Era una ciudad fuertemente amurallada, en la que, naturalmente, los ilustres huéspedes se alojaron en el palacio. La primavera se adelantaba en aquella parte de Asia Menor y en Tarsos ya hacía calor; Julia insinuó que no le gustaría quedarse en aquel horno cuando Mario iniciase su viaje por tierra a Capadocia.

 

A finales de invierno le había llegado carta a Halicarnaso del rey de Capadocia, Ariarates VII, prometiéndole que él en persona llegaría a Tarsos a finales de marzo y con sumo placer y mucha honra le escoltaría desde aquella ciudad hasta Eusebia Mazaca. Sabiendo que el joven rey estaría esperándole, a Mario le consumía la impaciencia viendo que el viaje se prolongaba tanto, pero no tuvo valor para negarle a Julia los caprichos de unas excursiones a Olba y a las cascadas próximas a Side. Pero cuando llegaron a Tarsos, a mediados de abril, el pequeño rey no estaba allí ni se sabía nada de él.

 

Varias cartas despachadas a Mazaca no obtuvieron respuesta; de hecho, no regresó ninguno de los correos y Mario comenzó a preocuparse, aunque no lo manifestó ante Julia y su hijo; pero su preocupación creció cuando Julia insistió en hacer con él el viaje a Capadocia. Era evidente que no podía llevarla consigo ni dejarla allí, sometida al caluroso verano. La situación se complicó dada la peligrosa y ambigua situación de Cilicia en aquella región. El país, que había sido posesión egipcia, había pasado después a manos de Siria, para vivir a continuación una época de abandono, período durante el cual las confederaciones de piratas habían ido usurpando casi todo su poder, incluso sobre las fértiles llanuras llamadas Pedia, al este de Tarsos.

 

La dinastía seléucida de Siria se iba diezmando en una serie de guerras ciViles entre hermanos y pretendientes al trono, y en aquel entonces había dos reyes en la Siria del norte: Antíoco Gripo y Antíoco Ciziceno, quienes se hallaban tan ocupados luchando por la posesión de Antioquía y Damasco que durante años se habían visto obligados a dejar el resto del país en barbecho, con el resultado de que los judíos, los idumeos y los nabateos habían fundado reinos independientes en el sur y Cilicia estaba muy abandonada.

 

Por eso al llegar Marco Antonio Orator a Tarsos con la intención de utilizarla como base se encontró con una Cilicia madura para la conquista y, dotado de imperium para ello, la declaró provincia dependiente de Roma. Pero a su marcha dejó un gobernador que le sustituyera y Cilicia volvió a caer en el olvido. Las ciudades griegas bien pobladas y seguras, que se habían constituido en entidades económicas, sobrevivieron bien, y Tarsos era una de ellas. Pero entre estas poblaciones había regiones enteras en las que nadie gobernaba en nombre de nadie, dominaban tiranos o las gentes decían simplemente que ahora eran de Roma. Mario no tardó en llegar a la conclusión de que tendrían que pasar muchos años para que los piratas recuperasen su poderío. Entretanto, los magistrados locales se congratularon de recibir al que creían el nuevo gobernador.

 

Cuanto más aguardaba recibir noticias del rey Ariarates, más claro le resultaba que quizá le llamasen para emprender algo desesperado en Capadocia o un asunto que requiriese mucho tiempo. Por eso su mujer y su hijo eran en ese momento su mayor preocupación. Dejarlos en Tarsos, expuestos al riesgo de las enfermedades estivales, estaba descartado, igual que llevarlos a Capadocia. Y cuando pensaba en hacerlos regresar por mar a Halicarnaso, la imagen de la inexpugnable fortaleza de Coracesium ensombrecía sus pensamientos y le inducía a imaginar un sucesor del rey pirata. ¿Qué hacer? Nada sabemos de esta parte del mundo, se dijo, pero está claro que tenemos que explorarla; el extremo oriental del Mediterráneo va sin timón y una tempestad va a hacerlo naufragar.

 

Cuando ya casi terminaba el mes de mayo sin que hubiese noticias de Ariarates, Mario adoptó una decisión.

 

—Haz el equipaje —dijo a Julia más secamente de lo que quería—. Voy a llevarme al pequeño, pero no a Mazaca. En cuanto estemos a suficiente altura y el clima sea más fresco, y esperemos que más saludable, vais a quedaros en algún lugar adecuado y yo continuaré solo a Capadocia.

 

Julia quiso discutir, pero se contuvo. Aunque nunca había visto a Mario en el campo de batalla, le habían llegado rumores de su autocracia militar; y ahora recordaba ciertos comentarios de un problema que le obsesionaba y que estaba relacionado con Capadocia.

 

Dos días más tarde partían, escoltados por un grupo de la milicia local al mando de un joven griego de Tarsos a quien Mario había cobrado gran afición, igual que Julia. Detalle más que favorable, como se vería después. En este viaje no andaba nadie a pie porque el itinerario discurría por un paso de montaña llamado las Puertas de Cilicia y era elevado y difícil. Encaramada en una silla de lado en un asno, Julia consideró que valía la pena la incomodidad por disfrutar de aquel magnífico paisaje durante el ascenso. Avanzaban por estrechos senderos en medio de enormes montañas y cuanto más ascendían, más profunda se hacía la nieve. Casi resultaba increíble que tres días antes hubiera estado quejándose del calor costero y ahora tuviera que buscar en los cofres ropa de abrigo. El tiempo se mantuvo sereno y soleado, pero cuando cruzaban pinares se helaban de frío, por lo que deseaban llegar a los tramos sin vegetación llenos de barrancos y turbulentos torrentes que desembocaban en un crecido río que discurría veloz entre espuma y remolinos.

 

A los cuatro días de salir de Tarsos ya casi habían alcanzado la altura máxima. En un estrecho valle, Mario encontró un campamento de indígenas que habían acudido desde la llanura con sus rebaños de ovejas a los pastos de verano, y allí dejó a Julia y al pequeño Mario con la escolta de la milicia. El joven griego de Tarsos, que se llamaba Morsimo, recibió orden de cuidarlos y protegerlos; con una buena suma compró la voluntad de los nómadas y Julia se vio dueña de una de sus grandes tiendas de cuero marrón.

 

—En cuanto me acostumbre al olor, estaré cómoda —dijo a Mario antes de que se fuera—. Dentro no se pasa frío, y tengo entendido que unos

 

cuantos pastores han ido a comprar más grano y provisiones. Vete y no te preocupes de mí ni del pequeño, que por lo visto quiere hacerse pastor. Morsimo nos cuidará estupendamente. Lo único que siento, esposo mío, es que hayamos resultado una carga para ti.

 

 

Y así se puso en camino Mario, tan sólo acompañado de dos de sus esclavos y un guía que le asignó Morsimo y que al parecer prefería proseguir viaje con el romano en vez de quedarse atrás. Por lo que Mario pudo entender, aquellos valles interiores y las escasas altiplanicies por las que pasó estaban a unos mil ochocientos metros, lo no era una altura excesiva como para causar mal de montaña y dolor de cabeza, pero sí para dificultar bastante el cabalgar. Aún les quedaba un largo camino hasta Eusebia Mazaca, que, según le dijo el guía, era el único núcleo urbano en el interior de Capadocia.

 

El sol se había puesto en el momento en que coronaban la vertiente hidrográfica de los ríos que vertían en la Cilicia pediana y los que contribuían a la enorme longitud y caudal del Halis, y siguieron cabalgando en medio de aguanieve, niebla y lluvia. Frío, con llagas de tanto cabalgar, muerto de cansancio, Mario aguantaba las horas de viaje con las piernas colgando y dando gracias por tener la piel de la cara interna de los muslos lo bastante endurecida para que no se le desgarrara por el roce.

 

Al tercer día volvieron a ver el sol. Las inmensas llanuras se le antojaron lugar idóneo para el ganado, pues eran herbosas y casi sin bosques. Capadocia, le dijo el guía, no tenía buenas tierras ni un clima adecuado para que creciesen grandes bosques, pero se cultivaba excelente trigo labrando el suelo.

 

—¿Y por qué no lo labran? —inquirió Mario.

 

—Hay poca gente —contestó el guía encogiéndose de hombros—. Cultivan lo que pueden y un poco más para venderlo en el Halis, por el que remontan las barcazas mercantes. Pero no pueden venderlo en Cilicia porque el camino es muy malo. ¿Para qué van a preocuparse, si comen bien y están contentos?

 

Esa fue casi la única conversación que sostuvo Mario con el guía durante el camino; incluso por la noche, cuando se guarecían en tiendas de cuero marrón de algunos pastores nómadas o en casas de adobe de alguna aldea, hablaban poco. Las montañas se sucedían más próximas o más lejanas, pero nunca eran menos elevadas, menos verdes o menos nevadas.

 

Luego, cuando el guía dijo que Mazaca se encontraba sólo a cuatrocientos estadios (que Mario tradujo en cincuenta millas romanas), entraron en una región tan extraña, que él lamentó que no la viera Julia. Seguían las llanuras onduladas, pero interrumpidas por barrancos serpenteantes llenos de torres cónicas que parecía que habían sido cuidadosamente construidas con arcilla multicolor, una vasta región de juguete edificada por un niño gigante loco. En algunas zonas, las torres estaban rematadas por enormes piedras planas; Mario imaginó que se balanceaban, dado lo precariamente que se sostenían en los escasos pináculos de las torres. ¡Ah, maravilla! Sus ojos comenzaban a distinguir ventanas y puertas en algunas de aquellas estructuras naturales tan extrañas.

 

—Por eso no se ven más pueblos —dijo el guía—. Aquí hace frío y el buen tiempo dura poco, por eso la gente excava la vivienda en esas torres de piedra, que en verano son frescas y en invierno calientes. ¿Para qué van a construir casas si ya se las da la Gran Diosa?

 

—¿Cuánto tiempo hace que viven en esas casas de piedra? —inquirió Mario, fascinado.

 

—Desde que existe el hombre —contestó el guía, que lo ignoraba—. En Cilicia decimos que los primeros hombres llegaron de Capadocia y ya entonces vivían así.

 

Seguían cabalgando por aquellos barrancos llenos de torres, cuando Mario comenzó a otear la montaña; estaba casi aislada y era la más alta que él había visto, más alta que el monte Olimpo de Grecia, incluso más alta que las de la cordillera que bordea la Galia itálica. El macizo principal era cónico, pero tenía otros conos menores en las laderas y estaba totalmente cubierta de nieve, que brillaba bajo un cielo límpido. Naturalmente sabía de qué montaña se trataba: era el monte Argacus, descrito por los griegos y que sólo unos pocos occidentales habían visto. Y sabía que a sus pies estaba Eusebia Mazaca, la única ciudad de Capadocia y sede del rey.

 

Lamentablemente, viniendo de Cilicia se aproximaban a la montaña por el lado desde el que no se podía ver la ciudad, situada al norte a la orilla del Halis, el gran río rojo de Anatolia central, río que era el mejor medio de comunicación de Mazaca.

 

Poco después de mediodía Mario avistó las edificaciones apiñadas detrás del monte Argacus, y estaba a punto de lanzar un suspiro de alivio cuando se dio cuenta de que estaban entrando en un campo de batalla. ¡Que extraordinaria sensación cabalgar por un terreno en el que habían luchado y perecido miles de hombres pocos días antes, sin tener noticia de que hubiera habido una batalla! Por primera vez en su vida, Cayo Mario, vencedor de Numidia y de los germanos, cruzaba como observador un campo de batalla.

 

Sentía picor, escozores y calor, pero continuaba cabalgando hacia la pequeña ciudad sin preocuparse mucho. No habían hecho nada por limpiar aquella extensión y por doquier se veían cadáveres hinchados en descomposición, desprovistos de armadura y ropa, y en la hedionda atmósfera sólo campaban nubes de moscas. El guía lloraba y los dos esclavos habían enfermado, pero Cayo Mario seguía cabalgando como si nada, atento a descubrir algo menos atroz; el campamento de un ejército vivo y victorioso. Y allí estaba, a tres millas al noreste, un mar enorme de tiendas de cuero bajo un tenue palio azulado de los innumerables fuegos.

 

Mitrídates. No podía ser otro. Y Cayo Mario no cometió el error de pensar que el ejército de cadáveres era el de Mitrídates. No; el suyo era el indemne y victorioso, porque aquel terreno por el que cabalgaba estaba lleno de capadocios; miserables habitantes de cuevas en la roca, pastores nómadas y probablemente —se dijo, recobrando su sentido práctico— también cadáveres de mercenarios sirios y griegos. ¿Dónde estaría el pequeño rey? No había necesidad de preguntarlo. No se había presentado en Tarsos ni había contestado a las cartas porque había muerto. Igual que los correos, sin duda alguna.

 

Quizá otro hombre habría vuelto grupas, alejándose precipitadamente con la esperanza de que no hubiesen detectado su llegada; pero no Cayo Mario. Por fin había dado con el rey Mitrídates Eupator, aunque fuera de su reino. Y lo que hizo fue azuzar en los flancos a su cansada montura para apresurar el encuentro.

 

Cuando se dio cuenta de que no había guardia y no habían detectado su avance, que nadie le salía al paso al cruzar la gran puerta de la ciudad, Mario quedó asombrado. ¡Qué seguro debía de sentirse el rey del Ponto!

 

Deteniendo la sudorosa cabalgadura, atisbó los bloques en ascenso de las calles en busca de una acrópolis o ciudadela y vio en la ladera, detrás de la ciudad, lo que dedujo sería el palacio: un edificio en piedra blanda poco resistente al mordisco de los vientos invernales, pues estaba enlucida y pintada de azul oscuro, en el que destacaban las columnas de color rojo fuerte y con capiteles en rojo aún más oscuro, realzados por relucientes dorados.

 

¡Allí debe de estar!, se dijo Mario. Hizo entrar al caballo por una de las estrechas calles en cuesta, orientándose hacia el palacio, que circundaba una tapia pintada de azul y asomaba en medio de unos jardines desnudos. La primavera se hace esperar en Capadocia, pensó, lamentando que el joven Ariarates no hubiera alcanzado a verla. Era evidente que las gentes de Mazaca se habían escondido, pues las calles estaban desiertas, y cuando llegó a la puerta del recinto de palacio se la encontró sin guardia alguna. ¡Sí que se sentía seguro Mitrídates!

 

Dejó el caballo en manos de los criados que había al pie de la escalinata de la puerta principal, una doble puerta de bronce cincelado con relieves representando escenas del estupro de Perséfone por Hades, con increíble lujo de detalles. Disponía del tiempo que quisiera para fijarse en aquellas repugnantes bufonadas y se detuvo un momento a la espera de que contestasen a su atronadora llamada. Finalmente, oyó crujir y chirriar la puerta y se abrió una de las hojas.

 

—¡Sí, sí, ya he oído! ¿Qué deseáis? —preguntó un anciano en griego. Mario sintió en lo más profundo de su ser unas ganas incontenibles de

 

echarse a reír y habló con voz temblona, casi burlona.

 

—Soy Cayo Mario, cónsul de Roma. ¿Está el rey Mitrídates?

 

—No —contestó el viejo.

 

—¿Y se le espera?

 

—Sí, antes de que anochezca.

 

—¡Estupendo! —dijo Mario cruzando la puerta y entrando a una vasta sala, que sin lugar a dudas era el salón del trono o de recepción, haciendo gesto a sus servidores para que le siguieran—. Necesito alojamiento para mí

 

y estos tres hombres. Hemos dejado los caballos fuera, necesitan ser conducidos al establo. Para mí, un baño caliente ahora mismo.

 

 

Cuando supo que llegaba el rey, Mario, revestido con la toga, salió al pórtico del palacio y aguardó solo en lo alto de la escalinata. Por las calles de la ciudad se veían avanzar tropas de caballería al paso, bien montadas y bien armadas; llevaban escudos rojos con el emblema de una luna creciente ciñendo una estrella de ocho puntas, vestían túnica roja sobre corazas de plata sin cincelar y cascos cónicos, rematados no por plumas o crines de caballo, sino por un creciente de oro en torno a una estrella de plata.

 

El rey no encabezaba el cortejo y era imposible distinguirlo entre aquellos centenares de soldados. Quizá no le preocupe que no haya guardia en palacio cuando él no está, pensó Mario, pero desde luego, cuida bien de su persona. El escuadrón cruzó la puerta y llegó hasta la escalinata, en medio del curioso ruido que hacen los cascos sin herrar, lo que a Mario le hizo recordar que el Ponto era un país no lo bastante desarrollado para disponer de herreros para las monturas. Naturalmente, él era perfectamente visible y permanecía majestuosamente envuelto en su toga bordada en púrpura varios pies por encima de aquella tropa.

 

El escuadrón abrió filas y el rey Mitrídates Eupator salió del centro en un gran caballo bayo. Llevaba una capa púrpura, igual que el escudo que portaba su escudero, aunque con el mismo emblema del creciente y la estrella. Pero él no llevaba casco, sino que se tocaba con una piel de león, cuyos colmillos superiores le rozaban las cejas, con las orejas erguidas y las cuencas de los ojos vacías. Por debajo de la coraza dorada llena de adornos y la faldilla de tiras asomaba otra faldilla y las mangas de una malla dorada; calzaba unas preciosas botas griegas de piel de león con cordones de oro y borlas en forma de cabeza de león.

 

Mitrídates bajó del caballo y se detuvo al pie de la escalinata, mirando a Mario desde una posición inferior que en absoluto parecía complacerle. Pero reaccionó inteligentemente y en seguida comenzó a ascenderla. Debe tener la misma contextura y estatura que tenía yo, pensó Mario. No era

 

guapo, aunque su rostro era agradable, bastante ancho y cuadrado, con barbilla redonda prominente y nariz grande, ligeramente torcida. Era de tez clara, con destellos de cabello dorado y patillas que asomaban por debajo de la cabeza de león, y ojos castaños; la boca, pequeña y de labios muy rojos, daba a entender que el rey era colérico y malhumorado.

 

Vamos, ¿cuándo habrás visto antes a alguien con toga praetexta?, se dijo Mario, repasando mentalmente lo que sabía del rey, sin recordar ninguna ocasión en que hubiera podido verla, ni siquiera una toga alba. Porque Mitrídates no había dejado traslucir ninguna duda de que no hubiese identificado a un consular romano, de eso estaba seguro Mario, pues la experiencia le decía que los que no habían visto nunca la vestidura siempre quedaban fascinados, aunque la conocieran por referencias. ¿Donde has visto tú un cónsul?

 

El rey Mitrídates Eupator acabó de ascender con soltura la escalinata y, ya en lo alto, tendió la mano derecha con arreglo al gesto universal de paz. Se estrecharon la mano, y ambos fueron lo bastante inteligentes para no convertir la ceremonia en una pugna de fuerza.

 

—Cayo Mario —dijo Mitrídates, en un griego con igual deje que el de Mario—, es un inesperado placer.

 

—Rey Mitrídates, ojalá pudiera decir lo mismo.

 

—¡Pasad, pasad! —dijo el monarca, cordial, echando un brazo por encima de los hombros de Mario y empujándole hacia la puerta entreabierta

 

—. Espero que la servidumbre os haya hecho sentir cómodo. —No puedo quejarme, gracias.

Una docena de miembros de la guardia real se les adelantaron en el

 

salón del trono, cerrando el cortejo otros doce. Revisaron todos los rincones y recovecos y la mitad de ellos salió para seguir registrando el resto del palacio, mientras los que quedaban no apartaban la vista de Mitrídates, quien se dirigió al trono de mármol con cojín púrpura y tomó asiento, chascando los dedos para que colocasen al lado un sillón para Cayo Mario.

 

—Os ¿an ofrecido refrescos? —Inquirió el rey. —He preferido tomar un baño —contestó Mario. —Pues ¿qué os parece si cenamos?

 

—Bien. Pero ¿por qué no lo hacemos aquí mismo, a menos que deseéis otra compañía? No me importa comer sentado.

 

Dispusieron, pues, una mesa entre ambos, trajeron vino y un sencillo plato de ensalada… yogur mezclado con ajo y pepino y unas sabrosas albóndigas de cordero a la parrilla. El rey no hizo ningún comentario respecto a la sencillez de la comida, sino que se dedicó a dar cuenta de ella con voracidad, igual que Mario, hambriento por el viaje.

 

Sólo una vez que hubieron acabado, y ya retirados los platos, se dispusieron a hablar. Afuera aún se veía un crepúsculo añil de ensueño, pero el salón del trono había quedado a oscuras; los aterrados criados iban de lámpara en lámpara, creando puntos de luz con una llamita temblona debido a la mala calidad del aceite.

 

—¿Dónde está Ariarates VI? —inquirió Mario.

 

—Ha muerto —contestó Mitrídates, hurgándose los dientes con un palillo de oro—. Murió hace dos meses.

 

—¿De qué?

 

La escasa distancia de un descansillo que separaba a Mario del rey le permitía ver que Mitrídates tenía los ojos tirando a verdes y que el color marrón se debía a múltiples motas, un detalle bastante notable. Ahora, aquellos ojos se tornaron glaciales, desviándose, para volver a fijarse en él muy abiertos y candorosos; va a mentirme, pensó inmediatamente Mario.

 

—De una enfermedad incurable —contestó Mitrídates con gesto compungido—, Creo que murió en palacio. Yo no estaba.

 

—Disteis batalla fuera de la ciudad —dijo Mario.

 

—No tuve más remedio —contestó escuetamente Mitrídates.

 

—¿Por qué?

 

—Porque había un pretendiente sirio al trono, una especie de primo seléucida. Hay mucha sangre seléucida en la familia real de Capadocia — añadió el rey.

 

—¿Y eso en qué os concierne?

 

—Atañe a mi suegro, uno de mis suegros, que es capadocio. El príncipe Gordio. Y mi hermana era madre del difunto Ariarates VII y de su hermano menor, que sigue vivo. Ese hijo es ahora, naturalmente, el rey, y así

 

garantizo que se siente en el trono de Capadocia el rey debido —contestó Mitrídates.

 

—No sabía que Ariarates VII tuviese un hermano más joven —dijo Mario con voz queda.

 

—Oh, sí. No os quepa duda.

 

—Debéis decirme qué sucedió.

 

—Pues que recibí una petición de ayuda en Dasteira el mes de Boedromion y, naturalmente, puse en pie mi ejército y marché sobre Eusebia Mazaca. Estaba desierta, el rey había muerto y su hermano había huido a las tierras de los trogloditas. Yo ocupé la ciudad y en ésas se presentó el pretendiente sirio con sus tropas.

 

—¿Cómo se llama ese pretendiente sirio? —Seleuco —se apresuró a contestar Mítrídates.

 

—¡Ah, un nombre verdaderamente apropiado para un pretendiente sirio! —comentó Mario.

 

Pero aquella cruda ironía no la captó Mitrídates, que no poseía la sutileza romana o griega respecto a las palabras, y seguramente apenas reía. Es mucho más raro que Yugurta de Numidia, pensó Mario; quizá no tan inteligente, pero sí mucho más peligroso. Yugurta asesinó a muchos parientes próximos, pero siempre consciente de que los dioses le exigirían cuentas, mientras que Mitrídates se cree un dios e ignora toda vergüenza o culpabilidad. Ojalá supiese más cosas de él y del reino del Ponto. Lo poco que me contó Nicomedes no me sirve de nada, seguramente se imagina que conoce a este hombre, pero no sabe nada de él.

 

—Creo entender que os enfrentasteis y derrotasteis a Seléuco, el pretendiente sirio —dijo Mario.

 

—Exacto —dijo el rey con desprecio—. ¡Era una tropa deplorable! Los matamos a casi todos.

 

—Eso he visto —dijo Mario con sequedad, inclinándose hacia adelante

 

—. Decidme, rey Mitrídates, ¿no es costumbre en el Ponto limpiar el campo de batalla?

Mitrídates parpadeó, mostrando su perplejidad por la falta de recato del romano.

 

—¿En esta época del año? —replicó—. ¿Para qué? Cuando llegue el verano ya se habrán descompuesto.

 

—Ya entiendo. — Erguido, porque era el modo romano de sentarse, ya que la toga no permitía rebullirse mucho, Cayo Mario apoyó las manos en los brazos del sillón—. Me gustaría ver al rey Ariarates octavo, si es que así se llama. ¿Sería posible?

 

—¡Desde luego, desde luego! —replicó Mitrídates afablemente, y dio unas palmadas—. Que vengan el rey y el príncipe Gordio —ordenó al anciano servidor que acudió a la llamada—. Hallé a mi primo y al príncipe Gordio a salvo entre los trogloditas hace diez días —añadió, dirigiéndose a Mario.

 

—¡Qué suerte! —comentó éste.

 

Entró el príncipe Gordio llevando de la mano a un niño de unos diez años. El tendría más de cincuenta y ambos vestían al estilo griego; permanecieron obedientemente a los pies del estrado, frente a Mitrídates y Mario.

 

—Hola, jovencito, ¿cómo estás? —inquirió Mario.

 

—Bien, gracias, Cayo Mario —contestó el niño, de un asombroso parecido a Mitrídates.

 

—Tengo entendido que tu hermano ha muerto.

 

—Sí, Cayo Mario. Murió aquí en palacio hace dos meses de una enfermedad incurable —trinó el pequeño monarca.

 

—¿Y tú eres ahora el rey de Capadocia?

 

—Sí, Cayo Mario.

 

—¿Y te complace?

 

—Sí, Cayo Mario.

 

—¿Tienes edad para gobernar?

 

—Me ayudará el abuelo Gordio.

 

—¿Abuelo?

 

—Soy abuelo de todo el mundo, Cayo Mario —terció Gordio con un suspiro y una aviesa sonrisa.

 

—Entiendo. Gracias por la audiencia, rey Ariarates.

 

El niño y el adulto salieron, tras una airosa reverencia.

 

—Es un buen chico mi Ariarates —dijo Mitrídates con gran satisfacción.

 

—¿Vuestro Ariarates?

 

—Metafóricamente, Cayo Mario.

 

—Se os parece mucho.

 

—Su madre era mi hermana.

 

—Sí, ya se que en vuestro linaje hay muchos matrimonios consanguíneos —dijo Mario agitando las cejas, elocuente aviso para Lucio Cornelio Sila, aunque para el rey Mitrídates carecía de significado—. Bien, por lo visto, los asuntos de Capadocia han quedado bien arreglados — añadió jovial—. Eso significa, naturalmente, que vais a regresar al Ponto con vuestro ejército.

 

Mitrídates tuvo un sobresalto.

 

—Creo que no, Cayo Mario. Capadocia aún no está segura y ese niño es el último del linaje. Será mejor que mantenga aquí mi tropa.

 

—¡Sería mejor que regresarais con ella a vuestro país!

 

—No puedo.

 

—Sabéis que sí.

 

El rey comenzó a rebullirse, entre crujidos de su coraza.

 

—¡No podéis decirme lo que debo hacer, Cayo Mario!

 

—Oh, sí puedo —replicó Mario con firmeza, sin perder la calma—. A Roma no le interesa notablemente esta parte del mundo, pero si comenzáis a mantener ejércitos de ocupación en países que no os pertenecen, puedo aseguraros que aumentará enormemente el interés de Roma por esta región. Y las legiones de Roma las forman romanos, no campesinos capadocios ni mercenarios sirios. Estoy seguro que no deseáis ver las legiones romanas por aquí. Pero, a menos que regreséis al Ponto con vuestro ejército, rey Mitrídates, veréis legiones romanas. Os lo garantizo.

 

—¡No podéis decir eso sin tener ningún cargo!

 

—Soy un romano consular, puedo decirlo y os lo digo.

 

La cólera del rey iba en aumento, pero Mario advirtió que también comenzaba a sentir miedo. ¡Siempre los asustamos!, pensó regocijado. Son

 

como esos animales tímidos que se alejan gañendo con el rabo entre piernas.

 

—¡Aquí me necesitan, igual que a mi ejército!

 

—No es cierto. ¡Volved a vuestro país, rey Mitrídates!

 

El rey se puso en pie de un salto y se llevó la mano a la espada, al tiempo que se acercaban los doce soldados de guardia que había en el salón, a la espera de órdenes.

 

—¡Podría mataros, Cayo Mario! ¡Y creo que lo haré! Podría mataros y nadie sabría lo que os ha sucedido. Podría enviar vuestras cenizas a Roma en un gran jarrón de oro con una carta de pésame diciendo que habíais muerto de una enfermedad mortal en este palacio de Mazaca.

 

—¿Como Ariarates VII? —inquirió Mario inmutable, irguiéndose en el sillón audazmente, sin alterarse—. ¡Calmaos rey Mitrídates! Sentaos y sed razonable. Sabéis perfectamente que no podéis matar a Cayo Mario. Si lo hicieseis, las legiones romanas acudirían al Ponto y a Capadocia con la rapidez que permitan nuestras naves. Sabéis —prosiguió en tono locuaz, tras un carraspeo— que no hemos tenido una guerra desde que derrotamos a tres cuartos de millón de bárbaros germanos. ¡Y eso sí que era un enemigo! Aunque no un enemigo que pueda compararse en riqueza al Ponto. El botín que Roma podría obtener en esta parte del mundo haría esa guerra muy deseable. ¿Para qué provocarla, rey Mitrídates? ¡Volved a vuestro país!

 

De pronto, Mario se vio solo. El rey había abandonado el salón con su guardia. El romano, pensativo, se puso en pie y salió de allí camino de sus habitaciones, con el estómago lleno de buena comída sencilla, como a él le gustaba, y la cabeza plena de interesantes cavilaciones. Que Mitrídates retiraría su ejército, no le cabía la menor duda, pero ¿dónde habría visto romanos togados? ¿Y dónde habría visto un romano con toga bordada en púrpura? Que el rey supiese que él era Cayo Mario sería porque el anciano le habría enviado aviso, pero lo dudaba. No, el rey habría recibido las cartas que él había enviado a Amasia y desde entonces había tratado de eludir su visita. Lo que quería decir que Batacio, el archigallos de Pessinus era un espía a su servicio.

 

Y por mucho que madrugó al día siguiente, deseoso de emprender el camino a Cilicia lo antes posible, resultó tarde para ver al rey del Ponto. El rey del Ponto, le dijo el anciano servidor, había salido con su ejército de regreso a su país.

 

—¿Y el pequeño Ariarates Eusebio Filopator? ¿Ha partido con el rey Mitrídates o sigue aquí?

 

—Está aquí, Cayo Mario. Su padre le nombró rey de Capadocia y aquí debe estar.

 

—¿Su padre? —inquirió Mario con brusquedad.

 

—El rey Mitrídates —contestó el anciano cándidamente.

 

¡Así que era eso! Nada de hijo de Ariarates VI, sino hijo de Mitrídates.

 

Era listo, pero no lo bastante.

 

Gordio salió a despedirle, todo sonrisas y reverencias; pero al rey niño no lo vio por ninguna parte.

 

—Así que haréis de regente —dijo Mario, de pie junto a un caballo nuevo, mucho más alto que el que le había traído desde Tarsos; también sus servidores llevaban mejores monturas.

 

—Hasta que el rey Ariarates Eusebio Filopator sea mayor de edad para reinar, Cayo Mario.

 

—Filopator —dijo Mario en tono burlón— significa hijo amante de su padre. ¿Creéis que echará de menos a su padre?

 

—¿A su padre? —replicó Gordio, abriendo unos ojos como platos—. Su pobre padre murió cuando él era muy pequeño.

 

—No, Ariarates VI hace mucho que murió para haber podido engendrar este niño —espetó Mario—. No soy tonto, príncipe Gordio. Llevad este aviso a vuestro señor Mitrídates. Decidle que sé de quién es hijo el rey de Capadocia. Y que estaré vigilante —añadió, aceptando que le ayudara a meter el pie en el estribo—. Me imagino que sois el abuelo real del niño y no el abuelo de todo el mundo. La única razón por la que he dejado las cosas como están es porque la madre del niño, al menos, es capadocia… vuestra hija, supongo.

 

Incluso aquel ser, rendido servidor de Mitrídates, comprendió que era inútil seguir fingiendo y asintió con la cabeza.

 

—Mi hija es la reina del Ponto, y su hijo mayor sucederá al rey Mitrídates. Por eso me complace que este niño reine en mi propio país. Es el último del linaje; mejor dicho, lo es su madre.

 

—No sois príncipe real, Gordio —dijo Mario con desdén—. Seréis capadocio, pero supongo que el título de príncipe os lo habéis atribuido. Con lo cual vuestra hija no es la última del linaje. Llevad mi aviso al rey Mítrídates.

 

—Así lo haré, Cayo Mario —contestó Gordio sin ofenderse.

 

Mario hizo girar al caballo, pero se detuvo y miró hacia atrás.

 

—¡Ah, una última cuestión! ¡Limpiad el campo de batalla, Gordio! Si los orientales queréis ganaros el respeto de los países civilizados debéis conduciros como personas civilizadas. No se dejan miles de cadáveres tirados después de un combate, aunque sean del enemigo y se les desprecie. No es un buen recurso militar, sino un signo de barbarie. Y, por lo que veo, eso es lo que precisamente es vuestro amo Mitrídates… un bárbaro. Adiós.

 

Y puso el caballo al trote, seguido de sus servidores.

 

No es que Gordio admirase la audacia de Mario, pero tampoco admiraba a Mitrídates de corazón. Por eso volvió grupas y se dispuso a hablar con el rey antes de que abandonase Mazaca para repetirle todo lo que le había dicho Mario y complacerse en el enfado de Mítrídates. Claro que su hija era reina del Ponto, y su nieto Farnaces, heredero del trono del Ponto. Sí, no le iban mal las cosas a él, que, como había dicho Mario, no era príncipe real de Capadocia.

 

Cuando el rey niño, que era hijo de Mitrídates, tuviera derecho a reinar, sin duda apoyado por su padre, él se aseguraría el reinado en el templo de Ma de Comana, en un valle de Capadocia situado entre el curso alto del Sarus y del Piramo. Allí, siendo sacerdote-rey, estaría seguro y gozaría de enorme prosperidad y poder.

 

Encontró a Mitrídates al día siguiente en un campamento a la orilla del Halis, no lejos de Mazaca, y le transmitió palabra por palabra lo que Mario le había dicho. El rey se enfureció pero no hizo comentario alguno; se limitó a mirarle con ojos desorbitados mientras apretaba y aflojaba los puños.

 

—¿Has limpiado el campo de batalla? —inquirió.

 

Gordio tragó saliva, sin saber qué contestar, y al final dio la respuesta equivocada.

 

—Claro que no, gran señor.

 

—Pues, ¿qué haces aquí? ¡Límpialo!

 

—¡Gran rey, divina majestad, os llamó bárbaro!

 

—Con arreglo a sus costumbres, claro que lo soy —replicó Mitrídates

 

—. No tendrá una segunda ocasión. Si es indicio de hombre civilizado gastar energías en semejantes tareas cuando la época del año lo hace innecesario, que así sea. Nosotros también gastaremos energías. ¡Nadie que se precie de civilizado encontrará en mi conducta ningún signo de barbarie!

 

Hasta que se te pase el malhumor, pensó Gordio para sus adentros; Cayo Mario tiene razón, gran señor, eres un bárbaro.

Se adecentó, pues, el campo de batalla en las afueras de Mazaca. Se quemaron los montones de cadáveres y las cenizas fueron enterradas en un enorme túmulo que resultaba insignificante visto con el telón de fondo del monte Argaeus.

 

Pero el rey Mitrídates no permaneció allí para ver sus órdenes cumplidas; hizo regresar su ejército al Ponto y él emprendió viaje a Armenia de un modo poco habitual, pues se hizo acompañar de casi toda la corte, incluidos diez esposas, treinta concubinas y media docena de sus hijos mayores, en un séquito que se extendía más de una milla de tantos caballos, carros de bueyes, literas, carrozas y acémilas de que constaba. Avanzaban casi a paso de caracol, cubriendo entre quince y veinticuatro millas diarias; pero avanzando constantemente, pese a las súplicas de algunas de sus mujeres más débiles para que hicieran un alto de un día o dos. Los escoltaba una caballería selecta de mil hombres, exactamente el número adecuado para una embajada real.

 

Porque de una embajada se trataba. En Armenia reinaba un nuevo rey, Mitrídates había recibido la noticia recién iniciada su campaña en Capadocia e inmediatamente envió órdenes específicas a Dasteira para que vinieran mujeres e hijos, notables, regalos, ropas y equipaje. La caravana tardó casi dos meses en llegar al Halis junto a Mazaca, casi al mismo

 

tiempo que Cayo Mario. Mario no había encontrado al rey en Mazaca porque estaba con su corte itinerante a orillas del Halis para comprobar que todo se había hecho conforme a sus deseos.

 

De momento, lo único que sabía Mitrídates del nuevo soberano armenio es que era joven, hijo legítimo del antiguo rey Artavasdes, que se llamaba Tigranes y que había sido rehén del rey de los partos desde niño. ¡Un rey de mi edad!, pensaba Mitrídates eufórico; un rey de una poderosa nación oriental que no tiene compromisos con Roma, ¡un rey capaz de aliarse con el Ponto contra Roma!

 

Armenia era un país atravesado por vastas cordilleras, en torno al Ararat, que se extendía por el este hasta el mar Caspio o Hircanio; por tradición y por su situación geográfica, estaba muy vinculado al reino de los partos, cuyos reyes nunca habían manifestado interés alguno por las tierras al oeste del río Éufrates.

 

La mejor ruta era seguir el Halis hasta su nacimiento, para cruzar la vertiente y llegar al pequeño reino de Mitrídates llamado Armenia Menor y el alto Éufrates y volver a cruzar otra cuenca hidrográfica hasta las fuentes del Araxes, hasta Artaxata, capital de Armenia.

 

En invierno, el viaje habría sido imposible por la altitud, pero a principios de primavera no podía ser más agradable. La caravana discurrió por valles llenos de flores: la achicoria azul, los amarillos ranúnculos y primaveras, las llamativas amapolas. No había bosques; unicamente plantaciones de árboles leñosos como barrera contra los vientos. Pero la estación era tan breve, que chopos y abedules aún no tenían hojas, pese a ser el mes de junio.

 

La única ciudad era Carana, y tampoco abundaban los pueblos; incluso las tiendas marrones de los nómadas eran escasas. Lo que significaba que la caravana tenía que transportar grano, forraje, frutas y verduras y recurrir a los pastores con que se tropezase para proveerse de carne. Sin embargo, Mitrídates fue listo y adquirió todo lo que no podía procurarse en la naturaleza, para quedar en la memoria de aquellas gentes como un auténtico dios que repartía espléndidas dádivas.

 

En Julio llegaron al río Araxes y surcaron el estrecho valle. Mitrídates fue muy escrupuloso en las compensaciones a los campesinos por cualquier destrozo que causaba su caravana, haciendo todas las transacciones por señas, pues los que sabían un poco de griego habían quedado más allá del Éufrates. Había enviado una avanzadilla a Artaxata para anunciar su llegada y se aproximaba a la ciudad muy risueño: algo le decía que aquel largo peregrinaje no iba a ser en vano.

 

Tigranes de Armenia acudió en persona a recibirle en el camino extramuros, escoltado por su guardia, totalmente cubierta de cota de malla, con largas lanzas en vanguardia y escudo a la espalda. El rey Mitrídates, fascinado, contempló aquellos enormes caballos, también cubiertos de cota de malla. ¡Qué espectáculo el rey armenio, de pie en un carro dorado de ruedas pequeñas tirado por seis pares de bueyes blancos, y a cubierto en un parasol! Vestía falda abierta con borlas, bordada en tonos amarillos y azafrán, chaquetilla de manga corta y se tocaba con una tiara ceñida con la cinta blanca de la diadema.

 

Mitrídates, con armadura dorada y la piel de león, botas griegas y la espada enjoyada en un tahalí con diamantes que fulgía al sol, bajó de su gran caballo bayo y avanzó hacia Tigranes con los brazos abiertos. Sus manos se juntaron, unos ojos oscuros miraron aquellos ojos verdes y se forjó una amistad que no se basaba estrictamente en el mutuo agrado. Cada uno vio en el otro a un aliado y ambos comenzaron inmediatamente a evaluar sus necesidades en la reciprocidad. Juntos, dieron media vuelta y comenzaron a caminar por el polvoriento camino hacia la ciudad.

 

Tigranes era de tez clara, pero de pelo y ojos oscuros. Llevaba el cabello y la barba largos, muy rizados y con hilos de oro. Mitrídates pensaba que tendría aspecto de monarca helenizado, pero su estilo no era helenista, sino parto; por eso llevaba el pelo, la barba y las vestiduras largos. No obstante, afortunadamente hablaba un excelente griego, igual que dos o tres de sus notables. El resto de la corte, como el populacho, hablaba un dialecto medo.

 

—Incluso en lugares tan partos como Ecbatana y Susa, hablar griego es signo de hombre cultivado —dijo el rey Tigranes mientras tomaban asiento

 

en dos sillones reales a un lado del trono de oro armenio—. No deseo ofenderos sentándome más alto —añadió.

 

—He venido a requerir un tratado de amistad y alianza con Armenia — dijo Mitrídates.

 

La conversación discurrió delicadamente para tratarse de dos hombres tan arrogantes y autócratas, indicio de que ambos vislumbraban un cómodo acuerdo. Mitrídates, naturalmente, era el más poderoso, pues no dependía de un soberano y su reino era mucho más extenso, aparte de ser muchísimo más rico.

 

—Mi padre era muy parecido en muchos aspectos al rey de los partos —dijo Tigranes—. Los hijos que tenía a su lado en Armenia los fue matando uno a uno, y yo me libré porque me habían enviado de rehén a los ocho años con el rey de los partos. Así, cuando mi padre cayó enfermo, no le quedaba más hijo que yo. El consejo armenio negoció con el rey Mitrídates de Partia mi liberación, pero el precio del rescate era muy elevado: setenta valles armenios, todos ellos en la frontera entre Armenia y la Atropatene media, lo que significaba que mi país perdía parte de sus tierras más fértiles. Además, esos valles tenían ríos auríferos, lapislázuli de gran calidad, turquesas y ónice negro. He jurado que Armenia recobrará esos setenta valles y me propongo encontrar un lugar mejor que este frío hoyo de Artaxata para construir otra capital.

 

—¿No contribuyó Aníbal al diseño de Artaxata? —inquirió Mitrídates. —Eso dicen —contestó Tigranes escuetamente, para volver al tema de

 

sus sueños imperiales—. Mi ambición es la expansión de Armenia hacia el sur, hacia Egipto, y hasta Cilicia por el oeste. Quiero ganar acceso al Mediterráneo, rutas comerciales, tierras más cálidas para cultivar trigo y que todos mis súbditos hablen el griego. — Se detuvo para humedecerse los labios—. ¿Qué os parece todo eso, Mitrídates?

 

—Me parece bien, Tigranes —contestó el rey del Ponto—. Os garantizo mi apoyo y mis tropas para que lo consigáis… si me apoyáis cuando avance hacia el oeste para apoderarme de la provincia romana de Asia Menor. Podéis quedaros con Siria, Comagene, Osrhoene, Sofene, Gordiea, Palestina y Nabatea. Yo me quedaré Anatolia, la Cilicia incluida.

 

Tigranes no se lo pensó dos veces.

 

—¿Cuándo? —inquirió.

 

Mitrídates se recostó en la silla.

 

—Cuando los romanos estén demasiado ocupados para percatarse de nosotros —contestó—. Somos jóvenes, Tigranes, y podemos esperar. Conozco a los romanos y sé que más pronto o más tarde Roma se verá envuelta en una guerra en Occidente o en Africa. En ese momento actuaremos.

 

Para sellar el pacto, Mitrídates presentó a la hija que había tenido con la difunta Laódice, una muchacha de quince años llamada Cleopatra, y se la ofreció a Tigranes por esposa. Como Armenia aún no tenía reina, Cleopatra ascendería al trono, compromiso de gran importancia, ya que un nieto de Mitrídates sería el heredero del trono de Armenia. Cuando la adolescente de cabello y ojos dorados vio a su futuro esposo, rompió a llorar aterrada por su extraño aspecto, Tigranes hizo una gran concesión para una persona que se ha criado en una cerrada corte oriental de barbas —reales y artificiales— y rizos —auténticos y ficticios—, afeitándose la barba y cortándose el largo cabello. La novia comprobó que, después de todo, era un guapo mozo, puso su mano sobre la de él y le sonrió. Deslumbrado por tanta amabilidad, Tigranes pensó que era un hombre afortunado, quizá la última vez en su vida que sentiría algo semejante a la humildad.

 

 

Cayo Mario se alegró sobremanera de encontrar a su esposa y a su hijo con la reducida escolta de Tarsos, y contentos de vivir la vida de pastores nómadas; el pequeño Mario había aprendido bastantes palabras de aquel extraño idioma de los nómadas y había asimilado muy bien el cuidado de las ovejas.

 

—¡Mira, tata! —dijo a su padre, al que había llevado a ver su pequeño rebaño en el sitio en que pastaban. Cogió una piedra y la tiró diestramente a un lado de la oveja que dirigía el rebaño, haciendo que al instante todos los animales dejasen de pastar y se tumbaran obedientes—. ¿Ves? Saben cuál es la señal para tumbarse. ¿Verdad que es estupendo?

 

—Desde luego —contestó Mario, mirando a su hijo, fuerte, atractivo y tostado por el sol—. Hijo, ¿estás listo para partir?

 

—¿Partir?

 

—Tenemos que salir inmediatamente para Tarsos.

 

El pequeño Mario parpadeó para ahuyentar las lágrimas, miró arrobado a sus ovejas y suspiró.

 

—Estoy listo, tata —respondió.

 

Julia arrimó su asno al alto caballo capadocio de Mario en cuanto pudo. —¿No puedes decirme qué es lo que te trae tan preocupado? —inquirió

 

—. ¿Por qué has enviado tan precipitadamente a Morsimos de avanzadilla? —Ha habido un golpe de estado en Capadocia —contestó Mario—, y el

 

rey Mitrídates ha puesto a su hijo en el trono, con su suegro de regente. El joven rey capadocio ha muerto, sospecho que asesinado por Mitrídates. No obstante, la lástima es que ni Roma ni yo podemos hacer gran cosa.

 

—¿Viste al rey antes de que muriera?

 

—No. He visto a Mitrídates.

 

—¿Estaba en Mazaca? —inquirió Julia, estremecida, mirando su serio rostro—. ¿Cómo lograste huir?

 

—¿Huir? —replicó Mario, cambiando la grave expresión por un gesto de sorpresa—. No había necesidad de huir, Julia. ¡Mitrídates será el rey de la mitad oriental del mar Euxino pero jamás osaría hacer daño a Cayo Mario!

 

—Entonces, ¿por qué nos marchamos tan aprisa?

 

—Para no darle ocasión de lucubrar ideas para hacer daño a Cayo Mario —contestó él sonriente.

 

—¿Y lo de Morsimos?

 

—Es algo muy prosaico, meum mel En Tarsos hará ahora más calor aún, y le he enviado a que nos encuentre una embarcación para zarpar nada más llegar allí. Pasaremos el verano placenteramente explorando las costas de Cilia y Panfilia y haremos un viaje a las montañas para ver Olba. Ya sé que te llevé a toda prisa por la Tracia seléucida cuando íbamos hacia Tarsos, pero ahora no hay prisa. Eres descendiente de Eneas y es de rigor que saludes a los descendientes de Teucro. Dicen que hay unos lagos

 

maravillosos en el alto Tauro, por encima de Ataleia. Iremos también a verlos, ¿te parece bien?

 

—¡Ya lo creo!

 

 

 

El programa se realizó en todos sus detalles, y Cayo Mario y su familia no llegaron a Halicarnaso hasta enero, tras recorrer plácidamente unas costas famosas por su belleza. No vieron ningún pirata, ni siquiera en Coracesium, donde Mario se dio el gusto de ascender al espolón en que se asentaba la antigua fortaleza de los piratas para, finalmente, descubrir el modo de tomarla.

 

Halicarnaso fue para Julia y el pequeño Mario como Roma, y nada más desembarcar se dedicaron a pasear por la ciudad, recobrando el contacto con sus encantos. Mario se sentó a descifrar dos cartas, una de Lucio Cornelio Sila, enviada desde la Hispania Citerior, y otra llegada de Roma de Publio Rutilio Rufo. Cuando Julia entró en el despacho se encontró con un Mario de ceño estremecedor.

 

—¿Malas noticias? —le preguntó.

 

El ceño fue sustituido por un parpadeo levemente malicioso y Mario adoptó una expresión inocente.

 

—Yo no diría que son malas.

 

—¿Hay alguna buena?

 

—¡Noticias espléndidas de Lucio Cornelio! Quinto Sertorio ha obtenido la corona de hierba.

 

—¡Ah, estupendo, Cayo Mario! —exclamó Julia. Tiene sólo veintiocho años… Claro, es un Mario. ¿Por qué se la han concedido? —inquirió Julia sonriente.

 

—Por evitar la aniquilación de un ejército, naturalmente. Es la única manera de ganar la corona obsidionalis.

 

—¡No te hagas el listo, Cayo Mario! Sabes a qué me refiero.

 

—El invierno pasado le enviaron con la legión que manda a Castulo para guarnecer la plaza, apoyado por una legión de Publio Licinio Craso de la Hispania Ulterior. Las tropas de ésta se descontrolaron y los celtíberos

 

asaltaron las defensas de la ciudad. ¡Y nuestro muchacho se cubrió de gloria salvando la ciudad, las dos legiones y ganando la corona de hierba!

 

—Tendré que escribirle dándole la enhorabuena. ¿Lo sabrá su madre?

 

¿Crees que él se lo habrá dicho?

 

—Probablemente no. Es demasiado modesto. Escribe tú a Ria. —Lo haré. ¿Qué más cuenta Lucio Cornelio?

 

—Poca cosa —contestó Mario con un gruñido—. Que no está contento. ¡Pero es que nunca lo está! Sus elogios a Quinto Sertorio son generosos, pero creo que habría preferido ganar él la corona de hierba. Tito Didio no le da mando en el campo de batalla.

 

—¡Oh, pobre Lucio Cornelio! ¿Y por qué no?

 

—Porque es demasiado valioso —contestó Mario, lacónico—. Es un planificador nato.

 

—¿Dice algo de la esposa germana de Quinto Sertorio?

 

—Sí. Está viviendo con el niño en una gran ciudad celtibérica fortificada que se llama Osca.

 

—¿Y su propia esposa germana, la que tuvo gemelos?

 

—Vete a saber —contestó Mario, encogiéndose de hombros—. Nunca habla de ellos.

 

Se hizo un breve silencio y Julia miró por la ventana.

 

—Ojalá hablase de ellos —dijo por fin Julia—. En cierto modo, encuentro algo raro que no lo haga. Ya sé que no son romanos y que probablemente no podrá traerlos a Roma. ¡Pero estoy segura de que les tiene cariño!

 

Mario optó por no contestar.

 

—La carta de Publio Rutilio es extensa y llena de novedades —dijo provocador.

 

—¿Que yo puedo escuchar?

 

—¡Ya lo creo! —contestó Mario, conteniendo la risa—. Sobre todo la conclusión.

 

—¡Pues léela, Cayo Mario, léela!

 

Saludos de Roma, Cayo Mario. Te escribo ésta en Año Nuevo, después de recibir promesa de un rápido trayecto para ella nada menos que por boca de Quinto Granios de Puteoli. Espero que te halle en Halicarnaso, pero si no es así, ya te llegará.

 

Te alegrará saber que Quinto Mucio conjuró las amenazas de procesamiento, en gran medida gracias a su elocuencia en el Senado y a los discursos de apoyo de su primo Craso Orator y del mismísimo Escauro, príncipe del Senado, quien está totalmente de acuerdo con lo que hemos hecho Quinto Mucio y yo en la provincia de Asia. Como era de esperar, fue más difícil tratar con el Tesoro que con los publicani. Si a un hombre de negocios romano le reconoces lo suyo, siempre se impone el sentido comercial, y en nuestras disposiciones para la provincia de Asia se ha impuesto ante todo el sentido comercial. Fueron sobre todo los coleccionistas de arte los que más pusieron el grito en el cielo, en particular Sexto Perquitieno. La estatua de Alejandro que se llevó de Pérgamo ha desaparecido misteriosamente de su peristilo, quizá porque Escauro, príncipe del Senado, le concedió especial relieve en su discurso ante la Cámara. En cualquier caso, el Tesoro cedió por fin, a regañadientes, y los censores anularon las contratas de Asia. A partir de ahora, los impuestos de la provincia de Asia se basarán en las cifras que calculamos Quinto Mucio y yo. De todos modos, no quiero darte la impresión de que todo ha quedado olvidado, ni aun en el caso de los publicani. Una provincia bien administrada es difícil de explotar, y entre esos recaudadores hay muchos que querrían seguir explotando la provincia de Asia. El Senado ha acordado enviar hombres más distinguidos para su gobierno, y eso impedirá que los publicani se impongan.

 

Tenemos nuevos cónsules. Nada menos que Lucio Licinio Craso Orator y mi querido Quinto Mucio Escévola. Nuestro pretor urbano es Lucio Julio César, que ha sustituido a un extraordinario hombre nuevo, Marco Herenio. Nunca he visto a nadie que tenga más atractivo para los electores que ese Marco Herenio, aunque no acabo de entender por qué. La cuestión es que basta con que le vean y comienzan a votarle a gritos. Un hecho que no gustó nada a aquel rastrero monumental que tuviste a tu servicio cuando

 

era tribuno de la plebe, me refiero a Lucio Marco Filipo. Cuando se hizo el recuento de votos para pretor, hace un año, Herenio figuraba en cabeza y Filipo en cola. Quiero decir de los seis nombrados. ¡Habrías debido oír los quejidos y gimoteos! Los de este año apenas tienen interés. El año pasado el praetor peregrinus, Cayo Haco, llamó la atención sobre su persona dando plena ciudadanía romana a una sacerdotisa de Ceres en Velia, una tal Califana. Toda Roma ansía saber por qué, pero es de imaginar.

 

Los censores Antonio Orator y Lucio Haco han concluido la concesión de contratas (complicada por las actividades de dos personas en la provincia de Asia, que hizo que se retrasasen bastante) y han hecho un escrutinio en los rollos senatoriales sin hallar ningún culpable, e igual resultado entre los caballeros. Ahora están poniendo en marcha un censo completo del pueblo romano en todo el orbe, dicen, y afirman que nadie escapará a sus redes.

 

Con tan loable propósito han alzado una caseta en el Campo de Marte para ir confeccionando el de Roma. Para cubrir Italia, han reunido una fuerza defuncionarios, asombrosamente bien organizada, cuyo cometido es recorrer todas las ciudades de la península para establecer el censo correspondiente. Yo lo apruebo, aunque hay muchos que no, y dicen que basta con el antiguo método de que los ciudadanos rurales se inscriban a través de los duumviri de su municipio y los de provincias a través del gobernador. Pero Antonio y Haco insisten en que su sistema es mejor, y lo es. Tengo entendido, sin embargo, que los ciudadanos residentes en provincias tendrán que seguir inscribiéndose a través de los gobernadores. Naturalmente, los chapados a la antigua dicen que el resultado será el mismo, como lo es siempre.

 

Y unas cuantas noticias de provincias, ya que, como estás en ese apartado rincón del mundo, no las sabrás. Antíoco VIII de Siria, llamado Gripo Nariz Ganchuda, ha sido asesinado por… no sé si su primo, su tío o su hermanastro, Antíoco IX, llamado Ciziceno. Tras lo cual, la esposa de Gripo, Cleopatra Selene de Egipto, se apresuró a casarse con el asesino de su esposo, el tal Ciziceno. ¿Lloraría mucho entre la viudez y su nueva

 

boda? No obstante, esta noticia significa al menos que de momento en la Siria del norte gobierna un solo rey.

De mayor interés para Roma es la muerte de uno de los Tolomeos, Tolomeo Apion, hijo bastardo del horrendo Tolomeo Gran Vientre de Egipto, que murió hace poco en Cirene. Recordarás que era rey de Cirenaica, pero murió sin dejar heredero. ¡Y, mira lo que son las cosas, dejó el reino de Cirenaica en herencia a Roma! El viejo Atalo de Pérgamo ha iniciado una nueva moda. Es un agradable sistema para acabar dominando el mundo, Cayo Mario. A base de testamentos.

 

¡Espero que decidas regresar este año! Roma es muy aburrida sin ti, ni siquiera tengo al Meneitos para quejarme de él. Actualmente circula un rumor de lo más curioso, según el cual el Meneítos habría muerto ¡envenenado! El que lo propala es nada menos que el físico de moda en el Palatino, Apolodoro Sículo. Cuando se indispuso el Meneítos, llamaron a Apolodoro, que al parecer no quedó muy convencido con aquella muerte y reclamó una autopsia. El Meneitos hijo se negó, quemaron a su tata, lo enterraron en una tumba de horrendos adornos y de eso hace ya muchas lunas. Pero el pequeño griego siciliano ha hecho averiguaciones e insiste en que el Meneítos bebió una poción muy nociva a base de semillas de melocotón. El Meneítos hijo replica que nadie tenía motivos para hacerlo y ha amenazado con llevar a Apolodoro ante los tribunales si no deja de ir diciendo por ahí que a su padre le envenenaron. Nadie piensa, ¡ni siquiera yo!, que el Meneítos se cargara al tata, ¿y qué otra persona lo habría podido hacer?

 

Un retazo final delicioso y te dejo en paz. Son cotilleos de familia pero los repite toda Roma. El esposo de mi sobrina, al volver del extranjero y ver el pelo rojo del último híjo, se ha divorciado por adulterio.

 

Te daré más detalles de esto cuando te vea en Roma. Haré un sacrificio a los lares Permarini para tu feliz regreso.

 

Dejando la carta en la mesa como si quemara, Mario miró a su esposa. —Bueno, ¿qué te parecen las noticias? ¡Tu hermano Cayo se ha

 

divorciado de Aurelia por adulterio! Se ve que ha tenido otro hijo, ¡un niño

 

pelirrojo! jo, jo, jo. ¿Quién te imaginas que es el padre?

 

Julia estaba boquiabierta, sin poder decir nada. Ruborizada y con los labios apretados, comenzó a mover la cabeza sin pausa hasta que recuperó la palabra.

 

—¡No es cierto! ¡No puede ser! ¡No me lo creo!

 

—Pues mira, es su tío quien lo dice. Ten —añadió, tendiéndole la última parte de la carta de Rutilio Rufo.

 

Ella cogió el rollo y comenzó a releer las enmarañadas palabras de las últimas líneas con voz hueca, artificial. Las leyó unas cuantas veces y luego dejó la carta.

 

—No debe de ser Aurelia —dijo tercamente—. ¡No puedo creer que sea Aurelia!

 

—¿Y quién, si no? ¡Pelo rojo, Julia! ¡Es la marca de Lucio Cornelio Sila, no de Cayo Julio César!

 

—Publio Rutilio tiene más sobrinas —replicó Julia en sus trece. —¿Íntimas de Lucio Cornelio y que vivan solas en el peor barrio de

 

Roma?

 

—¿Quién sabe? Es posible.

 

—Como los cerdos que vuelan para los pisidios —replicó Mario.

 

—En cualquier caso, ¿qué tiene que ver con ello lo de que viva sola en el peor barrio de Roma? —inquirió Julia.

 

—Pues que es fácil tener una historia sin que nadie se entere —contestó Mario, risueño—. ¡Al menos hasta que se da a luz a un crío pelirrojo!

 

—¡Bah, deja de regocijarte! —exclamó Julia, enfadada—. No me lo creo y no me lo creo. Además —añadió, al ocurrírsele otra explicación—, no puede ser mi hermano Cayo porque aún no ha vuelto a Roma, y si hubiera vuelto te habrías enterado, ya que está cumpliendo una misión que le has encomendado. — Miró a su esposo con aire amenazador—. ¿Qué, no es cierto, esposo mío?

 

—Probablemente me escribió a Roma —alegó Mario, no muy convencido.

 

—¿Después que yo le escribiera que íbamos a estar fuera tres años, y dándole el itinerario aproximado? ¡Vamos, Cayo Mario, admite que es muy

 

improbable que se trate de Aurelia!

 

—Admito lo que tú quieras —contestó Mario echándose a reír—. De todos modos, Julia, seguro que es Aurelia.

 

—Me voy a casa —dijo Julia poniéndose en pie.

 

—Creí que querías ir a Egipto.

 

—Me voy a casa —repitió ella—. Y no me importa dónde vayas tú, Cayo Mario, aunque preferiría que fueses a la tierra de los hiperbóreos. Yo me voy a casa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

II

 

 

—Me voy a Esmirna para traerme mi fortuna —dijo Quinto Servilio

 

Cepio a su cuñado Marco Livio Druso mientras regresaban a casa caminando desde el Foro.

 

Druso se detuvo y enarcó una de sus puntiagudas cejas negras.

 

—¡Oh! ¿Crees que es prudente? —inquirió, arrepentido inmediatamente de haberlo dicho.

 

—¿Cómo prudente? —replicó Cepio, con gesto belicoso.

 

—Sólo te digo eso, Quinto —contestó Druso cogiendo a Cepio por el brazo derecho—. No es que insinúe que tu fortuna en Esmirna sea el oro de Tolosa ni que tu padre se apoderara de ese oro, pero ¿acaso toda Roma no cree culpable a tu padre y está convencida de que la fortuna que tienes a tu nombre en Esmirna no es sino el oro de Tolosa? En los viejos tiempos, haberlo traído a Roma no te habría valido más que aviesas miradas y un rencor que habría marcado tu carrera pública, pero hoy día hay una lex Servilia Glaucia de repetundis inscrita en las tablillas, no lo olvides. Se han acabado los tiempos en que un gobernador podía especular o extorsionar y quedarse tan tranquilo poniendo su rapiña a nombre de otro. La ley de Glaucia especifica que la recuperación de caudales adquiridos ilegalmente se efectuará tanto del último beneficiario como del culpable. Ya no vale servirse del tío Lucio Tiddlypus.

 

—Te recuerdo que la ley Glaucia no es retroactiva —contestó Cepio muy envarado.

 

—Bastará con que un tribuno de la plebe con ansias de venganza haga una petición a la asamblea plebeya para que se invalide esa laguna y te encontrarás con que es retroactiva. —Replicó Druso con firmeza—. ¡De verdad, hermano Quinto, piénsalo! No quiero ver a mi hermana y a sus hijos quedarse sin paterfamilias ni fortuna, ni deseo verte desterrado durante años en Esmirna.

 

—¿Y por qué tuvieron que hacer víctima a mi padre? —inquirió Cepio enojado—. ¡Mira Metelo el Numídico, él vuelve a Roma cargado de gloria, mientras que mi padre muere desterrado!

 

—Los dos sabemos por qué pasan esas cosas —comentó Druso con paciencia, deseando por enésima vez que Cepio fuese más inteligente—. Los que dirigen la Asamblea plebeya perdonan cualquier cosa a un noble, sobre todo cuando ha transcurrido algo de tiempo. Pero lo del oro de Tolosa fue algo fuera de lo corriente. Y desapareció mientras estaba confiado a la custodia de tu padre. ¡Una cantidad de oro mayor de la que tiene Roma en el Tesoro! Una vez que se convencieron de que tu padre se había apoderado de él, comenzaron a alimentar un odio hacia él que nada tiene que ver con el derecho, la justicia ni el patriotismo —añadió, reemprendiendo la marcha seguido por Cepio—. ¡Piénsalo despacio, Quinto, por favor! Si la suma que traigas equiVale a un diez por ciento del valor del oro de Tolosa, toda Roma dirá que tu padre lo robó y tú lo has heredado.

 

—No será así —replicó Cepio, muy seguro de sí mismo, riéndose—. Lo he pensado todo bien, Marco. He tardado muchos años en solucionar el problema, pero lo he conseguido. ¡De verdad!

 

—¿Cómo? —inquirió Druso, escéptico.

 

—Para empezar, sólo tú sabrás adónde he ido en realidad y lo que me propongo. Para Roma, como diré a Livia Drusa y a Servilia Cepionis, voy a la Galia itálica, al otro lado del Padus, para inspeccionar unas propiedades. Llevo meses hablando de ello y nadie se va a sorprender ni se va a preocupar en verificarlo. ¿Por qué iban a hacerlo, si les he repetido a todos machaconamente mis planes de organizar en una serie de ciudades fundiciones completas en las que se manufacture desde rejas de arado hasta cota de malla? Y es la faceta de la propiedad lo que me interesa del proyecto, para que nadie pueda poner en duda mi integridad senatorial. Que los dueños de las fundiciones sean otros, yo me contento con poseer las ciudades.

 

Cepio hablaba con tal convicción que Druso (que apenas había oído hablar del proyecto a su cuñado porque casi no le escuchaba) le miró sorprendido.

 

—Pareces dispuesto a hacerlo —dijo.

 

—Pues claro. Las ciudades-fundición no son más que una de las cosas en las que pienso invertir mi dinero de Esmirna. Voy a mantener mis

 

inversiones en territorio romano y no en la propia Roma, por lo que no entrará ninguna cantidad de mi dinero en las instituciones financieras de la ciudad. Y yo no creo que el Tesoro sea tan inteligente, ni tenga tiempo, en mirar cómo y cuánto invierto en negocios alejados de Roma —dijo Cepio.

 

Druso escuchaba atónito.

 

—¡Quinto Servilio, me dejas de piedra! No pensaba que hilaras tan fino —dijo.

 

—Ya me imaginé que te quedarías de piedra —replicó Cepio con aire de suficiencia—, aunque debo confesarte que recibí una carta de mi padre antes de morir diciéndome lo que debía hacer —añadió, anulando la sorpresa que había causado—. En Esmirna hay una enorme cantidad de dinero.

 

—Sí, claro, me lo imagino —comentó Druso con sequedad.

 

—¡Pero no es el oro de Tolosa! —exclamó Cepio, abriendo las manos

 

—. ¡Es la fortuna de mi madre y la de mi padre! Tuvo la prevención de transferir el caudal antes de que le procesaran, a pesar de las medidas para impedírselo de Norbano, ese cunnus engreído, que mandó encarcelarle antes del juicio. A lo largo de los años he ido trayendo a Roma parte del dinero, aunque en cantidades que no llamaran la atención. Por eso, como tú bien sabes, sigo viviendo modestamente.

 

—Ya lo creo que lo sé —dijo Druso, que desde la condena del viejo Cepio albergaba en su casa al cuñado con su familia—. Sin embargo, hay algo que no acabo de entender. ¿Por qué no dejas tu fortuna en Esmirna?

 

—No puedo —se apresuró a contestar Cepio—. Mi padre dijo que no estaría perpetuamente segura en Esmirna, ni en ninguna otra ciudad de la provincia de Asia que tenga servicios normales de banca, como es el caso de Cos, o incluso de Rodas. Me explicó que los recaudadores han hecho que las gentes de la provincia odien a Roma y que tarde o temprano se sublevarán.

 

—Si eso sucediera no tardaríamos en recuperarla —dijo Druso.

 

—Ya lo sé, pero, entretanto, ¿crees que el oro, la plata y las monedas y valores depositados en ella estarían seguros? Mi padre dijo que lo primero

 

que los revolucionarios harían sería saquear los templos y los bancos — añadió Cepio.

 

—Seguramente tenía razón —dijo Druso, asintiendo con la cabeza—. Por eso vas a trasladar tu dinero. Pero, ¿por qué a la Galia itálica?

 

—No todo. Parte de él irá a Campania, parte a Umbría y otra parte a Etruria. Luego, hay ciudades como Massilia, Utica y Gades a las que también trasladaré parte de él. Todo quedará en el Mediterráneo occidental.

 

—Quinto, ¿por qué no confiesas la verdad, al menos a mí, que soy cuñado tuyo por partida doble? —inquirió Druso un tanto hastiado—. Tu hermana es mi esposa y mi hermana es tu mujer; esos vínculos nos unen indefectiblemente. Al menos a mí, ¡confiésame que es el oro de Tolosa!

 

—No es el oro de Tolosa —contestó imperturbable Quinto Servilio Cepio.

 

Qué terquedad, pensó Marco Livio Druso, precediéndole en el jardín peristilo de su casa, la mejor mansión de Roma. Es más terco que una mula. Y hay que verlo… Dueño de quince mil talentos de oro que su padre trasladó en secreto de Hispania a Esmirna hace ocho años, pretextando que había sido robado en el traslado de Tolosa a Narbo, donde quedó aniquilada la cohorte de excelentes tropas romanas que custodiaban los carros, y él tan tranquilo. Y más aún su padre, que debió organizar la matanza. Lo único que les imPorta es su precioso oro. Son Servilios Cepiones, los Midas romanos, incapaces de salir de su sopor intelectual a menos que oigan la palabra ¡oro!

 

Era el mes de enero del año en que Cneo Cornelio Léntulo y Publio Licinio Craso eran cónsules, y los árboles de loto del jardín de Livio Druso estaban desnudos, si bien el magnífico estanque con estatuas y fuentes obra de Mirón seguía funcionando, gracias a la instalación de agua caliente. A principios de año habían retirado las pinturas de Apeles, Zeuxis, Timantes y otros artistas de los muros de la columnata para guardarlas, al sorprender a dos de las hijas de Cepio pintarrajeándolas con pigmentos que habían hurtado a dos artistas que estaban restaurando los frescos del atrium. Las dos niñas habían recibido una buena paliza, pero Druso creyó prudente evitar la tentación y, dado que lo que habían embadurnado era reciente, aún

 

podía arreglarse; pero ¿quién podía saber si no volvería a suceder lo mismo cuando el niño pequeño creciera y fuera más travieso? Las valiosas colecciones de arte era preferible no exponerlas en las casas en que había niños. No creía que Servilia y Servililla volvieran a las andadas, pero habría más hijos.

 

Por fin había fundado su propia familia, aunque no de la manera que se había propuesto, porque él y Servilia Cepionis no tenían hijos, y dos años antes habían adoptado al hijo pequeño de Tiberio Claudio Nerón, un hombre empobrecido, como casi todas las ramas de los Claudios, quien cedió encantado al niño para que se convirtiera en heredero de la fortuna de Livio Druso. Era más corriente adoptar al hijo mayor de una familia, para que el hogar que lo acogía tuviese la certeza de que era un niño sano, de buen carácter y de inteligencia normal. Pero Servilia Cepionis ansiaba un pequeñín y se empeñó en que fuese un niño de pecho. Por eso, Marco Livio Druso, que había llegado a querer a su esposa profundamente, aunque no hubiera sido así cuando se casaron, no quiso contrariarla. Y aplacó sus recelos con un generoso sacrificio a Mater Matuta, para que la diosa le garantizase que el niño crecería satisfactoriamente.

 

Las mujeres estaban en el salón de Servilia Cepionis, al lado del cuarto de los niños, y salieron a recibir a sus maridos con evidente placer. Aunque sólo eran cuñadas, más parecían hermanas, pues las dos eran de baja estatura, de ojos y pelo muy oscuros y de armónicas facciones. Livia Drusa, la esposa de Cepio, era la más bonita, pues se había librado de la tara familiar de unas piernas achaparradas y tenía mejor silueta que su cuñada; por añadidura, respondía a los criterios de belleza en una mujer, porque tenía ojos muy grandes, bien separados y abiertos, y una boca fina, fruncida como una flor. La nariz era algo pequeña para complacer a los entendidos, pero rompía la monotonía de la rectitud con una leve protuberancia en la punta. Su cutis era sano y cremoso, su cintura estrecha, y de pechos y caderas bien curvados y amplios. Servilia Cepionis, esposa de Druso, era una versión algo más pequeña, aunque de cutis proclive a producir granos en torno a la barbilla y la nariz y con las piernas y el cuello demasiado cortos.

 

Sin embargo, era Marco Livio Druso quien amaba a la menos agraciada, mientras que Quinto Servilio Cepio no amaba a la más guapa. En el momento de su doble boda, ocho años antes, había sido al revés. Aunque ninguno de los dos hombres lo advertía, la diferencia se debía a las propias mujeres; Livia Drusa aborrecía a Cepio y se había visto obligada a casarse con él, mientras que Servilia Cepionis estaba enamorada de Druso desde niña. Pertenecientes a la más rancia nobleza romana, las dos mujeres eran esposas ¡nodélicas a la antigua, obedientes, sumisas, de humor equilibrado y respetuosas al máximo. Luego, conforme transcurrieron los años y se fueron acostumbrando al matrimonio, la indiferencia de Marco Livio Druso fue cediendo al calor constante del afecto de su esposa, un creciente ardor con que ella le obsequiaba en la cama, aunque, lamentablemente, no tenían descendencia. Por el contrario, la desaforada adoración de Quinto Servilio Cepio quedó ahogada por la callada repulsa de su esposa, una creciente frialdad de la que no se recataba en la cama, acrecentada por el resentimiento de que sus dos únicos retoños fuesen niñas.

 

Se imponía entrar en el cuarto de los niños. Druso estaba muy orgulloso de su pequeño, Druso Nerón, un niñito gordinflón de tez oscura de menos de dos años. Cepio se limitó a dirigir una inclinación de cabeza a sus hijas, que se apretaron aterradas contra la pared sin decir nada. Eran copias en miniatura de su madre, morenas, asimismo con ojos grandes y boquita de rosa, unas niñas encantadoras… si su padre se hubiese tomado la molestia de mirarlas. Servilia tenía cerca de siete años y había aprendido mucho de la paliza recibida cuando intentó mejorar el caballo de Apeles y el racimo de uvas de Zeuxis. Era la primera vez que le pegaban y fue para ella una experiencia más humillante que dolorosa, mortificante más que aleccionadora. Lilla, por el contrario, era una traviesa redomada, irreprimible, tozuda, agresiva y directa. Los azotes recibidos los olvidó en seguida, salvo en el sentido de que le habían infundido respeto hacia su padre.

 

Los cuatro adultos se dirigieron a continuación al triclinium para cenar, —Cratipo, ¿no cena con nosotros Quinto Popedio? —preguntó Druso al

 

mayordomo.

 

—Domine, no se me ha indicado nada en sentido contrario.

 

—En ese caso, esperaremos —dijo Druso, ignorando deliberadamente la mirada adusta que le dirigió Cepio.

 

Pero Cepio no estaba dispuesto a callarse.

 

—¿Por qué te tratas con ese hombre despreciable, Marco Livio? — inquirió.

 

Druso dirigió a su cuñado una mirada impávida.

 

—No eres el único que me dice eso, Quinto Servilio —dijo sin inmutarse.

 

Livia Drusa contuvo una exclamación y una risita nerviosa, pero, como esperaba Druso, más como crítica a Cepio.

 

—Es lo que yo digo —insistió Cepio—. ¿Por qué le tratas?

 

—Porque es amigo mío.

 

—¡Una sanguijuela es lo que es! —replicó Cepio con desprecio—. De verdad, Marco Livio, vive a costa tuya. Aparece siempre sin avisar y sólo para pedirte algo, siempre quejándose de los romanos. ¿Quién se cree que es?

 

—Se cree itálico de los marsos —se oyó decir a una voz alegre—. Siento llegar tarde, Marco Livio; habrías debido comenzar a cenar sin mí, como te he dicho otras veces. Mi tardanza está más que justificada: me ha entretenido Catulo César con un extenso discurso sobre la perfidia de los itálicos.

 

Silo tomó asiento en el borde trasero de la camilla en que estaba reclinado Druso y dejó que un esclavo le quitase las botas y le lavase los pies, para a continuación enfundarle unos calcetines. Luego, dándose levemente la vuelta, ocupó el locus consularis o sitio de honor a la izquierda de Druso; Cepio estaba reclinado en sentído perpendicular a Druso, en posición menos honorífica por ser parte de la familia y no un invitado.

 

—¿Estabas quejándote otra vez de mí, Quinto Servilio? —inquirió despreocupadamente, enarcando una ceja y dirigiendo un guiño a Druso.

 

Druso sonrió y miró a Quinto Popedio Silo con mayor afecto del que aparentaba cuando miraba a Cepio.

 

—Mi cuñado siempre se queja de algo, Quinto Popedio. No hagas caso. —No lo hago —contestó Silo, saludando con una inclinación de cabeza a las dos mujeres, sentadas enfrente de las camillas de sus respectivos

 

esposos.

 

 

 

Druso y Silo se habían conocido en el campo de batalla de Arausio, una vez concluido el combate, cuando en la zona quedaban ochenta mil cadáveres de romanos e itálicos, gracias principalmente al padre de Cepio. Forjada en circunstancias inolvidables, su amistad había aumentado con los años y se había reforzado por su mutua preocupación por la suerte de los aliados itálicos, una causa en la que ambos estaban comprometidos. Formaban una singular pareja Silo y Druso, pero ni las quejas de Cepio ni los sermones de algunos de los senadores más viejos habían logrado hacer mella en la amistad.

 

El itálico Silo más parecía romano y el romano Druso podría pasar por itálico. Silo tenía la nariz correcta, la tez adecuada y el porte necesario; era alto, bien parecido, salvo los ojos, pues eran de un verde amarillento y un tanto ofídicos porque casi nunca parpadeaba.

 

Esto, sin embargo, no era una cosa rara entre los marsos, que eran gentes que adoraban a las serpientes y se entrenaban para no parpadear más de lo estrictamente necesario. El padre de Silo había sido jefe de los marsos y a su muerte fue sustituido por el hijo, a pesar de su juventud. Acaudalado y muy cultivado, Silo tenía derecho al respeto de los romanos; éstos, sin embargo, cuando no le rehuían descaradamente, le miraban por encima del hombro y mostraban tendencia a tratarle con aire paternal. Todo ello porque Quinto Popedio no era romano y ni siquiera tenía los derechos latinos; Quinto Popedio Silo era un itálico y, por consiguiente, un ser inferior.

 

Procedía de las ricas tierras altas de la península central italiana, no Muy lejanas de Roma, en las que el gran lago Fucino experimentaba unos misteriosos ciclos que nada tenían que ver con los ríos y las precipitaciones, una región en la que los Apeninos dividían en dos a la población marsa. De todos los pueblos itálicos, los marsos eran los más prósperos y numerosos.

 

Durante siglos habían sido los aliados más fieles a Roma, y tenían a gran orgullo el hecho de que ningún general romano hubiese triunfado sin contar con marsos en su ejército ni hubiese sido capaz de derrotarlos a ellos. Sin embargo, pese al transcurso de tantos siglos, los marsos, igual que las demás etnias itálicas, seguían siendo considerados indignos de la ciudadanía romana. En consecuencia, no podían aspirar a contratos con el Estado ni a casarse con ciudadanos romanos, ni a recurrir a la justicia romana en casos de pena de muerte. Podían ser azotados hasta casi perder la vida, podían robarles las cosechas, sus productos o sus mujeres sin que pudieran apelar a la ley si el ladrón era un romano.

 

Si Roma hubiese dejado a los marsos a sus expensas en sus fértiles tierras, todas esas injusticias habrían sido menos abrumadoras; pero, igual que sucedía en todas las regiones de la península no estrictamente romanas, las tierras de los marsos tenían una implantación romana en su corazón, concretada en una colonia con derechos latinos llamada Alba Fucentia. Y, naturalmente, esa Alba Fucentia se convirtió en una ciudad, la mayor de toda la región, dado que en ella había un núcleo de ciudadanos romanos con derecho a hacer negocios directamente con Roma, y que el resto de la población poseía derechos latinos, una especie de ciudadanía romana de segunda clase que les confería casi todos los derechos de la plena ciudadanía, salvo que los poseedores del ius Latii no podían votar en las elecciones. Los magistrados de dicha ciudad heredaban automáticamente la plena ciudadanía para ellos y todos sus descendientes directos nada más asumir el cargo. Así, Alba Fucentia creció en detrimento de la antigua capital marsa, Marruvium, y allí seguía como recordatorio perenne de las diferencias entre Roma y los itálicos.

 

En tiempos pretéritos toda Italia había aspirado a tener los derechos latinos y luego a la plena ciudadanía, pues Roma, bajo la dirección esforzada e inteligente de hombres como Apio Claudio Ceco, era consciente de la necesidad de ese cambio, considerando conveniente la posibilidad de que toda Italia fuese romana, pero después de que las naciones itálicas se pusieran de parte de Aníbal en los años en que el cartaginés había estado

 

haciendo incursiones por la Península, su actitud se había endurecido y había dejado de conceder la plena ciudadanía e incluso el ius Latii.

 

Uno de los motivos había sido la creciente inmigración de itálicos a las ciudades romanas y latinas, e incluso a la misma Roma. Los pelignos se habían quejado de la pérdida de cuatro mil de los suyos, incorporados a la ciudad latina de Fregellae, y se valieron de ello como pretexto para no entregar soldados a Roma cuando los solicitaban.

 

De vez en cuando, Roma trataba de hacer algo respecto a aquel problema de emigración masiva, esfuerzos que culminaron en una ley del tribuno de la plebe Marco Junio Penno el año anterior a la revuelta de Fergellae. Penno expulsó de Roma y de sus ciudades colonia a todos los que no eran ciudadanos, descubriendo con ello un escándalo que sacudió a la nobleza romana en sus cimientos, pues se puso en evidencia que el cónsul de cuatro años antes, Marco Perpena, era un itálico que nunca había poseído la ciudadanía romana.

 

Pero inmediatamente se produjo la reacción entre las filas de los que gobernaban Roma y uno de los principales opositores a la mejora de los itálicos fue el padre de Druso, Marco Livio Druso el Censor, uno de los causantes de la desgracia de Cayo Graco y de la abolición de sus leyes.

 

Nadie habría podido imaginar que el hijo del Censor, Druso, quien asumió muy joven el papel de paterfamilias al morir su padre mientras desempeñaba el cargo, olvidaría la actitud y preceptos de su progenitor el Censor. De intachable linaje plebeyo-noble, miembro del Colegio de Pontífices, inmensamente rico, relacionado por sangre y matrimonio con las casas patricias de Servilio Cepio, Cornelio Escipión y Emilio Lépido, el joven Marco Livio Druso habría debido convertirse en un pilar de la facción ultraconservadora que dominaba el Senado y, en consecuencia, Roma. Era pura coincidencia que no hubiera sido así; Druso había participado como tribuno de los soldados en la batalla de Arausio, cuando el cónsul patricio Quinto Servilio Cepio se había negado a colaborar con el hombre nuevo Cayo Malio Máximo, y a causa de ello las legiones de romanos y aliados itálicos habían sido aniquiladas por los germanos en la Galia Transalpina.

 

Druso, a su regreso de la Galia Transalpina, se había consagrado a dos cosas en su nueva vida: la amistad del noble marso Quinto Popedio Silo y a verificar que los de su propia clase y ascendencia, sobre todo su suegro Cepio, no apreciaban ni respetaban los esfuerzos de los que habían muerto en Arausio, fuesen nobles romanos, auxiliares itálicos o capite censi romanos.

 

No obstante, eso no significa que el joven Druso abrazase inmediatamente los objetivos y aspiraciones de un auténtico reformador, porque sobre él pesaba fuertemente su clase, pero, al igual que otros nobles romanos antes que él, la experiencia bélica le había hecho reflexionar. Se decía que el sino de los hermanos Graco se había sellado cuando el mayor, Tiberio Sempronio Graco —un vástago de la alta nobleza romana— hizo de joven un viaje por Etruria y vio que las tierras públicas de Roma estaban en manos de un puñado de romanos ricos que las explotaban con grupos de esclavos encadenados, a quienes por la noche encerraban en miserables barracas denominadas ergastula. Y Tiberio Graco se había preguntado dónde estaban los pequeños propietarios romanos que habrían debido ser los dueños de aquellas tierras, ganándose bien la vida y criando hijos para el ejército. Aunque fuese un producto de su clase, Tiberio Graco había comenzado a reflexionar, y eso que, como producto de su clase, no carecía de un gran sentido del derecho y de un inmenso amor por Roma.

 

 

Siete años habían transcurrido desde la batalla de Arausio, siete años durante los cuales Druso había entrado en el Senado, servido de cuestor en la provincia de Asia, se había visto obligado a alojar a su cuñado con la familia después de la desgracia de Cepio padre, se había convertido en sacerdote de la religión estatal, había vivido los lamentables acontecimientos que concluyeron con el asesinato de Saturnino y sus secuaces, para alinearse finalmente en el Senado en oposición a Saturnino, que quería convertirse en rey de Roma. Siete años durante los cuales Druso había sido anfitrión en innumerables ocasiones de Quinto Popedio Silo, escuchando lo que decía y ampliando sus reflexiones. Su mayor ambición

 

era solventar la enconada cuestión de los itálicos de un modo genuinamente romano, pacífico y conveniente para ambas partes. Dedicaba a ello todas sus energías, sin alharacas, para que no se supieran sus intenciones hasta haber encontrado la solución idónea.

 

El marso Silo era el único que conocía el rumbo de la mente de Druso, pero Silo actuaba con exquisita delicadeza, pues era suficientemente astuto y prudente para no cometer el error de incitar a Druso ni explicitar su propio punto de vista, que era algo diferente. Los seis mil hombres de la legión que Silo había mandado en Arausio habían muerto casi todos, y eran marsos, no romanos; eran los marsos quienes los habían engendrado, armado y pagado. Una inversión en hombres, tiempo y dinero que Roma posteriormente ni había agradecido ni compensado de ningún modo.

 

Si lo que Druso soñaba era una emancipación general en toda Italia, Silo aspiraba a la autonomía de su pueblo, vislumbrando una nación itálica totalmente independiente de Roma: Italia. Y cuando se formara Italia — aspiración que Silo había convertido en juramento— los pueblos italianos que la constituyeran declararían la guerra a Roma, derrotándola y absorbiéndola en la nueva nación, junto con todos los territorios extranjeros de la propia Roma.

 

No era Silo el único con tales aspiraciones, y él lo sabía, porque aquellos últimos siete años había estado viajando por Italia y por la Galia itálica buscando hombres que pensaran como él, y descubrió que abundaban. Todos eran dirigentes en sus respectivas naciones Y de dos tipos distintos: los había que, como Mario Egnacio, Cayo Papio Mutilo y Poncio Telesino, procedían de familias nobles descollantes en sus etnias, y quienes, como Marco Lamponio, Publio Vettio Scato, Cayo Vidacilio y Tito Lafrenio, eran hombres relativamente nuevos de importancia reciente. En los comedores y despachos itálicos se seguía hablando del tema, y el hecho de que la mayoría de estas conversaciones se hicieran en latín no se consideraba suficiente motivo para excusar los crímenes de Roma.

 

El concepto de una sola nación italiana quizá no era nuevo, pero era evidente que los diferentes dirigentes itálicos nunca lo habían considerado una alternativa viable. En el pasado, todas las esperanzas se habían cifrado

 

en obtener la emancipación total de Roma, convirtiéndose en parte de la misma a lo largo y ancho de la península; tan antigua era la veteranía de Roma respecto a sus aliados itálicos, que ellos pensaban según los criterios romanos y aspiraban a asumir sus instituciones, haciendo que sus hijos, fortunas y tierras fuesen totalmente romanos.

 

Algunos de los que intervenían en aquellas conversaciones lamentaban Arausio, pero había quienes también lamentaban la falta de apoyo a la causa italiana por parte de las poblaciones con derechos latinos, que ya comenzaban a considerarse distintas a los simples itálicos. Los que esto reprochaban a los habitantes de centros con derechos latinos señalaban, con toda razón, el creciente aumento del disfrute exclusivo de los derechos latinos y la necesidad entre los que los obtenían de mantener un sector de la población peninsular en condiciones de inferioridad.

 

Arausio, desde luego, había sido la culminación de varias décadas de aquella mortandad de soldados, que había hecho descender enormemente la población masculina de la península, con sus secuelas de abandono de los campos o su venta por endeudamiento, y la escasez de niños y jóvenes. Pero esa mortandad bélica había afectado por igual a romanos y latinos y no era el principal factor. Existían enconados resentimientos hacia los señores romanos, los ricos que vivían en Roma y eran dueños de vastas tierras llamadas latifundia en las que sólo empleaban esclavos para el trabajo. Había numerosos casos de ciudadanos romanos que abusaban descaradamente de los itálicos, amparándose en su influencia y poder para azotarlos sin motivo, apoderarse de mujeres que no les pertenecían y confiscar parcelas ajenas para incrementar sus tierras.

 

Ni siquiera para Silo estaba claro qué es lo que había impedido que la mayoría de los que propugnaban la secesión no hubiesen obligado a Roma a concederles la plena ciudadanía e iniciar la formación de una nación independiente. Su convicción de que la secesión era el único medio había nacido en Arausio, pero los que hablaban con él no habían estado en Arausio. Así, pensaba que la nueva tendencia a romper con Roma era a causa de que estaban hartos, de un acendrado sentimiento de que había pasado la época en que Roma había estado dispuesta a concederles la

 

ansiada ciudadanía, que la situación presente iba a ser eterna. El insulto se había acumulado sobre la ofensa hasta tal extremo que para los itálicos la vida bajo la férula de Roma resultaba insoportable.

 

En Cayo Papio Mutilo, dirigente de la nación samnita, Silo veía a alguien que perseguía casi obsesivamente la posibilidad de la secesión, pues él, Silo, no odiaba a Roma y a los romanos, sino que apoyaba las aspiraciones de su pueblo. Pero Cayo Papio Mutilo era de un pueblo que había sido el enemigo más encarnizado y cruel de Roma desde que el pequeño asentamiento romano sobre la ruta de la sal del Tíber había comenzado a enseñar los dientes. Mutilo odiaba a Roma y a los romanos con pleno sentimiento y profundo convencimiento. Él era un samnita, que esperaba que Roma quedara borrada de la historia. Silo era adversario de Roma, Mutilo su enemigo.

 

Como todas las uniones en las que la causa común es de suficiente importancia para descartar cualquier objeción y consideración práctica, los itálicos que al principio se reunían para ver si se podía hacer algo decidieron sin tardanza que sólo cabía optar por la secesión. Sin embargo, todos ellos conocían de sobra a Roma para pensar que la nación italiana pudiera formarse sin guerra; por eso nadie pensó en la posibilidad de declarar la independencia antes de que transcurrieran algunos años dedicados a preparar la guerra contra Roma; una tarea que exigiría enormes esfuerzos y grandes sumas de dinero, y más hombres de los que posiblemente pudieran reclutarse en los años inmediatos a Arausio. Por ello no se fijó ni se habló de fecha concreta. De momento, mientras crecía la población infantil, el esfuerzo y el dinero se dedicaron a fabricar armas y armaduras y a hacer acopio de materiales de guerra en cantidad suficiente para hacer la guerra a Roma y poder obtener la victoria.

 

No disponían de gran cosa. Casi todas las bajas de itálicos se habían producido lejos de Italia, y sus armas y corazas no se habían recuperado, principalmente porque Roma había procurado recogerlas del campo de batalla en todos los casos posibles y, naturalmente, no las habían considerado pertenencia de los aliados. Podían comprar legalmente algunas armas, pero ni por asomo para pertrechar a los cien mil hombres que Silo y

 

Mutilo consideraban necesarios para la victoria de la nueva Italia sobre Roma. Por consiguiente, lo del armamento era un asunto secreto que progresaba muy despacio. Tardarían años en lograr el objetivo.

 

Para complicar más las cosas, todo tenía que hacerse en presencia de personas que, si advertían algo, darían cuenta inmediata a algún romano o a la propia Roma. No se podía confiar en las colonias con derecho latino ni en los ciudadanos romanos de paso, y por eso los centros de conspiración y escondrijo de pertrechos estaban situados en zonas pobres y alejadas de las rutas por las que circulaban viajeros romanos y de las colonias latinas. Los dirigentes itálicos no hacían más que tropezarse con ingentes dificultades por doquier. No obstante, la tarea de armamento proseguía y a ella se había sumado hacía poco la del entrenamiento de tropas, pues los niños ya comenzaban a ser mayores.

 

 

Quinto Popedio Silo citó todos estos datos secretos en la conversación durante la cena, sin remordimiento alguno; tal vez al final no sería Marco Livio Druso quien encontrara una solución pacífica y eficaz. ¡Cosas más raras se habían visto!

 

—Quinto Servilio nos deja durante unos meses —comentó Druso, cambiando drásticamente de tema.

 

Silo no sabía si era un destello de alegría lo que observaba en la mirada de Livia Drusa. A él le parecía una mujer muy guapa, pero nunca había llegado a saber qué clase de mujer era; si le gustaba su vida, si le gustaba Cepio, si vivía contenta en casa de su hermano. Su instinto respondía negativamente a los tres interrogantes, pero no estaba seguro. Pero en seguida dejó de pensar en Livia Drusa, porque Cepio hablaba de lo que pensaba hacer.

 

—… cerca de Potavium y Aquileia sobre todo —decía—. Con hierro de Noricum, voy a procurar hacerme con la concesión, se pueden abastecer las fundiciones que se construyan en Potavium y Aquileia. Lo más importante es que esas zonas de la Galia itálica están muy cerca de grandes bosques con varias especies de árboles, muy aptas para hacer carbón. Mis agentes

 

me han informado que existen grandes extensiones de haya y olmo listos para la tala.

 

—Sin duda es el abastecimiento de hierro lo que impone la ubicación de las fundiciones —terció Silo, que escuchaba con atención—. Por eso Pisae y Populonia se han convertido en ciudades llenas de fundiciones, debido al hierro que llega directamente de Ilva, ¿no es cierto?

 

—Eso es una falacia —replicó Cepio, con extraña coherencia—. En realidad es la disponibilidad de árboles aptos para hacer carbón lo que las ha convertido en ciudades llenas de fundiciones, e igual puede decirse de la Galia itálica occidental. El carbón se obtiene mediante un proceso de manufactura y las fundiciones consumen diez veces más carbón que metal. Por eso mi proyecto en la Galia itálica depende tanto de fundar pueblos de carboneros como de ciudades para la manufactura del hierro. Compraré terrenos adecuados para la construcción de viviendas y talleres y convenceré a herreros y carboneros para que se establezcan allí. Es más fácil trabajar con cierto número de talleres de estructura similar que tratar con muchos pero desperdigados.

 

—Pero, ¿no se creará una nociva competencia entre los talleres, aparte de la dificultad de encontrar clientes? —inquirió Silo, ocultando su creciente entusiasmo.

 

—No veo por qué —contestó Cepio, que había estudiado el tema y lo conocía bastante bien—. Si, por ejemplo, un praefectus fabrum del ejército busca diez mil camisas de cota de malla, diez mil cascos, diez mil espadas y puñales y diez mil lanzas, ¿no va a preferir dirigirse a una localidad en la que le baste con ir de una fundición a otra, en lugar de tener que perder el tiempo buscándolas en sitios muy distintos? ¿Y no le resultará más fácil al propietario de una pequeña fundición de diez libertos y diez esclavos, por ejemplo, vender lo que produce sin tener que pregonar los artículos por toda la ciudad, teniendo ya de antemano asegurados los clientes?

 

—Tienes razón, Quinto Servilio —dijo Druso, pensativo—. Los ejércitos actuales requieren, efectivamente, diez mil de esto y de lo otro con suma urgencia. Es muy distinto a los viejos tiempos en que los soldados eran propietarios, y cuando un joven cumplía diecisiete años, su tata le

 

regalaba la cota de malla, el casco, la espada, el puñal y las espuelas, y su mamá le obsequiaba con las caligae, la funda del escudo, el macuto, el penacho de crines y el sagum; y las hermanas tejían los calcetines y seis o siete túnicas. Y esos pertrechos le valían para el resto de su vida, y la mayoría de las veces, cuando terminaba la edad militar, se los cedía a su hijo o a un nieto. Pero desde que Cayo Mario enroló al censo por cabezas en nuestros ejércitos, nueve de cada diez reclutas no pueden ni costearse una bufanda para enrollársela al cuello y que no les roce la cota de malla, ni cuenta ninguno de ellos con madres y hermanas que les pongan de punta en blanco. Ahora nos vemos con ejércitos de reclutas tan desprovistos de equipo militar como los no combatientes auxiliares de antaño. La demanda ha agotado las existencias, pero habrá que proveerse donde sea; a los legionarios no se les puede enviar al combate si no van debidamente equipados.

 

—Ahora me explico una cosa —dijo Silo—. Me preguntaba por qué tantos veteranos retirados pedían créditos para establecerse como herreros… ¡Tienes toda la razón, Quinto Servilio! Pero se tardará casi una generación en que esos centros de fundición hagan algo distinto a pertrechos militares. Yo, como dirigente de mi pueblo, me devano los sesos para encontrar armas y corazas para las legiones que, sin duda, nos pedirá Roma en breve. Y lo mismo sucede con los samnitas, y me imagino que con los demás pueblos itálicos.

 

—No hay que olvidar Hispania —dijo Druso—. Me imagino que allá habrá bosques cerca de las minas de hierro.

 

—En la Ulterior, sí —contestó Cepio, sonriendo complacido por ser el centro de atención, experiencia nueva para él—. Las antiguas minas cartaginesas de Orospeda ya hace tiempo que agotaron las reservas de madera, pero todas las nuevas están en buenas zonas arboladas.

 

—¿Cuánto tardarán en empezar a producir tus ciudades? —inquirió Silo displicente.

 

—En la Galia itálica, espero que dentro de dos años. Desde luego —se apresuró a añadir—, yo nada tengo que ver con la producción y la venta, pues no quiero incurrir en nada que desagrade a los censores. No, lo que

 

voy a hacer es construir esas ciudades para que me den rentas; una labor que no empaña la dignidad senatorial.

 

—Y muy loable —dijo Silo con ironía—. Supongo que las situarás a la orilla de ríos caudalosos y cerca de los bosques.

 

—Elegiré emplazamientos cerca de ríos navegables —contestó Cepio.

 

—Los galos son buenos herreros —comentó Druso.

 

—Pero no están debidamente organizados para prosperar —dijo Cepio con alarde de enterado, actitud que últimamente comenzaba a prodigar—. Cuando los organice yo, producirán mucho más.

 

—El comercio es tu fuerte, Quinto Servilio, no me cabe duda —dijo Silo—. Deberías abandonar el Senado y hacerte caballero, así podrías ser dueño de las fundiciones y de las manufacturas de carbón.

 

—¿Y tratar con la gente? —replicó Cepio aterrado—. ¡No, no, que lo hagan otros!

 

—¿Y piensas ir tú mismo a cobrar las rentas? —inquirió Silo taimado, bajando la vista al suelo.

 

—¡Ni mucho menos! —exclamó Cepio, mordiendo el anzuelo—. Voy a crear en Placentia una empresa de agentes que se ocupe de todo. Quizá se considere permisible que tu prima Aurelia cobre directamente las rentas, Marco Livio —añadió, dirigiéndose a Druso—, pero yo lo considero de mal gusto.

 

Hubo una época en que el simple nombre de Aurelia hacía que a Druso se le encogiera el corazón, pues había sido uno de sus más fieles pretendientes, pero ahora, apaciguado con el amor por su esposa, sonreía al oírlo.

 

—Es imposible medir a Aurelia con parámetros corrientes —contestó, sonriendo despreocupadamente a su cuñado—. Para mí es una mujer de un gusto sin tacha.

 

La conversación la habían seguido las mujeres sentadas en sus sillas sin intervenir para nada, no porque no tuviesen nada que decir, sino porque

 

nadie las animaba a hacerlo; estaban acostumbradas a permanecer sentadas y calladas.

 

 

Al acabar la cena, Livia Drusa se excusó, con el pretexto de una tarea inaplazable, y dejó a su cuñada Servilia Cepionis en el cuarto de los niños con el pequeño Druso Nerón. La noche era muy oscura y hacía frío, y Livia Drusa pidió a un criado que le trajera un manto, con el que se cubrió, y cruzó al atrium hasta la logia, donde nadie pensaría en buscarla y podría disfrutar de una hora de tranquilidad. Sola. Maravillosamente sola.

 

¡Así que se marchaba! ¡Por fin se iba! Incluso en la época de cuestor había pedido destino en Roma, y ni una sola vez en los tres años que su padre había estado desterrado antes de morir se había aventurado a viajar a Esmirna para verle. Salvo aquel breve período durante su primer año de matrimonio, en que había sido tribuno de los soldados —escapando sospechosamente sin un rasguño de la batalla de Arausio—, Quinto Servilio Cepio no se había apartado de su esposa.

 

Livia Drusa no sabía qué se traía entre manos, ni le preocupaba, con tal de que fuese algo que le indujera a viajar. Era de suponer que su situación financiera comenzaba a resentirse al extremo de impulsarle a hacer algo por mejorarla, aunque muchas veces durante aquellos años Livia Drusa se había preguntado si su marido sería en realidad tan pobre como decía. No entendía cómo su hermano los aguantaba en su casa, además de que se había visto obligado a retirar su preciosa colección de pintura. ¡Cómo se habría horrorizado su padre! Pues era su padre quien había construido aquel domus enorme, simplemente para exhibir adecuadamente sus obras de arte. «Oh, Marco Livio, ¿por qué me obligaste a casarme con él?»

 

Ocho años de matrimonio y dos hijos no habían podido conformarla con su destino, aunque ya no era aquel profundo abatimiento de los primeros años, pues al tocar fondo se había conformado con su desgracia, pero sin olvidar lo que le había dicho su hermano al lograr finalmente doblegarla:

 

«Espero que te muestres con Quinto Servilio como cualquier joven a quien alegra el matrimonio. Le dirás que te complace y le tratarás con

 

absoluta deferencia, respeto, interés y dedicación. En ningún momento, ni siquiera en la intimidad del dormitorio cuando estéis casados, le darás el más mínimo indicio de que no es el marido que deseas.»

 

Luego, Druso la había conducido ante el altar del atrium en que se adoraba a los dioses del hogar —Vesta de la tierra, los Di Penates de la despensa y los lar familiaris— y la había obligado a hacer aquella terrible promesa mediante juramento. Ya hacía tiempo que había dejado de abominar de su hermano por aquello, desde luego, merced a la madurez y a haber descubierto una faceta desconocida de Druso.

 

El Druso de su niñez y su adolescencia era terco, reservado, indiferente a ella y le causaba un profundo temor, y hasta después de la caída y destierro de su suegro no se había dado cuenta de cómo era en realidad. O quizá, se dijo (dado que también ella poseía la frialdad de Livio Druso), el afecto que le había cobrado sería consecuencia de aquel cambio tras la batalla de Arausio. En cualquier caso, se había ablandado y era más abierto, aunque no había vuelto a mencionar el hecho de haberla obligado a casarse con Cepio, ni la había exonerado de aquel terrible juramento. Pero sobre todo, ella le admiraba por su irreprochable deferencia con ella y con Cepio, porque jamás se había quejado ni de palabra ni con gestos de su presencia en la casa. Por eso le había sorprendido tanto que aquella noche Druso hubiese plantado cara a Cepio por criticar a Quinto Popedio Silo.

 

¡Qué deslumbrante había estado Cepio en la cena! Por el entusiasmo con que había hablado del tema, explicándolo con tanta lógica y detalle, era de creer que lo tenía organizado de un modo muy práctico y comercial. Puede que Silo tuviese razón y Cepio tuviese madera de comerciante y de caballero despierto para los negocios. Lo que pensaba hacer parecía apasionante. Y muy rentable. ¡Ah, qué maravilla tener casa propia!, pensó con añoranza.

 

Una carcajada brotó de las fauces de la escalera que conducía del peristilo a las dependencias de los criados en el sótano; Livia Drusa se sobresaltó, temblorosa, y se acurrucó temiendo que fueran a salir criados al atrium. Efectivamente, salía un grupito charlando entre risitas en tan rápido dialecto griego que Livia Drusa no entendió la gracia. ¡Qué contentos iban!

 

¿Por qué? ¿Qué tenían ellos que no tuviera ella? La posibilidad de llegar a ser libertos, obtener la ciudadanía romana y vivir su propia vida. A ellos les pagaban, y a ella no; tenían muchos amigos y compañía, y ella no; podían establecer relaciones íntimas entre sí sin que los criticasen ni se lo impidiesen, y ella no. Que su razonar no fuese del todo exacto, a Livia Drusa no le importaba. Para ella, era así.

 

No la habían visto y volvió a relajarse. La luna gibosa había alcanzado altura suficiente para esclarecer la ciudad. Se dio la vuelta en el banco de mármol y apoyó los brazos en la balaustrada, mirando hacia el Foro. La casa de Druso estaba situada al borde del Germalus del Palatino, donde el Clivus Victoriae torcía en ángulo recto y discurría paralelo al Foro, y la vista era inmejorable; antiguamente la panorámica se extendía hasta la izquierda del Velabrum, en la época en que junto a la casa estaba el solar vacío del area Flaciana, pero ahora el enorme pórtico que había construido Quinto Lutacio Catulo César alzaba sus columnas al cielo y la ocultaba. El resto no había cambiado. La casa de Cneo Domicio Ahenobarbo, pontífice máximo, seguía asomando por debajo de la de Druso y podía ver el peristilo.

 

Era una vista de Roma muy distinta del animado panorama diurno; ahora los llamativos colores de los edificios se reducían a grises y reflejos. No es que la ciudad estuviera inmóvil, pues se veían antorchas por las calles y se oía el traqueteo de carros y los gritos a los bueyes, dado que muchas tiendas y comerciantes aprovechaban la ausencia de gente en las calles para abastecerse. Por el bajo Foro pasaba un grupo de borrachos cantando una canción popular de amor, ¿de qué, si no? Un nutrido séquito de esclavos escoltaba una litera muy cerrada entre la basílica Sempronia y el templo de Cástor y Pólux; sin duda, alguna dama importante que volvía a casa tras un banquete. Un gato de ronda maullaba a la luna y le contestaban una docena de perros, cosa que divirtió tanto a los borrachos que uno de ellos tropezó cuando bordeaban la oscura hondonada de la Comitia y cayó en las gradas, entre gritos de jolgorio de sus amigotes.

 

Livia Drusa dejó vagar la mirada hacia el peristilo de la casa de Domicio Ahenobarbo, situada más abajo, mirándolo anhelante. Hacía

 

mucho tiempo, antes de su matrimonio, la habían recluido prohibiéndole tratar incluso con muchachas de su edad, y ella había llenado aquel vacío con la lectura, enamorándose de alguien a quien no tenía esperanzas de conocer. Una época en que solía sentarse allí por el día para mirar hacia el balcón de abajo por si veía al joven alto y pelirrojo que tanto le atraía y sobre el que trenzaba sus fantasías, tomándole por el rey Odiseo de Itaca y asumiendo ella el papel de Penélope, que le espera fiel. Durante años, las pocas veces que le había visto —ya que el joven no visitaba la casa con mucha frecuencia— habían bastado para fomentar aquel rapto callado, un estado emocional que había perdurado tras su matrimonio y que sólo servía para agravar su desgracia. No sabía de quién se trataba, aunque le constaba que no era un Domicio Ahenobarbo, pues los de esa familia eran rechonchos, aunque también pelirrojos. No, él no parecía un Ahenobarbo.

 

Nunca olvidaría el día de su desilusión, el día en que su suegro había sido acusado de traición en la Asamblea de la Plebe, el día en que Cratipo, el mayordomo de su hermano, había llegado corriendo al otro extremo del Palatino para, a toda prisa, sacarlas a ella y a Servilia niña de la casa de Servilio Cepio por si les sucedía algo. ¡Qué día! Al ver por primera vez a Servilia Cepionis con Druso, comprendió cómo una mujer puede influir en el marido y supo también que no siempre las mujeres quedan excluidas de los consejos de familia; y había sido la primera vez que había probado vino sin aguar. Y fue luego, al cesar los disturbios, cuando Servilia Cepionis había mencionado el nombre del Odiseo pelirrojo: Marco Porcio Catón Saloniano. ¡Nada de caballero! Ni siquiera noble, pero sí nieto de un campesino túsculo por un lado y biznieto de un esclavo celtíbero por otro.

 

En aquel instante, Livia Drusa se había hecho mayor.

 

—¡Ah, estás ahí! —dijo la voz chillona de Cepio—. ¿Pero qué haces ahí, mujer? ¡Te vas a helar! ¿Entra en casa!

 

Livia Drusa, obediente, se levantó para ir a su odiosa cama.

 

 

A fines de febrero, Quinto Servilio Cepio salió de viaje, después de decir a Livia Drusa que no le esperase hasta pasado un año como mínimo, o quizá más. Ella se sorprendió, pero él le explicó que era necesario, ya que había invertido todo su dinero en aquel negocio en la Galia itálica y tenía que estar allí para supervisar la operación. Había sido insistente en su actividad sexual, dijo, porque quería un hijo y si se quedaba encinta estaría ocupada durante su ausencia. En los primeros años de matrimonio, a Livia Drusa tales intimidades la habían agobiado enormemente, pero después de saber el nombre de su adorado Odiseo pelirrojo, los actos amorosos de Cepio habían sido un simple aburrimiento al que ya no se sumaba el asco. Sin decir nada a su marido de los planes que tenía para ocupar el tiempo que él iba a estar ausente, le despidió y aguardó un intervalo de mercado de ocho días antes de pedir una entrevista con su hermano.

 

—Marco Livio, tengo que pedirte un gran favor —comenzó diciendo, sentada en la silla de los clientes, poniendo cara de sorpresa y riendo—. ¡Por los dioses! ¿Sabes que ésta es la primera vez que me siento aquí desde que me convenciste para que me casase con Quinto Servilio?

 

La tez color oliva de Druso se oscureció y se miró las manos que tenía cruzadas sobre la mesa.

 

—Ocho años hace —dijo en tono neutro.

 

—Eso es —añadió ella con otra carcajada—. Pero hoy no me siento para hablar de lo que sucedió hace ocho años, hermano, sino para pedirte un favor.

 

—Si puedo concedértelo, Livia Drusa, lo haré con mucho gusto —dijo él, complacido de que no le hubiese hecho mayores reproches.

 

Muchas veces había pensado pedirle excusas, pues no se le había escapado su constante desdicha, y él había tenido que admitir que la pobre había aguantado el aburrido temperamento de Cepio, pero el orgullo le había impedido hablar y nunca le había abandonado el convencimiento profundo de que, casándola con Cepio, al menos había evitado la posibilidad de que acabara como su madre. Aquella horrible mujer le había avergonzado durante muchos años con las lamentables aventuras eróticas que trascendían en las conversaciones de terceros.

 

—Tú dirás —dijo, viendo que Livia Drusa callaba.

 

Ella, con el entrecejo fruncido, se humedeció los labios y alzó sus bellos ojos, mirándole de frente.

 

—Marco Livio, hace ya mucho tiempo que me vengo dando cuenta de que mi esposo y yo hemos prolongado excesivamente nuestra estancia.

 

—Te equivocas —se apresuró él a contestar—, pero si he podido causarte esa impresión por alguna cosa, te ruego me perdones. De verdad, hermana, sabes que en esta casa siempre has sido bien acogida, y siempre lo serás.

 

—Te lo agradezco, pero lo que te digo es cierto. Tú y Servilia Cepionis nunca tenéis ocasión de estar a solas, lo que quizá sea la causa por la que no ha tenido hijos.

 

—Lo dudo —replicó él con una mueca.

 

—Yo no —dijo ella, inclinándose hacia adelante—. En estos momentos, Marco Livio, vivimos tiempos tranquilos. Tú no tienes ningún cargo oficial y ya hace tiempo que por la presencia del pequeño Druso Nerón es mayor la posibilidad de que tengas un hijo. Eso dicen las viejas, y yo lo creo.

 

—¡Al grano, al grano! —la instó él, apenado.

 

—La cuestión es que, mientras Quinto Servilio está de viaje, quisiera irme con mis hijos al campo —dijo ella—. Tú tienes una villa cerca de Tusculum, que no está a más de media jornada de viaje de Roma. En esa casa hace muchos años que no vive nadie. ¡Por favor, Marco Livio, cédemela un tiempo! ¡Déjame vivir a solas!

 

Druso la miró de hito en hito buscando algún indicio que delatara que pensaba cometer alguna indiscreción, pero no advirtió nada.

 

—¿Se lo has dicho a Quinto Servilio?

 

—Naturalmente —respondió ella muy serena, sin dejar de mirarle a los ojos.

 

—Pues no me lo comentó.

 

—¡Fantástico! —replicó ella sonriente—. Aunque, muy propio de él.

 

Druso soltó una carcajada.

 

—Bien, hermana, si él está de acuerdo, no veo motivo para negártelo.

 

Como bien dices, Tusculum no está lejos de Roma y podré vigilarte.

 

Con expresión extasiada, Livia Drusa dio efusivamente las gracias a su hermano.

 

—¿Cuándo quieres irte?

 

—Inmediatamente —contestó ella, poniéndose en pie—. ¿Puedo decirle a Cratipo que lo organice todo?

 

—Desde luego —contestó él con un carraspeo—. En realidad, Livia Drusa, te echaremos de menos. Y a tus hijas.

 

—¿A pesar de haberle pintado otra cola al caballo y cambiar el racimo de uvas por unas horribles manzanas?

 

—Habría podido hacerlo el pequeño Nerón con dos años mas —replicó él—. Si se piensa bien, hubo suerte porque la pintura aún estaba fresca y el daño no fue irreparable. Las obras de arte de nuestro padre están a seguro en el sótano, y allí quedarán hasta que hayan crecido los niños.

 

Se puso también en pie y juntos fueron por la columnata hasta la sala de estar del ama de casa, en donde Servilia Cepionis estaba tejiendo en un telar mantas para la nueva cama del pequeño Druso Nerón.

 

—Nuestra hermana quiere dejarnos —dijo Druso al entrar.

 

No cabía duda de la consternación de su esposa, ni de su morboso placer.

 

—¡Oh, Marco Livio, qué lástima! ¿Por qué?

 

Pero Druso prefirió evadirse y dejar que su hermana diera las explicaciones.

 

—Voy a irme con las niñas a la villa de Tusculum; viviremos allí hasta que regrese Quinto Servilio.

 

—¿En la villa de Tusculum? —inquirió estupefacta Servilia Cepionis—. Pero, querida Livia, si aquello está hecho una ruina… Creo que fue del primer Livio, y no tiene baño ni letrina, ni una cocina decente. Y te faltará sitio.

 

—Me da igual —contestó Livia Drusa, cogiendo la mano de su cuñada y llevándosela a la mejilla—. Querida ama de casa, soy capaz de vivir en un tugurio con tal de ser ama de casa. No te lo digo como reproche ni para herirte, pues desde el día en que tu hermano y yo vinimos a vivir aquí has sido de lo más amable, pero debes comprender mi postura. Quiero mi

 

propia casa, quiero sirvientes que no me llamen dominilla y no me hacen caso porque me conocen desde niña. Quiero un poco de terreno para pasear y un poco de libertad que me libere del agobio de esta horrenda ciudad. ¡Por favor, Servilia Cepionis, compréndelo!

 

—Lo comprendo —respondió la dueña de la casa, mientras dos lágrimas corrían por sus mejillas.

 

—¡No te apenes, alégrate por mí!

 

Se abrazaron en perfecta armonía.

 

—Voy a buscar ahora mismo a Marco Livio y a Cratipo —dijo Servilia Cepionis animada, dejando su labor y tapando el telar—. Contrataremos albañiles para que conviertan la villa en algo cómodo donde puedas vivir.

 

 

Pero Livia Drusa no pensaba esperar. Tres días más tarde tenía a punto a las niñas, numerosos cubos de libros preparados, y con los pocos criados de Cepio se puso en camino hacia Tusculum.

 

Aunque no había vuelto a estar allí desde niña, lo encontró todo casi igual. Era una casita enlucida y pintada de un amarillo bilioso, sin un auténtico jardín ni peristilo. Pero su hermano no había perdido el tiempo y ya estaba llena de obreros de un constructor de la localidad, que la recibió en persona, prometiéndole que en un par de meses tendría la obra acabada.

 

Por lo tanto, Livia Drusa se instaló en medio de aquel caos relativo, con el polvo del yeso, el ruido de martillos, mazas y sierras y el constante alud de instrucciones y comentarios gritados en el latín de los tusculanos, que vivían tan sólo a veinticuatro millas de Roma pero que apenas iban a la ciudad. Las niñas reaccionaron según su carácter: la pequeña Lilla, de cuatro años y medio, estaba en la gloria, mientras que la reservada y sosegada Servilia era evidente que detestaba la casa, la actividad de los obreros y a su madre, aunque no necesariamente en ese orden. De todos modos, la actitud de Servilia no alteró el panorama, mientras que la alborotadora participación de Lilla en todo lo que se hacía acrecentó el caos.

 

Tras dejar a la pequeña a cargo de la niñera y a Servilia al cuidado del anciano y severo tutor, Livia Drusa, al día siguiente, se fue a pasear por el placentero y tranquilo campo invernal, casi sin acabar de creerse que hubiese roto los barrotes de tan largo encarcelamiento.

 

Aunque el calendario marcaba primavera, estaban en pleno invierno. Cneo Domício Ahenobarbo, pontífice máximo, no había instado al Colegio de Pontífices que presidía a que hicieran su cometido manteniendo el calendario abreviado en consonancia con las estaciones. Y no es que en Roma y alrededores hubiesen sufrido aquel año un invierno crudo, pues había nevado poco y el Tíber no se había helado, por consiguiente, la temperatura estaba bastante por encima de cero, el viento sólo soplaba frío a ratos y había bastante yerba.

 

Feliz como no lo había sido en su vida, Livia Drusa recorrió las tierras de la casa, saltó una cerca de piedra y caminó detenidamente por el perímetro de un campo que estaban arando, saltó otra divisoria de piedra y entró en un prado con ovejas. Bien tapados con sus abrigos de lana, los estúpidos animales trotaron alejándose de ella cuando intentó atraerlas; sonriendo, se encogió de hombros y siguió andando.

 

Más allá del prado encontró un hito divisorio pintado de blanco junto a un altarcito cubierto, delante del cual aún se notaba la mancha de sangre de un sacrificio. En las ramas más bajas del árbol que le daba sombra, colgaban muñequitos y pelotas de lana y cabezas de ajo, todo descolorido y ajado por la intemperie. Detrás del altar había una cazuela de barro boca abajo. Livia Drusa la levantó con curiosidad para soltarla de inmediato, pues escondía el cadáver descompuesto de un gran sapo.

 

Demasiado hecha a la ciudad para entender que si seguía caminando entraba en propiedad ajena —y que se hallaba en tierras de alguien escrupuloso con las atenciones debidas a los dioses del suelo y los límites— Livia Drusa siguió andando. Cuando vio el primer azafrán se arrodilló para contemplar mejor su flor amarilla; luego se puso en pie y contempló las ramas desnudas de un árbol como si fuese la primera vez que veía algo semejante.

 

A continuación se encontró con un huerto de perales; quedaban algunos frutos sin recoger y Livia Drusa sucumbió fácilmente a la tentación. La pera era dulce y jugosa y se puso las manos hechas una pena. Oía correr agua no muy lejos y cruzó por entre los frutales en dirección al murmullo hasta dar con un arroyuelo. El agua estaba helada, pero no le importó; metió las manos en la corriente y, riendo por lo bajo, se las secó al sol, que ya estaba alto y calentaba. Se quitó la palla, arrodillada junto al arroyo, la extendió y la dobló en un rectángulo fácil de llevar y se levantó. Y entonces le vio.

 

Estaba leyendo y tenía el rollo en la mano izquierda, ya enroscado porque se había distraído mirando fijamente a la furtiva. ¡El rey Odiseo de ítaca! Al mirarle a los ojos, Livia Drusa se quedó sin respiración, pues, efectivamente, eran los ojos de Odiseo, grandes, grises y hermosos.

 

—Hola —le dijo, sonriéndole sin timidez ni cortedad. Después de los años que habían pasado desde la época en que le veía desde el balcón, parecía realmente el viajero que había vuelto al hogar, un hombre al que conocía tan bien como la reina Penélope a Odiseo.

 

Se puso la palla doblada en el brazo y se dirigió hacia él, sonriente y sin dejar de hablar.

 

—He robado una pera —dijo—. ¡Qué buena estaba! No sabía que en esta época del año hubiera peras en los árboles. Sólo salgo de Roma en verano para ir al mar, pero es muy distinto.

 

Él no decía nada y se limitaba a dejar que se acercara, mirándola con sus luminosos ojos grises.

 

Sigo amándote, iba diciéndose ella para sus adentros. ¡Aún te amo! Me da igual que seas descendiente de un esclavo y de un campesino. Te amo. Había olvidado el amor, igual que Penélope. Y ahora te encuentro al cabo de los años. Sigo amándote.

 

Cuando se detuvo, estaba ya demasiado cerca de él para considerarlo un encuentro fortuito de dos desconocidos; él notaba el calor que irradiaba su cuerpo, y aquellos grandes ojos oscuros que se clavaban en los suyos le miraban como reconociéndole. Con amor, dándole la bienvenida. Por consiguiente, le pareció perfectamente natural acercársele hasta casi rozarla y rodearla con sus brazos. Ella alzó el rostro y le rodeó el cuello con los

 

suyos, y los dos se besaron sonrientes. Viejos amigos, antiguos amantes; un esposo y una esposa que no se ven desde hace veinte años, separados por maquinaciones ajenas, divinas y humanas, y que se gozan en el reencuentro.

 

El tacto seguro y firme de sus manos también le pareció conocido, y no tuvo necesidad de decirle adónde ir ni lo que había que hacer; era el rey de su corazón y siempre lo había sido. Con la seriedad de una niña a quien han confiado un tesoro, se desnudó y le ofreció sus senos, y le fue desvistiendo mientras él extendía la amplia túnica en el suelo, y se tumbaron en ella. Temblorosa de placer, le besó el cuello y le lamió el lóbulo de la oreja, cogió su rostro entre las manos y volvió a besarle, acariciando su cuerpo con deleite y musitando mil ternuras cuando los labios de él rozaban su piel.

 

Frutos dulces y pegajosos; ramas desnudas entrelazadas bajo un cielo muy azul; la sacudida de un estirón de pelo; un pajarillo con las alas inmóviles atrapado en los sutiles zarcillos de una nube; un nudo de desbordada euforia por la naciente —ya renacida— libertad… ¡Libertad, oh, qué éxtasis!

 

Estuvieron echados en aquella túnica durante horas, calentándose mutuamente los cuerpos, sonriéndose embobados, atónitos de haberse encontrado, sin temor por la transgresión, embebidos en el encanto de toda clase de descubrimientos.

 

También charlaron. Estaba casado con una Cuspia, hija de un publicanus, y su hermana era la esposa de Lucio Domicio Ahenobarbo, el hermano menor del pontífice máximo. La dote de su hermana había constituido un enorme gasto, al que únicamente había podido hacer frente casándose con Cuspia, que tenía un padre inmensamente rico. Aun no tenían hijos, pues él tampoco encontraba en su esposa nada digno de amor ni de admiración; y explicó que la mujer ya empezaba a quejarse al padre de que no le hacía caso.

 

Cuando Livia Drusa le dijo quién era, Marco Porcio Catón Saloniano se quedó muy parado.

 

—¿Te has enfadado? —inquirió ella, irguiéndose y mirándole angustiada.

 

Él sonrió y negó con la cabeza.

 

—¿Cómo voy a enfadarme si los dioses me han escuchado y te han enviado a las tierras de mis antepasados? En cuanto te vi en el arroyo supe que eras para mí. Y si estás vinculada a familias tan poderosas, debe ser otra señal de que me favorecen.

 

—¿De verdad que no tenías idea de quién era?

 

—En absoluto —contestó él, algo entristecido—. No te había visto en mi vida.

 

—¿Nunca? ¿No salías nunca al balcón de Cneo Domicio, ni me habías visto en el balcón de mi hermano, más arriba?

 

—Nunca —contestó él.

 

—Yo te he visto muchas veces durante años —dijo ella suspirando.

 

—Me alegra profundamente que te gustase la visión.

 

—Me enamoré de ti a los dieciséis años —dijo ella reclinando la cabeza en su hombro.

 

—¡Qué perversos son los dioses! —comentó él—. Si hubiese mirado hacia arriba y te hubiese visto, no habría descansado hasta casarme contigo. Ahora tendríamos muchos hijos y no nos veríamos en esta terrible situación.

 

—No puedo divorciarme hasta que regrese mi marido —dijo ella, estremecida—. Tardará un año, por lo menos. Y no creo que mi hermano y mi esposo te acepten. Seguramente no tendré dote y perderé a mis hijas.

 

—Yo no puedo divorciarme de Cuspia —añadió él muy entristecido—. Tardaré diez años en pagar la dote de mi hermana, porque no tuve más remedio que hacerlo a plazos, a pesar de la fortuna de Cuspia.

 

Se abrazaron instintivamente, con una mezcla de placer y aflicción.

 

—¡Oh, será horrible si nos descubren! —exclamó ella.

 

—Sí.

 

—No es justo.

 

—No.

 

—No deben enterarse, Marco Porcio.

 

—Debemos unirnos con honor, Livia Drusa, no sintiéndonos culpables —replicó él, rebulléndose.

 

—No faltamos al honor —insistió ella muy seria—. Sólo por las circunstancias parece lo contrario. Yo no siento vergüenza.

 

—Ni yo —añadió él, sentándose y abrazándose las rodillas, pero su mirada era triste—. Mi deseo es poder casarme contigo, y mantener este secreto será muy penoso.

 

—Penoso o no, yo lo guardaré —dijo ella muy decidida—. Te he encontrado, mi rey Odiseo, y no te perderé.

 

Él volvió a abrazarla y la retuvo hasta que ella dejó oír su protesta, deseosa de mirarle, tan bien formado, aquellos brazos y aquellas piernas, la tez cremosa y con un vello escaso, del mismo color llamativo que el cabello, en un cuerpo musculoso, el rostro anguloso. Un auténtico Odiseo. O, en cualquier caso, su Odiseo.

 

—Te amo, Marco Porcio Catón —dijo.

 

—Yo también te amo, Livia Drusa.

 

 

 

La tarde estaba avanzada cuando le dejó, después de acordar que se verían en el mismo lugar y a la misma hora al día siguiente; pero prolongaron tanto la despedida que cuando llegó a la casa de Druso los obreros ya habían acabado la jornada. Mopsus, el mayordomo, estaba a punto de enviar a la servidumbre en su busca. Volvía tan contenta y eufórica que no se le había ocurrido pensar en aquellos aspectos de la realidad, y se quedó mirando como una estúpida a Mopsus, a la tenue luz del crepúsculo, sin saber qué decirle como excusa.

 

Tenía un aspecto lamentable. La melena en su espalda era una maraña plagada de ramitas y de yerbas, sus vestiduras estaban manchadas de barro y los delicados zapatos que calzaba los llevaba colgando de la mano: tenía sucias la cara y las manos y los pies llenos de barro.

 

—Domina, domina, ¿qué os ha sucedido? —exclamó el mayordomo—. ¿Os habéis caído?

 

Ante tales palabras, Livia Drusa volvió a la realidad.

 

—Efectivamente, Mopsus —respondió animosa—. Ha sido una terrible caída, pero estoy viva.

 

Los criados, alborotados, la rodearon y la entraron en la casa, donde la prepararon una antigua bañera de bronce en la sala de estar. Lilla, que había estado llorando por la ausencia de su madre, salió correteando tras la nodriza para ir a cenar, mientras Servilia seguía en silencio a su madre y desde un rincón observó cómo una criada le desabrochaba la túnica, lanzando exclamaciones al ver el estado de su cuerpo, más sucio que las ropas.

 

Cuando la criada se dio la vuelta para ver si el agua estaba bien de temperatura, Livia Drusa, desnuda y sin pudor, estiró los brazos por encima de la cabeza tan lenta y voluptuosamente que la discreta Servilia, que estaba junto a la puerta, comprendió el sentido de aquel gesto a un nivel primitivo y atávico que sólo con el tiempo esclarecería definitivamente. Livia Drusa bajó los brazos y se llevó las manos a los redondos senos, jugueteando unos instantes con los pezones sin dejar de sonreír. Luego entró en la bañera y se volvió para que la criada le echase agua por la espalda y le frotase con una esponja, por lo que no vio que Servilia abría la puerta y salía.

 

Durante la cena, en la que a Servilia se la permitía acompañar a la madre, Livia Drusa charló animadamente por los codos de la pera que se había comido, de la flor del azafrán, de los muñequitos en el árbol del altar limítrofe, del arroyuelo, y adornó su imaginaria y vertiginosa caída por un terraplén con toda clase de detalles. Servilia permanecía sentada, comiendo con melindre, inexpresiva. Un desconocido habría considerado el rostro de la madre como el de una niña feliz, y el de la hija, como el de una madre preocupada.

 

—¿Te sorprende mi felicidad, Servilia? —inquirió la madre.

 

—Sí, es muy raro —contestó la hija sosegadamente.

 

Livia Drusa se inclinó sobre la mesita que compartían y apartó un mechón de pelo de la frente de su hija, auténticamente interesada por primera vez en aquella réplica en miniatura de sí misma, y los recuerdos de su desgraciada niñez acudieron a ella en tropel.

 

—Cuando tenía tu edad —dijo—, mi madre no me hacía caso. Era a causa de Roma; hace poco me di cuenta de que Roma me estaba afectando de igual modo. Por eso nos hemos venido a vivir al campo Y vamos a estar

 

aquí hasta que tata vuelva. ¡Soy feliz porque soy libre, Servilia! No quiero pensar en Roma.

—A mí me gusta Roma —replicó Servilia, sacando la lengua a los distintos platos—. Tío Marco tiene un cocinero mejor.

 

—Ya encontraremos un cocinero que te guste, si eso es lo que te preocupa. ¿Es lo que más te preocupa?

 

—No. Los obreros.

 

—Bueno, dentro de un mes o dos habrán acabado y estaremos tranquilas. Mañana… —comenzó a decir, recordando de pronto—, no, pasado, iremos a pasear las dos.

 

—¿Por qué no mañana? —protestó Servilia.

 

—Porque necesito otro día para mí sola.

 

—Estoy cansada, mamá —dijo Servilia levantándose de la silla—. ¿Puedo irme a la cama?

 

 

Y así comenzó el año más feliz en la vida de Livia Drusa, una época en la que lo único que importaba era el amor, y el amor se llamaba Marco Porcio Catón Saloniano; una pequeña reserva de ese amor era para Servilia y Lilla.

 

No tardaron en acordar una rutína, pues, naturalmente, Catón no pasaba muchos días en la casa de campo tusculana, o no los había pasado hasta conocer a Livia Drusa. Era imperativo encontrar un lugar de cita más seguro, un sitio en el que no pudiese sorprenderlos ningún campesino o algún pastor y en el que Livia Drusa pudiera lavarse y acicalarse. Catón lo solventó expulsando a una familia que vivía en una casita aislada dentro de sus tierras, anunciando a todo el mundo que iba a utilizarlo como lugar de estudio, pues pensaba escribir un libro. El libro se convirtió en pretexto para todo, en particular para sus largas ausencias de Roma, lejos de su esposa. Siguiendo los pasos de su abuelo, la obra iba a ser un minucioso compendio de la vida rural romana, incluyendo todos los ritos, hechizos, preces, supersticiones y costumbres de naturaleza religiosa, para concluir con una

 

exposición de las técnicas y métodos de la agricultura moderna. En Roma, a nadie le extrañó, dados los antecedentes familiares de Catón.

 

Siempre que podía ir a Tusculum se veían a la misma hora todas las mañanas, pues Livia Drusa se las había reservado para ella, ya que las niñas estaban ocupadas con sus lecciones. Se separaban, con gran aflicción, a mediodía. Incluso cuando Marco Livio Druso acudía a ver cómo estaba su hermana y a supervisar las reformas de la casa, ella seguía dando sus «paseos». Naturalmente, era tan evidente y sencilla su felicidad, que Druso no podía por menos de aplaudir el buen sentido de su hermana por haberse ido a vivir allí, mientras que si hubiera dado muestras de nerviosismo o mala conciencia, sí que habría dado en pensar algo. Pero Livia Drusa jamás traslucía el menor nerviosismo, puesto que pensaba que sus relaciones con Catón eran justas, correctas y limpias; merecidas y correspondidas.

 

Naturalmente que hubo dificultades, sobre todo al principio. Para Livia Drusa, la principal eran los dudosos antepasados de su amado, aunque eso ya no le importaba tanto como cuando Servilia Cepionis le había dicho quién era, pero seguía reconcomiéndola. Menos mal que no era tan tonta como para decírselo abiertamente; lo que hacía era buscar la manera de sacar a colación el tema de modo que él viera que no le subestimaba por ello, aunque así era. ¡No, no lo hacía con aires de superioridad ni con malevolencia! Era simplemente por el pesar que le producía la seguridad de su impecable estirpe, por el deseo de que él pudiese ser también beneficiario de aquel desahogo social tan romano.

 

Su abuelo era el ilustre Marco Porcio Catón el Censor. De estirpe latina rica, los Porcios Priscos habían tenido suficiente preminencia social para tener a su cargo durante varias generaciones los caballos públicos de los caballeros de Roma ya antes del nacimiento de Catón el Censor; pero, aunque gozaban de plena ciudadanía y de la condición de caballeros, vivían en Tusculum más que en Roma y no habían mostrado aspiraciones por ocupar cargos públicos.

 

Pronto descubrió Livia Drusa que su amado no consideraba en absoluto dudosa su ascendencia, pues, como le dijo:

 

—Ese mito tiene su origen en el carácter de mi abuelo, que se hizo pasar por campesino cuando un exquisito patricio le hizo un desprecio siendo cadete a los veintisiete años, en la primera guerra contra Aníbal; se complació tanto en aquella farsa, que nunca la descubrió, y pensamos que hizo muy bien, pues si los hombres nuevos surgen y caen en el olvido, a Catón el Censor no le olvidará nadie.

 

—Lo mismo puede decirse de Cayo Mario —dijo apocada Livia Drusa.

 

Su amado se sobresaltó como si le hubiera mordido.

 

—¿Ése? Él sí que es un auténtico hombre nuevo, un campesino! ¡Mi abuelo tenía antepasados! Sólo era un hombre nuevo en el sentido de que fue el primero de la familia que entró en el Senado.

 

—¿Cómo sabes que tu abuelo simplemente se fingía campesino? —Por las cartas suyas que conservamos.

 

—¿Y la otra rama de la familia no es la que conserva sus papeles? Al fin y al cabo es la rama más antigua.

 

—¿Los Licinianos? ¡Ni los nombres! —contestó Catón en tono de disgusto—. Es la rama de los Saloníanos, la nuestra, la que brillará en el futuro cuando los historiadores hablen de la Roma de nuestra época. ¡Somos nosotros los auténticos descendientes de Catón el Censor! ¡Nosotros no nos damos aires de finos! ¡Hacemos honor a la clase de hombre que era Catón el Censor, Livia Drusa!

 

—Que se fingía campesino.

 

—¡Efectivamente! Un auténtico romano rudo, audaz, sincero, apegado a la tradición! —replicó Catón con los ojos brillantes—. ¿Sabes que bebía el mismo vino que sus esclavos? Nunca enlució las alquerías ni las villas, ni tenía tapices ni telas púrpura en su casa de Roma, y jamás pagó más de seis mil sestercios por un esclavo. Nosotros, los Salonianos, hemos seguido esa tradición y vivimos igual que él.

 

—¡Oh! —exclamó Livia Drusa.

 

Pero él no advirtió su consternación porque estaba obcecado en explicar a su joven y amada Livia lo fantástico que había sido Catón el Censor.

 

—¿Cómo iba a haber sido realmente un campesino si fue el mejor amigo de Valerio Flaco y, cuando se trasladó a Roma, el mejor orador y

 

abogado de todos los tiempos? Nadie le ha superado; estuvo muy por encima de especialistas como Craso Orator, y el viejo Mucio Escévola el Augur afirma que su retórica era única y que nadie ha sido capaz de utilizar mejor el aforismo y la hipérbole. ¡Y mira sus soberbios escritos! Mi abuelo fue educado a lo grande, hablaba y escribía latín con tal perfección, que jamás tuvo necesidad de hacer un borrador.

 

—Ya veo que tendré que leer algo de él —dijo Lívia Drusa con un ligerísimo retintín, pues su tutor no había considerado a Catón digno de su interés.

 

—¡Hazlo! —se apresuró a decir Catón, abrazándola y atrayéndola entre sus piernas—. Empieza por el Carmen de Moribus, que te dará una idea de la clase de hombre moral que era y qué profundamente romano. Desde luego, fue el primer Porcio que llevó el cognomen de Catón, pues hasta entonces los Porcio ostentaban el de Prisco; ¿te das cuenta de lo antiguo que es nuestro linaje que a él le llamaban el Antiguo? ¡Figúrate que el abuelo de mi abuelo tuvo que pagar el coste de cinco caballos públicos muertos en combate por Roma mientras él era el encargado!

 

—Lo que me importa es lo de Saloniano, no lo de Prisco ni lo de Catón. Salonio era un esclavo celtíbero, ¿no?, mientras que la rama más antigua dice descender de una Licinia noble y de la tercera hija del gran Emilio Paulo y de la Cornelia mayor de los Escipiones.

 

Ahora era él quien ponía ceño, pues el razonamiento denotaba sin lugar a dudas la presunción de Livia. Pero ella le miraba con ojos adorables y él estaba muy enamorado; no era culpa de la pobrecilla el que no le hubiesen informado debidamente respecto a los Porcios Catones. Tendría que ponerla él al corriente.

 

—No ignorarás la historia de Catón el Censor de Salonia —dijo, apoyando la barbilla en su hombro.

 

—No la conozco, meum mel. Cuéntamela, por favor.

 

—Mi abuelo no se casó por primera vez hasta los cuarenta y dos años. Ya entonces había sido cónsul, obtenido una gran victoria en la Hispania Ulterior y celebrado un triunfo, ¡pero no era codicioso! jamás tomó su parte de los botines ni vendió a los prisioneros para embolsarse el dinero. Él lo

 

daba todo a los soldados, y sus descendientes siguen mostrándole afecto por ello —dijo Catón, tan orgulloso de su abuelo que había perdido el hilo de la historia.

 

—Así que fue a los cuarenta y dos años cuando se casó con la noble Licinia —se aprestó ella a recordarle.

 

—Exacto. De ella sólo tuvo un hijo, Marco Liciniano, aunque parece ser que la adoraba y no sé por qué no tuvieron más hijos. En fin, al morir Licinia mi abuelo tenía setenta y siete años y tomó a una esclava de la casa como compañera de lecho. En la casa vivían su hijo Liciniano y la mujer de éste, la dama de alta cuna que tú has mencionado; aquello los ofendió, pues parece ser que no hizo de ello ningún secreto y la esclava se movía por la casa como si fuese la dueña. Pronto se supo en Roma lo que sucedía, porque Marco Liciniano y Emilia Tercia se encargaron de comentarlo. A todos menos a Catón el Censor. Pero, claro, él se enteró de que estaban pregonándolo por toda la ciudad, y en lugar de preguntarles por qué no le habían dicho nada a él, lo que hizo fue despachar tranquilamente a la esclava una buena mañana y dirigirse al Foro sin decir que ya no estaba la mujer.

 

—¡Qué cosa tan extraña! —comentó Livia Drusa.

 

Catón prosiguió sin replicar.

 

—Catón el Censor tenía un cliente llamado Salonio, un celtíbero de Salo, que había sido uno de sus escribas esclavos.

 

»—¡Eh, Salonio! —exclamó mi abuelo al llegar al Foro—. ¿Has encontrado ya marido para tu preciosa hija?

 

»—Pues no, domine —contestó Salonio—, pero tened la certeza de que cuando encuentre un buen hombre para ella os lo llevaré para que me deis vuestra opinión y la aprobación.

 

»—No tienes que seguir buscando —replicó mi abuelo—. Tengo un buen marido para ella, ¡alguien excepcional! Buena fortuna, fama intachable, excelente familia, todo lo que puedas desear. Salvo que me temo que tiene los dientes algo largos, aunque está sano, eso sí, pero hasta el más considerado no tendría más remedio que decir que es un hombre muy viejo.

 

»—Domine, si la elección es vuestra, ¿cómo no iba a complacerme? — dijo Salonio—. Mi hija nació siendo yo esclavo vuestro y su madre era también esclava vuestra. Cuando me disteis el gorro de liberto, tuvisteis la bondad de hacer libre a toda mi familia. Pero mi hija sigue estando a vuestro servicio, como yo, mi esposa y mi hijo. Perded cuidado que Salonia es una buena chica y se casará con quien os hayáis tomado la molestia de buscarle, pese a la edad que tenga.

 

»—¡Sensacional, Salonio! —exclamó mi abuelo—. ¡Soy yo!

 

—¡Qué mal lenguaje! —comentó Livia Drusa, rebulléndose—. Creía que el latín de Catón el Censor era impecable.

 

—Mea vita, mea vita, ¿es que no tienes sentido del humor? —inquirió Catón, mirándola—. ¡Lo decía como una gracia, porque quería quitarle hierro, nada más! Salonio se quedó pasmado, y no podía creerse que le ofreciesen una alianza matrimonial con una casa noble en la que se contaban un censor y un triunfo.

 

—No me extraña que se quedara pasmado —dijo Livia Drusa.

 

—Mi abuelo —prosiguió Catón— le reiteró que hablaba en serio y trajeron a la tal Salonia, que se casó inmediatamente con él porque era un día propicio. Pero cuando Marco Liciniano se enteró, un par de horas más tarde, porque el hecho se difundió por toda Roma, reunió un grupo de amigos y fueron a ver a Catón el Censor.

 

»—¿Es porque desaprobábamos que tuvierais una esclava por querida por lo que deshonráis más nuestra casa dándome semejante madrastra? — inquirió Liciniano, muy enojado.

 

—¿Cómo puedo deshonrarte, hijo mío, si estoy a punto de demostrar lo hombre que soy engendrando más hijos a mi avanzada edad? —replicó mi abuelo con regio ademán—. ¿Preferirías que me hubiese casado con una mujer noble estando más cerca de los ochenta que de los setenta? Semejante alianza no sería adecuada. Me caso con la hija de mi liberto, un matrimonio adecuado a mi edad y mis necesidades.

 

—¡Qué cosa tan excepcional! —dijo Livia Drusa—. No cabe duda de que lo hizo para vejar a Liciniano y a Emilia Tercia.

 

—Es lo que creemos los Salonianos —añadió Catón.

 

—¿Y siguieron viviendo todos en la misma casa?

 

—Por supuesto. Marco Liciniano murió poco después, aunque la opinión de la gente fue que se debió a un ataque al corazón. Con ello, Emilia quedó sola en la casa con su suegro y su nueva esposa Salonia, suerte más que merecida, en mi opinión. Como su padre había muerto, no tenía casa donde ir.

 

—Y Salonia engendró a tu padre —dijo Livia Drusa.

 

—Efectivamente —contestó Catón Saloniano.

 

—¿Y no te afecta ser el nieto de una mujer que nació esclava? — inquirió Livia Drusa.

 

—¿Por qué tendría que afectarme? —replicó Catón, perplejo—. Todos tenemos un origen y tengo entendido que los censores mostraron su acuerdo con la tesis de mi abuelo Catón el Censor en el sentido de que su sangre tenía nobleza de sobra para ennoblecer la sangre del esclavo que fuese. Nunca han impedido el acceso de los Salonianos al Senado. Salonio era de estirpe gala; si hubiera sido griego, mi abuelo jamás habría hecho semejante cosa, porque detestaba a los griegos.

 

—¿Y tú has enlucido las alquerías? —inquirió Livia Drusa, comenzando a achucharse contra él.

 

—Claro que no —contestó él, ya enfebrecido.

 

—Ahora ya sé por qué tenemos que beber un vino tan malo.

 

—¡Tace, Livia Drusa! —replicó Catón, tumbándola boca arriba.

 

 

 

La existencia de un amor tan grande que sus partícipes consideran perfecto suele llevar a indiscreciones, a comentarios imprudentes que propician su descubrimiento; pero Livia Drusa y Catón Saloniano prosiguieron las relaciones con eficaz secretismo. Naturalmente, de haber estado en Roma las cosas habrían sido muy distintas, pero, por fortuna, el aletargado Tusculum permaneció ignorante del jugoso escándalo que se estaba fraguando.

 

Al cabo de un mes, Livia Drusa se percató de que estaba encinta, y bien sabía que el hijo no era de Cepio, porque el mismo día en que el esposo

 

había salido de Roma ella tenía la menstruación, dos semanas más tarde yacía en brazos de Marco Porcio Catón Saloniano y cuando llegó el momento no se le produjo el período. por sus dos embarazos anteriores conocía de sobra los indicios de la gravidez, y ahora los presentaba todos. Iba a tener un hijo de su amante Catón, no de su esposo Cepio.

 

Tomándoselo con filosofía, Livia Drusa optó por no ocultar su estado, confiando que la proximidad de fechas la serviría de coartada. ¿Y si no hubiera quedado embarazada tan pronto? ¡Oh, mejor no pensarlo!

 

Druso manifestó su alegría, e igualmente Servilia Cepionis; a Lilla le pareció muy divertido tener un hermanito y Servilia se limitó a mostrar su consabida actitud indiferente.

 

Desde luego, había que decírselo a Catón, pero no sabía hasta qué extremo. Le venía a la cabeza la flemática cara de Livio Druso y tenía que pensarlo. Era terrible ocultárselo a Catón si era un niño. Y sin embargo… Sin duda nacería antes del regreso de Cepio y todos darían por sentado que era hijo de él. Y si lo que había engendrado Catón era un niño y le ponían el nombre de Quinto Servilio Cepio, sería heredero del oro de Tolosa. Quince mil talentos. El hombre más rico de Roma, y con un nombre glorioso. Muchísimo más ilustre que el de Catón Saloniano.

 

—Voy a tener un hijo, Marco Porcio —le dijo a Catón cuando se vieron otra vez en la casita de dos piezas que para ella se había convertido en el verdadero hogar.

 

Alarmado, más que ilusionado, él la miró fijamente.

 

—¿Es mío o de tu esposo? —inquirió.

 

—No lo sé —contestó Livia Drusa—. De verdad que no lo sé. Y dudo que lo sepa cuando nazca. Estoy segura que es niño —añadió.

 

Catón se recostó en el cabezal de la cama, cerró los ojos y apretó sus bellos labios.

 

—Es mío —dijo.

 

—No lo sé —repitió ella.

 

—Tendrás que decir a todo el mundo que es de tu marido.

 

—¿Qué otra cosa puedo hacer?

 

Él abrió los ojos y se volvió a mirarla, entristecido.

 

—Nada, lo sé. Yo no puedo casarme contigo aunque tuvieses la posibilidad de divorciarte. Cosa que no harás a menos que tu esposo regrese antes de lo previsto. Pero lo dudo. Todo parece una trama urdida por los dioses.

 

—¡Que así sea! Al final son los hombres y las mujeres quienes ganan, no los dioses —dijo Livia Drusa, juntándose a él para besarle—. Te quiero, Marco Porcio. Espero que sea tuyo.

 

—Yo espero que no —contestó Catón.

 

 

 

El estado de Livia Drusa no afectó en nada a sus actividades; siguió dando los paseos matinales y Catón Saloniano continuó pasando más tiempo que nunca en la finca tusculana de su abuelo. Hacían el amor apasionadamente y sin consideración para con el feto que se iba formando; cuando Catón se recataba, Livia Drusa sostenía que un amor semejante no podía ser nocivo para su hijo.

 

—¿Sigues prefiriendo Roma a Tusculum? —preguntó a su hija Servilia un idílico día de finales de octubre.

 

—Oh, sí —contestó Servilia, que había sido un hueso duro de roer durante aquellos meses, eludiendo hablar con su madre y contestando tan concisamente a sus preguntas que las comidas eran un arduo ejercicio para Lívia Drusa.

 

—¿Por qué, Servilia?

 

La niña miró el vientre de su madre, ya enorme.

 

—Para empezar, porque allí hay buenos médicos y comadronas — contestó.

 

—¡Ah, pierde cuidado por el niño! —exclamó Livia Drusa, riendo—. Está muy bien y cuando llegue el momento todo irá bien. Aún me falta un mes.

 

—¿Por qué siempre dices «el niño», mamá?

 

—Porque sé que es un niño.

 

—Eso no se puede saber hasta que nazca.

 

—Mira la pequeña cínica —replicó Livia Drusa divertida—. Yo sabía que tú ibas a ser niña, y lo mismo con Lilla. ¿Por qué no iba a acertar esta vez? Lo siento distinto y me habla distinto.

 

—¿Que te habla?

 

—Sí. Vosotras también me hablabais cuando estabais dentro.

 

—¡Mamá, mira que eres rara! —añadió la niña mirándola con sorna—. Y cada vez más. ¿Cómo va a hablarte el niño desde dentro si los niños tardan un año por lo menos en hablar?

 

—Eres igual que tu padre —replicó Livia Drusa con un gesto despectivo.

 

—¡Así que no te gusta tata! ¡Ya lo sabía yo! —añadió la hija en tono distanciado más que acusatorio.

 

La niña tenía siete años; lo bastante mayor, pensó su madre, para asumir ciertos hechos. Oh, no lo expresaría de una manera que la hiciera caer en prejuicio contra su padre, pero… ¿No sería estupendo hacerse amiga de su hija mayor?

 

—No —contestó Livia Drusa con toda intención—. No me gusta tata. ¿Quieres saber por qué?

 

—Supongo que vas a decírmelo —contestó Servilia encogiéndose de hombros.

 

—Bien, ¿a ti te gusta?

 

—¡Sí, sí! ¡Es la mejor persona del mundo!

 

—Oh… Pues tendré que decirte por qué a mí no me gusta. Si no, tendrás resentimiento por mi actitud. Tengo mis motivos.

 

—No dudo que lo creas.

 

—Cariño, yo no quería casarme con tata, pero tu tío Marco me obligó a hacerlo. Y ése es un mal comienzo.

 

—Debiste de tener la posibilidad de elegir —dijo Servilia.

 

—Ninguna. Sucede raras veces.

 

—Creo que habrías debido aceptar el hecho de que tío Marco sabe las cosas mejor que tú. Yo no veo mal que te eligiera esposo —dijo el pequeño juez de siete años.

 

—¡Oh, cariño! —exclamó Livia Drusa, mirando cariacontecida a su hija

 

—. Servilia, no se puede decir tajantemente quién nos gusta y quién no nos gusta. Y a mí, tata no me gustaba. Siempre me ha sucedido, desde que tenía tu edad. Pero nuestros padres habían dispuesto nuestro matrimonio y tío Marco no vio en ello nada malo. Yo no pude hacerle entender que la falta de amor no es necesariamente fatal para el matrimonio, mientras que si alguien no te gusta, ya desde un principio se va al agua.

 

—Yo creo que eres tonta —dijo Servilia con desdén. ¡Más tozuda que una mula!, pensó Livia Drusa.

 

—El matrimonio es un asunto muy personal, hija. Y cuando a uno de los cónyuges no le gusta el otro, es una pesada carga. En el matrimonio se toca mucho, y cuando alguien no te gusta no te apetece que te toque. ¿Lo comprendes?

 

—A mí no me gusta que nadie me toque —replicó Servilia. —¡Afortunadamente eso cambiará! —dijo su madre, sonriendo—.

Bueno, como decía, me obligaron a casarme con un hombre que a mí no me gustaba que me tocara. Un hombre que no me gustaba y que sigue sin gustarme. Sin embargo, se crea cierto sentimiento. A ti y a Lilla os quiero. ¿Cómo es entonces que soy incapaz de querer a tata al menos con una parte de mi ser, si él contribuyó a que nacieseis tú y Lilla?

 

Un gesto de disgusto cruzó el rostro de Servilia.

 

—¡De verdad, mamá, que eres tonta! Primero dices que no te gusta tata y luego que le quieres. ¡Es una tontería!

—No, Servilia, es humano. Amar y gustar son dos sentimientos muy distintos.

—Bueno, a mí me gustará y querré al esposo que tata me elija — respondió Servilia en tono de superioridad.

—Espero que así sea cuando llegue el momento —dijo Livia Drusa tratando de cambiar el énfasis de tan molesta conversación—. En este momento estoy muy contenta. ¿Sabes por qué?

 

Servilia inclinó su morena cabecita a un lado, pensativa, y luego contestó muy decidida:

 

—Sé por qué, pero no veo por qué has de estarlo. Estás contenta porque vives en este sitio horrendo y vas a tener un niño. Y me parece… que tienes un amigo —añadió con los ojos brillantes.

 

Un gesto de gran temor llenó el rostro de Livia Drusa, una exPresión tan elocuente y atormentada, que la niña se estremeció de contento, sorprendida, pues simplemente lo había lanzado guiándose por el instinto, originado por su propia y acuciante carencia de amigos.

 

—¡Claro que tengo un amigo! —exclamó la madre, borrando la expresión de temor y sonriendo—. Y me habla desde dentro.

 

—Para mí no será un amigo —añadió la niña.

 

—¡Oh, Servilia, no digas estas cosas! Un hermano será el mejor amigo que puedas tener, créeme!

 

—Tío Marco es tu hermano y te obligó a casarte con tata, que no te gustaba.

 

—Circunstancia que no impide que sea mi amigo. Los hermanos y las hermanas se crían juntos, se conocen mejor que nadie y aprenden a gustarse —replicó Livia Drusa con entusiasmo.

 

—No se puede aprender a que te guste alguien que no te gusta.

 

—En eso te equivocas. Si se intenta, se puede.

 

—Entonces —replicó Servilia con una especie de bufido—, ¿por qué tú no has logrado que te guste tata?

 

—¡No es mi hermano! —exclamó Livia Drusa, cavilando qué más cosas podría alegar. ¿Por qué sería tan tozuda aquella niña? ¿Por qué se empeñaba en ser tan reacia, tan obtusa? Porque es hija de su padre, se dijo. ¡Es igual que él! Sólo que mucho más lista y astuta—. Porcella —añadió—, lo único que yo quiero es que seas feliz. Y te prometo que no consentiré que tata te obligue a casarte con alguien que no te guste.

 

—Quizá tú no estés cuando yo me case —replicó la niña.

 

—¿Y por qué no iba a estar?

 

—Tu madre no estaba, ¿no es cierto?

 

—Mi madre es un caso totalmente distinto —contestó Livia Drusa con cara de consternación—. Pero no ha muerto.

 

—Ya lo sé. Vive con tío Mamerco, pero no nos hablamos con ella porque es una mujer licenciosa.

 

—¿Eso a quién se lo has oído?

 

—A tata.

 

—¡Tú no puedes saber lo que es una mujer licenciosa!

 

—Sí que lo sé. Una mujer que olvida que es patricia.

 

—Una definición muy interesante, Servilia —replicó Livia Drusa, conteniendo una sonrisa—. ¿Crees que tú olvidarás alguna vez que eres patricia?

 

—¡Jamás! —contestó la niña, altanera—. Yo actuaré conforme a los deseos de mi tata.

 

—No sabía que hablabas tanto con tata.

 

—Hablamos continuamente. —Mintió Servilia con tanta maestría que su madre no se percató. Viéndose marginada por los padres, la pequeña se había coligado con el padre desde su más tierna infancia porque le parecía el más poderoso y el más útil para ella. Y sus fantasías infantiles giraban en torno al disfrute con el padre de una intimidad que sabía que no podía darse nunca, pues Cepio consideraba a las hijas un estorbo y lo que deseaba era un hijo. ¿Cómo sabía esto la pequeña? Porque seguía como una sombra a su tío Marco, escuchándolo todo a escondidas y enterándose de cosas que no debía. Siempre le había parecido a Servilia que era su padre el que hablaba como un verdadero romano, y no su tío Marco, y menos aún aquel donnadie itálico llamado Silo. Al faltarle el padre de modo tan angustioso, la niña temía ahora lo peor: que cuando su madre concibiese un niño, ella perdería irremediablemente la esperanza de ser la preferida del padre.

 

—Bien, Servilia —añadió Livia Drusa con énfasis—, me alegro mucho de que te guste tata, pero debes mostrarte más madura cuando él regrese y volváis a hablar. Lo que te he dicho sobre él de que no me gusta es una confidencia, un secreto entre las dos.

 

—¿Por qué? ¿Es que él no lo sabe? Livia Drusa arrugó el entrecejo, perpleja.

 

—Servilia, si tanto hablas con tu padre, tienes que saber que él no tiene la menor idea de que no me gusta. Tu tata no es un hombre muy perspicaz,

 

precisamente. Si lo fuese tal vez me habría gustado.

 

—Bueno, es que no perdemos el tiempo hablando de ti —replicó Servilia despectiva—. Hablamos de cosas importantes.

 

—Para tener siete años eres muy experta zahiriendo.

 

—Con mi tata nunca lo hago.

 

—¡Me parece muy bien! Pero no te olvides de lo que te he dicho. Lo que te he dicho, lo que he intentado decirte, es un secreto entre las dos. Te he hecho depositaria de una confidencia y espero que la trates como haría una patricia romana, con respeto.

 

 

Cuando Lucio Valerio Flaco y Marco Antonio Orator fueron elegidos censores, en abril, Quinto Popedio Silo llegó a casa de Druso muy excitado.

 

—¡Oh, qué maravilla poder hablar con Quinto Servilio! —exclamó sonriente. Nunca se recataba de mostrar su antipatía hacia Cepio, del mismo modo que éste tampoco la ocultaba.

 

Comprendiéndolo —y en secreto acuerdo con Silo, aunque la deferencia hacia su familia le impidiera expresarlo—, Druso hizo caso omiso del comentario.

 

—¿A qué se debe esa excitación? —inquirió.

 

—¡A nuestros censores! Proyectan el mayor censo de la historia, cambiando el método para confeccionarlo —dijo Silo, alzando los brazos eufórico—. Oh, Marco Livio, no sabes con qué pesimismo veo la situación de los itálicos. He comenzado a no vislumbrar otra solución que la secesión de Roma.

 

Como era la primera vez que Druso oía hablar a Silo de sus temores, se irguió en su silla y le miró alarmado.

 

—¿Secesión? ¿Guerra? —inquirió—. Quinto Popedio, ¿cómo puedes pronunciar tales palabras? ¡Ten la certeza de que la situación de los itálicos se arreglará pacíficamente, yo estoy entregado a ese propósito!

 

—Lo sé, amigo mío, y debes creerme cuando digo que la secesión y la guerra distan mucho de ser mis deseos. Es una alternativa que no conviene ni a Italia ni a Roma, pues el coste en dinero y en hombres nos dejaría

 

postrados durante décadas, independientemente de quien venza. En las guerras civiles no hay botín.

 

—¡No menciones eso!

 

Silo se rebulló en la silla, apoyó los brazos en el escritorio de Druso y se inclinó impaciente.

 

—¡Es que, justamente, no pienso en ello! Porque se me ha ocurrido un modo de manumitir un número suficiente de itálicos para que cambie radicalmente la actitud de Roma.

 

—¿Te refieres a una manumisión masiva?

 

—No es una manumisión completa; eso sería imposible. Pero sí lo bastante importante para que una vez iniciada se llegue a la libertad total — contestó Silo.

 

—¿Cómo? —inquirió Druso, sintiéndose un poco decepcionado, ya que él siempre se había creído más adelantado que Silo en el proyecto de una ciudadanía romana plena para los itálicos.

 

—Bien, como sabes, los censores siempre se han preocupado más que otra cosa por saber quiénes viven en Roma, y los censos rurales y provinciales se han hecho con retraso y han sido de índole totalmente voluntaria. Un habitante del agro con deseos de inscribirse tenía que acudir a los duumviri de su municipio o pueblo, o viajar hasta la localidad más próxima con categoría de municipio. Y en las provincias tenía que presentarse al gobernador y a veces eso representaba un largo viaje. Los que se lo tomaban en serio, lo emprendían; los que no, se prometían hacerlo la próxima vez, pensando en que los empleados del censo trasladarían su nombre de los rollos antiguos a los nuevos, que suele ser lo que hacen.

 

—Sí, todo eso lo sé —comentó Druso en tono amable.

 

—No importa, me parece que debes volver a oírlo, Marco Livio. Nuestros censores son una curiosa pareja. Antonio Orator nunca me ha parecido realmente eficiente, aunque supongo que, pensando en la clase de campaña que efectuó contra los piratas, debe de serlo. En cuanto a Lucio Valerio, flamen Martialis y consular, lo único que recuerdo de él es el lío que organizó el último año de Saturnino, cuando Cayo Mario no podía gobernar por enfermedad. No obstante, se dice que no hay nadie que no

 

haya nacido dotado de algún talento, y ahora resulta que Lucio Valerio tiene talento para lo que podríamos llamar logística. Hoy he entrado por la puerta Collina y paseaba por el bajo Foro cuando me tropecé con Lucio Valerio. — Silo abrió unos ojos como platos, haciendo un teatral gesto de sorpresa—. ¡Imagínate cómo me quedé cuando me saludó y me dijo si tenía un rato para charlar! ¡A mí, un itálico! Naturalmente, le contesté que estaba a su disposición. En resumen, que quería que le indicase los nombres de algunos marsos con ciudadanía romana que estuvieran dispuestos a efectuar un censo de ciudadanos con derecho latino en territorio marso. Y a fuerza de hacerme el obtuso, al final conseguí que me lo explicase todo. Él y Antonio Orator quieren formar una plantilla especial de lo que ellos llaman administrativos censuales y enviarla por toda Italia y la Galia itálica a finales de año y a principios del que viene para que hagan el censo de las zonas rurales más remotas. Según Lucio Valerio, a vuestros nuevos censores les preocupa que tal como se ha efectuado hasta ahora queden muchos ciudadanos de áreas rurales y con derecho latino que no se hayan inscrito por desidia. ¿A ti qué te parece?

 

—¿Qué va a parecerme? —replicó Druso, perplejo.

 

—En primer lugar, Marco Livio, considero que eso es ver las cosas claras.

 

—Desde luego, y con gran sentido comercial. ¿Pero qué otra cosa especial ves tú para estar tan contento?

 

—Mi querido Druso, si los itálicos podemos presentarnos a esos administrativos del censo, con toda seguridad podrán inscribir a un gran número de itálicos que merezcan la ciudadanía romana. No la chusma, sino hombres que por derecho merecerían haber sido romanos hace muchos años —dijo Silo con gran convicción.

 

—Eso no es posible —replicó Druso muy serio—. No es ético y es ilícito.

 

—¡Es un derecho moral!

 

—No se trata de la moral, Quinto Popecio, sino de la ley. Todo ciudadano espúreo inscrito en los rollos de Roma será ¡legal. Yo no puedo

 

aprobar eso, ni tu deberías tampoco. ¡No, no me repliques nada! Piénsalo y verás que tengo razón —añadió Druso con firmeza.

 

Durante un buen rato, Silo observó la expresión de su amigo y finalmente alzó las manos, exasperado.

 

—¡Oh, maldita sea, Marco Livio, sería tan fácil!

 

—Sí, y más fácil aún de desenmarañar una vez hecho el mal. Al inscribir a esos falsos ciudadanos, los expones a la furia de la ley romana y a que sus nombres se anoten en una lista negra y les impongan fuertes multas —dijo Druso.

 

—Bien, bien —replicó Silo con un suspiro, encogiéndose de hombros —, ya te entiendo, pero era una buena idea.

 

—No era una buena idea —replicó Marco Livio Druso, decidido a no dar su brazo a torcer.

 

Silo no dijo nada más, pero cuando la casa —con menos gente aquellos días— quedó tranquila por la noche, tomó ejemplo de la ausente Livia Drusa y fue a sentarse en la balaustrada del peristilo.

 

Ni por un momento se le había ocurrido pensar que Druso no fuese a coincidir con sus apreciaciones; de haberlo pensado, no le habría planteado el asunto. Quizá, pensó Silo entristecido, era ése el motivo por el que muchos romanos decían que los itálicos nunca podrían ser romanos. No entendía la mentalidad de Druso.

 

Ahora su posición era comprometida porque había descubierto sus intenciones y se daba cuenta de que no podía contar con el silencio de Druso. ¿Iría Druso al día siguiente a contárselo todo a Valerio Flaco y a Marco Antonio Orator?

 

No le quedaba más remedio que aguardar acontecimientos. Y tendría que trabajar a fondo —¡y con mucha sutileza!— para convencer a Druso de que lo que había calificado de luminosa idea, concebida entre el Foro y el Palatino, era una tontería que no merecía la pena y que se había disipado con un buen sueño.

 

Pero no tenía intención de abandonar el proyecto. Al contrario, su simplicidad y propósito lo hacían cada vez más atractivo. ¡Los censores esperaban que se inscribieran muchos miles de ciudadanos! ¿A qué, si no,

 

prever un notable aumento de la inscripción rural? Tenía que viajar en seguida a Bovianum a ver a Cayo Papio Mutilo el samnita y luego irían juntos a hablar con otros dirigentes de los aliados itáliCos. Cuando los censores comenzasen a enrolar en serio su pequeño ejército de administrativos, los dirigentes itálicos tenían que estar preparados para sobornarlos y situar en el cargo a empleados que trabajasen en secreto por la causa itálica, alterando o añadiendo rollos al censo. No podrían falsificar nada en la ciudad de Roma, ni él realmente se lo proponía, porque no merecía la pena incluir a los habitantes itálicos de Roma que no tuvieran la ciudadanía, dado que habían emigrado desde las tierras de sus antepasados para vivir mejor o peor en una gran metrópolis y estaban irremediablemente integrados.

 

Estuvo mucho rato sentado en la columnata reflexionando sobre los medios y los métodos para lograr su propósito de igualdad para todos los itálicos de la península.

 

Por la mañana se dispuso a borrar la indiscreta conversación con Druso, debidamente arrepentido aunque contento, como si realmente no le importase lo más mínimo que Druso le hubiera mostrado lo equivocado que estaba.

 

—Estaba en un error —le dijo en tono melifluo—. consultando con la almohada me he dado cuenta de que tenías toda la razón.

 

—¡Estupendo! —comentó Druso sonriendo.

 

 

 

Quinto Servilio Cepio no regresó a casa hasta el otoño del año siguiente, después de viajar desde Esmirna, en la provincia de Asia, hasta la Galia itálica, a Utica, en la provincia de Africa, a Gades, en la Hispania Ulterior, y de nuevo a la Galia itálica, sembrando dadivosamente sus caudales y recogiendo mayores beneficios aún. Y poco a poco el oro de Tolosa fue transformándose en otra cosa: grandes parcelas de ricas tierras en las riberas del río Baetis, en la Hispania Ulterior, casas de alquiler en Gades, Utica, Corduba, Hispalis, la vieja y la nueva Cartago, Cirta, Nemausus, Arelate y las principales ciudades de la Galia itálica y la península italiana. A las

 

poblaciones dedicadas al hierro y al carbón que fue creando en la Galia itálica, se fueron sumando ciudades de manufacturas textiles, y en las zonas en que las tierras de labranza eran excepcionales, Quinto Servilio Cepio las adquiría, sirviéndose de bancos itálicos más que romanos y de empresas igualmente itálicas. Todo ello sin que su fortuna saliese de Asia Menor.

 

Llegó a la casa de Marco Livio Druso en Roma sin anunciarse, y por ello, sólo entonces se enteró de que no estaban su esposa e hijas.

 

—¿Dónde se encuentran? —preguntó a su hermana.

 

—Donde tú dijiste que podían estar —contestó Servilia Cepionis un tanto perpleja.

 

—¿Cómo donde yo dije?

 

—Siguen en la casa de campo de Marco Livio en Tusculum —contestó ella, deseando que su marido volviese a casa.

 

—¿Y por qué diablos viven allí?

 

—Para estar más tranquilas —contestó Servilia Cepionis, llevándose la mano a la cabeza—. ¡Oh, debí de entenderlo mal! Estaba convencida de que Marco Livio me había dicho que tú estabas de acuerdo.

 

—Yo no estaba de acuerdo en nada —replicó Cepio, enojado—. ¡Estoy año y medio fuera, llego a casa esperando que mi esposa y mis hijas me den la bienvenida y resulta que no están! ¡Es absurdo! ¿Qué hacen en Tusculum?

 

Una de las virtudes que los hombres de la familia de los Servilios Cepionis más valoraban era la continencia sexual vinculada a la fidelidad conyugal, y Cepio no había estado con ninguna mujer durante todo aquel tiempo. En consecuencia, cuanto más se aproximaba a Roma, más crecían sus deseos de volver a yacer con su esposa.

 

—Livia Drusa estaba harta de Roma y se fue a vivir a la antigua villa de Livio Druso en Tusculum —añadió Servilia Cepionis, con el corazón latiéndole aceleradamente—. ¡De verdad que yo creía que habías dado tu consentimiento! En cualquier caso, a ella no le ha sentado nada mal; nunca la había visto tan bien y tan feliz —añadió, sonriendo a su hermano—. Tienes un hijito, Quinto Servilio. Nació en las calendas de diciembre pasado.

 

Era una buena noticia, pero no había noticia capaz de neutralizar el enfado de Cepio al descubrir que su esposa no estaba en casa y verse así obligado a postergar sus ansias.

 

—Envía a alguien que las traiga inmediatamente —dijo.

 

Poco después llegaba Druso, quien se encontró con su cuñado sentado muy erguido en el despacho, sin ningún libro en la mano ni otra cosa en su mente que la ausencia de Livia Drusa.

 

—¿Qué es esa historia de Livia Drusa? —inquirió nada más entrar Druso, sin hacer caso de la mano que le tendía ni darle un beso de hermano.

 

Previamente advertido por su esposa, Druso se dirigió despacio a tomar asiento tras el escritorio.

 

—Livia Drusa se trasladó a la villa de Tusculum durante tu ausencia — le contestó—. No hay nada malo en ello, Quinto Servilio. Estaba harta de la ciudad; eso es todo. Desde luego, el traslado le ha sentado muy bien y está estupendamente. Y tienes un hijo.

 

—Mi hermana me ha dicho que tenía la impresión de que yo había dado mi consentimiento al traslado —dijo Cepio con un bufido—. ¡Pues no lo di!

 

—Sí, Livia Drusa dijo que habías dado el consentimiento —replicó Druso impasible—. Pero bueno, eso es lo de menos. Supongo que no debió ocurrírsele hasta después de haberte marchado tú y para evitar inconvenientes dijo que estabas de acuerdo. Cuando la veas, creo que te darás cuenta de lo bien que ha obrado. Está mucho mejor que nunca de salud y de espíritu. Es evidente que le prueba la vida campestre.

 

—Tiene que ser disciplinada.

 

—Eso, Quinto Servilio —dijo Druso enarcando una de sus puntiagudas cejas—, no es asunto mío. No quiero saber nada. Lo que si quiero saber es cómo te ha ido el viaje.

 

 

Cuando la comitiva de criados llegó a la villa, aquel mismo día, la tarde ya avanzada, Livia Drusa estaba en casa para recibirlos. No mostró consternación alguna, se limitó a asentir con la cabeza, diciéndoles que

 

estaría lista para volver a Roma al mediodía siguiente. Luego llamó a Mopsus y le dio instrucciones.

 

La antigua alquería tusculana se había transformado en una auténtica villa campestre, con jardín peristilo y todos los servicios higiénicos. Livia Drusa cruzó las habitaciones hasta la sala de estar, cerró puerta y persianas y se tumbó llorando en la camilla. Todo había acabado. Había vuelto Quinto Servilio, y para Quinto Servilio el hogar estaba en Roma. No la dejaría ir a Tusculum, y seguro que ya sabría que había mentido respecto a lo del permiso para trasladarse; lo que bastaba, dado su temperamento, para que le prohibiese volver a Tusculum por el resto de sus días.

 

Catón Saloniano no estaba porque había sesión del Senado en Roma, y hacía ya varias semanas que no le veía. Una vez enjugadas las lágrimas, se sentó en su pequeño escritorio, cogió un pliego, pluma y tinta y le escribió.

 

Ha vuelto mi marido y ha enviado criados a buscarme. Cuando leas la presente estaré ya en Roma entre los muros de la casa de mi hermano y a la vista de todos. No sé cuándo ni cómo podremos volver a vernos.

 

¿Cómo podré vivir sin ti? ¡Oh, mi adorado, mi tesoro! ¿Cómo podré soportarlo? No verte, no sentir tus brazos, tus manos, tus labios… ¡No lo soporto! Pero él me pondrá tantas restricciones y en Roma hay tanta gente, que desespero de poder volver a verte. Te amo más de lo que sé expresar. No lo olvides. Te amo.

 

Por la mañana fue a dar un paseo como de costumbre, diciendo a los criados que regresaría antes del mediodía, cuando habían de salir para Roma. Generalmente se apresuraba en acudir a la cita, pero aquella mañana caminó muy despacio, absorbiendo con los cinco sentidos la belleza del campo otoñal, grabando en su memoria todas las peñas y arbustos para los años de soledad que le aguardaban. Y cuando llegó a la casita encalada en que ella y Catón se habían encontrado durante veintiún meses, fue como sonámbula de una pared a otra, tocándolo todo, entristecida, con ternura. Contra toda esperanza había ansiado encontrarle allí, pero no estaba; dejó,

 

pues, la nota a la vista sobre la cama, sabiendo que nadie mas se atrevería a entrar en la casa.

 

Después emprendió viaje a Roma, en medio del traqueteo y el bamboleo del carpentum de dos ruedas que Cepio consideraba adecuado para el transporte de su esposa. Al principio, Livia Drusa había insistido en llevar al pequeño Cepio —como todos llamaban a su hijo— en el vehículo con ella, pero al cabo de tres millas entregó el niño a un fuerte esclavo para que lo llevase a pie. Servililla estuvo algo más con ella, hasta que su estómago se sublevó y tantas veces se asomó a la ventanilla que también tuvo que seguir a pie. A Livia Drusa le habría encantado sobremanera unirse a ellos, pero cuando lo mencionó le comunicaron que el amo había dado instrucciones terminantes de que viajase en el carpentum con las ventanillas tapadas.

 

Servilia, a diferencia de Lilla, tenía un estómago de hierro y permaneció en el vehículo; cuando le dijeron de ir a pie, contestó altanera que las patricias no iban a pie. Se notaba claramente, pensó Livia Drusa, que la niña iba muy ilusionada. únicamente la estrecha convivencia de aquellos meses había hecho posible que la madre adquiriese tal penetración psicológica, porque aparentemente sólo se advertía un leve destello en los ojos y un ligero frunce en la comisura de aquella boquita sensual.

 

—Me alegra mucho que tengas ganas de ver a tata —dijo Livia Drusa, agarrándose a un sujetamanos en un momento en que el carpentum daba un peligroso tumbo.

 

—Ya sé que tú no —replicó Servilia aviesa.

 

—Procura entenderlo —exclamó la madre—. ¡Estaba encantada viviendo en Tusculum, sencillamente! ¡Odio Roma!

 

—¡Ja! —se burló Servilia.

 

Y ahí concluyó la conversación.

 

Cinco horas después, el carpentum y la escolta llegaban a casa de Marco Livio Druso.

 

—Habría llegado antes a pie! —dijo Livia Drusa con aspereza al carpentarius, que se disponía a marcharse.

 

Cepio los esperaba en la suite de habitaciones que siempre habían ocupado. Cuando su esposa cruzó la puerta, la saludó con una adusta inclinación de cabeza, y cuando hizo pasar a las niñas para que saludaran al padre antes de retirarse a sus aposentos, las acogió también con una neutra y altiva inclinación de cabeza. Y continuó impasible cuando Servilia le dirigió una amplia y tímida sonrisa.

 

—Id y decid a la nodriza que traiga al pequeño Quinto —dijo Livia Drusa empujándolas hacia la puerta.

 

Pero la nodriza aguardaba ya; Livia Drusa cogió al pequeño y lo entró ella misma en la sala de estar.

 

—¡Aquí tienes a tu hijo, Quinto Servilio! —dijo sonriente—. ¿No es precioso?

 

Era una exageración muy comprensible en una madre, ya que el pequeño Cepio no era un niño guapo, aunque tampoco es que fuese feo. A sus diez meses, permanecía muy derecho en brazos de su madre y lo miraba todo muy tranquilo, sin sonrisas ni carantoñas. La gran mata de pelo largo y lacio era de un rojo llamativo, tenía ojos color de avellana y era larguirucho de miembros y enjuto de cara.

 

—¡Por Júpiter! —exclamó Cepio, mirándole atónito—. ¿De dónde le viene ese pelo?

 

—De la familia de mi madre, dice Marco Livio —contestó recatada Livia Drusa.

 

—¡Ah! —exclamó Cepio aliviado, no porque sospechase de la infidelidad de su esposa, sino porque le gustaba que todo quedase bien atado. Como no era un hombre afectuoso, no se molestó en coger al niño en brazos y hubo que instarle a que hiciera una mamola al pequeño y le hablase como hace un tata—. ¡Bien! —añadió finalmente—. Devuélvelo a la niñera, ya es hora de que tú y yo estemos a solas.

 

—Pero si es la hora de la cena —replicó Livia Drusa mientras cruzaba la puerta y se lo entregaba a la niñera—. Es tarde y no podemos retrasarla más —añadió, con el corazón en un puño ante la perspectiva del débito conyugal.

 

—No tengo hambre —dijo Cepio, cerrando las persianas, echando la llave a la puerta y comenzando a despojarse de la toga—. Y peor para ti si la tienes, esposa, ¡porque esta noche no cenas!

 

Aunque no era hombre sensible ni observador, Quinto Servilio Cepio no podía por menos de percatarse de lo que había cambiado Livia Drusa en cuanto se metió en la cama y la atrajo hacia sí. Estaba tensa y notablemente esquiva.

 

—¿Qué te sucede? —exclamó decepcionado.

 

—Que, como todas las mujeres, esto empieza a desagradarme — contestó—. Perdemos el interés después de haber tenido dos o tres hijos.

 

—¡Pues más vale que lo recuperes! —replicó Cepio, cada vez más disgustado—. Los hombres de mi familia somos moderados y morales y tenemos fama de no dormir más que con nuestras esposas.

 

La frase sonaba pomposa y absurda, como si la hubiese aprendido maquinalmente.

 

Así, el reencuentro de aquella noche habría únicamente podido calificarse de positivo al nivel más rudimentario, porque, aun después de varias acometidas de Cepio, Livia Drusa seguía fría, apática y, además, ofendió profundamente a su esposo quedándose dormida en medio del último asalto, ¡y roncando! Él la zarandeó brutalmente para despertarla.

 

—¿Así es como esperas tener otro hijo? —la recriminó, clavándole los dedos en los hombros.

 

—No quiero ningún otro hijo —contestó ella.

 

—Si no te andas con cuidado —balbució él, a punto de experimentar el orgasmo—, me divorcio de ti.

 

—Si el divorcio significa que puedo volver a vivir en Tusculum. — replicó ella por encima de los bramidos de Cepio—, no me importaría lo más mínimo. Detesto Roma y detesto lo que estamos haciendo —añadió zafándose y apartándose de él—. ¿Puedo dormir ya?

 

Cepio, cansado, no dijo nada, pero por la mañana volvió a tratar del tema nada más despertarse, aún más enojado.

 

—Soy tu esposo —dijo bajándose de la cama— y espero que mi esposa cumpla dignamente.

 

—¡Ya te he dicho que he perdido interés! —contestó ella con aspereza

 

—. Si no te conviene, Quinto Servilio, te sugiero que te divorcies.

 

Pero el cerebro de Cepio había colegido que ella deseaba el divorcio,

 

aun sin sospechar nada de infidelidad.

 

—No habrá divorcio, esposa.

 

—Bien sabes que yo puedo divorciarme de ti.

 

—Dudo mucho de que tu hermano lo consienta. Así que igual da: no habrá divorcio. Lo que sí tendrás que mostrar un poco de interés. Mejor dicho, yo te lo procuraré —añadió, cogiendo el cinturón de cuero y doblándolo tirante.

 

Livia Drusa se le quedó mirando atónita.

 

—¡Bah, deja de hacer baladronadas! ¡No soy una niña!

 

—Te comportas como si lo fueras.

 

—¡No se te ocurra tocarme!

 

A guisa de respuesta, Cepio la agarró del brazo, se lo retorció a la espalda y le subió el camisón para sujetarlo con la misma mano. Con un ruido seco, el cinturón golpeó costado, muslo, nalgas y piernas. Al principio ella trató de soltarse, pero notó que él era capaz de romperle el brazo. A cada nuevo azote el dolor crecía y notaba que su piel ardía; sus gritos sordos se transformaron en sollozos y luego en gritos de miedo. Cuando cayó de rodillas, tratando de taparse la cabeza con los brazos, él no la sujetó y, cogiendo el cinturón con las dos manos, siguió azotándola enfurecido.

 

Comenzaba a notar sus gritos penetrándole como un himno de alegría; le destrozó el camisón y siguió azotándola hasta cansarse, incapaz ya de sostener el cinturón, que le cayó de las manos.

 

Le dio un puntapié y, cogiéndola del pelo, la arrastró hasta el cerrado cubículo de dormir, cargado y maloliente de la sesión nocturna.

 

—¡Ahora veremos! —exclamó jadeante, cogiéndose el pene erecto con la mano—. ¡Tienes que obedecer, esposa, si no, habrá más!

 

Y subiéndose encima de ella, fornicó convencido de que sus achuchones, los débiles puñetazos y los gritos de angustia eran señal de excitación.

 

El jaleo procedente de las habitaciones de Cepio no había pasado inadvertido. Lo había oído la pequeña Servilia, que caminaba cautelosamente por la columnata a ver si su tata ya se había despertado, y lo oyeron algunos criados. Druso y Servilia Cepionis no lo oyeron, ni nadie se lo contó, porque no hubo quien se atreviese.

 

La doncella de Livia Drusa, después de bañarla, explicó con todo detalle y con gestos de horror las contusiones de su señora en las dependencias de los criados.

 

—¡Está llena de verdugones! —comentó al mayordomo Cratipo—. ¡y ha sangrado! ¡La cama está llena de sangre! ¡Pobrecilla, pobrecilla!

 

Cratipo lloró desconsolado en su impotencia, pero no fue el único, pues había varios sirvientes que conocían a Livia Drusa desde niña y le tenían afecto. Y cuando la vieron aquella mañana, volvieron a llorar, porque andaba más despacio que un caracol y parecía tener ganas de morirse. Pero Cepio, dentro de su furor, había sido astuto y no se advertía un solo golpe en brazos, rostro, cuello o pies.

 

 

Durante dos meses no hubo cambios, salvo que las palizas de Cepio, aplicadas a intervalos de unos cinco días, cambiaron de estructura; ahora se centraba en determinadas zonas del cuerpo de su esposa para que las otras fueran curándose. Le resultaba un estímulo sexual insuperable y sentía un fantástico aumento de poder; por fin comprendía la sapiencia de las antiguas costumbres, el fundamento del paterfamilias. El verdadero papel de la mujer.

 

Livia Drusa no dijo nada a nadie, ni siquiera a la doncella que la bañaba, y que ahora, además, vendaba sus heridas. El cambio en ella era evidente y Druso y su esposa comenzaron a preocuparse seriamente; sólo podía atribuirse a que hubiese vuelto a vivir en Roma, pensaba Druso, y, recordando su resistencia a casarse con Cepio, llegó también a preguntarse si no sería la presencia de éste el motivo de que anduviese arrastrando los pies, con gesto desvaído y más suave que un guante.

 

En lo más íntimo de su ser, Livia Drusa apenas sentía más que la angustia física de los golpes y sus secuelas. Quizá a veces diera en reflexionar que era un castigo, o quizá el gran dolor físico que la abrumaba hacía más llevadera la pérdida de su adorado Catón, o quizá los dioses se mostraban propicios, porque había abortado un feto de tres meses que Cepio habría indudablemente comprendido que no era suyo. Con la sorpresa del regreso inesperado de Cepio, no había reparado en el problema hasta que se había solucionado así. Sí, eso debía de ser. Los dioses la favorecían. Más tarde o más temprano moriría si su marido no paraba. Y la muerte era infinitamente mejor que vivir con Quinto Servilio Cepio.

 

El ambiente en la casa había cambiado radicalmente, y era un detalle que a Druso, desde luego, le irritaba. Lo que habría debido ocupar sus pensamientos era el embarazo de su mujer, un gozoso e inesperado obsequio que ya desesperaba de obtener. Sin embargo, también Servilia Cepionis estaba irritada, contagiada por aquel palio taciturno que era Druso. ¿Qué sucedía? ¿Es que una esposa infeliz podía realmente crear tanta tristeza? Para empezar, los criados andaban serios y silenciosos, y eso que habitualmente eran gente ruidosa que molestaba constantemente, pues, desde niño, él se había acostumbrado a despertarse al oír las carcajadas procedentes de las dependencias debajo del atrium. Y ahora no se reían; andaban todos con cara larga, contestaban con monoSilabos y barrían, fregaban y quitaban el polvo cual si estuvieran cansados o no hubieran dormido bien. Ni siquiera Cratipo, siempre tan compuesto, parecía el mismo.

 

Al amanecer del día final de año, Druso llamó a su mayordomo antes de que Cratipo fuese a decir al portero que dejase pasar a los clientes del amo que aguardaban en la calle.

 

—Un momento —dijo Druso, señalando hacia su despacho—, quiero hablar contigo.

 

Pero una vez cerrada la puerta se vio incapaz de abordar el tema y se puso a pasear de arriba abajo, mientras Cratipo permanecía de pie mirando al suelo. Finalmente, Druso se detuvo y miró al mayordomo.

 

—Cratipo, ¿qué sucede? —inquirió con la mano abierta—. ¿Te he ofendido en algo? ¿Por qué están tan descontentos los criados? ¿Es que he cometido alguna falta grave contra vosotros al trataros? Si es eso, te ruego que me lo digas. No quiero que haya ningún esclavo descontento por una falta mía o de alguien de mi familia. Pero sobre todo no quiero verte a ti así. ¡Sin ti la casa se nos viene encima!

 

Para su sorpresa, Cratipo rompió a llorar. Druso estuvo un instante sin saber qué hacer, pero su instinto se impuso y fue a sentarse junto al mayordomo en el sofá, pasándole el brazo por los hombros y ofreciéndole el pañuelo. Pero cuanto más afectuoso se mostraba, más lloraba Cratipo. También al borde de las lágrimas, Druso se levantó a por vino, convenció al griego para que bebiera y siguió consolándole hasta que fue cediendo su aflicción.

 

—¡Oh, Marco Livio, qué agobiante ha sido!

 

—¿El qué, Cratipo?

 

—¡Las palizas!

 

—¿Las palizas?

 

—¡Y esa manera de gritar en voz baja! —añadió Cratipo, rompiendo a llorar de nuevo.

 

—¿Te refieres a mi hermana? —inquirió Druso.

 

—Sí.

 

Druso notaba que el corazón le latía apresuradamente, se ruborizaba y las manos le temblaban.

 

—¡Explícate! ¡Por los dioses del hogar, te conmino a que te expliques! —Quinto Servilio acabará matándola.

 

Un estremecimiento agitó a Druso y respiró hondo.

 

—¿Es que su esposo le pega?

 

—¡Sí, domine, sí! —contestó el mayordomo, rebulléndose para rehacer su compostura—. ¡Sé que no es de mi incumbencia decirlo y os juro que no lo habría hecho si no me hubierais requerido con tanta amabilidad y preocupación! Yo… Yo…

 

—Cálmate, Cratipo, no estoy enfadado contigo —dijo Druso con voz queda—. Te aseguro que te estoy profundamente agradecido por habérmelo

 

dicho —añadió, poniéndose en pie y ayudándole a hacer lo propio—. Ahora ve a decir al portero que se excuse con los clientes porque hoy no puedo recibirlos, dile que tengo otras cosas que hacer. Luego, di a mi esposa que vaya al cuarto de los niños y se quede allí con ellos porque tengo que mandar a todos los criados al sótano a que realicen una tarea. Cuando hayas comprobado que toda la servidumbre está abajo, quédate tú también. Pero antes dirás a Quinto Servilio y a mi hermana que vengan al despacho.

 

Nada más quedarse a solas, Druso se sobrepuso y logró calmarse, pues pensó que tal vez Cratipo exageraba y que el asunto quizá no fuera tal como pensaban los criados.

 

En cuanto vio a Livia Drusa supo que no era exageración, sino bien cierto. Fue ella la que entró primero y él notó en seguida su dolor, su angustia, su temor, su profunda aflicción, y advirtió su falta de ganas de vivir. A continuación entró Cepio, más intrigado que otra cosa.

 

Druso permaneció de pie y no los invitó a sentarse, sino que miró a su cuñado de hito en hito con aborrecimiento y dijo:

 

—Me consta, Quinto Servilio, que estás vejando físicamente a mi hermana.

 

Livia Drusa contuvo un grito, mientras que Cepio se cruzaba de brazos, asumiendo una truculenta expresión de desdén.

 

—Lo que haga a mi esposa, Marco Livio, es asunto exclusivamente mío —respondió.

 

—No estoy de acuerdo —replicó Druso procurando no alterarse. Tu esposa es mi hermana y miembro de una familia grande y poderosa; en esta casa jamás le pegó nadie antes de casarse y no voy a consentir que nadie lo haga.

 

—¡Es mi esposa, lo que significa que está bajo mi tutela y no bajo la tuya, Marco Livio! Yo hago con ella lo que quiero.

 

—Tu relación con ella es matrimonial —replicó Druso con gesto duro —, mientras que mi relación con ella es consanguinea y eso es muy importante. ¡No consentiré que pegues a mi hermana!

 

—¡Tú dijiste que te desentendías de los métodos que emplease para disciplinarla! Y dijiste bien porque no es asunto tuyo.

 

—Si alguien pega a una esposa, es asunto de todos, hasta del más bajo en la escala social —dijo Druso mirando a su hermana—. Livia Drusa, te ruego que te despojes de tus vestiduras; quiero ver lo que te ha hecho.

 

—¡No lo hagas, esposa¡ —exclamó Cepio profundamente indignado—. ¡Ni se te ocurra desnudarte ante quien no es tu marido!

 

—Desvístete, Livia Drusa —dijo Druso.

 

Ella no hacía movimiento alguno ni abría la boca.

 

—Querida, haz lo que te digo —añadió Druso con afecto, acercándose a ella—. Tengo que verlo.

 

Cuando le puso el brazo por encima, ella dio un grito y se apartó. Pero Druso, procurando tocarla lo menos posible, le desabrochó la túnica por los hombros.

 

Lo que más despreciaba un hombre de rango senatorial eran los maridos que pegaban a sus mujeres. Y a pesar de saberlo, Cepio no tuvo valor para impedir que Druso descubriese su labor. La túnica había caído hasta la cintura de Livia Drusa, descubriendo unos senos cuya belleza quedaba afeada por las marcas de antiguos verdugones levemente rojizos y de un amarillo sulfuroso. Druso le desabrochó el ceñidor, y la túnica y la falda interior cayeron a los pies de su hermana. La última paliza la había recibido en los muslos, que aún estaban hinchados y con la carne enrojecida y contusa. Con ternura, Druso volvió a cubrirla y guió sus manos exánimes para que se sujetara la ropa, antes de volverse hacia Cepio.

 

—Sal de mi casa —le dijo, dominando el gesto.

 

—Mi esposa es propiedad mía —replicó Cepio—, y la ley me autoriza a que la trate del modo que estime necesario. Puedo incluso matarla.

 

—Tu esposa es hermana mía y no consentiré que ni el más estúpido e intratable de los animales de mi granja maltrate a un Livio Druso — respondió Druso—. ¡Fuera de mi casa!

 

—Si yo me voy, ella viene conmigo —dijo Cepio.

 

—Ella se queda conmigo. ¡Y ahora vete, infame!

 

En aquel momento, una vocecita chilló a espaldas de ellos con tono venenoso:

 

—¡Ella se lo merece, se lo merece! —La pequeña Servilia se acercó corriendo a su padre y le miró a la cara—. ¡No la pegues, padre, mátala!

 

—Servilia, vuelve al cuarto de los niños —dijo Druso en tono de hastío. Pero la pequeña se aferraba a la mano de Cepio, impertérrito frente a

 

Druso, con las piernas abiertas y echando fuego por los ojos.

 

—¡Merece que la mates! —chillaba—. ¡Yo se por que vivía en Tusculum y lo que hacía allí! ¡Y sé por qué se ruboriza!

 

Cepio soltó la mano de la niña como si quemara, empezando a pensar. —¿Qué quieres decir, Servilia? —inquirió, zarandeándola bruscamente

 

—. ¡Vamos, di lo que sea!

 

—¡Tenía un amante… y yo sé quién es! —exclamó la pequeña con encono—. ¡Mi madre tenía un amante! ¡Uno de pelo rojo! Se veían todas las mañanas en una casita de la finca. ¡Lo sé porque la seguí! ¡Y vi lo que hacían juntos en la cama! ¡Y sé cómo se llama! ¡Marco Porcio Catón Solaniano, un descendiente de esclavos! ¡Lo sé porque se lo pregunté a tía Servilia Cepionis! —La niña se volvió a mirar a su padre y su rostro cambió del odio a la adoración—. ¡Tata, si no la matas, déjala aquí! ¡No te merece! ¡Es mala! ¿Qué es al fin y al cabo? ¡Una plebeya, no una patricia como tú y como yo! ¡Si la dejas aquí, prometo cuidarte!

 

Druso y Cepio estaban como petrificados, mientras que Livia Drusa volvía por fin en sí. Se abrochó el cinto y se encaró con su hija.

 

—Hijita, no es lo que tú piensas —dijo con gran afecto, alargando la mano para acariciarle la mejilla.

 

Pero Servilia se la apartó de un manotazo, arrimándose más a su padre. —¡Yo sé bien lo que pienso y no necesito que me lo digas tú! ¡Has

 

deshonrado nuestro nombre, el nombre de mi padre! ¡Mereces la muerte!

 

¡Y el niño no es de mi padre!

 

—El pequeño Quinto es de tu padre —replicó Livia Drusa—. Es tu hermano.

 

—¡Es del hombre del pelo rojo, el hijo de un esclavo! —exclamó la niña, tirando de la túnica de Cepio—. ¡Tata, por favor, sácame de aquí!

 

En respuesta, Cepio cogió a la pequeña y la apartó de él con un empellón tan fuerte que la hizo caer al suelo.

 

—Qué lerdo he sido —dijo con voz queda—. La niña tiene razón: mereces la muerte. Lástima que no te diera con el cinturón más fuerte y más a menudo.

 

Y con los puños cerrados, salió del cuarto, seguido por la niña, llorosa, suplicándole que la esperase.

 

Druso se quedó a solas con su hermana.

 

Las piernas no le sostenían y fue a sentarse pesadamente en la silla. ¡Livia Drusa! ¡Sangre de su sangre! ¡Su única hermana! Adúltera, meretrix. Sin embargo, hasta aquella atroz confrontación no se había percatado de cuánto la quería, ni habría podido imaginarse cuánto le afectaba su aflicción ni lo responsable que él se sentía.

 

—La culpa es mía —dijo con labios temblorosos.

 

Ella se dejó caer pesadamente en el sofá.

 

—No, es culpa mía —dijo.

 

—¿Es verdad que tienes un amante?

 

—Tuve un amante, Marco Livio. El primero y el único. No he vuelto a saber de él desde que volví de Tusculum.

 

—Pero Cepio no te pegaba por eso.

 

—No.

 

—¿Por qué, entonces?

 

—Después de Marco Porcio no podía seguir fingiendo —contestó Livia Drusa— y mi indiferencia le enfurecía; por eso me pegaba. Luego descubrió que pegarme le daba placer, le… le excitaba.

 

Por un instante, dio la impresión de que Druso iba a vomitar; luego alzó los brazos y los agitó impotente.

 

—¡Por los dioses, en qué mundo vivimos! —exclamó—, Livia Drusa, te he hecho daño.

 

Ella se acercó a la silla de los clientes para sentarse.

 

—Tú obraste de acuerdo con tus ideas, Marco Livio —dijo con voz suave—. De verdad, hermano, eso hace años que lo entendí. Tus innumerables amabilidades desde entonces han hecho que te quiera, igual que a Servilia Cepionis.

 

—¡Mi esposa! —exclamó Druso—. ¡A saber cómo la afectará esto!

 

—Debemos ocultárselo lo mejor que podamos —dijo Livia Drusa—.

 

Tiene un embarazo muy tranquilo y no debemos turbarlo.

 

—Tú quédate aquí —dijo Druso poniéndose enérgicamente de pie y yendo hacia la puerta—. Quiero asegurarme de que su hermano no dice nada que pueda trastornarla. Toma un poco de vino. Vuelvo en seguida.

 

Pero Cepio ni siquiera había pensado en su hermana. Del despacho de Druso había ido apresuradamente a sus habitaciones, con la niña agarrándosele a la cintura hasta que la abofeteó y la encerró en el dormitorio. Allí la encontró Druso acurrucada en el suelo en un rincón, sollozando.

 

Los criados habían vuelto a sus obligaciones, y Druso la hizo levantarse y la sacó para llevarla a donde estaban las niñeras.

 

—Cálmate, Servilia. Que Estratonice te lave la cara y te dé de desayunar.

 

—¡Quiero a mi tata!

 

—Tu tata se ha ido de esta casa, niña, pero no te desesperes; seguro que en cuanto se organice enviará alguien a por ti —dijo Druso, dudando entre estar agradecido a la criatura por haber dicho toda la verdad o detestarla precisamente por ello.

 

—Sí, seguro que enviará a por mí —dijo la pequeña, animándose y siguiendo a su tío hacia la columnata.

 

—Ahora ve con Estratonice —dijo Druso—. Procura ser discreta, Servilia —añadió muy serio—. Por tu tía y por tu padre… ¡Sí, por tu padre! No digas una palabra de lo que ha sucedido.

 

—¿En qué puede dañarle que lo cuente? El es la víctima.

 

—A ningún hombre le gusta que le humillen, Servilia. Puedo asegurarte que a tu padre no le gustaría que lo contaras.

 

Servilia se encogió de hombros y se fue con la niñera, mientras Druso iba a ver a su esposa para contarle justo lo imprescindible.

 

Para su gran sorpresa, ella aceptó la noticia sin alterarse.

 

—Me alegro que por fin sepamos qué es lo que sucedía —dijo—. ¡Pobre Livia Drusa! Marco Livio, creo que no me gusta mucho la actitud de mi hermano. Cuanto mayor es, más intratable se vuelve. Aunque ahora

 

recuerdo que cuando éramos niños le gustaba atormentar a los hijos de los esclavos.

 

Druso volvió con Livia Drusa, que seguía sentada en la silla de los clientes, aparentemente calmada.

 

—¡Qué mañana! —exclamó él, sentándose—. ¡No me imaginaba lo que iba a desatarse cuando le pregunté a Cratipo por qué la servidumbre estaba tan afligida!

 

—¿Están afligidos? —inquirió Livia Drusa perpleja.

 

—Sí, por ti, querida. Se habían enterado de que Cepio te pegaba; ten en cuenta que te conocen desde niña y te tienen mucho cariño, hermana.

 

—¡Es muy agradable! No tenía ni idea.

 

—Ni yo, lo confieso. ¡Por los dioses que he sido lerdo! No sé cómo decirte cuánto lamento todo esto.

 

—No te preocupes —dijo ella suspirando—. ¿Se ha llevado a Servilia? —No —contestó Druso con una mueca—. La encerró en vuestro cuarto. —¡Pobrecilla, con lo que le adora!

 

—De eso ya me he dado cuenta. Y no lo entiendo.

 

—Y ahora qué hacemos, Marco Livio?

 

—¡A decir verdad, no tengo la menor idea! —contestó él, encogiéndose de hombros—. Quizá lo mejor que podemos hacer es comportarnos lo más normal que podamos dadas las circunstancias hasta que sepamos de… — estaba a punto de decir Cepio, como había hecho toda la mañana, pero optó por el tradicional apelativo cortés— Quinto Servilio.

 

—¿Y si se divorcia de mí, como supongo que hará?

 

—Entonces te lo habrás quitado de encima.

 

La principal preocupación de Livia Drusa cobró entidad y preguntó angustiada:

 

—¿Y Marco Porcio Catón?

 

—Ese hombre te importa mucho, ¿verdad?

 

—Sí, me importa.

 

—¿Es suyo el niño, Livia Drusa?

 

¡Las veces que le había dado vueltas en la cabeza! ¿Qué diría cuando alguien de su familia cuestionara el color de su pelo o su parecido con

 

Marco Porcio Catón? Consideraba que Cepio la debía algo a cambio de los años de paciente servidumbre, su conducta modélica y… las palizas. Su hijo tenía un nombre, y si admitía que Catón era el padre, lo perdería; dado que había nacido con ese nombre, no podría evitar la tara de ilegítimo si ella se lo negaba. La fecha de nacimiento no descartaba la paternidad de Cepio y ella era la única que sabía con certeza que él no era el padre.

 

—No, Marco Livio, el niño es hijo de Quinto Servilio —dijo con firmeza—. Inicié relaciones con Marco Porcio cuando ya estaba embarazada.

 

—Pues es una lástima que sea pelirrojo —dijo Druso con cara adusta. —¿No has visto nunca las bromas que la Fortuna se complace en gastar

 

a los mortales? —replicó ella, sonriendo con malicia—. Desde el momento en que conocí a Marco Porcio supe que la Fortuna estaba enredando y cuando nació el pequeño con pelo rojo, no me sorprendió… Aunque me doy cuenta de que nadie me creerá.

 

—Yo te apoyaré, hermana —dijo Druso—. Por lerdo y poca cosa que sea, te respaldaré en todo lo que sea.

 

—¡Oh, Marco Livio —exclamó ella con lágrimas en los ojos—, cómo te lo agradezco!

 

—Es lo menos que puedo hacer —añadió él con un carraspeo—. En cuanto a Servilia Cepionis, puedes estar segura de que me apoyará y, por lo tanto, también a ti.

 

 

Cepio envió la notificación de divorcio aquella misma tarde y la hizo seguir de una carta dirigida a Druso, que dejó a éste asombrado.

 

—¿Sabes lo que dice ese desgraciado? —dijo a su hermana, a la que ya habían visto los médicos y ahora estaba en cama, tumbada boca abajo, mientras dos ayudantes le aplicaban cataplasmas desde los hombros hasta los tobillos. En esa postura difícilmente podía ver la cara de Druso, por lo que torció el cuello para mirarle con el rabillo del ojo.

 

—¿Qué dice? —inquirió.

 

—Para empezar, niega la paternidad de sus tres hijos; se niega a devolver tu dote y te acusa de repetidos adulterios. Tampoco piensa pagarme los gastos de alojamiento originados en más de siete años… basándose, al parecer, en que nunca fuiste su mujer y que los niños no son suyos sino de otros.

 

—¡Ecastor! —exclamó Livia Drusa, hundiendo la cabeza en la almohada—. Marco Livio, ¿cómo puede hacerles eso a sus hijas, no ya a su hijo? Es comprensible en el caso del pequeño Quinto, pero a Servilia y a Lilla… A Servilia se le partirá el corazón.

 

—¡Ah, aún dice más! —prosiguió Druso enarbolando la carta—. Va a modificar el testamento para desheredar a los tres hijos, y, además, tiene la desvergüenza de pedirme «su» anillo. ¡«Su» anillo!

 

Livia Drusa supo en seguida a qué anillo se refería su hermano. Una alhaja de familia que había sido de su padre y de su abuelo y de la que se decía que era un sello de Alejandro Magno. En la época en que Quinto Servilio Cepio se había hecho amigo de Marco Livio Druso, el primero había codiciado el anillo y lo había visto pasar del dedo de Druso el Censor al dedo del Druso amigo suyo, y, finalmente, al marchar a Esmirna y a la Galia itálica, le había rogado que se lo dejase portar como amuleto. Druso no quería dejárselo pero, por no parecer grosero, al final había accedido. Naturalmente, nada más regresar Cepio, Druso se lo había pedido; al principio, aquél había buscado excusas para quedárselo, aunque finalmente se lo había quitado para devolvérselo, diciendo con una risa forzada:

 

—¡Ah, de acuerdo, de acuerdo! Pero la próxima vez que salga de viaje tienes que dármelo, Marco Livio, porque da suerte.

 

—¿Cómo se atreverá? —masculló Druso cogiéndose el dedo, cual si temiera que apareciese Cepio para arrebatarle aquel anillo que era demasiado estrecho para los otros dedos y requería llevarlo en el meñique, aunque quedase algo holgado. Alejandro Magno era más bien pequeño.

 

—No hagas caso, Marco Livio —dijo su animosa hermana volviendo lo mejor que podía la cabeza para mirarle—. ¿Qué sucederá con mis hijos? — inquirió—. ¿Puede hacer eso que dice?

 

—No, cuando yo me las entienda con él —dijo Druso, ceñudo—. ¿Te ha enviado a ti también una carta?

 

—No, sólo la comunicación de divorcio.

 

—Pues todo irá bien, hermana.

 

—¿Qué les digo a los niños?

 

—Nada, hasta que yo hable con el padre.

 

Marco Livio Druso volvió a su despacho, donde cogió un pergamino de inmejorable calidad (quería que lo que escribiera aguantase el paso del tiempo) y contestó a Cepio.

 

Eres muy libre de negar la paternidad de tus tres hijos, Quinto Servilio. Pero yo soy muy libre de jurar que efectivamente son hijos tuyos, y lo juraré si llega el caso. Ante un tribunal. Comiste mi pan y bebiste mi vino desde abril del año en que Cayo Mario fue cónsul por tercera vez hasta que partiste de viaje hace veintitrés meses, y en el interregno continué alimentando, vistiendo y albergando a tu familia. Te reto a que halles pruebas de adulterio por parte de mi hermana durante los años que tú y ella habéis vivido en esta casa. Si examinas el acta de nacimiento de tu hijo, comprobarás que ha tenido que ser engendrado en esta casa.

 

Te aconsejaría muy encarecidamente que desistas de tu intención de desheredar a tus tres hijos. Si persistes en tu actitud, denunciaré tu conducta ante un tribunal para querellarme en nombre de tus hijos. Durante mi deposición ante el tribunal me descargaré de ciertos datos que conozco relativos al aurum Tolosanum y el destino de grandes sumas de dinero que has trasladado desde Esmirna para invertirlas en casas de banca, propiedades y negocios impropios de un senador, por todo Occidente y el Mediterráneo.

 

Entre los testigos que me vería obligado a presentar habría varios de los más prestigiosos médicos de Roma, todos los cuales pueden testificar el carácter criminal de las heridas que has infligido a mi hermana.

 

Aparte de esto, estoy dispuesto a convocarla a ella como testigo, y a mi mayordomo, que oyó lo que tú sabes.

 

En lo que respecta a la dote de mi hermana y a los miles de sestercios que me debes por vuestra manutención, no quiero ensuciarme las manos cobrándome la deuda. Quédate el dinero. No te será de ningún provecho.

 

Finalmente, está el asunto de mi anillo. Su condición de herencia de familia de los Livios es de dominio público y es mejor que desistas de reclamarlo.

 

Selló la carta y la envió inmediatamente con un criado al nuevo domicilio de Cepio: la casa de Lucio Marcio Filipo. Despedido con un puntapié, el mensajero regresó desconsolado a informar a Druso que no había respuesta. Druso esbozó una leve sonrisa, recompensó con diez denarios al esclavo, se arrellanó en la silla y cerró los ojos, imaginándose regocijado a Cepio reconcomido de rabia. Sabía que no habría que acudir a los tribunales. Y, a pesar de quien fuese realmente hijo el pequeño Quinto, oficialmente seguiría siendo de Cepio y heredero del oro de Tolosa. Su sonrisa aumentó, refocilándose en la idea de que el pequeño acabara siendo un Servilio Cepio pelirrojo, de cuello, piernas y brazos largos, y narigudo. ¡Buen premio para un infame que pegaba a su esposa!

 

Poco después fue al cuarto de los niños y dijo a su sobrina Servilia que saliera al jardín. Hasta aquel día, realmente no se había fijado en la niña si no era para sonreírle de pasada, hacerle una caricia en el pelo, darla de vez en cuando un obsequio o decirse que era un poco taciturna y que nunca sonreía. ¿Cómo podía Cepio negarle la paternidad? Era el vivo retrato de su padre: una bestezuela vengativa. Druso era de la opinión de que los niños no debían ver ni oír las cosas de los mayores, y el comportamiento de aquella mañana le había horrorizado. ¡Una niña malvada y chivata! Bien habría merecido que Cepio hiciera con ella lo que se proponía, desheredándola.

 

Estando en estas reflexiones, al ver que Servilia salía del cuarto de los niños y cruzaba el jardín camino de la fuente, puso cara de enfado y mirada glacial.

 

—Servilia, puesto que te entrometiste en la reunión que teníamos los mayores esta mañana, creo conveniente informarte personalmente de que tu

 

padre ha decidido divorciarse de tu madre.

 

—¡Ah, bien! —exclamó Servilia, satisfecho su honor—. Recogeré mis cosas y me iré con él.

 

—No, porque él no te quiere —replicó Druso marcando las palabras. La niña se puso tan pálida que, en circunstancias normales, Druso

 

habría temido por ella y la habría sostenido, pero sabiendo cómo era se limitó a verla tambalearse. No se desmayó, sino que se irguió y su rostro se puso carmesí.

 

—No te creo —replicó—. ¡Mi tata no me haría eso, lo sé!

 

—Si no me crees —dijo Druso encogiéndose de hombros—, ve tú misma a verle. No está muy lejos; vive en casa de Lucio Marco Filipo, unas casas más allá. Ve y pregúntaselo.

 

—Lo haré —dijo Servilia poniéndose en camino, seguida de la niñera. —Déjala, Estratonice —dijo Druso—. Acompáñala y cuida de que

 

vuelva.

 

Qué desgraciados son todos, pensó Druso, quedándose junto a la fuente. Y qué infeliz sería yo si no tuviera a mi querida Servilia Cepionis y a nuestro hijito… y el que está por venir. Su estado de contrición se estaba disipando, desplazado por el empeño de hacer saber a Servilia que su padre la repudiaba. Luego, conforme el débil sol fue calentando sus huesos y fue olvidando el ajetreo de la jornada, su sentido de justicia se impuso y volvió a ser Marco Livio Druso, abogado de los engañados. Pero nunca abogado de Quinto Servilio Cepio, por muy engañado que estuviera.

 

Cuando Servilia volvió, seguía sentado junto al soleado y cristalino chorro que brotaba por la boca del escamoso delfín, con los ojos cerrados y plácida expresión.

 

—¡Tío Marco! —chilló la niña.

 

—Hola —dijo él, abriendo los ojos y forzando una sonrisa—. ¿Qué ha pasado?

 

—No me quiere, dice que no soy hija suya, que soy hija de otro — respondió la pequeña, enfurruñada.

 

—¿Lo ves, por qué no me creías?

 

—Porque estás de parte de ella.

 

—Servilia, no puedes tener esa inquina a tu madre. Es ella la perjudicada, no tu padre.

 

—¡Cómo dices eso! ¡Ella tenía un amante!

 

—Si tu padre hubiese sido más bueno con ella no lo habría tenido. Un hombre nunca debe pegar a su esposa.

 

—Debería haberla matado, no pegarle. Es lo que habría hecho yo. —Oh, vete de mi vista, niña horrenda! —exclamó Druso, desistiendo. Esperemos —se dijo cerrando los ojos de nuevo— que el rechazo de su

 

padre la beneficie y con el tiempo se produzca un acercamiento a la madre; es lo natural.

 

Tenía hambre y poco después comió pan, aceitunas y huevos duros con su mujer, a la que puso al corriente de lo que había pasado. Como sabía que ella tenía el mismo criterio que Servilio Cepio en cuanto a lo conveniente y a la alcurnia, no sabía cómo reaccionaría ante la noticia de que su cuñada había obtenido el divorcio debido a una historia con un hombre de origen servil. Pero, aunque la identidad del amante de Livia Drusa no era realmente de su agrado, Servilia Cepionis estaba demasiado enamorada de Druso para estar en contra de él; hacía tiempo que había comprobado que las familias siempre generan lealtades escindidas, y ella había optado por ser leal a Druso. Los años en que habían compartido la casa con Cepio no le habían granjeado a éste sus simpatías, pues la ambigua inferioridad de la infancia había desaparecido casi completamente y ya llevaba viviendo lo bastante con Druso para haber adquirido parte de su valor.

 

Disfrutaron de una agradable comida, pese a las circunstancias, y Druso se sintió más capaz para enfrentarse a lo que la jornada aún pudiera depararles. Y nunca mejor dicho, porque a primera hora de la tarde se produjeron nuevos incidentes por obra de Marco Porcio Catón Saloniano.

 

Invitándole a dar un paseo por la columnata, Druso se dispuso a esperar lo peor.

 

—¿Qué sabéis de todo esto? —inquirió sin alterarse.

 

—Hace un rato, he recibido la visita de Quinto Servilio Cepio y Lucio Marcio Filipo —contestó Catón en el mismo tono neutro y tranquilo de Druso.

 

—¿Ah, los dos? Supongo que Filipo iría en calidad de testigo —añadió Druso.

 

—Eso es.

 

—¿Y?

 

—Cepio se limitó a comunicarme que se había divorciado de su esposa, fundamentándolo en adulterio cometido conmigo.

 

—¿Nada más?

 

Catón puso ceño.

 

—¿Y qué más iba a decir? Lo que sucede es que lo dijo en presencia de mi esposa, que ha ido a hablar con su padre.

 

—¡Por los dioses que el asunto trae cola! —exclamó Druso, alzando los brazos—. Sentaos, Marco Porcio. Mejor será que os lo explique todo. Lo del divorcio no es más que el principio.

 

Enterado de los pormenores, Catón se enfureció más que Druso; los Porcios Catones mantenían una fachada de imperturbable frialdad, pero todos ellos —y ellas— eran célebres por su genio. Y Druso tardó no poco, y gracias a sus buenos razonamientos, en convencer a Catón de que si iba en busca de Cepio y lo mataba, o incluso si lo dejaba medio muerto, las cosas se pondrían mucho peor de lo que ya estaban para Livia Drusa. Una vez seguro de haber apaciguado a Catón, le llevó a que viera a Livia Drusa y cualquier duda que hubiera podido alimentar respecto a la profundidad del sentimiento que compartían, quedó solventada con la primera mirada que se dirigieron. Sí, era amor eterno. ¡Pobrecillos!

 

—Cratipo —dijo al mayordomo, después de dejarlos solos—, vuelvo a tener hambre y quiero cenar inmediatamente. Haz el favor de comunicarlo a la señora Servilia Cepionis.

 

Pero Servilia Cepionis prefirió cenar en el cuarto de los niños, pues la pequeña Servilia se había metido en la cama, anunciando que no pensaba probar bocado ni siquiera un sorbo de agua, para que cuando su padre supiera que había muerto, lo lamentase.

 

Por tanto, Druso se dirigió solo al comedor, anhelando que aquella jornada concluyera y no volviera a repetirse una semejante en su pequeño

 

rincón terreno; suspirando agradecido, tomó asiento a solas en la camilla para aguardar el gustatio.

 

—¿Qué es lo que he oído? —exclamó una voz en la puerta.

 

—¡Tío Publio!

 

—Vamos a ver, ¿cuál es la verdad de la historia? —inquiría Publio Rutilio Rufo, quitándose los zapatos y despidiendo al criado que pretendía lavarle los pies. Se subió a la camilla junto a Druso y se acodó sobre el brazo izquierdo, con su jovial rostro lleno de curiosidad, simpatía y preocupación—. Bullen por toda Roma una docena de versiones distintas sazonadas de divorcio, adulterio, esclavos amantes, esposas maltratadas, niñas malas… ¿De dónde sale todo eso y tan rápido?

 

Pero Druso fue incapaz de contestarle porque aquella última intrusión era el colmo. Se arrellanó en el almohadón y soltó una carcajada.

 

 

Publio Rutilio Rufo decía la verdad: toda Roma bullía, se sumaban dos y dos y casi siempre daban el resultado exacto, a lo que contribuía notablemente el hecho de que el más pequeño de los tres hijos de la esposa divorciada tenía una cabecita pelirroja y que la esposa inmensamente rica pero vulgar de Marco Porcio Catón Saloniano también le había enviado a éste los papeles del divorcio, y que igualmente la inseparable pareja de Quinto Servilio Cepio y Marco Livio Druso no se dirigía la palabra, aunque Cepio insistía en que nada tenía que ver con las divorciadas y que el motivo era que Druso le había robado el anillo.

 

Los hubo con cabal inteligencia y buen sentido que observaron que las mejores personas se ponían del lado de Druso y su hermana. Otros de carácter menos encomiable, como Lucio Marco Filipo y Publio Cornelio Escipión Nasica, eran partidarios de Cepio, lo mismo que los caballeros aduladores que pacían en los mismos prados comerciales que Cneo Cuspio Buteo, el ofendido padre de la esposa de Catón, por sobrenombre «el Buitre». Hubo también los que no se pusieron de parte de nadie y encontraron divertidísima la querella; entre éstos se contaba Marco Emilio Escauro, príncipe del Senado, que comenzaba a salir de nuevo a la

 

superficie tras varios años de riguroso enclaustramiento a causa de la desgracia de que su esposa se hubiese enamorado de Sila, y que ahora consideraba que podía reírse, ya que el capricho de la joven Dalmática no había sido correspondido y ya empezaba a abultársele el vientre con un niño que él sabía sin lugar a dudas que tenía que ser suyo. Publio Rutilio Rufo fue otro de los que se reían, pese a su condición de tío de la adúltera.

 

Pero, tal como evolucionaron las cosas, ninguno de los culpables de la historia sufrió tanto como Marco Livio Druso.

 

—O quizá es mejor decir —farfulló Druso a Silo, poco después de que los nuevos cónsules accedieran al cargo— que, como de costumbre, la cosa acabó como si yo fuera el culpable de los hijos de los demás. Si tuviera el dinero que ese maldito Cepio me ha costado de un modo u otro al cabo de los años, seria mucho más rico. Mi nuevo cuñado, Catón Saloniano, se ha quedado desplumado, está ahogado por los pagos aplazados de la dote de su hermana a Lucio Domicio Ahenobarbo, y desde luego le ha volado la fortuna de la mujer y el apoyo social del logrero de su padre. Así que no sólo tengo que pagar a Lucio Domicio, sino que además, como de costumbre, debo albergar a mi hermana, a su esposo y a su numerosa prole, que está a punto de aumentar.

 

—¡Oh, Marco Livio, de ningún noble romano se ha abusado tanto como de ti! —exclamó Silo, uniéndose a los que veían la faceta cómica del asunto y riendo hasta desternillarse, aunque sabía que con ello no consolaba a Druso.

 

—Ya está bien —replicó Druso sonriente—. Sería deseable que la vida, la Fortuna o lo que sea, me tratase con algo más del respeto que merezco, pero, al margen de lo que haya podido ser mi vida antes de Arausio, o en el caso de que no hubiera habido un Arausio, todo eso ha quedado atrás. Lo único que sé es que no puedo abandonar a mi pobre hermana y que, pese a que me resistí, me agrada mi nuevo cuñado mucho más de lo que me agradaba el anterior. Puede que Saloniano sea el nieto de una mujer nacida esclava, pero a pesar de ello es un auténtico caballero y mi casa se alegra dándole cobijo. Incluso apruebo el modo como trata a Livia Drusa, y debo

 

decir que se ha ganado a mi esposa, proclive a considerarle poco aceptable por su procedencia, mientras que ahora le gusta mucho.

 

—Me congratulo de que tu pobre hermanita sea feliz por fin —dijo Silo

 

—. Siempre me dio la impresión de que la afligía una profunda desgracia, aunque ocultase su pena con la firmeza característica de los Livios Drusos. Sin embargo, es una lástima que no puedas desembarazarte de tus huéspedes. Supongo, además, que tendrás que financiar la carrera de Saloniano.

 

—Desde luego —contestó Druso sin mostrar pesadumbre—. Afortunadamente mi padre me dejó más dinero del que puedo gastar y aún no me veo en la penuria. ¡Imagínate cómo le fastidiará a Cepio cuando encamine a Catón Saloniano hacia el cursus honorum!

 

—¿Te importa que cambiemos de tema? —dijo de pronto Silo.

 

—En absoluto —contestó Druso, sorprendido—. Espero que el nuevo tema incluya una minuciosa descripción de tus andanzas estos últimos meses… Hacía casi un año que no nos veíamos, Quinto Popedio.

 

—¿Tanto tiempo? —replicó Silo, calculando y asintiendo con la cabeza —. Sí, es verdad. ¡Cómo pasa el tiempo! —añadió encogiéndose de hombros—. En realidad no he hecho tantas cosas, simplemente han progresado mis negocios.

 

—Cuando te muestras tan cauteloso no te creo —comentó Druso, complacido por ver a su querido amigo—. No obstante, creo que no tienes intención de decirme lo que has estado haciendo, y no quiero insistir. ¿Cuál es el tema del que querías hablar?

 

—De los nuevos cónsules —contestó Silo.

 

—Por una vez son buenos —comentó Druso alegre—. ¡No recuerdo ninguna otra elección de una pareja tan sólida: ¡Craso Orator y Escévola! Espero grandes cosas de ellos.

 

—¿Ah, sí? Ojalá pudiera decir lo mismo; lo que yo espero son complicaciones.

—¿En el frente itálico? ¿Por qué?

 

—Oh, de momento sólo son rumores. Y espero que infundados, aunque, sin saber por qué, lo dudo, Marco Livio —dijo Silo frunciendo el entrecejo

 

—. Los censores se han presentado a los cónsules con los rollos de inscripción de ciudadanos romanos de toda Italia, y me han dicho que están preocupados por el gran número de nuevos nombres. ¡Idiotas! ¡Primero se dedican a decir que con su nuevo método de censo se obtendrá un mayor número de inscripciones de ciudadanos que con el antiguo, y ahora dicen que hay un exceso de nuevos ciudadanos!

 

—¡Así que es por eso por lo que hace meses que no estás en Roma! — exclamó Druso—. ¡Oh, Quinto Popedio, ya te lo advertí! ¡Si haces eso no podremos seguir siendo amigos, para mi gran pesar! Habéis manipulado los rollos.

 

—Sí.

 

—¡Quinto Popedio, te lo dije! ¡Qué complicación! —exclamó Druso llevándose las manos a la cabeza y dejándolas así un rato, mientras Silo, más turbado de lo que había pensado, guardaba silencio, pensando a toda velocidad. Finalmente, Druso se quitó las manos de la cabeza—. Bueno, supongo que de nada sirve afligirse —añadió, poniéndose en pie y meneando repetidas veces la cabeza en paciente exasperación, mirando a Silo—. Mejor será que vuelvas a tu tierra y no te dejes ver por la ciudad durante una buena temporada, Quinto Popedio. No podemos permitirnos el lujo de llamar la atención de algún miembro especialmente listo de la facción antiitálica teniéndote a la vista. Yo haré lo que pueda en el Senado, pero lamentablemente soy novel y no tengo derecho a la palabra. Y por desgracia cuentas con muy pocos amigos entre los que lo tienen.

 

—Marco Livio —añadió Silo, que también se había levantado—, habrá guerra. Me marcho a mi casa porque tienes razón; habrá a quien le dé por pensar si me ven por aquí. Pero esto te demuestra que no existe un medio pacífico para conseguir la manumisión de los itálicos.

 

—Sí lo hay. Tiene que haberlo —replicó Druso—. Ahora, Quinto Popedio, vete y procura pasar lo más inadvertido posible. Y si vas a salir por la puerta Collina, hazme el favor de dar un rodeo y no pasar por el Foro.

 

Druso fue quien no dio ningún rodeo para ir al Foro. Allá se fue con su toga, buscando caras conocidas. No había reunión en el Senado ni en la Asamblea, pero siempre se veía gente por el bajo Foro. Afortunadamente, el

 

primer personaje con el que se topó fue su tío Publío Rutilio Rufo, que iba hacia la Carinae camino de su casa.

 

—Ahora sí que me gustaría que Cayo Mario estuviera en Roma —dijo Druso cuando encontraron un lugar tranquilo al sol, justo al lado de uno de los antiguos árboles del Foro.

 

—Sí, me temo que no conseguiremos mucho apoyo en el Senado para tus amigos itálicos —replicó Rutilio Rufo.

 

—Creo que se podría conseguir si hubiese alguien poderoso que los hiciera reflexionar. Pero ¿quién queda, estando Cayo Mario en Oriente? A menos que tú, tío…

 

—No —respondió con firmeza Rutilio Rufo—. Simpatizo con la causa itálica, pero yo no tengo influencia en el Senado. He perdido auctoritas desde mi regreso de Asia Menor y los recaudadores siguen pidiendo mi cabeza, pues saben que la de Quinto Mucio no pueden conseguirla por el poder que tiene. Mientras que un consular viejo como yo, que nunca ha gozado de gran fama ante los tribunales, no ha sido orador famoso ni ha llevado ningún ejército a la victoria… No, de verdad, yo no tengo capacidad.

 

—O sea, quieres decir que poco se puede hacer.

 

—Eso es, Marco Livio.

 

 

 

Sin embargo, en el terreno de la opinión pública las cosas no estaban paradas. Quinto Servilio Cepio pidió audiencia con los cónsules Craso Orator y Mucio Escévola y con los censores Antonio Orator y Valerio Flaco. Y lo que les contó interesó enormemente a los cuatro.

 

—La culpa de esto es de Marco Livio Druso —dijo Cepio—. En mi presencia ha dicho muchas veces que a los itálicos debe concedérseles plena ciudadanía y que en Italia no debe haber diferencias sociales. El tiene amigos itálicos poderosos, el dirigente marso Quinto Popedio Silo y el de los samnitas, Cayo Papio Mutilo. Por lo que oí en casa de Marco Livio, estoy dispuesto a jurar que Marco Livio Druso está aliado con esos dos itálicos y que ideó un plan para trucar el censo.

 

—Quinto Servilio, ¿tienes pruebas que aValen tu acusación? —inquirió Craso Orator.

 

Dicho lo cual, Cepio se irguió con increíble dignidad y gesto de ofendido.

 

—¡Soy un Servilio Cepio, Lucio Licinio! Yo no miento. ¿Pruebas que aValen mi acusación? —añadió francamente indignado—. ¡Yo no acuso! ¡Simplemente expongo los hechos y no necesito «pruebas» que aValen nada! ¡Te repito que soy un Servilio Cepio!

 

—Me importa un bledo que sea el mismísimo Rómulo —dijo Marco Livio Druso cuando los cónsules y los censores fueron a verle—. ¡Si no comprendéis que esos «hechos» que él dice exponer forman parte del acoso que Quinto Servilio Cepio se trae contra mí y los míos no sois la clase de hombres que yo pienso! ¡Es absurdo! ¿Por qué iba a conspirar contra los intereses de Roma? El hijo de mi padre no hace semejante cosa. De Silo y de Mutilo no puedo responder. Mutilo nunca ha estado en esta casa y Silo viene en su condición de amigo mío. Que yo crea que la ciudadanía deba ampliarse a todos los itálicos es más que sabido y nunca lo he ocultado. Pero la ciudadanía que me gustaría ver concedida a los latinos e itálicos debe ser legal y otorgada libremente por el Senado y el pueblo de Roma. Falsificar el censo de algún modo, ya sea alterando los rollos o atestiguando una ciudadanía que no es cierta, es algo que yo no apruebo, por muy justa que considere la causa que mueve a hacerlo —dijo alzando los brazos—. Eso es cuanto tengo que decir, Quirites, vosotros veréis. Si me creéis, pasad a tomar conmigo una copa de vino. Si creéis a ese mentiroso inconsciente de Cepio, salid de esta casa y no volváis.

 

Riendo apaciblemente, Quinto Mucio Escévola cogió a Druso del brazo. —Para empezar, Marco Livio, me complace enormemente tomar una

 

copa de vino contigo.

 

—Y a mí —terció Craso Orator.

 

Los censores optaron también por beber vino.

 

—Lo que me preocupa —dijo Druso en el comedor aquella misma tarde

 

— es cómo obtuvo Quinto Servilio esa, digamos, información. Porque sólo

 

tuve una conversación sobre ese tema con Quinto Popedio, hace ya muchas lunas, cuando eligieron a los censores.

 

—¿De qué versaba, Marco Livio? —inquirió Catón Solaniano.

 

—Oh, Silo tenía un disparatado proyecto para inscribir ciudadanos ilegalmente, pero yo le disuadí. O eso creí. Yo no volví a hablar más del asunto. ¡Si ni siquiera había vuelto a ver a Quinto Popedio hasta hace poco! ¿Cómo sabría Cepio ese dato?

 

—A lo mejor no estaba fuera de tu casa y oyó vuestra conversación — dijo Catón, que personalmente no aprobaba la actitud de Druso relativa a los itálicos, pero no pensaba criticárselo. Una de las servidumbres de ser su huésped.

 

—No, estaba fuera —replicó Druso con aspereza—. En aquel entonces viajaba fuera de Italia, y, desde luego, no iba a regresar sigilosamente un día concreto para sorprendernos en una conversación que ni siquiera yo sabía que fuera a entablarse.

 

—Entonces, ¿cómo puede ser? —inquirió Catón—. ¿No escribirías algo que él haya podido averiguar?

 

Druso meneó la cabeza tan enérgicamente que dejó a Catón convencido.

 

—Yo no he escrito nada. Nada de nada.

 

—¿Y por qué estás tan seguro de que a Quinto Servilio le ayudaron a preparar sus acusaciones? —inquirió Livia Drusa.

 

—Porque me acusa de falsificar las inscripciones de los nuevos ciudadanos y me relaciona con Quinto Popedio.

 

—¿Y no se lo habrá inventado?

 

—Tal vez, sólo que hay un dato preocupante: mencionó a un tercero, a Cayo Papio Mutilo, de los samnitas. ¿A quién oiría ese nombre en concreto? Yo lo conozco únicamente porque sé que Quinto Popedio ha hecho gran amistad con ese samnita. La cuestión es que estoy convencido de que Quinto Popedio y Papio Mutilo han falsificado las listas, pero ¿cómo lo sabía Cepio?

 

—Marco Livio, no te prometo nada —dijo Livia Drusa levantándose—, pero quizá pueda darte una respuesta. ¿Me excusas un momento?

 

Druso, Catón Saloniano y Servilia Cepionis aguardaron intrigados el momento. ¿A qué podría recurrir Livia Drusa para dar respuesta a tan misterioso interrogante, cuando posiblemente la explicación era que Cepio había acertado por casualidad?

 

Livia Drusa volvió al cabo de un rato con su hija Servilia, llevándola firmemente cogida del hombro.

 

—Quédate, Servilia, quiero preguntarte una cosa —dijo muy seria—. ¿Has estado viendo a tu padre?

 

El rostro de la pequeña estaba tan tranquilo e inexpresivo que a todos les pareció el de una persona culpable que finge.

 

—Quiero que digas la verdad, Servilia —añadió Livia Drusa—. ¿Has estado visitando a tu padre? No; antes de que me contestes quiero recordarte que si lo niegas preguntaré a Estratonice y las otras niñeras.

 

—Sí, voy a visitarle —respondió Servilia.

 

Druso se incorporó, igual que Catón, mientras que Servilia Cepionis se hundía en su silla y se tapaba la cara con la mano.

 

—¿Qué le has contado a tu padre sobre tu tío Marco y su amigo Quinto Popedio?

 

—La verdad —contestó Servilia impasible.

 

—¿Qué verdad?

 

—Que conspiraban para inscribir a los itálicos en los rollos de ciudadanos romanos.

 

—¿Cómo has podido hacer eso, Servilia, si no es verdad? —terció Druso indignado.

 

—¡Es verdact! —chilló la pequeña—. ¡Hace muchos días vi unas cartas en el cuarto del hombre marso!

 

—¿Entraste en el cuarto de un huésped sin su permiso? —inquirió Catón Solaniano sin dar crédito a lo que oía—. ¡Eso es despreciable, niña!

 

—¿Quién eres tú para juzgarme? —replicó la pequeña, volviéndose contra él—. ¡Tú, que desciendes de una esclava y un campesino!

 

Catón tragó saliva, apretando los labios.

 

—Seré eso que dices, Servilia, pero hasta los esclavos respetan el principio sagrado de no violar la intimidad de un huésped.

 

—¡Yo soy una patricia de los Servilios —replicó la niña con firmeza—, mientras que ese hombre no es más que un itálico que cometía una traición, igual que tío Marco!

 

—¿Qué cartas viste, Servilia? —inquirió Druso.

 

—Cartas de un samnita llamado Cayo Papio Mutilo.

 

—Pero no cartas de Marco Livio Druso.

 

—No hacía falta; tienes tanta intimidad con los itálicos, que todos saben que haces lo que ellos quieren y conspiras con ellos.

 

—Suerte tiene Roma de que seas hembra, Servilia —replicó Druso, forzando la voz y el gesto para hacerlos sarcásticos—, porque si fueses ante los tribunales con esos razonamientos quedarías en ridículo. —Se bajó de la camilla y se acercó a donde estaba la pequeña—. Eres una idiota y una ingrata, niña. Falsa y, como dice tu padrastro, despreciable. Si fueses mayor te echaría de casa, pero dadas las circunstancias haré lo contrario. Quedarás encerrada, con entera libertad para andar por la casa siempre que te acompañe alguien, pero no saldrás de ella bajo ningún concepto, ni visitarás a tu padre ni a nadie. Ni le enviarás notas. Si él manda a por ti para que vayas a vivir con él, te dejaré marchar encantado, pero si eso sucediera, nunca más te permitiré entrar en mi casa, ni para ver a tu madre. Como tu padre te niega la custodia, yo soy tu paterfamilias y mi palabra es ley para ti porque así está estipulado. Daré instrucciones a todos en esta casa para que hagan contigo lo que he dispuesto. ¿Entendido?

 

La pequeña Servilia no mostró signo alguno de vergüenza o temor, permaneció erguida con los ojos echando fuego.

 

—Yo soy una patricia de los Servilios —contestó— y por mucho que hagas no puedes alterar el hecho de que soy mejor que todos vosotros juntos. Lo que para mis inferiores puede estar mal, en mi caso es simple deber. He descubierto una conspiración contra Roma y se lo he dicho a mi padre. Era mi deber. Puedes castigarme como quieras, Marco Livio, y me da igual que me encierres para siempre en un cuarto, que me pegues o que me mates. Sé que he cumplido con mi deber.

 

—¡Oh, llévatela a donde no la vea! —gritó Druso a su hermana.

 

—¿Mando que le peguen? —inquirió Livia Drusa, tan indignada como Druso.

 

—¡No! —exclamó él, tajante—. No quiero más palizas en mi casa, Livia Drusa. Haz con ella lo que he dicho. Si sale del cuarto de los niños o de la clase, que la acompañe alguien. Aunque ya tiene edad para pasar del cuarto de los niños a su propio cubículo para dormir, se lo prohibo. Que sufra la falta de intimidad, ya que ella no se la concede a mis huéspedes. Eso será suficiente castigo conforme pasan los años, pues aún le quedan otros diez para salir de aquí… Eso si su padre se toma algún interés en encontrarle pareja. Si él no lo hace, ya me encargaré yo, ¡pero no un patricio, sino algún campesino palurdo!

 

—No, Marco Livio, un campesino palurdo no —dijo riendo Catón Saloniano—. Cásala con algún liberto, un noble por naturaleza sin la menor esperanza de serlo nunca socialmente. Así quizá descubra que los esclavos y los manumitidos pueden ser mejor que los patricios.

 

—¡Os odio! —chilló Servilia mientras su madre la sacaba del comedor

 

—. ¡Os odio a todos! ¡Y os maldigo, os maldigo! ¡Ojalá todos hayáis muerto antes de que yo alcance la edad de casarme!

Cuando ya habían olvidado a la niña, Servilia Cepionis se desmoronó en la silla y cayó al suelo. Druso la alzó, aterrado, y la llevó al dormitorio, donde, aplicándole plumas calientes bajo la nariz, lograron hacerle recobrar el sentido. Se echó a llorar desconsolada.

 

—¡Oh, Marco Livio, la suerte te es adversa desde que te aliaste con mi familia! —comentó entre sollozos, mientras él se sentaba en el borde de la cama y la abrazaba, rogando al cielo porque el niño no resultara afectado.

 

—Sabes que sí que tengo suerte —replicó él, besándola en la frente con ternura—. No enfermes, mea vita, esa niña no lo merece. No le des ese gusto.

 

—Te quiero, Marco Livio. Siempre te he querido y siempre te querré. —¡Excelente! Yo también te quiero, Servilia Cepionis. Un poco más

cada día que pasa. Ahora tranquilízate, por el bien de nuestro hijo —añadió él, dándole una suave palmadita en el abultado vientre.

 

Servilia Cepionis murió al dar a luz un día antes de que Lucio Licinio Craso Orator y Quinto Mucio Escévola promulgasen una nueva ley sobre la situación itálica a los miembros del Senado. Marco Livio Druso, que se arrastró hasta la Cámara para conocer los pormenores de la misma, no estaba en condiciones de prestar la atención debida.

 

Aquello había sido una sorpresa para todos los de la casa, dado que Servilia Cepionis había llevado el embarazo perfectamente y sin incidentes. El parto fue tan súbito, que ni ella misma advirtió indicio alguno; a las dos horas había muerto a consecuencia de una hemorragia que ni con compresas ni con elevación lograron contener. Druso, que en aquellos momentos estaba fuera de casa, volvió a toda prisa, y ella pasó de los terribles dolores a una euforia despreocupada y alucinatoria, muriendo sin darse cuenta de que él le sujetaba la mano ni de que su vida se apagaba. Final venturoso para ella pero horrible para Druso, que no escuchó de sus labios palabras de cariño, de alivio ni de reconocimiento. Era el punto final de tantos años esperando el ansiado varón: una figura exánime en una cama, desangrada y agotada por el esfuerzo. Al morir, el niño apenas había entrado en la vagina y los médicos y comadronas suplicaron a Druso que les dejaran desprenderlo de la madre, pero él se negó.

 

—Dejad que ella siga envolviéndole —contestó—. Que tenga ese consuelo. Si viviera, no podría quererle.

 

Y en tal estado se dirigió a la Curia Hostilia, más muerto que vivo, y ocupó su lugar en las filas de en medio, dado que su sacerdocio le confería un lugar más prominente que su simple condición de senador. Su criado colocó la silla plegable y tuvo que hacer que se sentara, mientras que los senadores cercanos le musitaban el pésame y él no cesaba de asentir con la cabeza dando las gracias, con el rostro casi tan lívido como el de la muerta. Antes de proponérselo vio a Cepio en el banco trasero de la sección opuesta y aún palideció más. ¡Cepio! Al comunicarle la muerte de su hermana, había contestado que se iba de Roma inmediatamente después de aquel pleno y no podría asistir al entierro de Servilia Cepionis.

 

La visión que tenía Druso de los procedimientos y de la Cámara era bastante global, por hallarse sentado cerca del final de la sección izquierda,

 

junto a las enormes puertas de bronce construidas por la curia siglos antes, en tiempos del rey Tulio Hostilio, abiertas ahora para que pudiera oír el público congregado en el pórtico. Porque los cónsules habían decidido que fuese una sesión pública, aunque sólo se permitiera la entrada a los senadores y sus ayudantes privados.

 

Al otro extremo de la Cámara, flanqueado por las tres gradas en que los senadores situaban sus sillas plegables, se alzaba el estrado de los magistrados curules; en frente, el largo banco de madera que alojaba a los diez tribunos de la plebe. Las preciosas sillas curules de marfil labrado de los dos cónsules estaban situadas delante del estrado, y detrás de él las de los seis pretores, que a su vez tenían detrás las de los dos ediles curules. Los senadores que tenían derecho a la palabra por la simple acumulación de años en cargos curules ocupaban la grada inferior de cada sección; la grada del medio era para los sacerdotes o augures, los que habían sido tribunos de la plebe o eran sacerdotes de colegios menores, mientras que la grada superior era para los pedarii, cuya única potestad en la Cámara era votar.

 

Una vez que las plegarias, los sacrificios y los presagios fueron declarados satisfactorios, Lucio Licinio Craso Orator, el primer cónsul, se puso en pie.

 

—Príncipe del Senado, pontífice máximo, colegas magistrados curules, miembros de esta augusta cámara, el Senado ha venido tratando últimamente de la inscripción ¡legal de itálicos como ciudadanos romanos en el censo actual —comenzó diciendo, sosteniendo en su mano un documento—. Aunque nuestros ilustres colegas los censores Marco Antonio y Lucio Valerio esperaban que las listas se incrementasen con algunos miles de nombres nuevos, lo que no esperaban eran tantísimos millares. Pero es lo que ha sucedido. El censo en Italia ha experimentado un aumento sin precedentes de los que afirman ser ciudadanos romanos, pero se nos ha testificado que la mayoría de esos nuevos nombres son de individuos con la categoría de aliados itálicos, sin ningún derecho a ser ciudadanos de Roma. Se nos ha testificado que los dirigentes de las naciones itálicas acordaron inscribir masivamente sus pueblos como ciudadanos romanos. Y se han

 

mencionado dos nombres: Quinto Popedio Silo, dirigente de los marsos, y Cayo Papio Mutilo, dirigente de los samnitas.

 

Al oír un perentorio chascar de dedos, el cónsul calló y dirigió una inclinación de cabeza al centro de la primera grada de su derecha.

 

—Cayo Mario, te doy la bienvenida por el regreso a esta Cámara. ¿Quieres preguntar algo?

 

—Efectivamente, Lucio Licinio —respondió Mario, poniéndose en pie y mostrándose en excelente forma y muy bronceado—. Los nombres de esos dos individuos, Silo y Mutilo, ¿figuran en las listas?

 

—No, Cayo Mario, no figuran.

 

—Entonces, testimonios aparte, ¿qué pruebas tienes?

 

—Pruebas, ninguna —contestó Craso Orator con frialdad—. Sólo he mencionado sus nombres a efectos de testificación como indicio de que incitaron personalmente a los ciudadanos de sus pueblos a inscribirse masivamente.

 

—Entonces, Lucio Licinio, ese testimonio a que os referís no cabe duda de que es sospechoso.

 

—Es posible —replicó Craso Orator sin alterarse, repitiendo una florida reverencia—. Cayo Mario, si permites que prosiga con mi parlamento, lo aclararé todo a su debido tiempo.

 

Mario le devolvió sonriente la reverencia y se sentó.

 

—Prosigamos, pues, padres conscriptos. Como tan acertadamente ha señalado Cayo Mario, un testimonio no avalado con pruebas materiales es cuestionable. Vosotros, cónsules y censores, no ignoráis esa circunstancia. Sin embargo, el que nos dio ese testimonio es un hombre ilustre y tal testimonio confirma, en efecto, nuestras propias observaciones —añadió Craso Orator.

 

—¿Quién es esa persona ilustre? —inquirió Publio Rutilio Rufo sin levantarse.

 

—Debido a cierto riesgo intrínseco, nos pidió que no divulgásemos su nombre —contestó Craso Orator.

 

—¡Yo os lo puedo decir, tío! —terció Druso alzando la voz—. ¡Su nombre es Quinto Servilio Cepio, el que maltrata a su esposa! ¡También a

 

mí me ha acusado!

 

—Orden, Marco Livio —terció el cónsul.

 

—¡Pues sí, le he acusado! ¡Es tan culpable como Silo y Mutilo! —gritó Cepio desde la grada posterior.

 

—Quinto Servilio, guarda el orden y siéntate.

 

—¡No lo haré hasta que no se incluya el nombre de Marco Livio Druso en mi acusación! —gritó Cepio aún más fuerte.

 

—Los cónsules y los censores han considerado fundadamente que Marco Livio Druso no está implicado en este asunto —replicó Craso Orator, ya algo enojado—. ¡Guarda compostura, igual que todos los pedarii, y no olvides que esta Cámara aún no te ha concedido el derecho a la palabra! ¡Siéntate y mantén tu lengua dentro de la boca cerrada! ¡La Cámara no desea escuchar las alegaciones de quienes mantienen rencillas personales, esta Cámara debe atender a lo que digo!

 

Se hizo un silencio, que Craso Orator observó también reverentemente unos instantes, para proferir un carraspeo y continuar.

 

—Por los motivos que sean, y a instigación de quien sea, en los rollos censuales aparecen de pronto demasiados nombres. Dadas las circunstancias, es lógico suponer que muchos se han atribuido ilegalmente la ciudadanía. Es deber de los cónsules rectificar la situación y no iniciar falsos juicios ni inculpar a nadie sin pruebas. Únicamente una cosa nos interesa: saber que si no hacemos algo nos veremos con un excedente de ciudadanos que querrán ser miembros de las treinta y una tribus rurales y que en la próxima generación podrán obtener más votos en las elecciones tribales que los ciudadanos de verdad, y cuya influencia posiblemente se haga notar en las votaciones de las clases centuriadas.

 

—Pues espero sinceramente que hagamos algo, Lucio Licinio —dijo Escauro, príncipe del Senado, desde su asiento en el centro de la primera grada de la parte derecha, junto al de Cayo Mario.

 

—Quinto Mucio y yo hemos redactado una nueva ley —contestó Craso Orator, sin enojarse por la interrupción— con el propósito de eliminar de las listas de Roma a los falsos ciudadanos. Solamente eso. No es un acta de expulsión, ni se pretende un éxodo masivo de falsos ciudadanos de Roma ni

 

de ninguna otra localidad romana o latina dentro de Italia. Su propósito es descubrir a los que se han inscrito en las listas como ciudadanos y no lo son. A tal efecto, proponemos que la península se divida en diez regiones: Umbría, Etruría, Picenum, Lacio, Samnium, Campania, Apulia, Lucania, Calabria y Bruttium. En cada una de estas partes se establecerá un tribunal especial con potestad para indagar la condición de ciudadano de todos los que figuren en el censo por primera vez. La ley propone que estos quaestiones los formen jueces en lugar de jurados y que estos jueces sean miembros del Senado de Roma; el presidente de los tribunales tendrá rango consular y como ayudantes contará con dos senadores noveles. Se estipulan una serie de premisas a guisa de orientación para las indagaciones de los tribunales y todos los que comparezcan han de contestar (¡con pruebas!) a las preguntas dispuestas en esos pasos orientativos. Será un protocolo bastante estricto que impida a los falsos ciudadanos eludirlo, eso os lo garantizamos. En un ulterior contio leeremos el texto completo de la lex Licinia Mucia, pues juzgo que el primer contio de ninguna ley no debe entorpecerse con las minucias legalistas.

 

—Con permiso, Lucio Licinio —dijo Escauro, príncipe del Senado, poniéndose en pie—, quisiera preguntar si te propones establecer alguno de tus quaestiones especiales en la ciudad de Roma y, en caso afirmativo, si ese quaestio funcionaría como potestad investigadora tanto en el Lacio como en Roma.

 

—Roma constituirá el undécimo quaestio —contestó Craso Orator con solemne ademán—. El Lacio es aparte. Sin embargo, en relación con Roma, quisiera decir que los rollos de listas de la ciudad no han revelado una inscripción masiva de nuevos ciudadanos que creamos sea falsa. A pesar de ello, consideramos que es conveniente establecer un tribunal de investigación, ya que en la ciudad debe haber, a poco que se profundice en la investigación, ciudadanos que no tengan derecho a serlo.

 

—Gracias, Lucio Licinio —dijo Escauro, volviendo a sentarse.

 

A Craso Orator se le notaba muy enfadado, pues se habían derrumbado todas sus esperanzas de endilgar uno de sus discursos de refinada retórica,

 

ya que lo que había iniciado como discurso se había convertido en un diálogo de preguntas y respuestas.

 

Antes de que pudiera reanudarlo, Quinto Lutacio Catulo César se puso en pie, confirmando la sospecha del primer cónsul de que la Cámara no estaba de humor para escuchar discursos excelsos.

 

—¿Puedo hacer una pregunta? —inquirió Catulo César en tono edulcorado.

 

—Todos pueden hacerla, Quinto Lutacio —respondió Craso Orator con un suspiro—. Hasta los que no tienen derecho a la palabra. Te ruego que la hagas; te invíto a ello. ¡Hazla!

 

—¿La lex Licinia Mucia prescribirá o especificará multas concretas, o va a dejarse el castigo a discreción de los jueces con arreglo a la jurídica existente?

 

—Lo creas o no, Quinto Lutacio, ¡de eso iba yo a hablar! —replicó Craso Orator con muestras visibles de estar a punto de perder la paciencia

 

—. La nueva ley especifica multas concretas. La primera y más relevante es que todos los falsos ciudadanos que durante este último censo se hayan inscrito como ciudadanos sufrirán la ira de los tribunales y se les someterá a flagelación con el látigo de nudos, el nombre del culpable quedará inscrito en una lista, de modo que él y todos sus descendientes jamás puedan obtener la ciudadanía, y se les impondrá una multa de cuarenta mil sestercios. Si el falso ciudadano tiene residencia en una ciudad, pueblo o municipio con derechos latinos o romanos, él y sus amistades quedarán privados de esa residencia y deberán regresar al lugar de origen de sus antepasados. Sólo en ese aspecto concreto se trata de una ley de expulsión. A los que no posean la ciudadanía pero no hayan falsificado su condición no les afecta y podrán continuar en su domicilio habitual.

 

—¿Y los que hayan falsificado su condición en otro censo anterior? — inquirió Escipión Nasica el viejo.

—No serán azotados ni multados, Publio Cornelio, pero se les inscribirá en una lista y serán expulsados de cualquier localidad latina o romana.

—¿Y si uno no puede pagar la multa? —inquirió Cneo Domicio Ahenobarbo, pontífice máximo.

 

—Será vendido como garantía de la deuda al Estado de Roma por un plazo mínimo de siete años.

 

—¿Me concedes la palabra, Lucio Licinio? —espetó Cayo Mario poniéndose en pie.

 

—¡Ah! ¿Por qué no, Cayo Mario? —replicó Craso Orator, alzando los brazos—. ¡La tienes, siempre que no te interrumpa media Roma!

 

Druso contempló a Mario mientras éste descendía de su sitial y se dirigía al centro de la Cámara. Su corazón, órgano que él había creído inerme por la muerte de su esposa, latía aceleradamente. Allíestaba la única esperanza. «¡Oh, Cayo Mario, por muy poco que me gustes como persona, pensaba Druso, di tú lo que yo diría si tuviese derecho a la palabra! Si tú no lo haces, no lo hará nadie. Nadie.»

 

—Ya veo —comenzó Mario con voz tonante— que es una intervención legislativa minuciosamente pensada, como no era menos de esperar de dos de nuestros mejores juristas. Aunque le falta una cosa para hacerla redonda: una cláusula estipulando una recompensa para los delatores. ¡Es una ley admirable! ¿Pero es una ley justa? ¿No debemos preocuparnos por ese aspecto antes que nada? Y, lo que es más, ¿nos consideramos lo bastante poderosos, lo bastante arrogantes, ¡lo bastante lerdos! para aplicar las sanciones que la ley estipula? A tenor del discurso de Lucio Licinio, que no es de los mejores suyos, yo añado: hay decenas de miles de esos supuestos ciudadanos falsos esparcidos desde la frontera de la Galia itálica hasta Bruttium y Calabria. Hombres que se sienten con pleno derecho a participar en los asuntos internos del gobierno de Roma, si no, ¿a qué correr el riesgo de efectuar una falsa declaración de ciudadanía? Todos los que viven en Italia saben a lo que se arriesgan si se descubre la falsedad de esa declaración. Azotes, destierro, multa, aunque generalmente no se apliquen a la vez al mismo individuo.

 

Se volvió hacia el lado izquierdo de la Cámara y prosiguió:

 

—Pero ahora, padres conscriptos, parece que hemos de descargar el peso de la ley sobre esas decenas de miles de hombres ¡y sobre sus familias! Vamos a azotarlos, multarlos con cantidades impagables,

 

apuntándolos en una lista negra y expulsándolos de sus hogares si éstos se hallan en una localidad romana o latina.

 

Cubrió la distancia hasta las puertas abiertas y desde allí se dirigió a las dos secciones de la Cámara.

 

—¡Decenas de miles, padres conscriptos! ¡No uno, dos, tres o cuatro hombres, sino decenas de miles! Y familias con hijos, hijas, esposas, madres, tías, tíos, primos, a sumar a esas decenas de miles, que tendrán amigos incluso quizá entre quienes poseen legalmente la ciudadanía romana o los derechos latinos. Fuera de las ciudades romanas y latinas los iguales a ellos serán mayoría. Y nosotros, los senadores que seremos elegidos (echando suertes, digo yo) vamos a constituir esos equipos investigadores, vamos a escuchar las pruebas, a seguir las directrices para el escrutinio de los que comparezcan y a aplicar la lex Licinia Mucia al pie de la letra a los que resulten falsos. Mi aplauso para los que tengan suficiente valor para hacer ese cometido, porque yo, para empezar, ¡desearía que me diera otro infarto! ¿O es que la lex Licinia Mucia pondrá destacamentos armados de milicia a la constante disposición de todos y cada uno de esos quaestiones?

 

Comenzó a avanzar despacio por la Cámara sin dejar de perorar.

 

—¿Es realmente un delito desear ser romano? No peco de exagerado si digo que gobernamos en lo más notable del orbe. Se nos respeta en todo, se nos muestra deferencia cuando viajamos por doquier y hasta los reyes aceptan nuestras órdenes. Hasta el último que pueda llamarse romano, pese a que sea del capite censii es mejor que ningún otro hombre. Por pobre que sea para poseer un solo esclavo, sigue formando parte del pueblo que rige el mundo. Eso le confiere una valía sin igual, que nada define mejor que la palabra «romano». Aunque desempeñe el trabajo menestral obligado por no tener un solo esclavo, todavía puede decir: «Soy romano y mejor que el resto de la humanidad.»

 

Llegado casi a la altura del banco de los tribunos, giró sobre sus talones, mirando hacia las puertas.

 

—Dentro de las fronteras de Italia nos damos codo con codo con hombres y mujeres afines, incluso de la misma raza en muchos casos. Hombres y mujeres que han alimentado a nuestras tropas y pagado tributos

 

durante no menos de cuatrocientos años y que han participado en nuestras guerras compartiendo los gastos. Oh, sí, de vez en cuando se han sublevado, han ayudado a nuestros enemigos o han protestado por nuestra política. ¡Pero ya han sido castigados por esos delitos! ¿Se les puede reprochar que deseen ser romanos? Esa es la cuestión. No por qué quieren ser romanos, ni por qué ha surgido ese repentino aluvión de declaraciones falsas. ¿Merecen realmente nuestro reproche?

 

—¡Sí! —gritó Quinto Servilio Cepio—. ¡Sí! ¡Son inferiores! ¡Son nuestros súbditos y no nuestros iguales!

 

—¡Orden, Quinto Servilio! ¿Siéntate y guarda silencio o abandona esta Cámara! —tronó Craso Orator.

 

Con paso que le permitía conservar la dignidad fisica, Cayo Mario giró en un círculo pleno, con el rostro cada vez más contorsionado por una amarga sonrisa.

 

—¿Creéis saber lo que voy a decir, verdad? —inquirió para toda la Cámara, lanzando una carcajada—. Estáis pensando: «Este Cayo Mario, el itálico, va a recomendar que Roma se olvide de la lex Licinia Mucia y que se deje a esas decenas de miles de nuevos ciudadanos inscritos en el censo.» ¡Pues bien, padres conscriptos —añadió, elevando sus enmarañadas cejas —, os equivocáis! No soy partidario de eso. Igual que vosotros, no soy partidario de que nuestros sufragios sufran detrimento alguno permitiendo que se mantenga en el censo a hombres que hayan vulnerado los principios legales de inscripción. Me inclino por que la lex Licinia Mucia proceda con esos tribunales de encuesta como han previsto sus eminentes redactores, pero hasta cierto punto. ¡Sin pasarnos de ese punto! Todo falso ciudadano debe ser borrado de los rollos del censo y expulsado de las tribus romanas. Pero nada más. ¡Nada más! ¡Os advierto solemnemente, padres conscriptos, Quirites que escucháis a las puertas, que en cuanto apliquéis las sanciones a esos ciudadanos espúreos con el consiguiente éxodo de cuerpos, hogares, bolsas y futuros descendientes, recogeréis una cosecha de odio y venganza como jamás se ha conocido! ¡Cosecharéis muertes, sangre, pobreza y un rencor que durará milenios! ¡No aprobéis lo que los itálicos han intentado hacer, pero no los castiguéis por intentarlo!

 

Muy bien dicho, Cayo Mario, pensó Druso, aplaudiendo al unísono con algunos otros. Pero la mayoría no aplaudía y de afuera llegaban murmullos, indicando que los que escuchaban en el Foro no estaban de acuerdo con tanta clemencia.

 

—¿Puedo hablar? —dijo Marco Emilio Escauro, levantándose.

 

—Podéis, portavoz de la Cámara —contestó Craso Orator.

 

Aunque él y Cayo Mario eran de la misma edad, Escauro, príncipe del Senado, no conservaba la misma actitud joven, pese a la simetría de rostro. Las arrugas que lo surcaban se hundían en la carne y su calvo cráneo también estaba arrugado. Pero conservaba jóvenes sus hermosos ojos verdes, sanos, alerta y luminosos. Y de inteligencia sin par. Sin embargo, aquel día no estaba en vena de su inveterado y admirado sentido del humor; aquel día tenía las comisuras de los labios crispadas hacia abajo. El también caminó por la Cámara hacia las puertas, pero allí dio la espalda a los senadores para mirar la muchedumbre de afuera.

 

—Padres conscriptos del Senado de Roma, soy vuestro portavoz, debidamente confirmado por nuestros actuales censores. Estoy en el cargo desde el año de mi consulado, hace veinte años exactamente. Soy un consular que ha sido censor, y he dirigido ejércitos y firmado tratados con nuestros enemigos y con quienes se manifestaron como amigos. Soy un patricio de la familia Emilia, pero, por encima de todo eso, por loable y prestigioso que sea, ¡soy un romano!

 

»Me resulta curioso tener que coincidir con Cayo Mario, que se ha definido como itálico. Pero dejadme que os repita lo que ha dicho al principio de su parlamento. ¿Es realmente un delito desear ser romano? ¿Querer formar parte de una raza que domina en lo más notable del orbe? ¿Querer pertenecer a una raza que puede dar órdenes a reyes con la seguridad de que se cumplen? Como Cayo Mario, yo os digo que no es un crimen desear ser romano. Pero en lo que diferimos es en el énfasis de tal afirmación. No es delito quererlo, pero sí es delito hacerlo. Y yo no puedo consentir que los que hayan escuchado a Cayo Mario caigan en esa trampa. Esta Cámara no se ha reunido para compadecer a los que desean lo que no tienen. Esta Cámara se ha reunido para discutir ideales, sueños, anhelos y

 

aspiraciones. Estamos aquí para hablar de una realidad: la usurpación ilegal de la ciudadanía romana por decenas de miles de hombres que no son romanos, y que por consiguiente no tienen derecho a llamarse romanos. Que quieran serlo no es óbice. La cuestión estriba en que esas decenas de miles de hombres han cometido un grave delito, y en que nosotros, guardianes del legado de Roma, no deberíamos tratar ese grave delito como una falta menor, merecedora tan sólo, simbólicamente, de un palmetazo.

 

Tras estas palabras, se volvió de cara a la Cámara.

 

—¡Padres conscriptos, yo, portavoz de la Cámara, apelo a vosotros en tanto que auténticos romanos para que aprobemos esta ley con todo el poder y la autoridad que os están conferidos! De una vez por todas hay que acabar con esa pasión itálica por ser romanos; hay que erradicarla. ¡La lex Licinia Mucia debe incluir las más duras sanciones que se hayan inscrito en las tablillas! ¡Y no sólo eso! Creo que deben asumirse las dos sugerencias hechas por Cayo Mario, enmendándola para que las incluya. La primera enmienda, ofreciendo una recompensa por cualquier información tendente al descubrimiento de falsos romanos, con cuatro mil sestercios, el diez por ciento de la multa. De ese modo, nuestro Tesoro no tendrá que rebuscar y obtendrá el dinero de los culpables. Y os digo que la segunda enmienda debe estipular que un destacamento de milicia armada acompañe a esos equipos de jueces conforme se efectúan las comparecencias ante los tribunales que establezcan. El dinero para el pago de esos soldados temporales puede también proveerse con las multas que se cobren. Por consiguiente, con toda sinceridad, doy las gracias a Cayo Mario por sus sugerencias.

 

A continuación, nadie supo con certeza si había sido el final de la intervención de Escauro, pues Publio Rutilio Rufo se puso en pie gritando:

 

—¡Concededme la palabra! ¡Tengo que hablar! Escauro, que ya estaba sentado, asentía con la cabeza.

 

—Ese pobre Escauro ya no es ni la sombra de lo que fue —dijo Lucio Marcio Filipo a sus vecinos de asientos—. Nunca había aprovechado el parlamento de otro para estructurar el suyo.

 

—Yo no lo encuentro nada mal —comentó Lucio Sempronio Aselio, que estaba a su izquierda.

 

—Ya no es el mismo —insistió Filipo.

 

—¡Tace, Lucio Marcio! —dijo Marco Herenio, que estaba a su derecha —, quiero oír a Publio Rutilio.

 

—¡Cómo no! —dijo con sorna Filipo.

 

Publio Rutilio Rufo no optó por caminar por el centro de la Cámara e inició su discurso de pie junto a su escabel plegable.

 

—¡Padres conscriptos, Quirites que escucháis afuera, oíd, os lo ruego! —comenzó a decir y, encogiéndose de hombros, hizo una mueca—. No confío demasiado en vuestro buen sentido, y por ello no creo que logre disuadiros de la opinión de Marco Emilio que es hoy la de la mayoría de vosotros. Sin embargo, lo que voy a deciros no puede omitirse y debe oírse para que en el futuro quede constancia de su prudencia y justicia. Porque os aseguro que así será en el futuro.

 

Efectuó un carraspeo y tronó:

 

—¡Cayo Mario tiene razón! Lo único que debe hacerse es eliminar a los ciudadanos falsos de las listas y de nuestras tribus. Aunque soy consciente de que casi todos vosotros, ¡y yo me incluyo!, consideráis a los itálicos una especie distinta a los auténticos romanos, espero que tengamos suficiente sentido común para entender que no por eso son simples bárbaros. Son gentes refinadas, sus dirigentes son personas extremadamente cultivadas, y básicamente llevan la misma vida que nosotros los romanos. ¡Por consiguiente, no se les puede tratar como a bárbaros! Los tratados que tenemos con ellos datan de varios siglos y durante siglos han colaborado con nosotros. Tienen parentesco de sangre con nosotros, como ha dicho Cayo Mario.

 

—Sí, desde luego, con Cayo Mario sí —comentó burlón Lucio Marcio Filipo.

 

Rutilio Rufo se volvió a mirar al ex pretor, enarcando las cejas.

 

—Muy perspicaz en hacer ese distingo —dijo con voz dulce— entre parentesco de sangre y parentesco conseguido con dinero. De no haber hecho ese distingo se te habría relacionado con Cayo Mario como una

 

ventosa, ¿no es cierto, Lucio Marcio? ¡Porque en lo que a dinero respecta, Cayo Mario tiene más relación contigo que tu propio tata! ¡Porque juro que antaño a él le has pedido mucho más dinero que todo el que tu tata haya podido darte! Si el dinero fuese como la sangre, tu también serías víctima de la misma rémora que los itálicos, ¿no es cierto?

 

La Cámara estalló en carcajadas, aplausos y silbidos, mientras Filipo enrojecía, deseando que se le tragara la tierra.

 

—¡Os ruego que consideremos más seriamente las previsiones penales de la lex Licinia Mucia! —prosiguió Rutilio Rufo, volviendo al tema—. ¿Cómo vamos a azotar a gentes con las que hemos de convivir y a las que exigimos soldados y dinero? Aunque algunos miembros disolutos de esta Cámara se permitan hacer aseveraciones sobre otros miembros de la misma en cuanto a sus orígenes, yo me digo ¿tan distintos somos de los itálicos? Es lo que digo y es lo que someto a vuestra consideración. Es mala cosa que un padre críe a su hijo a base de palizas cotidianas, pues cuando ese hijo sea mayor detestará a su padre y no lo querrá ni lo admirará. Si azotamos a nuestros afines itálicos de la península, tendremos que convivir con gentes que nos odiarán por nuestra crueldad. Si impedimos que obtengan la ciudadanía, tendremos que coexistir con gentes que nos odiarán por nuestra presunción. Si los arruinamos con multas infamantes, tendremos que coexistir con gentes que nos odien por nuestra codicia. Si los expulsamos de sus casas, tendremos que convivir con gentes que nos odien por nuestra insensibilidad. ¿Cuál es la magnitud de ese odio? Mucho más, padres conscriptos, de lo que podemos permitirnos de unas gentes que viven en las mismas tierras que nosotros.

 

—Entonces, abrumémoslos más aún —terció Catulo César en tono de hastío—. Abrumémoslos para que no les quede ningún sentimiento. Es lo que merecen por robar el mejor obsequio que puede ofrecer Roma.

 

—¡Quinto Lutacio, intenta comprenderlo! —suplicó Rutilio Rufo—. ¡Se lo apropian porque no se les concede! Cuando alguien roba lo que juzga que le corresponde, no lo llama robo, sino recuperación.

 

—¿Cómo se puede recuperar lo que en principio no se tiene?

 

—De acuerdo —replicó Rutilio Rufo, dándose por vencido—, he intentado haceros ver la imprudencia de infligir sanciones severas a las gentes entre las cuales vivimos, que habitan al linde de nuestras carreteras, y que constituyen la mayoría del populacho en las zonas en que se hallan nuestras villas campestres y tenemos nuestras fincas, esas gentes que muchas veces cultivan nuestras tierras si no somos lo bastante modernos para emplear mano de obra esclava. No diré nada más respecto a las consecuencias de castigar a los itálicos.

 

—¡Gracias a todos los dioses! —dijo Escipión Nasica con un suspiro. —¡Trataré ahora de las enmiendas sugeridas por nuestro príncipe del

 

Senado… no por Cayo Mario! —dijo Rutilio Rufo, haciendo caso omiso del comentario—. ¡Y permitid que os diga, princeps Senatus, que recoger la ironía de otro para construir la tesis propia no es buena retórica! Si no andáis con más cuidado, la gente empezará a decir que perdéis facultades. En cualquier caso, es comprensible que resulte difícil encontrar palabras conmovedoras y poderosas para exponer algo que no se cree de corazón, ¿no es cierto, Marco Emilio?

 

Escauro, levemente ruborizado, no contestó.

 

—No es costumbre romana institucionalizar la delación pagada, como tampoco es costumbre romana emplear guardaespaldas —prosiguió Rutilio Rufo—. Si comenzamos a hacerlo con arreglo a las cláusulas de la lex Licinia Mucia, estaremos demostrando a nuestros compatriotas itálicos que les tenemos miedo. ¡Demostraremos a nuestros compatriotas itálicos que la lex Licinia Mucia no está hecha para castigar los delitos, sino para aplastar una amenaza potencial denotada por nuestros compatriotas itálicos! ¡Y, por pasiva, demostraremos a nuestros compatriotas itálicos que pensamos que ellos pueden soportarnos mucho mejor de lo que nosotros los soportamos a ellos! Medidas tan severas y medios tan poco romanos como son delatores pagados y guardaespaldas, son señal de un profundo temor y no haremos sino exponer nuestra debilidad, padres conscriptos, Quirites, no nuestra fuerza! Quien se siente realmente seguro no va por ahí con una escolta de ex gladiadores ni mirando hacia atrás cada cuatro pasos. Quien se siente

 

realmente seguro no ofrece una recompensa por información sobre sus enemigos.

 

—¡Bobadas! —replicó con desdén Escauro, príncipe del Senado—. Emplear delatores pagados es de sentido común. Eso aligerará la descomunal tarea de los tribunales especiales, que tendrán que juzgar a decenas de miles de transgresores. ¡Cualquier medio que sirva para abreviar y aligerar el proceso es conveniente! En cuanto a las escoltas armadas, son también de sentido común para impedir las manifestaciones y prevenir disturbios.

 

—¡Escuchad, escuchad! ¡Escuchad, escuchad! —se oyó por toda la Cámara entre aplausos.

 

Rutilio Rufo se encogió de hombros.

 

—¡Ya veo que hablo para oídos sordos… lástima que haya tan pocos de vosotros que sepan leer el movimiento de los labios! Otra cosa más y concluyo. Si empleamos a delatores, diseminaremos una plaga en nuestra querida patria que nos agobiará durante décadas. Será una plaga de espías, pequeños chantajistas, terribles sospechas entre amigos y parientes, pues en toda comunidad hay siempre alguien que, por dinero, hace lo que sea, ¿no es cierto, Lucio Marcio Filipo? Desataremos esa brigada repugnante que trabaja furtivamente en los pasillos de palacio de los reyes extranjeros y que siempre aparece entre las estructuras en los regímenes basados en el miedo o cuando se aprueba una legislación represiva. ¡Os ruego que no deis suelta a ese repugnante ejército! Seamos lo que siempre hemos sido: ¡romanos! Inmunes al miedo y por encima de esos recursos propios de reyes extranjeros. Eso es todo, Lucio Licinio —añadió, sentándose.

 

Nadie aplaudió, aunque se oyeron susurros y ruido de gente rebulléndose, mientras Mario sonreía.

 

Y ya estaba, pensó Marco Livio Druso cuando se cerró la sesión. Era evidente que había triunfado Escauro, príncipe del Senado, y que la que perdía era Roma. ¿Cómo iban a escuchar aquellos oídos sordos a Rutilio Rufo? Cayo Mario y Rutilio Rufo habían hablado con mucho sentido común, un sentido común que casi tiraba de espaldas. ¿Qué expresión había empleado Cayo Mario? Una cosecha de sangre como nunca se había visto.

 

La contrariedad era que casi ninguno de ellos sabía lo que eran los itálicos, salvo por algún negocio o alguna molesta contigüidad. No tienen la menor idea, pensó Druso entristecido, de que todo itálico es una simiente de odio y venganza lista para germinar. Y yo tampoco lo habría sabido de no haber conocido a Quinto Popedio Silo en el campo de batalla.

 

Su cuñado Marco Porcio Catón Saloniano, que estaba sentado en la grada superior, no muy lejos, se abrió paso hasta él y le puso la mano en el hombro.

 

—¿Vuelves a casa conmigo, Marco Livio?

 

Druso miró hacia arriba, sin levantarse, con la boca ligeramente abierta y los ojos obnubilados.

 

—Vete sin mí, Marco Porcio —contestó—; estoy muy cansado y quiero reflexionar.

 

Aguardó a que el último de los senadores hubiera cruzado la puerta e hizo señal a su criado de que recogiera la silla plegable y se fuera a casa sin esperarle. Luego descendió despacio hasta las losas blancas y negras y salió cuando ya los esclavos de la Curia Hostilia comenzaban a barrer las gradas; cuando acabaran la limpieza, cerrarían las puertas por prevención ante la chusma del Subura y se retirarían a las dependencias de esclavos públicos, detrás de las tres domi publici de los sacerdotes flamines.

 

Druso, cabizbajo, cruzó la columnata del pórtico, pensando en cuánto tardarían Silo y Mutilo en enterarse de los acontecimientos de la jornada, convencido en lo más profundo de su ser de que la lex Licinia Mucia, con las enmiendas de Escauro, pasaría el proceso de promulgación y ratificación en el prescrito plazo mínimo de tres días entre mercados. Diecisiete días después Roma contaría con una nueva ley en las tablillas y habría muerto toda esperanza de reconciliación pacífica con los aliados itálicos.

 

Se tropezó con Cayo Mario sin esperárselo. Y sin querer. Retrocedió unos pasos y no supo articular una excusa al ver la fiera mirada de Mario, acompañado de Publio Rutilío Rufo.

 

—Ven a casa con tu tío y conmigo, Marco Livio, y toma una copa de mi excelente vino —dijo Mario.

 

Pese a la sabiduría acumulada en sus sesenta y dos años, Mario no habría podido prever la reacción de Druso a su amable invitación; el terso y oscuro rostro del Livio, en el que ya comenzaban a dibujarse las arrugas, se descompuso y sus ojos se llenaron de lágrimas. Tapándose la cabeza con la toga para ocultar su debilidad, Druso lloró como si fuera el fin del mundo, mientras Mario y Rutilio Rufo se le acercaban tratando de consolarle, musitando torpes frases y dándole palmadas en la espalda. En aquel momento, a Mario se le ocurrió una idea, y metiendo la mano en el sinus de su toga sacó un pañuelo, que introdujo en la improvisada capucha de Druso.

 

Druso tardó un rato en sobreponerse, dejó caer la toga y se volvió hacia ellos.

 

—Ayer murió mi esposa —dijo, entre hipidos.

 

—Lo sabemos, Marco Livio —dijo Mario afectuoso.

 

—¡Creí que me encontraba bien, pero esto es demasiado! Lamento haber dado este espectáculo.

 

—Lo que necesitas es un buen trago de excelente falerno —replicó Mario, adelantándose a descender la escalinata.

 

Efectivamente, un buen trago de aquel vino sin par contribuyó notablememte a que Druso recuperase en parte la normalidad. Mario había mandado traer otra silla a su despacho y los tres tomaron asiento, con los respectivos jarros de vino y de agua a mano.

 

—Bien, lo hemos intentado —dijo Rutilio Rufo con un suspiro.

 

—Puede que no hubiéramos debido molestarnos —gruñó Mario.

 

—No estoy de acuerdo, Cayo Mario —replicó Druso—. La sesión se ha recogido palabra por palabra; vi cómo Quinto Mucio daba instrucciones, y los escribas estuvieron ocupados mientras hablabas y durante la intervención de Escauro y Craso Orator. Así que, en el futuro, cuando se dilucide lo que estaba bien y lo que estaba mal, habrá quien lea lo que dijiste y la posteridad sabrá que no todos los romanos eran unos locos arrogantes.

 

—Supongo que eso puede ser un consuelo, aunque habría preferido que todos hubiesen rechazado las últimas cláusulas de la lex Licinia Mucia —

 

dijo Rutilio Rufo—. ¡Lo malo es que todos viven entre itálicos y es como si no los conocieran!

 

—Es muy cierto —asintió Druso, dejando la copa en la mesa para que Mario volviera a llenársela—. Habrá guerra —añadió lacónico.

 

—¡No, guerra, no! —se apresuró a decir Rutilio Rufo.

 

—Sí, la habrá. A menos que haya alguien capaz de bloquear esa ley y consiga el sufragio de toda Italia —replicó Druso, dando un sorbo—. Sobre el cadáver de mi esposa —añadió, con los ojos de nuevo bañados en lágrimas— he jurado no tener nada que ver con ese falso registro de ciudadanos itálicos, pero en cuanto me enteré de que se había producido, supe quién lo había organizado. Han sido los dirigentes de todos los pueblos itálicos, no exclusivamente mi amigo Silo y su amigo Mutilo. Y ni por un momento he pensado que hayan imaginado que podían salirse con la suya. No, creo que lo han hecho como último recurso para que Roma vea lo acuciante que es implantar el sufragio universal en Italia. ¡Y os digo que la guerra es inevitable!

 

—No están organizados para emprender una guerra —dijo Mario. —Quizá te lleves una desagradable sorpresa —contestó Druso—. De

 

dar crédito a las observaciones que a veces me ha hecho Silo, y creo que hay que dárselo, hace ya años que vienen hablando de ir a la guerra. Desde Arausio cuando menos. No tengo pruebas, lo digo únicamente basándome en mi conocimiento de la clase de hombre que es Quinto Popedio Silo. Y sabiendo la clase de hombre que es, creo que ya deben estar materialmente preparados para la guerra. Los niños han crecido, y en cuanto cumplen diecisiete años los ponen a hacer instrucción militar. Y con toda lógica. ¿Quién va a decirles nada porque quieran que sus jóvenes estén preparados para el día en que Roma los reclame? ¿Quién puede desmentirles si dicen que las armas y los pertrechos que están acumulando son para cuando Roma les exija las legiones de tropas auxiliares?

 

Mario apoyó los codos en el escritorio y lanzó un gruñido.

 

—Muy cierto, Marco Livio. Espero que te equivoques, porque una cosa es luchar contra bárbaros o extranjeros con las legiones romanas, pero si tenemos que combatir a los itálicos deberemos de enfrentarnos a guerreros

 

tan entrenados como nosotros. Los itálicos serán un terrible enemigo, como ya lo fueron otrora. ¡Recordad cómo nos derrotaban los samnitas! Al final vencimos, pero el Samnio es tan sólo una parte de Italia. Una guerra contra toda Italia puede ser nuestro final.

 

—Es lo que yo pienso —dijo Druso.

 

—Entonces, lo mejor es que comencemos a tratar de formar un grupo que presione a favor de una integración pacífica de los itálicos en el Estado romano —dijo Rutilio Rufo, decidido—. Si es eso lo que quieren, debemos dárselo. Nunca he sido partidario incondicional de la emancipación total en Italia, pero soy razonable; y si como romano no lo apruebo, como patriota tengo que hacerlo. Una guerra civil sería nuestra ruina.

 

—¿Estás completamente seguro de lo que has dicho? —preguntó Mario a Druso, con voz sombría.

 

—Totalmente seguro, Cayo Mario.

 

—Entonces creo que debes salir de viaje lo antes posible para hablar con Quinto Silo y Cayo Mutilo —dijo Mario, expresando en voz alta su criterio— para tratar de convencerlos, y a los otros itálicos mediante ellos, de que, a pesar de la lex Licinia Mucia, no está irrevocablemente cerrada la puerta a la ciudadanía generalizada. Si se están preparando para la guerra, no podrás disuadirlos para que interrumpan los preparativos, pero podrás convencerlos de que una guerra es un último recurso tan horrible, que acepten esperar. Y que esperen y esperen. Entretanto debemos demostrar en el Senado y la Comitia que un grupo de los nuestros está decidido a propugnar la emancipación general de todos los itálicos. Y tarde o temprano, Marco Livio, tendremos que encontrar un tribuno de la plebe que quiera consagrar su vida a una legislación encaminada a convertir toda Italia en romana.

 

—Yo seré ese tribuno de la plebe —dijo Druso con firmeza. —¡Magnífico! Nadie podrá acusarte de ser un demagogo o de tratar de

 

ganarte a la tercera y cuarta clases. Estarás muy por encima de la edad habitual de un tribuno de la plebe y, en consecuencia, te verán como alguien maduro y responsable. Eres hijo de un censor sumamente conservador, y la

 

única tendencia liberal que tienes es tu bien sabida simpatía por la causa itálica —dijo Mario, complacido.

 

—Pero aún no —dijo con firmeza Rutilio Rufo—. ¡Hay que esperar, Cayo Mario! Primero hay que formar un grupo influyente y asegurarnos el apoyo de la comunidad romana… y eso va a llevarnos varios años. No sé si lo has advertido, pero hoy la multitud del exterior de la Curia Hostilia me demostró lo que siempre he sospechado: que la oposición a la emancipación de los itálicos no se da exclusivamente entre las clases dirigentes, sino que es un asunto en el que se produce unanimidad entre todos los romanos, desde la cúspide social hasta el capite censii y en el que, si no me equivoco, los ciudadanos con derecho latino están también de parte de Roma.

 

—Es el deseo de privilegio que tienen todos —dijo Mario, asintiendo con la cabeza—: quieren tener más categoría que los itálicos. Yo creo que es muy posible que ese sentimiento de superioridad esté más arraigado entre las clases bajas que entre la élite. Tendremos que reclutar a Lucio Decumio.

 

—¿Lucio Decumio? —inquirió Druso, enarcando las cejas.

 

—Es un conocido mío de muy baja extracción —contestó Mario sonriente—. Pero tiene gran ascendiente entre los de su nivel y es un rendido servidor de mi cuñada Aurelia. Yo procuraría enrolarla a ella para que, a su vez, le capte.

 

—Dudo mucho que tengas suerte con Aurelia —dijo Druso frunciendo el entrecejo—. ¿No has visto a su hermano mayor, Lucio Aurelio Cota, en la parte superior de la grada próxima al pretor? No hacía más que vitorear y aplaudir con los demás, igual que su tío Marco Aurelio Cota.

 

—Tranquilízate, Marco Livio, ella no es ni con mucho tan aferrada a la tradición como sus familiares —dijo Rutilio Rufo—. Esa joven piensa por sí misma y está unida por matrimonio a una de las ramas más heterodoxas y radicales de la familia de Julio César. La ganaremos para la causa, pierde cuidado. Y mediante ella lograremos enrolar a Lucio Decumio.

 

Se oyó llamar levemente a la puerta y entró Julia ataviada con vaporosas vestiduras de finísimo lino adquiridas en Cos. Igual que Mario, estaba muy bronceada y saludable.

 

—Marco Livio, querido amigo —dijo acercándose a abrazarle por detrás de la silla e inclinándose a darle un beso en la mejilla—, no quiero amilanarte con sensiblerías, pero quiero que sepas cuánto lo he sentido y decirte que aquí siempre serás bien acogido.

 

Era tan plácida su presencia y tan fuerte la simpatía que irradiaba, que Druso se sintió profundamente consolado y más bien animado por aquel pésame.

 

—Te lo agradezco, Julia —dijo, poniéndose en pie para besarle la mano. Julia se sentó en la silla que le arrimó Rutilio Rufo y aceptó una copa de vino ligeramente aguado, con pleno convencimiento de que era bien recibida en aquel grupo de varones, aunque se daba perfecta cuenta de que

 

la conversación había sido profunda y seria.

 

—La lex Licinia Mucia, ¿no? —comentó.

 

—Eso es, mel —contestó Mario, mirándola apasionadamente y más enamorado que cuando se había casado con ella—. Pero de momento no hemos podido hacer más. Ya hablaremos luego de ello, creo que te necesitaré.

 

—Haré lo que esté en mi mano —dijo ella, asiendo a Druso por el brazo y echándose a reír—. ¡Marco Livio, indirectamente has interrumpido nuestras vacaciones!

 

—¿Cómo es posible que haya hecho semejante cosa? —inquirió Druso sonriente.

 

—La culpa es mía —dijo Rutilio Rufo, con expresión perversa, conteniendo la risa.

 

—Por supuesto —añadió Julia, dirigiéndole una mirada furibunda—. Marco Livio, tu tío nos escribió a Halicarnaso en enero diciéndonos que su sobrina acababa de divorciarse por adulterio al dar a luz un niño pelirrojo.

 

—Y es cierto —contestó Druso, aún más sonriente.

 

—Sí, pero el problema es que tiene otra sobrina… ¡Aurelia! Aunque puede que no lo sepas, circulaba cierto rumor en la familia a propósito de su amistad con cierto pelirrojo que ahora está de primer legado con Tito Didio en la Hispania Citerior. Así que, al leer el críptico comentario de tu tío, mi esposo pensó que se refería a Aurelia. Y yo me empeñé en regresar, porque

 

habría apostado la cabeza a que lo único que unía a Aurelia con Lucio Cornelio Sila era una buena amistad. ¡Y cuando llegamos aquí me enteré de que nos habíamos estado preocupando por la sobrina que no era! Publio Rutilio nos la jugó bien —añadió, riendo otra vez.

 

—Os echaba de menos —dijo Rutilio Rufo.

 

—Las familias son a veces una pesadez —dijo Druso—. Pero tengo que admitir que Marco Porcio Catón Saloniano es un hombre mucho más agradable que Quinto Servilio Cepio. Y Livia Drusa es feliz.

 

—Entonces todo va bien —dijo Julia.

 

—Sí, todo va bien —corroboró Druso.

 

 

 

Quinto Popedio Silo estuvo viajando de un lugar a otro durante los días que transcurrieron entre la primera sesión sobre la lex Licinia Mucia y su aprobación prácticamente por unanimidad del voto de las tribus en la Asamblea del Pueblo. Así, fue por boca de Cayo Papio Mutilo que Silo lo supo al llegar a Bovianum.

 

—Entonces, es la guerra —dijo muy serio a Mutilo.

 

—Me temo que sí, Quinto Popedio.

 

—Hay que convocar un consejo de dirigentes nacionales.

 

—Ya está en marcha.

 

—¿Dónde?

 

—Donde a los romanos nunca se les ocurrirá pensar —contestó Papio Mutilo—. En Grumentum, dentro de diez días.

 

—¡Estupendo! —exclamó Silo—. La Lucania interna es un lugar del que no se les ocurrirá sospechar; allí no hay terratenientes romanos ni latifundia a menos de un día a caballo desde Grumentum.

 

—Y lo que es más importante, tampoco residentes romanos.

 

—¿Y cómo nos guardaremos de algún viajero romano que pudiera aparecer? —inquirió Silo, arrugando el entrecejo.

 

—Marco Lamponio lo tiene todo previsto —dijo Mutilo, con una leve sonrisa—. Lucania es una región de bandoleros y cualquier viaJero romano

 

que se aventure caerá en sus manos. Una vez concluido el consejo, Marco Lamponio se cubrirá de gloria liberándolos sin rescate.

 

—¡Muy acertado! ¿Cuándo piensas emprender viaje?

 

—Dentro de cuatro días —contestó Mutilo, agarrándole del brazo y sacándole a pasear por el jardín con columnata de su elegante casa. Al igual que Silo, Mutilo era un hombre de buena posición, cultivado y con buen gusto—. Quinto Popedio, dime qué tal te ha ido en ese viaje por la Galia itálica.

 

—He visto que las cosas están por el estilo a como me las expuso Quinto Servilio Cepio hace dos años y medio —contestó Silo con satisfacción—. Hay una serie de bonitos asentamientos diseminados por el curso del río Medoacus después de Patavium y en el Sontius y el Natiso a partir de Aquileia. Envían el mineral de hierro por tierra desde la región de Noricum próxima a Norcia, aunque en su mayor parte el transporte se hace por barco, por un brazo navegable del Dravus, para cruzar luego la cuenca hasta el Sontius y el Tiliaventus, desde donde sigue también por barco hasta su destino final. Los asentamientos situados en los cursos más altos de los ríos se dedican a elaborar carbón, que envían por barco hasta los centros productores de hierro. Me hice pasar por praefectus fabrum romano en mi viaje por la región y pagué en metálico, por lo que nadie me negó su colaboración. Pagué bien para asegurarme de que trabajan con denuedo para servir el pedido, y como resultó que yo era el primer cliente serio que tenían, están muy satisfechos de hacerme armas y corazas en exclusiva.

 

—¿Estás seguro de que ha sido prudente fingirte praefectus fabrum romano? —inquirió Mutilo con gesto de preocupación—, ¿Y si les llega un auténtico praefectus fabrum? Se darán cuenta de que has sido un falsario e informarán a Roma.

 

—Pierde cuidado, Cayo Papio, he cubierto mis pistas concienzudamente —replicó Silo impasible—. Ten en cuenta que gracias a mí, esos nuevos asentamientos no necesitan buscar negocio. Los pedidos romanos van a localidades ya establecidas, como Pisae y Populonia, mientras que, enviados desde Patavium y Aquileia, nuestras armas viajarán por el Adriático hasta puertos itálicos que no utilizan los romanos. Ningún romano

 

podrá husmear esos cargamentos, y menos imaginar que la Galia itálica del este se dedica al comercio de armas. La actividad romana se efectúa en el oeste, en el mar toscano.

 

—¿Y en la Galia itálica hay más capacidad de producción?

 

—¡Por supuesto! Cuanta más actividad haya, más herreros se irán estableciendo. Hay que decir en favor de Quinto Servilio Cepio que ha organizado un buen negocio.

 

—¿Y qué me dices de Cepio? ¡El no es amigo de los itálicos!

 

—Pero es cauteloso —replicó Silo sonriente—, y no forma parte de sus planes hablar en Roma de sus negocios, él simplemente intenta esconder el oro de Tolosa en diversos lugares remotos. Y trabaja bien a cubierto del escrutinio senatorial, lo que significa que no va a estar constantemente encima de todo, con excepción de los libros de contabilidad de vez en cuando, ni va a visitar los asentamientos con frecuencia. Me sorprendió al demostrar semejante talento; su sangre es de mucha mejor calidad que su cerebro en cualquier otra circunstancia. ¡No, no hay que preocuparse por Quinto Servilio Cepio! Mientras los sestercios sigan tintineando en sus bolsas, se mantendrá tranquilo y feliz.

 

—Entonces, lo que tenemos que hacer ahora es encontrar más dinero — dijo Mutilo, rechinando los dientes—. ¡Por todos los dioses tradicionales itálicos, Quinto Popedio, yo y mi pueblo veríamos con gran satisfacción el final de Roma y los romanos!

 

Pero al día siguiente Mutilo tendría que sufrir la presencia de un romano, pues a Bovianum llegó el propio Marco Livio Druso, siguiendo los pasos de Silo y cargado de noticias.

 

—El Senado ha comenzado ya a echar suertes para formar equipos de jueces para esos tribunales extraordinarios —dijo Druso, inquieto por hallarse en una región como Bovianum, que, por tradición, era un foco de insurrección, y temiendo que alguien le hubiese visto llegar.

 

—¿Van de verdad a aplicar la lex Licinia Mucia en toda su amplitud? — inquirió Silo, sin acabar de creérselo.

 

—Así es —contestó Druso, taciturno—. He venido a decirte que tienes unos seis intervalos de mercado para hacer lo que puedas para prevenir el

 

golpe. Este verano estarán ya en marcha los quaecstiones, y toda localidad en que se establezca un quaestio la llenarán de bandos con promesas de privilegios y recompensas monetarias para quienes faciliten información. Habrá no pocos infames deseosos de ganarse cuatro, ocho o doce mil sestercios, y te aseguro que muchos harán una fortuna. Es una desgracia, de acuerdo, pero la asamblea del Pueblo aprobó esa maldita ley casi por unanimidad.

 

—¿Dónde estará situado el tribunal más cercano a mi casa? —inquirió muy serio Mutilo.

 

—En Aesernia. En cualquier caso habrá un tribunal regional en una colonia romana o con derechos latinos.

 

—No se atreverían a situarlo en ningún otro sitio.

 

Se hizo un silencio durante el cual ni Mutilo ni Silo dijeron nada de la guerra, lo cual alarmó a Druso más que si lo hubieran expresado abiertamente. Sabía que en varias ocasiones los había sorprendido hablando de conjuras, pero había sido por azar y él era un romano demasiado leal para participar en conjuras y demasiado buen amigo de Silo para entrometerse en ellas. Por eso no dijo nada y decidió hacer lo que debía sin menoscabo de su patriotismo.

 

—¿Qué sugieres que hagamos? —inquirió Mutilo.

 

—Ya os digo, lo que podéis hacer es intentar aminorar el golpe. Convenced a los que viven en colonias o municipios romanos o latinos para que abandonen inmediatamente su domicilio si se han inscrito como ciudadanos romanos sin tener derecho. No querrán abandonarlos, pero vosotros debéis convencerlos, porque si no se marchan los azotarán, los multarán y los desahuciarán —contestó Druso.

 

—¡No pueden hacer eso! —exclamó Silo apretando los puños—. Marco Livio, hay muchos de esos llamados espúreos y Roma debe ser consciente de la cantidad de enemigos que se creará si aplica severamente la ley. Una cosa es azotar aquí y allá a un par de itálicos y otra hacerlo masivamente en aldeas y pueblos. ¡Están locos! ¡Te juro que la gente no se someterá!

 

Druso se llevó las manos a los oídos y meneó la cabeza.

 

—¡No, Quinto Popedio, no me lo digas! ¡Te ruego que no me digas una palabra que pueda imputárseme como traición! ¡Aún soy romano! Créeme que únicamente he venido por ayudaros en la medida de lo posible, pero no me impliquéis en nada que yo sinceramente creo que va a ser inútil, os lo ruego. Haced que salgan de sus hogares esos falsos ciudadanos porque si no los descubrirán. Y hacedlo ahora que aún pueden salvar algo de lo que han ganado viviendo entre romanos o latinos. No importa que todos vean que se marchan con tal de que se dirijan lo más lejos posible para que no los detengan. La milícia armada será escasa y estará más que ocupada protegiendo a los jueces para dedicarse a perseguir culpables. Una de las cosas en que podéis confiar es en la tradicional reticencia del Senado a gastar dinero, que en las actuales circunstancias os es favorable. ¡Que los vuestros huyan! Y aseguraos de que se pagan todos los tributos itálicos, no permitáis que nadie deje de pagarlos porque no se otorgue la ciudadanía romana.

 

—Así lo haremos —aseguró Mutilo, quien, como samnita, conocía las terribles venganzas romanas—. Traeremos a nuestras gentes a nuestro país y los ayudaremos.

 

—Bien —dijo Druso—. Con eso se reducirá el número de represaliados. No puedo quedarme aquí —añadió nervioso moviendo las manos—, tengo que irme antes de mediodía para estar antes del anochecer en Casinum, que es un lugar más adecuado que Bovianum para un Livio Druso. En Casinum tengo una casa.

 

—¡Pues, ve, ve! —añadió Silo, nervioso—. Por nada del mundo quisiera que te acusaran de traición, Marco Livio. Has demostrado ser un buen amigo y te estamos agradecidos.

 

—Me iré sin tardanza —contestó Druso, esforzándose por sonreír—, pero primero quisiera que me dieseis palabra de que no recurriréis a la guerra mientras quede otra alternativa. No he perdido la esperanza de una solución pacífica y ahora cuento con algunos poderosos aliados en el Senado. Cayo Mario ha vuelto del extranjero y mi tío Publio Rutilio Rufo también trabaja por vuestra causa. Yo os juro que dentro de pocos años me presentaré al cargo de tribuno de la plebe y a través de la Asamblea plebeya

 

obtendré la emancipación general de todos los itálicos. Pero ahora es imposible; primero tenemos que hacer que prospere la idea en Roma y entre los de nuestra clase. Sobre todo entre los caballeros. Puede que la lex Licinia Mucia os sea en definitiva más favorable que adversa. Nosotros pensamos que cuando se comprueben sus efectos, muchos romanos simpatizarán con los itálicos. Lamento que vaya a crear héroes de vuestra causa del modo más arduo y penoso, pero héroes serán y, finalmente, los romanos lamentarán el quebranto que os hacen. Os lo juro.

 

Silo le acompañó hasta el caballo, un animal de refresco de los establos de Mutilo, y vio que iba sin escolta.

 

—¡Marco Livio, es peligroso cabalgar en solitario! —le advirtió Silo. —Más peligroso sería que viajara con alguien, aunque fuese un esclavo,

 

porque la gente habla y no puedo permitirme el lujo de darle a Cepio ocasión de acusarme de haber venido a Bovianum para participar en una conspiración —dijo Druso, aceptando la ayuda que le ofrecía para montar.

 

—A pesar de que ninguno de los dirigentes nos inscribimos como ciudadanos, no me aventuro a ir a Roma —dijo Silo, levantando la vista hacia su amigo, en cuya cabeza el sol formaba un halo.

 

—Por supuesto que no —contestó Druso con una mueca—. Para empezar, tengo un delator en mi casa.

 

—¡Por Júpiter! ¡Espero que le crucifiques!

 

—Desgraciadamente, Quinto Popedio, no tengo más remedio que aguantarme porque se trata de mi sobrina Servilia, de nueve años, hija de Cepio, y que ha salido al padre. —Pese a que su rostro estaba a contraluz, se vio claramente cómo enrojecía—. Descubrimos que entró en tu habitación durante la última visita y por ello Cepio pudo dar el nombre de Cayo Papio como uno de los instigadores de la inscripción masiva, figúrate. Explícaselo para que él aprecie también cómo nos divide esta prueba a todos los que vivimos en Italia. Los tiempos han cambiado, y ya no se trata en verdad de Samnium contra Roma. A lo que debemos aspirar es a una unión pacífica de todos los pueblos de la península. Si no, no progresará Roma ni las naciones itálicas.

 

—¿Y no puedes enviar a esa mocosa con su padre? —inquirió Silo.

 

—Él no la quiere ni ver, aunque haya traicionado a mis huéspedes — contestó Druso—. La tengo encerrada y vigilada, pero siempre cabe la posibilidad de que se escape y vaya a contarle algo. Así que no vengas a Roma ni te acerques a mi casa. Si necesitas verme urgentemente, envíame un mensajero y nos veremos en cualquier sitio fuera de la ciudad.

 

—De acuerdo —respondió Silo, con la mano alzada para palmear al caballo en la grupa—. Mis mejores recuerdos a Livia Drusa, Marco porcio y, naturalmente, a Servilia Cepionis.

 

El dolor inundó el rostro de Druso justo en el momento en que Silo palmeteaba al caballo y éste echaba a andar.

 

—¡Hace tiempo que murió! —gritó por encima del hombro—. ¡No sabes cómo la echo de menos!

 

Los quaestiones previstos por la lex Licinia Mucia fueron estableciéndose en Roma, Spoletium, Cosa, Firmum Picenum, Aesernia, Alba Fucentia, Capua, Rhegium, Luceria, Paestum y Brundisium, con la provisión de que en cuanto todas aquellas regiones hubiesen sido revisadas, los respectivos tribunales se trasladaran a otra localidad.

Sólo el Lacio quedó sin tribunal; dado que las tierras de los marsos se consideraban tierras importantes, aquella región fue adscrita a la de Alba Fucentia.

 

Pero, en términos generales, los dirigentes itálicos que se habían reunido en Grumentum siete días después de la visita de Druso a Silo y Mutilo en Bovianum consiguieron hacer huir a los falsos ciudadanos de todas las colonias y ciudades romanas y latinas. Hubo, desde luego, quienes se resistieron a creer que sufrirían represalias, así como otros que quizá pensaron que tenían demasiada influencia y no necesitaban huir. Sobre éstos cayó toda la furia de los quaestiones.

 

Cada tribunal, aparte del presidente de rango consular y los dos senadores jueces, disponía de un equipo de administrativos, doce lictores (al presidente se le había conferido imperium proconsular) y una escolta armada a caballo compuesta de cien milicianos escogidos entre los

 

veteranos licenciados de la caballería y antiguos gladiadores capaces de montar y poner un caballo al galope.

 

Los jueces habían sido elegidos a suertes. El azar no recayó ni en Cayo Mario ni en Publio Rutilio Rufo; lo que no era de sorprender ya que sus canicas de madera no debieron introducirse en los jarros sellados y llenos de agua. Por consiguiente, cuando se les hizo girar como peonzas, ¿cómo iban a salir las bolas por el pitorro?

 

A Quinto Lutacio Catulo César le tocó en suerte Aesernia, a Cneo Domicio Ahenobarbo, pontífice máximo, Alba Fucentia; ninguna localidad para Escauro, príncipe del Senado, pero Cneo Cornelio Escipión Nasica obtuvo Brundisium, una ciudad que no le gustaba lo más mínimo. Metelo Pío el Meneítos y Quinto Servilio Cepio eran de los jueces más jóvenes, igual que el cuñado de Druso, Marco Porcio Catón Saloníano. Al propio Druso tampoco la suerte le deparó ninguna localidad, lo que le causó profundo placer, ya que se habría visto obligado a declarar al Senado que su conciencia le impedía acatar tal cometido.

 

—Han metido la pata —le comentó Mario—, porque si hubiesen tenido el sentido común que se les supone congénito se habrían asegurado de que te tocaba algún tribunal y te habrían obligado a declarar en público lo que sientes, ¡poniéndote en un buen compromiso en las actuales circunstancias!

 

—Pues me alegro de que no tengan ese buen sentido que se les supone por nacimiento —dijo Druso con un suspiro de alivio.

 

A Marco Antonio Orator el Censor le tocó en suerte la presidencia del quaestio de la ciudad de Roma, cosa que le encantó, ya que sabía que los infractores serían más difíciles de descubrir que en las zonas rurales y a él le gustaban las complicaciones. Así, además, podía confiar en ganar millones de sestercios en multas, gracias a los delatores, que ya comenzaban a moverse por todas partes con largas listas de nombres.

 

La caza varió notablemente de un lugar a otro. A Catulo César, Aesernia no le gustó en absoluto: era una ciudad situada en el centro del Samnio en la que Mutilo había logrado convencer a casi todos los culpables para que huyeran, los ciudadanos romanos y residentes latinos no tenían información que ofrecer y a los samnitas era imposible inducirlos a traicionar a los suyos

 

por mucho dinero que se les ofreciera. De todos modos, los pocos que no huyeron fueron juzgados sumariamente para dar ejemplo (al menos con arreglo a las ideas de Catulo César), y el presidente dio en su escolta con un individuo particularmente brutal que efectuaba las flagelaciones. No obstante, las sesiones eran aburridas, pues el protocolo estipulaba que se leyeran los nombres de los nuevos ciudadanos inscritos en el censo y se tardaba en verificar que cada uno de esos nombres correspondía a alguien que ya no vivía en Aesernia. Cada tres o cuatro días aparecía alguno de los que no habían huido, y eran esas ocasiones las que Catulo César ansiaba. Como no carecía de valor, hacía caso omiso de las numerosas ofensas, los silbidos y abucheos con que le recibían por doquier y los pequeños sabotajes de que eran objeto él y sus dos jueces, los escribas y los lictores y hasta los milicianos de su escolta. Las cinchas de las sillas de montar saltaban de repente Y los jinetes caían al suelo, el agua solía estar misteriosamente sucia, en las habitaciones campaban todos los bichos y arañas de Italia, salían serpientes de arcas, aparadores y sábanas, tropezaban por doquier con muñecos togados ensangrentados y emplumados, así como pollos y gatos muertos; y los casos de envenenamiento alimentario se hicieron tan frecuentes, que el presidente del tribunal se vio obligado a forzar a los esclavos a probar la comida horas antes de servirla y a poner vigilancia constante a las vituallas.

 

Curiosamente, Cneo Domicio Ahenobarbo, pontífice máximo, en Alba Fucentia resultó un presidente alentador. Allí, igual que en Aesernia, la mayoría de los culpables habían huido y el tribunal tardó seis días de sesiones en dar con su primera víctima. Nadie le delató, pero el hombre era bastante acomodado para poder pagar la multa y mantuvo la cabeza bien alta mientras Ahenobarbo ordenaba la inmediata confiscación de sus propiedades en Alba Fucentia. Como el miliciano encargado de aplicar los azotes disfrutara con su tarea, el presidente del tribunal, pálido, ordenó que cesara la flagelación al ver que la sangre salpicaba a los que estaban a diez pasos de la víctima. Cuando apareció otro culpable, fue otro quien le flageló, pero con tanta delicadeza que el castigado casi no sufrió laceraciones. Por otra parte, Ahenobarbo, pontífice máximo, descubrió su

 

insospechada repulsa por los delatores, que no fueron muchos, aunque los hubo particularmente repugnantes, quizá por lógica. No podía hacer nada para negarles la recompensa, pero optó por someterlos a tan extenso y desagradable interrogatorio respecto a su propia ciudadanía, que los chivatos dejaron de comparecer. En cierta ocasión en que un falso ciudadano denunciado resultó tener tres hijos deformes y retrasados mentales, Ahenobarbo pagó a escondidas la multa por su cuenta y se negó impertérrito a expulsarle de la ciudad en donde sus desgraciados hijos tenían mejor vida que la que habrían llevado en el campo.

 

Así, mientras que en el Samnio se escupía con desprecio a la sola mención del nombre de Catulo César, en Alba Fucentia, Ahenobarbo, pontífice máximo, se granjeó bastantes simpatías y los marsos recibieron mejor trato que los samnitas. En cuanto a los otros tribunales, hubo presidentes crueles, presidentes aceptables y presidentes que emularon a Ahenobarbo. Pero el odio crecía y las víctimas de la ley fueron tan numerosas que se creó un aglutinante entre los itálicos para sacudirse el yugo de Roma aun a costa de perder la vida. Ninguno de los tribunales tuvo valor para enviar a la milicia a las zonas rurales a buscar a los que habían escapado de las ciudades.

 

El único juez que tuvo problemas legales fue Quinto Servilio Cepio, a quien se le había asignado el tribunal de Brundisium. Aquel sofocante y polvoriento puerto de mar desagradó tanto a Cneo Escipión Nasica al llegar, que una enfermedad sin importancia (que, para deleite de la población, después se supo que eran hemorroides) le obligó a volver apresuradamente a Roma para el tratamiento. Dejó el quaestio en manos de Cepio como presidente y de ayudante nada menos que a Metelo Pío el Meneítos. Como en casi todas las localidades, los culpables habían huido antes de que se estableciera el tribunal. No abundaban los delatores. Se leyó la lista de nombres y no aparecían los nombrados, en tanto los días se sucedían infructuosamente; hasta que un delator presentó lo que parecían pruebas irrefutables contra uno de los ciudadanos romanos más respetados de Brundisium. Este hombre no formaba parte de los que habían acudido a la inscripción masiva, pero el delator afirmó que la usurpación ilegal de la

 

ciudadanía databa, en su caso, de veinte años atrás. Tan minucioso como un perro que desentierra comida putrefacta, Cepio quiso dar ejemplo y llegó al extremo de someterle a interrogatorio bajo tortura. Metelo Pío tuvo miedo y protestó, pero Cepio no quiso escucharle, tan convencido estaba de la culpabilidad de aquel ostensible pilar de la comunidad. Pero después se adujeron pruebas que no dejaban lugar a dudas de que el hombre era lo que afirmaba ser: un ciudadano romano acomodado. Hecho lo cual, fue él quien denunció a Cepio, quien inmediatamente se puso en camino hacia Roma y logró con un inspirado discurso de Craso Orator su absolución; pero bajo ningún concepto pudo regresar a Brundisium, y fue Cneo Escipión Nasica quien, entre maldiciones para los Servilios Cepiones, se vio obligado a ocupar su lugar. Para Craso Orator, obligado a asumir la defensa de una persona a la que detestaba, el hecho de haber ganado el pleito fue un magro consuelo.

 

—Hay veces, Quinto Mucio —comentó a su primo y buen colega Escévola— en que desearía que hubiesen elegido cónsules a otros.

 

 

Por aquellos días, Publio Rutilio Rufo escribía a Lucio Cornelio Sila en la Hispania Citerior, en contestación a una misiva que le había llegado del primer legado, sediento de noticias, en la que le pedía un diario de los acontecimientos de Roma. Petición que Rutilio Rufo se aprestó a cumplir de buena gana.

 

Te juro, Lucio Cornelio, que no tengo ningún amigo en el extranjero a quien molestar con una sola línea. Es un placer poder escribirte y prometo mantenerte bien informado de lo que suceda.

 

Para empezar, te contaré lo de los quaestiones extraordinarios de la más famosa ley promulgada en muchos años, la lex Licinia Mucia. Resultó tan peligrosa e impopular para quienes los formaban hacia finales de verano, que no había nadie vinculado a ellos que no anhelase una excusa para detener las averiguaciones. De pronto, afortunadamente, se encontró milagrosamente un pretexto. Los salassi, los brenos y los rhaeti comenzaron

 

a hacer incursiones en la Galia itálica en la otra orilla del río Padus, causando algún estrago entre el lago Benacus y el valle de los salassi, es decir, la zona central y occidental de la Galia itálica, a la otra orilla del Padus. El Senado declaró inmediatamente el estado de emergencia, derogando el enjuiciamiento de los falsos ciudadanos, y todos los jueces especiales regresaron a Roma, profundamente agradecidos por el respiro. Y, quizá en represalia, votó enviar nada menos que al pobre Craso Orator a la Galia itálica con un ejército para aplastar la sublevación de las tribus o cuando menos expulsarlas de las zonas civilizadas. Lo que Craso Orator hizo con suma eficacia durante una campaña que ha durado menos de dos meses.

 

Craso Orator llegó hace pocos días a Roma y dejó su ejército en el Campo de Marte, porque dice que sus tropas le habían aclamado como imperator en el campo de batalla y quería celebrar un triunfo. Su primo Quinto Mucio Escévola, que se había quedado en Roma gobernando, recibió la petición del general acampado e inmediatamente convocó una reunión del Senado en el templo de Bellona, ¡Pero no se discutió el triunfo solicitado!

 

«¡Tonterías! —dijo tajante Escévola—. ¡Tonterías absurdas! ¿Un triunfo por una campaña meona contra unos miles de salvajes desorganizados? ¡No se hará mientras yo ocupe la silla curul de cónsul! Si concedimos un solo triunfo compartido a dos generales del calibre de Cayo Mario y Quinto Lutacio Catulo César, ¿vamos ahora a hacer lo contrario otorgando un triunfo completo a quien no ha conducido una guerra y menos aún ganado una batalla? ¡No! ¡Nada de triunfo! Jefie de lictores, id a decir a Lucio Licinio que conduzca sus tropas a los cuarteles de Capua y que cruce el pomerium con su gruesa humanidad y haga algo útil para variar!»

 

¡Huy, huy, huy! Yo diría que Escévola se había caído de la cama o que su esposa le había echado de ella, que viene a ser lo mismo. En fin, Craso Orator licenció a sus tropas y cruzó con su gorda figura el pomerium, pero no para ser útil por una vez. Lo único que le movía era el deseo de hablar

 

largo y tendido con su primo Escévola. Pero le echaron con cajas destempladas.

«¡Bobadas!», dijo Escévola inflexible. ¿Sabes, Lucio Cornelio, que hay veces que Escévola me recuerda notablemente al príncipe del Senado Escauro de joven? «Por mucho afecto que te tenga, Lucio Licinio, no pienso aprobar tu casi-triunfo», le replicó Escévola.

 

El resultado de esta alharaca es que los primos no se dirigen la palabra, lo que hace bastante difícil actualmente la vida en el Senado, dado que los dos comparten el consulado. De todos modos, yo he conocido cónsules que se llevaban mucho peor el uno con el otro. Todo lo arreglará el tiempo. Personalmente, considero que es una lástima que no hubieran dejado de hablarse antes de idear la lex Licinia Mucia.

 

Y después de contarte estas tonterías, ya no tengo más noticias de Roma. El Foro está muy poco animado estos días.

 

No obstante, creo que debes saber que en Roma se han sabido grandes cosas de ti. Tito Didio —siempre supe que era un hombre honorable— te menciona en elogiosos términos cada vez que envía un despacho al Senado.

 

Por consiguiente, yo te sugeriría muy seriamente que consideres el regreso a la ciudad hacia fines del año próximo, a tiempo para presentarte a las elecciones de pretor. Puesto que hace años que murió Metelo Numídico el Meneitos, y que Catulo César, Escipión Nasica y Escauro, príncipe del Senado, están muy ocupados tratando de dar vida a la lex Licinia Mucia a pesar de todos los inconvenientes que ha generado, nadie se interesa mucho por Cayo Mario, ni por las personas y circunstancias vinculadas a él en el pasado. Los electores están predispuestos a votar a hombres competentes, y en este momento parece haber escasez de ellos. Lucio Julio César no ha tenido dificultades para que le eligieran praetor urbanus este año, y el hermanastro de Aurelia, Lucio Cota, es praetor peregrinus. Creo que tu consideración pública es mucho mayor que la de ellos, de verdad. Y no creo que Tito Didio te niegue el permiso, pues le has servido mucho más de lo que un primer legado sirve a su comandante; el otoño que viene hará cuatro años, una buena tarea.

 

En fin, piénsalo, Lucio Cornelio. He hablado con Cayo Mario y le entusiasma la idea, al igual que —¡lo creas o no!— a nada menos que Marco Emilio Escauro, príncipe del Senado. El nacimiento de un niño que es su vivo retrato ha hecho cambiar bastante al viejo. Aunque no sé por qué llamo viejo a un hombre de mi edad.

 

Sentado en su despacho de Tarraco, Sila absorbió despacio la jovial carta. La noticia de que Cecilia Metela Dalmática hubiese dado un hijo a Escauro fue la que primero ocupó su mente, con la total exclusión de las otras noticias y opiniones más importantes de Rutilio Rufo, hasta que sonrió amargamente y desechó el recuerdo de la joven. Luego reflexionó sobre la candidatura a praetor y se dijo que Rutilio Rufo tenía razón. El año próximo sería el momento adecuado, no encontraría otro mejor. Estaba seguro de que Tito Didio no le negaría la licencia, y, además, le facilitaría cartas de recomendación que le ayudarían mucho. No, no había ganado en Hispania una corona de laurel; había sido para Quinto Sertorio. Pero a él tampoco le había ido tan mal.

 

¿Sería un sueño? Una flechita disparada por la Fortuna por medio de la pobre Julilla, que había trenzado una corona de laurel sin saber el significado militar. ¿O lo habría intuido claramente Julilla? ¿Le quedaría aún por ganar su corona de laurel? ¿En qué guerra? En aquel momento no sucedía nada de gran importancia ni había ninguna amenaza en perspectiva. Sí, aún había disturbios en las dos provincias de Hispania, pero sus obligaciones no eran las adecuadas para procurarle la obtención de una corona graminea. Él era el inapreciable jefe de logística, provisiones, armas y estrategia de Tito Didio, pero no le encomendaba el mando de tropas. Cuando fuera pretor tendría una oportunidad; y soñó con relevar a Tito Didio en la Hispania Citerior. ¡Un buen cargo fructífero de gobernador era lo que necesitaba!

 

Necesitaba dinero. De eso se daba perfecta cuenta. Con cuarenta y cinco años, se le pasaba el tiempo volando, y pronto sería tarde para aspirar al consulado, por mucho que la gente citara a Cayo Mario como ejemplo. Cayo Mario era un caso especial que no tenía parangón, ni siquiera en

 

Lucio Cornelio Sila. Para Sila, el dinero era el precursor del poder, y eso había sido así incluso en el caso de Cayo Mario; porque de no haber tenido la fortuna que había acumulado mientras fue gobernador pretoriano de la Hispania Ulterior, el abuelo de César nunca le habría echado el ojo para marido de Julia, y si no se hubiera casado con Julia, dificilmente habría obtenido el consulado, pese a lo difícil que había sido. Dinero. ¡Tenía que conseguir dinero! Así que iría a Roma para presentarse a las elecciones de pretor y volvería a Hispania a ganar dinero.

 

En agosto del año siguiente, tras un prolongado silencio, volvió a escribir Rutilio Rufo.

 

He estado enfermo, Lucio Cornelio, pero ya me he recuperado del todo. Los médicos calificaron la enfermedad con los más abstrusos conceptos, pero mi personal diagnóstico es que se trataba de aburrimiento. En cualquier caso, se me han ido el aburrimiento y la enfermedad porque las cosas en Roma están más prometedoras.

Primero, ya comienza a hablarse de tu candidatura a pretor. Las reacciones entre los electores son excelentes, supongo que te alegrará saberlo. Escauro sigue apoyándote, una manera indirecta de decir que no te considera culpable de esa vieja historia con su mujer, imagino yo. ¡Viejo engreido! Habría debido tener suficiente entereza para haberlo admitido entonces en lugar de obligarte a lo que yo siempre he considerado un exilio. Pero al menos Hispania te ha venido bien. Si Cayo Mario hubiese conseguido del Meneítos el apoyo que a ti te da Tito Didio, le habría sido más fácil.

 

Ahora, las noticias internacionales. El viejo Nicomedes de Bitinia murió por fin, creo que con casi noventa y tres años. El hijo de su fallecida esposa, que tiene nada menos que sesenta y cinco, le ha sucedido en el trono. Pero hay un hijo más joven —de cincuenta y siete— llamado Sócrates (el otro se llama Nicomedes, y reinará con la cifra III) ha presentado demanda ante el Senado de Roma para que depongan a Nicomedes tercero y ocupar él el trono. El Senado está deliberando con extrema pesadez, por considerar poco importantes los asuntos extranjeros.

 

También ha habido algo de revuelo en Capadocia, donde la población ha depuesto al rey niño para entronizar a uno al que llaman Ariarates VIII. Pero el octavo Ariarates murió hace poco en circunstancias sospechosas, según nos han dicho. El rey niño y su regente Gordius han vuelto a hacerse dueños de la situación, ayudados por un ejército de Mítrídates, rey del Ponto.

 

Cuando Cayo Mario regresó de esa parte del mundo, pronunció un discurso en la Cámara, advirtiéndonos de que el rey Mitrídates del Ponto es un joven peligroso, pero los que se molestaron en asistir a esa reunión concreta no hicieron más que cabecear mientras hablaba; luego, Escauro, príncipe del Senado, se levantó y dijo que opinaba que Cayo Mario exageraba. Por lo visto el joven rey del Ponto ha estado cortejando a Escauro con una serie de correctísimas cartas, escritas en un griego impecable y trufadas de citas de Homero, Hesiodo, Esquilo, Sófocles y Euripides, y no digamos Menandro y Píndaro. Y Escauro ha llegado a la conclusión de que constituye un buen cambio respecto al sátrapa oriental, más predispuesto a leer a los clásicos que a introducir una lanza por el orificio trasero de su abuela. Cayo Mario, por el contrario, sostiene que ese Mitrídates sexto —llamado, figúrate, Eupator!— hizo que su madre pereciese de hambre, mató a su hermano, que era rey bajo la regencia de la madre, asesinó a varios tíos y primos y para adornarlo envenenó a su hermana, ¡que a la vez era su esposa! Ya puedes imaginarte que es un individuo de lo más afable, ¡muy en la línea de los clásicos!

 

Políticamente, Roma está saturada de gandules complacientes, y te juro que no sucede nada. En lo que respecta a los tribunales, ha habido cosas más interesantes. Por segundo año el Senado envió los tribunales extraordinarios para investigar la inscripción masiva ¡legal de itálicos y, como sucedió el año pasado, les resultó imposible localizar a la mayoría de los inscritos. Sin embargo, ha habido varios triunfos, es decir varios centenares de víctimas a apuntar al débito de Roma. Lucio Cornelio, de verdad que un escalofrío te recorre la espina dorsal si en una localidad itálica notas que tienes detrás de ti una docena de forzudos. Nunca había visto esas miradas, tanta Jálta de colaboración, pasividad diría yo, por

 

parte de los itálicos. Probablemente se habrían necesitado años para que nos aceptasen, pero desde que se establecieron estos tribunales e iniciaron su repugnante tarea de flagelación y confiscación, lo que nos tienen es odio. Un factor positivo es que el Tesoro comienza a llorar porque el monto de multas impuestas no llega para cubrir los gastos de las altas dietas de los senadores. Cayo Mario y yo intentamos presentar una moción en la Cámara hacia finales de año para que se deroguen los quaestiones de la lex Licinia Mucia por inútiles y excesivamente costosos para el Estado.

 

Un brote muy nuevo y muy joven de la casa plebeya de los Sulpicios, un tal Publio Sulpicio Rufo, tuvo el valor de llevar ante el tribunal de traición a Cayo Norbano por haber inducido ilegalmente el exilio de Quinto Servilio Cepio, famoso por el aurum Tolosanum y Arausio. Sulpicio alegó que la acusación era inadmisible en la Asamblea plebeya y que habría debido llevarse ante el tribunal de traiciones. Añado que este joven Sulpicio acompaña siempre al actual Cépio, lo que, por su parte, denota muy mal gusto, Bien, Antonio Orator actuó de defensor y en mi opinión hizo el mejor discurso de toda su carrera, con el resultado de que todo el jurado votó unánimemente la absolución y Norbano dejó con un palmo de narices a Sulpicio y a Cepio. Te adjunto copia del discurso de Orator para tu deleite. Te encantará.

 

Respecto al otro Orator, Lucio Licinio Craso, los maridos de sus dos hijas han producido muy distinta progenie. Escipión Nasica hijo tiene un varón llamado también Escipión Nasica. La hija, Licinia, se ha criado estupendamente y ya tiene una hija, pero la Licinia que se casó con Metelo Pío el Meneítos no ha tenido suerte y la habitación de los niños del Meneítos está vacía porque Licinia Meneítos es estéril. Mi sobrina Livia Drusa tuvo una niña a finales del año pasado, una Porcia, naturalmente, y con un pelo como un par de almiares incendiados. Livia Drusa sigue enloquecida por Catón Saloniano, quien me parece un individuo bastante agradable. ¡Roma tiene una auténtica reproductora en Livia Drusa!

 

Estoy divagando, pero ¿qué más da? Este año nuestros ediles están curiosamente relacionados. Mi sobrino Marco Livio es uno de los ediles

 

plebeyos y su colega un anodino Remmio inmensamente rico, mientras que su cuñado Catón Saloniano es edil curul. Su actuación será espléndida.

Noticias de la familia. La pobre Aurelia sigue viviendo sola en el Subura, pero espera que Cayo Julio regrese por fin a casa el año que viene, o al otro como mucho. Su hermano Sexto es pretor este año y pronto le llegará el turno a Cayo Julio. Desde luego, Cayo Mario cumplirá su promesa y sobornará al precio que sea en caso necesario. Aurelia y Cayo Julio tienen un hijo extraordinario; el pequeño César, como le llaman, tiene cinco años y ya sabe leer y escribir. Pero lo más extraordinario es que lee sin titubear. Le das un galimatías que hayas acabado de redactar y él te lo lee de corrido. Conozco pocos adultos capaces de eso, y ahí tienes a ese crío de cinco años déjándonos lelos. Su fisico es también admirable; pero no está mimado, porque Aurelia le trata con excesiva dureza, en mi opinión.

 

No se me ocurre nada más, Lucio Cornelio. Apresúrate a regresar. Hay algo que me dice que tienes una silla curul esperándote.

 

Lucio Cornelio Sila se apresuró a regresar tal como se le pedía, la mitad de su ser eufórico de esperanza Y la otra mitad convencido de que algo sucedería que frustrara esa esperanza. Aunque anhelaba con todas las fibras de su corazón visitar a su amante de tantos años, Metrobio, no lo hizo, ni estaba tampoco en casa cuando la estrella del teatro trágico vino a visitarle como cliente. Aquél era su año, y si fracasaba, la diosa Fortuna le volvería la espalda para siempre. Por eso no quería hacer nada para enojarla, pues era una diosa proclive a la aversión cuando sus protegidos se entregaban a historias amorosas importantes. Adiós, Metrobio.

 

Pero sí pasó a visitar a Aurelia después de dedicar unos instantes a sus hijos, quienes habían crecido tanto que le dieron ganas de llorar. ¡De cuatro años de sus vidas le había privado una tonta a la que aún añoraba! Cornelía Sila tenía ya trece años; con aquella belleza frágil de su difunta madre que empezaba a despuntar, hacía que se volvieran a mirarla, tanto más cuanto que quedaba acrecentada por una preciosa melena pelirroja ondulada heredada del padre. Le dijo que ya tenía la menstruación, y era de imaginar, a tenor de aquellos senos que ya apuntaban bajo la lisa túnica. Al verla, Sila

 

se sintió viejo, una sensación totalmente nueva y turbadora; pero ella le dirigió la hechicera sonrisa de Julilla, se echó en sus brazos y sin necesidad de empinarse mucho le cubrió de besos. El hijo tenía doce años; físicamente era casi un César, con el cabello rubio, ojos azules, rostro elongado, nariz larga gruesa; era alto y delgado, pero musculoso.

 

Sila halló en aquel muchacho el amigo que nunca había tenido; un cariño tan perfecto, puro, inocente, profundo, que se vio pensando nada más que en aquello, en lugar de dedicarse a captar electores. El joven Sila — aunque aún vestía la toga bordada en púrpura de la niñez y lucía, colgado de una cadena al cuello, el talismán de la bulla para protección del mal de ojo

 

— acompañaba al padre a todas partes, permaneciendo grave y discretamente a un lado, escuchando atentamente todo lo que Sila hablaba con sus amistades. Luego, al volver a casa, se sentaban en el despacho paterno y departían sobre lo que habían hecho aquel día, de la gente que habían visto, de cómo estaba el Foro.

 

Pero Sila no llevó a su hijo al Subura, fue solo, sorprendiéndose cuando de vez en cuando alguien le saludaba o le daba unas palmaditas en la espalda. ¡Por fin empezaba a ser conocido! Considerando un buen presagio aquellos saludos, llamó a la puerta de Aurelia con más optimismo del que le había hecho salir del Palatino. Naturalmente, Eutico, el mayordomo, le abrió en seguida. Como carecía del sentimiento de la vergüenza, no se sintió inferior mientras aguardaba en la sala de espera, y cuando la vio salir del despacho se limitó a tenderle la mano con una sonrisa. Sonrisa a la que ella correspondió.

 

Qué poco había cambiado. Y cuánto había cambiado. ¿Qué edad tenía ya? ¿Veintinueve? ¿Treinta? Helena de Troya entrega los laureles, pensó. La belleza personíficada. Los ojos malva eran más grandes y las negras pestañas igual de espesas; la tez tan tersa y cremosa como siempre, y aquel aire indefinible de inmensa dignidad y compostura más acentuado.

 

—¿Se me perdona? —inquirió él, estrechándole la mano. —¡Naturalmente, Lucio Cornelio! ¿Cómo voy a seguir reprochándote

una debilidad mía?

 

—¿Lo intento de nuevo? —añadió él, impenitente.

 

—No, gracias —respondió ella, sentándose—. ¿Una copa de vino? —Sí, por favor —contestó Sila, mirando en derredor—. ¿Sigues sola,

 

Aurelia?

 

—Todavía, y totalmente feliz. Te lo aseguro.

 

—Eres la persona más autosuficiente que conozco. Si no hubiera sido por aquel breve incidente, pensaría que eres inhumana, ¡o sobrehumana! Por eso me alegra que sucediera, porque sería imposible mantener amistad con una auténtica diosa, ¿no crees?

 

—O con un auténtico demonio, Lucio Cornelio —replicó ella.

 

—¡Ya lo creo! ¡Me rindo! —dijo Sila riendo.

 

Llegó el vino y fue servido. Mientras bebía de la copa, observó por encima del borde su rostro irisado por las pequeñas burbujas de aquel caldo ligeramente efervescente. Quizá fuese la placidez y el deleite de su nueva amistad con el hijo lo que confería a sus ojos una nueva dimensión de la mirada, permitiéndole el acceso a las luminosas ventanas de aquella mente femenina y profundizar en su interior, para descubrir sucesivas capas de complejidades, contingencias y problemas, todo ello ordenado con cuidado y con lógica en diversas categorías.

 

—¡Oh! —exclamó, parpadeando—. ¡No tienes ninguna fachada ficticia!

 

¡Eres exactamente lo que aparentas!

 

—Eso espero —contestó ella sonriendo.

 

—La mayoría no somos así, Aurelia.

 

—Tú, desde luego, no.

 

—¿Qué crees que oculta mi fachada?

 

Ella meneó la cabeza insistentemente.

 

—Lucio Cornelio, piense lo que piense, me lo guardaré. Algo me dice que es más seguro.

 

—¿Más seguro?

 

—¿Por qué habré empleado esa palabra? —dijo ella, encogiéndose de hombros—. Sinceramente, no lo sé. ¿Será una premonición? No, lo más probable es que venga de antes, porque yo no tengo premoniciones.

 

—¿Cómo están tus hijos? —inquirió él, por hablar de un tema menos arriesgado.

 

—¿Quieres verlo por ti mismo?

 

—Bien. Puedo decirte que los míos me han causado una gran sorpresa. Y te confieso que me va a costar ser educado con Marco Emilio Escauro. ¡Cuatro años, Aurelia! Se han hecho mayores y yo me he perdido todo el proceso.

 

—A casi todos los hombres de nuestra clase les sucede lo mismo, Lucio Cornelio —dijo ella con voz plácida—. Es muy posible que hubieras tenido que estar lejos de Roma aunque no se hubiera producido el incidente de Dalmática. Disfruta con tus hijos mientras puedas y no te reconcomas con lo que es agua pasada.

 

Las finas cejas rubias que oscurecía con tinte se enarcaron por la sorpresa.

 

—¡Hay tantas cosas de mi vida que me gustaría cambiar, Aurelia! Ése es el problema, que lamento muchas cosas.

 

—Laméntalo si no tienes más remedio, pero no dejes que ensombrezca el hoy ni el mañana —replicó ella, más práctica que mística—. Si no lo haces, Lucio Cornelio, el pasado te agobiará constantemente. Como te he dicho ya muchas veces, aún tienes mucho camino por delante. La carrera apenas ha empezado.

 

—¿Lo crees así?

 

—Totalmente.

 

Los tres niños entraron en tropel. Todos ellos Césares de la cabeza a los pies. Julia Maior, llamada Lia, tenía diez años y Julia Minor, llamada Ju-Ju, casi diez. Las dos eran esbeltas, altas y gráciles; se parecían a la difunta Julilla, salvo que los ojos eran azules. El pequeño César tenía seis años. Aunque lo notó inmediatamente, Sila no sabía cómo se las arreglaba para dar la impresión de ser más guapo que sus hermanas. Una belleza completamente romana, desde luego. Ahora recordaba que era el niño del que Publio Rutilio le había dicho que leía con tanta facilidad. Eso era indicio de un grado extraordinario de inteligencia. Pero al pequeño le podían suceder no pocas cosas que apagaran aquel fuego de su mente.

 

—Niños, éste es Lucio Cornelio Sila —dijo Aurelia.

 

Las niñas musitaron un tímido saludo, pero el pequeño César esbozó una sonrisa que dejó a Sila sin respiración y turbó su ser como la primera vez que había visto a Metrobio. Los ojos que le miraban fijamente eran igual que los de aquél, de un azul claro circundado de un círculo oscuro. Irradiaban inteligencia. Así es como podría haber sido yo de haber tenido una madre como la maravillosa Aurelia y no un padre borracho, pensó Sila. Un rostro capaz de prender fuego a Atenas, y una mente igual.

 

—César —dijo Sila—, me han dicho que eres muy listo.

 

La sonrisa se transformó en risa.

 

—Será porque no habéis hablado con Marco Antonio Cnifo —contestó el pequeño.

 

—¿Quién es Cnifo?

 

—Mi tutor, Lucio Cornelio.

 

—¿Y no puede tu madre seguir enseñándote dos o tres años más? —Creo que debí de volverla loca con mis preguntas cuando era pequeño

 

y por eso me puso un tutor.

 

—Aún lo eres.

 

—Más pequeño —replicó el niño sin intimidarse.

 

—Qué precoz —comentó Sila.

 

—¡No pronunciéis esa palabra, por favor!

 

—¿Por qué no, pequeño César? ¿Qué sabes tú, con seis años, de los matices de las palabras?

 

—De ésa sé de sobra que casi siempre se aplica a niñas altivas que hablan como sus abuelas —contestó el pequeño, muy seguro de sí mismo.

 

—¡Ajá! —dijo Sila, ya más interesado—. Eso no lo has leído en ningún libro, ¿verdad? Así que tienes ojos con los que alimentas de información tu mente y estableces deducciones.

 

—Naturalmente —contestó el pequeño sorprendido.

 

—Ya está bien. Ahora marchaos —dijo Aurelia.

 

Los niños salieron y el pequeño César siguió sonriendo a Sila por encima del hombro hasta que se encontró con la mirada de la madre.

 

—Si no se quema, será un adorno para su clase o una espina —dijo Sila.

 

—Esperemos lo primero —comentó Aurelia.

 

—No lo sé —añadió Sila, riendo.

 

—Vas a presentarte a pretor —dijo Aurelia por cambiar de tema, pensando que Sila ya estaría harto de niños.

 

—Sí.

 

—Tío Publio dice que obtendrás el cargo.

 

—¡Pues esperemos que sea más Tiresias que Casandra!

 

Y fue como Tiresias; cuando se hizo el recuento de votos, Sila no sólo era pretor, sino que, al ser el más votado, obtuvo el cargo de praetor urbanus. Aunque en circunstancias normales los cometidos del pretor urbano eran exclusivamente los tribunales y las peticiones de querellas, se le concedió poder para actuar in loco consularis (si los dos cónsules estaban ausentes o incapacitados para gobernar) y defender Roma al frente de sus ejércitos en caso de ataque, promulgar leyes y dirigir el Tesoro.

 

La noticia de que iba a ser pretor urbano consternó profundamente a Sila. El pretor urbano no podía ausentarse de Roma más de diez días seguidos; así, el cargo le impedía tener un refugio y se veía obligado a permanecer en la ciudad, con todas las tentaciones de su vida anterior y conviviendo con una mujer a la que despreciaba. Sin embargo, había encontrado un apoyo que nunca habría podido imaginar en la persona de su hijo. El joven Sila sería su amigo, le acompañaría al Foro y estaría todas las noches en casa para hablar y reír con él. ¡Qué parecido era a su primo César! De aspecto, sí; y también era listo, aunque no a la manera del pequeño César. Sila tenía el convencimiento de que no le habría gustado que su hijo hubiese sido tan inteligente como el pequeño César.

 

Las elecciones causaron mayor revuelo que el detalle de que Sila saliese en cabeza de la lista de pretores, un revuelo que tuvo su faceta divertida para los que no se vieron directamente afectados. Lucio Marcio Filipo había anunciado su candidatura a cónsul, convencido de que era la estrella en medio de mediocridades; pero el primer puesto fue para Cayo Valerio Flaco, hermano menor del censor Lucio Valerio Flaco. Bueno, no estaba mal. Al menos, Valerio Flaco era un patricio de familia influyente. ¡Pero el segundo cónsul resultó ser nada menos que el execrable hombre nuevo Marco Herenio! Y los alaridos que lanzó el ofendido Filipo pudieron oírse en

 

Caersoli, juraban los habituales del Foro, conteniendo la risa. Todos sabían en qué radicaba el fallo, incluido Filipo; el origen eran las observaciones que había hecho Publio Rutilío Rufo en su discurso a favor de una lex Licinia Mucia más flexible, pues hasta entonces habían olvidado que Cayo Mario había comprado a Filipo cuando era tribuno de la plebe. Pero ya había transcurrido tiempo de sobra desde el discurso y la candidatura consular de Filípo y la gente lo había vuelto a olvidar.

 

—¡Me vengaré de Rutilio Rufo por esto! —perjuró Filipo a Cepio. —Nos vengaremos los dos —dijo Cepio, que también le guardaba

 

rencor.

 

 

 

Pocos días antes de que concluyera aquel año, Livia Drusa dio a luz un niño, Marco Porcio Catón Saloniano hijo, un bebé delgadito y llorón con el pelo rojo de los Catones, cuello largo y una narizota ganchuda que desentonaba en aquella carita. Llegó de nalgas a este mundo, negándose a colaborar en el parto, por lo que éste fue laborioso y las comadronas y los médicos tuvieron que rajar y agobiar a la madre para extraerlo de la vagina.

 

—Domina —dijo el griego Apolodoro Siculo, con el rostro iluminado por una sonrisa—, el niño ha sufrido muy poco; no tiene magullamientos, tumefacciones ni morados. Ahora bien, os advierto que si se comporta en la vida igual que al venir a este mundo, será una persona difícil.

 

Demasiado exhausta para contestar, Livia Drusa le dirigíó una débil sonrisa y en lo más profundo de su ser brotó el deseo de no tener más hijos. Era la primera vez que sufría tanto en un parto.

 

Antes de que permitieran a los otros hijos verla, transcurrieron unos días, durante los cuales Cratipo tuvo que encargarse solo de una casa sin ama.

 

Como era de prever, Servilia no pasó de la puerta y no quiso conocer a su hermanastro. Lilla —sobradamente adoctrinada aquellos días por la hermana— quiso adoptar una actitud distanciada, pero acabó por ceder a las carantoñas de su madre y llegó a acariciar y besar al recién nacido. Porcia, llamada Porcella, con sus catorce meses, era muy pequeña para la visita

 

posparto, pero el pequeño Cepio, de tres años, tuvo acceso al dormitorio y se quedó extasiado. Su diminuto hermanito le encantó y no cesó de pedir que le dejasen cogerlo en brazos, acunarlo y besarlo.

 

—Va a ser mío —dijo el pequeño Cepio, resistiéndose a la nodriza que quería apartarle.

 

—Te lo doy, Quinto —dijo Livia Drusa, profundamente agradecida de que uno de los gemelos le hubiera tomado tanto afecto—. Tú le cuidarás.

 

Aunque no había entrado en la habitación, Servilia permaneció junto a la puerta hasta que hicieron salir a Lilla y al pequeño Cepio y luego se acercó unos pasos a la cama para fijar con desdén los ojos en su madre, satisfecha al ver aquella cara ojerosa y agotada.

 

—Vas a morirte —dijo con suficiencia.

 

Livia Drusa se quedó pasmada.

 

—¡Bobadas! —replicó tajante.

 

—Morirás —insistió la pequeña—. He deseado que suceda y sucederá.

 

Lo deseé con tía Servilia Cepionis y se murió.

 

—Es una tontería y no está bien decir esas cosas —replicó la madre, con el corazón latiéndole aceleradamente—. Los deseos no sirven para que las cosas sucedan, Servilia. Si suceden y lo has deseado, es por simple coincidencia. ¡El Destino y la Fortuna son quienes lo propician, no tú! Tú no tienes entidad suficiente para atraer la atención del Destino y la Fortuna.

 

—¡Es inútil que intentes convencerme! ¡Sé echar mal de ojo y cuando maldigo a alguien, se muere! —replicó la niña con regocijo, saliendo del cuarto.

 

Livia Drusa permaneció callada con los ojos cerrados. No se sentía bien; no se había sentido bien desde el nacimiento del pequeño Catón, pero no podía creer que fuera por culpa de Servilia. O al menos eso se dijo para convencerse.

 

No obstante, en los días que siguieron su estado fue deteriorándose de forma alarmante. Tuvieron que buscar un ama de cría para el pequeño, al que sacaron del dormitorio, y el pequeño Cepio se hizo cargo de él sin pérdida de tiempo.

 

—Temo por su vida, Marco Livio —cloqueó Apolodoro Sículo a Druso

 

—. No es una hemorragia masiva, pero no hay manera de hacerla remitir. Tiene fiebre y hay un flujo fétido mezclado en la sangre.

—Pero ¿por qué me sucede esto? —exclamó Druso, enjugándose las lágrimas—. ¿Por qué se me mueren todos?

Pregunta que nadie podía contestar, y Druso tampoco dio crédito al mal de ojo de Servilia cuando se lo contó Cratipo, que odiaba a la niña. En cualquier caso, Livia Drusa siguió empeorando.

 

Lo peor de todo, pensó Druso, es que en la casa no había ninguna mujer de categoría superior a la de las esclavas. Catón Saloniano pasaba el mayor tiempo posible con su esposa, pero a Servilia había que tenerla apartada y a Druso y Catón les parecía que Livia Drusa buscaba algo o alguien que no estaba allí. Servilia Cepionis, probablemente. Druso se echó a llorar y tomó una decisión.

 

 

Al día siguiente fue a visitar una casa en la que nunca había estado: la de Mamerco Emilio Lépido Liviano, su hermano. A pesar de que su padre le había dicho que no era hijo suyo. ¡Cuánto tiempo hacía de eso! ¿Le recibiría?

 

—Quiero hablar con Cornelia Escipionis —dijo.

 

El portero, que ya había abierto la boca dispuesto a decir que el dueño de la casa no estaba, la cerró y asintió con la cabeza. Druso fue conducido al atrium y aguardó unos instantes.

 

No reconoció a la mujer avejentada que entró con paso vacilante. Llevaba el pelo recogido en un moño gris y vestía prendas de diversos colores al azar; era fuerte y de rostro escurrido y más bien feo. Druso pensó que se parecía mucho a los bustos de Escipión el Africano que había en el Foro. Lo cual no era de extrañar, dado su próximo parentesco.

 

—¿Marco Livio? —inquirió con una hermosa voz grave y melosa.

 

—Sí —contestó él, sin saber cómo iniciar la conversación.

 

—¡Cuánto te pareces a tu padre! —dijo ella, sin tono alguno de reproche, sentándose en el borde de una camilla y señalándole una silla

 

enfrente—. Siéntate, hijo.

 

—Supongo que te estarás preguntando qué me ha traído aquí —dijo, sintiendo un nudo en la garganta y haciendo ímprobos esfuerzos por no perder la compostura.

 

—Algo muy grave, qué duda cabe —replicó ella.

 

—Se trata de mi hermana, está muriéndose.

 

La mujer cambió radicalmente de actitud y se puso en pie.

 

—Pues no hay tiempo que perder, Marco Livio. Deja que le diga a mi nuera lo que pasa y nos vamos.

 

Druso ni siquiera sabía que tenía una nuera, y es muy posible que ella tampoco supiera que la esposa de él había muerto. A su hermano Mamerco le conocía vagamente de verle por el Foro, aunque nunca se hablaban; por los diez años de diferencia de edad, sabía que Mamerco aún no podía entrar en el Senado. Pero, al parecer, estaba casado.

 

—¿Tienes una nuera? —dijo a su madre cuando salían de la casa. —Desde hace poco —contestó Cornelia Escipionis, con una voz huera

 

muy distinta a la habitual—. Mamerco se casó con una de las hermanas de Apio Claudio Pulcher el año pasado.

 

—Mi esposa murió —dijo él, de pronto.

 

—Sí, me enteré. Ahora siento no haber ido a verte, pero creí sinceramente que no sería muy bien recibida en tales circunstancias, y yo soy muy orgullosa. Demasiado, lo sé.

 

—Supongo que habría debido ser yo el que viniera a verte.

 

—Algo así.

 

—No se me ocurrió.

 

—Es comprensible —añadió ella con una mueca—. Es curioso que te hayas rebajado por tu hermana y no por ti.

 

—Así es el mundo. El nuestro, al menos.

 

—¿Cuánto le queda a mi hija?

 

—No lo sabemos. Los médicos dicen que poco, pero ella sigue resistiendo. Por otra parte, siente un gran terror. No sé de qué o por qué. A los romanos no los atemoriza la muerte.

 

—O eso decimos, Marco Livio. Pero por debajo de la apariencia de la falta de temor, siempre existe el terror de lo desconocido.

 

—La muerte no es algo desconocido.

 

—¿Tú no lo crees? Quizá más bien sea que la vida es dulce.

 

—A veces.

 

—¿No puedes llamarme madre? —Inquirió ella tras un carraspeo. —¿Por qué? Te fuiste de casa cuando tenía diez años y mi hermana

 

cinco.

 

—No podía seguir viviendo con aquel hombre.

 

—No me extraña —dijo Druso con sequedad—. No era la clase de persona capaz de aguantar que le pusieran los cuernos.

 

—¿Lo dices por tu hermano Mamerco?

 

—¿Quién si no?

 

—Es tu hermano legal, Marco Livio.

 

—Eso es lo que mi hermana insiste en decirle a su hija respecto al pequeño —replicó Druso—. Pero basta con ver al pequeño Cepio para que hasta el más ingenuo se dé cuenta de quién es hijo.

 

—Pues te sugiero que mires con mayor atención a Mamerco, porque es un auténtico Livio Druso y no un Cornelio Escipión. O un Emilio Lépido —añadió tras una pausa.

 

Habían llegado a la casa de Druso. Una vez que el portero les franqueó la puerta. Cornelia Escipionis miró en derredor atemorizada.

 

—Nunca había visto esta casa —dijo—. Realmente tu padre tenía un gusto maravilloso.

 

—Es una lástima que no tuviera un afecto maravilloso.

 

La madre desvió la mirada y no contestó.

 

 

 

Que la amargada maldición de Servilia influyera o no en el Destino y la Fortuna, Livia Drusa llegó a creer que sí; veía que se moría y no sabía por qué causa. Había traído sin complicaciones cuatro hijos al mundo, ¿por qué tenía que ser distinto en el caso del quinto? Lo habitual es que fuera más fácil.

 

Cuando la robusta anciana apareció en la puerta de la habitación, Livia Drusa se la quedó mirando, preguntándose a quién se le habría ocurrido hacerle gastar sus energías con una extraña. La desconocida entró con los brazos abiertos.

 

—Livia Drusa, soy tu madre —dijo la recién llegada, sentándose en el borde de la cama y abrazándola.

 

Las dos rompieron a llorar, tanto por lo inesperado del encuentro como por los años perdidos; luego, Cornelia Escipionis arregló la cama a su hija y se sentó al lado en una silla.

 

Los ojos ya obnubilados de la enferma absorbieron anhelantes aquel rostro escipiónico, el porte de matrona y el sencillo peinado.

 

—Tengo entendido que eras muy guapa, madre —dijo. —Una devoradora de hombres, quieres decir… —Mi padre… y mi hermano…

 

Cornelia Escipionis le dio una palmadita en la mano, sonriente.

 

—Bah, son Livios Drusos, ¿qué más puede decirse? «¡Yo amo la vida, hija! Me gusta reír y no tomarme las cosas en serio; y conocía a muchos hombres y mujeres, ¡pero sólo en plan de amistad! Lo que sucede es que en Roma una mujer no puede tener amigos sin que medio mundo te achaque algo más que simple afinidad intelectual. Sin excluir, como se vio, a tu propio padre, mi esposo. A pesar de ello, yo me consideraba con todo derecho a ver a mis amistades masculinas y femeninas cuando quería. Desde luego no me gustaba el chismorreo ni que tu padre siempre creyese de antemano las murmuraciones en vez de mis explicaciones. ¡Nunca me defendió!

 

—¡Así que nunca tuviste amantes! —dijo Livia Drusa.

 

—No mientras vivía con tu padre; no. Era la maledicencia de los demás, no maldad mía. Por eso comprendí que si seguía con tu padre me moriría. Y así, al nacer Mamerco, dejé que tu padre creyese que era hijo del viejo Mamerco Emilio Lépido, que era uno de mis amigos más queridos, y cuando el viejo Mamerco pidió adoptar al niño, tu padre consintió de inmediato… a condición de que yo me fuese. Pero nunca se divorció de mí, ¿no es extraño? El viejo Mamerco era viudo y le encantó recibir a la madre

 

del hijo que había adoptado. Fui a vivir a una casa mucho más alegre, Livia Drusa, y fui la fiel esposa del viejo Mamerco hasta su muerte.

 

—¡Y yo que pensé que habías tenido muchos amantes! —exclamó Livia Drusa, irguiéndose a duras penas en las almohadas.

 

—¡Oh, claro que los tuve, querida! Después de morir Mamerco. Llegué a tenerlos por docenas, pero los amoríos pasan con el tiempo, ¿sabes? No son más que un medio para descubrir la naturaleza humana cuando falta un fuerte vínculo afectivo, que es lo que suele suceder. Y luego, de pronto, un día te das cuenta de que los amoríos no valen la pena por las complicaciones que acarrean y que lo que a una le falta no se encuentra por medio de ellos. Hace años que no he tenido ningún amante, y soy más feliz viviendo con mi hijo Mamerco y tratando a sus amigos. O lo era hasta que él se casó, porque mi nuera no me gusta —añadió torciendo el gesto.

 

—¡Madre, voy a morir y no podré conocerte!

 

—Mejor eso que nada, Livia Drusa. No es culpa de tu hermano exclusivamente —dijo Cornelia Escipionis, encarando con firmeza la realidad—. Cuando dejé a tu padre no hice nada por veros a ti y a tu hermano, y podría haberlo hecho. Pero no quise —irguió el tronco y adoptó un aire animoso—. Bueno, ¿quién dice que vayas a morir? Hace casi dos meses que nació tu niño, y nada de morirte.

 

—No es por culpa de él —dijo Livia Drusa—. Me han echado mal de ojo.

 

—¿Mal de ojo? —repitió Cornelia Escipionis mirándola atónita—. ¡Oh, Livia Drusa, eso son tonterías que no tienen sentido!

 

—Sí que lo tienen.

 

—¡Hija, no es cierto! ¿Y quién es la persona que tanto te odia? ¿Tu antiguo marido?

 

—No, él ni siquiera piensa en mí.

 

—¿Quién, entonces?

 

Pero Livia Drusa temblaba sin atreverse a contestar.

 

—¡Dímelo! —le instó la madre, con la actitud característica de los Escipiones.

 

—Servilia —contestó la hija en un susurro.

 

—¿Servilia? —inquirió Cornelia Escipionis mostrando ceño—. ¿Te refieres a la hija de tu primer esposo?

 

—Sí.

 

—Comprendo —dijo dando unas palmaditas en la mano de Livia Drusa

 

—. No quiero ofenderte diciéndote que todo es pura imaginación tuya, hija mía, pero lo superarás. No le des esa satisfacción a la niña.

Notó una sombra a sus espaldas, se volvió y vio un hombre pelirrojo en la puerta, al que sonrió.

—Tú debes de ser Marco Porcio —dijo, levantándose—. Yo soy tu suegra, y acabo de tener una animada charla con Livia Drusa. Quédate ahora con ella, yo voy a buscar a su hermano.

 

Y salió hacia la columnata del jardín mirando por todas partes hasta dar con su hijo mayor, que estaba sentado junto a la fuente.

—¡Marco Livio! —dijo al llegar a su lado—. ¿Sabías que tu hermana se cree víctima de un maleficio?

—¡No puede ser! —replicó Druso, perplejo. —¡Sí! Dice que es su hija Servilia.

—Ah, ya —dijo Druso, apretando los labios. —¿Y te quedas tan tranquilo, hijo?

—Ni mucho menos. Esa niña es peligrosa y tenerla en casa es como albergar a la Esfinge, porque es un monstruo capaz de pensar con maldad.

—¿Y es posible que Livia Drusa se esté muriendo porque crea que tiene mal de ojo?

—Madre —contestó Druso inconscientemente, asintiendo con la cabeza —, Livia Drusa se muere como consecuencia de su último parto; eso es lo que dicen los médicos y yo les creo; en vez de curar, se le ha abierto la herida. ¿No has advertido el olor que hay en el cuarto?

 

—Claro, pero sigo insistiendo en que se cree víctima de un maleficio. —Voy a llamar a la niña —dijo Druso levantándose.

Era una criatura pequeña y muy morena, de una belleza misteriosa y enigmática, pero animada por un fuego y un poder que a la abuela se le antojó una especie de casa construida sobre una fumarola tapada. Algún día la tapadera saltaría y el techo saldría volando dejándolo todo al descubierto:

 

una masa bullente de venenos y ruinas. ¿Qué sería lo que habría hecho tan infeliz a aquella pequeña?

 

—Servilia, ésta es tu abuela, Cornelia Escipionis —dijo Druso sin soltar a su sobrina del hombro.

 

La niña lanzó un bufido y no contestó.

 

—Acabo de estar con tu madre —dijo Cornelia Escipionis—. ¿Sabes que está convencida de que la has echado mal de ojo?

 

—¿Ah, sí? Estupendo —contestó Servilia—. Y es verdad.

 

—Ah, bien, gracias —dijo la abuela, haciendo un ademán para que se fuera, totalmente inexpresiva—. ¡Al cuarto de los niños!.

 

Al regresar, Druso esgrimía una amplia sonrisa.

 

—¡Ha sido sensacional! —dijo, sentándose—. La has hundido. —Nadie podrá hundir a Servilia —replicó Cornelia Escipionis,

 

pensativa—. De no ser un hombre —añadió.

 

—Ya lo ha hecho su padre.

 

—Ah, entiendo… Sí, me dijeron que se niega a reconocer a sus hijos. —Exacto; los otros son muy pequeños para que se sientan afectados,

 

pero a Servilia, en su momento, se le partió el corazón… o es lo que yo creí.

 

No sé qué pensar, madre. Es tan taimada como peligrosa.

 

—Pobrecilla.

 

—¡Ah! —exclamó Druso.

 

En ese momento entró Cratipo, haciendo pasar a Mamerco Emilio Lépido Liviano.

 

Era fisicamente muy parecido a Druso, pero carecía del poderío tan evidente en su hermano. Veintisiete años en oposición a los treinta y siete de Druso, no contaba con una carrera famosa ante los tribunales ni se le auguraba un brillante futuro político como en el caso de Druso. A pesar de ello, se advertía en él una especie de fuerza flemática que el mayor no tenía; lo que el pobre Druso había tenido que aprender por si solo después de la batalla de Arausio, a Mamerco se le había ofrecido desde la cuna gracias a la presencia de su madre, una auténtica Cornelia de la rama de los Escipiones, mujer de amplias miras, cultivada y con inquietudes intelectuales.

 

Cornelia Escipionis se rebulló en el asiento para hacer sitio a Mamerco, quien retrocedió timidamente al ver que Druso no se adelantaba a recibirle y se le quedaba mirando inquisitivo.

 

—Sé amable, Marco Livio —dijo la madre—. Sois hermanos y debéis ser buenos amigos.

 

—Nunca creí que fuésemos hermanos de verdad —dijo Mamerco. —Yo sí —añadió Druso, serio—. ¿Qué es lo cierto, madre? ¿Lo que me

 

has dicho hoy o lo que le dijiste a mi padre?

 

—Lo que te he dicho hoy. A tu padre le conté otra cosa para poder escapar. Sé que mi conducta no tiene excusa, y he sido todo lo que hayas podido pensar de mí y más, Marco Livio, aunque por distinto motivo. —Se encogió de hombros—. Yo no soy de las que se arrepienten; vivo en el presente, pensando en el futuro, nunca en el pasado.

 

—Bien venido a mi casa, Mamerco Emilio —dijo Druso, tendiendo sonriente a su hermano la mano derecha.

 

Mamerco se la estrechó y luego se le acercó a besarle en los labios. —Mamerco —dijo emocionado—. Soy el único romano que tiene ese

 

nombre; así que llámame Mamerco.

 

—Nuestra hermana se está muriendo —dijo Druso sin soltar la mano de Mamerco y haciendo que se sentara a su lado.

 

—Oh… cuánto lo siento. No sabía nada.

 

—¿No te lo ha dicho Claudia? —inquirió su madre indignada—. Le dejé un recado muy concreto.

 

—No, sólo me dijo que te habías ido a toda prisa con Marco Livio. Cornelia Escipionis tomó una decisión; se imponía una solución. —Marco Livio —dijo, mirándole con lágrimas en los ojos—, me he

 

dado por entero a tu hermano estos últimos veintisiete años —se enjugó las lágrimas—. Mi hija nunca lo sabrá, pero tú y Marco Porcio vais a encontraros con seis niños que cuidar y sin ninguna mujer, a menos que volváis a casaros…

 

—No, madre, yo no —replicó Druso con énfasis.

 

—Pues, si te parece bien vendré a vivir aquí para cuidar de los niños.

 

—Me parece bien —dijo Druso, volviéndose hacia su hermano con otra sonrisa—. Me alegra saber que tengo más familia.

 

 

El día en que el pequeño Catón cumplía dos meses murió Livia Drusa. En cierto aspecto fue una muerte feliz, ya que ella conocía la inminencia y se había propuesto con toda su fuerza de voluntad que les fuese lo más llevadera posible a los que dejaba en este mundo. La presencia de su madre la ayudó sobremanera, al saber que sus hijos quedarían con alguien de la familia que les daría cariño. Emulando la entereza de Cornelia Escipionis (que impidió que volviera a ver para nada a Servilia) se dispuso para el trance final y dejó de pensar en maleficios y mal de ojo. Era muchísimo más importante el destino de los que seguían con vida.

 

Tuvo palabras de amor y consuelo para Catón Saloniano, le dio consejos y recomendaciones y fue su rostro lo último que sus ojos apagados vieron antes de morir, aferrada a su mano, sintiendo el amor de él mientras se internaba en las sombras del olvido. Para su hermano Druso tuvo palabras de cariño y ánimo y frases de consuelo. De sus hijos, sólo pidió que le dejasen ver al pequeño Cepio.

 

—Cuida a tu hermanito Catón —musitó, besándole con labios febriles

 

—. Cuida de mis hijos —dijo dirigiéndose a su madre.

 

—No había pensado que Penélope moriría antes que Odiseo —dijo a

 

Catón Saloniano.

 

Fueron sus últimas palabras.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

III

 

 

Aunque  no  tenía  experiencia  alguna  ante  los  tribunales  y  sus

 

conocimientos de la ley romana eran mínimos, Sila disfrutó siendo praetor urbanus. Por un lado, tenía sentido común, y por otro, se hallaba rodeado de buenos ayudantes y nunca le intimidaba preguntarles cuando necesitaba consejo. Lo que más le gustaba era lo que él consideraba su autonomía; no tener que depender de Cayo Mario. Por fin comenzaba a ser conocido por sí mismo, como entidad independiente. Aumentaba su modesto grupo de clientes, y todos veían con agrado su costumbre de hacerse acompañar por su hijo. Esperaba que fuese una buena baza para el muchacho y que pudiera iniciar desde muy joven una buena carrera en el ámbito jurídico y con los mejores comandantes del ejército.

 

El muchacho no sólo se parecía a César, sino que poseía el atractivo de la rama de los Julios, por lo que se ganaba fácilmente amistades que conservaba gracias a su carácter simpático y afable. Destacaba entre sus amigos un muchacho unos cinco meses mayor que él, un joven escuálido de cráneo descomunal, llamado Marco Tulio Cicerón. Curiosamente, era de Arpinum, el pueblo de Cayo Mario, y su abuelo había sido cuñado de Marco, el hermano de Cayo Mario, ya que ambos se habían casado con dos Gratidias hermanas. Todo esto no tuvo necesidad de averiguarlo Sila, pues cuando su hijo traía a Cicerón a casa, él mismo le anegaba con un aluvión de datos. Cicerón era locuaz.

 

No hubo necesidad, por ejemplo, de preguntar qué hacía aquel muchacho de Arpinum en Roma. El mismo lo contó en seguida.

 

—Mi padre es un buen amigo de Marco Emilio Escauro, príncipe del Senado —dijo el joven Cicerón, dándose importancia—, y también de Quinto Mucio Escévola el Augur. ¡Y es cliente de Lucio Licinio Craso Orator! Por eso, cuando mi padre se dio cuenta de que yo era inteligente y tenía buenas dotes para que se perdieran en Arpinum, nos trasladamos a Roma; y aquí nos vinimos el año pasado; tenemos una bonita casa en el Carinae, junto al templo de Tellus; al otro lado del templo vive Publio Rutilio Rufo. Estoy estudiando con Quinto Mudo Augur y con Lucio Craso Orator, aunque más con éste, porque Quinto Mudo Augur es muy viejo.

 

Claro que hace años que venimos a Roma; figúrate que inicié mis estudios en el Foro cuando tenía ocho años. ¡Nosotros no somos unos patanes, Lucio Cornelio, tenemos mucha más categoría que Cayo Mario!

 

Divertido, Sila dejaba que aquel muchacho de trece años charlara por los codos, preguntándose cuándo sucedería lo inevitable; cuándo aquella cabeza de sandía se desprendería del tallo demasiado fino y caería al suelo sin dejar de hablar. Era una enorme cabeza que asentía, se erguía y se balanceaba; una carga evidentemente incómoda y arriesgada.

 

—¿Sabéis —dijo Cicerón con voz ingenua— que ya tengo audiencia cuando hago los ejercicios de retórica? ¡Mis preceptores no son capaces de vencerme en ningún debate!

 

—Supongo entonces que pensarás hacerte abogado —dijo Sila, que apenas podía meter baza.

 

—¡Oh, claro! Pero no como el gran Aculeo, mi linaje me confiere derecho al consulado. Bueno, primero el Senado, naturalmente. Todos dicen que haré una gran carrera pública —añadió inclinando el cabezón—. Según mi experiencia, Lucio Cornelio, el trato jurídico con el electorado es mucho más efectivo que esa vieja cansada que es el ejército.

 

Mirándole fascinado, Sila dijo con voz suave:

 

—Yo he conseguido llegar a donde estoy gracias a esa vieja, Marco Tulio. No hice una carrera jurídica, y sin embargo aquí me tienes, de pretor urbano.

 

—Si, pero no teníais las ventajas que yo tengo, Lucio Cornelio — replicó Cicerón sin pensárselo dos veces—. Yo seré pretor a los cuarenta años, que es lo adecuado.

 

—Estoy seguro de ello, Marco Tulio —dijo Sila, dándose por vencido. —Sí, tata —dijo el joven Sila una vez a solas con su padre, y por

 

consiguiente sin trabas para darle el diminutivo con que le llamaba desde niño—, ya sé que es un poco engreído, pero aun así me gusta. ¿A ti no?

 

—Creo que este Cicerón es de temer, hijo, pero sí, se gana a la gente. ¿De verdad que es tan listo como dicen?

 

—Ve a escucharle un día y juzga por ti mismo, tata.

 

—¡No, gracias! —contestó Sila, meneando la cabeza—. ¡No pienso darle ese gusto a semejante presuntuoso!

 

—El príncipe del Senado Escauro está profundamente impresionado con él —dijo el joven Sila, reclinándose en su padre con una naturalidad que el pobre Cicerón nunca conocería; Cicerón comenzaba a comprobar que su padre era el tipo de caballero rural empeñado en impresionar a los nobles romanos, y se le solía marginar como si fuera un pariente de Cayo Mario, nombre tabú. La consecuencia era que el hijo se iba alejando cada vez más del padre, consciente de que verse vinculado a Cayo Mario era una desventaja que no le favorecía en sus aspiraciones a un cargo público.

 

—Escauro, príncipe del Senado —dijo Sila con no poca satisfacción—, tiene muchas más cosas de qué ocuparse en este momento que fijarse en el joven Marco Tulio Cicerón.

 

Y era un comentario pertinente, porque, como portavoz de la Cámara, Marco Emilio Escauro solía recibir a las embajadas extranjeras y se encargaba de la faceta de los asuntos exteriores que no implicaran alternativa bélica. Casi todos los senadores consideraban a las naciones extranjeras poco más que una provincia de Roma carente de importancia para dedicarle tiempo, y por eso el portavoz de la Cámara andaba siempre a la busca de miembros para los comités que no implicasen un viaje previo al extranjero a cargo del Estado, una clase de gente que escaseaba. Por eso la respuesta del Senado al agraviado Sócrates, hijo menor del fallecido rey de Bitinia, tardó diez meses en formularse y ser entregada al correo para que la llevase a Nicomedia. No era una respuesta que pudiera complacer a Sócrates, ya que confirmaba la entronización de Nicomedes III y rechazaba tajantemente sus pretensiones.

 

Y aun antes de que este asunto quedara resuelto, Escauro, príncipe del Senado, heredó otro contencioso relativo a un país extranjero. La reina Laódice y el rey Ariobarzanes de Capadocia llegaron a Roma, huyendo del rey Tigranes de Armenia y su suegro el rey Mitrídates del Ponto. Hartos de estar gobernados por un hijo de Mitrídates y el nieto de su títere Gordio, los capadocios, después de la marcha de Cayo Mario de Mazaca, habían intentado encontrar un rey realmente capadocio. Se rumoreaba que el sirio

 

por el que habían optado había muerto envenenado por Gordio, y entonces rebuscaron en los archivos genealógicos y hallaron un noble capadocio con sangre real, un Ariobarzanes. Su madre —llamada, cómo no, Laódice— era prima del último Ariarates al que en verdad podía calificarse de capadocio. El rey niño Ariarates Eusebio y su abuelo Gordio tuvieron que dejar el trono y huir al Ponto, pero, sabedor de que por medio de Cayo Mario Roma trataba de intervenir, Mitrídates no actuó directamente y se sirvió de Tigranes de Armenia. Por eso era Tigranes quien había invadido Capadocia, poniendo allí un nuevo rey, que en esta ocasión no era un hijo de Mitrídates, ya que en un consejo entre Ponto y Armenia se determinó que el trono no podía ocuparlo un niño. El nuevo rey de Capadocia era el propio Gordio.

 

Laódice y Ariobarzanes salieron del país y se presentaron en Roma a principios de la primavera del año en que Sila era pretor urbano. Su presencia fue un grave inconveniente para Escauro, pues no pocas veces había manifestado (y había leído en cartas) que la suerte de Capadocia debía dejarse en manos de los capadocios, y su defensa del rey Mitrídates resultaba embarazosa, pese a que no podía probarse la acusación de Laódice y Ariobarzanes de que era él quien estaba detrás de la invasión llevada a cabo por Tigranes de Armenia.

 

—Tendréis que ir y comprobarlo personalmente —dijo Sila a Escauro cuando salían de la poco concurrida reunión del Senado en la que se había debatido la situación de Capadocia.

 

—¡Es un agobio! —gruñó Escauro—. En este momento no puedo dejar Roma.

 

—Pues tendréis que nombrar a alguien —dijo Sila.

 

Pero Escauro irguió su exiguo tórax, y sobre todo la barbilla, y asumió la carga.

 

—No, Lucio Cornelio, iré yo.

 

Y allá se fue en visita relámpago. No a Capadocia, sino a ver al rey Mitrídates en su corte de Amasia. Bien alimentado en banquetes, con excelente vino, festejado y aplaudido, Marco Emilio Escauro lo pasó en grande en el Ponto. Como huésped real, fue a cazar el león y el oso, a pescar al Euxino el atún y el delfín, a visitar los parajes más hermosos,

 

cascadas, gargantas, picachos; y, como huésped real, fue agasajado con cerezas, el fruto más delicioso que había probado en su vida.

 

Asegurándole que el Ponto no tenía ambiciones sobre Capadocia, se lamentó y criticó en su presencia la conducta de Tigranes. Y como encontrara la corte del Ponto graciosamente helenizada y con el griego como lengua habitual, Marco Emilio Escauro, príncipe del Senado, hizo el equipaje y regresó a Italia en una nave real.

 

—Se lo ha creído —dijo Mitrídates a su primo Arquelao con una amplia sonrisa.

 

—Yo creo que se debe fundamentalmente a las cartas que le habéis escrito estos dos años —añadió Arquelao—. Seguid haciéndolo, majestad, es muy rentable.

 

—Lo mismo que la bolsa de oro que le di.

 

—¡Bien cierto!

 

 

 

Desde los primeros días de asumir su cargo de praetor urbanus, Sila comenzó a intrigar para hacerse con uno de los dos puestos de gobernador de la Hispania, por eso hacía buenas migas con Escauro y, a través de él, con otros personajes del Senado. Dudaba que pudiera ganarse del todo a Catulo César, debido a lo sucedido en el río Athesis cuando los cimbros germánicos habían invadido la Galia itálica, pero en términos generales iba progresando, y a primeros de junio estaba seguro de que le asignarían la Hispania Ulterior, que era la mejor provincia para gobernar en el sentido de ganar mucho dinero.

 

Pero la Fortuna, que tanto le quería, se disfrazó de ramera dispuesta a traicionarle una vez más. Tito Didio había regresado de la Hispania Citerior para celebrar un triunfo, dejando el gobierno en manos de su cuestor hasta fines de año. Y dos días después de Tito Didio, Publio Licinio Craso celebraba también un triunfo por sus victorias en la Hispania Ulterior, dejando, igualmente, a su cuestor encargado del gobierno de aquella provincia hasta acabar el año. Tito Didio había asegurado que a su marcha todo estaba en paz en la Hispania Citerior, después de la cruenta guerra con

 

la que había dejado exhaustos a los celtíberos indígenas. Publio Craso, por el contrario, había salido de su provincia sin adoptar parecidas precauciones; se había adueñado de las minas de estaño y quería coordinar la explotación en el marco de las empresas en las que poseía acciones encubiertas. En su viaje a las Casitérides, las famosas islas del estaño, había impresionado profundamente a todos con la magnificencia de su condición de romano, ofreciendo mejores contratos comerciales y garantizando los envíos a las riberas del Mediterráneo de todo el mineral que se extrajera. Padre de tres hijos, había aprovechado su estancia en Hispania para cubrirse el riñón, pero la provincia seguía sin estar sometida.

 

No habían transcurrido dos intervalos de mercado desde que Publio Craso celebrara su triunfo la víspera de los idus de junio, cuando llegaron noticias de que los lusitanos volvían a sublevarse con renovado ímpetu. El pretor Publio Cornelio Escipión Nasica, enviado a la Hispania Ulterior como gobernador sustituto, resultó tan eficaz en el desempeño de sus funciones, que ya se hablaba de prorrogarle el mando para el año siguiente. Era de una familia influyente y, naturalmente, el Senado quería complacerle. Lo que quería decir que Sila tenía que despedirse de sus esperanzas de obtener la Hispania Ulterior.

 

Y la Hispania Citerior también le quedó vedada en octubre, cuando el cuestor que Tito Didio había dejado al mando envió un mensaje urgente pidiendo ayuda, pues se habían sublevado los vascones, los cántabros y los ilergetes. Al ser pretor urbano, Sila no podía prestarse voluntario y, desde el tribunal de pretores, tuvo que ver sin inmutarse cómo encargaban al cónsul Cayo Valerio Flaco el gobierno de la Hispania Citerior.

 

¿Qué le quedaba? ¿Macedonia? Era una provincia consular, que rara vez se entregaba a un pretor, pero que precisamente aquel año había sido concedida al pretor urbano del año anterior, el hombre nuevo Cayo Sentio, quien rápidamente demostró su valía y, por consiguiente, era muy improbable que lo sustituyesen en mitad de la campaña que había organizado con su igualmente eficiente legado, Quinto Brutio Sura. ¿Asia? Sila sabía que aquella provincia estaba prometida a otro Lucio Valerio Flaco. ¿Africa? Aquello era un remanso de paz por aquel entonces y no

 

podía esperarse nada. ¿Sicilia? Remanso de paz. Nada. ¿Cerdeña y Córcega? Otro remanso de paz. Descartado.

 

Con desesperada necesidad de dinero, Sila vio cómo se le escapaban una tras otra las posibilidades de un puesto lucrativo de gobernador y tenía que quedarse en Roma a cargo de los tribunales. Ya sólo le quedaban dos años para el consulado, y entre sus colegas pretores estaban Publio Escipión Nasica y Lucio Flaco, que con su gran influencia se había asegurado el cargo de gobernador de Asia para el año siguiente. Los dos con dinero de sobra para sobornar sin límite. Otro pretor, Publio Rutilio Lupo, era aún más rico. A menos que pudiera hacer fortuna en el extranjero, Sila sabía que sus esperanzas eran vanas.

 

Sólo la compañía de su hijo le hacía conservar el juicio, impidiendo que cometiera alguna tontería, a pesar de que sabía que arruinaría definitivamente su carrera. Metrobio vivía en la misma ciudad, pero gracias a su hijo podía resistir el poderoso impulso de ir a verle. El pretor urbano era muy conocido en Roma al final del año en el cargo y Sila era por añadidura un hombre que no pasaba inadvertido; la presencia de sus hijos le impedía darle cita en su casa y era imposible verse en el apartamento de Metrobio de la colina Caeha. Adiós, Metrobio.

 

Y lo peor era que ya no podía recurrir a Aurelia porque por fin había vuelto Cayo Julio César; se había acabado la libertad de la pobre. La había visitado una vez y había tenido un recibimiento frío por parte de una dama hierática, que formalmente le había rogado que no volviese, sin darle explicación alguna que le indicara cuál era el problema, pero no le costó mucho imaginarse a qué obedecía su actitud. Cayo Julio César sería adversario en las elecciones pretorianas de noviembre, ayudado por la innegable influencia de Cayo Mario, y la esposa de César sería una de las damas romanas más observadas, aunque viviera en el Subura. Nadie le había contado a Sila cuánto había soliviantado sin querer a los Cayo Mario, en sus vacaciones por Asia, pero Claudia, la esposa de Sexto César, se había encargado de relatar la graciosa historia al marido de Aurelia en la fiesta que habían celebrado para celebrar su vuelta, y aunque los demás se lo tomaron a broma, a César no le había hecho ninguna gracia.

 

¡Oh, gracias a los dioses que tenía al joven Sila! Aunque con el hijo no había ningún solaz. Controlado en todos sus pasos, el Sila que habría podido irrumpir con alguna perversidad, se hallaba en reposo, dormitando. Por nada del mundo se habría rebajado a los ojos de su hijo querido.

 

Así, conforme el año tocaba a su fin, Sila vio cómo se desvanecían sus posibilidades, sufriendo la privación de Metrobio y de Aurelia, escuchando la charla pretenciosa del joven Cicerón y dando a su hijo cada vez más cariño. Los detalles de su vida anterior a la muerte de su madrastra, que Sila jamás había contado a nadie de su clase, los desvelaba ahora a aquel muchacho tan maravilloso y comprensivo, que escuchaba arrobado aquellas historias que le daban una imagen de una persona que él jamás conocería. La única faceta de su vida que Sila no reveló a su retoño fue la de aquel monstruo sañudo capaz de aullar a la luna. Aquello, se dijo, se había acabado para siempre.

 

Cuando el Senado asignó las provincias, cosa que sucedió a últimos de noviembre, todo salió como Sila había previsto. A Cayo Sentio le prorrogaron el mando en Macedonia; a Cayo Valerio Flaco, en la Hispania Citerior; a Publio Escipión Nasica, en la Hispania Ulterior, y la provincia de Asia a Lucio Valerio Flaco. Cuando le ofrecieron Africa, Sicilia o Cerdeña y Córcega, Sila lo rechazó elegantemente. Mejor no tener ningún cargo de gobernador que quedar relegado a un lugar en el que no sucedía nada. Cuando se celebrasen las elecciones consulares, dentro de dos años, los electores considerarían dónde habían estado los gobernadores pretorianos, y el destino de Africa, Sicilia, Córcega y Cerdeña no impresionarían lo más mínimo.

 

Y entonces la Fortuna tiró su disfraz y se mostró en plena gloria de su afecto por Sila. En diciembre llegó una carta desesperada del rey Nicomedes de Bitinia, poniendo al descubierto los designios del rey Mitrídates en Asia Menor, pero sobre todo en Bitinia. Y casi simultáneamente llegaron noticias de Tarsus de que Mitrídates había invadido Capadocia al frente de un poderoso ejército y no pensaba detenerse hasta apoderarse de Cilicia y Siria. Con gran perplejidad, Escauro, príncipe del Senado, propugnó el envío de un gobernador a

 

Cilicia. Roma no disponía de muchas tropas de reserva, pero había que dar suficientes fondos al gobernador para que, en caso necesario, organizase tropas indígenas. Escauro era un romano terco, cosa que Mitrídates no había comprendido, al creerle que lo tenía sumiso gracias a un montón de cartas y una bolsa de oro. Pero Escauro era muy capaz de quemar un montón de cartas si se presentaba una amenaza de tal envergadura para Roma, y Cilicia era una región vulnerable de importancia, y aunque allí no solía enviarse un gobernador periódicamente, Roma consideraba Cilicia como una posesión.

 

—Enviad a Lucio Cornelio Sila a Cilicia —dijo Cayo Mario cuando le consultaron—. Es un hombre muy apto que se encuentra en una situación precaria. El sabrá entrenar a las tropas, equiparlas y mandarlas. Si hay alguien capaz de solventar la situación, Lucio Cornelio es el más indicado.

 

 

—¡Me han asignado un cargo de gobernador! —dijo Sila a su hijo al llegar a casa después de la reunión del Senado en el templo de Bellona.

 

—¿Sí? ¿Dónde? —inquirió excitado el joven.

 

—En Cilicia. Para contener al rey Mitrídates del Ponto.

 

—¡Oh, tata, es estupendo! —Pero el muchacho comprendió de inmediato que ello significaba la separación, y por un brevísimo instante sus ojos traicionaron su aflicción y su pena, pero conteniendo un sollozo miró a su padre con aquel increíble respeto y confianza que a Sila tanto le enternecía—. Te echaré de menos, claro, pero me alegro mucho por ti, padre.

 

Había hablado como un adulto. Le había llamado padre, no tata. Eufóricos y a punto de romper a llorar, los fríos ojos claros de Lucio

 

Cornelio Sila se posaron en su hijo con el mismo respeto y confianza con que él le había obsequiado. Luego le dirigió una sonrisa de rendido afecto.

 

—Bah, ¿qué es eso de que me vas a echar de menos? —inquirió—. No irás a pensar que voy a irme sin ti… Tú vienes conmigo.

 

Otro sollozo contenido, convertido en alegría irreprimible, y una sonrisa inenarrable.

 

—Tata! ¿De verdad?

 

—Nunca he dicho nada más en serio, muchacho. Vamos los dos o no voy. ¡Y pienso ir!

 

Partieron para Oriente a principios de enero, que según el calendario era todavía época otoñal, en que la navegación era factible. Sila se hizo acompañar de un séquito de lictores (doce, dado que su imperium era proconsular), funcionarios, escribas y esclavos públicos, su hijo, rebosante de alegría, y Ariobarzanes de Capadocia con su madre Laódice. El arca de guerra iba bien surtida, gracias a los denuedos de Escauro, príncipe del Senado, y su mente muy bien dispuesta gracias a una larga conversación con Cayo Mario.

 

Hicieron la travesía entre Tarentum y el puerto griego de Patrae, donde tomaron otro barco para Corinto, viajaron por tierra hasta el Pireo de Atenas y de allí en otra nave hasta Rodas. De Rodas a Tarsus, Sila tuvo que fletar un navío, pues ya se aproximaba el invierno y el tráfico comercial estaba interrumpido. Así, el grupo llegó a Tarsus a fines de enero, sin ver en todo el itinerario más que unos cuantos puertos y astilleros y mucha agua.

 

Nada había cambiado en Tarsus desde la visita de Mario, tres años y medio antes, ni en Cilicia, que seguía plácidamente viviendo en el limbo. La llegada de un gobernador oficial cayó bien en Tarsus y en Cilicia, y apenas se había instalado Sila en el palacio residencial, cuando se vio asediado por hombres dispuestos a ayudarle, muchos de ellos pensando en la buena paga del ejército.

 

Pero Sila sabía con quién tenía que tratar, y consideró significativo que esa persona no se hubiera presentado a solicitar los favores del nuevo gobernador romano y siguiera con su tarea habitual, que era mandar la milicia de Tarsus. Se llamaba Morsimo, y Cayo Mario se lo había recomendado.

 

—A partir de ahora quedas relevado del mando —dijo Sila amistosamente a Morsimo cuando se presentó a instancias de él—. Necesito un indígena que me ayude a reclutar, equipar y entrenar cuatro buenas legiones de tropas auxiliares antes de que queden abiertos en primavera los pasos hacia el interior. Cayo Mario me ha dicho que eres la persona idónea para este cometido. ¿Te consideras capaz?

 

—Sé que lo soy —respondió Morsimo sin pensarlo dos veces.

 

—Un factor favorable es que aquí el tiempo es bueno —dijo Sila, animoso—. Podemos poner a los hombres militarmente en condiciones durante el invierno, si podemos reunir el personal adecuado para la instrucción y un armamento igual al de las tropas de Mitrídates. ¿Podremos?

 

—Claro que sí —contestó Morsimo—. Encontrarás más reclutas dispuestos de los que necesitas. El ejército atrae a los jóvenes y aquí no lo hemos tenido desde hace… ¡oh, muchos años! Si Capadocia no hubiese tenido trastornos internos y menos ingerencias del Ponto y de Armenia, habría podido invadirnos y conquistarnos. Afortunadamente también Siria ha estado muy revuelta. Así que seguimos existiendo por pura suerte.

 

—La Fortuna —dijo Sila, esbozando su más fiera sonrisa y pasando el brazo por los hombros de su hijo—. La Fortuna me favorece, Morsimo. Llegará un día en que me llamaré Félix —añadió, dando un apretón al joven Sila—. De todos modos, hay una cosa muy importante que debo hacer antes de que transcurra un día solar, aunque sea de invierno.

 

—¿Es algo en lo que pueda ayudarte? —inquirió el griego de Tarsus, perplejo.

 

—Eso espero. Dime dónde puedo comprar un buen sombrero de paja que no se destroce en diez días —contestó Sila.

 

—Padre, yo no quiero ponerme sombrero —dijo el joven Sila camino del mercado con su padre—. ¡Sombrero! Sólo los palurdos llevan sombrero.

 

—Y yo —dijo Sila sonriente.

 

—¿Tú?

 

—Cuando estoy en campaña, jovencito, llevo un buen sombrero que me libre del sol. Me lo recomendó Cayo Mario hace años, cuando fuimos por primera vez a Africa a combatir contra el rey Yugurta de Numidia. Póntelo y no te preocupes de las risas ni de los comentarios, me dijo. Al cabo de un tiempo ya no se fijan. Seguí su consejo, pues tengo la piel muy clara y se me quema. Mira, en realidad, al hacerme famoso en Numidia, mi sombrero se hizo también famoso.

 

—Nunca te he visto llevar sombrero en Roma.

 

—En Roma procuro no estar al sol, por eso el año pasado hice que me instalaran un dosel en el tribunal de pretor.

 

Se hizo un silencio; la estrecha calle por la que caminaban se abrió de pronto en forma de enorme plaza irregular con árboles que daban sombra y numerosas casetas y tenderetes.

 

—Padre —dijo el joven con voz tímida.

 

Sila miró a un lado y a otro, sorprendido al ver la poca diferencia de estatura que había entre él y su hijo. Ganaba la sangre de los César; el joven Sila sería alto.

 

—Dime, hijo.

 

—Por favor, ¿me compras también uno a mí?

 

 

 

Cuando Mitrídates supo que habían enviado un gobernador romano a Cilicia y que estaba reclutando y entrenando tropas indígenas, se quedó mirando atónito a quien se lo contaba, que era Gordio, el nuevo rey de Capadocia.

 

—¿Quién es ese Lucio Cornelio Sila? —inquirió.

 

—No sabemos nada de él, majestad, salvo que el año pasado era el magistrado jefe en la ciudad de Roma, y que ha sido legado de varios generales romanos famosos, Cayo Mario en Africa contra Yugurta, Quinto Lutacio Catulo César en la Galia itálica contra los germanos y Tito Didio en Hispania contra las tribus indígenas —contestó Gordio, dando toda la información de carrerilla, pues aquellos nombres nada le decían, con excepción del de Cayo Mario.

 

Tampoco a Mitrídates le decían gran cosa, y una vez más el rey del

 

Ponto se vio lamentando su deficiente educación geográfica e histórica.

 

Arquelao ampliaría la información.

 

—Lucio Cornelio Sila no es ningún Cayo Mario —dijo Arquelao, pensativo—, pero tiene una gran experiencia y no debemos subestimarle porque no sepamos quién es. Desde que entró en el Senado de Roma presta sus servicios en el ejército, aunque no creo que haya mandado nunca un ejército en el campo de batalla.

 

—Se llama Cornelio —comentó el rey, inflando el tórax—, pero ¿es un Escipión? ¿Qué es eso de «Sila»?

 

—No es un Escipión, gran rey —contestó Arquelao—. Pero es un Cornelio patricio, y no lo que los romanos llaman un hombre nuevo, un don nadie. Se dice que es difícil.

 

—¿Dificil?

 

Arquelao tragó saliva; ya no le quedaba más información y no tenía ni idea de en qué consistía la «dificultad» de Sila. Y optó por inventárselo.

 

—Es un negociador muy difícil, majestad, que no ve las cosas más que a su manera.

 

Estaban en la corte de Sinope, la ciudad preferida del rey, sobre todo en invierno. Se habían sucedido unos años bastante pacíficos y no había habido cortesanos ni parientes que mordieran el polvo. Nisa, la hija de Gordio, había resultado ser una consorte tan satisfactoria, que su padre había sido nombrado rey de Capadocia tras la invasión de Tigranes; la lista de hijos reales seguía aumentando y las posesiones del Ponto al este y al norte del Euxino prosperaban.

 

Pero se iba desvaneciendo el recuerdo de Cayo Mario, y el rey del Ponto tenía los ojos puestos en el sur y el oeste. Su artimaña de Valerse de Tigranes para intervenir en Capadocia había dado buen resultado y Gordio continuaba en el trono pese a la visita de Escauro. El único beneficio que Roma había obtenido de aquella visita fue la retirada del ejército armenio de Capadocia, que, de todos modos, era lo que Mitrídates tenía previsto. Ahora, por fin, parecía que Bitinia iba a caer en sus manos, pues un año atrás Sócrates había acudido al Ponto pidiendo asilo, convirtiéndose a tal extremo en títere de Mitrídates que el rey había considerado que no corría riesgo alguno instalándolo en el trono como paso previo a otra invasión. Una invasión que pensaba iniciar en primavera, avanzando velozmente hacia el oeste para copar totalmente al rey Nicomedes III.

 

Las noticias que le trajo Gordio le dieron que pensar. ¿No sería demasiada osadía anexionarse Bitinia o sentar a Sócrates en el trono, cuando había dos gobernadores romanos en la zona? ¡Y cuatro legiones en Cilicia! Se decía que Roma era capaz de derrotar a cualquier ejército con

 

cuatro buenas legiones. Sí, eran tropas auxiliares de Cilicia, no soldados romanos, pero los cilicios eran belicosos y orgullosos; de no haberlo sido, Siria, por muy debilitada que se hallara, los habría invadido. Cuatro legiones eran unos veinte mil combatientes efectivos, pero el Ponto podía disponer de doscientos mil. Numéricamente no había comparación, pero, no obstante… ¿Quién era aquel Lucio Cornelio Sila? Tampoco eran conocidos Cayo Sentio ni su legado Quinto Brutio Sura, y ellos dos arrasaban en la frontera macedónica desde Illyricum al Oeste hasta el Helesponto en el este, capitaneando una campaña devastadora que hacía tambalearse a celtas y tracios. Nadie estaba seguro de que los romanos fuesen a permanecer alejados de las tierras del río Danubius. Y eso preocupaba a Mitrídates, que planeaba avanzar por la orilla occidental del Euxino hacia las tierras del Danubius. No le hacía ninguna gracia tropezarse allí con Roma.

 

¿Quién sería Lucio Cornelio Sila? ¿Otro general romano de la categoría de Sentio? ¿Por qué le habrían enviado a él a guarnecer Cilicia, dejando en Roma a Cayo Mario y a Catulo César, vencedores de los germanos? Uno de ellos —Mario— se había presentado solo y sin armas en Capadocia, con un discurso que daba a entender que volvía a Roma sin dejar de estar al tanto de lo que sucedía en el Ponto. ¿Por qué, entonces, no había venido él a Cilicia? ¿Por qué había venido aquel desconocido, Lucio Cornelio Sila? Por lo visto, Roma siempre tenía a mano un excelente general. ¿Sería Sila mejor aún que Mario? Sí, el Ponto contaba con ejércitos de sobra, pero no disponía de buenos generales. Después de su espléndida campaña contra los bárbaros, al norte del mar Euxino, Arquelao ansiaba probar fortuna contra enemigos más poderosos; pero Arquelao era un primo suyo con sangre real, y un rival en potencia. Lo mismo podía decirse de su hermano Neoptolemo y su primo Leónipo. ¿Y qué rey podía estar seguro de sus propios hijos? Las madres ansiaban el poder y eran también enemigos en potencia; igual que ellos cuando alcanzaban una edad en que por voluntad propia codiciaban el trono del padre.

 

¡Si hubiese tenido dotes de general!, pensaba Mitrídates, mientras sus ojos verde uva con pintas marrones repasaban el rostro de los que le rodeaban. Pero en el aspecto bélico carecía del incomparable talento que

 

habría debido heredar de su antepasado Heracles. ¿O no era así? Pensándolo bien, Heracles no había sido general. Heracles había luchado en solitario contra leones y osos, usurpadores de tronos, dioses y diosas, perros del averno y toda clase de monstruos. La clase de adversarios que le habrían gustado a Mitrídates. En los tiempos de Heracles no se habían inventado los generales; los guerreros se agrupaban y se unían a otros, iban en carros a todas partes y luchaban cuerpo a cuerpo en duelo. ¡Esa era la clase de guerra que él se sentía en disposición de emprender! Pero aquellos tiempos se habían ido para siempre, igual que los carros. Los tiempos modernos requerían ejércitos y los generales eran como semidioses que, sentados o de pie en un alto, observaban el campo de batalla dando órdenes, señalando cosas y mordiéndose un padrastro, pensativos, sin dejar de mirar todos los movimientos de la batalla a sus pies. Los generales sabían instintivamente si una línea estaba a punto de ceder o de retroceder, dónde iba a concentrar el enemigo el asalto masivo; si, los generales nacían sabiendo lo que eran flancos, maniobras, asedios, artillería, columnas de refresco, formaciones, despliegues, filas y líneas. Cosas que a Mitrídates no le cabían en la cabeza, ni le gustaban ni le interesaban ni se le daban bien.

 

Y mientras sus ojos vagaban sin mirar, todos los cortesanos le observaban tan atentamente como el halcón en lo alto contempla al ratón en el suelo, sólo que sintiéndose como el ratón. Allí estaba él, sentado en su trono de oro macizo, engastado con miles de perlas y rubíes, ataviado con la piel de león (pues estaban en consejo de guerra) y una túnica de la malla más suave y flexible con baño de oro, resplandeciente e infundiendo temor en todos los corazones. Nadie se le oponía ni nadie sabía cómo hacerlo. Monarca absoluto, compleja mezcla de cobarde y valiente, fanfarrón y rastrero, salvador y destructor. En Roma nadie le habría hecho caso y se habrían reído de él, pero en Sinope todos le obedecían y nadie se le reía.

 

—Sea quien fuere ese Lucio Cornelio Sila —dijo por fin el rey—, los romanos le han enviado sin ejército de guarnición a un país extranjero y tendrá que utilizar tropas que no conoce. Por consiguiente, tengo que suponer que Lucio Cornelio Sila es un enemigo a tener en cuenta —añadió,

 

clavando la vista en Gordio—. ¿Cuántos soldados envié en otoño a tu reino de Capadocia?

 

—Cincuenta mil, gran rey —contestó Gordio.

 

—A principios de primavera iré en persona a Eusebia Mazaca con otros cincuenta mil, llevando de general a Neoptolemo. Arquelao, tú irás a Galacia con otros cincuenta mil hombres para guarnecerla en la frontera occidental, por si los romanos planean invadir el Ponto por dos frentes. Mi reina gobernará desde Amasia, pero sus hijos permanecerán aquí en Sinope vigilados como rehenes para que ella se comporte como es debido. Si se descubriera alguna traición, se ejecutará inmediatamente a sus hijos —dijo Mitrídates.

 

—¡Mi hija no sueña con nada parecido! —exclamó Gordio, aterrado, temiéndose que las esposas secundarias del rey fingieran alguna traición que indujera a la ejecución de los hijos antes de que se aclarase todo.

 

—No tengo motivos para creerlo —replicó el rey—. Es una simple precaución que adopto últimamente. Cuando estoy fuera de mis tierras, hago que los hijos de mis distintas esposas sean confinados en diversas ciudades como rehenes en garantía del buen comportamiento de sus madres. Las mujeres son un ganado muy raro —añadió pensativo— y siempre aprecian más a sus hijos que a si mismas.

 

—Más vale guardarse contra la que no lo hace así —dijo una voz fina y afectada, surgida de una persona gorda y afectada.

 

—Ya lo hago, Sócrates, ya lo hago —replicó Mitrídates sonriente.

 

No le caía mal aquel repelente cliente de Bitinia, aunque no fuese más que porque podía decirse con orgullo que ningún hermano suyo así de repelente habría llegado a cumplir más de cincuenta años. Que ningún hermano de él hubiese vivido hasta los veinte, repelente o no, era algo en lo que nunca se paraba a pensar. Los bitinios eran unos blandos. De no haber sido por Roma y la protección que les prestaba, Bitinia se la habría tragado el Ponto hacía treinta años. ¡Roma, Roma, Roma! Siempre surgía Roma. ¿Por qué no tendría Roma una guerra terrible al otro extremo del Mediterráneo que la mantuviera ocupada una década por lo menos? Así, cuando quisiera volver la vista a Oriente, el Ponto dominaría la región y a

 

Roma no le quedaría más remedio que dedicar su atención al oeste. Al ocaso.

 

—Gordio, te encargo que vigiles cómo orienta las cosas en Cilicia ese Lucio Cornelio Sila. ¡Infórmame del más mínimo detalle! Que no se te escape nada. ¿Está claro?

 

—Sí, todopoderoso —contestó Gordio temblando.

 

—¡Bien! —dijo el rey, bostezando—. Tengo hambre. Comamos. ¡Tú, no! —añadió bruscamente al ver que Gordio se les unía camino del comedor—. Tú vuelves inmediatamente a Mazaca. Capadocia no puede estar sin rey.

 

 

Desgraciadamente para Mitrídates, el tiempo primaveral favoreció a Sila. El paso de las Puertas Cilicias era menos alto y tenía menos nieve que las series de tres puertos por los que Mitrídates tenía que conducir los cincuenta mil hombres desde el campamento en las afueras de Zela hasta el pie del monte Argaeus. Gordio le había enviado un mensaje a Sinope notificando que Sila se ponía en marcha con su ejército antes de que el rey tuviese tiempo de cruzar la montañosa frontera, y cuando le llegó la noticia, en el momento en que abandonaba Zela, de que Sila había llegado a Capadocia y estaba acampando a unos cuatrocientos estadios al sur de Mazaca y a cuatrocientos estadios al Oeste de la Comana capadocia —y no parecía prever más movimientos— el rey respiró más tranquilo.

 

A pesar de ello, se apresuró a cruzar con su ejército aquel peligroso terreno, sin hacer caso de las súplicas de hombres y bestias, con los oficiales látigo en mano y él mismo con la bota pronta a apartar del camino a los exhaustos. Ya había mandado correos al este a la Artaxata armenia y a su yerno el rey Tigranes advirtiéndole de que los romanos estaban reforzando Cilicia y que Capadocia estaba en manos de un gobernador romano. Alarmado, Tigranes pensó que lo mejor era notificarlo a sus amos partos y esperar órdenes de Seleucia en el Tigris antes de hacer nada. Mitrídates no había pedido ayuda, pero Tigranes hacia tiempo que había

 

tomado medidas y no estaba muy seguro de querer enfrentarse a Roma, al margen de lo que pretendiera Mitrídates.

 

Cuando el rey del Ponto llegó al Halis, lo cruzó y acampó sus cincuenta mil hombres con los cincuenta mil que ya tenía en Mazaca. Gordio salió a recibirle con increíbles noticias.

 

—¡El romano está construyendo una carretera! —¿Una carretera? —inquirió el rey, parándose en seco. —Por el paso de las Puertas Cilicias, gran rey. —Pero si hay un camino… —replicó Mitrídates.

 

—¡Lo sé, lo sé!

 

—¿Y para qué construir otro?

 

—¡No lo sé!

 

Los gruesos y rojos labios de aquella pequeña boca se encogieron, se fruncieron hacia afuera y hacia dentro, confiriendo al rostro de Mitrídates, si lo hubiera sabido (o alguien hubiese tenido el valor de decírselo, cosa que no había sucedido) un claro parecido con un pez; estuvo un rato haciendo esa mueca y finalmente se encogió de hombros.

 

—Les encanta hacer carreteras —dijo en tono de asombro—. Supongo que será una manera de matar el tiempo. ¡Al fin y al cabo ha llegado aquí mucho antes que yo! —añadió indignado.

 

—Eso de la carretera, gran rey… —terció discretamente Neoptolemo. —¿Qué?

 

—Creo que debe de tratarse de que Lucio Cornelio Sila está mejorando el camino. Cuanto mejor sea, con mayor rapidez podrá trasladar sus tropas. Por eso los romanos construyen buenas carreteras.

 

—Pero ha avanzado por la que había sin cambiarla, ¿para qué construir una nueva después de haber hecho el avance? —exclamó Mitrídates, que no acababa de entenderlo. A la tropa se la hacía avanzar a punta de látigo mientras hubiese camino… ¿A qué molestarse en hacerlo más fácil, como un paseo por la ciudad?

 

—Imagino —dijo Neoptolemo con harta paciencia— que, al ver el estado en que se hallaba el camino, los romanos han decidido mejorarlo por si necesitan volver a recorrerlo.

 

La suposición surtió efecto y el rey abrió unos ojos como platos. —¡Pues se llevará una sorpresa! ¡Cuando le haya expulsado de

 

Capadocia con sus mercenarios cilicios, no me voy a molestar en destrozar la carretera nueva, sino que la enterraré despedazando las montañas!

 

—¡Muy bien dicho, gran rey! —dijo Gordio, adulador.

 

El rey lanzó un gruñido de indignación y avanzó hacia su caballo, montó apoyando el pie en la espalda de un esclavo arrodillado y se acomodó en la silla. Sin aguardar a ver si el séquito estaba listo para seguirle, espoleó al animal en los flancos y salió al galope. Gordio se apresuró a montar en el suyo y seguir al rey, quejándose y dejando a Neoptolemo cada vez más pequeño atrás, mirándolos.

 

Era muy arduo infundir ideas extranjeras en el cerebro del rey, pensó Neoptolemo. ¿Habrá captado el propósito de la carretera? No sé por qué no lo comprende. ¡Yo si! Los dos somos del Ponto, ninguno de los dos nos hemos educado en el extranjero, y procedemos de la misma estirpe. En realidad, él ha estado en muchos más sitios, y sin embargo parece negado para ciertos razonamientos que yo entiendo en seguida; aunque hay otras cosas que él capta antes que yo. Supongo que somos dos mentes distintas y no pensamos igual. Quizá cuando el individuo es un autócrata absolutista la mente se le pervierte en algún aspecto. Y eso que mi primo Mitrídates no es tonto. Lástima que entienda tan mal a los romanos. Casi todas las conclusiones a las que llega respecto a ellos se fundamentan en sus curiosas aventuras en la provincia de Asia, y eso no es el mejor antecedente que pueda darse. ¿Cómo podríamos hacerle ver lo que todos vemos?

 

 

La estancia del rey en el palacio azul de Eusebia Mazaca fue breve; al día siguiente de su llegada se puso en marcha con su ejército camino de la zona en que se hallaba Sila. ¡Por aquel terreno no había que preocuparse de carreteras! Aunque había algunas colinas que salvar y habría que efectuar algún rodeo por aquellos extraños barrancos, era un camino fácil para la marcha. Mitrídates estaba satisfecho del avance: ciento sesenta estadios por día. Y si no lo hubiera visto con sus propios ojos, nunca habría creído que

 

un ejército romano marchando por igual terreno sin carretera pudiera cubrir el doble de la distancia.

 

Pero Sila no se movió. Su campamento estaba en el centro de una llanura y se dedicó a fortificarlo al máximo, pese a que por la ausencia de bosques en Capadocia tuvo que surtirse de madera en las Puertas Cilicias. Así, cuando Mitrídates apareció por el horizonte vio una estructura totalmente cuadrangular, perímetro de un espacio con un área de unos treinta y dos estadios cuadrados, con fuertes parapetos y una empalizada erizada de puntas de diez pies de alto, además de los tres fosos exteriores, el primero de veinte pies de ancho lleno de agua, el central de quince pies con estacas puntiagudas y el último al pie de la empalizada de veinte pies y lleno también de agua. Sus vigías le comunicaron que había cuatro pasos sobre los fosos, correspondientes a las cuatro puertas situadas en el centro de cada uno de los lados del cuadrilátero.

 

Era la primera vez en su vida que Mitrídates veía un campamento romano, y contuvo un gesto de asombro porque se sabía observado por muchos ojos. Hizo detenerse al ejército y él se fue a ver más de cerca la fortaleza de Sila.

 

—Mi señor rey, ha llegado un heraldo de los romanos —dijo uno de sus oficiales que le salió al paso mientras cabalgaba despacio a lo largo de un lado del formidable reducto de Sila.

 

—¿Qué es lo que quieren? —inquirió Mitrídates, frunciendo el entrecejo al ver la valla y las empalizadas, con aquellas torres que sobresalían a intervalos.

 

—El procónsul Lucio Cornelio Sila solicita parlamentar.

 

—Me parece bien. ¿Dónde y cuándo?

 

—En el camino que conduce a la puerta principal del campamento romano, ese que tenéis a la derecha, gran rey. El heraldo dice que vos y él solos.

 

—¿Cuándo?

 

—Ahora, gran rey.

 

Mitrídates espoleó el caballo hacia la derecha, ansiando ver a aquel Lucio Cornelio Sila y sin temor alguno; no le constaba que los romanos

 

recurriesen a la celada de atravesarle con una lanza durante una tregua al acudir a parlamentar. Por eso al llegar al camino descabalgó sin pensárselo dos veces, pero se detuvo, molesto por su poca perspicacia. No debía consentir de nuevo que un romano le hiciera lo que Cayo Mario y le mirase desde arriba. Y volvió a montar. Pero el caballo, poniendo los ojos en blanco, asustado por los fosos de ambos lados, se negaba a avanzar. El rey quiso forzar al animal un instante, pero pensó que aquello desprestigiaría aún más su imagen; retrocedió, volvió a bajarse del caballo y fue a pie hacia el centro, en un tramo en que el foso semejaba unas fauces erizadas de estacas.

 

Se abrió la puerta, dando paso a un hombre que se dirigió hacia él. Era pequeño comparado con su gran estatura, se dijo Mitrídates satisfecho, pero estaba bien formado. El romano llevaba una sencilla armadura de hierro amoldada al torso, la doble faldilla de tiras de cuero que llamaban pteryges, túnica escarlata y una ondeante capa también escarlata. No se cubría la cabeza y su pelo rojo dorado relucía al sol, mecido por la leve brisa. El rey Mitrídates no podía apartar los ojos de él, pues en su vida había visto unos cabellos de aquel color, ni siquiera entre los celtas gálatas; ni una piel tan blanca como aquella que aparecía por debajo del dobladillo próximo a las rodillas y las botas que le cubrían hasta la mitad de las pantorrillas, notablemente musculosas, y en brazos, cuello y rostro. ¡Blanca como la nieve! ¡Sin color alguno!

 

Y cuando lo tuvo más cerca, el rey vio la cara de Lucio Cornelio Sila y aquellos ojos que le hicieron estremecerse. ¡Apolo! ¡Apolo encarnado en romano! El rostro era tan fuerte, tan divino, de tan profunda majestad, no un rostro liso copia de una estatua, sino realmente divino como debían tenerlo los dioses. ¡Un hombre-dios en plena forma y poderío. Un romano. ¡Un romano!

 

Sila había salido a su encuentro totalmente seguro de si mismo, pues Cayo Mario le había explicado su encuentro con el rey del Ponto para darle la medida del oriental. Pero no se le había ocurrido que su aspecto físico pudiera impresionar al rey, ni, al notar que tal sucedía, entendía por qué. Bien, no importaba el porqué, pero aprovecharía aquella inesperada ventaja.

 

—¿Que hacéis en Capadocia, rey Mitrídates? —inquirió.

 

—Capadocia es mía —respondió el rey, aunque no con la voz tonante con que había previsto dirigirse al Apolo romano antes de verle; no, le salió una voz más bien huera y débil; él mismo lo notó, para mayor irritación.

 

—Capadocia es de los capadocios.

 

—Los capadocios son el mismo pueblo que los pontinos.

 

—¿Cómo es posible si tienen su propio linaje real con tantos cientos de años como el del Ponto?

 

—Sus reyes han sido extranjeros, no capadocios.

 

—¿En qué sentido?

 

—Son seléucidas de Siria.

 

—Es curioso, pues —replicó Sila, encogiéndose de hombros—, rey Mitrídates, que el rey capadocio que tengo en mi campamento no se parezca en nada a un seléucida sirio. ¡Ni a vos! Y su linaje no es sirio, seléucida ni de otro origen. El rey Ariobarzanes es capadocio y lo ha elegido su pueblo en lugar de vuestro Ariarates Eusebio.

 

Mitrídates se sobresaltó. Gordio no le había dicho que Mario había averiguado quién era el rey Ariarates Eusebio, y la afirmación de Sila le parecía presciente y sobrenatural. Otra prueba más de la naturaleza de aquel Apolo romano.

 

—El rey Ariarates Eusebio ha muerto; murió durante la invasión armenia —dijo Mitrídates con la misma voz débil—. Ahora los capadocios tienen un rey capadocio. Se llama Gordio y yo estoy aquí para garantizar su trono.

 

—Gordio es un títere vuestro, rey Mitrídates, cosa lógica en un suegro cuya hija es reina del Ponto —replicó Sila sin alterarse—. Gordio no es el rey que han elegido los capadocios, sino el que vos impusisteis valiéndoos de vuestro yerno Tigranes. El verdadero rey es Ariobarzanes.

 

Otra presciencia. ¿Quién era aquel Lucio Cornelio Sila, sino el propio Apolo?

 

—¡Ariobarzanes es un pretendiente!

 

—No, según el Senado del Pueblo de Roma —contestó Sila, aprovechando la ventaja—. Me ha encargado el Senado del Pueblo de

 

Roma la reinstauración en el trono del rey Ariobarzanes y que me asegure de que el Ponto y Armenia abandonan las tierras de Capadocia.

 

—¡No es asunto de Roma! —exclamó el rey, haciendo acopio de coraje al ver que perdía posiciones.

 

—Todo lo que sucede en el mundo es asunto de Roma —contestó Sila, haciendo una pausa para mayor énfasis de lo que iba a decir—. Marchaos de aquí, rey Mitrídates.

 

—¡Capadocia es mi patria tanto como el Ponto!

 

—No, no lo es. Regresad al Ponto.

 

—¿Pensáis obligarme a ello con vuestro ridículo ejército? —inquirió con sorna Mitrídates, ya enojado—. ¡Mirad esos cien mil hombres, Lucio Cornelio Sila!

 

—Cien mil bárbaros —replicó Sila con desdén—. Me los comeré. —¡Lucharé! ¡Os advierto que lucharé!

 

Sila le volvió la espalda dispuesto a irse y le dijo por encima del hombro, antes de echar a andar:

 

—¡Dejaos de amenazas y largaos!

 

Al llegar a la puerta se dio la vuelta y dijo con voz más fuerte:

 

—Volved a vuestro país, rey Mitrídates. Dentro de ocho días me pondré en marcha hacia Eusebia Mazaca para reponer al rey Ariobarzanes en el trono. Si os oponéis, aniquilaré vuestro ejército y os mataré. Ni el doble de hombres de los que ven mis ojos podrían impedírmelo.

 

—¡Si ni siquiera tenéis soldados romanos! —gritó Mitrídates.

 

—Son lo bastante romanos —replicó Sila con su temible sonrisa—. Los ha equipado y preparado un romano, y lucharán como romanos, os lo aseguro. ¡Marchaos!

 

El rey volvió como una exhalación a su tienda imperial, y tan furioso que nadie osó hablarle, ni el mismo Neoptolemo. Una vez dentro de ella, se dirigió sin detenerse a su estancia privada en la parte posterior y allí se sentó en el sillón real, cubriéndose la cabeza con la capa púrpura. ¡No, Sila no era Apolo, sino un simple romano! Pero ¿qué clase de hombres eran los romanos que tenían aspecto de Apolo? O, como Cayo Mario, ¿tan grandotes y regios que jamás dudaban de su poder y autoridad? Los romanos que él

 

había visto en la provincia de Asia, aun a distancia, como en el caso del gobernador, le habían parecido hombres corrientes, pese a su arrogancia. Sólo había conocido a dos romanos, Cayo Mario y Lucio Cornelio Sila. ¿Cuál era el auténtico romano? Su sentido común le decía que los que había visto en la provincia de Asia, mientras que algo en su interior afirmaba que eran Mario y Sila. Al fin y al cabo, él era un gran rey, descendiente de Heracles y del persa Darío, y los que le hacían frente tenían que ser grandes.

 

¿Por qué no podía él mandar personalmente un ejército? ¿Por qué no entendía ese arte? ¿Por qué tenía que dejarlo en manos de hombres como sus primos Arquelao y Neoptolemo. Eran hijos prometedores, pero las madres eran ambiciosas. ¿A quién podría dirigirse con plena confianza? ¿Cómo podía enfrentarse a los romanos grandes, los que derrotaban a miles de soldados?

 

La rabia dio paso a las lágrimas, y el rey lloró en vano hasta que su desesperación se hizo resignación, un sentimiento ajeno a su naturaleza. Tenía que aceptar que no se podía vencer a los romanos, y en consecuencia no podían realizarse sus ambiciones, a menos que los dioses sonriesen al Ponto y dieran a los romanos algo que hacer en algún lugar más cercano a Roma que Capadocia. Si llegara el día en que los únicos romanos que enviasen contra el Ponto fuesen hombres corrientes, Mitrídates actuaría. Hasta entonces, Capadocia, Bitinia y Macedonia tendrían que esperar. Tiró la capa al suelo y se puso en pie.

 

Gordio y Neoptolemo aguardaban en el otro cuarto de la tienda, y cuando el rey apareció en el umbral de la divisoria los dos se pusieron en pie de un salto.

 

—Poned en marcha el ejército —dijo tajante—. Volvemos al Ponto. ¡Que el romano reponga a Ariobarzanes en el trono de Capadocia! Soy joven y tengo tiempo. Esperaré a que Roma esté ocupada en otro lugar y entonces avanzaré hacia el Oeste.

 

—¿Y yo? —inquirió Gordio.

 

El rey se mordió el dedo índice, mirándole fijamente.

 

—Creo que ha llegado el momento de deshacerme de ti, suegro —dijo, alzando la barbilla—. ¡Guardias, entrad!

 

Lo hicieron rápidamente.

 

—Lleváoslo y matadle —ordenó Mitrídates, señalando al medroso Gordio—. ¿Tú que esperas? —añadió, volviéndose hacia el demudado y tembloroso Neoptolemo—. ¡Pon en marcha el ejército ahora mismo!

 

 

—Bien, bien —dijo Sila a su hijo—, se retira.

 

Estaban en la torre vigía de la puerta principal que miraba al norte, en dirección al campamento de Mitrídates.

 

Por una parte, el joven Sila lo sentía, pero en el fondo se alegraba.

 

—Mejor así, ¿no, padre?

 

—De momento, creo que si.

 

—No hubiéramos podido vencerle, ¿verdad?

 

—¡Si, claro que habríamos podido! —contestó Sila enardecido—. ¿Iba a traer a mi hijo en campaña de no haber creído que íbamos a vencer? Se va únicamente por una cosa: porque sabe que le habríamos vencido. Mitrídates habrá estado errante por los bosques, pero sabe reconocer el poder militar y la calidad del adversario, aunque sea la primera vez que lo ve. En realidad tenemos suerte de que haya vivido tan aislado. El único modelo a que pueden referirse estos orientales es Alejandro Magno, que, con arreglo a los parámetros militares romanos, está muy anticuado.

 

—¿Cómo era el rey del Ponto? —inquirió el joven, curioso.

 

—¿Cómo era? —repitió Sila, pensándose la respuesta—. ¿Sabes que es difícil contestar? Muy poco seguro de si mismo, desde luego, y, por consiguiente, fácil de manipular. No haría muy buena figura en el Foro, pero es por ser extranjero. Como todos los tiranos, debe de estar acostumbrado a salirse con la suya desde pequeño. Si tuviera que definirle con una sola palabra, diría que es un palurdo. Pero es rey de todo lo que tiene a la vista y es peligroso; y capaz de aprender. Es una suerte que no haya tenido la experiencia de Roma y los romanos siendo más joven, como en el caso de Yugurta, ni el refinamiento de Aníbal, por poner un ejemplo.

 

Hasta que conoció a Cayo Mario, y a mi, me imagino que estaría satisfecho de si mismo. Pero hoy ya no lo está y eso no le sentará nada bien. Mi pronóstico es que buscará los medios de aventajarnos en nuestro juego. Es muy orgulloso y engreído y no descansará hasta provocarnos, pero no correrá el riesgo de hacerlo hasta estar totalmente convencido de que puede vencer. Y hoy no está seguro. ¡Ha sido muy prudente levantando el campamento, jovencito, porque yo le habría despedazado su ejército!

 

El joven Sila miró fascinado a su padre, asombrado de su seguridad y convicción.

 

—¿Un ejército tan grande?

 

—El número es lo de menos, hijo —contestó Sila, volviéndose para salir de la torre—. Hay una docena de maneras para arrollarle. El piensa en plan numérico, pero aún no ha llegado a la solución adecuada, que es utilizar como una sola unidad lo que tienes. Si hubiese decidido presentar batalla y yo le hubiese dado el gusto de dirigir mis fuerzas de frente hacia él, se habría limitado a ordenar una carga y todo su ejército se nos habría echado encima en masa. ¡Y eso es facilísimo de desbaratarlo! Por otra parte, es imposible que hubiera podido tomar el campamento. Pero es peligroso. ¿Sabes por qué, jovencito?

 

—No —contestó el hijo, perplejo.

 

—Porque ha decidido marcharse —respondió Sila—. Se irá a su país y le dará vueltas en la cabeza hasta dar con la idea de lo que debía haber hecho. ¡Cinco años, muchacho! Creo que dentro de cinco anos este Mitrídates dará que hacer a Roma.

 

Morsimo se les acercó al pie de la torre, con actitud muy parecida a la del joven Sila, contento y afligido a la vez.

 

—¿Qué hacemos ahora, Lucio Cornelio? —inquirió.

 

—Exactamente lo que le he dicho a Mitrídates. Dentro de ocho días nos encaminaremos a Mazaca y repondremos a Ariobarzanes en el trono. De momento no sucederá nada y creo que Mitrídates no volverá a Capadocia en unos cuantos años porque yo aún no he acabado.

 

—¿No?

 

—Quiero decir que aún no he acabado con él, porque no regresaremos a Tarsus —dijo Sila, con su temible sonrisa.

 

—¡No iréis a dirigiros al Ponto…! —exclamó Morsimo.

 

Sila se echó a reír.

 

—¡No! Voy al encuentro de Tigranes.

 

—¿Tigranes? ¿Tigranes de Armenia?

 

—El mismo.

 

—Pero, ¿por qué, Lucio Cornelio?

 

Dos pares de ojos se clavaron ansiosos en el rostro de Sila en espera de la respuesta, pues ni el hijo ni el legado tenían la menor idea.

 

—Porque quiero ver el Éufrates —dijo Sila con añoranza.

 

Era una respuesta inesperada, pero fue el joven Sila, que conocía esos repentes de su padre, quien lanzó una risita; Morsimo se alejó rascándose la cabeza.

 

 

A Sila se le había ocurrido una idea: en Capadocia no iba a haber disturbios y Mitrídates, de momento, se quedaría en el Ponto, pero necesitaba otro acto disuasorio. Pero, no habiéndose entablado batalla, Sila no había tenido la oportunidad de hacerse con oro o con tesoros de un botín, y, por otra parte, no creía que del reino de Capadocia pudiera obtenerse algo. Las riquezas que hubiera podido haber en Eusebia Mazaca ya hacía tiempo que habrían ido a parar a las arcas de Mitrídates.

 

El tenía órdenes concretas: expulsar de Capadocia a Mitrídates y a Tigranes y restablecer en el trono a Ariobarzanes y cesar toda actividad en las fronteras de Cilicia. Como simple pretor —con imperium preconsular o no— no le quedaba más remedio que obedecer. No obstante… De Tigranes no se había sabido nada, y no se había unido al rey del Ponto en aquella curiosa invasión; lo que significaba que estaría viviendo todavía en las fortalezas de las montañas armenias sin saber los deseos de Roma, sin estar amedrentado y sin haber visto un romano.

 

Y no se podía confiar en que le transmitiesen con exactitud tales deseos si el mensajero tenía que ser Mitrídates. Por todo ello, el gobernador de

 

Cilicia se propuso encontrar a Tigranes y exponerle personalmente las órdenes de Roma. ¿Por qué no? Incluso, quizá… Tal vez en el camino a Armenia se tropezase con una bolsa de oro. Un oro que necesitaba desesperadamente. A condición de que ese oro para uso privado del gobernador fuese acompañado de otra cantidad de oro para el Tesoro romano, no estaba mal visto que éste aceptase semejantes obsequios; los cargos de extorsión, traición o soborno sólo se hacían si el Tesoro no se embolsaba nada o, como en el caso del padre de Manio Aquilio, el gobernador vendía algo propiedad del Estado y se quedaba con el producto de la venta, como había hecho con Frigia.

 

Concluidos los ocho días de plazo, Sila salió con las cuatro legiones del campamento fortificado que había construido y lo dejó abandonado en aquella llanura; algún día le vendría bien, pues no pensaba que Mitrídates lo destruyera si volvía a Capadocia. Y hacia Mazaca se dirigió con su hijo y su ejército, y en el salón de audiencias de palacio fue testigo de la subida al trono de Ariobarzanes, que también contemplaron encantados el joven Sila y la madre del rey. Era evidente que los capadocios también lo celebraban, pues salieron de sus casas para aclamarle.

 

—Por precaución, gran rey, más vale que comencéis a reclutar y entrenar un ejército inmediatamente —dijo Sila cuando se disponía a partir —, puede que Roma no sea siempre capaz de intervenir.

 

El rey prometió fervientemente hacerlo, pero Sila tenía sus dudas.

 

Para empezar había poco dinero en Capadocia y, por otra parte, los · capadocios no eran belicosos por naturaleza. Un campesino romano resultaba un excelente soldado, pero no un pastor capadocio. En cualquier caso, él había dado el consejo y lo habían oído; más no podía hacer.

 

Sus vigías le comunicaron que Mitrídates había cruzado el gran río rojo Halis y ya comenzaba a pasar el primero de los puertos de montaña pónticos camino de Zela. De lo que ningún vigía podía informarle, desde luego, era de si Mitrídates había enviado algún mensajero a Tigranes de Armenia. Ni habría importado. Lo que Mitrídates hubiese podido decir no le habría dejado en mal lugar, pero la verdad sólo se sabría una vez que Tigranes se viera con Sila.

 

Desde Mazaca, Sila condujo su ejército hacia el este por la ondulada altiplanicie de Capadocia hacia el río Éufrates y el vado de Metilene en la ruta de Tomisa. Ya era primavera avanzada y le dijeron que estaban abiertos todos los pasos excepto los de Ararat. De todos modos, si rodeaba el Ararat, también éstos estarían abiertos cuando llegase a la zona. Sila asintió con la cabeza y no dijo nada; ni siquiera a su hijo ni a Morsimo. No sabía con exactitud adónde iba, y lo único que se proponía era alcanzar el Éufrates.

 

Entre Mazaca y Dalanda estaba la cordillera Anti-Tauro, no tan difícil de salvar como Sila se figuraba, pues, aunque tenía altas cumbres, los pasos eran bastante bajos y sin nieve ni aludes. Los cruzaron por una serie de gargantas rocosas de vivos colores, por cuyo lecho discurrían espumosos torrentes, de los que los campesinos aprovechaban el rico aluvión en la corta estación de cultivo. Eran pueblos antiguos que habían quedado retrasados en la historia y a los que nunca se reclutaba para el ejército ni se les arrebataban las tierras por el poco valor que tenían. Sila los cruzó sin cometer desmanes, comprando y pagando cuantas provisiones necesitaba, impidiendo que sus hombres tocasen nada. Era un país ideal para tender emboscadas, pero sus vigías estaban siempre alerta y no le constaba que Tigranes hubiese movilizado el ejército para esperarle al otro lado del Éufrates.

 

Melitene era tan sólo una región sin ninguna ciudad, pero allí la campiña era llana y rica,y configuraba una amplia zona entre montañas de la planicie del Éufrates. Aquello estaba mucho más habitado, pero la población era igual de rudimentaria y era evidente que no estaban acostumbrados a ver ejércitos en orden de marcha, pues ni siquiera Alejandro el Grande en su tortuoso periplo había pasado por Melitene. Se enteró, además, de que tampoco había pasado por allí Tigranes camino de Capadocia, pues había optado por seguir la ruta norte por el alto Éufrates, en una línea más recta desde Artaxata.

 

Y allí estaba por fin el gran río entre orillas cortadas a pico, no tan ancho como el Rhodanus, pero de corriente más rápida. Sila contempló pensativo sus veloces aguas, asombrado de su color, un inolvidable azul-

 

verde lechoso, y dio un abrazo a su hijo, al que cada vez quería más. ¡Era un acompañante perfecto!

 

—¿Podemos cruzarlo? —preguntó a Morsimo.

 

Pero el cilicio de Tarsus, precavido, se limitó a mover la cabeza. —Quizá más adelante, cuando se hayan fundido las nieves, si es que

 

hay deshielo, Lucio Cornelio. Los indígenas dicen que el Éufrates es más profundo que ancho y debe ser el río más rápido del mundo.

 

—¿Y no hay ningún puente? —inquirió Sila, inquieto.

 

—Por aquí arriba, no. Un puente requeriría una ingeniería inexistente en esta parte del mundo. Sé que Alejandro el Grande tendió un puente, pero mucho más abajo y en una época del año más tardía.

 

—Los romanos lo harían.

 

—Sí.

 

—En fin —dijo Sila con un suspiro, encogiéndose de hombros—, no tengo ingenieros ni tiempo, así que iremos a donde sea antes de que las nieves cierren los pasos y nos impidan regresar. Aunque creo que volveremos por el norte de Siria y por el monte Amano.

 

—¿Adónde vamos, padre, ahora que ya has visto el potente Eufrates? — inquirió sonriente el joven Sila.

 

En Samosata la corriente del río seguía siendo demasiado fuerte, aunque había unas barcazas, que Sila rechazó tras un breve examen.

 

—Continuamos hacia el sur —dijo.

 

Le dijeron que el próximo vado estaba en Zeugma, pasada la frontera siria.

 

—¿Está apaciguada Siria ahora que Gripo ha muerto y Ciziceno reina solo? —preguntó a un hombre que hablaba griego.

 

—No lo sé, señor romano.

 

Cuando el ejército estaba preparado y a punto de reanudar la marcha, decreció el caudal del gran río y Sila adoptó una decisión.

 

—Lo cruzaremos en barca ahora que es posible —dijo.

 

Una vez en la otra orilla lanzó un suspiro de alivio, aunque no se le escapaba la aprensión de las tropas, cual si hubiesen cruzado la mítica Estigia y se hallasen en el infierno. Reunió a los oficiales y les aleccionó

 

respecto a cómo mantener a la tropa contenta. El joven Sila asistió también a la reunión.

 

—No vamos a volver todavía a nuestras casas —dijo Sila—. Así que más vale que todos se adapten y se lo pasen bien. Dudo mucho de que exista en muchas millas a la redonda un ejército que pueda vencernos, si es que hay alguno. Decidles que están bajo el mando de Lucio Cornelio Sila, un general mucho más grande que Tigranes o el parto Surenas; decidles que somos el primer ejército romano que cruza a la otra orilla del Éufrates y que eso, precisamente, nos protege.

 

Como el verano estaba en puertas, Sila no planeaba descender a las llanuras sirias y mesopotámicas, pues el calor y la monotonía desmoralizarían mucho antes a sus soldados que el hecho de enfrentarse a lo desconocido. De Samosata se dirigió de nuevo hacia el este, en dirección a Amida en la orilla del Tigris. Eran las tierras fronterizas entre Armenia al norte y el reino de los partos al sudeste, pero no había tropas de guarnición. Las legiones cruzaron campos plagados de rojas amapolas, ahorrando provisiones, pues aunque había ciertos cultivos, no había mucho que vender en los graneros.

 

Cruzaron parajes de pequeños reinos, Sofene, Gordiea, Osroene y Comagene, todos rodeados de cumbres nevadas, pero la marcha fue fácil, dado que no era necesario hacerla entre montañas. En Amida, una ciudad de muros negros a orillas del Tigris, Sila se entrevistó con el rey de Comagene y el de Osroene, que se pusieron en camino para verle al tener noticia de aquella extraña fuerza romana que avanzaba por la zona en plan pacífico.

 

A Sila, sus nombres le resultaban impronunciables, pero ambos se presentaron con un sobrenombre griego que ensalzaba el patronímico y Sila se dirigió a Comagene llamándole Epifanio y a Osroene, Filromaios.

 

—Honorable romano, estáis en Armenia —dijo Comagene muy serio—, y el poderoso rey Tigranes asumirá que la invadís.

 

—Y no está muy lejos —añadió Osroene igual de serio.

 

—¿No está lejos? —replicó Sila con gesto de alerta más que de temor —. ¿Dónde?

 

—Va a construir una nueva capital en el sur de Armenia y ha elegido el lugar —dijo Osroene—. La ciudad va a llamarse Tigranocerta.

 

—¿Dónde?

 

—Al este de Amida, un poco más al norte; a unos quinientos estadios — contestó Comagene.

 

—Unas sesenta millas —dijo Sila tras un rápido cálculo.

 

—No os propondréis ir allá, ¿verdad?

 

—¿Por qué no? —replicó Sila—. No he matado a nadie, no he saqueado ningún templo ni robado provisiones. He venido en misión de paz a hablar con el rey Tigranes. En realidad voy a pediros un favor. Enviad mensajes a Tigranocerta al rey Tigranes y decidle que voy en son de paz.

 

 

Los mensajeros partieron y hallaron a Tigranes ya informado del avance de Sila, pero nada predispuesto a hacerle frente. ¿Qué hacía Roma en la orilla oriental del Éufrates? Naturalmente que él, Tigranes, no creía que vinieran en plan pacífico, pero la magnitud del ejército de Sila no daba a entender que fuese una invasión en toda regla. Lo importante era saber si debía o no atacarlos, porque Tigranes, igual que Mitrídates, temía el nombre de Roma. Por lo tanto, decidió no atacar de no ser atacado. Y entretanto iría con su ejército al encuentro del romano Lucio Cornelio Sila.

 

Las noticias se las había dado Mitrídates, por supuesto. Era una carta taciturna a la defensiva, diciéndole que Gordio había muerto y que Capadocia volvía a estar en manos de un títere de Roma, el rey Ariobarzanes. Que había llegado de Cilicia un ejército romano y que su comandante (no mencionaba el nombre) le había aconsejado volverse a su país. De momento, decía el rey del Ponto, juzgaba prudente abandonar el plan de invadir Cilicia después de someter a Capadocia de una vez para siempre. Por lo tanto instaba a Tigranes a que renunciara al plan de entrar por el oeste en Siria y reunirse con su suegro en las llanuras aluviales de Cilicia Pedia.

 

Ninguno de los dos reyes había pensado ni por un momento que el romano Lucio Cornelio Sila, una vez cumplida su misión en Capadocia, fuese a dirigirse a Otro lugar que no fuese a Tarsus, y cuando Tigranes se convenció ya de lo que le informaban sus espías —que Sila estaba en el Éufrates buscando un vado— los mensajes que hubiera podido enviar a Mitrídates en Sinope no podían llegar al destinatario antes de que Sila apareciese a las puertas de Armenia. Por lo tanto, Tigranes había enviado aviso de la presencia de Sila a sus soberanos partos en Seleucia del Tigris, con la que la comunicación era fácil por largo que fuese el viaje.

 

El rey de Armenia se encontró con Sila en el Tigris a unas millas del emplazamiento de la nueva capital, y cuando Sila llegó por la orilla occidental se encontró con el campamento de Tigranes en la orilla opuesta. Comparado con el Éufrates, el Tigris era un arroyo de caudal inferior y más turbio, color marrón, y quizá la mitad de ancho. Nacía en la vertiente peor del Anti-Tauro y no contaba ni con la décima parte de los afluentes del

 

Éufrates ni con tanto deshielo y fuentes permanentes. A unas mil quinientas millas al sur, en la región de Babilonia, Ctesifonte y Seleucia del Tigris, ambos ríos discurrían a la escasa distancia de sesenta y cuatro millas, y habían abierto canales que unían el Eufrates con el Tigris para que éste desembocara en el mar Pérsico.

 

¿Quién va a ver a quién?, se preguntó Sila, sonriendo perverso, mientras asentaba a su ejército en un campamento muy fortificado y aguardaba en la orilla occidental a ver quién cedía primero y cruzaba el río. Fue Tigranes quien tomó la iniciativa, no por temor al ataque, sino por simple curiosidad. Como pasaban los días sin que Sila compareciera, el rey estaba en ascuas, y un día vieron ponerse en marcha la barcaza real, una embarcación áurea de casco plano que se movía impulsada por pértigas más que por remos, y en la que había un toldo dorado y carmesí con flecos también dorados, bajo el cual estaba el trono sobre un estrado, magnífica réplica del original de palacio en oro, marfil y con profusión de pedrería.

 

El rey llegó al embarcadero de madera en un carro de oro de cuatro ruedas que deslumbró a los que se hallaban en la orilla occidental, y en el que un esclavo a sus espaldas sostenía sobre la real cabeza un parasol dorado bordado con pedrería.

 

—¿Y ahora cómo se las va a arreglar? —dijo Sila a su hijo desde su escondite tras una fila de escudos.

 

—¿A qué te refieres, padre?

 

—¡A la dignitas! —exclamó Sila, sonriendo—. No creo que vaya a ensuciarse los pies en ese malecón de madera, y no le han puesto una alfombra.

 

La complicación se resolvió por si sola. Dos fornidos esclavos subieron al carro, descendieron al portador de la sombrilla y aguardaron con las manos trenzadas a que el rey posase delicadamente su trasero para llevarle hasta la barcaza y sentarle suavemente en el trono. Mientras la lenta embarcación cruzaba el tranquilo río, el rey permanecía inmóvil, como si no viese la multitud de la orilla occidental. La barcaza embarrancó suavemente en la orilla y, como no había muelle, se repitió la operación anterior: los esclavos cogieron al rey, apartándose a un lado mientras transportaban el

 

trono a una roca aplanada, lo colocaban y el portador de la sombrilla se aprestaba a darle sombra. Acto seguido, los esclavos llevaron al rey a que tomara asiento.

 

—¡Muy bonito! —exclamó Sila.

 

—¿Muy bonito? —inquirió el joven Sila con los ojos muy abiertos. —¡Ahora sí que me la ha jugado, hijo! Aunque me siente o me esté de

 

pie, él me domina.

 

—¿Qué puedes hacer?

 

Bien escondido del rey, que aguardaba en el promontorio, Sila hizo una seña a su esclavo personal.

 

—Ayúdame a quitarme esto —dijo, desabrochándose las correas de la coraza.

 

Despojado de la armadura, se quitó también la protección de cuero, se cambió la túnica escarlata por una rústica de color de avena, se la ciñó con un cordel, se echó una capa parda de campesino sobre los hombros y se caló el sombrero de paja de ala ancha.

 

—En presencia del sol hay que ser un palurdo —dijo a su hijo con una sonrisa.

 

Y así salió de entre las filas de su guardia, dirigiéndose hacia donde se encontraba Tigranes, más inmóvil que una estatua en su trono. Sila parecía un humilde indígena y el rey le tomó por alguien sin importancia y continuó mirando fijamente, con ceño, hacia las filas del ejército romano.

 

—Saludos, rey Tigranes, soy Lucio Cornelio Sila —dijo en griego al llegar al pie de la roca en que estaba encaramado el oriental. Se quitó el sombrero y alzó la vista, abriendo mucho sus ojos claros, dado que la sombrilla real le resguardaba del sol.

 

El rey contuvo una exclamación al ver aquel pelo y contemplar semejantes ojos. Para una persona acostumbrada únicamente a ver ojos oscuros —y que consideraba único el ribete amarillo de los de su reina— los ojos de Sila le resultaron horribles tizones del día del juicio final.

 

—¿Ese ejército es tuyo, romano? —inquirió Tigranes.

 

—Mío.

 

—¿Y qué hace en mis tierras?

 

—De viaje para verte, rey Tigranes.

 

—Ya me ves. ¿Qué más?

 

—¡Nada! —contestó Sila sin darle importancia, enarcando las cejas y moviendo los ojos—. He venido a verte, rey Tigranes, y te he visto. Y una vez que te diga lo que me han ordenado decirte, regresaré con mi ejército a Tarsus.

 

—¿Que te han ordenado decirme, romano?

 

—El Senado y el pueblo de Roma te requieren a que permanezcas dentro de tus fronteras, rey. Armenia no afecta a Roma, pero que te aventures en Capadocia, Siria o Cilicia le resultará ofensivo. Y Roma es poderosa y dueña de todas las tierras en torno al Mediterráneo, un territorio mucho mayor que el de Armenia. Los ejércitos de Roma son numerosos e invencibles. Por lo tanto, rey, quédate en tus tierras.

 

—Estoy en mis tierras —replicó el rey, irritado por tan directo razonar

 

—. Roma es la intrusa.

 

—Sólo para cumplir las órdenes que se me dieron, rey. No soy más que

 

un enviado —dijo Sila sin amilanarse—. Espero que lo hayas oído bien. —¡Uf! —exclamó Tigranes, alzando una mano, al tiempo que sus

 

fornidos esclavos entrelazaban las manos y se acercaban a él. Se sentó en ellas y de nuevo fue conducido a la barcaza, donde quedó inmóvil de espaldas a Sila, mientras las pértigas la impulsaban a través de la turbia corriente.

 

—¡Vaya, vaya! —dijo Sila a su hijo, restregándose gozoso las manos—. Estos reyes orientales son unos anticuados, hijo mío. Unos engreídos que se dan una importancia desmesurada y se desinflan como una vejiga si los pinchan. ¡Morsimo! —añadió, mirando en derredor.

 

—Aquí estoy, Lucio Cornelio. —Levantamos el campamento y nos vamos. —¿Hacia dónde?

 

—A Zeugma. Dudo que Ciziceno de Siria nos plantee más complicaciones que esa basura que ves alejarse por el río. Por mucho que los moleste, todos temen a Roma. Lo cual me complace —añadió Sila con

 

sorna—. Lástima no haber podido hacer que me viera desde una posición inferior.

 

Los motivos de Sila para dirigirse al sudoeste, hacia Zeugma, no eran estrictamente dictados por ser la ruta más corta, y menos montañosa, a Cilicia Pedia; le quedaban pocas provisiones y los cultivos en las altiplanicies estaban verdes todavía. Por el contrario, en las tierras bajas de la alta Mesopotamia cabía hallar grano a la venta, pues la tropa comenzaba a cansarse de las frutas y verduras con que se habían alimentado desde la salida de Capadocia y ansiaban comer pan. Por consiguiente, tendrían que aguantar el calor de las llanuras sirias.

 

Y así fue, al salir de los riscos al sur de Amida y desembocar en las llanuras de Osroene, se encontró con que estaban en plena siega y con abundancia de pan. En Edesa se entrevistó con el rey Fiofomaios y vio que Osroene le concedía complacido cuanto quería. Y le daba una alarmante noticia.

 

—Lucio Cornelio, creo que el rey Tigranes ha puesto en marcha su ejército y os sigue —dijo Filoromalos.

 

—Lo sé —contestó Sila sin alterarse.

 

—¡Os atacará! ¡Y me atacará a mí!

 

—Mantén tu ejército disperso, rey, y a vuestra gente fuera de su camino. Es mi presencia lo que le preocupa, pero una vez que compruebe que realmente regreso a Tarsus, se retirará a Tigranocerta.

 

Aquella profunda confianza tranquilizó en gran medida a Osroene, quien despidió a Sila con gran cantidad de trigo y algo que el romano había desesperado de encontrar: una gran bolsa de monedas de oro con la efigie no de él, sino del propio Tigranes.

 

Tigranes siguió a las tropas de Sila hasta el Éufrates y Zeugma, pero muy a la zaga de la retaguardia y, por consiguiente, posibilitando el alto y la preparación para el combate, medida más precavida que hostil. Pero una vez que Sila hubo cruzado el río en Zeugma —operación mucho más fácil que en Samosata— recibió la visita de cincuenta nobles, todos con atavío exótico para un romano, consistente en sombreritos redondos cuajados de perlas y pepitas de oro, unos asfixiantes collares espirales de oro que les

 

llegaban al pecho, camisas bordadas en oro y faldas rectas, bordadas también en oro, que les llegaban a los pies, calzados igualmente en oro.

 

No le causó sorpresa saber que el grupo era una embajada del rey de los partos, pues sólo los partos disponían de tanto oro. ¡Qué apasionante! Una recompensa a su imprevisto y no autorizado viaje al este del Éufrates. Tigranes de Armenia era súbdito de los partos, según tenía entendido; quizá pudiese convencer a los partos para que le pusieran freno y le impidieran ceder a las lisonjas de Mitrídates.

 

En esta ocasión no pensaba mirar a Tigranes alzando la vista, ni la alzaría hacia los partos.

 

—Recibiré a los partos que hablen griego, y al rey Tigranes, pasado mañana, en la orilla del Éufrates, en el punto en que mis hombres conduzcan a los dignatarios —dijo Sila a Morsimo. Aún no le habían visto los que formaban la embajada, pese a que él sí había podido observarlos, pues, sabiendo que su presencia había impresionado a Mitrídates y a Tigranes, había decidido impresionar también a los partos.

 

Como llevaba en la sangre madera de actor, montó el escenario con gran minuciosidad. Hizo construir un elevado estrado con losas de mármol blanco pulimentado del templo de Zeus en Zeugma, y sobre el estrado otro de amplitud suficiente para colocar la silla curul un palmo más alto que el resto de la superficie, y en frente de ella situó un pedestal de mármol rojo oscuro que había servido de realce a una estatua de Zeus. Confiscó en la ciudad artísticos sitiales de mármol, con respaldo de grifos y leones, esfinges y águilas, y los dispuso en el estrado en dos grupos de seis en dos lados y uno espléndido para Tigranes, formado por dos leones alados, enfrente del pedestal con la silla curul, modesto asiento comparado con los otros, y sobre todo ello hizo tender un toldo rojo y gualda con la tapiceria que adornaba el santuario del templo de Zeus.

 

Poco después del amanecer del día convenido, una escolta romana condujo a seis de los embajadores partos al estrado y los acomodó en un grupo de seis sitiales, mientras el resto de la embajada permanecía en el suelo, debidamente sentado a la sombra. Tigranes quiso subir al estrado rojo, pero se le invitó cortés pero firmemente a hacerlo en su regio sitial,

 

situado en el centro del semicírculo formado por los otros. Los partos miraron a Tigranes, él los miró a ellos, y todos dirigieron la vista al podio de mármol rojo.

 

Cuando todos estuvieron sentados compareció Lucio Cornelio Sila, ataviado con su toga praetexta bordada en púrpura con la vara de marfil, signo de su cargo, con un extremo en la palma de la mano y el otro detrás del codo. Con el cabello resplandeciente, aun al pasar del sol a la sombra, caminó sin dirigir la vista a derecha o izquierda hasta los escalones del estrado, salvó el último escalón hasta su silla curul y tomó asiento con la vara alzada y la espalda erguida, un pie adelantado y el otro retrasado, en la pose clásica. Un auténtico romano.

 

No les divirtió, y a Tigranes menos que a nadie, pero poco podían hacer, pues los habían acomodado con tal dignidad y cortesía que reclamar sentarse a la misma altura que la silla curul no habría servido para acrecentar su dignidad.

 

—Señores representantes del rey de los partos y rey Tigranes, os doy la bienvenida a la reunión —dijo Sila desde su posición dominante, deleitándose en inquietarlos con sus extraños ojos claros.

 

—¡No te corresponde parlamentar, romano! —espetó Tigranes—. ¡Yo he convocado a mis soberanos!

 

—Lo siento mucho, rey, pero si me corresponde parlamentar —replicó Sila con una sonrisa—. Has acudido a donde yo me encuentro, invitado por mí. ¿Quién de vosotros, señores partos, es el que dirige la delegación? — añadió acto seguido, sin dar tiempo a que Tigranes replicara, volviéndose levemente hacia ellos con su más fiera sonrisa, mostrando los colmillos.

 

Como era de esperar, el más anciano, sentado en el primer sitial, hizo una regia reverencia.

 

—Soy yo, Lucio Cornelio Sila. Mi nombre es Orobazus y soy sátrapa de Seleucia del Tigris. Yo sólo respondo ante el rey de reyes, Mitrídates de los partos, que lamenta que el tiempo y la distancia le impidan estar hoy aquí.

 

—¿Se encuentra en su palacio de verano en Ecbatana, verdad? — inquirió Sila.

 

—Bien informado estáis, Lucio Cornelio Sila —contestó Orobazus, parpadeando—. No sabía que en Roma se conocieran tan bien sus movimientos.

 

—Llamadme simplemente Lucio Cornelio, señor Orobazus —dijo Sila, inclinándose un poco hacia adelante sin doblar la columna vertebral, manteniendo en la silla una postura de perfecta mezcla de gracia y poderío, como correspondía a un romano dirigiendo una reunión importante—. Hoy vamos a hacer historia aquí, señor Orobazus, pues es la primera vez que los embajadores del reino de los partos se reúnen con un embajador de Roma. Y es muy adecuado que ello tenga lugar en el río que constituye la divisoria entre dos mundos.

 

—Efectivamente, mi señor Lucio Cornelio —comentó Orobazus.

 

—No digáis «mi señor», sino sencillamente Lucio Cornelio —replicó Sila—. En Roma no hay señores ni reyes.

 

—Eso hemos oído, pero lo encontramos extraño. Seguís, pues, la modalidad griega. ¿Cómo es que Roma se ha engrandecido tanto si no la gobierna un rey? Es comprensible entre los griegos, que nunca fueron grandes por no tener un gran rey y se escindieron en una miriada de pequeños estados que se enfrentaron unos a otros. Roma, por el contrario, actúa como si tuviera un gran rey. ¿Cómo no teniendo rey habéis adquirido tanto poder, Lucio Cornelio? —inquirió Orobazus.

 

—Roma es nuestro rey, señor Orobazus, aúnque la nombremos con una forma femenina y digamos «ella». Los griegos se supeditaban a un ideal, vosotros os subordináis todos a un hombre, vuestro rey, pero los romanos nos subordinamos a Roma y sólo a Roma. Nosotros no doblamos la rodilla ante ningún ser humano, señor Orobazus, del mismo modo que no nos doblegamos ante ningún ideal abstracto. Roma es nuestro dios, nuestro rey, nuestra vida. Y aunque todos los romanos se esfuerzan por acrecentar su reputación y ser más grandes ante sus compatriotas, en último extremo todo va dirigido a acrecentar Roma y a la grandeza de Roma. Nosotros, señor Orobazus, adoramos un lugar, no a un hombre. No un ideal. Los hombres pasan por la tierra en un vuelo, y los ideales se esfuman conforme soplan los vientos filosóficos, pero un lugar es eterno mientras los que viven en él

 

lo amen, lo cuiden y lo engrandezcan. Yo, Lucio Cornelio Sila, soy un gran romano, pero al final de mi vida todo lo que haya hecho será para engrandecer el poder y la majestad de donde he nacido: Roma. Hoy estoy aquí, no por cuenta propia, ni por cuenta de otro hombre, sino por cuenta de ¡Roma! Si firmamos un tratado, quedará depositado en el templo de Júpiter Feretrius, el más antiguo de Roma, y allí se conservará sin que sea mio ni siquiera lleve mi nombre. Un legado para la grandeza de Roma.

 

Había hablado con elocuencia en su hermoso griego ático, mucho mejor que el de los partos o el de Tigranes, y ellos le habían escuchado fascinados, esforzándose por comprender un concepto que les era totalmente ajeno. ¿Una ciudad con más grandeza que un hombre? ¿Un lugar más grande que el resultado del raciocinio de un hombre?

 

—¡Pero un lugar, Lucio Cornelio —adujo Orobazus—, no es más que un conjunto de objetos! Si es una ciudad, es un conjunto de edificaciones; si un santuario, un conjunto de templos; si un paisaje, un conjunto de árboles, rocas y campos. ¿Cómo un lugar puede generar ese sentimiento, esa nobleza? Miráis un conjunto de edificaciones, pues ya sé que Roma es una gran ciudad, ¿y qué es lo que hacéis en consideración a esos edificios?

 

—Esto es Roma, señor Orobazus —replicó Sila, tendiendo la vara de marfil y tocando el musculoso antebrazo, blanco como la nieve—. Esto es Roma —añadió apartando los pliegues de su toga para mostrar la equis curvada de la silla plegable—. Esto es Roma, señor Orobazus —repitió, extendiendo el brazo izquierdo, cubierto de pliegues de la toga, y tocando la tela y haciendo una pausa para mirar aquelíos pares de ojos clavados en él desde abajo—. Yo soy Roma, señor Orobazus, igual que todo aquel que se llame romano. Roma es un cortejo que se remonta a mil años, en tiempos en que un huido de Troya llamado Eneas puso pie en las playas del Lacio, originando una raza que fundó hace seiscientos sesenta y dos años un lugar llamado Roma. Durante un tiempo, esa Roma fue gobernada por reyes, hasta que los romanos repudiaron el concepto de que un hombre pueda ser más poderoso que el lugar que le ha visto nacer. No hay ningún romano más grande que Roma. Roma es el crisol de los grandes hombres. Pero lo que son y lo que hacen es para gloria de ella, son su contribución a ese cortejo

 

que continúa. Y yo os digo, señor Orobazus, que Roma perdurará mientras los romanos la quieran más que a sí mismos, más que a sus hijos y más que a su propia fama y triunfos. — Hizo otra pausa y respiró hondo—. Mientras los romanos quieran más a Roma que a un ideal o a un solo hombre.

 

—Pero el rey es la encarnación de todo eso que decís, Lucio Cornelio —replicó Orobazus.

 

—Un rey no puede serlo —añadió Sila—. A un rey, lo primero que le importa es él mismo, y se cree más cerca de los dioses que ningún otro hombre. Hay reyes que se creen dioses. Simple egoísmo, señor Orobazus. Los reyes se aprovechan de sus países; Roma se engrandece con los romanos.

 

—No comprendo lo que decís, Lucio Cornelio —dijo Orobazus, alzando los brazos en senecto ademán de rendición.

 

—Pues pasemos a los motivos que han hecho que nos reunamos aquí, señor Orobazus. Es una circunstancia histórica, y por cuenta de Roma os hago una propuesta. Todo lo que queda al este del río Éufrates es de vuestra absoluta potestad y asunto del rey de los partos, pero lo que está al oeste del río Eufrates es asunto de Roma y potestad de quienes actúan en nombre de Roma.

 

—¿Queréis decir, Lucio Cornelio —replicó Orobazus enarcando sus hirsutas cejas grises—, que Roma quiere gobernar en todas las tierras al oeste del río Éufrates? ¿Que Roma pretende destronar a los reyes de Siria, del Ponto, de Capadocia, de Comagene y muchas otras tierras?

 

—Ni mucho menos, honorable Orobazus. Roma quiere garantizar la estabilidad de las tierras al oeste del Éufrates, impedir que unos reyes se expansionen a costa de otros, evitar que las fronteras de los paises se reduzcan o se amplíen. ¿Sabéis, por ejemplo, honorable Orobazus, en qué lugar exacto me hallo hoy?

 

—Con exactitud, no, Lucio Cornelio. Recibimos aviso de nuestro súbdito Tigranes de Armenia de que ibais contra él con un ejército. Y hasta el momento no he podido obtener razón alguna del rey Tigranes que me explique por qué vuestro ejército no ha pasado a la acción. Estabais muy al este del Éufrates, y ahora parece que os dirigís de nuevo hacia el oeste.

 

¿Qué os trajo aquí? ¿Por qué entrasteis con vuestro ejército en Armenia? ¿Y por qué, una vez dentro, no habéis atacado?

 

Sila volvió el rostro para mirar a Tigranes y vio el círculo dentado de su tiara, decorado a ambos lados por encima de la diadema con una estrella de ocho puntas y un creciente formado por dos águilas, notando que estaba hueco y que el rey era bastante calvo. Molesto por su situación inferior, el rey alzó la barbilla y miró irritado a Sila.

 

—¿Cómo, rey, no se lo dijiste a tu señor? —inquirió Sila. Al no recibir respuesta, se volvió hacia Orobazus y los otros partos—. Roma está seriamente preocupada, honorable Orobazus, porque algunos reyes del extremo oriental del Mediterráneo se hagan excesivamente poderosos y expulsen a otros. A Roma le complace la situación en Asia Menor, pero el rey Mitrídates del Ponto ha puesto sus miras en el reino de Capadocia y en otras regiones de Anatolia, incluida Cilicia, que se ha puesto voluntariamente en manos de Roma ahora que el rey de Siria no tiene suficiente poder para protegerla. Pero vuestro súbdito, el rey Tigranes, ha apoyado a Mitrídates, llegando incluso hace poco a invadir Capadocia.

 

—Algo de eso he oído —dijo Orobazus impasible.

 

—¡Me imagino, honorable Orobazus, que nada escapa a la atención del rey de los partos y de sus sátrapas! Sin embargo, después de hacerle el trabajo sucio al Ponto, el rey Tigranes regresó a Armenia y no ha vuelto a pasar al oeste del Eufrates —dijo Sila con un carraspeo—. Lamentablemente, he tenido que expulsar de nuevo de Capadocia al rey del Ponto; encomienda del Senado y del pueblo de Roma que llevé a cabo a principios de año. Sin embargo, pensé que mi tarea no habría quedado culminada sin viajar para hablar con el rey Tigranes. Por eso me dirigí a Eusebia Mazaca para verle.

 

—¿Con vuestro ejército, Lucio Cornelio? —inquirió Orobazus.

 

—¡Desde luego! —replicó Sila enarcando sus puntiagudas cejas. Comprenderéis, honorable Orobazus, que ando por un confín del mundo que no conozco, y es una simple precaución. Por eso he venido con mi ejército y me he conducido con absoluto decoro, como me imagino sabréis; no hemos saqueado ni pillado, ni pisoteado ningún cultivo. Hemos

 

comprado cuanto necesitábamos y seguimos haciéndolo. Considerad mi ejército como una escolta muy numerosa. ¡Yo soy un hombre importante, honorable Orobazus! Mi puesto en el gobierno de Roma no ha alcanzado el cenit y aún llegaré más alto. Por consiguiente, me incumbe a mi, ¡y a Roma!, cuidar de Lucio Cornelio Sila.

 

—Un momento, Lucio Cornelio —interrumpió Orobazus con un gesto

 

—. Tengo aquí a un caldeo, Nabopolosor, que viene no de Babilonia sino de la misma Caldea, donde el delta del Éufrates desemboca en el mar de Persia. Me sirve de vidente y de astrólogo y su hermano está al servicio del rey Mitrídates de los partos. Todos los presentes de Seleucia del Tigris creemos en lo que vaticina. ¿Permitiríais que os examinara la palma de la mano y el rostro? Quisiéramos saber por nosotros mismos si sois tan gran hombre como decís.

 

Sila se encogió de hombros con expresión de indiferencia.

 

—Me da igual, honorable Orobazus. ¡Que ese hombre escrute las líneas de mi mano y de mi rostro cuanto queráis! ¿Está aquí? ¿Queréis que lo haga ahora? ¿O debo ir yo a algún sitio?

 

—Quedaos sentado, Lucio Cornelio, Nabopolosor vendrá aquí —dijo Orobazus chascando los dedos y diciendo algo al grupo de observadores partos sentados en el suelo.

 

De entre ellos surgió un individuo que no se diferenciaba de los demás, con el sombrero redondo cuajado de perlas, el collar espiral y vestiduras doradas. Con las manos metidas en las mangas, se llegó hasta los escalones del estrado, los ascendió ágilmente y se detuvo en el último, ante el estrado de Sila; allí sacó una mano de la manga y cogió la mano derecha que le tendía el romano para ir mirando despacio las líneas; luego la soltó y se puso a escrutarle el rostro. Hizo una reverencia, descendió los escalones, retrocediendo hasta Orobazus, y sólo en ese momento volvió la espalda a Sila.

 

Tardó un rato en hacer su informe, mientras Orobazus y los demás escuchaban atentamente con rostro impasible. Hecho lo cual, regresó hasta Sila, inclinó el tronco hasta el suelo y salió de la plataforma sin alzar la cabeza, en actitud de solemne sumisión.

 

El corazón de Sila, que había comenzado a latir aceleradamente mientras el adivino daba su veredicto, volvió a saltar de gozo cuando el caldeo se escurrió de la plataforma para regresar a su puesto en el grupo. No sabía qué les había dicho, pero era evidente que acababa de confirmar su afirmación de que era un gran hombre romano al hacerle aquella profunda reverencia como si hubiera sido su rey.

 

—Nabopolosor dice, Lucio Cornelio, que sois el hombre más grande del mundo, y que ninguno de vuestros contemporáneos puede compararse a vos desde el río Indus hasta el río del océano en el extremo de Occidente. Debemos creerle, pues no se ha recatado de incluir entre vuestros inferiores a nuestro rey Mitrídates, jugándose con ello la cabeza —dijo Orobazus con distinto timbre en la voz.

 

Sila advirtió que el propio Tigranes le miraba ahora con temor. —¿Resumimos lo parlamentado? —inquirió Sila, sin alterar la postura,

 

el gesto y el tono protocolario.

 

—Os lo ruego, Lucio Cornelio.

 

—Bien. Creo que había explicado el porqué de la presencia de mi ejército, pero no lo que había venido a decir al rey Tigranes. En pocas palabras, le dije que permaneciera en el lado del río Éufrates que le corresponde, advirtiéndole que no ayudase a su suegro del Ponto a lograr sus ambiciones, ya fuesen relativas a Capadocia, Cilicia o Bitinia. Y después de advertirselo, volví grupas.

 

—¿Creéis, Lucio Cornelio, que el rey del Ponto ha puesto sus miras más allá de Anatolia?

 

—¡Yo creo que ambiciona todo el mundo, honorable Orobazus! Ya es dueño del Euxino oriental, desde Olbia en el Hypanis hasta la Cólquida del Fasis. Se ha apoderado de la Galacia asesinando a todos los notables y ha matado al último rey de la dinastía capadocia. Estoy seguro de que es el artífice de la invasión de Capadocia llevada a cabo por Tigranes, aqui presente. Y al margen del objeto de esta reunión —añadió, inclinándose hacia adelante, con un fulgor extraño en los ojos—, os diré que la distancia entre el Ponto y el reino de los partos es mucho menor que la existente entre el Ponto y Roma. Por consiguiente, creo que el rey de los partos debería

 

vigilar sus fronteras dado que el del Ponto alimenta ambiciones expansionistas, vigilando a la par atentamente a su súbdito el rey Tigranes de Armenia —añadió Sila, con una sonrisa amable y los colmillos bien ocultos—. Eso es cuanto tengo que decir, honorable Orobazus.

 

—Habéis hablado cuerdamente, Lucio Cornelio —dijo el parto—. Tendréis el tratado. Todo el occidente del Éufrates será potestad de Roma y todo el este del Éufrates potestad del rey de los partos.

 

—¿He de entender que eso significa que no habrá más incursiones al Oeste por parte de Armenia?

 

—Indudablemente —respondió Orobazus, dirigiendo una mirada glacial al molesto e irritado Tigranes.

 

Por fin, pensó Sila mientras los enviados partos abandonaban el estrado —seguidos por un Tigranes al que no le llegaba la camisa al cuerpo—, por fin sé lo que debió de sentir Mario cuando Marta, la vidente siria, le predijo que sería siete veces cónsul de Roma y le calificó de tercer fundador de Roma. ¡Pero Cayo Mario sigue vivo! ¡Y a mí me han llamado el hombre más grande del mundo! ¡De todo el orbe, desde la India al océano Atlántico!

 

Pero durante los días que siguieron no dejó trascender el menor júbilo ante quienes le rodeaban; su hijo, que había asistido de lejos a la entrevista, no sabía más que lo que sus ojos habían visto, y ninguno de los que acompañaban a Sila había oído nada. Y Sila sólo habló del tratado.

 

El acuerdo iba a inscribirse en una piedra monumental que Orobazus pensaba erigir en el sitio en que había alzado Sila la plataforma de mármol que ya había sido desmantelada para devolver los ricos materiales a sus lugares de origen. Era un obelisco en cuyos cuatro lados se esculpió el tratado en latín, griego, parto y medo, haciendo dos copias en pergamino auténtico, una para que Sila la llevase a Roma y otra para que Orobazus la presentase a Seleucia del Tigris, donde el honorable anticipó que complacería enormemente al rey Mitrídates de los partos.

 

Tigranes se había esfumado como un perro apaleado en cuanto pudo zafarse de sus soberanos y regresó al lugar en que estaban trazando las calles de Tigranocerta. Su primer impulso lógico fue escribir a Mitrídates

 

del Ponto, pero estuvo bastante tiempo andando. Cuando se decidió, fue con cierta satisfacción por las noticias que había recibido de un amigo residente en la corte de Seleucia del Tigris.

 

Tened cuidado con el romano Lucio Cornelio Sila, mi apreciado y poderoso suegro. En Zeugma del Éufrates concluyó un tratado de amistad con el sátrapa Orobazus de Seleucia del Tigris en nombre de mi soberano el rey Mitrídates de los partos.

 

Entre ambos me han atado de manos, amado rey del Ponto. Según los términos del tratado, tengo que permanecer al este del Éufrates y no osar desobedecer mientras ese viejo tirano que lleva vuestro nombre siga en el trono de los partos. Setenta valles pagó mi reino por mi regreso, y si desobedeciera me arrebatarían otros setenta.

 

Pero no debemos desesperar. Como os he oído decir, aún somos jóvenes y tenemos tiempo para ser pacientes. Este tratado entre Roma y el reino de los partos me ha decidido y voy a expansionar a Armenia. Para vos los territorios que mencionasteis de Capadocia, Paflagonia, la provincia de Asia, Cilicia, Bitinia y Macedonia. Para mi, el sur de Siria, Arabia y Egipto. Y, naturalmente, el reino de los partos. Pues Mitrídates, el viejo rey de los partos, morirá, y preveo que se producirá una guerra por la sucesión, pues ha sojuzgado a sus hijos igual que me sojuzga a mi, no favorece a ninguno y los atormenta con amenazas de muerte, llegando a veces a matar a alguno para que los demás se sometan. Por eso no hay ningún respeto de ningún hijo respecto a otro, lo cual es peligroso cuando muera el viejo rey. Yo os juro, honrado y estimado suegro, que en el momento en que estalle la guerra interna entre los hijos del rey de los partos, aprovecharé la oportunidad y atacaré en Siria, Arabia, Egipto y Mesopotamia, pero hasta entonces proseguiré mi labor de construir Tigranocerta.

 

Una cosa más tengo que comunicaros respecto a la reunión entre Orobazus y Lucio Cornelio Sila. Orobazus ordenó al adivino caldeo Nabopolosor leer la palma de la mano y el rostro del romano. Bien, yo conozco los vaticinios de este Nabopolosor, cuyo hermano es adivino del

 

propio rey de reyes, y os digo, grande y sabio suegro, que es un vidente que nunca se equivoca. Cuando hubo examinado la mano y el rostro de Lucio Cornelio Sila se postró en tierra humillándose ante él como únicamente lo hace ante el rey de reyes. ¡Y luego dijo a Orobazus que Lucio Cornelio Sila era el hombre más grande del mundo! Desde el río Indus hasta el río del océano, le dijo. Y yo sentí gran temor. Igual que Orobazus. Con toda razón. Cuando regresaron a Seleucia del Tigris, se encontraron con el rey y Orobazus le comunicó inmediatamente lo que había sucedido, incluidos detalles que le había dado el romano sobre nuestras actividades, poderoso suegro. E incluyendo la opinión del romano de que vos tenéis ambiciones de conquista del reino de los partos. El rey Mitrídates lo ha tomado muy en cuenta y me vigila, aunque lo único que me consuela es que ha mandado ejecutar a Orobazus y a Nabopolosor por honrar más a un romano que a su rey. Sin embargo, ha decidido cumplir el tratado, escribiendo a Roma a tal efecto. Parece que el viejo lamenta no haber visto en persona a Lucio Cornelio Sila. Yo sospecho que, de haberlo podido hacer, habría dado trabajo a su verdugo. Lástima que estuviese en Ecbatana.

 

Sólo el futuro nos mostrará nuestro destino, queridísimo y admiradísimo suegro. Puede que Lucio Cornelio Sila no vuelva más a Oriente y que su grandeza quede circunscrita a Occidente. Y puede también que un día sea yo quien asuma el título de rey de reyes. Sé que esto no significa nada para vos, pero para quien se ha criado en las cortes de Ecbatana, Susa y Seleucia del Tigris lo es todo.

 

Mi querida esposa, vuestra hija, se encuentra muy bien. Nuestros hijos están bien. Ojalá pudiera informaros de que nuestros planes van bien, pero, de momento, no es así.

 

Diez días después de la entrevista en la plataforma, Lucio Cornelio Sila recibía su copia del tratado y fue invitado a la inauguración del monumento junto al gran río azul lechoso. Revistió la toga praetexta, procurando olvidar el inmisericorde sol de verano que le quemaba el rostro, pues en tales circunstancias no podía llevar el sombrero. Lo único que hizo fue untarse aceite con la esperanza de aminorar las quemaduras.

 

Pero el sol no le perdonó; lección que aprendió su hijo, prometiéndose ir siempre protegido por un sombrero. El padre padeció mucho y estuvo varios días con ampollas y pelándose, sucesivamente, supurando agüilla, rascándose y volviendo a supurar. Pero cuando llegaron a Tarsus, unos cuarenta días después, su piel estaba casi curada y no le escocía. Morsimo había encontrado un ungüento oloroso en un mercado a orillas del río Píramo y desde que comenzó a aplicárselo la piel fue recuperándose y no le quedó señal alguna, cosa que complació enormemente al presumido Sila.

 

Del mismo modo que nada dijo del vaticinio de Nabopolosor, de la bolsa de oro no contó nada a nadie, ni a su propio hijo. A la que le había entregado el rey Osroene siguieron otras cinco, obsequio del parto Orobazus. Eran monedas acuñadas con la efigie de Mitrídates II de los partos, un anciano de cuello corto, nariz como un anzuelo, pelo muy rizado y barba puntiaguda, con el mismo sombrerito sin ala con que se tocaban sus embajadores, salvo que él lucía la cinta de la diadema, orejeras y toca.

 

Sila cambió en Tarsus sus monedas de oro por denarios romanos, y para su sorpresa vio que poseía una fortuna de diez millones de denarios, o cuarenta millones de sestercios. ¡Había más que duplicado su fortuna! Naturalmente que de aquella banca de Tarsus no salió cargado de bolsas de monedas romanas, sino que optó por la permutatio y únicamente se llevó un modesto rollo de pergamino auténtico.

 

El año tocaba a su fin y el otoño estaba muy avanzado; era el momento de pensar en regresar a Roma. Había llevado a cabo su cometido, y lo había hecho muy bien. Los del Tesoro que habían financiado la expedición no se quejarían, pues había habido otras diez bolsas de oro, dos del rey Tigranes de Armenia, cinco del rey de los partos, una del rey de Comagene y otras dos nada menos que del rey del Ponto. Lo cual significaba que Sila podía pagar su ejército, dar a Morsimo una buena recompensa, y conservar en sus arcas de guerra más de dos tercios del total, aumentándolas considerablemente. ¡Había sido un buen año! Su fama crecería en Roma, y ahora tenía dinero para iniciar la campaña del consulado.

 

Ya estaba listo el equipaje y la nave que había fletado acababa de echar el ancla en Cidno, cuando le llegó una carta de Publio Rutilio Rufo con

 

fecha de septiembre.

 

 

Espero, Lucio Cornelio, que ésta te llegue a tiempo. Y espero que hayas tenido mejor año que yo. Pero eso te lo contaré más adelante.

Me encanta relatar lo que sucede en Roma a los que se encuentran lejos. ¡Cómo voy a echarla de menos! ¿Y quién me escribirá a mí? Pero ya hablaremos de esto.

 

En abril elegimos nuevos censores, Cneo Domicio Ahenobarbo, pontífice máximo, y Lucio Licinio Craso Orator. Una mala pareja, como puedes ver. El irascible unido al inmutable —Hades y Zeus—, el sucinto vinculado al verborreico, una arpía y una musa. Toda Roma intenta hallar la definición perfecta del más imperfecto binomio. Que, por supuesto, habrían debido formarlo Craso Orator y mi querido Quinto Mucio Escévola. Pero no fue así. Escévola se negó a presentarse porque dice que está muy atareado. ¡Muy cansado, más bien! Después del revuelo que crearon los últimos censores —con la lex Licinia Mucia como plato fuerte— yo creo que a Escévola no le han quedado fuerzas.

 

En cualquier caso, los tribunales especiales previstos por la lex Licinia Mucia han pasado a mejor vida. Cayo Mario y yo conseguimos que se desmantelasen a primeros de año, fundamentándonos en que eran una rémora financiera injustificable. Afortunadamente todos se mostraron conformes y la enmienda se aprobó sin incidente alguno en el Senado y los Comitia. Pero aún perduran terribles secuelas, Lucio Cornelio. A dos de los jueces más execrables, Cneo Escipión Nasica y Catulo César, les han quemado las alquerías y las villas, y a otros les han destrozado los cultivos, las viñas y les han envenenado los aljibes. Y ahora tenemos un deporte nacional nocturno: dar con un romano y pegarle una paliza de muerte. Aunque, claro, ninguno —incluido Catulo César— admite que estos hechos tengan nada que ver con la lex Licinia Mucia.

 

El repugnante joven Quinto Servilio Cepio ha tenido la osadía de denunciar a Escauro, príncipe del Senado ante el tribunal de extorsiones, acusándole de haber aceptado una gran suma como soborno del rey Mitrídates del Ponto. Puedes imaginarte lo que sucedió. Escauro se

 

personó en el lugar en que estaba reunido el tribunal en el bajo Foro, ¡pero no para responder de las acusaciones! Fue derecho a donde estaba Cepio y le abofeteó, mejilla izquierda, mejilla derecha, ¡plaf!, plaf! Yo te aseguro que en semejantes circunstancias Escauro crece dos palmos. Parecía dominar por entero a Cepio, cuando de hecho son casi igual de altos.

«¡Cómo te atreves! —bramó—. ¡Cómo te atreves, miserable gusano! ¡Retira inmediatamente esa absurda acusación o desearás no haber nacido! ¿Tú, un Servilio Cepio, miembro de una familia famosa por su amor al oro, osas acusarme a mí, Marco Emilio Escauro, príncipe del Senado, de apoderarme de oro? ¡Me meo en ti, Cepio!»

 

Y se alejó, cruzando el Foro, entre vítores, aplausos y aclamaciones, sin hacer caso. Cepio se quedó allí con las marcas de la mano de Escauro en los dos carrillos, esquivando las miradas del grupo de caballeros convocados para elegir el jurado. Pero después de la intervención de Escauro, por muchas pruebas que Cepio hubiese podido presentar, el jurado habría absuelto a Escauro.

 

«Retiro la acusación», dijo Cepio, escabulléndose hacia su casa.

 

Así acaban todos los que acusan a Marco Emilio Escauro, actor sin igual, farsante y príncipe de rectitud. Te confieso que a mí me encantó, porque Cepio llevaba tanto tiempo haciéndole la vida imposible a Marco Livio Druso que ya es un tema del que se habla en el Foro, Por lo visto a Cepio le parecía que mi sobrino debía haberse puesto de su parte cuando se descubrió la historia de mi sobrina con Catón Saloniano, y como las cosas no fueron como él quería, reaccionó con toda maldad. ¡Aún sigue hablando del famoso anillo!

 

Pero basta de Cepio, individuo repulsivo para ser el tema de una carta. Tenemos ya en las tablillas otra ley útil, gracias al tribuno de la plebe Cneo Papirio Carbón. ¡Ésta sí que es una familia sin suerte desde que sus miembros decidieron prescindir de su condición patricia! Dos suicidios en la última generación y ahora un grupo de Papirios jóvenes que no piensan más que en crear complicaciones. En fin, hace unos meses Carbón convocó un contio de la Asamblea plebeya, a principios de primavera concretamente. ¡Hay que ver cómo pasa el tiempo! Craso Orator y

 

Ahenobarbo, pontífice máximo, se acababan de declarar candidatos para el cargo de censor. Lo que intentaba Carbón sacar adelante era una versión modernizada de la lex frumentaria que Saturnino hizo aprobar por la plebe, pero la reunión se le fue de las manos y murieron un par de ex gladiadores, atacaron a algunos senadores y hubo que suspender el acto a causa del tumulto. Craso Orator se vio envuelto en ello porque andaba haciendo campaña, y salió con la toga hecha un asco y demudado. Como consecuencia, promulgó un decreto en el Senado que estipula que la responsabilidad del orden durante una asamblea es totalmente del magistrado que la convoca. El decreto fue acogido como un ejemplo encomiable de legislación, pasó a la Asamblea de todo el pueblo y se aprobó. Si la reunión de Carbón se hubiese celebrado ya vigente esta ley de Craso Orator, habría podido ser acusado de incitación a la violencia y fuertemente multado.

 

Y ahora viene la noticia más curiosa.

 

¡Ya no tenemos censores!

 

Pero ¿qué ha sucedido, Publio Rutilio?, te oigo exclamar. Bien; te lo diré. Al principio pensamos que se llegarían a entender bastante bien, pese a su manifiesta diferencia de carácter. Despacharon los contratos del Senado, repasaron los rollos de los senadores y de los caballeros, y después promulgaron un decreto expulsando a todos los maestros de retórica de Roma menos a un puñado intachable, descargando sobre todo su furia en los maestros de retórica latina, aunque no creas que los de retórica griega salieron muy bien parados. Ya sabes qué clase de gente son, Lucio Cornelio; por unos sestercios al día convierten a los hijos de ciudadanos poco acomodados de la tercera y cuarta clase en abogados, que luego no hacen más que rondar por el Foro en busca de trabajo, incitando al populacho crédulo y proclive a las querellas. La mayoría no se molestan en enseñar en griego, ya que los procesos legales se llevan a cabo en latín, y es bien sabido que esos llamados maestros de retórica denigran la ley y a los abogados, abusan de los ingenuos y desfavorecidos, les extorsionan por el poco dinero que tienen y son una deshonra para el Foro. ¡Y allá fueron todos con bolsas y equipaje, lanzando en vano maldiciones contra Craso

 

Orator y Ahenobarbo, pontífice máximo! Todos. Sólo los maestros de retórica con reputación sin tacha y una clientela como es debido han podido quedarse.

 

La medida ha estado bien y todos han elogiado a los censores, por lo que era de esperar que hubieran seguido de acuerdo para actuar mejor juntos; pero comenzaron a regañar. ¡Y qué discusiones en público! Todo culminó en un áspero intercambio de groserías delante de media Roma, la media Roma (de la que formo parte, lo confieso) que se quedó cerca de ellos a escuchar lo que se decían.

 

No sé si sabrás que Craso Orator se ha consagrado a la piscicultura, un negocio considerado no incompatible con la dignidad senatorial. Así que ha instalado en sus fincas enormes estanques y está haciendo una fortuna con la venta de anguilas, lucios, carpas, etcétera, al colegio de epullones, por poner un ejemplo, en vísperas de las grandes fiestas públicas. ¡Qué poco imaginábamos lo que se nos venía encima cuando Lucio Sergio Orata inició el cultivo de ostras en los lagos de Baiae! Es un gran progreso pasar de las ostras a las anguilas, querido Lucio Cornelio.

 

¡Ah, cuánto voy a echar de menos este delicioso comadreo de Roma! Pero ya te contaré. Volvamos a Craso Orator y su piscicultura. En sus fincas es una simple actividad comercial, pero, como es Craso Orator, le ha encantado lo de los peces y ha agrandado el tamaño del estanque del jardín de su casa de Roma y lo ha llenado con los ejemplares más exóticos y caros. Se sienta en la orilla, agita el agua con el dedo, y a por las miguitas acuden gambas y toda clase de apreciados habitantes de las aguas. Tiene, sobre todo, una carpa, un ser enorme del color del mejor peltre y de agradable rostro, tan mansa que acude rauda al borde del estanque en cuanto Orator pone el pie en el jardín. Realmente yo no le reprocho que le gusten esas cosas. No me parece mal, en absoluto.

 

En fin, el pez murió y a Craso Orator se le partió el corazón; durante un intervalo de mercado no salió de su casa, y a los que se tomaron la molestia de acercarse les dijeron que estaba postrado de aflicción. Finalmente reapareció en público, muy cariacontecido, y se unió a su colega el pontífice máximo en su caseta del Foro; aunque me apresuro a

 

añadir que estaban a punto de trasladarla al Campo de Marte para efectuar el tan esperado censo del populacho general.

«¡Ah! —exclamó Ahenobarbo, pontífice máximo, al verle aparecer—. ¿No llevas la toga pulla, Lucio Licinio? ¿No vistes de luto? ¡Me sorprende porque me han dicho que en la ceremonia de cremación de tu pez contrataste un actor que llevase su máscara de cera, haciéndole nadar todo el camino hasta el templo de Venus Libitina! ¡Y me han dicho también que has mandado construir una vitrina para la máscara del pez y piensas sacarla en procesión en los futuros entierros de los Licinios Crasos como si fuera de la familia!»

 

Craso Orator se irguió majestuosamente —bueno, como todos los Licinios Crasos, figura no le falta— y miró por encima de su hiperbólica nariz a su colega censor.

 

«Es cierto, Cneo Domicio, que he llorado a mi pez muerto —dijo altanero Craso Orator—. ¡Y eso demuestra que soy más bondadoso que tú, que hasta ahora se te han muerto tres esposas y no has derramado una sola lágrima!»

 

Y ése fue, Lucio Cornelio, el final de las funciones de censores de Lucio Licinio Craso Orator y Cneo Domicio Ahenobarbo, pontífice máximo.

 

Lástima que no se pueda efectuar el censo del populacho hasta dentro de cuatro años, supongo, porque nadie se preocupa por elegir nuevos censores.

 

Y ahora entro en las malas noticias. Te escribo ésta en vísperas de mi marcha a Esmirna, a donde voy exiliado. ¡Sí, ya imagino tu sorpresa! ¿Publio Rutilio Rufo, el más inofensivo y recto de los hombres, condenado al exilio? Pues así es. Algunos en Roma no han olvidado la espléndida tarea que llevamos a cabo Quinto Mucio Escévola y yo en la provincia de Asia; hombres como Sexto Perquitieno, que ya no pueden confiscar obras de arte inapreciables a guisa de deudas por impuestos. Y como soy el tío de Marco Livio Druso, me he ganado también la enemistad de ese horripilante Quinto Servilio Cepio. Y, por medio de él, de semejante escoria como Lucio Marco Filipo, que persiste en que le elijan cónsul. Por supuesto que a nadie se le ocurrió meterse con Escévola, pues tiene mucho poder; por eso

 

optaron por ir a por mi. Y lo consiguieron. Ante el tribunal de extorsiones presentaron pruebas vergonzosamente falsificadas de que yo —¡yo!— obtuve dinero de los desventurados ciudadanos de la provincia de Asia. El fiscal fue un tal Apicio, un ser que alardea de ser cliente de Filipo. Oh, muchos, ofendidos, se ofrecieron a defenderme; entre ellos Escévola, Craso Orator y Antonio Orator, incluso el nonagenario Escévola el Augur, figúrate. Y ese repugnante niño prodigio que siempre anda con ellos por el Foro, Marco Tulio Cicerón, de Arpinum, se ofreció también a hablar en mi defensa.

 

Pero me di cuenta de que todo habría sido inútil, Lucio Cornelio. Al jurado le habían pagado una fortuna (¿aurum Tolosanum?) para que me condenara. Así que rechacé los ofrecimientos y me defendí yo mismo. Con gracia y dignidad, modestia aparte. Y con calma. Mi único ayudante fu e mi querido sobrino Cayo Aurelio Cota, el mayor de los tres hijos de Marco Cota y hermanastro de mi querida Aurelia. Su hermanastro, que fue pretor el año de la lex Licinia Mucia, por el contrario, tuvo el descaro de ayudar a la acusación. Su tío Marco Cota y su hermanastra le han retirado la palabra.

 

Como te he dicho, el resultado era inevitable. Dictaminaron que era culpable de extorsión, privándome de la ciudadanía y condenándome al exilio a más de ochocientas millas de Roma. No obstante, no me han confiscado las propiedades; creo que debieron imaginar que si se atrevían acabarían linchándolos. Mis últimas palabras al tribunal fueron para informarles de que elijo ir al exilio entre las gentes por cuenta de las cuales se me condena, los ciudadanos de la provincia de Asia, y en concreto a Esmirna.

 

Nunca regresaré a Roma, Lucio Cornelio. Y no lo digo por resentimiento ni por mi orgullo herido, pero no quiero volver a ver una ciudad y unas gentes que consienten tan manifiesta injusticia. Tres cuartas partes de la ciudad va a llorar esa injusticia, pero eso no impedirá que la víctima, yo, pierda la ciudadanía romana y tenga que partir al destierro. Bien, no pienso rebajarme y darles la satisfacción a los que me han condenado de agobiar al Senado con un aluvión de apelaciones para que

 

me devuelvan la ciudadanía y se revoque la sentencia. Pienso comportarme como romano que soy y acataré sumiso, como un buen perro romano, la sentencia de un tribunal romano legal.

 

Ya he recibido una carta del etnarca de Esmirna, loco de alegría, por lo que se ve, ante la perspectiva de contar con un nuevo ciudadano llamado Publio Rutilio Rufo. Por lo visto van a organizar festejos en mi honor en cuanto llegue. ¡Curiosas gentes, que reaccionan de este modo ante la llegada de quien se supone los expolió sin piedad!

 

No te apenes mucho por mí, Lucio Cornelio. Ya ves que me cuidarán bien. Esmirna ha votado incluso una generosa pensión para mí además de concederme una casa y buenos criados. Quedan en Roma bastantes Rutilios y el clan no resultará afectado; está mi hijo, mis sobrinos y mis primos de la rama de los Rutilios Lupo. Pero a partir de ahora vestiré la clámide griega y las sandalias, pues no tengo derecho a vestir la toga. En tu viaje de regreso, Lucio Cornelio, si tienes tiempo, ¿por qué no pasas por Esmirna para verme? ¡Me he imaginado que ninguno de mis amigos que ande por el extremo oriental del Mediterráneo dejaría de pasar por Esmirna para verme! Un agradable placer para un exiliado.

 

He decidido escribir en serio. Se acabaron los compendios de logística, táctica y estrategia militar. Quiero convertirme en biógrafo y proyecto comenzar con una biografía de Metelo Numídico, el Meneitos, sazonándola con jugosas anécdotas que harán que Meneitos hijo se muerda los puños de rabia. Luego seguiré con Catulo César y mencionaré cierto amotinamiento que tuvo lugar en Athesis en la época en que las hordas germanas llegaron hasta Tridentum. ¡No sabes cómo voy a divertirme! Así pues, ven a verme, Lucio Cornelio. ¡Necesito información que sólo tú puedes facilitarme!

 

A Sila no le había gustado nunca Publio Rutilio Rufo, pero cuando dejó el grueso rollo en la mesa, tenía los ojos llenos de lágrimas. Y se hizo una promesa: que algún día cuando él —el hombre más grande del mundo— fuese el primer hombre de Roma, tomaría represalias contra individuos como Cepio y Filipo. Y contra aquel sapo ecuestre llamado Sexto Perquitieno.

 

Sin embargo, cuando entró su hijo con Morsimo, tenía los ojos secos y se había calmado.

 

—Ya estoy listo —dijo a Morsimo—. Haz el favor de recordarme que le diga al capitán que ponga rumbo a Esmirna. Tengo que ver a un viejo amigo, a quien he prometido poner al corriente de los acontecimientos de Roma.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

IV

 

 

Mientras Lucio Cornelio Sila estaba en Oriente, Cayo Mario y Publio

 

Rutilio Rufo lograron promulgar una ley que derogaba los tribunales especiales provistos por la lex Licinia Mucia, con lo cual Marco Livio Druso cobró ánimo.

 

—Creo que ha llegado el momento —dijo a Mario y a Rutilio Rufo poco después de su aprobación—, a finales de este año me presentaré a tribuno de la plebe. Y a principios del que viene promulgaré una ley a través de la Asamblea de la plebe emancipando a todos los habitantes de Italia.

 

Mario y Rutilio Rufo se miraron sin tenerlas todas consigo, pero no dijeron nada. Druso tenía razón en que nada se perdía intentándolo, aunque cabía esperar que con el paso del tiempo se flexibilizara la opinión en Roma. Con la suspensión de los tribunales especiales se ponía punto final a las flagelaciones y no habría evidencia de la inhumanidad del Estado romano.

 

—Marco Livio, ya has sido edil; podrías presentarte a las elecciones de pretor —dijo Rutilio Rufo—. ¿Estás seguro de que quieres ser tribuno de la plebe? Quinto Servilio Cepio va a presentarse a pretor y te enfrentarás en el Senado a un adversario con imperium. Y, además, Filipo es otra vez candidato al consulado, y si lo obtiene, cosa bastante probable porque los electores están hartos de verle año tras año con la toga candida, tendrás un cónsul aliado a un pretor que te harán la vida imposible como tribuno de la plebe.

 

—Lo sé —dijo Druso con firmeza—. De todos modos, voy a presentarme. Sólo os ruego que no lo digáis a nadie, pues tengo un plan especial para ganar la elección que requiere que la gente crea que lo he decidido en el último momento.

 

 

Que declarasen culpable, condenándole al exilio, a Publio Rutilio Rufo a principios de septiembre, fue un duro golpe para Druso, que había contado con su inapreciable apoyo en el Senado. Ahora sólo contaba con Cayo Mario, un hombre con el que Druso no tenía mucha intimidad y a

 

quien no admiraba incondicionalmente. En cualquier caso, no era sustituto de un miembro de su familia. Ello, además, implicaba que Druso no disponía de nadie con quien hablar en el seno familiar; su hermano Mamerco se había hecho amigo suyo, pero sus tendencias políticas se inclinaban más hacia Catulo César y el Meneitos hijo; con él no había abordado el delicado tema de la emancipación de los itálicos, ni quería hacerlo. Y Catón Saloniano había muerto. Tras la muerte de Livia Drusa había tenido un pretorado muy activo a cargo de los tribunales de homicidio y desfalco, fraude y usura, pero cuando los crecientes disturbios en Hispania indujeron al Senado a enviar un gobernador especial a la Galia Transalpina a principios de año, Catón Saloniano lo había aceptado encantado para mantenerse ocupado. Había marchado a su destino, dejando sus hijos al cuidado de su suegra Cornelia Escipionis y de su cuñado Druso. Y en el verano había llegado la noticia de una caída del caballo, en la que se había hecho una herida que no parecía grave; pero luego había sufrido un ataque epiléptico, seguido de parálisis, para entrar en un estado de coma que desembocó en una muerte plácida e inconsciente. Para Druso, la noticia fue como una puerta que se cierra. Todo lo que le quedaba de su hermana eran los hijos.

 

Por lo tanto era comprensible que Druso escribiese a Quinto Popedio Silo después del exilio de su tío y le invitase a vivir en Roma. Ya no tenían vigencia los tribunales especiales de la lex Licinia Mucia y el Senado había decidido por acuerdo tácito hacer caso omiso de la inscripción masiva de itálicos en el censo de Antonio Flaco hasta que se llevara a efecto el próximo censo. No había, pues, motivo que impidiera la estancia de Silo en Roma. Y Druso necesitaba enormemente poder hablar con alguien de confianza respecto a su cargo de tribuno.

 

Habían transcurrido tres años y medio desde su última entrevista aquel memorable día en Bovianum.

 

—Sólo Cepio queda vivo —le dijo Druso, sentados en su despacho a la espera de que los avisasen para cenar—, y no quiere saber nada de los hijos, que incluso ahora siguen siendo suyos legalmente. De los dos que son Porcios Catones Salonianos, sólo tengo que decirte que son huérfanos.

 

Afortunadamente no se acuerdan de su madre y Porcia, la pequeña, recuerda vagamente a su padre. Los niños se encuentran zarandeados en este mar proceloso y su tabla de salvación es mi madre. Naturalmente, Catón Saloniano no les ha podido legar fortuna, excepto sus propiedades en Tusculum y una finca en Lucania. Yo me encargaré de las provisiones para que el niño ingrese en el Senado cuando llegue el momento y de que la niña tenga una dote adecuada. Tengo entendido que Lucio Domicio Ahenobarbo, que está casado con la tía de la niña, hermana de Catón Saloniano, ha puesto seriamente los ojos en la pequeña Porcia para su hijo Lucio. Yo he dispuesto mi testamento, y estoy seguro de que Cepio también; quiera o no, Quinto Popedio, no puede desheredarlos ni privarlos de la dote, aunque se niegue a verlos, el muy canalla.

 

—Pobrecillos… —dijo Silo, que también era padre—. Y el pequeño Catón, sin padre ni madre… ni en el recuerdo.

 

—¡Ah, es un niño muy raro! —dijo Druso con una sonrisa irónica—. Está muy delgadito, tiene el cuello muy largo y una enorme nariz ganchuda para un niño tan pequeño. A mí me recuerda un buitre, y por más que quiera no acaba de gustarme. Aún no tiene dos años y ya anda por toda la casa mirándolo todo con el cuello estirado y la nariz dirigida al suelo, gritando. No, no llora; grita. Es incapaz de decir nada en tono normal; no hace más que chillar y lanzar bravatas. En cuanto le veo venir, por lástima que le tenga, desaparezco.

 

—¿Y la pequeña espía, Servilia?

 

—Ah, está muy calmada, muy modosita y obediente. Pero no te fies de ella bajo ningún concepto, Quinto Popedio. Esa es otra que no me gusta nada —añadió Druso, entristecido.

 

—¿Hay alguno que te guste? —inquirió Silo, mirándole con sus penetrantes ojos amarillos.

 

—Mi hijo, Druso Nerón. Es un niñito encantador; bueno, no tan niñito, tiene ya ocho años. Quise prevenir a mi esposa de que era imprudente adoptar un niño, pero ella quería un varón y no hubo nada que hacer. Me gusta también mucho el pequeño Cepio, ¡pero no puedo creer que sea hijo de él! Es el vivo retrato de Catón Saloniano y, como niño, muy parecido al

 

pequeño Catón. Lilla está bien y Porcia también, aunque para mí las niñas son un misterio.

 

—¡Anímate, Marco Livio! —dijo Silo sonriente—. Algún día serán mayores y entonces será cuando realmente se pueda juzgar si gustan o no. ¿Por qué no me llevas a verlos? Te confieso que tengo curiosidad por ver a ese buitre y a la espía. ¿No es curioso que sea lo imperfecto lo que más nos atrae?

 

El resto del día lo pasaron charlando de asuntos caseros, y fue al día siguiente cuando se dedicaron a hablar de la situación en Italia.

 

—Quinto Popedio, voy a presentarme a las elecciones de tribuno de la plebe a principios de noviembre —dijo Druso.

 

—¿Después de haber sido edil? —replicó Silo, parpadeando, cosa rara en un marso—. Deberías aspirar al pretorado.

 

—Sí, ahora podría ser pretor —contestó Druso sin alterarse.

 

—¿Y por qué, entonces, tribuno de la plebe? ¡No pensarás intentar la emancipación de los itálicos…

 

—Eso es precisamente lo que voy a procurar. He esperado pacientemente, Quinto Popedio, ¡los dioses son testigos de mi paciencia! Y creo que es el momento oportuno, ahora que la lex Licinia Mucia está aún presente en la mente de todos. Dime alguien del Senado con la edad apropiada que aúne la dignitas y la auctoritas necesarias para ser tribuno de la plebe, como es mi caso. Llevo en el Senado diez largos años, he sido paterfamilias de los míos casi veinte años, mi reputación es intachable y lo único que se me puede reprochar es que siempre he sido partidario de la emancipación de los itálicos. He sido edil plebeyo y organicé grandes juegos, mi fortuna es inmensa, tengo muchos clientes y soy un hombre conocido y respetado en toda Roma. Por ello, si soy candidato a tribuno de la plebe y no a pretor, todos comprenderán que me impulsan a ello poderosas razones. He sido famoso como abogado y como orador. Sin embargo, no se ha oído mi voz en la Cámara estos diez últimos años, y todavía tengo cosas que decir. En los tribunales, la mención de mi nombre atrae multitudes. De verdad, Quinto Popedio, cuando opte por presentarme

 

a tribuno de la plebe, todos en Roma, desde el más bajo al más alto, estarán convencidos de que mis motivos tienen perfecta lógica.

 

—Desde luego, será la sensación —dijo Silo, inflando los carrillos—. Pero no creo que lo logres. Más prudente sería que te eligieran pretor y cónsul dentro de dos años.

 

—Con el cargo de cónsul no podría hacer nada —dijo Druso con firmeza—. Este tipo de ley debe venir de la Asamblea plebeya, debe promulgarla un tribuno de la plebe. Si intentara promulgarla siendo cónsul, la vetarían inmediatamente. Pero siendo tribuno de la plebe, puedo controlar a mis colegas de un modo que, siendo cónsul, es imposible. Y tengo autoridad sobre el cónsul en virtud del veto, y si fuera necesario, podría negociarlo. Cayo Graco se jactaba de utilizar inteligentemente el tribunado de la plebe, pero, te lo aseguro, Quinto Popedio, nadie me aventajará. Tengo la edad, la sabiduría, los clientes y el prestigio. Y, además, un programa legislativo ya elaborado más ambicioso que la simple emancipación de toda Italia. Me propongo reorganizar los asuntos públicos de Roma.

 

—Que la gran serpiente portadora de luz te proteja y te guíe, Marco Livio; es lo único que puedo decirte.

 

Con la mirada impasible y una actitud que denotaba que creía en lo que estaba diciendo, Druso se inclinó hacia adelante.

 

—Quinto Popedio, ya es hora. No puedo consentir que haya guerra entre Roma e Italia, y sospecho que tú y tus amigos estáis preparando la guerra. Si la emprendéis, perderéis. Y Roma también, aunque salga vencedora. Roma nunca ha perdido una guerra, amigo mío. Batallas, sí; y quizá en los primeros días los itálicos llevéis la iniciativa, ¡pero Roma vencerá! Porque Roma siempre vence. ¡Pero qué victoria tan pírrica! Las secuelas económicas son estremecedoras. Sabes tan bien como yo el viejo dicho de no hagas la guerra en tu propio país… que sean las propiedades de otro las que la sufran —alargó la mano por encima del escritorio para asir el antebrazo de Silo—. ¡Quinto Popedio, te ruego que me dejes hacerlo a mi manera! Por la vía pacífica, la lógica, la única que puede dar buenos resultados.

 

Silo, convencido, asintió con la cabeza, con la mirada limpia. —¡Querido Marco Livio, cuenta con mi sincero apoyo! ¡Adelante! No

 

importa el que no lo crea posible. Si no hay alguien de tanta valía como tú que lo intente, ¿cómo puede saber Italia hasta dónde llega la oposición de Roma a la emancipación general? Visto en retrospectiva, estoy de acuerdo contigo en que ha sido una tontería intentar falsear el censo, y no creo que ninguno de nosotros pensase que iba o que podía salir bien. Fue más bien el modo de hacer saber al Senado y al pueblo de Roma lo fuertes que nos sentimos los itálicos. Pero ha constituido un retroceso; para nosotros y para vosotros. ¡Adelante! Todo lo que Italia pueda hacer por secundarte, cuenta con ello. Tienes mi palabra de honor.

 

—Preferiría tener toda Italia como cliente —replicó Druso entristecido

 

—. Una vez lograda la emancipación, podría imponer fácilmente mi voluntad en Roma si tuviera la clientela de toda Italia.

—Lo conseguirás, Marco Livio —dijo Silo, asombrado—. Si lo logras, serás el patrón de todos los itálicos que se beneficien de tu tarea.

—En teoría, sí —dijo Druso, torciendo el gesto para refrenar el júbilo interior—. Pero en la práctica sería imposible.

—¡Fácil no es! —se apresuró a exclamar Silo—. Bastaría con que Cayo Papio Mutilo y los otros dirigentes exigieran un juramento a los itálicos en el sentido de que si logras la emancipación general todos te sean fieles hasta la muerte.

 

Druso se quedó boquiabierto y pensativo, mirando a Silo. —¿Un juramento? ¿Tú crees que estarían dispuestos?

—Seguro, con tal de que el voto no obligara a sus hijos ni a los tuyos — contestó Silo muy seguro.

—No es necesario incluir a la progenie —añadió Druso, marcando las palabras—. Sólo pido tiempo y apoyo masivo. Después, ya estará hecho.

¡Toda Italia por clientela! El sueño de todo noble romano: tener clientes para formar ejércitos enteros. Teniendo toda Italia por clientela no habría nada imposible.

 

—Cuenta con el juramento, Marco Livio —dijo Silo, animoso—. Tienes razón en desear toda Italia como clientela; la emancipación general no será

 

más que el comienzo —añadió con una risa fuerte, levemente cascada—. ¡Qué éxito ver a alguien convertido en el primer hombre de Roma… no: en el primer hombre de Italia, gracias a la intervención de quienes ahora no influyen para nada en los asuntos de Roma! —exclamó Silo, zafando suavemente su antebrazo del apretón de Druso—. Explícame cómo piensas hacerlo.

 

Pero Druso era incapaz de ordenar sus ideas; las implicaciones eran apabullantes. ¡Toda Italia por clientela!

 

 

¿Cómo hacerlo? ¿De qué manera? De los personajes importantes del Senado, sólo Cayo Mario le apoyaría; y Druso sabía que no le bastaría con el respaldo de Mario. Necesitaba a Craso Orator, a Escévola, a Antonio Orator y a Escauro, príncipe del Senado. Conforme se aproximaban las elecciones tribunicias, la desesperación de Druso aumentaba. Seguía esperando el momento propicio, y el momento propicio no se presentaba. Su candidatura a tribuno de la plebe seguía siendo un secreto compartido sólo por Silo y Mario.

 

Una mañana muy temprano, a finales de octubre, Druso se encontró con Escauro, príncipe del Senado, Craso Orator, Escévola, Antonio Orator y Ahenobarbo, pontífice máximo, juntos en la hondonada de los Comitia; era evidente que hablaban de la caída de Publio Rutilio Rufo.

 

—Venid, Marco Livio —dijo Escauro, dejando sitio en el corrillo—. Estábamos hablando de cuál sería el mejor medio para arrebatar los tribunales al Ordo equester, porque declarar culpable a Publio Rutilio ha sido un crímen. Los caballeros se han apropiado el derecho a constituir cualquier tribunal romano.

 

—Es lo que me parece a mí —contestó Druso, uniéndose al grupo—.

 

En cualquier caso a quien querían hundir era a ti, no a Publio Rutilio.

 

—¿Y, entonces, por qué no me atacaron a mí? —inquirió Escévola, que aún estaba muy enojado.

 

—Tú tienes muchos amigos, Quinto Mucio.

 

—Y Publio Rutilio pocos. Es una lástima. ¡Yo os digo que no podemos consentir quedarnos sin Publio Rutilio. Siempre fue un hombre de principios que no se entregaba a nadie, y eso no es frecuente —añadió Escauro, irritado.

 

—Yo no creo que podamos quitarles del todo los tribunales a los caballeros —dijo Druso, midiendo sus palabras—. Si la ley de Cepio el cónsul no se inscribió en las tablillas, y no se inscribió, no sé cómo se va a poder inscribir otra ley que devuelva los tribunales al Senado. Y no sólo eso, sino que los caballeros se creen invulnerables. La ley de Cayo Graco no hace referencia al caso de culpabilidad de un jurado formado por caballeros por aceptar sobornos, y los caballeros insisten en que la lex Sempronia dice que no se les puede juzgar por aceptar sobornos cuando actúan de jurados.

 

—¡Marco Livio, eres con mucho el mejor en edad de pretor! —terció Craso Orator, que estaba mirándole alarmado—. Si tú dices eso, ¿qué puede hacer el Senado?

 

—Yo no he dicho que el Senado tenga que perder las esperanzas, Lucio Licinio —replicó Druso—. Lo que he dicho es que los caballeros se negarán a ceder los tribunales. Sin embargo, ¿y si los obligamos a verse en una situación en la que no tengan más remedio que compartirlos con el Senado? Aún no son los plutócratas quienes gobiernan Roma, y lo saben perfectamente. ¿Por qué no, pues, ponerlos entre la espada y la pared? ¿Por qué no hacemos que alguien proponga una nueva ley para reglamentar los tribunales superiores, para que se constituyan mitad y mitad con miembros del Senado y del Ordo equester?

 

—¡Entre la espada y la pared! —exclamó Escévola—. A los caballeros les resultará difícil encontrar razones para negarse, les parecerá una rama de olivo por parte del Senado. ¿Qué más equitativo que mitad y mitad? Desde luego no podrán acusar al Senado de querer arrebatarles el control judicial, ¿no es cierto?

 

—¡Ja, ja! —dijo Craso Orator, sonriente—. Las filas están prietas dentro del Senado, Quinto Mucio. Pero, como sabemos todos los senadores, siempre hay algunos caballeros en un jurado con ambiciones de ingresar en

 

la Curia Hostilia. Si el jurado está formado exclusivamente por caballeros, no pueden hacer nada, pero si sólo forman el cincuenta por ciento, podrían maniobrar en favor suyo. ¡Muy acertado, Marco Livio!

 

—Podríamos alegar —terció Ahenobarbo, pontífice máximo— que nosotros como senadores poseemos una experiencia jurídica tan importante que los tribunales ganarían con nuestra presencia. ¡Y que, al fin y al cabo, nosotros tuvimos el control exclusivo de los tribunales durante casi cuatrocientos años! Podríamos argüir que en la época moderna no se puede consentir semejante exclusividad, ni puede quedar excluido el Senado.

 

Para Ahenobarbo era una argumentación lógica; lo había lucubrado poco después de su experiencia como juez en Alba Fucentia durante la época de la lex Licinia Mucia, pese a que Craso Orator era quien le había inducido. Pero seguían unidos por el espíritu de clase y de privilegios.

 

—Muy bien pensado —dijo Antonio Orator, con sonrisa beatífica.

 

—Así es —añadió Escauro, volviéndose para ver a Druso de frente—. ¿Trataréis de hacerlo siendo pretor, Marco Livio? ¿O tenéis la intención de que sea otro quien lo haga?

 

—Lo haré yo mismo, príncipe del Senado, pero no como pretor — contestó Druso—. Voy a presentarme a tribuno de la plebe.

 

Todos se quedaron atónitos y fijaron la mirada en Druso.

 

—¿A vuestra edad? —inquirió Escauro.

 

—Mi edad es una buena ventaja —respondió Druso, tranquilo—. Aunque tengo la adecuada para ser pretor, voy a ser candidato a tribuno de la plebe y nadie podrá acusarme de juventud, falta de experiencia, impulsividad, ganas de ganarme a la multitud ni de ninguno de los motivos por los que se suele desear ser tribuno de la plebe.

 

—Entonces, ¿por qué quieres ser tribuno de la plebe? —inquirió Craso Orator.

 

—Quiero promulgar leyes —contestó Druso sin perder la calma ni la compostura.

 

—Podéis promulgar leyes siendo pretor —adujo Escauro.

 

—Sí, pero no con la facilidad y apoyo con que lo hace un tribuno de la plebe. Y a la Asamblea plebeya le gusta su papel legislador. ¿Para qué

 

trastocar las cosas, príncipe del Senado?

 

—Tienes previstas otras leyes —dijo Escévola en voz baja.

 

—Efectivamente, Quinto Mucio.

 

—Danos una idea de lo que te propones legislar.

 

—Quiero duplicar el número de senadores —contestó Druso, ante el asombro general y cierta tensión en algunos.

 

—Marco Livio, comienzas a parecerte a Cayo Graco —dijo Escévola, alarmado.

 

—Comprendo que lo pienses, Quinto Mucio, pero lo que sucede es que quiero reforzar la influencia del Senado en las tareas de gobernación y soy lo bastante amplio de miras como para utilizar ideas de Cayo Graco si convienen a mis propósitos.

 

—¿Cómo va a favorecer el dominio senatorial el hecho de llenar el Senado de caballeros? —inquirió Craso Orator.

 

—Desde luego eso es lo que propuso Cayo Graco —dijo Druso—. Yo propongo algo ligeramente distinto. Para empezar, no creo que se pueda seguir argumentando que el Senado no se haya quedado pequeño. A las reuniones vienen muy pocos y muchas veces no alcanzamos el quórum. Si hay que constituir jurados, ¿no acabaríamos hartos de hacerlo constantemente? Admítelo, Lucio Licinio, más de la mitad de los senadores se negaban a formar parte de un jurado en la época en que éramos nosotros quienes constituíamos los tribunales. Mientras que Cayo Graco quería llenar el Senado de caballeros, yo quiero llenarlo con hombres de nuestro rango senatorial, más algunos caballeros para que queden contentos. Todos nosotros tenemos tíos y sobrinos, o hermanos más jóvenes, que no pueden acceder al Senado porque está completo. Yo los admitiría a ellos con preferencia a los caballeros. ¿Y qué mejor método que ver a algunos caballeros que se oponen al Senado convertidos en partidarios del mismo haciéndolos senadores? Son los censores los que admiten nuevos senadores, sin posibilidad de apelación. — Hizo un carraspeo—. Ya sé que en este momento no tenemos censores, pero podemos elegir una pareja el próximo abril, o en abril del otro año.

 

—Me complace esta idea —dijo Antonio Orator.

 

—¿Y qué otras leyes os proponéis promulgar? —inquirió Ahenobarbo, pontífice máximo, ignorando la referencia implícita a él y a Craso Orator, que por derecho aún debían seguir siendo censores.

 

—Todavía no lo sé, Cneo Domicio —contestó Druso lacónico, con aire indeciso.

 

—¡Cómo no vais a saberlo! —replicó sarcástico el pontífice maximo. —Bueno —añadió Druso, sonriendo con inocente dulzura—, tal vez sí,

 

Cneo Domicio, pero no lo bastante para hablar de ellas en tan digna compañía. Perded cuidado; tendréis oportunidad de dar vuestra opinión.

 

—Bah —exclamó Ahenobarbo, pontifice máximo, con gesto escéptico. —Lo que me gustaría saber, Marco Livio, es desde cuándo teníais el

 

propósito de presentaros a la elección de tribuno de la plebe —inquirió Escauro, príncipe del Senado—. Porque no me explico cómo habiendo sido elegido edil plebeyo no hicisteis nada por intervenir en la Cámara. Ya veo que estabais reservando vuestra oratoria para mejores fines, ¿no?

 

—Marco Emilio —replicó Druso con los ojos muy abiertos—, ¿cómo podéis decir semejante cosa? ¡Un edil no tiene por qué tomar la palabra!

 

—Humm —contestó Escauro, encogiéndose de hombros—. Contad con mi apoyo, Marco Livio. Me gusta vuestro estilo.

 

—Cuenta también con el mío —dijo Craso Orator.

 

Y todos los demás acordaron también apoyar a Druso.

 

 

 

Druso no anunció su candidatura a tribuno de la plebe hasta la mañana del día de las elecciones, lo que, generalmente, habría sido una estratagema temeraria, pero en este caso resultó una excelente idea, pues le ahorró tener que contestar a preguntas comprometidas durante el plazo preelectoral y, por otra parte, pareció como si al ver la poca entidad de los otros candidatos hubiese alzado los brazos escandalizado y se hubiera decidido a presentarse para mejorar el equipo. Los mejores nombres del resto de la candidatura eran Sestio, Saufeio y Minicio, ninguno de ellos noble, y menos aún de valía. Druso anunció su candidatura después que lo hubiesen hecho otros veintidós.

 

Fueron unas elecciones tranquilas, poco concurridas. Se presentaron unos dos mil electores, porcentaje muy reducido; y como en la zona de los Comitia cabían con holgura el doble, no hubo necesidad de hacerlas en un recinto mayor, como el circo Flaminio. Una vez declarados los candidatos, el presidente del colegio saliente de tribunos de la plebe inició el procedimiento de votación instando a los electores a agruparse en tribus; el cónsul Marco Perperna, un plebeyo, no quitaba ojo de todo, como encargado del escrutinio, y como la asistencia fue baja, los esclavos públicos que sostenían las sogas que separaban a las tribus no tuvieron que enviar a recintos acotados con cuerdas fuera de la zona a las tribus más numerosas.

 

Como se trataba de una elección, las treinta y cinco tribus emitieron el voto a la vez en lugar de hacerlo sucesivamente una tras otra, como en el caso de aprobar una ley o dar el veredicto de un juicio. Las cestas en que se depositaban las tablillas de cera inscritas con el voto estaban en un estrado debajo del muro de los rostra, al que sólo tenían acceso los tribunos de la plebe salientes, los candidatos y el cónsul encargado del escrutinio.

 

El estrado de madera instalado al efecto seguía la curva de la grada inferior de la zona de votaciones, tapándola. Treinta y cinco angostos pasadizos en cuesta iban desde la parte inferior hasta las cestas, a una altura de unos seis pies, y las sogas que separaban a las tribus se extendían a modo de porciones de tarta hasta el lado opuesto a los rostra. Los electores llegaban a la rampa, recibían su tablilla de cera de los custodes, se detenían a inscribir su elección con el stylus, ascendían por el puente de tablas y la depositaban en la cesta de su tribu correspondiente. Una vez cumplido el deber electoral, salían andando por la grada superior y del recinto por ambos lados del muro de los rostra. Los que se habían tomado la molestia o se habían sentido con ánimo de revestir la toga, no se marchaban hasta después del recuento, por lo que, después de votar, se quedaban rezagados en el bajo Foro charlando, comiendo un tentempié y observando cómo iba la votación.

 

Durante todo este largo proceso, los tribunos de la plebe salientes permanecían detrás de la tribuna de los rostra, los candidatos, delante, y el

 

presidente del colegio saliente con el cónsul encargado del escrutinio, sentados en un banco, enfrente, para ver todo lo que sucedía en el recinto inferior.

 

Algunas tribus, en particular las cuatro urbanas, contaban aquel día con varios centenares de electores, mientras que otras tenían muchos menos, incluso sólo un par de docenas en el caso de tribus rurales distantes. Sin embargo, sólo contaba un voto por cada tribu: el de la mayoría de sus miembros, lo que a las tribus rurales distantes les confería una ventaja desproporcionada.

 

Puesto que las cestas sólo tenían capacidad para aproximadamente cien tablillas, las retiraban a medida que se llenaban para poner otras en su lugar; el recuento lo fiscalizaba constantemente desde su posición central el cónsul encargado del escrutinio, que efectuaban, en una gran mesa en la grada superior, a sus pies, treinta y cinco custodes con sus ayudantes.

 

Una vez concluido, unas dos horas antes de ponerse el sol, el cónsul encargado leía los resultados ante los que habían aguardado hasta el final y los que habían vuelto a congregarse en el recinto, ya sin cuerdas, y autorizaba también la publicación de los resultados en una hoja de pergamino que se exponía en el muro de atrás de los rostra con vista al Foro, para que en días sucesivos pudieran leerlos los que por allí pasaban.

 

Marco Livio Druso fue el nuevo presidente del Colegio, después de efectuar el escrutinio de la mayoría de las tribus; de hecho, las treinta y cinco tribus le habían votado, fenómeno extraordinario. Los Minicios, Sestius y Saufeios también fueron votados, y otros seis con nombres tan poco conocidos y sugerentes que casi nadie los recordó, ni dieron motivo para ello durante el año que permanecieron en el cargo, que se inició el décimo día de diciembre, unos treinta días a partir de la votación. Naturalmente, a Druso le encantó no tener adversarios de talla.

 

El colegio de los tribunos de la plebe tenía su sede en la basílica Porcia, en la planta baja y en el extremo próximo al Senado; era un espacio abierto con mesas y sillas plegables sin respaldo y con el molesto estorbo de varias gruesas columnas. Como la basílica Porcia era la más antigua de Roma, su construcción era muy rara. Allí, los días en que no se podía hacer la reunión

 

en la zona de votaciones o no había convocatoria, se sentaban los tribunos de la plebe para escuchar a los que les planteaban problemas, quejas y sugerencias.

 

Druso estaba deseando iniciar su nueva tarea y pronunciar el discurso inaugural en el Senado. La oposición de los magistrados mayores era de esperar, ya que Filipo había vuelto a ser segundo cónsul con Sexto Julio César, el primer Julio que se sentaba en la silla consular en cuatrocientos años; Cepio volvía a ser pretor, aunque uno entre ocho en lugar de los seis habituales, pues había años en que el Senado consideraba que seis eran insuficientes y recomendaba elegir ocho. Y éste era uno de esos años.

 

La intención de Druso era comenzar a legislar antes que ninguno de sus colegas tribunos, pero cuando el colegio asumió sus funciones el diez de diciembre, al patán de Minicio, nada más terminar la ceremonia, le faltó tiempo para anunciar con voz chillona que convocaba el primer contio para hablar de una nueva ley muy necesaria. En el pasado, dijo Minicio, a los hijos de un matrimonio entre dos cónyuges uno de los cuales no era ciudadano romano, se les asignaba la condición del padre. ¡Eso era muy fácil! ¡Demasiados romanos híbridos!, gritó Minicio. Y para cerrar aquella brecha inadmisible en la ciudadela romana, anunció la promulgación de una nueva ley que impidiera otorgar la ciudadanía romana a todos los hijos de matrimonios mixtos, aunque el padre fuese romano.

 

La lex Minicia de liberis fue una desagradable sorpresa para Druso, pues fue aprobada en los Comitia entre aclamaciones, demostrando que la mayoría de los electores de las tribus seguían pensando que la ciudadanía romana no debía otorgarse a los individuos considerados inferiores; es decir: al resto de la humanidad.

 

Cepio, por supuesto, apoyó la medida, aunque se empeñó en que no se inscribiese en las tablillas; acababa de hacerse amigo de otro senador, un cliente de Ahenobarbo, pontífice máximo, a quien (mientras era censor) había incluido en los rollos senatoriales. Riquísimo, fundamentalmente a expensas de sus compatriotas de Hispania, el nombre del nuevo amigo de Cepio era imponente: Quinto Vario Severo Hybrida Sucronensis. Aunque no era de extrañar que prefiriese que le llamaran Quinto Vario; lo de Severo se

 

lo había ganado por su crueldad más que por una gravedad de la que carecía, el Hybrida era prueba de padre o madre sin ciudadanía, y el Sucronensis indicaba que había nacido y se había criado en la ciudad de Sucro de la Hispania Citerior. Apenas romano, más extranjero que los itálicos, Quinto Vario estaba decidido a convertirse en uno de los hombres más grandes de Roma, y no se andaba con remilgos respecto a cómo conseguirlo.

 

Cuando le presentaron a Cepio, Vario se pegó a él como una lapa, le abrumó a lisonjas con sus deferencias y favores y elevó a Cepio al mismo nivel que éste había hecho con Druso en los buenos tiempos.

 

No todos los amigos de Cepio aceptaron de mil amores a Quinto Vario, aunque sí Lucio Marcio Filipo, ya que el hispano siempre estaba dispuesto a conceder ayuda financiera a un aspirante a cónsul en apuros y a no agobiarle exigiéndole el pago. Pero Quinto Cecilio Metelo Pío, el Meneítos, detestó al tal Vario desde el primer momento.

 

—Quinto Servilio, ¿cómo tienes estómago para tragar a ese ser tan vil? —preguntó el Meneitos a Cepio, sin, por una vez, tartamudear—. ¡Mira, si ese Vario hubiese estado en Roma cuando murió mi padre, habría creído al fisico Apolodoro y sabria quién era el envenenador del gran Metelo Numidico!

 

A Ahenobarbo, pontífice máximo, el Meneitos le comentó:

 

—¿Cómo es que tus mejores clientes son una boñiga? ¡Hay que ver, entre los Servilios plebeyos de la familia del Augur y ese Vario, te estás labrando fama de patrón de chulos, mierdas, escoria y gusanos!

 

Comentario que dejó boquiabierto al pontífice máximo, sin saber qué decir.

 

Pero no todos penetraban tan fácilmente en la personalidad de Vario; para los incautos e ignorantes era un hombre estupendo. Para empezar, era muy bien parecido y muy masculino: alto, bien formado, piel bronceada pero no atezada, de mirada fiera y rasgos agradables. Y era aceptable, pero sólo en la intimidad, pues su oratoria dejaba mucho que desear y no acababa de librarse de la tara de aquel fuerte deje hispánico, aunque no

 

cejaba en sus esfuerzos por hacerlo, por consejo de Cepio. Entretanto, continuaba discutiéndose la clase de hombre que era.

 

—Es de esos hombres como hay pocos, un hombre razonable —decía Cepio.

 

—Es un parásito y un intrigante —opinaba Druso.

 

—Es un hombre espléndido y encantador —alababa Filipo.

 

—Es más escurridizo que un gargajo —decía el Meneitos.

 

—Es un cliente respetable —sentenciaba Ahenobarbo, pontífice maximo.

 

—No es romano —decía desdeñoso Escauro, príncipe del Senado. Naturalmente, al encantador, razonable y respetable Quinto Vario, la lex

 

Minicia de liberis no le hizo ninguna gracia, ya que ponía en tela de juicio su condición de ciudadano. Lamentablemente era ahora cuando descubría lo obtuso que podía ser Cepio, porque por mucho que insistiera no conseguía que éste retirase su apoyo a la ley de Minício.

 

—No te preocupes, Quinto Vario —dijo Cepio—, no es una ley retroactiva.

 

Druso estaba más obsesionado que nadie con la ley, de eso no cabía duda, aunque nadie lo sabía. Era un claro indicador del sentimiento que reinaba —al menos en Roma— respecto a la concesión de la ciudadanía.

 

—Tendré que reorganizar mi programa legislativo —comentó a Silo en una de sus visitas, antes de fin de año—. Habrá que posponer el sufragio universal hasta finales de mi tribunato. Esperaba hacerlo al principio, pero no puedo.

 

—No podrás hacerlo, Marco Livio —dijo Silo, meneando la cabeza—.

 

No te dejarán.

 

—Lo conseguiré y me dejarán —replicó Druso, más decidido que nunca.

 

—Mira, puedo darte algo de aliento —añadió Silo con una sonrisa—. He hablado con los otros dirigentes itálicos y todos comparten mi opinión de que si logras que seamos romanos mereces ser el patrón de todos los itálicos emancipados. Hemos redactado una especie de juramento y

 

comenzaremos a prestarlo a partir de ahora hasta el verano. Así que tal vez sea mejor que no puedas inaugurar tu cargo con la ley del sufragio general.

 

Druso se ruborizó; no acababa de creérselo. ¡No ya un ejército de clientes, sino una nación entera!

 

Y dio comienzo a su programa legislativo promulgando la ley de compartir los tribunales entre el Senado y el Ordo equester, seguida de un decreto para ampliar el número de senadores. Sin embargo, su primer público no fue la Asamblea plebeya, sino la propia Cámara, a la que pidió que le autorizase a presentarlo para su ratificación a la Asamblea plebeya, junto con el decreto senatorial de aprobación.

 

—No soy un demagogo —dijo en la Curia Hostilia ante las silenciosas filas de senadores togados—. Ved en mí al tribuno de la plebe del futuro, un hombre con suficiente edad y experiencia para darse cuenta de que las costumbres antiguas son las apropiadas y correctas, un hombre que preservará hasta el último suspiro la auctoritas del Senado. Nada de lo que haga en los Comitia será una sorpresa para los miembros de esta Cámara, pues lo presentaré primero ante ella para obtener vuestro mandato. Y nada de lo que os solicite es indigno de vosotros, ni lo que me proponga será indigno de mí. Soy hijo de un tribuno de la plebe que asumió sus obligaciones igual que yo, hijo de un hombre que fue cónsul y censor, hijo de un hombre que expulsó a los escordiscos de Macedonia tan eficazmente que mereció un triunfo. Soy descendiente de Emilio Paulo, de Escipión el Africano, de Livio Salinator. Soy de vieja estirpe. Y soy lo bastante viejo para el cargo que ocupo.

 

»Aquí, padres conscriptos, en este edificio, en esta asamblea de nombres antiguos y gloriosos, reside el crisol de la ley romana, del gobierno romano, de la administración romana. Es en esta asamblea, en este edificio, donde hablaré antes con la esperanza de que os guíe la sabiduría y la amplitud de miras para daros cuenta de que todo lo que proponga es lógico, razonable e imprescindible.

 

Al concluir el discurso, la Cámara aplaudió con el espíritu de agradecimiento únicamente posible en quienes habían visto con sus propios ojos lo que había hecho el tribuno Saturnino. Aquél era un tribuno de la

 

plebe totalmente distinto, que era antes que nada senador y después servidor de la plebe.

 

Los cónsules que asistían a la sesión eran, desde luego, el par saliente, los dos bastante liberales en criterios e ideales, y también los pretores cesantes eran independientes. Así, con muy poca oposición, Druso obtuvo su mandato del Senado y se aceptaron las dos leyes. Aunque los cónsules entrantes no eran tan prometedores, Sexto César apoyó las medidas y Filipo, curiosamente, estuvo suave; sólo Cepio se pronunció en contra, pero como todos conocían su animosidad respecto a su ex cuñado, nadie hizo caso. En la Asamblea plebeya —en la que los caballeros tenían mucha fuerza— era donde Druso esperaba más oposición, pero no la hubo. Quizá fuese, pensó, por haber presentado las dos leyes en el mismo contio, permitiendo que un grupo de caballeros viese la trampa que contenía la segunda; pues la posibilidad de sentarse en el Senado, negada a ese mismo grupo por lo reducido del ente senatorial de gobierno, constituía un poderoso incentivo. Además, parecía un tipo de jurado muy equitativo, ya que su miembro número cincuenta y uno sería un caballero, a cambio de lo cual la presidencia la ocuparía un senador. El honor quedaba a salvo.

 

Los esfuerzos de Druso iban encaminados a lograr la concordia entre las dos grandes órdenes, la senatorial y la ecuestre, a una llamada a ambos bandos para articularla. Y, al mismo tiempo, Druso deploraba lo que había hecho Cayo Sempronio Graco, abriendo una brecha artificial entre ellas.

 

—Fue Cayo Graco el primero que escindió las dos órdenes, una distinción social artificial cuando menos, ya que ¿qué es un miembro no senatorial de una familia senatorial, incluso ahora, sino un caballero? Si está en el censo de caballeros, se incorporará como caballero, porque ya hay demasiados miembros de esta familia en el Senado. ¡Caballeros y senadores pertenecen a la primera clase! Una familia puede contar con varios miembros en ambas órdenes, sí, pero gracias a Cayo Graco padecemos una separación artificial. La única diferencia está en los censores. Si una persona entra en el Senado, no puede dedicarse a empresas comerciales que no tengan nada que ver con la tierra. Y eso siempre ha sido así —dijo Druso ante la Asamblea plebeya, con la mayoría del Senado entre el público—.

 

¡Tal vez no se admire a hombres como Cayo Graco ni se aprueben sus acciones, pero no hay nada reprobable en aprovechar lo que haya de admirable y valioso en esos trucos! Fue Cayo Graco el primero en sugerir la ampliación del Senado; no obstante, debido a la situación de la época, la oposición de mi padre y los aspectos menos ideales del programa, nada se llevó a cabo. Y yo lo revivo ahora, sin dejar de ser hijo de mi padre, porque considero lo útil y beneficiosa que esta ley es en la época actual. Roma crece, aumentan las obligaciones públicas de sus hijos al servicio del Estado, mientras que la cantera de que se nutre de hombres públicos escasea y no se renueva. Hace falta una nueva cantera tanto para el Senado como para el Ordo equester, y mis medidas van encaminadas a estimular esa renovación.

 

Las leyes fueron aprobadas a mediados de enero del nuevo año, a pesar de que Filipo era segundo cónsul y Cepio uno de los pretores con sede en Roma. Druso pudo así respirar con alivio. De momento no se había granjeado la animosidad de nadie, y quizá fuese excesivo esperar que las cosas siguieran igual, pero si que habían salido mucho mejor de lo que se había pensado.

 

 

A principios de marzo habló en el Senado a propósito del ager publicus, consciente de que pronto se le desenmascararía y los ultraconservadores verían de pronto lo peligroso que iba a resultarles aquel prosélito. Pero Druso había confiado en Escauro, príncipe del Senado, en Craso Orator y en Escévola y los había plegado a su manera de pensar. Y si había podido conseguir eso, había posibilidades de poder ganarse a todo el Senado; estaba seguro.

 

Se puso en pie para tomar la palabra con cierto cambio en su actitud, que dio a entender a todos que iba a tratar de algo especial. Nunca se le había visto tan contenido, tan metafórico, tan impecable en gesto y actitud.

 

—Tenemos el mal entre nosotros —comenzó a decir desde el centro de la Cámara, cerca de las puertas de bronce, que había ordenado cerrar; hizo una pausa y recorrió con la vista las gradas de una y otra parte, valiéndose

 

de su habitual truco de hacer creer a cada uno de los que miraba que se dirigía Únicamente a él—. Tenemos el mal entre nosotros. Un mal terrible. ¡Un mal alimentado por nosotros mismos! ¡Sí, creado por nosotros! Pensando, sí, como suele suceder, que lo que hacíamos era admirable y lo más oportuno. Porque me doy cuenta de ello, pues no me mueve más que respeto por mis antepasados y no critico a los artífices de ese mal que hay entre nosotros, ni arrojo el menor estigma sobre quienes se sentaron en esta augusta cámara en otras épocas.

 

»¿Cuál es ese mal entre nosotros? —prosiguió en retórico interrogante, enarcando las cejas y bajando levemente la entonación—. El ager publicus, padres conscriptos! Ése es el mal entre nosotros. ¡Si, es un mal! Nos apoderamos de las mejores tierras de nuestros enemigos itálicos, sicilianos y extranjeros y las hicimos nuestras, llamándolas ager publicus de Roma, convencidos de que incrementábamos la riqueza común de Roma, de que recogeríamos ingentes beneficios de tan buenas tierras, ¡gran prosperidad. Pero es bien cierto que no ha sido así. En lugar de mantener las tierras confiscadas en sus parcelas primitivas, aumentamos la magnitud de las fincas arrendadas para reducir la carga de trabajo de nuestros servidores civiles y evitar que el gobierno romano se convirtiese en una burocracia griega. Pero así transformamos el ager publicus en algo poco atractivo para los agricultores que lo trabajan, intimidándolos con el tamaño de las parcelaciones y privándolos de toda esperanza de seguir haciéndolo por la cuantía del arrendamiento. El ager publícus se convirtió en monopolio de los ricos, de los que pueden pagar el arrendamiento y dedicar esas tierras a la clase de utilización que exige su gran extensión. Cuando otrora esas tierras contribuían notablemente a la alimentación de Italia, ahora sólo producen objetos de consumo. Mientras que antes esas tierras contaban con un buen asentamiento de gentes y estaban adecuadamente cultivadas, ahora son fincas enormes, diseminadas y muchas veces descuidadas.

 

Comenzaban a mirarle caras serias; Druso sintió como si el corazón le latiera más despacio y se le removiera en el pecho, notaba que perdía ánimo y tuvo que esforzarse por seguir aparentando calma y firmeza en la voz.

 

Nadie le había interpelado; aún no lo habían oído todo y tenía que seguir como si no hubiese advertido el cambio de ambiente.

 

—Pero eso, padres conscriptos, fue sólo el principio del mal. Eso fue lo que Tiberio Graco vio en su periplo por los latifundia de Etruria, comprobando que el trabajo lo hacían esclavos extranjeros en lugar de las buenas gentes de Italia y de Roma. Eso fue lo que vio Cayo Graco cuando asumió la tarea de su hermano diez años después. Yo también lo veo. Pero yo no soy Sempronio Graco, y no considero los motivos de los hermanos Gracos suficientes para trastornar los mos maiorum, nuestras costumbres y tradiciones. En tiempos de los hermanos Gracos yo habría sido partidario de mi padre.

 

Hizo una pausa para dirigir una mirada furibunda a la audiencia y exclamar con absoluta sinceridad:

 

—¡Lo digo en serio, padres conscriptos! En los tiempos de Tiberio Graco, en los tiempos de Cayo Graco, me habría alineado con mi padre. El tenía razón. Pero los tiempos han cambiado y han surgido otros factores que agravan el mal inherente al ager publicus. En primer lugar me referiré a los disturbios en nuestra provincia de Asia, iniciados con Cayo Graco, al legislar la recaudación de diezmos e impuestos por empresas privadas. La recaudación de impuestos en Italia ya se llevaba a cabo hacía mucho tiempo, pero nunca había alcanzado tanta importancia. Como consecuencia de esta incuria de nuestras responsabilidades senatoriales y el creciente papel en el gobierno público de facciones dentro del Ordo equester, hemos visto una administración modélica en la provincia de Asia entorpecida, vitriólicamente atacada y, finalmente, al igual que a nuestro estimado consular Publio Rutilio Rufo, esas facciones de caballeros nos han dado a entender que más vale que nosotros, ¡miembros del Senado de Roma!, no osemos poner el pie en su terreno. Bien, yo he comenzado a poner coto a esa clase de intimidación haciendo que el Ordo equester comparta la administración de esos tribunales en igualdad de condiciones con el Senado, y a paliar la desproporción respecto a los caballeros ampliando el Senado. Pero seguimos teniendo el mal entre nosotros.

 

Algunas caras no estaban tan serias; la mención de su querido tío, Publio Rutilio Rufo, había jugado en su favor y también la alusión a la administración modélica de Quinto Mucio Escévola.

 

—A él se ha unido, padres conscriptos, un nuevo mal. ¿Cuántos de vosotros sabéis cuál es este nuevo mal? Yo creo que pocos. Me refiero a un mal creado por Cayo Mario, aunque eximo a ese eminente consular séxtuple de haber actuado a sabiendas. ¡Ese es el problema! Cuando el mal se inicia no es mal en absoluto: es producto del cambio, de la necesidad, de los reajustes de equilibrio en nuestro sistema de gobierno y en nuestros ejércitos. Nos hemos quedado sin soldados. ¿Y por qué nos hemos quedado sin soldados? Entre los numerosos motivos hay uno estrechamente vinculado al ager publicus. Quiero decir que con la creación del ager publicus se expulsó a los pequeños terratenientes de sus hogares, dejando de alimentar a muchos hijos y quedando, con ello, desguarnecido el ejército. Cayo Mario hizo lo único que podía hacer, mirado en retrospectiva: alistar al capite censi en el ejército. El hizo soldados de las masas del censo por cabezas que no tenían dinero para comprarse los pertrechos militares, no procedían de familias terratenientes y, naturalmente, no disponían ni de un par de sestercios.

 

Siguió hablando en tono más bajo, haciendo que todos alargaran el cuello y prestaran oído.

 

—La paga del ejército es magra. El botín que hicimos a los germanos, deleznable. Cayo Mario y sus sucesores, incluidos sus legados, enseñaron a los proletarios a combatir, a manejar las armas, a sentirse útiles y a adquirir la dignidad de romanos. ¡Y yo estoy de acuerdo con Cayo Mario! No podemos arrinconarlos en sus callejas urbanas y en sus aldehuelas. Hacerlo sería alimentar un nuevo mal, masas de hombres entrenados militarmente con la bolsa vacía, sin nada que hacer y con un creciente resentimiento por la ofensa que con nuestro tratamiento les infligimos. La solución de Cayo Mario, que se inició mientras estaba en Africa luchando contra Yugurta, fue asentar a estos antiguos combatientes sin fortuna en tierras públicas del extranjero. Fue la larga y loable tarea de estos últimos años llevada a cabo por el pretor urbano Cayo Julio César en las islas de la Pequeña Sirte

 

africana. Yo soy de la opinión, ¡y os insto fervientemente, colegas miembros de esta Cámara, a que consideréis lo que digo como simple previsión para el futuro!, soy de la opinión que Cayo Mario tenía razón, y debemos seguir asentando esos veteranos del ejército en ager publicus extranjero.

 

Druso no había cambiado de sitio desde el principio de su discurso. Y allí siguió. Algunas caras volvían a endurecerse a la simple mención del nombre de Cayo Mario, pero el propio Mario seguía sentado en su silla en el centro de la primera fila de consulares con gran dignidad y rostro impasible. En la grada media, en el lado opuesto a Mario, se acomodaba el ex pretor Lucio Cornelio Sila, que había regresado de su misión de gobernación en Cilicia y escuchaba con sumo interés a Druso.

 

—Sin embargo, todo esto nada tiene que ver con el mal más desastroso e inminente, el ager publicus de Italia y Sicilia. ¡Hay que hacer algo! Mientras tengamos ese mal entre nosotros, padres conscriptos, nos va a corroer la moral, la ética, nuestro criterio de la idoneidad, el propio mos maiorum. En la actualidad el ager publicus itálico pertenece a aquellos que de nosotros y de los caballeros de la primera clase se han interesado por los pastos de los latifundia. El ager publicus de Sicilia pertenece a ciertos cultivadores de trigo a gran escala que suelen vivir en Roma y dejan sus empresas de la isla en manos de capataces y esclavos. ¿Situación estable, pensáis? ¡Pues considerad lo siguiente! Desde que Tiberio y Cayo Sempronio Graco nos metieron la idea en la cabeza, el ager publicus de Italia y Sicilia está ahí esperando la repartición y su utilización en esto o aquello. ¿Cuántos generales honorables nos deparará el futuro? ¿También a ellos les complacerá, como a Cayo Mario, conceder a sus antiguos combatientes tierras en Italia? ¿Cómo serán de honorables los tribunos de la plebe en años venideros? ¿No podría suceder que surgiera otro Saturnino que encandilase a los menesterosos con promesas de parcelas en Etruria, en Campania, en Umbría, en Sicilia? ¿Hasta qué extremo serán honorables los plutócratas del futuro? ¿No sucederá que las tierras públicas aumenten aún más de tamaño, hasta que una, dos o tres personas sean dueñas de media Italia y de media Sicilia? Porque, ¿a qué viene decir que el ager publicus es

 

propiedad del Estado, si el Estado lo arrienda y los que dirigen el Estado pueden al respecto legislar lo que les plazca?

 

Druso efectuó una profunda inspiración, separó las piernas y siguió la perorata.

 

—¡Yo os insto a que acabéis con eso! ¡Acabad con la existencia de las tierras públicas de Italia y Sicilia! ¡Hagamos ahora mismo acopio de valor para acometer lo que se debe, repartiendo todas las tierras públicas entre los pobres, los que las merecen, los antiguos combatientes y todos los que vengan! ¡Empecemos con los más ricos y aristócratas de entre nosotros, que cada uno de los que aquí están sentados tenga sus diez iugera del ager publicus, que cada ciudadano romano tenga sus diez iugera! Para algunos de nosotros es algo baladí, mas para otros será una bendición. ¡Acabad con ello, os digo! ¡Acabad radicalmente con ello! No dejéis nada que los hombres perniciosos del futuro puedan aprovechar para destruir nuestra clase, nuestra prosperidad. ¡No les dejéis nada con lo que puedan jugar, salvo caelum aut caenum, cielo o fango! [ 1 ] ¡He jurado hacerlo, padres conscriptos, y lo haré! ¡No dejaré nada del ager publicus romano bajo el cielo que no sea fango inútil de marismas! ¡No porque me preocupen los pobres y menesterosos! ¡No porque me preocupe el futuro de los ex combatientes del censo por cabezas! ¡No porque tenga rencor a los de esta Cámara y a nuestros bucólicos caballeros por la posesión de esas tierras! Sino porque, ¡y es mi única razón!, las tierras públicas de Roma representan un desastre venidero, al estar ahí a disposición de algún general que les eche el ojo para sus tropas, al estar ahí a merced de algún tribuno de la plebe demagogo que las quiera como medio para convertirse en el primer hombre de Roma, al estar ahí para que las deseen dos o tres plutócratas como preámbulo para hacerse dueños de Italia y Sicilia!

 

La Cámara lo había oído y no tenía más remedio que reflexionar; ése fue el logro de Druso. Filipo no decía nada, y cuando Cepio pidió el uso de la palabra, Sexto César se la negó, alegando tajante que ya se había hablado mucho y que la sesión se reanudaría al día siguiente.

 

—Has estado muy bien, Marco Livio —dijo Mario al pasar junto a él, camino de la salida—. Sigue con tu programa con ese espíritu y serás el

 

primer tribuno de la plebe en la historia capaz de arrastrar al Senado.

 

Sin embargo, para gran sorpresa de Druso —ya que apenas le conocía— fue Lucio Cornelio Sila quien le abordó afuera y le animó a seguir hablando.

 

—Acabo de regresar de Oriente, Marco Livio, y quiero saberlo todo con detalle. En primer lugar, qué leyes habéis promulgado y todo lo que pensáis respecto al ager publicus —dijo el extraño personaje, de tez bronceada por la misión en Oriente.

 

Sila estaba, efectivamente, interesado, ya que era uno de los pocos de la Cámara con suficiente inteligencia y discernimiento para darse cuenta de que Druso no era un radical ni un verdadero reformista, sino más bien un hombre muy conservador, preocupado por preservar los derechos y privilegios de su clase y hacer que Roma fuese lo que siempre había sido.

 

Llegados a la hondonada de las votaciones y a resguardo del clima invernal, Sila recabó la opinión de Druso, planteándole de vez en cuando una pregunta. Pero fue Druso quien habló largo y tendido, agradecido al fin de que un Cornelio patricio estuviese dispuesto a escuchar lo que la mayoría de Cornelios patricios consideraban traición. Al final, Sila le tendió la mano, agradeciéndole sinceramente las explicaciones.

 

—Votaré a favor vuestro en el Senado, aunque no pueda hacerlo en la Asamblea plebeya —le dijo.

 

Siguieron caminando juntos hasta el Palatino, pero ninguno de los dos manifestó el deseo de solazarse con un jarro de vino en un despacho calefactado, pues no sintieron ese mutuo agrado que induce a tal invitación. Al llegar a casa de Druso, Sila le dio una palmada en la espalda y siguió colina abajo por el clivus Victoriae hasta la calle donde estaba su casa. Tenía muchas ganas de hablar con su hijo, cuyos consejos cada vez apreciaba más, pese a que era consciente de que carecía del juicio de la madurez. El joven Sila era una caja de resonancia de partidarios, y para una persona con pocos clientes y escasas esperanzas de reunir multitudes, elemento inapreciable.

 

Pero no iba a resultar halagüeño el regreso a casa. Nada más entrar, Elia le dijo que el muchacho sufría un grave resfriado. Además, había un cliente

 

que había insistido en esperar, alegando que traía noticias urgentes. La simple mención de la indisposición del hijo bastó para que Sila se olvidase del cliente y no se apresurase a entrar en el despacho, sino en la cómoda sala de estar en que Elia había instalado al jovencito, pensando en que el cubículo de dormir, oscuro y sin ventilación, no era lo más adecuado para el enfermo. Su hijo tenía fiebre, faringitis, moqueaba, y le miraba con ojos de adoración, aunque legañosos. Sila se tranquilizó, le dio un beso y le animó diciéndole:

 

—Hijo mío, si te cuidas, la indisposición te durará dos intervalos de mercado, pero si te dejas, la tendrás dos semanas. Te aconsejo que dejes hacer a Elia.

 

Luego se dirigió al despacho, con el entrecejo fruncido, pensando en qué le aguardaría, pues sus clientes no eran asunto que le preocupasen gran cosa, ya que al no ser un hombre generoso no repartía mucho dinero; su clientela la formaban principalmente soldados y centuriones, gentes anodinas de provincias y del agro a los que había ido ayudando conforme les conocía y que había captado como clientes. Y de esos pocos, además, eran escasos los que vivían en Roma.

 

Era Metrobio. Debía de habérselo figurado, pero no se le había ocurrido. Indicio evidente de lo bien que había logrado apartarle de su mente. ¿Qué edad tendría ahora? Poco más de treinta años; quizá treinta y dos o treinta y tres. ¡Cómo pasaban los años! Camino del olvido. Pero Metrobio seguía siendo el mismo, y a juzgar por el beso que se dieron, continuaba siendo suyo. Pero Sila se estremeció; la última vez que Metrobio había ido a visitarle había muerto Julilla. No le traía suerte, aunque él considerase el amor un sustituto de la suerte. Pero para Sila el amor no era sustituto de nada. Se apartó resueltamente de Metrobio y se sentó detrás del escritorio.

 

—No deberías haber venido —dijo con sequedad.

 

Metrobio lanzó un suspiro, se sentó airoso en la silla de clientes y apoyó los brazos cruzados en el escritorio, mirándole triste con sus hermosos ojos.

 

—Lo sé, Lucio Cornelio, ¡pero soy cliente tuyo! Tú hiciste que me concediesen la ciudadanía sin ser hombre libre, y estoy legitimado como

 

Lucio Cornelio Metrobio, de la tribu Cornelia. Si acaso, imagino que tu mayordomo debe de estar más preocupado por lo poco que vengo por aquí que por lo contrario. ¡De verdad que no hago ni digo nada que empañe tu preciosa reputación! Ni a mis amigos y compañeros del teatro, ni a mis amantes ni a tus criados. ¡Te ruego que me creas porque es de justicia!

 

Los ojos de Sila se llenaron de lágrimas, pero se apresuró a parpadear. —Lo sé, Metrobio. Y te lo agradezco —dijo con un suspiro,

 

levantándose para acercarse a la consola en que estaba el vino—. ¿Una copa?

 

—Sí, gracias.

 

Sila dejó la copa de plata en el escritorio ante el actor, le pasó los brazos por los hombros y apoyó la mejilla en la espesa cabellera. Pero antes de que Metrobio tuviese tiempo de alzar las manos para cogerle los brazos, había vuelto a su asiento tras el escritorio.

 

—¿Cuál es ese asunto urgente? —inquirió. —¿Conoces a un individuo llamado Censorino?

 

—¿Qué Censorino? ¿El asqueroso Cayo Marcio Censorino o el Censorino que frecuenta el Foro, que es de buena posición y tiene unas curiosas ambiciones senatoriales?

 

—El segundo, Lucio Cornelio. No sabía que conocieras tan bien a tus compatriotas romanos.

 

—Desde la última vez que te vi he sido pretor urbano y el cargo ha acrecentado mis conocimientos.

 

—Me lo imagino.

 

—¿Y qué hay de ese segundo Censorino?

 

—Va a presentar una acusación contra ti ante el tribunal de traiciones, alegando que aceptaste un importante soborno de los partos para traicionar los intereses de Roma en Oriente.

 

—¡Por los dioses! —exclamó Sila parpadeando—. ¡No tenía la menor idea de que hubiese en Roma alguien tan al corriente de mis aventuras en Oriente! Y eso que nadie se ha molestado en requerirme para que haga un informe completo ante el Senado. ¿Censorino? ¿Cómo se habrá enterado en

 

el Foro de lo que sucedió en Oriente, y más aún al este del Éufrates? ¿Y tu cómo lo has sabido, si a mí no me ha llegado ni un rumor?

 

—Es un fanático del teatro y su principal diversión es celebrar fiestas con actores, y cuanto más trágicos, mejor. Yo acudo normalmente a sus fiestas —dijo Metrobio sonriente, sin ninguna admiración por el tal Censorino—. ¡No, Lucio Cornelio, no es ningún amante mio! Le desprecio, pero me encantan las fiestas, aunque ya no son tan divertidas como las que tú solías dar. Pero Censorino hace lo que puede y en ellas te encuentras con todo el mundo, con gente que conozco y que me gusta. Y sirven buena comida y buen vino —añadió, frunciendo los labios con aire pensativo—. De todos modos, estos últimos meses he advertido que Censorino se rodea de gente rara. Y le ha dado por lucir un monóculo hecho de una sola esmeralda purísima y de talla perfecta, una joya que él no habría podido adquirir, aunque tenga dinero para aspirar al censo senatorial. Quiero decir que se trata de una joya digna de un Tolomeo de Egipto, no de un asiduo al Foro.

 

—¡Fascinante! —exclamó Sila sonriente, tomando un sorbo de vino—. Ya veo que tendré que frecuentar a ese Censorino… después del juicio, si no antes. ¿Tienes alguna pista?

 

—Creo que debe ser agente de alguien. De los partos o de algún otro pueblo de Oriente. Esos invitados tan raros deben de ser orientales, porque visten riquísimas túnicas recamadas en oro, van cargados de alhajas y no les falta dinero que poner en las manos romanas condescendientes.

 

—No pueden ser los partos —dijo Sila, convencido—. A ellos no les importa lo que suceda al Oeste del Éufrates, de eso estoy seguro. Es Mitrídates. O Tigranes de Armenia. Pero yo creo que debe de ser Mitrídates del Ponto. ¡Bien, bien! —dijo frotándose las manos—. Así que Cayo Mario y yo somos causa de preocupación en el Ponto, ¿no es eso? Y, por lo visto, Sila más que Mario. Eso es porque parlamenté con Tigranes y firmé un tratado con los sátrapas del rey de los partos. ¡Vaya, vaya!

 

—¿Y qué harás? —inquirió Metrobio, preocupado.

 

—Bah, no te preocupes por mí —respondió Sila, animoso, levantándose a cerrar del todo las maderillas de la persiana—. Hombre prevenido vale

 

por dos, decididamente. Esperaré a que Censorino tome la iniciativa y… —¿Y qué?

 

—Pues le haré desear no haber nacido —dijo Sila, enseñando los terribles colmillos y dirigiéndose a la puerta que daba al vestíbulo a echar el cerrojo, para a continuación hacer lo propio con la que daba a la columnata del jardín—. Mientras tanto, el mayor amor de mi vida, aparte de mi hijo, está aquí y la cosa no tiene remedio. No puedo dejarte marchar sin acariciarte.

 

—Ni yo me iré hasta que lo hayas hecho.

 

Se abrazaron, reclinando mutuamente la mejilla en el hombro respectivo.

 

—¿Recuerdas años atrás? —dijo Metrobio, soñador, sonriendo con los ojos cerrados.

 

—¿Cuando tú ibas con aquel faldellín ridículo y el tinte chorreando por los muslos? —dijo Sila, también sonriendo, pasándole una mano por el pelo y la otra voluptuosamente por las duras nalgas.

 

—Y tú con aquella peluca de serpientes vivas… —¡Era la Medusa!

 

—Y lo parecías de verdad.

 

—No hables tanto —añadió Sila.

 

Transcurrió más de una hora antes de que Metrobio se fuese; nadie había prestado atención a su visita, pero Sila contó a la cálida y afectuosa Elia que acababan de prevenirle contra una inminente querella ante el tribunal de traiciones.

 

—¡Oh, Lucio Cornelio! —exclamó ella alarmada, parpadeando.

 

—No te preocupes, cariño —dijo Sila alegremente—. Ya verás como todo queda en nada.

 

—¿Te sientes bien? —inquirió ella angustiada.

 

—Créeme, esposa mía, hacía años que no me sentía tan bien o… con tantas ganas de hacerte el amor apasionadamente —añadió, abrazándola por la cintura—. Vamos a la cama.

 

 

No hubo necesidad de que Sila hiciera más indagaciones sobre Censorino, pues al día siguiente Censorino atacó. Se personó ante el tribunal del pretor urbano, el picentino Quinto Pompeyo Rufo, y presentó una querella contra Sila por aceptar un soborno de los partos para traicionar a Roma.

 

—¿Tienes pruebas? —inquirió con gravedad Pompeyo Rufo.

 

—Tengo pruebas.

 

—Pues dime lo esencial.

 

—No, Quinto Pompeyo. Lo haré ante el tribunal. Quiero la pena capital, no que se le aplique una multa; la ley no me obliga a desvelarte las circunstancias —dijo Censorino, manoseando la alhaja dentro de la toga; demasiado valiosa para dejarla en casa, pero demasiado llamativa para exhibirla en público.

 

—Muy bien —dijo muy estirado Pompeyo Rufo—. Diré al presidente del quaestio de maiestate que convoque el tribunal en el estanque de Curtius dentro de tres días.

 

Pompeyo Rufo contempló cómo Censorino cruzaba casi a saltos el bajo Foro hacia el Argiletum, y llamó a su ayudante, un joven senador de la familia Fanio.

 

—Quédate cuidando el despacho —le ordenó, poniéndose en pie—, voy a hacer un recado.

 

Localizó a Lucio Cornelio Sila en una taberna de la Via Nova, cosa no tan difícil como hubiera podido parecer, pues sabía cómo indagarlo, como todo buen pretor urbano. El compañero de libación de Sila era nada menos que Escauro, príncipe del Senado, uno de los pocos de la Cámara que se interesaba por lo que había hecho Sila en Oriente. Estaban en una mesita al fondo de la taberna, un local bastante frecuentado por gentes de alcurnia suficiente para pertenecer al Senado, pero al dueño se le salieron los ojos de las órbitas al ver entrar una tercera toga praetexta. ¡El príncipe del Senado y dos pretores urbanos, nada menos! Cuando se lo dijera a sus amigos…

 

—Vino y agua, Cloacio —dijo Pompeyo Rufo conciso mientras pasaba por delante del mostrador—. ¡Y que sea de buena cosecha!

 

—¿El vino o el agua? —replicó con gesto inocente Publio Cloacio.

 

—Las dos cosas, escoria, o te llevo ante los tribunales —añadió Pompeyo Rufo, sonriendo al llegar a la mesa.

 

—El asunto Censorino —dijo Sila nada más verle.

 

—Exacto —dijo el pretor urbano—. Debes de tener mejores fuentes de información que yo, pues te juro que para mí ha sido una auténtica sorpresa.

 

—Tengo buenas fuentes —dijo Sila sonriente; le era simpático el pretor de Picenum—. ¿Traición, no?

 

—Traición. Dice que tiene pruebas.

 

—Igual que los que condenaron a Publio Rutilio Rufo.

 

—Bueno, me lo creeré cuando las calles de Barduli estén pavimentadas con oro —dijo Escauro, eligiendo como ejemplo la ciudad más pobre de Italia.

 

—Lo mismo digo —añadió Sila.

 

—¿Puedo hacer algo? —inquirió Pompeyo Rufo, cogiendo una de las copas que traía el tabernero y llenándola con vino y agua—. ¡Las dos cosas son malas, gusano! —exclamó, mirándole con una mueca.

 

—A ver si encontráis algo mejor en toda la Via Nova —replicó Publio Cloacio sin ofenderse, y alejándose de mala gana hasta un lugar desde el que pudiera oír lo que decían.

 

—Ya me ocuparé yo —dijo Sila, aparentemente despreocupado.

 

—He dispuesto la comparecencia para dentro de tres días en el estanque de Curtius. Afortunadamente no rige la lex Livio, y medio jurado será de senadores, lo que es mucho mejor que uno solo de caballeros. ¡Cómo detestan la idea de que un senador se haga rico a expensas de otros! Aunque está bien que lo hagan —dijo Pompeyo Rufo, asqueado.

 

—¿Y por qué el tribunal de traiciones en lugar del de sobornos? — inquirió Escauro—. Si ha alegado que aceptaste un soborno, debería denunciarlo ante el de sobornos.

 

—Censorino alega que el soborno lo aceptó como pago por revelar nuestras intenciones de movimiento en Oriente —dijo el pretor urbano.

 

—He regresado con un tratado —dijo Sila a Pompeyo Rufo.

 

—¿Te das cuenta qué gran mérito? —exclamó Escauro en tono admirativo.

 

—¿Lo va a reconocer el Senado? —inquirió Sila.

 

—Lo hará, Lucio Cornelio, tienes la palabra de Emilio Escauro.

 

—Me han dicho que obligaste a los partos y al rey de Armenia a sentarse a un nivel más bajo que tú —dijo el pretor urbano conteniendo la risa—. ¡Bravo, Lucio Cornelio! ¡Esos déspotas orientales necesitan que les bajen los humos!

 

—Oh, yo creo que Lucio Cornelio continúa la tradición de Popiho Laenas —añadió Escauro sonriendo—. La próxima vez les trazará un círculo alrededor de los pies. Lo que me gustaría saber —añadió con el entrecejo fruncido— es dónde ha obtenido Censorino la información de cosas que han sucedido en el Éufrates.

 

Sila se rebulló incómodo en su silla, sin saber a ciencia cierta si Escauro seguía considerando inocuo a Mitrídates del Ponto.

 

—Supongo que actúa de agente de alguno de esos reyes orientales — dijo.

 

—De Mitrídates del Ponto —se apresuró a decir Escauro.

 

—¿Cómo, te has desengañado? —inquirió Sila sonriente.

 

—Me gusta pensar lo mejor de todo el mundo, Lucio Cornelio, pero no soy tonto —contestó Escauro poniéndose en pie y lanzando un denario al tabernero, que lo cazó al vuelo—. ¡Cloacio, dales un jarro más de tus magníficas cosechas!

 

—Si tan malo es, ¿por qué no estáis en vuestra casa bebiendo chian y falerno? —vociferó Publio Cloacio sin alterarse, mientras Escauro abandonaba el local.

 

A guisa de respuesta, el príncipe del Senado se limitó a alzar el dedo, pinchando el aire, lo que provocó una sonora carcajada de Cloacio.

 

—¡Qué vejancón tan tremendo! —comentó, sirviendo más vino en la mesa—. No sé que haríamos sin él…

 

Sila y Pompeyo Rufo se arrellanaron más cómodamente en la silla.

 

—¿No vas hoy al tribunal? —inquirió Sila.

 

—Lo he dejado a cargo del joven Fanio, le vendrá bien bregar con el quisquilloso populacho romano —contestó Pompeyo Rufo.

 

Siguieron bebiendo vino (que realmente no era tan malo, como todos sabían) durante un tiempo en silencio, y finalmente Pompeyo Rufo dijo:

 

—¿Esperas presentarte al consulado a fines de año, Lucio Cornelio? —No creo —contestó Sila con gesto adusto—. ¡Lo había pensado,

 

convencido de que la presentación en Roma de un tratado formal obligando al rey de los partos a un acuerdo de gran beneficio para Roma causara impresión, pero, ya ves, nada en el Foro y menos en el Senado! Más me habría valido quedarme en Roma a tomar lecciones de danza lasciva; habría suscitado más comentarios. Así que he optado por pensar en decidirme si sobornar al electorado, pero creo que sería tirar el dinero. Hay personas como Rutilio Lupo que pueden gastar diez veces más.

 

—Yo quiero ser cónsul —dijo Pompeyo Rufo, también muy serio—, pero dudo de mis posibilidades porque soy picentino.

 

—¡Si te han votado el primero de la lista de pretores, Quinto Pompeyo! —replicó Sila con los ojos muy abiertos—. Eso suele contar, ¿sabes?

 

—También a ti te votaron en cabeza de lista en la misma elección hace dos años —replicó Pompeyo Rufo—, y ya ves, no crees tener muchas posibilidades. Y si un Cornelio patricio que ha sido praetor urbanus no se considera con muchas posibilidades, ¿cuáles crees tú que tiene uno que es de Picenum, y no precisamente un hombre nuevo?

 

—Cierto. Soy un Cornelio patricio, pero mi apellido no es Escipión ni tuve por abuelo a Emilio Paulo. Nunca he sido buen orador y hasta que me eligieron pretor urbano, los asiduos al Foro habían reparado menos en mí que en un eunuco de la Magna Mater. Había cifrado todas mis esperanzas en ese tratado histórico con los partos y en el hecho de haber sido el primero en cruzar el Eufrates con un ejército romano, y ahora el Foro está más fascinado por lo que hace Druso.

 

—Él sí que será cónsul cuando se presente.

 

—No puede fallarle ni aunque tuviera que rivalizar con Escipión el Africano y Escipión Emiliano. Te aseguro, Quinto Pompeyo, que estoy fascinado con lo que hace.

 

—Y yo, Lucio Cornelio.

 

—¿Crees que tiene razón?

 

—Sí.

 

—Bien; igual que yo.

 

Se hizo otro silencio, sólo interrumpido por el ruido de Publio Cloacio que servía a otros clientes, que con el rabillo del ojo miraban respetuosos las togas bordadas de púrpura.

 

—¿Y si aguardases un par de años más —insinuó Pompeyo Rufo, dando vueltas lentamente a la copa de peltre entre sus manos y con la vista baja— y nos presentamos los dos? Los dos somos pretores urbanos, tenemos buen historial castrense y edad suficiente, los dos podemos sobornar algo, y… A los electores les gustan los binomios porque auguran buenas relaciones consulares durante el cargo. Creo que juntos tenemos mayores oportunidades que por separado. ¿Qué dices, Lucio Cornelio?

 

Sila clavó los ojos en el rubicundo rostro de Pompeyo Rufo y contempló aquellos ojos azul oscuro, los regulares rasgos celtas y aquella melena pelirroja rizada.

 

—Digo —respondió marcando las palabras— que haremos buenísima pareja. ¡Dos pelirrojos a ambos extremos de las gradas senatoriales, con un fisico impresionante y haciendo juego! ¡Ya verás cómo les gustamos a esos retorcidos y malhumorados mentulae! ¿No les gustan las gracias? ¿Pues qué mejor gracia que dos cónsules pelirrojos de igual estatura y complexión, aunque de establos totalmente distintos? ¡Lo haremos, amigo! —añadió tendiéndole la mano—. ¡Es una suerte que ninguno de los dos tengamos canas que mermen el efecto ni estemos quedándonos calvos!

 

—¡Trato hecho, Lucio Cornelio! —respondió Pompeyo Rufo estrechándole la mano, encantado.

 

—¡Trato hecho, Quinto Pompeyo! —dijo Sila, parpadeando al ocurrírsele una idea al pensar en la enorme riqueza de Pompeyo Rufo—. ¿Tienes un hijo? —inquirió.

 

—Sí.

 

—¿Qué edad tiene?

 

—Cumple los veintiuno este año. —¿Está comprometido en matrimonio? —No, aún no.

 

—Yo tengo una hija, patricia por parte de padre y de madre, que cumple dieciocho años en junio, después de nuestra presentación como binomio consular. ¿Aceptarías el matrimonio entre mi hija y tu hijo en los Quinctilis dentro de tres años?

 

—¡Claro que sí, Lucio Cornelio!

 

—Tiene una buena dote, pues su abuelo le dejó antes de morir la fortuna de la madre; unos cuarenta talentos de plata, algo más de un millón de sestercios. ¿Es suficiente?

 

Pompeyo Rufo asintió con la cabeza, complacido.

 

—¿Te parece que empecemos a hablar en el Foro de nuestra candidatura combinada?

 

—¡Excelente idea! Es mejor ir acostumbrando desde ahora a los electores para que cuando llegue el momento nos voten sin pensarlo — añadió Sila.

 

—¡Ajá! —retumbó una voz desde la puerta, que dio paso a Cayo Mario; éste pasó junto a los boquiabiertos bebedores de la mesa próxima al mostrador como si no existieran.

 

—Nuestro respetable príncipe del Senado me ha dicho que te encontraría aquí, Lucio Cornelio —dijo Mario, sentándose y levantando la cabeza hacia Cloacio, que ya estaba al lado—. Tráeme tu habitual vinagre, Cloacio.

 

—Claro —replicó Publio Cloacio, viendo que el jarro de la mesa estaba casi vacío—, porque ya me diréis qué saben de vino los itálicos…

 

—¡Me meo en ti, Cloacio! —dijo Mario con una sonrisa burlona—.

 

Cuidado con tus modales… y tu lengua.

 

Una vez concluidas las bromas, Mario se dispuso a hablar en serio, alegrándose de que Pompeyo Rufo estuviera allí.

 

—Quiero saber cómo veis vosotros las nuevas leyes de Marco Livio — dijo.

 

—Tenemos la misma opinión —respondió Sila, que había pasado a visitar varias veces a Mario desde su regreso sin conseguir verle. No es que tuviese motivos para pensar que no le hubiera recibido aposta, pues el sentido común le decía que no; sería, simplemente, que había acudido en

 

momentos poco oportunos. Sin embargo, en la última visita se había marchado decidido a no volver. Por ese motivo no había relatado a Mario los acontecimientos de Oriente.

 

—¿Y cuál es esa opinión? —inquirió Mario, por lo visto sin haberse percatado de que había molestado a Sila.

 

—Que tiene razón.

 

—Estupendo —dijo Mario, retirándose hacia atrás para que Cloacio los sirviera—. Necesita todo el apoyo posible para esa ley agraria y yo me he ofrecido a sondear la opinión.

 

—Es una ayuda —comentó Sila, sin saber qué decir.

 

—Tú eres un buen pretor urbano, Quinto Pompeyo —añadió Mario, dirigiéndose al picentino—. ¿Cuándo vas a presentarte a cónsul?

 

—¡Precisamente de eso acabamos de hablar Lucio Cornelio y yo! — contestó Pompeyo Rufo con júbilo—. ¡Vamos a presentarnos juntos dentro de tres años!

 

—Muy bien pensado —dijo Mario con interés, percatándose de la estrategia—. ¡Sois una pareja ideal! —añadió riendo—. Mantened esa decisión y no rompáis el binomio. Os elegirán fácilmente.

 

—Eso creemos —dijo Pompeyo Rufo, animado—. De hecho hemos sellado el acuerdo con un compromiso matrimonial.

 

—¡Ah, sí? —inquirió Mario, enarcando la ceja derecha.

 

—Mi hija con su hijo —añadió Sila, un poco a la defensiva. ¿Por qué sería Mario la única persona capaz de inquietarle? ¿Sería por el carácter de Mario o por su propia inseguridad?

 

—¡Espléndido, muy bien hecho! —bramó Mario—. Así se soluciona estupendamente el dilema de la familia. A Julia, a Elia y a Aurelia las complacerá.

 

—¿Qué quieres decir? —inquirió Sila cejijunto.

 

—Es que, por lo visto, mi hijo y tu hija —contestó Mario, sin el menor tacto, como de costumbre— se gustan demasiado. Pero el difunto César dijo que ninguno de los primos debían casarse… y yo debo decir que estoy totalmente de acuerdo; aunque eso no ha impedido que mi hijo y tu hija se hayan hecho toda clase de absurdas promesas.

 

Aquello era una sorpresa para Sila, que jamás había pensado en semejante unión, y que por ver tan poco a su hija, ésta no había tenido ocasión de hablarle del joven Mario.

 

—¡Vaya, vaya, Cayo Mario, eso lo veía venir hace años, aunque paso demasiado tiempo fuera!

 

Pompeyo Rufo escuchaba el diálogo un tanto consternado, y lanzó un carraspeo.

 

—Lucio Cornelio, si hay algún inconveniente, no te preocupes por mi hijo —dijo tímidamente.

 

—Inconveniente, ninguno, Quinto Pompeyo —respondió Sila sin vacilar—. Son primos de primer grado y se han criado juntos, simplemente. Como has oído decir a Cayo Mario, nunca hemos tenido intención de llegar a semejante enlace. El acuerdo al que acabo de llegar contigo lo reafirma claramente. ¿No te parece, Cayo Mario?

 

—Efectivamente, Lucio Cornelio. Demasiada sangre patricia, y además primos. El viejo César lo desaprobaba.

 

—¿Tienes pensada una esposa para el joven Mario? —inquirió Sila, curioso.

 

—Sí. Quinto Mucio Escévola tiene una hija que será mayor de edad dentro de cuatro o cinco años. He efectuado sondeos y él no se opone — dijo Mario, sin poder contener la risa—. ¡Seré un patán itálico que no habla griego, Lucio Cornelio, pero raro es el aristócrata romano que le haga ascos a la enorme fortuna que algún día heredará el joven Mario!

 

—¡Cierto! —añadió Sila con otra buena carcajada—. ¡Así que a mí sólo me queda encontrar una esposa para el joven Sila, que no sea hija de Aurelia!

 

—¿Qué tal una de las hijas de Cepio? —inquirió perversamente Mario

 

—. ¡Imagínate todo ese oro!

 

—Es una idea, Cayo Mario. Tiene dos, ¿verdad? Y viven con Marco

 

Livio.

 

—Eso es. Julia sentía buena disposición respecto a la mayor para el joven Mario, pero yo creo que, políticamente, le resultará más conveniente el matrimonio con Mucia. Tu situación es distinta, Lucio Cornelio, y una

 

Servilia Cepionis sería idóneo —dijo Mario con cierta diplomacia por una vez en su vida.

 

—Sí, es verdad. Lo pensaré.

 

 

 

Pero el asunto de la esposa para su hijo no perduró en la mente de Sila una vez que comunicó a su hija que había quedado prometida al hijo de Quinto Pompeyo Rufo. Cornelia Sila demostró ser digna hija de Julilla poniéndose a gritar como una desesperada.

 

—Ya puedes chillar cuanto quieras, hija —dijo Sila sin conmoverse—.

 

Harás lo que te mande y te casarás con quien yo diga.

 

—¡Sal, Lucio Cornelio! —exclamó Elia retorciéndose las manos—. Tu hijo quiere verte. ¡Haz el favor de dejarme a mí con Cornelia!

 

Y Sila fue a ver a su hijo sin que se le hubiera pasado el enfado.

 

El resfriado del joven había mejorado, aunque seguía en cama con dolores y flemas.

 

—Esto tiene que acabar, amiguito —dijo Sila alegre, sentándose en el borde de la cama y besando a su hijo en la frente—. El tiempo es frío, pero esta habitación no.

 

—¿Quién grita? —inquirió el joven con la respiración pesada.

 

—Tu hermana. ¡Los demonios se la lleven!

 

—¿Por qué? —inquirió el joven Sila, que sentía un gran afecto por Cornelia Sila.

 

—Porque acabo de decirle que se casará con el hijo de Quinto Pompeyo Rufo, y por lo visto ella pensaba que iba a casarse con su primo Mario.

 

—¡Oh, todos pensábamos que iba a casarse con Mario! —exclamó sorprendido el hijo de Sila.

 

—Nadie había hablado de eso y nadie lo deseaba. Tu avus César se oponía a que los primos os casaseis unos con otros. Cayo Mario está de acuerdo y yo también —dijo Sila mostrando ceño—. ¿Acaso pensabas casarte con alguna de las Julias?

 

—¿Quién, Lia o Ju-Ju? —contestó el joven riendo desaforadamente hasta que le sobrevino un acceso de tos que únicamente cesó al producir un

 

maloliente esputo—. ¡No, tata, no se me ocurriría nada peor! ¿Con quién voy a casarme?

—No lo sé, hijo. Pero te prometo una cosa: te preguntaré primero si te gusta.

 

—A Cornelia no se lo has preguntado.

 

—Es una chica —contestó Sila, encogiéndose de hombros—. Y a las hembras no se les da otra opción; tienen que hacer lo que se les dice. La única razón por la que el paterfamilias carga con el gasto de las hijas es porque puede Valerse de ellas para mejorar su situación o la de su hijo. Si no, ¿para qué alimentarlas y vestirlas durante dieciocho años? Hay que darles una buena dote y eso el padre de familia lo hace a fondo perdido. No, hijo mío, a las chicas sólo se las utiliza para obtener ventajas. Aunque, oyendo gritar a tu hermana, no sé si no tenían más razón en la época antigua, cuando a las niñas las ahogaban en el Tíber.

 

—No me parece justo, tata.

 

—¿Por qué? —inquirió el tata, sorprendido de que el hijo fuese tan obtuso—. Las mujeres son seres inferiores, joven Lucio Cornelio. Tejen sus ilusiones en las telas, no en el telar del tiempo. No tienen ninguna importancia en el mundo; no hacen la historia, ni gobiernan. Las cuidamos porque es nuestra obligación y las protegemos contra las preocupaciones, la pobreza, las responsabilidades… Por eso, si no mueren al dar a luz, viven más que los hombres. A cambio de eso, nosotros les exigimos obediencia y respeto.

 

—Entiendo —dijo el joven Sila, aceptando la explicación en su estricto significado de definición de un estado de cosas.

 

—Ahora me voy, tengo una cosa que hacer —dijo Sila, levantándose—. ¿Ya comes?

 

—Un poco, pero me cuesta tragar la comida.

 

—Luego volveré.

 

—No se te olvide, tata. Estaré despierto.

 

Primero tenía que comportarse normalmente, ir con Elia a cenar a casa de Quinto Pompeyo Rufo, que estaba encantado de iniciar la amistosa relación. Afortunadamente, Sila no había dicho nada de llevar a Cornelia

 

Sila para que conociera al hijo; la joven había dejado de llorar, pero Elia le comentó nerviosa que se había metido en cama y había dicho que no iba a cenar.

 

Ninguna otra cosa que se le hubiese ocurrido a la pobre Cornelia Sila en protesta habría afectado más a Sila; los ojos que se clavaron en Elia eran como glaciales estrellas.

 

—¡Eso tiene que acabar! —espetó, saliendo antes de que Elia pudiera impedírselo camino del dormitorio de su hija.

 

Cruzó la puerta y sacó de la cama a la llorosa joven, sin preocuparle el miedo que le inspiraba, arrastrándola de los pelos por el suelo y abofeteándola sin piedad. Cornelia no gritó; sólo emitió unos tímidos chillidos apenas audibles, más aterrada por la mirada de su padre que por los golpes. Debió de propinarle una docena de bofetadas y luego la tiró como si fuese una muñeca de trapo, sin preocuparse de si la había matado, de lo furioso que estaba.

 

—No se te ocurra hacerlo —le dijo en voz baja—. ¡A mi no me busques las vueltas dejándote morir de hambre! ¡Por mí, tanto mejor! Tu madre casi se muere por negarse a comer, pero métete en la cabeza que a mí eso no me lo haces! ¡Te mueres de hambre, o ahogada por la comida que te haré tragar con la misma consideración que un granjero con las ocas! Te casarás con Quinto Pompeyo Rufo, y sonriente, o te mato. ¿Me oyes? Te mato, Cornelia.

 

Estaba roja de sofoco, con los ojos amoratados, los labios hinchados y partidos y sangrando por la nariz, pero su aflicción era mucho más grave. Nunca había pensado que pudiera existir aquella especie de furia, ni había tenido miedo a su padre.

 

—Te he oído, padre —musitó.

 

Elia esperaba afuera, con las mejillas llenas de lágrimas, cuando quiso entrar, Sila la agarró brutalmente del brazo y la arrastró lejos.

 

—¡Por favor, Lucio Cornelio, por favor! —gimió Elia con terror de esposa y angustia de madre.

 

—Déjala sola —dijo él.

 

—¡Debo estar con ella! ¡Me necesita!

 

—Que se quede donde está y que no vaya nadie con ella.

 

—Pues te ruego que me dejes en casa —añadió ella, llorando desconsoladamente.

 

La furia de Sila creció; notaba su corazón batiendo, y a punto estaba él también de llorar de rabia.

 

—Muy bien, quédate en casa —dijo con aspereza, casi bufando—. Yo representaré la alegría familiar ante la perspectiva de este matrimonio. Pero no te acerques a ella, Elia, o haré contigo lo mismo.

 

Y, así, fue solo a casa de Quinto Pompeyo Rufo, en el Palatino, con vistas al Foro romano, causando buena impresión en la halagada familia de Pompeyo Rufo, incluidas las mujeres, que estaban en la gloria ante la perspectiva de la boda del joven Quinto con una patricia Julio-Cornelia. Quinto hijo era un muchacho bien parecido, de ojos verdes y pelo castaño rojizo, alto y grácil, pero Sila tardó poco en comprender que su inteligencia no llegaba a la mitad de la de su padre. Mejor que mejor: llegaría a cónsul porque su padre lo había sido, engendraría hijos pelirrojos con Cornelia Sila y sería un buen marido, fiel y considerado. De hecho, pensó Sila, sonriendo para sus adentros, por poco que su hija lo admitiese, de haberlo visto, el joven Quinto Pompeyo Rufo era mucho más agradable y tratable para vivir que el mimado y arrogante cachorro de Cayo Mario.

 

Como los Pompeyos Rufos seguían siendo campesinos de corazón, la cena había concluido bastante antes de que oscureciera, pese a que estaban en plena temporada invernal. Como le quedaba un asunto pendiente antes de volver a casa, Sila miró a lo lejos, con ceño, desde lo alto de la escalinata de Joyeros que conducía a la Via Nova y al Foro. Un paseo demasiado largo para ir a ver a Metrobio, y demasiado arriesgado. ¿Dónde llenaría aquella hora que le quedaba?

 

La respuesta le vino al posar la vista en el humeante declive del Subura: en casa de Aurelia, claro. Cayo Julio César estaba otra vez fuera, de gobernador en la provincia de Asia. Con tal de que Aurelia estuviese convenientemente acompañada, ¿por qué no iba a hacerle una visita? Bajó a paso vivo la escalinata con la facilidad y agilidad de un hombre mucho más

 

joven que él y allá se fue hacia el Clivus Orbius, el camino más rápido para llegar al Subura Minor y la insula de Aurelia.

 

Eutico le hizo pasar con cierta reticencia. Y la actitud de Aurelia no fue mejor.

 

—¿Están levantados tus hijos? —inquirió Sila.

 

—Si, lamentablemente —contestó ella con una sonrisa irónica—. Han salido búhos en vez de alondras. Detestan irse a la cama y les cuesta mucho levantarse.

 

—Pues haz una excepción y diles que vengan con nosotros, Aurelia — dijo Sila, sentándose en un confortable sofá—. No hay mejor compañía para una dama que los niños.

 

—Tienes toda la razón, Lucio Cornelio —dijo ella, iluminándosele el rostro.

 

Así pues, la madre puso a los niños en un rincón del cuarto; las niñas, ya púberes, habían crecido mucho, y el niño también tenía buena estatura, porque era su destino: ser siempre más alto que los demás.

 

—Me alegro de verte —dijo Sila, sin hacer caso del vino que el mayordomo había dejado junto a su brazo.

 

—Yo también me alegro, Lucio Cornelio.

 

—Más que la última vez, ¿no?

 

—¡Ah, claro! Tenía graves problemas con mi esposo, Lucio Cornelio. —Ya me di cuenta. Y eso que me consta, y cómo, que no hay esposa

 

más fiel y casta que tú.

 

—Oh, no es que él creyera que le había sido infiel. El problema entre Cayo Julio y yo es más… teórico —dijo ella.

 

—¿Teórico? —inquirió Sila con una amplia sonrisa.

 

—A él no le gusta el barrio, ni que yo haga de casera. No le gusta Lucio Decumio y no le gusta mi manera de educar a los niños, que hablan tanto la jerga del Subura como el latín del Palatino; aparte de que saben tres clases de griego, arameo, hebreo, gálico arvernio, gálico eduo, gálico tolosano y licio.

 

—¿Licio?

 

—En la tercera planta vive una familia licia y los niños andan por todas partes y aprenden fácilmente toda clase de lenguas. Yo no sabía que los licios tenían su propia lengua, un idioma muy antiguo, parecido al pisidio.

 

—¿Tuviste una discusión muy fuerte con Cayo Julio?

 

—Bastante —contestó Aurelia con una mueca, encogiéndose de hombros.

 

—Agravada por el hecho de tu actitud, muy poco propia de una dama romana —añadió comprensivo Sila, que acababa de castigar fisicamente a su hija por lo mismo. Pero Aurelia era Aurelia y no se la podía medir más que con sus propios parámetros, como decían muchos con admiración más que reprobación; tanto era su encanto.

 

—Yo adopté la actitud que debía —replicó ella sin mostrar preocupación—. Sí, en realidad, me mantuve firme tanto, que tuvo que ceder —añadió con mirada triste—. Y eso, Lucio Cornelio, supongo que te imaginarás que fue lo peor de la disputa, porque a ningún hombre de su condición le gusta ceder en una diferencia con su esposa. Su reacción fue ensimismarse en una especie de desinterés altivo, cerrándose a cualquier otra discusión por mucho que yo le pinchase. ¡Figúrate!

 

—¿Ha dejado de estar enamorado de ti?

 

—No lo creo. ¡Ojalá! Eso le simplificaría mucho la vida, estando donde está —contestó Aurelia.

 

—Así que eres tú quien lleva la toga actualmente.

 

—Eso me temo. Con orla púrpura incluida.

 

—Tendrías que haber sido hombre, Aurelia —añadió Sila apretando los labios y asintiendo con la cabeza—. Hasta ahora no me había dado cuenta, pero es así.

 

—Tienes razón, Lucio Cornelio.

 

—Así que él se alegró de marchar a la provincia de Asia y tú de que se fuera, ¿no?

 

—Vuelves a tener razón, Lucio Cornelio.

 

A continuación, Sila inició el relato de su viaje a Oriente, y su auditorio aumentó, porque el pequeño César se sentó en el sofá de la madre y escuchó

 

con avidez cuanto decía de sus encuentros con Mitrídates, Tigranes y los embajadores partos.

 

Tenía casi nueve años y estaba más guapo que nunca, advirtió Sila, encandilado por aquel rostro. ¡Qué parecido al pequeño Sila! Y al mismo tiempo muy distinto. Había ya superado la fase inquisitiva y ahora pasaba por la de escuchar; le miraba, apoyado en Aurelia, con ojos brillantes y la boca abierta, y su rostro era un espejo que reflejaba los constantes cambios que se sucedían en su mente, pero el cuerpo irradiaba calma.

 

Al final planteó las preguntas que se le ocurrieron con más juicio que Escauro, más educación que Mario y más interés que los dos juntos. ¿Cómo sabrá todo esto?, se preguntaba Sila, dialogando con una personita de ocho años al mismo nivel que haría con Escauro y Mario.

 

—¿Qué crees que sucederá? —inquirió Sila, no por bailarle el agua sino porque realmente le intrigaba.

 

—Que habrá guerra con Mitrídates y Tigranes —contestó el pequeño. —¿Y con los partos no?

 

—Hasta dentro de mucho, no. Pero si ganamos la guerra contra Mitrídates y Tigranes, el Ponto y Armenia quedarán bajo nuestra égida y Roma comenzará a preocupar a los partos igual que sucede ahora con Mitrídates y Tigranes.

 

—Muy bien, pequeño César —dijo Sila, asintiendo con la cabeza. Continuaron hablando una hora, hasta que Sila se puso en pie para

 

marcharse, revolviendo el pelo del pequeño a guisa de despedida. Aurelia le acompañó a la puerta, mientras dirigía una seña al vigilante Eutico, que ya estaba recogiendo a los niños para acostarlos.

 

—¿Cómo están todos? —inquirió Aurelia, mientras Sila abría la puerta que daba al Vicus Patricius, lleno de gente, aunque ya hacía tiempo que había anochecido.

 

—El joven Sila sufre un fuerte resfriado y Cornelia Sila tiene la cara hecha una pena —contestó él sin alterarse lo más mínimo.

 

—Lo del chico lo entiendo, pero ¿qué le ha pasado a tu hija?

 

—Que le he dado una tunda.

 

—¡Ah! ¿Por qué delito, Lucio Cornelio?

 

—Parece que ella y el joven Mario habían decidido casarse en su momento, pero yo la he prometido al hijo de Quinto Pompeyo Rufo. Y ella optó por mostrar su oposición dejándose morir de hambre.

 

—Ecastor! Me imagino que la pobre niña nada sabía de las intentonas de su madre en ese sentido.

 

—No.

 

—Y ahora si.

 

—Desde luego.

 

—Mira, yo conozco un poco a ese joven, y estoy segura de que será mucho más feliz con él que con el hijo de Mario.

 

—Es exactamente lo que pienso yo —añadió Sila, riendo.

 

—¿Y qué opina Cayo Mario? —A él tampoco le interesaba esa unión — contestó Sila mostrando los dientes—. Pretende a la hija de Escévola.

 

—La conseguirá sin gran dificultad… ave, Turpilia —añadió, saludando a una amiga que pasaba, quien en seguida se detuvo y se quedó a la espera como si quisiera hablar.

 

Sila se despidió y Aurelia se apoyó en el marco de la puerta, escuchando atentamente lo que decía Turpilia.

 

A Sila no le preocupaba cruzar el Subura de noche, del mismo modo que a Aurelia no le preocupó verle alejarse en la oscuridad. Ninguna ramera se le acercó, pues su porte irradiaba la experiencia de todos los lupanares de Roma. Lo único que le habría chocado a Aurelia, de haberlo visto, es que en lugar de dirigirse al Foro, camino del Palatino, tomó por el Vicus Patricius.

 

Iba a ver a Censorino, que vivía en el alto Vinimal, en la calle que conducía al manzano púnico. Era un respetable barrio de caballeros, aunque no lo bastante lujoso como para albergar a quien presumía de monóculo de esmeralda.

 

 

En principio parecía que el mayordomo de Censorino fuese a negarle la entrada, pero Sila sabía arreglar eso: le bastó con poner una cara terrible y algo automático impulsó al criado a franquearle la entrada. Sin dejar de esgrimir su perversa sonrisa, Sila recorrió el estrecho pasillo que conducía

 

de la puerta al vestíbulo de aquel piso de la planta baja de una ínsula y miró en derredor, mientras el criado se apresuraba a avisar a su amo.

 

Si, muy bonito; los frescos de las paredes eran nuevos y según el estilo de moda. Recuadros de un rojo vivo con escenas de la entrega de Briseida a Agamenón por Aquiles, príncipe de Ftía; estaban enmarcados en falsas ágatas pintadas con primor, que se transformaban en un espléndido dado también de imitación. El suelo era de mosaico policromo y las cortinas de un granate tan oscuro que debía ser de Tiro; los sofás estaban tapizados en oro y púrpura de la mejor clase. No estaba nada mal para un miembro mediocre del Ordo equester, pensó Sila.

 

Por la puerta apareció un indignado Censorino, desconcertado por la conducta de su mayordomo, que se había esfumado.

 

—¿Qué quieres? —espetó Censorino.

 

—Tu monóculo de esmeralda —contestó Sila con voz amable. —¿Qué?

 

—Ya sabes, Censorino, el que te han regalado los agentes del rey Mitrídates.

 

—¿El rey Mitrídates? ¡No sé a qué te refieres! Yo no tengo ningún monóculo de esmeralda.

 

—No digas bobadas, claro que tienes uno. Dámelo.

 

Censorino no cabía en sí de indignación; enrojeció y luego palideció. —¡Dame el monóculo de esmeralda, Censorino!

 

—¡No pienso darte nada más que la condena y el exilio!

 

Antes de que Censorino hubiese podido apartarse, Sila se había arrimado tanto a él, que cualquiera que los hubiese visto habría pensado que se trataba de un grotesco abrazo; Sila le había puesto las manos en los hombros, pero no como las de un amante. Aquellas manos mordían, hacían daño, eran como garras de hierro.

 

—Escucha, despreciable gusano, he matado a hombres de mucho mayor fuste que tú —dijo Sila con voz suave y tono casi amoroso—. No acudas a los tribunales o morirás. ¡Lo digo en serio! Retira esa absurda acusación o morirás. Tan muerto como el forzudo de la leyenda llamado Hércules Atlas, tan muerto como una mujer que se rompió la crisma en los acantilados de

 

Circei, tan muerto como mil germanos, tan muerto como los que me amenazan a mí y a los míos, tan muerto como acabará Mitrídates si decido que deba morir. Puedes decírselo cuando le veas. ¡Te creerá! Él metió el rabo entre piernas y se largó de Capadocia cuando se lo ordené. Porque se dio cuenta de que hablaba en serio. Ahora tú también te das cuenta, ¿verdad?

 

Censorino no contestó ni hizo nada por zafarse de aquel brutal abrazo. Quieto y con la respiración entrecortada, miraba el cercano rostro de Sila como si nunca le hubiese visto, sin saber qué hacer.

 

Una de las manos de Sila se apartó del hombro de Censorino y se introdujo en su túnica en busca de lo que había atado al extremo de una fuerte tira de cuero, mientras la otra mano descendía del otro hombro y le apretaba el escroto. Mientras Censorino chillaba como un perro cuando es pillado por un carro, Sila rompió la tira de cuero de un tirón, cual si hubiese sido de lana, y se guardó dentro de la toga el resplandeciente monóculo. Nadie acudió a ver quién había gritado. Sila giró sobre sus talones y salió de la casa andando tranquilamente.

 

—¡Ah, me siento mucho mejor! —exclamó al cruzar el umbral, soltando una fuerte carcajada que atronó en los oídos de Censorino hasta que alguien cerró la puerta.

 

 

La rabia y la decepción por la actitud de Cornelia Sila se desvanecieron y Sila caminó hacia su casa con el paso ligero de un niño y la alegría reflejada en el rostro. Pero su contento se esfumó nada más cruzar la puerta y ver, en lugar de la luz mortecina de una casa en que sus habitantes duermen plácidamente, todas las lámparas encendidas, un grupo de jóvenes y el mayordomo enjugándose las lágrimas.

 

—¿Qué sucede? —inquirió angustiado.

 

—¡Vuestro hijo, Lucio Cornelio! —exclamó el mayordomo.

 

Sila, sin atender a más explicaciones, echó a correr hacia el cuarto que daba al jardín, en el que Elia había instalado al muchacho para que curase del resfriado. Ella estaba afuera, delante de la puerta, abrigada con un chal.

 

—¿Qué sucede? —volvió a preguntar Sila, cogiéndola del brazo.

 

—El niño está muy mal —musitó ella—. Hace dos horas he llamado a los médicos.

 

Sila apartó a los médicos y se acercó a la cabecera de la cama, adoptando una actitud tranquila y relajada.

 

—¿Qué es esto, jovencito, asustándolos a todos? —¡Padre! —exclamó el joven Sila, sonriendo. —¿Qué sucede?

 

—¡Tengo mucho frío, padre! ¿Te importa que te llame tata delante de desconocidos?

 

—Claro que no.

 

—¡Me duele mucho!

 

—¿Dónde, hijo?

 

—En el esternón, tata. ¡Tengo mucho frío!

 

Su respiración era entrecortada y sibilante; a Sila le parecía una parodia de la agonía de Metelo Numídico el Meneitos, y quizá por eso no acababa de creerse que estuviera asistiendo a una agonía. Sí, parecía que el joven se moría. ¡Imposible!

 

—No hables, hijo. ¿No puedes tumbarte?

 

—No puedo respirar tumbado —contestó el joven, mirándole con ojos de pena circundados como de negras magulladuras—. ¡tata, por favor, no te vayas!

 

—Estoy aquí, Lucio, y no voy a irme.

 

Pero, en cuanto pudo, Sila hizo un aparte con Apolodoro Siculo para preguntarle cuál era el mal.

 

—Lucio Cornelio, se trata de una inflamación pulmonar, siempre dificil de atajar, pero más complicada en el caso de vuestro hijo.

 

—¿Por qué más complicada?

 

—Porque me temo que haya afectado el corazón. No sabemos con certeza la importancia del corazón, aunque yo creo que asiste al hígado. Vuestro hijo tiene los pulmones· hinchados y parte de los humores se han propagado a la envoltura cardiaca y oprimen el corazón —dijo el físico, aterrado: era el precio que en ocasiones como aquella debía pagar por su

 

fama, comunicando a un romano de alcurnia que los físicos nada podían hacer por el paciente—. El pronóstico es grave, Lucio Cornelio. Me temo que nada podamos hacer.

 

Sila se lo tomó aparentemente con tranquilidad, y, además, algo le decía que el físico hablaba con toda sinceridad y que era imposible la curación. Un buen físico, aunque la mayoría eran charlatanes, adoptaba la actitud que él había mostrado ante la muerte del Meneitos. Pero el cuerpo de las personas era a veces víctima de alteraciones de tal magnitud, que los médicos eran impotentes pese a sus lancetas, irrigaciones, cataplasmas, pociones y hierbas mágicas. Era cosa de suerte. Y ahora Sila se percataba de que su querido hijo no tenía suerte. Lo había abandonado la diosa Fortuna.

 

Volvió a acercarse al lecho, apartó el montón de almohadas y ocupó su lugar, cogiendo al hijo en sus brazos.

 

—¡Oh, tata, qué bien estoy así! ¡No me dejes!

 

—No me moveré de aquí, hijo. Te quiero más que a nada.

 

Estuvo varias horas abrazando al hijo, con la mejilla pegada a su pelo sudoroso, escuchando la agobiada respiración y los gemidos intermitentes producidos por los dolores. El muchacho ya no podía hacer el esfuerzo de toser a causa del dolor, ni se le pudo hacer que bebiera, pues tenía los labios llagados y la lengua agrietada y negra. Hablaba a veces, siempre al padre, con una voz cada vez más débil y balbuciente, con palabras cada vez menos lúcidas y lógicas, hasta que entró en el ámbito de la inconsciencia.

 

Treinta horas más tarde moría en los brazos entumecidos de su padre. Sila no se había movido más que a requerimiento del enfermo, no había comido ni bebido, ni se había alejado para ir al retrete, pero no estaba físicamente afectado. Para él, lo único importante había sido estar con su hijo. Quizá, como padre, hubiese sido para él un consuelo que el joven Sila le hubiese reconocido en el momento de morir, pero el muchacho ya estaba muy lejos de aquella habitación, de aquellos brazos, y murió inconsciente.

 

Todos temían a Lucio Cornelio Sila. Por eso los cuatro médicos, amedrentados, le apartaron los brazos del hijo exánime, le ayudaron a ponerse en pie y le sujetaron mientras estiraban al muerto en la cama. Sin embargo, Sila no dijo ni hizo nada para causar tal temor; se condujo como

 

un hombre sumamente juicioso y admirable. Cuando recuperó el movimiento de sus músculos entumecidos, ayudó a lavarle y vestirle con la toga púber bordada de púrpura. En diciembre de aquel mismo año, en la festividad de Juventas, habría sido mayor de edad. Para que los llorosos esclavos limpiasen la cama, él mismo cogió en brazos aquella carga inmóvil y volvió a depositarla en las sábanas limpias, le colocó los brazos pegados al cuerpo y las monedas en los párpados para que se le cerraran, sin olvidar introducirle en la boca la moneda de pago a Caronte por el último viaje.

 

Elia no se había movido de la puerta durante aquellas terribles horas; ahora, Sila la cogió por los hombros y la condujo hasta una silla junto al lecho mortuorio, para que contemplara al niño que había cuidado desde pequeño como si fuese suyo. Vinieron también Cornelia Sila —con la cara marcada por el castigo—, Julia, con Cayo Mario, y Aurelia.

 

Sila los saludó con toda lucidez, les agradeció el pésame, incluso esbozó una sonrisa, y contestó a sus vacilantes preguntas con voz firme y clara.

 

—Tengo que bañarme y cambiarme —les dijo—. Es el alba del día en que debo comparecer ante el tribunal de traiciones. Y aunque la muerte de mi hijo podría servirme de legítima excusa, no quiero darle ese gusto a Censorino. Cayo Mario, ¿me acompañas cuando esté listo?

 

—Con mucho gusto, Lucio Cornelio —contestó Mario con voz bronca, enjugándose las lágrimas. Nunca había admirado tanto a Sila.

 

En primer lugar, Sila fue a la modesta letrina de la casa y, aprovechando que estaba vacía, se acomodó en uno de los cuatro asientos del banco de mármol y pudo, por fin, hacer de vientre, escuchando el profundo rumor del agua corriente por debajo; mientras manoseaba los desbaratados pliegues de la toga, que no se había cambiado desde la última velada con su hijo moribundo, sus dedos tropezaron con un objeto extraño: lo sacó para mirarlo a la luz y lo reconoció como algo perteneciente a otro mundo, algo muy lejano. ¡El monóculo de esmeralda de Censorino! Una vez aliviado y aseado, se volvió hacia el banco de mármol y arrojó el valioso objeto por el orificio. La corriente de agua era muy fuerte y no se oyó la caída.

 

Cuando salió al vestíbulo para reunirse con Cayo Mario y dirigirse al Foro, había recuperado como por ensalmo toda la belleza de sus años

 

mozos; estaba radiante y todos cuantos se cruzaban con él se quedaban pasmados.

 

Los dos recorrieron en silencio el camino hasta el estanque de Curtius, donde se habían congregado varios centenares de caballeros para ofrecerse a la selección de jurados, y en donde los funcionarios estaban preparando los jarros para extraer las suertes. Elegirían ochenta y uno, pero, a petición de la acusación, retirarían quince, y otros quince a petición de la defensa, con lo que quedarían cincuenta y uno: veintiséis caballeros y veinticinco senadores. Ese caballero de más era el precio que había pagado el Senado por recobrar la presidencia senatorial de los tribunales.

 

Transcurrió el tiempo y se eligieron los miembros del jurado, pero como Censorino no aparecía, se autorizó a la defensa, dirigida por Craso Orator y Escévola, a retirar sus quince miembros, sin que Censorino se hubiera presentado. A mediodía, el tribunal comenzó a impacientarse, y el presidente, sabedor de que el acusado había acudido directamente desde el lecho mortuorio de su hijo, envió un mensajero a casa de Censorino para averiguar qué sucedía. Un buen rato después regresó el funcionario diciendo que Censorino había recogido el día anterior sus propiedades portátiles para emprender un viaje al extranjero con destino desconocido.

 

—Se levanta este tribunal —dijo el presidente—. Lucio Cornelio, recibid nuestras más vivas excusas y nuestro pésame.

 

—Te acompaño, Lucio Cornelio —dijo Mario—. ¡Qué cosa más rara! ¿Qué le habrá sucedido?

 

—Gracias, Cayo Mario, pero prefiero estar solo —dijo Sila sin alterarse

 

—. En cuanto a Censorino, me imagino que habrá ido a buscar asilo en el país de Mitrídates. Ayer tuve cuatro palabras con él, ¿sabes? —añadió con sonrisa de hiena.

 

Desde el Foro, Sila se dirigió a buen paso a la puerta Esquilina. Cubriendo casi totalmente el Campus Esquilinus, fuera de la muralla serviana, se extendía la necrópolis de Roma, una auténtica ciudad de sepulturas, algunas humildes y otras suntuosas, aunque abundaba el término medio; allí se guardaban las cenizas de la población de Roma, ciudadanos y no ciudadanos, esclavos y hombres libres, nativos y extranjeros.

 

A la derecha de un gran cruce, a varios centenares de pasos de la muralla serviana, estaba el templo de Venus Libitina, patrona de la extinción de la fuerza vital. Era un hermoso edificio, rodeado de un bosque de cipreses, pintado de color verde brillante con columnas jónicas púrpura, capiteles rojo y oro y tejado amarillo en el pórtico. Los numerosos escalones estaban pavimentados con terrazo rosa oscuro y en su frontón se representaban los dioses y diosas del más allá en vivos colores; en lo más alto de la techumbre se levantaba una estatua dorada de Venus Libitina sobre un carro tirado por ratones, precursores de la muerte.

 

Allí, entre los cipreses, levantaba sus tenderetes el gremio de los enterradores, que ofrecían sus servicios sin la menor actitud condolida o discreta, abordando a los posibles clientes y acosándolos con toda clase de recursos, ya que los entierros eran un negocio como cualquier otro: aquello era el mercado de los sirvientes de la muerte. Sila pasó entre las casetas como un fantasma, manteniendo a raya incluso a los más impertinentes, con su dote innata para inhibir a la gente, hasta que llegó a la empresa que se ocupaba del enterramiento de los Cornelios, donde encargó el sepelio.

 

Enviarían a los actores a la casa al día siguiente para que recibieran las indicaciones pertinentes, y todo estaría dispuesto para celebrar un solemne entierro al tercer día. Como todos los Cornelios, el joven Sila, siguiendo la tradición de la familia, sería inhumado en vez de cremado. Sila abonó el entierro con un pagaré de veinte talentos de plata contra su banca —un precio que se comentaría en Roma durante varios dias—, y lo hizo sin rechistar, él que con tanto cuidado contaba cada sestercio.

 

De nuevo en casa, hizo salir a Elia y a Cornelia Sila del cuarto en que yacía el muerto y se sentó en la silla de su esposa a mirar el cadáver. No sabía lo que sentía. Notaba en su interior el peso abrumador de la aflicción, la pérdida, la fuerza del destino. Era una carga tan insoportable que no le permitía analizar sus sentimientos. Allí, ante él, yacía su ruina, los restos de su amigo más querido, su compañero de la vejez, el heredero de su nombre, de su fortuna, de su fama, de su carrera pública. Se había esfumado en treinta horas, sin que fuese una decisión de los dioses, un capricho del destino. El resfriado había empeorado, causando una inflamación pulmonar

 

que le había ahogado el corazón. Se daban miles de casos iguales. No era culpa de nadie, ni respondía a designio alguno. Era un accidente. Para el muchacho, que no sabía ni sentía ya nada, era simplemente el final de la vida sin remisión. Para los que quedaban en la tierra y sabían y padecían, era el preludio de un vacío en mitad de la vida que no cesaría hasta el final de la existencia. Su hijo había muerto y él se había quedado sin amigo.

 

Cuando, dos horas más tarde, regresó Elia, fue a su despacho a escribir una carta a Metrobio.

 

Ha muerto mi hijo. La última vez que estuviste en casa murió mi esposa. Dada tu profesión, deberías ser heraldo de alegría, el deus ex machina de la obra, pero eres la figura velada, precursora del dolor.

 

No vuelvas nunca a mi casa. Ahora comprendo que mi patrona Fortuna no consiente rivales, pues yo te he amado con el mismo tesón interno que ella considera exclusivamente suyo. Te había entronizado como un ídolo y para mí has sido la encarnación del amor perfecto. Pero ella lo exige para sí, y ella es hembra, el principio y el fin de todo hombre.

 

Si llega el día en que la Fortuna rompa conmigo, te llamaré. Hasta ese día, nada. Mí hijo era un buen hijo, un muchacho como es debido. Un romano. Ahora ha muerto y estoy solo. No te quiero.

 

La selló cuidadosamente, llamó al mayordomo y le dio instrucciones para hacerla llegar al destinatario. Luego se quedó mirando la pared en la que —¡qué extraña era la vida!— estaba representado Aquiles junto a un féretro, sosteniendo a Patroclo en sus brazos. Influido, con toda evidencia, por las máscaras trágicas de las grandes obras, el artista había plasmado un rictus de exagerada agonía en el rostro de Aquiles, que a Sila le pareció un grave error, una interpretación de un dolor íntimo incompatible con la policromía del fresco. Dio unas palmadas, y cuando entró el mayordomo, le dijo:

 

—Haz que mañana quiten esa pintura.

 

—Lucio Cornelio, han venido los enterradores. El lectus funebris está dispuesto en el atrium para que vuestro hijo yazga de cuerpo presente —

 

dijo el mayordomo, lloroso.

 

Sila examinó el féretro, que era una caja de preciosa talla dorada, forrada de negro con almohadones negros, y asintió con la cabeza. El mismo tomó el cadáver de su hijo, con los primeros indicios del rigor mortis, y lo colocó sentado, apoyado en los almohadones. Estaría en el atrium hasta que ocho sepultureros vestidos de negro llevaran en procesión funeraria el lecho mortuorio, que colocaron con la cabecera del lado de la puerta del jardín y los pies del lado de la puerta de salida, adornada por fuera con ramas de ciprés.

 

Al tercer día se celebró el entierro del joven Sila. Como deferencia hacia quien había sido praetor urbanus y con toda probabilidad iba a ser cónsul, se suspendieron los asuntos públicos en el Foro y todos los que habían acudido a él aguardaron la llegada del cortejo, vestidos con la toga pulla, la toga de luto. A causa de los carros, el séquito que partió de la casa de Sila discurrió por el Clivus Victoríae hacia el Velabrum, giró en el Vicus Tuscus y entró en el Foro romano por entre el templo de Cástor y Pólux y la basílica Sempronia. Lo encabezaban dos sepultureros con togas negras, seguían los músicos vestidos de negro, tocando clarines militares, cuernos curvados y flautas hechas con tibias de enemigos de Roma muertos en el campo de batalla. Los cantos mortuorios eran solemnes, con poca melodía y sin gracia. Acompañaban a los músicos las mujeres ataviadas de negro que se ganaban la vida como plañideras, profiriendo sus lamentos, dándose golpes al pecho y llorando a lágrima viva. Las seguía un grupo de danzarines, que evolucionaban y giraban en movimientos rituales más antiguos que la propia Roma, ondeando ramas de ciprés. Después de éstos venían los actores portando las cinco máscaras de cera de los antepasados de Sila, cada una de ellas montada en un carro negro tirado por dos caballos también negros. El féretro iba al final, portado en alto por ocho libertos vestidos de negro, que habían sido esclavos de Clitumna, madrastra de Sila, y que se habían incorporado a la clientela de éste al recibir la libertad en el testamento. Sila caminaba detrás del lectus funebris, con la toga negra cubriéndose la cabeza y acompañado de su sobrino Lucio Nonio y de Cayo Mario, Sexto Julio César, Quinto Lutacio César y sus dos hermanos, Lucio

 

Julio César y Cayo Julio César Estrabón, todos con la cabeza velada; detrás de ellos caminaban las mujeres, vestidas de negro pero con la cabeza descubierta y el cabello desbaratado.

 

Ante la tribuna de los rostra, plañideras, músicos y sepultureros se agruparon debajo del muro trasero del Foro, mientras los empleados de la funeraria ayudaban a los actores que portaban las máscaras a subir los escalones de la tribuna y los acomodaban en sillas curules de marfil. Vestían la toga bordada de púrpura, como convenía al rango de los antepasados de Sila, y el que representaba al Sila que había sido flamen dialis iba revestido con el atuendo sacerdotal. Colocaron el féretro en la tribuna, y los familiares del difunto —salvo Lucio Nonio y Elia, vinculados en cierto modo a la casa de los Julios— ascendieron la escalinata para escuchar el elogio. Fue el propio Sila quien lo pronunció, y fue muy breve.

 

—Hoy entierro a mi único hijo —dijo ante la silenciosa multitud que se había congregado—. Era miembro de la gens Cornelia, de una rama con antigüedad de más de doscientos años, en la que ha habido cónsules y sacerdotes, hombres de gran honorabilidad. En diciembre se habría hecho un Cornelio adulto, pero no ha sido así. Al morir contaba casi quince años.

 

Se volvió a mirar a los familiares y al joven Mario, con toga negra y la cabeza cubierta por el velo, pues ya usaba la toga viril; por su nueva condición le correspondía estar muy alejado de Cornelia Sila, quien le miraba apenada, con el rostro contusionado. También estaban Aurelia y Julia, pero mientras que Julia lloraba y sostenía a Elia, Aurelia permanecía erguida e impasible, con aire severo más que afligido.

 

—Mi hijo era un muchacho estupendo, muy querido y atento. Su madre murió cuando era muy pequeño, pero su madrastra ha sido una auténtica madre para él. Si hubiera vivido habría sido el idóneo heredero de una casa noble patricia, pues era educado, inteligente, perspicaz y valiente. Cuando viajé a Oriente para entrevistarme con los reyes del Ponto y de Armenia, me acompañó sin temor a los peligros que implica andar por tierras extranjeras. Fue testigo de mi entrevista con los embajadores partos y hubiese sido el más indicado de su generación para que Roma le hubiese enviado a tratar con ellos. Fue mi mejor compañero y mi más leal partidario. Roma pierde

 

tanto como mi familia. Le entierro con gran cariño y profunda pena y os ofrezco gladiadores en los juegos funerarios.

 

La ceremonia de los rostra concluyó, todos se levantaron y el cortejo reemprendió el camino hacia la puerta Capena, pues Sila había comprado una tumba para su hijo en la Via Appia, donde se hallaban enterrados la mayor parte de los Cornelios. En la puerta de la tumba fue él quien levantó al hijo del ataúd y lo depositó dentro de un sarcófago de mármol montado sobre tablones deslizantes; cerraron la tapa y los libertos que habían transportado el féretro lo empujaron hacia la tumba y quitaron los tablones. Sila cerró la gran puerta de bronce, cerrando así mismo algo de su ser. Su hijo había muerto y ya nada volvería a ser igual.

 

Varios días después del entierro del hijo de Sila se aprobaba la lex Livia agraria. Fue presentada a la Asamblea plebeya con el sello de aprobación del Senado, pese a la terca oposición de Cepio y Vario y tuvo una inesperada resistencia en los Comitia. Algo con lo que no había contado Druso era la oposición de los itálicos, pero estaba harto de oposición por parte de los mismos. Aunque las tierras en cuestión no eran suyas, las tierras colindantes al ager publicus romano eran en su mayoría itálicas y la agrimensión había dejado mucho que desear. Muchos mojones divisorios los habían cambiado subrepticiamente, incorporando a fincas de itálicos tierras que no les correspondían. Ahora había que proceder a una prospección a gran escala para parcelar las tierras públicas en trozos de diez iugera y corregir las discrepancias. Las tierras públicas de Etruria eran las más afectadas, probablemente porque Cayo Mario era uno de los mayores propietarios de latifundia en la región, y a Cayo Mario le importaba poco que sus vecinos itálicos sisaran tierras al Estado romano. También se produjeron agitaciones en Umbría, mientras que en Campania apenas hubo protestas.

 

Sin embargo, Druso quedó encantado y escribió a Silo en Marruvium que todo iba de maravilla; Escauro, Mario e incluso Catulo César habían quedado impresionados por la argumentación de Druso en cuanto al ager publicus y consiguieron convencer al segundo cónsul Filipo para que no hiciese nada. Nadie pudo hacer callar a Cepio, pero sus protestas cayeron

 

casi todas en oídos sordos, debido en parte a su escaso arte oratorio y también a una eficaz campaña de rumores a propósito de los que heredaban ingentes cantidades de oro, y en Roma nadie podría perdonar semejante cosa a los Servilios Cepionis.

 

Así que te ruego, Quinto Popedio, que veas qué puedes hacer para persuadir a las gentes de Etruria y Umbría para que cesen en sus quejas. Lo que menos necesito son protestas de los propietarios de las tierras que quiero parcelar.

 

La respuesta de Silo no fue nada halagüeña.

 

 

Lamentablemente, Marco Livio, poca influencia tengo en Umbría y en Etruria. Ya sabes que allí la gente es muy rara, convencida de su autonomía y harta de los marsos. Debes estar preparado para dos incidentes. Uno se rumorea ya bastante en el Norte; el otro me ha llegado por pura casualidad, y es el que más me preocupa.

Veamos el primer incidente. Los mayores propietarios de Etruria y Umbría piensan acudir en comandita a Roma para protestar por la parcelación del ager publicus romano. Alegan (naturalmente no van a admitir que han falseado los límites) que el ager publicus romano de Etruria y Umbría tiene una existencia tan antigua que ha alterado la economía y la incidencia de población, y que aceptar un aluvión de pequeños propietarios sería la ruina de Etruria y Umbría. Argumentan que en las ciudades no hay la clase de tiendas y mercados donde compran los pequeños propietarios, ya que las tiendas se han convertido en almacenes, dado que los latifundistas y los capataces compran a granel. Alegan también que los dueños de los latifundia libertarán a los esclavos sin preocuparse de las consecuencias; con lo cual miles de libertos merodearán por esas regiones causando disturbios y robando. Por consiguiente, dicen, deben ser Etruria y Umbría quienes promulguen el decreto para enviar a estos esclavos a sus lugares de origen. Etcétera, etcétera. ¡Prepárate para recibir a la delegación!

 

El segundo incidente puede resultar más peligroso. Algunos de nuestros samnitas más exaltados han pensado que no hay esperanzas de obtener la ciudadanía ni llegar a la paz con Roma, y quieren demostrar su gran descontento durante la celebración de las fiestas de Júpiter Latiaris en el monte Albano asesinando a los cónsules Sexto César y Filipo. El plan está perfectamente preparado y se prevé que caigan sobre ellos en suficiente número a su regreso de Bovillae a Roma.

 

Mejor será que hagas cuanto esté en tu mano para apaciguar a los terratenientes de Etruria y Umbría y desbaratar el intento de asesinato. Una noticia más halagüeña es que a todos los que les he planteado lo del juramento de clientela han reaccionado muy bien. El número de potenciales clientes de Marco Livio Druso crece cada vez más.

 

¡Al menos eso era una buena noticia! Con el ceño fruncido, Druso pasó a reflexionar sobre aspectos menos atractivos de la carta de Silo. En el asunto de los itálicos de Etruria y Umbría poco podía hacer, salvo redactar un discurso que causara impacto en el Foro cuando se presentasen. Y en cuanto al plan para asesinar a los cónsules, no le quedaba más remedio que prevenirlos, pero ellos le instarían a que les dijese la fuente de información y no les satisfarían respuestas evasivas; sobre todo a Filipo.

 

Por consiguiente, decidió ir a ver a Sexto César en lugar de a Filipo y no ocultarle quién se lo había dicho.

 

—He tenido carta de mi amigo Quinto Popedio Silo, el marso de Marruvium —le dijo—, y parece que una banda de descontentos samnitas han decidido que la única manera de que Roma entre en razón respecto al asunto de la ciudadanía para todos los itálicos es demostrarle su profunda determinación… mediante la violencia. A ti y a Lucio Marcio os atacará un grupo numeroso y bien armado de samnitas en la Via Appia, entre Bovillae y Roma, a vuestro regreso de las fiestas latinas.

 

Sexto César no tenía uno de sus mejores días: las sibilancias respiratorias le traían de cabeza y tenía los labios y los lóbulos de las orejas levemente amoratados. Pero estaba acostumbrado a su mal, y pese a él

 

había logrado alcanzar el consulado antes que su primo Lucio César, que había sido pretor antes que él.

 

—Os concederé un voto de gratitud de la Cámara, Marco Livio —dijo el primer cónsul— y me encargaré de que el príncipe del Senado escriba a Quinto Popedio Silo dándole las gracias en nombre de la Cámara.

 

—¡Sexto Julio, te agradecería que no lo hagas! —se apresuró a decir Druso—. ¿No sería mejor no decir nada a nadie, disponer de unas buenas cohortes de tropas de Capua y tratar de hacer caer a los samnitas en una trampa, capturándolos luego? Si no, sabrán que se ha descubierto la conjura y no se moverán; y tu colega Lucio Marcio creerá que nunca ha existido. Para salvaguardar mi reputación, prefiero que detengáis a los descontentos samnitas. Así daremos a los itálicos una lección, flagelando y ajusticiando a los insurrectos, para que vean que con la violencia no van a ninguna parte.

 

—Tienes razón, Marco Livio, así lo haremos —dijo Sexto Julio César. Y así, con la perspectiva de la delegación de protesta de los itálicos y el

 

plan de asesinato de los descontentos, Druso siguió trabajando. Llegaron los de Etruria y Umbría, afortunadamente con tales humos y pretensiones que irritaron a gentes que les habrían dado su apoyo; fueron despedidos sin haberse granjeado muchas simpatías. Sexto César hizo exactamente lo que Druso le había dicho, y cuando los samnitas atacaron al pacífico séquito en las afueras de Bovillae, las cohortes de legionarios, escondidas detrás de las tumbas de la Via Appia, cayeron sobre ellos, matando a algunos en la lucha; los prisioneros fueron flagelados y ejecutados.

 

Lo que más preocupaba a Druso era el hecho de que su lex agraria se había aprobado con la condición de que a todos los ciudadanos romanos se les asignaran diez iugera de las tierras públicas. El Senado y el resto de la primera clase eran los primeros que iban a recibir las parcelas, y los proletarios del capite censi los últimos. Aunque se había dicho que existían millones de iugera de tierras públicas en Italia, Druso dudaba de que cuando llegase el momento del reparto a los del censo por cabezas quedase mucha tierra. Como nadie ignoraba, no era conveniente ganarse la animosidad de los del censo por cabezas, por lo que habría que darles otra compensación que no fuesen tierras. Y sólo era posible una: grano público a

 

precio módico estable durante las épocas de carestía. ¡Ah, qué batalla en el Senado supondría presentar una lex frumentaria que garantizase el abastecimiento permanente de trigo barato a los del censo por cabezas!

 

Para mayor complicación, el intento de asesinato de las fiestas latinas había alarmado tanto a Filipo, que estaba en marcha una investigación para descubrir qué amigos tenía Druso por toda Italia; en mayo tomó la palabra en la Cámara y anunció que había disturbios en Italia y que en algunas localidades se hablaba de emprender la guerra contra Roma. No hizo tales manifestaciones como un hombre asustado, sino como quien participaba de la opinión de que a los itálicos se les debía conceder un derecho merecido. Y por ello propuso que se nombrase a dos prefectos itinerantes que viajasen al sur y al norte de Roma respectivamente, para averiguar por cuenta del Senado y el pueblo de Roma lo que sucedía.

 

Catulo César, que tanto había padecido en Aesernia aquellos días en que había formado parte del tribunal extraordinario con ocasión de la lex Licinia Mucia, pensó que era una excelente idea. Naturalmente los senadores, que en otras ocasiones no se habrían impresionado, aclamaron incondicionalmente el parecer de Filipo. En resumen: al pretor Servio Sulpicio Galba se le encomendó hacer indagaciones al sur de Roma, y al pretor Quinto Servilio, de la familia Augur, se le designó para efectuarlas al norte de Roma. A ambos se les autorizó a nombrar un legado y se les otorgó imperium proconsular, concediéndoseles dinero para que viajaran en las condiciones que su rango requería y una pequeña fuerza de ex gladiadores como escolta.

 

La noticia de que el Senado había delegado en dos pretores para esclarecer lo que Catulo César denominaba la «cuestión itálica» no le hizo ninguna gracia a Silo. Mutilo de Samnio, dolido por la flagelación y ejecución de los doscientos valientes de la Via Appia, era partidario de considerar esta nueva indignidad un acto de beligerancia, y Druso, alarmado, escribía una carta tras otra suplicándoles que aguardasen y le diesen una oportunidad.

 

Entretanto se aprestó para la batalla que iba a plantearse en el Senado cuando presentara su ley sobre subsidio de grano. Del mismo modo que el

 

ager publícus, el abastecimiento de grano barato no debía limitarse estrictamente a las clases bajas; el proyecto era que todo ciudadano romano que hiciera cola ante las casetas de los ediles en el pórtico Minucia obtuviera la esquela oficial que estipulara su derecho a adquirir cinco modii de grano y pudiera ir con ella a los silos estatales de los acantilados del Aventino para que se los entregaran. Había algunos ciudadanos acaudalados y famosos que aprovecharían el privilegio, la mitad de ellos por ser incurables avarientos y la otra mitad por principio. Pero, en términos generales, la mayoría de los que podían dar al mayordomo unas monedas para adquirir trigo en los graneros privados del Vicus Tuscus no eran partidarios de ir en persona con una esquela estatal para comprar grano a bajo precio. Comparado con el coste en Roma de otras cosas —como era el caso de los alquileres, siempre astronómicos—, la suma de cincuenta o cien sestercios mensuales por persona para la adquisición de trigo era una minucia. Por lo tanto, la gran mayoría de los que hacían cola para que les entregasen la cartilla eran ciudadanos necesitados de la quinta clase o menesterosos del censo por cabezas.

 

—Las tierras no llegarán para todos ellos, ni mucho menos —dijo Druso en el Senado—, pero no debemos olvidarlos ni darles motivo para pensar que se les vuelve a despreciar. El pesebre de Roma es lo bastante grande, padres conscriptos, para alimentar a todas las bocas romanas. Si no podemos dar tierras a los del censo por cabezas, tenemos que darles grano barato, al precio módico de cinco sestercios por modius constante durante años, independientemente de que haya escasez o abundancia. Con ello la carga dineraria será más llevadera para el Tesoro y cuando haya exceso de grano el Estado podrá adquirirlo a un precio entre dos y cuatro sestercios el modius, y vendiéndolo a cinco aún sacará un beneficio que ayude a los desembolsos durante los años de escasez. Por tal motivo, sugiero que el Tesoro lleve una cuenta aparte exclusivamente para la compra de trigo. No debemos cometer el error de recurrir a los ingresos generales para financiarlo.

 

—¿Y cómo os proponéis pagar semejante largueza, Marco Livio? — inquirió Lucio Marcio Filipo.

 

—Lo tengo todo calculado, Lucio Marcio —contestó Druso sonriente

 

—. En la ley existe una cláusula por la que se devalúan algunas de nuestras monedas.

La Cámara se llenó de murmullos: a nadie le gustaba oír la palabra devaluación, pues la mayoría de los senadores eran conservadores en lo que al fiscus atañía. No era política romana depreciar la moneda, pues se consideraba un truco propio de los griegos. Sólo durante la primera y segunda guerra púnica contra Cartago se había recurrido a ello, y fundamentalmente había sido con la intención de homologar el peso de la acuñación. Radical en otros aspectos, Cayo Graco había incrementado el valor de las monedas de plata.

 

Sin intimidarse, Druso prosiguió en sus explicaciones.

 

—Uno de cada ocho denarii se acuñará en bronce mezclado con plomo para que tenga el mismo peso que la moneda de plata, y se le añadirá baño de plata. Lo he calculado del modo más conservador posible; es decir, he supuesto que tendremos cinco años de escasez de trigo por cada dos de abundancia; como advertiréis, es un cálculo muy pesimista, ya que de hecho tenemos más años buenos que malos. No obstante, no se puede descartar otro período de hambruna como el que padecimos a causa de la guerra servil de Sicilia. Además, la acuñación con baño de plata lleva más trabajo que la de plata pura y, por consiguiente, calculé mi programa en base a uno de cada ocho denarios, aunque la cifra exacta se aproxima más a uno de cada diez. Como podéis ver, el Tesoro no pierde. Y tampoco será una medida agobiante para los que hacen negocios con papel. La principal carga la soportarán los que utilicen monedas estrictamente, y en mi opinión la principal ventaja es que evita la animadversión que suscitaría un impuesto directo.

 

—¿Y por qué tomarse el trabajo de platear una de cada ocho monedas en cada acuñación, cuando se podría hacer en una de cada diez? —inquirió el pretor Lucio Lucilio, que, como toda su familia, tenía una lengua hábil, pero era una nulidad en aritmética y en las cosas prácticas.

 

—Porque yo creo —respondió Druso— que es vital que la mayoría de los que utilizan monedas no puedan distinguir las auténticas de las

 

plateadas. Si hacemos toda una acuñación en bronce, nadie las utilizaría. Por milagroso que parezca, Druso logró la aprobación de su lex

 

frumentaria. Apoyado por el Tesoro (que hizo sus cuentas y llegó a la misma conclusión que Druso, percatándose del beneficio que obtendría con la devaluación), el Senado sancionó su promulgación en la Asamblea de la plebe. En aquel organismo, los caballeros más poderosos comprendieron en seguida lo poco que les afectaría en las transacciones que no se hicieran al contado. Sí, se daban cuenta de que la medida afectaba a todos, que la distinción entre monedas y papel era ilusoria, pero eran pragmáticos y sabían perfectamente que el auténtico valor de cualquier clase de dinero era el que le atribuía la gente que lo utilizaba.

 

A fines de junio la ley estaba inscrita en las tablillas. El trigo estatal en años venideros se vendería a cinco sestercios el modius y los cuestores del Tesoro se dispusieron a efectuar la primera acuñación de monedas depreciadas, igual que los viri monetales que dirigían la acuñación. Tardarían algo más, desde luego, pero los funcionarios encargados de ello calculaban que para septiembre uno de cada ocho denarios sería plateado. Hubo quejas y Cepio no dejó de refunfuñar; tampoco a los caballeros acabó de complacerles la maniobra de Druso y entre las clases bajas de Roma cundió la sospecha de que los gobernantes los engañaban de algún modo, pero Druso no era Saturnino y el Senado le quedó agradecido. Cuando celebraba un contio de la Asamblea de la plebe, se pronunciaba por el decoro y la legalidad, y si vislumbraba desórdenes, lo suspendía de inmediato. Tampoco manipuló descaradamente a los augures ni recurrió a tácticas violentas.

 

A fines de junio se produjo un parón obligado en el programa de Druso, al llegar el verano oficial. El Senado suspendió sus reuniones y lo mismo hicieron los Comitia. Druso agradeció el respiro, pues cada vez se encontraba más cansado, y se marchó de Roma. Envió a su madre y los seis niños que tenía encomendados a su villa a la orilla del mar, en Misenum, y él fue en primer lugar a ver a Silo y a Mutilo y viajó con ellos por toda Italia.

 

Le resultaba evidente que los pueblos itálicos del centro de la península estaban decididos a levantarse en pie de guerra. Mientras cabalgaba con Silo y Mutilo por polvorientos caminos vio legiones de tropas bien equipadas entrenándose, en maniobras, en lugares muy alejados de asentamientos romanos o latinos; pero no dijo ni preguntó nada, convencido de que aquella instrucción militar sería innecesaria. En un impulso legislativo sin precedentes, había logrado convencer al Senado y a la Asamblea plebeya de la necesidad de reformar los tribunales, el Senado, el ager publicus y el subsidio de grano. Nadie —ni Tiberio Graco, Cayo Graco, Cayo Mario o Saturnino— había conseguido lo que él, aprobando tantas leyes sin violencia, sin oposición senatorial o sin rechazo por parte de los caballeros. Le creían, le respetaban y confiaban en él. Ahora sabía que cuando hiciera pública su intención de la manumisión general de itálicos, le harían caso aunque no estuvieran muy de cuerdo. ¡Lo haría! Y, como consecuencia, él, Marco Livio Druso, tendría como clientela un cuarto de la población del mundo romano, gracias al juramento de lealtad que le prestasen en toda la península, incluidas Umbría y Etruria.

 

 

Unos ocho días antes de que el Senado volviera a reunirse, en las calendas de septiembre, Druso llegó a su villa de Misenum para descansar antes de reemprender sus tareas. Había descubierto que su madre era su alegría y su consuelo, pues era una mujer ingeniosa, cultivada, comprensiva y casi masculina en su apreciación de lo que, en definitiva, era un mundo de hombres. La mujer mostraba gran interés por la política y había seguido complacida el programa legislativo de su hijo. Sus antecedentes liberales cornelianos la predisponían a cierto radicalismo, pero su conservadurismo básico de igual raíz corneliana la impulsaba a aprobar la magistral apreciación filial de la realidad del Senado y el pueblo. Nada de violencia ni amenazas, nada de armas que no fuesen una voz de oro y una lengua de plata. ¡Así debían ser los buenos políticos! Y así era Marco Livio, y ella se congratulaba de que no hubiese heredado la tozudez, el engreimiento y la falta de comprensión de su padre. No, él había salido a ella.

 

—Bueno, te has desenvuelto magistralmente con la ley, las tierras y las clases bajas —dijo sin preámbulos—. ¿Te queda algo más que hacer?

 

Druso respiró hondo y la miró fijamente.

 

—Voy a legislar la plena ciudadanía romana para todos los habitantes de Italia.

 

—¡Oh, Marco Livio! —exclamó ella, más pálida que su vestido color de hueso—. Hasta ahora te han dejado hacer, pero eso no te lo consentirán.

 

—¿Por qué no? —replicó él, sorprendido. Se había acostumbrado a creer que era capaz de hacer lo que nadie haría.

 

—La conservación de la ciudadanía es una encomienda que han dado los dioses a Roma —contestó ella sin recobrar el color—. ¡No lo consentirían aunque se les apareciese el propio Quirino en medio del Foro ordenando concedérsela a todos! —añadió, agarrándole del brazo—. ¡Marco Livio, Marco Livio, renuncia! ¡No se te ocurra intentarlo! ¡Te suplico que no lo intentes! —concluyó, con un estremecimiento.

 

—¡Madre, he jurado hacerlo y lo haré!

 

Ella se quedó mirando por unos instantes aquellos ojos oscuros con expresión de temor. Luego lanzó un suspiro y se encogió de hombros.

 

—Bien, no volveré a decirte nada. Para algo eres descendiente de Escipión el Africano. ¡Ay, hijo, hijo, te matarán!

 

—¿Por qué, mamá? —replicó él, enarcando una ceja—. No soy Cayo Graco, ni Saturnino. Procedo totalmente dentro de la ley y no represento peligro para nadie ni para el mos maiorum.

 

—Ven a ver a los niños —añadió ella, poniéndose en pie, demasiado inquieta para proseguir aquella conversación—. Te han echado mucho de menos.

 

No era una exageración, porque Druso se había ganado las simpatías de los niños. Cuando llegaron al cuarto de juegos, resultaba evidente que había una pelea.

 

—¡Voy a matarte, pequeño Catón! —oyeron decir a Servilia al entrar. —¡Basta, Servilia! —dijo Druso tajante, al notar la seriedad con que lo

 

decía la niña—. Catón es tu hermanastro y no debes ponerle la mano encima.

 

—¡Dejará de serlo si me las veo con él a solas —replicó Servilia amenazadora.

 

—¡No vas a vértelas a solas con él nunca, nariguda! —terció el pequeño Cepio, poniéndose delante del pequeño para protegerle.

 

—¡No soy nariguda! —replicó Servilia, indignada.

 

—¡Ya lo creo que si! —añadió el pequeño Cepio—. ¡Tienes una nariz horrible que acaba en nudo!

 

—¡Callaos! —exclamó Druso—. ¿Es que no sabéis más que regañar? —¡Claro, estamos discutiendo! —chilló el pequeño Catón. —¡A ver si no, estando él! —terció Druso Nerón.

 

—¡Cállate, Nerón cara negra! —añadió el pequeño Cepio en defensa de Catón.

 

—¡No soy ningún cara negra!

 

—¡Silo eres, silo eres, silo eres! —gritó el pequeño Catón, apretando los puños.

 

—¡Tú no eres un Servilio Cepio! —dijo Servilia al pequeño Cepio—, sino descendiente de un esclavo galo pelirrojo a quien colocaron con nosotros los Servilios Cepionis!

 

—¡Nariguda, nariguda, nariguda!

 

—Tace! —vociferó Druso.

 

—¡Hijo de esclavo! —espetó Servilia.

 

—¡Hija de zoquete! —gritó Porcia.

 

—¡Pecosa cara de cerdo! —añadió Lilla.

 

—Siéntate, hijo —dijo Cornelia Escipionis sin alterarse por la rencilla infantil—. Ya nos harán caso cuando terminen.

 

—¿Siempre sacan a relucir ese tema de la paternidad? —inquirió Druso por encima de la algarabia.

 

—Estando Servilia, desde luego.

 

Servilia, niña de trece años, dotada de un rostro agradable y misterioso, habría debido ser apartada de los otros niños más pequeños, pero seguía con ellos en virtud del castigo impuesto por su tío, el cual, al oír el tema de fondo de la rencilla, se preguntó si no habría sido un error mantenerla allí.

 

Servilia-Lilla acababa de cumplir doce años y maduraba a ojos vistas. Más bonita que Servilia, aunque no tan atractiva, denotaba claramente con su rostro moreno y picaresco la clase de persona que era. El tercer miembro de los niños mayores, muy alineado con ellos en contra de los pequeños, era el hijo adoptivo de Druso, Marco Livio Druso Nerón Claudiano, de nueve años, guapo al estilo de los Claudios, de tez morena y porte serio, no era un chico inteligente, aunque sí agradable y dócil.

 

Luego estaba Catón, a quien Druso no podía considerar hijo de Cepio por mucho que Livia Drusa se lo hubiese asegurado; era como Catón Saloniano, con la misma contextura flaca y musculosa, indicio de que iba a ser alto, la misma forma de la cabeza y las orejas, el largo cuello, los miembros largos y el cabello rojo. Aunque sus ojos eran de color marrón claro, no eran los ojos de Cepio, pues los tenía muy separados, abiertos y hundidos. De los seis niños, el pequeño Cepio era el preferido de Druso; tenía un aire de fortaleza y una inclinación a la responsabilidad que le complacían. Tenía casi seis años y conversaba con su tío como un hombrecito; tenía la voz profunda y una mirada siempre seria y reflexiva, y sonreía poco, con excepción de cuando su hermanito Catón hacía algo que le divertía o le emocionaba. Su afecto por el pequeño era tan fuerte que parecía paternalismo, y no consentía separarse de él.

 

Porcia, llamada Porcella, estaba a punto de cumplir cuatro años; era una niña sencilla que comenzaba a llenarse de pecas, unas pecas marrones grandotas que la hacían objeto de burla por parte de los niños mayores, que la detestaban y siempre estaban agobiándola con pellizcos, patadas, mordiscos, arañazos y bofetadas. Era el auténtico prototipo de la nariz aguileña catoniana, pero tenía unos preciosos ojos gris oscuro y era buena por naturaleza.

 

El pequeño Catón tenía casi tres años y era un auténtico monstruo de aspecto y naturaleza. La nariz le crecía más de prisa que el resto del cuerpo, aquilina, terminada en una protuberancia romana más que el gancho semita, y desentonaba con el resto del rostro, que era de gran hermosura, con una boca deliciosa, ojos grises, grandes y luminosos, pómulos salientes y barbilla bien formada. Aunque sus anchos hombros eran indicio de que

 

adquiriría un buen cuerpo, estaba lastimosamente delgado porque comía muy poco. Era por naturaleza un desagradable entrometido, el prototipo de la mentalidad que más detestaba Druso; una respuesta lúcida y lógica a una de sus más descaradas preguntas sólo servía para motivar más preguntas, signo de que el pequeño o era muy lerdo o demasiado terco para entender otro punto de vista. Su característica más simpática —¡y falta le hacía!— era su profunda devoción por el pequeño Cepio de quien no se apartaba noche y dia, a tal extremo que cuando se ponía insoportable bastaba con la amenaza de separarle de su hermano para que inmediatamente cediera.

 

Silo había hecho su última visita a Druso poco después del segundo cumpleaños del pequeño Catón. Ahora Druso era tribuno de la plebe y a Silo no le parecía prudente mostrar ante los romanos que su amistad seguía siendo muy estrecha. A Silo, que también tenía hijos, le gustaba ver a los niños cuando iba a casa de Druso, y se había interesado por la pequeña delatora, halagándola, aunque no acababa de hacer caso omiso del desprecio que ella le mostraba por ser itálico. Los cuatro niños de edades intermedias le gustaban y jugaba con ellos, pero detestaba al pequeño Catón, aunque dificilmente podía dar una razón a Druso de su repulsa por un ser de dos años.

 

—Ante él me siento como un animal estúpido —dijo Silo a Druso—.

 

Mis sentidos y mi instinto me dicen que es un enemigo.

 

Era la espartana resistencia del niño lo que más le impresionaba, aunque fuese un admirable rasgo de carácter. Cuando veía a aquel pequeñajo sin derramar una sola lágrima y con la cabeza muy alta después de hacerse alguna herida, Silo se encolerizaba y se ponía de mal humor. ¿Por qué?, se preguntaba, sin llegar a ninguna conclusión satisfactoria. Quizá fuese porque el pequeño Catón no ocultaba su desprecio por los itálicos. La maligna influencia de Servilia. Pero cuando ella le daba el mismo trato, el pequeño llegaba a desairarla. Nadie sería capaz de humillar a aquel pequeño, concluyó Silo.

 

Un día, sacado de quicio por las preguntas tan crueles e impertinentes con que el pequeño acosaba a Druso —aparte de su desconsideración por la

 

paciencia y amabilidad del tío—, Silo cogió al niño y lo asomó por una ventana sobre un jardín lleno de agudas rocas.

 

—¡Si no eres bueno, pequeño Catón, te tiro! —le dijo.

 

El pequeño permaneció en el aire callado y desafiante sin inmutarse y sin que los zarandeos y amenazas de soltarle o de otra clase lograsen arrancarle una palabra de sometimiento. Al final, Silo, vencido, le dejó en el suelo y movió la cabeza mirando a Druso.

 

—Menos mal que sólo es un niño —dijo—, porque si fuese un hombre, Italia nunca convencería a los romanos.

 

En otra ocasión Silo preguntó al pequeño a quién quería.

 

—A mi hermano.

 

—¿Y después?

 

—A mi hermano.

 

—Pero ¿a quién más después de tu hermano?

 

—A mi hermano.

 

—¿Es que no quiere a nadie más? —inquirió Silo volviéndose hacia Druso—. ¿A ti o a su aya?

 

—Por lo visto, Quinto Popedio, no quiere más que a su hermano — contestó Druso encogiéndose de hombros.

 

La reacción de Silo frente al pequeño Catón era la de cualquier otra persona, porque el pequeño no se hacía querer.

 

Los niños se habían polarizado desde siempre en dos grupos, y como los mayores se aliaban contra el retoño de Catón Saloniano, en el cuarto de juegos siempre se oían gritos y chillidos de pelea. Se habría podido pensar, con toda lógica, que los Servilios Livianos se impondrían en todos los aspectos a los Catones, mucho más pequeños, pero desde el momento en que el pequeño Catón cumplió dos años y pudo incorporar su minúsculo cuerpo a la pugna, los que comenzaron a imponerse fueron los Catones. Nadie podía con el pequeño Catón que era irreductible. Puede que las cosas las comprendiera con dificultad, pero era el prototipo del eterno adversario, infatigable, terco, murmurador, vocinglero, despiadado y monstruoso.

 

—Madre —dijo Druso, resumiendo aquel pandemónium infantil—, nos

 

hemos juntado con lo peorcito de Roma.

 

 

 

Había otros, aparte de Druso y los dirigentes itálicos, que trabajaban aquel verano. Cepio no había dejado de presionar a los caballeros, y con Vario había logrado aglutinar una resistencia de la asamblea contra Druso; mientras que Filipo, que por sus gustos siempre andaba falto de dinero, se dejó sobornar por un grupo de caballeros y senadores cuyos latifundia representaban la mayor parte de su fortuna.

 

Naturalmente nadie se imaginaba lo que preparaba, pero la Cámara sabía que Druso había presentado la solicitud para hablar durante la reunión de las calendas de septiembre, y estaba en ascuas. Muchos senadores, arrastrados a principio de año por la oratoria de Druso, esperaban que en esta ocasión no estuviera tan brillante, y el movimiento inicial de apoyo había desaparecido; por eso los reunidos en la Curia Hostilia el primer día de septiembre se encontraban dispuestos a hacer oídos sordos a la elocuencia de Druso.

 

Sexto Julio César tenía la presidencia, ya que al ser septiembre uno de los meses en que le correspondían los fasces, los ritos preliminares se observaban escrupulosamente. La Cámara aguardó sentada e inquieta mientras se consultaban los presagios, se efectuaban las plegarias y se limpiaba la suciedad del sacrificio. Cuando por fin se inició la sesión, todo lo que precedía al discurso del tribuno de la plebe se despachó en un santiamén.

 

Había llegado el momento. Druso se levantó del banco tribunicio, debajo del estrado en que estaban sentados los cónsules, los pretores y los ediles curules, y se dirigió a su puesto habitual junto a las puertas de bronce, que, como en anteriores ocasiones, había ordenado cerrar.

 

—Venerables padres de la patria, miembros del Senado de Roma — comenzó diciendo con voz pausada—, hace varios meses hablé en esta Cámara de un gran mal que existía entre nosotros… el mal del ager publicus. Hoy quiero hablar de otro mal mucho peor que el ager publicus. Un mal que si no lo erradicamos acabará con nosotros y será el fin de

 

Roma. Me refiero, naturalmente, a las gentes con las que convivimos en la península. Me refiero a las gentes que llamamos itálicos.

 

Un murmullo recorrió las filas de ambos lados de la Cámara, más parecido a un viento entre los árboles que a voces humanas, o como el zumbido de un enjambre lejano. Druso lo oyó, advirtió su significado, pero continuó impasible.

 

—A esos miles y miles de personas los tratamos como ciudadanos de tercera clase. ¡Tal como digo! Los ciudadanos de primera clase son romanos, la segunda clase la constituyen los que tienen derechos latinos y la tercera clase de ciudadano es el itálico. Aquel al que no se considera con ningún derecho a participar en nuestras asambleas romanas. Aquel a quien se grava con impuestos, se le flagela, se le multa, se le extorsiona, se le saquea, se le explota. Aquel cuyos hijos no están a seguro de nosotros, cuyas mujeres no están a seguro de nosotros, cuyas propiedades no están a seguro de nosotros. Aquel a quien recurrimos para luchar en nuestras guerras y financiar las tropas que nos entrega, aunque se le obligue a consentir que seamos nosotros quienes tengamos el mando. Aquel que, si hubiésemos cumplido nuestras promesas, no habría tenido que soportar las colonias romanas y latinas en medio de sus tierras, pues prometimos plena autonomía a los pueblos itálicos a cambio de tropas e impuestos, pero al que burlamos sembrando sus fronteras de colonias, apropiándonos de lo mejor de su mundo y negándole la entrada en el nuestro.

 

Los murmullos crecían, aunque sin ahogar las palabras de Druso, pero se veía venir la tormenta. Druso se notaba la boca seca y tuvo que hacer una pausa para humedecerse los labios y tragar saliva del modo más natural posible. No debía dar muestras de nerviosismo.

 

—En Roma no tenemos rey —prosiguió—. Sin embargo, en Italia, hasta el último de nosotros actúa como un rey. Porque nos gusta esa sensación, nos complace ver a nuestros inferiores arrastrándose ante nuestras regias narices. ¡Nos gusta jugar a ser reyes! Si los pueblos de Italia fuesen realmente inferiores, habría excusa para ello. Pero lo cierto es que los itálicos no son inferiores por naturaleza. Son sangre de nuestra sangre. Si no lo fuesen, ¿cómo podría nadie de esta Cámara difamar a otro miembro de

 

ella por tener «sangre itálica»? Yo he oído llamar itálico al gran y glorioso Mario. ¡Al vencedor de los germanos! He oído llamar ínsubro al noble Lucio Calpurnio Pisón, cuyo padre murió valientemente en Burdigala. ¡He oído censurar a Marco Antonio Orator porque tomó por segunda esposa a la hija de un itálico, pese a que derrotó a los piratas y fue censor!

 

—¡Sí, fue censor —terció Filipo—, y mientras fue censor permitió que miles y miles de itálicos se inscribiesen como ciudadanos romanos!

 

—¿Insinúas, Lucio Marcio, que yo estaba en connivencia? —inquirió Antonio Orator con voz amenazadora.

 

—¡Indudablemente, Marco Antonio!

 

—¡Filipo, sal de la grada, y repítelo! —exclamó Antonio Orator, poniéndose en pie como una torre.

 

—¡Orden! ¡Marco Livio tiene la palabra! —vociferó Sexto César, comenzando a notársele la respiración sibilante—. ¡Lucio Marcio y Marco Antonio, estáis faltando al orden! ¡Sentaos y guardad silencio!

 

—Repito —continuó Druso—. Los itálicos son sangre de nuestra sangre. Han sido parte nada desdeñable de nuestros triunfos, en Italia y en el extranjero. No son malos soldados. No son malos agricultores. No son malos comerciantes. Tienen riquezas. Tienen una nobleza tan antigua como la nuestra, dirigentes tan cultivados como los nuestros, mujeres tan cultas y refinadas como las nuestras. Viven en el mismo tipo de casas que nosotros. Comen los mismos alimentos que nosotros. Tienen tantos entendidos en vinos como nosotros. Se parecen a nosotros.

 

—¡Tonterías! —gritó Catulo César con desprecio, señalando a Cneo Pompeyo Estrabón de Picenum—. ¡Ahí tenéis! ¡Chato y con el pelo color de arena! ¡Los romanos tienen pelo rojo, amarillo o blanco, pero no color arena! ¡Es galo, no romano! Y, si por mí fuera, él y todas las setas no romanas que crecen en la oscuridad de nuestra querida Curia Hostilia serían arrojadas a la calle! ¡Cayo Mario, Lucio Calpurnio Pisón, Quinto Vario, Marco Antonio por rebajarse con esa boda, todos los Pompeyos que llegaron de Picenum con el pelo de la dehesa, todos los Didios de Campania, los Pedios de Campania, los Saufeios, Labienos y Apuleyos… afuera con ellos!

 

La Cámara era un clamor. Nombrándolos o insinuándolo, Catulo César había insultado a casi un tercio de los senadores, pero sus afirmaciones las compartían totalmente los otros dos tercios, aunque sólo fuese porque les había recordado su superioridad. Sólo Cepio no acababa de sonreír tan a sus anchas como se proponía, pues Catulo César había mencionado a Quinto Vario.

 

—¡Me oiréis! —tronó Druso—. ¡Aunque tengamos que estar aquí hasta el anochecer, me oiréis!

 

—¡No, yo no! —gritó Filipo.

 

—¡Ni yo! —chilló Cepio.

 

—¡Marco Livio tiene la palabra! ¡Se expulsará a los que no le dejen hablar! —bramó Sexto César—. ¡Funcionario, sal y trae mis lictores!

 

El funcionario jefe se apresuró a ir a por los doce lictores de Sexto César, que hicieron acto de presencia con sus blancas togas y los fasces sobre el hombro.

 

—Situaos detrás del estrado curul —dijo Sexto César con voz fuerte—. Tenemos una sesión tumultuosa y puede que os pida que expulséis a algunos. Continúa —dijo a Druso, con una inclinación de cabeza.

 

—¡Tengo intención de presentar un decreto ante el concilium plebis para conceder la ciudadanía romana a todas las gentes desde el Arnus al Rhegium, desde el Rubico a Vereium, desde el mar Toscano al Adriático! — dijo Druso a voces para hacerse oír—. ¡Ya es hora de que erradiquemos ese terrible mal por el que en Italia se considera a un hombre superior a otro y de que los romanos seamos una clase exclusiva! ¡Padres conscriptos, Roma es Italia e Italia es Roma! ¡Admitamos sin más demora ese hecho y demos la misma consideración igualitaria a todos los que viven en Italia!

 

Aquello era un pandemónium. Algunos no cesaban de gritar: «¡No, no, no!», pateando; se oían rugidos de indignación, abucheos y silbidos, en torno a Druso llovían sillas y desde todas las gradas de ambos lados se esgrimían puños contra él.

 

Pero Druso permanecía impertérrito sin amilanarse.

 

—¡Lo haré! —gritó—. ¡Lo haré!

 

—¡Por encima de mi cadáver! —aulló Cepio desde el estrado.

 

—¡Si es necesario —replicó Druso caminando hacia él— se hará por encima de tu cadáver, cretino de remate! ¿Cuándo has hablado o tratado con itálicos para saber la clase de gente que son? —tronó Druso temblando de indignación.

 

—¡En tu casa, Druso, en tu casa! ¡Hablando de insurrección! ¡Una buena camada de sucios itálicos! ¡Silo y Mutilo, Egnatio y Vidacilio, Lamponio y Duronio!

 

—¡En mi casa jamás, y menos hablando de insurrección! Cepio se había puesto en pie con el rostro congestionado.

 

—¡Eres un traidor, Druso! ¡Un baldón en tu familia, una úlcera en el rostro de Roma! ¡Te llevaré ante los tribunales por esto!

 

—¡No, costra repugnante, seré yo quien te lleve! ¿Qué fue de todo el oro de Tolosa, Cepio? ¡Díselo a la Cámara! ¡Cuenta a la Cámara lo prósperas que son tus innumerables empresas, tan incompatibles para un senador! —gritó Druso.

 

—¿Vais a consentir que siga hablando? —bramó Cepio, volviéndose a mirar a ambos lados de la Cámara, implorante con los brazos abiertos—. ¡Es un traidor! ¡Una víbora!

 

Durante todo este diálogo, Sexto César y Escauro, príncipe del Senado, no habían cesado de llamar al orden; Sexto César se dio por vencido e hizo un gesto a los lictores, se arregló la toga y abandonó la sesión detrás de su escolta, sin mirar a derecha ni izquierda. Algunos pretores le siguieron, pero Quinto Pompeyo Rufo saltó del estrado en dirección a Catulo César, en el mismo instante en que Cneo Pompeyo Estrabón también se dirigía hasta él desde el otro extremo de la Cámara. Los dos le miraban con ojos asesinos y los puños cerrados. Pero antes de que ninguno de ellos se acercase al desdeñoso y altivo Catulo César, Cayo Mario se interpuso, meneando con fiereza su vieja cabezota y agarrando a Pompeyo Estrabón de las muñecas para hacerle bajar los brazos, al tiempo que Craso Orator contenía al enfurecido Pompeyo Rufo. Los dos Pompeyos fueron sacados sin contemplaciones de la Cámara con el concurso de Druso y Antonio Orator, mientras Catulo César permanecía de pie junto a su silla, sonriendo.

 

—No les ha sentado muy bien —dijo Druso, recobrando aliento.

 

El grupo se había retirado al recinto de los Comitia, buscando un retiro para sobreponerse, pero al instante se vieron rodeados por una serie de partidarios indignados.

 

—¿Cómo se ha atrevido Catulo César a decir eso de los Pompeyos? — gritó Pompeyo Estrabón, escudándose en su primo lejano Pompeyo Rufo—. ¡Si su pelo es del color de la arena…!

 

—¡Quin taces, todos vosotros! —terció Mario, buscando en vano a Sila con la mirada; hasta aquel día Sila había sido uno de los partidarios más entusiastas de Druso y no se había perdido uno solo de sus discursos. ¿Dónde estaría? ¿Se habría vuelto atrás a la vista de lo sucedido? ¿Estaría rindiendo pleitesía a Catulo César? El sentido común le impedía pensarlo, pero ni siquiera él había esperado tal alboroto en la Cámara. ¿Y Escauro, príncipe del Senado?

 

—¿Cómo ha osado ese licencioso e ingrato Filipo insinuar que yo manipulé el censo? —exclamó Antonio Orator, con el rubicundo rostro aún más colorado—. ¡Será gusano… Mira cómo se calló en cuanto le dije que me lo dijera afuera!

 

—¡Marco Antonio, al acusarte a ti me acusaba a mi! —terció Lucio Valerio Flaco, que había salido de su habitual sopor—. ¡Juro que ésta me la paga!

 

—No les ha sentado muy bien —dijo Druso, incapaz de desviarse del tema.

 

—Evidentemente; ¿no esperarías lo contrario, Marco Livio? —dijo la voz de Escauro, a espaldas del grupo.

 

—¿Estás aún de mi parte, príncipe del Senado? —inquirió Druso después que Escauro se abriera paso al centro del grupo.

 

—¡Sí, si! —exclamó Escauro con un revoloteo de manos—. Estoy de acuerdo en que ya es hora de que hagamos algo tan lógico, aunque sólo sea por evitar una guerra. Lamentablemente, la mayoría de la gente se obstina en no creer que los itálicos vayan a ir a la guerra contra Roma.

 

—Pues ya se enterarán de lo equivocados que están —añadió Druso.

 

—Ellos lo quieren —dijo Mario, mirando de nuevo en derredor—.

 

¿Dónde está Lucio Cornelio Sila? —inquirió.

 

—Se ha ido solo —contestó Escauro. —¿No se ha ido con nadie de la oposición?

 

—No, fue solo —dijo Escauro con un suspiro—. Me da la impresión de que ha perdido bastantes ánimos desde la muerte de su pobre hijo.

 

—Es cierto —añadió Mario, algo más tranquilo—. De todos modos, creo que el alboroto no le ha estimulado.

 

—Eso sólo puede hacerlo el tiempo —dijo Escauro, que había perdido un hijo en circunstancias mucho más dolorosas que Sila.

 

—¿Adónde vas ahora, Marco Livio? —inquirió Mario.

 

—A la Asamblea plebeya —contestó Druso—. Voy a convocar un contio para dentro de tres días.

 

—Encontrarás aún mayor oposición —dijo Craso Orator.

 

—Me da igual —replicó Druso porfiado—. ¡He jurado que haré que se apruebe esta ley, y no pienso renunciar!

 

—Entretanto, Marco Livio —dijo Escauro en tono conciliador—, nosotros seguiremos con la sesión del Senado.

 

—Al menos tú podrás influir mejor en esos a quienes Catulo César ha insultado —dijo Druso con sonrisa desmayada.

 

—Desgraciadamente, muchos de ellos se opondrán totalmente a la concesión de la ciudadanía —dijo Pompeyo Rufo, sonriendo—. Tendrán que volver a hablar con sus tías y primos itálicos, después de fingir que no tenían ninguno.

 

—¡Pareces recuperado del insulto! —espetó Pompeyo Estrabón, que seguía indignado.

 

—No, no me he recuperado —contestó Pompeyo Rufo sin dejar de sonreír—. Lo he disimulado ante los que lo provocaron, pero no hay necesidad de enfadarse con los demás.

 

 

Druso celebró su contio el cuarto día de septiembre. La Asamblea de la plebe se congregó en seguida, esperando una reunión emocionante, aunque sin temor a violencia alguna al estar presidida por Druso. No obstante, apenas Druso había iniciado las primeras frases de apertura de la sesión,

 

cuando apareció Lucio Marcio Filipo, escoltado por sus lictores y seguido de un numeroso grupo de caballeros jóvenes e hijos de senadores.

 

—¡Esta asamblea es ilegal y os insto a que la suspendáis! —gritó Filipo abriéndose paso entre la multitud, detrás de los lictores—. ¡Vamos, dispersaos, os ordeno que os disperséis!

 

—No tienes autoridad en una Asamblea de la plebe legalmente convocada —replicó Druso tranquilo y sin alterarse—. Ocúpate de tus asuntos, segundo cónsul.

 

—Soy plebeyo y tengo derecho a estar aquí —alegó Filipo.

 

—En ese caso, Lucio Marcio —replicó Druso, sonriendo amable—, te ruego que te comportes como un plebeyo, no como un cónsul. Quédate y escucha como el resto de los plebeyos.

 

—¡La reunión es ilegal! —repitió Filipo.

 

—Los presagios han sido propicios y me he ceñido perfectamente a la ley para convocarla; nos haces perder el tiempo miserablemente —dijo Druso, secundado con fuertes vítores de los presentes, que tal vez habían acudido dispuestos a oponerse a la propuesta de Druso, pero que no toleraban la intromisión de Filipo.

 

Ésa fue la señal para que los jóvenes que rodeaban a Filipo comenzasen a empujar al público, ordenándole marcharse a casa, al tiempo que sacaban porras de debajo de las togas.

 

Al ver las porras, Druso reaccionó.

 

—¡Se suspende el contio! —gritó desde los rostra—. ¡No consentiré que nadie siembre el caos en lo que debe ser una asamblea ordenada!

 

Pero aquello no complació al resto de la audiencia y unos cuantos comenzaron a repeler los empujones y atropellos; una porra lanzada al aire alcanzó al propio Druso, que en aquel instante saltaba de la tribuna para impedir que se esgrimiesen las porras y todos se fueran pacíficamente a casa.

 

En aquel momento, un cliente de Cayo Mario, amargamente decepcionado, perdió los estribos y antes de que nadie se lo impidiera — incluidos los lictores del segundo cónsul— se acercó a Filipo, le largó un

 

puñetazo en la nariz y desapareció sin que pudieran detenerle, dejando al pobre Filipo sangrando con la inmaculada toga hecha una pena.

 

—Te lo tienes bien merecido —dijo Druso, sonriente otra vez, mientras se alejaba.

 

—Bien hecho, Marco Livio —dijo Escauro, príncipe del Senado, que lo había contemplado todo desde la escalinata de la Cámara—. ¿Y ahora qué?

 

—Volveré al Senado.

 

 

 

Para su sorpresa, cuando Druso volvió al Senado, el séptimo día de septiembre, fue mejor recibido. Se notaba la influencia que habían ejercido sus aliados consulares.

 

—Lo que el Senado y el pueblo de Roma deben comprender —dijo Druso con voz fuerte, segura e impresionante— es que si continuamos negando la ciudadanía a las gentes de Italia, habrá guerra. ¡Y no lo digo a la ligera! Y antes de que alguno de vosotros comience a ridiculizar a los pueblos de Italia como si fuese un enemigo baladí, os recordaré que hace cuatrocientos años que participan con nosotros en guerras, y que en ciertos casos la han hecho contra nosotros. Saben cómo combatimos y ellos combaten igual. En el pasado, Roma ha tenido que hacer ingentes esfuerzos para vencer a uno o dos pueblos itálicos. ¿Alguno de vosotros ha olvidado Cannae, una derrota que nos infligió el pueblo samnio? Hasta Arausio, Cannae fue la peor derrota sufrida por Roma. Así pues, si ahora los diversos pueblos de Italia deciden coligarse contra Roma, yo os planteo el siguiente interrogante: ¿Puede Roma vencerlos?

 

Una ola de intranquilidad recorrió las filas blancas de ambos lados de la Cámara, como un viento que azotase un bosque de árboles de plumas.

 

—Ya sé que la mayoría de los que estáis sentados aquí creéis que la guerra es de todo punto imposible. Por dos motivos. Primero, porque no creéis que los aliados itálicos encuentren jamás razones para coligarse contra un solo enemigo. Segundo, porque pensáis que ningún pueblo de Italia salvo Roma esté preparado para la guerra. Incluso entre los que me apoyan sinceramente hay quienes son incapaces de creer que los aliados

 

itálicos estén preparados para la guerra; hasta el punto que no resulta una exageración decir que ninguno de los que me apoyan lo cree. ¿Dónde están las armas y las corazas?, se dicen. ¿Dónde los pertrechos y las tropas? ¡Pues yo os digo que están ahí! Listos y a la espera. Italia está preparada. Si no les concedemos la ciudadanía, los itálicos nos arruinarán con la guerra.

 

Hizo una pausa y alzó los brazos.

 

—No me cabe duda, padres conscriptos del Senado, de que os percatáis de que una guerra entre Italia y Roma sería una guerra civil. Un conflicto entre hermanos. Un conflicto en la tierra que llamamos nuestra y que ellos llaman suya. ¿Cómo podremos justificar ante nuestros nietos semejante ruina de lo que habrían de heredar recurriendo a argumentos tan endebles como los que oigo cada vez que se reúne esta Cámara? En la guerra civil no hay vencedores. Ni botín. Ni esclavos que vender. ¡Pensad en lo que os pido que hagáis con mayor detenimiento y objetividad que nunca! No es un asunto emocional, ni un asunto de prejuicio. Ni para tomárselo a la ligera. Lo que realmente trato de hacer es ahorrarle a mi querida Roma los horrores de la guerra civil.

 

Esta vez la Cámara escuchaba atenta y Druso comenzó a alimentar esperanzas. Ni siquiera Filipo, que estaba sentado, indignado y balbucía algo de vez en cuando, osó interrumpir. Tampoco lo hizo —y quizá fuese más significativo— el vociferante y perverso Cepio. A menos que se tratase de una nueva estrategia acordada en días anteriores. Incluso podía ser que Cepio no deseara verse con una nariz hinchada como Filipo.

 

Cuando Druso hubo concluido, tomaron la palabra para apoyarle Escauro, príncipe del Senado, Craso Orator, Antonio Orator y Escévola. Y la Cámara escuchó.

 

Pero cuando Cayo Mario se puso en pie para tomar la palabra, la paz se quebró: precisamente en el momento en que Druso se había convencido de haber ganado. Luego se vio obligado a colegir que Filipo y Cepio lo tenían planeado así.

 

—¡Basta! —clamó Filipo, poniéndose en pie de un salto en el estrado curul—. ¡Os digo que basta! ¿Quién eres tú, Marco Livio Druso, para corromper las mentes y los principios de hombres tan grandes como nuestro

 

príncipe del Senado? Que el itálico Mario esté de tu parte es comprensible, pero ¿el portavoz de la Cámara? ¡Pobres de mis oídos que han tenido que escuchar lo que han dicho algunos de nuestros más honorables consulares!

 

—¡Pobre de tu nariz, Filipo! —exclamó burlón Antonio Orator—. ¿Huele realmente el olor que tú despides?

 

—¡Tace, italófilo! —gritó Filipo—. ¡Cierra tu vil boca y tápate esa cara de italófilo!

 

Como esta última referencia a una parte de la anatomía no salía a relucir en la Cámara, Antonio Orator se puso en pie de un salto al oir el insulto, pero Mario y Craso Orator, que le flanqueaban, le sujetaron para que no se lanzara contra Filipo.

 

—¡Me oiréis! —gritó Filipo—. ¡Daos cuenta de lo que os han metido en la mollera, borregos consulares! ¿Guerra? ¿Cómo va a haber una guerra? ¡Los itálicos no tienen armas ni hombres! ¡Dificilmente podrían ir a la guerra con un rebaño de borregos… aunque fuesen borregos como vosotros!

 

Sexto César y Escauro, príncipe del Senado, habían estado llamando al orden desde la primera interrupción de Filipo, y ahora Sexto César hacía señas a sus lictores, que, por precaución, había dejado dentro. Pero antes de que pudiesen avanzar hasta él, que se hallaba en el centro de la Cámara, ya se había arrancado la toga púrpura y se la había arrojado a Escauro.

 

—¡Quédatela, Escauro, traidor! ¡Quédatela! ¡Yo voy a Roma a buscar otro gobierno!

 

—¡Y yo voy a los Comitia a reunir al pueblo patricio y plebeyo! —gritó Cepio, bajando del estrado.

 

La sesión degeneró en el caos; los senadores sin derecho a la palabra iban de un lado a otro, Escauro y Sexto César no cesaban de llamar al orden, y la mayoría de los de la primera y segunda grada se dirigían en tropel hacia las puertas tras Filipo y Cepio.

 

El extremo inferior del Foro lo llenaba una multitud que aguardaba el final de la sesión del Senado. Cepio se dirigió directamente a los rostra, dando gritos para que todo el pueblo se congregase por tribus. Sin preocuparse por formalismos —ni por el hecho de que el Senado no había

 

cerrado oficialmente el debate, lo cual significaba que no podía convocarse la asamblea— se lanzó a una diatriba contra Druso, que ya se había situado junto a él en la tribuna.

 

—¡Miradle, el traidor! —aullaba Cepio—. ¡Se dedica a dar la ciudadanía a los sucios itálicos de esta península, a los piojosos pastores samnitas, a los patanes y lerdos picentinos, a los brigantes malolientes de Lucania y Bruttium! ¡Y nuestro Senado idiota es de tal incompetencia que está a punto de consentírselo! ¡Pero yo no lo consentiré!

 

Druso se volvió hacia sus nueve colegas tribunos de la plebe, que le habían seguido hasta la tribuna de los rostra y que miraban con cara de pocos amigos al patricio Cepio, independientemente de lo que opinaran de la propuesta de Druso. Cepio había hecho una llamada a todo el pueblo, cierto, pero antes de que el Senado hubiese dado término a la sesión, y había usurpado el terreno de los tribunos de la plebe del modo más arrogante. Incluso a Minucio se le veía molesto.

 

—Voy a acabar con esta farsa —dijo Druso, con los labios muy prietos

 

—. ¿Estáis todos conmigo?

 

—Lo estamos —contestó Saufeio, que era el factótum de Druso. —¡Esto es una reunión convocada ilegalmente y opongo mi veto a que

 

prosiga! —dijo Druso dando un paso al frente.

 

—¡Fuera de mi asamblea, traidor! —gritó Cepio.

 

—¡Marchaos a casa, gente de esta ciudad! —clamó Druso sin hacerle caso—. ¡He interpuesto mi veto a la asamblea porque no es legal! ¡El Senado sigue reunido en sesión oficial!

 

—¡Traidor! ¡Pueblo de Roma!, ¿vais a cumplir órdenes de un hombre que quiere despojaros de vuestra más valiosa pertenencia? —chilló Cepio.

 

—¡Detened a este gamberro, colegas tribunos! —gritó Druso sin poder aguantar más y haciendo un gesto a Saufeio.

 

Nueve hombres rodearon a Cepio y le apresaron, sometiéndole sin dificultad; Filipo, que estaba abajo, de pronto pensó en algo urgente y desapareció.

 

—¡Ya está bien, Quinto Servilio Cepio! —añadió Druso con una voz estentórea que se hizo oír hasta en el bajo Foro—. ¡Soy un tribuno de la

 

plebe en el desempeño de mis obligaciones! Y presta atención porque es mi único aviso. ¡Cesa y desiste inmediatamente en tu actitud o haré que te arrojen de la roca Tarpeya!

 

La Asamblea plebeya era el feudo de Druso, y Cepio, al ver cómo le miraba enfurecido, comprendió. Acababa de invocar el antiguo rencor entre patricios y plebeyos, y si Druso ordenaba a los miembros de su colegio que le arrojasen desde la roca Tarpeya, le obedecerían.

 

—¡Aún no has ganado! —vociferó mientras se zafaba y desaparecía a toda prisa a la zaga de Filipo.

 

—No sé si Filipo no estará harto de su huésped —comentó Druso a Saufeio al ver la humillante salida de Cepio.

 

—Yo estoy harto de los dos —dijo Saufeio con un profundo suspiro—. Supongo que te habrás dado cuenta, Marco Livio, que de haber proseguido la sesión el Senado habría avalado tu propuesta.

 

—Claro que me he dado cuenta. ¿Por qué crees que Filipo organizó de pronto semejante pataleta? ¡Qué mal actor es! —dijo Druso riendo—. ¡Mira que tirar la toga…! ¿Qué no será capaz de hacer?

 

—¿No estás desilusionado?

 

—Poco me falta, pero no pienso parar hasta que no pueda más.

 

 

 

El Senado reanudó las deliberaciones en los idus, día de descanso oficial, y por consiguiente un día en que no podía reunirse la Asamblea de la plebe y Cepio no podría abandonar la Cámara.

 

Sexto César tenía aspecto de agotado y en toda la Cámara resonaban sus sibilancias, pero aguantó hasta el final de las ceremonias iniciales para ponerse en pie y hablar.

 

—No pienso tolerar ni uno más de estos lamentables altercados —dijo con voz clara y potente—. En cuanto al hecho de que la principal corriente de interrupciones proceda del podio curul, lo considero aún mayor humillación. ¡Lucio Marcio y Quinto Servilio Cepio, conducíos como corresponde a vuestro cargo, al cual, me permito señalaros, no hacéis gran honor, sino al contrario, lo deshonráis! Si vuestro ilegal e irrespetuoso

 

comportamiento continúa, enviaré los fasces al templo de Venus Libitina y expondré los hechos a los electores congregados en centurias. Tienes la palabra, Lucio Marcio —añadió con una inclinación de cabeza a Filipo—. ¡Pero no olvides que estoy harto! Igual que el portavoz de la Cámara.

 

—No te doy las gracias, Sexto Julio, del mismo modo que no se las doy al portavoz de la Cámara ni a los otros miembros disfrazados de patriotas —dijo Filipo con toda desvergüenza—. ¿Cómo puede un hombre llamarse buen patriota y hacer dejación de nuestra ciudadanía? ¡La respuesta es que no puede ser una cosa y la otra! La ciudadanía romana es para los romanos. Y no debe darse a nadie que no tenga derecho a ella por familia, antepasados y decreto legal. Somos hijos de Quirino y los itálicos no. Y eso, primer cónsul, es todo cuanto tengo que decir. No tengo nada más que añadir.

 

—¡Hay mucho más que decir! —replicó Druso—. Que somos hijos de Quirino, no tiene vuelta de hoja. ¡Pero Quirino no es un dios romano! Es un dios de los sabinos y por eso vive en el Quirinal, el lugar en que otrora se alzaba la ciudad de los sabinos. ¡En resumen, Lucio Marcio, Quirino es un dios italiano! Rómulo lo adoptó y Rómulo lo hizo romano. Pero Quirino pertenece igualmente al pueblo de Italia. ¿Cómo vamos a traicionar a Roma haciéndola más grande? Porque eso es lo que haremos al conceder la ciudadanía a toda Italia. Roma será Italia y será poderosa. Italia será Roma y será poderosa. Lo que conservemos como descendientes de Rómulo será nuestro exclusivamente y para siempre. No podrá ser de nadie más. ¿Lo que Rómulo nos dio no es la ciudadanía! Eso se lo hemos dado ya a muchos que no pueden arrogarse la condición de ser hijos de Rómulo, nativos de la ciudad de Roma. Si la romanidad está en juego, por qué Quinto Vario Severo Hybrida Sucronensis se sienta en esta augusta Cámara? ¡El sí que tiene un nombre, Quinto Servilio Cepio, que advierto que no has mencionado cuando tú y Lucio Marcio tratabais de impugnar la romanidad de ciertos miembros de esta Cámara! ¡Cuando Quinto Vario no es realmente romano! ¡Hasta después de cumplir los veinte años no había visto esta Cámara ni había hablado latín en sus sesiones! ¡No obstante, sentado está en el Senado de Roma por la gracia de Quirino, un hombre menos romano

 

de lo que pueda ser por sus ideas, por su lenguaje, por su manera de ver las cosas, menos romano que cualquier itálico! Si hemos de hacer como dicen Quinto Servilio Cepio y Lucio Marcio Filipo, y limitar la ciudadanía romana a los que de entre nosotros pueden alegar familia, antepasados y decreto legal, el primero que debe abandonar esta Cámara yla ciudad de Roma es Quinto Vario Severo Hybrida Sucronensis! ¡El sí es extranjero!

 

La andanada hizo que Vario se pusiera en pie, pese a que, como pedarius, no tenía derecho a la palabra.

 

Sexto César sacó fuerzas de flaqueza para superar sus dificultades respiratorias y pidió orden con tal voz, que no se produjo ninguna interrupción.

 

—Marco Emilio, portavoz de esta Cámara, veo que quieres hablar.

 

Tienes la palabra.

 

Escauro estaba indignado.

 

—¡No consentiré que esta Cámara degenere poniéndose a la altura de un reñidero de gallos porque la deshonren unos magistrados curules que no tienen categoría ni para limpiar las vomitonas de las calles! ¡Ni voy a hacer ninguna referencia al derecho de nadie a sentarse en esta augusta Cámara! Lo único que quiero decir es que si esta Cámara ha de sobrevivir, ¡y si Roma ha de sobrevivir!, hemos de ser liberales con los itálicos en el asunto de la ciudadanía como lo hemos sido con algunos de los que hoy se sientan entre nosotros.

 

Filipo había vuelto a levantarse.

 

—Sexto Julio, cuando diste permiso para hablar al portavoz de la Cámara, no te percataste de que yo quería hablar. Como cónsul tengo derecho a hacerlo primero.

 

—Pensé que habías terminado, Lucio Marcio. ¿Acaso no has acabado? —No.

 

—Pues, por favor, di lo que tengas que decir de una vez. Portavoz de la Cámara, ¿te importa aguardar a que el segundo cónsul diga lo que tenga que decir?

 

—Naturalmente que no —dijo Escauro afable, sentándose.

 

—Propongo —dijo Filipo con aplomo— que esta Cámara borre de las tablillas todas las leyes de Marco Livio Druso. No se han aprobado legalmente.

 

—¡Eso es un disparate! —exclamó Escauro indignado—. ¡Jamás en la historia del Senado ningún tribuno de la plebe ha legislado con mayor escrúpulo por los preceptos que Marco Livio Druso!

 

—No obstante, sus leyes no son válidas —replicó Filipo, a quien al parecer comenzaba a molestar otra vez la nariz, pues se la palpaba con insistencia—. Los dioses han señalado su desagrado.

 

—Mis asambleas contaron con la aprobación de los dioses —dijo lacónico Druso.

 

—Son sacrílegas, como lo demuestran claramente los acontecimientos de Italia en estos diez últimos meses —replicó Filipo—. ¡Yo os digo que toda Italia se ha visto afectada por manifestaciones de la ira divina!

 

—¿Ah, sí, Lucio Marcio? Italia siempre se ha visto afectada por manifestaciones de la ira divina —dijo Escauro hastiado.

 

—¡No como este año! —dijo Filipo con un bufido—. Propongo que esta Cámara recomiende a la Asamblea de todo el pueblo anular las leyes de Marco Livio Druso, dado que los dioses han mostrado su desagrado. Y veo, Sexto Julio, que deberemos someterlo a votacion.

 

Escauro y Mario ponían ceño, conscientes de que algo había oculto, sin acertar a dar con ello. Una cosa era cierta: Filipo tenía las de perder. ¿Por qué, entonces, después de tan poco inspirada intervención, hablaba de votar?

 

Efectivamente, la Cámara votó y Filipo perdió frente a una amplia mayoría. Circunstancia que le sacó de quicio, haciéndole vociferar y despotricar hasta el escupitajo; el pretor urbano Quinto Pompeyo Rufo, que estaba a su lado en el estrado, se cubrió con gesto teatral la cabeza con su toga para protegerse de la lluvia de saliva. ¡Ingratos codiciosos! ¡Locos de remate! ¡Borregos! ¡Insectos! ¡Asaduras! ¡Menudillos! ¡Gusanos! ¡Pederastas! ¡Violadores infantiles! ¡Carroñas! ¡Pozos de avaricia!, fueron algunos de los improperios que Filipo lanzó contra sus colegas.

 

Sexto César le dejó que se agotara y luego ordenó al jefe de lictores que golpeara el suelo con el haz de varillas hasta hacer temblar las vigas del techo.

 

—¡Basta! —gritó—. ¡Siéntate y cálmate, Lucio Marcio, o tendré que expulsarte de la Cámara!

 

Filipo se sentó, mientras de su nariz brotaba un líquido pajizo.

 

—¡Sacrilegio! —aulló, dejando volar la palabra en un siniestro eco.

 

Después ya no se movió.

 

—¿Qué se traerá entre manos? —musitó Escauro a Mario.

 

—No sé. ¡Ojalá lo adivinara! —gruñó Mario.

 

—¿Puedo hablar, Sexto Julio? —dijo Craso Orator poniéndose en pie.

 

—Puedes, Lucio Licinio.

 

—No voy a tratar de los itálicos ni de nuestra querida ciudadanía romana o de las leyes de Marco Livio —comenzó diciendo en su hermosa y meliflua voz—. No. Voy a hablar del cargo de cónsul, y como preámbulo a mis comentarios haré una observación: jamás en los años que llevo en esta Cámara he visto el cargo de cónsul tan deshonrado, degradado y envilecido como lo ha sido estos últimos días por obra de Lucio Marcio Filipo. ¡A nadie que haya tratado ese cargo, ¡el más importante del país!, del modo que lo ha hecho Lucio Marcio Filipo debe permitírsele seguir ejerciéndolo! No obstante, cuando los electores designan a alguien para un cargo, el elegido no está obligado por ninguna regla salvo su propia inteligencia y buenos modales y los múltiples ejemplos que le suministra el mos maiorum.

 

»Ser cónsul de Roma es verse elevado a un nivel sólo algo por debajo de los dioses y muchísimo más alto que rey alguno. El cargo de cónsul se concede libremente y no descansa sobre amenazas o poder retributorio. Durante un año, el cónsul es lo más excelso que hay. Su imperium excede al de cualquier gobernador. ¡El es el comandante en jefe de los ejércitos, el jefe del gobierno, el representante del Tesoro y el símbolo de cualquier significado que haya de atribuirse a la república de Roma! Sea patricio u hombre nuevo, inmensamente rico o relativamente pobre, es «el cónsul». Sólo tiene un igual: el otro cónsul. Sus nombres se inscriben en los fasti consulares para que brillen perennemente.

 

»Yo he sido cónsul. Quizá treinta de los que estáis hoy aquí sentados hayáis sido cónsules, y algunos también censores. Yo les pregunto cómo se sienten en este momento, ¿cómo os sentís en este momento, caballeros consulares, después de escuchar a Lucio Marcio Filipo desde principios de este mes? ¿Os sentís como yo? ¿Sucios? ¿Deshonrados? ¿Humillados? ¿Consideráis de justicia que este afortunado poseedor por tercera vez del cargo quede sin censurar? ¿No lo consideráis? ¡Magnífico! ¡Tampoco lo considero yo, caballeros consulares!

 

Craso Orator se volvió desde las primeras filas y miró furibundo hacia Filipo en el estrado curul.

 

—¡Lucio Marcio Filipo, eres el peor cónsul que he visto en mi vida! ¡Si yo estuviera sentado en el lugar de Sexto Julio, no tendría ni un ápice de la paciencia que él ha demostrado! ¿Cómo te atreves a deambular por los vici de nuestra amada urbe precedido de tus doce lictores y a llamarte cónsul? ¡Tú no eres un cónsul! ¡No le llegas a la altura de las botas a un cónsul! Es más, me permitiré emplear la expresión de nuestro portavoz: ¡no Vales ni para limpiar la vomitona de las calles! ¡En vez de ser un modelo de conducta para nuestros jóvenes y esta Cámara, y para los que acuden al Foro, te conduces como el peor demagogo que haya puesto los pies en los rostra, como el obstruccionista más deslenguado que azuza detrás de la multitud en el Foro! ¿Cómo osas aprovecharte del cargo para verter improperios contra los miembros de esta Cámara? ¿Cómo te atreves a insinuar que otros han actuado ilegalmente? ¿Ya te he aguantado bastante, Lucio Marcio Filipo! —tronó tajante, señalándole con el dedo—. ¡O te comportas como un cónsul o quédate en casa!

 

Cuando Craso Orator volvió a sentarse, la Cámara prorrumpió en sonoros aplausos, mientras Filipo permanecía con la vista en el suelo y la cabeza agachada para que no se le viera la cara; Cepio, por el contrario, miraba con ojos de fuego a Craso Orator.

 

—Gracias, Lucio Licinio —dijo Sexto César con un carraspeo—, por recordarme a mí y a todos los que ostentan el cargo lo que es un cónsul. Presto tanta atención a tus palabras como espero haya hecho Lucio Marcio. Y como parece que ninguno de nosotros puede comportarse con decencia en

 

este ambiente, doy por concluida la sesión. La Cámara volverá a reunirse dentro de una semana. Estamos en plenos ludi romani y, en primer lugar, creo que nos incumbe hallar mejor modo de saludar a Remo y a Rómulo que estas sesiones tan ásperas y poco dignas del Senado. Tened buenas vacaciones, padres conscriptos, y disfrutad con los juegos.

 

Escauro, príncipe del Senado, Druso, Craso Orator, Escévola, Antonio Orator y Quinto Pompeyo Rufo fueron a casa de Cayo Mario a beber vino y hablar de los acontecimientos de la jornada.

 

—¡Oh, Lucio Licinio, con qué elegancia has aplastado a Filipo! — comentó feliz Escauro, bebiendo con ganas el vino.

 

—Ha sido memorable —añadió Antonio Orator.

 

—Yo también te doy las gracias, Lucio Licinio —dijo Druso, sonriente. Craso Orator aceptó con suma modestia los elogios, limitándose a decir: —¡Él se lo buscó, el muy idiota!

 

En Roma aún hacía bastante calor, y todos se habían quitado la toga al entrar en la casa y se solazaban en el frescor del jardín.

 

—Lo que quisiera saber —dijo Mario, sentado en el borde del estanque

 

— es lo que Filipo se trae entre manos. —Y yo —añadió Escauro.

—¿Y por qué iba a hacerlo? —inquirió Pompeyo Rufo—. No es más

 

que un patán mal educado. Siempre ha sido así.

 

—No, algo trama su sucia mente —dijo Mario—. Hubo un momento en que estuve a punto de darme cuenta, pero luego me distraje y ya no puedo acordarme.

 

—Bueno, Cayo Mario —añadió Escauro con un suspiro—, de una cosa puedes estar seguro: nos enteraremos. Seguramente en la próxima sesión.

 

—Será interesante —dijo Craso Orator, masajeándose el hombro izquierdo y haciendo una mueca—. ¿Por qué estos días estaré tan cansado y dolorido? Hoy no pronuncié un discurso demasiado largo… Aunque estaba indignado; es cierto.

 

Aquella noche se demostraría que Craso Orator iba a pagar más cara su intervención de lo que habría pensado. Su esposa Mucia, la hija más joven de Escévola el Augur, se despertó de madrugada con frío, se arrebujó contra su esposo para calentarse y descubrió horrorizada que estaba helado. Había muerto pocas horas antes en la plenitud de su carrera y en el cenit de la fama.

 

Para Druso, Mario, Escauro, Escévola y otros de ideas afines, su muerte fue una catástrofe. Para Filipo y Cepio, fue un indicio favorable. Ambos renovaron con entusiasmo sus intrigas entre los pedari del Senado, hablándoles, persuadiéndolos y engatusándolos. Y así se encontraron en excelente forma cuando volvió a reunirse la Cámara una vez concluidos los ludi romani.

 

—Quiero volver a plantear la votación sobre la cuestión de si las leyes de Marco Livio Druso deben permanecer en las tablillas —dijo Filipo con voz gorjeante, dispuesto, por lo visto, a comportarse como un cónsul modélico—. Comprendo cuánto debe cansaros a muchos de vosotros esta oposición a las leyes de Marco Livio y me consta que la gran mayoría estáis convencidos de que son unas leyes totalmente lícitas. Bien, no voy a rebatir que se observaran los presagios religiosos, que los procedimientos de votación no se hicieran legalmente y que no se hubiera obtenido el consentimiento del Senado antes de proceder a la convocatoria de la Asamblea.

 

Dio un paso al frente en el estrado y alzó la voz.

 

—¡Sin embargo, hay un impedimento religioso! Un impedimento religioso de tal magnitud y presagio que nuestra conciencia nos impide ignorarlo. Por qué los dioses se complacen en cosas así, no sabría decirlo. Yo no soy un entendido. Pero no deja de ser que aunque los augurios y presagios fueron interpretados favorablemente antes de cada reunión de la Asamblea plebeya convocada por Marco Livio, en toda Italia hubo signos que indicaban un notable grado de ira divina. Yo soy augur, padres conscriptos, y para mi es evidente que ha habido sacrilegio.

 

Alargó una mano y un administrativo le entregó un rollo que Filipo desplegó.

 

—El día decimocuarto antes de las calendas de enero, el día en que Marco Livio promulgó en el Senado la ley regulando los tribunales y la que ampliaba el Senado, los esclavos públicos se dirigieron al templo de Saturno a adecentarlo para la festividad del día siguiente, puesto que el día siguiente, si recordáis, era la jornada inaugural de la Saturnal, y se encontraron las cinchas de lana que fajan la estatua de madera de Saturno empapadas de aceite, un charco de aceite en el suelo y el interior de la estatua seco. Se acababa de derramar hacía poco, según todos los indicios, y todos coincidieron en que Saturno mostraba su desagrado por algo.

 

»El día en que Marco Livio Druso aprobó en la Asamblea plebeya sus leyes sobre los tribunales y la ampliación del Senado, el esclavo-sacerdote de Nemi fue asesinado por Otro esclavo, quien, según la costumbre por la que se rigen, se convirtió en el nuevo esclavo-sacerdote. Pero el nivel del agua en el estanque sagrado de Nemi bajó de pronto un palmo, y el nuevo esclavo-sacerdote murió sin lucha, lo cual es un terrible presagio.

 

»El día en que Marco Livio Druso promulgó en el Senado su ley disponiendo del ager publicus, hubo una lluvia de sangre en el ager Campanus y una espantosa plaga de ranas en el ager publicus de Etruria.

 

»El día en que la lex Livia agraria se aprobó en la Asamblea plebeya, los sacerdotes de Lanuvium descubrieron que los ratones habían roído los escudos sagrados, portento de lo más aciago, e inmediatamente lo expusieron a nuestro colegio de pontífices en Roma.

 

»El día en que el equipo de cinco funcionarios del tribuno de la plebe Saufeio quedó convocado para iniciar la parcelación del ager publicus de Italia y Sicilia, en el templo de la Pietas del Campo de Marte, junto al circo Flaminio, cayó un rayo que causó graves daños.

 

»El día en que la lex frumentaria de Marco Livio Druso fue aprobada en la Asamblea plebeya, se comprobó que la estatua de Diva Angerona había sudado profusamente. La venda que le tapaba la boca había resbalado hasta el cuello y hubo quienes juraron que le habían oído musitar el nombre secreto de Roma, complacida de poder hablar por fin.

 

»En las calendas de septiembre, el día en que Marco Livio Druso presentó en esta Cámara su propuesta de ley para conceder a los itálicos

 

nuestra preciada ciudadanía, un horrible terremoto destruyó la ciudad de Mutina en la Galia itálica. Este portento, el adivino Publio Cornelio Culeolo lo interpreta como que toda la Galia itálica está irritada por no concedérsele también la ciudadanía. Señal, padres conscriptos, de que si otorgamos la ciudadanía a la Italia peninsular, todos los demás territorios de Roma la reclamarán.

 

»El día en que el eminente consular Lucio Licinio Craso Orator me zahirió públicamente en esta Cámara, por la noche murió misteriosamente en su lecho y por la mañana estaba frío como el hielo.

 

»Hay muchos portentos, padres conscriptos —insistió Filipo sin apenas necesidad de elevar la voz, tal era el silencio que reinaba en el Senado—. He citado sólo los sucedidos en los mismísimos días en que se promulgaron o ratificaron las leyes de Marco Livio Druso, pero os daré una lista suplementaria.

 

»Un rayo causó daños en la estatua de Júpiter Latiaris en el monte Albano, temible presagio. El último día de los ludi romani cayó lluvia de sangre en el templo de Quirino, y sólo allí, ¿no es un signo inequívoco de ira divina? Se movieron las lanzas sagradas de Marte, un temblor de tierra agrietó el templo de Marte en Capua, la fuente sagrada de Hércules en Ancona se secó por primera vez en la historia y ya no mana; en una calle de Puteoli surgió una enorme zanja de fuego y todas las puertas de las murallas de la ciudad de Pompeya se cerraron misteriosamente de golpe.

 

»Y hay más, padres conscriptos, ¡mucho más! Expondré la lista completa en los rostra para que todo el mundo en Roma vea con qué insistencia los dioses condenan esas leyes de Marco Livio Druso. ¡Las condenan! ¡Mirad los dioses más afectados! Pietas, que gobierna la lealtad y los deberes de la familia; Quirino, el rey de la asamblea de hombres romanos; Júpiter Latiaris, el Júpiter latino; Hércules, el protector de la potencia militar romana y patrón de los generales romanos; Marte, el dios de la guerra; Vulcano, dueño de los lagos de fuego en el subsuelo de Italia; Diva Angerona, que sabe el nombre secreto de Roma, el cual, si se pronuncia, provoca la ruina de Roma; Saturno, que mantiene la riqueza de Roma y rige nuestro ser en el tiempo.

 

—Por otra parte —terció Escauro, príncipe del Senado, marcando las palabras—, esos presagios podrían muy bien indicar los terribles males que se abatirán sobre Italia si no se conservan en las tablillas las leyes de Marco Livio Druso.

 

Filipo no hizo caso y entregó el rollo al funcionario.

 

—Ponlo inmediatamente en los rostra —dijo, descendiendo del estrado curul y situándose frente al banco de los tribunos—. Propongo una votación de la Cámara. Los que estén a favor de declarar no válidas las leyes de Marco Livio Druso que se sitúen a mi derecha y los que estén a favor de conservarlas en las tablillas que se pongan a mi izquierda. Os ruego que procedáis.

 

—Yo encabezaré la votación, Lucio Marcio —dijo Ahenobarbo, pontífice máximo, poniéndose en pie—. Como pontífice máximo, me has convencido sin ningún género de duda.

 

La Cámara, en silencio, fue abandonando las gradas; se veían caras tan blancas como las togas, y sólo un puñado de senadores se situó a la izquierda de Filipo con la vista baja.

 

—La votación es elocuente —dijo Sexto César—. Esta Cámara ha decidido eliminar de los archivos las leyes del tribuno Marco Livio Druso y destruir las tablillas. Convocaré la Asamblea de todo el pueblo a tal efecto para dentro de tres días.

 

Druso fue el último en moverse y mientras cubría la corta distancia entre la izquierda de Filipo y el extremo del banco tribunicio mantuvo la cabeza bien alta.

 

—Naturalmente, Marco Livio —dijo airoso Filipo cuando pasaba ante él, haciendo que los senadores se detuvieran como un solo hombre—, puedes interponer el veto.

 

Druso, lívido, miró a Filipo sin verle.

 

—Oh, no, Lucio Marco, no podría —contestó sin alterarse—. ¡Yo no soy un demagogo! Mis obligaciones como tribuno de la plebe las he llevado siempre a cabo con el consentimiento de esta Cámara y mis iguales en ella han declarado nulas esas leyes; como es mi deber, me avengo a su decisión.

 

—¡Con lo cual los laureles son para nuestro querido Marco Livio! — dijo ufano Escauro dirigiéndose a Escévola mientras el grupo se deshacía.

 

—Efectivamente —añadió Escévola, contrayendo los hombros enojado

 

—. ¿Qué piensas realmente de esos presagios?

 

—Dos cosas. En primer lugar, que ningún año he visto a nadie que se

 

tomara tantas molestias en recopilar tan minuciosamente desastres naturales. Y en segundo lugar, que, si esos presagios indican algo, para mí que es la guerra que nos enfrentará con Italia de no mantener las leyes de Marco Livio.

 

Escévola, desde luego, había votado con Escauro y los demás partidarios de Druso, no podía por menos, y seguía siendo amigo suyo, pero se le veía muy intranquilo y lo manifestó con una objeción:

 

—Sí, sí, pero…

 

—¡Quinto Mucio!, ¿acaso crees…? —inquirió Mario sorprendido. —¡No, no, no es eso! —contestó Escévola malhumorado, descartando

 

por sentido común las supersticiones—. Pero ¿y los sudores y el desplazamiento de la mordaza de Diva Angerona? —inquirió con lágrimas en los ojos—. ¿Y la muerte de mi primo Craso, mi amigo del alma?

 

—Quinto Mucio —dijo Druso, que se había acercado al grupo—. Creo que Marco Emilio está en lo cierto. Esos presagios son una señal de lo que sucederá si se invalidan mis leyes.

 

—Quinto Mucio, eres miembro del Colegio de Pontífices —dijo paciente Escauro, príncipe del Senado—. Todo comenzó con el único fenómeno creíble, el derrame del aceite de la estatua de madera de Saturno. ¡Pero eso hace años que era de esperar! Por eso está sujeta con cinchas. En cuanto a Diva Angerona, ¿qué más fácil que introducirse en el santuario, quitarle la mordaza y darle un baño de alguna sustancia pegajosa que deje marcas? Todos sabemos, además, que los rayos tienden a caer en los puntos más altos, y bien sabes que el templo de Pietas es pequeño pero muy alto. En cuanto a los terremotos, llamaradas de fuego, lluvias de sangre y plagas de ranas… ¡bah! ¡Me niego a hablar de eso! Lucio Licinio murió en su lecho. ¡Ojalá todos tuviésemos tan agradable final!

 

—Sí, pero… —arguyó Escévola, sin acabar de convencerse.

 

—¡Miradle! —exclamó Escauro, dirigiéndose a Mario y a Druso—. Si él se deja engañar, ¿cómo vamos a reprochárselo a esa pandilla de idiotas supersticiosos?

 

—¿No crees en los dioses, Marco Emilio? —inquirió Escévola, espantado.

 

—¡Sí, sí, si, claro que creo! ¡Pero en lo que no creo, Quinto Mucio, es en las maquinaciones e interpretaciones de quienes afirman actuar en nombre de los dioses! No conozco un presagio o un vaticinio que no pueda interpretarse en dos maneras diametralmente opuestas. ¿Y qué le confiere tal seguridad a Filipo? ¿El hecho de que sea augur? ¡Ese no sabría distinguir un auténtico agüero aunque lo pisase y le mordiera su magullada nariz! ¡En cuanto a Publio Cornelio Culeolo… es lo que su nombre indica, pelotas de nuez! Estoy dispuesto a jugarme contigo una buena suma, Quinto Mucio, a que si a alguno se le hubiese ocurrido recopilar los desastres naturales y los llamados fenómenos sobrenaturales ocurridos durante el segundo tribunato de Saturnino, habría una lista no menos impresionante. ¡Despierta y aplica a la situación algo de tu escepticismo jurídico, te lo ruego!

 

—Tengo que decir que Filipo me sorprendió —dijo Mario, taciturno—.

 

Me engañó una vez, pero nunca pensé que ese cunnus fuese tan hábil.

 

—Sí, es muy listo —comentó Escévola, deseoso de que Escauro no siguiera insistiendo en sus deficiencias—. Supongo que lo tendría preparado hace tiempo. ¡Lo que es seguro es que no ha sido una brillante idea de Cepio! —añadió riendo.

 

—¿Cómo te sientes, Marco Livio? —inquirió Mario.

 

—¿Cómo me siento? —repitió Druso, que mostraba un extraño rictus de cansancio—. Oh, Cayo Mario, de verdad, ya ni lo sé. Ha sido una artimaña muy hábil, desde luego.

 

—Habrías debido interponer tu veto —añadió Mario.

 

—En mi lugar, tú lo habrías hecho… y no te lo hubiera reprochado — contestó Druso—. Pero no puedo desdecirme de lo que manifesté al principio del tribunado, procura entenderlo. Prometí que me avendría a los deseos de mis iguales en el Senado.

 

—Ahora ya no habrá emancipación —dijo Escauro.

 

—¿Y por qué no? —inquirió Druso, sorprendido.

 

—¡Marco Livio, han anulado todas tus leyes! ¡O las anularán!

 

—¿Y eso qué tiene que ver? La emancipación no se ha planteado aún ante la Asamblea plebeya, yo simplemente la presenté a la Cámara. Pero nunca prometí al Senado que no presentaría una ley a la plebe si ellos no la recomendaban. Yo dije que primero trataría de obtener su mandato. Y esa promesa la he cumplido. Pero ahora no puedo detenerme simplemente porque el Senado haya dicho que no. No se ha cumplido todo el proceso: antes tiene que dar el no la plebe, pero yo intentaré persuadirla para que dé el sí —contestó Druso sonriente.

 

—¡Por los dioses, Marco Livio, mereces ganar! —exclamó Escauro. —Eso pienso yo —dijo Druso—. ¿Me excusáis? Tengo que escribir

 

unas cartas a mis amigos itálicos para persuadirlos de que no emprendan la guerra porque aún no ha acabado la batalla.

 

—¡Es una tontería! —exclamó Escévola—. Si los itálicos están decididos a hacer la guerra si les negamos la ciudadanía, y en eso te creo, Marco Livio, de verdad, si no, me habría puesto a la derecha de Filipo, tardarán años en estar preparados.

 

—Pues en eso, Quinto Mucio, te equivocas, porque ya están en pie de guerra. Y mejor preparados que Roma.

 

 

Que los marsos estaban preparados para la guerra lo supieron el Senado y el pueblo de Roma días más tarde, cuando llegaron noticias de que Quinto Popedio Silo conducía dos fuertes legiones marsas, bien equipadas y armadas, por la Via Valeria camino de Roma. El sorprendido príncipe del Senado convocó sesión urgente de la Cámara y se encontró con que sólo asistían unos cuantos senadores; ni Filipo ni Cepio estaban, ni enviaron recado alguno explicando su ausencia. Druso también se negó a asistir, alegando que no se sentía con ánimos de estar presente en una sesión en que sus iguales iban a debatir la amenaza de guerra iniciada por un amigo suyo, como era Quinto Popedio Silo.

 

—¡Qué conejos! —exclamó Escauro dirigiéndose a Mario y mirando las gradas vacías—. Han echado a correr a sus madrigueras; creen, por lo visto, que si se quedan allí los enemigos retrocederán.

 

Pero Escauro no pensaba que los marsos vinieran en son de guerra y se las ingenió para convencer a su escaso auditorio de que lo mejor era tratar aquella «invasión» con métodos pacíficos.

 

—Cneo Domicio —dijo a Ahenobarbo, pontífice máximo—, tú que eres un consular de prestigio, que has sido censor y que eres pontífice máximo, ¿estás dispuesto a ponerte en marcha para salir al encuentro de ese ejército, igual que Popilio Laenas? Tú fuiste el iudex en el tribunal extraordinario que en virtud de la lex Licinia Mucia se estableció en Alba Fucentia hace unos años; los marsos te conocen, y me consta que te respetan mucho por tu clemencia. Averigua por qué se ha puesto en marcha ese ejército y qué quieren los marsos.

 

—Muy bien, príncipe del Senado, seré un nuevo Popilio Laenas — contestó Ahenobarbo—, a condición de que me otorgues pleno imperium proconsular para que pueda decir y hacer lo que dicten las circunstancias. Y te ruego que se incluyan las hachas en los fasces.

 

—Concedidas las dos cosas —dijo Escauro.

 

—Los marsos llegarán mañana a las afueras de Roma —dijo Mario con una mueca—. Supongo que os dais cuenta del día que es.

 

—Efectivamente —contestó Ahenobarbo—. Es la víspera de las nonas de octubre… el aniversario de la batalla de Arausio, en la que los marsos perdieron una legión entera.

 

—Lo han planeado aposta —dijo Sexto César, casi contento de asistir a la aciaga reunión en la que no comparecían Filipo ni Cepio y tan sólo lo hacían los senadores que él sabía que eran patriotas.

 

—Por eso, padres conscriptos, no creo que esto sea un acto de guerra — dijo Escauro.

 

—Funcionario, ve a convocar a los lictores de las treinta curiae —dijo Sexto César—. Tendrás imperium proconsular, Cneo Domicio, en cuanto se presenten los lictores de las treinta curias. ¿Nos informarás en una sesión especial pasado mañana? —inquirió.

 

—¿En las nonas? —replicó Ahenobarbo sin acabar de creérselo.

 

—En esta situación imprevista, Cneo Domicio, nos reuniremos en las nonas —dijo con firmeza Sexto César—. ¡Esperemos que sea una sesión más concurrida! ¿Dónde va a parar Roma si en una situación urgente sólo se congrega un puñado de senadores?

 

—Yo sé por qué, Sexto Julio —dijo Mario—. No han acudido porque no han creído que fuese una convocatoria real y han pensado que era una crisis provocada.

 

 

En las nonas de octubre la Cámara estaba más concurrida, aunque no del todo. Druso había acudido, pero Filipo y Cepio brillaban por su ausencia, dando a entender con ello a los senadores lo que pensaban de la «invasión».

 

—Cneo Domicio, cuéntanos qué ha sucedido —dijo Sexto César, único cónsul presente.

 

—Bien, me entrevisté con Quinto Popedio Silo cerca de la puerta Collina —contestó Ahenobarbo, pontífice máximo—. Venía a la cabeza de un ejército de unas dos legiones; diez mil soldados como mínimo, con el número debido de auxiliares, ocho piezas de excelente artillería y un escuadrón de caballería. Iba a pie, igual que sus oficiales. No vi señal alguna de pertrechos, por lo que supongo que han venido en orden de marcha ligera —añadió con un suspiro—. ¡Era un espectáculo impresionante, padres conscriptos! Soldados de gran prestancia, en perfectas condiciones y muy disciplinados. Mientras hablaba con Silo, permanecieron firmes al sol sin hablar ni romper filas.

 

—¿Puedes decirnos, pontífice máximo, si las cotas de malla y las armas eran nuevas? —inquirió Druso, angustiado.

 

—Sí, Marco Livio. No cabe duda; todo era nuevo y de la mejor calidad —respondió Ahenobarbo.

 

—Gracias.

 

—Continúa, Cneo Domicio —dijo Sexto César.

 

—Me detuve con los lictores a una distancia al alcance de la voz de Quinto Popedio Silo y sus legiones. Luego, Silo y yo nos apartamos para hablar donde no nos oyeran. «¿A qué viene esta expedición bélica, Quinto Popedio?», le pregunté con mucha serenidad y cortesía.

 

»«Venimos a Roma porque hemos sido convocados por los tribunos de la plebe», contestó Silo con igual cortesía.

 

»«¿Los tribunos de la plebe?», dije yo. «¿No por un tribuno de la plebe que se llama Marco Livio Druso?»

 

»«Por los tribunos de la plebe», contestó él.

 

»«¿Por todos ellos, queréis decir?», volví a preguntar para estar seguro.

 

»«Por todos ellos», me dijo.

 

»«¿Y por qué habrían de convocaros los tribunos de la plebe?», inquirí. »«Para asumir la ciudadanía romana y comprobar que se les otorga a

 

todos los itálicos», contestó.

 

»Yo me aparté un poco de él y, enarcando las cejas, observé las legiones que había a sus espaldas. «¿Por medio de las armas?», pregunté.

 

»«Si fuera necesario, sí», contestó.

 

»En consecuencia, utilicé mi imperium proconsular para hacer una afirmación que no habría podido hacer sin él, a tenor de las recientes sesiones de esta Cámara. Una afirmación, padres conscriptos, que consideré que requería la situación. Le dije a Silo: «La fuerza de las armas no será necesaria, Quinto Popedio.»

 

»Su respuesta fue una desdeñosa carcajada. «¡Vamos, Cneo Domicio!», dijo. «¿Esperáis sinceramente que me lo crea? Los itálicos hemos aguardado durante generaciones esa ciudadanía sin empuñar las armas y, por nuestra paciencia, hemos visto cómo se desvanecían nuestras esperanzas. Y hemos llegado a la conclusión de que la única manera de obtener la ciudadanía es por la fuerza.»

 

»Naturalmente, eso me turbó, padres conscriptos. Di una palmada y grité: «¡Quinto Popedio, Quinto Popedio, os aseguro que el día está muy cercano! ¡Os ruego que disperséis esa tropa, envainéis las espadas y regreséis a las tierras de los marsos! Os doy mi solemne palabra de que el

 

Senado y el pueblo de Roma concederán la ciudadanía romana a todos los itálicos.»

 

»El se me quedó mirando un buen rato sin decir palabra, y luego contestó: «Muy bien, Cneo Domicio, alejaré de aquí mi ejército, pero sólo lo suficiente para ver si no mentís. Pues en verdad os digo, pontífice máximo, que si el Senado y el pueblo de Roma no conceden a Italia plena ciudadanía romana durante el plazo en que el actual colegio de tribunos de la plebe esté en el cargo, volveré a marchar sobre Roma. Y toda Italia me seguirá. Tomad buena nota. Toda Italia se unirá para destruir a Roma.»

 

»Tras lo cual dio media vuelta y se alejó. Asimismo, sus tropas dieron una media vuelta perfecta, mostrándome lo bien entrenadas que estaban, y se marcharon. Yo regresé a Roma y me he pasado toda la noche reflexionando, padres conscriptos. Me conocéis bien y de hace tiempo, no tengo fama de hombre paciente ni siquiera comprensivo, pero sé muy bien la diferencia entre un rábano y un toro. ¡Y yo os digo sin ambages, colegas senadores, que ayer vi un toro! Un toro con paja en los cuernos y fuego en las fauces. ¡Y no fue una promesa en vano la que le hice a Silo! Haré cuanto esté en mi mano para que el Senado y el pueblo de Roma concedan la emancipación a toda Italia.

 

Se oyeron murmullos y muchos miraron a Ahenobarbo, pontífice máximo, admirados del notable cambio de actitud en alguien famoso por ser tan intratable e intolerante.

 

—Volveremos a reunirnos mañana —dijo Sexto César con aire complacido—. Ya es hora de que hallemos solución a esto. Los dos pretores que han estado viajando por Italia a petición de Lucio Marcio —dijo Sexto César con una grave inclinación de cabeza hacia la silla vacía de Filipo— aún no nos han traído su respuesta. Hay que volver a discutir la solución. Pero antes quiero ver aquí, escuchando, a los que últimamente no se han molestado en escuchar… Mi colega consular y el pretor Quinto Servilio Cepio en particular.

 

Al día siguiente estaban los dos al corriente con todo detalle del informe de Ahenobarbo, aunque nada preocupados o interesados, según les pareció a Druso, a Escauro, príncipe del Senado, y a otros que tanto deseaban verlos

 

cambiar de actitud. Cayo Mario, inopinadamente apesadumbrado, miró a los presentes. Sila no se había perdido ninguna sesión desde que Druso había sido elegido tribuno de la plebe, pero tampoco había colaborado; la muerte de su hijo le había hecho rehuir la compañía de todos, hasta de su colega en el futuro consulado, Quinto Pompeyo Rufo; escuchaba impasible y se limitaba a irse cuando se cerraba la sesión y era como si desapareciese de la faz de la tierra. Curiosamente, había votado mantener las leyes de Druso en las tablillas, por lo que Mario suponía que seguía estando de parte de ellos, pero nadie había hablado con él. Catulo César parecía incómodo aquel día, probablemente como consecuencia de la defección de su hasta entonces partidario incondicional, Ahenobarbo, pontífice máximo.

 

Se advirtió un revuelo y Mario dirigió su atención a la Cámara. Filipo tenía los fasces el mes de octubre, por lo que aquel día ocupaba él la presidencia y no Sexto César. Había traído otro documento, uno que, en esta ocasión, no había confiado a su ayudante. Una vez concluidos los formalismos de apertura de la sesión, se puso en pie para tomar la palabra.

 

—Marco Livio Druso —dijo con frialdad, marcando las palabras—, quiero leer a la Cámara algo de una importancia mucho mayor que ese conato de invasión de vuestro amigo Quinto Popedio Silo. Pero antes de leerlo, quiero que todos los senadores te oigan decir que estás presente y que vas a escuchar.

 

—Estoy presente, Lucio Marcio, y escucharé —contestó Druso secamente, marcando las palabras.

 

Se le veía terriblemente cansado, pensó el atento Cayo Mario; como si ya le hubiesen abandonado las fuerzas y sólo se aguantara por el poder de la voluntad. En las últimas semanas había perdido mucho peso, tenía las mejillas macilentas y los ojos hundidos y marcados por profundas ojeras.

 

¿Por qué me siento como un esclavo en la rueda de trabajo?, se preguntaba Mario. ¿Por qué estoy tan nervioso, tan angustiado y aprensivo? Druso no tiene mi temple, ni mi inquebrantable convicción de tener razón; es demasiado objetivo, demasiado razonable, demasiado inclinado hacia ambas partes. Le matarán mentalmente, si no fisicamente. ¿Por qué no

 

habré visto lo peligroso que es Filipo? ¿Cómo no me había percatado de lo astuto que es?

 

Filipo desenrolló el pergamino y lo sostuvo entre ambas manos con los brazos estirados.

 

—No voy a hacer ningún comentario preliminar, padres conscriptos — dijo—. Me limitaré a leerlo para que vosotros extraigáis vuestras propias conclusiones. El texto dice así:

 

—«Juro por Júpiter Optimus Maximus, por Vesta, por Marte, por Sol Indiges, por Terra y Tellus, por los dioses y héroes que fundaron y protegieron a los pueblos de Italia en sus revueltas, que tendré por amigos y enemigos a los amigos y enemigos de Marco Livio Druso. Juro que me afanaré por el bienestar y prosperidad de Marco Livio Druso y de todos cuantos presten este juramento, aun a costa de mi vida, mis hijos, mis familiares y mis propiedades. Si con la ley de Marco Livio Druso me convierto en ciudadano de Roma, juro que adoraré a Roma como única nación y que me consideraré vinculado como cliente a Marco Livio Druso. Me comprometo a hacer prestar este juramento a cuantos itálicos pueda. Juro sinceramente, en el convencimiento de que mi palabra dará sus frutos. Y si soy perjuro, que pierda la vida, mis hijos, mis familiares y mis propiedades. Que así sea y así lo juro.»

 

Nunca había reinado tal silencio en la Cámara. La vista de Filipo iba de Escauro, boquiabierto, a Mario, con una cruel sonrisa; de Escévola, con los labios muy apretados, a Ahenobarbo, enrojecido; de Catulo César, con gesto horrorizado, a Sexto César, afligido; de Metelo Pío el Meneítos, francamente consternado, a Cepio, descaradamente contento.

 

Luego soltó con la mano izquierda el pergamino, que se enrolló ruidosamente y media Cámara se sobresaltó.

 

—Éste, padres conscriptos, es el juramento que han prestado miles y miles de itálicos el año pasado. ¡Y por ello, padres conscriptos, es por lo que Marco Livio Druso ha actuado tan esforzadamente, tan denodadamente, tan entusiásticamente, para que a sus amigos itálicos se les conceda el valioso regalo de nuestra ciudadanía romana! —dijo moviendo insistentemente la cabeza—. ¡No porque le importen un ápice sus sucios

 

pellejos itálicos! ¡No porque crea en la justicia, incluso una justicia tan degenerada! ¡No porque sueñe con una carrera tan brillante que le lleve a los libros de historia! ¡Sino, colegas de esta Cámara, porque le ha prestado juramento de clientela casi toda Italia! ¡Si concediésemos la emancipación a Italia, Italia sería de Marco Livio Druso! ¡Imaginaos! ¡Una clientela desde el Arnus al Rhegium, desde el mar Toscano al Adriático! ¡Mi enhorabuena, Marco Livio! ¡Qué premio! ¡Qué razón para tanto denuedo! ¡Una clientela mayor que cien ejércitos!

 

Filipo giró sobre sus talones, bajó del estrado curul, al que dio la vuelta con pasos mesurados para dirigirse hasta el extremo del largo banco tribunicio de madera en que estaba sentado Druso.

 

—Marco Livio Druso, ¿es cierto que toda Italia ha prestado ese juramento? —inquirió—. ¿Es cierto que a cambio de ese juramento, tú has jurado otorgar la ciudadanía a todos los itálicos?

 

Con el rostro más blanco que la toga, Druso se puso tambaleante en pie, con una mano extendida, no se sabía si implorando o refutando. Y acto seguido, cuando sus labios balbucían algo, cayó cuan largo era sobre las losas blancas y negras del suelo de la Cámara. Filipo retrocedió unos pasos con gesto de repugnancia, mientras Mario y Escauro se arrodillaban rápidamente junto al caído.

 

—¿Está muerto? —inquirió Escauro, haciéndose oír por encima de la voz de Filipo, que aplazaba la sesión hasta el día siguiente.

 

Con el oído pegado al pecho de Druso, Mario movió la cabeza.

 

—Es un colapso grave, pero no está muerto —dijo, irguiéndose sobre los talones con un suspiro de alivio.

 

El síncope duraba tanto, que el rostro de Druso comenzó a adquirir un color ceniciento, al tiempo que movía brazos y piernas con espantosos espasmos, profiriendo horrendos sonidos. —¡Es un ataque! —exclamó Escauro.

 

—No, no creo —dijo Mario, que tenía experiencia bélica y había visto en el campo de batalla toda clase de ataques—. Cuando alguien pierde tanto tiempo el conocimiento, sufre espasmos, pero sólo al final. Pronto volverá en sí.

 

Filipo se detuvo camino de la salida para echar un vistazo, lo suficiente apartado para que, en caso de que Druso vomitase, no le manchase la toga.

 

—¡Sacad de aquí a ese canalla! —dijo con desprecio—. Si muere, que muera en terreno no santificado.

 

—Mentulam caco, cunne! —dijo Mario alzando la cabeza hacia Filipo con voz suficientemente alta para que todos los que se hallaban cerca lo oyeran.

 

Filipo prosiguió su camino, algo más presuroso; si había alguien a quien temiese, ése era Cayo Mario.

 

Los que se quedaron rezagados esperaron un buen rato hasta que Druso recobró el conocimiento, y, con gran placer, Mario vio que entre ellos estaba Lucio Cornelio Sila.

 

Cuando Druso volvió en si, no parecía saber dónde estaba ni lo que había sucedido.

 

—He mandado traer la litera de Julia —dijo Mario a Escauro—.

 

Dejémosle tumbado hasta que llegue.

 

Se había despojado de la toga para hacer con ella una almohada para Druso y taparle.

 

—¡Estoy verdaderamente turbado! —dijo Escauro, sentándose en el borde del estrado curul, tan alto que las piernas le colgaban—. ¡De verdad que nunca lo habría creído de este hombre!

 

—¡Tonterías, Marco Emilio! ¿No lo crees de un noble romano? ¡Pues a mí me sucedería lo contrario! ¡Por Júpiter, qué manera de engañarse!

 

Los luminosos ojos verdes bailotearon.

 

—¡Por Júpiter, patán itálico, qué bien conoces nuestras debilidades! — dijo Escauro encogiéndose de hombros.

 

—Conviene que alguien las conozca, amable saco de huesos —replicó Mario afable, sentándose al lado del príncipe del Senado y mirando a los tres que quedaban, Escévola, Antonio Orator y Lucio Cornelio Sila—. Bien, caballeros —añadió balanceando las piernas—, ¿qué hacemos ahora?

 

—Nada —dijo lacónico Escévola.

 

—¡Oh, Quinto Mucio, perdona a nuestro inanimado tribuno de la plebe su romana debilidad, haz el favor! —exclamó Mario, que ya reía con tantas

 

ganas como Escauro.

 

—¡Será una debilidad romana, Cayo Mario, pero yo no la tengo! — espetó Escévola ofendido.

 

—No, probablemente no… por eso nunca tendrás su categoría, amigo mio —replicó Mario señalando con un pie al tendido Druso.

 

—¡Cayo Mario, eres realmente insoportable! —añadió Escévola torciendo el gesto—. En cuanto a ti, príncipe del Senado, ¡deja ya de tomártelo a guasa!

 

—Ninguno hemos contestado a la pregunta que ha hecho Mario — terció pacíficamente Antonio Orator—. ¿Qué hacemos ahora?

 

—No depende de nosotros —dijo Sila, interviniendo por primera vez—.

 

Depende de él, naturalmente.

 

—¡Muy bien dicho, Lucio Cornelio! —exclamó Mario, poniéndose en pie al ver el conocido rostro del jefe de los porteadores de la litera de su esposa asomar tímidamente por la gran puerta de bronce—. Vamos, susceptibles amigos, llevemos a casa al pobre Druso.

 

 

El pobre Druso estuvo aún delirando por el camino hasta que se hizo cargo de él su madre, que, con gran perspicacia, se abstuvo de llamar a un médico.

 

—No harán más que sangrarle y purgarle, que es lo que menos falta le hace —dijo, inflexible—. Lo que sucede es que últimamente no ha comido mucho. Cuando se le pase, le daré vino caliente con miel y se recuperará. Y más si echa un buen sueño.

 

Cornelia Escipionis metió a su hijo en cama y le hizo beber una buena copa de vino caliente con miel.

 

—¡Filipo! —gritó él, intentando incorporarse.

 

—No te preocupes de esa alimaña hasta que te encuentres con más fuerzas.

 

Druso dio unos cuantos sorbos y logró incorporarse, pasándose los dedos por el negro pelo corto.

 

—¡Oh, madre, qué cosa tan horrible! ¡Filipo ha descubierto lo del juramento!

 

Como Escauro la había puesto al corriente de la situación, Cornelia no tenía necesidad de más explicaciones y asintió con la cabeza.

 

—No pensarías que Filipo o cualquier otro no irían a averiguarlo… —¡Hacía tanto tiempo, que me había olvidado del maldito juramento! —Marco Livio, eso no tiene importancia —dijo ella, arrimando la silla

 

al lecho y cogiéndole la mano—. Lo que haces es mucho más importante que el motivo por que lo hagas, ¡así de claro! El motivo por el que se hace algo es simple bálsamo para el hecho en sí, el porqué de lo que se haga no afecta a los resultados. Lo que importa es lo que se hace, y estoy segura que un amor propio sano es lo mejor para hacerlo bien. ¡Así que, anímate, hijo! Está aquí tu hermano y está muy preocupado por ti. ¡Anímate!

 

—Me guardarán rencor por esto.

 

—Algunos sí, cierto. Casi todos por envidia, pero otros estarán reconcomidos de admiración —dijo la madre—. Desde luego, a los amigos que te han traído a casa no parece haberles disgustado.

 

—¿Quiénes han sido? —inquirió él muy interesado.

 

—Marco Emilio, Marco Antonio, Quinto Mucio y Cayo Mario — contestó ella—. ¡Ah, y ese hombre tan fascinante, Lucio Cornelio Sila! Ah, si no fuera por mi edad…

 

Ahora que la conocía, aquellos comentarios los escuchaba sin escandalizarse, por eso le hizo gracia y sonrió.

 

—¡Qué raro que te guste! Te digo una cosa, a él le interesan mis ideas. —Eso tengo entendido. Su único hijo murió a primeros de año,

 

¿verdad?

 

—Sí.

 

—Se le nota —dijo Cornelia Escipionis levantándose—. Bien, Marco Livio, voy a hacer pasar a tu hermano, y tienes que decidirte a comer. No hay nada que los buenos alimentos no curen. Haré que te preparen un plato gustoso y nutritivo y Mamerco y yo nos sentaremos delante de ti hasta que te lo comas.

 

Ya había anochecido cuando le dejaron a solas con sus pensamientos. Se sentía mucho mejor, cierto, pero aquel tremendo cansancio no se le pasaba y no parecía tener muchas ganas de dormir aun después de haber comido y bebido vino caliente. ¿Cuánto hacía que no dormía profundamente? Meses.

 

Filipo se había enterado. Era inevitable que alguien se enterase, y que quien lo supiese fuese a comentárselo a él o a Filipo. O a Cepio. ¡Era curioso que Filipo no se lo hubiese dicho a su querido amigo Cepio! De ser así Cepio se habría anticipado y lo habría explotado en provecho propio para que Filipo no se llevara los laureles. Aquella noche no todo sería paz y concordia en casa de Filipo, pensó Druso, sonriendo sin poderlo evitar.

 

Asumido conscientemente el hecho del descubrimiento, Druso se quedó tranquilo. Su madre tenía razón. La divulgación del juramento no tenía por qué afectar a lo que estaba haciendo; no afectaba más que a su amor propio. Si la gente optaba por pensar que lo hacía únicamente por atraerse tan inmensa clientela, ¿qué más daba? ¿Por qué tenía que esforzarse en hacerles creer que sus motivos eran totalmente altruistas? No sería romano renunciar a las ventajas personales, ¡y él era romano! Ahora veía claramente que en cualquier otro caso el conceder la ciudadanía a cien mil hombres habría suscitado gritos entre los senadores, los dirigentes de la plebe y seguramente entre la mayoría de las clases más bajas de Roma. Que nadie hubiese intuido las implicaciones hasta que Filipo hubo leído el juramento, era indicio de lo emocional e irracional que era la circunstancia, que había provocado una reacción tan visceral que obnubilaba los aspectos prácticos. ¿Cómo había podido pensar que la gente intuyese la lógica de lo que él pretendía, cuando su apreciación era tan emocional que ni siquiera habían pensado en la clientela? Si no veían lo de la clientela, era imposible que entendieran la lógica.

 

Se le cerraron los párpados y acabó por dormirse profunda y satisfactoriamente.

 

Cuando acudió a la Curia Hostilia al amanecer, Druso volvía a ser el mismo y estaba dispuesto a enfrentarse a los partidarios de Filipo y Cepio.

 

En su silla, Filipo, haciendo caso omiso de otros asuntos, incluida la aproximación de los marsos, abordó de inmediato los del juramento

 

prestado por los itálicos.

 

—¿Es correcto el texto de lo que leía ayer, Marco Livio? —inquirió. —Que yo sepa, Lucio Marcio, sí, pero nunca oí prestarlo ni lo había

 

visto escrito.

 

—Pero te constaba.

 

Druso parpadeó y adoptó un aire de sorpresa.

 

—¡Naturalmente que me constaba, segundo cónsul! ¿Cómo va uno a ignorar algo tan ventajoso para su persona a la par que para Roma? Si hubieses sido tú el promotor de la emancipación general de Italia, ¿no te habría constado?

 

Era un ataque vengativo. Filipo, cogido por sorpresa, hizo una pausa antes de contestar.

 

—¡Nunca me sorprenderás recomendando nada para los itálicos que no sea unos buenos latigazos! —respondió con desdén.

 

—¡Pues peor para ti! —gritó Druso—. ¡Ya que hay que hacerlo, Vale la pena hacerlo a todos los niveles, padres conscriptos! ¡Rectificar una injusticia que persiste a lo largo de numerosas generaciones, haciendo que el país adquiera una hegemonía auténtica y deseable, abatir algunas de las barreras más Pavo rosas entre hombres de clases distintas, erradicar la amenaza inminente de guerra, ¡y digo inminente!, y contar con todos esos nuevos ciudadanos romanos vinculados por un juramento a Roma y a un romano! ¡Esto último es vitalmente importante, porque significa que cada uno de esos nuevos ciudadanos hallará una orientación genuinamente romana, significa que sabrán cómo votar y por quién votar, significa que serán encauzados para elegir a auténticos romanos en lugar de hombres de sus pueblos itálicos!

 

Era una argumentación a tener en cuenta; Druso lo notaba en los rostros de quienes le escuchaban con interés. Y todos escuchaban con interés. Conocía perfectamente el principal temor de sus colegas senadores: que una cifra abrumadora de nuevos ciudadanos romanos sumada a las treinta y cinco tribus mermara considerablemente el contenido romano de las elecciones, se traduciría en una pugna entre los itálicos en las elecciones a cónsul, a pretor, a edil, a tribuno de la plebe, a cuestor, significaría un

 

importante acceso de itálicos al Senado, decididos a arrebatarles el control de la Cámara y ponerlo en manos de Italia. Eso sin tener en cuenta otras elecciones. Pero si esos nuevos romanos estaban vinculados por un juramento —y era un terrible juramento—, tanto a Roma como a un romano genuino el honor los obligaba a votar tal como se les indicara, como todo grupo de clientes.

 

—Los itálicos son hombres de honor, igual que nosotros —dijo Druso

 

—. ¡Lo han demostrado por el simple hecho de haber prestado ese juramento! ¡A cambio del regalo de la ciudadanía, se avendrán a los deseos de los auténticos romanos! ¡De los genuinos romanos!

 

—¿Quieres decir que se avendrán a nuestros deseos? —inquirió Cepio cáustico—. ¡Y el resto de los romanos genuinos nos habremos asignado un dictador oficioso!

 

—¡Tonterías, Quinto Servilio! ¿Cuándo en mi conducta como tribuno de la plebe he mostrado algo que no sea conformidad a la voluntad del Senado? ¿Cuándo me he mostrado más preocupado por mi propio bien que por el bien del Senado? ¿Cuándo me he mostrado indiferente a las necesidades de todas las clases del pueblo de Roma? ¿Qué mejor patrón pueden tener los itálicos que yo, el hijo de mi padre, un auténtico romano, un hombre profunda y esencialmente conservador?

 

Druso se volvió de un lado de la Cámara hacia el otro con los brazos abiertos.

—¿A quién preferís como patrón de tantos nuevos ciudadanos, padres conscriptos? ¿A Marco Livio Druso o a Lucio Marcio Filipo? ¿A Marco Livio Druso o a Quinto Servilio Cepio? ¿A Marco Livio Druso o a Quinto Vario Severo Hybrida Sucronensis? ¡Más vale que os decidáis, miembros del Senado de Roma… porque los itálicos han de emanciparse! ¡Lo he jurado y lo haré! Habéis borrado mis leyes de las tablillas, habéis despojado a mi tribunado de la plebe de su propósito y sus logros. ¡Pero aún no ha concluido mi año de cargo, y me he granjeado honorablemente vuestro respeto por cómo os he tratado, colegas senadores! Pasado mañana plantearé mi propuesta de emancipación general de Italia a la Asamblea de la plebe, y se tratará el asunto contio tras contio, con la más religiosa

 

corrección, con la debida atención a la ley y del modo más pacífico y ordenado. Pues, aparte de otros juramentos, os juro a todos vosotros que no concluirá mi tribunado de la plebe sin que la lex Livia quede inscrita en las tablillas… ¡Una ley que estipule que todos los hombres desde el Arnus al Rhegium, desde el Rubico al Vereium, desde el Toscano al Adriático sean plenos ciudadanos romanos! ¡Si los hombres de Italia me han prestado un juramento, yo les presto otro a ellos: que mientras esté en el cargo los veré emancipados! ¡Y creedme que lo haré, lo haré!

 

Era evidente que se los había ganado; todos lo notaban.

 

—Lo más asombroso de todo —comentó Antonio Orator— es que ahora les ha hecho pensar que la ciudadanía general es inevitable. Están acostumbrados a ver a los hombres ceder y Druso les ha hecho ceder a ellos, príncipe del Senado, te lo garantizo.

 

—Estoy de acuerdo —dijo Escauro, que parecía como iluminado—. ¿Sabes, Marco Antonio, que yo pensaba que nada del gobierno romano podía sorprenderme y que todo tenía un precedente, generalmente mejor? Pero este Marco Livio es único. Nunca se había visto nada igual en Roma. Y sospecho que no se volverá a ver.

 

 

Druso cumplió su palabra. Llevó al concilium plebis su propuesta de emancipación de toda Italia, marcado por un halo de indomabilidad que todos admiraron. Su fama había crecido y se había divulgado, y se hablaba de él en todos los estratos sociales. Por su firme conservadurismo, por su férrea determinación a hacer las cosas legalmente y como era debido, se había convertido en una especie de héroe. Toda Roma era esencialmente conservadora, incluido el censo por cabezas, capaz de seguir a un Saturnino pero incapaces de matar a sus mejores ciudadanos por un Saturnino. El mos maiorum —las tradiciones y costumbres heredadas de siglos— contaba siempre, incluso para el censo por cabezas. Y por fin había un hombre para quien el mos maiorum importaba tanto como la justicia. Marco Livio Druso comenzó a adquirir fama de semidiós, lo que a su vez hacía que la gente creyese que todas sus aspiraciones eran acertadas.

 

Desesperados, Filipo, Cepio, Catulo César y sus seguidores, con Metelo Pío el Meneítos indeciso en su órbita, vieron cómo Druso llevó a efecto las contiones durante la segunda mitad de octubre hasta primeros de noviembre. Al principio, las reuniones solían ser tormentosas, circunstancia que Druso sabía tratar magníficamente, concediendo la palabra a todos e incluso consintiendo que hablasen en coro, pero sin jamás sucumbir a la tiranía ni a la seducción de la multitud. Cuando una reunión subía demasiado de tono, la suspendía. Al principio, Cepio intentó desbaratar las asambleas por medio de la violencia, pero aquella manida técnica de las elecciones de nada sirvió con Druso, que parecía tener un instinto innato de cuándo iba a producirse el tumulto y suspendía una vez tras otra la asamblea antes de que sucediera.

 

Seis contiones, siete, ocho… Y todas cada vez más tranquilas y con una audiencia cada vez más conforme con la inevitabilidad de aquella ley. Incansablemente, Druso refutaba a sus adversarios con impecable gracia y dignidad, admirable buen humor y constante lógica. Ante aquellos razonamientos, sus enemigos parecían burdos, zafios, lerdos.

 

—Es la única manera —comentó a Escauro, príncipe del Senado, tras la octava contio, estando en la escalinata de la Cámara, desde donde Escauro había observado el desarrollo—. Lo que les falta a los políticos romanos nobles es paciencia. Afortunadamente es una cualidad que poseo en abundancia. Hago caso a todos los que acuden a escuchar, y eso les agrada. ¡Les agrado! He sido paciente con ellos y se han acostumbrado a creerme.

 

—Eres el primero que les gusta verdaderamente desde los tiempos de Cayo Mario —dijo Escauro, añorante.

 

—Y con motivo —replicó Druso—. Cayo Mario es otro en quien saben que pueden confiar. Les atrae por su loable sinceridad, su fuerza, su actitud de ser uno más igual que ellos en lugar de un noble romano. Yo no poseo esas ventajas naturales y no puedo dejar de ser lo que soy, un noble romano. Pero la paciencia ha ganado la partida, Marco Emilio. Han aprendido a confiar en mí.

 

—¿Crees realmente que ha llegado el momento de proceder a la votación?

 

—Si.

 

—¿Reúno a los demás? Podemos cenar en mí casa.

 

—Hoy más que nunca creo que debemos cenar en la mía —replicó Druso—. Mañana se juega mi destino, en un sentido o en otro.

 

Escauro se apresuró a ir en busca de Mario, Escévola y Antonio Orator.

 

Al ver a Sila, le saludó también.

 

—Te invito de parte de Marco Livio a cenar en su casa, Lucio Cornelio. ¡Ven con nosotros! —añadió impulsivo al ver un aire de reserva en su rostro

 

—. ¡Allí no habrá nadie que nos incordie!

 

—De acuerdo, Marco Emilio, iré —contestó Sila, cambiando de actitud

 

y hasta sonriendo.

 

A principios de septiembre, los seis habrían tenido que caminar solos, pues, aunque Druso tenía muchos clientes, no era costumbre que éstos siguieran a su patrón a casa al concluir los asuntos del Foro. Era al amanecer cuando se reunían en casa del patrón. Sin embargo, aquel día de la octava contio, los partidarios de Druso en la zona de asambleas habían aumentado tanto, que él y sus cinco amigos nobles eran el núcleo de un animado grupo de unas doscientas personas; no había entre ellos hombres importantes ni ricos. Habían acudido gentes de la tercera y cuarta clases, y hasta del censo por cabezas, para admirar y tener el honor de conocer a aquel hombre resuelto, indomable e íntegro. Desde la segunda se habían ido congregando en número creciente para escoltarle hasta su casa, y aquel día lo hacían aún más animados por ser la víspera de las votaciones.

 

—Así que mañana se decide —comentó Sila a Druso por el camino. —Si, Lucio Cornelio. Han aprendido a conocerme y a confiar en mi

 

desde los caballeros con poder en la Asamblea plebeya hasta estas modestas personas que ahora nos rodean. Yo no veo motivo para retrasar más el voto. Estamos como en el fiel de la balanza: si he de triunfar, lo haré mañana.

 

—No cabe duda de que triunfarás, Marco Livio —terció Mario, satisfecho—. Yo seré el primero en votar a favor de tu ley.

 

El itinerario fue un corto paseo desde el bajo Foro hasta la escalinata de las Vestales, para girar a la derecha por el Clivus Victoriae hasta la casa de Druso.

 

—¡Pasad, pasad, amigos! —dijo Druso animando a la multitud—. Excusadme, id pasando al atrium. Lleva a los demás a mi despacho y aguardad allí —añadió en voz baja para Escauro—. No tardaré, pero es de cortesía dirigirme a ellos antes de despedirme.

 

Mientras Escauro y los otros cuatro nobles se encaminaban al despacho, Druso encabezó a su desordenada concurrencia hacia el jardín peristilo en dirección a la gran puerta doble del muro trasero, junto al extremo de la columnata. Atrás quedaba el atrium, una preciosa habitación policroma, aunque ya oscura pues se había puesto el sol. Estuvo un rato entre sus admiradores, bromeando y charlando, exhortándolos a votar debidamente al día siguiente, y ellos comenzaron a marcharse en grupos hasta que sólo quedaron unos cuantos. Caía el crepúsculo y en aquel momento en que aún no se habían encendido las lámparas, las sombras de los recesos detrás de los pilares y los nichos eran negras e impenetrables.

 

¡Qué bien! Ya se iban los pocos que quedaban. Uno de ellos le rozó bruscamente en la penumbra y Druso notó que se rasgaba el sinus de su toga y sentía un dolor punzante en la ingle; contuvo como pudo el grito que estuvo a punto de proferir, porque, aunque eran admiradores suyos, al fin y al cabo aquellos hombres eran desconocidos. Se apresuraban a salir, comentando lo rápido que había desaparecido la luz y deseosos de llegar a sus casas antes de que la noche convirtiese las calles de la ciudad en gargantas plagadas de peligros.

 

Medio obnubilado de dolor, Druso se apoyó en el umbral de la puerta que daba al jardín, con el brazo izquierdo alzado y entorpecido por los numerosos pliegues de la toga, mirando al portero, que en el otro extremo del peristilo hacía salir a los últimos; luego se volvió para dirigirse al despacho en el que aguardaban sus amigos. Pero en cuanto trató de dar un paso, aquel inexplicable y agudo dolor fue como un estallido. No pudo ahogar un grito que brotó de su interior como una cruel arpía. Algo caliente y viscoso le resbalaba por la pierna derecha. ¡Qué horror!

 

Cuando Escauro y los demás salieron en tropel del despacho, a Druso comenzaban a fallarle las piernas y se agarraba crispado la cadera derecha con una mano; la apartó, mirándola atónito, pues estaba llena de sangre. De

 

su sangre. Cayó de rodillas y se derrumbó en el suelo como un muñeco y allí quedó tumbado con los ojos abiertos y la respiración entrecortada por el dolor.

 

Fue Mario y no Escauro quien se hizo cargo de la situación. Apartó de la cadera derecha los pliegues de la toga y apareció el mango de un puñal, clavado en la parte superior de la ingle. Misterio aclarado.

 

—Lucio Cornelio, Quinto Mucio, Marco Antonio, id a buscar cada uno un médico —dijo Mario resueltamente—. ¡Príncipe del Senado, que enciendan inmediatamente las lámparas! ¡Todas!

 

Druso volvió a gritar de improviso; fue una queja desgarradora y horrible que ascendió hasta el techo tachonado de estrellas del atríum y lo recorrió de viga en viga como un torpe murciélago. En aquel momento el atrium se llenó de esclavos corriendo y gritando, mientras Cratipo, el mayordomo, ayudaba a Escauro a encender las lámparas y Cornelia Escipionis irrumpía seguida de los seis niños, para arrodillarse junto a su hijo en aquel suelo ya encharcado de sangre.

 

—Un asesino —dijo Mario, lacónico.

 

—Tengo que avisar a su hermano —dijo la madre, poniéndose en pie, con la orla de la túnica teñida de sangre.

 

Nadie se fijaba en los niños, que se apretujaron a espaldas de Mario, mirando boquiabiertos la escena, el charco de sangre cada vez más grande, el rostro contorsionado de su tío y aquel objeto romo que le sobresalía del bajo vientre. Chillaba constantemente, a causa del dolor producido por la hemorragia interna que comprimía los principales nervios de la pierna, y a cada grito de agonía los niños se sobresaltaban, gimiendo acobardados, hasta que el pequeño Cepio pudo sobreponerse y abrazó a su hermanito Catón contra su pecho para que no viese aquella escena de agonía.

 

Sólo al regresar Cornelia Escipionis se percataron de la presencia de los niños, a quienes se obligó a salir, acompañados por la nodriza, llorando temblorosa; la madre volvió a arrodillarse, impotente, junto a su hijo moribundo.

 

En aquel momento apareció Sila, casi arrastrando a Apolodoro Siculo, a quien obligó de un empujón a que atendiese al herido.

 

—Este mentula sin corazón no quería interrumpir su cena —dijo. —Hay que llevarle al lecho para que pueda examinarle —dictaminó el

fisico griego al recobrar el resuello.

 

Mario, Sila, Cratipo y otros dos criados levantaron al encogido Druso del suelo y, dejando un gran reguero de sangre de la empapada toga, le condujeron a la gran cama en que él y Servilia Cepionis habían tratado inútilmente durante años de engendrar un hijo. La habitación era pequeña pero estaba clara como el día a causa de las muchas lámparas que habían traído.

 

Llegaban más médicos; Mario y Sila los dejaron a solas con Druso y se unieron a los demás en el atrium, desde donde se oía gritar a Druso sin cesar. Cuando entró Mamerco corriendo, Mario señaló hacia el dormitorio y se quedó quieto.

 

—No podemos irnos —dijo Escauro, de pronto, enormemente avejentado.

 

—No, no podemos —añadió Mario, sintiéndose muy viejo.

 

—Pues volvamos al despacho; así estorbaremos menos —dijo Sila, tembloroso por efecto de la inquietud y del esfuerzo de haber arrastrado al reticente galeno desde su casa.

 

—¡Por Júpiter, no acabo de creérmelo! —exclamó Antonio Orator.

 

—¿Habrá sido Cepio? —inquirió Escévola, tembloroso.

 

—Yo me inclinaría por Vario, ese canalla hispano —dijo Sila enseñando los dientes.

 

Se acomodaron en el despacho, evidenciándose su impotencia como hombres acostumbrados a dirigir, resonando aún en sus oídos los tremendos gritos del dormitorio. Pero no llevarían mucho rato allí, cuando vieron que Cornelia Escipionis hacia honor a los de su clan, pues a pesar del drama había dispuesto que un esclavo les sirviera vino y comida.

 

Cuando finalmente los médicos lograron extraer el puñal, vieron que era el arma ideal para el propósito que se perseguía, pues se trataba de una cuchilla de zapatero de hoja ancha y curvada.

 

—Se lo han retorcido completamente dentro de la herida —dijo Apolodoro Siculo a Mamerco, por encima de los impresionantes gemidos

 

de Druso.

 

—¿Entonces? —inquirió Mamerco, sudoroso por el calor de las llamas de tantas lámparas e incapaz de apreciar las consecuencias de aquella herida.

 

—Todo está deshecho sin posibilidad de arreglo, Mamerco Emilio:

 

vasos sanguíneos, nervios, vejiga y creo que hasta el intestino.

 

—¿Y no se le puede administrar algo para aliviar el dolor?

 

—Ya le he dado jarabe de amapolas, pero le haré beber más; aunque, desgraciadamente, no creo que sirva de mucho.

 

—¿Qué podríamos darle? —inquirió Mamerco.

 

—Nada.

 

—¿Queréis decir que mi hijo va a morir? —inquirió incrédula Cornelia Escipionis.

 

—Sí, domina —dijo el fisico con gesto digno—. Marco Livio sufre una hemorragia interna y externa que nosotros no podemos contener. Morirá sin remisión.

 

—¿Con esos dolores? ¿No pueden hacer algo? —preguntó la madre. —En nuestra farmacopea la droga más eficaz es el jarabe de amapolas

 

de Anatolia, domina. Si eso no los alivia, nada puede hacerse.

 

Toda la larga noche la pasó Druso en un continuo alarido. El eco de su agonía llegaba a todos los rincones de la magnífica mansión y a los oídos de los seis niños, apelotonados en el cuarto de juegos; el pequeño Catón seguía con la cabeza hundida entre los brazos de su hermano y todos lloraban y gemían, recordando la escena de tío Marco ensangrentado en tierra, una obsesión que mortificaba dramáticamente sus mentes infantiles.

 

—¡Estoy contigo y no te pasará nada! —exclamaba el pequeño Cepio, acunando con firmeza a su hermanito.

 

En el Clivus Victoriae la gente seguía congregándose hasta cubrir una zona de trescientos pasos en ambas direcciones; también allí se oían los lamentos de Druso, secundados por sollozos y gemidos no tan fuertes pero también dolorosos.

 

Dentro de la casa se había reunido el Senado en el atrium, aunque Cepio y Filipo habían adoptado la prudente decisión de no acudir. Y como advirtió

 

Lucio Cornelio Sila, que asomó la cabeza por la puerta del despacho, tampoco estaba allí Quinto Vario. En aquel momento reparó en una sombra junto a la puerta que daba a la columnata y se dirigió cautelosamente hacia ella. Era una niña de unos trece o catorce años, morena y graciosa.

 

—¿Qué quieres? —la preguntó, situándose de pronto ante ella, iluminado por una lámpara a sus espaldas.

 

Ella contuvo un grito al ver aquella cabellera rojo-dorada; por un instante creyó ver al difunto Catón Saloniano. Sus ojos irradiaron odio y luego se apagaron.

 

—¿Y quién eres tú para preguntármelo? —replicó con gran altivez.

 

—Lucio Cornelio Sila. ¿Y tú?

 

—Servilia.

 

—Vuélvete a la cama, jovencita. Aquí no tienes por qué estar.

 

—Busco a mi padre.

 

—¿Quinto Servilio Cepio?

 

—¡Sí, sí, mi padre!

 

Sila se echó a reír sin consideración alguna por ella.

 

—¿Cómo iba a estar aquí, tonta, si media Roma sospecha que es el inductor del asesinato de Marco Livio?

 

A Servilia se le iluminaron los ojos de alegría. —¿De verdad, de verdad que va a morirse? —Sí.

 

—¡Qué bien! —exclamó con franca ferocidad, abriendo una puerta y desapareciendo.

 

Sila se encogió de hombros y regresó al despacho.

 

Poco después del amanecer entró Cratipo.

 

—Marco Emilio, Cayo Mario, Marco Antonio, Lucio Cornelio, Quinto Mucio, el amo os requiere.

 

Los gritos se reducían ya a unos esporádicos y atragantados gemidos; los que se hallaban en el despacho sabían lo que esto significaba y se apresuraron a seguir al mayordomo, cruzando por entre el grupo de senadores que aguardaban en el atrium.

 

Druso yacía moribundo, con la piel tan blanca como las sábanas y el rostro semejando una simple máscara en la que algún espíritu diabólico hubiera insertado un par de hermosos ojos oscuros, fulgurantes y vitales. A un lado del lecho estaba de pie Cornelia Escipionis, hierática e impávida, y al otro, Mamerco Emilio Lépido Liviano, hierático e impávido. Los médicos se habían ido.

 

—Amigos, debo dejaros —dijo Druso.

 

—Lo sabemos —dijo Escauro, afable.

 

—Mi obra quedará inconclusa.

 

—Cierto —comentó Mario.

 

—Para impedírmelo han tenido que hacer esto —añadió con un ahogado gemido de dolor.

 

—¿Quién ha sido? —inquirió Sila.

 

—Cualquiera de un grupo de siete hombres que no conocía. Gente corriente; de la tercera clase, diría yo. No del censo por cabezas.

 

—¿Habías recibido amenazas? —preguntó Escévola.

 

—Ninguna —contestó con un nuevo quejido.

 

—Encontraremos al asesino —dijo Antonio Orator.

 

—O a quien le pagó —añadió Sila.

 

Continuaron al pie del lecho en silencio para no agotar más el poco de vida que le restaba a Druso. Pero cuando estaba a punto de expirar, con la respiración muy debilitada y casi sin sentir el dolor, consiguió incorporarse y los miró con ojos obnubilados.

 

—Ecquandone? —preguntó con voz firme y recia—. Ecquandone similem ma civem habebit res publica? ¿Quién podrá socorrer a la república como yo?

 

Aquellos espléndidos ojos se velaron completamente, tornándose oro mate, y Druso exhaló su último suspiro.

 

—Nadie, Marco Livio Druso —contestó Sila—. Nadie.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

V

 

 

Quinto Popedio Silo recibió la noticia de la muerte de Druso por una carta

 

de Cornelia Escipionis que le llegó a Marruvium apenas dos días después de la tragedia, una prueba mas de la extraordinaria fortaleza y presencia de ánimo de la madre del difunto. Había prometido a su hijo decírselo a Silo antes de que la nueva le llegase tergiversada y así lo hizo.

 

Silo lloró, aunque sin que aquella muerte le resultara una sorpresa. Después se sintió más liviano y más resuelto. Se había acabado el tiempo de esperar y reflexionar. Con la muerte de Marco Livio Druso se esfumaba toda esperanza de obtener pacíficamente la emancipación de Italia.

 

Cursó cartas a Cayo Papio Mutilo de los samnitas, a Heno Asinio de los marrucini, a Publio Presenteio de los pelignos, a Cayo Vidacilio de los picentinos, a Cayo Pontidio de los frentanos, a Tito Lafrenio de los vestinos y al que estuviera al frente de los hirpinos, un pueblo famoso por cambiar muy a menudo de pretor. Pero ¿dónde reunirse? Todos los pueblos itálicos sabían que había dos pretores romanos en un viaje por la península para hacer indagaciones sobre «la cuestión itálica» y que husmeaban en todas las localidades con categoría de colonia romana o latina. En una zona central respecto a la mayoría, a trasmano de Roma y al mismo tiempo en una buena carretera, una carretera romana, por supuesto. Silo obtuvo la respuesta casi de inmediato: rocoso e inexpugnable, fortificado con gruesas murallas, en el corazón de los Apeninos y con abastecimiento de agua, estaba Corfinium, en la Via Valeria, junto al río Atemus; una ciudad de los pelignos próxima a las tierras de los marrucini.

 

Allí en Corfinium se reunieron a los pocos días de la muerte de Druso los dirigentes de ocho pueblos itálicos y muchos de sus seguidores: los marsos, los samnitas, los marrucini, los vestinos, los pelignos, los frentanos, los picentinos y los hirpinos. Todos ellos exaltados y decididos.

 

—Vamos a la guerra —fueron casi las primeras palabras que pronunció Mutilo en el consejo—. ¡Hay que ir a la guerra, compatriotas itálicos! ¡Roma se niega a otorgarnos la dignidad y la categoría a que nos hemos hecho merecedores con nuestra conducta. Nosotros nos forjaremos un país independiente que nada tenga que ver con Roma y los romanos,

 

eliminaremos las colonias romanas y latinas construidas en nuestras tierras y nos labraremos un destino propio con nuestros hombres y nuestras riquezas!

 

Una salva de vítores y batir de pies acogió la belicosa declaración, reacción que exaltó a Mutilo, y que a Silo le infundió ánimos. Si al primero le reconcomía el odio a Roma, el segundo había perdido la fe en ella.

 

—¡Se acabaron los impuestos a pagar a Roma! ¡Se acabaron los soldados para Roma! ¡Se acabaron las espaldas de itálicos azotadas por látigos romanos! ¡Se acabaron las deudas con Roma! ¡Se acabaron las inclinaciones de cabeza, los saludos y las humillaciones ante Roma! — gritaba Mutilo—. ¡Seremos una potencia nosotros mismos! ¡Sustituiremos a Roma! ¡Porque Roma, compatriotas itálicos, será reducida a cenizas!

 

La reunión se celebró en la plaza del mercado de Corfinium, ya que no existía allí un local o un foro lo bastante grande para los dos mil congregados. Así, los vítores que acogieron la segunda parte del discurso de Mutilo se elevaron en el aire, difundiéndose en una ola sonora dentro de las murallas que asustó a los pájaros y atemorizó a la población.

 

Ya está hecho, pensó Silo, escuchándolo. Se ha adoptado la decisión. Pero aún quedaban muchas decisiones por adoptar. En primer lugar, un

 

nombre para el nuevo país.

 

—¡Italia! —gritó Mutilo.

 

Y un nombre para la nueva capital de Italia, es decir Corfinium.

 

—¡Itálica! —gritó Mutilo.

 

Y hacía falta un gobierno.

 

—Un consejo de quinientos, formado equitativamente por todos los pueblos que componen Italia —dijo Silo, con la conformidad de Mutilo. Mutilo era el corazón de Italia y Silo el cerebro de Italia—. Todas nuestras reglas civiles, incluida la constitución, las dictará y aplicará este concilíum Italiae, que residirá permanentemente en la nueva capital Itálica. Pero como todos sabéis bien, hemos de emprender una guerra contra Roma para que esta Italia cobre existencia. Por consiguiente, hasta que no se concluya victoriosamente la guerra contra Roma (¡como así será!) Italia dispondrá de un consejo provisional o de guerra formado por doce pretores y dos

 

cónsules. Sé que son denominaciones romanas, pero servirán por su simplicidad más que nada. Actuando constantemente con el conocimiento y aprobación del concilium Italiae, este consejo de guerra dirigirá la guerra contra Roma.

 

—¡En Roma no se lo creerán! —exclamó Tito Lafrenio de los vestinos

 

—. ¿Eso es todo cuanto tenemos que ofrecer, dos nombres? ¡Un nombre para un país inexistente y un nuevo nombre para una ciudad vieja!

—Ya se lo creerán —dijo pausadamente Silo— cuando comencemos a acuñar moneda y a convocar arquitectos que tracen el núcleo de una ciudad magnífica. En la primera emisión figurarán los ocho pueblos fundadores representados por ocho hombres con la espada desenvainada a punto de sacrificar un cerdo, Roma, y en la otra cara la efigie de una nueva diosa: ¡la propia Italia! Como mascota, elegiremos el toro samnita y como dios patrón el Liber Pater, padre de la libertad, y conduciremos a una pantera atada con una cuerda como símbolo del modo como domesticaremos a Roma. Y antes de que transcurra un año, nuestra nueva capital Itálica tendrá un Foro tan grande como el de Roma, una sede del consejo con capacidad para quinientos representantes, un templo de Italia mejor que el templo de Ceres de Roma y un templo de Júpiter Italiae mejor que el de Júpiter Optimus Maximus, romano. ¡Pronto verá Roma que nada le debemos!

 

Volvieron a estallar los vítores, mientras Silo aguardaba sonriente en la tribuna a que se hiciera el silencio.

—¡Roma nos encontrará unidos! —prosiguió—. Juro esto ante todos los presentes y ante todos los habitantes de una Italia libre. ¡Agruparemos los recursos en hombres y dinero, en pertrechos y vituallas! ¡Y los que hagan la guerra contra Roma en nombre de Italia trabajarán más unidos que jamás lo hiciera comandante alguno en ninguna guerra! ¡En toda Italia esperan nuestros soldados la llamada a las armas! ¡Tenemos cien mil hombres preparados para entrar en batalla en pocos días, y habrá más, muchos más! —Hizo una pausa y lanzó una carcajada—. ¡En un plazo de dos años, compatriotas italianos, os garantizo que serán los romanos los que suplicarán ser emancipados como ciudadanos de Italia!

 

Como la causa era justa y un anhelo común, a la par que una necesidad, no hubo prácticamente rencillas por el poder; el consejo de quinientos hombres asumió sus funciones cívicas aquel mismo día, al tiempo que se reunía el consejo provisional.

 

Los magistrados de este consejo provisional se habían elegido por el sistema griego a mano alzada, e incluían dos pretores de los pueblos que aún tenían que incorporarse a la unidad itálica, los lucanos y los venusinos, tan seguros estaban los electores de su incorporación.

 

Los dos cónsules fueron Cayo Papio Mutilo, de los samnitas, y Quinto Popedio Silo, de los marsos. Entre los pretores se contaban Heno Asinio, de los marrucini, Publio Vetio Escato, de los marsos, Publio Presenteio, de los pelignos, Cayo Vidacilio, de los picentinos, Mario Egnacio, de los samnitas, Tito Lafrenio, de los frentanos, Lucio Afranio, de los venusinos y Marco Lamponio, de los lucanos.

 

El consejo de guerra, reunido en la reducida sala de cónclaves de Corfinium ¡ Itálica, inició en seguida su cometido.

 

—Hay que enrolar a los etrurios y a los umbros —dijo Mutilo—. Si no se nos unen no podremos aislar a Roma por el norte, y si no podemos aislarla por el norte podrá seguir contando con los recursos de la Galia itálica.

 

—Los etrurios y los umbros son muy especiales —alegó el marso Escato—. ¡Nunca se han considerado italianos como nosotros, ni parece importarles el trato que reciben de Roma!

 

—Pero hicieron una protesta masiva contra la parcelación del ager publicus —terció Heno Asinio—. Yo creo que eso es signo de que se nos unirán.

 

—Yo creo que indica lo contrario —replicó Silo, frunciendo el ceño—. De todos los pueblos itálicos, los etrurios son los más vinculados a Roma y los umbros siguen ciegamente a los etrurios. ¿A quién conocemos de nombre entre ellos, por cierto? A nadie. El problema es que los Apeninos los han mantenido siempre aislados del resto por el este, tienen la Galia itálica al norte y Roma y el Lacio los unen al sur. Venden sus pinos y sus cerdos a Roma y no a Otros pueblos itálicos.

 

—Lo de los pinos lo entiendo, pero ¿qué importancia pueden tener los cerdos? —preguntó el picentino Vidacilio.

 

—Es que hay cerdos y cerdos, Cayo Vidacilio —contestó Silo, riendo

 

—. Algunos cerdos no hacen más que gruñir, pero hay otros que procuran estupendas cotas militares.

—¡Ah, Pisae y Populonia! —exclamó Vidacilio—. Ya entiendo. —Bien, Etruria y Umbría quedan para un futuro —dijo Mario Egnacio

—. Sugiero que designemos a los más persuasivos de los quinientos del consejo para que vayan a hablar con sus dirigentes, mientras nosotros acometemos la tarea más acuciante: la guerra. ¿Cómo vamos a iniciarla?

 

—¿Qué dices tú, Quinto Popedio? —inquirió Mutilo.

 

—Llamamos a los soldados a las armas, pero mientras lo hacemos sugiero que distraigamos un tanto a los romanos enviando una delegación al Senado de Roma para pedirles de nuevo la ciudadanía.

 

—¡Que utilicen su ciudadanía del mismo modo que los griegos un muchachito lindo! —dijo burlón Mario Egnacio.

—¡Oh, sí! —dijo Silo, risueño—. Pero no hay necesidad de hacérselo saber hasta que tengamos el instrumento para alojársela donde tú dices en la persona de nuestros ejércitos. Estamos preparados, sí, pero tardaremos un mes en movilizar las tropas. Sé de cierto que en Roma casi todos creen que nos faltan años para iniciar las hostilidades. Por lo tanto, ¿a qué desengañarlos? Si enviamos otra delegación dará la impresión de que no se equivocan sobre nuestro grado de preparación.

 

—Estoy de acuerdo, Quinto Popedio —dijo Mutilo.

 

—Bien. Entonces sugiero que elijamos Otro grupo de negociadores locuaces y persuasivos de entre los quinientos representantes para que vayan a Roma, y yo creo que debería encabezarlos al menos un miembro del consejo de guerra.

 

—De una cosa estoy seguro —dijo Vidacilio—, y es que si ganamos la guerra hay que hacerlo rápido. Tenemos que golpear a los romanos rápido y fuerte, en la mayoría de frentes posibles. Tenemos tropas muy bien entrenadas, disponemos de todos los pertrechos necesarios y contamos con

 

magníficos centuriones. — Hizo una pausa con gesto grave—. Pero no tenemos generales.

 

—¡No estoy de acuerdo! —tronó Silo—. Si te refieres a que no contamos con un Cayo Mario, tienes razón, pero él ya es un viejo, y ¿quién más tienen los romanos? ¿Quinto Lutacio Catulo César, que se jacta de haber vencido a los cimbros germanos en la Galia itálica, cuando todos sabemos que fue Cayo Mario? Tienen a Tito Didio, pero no puede compararse a Mario. Y lo que es más importante, tienen las legiones acampadas en Capua; cuatro, y todas de tropas veteranas. Sus mejores generales en activo, Sentio y Bruto, están luchando en Macedonia y se hallan demasiado ocupados para que los traigan aquí.

 

—Roma, antes de verse conquistada por nosotros —dijo amargamente Mutilo—, dejará que todas sus provincias se despedacen y hará que todos vuelvan aquí para combatir. ¡Por eso tenemos que ganar rápidamente la guerra!

 

—Tengo una cosa más que añadir a propósito de los generales —dijo Silo sin alterarse—. No importa realmente de qué generales disponga Roma. Porque Roma actuará como siempre ha hecho: los cónsules del año son los comandantes en el campo de batalla. Creo que podemos descartar a Sexto Julio César y a Lucio Marcio Filipo porque les queda poco tiempo para cesar en el cargo. No sé quiénes serán los cónsules del año que viene, pero ya deben haberlos elegido. Por eso no estoy de acuerdo contigo, Cayo Vidacilio, ni contigo, Cayo Papio. Los que estamos aquí reunidos hemos hecho tanta milicia como cualquiera de los posibles candidatos a cónsul en Roma. ¡Yo, por ejemplo, he participado en siete batallas importantes y he tenido el privilegio de ser testigo del espantoso descalabro romano en Arausio! Mi pretor Escato, tú mismo, Cayo Vidacilio, Cayo Papio, Herio Asinio, Mario Egnacio… ¡No hay nadie de los aquí presentes que no haya participado en seis campañas! Conocemos los resortes del mando tan bien como cualquiera de los generales que envíen los romanos de comandantes y de legados.

 

—Además, tenemos la gran ventaja —terció Presenteio— de que conocemos el terreno mejor que ellos. Llevamos años entrenándonos en

 

toda Italia. La experiencia militar de Roma es notable en el extranjero pero no en Italia; una vez que los legionarios salen de las escuelas de reclutamiento en Capua, van a otro destino. Es una lástima que las legiones de Didio no hayan embarcado aún, pero esas cuatro legiones de veteranos son casi las únicas tropas de que dispone Roma si no trae las que tiene en el extranjero.

 

—¿No ha venido Publio Craso con tropas de Hispania Ulterior para celebrar su triunfo? —inquirió Herio Asinio.

 

—Si, pero volvieron a embarcarlas para reprimir nuevas insurrecciones de los hispanos —contestó Mutilo, que era quien mejor sabía la situación en Capua—. Han mantenido acuarteladas las cuatro legiones de Tito Didio por si eran necesarias en la provincia de Asia y en Macedonia.

 

En aquel momento llegó un mensajero de la plaza del mercado con una nota del consejo; Mutilo la cogió, la leyó varias veces balbuciente y se echó a reír.

 

—¡Bien, generales del consejo de guerra, parece que nuestros amigos de ahí afuera están tan decididos como nosotros a actuar! Es un documento que dice que todos los miembros del concilium Italiae han acordado que todas las principales ciudades de Italia se hermanen con otra similar en los distintos pueblos itálicos para intercambiar rehenes; nada menos que cincuenta niños de todas las edades!

 

—Para mí eso es prueba de desconfianza —comentó Silo.

 

—Imagino. Pero, no obstante, es también prueba de afán y decisión. Yo preferiría llamar acto de fe el hecho de que todas las ciudades de Italia opten por arriesgar la vida de cincuenta niños —dijo Mutilo—. Los cincuenta de mi ciudad de Bovianum irán a Marruvium, y viceversa. Ya se han decidido varios intercambios más: Asculum Picentum y Sulmo… Teate y Saepinum. ¡Estupendo!

 

Silo y Mutilo salieron a conferenciar con el gran consejo y regresaron al poco, viendo que sus colegas habían estado hablando de estrategia.

 

—Primero, lo mejor es marchar sobre Roma —decía Tito Lafrenio. —Sí, pero sin emplear todas las fuerzas —dijo Mutilo, sentándose—. Si

 

actuamos suponiendo que no vamos a recibir ayuda de Etruria y Umbría, y

 

creo que así debemos entenderlo, nada puede hacerse de momento al norte de Roma. Y no podemos ignorar que, en el norte, Picentum está muy sometido al control de los Pompeyos romanos para que pueda prestarnos ayuda. ¿No os parece, Cayo Vidacilio, Tito Herenio?

 

—Si, así es —contestó Vidacilio con voz firme—. Picentum es romano, porque Pompeyo Estrabón sólo es dueño de la mitad y Pompeyo Rufo del resto. Tenemos una cuña entre Sentinum y Camennum.

 

—De acuerdo, el norte debemos dejarlo casi totalmente —dijo Mutilo

 

—. Al este de Roma nuestra situación es mucho mejor, desde luego, una vez que se levanten los apeninos. Y al sur de la península tenemos excelentes posibilidades de aislar completamente a Roma de Tarentum y Brundisium. Si Marco Lamponio se nos une con la Lucania, y estoy seguro de que sí, podremos también aislar a Roma de Rhegium. — Se detuvo e hizo una mueca—. No obstante, quedan las tierras bajas de Campania desde el Samnio hasta la Apulia adriática. Y ahí es donde hemos de golpear con mayor fuerza, por varios motivos. Sobre todo porque Roma cree que Campania ya no es lo que era, aunque innegablemente es romana. ¡Pero no es cierto, caballeros! Podrán aguantar en Capua y en Puteoli, pero creo que podemos arrebatarles el resto de Campania. Si lo conseguimos, se quedan sin sus mejores puertos cerca de Roma, les cortamos el acceso a los grandes puertos tan vitales del sur y les privamos de sus mejores tierras de cultivo…, y aislamos Capua. Una vez que los tengamos luchando a la defensiva, Etruria y Umbría se apresurarán a ponerse de nuestra parte. Tenemos que controlar todas las carreteras de acceso a Roma por el este y por el sur e intentar controlar la Via Flaminia y la Via Cassia. Naturalmente, una vez que Etruria se una a nosotros, dominaremos todas las carreteras romanas. Si es necesario, podemos hacerlos perecer por hambre.

 

—¿No ves, Cayo Vidacilio? —exclamó Silo con aire de triunfo—. ¿Quién ha dicho que no tenemos generales?

—¡De acuerdo, Quinto Popedio! —contestó Vidacilio alzando las manos, dándose por vencido—. Cayo Papio es un verdadero general.

—Yo creo que puedes ver que, sin salir de este cuarto, tenemos una

 

buena docena de generales —añadió Mutilo.

 

 

 

El mismo día en que se constituía la nueva nación de Italia y sus notables se reunían a deliberar en la nueva capital, Itálica, el pretor Quinto Servilio, de la familia de los Augures, cabalgaba por la Via Salaria desde la ciudad portuaria de Firmum Picenum, camino, por fin, de Roma. Llevaba patrullando desde junio las tierras al norte de Roma y había recorrido las fértiles colinas de Etruria hasta el río Arnus, que constituía la frontera con la Galia itálica; de allí había pasado al este de Umbría, al sur hacia Picenum y a la costa adriática. Tenía la impresión de haberse informado muy bien. No había dejado una sola piedra itálica sin remover y no había descubierto ninguna conjura, sencillamente porque no había ninguna conjura; estaba convencido.

 

Su viaje había sido regio aunque no constara oficialmente. Dotado de imperium proconsular, gozaba de la suntuosa ostentación de cabalgar precedido de doce lictores vestidos de carmesí, con cinturón negro de hebilla de bronce, portando las hachas en los haces de varillas. Montado en corcel blanco, revestido con una coraza plateada con túnica púrpura debajo, Quinto Servilio, de la familia de los Augures, había inconscientemente imitado al rey Tigranes de Armenia, haciendo que un esclavo caminase a su lado llevando una sombrilla para protegerle del sol. De haberlo visto Cornelio Sila, aquel hombre tan extraño, se habría muerto de risa. Y probablemente habría procedido a apearle de su afeminada montura para restregarle la cara por el polvo.

 

Cada día, un equipo de criados de Quinto Servilio se adelantaba presuroso a buscarle el mejor alojamiento, generalmente en la villa de algún magnate o magistrado, pese a que a él le importaba un bledo las condiciones en que viajase su séquito. Además de los lictores y una buena fuerza de esclavos, le escoltaban veinte soldados fuertemente armados en excelentes caballos. Para que no le faltase compañía en aquel viaje de placer, había elegido por legado a un tal Fonteio, un nuevo rico desconocido

 

que había adquirido su porción de gloria donando (junto con una inmensa dote) a su hija Fonteia de siete años al colegio de las vírgenes vestales.

 

A Quinto Servilio, de la familia de los Augures, le parecía que los senadores de Roma habían organizado un revuelo por nada, pero no era persona que se quejase, pues había visto más cosas en Italia de las que habría podido imaginar y en circunstancias deliciosas sin parangón alguno. Porque por doquiera que iba le agasajaban y celebraban fiestas en su honor y su arca de viaje aún estaba más que a la mitad debido a la generosidad de sus anfitriones y al poder que le confería su imperium proconsular, con lo cual se las prometía muy felices de acabar su pretorado con una buena bolsa a expensas del Estado.

 

La Via Salaría era la antigua ruta de la sal, la pieza clave de la prosperidad inicial de la Roma de los tiempos anteriores a la monarquía, cuando las minas de sal de las llanuras de Ostia quedaban diseminadas a lo largo de la misma. Sin embargo, por entonces esta vía ya había perdido importancia, al extremo de que el firme lo tenía muy abandonado el negligente Estado, como comprobaría el propio Quinto Servilio nada más salir de Firmum Picenum. Había tramos de varias millas muy deteriorados a causa de las inundaciones, en los que no quedaba nada de la calzada sobre las piedras redondas de cimentación; y, para mayor complicación, cuando se disponía a llegar a la siguiente ciudad importante, Asculum Picentum, se encontró el camino bloqueado por un desprendimiento. Sus hombres tardaron un día y medio en abrir paso, tiempo durante el cual el pobre Quinto Servilio tuvo que pasarlo a pie de obra sin ninguna comodidad.

 

El itinerario desde la costa era muy empinado, debido a la estrechez del litoral este por hallarse muy próximo a la alta cordillera de los Apeninos. La ciudad de Asculum Picentum, en el interior, era el mayor y más importante núcleo habitado del Picenum sur, rodeada de una impresionante circunferencia de altas murallas de piedra, cual réplica a las altas cumbres que la rodeaban. El río Truentius discurría próximo a ella, aunque en aquella época del año apenas era una sucesión de charcos. Pero los ingeniosos asculanos habían tomado el aprovisionamiento de agua de una capa de grava por debajo del lecho del río.

 

Su vanguardia de criados había cumplido bien su cometido, comprobó Quinto Servilio al llegar por fin a las puertas de Asculum Picentum, pues allí le aguardaba un grupo de prósperos mercaderes que hablaban latín en vez de griego y vestían la toga de ciudadano romano.

 

Quinto Servilio desmontó de su afeminado caballito blanco, recogió su capa púrpura sobre el hombro izquierdo y recibió al comité de recepción con airosa condescendencia.

 

—¿No es una colonia romana ni latina, verdad? —inquirió displicente, dado que sus conocimientos en la materia dejaban mucho que desear, tanto más cuanto que era un pretor romano itinerante por Italia.

 

—No, Quinto Servilio, pero aquí vivimos un centenar de comerciantes romanos —contestó el que encabezaba la delegación y que se llamaba Publio Fabricio.

 

—¿Y dónde están los dirigentes picentinos? —preguntó indignado Quinto Servilio—. ¡Esperaba ser recibido también por los naturales de la localidad!

 

—Los picentinos hace meses que nos rehúyen, Quinto Servilio — respondió compungido Fabricio—. No sé por qué, pero no parecen tenernos mucho aprecio. Y hoy es fiesta local en honor de Pico.

 

—¿Pico? —repitió Quinto Servilio, perplejo—. ¿Una fiesta en honor de un pájaro?

 

Cruzaron las puertas y entraron en una especie de placita adornada con guirnaldas de flores otoñales y adoquines cubiertos de pétalos y margaritas.

 

—Pico es para los indígenas una especie de Marte picentino —contestó Fabricio—. Se cree que era un rey itálico de época pretérita que dirigió a los picentinos desde sus primitivos asentamientos a través de las montañas hasta el actual Picenum. Cuando llegaron allí, Pico se convirtió en un pájaro carpintero, que marcó los nuevos límites agujereando los árboles.

 

—Ah… —comentó Quinto Servilio, perdiendo interés.

 

Fabricio condujo a Quinto Servilio y a su legado Fonteio a su espléndida mansión en lo más alto de la ciudad, a los lictores y a la tropa los alojó cerca, con comodidades en consonancia, y a los esclavos los acomodó con sus propios esclavos. Quinto Servilio se puso muy ufano ante aquel

 

recibimiento tan deferente y lujoso, en particular cuando vio su magnífica habitación.

 

Hacía calor y el sol aún estaba alto. Los dos romanos tomaron un baño y se reunieron con su anfitrión en la columnata con vistas a la ciudad, rodeada por unas impresionantes murallas y no menos imponentes montañas al fondo. Una panorámica de la que, en cualquier caso, gozaban casi todas las casas de la ciudad.

 

—Si os parece, Quinto Servilio —dijo Fabricio cuando aparecieron sus invitados—, podemos ir esta noche al teatro. Representan las Bacchides de Plauto.

 

—Delicioso —dijo Quinto Servilio, sentándose en una mullida silla a la sombra—. Desde que salí de Roma no he ido al teatro —añadió con un voluptuoso suspiro—. He visto que hay flores por todas partes, y sin embargo nadie en las calles. ¿Es debido a la fiesta de ese pájaro?

 

—No —contestó Fabricio con el entrecejo fruncido—. Por lo visto tiene algo que ver con la nueva política que han adoptado los itálicos. Esta mañana a primera hora enviaron a Sulmo cincuenta niños de Asculum, todos itálicos, y esperan la llegada de otros cincuenta de Sulmo en contrapartida.

 

—¡Es asombroso! Sería como para pensar que están intercambiando rehenes —dijo Quinto Servilio, despreocupado—. ¿Es que los picentinos piensan entrar en guerra contra los marrucini? Es lo que parece, ¿no?

 

—A mí no me han llegado rumores de guerra —Contestó Fabricio. —Bueno, si han enviado cincuenta niños de Asculum a una ciudad de

 

los marrucini y esperan que ellos les envíen cincuenta, es indicio de que las relaciones, cuando menos, son tirantes —comentó Quinto Servilio con una risita—. ¡Ah, sería estupendo que comenzasen a luchar entre sí! Así dejarán de pensar en lo de obtener la ciudadanía, ¿no es cierto? —añadió dando un sorbo de vino y alzando la vista, sorprendido—. ¡Mi apreciado Publio Fabricio! ¿Vino fresco?

 

—Un buen lujo, ¿no os parece? —replicó Fabricio, complacido de haber sorprendido a un pretor romano de nombre tan antiguo, célebre y patricio como Servilio—. Cada dos días envío una expedición a las

 

montañas para que me traigan nieve para mantenerlo fresco en verano y en otoño.

 

—Una delicia —dijo Quinto Servilio recostándose en la silla—. ¿En qué ramo trabajas? —inquirió de pronto.

 

—Tengo un contrato de exclusividad con los huertos de esta zona — contestó Publio Fabricio—. Les compro manzanas, peras y membrillos y los mejores los envío en seguida a Roma para la venta en los mercados. Con el resto hago mermelada en una factoría y luego la envío a Roma. Tengo también un contrato para los garbanzos.

 

—Ah, está muy bien.

 

—Sí, me va bastante bien —añadió Fabricio en tono ufano—. Os advierto, no obstante, que es característico de estos itálicos que cuando ven a uno con ciudadanía romana que vive mejor que ellos, comienzan a rezongar sobre monopolios, prácticas comerciales desleales y otros comentarios propios de holgazanes. Lo cierto es que no les gusta trabajar y los pocos a los que les gusta, carecen de visión comercial. Si por ellos fuese, la fruta y las hortalizas se pudrirían en el suelo. ¡Yo no vine a este agujero frío y desapacible a robarles el negocio, es un negocio que he creado yo! Cuando empecé, estaban tan agradecidos que era poco todo el trabajo que les daba, mientras que ahora parece como si fuese persona non grata en Asculum. Y a mis amigos romanos les sucede igual, Quinto Servilio.

 

—Lo vengo oyendo durante todo el viaje, de Saturnia a Ariminum — comentó el pretor encargado de indagar lo de «la cuestión itálica».

 

Cuando el sol había recorrido aproximadamente un tercio de su curso hacia el Oeste y ya comenzaba a notarse la brisa de las montañas, Publio Fabricio y sus distinguidos huéspedes se encaminaron al teatro, una estructura provisional de madera levantada al amparo de las murallas para que el público estuviera a la sombra mientras el sol aún alumbraba la scaena en que se representaba la obra. Habría en total unos quinientos picentinos en las gradas semicirculares, con excepción de las dos primeras filas, reservadas a los romanos.

 

Fabricio había efectuado unas modificaciones de última hora en el centro de la primera fila, donde habían levantado un bonito estrado protegido por un dosel, con espacio suficiente para la silla curul de Quinto Servilio, otra para su legado Fonteio y una tercera para él. Que aquella estructura tapase la vista a los de las filas inmediatamente posteriores, le traía sin cuidado. Su huésped era un pretor romano con imperium proconsular y mucho más importante que una pandilla de itálicos.

 

El grupo entró en el teatro por un túnel bajo la curvada cavea y salió por un lateral, unas doce filas más atrás del estrado honorífico, que estaba frente a la orquesta, un semicírculo vacío entre el escenario y el público. Lo encabezaban los majestuosos lictores con fasces y hacha al hombro, seguía el pretor con su legado y el encantado Fabricio trotando a su lado y cerraban la marcha veinte soldados. La esposa de Fabricio —que no había sido presentada a los viajeros romanos— se hallaba sentada con sus amigas a la derecha del estrado, en la fila de atrás, ya que la primera fila estaba exclusivamente reservada para varones con ciudadanía romana.

 

Al entrar el grupo, un fuerte murmullo recorrió las filas ocupadas por picentinos, que se inclinaron hacia adelante y estiraron el cuello para ver a los extranjeros. El murmullo fue creciendo hasta convertirse en un auténtico bramido con abucheos y silbidos. Aunque algo sorprendido y consternado por aquella hostil acogida, Quinto Servilio, de la familia de los Augures, siguió caminando con paso majestuoso y la cabeza muy alta hasta el estrado y, regiamente, tomó asiento en la silla de marfil, manteniendo una actitud patricia que no correspondía a lo que era. Le siguieron Fonteio y Fabricio, mientras que los lictores y soldados se acomodaban en los asientos de la primera fila a ambos lados del estrado, colocando lanzas y fasces entre las desnudas rodillas.

 

Dio comienzo la obra, una de las más agudas y divertidas de Plauto, acompañada por una deliciosa música. La representaban actores ambulantes pero de calidad y orígenes diversos; había romanos, latinos e itálicos, aunque ningún griego por tratarse de una compañía con un repertorio exclusivamente de comedias en latín. Las fiestas de Pico en Asculum era una de sus etapas anuales, pero aquel año reinaba un ambiente distinto.

 

Aquella tendencia antirromana soterrada entre el público picentino era un fenómeno nuevo, y los actores se enfrascaban en sus papeles con renovado vigor, acentuando las situaciones más cómicas con gestos exagerados, decididos a disipar el malestar de los picentinos.

 

Desgraciadamente, también entre los actores se notaba el antagonismo, pues, mientras un par de romanos actuaban descaradamente para los del estrado, los latinos e itálicos lo hacían para la población local. El prólogo dio paso a la trama, con hilarantes diálogos entre los protagonistas y un gracioso dúo cantado sobre un fondo de flauta. Luego, el primer canticum, una magnífica aria de tenor acompañada a la lira; el cantante, un itálico de Samnio, tan famoso por su habilidad para alterar el texto como por su bella voz, se acercó al proscenio y cantó dirigiéndose al estrado honorífico:

 

 

¡Salve, pretor de Roma!

 

¡Salve y márchate!

 

¿Qué necesidad tenemos en esta fiesta

 

de deslumbrante ostentación?

 

¡Miradle ahí tan encumbrado,

 

nada pasmado de los demás!

 

¿No es indecente mis buenas gentes

 

que nos invada nuestras butacas?

 

¡Todos a una con él afuera!

 

¡A derribar a ese canalla!

 

¡Tan ufano en su silla de marfil,

 

de los testículos lo sacamos de aquí!

 

¡A patadas con este vil,

 

que eche el bofe corriendo de aquí!

 

 

No pudo acabar la improvisada canción porque un soldado de la escolta de Quinto Servilio cogió la lanza que tenía entre las rodillas y, sin levantarse, se la arrojó. El tenor samnita cayó muerto, atravesado, con un gesto de desprecio en su sorprendido rostro.

 

Se hizo un profundo silencio; el público picentino no acababa de creer lo que había sucedido ni sabía cómo reaccionar. Y mientras permanecían mudos, el actor latino Saunio, el favorito del público, dio un salto hacia un lado de la escena y comenzó un enfebrecido monólogo, mientras entre otros cuatro sacaban el cadáver y los dos actores romanos desaparecían entre bastidores.

 

—¡Apreciados picentinos, yo no soy romano! —gritaba Saunio, encaramándose como un simio a una columna y con la máscara colgándole de la mano—. ¡Os imploro que no me confundáis con esos de ahí! — añadió, señalando al estrado romano—. ¡Yo soy un simple latino, mis apreciados picentinos, y también padezco esos fasces que recorren de un lado a otro nuestra querida Italia, yo también deploro los actos de estas arrogantes aves de rapiña romanas!

 

En aquel momento, Quinto Servilio se levantó de la silla curul, bajó del estrado, cruzó el semicírculo de la orquesta y subió al escenario.

 

—¡Actor, si no quieres que te atraviesen el pecho con una lanza, sal de escena! —gritó Quinto Servilio—. ¡En mi vida había escuchado semejantes insultos! ¡Consideraos afortunados, escoria itálica, porque no ordene a mis tropas que acaben con todos vosotros!

 

Dio la espalda a Saunio para mirar al público, y, como la acústica era muy buena, pudo hablar con voz normal y le oyeron hasta en lo alto de la cavea.

 

—¡No olvidaré lo que aquí se ha dicho! —espetó—. ¡La auctoritas romana ha sufrido una afrenta moral! ¡Y os prometo que la población de este montón de estiércol itálico lo pagará caro!

 

Lo que sucedió a continuación fue tan rápido que después nadie supo explicárselo. Los quinientos picentinos cayeron en masa sobre las filas delanteras romanas, saltaron el vacío semicírculo de la orquesta y se abalanzaron sobre los soldados, los lictores y los romanos togados como un muro humano con mil manos que estrujaban, tiraban y desgarraban. No se esgrimió ninguna lanza, no se desenvainó ninguna espada ni se sacó ningún hacha de los haces de varillas; soldados y lictores, hombres togados con sus respectivas mujeres enjoyadas, fueron despedazados. La parte delantera del

 

teatro quedó bañada en sangre y trozos de cuerpo volaban como pelotas de un lado a otro; la multitud chillaba y bramaba enloquecida de odio y placer y dejó a los cuarenta funcionarios romanos y a los doscientos comerciantes romanos con sus respectivas esposas reducidos a un sanguinolento picadillo. Fonteio y Fabricio fueron de los primeros en perecer.

 

Tampoco se libró Quinto Servilio, de la familia de los Augures, porque un numeroso grupo saltó al escenario antes de que pudiera moverse y se complació en arrancarle las orejas, retorcerle la nariz hasta desprendérsela, sacarle los ojos y arrancarle los dedos, cruelmente arañados por las sortijas, para luego, mientras gritaba como un poseso, agarrarle por los pies, los brazos y la cabeza y despedazarle.

 

Cuando todo hubo concluido, los picentinos de Asculum lanzaron vítores entre danzas, amontonaron los trozos de romano en el Foro y corrieron por las calles arrastrando hasta morir a los romanos que no habían ido al teatro. Al anochecer no quedaba vivo en Asculum Picentum ningún ciudadano romano ni pariente del mismo. Cerraron las imponentes puertas de la ciudad y comenzaron a tratar de lo que habían de hacer para sobrevivir. Nadie lamentó por un momento aquella locura; era como si la acción hubiese servido para extirpar un enconado absceso de odio, y ahora se recreaban en ese odio, jurándose nunca jamás someterse a Roma.

 

 

Cuatro días después de los sucesos de Asculum Picentum llegaba la noticia a Roma. Dos actores romanos habían logrado escapar del escenario, escondiéndose y contemplando horrorizados la escabechina, y después habían abandonado la ciudad antes de que cerraran las puertas. Cuatro días tardaron en llegar a Roma, a pie, sentados en carros tirados por mulas y a caballo en la grupa, enmudecidos de terror para contar nada de lo sucedido en Asculum Picentum hasta verse a salvo en la ciudad. Como eran actores, su relato no perdió precisamente en detalles y toda Roma lo escuchó sobrecogida, mientras el Senado decretaba luto por el pretor muerto y las vestales hacían sacrificios en memoria de Fonteio, padre de su última novicia.

 

Si algo podía calificarse de afortunado respecto a la matanza era el hecho de que ya se hubieran efectuado las elecciones en Roma, con lo que el Senado se ahorraba la ingrata tarea de enfrentarse a solas con Filipo. Lucio Julio César y Publio Rutilio Lupo eran los nuevos cónsules; un hombre bueno en el caso de César, vinculado por necesidad económica a un rico engreído pero inepto como Lupo. Era otro año de ocho pretores, con la habitual mezcla de patricios y plebeyos, competentes e incompetentes. César Estrabón, el hermano menor bizco del nuevo cónsul Lucio Julio César, era edil curul, y entre los cuestores se contaba nada menos que Quinto Sertorio, que, gracias a la corona de laurel ganada en Hispania, podía acceder al cargo que deseara. Cayo Mario, primo de la madre de éste, ya se había ocupado de que Sertorio ingresase en el censo senatorial, y en cuanto se nombraran otros dos nuevos censores tenía garantizado su ingreso en el Senado. Poco sabía de tribunales, pero era muy famoso pese a su juventud y poseía el encanto mágico para las multitudes, peculiar también de Cayo Mario.

 

La impresionante y poco corriente colección de tribunos de la plebe contaba con un repulsivo representante en Quinto Vario Severo Hybrida Sucronensis, que se las prometía muy felices en cuanto el colegio entrase en funciones para hacérselas pagar a los partidarios de la emancipación de Italia; del primero al último. La noticia de la matanza de Asculum Picentum fue un magnífico pretexto para Vario, y aunque aún no había asumido el

 

cargo, fue ganándose incansablemente por parte de los caballeros y asiduos al Foro el apoyo de su proyecto de venganza contra la Asamblea plebeya. El Senado, exasperado por las acerbas censuras de Filipo y Cepio, ansiaba que concluyera el año.

 

Luego, poco después de la noticia de la matanza, llegó una delegación de veinte nobles itálicos de la nueva capital, Itálica, aunque ellos no mencionaran para nada a Italia ni su capital; el grupo se limitó a solicitar audiencia con el Senado para hablar de la emancipación de toda la población de Italia al sur, no del Arnus y el Rubico, ¡sino del Padus, en la Galia itálica! La nueva frontera había sido concienzudamente pensada para suscitar la hostilidad de toda Roma, desde el Senado hasta el censo por cabezas, pues los dirigentes de la nueva nación italiana ya no querían la emancipación, sino la guerra.

 

Encerrado con la delegación en el Senaculum, un pequeño edificio anexo al templo de la Concordia, Marco Emilio Escauro, príncipe del Senado, intentaba rechazar aquella inaceptable pretensión. Fiel partidario de Druso, una vez muerto éste no veía el sentido de seguir presionando por la emancipación general. Amaba la vida.

 

—Decid a vuestros dirigentes que no se puede negociar nada hasta obtener plena reparación por los hechos de Asculum Picentum —dijo Escauro con desdén—. El Senado no os recibirá.

 

—Asculum Picentum no es más que el ejemplo irrefutable del profundo sentimiento que une a los italianos —dijo el jefe de la delegación, Publio Vetio Escato, de los marsos—. En cualquier caso, no está en nuestra mano exigir nada a Asculum Picentum. Es una decisión que compete a los picentinos.

 

—Es una decisión que compete a Roma —replicó secamente Escauro.

 

—Solicitamos de nuevo que nos reciba el Senado —dijo Escato.

 

—El Senado no os recibirá —contestó impertérrito Escauro.

 

Tras lo cual, los veinte delegados giraron sobre sus talones, decididos a marcharse, sin que les pesara, advirtió Escauro. El último en salir fue Escato, que le entregó un rollo.

 

—Tomad, Marco Emilio, de parte de los marsos —dijo.

 

Escauro no desplegó el documento hasta llegar a su casa, una vez que se lo hubo devuelto el escriba a quien lo había confiado. Se dispuso a leerlo, un tanto molesto por haberlo olvidado, y su sorpresa fue enorme a medida que iba descifrándolo.

 

Al amanecer convocó una reunión de la Cámara, que estuvo poco concurrida por lo precipitado del caso. Como de costumbre, ni Filipo ni César se molestaron en aparecer. Silo hicieron Sexto César y los nuevos cónsules y pretores, así como los tribunos de la plebe salientes y casi todos los entrantes. Los consulares habían acudido, y Sexto César hizo el recuento y vio con alivio que había quórum.

 

—Tengo aquí —dijo Escauro— un documento firmado por tres dirigentes marsos: Quinto Popedio Silo, que se denomina cónsul, Publio Vetio Escato, que se denomina pretor, y Lucio Frauco, que se denomina concejal. Voy a leéroslo.

 

Al Senado y al pueblo de Roma. Nosotros, representantes elegidos del pueblo marso, en nombre de nuestro pueblo declaramos nula nuestra condición de aliados de Roma. Que no pagaremos a Roma impuestos, tributos, tasas ni diezmos. Que no contribuiremos con tropas a su ejército. Que recuperaremos de Roma la ciudad de Alba Fucentia con todas sus tierras. Os rogamos que lo toméis como una declaración de guerra.

 

Se oyó un murmullo en las gradas y Cayo Mario alargó el brazo para que Escauro le diera el documento, que a continuación pasó de mano en mano hasta que todos comprobaron que era auténtico.

 

—Bien, parece que ya está ahí la guerra —dijo Mario.

 

—¿Contra los marsos? —inquirió Ahenobarbo, pontífice máximo—. Cuando hablé con Silo ante la puerta Collina dijo que habría guerra… ¡pero los marsos no pueden vencernos! ¡No tienen gente para emprender la guerra contra Roma! Esas dos legiones que traía es lo más que pueden reunir los marsos.

 

—Se me antoja extraño —confesó Escauro.

 

—A menos —terció Sexto César— que estén en connivencia con otros pueblos itálicos.

 

Pero nadie podía creerlo, Mario incluido. La reunión se cerró sin que hubiesen llegado a ninguna conclusión, salvo que sería prudente estar vigilantes respecto a Italia, ¡pero no sólo con un par de pretores itinerantes! Servio Sulpicio Galba, el pretor delegado para investigar «la cuestión itálica» al sur de Roma, había escrito diciendo que regresaba, y la Cámara consideró que sería mejor esperar a que volviese para decidir qué debía hacerse. ¿Una guerra con Italia? Quizá, pero aún no.

 

—Sé que en vida de Marco Livio yo era el primero en estar convencido de que teníamos la guerra con Italia en puertas —dijo Mario a Escauro una vez terminada la sesión—, pero ahora que él no está, ¡no lo creo en absoluto! Me pregunto si no sería por influencia suya; sinceramente, no lo sé. ¿Es una aventura a la que van solos los marsos? ¡Tiene que serlo! Sin embargo, Quinto Popedio nunca me había parecido un loco.

 

—De acuerdo en todo lo que has dicho, Cayo Mario —dijo Escauro—. ¡Ah!, ¿por qué no leería ese documento cuando Escato aún estaba en Roma? Los dioses están jugando con nosotros; lo noto en los huesos.

 

 

El hecho de que el año estuviese a punto de concluir hacia sin duda que las mentes senatoriales no pensasen más que en asuntos de Roma; nadie quería adoptar decisiones con los dos cónsules casi al término de su gestión, y los dos entrantes estaban pulsando todavía las alianzas entre los miembros de la Cámara.

 

Por eso durante el mes de diciembre los únicos asuntos que se trataban en el Senado y en el Foro eran los internos; y los incidentes más triviales, por ser los más patentes y esencialmente romanos, relegaron a un segundo plano la declaración de guerra de los marsos. Uno de los incidentes más triviales fue la vacante sacerdotal creada por la muerte de Marco Livio Druso. Aún después de tantos años, Ahenobarbo, pontífice máximo, seguía pensando que debía concedérsele el puesto que dejaba Druso, por lo que en seguida propuso el nombre de su hijo mayor, Cneo, prometido hacía poco a

 

Cornelia Cinna, la hija mayor del patricio Lucio Cornelio Cinna. El pontificado, desde luego, era privativo de la clase plebeya, que era a la que había pertenecido Druso. Cuando todos los nombres estuvieron recogidos, la lista de candidatos parecía una lista honorífica de plebeyos e incluía a Metelo Pío el Meneitos, otro que vivía en perenne resentimiento ya que el puesto de su padre había sido para Cayo Aurelio Cota por elección. Luego, en el último momento, Escauro, príncipe del Senado, dejó pasmados a todos incluyendo un nombre patricio: Mamerco Emilio Lépido Liviano, hermano de Druso.

 

—¡No es legal por dos motivos! —gruñó Ahenobarbo, pontífice máximo—. Primero porque es patricio, y segundo porque es un Emilio, y tú ya eres pontífice, Marco Emilio, con lo cual no puede haber otro Emilio.

 

—¡Tonterías! —replicó Escauro, rotundo—. No le nomino en tanto que Emilio adoptado, sino como hermano de sangre del sacerdote fallecido. Es un Livio Druso, e insisto en que se le incluya.

 

El Colegio de Pontífices acordó finalmente que, en tales circunstancias, Mamerco debía ser considerado un Livio Druso y dejar que su nombre figurase en la lista de candidatos. Y se evidenció la preferencia de los electores por Druso, porque Mamerco consiguió votos de las diecisiete tribus y obtuvo así el puesto sacerdotal de su hermano.

 

Más grave —o eso pareció por entonces— fue la conducta de Quinto Vario Severo Hybrida Sucronensis. Cuando el nuevo colegio de tribunos de la plebe asumió el cargo el décimo día de diciembre, Quinto Vario presentó una moción para que se inscribiera en las tablillas una ley obligando a juzgar por traición a todos los que habían apoyado la emancipación de los itálicos. Sus nueve colegas, no obstante, se apresuraron a vetar semejante propuesta. Pero Vario siguió el ejemplo de Saturnino, llenó el «aprisco» asambleario de matones y mercenarios y logró intimidar a sus colegas para que retirasen el veto, logrando igualmente intimidar a la oposición, y así el día de año nuevo se creó un tribunal extraordinario para juzgar la traición, que todo Roma comenzó a denominar la comisión variana, con potestad exclusiva para juzgar a quienes hubiesen apoyado la emancipación de Italia. Pero los términos de imputación eran tan vagos y relativos, que cualquiera

 

quedaba expuesto al riesgo de comparecer ante el jurado formado exclusivamente por caballeros.

 

—Lo utilizará para perseguir a sus enemigos y a los de Filipo y Cepio —dijo abiertamente Escauro, príncipe del Senado—. ¡Ya veréis! ¡Es la ley más lamentable aprobada con manipulación!

 

Vario corroboró que Escauro tenía razón al elegir a su primera víctima, el estirado, formal y ultraconservador pretor de cinco años antes Lucio Aurelio Cota. Hermanastro de Aurelia por parte de padre, y nunca ferviente partidario de la emancipación, Cota había contemporizado con la idea, junto con otros muchos senadores, en la época en que Druso tan enconadamente había bregado en la Cámara por la legislación; uno de los principales motivos de su cambio de ánimo era el odio que tenía a Filipo y a Cepio. Y haber cometido el error de cortar tajantemente a Quinto Vario.

 

Este Cota, el mayor de su generación, era la víctima idónea de la comisión variana, pues no era de categoría tan alta como los consulares ni tan baja como los pedarii. Si Vario lograba que le condenasen, el tribunal se convertiría en un instrumento de terror para el Senado. El primer día del juicio, Cota vio claramente lo que le esperaba, pues el jurado estaba lleno de gente que odiaba al Senado y el presidente —el poderosísimo caballero plutócrata Tito Pomponio— prestó poca atención a las alegaciones de la defensa.

 

—Mi padre se equivoca —dijo el joven Tito Pomponio, que estaba entre la multitud congregada para ver actuar a la comisión variana.

 

Su auditor era otro miembro del pequeño clan de acólitos legales de Escévola el Augur: Marco Tulio Cicerón, cuatro años más joven y cuarenta años mayor en cuanto a inteligencia, si no sentido común.

 

—¿Qué quieres decir? —inquirió Cicerón, que se había inclinado por la amistad de Tito Pomponio tras la muerte del hijo de Sila.

 

Aquello había sido la primera tragedia en la vida de Cicerón, y meses después del suceso aún iba de luto y echaba de menos a su querido amigo.

 

—Esa obsesión de mi padre por entrar en el Senado —contestó el joven Tito Pomponio entristecido— le reconcome, Marco Tulio. No hay cosa que haga que no esté orientada a su ingreso en el Senado. Incluido el señuelo de

 

Quinto Vario nombrándole presidente del tribunal. Naturalmente, la anulación de las leyes de Marco Livio Druso ha permitido prescindir de la composición senatorial del jurado y Quinto Vario se aprovecha de ello para encandilarle, prometiéndole que si hace lo que él diga será miembro del Senado en cuanto se elijan los nuevos censores.

 

—Tu padre tiene negocios —objetó Cicerón— y tendrá que dejarlos en cuanto sea senador, con excepción de la propiedad de las tierras.

 

—¡Oh, claro que lo hará! —contestó amargamente el joven Tito Pomponio—. ¡Yo, que aún no tengo veinte años, soy quien se ocupa de casi todas las gestiones de la empresa, y me lo agradece bien poco! ¡En realidad le avergüenza ser un hombre de negocios!

 

—¿Y qué tiene eso que ver con que tu padre esté equivocado? — inquirió Cicerón.

 

—¡Pues todo, zopenco! —dijo el joven Tito—. ¡Quiere entrar en el Senado! Pero es un error, porque él es caballero y uno de los más influyentes de Roma. Y yo no veo que sea nada malo ser uno de los caballeros más importantes de Roma. Tiene el Caballo Publico (que yo heredaré) y todos le piden consejo, tiene gran poder en la Asamblea y es asesor de los tribunos del Tesoro. ¿Qué más quiere? ¡Ser senador! ¡Ser uno de esos tontos de la grada trasera que no tienen derecho a la palabra, y que ni siquiera saben hablar!

 

—Quieres decir que es un arribista social —comentó Cicerón—. Bueno, no lo veo tan mal. También yo lo soy.

 

—¡Marco Tulio, mi padre ya está socialmente en la cúspide! Por nacimiento y por su fortuna. Los Pomponios están estrechamente emparentados desde muchas generaciones con los Cecilios de la rama Pio, y no se puede pedir más sin ser patricio. Entiendo que tú seas un arribista social, Marco Tulio —prosiguió el joven Tito, retoño de la más alta nobleza caballeresca, sin pensar que sus palabras podían herir—; cuando entres en el Senado serás un hombre nuevo, y si llegas al consulado ennoblecerás a tu familia. Lo que significa que tendrás que granjearte las simpatías de todos los hombres relevantes que puedas, plebeyos y patricios; mientras que para mi padre, convertirse en senador pedarius, en realidad, es dar un paso atrás.

 

—Entrar en el Senado no es un paso atrás —replicó Cicerón, al quite. Aquellos días, las palabras del joven Tito eran por demás zahirientes,

 

pues Cicerón había comprendido que en cuanto decía que era de Arpinum, automáticamente se le ofendía con el mismo desprecio reservado al más famoso natural de su mismo lugar de nacimiento: Cayo Mario. Si Cayo Mario era un itálico que no hablaba griego, ¿qué otra cosa podía ser Marco Tulio Cicerón que una versión más culta de Cayo Mario? Los Tulio Cicerones nunca habían sentido gran simpatía por los Marios, pese a algún matrimonio habido entre los dos clanes, pero desde su llegada a Roma el joven Marco Tulio Cicerón odiaba a Cayo Mario. Y odiaba a su pueblo natal.

 

—En fin —añadió Tito Pomponio hijo—, cuando sea Paterfamilias me contentaré con mi categoría de caballero. ¡Y será inútil que me propongan el Senado, por mucho que me lo supliquen los censores! ¡Te juro, Marco Tulio, que jamás entraré en el Senado!

 

Entretanto, la desesperación de Lucio Cota era más que evidente. No fue ninguna sorpresa que al día siguiente, al reunirse el tribunal, se supiese que había optado por el destierro voluntario en lugar de arriesgarse al inevitable veredicto de DAMNO. Semejante estratagema le permitía recoger la mayor parte de sus riquezas y llevárselas, pues, de haber esperado a ser convicto, el tribunal se las habría confiscado y el exilio le habría resultado más duro al carecer de subsistencias.

 

Era un momento desfavorable para liquidar valores; mientras el Senado no acababa de dar crédito a lo que se avecinaba y los Comitia estaban enfrascados en las actividades legislativas de Quinto Vario, el mundo de los negocios se olía algo y había adoptado las medidas pertinentes. Desapareció el efectivo, las acciones cayeron y las pequeñas empresas convocaron consejos de administración urgentes. Los fabricantes e importadores de artículos de lujo examinaron la perspectiva de que se dictasen leyes suntuarias estrictas en caso de guerra y elaboraron estrategias para cambiar sus mercancías habituales por artículos básicos.

 

No hubo nada que pudiese hacer que el Senado se convenciera de que la declaración de guerra de los marsos iba en serio. No se tenían noticias de

 

ningún ejército en marcha ni de preparativos bélicos en toda Italia. Lo único preocupante, quizá, era que Servio Sulpicio Galba, el pretor delegado para investigar la situación en el sur de la península, no acababa de llegar a Roma. Y no se había vuelto a saber de él.

 

La comisión variana tomó ímpetu y condenó al exilio a Lucio Calpurnio Bestia, confiscándole sus propiedades, igual que a Lucio Memio, que fue a Delos. A mediados de enero tuvo que comparecer Antonio Orator, pero hizo tan magnífico discurso de defensa, entre vítores de la multitud del Foro, que el jurado optó, prudentemente, por declararle inocente. Fastidiado por tal contrariedad, Quinto Vario, en represalia, acusó de traición a Marco Emilio Escauro, príncipe del Senado.

 

Escauro se personó inesperadamente a responder a la acusación, revestido de su toga praetexta y decididamente irradiando el halo de su dignitas y auctoritas y escuchó impasible la lectura que hizo Vario (que se hacía cargo en persona de todas las acusaciones) de la lista de sus maldades en relación con los itálicos. Cuando terminó de hablar, Escauro lanzó un bufido y se volvió, no de cara al jurado, sino a la multitud.

 

—¿Habéis oído, Quirites? —bramó—. ¡Un arribista mestizo de Sucro, en Hispania, acusa a Escauro, príncipe del Senado, de traición! ¡Escauro niega la acusación! ¿A quién creéis?

 

—¡A Escauro, a Escauro, a Escauro! —respondió la multitud.

 

A continuación deliberó el jurado y, finalmente, se levantó de sus asientos para pasear en hombros a Escauro por el bajo Foro.

 

—¡Será loco…! —dijo después Mario a Escauro—. ¿Es que realmente pensaba que te podría declarar culpable de traición? ¿Lo creerían los caballeros?

 

—Después de haberlo hecho con el pobre Publio Rutilio, me imagino que piensan que pueden declarar culpable a cualquiera que se les ponga por delante —dijo Escauro arreglándose la toga, que se le había trastocado un poco durante su paseo a hombros.

 

—Vario debería haber comenzado su campaña contra los consulares más importantes empezando por mí no por ti —comentó Mario—. No sé cómo no aprendió la lección cuando absolvieron a Marco Antonio. ¡Espero

 

que ahora la haya aprendido! Seguro que suspende los juicios unas semanas para proseguirlos después con víctimas de menor entidad. Bestia no importa, todos saben que era un buitre, y el pobre Lucio Cota carecía de influencias. Sí, los Aurelios Cota son poderosos, pero no les gusta Lucio, sino los hijos que su tío Marco Cota crió con Rutilia. — Mario hizo una pausa y parpadeó exageradamente—. Claro que el principal inconveniente de Vario estriba en que no es romano. Tú lo eres, yo lo soy, pero él no. Y no lo entiende.

 

—Ni Filipo ni Cepio —añadió Escauro con desdén, negándose a morder el anzuelo.

 

 

El mes que Silo y Mutilo habían considerado para llevar a cabo la movilización fue más que suficiente. Sin embargo, al concluir el plazo ningún ejército itálico se puso en marcha. Por dos motivos. Uno, Mutilo lo entendía; pero el otro le ponía al borde de la desesperación. Las negociaciones con los dirigentes de Etruria y Umbría eran más lentas que la marcha de un caracol, y nadie del consejo de guerra ni del consejo aliado quería iniciar las hostilidades sin estar bien seguros de los resultados que iban a obtenerse. Mutilo lo entendía. Pero se daba además una curiosa reticencia a ser los primeros en tomar la iniciativa bélica, no por miedo, sino por un respeto secular hacia Roma, y eso Mutilo lo deploraba.

 

—Aguardemos a que Roma tome la iniciativa —dijo Silo en el consejo de guerra.

 

—Aguardemos a que Roma tome la iniciativa —dijo Lucio Frauco en el consejo itálico. Al enterarse de que los marsos habían entregado una declaración de guerra al Senado, se puso furioso al pensar que Roma se movilizaría de inmediato. Pero Silo seguía en sus trece.

 

—Así es como se hacen las cosas —porfiaba—. Hay reglas que rigen en la guerra, igual que hay leyes que rigen todos los aspectos de la conducta humana. Roma no podrá decir que no hemos avisado.

 

Y a partir de ahí, nada de lo que Mutilo pudiera decir o hacer hizo que sus iguales dirigentes itálicos cambiasen de opinión en el sentido de que

 

fuese Roma quien lanzase la primera piedra.

 

—¡Si les atacamos ahora, acabamos con ellos! —gritó Mutilo en el consejo aliado, pese a que ya lo había dicho su delegado Cayo Trebatio—. ¡Comprenderéis que cuanto más tiempo les demos para prepararse, menos posibilidades tenemos de ganar la guerra! ¡El hecho de que en Roma ignoren nuestros preparativos es nuestra mejor ventaja! ¡Caigamos sobre ellos! ¡Salgamos mañana mismo! ¡Si perdemos más tiempo no venceremos!

 

Pero todos los demás movieron la cabeza con gravedad, menos Mario Egnacio, el representante samnita compañero de Mutilo en el consejo de guerra; hasta Silo se opuso, aun admitiendo la lógica de tomar la iniciativa.

 

—No estaría bien —era la respuesta que obtenían los samnitas por mucho que presionasen.

 

La matanza de Asculum Picentum tampoco causó impresión; Cayo Vidacilio, de los picentinos, se negó a enviar una guarnición a la ciudad para rechazar una posible represalia romana, alegando que las represalias romanas tardaban y que a lo mejor ni se producía.

 

—¡Tenemos que ponernos en marcha! —suplicaba Mutilo una y otra vez—. ¡Los campesinos dicen que el invierno no va a ser largo, no hay motivo para esperar hasta la primavera! ¡Hay que emprender la marcha!

 

Pero nadie quería emprenderla y no lo hicieron.

 

 

 

Por eso los primeros disturbios se dieron entre los samnitas, pues nadie consideró los sucesos de Asculum Picentum como una prueba de sublevación; la ciudad había desbordado su límite de paciencia y había pasado a la acción. Por el contrario, la numerosa población samnita en Campania, muy mezclada a romanos y latinos y que durante generaciones había estado cociendo a fuego lento, de pronto comenzó a hervir.

 

Servio Sulpicio Galba trajo las primeras noticias concretas al llegar a Roma en febrero, despeinado y sin escolta.

 

El nuevo primer cónsul, Lucio Julio César, convocó inmediatamente al Senado para que oyera el informe de Galba.

 

—He estado prisionero seis semanas en Nola —dijo Galba ante la estupefacta Cámara—. Acababa de enviaros mi comunicado de que regresaba antes de alcanzar Nola, que en principio no tenía previsto visitar, pero como me hallaba cerca y allí hay una numerosa población samnita, lo decidí en el último momento. Me alojé en casa de una anciana muy amiga de mi madre, romana, desde luego. Y ella fue quien me dijo que estaban sucediendo cosas raras en Nola, porque, de pronto, a romanos y latinos les resultaba imposible obtener servidumbre, artículos en el mercado ¡y hasta comida! Sus criados tenían que ir con un carro hasta Acerrae para comprar lo más necesario. Cuando recorría la ciudad con mis lictores y soldados no recibíamos más que abucheos y silbidos, aunque nunca podíamos localizar a los culpables.

 

Galba se agitaba incómodo, consciente de que el relato de sus aventuras no era muy inspirado.

 

—La noche en que llegué a Nola, los samnitas cerraron las puertas de la ciudad y se apoderaron de ella. Todos los romanos y latinos fueron hechos prisioneros y obligados a permanecer en sus casas. Sin lictores, sin soldados y sin funcionarios, me vi encerrado en la casa de mi anfitrión, con una guardia samnita en la puerta principal y en la trasera. Y allí estuve hasta hace tres días, cuando mi anfitrión logró distraer a los guardianes de la puerta trasera mientras yo escapaba. Disfrazado de comerciante samnita, pude cruzar las puertas de la ciudad antes de que se organizara la persecución.

 

Escauro se inclinó hacia adelante.

 

—Servio Sulpicio, ¿viste a alguien de autoridad durante tu confinamiento?

 

—A nadie —contestó Galba—. Sólo hablé con los que montaban guardia en la puerta principal.

 

—¿Y qué decían?

 

—Que el Samnio estaba sublevado, Marco Emilio. Yo no podía comprobarlo, y cuando logré huir me costó un día entero esconderme de cuantos desde lejos me parecían samnitas. Sólo cuando alcancé Capua comprobé que nadie sabía nada de esa sublevación, al menos en esa parte

 

de Campania. De hecho, parece que nadie sabe lo que pasa en Nola. Por el día, los samnitas nolanos mantienen una puerta abierta como si no sucediese nada, y cuando conté en Capua lo que me había sucedido se quedaron perplejos. ¡Y alarmados! Los duumviri de Capua me han pedido que el Senado les envíe instrucciones.

 

—¿Te dieron de comer durante el cautiverio? ¿Y tu anfitriona? ¿Le permitían comprar en Acerrae?

 

—Había poca comida. A mi anfitriona le permitían comprar en Nola, pero sólo ciertos artículos y a precios desorbitados. No dejaban salir de la ciudad a ningún latino ni romano —contestó Galba.

 

En esta ocasión el Senado estaba lleno, pues eso al menos era lo que había logrado el tribunal de Vario: la unidad senatorial, haciendo que la Cámara ansiase otro asunto que no fuese la comisión variana.

 

—¿Puedo hablar? —dijo Cayo Mario.

 

—Sí, si no hay nadie de mayor rango que quiera hacerlo —replicó friamente el segundo cónsul, Publio Rutilio Lupo, que tenía los fasces en febrero y no era partidario de Mario.

 

Pero nadie pidió la palabra por delante de Mario.

 

—Si en Nola han confinado a los ciudadanos romanos y latinos en las circunstancias que has dicho, no cabe duda de que Nola está sublevada contra Roma. Consideremos un momento los acontecimientos: en junio del año pasado el Senado delegó a dos de sus pretores para que indagaran lo que nuestro estimado consular Quinto Lutacio denominó «la cuestión itálica». Hace unos tres meses el pretor Quinto Servilio fue asesinado en Asculum Picentum junto con los residentes romanos de la localidad. Y hace unos dos meses el pretor Servio Sulpicio fue hecho prisionero en Nola, al igual que todos los ciudadanos romanos de la ciudad.

 

»Dos pretores, el del norte y el del sur, y dos incidentes atroces, uno en el norte y otro en el sur. Toda Italia, ¡aun en las zonas más atrasadas!, sabe y comprende la importancia, la representatividad del pretor romano. Y sin embargo, padres conscriptos, en el primer caso se cometió asesinato y en el segundo se detuvo al pretor unos días confinado. Que no sepamos en qué habría concluido ese arresto de Servio Sulpicio se debe a la feliz

 

circunstancia de su fuga. Sin embargo, yo creo que, de no haberse dado, Servio Sulpicio habría muerto también. ¡Dos pretores de Roma con imperium proconsular! Atacados, por lo que se ve, sin temor a represalias. ¿Qué quiere eso decir? ¡Una sola cosa, colegas senadores! ¡Para mí, que Asculum Picentum y Nola se hallan enValentonados para hacer lo que han hecho sin temor a represalias! En otras palabras, tanto Asculum Picentum como Nola esperan que se rompan las hostilidades entre Roma y los pueblos itálicos antes de que Roma sea capaz de replicar.

 

La Cámara escuchaba con atención cada palabra de Mario. Hizo una pausa y miró de un rostro a otro, buscando determinadas personas. Lucio Cornelio Sila, por ejemplo, que le contemplaba con ojos relucientes, y Quinto Lutacio Catulo César, que escuchaba con gesto amedrentado.

 

—Soy culpable del mismo delito que todos vosotros, padres conscriptos. Desde que murió Marco Livio Druso, no ha habido nadie que me haya estado diciendo que habría guerra, y comencé a creer que él estaba equivocado. Cuando la marcha del marso Silo sobre Roma no tuvo consecuencias, también yo comencé a pensar que era tan sólo una argucia más para obtener la ciudadanía. Cuando el delegado marso entregó a nuestro príncipe del Senado una declaración de guerra, la desdeñé porque procedía de un solo pueblo itálico, pese a que en la delegación estaban representados ocho. ¡Lo confieso sinceramente: no podía creer que un pueblo itálico emprendiese la guerra contra nosotros!

 

Hizo otra pausa y caminó hasta situarse delante de las puertas cerradas, desde donde veía toda la Cámara.

 

—Lo que hoy nos ha contado Servio Sulpicio hace que todo cambie y arroja nueva luz sobre los acontecimientos de Asculum Picentum. Asculum es una ciudad de los picentinos y Nola de los samnitas de Campania. Ninguna de las dos es colonia romana o latina; por consiguiente, hay que colegir que picentinos y samnitas están coligados contra Roma. Y puede que esos ocho pueblos que enviaron hace tiempo una delegación formen parte de esa liga. Yo creo que tal vez con la entrega a nuestro portavoz de la Cámara de esa declaración de guerra, los marsos quisieran advertirnos de la circunstancia, mientras que a los otros siete pueblos les tiene sin cuidado.

 

Marco Livio Druso no se cansaba de repetir que los aliados itálicos estaban a punto de declarar la guerra. Ahora le creo; sólo que pienso que los aliados itálicos ya han dado el primer paso.

 

—¿Crees realmente que existe la ruptura de hostilidades? —inquirió Ahenobarbo, pontífice máximo.

 

—Sí, Cneo Domicio.

 

—Continúa, Cayo Mario —terció Escauro—, quiero oírte antes de tomar la palabra.

 

—Poco más tengo que decir, Marco Emilio. Salvo que debemos movilizamos, y muy de prisa. Que debemos tratar de averiguar la magnitud de esa coalición contra Roma. Que debemos poner en marcha cuantas tropas tengamos armadas para defender nuestras carreteras y accesos a Campania. Que debemos averiguar cuál es la actitud de los latinos hacia nosotros y cómo van a reaccionar nuestras ciudades colonia en las regiones hostiles si estalla la guerra. Como sabes, poseo muchas tierras en Etruria, igual que Quinto Cecilio Metelo Pío y otros de los Cecilios. Quinto Servilio Cepio tiene muchas tierras en Umbría, y Cneo Pompeyo Estrabón y Quinto Pompeyo Rufo, grandes propiedades al norte de Picenum. Por tal motivo, creo que debemos mantener en nuestro campo Etruria, Umbría y el norte de Picenum… tomando inmediatamente la iniciativa de negociar con los dirigentes locales. Sin embargo, en el caso del norte de Picenum, sus dirigentes están hoy sentados en esta Cámara.

 

Mario inclinó la cabeza en dirección a Escauro, príncipe del Senado. —Ni que decir tiene que yo personalmente me pongo a las órdenes de

 

Roma —añadió.

 

—Estoy totalmente de acuerdo con lo que ha expuesto Cayo Mario, padres conscriptos —dijo Escauro poniéndose en pie—. No podemos perder tiempo. Y aunque me doy cuenta de que estamos en febrero, propongo que se despoje de los fasces al segundo cónsul y se entreguen al primer cónsul. Es el primer cónsul quien debe dirigir asuntos tan graves como éste.

 

Rutilio Lupo se irguió en su silla, indignado, pero no concitaba mucha popularidad en la Cámara, y aunque insistió en que se procediera a una

 

votación, se opuso la gran mayoría. Y así se vio obligado, furioso, a ceder el primer puesto a Lucio Julio César, primer consul. Estaba presente el amigo de Lupo, Cepio, pero no habían acudido Filipo ni Quinto Vario.

 

Lucio Julio César, encantado, demostró sin demora que merecía la confianza del portavoz de la Cámara, pues aquel mismo dia había adoptado las decisiones más imperiosas. Los dos cónsules irían al campo de batalla, dejando al pretor urbano, Lucio Cornelio Cinna, el gobierno de Roma. Había que descartar el empleo de las tropas de las provincias, ya que esta nueva crisis no podía alterar disposiciones tomadas anteriormente. Y estas disposiciones eran que Sentio continuase en Macedonia y los gobernadores de Hispania prosiguieran su actuación. Lucio Lucilio iría de gobernador a la provincia de Asia; sin embargo, para que el rey Mitrídates no tuviera posibilidades mientras Roma zanjaba sus problemas internos, se enviaba a Publio Servilio Vatia a Cilicia para asegurar la paz en aquella región de Anatolia. Y, lo que era más importante, Cayo Celio Caldo fue dispensado de sus deberes pretoriales jurídicos en Roma y se le confiaba el cargo extraordinario de gobernador conjunto de la Galia transalpina y la Galia itálica.

 

—Porque está claro —dijo Lucio Julio César— que si Italia se ha sublevado, no tendremos suficientes tropas de refresco fieles en la península. En la Galia itálica hay muchas colonias latinas y romanas. Cayo Celio se acuartelará en la Galia itálica para reclutar y entrenar la tropa.

 

—Una sugerencia —tronó Cayo Mario—. Me gustaría que el cuestor Quinto Sertorio fuese con Cayo Celio. Este año tiene obligaciones fiscales y aún no es miembro del Senado, pero estoy seguro, como muy bien saben los aquí presentes, que Quinto Sertorio es un auténtico militar. Que aplique su experiencia fiscal lo mejor que pueda en el ámbito militar.

 

—De acuerdo —dijo sin ambages Lucio César.

 

Naturalmente, existían tremendos problemas financieros que resolver. El Tesoro era solvente y tenía a mano recursos más que sobrados, pero…

 

—Si esta guerra es de mayor magnitud de lo que pensamos, o se prolonga más de lo que normalmente cabe esperar, necesitaremos más dinero del que tenemos —dijo Lucio César—. Más vale actuar a tiempo.

 

Sugiero que vuelva a establecerse el impuesto directo a todos los ciudadanos romanos y a los que tienen derechos latinos.

 

Aquello, desde luego, suscitó furibunda oposición en muchas facciones de la Cámara, pero Antonio Orator pronunció un excelente discurso, igual que Escauro, príncipe del Senado, y al final se acordó adoptar la medida. El tributum no se aplicaba de continuo, sino sólo en caso de necesidad. Después de la sumisión de Perseo de Macedonia por el gran Emilio Paulo, se había abolido, sustituyéndolo por un tributum a pagar por los no romanos.

 

—Si hemos de tener en el campo de batalla más de seis legiones, no nos bastarán los ingresos del extranjero —dijo el jefe de tribunos del Tesoro—. El coste de armarlas, alimentarlas, pagarlas y mantenerlas en campaña recaerá totalmente sobre el Tesoro romano.

 

—¡Adiós, aliados itálicos! —exclamó con violencia Catulo César. —Dado que tendremos que mantener entre diez y quince legiones en pie

 

de guerra… ¿en cuánto debemos fijar el tributum? —inquirió Lucio César, a quien esta faceta del mando le repugnaba.

 

El jefe de tribunos del Tesoro y sus ayudantes conferenciaron durante un buen rato.

 

—Un uno por ciento del censo total —fue la respuesta.

 

—¡El censo por cabezas queda excluido, como siempre! —gritó Cepio. —¡El censo por cabezas —replicó Mario con sorna— será quien

 

probablemente lleve el peso de la lucha, Quinto Servilio!

 

—Ya que hablamos de asuntos financieros —añadió Lucio Julio César, haciendo caso omiso del enfrentamiento—, mejor será que deleguemos a algunos de los senadores de más prestigio para que se encarguen del equipamiento de las legiones, sobre todo corazas y armas. Normalmente es el praefectus fabrum quien se ocupa de ello, pero en este momento no sabemos con certeza cómo vamos a distribuir las legiones, ni cuántas vamos a necesitar. Yo creo que es preciso que el Senado se encargue provisionalmente del equipamiento del ejército. Tenemos cuatro legiones veteranas bien armadas en Capua y dos legiones más en proceso de reclutamiento e instrucción. Todas estaban destinadas al servicio en las

 

provincias, pero eso queda ahora descartado. Las provincias tendrán que contentarse de momento con las tropas que tengan.

 

—¡Lucio Julio —terció Cepio—, eso es absurdo! Con la simple evidencia de dos incidentes en dos ciudades estamos decretando el restablecimiento del tributum, hablando de poner quince legiones en pie de guerra, delegando senadores para que organicen la compra de miles y miles de mallas, espadas, etcétera, enviando gobernadores a provincias que oficialmente no denominamos provincias… ¡Acabarás proponiendo que se recluten a todos los varones de menos de treinta y cinco años que sean ciudadanos romanos o latinos!

 

—Efectivamente —contestó cordial Lucio César—. No obstante, querido Quinto Servilio, no tienes por qué preocuparte…, tú superas con creces los treinta y cinco. En años, al menos —añadió tras una pausa.

 

—A mí me parece —dijo Catulo César, altanero— que Quinto Servilio puede, ¡y digo puede!, haber dicho algo razonable. Creo que sin duda podríamos contentarnos con las tropas que tenemos actualmente, preparando más sobre la marcha…, sólo conforme se materialicen las pruebas de insurrección generalizada, si se materializan.

 

—¡Cuando se necesiten las tropas, Quinto Lutacio, tienen que estar listas y equipadas para el combate! —insistió Escauro—. ¡Deben estar entrenadas! —repitió, volviendo la vista hacia el que estaba a su derecha—. Cayo Mario, ¿cuánto se tarda en convertir a un recluta en un buen soldado?

 

—Para poderle enviar al campo de batalla…, cien días. Y en ese plazo nadie es buen soldado, Marco Emilio. Hace falta participar en una batalla para serlo —contestó Mario.

 

—¿Puede hacerse en menos de cien días?

 

—Puede…, si se dispone de buenos reclutas y de centuriones instructores fuera de lo normal.

 

—Pues mejor será que encontremos centuriones fuera de lo normal para la instrucción —comentó Escauro, taciturno.

 

—Sugiero que volvamos al tema que nos ocupa —dijo con firmeza Lucio César—. Estábamos hablando de un praefectus fabrum senatorial que se encargue del equipamiento y armamento de las legiones que aún no

 

poseemos. En mi opinión, deberíamos proponer varios nombres para el cargo y que el elegido designe a su propio equipo. Sugiero que propongamos hombres que, por un motivo u otro, no sean aptos para el combate. Nombres, por favor.

 

Se eligió para el cargo a Lucio Calpurnio Piso Cesonino, hijo del primer legado Cayo Casio, muerto en Burdigala en la emboscada de los germanos. Víctima de una extraña enfermedad que en verano afectaba a los niños, Piso tenía la pierna izquierda atrofiada y no era apto para el servicio militar. Casado con la hija de Publio Rutilio Rufo, ahora exiliado en Esmirna, Piso era un hombre inteligente que había sufrido mucho por la muerte prematura de su padre, en particular en el aspecto económico. Al saber que le encomendaban la procuraduría de todos los ejércitos y que podía designar a sus colaboradores, sus ojos se iluminaron. ¡Si no era capaz de rendir un buen servicio a Roma al tiempo que llenaba su bolsa vacía, era digno de quedar para siempre en el anonimato! Permaneció sentado y sonriente, pensando que podría llevar a cabo las dos cosas.

 

—Pasemos ahora al mando y las disposiciones —dijo Lucio César, que ya comenzaba a cansarse, aunque no pensaba dar por concluida la sesión hasta dejar zanjado este último tema.

 

—¿Cuál es la mejor manera de organizarnos? —inquirió.

 

Por derecho, habría debido dirigir aquella pregunta a Cayo Mario, pero él no era un admirador de Mario; además, pensaba que por el infarto y por su edad, Mario ya no era el de antes. Mario ya había tenido una intervención y había dicho lo que tenía que decir. Los ojos de Lucio César se fueron fijando en los rostros de los que ocupaban las gradas de ambos lados, pensativo. Después de preguntar cuál era la mejor manera de organizarse, añadió rápidamente otra pregunta para que la contestara Mario.

 

—Lucio Cornelio, de sobrenombre Sila, me gustaría oír tu opinión — dijo el primer cónsul, marcando claramente las palabras, ya que el pretor urbano era también un Lucio Cornelio, por sobrenombre Cinna.

 

A Sila le sorprendió la interpelación, pero no por eso vaciló en contestar.

 

—Si nuestros enemigos son los ocho pueblos que enviaron esa delegación, existen posibilidades de que nos ataquen en dos frentes: por el este, a lo largo de la Via Salaria y la Via Valeria con sus dos ramales, y por el sur, donde la influencia samnita cubre toda la zona del Adriático hasta el Toscano en la bahía del Crater. Empecemos por el sur. Si los pulleses, los lucanos y los venusinos se unen a los samnitas, los hirpinos y los frentanos, el sur se convierte por sí solo en amplísimo campo de operaciones. Al segundo teatro de operaciones podemos asignarle dos nombres: frente norte, referido a las tierras al norte y al este de Roma, o frente central, en el sentido de los territorios al norte y al este de Roma. Los marsos, los pelignos, los marrucini, los vestinos y los picentinos son los pueblos que ocupan este frente central o norte. Habréis notado que, de momento, no he incluido Etruria, Umbría ni el Picenum norte.

 

Sila respiró hondo y se apresuró a continuar con la exposición que bullía en su mente.

 

—En el sur, nuestros enemigos harán todo lo posible por aislarnos de Brundisium, Tarentum y Rhegium, y en el centro o norte, procurarán aislarnos de la Galia itálica, desde luego en la Via Flaminia y posiblemente en la Via Cassia. Si lo consiguen, nuestro único acceso a la Galia itálica será por la Vía Aurelia y por la Via Emilia Scauri hasta Dertona y de allí hasta Placentia.

 

—Baja al centro de la Cámara, Lucio Cornelio, de sobrenombre Sila — interrumpió Lucio César.

 

Sila bajó de la grada, dirigiendo una leve mirada a Mario; no le hacía gracia estar plagiando su análisis del viejo maestro. El que lo hiciera respondía a complejos motivos, una mezcla de amargo resentimiento porque el hijo de Mario estuviera vivo, y rencor porque al regresar de Cilicia nadie del Senado, Mario incluido, le hubiese instado a hacer un informe de su actuación en Oriente; aparte de la plena seguridad de que si hablaba bien en la Cámara llegaría muy lejos y rápido. Lo siento, Cayo Mario, pensó. No quiero perjudicarte, pero pienso hacerlo siempre que sea preciso.

 

—Yo creo —continuó desde el centro de la Cámara— que necesitamos a los dos cónsules en el campo de batalla, como ha sugerido Lucio Julio. Uno de ellos tendría que ir al sur de Capua, que nos es vital; porque si perdemos Capua perdemos los mejores dispositivos de entrenamiento y una ciudad muy experimentada en la provisión de instrucción militar y reclutamiento. Tendría que haber, desde luego, un encargado consular de la instrucción y el reclutamiento en la misma Capua, aparte del cónsul con mando en ese frente. El cónsul que vaya al sur tendrá que hacer frente a lo que los samnitas y sus aliados le organicen. Lo que los samnitas tratarán de hacer es dirigírse al Oeste, a través de sus viejas guaridas en torno a Acerae y Nola, hacia los puertos de la orilla sur de la bahía del Crater, Stabiae, Salemum, Surrentum, Pompeii y Herculaneum. Si alguno, o todos, caen en sus manos, dispondrán de puertos en el mar Toscano mucho mejores que los del Adriático al norte de Brundisium. Y nos habrán aislado del extremo sur.

 

Sila no era un gran orador, sus estudios de retórica habían sido escasos y en el ejercicio de su cargo como senador siempre había estado en una guerra u otra, pero aquello no consistía en disertar con buena oratoria, sino en exponer las cosas claramente.

 

—El frente central o norte es más difícil. Hemos de suponer que todas las tierras entre el norte de Picenum y Apulia, incluidas las tierras altas de los Apeninos, son territorio enemigo. Aquí son los propios Apeninos el gran obstáculo. Si logramos conservar Etruria y Umbría podremos dar buena cuenta del enemigo desde un principio, pero si no lo logramos, Etruria y Umbría pasarán al enemigo y perderemos las rutas de comunicación con la Galia itálica. Al frente de ese teatro de operaciones debe haber un cónsul.

 

—Pero tendremos que tener un comandante supremo —dijo Escauro. —No podemos, príncipe del Senado. Nuestras tierras separan esos dos

 

teatros que he descrito —dijo Sila con firmeza—. El Lacio es alargado y se interna en el norte de Campania, con lo que posiblemente sólo la mitad de Campania nos permanecerá fiel. Dudo mucho que el sur de Campania nos sea leal si los insurgentes ganan alguna batalla, porque está plagada de samnitas e hirpinos. Fijaos en lo que ha sucedido en Nola. Al este del Lacio, los Apeninos son impracticables, y tenemos además las lagunas Pontinas.

 

Un solo comandante tendría que ir y venir constantemente de una región a otra, muy alejadas, y no podría hacerlo con suficiente rapidez para hacerse cargo de la situación. ¡Habrá que luchar en dos frentes! Si no tres. Posiblemente el sur pueda llevarse como una sola campaña, pues los Apeninos son muy bajos en el punto de confluencia de Samnio, Apulia y Campania. Sin embargo, el frente norte o central es muy probable que acabe dividido en dos frentes, el norte y el central; y ello debido a que allí se dan las máximas alturas de los Apeninos. Las tierras de los marsos, los pelignos y posiblemente los marrucini constituyen un teatro de operaciones distinto a las de los picentinos y vestinos. Yo no veo el modo de contener a los itálicos presentándoles batalla únicamente en el centro. Probablemente tendremos que enviar un ejército a las zonas rebeldes de Picenum a través de Umbría y el norte de Picenum para que descienda a la vertiente adriática. Entretanto, tendremos que atacar al este de Roma en tierras de marsos y pelignos.

 

Sila tuvo irremisiblemente que hacer una pausa, por mucho coraje que le causara su debilidad. ¿Qué pensaría Cayo Mario? Si no estaba de acuerdo con su exposición, en su mano estaba manifestarlo. Al oírle tomar la palabra, se puso tenso.

 

—Por favor, continúa, Lucio Cornelio —decía el viejo maestro—. Hasta ahora yo no lo habría hecho mejor.

 

Sus ojos claros lanzaron un destello y una tenue sonrisa se dibujó en las comisuras de los labios, para esfumarse inmediatamente.

 

—Creo que eso es todo —dijo, encogiéndose de hombros—. Tened en cuenta que es aplicable a una insurrección en la que participan ocho pueblos itálicos por lo menos. Sin embargo, yo diría que los que sean enviados al teatro de operaciones norte-central en particular deben contar con numerosos clientes en la zona. Si, por ejemplo, Cneo Pompeyo Estrabón tuviese que maniobrar en Picenum, dispone allí de una fuerte base de poder en sus miles de clientes. Lo mismo podría decirse de Quinto Pompeyo Rufo, aunque en menor escala. En Etruria, Cayo Mario es un gran terrateniente que cuenta también con miles de clientes; como también los Cecilios Metelos. En Umbría, Quinto Servilio Cepio es único. Si esos

 

hombres estuviesen en relación con el teatro de operaciones norte o central sería una buena ayuda.

 

Sila hizo una inclinación de cabeza al sedente Lucio Julio César y regresó a su puesto entre murmullos de admiración (al menos eso pensó él). Le habían preguntado su opinión antes que a nadie en la Cámara, y eso había sido una buena oportunidad para dar una zancada hacia la fama. ¡Increíble! ¿Sería posible que, por fin, hubiese llegado su hora?

 

—Debemos dar las gracias a Lucio Cornelio Sila por tan magnífica exposición —dijo Lucio César, sonriendo a Sila de un modo que prometía futuros favoritismos—. Por mi parte, estoy de acuerdo con él. Pero ¿qué dice la Cámara? ¿Hay alguien que piense otra cosa?

 

Por lo visto nadie pensaba distinto.

 

Escauro, príncipe del Senado, lanzó un bronco carraspeo.

 

—Tienes que tomar tus disposiciones, Lucio Julio —dijo—. Si los padres conscriptos no tienen inconveniente, sólo quiero manifestar que preferiría quedarme en Roma.

 

—Creo que harás falta en Roma, estando ausentes los dos cónsules — contestó afable Lucio César—. El portavoz de la Cámara será de gran utilidad a nuestro pretor urbano, Lucio Cornelio, de sobrenombre Cinna. Publio Rutilio Lupo —añadió, mirando de lado a su colega Lupo—, ¿estarías dispuesto a aceptar la carga del mando al norte y centro de Roma? Como primer cónsul, considero que es esencial que yo tome el mando en Capua.

 

—Asumiré la carga con gran placer, Lucio Julio —contestó Lupo sin caber en sí de gozo.

 

—Entonces, si la Cámara no hace objeciones, yo tomaré el mando en Campania. Como jefe legado, elijo a Lucio Cornelio, de sobrenombre Sila. Para el mando en la propia Capua y dirigir todas las actividades pertinentes, nombro al consular Quinto Lutacio Catulo César. Mis otros legados serán Publio Licinio Craso, Tito Didio y Servio Sulpicio Galba —dijo Lucio César—. Colega, Publio Rutilio Lupo, ¿a quiénes eliges tú?

 

—A Cneo Pompeyo Estrabón, Sexto Julio César, Quinto Servilio Cepio y Lucio Porcio Cátón Uciniano —contestó Lupo con voz fuerte.

 

Se hizo un silencio que duró un instante que a todos les pareció interminable. ¡Alguien debe romperlo!, pensó Sila abriendo la boca sin proponérselo.

 

—¿Y Cayo Mario? —inquirió ásperamente.

 

—Tengo que confesar —dijo Lucio César parpadeando— que no elegí a Cayo Mario pensando en lo que dijiste, Lucio Sila; creí que era natural que mi colega Publio Rutilio quisiera llevarlo con él.

 

—¡Pues no lo quiero! —replicó Lupo—. ¡Ni voy a consentir que me lo endoséis! Que se quede en Roma con los demás de su edad e incapacidad. Está demasiado viejo y enfermo para ir a la guerra.

 

En aquel momento, Sexto Julio César se puso en pie.

 

—¿Puedo hablar, primer cónsul? —dijo.

 

—Te lo ruego, Sexto Julio.

 

—No soy viejo —dijo Sexto Julio César con voz ronca—, pero estoy enfermo, como bien sabe la Cámara por mi respiración sibilante. En mi juventud adquirí experiencia militar más que suficiente, sobre todo con Cayo Mario en Africa y en las Galias contra los germanos. También serví en Arausio, donde mi enfermedad decididamente me salvó la vida. De todos modos, con el invierno a las puertas, no serviré de mucho en la campaña de los Apeninos. Soy más viejo y mi pecho es débil. Desde luego cumpliré con mi deber, pues soy romano de una gran familia. Pero he advertido que en todo lo que se ha hablado, nadie ha mencionado la caballería, y necesitaremos caballería. Quisiera pedir a la Cámara que me excusase de servir como comandante en el campo de batalla entre montañas y me autorice a organizar el dispositivo de transportes y a pasar los meses más fríos reuniendo una fuerza de caballería en Numidia, la Galia transalpina y Tracia. Puedo también enrolar para la infantería a ciudadanos romanos que residen en el extranjero. Es una tarea para la que estoy capacitado y cuando regrese reasumiré el mando en el campo de batalla que os dignéis indicar.

 

— Efectuó un carraspeo y comenzó a notársele la respiración sibilante—. Requiero a la Cámara a que considere a Cayo Mario como sustituto en mi cargo de legado.

 

—¡Ja! ¡Cuñados! —exclamó Lupo, poniéndose en pie de un salto—. ¡A mí no me engañas, Sexto Julio, no me engañas! ¡Después de escucharte durante años, me da la impresión de que tu mal es de lo más oportuno! ¡Te viene y se te va según te conviene! Yo también puedo hacerlo… ¡Escuchad!

 

Lupo comenzó a imitar una respiración sibilante.

 

—Estarás harto de oír mi respiración, Publio Lupo, pero no has escuchado bien —replicó Sexto César con amabilidad—, porque no tengo sibilancias cuando aspiro, sino cuando espiro.

 

—¡Me da igual cómo hagas tus malditos ruidos! —gritó Lupo—. ¡No vas a librarte de servir a mis órdenes y no pienso aceptar a Cayo Mario en tu lugar!

 

—Un momento, os lo ruego —terció Escauro, príncipe del Senado, poniéndose en pie—. Tengo algo que decir al respecto —añadió, mirando a Lupo en su silla curul con una expresión muy parecida a la que había adoptado cuando Vario le había acusado de traición—. ¡No eres de las personas a quienes más estimo precisamente, Publio Lupo! De hecho, me apena profundamente que lleves el mismo nombre que mi querido amigo Publio Rutilio, de sobrenombre Rufo. ¡ Sí, seréis parientes, pero no os parecéis lo más mínimo! Rufo el Rojo era una de las mayores honras de esta Cámara que mucho añoramos, mientras que Lupo el Lobo es una de las pústulas más lamentables!

 

—¡Me estás insultando! —exclamó Lupo, indignado—. ¡No puedes hacerlo; soy cónsul!

 

—Yo soy el portavoz de la Cámara, Publio Lobo, y creo que a mi edad ya ha quedado suficientemente demostrado que puedo hacer lo que me plazca… ¡porque cuando hago algo, Publio Lobo, tengo mis buenas razones y a mi corazón lo mueve el interés de Roma! ¡Pues bien, gusano miserable, piensa con la cabeza! ¡Y no me refiero a esa parte de tu anatomía que tienes pegada al cuello! ¿Quién te has creido que eres? ¡Estás sentado en esa silla porque has tenido dinero de sobra para sobornar al electorado!

 

Rojo de ira, Lupo abrió la boca.

 

—¡No hables, Lupo! —gruñó Escauro—. ¡Quédate sentado!

 

Escauro se volvió hacia Cayo Mario, que estaba muy erguido en su asiento. Nadie habría podido decir lo que sentía por verse marginado.

 

—Tenemos aquí a un gran hombre —prosiguió Escauro—. ¡Sólo los dioses saben las veces que a lo largo de mi vida le habré maldecido! ¡Sólo los dioses saben cuántas veces en mi vida habré deseado que no existiera! ¡Sólo los dioses saben cuántas veces en mi vida habré sido su peor enemigo! Pero a medida que el tiempo discurre cada vez más raudo y mi vida se esfuma, compruebo que cada vez recuerdo a menos hombres. Y no es un simple factor relacionado con la previsible inminencia de la muerte, sino un acopio de la experiencia que me dice a quién Vale la pena recordar con afecto y a quién no. Algunos de los hombres por quienes más afecto he sentido, hoy día no me dicen nada. Mientras que por algunos de los que más he detestado tengo profundos sentimientos.

 

Sabiendo perfectamente que Mario le estaría mirando con un peculiar destello en los ojos, Escauro se guardó mucho de volver la cabeza, porque no ignoraba que, de haberlo hecho, no habría podido contener la carcajada, y el discurso que estaba pronunciando era sentido y grave. ¡Un rasgo humorístico podía echarlo todo por tierra!

 

—Cayo Mario y yo hemos vivido juntos toda una época —continuó, mirando al demudado Lupo—. El y yo hemos estado sentados uno al lado del otro en esta Cámara, mirándonos con ira muchos más años de los que hace que tú, Lobo, llevas la toga de adulto. Hemos regañado y vociferado, pugnado uno con otro. Pero también hemos combatido juntos a los enemigos de la república, hemos contemplado juntos los cadáveres de gentes que habrían podido ser la ruina de Roma, hemos andado codo con codo, hemos reído al unísono y hemos llorado juntos. ¡Os lo repito! Tenemos aquí a un gran hombre. A un gran romano.

 

Escauro bajó de la grada hasta el suelo de la Cámara, caminó hasta las puertas y se quedó allí plantado.

 

—Igual que Cayo Mario, igual que Lucio Julio, igual que Lucio Cornelio Sila, hoy no me cabe la menor duda de que nos hallamos ante una terrible guerra. Ayer no estaba tan convencido. ¿Por qué ese cambio? Sólo los dioses lo saben. Cuando el orden establecido de las cosas nos dice que

 

éstas son de cierta manera porque han sido de esa cierta manera durante mucho tiempo, nos cuesta modificar nuestras impresiones y la pasión obnubila nuestro intelecto. Pero cuando en un breve lapso de tiempo caen las escamas de nuestros ojos, lo vemos todo claramente. Y es lo que a mí me ha sucedido hoy. Le ha sucedido también a Cayo Mario. Y probablemente les habrá sucedido a la mayoría de los senadores presentes. Porque de pronto se manifiestan con claridad mil pequeños indicios que ayer se nos escapaban.

 

»He optado por permanecer en Roma porque sé que aquí seré más útil en el cuerpo político. Pero no es el caso de Cayo Mario. Que, ¡como yo!, hayáis estado más en desacuerdo que de acuerdo con él, o que, ¡como Sexto Julio!, estéis vinculados a él por el doble lazo del afecto y de un matrimonio, todos tenéis que admitir, ¡como lo admito yo!, que en Cayo Mario tenemos un excelente talento militar y un pozo de experiencia que supera a la de todos nosotros juntos. ¡Poco me importaría que Cayo Mario tuviese noventa años y hubiese sufrido tres infartos! Me habría levantado del mismo modo a deciros lo que estoy diciendo, que si es capaz de razonar como lo hace, tenemos que utilizarlo en donde más descuella: ¡en el campo de batalla! ¡Desterrad vuestra intolerancia, padres conscriptos! Cayo Mario tiene mi misma edad, nada más que sesenta y siete años, y el único infarto que le afectó data ya de diez años atrás. Como príncipe del Senado, insisto en que Cayo Mario debe ser jefe legado de Publio Lupo y poner al servicio de Roma su mejor talento.

 

Nadie hablaba. Y parecía que nadie respirase; incluso Sexto César. Escauro volvió a sentarse junto a Mario, con Catulo César al otro lado. Lucio César los miró a los tres y a continuación dirigió la vista a lo largo de la grada hacia las puertas, donde se sentaba Sila. Al mirarle a los ojos, notó que su corazón se aceleraba. ¿Qué significaba aquella mirada? Tantas cosas, que era difícil de decir.

 

—Publio Rutilio Lupo, te ofrezco la oportunidad de aceptar voluntariamente de legado mayor a Cayo Mario. Si te niegas, plantearé la cuestión a la Cámara en votación.

 

—¡De acuerdo, de acuerdo! —exclamó Lupo—. ¡Pero no le quiero como único legado mayor! ¡Que comparta el cargo con Quinto Servilio Cepio!

 

—¡Ésta si que es buena! —exclamó Mario, echando hacia atrás la cabeza y soltando una carcajada—. ¡El caballo de octubre uncido con un burro!

 

 

Julia, naturalmente, esperaba a Mario tan anhelante como puede estarlo la fiel esposa de un político. A Mario le fascinaba que siempre parecía saber como por instinto que algo grave se debatía en el Senado. Ni él mismo lo había imaginado al ponerse en camino por la mañana hacia la Curia Hostilia. ¡Pero ella si!

 

—¿Tendremos guerra? —inquirió Julia.

 

—Sí.

 

—¿Será enconada? ¿Sólo con los marsos, o con otros?

 

—Yo calculo que con la mitad de los aliados itálicos y seguramente se les unirán otros. ¡Tenía que habérmelo imaginado! Pero Escauro dio en el clavo: la pasión nubla los hechos. Druso lo sabía. ¡Ah, Julia, si no hubiese muerto! Si él estuviese vivo, los itálicos habrían obtenido la ciudadanía y no nos enfrentaríamos a una guerra.

 

—Marco Livio murió porque hay quienes no consentirán bajo ningún concepto que los itálicos adquieran la ciudadanía.

 

—Tienes razón; claro que tienes razón. ¿Crees que al cocinero le daría una apoplejiá si se le encomienda una exquisita cena para una tribu entera, mañana? —añadió, cambiando de tema.

 

—Yo creo que entrará en trance, porque siempre está refunfuñando que invitamos poco.

 

—¡Estupendo! Mañana he invitado a cenar a toda una tribu.

 

—¿Por qué, Cayo Mario?

 

—Quizá porque tengo el extraño presentimiento de que será la última vez que muchos de nosotros nos veamos, mea vita. Meum mel. Te amo, Julia.

 

—Y yo a ti —contestó ella, apacible—. Bien, ¿quiénes vienen a cenar? —Quinto Mucio Escévola, que espero sea el suegro de nuestro hijo,

 

Marco Emilio Escauro, Lucio Cornelio Sila, Sexto Julio César, Cayo Julio César y Lucio Julio César.

 

—¿Con sus esposas? —inquirió Julia, un tanto agobiada.

 

—Sí, con las esposas.

 

—¡Oh, no!

 

—¿Por qué lo dices?

 

—¡Dalmática, la esposa de Escauro, y Lucio Cornelio!

 

—Bah, eso sucedió hace años —replicó Mario, restándole importancia

 

—. Los hombres los situaremos en las camillas en estricto orden de categoría; tú colocas a las mujeres del mejor modo posible. ¿Qué te parece?

—Bien, de acuerdo —contestó Julia, que aún tenía sus reservas—. Lo mejor será que siente a Dalmática y a Aurelia en frente de Lucio y Sexto Julio, y a Elia y Licinia frente al lectus medius. Yo me sentaré con Claudia de cara a Cayo Julio y Lucio Cornelio. ¡No creo que Lucio Cornelio se haya acostado con Claudia! —añadió con una risita.

 

—¿Insinúas que se ha acostado con Aurelia? —inquirió Mario con profusa perturbación del entrecejo.

—¡No! ¡Cayo Mario, de verdad que a veces eres exasperante!

 

—A veces lo eres tú —replicó Mario—. Bueno, ¿y dónde piensas colocar a nuestro hijo? Sólo tiene diecinueve años.

Julia colocó al joven Mario a los pies del lectus imus, el lugar más bajo para un varón. El no hizo objeciones, dado que el siguiente invitado a aquel puesto más bajo era otro pretor urbano, su tío Lucio Cornelio. El resto de invitados eran todos consulares, y su padre reunía dos consulados más que todos los demás juntos. Fue una agradable sensación para el joven, pero no se hacía ilusiones de superar a su progenitor, pues la única manera sería ser cónsul a una edad muy joven, incluso más joven de la que tenían al serlo Escipión el Africano o Escipión Emiliano.

 

El joven Mario sabía que le tenían dispuesto un matrimonio con la hija de Escévola; no conocía a Mucia, pues era muy joven para ir a fiestas, pero le habían dicho que era muy bella. No era de extrañar, su madre, Licinia,

 

seguía siendo una mujer hermosa, que ahora estaba casada con Metelo Celer, hijo de Metelo el Baleárico. Adulterio. La joven Mucia tenía dos hermanastros Cecilios Metelos. Escévola se había casado con otra Licinia, menos hermosa, y era ésta la que acudió a la cena y se lo pasó en grande.

 

A pesar de ello, Lucio Cornelio Sila escribía a Publio Rutilio Rufo, en

 

Esmirna:

 

 

Para mí fue un auténtico desastre, Y si no fue un desastre irremediable fue por obra y gracia de Julia, que se aseguró de que todos los hombres quedaban acomodados según el protocolo y sentó a las damas donde no causaran problemas. Con el resultado de que lo único que vi de Aurelia y de Dalmática, esposa de Escauro, fue la espalda.

Sé que Escauro te escribe, porque nuestras cartas salen en el mismo correo; así que no te repetiré la noticia de la guerra inminente contra los itálicos, ni te daré un resumen del discurso que él pronunció en la Cámara en elogio de Cayo Mario. ¡Estoy seguro de que Escauro te habrá enviado una copia! Sólo te diré que la actitud de Lupo me pareció lamentable, y no pude quedarme callado cuando vi que se negaba a dar un cargo al viejo maestro. Lo que más me fastidia es que ese burro de Lupo —¡de lobo no tiene nada!— sea el comandante de todo un frente, mientras Cayo Mario queda relegado a tareas secundarias. Lo más curioso es la afabilidad con que Cayo Mario recibió la noticia de que tendría que compartir el cargo de legado mayor con Cepio. ¿Qué preparará el zorro de Arpinum contra semejante zopenco? Me imagino que algo de órdago.

 

Pero me he alejado del tema de la cena y quiero volver a él, ya que Escauro y yo hemos acordado escribir abundantemente y repartirnos los temas. A mí me han tocado en suerte los comadreos, lo que no es justo, ya que Escauro es el mayor chismoso que conozco después de ti, Publio Rutilio. Escévola fue a la cena porque Cayo Mario está preparando la boda de su hijo con Mucia, la hija que tuvo Escévola con la primera Licinia (llamada Mucia Tercia, para distinguirla de las dos Mucias mayores que ella de Escévola el Augur). La joven tiene ahora trece años y lo siento por ella, porque el joven Mario no es de las personas que yo más admire; es un

 

cachorro arrogante, presuntuoso y ambicioso. Los que tengan que habérselas con él en el futuro se verán en un brete. No es de la misma naturaleza que mi querido y difunto hijo.

 

Publio Rutilio, como nunca he tenido mucha vida familiar ni de niño ni de mayor, mi hijo me resulta insustituible. Desde el día que le conocí le amé con todo mi corazón. En él encontraba al compañero ideal, y todo lo que yo hacía le parecía maravilloso. En mi viaje a Oriente, él añadió una faceta de interés y entusiasmo. No me importó que no pudiera darme la opinión y los consejos que me habría dado una persona de mi edad; pero siempre comprendía las cosas y era afectuoso. Y de pronto murió. ¡Fue tan súbito e inesperado…! No ceso de repetirme: si se tuviese tiempo, si se pudiese prever… Pero ¿qué preparativos puede hacer un padre para la muerte de su hijo?

 

Viejo amigo, desde que él murió el mundo me resulta más gris. Es como si prescindiera de mí. Ya hace casi un año y creo que ya me he acostumbrado a su ausencia, aunque en muchos aspectos nunca me acostumbraré. Me falta una parte de mi propia esencia y noto un vacío que jamás llenaré. Me siento, por ejemplo, incapaz de hablar de él a nadie y oculto su nombre como si nunca hubiese existido. Porque mi dolor es insoportable. Ahora, mientras escribo hablándote de él, estoy llorando.

 

Pero tampoco pretendía hablarte de mi hijo. ¡Se suponía que había de escribirte a propósito de esa malhadada cena! Quizá lo que me indujo a pensar en él (aunque confieso que siempre pienso) fue el hecho de que ella estuviese presente. La pequeña Cecilia Metela Dalmática, esposa de Escauro. Supongo que ahora tendrá unos veintiocho años o poco le faltará. Se casó con Escauro a los diecisiete, a principios del año en que derrotamos a los cimbros; lo recuerdo. Tienen una niña de diez años y un niño de unos cinco; los dos de Escauro, sin género de dudas, los conozco. Escauro ya habla de casar a la niña con el hijo de su gran amigo Escévola el Augur, Manio Acilio Glabrio. Aunque hace años que son consulares para no preocuparse por el baldón de homo novus, no es el linaje lo que los atrae, supongo, sino la fortuna familiar, casi igual a la de los Servilios Cepionis. A mí, personalmente, me tienen sin cuidado los Acilios

 

Glabriones, pese a que el abuelo de Manio Acilio Glabrio se pusiera de parte de Cayo Graco. ¡Por ello precisamente murió, como todos los que fueron partidarios suyos! Bueno, basta. Creo que ha sido un buen chismorreo, ¿no crees? ¿No? ¡Pues que Lamia te lleve!

 

Dalmática es una hermosa mujer. ¡Cómo me encandiló la primera vez, cuando me presentaba a las elecciones de pretor! ¿Recuerdas? Es sorprendente pensar que ya han pasado diez años. Paso de los cincuenta años, Publio Rutilio, y me parece que estoy tan lejos de ser cónsul como cuando vivía en el Subura. Uno se inclina a preguntarse qué es lo que le haría Escauro por aquellas tonterías de hace nueve años. Pero ella lo oculta bien. Lo único que salió de su boca cuando nos encontramos en el comedor fue un frío ave y una tímida sonrisa. No me miró a los ojos. Y no se lo reprocho. Supongo que pensaría que Escauro consideraría reprochable su actitud y obró en consecuencia. Desde luego, él nada habría podido reprocharle, porque desde que se sentó en la silla de espaldas a mí no se volvió en toda la cena. Todo lo contrario de nuestra querida y apreciada Aurelia, que nos mareó con sus giros y movimientos. Si, vuelve a ser feliz porque Cayo Julio va a salir en breve de viaje para una misión. Acompaña a su hermano Sexto Julio a reunir caballería para Roma en Africa y en la Galia.

 

No pretendo ser malévolo, aunque ésa sea mi reputación, y bien merecida que la tengo. Los dos la conocemos muy bien y nada puedo decirte de ella que sea una sorpresa para ti. Ella y su esposo se aman profundamente, pero no es un amor feliz y cómodo. El le corta el vuelo y ella lo sufre; por eso, al saber que va a estar fuera de Roma unos cuantos meses, la otra noche era todo animación, risas y se la veía muy distinta a la persona prosaica que suele ser, Y Cayo Julio, que estaba a mi lado en la camilla, lo notó perfectamente. Ya sabes, Publio Rutilio, que cuando Aurelia está animada, contagia su buen humor a todos. Helena de Troya no le habría llegado a la suela del zapato. ¡Imagínate, si puedes, al príncipe del Senado haciendo el tonto como un adolescente! Y no digamos Escévola; y hasta Cayo Mario. No es que las demás mujeres no llamasen la atención,

 

pues algunas estaban radiantes, pero ni siquiera Julia o Dalmática podían hacerle sombra, detalle que Cayo Julio captó claramente.

Sin embargo, fue una cena extraña. Es como si te oyera decir: ¿Y por qué se celebró? No estoy seguro, aunque me dio la impresión de que Cayo Mario había tenido algún presentimiento. Como si los que estábamos reunidos no fuésemos a volver a vernos en iguales circunstancias. Habló de ti apesadumbrado, diciendo cuánto te echaba de menos. Y habló también con tristeza de si mismo. Y de Escauro. Y —¡cosa que me turbó!— del joven Mario. En cuanto a mi, me vi objeto de su más profunda pena. Aunque nos hemos apartado progresivamente desde la muerte de Julilla, es algo que no entiendo en él. Estamos ante lo que promete ser una guerra muy difícil de ganar, lo que significa, creo yo, que Cayo Mario y yo tendremos que trabajar juntos con la misma unión con que solíamos hacerlo; por lo que la única conclusión a que puedo llegar es que teme por sí mismo. Teme no sobrevivir a la guerra. Teme que sin su potente presencia para apoyarnos, todos padeceremos.

 

Fiel a mi compromiso con Escauro, no te hablaré de la guerra que se avecina. Sin embargo, tengo un retazo que ofrecerte que Escauro desconoce. El otro día vino a visitarme Lucio Calpurnio Pisón Cesonino, a quien han encomendado organizar el armamento y aprovisionamiento de las nuevas legiones. ¿No está casado con tu hija? Sí, cuanto más lo pienso, más convencido estoy de que sí. Bueno, me contó una curiosa historia. Es una lástima que los Apeninos nos aíslen de tal modo de la Galia itálica, sobre todo de la parte adriática. Ya era hora de que organizásemos la Galia itálica como una auténtica provincia y enviásemos un gobernador en toda regla, más otro gobernador a la Galia Transalpina. Para esta guerra hemos nombrado un solo gobernador para las dos Galias, pero con sede en la itálica, el pretor Cayo Celio Caldo. Quinto Sertorio es su cuestor; un nombramiento muy acertado. Es asombroso cómo los Marios llevan lo militar en la sangre; estoy convencido, porque Sertorio es un Mario por parte de madre. Y sabino, por ende.

 

Pero estoy alejándome de lo que te decía. Pisón Cesonino hizo un viaje rápido al norte para encargar corazas y armas y se dirigió a las

 

localidades habituales, Populonia y Pisae. Allí oyó hablar de nuevas ciudades con talleres de fundición al este de la Galia itálica, dirigidas por una empresa de Placentia. Y a Placentia se encaminó, ¡pero no pudo averiguar nada! Sí, localizó la empresa, pero no soltaron prenda. Entonces se dirigió al este, a Patavium y Aquileia, donde descubrió que en la región existe toda una nueva industria; y, además, se enteró de que en todas esas ciudades con fundiciones han estado fabricando armas y corazas para los aliados itálicos con un contrato de exclusiva… ¡hace casi diez años! Cesonino piensa que no hay trampa ni cartón: a los herreros les ofrecieron un contrato exclusivo, les pagaban religiosamente y sirvieron los encargos. Aunque los talleres son de propiedad particular, las ciudades son de un propietario único que es dueño de todo menos de los talleres. Un dueño que, según los indígenas, es senador de Roma. Y para enturbiar más el asunto, parece ser que los herreros están convencidos de haber estado fabricando armamento para Roma y que el que les firmó los contratos era un praefectus fabrum romano. Ante la insistencia de Pisón Cesonino para que le dijeran cómo era el misterioso contratista, le describieron un individuo que no puede ser más que Quinto Popedio Silo de los marsos.

 

Yo me pregunto cómo habrá sabido Silo a dónde dirigirse para hacer los encargos, cuando en Roma nada se sabía de esta industria del hierro. Y se me ha ocurrido una curiosa explicación, aunque sospecho que será difícil probarla. Por eso no se la mencioné a Pisón Cesonino. Quinto Servilio Cepio vivió en casa de Marco Livio Druso durante años, al quedarse solo cuando su mujer se fue con Marco Catón Saloniano. Bien, cuando yo comenzaba a dar los primeros pasos para la candidatura al pretorado, Cepio emprendió un largo viaje. Tú me has repetido en cartas anteriores que el oro de Tolosa ya no está en Esmirna, que Cepio se presentó allí durante este viaje lejos de Roma y se lo llevó, con gran dolor de las bancas de la localidad. Silo, pues, iba con frecuencia a aquella casa y tenía mucha más amistad con Druso que éste con Cepio. ¿Y si se hubiese enterado de que Cepio iba a invertir parte de su fortuna en esas fundiciones del este de la Galia itálica? En ese caso, Silo habría podido anticiparse a

 

Roma para firmar contratos en exclusiva y obtener corazas y armas para su pueblo sin necesidad de que los fabricantes fuesen a buscar negocio.

Para mí que Cepio es el senador romano dueño de todo, y que esa empresa con sede en Placentia es suya. Pero dudo que pueda probarlo, Publio Rutilio. En cualquier caso, Pisón Cesonino presionó a los fabricantes de la región y ya no harán más corazas ni armas para los itálicos. Las harán para nosotros.

 

Roma se apresta para la guerra, pero hay un ambiente extraño en los preparativos, dado el enemigo al que hemos de enfrentarnos. A nadie le agrada tener que combatir en Italia, y sospecho que al enemigo tampoco. Podría habernos atacado hace tres meses, a juzgar por los informes de espionaje de que dispongo. Ah, se me había olvidado comentarte que estoy muy ocupado montando una red de espionaje. Al menos te prometo que nuestra información sobre sus movimientos será muy superior a la suya respecto a los nuestros.

 

Por cierto, esta parte de mi carta es algo posterior a la fecha con que la encabecé, porque el correo de Escauro no partió.

 

De momento tenemos aseguradas Etruria y Umbría. Oh, hay rumores, pero no alcanzarán suficiente importancia para que se produzca la secesión; gracias, en gran medida, al sistema económico de los latifundia. Cayo Mario va de un lado a otro reclutando tropas y apaciguando ánimos; para dar a Cepio su merecido, se ha movido mucho en Umbría.

 

Los padres conscriptos pusieron el grito en el cielo cuando mis servicios de espionaje revelaron que los itálicos tienen ya en pie de guerra y bien entrenadas veinte legiones. Y como tenía pruebas demostrativas, tuvieron que creerlo. ¡Y aquí nos tienes a nosotros con seis legiones! Afortunadamente tenemos corazas y armas para diez legiones más por lo menos, gracias a los ahorrativos individuos que despachamos a los campos de batalla a recoger las de los cadáveres propios y enemigos, aparte de los prisioneros. Lo tenemos almacenado en Capua en innumerables cobertizos. Lo que no sabemos es cómo vamos a reclutar e instruir tropas en el poco tiempo que nos queda.

 

Te diré que la Cámara resolvió a fines de febrero hacer un ejemplo en Asculum Picentum al estilo de Numancia. Así que tendremos un frente norte y un frente central. El mando del frente norte lo posee Pompeyo Estrabón, y a él se le encomendó el objetivo de Asculum Picentum, dándole órdenes para que atacase en mayo. Seguimos a principios de primavera, pero al menos este año nuestro dilatorio pontífice máximo ha intercalado veinte días de más a últimos de febrero, por eso la fecha de esta última parte de mi carta es de marzo. Por cierto, ahora escribo en solitario porque Escauro dice que no tiene tiempo. ¡Como si yo lo tuviera! No, Publio Rutilio, no pienses que es un sacrificio. Muchas veces en el pasado tú has cambiado mi vida cuando estaba lejos de Roma. No hago más que corresponder como te mereces.

 

Lupo es la clase de comandante que no hace nada que le parezca que rebaje su dignidad. Por eso, cuando se acordó que él y Lucio César se repartiesen las cuatro legiones veteranas de Tito Didio y que ambos se hicieran cargo de una legión bisoña, no se vio con ánimos de abandonar Carseoli (donde ha establecido su cuartel general para la campaña del frente central) para tomarse la molestia de ir a Capua a hacerse cargo de la tropa y envió en su lugar a Pompeyo Estrabón. No le gusta Pompeyo Estrabón. Desde luego, ¿hay alguien que le guste?

 

¡Pero Pompeyo Estrabón se la guardó! Después de hacerse cargo de las dos legiones veteranas y la otra bisoña en Capua, se dirigió a Roma, cuando Lupo le había ordenado llevar la legión bisoña al norte hasta Picenum y entregarle a él las otras dos en Carseoli. Escauro ha estado una semana entera riendo por lo que hizo, que fue poner la legión nueva al mando de Cayo Perperna y enviársela a Lupo a Carseoli, mientras él regresaba a toda prisa con las otras dos por la Via Flaminia. Y no sólo eso, sino que cuando Catulo César llegó a Capua para asumir el mando de la plaza, vio que Pompeyo Estrabón había hecho una incursión en los almacenes de corazas y armas, haciendo acopio de armamento para cuatro legiones. Escauro aún no ha parado de reír. A mi no me hace ninguna gracia, de todos modos. Porque, ¿qué podemos hacer ahora? ¡Nada!

 

Pompeyo Estrabón está a la expectativa. Tiene mucho de galo, ¿no te parece divertido?

Cuando Lupo se dio cuenta de cómo le había tomado el pelo, exigió a Lucio César la entrega de una de sus legiones veteranas. Naturalmente, Lucio César se negó, diciendo más o menos que si Lupo era incapaz de controlar a sus legados, más le valía acudir llorando a contárselo al primer cónsul. Lamentablemente, Lupo lo ha cargado a las espaldas de Mario y de Cepio, obligándolos a reclutar y entrenar tropas con renovada energía. Mientras, él permanece en Carseoli enfurruñado.

 

Celio y Sertorio mueven montañas en la Galia itálica para enviar armas, corazas y tropas, y hasta los más pequeños talleres y fundiciones del territorio romano en todo el mundo se entregan febrilmente al trabajo. Así que supongo que no importa mucho que la red de ciudades de Cepio hayan estado aprovisionando a los itálicos estos últimos años. Nosotros tampoco habríamos podido darles trabajo. Ahora ya trabajan para nosotros y no podemos quejarnos.

 

Antes de mayo tenemos que tener seis legiones en orden de combate. Es decir, tenemos que organizar diez legiones que ahora no tenemos. ¡Ya lo haremos! Si hay algo en lo que Roma destaca es en hacer lo que sea preciso cuando tiene factores en contra. Llegan voluntarios de todas clases y de todas partes, y los ciudadanos con derechos latinos son incondicionales nuestros. Debido a las prisas no hemos podido separar los reclutas latinos de los romanos, por lo que involuntariamente se ha creado cierta hegemonía. Lo que quiero decir es que en esta guerra no habrá legiones auxiliares. Todas llevan la denominación de romanas con su número correspondiente.

 

Lucio Julio César y yo salimos para Campania a principios de abril, dentro de una semana. Quinto Lutacio Catulo César está ya instalado de comandante en Capua, un cargo que creo que desempeñará bien. Me complace enormemente el que no tenga mando directo de tropas. Nuestra legión de reclutas bisoños quedará dividida en dos unidades de cinco cohortes, pues Lucio César y yo consideramos que es preciso para guarnecer Nola y Aesernia. Puede hacerse con estas tropas, que no es

 

necesario que sean laureadas. Aesernia es una avanzadilla en territorio enemigo, desde luego, pero sabemos que nos es leal. Escipión Asiagenes y Lucio Acilio, los dos legados menores (y bastante mediocres), se llevan cinco cohortes a Aesernia. El pretor Lucio Postumio es un hombre bastante equilibrado y me gusta. ¿No será porque no es Albinus, dirás?

Y eso es todo de momento, querido Publio Rutilio. El correo de Escauro está a punto de llegar. Cuando pueda volveré a escribirte, pero me temo que tendras que confiar en tus corresponsales femeninas para las noticias normales. Julia ha prometido escribirte con frecuencia.

 

Sila dejó la pluma con un suspiro. Una larga carta, pero también le había servido de desahogo. Había valido la pena, aunque se hubiera privado de sueño. Sabía a quién escribía, era algo que tenía muy presente, pero había sido capaz de decir por escrito cosas que en persona nunca habría dicho a Publio Rutilio Rufo. Sin duda, se debía a que Rufo estaba demasiado lejos para representar amenaza alguna.

 

De todos modos no le había contado los elogios recibidos en el Senado por parte de Lucio Julio César. Era demasiado reciente y precario como para arriesgarse a ofender a la Fortuna contándolo como si fuese algo definitivo. Sila estaba seguro de que había sido algo fortuito, pues, al no gustarle Cayo Mario, Lucio César había puesto los ojos en otro para interpelarle. En justicia, habría debido preguntar a Tito Didio, a Publio Craso o algún otro triunfador, pero había puesto los ojos en él y había decidido que fuese Sila. Sí, desde luego había sido para él una sorpresa que expusiera tan magistralmente la situación, pero, luego, Lucio César había hecho lo lógico: distinguirle con el puesto de asesor. Consultar a Mario o a Craso no le convenía al cónsul, pues equivaldría a quedar como un principiante que tiene que asesorarse constantemente. Mientras que preguntar a alguien relativamente desconocido como Sila, parecía algo genial en un consular. Lucio César podría arrogarse el mérito de haber «descubierto» a Sila. Inclinándose por Sila establecía una especie de apadrinamiento.

 

De momento, a Sila le complacía la situación. Mientras se comportase amable y deferente con Lucio César, conseguiría los mandos y los cargos que necesitara para eclipsar a Lucio César, quien, como Sila no tardaría en descubrir, tenía una vena de pesimismo morboso y no era tan competente como parecía en principio. Cuando los dos salieron para Campania, a principios de abril, Sila le dejó adoptar las disposiciones y decisiones militares, mientras él se entregaba con encomiable energía y entusiasmo a reclutar y entrenar a las nuevas legiones. En las dos legiones veteranas de Capua había bastantes centuriones que habían servido a sus órdenes en un puesto u otro, y aun más entre los centuriones retirados que habían vuelto a enrolarse de instructores. Se corrió el rumor y la fama de Sila creció. Ahora lo único que necesitaba era que Lucio César cometiese algunos errores o se viera tan atascado en alguna fase de la campaña que no le quedase otro remedio que concederle a él, Sila, carta blanca. Una cosa tenía bien clara Sila: cuando llegara su hora, él no cometería ningún error.

 

 

Mejor preparado que ningún otro comandante, Pompeyo Estrabón formó dos nuevas legiones con gente de sus vastas propiedades al norte de Picenum, y con los centuriones de las dos legiones veteranas que se había apropiado tuvo sus tropas en condiciones de combate en cincuenta días. En la segunda semana de abril se puso en marcha desde Cingulum con cuatro legiones, dos curtidas y dos bisoñas. Era una buena proporción, y aunque su carrera militar no había sido particularmente descollante, contaba con suficiente experiencia de mando y se había labrado fama de muy duro.

 

Un incidente que había sufrido a los treinta y tres años, cuando era cuestor en Cerdeña, había contribuido, desgraciadamente, al desprecio y marginación de sus colegas del Senado. Pompeyo Estrabón había escrito desde Cerdeña al Senado solicitando que le autorizasen a impugnar a su superior, el gobernador Tito Albucio, y poderes para denunciarle ante los tribunales a su regreso a Roma. Dirigido por Escauro, el Senado había respondido con una dura misiva del pretor Cayo Memio, a la que se adjuntaba copia del discurso de Escauro, dedicando a Estrabón toda clase

 

de epítetos, desde seta venenosa hasta estúpido, bovino, mal educado, presuntuoso y grosero. Pompeyo Estrabón estaba convencido de haber actuado correctamente solicitando el proceso de su superior, mientras que para Escauro y los otros dirigentes de la Cámara por aquel entonces, su pretensión era imperdonable. ¡A un superior no se le encausa! Aunque al superior en cuestión nadie se apresuró a procesarle. Luego, Lucio Marcio Filipo había hecho que Estrabón fuese el hazmerreír de todos, sugiriendo que el Senado nombrase a otro fiscal bizco para el juicio en que tenía que comparecer Tito Albucio, y designaron a César Estrabón.

 

César Estrabón tenía bastante de rey celta, pese a que él porfiaba que era totalmente romano. Su principal argumento de romanidad era su tribu, clustumina, una tribu rural relativamente antigua cuyos miembros habitaban en el valle este del Tíber. Pero pocos romanos importantes creían que los Pompeyos no hubieran vivido en Picenum mucho antes de la fecha de la conquista romana. La tribu creada por los nuevos ciudadanos de Picenum era la velina, y la mayoría de los vasallos que vivían en las tierras de los Pompeyos al norte de Picenum y en Umbría oriental pertenecían a la tribu velina. La explicación que daban los notables romanos era que los Pompeyos eran picentinos y tenían vasallos mucho antes de la influencia romana en aquella región de Italia, y que habían comprado su pertenencia a una tribu mejor que la velina. Se trataba de una zona de Italia en la que se había producido un importante asentamiento de galos después de la fallida invasión de Italia central y Roma dirigida por el primer Breno trescientos años atrás, y, como los Pompeyos tenían un físico muy celta, los notables de Roma los consideraban celtas.

 

Sea lo que fuere, unos setenta años atrás un Pompeyo había emprendido, por fin, el inevitable viaje a Roma por la Via Flaminia y, sobornando a los electores sin ningún prurito, se había hecho votar cónsul veinte años después. Al principio, aquel Pompeyo —que estaba más estrechamente emparentado con Quinto Pompeyo Rufo que con Pompeyo Estrabón— había sostenido una pugna con el gran Metelo el Macedónico, pero habían limado sus diferencias y acabaron compartiendo el censorado. Todo lo cual iba afianzando la romanidad de los Pompeyos.

 

El primer Pompeyo de la rama Estrabón que viajó al sur había sido el padre de Pompeyo Estrabón, quien había obtenido un puesto en el Senado, casándose nada menos que con la hermana del famoso satírico latino Cayo Lucilio. Los Lucilios eran de Campania y ciudadanos romanos de muchas generaciones atrás, bastante ricos y con cónsules en la familia. Una transitoria falta de numerario había convertido al padre de Pompeyo Estrabón en un buen partido, y más teniendo en cuenta que a esa cifra deudora se sumaba el poquísimo atractivo de Lucilia. Desgraciadamente, el padre de Estrabón había muerto antes de poder acceder a una magistratura superior, pero no sin que Lucilia diese a luz a un bizquito llamado Cneo Pompeyo, inmediatamente apodado Estrabón; había sido madre de otro varón, llamado Sexto, que también había muerto demasiado joven para alcanzar renombre en política. Por eso en Pompeyo Estrabón se cifraban todas las esperanzas de grandeza de la familia.

 

Estrabón no era aplicado en el estudio por naturaleza, y ni mucho menos un intelectual; aunque le habían educado en Roma una serie de excelentes tutores, no había aprendido mucho. Cuando trataron de inculcarle las grandes ideas griegas, Pompeyo Estrabón las había desechado como palabrería inútil y utópica; a él le gustaban los señores de la guerra y los conquistadores que tanto abundaban en la historia de Roma. En sus tiempos de contubernalis a las órdenes de diversos comandantes, Pompeyo no se había ganado el afecto de sus compañeros, hombres como Lucio César, Sexto César, su primo mediano Pompeyo Rufo, Catón Liciniano o Lucio Cornelio Cinna. Cierto que le habían hecho objeto de sus burlas por sus ojos atrozmente estrábicos, pero también porque era de una grosería innata que su educación romana no había podido erradicar. Sus primeros años en el ejército habían sido lamentables y su cargo de tribuno de los soldados no mucho mejor. ¡A nadie le gustaba Pompeyo Estrabón!

 

Todo esto se lo contaría después a su propio hijo, acérrimo partidario del progenitor. Aquel hijo (que ahora tenía quince años) y una hija, Pompeya, eran los retoños de otra Lucilia, ya que Pompeyo Estrabón, siguiendo los pasos de su padre, se había casado con una Lucilia fea, hija ésta del hermano del famoso satírico Cayo Lucilio Hirro. Afortunadamente,

 

la sangre pompeyana tenía fuerza para limar la fealdad de los genes lucilianos, ya que ni Estrabón ni su hijo eran feos, estrabismo aparte; igual que anteriores generaciones de Pompeyos, eran bien parecidos y de tez clara, ojos azules y nariz muy respingona. La rama familiar de los Rufos tenían el pelo rojo y la de los Estrabones, dorado.

 

Cuando Estrabón partió con sus cuatro legiones hacia el sur pasando por Picenum, dejó a su hijo en Roma con la madre para que continuara su educación. Pero tampoco el hijo tenía dotes intelectuales —tendencia fomentada, por cierto, por el padre— y dio en hacer los bártulos y dirigirse al norte de Picenum para presentarse a los centuriones que habían quedado en la retaguardia para seguir entrenando como legionarios a los clientes de Pompeyo; y allí se sometió a una rigurosa instrucción militar mucho antes de estar en edad de revestir la toga viril. A ese respecto, a diferencia de su padre, todos sus compañeros le adoraban. Se hacia llamar Cneo Pompeyo a secas, sin sobrenombre; nadie de aquella rama necesitaba sobrenombre, salvo su padre, y el de Estrabón no podía adoptarlo porque él no era bizco. No, el joven Pompeyo tenía los ojos grandes, redondos, muy azules y bastante perfectos. Ojos de poeta, decía su madre, embobada.

 

Mientras el Joven Pompeyo se largaba de casa, Pompeyo Estrabón proseguía su marcha hacia el sur, y cuando cruzaba el río Tinna, cerca de Falernum, cayó en una emboscada de seis legiones picentinas al mando de Cayo Vidacilio y tuvo que efectuar un difícil contraataque entorpecido por las aguas que le impedían la maniobra. Para complicar la situación, Tito Lafrenio apareció con dos legiones de vestinos y Publio Vetio Escato con otras dos de marsos. Todos los itálicos querían tener la primicia de la ruptura de hostilidades.

 

Nadie ganó la batalla. Ante un enemigo tan superior en número, Pompeyo Estrabón hizo lo que pudo para escapar casi intacto de aquel río y se dirigió con su precioso ejército a la ciudad costera de Firmum Picenum, donde se hizo fuerte dispuesto a aguantar un largo asedio. Los itálicos habrían podido aniquilarlos, pero aún no habían aprendido la lección de una virtud militar característicamente romana: la rapidez. En ese aspecto, el

 

vencedor había sido Pompeyo Estrabón, aunque la iniciativa del combate la hubiesen llevado los itálicos.

 

Vidacilio dejó a Tito Lafrenio ante las murallas de Firmum Picenum, asediando a los romanos, y él se fue con Escato a hacer de las suyas a otra parte, mientras Pompeyo Estrabón enviaba mensaje a Celio, en la Galia itálica, pidiéndole refuerzos lo antes posible. No era una situación desesperada, ya que tenía acceso al mar y a una pequeña flota romana en el Adriático, que nadie recordaba. Firmum Picenum era una colonia de derechos latinos y leal a Roma.

 

 

En cuanto los itálicos supieron que Pompeyo Estrabón estaba en marcha, su honor quedó satisfecho: Roma era la agresora. Mutilo y Silo obtuvieron en el consejo general todo el apoyo solicitado. Mientras Silo permanecía en Itálica y enviaba a Vidacilio, Lafrenio y Escato al norte para enfrentarse a Pompeyo Estrabón, Cayo Papio Mutilo conducía seis legiones a Aesernia. ¡No podía consentirse una avanzadilla enemiga que manchara la autonomía de Italia! Aesernia debía caer.

 

El arrojo de los dos legados menores de Lucio César se hizo pronto evidente. Escipión Asiagenes y Lucio Acilio se disfrazaron de esclavos y huyeron de la ciudad antes de que llegaran los samnitas. Su deserción no desanimó en absoluto a la población de Aesernia. Formidablemente fortificada y muy bien aprovisionada, la ciudad cerró sus puertas y guarneció las murallas con las cinco cohortes de reclutas que los legados habían dejado escapar a toda prisa. Mutilo vio de inmediato que el asedio sería largo, y optó por dejar a dos de sus legiones que atacasen implacablemente; siguió con las otras cuatro hacia el río Voltumus, que separaba la Campania este de la del oeste.

 

Cuando llegó la noticia de que los samnitas estaban en camino, Lucio César se trasladó de Capua a Nola, donde las cinco cohortes de Lucio Postumio habían aplastado la insurrección.

 

—Hasta que averigüe lo que pretende Mutilo, creo que es preferible reforzar Nola con las dos legiones de veteranos —dijo a Sila cuando se

 

disponía a abandonar Capua—. Sigue con los preparatívos. El enemigo nos supera en número. En cuanto puedas, envía tropas a Venafrum con Marcelo.

—Ya se ha hecho —contestó Sila lacónico—. Campania siempre ha sido la región preferida de asentamiento de los antiguos combatientes y acuden en tropel a enrolarse. No precisan más que un casco, una cota de malla, una espada y un escudo. En cuanto pueda equiparlos y escoger los más experimentados para nombrarlos centuriones, los iré enviando a las plazas que quieras reforzar. Publio Craso y sus dos hijos mayores fueron ayer a Lucania con una legión de veteranos retirados.

 

—¡Deberías habérmelo dicho! —exclamó Lucio César un tanto malhumorado.

 

—No, Lucio Julio, no tengo por qué —replicó Sila con firmeza y sin alterarse—. Estoy aquí para llevar a la práctica tus planes. Una vez que me dices quién ha de marchar, a dónde y con qué, mi obligación es cumplir tus órdenes. No tienes que volver a decírmelo ni yo tengo que decírtelo.

 

—¿A quién has enviado a Beneventum? —inquirió Lucio César, consciente de que comenzaban a despuntar sus defectos, dado que se excedía en sus exigencias de general.

 

No obstante, para Sila no eran excesivas. El no dejaba traslucir su satisfacción. Más tarde o más temprano, la situación superaría a Lucio César y él tendría su oportunidad. Dejó que Lucio César se trasladara a Nola, consciente de que era un recurso provisional y fútil. Efectivamente, cuando llegó la noticia del asedio de Aesernia, Lucio César regresó a Capua y decidió que lo mejor era acudir en ayuda de Aesernia. Pero las zonas centrales de Campania, en torno al Volturnus, estaban en abierta insurrección, había legiones samnitas por todas partes y se rumoreaba que Mutilo se había puesto en marcha en dirección a Beneventum.

 

El norte de Campania seguía siendo seguro y más inclinado de parte de los romanos; Lucio César se encaminó con sus dos legiones de veteranos a través de Teanum Sidicinum e Interamna, para aproximarse a Aesernia por territorio amigo. Lo que no sabía era que Publio Vetio Escato, de los marsos, se había separado del asedio a Pompeyo Estrabón en Firmum Picenum y avanzaba por la orilla occidental del lago Fucinus camino

 

también de Aesernia. Bajó por la vertiente del Liris, rodeó Sora y se encontró con Lucio César entre Atina y Casinum.

 

Ninguno de los dos se lo esperaba y ambos bandos entablaron batalla improvisada, complicada por la garganta en que se encontraron. La perdió Lucio César. Tuvo que retroceder a Teanum Sidicinum, dejando dos mil cadáveres de valiosos veteranos, mientras Escato continuaba sin obstáculos hacia Aesernia. Esta vez los itálicos podían atribuirse una auténtica victoria; y lo hicieron.

 

Nunca resignadas al yugo de Roma, las ciudades del sur de Campania se decantaron en favor de Italia una tras otra, incluidas Nola y Venafrum. Marco Claudio Marcelo logró escapar con sus tropas de Venafrum antes de que llegase el ejército samnita, pero en lugar de retirarse a una plaza romana segura como Capua, optó por encaminarse a Aesernia, donde se encontró con que los itálicos le tenían puesto cerco cerrado: Escato y los marsos por un lado y los samnitas por el otro. Pero la guardia itálica no era muy rigurosa y Marcelo supo aprovecharlo sin demora, logrando entrar con las tropas en la ciudad por la noche. Aesernia contaba ahora con un comandante capaz y valiente y con diez cohortes de legionarios.

 

Lamiéndose las heridas en Teanum Sidicum, taciturno como un perro viejo que ha perdido el primer enfrentamiento, el deprimido y consternado Lucio Julio César fue recibiendo una serie de noticias adversas: se había perdido Venafrum, Aesernia estaba cercada, Nola era una prisión con dos mil soldados romanos, incluido el pretor Lucio Postumio, y Publio Craso y sus dos hijos habían tenido que refugiarse en Grumentum perseguidos por los lucanos, que también se habían sumado a la sublevación al mando del competente Marco Lamponio. Y para remate, los servicios de espionaje de Sila informaban que los apulios y los venusinos estaban a punto de unirse a la coalición itálica.

 

 

Pero eso no era nada comparado con los apuros que pasaba Publio Rutilio Lupo al este de Roma. Se iniciaron al llegar Cayo Perperna con una legión de reclutas bisoños en lugar de dos legiones de veteranos, durante aquel febrero intercalado, y a partir de ahí las cosas fueron de mal en peor. Mientras Mario se dedicaba a enrolar y armar tropas y Cepio hacía lo propio, Lupo se entregaba a una batalla por escrito con el Senado de Roma. Había focos de insurrección entre sus propias tropas e incluso entre las filas de sus legados, decía Lupo enfurecido, inquiriendo qué pensaba hacer el Senado. ¿Cómo iba a poder dirigir una guerra cuando sus propios hombres se enfrentaban a él? ¿Quería o no quería Roma que se protegiera Alba Fucentia? ¿Y cómo iba a poder hacerlo si no contaba con legionarios curtidos? ¿Cuándo se iba a hacer algo para retirar a Pompeyo Estrabón? ¿Cuándo iba a tomarse la iniciativa de encausar a Pompeyo Estrabón por traición? ¿Cuándo iba el Senado a devolverle las dos legiones veteranas que se había quedado Pompeyo Estrabón? ¿Y cuándo se le iba a librar de aquel insoportable insecto, Cayo Mario?

 

Lupo y Mario estaban acampados en la Via Valeria, en las afueras de Carseoli, muy bien fortificados, gracias a Mario que tomó la iniciativa de hacer trabajar a los reclutas. «Para que endurezcan los músculos», contestó inocentemente cuando Lupo se quejó de que la tropa cavaba trincheras en lugar de hacer instrucción. Cepio estaba en retaguardia, también sobre la Via Valeria, en las afueras de Varia. En cierto aspecto, Lupo tenía razón, porque nadie hacía caso de los demás. Cepio se mantenía muy alejado de Carseoli y su general, alegando que no podía soportar el enrarecido ambiente de la tienda de mando. Y Mario —que alimentaba la justa idea de que el general entraría en combate contra los marsos en cuanto dispusiese de suficientes tropas— no dejaba de quejarse. Las tropas no tenían ninguna experiencia, decía, y necesitarían cien días completos de entrenamiento antes de poder entrar en combate; gran parte del equipo era deficiente y, por lo tanto, era mejor que Lupo aguardase y aceptase la situación en lugar de obcecarse con Pompeyo Estrabón y las dos hurtadas legiones.

 

Pero si Lucio César era un indeciso, Lupo era un incompetente absoluto. Su experiencia militar era mínima y pertenecía a la escuela de generales de

 

salón que pensaban que en cuanto el enemigo avistaba una legión romana, ya había acabado el combate… en favor de Roma. Además, despreciaba a los itálicos y los consideraba poco menos que bellacos campestres. No estaba dispuesto a dar un paso hasta que Mario hubiese reunido y armado cuatro legiones. De todos modos, hacía todos esos cálculos sin contar con Mario. Mario se aferraba tercamente a su tesis: que los soldados no podían entrar en combate hasta estar debidamente entrenados, y en cierta ocasión en que Lupo le ordenó marchar sobre Alba Fucentia, se negó rotundamente. Y al negarse Mario, se negaron los legados subordinados.

 

Y Lupo siguió enviando cartas a Roma, acusando a los legados de motín más que de insubordinación. Al final de todo estaba Cayo Mario. Siempre Cayo Mario.

 

En estas circunstancias, Lupo no se puso en marcha hasta fines de mayo, a raíz de un consejo que convocó, ordenando a Cayo Perperna tomar la legión de reclutas formada en Capua con la mejor legión que hubiese y avanzar por el paso oeste a lo largo de la Via Valeria hacia territorio marso. El objetivo era Alba Fucentia, para aliviar la presión si los marsos la habían rodeado o guarnecerla contra un posible ataque. De nuevo Mario planteó objeciones, pero esta vez no le valió de nada. Los reclutas, decía con razón Lupo, ya habían hecho el período de instrucción. Así, Perperna y las dos legiones efectuaron el avance por la Via Valeria.

 

El paso oeste era un desfiladero rocoso a mil cuatrocientos metros, donde aún no se habían fundido del todo las nieves invernales. Las tropas murmuraban, quejándose del frío, y Perperna no supo disponer suficientes vigías en los puntos elevados, más preocupado por tenerlos a todos contentos en lugar de conservarlos vivos. Publio Presenteio atacó a la columna justo en el momento en que se hallaba completa dentro de la garganta, a la cabeza de cuatro legiones de pelignos hambrientos de victoria. Y obtuvieron una victoria tan completa como fácil. Los cadáveres de cuatro mil soldados de Perperna quedaron en el paso, y Presenteio se hizo con sus armas y corazas; además de apoderarse del armamento de los seis mil supervivientes, que éstos abandonaron para huir más de prisa. El propio Perperna fue de los que más corrieron.

 

En Carseoli, Lupo degradó a Perperna y lo envió humillado a Roma. —Es una estupidez, Lupo —dijo Mario, que hacía tiempo que había

 

dejado de dar al general el trato de cortesía llamándole Publio Rutilio, pues le molestaba dar ese nombre tan querido a alguien tan indigno de él—. A Perperna no se le puede echar la culpa; es un aficionado. La culpa es tuya y de nadie más. Ya te avisé de que la tropa no estaba preparada; habría debido mandarles a alguien que entendiera de tropas inmaduras: yo.

 

—¡Tú, ocúpate de tus asuntos! —espetó Lupo—. ¡Y procura no olvidar que tu principal asunto es decirme sí a mí!

 

—Lupo, no te diría sí ni aunque me enseñaras el culo —replicó Mario, con el abrumador ceño sobre la nariz y aspecto fiero—. ¡Eres un idiota y un inepto de campeonato!

 

—¡Te enviaré a Roma! —gritó Lupo.

 

—Envía a tu abuela a dar un paseo por la carretera —dijo Mario con desprecio—. ¡Han muerto cuatro mil hombres que habrían podido llegar a ser buenos soldados y tenemos seis mil supervivientes desnudos que merecerían ser azotados! ¡No se lo reproches a Cayo Perperna, tuya es la culpa! —añadió moviendo la cabeza y dándose una palmada en la fláccida mejilla izquierda—. ¡Ah, es como si hubiésemos retrocedido veinte años! ¡Estás haciendo lo mismo que aquel resto de imbéciles senatoriales: matar a los hombres!

 

Lupo se puso en pie, muy estirado, sin que por ello resultase muy impresionante.

 

—No sólo soy el cónsul, sino el comandante en jefe en este frente — dijo altivo—. Me permito recordarte que dentro de ocho días exactos serán las calendas de junio, y tú y yo partiremos hacia el norte, a Nersae, y entraremos en territorio marso por el norte. Lo haremos con dos columnas de dos legiones cada una, cruzando separadamente el Velinus. Sólo hay dos puentes de aquí a Reate y ninguno de los dos permite el paso de tropa en filas de ocho en fondo; por eso iremos en dos columnas, pues si no tardaríamos mucho en cruzarlo. Yo cruzaré por el puente más próximo a Carseoli y tú el más próximo a Cliterna. Nos reuniremos en Himella, más

 

allá de Nersae, y entraremos en la Via Valeria cerca de Antinum. ¿Entendido, Mario?

 

—Entendido —contestó Mario—. Es una estupidez, pero entendido. De lo que no te das cuenta, Lupo, es de que es muy probable que haya legiones itálicas al oeste del territorio marso.

 

—No hay legiones itálicas al oeste del territorio marso —dijo Lupo—.

 

Los pelignos que tendieron la emboscada a Perperna han regresado al este.

 

—Como quieras —replicó Mario, encogiéndose de hombros—. Luego no digas que no te avisé.

 

Salieron ocho días más tarde, encabezando la marcha Lupo con sus dos legiones, seguido por Mario hasta el punto en que debían proseguir por separado, quedándole a Lupo menos distancia hasta el puente por el que tenía que cruzar el rápido y gélido Velinus, crecido con el deshielo. Nada más perderse de vista la columna de Lupo, Mario condujo a sus tropas a un bosque cercano y ordenó acampar sin encender fuegos.

 

—Vamos a seguir el curso del Velinus hasta Reate, en cuya orilla opuesta hay montañas imponentes —dijo a su legado mayor, Aulo Plaño—. Si yo fuese un itálico astuto decidido a derrotar a los romanos dispondría a mis mejores vigías en la cresta de esas alturas para otear cualquier movimiento de tropas en esta orilla. Los itálicos deben saber que Lupo se ha pasado meses sentado en Carseoli, por lo tanto es de suponer que esperen que se mueva y se hallen a la expectativa. El primer intento de avance lo aniquilaron, así que estarán aguardando el siguiente, fijate lo que te digo. Así que nosotros nos vamos a quedar en este frondoso bosque hasta que anochezca y luego proseguiremos la marcha lo mejor que podamos hasta que amanezca y nos esconderemos en otro bosque espeso. No pienso exponer a mis tropas hasta que pasen ese puente a paso ligero.

 

Plotio era joven, desde luego, pero con suficiente experiencia por haber servido de tribuno menor contra los cimbros en la Galia itálica a las órdenes de Catulo César, pero, como todos los que sirvieron en aquella campaña, sabia de quién era el verdadero mérito. Y conforme escuchaba a Mario, sintió enorme alegría de tener la suerte de haber sido destinado a la columna de Mario en vez de a la de Lupo. Antes de salir de Carseoli había estado

 

tomando el pelo al legado de Lupo, Marco Valerio Mesala, que también deseaba haber emprendido la marcha con Mario.

 

Cayo Mario alcanzó el puente el duodécimo día de junio, después de avanzar muy lentamente porque las noches eran sin luna y era un terreno sin carreteras, salvo una pista serpenteante que había preferido no seguir. Lo había dispuesto todo minuciosamente, y para tener absoluta seguridad de que las cumbres estaban sin vigías, había mandado explorarlas. Las dos legiones avanzaban con buen ánimo y decididas a hacer lo que él ordenase, y eso que eran la misma clase de hombres que habían cruzado con Perperna el paso oeste quejándose del frío y descontentos, gente de los mismos pueblos y regiones. Pero ahora eran soldados con confianza y bien predispuestos a lo que fuera, incluido el combate, y obedecieron las órdenes al pie de la letra cuando se inició el cruce del puente. Será porque son soldados de Mario, pensó Aulio Plotio, aunque eso signifique que son mulas de Mario. Como siempre, Mario avanzaba con transportes ligeros, mientras que Lupo se había empeñado en hacerlo con un buen convoy de pertrechos.

 

Plotio bajó hasta el lecho de la corriente, a la izquierda del puente, para buscar un lugar adecuado desde donde observar el paso de las tropas. El río iba crecido y rugía, pero, como deliberadamente había elegido un pequeño promontorio que se adentraba en la Corriente, a su derecha quedaba un remanso lleno de remolinos y cadáveres. En un primer momento los miró de soslayo, sin fijarse, pero luego llamaron su atención y se quedó horrorizado. ¡Cadáveres de soldados! ¡Y dos o tres docenas! A juzgar por las plumas de los cascos, eran romanos.

 

Se llegó a todo correr en busca de Mario, quien nada más ver la escena comprendió.

 

—Lupo —dijo muy serio—. Le han presentado batalla en la orilla opuesta del puente que tenía que cruzar. Ven, ayúdame.

 

Plotio descendió hasta el borde del agua detrás de Mario y le ayudó a sacar uno de los cadáveres; Mario le dio la vuelta y observó aquel rostro de aterrada expresión, blanco como la cera.

 

—Fue ayer —dijo, soltando el cadáver—. Me gustaría detenerme y enterrar a estos desgraciados, Aulo Plotio, pero no hay tiempo. Reúne a las

 

tropas en la otra orilla en orden de combate. Yo las arengaré. ¡Date prisa! Creo que los itálicos no saben que estamos aquí, así que tenemos una mínima posibilidad de resarcirnos de esto.

 

Publio Vetio Escato, con dos legiones de marsos, había partido de las cercanías de Aesernia un mes antes, para dirigirse a Alba Fucentia, donde se encontró con Quinto Popedio Silo que asediaba la ciudad, de derechos latinos, muy fortificada y decidida a resistir. Silo había optado por permanecer en territorio marso para presionar al máximo a los romanos, pero por sus servicios de espionaje sabía que los romanos estaban entrenando tropas en Carseoli y Varia.

 

—Ve a echar un vistazo —dijo a Escato.

 

Al encontrarse con Presenteio y sus pelignos cerca de Antinum, recibió un detallado informe sobre la derrota de Perperna en el paso occidental; Presenteio seguía hacia el este para entregar el botín de armamento y aprovecharlo en la campaña de reclutamiento de los pelignos. Escato se dirigió al Oeste e hizo exactamente lo que Mario había previsto que haría un itálico astuto: dispuso buenos vigías en las cumbres en la orilla este del Velinus, y, mientras tanto, construyó un campamento en esa orilla a medio camino entre los dos puentes, y, cuando estaba pensando que debía internarse más hacia Carseoli, un mensajero llegó con la noticia de que un ejército romano cruzaba el puente situado más al sur.

 

Con increíble placer, el propio Escato observó cómo Lupo pasaba sus tropas de una orilla a otra, cometiendo todos los errores posibles, pues consintió en que rompieran filas antes de cruzarlo y las dejó sin formar una vez llegadas a la otra orilla. Para Lupo lo único que contaba era el convoy de pertrechos; estaba en el puente, vestido sólo con una túnica, cuando Escato cayó con sus marsos sobre las legiones. En el campo quedaron ocho mil soldados romanos, incluido Publio Rutilio Lupo y su legado, Marco Valerio Mesala. Lograrían escapar unos dos mil, arrastrando los carros fuera del puente y despojándose de mallas, cascos y espadas para echar a correr hacia Carseoli. Era el undécimo día de junio.

 

La batalla, si así podía llamarse, se produjo a finales de la tarde. Escato decidió permanecer sobre el terreno en vez de hacer que sus tropas

 

regresaran al campamento. Al amanecer del día siguiente comenzarían a despojar a los cadáveres, amontonándolos una vez desnudos para quemarlos, y arrastrando a la otra orilla los carros abandonados. Sin duda estarían cargados de trigo y otros víveres. Y les servirían para transportar el armamento capturado. ¡Una magnífica jugada! ¡Derrotar a los romanos, pensó Escato complacido, era tan fácil como dar azotes a un niño! ¡Ni siquiera sabían cómo protegerse maniobrando en terreno enemigo! Eso sí que era raro. ¿Cómo se las habrían arreglado para conquistar medio mundo y mantenerlo subyugado?

 

Estaba a punto de enterarse porque Mario estaba a punto de aparecer, y ahora le tocaba a Escato verse atacado con sus tropas en total desorden.

 

Mario tropezó en primer lugar con el campo marso en el que no había una sola alma. Irrumpió en él, apoderándose de todo cuanto había: pertrechos, víveres en abundancia y mucho dinero; pero no de un modo desordenado, sino que dejó a la mayoría de las tropas auxiliares detrás haciendo el saqueo mientras él apretaba el paso con las legiones. Hacia medio día llegó al campo de batalla de la víspera y se encontró con las tropas marsas despojando del armamento a los cadáveres.

 

—¡Ah, estupendo! —bramó a Aulo Plotio—. ¡Mis hombres reciben el mejor baño de sangre: será una fuga desordenada! ¡Eso les da una confianza enorme y les convierte en veteranos sin que se den cuenta!

 

Fue, efectivamente, una fuga desordenada. Escato huyó precipitadamente hacia las montañas, dejando dos mil cadáveres de marsos y todo cuanto tenía. Pero el balance, pensó Mario entristecido, era favorable a los itálicos, que eran los que más soldados habían matado. Tantos meses de reclutamiento e instrucción para nada. Ocho mil hombres pasarían a ser cadáveres —como parecía inevitable— porque los mandaba un tonto.

 

En el puente encontraron los cuerpos de Lupo y de Mesala.

 

—Lo siento por Marco Valerio, creo que habría sido un buen militar — comentó Mario a Plotio—, ¡pero me alegro sobremanera de que la Fortuna diese la espalda a Lupo! Si hubiera vivido, habría perdido más hombres aún.

 

A lo que Plotio no tuvo nada que añadir.

 

Mario envió los cadáveres del cónsul y su legado a Roma, escoltados por su único escuadrón de caballería y con una carta explicando la situación. Era hora de que Roma se llevara un buen susto, pensó Mario. Si no, nadie de los que vivían en ella iba a creer que había una guerra en Italia, ni que los itálicos eran de temer.

 

Escauro, príncipe del Senado, envió dos respuestas, una por cuenta del Senado y otra personal.

 

Lamento profundamente cuanto dice el informe oficial, Cayo Mario. No es obra mía, te lo aseguro, pero el problema está, viejo amigo, en que no tengo la energía necesaria para zarandear con una mano a un ente de trescientos hombres. Lo hice hace veinte años cuando el asunto de Yugurta, pero son precisamente estos últimos veinte años los que pesan. No es que en el Senado haya trescientos hombres estos días, pues serán más bien un centenar, ya que los que tienen menos de treinta y cinco años están cumpliendo una clase u otra de servicio militar, igual que algunos de los mayores, incluido un tal Cayo Mario.

 

La llegada de tu cortejo fúnebre a Roma causó honda impresión. Toda la ciudad se puso a plañir y a mesarse los cabellos, y no digamos a darse golpes de pecho. De pronto la guerra cobraba realidad. Quizá no se les habría podido dar mejor lección. La moral se les cayó a los pies más rápido que un rayo. Hasta que el cadáver del cónsul llegó al Foro, creo que toda Roma —¡incluidos senadores y caballeros!— consideraba que esta guerra era una prebenda. Pero ahora tenían ahí a Lupo, de cuerpo presente, muerto por un itálico en un campo de batalla a no muchas millas de Roma. Fue un momento dramático cuando salimos de la Curia Hostilia y nos quedamos boquiabiertos al ver a Lupo y a Mesala. ¿Ordenaste a la escolta que los destapase al llegar al Foro? ¡Apuesto a que sí!

 

En fin, toda Roma está de luto y no se ve más que gente con vestiduras negras y monótonas por todas partes. Todos los que quedan en el Senado visten el sagum en lugar de la toga, y la franja estrecha de caballeros en la túnica en lugar del latus clavus. Los magistrados curules se han quitado la insignia del cargo hasta para sentarse en los sencillos taburetes de madera

 

en la Curia y en los tribunales. Se contemplan leyes suntuarias respecto a la púrpura, la pimienta y las panoplias. De una indiferencia total, Roma ha pasado al extremo contrario. Por dondequiera que voy oigo a la gente preguntarse si realmente vamos a perder la guerra.

 

Como verás, la respuesta oficial se refiere a dos asuntos distintos. El primero lo deploro personalmente, pero se adoptó en nombre de la «seguridad nacional». A saber: en el futuro todas las bajas de guerra, desde el simple soldado hasta el general, serán enterradas con las honras fúnebres que permitan las circunstancias en el campo de batalla. Ningún cadáver debe entrar en Roma para no minar la moral. ¡Tonterías, tonterías! Pero así lo han querido.

 

El segundo es mucho peor, Cayo Mario. Conociéndote, sé que habrás leído ésta antes que la oficial; por consiguiente, mejor será que te diga sin ambages que la Cámara se negó a concederte el mando supremo. No es que te dejaran de lado, porque no tuvieron el valor de hacerlo, pero han optado por un mando conjunto entre tú y Cepio. Posiblemente no se habría podido adoptar decisión más asnal, estúpida y fútil. Incluso haber nombrado a Cepio por encima de ti habría sido más hábil. Pero supongo que tú sabrás arreglártelas con tu inimitable estilo.

 

¡No sabes cómo me indigné. Pero el problema está en que los que quedan en la Cámara son con gran diferencia las cagarrutas secas que quedan en la popa de la nave. Los decentes están en el campo de batalla o —como en mí caso— tienen una tarea que hacer en Roma, pero somos un puñado comparado con esos boñigos. En este momento me siento como si estuviera de más. Es Filipo quien dirige el cotarro. ¿Te imaginas? Ya fue un horror tener que enfrentarse a él en aquellos días que desembocaron en el asesinato de Marco Livio, pero ahora es peor. Y los caballeros de los Comitia le comen en la palma de la mano. Escribí a Lucio Julio diciéndole que regrese a Roma y escoja un cónsul suffectus en sustitución de Lupo, pero me contestó diciendo que tenemos que arreglárnoslas solos porque él está muy ocupado como para escaparse de Campania un solo día. Yo hago lo que puedo, pero de verdad, Cayo Mario, me encuentro muy viejo.

 

Sin duda, Cepio se pondrá insufrible cuando sepa la noticia. He tratado de organizar los correos para que tú lo sepas antes que él. Eso te dará un margen de tiempo para decidir cómo tratarlo cuando se te presente empavonado. Sólo puedo darte un consejo: hazlo a tu manera.

 

Pero al final fue la fortuna la que se encargó de ello, fantásticamente y con ironía. Cepio aceptó el mando conjunto con extrema confianza, pues había derrotado a una legión de marsos mientras Mario se enfrentaba a Escato en el río Velinus. Equiparando su pequeño éxito a la victoria de Mario, notificó al Senado que había conseguido la primera victoria de la guerra, dado que el combate se había producido el diez de junio y la victoria de Mario fue tres días después. En el ínterin se había producido una apabullante derrota, que Cepio se las compuso para imputársela a Mario más que a Lupo.

 

Para consternación de Cepio, a Mario no pareció importarle quién se llevaba el mérito ni lo que Cepio pretendía en Varia. Cuando éste le indicó que regresase a Carseoli, Mario no le hizo caso. Se había apoderado del campamento de Escato en el Velinus, lo había fortificado perfectamente con todos los hombres de que disponía y se dedicaba a entrenar sin respiro a sus tropas, mientras los días pasaban y Cepio se reconcomía ante la imposibilidad de invadir las tierras de los marsos. Además de haber heredado los supervivientes de Lupo, unas cinco cohortes, Mario contaba con dos tercios de los seis mil hombres que habían huido del ataque de Presenteio en el paso occidental, y los había reequipado a todos. Disponía, así, de una fuerza de tres legiones bien reforzadas. Pero antes de que dieran un paso, había dicho en una carta, las tendría preparadas a su entera satisfacción, no según el criterio de un cretino que no sabía distinguir la vanguardia de los flancos.

 

Cepio contaba con aproximadamente legión y media, que había distribuido formando dos unidades sin potencia plena y no se sentía con confianza para moverse. Así, mientras Mario entrenaba sin cesar a sus tropas unas millas al nordeste, Cepio seguía estancado en Varia, echando chispas. Junio dio paso al Quinctilis y Mario seguía entrenando a sus

 

hombres, mientras Cepio continuaba en Varia echando chispas. Igual que Lupo antes que él, la mayor parte del tiempo la dedicaba a escribir cartas de queja al Senado, donde Escauro y Ahenobarbo, pontífice máximo, Quinto Mucio Escévola y unos cuantos incondicionales mantenían a raya al despótico Lucio Marcio Filipo cada vez que proponía despojar del mando a Cayo Mario.

 

Hacia mediados de Julio, Cepio recibió una visita. Nada menos que Quinto Popedio Silo, de los marsos.

 

Silo llegó al campamento de Cepio con una pareja de esclavos de expresión aterrada, un burro muy cargado y dos niños de pecho, al parecer gemelos. Avisado, Cepio salió a la explanada del campamento, donde aguardaba Silo armado de pies a cabeza con su modesto cortejo detrás. Los niños, en brazos de la esclava, iban envueltos en mantas purpúreas bordadas en oro.

 

Al ver a Cepio, el rostro de Silo se iluminó.

 

—¡Quinto Servilio, me alegro de veros! —exclamó, acercándose a él con la mano extendida.

 

Consciente de que eran el centro de interés de todos, Cepio adoptó un aire altanero y no hizo caso de la mano que le tendían.

 

—¿Qué quieres? —inquirió desdeñoso.

 

Silo dejó caer la mano, logrando que el gesto no denotara humillación. —Busco el cobijo y la protección de Roma —dijo— y, en memoria de

 

Marco Livio Druso, he preferido entregarme a ti que a Cayo Mario.

 

Un tanto ablandado por la respuesta —y ansioso de curiosidad— Cepio dudaba.

 

—¿Por qué necesitas la protección de Roma? —inquirió, pasando la vista de Silo a los niños envueltos en púrpura, al esclavo y al cargado asno.

 

—Como sabéis, Quinto Servilio, los marsos entregaron a Roma una declaración formal de guerra —contestó Silo—. Lo que no sabéis es que gracias a los marsos los pueblos itálicos retrasaron la ofensiva mucho tiempo después de la declaración. En los consejos celebrados en Corfinium, la ciudad que actualmente se llama Itálica, no cejé de reclamar tiempo, esperando secretamente que no se atacase. Porque considero esta guerra

 

inútil, repugnante y deplorable. ¡Italia no puede vencer a Roma! Algunos del consejo comenzaron a acusarme de simpatizar con Roma, y yo lo negué. Luego, Publio Vetio Escato, mi propio pretor, regresó a Corfinium después del combate con el cónsul Lupo y el que tuvo a continuación con Cayo Mario, y a partir de entonces las cosas se pusieron al rojo vivo. Escato me acusó de connivencia con Cayo Mario y todos le creyeron. Y de pronto me

 

vi         repudiado. No me mataron en Corfinium debido a que el jurado contaba nada menos que con quinientos consejeros itálicos, y mientras deliberaban huí de la ciudad y me dirigí a mi pueblo natal, Marruvium. Pude adelantarme a mis perseguidores, encabezados por Escato; porque sé que entre los marsos no estaré seguro, recogí a mis dos hijos, Italicus y Marsicus, y decidí pedir protección a Roma.

 

—¿Y qué te hace pensar que vamos a protegerte? —inquirió Cepio con un resoplido—. ¡Qué olor!… Tú nada has hecho por Roma.

—¡Sí que lo he hecho, Quinto Servilio! —replicó Silo, señalando el asno—. Me he apoderado del tesoro de los marsos y se lo ofrezco a Roma. En el burro hay cargada una pequeña parte de él; una parte muy pequeña. Pero a unas millas de aquí, escondidos en un valle que yo conozco, detrás de unas montañas, hay otros treinta asnos, todos cargados de oro como éste.

 

¡Oro! ¡Era una materia que Cepio era capaz de oler! Siempre se había dicho que el oro no tenía olor, pero eso no iba con Cepio, del mismo modo que había sucedido con su padre. No nacería un solo Quinto Servilio Cepio que no pudiera oler el oro.

 

—A ver —dijo conciso, acercándose al asno.

 

Las albardas iban bien tapadas por una piel que Silo se aprestó a quitar. Y allí estaba: oro. Cinco lingotes bastamente fundidos en cada albarda, brillando al sol. Todos con la marca de la serpiente marsa.

 

—Habrá unos tres talentos —dijo Silo, volviendo a tapar las albardas y mirando ansiosamente en derredor por si alguien los observaba. Después de volver a atar las correas, Silo hizo una pausa y se quedó mirando a Cepio con aquellos extraordinarios ojos verdeamarillos, que despedían un destello que inquietaba al romano—. El asno es vuestro —añadió— y podréis tal

 

vez haceros con dos o tres más si me otorgáis vuestra protección y la de Roma.

 

—Cuenta con ella —contestó Cepio sin pensárselo dos veces, con una sonrisa avariciosa—. Pero me quedo con cinco asnos.

 

—Como queráis, Quinto Servilio —dijo Silo con un suspiro—. ¡Ah, qué cansado estoy! Llevo tres días huyendo.

 

—Pues descansa —dijo Cepio—, y mañana me conduces a ese valle escondido. ¡Quiero ver ese oro!

 

—Convendría que fueseis con el ejército —dijo Silo mientras se dirigían hacia la tienda de mando, seguidos por la esclava con los niños. Eran unos niños que no lloraban ni alborotaban—. Ahora ya sabrán lo que he hecho y quién sabe la tropa que enviarán en persecución. Me imagino que se figurarán que he pedido asilo a Roma.

 

—¿Que se figuren lo que quieran! —replicó Cepio sin caber en sí de alegría—. ¡Mis dos legiones darán cuenta de los marsos! —añadió abriendo la cortina de la tienda pero entrando el primero—. Ah… dejarás a tus hijos en el campamento mientras hacemos la expedición.

 

—Lo comprendo —dijo Silo, muy digno.

 

—Se te parecen —dijo Cepio cuando la esclava los dejó en una tela para cambiarles los pañales. Y era cierto, porque los dos tenían los mismos ojos que Silo. Pero Cepio tuvo un sobresalto—. ¡Alio, muchacha! —gritó a la esclava—. ¡No quiero aquí caca de nene! Aguarda a que hayamos alojado a tu amo para hacer lo que tengas que hacer.

 

Y así fue como Cepio condujo a sus dos legiones fuera del campamento a la mañana siguiente, mientras la esclava de Silo se quedaba en él con los gemelos reales; igual que el oro, descargado del asno y guardado en la tienda de Cepio.

 

—Quinto Servilio, ¿sabíais que Cayo Mario está en estos momentos sitiado por diez legiones de picentinos, pelignos y marrucini? —dijo Silo.

 

—¡No! —exclamó Cepio, que cabalgaba junto al marso al frente de su ejército—. ¿Diez legiones? ¿Podrá vencerlas?

 

—Cayo Mario siempre vence —contestó pausadamente Silo.

 

—Humm —añadió Cepio.

 

Cabalgaron hasta que el sol estuvo alto, saliendo casi inmediatamente de la Via Valeria para tomar en dirección sudoeste por el Anio hacia Sublaqueum. Silo insistió en mantener un paso que permitiese a la infantería seguirlos, pese a que Cepio tenía tantas ganas de ver el oro que quería ir más de prisa.

 

—Está a buen recaudo y no se lo va a llevar nadie —dijo Silo para tranquilizarle—. Es mucho mejor que vuestras tropas estén con nosotros y no hayan perdido el resuello cuando lleguemos, Quinto Servilio.

 

El terreno era accidentado pero se podía caminar; y así anduvieron muchas millas, hasta que, poco antes de Sublaqueum, Silo se detuvo.

 

—¡Es allí! —dijo señalando hacia una montaña en la otra orilla del Anio

 

—. Detrás se esconde el valle. Hay un puente cerca de aquí por el que podremos cruzar.

Era un puente magnífico, ancho y de piedra. Cepio ordenó al ejército cruzar a buen paso, con él a la cabeza. La carretera discurría desde Anagnia hasta la Via Latina a Sublaqueum, cruzaba el Anio en aquel punto y terminaba en Carseoli. Una vez que las tropas hubieron cruzado el río, tenían buena carretera para caminar y apretaron el paso animadas. Por la actitud de Cepio se daban cuenta de que aquello era una especie de excursión y no una incursión militar, y mantuvieron los escudos a la espalda, utilizando las lanzas como cayados para aligerar el peso de las corazas. El día avanzaba y seguramente aquella noche tendrían que acampar a descubierto y sin comer, pero era una suerte no ir cargados con las raciones, y la actitud del general les decía que era inminente alguna especie de recompensa.

 

Cuando las dos legiones se hallaban extendidas al pie de la montaña en un tramo en que la carretera describía una curva hacia el nordeste, Silo se volvió hacia Cepio.

 

—Voy a adelantarme, Quinto Servilio —dijo— para asegurarme de que no hay ningún impedimento. No quiero que alguien se asuste y eche a correr.

 

Cepio aminoró el paso y vio a Silo espolear el caballo y perderse en la distancia, para, a unos centenares de pasos de la curva, salir de la carretera y

 

desaparecer tras un farallón.

 

Los marsos cayeron sobre la columna de Cepio por todos lados, por el frente en que Silo había desaparecido, por detrás; surgieron de cada roca y hondonada de ambos lados de la carretera. Los legionarios no tuvieron tiempo de reaccionar, y antes de que hubieran podido sacar los escudos de las fundas de piel para protegerse y de poder desenvainar las espadas y ponerse el casco, cuatro legiones de marsos deshacían la columna repartiendo golpes a diestro y siniestro como quien se entrega a un juego. El ejército de Cepio pereció hasta el último hombre, excepto uno: el propio Cepio, hecho prisionero al principio del ataque y obligado a contemplar la matanza de sus tropas.

 

Cuando todo hubo acabado y no quedaba un solo soldado romano en pie, Quinto Popedio Silo regresó junto a Cepio, rodeado de sus legados, incluidos Escato y Frauco. Venía muy sonriente.

 

—Bien, Quinto Servilio, ¿qué decís ahora?

 

Demudado y tembloroso, Cepio hizo acopio de valor y dijo:

 

—Quinto Popedio, olvidas que tengo a tus hijos como rehenes.

 

—¿Mis hijos? —repitió Silo con una carcajada—. ¡No! Son de la pareja de esclavos que tienes retenida. Pero los recuperaré… con el asno. En tu campamento no ha quedado nadie que me lo impida. Pero no me molestaré en llevarme la carga del asno —añadió, con un destello frío y dorado en sus ojos—. Puedes quedártela.

 

—¡Es oro! —exclamó Cepio, pasmado.

 

—No, Quinto Servilio, no es oro. Es plomo recubierto con un finísimo baño de oro. Si lo hubieras rascado, habrías descubierto la artimaña. ¡Pero bien que conocía yo a Cepio! Eres incapaz de rascar un lingote de oro aunque en ello te vaya la vida… como es el caso —añadió, desenvainando la espada, desmontando y acercándose a él. Frauco y Escato llegaron junto al caballo de Cepio, le desensillaron y, sin decir palabra, le despojaron de la coraza y la cota de cuero duro. Cepio, viendo lo que le esperaba, rompió a llorar.

 

—Quiero oírte pidiendo compasión, Quinto Servilio —dijo Silo acercándose a un paso de él.

 

Pero Cepio no podía ni implorar. En Arausio se había salvado huyendo y desde entonces no había vuelto a encontrarse en una situación de peligro, ni cuando los marsos habían atacado su campamento. Ahora comprendía por qué habían atacado; si, habían perdido un puñado de hombres, pero eran unas pérdidas que habían valido la pena, pues Silo había reconocido el terreno para preparar su plan. Si Cepio hubiese reflexionado sobre la situación en que se hallaba, habría implorado piedad, pero ya le era imposible. Quinto Servilio Cepio no sería el romano más valiente, pero no dejaba de ser un romano de alcurnia, un patricio, un noble. Quinto Servilio Cepio podía llorar, y quién sabe lo que lloraría por perder la vida y todo aquel oro fantástico… Pero Quinto Servilio Cepio no podía implorar.

 

Alzó la barbilla, con la vista obnubilada, y miró al infinito.

 

—Esto es por cuenta de Druso —dijo Silo—. Tú hiciste que le mataran. —Yo no —replicó Cepio muy digno—. Lo habría hecho, pero no fue necesario. Se encargó Quinto Vario. Y fue muy oportuno, porque si no hubiese muerto, tú y tus sucios amigos seríais ciudadanos de Roma. Pero no

 

lo sois ni lo seréis nunca. Hay muchos como yo en Roma.

 

Silo alzó la espada hasta que la mano que la empuñaba estuvo algo más alta del hombro.

 

—Por Druso —dijo, asestando un golpe a Cepio en la unión del cuello y el hombro, haciendo que saltara una esquirla de hueso que hizo un corte en la mejilla de Frauco, aunque no tan profundo como el de Silo, que rajó la parte superior del esternón del romano, destrozando venas, arterias y tendones. Salpicó sangre por todas partes, pero Silo no había acabado y Cepio no se desplomaba. El marso retrocedió un poco, volvió a alzar el brazo y descargó un segundo golpe al otro lado del cuello del romano. Mientras caía, Silo le dirigió un tercer tajo que le cercenó la cabeza. Escato la recogió y la clavó despiadadamente en una lanza. Cuando Silo estuvo de nuevo montado, Escato le pasó la lanza y el ejército marso se puso en marcha por la Via Valeria, enarbolando en vanguardia la ciega cabeza de Cepio.

 

Los marsos dejaron atrás el cuerpo decapitado de Cepio con los restos de su ejército. Estaban en territorio romano: que los romanos lo limpiaran.

 

Era más importante huir antes de que Mario descubriera lo que había sucedido. Desde luego, la historia que Silo había contado a Cepio de un ataque a Mario por parte de diez legiones era una invención para ver cómo reaccionaba el romano. De todos modos, Silo envió a buscar a sus esclavos y a los falsos gemelos reales al desierto campamento de las afueras de Varia. Y al asno; pero no mandó recoger el «oro». Cuando lo desenterraron, en la tienda de Cepio, todos creyeron que era parte del oro de Tolosa y se preguntaron dónde estaría el resto, hasta que entró Mamerco y rasparon la superficie de los lingotes, descubriendo que era plomo y demostrándose la autenticidad de la extraña explicación que había dado Mamerco.

 

Porque era preciso que Silo informase a alguien de lo que realmente había sucedido. A él le daba igual, pero lo había hecho por Druso. Y por eso había escrito a Mamerco, hermano de Druso.

 

Quinto Servilio Cepio ha muerto. Ayer le conduje con su ejército a una emboscada en la carretera entre Carseoli y Sublaqueum, haciéndole salir de Varia con la artimaña de que había desertado de los marsos, robando el tesoro de mi pueblo. Llevé un asno cargado con lingotes de plomo con un baño de oro. ¡Ya conocéis la debilidad de los Servilios Cepionis! Les pones oro delante de las narices y se olvidan de todo lo demás.

 

Todos los soldados romanos de Cepio han muerto. A Cepio le capturamos vivo y lo maté yo. Le corté la cabeza y la llevé clavada en una lanza al frente de mis tropas. En memoria de Druso. En memoria de Druso, Mamerco Emilio. Y por los hijos de Cepio, que ahora heredarán el oro de Tolosa, con la parte del león para el cuquillo de pelo rojo del nido de Cepio. Cierta justicia. Si Cepio hubiera vivido y sus hijos hubieran alcanzado la mayoría, él habría encontrado el modo de desheredarlos. Ahora lo heredarán todo. Me ha complacido hacer esto por Druso, porque sé que a él le habría agradado profundamente. Por Druso. Que su memoria perdure en el espíritu de todos los hombres buenos, romanos e itálicos.

 

Como en aquella pobre familia las desgracias nunca venían solas ni nada las paliaba, la carta de Silo llegó tan sólo unas horas después de la

 

muerte de Cornelia Escipionis, complicándose el terrible problema que esperaba a Mamerco. Con la muerte de Cornelia Escipionis y Quinto Servilio Cepio, se quebraban las últimas esperanzas de estabilidad, de los seis niños que vivían en casa de Druso. Ahora eran huérfanos del todo, sin parientes y sin abuelo. Tío Mamerco era el único familiar con vida que les quedaba.

 

Por derecho, la situación habría debido resolverse llevándoselos a su casa para acabarlos de criar; habrían constituido una buena compañía para su pequeña Emilia Lépida, que empezaba a dar los primeros pasos. En los meses que siguieron a la muerte de Druso, Mamerco se había ido encariñando con los niños, incluso con el horrible Catón, cuyo carácter indomable le parecía digno de compasión, mientras que su cariño hacia su hermano Cepio, hacía que se le saltasen las lágrimas. Pero nunca había pensado en que tendría que llevárselos a casa hasta que dispuso lo del entierro de su madre y habló con su esposa. Su matrimonio no databa de cinco años y Mamerco estaba muy enamorado, pues como no necesitaba un casamiento por interés, había esposado a una mujer por amor, profundamente engañado, al creer que ella también lo hacía por amor. Su esposa, una de las Claudias menores, empobrecida y desesperada, se había agarrado a él como a una tabla de salvación, pero no le amaba. Y no le gustaban los niños. Hasta su pequeña le aburría y siempre la dejaba en manos de las criadas, por lo que la pequeña Emilia Lépida estaba mimada y poco disciplinada.

 

—¡Aquí no vienen! —gritó Claudia Mamerco sin dejarle concluir las explicaciones.

 

—¡Tienen que vivir aquí…! ¡No tienen otro sitio adonde ir! —replicó él, sin salir de su asombro y aún no recuperado de la impresión causada por la muerte de su madre.

 

—¡Suerte tienen con esa magnífica casa! Y dinero más que de sobra… Contrata cuidadores y tutores y que se queden donde están —añadió ella torciendo el gesto—. ¡Quítatelo de la cabeza, Mamerco, aquí no vienen!

 

Aquello, desde luego, fue la primera grieta en el ídolo. Mamerco se la quedó mirando, asombrado, con los labios apretados.

 

—Insisto en que vengan —dijo.

 

—¡Esposo, puedes insistir hasta que el agua se convierta en vino! Me da igual. Aquí no vienen, O, silo prefieres, si vienen ellos, me voy yo.

 

—¡Claudia, ten compasión, están tan solos…!

 

—¿Y por qué tengo que tenerles compasión? No van a morirse de hambre ni les faltará educación. De todos modos, ninguno de ellos sabe lo que es tener padre —replicó Claudia Mamerco—. Las dos Servilias son tan rencorosas como engreídas, Druso Nerón es un zoquete y los demás son descendientes de esclavos. Déjalos donde están.

 

—Necesitan un hogar —alegó Mamerco.

 

—Ya tienen una buena casa.

 

Que Mamerco cediese no quería decir que fuese por debilidad, simplemente era un hombre práctico y comprendió que era contraproducente imponerse a Claudia, si los traía a casa con su declarada oposición, sería peor para los niños. Y él no podía estar en casa todo el día; por la reacción de Claudia, era evidente que haría víctima de su rencor a los pequeños a la mínima oportunidad.

 

Fue a ver a Marco Emilio Escauro, príncipe del Senado, que no era un Emilio Lépido, pero sí el Emilio de más edad de toda la gens. Escauro era, además, coalbacea testamentario de Druso y albacea exclusivo del testamento de Cepio. Por ello le competía la responsabilidad de lo que se hiciera con los niños. Mamerco se sentía fatal. La muerte de su madre había sido un durísimo golpe, ya que siempre había compartido su vida con ella hasta que se había ido a vivir a casa de Druso; cosa que ella había hecho — ¡ahora que lo pensaba!— después de que él se hubiese casado con Claudia y la nuera entrara en la casa. Sin embargo, jamás le había manifestado la menor palabra de protesta a propósito de Claudia. Sí, ahora que lo pensaba, su madre tenía que haber abandonado contenta aquella casa.

 

Cuando Mamerco llegó a casa de Marco Emilio Escauro ya no estaba enamorado de Claudia y no corría el menor peligro de sustituir ese amor por otra clase más amigable y cómoda. Hasta aquel día había creído imposible desenamorarse tan de prisa y tan rotundamente; pero así era. Allí estaba,

 

llamando a la puerta de Escauro, desgarrado por la muerte de su madre y desenamorado de su esposa.

 

Por eso no le costó nada explicarle crudamente el asunto a Escauro. —¿Qué hago, Marco Emilio?

 

Escauro, príncipe del Senado, se recostó en el asiento, con los claros ojos verdes clavados en el rostro de Livio, de nariz aguileña, ojos oscuros y huesos prominentes. Mamerco era el último miembro de dos familias. Debía ser amable con él y ayudarle en lo que pudiera.

 

—Creo que debes avenirte a los deseos de tu esposa, Mamerco. Lo que significa que tendrás que dejar a los niños en la casa de Marco Livio Druso, y, al mismo tiempo, buscar a alguien para que viva con ellos.

 

—¿Quién?

 

—Déjamelo a mí, Mamerco —contestó Escauro animoso—. Ya pensaré en alguien.

 

Y pensó en alguien dos días más tarde. Complacido consigo mismo, hizo llamar a Mamerco.

 

—¿Te acuerdas de aquel Quinto Servilio Cepio que fue cónsul dos años antes de que nuestro ilustre pariente Emilio Paulo derrotara a Perseo de Macedonia en Pidna? —inquirió Escauro.

 

—No le conozco personalmente, Marco Emilio —contestó Mamerco sonriente—, pero sé a quién te refieres.

 

—Estupendo —dijo Escauro, también sonriente—. Pues ese Quinto Servilio tiene tres hijos. El mayor lo adoptaron los Fabios Máximos, con lamentables resultados… Eburnus y su infortunado hijo. — Escauro estaba deleitándose en las explicaciones, porque era uno de los mejores especialistas romanos en genealogía y sabía dilucidar las ramificaciones del árbol familiar de cualquier noble romano—. El hijo menor, Quinto, engendró al cónsul Cepio, que robó el oro de Tolosa y perdió la batalla de Arausio. Tuvo también una hija, Servilia, que se casó con nuestro estimado consular Quinto Lutacio Catulo César. Y de Cepio el Cónsul viene ese otro Cepio al que mató el otro día el marso Silo, y la hembra que se casó con tu hermano Druso.

 

—Te has dejado al hijo de en medio —dijo Mamerco.

 

—¡Expresamente, Mamerco, expresamente! Es él quien realmente me interesa. Su nombre era Cneo, pero se casó mucho después que su hermano más joven, Quinto, de modo que su hijo, un Cneo, sólo tuvo edad para ser cuestor cuando su primo hermano ya era consular y en plena actividad, cuando perdió la batalla de Arausio. El joven Cneo fue cuestor en la provincia de Asia, y hacía poco se había casado con una Porcia Liciniana, que no ha aportado una gran dote, pero Cneo no necesitaba una esposa con mucha dote porque es muy rico, como todos los Servilios Cepionis. Cuando Cneo el Cuestor marchó a la provincia de Asia ya era padre de una niña llamada Servilia Cnea, para diferenciarla de las otras Servilias. Muy desafortunado el sexo de este producto de su matrimonio con Porcia Liciniana.

 

Escauro hizo una pausa para respirar.

 

—¿No es maravilloso, mi querido Mamerco, lo intrincados que son los vínculos de nuestra familia?

 

—Increíbles, diría yo —respondió Mamerco.

 

—Volvamos a la niña de dos años, Servilia Cnea —dijo Escauro, arrellanándose cómodamente en la silla—. He utilizado la palabra «desafortunado» con toda razón, pues Cneo Cepio había prudentemente redactado su testamento antes de marchar a la provincia de Asia siendo cuestor, aunque imagino que ni por un momento habría pensado que se ejecutaría. Según la lex voconia de mulierum hereditaubus, Servilia Cnea, por ser niña, no podía heredar y la enorme fortuna que dejó fue a parar a su primo Cepio, el que perdió la batalla de Arausio y robó el oro de Tolosa.

 

—Advierto, Marco Emilio, que eres muy franco hablando del oro de Tolosa —comentó Mamerco—. Todos dicen que lo robó, pero nunca se lo había oído decir con tanta seguridad a nadie de tu auctoritas.

 

—¡Ah! —exclamó Escauro con vivo ademán—, todos sabemos que lo robó, Mamerco. ¿Por qué no decirlo? Nunca me has parecido una persona chismosa, y creo que se te pueden decir las cosas.

 

—Efectivamente.

 

—Lo concertado, naturalmente, era que ese Cepio de Arausio y del oro de Tolosa devolviese la fortuna a Servilia Cnea en caso de heredarla, pues

 

Cneo Cepio había previsto en su testamento dejar a la hija lo máximo que la ley permite, una suma baladí comparada con el monto de su fortuna. Cuando regresaba, siendo cuestor, de la provincia de Asia, el barco naufragó y murió ahogado. Cepio, el de Arausio y el oro de Tolosa, heredó la fortuna, pero no se la devolvió a la niña, sino que la sumó, sin necesitarla, a la suya propia, que ya era astronómica. Y con el tiempo, la herencia de la pobre Servilia Cnea pasó a Cepio, el que el otro día murió a manos de Silo.

 

—Es repugnante —dijo Mamerco muy serio.

 

—Efectivamente, pero son las cosas de la vida —añadió Escauro. —¿Y qué fue de Servilia Cnea? ¿Y de su madre?

 

—Oh, han sobrevivido, desde luego. Viven muy modestamente en la casa de Cneo Cepio, que Cepio el Cónsul y luego su hijo les dejaron habitar. No legalmente, simplemente habitarla. Cuando el testamento del último Quinto Cepio se verifique oficialmente, y en ello estoy actualmente, la casa quedará incluida; como sabes, todo lo que tenía Cepio, con excepción de las dotes de las dos niñas, va a ser para el pequeño Cepio el pelirrojo, ¡ja, ja! ¡Para mi sorpresa me nombró único albacea! Yo pensaba que habría nombrado a alguien como Filipo, pero me equivocaba. Ningún Cepio ha descuidado jamás su fortuna, y el recién fallecido debió pensar que si Filipo o Vario eran los albaceas se perdería una buena parte. ¡Prudente decisión! Porque, desde luego, Filipo se habría portado como un cerdo en un campo de bellotas.

 

—Todo esto es fascinante, Marco Emilio —dijo Mamerco, sintiendo un vivo interés por la genealogía—, pero sigo sin ver…

 

—¡Un poco de paciencia, Mamerco, a eso voy! —dijo Escauro.

 

—Por cierto —añadió Mamerco, recordando lo que había dicho su hermano Druso—, imagino que uno de los motivos por el que te nombraron albacea sería por influencia de mi hermano Druso. Por lo visto contaba con cierta información sobre Cepio y amenazó con desvelarla si él no dejaba a sus hijos incluidos en el testamento. Quizá Druso impusiera el albacea. Yo sé que Cepio tenía Pavo r de que Druso revelara lo que sabía.

 

—De nuevo el oro de Tolosa —dijo Escauro, complacido—. Tiene que ser eso. Lo que he averiguado de los asuntos de Cepio, aunque es

 

escasamente el producto de dos o tres días de trabajo, es fascinante. ¡Qué cantidad de dinero! A las dos niñas les ha dejado una dote de doscientos talentos a cada una, y aun así eso no roza ni con mucho lo que habrían podido heredar incluso aplicando la lex Voconia. El pequeño Cepio pelirrojo es el hombre más rico de Roma.

 

—¡Por favor, Marco Emilio, acaba la historia!

 

—¡Oh, sí, sí! ¡Juventud impaciente! Según la ley, dado que el beneficiario es un menor, estoy obligado a tener en cuenta cosas tan negligibles como la casa en que siguen viviendo Servilia Cnea, que ya tiene diecisiete años, y su madre Porcia Liciniana. Bien, lo que no tengo ni idea es qué clase de hombre será el pelirrojo Cepio, y no quiero dejar a mi propio hijo quebraderos de cabeza testamentaríos. No es de descartar que el pequeño Cepio, al hacerse adulto, quiera saber por qué consentí que Servilia Cnea y su madre hayan seguido viviendo sin pagar alquiler en esa casa. El primitivo propietario, cuando el pequeño Cepio sea mayor, hará tanto tiempo que ha muerto que puede no llegar ni a saberlo. Legalmente, esa casa es suya.

 

—Ya veo a dónde vas a parar, Marco Emilio —dijo Mamerco—.

 

Continúa, estoy en ascuas.

 

—Yo, Mamerco, sugeriría —dijo Escauro, inclinándose hacia adelante

 

— que ofrecieses un empleo a Servilia Cnea, no a su madre. La pobre muchacha no tiene dote alguna y en estos quince años desde la muerte del padre se han gastado la pequeña herencia que les ha permitido vivir decentemente. He de añadir que los Porcios Licinianos no pueden prestarles ayuda. O no se la prestarán, que viene a ser lo mismo. Desde que hablamos la primera vez, pasé a ver a las dos mujeres, haciendo Valer mi condición de albacea, y después de explicarles los intríngulis del testamento, se han quedado atemorizadas ante lo que el futuro pueda reservarles. Les dije que, en mi opinión, habría que vender la casa para que la falta de las rentas de alquiler de estos quince años no aparezca en la revisión del fisco.

 

—¡Es una maniobra tan hábil y enrevesada como para ganarte el cargo de gran chambelán del rey Tolomeo de Egipto! —dijo Mamerco riéndose.

 

—¡Cierto! —añadió Escauro con un suspiro—. Servilia Cnea tiene ahora diecisiete años, como te he dicho. Lo cual quiere decir que alcanzará la edad casadera habitual de aquí a un año. Pero, ¡ay!, no es ninguna beldad; en realidad es bastante feilla, la pobre. Sin dote, jamás podrá aspirar ni remotamente a un marido de su clase. Su madre es de auténtica estirpe Catón Liciniano, a quien no le gusta la idea de un caballero vulgar pero rico o un campesino adinerado para su hija. Pero ¡qué remedio, cuando no hay dote!

 

¡Que enrevesado es!, pensó Mamerco, sin abandonar su actitud de sumo interés.

 

—Mamerco, lo que sugiero es lo siguiente. Como ya he suscitado su preocupación con mi visita, ellas estarán dispuestas a escucharte. Sugiero que propongas a Servilia Cnea y a su madre, ¡pero sólo como compañía!, que acepten una cantidad por cuidar a los hijos de Marco Livio Druso. Que vivan en casa de Druso con una buena asignación para gastos y mantenimiento. Con la condición de que Servilia Cnea no se case hasta que el niño más pequeño sea mayor de edad. El menor es Catón, que ahora tiene tres años. Dieciséis menos tres son trece. Por consiguiente, Servilia Cnea debe seguir soltera trece años más hasta que expire su contrato contigo. ¡No es una edad en que sea imposible casarse! Y más si le ofreces obsequiarla con una dote igual que las de sus primas, a las que va a cuidar, cuando concluya su tarea. La fortuna de Cepio permite perfectamente dotarla con doscientos talentos, Mamerco, créeme. Y para dejar las cosas bien sentadas, puesto que ya no soy joven, reservaré esos doscientos talentos y los invertiré en nombre de Servilia Cnea, en depósito hasta que cumpla treinta y un años, y a condición de que haya actuado a plena satisfacción tuya y mía.

 

Una aviesa sonrisa surcó el rostro de Escauro.

 

—Mamerco, no es guapa, pero te garantizo que cuando tenga treinta y un años podrá elegir cómodamente entre una docena de pretendientes de su clase. ¡Doscientos talentos son irresistibles! —dijo, jugueteando un instante con la pluma y mirando después fijamente a Mamerco a los ojos—. Ya no soy joven y soy el último Escauro de los Emilios; tengo una esposa joven,

 

una hija que acaba de cumplir once años y un hijo de cinco. Ahora soy el albacea de la mayor fortuna de Roma, y si algo me sucediera antes de que mi hijo sea mayor de edad, ¿a quién voy a confiar las fortunas de mis seres queridos y las fortunas de esos tres retoños Servilios? Tú y yo somos los albaceas de la fortuna de Druso, lo que significa que compartimos la responsabilidad de los tres niños porcianos. ¿Estás dispuesto a ser albacea y depositario de los míos si yo muero? Eres un Livio por nacimiento y un Emilio por adopción, Mamerco, y me quedaría más tranquilo si me dijeras que sí. Necesito guardarme las espaldas con la confianza de un hombre honrado.

 

—Acepto, Marco Emilio —contestó Mamerco sin dudarlo.

 

Con ello concluyó la conversación. Nada más salir de casa de Escauro, Mamerco fue directamente a ver a Servilia Cnea y a su madre. Vivían en un buen lugar, cerca del circo Máximo, en el lado del Palatino, pero Mamerco se percató en seguida de que, aunque Cepio les había permitido vivir en la casa, él no se había gastado mucho en conservarla, pues el estuco de las paredes estaba desconchado y el techo del atrium tenía manchas de humedad, a tal punto que en un rincón el yeso había cedido y se veían el cañizo y las vigas. Los murales habían sido muy bonitos pero estaban deslucidos y ennegrecidos. Sin embargo, mientras aguardaba a que le recibieran, echó una ojeada al jardín y comprobó que eran hacendosas porque estaba muy bien cuidado y lleno de flores.

 

Solicitó verlas a las dos, y ambas salieron a recibirle. Porcia, por curiosidad más que nada. Si, claro que sabía que estaba casado, ninguna mujer noble romana con una hija casadera dejaba de averiguar el estado de los hombres jóvenes de su clase.

 

Las dos eran morenas; Servilia Cnea de pelo más negro que la madre. Y más fea, pues, a pesar de que la madre tenía la nariz de los Catones, muy aquilina, la hija la tenía pequeña. Además, Serviha Cnea padecía un profuso acné, tenía los ojos muy juntos y un tanto porcinos y una boca muy grande de labios finos. Si la madre era una dama altiva y digna, la hija simplemente tenía aspecto severo, con la clase de carácter aburrido y anodino capaz de disuadir a hombres más decididos que Mamerco, que no era ningún tímido.

 

—Somos parientes, Mamerco Emilio —dijo airosamente la madre—.

 

Mi abuela era Emilia Tercia, hija de Paulo.

 

—Efectivamente —dijo Mamerco, sentándose donde le indicaban.

 

—Y estamos también emparentados por parte de los Livios —continuó la dama, sentándose en un sofá enfrente de él, con la hija muda al lado.

 

—Lo sé —dijo Mamerco, sin saber cómo sacar a colación el motivo de su visita.

 

—¿Que deseáis? —inquirió Porcia, solventando la dificultad.

 

Mamerco expuso sus motivos con igual crudeza y con palabras llanas, ya que no era un gran hablador a pesar de ser hijo de Cornelia de los Escipiones. Porcia y Servilia Cnea le escuchaban atentamente sin dejar traslucir lo que pensaban.

 

—Es decir, que tendríamos que vivir en casa de Marco Livio Druso durante trece o catorce años, ¿no es eso? —inquirió Porcia cuando él acabó de exponer la propuesta.

 

—Sí.

 

—Y después, mi hija, con una dote de doscientos talentos, podría casarse.

 

—Si.

 

—¿Y yo?

 

Mamerco parpadeó sorprendido. Siempre había pensado que las madres seguían viviendo en la casa del paterfamilias, pero, claro, ésa era precisamente la casa que Escauro quería vender. Y había que tener valor para pedirle a una suegra como aquélla que se viniera a vivir a la casa, pensó Mamerco.

 

—¿Aceptaríais el usufructo de una villa a la orilla del mar, en Misenum o Cumae, junto con una asignación adecuada a las necesidades de una dama de vuestra edad? —inquirió.

 

—Sí —contestó Porcia sin dudarlo.

 

—En ese caso, si lo acordamos con un contrato legal, ¿debo entender que ambas aceptan la tarea de cuidar a los niños?

 

—Así es —contestó Porcia por encima de su impresionante nariz—. ¿Tienen pedagogo los niños?

 

—No. El mayor tiene unos diez años y ha ido a la escuela; Cepio aún no tiene siete años y el pequeño Catón sólo tres —contestó Mamerco.

 

—No obstante, Mamerco Emilio, considero de vital importancia que encontréis alguien adecuado para que viva en la casa como tutor de los seis niños —dijo Porcia—. No habrá varones en la casa. Y aunque no existe peligro fisico, por el bien de los niños creo que debe haber un hombre de autoridad que no sea esclavo y que viva en la casa. Un pedagogo sería lo idóneo.

 

—Tenéis toda la razón, Porcia. Me ocuparé de ello en seguida —dijo Mamerco, disponiéndose a salir.

 

—Iremos mañana —dijo Porcia mientras le acompañaba a la puerta. —¿Tan pronto? Me parece estupendo, pero ¿no tenéis cosas que arreglar

 

o disponer?

 

—Mi hija y yo no poseemos nada, Mamerco Emilio, salvo algunas ropas. Hasta los criados que tenemos son de la finca de Quinto Servilio Cepio —dijo, abriendo la puerta—. Que tengáis buen día, Mamerco Emilio. Y gracias por habernos librado de peores penurias.

 

Bien, pensó Mamerco mientras apretaba el paso en dirección al establecimiento cercano a la basílica Sempronia donde esperaba encontrar un pedagogo a la venta, ¡cuánto me alegro de no ser uno de esos seis pobres niños! Pero aún así vivirán mejor que con mi Claudia.

 

—Mamerco Emilio, tenemos unos cuantos nombres muy convenientes en nuestro registro —dijo Lucio Duronio Postumio, el dueño de una de las mejores agencias romanas de pedagogos.

 

—¿Cuánto cuesta un buen pedagogo actualmente? —inquirió Mamerco, que nunca se había visto en semejante situación.

 

—Entre cien mil y trescientos mil sestercios —contestó Duronio frunciendo los labios—. O más, si el producto es algo especial.

 

—¡Uf! —exclamó Mamerco con un silbido—. ¡A Catón el Censor no le habría hecho mucha gracia!

 

—Catón el Censor era un anticuado tacaño —replicó Duronio—. Incluso en su tiempo, un buen pedagogo costaba más de seis mil míseros sestercios.

 

—¡Pero es que voy a comprar un pedagogo para tres de sus descendientes directos!

 

—Lo tomáis o lo dejáis —replicó Duronio displicente.

 

Mamerco lanzó un suspiro. ¡Qué caro estaba saliendo el atender a aquellos seis niños!

 

—Bien, de acuerdo, ¿qué remedio me queda? ¿Cuándo puedo ver a los candidatos?

 

—Como a todos los esclavos que tengo a la venta los alojo en Roma, os los enviaré a casa por la mañana. ¿Cuánto es lo máximo que estáis dispuesto a pagar?

 

—¡Yo qué sé! ¡Si os parece, unos cuantos cientos de miles más de sestercios…! ¡No os excedáis, Duronio! ¡Si me enviáis un imbécil o un ladrón, juro que os castraré con verdadero placer!

 

No dijo nada a Duronio de que pensase conceder la libertad al hombre que compraba, pues con ello no habría hecho sino aumentar el precio. No, el que adquiriese lo manumitiría en privado y lo incorporaría a su clientela, lo que en resumen equivalía a obligarle a ese empleo como si siguiese siendo esclavo, porque un cliente liberto pertenecía a su antiguo amo.

 

Al final sólo encontró a uno satisfactorio que, naturalmente, era el más caro. Duronio sabía lo que se hacía y, dado que no iba a haber mujeres adultas en la casa con un Paterfamilias vigilante, el tutor tenía que ser de gran integridad moral, a la par que agradable y comprensivo. El elegido se llamaba Sarpedon y era originario de Licia, al sur de la provincia de Asia. Como la mayoría de los de su situación, él mismo se había vendido esclavo, considerando que tenía mejores posibilidades de vivir una vejez cómoda y sin privaciones si pasaba los años que le quedaban al servicio de un romano de alto rango. O se ganaba la libertad o le cuidarían. Así, había ido a las dependencias que en Esmirna tenía Duronio Postumio y le habían inscrito. Este era su primer empleo, es decir, era la primera vez que le compraban. Tenía veinticinco años y era muy culto en latín y griego; hablaba el griego ático más puro, y el latín lo dominaba como un auténtico romano. Pero no fueron esas virtudes las que le valieron el empleo, sino su gran fealdad: era tan bajo, que a Mamerco le llegaba al pecho, de una delgadez casi raquítica,

 

y estaba marcado por cicatrices de unas quemaduras que había sufrido de pequeño. No obstante, tenía muy bella voz y en su rostro estropeado lucían dos bonitos ojos. Cuando le dijeron que iban a liberarle en seguida y que su nombre sería Mamerco Emilio Sarpedon, se consideró el más afortunado de los hombres, pues con el sueldo mucho más alto y la ciudadanía romana, algún día podría retirarse a su ciudad natal de Xantus para vivir como un potentado.

 

—Es un asunto caro —dijo Mamerco a Escauro, dejando el rollo en su escritorio—. Y te prevengo como albacea de lo que corresponde a los Servilios Cepionis, que no vas a salir mejor librado que en el caso de nuestro albaceazgo conjunto del testamento de Druso. Ahí tienes la factura de lo que se ha gastado hasta el momento. Sugiero que la dividamos entre las dos fortunas.

 

Escauro cogió el rollo y lo desplegó.

 

—Tutor… ¿Cuatrocientos mil?

 

—¡Pues habla tú con Duronio! —exclamó Mamerco—. ¡Yo he hecho todos los trámites siguiendo tus directrices! En esa casa habrá dos mujeres nobles romanas y hay que garantizar su virtud, por lo que no puede vivir en ella un tutor atractivo. El pedagogo que he comprado es tan feo que da grima.

 

—¡Bien, bien! —dijo Escauro con una risita—. ¡Te creo, te creo! — añadió, examinando con más detalle el documento—. Dote para Servilia Cnea, doscientos talentos. Bueno, eso no puedo discutirlo porque yo mismo lo sugerí. Gastos anuales de la casa, sin incluir reparaciones y mantenimiento, cien mil sestercios… Sí, está bastante bien… Etcétera, etcétera… ¿Villa en Misenum o Cumae? ¿Para quién demonios?

 

—Para Porcia, cuando Servilia Cnea vaya a casarse.

 

—¡Oh, merda! ¡En eso no había pensado! Sí, claro, tienes razón. Ningún marido la aceptaría a ella encima de casarse con un cardo como Servilia Cnea… Sí, sí, asciende a mucho. Lo dividiremos en dos.

 

Se sonrieron y Escauro se levantó.

 

—¡Mamerco, creo que esto merece una copa de vino! Lástima que tu esposa no quiera colaborar; porque como albaceas de las fortunas nos

 

habríamos ahorrado mucho dinero.

 

—Como no sale de nuestro bolsillo, bien podemos hacernos cargo del gasto, Marco Emilio. ¿A qué preocuparse? La paz conyugal Vale más que nada —dijo tomando la copa de vino—. En cualquier caso, yo me marcho de Roma. Ha llegado el momento de cumplir mis deberes militares.

 

—Entiendo —dijo Escauro, volviéndose a sentar.

 

—Hasta la muerte de mi madre, mi principal cometido fue estar en Roma y ayudarla con los niños, pues no estaba bien desde que murió Druso de la pena que le había causado. Pero ahora los niños están en buenas manos y no tengo excusa. Me marcho.

 

—¿Con quién?

 

—Con Lucio Cornelio Sila.

 

—Buena elección —dijo Escauro, asintiendo con la cabeza—. Es un hombre con futuro.

 

—¿Tú crees? ¿No es algo mayor?

 

—También lo era Cayo Mario. Y, pensándolo bien, Mamerco, ¿quién más hay? En este momento escasean los grandes hombres en Roma. Si no fuese por Cayo Mario no habríamos obtenido ahora ni una sola victoria y, como él mismo dice en el informe, fue una victoria pírrica. Él venció, pero Lupo había sufrido una espantosa derrota el día anterior.

 

—Cierto. De todos modos estoy decepcionado con Lucio Julio. Yo le había juzgado capaz de grandes cosas.

 

—Es muy excitable, Mamerco.

 

—He oído que el Senado la llama la guerra mársica.

 

—Sí, por lo visto pasará a los libros de historia como guerra mársica. Al fin y al cabo —añadió Escauro con aire travieso—, no podemos llamarla la guerra itálica. ¡Roma caería en el pánico pensando que luchábamos contra toda Italia! Además, fueron los marsos quienes nos entregaron una declaración formal de guerra. Denominándola guerra mársica parece más modesta, menos importante.

 

—¿A quién se le ocurrió eso? —inquirió Mamerco, mirándole atónito.

 

—A Filipo, naturalmente.

 

—Ah, me alegro de irme —dijo Mamerco poniéndose en pie—. Si me quedara, ¡quién sabe si no me captarían para entrar en el Senado!

 

—Edad para ser cuestor sí tienes, desde luego.

 

—La tengo, pero no pienso presentarme. Esperaré al censorado — contestó Mamerco Emilio Lépido Liviano.

 

Mientras Lucio César se lamía las heridas en Teanum Sidicinum, Cayo Papio Mutilo cruzaba el río Volturnus y luego el Calor. Al llegar a Nola, la población le recibió con eufórica alegría. Habían logrado deshacerse de la guarnición romana de dos mil hombres al partir Lucio César, y le mostraron muy ufanos la prisión provisional en la que habían encerrado a las cohortes. Era un recinto dentro de las murallas, anteriormente dedicado a matadero de ovejas y cerdos, que habían cerrado con un muro de piedra coronado de trozos de cristal y en torno al cual patrullaban constantemente. Para mantener a los romanos decaídos, le dijeron los de Nola, sólo les daban de comer una vez por semana y de beber cada tres días.

 

—¡Muy bien! —comentó Mutilo, complacido—. Les dirigiré unas palabras.

 

Utilizó para su discurso la plataforma de madera desde la cual los nolanos arrojaban pan y agua a los cautivos.

 

—¡Me llamo Cayo Papio Mutilo! —gritó—. Soy samnita, y a finales de año mandaré en toda Italia, Roma incluida. No tenéis nada que hacer contra nosotros. Estáis débiles, gastados, inútiles. ¡Os ha vencido la población! Y ahora estáis encerrados como los animales que antes guardaban ahí, pero más apiñados que ellos. Sois dos mil en un recinto que antes daba cabida a doscientos cerdos. Es incómodo, ¿verdad? Estáis enfermos, pasáis hambre y sed, y yo he venido a decíros que aún padeceréis más. A partir de ahora no se os dará más que agua cada cinco días. Pero os queda una alternativa: alistaros en las legiones de Italia. Pensáoslo.

 

—¡No hay nada que pensar! —gritó Lucio Postumio, el comandante de la guarnición—. ¡Nos quedamos aquí!

 

—Les daremos quince días —dijo Papio, bajando de la plataforma—.

 

Se rendirán.

 

Las cosas iban muy bien para Italia. Cayo Vidacilio había invadido Apulia y se encontró en un teatro bélico nada sangriento, pues Larinum, Teanum Aoulum, Lucena y Ausculum se sumaron a la causa itálica y la población acudió en tropel a alistarse en las legiones itálicas. Cuando Mutilo alcanzó la costa en la bahía del Cráter, los puertos de Stabiae, Salernum y Surrentum se declararon a favor de Italia, igual que el puerto fluvial de Pompeii.

 

Encontrándose dueño de cuatro flotas de guerra, Mutilo decidió llevar la campaña por mar, lanzando un ataque contra Neapolis. Pero Roma tenía un mayor dominio de los mares y el almirante romano Otacilio venció a los barcos itálicos, obligándolos a retirarse a sus respectivos puertos. Decididos a resistir, los neapolitanos combatieron estoicamente los fuegos causados por el bombardeo de Mutilo en las dependencias portuarias con proyectiles de aceite en llamas.

 

En todas las ciudades en que la población había optado por la alianza con Italia, los habitantes romanos fueron pasados por las armas. Nola era una de esas ciudades, y el Valeroso anfitrión de Servio Sulpicio Galba había perecido como los demás; pero aún sabiéndolo, la famélica guarnición prisionera resistió hasta que Lucio Postumio convocó una reunión, cosa nada difícil, dada la estrechez en que estaban confinados.

 

—Creo que los soldados rasos deben rendirse —dijo Postumio, mirando con sus cansados ojos aquellos rostros demacrados—. Podemos tener la seguridad de que los itálicos van a matarnos. Y yo, desde luego, los desafiaré hasta la muerte, porque soy el comandante y es mi deber. Mientras que vosotros, soldados, tenéis otro deber con Roma: seguir con vida para luchar en otras guerras, guerras en el extranjero. ¡Así que os ruego que os unáis a los itálicos! Si después de uniros a ellos podéis desertar y pasaros a nuestras filas, tanto mejor. Pero, cueste lo que cueste, conservad la vida. Seguid vivos por Roma. — Hizo una pausa para descansar—. Los centuriones también deben rendirse. Sin sus centuriones, Roma está perdida. En cuanto a mis oficiales, si queréis capitular, lo comprenderé; igual que si os negáis.

 

Lucio Postumio tardó mucho en convencer a los soldados. Todos querían morir, aunque sólo fuese para demostrar a los itálicos que era imposible acobardar a los auténticos romanos. Pero al final se impuso el criterio de su comandante y los legionarios se rindieron. Sin embargo, a los centuriones, por mucho que les habló y porfió, no pudo convencerlos. Sus tribunos militares tampoco quisieron ceder y murieron todos: centuriones, tribunos militares y el propio Lucio Postumio.

 

Antes de que hubiera sido pasado por las armas el último de los oficiales romanos confinados en las cochiqueras, Herculaneum se sumó a la causa itálica y asesinó a los ciudadanos romanos. Mutilo, eufórico y seguro de sí mismo, emprendió la guerra marítima y lanzó de nuevo incursiones relámpago contra Neapolis, Puteoli, Cumae y Tarracina. Con ello, toda la costa del Lacio entraba en el conflicto, exacerbándose aún más el rencor existente entre romanos, latinos e itálicos del Lacio. El almirante Otacilio les hizo frente con decisión y con la fortuna de que no lograron hacerse con ningún puerto más, aunque ardieron numerosas instalaciones portuarias y se produjeron víctimas.

 

 

Cuando se vio sin ningún género de duda que la península al sur y al norte de Campania era territorio itálico, Lucio Julio César consultó con su legado mayor, Lucio Cornelio Sila.

 

—Estamos totalmente aislados de Brundisium, Tarentum y Rhegium, de eso no hay duda —dijo, cabizbajo, Lucio César.

 

—Si es así, olvidémoslo —contestó Sila, animoso—. Mejor concentrarnos al norte de Campania. Mutilo ha puesto sitio a Acerrae, lo que significa que avanza hacia Capua. Si Acerrae se rinde, Capua caerá… porque su sustento es romano pero su corazón es itálico.

 

Lucio César se arrellanó en la silla, como ofendido.

 

—¿Cómo puedes estar tan… contento viendo que no podemos contener a Mutilo ni a Vidacilio? —inquirió.

 

—Porque sé que venceremos —replicó Sila con firmeza—. — ¡Créeme, Lucio Julio, venceremos! Mira, esto no es como las elecciones. En las

 

elecciones, los primeros votos son reflejo del resultado final, pero en la guerra, la victoria es finalmente para el bando que no cede. Los itálicos dicen que luchan por su libertad. A primera vista no puede haber mejor motivación, pero no es así, porque es algo intangible, un simple concepto, Lucio Julio, y nada más. Mientras que Roma lucha por su supervivencia. Y por eso vencerá. Los itálicos no luchan a vida o muerte igual que nosotros. Ya conocen una vida a la que están acostumbrados hace muchas generaciones. Puede que no sea la ideal, que no sea la que desean; pero es tangible. ¡Aguarda, Lucio Julio, y ya verás que cuando los itálicos se cansen de luchar por un sueño, la situación se volverá en su contra! Ellos no son una entidad. No tienen una historia y una tradición como nosotros. ¡Carecen de mos maiorum! Roma es real. Italia es una entelequia.

 

Era como si Lucio César fuese mentalmente sordo, aunque tuviera en perfecto estado los oídos.

 

—Si no podemos echar a los itálicos del Lacio, estamos apañados. Y no creo que podamos.

 

—¡Los echaremos del Lacio! —persistió Sila sin perder el ánimo. —¿Cómo? —inquirió el blandengue sentado en la silla de general. —Para empezar, Lucio Julio, te traigo buenas noticias. Tu primo Sexto

 

Julio y su hermano Cayo Julio han desembarcado en Puteoli y en sus barcos llevan dos mil soldados númidas de caballería y veinte mil de infantería. Y la mayoría de las tropas de infantería son veteranas. En Africa se han reclutado millares de curtidos soldados de Mario, con las sienes un poco encanecidas, pero decididos a luchar por su patria. Ahora estarán ya en Capua para que les pertrechen y les pongan en forma con la instrucción. Quinto Lutacio opina que se formarán cuatro legiones en lugar de cinco sin plena fuerza de combate, y yo estoy de acuerdo. Con tu permiso, enviaré dos legiones a Mario en el norte, ahora que es comandante en jefe, y las otras dos las mantendremos aquí en Campania —dijo Sila, sonriendo jubiloso.

 

—Yo las mantendría todas aquí en Campania —dijo Lucio César.

 

—No creo que debamos —replicó Sila con firmeza, sin alterarse—. En el norte han tenido más pérdidas que nosotros y las dos únicas legiones

 

curtidas están sitiadas en Firmum Picenum con Pompeyo Estrabón.

 

—Sí, creo que tienes razón —dijo Lucio César, algo más convencido—. Por mucho que deteste a Cayo Mario, tengo que admitir que estoy mucho más tranquilo si tiene el mando él. La situación mejorará en el norte.




—¡Y aquí también! —gorjeó Sila con un destello de exasperación en la mirada. ¡Por los dioses! ¿Habría algún lugarteniente con un general tan pesimista como aquél? Se inclinó sobre la mesa de Lucio César con gesto muy serio—. Tenemos que alejar a Mutilo de Acerrae hasta que estén listas las nuevas tropas, y tengo un plan para hacerlo.


—¿Cómo?


—Déjame que marche con las dos mejores legiones sobre Aesernia. —¿Estás seguro?


—¡Confía en mí, Lucio Julio, confía en mí!


—Es que…


—¡Tenemos que alejar de Acerrae a Mutilo! Y lo mejor es una maniobra de distracción contra Aesernia. ¡Confia en mí, Lucio Julio! Lo haré y no perderé ningún hombre.


—¿Cuál es tu plan? —inquirió Lucio César, pensando en la derrota del desfiladero próximo a Atina en donde le había atacado Escato.


—Seguiré la misma ruta que tú, la Via Latina hasta Aquinum y luego la garganta de Melfa.


—Te tenderán una emboscada.


—Pierde cuidado, estaré prevenido —replicó Sila sin perder los ánimos, advirtiendo que cuanto más se deprimía Lucio César, más se exaltaba su imaginación.


Al jefe samnita Duilio, sin embargo, las dos espléndidas legiones que surgieron por la carretera a Aquinum no le parecieron muy aptas para repeler una emboscada. A última hora de la tarde la cabeza de la formación romana entraba confiada en las fauces del desfiladero y el samnita oía perfectamente gritar a la tropa a centuriones y tribunos, que se apresuraran a alcanzar el centro para acampar antes de que anocheciera.


Duilio miró desde la cresta, con el entrecejo fruncido y mordiéndose las uñas. Aquel descaro de los romanos ¿sería el colmo de la estupidez o alguna

 

estratagema? En cuanto las primeras filas de la columna estuvieron a la vista, supo quién la mandaba, y, además, lo hacia a pie. Era Lucio Cornelio Sila, inconfundible con su sombrero de paja. Y Sila no tenía fama de tonto, pese a que de momento su actuación en la guerra había sido ínfima. Por la manera en que todos se apresuraban parecía que, en efecto, se disponían a hacer un campamento muy fortificado para apoderarse del desfiladero y expulsar a la guarnición samnita.


—No lo conseguirá —dijo finalmente Duilio, aún ceñudo—. De todos modos, esta noche haremos lo que podamos. Es demasiado tarde para atacar, pero haré que le sea imposible retroceder mañana cuando le ataque. Tribuno, pon en marcha una legión en su retaguardia, y sin ruido, ¿entendido?


Sila estaba con su segundo, abajo en el desfiládero, viendo a los afanosos legionarios.


—Espero que salga bien —dijo el lugarteniente, nada menos que Quinto Cecilio Metelo Pío, el Meneitos hijo.


Desde la muerte de su padre, el Numidico, había aumentado el afecto de Metelo Pío por Sila. Había servido al sur de Capua con Catulo César y los primeros meses de la guerra los había pasado ayudando a poner en pie de guerra las tropas de Capua. Aquella misión, a las órdenes de Sila, era la primera tarea realmente militar que le encomendaban desde la invasión de los germanos y ansiaba descollar, decidido a que Sila no tuviera motivo de queja de él. Estaba dispuesto a cumplir las órdenes al pie de la letra.


Sila enarcó las finas cejas, que ya no se teñía.


—Saldrá bien —dijo muy sereno.


—¿Y no sería mejor quedarnos en posición y echar a los samnitas del desfiladero? Así tendríamos asegurado el acceso al este —dijo el Meneítos animándose.


—No daría resultado, Quinto Cecilio. Sí, podríamos apoderarnos del desfiladero, pero no tenemos las dos legiones más que serían necesarias para conservarlo. Lo cual quiere decir que los samnitas volverían a tomarlo en cuanto nos fuésemos. Ellos si que tienen dos legiones de sobra. Por consiguiente, es más importante demostrarles que lo que consideran una

 

posición inexpugnable no lo es necesariamente —dijo Sila con un gruñido contenido—. Bien, ya casi no hay luz. Que enciendan las antorchas con toda naturalidad.


Metelo Pío mandó encenderlas, de tal modo que a los vigías en las alturas les pareció en las horas siguientes que la fortificación del campamento de Sila proseguía febrilmente.


—No cabe duda que han decidido arrebatarnos el paso —dijo Duilio—.


¡Locos! Se quedarán dentro para siempre —añadió alborozado.


Pero al salir el sol, Duilio comprendió su craso error. Detrás de los enormes parapetos de piedra y tierra, levantados a ambos lados del desfiladero, no había ningún soldado; después de burlar al toro samnita, los romanos se habían esfumado. Hacia el este, no hacia el oeste. Desde su atalaya, Duilio veía la retaguardia de la columna de Sila bajo una nube de polvo camino de Aesernia. Y nada podía hacer él, pues las órdenes que tenía eran tajantes: guarnecer el paso de Melfa y no acosar a ninguna fuerza enemiga en las desprotegidas llanuras. Lo mejor que podía hacer en tales circunstancias era enviar aviso a Aesernia.


Pero eso resultó también inútil, porque Sila abrió brecha en las filas de los sitiadores y entró en la ciudad casi sin bajas.


—Es muy hábil —decía el siguiente mensaje itálico, esta vez de Cayo Trebatio, comandante samnita del cerco, a Cayo Papio Mutilo, que atacaba Acerrae—. Aesernia es demasiado extensa para poder cercarla completamente con las tropas que tengo y haberle impedido penetrar en ella, y no creo que pueda evitar que salga si lo decide.


Sila vio en seguida que los habitantes de la ciudad sitiada estaban contentos y nada deprimidos. Había diez cohortes de excelentes tropas, y a los que habían desertado de Escipión Asiagenes y Acilio se habían sumado los fugitivos de Venafrum y de Beneventum. Además, tenían un comandante competente en la persona de Marco Claudio Marcelo.


—Te agradecemos los víveres y las armas que nos has traído —dijo Marcelo—. Podremos aguantar muchos meses.


—¿Es que piensas quedarte aquí?

 

—¡Claro! —contestó Marcelo sonriente, asintiendo con la cabeza—. Tuve que salir de Venafrum pero estoy decidido a no moverme de la latina Aesernia. Los ciudadanos romanos de Venafrum y Beneventum han muerto todos a manos de la población —añadió, ya sin sonreír—. ¡Cómo nos odian los itálicos! Sobre todo los samnitas.


—Y con motivo, Marco Claudio —contestó Sila, encogiéndose de hombros—. Pero eso es pasado y futuro. Y lo que a nosotros nos importa es la victoria en el campo de batalla y el conservar las ciudades que son retadoras avanzadillas en el mar itálico —añadió, inclinándose hacia adelante—. Esta es también una guerra de espíritus, y hay que enseñar a los itálicos que Roma y los romanos son inviolables. He saqueado todos los asentamientos entre el paso de Melfa y Aesernia, y lo habría hecho aunque sólo hubiese habido dos casuchas. ¿Para qué? Para demostrar a los itálicos que Roma puede operar tras las líneas enemigas y apoderarse de productos de la tierra itálica para avituallar ciudades como Aesernia. Si puedes resistir aquí, querido Marco Claudio, también tú les darás una lección.


—Resistiré en Aesernia todo lo que pueda —dijo taxativo Marcelo.




Así, cuando Sila abandonó la ciudad, lo hizo con toda confianza, sabiendo que aguantaría el asedio. Cruzó al descubierto por territorio itálico, confiando en su suerte, aquel vínculo mágico que le unía a la diosa Fortuna, ya que no tenía idea de dónde paraban los ejércitos samnitas o picentinos. Y la suerte le sonrió, aun cuando pasó ante ciudades como Venafrum, arengando a sus soldados para que profirieran insultos, entre gestos de burla, contra los centinelas de las murallas. Cuando sus tropas cruzaron las puertas de Capua lo hicieron cantando, entre vítores de la enardecida población.


Le dijeron que Lucio César había marchado sobre Acerrae nada más retirar Mutilo parte de sus tropas para continuar lo que parecía un fuerte despliegue en ayuda de la sitiada Aesernia, pero, por suerte, Mutilo había permanecido en Acerrae. Dejando a Catulo César para asegurarse de que

 

sus hombres se tomaban un merecido descanso, Sila montó en una mula y salió en busca de su general.


Lo encontró de malhumor y sin la caballería que Sexto César había transportado por mar.


—¿Sabes lo que ha hecho Mutilo? —inquirió Lucio César nada más entrar Sila.


—No —contestó éste, apoyándose en una columna hecha de lanzas capturadas al enemigo y resignándose a oír una letanía de quejas.


—Al capitular Venusia y unirse sus habitantes a la causa itálica, el picentino Cayo Vidacilio encontró un rehén enemigo confinado en aquella ciudad. Yo me había olvidado completamente de que estaba allí, y supongo que nadie se acordaba ya de Oxintas, uno de los hijos del rey Yugurta de Numidia. Bien, pues Vidacilio envió al númida a Acerrae; yo, en el ataque, utilicé la caballería númida en vanguardia. ¿Y sabes lo que hizo Mutilo? ¡Sacó a Oxintas en cortejo con una túnica púrpura y una diadema! Y mis dos mil soldados de caballería se arrodillaron ante un enemigo de Roma! — exclamó Lucio César tragándose la rabia—. ¡Y pensar lo que ha costado traerlos hasta aquí! ¡Todo en vano!


—¿Y qué has hecho?


—Los cerqué y los obligué a marchar hasta Puteoli para que los embarquen a Numidia. ¡Que su rey se encargue de ellos!


—Muy bien hecho, Lucio Julio —dijo Sila, irguiéndose y acariciando la columna de lanzas capturadas—. ¡Vamos, no has sufrido ningún desastre militar por mucha exhibición de Oxintas! Has ganado una batalla.


El congénito pesimismo de Lucio César comenzó a disiparse, a pesar de que era incapaz de esbozar una sonrisa.


—Sí, he ganado una batalla…, eso si. Mutilo atacó hace tres días, supongo que al enterarse de tu fantástica entrada en Aesernia rompiendo el cerco. Yo le engañé sacando las tropas por la puerta trasera del campamento y matamos seis mil samnitas.


—¿Y Mutilo?


—Se retiró en el acto. De momento, Capua no corre peligro.


—¡Excelente, Lucio Julio!

 

—Ojalá yo pensara igual —replicó Lucio César, entristecido. —¿Qué más ha sucedido? —inquirió Sila, reprimiendo un suspiro. —Publio Craso ha perdido a su hijo mayor ante Grumentum y quedó


encerrado mucho tiempo en la ciudad. Afortunadamente para Publio Craso y su hijo mediano, los lucanos son tan veleidosos como indisciplinados, y cuando Lamponio salió para otro destino con sus tropas, Publio y Lucio Craso pudieron huir —dijo el comandante en jefe con un profundo suspiro


—. Esos locos de Roma querían que lo dejase todo y compareciese allí nada menos que para asesorarles en la elección de un cónsul suffectus sustituto de Lupo hasta las elecciones. Los mandé a paseo, aconsejándoles que lo dejen en manos del pretor urbano; Cinna es muy capaz —volvió a lanzar un suspiro, un resoplido y cambió de tema—. Cayo Celio, en la Galia itálica, ha enviado un ejército bastante decente al mando de Publio Sulpicio para que ayude a Pompeyo Estrabón a levantar su engreído trasero de Firmum Picenum. ¡Le deseo toda la suerte del mundo para tratar con ese bizco semibárbaro! Ah, tengo que decirte que Cayo Mario y tú teníais razón respecto al joven Quinto Sertorio. En estos momentos es él quien manda en la Galia itálica y lo hace mejor que Cayo Celio. Celio ha salido a toda prisa para la Galia Transalpina.


—¿Qué sucede allí?


—Los saluvios han emprendido una mortífera incursión de caza de cabezas —contestó Lucio César con una mueca—. ¿Qué esperanzas hay de civilizar a esas gentes si los siglos que llevan en contacto con la cultura romana y griega son como si nada? En cuanto pensaron que ya no los vigilábamos, han vuelto a sus bárbaras andanzas. ¡Caza de cabezas! He enviado a Cayo Celio un mensaje personal dándole instrucciones para que actúe sin contemplaciones. No podemos permitirnos una insurrección general en la Galia Transalpina.


—Así que el joven Quinto Sertorio aguanta bien en la Galia itálica… — dijo Sila, con una expresión mezcla de cansancio, impaciencia y amargura —. ¿Y qué otra cosa podía esperarse? Ganador de la corona de hierba antes de cumplir treinta años.


—¿Tienes envidia? —inquirió Lucio César, malicioso.

 

—¡No, no le tengo envidia! —espetó Sila—. ¡Que tenga suerte y vaya a más! Me gusta ese joven. Le conozco desde que era cadete con Mario en Africa.


Lucio César profirió un sonido ambiguo y volvió a ensimismarse en su tristeza.


—¿Ha sucedido algo más? —se apresuró a preguntar Sila.


—Sexto Julio César al frente de la mitad de las tropas que trajo por mar se puso camino de Roma por la Via Appia, y supongo que piensa pasar allí el invierno. Está enfermo, como de costumbre —añadió Lucio César, que no sentía gran afecto por su primo—. Afortunadamente tiene a su hermano Cayo y entre los dos forman un individuo aceptable.


—¡Ah, así mi amiga Aurelia tendrá marido por un buen rato! — comentó Sila con una tierna sonrisa.


—¿Sabes que eres muy raro, Lucio Cornelio? ¿Qué puede importarnos eso?


—No importa nada. Pero tienes razón, Lucio Julio. Soy muy raro. Lucio César vio algo en el rostro de Sila que le impulsó a cambiar de


tema.


—Tú y yo nos pondremos en marcha pronto —dijo.


—¿Ah, si? ¿Con qué misión? ¿A dónde?


—Tu maniobra en Aesernia me ha convencido de que esa ciudad es clave en este frente. Mutilo, después de su derrota, se dirige allí, o al menos es lo que informa tu servicio de espionaje. Yo creo que debemos dirigirnos allí también. Aesernia no debe caer.


—¡Oh, Lucio Julio! —exclamó Sila desesperado—. ¡Aesernia no es más que una espina espiritual en la zarpa itálica! Mientras resista, los itálicos tendrán sus dudas respecto a ganar la guerra; aparte de eso, Aesernia no tiene importancia. Además, está muy bien aprovisionada y tiene un comandante muy capaz y decidido en Marco Claudio Marcelo. Déjale que siga dejando a los sitiadores con dos palmos de narices y no te preocupes. Si Mutilo se ha retirado al interior, la única ruta es el paso de Melfa. ¿Para qué arriesgar nuestras valiosas tropas?


—¡Tú lo cruzaste! —replicó Lucio César, ruborizado.

 

—Sí, porque los engañé. Pero no podremos repetirlo. —Lo cruzaré —replicó Lucio César, hierático. —¿Con cuántas legiones?


—Con todas las que tenemos; las ocho.


—¡Oh, Lucio Julio, no lo hagas! —imploró Sila—. Sería mejor y más prudente concentrarnos en expulsar a los samnitas del Oeste de Campania de una vez por todas. Con ocho legiones en bloque podemos apoderarnos de todos los puertos que tiene Mutilo, reforzar Acerrae y tomar Nola. ¡Nola es más importante para los itálicos que Aesernia para nosotros!


Los labios del general se crisparon de disgusto.


—¡Quien está al mando soy yo, no tú, Lucio Cornelio! Y he dicho que a Aesernia.


—Por supuesto, lo que tú digas —contestó Sila, encogiéndose de hombros.



Siete días más tarde, Lucio Julio César y Lucio Cornelio Sila marchaban hacia Teanum Sidicinum con ocho legiones, toda la fuerza disponible en el frente sur. El fondo supersticioso de Sila iba soliviantado, pero no le quedaba más remedio que obedecer. El general era Lucio César. Una lástima, pensaba Sila caminando en cabeza de sus dos legiones —las mismas que había llevado a Aesernia— y viendo delante de él la gran columna de tropas serpenteando por las colinas. Lucio César le había situado en retaguardia, lo bastante alejado para que en cada alto del camino no participase en las conversaciones en su tienda. Ahora era Metelo Pío el Meneitos quien compartía las charlas con Lucio César, un privilegio que no le apetecía nada, porque él quería estar con Sila.


En Aquinum el general mandó llamar a Sila y le arrojó una carta con bastante enojo. ¡Cómo habían cambiado las cosas!, pensó Sila, recordando que antes de todo aquello, en Roma, era a él a quien Lucio César había recurrido pidiendo consejo, convirtiéndose en su «experto». Ahora Lucio César ya se consideraba experto.

 

—Léela —dijo tajante el general—. Es de Cayo Mario y acaba de llegar.


Por cortesía, quien recibía una carta solía leerla a las personas con quienes la compartía. Consciente de ello, Sila sonrió irónicamente para sus adentros y comenzó a desentrañar la misiva de Mario.


Como comandante del frente norte, Lucio Julio, creo que ha llegado el momento de informarte de mis planes. Te escribo ésta en las calendas del Sextilis, acampado cerca de eate.


Tengo la intención de invadir las tierras de los marsos ahora que mi ejército está en óptimas condiciones y estoy totalmente seguro de que se conducirá tan magníficamente como hicieron en el pasado todos mis ejércitos, por el bien de Roma y de su general.


¡Ajá!, pensó Sila, encolerizado. ¡Nunca había oído expresarse al viejo en estos términos! «Por el bien de Roma y de su general.» ¿Qué será lo que se trae entre manos? ¿Por qué vincula su nombre al de Roma? No los ejércitos de Roma, sino mis ejércitos. Lo habría pasado por alto, porque todos lo decimos, de no ser por esa referencia al general. Esta carta irá a los archivos de guerra y en ella Cayo Mario se equipara a Roma.


Sila alzó la cabeza y miró a Lucio César; si el comandante del frente sur había reparado en la frase, hacia como si no. Pero Lucio César no solía tener tanta sutileza, pensó Sila antes de reanudar la lectura.


Creo que coincidirás conmigo, Lucio Julio, en que necesitamos una victoria, una victoria completa y decisiva en el frente a mi mando. Roma llama a esta guerra contra los itálicos la guerra mársica, luego debemos derrotar a los marsos en el campo de batalla y si es posible infligirles pérdidas que les impidan recuperarse.

Ahora puedo hacerlo, querido Lucio Julio, pero para llevarlo a cabo necesito la ayuda de mi viejo amigo y colega Lucio Cornelio Sila. Dos legiones más. Comprendo perfectamente que te será harto difícil prescindir de los servicios de Lucio Cornelio, y no digamos de dos legiones. Si no

 

considerase imperativo lo que te pido, no te rogaría este favor. Pero te aseguro que ese traslado no va a ser definitivo. Digamos que es un préstamo, no un regalo. Sólo lo necesito dos meses.


Si ves la manera de acceder a mi petición, tu amabilidad será por el bien de Roma. Si no puedes acceder a ello, tendré que seguir sentado en Reate pensando otra cosa.


Sila alzó la vista y se quedó mirando a Lucio César, enarcando las cejas. —¿Y bien? —inquirió, dejando la carta despacio en la mesa del general. —Si, si, ve con él, Lucio Cornelio —dijo éste con indiferencia—. Yo haré lo de Aesernia sin ti. Cayo Mario tiene razón. Necesitamos una victoria decisiva contra los marsos en el campo de batalla. Este frente de guerra está muy complicado y es imposible contener a los samnitas y a sus aliados o sorprenderlos juntos en número suficiente para infligirles una derrota decisiva. Aquí lo único que puedo hacer es seguir haciendo demostración de la fuerza y de la decisión de Roma. En el sur no va a haber una batalla


decisiva; es en el norte donde debe darse.


La cólera de Sila volvió a aumentar. Uno de los dos generales pensaba en sí mismo como parte de Roma, y el otro se encontraba sumido en un abatimiento que le impedía ver cláro al sur, al este o al oeste. ¡Suerte que al menos en el norte vislumbraba alguna posibilidad! ¿Cómo podía vencerse en Campania teniendo el mando un hombre como Lucio César?, se preguntaba Sila. ¡Por los dioses!, ¿por qué nunca tengo el grado que me corresponde? ¡Soy mejor que Lucio César y quizá pudiera ser mejor que Cayo Mario! Desde que entré en el Senado me he pasado la vida sirviendo a hombres inferiores a mí; incluso Cayo Mario es inferior porque no es un Cornelio patricio. ¡Metelo el Meneitos, Cayo Mario, Catulo César, Tito Didio y ahora este cachorro de una antigua casa, constantemente deprimido! ¿Y quién es el que va cada vez mejor, gana la corona de hierba y acaba gobernando en una provincia a la provecta edad de treinta años? Quinto Sertorio. Un sabino sin importancia. ¡Primo de Mario!


—¡Lucio César, venceremos! —exclamó Sila muy serio—. ¡Te digo que oigo aletear a la Victoria a nuestro alrededor! Haremos polvo a los itálicos.

 

Pueden vencernos en una batalla o dos, pero no pueden ganar la guerra. ¡No puede nadie! Roma es Roma, poderosa y eterna. ¡Yo creo en Roma!


—¡Oh, yo también, Lucio Cornelio, yo también! —contestó Lucio César disgustado—. ¡Ahora, márchate! ¡Sé útil a Cayo Mario, porque te juro que a mi no me eres de gran utilidad!


Sila se puso en pie y alcanzó la puerta de salida, pero antes de cruzarla se volvió. Había leído tan ensimismado la carta, que el aspecto físico de Lucio César no había podido distraer su atención de Mario. Pero ahora le invadía un temor, viendo a su general decaído, letárgico, tembloroso y sudando.


—Lucio Julio, ¿te encuentras bien? —inquirió Sila.


—¡Sí, si!


—No, no estás bien —replicó Sila, volviendo a sentarse.


—Estoy bien, Lucio Cornelio.


—¡Que te vea un médico!


—¿En este poblacho? Tendrán alguna curandera asquerosa que receta pociones de estiércol de cerdo y cataplasmas de arañas machacadas.


—Pasaré por Roma y te enviaré al Siciliano.


—Pues envíalo a Aesernia, Lucio Cornelio, que es donde estaré —dijo Lucio César, con el entrecejo sudoroso—. Puedes irte.


Sila se encogió de hombros y se puso en pie.


—Tú sabrás. Para mí que tienes las fiebres.


Eso debía de ser, pensó mientras cruzaba la puerta y salía a la calle, esta vez sin volverse. Lucio César iba a entrar en el paso de Melfa en un estado físico que le incapacitaba para el ataque; le tenderían una emboscada y tendría que retirarse por segunda vez a Teanum Sidicinum a lamerse las heridas, dejando un importante número de soldados muertos en aquel peligroso desfiladero. ¡Ah!, ¿por qué serían siempre tan tercos y obtusos?


No había andado gran trecho, cuando se encontró con el Meneitos, también con aire macilento.


—Ese hombre está enfermo —dijo Sila, señalando la casa con un movimiento de cabeza.

 

—¡No me hables! —exclamó Metelo Pío—. Ya en sus mejores momentos es difícil de animar, pero cuando está con fiebres es desesperante. ¿Qué le has hecho para que esté de malhumor y te haya marginado?


—Le dije que dejara Aesernia y se concentrara en echar a los samnitas del oeste de Campania.


—Sí, lo único que le faltaba a nuestro comandante tal como se encuentra —replicó el Meneitos, esbozando una sonrisa.


El tartamudeo de Metelo Pío siempre había fascinado a Sila.


—Ultimamente no tartamudeas —dijo.


—Oh, ¿por qué lo-lo-lo has di-di-cho, Lucio Cornelio? No me-me-me pasa si no pienso en e-e—ello, ¡mal-mal-mal-dita sea!


—¿Ah, sí? Qué interesante. Antes… de Arausio no tartamudeabas, ¿verdad?


—Sí. ¡Es u-u—una cr-cr-cruz! —contestó Metelo Pío con un gran suspiro, dirigido a olvidar conscientemente su impedimento vocal—. En su ac-ac-actual estado no creo que te ha-ha-haya di-di-dicho lo que piensa hacer cuando regrese a Roma.


—No. ¿Qué piensa hacer?


—Conceder la ciudadanía romana a todos los itálicos que no hayan alzado un dedo contra nosotros.


—¡Bromeas!


—Yo no, Lucio Cornelio. En su compañía se me ha olvidado lo que es un chiste. Es cierto; te juro que es cierto. En cuanto las cosas vayan bien aquí, esperemos que para el otoño, se quitará el uniforme de general y revestirá la to-to-toga bordada en púrpura, y dice que su última actuación como cónsul será conceder la ciudadanía a todos los itálicos que no hayan empuñado las armas contra nosotros.


—¡Pero eso es una traición! ¿Quieres decir que él y el resto de esos imbéciles ineptos que tienen el mando han perdido miles de hombres por una cosa que ni siquiera han tenido valor para pensarla? —dijo Sila, temblando—. ¿Es que va a conducir seis legiones al paso de Melfa a sabiendas de la inutilidad de las vidas que se pierdan? ¿A sabiendas de que

 

va a abrir las puertas de Roma a todos los itálicos de la península? Porque eso es lo que sucederá, ¿sabes? Todos se emanciparán, desde Silo y Mutilo hasta el último liberto clientes de ellos. ¡No puede hacer eso!


—¡No hace falta que me chilles, Lucio Cornelio! Yo soy de los que siempre estaré en contra de la emancipación.


—Ni tan siquiera tendrás ocasión de oponerte a ello, Quinto Cecilio, porque estarás en el campo de batalla y no en el Senado. Allí sólo estará Escauro para oponerse, y ya es muy viejo. Votarán Filipo y el resto de las saltatrices tonsae —añadió Sila con los labios prietos, mirando distraído a la animada calle—. Y votarán que sí. Y los Comitia, igual.


—Tú también estarás en el campo de batalla, Lucio Cornelio —dijo el Meneitos cabizbajo—. Me-me-me han dicho que te han nombrado segundo de Cayo Mario, el viejo patán itálico. ¡Seguro que él no desaprueba la ley de Lucio Julio!


—No estoy seguro —replicó Sila con un suspiro—. Una cosa que hay que admitir respecto a Cayo Mario, Quinto Cecilio, es que por encima de todo es un militar, y que antes de que se acaben sus días en el campo de batalla habrá unos cuantos marsos muertos que no puedan adquirir la ciudadanía.


—Esperémoslo, Lucio Cornelio. Porque el día en que Cayo Mario entre en un Senado medio lleno de itálicos, volverá a ser el primer hombre de Roma. Y cónsul por séptima vez.


—No, si yo puedo impedirlo —comentó Sila.




Al día siguiente, Sila separó sus dos legiones de la retaguardia de la columna de Lucio César cuando ésta giraba para tomar la ruta del río Melfa y siguió por la Via Latina para cruzar el Melfa camino de la antigua ciudad en ruinas de Fregellae, que Lucio Opimio había arrasado en represalia por la insurrección treinta y cinco años antes. Sus legiones hicieron alto entre los parapetos floridos formados por los desmoronados muros y torres, y como no estaba de humor para vigilar a tribunos y centuriones en la

 

fundamental tarea de plantar estacas y fortificaciones, dio un paseo en solitario por la ciudad desierta.


Aquí yace todo por lo que luchamos, pensó. Aquí yace lo que esos asnos del Senado nos dijeron que habría cuando aplastásemos esta nueva insurrección generalizada de Italia. Hemos entregado nuestro tiempo, nuestros impuestos, nuestras vidas para convertir Italia en una inmensa Fregellae. Dijimos que los itálicos pagarían con sus vidas; crecerían amapolas rojas en suelo tinto de sangre itálica, las calaveras de los itálicos quedarían blanquecinas como esas rosas blancas y los ojos amarillos de las margaritas mirarían ciegas al sol a través de sus órbitas vacías. ¿Para qué hacemos todo esto si no sirve para nada? ¿Por qué hemos muerto y seguimos haciéndolo si no sirve para nada? Él va a legislar la concesión de la ciudadanía a la mitad de los insurrectos de Umbría y Etruria. Y luego ya no podrá parar, O alguien recoge la vara de imperium que él deje caer o todos obtendrán la ciudadanía con las manos aún manchadas de nuestra sangre. ¿Para qué hacemos todo esto si no va a servir de nada? Nosotros, descendientes de los troyanos, que deberíamos descubrir a los traidores dentro de las murallas. Nosotros, que somos romanos, no itálicos. Y él quiere que se hagan romanos. Entre él y los de su ralea van a destruir todo lo que representa Roma. Su Roma no será ya la de sus antepasados, mi Roma. Este jardín itálico entre ruinas de Fregellae es mi Roma, la Roma de mis antepasados… fuerte y lo bastante decidida para que en sus calles rebeldes crezcan flores sin el zumbido de las abejas y el piar de los pájaros.


No estaba muy seguro de si la calina que nublaba su visión era consecuencia de su aflicción o producto del calor que irradiaban los abrasadores adoquines que pisaba, pero a través de aquella atmósfera tremolante comenzó a discernir una figura que se acercaba, azul y grande: un general romano que avanzaba al encuentro de otro general romano. Ahora era más negra que azul, y se veía el brillo de la coraza y el casco. ¡Cayo Mario! Cayo Mario el itálico.


Sila lanzó un suspiro como un sollozo, el corazón comenzó a latirle aceleradamente y se detuvo para esperar a Mario.


—Lucio Cornelio.

 

—Cayo Mario.


Ninguno de los dos se acercó al otro. Luego, Mario giró sobre sus talones y se puso a su lado para seguir caminando juntos, callados como tumbas. Fue Mario quien, finalmente, lanzó un carraspeo, incapaz de aguantar aquella emoción silenciosa.


—Supongo que Lucio Julio va camino de Aesernia —dijo.


—Sí.


—Debería estar en la bahía del Cráter, recuperando Pompeya y Stabiae. Otacilio está armando una buena flota ahora que tiene más reclutas. La marina siempre es el hermano pobre en la lista de prioridades del Senado. De todos modos, me han dicho que el Senado va a obligar a todos los hombres libres que no tengan impedimentos físicos a enrolarse en una fuerza especial para guarnecer las costas de la Campania y el bajo Lacio, de manera que Otacilio pueda incorporar esa milicia costera a su flota.


—Humm —gruñó Sila—. ¿Y cuándo piensan decretarlo los padres conscriptos?


—¡Quién sabe! Al menos han comenzado a hablar de ello.


—¡Maravilla de las maravillas!


—Te veo muy amargado. ¿Te crispa los nervios Lucio Julio? No me extraña nada.


—Sí, Cayo Mario, estoy amargado —contestó Sila sin alterarse—. He estado paseando por esta preciosa calle, pensando en el destino de Fregellae y el porvenir que les espera a nuestros actuales enemigos itálicos. ¿Sabes que Lucio Julio piensa legislar la concesión de la ciudadanía romana a todos los itálicos que hayan permanecido pacíficamente al lado de Roma? ¿No es estupendo?


Mario dio un paso vacilante, para inmediatamente recuperar su pesado ritmo.


—¿Ahora va a hacer eso? ¿Cuándo? ¿Antes o después de llegar como un relámpago a Aesernia?


—Después.


—Con lo cual habrás implorado a los dioses que te iluminen para entender por qué luchamos, ¿no? —dijo Mario, haciéndose

 

inconscientemente eco de los pensamientos de Sila. A esta frase siguió una carcajada—. De todos modos, la verdad es que a mí me gusta batallar. Esperemos que haya un par de batallas antes de que el Senado y el pueblo de Roma adopten la decisión. ¡Qué cambio! Si Marco Livio Druso no estuviera entre los muertos nada de esto habría sucedido, el Tesoro estaría lleno en lugar de estar vacío y la paz reinaría en la península, llena de romanos legalizados, felices y contentos.


—Si.


Volvieron a quedarse callados, mientras caminaban hacia las ruinas del foro de Fregellae, entre cuyos yerbajos y flores permanecían en pie algunas columnas y tramos de escalinatas en el vacío.


—Tengo una tarea para ti —dijo Mario, sentándose en una piedra sillar


—. ¡Vamos, ponte a la sombra o siéntate a mi lado, Lucio Cornelio! Y quítate ese maldito sombrero para que pueda verte los ojos.

Sila se puso obedientemente a la sombra y se quitó el sombrero, pero no se sentó ni dijo nada.

—Te habrás preguntado por qué he venido a verte en Fregellae en lugar de esperarte en Reate.

—Me imagino que no querrás que vaya a Reate. Carcajada de Mario.

—Siempre me adivinas las intenciones, Lucio Cornelio. Pues sí, no quiero que vayas a Reate —dijo, dejando de sonreír—. Y es que no quería exponerte mis planes por carta. Cuanta menos gente sepa lo que vas a hacer, mejor. Y no es que piense que hay algún espía en el puesto de mando de Lucio Cornelio; es simple prudencia.


—La única manera de guardar un secreto es no decírselo a nadie. —Cierto, cierto —contestó Mario con un bufido tan fuerte que hizo

crujir las correas y hebillas de su coraza—. Lucio Cornelio, tú abandonarás aquí la Via Latina y remontarás el Liris hacia Sora y después continuarás hasta el nacimiento del río. En otras palabras, quiero que estés en la vertiente sur, no lejos de la Via Valeria.


—Bien, mi papel está entendido. ¿Y el tuyo?

 

—Mientras tú remontas el Liris, yo saldré de Reate hacia el paso occidental por la Via Valeria. Pienso entrar en ella más allá de Carseoli. Esa ciudad está en ruinas con una guarnición enemiga, de marrucini según me han dicho los escuchas, al mando de Heno Asinio en persona. Si puedo, le obligaré a entablar batalla por la posesión de la Via Valeria en el tramo anterior al paso. En cuyo caso quiero que estés a mi altura…, pero en la vertiente sur.


—En la vertiente sur sin que lo sepa el enemigo —añadió Sila, que comenzaba a animarse.


—Exacto. Eso quiere decir que mates a todos los que te encuentres. Todos saben que yo estoy al norte de la Via Valeria y espero que no se les ocurra a los marrucini ni a los marsos pensar que haya un ejército enemigo que llegue por el flanco sur. Procuraré distraer su atención con mis movimientos —dijo Mario, sonriente—. Tú, naturalmente, estás con Lucio Julio camino de Aesernia.


—No has perdido el don del generalato, Cayo Mario.


—¡Eso espero! —contestó Mario, con un fulgor en sus fieros ojos marrones—. Porque, te lo digo sinceramente, Lucio Cornelio, si perdiese ese don no habría nadie en esta maldita conflagración que me sustituyera, y acabaríamos concediendo la ciudadanía a nuestros enemigos en el campo de batalla.


Parte del ser de Sila se inclinaba a discutir lo de la ciudadanía, pero otra parte más dominante presentaba otras ideas.


—¿Y yo? —espetó—. Yo tengo capacidad de general.


—Si, si, claro que si —respondió Mario, afable—. No me he permitido dudarlo ni por un instante. Pero en ti no es algo congénito.


—Pero se puede aprender —insistió Sila.


—Claro que puede aprenderse. Como has hecho tú. Pero si no lo llevas en la sangre, Lucio Cornelio, a lo más que puedes aspirar es a ser un buen general —replicó Mario, sin darse cuenta de lo despectivo que se mostraba


—. A veces no basta con ser un buen general y se impone la inspiración. Y eso sólo se lleva en la sangre.

 

—Algún día —replicó Sila pensativo—, Roma no te tendrá, Cayo Mario, y entonces veremos. ¡Yo tendré el mando supremo!


Pero Mario seguía en sus trece sin percatarse de las intenciones de Sila. —Bien, Lucio Cornelio —añadió riéndose—, cuando llegue ese día,


esperemos que Roma únicamente necesite un buen general, ¿no crees? —Lo que tú digas —contestó Lucio Cornelio Sila.


Lo más mortificante, ¡claro!, era que el plan de Mario era perfecto. Sila penetró con sus dos legiones hasta Sora sin tropezarse con el enemigo y a continuación, en un combate que no pasó de ser una escaramuza, derrotó a una modesta fuerza de picentinos mandados por Tito Herenio. Y desde Sora hasta el nacimiento del Liris sólo encontró campesinos latinos y sabinos, que le acogieron tan jubilosamente que no estimó necesario cumplir las órdenes de Mario, matándolos. Había más probabilidades de que los picentinos que se habían salvado del enfrentamiento de Sora dieran aviso de su presencia en la zona, pero él había fingido ante ellos hallarse en Sora por orden de Lucio César, para marchar a continuación a unírsele al este del paso de Melfa. Afortunadamente, el resto de los picentinos y pelignos de Tito Herenio estaban al acecho en un lugar por donde Sila no tenía que pasar.


Por la comunicación constante que mantenían, Sila sabía que Mario había hecho lo previsto, entrando en la Via Valeria después de Carseoli. Heno Asinio y sus marrucini habían acudido a defender la Via, sufriendo una aplastante derrota al caer en la celada que les tendió Mario haciéndoles creer que no quería plantear combate allí. Había perecido el propio Heno Asinio y casi todo su ejército. Luego, Mario se puso en marcha hacia el paso occidental sin que le amenazase ninguna fuerza y en aquel momento se dirigía a Alba Fucentia con cuatro legiones de hombres seguros de la victoria. ¿Cómo iban a perder llevando por jefe al zorro de Arpinum? Ya habían efectuado su bautismo de sangre, ¡y de qué manera!


Sila, con sus dos legiones, siguió en paralelo la marcha de Mario por la Via Valeria hasta que la vertiente que los separaba se convertía en la cuenca de la altiplanicie del lago Fucinus; aun así, se mantuvo a una distancia de quince millas detrás de Mario, sin dejarse ver con relativa facilidad. En esta

 

tesitura, tuvo la oportunidad de dar gracias a que los marsos fueran tan aficionados a hacer su propio vino, a pesar de la orografía, pues al sur de la Via Valeria todo el terreno eran viñedos cercados con muros para protegerlos del viento acerado que soplaba de las montañas. Y era la época del año en que comienzan a formarse las tiernas uvas y los insectos necesitan aire suave para polinizar. Allí Sila sí mató a cuantos encontró, principalmente mujeres y niños, porque, excepto los viejos, todos los hombres de las aldehuelas y granjas del lago se habían enrolado en el ejército.


Supo en seguida que Mario había entablado batalla con los marsos, porque el viento aquel día soplaba del norte y traía los ruidos tan indistintamente a través de aquellos viñedos, que sus soldados pensaron que el combate se libraba entre las vides. Al amanecer había llegado un correo para comunicarle que seguramente sería aquel mismo día; por consiguiente, Sila se situó en orden de marcha, en fila de ocho en fondo, entre los muros de tres metros de los viñedos, y aguardó.


Efectivamente, a las pocas horas de los primeros fragores, los marsos fugitivos comenzaron a llegar en tropel a las cercas de piedra y se encontraron con las espadas de los legionarios de Sila, ávidos de participar en el combate. En ciertos puntos la lucha fue encarnizada, pues eran hombres a la desesperada, pero en ningún caso corrieron peligro las tropas de Sila.


Como de costumbre, soy el hábil lacayo de Cayo Mario, pensó Sila desde el altozano en que presenciaba el combate. El era el cerebro que concebía la estrategia, la mano que dirigía la táctica y la voluntad que lo llevaba todo a buen término. Y aquí estoy yo, al otro lado de un maldito muro, recogiendo hambriento sus migajas. Qué bien que se conoce y qué bien me conoce.


Fastidiado por tener que regocijarse de la victoria, Sila montó en su mula cuando concluyó la lucha y recorrió el largo camino hasta la Via

 

Valeria para informar a Cayo Mario que todo había salido conforme a lo previsto y que los marsos estaban prácticamente exterminados.



—¡He entablado combate con el mismo Silo! —comentó Mario con su habitual ronca euforia de después de la batalla, dando unas palmadas a Sila en la espalda y haciéndole pasar a la tienda de mando con un brazo sobre los hombros—. Los sorprendimos —añadió regocijado—. Supongo que porque ellos se consideraban en su propio terreno. ¡Caí sobre ellos como un relámpago, Lucio Cornelio! Por lo visto no habían ni soñado que Asinio pudiera ser derrotado. No habían recibido ningún emisario que se lo dijese y lo único que sabían es que estaba en marcha porque yo, por fin, había salido de Reate. Y de pronto aparezco por una esquina delante de sus narices. Ellos iban a reforzar las tropas de Asinio, y yo me detuve a suficiente distancia para no verme obligado a entablar combate y formé a las tropas en cuadrado, como si me dispusiera a luchar a la defensiva, sin atacar.


»«¡Cayo Mario, si eres tan buen general, ven a luchar conmigo!», me gritó Silo a caballo.


»«¡Si eres tan buen general, ven a cogerme, Quinto Popedio!», le grité


yo.


»Nunca sabremos lo que habría hecho, porque, acto seguido, sus hombres cogieron las riendas entre los dientes y cargaron sin que él diese la orden. Me lo pusieron fácil, porque yo sé qué es lo que hay que hacer, y Silo no. Digo que no lo sabe, porque escapó ileso. Cuando sus tropas se dispersaron despavoridas, él picó espuelas y emprendió el galope hacia el este. Supongo que no parará hasta dar con Mutilo. En cualquier caso, obligué a los marsos a retirarse en una sola dirección, a través de los viñedos, sabiendo que tú los esperabas allí para acabar con ellos. Y eso es todo.


—Ha sido un planteamiento perfecto, Cayo Mario —dijo Sila con sinceridad.


Y se dispusieron a celebrar la victoria con los legados y el joven Mario, que servía de cadete y estaba transfigurado de orgullo por su padre. ¡Ah, el

 

cachorro del oso!, pensó Sila, sin dirigirle una mirada.


Y se repitió la batalla, que duró casi más tiempo que en la realidad, pero, finalmente, conforme fue descendiendo el nivel de las amphorae de vino, la charla derivó inevitablemente hacia la política. El tema fue la proyectada ley de Lucio César, que para los subordinados de Mario fue una auténtica sorpresa porque él no les había comentado la conversación sostenida con Sila en Fregellae. Hubo diversidad de reacciones. Ellos eran soldados, hombres que llevaban seis meses luchando y habían visto perecer a miles de compañeros, y además sentían que los chochos y cobardes de Roma no les habían dado la posibilidad de coordinar la preparación para iniciar la guerra y vencer. Los que vivían a salvo en Roma fueron objeto de improperios tales como «gansos» y «vírgenes vestales resecas», siendo Filipo el que mayores críticas suscitaba, seguido de cerca por Lucio César.


—Los Julios Césares son todos un manojo de nervios —dijo Mario, congestionado—. Es una lástima que tengamos de primer cónsul en esta crisis a un Julio César. Ya sabía yo que cedería.


—Cayo Mario, se diría que eres partidario de no conceder nada a los itálicos —comentó Sila.


—Hubiera preferido que no —replicó Mario—. Hasta que la cuestión desembocó en guerra abierta era distinto, pero una vez que un pueblo se declara enemigo de Roma, es también enemigo mío. Para siempre.


—También yo lo siento así —dijo Sila—. Sin embargo, si Lucio Julio logra convencer al Senado y al pueblo para que aprueben la ley, disminuirán las posibilidades de que Etruria y Umbría se pasen al enemigo. He oído que se han producido disturbios.


—Efectivamente. Por eso Lucio Catón Liciniano y Aulo Plotio han separado sus fuerzas de las de Sexto Julio y se encaminan allá; Plotio a Umbría y Catón Liciniano a Etruria —contestó Mario.


—Entonces, ¿qué hace Sexto Julio?


—Se está recuperando en Roma —terció el joven Mario con voz tonante—. Un mal resfriado, decía mi madre en su última carta.


Sila habría debido aplastarle con la mirada, pero no lo hizo. ¡Aunque uno fuese hijo del comandante en jefe, no se intervenía en la conversación

 

siendo un simple contubernalis!


—No cabe duda de que, con la campaña de Etruria, Catón Liciniano tendrá posibilidades de obtener el consulado el año que viene —dijo Sila—. Si hace las cosas bien; y yo imagino que si.


—Yo también lo creo —dijo Mario, eructando—, pues es una tarea mínima, idónea para un inútil como Catón Liciniano.


—¿Cómo, Cayo Mario? ¿No te ha impresionado? —inquirió Sila sonriente.


—¿A ti sí? —replicó Mario parpadeando.


—Ni mucho menos. — Ya había bebido bastante vino y tomó agua—. Y entretanto, ¿qué hacemos nosotros? Los días transcurridos de septiembre son un intervalo de mercado y yo tendré que volver a Campania pronto. Me gustaría aprovechar al máximo el poco tiempo que me queda; si es posible.


—¡No puedo creer que Lucio Julio dejase que Egnacio le engañase en el paso de Melfa —terció el joven Mario.


—Hijo, eres muy joven para saber hasta dónde llega la idiotez humana —contestó Mario, aprobando el comentario más que desaprobando la intervención de su retoño—. No podemos esperar nada de Lucio Julio — añadió, volviéndose hacia Sila— ahora que ha vuelto por segunda vez a Teanum Sidicinum después de haber perdido la cuarta parte de su ejército. Luego ¿para qué regresar tan pronto, Lucio Cornelio? ¿Para sostenerle la mano? Supongo que ya se encargan de eso no pocos. Sugiero que vayamos juntos a Alba Fucentia —añadió como último comentario, rematado por un extraño sonido, mezcla de risa y arcada.


—¿Te encuentras bien? —inquirió Sila irguiéndose.


Por un instante la tez de Mario se tornó color de ceniza, pero se recuperó y soltó una de sus carcajadas.


—¡Después del día que hemos tenido, perfecto, Lucio Cornelio! Bien, como decía: vamos los dos en socorro de Alba Fucentia y después… yo creo que un paseito por el Samnio, ¿no te parece? Dejamos que Sexto Julio sitie Asculum Picentum, mientras nosotros nos encargamos de los samnitas. A mí, sitiar ciudades me aburre; no es lo mio —añadió con risita de borracho—. ¿No sería estupendo que aparecieras en Teanum Sidicinum con

 

Aesernia en el sinus de tu toga, como regalo para Lucio Julio? ¡Qué agradecido te estaría!

—Sí, muy agradecido, Cayo Mario.


Se despidieron. Sila y el joven Mario ayudaron a Cayo Mario a acostarse y le tumbaron sin complicaciones. Luego, el joven Mario salió, dirigiendo una celosa mirada a Sila, que se quedaba rezagado contemplando aquel corpachón tumbado en el lecho.


—Lucio Cornelio —dijo Mario con lengua de trapo—, haz el favor de venir tú en persona por la mañana a despertarme, quiero hablar contigo a solas. Esta noche no puedo. ¡Ese vino!


—Que duermas bien, Cayo Mario. Vendré por la mañana.


Pero no sería conforme a lo previsto. Cuando Sila —que tampoco se encontraba muy bien— entró en la sección trasera de la tienda de mando, se encontró con el corpachón tal como lo había dejado por la noche. Frunció el entrecejo y se acercó a toda prisa, sintiendo un picor insoportable. No, no había temor de que Mario estuviese muerto; había oído sus ronquidos nada más entrar en la tienda. Ahora lo miró más de cerca y vio su mano derecha tratando de agarrar torpemente la sábana y en sus desorbitados ojos un profundo terror parecido a la locura. Desde la mejilla hundida hasta el pie fláccido, el lado izquierdo estaba laxo, flojo, inmóvil. El gigante se había derrumbado, impotente para rechazar un golpe que no había visto venir.


—Infarto —balbució.


La mano de Sila fue automáticamente a acariciar aquel cabello sudoroso; ahora se le podía querer. Estaba acabado.


—¡Oh, mi pobre amigo! —exclamó Sila acercando su mejilla a la del postrado y rozando con los labios sus lágrimas—. ¡Pobre! Ahora sí que estás acabado.


Pero el postrado replicó inmediatamente, con palabras muy distorsionadas pero lo bastante claras para entenderlas con la cara tan cerca.


—Aún… no… Siete… veces.


Sila se apartó como si Mario se hubiese incorporado y le hubiera golpeado. Luego, conforme se enjugaba las lágrimas con la mano, lanzó

 

una aguda carcajada casi histérica, que cesó tan bruscamente como había comenzado.


—¡Cayo Mario, para mi que estás acabado!


—No… lo estoy —replicó Mario, con una mirada inteligente de la que había desaparecido todo terror y que despedía ira—. Siete… veces.


De una zancada, Sila llegó hasta la divisoria de la tienda y pidió auxilio como si el mismísimo Cancerbero anduviera pisándole los talones.


Sólo una vez que por la tienda hubieron desfilado todos los médicos del ejército y después de que Mario quedó acostado lo más cómodo posible, convocó Sila una reunión con todos los que se apiñaban afuera, contenidos por el joven Mario, que lloraba desconsolado.


Celebró la reunión en el foro del campamento, por considerar más conveniente que los soldados vieran que se adoptaban medidas, ya que la noticia del ataque de Mario se había difundido y no era el joven Mario el único que lloraba.


—Asumo el mando —dijo Sila con voz tranquila a los doce hombres que le rodeaban, sin que hubiera ninguna objeción.


—Regresamos inmediatamente al Lacio, antes de que la noticia llegue a oídos de Silo o de Mutilo.


Esto suscitó la protesta de Marco Cecilio, de la rama con el sobrenombre de Cornutus.


—¡Es absurdo! —exclamó indignado—. ¡No estamos ni a treinta millas de Alba Fucentia y dices que tenemos que dar media vuelta!


Con los labios muy prietos, Sila hizo un amplio gesto con la mano abarcando los grupos de soldados que miraban, algunos llorando.


—¡Míralos, loco! —espetó—. ¿Cómo quieres ir con ellos a pleno territorio enemigo? ¡Han perdido la moral! ¡Tenemos que cuidarlos hasta hallarnos seguros dentro de nuestras fronteras, Cornutus… y luego hay que encontrar otro general al que tengan un mínimo aprecio!


Cornutus abrió la boca para decir algo, pero calló y se encogió de hombros.


—¿Alguien tiene algo más que decir?


Nadie planteó objeciones.

 

—Bien, pues levantad el campamento a toda prisa. Mis legiones al otro lado de los viñedos ya están avisadas y nos esperarán en la carretera.


—¿Y Cayo Mario? —inquirió el jovencísimo Licinio—. Puede morir si le movemos.


La estentórea carcajada que lanzó Sila le dejó de piedra.


—¿Cayo Mario? ¡Ni con un hacha de sacrificio le matarías, muchacho! —Al ver cómo reaccionaban, antes de seguir hablando dominó todo lo que pudo sus emociones—. No temáis, caballeros, Cayo Mario me aseguró hace apenas dos horas que no está acabado ni mucho menos. No faltarán voluntarios para llevar su litera.


—¿Vamos todos a Roma? —preguntó tímidamente el joven Licinio. Sólo en aquel momento, en que ya estaba del todo sobrepuesto, se dio


cuenta Sila de lo atemorizados y desamparados que se encontraban; pero eran nobles romanos y eso hacia que todo lo cuestionasen y sopesasen con arreglo a su posición. Tenía que tratarlos con la misma delicadeza que a gatitos recién nacidos.


—No, no vamos todos a Roma —contestó Sila sin delicadeza alguna en la voz ni en el gesto—. Cuando lleguemos a Carseoli, tú, Marco Cecilio Cornutus, asumirás el mando del ejército y lo acamparás fuera de Reate. Su hijo y yo llevaremos a Mario a Roma con cinco cohortes como guardia de honor.


—Muy bien, Lucio Cornelio; si tú así lo quieres, supongo que es como debe hacerse —dijo Cornutus.


La impresión que le causó la mirada de aquellos extraños ojos claros fue como un rebullir de gusanos en las mandíbulas.


—No te equivocas, Marco Cecilio, en pensar que debe hacerse como yo deseo —replicó Sila con voz suave y acariciante—. ¡Y si no se hace exactamente como digo, te juro que te arrepentirás de haber nacido! ¿Está claro? ¡Muy bien! ¡Moveos!

 
















VI

 

 

La noticia de la derrota que infligió Lucio César a Mutilo en Acerrae llegó


a Roma y levantó un tanto la moral de los senadores. Con tal motivo se emitió una proclama anunciando que no era necesario que los ciudadanos romanos siguieran vistiendo el sagum. Luego llegó la noticia de la derrota de Lucio César en el paso de Melfa por segunda vez, junto con unas cifras de bajas casi iguales a las pérdidas del enemigo en Acerrae y nadie en el Senado solicitó que se decretase lo contrario, por no dar a conocer la nueva derrota.


—Una futesa —dijo Marco Emilio, príncipe del Senado, a los escasos senadores que se presentaron para hablar del asunto. Le temblaban los labios, pero se contuvo cuanto pudo—. A lo que tenemos que hacer frente es a un asunto mucho más serio: estamos perdiendo esta guerra.


No estaba Filipo para discutir. Ni tampoco asistía Quinto Vario, que aún continuaba instruyendo casos secundarios de traición en el tribunal, y que ahora que había abandonado la querella contra Antonio Orator y Escauro, príncipe del Senado, se ensañaba con numerosas víctimas.


Así, privado del estímulo de la oposición, Escauro se encontraba sin voluntad para proseguir y allí estaba pesadamente sentado en su silla. Soy demasiado viejo, se decía, ¿cómo podrá Mario, que tiene mi edad, llevar el peso de todo un frente de guerra?


El interrogante tuvo respuesta a finales de Sextilis, cuando llegó un correo informando al Senado de que Cayo Mario y sus tropas habían derrotado a Heno Asinio, causándole la baja de siete mil marrucini, y entre ellos el propio Heno Asinio. Pero era tal el desánimo en Roma, que nadie juzgó prudente celebrarlo. No, la ciudad aguardaba que al cabo de otros cuantos días llegasen noticias de otra derrota. Y, efectivamente, unos días después llegó otro correo que se personó ante los miembros del Senado, quienes, sentados muy erguidos, con cara imperturbable, se disponían a oír la mala nueva. De entre los consulares, sólo estaba Escauro.

 


Cayo Mario tiene el placer de informar al Senado y al pueblo de Roma de que, en este día, él y sus ejércitos infligieron una aplastante derrota a

 

Quinto Popedio Silo y a los marsos. Quince mil marsos han muerto y otros cinco mil han sido hechos prisioneros.

Cayo Mario quiere hacer constar la valiosa contribución a esta victoria de Lucio Cornelio Sila, y ruega le excuséis un informe completo hasta que pueda informar al Senado y al pueblo de Roma de que Alba Fucentia ha sido liberada. ¡Viva Roma!


A la primera lectura, nadie lo creía; un sobresalto recorrió las poco nutridas filas. Escauro dio otra vez lectura al comunicado con voz temblorosa y, finalmente, estallaron los vítores. Una hora después, toda Roma lo celebraba. ¡Cayo Mario lo había logrado! ¡Cayo Mario había dado un vuelco a la fortuna de Roma! ¡Cayo Mario, Cayo Mario, Cayo Mario!


—Otra vez el héroe popular —dijo Escauro al flamen dialis Lucio Cornelio Merula, que no había faltado a una sola reunión del Senado desde el inicio de la guerra, a pesar de los innumerables tabúes que afectaban al cargo; entre sus iguales, el flamen dialis no podía vestir toga, sino ir envuelto en una gruesa capa doble de lana, la laena, cuyo corte tenía forma de círculo, y a guisa de tocado llevaba un ajustado casco de marfil adornado con los símbolos de Júpiter y rematado por un disco macizo de lana atravesado por un pincho. Era el único entre sus iguales que no se cortaba el pelo, porque él en concreto había optado por dejarse el pelo largo y la barba hasta el pecho, en lugar de aguantar la tortura de ser rasurado con hueso o bronce. El flamen dialis no podía entrar en contacto corporal con hierro de ninguna clase, lo que significaba que no podía participar en la guerra. Menguado en la posibilidad de prestar servicio militar por su patria, Lucio Cornelio Merula había optado por asistir con asiduidad al Senado.


—Bien, Marco Emilio —dijo Merula con un suspiro—, por muy patricios que seamos, creo que ya es hora de que admitamos que nuestros linajes están tan agotados que somos incapaces de generar un héroe popular.


—¡Bobadas! —espetó Escauro—. ¡Cayo Mario es un monstruo! —¿Y cómo nos las veríamos sin él? —¡Como auténticos romanos!


—¿Es que no apruebas su victoria?

 

—¡Claro que la apruebo! ¡Unicamente que me habría gustado que quien firmase el comunicado hubiera sido Lucio Cornelio Sila!


—Sí, ya sé que fue un buen praetor urbanus, pero no sabia que fuese un Mario en el campo de batalla —comentó Merula.


—¿Cómo vamos a saberlo mientras Cayo Mario no abandone el campo de batalla? Lucio Cornelio Sila ha estado siempre con Cayo Mario… vamos, desde la guerra contra Yugurta. Y siempre ha contribuido notablemente a las victorias de Cayo Mario. Pero es Mario quien se lleva el mérito.


—Sé justo, Marco Emilio, en su carta Cayo Mario hace mención específica de Lucio Sila. Yo no veo que sea un elogio cicatero, ni puedo oír palabras denigrantes hacia el hombre que, al fin, se ha hecho eco de mis plegarias —dijo Merula.


—¿Un hombre se hace eco de tus preces, flamen dialis? Ése sí que es un modo curioso de decirlo.


—Los dioses no nos responden directamente, príncipe del Senado. Si no están conformes, nos lo hacen saber por medio de algún fenómeno, y cuando propician nuestros ruegos lo hacen a través de los hombres.


—¡Eso lo sé tan bien como tú! —exclamó Escauro, picado—. ¡Mi afecto por Cayo Mario es igual que mi odio, pero tengo todo el derecho a desear que fuese otro quien firmase la carta!


En aquel momento entró en la desierta Cámara un funcionario del Senado.


—Príncipe del Senado, acaba de recibirse un comunicado urgente de Lucio Cornelio Sila.


—¡Ahí tienes, una respuesta a tus plegarias! —comentó Escauro con una risita—. ¡Una carta con la firma de Lucio Sila!


Por toda respuesta, Merula le dirigió una mirada mordaz. Escauro cogió el diminuto rollo, lo desplegó y, atónito, vio que no constaba más que de dos líneas, escritas en letras mayúsculas separadas por guiones. Sila no quería errores de interpretación.

 

CAYO-MARIO-ABATIDO-POR-INFARTO-EJÉRCITO-RETIRADO-A-REATUQCYdXT16Xxzr1qCSVxxntce0-UYXmcqJ_aodkoq39Fv2E6f-SILA.


Enmudecido, Escauro, príncipe del Senado, entregó el comunicado a Merula y se sentó en la grada inferior.


—Edepol! —exclamó el flamen Dialis, sentándose también—. ¡Ah!, ¿es que no va a salir nada bien en esta guerra? ¿Crees que habrá muerto Cayo Mario? ¿Es eso lo que quiere decir Lucio Sila?


—Yo creo que vive, pero no puede ejercer el mando y sus tropas lo saben —contestó Escauro, aspirando profundamente—. ¡Funcionario! — gritó con voz atronadora.


El funcionario, que permanecía inmóvil junto a la puerta, se les acercó lleno de curiosidad.


—Llama a los heraldos y que proclamen la noticia de que Cayo Mario ha sufrido un infarto y lo trae a Roma su legado Lucio Cornelio Sila.


El escriba contuvo un grito de asombro, palideció y salió a toda prisa.


—¿Es una medida prudente, Marco Emilio? —inquirió Merula.


—Sólo el Dios griego lo sabe, flamen Dialis. Yo no. Lo único que sé es que si convoco primero al Senado para discutirlo, votarían no dar la noticia, y eso no puedo sancionarlo —replicó Escauro decidido, poniéndose en pie


—. Acompáñame. Voy a comunicárselo a Julia antes de que los heraldos comiencen a vocearlo desde los rostra.



Y así estaban las cosas cuando las cinco cohortes que escoltaban la litera de Mario cruzaron la puerta Collina, con las lanzas envueltas en ramas de ciprés y las espadas y puñales invertidos; pasaron por la plaza del mercado adornada con guirnaldas y flores y atestada de gente en silencio. Parecía a la vez una fiesta y un funeml. Y así fue todo el camino hasta el Foro, donde también colgaban guirnaldas por doquier, pero la multitud guardaba silencio. Las flores las habían colocado para celebrar la gran victoria de Mario, pero su desgracia les había sumido en aquel silencio.

 

Cuando, tras los soldados, apareció la encortinada litera, se oyó un profundo susurro:


—¡Debe de estar vivo! ¡Debe de estar vivo!


Sila y sus cohortes hicieron alto en el bajo Foro, junto a los rostra, mientras a Cayo Mario le llevaban a su casa, clivus Argentarius arriba. Marco Emilio, príncipe del Senado, fue quien subió a la tribuna de los rostra.


—¡Quirites, el tercer fundador de Roma vive! —tronó Escauro—. Como de costumbre, él ha inclinado la balanza de la guerra a favor de Roma, y Roma jamás podrá agradecérselo debidamente. Haced sacrificios por su salud, aunque puede que en esta ocasión Cayo Mario nos deje. Su estado es grave. Pero gracias a él, quirites, nuestra situación ha mejorado increiblemente.


Nadie lanzó vítores, ni nadie lloró. Las lágrimas se reservaban para el entierro, para una ocasión desesperada. Escauro bajó de la tribuna y la gente comenzó a dispersarse.


—No morirá —dijo Sila, con aspecto muy cansado.


—Ni por un instante lo he pensado —replicó Escauro sarcástico—. Aún no ha sido cónsul siete veces; así que no puede morir.


—Eso es exactamente lo que me dijo él.


—¿Cómo, es que puede hablar?


—Algo. Palabras no le faltan, lo que sucede es que las farfulla. Un médico del ejército dice que es porque el ataque lo ha sufrido el lado izquierdo en vez del derecho, aunque no sé a qué se debe, ni tampoco lo sabe el médico, pero afirma que suele ser así cuando se producen heridas en la cabeza. Si la parálisis es en el lado derecho, el habla desaparece. Cuando es en el izquierdo, se conserva esa facultad.


—¡Qué cosas! ¿Por qué los médicos de la ciudad no dicen nada de eso? —inquirió Escauro.


—Supongo que no verán tantas cabezas rotas.


—Cierto —añadió Escauro, cogiendo afectuosamente a Sila del brazo —. Ven a mi casa, Lucio Cornelio, a tomar una copa de vino y cuéntame

 

con todo detalle cuanto ha sucedido. Yo te hacia con Lucio Julio en Campania.


Sila tuvo que poner en juego toda su voluntad para rechazar la invitación.


—Prefiero ir a mi casa, Marco Emilio. Llevo la armadura y me da calor.


Escauro lanzó un suspiro.


—Ya es hora de que olvidemos lo que sucedió hace tantos años —dijo con toda sinceridad—. Mi esposa es mayor, más comedida y se halla muy ocupada con los niños.


—Pues bien, vayamos a tu casa.


Los esperaba en el atrium para recibirlos, tan ansiosa por saber el estado de Mario como todos en Roma. Ahora, ya con veintiocho años, conocía la inmensa dicha de haber ganado en belleza, y era una beldad pletórica que posó en Sila unos ojos grises como el mar en un día nublado.


A Sila no se le escapó que, aunque Escauro la dirigió una amplia sonrisa sincera y llena de afecto, ella le tenía miedo.


—Bien venido, Lucio Cornelio —dijo ella en tono neutro.


—Gracias, Cecilia Dalmática.


—Esposo, he dispuesto refresco en tu despacho —añadió, igualmente en tono neutro—. ¿Va a morir Cayo Mario?


Le contestó Sila, sonriendo ya confiado, pasado el primer momento. Era muy distinto a verla en casa de Mario en una cena.


—No, Cecilia Dalmática. Aún nos queda Mario para rato. De eso estoy seguro.


—En ese caso, os dejo —comentó ella, tras lanzar un suspiro de alivio. Los dos permanecieron en el atrium hasta que hubo desaparecido y


Escauro condujo a Sila a su tablinum.


—¿Quieres el mando del frente mársico? —inquirió Escauro dándole una copa de vino.


—Dudo que el Senado me lo conceda, príncipe del Senado.


—Francamente, yo también. Pero ¿lo quieres?


—No, no lo quiero. Mi carrera durante este año de guerra ha tenido lugar en Campania, aparte de esa operación especial con Cayo Mario, y

 

preferiría seguir en el frente que conozco. Lucio Julio me espera —contestó Sila, sabiendo perfectamente lo que pensaba hacer cuando los nuevos cónsules asumieran el cargo, y no deseando que Escauro participase en sus planes.


—¿Son tuyas las tropas que han escoltado a Mario?


—Sí. Las otras quince cohortes las envié directamente a Campania. Las que faltan, yo mismo las llevaré mañana.


—¡Oh, ojalá te presentases a cónsul! —dijo Escauro—. ¡Hace quince años que no se dan unas expectativas consulares tan mediocres!


—Voy a presentarme con Quinto Pompeyo Rufo a finales del año que viene —contestó Sila con firmeza.


—Eso había oído. Lástima.


—Este año no podría ganar la elección, Marco Emilio.


—Sí podrías, si yo te doy mi apoyo.


—Un ofrecimiento que llega tarde —replicó Sila sonriente—. Estaré muy ocupado en Campania para vestir la toga candida. Además, tengo que compartir la suerte con mi colega, ya que Quinto Pompeyo y yo nos presentamos en equipo. Mi hija va a casarse con su hijo.


—Entonces retiro mi ofrecimiento. Tienes razón. Roma tendrá que salir al paso como pueda este año. Será un gran placer que los cónsules del año que viene estén emparentados. La armonía curul es una cosa estupenda. Y dominarás a Quinto Pompeyo con la misma facilidad con que él aceptará ese dominio.


—Eso creo yo, príncipe del Senado. El momento de las elecciones son las únicas fechas en que Quinto Pompeyo puede prescindir de mí, ya que quiere aminorar la campaña para venir él también a Roma. Creo que casaré a mi hija con el hijo de Quinto Pompeyo en diciembre, aunque aún no tenga dieciocho años, porque ella está deseosa —mintió Sila, a sabiendas de que la muchacha era de lo más reacia, pero confiando en la Fortuna.


Su convencimiento respecto a la actitud de Cornelia Sila quedó corroborado cuando dos horas después llegaba a su casa. Elia le recibió con la noticia de que Cornelia Sila había intentado fugarse de casa.

 

—Afortunadamente a su doncella le entró miedo y me lo contó —dijo Elia entristecida; quería mucho a su hijastra y por ello deseaba que pudiera casarse con el hombre de su corazón, el joven Mario.


—¿Y qué pensaba hacer, echarse a los campos destrozados por la guerra? —inquirió Sila.


—No tengo ni idea, Lucio Cornelio. Ni creo que ella lo supiese tampoco. Me figuro que fue un impulso.


—Pues cuanto antes se case con el joven Quinto Pompeyo, mejor —dijo Sila con severidad—. Voy a hablar con ella.


—¿Aquí, en tu despacho?


—Si, Elia, en mi despacho.


Como sabía que no le tenía afecto, ni le agradaba la simpatía que sentía por su hijastra, Elia miró a su esposo con una mezcla de temor y lástima.


—Lucio Cornelio, por favor, trata de no ser duro con ella —dijo.


Petición que Sila ignoró dándole la espalda.


Cornelia Sila compareció casi como una prisionera, acompañada de dos esclavos.


—Podéis marcharos —dijo Sila a los guardianes, clavando su fría mirada en el rebelde rostro de su hija, una faz preciosa que había heredado el color de piel del padre y la belleza de la madre, menos los grandes ojos, que eran de un azul muy distinto.


—¿Qué es lo que tienes que decir, jovencita?


—Esta vez estoy preparada, padre. ¡Puedes pegarme hasta matarme porque me da igual! ¡No quiero casarme con Quinto Pompeyo y no puedes obligarme!


—Hija, te casarás con Quinto Pompeyo aunque tenga que atarte y drogarte —replicó Sila en un tono suave, presagio de gran violencia.


Pero, a pesar de sus lágrimas y pataletas, era mucho más hija suya que de Julilla. Notó que se afirmaba sobre los pies, como dispuesta a recibir un tremendo golpe, y advirtió que sus ojos brillaban como zafiros.


—¡No voy a casarme con Quinto Pompeyo!


—¡Por todos los dioses que lo harás, Cornelia!


—¡No me casaré con él!

 

Normalmente, tal desafío habría provocado una ira desatada en Sila, pero en esta ocasión, quizá porque viera en el rostro de la muchacha algún rasgo de su hijo muerto, no tuvo fuerzas para encolerizarse.


—Hija —espetó con un bufido—, ¿sabes quién es Pietas? —Claro que lo sé: el deber —contestó Cornelia Sila, cautelosa. —Amplía la definición, Cornelia. —Es la diosa del deber.


—¿Qué clase de deber?


—Toda clase de deber.


—Incluido el deber de los hijos para con sus padres, ¿no es cierto? — dijo Sila con suavidad.


—Sí —contestó ella.


—Desafiar al paterfamilias es una cosa horrible, Cornelia. No sólo se ofende a Pietas, sino que, conforme a la ley, estás obligada a obedecer al cabeza de familia. Y yo lo soy —dijo Sila, severo.


—El primer deber es para conmigo misma —contestó ella, heroica.


A Sila comenzaron a temblarle los labios.


—No, hija, tu primer deber es conmigo. Dependes de mi mano. —¡Padre, con mano o sin mano, no pienso traicionarme!


Los labios cesaron en su temblor, se quedaron abiertos y Sila soltó una carcajada.


—¡Oh, vete! —exclamó él cuando pudo—. ¡Cumple con tu deber o te vendo como esclava! —gritó tras ella, sin dejar de reír—. ¡Puedo hacerlo y nadie me lo impedirá!


—¡Ya soy una esclava! —replicó ella a voces.


¡Qué soldado habría sido! Una vez recuperada la seriedad, Sila se sentó a escribir al ciudadano griego de Esmirna, Publio Rutilio Rufo.


Y eso es exactamente lo que sucedió, Publio Rutilio. ¡La pequeña e insolente impúdica no dio su brazo a torcer! Y no me queda otro remedio que cumplir unas amenazas que no contribuyen a mis deseos de ser elegido cónsul aliado a Quinto Pompeyo. La muchacha no me sirve de nada muerta o esclava… y no le servirá a Quinto Pompeyo si tengo que atarla y

 

drogarla para hacerla comparecer ante el celebrante matrimonial. ¿Qué hago, pues? Te lo pregunto muy seriamente y con desesperación. ¿Qué hago? Me he acordado de la anécdota de cómo tú solucionaste el dilema de Marco Aurelio Cota cuando tenía que elegir esposo para Aurelia. Así que, aquí tienes otro dilema matrimonial, admirado y apreciado consejero.

Confieso que aquí existe un estado de cosas que, de no ser por la incapacidad de casar a mí hija con quien debe ser, ni me hubiera parado a escribirte. Pero ahora que ya he comenzado —y a condición de que tengas una solución a mi dilema— te contaré lo que ha sucedido.


Dejé a nuestro príncipe del Senado en el momento en que se disponía a escribirte, así que no necesito decirte la desgracia de que ha sido víctima Cayo Mario. Me limitaré a explicarte mis esperanzas y temores para el futuro, y procuraré, al menos, vestir la toga praetexta y sentarme en la silla curul de cónsul, ya qae el Senado ha pedido a los magistrados curules que revistan sus mejores galas para dar realce a la victoria de Mario —¡muy mía!— sobre los marsos. Esperemos que esto marque el final de esos estúpidos gestos de duelo y alarma.


En este momento parece bastante probable que los cónsules del año que viene sean Lucio Porcio Catón Liciniano y —¡oh, horror!— Cneo Pompeyo Estrabón. ¡Qué horrenda pareja! Un presuntuoso culo de gato y un bárbaro arrogante incapaz de ver más allá de su nariz. Te confieso que no acabo de entender en modo alguno cómo ciertas personas llegan al consulado. Es evidente que no basta para ello haber sido un buen pretor urbano o en provincias. Ni tener un expediente militar tan amplio e ilustre como el linaje del rey Tolomeo. No me queda más remedio que llegar a la conclusión de que el factor realmente importante es llevarse bien con el Ordo equester, porque si a los caballeros no les gustas, Publio Rutilio, ya puedes ser el mismo Rómulo, que no tienes la menor posibilidad en las elecciones. Los caballeros dieron seis veces la silla consular a Cayo Mario, tres de ellas in absentia. ¡Y les sigue gustando! Es un hombre que resuelve cosas. Si, también les agrada que el candidato tenga antepasados, pero no es suficiente para que le voten, a menos que les abra sus buenas bolsas o les ofrezca toda clase de incentivos complementarios, como son créditos

 

más fáciles o información privilegiada en todo lo que el Senado piense llevar a cabo.

Yo habría debido ser cónsul hace años, si hubiese sido pretor hace años. Si, pero el príncipe del Senado me puso trabas. Y lo hizo movilizando a los caballeros que le siguen balando como un rebaño de corderos. Te parecerá, pues, que cada vez he de detestar más al Ordo equester. Me pregunto si no sería maravilloso hallarse en una posición desde la que se pudiera hacer con ellos lo que se quisiera. ¡Ah, cómo los haría padecer, Publio Rutilio! Y por cuenta tuya también.


A propósito de Pompeyo Estrabón, ha estado muy ocupado contando a toda Roma que se cubrió de gloria en Picenum, cuando, en mi opinión, el verdadero artífice de ese pequeño éxito es Publio Sulpicio, que trajo un ejército de la Galia itálica e infligió una sonada derrota a una fuerza mixta de picentinos y pelignos aun antes de establecer contacto con Pompeyo Estrabón.


Nuestro amigo bizco —ojalá se pudra— pasa todo el verano cómodamente encerrado en Firmum Picenum. En cualquier caso, ahora que no está en su habitual residencia de verano, se atribuye todo el mérito de la victoria sobre Tito Lafrenio, que murió con sus hombres en la batalla. De Publio Sulpicio (que fue quien estuvo allí y tuvo una destacada participación) ni una palabra. Y por si eso fuera poco, los agentes de Pompeyo Estrabón en Roma hacen que esa batalla parezca mucho más importante que las operaciones de Cayo Mario contra marsos y marrucini.


La guerra va a dar un vuelco. Algo me lo dice.


Estoy seguro que no tengo que darte detalles de la nueva ley que Lucio Julio César quiere promulgar en diciembre. Le di la noticia al príncipe del Senado hace unas horas pensando que rugiría de indignación; sin embargo, le agradó bastante. Él piensa que ofrecer la ciudadanía es muy meritorio, siempre que no se otorgue a quienes han levantado las armas contra nosotros. Etruria y Umbría le preocupan y cree que se apaciguarían los ánimos en las dos regiones en cuanto se les concediera el voto. Yo, aunque lo intenté, no pude convencerle de que la ley de Lucio Julio no será más que el principio, y que a no tardar todos los itálicos serán ciudadanos

 

romanos, por muy fresca que tengan la sangre romana en la espada. Publio Rutilio, yo te pregunto ¿para qué hemos estado luchando?

Contéstame en seguida y dime cómo tratar a las jovencitas.



Sila incluyó la carta a Rutilio Rufo en el paquete postal que el príncipe del Senado enviaba a Esmirna por correo especial; lo que significaba que Rutilio Rufo lo recibiría en tres o cuatro intervalos de mercado y que la contestación la traería el mismo correo en un plazo parecido igual.


De hecho, Sila tuvo la respuesta a finales de noviembre. Estaba aún en Campania, ayudando al conValeciente Lucio César, a quien el servil Senado había concedido un triunfo por su victoria sobre Mutilo en Acerrae, ignorando olímpicamente el hecho de que los dos ejércitos hubiesen regresado a Acerrae y que en el momento del decreto se hallasen de nuevo enzarzados en la lucha. El motivo alegado por el Senado era que las tropas de Lucio César le habían aclamado imperator en el campo de batalla. Cuando Pompeyo Estrabón se enteró, sus agentes alzaron tal revuelo que el Senado se vio obligado a decretar otro triunfo para él. ¡Qué bajo hemos caído!, pensó Sila, vencer a los itálicos no es triunfar.


Tan señalado honor no indujo entusiasmo alguno en Lucio César; cuando Sila le preguntó cómo quería que le organizasen el triunfo, puso cara de sorpresa y dijo:


—Como no hay botín, no hace falta organizarlo. Desfilaré con mis fuerzas por Roma y se acabó.


Acababa de iniciarse el hiato invernal y en Acerrae era un fastidio con aquellos dos ejércitos que la cercaban. Mientras Lucio César se enfrascaba en redactar el borrador de su ley de emancipación, Sila fue a Capua para ayudar a Catulo César y a Metelo Pío el Meneitos a reorganizar las legiones más que diezmadas por el segundo combate en el paso de Melfa. Y allí recibió la carta de Rutilio Rufo.

 


Querido Lucio Cornelio, ¿por qué será que los padres nunca saben cómo tratar a sus hijas? ¡Me desespero! Desde luego, debo decirte que yo nunca tuve contrariedades con mi hija. Cuando la casé con Lucio

 

Calpurnio Pisón, lo hizo embelesada. No cabe duda que fue debido a que ella no era nada del otro mundo y no tenía mucha dote; su principal dote era que su tata no hizo nada por encontrarle esposo. Si le hubiese traído a aquel repelente hijo de Sexto Perquitieno, se habría desmayado; así que, cuando comparecí con Lucio Pisón ella lo consideró un regalo de los dioses y desde entonces no ha dejado de darme las gracias. Y el matrimonio ha sido tan feliz, que, al parecer, ellos piensan hacer lo mismo y la hija de mi hijo se casará con el hijo de mi hija cuando tengan la edad. Sí, sí, ya sé lo que solía decir el abuelo de César, pero es la primera pareja de primos carnales que se casa en nuestra familia. Tendrán unos retoños preciosos.


La solución a tu dilema, Lucio Cornelio, es, en realidad, de lo más simple. Sólo requiere la connivencia de Elia, porque tú debes quedar como si no hubieses intervenido. Que Elia empiece a hacerle a la muchacha unas cuantas insinuaciones de que tú has cambiado de idea sobre su matrimonio y que estás pensando en averiguar otras perspectivas. Elia deberá citar unos cuantos nombres de hombres totalmente repulsivos, tal como el hijo de Sexto Perquitieno. Ya verás como a la jovencita eso no le gusta nada.


Que Cayo Mario esté en las últimas es una suerte —con perdón—, pues el joven Mario no puede casarse mientras el paterfamilias esté incapacitado. Comprende que es esencial que la joven Cornelia Sila tenga la ocasión de encontrarse a solas con el hijo de Mario. Después se entera de que su esposo puede ser mucho peor que el hijo de Quinto Pompeyo. Que Elia la lleve consigo a visitar a Julia en un momento en que el joven Mario esté en casa, y que no les impidan verse a solas… ¡Tienes que avisar de antemano a Julia de lo que tramáis! Verás cómo el joven Mario es un individuo mimado y egocéntrico.


Créeme, Lucio Cornelio, ya verás cómo no hace ni dice nada para hacerse Valer ante la enamorada. Aparte de la enfermedad de su padre, lo que más le preocupa en este momento es quién va a tener el honor de aguantarle como cadete mayor. Es lo bastante inteligente para darse cuenta de que, sea quien sea, no le va a consentir ni la décima parte de lo que solía hacerlo su padre, aunque hay comandantes más indulgentes que otros. Por la carta de Escauro vengo a deducir que nadie quiere saber nada de él

 

y que su destino depende estrictamente de la comisión de contubernalis. Por mi modesta red de informadores sé que el hijo de Mario pasa su tiempo fundamentalmente con las mujeres y la bebida, no necesariamente en ese orden. Sin embargo, será uno de los motivos por los que nuestro jovencito no caerá en trance al verse con Cornelia Sila, reliquia de su niñez, por la que, cuando tenía quince o dieciséis años, nutría tiernos sentimientos, aprovechándose, seguramente, de su buena disposición de un modo que ella nunca percibió. No es muy distinto ahora de como era entonces; la diferencia estriba en que él se cree que síy ella cree que no. Créeme, Lucio Cornelio, él cometerá toda clase de patochadas y, además, seguro que ella le irrita.


Una vez que la muchacha se haya visto con él, dile a Elia que insista un poco más en el hecho de que cree que vas a renunciar a la alianza con Pompeyo Rufo, y que necesitas el apoyo de un caballero muy rico.


Y ahora, Lucio Cornelio, te diré un valioso secreto relativo a las mujeres. Una mujer quizá haya decidido rechazar radicalmente a un pretendiente, pero si de pronto ese pretendiente abandona el cortejo por motivos que nada tienen que ver con el rechazo, ella inevitablemente decide pensárselo mejor y comprobar cómo es la presa que se le escapa. ¡Al fin y al cabo, tu hija no conoce al pretendiente! Elia deberá encontrar una poderosa razón para que Cornelia Sila vaya a una cena en casa de Quinto Pompeyo Rufo. Que el padre está de permiso en Roma, que la madre está enferma, o lo que sea. ¿No se tragará nuestra jovencita su desagrado para tener la oportunidad de echar un vistazo al desdeñado pretendiente? Te aseguro, Lucio Cornelio, que aceptará ir. Y, como yo conozco al pretendiente, estoy totalmente seguro de que cambiará de idea. Es exactamente el tipo de hombre que puede atraerla, porque siempre será más lista que ély no tendrá ningún problema en ser quien mande en la casa. ¡Irresistible perspectiva! Se parece tanto a ti… en ciertas cosas.


Sila dejó la carta. La cabeza le daba vueltas. ¿Simple? ¿Cómo era capaz Publio Rutilio de lucubrar una trama tan enrevesada y decir que era de lo más simple? ¡Las maniobras militares eran más sencillas! No obstante, valía

 

la pena intentarlo. Todo valía la pena intentarlo. Así pues, reanudó la lectura algo más animado, ansioso por saber qué más le contaba Rutilio Rufo.


Las cosas que suceden en este rinconcito del vasto orbe no son buenas. Supongo que en estos momentos no hay nadie que tenga tiempo ni ganas de saber lo que sucede en Asia Menor. Pero no me cabe la menor duda de que en las dependencias del Senado hay un informe olvidado, que nuestro príncipe del Senado habrá leído. Además, recibirá la carta que le he escrito por el mismo correo que lleve ésta.


En el trono de Bitinia hay un títere del Ponto. ¡Sí, en cuanto se aseguró de que Roma había vuelto la espalda, el rey Mitrídates invadió Bitinia! Es ostensible que quien dirigió la invasión fue Sócrates, el hermano menor del rey Nicomedes III, lo que justifica que Bitinia continúe llamándose un país libre al haber cambiado el rey Nicomedes por el rey Sócrates. Parece una contradicción llamarse Sócrates y ser rey, ¿no? ¿Te imaginas a Sócrates el ateniense dejándose coronar rey? A pesar de esto, en la provincia de Asia todos sufren el espejismo de que Bitinia es un país libre, cuando, menos por el nombre, es ahora un feudo de Mitrídates del Ponto, quien por cierto debe estar furioso por el lento proceder del rey Sócrates, que dejó escapar al rey Nicomedes. Pese a sus años, Nicomedes cruzó el Helesponto más rápido que un corzo; aquí corre el rumor de que se dirige a Roma para quejarse de la pérdida del trono Que el Senado y el pueblo de Roma graciosamente le cedían. Le veréis en Roma antes de fin de año, cargado con la mayor parte del tesoro de Bitinia.


Y, por si eso fuera poco, ¡hay también un títere del Ponto en el trono de Capadocia! Mitrídates y Tigranes fueron juntos a Eusebia Mazaca y sentaron en el trono a otro hijo de Mitrídates. Éste se llama también Ariarates, pero no debe ser el Ariarates que conoció Cayo Mario. En cualquier caso, el rey Ariobarzanes fue tan raudo como el rey Nicomedes de Bitinia y escapó como un rayo de sus perseguidores. Llegará a Roma a pedigüeñar poco después de Nicomedes. ¡Lamentablemente, es mucho más pobre!

 

Lucio Cornelio, estoy seguro de que en nuestra provincia de Asia se están cociendo grandes problemas. Hay muchos aquí que no han olvidado los tiempos de los publicani. Y muchos que odian el nombre de Roma. Por eso hay muchos círculos aquí en los que se venera el nombre de Mitrídates. Mucho me temo que si tuviera la intención —y es más que probable que la tenga— de apoderarse de la provincia de Asia, le recibirían con los brazos abiertos.


Ya sé que todo esto no es un problema que te afecte. Es competencia de Escauro, el cual me dice que no se encuentra muy bien.


Ahora estarás en pleno teatro de operaciones en Campania. Estoy de acuerdo contigo en que seha producido un cambio de situación. ¡Pobres, pobres itálicos! Con ciudadanía o sin ella, no se les perdonará durante muchas generaciones.


Cuéntame el resultado del asunto de tu hija. Preveo que el amor se impondrá al fin.


Más que intentar explicar a su esposa la artimaña de Rutilio Rufo, Sila le envió a Roma esa parte de la carta con una nota adjunta instándola a seguir exactamente las indicaciones, si las entendía.


Por lo visto, Elia no tuvo dificultad alguna en hacerlo, pues cuando Sila llegó a Roma con Lucio César, se encontró el hogar rebosante de armonía familiar y una hija encantada y cariñosa, haciendo planes para la boda.


—Todo ha salido exactamente como previó Publio Rutilio —dijo Elia, contenta—. El joven Mario se comportó como un bruto en la entrevista que tuvo con ella. ¡Pobrecilla! Fue conmigo a su casa llena de amor y convencida de que el hijo de Cayo Mario se echaría en sus brazos para llorar en su pecho y se encontró con un joven enfurecido porque la comisión de cadetes del Senado le había ordenado seguir prestando servicio en su unidad; seguramente el general que sustituya a Cayo Mario será uno de los nuevos cónsules, y el joven Mario los detesta a ambos. Creo que intentó que le dieran destino contigo, pero la comisión se negó en redondo.


—No tan en redondo como se lo habría negado yo de haber recurrido a mi —dijo Sila sonriente.

 

—Creo que lo que más le enfurecía era el hecho de que nadie quería tenerle a sus órdenes. Claro, él atribuye la culpa de todo a la oposición con que tropieza su padre, pero yo creo que en lo más íntimo de su ser debe de darse cuenta de que es por sus propios defectos —añadió Elia nerviosa, y contenta de que todo hubiera salido bien—. No quería el afecto de Cornelia ni su adolescente adoración; según ella, se portó de un modo infame.


—Y entonces Cornelia decidió casarse con Quinto Pompeyo.


—¡Oh, no inmediatamente, Lucio Cornelio! Primero dejé que llorase un par de días, y luego le dije que, como no parecía que tú tuvieses prisa por la boda con Quinto Pompeyo, si le apetecía ir a cenar a su casa, para ver cómo era y satisfacer su curiosidad.


—¿Y qué sucedió? —inquirió Sila sonriente.


—Se miraron los dos y se gustaron. En la cena estuvieron sentados uno frente al otro, hablando como viejos amigos. — Elia, movida por su alegría, dio un apretón a Sila en la mano—. Fuiste muy inteligente en no decirle a Quinto Pompeyo que nuestra hija no quería esa boda, porque Cornelia encantó a toda la familia.


—¿Ya está decidida la boda? —inquirió Sila, liberándose de un tirón de la mano de su esposa.


Elia asintió con la cabeza, con gesto entristecido.


—Para cuando acaben las elecciones —contestó, mirándole con ojos casi llorosos—. Lucio Cornelio, querido, ¿por qué no te gusto? ¡Yo hago lo que puedo!


—Francamente, Elia, por la sencilla razón de que me aburres — respondió él con gesto adusto, apartándose.


Salió del cuarto y Elia permaneció inmóvil, consciente tan sólo de una alegría empañada: no había dicho que fuese a divorciarse de ella. Mejor pan rancio que nada.



La noticia de que Aesernia se había rendido al fin a los samnitas llegó poco después del regreso a Roma de Lucio César y Sila. La población era presa del hambre y había agotado cuantos perros, gatos, mulas, asnos,

 

caballos y cabras quedaban antes de capitular. Marco Claudio Marcelo la había entregado personalmente, había desaparecido y nadie sabía su paradero. Salvo los samnitas.


—Ha muerto —dijo Lucio César.


—Seguramente —comentó Sila.


Lucio César, naturalmente, no iba a regresar al teatro de operaciones. El cargo de cónsul tocaba a su fin y esperaba ser censor en primavera, por lo que no tenía ninguna gana de continuar de legado del nuevo comandante en jefe del frente sur.


Los tribunos de la plebe entrantes eran algo mejor que los de los últimos años, quizá porque ahora toda Roma hablaba de la ley de emancipación que se rumoreaba iba a promulgar Lucio César. De todos modos se mostraban progresistas y casi todos a favor de un trato más benigno para los itálicos. El presidente del colegio era Lucio Calpurnio Pisón, que tenía el segundo sobrenombre de Frugi para diferenciar su pertenencia al clan de los Calpurnios Pisones del de los Calpurnios Pisones que se habían aliado matrimonialmente con Publio Rutilio Rufo y llevaban el segundo sobrenombre de Cesonino. Pisón Frugi, que era un hombre enérgico de acentuada tendencia conservadora, ya había anunciado que, en principio, se opondría a los dos tribunos de la plebe más radicales, Cayo Papirio Carbón y Marco Plautio Silvano, si intentaban ignorar las limitaciones de la ley de Lucio César para conceder también la ciudadanía a los itálicos que participasen en la guerra. Que hubiese aceptado no oponerse a la ley de Lucio César se debía a los buenos oficios de Escauro y otros a quienes él respetaba. Así, el interés por los asuntos del Foro, casi desaparecido desde el comienzo de la guerra, comenzó a recuperarse y el año que estaba en puertas prometía una importante actividad política.


Mucho más deprimentes fueron las elecciones centuriadas, al menos a nivel consular. Hacía meses que se daba por ganadores a los dos principales candidatos, y ahora ya habían ganado. Que Cneo Pompeyo Estrabón fuese primer cónsul y Lucio Porcio Catón Liciniano segundo cónsul, lo atribuían todos al hecho de que Pompeyo Estrabón hubiese celebrado un triunfo pocos días antes de las elecciones.

 

—Esos triunfos son de pena —dijo Escauro, príncipe del Senado, a Lucio Cornelio Sila—. Primero Lucio Julio y ahora Cneo Pompeyo, ¡figúrate! Me siento muy viejo.


Y también lo aparentaba, pensó Sila, sintiendo un estremecimiento de alarma. Si la ausencia de Cayo Mario prometía una actividad apática y aburrida en el campo de batalla, ¿qué consecuencias traería la falta de Marco Emilio Escauro en ese otro campo de batalla que era el Foro? ¿Quién se ocuparía de esos minúsculos pero muy importantes asuntos extranjeros en que Roma siempre se veía implicada? ¿Quién llamaría al orden a engreídos imbéciles como Filipo y arrogantes arribistas como Quinto Vario? ¿Quién se enfrentaría a cualquiera que surgiese tan descarado y seguro de su valía? Lo cierto era que desde el infarto de Cayo Mario, Escauro había decaído a ojos vistas. Era evidente que por mucho que hubieran reñido y refunfuñado mutuamente durante más de cuarenta años, se necesitaban el uno al otro.


—¡Marco Emilio, cuídate! —dijo de pronto Sila, movido por un presentimiento.


—¡Todos tenemos que irnos algún día! —contestó el príncipe del Senado con un destello de sus verdes ojos.


—Cierto. Pero tú, aún no. Roma te necesita. Si no, quedaremos a merced de las gentilezas de Lucio Julio César y Lucio Marco Filipo. ¡Menuda perspectiva!


—¿Es lo peor que podría sucederle a Roma? —replicó Escauro riendo, ladeando la cabeza como un viejo pájaro desplumado—. En ciertos aspectos, estoy totalmente de acuerdo contigo, Lucio Cornelio. Pero en otros, tengo la impresión de que Roma estaría mucho peor en tus manos que en las de Filipo —añadió, moviendo con rapidez los dedos de una mano—. Puede que no seas un militar nato, pero casi todos los años que llevas en el Senado los has pasado en el ejército. He advertido que muchos años de servicio militar convierten en autócratas a los senadores. Como sucede con Cayo Mario. Cuando alcanzan un alto cargo político, les molestan las restricciones políticas normales.

 

Estaban ante la librería de Sosio, en el Argiletum, lugar en el que se había alzado durante décadas uno de los mejores mercados de Roma, y, por eso, mientras hablaban, iban comiendo tartas rellenas de pasas con natillas y miel; un chiquillo los miraba atentamente, listo para acercarse a ofrecerles una jofaina de agua caliente y un paño. Las tartas eran pegajosas y chorreaban.


—Cuando llegue mi hora, Marco Emilio, el camino que Roma siga en mis manos dependerá de la clase de Roma que sea. Una cosa te prometo, no causaré la desgracia de Roma ni de sus antepasados, ni consentiré que la dominen gentes como Saturnino —replicó Sila con aspereza.


Escauro dio el último bocado, demostrando al pilluelo que se había percatado de su presencia chascando sus pringosos dedos para que no se acercara a ellos por propia iniciativa. Con gran cuidado, se lavó y se secó las manos, y le dio un sestercio. Luego, mientras Sila hacía lo propio (dando al chiquillo una moneda mucho más pequeña), reanudó la conversación.


—Tuve un hijo que no era como se debe ser —dijo muy entero—. Era un débil y un cobarde, a pesar de ser un joven muy agradable. Ahora tengo otro hijo, demasiado pequeño para saber de qué temple es. Sin embargo, la primera experiencia me ha servido para saber una cosa, Lucio Cornelio. Por muy ilustres que nuestros antepasados hayan sido, al final dependemos en gran medida de nuestra progenie.


—También mi hijo murió —replicó Sila, con una mueca—, pero no tengo otro.


—En cuyo caso, ése sería tu destino.


—¿No crees que todo sea azar, príncipe del Senado?


—No, no lo creo. Yo he vivido para contener a Cayo Mario. Roma me necesitaba para eso… y ahí estuve, a las órdenes de Roma. Pero, en cierto modo, actualmente te veo más como un Mario que como un Escauro. Y no vislumbro a nadie capaz de contenerte. Lo que puede resultar más peligroso para el mos maiorum que mil Saturninos —contestó Escauro.


—Te aseguro, Marco Emilio, que Roma no corre peligro conmigo — dijo Sila—. Me refiero a tu Roma —añadió, después de reflexionar sobre lo

 

que había dicho—, no a la de Saturnino.


—Lo espero sinceramente, Lucio Cornelio.


Siguieron caminando en dirección al Senado.


—Tengo entendido que Catón Liciniano ha decidido hacerse cargo de los asuntos en Campania —dijo Escauro—. Es más difícil de tratar que Lucio Julio César… igual de inseguro, pero muy dominante.


—A mí no me estorbará —contestó Sila tranquilo—. Cayo Mario le calificó de guisante, igual que su anodina campaña en Etruria. Yo sé cómo tratar a los guisantes.


—¿Cómo?


—Aplastándolos.


—No te concederán el mando, ¿sabes? Lo intenté.


—Eso no tiene la menor importancia —contestó Sila sonriente—. Ya tomaré el mando cuando aplaste el guisante.


En otro hombre, habría sonado a vanagloria y Escauro se habría echado a reír; pero en Sila sonaba a funesto presagio y el príncipe del Senado se estremeció.



Cumplía diecisiete años el tres de enero, y Marco Tulio Cicerón se dirigió con su cuerpecillo a la caseta de enrolamiento militar del Campo de Marte, después de las elecciones centuriadas. El adolescente fatuo y seguro de si mismo que tan amigo había sido del hijo de Sila, se había apaciguado bastante y, con sus diecisiete años, sabía que su estrella le marcaba el camino con un tenue brillo, disminuido por el terrible incendio de la guerra civil. Donde otrora él descollaba entre la admiración de las multitudes, no se veía ahora a nadie. Y quizá no volviera a congregarse nadie más. Todos los tribunales estaban cerrados, con excepción del de Quinto Vario. El pretor urbano, que habría debido estar al frente de ellos, gobernaba Roma por ausencia de los cónsules. Como a los itálicos les iban tan bien las cosas, era verosímil que los tribunales no volviesen a abrirse. Salvo Escévola el Augur, ya nonagenario e inactivo, todos los mentores y preceptores de

 

Cicerón habían desaparecido. Craso Orator había muerto y al resto los había arrastrado el huracán militar al olvido oficial.


Lo que más asustaba a Cicerón era que nadie mostrase el menor interés en él ni en su destino. Los pocos grandes hombres que conocía y que seguían viviendo en Roma estaban demasiado ocupados para molestarlos — ah, claro que los había molestado para que consideraran su situación—, pero no había logrado que le ayudaran a conseguir una entrevista con nadie, ni con Escauro, príncipe del Senado, ni con Lucio César. Al fin y al cabo, él no era nadie sino un brillante monstruo del Foro, de diecisiete años. ¿Por qué iban a interesarse en él los importantes? Como había dicho su padre (ahora cliente de un fallecido) tenía que olvidarse de un puesto especial y apechar sin quejarse con lo que viniera.


Al llegar a la caseta del Campo de Marte, situada en el lado de la Via Lata, no vio a nadie conocido. Los presentes eran viejos senadores sin derecho a la palabra, obligados a hacer un trabajo tan oneroso como importante, una tarea que no les gustaba. El presidente fue el único que levantó la vista cuando le llegó el turno al joven Cicerón —el resto siguió enfrascado en gruesos rollos de papel— y miró de arriba abajo el enclenque cuerpo del joven (que daba la impresión de ser mayor por aquella cabezota de calabaza) sin manifestar el menor entusiasmo.


—Nombre y apellido.


—Marco Tulio.


—Nombre y apellido del padre.


—Marco Tulio.


—Nombre y apellido del abuelo.


—Marco Tulio.


—Tribu.


—Cornelia.


—Sobrenombre, si lo tienes.


—Cicerón.


—Clase.


—Eques de la primera.


—¿Tu padre tiene el Caballo Público?

 

—No.


—¿Puedes pagarte los pertrechos?


—Claro.


—¿Sabes leer y escribir?


—¡Naturalmente!


—Tu tribu es rural. ¿De qué distrito?


—De Arpinum.


—¡Ah, el pueblo de Cayo Mario! ¿Quién es el patrón de tu padre?


—Lucio Licinio Craso Orator.


—¿Ninguno más, de momento?


—No, de momento no.


—¿Tienes alguna instrucción militar?


—No.


—¿Sabes distinguir la empuñadura de la espada de la punta?


—Si os referís a si sé usarla, no.


—¿Montas a caballo?


—Sí.


El presidente acabó de tomar nota, levantó la vista y le dirigió una agria sonrisa.


—Vuelve dos días antes de los nones de enero, Marco Tulio, y se te asignará servicio militar.


Y eso fue todo. Le habían ordenado presentarse precisamente el día de su cumpleaños. Cicerón se alejó de la caseta profundamente humillado. ¡Ni siquiera se habían dado cuenta de quién era! ¡Seguro que tenían que haberle visto en el Foro y oído comentar sus intervenciones! Pero, en cualquier caso, no se lo habían dado a entender, y era evidente que pensaban hacerle cumplir servicio militar. Haber solicitado un servicio administrativo habría sido quedar como un cobarde ante ellos; era inteligente de sobra para darse cuenta. Por eso no había dicho nada, por no manchar su nombre de modo que algún rival candidato al consulado pudiera reprochárselo años después.


Inclinado a la amistad con gente mayor que él, no había en aquel momento nadie a quien poder hacerle confidencias; todos estaban haciendo el servicio militar fuera de Roma, desde Tito Pomponio hasta los diversos

 

sobrinos del fallecido pátrón de su padre y sus propios primos. El joven Sila, el único amigo al que habría podido recurrir, había muerto. No tenía a dónde ir, salvo a su casa. Dirigió sus pasos hacia el vicus Cuprius y fue caminando despacio, desesperado, hasta la casa de su padre en el Carinae.


Todos los ciudadanos romanos varones, al cumplir diecisiete años, tenían la obligación de inscribirse para el servicio militar activo —y en aquellos momentos, incluso los del censo por cabezas— pero hasta que estalló la guerra con los itálicos no se le había ocurrido a Cicerón pensar que le correspondería hacer de soldado; él había pensado utilizar a sus mentores del Foro para conseguir un puesto en el que brillara su talento literario, sin necesidad de revestir una cota de malla o ceñir una espada, aparte de algún desfile. Pero no había tenido suerte —ahora no le cabía duda— y algo en su interior le decía que iba a verse sometido a un régimen que detestaba. Y que moriría.


Su padre, que en Roma nunca se había sentido a gusto ni contento, estaba en Arpinum para preparar las tierras de sus vastas propiedades para el invierno, y no regresaría a la ciudad hasta que el hijo mayor fuese llamado a filas. Quinto, su hermano más joven, que ahora tenía ocho años, estaba con el padre, pues era muy distinto a Marco y prefería la vida del campo. Por eso era Helvia, la madre, quien había tenido que quedarse en Roma a cuidar la casa de su hijo, y lo había hecho con muy pocas ganas.


—¡No eres más que un estorbo! —le dijo cuando, triste y desconsolado, fue a verla con la esperanza de que le escuchase con afecto—. Por culpa tuya no estoy en el pueblo con tu padre y tenemos que pagar esta casa tan cara, en esta ciudad, en la que no hay un solo esclavo que no sea un ladrón o un pícaro; así que, cuando no estoy repasando los libros de gastos, tengo que dedicarme a comprobar lo que hacen. Aguan el vino, me cobran por las mejores aceitunas y compran las peores, traen la mitad del pan y el aceite que nos cobran y comen y beben como glotones. Tendré que hacer yo misma las compras. — Hizo una pausa para respirar—. ¡Y todo por tu culpa y tus locas ambiciones, Marco! Hay que saber estar cada uno en su lugar, que es lo que yo siempre digo. Pero nadie me hace caso. ¡Tú venga a empujar a tu padre para que despilfarre en tu fantástica educación el dinero

 

que no nos sobra, y bien sabes que no serás jamás un Cayo Mario! Nunca he visto un muchacho más desgarbado… y ya me dirás para qué sirve tanto Homero y Hesíodo… De los papeles no se saca para comer ni para ganarse la vida. Y yo tengo que estar aquí simplemente porque…


No quiso seguir escuchándola. Marco Tulio Cicerón se alejó, tapándose los oídos, para recluirse en su despacho.


Tenía un despacho gracias a su padre, que había cedido lo que habría debido ser su cuarto para uso exclusivo del inteligente y prometedor retoño. En principio era el padre quien había tenido sus ambiciones, que luego había asumido el hijo. ¿Cómo iba a retener en Arpinum a semejante prodigio? ¡Ni hablar! Hasta el nacimiento de Cicerón, el único hombre famoso de Arpinum había sido Cayo Mario, y los Tulios Cicerones se consideraban por encima de los Marios porque éstos no eran tan inteligentes. Así pues, que los Marios tuviesen un guerrero, un hombre de acción; los Tulios Cicerones tendrían un intelectual. Los hombres de acción pasan; los intelectuales quedan para siempre.


El embrión de intelectual se encerró en el despacho, a salvo de la madre, y rompió a llorar.



El día de su cumpleaños, Cicerón volvió a la caseta del Campo de Marte con las rodillas temblorosas y fue sometido a una versión abreviada del interrogatorio del primer día.


—¿Nombre completo con sobrenombre?


—Marco Tulio Cicerón, hijo.


—¿Tribu?


—Cornelia.


—¿Clase?


—Primera.


Miraron entre los rollos de órdenes para los que comparecían aquel día y le dieron el suyo para su presentación al comandante de su destino. El sentido práctico romano tenía bien prevista la posibilidad de que se

 

olvidaran las órdenes verbales, y, además, ya habían enviado copia de ella a la oficina de reclutamiento en Capua.


El presidente de junta leyó detenidamente las anotaciones bastante extensas de la orden de incorporación de Cicerón y le miró de hito en hito.


—Bien, Marco Tulio Cicerón hijo, ha habido una oportuna intercesión a favor tuyo —dijo—. En principio te habíamos asignado destino de legionario y habrías debido ir a Capua. Pero hay una solicitud especial del príncipe del Senado para que se te asigne al servicio del estado mayor de uno de los cónsules. En consecuencia, quedas destinado al estado mayor de Cneo Pompeyo Estrabón. Preséntate a él en su casa mañana al amanecer para recibir instrucciones. Esta junta señala que no tienes instrucción militar y, por consiguiente, recomienda que le dediques todo el tiempo posible efectuándola en los polígonos de entrenamiento del Campo de Marte antes de tu incorporación. Puedes irte.


A Cicerón le temblaron aún más las rodillas al sentir un gran alivio. Cogió el precioso rollo y salió apresuradamente. ¡Servicio en el estado mayor! ¡Ah, que los dioses te sean propicios, Marco Emilio, príncipe del Senado! ¡Gracias, gracias! ¡Haré una valiosa aportación a la figura de Cneo Pompeyo… seré el historiador de su ejército o le redactaré los discursos, y no tendré que desenvainar la espada!


No tenía intención de hacer ninguna instrucción militar en el Campo de Marte, pues ya lo había intentado a los dieciséis años y había visto que no sabía pisar con firmeza, carecía de rapidez manual, puntería y presencia de ánimo. Al poco tiempo de iniciar la instrucción con la espada de madera, era el centro de atención de todos. Pero no se trataba, como en el Foro, de un grupo boquiabierto de admiradores, no; sus bufonadas en el Campo de Marte hacían desternillarse de risa a quienes le miraban, y conforme pasaba el tiempo todos se metían con él. Imitaban su voz aguda y su risa quejumbrosa, se tomaban a chacota su erudición, y su aspecto de viejo le hacía destacar como el protagonista de una farsa. Marco Tulio Cicerón abandonó el entrenamiento militar, jurándose no reanudarlo jamás. A nadie con quince años le gusta que se rían de él, pero aquel quinceañero ya había

 

sido objeto de admiración por parte de los adultos y se consideraba un individuo extraordinario en todos los aspectos.


Hacia tiempo que se decía que algunos hombres no tienen condiciones para ser soldados. Y él era uno de ellos. ¡No era cobardía! Era más bien una carencia absoluta de valía fisica, y no se le podía reprochar como una debilidad innata del carácter. Los muchachos de su edad eran estúpidos, un poco mejor que simples animales, que daban importancia a su cuerpo y no a su mente. ¿Es que no se daban cuenta de que la mente sería un florón aun después que el cuerpo estuviera en decadencia? ¿No querían ser distintos? ¿Qué había de interesante en saber clavar una lanza en el centro de la diana o en decapitar de un tajo un muñeco de paja? Cicerón era lo bastante inteligente para darse cuenta de que las dianas y los muñecos de paja eran cosas muy distintas a la realidad del campo de batalla y que muchos de aquellos juveniles asesinos de sucedáneos abominarían de la realidad.


El día siguiente, al amanecer, se presentó, vestido con la toga virilis, en casa de Cneo Pompeyo Estrabón en el lado del Palatino que miraba al Foro, deseando que su padre hubiera estado para acompañarle, cuando vio que había cientos de jóvenes congregados. Algunos reconocieron al prodigioso retórico, pero nadie trató de entablar conversación con él y poco a poco se vio relegado al más oscuro rincón del atrium de Pompeyo Estrabón. Allí esperó unas horas a que la multitud fuera decreciendo y a que alguien saliera a ocuparse de él. El nuevo segundo cónsul era el hombre más importante de Roma en aquel momento y todos querían hablar con él o pedirle algún favor. Además, tenía un verdadero ejército de clientes, todos picentinos, aunque Cicerón no habría imaginado que hubiera tantos residentes en Roma de no haber visto aquella multitud.


Quedarían un centenar de personas y Cicerón comenzaba a sentir grandes deseos de que alguno de los siete secretarios pusiera la vista en él, cuando un muchacho de su edad se le aproximó y se apoyó en la pared mirándole. Los ojos que le escrutaban de arriba abajo eran fríos, desapasionados y seguramente los ojos marrones más hermosos que había visto Cicerón. Eran tan grandes y abiertos que parecían denotar una constante sorpresa, y eran de un azul cielo profundo, digno de definirse

 

como único. La revuelta cabellera, dorada y brillante presentaba dos particularidades: una, el copete que se erguía sobre la ancha frente, y la otra, un mechón que le caía en medio de la ancha frente. Tenía una boca de labios finos, pómulos salientes, nariz corta y respingona, hoyuelo en la barbilla, tez rosada y pecosa y cejas y pestañas doradas como el pelo. No obstante, era un rostro muy agradable, y su dueño, después de aquel somero escrutinio del retórico en ciernes, esbozó una sonrisa tan atractiva que Cicerón sucumbió.


—¿Tú quién eres? —dijo el muchacho. —Marco Tulio Cicerón, hijo. ¿Y tú? —Cneo Pompeyo, hijo. —¿Estrabón?


El joven Pompeyo se echó a reír.


—¿Acaso soy bizco, Marco Tulio?


—No, ¿pero no es costumbre, de todos modos, adoptar el sobrenombre paterno? —replicó Cicerón.


—No en mi caso —contestó Pompeyo—. Quiero ganarme un sobrenombre yo mismo. Y ya sé cuál va a ser.


—¿Cuál?


—Magno.


Cicerón profirió una peculiar risa relincho.


—¿No te parece un poco exagerado eso de Magno? Además, tú no puedes atribuirte el sobrenombre; son los demás quienes te lo atribuyen.


—Lo sé, pero me lo atribuirán.


—Te deseo suerte —dijo Cicerón, pasmado ante la asombrosa seguridad en sí mismo de su interlocutor.


—¿Qué haces aquí?


—Me han destinado de cadete al estado mayor de tu padre.


—¡Oh, edepol! ¡No le gustarás! —comentó Pompeyo con un silbido. —¿Por qué?


—Porque eres enclenque —dijo el joven Pompeyo, de nuevo con aquella mirada fría.

 

—Seré enclenque, Cneo Pompeyo, pero mi inteligencia es superior a la de cualquiera —espetó Cicerón.


—A mi padre, eso no le impresionará —respondió el hijo, mirándose con complacencia su bien formado cuerpo.


La respuesta dejó anonadado a Cicerón y comenzó a sentir esa depresión que de vez en cuando lo agobiaba con mayor crueldad que a personas con cuatro veces su edad. Tragó saliva, miró al suelo y deseó que Pompeyo se marchase y le dejara en paz.


—No hay por qué ponerse triste —añadió Pompeyo, enérgico—. ¡Tengo entendido que puedes ser un león con la espada y el escudo! ¡Y con eso te lo ganas!


—No soy ningún león con la espada y el escudo —respondió Cicerón con voz chillona—. Pero tampoco soy ningún cobarde, ¿entiendes? La verdad es que soy un desastre con los pies y las manos; es algo más fuerte que yo, no lo puedo evitar.


—Pues en el Foro bien que sabes adoptar posturas —replicó Pompeyo.


—¿Sabes quién soy? —inquirió Cicerón, maravillado.


—Claro —dijo Pompeyo, con una caída de ojos—. También es cierto que a mi no se me da nada bien eso de la dialéctica. Mis tutores hace años que me arrean sin resultado. Para mí es una pérdida de tiempo y no me entra la diferencia entre sententia y epigramma, y no digamos sutilezas como color y descriptio.


—¿Y cómo esperas que te den el sobrenombre de Magno si no sabes hablar? —dijo Cicerón.


—¿Y cómo esperas que te llamen Grande si no sabes esgrimir una espada?


—¡Ah, ya! Tú piensas ser otro Cayo Mario.


—¡Nada de otro Cayo Mario! —exclamó ofendido Pompeyo—. ¡Seré yo mismo y dejaré a Cayo Mario como un novicio!


Cicerón emitió una risita, y un destello animó sus ojos oscuros.


—¡Ah, Cneo Pompeyo, eso me ha gustado! —exclamó.


Se acercó alguien y los dos se volvieron a mirar. Era el mismísimo Cneo Pompeyo Estrabón, tan recio que parecía cuadrado, aunque le faltaba

 

estatura. Se parecía mucho al hijo, aunque no tenía los ojos tan azules y los suyos eran tan estrábicos que parecían mirar exclusivamente el puente de su propia nariz. Le conferían un algo enigmático a la par que antiestético, ya que no se podía saber lo que miraban dada su extraña disposición.


—¿Quién es éste? —preguntó a su hijo.


Pompeyo hijo hizo algo tan maravilloso que Cicerón jamás lo olvidaría ni dejaría de estarle agradecido por ello: le pasó el musculoso brazo por los hombros y le dio un apretón.


—Es mi amigo Marco Tulio Cicerón hijo —contestó animoso, sin darle gran importancia—. Le han destinado a tu estado mayor, padre, pero no tienes que preocuparte, yo me ocuparé de él.


—¡Humm! —farfulló Pompeyo Estrabón—. ¿Quién te ha destinado conmigo?


—Marco Emilio Escauro, príncipe del Senado —contestó Cicerón con un hilo de voz.


—¡Ah, claro, el sarcástico cunnus! —dijo el primer cónsul, asintiendo con la cabeza—. Me imagino que estará en su casa partiéndose de risa — añadió, volviendo la espalda indiferente—. Da las gracias que eres amigo de mi hijo, citocaccia, si no te echaría a los cerdos.


Cicerón enrojeció como una amapola. Para él, que procedía de una familia en la que no se decían palabrotas porque su padre las consideraba de suma vulgaridad, oír aquello de labios del cónsul le causaba gran impresión.


—¿Eres una mujercita, Marco Tulio, no? —inquirió Pompeyo sonriente. —Hay maneras mejores y más graciosas de utilizar nuestra gran lengua latina que proferir groseras imprecaciones —dijo Cicerón con dignidad. — ¿Es que criticas a mi padre? —inquirió su nuevo amigo, tensándose


amenazador.


—¡No, no, Cneo Pompeyo! —respondió Cicerón, retractándose sin pensárselo dos veces—. ¡Es que no me ha gustado que me llames mujercita!


Pompeyo se distendió y volvió a sonreír.


—¡Más te vale, porque no me gusta que nadie encuentre faltas en mi padre! —dijo mirando con curiosidad a Cicerón—. Por todas partes se habla mal, Marco Tulio, en particular en torno a los burdeles y las letrinas

 

públicas. Si un general no llama a sus soldados cunnus y mentulae está mal visto y piensan que es una vestal estirada.

—Cierro ojos y oídos —dijo Cicerón—. Gracias por ofrecerme tu protección —añadió para cambiar de tema.


—¡No tiene importancia, Marco Tulio! Creo que haremos buenas migas; tú me ayudarás en los informes y las cartas y yo con el escudo y la espada.


—Trato hecho —dijo Cicerón sin moverse del sitio.


Pompeyo, que había comenzado a alejarse, se volvió.


—¿Ahora qué esperas? —inquirió.


—No he entregado a tu padre la orden de incorporación.


—Tírala —contestó Pompeyo sin darle importancia—. A partir de hoy eres mio; mi padre no te hará ni caso.


Cicerón le siguió hacia el jardín peristilo, donde se sentaron al sol y Pompeyo se puso a demostrarle que, aunque detestaba la retórica, era un buen hablador y un chismoso.


—¿Te has enterado de lo de Cayo Vetieno?


—No —contestó Cicerón.


—Se ha cortado los dedos de la mano derecha para no tener que hacer el servicio militar. El pretor urbano Cinna le ha condenado a residir de por vida como criado en los cuarteles de Capua.


—Curiosa sentencia, ¿no crees? —dijo Cicerón con un estremecimiento.


—¡Tenían que hacer un escarmiento! No podía quedarse con una multa y el destierro. Nosotros no somos como esos reyes orientales y nunca metemos a la gente en la cárcel. ¡No metemos a nadie en prisión ni un mes! En realidad, creo que la solución de Cinna es muy justa —dijo Pompeyo sonriendo—. ¡Los militares de Capua le harán la vida imposible a Vetieno para siempre!


—Y que lo digas —añadió Cicerón, tragando saliva.


—Bien, venga, te toca a ti.


—Me toca, ¿el qué?


—Contar algo.

 

—No se me ocurre nada, Cneo Pompeyo. —¿Cómo llaman a la mujer de Claudio Pulcher? —No lo sé —contestó Cicerón, perplejo.


—Con ese cerebrón y no sabes nada… Bien, tendré que decírtelo—. Cecilia Metela Baleárica. ¿No te parece un nombre descomunal?


—Es una familia muy augusta.


—¡No tan famosa como lo será la mía!


—¿Y qué pasa con ella?


—Que murió el otro día.


—¡Oh!


—Tuvo un sueño cuando Lucio Julio regresó a Roma para las elecciones —siguió contando Pompeyo— y a la mañana siguiente fue a verle y le dijo que Juno Sospita se le había aparecido para quejarse de los repugnantes acontecimientos de su templo, al que por lo visto acudieron unas parturientas que murieron y lo único que se hizo fue retirar los cadáveres sin fregar el suelo. Lucio Julio y Cecilia Metela Baleárica cogieron bayetas y cubos y se pusieron a limpiar el templo arrodillados. ¿Te imaginas? Lucio Julio se puso la toga hecha una pena porque no se la quitó, so pretexto de que debía pleno respeto a la diosa. Luego fue directamente a la Curia Hostilia, promulgó esa ley para los itálicos y pronunció ante la Cámara una filípica sobre lo descuidados que están los templos y que cómo esperaba Roma ganar la guerra si a los dioses no se les tenía el debido respeto. Así que, al día siguiente, todo el Senado se proveyó de cubos y trapos y se dedicaron a fregar todos los templos. — Pompeyo dejó de hablar


—. ¿Qué sucede?


—¿Y tú cómo sabes todo eso, Cneo Pompeyo?


—Porque escucho todo lo que se habla, incluso a los esclavos. ¿Tú qué


haces todo el día, leer a Homero?


—Ya hace años que leí a Homero —contestó Cicerón, complacido—.


Ahora leo a los grandes oradores.


—Y no tienes ni idea de lo que pasa en la ciudad.


—Ahora que te conozco, seguro que me entero. ¿Debo entender que después del sueño y de limpiar el templo de Juno Sospita, la esposa de Apio

 

Claudio Pulcher dio ejemplo en su casa expirando?


—Murió de repente. Lucio Julio dice que es una tragedia. Era una de las matronas más honradas de Roma, con seis niños, todos con un año de diferencia, el menor de sólo un año de edad.


—El siete es número de suerte —dijo Cicerón, por decir algo ingenioso. —Para ella, no —replicó Pompeyo sin captar la ironía—. Nadie lo entiende, después de seis partos sin contrariedades. Lucio Julio dice que los


dioses están indignados.


—¿Cree que la nueva ley apaciguará la ira divina?


—No sé —contestó Pompeyo encogiéndose de hombros—. Nadie lo sabe. Lo único que sé es que mi padre está a favor, y yo también. Mi padre piensa legislar la ciudadanía plena para todas las poblaciones de derecho latino de la Galia itálica.


—Y Marco Plauto Silvano no tardará en legislar su ampliación a todos los que estén inscritos en los rollos de los municipios de Italia si la solicitan personalmente a un pretor en Roma dentro de un plazo de sesenta días después de la promulgación —añadió Cicerón.


—Sí, Silvano, pero con su amigo Cayo Papirio Carbón —le corrigió Pompeyo.


—¡Esto ya está mejor! —dijo Cicerón sonriente, animándose—. Las leyes y la legislación es un tema que me encanta.


—Me alegra que haya alguien a quien se lo parezca —añadió Pompeyo


—. A mí las leyes me parecen un estorbo. Siempre están pensadas para hombres superiores de capacidad superior que destacan de los demás, sobre todo en la juventud.


—¡Los hombres no podrían vivir sin leyes! —Los hombres superiores, sí.



Pompeyo Estrabón no hizo nada por marcharse de Roma, aunque no dejaba de comentar a todos que ni a él ni a Lucio Catón los echarían de menos, porque el pretor urbano, Aulo Sempronio Aseho, era muy competente. Sin embargo, pronto se evidenció que el motivo real de

 

quedarse rezagado era vigilar de cerca el aluvión legislativo ulterior a la lex Julia, tarea que había dejado en sus manos el segundo cónsul Lucio Porcio Catón Liciniano. Era una pareja de cónsules que no se llevaban bien, y, así, Lucio Catón se dirigió a Campania para cambiar de ideas y habituarse, finalmente, al frente central, ya que Pompeyo Estrabón había manifestado su intención de proseguir la guerra en Picenum, aunque fue a Sexto Julio César a quien ordenó asediar Asculum Picentum, pese a que su afección pulmonar era grave y el invierno era uno de los más fríos que se recordaban. Poco después llegó la noticia de que Sexto César había matado a ocho mil rebeldes picentinos que había capturado en su tránsito de un campamento en mal estado a otro nuevo en las afueras de Camerinum. Pompeyo Estrabón se indignó, pero siguió en Roma.


Su lex Pompeia estaba siendo aprobada en los Comitia sin inconvenientes. Acordaba la plena ciudadanía romana a todos los habitantes de ciudades con derechos latinos de la Galia itálica, al sur del río Padus, y concedía derechos latinos a las ciudades de Aquileia, Patavium y Mediolanum, al norte del Padus. Toda la población de aquellas grandes y prósperas ciudades se convertían en clientes suyos, y ése era el verdadero motivo de la legislación. Pompeyo Estrabón, que no era ningún paladín del derecho a la ciudadanía, consintió en que Pisón Frugi pusiera pegas a los que se beneficiaban de las tres leyes de emancipación. Para lo cual, primero promulgó una ley creando dos tribus más en las que debían englobarse todos los nuevos ciudadanos independientemente de donde residieran, conservando las treinta y cinco tribus exclusivamente para los romanos de solera. Pero cuando Etruria y Umbría comenzaron a protestar por la injusticia de recibir el mismo trato que los libertos de Roma, Pisón Frugi modificó la ley y todos los nuevos ciudadanos quedaron incorporados en ocho de las antiguas tribus y en las dos de reciente invención.


Luego, el primer cónsul celebró las elecciones de censores, y Lucio Julio César y Publio Licinio Craso asumieron el cargo. Ya antes de cursar los contratos sacerdotales, Lucio César anunció que, en honor de su antepasado Eneas, derogaba todos los impuestos de la ciudad de Troya, su venerado Illium. Como Troya no era más que un pequeño pueblo, se lo

 

consintieron sin oposición. Escauro, príncipe del Senado —que habría podido plantear objeciones—, estuvo distraído con la llegada de los dos reyes fugitivos, Nicomedes de Bitinia y Ariobarzanes de Capadocia, quienes lloriqueaban y sobornaban con igual fervor, y no acababan de entender que a Roma le interesase más la guerra con los itálicos que declarar la guerra a Mitrídates.


El principal opositor a la ley emancipatoria de Lucio César fue Quinto Vario, por temor a convertirse en la primera víctima de ella. Los nuevos tribunos de la plebe se le echaron encima como lobos, dirigidos por Marco Plautio Silvano. Con una rápida lex Plautia, la comisión variana —que hasta entonces juzgaba a los que habían apoyado la causa de otorgar la ciudadanía a los itálicos— se convirtió en la comisión plautiana, para juzgar a los que habían intentado negar la ciudadanía a los itálicos. Fue el hermano menor de Lucio César, el bizco César Estrabón, quien extrajo la paja de la suerte para el primer juicio de la comisión plautiana: el caso de Quinto Vario Severo Hybrida Sucronensis.


La técnica de César Estrabón fue, como de costumbre, brillante. El veredicto era previsible mucho antes de que se viese la quinta sesión del juicio de Quinto Vario, en particular porque en virtud de la lex Plautia los caballeros del jurado habían sido sustituidos por ciudadanos de todas las clases de las treinta y cinco tribus. Quinto Vario optó por no esperar el veredicto y, para gran aflicción de sus íntimos amigos Lucio Marcio Filipo y el joven Cayo Flavio Fimbria, se envenenó. Pero desgraciadamente no supo elegir bien la pócima y estuvo agonizando varios días. Sólo sus escasos amigos acudieron al funeral, durante el cual Fimbria juró vengarse de César Estrabón.


—Preguntadme si tengo miedo —dijo César Estrabón a sus hermanos, Quinto Lutacio Catulo César y Lucio Julio César, que no habían asistido al funeral y se habían quedado con Escauro, príncipe del Senado, en la escalinata de la Cámara para ver qué sucedía.


—Tú desafiarías a Hércules y Hades —dijo Escauro, con pícara mirada. —Os diré el desafío que voy a hacer: presentarme a cónsul sin haber


sido antes pretor —respondió Estrabón.

 

—¿Y para qué quieres hacer eso? —inquirió Escauro.


—Para poner a prueba la ley.


—¡Aaah, cómo sois los abogados! —exclamó Catulo César—. Todos igual: sois capaces de verificar en términos legales lo que constituye la virginidad de las vestales. Lo juraría.


—¡Creo que ya lo hemos hecho! —dijo César Estrabón, riendo. —Bueno —dijo Escauro—, voy a ver cómo está Cayo Mario y luego


me iré a casa a preparar mi discurso. ¿Cuándo te marchas a Capua? — añadió, mirando a Catulo César.


—Mañana.


—¡Quinto Lutacio, no te vayas, te lo suplico! ¡Quédate hasta finales del intervalo de mercado para oir mi discurso! Creo que va a ser el más importante de mi vida.


—Eso es mucho decir —comentó Catulo César, que había venido de Capua para ver cómo su hermano Lucio César derogaba el tributo de Troya


—. ¿Podrías decirme de qué trata?


—Desde luego. Sobre aprestarnos para la guerra contra el rey Mitrídates


del Ponto —contestó afablemente Escauro.


Los Césares se le quedaron mirando.


—Ya veo que tampoco ninguno de vosotros cree que se nos viene encima. ¡Pues se nos viene, caballeros, os lo aseguro!


Y el príncipe del Senado echó a andar hacia el clivus Argentarius. Encontró a Julia con su cuñada Aurelia. Las dos mujeres tenían una


prestancia tan encantadora, tan genuinamente romana, que no pudo contenerse y les besó las manos, homenaje poco corriente en Escauro.


—¿Estás enfermo, Marco Emilio? —inquirió Julia, sonriendo y mirando a Aurelia.


—Sólo muy cansado, Julia, pero no al punto de no poder apreciar la hermosura. ¿Cómo se encuentra hoy el gran hombre? —añadió, señalando con la cabeza hacia la puerta del despacho.


—Mucho más animado, gracias a Aurelia —respondió la esposa del gran hombre.


—¿Y pues?

 

—Le ha traído compañía.


—¿Quién?


—Mi hijo, el pequeño César —contestó Aurelia.


—¿Un niño?


Julia se echó a reír, mientras se les adelantaba hacia el despacho.


—Sí, con sus escasos once años, supongo que es un niño, pero en todos los demás aspectos, Marco Emilio, el pequeño César es tan adulto como tú. Cayo Mario comienza a mejorar de forma espectacular, pero está aburrido. La parálisis le entorpece para moverse, pero, por otra parte, detesta estar en cama. Esposo, ha venido Marco Emilio a visitarte —añadió, abriendo la puerta del despacho.


Mario estaba tumbado en una camilla debajo de una ventana que daba al jardín, con el lado izquierdo inútil recostado en almohadones y la camilla situada de modo que su lado útil fuera el que se veia al entrar. En un taburete a sus pies estaba sentado el hijo de Aurelia, o eso supuso Escauro, porque no conocía al pequeño.


Sí, un auténtico César, se dijo, recordando que acababa de estar con otros tres. Alto, bien parecido y rubio. Este, además, tenía el aire de Aurelia.


—Príncipe del Senado, te presento a Cayo Julio —dijo Julia. —Siéntate, muchacho —dijo Escauro, inclinándose a apretar la mano


derecha de Mario—. ¿Cómo va eso, Cayo Mario?


—Despacio —contestó Mario, aún con el habla torpe—. Como ves, las mujeres me han puesto un perro guardián. Es mi Cancerbero.


—Un perrillo guardián, más bien —comentó Escauro, sentándose en la silla que el pequeño César le había acercado antes de volver a sentarse en la banqueta—. ¿Y cuáles son exactamente tus obligaciones, jovencito?


—Aún no lo sé —contestó el pequeño César sin dar muestra alguna de timidez—. Mi madre me ha traído hoy.


—Yo creo que las mujeres piensan que necesito alguien que me lea — dijo Mario—. ¿Tú qué crees, joven César?


—Yo prefiero hablar con Cayo Mario en vez de leer —contestó el pequeño con desenfado—. Tío Mario no escribe libros, pero yo muchas

 

veces he pensado que me gustaría que lo hiciese. Quiero saber todo lo relativo a los germanos.


—Plantea preguntas muy interesantes —dijo Mario, a punto de caer abatido al intentar moverse.


El niño se puso en pie inmediatamente y aguantó el brazo derecho de Mario para que pudiese cambiar de postura. Lo había hecho sin nerviosismo ni aturdimiento, y dando muestras, además, de bastante fuerza para su edad.


—¡Así estoy mejor! —dijo Mario jadeante, ahora que podía ver mejor la cara de Escauro—. Me voy a llevar bien con mi guardián.


Escauro se estuvo una hora, más fascinado por el pequeño César que atento a la enfermedad de Mario. Aunque el niño no tomó ninguna iniciativa de conversación, contestó a las preguntas que le hacían con la dignidad y soltura de un adulto y escuchó atentamente la conversación de Mario y Escauro sobre la incursión de Mitrídates en Bitinia y Capadocia.


—Has leído bastante para tener diez años, pequeño César —dijo Escauro cuando se levantaba para marcharse—. ¿Conoces por casualidad a un muchacho que se llama Marco Tulio Cicerón?


—Sólo de nombre, príncipe del Senado. Dicen que será el mejor abogado que haya habido en Roma.


—Puede que sí, puede que no —comentó Escauro, yendo hacia la puerta—. De momento, Marco Cicerón está haciendo sus deberes militares. Volveré a verte dentro de dos o tres días, Cayo Mario, dado que no puedes acudir al Senado a oír mi discurso. Lo ensayaré delante de ti… y del pequeño César.


Escauro dirigió sus pasos hacia su casa en el Palatino, sintiéndose muy cansado y más preocupado por el estado de Mario de lo que realmente quería admitir. Habían transcurrido seis meses y el gran hombre aún seguía confinado en aquella camilla en su tablinum. Quizá la compañía del niño le sirviera de acicate. ¡Era una buena idea! Pero dudaba que su viejo amigo y enemigo mejorase lo bastante para acudir a las reuniones del Senado.


El largo camino hasta la escalinata de las Vestales le había rendido, y tuvo que detenerse en el clivus Victoriae a descansar antes de cubrir el breve trecho hasta su casa. Preocupado por las dificultades que tendría que

 

vencer para causar impresión a los padres conscriptos y hacerles ver la urgencia de los asuntos de Asia Menor, llamó a la puerta y le abrió su esposa en vez del portero.


¡Qué maravillosa era!, pensó, mirándola al rostro con gran deleite. Todas las contrariedades se habían desvanecido hacía tiempo y ahora la amaba profundamente. Gracias por el regalo, Quinto Cecilio, pensó, recordando con afecto a su fallecido amigo Metelo Numídico el Meneitos, pues era él quien le había dado a Cecilia Metela Dalmática.


Alargó la mano para acariciarla e inclinó la cabeza para descansarla en su pecho y sentir aquella piel joven. Cerró los ojos y suspiró.


—¡Marco Emilio! —exclamó ella de pronto, aguantándole a pulso con dificultad—. ¿Qué sucede, qué te pasa?


Fue el mayordomo quien contestó, momentos después, levantándose de la camilla junto a la cual estaba arrodillado y en la que yacía Marco Emilio Escauro, príncipe del Senado.


—Ha muerto, domina. Marco Emilio ha muerto.




Casi en el mismo momento en que la noticia de la muerte de Escauro, príncipe del Senado, se difundía por Roma, llegaba la noticia de que Sexto Julio César había muerto de inflamación pulmonar durante el asedio de Asculum Picentum. Tras asimilar el contenido de la carta del legado de Sexto César, Cayo Baebio, Pompeyo Estrabón tomó una decisión. En cuanto concluyese el funeral oficial de Escauro, emprendería la marcha hacia Asculum Picentum.


Era muy raro que el Senado aprobase la asignación de fondos para un funeral, pero, incluso en circunstancias difíciles como las que se vivían entonces, era impensable que Escauro no recibiera honras funerarias oficiales. Toda Roma le adoraba y toda Roma acudió a rendirle el último homenaje. Las cosas ya no serían iguales sin la calva cabeza de Marco Emilio reflejando el sol como un espejo, sin los hermosos ojos verdes de Marco Emilio vigilando implacables a los malos de alto linaje de Roma, sin el ingenio, el humor y el coraje de Marco Emilio. Su recuerdo perduraría.

 

Para Marco Tulio Cicerón, el hecho de salir de aquella Roma adornada con ramas de ciprés fue un mal presagio; también para él moría todo lo que más quería: el Foro y los libros, la ley y la retórica. Su madre estaba ocupada alquilando la casa del Carinae, ya con las cajas del equipaje listas para el regreso a Arpinum, aunque a él no le había preparado nada ni estaba cuando quiso despedirse de ella. Salió a la calle y dejó que le ayudasen a montar en el caballo que su padre le había enviado del campo, ya que la familia no tenía el honor de disponer del Caballo Público; llevaba sus pertenencias cargadas en una mula, y lo que no cabía, atrás quedaba. Pompeyo Estrabón mandaba un pequeño ejército y no toleraba que sus subordinados llevasen exceso de equipaje. Cicerón se había enterado gracias a su nuevo amigo Pompeyo, con quien se reunió fuera de la ciudad, en la Via Lata, una hora después.


Hacía mucho frío y el viento mordía. Los carámbanos que colgaban de balcones y árboles comenzaban a derretirse cuando el modesto estado mayor de Pompeyo Estrabón iniciaba el viaje hacia el norte en pleno invierno. Parte del ejército del general había permanecido acampado en el Campo de Marte desde el día del desfile en su triunfo y ya se había puesto en marcha antes que el estado mayor. El resto de las seis legiones aguardaban en Veii, cerca de Roma. Allí acamparon aquella noche, y Cicerón se vio compartiendo la tienda con otros cadetes del estado mayor del general, unos ocho jóvenes de edades comprendidas entre los dieciséis años que tenía Pompeyo y los veintitrés de Lucio Volumnio. Durante la jornada, el viaje no había dado tiempo para conocer a los otros cadetes y Cicerón tuvo que afrontar la penosa experiencia al plantar el campamento; él no tenía ni idea de cómo se montaba una tienda ni lo que había que hacer y se quedó apartado, reconcomido hasta que Pompeyo le arrojó una cuerda y le dijo que aguantara sin moverse.


Recordando aquella primera noche en la tienda con los cadetes, con la ventaja de la distancia del tiempo y la edad, lo que más chocó a Cicerón fue el modo espontáneo y sin tapujos con que Pompeyo le ayudó sin decir que era su protegido y el hecho de que no le atormentasen por su aspecto físico. El hijo del general era indudablemente el jefe de tienda, pero no por ser el

 

hijo del general, pues no era culto ni libresco, sino porque la inteligencia de Pompeyo era notable y poseía una seguridad sin fallos; era un autócrata nato, impaciente ante las limitaciones, intolerante con los necios. Quizá por eso le había gustado Cicerón, que no era nada tonto y menos aún persona inclinada a imponer limitaciones.


—Tus pertrechos no sirven —le dijo a Cicerón, mirando las pertenencias que había descargado de la mula.


—Nadie me indicó lo que había que traer —contestó Cicerón, castañeteándole los dientes y con la cara morada de frío.


—¿No tienes a tu madre o a una hermana? Ellas siempre saben lo que hay que preparar —replicó Pompeyo.


—Madre sí, pero no tengo hermanas —contestó sin poder contener el tembleque—. Pero mi madre no me quiere.


—¿No traes pantalones, ni manoplas, ni túnicas de lana doble, ni calcetines gruesos, ni gorro de lana?


¿Qué muchacho de diecisiete años piensa en ropa de abrigo?, se preguntaría Cicerón años más tarde, sintiendo aún el ánimo que le había infundido Pompeyo cuando, sin pedir permiso a nadie, hizo que los demás le diesen prendas calientes.


—No lloriqueéis, tenéis de sobra —dijo Pompeyo a los otros—. Marco Tulio será idiota en ciertos aspectos, pero también es más listo que todos nosotros juntos. Y es mi amigo. Podéis dar gracias a vuestra buena estrella de que tengáis madres y hermanas que os han preparado el equipaje. ¡Volumnio, tú no necesitas seis pares de calcetines; además, nunca te los cambias! Venga, dame esas manoplas, Tito Pompeyo. Ebutio, una túnica. Teideio, otra. Fundilio, un gorro. Maianio, tienes de todo de sobra, así que da una cosa de cada. Igual que yo.


El ejército cruzó las montañas entre ventiscas y con nieve profunda. Cicerón, ya más abrigado, caminaba penosamente sin saber qué sucedería si se tropezaban con el enemigo, o qué es lo que le tocaría hacer. El encuentro se produjo inesperadamente de forma fortuita; acababan de cruzar el río helado en Fulginum, cuando las tropas de Pompeyo Estrabón se toparon con cuatro legiones astrosas de picentinos que cruzaban las sierras del sur

 

de Picenum, por lo visto camino de Etruria. Los itálicos fueron derrotados, aunque Cicerón no se vio envuelto en el combate porque iba en retaguardia con el convoy de pertrechos, dado que el joven Pompeyo había decidido vigilar las voluminosas pertenencias de los cadetes. Cicerón se daba cuenta de que así Pompeyo no tenía por qué preocuparse de él mientras marchaban por territorio enemigo.


—¡Estupendo! —exclamó Pompeyo mientras limpiaba la espada en la tienda de los cadetes aquella noche—. ¡Hemos hecho una carnicería! Cuando dijeron de rendirse, mi padre se echó a reír y los obligamos a escapar por las cumbres sin convoy de aprovisionamientos. Así que si no mueren de frío, morirán de hambre —añadió, acercando la hoja a la luz de la antorcha para comprobar que estaba reluciente.


—¿Y no podríamos haberlos hecho prisioneros? —inquirió Cicerón. —¿Siendo mi padre el comandante? —dijo Pompeyo riendo—. El no es


partidario de dejar enemigos con vida.


Como no era un timorato, Cicerón insistió.


—Pero son italianos, no enemigos extranjeros. ¿No los necesitaremos después para nuestras legiones, cuando acabe esta guerra?


—Estoy de acuerdo contigo, Marco Tulio —dijo Pompeyo tras pensárselo—. ¡Pero ahora ya es tarde para preocuparse! A mi padre le fastidiaron y cuando alguien le fastidia, no le da cuartel. Yo seré igual — añadió, clavando sus ojos azules en los marrones de Cicerón.


Pasaron meses antes de que Cicerón dejase de pensar en ellos, aquellos rústicos picentinos, pereciendo congelados o escarbando desesperadamente bajo las encinas para encontrar bellotas, que era el único alimento posible en las montañas. Era otra horrible faceta de la guerra para alguien que en lo más íntimo de su ser la detestaba.


Cuando Pompeyo Estrabón alcanzó el Adriático en Fanum Fortunae, Cicerón había aprendido a hacer cosas útiles y hasta se había acostumbrado a llevar la cota de malla y la espada. En la tienda, era él quien limpiaba y hacía la comida, y en la del general se ocupaba de las tareas intelectuales que los administrativos y secretarios picentinos de Pompeyo Estrabón encontraban excesivas para su limitado talento: informes al Senado, cartas

 

al Senado y partes de batallas y escaramuzas. Cuando Pompeyo Estrabón repasó el primer trabajo de Cicerón, una carta al pretor urbano Aselo, se quedó mirando al muchachito con mirada extraña, sin saber qué decir.


—No está mal, Marco Tulio. Quizá haya motivo para esa vinculación de mi hijo contigo. No sabía yo por qué era…, pero él siempre tiene razón. Por eso le dejo tomar iniciativas.


—Gracias, Cneo Pompeyo.


—A ver si arreglas eso, muchacho —dijo el general, señalando con un amplio gesto el desordenado escritorio.


Finalmente se dispusieron a descansar a unas millas de Asculum Picentum, y como lás tropas del finado Sexto César aún estaban cercando la ciudad, Pompeyo Estrabón optó por montar el campamento lejos de ellas.


El general y su hijo solían salir con frecuencia a hacer una incursión con el número de tropas que estimaban necesario y permanecían lejos del campamento varios días. En tales ocasiones, el general dejaba a su hermano menor, Sexto Pompeyo, al mando de las tropas y Cicerón se encargaba de todo el papeleo. Aquellos períodos de relativa libertad habrían debido ser una delicia para Cicerón, pero no lo eran porque no estaba Pompeyo hijo para protegerle y Sexto Pompeyo le despreciaba al extremo de agredirle a veces, dándole bofetadas, patadas y ponerle la zancadilla cuando se movía con prisas.


Cuando todavía el terreno estaba duro y helado y aún faltaba para la primavera, el general y su hijo salieron con una pequeña fuerza hacia la costa para detectar movimientos de tropas enemigas.


Poco después del amanecer del día siguiente, cuando Cicerón estaba delante de la tienda de mando frotándose las doloridas nalgas, unos marsos a caballo entraron en el campamento como si fuese suyo. Tan tranquila y segura era su actitud, que nadie tomó las armas. El único que reaccionó fue el hermano de Pompeyo Estrabón, que avanzó hacia ellos y les dirigió un saludo al ver que se detenían ante la tienda.


—Soy Publio Vetio Escato, de los marsos —dijo el que los capitaneaba, desmontando.

 

—Y yo Sexto Pompeyo, hermano del general, al mando provisional durante su ausencia.


—Lástima —replicó Escato torciendo el gesto—, porque he venido a tratar con Cneo Pompeyo.


—Si no te importa esperar, él tiene que volver —dijo Sexto Pompeyo.


—¿Cuánto tardará?


—Entre tres y seis días.


—¿Puedes alimentar a mis hombres y a los caballos?


—Claro que sí.


Correspondió a Cicerón, el único contubernalis que había quedado en el campamento, organizar el alojamiento y aprovisionamiento de la tropa de Escato. Para su sorpresa, veía que los mismos que habían obligado a los picentinos a huir en desbandada por las montañas, condenándolos al frío y al hambre, ahora que tenían el enemigo en casa se comportaban con suma hospitalidad, desde Sexto Pompeyo hasta el último soldado raso de las tropas auxiliares. No entiendo este fenómeno llamado guerra, se decía Cicerón, contemplando a Sexto Pompeyo y a Escato que caminaban juntos en amigable actitud o salían a cazar jabalíes, que en invierno salían de sus guaridas en busca de alimento. Cuando Pompeyo Estrabón regresó de su incursión, le dio una palmada en la espalda a Escato como sí fuese su mejor amigo.


Los actos de hospitalidad desembocaron en una gran fiesta. Cicerón miraba asombrado a los Pompeyos, imaginándose cómo serían las celebraciones en lo más profundo de sus enormes fincas del norte de Picenum: cerdos enormes asándose en el espetón, fuentes rebosantes, todos sentados en bancos y mesas, en lugar de reclinados, criados yendo y viniendo con más vino que agua. Para un romano del corazón del mundo latino, como Cicerón, el espectáculo que se desarrollaba en la tienda de mando era francamente bárbaro. Así no celebraba nadie las fiestas en Arpinum; ni siquiera Cayo Mario. Por supuesto que no se le ocurrió a Cicerón pensar que si se da un banquete en un campamento del ejército a más de cien hombres, difícil es disponer de camillas y andarse con delicadezas. Aunque sí habría debido hacerse.

 

—No entraréis pronto en Asculum —dijo Escato.


Pompeyo Estrabón no contestó, ocupado como estaba en masticar una tajada de carne de cerdo de piel crujiente e inflada; acabó, se limpió las manos en la túnica y sonrió.


—Igual me da lo que tardemos —replicó—, más pronto o más tarde, Asculum Picentum caerá. Y yo me encargaré de que se arrepientan de haber puesto la mano encima a un pretor romano.


—Es que la provocación fue muy grande —alegó Escato con toda naturalidad.


—Grande o pequeña, a mí me da a igual —contestó Pompeyo Estrabón


—. He oído que Vidacilio ha entrado y os veréis obligados a alimentar más bocas.

—No hay ninguna boca de Vidacilio que alimentar en Asculum — replicó Escato con tono extraño.

—¿Ah, no? —inquirió Pompeyo Estrabón, levantando el rostro pringado de grasa de cerdo.

—Vidacilio se volvió loco, por lo que sabemos —contestó Escato, que comía con más delicadeza que su anfitrión.

Presintiendo que iba a contar algo, toda la tienda guardó silencio.


—Se presentó ante Asculum con veinte mil hombres poco antes de que muriera Sexto Julio —dijo Escato—, por lo visto con la intención de actuar de acuerdo con los que estábamos dentro. Su idea era que cuando él atacase a Sexto Julio, los asculanos saliésemos de improviso cayendo sobre la retaguardia romana. Era un buen plan que podría haber salido bien. Pero cuando Vidacilio atacó, los asculanos no nos movimos; Sexto Julio abrió sus líneas y le dejó penetrar, por lo que en Asculum no hubo más remedio que abrir las puertas y dejarle entrar.


—No sabía que Sexto Julio tuviese tanto ingenio militar —dijo Pompeyo Estrabón.

—Pudo ser una casualidad, pero lo dudo —dijo Escato encogiéndose de hombros.

—Supongo que a los asculanos no les encantaría la perspectiva de tener que alimentar veinte mil bocas.

 

—¡Se subían por las paredes! —contestó Escato sonriente—. No recibieron a Vidacilio con los brazos abiertos, sino con mala cara; entonces, Vidacilio se dirigió al Foro, subió al tribunal y dijo ante toda la ciudad lo que pensaba de la gente que no obedecía las órdenes. Si hubieran hecho lo que él pedía, no existiría ejército de Sexto Julio. Cosa que posiblemente sea verdad, pero el caso es que los asculanos no estaban dispuestos a admitirlo. El magistrado mayor se dirigió al tribunal y dijo a Vidacilio lo que pensaba, preguntándole si no se daba cuenta de que no había comida bastante para alimentar al ejército con el que había entrado.


—Me alegra saber que hay tan poca concordia entre las diversas facciones del enemigo —comentó Pompeyo Estrabón.


—Si os cuento todo esto es para demostraros que Asculum está decidido a resistir —añadió Escato con voz firme—. Como es muy posible que os enteraseis, he querido que sepáis la auténtica historia.


—¿Y qué sucedió? ¿Hubo una pelea en el Foro?


—Exacto. Se hizo evidente que Vidacilio estaba loco. Llamó a los asculanos simpatizantes de Roma y sus soldados mataron a unos cuantos. Entonces, la población fue a por las armas y respondió. Afortunadamente, la mayor parte de las tropas de Vidacilio comprendió que había perdido el juicio y desalojaron el Foro; en cuanto oscureció se abrieron las puertas y más de diecinueve mil hombres se infiltraron a través de las líneas romanas. Sexto Julio había muerto y sus hombres estaban más ocupados en el duelo que en vigilar debidamente.


—¡Humm! —exclamó Pompeyo Estrabón—. Continuad.


—Vidacilio se apoderó del Foro. Había entrado con muchas vituallas y se dispuso a dar una gran fiesta. Quedarían unos setecientos u ochocientos hombres para el banquete, y también organizó una gigantesca pira funeraria. Cuando la fiesta estaba en su apogeo, bebió una copa con veneno, subió a lo alto de la pira y le prendió fuego. ¡Y mientras sus hombres se entregaban a la jarana, él se quemó vivo! Me han contado que fue espantoso.


—Estaba más loco que un galo cazador de cabezas —dijo Pompeyo Estrabón.


—Eso es —añadió Escato.

 

—Y la ciudad sigue en la lucha, ¿es eso lo que decís?


—Luchará hasta la muerte del último asculano.


—Os digo una cosa, Publio Vetio, si cuando tome Asculum Picentum quedan asculanos vivos se arrepentirán de estarlo —dijo Pompeyo Estrabón, tirando un hueso y limpiándose otra vez las manos en la túnica—. Sabéis cómo me llaman, ¿no? —inquirió en tono amable.


—No, creo que no.


—Carnifex. El Carnicero. Y da la casualidad, Publio Vetio, de que me enorgullece ese nombre. He tenido bastantes epítetos en mi vida. El de Estrabón no requiere explicación, pero cuando tenía unos años más que mi hijo ahora, estaba de contubernalis con Lucio Cinna, Publio Lupo, mi primo Lucio Lucilio y mi buen amigo Cneo Octavio Ruso, aquí presente. Servíamos a las órdenes de Carbón en aquella terrible expedición contra los germanos en Noricum. A mis compañeros cadetes yo no les gustaba mucho, salvo a Cneo Octavio Ruso, aquí presente. ¡Si no hubiera sido amigo mio, hoy no estaría aquí como legado mayor! Bien, mis compañeros cadetes añadieron otro sobrenombre al de Estrabón: Menoeces. Sucedió que, camino de Noricum, habíamos pasado por mi casa y vieron que el cocinero de mi madre era bizco y se llamaba Menoeces. Y aquel gracioso malnacido de Lucilio (sin ningún respeto por mi madre, que era tía suya) me puso Cneo Pompeyo Estrabón Menoeces. — Lanzó un suspiro apagado—. Ese sobrenombre lo llevé durante años, pero actualmente me dicen Cneo Pompeyo Estrabón Carnifex. Suena mejor: Estrabón el Carnicero.


Escato parecía aburrido más que asustado.


—Bueno, ¿y qué puede importar un nombre? —dijo—. A mí no me llaman Escato por haber nacido en un bonito manantial, ¿sabéis? Por lo visto era muy cagón.


Pompeyo Estrabón sonrió brevemente.


—¿Y qué os trae por aquí, Publio Vetio el Cagón?


—La capitulación.


—¿Estáis cansados de luchar?


—Sinceramente, sí. No es que no esté dispuesto a seguir luchando, y lo haré si es preciso, pero creo que Italia está acabada. Si Roma fuese un

 

enemigo extranjero, no estaría aquí. Pero soy un marso italiano y Roma lleva en Italia tanto tiempo como los marsos. Creo que ya es hora de que ambos bandos salven cuanto puedan de este desastre, Cneo Pompeyo. La lex Julia de civitate Latinis et sociis danda cambia bastante la situación. Y aunque no es aplicable a los que han empuñado las armas contra Roma, he advertido que no hay nada en la lex Plautia Papiria que me impida solicitar la ciudadanía romana si ceso las hostilidades y me presento al pretor en Roma. Y lo mismo respecto a mis hombres.


—¿Qué condiciones pondríais, Publio Vetulio?


—El paso sin obstrucción de mi ejército a través de las lineas romanas, tanto aquí como ante Asculum Picentum. Nos desbandaremos entre Asculum e Interocrea y tiraremos la armadura y las armas al Avens. A partir de Interocrea necesitaré un salvoconducto para mis hombres hasta llegar a Roma para presentarnos ante el tribunal del pretor. Os pido igualmente una carta para el pretor, confirmando los hechos y dando vuestra aprobación a la concesión de la ciudadanía para mí y todos mis hombres.


Se hizo un profundo silencio. Cicerón y Pompeyo hijo, que escuchaban desde un rincón, se miraron mutuamente.


—Mi padre no aceptará —musitó Pompeyo.


—¿Por qué?


—Tiene ganas de una buena batalla.


¿Realmente de caprichos así depende el destino de pueblos y naciones?, pensó Cicerón.


—Ya comprendo por qué lo pedís, Publio Vetio —dijo finalmente Pompeyo Estrabón—, pero no puedo concedéroslo. Habéis derramado demasiada sangre romana con vuestras espadas. Si queréis cruzar nuestras líneas para presentaros al pretor en Roma tendréis que ganar cada palmo de terreno.


Escato se puso en pie, dándose una palmada en los muslos.


—Bueno, ha valido la pena intentarlo —dijo—. Os doy las gracias por la hospitalidad, Cneo Pompeyo, pero ya es hora de que vuelva con mi ejército.

 

La tropa marsa partió de noche, y apenas dejó de oírse el ruido de sus cascos, Pompeyo Estrabón mandó tocar las trompetas y el campamento se entregó a una febril actividad.


—Atacarán mañana, seguramente por dos frentes —dijo Pompeyo afeitándose el lampiño vello de un antebrazo con la espada—. Será una buena batalla.


—¿Y qué tengo que hacer? —inquirió Cicerón, apabullado.


Pompeyo envainó la espada y se dispuso a tumbarse en el catre; los Otros cadetes estaban de servicio y en aquel momento se encontraban solos.


—¡Te pones la cota de malla y el casco, coges la espada y el puñal y colocas el escudo y la lanza fuera de la tienda de mando —dijo Pompeyo con júbilo—, si los marsos irrumpen en el campamento, Marco Tulio, tendrás que combatir hasta el final!


Los marsos no irrumpieron en el campamento. Cicerón escuchó los gritos y el fragor del lejano combate, pero no vio nada hasta que llegó Pompeyo Estrabón con su hijo. Ambos volvían despeinados y llenos de sangre, pero muy sonrientes.


—El legado Frauco ha muerto —dijo Pompeyo a Cicerón—. Arrollamos a los marsos y a una fuerza de picentinos. Escato logró escapar con unos cuantos hombres, pero hemos cortado todos los accesos a las carreteras y si quieren volver a Marruvium tendrán que hacerlo por las bravas a través de las montañas, sin comida ni lugar donde guarecerse.


—Dejar a los hombres morir de frío y hambre parece ser una de las especialidades de tu padre —dijo Cicerón tragando saliva y temblándole las rodillas.


—Te repugna, ¿verdad, pobre Marco Tulio? —replicó Pompeyo riendo y dándole unas afectuosas palmadas en la espalda—. Así es la guerra, no tiene vuelta de hoja. Ellos harían lo mismo con nosotros. Si te repugna, tú no tienes la culpa; es tu carácter. Tal vez los que son tan inteligentes como tú pierden el gusto por la guerra. ¡Suerte la mía! No me gustaría tener que enfrentarme a un guerrero que fuese tan inteligente como tú. Afortunadamente para Roma hay muchos más hombres parecidos a mi padre y a mí que a ti. Roma ha llegado a ser lo que es luchando. Pero

 

alguien tiene que llevar los asuntos del Foro… Ese es tu campo de batalla, Marco Tulio.



Aquella primavera era un campo de batalla tan turbulento como cualquier frente de guerra, pues Aulo Sempronio Aselio se buscó la enemistad de los prestamistas. Las finanzas de Roma, públicas y privadas, se hallaban en peor estado que durante la segunda guerra púnica, cuando Aníbal había invadido Italia, aislando la ciudad. Los comerciantes no tenían dinero, el Tesoro estaba prácticamente vacío y no se ingresaba gran cosa. Hasta en las zonas de Campania que seguían en poder de Roma reinaba un caos que impedía la ordenada recaudación de rentas; los cuestores se las veían y deseaban para cobrar los derechos de aduana y de porte, y Brundisium, uno de los puertos más importantes, estaba bloqueado. Ahora los itálicos eran insurrectos que no pagaban impuestos, y, con la excusa del rey Mitrídates, la provincia de Asia demoraba el pago de tasas; Bitinia no pagaba nada y los ingresos de Africa y Sicilia se los comían las compras extraordinarias de trigo. Y para colmo de males, Roma estaba en deuda con una de sus propias provincias, la Galia itálica, que era de donde procedía la mayor parte del armamento. La emisión monetaria de un denario plateado de cada ocho, efectuada por Marco Livio Druso, había provocado una extrema desconfianza generalizada hacia el dinero, y se acuñó un exceso de sestercios para tratar de superar la dificultad. Los préstamos estaban a la orden del día entre los rentistas altos y medios y los réditos eran los más altos que se habían conocido.


Dueño de un próspero negocio, Aulo Sempronio Aselio decidió que lo mejor para mejorar la situación era tratar de aligerar las deudas. Su método era interesante y legal, pues invocó una antigua ley que prohibía cobrar intereses por prestar dinero. En resumen, según Aselio, era ilegal cobrar interés por los préstamos. Era una lástima que la vieja ley hubiese caído en el olvido durante siglos y que la usura fuese un negocio boyante para un amplio grupo de caballeros dedicados a las finanzas. El hecho era, afirmó Aselio, que había muchos más caballeros que se dedicaban a pedir dinero

 

prestado que a prestarlo, y hasta que no se paliara su situación económica, nadie se recuperaría en Roma. El monto de préstamos no reembolsados aumentaba día a día, los deudores andaban como locos y —puesto que los tribunales de quiebra estaban cerrados como los demás— los acreedores recurrían a la violencia para cobrarse las deudas.


Antes de que Aselio pudiese promulgar el restablecimiento de la antigua ley, los prestamistas se enteraron y solicitaron que volviese a abrir los tribunales de quiebra.


—¡Tat! —exclamó—, Roma se halla en medio de su peor crisis desde tiempos de Aníbal, y vosotros comparecéis a solicitar que ponga las cosas peor? ¡Por lo que a mi respecta, sois un grupito de repugnantes avaros y así me permito decíroslo! ¡Fuera de aquí! ¡Si no lo hacéis, claro que restableceré un tribunal! ¡Un tribunal extraordinario para juzgar a los que prestan dinero con interés!


Y Aselio no quiso dar su brazo a torcer. Si lo único que podía hacer por los deudores romanos era insistir en que los intereses eran ilegales, al menos así aligeraría notablemente el monto de deudas y en cumplimiento de la ley. Que se devuelva el capital, naturalmente, pero nada de intereses. Como buen Sempronio, en la familia de Aselio la tradición era ayudar a los menesterosos, y él ansiaba seguir esa tradición, entregándose a su misión con fanático fervor, considerando impotentes a sus enemigos frente a la ley.


Lo que no supo tener en cuenta fue que no todos sus enemigos eran caballeros; había también senadores prestamistas, pese al hecho de que pertenecer al Senado hacía incompatible toda actividad comercial, y más todavía una tan abominable como la usura. Entre los senadores prestamistas se contaba Lucio Casio, un tribuno de la plebe. Al estallar la guerra había entrado en el negocio porque apenas le llegaba con los ingresos de su censo senatorial, y Casio se encontró con las deudas impagadas de todo lo que había prestado y cada vez con mayores perspectivas de que los nuevos censores fiscalizaran su situación. Aunque Lucio Casio no era, ni mucho menos, el mayor prestamista del Senado, era el más joven y su desesperación le llevó al borde del pánico. Como por naturaleza era un

 

individuo bastante transgresor de la ley, Casio actuó no sólo por cuenta propia, sino en nombre de todos los usureros.


Aselio era augur, aparte de pretor urbano, y examinaba periódicamente por cuenta de la ciudad los presagios en el podio del templo de Cástor y Pólux. Unos días después de su enfrentamiento a los prestamistas, estaba interpretando los auspicios cuando advirtió que la multitud en el bajo Foro era más numerosa de la habitual congregada para contemplar un augurio.


En el momento en que alzaba un cuenco para verter una libación, alguien le arrojó una piedra que le alcanzó encima de la ceja izquierda, haciendo que se tambaleara y que el cuenco cayera de sus manos, rebotando por la escalinata del templo y derramando el agua sagrada por doquier. Luego llovieron más piedras; una verdadera tormenta. Agachado y cubriéndose la cabeza con su toga de dos colores, Aselio descendió corriendo la escalinata y se dirigió instintivamente al templo de Vesta. Pero las buenas gentes de la multitud se dispersaron al darse cuenta de lo que sucedía y los airados prestamistas que le agredían se interpusieron entre Aselio y la tierra sagrada del templo de Vesta.


Sólo le quedaba un escape: el estrecho callejón llamado clivus Vestae, para llegar a la escalinata de las Vestales y ascender hasta la Via Nova, unos pies por encima del Foro. Con los usureros pisándole los talones, Aselio logró llegar a la Via Nova, una calle de tabernas entre el Foro y el Palatino, y, dando gritos de socorro, irrumpió en el establecimiento de Publio Cloacio.


Pero nadie le ayudaba. Mientras dos sujetaban a Cloacio y otros dos a su ayudante, el resto de los agresores le cogió en vilo, tumbándole en una mesa, de un modo parecidísimo a como los acólitos del augur extendían a las víctimas en las aras sacrificiales. Uno le cortó la garganta con tanta saña, que el puñal rascó en las vértebras; y allí en la mesa quedó Aselio en un charco de sangre, mientras Publio Cloacio lloraba y perjuraba que él no conocía a ninguno de los agresores, ¡ni a uno solo!


Por lo visto, nadie los conocía en Roma. Espantado por la naturaleza sacrílega del hecho, al margen del homicidio en sí, el Senado ofreció una recompensa de diez mil denarios a quien facilitase información que

 

permitiera prender a los asesinos, deplorando públicamente el asesinato de un augur, en plena ceremonia oficial, revestido de sus atributos sagrados. Como en la semana que siguió nadie dijo ni pío, el Senado añadió nuevos incentivos a la recompensa: el perdón para el cómplice, manumisión de un esclavo del sexo que fuere e inclusión en una tribu rural de un liberto o una liberta. Pero fue en vano.


—¿Qué puede esperarse? —comentó Cayo Mario al joven César mientras paseaban despacio por el jardín—. Los prestamistas están detrás de ello, naturalmente.


—Eso dice Lucio Decumio.


—¿Eres muy amigo de ese facineroso, jovencito? —inquirió Mario, deteniéndose.


—Mucho, Cayo Mario. Está muy informado de todo lo que pasa en Roma.


—Poco adecuado para tus oídos, la mayor parte de ello.


—Mis oídos han crecido igual que yo en el Subura —replicó el pequeño, sonriente—. No creo que se asusten por nada.


—¡Fresco! —dijo Mario, dándole con su manaza un cariñoso cachete en la cabeza.


—Cayo Mario, este jardín nos queda pequeño. Si quieres recuperar tu lado izquierdo, tendremos que caminar más distancia y más rápido.


Lo había dicho con firmeza y autoridad, en tono que no admitía réplica.


Pero Mario no pensaba callarse.


—¡No voy a consentir que Roma me vea así! —bramó.


El pequeño César se soltó aposta del brazo izquierdo de Mario y dejó al gran hombre caminar tambaleándose sin apoyo, hasta que vio que estaba a punto de caer y volvió a sujetarle con suma facilidad. A Mario le asombraba la fuerza de que era capaz aquel cuerpecillo y tampoco se le había escapado que el pequeño César la utilizaba con un extraordinario instinto cuando y donde surtía el máximo efecto.


—Cayo Mario, dejé de llamarte tío cuando vine contigo después del infarto porque considero que tu enfermedad nos pone casi al mismo nivel. Tu dignitas ha menguado y la mía ha crecido; somos iguales. Pero en

 

algunas cosas soy superior a ti —dijo el niño sin intimidarse—. Como favor a mi madre, y porque pensé que podría ayudar a un gran hombre, sacrifiqué mi tiempo libre para hacerte compañía y lograr que volvieses a andar. Te negaste a estar tumbado en la camilla y que te leyera, y ya se ha agotado la mina de historias que tenías para contarme. ¡Conozco todas las flores y plantas de este jardín! Y te digo claramente que ya ha cumplido de sobra su propósito. Mañana vamos a cruzar la puerta del Clivus Argentarius, y me da igual que tiremos hacia el Campo de Marte o que bajemos hacia la puerta Fontinalis. ¡Pero mañana salimos!


Los fieros ojos marrones se clavaron en los del pequeño, de color azul glacial, que, por mucho que Mario pretendiese no notarlo, le recordaban los de Sila. Era como encontrarse un gran felino en una cacería y comprobar que los ojos que debían ser amarillos eran azul claro circundados de negro. A aquellos gatos se los consideraba seres del otro mundo. ¿Habría también hombres así?


El duelo de miradas prosiguió un instante.


—Yo no salgo —dijo Mario.


—Sí saldrás.


—¡Los dioses te pudran, pequeño César! ¡No puedo ceder ante un niño! ¿Es que no tienes una manera más diplomática de plantear las cosas?


Un destello irónico iluminó los inquietos ojos, confiriéndoles una atractiva viveza, poco habitual en los de Sila.


—Tratando contigo, Cayo Mario, no existe eso de la diplomacia — replicó el pequeño—. El lenguaje diplomático es prerrogativa de los diplomáticos, y tú no lo eres, gracias a los dioses. Con Cayo Mario uno siempre sabe a qué atenerse. Y eso es precisamente lo que me gusta de ti.


—No, si no te conformarás con mi negativa, ¿verdad, jovencito? — añadió Mario, comenzando a ceder—. Primero la pedrada y luego la caricia. ¡Menudo método!


—Eso es; no me conformo con tu negativa.


—Bien, pues entonces, haz el favor de sentarme ahí. Si vamos a salir mañana, necesito un descanso. ¿Qué te parece si salimos en litera hasta la Via Recta? Allí me bajo y me pongo a andar hasta que te quedes contento.

 

—Cayo Mario, si vamos hasta la Via Recta será gracias a nuestro propio esfuerzo.


Siguieron un rato sentados en silencio; el pequeño César se mantenía perfectamente inmóvil. No le había costado mucho darse cuenta de que a Mario no le gustaba la gente nerviosa, y al comentárselo a su madre, ella le había dicho que era una buena cosa aprender a estarse quieto sin movimientos nerviosos. ¡Sí, sabía cómo imponerse a Cayo Mario, pero con su madre no había manera! Lo que le habían pedido no era, desde luego, lo más apetecible para un chico de diez años. Todos los días, después de las clases con Marco Antonio Cnifo, tenía que renunciar a salir con su amigo Cayo Macio, de la otra vivienda de la planta baja, para ir a casa de Mario a hacerle compañía, y no le quedaba nada de tiempo libre porque su madre no le permitía tomarse un solo día para él.


—Es tu deber —le decía en las raras ocasiones en que él le suplicaba que le dejase ir con Cayo Macio al Campo de Marte para ver algún acontecimiento, la selección de los caballos para la guerra que corrían en octubre, o el entreno de un equipo de gladiadores contratados para un funeral.


—¿Es que siempre tengo que tener deberes? —replicaba él—. ¿No puedo olvidarlos ni un momento?


—No, Cayo Julio —contestaba ella—. Hay que cumplir con el deber en todos los momentos de nuestra vida, cada vez que respiras; el deber no puede dejarse por propia complacencia.


Y tenía que irse a casa de Cayo Mario, de prisa y mirando bien dónde pisaba, sin olvidarse de sonreír y saludar a este y a aquel por las calles del Subura, apretando un poco el paso cuando caminaba por delante de las librerías del Argiletum por no ceder a la tentación de entrar en alguna. La educación fría pero implacable que le había dado su madre se hacía notar: no pierdas el tiempo, que no se te vea como si no tuvieras nada que hacer, no caigas en la tentación aunque se trate de libros, sonríe y saluda siempre a los conocidos e incluso a ciertas personas aunque no las conozcas.


A veces, antes de llamar a la puerta de Cayo Mario, subía corriendo la escalinata de la torre Fontinalis y desde arriba contemplaba el Campo de

 

Marte, anhelando estar allí con otros chicos para jugar a la guerra con una improvisada espada de madera, luchar en la hierba, robar rabanitos de las huertas que flanqueaban la Via Recta y hacer trastadas. Pero, para no pensárselo más, en seguida giraba sobre sus talones y bajaba la escalinata para estar en casa de Cayo Mario antes de que nadie advirtiese que llegaba un poco tarde.


Le encantaba su tía Julia, que era quien solía abrirle la puerta; siempre le sonreía y le daba un beso. ¡Le encantaba que le besaran! Su madre no aprobaba esa costumbre y decía que ejercía una influencia corruptora, que era demasiado griega para ser moral. Menos mal que su tía Julia no pensaba igual. Cuando se agachaba para darle el beso en los labios jamás inclinaba la cabeza hacia un lado para hacerlo en la mejilla, y él cerraba los ojos y aspiraba lo más profundamente que podía para captar su más intimo aroma. Años después de que ella hubiese muerto, cuando el adulto Cayo Julio César sentía en ocasiones el perfume de Julia en otra mujer, no podía evitar que se le llenasen los ojos de lágrimas.


Ella siempre le ponía al corriente de la situación: «Hoy está imposible», o «Ha venido a verle un amigo y está de excelente humor», o «Dice que la parálisis va a peor y está muy deprimido».


La jornada siempre era igual: su tía le daba de comer a mediodía y le dejaba un rato libre de sus obligaciones con Cayo Mario, mientras ella misma le servía la comida y él se tumbaba en la camilla del cuarto de labor de Julia con un libro, a la vez que comía —algo que en su casa no le habrían consentido— y se enfrascaba en las aventuras de algún héroe o en los versos de un poeta. Le fascinaban las palabras. Las palabras podían hacer que su corazón se elevase, zozobrase o se acelerase, y a veces, como sucedía con Homero, le pintaban un mundo más real que el mundo en que él vivía.


«La muerte nada puede mostrar en él que no sea hermoso», recitaba una y otra vez, imaginándose al joven guerrero muerto, tan Valeroso, noble y perfecto, que —fuese Aquiles, Héctor o Patroclo— triunfaba aun después de muerto.

 

Oía, entonces, a su tía llamándole, o llegaba un criado tocando a la puerta del cuarto para decirle que volviera, y tenía que dejar el libro para cumplir con su deber. Sin resentimiento ni decepción.


Cayo Mario era una pesada carga. Era viejo; había estado delgado, había engordado y vuelto a adelgazar, y la piel le formaba bolsas y arrugas; y estaba aquella horrenda flaccidez de la mejilla izquierda y la mirada de sus terribles ojos. Babeaba por la comisura izquierda sin darse cuenta y la saliva le quedaba colgando hasta que mojaba la túnica e iba haciendo una mancha húmeda. A veces despotricaba, sobre todo a su desventurado acompañante, la única persona que estaba constantemente atado a él y en quien desahogaba su ira. A veces lloraba y las lágrimas se juntaban con la baba, y además moqueaba. En ocasiones lanzaba tales carcajadas por alguna gracia que él sabía, que hasta las vigas retumbaban y, entonces acudía en seguida tía Julia con su eterna sonrisa y, amablemente, le mandaba a casa.


Al principio, el niño se sentía impotente y no sabía qué hacer ni cómo hacerlo, pero era una persona muy ingeniosa y en seguida supo cómo tratar a Cayo Mario. No tenía otra opción si no quería fracasar en la tarea que su madre le había encomendado; una perspectiva inimaginable de consecuencias imprevisibles. Además, la tarea le sirvió para descubrir sus propias debilidades. Para empezar, tenía poca paciencia, pese a que la educación de su madre le permitía disimular el defecto bajo la apariencia de algo que lo parecía, por lo que, en definitiva, ya no distinguía la auténtica paciencia de la fingida. Como no era melindroso, acabó por no importarle el babeo, y como también era muy decidido, supo qué remedio poner a la situación. Nadie se lo dijo, porque nadie lo entendía, ni siquiera los médicos. Había que hacer que Cayo Mario se moviera. Cayo Mario tenía que hacer ejercicio. Había que hacerle ver a Cayo Mario que era necesario que volviese a vivir como una persona normal.


—¿Y qué más has aprendido de ese Lucio Decumio o de algún otro rufián del Subura? —inquirió Mario.


El pequeño tuvo un sobresalto por aquella pregunta tan inopinada, absurda y alejada de sus pensamientos.

 

—Mira, acabo de atar cabos a un asunto, si no me equivoco. Y creo que


no.


—¿Qué?


—El motivo por el que Catón el Cónsul ha decidido dejar Samnio y Campania a Lucio Cornelio y asumir él el antiguo frente de batalla contra los marsos del que tú tenías el mando.


—¡Ajá! A ver, dime tu teoría.


—Se debe a la clase de persona que creo es Lucio Cornelio —contestó muy serio el pequeño César.


—¿Y qué clase de persona es?


—Una persona capaz de meter mucho miedo a otras.


—¡Eso desde luego!


—Debe haberse dado cuenta de que no le concederán el mando del frente sur, porque es del cónsul, y no se ha molestado en discutir. Se ha limitado a esperar a que el cónsul Lucio Catón llegase a Capua y le ha hechizado con un miedo tan fuerte, que Catón ha decidido poner tierra por medio y marcharse de Campania.


—¿Cómo has llegado a esa conclusión? —Gracias a Lucio Decumio. Y a mi madre.


—Nadie mejor que ella para saberlo —comentó Mario, crípticamente. El pequeño César frunció el entrecejo, apartó la mirada y se encogió de


hombros.


—Una vez, Lucio Cornelio tuvo el mando y nadie fue tan estúpido como para entrometerse. Yo creo que es muy buen general.


—No tanto como yo —dijo Mario con un suspiro que sonó como un sollozo.


—¡Vamos, no empieces a compadecerte, Cayo Mario! —espetó inmediatamente el pequeño—. Podrás volver a mandar tropas, sobre todo cuando salgamos de este jardín de las narices.


Mario no se esperaba ese ataque y cambió de tema.


—¿Te ha dicho esa fuente de información del Subura lo que ha hecho el cónsul Catón frente a los marsos? —inquirió con sorna—. ¡Nadie me

 

cuenta lo que está pasando… como si fuese a molestarme! Y lo que me molesta es no saber qué sucede. ¡Si tú no me dieras noticias, estallaría!


—Mi fuente de información cree que el cónsul empezó a encontrarse con contrariedades nada más llegar a Tibur. Pompeyo Estrabón se hizo cargo de tus tropas, ¡en eso es único!, así que al cónsul Lucio Catón no le han quedado más que reclutas bisoños, campesinos recién emancipados de Umbría y Etruria. Y no sólo se las ve y se las desea para entrenarlos, sino que sus legados tampoco tienen ni idea. Así que comenzó la instrucción convocando una asamblea de todo el ejército, arengándolos en unos términos sin ningún miramiento. Ya sabes, que si eran idiotas y palurdos, cretinos y bárbaros, un montón de miserables gusanos, que él estaba acostumbrado a soldados mucho mejores, que morirían todos si no se espabilaban, etcétera.


—¡La sombra de Lupo y Cepio! —exclamó Mario, sorprendido. —Bueno, uno de los que le escucharon en Tibur es amigo de Lucio


Decumio y se llama Tito Titinio, de profesión centurión retirado, a quien tú concediste una parcela de tierra después de Vercellae. Dice que en cierta ocasión te hizo una buena.


—Sí, lo recuerdo muy bien —comentó Mario, intentando sonreír y babeando sin cesar.


El pequeño César se le acercó con el «pañuelo de Mario», como él decía, y la saliva quedó eliminada.


—Viene a Roma y se queda habitualmente en casa de Lucio Decumio porque le gusta enterarse de los asuntos del Foro. Cuando estalló la guerra se alistó de centurión instructor y estuvo acuartelado en Campania mucho tiempo. Ahora, a principios de año, le han enviado a que ayude al cónsul Catón.


—Me imagino que a Tito Titinio y a los otros centuriones instructores les habrá sido imposible comenzar la instrucción después de la arenga de Tibur.


—Exactamente. Pero es que a ellos también los mencionó en la arenga. Y por eso se ve como se ve. Tito Titinio se enfureció de tal manera oyéndole insultar a todos que al final se agachó y cogió un terrón del suelo

 

y se lo tiró. Tras lo cual, todos comenzaron a bombardearle con terrones y acabó cubierto de ellos hasta las rodillas y con el ejército casi amotinado. ¡Desfigurado, enfangado y mudo! —concluyó el pequeño en un rapto de inspiración, conteniendo la risa.


—¡Deja de hacer comentarios y sigue con la historia!


—Perdona, Cayo Mario.


—Continúa.


—No le hicieron daño, pero para Catón fue un acto intolerable para su dignitas y auctoritas, y, en vez de olvidar el incidente, puso grilletes a Titio Titinio y le envió encadenado a Roma con una carta para el Senado en la que les pide que le juzguen por incitación al amotinamiento. Ha llegado esta mañana y lo tienen en las celdas de la Lautumiae.


—¡Bien —dijo en tono bastante alegre Mario, iniciando ímprobos esfuerzos para ponerse en pie—, ya sabemos adónde iremos mañana por la mañana!


—¿Vamos a ver qué va a sucederle a Titio Titinio?


—Si hay que ir al Senado, yo voy, desde luego. Tú puedes esperar en el vestíbulo.


El pequeño César le ayudó a levantarse y se colocó acto seguido al lado izquierdo para sostenerle.


—No es necesario, Cayo Mario, porque va a comparecer ante la Asamblea plebeya y el Senado no interviene.


—Tú eres patricio y no puedes estar en los Comitia cuando se reúne la plebe. Pero, dado mi estado, yo tampoco puedo. Así que encontraremos un buen sitio en lo alto de la escalinata del Senado y lo observaremos todo desde allí —dijo Mario—. ¡Ah, cómo lo necesitaba! ¡Los espectáculos del Foro son mucho mejor que cualquier cosa que a los ediles se les ocurra incluir en los juegos!



Si Cayo Mario había dudado en alguna ocasión del cariño que le tenía el pueblo de Roma, sus dudas habrían quedado despejadas a la mañana siguiente, cuando salió de su casa y comenzó a bajar paso a paso por la

 

cuesta del clivus Argentarius que cruza la puerta Fontinalis hasta el bajo Foro. Llevaba un bastón en la mano derecha y a su izquierda al niño Cayo Julio César; pero en seguida, a derecha e izquierda, delante y detrás, tuvo a todo hombre y mujer con que se tropezaba en el camino. Le vitoreaban, lloraban a cada burdo paso que daba, adelantando con fuerza la pierna derecha y arrastrando penosamente la izquierda, torciendo la cadera, los que se apiñaban a su alrededor le jaleaban. En seguida se corrió la voz, adelantándose al cortejo.


¡Cayo Mario! ¡Cayo Mario!


Al entrar en el bajo Foro los vítores eran ensordecedores. Con las espesas cejas sudorosas, apoyándose con más fuerza en el pequeño César, sin que nadie lo notase más que el niño, logró ascender al encintado de la zona de votaciones e inmediatamente una docena de senadores se apresuraron a izarle al podio de la Curia Hostilia, pero él los apartó y con su propio esfuerzo, peldaño a peldaño, ascendió la escalinata. Le trajeron una silla curul y en ella se sentó con la sola ayuda del niño.


—Pierna izquierda… —dijo jadeante.


El pequeño César comprendió inmediatamente, se arrodilló y le estiró hacia adelante el miembro paralizado hasta hacerlo descansar por delante de la derecha, según la postura clásica. Luego cogió el inanimado brazo izquierdo y se lo puso en el regazo, ocultando los dedos crispados de la mano bajo un pliegue de la toga.


Y allí se mantuvo, sentado en regia actitud, inclinando la cabeza para agradecer los vítores, con el sudor rodándole por la cara y echando el bofe. Ya estaba convocada la plebe, pero todos los que estaban en la hondonada de votaciones se volvieron de cara a la escalinata del Senado para aclamarle. A continuación, los diez tribunos de la plebe, desde la tribuna de los rostra, solicitaron a la multitud tres estentóreos hurras.


El niño permanecía junto a la silla curul y miraba aquella muchedumbre, en su primera experiencia de la extraordinaria euforia que genera un pueblo unido, sintiendo la caricia de la adulación al estar tan cerca de la causa, y dándose cuenta de lo que debía de sentirse siendo el

 

primer hombre de Roma. Cuando por fin cesaron los vítores, sus agudos oídos captaron algunas frases susurradas.


—¿Quién es ese niño tan guapo?


Él sabía perfectamente que era hermoso y no ignoraba el efecto que ello causaba en los demás. Sin embargo, si olvidaba para lo que estaba allí, su madre se enfadaría, y no le gustaba ofenderla. En la comisura izquierda de los labios de Mario comenzaba a acumularse la saliva y había que limpiársela. Le cogió el pañuelo del sinus de su toga infantil bordada de púrpura y mientras la multitud suspiraba de admiración, enjugó el sudor del rostro de Mario, limpiando al mismo tiempo la baba sin que nadie lo notara.


—¡Proseguid la asamblea, tribunos! —vociferó Mario cuando hubo recuperado el aliento.


—¡Traed al preso Titio Titinio! —ordenó Pisón Frugi, presidente del colegio—. Miembros de la plebe congregados aquí por tribus, nos hemos reunido para decidir la suerte de Titio Titinio, centurión plus prior en las legiones del cónsul Lucio Porcio Catón Liciníano. Su caso nos ha sido trasladado a nosotros, sus iguales, por el Senado de Roma tras la debida consideración. El cónsul Lucio Porcio Catón Liciniano alega que Titio Titinio se esforzó por incitar al amotinamiento y pide que lo castiguemos lo más severamente que la ley prevé. Como el amotinamiento es traición, estamos aquí para dirimir si Titinio debe morir o seguir viviendo.


Pisón Frugi hizo una pausa mientras conducían al prisionero —un hombrón de cincuenta años, vestido con una túnica y encadenado de pies y manos— hasta la tribuna de los rostra, dejándolo a su lado.


—Miembros de la plebe, el cónsul Lucio Porcio Catón Liciniano afirma en una carta que convocó una asamblea de todas las legiones de su ejército y que mientras se dirigía a esta asamblea legalmente convocada, Titio Titinio, este preso que veis, le golpeó con un proyectil arrojado con la mano, y que incitó a continuación a cuantos tenía a su alrededor a hacer lo mismo. La carta lleva el sello consular.


—Titio Titinio —añadió Pisón Frugi, volviéndose hacia el centurión—, ¿qué contestas?

 

—Que es cierto, tribuno. Sí que golpeé al cónsul con un proyectil lanzado a mano. Un terrón de barro, tribuno —añadió tras una pausa—, ése era el proyectil. Cuando lo arrojé, todos los que estaban a mi alrededor hicieron lo propio.


—Un terrón de barro —repitió Pisón Frugi marcando las palabras—. ¿Y qué te impulsó a arrojar ese proyectil a tu comandante?


—¡Él nos llamó palurdos, miserables gusanos, patanes imbéciles, inútiles redomados y muchas más cosas! —contestó Titio Titinio con su vozarrón de instructor—. A mí no me habría importado que nos hubiese dicho mentulae y cunni, tribuno…, que es un lenguaje corriente entre el general y sus tropas. ¡Si hubiese tenido a mano huevos podridos se los habría tirado, pero no había otra cosa a mano que pellas de tierra! —tronó, tras lanzar un suspiro—. ¡Igual me da que me estranguléis o que me arrojéis de la roca Tarpeya, porque si viera de nuevo a Lucio Catón, os juro que volvería a hacer lo mismo!


Titio se volvió de cara a la escalinata del Senado y señaló a Cayo Mario, haciendo sonar las cadenas.


—¡Ese sí que es un general! ¡Yo he servido de centurión con Cayo Mario en Numidia y luego en la Galia! Y cuando cogí el retiro me dio en Etruria una parcela de sus propiedades. ¡Yo os digo, miembros de la plebe, que Cayo Mario no se habría hecho semienterrar con terrones! ¡Cayo Mario tenía afecto por sus soldados y no los despreciaba como hace Lucio Catón! ¡Y a Cayo Mario no se le habría ocurrido encadenar a un hombre y mandarle a Roma para que le juzgasen los civiles porque ese hombre le hubiese tirado algo! ¡El general le habría restregado la cara con lo que le hubiese tirado! ¡Yo os digo que Lucio Catón no es ningún general y que Roma no obtendrá victorias con él! ¡Un general resuelve sus propios asuntos y no da esa tarea a una asamblea de las tribus!


A las palabras de Titio Titinio siguió un profundo silencio que nadie rompía.


—Cayo Mario —dijo Pisón Frugi con un suspiro—, ¿qué harías con este hombre?

 

—Lucio Calpurnio Pisón Frugi, es un centurión y, tal como dice, le conozco. Es un hombre de valía, pero cubrió a su general con pellas de barro seco y eso es una infracción militar, al margen de la provocación. No se le puede devolver al cónsul Lucio Porcio Catón, porque sería un insulto para el cónsul, que lo apartó de su servicio y nos lo envió. Yo creo que lo mejor en interés de Roma es enviar a Titio Titinio con otro general. ¿Puedo sugerir que vuelva a Capua y se reintegre allí a sus antiguas obligaciones?


—¿Qué dicen mis colegas tribunos? —inquirió Pisón Frugi.


—Yo digo que se haga lo que indica Cayo Mario —contestó Silvano.


—Y yo —dijo Carbón.


Los otros siete fueron de la misma opinión.


—¿Qué dice el concilium plebis? ¿Hay que proceder a una votación formal o lo hacéis a mano alzada?


Todos levantaron la mano.


—Titio Titinio, esta Asamblea te ordena presentarte a Quinto Lutacio Catulo en Capua —dijo Pisón Frugi, sin dejar que una sonrisa iluminase su rostro—. Lictores, quitadle las cadenas. Queda libre.


Pero él se negó a irse hasta que no le llevaran a presencia de Cayo Mario. Hecho lo cual, cayó de rodillas ante él y se echó a llorar.


—Entrena bien a los reclutas en Capua, Titio Titinio —dijo Mario, con los hombros caídos de cansancio—. Y ahora, si me excusáis, creo que es hora de que me vaya a casa.


Lucio Decumio salió de detrás de una columna, todo sonrisas, tendiendo la mano a Titio Titinio, pero mirando a Mario.


—Tienes una litera dispuesta, Cayo Mario —dijo.


—¡No pienso ir a casa en litera cuando he venido hasta acá por mis propios pies! —replicó—. Ayúdame, niño —añadió sujetándose con la manaza derecha en el bracito del pequeño, haciéndolo enrojecer por la gran presión sin que el pequeño hiciese mueca alguna, centrado en la tarea de ayudar a ponerse en pie al gran hombre, como si tal cosa. Una vez incorporado, Mario cogió el bastón, el niño se le puso al lado izquierdo y bajaron por la escalinata como dos cangrejos trabados. Media Roma, como mínimo, los acompañó colina arriba, animando a Mario en sus esfuerzos.

 

Los criados se pelearon por el honor de acompañar a su cuarto al ceniciento amo, y nadie advirtió que el pequeño César se quedaba rezagado. Una vez que se vio a solas, se acurrucó en el pasillo entre la puerta y el atrium y permaneció inmóvil con los ojos cerrados. Allí se lo encontró Julia momentos después. Atemorizada, se arrodilló a su lado, sin atreverse a pedir ayuda.


—¡Cayo Julio! ¿Qué te sucede?


Al levantarlo en brazos, vio que estaba desmadejado, pálido y que apenas respiraba. Le cogió las manos para comprobar el pulso y entonces advirtió la marca de los dedos de Mario en su brazo.


—¡Cayo Julio, Cayo Julio!


El niño abrió los ojos, suspiró, sonrió y su rostro recobró inmediatamente el color.


—¿Le he traído hasta casa? —inquirió.


—Claro que si, Cayo Julio, lo has hecho estupendamente —contestó Julia, con lágrimas en los ojos—. ¡Te has cansado más que él! Esos paseos te van a agotar.


—No, tía Julia, no te preocupes, de verdad. Ya sabes que él no saldría más que conmigo —contestó, poniéndose en pie.


—Si, desgraciadamente, lo sé. ¡Gracias, Cayo Julio! No sé cómo agradecértelo. Te ha hecho daño —añadió, examinándole el moretón—. Voy a ponerte algo para que te alivie.


Sus ojos se animaron con un destello y su boca esbozó una sonrisa que enterneció a Julia.


—Tía Julia, yo sé lo que me aliviaría.


—¿El qué?


—Un beso de los tuyos, por favor.


Y le dio cuantos besos quiso, y lo que más le gustaba de comer, y un libro, y le dejó descansar en la camilla de su cuarto de labores. Y no le dejó marchar hasta que llegó Lucio Decumio a por él.

 

Mientras transcurrían los días de aquel año en que, por fin, el curso de la guerra evolucionaba a favor de Roma, Cayo Mario y el pequeño César se convirtieron en referencia obligada de la urbe. El pequeño ayudaba al gran hombre y éste cada vez mejoraba más. Después de aquel primer día, siguieron dirigiendo sus pasos hacia el Campo de Marte, donde ya había menos gente y apenas llamaban la atención. Conforme Mario recuperaba fuerzas, prolongaban los paseos, culminando en el glorioso dia en que llegaron hasta el Tíber, al final de la Via Recta, y después de un buen descanso, Cayo Mario nadó en el Trigarium.


Una vez que comenzó a nadar periódicamente, fue mejorando a ojos vista. Y también aumentó su fascinación por los ejercicios militares y ecuestres que contemplaban a su paso. Mario había decidido que ya era hora de que el pequeño César iniciase su educación militar. ¡Por fin! Por fin, Cayo Julio César aprendía los rudimentos del arte que tanto anhelaba. Le montaron en la silla de un caballito bastante brioso y demostró que era un jinete nato; él y Mario se enfrentaban con espadas de madera, hasta que el gran hombre ya no podía con él. Le enseñaron a arrojar el pilum y siempre daba en el blanco; aprendió a nadar en cuanto Mario adquirió plena soltura para ayudarle en caso necesario, y escuchó nuevas historias de boca de Mario: los recuerdos de un general sobre la estrategia de sus batallas.


—Casi todos los comandantes pierden el combate antes de salir al campo a librarlo —dijo Mario al pequeño, estando sentados en la orilla del río, arropados en toallas de lino.


—¿De qué manera, Cayo Mario?


—Principalmente, de dos. Los hay que saben tan poco del arte del mando que en realidad creen que lo único que tienen que hacer es señalar el enemigo a las legiones y quedarse atrás viendo cómo actúan. Y hay otros que tienen la cabeza tan atiborrada de manuales y hazañas de generales de su juventud, que siguen los textos, y eso es buscarse la derrota. ¡Porque cada enemigo, cada batalla, Cayo Julio, es distinta! Hay que enfocarla con el respeto propio de una situación irrepetible. Ante todo la noche anterior hay que planificar lo que se va a hacer sobre un pergamino en la tienda de mando, aunque no considerándolo definitivo. Se espera a trazar el plan

 

definitivo una vez avistado el enemigo y el terreno en la mañana del combate; cómo está dispuesto y cuáles son sus puntos débiles. ¡Y entonces se decide! Las ideas preconcebidas suelen ser fatales, y la situación puede cambiar conforme evoluciona el combate, porque todas las etapas son únicas. Puede cambiar el ánimo de las tropas, o el terreno enfangarse antes de lo previsto, o levantarse una polvareda que no te deja ver los sectores, o el general enemigo lanzar un ataque sorpresa, o surgir fallos o errores en tu propio plan o en el plan del enemigo —dijo Mario, enardecido.


—¿Nunca puede desarrollarse una batalla según lo planificado la víspera? —inquirió el pequeño César con los ojos brillantes.


—¡Alguna vez ha sucedido! Pero es muy raro, pequeño César. Recuerda siempre que, independientemente de lo que hayas planeado y por complicado que sea el plan, hay que estar preparado para modificarlo en un abrir y cerrar de ojos. Y hay también otra regla de oro, muchacho: que el plan sea lo más sencillo posible. Los planes sencillos siempre dan mejor resultado que los engendros tácticos, aunque sólo sea por la simple razón de que el general no puede llevarlo a cabo sin recurrir a la cadena de mando. Y la cadena de mando se degrada progresivamente según lo distante que esté del general.


—O sea que un general debe tener un estado mayor con gran experiencia y entrenado a la perfección —dijo el niño, pensativo.


—¡Es primordial! —exclamó Mario—. Por eso un buen general no deja de dirigirse siempre a sus tropas antes de la batalla. Y no es por reforzar su moral, jovencito, sino para que los oficiales sepan qué planes tiene, pues, conociéndolos, pueden interpretar las órdenes al final de la cadena de mando.


—Vale la pena conocer a los soldados, ¿verdad?


—Ya lo creo. Y vale la pena asegurarse de que te conocen. Y que les gustas. Si el general gusta a la tropa, ésta se afana más y se arriesga más; no olvides nunca lo que dijo Titio Titinio en los rostra: a los soldados se les puede decir todos los epítetos que quieras, pero nunca darles motivo para que crean que los desprecias. Si conoces a tus oficiales y ellos te conocen, con veinte mil legionarios romanos derrotas a cien mil bárbaros.

 

—Tú fuiste soldado antes de ser general.


—Claro. Una ventaja que tú nunca tendrás porque eres un patricio romano. Y es más: si no has sido soldado antes de ser general, no puedes ser un auténtico general —dijo Mario, inclinándose hacia adelante, mirando algo más allá del Trigarium en el césped de la llanura vaticana—. Los mejores generales siempre han sido soldados. Mira Catón el Censor. Cuando tengas edad de ser cadete, no te quedes detrás de las líneas al servicio de tu comandante, ¡ve a primera línea a combatir! Deja a un lado tu nobleza. Siempre que haya una batalla, conviértete en oficial. Si el general presenta objeciones y quiere hacerte recorrer el campo llevando órdenes, dile que prefieres luchar. Y no te lo prohibirá porque no es algo que sea frecuente. Debes combatir como un soldado raso. Si no, cuando alcances el mando, ¿cómo vas a entender las vicisitudes de los soldados en primera línea? ¿Cómo vas a saber qué los atemoriza, qué los arredra, qué los anima y les hace embestir como toros? ¡Y te diré otra cosa, muchacho!


—¿Qué? —inquirió el pequeño César fascinado.


—¡Que es hora de irse a casa! —contestó Mario riendo, hasta que vio la cara que ponía el pequeño—. ¡Eh, muchacho, no me eches tu caballote encima! —bramó, decepcionado porque el niño no veía la gracia y le miraba enfurecido.


—¡No se te ocurra bromear con cosas tan serias! —replicó el niño, con una voz suave y tranquila como la que adoptaba Sila a veces—. ¡El tema es importante, Cayo Mario, y tú no estás para divertirme! Quiero saberlo todo antes de tener la edad de ser cadete, para, de ese modo, asimilar con una base más sólida que los demás. ¡Nunca dejaré de aprender! ¡Así que déjate de bromas que no tienen ninguna gracia y trátame como a un hombre!


—No eres un hombre —contestó Mario con voz queda, sorprendido por aquella reacción y sin saber qué decir.


—¡Cuando se trata de aprender, soy más hombre que nadie que conozca, tú incluido —replicó el pequeño, cada vez más enfurecido, a tal extremo que algunos bañistas cercanos a ellos se volvieron a mirarlos. No obstante, a pesar de su cólera, conservó la presencia de ánimo; miró a los curiosos y se puso raudo en pie, con los labios apretados—. No me importa

 

ser un niño cuando tía Julia me trata como a un niño —añadió, ya calmado —, pero cuando tú me tratas como a un niño, Cayo Mario… ¡me ofendes muchísimo! ¡Y no te lo consiento! —alargó la mano para ayudarle a levantarse—. Vamos a casa. Hoy me has hecho perder la paciencia.


Mario se aferró a la mano y tomó el camino de su casa sin decir palabra.




Oportuna decisión, como se vería, pues nada más entrar se encontraron con Julia, que los esperaba angustiada, con aspecto de haber llorado.


—¡Oh, Cayo Mario, ha sucedido algo horrible! —exclamó, sin acordarse que no convenía preocuparle.


—¿Qué es ello, meum mel?


—¡El joven Mario! ¡No, no, mi amor, no ha muerto! —añadió al ver la mirada de estupefacción de su esposo—. ¡Ni tampoco está herido! ¡Perdona, perdona que te dé estos sustos… pero no sé ni dónde estoy, ni qué hacer!


—Pues siéntate, Julia, y sobreponte. Me pondré aquí a tu lado y Cayo Julio al otro y nos lo cuentas, tranquila y con claridad, y sin llorar como una fuente.


Julia se sentó, mientras Mario y el pequeño César lo hacían a ambos lados de ella, cogiéndole cada uno una mano.


—A ver, dime —dijo Mario.


—Ha habido una gran batalla contra los marsos al mando de Quinto Popedio Silo, cerca de Alba Fucentia, creo. Y han vencido ellos… aunque nuestro ejército pudo retirarse sin muchas pérdidas —dijo Julia.


—Bueno, eso ya está algo mejor —dijo Mario con voz pesada—. Sigue.


Supongo que habrá algo más.


—El cónsul Lucio Catón murió poco antes de que nuestro hijo ordenase la retirada.


—¿Nuestro hijo ordenó la retirada?


—Si —contestó Julia, conteniendo las lágrimas con todas sus fuerzas. —¿Y cómo sabes todo esto, Julia?

 

—Porque Quinto Lutacio pasó a verte a primera hora. Por lo visto estaba de visita oficial en el frente marso, en relación, por lo que he entendido, con los constantes problemas que tenía Lucio Catón con las tropas. No lo sé, de verdad que no lo sé —añadió, apartando la mano que le sujetaba el pequeño César y llevándosela a la cabeza.


—Bien, da igual que Quinto Lutacio visitase el frente —dijo Mario, tajante—. Supongo que fue testigo de esa batalla que ha perdido Catón.


—No, él estaba en Tibur, que es donde se retiró el ejército después del combate. Parece ser que sufrió una aplastante derrota y la tropa se quedó sin mando. El único que conservó la calma fue nuestro hijo, por lo visto. Por eso tocó retirada y camino de Tibur intentó restablecer el orden entre las legiones, pero no lo consiguió. Se ve que los pobres habían perdido la razón.


—Y… ¿qué hay de malo en ello, Julia?


—Es que en Tibur había un pretor, un nuevo legado nombrado por Lucio Catón… Lucio Cornelio Cinna… sí, ése es el nombre que me dijo Quinto Lutacio. Y cuando el ejército llegó a Tibur, Lucio Cinna relevó del mando a nuestro hijo, todo pareció volver a la normalidad y Lucio Cinna incluso le elogió por su sentido común —añadió Julia, retorciéndose las manos.


—Está bien. ¿Y qué sucedió después?


—Lucio Cinna convocó una reunión para averiguar qué había pasado. Sólo había unos cuantos cadetes y tribunos para informar, ya que al parecer los legados habían muerto pues no había ninguno en Tibur —continuó Julia, intentando con todas sus fuerzas hacer un relato lúcido—. Luego, cuando Lucio Cinna abordó las circunstancias de la muerte del cónsul Lucio Catón… ¡uno de los cadetes acusó a nuestro hijo de haberle asesinado!


—Entiendo —comentó Mario con voz pausada y sin alterarse—. Bien, Julia, continúa.


—Ese cadete dijo que el joven Mario trató de persuadir a Lucio Catón para que ordenase la retirada, pero él le apostrofó llamándole hijo de traidor itálico, se negó a ordenarla y añadió que era preferible que todos los romanos cayeran frente al enemigo que vivir sin honra. ¡Y el cadete dice

 

que nuestro hijo le clavó a Lucio Catón la espada hasta la empuñadura por la espalda! Y que luego tomó el mando y ordenó la retirada —concluyó Julia entre lágrimas.


—¿Y no podía Quinto Lutacio haber aguardado a contármelo a mí en lugar de abrumarte a ti con la noticia? —inquirió Mario con aspereza.


—No tenía tiempo, Cayo Mario —contestó Julia, enjugándose las lágrimas y tratando de sobreponerse—. Le han enviado con urgencia desde Capua y tuvo que emprender viaje a toda prisa. De hecho, dice que no debía haber pasado por Roma para visitarnos; así que debemos darle las gracias. Dijo que tú sabrías qué hacer, y cuando Quinto Lutacio dice eso es porque cree que nuestro hijo ha matado a Catón. ¡Oh, Cayo Mario!, ¿qué podemos hacer? ¿Qué es lo que ha querido decir Quinto Lutacio?


—Que tengo que ir a Tibur con mi amigo Cayo Julio, aquí presente — contestó Mario poniéndose en pie.


—¡Tú no puedes viajar! —exclamó Julia conteniendo un grito.


—Claro que puedo. Ahora cálmate, esposa, y dile a Estrofantes que envíe a alguien a casa de Aurelia para que venga Lucio Decumio. Él me asistirá durante el viaje para ahorrarle energías al niño. — Y diciendo esto, Mario apretaba con fuerza el hombro del pequeño, no apoyándose en él, sino como indicándole que no dijese nada.


—Que vaya contigo sólo Lucio Decumio, Cayo Mario —dijo Julia—.


Cayo Julio debe estar en casa, con su madre.


—Sí, tienes razón. Márchate a casa, joven César.


—Mi madre me mandó estar contigo para algo, Cayo Mario —replicó el pequeño con firmeza—. Y si en estas circunstancias te dejara, se enfadaría mucho.


Mario habría insistido, pero fue Julia, conociendo a Aurelia, la que se retractó.


—Tiene razón, Cayo Mario. Llévatelo.


Así fue como una hora larga más tarde, aquel verano, en un carro tirado por cuatro mulas, salían de Roma por la puerta Esquilina Cayo Mario, el pequeño César y Lucio Decumio. Este, que era un buen conductor, mantuvo a los animales a buen trote hasta Tibur sin que llegasen exhaustos.

 

El pequeño César, apretado entre Mario y Decumio, fue contemplando encantado el paisaje hasta que se hizo de noche. Nunca había efectuado un viaje tan improvisado y en lo más íntimo de su ser sintió la pasión por los viajes rápidos.


Aunque le llevaba nueve años, el pequeño César conocía a su primo carnal, pues conservaba muchos recuerdos de la infancia y era una persona que ni le agradaba ni le desagradaba. Y no es que el joven Mario le hubiese maltratado ni se hubiera burlado de él; no, era por los otros niños a quienes había maltratado o de quienes se había burlado, la causa de que el pequeño César no mantuviera una buena disposición para con su primo. Durante las constantes disputas entre Mario hijo y Sila hijo, a él siempre le había parecido que era éste quien llevaba razón. Además, el joven Mario siempre había tenido dos caras con Cornelia Sila: muy amable delante de ella y despreciativo a sus espaldas; y no sólo se reía de ella delante de sus primos, sino también ante sus amigos. Por consiguiente, el apuro en que se encontraba el hijo de Mario no preocupaba gran cosa al pequeño. Pero sí que lo sentía, y mucho, por Cayo Mario y tía Julia.


Cuando oscureció, la carretera se fue iluminando por una media luna y Lucio Decumio puso a las mulas al paso. El niño en seguida se quedó dormido con la cabeza reclinada en el regazo de Mario y con ese desmadejamiento que sólo se ve en el cuerpo de niños y animales.


—Bien, Lucio Decumio, vamos a hablar —dijo Mario.


—Buena idea —contestó Lucio Decumio, animoso.


—Mi hijo se encuentra en grave apuro.


—Bah, no puede ser —replicó Lucio Decumio para quitar hierro al asunto.


—Le acusan del asesinato del cónsul Catón.


—Por lo que yo he oído del cónsul Catón, al joven Mario deberían concederle la corona de hierba por salvar el ejército.


—Y que lo digas —replicó Mario riéndose—. Según cuenta mi esposa, ésas han sido las circunstancias. ¡Ese imbécil de Catón se buscó la derrota! Me imagino que ya habrían muerto sus legados y supongo que los tribunos estarían transmitiendo órdenes por el campo, órdenes erróneas seguramente.

 

Desde luego, el único personal de estado mayor que tenía a su lado eran los cadetes, y sería mi hijo quien le aconsejaría la retirada. Catón se negó y le llamó hijo de traidor itálico. Tras lo cual, según dice otro cadete, el joven Mario le metió tres palmos de espada romana por la espalda y ordenó la retirada.


—¡Y ha hecho muy bien, Cayo Mario!


—Eso creo yo… en cierto modo. Pero, por otra parte, lamento que lo hiciera cuando Catón le daba la espalda. Pero yo conozco a mi hijo, y, aunque tiene genio, no carece de sentido del honor. Mientras era pequeño no tuve muchas oportunidades de estar en casa para quitarle ese genio, y, además, era listo y no nos lo mostraba ni a su madre ni a mi.


—¿Cuántos testigos hay, Cayo Mario?


—Por lo que tengo entendido, sólo uno. Pero no lo sabré hasta que vea a Lucio Cornelio Cinna, que ahora tiene el mando. Desde luego, el joven Mario tendrá que responder de esos cargos. Si el testigo se ratifica en la versión de los hechos, a mi hijo pueden condenarle a flagelación y a ser decapitado. Porque matar a un cónsul no es un simple asesinato: es nefas.


—Bah, bah —se limitó a farfullar Lucio Decumio.


Naturalmente, él ya sabía que le habían pedido que hiciera aquel viaje para enderezar un entuerto. Pero lo que le fascinaba era que le hubiera solicitado Cayo Mario. ¡Cayo Mario! El hombre más decidido y honorable que él conocía. ¿Qué había dicho años atrás Lucio Sila? Que mientras él tomaba un camino tortuoso, Cayo Mario iba recto. Sin embargo, aquella noche era como si Mario hubiese optado por un camino tortuoso. No le parecía propio de su carácter, porque él pensaba que Cayo Mario habría debido probar antes otros recursos.


Lucio Decumio se encogió de hombros. Al fin y al cabo, Cayo Mario era padre y aquél era su único hijo. Insustituible. Y no era tan mal chico, arrogancia aparte. Debía de ser difícil ser hijo de un gran hombre. Sobre todo para alguien que no tiene la misma fibra.


Sí, era valiente, y nada tonto, pero nunca llegaría a ser un gran hombre. Eso costaba mucho; mucho más de lo que el joven Mario podía pensar. ¡Qué madre tan guapa tenía! Ah, si él hubiese tenido una madre como la del

 

pequeño César, las cosas habrían sido muy distintas. Aquella mujer no le pasaba ni una a su hijo. Aparte de que la familia no tenía mucho dinero.


El terreno, que hasta entonces era plano, comenzó a elevarse bruscamente y las cansadas mulas comenzaron a hacerse las remolonas, pero Lucio Decumio las fustigó, dirigiéndoles terribles vituperios, y con mano de hierro las obligó a seguir.



Quince años atrás, Lucio Decumio se había proclamado protector de Aurelia, la madre del pequeño César, procurándose, aproximadamente por la misma época, una fuente adicional de ingresos. Era romano por nacimiento y miembro de la tribu urbana palatina, pero por el censo era miembro de la cuarta clase y de profesión encargado de la cofradía del cruce que había en la casa de pisos de Aurelia. Era un hombrecillo de rasgos anodinos y aspecto insignificante, cuya falta de erudición ocultaba una confianza inquebrantable en su propia inteligencia y fuerza de voluntad. La cofradía la dirigía como un general.


Sancionadas oficialmente por el pretor urbano, las obligaciones de la cofradía consistían en vigilar el cruce, barrer y regar la zona, cuidar del altar a los lares del cruce, comprobar que la fuente que abastecía de agua al barrio estuviera siempre limpia y organizar las fiestas anuales de la Compitalia. Miembros de la cofradía eran toda una gama de individuos del barrio, desde ciudadanos romanos de segunda clase hasta del censo por cabezas, y extranjeros, desde judíos y sirios hasta libertos y esclavos griegos; sin embargo, la segunda y tercera clase no acudían a la cofradía y en lugar de ello hacían generosos donativos. Los que frecuentaban la sorprendentemente limpia sede de la cofradía eran trabajadores que pasaban allí su día libre charlando y bebiendo vino barato. Todos los trabajadores — libertos o esclavos— tenían un día libre cada ocho, aunque no todos a la vez. Lo preceptivo era un día libre cada ocho días a contar desde el ingreso en el empleo. Por eso los que estaban en el local un día concreto podían ser gentes muy distintas a las de cualquier otro día, y siempre que Lucio

 

Decumio anunciaba que había algo que hacer, los que habían acudido dejaban el vino y obedecían las órdenes del encargado.


La cofradía dirigida por Lucio Decumio realizaba actividades muy ajenas al cuidado del cruce. Cuando el tío y padrastro de Aurelia, Marco Aurelio Cota, le compró la ínsula como medio rentable de inversión de la dote, la decidida joven descubrió en seguida que aquel local de su casa daba cobertura a una pandilla que asediaba a los tenderos y comerciantes del barrio cobrándoles una tasa de protección contra el vandalismo y la violencia; pero pronto puso coto a tal situación, o mejor dicho, Lucio Decumio y sus cofrades trasladaron su agencia de protección a zonas en las que Aurelia no conocía a las víctimas ni tenían nada que ver con el barrio.


Aproximadamente por la misma época en que Aurelia adquirió su ínsula, Lucio Decumio encontró una ocupación que convenía a su carácter tanto como a su bolsa: se convirtió en asesino. Aunque sus fechorías se murmuraban más que relatarlas claramente, los que le conocían le consideraban responsable de numerosos homicidios políticos y comerciales de romanos y extranjeros. Que no le molestara nadie —y no digamos arrestarle— se debía a su habilidad y audacia. Nunca había pruebas. Sin embargo, la naturaleza de su lucrativo oficio era de dominio público en el Subura. Como decía el propio Lucio Decumio, si nadie sabe que eres un asesino, nadie te ofrece trabajo. Algunas fechorías las negaba, y en eso también se le creía. Así, se le había oído comentar que el asesinato de Aselio era obra de un chapucero que había puesto en peligro a Roma matando a un augur en pleno ritual y ataviado con las vestiduras sagradas. Aunque Lucio Decumio opinaba que Metelo Numídico el Meneitos había sido envenenado, proclamaba a los cuatro vientos que había sido por mano de una mujer.


Se había enamorado de Aurelia desde que la conoció, no de un modo romántico o carnal —insistía él—, sino por reconocimiento instintivo de un espíritu afin, tan decidido, Valeroso e inteligente como él. Aurelia se convirtió en algo suyo que había que querer y proteger, y conforme fueron naciendo sus hijos, también ellos quedaron guarecidos bajo el ala protectora del rufián. Al pequeño César le idolatraba y, a decir verdad, le quería más

 

que a sus dos hijos, que eran casi unos hombres y comenzaban a aprender las obligaciones de la cofradía. Él había protegido al niño durante años, pasando horas en su compañía y adquiriendo un sincero aprecio por el mundo al que pertenecía; él le había explicado cómo funcionaba la agencia de protección y cómo actuaba un buen asesino. No había nada de Lucio Decumio que no supiese el pequeño César. Y nada había que le resultara incomprensible; sencillamente, la conducta apropiada para un patricio romano no era la misma que la de un romano de cuarta clase encargado de una cofradía de cruce. A cada uno lo suyo. Pero eso no era óbice para que fuesen amigos y se tuvieran afecto.


—Nosotros, los romanos de clase baja somos villanos —le había dicho Lucio Decumio al pequeño—, y no podemos comer y beber decentemente, tener tres o cuatro buenas esclavas, una de ellas con un cunnus que valga la pena alzarle la falda. Aunque fuésemos listos para el negocio, y casi ninguno lo somos, ¿dónde íbamos a encontrar capital, digo yo? No, yo siempre digo que cada uno se hace la túnica conforme le conviene y ya está —dijo apoyando el índice en un lado de la nariz y enseñando sus sucios dientes—. ¡Pero no digas ni una palabra de esto, Cayo Julio! ¡Ni una palabra a nadie! Y menos a tu querida madre.


El pequeño guardaba los secretos y no decía nada a nadie, Aurelia incluida. La formación del pequeño era mucho más amplia de lo que ella imaginaba.



A medianoche, el carruaje con las sudorosas mulas llegaba al campamento militar en las afueras del pueblo de Tibur. Cayo Mario sacó al ex pretor Lucio Cornelio Cinna de la cama sin el menor miramiento.


Se conocían ligeramente, pues había casi treinta años de diferencia de edad entre ellos, pero Cinna se había significado por sus discursos en la Cámara como defensor de Mario, y había sido un buen praetor urbanus — el primero de los gobernadores de Roma en tiempo de guerra debido a la ausencia de los cónsules—, pero el enfrentamiento con los itálicos había echado por tierra sus esperanzas de aumentar su fortuna privada con el

 

cargo de gobernador en alguna provincia. Ahora, dos años después, se encontraba sin medios para pagar la dote de sus hijas e incluso no estaba muy seguro de poder garantizar la carrera senatorial de su hijo más allá de simple senador sin derecho a la palabra. La carta del Senado, otorgándole el mando supremo del frente marso tras la muerte del cónsul Catón, no le había entusiasmado, pues la cruda realidad era que le obligaba a dedicarse intensamente a apuntalar una estructura que había dejado tambaleante un comandante tan inepto como arrogante. ¡Ah!, ¿dónde estaría aquella suculenta provincia?


Hombre fornido y bajo, de rostro curtido y mandíbula desencajada, su aspecto no le había impedido hacer un buen matrimonio con una rica heredera, Annia, de una buena familia plebeya que había sido consular durante dos siglos. Cinna y Annia tenían tres hijos, una chica de quince años, un hijo de siete y otra niña de cinco. Aunque no era ninguna beldad, Annia era una mujer que llamaba la atención por su pelo rojo y ojos verdes; la hija mayor había heredado su pelo, mientras que los otros dos retoños eran morenos como el padre. Nada de esto había tenido relevancia hasta que Cneo Domicio Ahenobarbo, pontífice máximo, había ido a visitar a Cinna para pedirle la mano de su hija mayor en representación de su hijo Cneo.


—A los Domicios Ahenobarbos nos gustan las esposas pelirrojas —dijo sin rodeos el pontífice máximo—, y tu hija Cornelia Cinna reúne todas las condiciones que yo deseo para ser la esposa de mi hijo… tiene la edad adecuada, es patricia y es pelirroja. En principio había echado el ojo a la hija de Lucio Sila, pero, lamentablemente, va a casarse con el hijo de Quinto Pompeyo Rufo. Aunque tu hija es más que adecuada. Es de la misma gens y supongo que tendrá una buena dote.


Cinna había tragado saliva, dirigiendo una plegaria a Juno Sospita y a Ops, confiando llegar en un futuro a ser gobernador de alguna apetecible provincia.


—Cuando mi hija tenga edad para casarse, Cneo Domicio, tendrá una dote de cincuenta talentos. Más no puede ser. ¿Te parece bien?


—¡Oh, de sobra! —contestó Ahenobarbo—. Cneo es mi principal heredero, así que a tu hija no le faltará de nada. Creo que estoy entre los

 

cinco o seis hombres más ricos de Roma y tengo miles de clientes. ¿Quieres que procedamos a la ceremonia de esponsales?


Todo esto había tenido lugar el año anterior al pretorado de Cinna, un momento para imaginarse razonablemente que iba a poder disponer del dinero para la dote de su hija antes de que llegase el momento del casamiento con el hijo de Cneo Domicio Ahenobarbo. Si la fortuna de Annia no hubiese estado tan condenadamente comprometida, las cosas habrían sido más fáciles; pero era el padre de Annia quien mantenía el control, y a la muerte de ella los hijos no la heredarían.


Cuando Cayo Mario le despertó y la luna ya desaparecía por el oeste, Cinna no tenía ni idea de las consecuencias que aquella visita acarrearía. De mala gana, se puso una túnica y unos zapatos y se dispuso a decir cosas desagradables al padre de un cadete que parecía muy prometedor.


El gran hombre entró en la tienda de mando seguido de una curiosa escolta, un hombre del común de unos cincuenta años y un niño guapísimo. Era el niño quien efectuaba casi toda la faena; por sus gestos se notaba que estaba acostumbrado. Cinna le habría tomado por un esclavo de no haber sido porque llevaba la hulla al cuello y se comportaba como un patricio de mejor familia que los Cornelios. Al sentarse Mario, el niño permaneció a su izquierda y el cincuentón detrás.


—Lucio Cornelio Cinna, te presento a mi sobrino Cayo Julio César y a mi amigo Lucio Decumio. Puedes hablar sin tapujos delante de ellos —dijo Mario, poniéndose la mano izquierda en el regazo con la derecha, con aspecto menos cansado de lo que Cinna habría podido pensar y más en posesión de sus facultades de lo que las noticias de Roma, ya un tanto pasadas, por cierto, habrían dado a entender. Aunque, afortunadamente, no parecía un temible adversario, pensó Cinna.


—Una tragedia, Cayo Mario.


Los despiertos ojos de Mario recorrieron la tienda para ver si había alguien y, tras comprobar que no, se posaron en Cinna.


—¿Estamos solos, Lucio Cinna?


—Totalmente.

 

—Bien —dijo Mario, sentándose más cómodo en la silla—. Mi fuente de información es de segunda mano y me he enterado por Quinto Lutacio que pasó a verme a casa, pero yo no estaba. Fue él quien se lo contó a mi esposa, quien a su vez me lo contó a mi. Tengo entendido que a mi hijo se le acusa del asesinato del cónsul Lucio Catón durante una batalla y que hay testigo o testigos. ¿Son así los hechos?


—Sí, eso me temo.


—¿Cuántos testigos?


—Uno solo.


—¿Y quién es? ¿Un hombre íntegro?


—Por encima de todo reproche, Cayo Mario. Es un contubernalis llamado Publio Claudio Pulcher —contestó Cinna.


—¡Ah, esa familia! —gruñó Mario—. Es famosa por sus rencores y por ser muy difícil de tratar. Y más pobre que un pastor de Apulia. ¿Cómo puedes afirmar tan tajantemente que está por encima de todo reproche?


—Porque Claudio no parece de la familia —replicó Cinna, decidido a acabar con las esperanzas de Mario—. Su reputación en la tienda de cadetes y durante el mando del finado Lucio Catón es impecable. Lo comprobarás cuando le veas. Muestra una profunda lealtad a sus compañeros, es el mayor de todos, y un gran afecto por tu hijo. Y también tengo que decir que admira el comportamiento en el combate de tu hijo. Lucio Catón no gozaba de las simpatías de su estado mayor, y no digamos nada de la tropa.


—Pero Publio Claudio ha acusado a mi hijo.


—Lo creyó su deber.


—¡Ah, ya! Un mojigato presumido.


—¡No, Cayo Mario, no lo es! —replicó Cinna—. ¡Piensa por un momento como comandante, te lo ruego, no como padre! El joven Pulcher es un estupendo romano, tan entregado a su deber como a su familia. El ha cumplido con su deber, por mucho que lo detestara. Y ésa es la pura verdad.


Cuando Mario se rebulló para levantarse, se notó que estaba cansado, pues, aunque ya se había acostumbrado a moverse por sí solo, tenía que ayudarle el pequeño César. El anodino Lucio Decumio se puso a la derecha de Mario y lanzó un carraspeo.

 

—¿Quieres decir algo? —inquirió Cinna.


—Perdonad, Lucio Cinna, ¿el caso del joven Mario se juzga mañana? —No. Puede ser al día siguiente —contestó Cinna parpadeando


sorprendido.


—Pues si no os importa, que sea al día siguiente. Cuando Cayo Mario se levante mañana, y no lo hará muy temprano, tendrá que hacer ejercicio porque se ha pasado mucho tiempo sentado incómodo en el carruaje. — Decumio hablaba despacio, concentrándose en las reglas gramaticales—. Actualmente su ejercicio consiste en tres horas diarias a caballo, y se le debe dar la oportunidad de hablar con ese cadete llamado Publio Pulcher. El joven Mario está acusado de un crimen capital, y un hombre de la importancia de Cayo Mario merece una deferencia, ¿no? Yo creo que sería mejor que Cayo Mario viera a Publio Claudio en algún sitio menos… menos formal que la tienda. Ninguno queremos que las cosas… que las cosas sean más penosas de lo que debe… de lo que deben ser; así que yo creo que estaría bien que organizaseis una salida a caballo para mañana por la tarde y que acudieran todos los cadetes, incluido Publio Claudio.


Cinna fruncía el entrecejo, sospechando que querían inducirle a hacer algo que lamentaría. El niño que estaba a la izquierda de Mario le dirigió una sonrisa encantadora con un guiño.


—Os ruego que perdonéis a Lucio Decumio —dijo el pequeño César—. Es el cliente más devoto de mi tío. ¡Y además es un déspota! La única manera de tenerle contento es complacerle.


—No puedo permitir que Cayo Mario hable en privado con Publio Claudio antes del juicio —contestó Cinna apesadumbrado.


Mario había permanecido con aire de profunda indignación durante el diálogo, pero ahora se volvía con tal gesto furibundo hacia Lucio Decumio y el niño, que Cinna pensó que iba a darle otra apoplejía.


—¿Pero qué son todas esas tonterías? —bramó—. ¡No tengo por qué ver para nada a ese dechado del deber llamado Publio Claudio! ¡Lo único que deseo es ver a mi hijo y asistir al juicio!


—Vamos, vamos, Cayo Mario, no os pongáis nervioso —terció Lucio Decumio con voz zalamera—. Mañana, después de una buena cabalgada,

 

iréis más dispuesto al juicio.


—¡Ah, los dioses me libren de mentecatos! —exclamó Mario, saliendo de la tienda por sí solo—. ¿Dónde está mi hijo?


El pequeño César se quedó rezagado, mientras Lucio Decumio se apresuraba a seguir a Mario.


—No le deis importancia, Lucio Cinna —dijo, esgrimiendo otra vez la encantadora sonrisa—. Siempre están riñendo, pero Lucio Decumio tiene razón. Cayo Mario necesita descansar y hacer mañana su ejercicio cotidiano. Para él es un triste asunto, y a todos nos preocupa que no afecte gravemente a su convalecencia.


—Sí, claro, lo entiendo —dijo Cinna, dándole unas paternalistas palmaditas en el hombro, pues era demasiado alto para dárselas en la cabeza


—. Mejor será que le lleve ahora a ver a su hijo —añadió, cogiendo una antorcha del soporte y yendo tras el bulto de Mario—. Por aquí, Cayo Mario. Para cubrir las apariencias, he confinado a tu hijo a solas en una tienda hasta que comparezca a juicio. Y he puesto una guardia para que no hable con nadie.


—Supongo que comprenderás que este juicio no es decisivo —dijo Mario cuando pasaban entre dos filas de tiendas—. Si el resultado es desfavorable para mi hijo, quiero que lo juzguen sus iguales en Roma.


—Desde luego —contestó Cinna.


Cuando padre e hijo se vieron frente a frente, el joven Mario dirigió a su progenitor una mirada algo airada, pero en seguida se contuvo. Hasta que reparó en Lucio Decumio y el pequeño César.


—¿Por qué has traído a ésos? —inquirió.


—Porque no podía hacer el viaje solo —contestó Mario, haciendo un brusco gesto a Cinna para que saliera y dejando que le ayudasen a sentarse en la única silla que había en la tienda—. Bien, hijo mío, tu genio te ha metido finalmente en un buen lío —añadió, como quien recita aburridamente una sentencia.


El joven Mario le miró estupefacto, como a la espera de algún signo. Luego lanzó un sollozo y exclamó:

—¡Yo no lo hice!

 

—Bien —dijo Mario con afecto—. No digas más que eso, hijo, y todo ira bien.


—¿Ah, sí, padre? ¿Y cómo, si Publio Claudio jura que fui yo?


Mario se puso en pie de pronto, decepcionado.


—Si sigues sosteniendo que eres inocente, hijo, te prometo que no te sucederá nada. Nada.


El rostro del joven Mario reflejó una sensación de alivio; pensó que aquél era el signo que esperaba.


—¿Vas a arreglarlo, verdad?


—Puedo arreglar muchas cosas, Cayo Mario hijo, pero no un juicio militar presidido por un hombre de honor —contestó Mario hastiado—. Lo más que podré conseguir es que te juzguen en Roma. Ahora, haz como yo y duerme. Te veré mañana por la tarde.


—¿Sólo mañana por la tarde? ¿No es para mañana el juicio?


—Te veré mañana por la tarde. El juicio lo han retrasado un día para que yo pueda hacer mi ejercicio… si no, nunca estaré en forma para ser cónsul por séptima vez —añadió, volviéndose en la entrada de la tienda y sonriéndole con grotesca sorna—. Tengo que cabalgar, me dicen éstos. Y me van a presentar al que te acusa; pero no para convencerle de que haga otra versión, hijo. Me han prohibido verle a solas. Yo, Cayo Mario — prosiguió, recuperando el aliento—, aleccionado por un simple pretor sobre lo que debo hacer… ¡Te puedo perdonar que matases a un militar chapucero a punto de permitir el aniquilamiento de su ejército, joven Mario, pero no te perdono que me hayas puesto en esta situación de tener que transigir!



Cuando se reunieron para salir a caballo, a la mañana siguiente, Cayo Mario fue puntillosamente correcto en su actitud frente a Publio Claudio Pulcher, un joven moreno y de aspecto avergonzado, que, con toda evidencia, habría deseado hallarse en cualquier otra parte menos allí. Nada más ponerse en marcha, Mario se unió a Cinna, mientras que su legado Marco Cecilio Cornutus y el pequeño César cabalgaban detrás y los cadetes

 

a retaguardia. Una vez comprobado que ninguno de ellos conocía el terreno, Lucio Decumio se puso en cabeza.


—Hay una magnífica vista de Roma a unas dos millas —dijo—, justamente la distancia que tiene que cabalgar Cayo Mario.


—¿Cómo conoces tan bien Tibur? —inquirió Mario.


—Mi abuelo paterno era de aquí —contestó el suburense al frente de la fila que formaban los jinetes por un estrecho sendero serpenteante que ascendía cada vez más.


—No pensaba que tuvieras nada de rural en tu malfamado cuerpo, Lucio Decumio.


—Y no lo tengo, Cayo Mario —contestó él, sonriendo por encima del hombro—. ¡Pero ya sabéis cómo son las mujeres! Mi madre nos traía a rastras aquí todos los veranos.


Hacía muy buen día y el sol calentaba, pero un vientecillo fresco azotaba el rostro de los jinetes, y se oía el rugir del Anio en su angosto lecho, ora estrepitoso, ora un murmullo. Lucio Decumio puso el corcel a paso lento y el tiempo fue transcurriendo sin que apenas se dieran cuenta; sólo el evidente placer que Mario extraía del paseo hacía que el resto viera en ello algo positivo. Publio Claudio Pulcher, que había estado temiendo el encuentro con el padre del joven Mario, fue relajándose poco a poco y entabló conversación con los otros dos cadetes; mientras que Cinna, que cabalgaba junto a Mario, se preguntaba si éste haría alguna propuesta al acusador de su hijo, pues estaba convencido que era el motivo real del paseo. El, que también era padre, imaginaba que habría recurrido a lo que fuese de haberse encontrado su hijo en igual situación.


—¡Mirad! —exclamó Lucio Decumio ufano, apartando su caballo del sendero para que los demás se adelantasen—. Una vista que Vale la pena, ¿no es cierto?


Lo era. Estaban en una cornisa en la ladera, un lugar en que algún cataclismo había desprendido la roca, dejando un precipicio a pico hasta la llanura de abajo. Se veían las aguas turbulentas y espumeantes del Anio hasta su confluencia con el Tíber, una corriente azulada irrumpía a lo lejos por el norte. Más allá de la confluencia de los dos ríos estaba Roma, una

 

extensión de vívidos colores y tejados de ladrillo rojo, con sus templos coronados de estatuas brillantes; y ya en la línea del horizonte el aire era tan diáfano, que incluso se vislumbraba el mar Toscano.


—Estamos a mucha distancia por encima de Tibur —dijo Lucio Decumio a sus espaldas, descabalgando.


—¡Qué pequeña se ve la ciudad desde aquí! —dijo Cinna, maravillado. Todos  se  acercaron  al  borde  del  precipicio  para  contemplar  la panorámica, menos Lucio Decumio. Los jinetes se entremezclaron y se hizo evidente que Mario no iba a tener oportunidad de hablar con Publio


Claudio, pues Cinna los había separado al acercarse los cadetes.


—¡Mirad! —exclamó el pequeño César, golpeando fuerte con el pie al caballo, que se había plantado—. ¡El acueducto del Anio! ¿A que parece de juguete? ¡Es precioso!


Se había dirigido a Publio Claudio, que parecía extasiado por la panorámica y dispuesto, como el pequeño, a observar todos los detalles.


Se acercaron los dos al borde lo máximo que sus caballos consintieron para contemplar Roma, sonriéndose mutuamente una vez saciada la vista.


Como realmente era una panorámica magnífica, todos —menos Lucio Decumio— prestaban únicamente atención mirando al frente. Por eso nadie advirtió que el suburense sacaba un pequeño objeto en forma de i griega de la bolsa que llevaba colgada a la túnica, ni le vieron colocar una aguda punta metálica en el centro de una tira de cuero flexible que unía los extremos de la pequeña horca de madera. Con la misma naturalidad de quien da un bostezo o se rasca la cabeza, se llevó el artilugio a la altura del ojo, tensó todo lo que pudo la tira de cuero, apuntó con cuidado… y la soltó.


El caballo de Publio Claudio relinchó y retrocedió encabritado, mientras el cadete se agarraba instintivamente a las crines para no caer. Sin importarle el peligro, el pequeño César alargó la mano por encima del cuello de su montura y agarró la brida del animal. Todo sucedió tan de prisa, que nadie después pudo recomponer la escena, salvo el notorio hecho de que el pequeño César había actuado con una apabullante valentía impropia de su edad, pues también su caballo se asustó y, al retroceder,

 

chocó de costado con el del cadete, yendo a plantar las patas delanteras en el vacío… Los dos caballos con los jinetes cayeron al precipicio, pero, no se supo cómo, el pequeño César, en lugar de ser arrastrado, se irguió en la silla y pudo saltar sobre la cornisa, agarrándose al suelo como un gato.


Todos permanecieron estupefactos al borde del abismo, pálidos, con ojos como platos, y en principio preocupados sólo por ver si el pequeño se encontraba bien. Luego, y el niño el primero (y menos jadeante que ninguno), todos se asomaron al precipicio. Allá abajo se veían los dos caballos despanzurrados. Con Publio Claudio Pulcher. Se hizo un profundo silencio. Prestaron oído por si llegaban gritos de auxilio, pero sólo se escuchaba el rumor del viento. Y nada se movía; ni un halcón en lo alto.


—¡Vamos, apártate! —se oyó decir a una voz, y Lucio Decumio agarró al pequeño del hombro y lo retiró del borde del precipicio, arrodillándose para palparle por todas partes y comprobar que no tenía nada roto—. ¿Por qué has hecho eso? —musitó en voz muy baja para que nadie le oyera.


—Tenía que parecer convincente —le respondió el pequeño en un suspiro—. Hubo un momento en que no estaba seguro que su caballo fuese a caer. Y era mejor asegurarse. Sabía que no me pasaría nada.


—¿Y cómo sabías lo que yo iba a hacer? ¡Si ni siquiera mirabas hacia donde estaba!


—¡Oh, Lucio Decumio —exclamó el pequeño con gesto de exasperación—, te conozco de sobra! En cuanto Mario mandó buscarte supe para qué era. A mí, lo que le suceda a mi primo me da igual, pero no deseo la desgracia para Cayo Mario y mi familia. Un rumor es una cosa, pero un testigo es otra.


Apoyando su mejilla contra aquel pelo dorado, Lucio Decumio cerró los ojos en gesto tan exasperado como el del pequeño.


—¡Pero has arriesgado la vida!


—Tú no te preocupes por mi vida, ya la cuido yo. Cuando la descuide será porque ya no sirva para nada —replicó el chiquillo, zafándose del abrazo del suburense para ir a ver si Cayo Mario se encontraba bien.

 

Inquieto y confuso, Lucio Cornelio Cinna sirvió vino para él y Cayo Mario nada más llegar a la tienda. Lucio Decumio había llevado al pequeño César a pescar en las cascadas del Anio y el resto del grupo estaba reunido para formar otro que fuese a recoger los restos del cadete Publio Claudio Pulcher para enterrarlo.


—Tengo que decir que, por lo que a mí y a mi hijo respecta, ha sido un oportuno accidente —dijo Mario crudamente, dando un cumplido trago de vino—. Sin Publio Claudio, el juicio se va al agua, amigo mío.


—Ha sido un accidente —añadió Cinna en un tono que daba a entender que su mayor preocupación era convencerse a sí mismo—. ¡Otra cosa no ha podido ser!


—Exacto. Otra cosa no ha podido ser. Casi estuve a punto de perder un muchacho mejor que mi hijo.


—Yo creía que el chico no se salvaba.


—Creo que ese muchachito es la suerte personificada —dijo Mario con un ronroneo—. Tendré que vigilarle para que no me eclipse.


—¡Oh, que complicación! —exclamó Cinna con un suspiro.


—Sí, no es un buen presagio para quien ocupa la tienda de general — comentó Mario afable.


—¡Espero salir mejor librado que Lucio Catón!


—Peor, es difícil —añadió Mario con una sonrisa—. Sin embargo, yo, sinceramente, espero que salgas con bien de ésta, Lucio Cinna. Y te quedo muy agradecido por tu paciencia. ¡Enormemente!


De algún modo, en lo más íntimo de su ser, Cinna oyó el tintineo de una cascada de monedas, ¿o sería el rumor del Anio, donde aquel extraordinario muchacho estaba alegremente pescando como si nada pudiera quebrar su entereza?


—¿Cuál es el primer deber de uno, Cayo Mario? —inquirió Cinna de pronto.


—El primer deber de una persona, Lucio Cinna, es la familia.


—¿Y Roma no?


—¿Y qué es Roma sino su familia?

 

—Si… Sí, supongo que sí. Y los que hemos nacido para ello y tenemos hijos para el mismo propósito, debemos esforzarnos porque nuestras familias sigan teniendo la posibilidad de gobernar.


—Así es —dijo Cayo Mario.

 









VII

 

 

Una vez que Lucio Cornelio Sila hubo hechizado (como había dicho el


pequeño César) a Catón el Cónsul, desplazándolo del frente marso, procedió a adoptar medidas para recuperar el territorio romano en poder de los itálicos. Aunque oficialmente seguía siendo legado, de hecho ostentaba el mando supremo del frente sur, y sabía que no habría injerencia por parte del Senado ni de los cónsules, siempre, desde luego, que obtuviera buenos resultados. Italia estaba cansada; uno de sus dos principales dirigentes, el marso Silo, habría seguramente considerado la rendición de no haber sido por el otro, Cayo Papio Mutilo, que se negaba a ceder; Sila lo sabía. Por consiguiente tenía que actuar de modo que le hiciera ver que defendía una causa perdida.


La primera acción de Sila fue tan secreta como fantástica, pero disponía del hombre adecuado para esa tarea que él no podía llevar a cabo. Si su idea daba frutos, sería el principio del fin para los samnitas y sus aliados en el sur. Sin decir a Catulo César en Capua por qué apartaba las dos mejores legiones del escenario de Campania, Sila las embarcó de noche en una flota anclada en el puerto de Puteoli.


Iban al mando de su legado Cayo Cosconio, con órdenes explícitas de zarpar y doblar el talón de la península para desembarcar en la costa este, cerca de Apenestae, en Apulia. El primer tercio del viaje, en descenso por la costa oeste, debían hacerlo sin perder de vista tierra, para que cualquier vigía en Lucania pensase que la flota se dirigía a Sicilia, donde existían rumores de sublevación. Durante el segundo tercio, la flota podía aproximarse a la costa y reavituallarse en puertos como Croto, Tarentum y Brundisium, en donde difundirían la noticia de que iban a sofocar disturbios en Asia Menor, versión que se había hecho circular entre la propia tropa. Y cuando zarpase de Brundisium, último tercio del viaje y el más corto, toda la ciudad debía quedar convencida de que se dirigía a través del Adriático a Apollonia, en Macedonia occidental.


—Después de Brundisium —dijo Sila a Cosconio—, no se te ocurra tocar tierra hasta que llegues al punto de destino. En tus manos dejo la decisión de dónde desembarcar exactamente. Elige un lugar tranquilo y no

 

ataques hasta que no estés preparado del todo. Tu cometido es liberar la Via Minucia al sur de Larinum y la Via Appia al sur de Ausculum Apulium. Después, concéntrate sobre el este del Samnio. Cuando estés en esa fase yo avanzaré en dirección este para reunirme contigo.


Eufórico por haber sido designado para aquella vital misión y seguro de que él y sus hombres tenían capacidad para llevarla a buen fin, Cosconio ocultaba su entusiasmo y escuchaba sin perder detalle.


—Recuerda, Cayo Cosconio, que por mar has de ir sin prisas —dijo Sila


—. En la mayoría de las jornadas no quiero que navegues más de veinticinco millas. Estamos a finales de marzo, así que debes desembarcar al sur de Apenestae dentro de cincuenta días. Si desembarcas demasiado pronto, no tendré tiempo de completar el movimiento de tenaza. Necesito esos cincuenta días para recuperar todos los puertos de la bahía del Cráter y echar a Mutilo de Campania occidental. Sólo después podré avanzar en dirección este.


—Como la navegación rodeando el pie de la península es problemática, me alegro de disponer de cincuenta días, Lucio Cornelio —contestó Cosconio.


—Si tienes que remar, rema —añadió Sila.


—Estaré en mi destino dentro de cincuenta días, puedes estar seguro, Lucio Cornelio.

—Sin perder un solo hombre; y menos una nave.


—Todas llevan un buen capitán y estupendos timoneles, y se han previsto todas las eventualidades de la singladura. No fallaré. Llegaremos a Brundisium lo antes posible y aguardaremos allá lo que sea necesario; ni un día más ni un día menos —dijo Cosconio.


—¡Muy bien! Y recuerda una cosa, Cayo Cosconio. Tu mejor aliado es la Fortuna. Ofrécele sacrificios cada día. Si ella te tiene tanto afecto como a mí, todo saldrá bien.



La flota que transportaba a Cosconio y a las dos legiones de choque zarpó de Puteoli al día siguiente a luchar contra los elementos, fiando en un

 

factor determinante: la suerte. Apenas había zarpado, Sila regresó a Capua y partió hacia Pompeya. Se trataba de un ataque mixto por tierra y mar, ya que Pompeya contaba con soberbias instalaciones portuarias junto a la desembocadura del Sarnus. El plan de Sila consistía en bombardear la ciudad con proyectiles incendiarios lanzados desde naves ancladas en el río.


Pero una duda persistía en su mente, y era algo que no podía modificar. La flotilla estaba al mando de un hombre al que no le gustaba cumplir las órdenes y en el que no se podía confiar del todo: nada menos que Aulo Postumio Albino. Veinte años atrás, había sido el mismo Aulo Postumio Albino quien había provocado la guerra contra el rey Yugurta de Numidia. Y no había cambiado.


Al recibir órdenes de Sila para que llevara sus naves de Neapolis a Pompeya, Aulo Albino decidió primero hacer saber a la marinería quién mandaba y lo que les sucedería si no se ponían marcialmente firmes cada vez que chascase los dedos. Pero la marinería era toda de Campania y de origen griego y las cosas que Aulo Albino les dijo les parecieron insoportablemente insultantes. Y, al igual que el cónsul Catón, quedó enterrado bajo un alud de proyectiles: pero éstos eran piedras, no terrones de barro, y Aulo Postumio Albino murió.


Afortunadamente, Sila no se hallaba muy lejos cuando le llegó la noticia del asesinato. Dejó que sus tropas prosiguieran la marcha al mando de Tito Didio y se dirigió con su mula a Neapolis para enfrentarse a los cabecillas de la sedición. Se hizo acompañar por su otro legado, Metelo Pío el Meneítos. Tranquilo e impasible, escuchó las apasionadas alegaciones y pretextos de los amotinados y respondió friamente:


—Mucho me temo que o demostráis que sois los mejores marinos y guerreros de la historia naval de Roma, o no olvidaré que habéis asesinado a Aulo Albino.


Luego nombró almirante a Publio Gabinio y así concluyó el motín. Metelo Pío el Meneitos se mordió la lengua hasta que él y Sila iban


camino de reunirse con el ejército. Ya no podía aguantar más.


—Lucio Cornelio, ¿vas a aplicarles algún castigo?

 

Sila alzó deliberadamente el ala del sombrero para que el Meneitos viese sus ojos glaciales y risueños.


—No, Quinto Cecilio, no pienso hacerlo.


—¡Tendrías que haberles despojado de la ciudadanía y mandar azotarlos!


—Si, eso es lo que casi todos los comandantes habrían ordenado… los necios. De todos modos, como tú eres sin duda uno de esos comandantes necios, te explicaré por qué no lo he hecho, para que lo veas tú mismo.


Sila alzó la mano derecha y fue enumerando las razones una por una. —En primer lugar, no nos podemos permitir perder esos hombres. Se


han curtido con Otacilio y tienen experiencia. Segundo, yo admiro su gran sentido común al deshacerse de un hombre que los habría mandado muy mal y que quizá los habría conducido a la muerte. Tercero, ¡yo no quería a ese Aulo Albino!, pero era un consular y no podía prescindir de él ni marginarle.


Con los tres dedos en el aire, Sila se volvió en la silla para mirar al desventurado Meneítos.


—Voy a decirte una cosa, Quinto Cecilio. Si por mi fuese, en mi estado mayor no habría lugar en absoluto para ineptos tan despreciables como Aulo Albino, el FInado cónsul Lupo y el actual cónsul Catón Liciniano. Le concedí el mando naval a él porque pensé que sería un mal menor. ¿Cómo voy a castigar a unos hombres que han hecho lo que yo habría hecho en similares circunstancias? Y cuarto —añadió estirando otro dedo—, esos hombres se han puesto en el brete de que si no actúan como espero, sí que puedo despojarlos de la ciudadanía y mandar azotarlos; lo que significa que tendrán que luchar como fieras. Y quinto —espetó, estirando el pulgar—, me es indiferente cuántos asesinos y ladrones tenga en mis tropas, con tal de que luchen como fieras.


La mano cayó con fiero ademán, cual hacha bárbara.


Metelo Pío abrió la boca, pero optó prudentemente por callarse lo que pensaba.


En el punto en que la carretera a Pompeya se dividía en dos ramales, uno hacia la puerta del Vesubio y el otro hacia la puerta Herculánea, Sila

 

dispuso a las tropas en un campamento bien fortificado. Cuando ya se hallaba bien protegido entre trincheras y empalizadas, la flotilla había alcanzado su destino e iniciaba el bombardeo de proyectiles incendiarios sobre la ciudad con mayor celeridad de lo que era capaz de recordar el más viejo centurión. Las caras aterradas que se veían en lo alto de las murallas daban a entender que era una clase de arte militar que nadie se esperaba. Pero peor fue el incendio.


Al día siguiente se evidenció que los samnitas de Pompeya habían enviado desesperados mensajes de socorro al aparecer un ejército samnita, superior en más de diez mil hombres al de Sila, que hizo alto a menos de trescientos pasos del campamento romano. Sila tenía un tercio de sus veinte mil hombres fuera, efectuando incursiones, y con la inesperada presencia del enemigo era una tropa que quedaba aislada. Con aspecto más temible que nunca, Sila se personó en las empalizadas con Metelo Pío y Tito Didio para escuchar los insultos y rechiflas que el viento traía desde las murallas de la ciudad, y que le gustaron menos aún que la aparición del ejército samnita.


—Ordenad la llamada a las armas —dijo a sus legados.


Tito Didio se volvía para hacerlo, cuando Metelo Pío le agarró por el brazo, deteniéndole.


—¡Lucio Cornelio, no podemos enfrentarnos a ésos! —exclamó el Meneitos—. ¡Nos harán pedazos!


—No nos queda más remedio que salir a luchar —replicó Sila tajante, mostrando su cólera por la objeción—. Ese que ha llegado es Lucio Cluentio y viene con ganas de quedarse. Si le dejo construir un campamento tan fortificado como el nuestro, volveremos a encontrarnos en la situación de Acerrae. ¡Y no pienso dejar estancadas cuatro legiones durante meses en un sitio como éste, ni necesito que Pompeya demuestre al resto de puertos rebeldes que Roma es incapaz de recuperarlos! ¡Y si eso no fuese motivo suficiente para atacarlos ahora mismo, Quinto Cecilio, ten en cuenta que cuando regresen las tropas que tenemos en incursión de avituallamiento se van a meter sin previo aviso entre el ejército samnita y será su perdición!

 

—Voy a llamar a las armas —dijo Didio, zafándose de Metelo Pío y dirigiéndole una mirada de desprecio.


Cubriéndose la cabeza con un casco en lugar de su habitual sombrero, Sila subió al tribunal del foro del campamento y se dirigió a los escasos trece mil hombres de que disponía.


—¡Todos sabéis lo que espero de vosotros! —gritó—. ¡Tenemos ahí una bandada de samnitas que nos triplican en número! ¡Pero Roma está harta de ser derrotada por una bandada de samnitas y Sila está harto de que los samnitas se apoderen de ciudades romanas! ¿De qué sirve ser un romano vivo si Roma tiene que humillarse ante los samnitas como una perra? ¡Este romano no lo hará! ¡Sila no está dispuesto! ¡Si tengo que salir solo a combatir, lo haré! ¿Voy a salir solo? ¿Es eso? ¿O vais a salir conmigo porque también sois romanos y estáis tan hartos de los samnitas como yo?


Todo el ejército respondió con estentóreos vítores, mientras él permanecía inmóvil hasta que acabaran. Porque él no había acabado.


—¡A echarlos! —gritó aún con mayor fuerza—. ¡A echarlos a todos! ¡Pompeya es nuestra! ¡Los samnitas han asesinado a mil romanos y ahora esos samnitas están en lo alto de las murallas de Pompeya creyéndose a salvo y abucheándonos porque creen que les tenemos miedo, esa pandilla de puercos samnitas! ¡Pues vamos a demostrarles que se equivocan! ¡Vamos a darles para el pelo hasta que regresen las tropas de incursión, y cuando regresen, nuestros gritos de guerra servirán para guiarlos a la batalla! ¡Contendremos a los samnitas hasta que vuelvan nuestros compañeros y les caigan por la espalda como romanos que son!


Se oyó una segunda aclamación estentórea, pero Sila ya había bajado de la tribuna, esgrimiendo la espada. Tres ordenadas columnas se dirigieron a paso ligero hacia la puerta principal y las dos laterales. Sila mandaba la de en medio.


Tan rápido fue el despliegue romano, que Cluentio, pensando que no presentarían batalla, apenas tuvo tiempo de disponer a sus tropas para hacer frente a la carga romana. Comandante frío y audaz, no retrocedió y permaneció en primera línea de combate, pero Sila, que seguía a la cabeza de sus tropas, tampoco quiso retroceder un palmo y sus hombres le

 

secundaron. Durante una hora, romanos y samnitas lucharon cuerpo a cuerpo sin cuartel y sin retroceder. Había habido pocas batallas libradas en combate tan cerrado, y ambos bandos sabían que el resultado de aquélla afectaría inevitablemente a la evolución de la guerra.


En aquella hora fueron cayendo numerosos legionarios, pero en el momento en que parecía inevitable que Sila ordenase la retirada, la línea samnita se estremeció, cedió y comenzó a replegarse. Las tropas romanas que habían salido de incursión de pillaje regresaban y comenzaban a atacar por la retaguardia. Entre gritos de ¡Roma es invencible!, Sila volvió con sus tropas a la refriega con renovada energía, pero, a pesar de todo, Cluentio cedía terreno a duras penas y durante otra hora supo mantener sus tropas bien unidas. Luego vio que todo estaba perdido, cerró filas y se abrió camino entre los romanos que le atacaban por retaguardia, para retirarse a toda prisa hacia Nola.


Considerándose símbolo del reto itálico en el sur —y sabiendo que Roma era consciente de que había hecho morir de hambre a muchos soldados romanos—, Nola no podía permitirse poner en peligro su seguridad. Por eso, cuando Cluentio y más de veinte mil soldados samnitas llegaron ante sus murallas, apenas a una milla de la vanguardia de las tropas de Sila, se encontraron con las puertas cerradas. Asomados a los altos, desgastados y reforzados adarves de las murallas, los magistrados de la ciudad miraron a Lucio Cluentio y sus samnitas y se negaron a abrirles las puertas. Finalmente, cuando las primeras filas de tropas romanas se aproximaban a la retaguardia samnita, disponiéndose a cargar, la puerta ante la cual se hallaba Cluentio, que no era la más grande, se abrió de par en par. Pero los magistrados no quisieron abrir más que aquella puerta secundaria por mucho que suplicaran los contrariados soldados samnitas.


Ante Pompeya había sido una batalla, pero ante Nola fue una derrota completa. Sorprendido por la traición de Nola, y aterrado al verse acorralado entre los bastiones de la muralla norte, el ejército samnita sufrió un sangriento desastre en el que perdió casi hasta el último hombre. Sila mató con su propia mano a Cluentio, que se negó a refugiarse en Nola con sólo un puñado de sus hombres.

 

Fue la mayor hazaña de Sila. A los cincuenta y un años, general con mando supremo en un frente de guerra, ganaba su primera batalla al frente de sus tropas. ¡Y qué victoria! Cubierto completamente de sangre, con la espada prácticamente pegada a la mano derecha, echando peste a sudor y sangre, Lucio Cornelio Sila miró al campo de batalla, se quitó el casco y lo lanzó al aire con un grito de júbilo. Inmediatamente, un ruido ensordecedor atronó sus oídos, acallando los lamentos y gritos de los samnitas moribundos, un ruido que iba en aumento y que sonaba a cántico:


«¡Im-pe-ra-tor! ¡Im-pe-ra-tor! ¡Im-pe-ra-tor!»


La soldadesca lo repetía sin cesar, a guisa de espaldarazo. Era el triunfo definitivo del vencedor, aclamado emperador en el campo de batalla, O eso fue lo que pensó, mientras sonreía feliz, esgrimiendo la espada por encima de su cabeza con la mata de pelo sudorosa brillando al sol del atardecer y el corazón desbordando una emoción que le impedía decir palabra, si hubiera habido una palabra que decir. ¡Yo, Lucio Cornelio Sila, he demostrado sin sombra de duda que un hombre tan capaz como yo puede aprender lo que no le es innato y ganar la batalla más dura de esta guerra o de cualquier otra! ¡Ya verás, Cayo Mario! ¡Por muy inválido que estés, no te mueras hasta que yo pueda volver a Roma y demostrarte cuán equivocado estabas al juzgarme! ¡Soy igual a ti! Y en el futuro te superaré. Mi nombre hará sombra al tuyo. Es de justicia. Porque yo soy un patricio Cornelio y tú un simple rústico de la campiña latina.


Pero había cosas que hacer y él era un patricio romano. Se le acercaron Tito Didio y Metelo Pío, curiosamente apagados, mirándole con un temor y una adoración que Sila únicamente conocía por las miradas de Julilla o de Dalmática. ¡Y éstos son hombres, Lucio Cornelio Sila! Hombres de valía y fama: Didio, el vencedor de Hispania, y Metelo Pío, heredero de una casa noble y famosa. Las mujeres eran necias sin importancia, pero los hombres sí contaban. Sobre todo hombres como Tito Didio y Metelo Pío. ¡Nunca en todos los años de servicio con Cayo Mario había visto a un hombre que le mirase con tanta adoración! Hoy he obtenido mucho más que una victoria. Hoy he obtenido la revancha de mi vida, y queda justificada mi actuación con Stichus, Clitumna, Hércules Atlas y Metelo Numídico el Meneitos. Hoy

 

he demostrado que todas las vidas que he arrebatado para estar aquí en el campo de batalla de Nola eran vidas inferiores a la mía. Hoy comienzo a comprender a Nabopolasor de Caldea… Soy el hombre más grande del mundo, ¡desde el Océano Atlántico al río Indus!


—Trabajaremos durante toda la noche —dijo resuelto a Didio y Metelo Pío— para que al amanecer los cadáveres samnitas estén despojados y amontonados y los nuestros listos para la pira. Sé que ha sido una jornada agotadora, pero aún no ha concluido. Hasta el final, nadie debe tomarse descanso. Quinto Cecilio, busca unos cuantos hombres idóneos que estén en buenas condiciones y cabalga hasta Pompeya lo más rápido posible para traer pan y vino suficiente para todos; y que vengan los auxiliares para hacer leña y buscar aceite. Tenemos una montaña de cadáveres que quemar.


—¡Pero si no hay caballos, Lucio Cornelio! —contestó el Meneítos con voz desmayada—. ¡A Nola hemos llegado a pie, recorriendo treinta millas en cuatro horas!


—Pues encuéntralos —replicó Sila con suma frialdad—. Te quiero aquí de vuelta al amanecer. Tito Didio, recorre las unidades y mira a ver quién debe ser condecorado por hechos de armas en combate. En cuanto quememos a nuestros muertos y a los del enemigo, regresaremos a Pompeya; pero quiero que aquí, ante las murallas de Nola, quede una legión de Capua. Y que los heraldos anuncien a sus habitantes que Lucio Cornelio Sila ha jurado a Marte y a Bellona que las tropas romanas la sitiarán hasta que se rinda, ya sea dentro de un mes de días, un mes de meses o un mes de años.


Antes de que Tito Didio y Metelo Pío hubiesen tenido tiempo de marcharse, el tribuno de los soldados Lucio Licinio Lúculo compareció encabezando una delegación de centuriones; eran ocho veteranos, primi pila y pili priores, que llegaban con paso grave y solemne, cual sacerdotes en una procesión o cónsules que asisten a la ceremonia del año nuevo.


—Lucio Cornelio Sila, tu ejército desea darte una muestra de gratitud. Sin ti las legiones habrían sido derrotadas y muertos sus hombres. Has luchado en primera línea dándonos ejemplo a todos sin desfallecer durante la marcha hacia Nola. A ti solo se debe la gran victoria sin igual en toda esta

 

guerra. Has salvado más que un ejército: has salvado a Roma. Lucio Cornelio, te honramos —dijo Lúculo, dando un paso atrás para ceder el puesto a los centuriones.


El del centro, que era el más veterano, alzó los brazos y los tendió hacia Sila. En sus manos sostenía un humilde y burdo círculo hecho de tallos trenzados de hierbas del campo de batalla, con raíces, tierra y briznas de sangre. Corona graminea. Corona obsidionalis. La corona de hierba. Sila extendió los brazos instintivamente y luego los dejó caer, sin saber cómo era el ritual. ¿Se cogía para ponérsela en la cabeza, o era el primus pilus, Marco Canuleio, quien le coronaba en representación del ejército?


Permaneció inmóvil mientras Canuleio, que era un hombre alto, alzaba con las dos manos la corona de hierba y la depositaba en aquella cabellera rojo-dorada.


No se pronunciaron más palabras. Tito Didio, Metelo Pío, Lúculo y los centuriones le saludaron reverentes, sonriéndole tímidamente, y le dejaron. Allí quedó solo, cara al sol muriente, con aquella humilde corona de hierba que apenas hacia sentir su peso, las lágrimas rodándole por el rostro ensangrentado y un desbordante sentimiento que parecía que fuese a acabar con él. ¿Qué le aguardaba a partir de ahora? ¿Qué más podía ofrecerle la vida? Pero en aquel momento se acordó de su hijo muerto y, antes de que pudiera regocijarse plenamente con su triunfo, su alegría se había desvanecido. No le restaba más que una profunda aflicción que le hizo caer de rodillas, llorando desconsoladamente.


Alguien le ayudó a incorporarse, le enjugó la suciedad y las lágrimas, le rodeó con un brazo la cintura y le condujo hasta un bloque de piedra detrás de la carretera de Nola. Y en ella le depositó suavemente para que tomara asiento, sentándose a su vez al lado. Era Lucio Licinio Lúculo, el primer tribuno de los soldados.


El sol ya se había puesto en el mar toscano; el día más glorioso de la vida de Sila tocaba a su fin para dar paso a las tinieblas. Con los brazos caídos entre las piernas, lanzaba profundos suspiros, preguntándose lo de siempre: ¿Por qué nunca soy feliz?

 

—Lucio Cornelio, no tengo vino que ofrecerte. Ni tampoco agua —dijo Lúculo—. Salimos de Pompeya sin pensar en otra cosa más que en atrapar a Cluentio.


Sila lanzó un profundo suspiro y se sobrepuso.


—No importa, Lucio Lúculo. Como dice una amiga mía, siempre hay cosas que hacer.


—Nosotros podemos hacerlas. Tú descansa.


—No. Yo soy el comandante y no puedo descansar mientras mis hombres trabajan. Un rato más y me encontraré mejor. Estaba perfectamente hasta que me vino el recuerdo de mi hijo, ya sabes que lo perdí.


Las lágrimas pugnaban por brotar de nuevo, pero las contuvo.


Lúculo no decía nada y permanecía quieto.


Poco sabía Sila de aquel joven; le habían elegido tribuno de los soldados en diciembre y primero había ido a Capua, siendo destinado al mando de la legión días antes de la expedición a Pompeya. Pero a pesar de que había cambiado mucho, transformándose de un simple mozuelo en un hombretón, Sila le reconoció.


—Tú y tu hermano Varro Lúculo fuisteis los acusadores de Servilio el Augur hace años en el Foro, ¿me equivoco? —inquirió Sila.


—No, Lucio Cornelio. El Augur tuvo la culpa de la desgracia y la muerte de nuestro padre y de la pérdida de la fortuna de nuestra familia. Pero lo pagó —contestó Lúculo, iluminándosele el agraciado rostro, al tiempo que una sonrisa fruncía las comisuras de su risueña boca.


—En la guerra servil de Sicilia Servilio el Augur sustituyó a tu padre como gobernador de la isla y luego le hizo comparecer ante el tribunal.


—Así es.


Sila se puso en pie y tendió el brazo derecho para estrechar la mano de Lucio Licinio Lúculo.


—Bien, Lucio Licinio, te doy las gracias. ¿Fue idea tuya lo de la corona de hierba?


—Oh, no, Lucio Cornelio. ¡Ha sido cosa de los centuriones! Ellos me dijeron que la corona de hierba deben otorgarla los militares profesionales y

 

no los magistrados elegidos para el ejército. Me hicieron venir porque ha de ser testigo uno de los magistrados electos —dijo Lúculo sonriendo, y riendo después—. ¡Además, supongo que tampoco se les da muy bien dirigirse oficialmente a un general, y me lo encargaron a mí!



Dos días después, el ejército de Sila volvía al campamento ante Pompeya. Estaban todos tan exhaustos que ni siquiera la comida decente resultó un aliciente, y durante veinticuatro horas reinó un impresionante silencio mientras tropa y oficiales dormían tan profundamente como los muertos que habían quemado ante los muros de Nola, agravio para el olfato de sus hambrientos habitantes.


Ahora la corona de hierba estaba guardada en una caja de madera que habían traído los criados de Sila; cuando tuviera tiempo, la pondría en una máscara de cera de su rostro, que la ley le autorizaba a encargar. Se había distinguido lo bastante como para unirla a las imagines de sus antepasados, aunque aún no hubiera alcanzado el consulado. Además, en el Foro se alzaría su estatua con la corona de hierba en honor al gran héroe de la guerra contra los itálicos. Todo eso le parecía irreal, pero allí estaba como prueba irrefutable la corona de hierba guardada en la caja.


Una vez descansado y repuesto, el ejército desfiló antes de la ceremonia de entrega de condecoraciones. Sila se puso la corona de hierba y fue aclamado con prolongados y estentóreos vítores al subir a la tribuna del campamento. La tarea organizativa había quedado encomendada a Lúculo, del mismo modo que Mario se la había encomendado a Quinto Sertorio.


Pero mientras en la tribuna recibía el tributo del ejército, a Sila se le ocurrió una idea, que no creía que le hubiese venido a la mente a Mario en aquellos años en Numidia y Galia, aunque quizá sí durante la guerra contra los itálicos. Aquel mar de rostros en orden de desfile, en traje de gala… era un mar de hombres que pertenecía a Lucio Cornelio Sila. Ahí están mis legiones. Son mías antes que de Roma: las he creado yo, las he dirigido, les he concedido la mayor victoria de la guerra… y tengo que procurarles la recompensa cuando se retiren. Dándome la corona de hierba, me dan un

 

regalo mucho más importante: se me entregan, y, si quisiera, podría llevarlas a donde me apeteciera. Podría incluso llevarlas contra Roma. Era una idea absurda, pero que acudió a la mente de Sila en aquellos momentos en que ocupaba la tribuna ceremonial. Una idea que quedó en reserva en el subconsciente.


Pompeya se rindió al día siguiente, después de que los habitantes contemplaron la ceremonia de condecoración desde las murallas. Los heraldos de Sila habían proclamado la noticia de la derrota de Lucio Cluentio ante los muros de Nola y la noticia había llegado a Pompeya, que, bombardeada implacablemente con proyectiles incendiarios desde la flota en el río, padecía lo indecible. Era como si todos los vientos transmitieran el mensaje de que la hegemonía itálica y samnita se desmoronaba y la derrota era ya inevitable.


De Pompeya, Sila marchó con dos de sus legiones contra Tabiae, mientras Tito Didio llevaba las otras dos a Herculaneum. El último día de abril capitulaba Stabiae y poco después se rendía Surrentum. A mediados de mayo, Sila volvía a emprender la marcha, en esta ocasión en dirección este. Catulo César había entregado legiones de refresco a Tito Didio antes de Herculaneum y Sila recuperó sus otras dos legiones. Aunque Herculaneum era la ciudad que más había tardado en unirse a la insurrección de los itálicos, demostraba que sabia perfectamente a lo que se exponía si se rendía a Roma, y, aunque sus calles ardían por efecto de los bombardeos navales, continuaba desafiando a Tito Didio mucho después de la capitulación de los otros puertos.


Sila pasó con sus cuatro legiones ante Nola sin dignarse mirar la ciudad, aunque envió a Metelo Pío el Meneitos a ver al comandante de la legión que la asediaba con un mensaje para que el pretor Apio Claudio Pulcher no levantara el sitio bajo ningún pretexto hasta que la ciudad se rindiese. Hombre austero, que había enviudado hacía poco, Apio Claudio se limitó a asentir con la cabeza.


Al final de la tercera semana de mayo, Sila llegaba a la ciudad de Aeclanum sobre la Via Appia. Sus servicios de espionaje le informaron que los hirpinos habían comenzado a concentrarse allí; pero él se había

 

propuesto impedir toda concentración de insurrectos en el sur. Un vistazo a las defensas de Aeclanum y el rostro de Sila se iluminó con la más temible de sus sonrisas, mostrando los incisivos. Aquellas murallas, aunque altas y bien construidas, eran de madera.


Sabiendo con certeza que los hirpinos habían enviado una petición de ayuda a Marco Lamponio, Sila dispuso sus fuerzas ante la ciudad sin levantar el campamento y envió a Lúculo ante la puerta principal para conminarlos a la rendición. La respuesta de la ciudad llegó en forma de pregunta: ¿Podría Lucio Cornelio Sila conceder un día a Aeclanum para que lo pensaran y adoptasen una decisión?


—Tratan de ganar tiempo, con la esperanza de que mañana lleguen los refuerzos de Lamponio —dijo Sila a Metelo Pío y a Lúculo—. Tengo que pensar en ese Lamponio, porque no puede consentirse que siga campando por su respeto en Lucania. — Se encogió de hombros, pero optó por resolver la situación que tenía a la vista—. Lucio Licinio, lléVales mi respuesta. Disponen sólo de una hora. Quinto Cecilio, coge cuantos hombres necesites y recorre todas las granjas que puedas recogiendo leña y aceite, apila la leña mojada en aceite a lo largo de las murallas a ambos lados de la puerta principal y emplaza en cuatro puntos distintos las cuatro piezas de artillería. Cuando lo tengas todo listo, pegas fuego a las murallas y comienzas a lanzar proyectiles sobre la ciudad. Seguro que sus edificios son también de madera y arden como yesca.


—¿Y si lo tengo todo dispuesto antes de una hora? —inquirió el Meneitos.


—Pues lo prendes —contestó Sila—. Los hirpinos no juegan limpio, ¿por qué vamos a hacerlo nosotros?


Como la madera con que estaban construidas las fortificaciones de Aeclanum era vieja y seca, las llamas eran voraces, igual que el incendio de los edificios. Las puertas de Aeclanum se abrieron de par en par y sus habitantes salieron en tropel dando gritos de rendición.


—Matadlos y saquead la ciudad —dijo Sila—. Ya es hora de que los itálicos sepan que de mí es inútil que esperen clemencia.

 

—¿Mujeres y niños también? —inquirió Quinto Hortensio, el otro primer tribuno de los soldados.


—¡Qué!, ¿no tienes estómago para hacerlo, abogado del Foro? — replicó Sila con sorna.


—No es ésa la intención de mi pregunta, Lucio Cornelio —contestó Hortensio sin alterar su hermosa voz—. No me anima ninguna piedad por los mocosos hirpinos, pero, como cualquier abogado del Foro, me gustan las cosas claras para saber a qué atenerme.


—Que no haya supervivientes —añadió Sila—. Pero di a los hombres que gocen de las mujeres antes de matarlas.


—¿No te interesa hacer prisioneros para venderlos como esclavos? — inquirió el Meneitos, práctico como siempre.


—Los itálicos no son enemigos extranjeros. Aunque saquee sus ciudades, no haré esclavos. Prefiero verlos muertos.


De Aeclanum, Sila fue en dirección sur hacia la Via Appia y dirigió sus contentas tropas a Compsa, segundo bastión hirpino. Igual que la ciudad hermana, sus murallas eran de madera; pero la noticia de la suerte de Aeclanum había llegado antes que Sila y nada más aproximarse vio que la ciudad aguardaba con las puertas abiertas y una comitiva de magistrados afuera. En esta ocasión, Sila optó por la clemencia y no saqueó Compsa.


Desde Compsa, el general envió una carta a Capua para Catulo César, diciéndole que enviase a Lucania dos legiones al mando de los hermanos Aulo y Publio Gabinio. Las órdenes eran tomar todas las ciudades de Marco Lamponio y liberar la Via Popilia hasta Rhegium. Luego, Sila se acordó de otro hombre de valía y añadió una posdata para Catulo César para que incluyese al segundo legado Cneo Papirio Carbón en la expedición a Lucania.


En Compsa, Sila recibió dos mensajes. Uno de ellos informándole de que Herculaneum había caído finalmente tras un ataque duramente repelido los días antes de los idus de junio, pero que Tito Didio había muerto en el combate.


—Toma represalias contra Herculaneum —contestó Sila a Catulo Cesar.

 

El segundo mensaje le llegó a través de Apulia y era de Cayo Cosconio:



Después de un viaje estupendo y sin incidentes, desembarqué mis legiones en una zona de lagunas salinas cerca del pueblo pesquero de Salapia a los cincuenta días exactos de zarpar de Puteoli. Todo salió conforme a lo previsto. Desembarcamos de noche cautelosamente, atacamos Salapia y al amanecer la arrasamos. Me aseguré de que se aniquilaba a todos los que vivían en las cercanías para que no pudieran avisar a los samnitas.


De Salapia marché hasta Cannae y la tomé sin combate; después vadeé el Aufidius y avancé hacia Canusium. A unas quince millas me tropecé con una nutrida fuerza samnita mandada por Cayo Trebatio y no pude evitar el enfrentamiento. Como nos superaban en número y el terreno me era desfavorable, la lucha fue encarnizada y cruenta. Pero también lo fue para Trebatio. Decidí retirarme a Cannae antes de perder más hombres, reagrupando a la tropa en orden para volver a vadear el Aujidius con Trebatio a la zaga. Luego vislumbré una estratagema y fingí huir presa del pánico, escondiéndome detrás de una montaña en la orilla de Cannae. Y dio resultado. Seguro de sí mismo, Trebatio comenzó a vadear la corriente con las tropas en desorden, mientras que mis hombres estaban tranquilos y preparados para proseguir el combate. Los rodeamos en círculo y caímos sobre él cuando aún se hallaba cruzando el río. Ha sido una victoria para Roma. Tengo el honor de informarte que quince mil samnitas han perecido en el Aufidius. Trebatius y los pocos supervivientes huyeron a Canusium, que se ha preparado para el asedio a que los he obligado.


He dejado ante Canusium una fuerza de cinco cohortes, incluidos los heridos, al mando de Lucio Luccio y con las quince cohortes restantes me dirigí al norte hacia tierras de los frentanos. Ausculum Apulium se rindió sin lucha, y también Larinum.


Redactando este informe, recibo noticia de Lucio Luccio de que Canusium ha capitulado. Cumpliendo mis órdenes, Lucio Luceio ha saqueado la ciudad, matando a sus habitantes, aunque parece que Cayo Trebatio logró escapar. Como no estamos en situación de hacer prisioneros

 

y no puedo permitir que haya tropas enemigas en retaguardia, no me quedaba otra alternativa que arrasar Canusium. Espero que no te contraríe. Desde Larinum proseguiré el avance hacia los frentanos, aguardando noticia de tus movimientos y nuevas órdenes.


Sila dejó la carta en la mesa con gran satisfacción y llamó a voces a Metelo Pío y a sus dos primeros tribunos de los soldados, que eran dos jóvenes que estaban actuando notablemente.


Tras comunicarles las noticias de Cosconio y escuchar con la mayor paciencia de que fue capaz sus frases de entusiasmo (nadie estaba al corriente del viaje de Cosconio), procedió a impartir nuevas órdenes.


—Ya es hora de que paremos los pies al propio Mutilo —dijo—. Si no lo hacemos, caerá sobre Cayo Cosconio con tantas tropas que no quedará vivo un solo romano, y eso sería una parca recompensa para tan audaz campaña. El servicio de espionaje me ha informado de que en este momento Mutilo está pendiente de mis movimientos para decidir si se dirige contra mí o contra Cayo Cosconio. Lo que espera es que yo vuelva hacia el sur por la Via Appia y concentre mis esfuerzos en torno a Venusia, que está suficientemente fortificada para entretenerme mucho tiempo. Una vez que le llegue noticia confirmándoselo, atacará a Cayo Cosconio. Así que hoy mismo levantamos el campamento y nos dirigimos al sur. Pero al anochecer damos la vuelta y salimos de la carretera. El terreno de aquí a Volturnus es duro y accidentado, pero hay que hacer ese avance. El ejército samnita hace tiempo que está acampado a medio camino entre Venafrum y Aesernia, y Mutilo no da señales de emprender la marcha. Tenemos casi doscientas millas de camino muy difícil hasta llegar a donde está. Pero, de todos modos, caballeros, nos encontraremos allí dentro de ocho días y listos para el combate.


Nadie intentó hacer objeciones. Sila arreaba a su ejército sin piedad, pero tal era su moral desde Nola, que los soldados hacían lo que fuese necesario. El saqueo de Aeclanum también había influido favorablemente en la tropa y Sila no se había quedado con nada; sus oficiales, sólo con algunas mujeres, y no las mejores.

 

Sin embargo, la marcha hasta el campamento de Mutilo les llevó veintiún días y no los ocho previstos. No había ninguna carretera y las montañas eran escarpados riscos que muchas veces exigían bordearlas con complicadas maniobras. Aunque para sus adentros iba irritado, Sila tuvo la prudencia de mostrarse en todo momento animoso y considerado ante la tropa y los oficiales, asegurándose de procurar a los soldados las mínimas comodidades. En cierto modo, la corona de hierba le había hecho más amable y su única obsesión era su ejército. Si el terreno hubiese sido tan fácil como él había creído, les habría hecho apretar el paso, pero tal como se presentaba, vio la necesidad de mantenerlos animosos y aceptar lo inevitable. Si la Fortuna seguía favoreciéndole encontraría a Mutilus donde esperaba. Y Sila pensaba que la Fortuna seguía de su parte. Así estaban las cosas cuando al final del Quinctilis Lúculo entró en el campamento de Sila con la cara radiante.


—¡Sigue ahí! —exclamó sin rodeos.


—¡Estupendo! —dijo Sila, sonriente—. Eso significa que ha agotado su suerte, Lucio Licinio… porque la mía continúa. Difunde esa noticia a la tropa. ¿Dala impresión de que piense ponerse en marcha pronto?


—Más bien parece que ha dado unas largas vacaciones a sus hombres.


—Están hartos de esta guerra, y Mutilo lo sabe —añadió Sila alegre—. Además, estará preocupado porque lleva más de sesenta días en ese campamento y todas las noticias que le llegan hacen cada vez más difícil decidir hacia dónde dirigirse. Ha perdido la Campania occidental y está perdiendo Apulia.


—¿Qué hacemos, entonces? —inquirió Lúculo, que tenía una inclinación bélica natural y le encantaba todo lo que estaba aprendiendo con Sila.


—Levantamos un campamento sin fuegos en el lado opuesto de la última sierra que desciende hasta el Volturnus y esperamos sin hacer ruido —contestó Sila—. Me gustaria caer sobre él en el momento en que se disponga a ponerse en marcha. Tendrá que hacerlo pronto o perderá la guerra sin entablar batalla. Si fuese Silo seguramente optaría por evitarla, pero tratándose de Mutilo, que es samnita y nos odia…

 

Seis días después, Mutilo optaba por emprender la marcha. Lo que Sila no sabia era que el jefe samnita acababa de recibir noticia de una terrible batalla en las afueras de Larinum entre Cayo Cosconio y Mario Egnatio, pues, aunque había mantenido su ejército inactivo, Mutilo no había consentido que Cosconio invadiera el norte de Apulia como quien efectúa una parada militar, y había enviado contra él un curtido ejército de samnitas y frentanos al mando de Egnatio. Pero la reducida fuerza romana estaba en excelentes condiciones, confiaba plenamente en su comandante y había llegado a creerse invencible. El derrotado había sido Mario Egnatio, pereciendo en el campo de batalla con la mayoría de sus hombres. Aciaga noticia para Mutilo.


Poco después del amanecer, las cuatro legiones de Sila salían de su escondite de la sierra y caían sobre Mutilo. Sorprendido con el campamento a medio desmontar y con las tropas en desorden, el samnita estaba perdido. Gravemente herido, huyó con los restos de su ejército a Aesernia, donde se encerró. De nuevo la asediada ciudad se dispuso a aguantar otro sitio, sólo que ahora con Roma fuera y el Samnio dentro.


Cuando todavía estaba estudiando las consecuencias de la derrota samnita, Sila recibió la noticia de la victoria sobre Mario Egnatio del propio Cosconio y se mostró eufórico. Por muchos focos de resistencia que persistieran, la guerra estaba decidida. Y Mutilo lo sabía desde hacía más de dos meses.


Sila dejó unas cohortes en Aesernia al mando de Lúculo para impedir la salida de Mutilo y se dirigió a la antigua capital samnita de Bovianum, que era una ciudad con fortificaciones impresionantes con tres ciudadelas conectadas por fuertes murallas. Cada una de las ciudadelas estaba orientada en distinta dirección al efecto de poder avistar las tres diferentes carreteras que confluían en la ciudad, que se consideraba inexpugnable.


—¿Sabéis una cosa que siempre advertí en Cayo Mario cuando estaba en el campo de batalla? —dijo Sila a Metelo Pío y a Hortensio—. Que nunca le apasionaba la estrategia de tomar ciudades. Para él, lo único que contaba era la batalla campal. A mí, por el contrario, me fascina conquistar

 

ciudades. Si observáis Bovianum, os parecerá inexpugnable; pero ya veréis como cae hoy mismo.


Y cumplió su palabra, engañando a los samnitas al hacerles creer que acampaba el ejército bajo la ciudadela que dominaba la carretera de Aesernia; mientras, una legión se escabullía por entre las montañas y atacaba a la ciudadela que miraba al Saepinum. Cuando Sila vio la enorme humareda que se elevaba sobre la torre del Saepinum, que era la señal convenida, atacó la torre de Aesernia. En menos de tres horas, Bovianum se rendía.


Sila acuarteló a sus tropas en Bovianum en lugar de instalar un campamento y utilizó la ciudad como base mientras efectuaba incursiones por los alrededores para estar seguro de que el sur del Samnio quedaba totalmente sometido y sin posibilidades de reclutar nuevas tropas.


Luego, dejando Aesernia sitiada con tropas llegadas de Capua, con sus cuatro legiones en bloque, conferenció con Cayo Cosconio. Era fines de septiembre.


—¡El este es tuyo, Cayo Cosconio! —dijo animado—. Quiero que me limpies totalmente la Via Appia y la Via Minucia. Instala tu cuartel general en Bovianum, que tiene una guarnición soberbia, y muéstrate tan implacable como hasta ahora. Lo más importante es mantener a Mutilo bloqueado dentro de Aesernia e impedir que reciba refuerzos.


—¿Cómo van las cosas en el norte? —inquirió Cosconio, que no había tenido prácticamente noticias desde que zarpó de Puteoli en marzo.


—¡Estupendamente! Servio Sulpicio Galba ha dado cuenta de casi todos los marrucini, marsos y vestinios. Dice que Silo estuvo en el campo de batalla, pero logró huir. Cinna y Cornutus han ocupado todas las tierras de los marsos y Alba Fucentia ha caído de nuevo en nuestras manos. El cónsul Cneo Pompeyo Estrabón ha hecho pedazos a los picentinos y ha reducido las zonas rebeldes de Umbría. Sin embargo, Publio Sulpicio y Cayo Baebio continúan firmes ante Asculum Picentum, que sin duda debe estar a punto de sucumbir de hambre, pero aún resiste.


—¡Entonces los hemos vencido! —exclamó Cosconio, maravillado.

 

—Oh, claro. ¡Teníamos que vencer! ¡Los dioses no iban a consentir una Italia en la que no mandara Roma! —dijo Sila.


El sexto día del mes de octubre llegaba a Capua para ver a Catulo César y hacer los preparativos pertinentes para los cuarteles de invierno del ejército. El tráfico por la Via Appia y la Via Minucia estaba restablecido, pese a que la ciudad de Venusia resistía tercamente, impotente para otra cosa que contemplar la actividad romana en la carretera que discurría por sus proximidades. Por la Via Popilia podían circular las tropas y convoyes de Campania en dirección a Rhegium, pero aún no era segura para los viajeros, dado que Marco Lamponio seguía emboscado en las montañas y centraba sus energías en incursiones que no pasaban de ser simples correrías de bandoleros.


—No obstante —dijo Sila al jubiloso Catulo César, cuando se preparaba para marchar a Roma a fines de noviembre—, creo que podemos decir sin temor a equivocarnos que toda la península vuelve a estar en nuestras manos.


—Prefiero esperar a que recuperemos Asculum Picentum para afirmarlo —replicó Catulo César, que había estado dedicado incansablemente durante dos años a tan ingrata tarea—. Allí comenzó todo, Lucio Cornelio, y sigue resistiendo.


—No olvides Nola —dijo Sila con un gruñido.




Pero Asculum Picentum tenía los días contados. Montando su caballo público, Pompeyo Estrabón fue con su ejército a juntarlo con el de Publio Sulpicio Rufo en octubre y cercó la ciudad con una auténtica muralla de tropas romanas. Ni una cuerda que colgase de las defensas pasaba inadvertida. La siguiente iniciativa fue cortar el suministro de agua; ingente trabajo, ya que la toma estaba distribuida en centenares de puntos distintos de la capa de grava existente bajo el lecho del río Truentius. Pero Pompeyo Estrabón mostró notable habilidad ingenieril, complaciéndose, además, en supervisar personalmente los trabajos.

 

Al servicio del cónsul Estrabón se hallaba su cadete más denostado, Marco Tulio Cicerón. Como Cicerón dibujaba bastante bien y utilizaba una taquigrafía inventada por él para anotarlo todo con gran rapidez y exactitud, al cónsul Estrabón le era muy útil en situaciones como la que sirvió para privar poco a poco de agua a Asculum Picentum. Cicerón hizo lo que le decían y se mantuvo callado, tan aterrado por su comandante como pasmado por su absoluta indiferencia ante la angustia de los picentinos.


En noviembre, los magistrados de Asculum Picentum abrieron las puertas principales y fueron saliendo para entregar la ciudad a Cneo Pompeyo Estrabón.


—Os entregamos la ciudad —dijo el decano de los magistrados con gran dignidad—. Solamente os pedimos que nos devolváis el agua.


Pompeyo Estrabón echó hacia atrás su canosa y amarillenta cabeza y soltó una carcajada.


—¿Para qué —inquirió humorístico—, si no va a quedar nadie vivo para beberla?


—¡Tenemos sed, Cneo Pompeyo!


—Pues seguid sedientos —contestó.


Entró con su caballo público en Asculum Picentum a la cabeza de un cortejo formado por sus legados Lucio Gelio Poplicola, Cneo Octavio Ruso y Lucio Junio Bruto Damasipo, con los tribunos de los soldados, los cadetes y un contingente selecto de tropas de cinco cohortes.


Mientras los soldados se diseminaban por la ciudad para detener a todos los habitantes e inspeccionar las casas, el cónsul Estrabón se dirigió al foro-mercado. Aún conservaba señales de la ocupación de Vidacilio, y donde antes se asentara el tribunal de magistrados no había más que un montón de troncos chamuscados, resto de la pira en que Vidacilio se había inmolado.


Mordisqueando la implacable fusta con que castigaba a su caballo público, el cónsul Estrabón miró detenidamente en derredor e hizo un gesto con la cabeza a Bruto Damasipo.


—Haz una plataforma sobre esa pira, rápido —le dijo tajante.


Al cabo de un rato, un grupo de soldados había arrancado puertas y vigas de los edificios más próximos y Pompeyo Estrabón tenía su

 

plataforma con escalinata. Sobre ella colocaron su silla curul y una banqueta para el escriba.


—Ven conmigo —dijo a Cicerón, salvando los escalones y sentándose en la silla curul, sin haberse despojado de la coraza y el casco de general, aunque con una capa púrpura en lugar de la roja de general.


Cicerón se apresuró a dejar el montón de tablillas que llevaba en una mesa junto a la banqueta y tomó también asiento, con una tablilla en el regazo y estilo de hueso en mano. Era de suponer que iba a celebrarse un juicio.


—Poplicola, Ruso, Damasipo, Cneo Pompeyo hijo, venid aquí —dijo el cónsul con su habitual sequedad.


Con el corazón en un puño, Cicerón logró calmarse lo bastante para no perderse detalle de la escena, dispuesto a hacer las primeras anotaciones oficiales. Era evidente que la ciudad había adoptado ciertas precauciones antes de abrir las puertas, pues una gran cantidad de espadas, cotas de malla, lanzas, puñales y otros objetos que podían conceptuarse de armas se amontonaban ante el edificio de juntas.


Trajeron a los magistrados y les hicieron permanecer de pie frente al improvisado tribunal. Pompeyo Estrabón abrió el juicio, diciendo:


—Sois culpables de traición y asesinato. No sois ciudadanos romanos, por lo que seréis azotados y decapitados. Consideraos afortunados de que no os dé el castigo propio de esclavos y os crucifique.


Allí mismo, al pie del tribunal, se ejecutaron todas las sentencias, mientras el aterrado Cicerón, dominando sus ascos por el método de fijar la vista en la tablilla que tenía en el regazo, garabateaba signos ininteligibles en la cera.


Una vez ejecutados los magistrados, el cónsul Estrabón procedió a pronunciar la misma sentencia para todos los varones entre trece y ochenta años que sus soldados pudieron encontrar. Para activar el asunto, dispuso cincuenta soldados para las flagelaciones y otros cincuenta para las decapitaciones. Otros se encargaron de escarbar en el montón de armamento ante el edificio de juntas por si encontraban buenas hachas; pero, mientras tanto, los verdugos fueron actuando con las espadas, y, con

 

la rutina, alcanzaron tal habilidad en decapitar a sus exhaustas víctimas, que prescindieron de las hachas. No obstante, transcurrida una hora no llevaban decapitados más que a trescientos asculanos, cuyas cabezas fueron clavadas en lanzas y colocadas en las murallas, dejando los cuerpos amontonados a un lado del Foro.


—Tenéis que avivar el ritmo —dijo Pompeyo Estrabón a sus soldados y oficiales—. ¡Quiero dejarlo acabado hoy mismo, no dentro de una semana! Disponed doscientos hombres para los azotes y otros doscientos para la decapitación. Y daos prisa. No lo estáis haciendo por equipos ni sistemáticamente, y si no os espabiláis seguiréis la misma suerte.


—Sería mucho más fácil dejarlos morir de hambre —dijo el hijo del cónsul, mirando desapasionadamente aquella carnicería.


—Mucho más fácil, pero ilegal —contestó el padre.


Aquel día perecieron más de cinco mil varones de Asculum, una matanza que perviviría en el recuerdo de todos los romanos que fueron testigos de ella, aunque ninguna voz se alzó en contra, ni nadie comentó nada posteriormente. La plaza quedó materialmente cubierta de sangre y su peculiar olor, cálido, dulzón, fétido y ferroso, se alzó como una niebla en aquella atmósfera montañosa soleada.


Al ponerse el sol, el cónsul se levantó, desperezándose, de su silla curul. —Volvemos  al  campamento  —dijo  lacónico—.  Mañana  nos ocuparemos de las mujeres y los niños. No hay necesidad de dejar guardia


dentro. Sólo cerrad las puertas y montad patrullas fuera.


Y no dio ninguna orden respecto a lo que había que hacer con los cadáveres, ni mandó limpiar la sangre.


Por la mañana, el cónsul volvió a sentarse en el tribunal, insensible a lo que tenía ante sus ojos, mientras sus soldados mantenían a los que aún quedaban con vida agrupados por tandas fuera del Foro. La sentencia fue la misma para todos:


—Marchaos inmediatamente de aquí, sólo con lo que lleváis puesto.


Nada de comida, dinero, objetos de valor ni recuerdos.


Los dos años de asedio habían convertido a Asculum Picentum en una ciudad mísera; no quedaba nada de dinero y menos aún objetos de valor.

 

Pero antes de que a los desterrados se les permitiese abandonar la ciudad, les registraron y a ninguno se le dejó ir a su casa desde donde estaban concentrados; todos los grupos de mujeres y niños fueron conducidos hacia las puertas como borregos, obligándolos a cruzar las líneas de Pompeyo Estrabón hacia tierras completamente asoladas por las legiones. No se atendieron los gritos de clemencia ni el llanto de los niños; las tropas de Pompeyo Estrabón no estaban para bromas. Las mujeres hermosas fueron para oficiales y centuriones y las menos agraciadas, para la tropa. Cuando acabaron, las que aún seguían con vida fueron conducidas a los campos devastados con sus madres e hijos.


—No hay nada que merezca la pena llevar a Roma para mi triunfo — dijo el cónsul una vez que todo estuvo concluido, levantándose de su silla curul—. Lo que haya, dádselo a los soldados.


Cicerón siguió a su general y miró boquiabierto lo que se le antojó la mayor carnicería del mundo, ya sin sentir náuseas ni estremecimiento alguno. Si esto es la guerra, se dijo, que nunca más vuelva a estar en una. Sin embargo, su amigo Pompeyo, a quien adoraba y sabía cuán amable era, no se privaba de atusarse hacia atrás su hermosa cabellera rubia y de silbar alegremente, abriéndose camino por entre los charcos de sangre coagulada plagados de moscas, y sus bellos ojos azules no irradiaban más que aquiescencia por aquellos montones de cadáveres decapitados.


—He mandado a Poplicola que nos reserve dos buenas mujeres a los cadetes —dijo Pompeyo rezagándose para evitar que Cicerón pisase un charco de sangre—. ¡Ah, cómo nos divertiremos! ¿Tú has visto a alguien haciéndolo? ¡Pues esta noche lo verás!


—Cneo Pompeyo —dijo Cicerón heroicamente, conteniendo la respiración—, no me faltan agallas, pero no tengo ánimo ni estómago para la guerra. Después de ver lo que ha sucedido aquí estos dos últimos días, no me excitaría ni viendo a Paris haciéndoselo a Helena. En cuanto a esas mujeres de Asculum, te ruego que no cuentes conmigo. Dormiré bajo un árbol.


Pompeyo se echó a reír y pasó el brazo por los deprimidos hombros de su amigo.

 

—¡Oh, Marco Tulio, eres una vestal apergaminada como no hay dos! — exclamó, conteniendo la risa—. ¡El enemigo es el enemigo! ¡No se puede sentir piedad por gente que no sólo ha desafiado a Roma, sino que ha matado a un pretor romano y a centenares de hombres, mujeres y niños romanos, despedazándolos! ¡Así, como suena! Pero bueno, vete a dormir bajo un árbol. Tu polvo lo echaré yo.


Salieron de la plaza y caminaron por una calle corta y estrecha hasta la puerta principal. Y allí estaba de nuevo el horror: una fila de horripilantes trofeos con cuellos deshechos y rostros picoteados que se extendía en ambas direcciones hasta donde la vista alcanzaba. Cicerón sintió arcadas, pero ya había adquirido tal habilidad en no perder el ánimo ante el cónsul, que se mantuvo impávido delante de su amigo, que siguió charlando despreocupado.


—No había nada para exhibirlo en un triunfo —decía Pompeyo—, pero encontré una red espléndida para atrapar pájaros; y mi padre me ha dado varios cubos de libros y una edición de mi tío abuelo Lucilio que no conocíamos. Suponemos que será obra de algún copista local. Muy interesante y muy bonito.


—No tienen comida ni ropa de abrigo —dijo Cicerón.


—¿Quiénes?


—Las mujeres y los niños desterrados.


—¡Eso espero!


—¿Y esa porquería que queda ahí dentro?


—¿Te refieres a los cadáveres?


—Sí, me refiero a los cadáveres. Y a la sangre. Y a las cabezas.


—Se irán pudriendo.


—Y acarrearán enfermedades.


—¿Enfermedades? ¿A quién? Cuando mi padre deje las puertas clavadas para siempre, no quedará un ser vivo en Asculum Picentum. Si algunos de las mujeres y los niños vuelven cuando nos hayamos marchado, no podrán entrar. Asculum Picentum ya no existe y nadie volverá a vivir en él —respondió Pompeyo.

 

—Ahora ya veo por qué a tu padre le llaman el Carnicero —dijo Cicerón, sin preocuparle si le ofendía o no.


En realidad, Pompeyo se lo tomó como un cumplido; tenía curiosas lagunas en su inteligencia y sus creencias eran inamovibles.


—Es un buen sobrenombre, ¿verdad? —inquirió con voz ronca, temeroso de que aquel profundo cariño por su padre estuviera convirtiéndose en debilidad—. ¡Vamos, Marco Tulio, camina —añadió, apretando el paso—, no quiero que esos cunni empiecen sin mi, cuando he sido quien les ha procurado las mujeres!


Cicerón apretó el paso, pero le quedaba algo por decir.


—Cneo Pompeyo, tengo que decirte una cosa —añadió jadeante.


—Dime —contestó Pompeyo, ausente.


—He pedido el traslado a Capua, donde creo que mis conocimientos estarán más aprovechados. Escribí a Quinto Lutacio y me ha contestado diciendo que acepta muy complacido mis servicios. O que a lo mejor me pone a las órdenes de Lucio Cornelio Sila.


Pompeyo se había detenido y le miraba estupefacto.


—¿Y por qué has hecho eso? —inquirió.


—El estado mayor de Cneo Pompeyo Estrabón es estrictamente militar, Cneo Pompeyo, y yo de militar no tengo nada —contestó, mirando con gran sinceridad y afecto con sus ojos marrones el rostro atónito de su protector, quien dudaba entre echarse a reír o indignarse—. ¡Te ruego que me dejes ir! Siempre te estaré agradecido por tu ayuda y nunca lo olvidaré, pero tú no eres tonto, Cneo Pompeyo, y sabes perfectamente que no me adapto al estado mayor de tu padre.


Las nubes tormentosas se disiparon y los ojos azules de Pompeyo lanzaron un destello de contento.


—¡Como quieras, Marco Tulio! ¿Sabes que te echaré de menos? — añadió con un suspiro.



Sila llegó a Roma a primeros de diciembre, sin tener ni idea de si iban a celebrarse las elecciones. Tras la muerte de Aselio, Roma estaba sin pretor

 

urbano y la gente andaba diciendo que el cónsul que quedaba, Pompeyo Estrabón, vendría cuando le apeteciera y sanseacabó. En circunstancias normales, esto habría desesperado a Sila, pero ahora nadie tenía ya la menor duda de quién iba a ser el próximo cónsul, porque la fama de Sila se había acrecentado de la noche a la mañana. Gente que no le conocía, le saludaba como a un hermano, las mujeres le sonreían y se le insinuaban con la mirada, los niños le aclamaban… y había sido elegido augur in absentia como sustituto del difunto Aselio. Toda Roma creía indefectiblemente que Lucio Cornelio Sila había ganado la guerra contra los itálicos. No Cayo Mario, ni Cneo Pompeyo Estrabón. ¡Sila, Sila, Sila!


El Senado nunca le había nombrado oficialmente comandante en jefe del frente sur después de la muerte del cónsul Catón, y todo lo que había llevado a cabo lo había hecho en condición de legado de un muerto. Sin embargo, pronto sería el nuevo primer cónsul, y entonces el Senado tendría que concederle el mando que exigiera. El embarazo de algunos jefes de fila senatoriales, como Lucio Marcio Filipo, ante esa laguna legalista divertía a Sila cuando hablaba con ellos. Era evidente que todos le habían creído un hombre sin fuste, incapaz de realizar milagros. Ahora era un héroe popular.


Una de las primeras visitas que efectuó a su regreso a Roma fue a Cayo Mario, a quien encontró tan mejorado que fue para él una sorpresa. Con el viejo estaba el niño de once años Cayo Julio César, ya casi tan alto como Sila, aunque aún no mostraba signos de pubertad. Tan inteligente como durante las visitas que Sila había hecho a casa de Aurelia. Había estado cuidando a Mario un año, escuchando con la tensa atención de una criatura de su edad cada palabra que salía de la boca del maestro, sin olvidar nada.


Sila supo por boca de Mario la desgracia que había estado a punto de ocurrirle al joven Mario, que aún proseguía su servicio militar al mando de Cinna y Cornutus en la campaña contra los marsos, ya más tranquilo y responsable. También supo de la peligrosa y casi mortal caída del pequeño César, quien, mientras Mario relataba lo sucedido, permanecía sentado sonriente y mirando al vacío. La presencia del Lucio Decumio en el incidente suscitó inmediatamente, por lo inopinada, la alarma en Sila. ¡Qué raro en Cayo Mario! ¿Hasta dónde se iba a llegar si el propio Mario se

 

rebajaba a contratar a un asesino profesional? Tan claramente accidental había sido la muerte de Publio Claudio Pulcher, que Sila comprendió que no había sido un accidente. Pero ¿cómo lo habrían hecho? ¿Y qué papel había desempeñado en ello el pequeño César? ¿Sería posible que aquel… aquel chiquillo se hubiera jugado la vida para empujar al cadete hacia el precipicio? ¡No! Ni siquiera Sila era capaz de semejante flema en un asesinato.


Dirigiendo su inquietante mirada al niño mientras Mario parloteaba (era evidente que no creía que hubiera sido necesaria la intervención de Lucio Decumio), Sila centró todas sus energías en infundir miedo al pequeño. Pero el muchacho, al sentir aquellos rayos invisibles, simplemente miró a Sila de arriba abajo sin el menor atisbo de temor. Ni la más leve aprensión. Y tampoco le sonreía; el pequeño César le miraba con profundo y escueto interés. ¡Sabe cómo soy!, se dijo Sila, ¡ah, jovencito, pero yo también sé cómo eres! Que el Gran Dios se sirva de ambos para salvaguardar Roma.


Generoso como era, Mario no experimentó más que alegría por los éxitos de Sila. Incluso la corona de hierba —única condecoración militar que no figuraba en la panoplia del gran hombre— mereció su aplauso sin resentimiento ni envidia.


—¿Qué tienes que decir ahora sobre las dotes de general no innatas? — inquirió Sila, provocador.


—Digo que me había equivocado, Lucio Cornelio. ¡Ah, pero no a propósito del generalato aprendido! No, me equivoqué al pensar que no lo llevabas en la sangre. Y lo llevas, lo llevas. Enviar a Cayo Cosconio por mar a Apulia fue genial, y tu maniobra de tenaza se efectuó de una manera que nadie habría sido capaz, por mucho que hubiera estudiado, de no ser un general nato hasta la médula.


Respuesta que habría debido satisfacer totalmente a Lucio Cornelio Sila. Pero no fue así. Porque Sila tenía la impresión de que Mario seguía considerándose mejor general que él, convencido de que habría sido capaz de someter mejor y con mayor rapidez a los itálicos del Sur. ¿Qué tendré que hacer para que este viejo burro tozudo vea que ha encontrado la horma de su zapato?, exclamaba Sila para sus adentros, sin dar el menor indicio

 

externo de su descontento. Mientras la cólera le reconcomía miró al pequeño César y vio en sus ojos que leía su pensamiento.


—¿Qué piensas, joven César? —inquirió Sila.


—Mi admiración no puede ser mayor, Lucio Cornelio.


—Respuesta poco elocuente.


—Bien sincera.


—Vamos, jovencito, te llevo a casa.


En principio caminaron en silencio; Sila vestía su impoluta toga blanca de candidato y el niño la toga infantil bordada de púrpura con el amuleto de la bulla en una correilla al cuello. Sonrisas e inclinaciones de cabeza de los que se cruzaban con ellos hicieron creer a Sila que iban dirigidos a él, hasta que advirtió que, en su mayor parte, eran para el pequeño.


—¿Cómo es que todos te conocen?


—Simple reflejo de la gloria, Lucio Cornelio, por acompañar a todas partes a Cayo Mario.


—¿Así que no es por ti mismo?


—Por estas cercanías del Foro me conocen como el chico de Cayo Mario, pero una vez en el Subura se me conoce por lo que soy.


—¿Está tu padre en Roma?


—No, sigue con Publio Sulpicio y Cayo Baebio ante Asculum Picentum —contestó el niño.


—Entonces pronto regresará, porque ese ejército está en camino.


—Supongo que sí.


—¿No tienes ganas de ver a tu padre?


—Sí, claro que sí —contestó el pequeño llanamente.


—¿Te acuerdas de tu primo, mi hijo?


—¿Cómo podría olvidarle? —contestó, esta vez con un auténtico destello de entusiasmo en su rostro—. ¡Era tan bueno…! Cuando murió le escribí un poema.


—¿Y qué dice? ¿Me lo recitas?


El pequeño César movió la cabeza.


—En aquella época no se me daba muy bien; así que, perdona que no te lo recite. Algún día le escribiré uno mejor y te daré una copia.

 

¡Qué tontería remover la herida por el simple hecho de que le costaba encontrar conversación con un chiquillo de once años! Sila guardó silencio y contuvo las lágrimas.


Como de costumbre, Aurelia estaba ocupada en su despacho, pero salió en cuanto Eutico le dijo quién había traído al niño a casa. Cuando se sentaron en la sala de visitas, el pequeño permaneció con ellos, observando atentamente a su madre. ¿Pero qué mosca le habrá picado?, se preguntó Sila, fastidiado porque la presencia del pequeño le impedía preguntar a Aurelia cosas que le interesaban. Afortunadamente, ella advirtió su irritación y despidió en seguida a su hijo, que se fue a regañadientes.


—Qué le sucede?


—Sospecho que Cayo Mario le ha dicho alguna cosa que le ha causado una idea equivocada sobre mi amistad contigo, Lucio Cornelio —contestó Aurelia muy tranquila.


—¡Por los dioses! ¡Cómo se ha atrevido ese viejo villano!


—¡Oh! —exclamó la bella Aurelia riendo—, ¡ya hace tiempo que esa clase de cosas ha dejado de preocuparme! Sé de cierto que cuando mi tío Publio Rutilio escribió a Cayo Mario en Asia Menor dándole la noticia de que el marido de su sobrina se había divorciado de ella al ver que había dado a luz un niño pelirrojo, Julia y Cayo Mario creyeron que la sobrina era yo y el padre del niño… tu.


Ahora fue Sila quien se echó a reír.


—¿Tan mal te conocen? Tus defensas son más inexpugnables que las de Nola.


—Cierto. Bien lo sabes tú.


—Soy un hombre como los demás.


—No estoy de acuerdo. ¡Deberías llevar heno en el cuerno!


Con el oído pegado al falso techo de un escondite de su cuarto, el pequeño César experimentó un gran alivio. ¡Su madre era una mujer virtuosa! Pero esa emoción fue desplazada por otra más difícil de vencer: ¿Por qué nunca le había mostrado a él esa faceta de su carácter? Allí estaba, riendo y relajada, dedicada a una especie de chanza que él consideraba simple chismorreo de adultos. ¡Mira que gustarle aquel hombre repelente!

 

Por las cosas que le decía se notaba su antigua y profunda amistad. No sería amante de Sila, pero existía entre ellos una intimidad que él se daba perfecta cuenta que no existía con su padre. Su marido. Enjugándose inquieto las lágrimas, se tumbó y esforzó su mente para distanciarse de la manera que conseguía hacerlo aquellos días, cuando ponía en ello toda su voluntad. ¡Olvida que es tu madre, Cayo Julio César, hijo! ¡Olvida lo mucho que tú detestas a Sila! Escúchalos y aprende.


—Muy pronto serás cónsul —decía ella.


—A los cincuenta y dos años. Más viejo que Mario cuando lo fue. —¡Y ya abuelo! ¿Has visto a la niña?


—¡Oh, Aurelia, por favor! Supongo que más tarde o más temprano tendré que ir a casa de Quinto Pompeyo con Elia del brazo, a cenar y a hacerle gracias al niño. ¿Pero por qué voy a preocuparme por el nacimiento de una niña de mi hija al extremo de apresurarme a verla?


—La pequeña Pompeya es preciosa.


—¡Pues que levante más revuelo que Helena de Troya!


—¡No digas eso! Yo siempre he pensado que la pobre Helena tuvo una vida muy desgraciada. Fue un bien mueble, un juguete de dormitorio — replicó Aurelia.


—Las mujeres son bienes muebles —añadió Sila sonriendo.


—¡Yo no! Yo tengo mis propiedades y mi trabajo.


—Ya se ha levantado el sitio de Asculum Picentum —dijo Sila, cambiando de tono—. Cayo Julio regresará un día de éstos. ¿Qué será entonces de todo eso que me dices?


—¡No me lo recuerdes, Lucio Cornelio! Aunque le amo tiernamente, temo el instante en que cruce por esa puerta y empiece a encontrar faltas en todo, desde los niños a mi papel de casera, y yo intentaré desesperadamente complacerle hasta que me mande algo que no aguante.


—Y entonces, mi pobre Aurelia, le dirás que no tiene razón y comenzarán las escenas desagradables —añadió Sila con afecto.


—¿Tú te adaptarías a mí? —inquirió ella desafiante.


—Ni aunque fueses la única mujer sobre la tierra, Aurelia.


—Pues Cayo Julio se adapta a mí.

 

—¡Ah! ¡Qué vida ésta!


—¡Bah, deja de hacerte el frívolo! —espetó ella.


—Pues cambiaré de tema —dijo Sila, reclinándose hacia atrás apoyado en las dos manos—. ¿Cómo está la viuda de Escauro?


—Ecastor! —exclamó ella con los ojos brillantes—. ¿Aún te interesa? —Desde luego.


—Tengo entendido que se halla bajo la custodia de un hombre relativamente joven… Mamerco Emilio Lépido Liviano, hermano de Livio Druso.


—Le conozco. Es ayudante de Quinto Lutacio en Capua, pero combatió con Tito Didio en Herculaneum y fue a Lucania con los Gabinos. Un tipo fornido… de esos que todos consideran la sal de la tierra. — Se incorporó, adoptando, de pronto, la postura de un gato que acecha una presa—. ¿Va por ahí la cosa? ¿Va a casarse con Lépido Liviano?


—¡Lo dudo! —contestó Aurelia riendo—. El esta casado con una mujer horrible que no le quita ojo. La Claudia que es hermana de Apio Claudio Pulcher… ya sabes, su esposa hizo limpiar a Lucio Julio el templo de Juno Sospita revestido con la toga. Y ella murió de parto dos meses después.


—Es prima de mi Dalmática… me refiero a la Baleárica fallecida —dijo Sila con una sonrisa.


—Tiene muchos primos —añadió Aurelia.


—¿Crees que Dalmática se interesaría por mí actualmente? —inquirió Sila enérgico.


—No tengo ni idea —respondió Aurelia, moviendo la cabeza—. Te lo digo con toda sinceridad, Lucio Cornelio. No tengo ningún contacto con las mujeres de mi clase que no son de la familia.


—Pues quizá podrías hacer amistad con ella cuando regrese tu marido.


Entonces tendrás más tiempo libre —dijo Sila malicioso.


—¡Basta, Lucio Cornelio! Por decir eso, te vas ahora mismo.


Fueron juntos hasta la puerta. En cuanto dejó de verlos por el agujerito, el pequeño César salió de su escondite.


—¿Harás amistad con Dalmática por mí? —inquirió Sila, mientras ella le abría la puerta.

 

—No, no lo haré —contestó ella—. Si tan interesado estás, hazla tú.


Aunque te diré que divorciándote de Elia perderás popularidad.


—Ya he sido impopular antes. Vale.




Las elecciones por tribus se celebraron sin la presencia del cónsul, por haber confiado el Senado la encomienda del escrutinio a Metelo Pío el Meneitos, que era pretor y había venido a Roma con Sila. Que los tribunos de la plebe iban a ser conservadores se hizo evidente al ver que el cabeza de lista era Publio Sulpicio Rufo y no muy detrás salía elegido Publio Antistio. Sulpicio había obtenido licencia de Pompeyo Estrabón, tras labrarse una excelente reputación de comandante en el campo de batalla, luchando contra los picentinos. Ahora quería obtener fama política. Era célebre por su retórica y por su actuación en el Foro desde joven, y era, con mucho, el orador más prometedor entre las jóvenes lumbreras: al igual que el finado Craso Orator, su escuela era la asiática y de gestos tan airosamente calculados como su áurea voz, su léxico y sus recursos retóricos. Su caso más famoso había sido el juicio contra Cayo Norbano por haber inculpado ilegalmente a Cepio, el cónsul del oro de Tolosa, y que lo hubiese perdido no había empañado lo más mínimo su reputación. Gran amigo de Marco Livio Druso —aunque no era partidario de la emancipación de los itálicos —, desde la muerte de éste había trabado amistad con Quinto Pompeyo Rufo, el que se presentaba en binomio con Sila a las elecciones consulares. El que fuese el presidente del colegio de tribunos de la plebe no presagiaba nada bueno para las payasadas tribunicias de cariz demagógico, bien que, en realidad, no parecía que ninguno de los diez elegidos fuese proclive a la demagogia, ni la elección del colegio fue seguida por un aluvión de legislación polémica. Más prometedor era el nombramiento de Quinto Cecilio Metelo Celer como edil plebeyo, un hombre muy rico del que se rumoreaba que pensaba organizar unos magníficos juegos para la ciudad, harta de la guerra.


De nuevo bajo la presidencia del Meneitos, las centurias se reunieron en el Campo de Marte para oír el anuncio de los candidatos consulares y

 

pretorianos. Cuando Sila y su colega Quinto Pompeyo Rufo anunciaron su candidatura conjunta, los vítores fueron ensordecedores. Pero cuando Cayo Julio César Estrabón Vopisco Sesquículo anunció que iba a contestar las elecciones consulares, se hizo un profundo silencio.


—¡No puedes! —replicó Metelo Pío con voz airada—. ¡Aún no has sido pretor!


—Yo sostengo que no hay nada en las tablillas que impida a nadie presentarse a cónsul antes que a pretor —alegó César Estrabón, sacando un abultado rollo que levantó protestas entre los presentes—. He traído una disertación que voy a leer de cabo a rabo para demostrar lo que digo.


—¡Enróllalo y no te molestes, Cayo Julio Estrabón! —dijo Sulpicio, el nuevo tribuno de la plebe desde la multitud congregada bajo el estrado de los candidatos—. ¡Yo veto tu candidatura!


—¡Ah, vamos, Publio Sulpicio! ¡Hagamos caso de la ley por una vez en lugar de usarla en contra de la gente! —replicó César Estrabón.


—Yo veto tu candidatura, Cayo Julio Estrabón. Baja de ahí y únete a los tuyos —dijo Sulpicio con firmeza.


—¡Pues me declaro candidato al pretorado!


—Este año no —contestó Sulpicio—. Lo veto igualmente.


A veces el hermano menor de Quinto Lutacio Catulo César y de Lucio Julio César el Censor mostraba muy mala intención y su genio le ponía en difíciles situaciones, pero en esta ocasión César Estrabón se contentó con encogerse de hombros, sonreír y bajar del estrado para unirse a Sulpicio.


—¡Loco! ¿Por qué has hecho eso? —inquirió Sulpicio.


—Habría salido bien si tú no intervienes.


—Antes te habría matado yo —dijo una voz.


César Estrabón se volvió, vio que la voz pertenecía al joven Cayo Flavio Fimbria y espetó sarcástico:


—¡Piénsatelo, cretino codicioso, tú no matas ni a una mosca!


—¡Alto, alto! —se apresuró a decir Sulpicio, poniéndose entre los dos


—. ¡Vete, Cayo Flavio! ¡Vamos, márchate! ¡Fuera de aquí! Deja el gobierno de Roma a quienes son mayores y superiores a ti.

César Estrabón se echó a reír mientras Fimbria se alejaba.

 

—Para lo joven que es, tiene muy mala intención —dijo Sulpicio—. No te ha perdonado que acusases a Vario.


—No me extraña —contestó César Estrabón—. Con la muerte de Vario se quedó sin su único apoyo visible.


No habría más sorpresas; una vez presentadas las candidaturas a cónsul y pretor, todos se fueron a casa a aguardar con la mayor paciencia posible que llegara el cónsul Cneo Pompeyo Estrabón.



No regresó a Roma hasta casi finales de diciembre y se empeñó en celebrar su triunfo antes de llevar a cabo las elecciones. El que retrasase su regreso a Roma se debió a una brillante idea que había concebido tras la toma de Asculum Picentum. Su desfile triunfal (porque él no renunciaba a ello) iba a ser muy deslucido sin botín que exhibir ni carrozas exóticas con grupos de cautivos raros para los romanos. Y fue entonces cuando tuvo la brillante idea. ¡En el desfile exhibiría miles de niños itálicos! Sus tropas se dedicaron a recorrer los campos para apresar unos cuantos miles de niños de edades comprendidas entre cuatro y doce años, y, así, cuando desfiló en su carro triunfal por el itinerario prescrito, se hizo preceder de una legión de críos desamparados. Fue un horrible espectáculo, cuando menos porque demostraba la cantidad de varones adultos itálicos que habían perdido la vida por iniciativa de Cneo Pompeyo Estrabón.


Las elecciones curules se celebraron tres días antes de año nuevo. Lucio Cornelio Sila salió elegido primer cónsul y su amigo Quinto Pompeyo Rufo, segundo cónsul. Dos pelirrojos del extremo opuesto del espectro nobiliario romano. Roma ansiaba tener un binomio en buena armonía en el cargo con la esperanza de superar los males causados por la guerra.


Iba a ser un año de seis pretores, lo que supuso la prórroga en el cargo a casi todos los gobernadores de provincias: Cayo Sentio y su legado Quinto Bruto Sura en Macedonia; Publio Servilio Vatia y sus legados Cayo Celio y Quinto Sertorio en las Galias; Cayo Casio en la provincia de Asia; Quinto Apio en Cilicia y Cayo Valerio Flaco en Hispania. El nuevo pretor Cayo Norbano fue enviado a Africa, y de pretor urbano se designó a un hombre

 

muy mayor, Marco Junio Bruto, que tenía un hijo que acababa de entrar en el Senado, pero había anunciado su candidatura a pretor pese a su proverbial mala salud porque alegaba que Roma necesitaba en ese cargo un hombre decente, pues había muchos hombres decentes en campaña. El praetor peregrinus fue un Servilio plebeyo de la familia de los Augures.


El día de año nuevo amaneció radiante y los presagios nocturnos habían sido propicios. Quizá por ello no era sorprendente que, tras dos años de temores y espantos, toda Roma decidiese echarse a la calle para ver la ceremonia inaugural. Todos qúerían ser testigos de la victoria sobre los itálicos y había muchos que esperaban que los nuevos cónsules lograran subsanar los tremendos problemas financieros de la ciudad.


De vuelta a su casa después de velar toda la noche, Lucio Cornelio Sila revistió la toga bordada en púrpura, ciñó con sus propias manos la corona de hierba y salió a disfrutar de la novedad de caminar detrás de doce lictores togados que portaban al hombro el haz de varillas, ritualmente amarradas con correillas rojas de cuero. Delante de él iban los caballeros que habían optado por acompañarle a él en vez de a su colega, y detrás, los senadores, incluido su buen amigo el Meneitos.


Es mi día, se decía, entre murmullos y voces de apreciación de la muchedumbre al ver la corona de hierba. Por primera vez en mi vida no tengo rivales ni iguales. Soy el primer cónsul, he ganado la guerra contra los itálicos y llevo la corona de hierba. Soy más grande que un rey.


Los dos cortejos salidos de las casas de los nuevos cónsules se juntaron al pie del clivus Palatinus, en el lugar en que aún se alzaba la vieja puerta Mugonia, reliquia de los tiempos en que Rómulo había levantado las murallas de su ciudad palatina. A partir de allí, seis mil personas prosiguieron solemnemente el tortuoso itinerario por la Velia, descendiendo por el clivus Sacer hasta el bajo Foro; en su mayoría, caballeros con la franja estrecha —el angustus clavus— en la túnica, y un Senado en su mínima expresión, detrás de los cónsules y sus lictores. La multitud los aclamaba por doquier, asomada a las ventanas que daban al Foro, encaramada a los arcos y techos de las basílicas, a los tejados de las tabernas y tiendas de la Via Nova y a las galerías de las mansiones del

 

Palatino y el Capitolio que daban al Foro. Gentío. Gentío por doquier aclamando al portador de la corona de hierba, una guirnalda que la mayoría de ellos nunca había visto.


Sila caminaba con una regia dignidad desconocida, respondiendo a los vítores con leves inclinaciones de cabeza, sin esbozar una sonrisa, sin brillo de gozo en la mirada. Era su sueño hecho realidad. Su día. Una de las cosas que más le fascinaba era distinguir tan claramente a individuos concretos en aquella ingente muchedumbre: una mujer hermosa, un niño subido a hombros de un adulto, un extranjero. Y Metrobio. Estuvo en un tris de detenerse, pero síguío caminando; no era más que un rostro entre la multitud, fiel y discreto como siempre. Aquella hermosa faz morena no mostraba signo alguno de una relación particular, salvo en los ojos, quizá; pero, aparte de Sila, nadie lo habría notado. Unos ojos tristes. De pronto quedó atrás y ya no le vio. Era cosa pasada.


El cortejo de caballeros se detuvo al llegar a la zona que bordeaba la hondonada de los Comitia, antes de girar a la izquierda y seguir por entre el templo de Saturno y los arcos abovedados de enfrente de los Doce Dioses, para volver la cabeza hacia el clivus Argentarius y proferir unos vítores más estentóreos que los que le habían dedicado a él. Sila los oía pero no veía a quién iban dirigidos; y notó el sudor corriéndole por la espalda. ¡Alguien le estaba robando el calor de la multitud! Porque también el gentío se volvía a mirar desde tejados y escalinatas en la misma dirección, lanzando aclamaciones por encima de un mar de manos que se agitaban como juncos.


Jamás en su vida había tenido Sila que hacer un esfuerzo semejante para no cambiar de expresión, modificar las regias inclinaciones de cabeza o alterar la impasibilidad de su mirada. El cortejo reemprendía la marcha y él avanzó por el bajo Foro detrás de sus lictores, sin estirar lo más mínimo el cuello para ver qué le esperaba al pie del clivus Argentarius. Quién le robaba su multitud. Su día. ¡Su día!


Y allí estaba Cayo Mario. En compañía del niño y con la toga praetexta. Aguardando para unirse a los senadores curules que iban a la zaga de Sila y Pompeyo Rufo. Otra vez activo. Dispuesto a asistir a la ceremonia inaugural de los nuevos cónsules, a la ulterior reunión del Senado en el

 

templo de Júpiter Optimus Maximus en lo alto del Capitolio y a la fiesta en ese mismo templo. Cayo Mario. Cayo Mario, el militar genial. Cayo Mario, el héroe.


Cuando Sila llegó a su altura, Cayo Mario le dirigió una reverencia. Reconcomido por una rabia inmensa, que bajo ningún concepto podía dejar traslucir, Sila se volvió para corresponder con otra reverencia. Tras lo cual la muchedumbre enfebrecida lanzó gritos de alegría y los rostros se llenaron de lágrimas. Luego, después de que Sila girase a la izquierda para pasar junto al templo de Saturno y emprender la subida del Capitolio, Cayo Mario ocupó su lugar entre los togados de orla púrpura, con el niño a su lado. Había mejorado tanto que casi no se le notaba el renqueo del pie izquierdo y mostraba la mano izquierda sujetando los profusos pliegues de la toga, para que todos viesen que ya no estaba inválido. En cuanto a su rostro, prescindía de sonreír para no mostrar aquella mueca en que se había convertido su sonrisa.


Esto me lo pagarás, Cayo Mario, pensó Sila. ¡Sabías que era mi día! Y no has podido resistir la tentación de mostrarme que Roma sigue siendo tuya. Que yo —un Cornelio patricio— no soy nada comparado contigo, un palurdo itálico que no habla griego. Que yo no cuento con el afecto de la gente. Que nunca podré llegar a donde tú has llegado. Bien, Cayo Mario, puede que sea así, pero me las pagarás. Has sucumbido a la tentación de dar el espectáculo en mi día. Si hubieses elegido volver a la vida pública mañana, pasado mañana u otro día cualquiera, el resto de tu vida sería muy distinto de la miseria en que voy a obligarte a vivir. Porque pienso hundirte. Nada de veneno, ni puñal. Lograré que tus descendientes no puedan ni exhibir tu imago en la procesión funeraria familiar. Arruinaré tu fama para siempre.


Pero, de alguna manera, logró sobreponerse y concluir aquella horrenda jornada. Con aire ufano y complacido, el nuevo primer cónsul permanecía de pie, a un lado del templo de Júpiter Optimus Maximus, esgrimiendo una sonrisa inane como la del rostro de la estatua del Gran Dios, dejando que los senadores tributaran su homenaje a Cayo Mario, al margen del hecho de que la mayoría de ellos le detestaban. Cuando Sila comprendió que la

 

iniciativa de Mario había sido del todo inocente, que no se había detenido a pensar que le hacía sombra en su día y únicamente le había animado la idea de que sería una jornada sin par para hacer su reaparición en el Senado, la consideración no palió en nada su rabia ni fue óbice para que se retractara en su juramento de hundirle. Al contrario, la irresponsabilidad del acto hacía más intolerable aún la acción del gran hombre, porque venía a significar que, para Mario, Sila tenía muy poca importancia. Mario lo pagaría amargamente.


—¿Co… como se atrevió? —musitó Metelo Pío a Sila al término de la ceremonia, cuando los esclavos públicos iniciaban los preparativos de la fiesta—. Lo… lo… lo… hizo adrede.


—Ah, claro que lo hizo adrede —mintió Sila.


—¿Vas a de… de… dejarlo a… a… así? —añadió Metelo Pío, casi implorando.


—Cálmate, Meneitos, estás tartamudeando —replicó Sila dándole el detestado sobrenombre, pero de un modo que no resultaba ofensivo—. No quiero que ninguno de esos imbéciles se dé cuenta de lo que siento. Deja que ellos, ¡y él!, crean que estoy plenamente satisfecho. Yo soy el cónsul, Meneitos. Él, no. El no es más que un viejo enfermo que trata de recuperar un ascendiente que no volverá a tener.


—Quinto Lutacio está lívido —añadió Metelo Pío, conteniendo su tartamudez—. ¿Le ves allí? Acaba de decir una buena de Mario, fingiendo, el viejo hipócrita, que no lo decía en ese sentido. ¿Será posible?


—De eso no me he enterado —contestó Sila mirando hacia donde Catulo César hablaba con su habitual engreimiento y de forma airada con su hermano el censor y con Quinto Mucio Escévola, que parecía enfadado. Sila sonrió—. Se equivoca de interlocutor con Quinto Mucio si está diciendo cosas insultantes de Mario.


—¿Por qué? —inquirió el Meneitos, curiosamente más indignado que el propio Sila.


—Porque hay una boda en perspectiva. Quinto Mucio va a entregar su hija al joven Mario en cuanto sea mayor de edad.


—¡Por los dioses! ¡Podría casarla mucho mejor!

 

—¿Ah, sí, amigo mío? —contestó Sila alzando una ceja—. ¡Piensa en el dinero que tiene!


Cuando Sila emprendió el regreso a casa, no quiso que le acompañara nadie salvo Catulo César y Metelo Pío, aunque al llegar a ella entró solo y los despidió con un ademán. La casa estaba tranquila y no se veía a su esposa, cosa que le satisfizo profundamente, porque no estaba seguro de haber podido soportar sus zalamerías sin matarla. Se apresuró a encerrarse en su despacho, echando las persianas de la ventana que daba a la columnata. Dejó caer la toga al suelo y apartó el albo montón de una patada; su rostro reflejaba al fin sus sentimientos. Se acercó a la consola en que estaban los seis templos en miniatura perfectamente restaurados, recién pintados y dorados. Los cinco de sus antepasados los había hecho reparar después de su entrada en el Senado; en el sexto guardaba su propia mascarilla, entregada la víspera por el taller de Mago, en el Velabrum.


El cierre estaba muy bien disimulado en el entablamento de la primera fila de columnas. Al pulsarlo, las columnas se abrieron por el centro en doble puerta. Dentro se vio a si mismo: un rostro de tamaño natural, unido a la mitad anterior del cuello, con orejas incluidas; detrás de ellas había unas cintas para sujetarla cuando se portaba y que ahora ocultaba la peluca.


La imago de cera de abejas era una obra de arte; tenía la tez del mismo color que la de Sila; el marrón de cejas y pestañas naturales era igual que el que usaba él a veces para teñírselas cuando asistía al Senado o iba a alguna fiesta. Los labios, perfectamente dibujados, estaban levemente abiertos porque Sila siempre respiraba por la boca; los ojos eran exactos. Sin embargo, observándola con más detalle, se advertía que las pupilas eran pequeños orificios a través de los cuales el actor que llevaba la máscara pudiese ver lo suficiente si le llevaban de la mano. Sólo en la peluca había fallado Magio del Velabrum en cuanto a similitud de color, porque no había podido encontrar ese pelo. No faltaban en Roma peluqueros y pelucas, y había unos tonos de rubio y rojo que eran los que más se usaban. La principal fuente de aprovisionamiento eran bárbaros galos y germanos, obligados a desprenderse de su cabellera por los tratantes de esclavos o por

 

sus amos que necesitaban dinero. La obra de Magio era más roja que la mata de pelo de Sila, aunque la exuberancia y disposición eran exactas.


Sila estuvo largo rato contemplándose, sin lograr sobreponerse de la visión que de él tenían los demás. El espejo de plata más perfecto no reflejaba tan fidedignamente su rostro como aquel imago. Haré que los escultores del taller de Magio cincelen unos bustos y una estatua de tamaño natural con armadura, se dijo, complacido con aquella imagen que veían los demás. Finalmente, su mente volvió a la perfidia de Mario y su mirada se hizo neutra; luego dio un saltito, tiró con los dedos de dos palanquitas en el suelo del templo y la máscara de Lucio Cornelio Sila avanzó desde el interior para detenerse, lista para que alguien la despojara de la peluca y la apartara de su base, que era un molde de barro del rostro de Sila. Pegada al relieve de su propio rostro y a resguardo de la luz y el polvo en la oscuridad del templete, la máscara duraría varias generaciones.


Sila se llevó las manos a la cabeza y se qiitó la corona de hierba para ponerla sobre la peluca de la máscara. Ya el día mismo en que habían arrancado los tallos del campo de Nola estaban oscurecidos y sucios, por proceder de un campo de batalla; y los dedos que los habían trenzado no eran los dedos hábiles y delicados de una florista, sino los del centurión primus pilus Marco Canuleio, más acostumbrados a enarbolar una nudosa clava de vid. Ahora, siete meses después, la corona de hierba se había mustiado y era un trenzado de delgados hilos como cabellos, y las pocas hojas que quedaban estaban secas y arrugadas. Pero aguantas, mi hermosa corona de hierba, pensó Sila, colocándola en la peluca debidamente. Sí, aguantas; estás hecha de hierba itálica, trenzada por un soldado romano. Durarás. Igual que yo. Y juntos llevaremos a la ruina a Cayo Mario.



El Senado volvió a reunirse al día siguiente de la ceremonia oficial del nombramiento de los nuevos cónsules, convocado por Sila. Por fin había un nuevo príncipe del Senado, nombrado durante las ceremonias del día de año nuevo. Era Lucio Valerio Flaco, el «hombre de paja» de Mario, segundo cónsul el año en que Mario había ocupado la silla curul por sexta vez, había

 

sufrido el primer infarto y no había podido impedir los desmanes de Saturnino. No era un nombramiento muy bien visto, pero eran tantas las limitaciones, precedentes y reglas, que sólo Lucio Valerio Flaco había reunido las condiciones por ser patricio, jefe de fila de un grupo de senadores, consular, censor, e interrex más veces que ningún otro senador patricio. Nadie se hacía ilusiones de que llenase el hueco de Marco Emilio Escauro con tanta donosura y firmeza. Ni el propio Flaco.


Antes de convocar formalmente la reunión, había ido a ver a Sila para hablarle confusamente de los problemas de Asia Menor, con frases tan incoherentes y premisas tan ambiguas que Sila le había parado los pies, señalando la necesidad de recurrir a los presagios. Como ahora era augur, presidió las ceremonias junto con Ahenobarbo, pontífice máximo. Otro que tampoco tiene muy buen aspecto, pensó Sila con un suspiro; era deplorable el estado del Senado.


Sila no había dedicado todo el tiempo desde su regreso a Roma a visitar amigos, posar para Magio en el Velabrum, charlar de cosas insustanciales, atender a su aburrida esposa y ver a Cayo Mario. Sabiendo que iba a ser cónsul, la mayor parte del tiempo lo había dedicado a hablar con los caballeros que más respetaba o sabía más capaces, a hablar con los senadores que habían permanecido en Roma durante la guerra (como el nuevo pretor urbano Marco Junio Bruto) y a hablar con personas como Lucio Decumio, miembro de la cuarta clase y encargado de la cofradía del cruce.


Ahora, puesto en pie, se disponía a demostrar a la Cámara que Lucio Cornelio Sila era una persona que no toleraba oposición.


—Príncipe del Senado, padres conscriptos, no soy orador —comenzó diciendo, totalmente inmóvil delante de su silla curul—, por lo que no esperéis bellos discursos. Lo que os daré será una explicación sencilla de los hechos, seguida de un esbozo de las medidas que trataré de tomar para remediar la situación. Podéis debatir los resultados, si lo juzgáis necesario, pero quiero recordaros que la guerra aún no ha concluido satisfactoriamente. Por consiguiente, no quiero seguir en Roma más tiempo del debido. Quiero también advertiros que trataré sin contemplaciones a los

 

miembros de esta augusta Cámara que intenten entorpecer mi labor por vanagloria o intereses personales. No estamos para aguantar la clase de payasadas a que se dedicaba Lucio Marcio Filipo los días anteriores a la muerte de Marco Livio Druso. Espero que lo hayas oído, Lucio Marcio.


—Tengo los oídos totalmente abiertos, Lucio Cornelio —replicó Filipo con voz cansina.


Otro habría contestado a Filipo con cuatro palabras bien dichas, pero Lucio Cornelio Sila lo hizo con la mirada. A pesar de las risitas, aquellos extraños ojos claros recorrieron las gradas buscando culpables, y la expectativa de un enfrentamiento verbal fue cortada de raíz, las risas cesaron y todos consideraron oportuno inclinarse hacia adelante y adoptar una actitud de sumo interés.


—Ninguno de nosotros ignora la grave situación financiera de Roma, tanto en el área pública como en la privada. Los cuestores urbanos me comunican que el Tesoro está vacío y los tribunos del Tesoro me han dado la cifra de lo que debe Roma a las diversas empresas e individuos de la Galia itálica; una cifra superior a tres mil talentos de plata y que aumenta a diario por dos motivos: primero porque Roma se ve aún obligada a comprar a esas empresas e individuos; segundo, porque el monto principal no se ha pagado, los intereses no se han pagado y no siempre podemos abonar los intereses de los intereses impagados. Los negocios se van a pique. Los que en el sector público han prestado dinero, no pueden cobrar deudas ni intereses, ni intereses sobre los intereses impagados. Y los que han pedido dinero prestado están aún en peores condiciones.


Pensativo, posó la vista en Pompeyo Estrabón, que estaba sentado en la primera fila de la derecha junto a Cayo Mario, mirándose la nariz tranquilamente. Los ojos de Sila parecían decir al resto de la Cámara: ahí tenéis a un hombre que habría debido dedicar un poco de tiempo al margen de sus actividades militares para hacer algo por la vertiginosa crisis económica de Roma, en particular después de la muerte del pretor urbano.


—Por consiguiente, requiero que esta Cámara envíe un senatus consultum a la asamblea de todo el pueblo representado por sus tribus, patricias y plebeyas, solicitando una lex Cornelia al siguiente efecto: que

 

todos los deudores, ciudadanos romanos o no, queden obligados a pagar únicamente interés simple, es decir interés sólo sobre la deuda contraída, al porcentaje acordado por las partes en el momento del préstamo. Queda prohibido el cobro de interés compuesto y del interés simple a un porcentaje más alto del acordado en principio.


Ahora se oían murmullos, sobre todo procedentes de los que habían prestado dinero, pero la invisible amenaza que irradiaba Sila los apagó. Era inequívocamente romano de pies a cabeza; tenía la voluntad de un Cayo Mario pero con la actitud de un Marco Emilio Escauro, y nadie consideró por un instante —ni siquiera Lucio Casio— tratar a Lucio Cornelio Sila como habían tratado a Aulo Sempronio Aselio. No era la clase de persona contra quien se organiza una conjura para asesinarla.


—No hay vencedores en una guerra civil —añadió Sila con voz pausada


—. Y esta guerra que ya toca a su fin es una guerra civil. Mi opinión personal es que ningún itálico puede jamás ser romano, pero soy lo bastante romano para respetar las leyes que últimamente se han promulgado para que los itálicos se conviertan en romanos. Roma no obtendrá botín, ni indemnización suficiente para cubrir con una capa de lingotes de plata el suelo del templo de Saturno.


—¡Edepol! ¿Qué oratoria es ésa? —inquirió Filipo a los que estaban cerca de él.

—Tace! —gruñó Mario.


—Los tesoros de los itálicos están tan agotados como el nuestro — prosiguió Sila, sin hacer caso de aquel cruce de palabras—. Los nuevos ciudadanos que figurarán en los rollos están cargados de deudas y empobrecidos como los propios romanos. En tales circunstancias, habrá que empezar de nuevo en otra parte, ya que promulgar una anulación general de deudas es impensable. Pero tampoco se puede agobiar a los deudores hasta ahogarlos. En otras palabras, lo lógico y equitativo es reducir los dos términos del binomio. Y eso es lo que pretende la lex Cornelia.


—¿Y la deuda de Roma a la Galia itálica? —inquirió Mario—. ¿Cae dentro del ámbito de la lex Cornelia?

 

—Desde luego, Cayo Mario —contestó Sila complacido—. Todos sabemos que la Galia itálica es muy rica. La guerra en la península no la afectó y ha ganado mucho dinero con esta guerra. Por consiguiente, ella y sus comerciantes pueden perfectamente soportar la anulación de medidas como el interés compuesto. Gracias a Cneo Pompeyo Estrabón, toda la Galia itálica al sur del Padus es ahora totalmente romana y a los principales centros al norte del río se les han otorgado derechos latinos. Yo creo que es muy justo que la Galia itálica reciba el mismo trato que las demás comunidades romanas o latinas.


—No les hará muy felices llamarse clientes de Pompeyo Estrabón cuando conozcan que esta lex Cornelia es aplicable en la Galia itálica — musitó Sulpicio a Antistio con una sonrisa.


—Propones una buena ley, Lucio Cornelio —dijo de pronto Marco Junio Bruto—, pero no va lo bastante lejos. ¿Y en los casos en que el litigio sea inevitable y una de las partes no tenga dinero para depositar el sponsio ante el pretor urbano? Aunque estén cerrados los tribunales de quiebra, hay muchos casos en que el pretor urbano tiene potestad para dirimir sin los procedimientos jurídicos habituales. Siempre que se haya depositado la fianza, claro. Pero tal como estipula la ley actualmente, si no se deposita la suma en litigio el pretor urbano tiene las manos atadas y no puede dirimir el caso ni dar un fallo. ¿Puedo sugerir una segunda lex Cornelia eximiendo del depósito del sponsio en casos de deuda?


—¡Bien, ésas son las cosas que me gusta oír, praetor urbanus! — exclamó Sila, riendo y dando una palmada—. ¡Soluciones lógicas a asuntos problemáticos! ¡Sí, sí, promulguemos una ley que exima del sponsio al buen criterio del pretor urbano!


—Bueno, si vamos a llegar a eso, ¿por qué no abrir los tribunales de quiebra? —inquirió Filipo, aterrado ante una ley relacionada con la recaudación de deudas, dado que siempre estaba endeudado y era uno de los peores pagadores de Roma.


—Por dos razones, Lucio Marcio —contestó Sila, hablando como si el comentario de Filipo hubiese sido serio y no sarcástico—. Primero, porque aún no contamos con suficientes magistrados para los tribunales, y el

 

Senado ha quedado tan mermado que sería difícil hallar los jueces extraordinarios, dado que deben poseer conocimientos legales de índole pretoriana. Segundo, porque la quiebra es un procedimiento civil y los llamados tribunales de quiebra los conforman totalmente jueces especiales nombrados a criterio del pretor urbano. Lo que nos lleva directamente a la razón primera, ¿no es cierto? Si no tenemos personal para los tribunales criminales, ¿cómo vamos a dotarnos de personal para los juicios más flexibles y discrecionales por delitos civiles?


—¡Sucinta explicación! Gracias, Lucio Cornelio —dijo Filipo.


—No hay de qué, Lucio Marcio. Y quiero decir que no hay por qué volver a hablar de eso. ¿Entendido?


Hubo más debate, desde luego. No es que Sila esperase que su propuesta fuese aceptada sin objeciones. Pero incluso entre los prestamistas del Senado, la oposición fue tibia, pues todos consideraban que mejor era recaudar algún dinero que no cobrar nada, y Sila tampoco había intentado abolir radicalmente el interés.


—Efectuemos una votación —dijo Sila, cuando consideró que ya habían discutido bastante, para evitar mayores pérdidas de tiempo.


Ganó la votación por amplia mayoría y la Cámara preparó un senatus consultum recomendando las dos nuevas leyes de Sila a la Asamblea del pueblo, un ente al que el cónsul podía presentárselas en persona, aunque fuese patricio.


El pretor Lucio Licinio Murena, hombre más famoso por su negocio de anguilas de cultivo que por sus actividades políticas, propuso, a continuación, que la Cámara considerase el regreso de los desterrados por la comisión variana dirigida en su momento por Quinto Vario.


—¡Henos aquí concediendo la ciudadanía a media Italia, mientras hombres condenados por ser partidarios de la emancipación siguen despojados de la ciudadanía! —exclamó Murena con énfasis—. ¡Ya es hora de que vuelvan al país, pues son precisamente los romanos que necesitamos!


Publio Sulpicio se levantó enérgicamente del banco de tribunos y se situó ante la silla del cónsul.

 

—¿Puedo hablar, Lucio Cornelio?


—Adelante, Publio Sulpicio.


—Yo era muy amigo de Marco Livio Druso, aunque nunca me gustó lo de la emancipación para los itálicos. No obstante, deploré el modo de actuar de Vario con su tribunal. Hemos de preguntarnos cuántos de los procesados fueron víctimas suyas por el simple hecho de que los detestaba. Pero persiste el hecho de que el tribunal se creó legalmente y actuó con procedimientos acordes con la ley. En este momento, ese tribunal sigue funcionando, aunque de forma totalmente opuesta. Es el único tribunal abierto. Por consiguiente debemos colegir que es un organismo legalmente constituido y sus fallos tienen vigencia. En consecuencia, yo quiero informar a esta Cámara de que si se pretende hacer regresar a cualquier persona sentenciada por la comisión variana, me opondré con mi veto — dijo Sulpicio.


—Y yo —terció Publio Antistio.


—Siéntate, Lucio Licinio Murena —dijo Sila afable.


Murena se sentó, abatido, y poco después el Senado concluía su primera sesión ordinaria bajo la presidencia del cónsul Sila.


Cuando Sila abandonaba la Cámara, Pompeyo Estrabón le salió al paso.


—Quisiera decirte algo en privado, Lucio Cornelio.


—Por supuesto —contestó Sila cordial, decidido a prolongar la conversación, pues había visto a Mario al acecho y no podía eludirle sin una buena excusa.


—En cuanto hayas arreglado los asuntos financieros de Roma a tu entera satisfacción —dijo Pompeyo Estrabón con su voz neutra pero amenazante—, supongo que abordarás la cuestión del mando en la guerra.


—Sí, Cneo Pompeyo, espero abordarlo —contestó llanamente Sila—. Imagino que lo legal habría sido tratarlo ayer en la Cámara cuando se ratificaron todos los gobernadores provinciales, pero, como habrás comprendido por mi discurso de hoy, considero este conflicto una guerra civil y preferiría discutir lo del mando en una sesión normal.


—Ah, sí, claro, comprendo tu punto de vista —contestó Pompeyo Estrabón, no en el tono de alguien avergonzado por lo burdo de la pregunta,

 

sino como quien admite no tener idea del protocolo.


—¿Y entonces? —añadió Sila muy cortés, viendo con el rabillo del ojo que Mario se alejaba en compañía del pequeño César, que debía estar esperándole afuera.


—Si incluyo las tropas que Publio Sulpicio trajo de la Galia itálica el año antepasado y las tropas que trajo Sexto Julio de Africa, tengo diez legiones —contestó Pompeyo Estrabón—. Y estoy seguro que comprenderás, porque te has visto en iguales circunstancias, Lucio Cornelio, que la mayoría de las legiones hace un año que no cobran.


—¡Me doy perfecta cuenta de lo que quieres decir, Cneo Pompeyo! — replicó Sila con triste sonrisa.


—Bien, hasta cierto punto, Lucio Cornelio, la deuda está cancelada porque la tropa se quedó con todo lo que había en Asculum Picentum, desde muebles hasta monedas de bronce. Ropa, chucherías femeninas, menudencias e incluso las lámparas priápicas. Se quedaron contentos, igual que en otras ocasiones, con que les entregara el botín que había. Menudencias. Pero suficiente para soldados rasos. Bueno, así ha quedado cancelada parte de la deuda. Pero la otra parte me afecta personalmente — añadió tras una pausa.


—¿Ah, sí?


—Cuatro de las legiones son mías. Se reclutaron entre los colonos de mis fincas del norte de Picenum y de Umbría sur, y todos los soldados son clientes míos, por lo que no esperan que Roma les pague nada. Se contentan con lo que hayan podido pillar.


—¡Continúa! —le instó Sila, alerta.


—Bien —añadió Pompeyo Estrabón pensativo, frotándose la barbilla con su manaza derecha—, estoy bastante satisfecho tal como están las cosas, aunque algunas tendrán que cambiar al no ser yo cónsul.


—¿Cuáles, Cneo Pompeyo?


—Para empezar, necesito un imperium proconsular y la confirmación del mando en el norte. — La mano que rascaba la barbilla describió un amplio círculo—. El resto para ti, Lucio Cornelio. Yo no quiero nada más. Sólo mi rinconcito de nuestro querido mundo romano. Picenum y Umbría.

 

—¿A cambio de lo cual no enviarás al Tesoro la factura de las soldadas de cuatro de esas diez legiones y reducirás la de las otras seis?


—Eres muy listo en todos los aspectos, Lucio Cornelio.


—¡Trato hecho, Cneo Pompeyo! —dijo Sila tendiéndole la mano—. Daría Picenum y Umbría al mismísimo Saturnino si con ello Roma no tuviera que pagar los sueldos de diez legiones.


—¡Oh, no, a Saturnino no, aunque su familia procediera de Picenum! Yo me ocuparé de ello mejor que él.


—Estoy seguro, Cneo Pompeyo.


Así, cuando en la Cámara se planteó el asunto del reparto de los puestos de mando para concluir las operaciones de la guerra contra los itálicos, Pompeyo Estrabón obtuvo lo que quería sin oposición por parte del cónsul con la corona de hierba ni de nadie, porque Sila había estado presionando sin parar. Aunque Pompeyo Estrabón no era muy afín a Sila —carecía de sutileza o sofisticación—, se sabía que era tan peligroso como un oso acorralado y tan cruel como un déspota oriental; los relatos de su actuación en Asculum Picentum habían llegado a Roma a través de un medio tan nuevo como inopinado; un contubernalis de dieciocho años llamado Marco Tulio Cicerón había escrito un resumen de la misma en una carta a uno de sus dos preceptores vivos, Quinto Mucio Escévola, y Escévola lo había contado todo, aunque su locuacidad se debía más a las cualidades literarias de la carta que al comportamiento vil y monstruoso de Pompeyo Estrabón.


«Humillante!», fue el juicio de Escévola sobre la carta, y «¿Qué cabe esperar de semejante carnicero?» su opinión sobre las acciones de Pompeyo Estrabón.


Aunque Sila retuvo el mando supremo en los frentes sur y centro, el mando real del sur fue para Metelo Pío el Meneítos; Cayo Cosconio había sufrido una herida, que se le infectó, y estaba retirado del servicio activo. El lugarteniente del Meneitos era Mamerco Emilio Lépido Liviano, que se había suavizado y se había hecho elegir cuestor. Como Publio Gabinio había muerto y su hermano menor Aulo era demasiado joven para darle un mando de responsabilidad, Lucania fue para Cneo Papirio Carbón, decisión juzgada excelente por casi todos.

 

En medio del debate —que cobró más animación por dominar el sentimiento de que Roma prácticamente había ganado la guerra— murió Cneo Domicio Ahenobarbo, pontífice máximo. Lo cual significó que hubo que suspender las sesiones de Curia y Comitia y encontrar dinero para un funeral oficial para quien, en el momento de su muerte, tenía muchas más riquezas que el erario estatal. Sila presidió la elección del sucesor con cierto resentimiento, pues al asumir la silla curul había asumido igualmente la mayor parte de responsabilidad en los problemas financieros de Roma y le dolía gastar una buena cantidad de dinero en quien no lo necesitaba. Además, antes de Ahenobarbo no había habido necesidad de gastar en la elección, porque él era un tribuno de la plebe convertido en sumo pontífice en virtud de la lex Domitia de sacerdotis, una ley que modificaba el método de nombrar sacerdotes y augures según una designación interna por el de hacerlo con arreglo a una elección externa. Quinto Mucio Escévola —que ya era sacerdote— fue el nuevo pontífice, con lo que el puesto sacerdotal de Ahenobarbo fue para un nuevo miembro del colegio de pontífices, Quinto Cecilio Metelo Pío el Meneitos. Al menos en aquel aspecto, pensó Sila, se hacía cierta justicia, ya que al morir Metelo el Meneitos padre, su puesto sacerdotal se había atribuido por votación al joven Cayo Aurelio Cota, elocuente ejemplo de cómo la elección para un cargo podía acabar con el derecho familiar al mismo, que siempre había sido hereditario.


Una vez concluidas las exequias, se reanudó la actividad del Senado y los Comitia. Pompeyo Estrabón pidió —y obtuvo— como legados a Poplicola y Bruto Damasipo, aunque su otro legado, Cneo Octavio Ruso, anunció que se consideraba más capaz para servir a Roma en Roma, afirmación que todos interpretaron como señal de que se presentaría a las elecciones consulares a final de año. Cinna y Cornutus siguieron al frente de las operaciones en tierras de los marsos y Servio Sulpicio Galba quedó al mando de los combates contra los marrucini, los vestinos y los pelignos.


—A fin de cuentas es una buena selección —comentó Sila a su colega consular Quinto Pompeyo Rufo.


Era en ocasión de una cena familiar en la mansión de Pompeyo Rufo para celebrar que Cornelia Sila se hallaba otra vez encinta. La noticia no

 

había causado en Sila tanta alegría como en Elia y los Pompeyos Rufos, pero se resignó a cumplir sus tareas familiares, como ver a su nieta, que, según su otro abuelo, su colega consular, era la niña más preciosa del mundo.


Pompeya, con cinco meses, era efectivamente preciosa, tuvo que admitir Sila. Tenía un abundante pelo rojo rizado, cejas y pestañas morenas tan largas y tan espesas que parecían abanicos, y unos enormes ojos verdeoscuros. Su tez era de color crema y su boquita de un rojo capullo, y cuando sonreía se le formaban hoyuelos en las rosadas mejillas. Aunque Sila dijo no entender de niños, Pompeya le parecía una niña soñolienta y estúpida que sólo se animaba cuando ante su nariz agitaban un objeto brillante. Un presagio, pensó Sila, conteniendo la risa.


Su hija era feliz, eso era evidente, y en un aspecto distante era algo que complacía a Sila, que no la quería, pero sí que era proclive a cierto afecto cuando ella no le molestaba. En su rostro, a veces vislumbraba cierto aire a su hermano muerto, un gesto al alzar la vista, y entonces recordaba que el muchacho la había querido mucho. ¡Qué injusta era la vida! ¿Por qué había tenido que ser Cornelia Sila, una muchacha inútil, la que había vivido plenamente sana, y el hijo el que había muerto tan prematuramente? Tendría que haber sido al revés. En un mundo como debía ser, el paterfamílias habría debido tener la posibilidad de elegir.


No pensaba nunca en sus dos hijos germanos, engendrados cuando había vivido en una tribu bárbara, y nunca anhelaba verlos ni pensaba en ellos como sustitutos del queridísimo hijo muerto habido con Julilla. No eran romanos y la madre era bárbara. Siempre volvía el hijo a su memoria; un vacío imposible de llenar. Y allí, ante sus ojos, tenía a la hija que habría dado a la muerte sin ningún remordimiento de haber podido recuperar a su querido retoño.


—Qué maravilla que todo haya salido tan bien —le dijo Elia cuando regresaban a casa, sin escolta de criados.


Como sus pensamientos giraban aún en torno a las injusticias de la vida, que le había arrebatado al hijo dejándole una hija inservible, el comentario de la pobre Elia no pudo ser más inoportuno.

 

—¡Considérate divorciada desde ahora mismo! —replicó él con toda saña.


—¡Oh, Lucio Cornelio —exclamó ella, deteniéndose de golpe, estupefacta—, piénsalo, te lo ruego!


—Búscate otra casa; a la mía no vuelvas —replicó él, encaminando sus pasos al Foro y dejándola sola en medio del clivus Victoriae.


Cuando se hubo recuperado lo bastante de la impresión para poder pensar, también ella dio media vuelta, pero no para ir al Foro, sino a casa de Quinto Pompeyo Rufo.


—¿Puedo ver a mi hija, por favor? —dijo al esclavo que hacía de portero y que la miraba perplejo. Escasos momentos antes había franqueado la salida a una mujer preciosa y muy contenta y ahora volvía con aspecto de estar a punto de morir, de lo pálida y afligida que se la veía.


Cuando le preguntó si quería ver al amo, ella le respondió que prefería pasar a la sala de estar de Cornelia Sila para hablar con ella a solas sin molestar a nadie.


—¿Qué sucede, madre? —inquirió Cornelia Sila, muy tranquila, nada más entrar; pero se paró en seco al verle la cara, para volver a preguntárselo en tono muy distinto—. ¿Qué sucede, madre? ¿Qué es lo que sucede?


—Se ha divorciado de mí —contestó Elia con un hilo de voz—. Me ha dicho que no vuelva a su casa, y no me he atrevido a volver. Lo ha dicho en serio.


—Pero, madre… ¿Por qué? ¿Cuándo? ¿Dónde?


—Ahora mismo, en la calle.


Cornelia Sila se dejó caer abrumada para sentarse al lado de su madrastra, la única madre que había tenido, al margen de un débil recuerdo de una debilucha quejumbrosa, más preocupada por la copa de vino que por los hijos. Sí, había vivido casi dos años con la abuela Marcia, pero la abuela Marcia no había querido hacer otra vez el papel de madre y a los niños los había cuidado con aspereza y sin amor. Por eso cuando Elia había ido a vivir a la casa, tanto el pequeño Sila como ella, Cornelia, la habían acogido con los brazos abiertos, dándole el cariño de madre.

 

Cogiendo la mano fría de Elia, Cornelia Sila pensó en la mentalidad de su padre, sus temibles arrebatos y cambios de humor, la violencia con que brotaban en él, cual lava de un volcán, y la frialdad con que negaba toda esperanza o posibilidad al corazón humano.


—¡Es un monstruo! —dijo entre dientes.


—No —replicó Elia con desgana—, es un hombre que nunca es feliz. No sabe quién es ni lo que quiere. O quizá lo sepa, pero no se atreve a serlo y conseguir eso que quiere. Sabía que acabaría divorciándose de mí, aunque yo creía que me lo advertiría… por un cambio en su modo de ser o ¡algo! Fíjate, mentalmente había acabado conmigo desde un principio. Por eso, al ver que transcurrían los años, comencé a tener cierta esperanza… Bueno, es igual. Al fin y al cabo ha durado más de lo que yo esperaba.


—¡Llora, madre! Te hará bien.


Pero lo que le salió fue una risa triste.


—Oh, no. Ya lloré de sobra al morir nuestro hijo. Entonces fue cuando él murió también.


—No te va a dar nada, madre. ¡Le conozco! Es ruin y no te dará nada.


—Sí, ya lo sé.


—Pero tienes tu dote.


—Se la di a él hace mucho.


Cornelia Sila se puso en pie con gran dignidad.


—Vivirás conmigo, madre. No voy a dejarte. Quinto Pompeyo verá que es de toda justicia.


—No, Cornelia. Dos mujeres en un hogar son demasiadas, y ya tienes a tu suegra, que es una mujer muy buena y te quiere, pero no aceptará que traigas a una tercera.


—¿Y qué vas a hacer? —exclamó la joven.


—Esta noche me quedaré aquí en tu sala de estar y mañana ya lo pensaré —contestó Elia, tranquila—. Te ruego que no se lo digas a tu suegro. Para él va a ser una situación embarazosa. A tu esposo cuéntaselo si no tienes más remedio. Voy a escribir una nota a Lucio Cornelio diciendo donde estoy. ¿Puedes mandársela ahora mismo con un criado?


—Claro, madre.

 

La hija de otro habría añadido alguna frase diciéndole que seguramente por la mañana él cambiaría de idea, pero no la hija de Sila. Conocía perfectamente a su padre.


Al amanecer llegó la respuesta de Sila. Elia rompió el sello con manos temblorosas.


—¿Qué dice? —inquirió Cornelia Sila impaciente.


—«Me divorcio de ti por estéril.»


—¡Oh, madre, qué injusto! ¡Se casó contigo porque eras estéril! —Mira, Cornelia, es muy listo —respondió Elia con cierta admiración


—. Ha optado por el divorcio con esa alegación porque legalmente yo no tengo nada que hacer. No puedo reclamar mi dote ni pedir una pensión. Llevo casada con él doce años y cuando nos casamos aún tenía edad de concebir, pero no tuve hijos con mi primer marido ni con él. Ningún tribunal dictaminaría a mi favor.


—Pues tendrás que vivir conmigo —dijo Cornelia Sila muy decidida—. Anoche conté a Quinto Pompeyo lo que había sucedido, y él dice que no pasará nada si vives aquí, que no hay inconveniente. Si tú no fueses tan agradable sería distinto, pero sé que es posible.


—¡Tu pobre esposo! —dijo Elia sonriente—. ¿Qué iba a decir? ¿Y qué iba a decir su pobre padre? Los dos son buenos y generosos, pero yo sé lo que voy a hacer, Cornelia, es mucho mejor.


—¡Madre! No…


—No, no, claro que no voy a hacer eso, Cornelia —replicó Elia, forzando una carcajada—. ¡Sería para ti una obsesión el resto de tu vida! Y yo quiero que seas muy feliz, hija querida —añadió, irguiéndose en la silla muy decidida—. Me iré a casa de tu abuela Marcia, en Cumae.


—¿Con la abuela? ¡Oh, no; con lo severa que es…!


—Tonterías. El verano pasado estuve tres meses con ella y lo pasé muy bien, Cornelia. Ultimamente me escribe con frecuencia porque se encuentra sola. A sus sesenta y siete años tiene miedo de verse sin nadie. Es muy penoso no tener más que a los esclavos a la hora de morir. Sexto Julio no iba mucho a verla, pero cuando él murió le causó mucha aflicción. Y creo

 

que Cayo Julio hace cuatro o cinco años que no va a verla; ni se lleva bien con Aurelia y Claudia. Ni con sus nietos.


—A eso me refiero. Es tan propensa a irritarse y tan difícil… ¡Si lo sabré yo! Ella era quien nos cuidaba hasta que llegaste tú.


—Pues ella y yo nos llevamos muy bien. Siempre nos hemos entendido. Ya éramos amigas antes de que yo me casara con tu padre. Fue ella quien me recomendó a Lucio Cornelio como esposa idónea. Así que me debe un favor. Viviendo con ella seré útil, tendré cosas que hacer y no estaré obligada a ella por nada. Una vez que se me pase la impresión del divorcio, creo que disfrutaré de la vida y de la compañía de Marcia —dijo Elia decidida.


Esta estupenda decisión para solventar tan difícil situación fue muy bien acogida en la familia del cónsul Pompeyo Rufo. Aunque ninguno de ellos habría negado la hospitalidad permanente a Elia, ahora podían ofrecérsela provisionalmente con sumo agrado.


—¡No entiendo a Lucio Cornelio! —dijo el cónsul Pompeyo Rufo a Elia al día siguiente—. Cuando le vi, quise sacar a colación el asunto del divorcio, aunque sólo fuese para explicarle por qué vives aquí, pero me dirigió tal mirada… ¡Me quedé helado! De verdad te digo que me quedé helado. ¡Es temible! Yo creí que le conocía, pero el problema está en que tendré que seguir contemporizando durante todo el consulado pues prometimos a los electores actuar en buena armonía y no puedo faltar a la promesa.


—Claro que no —dijo Elia con afecto—. Quinto Pompeyo, nunca he tenido la menor intención de predisponerte en contra de Lucio Cornelio, créeme. Lo que suceda entre marido y mujer es un asunto privado, y para cualquiera ajeno a la pareja debe de ser algo inexplicable que el matrimonio se acabe sin motivo aparente. Siempre hay motivos y generalmente son lógicos. ¿Quién sabe? Puede que Lucio Cornelio quiera de verdad tener más hijos. Su único hijo murió y no tiene heredero. Y, realmente, no tiene mucho dinero; así que es comprensible lo de la dote. Yo me las arreglaré. Si puedes hacer que lleven a Cumae esta carta para Marcia y esperen contestación, en seguida sabremos a qué atenernos.

 

Quinto Pompeyo miró al suelo, con el rostro más rojo que el pelo. —Lucio Cornelio ha enviado tus ropas y tus pertenencias, Elia. Lo


siento mucho.


—¡Ah, estupendo! —dijo Elia sin perder la calma—. Empezaba a pensar que a lo mejor las había tirado.


—Toda Roma lo comenta.


—¿El qué? —inquirió ella, mirándole a los ojos.


—El divorcio. Dicen que es una crueldad para ti. La gente no lo encuentra bien —dijo Pompeyo Rufo con un carraspeo—. Da la casualidad de que eres una de las mujeres más queridas y respetadas de Roma, y se comenta todo, incluida la penuria en que te encuentras. Esta mañana, en el Foro, le silbaron y abuchearon.


—¡Oh, pobre Lucio Cornelio! —dijo Elia apenada—. ¡Qué mal le habrá sentado!


—Pues no lo ha demostrado. Siguió andando como si tal cosa — comentó Quinto Pompeyo con un suspiro—. ¿Por qué, Elia, por qué? — añadió, moviendo la cabeza—. ¡Después de tantos años, es absurdo! Si quería tener otro hijo, ¿por qué no se divorció de ti al morir el joven Sila, hace ya tres años?



La respuesta a la pregunta de Quinto Pompeyo Rufo llegó a oídos de Elia antes de recibir la carta de Marcia invitándola a ir a Cumae.


En esta ocasión fue Quinto Pompeyo hijo quien trajo la noticia, tan jadeante que casi no podía hablar.


—¿Qué sucede? —inquirió Elia, viendo que Cornelia Sila no lo hacía. —¡Lucio… Cornelio… se ha casado… con la viuda de Escauro! —


exclamó.


Cornelia Sila no mostró sorpresa.


—Entonces —dijo apretando los labios— te podrá devolver la dote, madre. Es tan rico como Creso.


Pompeyo Rufo hijo aceptó una copa de agua, la vació de un trago y siguió hablando más pausadamente.

 

—Ha sido esta mañana a última hora. No lo sabía nadie salvo Quinto Metelo Pío y Mamerco Lépido Liviano. ¡Supongo que debían saberlo! Quinto Metelo Pío es primo carnal de ella y Mamerco Lépido Liviano es el albacea testamentario de Marco Emilio Escauro.


—¿Cómo se llama? ¡No me acuerdo cómo se llama!


—Cecilia Metela Dalmática, pero todos la llaman Dalmática, según me han dicho. Dicen que hace años, poco después de la muerte de Saturnino, estaba tan enamorada de Lucio Cornelio que hizo el tonto y dejó en ridículo a Marco Emilio Escauro. Dicen que él no le hacía caso y que, luego, su esposo la encerró y parece que desde entonces nadie ha vuelto a verla.


—Ah, si, recuerdo bien el incidente —dijo Elia—. Es que no me acordaba de su nombre. Pero, aunque Lucio Cornelio nunca me dijo nada hasta que Marco Emilio Escauro la encerró, yo no podía salir de casa mientras estuviera Lucio Cornelio, porque tenía mucho cuidado de demostrarle a su esposo que él no hacía nada malo —añadió con un suspiro


—. Pero fue inútil porque Marco Emilio Escauro movió los hilos para que no le eligieran pretor.

—Mi padre no le dio alegría —dijo Cornelia Sila, severa—. No ha hecho feliz a ninguna mujer.

—¡No digas esas cosas, Cornelia!


—¡Ya no soy una niña! ¡Ya soy madre! ¡Y sé perfectamente lo que me digo, porque yo no le quiero como tú. Yo soy sangre de su sangre… ¡cosa que a veces me da miedo! Mi padre es un monstruo, y las mujeres exacerban lo peor de él. Mi madre se suicidó… y nadie ha podido quitarme de la cabeza que fue por algo que le hizo mi padre.


—Nunca lo sabrás, Cornelia, así que deja de pensar en eso —terció Quinto Pompeyo, tajante.

—¡Qué raro! —exclamó de pronto Elia como sorprendida—. Si me hubieran preguntado con quién habría podido casarse, yo habría dicho que con Aurelia.


—Y yo —añadió Cornelia, asintiendo con la cabeza—. Siempre han hecho muy buenas migas. Son pájaros del mismo plumaje —añadió, encogiéndose de hombros—. ¡Pájaros no, monstruos!

 

—Creo que no he visto nunca a Cecilia Metela Dalmática —dijo Elia, con ánimo de evitar que Cornelia Sila siguiera diciendo cosas arriesgadas —, ni en la época en que andaba detrás de mi marido.


—¡Ya no es tu marido, mamá; es el marido de ella!


—No la conoce casi nadie —dijo Pompeyo Rufo hijo, también deseoso de calmar a Cornelia—. Marco Escauro la mantuvo totalmente recluida después de aquel desliz, por inocente que fuese. Tiene dos hijos, una niña y un niño, pero nadie los conoce. Y desde que Marco Escauro murió se ha dejado ver menos que nunca. Por eso toda la ciudad comenta el caso — añadió alargando el brazo con la copa para que le sirvieran más agua—. Hoy es el primer día tras el período de duelo; otro motivo para suscitar comentarios.


—Debe de quererla mucho —añadió Elia.


—¡Bobadas! —replicó Cornelia Sila—. Él no quiere a nadie.




Después de dejar plantada a la pobre Elia en el clivus Victoriae, Sila cayó sin paliativos en una profunda depresión en las horas que siguieron. En parte por remover el cuchillo en la profunda herida que había abierto en la preciosa y aburrida Elia, a la mañana siguiente acudió a casa de Metelo Pío. Su interés por la viuda de Escauro databa de antiguo y era frío como su carácter: él deseaba hacer sufrir a Elia. No le bastaba con el divorcio y tenía que encontrar algo mejor para remover el cuchillo. ¿Y qué mejor que casarse en seguida con otra y dar a entender que se había divorciado de ella por ese motivo? Esas mujeres, pensaba mientras caminaba hacia la casa de Metelo Pío, me han traído loco desde mi primera juventud. Desde que dejé de venderme a los hombres porque creí tontamente que las mujeres eran víctimas más fáciles. Pero la víctima he sido yo. Víctima de ellas. Maté a Nicopolis y a Clitumna, y, gracias a los dioses, Julilla se quitó ella misma la vida. Pero es demasiado peligroso matar a Elia, aunque no basta con el divorcio, pues hace años que lo espera.


Encontró al Meneitos enfrascado en una charla con su nuevo cuestor, Marco Emilio Lépido Liviano. Era una verdadera suerte encontrarlos a los

 

dos juntos. Sin duda era el preferido de la Fortuna. Era natural que Mamerco y el Meneítos estuviesen confinados en el despacho, pero tal era el aura de la temible depresión de Sila, que los dos le saludaron con la nerviosa inquietud de una pareja a la que se ha sorprendido haciendo el amor. Buenos militares ambos, tomaron asiento después de que él lo hiciera y se le quedaron mirando sin saber qué decir.


—¿Os habéis comido la lengua? —inquirió Sila.


—¡No, Lucio Cornelio, no! —replicó con un respingo Metelo Pío—.


Perdona, es que tenía la mente en otras cosas.


—¿Tú también, Mamerco? —dijo Sila.


—En realidad, si —contestó pausadamente Mamerco con toda sinceridad, esbozando una sonrisa.


—Pues os voy a dar otro tema totalmente distinto en que pensar — añadió Sila con su más fiera sonrisa.


Ninguno de los dos dijo nada.


—Quiero casarme con Cecilia Metela Dalmática.


—¡Por Júpiter! —graznó Metelo Pío.


—No es un comentario muy original, Meneítos —dijo Sila, poniéndose en pie, yendo hacia la puerta del despacho para echar la llave y volviendo a sentarse con una ceja enarcada—. Os pido a los dos que lo penséis y me deis una contestación antes de la hora de la cena. Como quiero tener un hijo, me he divorciado de mi esposa porque es estéril. Pero no quiero remplazarla por una muchacha estúpida. Ya soy demasiado mayor para jovencitas caprichosas. Quiero una mujer madura que haya demostrado ser fértil dando a luz dos veces, y una de ellas un niño. He pensado en Dalmática porque parece, o parecía hace años, sentir debilidad por mí.


Tras lo cual se marchó, dejándolos con la boca abierta.


—¡Por Júpiter! —volvió a exclamar con menos énfasis Metelo Pío. —Si que es una sorpresa —dijo Mamerco, que estaba menos


sorprendido que el Meneitos porque no conocía a Sila tan bien como Metelo Pío, ni mucho menos.


—¿Por qué ella? —añadió el Meneítos rascándose la cabeza—. Salvo de pasada, cuando murió Marco Emilio, hace años que no pensaba en

 

Dalmática. Es prima carnal mía, pero después de aquel asunto con Lucio Cornelio, ¡qué cosa!, quedó confinada en su casa más segura que en las celdas de la Lautumiae. — Miró a Mamerco—. Como albacea testamentario, tú la habrás visto estos últimos meses.


—Respondiendo a tu primera pregunta de por qué ella, me imagino que el dinero tendrá mucho que ver —contestó Mamerco—. En cuanto a lo segundo, la he visto varias veces desde la muerte de Marco Emilio, aunque no tan a menudo como habría debido. Estaba ya en el frente cuando murió él, pero a ella la he visto porque tuve que volver a Roma a solventar los asuntos de Marco Emilio. Y si quieres que te sea sincero, no me parece que fuese una viuda muy afligida. Parecía más preocupada por sus hijos. De todos modos, lo encuentro natural, porque, ¿cuántos años se llevaban? ¿Cuarenta?


—Por lo menos. Recuerdo que cuando se casó lo sentí un poco por ella. Estaba previsto el matrimonio con el hijo de Marco Emilio, pero se suicidó, y mi padre se la dio al padre del suicida.


—Lo que más me impresionó fue su apocamiento —dijo Mamerco—. O quizá sea que ha perdido la confianza en sí misma. Le da miedo salir de casa, a pesar de que le dije que le convenía. Pero no tiene amistades.


—¿Cómo va a tenerlas si Marco Emilio la tenía recluida? No creas que lo he dicho en broma —dijo Metelo Pío.


—Al morir él —añadió Mamerco, pensativo— se quedó totalmente sola en casa, con excepción de los niños y con pocos esclavos para lo grande que es la casa. Pero cuando yo le sugería que se trajese para acompañarla a su tía o a su prima, se indignó y me dijo que no quería saber nada de ellas. Al final tuve que contratar a un matrimonio romano de buena familia y buena reputación para que vivieran con ella. Me dijo que comprendía que hubiera que tener en cuenta el qué dirán, y más pensando en el antiguo desliz; pero prefería vivir con extraños que con familiares. ¡Es una pena, Quinto Cecilio! ¿Qué edad tenía cuando el incidente? ¿Diecinueve años? ¡Y casarla con un hombre de sesenta…


—Es el azar del matrimonio, Mamerco. Mira yo: casado con la hija menor de Lucio Craso Orator, cuya hija mayor tiene ya tres hijos. Y mi

 

Licinia aún no ha concebido… ¡y no será porque no lo intentemos, créeme! Por eso pensamos adoptar a uno de sus sobrinos.


Mamerco frunció la frente y pareció súbitamente inspirado.


—¡Te sugiero que hagas lo que va a hacer Lucio Cornelio! Divórciate de Licinia Minor alegando esterilidad y cásate con Dalmática.


—No, Mamerco, no puedo. Quiero mucho a mi esposa —contestó el Meneitos malhumorado.


—Entonces, ¿hemos de considerar en serio la propuesta de Lucio Cornelio?


—Ah, desde luego. Él no es rico, pero tiene algo mejor. Es un gran hombre. Mi prima Dalmática ha estado casada con un gran hombre y está acostumbrada. Lucio Cornelio llegará lejos, Mamerco. No sé por qué estoy tan profundamente convencido, ya que no sé en qué sentido puede llegar más lejos. ¡Pero sé que llegará! Lo sé. No es un Mario, ni un Escauro, pero estoy seguro de que eclipsará a los dos.


—Entonces —dijo Mamerco, poniéndose en pie— mejor será que veamos qué dice Dalmática. De todos modos, mañana no puede celebrarse la boda.


—¿Por qué no? ¿Aún estará de luto?


—No. Curiosamente el luto finaliza hoy y lo digo por eso, porque resultaría sospechoso que se casase mañana —contestó Mamerco—. Yo dejaría pasar unas semanas.


—No, tiene que ser mañana —replicó con firmeza el Meneitos—. Tú no conoces a Lucio Cornelio como yo. No hay nadie a quien estime y respete más. ¡Pero no se te ocurra contradecirle, Mamerco! Si acordamos la boda, ha de ser para mañana.


—Acabo de acordarme de una cosa, Quinto Cecilio. La última vez que


vi a Dalmática, hará dos o tres intervalos de mercado, me preguntó por Lucio Cornelio y por nadie más, ni siquiera por ti, que eres su pariente más cercano.


—Bueno, estaba enamorada de él a los diecinueve años y a lo mejor sigue estándolo. Las mujeres son muy raras y tienen cosas así —dijo el Meneítos dándoselas de experimentado.

 

Cuando llegaron a casa de Marco Emilio Escauro y se vieron con Cecilia Metela Dalmática, Metelo Pío comprendió lo que había querido decir Mamerco calificándola de apocada. Un ratoncito, pensó el, de lo medrosa que la vio. Un ratoncito muy atractivo, en cualquier caso, y de carácter muy dulce. No se le ocurrió pensar cómo se habría sentido él de haber sido obligado a casarse a los dieciséis años con una mujer de sesenta; las mujeres tenían que obedecer y un sexagenario tenía más que ofrecer en todos los aspectos que una hembra mayor de cuarenta y cinco años. Fue él quien inició la conversación, por haber acordado que, al ser su pariente más próximo, asumía oficialmente el papel de paterfamílias.


—Dalmática, hoy hemos recibido una oferta de matrimonio para ti. Te aconsejamos encarecidamente que aceptes, aunque creemos que debes tener el derecho a declinar el enlace si lo deseas —dijo Metelo Pío, muy formalista—. Eres la viuda del príncipe del Senado y la madre de sus hijos. No obstante, consideramos que es improbable que se te presente mejor ocasión de matrimonio.


—¿Quién me ha pedido, Quinto Cecilio? —inquirió Dalmática con un hilo de voz.


—El cónsul Lucio Cornelio Sila.


Una expresión de gozo e incredulidad inundó su rostro, el gris de sus ojos se tornó plata brillante y con sus manos esbozó casi un aplauso.


—¡Acepto! —musitó.


Los dos hombres se quedaron sorprendidos, pues esperaban haber tenido que recurrir a persuasivos razonamientos para que Dalmática aceptase.


—Quiere casarse contigo mañana —dijo Mamerco.


—¡Hoy mismo, si quiere!


¿Qué iban a decir? ¿Qué podía decirse?


—Eres una mujer muy rica, Dalmática —alegó Mamerco, por decir algo


—. No hemos hablado con Lucio Cornelio respecto a la disposición de una dote. Yo creo que él sabe perfectamente que eres rica, aunque lo considere algo secundario, pues alega que se ha divorciado de su mujer porque es estéril, y que no quería casarse con una mujer joven, sino más bien con una

 

mujer sensata, capaz aún de engendrar hijos, y preferentemente con una que los tenga ya, como prueba de su fertilidad.


La ponderada explicación ensombreció un tanto su radiante rostro, pero ella asintió con la cabeza como si lo entendiera y no dijo una palabra.


Mamerco se adentró en el barrizal de los asuntos financieros.


—Desde luego no podrás seguir viviendo aquí. Esta casa pertenece ahora a tu hijo y quedará bajo mi custodia. Sugiero que preguntes al matrimonio que te hace compañía si quieren seguir viviendo aquí hasta que tu hijo tenga edad para asumir responsabilidades legales. Los esclavos que no quieras llevarte al nuevo domicilio, pueden quedarse aquí con los caseros. Sin embargo, la casa de Lucio Cornelio es muy pequeña comparada con ésta. Creo que te parecerá claustris.


—La que yo encuentro claustris es ésta —respondió Dalmática con un deje de ironía. ¿Sería posible?


—Una nueva vida exige una nueva casa —dijo Metelo Pío, tomando el relevo del empantanado Mamerco—. Si a Lucio Cornelio le parece bien, podemos convenir aportar un domus tan grande como éste en una zona adecuada a gente de vuestra condición. Tu dote la constituye el dinero que te dejó tu padre, mi tío Dalmático. Y además dispones de una gran suma heredada de Marco Emilio que, en puridad, no puede constituir parte de la dote. No obstante, para tu seguridad, Mamerco y yo miraremos el modo de que quede incluida en el contrato pero siendo tuya. No creo que sea prudente dejar que Lucio Cornelio disponga de tu dinero.


—Como os parezca —dijo Dalmática.


—Entonces, si Lucio Cornelio acepta estas condiciones, la boda puede celebrarse mañana a la hora sexta. Y hasta que encontremos una casa nueva, vivirás con Lucio Cornelio en su casa —dijo Mamerco.


Como Lucio Cornelio estuvo de acuerdo, impertérrito, a la hora sexta del día siguiente, él y Cecilia Dalmática se unían en matrimonio, oficiado por Metelo Pío y con Mamerco de testigo. Se prescindió de todo boato y después de la breve ceremonia, que no fue una confarreatio, los novios se dirigieron a casa de Sila acompañados de los dos hijos de la novia, Metelo Pío, Mamerco y los tres esclavos que había pedido llevarse la casada.

 

Cuando Sila la cogió en brazos para cruzar el umbral, ella se sobrecogió al advertir la soltura con que lo hacía. Mamerco y Metelo Pío entraron a tomar una copa de vino, pero se marcharon tan de prisa que Crisógono, el nuevo mayordomo, estaba aún ocupado enseñando a los niños y a su tutor las habitaciones que les destinaban y los dos esclavos permanecían encogidos sin saber qué hacer en un rincón del jardín peristilo. Los novios estaban solos en el atríum.


—Bien, esposa —dijo Sila llanamente—, te has casado con otro viejo, y sin duda volverás a quedarte viuda.


A Dalmática le pareció una afirmación tan insultante, que contuvo un grito sin saber qué responder.


—¡No eres un viejo, Lucio Cornelio!


—Tengo cincuenta y dos años. Viejo en comparación con tus treinta. —¡Eres joven, comparado con Marco Emilio! Sila echó hacia atrás la cabeza y rompió a reír.


—Sólo hay un sitio para demostrarlo —replicó, levantándola de nuevo


—. ¡Hoy no cenas, esposa! Vamos a la cama. —Pero… ¿y los niños? Están en una casa nueva…

—Ayer compré otro mayordomo después de divorciarme de Elia y es


muy dispuesto. Se llama Crisógono, un griego muy zalamero; pero son los mejores mayordomos una vez que el amo se sabe todos sus trucos y ellos se percatan de que puede ser capaz de crucificarlos. Tus hijos estarán regiamente atendidos, porque Crisógono necesita congraciarse.



La clase de matrimonio que Dalmática había vivido con Escauro se hizo mucho más evidente cuando Sila la tumbó en la cama, porque la joven se bajó de ella precipitadamente, abrió el arca que había mandado traer de su casa y extrajo un impecable camisón de lino.


Mientras Sila la contemplaba fascinado, ella se volvió de espaldas, se desabrochó el precioso vestido de lana color crema, se lo sujetó bajo las axilas y logró meterse pudorosamente el camisón por la cabeza dejándolo

 

caer antes de despojarse de la ropa. De la vestimenta de día pasó al atuendo de noche en un abrir y cerrar de ojos, y sin mostrar un ápice de piel.


—Quitate esa maldita prenda —dijo Sila a sus espaldas.


Ella se volvió y casi se quedó sin respiración. Su nuevo esposo estaba desnudo, y su piel era más blanca que la nieve, con el vello rizado del pecho y el bajo vientre del mismo color que su melena; un hombre sin bolsas en el diafragma, sin las arrugas de la senectud, un hombre duro y musculoso.


Escauro había estado horas manoseándola por debajo de la túnica, pellizcándole los pezones y hurgándole la entrepierna para conseguir una reacción del pene, el único miembro viril que ella había conocido, aunque realmente no lo hubiera visto. Escauro era un romano a la antigua, de los que realizan el coito con el mismo recato que se espera de la esposa; no sabia Dalmática que cuando coyuntaba con una mujer menos recatada que ella, su actuación sexual era muy distinta.


Sila, por el contrario, tan noble y aristocrático como su difunto esposo, se exhibía sin ningún pudor ante ella, con el pene tan grande y erecto como el del Príapo de bronce del despacho de Escauro.


No es que ella desconociera la anatomía íntima del hombre y de la mujer, dado que estaba bien representada en todas las casas: los genitales masculinos en las termas, los pedestales de las mesas y hasta en los murales; pero nunca se le había ocurrido ni remotamente relacionarlos con la vida conyugal. Eran simples adornos de los muebles. Para ella, la vida conyugal había sido un esposo que nunca se mostraba desnudo ante ella y que, a pesar de haber engendrado dos hijos, por la experiencia de ella era bien distinto a los príapos de los muebles y los objetos ornamentales.


Cuando, tantos años atrás, había conocido a Sila en aquella cena, se había quedado deslumbrada. Nunca había visto a un hombre tan hermoso, tan duro y tan fuerte y, sin embargo, tan… tan… ¿afeminado? Lo que había sentido por él entonces (y durante las veces que le había estado mirando a escondidas cuando él andaba preparando en Roma su candidatura a las elecciones de pretor) no era algo conscientemente carnal, pues ella era una mujer casada, con experiencia carnal, y eso lo relegaba como el factor menos importante y atractivo del amor. Su pasión por Sila era un capricho

 

de quinceañera, algo intangible e inexplicable. Detrás de columnas y persianas le había acariciado con la vista, soñando con sus besos más que con su pene, suspirando por él del modo más romántico. Lo que ella quería era conquistarle, hacerle su esclavo, ganárselo haciendo que se echara a sus pies a solicitarle llorando su amor.


Su esposo lo había descubierto y, a partir de ese momento, su vida cambió. Pero no su amor por Sila.


—Te has cubierto de ridículo, Cecilia Metela Dalmática —le había dicho Escauro friamente sin levantar la voz—. Pero lo que es mucho peor, me has dejado en ridículo a mi. Toda la ciudad se rie de mí, el primer hombre de Roma. Y eso tiene que acabar. Has gemido, suspirado y llorado del modo más estúpido por un hombre que no te ha hecho caso ni te ha dado pie, que no quiere tus favores y al que me he visto obligado a castigar para preservar nuestra reputación. Si no nos hubieses comprometido a los dos, él ahora seria pretor, como merece. Por consiguiente, has destrozado la vida de dos hombres: tu esposo y otro que es irreprochable. Que yo no me califique a mí mismo de irreprochable se debe a mi debilidad por haber dejado arrastrar demasiado tiempo este lamentable asunto. Pero esperaba que te dieses cuenta del error por ti misma y demostrases a Roma que, en definitiva, eres digna esposa del príncipe del Senado. Pero el tiempo ha demostrado que eres una idiota sin remisión; y sólo hay un modo de tratar a una idiota sin remisión. No volverás a salir jamás de casa bajo ningún pretexto. Ni para entierros, ni para bodas, ni con amigas, ni de compras. Y no recibirás visitas de amigas, ya que no puedo fiarme de tu prudencia. Tengo que decirte que eres un recipiente bobo y vacío, una esposa indigna de un hombre de mi auctoritas y dignitas. Ahora vete.


Desde luego, tan radical repudio no fue óbice para que Escauro gozase del cuerpo de su esposa, pero era viejo y seguía envejeciendo y esas ocasiones se espaciaban cada vez más. Al nacer el primer hijo, ella recobró cierta libertad, pero Escauro jamás le levantó el enclaustramiento. Y en sus sueños, en su soledad, cuando el tiempo pesaba sobre sus hombros cual yugo de plomo, seguía pensando en Sila y amándole con su corazón de adolescente.

 

Ahora, mirar a Sila desnudo no despertaba en ella deseo sexual alguno, sólo un vertiginoso deslumbramiento causado por su belleza y virilidad, la atroz constatación de que, en definitiva, la diferencia entre Sila y Escauro era mínima. Belleza y virilidad eran las diferencias reales, ¡porque Sila no iba a arrodillarse a sus pies a pedir llorando su amor! ¡No le había conquistado! Era él quien iba a conquistarla, batiendo sus defensas con su ariete.


—Quítate eso, Dalmática —dijo.


Ella se quitó el camisón con la presteza de un niño sorprendido en una travesura, sonriendo y asintiendo con la cabeza.


—Eres preciosa —añadió él con una especie de gorjeo, acercándose a ella y metiéndole el miembro entre las piernas, mientras la apretaba. Después la besó, y Dalmática se encontró zarandeada por más sensaciones de las que hubiera jamás imaginado; la sensación de su piel, sus labios, su pene, sus manos, el olor a limpio y dulce, como sus niños después del baño.


Y así, despertándose, creciendo, descubrió dimensiones que nada tenían que ver con sus sueños y fantasías y si mucho con la convivencia de los cuerpos. Y del amor pasó a la adoración y a la esclavitud fisica.


Para Sila, ella era la encarnación del hechizo que había sentido al principio por Julilla, aunque mágicamente mezclado a resabios de Metrobio; despertaba en él un éxtasis delirante que no había experimentado casi en veinte años. ¡Yo también lo necesitaba y ni lo sabia!, pensó maravillado. Esto es para mi importante, vital, y lo había olvidado.


No es de extrañar que desde aquel primer increíble dia de unión con Dalmática, nada pudiese hacer mella en él; ni los abucheos y silbidos que aún le dirigían en el Foro los que deploraban el trato e había dado a Elia, ni las malévolas insinuaciones de hombres que, como Filipo, sólo pensaban en el dinero de Dalmática, ni el corpachón de inválido de Cayo Mario apoyado en su infantil acompañante, ni los codazos y guiños de Lucio Decumio, ni las risas disimuladas de los que le consideraban un sátiro y a la viuda de Escauro una víctima inocente. Ni siquiera la amarga nota de enhorabuena que le envió Metrobio con un ramillete de pensamientos.

 

Menos de dos semanas después de la boda, se trasladaron a una gran mansión en el Palatino con vistas al circo Máximo y no lejos del templo de la Magna Mater. Tenía mejores frescos que los de la casa de Marco Livio Druso, columnas macizas de mármol, los mejores suelos de mosaico de Roma y muebles y objetos ornamentales más propios de un déspota oriental que de un senador romano. Sila y Dalmática contaban incluso con una mesa preciosa de madera de cedro, con una veta en forma de cola de Pavo real sobre un pedestal de marfil con incrustaciones de oro en formas de delfines entrelazados, regalo de boda de Metelo Pío el Meneitos.


Dejar aquella casa en la que había vivido veinticinco años fue otro importante factor de ruptura con el pasado. Se acabaron los recuerdos de la vieja y horrenda Clitumna y su más horrendo sobrino Stichus; atrás quedaban los recuerdos de Nicopolis, Julilla, Marcia y Elia. Y si el recuerdo de su hijo no se borraba, al menos sí que se evitaba la eventualidad de sentir pena al ver y tocar objetos que su hijo había visto y tocado; ya no tendría que pasar ante el cuarto vacío de los niños y sufrir la evocación de la imagen de aquel niñito desnudo y riente que le acosaba por doquier. Con Dalmática empezaba todo de nuevo.


Fue una suerte para Roma que Sila permaneciese en la ciudad mucho más tiempo del que había pensado de no ser por Dalmática, porque así pudo dirigir personalmente el programa de aminoración de deudas y discurrir medios para ingresar dinero en el erario público. Con potentes medidas y efectuando ingresos en las más inconcebibles ocasiones, consiguió pagar a las legiones (Pompeyo Estrabón cumplió su palabra y presentó una factura muy aligerada) y hasta parte de la deuda a la Galia itálica, viendo con satisfacción que los negocios acusaban una ligera recuperación.


Sin embargo, en noviembre tuvo que pensar seriamente en apartarse del cuerpo de su esposa. Metelo Pío estaba ya en el sur con Mamerco; Cinna y Cornutus lanzaban incursiones en tierras de los marsos, y Pompeyo Estrabón —acompañado de su hijo, pero sin el prodigioso burócrata Cicerón— permanecía al acecho en algún lugar de Umbría.


Pero quedaba una cosa por hacer, que Sila acometió el día antes de marcharse, ya que el asunto no requería promulgar ninguna ley y competía

 

a los censores. La pareja entrante se había mostrado renuente en el asunto del censo, pese a que la ley de Pisón Frugi confinaba a los nuevos ciudadanos en ocho de las tribus rurales y en dos nuevas tribus, distribución que no ponía en peligro la situación electoral por tribus. Habían recurrido a una ilegalidad técnica, por si la temperatura de las aguas censoriales se calentaba demasiado para sus delicadas pieles y la discreción les obligaba a dimitir del cargo, y cuando los augures les instaron a efectuar una modesta ceremonia, fueron dando largas para no celebrarla.


—Príncipe del Senado, padres conscriptos, el Senado sufre una crisis — dijo Sila, hablando inmóvil junto a su silla, como tenía por costumbre—. Tengo aquí —añadió extendiendo la mano derecha con un rollo— una lista de senadores que no volverán nunca más a esta Cámara porque han muerto. Poco más de un centenar. Ahora bien, la mayor parte de ese centenar de nombres es de pedaríi, senadores sin derecho a la palabra y sin un particular conocimiento jurídico aparte del senatorial. Pero hay otros nombres, de hombres cuya ausencia se hace notar, pues eran la cantera de presidentes de tribunal, jueces y árbitros extraordinarios, oficiales de reclutamiento, legisladores y magistrados. ¡Y no han sido reemplazados! ¡Y tampoco veo iniciativa alguna para reemplazarlos! Mencionaré algunos: el censor y príncipe del Senado Marco Emilio Escauro; el censor y pontífice máximo Cneo Domicio Ahenobarbo; el consular Sexto Julio César; el consular Tito Didio; el cónsul Lucio Porcio Catón Liciniano; el cónsul Publio Rutilio Lupo; el consular Aulo Postumio Albino; el pretor Quinto Servilio Cepio; el pretor Lucio Postumio; el pretor Cayo Cosconio; el pretor Quinto Servilio; el pretor Publio Gabinio; el pretor Marco Porcio Catón Saloniano; el pretor Aulo Sempronio Aselio; el edil Marco Claudio Marcelo; el tribuno de la plebe Marco Livio Druso; el tribuno de la plebe Marco Fonteio; el tribuno de la plebe Quinto Vario Severo Hybrida Sucronensis; el legado Publio Licinio Craso hijo y el legado Marco Valerio Mesala.


Sila hizo una pausa, satisfecho. Todos le miraban perplejos.


—Sí, ya sé —dijo afablemente— que hasta que no leamos la lista entera no apreciaremos debidamente cuántos grandes y prometedores hombres han caído. Siete cónsules y siete pretores. Catorce hombres de eminente

 

autoridad para actuar de jueces, comentar leyes y costumbres y salvaguardar el mos maiorum. Eso sin mencionar los otros seis nombres que habrían llegado a ser eminentes o poco habrían tardado en incorporarse a las filas de los dirigentes. Hay otros nombres que no he leído, entre los que se encuentran tribunos de la plebe que se labraron menor fama durante el cargo, pero que, no obstante, eran hombres de valía.


—¡Oh, Lucio Cornelio, es una tragedia —dijo Flaco, príncipe del Senado, con voz conmovida.


—Si, Lucio Valerio, en efecto —replicó Sila—. Hay muchos nombres que no están en la lista porque no han muerto, pero que se hallan ausentes de la Cámara por diversos motivos, servicio en ultramar o en otras partes de Italia. Incluso en la pausa invernal de esta guerra, no he podido contar más de cien senadores reunidos en la Curia Hostilia, pese a que los residentes en Roma están en la ciudad en esta época del año. Hay también una importante lista de senadores actualmente desterrados debido a las consideraciones de la comisión variana y de la comisión plautiana. Y hombres como Publio Rutilio Rufo.


»Por consiguiente, honorables censores Publio Licinio y Lucio Julio, os ruego encarecidamente que hagáis cuanto sea necesario para llenar los asientos vacantes. Dad la oportunidad a hombres de fuste y ambición de esta ciudad para que cubran las desastrosamente diezmadas filas del Senado de Roma. Y nombrad, además, entre los pedarii a quienes merezcan aportar su opinión y ascender en el cargo. Muchas veces no hay suficientes senadores presentes para obtener quorum. ¿Cómo puede el Senado de Roma pretender ser un órgano principal de gobierno si no se alcanza consenso?


Y eso era todo, concluyó Sila. Había hecho lo que podía para que Roma siguiera adelante, dando en público a la pareja de inertes censores una palmada en la espalda para que se pusieran manos a la obra. Ahora lo único que quedaba por hacer era terminar la guerra contra los itálicos.

 
















VIII

 

 

El único aspecto de gobierno que Sila descuidó totalmente no lo había


captado nadie desde la muerte del llorado Marco Emilio Escauro; su sucesor, Lucio Valerio Flaco, había hecho un débil intento por llamar la atención de Sila, pero carecía de personalidad. Pero tampoco se le podía reprochar a Sila el descuido. Italia se había convertido en el centro del mundo romano y los físicamente implicados en el desastre no podían ver más allá de él.


Una de las últimas tareas de Escauro estaba relacionada con dos reyes destronados, Nicomedes de Bitinia y Ariobarzanes de Capadocia. El esforzado príncipe del Senado había enviado uná comisión a Asia Menor para que investigase la situación relativa al rey Mitrídates del Ponto. El que dirigía la delegación era Manio Aquilio, colega de Cayo Mario en el quinto consulado y vencedor de la guerra servil de Sicilia. Acompañaban a Aquilio otros como Tito Manlio Mancino, Cayo Malio Maltino y los dos reyes Nicomedes y Ariobarzanes. El cometido de dicha comisión había quedado claramente expuesto por Escauro: reinstaurar a los dos soberanos y advertir a Mitrídates que no traspasara las fronteras.


Manio Aquilio había cortejado profusamente a Escauro para que le concediera la misión, pues su situación financiera era muy apurada debido a las graves pérdidas sufridas al estallar la guerra contra los itálicos. Su puesto de gobernador en Sicilia diez años atrás no le había aportado nada más que una querella judicial al regreso, y, aunque había sido declarado inocente, su reputación se había resentido inmerecidamente. El oro que su padre había recibido de Mitrídates V a cambio de la cesión al Ponto de la mayor parte de Frigia se había acabado hacía tiempo, pero el hijo seguía siendo objeto del odio que había levantado aquel abuso. Escauro, firme partidario de la costumbre de que los cargos fuesen hereditarios —y convencido de que el padre había hablado con el hijo de los problemas de aquella zona— consideró juicioso encomendar a Manio Aquilio la misión de reponer en su trono a los dos reyes, concediéndole el privilegio de que él mismo escogiese a los miembros de la comisión.

 

El resultado fue una delegación más preocupada por la rapiña que por la justicia, por acumular dinero que por el bienestar de dos países extranjeros. Antes de efectuarse los primeros preparativos del viaje, Manio Aquilio había convenido un trato satisfactorio con el rey Nicomedes, de setenta años, y cien talentos de oro de Bitinia habían ingresado milagrosamente en su banca. De no haber sido por ello, tan difícil era la situación financiera del comisionado, que ni habría podido salir de Roma, ya que todos los senadores estaban obligados a solicitar formalmente permiso para salir de Italia y no había posibilidad de hacerlo sin que se enterasen las bancas y los banqueros, que verificaban minuciosamente las listas expuestas en los rostra y la Regia.


Una vez decidido el viajar por mar en vez de hacerlo por tierra por la Via Egnatia, la comisión llegó a Pérgamo en junio del año anterior y fue recibida con cierta pompa por el gobernador de la provincia de Asia, Cayo Casio Longino.


En Cayo Casio encontró Manio Aquilio la horma de su zapato en cuanto a codicia y carencia de escrúpulos, como ambos comprendieron inmediatamente con suma complacencia. Así, aquel caluroso junio se urdió en Pérgamo una conspiración en el preciso momento en que Tito Didio caía en el ataque a Herculaneum. El objeto de la misma era ver cuánto oro podían sacarle a la situación los delegados y el gobernador, y en particular en los territorios que bordeaban el Ponto y que en realidad no estaban bajo la autoridad romana, principalmente Paflagonia y Frigia.


Las cartas del Senado a Mitrídates del Ponto y a Tigranes de Armenia conminándolos a retirarse de Bitinia y Capadocia se enviaron por correo desde Pérgamo. Pero apenas habían abandonado la ciudad los portadores de las cartas, Cayo Casio ordenó la instrucción extraordinaria de una legión de tropas auxiliares y decretó una leva de milicia de un extremo a otro de la provincia de Asia. Luego, con un destacamento armado por escolta, los delegados Aquilio, Manlio y Malio se dirigieron a Bitinia con el rey Nicomedes, mientras el rey Ariobarzanes permanecía en Pérgamo con el súbitamente activo gobernador.

 

El poder de Roma seguía dando sus frutos. El rey Sócrates se quedó sin trono y emprendió el regreso al Ponto, el rey Nicomedes ocupó dicho trono y al rey Ariobarzanes se le ordenó regresar a Capadocia. Los tres delegados permanecieron en Nicomedia para pasar el resto del verano y planear la invasión de Paflagonia, la franja de territorio que separaba Bitinia del Ponto a lo largo de las riberas del mar Euxino. Los templos de Paflagonia eran ricos en oro, al contrario de los del país de Nicomedes, como descubrieron con decepción los delegados. Al huir a Roma el año anterior, el anciano se había llevado consigo la mayor parte del tesoro, yendo a parar a las cuentas bancarias de varios romanos, desde Marco Emilio Escauro (que no le hacía ascos a aceptar un pequeño obsequio) hasta Manio Aquilio y Otras muchas manos codiciosas.


El descubrimiento de que Nicomedes no tenía oro había suscitado cierto odio entre los delegados, y Manlio y Malio se sentían engañados, mientras que Aquilio pensó que tendría que ingeniárselas para encontrar suficiente cantidad para darles satisfacción sin necesidad de recurrir a su depósito de Roma. Naturalmente, quien pagó las consecuencias fue el rey Nicomedes. Los tres nobles romanos le instaron denodadamente a que invadiese Paflagonia y le amenazaron con la pérdida del trono si no obedecía sus órdenes. Mensajes de Cayo Casio desde Pérgamo corroboraron las exigencias de la comisión, y Nicomedes cedió, movilizando su modesto pero bien armado ejército.


A fines de septiembre, los delegados y el anciano rey Nicomedes marchaban sobre Paflagonia, Aquilio al mando del ejército y el rey como simple invitado a la expedición. Deseando echar sal a las heridas de Mitrídates, Aquilio obligó a Nicomedes a cursar órdenes a las guarniciones navales y flotas de Bitinia del Bósforo tracio y del Helesponto para que no dejasen navegar a ningún barco del Ponto entre el mar Euxino y el mar Egeo. ¡Desafía a Roma si te atreves, rey Mitrídates!, era el aviso implícito en esta medida.


Todo se desarrolló exactamente como había previsto Manio Aquilio. El ejército bitinio avanzó por la costa de Paflagonia asaltando ciudades y saqueando templos, al tiempo que crecía el montón de objetos de oro,

 

capitulaba el gran puerto de Amastris, y pilamenes, mandatario de la Paflagonia continental, unía sus fuerzas a las de los invasores romanos. En Amastris, los tres delegados decidieron regresar a Pérgamo, dejando al pobre y anciano rey invernando con su ejército entre Amastris y Sinope, peligrosamente próximo a la frontera del Ponto.

Fue en Pérgamo, a mediados de noviembre, donde los delegados recibieron una embajada del rey Mitrídates, quien hasta entonces no había dicho ni hecho nada. Encabezaba la delegación un tal Pelópidas, primo del rey.


—Mi primo, el rey Mitrídates, suplica humildemente al procónsul Manio Aquilio que ordene al rey Nicomedes y a su ejército regresar inmediatamente a Bitinia —dijo Pelópidas, que iba vestido al estilo griego y se había personado en Pérgamo sin escolta armada.


—Eso es imposible, Pelópidas —contestó Manio Aquilio, sentado en su silla curul, con la varilla de mando de marfil y rodeado por los doce lictores con túnica carmesí y las hachas en los fasces—. Bitinia es un estado soberano, amigo y aliado del pueblo romano, sí, pero completamente dueño de sus destinos. No puedo ordenar nada al rey Nicomedes.


—Entonces, procónsul, mi primo el rey Mitrídates suplica humildemente que le deis permiso para defender su reino de las depredaciones de Bitinia —replicó Pelópidas.


—Ni el rey Nicomedes ni el ejército de Bitinia están en territorio del Ponto —contestó Manio Aquilio—. Por consiguiente, prohíbo terminantemente a tu primo Mitrídates que levante un solo dedo contra el rey Nicomedes y su ejército. ¡Bajo ningún concepto, díselo a tu rey, Pelópidas! En ninguna circunstancia.


Pelópidas lanzó un suspiro, alzó los hombros y abrió los brazos, en gesto nada romano, y dijo:


—Entonces, lo último que se me ha encomendado deciros, procónsul, es que en tal caso, mi primo el rey Mitrídates dice lo siguiente: «¡Incluso el que sabe que va a perder presenta batalla!»


—Si tu primo el rey presenta batalla, perderá —contestó Aquilio, haciendo seña a sus lictores para que acompañasen a Pelópidas.

 

Se hizo el silencio al salir el noble póntico, roto por el cejijunto Cayo Casio.


—Uno de los nobles del Ponto que acompañaban a Pelópidas me ha dicho que Mitrídates va a enviar directamente a Roma una carta de protesta. —¿Y de qué le va a servir eso? —inquirió Aquilio, enarcando una ceja


—. En Roma no hay nadie que tenga tiempo para escucharle.


Pero los de Pérgamo tuvieron que escuchar un mes después, cuando


Pelópidas regresó.


—Mi primo el rey Mitrídates me envía para repetiros la súplica de que le permitáis defender su país —dijo Pelópidas.


—Su país no está amenazado, Pelópidas, así que mi respuesta sigue siendo no —contestó Manio Aquilio.


—Entonces, a mi primo el rey no le queda otro remedio que llevaros la contraria, procónsul. Se quejará oficialmente al Senado y al pueblo de Roma de que sus delegados en Asia Menor apoyan a Bitinia en un acto de agresión y al mismo tiempo niegan al Ponto el derecho a defenderse —dijo Pelópidas.


—Más vale que tu querido primo el rey se abstenga, ¿me oyes? — replicó tajante Aquilio—. En cuanto al Ponto y a toda Asia Menor, ¡yo soy el Senado y el pueblo de Roma! ¡Y ahora vete y no vuelvas!


Pelópidas permaneció en Pérgamo un tiempo para ver qué podia averiguar de los misteriosos movimientos de tropas que había puesto en marcha Cayo Casio, y estando allí llegaron noticias de que un hijo de Mitrídates llamado Ariarates —nadie sabía cuál de los hijos llamados Ariarates— pretendía de nuevo ocupar el trono de Capadocia. Manio Aquilio hizo venir inmediatamente a Pelópidas y le dijo que conminaba al Ponto y a Armenia a retirarse de Capadocia.


—Harán lo que se les dice porque les aterran las represalias de Roma — comentó Aquilio complacido, con un estremecimiento—. Hace frío aquí, Cayo Casio. ¿No crees que los recursos de la provincia de Asia dan para tener un fuego o dos en el palacio?


En febrero, en la residencia pergameña del gobernador, la confianza había alcanzado tales cotas, que Aquilio y Casio concibieron un plan aún

 

más audaz: ¿A qué detenerse en los confines del Ponto? ¿Por qué no dar a su rey una buena lección invadiendo el Ponto? La legión de la provincia de Asia estaba en óptimas condiciones, la milicia acampada entre Esmirna y Pérgamo, también en buenas condiciones, y, además, a Cayo Casio se le había ocurrido otra brillante idea.


—Podemos añadir otras dos legiones a la fuerza expedicionaria si sumamos las de Quinto Opio en Cilicia —dijo Manio Aquilio—. Cursaré un mensaje a Tarsus para que Quinto Opio venga a Pérgamo a conferenciar sobre el destino de Capadocia. Opio sólo tiene imperium pretoriano y yo proconsular, y tendrá que obedecerme. Le diré que nuestro plan es contener a Mitrídates atacándole por detrás en vez de invadir Capadocia.


—Dicen que en Armenia Parva hay más de setenta reductos llenos a rebosar de oro de Mitrídates —añadió Aquilio embelesado.


Pero Casio, que procedía de una familia guerrera, no estaba dispuesto a desviarse del plan.


—Invadiremos el Ponto por cuatro puntos distintos a lo largo del curso del río Halys —dijo impaciente—. El ejército bitinio se encargará de Sinope y Amisus en el Euxino, para después avanzar hacia el interior siguiendo el Halys, así dispondrán de buen forraje, ya que cuentan con la mayor parte de la caballería y animales de carga. Aquilio, tú mandarás la legión mía de auxiliares y atacarás por Galacia. Yo avanzaré con la milicia por el curso superior del Meandro hacia Frigia. Quinto Opio puede desembarcar en Ataleia y avanzar hacia Pisidia; yo y él nos encontraremos en el Halys en la zona intermedia entre tus tropas y las de Bitinia. Con cuatro ejércitos distintos sobre el curso del río confundiremos a Mitrídates y no sabrá dónde acudir. ¡Es un reyezuelo, querido Manio Aquilio, con más oro que soldados!


—No tiene salvación —dijo Aquilio sonriente, soñando con los setenta reductos atiborrados de oro.


Casio lanzó un estentóreo carraspeo.


—Sólo hay una cosa con la que debemos tener cuidado —dijo con distinto tono de voz.


—¿Cuál? —inquirió Manio Aquilio con la mosca en la oreja.

 

—Quinto Opio es antes que nada un tradicionalista romano para quien el honor está por encima de todo, así que olvidaos de ganar ni un sestercio con actividades reprobables. Y no podemos hacer ni decir nada que le haga sospechar que la expedición no obedece estrictamente a restablecer la justicia en Capadocia.


—¡Así tocaremos a más! —dijo Aquilio con una risita.


—Eso digo yo —añadió Cayo Casio, satisfecho.




Pelópidas procuró olvidarse del sudor que le chorreaba por la frente y colocar las manos de forma que no se le notase el temblor.


—Así pues, gran rey, el procónsul Aquilio me despidió sin más —dijo, concluyendo su relato.


El rey no hizo más que pestañear, sin modificar la expresión que había mantenido durante toda la audiencia, impasible, casi benigna. A sus cuarenta años, con veintitrés de reinado, el sexto Mitrídates, llamado Eupator, había aprendido a ocultar sus sentimientos, salvo en el caso de sus temibles disgustos. Y no es que la noticia que le traía Pelópidas no le causase profundo desagrado, pues se la esperaba.


Durante dos años había vivido en la constante esperanza alumbrada desde el primer día en que Roma había entrado en guerra con sus aliados itálicos. El instinto le decía que era su oportunidad y esta vez había incluso escrito a su yerno Tigranes avisándole para que estuviese preparado. Al recibir contestación de que Tigranes le apoyaba en todo, decidió que lo primero que debía hacer era lograr que la guerra de Italia le resultase a Roma lo más dura posible, y envió una embajada a los itálicos Quinto Popedio Silo y Cayo Papio Mutilo a la nueva capital, Itálica, ofreciéndoles dinero, armas, barcos e incluso tropas de refuerzo. Pero, para su gran sorpresa, los embajadores regresaron con las manos vacías. Silo y Mutilo habían rechazado la oferta del Ponto indignados y con desprecio.


—¡Decid al rey Mitrídates que a él no le importa para nada la querella de Italia con Roma! Italia no va a mover un dedo para ayudar a un rey extranjero a hacer daño a Roma —fue la respuesta.

 

El rey del Ponto había recogido velas, enviando aviso a Tigranes de Armenia para que aguardase el momento oportuno, preguntándose si realmente llegaría ese momento, cuando incluso Italia, que tan desesperadamente necesitaba ayuda para vencer en su lucha por la libertad y la independencia, se permitía despreciativa morder la mano del Ponto que generosamente le ofrecía amistad y apoyo militar.


Nervioso y un si es no es más indeciso de lo normal, Mitrídates no quiso adoptar ninguna decisión; si en un momento determinado estaba convencido de que había llegado la hora de declarar la guerra a Roma, al poco rato no estaba tan seguro. Preocupado e inquieto, ocultaba sus dudas a todos, pues el rey del Ponto no podía tener confidentes ni asesores, ni siquiera su yerno, que era también un rey poderoso. Su corte era una especie de vacío en el que nadie sabía con certeza lo que sentía el rey, y la nobleza no estaba al corriente de los planes del monarca ni de si había riesgo de guerra.


Frustrado su ofrecimiento a los itálicos, Mitrídates pensó en Macedonia, país con el que la provincia romana mantenía una dificil frontera de más de mil quinientas millas frente a las tribus bárbaras del norte. Seria cuestión de inducir disturbios a lo largo de ella para que Roma dirigiese toda su atención a aquella zona. Así, envió agentes a reavivar los rescoldos del odio que sentían por Roma las tribus de los bessi y los escordiscos y las demás de Mesia y Tracia, con el resultado de que Macedonia comenzó a sufrir la peor racha de incursiones bárbaras desde hacía muchos años. En el primer empuje, los escordiscos llegaron hasta Dodona en el Epiro. Sin embargo, por suerte, la Macedonia romana contaba con un soberbio e íntegro gobernador en la persona de Cayo Sentio, quien tenía a sus órdenes al legado Quinto Bruto Sura, de mayor fuste aún.


Como con los disturbios causados por los bárbaros no se logró que Sentio y Bruto Sura pidiesen refuerzos a Roma, Mitrídates pensó en provocarlos en el interior de la provincia. Y poco después de haberlo decidido, apareció en Macedonia un tal Eufenes, que afirmaba ser descendiente directo de Alejandro el Grande (su parecido era sorprendente), alegando sus derechos al antiguo y caduco trono del país. Los habitantes de

 

localidades refinadas como Salónica y Pella en seguida comprendieron sus intenciones, pero los rudos campesinos del interior abrazaron fervientemente su causa. Lamentablemente para Mitrídates, Eufenes demostró carecer de auténtico espíritu militar y talento para organizar a sus partidarios en forma de ejército. Sentio y Bruto Sura se encargaron de él sin necesidad de pedir urgentemente a Roma dinero para tropas de refuerzo, que era el propósito de los manejos del rey del Ponto.


Y así estaban las cosas a los dos años de estallar la guerra entre Roma y sus aliados itálicos. Mitrídates no había avanzado nada en sus ambiciosos planes, se hallaba nervioso, vacilaba y sufría reconcomiéndose y haciéndoselo pagar a los cortesanos; conteniendo a Tigranes, más agresivo y menos inteligente, y pensando solo, sin confiar en nadie.



De pronto, el rey se rebulló en el trono y todos los cortesanos del salón se sobresaltaron.


—¿Y qué más has descubierto durante tu segunda y prolongada visita a Pérgamo? —preguntó a Pelópidas.


—Que el gobernador Cayo Casio ha puesto en pie de guerra su legión de tropas auxiliares y está entrenando y equipando otras dos legiones de milicia, oh poderoso —contestó Pelópidas, humedeciéndose los labios y ansioso por demostrar que, a pesar de haber fracasado en su misión, su lealtad al rey seguía siendo debidamente fanática—. Ahora tengo un espía en el palacio del gobernador en Pérgamo, gran rey, y antes de marchar me comunicó que cree que Cayo Casio y Manio Aquilio proyectan invadir el Ponto esta primavera en coordinación con Nicomedes de Bitinia y su aliado pilamenes de Paflagonia. Al parecer, también en combinación con el gobernador de Cilicia, Quinto Opio, que fue a Pérgamo a conferenciar con Cayo Casio.


—¿Sabes si esta proyectada invasión cuenta con la sanción del Senado y el pueblo de Roma? —inquirió el rey.


—En el palacio del gobernador se rumorea que no, gran rey.

 

—Por parte de Manio Aquilio era de esperar, si el cachorro ha salido al perro que había en tiempos de mi padre. La codicia del oro. Mi oro —dijo Mitrídates, abriendo los rojos y carnosos labios para enseñar sus grandes dientes amarillentos—. Y parece que el gobernador de la provincia romana de Asia es de la misma ralea. Igual que Quinto Opio de Cilicia. ¡Un trío hambriento de oro!


—En cuanto al gobernador de Cilicia, oh gran rey, no parece ser así — dijo Pelópidas—, pues han tenido buen cuidado de hacerle creer que es una expedición organizada contra nuestra presencia en Capadocia. Tengo entendido que Quinto Opio es lo que los romanos llaman un hombre honorable.


El rey guardó silencio, contrayendo y extendiendo los labios como un pez y mirando al infinito. Si amenazan nuestras tierras es muy distinto, pensaba Mitrídates. Porque me obligan a quedarme con la espalda pegada a mis fronteras y se me exige que deponga las armas y consienta que esos denominados dueños del mundo violen mi país. El país que me acogió cuando era un fugitivo, el país que amo más que a la propia vida. El país que deseo sea dueño del mundo.


—¡No lo harán! —exclamó con fuerte voz.


Todos levantaron la cabeza, pero el rey no decía nada más. Siguió contrayendo y extendiendo los labios una y otra vez, sin pausa.


Ha llegado la hora. Es el momento decisivo, pensaba Mitrídates. Mi corte ha escuchado las noticias de Pérgamo y ahora estarán juzgando; no a los romanos, sino a mí. Si permanezco sumiso mientras esos codiciosos delegados de Roma continúan pretendiendo ser representantes del Senado y el pueblo de Roma y amenazan con cruzar mis fronteras, mis súbditos me despreciarán, mi fama menguará tanto que dejarán de tenerme miedo, y entonces algún pariente pensará que ha llegado el momento de cambiar al rey del Ponto. Ahora tengo hijos con edad de reinar, cada uno de ellos respaldado por una madre hambrienta de poder, y están mis primos de sangre real, Pelópidas, Arquelao, Neoptolemo y Leónipo. Si me someto como el canalla que los romanos creen que soy, dejaré de ser el rey del Ponto. Moriré.

 

»Así pues, es la guerra contra Roma. Ha llegado la hora. No por decisión mía, y seguramente tampoco por decisión de ellos, sino provocada por tres delegados romanos codiciosos. Estoy decidido. Haré la guerra a Roma.


Y una vez adoptada la decisión, Mitrídates notó que se le quitaba un gran peso de encima y desaparecía una especie de sombra en el subconsciente; sentado en el trono, pareció hincharse como un enorme sapo dorado, con los ojos brillantes. El Ponto iba a entrar en guerra. El Ponto iba a dar una lección a Manio Aquilio y a Cayo Casio. El Ponto iba a ser dueño de la provincia romana de Asia. Y el Ponto iba a cruzar el Helesponto para irrumpir en Macedonia oriental y avanzar por la Via Egnatia hacia el oeste. El Ponto haría zarpar sus naves del Euxino rumbo al Egeo para extenderse hacia occidente. Hasta que Italia y Roma se sometieran a los ejércitos y flotas del Ponto. El rey del Ponto sería el rey de Roma, el soberano más poderoso de la historia, muchísimo más grande que Alejandro Magno. Sus hijos reinarían por todo el orbe en lugares tan remotos como Hispania y Mauritania, sus hijas serían reinas de todas las tierras desde Armenia hasta Numidia y la Galia Transalpina. Todos los tesoros del mundo serían del rey del mundo, todas las mujeres hermosas, ¡las tierras de todo el orbe! Luego se acordó de su yerno Tigranes y sonrió. Que Tigranes se quedase con el reino de los partos y se expansionara hacia la India y los misteriosos paises aún más lejanos.


Pero el rey no dijo que iba a emprender la guerra contra Roma. Abrió la boca y dijo:


—Que venga Aristión.


Todos los cortesanos estaban tensos, aunque ninguno sabía exactamente qué sentimiento animaba a aquel temible personaje sentado en el trono de pedrería. Sólo sabían que sucedía algo.


En el salón de audiencias entró un griego alto y de gran belleza, ataviado con túnica y chlamys, quien sin torpeza ni rubor se postró a los pies del rey.


—Levántate, Aristión. Tengo un trabajo para ti.

 

El griego se levantó y se le quedó mirando extasiado, como en adoración. Era una pose que practicaba delante del espejo que el rey Mitrídates había colocado con toda idea en su lujosa habitación, y el griego se jactaba de haber hallado el equilibrio exacto entre un servilismo que el rey desdeñaría y una autonomía que no le habría hecho ninguna gracia. Llevaba casi un año en la corte póntica de Sinope, a la que había llegado desde su Atenas natal, pues era un filósofo peripatético de la escuela fundada por los discípulos de Aristóteles, que hacía aquel viaje resuelto a ganarse prosélitos en tierras menos cultivadas que Grecia, Roma y Alejandría. Por pura suerte había encontrado al rey del Ponto, que le había tomado a su servicio, ya que el soberano estaba acomplejado por sus carencias educativas desde su viaje a la provincia de Asia, diez años atrás.


Aristión, con gran cuidado en arropar sus lecciones en términos puramente de plática, acariciaba los oídos del monarca con relatos de la grandeza preterida de Grecia y de Macedonia, el poder repelente y odioso de Roma, las condiciones en que se desarrollaban el comercio y los negocios y la geografía e historia del mundo. Y, finalmente, Aristión se había llegado a creer el árbitro de la elegancia y sofisticación de Mitrídates en lugar de su pedagogo.


—Pensar que pueda seros de utilidad me llena de placer, oh poderoso Mitrídates —dijo Aristión con tono melifluo.


Tras lo cual, el rey procedió a demostrar que, aunque había temido emprender la guerra contra Roma, llevaba años pensando cómo hacerla.


—¿Eres de linaje lo bastante alto para tener poder político en Atenas? —inquirió inopinadamente el rey.


—Lo soy, gran rey —mintió Aristión con gesto encantador, ocultando su gran sorpresa.


En realidad era hijo de esclavo, pero de eso hacía ya mucho tiempo. Y en Atenas nadie le recordaba. Lo que contaba era la apariencia; y su aspecto era enormemente aristocrático.


—Pues necesito que regreses inmediatamente a Atenas y comiences a acaparar poder político —dijo Mitrídates—. Necesito un agente leal en Grecia que tenga ascendiente para suscitar resentimiento contra Roma. No

 

me importa el método que emplees, pero cuando los ejércitos y flotas del Ponto invadan las tierras de las dos orillas del mar Egeo, quiero tener a Atenas, ¡y a Grecia!, en la palma de la mano.


Un murmullo recorrió el salón, seguido de un estremecimiento de bélico fervor. ¡El rey no iba a postrarse a los pies de Roma!


—¡Estamos contigo, mi rey! —exclamó Arquelao con una sonrisa de satisfacción.


—¡Oh, poderoso, tus hijos te lo agradecen! —gritó Farnaces, su hijo mayor.


Mitrídates se Pavo neÓ aún más, embelesado de placer. ¿Cómo no se había percatado antes de lo peligrosamente que había estado a un paso de la rebelión? ¡Sus súbditos y parientes ansiaban emprender la guerra contra Roma! Pues él estaba preparado. Llevaba años preparado.


—No nos pondremos en marcha antes de que los delegados romanos y los gobernadores de la provincia de Asia y de Cilicia den un solo paso — dijo—. Pero en cuanto crucen nuestras fronteras, caeremos sobre ellos. Que armen las flotas y dispongan las dotaciones y que los ejércitos estén en pie de guerra. Si los romanos piensan apoderarse del Ponto, yo voy a apoderarme de Bitinia y de la provincia de Asia. Capadocia ya es mía y lo seguirá siendo porque cuento con tropas suficientes para que mi hijo Ariarates no tenga que prestarme las suyas —dijo, clavando sus ojos verdes, levemente desorbitados, en Aristión—. ¿Qué esperas, filósofo? Ve a Atenas con suficiente oro de mis tesoros para activar la causa. Pero, ¡cuidado! Nadie debe saber que eres mi agente.


—¡Comprendo, poderoso rey, comprendo! —dijo Aristión con voz sonora, retrocediendo para salir del salón.


—Farnaces, Macares, joven Mitrídates, joven Ariarates, Arquelao, Pelópidas, Neoptolemo, Leónipo, vosotros quedaos conmigo —dijo el rey, tajante—. El resto podéis marcharos.



El abril del año en que Lucio Cornelio Sila y Quinto Pompeyo Rufo fueron cónsules se iniciaba la invasión romana de Galacia y el Ponto.

 

Mientras Nicomedes III lloraba y se retorcía las manos, suplicando que le dejasen regresar a Bitinia, Pilemenes, príncipe de Paflagonia, ordenaba al ejército de Nicomedes avanzar hacia Sinope. Manio Aquilio se puso al frente de la legión romana de tropas auxiliares acuartelada en la provincia de Asia y marchó por tierra desde Pérgamo, atravesando Frigia, con la intención de cruzar la frontera del Ponto al norte del gran lago salado Tana. Existía una ruta de comercio sobre el itinerario, por lo que Aquilio pudo avanzar bastante de prisa. Cayo Casio se puso al frente de las dos legiones de milicia en las afueras de Esmirna y remontó el valle del Meandro para Internarse en Frigia sobre un eje que apuntaba al modesto asentamiento comercial de Prymnessus. Mientras, Quinto Opio zarpaba de Tarsus rumbo a Attaleia y marchaba con sus dos legiones hacia Pisidia sobre una línea que le conducía al oeste del lago Limnae.


En la primera semana de mayo, el ejército bitinio cruzaba la frontera del Ponto y llegaba al Amnias, afluente del Halys que discurría hacia el interior y que en las cercanías de Sinope era paralelo a la costa. La estrategia adoptada por Pilemenes consistía en avanzar desde la confluencia del Amnias y el Halys en dirección norte hacia el mar, donde pensaba dividir sus fuerzas para atacar Sinope y Amisus a la vez. Lamentablemente, el ejército bitinio se tropezó en el Ammas con un poderoso ejército póntico al mando de los hermanos Arquelao y Neoptolemo, antes de poder llegar al valle más amplio del Halys, y sufrió una aplastante derrota. Campamento, pertrechos, tropas, armas, todo se perdió. Menos el anciano rey Nicomedes, que, acompañado de un séquito de nobles y esclavos de su confianza, abandonó a sus tropas a su fatídica suerte para tomar inequívocamente el camino de Roma.


Casi al mismo tiempo en que el ejército bitinio se enfrentaba a los hermanos Arquelao y Neoptolemo, Manio Aquilio llegaba con su legión a las cumbres, avistando el lago Taita a lo lejos, al sur. Pero Aquilio no pudo deleitarse en la contemplación de la panorámica: a sus pies, en la llanura, se veía un ejército más vasto que el lago, con armas relucientes y formado de tal manera, que a un experto no se le podía escapar la magnífica disciplina y confianza. ¡Aquello no era ninguna horda de bárbaros! Cien mil soldados

 

pónticos de caballería e infantería aguardando a que cayera en sus garras. Con la rapidez del rayo privativa de un general romano, Aquiho dio media vuelta con sus tropas y escapó. Cuando se aproximaba al río Sangarius, cerca de Pessinus —¡tanto oro y no poder detenerse a cogerlo!— el ejército póntico dio alcance a su retaguardia y comenzó a destrozarla. Igual que el rey Nicomedes, Aquilio abandonó el ejército a su suerte y huyó con sus oficiales y sus dos colegas delegados a través de las montañas de Misia.


El rey Mitrídates en persona fue a enfrentarse con Cayo Casio, pero su indecisión le jugó una mala pasada; empezó a vacilar y Casio tuvo noticia de la derrota de los bitinios y de Aquilio antes de que Mitrídates le alcanzara. El gobernador de la provincia de Asia se retiró con su ejército en dirección sudeste a la gran ciudad de Apameia, situada en un cruce de rutas comerciales, acantonándose tras sus fortificaciones. Situado al suroeste de Casio, Quinto Opio se enteró también de la derrota y optó por quedarse en Laodiceia, justo sobre la ruta que seguía el ejército de Mitrídates bajando por el curso del Meandro.


Así, el ejército póntico, mandado por Mitrídates en persona, se encontró con Quinto Opio antes de localizar a Casio. Decidido a aguantar el asedio, Opio vio en seguida que los laodicenses no eran de la misma opinión. La población abrió las puertas al rey del Ponto, le lanzó pétalos de flores y le entregó como obsequio extraordinario a Quinto Opio. Las tropas cilicias regresaron a su país por el mismo camino por el que habían venido, pero el rey se quedó con el gobernador romano, quien fue atado a un poste en el ágora de Laodiceia. Entre grandes carcajadas, el propio Mitrídates instó a la población a que arrojasen a Quinto Opio excrementos, huevos podridos, verduras pochas y toda clase de materiales blandos y silenciosos. Nada de piedras ni palos. Porque el rey recordaba que Pelópidas le había dicho que el romano era un hombre honorable. Dos días después, Opio quedaba en libertad prácticamente ileso, haciéndole encaminarse a Tarsus. A pie.


Cuando Cayo Casio supo la suerte que había corrido Quinto Opio, abandonó la milicia en Apameia y huyó en un caballo de fortuna hacia la costa de Mileto, manteniendo el rio Meandro entre él y Mitrídates, y viajando totalmente solo. Consiguió cruzar la red póntica en torno a

 

Laodiceia, pero en Nisa le reconocieron y fue conducido a presencia del etnarca, un tal Chaeremon. Casio tornó su angustia casi en grito de placer al ver que Chaeremon era ferviente partidario de Roma y dispuesto a hacer lo que fuese por ayudarle. Lamentándose por no atreverse a quedarse, Casio se zampó una buena comida, montó en un caballo fresco y se marchó al galope hacia Miletus, en donde buscó la nave más rápida dispuesta a llevarle a Rodas. Llegado a Rodas sin incidentes, tuvo que acometer la más ardua tarea que imaginarse pueda, redactando una carta para el Senado y el pueblo de Roma tratando de convencerlos de la grave situación existente en Asia Menor, pasando por alto sus propias debilidades. Naturalmente no dio término a tan hercúleo cometido en un día, ni siquiera en un mes, pues, aterrado porque pudiera trascender su culpabilidad, Cayo Casio Longino fue aplazando la decisión.


A fines de junio toda Bitinia y la provincia de Asia habían caído en poder de Mitrídates, con excepción de algunas intrépidas y dispersas poblaciones que confiaban en sus defensas, su inaccesibilidad y el poder de Roma. Un cuarto de millón de soldados del Ponto holgaban en las verdes praderas desde Nicomedia a Milasa. Como en su gran mayoría eran bárbaros del norte, cimerios, escitas, sármatas, roxolanos y caucasianos, sólo el temor al rey Mitrídates impidió que se desbocaran.


Las distintas ciudades helenizadas jónicas y dorias y puertos de la provincia de Asia se apresuraron a dar al monarca oriental el trato obsequioso que encarecía. El odio acumulado durante los cuarenta años de ocupación romana fue una inapreciable baza para el rey Mitrídates, que fomentó la romanofobia proclamando que aquel año y los cinco siguientes quedaban derogados los impuestos, diezmos y tasas. Los que debían dinero a prestamistas romanos o itálicos quedaban eximidos de sus deudas, y, como consecuencia, la provincia de Asia llegó a nutrir la esperanza de que bajo el dominio del Ponto viviría mejor que bajo el yugo de Roma.


El rey descendió por el curso del Meandro y se dirigió al norte costeando hacia una de sus ciudades preferidas: Éfeso. Y allí se instaló temporalmente para impartir justicia, granjeándose aún más el afecto de los habitantes de la provincia de Asia, prometiendo que todos los

 

destacamentos de milicia que se rindiesen serían perdonados, quedarían en libertad y, además, recibirían dinero para regresar a sus casas. Los que más odiaban a Roma —o al menos lo proclamaban más alto— fueron nombrados para ocupar los principales cargos en pueblos, ciudades y distritos; las listas de personas simpatizantes con los romanos o empleados por éstos aumentaron rápidamente y los delatores hicieron su agosto.


Sin embargo, bajo aquel regocijo y aquellas lisonjas se palpaba el terror de los que sabían de sobra lo que era la crueldad y el capricho de los reyes orientales y lo superficial que era su aparente magnanimidad, pues no eran más que unos sátrapas que en un momento dado conceden su favor y cuando menos se espera te hacen decapitar. Y nadie sabía cuándo se inclinaría la balanza.

 

 

A finales de junio, en Efeso, el rey del Ponto cursó tres órdenes secretas, pero la tercera, la más secreta de todas.


¡Cuánto disfrutó con aquellas órdenes, diciendo lo que tenía que hacer éste, dónde tenía que ir aquél! ¡Ah, cómo se moverían sus peones! Que otros seres inferiores definieran y perfeccionasen los detalles, el mérito de la ingeniosa y complicada trabazón era estrictamente suyo. ¡Y qué trabazón! Recorrió el palacio tarareando y silbando, trayendo de cabeza cien escribas para redactar y sellar las órdenes, ingente tarea realizada en un solo día. Y cuando el último paquete del último correo quedó sellado, reunió en el patio de palacio a los escribas y ordenó a la guardia que los degollara. ¡Los muertos no hablan!


La primera orden era para Arquelao, que en aquel momento no gozaba de gran favor porque había querido tomar la ciudad de Magnesia en un asalto frontal, que había sido un rotundo fracaso en el que había resultado gravemente herido. No obstante, Arquelao seguía siendo su mejor general y él debía recibir el paquete de la primera orden. Uno solo. Le mandaba tomar el mando de todas las flotas del Ponto y cruzar el Euxino hasta el Egeo a finales de Gamelio —el Quinctilis romano—, a un mes vista.


La segunda orden era también un solo paquete. Se lo envió a su hijo Ariarates (otro distinto al Ariarates rey de Capadocia), encomendándole el mando de un ejército de cien mil hombres para cruzar el Helesponto e internarse en Macedonia oriental a finales de Gamelio, a un mes vista.


La tercera orden se distribuyó en varios cientos de paquetes, enviados a todos los pueblos, ciudades y distritos o comunidades desde Nicomedia, en Bitinia, hasta Cnidus, en Caria, y Apameia, en Frigia, para su entrega al principal magistrado local. Decretaba en ella que todo ciudadano romano, latino o itálico de Asia Menor —hombre, mujer o niño— fuese ejecutado con todos sus esclavos a fines de Gamelio, a un mes vista.


La tercera era la orden que más ilusión le hacía, la que le impulsaba a frotarse las manos y emitir una risita o dar un saltito inopinado mientras paseaba por Éfeso con una sonrisa de oreja a oreja. A fines de Gamelio no habría un solo romano en Asia Menor. Y cuando hubiese acabado con Roma

 

y los romanos, no quedaría uno solo desde las columnas de Hércules hasta la primera catarata del Nilo. No existiría Roma.



A principios de Gamelio, acariciando sus secretos, el rey del Ponto salió de Éfeso para viajar a Pérgamo, donde le esperaba algo especial.


Los otros dos delegados y los oficiales de Manio Aquilio habían optado por huir a Pérgamo, mientras que Manio Aquilio estaba refugiado en Mitilene en la isla de Lesbos, con la intención de tomar allí un barco para Rodas, donde, por un mensaje, sabía que se encontraba refugiado Cayo Casio. Pero nada más desembarcar en Lesbos cayó enfermo de fiebres tifoideas y tuvo que posponer el viaje. Pero cuando los de Lesbos se enteraron de la caída de la provincia de Asia (de la que oficialmente formaban parte), enviaron prudentemente al procónsul romano de regalo al rey Mitrídates.


Desembarcado en el pequeño puerto de Atarneus, enfrente de Mitilene, Manio Aquilio fue encadenado a la silla de montar de un gigantesco jinete bastamiano y arrastrado hasta Pérgamo, donde le aguardaba ansioso y relamiéndose el rey del Ponto. Cayendo constantemente, tropezando, cubierto de porquería, zaherido e injuriado, Aquilio logró sobrevivir a aquel horrendo viaje, enfermo como estaba. Pero cuando Mitrídates le examinó en Pérgamo, comprendió que si seguían dándole semejante trato no duraría mucho y le fastidiarían unos planes maravillosos que tenía dispuestos para el romano.


Así, el procónsul fue atado a la silla de un pollino, montado al revés, y paseado cruelmente de arriba abajo por Pérgamo para que los ciudadanos de la antigua capital romana viesen la estima en que tenía el rey del Ponto a un magistrado romano y lo poco que temía las represalias.


Finalmente, lleno de mierda y convertido en sombra de lo que había sido, Manio Aquilio fue conducido a presencia del autor de sus tormentos. Sentado sobre un estrado, en trono dorado con un lujoso dosel en medio del ágora de Pérgamo, el rey bajó la vista hacia el hombre que se había negado a retirar el ejército de Bitinia, le había impedido la defensa de su reino y no

 

había querido presentar directamente sus quejas al Senado y al pueblo de Roma.


Fue en aquel momento, al ver el cuerpo informe y lleno de pústulas de Manio Aquilio, cuando el rey Mitrídates del Ponto perdió el último vestigio de temor hacia Roma. ¿De qué había tenido miedo? ¿Por qué había retrocedido ante aquel ridículo y débil ser? ¡El, Mitrídates del Ponto era mucho más poderoso que Roma! Cuatro modestos ejércitos con menos de veinticinco mil hombres! Era Manio Aquilio quien encarnaba Roma, no Cayo Mario ni Lucio Cornelio Sila. Su concepto de Roma había sido un mito perpetuado por dos romanos atípicos. La Roma auténtica la tenía allí a sus pies.


—¡Procónsul! —clamó con fuerte voz.


Aquilio alzó la vista, pero no tenía fuerzas para hablar.


—Procónsul de Roma, he decidido darte el oro que codiciabas.


La guardia subió hasta el dosel a Manio Aquilio y le obligó a sentarse en una banqueta a cierta distancia a la izquierda del rey, donde le ataron fuertemente los brazos al cuerpo con correas de cuero, sujetando un soldado las del lado izquierdo y otro las del derecho para que no se moviera.


Acto seguido llegó un herrero con unas tenazas y un crisol al rojo vivo, capaz para varias copas de metal fundido, que despedía un humo acre y un olor abrasador.


Un tercer soldado se colocó a la espalda del romano, le agarró del pelo y le obligó a echar la cabeza hacia atrás; luego le cogió de la nariz con la otra mano y le cerró brutalmente las coanas. Manio Aquilio no pudo evitar el acto reflejo de respirar, y abrió la boca. Al instante un chorro de turgente y brillante metal le entró en la garganta y continuó vertiéndose mientras él aullaba debatiéndose en vano para levantarse de la banqueta, hasta que expiró, con la boca, la barbilla y el pecho cubiertos por una cascada de oro solidificado.


—Abridle en canal y recuperad hasta la última partícula —dijo el rey Mitrídates, recreándose en la escena del meticuloso raspado interno y externo del romano.

 

—Arrojad sus restos a los perros —añadió el rey, levantándose del trono, descendiendo despreocupadamente del estrado y cruzando ante los restos despedazados de Manio Aquilio, procónsul de Roma.


¡Todo iba estupendamente! Nadie lo sabía mejor que el rey Mitrídates mientras paseaba por las frescas terrazas del palacio de Pérgamo, en lo alto de las montañas, aguardando a que finalizase Gamelio, el Quinctilis romano. Le habían llegado noticias de Aristión desde Atenas, diciendo que su misión había tenido éxito.


Nada nos detendrá ahora, oh poderoso Mitrídates, pues Atenas marcará el camino a Grecia. Inicié mi campaña hablando de la antigua hegemonía y riqueza de Atenas, porque en mi opinión la gente mayor piensa en la gloria del pasado con profunda nostalgia, y, por ello, es fácil seducirla con la promesa de un regreso a esos días gloriosos. Hablé en el ágora seis meses seguidos, venciendo poco a poco a la oposición y ganando prosélitos. Incluso convencí a mi público de que Cartago se había aliado con vos contra Roma, ¡y me creyeron! ¡Qué lejanos los tiempos en que los atenienses eran el pueblo más culto del mundo! Nadie sabía que Cartago fue totalmente arrasado por Roma hace casi cincuenta años. Increíble.


Escribo porque tengo el placer de comunicaros que acabo de ser elegido capitán militar de Atenas; escribo a mediados de Poseidón. Yme han concedido autoridad para elegir a mis colegas. Naturalmente, he elegido a hombres que creen firmemente que la salvación de nuestro mundo griego está en vuestras manos, gran rey, y que ansían ver el día en que aplastéis a Roma con vuestra bota leonina.


Atenas es totalmente mía, incluido el Pireo. Lamentablemente, los elementos romanos y mis enemigos jurados huyeron antes de que pudiera echarles la mano encima, pero los que han sido tan necios de quedarse — casi todos atenienses ricos que no acababan de creerse que pudieran Correr peligro— ya han perecido. He confiscado todas las propiedades de los desterrados y los muertos y he reunido un fondo para nuestra guerra contra Roma.

 

Lo que he prometido a mis electores lo cumpliré, tengo que cumplirlo, pero no entorpecerá vuestra campaña, oh gran rey. Les he prometido liberar la isla de Delos de los romanos. Es un emporio muy rentable, cuyas rentas mantuvieron la prosperidad ateniense en épocas de máxima hegemonía. A principios de Gamelio, mi amigo Apelicon (magnífico almirante y diestro general) organizará una expedición contra Delos. Es una manzana podrida y no opondrá resistencia.


Y eso es todo de momento, mi señor y dueño. La ciudad de Atenas es vuestra y el puerto del Pireo está abierto a vuestras naves siempre que lo necesitéis.


Sí que necesitaba el rey el Pireo; y la ciudad de Atenas conectada a él por la Larga Muralla. Porque a fines de Quinctilis, el Gamelio griego, las flotas de Arquelao zarparon del Helesponto y se dirigieron a la ribera occidental del mar Egeo. Totalizaban trescientas galeras de guerra con puente de tres o más bancos de remeros, más de cien birremes sin puente con doble banco y mil quinientas embarcaciones de transporte con tropas y marinos. Arquelao no se preocupó del litoral de la provincia de Asia, pues ya estaba en poder de su rey. Su intención era establecer la presencia póntica en Grecia para que Macedonia quedase aplastada entre dos ejércitos del Ponto, el suyo en Grecia y el del joven Ariarates en Macedonia oriental.


El joven Ariarates se había ajustado también al plan previsto por su padre el rey. A fines de Quinctilis cruzó con sus cien mil hombres el Helesponto e inició el avance por la estrecha franja costera hacia la Macedonia tracia por la Via Egnatia construida por los romanos. No encontró resistencia alguna, por lo que estableció acantonamientos en la costa, en Abdera, y un poco más tierra adentro en Filipos, para continuar en dirección Oeste hacia el primer asentamiento fortificado romano, la ciudad de Salónica, residencia del gobernador.


A últimos de Quinctilis, los ciudadanos romanos, latinos e itálicos residentes en Bitinia, la provincia de Asia, Frigia y Pisidia fueron asesinados sin excepción: hombres, mujeres, niños y esclavos. En esta orden, la más secreta de todas, Mitrídates había aplicado gran astucia, pues,

 

en lugar de recurrir a sus hombres para llevarla a cabo, había dispuesto que fuese la población indígena compuesta por griegos jónicos y dorios la que llevara a cabo la matanza. En muchas zonas se recibió con alborozo el decreto y no hubo dificultad en reunir una fuerza de voluntarios dispuestos a eliminar al opresor romano, pero hubo zonas en las que se horrorizaron y no hubo manera de persuadir a nadie para matar a los romanos. En Tralles, el etnarca tuvo que contratar a una banda de mercenarios frigios para llevarla a cabo. Otros distritos hicieron lo propio, en la esperanza de que la culpa recayese sobre extranjeros.


Ochenta mil romanos, latinos e itálicos con sus familias murieron en un mismo día, junto con setenta mil esclavos. La matanza se extendió desde Nicomedia, en Bitinia, hasta Cnidus, en Caria, y tierra adentro hasta Apameia. No se salvó nadie ni los huidos recibieron ayuda para escapar. El terror del rey Mitrídates no admitía compasión alguna. De haber utilizado sus propios soldados, la responsabilidad de la matanza hubiese sido enteramente suya, pero obligando a los principales núcleos de población griega a hacer el trabajo sucio, pretendía lavarse las manos. Y los griegos comprendieron perfectamente lo que se les venía encima: con el rey Mitrídates del Ponto, la vida no era más prometedora que bajo el yugo de Roma, por muchos impuestos que hubiese condonado.


Muchos fugitivos buscaron amparo en templos, pero se les negó y fueron detenidos mientras seguían implorando a este o a aquel dios. A los que se aferraban aterrados a altares o estatuas les cortaron las manos para sacarlos del lugar sagrado y ejecutarlos fuera.


Lo peor de todo era la última cláusula de la orden de ejecución, sellada personalmente por Mitrídates: ningún esclavo romano, latino o itálico debía ser quemado: había que trasladar los cadáveres lo más lejos posible de los núcleos habitados para que se pudrieran en barrancos, valles cerrados, cumbres y en lo profundo de los mares. Ochenta mil romanos, latinos, itálicos y setenta mil esclavos. Ciento cincuenta mil personas. Los animales carroñeros de tierra, mar y aire comieron bien aquel Sextilis, pues ninguna población se atrevió a desobedecer la orden quemando a las víctimas. El rey

 

Mitrídates se complació enormemente en viajar de un lugar a otro para contemplar los inmensos montones de cadáveres.


Pocos romanos se libraron de la muerte. Sólo los desterrados, despojados de la ciudadanía y condenados a no volver a Roma. Y entre ellos estaba Publio Rutilio Rufo, amigo de romanos famosos, ciudadano de Esmirna muy respetado y autor de procaces retratos literarios de personajes como Catulo César y Metelo Numidico el Meneitos.


En general, pensó Mitrídates a principios del mes de Antesterión, que era el Sextilis romano, las cosas no podían ir mejor. En la provincia de Asia, sus sátrapas estaban instalados en la sede gubernamental desde Mileto hasta Andramyttium, e igualmente en Bitinia, en donde ya no habría más reyes, pues el único candidato que Mitrídates habría permitido ascender al trono, había muerto. Efectivamente, Sócrates, después de su regreso al Ponto, irritó tanto al gran rey con sus lloriqueos que éste le había mandado ejecutar para no oírle. Toda Anatolia al norte de Licia, Panfilia y Cilicia estaba en poder del Ponto y el resto no tardaría en caer.


Sin embargo, nada complacía tanto al rey como la matanza de romanos, latinos e itálicos. Cada vez que pasaba por un lugar en el que habían amontonado miles de cadáveres para que se pudrieran, reía y se regocijaba. No había hecho distingos entre romanos e italianos a pesar de que sabía que Roma e Italia estaban en guerra, fenómeno que nadie mejor que él podía entender, pues se trataba de una lucha fratricida por hacerse con el poder.


Sí, todo iba viento en popa. Su hijo Mitrídates actuaba de regente en el Ponto (aunque el prudente monarca se había hecho acompañar de la nuera en su avance por la provincia de Asia, para asegurarse el buen comportamiento del hijo); su hijo Ariarates era rey de Capadocia; Frigia, Bitinia, Galacia y Paflagonia eran satrapías reales al mando de sus hijos mayores, y su yerno Tigranes de Armenia tenía carta blanca para actuar al este de Capadocia a condición de no pisar los dedos al Ponto. Que Tigranes conquistase Siria y Egipto. Así estaría ocupado. Mitrídates frunció el entrecejo. En Egipto, el populacho no admitiría un rey extranjero. Es decir, un Tolomeo títere; si es que podía encontrarse alguien dispuesto. Pero, desde luego, las reinas de Egipto serían descendientes de Mitrídates. No

 

podía consentir que una hija de Tigranes usurpara un puesto destinado a una hija de Mitrídates.


Lo más impresionante fue el éxito de las flotas del rey, haciendo salvedad del rotundo fracaso de Aristión y su «magnifico almirante y diestro general» Apelicon, pues la invasión ateniense de Delos fue un desastre. De todos modos, después de apoderarse de las Cícladas, Arquelao fue a tomar Delos y allí también hizo ejecutar a veinte mil romanos, latinos e itálicos; luego se la cedió a Atenas para asegurarse que Aristión seguía en el poder, ya que las flotas pónticas necesitaban el Pireo como base occidental.


En manos del Ponto estaban ya las islas de Eubea, Sciathos y gran parte de la Tesalia lindante con la bahía de Pagasae, además de los importantes puertos de Demetrias y Metona. Gracias a sus conquistas en el norte de Grecia, las fuerzas pónticas pudieron cortar las carreteras de Tesalia con Grecia central, factor que hizo que casi todo el resto de Grecia se uniera a Mitrídates. El Peloponeso, Beocia, Laconia y todo el Atica aclamaron fervientemente al rey del Ponto como libertador del yugo romano y permanecieron expectantes para ver cómo los ejércitos y la flota del gran rey aplastaban Macedonia.


Pero la ocupación de Macedonia, de momento, no fue viable. Atrapados entre una Grecia súbitamente hostil y las fuerzas de tierra pónticas que avanzaban por la Via Egnatia, Cayo Sentio y Quinto Bruto no cedieron al pánico ni se resignaron a la derrota; reclutaron febrilmente cuantas tropas auxiliares pudieron y las acuartelaron con las dos legiones romanas que era toda la fuerza disponible en Macedonia para hacer frente a Mitrídates. El Ponto no conquistaría Macedonia sin pagar un alto precio.


A fines del verano los días transcurrían algo aburridos para el rey Mitrídates, ya cómodamente instalado en Pérgamo y dueño indiscutible de Asia Menor. La única perspectiva interesante que se le presentaba era ir a ver los montones de cadáveres, y el más apabullante de esos monumentos ya lo había visto. Pero se dio cuenta de que le faltaba el del distrito del curso alto del Caicus, sobre el que se alzaba Pérgamo. Había en la provincia de Asia dos ciudades llamadas Stratoniceia; la mayor estaba en Caria y

 

continuaba resistiendo tenazmente el asedio de las fuerzas del Ponto. La Stratoniceia menor estaba más tierra adentro que Pérgamo y era plenamente leal a Mitrídates. Así, cuando el rey entró en esta ciudad, sus habitantes salieron en masa a aclamarle y arrojaron pétalos de flores en honor a su victorioso avance.


Entre la multitud, sus ojos se posaron en una joven griega llamada Monima e inmediatamente ordenó que se la trajesen. Era tan pálida su piel, que el cabello parecía blanco y no se le notaban pestañas y cejas, lo cual le confería una extraña belleza. El rey la examinó detenidamente y, al ver lo extraña que era, con aquellos ojos rosa oscuro brillante, la unió a sus otras esposas. El padre, Filopoemon, no se opuso, y menos aún cuando Mitrídates se lo llevó consigo (igual que a Monima) al sur, a efeso, donde le nombró sátrapa de la región.


Aun deleitándose con las diversiones que daban fama a Éfeso —y disfrutando de su esposa albina—, el rey tuvo tiempo para un acto de gobierno, enviando un lacónico mensaje a Rodas exigiendo la rendición y la entrega del gobernador Cayo Casio Longino, refugiado en la isla. La respuesta, que no tardó en llegar, fue un rotundo no a ambas exigencias. Rodas era amiga y aliada del pueblo romano y honraría su compromiso hasta la muerte, de ser necesario.


Por primera vez desde el principio de la campaña, Mitrídates tuvo un arrebato de cólera. Mientras sus cortesanos y los más descarados aduladores de Efeso se amedrentaban, el rey recorría de arriba abajo el salón de audiencias despotricando hasta ahogar su rabia y dejarse caer abatido en el trono, con la barbilla apoyada en la mano, los labios contraídos y rastros de lágrimas en sus carnosas mejillas.


A partir de aquel momento perdió todo interés en las diversas empresas que había puesto en marcha y centró exclusivamente sus energías en conseguir la sumisión de Rodas. ¡Cómo osaban negarse a rendirse a él! ¿Es que una pequeñez como Rodas se creía capaz de resistir al poderío del Ponto? Bien, pronto sabrían lo que era bueno.


Su flota estaba muy atareada en las operaciones en el Egeo occidental para mermar las escuadras y dedicarlas a una insignificante campaña como

 

sería la que iba a lanzar contra la pequeña isla de Rodas. Por eso, el rey exigió que Esmirna, Éfeso, Priene, Miletus, Halicarnassus y las islas de Chios y Samos le donasen las naves que necesitaba. Tropas de tierra tenía de sobra, pues mantenía dos ejércitos en la provincia de Asia; pero gracias a la tenaz resistencia de Patara y Termessus en Licia, no podía conducirlas al punto lógico para lanzar la invasión de Rodas, es decir, las playas y ensenadas de Licia. La marina de Rodas tenía merecida fama de irreductible y se hallaba concentrada en la costa occidental de la isla, vigilando el mar entre Halicarnassus y Cnidus. Así, impedida la utilización de Licia, las fuerzas de invasión de Mitrídates tendrían que optar por aquellos corredores marítimos.


Pidió centenares de naves de transporte y todas las galeras de guerra que hubiese en la provincia de Asia y ordenó que se concentrasen en Halicarnassus, y a aquella ciudad, tan querida de Cayo Mario, condujo uno de sus ejércitos para embarcarlo. Zarpaba a fines de septiembre con su gigantesca galera acorazada de dieciséis bancos de remeros en medio de la armada, fácilmente identificable por el trono oro y púrpura erigido bajo palio a popa, desde el cual, dueño y señor, lo contemplaba todo con deleite.


Por torpes y pesadas que fuesen las mayores naves de guerra, aún debían navegar tan despacio como las de transporte, una heteróclita colección de todo tipo de navíos de cabotaje, sólo aptos para costear cabos y ensenadas. Por tanto, cuando la vanguardia de la flota daba la vuelta a la punta de la península de Cnido y entraba en mar abierto en el mar Cárpato, la mayoría de las naves se extendía en interminable ringlera hasta Halicarnassus, en donde los últimos navíos de transporte salían del puerto, llenos de aterrados soldados del Ponto.


Con trirremes ligeras y muy rápidas, parcialmente cubiertas, la marina de Rodas hizo su aparición en el horizonte y puso proa hacia la improvisada flota póntica. La táctica naval de Rodas no incluía galeras pesadas de dieciséis bancos como la que utilizaba el rey Mitrídates; aquellos navíos acorazados cargaban mucha marinería y muchas piezas de artillería, pero los rodenses desdeñaban la eficacia de la artillería en el combate naval y nunca se mantenían lo bastante quietos para permitir el abordaje. La marina

 

de Rodas había cobrado fama por la rapidez y extrema maniobrabilidad de sus naves, capaces de surcar las aguas como rayos entre los pesados acorazados; la tripulación sabía embestir con tanta fuerza con el espolón, que la velocidad compensaba de sobra la falta de peso y el espolón de roble reforzado con bronce de la trirreme rodense penetraba profundamente en el flanco del más fuerte acorazado. Los de Rodas afirmaban que el único método decisivo en un combate naval era horadar los navíos enemigos.


Cuando la flota póntica avistó a la de Rodas, se dispuso a una encarnizada batalla; pero, al parecer, Rodas sólo hacía una incursión, pues, después de volver locas a las galeras de Mitrídates con la velocidad de sus virajes, dio media vuelta y se alejó sin más hazaña que destrozar a dos galeras de cinco bancos, particularmente ineptas. No obstante, antes de abandonar las aguas consiguieron dar al gran rey el mayor susto de su vida. Era la primera vez que el del Ponto se enfrentaba a un enemigo por mar y sólo había navegado por el Euxino, en el que ni el más osado pirata se habría atrevido a atacar a una nave del Ponto.


Excitado y fascinado, el rey asistía al espectáculo naval sentado en su trono de oro y púrpura, tratando de no perderse el menor detalle, sin ocurrírsele pensar que podía correr peligro. Había virado hasta apartarse por la izquierda para ver las travesuras de una galera enemiga magistralmente maniobrada a cierta distancia a popa, cuando su gran navío sufrió una sacudida, crujió, vibró con fuertes convulsiones y el ruido de muchos remos quebrándose como varas mezclado a gritos de consternación y de alarma.


Su súbito y cerval pánico cesó casi al instante de iniciarse, pero hizo mella en él. En aquel breve pero intenso lapso de terror, el rey del Ponto se cagó y lo puso todo perdido de heces sólidas mezcladas a una profusa cantidad de líquidos intestinales, una masa maloliente empapando el almohadón púrpura bordado en oro, que chorreaba por las patas del trono y por sus piernas hasta la melena de los leones de oro del empeine de sus botas, enfangando todo el puente cuando lo pisoteó al levantarse. ¡Y sin poder ir a ningún sitio! No podía ocultarlo a sus estupefactos servidores y oficiales, ni a los marineros del centro del navío que habían alzado la vista para comprobar si su rey estaba bien.

 

Luego vio que el navío no había sufrido ninguna embestida y sólo se trataba de uno de sus propios barcos, una galera grandota y torpe de la isla de Chios que había rozado a lo largo de la borda, arrancando los remos de ambas embarcaciones.


¿Era asombro lo que expresaban sus ojos? ¿O regocijo? Los ojos desorbitados del monarca brillaban de furor mientras miraba aquellos rostros, viéndolos sonrojarse y palidecer como una copa transparente de la que se vacía el vino.


—¡Me siento mal! —gritó—. No sé qué me pasa. ¡Estoy enfermo!


¡Ayudadme, estúpidos!


El inmovilismo se quebró y en un segundo se vio rodeado de gente, con ropa limpia surgida como por arte de ensalmo, y dos servidores que habían reaccionado con verdadera celeridad acudieron con dos cubos de agua de mar y la vertieron sobre el rey. Al sentir la frialdad en sus piernas Mitrídates pensó en un mejor modo de resolver la grave situación y, echando la cabeza hacia atrás, soltó la carcajada.


—¡Vamos, estúpidos, cambiadme la ropa!


Se alzó el faldón de pteryges de oro, el inferior de malla de oro y la túnica púrpura que le cubría la piel, mostrando robustos muslos, fuertes nalgas y por delante un poderoso miembro que había engendrado medio centenar de hijos. Una vez retirado lo peor hacia otra zona del puente, se quitó toda la ropa y quedó desnudo en la popa del navío, mostrando a su asombrada tripulación qué magnífico espécimen era su rey. Seguía riéndose complacido y de vez en cuando se golpeaba el vientre, lanzando un gruñido.


Pero más tarde, cuando la escuadra de Rodas ya estaba en lontananza y los dos acorazados pónticos quedaron destrabados, sentado en un almohadón limpio en su recién fregado trono, el mudado monarca llamó al capitán del navío.


—Capitán, quiero que al vigía y al timonel de esta nave les corten la lengua, les arranquen los testículos, les saquen los ojos y les corten las manos. Luego, mándalos por ahí con una escudilla colgada al cuello —dijo Mitrídates—. En la nave de Chíos, que se dé el mismo castigo a vigía, timonel y capitán; al resto de la tripulación, que la ejecuten. ¡Y nunca más

 

dejes que me encuentre a menos de un tiro de piedra de un navío de Chios ni de esa vil isla! ¿Te percatas de lo que digo, capitán?


—Sí, gran rey —contestó el marino, tragando saliva—, me percato. Poderoso rey —añadió el hombre con un carraspeo, haciendo acopio de valor—, tengo que poner rumbo a algún sitio para proveerme de remos, pues a bordo no tenemos suficientes de reserva. Así no podemos navegar.


Por lo visto el rey recibió muy comprensivo la noticia de la nueva contrariedad.


—¿A dónde sugieres que pongamos rumbo?


—A Cnido o a Cos. Hacia el sur, no.


Un destello de interés por algo distinto a su pública humillación iluminó los ojos del rey.


—¡A Cos! —exclamó—. ¡Rumbo a Cos! Tengo que arreglar cuentas con los sacerdotes del Asklepeion que dieron asilo a los romanos. Y quiero ver el tesoro que tienen. Y el oro. Sí, a Cos, capitán.


—El príncipe Pelópidas desea veros, gran rey.


—Si desea verme, ¿a qué espera?


Seguía siendo peligroso, nunca era más peligroso que cuando reía sin tener ganas. Podía desatarse ante cualquier cosa, una palabra inoportuna, una mirada indiscreta, una falsa interpretación. Cuando Pelópidas se personó en un santiamén, estaba aterrado, pero tuvo la enorme prudencia de no mostrarlo.


—Bien, ¿de qué se trata?


—Gran rey, he oído que ordenáis que la nave vaya a Cos para repararla. ¿Puedo trasladarme a otra nave para seguir rumbo a Rodas? Supongo que querréis que siga en la escuadra cuando desembarquen nuestras tropas, a menos que penséis transbordar a otro barco, en cuyo caso, si os place, yo me quedo en éste para supervisar la reparación. Decidme qué he de hacer, gran rey.


—Tú ve a Rodas. Dejo a tu criterio el lugar de desembarco. Pero que no sea tan lejos de la ciudad que el ejército se fatigue con la marcha. Acámpalo

 

y espera mi llegada.




Cuando el acorazado real entró en el puerto de la ciudad de Cos, en la isla del mismo nombre, el rey Mitrídates dejó que el capitán se ocupase del asunto de los remos y él desembarcó en una esbelta barcaza ligera. Inmediatamente se dirigió con su guardia al recinto del santuario del dios Asklepios, patrono de la curación, que estaba en las afueras de la ciudad. Todo había sido tan rápido, que nadie sabía quién era cuando entró en el zaguán del templo, diciendo a voces que quería ver al encargado, característico insulto por parte de Mitrídates, que sabía perfectamente que el encargado era el sumo sacerdote.


—¿Quién es este arrogante advenedizo? —preguntó un sacerdote a otro a poca distancia del rey.


—Soy Mitrídates del Ponto, y vosotros, hombres muertos.


Así, cuando llegó el sumo sacerdote, dos de sus acólitos yacían decapitados entre él y el visitante. El sumo sacerdote, que era un hombre muy sutil e inteligente, se imaginó quién era el recién llegado en cuanto le dIjeron que un orangután vestido de oro y púrpura pedía a gritos verle.


—Bien venido al santuario de Asklepios, rey Mitrídates —dijo con gran calma, sin mostrarse amedrentado.


—Tengo entendido que eso es lo que les dices a los romanos.


—Se lo digo a todos.


—Pero no a los romanos que he mandado matar.


—Si vos llegarais pidiendo asilo, se os concedería en igual medida, rey Mitrídates. El dios Asklepios no hace distingos, pues todos los hombres le necesitan más pronto o más tarde. Un hecho que conviene recordar. Es un dios de vida, no de muerte.


—De acuerdo, considera eso como un castigo —dijo Mitrídates señalando los dos sacerdotes muertos.


—Un castigo el doble de grande de lo merecido.


—¡No me tientes el genio, sumo sacerdote! Ahora muéstrame tus libros… y no los que enseñas al gobernador romano.

 

El Asklepeion de Cos era la institución bancaria más importante del mundo después del banco estatal de Egipto, y su prosperidad se debía a la perspicaz actividad de un largo elenco de sacerdotes administradores que se remontaban a tiempos de los Tolomeos de Egipto, pues Cos había sido posesión egipcia. Por consiguiente, su desarrollo como entidad dedicada a la formación de capitales era una consecuencia lógica del sistema bancario egipcio. Al principio, el templo había sido un santuario de lo más característico, similar a los de otros lugares; consagrado a la curación y a la higiene, el Asklepeion de Cos era una concepción de unos discípulos de Hipócrates, donde en sus orígenes se practicaba el arte de la incubación, la curación por el sueño con interpretación de lo soñado, como aún se hacía en los santuarios de Epidauro y de Pérgamo. Pero al paso de las generaciones, y con la ocupación de Egipto, en Cos el dinero había sustituido a las curaciones y era la principal renta del templo, decantándose los sacerdotes más por lo egipcio que por lo griego.


Era un enorme recinto con edificios dispersos entre jardines floridos, con gimnasio, ágora, tiendas, baños, biblioteca, un seminario, alojamientos para eruditos de paso, casas y residencias para esclavos, palacio para el sumo sacerdote, una necrópolis en terreno sagrado, círculos de cubículos subterráneos para dormir, hospital, el gran edificio dedicado a asuntos bancarios y el templo del dios. Todo ello rodeado por un bosque sagrado de plátanos.


La estatua no era criselefantina ni de oro, sino de mármol blanco de Paros y obra de Praxíteles; era una deidad barbada, parecida a Zeus, de pie y apoyado en un tronco con una serpiente enroscada. Tenía la mano derecha extendida, sujetando una tablilla, y a sus pies un perro grande tumbado. La estatua la había pintado Nicias de un modo tan realista que en la penumbra parecía dotada de movimiento. Los ojos del dios, azul fuerte, destellaban un regocijo humano y bonachón.


Nada de aquello gustó a Mitrídates, quien dio una vuelta al templo, diciéndose que aquella estatua no valía nada y no merecía ser saqueada. Luego examinó los libros y comunicó al sumo sacerdote que iba a hacer una incautación. Todo el oro romano en depósito, para empezar; unos

 

ochocientos talentos de oro en depósito a plazo fijo del gran templo de Jerusalén, cuyo sínodo tenía la loable prudencia de mantener una reserva de urgencia a salvo de las depredaciones de seléucidas y tolomeos; y los tres mil talentos de oro que había depositado unos catorce años atrás la anciana reina Cleopatra de Egipto.


—Veo que la reina de Egipto os confió también tres niños —comentó Mitrídates.


Pero el sumo sacerdote estaba más preocupado por el oro, y dijo en tono más frío que enojado:


—¡Rey Mitrídates, no tenemos aquí todo ese oro… lo prestamos!


—No te lo he pedido todo —replicó él en tono amenazador—. He pedido… sí, digamos cinco mil talentos del oro romano, tres mil talentos del oro egipcio y ochocientos talentos del oro judío. Un modesto porcentaje de lo que hay registrado en los libros, sumo sacerdote.


—¡Pero entregaros casi nueve mil talentos de oro nos dejará prácticamente sin reservas!


—Qué lástima —replicó el rey, levantándose del pupitre en que había examinado los libros—. Entrégalo, sumo sacerdote, o verás tu santuario reducido a polvo antes de que tú mismo lo muerdas. Ahora enséñame los tres niños egipcios.


—Os entregaré el oro, rey Mitrídates —dijo el sumo sacerdote con voz neutra, aceptando lo inevitable—. ¿Hago que comparezcan aquí los príncipes egipcios?


—No, prefiero verlos a la luz del día.


Lo que buscaba, naturalmente, era un tolomeo títere. Aguardó impaciente a que los trajeran a su presencia en el lugar sombreado que había elegido entre pinos y cedros.


—Ponedlos a los tres ahí —dijo, señalando un lugar a veinte pies de distancia—. Y tú, sumo sacerdote, ven aquí. ¿Quién es ése? —añadió, señalando al mayor de los tres, un joven que lucía un vaporoso vestido.


—El hijo legítimo del rey Tolomeo Alejandro de Egipto y heredero del trono.


—¿Y por qué está aquí en lugar de estar en Alejandría?

 

—Porque su abuela, que le trajo aquí, temía por su vida.


—¿Qué edad tiene?


—Veinticinco años.


—¿Quién fue su madre?


La influencia que Egipto ejercía en Asklepeion era manifiesta en el respetuoso tono con que contestaba el sumo sacerdote, y era evidente que consideraba mucho más augusto el linaje de los tolomeos que el del propio Mitrídates.


—Su madre fue Cleopatra IV.


—¿La que le trajo aquí?


—No, ésa era Cleopatra III, su abuela. Su madre era hija de ella y del rey Tolomeo Gran Vientre.


—¿No se casó con el hijo menor, Alejandro?


—Más tarde. Primero se casó con el hijo mayor, y tuvo una hija.


—Eso tiene más lógica. La hija mayor se casa siempre con el hijo mayor, tengo entendido.


—Así es, pero no es necesariamente obligatorio. La anciana reina detestaba tanto a su hijo mayor como a su hija mayor, y los obligó a divorciarse. Cleopatra hija huyó a Chipre y allí se casó con su hermano menor y tuvieron este hijo.


—¿Y qué fue de ella? —inquirió el rey, sumamente interesado.


—La anciana reina obligó a Alejandro a divorciarse de ella y la joven huyó a Siria, donde se casó con Antioco Ciziceno, que estaba en guerra con su primo carnal Antioco Gripo. Al ser derrotado Ciziceno, fue apuñalada ante el altar de Apolo en Dafne por su propia hermana, esposa de Gripo.


—Muy parecido a lo de mi familia —dijo Mitrídates sonriente.


El sumo sacerdote no pensaba que fuese asunto de risa y prosiguió como si no hubiera oído nada.


—La anciana reina logró finalmente expulsar a su hijo mayor de Egipto e hizo venir a Alejandro, el padre de este joven, haciéndole rey. Y este joven fue a Egipto con él, pero Alejandro tenía miedo de su madre y la detestaba. Quizá ella imaginase lo que le aguardaba, no lo sé; lo cierto es que llegó a Cos hace catorce años con varias naves cargadas de oro y tres niños, y nos

 

encomendó su custodia. Poco después de su regreso a Egipto, el rey Tolomeo Alejandro la mandó matar —añadió el sumo sacerdote con un suspiro; era evidente que apreciaba a la anciana Cleopatra III—. A continuación, Alejandro se casó con su sobrina Berenice, hija de su hermano mayor Soter y de la joven Cleopatra, que había sido esposa de ambos.


—Así que el rey Tolomeo Alejandro gobierna Egipto con su sobrina Berenice, tía de este joven y al mismo tiempo hermanastra.


—Por desgracia, no. Sus súbditos le desposeyeron hace seis meses y murió en un combate, tratando de recuperar el trono.


—¡Luego este joven debería ser el rey de Egipto!


—No —contestó el sumo sacerdote, procurando ocultar su deleite por la confusión de su indeseado visitante—. Soter, el hermano mayor del rey Tolomeo, vive aún. Cuando el pueblo depuso a Alejandro, hizo venir a Tolomeo Soter para gobernar, y sigue haciéndolo con su hija la reina Berenice, aunque, naturalmente, no puede esposarla. Los tolomeos sólo pueden casarse con hermanas, sobrinas o primas.


—¿No tuvo Soter otra esposa después de que la anciana reina le obligase a divorciarse de la joven Cleopatra? ¿No tuvo más hijos?


—Sí, volvió a desposarse con su hermana menor Cleopatra Selene; y tuvieron dos hijos.


—Sin embargo, dices que este joven es el heredero.


—Lo es, porque cuando muera el rey Tolomeo Soter el trono lo hereda


él.


—¡Ajá! —exclamó Mitrídates, frotándose las manos con fruición—. ¡Ya veo que tendré que guardarlo bien, sumo sacerdote! Y hacer que se case con una de mis hijas.


—Podéis intentarlo —comentó secamente el sumo sacerdote.


—¿Cómo intentarlo?


—No le gustan las mujeres y no se acostará con una por ningún concepto.


Mitrídates profirió un ruido de contenida irritación y se encogió de hombros.

 

—¡Entonces no procreará un heredero! De todos modos, me lo llevo. Luego ésos —añadió, señalando a los otros dos— han de ser los hijos de Soter y su segunda hermana-esposa, Cleopatra Selene.


—No —contestó el sumo sacerdote—. Los hijos de Soter y Cleopatra Selene los trajo aquí la anciana reina, pero murieron al poco tiempo de la enfermedad infantil estival. Estos son más jóvenes.


—Pues, ¿quién los ha traído aquí? —exclamó Mitrídates, exasperado. —Son los hijos de Soter y su concubina real, la princesa Arsinoe de


Nabatea. Nacieron en Siria mientras Soter combatía allí contra su madre, la anciana reina, y su primo Antioco Gripo. Cuando Soter abandonó Siria, no se llevó a los hijos y a su madre; los confió a su a liado sirio, su primo Antioco Ciziceno, y de pequeños vivieron en Siria. Luego, hace ocho años, Gripo fue asesinado y Ciziceno se convirtió en rey de Siria. En aquel momento, la esposa de Gripo era Cleopatra Selene, pues la había esposado para sustituir a su primera esposa, la hermana mediana de Tolomeo, que había muerto… ejem, de un modo horrible.


—¿Qué modo horrible? —inquirió el rey sin inmutarse, dado que la historia de su familia era muy parecida, aunque no tuviese el brillo generalmente atribuido a los Tolomeos de Egipto.


—Ella había matado a la joven Cleopatra, como os he dicho, ante el altar de Apolo en Dafne. Bien, Ciziceno la capturó y la mandó ejecutar muy, muy despacio. Diente por diente, por así decir.


—Así pues, la hermana menor, Cleopatra Selene, no fue mucho tiempo viuda después de la muerte de Gripo, y se casó con Ciziceno.


—Exactamente, rey Mitrídates. Pero no le gustaban estos niños; eran algo relacionado con su anterior matrimonio con Soter, a quien detestaba. Y fue ella quien los envió aquí hace cinco años.


—Tras la muerte de Ciziceno, sin duda. Luego se casó con el hijo de su esposo muerto y sigue siendo la reina Cleopatra Selene de Siria. ¡Fantástico!


—Veo que conocéis muy bien la historia de la casa de los Seléucidas — comentó el sumo sacerdote enarcando las cejas.

 

—Algo. Estoy emparentado con ellos —contestó el rey—. ¿Qué edad tienen los niños, y cómo se llaman?


—El mayor es Tolomeo Filadelfo, pero le damos el sobrenombre de Auletes porque cuando llegó tenía una voz aguda parecida al sonido de una flauta. Me complace decir que merced a la madurez y a nuestras enseñanzas, ya no tiene ese pitido musical. Ahora cuenta dieciséis años. El otro tiene quince y le llamamos simplemente Tolomeo. Es un buen chico, pero indolente —dijo el sumo sacerdote con un suspiro, cual un padre paciente pero decepcionado—. Nos tememos que es indolente por naturaleza.


—Así pues, en esos dos jóvenes reside el futuro de Egipto —dijo Mitrídates pensativo—. El inconveniente es que son bastardos, y supongo que no podrán heredar.


—Su linaje no es totalmente puro, es cierto —replicó el sumo sacerdote —, pero si su primo Alejandro no engendra (lo que parece bien probable) son los únicos Tolomeos que hay. He recibido carta de su padre, el rey Tolomeo Soter, diciéndome que se los envíe inmediatamente. Ahora es otra vez rey, pero no tiene reina a quien esposar, y quiere mostrárselos a sus súbditos, que están dispuestos a aceptarlos como herederos.


—Pues tiene mala suerte —dijo Mitrídates con toda naturalidad—, porque me los llevo yo. Así se casarán con hijas mías y sus hijos serán mis nietos. ¿Qué fue de su madre, Arsinoe? —inquirió, cambiando de tono.


—No lo sé. Creo que Cleopatra Selene mandó matarla en la época en que envió sus hijos aquí, a Cos. Los muchachos no están seguros, pero lo temen —contestó el sumo sacerdote.


—¿Y cuál es el linaje de Arsinoe? ¿Es de calidad?


—Arsinoe era la hija mayor del rey Aretas de Nabatea y de su reina. La política nabatea ha consistido siempre en enviar la princesa más perfecta como concubina del rey de Egipto. ¿Qué mejor alianza para una de las casas reales semíticas menores? La madre del anciano rey Aretas era una seléucida de la casa real siria. Su esposa, madre de Arsinoe, era hija del rey Demetrio Nicanor de Siria y de la princesa parta Rodoguna, también

 

seléucida, con buena parte de sangre de Arsaces. Yo diría que el linaje de Arsinoe es espléndido —dijo el sumo sacerdote.


—¡Oh, sí, como el de una de mis esposas! —dijo cordial el rey del Ponto—. Una pequeña encantadora, hija de Demetrio Nicanor y Rodoguna. Me ha dado tres varones estupendos y dos hijas. ¡Las niñas serán esposas ideales para estos muchachos; perfectas! Así se refuerza el linaje.


—Creo que el rey Tolomeo Soter piensa casar a Tolomeo Auletes con su hermanastra y tía, la reina Berenice —comentó resuelto el sumo sacerdote —. Por lo que a los egipcios respecta, así se refuerza mucho mejor el linaje.


—Tanto peor para los egipcios —replicó Mitrídates, volviéndose furioso hacia el sumo sacerdote—. ¡Hay que tener en cuenta que Tolomeo Soter de Egipto y yo tenemos la misma sangre seléucida! Mi tatarabuela Laodice se casó con Antioco el Grande y su hija Laodice casó con mi bisabuelo, Mitrídates IV. Por consiguiente, Soter es primo mío y mis hijas Cleopatra Trifena y Berenice Nisa son también primas suyas, y dos veces primas de los hijos habidos con Arsinoe de Nabatea porque su madre es hija de Demetrio Nicanor y de Rodoguna, igual que la madre de Arsinoe.


El rey lanzó un profundo suspiro.


—Escribe al rey Tolomeo Soter diciéndole que yo cuidaré de sus hijos. Indícale que, como en su casa real no quedan mujeres de edad idónea, Berenice debe tener ya cuarenta años, sus hijos se casarán con las hijas de Mitrídates del Ponto y de Antioco de Siria. ¡Y puedes dar las gracias a tu dios de la serpiente en el tronco de que te necesito para escribir esa carta! Pues si no, viejo, te habría matado, porque te encuentro muy irrespetuoso.


El rey se dirigió a donde estaban los tres jóvenes, mirando estupefactos y amedrentados.


—Vais a vivir en el Ponto, jóvenes Tolomeos —les dijo tajante—. ¡Vamos, seguidme de prisa!


Y así fue como cuando la galera real del rey Mitrídates se hizo de nuevo a la mar, la acompañaban varios navíos más pequeños que tomaron rumbo a Cnido, camino de Efeso. Transportaban casi nueve mil talentos de oro y a

 

los tres herederos del trono de Egipto. Cos había sido una escala necesaria más que rentable. Y el rey del Ponto disponía de un Tolomeo títere.



Cuando el rey arribó al lugar elegido por Pelópidas para el desembarco en Rodas, se encontró con que no habían llegado la mayor parte de las naves de transporte de tropas y no pudo tomar al asalto la ciudad de Rodas hasta que, como dijo Pelópidas:


—… se pueda organizar el viaje de otro ejército, gran rey. El almirante Damagoras de Rodas atacó dos veces a nuestras naves de transporte y la mitad de las tropas yacen en el fondo del océano. De los supervivientes, algunos llegaron hasta aquí, pero otros regresaron a Halicamassum. La próxima vez tendremos que rodear con galeras las naves de transporte en lugar de dejarlas ir a su ritmo y sin escolta.


Naturalmente, las noticias distaban mucho de satisfacer al rey, pero como había llegado sano y salvo, le había ido bien en Cos y le traía sin cuidado la suerte que habían corrido los soldados pónticos, aceptó la realidad de que debía esperar refuerzos y se dedicó a escribir a su regente en el Ponto, el joven Mitrídates, a propósito de los herederos del trono de Egipto.


Parecen todos muy cultos, pero ignoran totalmente la importancia del Ponto en el orbe, hijo mío; y eso hay que rectificarlo. Mis hijas Cleopatra Trifena y Berenice Nisa serán prometidas en matrimonio a estos jóvenes. Cleopatra Trifena será para Tolomeo Filadelfo y Berenice Nisa para Tolomeo a secas. Las bodas respectivas se celebrarán cuando las hembras cumplan quince años.


En cuanto al afeminado, Tolomeo Alejandro, habrá que poner coto a su amor por los hombres, porque los egipcios le preferirán como futuro rey, dado que es el hijo legítimo. Por consiguiente, se le enseñará a que le gusten las mujeres si quiere conservar la cabeza sobre los hombros. En tus manos dejo la aplicación de este edicto.

 

Ponerse a escribir era un sufrimiento para el rey, que generalmente se valía de escribas, pero no quería que nadie viese la carta y tardó varios días en dejarla a punto, después de quemar varios borradores.


A finales de octubre la carta estaba en camino y el rey del Ponto se sintió, por fin, lo bastante fuerte para acometer el ataque de Rodas. Montó el asalto de noche, concentrándolo sobre el perímetro urbano de la parte de tierra, porque en el puerto estaba la escuadra enemiga. Pero nadie en la jerarquía de mando póntica tenía conocimientos ni ingenio para tomar una ciudad tan grande y bien fortificada como Rodas, y la operación fue un fracaso. Lamentablemente, el rey carecía de paciencia para someterla a un largo bloqueo y el único modo seguro era conquistarla. La asaltarían. Pero esta vez atraerían a la escuadra rodense para que saliera del puerto y persiguiera a un señuelo, ya que el principal empuje del ataque se haría por mar, precedido de una sambuca.


Lo que más emocionaba al rey era que lo de la sambuca era idea suya y, en la reunión de estado mayor, Pelópidas y los otros generales la habían elogiado, diciendo que era una estratagema muy ingeniosa que, sin duda, daría resultado. Ruborizado de regocijo, Mitrídates decidió construir personalmente la sambuca, es decir, bocetarla y supervisar la construcción.


Cogió dos galeras inmensas de dieciséis remos, idénticas y construidas en el mismo astillero y las ató por las bordas tangentes, y fue precisamente ahí en lo que la sambuca más adoleció de la ignorancia ingenieril del gran rey, pues debió mandar atarlas por las bordas de fuera y distribuir el peso uniformemente por toda la estructura. Pero él mandó atarlas por las bordas tangentes, y sobre ambas dispuso un puente tan grande, que parte de él sobresalía en voladizo, y no hizo nada por afirmarlo debidamente a la base. Sobre ese puente hizo erigir dos torres en el centro, una situada sobre el espacio entre las dos proas y otra sobre las popas, separadas por menor distancia. Entre ambas torres se construyó un amplio puente susceptible de ser elevado y bajado mediante un juego de poleas y cabrestantes hasta el plano del puente y lo alto de las torres. Dentro de éstas había unos inmensos molinos de ruedas movidos por los pies de cientos de esclavos para subir el puente levadizo. Uno de los lados largos del puente tenía acoplada mediante

 

bisagras una alta valla de gruesas planchas de madera como protección contra los proyectiles, y cuando el puente alcanzaba su máxima altura o un poco más del adarve de las murallas del puerto de Rodas, la valla caía sobre ellas formando una pasarela.


El ataque se inició un día tranquilo del mes de noviembre, dos horas después de distraer a la escuadra enemiga que zarpó hacia el norte. El ejército póntico asaltó las murallas de la parte de tierra por sus puntos más débiles, con el flanco externo desplegado para mantener entretenida a la flota de Rodas, que en ese momento comprendió la estratagema y regresó. En el centro de la enorme flotilla póntica se alzaba la sambuca remolcada por docenas de galeras ligeras y seguida de cerca por los navíos cargados de tropas.


Entre gritos de alarma y enfebrecida actividad en las defensas rodenses, las tripulaciones de las naves ligeras arrimaron rápidamente la sambuca al paño de muralla marítima en que se asentaba el templo de Isis; una vez concluida la maniobra, los navíos cargados de tropas se fueron acercando. Sin sufrir graves daños por la enloquecida lluvia de piedras, flechas y lanzas, los soldados del Ponto abordaron la sambuca para estacionarse apretadamente en el puente levadizo; inmediatamente, los que operaban las poleas comenzaron a azotar a los esclavos para que pusieran en movimiento con sus piernas el molino de rueda. Entre horrendos crujidos y chirridos, el puente entre las torres comenzó a elevarse con su carga de tropas. Cientos de cascos de los defensores llenaron los adarves, para contemplar entre fascinados y aterrados la maniobra. Mitrídates la seguía desde su «acorazado» en medio de la apretada flota, viendo cómo la sambuca concentraba toda la resistencia rodense en el tramo de muralla del templo de Isis. Una vez que la sambuca acaparase toda la atención de los defensores, los otros barcos podían acercarse a los demás puntos de la muralla y montar impunemente un asalto con escalas y así todas las fortificaciones que rodeaban el puerto habrían quedado coronadas por soldados.


¡No puede fallar! Esta vez caen en mis manos, pensaba el rey, mientras sus ojos se recreaban mirando la sambuca y el puente que iba elevándose

 

lentamente entre las dos torres. Muy pronto alcanzaría la altura de la muralla, la valla protectora se abatiría sobre los goznes y formaría una pasarela para que los soldados asaltaran la muralla. Había tropa suficiente en el puente para mantener a raya a los defensores mientras el artilugio descendía hasta el puente de las dos embarcaciones para cargar nuevas tropas y volver a elevarlas. ¡No existe la menor duda de que soy el mejor!, se decía Mitrídates.


Pero conforme el centro de gravedad fue elevándose con el puente de la sambuca, la distribución de peso cambió, las embarcaciones trabadas comenzaron a separarse, las sogas que las unían fueron rompiéndose en sucesivos estallidos y las torres comenzaron a tambalearse; el puente de las embarcaciones fue combándose y el puente ascendente comenzó a balancearse. Luego, las dos embarcaciones que soportaban todo el peso comenzaron a zozobrar por el centro: cubiertas, torres, puente, soldados, marineros, artífices y esclavos cayeron al agua en medio de los navíos que se balanceaban, y una algarabía de gritos, siniestros crujidos, rugidos y vítores histéricos de los eufóricos rodenses que lo contemplaban desde la muralla; vítores que en seguida se transformaron en auténticas carcajadas.


—¡No quiero volver a oir el nombre de Rodas! —dijo el gran rey mientras su poderosa galera le conducía de nuevo a Halicarnassum—. Está demasiado próximo el invierno para proseguir esta pequeña campaña contra una pandilla de idiotas y locos. Los ejércitos que avanzan hacia Macedonia y las flotas que costean Grecia requieren más mi atención. Además, que ejecuten a todos los ingenieros que tengan algo que ver con la construcción de esa absurda sambuca. No, matarlos no. ¡Que les corten la lengua, les saquen los ojos, les corten las manos, los testículos y les pongan una escudilla al cuello!


Tan furioso estaba el rey de tamaña humillación que se dirigió a Licia con un ejército dispuesto a asediar Patara, pero al mandar talar un bosque de árboles consagrados a Latona, la madre de Apolo y Artemis se le apareció en sueños y le disuadió de ello. Al día siguiente, el rey dejó el sitio en manos de sus subalternos, dio el mando al desventurado Pelópidas y se fue con su fascinante esposa albina a Hierapolis. Allí, retozando entre

 

cabriolas en los estanques de aguas termales en medio de las cascadas de cristal petrificado que caían de las alturas, logró olvidar las risotadas de Rodas y el navío de Chios, que le había dado el mayor susto de su vida.

 
















IX

 

 

La noticia de la matanza en la provincia de Asia de romanos, latinos e


itálicos llegó a Roma en un tiempo récord, antes que la noticia en que se comunicaba la invasión de la provincia llevada a cabo por Mitrídates. Justo nueve días después del último día de Quinctilis, el príncipe del Senado Lucio Valerio Flaco convocaba reunión de la Cámara en el templo de Bellona, fuera del pomerium, por tratarse de un asunto de guerra en el extranjero. A los que acudieron les leyó una carta de Publio Rutilio Rufo, llegada de Esmirna.


Envío la presente por medio de un navío rápido especialmente fletado hasta Corinto, para transbordarla a otro igualmente rápido con destino a Brundisium, confiando en que la sublevación en Grecia no lo intercepte. He dado instrucciones al correo para que galope día y noche desde Brundisium a Roma. La enorme cantidad de dinero que esto acarrea me la ha facilitado mi amigo Miltiades, etnarca de Esmirna, quien únicamente suplica que el Senado y el pueblo de Roma no olviden este favor cuando — como ha de ser inevitable— la provincia de Asia vuelva a ser de Roma.


Quizá no sepáis aún de la invasión del rey Mitrídates del Ponto, que ahora es dueño de Bitinia y de nuestra provincia de Asia. Manio Aquilio ha muerto en las más horrendas circunstancias y Cayo Casio ha huido no sé dónde. Un cuarto de millón de soldados del Ponto se encuentran al Oeste del Taurus, y el Egeo está lleno de escuadras pónticas, al tiempo que Grecia se ha aliado con el Ponto en contra de Roma.


Pero eso no es lo peor. El último día de Quinctilis, todos los romanos, latinos e itálicos de la provincia de Asia, Bitinia, Pisidia y Frigia han perecido asesinados por orden del rey Mitrídates del Ponto. También dieron muerte a sus esclavos. Creo que la cifra de muertos gira entorno a ochenta mil ciudadanos y setenta mil esclavos; un total de ciento cincuenta mil. Que yo no corriera igual suerte se debe a hallarme privado de la ciudadanía, aunque tengo la impresión de que el rey dio orden de que no se me hiciera nada. Buen regalo para el perro de Hades. ¿En qué habría podido contribuir la salvación de mi provecta vida para evitar la brutal carnicería

 

de mujeres y niños romanos? Los arrastraron desde los altares en que clamaban a los dioses, y sus cadáveres insepultos aún se están pudriendo por orden del rey del Ponto. Este bárbaro monstruoso se cree el rey del mundo y alardea diciendo que pisará suelo italiano antes que acabe el año.


No queda nadie al este de Italia que pueda hacer frente al desafío salvo los nuestros de Macedonia. Pero no tengo esperanzas en Macedonia. Aunque no he podido obtener confirmación, se dice que Mitrídates ha organizado una expedición contra Tesalónica y que sus tropas han entrado ya al oeste de Filipos sin encontrar resistencia. Tengo más noticias referidas al escenario de Grecia, en donde un agente del Ponto llamado Aristión se ha hecho con el poder en Atenas, convenciendo a casi toda Grecia para que se ponga de parte de Mitrídates. Las islas del Egeo están en manos del Ponto; disponen de flotas ingentes. Al caer Delos, dieron muerte a otros veinte mil de los nuestros.


Os ruego que os hagáis cargo de la obligada brevedad de ésta y que hagáis cuanto podáis para evitar que este horrendo bárbaro Mitrídates se corone rey de Roma. Así de grave es la situación.


—¡Ah, lo que nos faltaba! —dijo Lucio César a su hermano Catulo César.


—No nos faltaba, pero ahí lo tenemos —añadió Cayo Mario, echando fuego por los ojos—. ¡Guerra contra Mitrídates! Yo sabía que llegaría, aunque realmente me ha sorprendido que haya tardado tan poco.


—Lucio Cornelio está en camino —terció el otro censor, Publio Licinio Craso—. Cuando llegue, respiraré más tranquilo.


—¿Por qué? —inquirió Mario con énfasis—. ¡No deberíamos haberle convocado! Que acabe la guerra contra los itálicos.


—Es el primer cónsul —replicó Catulo César—, y el Senado no puede adoptar decisiones importantes sin que lo presida en su silla.


—¡Bah! —exclamó Mario, cambiando de postura.


—¿Qúé le sucede? —inquirió Flaco, príncipe del Senado.


—¿Tú qué crees, Lucio Valerio? Es un viejo caballo de guerra que olfatea el olor de un conflicto ideal…, en país extranjero —contestó Catulo

 

César.


—Pero no creerá que él va a poder ir —terció Publio Craso el censor—. ¡Es demasiado viejo y está enfermo!


—Claro que lo cree —respondió Catulo César.




La guerra de Italia había acabado, aunque los marsos no se rindieron oficialmente. De los pueblos que se habían alzado en armas contra Roma, eran los más perjudicados: apenas había quedado un varón marso con vida. En febrero, Quinto Popedio Silo huyó a Samnio y se refugió en Aesernia con Mutilo. Y se encontró con un Mutilo tan gravemente herido, que nunca más podría mandar tropas: se hallaba paralizado de cintura para abajo.


—Voy a cederte el mando de Samnio, Quinto Popedio —dijo.


—¡No! —exclamó Silo—. Yo no sé tratar a la tropa como tú, y menos a soldados samnitas… ni tengo dotes de general.


—No ha quedado nadie y mis samnitas han decidido seguirte.


—¿De verdad que los samnitas quieren continuar la guerra?


—Sí —contestó Mutilo—, pero en nombre de Samnio, no de Italia. —Lo comprendo, ¿pero no queda ningún samnita que los mande? —Ninguno, Quinto Popedio; tienes que hacerlo tú. —Bien, de acuerdo —contestó Silo suspirando.


De lo que no hablaron fue de sus frustradas esperanzas de una Italia independiente. Ni tampoco de lo que ambos no ignoraban: que Italia estaba derrotada y que Samnio no podía vencer.


En mayo, el último ejército rebelde salió de Aesernia al mando de Quinto Popedio Silo. Constaba de treinta mil soldados de infantería y mil de caballería, reforzado por una tropa de veinte mil esclavos manumitidos. Casi todos los de infantería habían resultado heridos en un combate u otro y se hallaban en Aesernia por ser la única plaza segura que quedaba; Silo había traído la caballería, logrando cruzar las lineas romanas de cerco a la ciudad. Todas estas circunstancias hacían inevitable la salida, porque Aesernia no tenía posibilidades de seguir alimentando tantas bocas.

 

Todos sabían que era el último recurso y nadie confiaba en la victoria; lo más que podían esperar era hacerles pagar cara su vida a los romanos. Pero cuando la tropa de Silo tomó Bovianum y aniquiló a la guarnición romana, todos se animaron. ¿No habría una posibilidad? Metelo Pío estaba acampado con su ejército ante Venusia, en la Via Appia, y a Venusia se dirigieron.


Y fue en las afueras de Venusia donde se libró la última batalla, cerrando una curiosa concatenación de acontecimientos iniciados con la muerte de Marco Livio Druso. Sí, en el campo de batalla de Venusia libraron singular combate los dos hombres que más afecto habían sentido por Druso: sus amigos Silo y Mamerco. Mamerco permanecía inmóvil, mirando al marso con lágrimas en los ojos y la espada alzada. No se decidía.


—¡Acaba conmigo, Mamerco! —suspiró Quinto Popedio Silo—. Me lo debes por haber matado a Cepio. ¡No quiero desfilar en un triunfo encabezado por el Meneítos!


—Por matar a Cepio —dijo Mamerco, y lo mató. Luego lloró desconsoladamente por Druso y la amarga victoria.


—Se acabó —dijo Metelo Pío el Meneítos a Lucio Cornelio Sila, que había acudido a Venusia nada más saber de la batalla—. Ayer capituló Venusia.


—No, no se ha acabado —replicó Sila con una sonrisa—. Sólo cuando se rindan Aesernia y Nola.


—¿Has considerado —se arriesgó a decir tímidamente el Meneítos— que si levantásemos el sitio de Aesernia y Nola las dos ciudades volverían a la normalidad y seguramente todos harían como si nada hubiese pasado?


—Estoy convencido de que sí —contestó Sila—, y precisamente por eso no levantaré el asedio de ninguna de las dos. ¿Para qué dejarlos sin castigo? Pompeyo Estrabón no lo hizo con Asculum Picentum. No, Meneitos, Aesernia y Nola seguirán asediadas; hasta la eternidad, si es necesario.


—Me han dicho que Escato ha muerto y que los pelignos se han rendido.

 

—Exacto, salvo que no te lo han contado bien —respondió Sila con una sonrisa—. Pompeyo Estrabón aceptó la rendición de los pelignos y Escato prefirió clavarse su propia espada.


—¡Entonces todo ha acabado! —exclamó Metelo Pío, maravillado.


—No, hasta que se rindan Aesernia y Nola.




La noticia de la matanza de romanos, latinos e itálicos en la provincia de Asia le llegó a Sila en Capua, donde había establecido su cuartel general, relevando a Catulo César para que se tomase en Roma un merecido descanso. Además, había heredado su secretario, el prodigioso Marco Tulio Cicerón, y vio que era tan eficiente, que Catulo César estaba de más.


A Cicerón, Sila le pareció tan aterrador como Pompeyo Estrabón, aunque por distintos motivos. Y echó mucho de menos a Catulo César.


—Lucio Cornelio, ¿no podría licenciarme al acabar este año? —inquirió Cicerón—. Aunque no he servido dos años completos, contando las campañas, he participado en diez.


—Ya —contestó Sila, animado por la persona de Cicerón de un sentimiento muy parecido al de Pompeyo Estrabón—. De momento no puedo prescindir de ti porque nadie sabe organizar esto tan bien como tú, y menos ahora que Quinto Lutacio se toma un descanso en Roma.


Pero nunca hay descanso, pensaba Sila, galopando hacia Roma en una calesa tirada por cuatro mulas. Apenas ponemos fin a un conflicto, cuando estalla otro. Y el nuevo hará que el de Italia parezca dos ramitas de rescoldo.


Todos los senadores se dieron cita en Roma para la reunión del Senado en la que se iba a tratar de los acontecimientos de la provincia de Asia. También estaba Pompeyo Estrabón. Serían unos ciento cincuenta reunidos en el templo de Bellona, fuera del pomerium del Campo de Marte.


—Bien, sabemos que Manio Aquilio ha muerto. Y posiblemente habrán muerto también sus dos colegas delegados —dijo Sila ante la Cámara, en tono coloquial—. No obstante, parece que Cayo Casio logró escapar, a pesar de que no tenemos noticias de él. Lo que no comprendo es cómo no

 

hemos tenido ninguna noticia de Quinto Opio desde Cilicia. Hay que suponer que también hemos perdido Cilicia. Es triste que Roma tenga que depender de un desterrado para recibir semejantes noticias.


—Yo supongo que todo ello quiere decir que Mitrídates atacó como un relámpago —dijo Catulo César, frunciendo el entrecejo.


—O que nuestros representantes oficiales han estado haciendo cosas raras —terció Mario.


El comentario no suscitó réplicas, sino profunda cavilación; cierta lealtad aglutinaba constantemente la unidad de la Cámara, pero era imposible tratarse tan a fondo como lo hacían los miembros del Senado sin que nadie supiera con quién se jugaba los cuartos. Y todos sabían perfectamente cómo eran Cayo Casio y los tres delegados.


—Al menos Quinto Opio habría debido ponerse en contacto con nosotros —dijo Sila, expresando lo que pensaban todos—. Es un hombre de honor y no dejaría a Roma ignorante en una situación como ésta. Yo creo que hay que dar por sentada la pérdida de Cilicia.


—Bien, habrá que enviar como sea un mensaje a Publio Rutilio y pedirle más información —dijo Mario.


—Yo creo que si alguno de los nuestros se ha salvado, se habrán puesto en camino hacia Roma a finales del Sextilis —dijo Sila—. Cuando lleguen, tendremos más información.


—Yo, por la carta de Rutilio Rufo, interpreto que no hay supervivientes —dijo Sulpicio desde el banco tribunicio—. ¡Mitrídates no ha hecho ningún distingo entre romanos e itálicos! —añadió con un gruñido, apretando los puños.


—Mitrídates es un bárbaro —comentó Catulo César.


Pero la explicación no le bastaba a Sulpicio, que durante un largo rato después de la lectura de la carta de Rutilio Rufo, dos días antes, parecía haberse quedado de piedra.


—No ha hecho distingos —repitió—. ¡Pero es irrelevante que no haya hecho distingos! ¡Da igual! Los itálicos de la provincia de Asia han pagado el mismo precio que los residentes romanos y latinos. Han muerto todos. Han muerto con sus mujeres, hijos y esclavos. ¡Sin distingos!

 

—¡Vamos, Sulpicio, domínate! —exclamó Pompeyo Estrabón, que quería ir al grano—. Pareces una rueda en un bache.


—Orden, por favor —dijo Sila risueño—. No nos hemos reunido en Bellona para dilucidar las motivaciones de no hacer distingos. Estamos aquí para decidir lo que hay que hacer.


—¡La guerra! —espetó inmediatamente Pompeyo Estrabón.


—¿Es eso lo que todos sentís, o sólo algunos? —inquirió Sila.


La Cámara se pronunció unánimemente por la guerra.


—Tenemos suficientes legiones preparadas —dijo Metelo Pío— y están bien pertrechadas. Al menos a ese respecto nos hallamos mejor que de costumbre. Mañana mismo podemos embarcar veinte legiones para Oriente.


—No podemos —replicó Sila con voz pausada—. En realidad, dudo ·mucho que podamos embarcar una sola legión, y menos veinte.


La Cámara guardaba silencio.


—Padres conscriptos, ¿de dónde vamos a sacar el dinero? Concluida la guerra contra Italia, no nos queda otro remedio que licenciar las legiones ¡porque no podemos seguir pagándolas! Roma estaba en peligro en la propia Italia y todos los romanos y latinos han tenido que incorporarse al combate. Podemos decir que lo mismo sucede en una guerra en el extranjero, sobre todo ahora que el agresor se ha apoderado de la provincia de Asia y han muerto ochenta mil de los nuestros. Pero el hecho es que en este momento la patria no corre peligro. Y los soldados están cansados. Al final se les ha pagado, pero para ello nos hemos quedado con las arcas vacías. Y eso significa que hay que desmovilizarlos y mandarlos a sus casas. ¡Porque no existe la menor perspectiva de contar con bastante dinero para otra campaña!


Las palabras de Sila hicieron más intenso el silencio de la Cámara.


Luego, Catulo César lanzó un suspiro.


—De momento dejemos a un lado las consideraciones monetarias — dijo—. ¡Es mucho más importante el hecho de que tenemos que parar los pies a Mitrídates!


—¡Quinto Lutacio, no me has oído! —exclamó Sila—. ¡No hay dinero para una campaña!

 

Catulo César asumió su más altanera actitud y contestó:


—Propongo que se dé el mando de la guerra contra Mitrídates a Lucio Cornelio Sila. Una vez resuelta la cuestión del mando, podemos hablar del dinero.


—¡Y yo advierto que presento una moción para que no se dé el mando de la guerra contra Mitrídates a Lucio Cornelio Sila! —bramó Cayo Mario


—. ¡Que Lucio Cornelio Sila se quede en Roma y se preocupe del dinero! ¡Dinero! ¡Como si fuese momento de preocuparse del dinero cuando Roma arriesga su existencia! Ya se encontrará el dinero. Siempre se encuentra. Al rey Mitrídates le sobra, y será él quien en definitiva acabe pagando. ¡Padres conscriptos, no podemos dar el mando de esta campaña a un hombre que se preocupa por el dinero! ¡Esta campaña debéis dármela a mí!


—No estás bien de salud, Cayo Mario —replicó Sila, inmutable.


—¡Lo suficiente para darme cuenta de que el asunto del dinero está de más! —espetó Mario—. ¡El Ponto es nuevamente la amenaza germánica! ¿Y quién venció a los germanos? ¡Cayo Mario! ¡Colegas de esta augusta Cámara, debéis darme el mando de esta campaña! ¡Soy el único que puede ganarla!


De su asiento se levantó Flaco, príncipe del Senado, hombre apacible, con poca fama de valiente.

—Si fueses joven y estuvieses bien de salud, Cayo Mario, no tendrías partidario más fervoroso que yo. Pero Lucio Cornelio tiene razón; no estás bien y eres demasiado viejo. Has sufrido dos infartos. No podemos dar el mando de esta guerra a un hombre que puede sufrir un ataque en el preciso momento en que más se le necesita. No sabemos qué es lo que provoca el infarto, Cayo Mario, pero sabemos que el que ha sufrido uno, siempre recae. Como te ha sucedido a ti. ¡Y te sucederá! No, padres conscriptos, como príncipe del Senado os digo que no podemos tomar en consideración a Cayo Mario para esta campaña. Yo secundo la moción de que el mando se dé al primer cónsul, Lucio Cornelio.


—Me apoyará la Fortuna —replicó Mario tercamente.


—Cayo Mario, acepta la opinión del príncipe del Senado en el espíritu con que lo ha dicho —dijo Sila muy tranquilo—. Nadie te menosprecia, y

 

menos yo, pero la realidad es ésa. Esta Cámara no puede correr el riesgo de confiar la dirección de una guerra a quien ha sufrido dos infartos y tiene setenta años.


Mario cedió, pero era más que evidente que no acataba la opinión de la Cámara; permaneció sentado, con las manos en las rodillas y la comisura derecha del labio caída.


—¿Aceptas el mando, Lucio Cornelio? —inquirió Quinto Lutacio Catulo César.


—Sólo si la Cámara me lo concede por clara mayoría, Quinto Lutacio.


Si no, no —contestó Sila.


—Pues hagamos una votación —dijo Flaco, príncipe del Senado.


Sólo tres se colocaron en la oposición cuando los senadores se desplazaron ficticiamente en aquel sucedáneo de Senado: Cayo Mario, Lucio Cornelio Cinna y el tribuno de la plebe Publio Sulpicio Rufo.


—¡No lo acabo de creer! —musitó el censor Craso a su colega Lucio César—. ¡Sulpicio!


—Desde que llegó la noticia de la matanza está haciendo cosas raras — añadió Lucio César—. No para de decir, ya lo habéis oído, que Mitrídates no ha hecho distingos entre romanos e itálicos. Supongo que lamenta el haberse opuesto tan radicalmente a la emancipación de los itálicos.


—¿Y qué le impulsa de pronto a ponerse al lado de Cayo Mario?


—No sé, Publio Licinio —contestó Lucio César encogiéndose de hombros—. De verdad que no lo sé.


Sulpicio se puso al lado de Mario y de Cinna porque eran los que se oponían al Senado. No había otro motivo. Al saber las noticias que enviaba Rutilio Rufo desde Esmirna, experimentó un profundo cambio y desde entonces no había logrado superar su aflicción. Ni su mala conciencia; le atormentaba una confusión mental que le impedía pensar más que en aquello: un rey extranjero no había hecho diferencias entre romanos e itálicos. Y si un rey extranjero metía a romanos e itálicos en un mismo saco, a los ojos del resto del mundo es que no había diferencia entre ellos; la naturaleza y actuaciones de unos eran las mismas que las de los otros.

 

Ferviente patriota y profundamente conservador, al estallar la guerra contra los itálicos Sulpicio había abrazado la causa romana con todo su corazón. Cuestor el año de la muerte de Druso, vio que cada vez se le otorgaba más confianza con cargos de mayor responsabilidad y los había desempeñado admirablemente. Gracias a sus desvelos, habían caído muchos itálicos. Gracias a que lo había consentido, la población de Asculum Picentum había sufrido de un modo más terrible del que merecían los propios bárbaros; aquellos miles de niños itálicos obligados a desfilar en el triunfo de Pompeyo Estrabón y expulsados después de la ciudad sin comida, ropa ni dinero para vivir o morir, abandonados a las fuerzas o la voluntad de sus cuerpecillos inmaduros, no podía olvidarlos. ¿Por quién se tomaba Roma para infligir tan terrible castigo a personas que eran sus iguales? ¿En qué se diferenciaba Roma del rey del Ponto? ¡Al menos él no se andaba con ambigüedades! Al menos él no había justificado sus motivos con argumentos de razón y superioridad. Aunque tampoco lo hacía Pompeyo Estrabón. Era el Senado el que adoptaba una actitud equívoca.


Ah, ¿qué era lo que estaba bien? ¿Quién tenía razón? Si un hombre itálico, una mujer itálica, un niño itálico se habían salvado de la matanza y aparecían en Roma, ¿cómo podría él, Publio Sulpicio Rufo, mirar a la cara a esos pobres supervivientes? ¿En qué se diferenciaba realmente él, Publio Sulpicio Rufo, del rey Mitrídates? ¿No había matado él a muchos miles de itálicos? ¿No había sido legado al mando de Pompeyo Estrabón y consentido sus atrocidades?


Pero en medio de esta aflicción y confusión mental, Sulpicio también era capaz de pensar con coherencia; mejor dicho, tenía pensamientos coherentes, válidos, lógicos.


No era realmente culpa de Roma, sino del Senado. De los hombres de su propia clase, él incluido. En el Senado —¡en su propia persona!— residía la fuente del elitismo romano. El Senado había matado a su amigo Marco Livio Druso. El Senado había dejado de conceder la ciudadanía romana después de la guerra contra Aníbal, el Senado había autorizado la destrucción de Fregellae. El Senado, el Senado, el Senado… Los hombres de su propia clase. El incluido.

 

Pues ahora tendrían que pagarlo. Y él también. Ya era hora, se dijo Sulpicio, de que se acabara lo del Senado de Roma. Ya estaba bien de antiguas familias dirigentes, poder y riqueza concentrado en manos de unos pocos, con injusticias tan tremendas como aquella cruel iniquidad perpetrada contra los itálicos. Estamos equivocados, pensó. Y hemos de pagarlo. Tiene que desaparecer el Senado. Roma ha de volver a manos del pueblo, que no es más que un simple peón, por mucho que afirmemos que es soberano. ¿Soberano? ¡No mientras haya Senado! Mientras exista el Senado, la soberanía del pueblo no es más que una palabra! No se trata del censo por cabezas, por supuesto, sino del pueblo. Los hombres de la segunda, tercera y cuarta clases, que constituyen, con gran diferencia, la mayoría de los romanos y son los que menos poder tienen. Los caballeros de la primera clase, realmente ricos y poderosos, no se diferencian en nada del Senado. Ellos también deben desaparecer.


Unido a Mario y a Cinna (¿por qué se situaba Cinna en la oposición?; ¿qué es lo que de pronto le vinculaba a Mario?), Sulpicio miró a las cerradas filas de los senadores que tenía enfrente. En ellas estaban su buen amigo Cayo Aurelio Cota (nombrado senador a los veintiocho años porque los senadores se habían tomado a pecho las palabras de Sila y estaban llenando el elitista organismo de personas idóneas) y el segundo cónsul, Quinto Pompeyo Rufo, sumiso como los demás… ¿Es que no veían su culpabilidad? ¿Por qué le miraban así, como si el culpable fuese él? ¡Sí que lo era, desde luego! Él lo sabía; mientras que ellos no tenían la menor idea. Pues si no lo entienden, pensó Sulpicio, aguardaré a que se inicie esta nueva guerra —¡ah!, ¿por qué estamos siempre en guerra?— esté organizada. Hombres como Quinto Lutacio y Lucio Cornelio Sila participarán en ella y no estarán en Roma para oponerse. Esperaré y dedicaré todo mi tiempo a destruir el Senado y la primera clase.


—Lucio Cornelio Sila —dijo Flaco, príncipe del Senado—, toma el mando de la guerra contra Mitrídates en nombre del Senado y el pueblo de Roma.

 

—Únicamente que no sabemos de dónde vamos a sacar el dinero — comentó Sila una vez concluida la cena en su nueva casa.


Estaban con él los hermanos César, el flamen dialis Lucio Cornelio Merula, el censor Publio Licinio Craso, el banquero y mercader Tito Pomponio, el banquero Cayo Opio, Quinto Mucio Escévola, pontífice máximo, y Marco Antonio Orator, que acababa de reintegrarse al Senado tras una larga enfermedad. Precisamente el elenco de invitados de Sila tenía por objeto solventar la cuestión, si es que podia solventarse.


—¿No hay nada en el Tesoro? —inquirió Antonio Orator, que no se lo acababa de creer—. Quiero decir que ya sabemos la actitud de los cuestores urbanos y de los tribunos del Tesoro, que no cesan de decir que está vacío, cuando en realidad está lleno.


—Créelo, Marco Antonio, no hay nada —respondió Sila con firmeza—. Yo mismo he estado allí varias veces, preocupándome de que no se enterasen que iba a verlos.


—¿Y el templo de Ops? —inquirió Catulo César.


—Vacío también.


—Bien —dijo Escévola, pontífice máximo—, está el oro escondido por los reyes de Roma para una eventualidad como ésta.


—¿Qué oro? —preguntaron todos a coro, Sila incluido.


—Yo mismo no lo sabía hasta que fui nombrado pontífice máximo, ¡de verdad! —contestó Escévola a la defensiva—. Está en los sótanos del templo de Júpiter Optimus Maximus; habrá…, no llegará a unos doscientos talentos.


—¡Magnifico! —dijo irónicamente Sila—. Sin duda cuando Servio Tulio era rey de Roma habría con eso para financiar una guerra que pusiera fin a todas, pero hoy dia no llega ni para mantener seis meses a cuatro legiones en pie de guerra. ¡Menuda prisa tendría que darme!


—Algo es algo —dijo tranquilo Tito Pomponio.


—¿Por qué los banqueros no podéis prestar al Estado dos mil talentos? —inquirió Craso el Censor, que amaba el dinero con locura y no tenía tanto como él habría querido; sólo las concesiones de minas de estaño en

 

Hispania, y había estado demasiado ocupado para controlar debidamente la operación.


—Porque no tenemos para prestar —contestó Opio pacientemente. —Además, la mayoría de nosotros trabaja con bancas de la provincia de


Asia para invertir nuestros excedentes de reserva, lo que quiere decir que Mitrídates será ahora el que las tenga —añadió Tito Pomponio con un suspiro.


—¡Aquí también tendréis dinero! —dijo Craso el Censor con un bufido. —Sí, pero no lo bastante para hacer un préstamo al Estado —replicó


Opio.


—¿Res facta o res ficta?


—Es la realidad, Publio Lucinio, de verdad.


—¿Coincidimos todos los presentes en juzgar que esta situación es peor que la guerra contra los itálicos? —inquirió Lucio Cornelio Merula, sacerdote de Júpiter.


—¡Desde luego que sí! —espetó Sila—. Flamen dialis, yo que he conocido a Mitrídates, puedo asegurarte que si no se le paran los pies se coronará rey de Roma.


—Pues, como nunca obtendríamos autorización del pueblo para vender el ager publicus, sólo hay una manera de conseguir dinero sin imponer nuevos tributos —dijo Merula.


—¿Cuál?


—Podemos vender todas las propiedades que le quedan al Estado en las proximidades del Foro. Para eso no hace falta contar con el pueblo.


Se hizo un tenso silencio.


—No podría darse peor momento para poner a la venta los bienes del Estado —dijo Tito Pomponio, cariacontecido—, ahora que el mercado está a la baja.


—Me temo que no sé muy bien de qué tierras dispone el Estado cerca del Foro, excepción hecha de las casas de los sacerdotes —dijo Sila—, y eso no podrá venderse.


—Estoy de acuerdo, venderlas sería nefas —dijo Merula, que vivía en uno de los domus publici—. De todos modos hay otras propiedades. Las

 

cuestas del Capitolio, dentro de la puerta Fontinalis y frente al Velabrum, son terrenos de primera para casas grandes. Tambien hay una gran zona que comprende el mercado general y el macellum Cuppedenis. Podrían parcelarse.


—Me niego a que se venda todo —dijo Sila tajante—. Las zonas de mercado, si, porque no sirven más que para eso y como terreno de juego del colegio de lictores, y parte del Capitolio, la zona que mira al Velabrum a la izquierda del clivus Capitolinus… y desde la puerta Fontinalis hasta la Lautumiae. Pero nada del Foro, y nada del Capitolio frente al Foro.


—Yo compro los mercados —dijo Cayo Opio.


—Sólo si no hay nadie que ofrezca más —añadió Pomponio, que había estado pensando lo mismo—. Para ser equitativos y obtener el mejor precio habrá que subastarlo todo.


—Tal vez sería mejor quedarnos con la zona del mercado general y vender sólo la del mercado Cuppedenis —dijo Sila, pensando de mala gana en la venta de terrenos tan estupendos.


—Creo que tienes razón, Lucio Sila —dijo Catulo César.


—Estoy de acuerdo —añadió Lucio César.


—Si vendemos el Cuppedenis, me imagino que aumentarían los alquileres de los mercaderes de especias y flores y no les gustaría nada — dijo Antonio Orator.


Pero Sila había pensado otra solución.


—¿Y si pedimos prestado el dinero? —inquirió.


—¿Dónde? —añadió Merula, suspicaz.


—A los templos de Roma. Y se lo reintegramos con el botín. Juno Lucina, Venus Libitina, Juventas, Ceres, Juno Moneta, Magna Mater, Cástor y Pólux, los dos de Júpiter Stator, Diana, Hércules Musarun, Hércules Olivarius… todos tienen riquezas.


—¡No! —gritaron al unísono Escévola y Merula.


Una rápida mirada a todas las caras le bastó a Sila para darse cuenta de que no encontraría respaldo por parte de nadie.


—Bueno, pues si no queréis que los templos de Roma financien la campaña, ¿qué me decís de los templos de Grecia? —inquirió.

 

—Lo que es nefas es nefas, Lucio Cornelio —dijo Escévola Poniendo ceño—. Los dioses, son dioses en Grecia y en Roma.

—Sí, pero los dioses griegos no son los dioses de Roma, ¿no?


—Los templos son sagrados —insistió Merula.

De pronto surgió el otro ego de Sila; era la primera vez que lo veian algunos de los presentes, y quedaron aterrados.

—¡Oídme —dijo, enseñando los dientes—, o una cosa u otra, vosotros y los dioses! ¡No sé los dioses de Roma, pero todos los que estáis aquí sabéis perfectamente cuánto cuesta mantener las legiones en pie de guerra! Si podemos rebañar doscientos talentos, puedo llevar seis legiones hasta Grecia, lo cual es una fuerza insignificante para hacer frente a doscientos cincuenta mil soldados del Ponto… ¡Os recuerdo que un soldado póntico no es un bárbaro germano desnudo! Yo he visto las tropas de Mitrídates y están armadas y entrenadas como las de nuestras legiones. No son tan buenos, imagino, pero sí mucho mejor que los bárbaros germanos desnudos, aunque sólo sea porque llevan coraza y están acostumbrados a la disciplina. Igual que hizo Cayo Mario en campaña, no quiero perder soldados. Y eso significa dinero para intendencia y dinero para mantenimiento del equipo. Dinero que no tenemos…, dinero que no permitís que me lo den los dioses de Roma. ¡Así que os prevengo, y oídlo claramente, que cuando llegue a Grecia cogeré el dinero que necesite de Olimpia, de Dodona, de Delfos y de donde sea. Lo que quiere decir, flamen dialis, pontífice máximo, que más vale que os pongáis realmente manos a la obra con nuestros dioses romanos, y esperemos que en esta ocasión tengan más poder que los dioses griegos!

Nadie decía una palabra.

—Bien —prosiguió Sila, recuperada su personalidad normal—. Ahora tengo más buenas noticias para vosotros, por si pensabais que eso era todo.

—Estoy en áscuas, Lucio Cornelio —dijo Catulo César con un suspiro

—. Te ruego que nos las des.

—Me llevaré mis cuatro legiones, más dos de las legiones que entrenó

Cayo Mario y que actualmente manda Lucio Cinna. Los marsos están agotados y no necesita tropas. Cneo Pompeyo Estrabón que haga lo que
 
quiera, con tal de que cese de enviarnos facturas de soldadas; yo, desde luego, no pienso perder tiempo discutiendo con él. Eso significa que aún hay unas diez legiones que desmovilizar… y pagar. Con dinero que no tenemos —contestó Sila—. Por tal motivo, voy a legislar para pagar a esos soldados con tierras en zonas de Italia que hayamos dejado prácticamente despobladas: Pompeya, Faesulae, Hadria, Telesia, Grumentum, Bovianum. Seis ciudades vacías, rodeadas de bastantes tierras de labor. Distritos que serán para los soldados de esas diez legiones que pienso licenciar.

—¡Pero eso es ager publícus! —exclamó Lucio César.

—No, aún no lo es; ni va a serlo —replicó Sila—. Será para los soldados. A menos que cambiéis vuestra pía y devota actitud respecto a los templos de Roma —añadió con sorna.

—No podemos —dijo Escévola, pontífice máximo.

—Entonces, cuando se promulgue mi ley, más vale que predispongáis al Senado y al pueblo —dijo Sila.

—Te respaldaremos —dijo Antonio Orator.

—Y, ya que ha surgido el tema del ager publi cus —prosiguió Sila—, no empecéis a declararlo mientras yo esté fuera de Roma, porque cuando vuelva con mis legiones necesitaré más zonas despobladas de Italia para esos soldados.

Al final, las finanzas de Roma no dieron para seis legiones y el ejército de Sila quedó fijado en cinco legiones y dos mil soldados de caballería, ni uno más ni uno menos. El oro recogido pesó poco más de cuatro mil kilos; ni siquiera doscientos talentos. Una miseria, pero era lo máximo que podía permitirse la arruinada Roma. El arca de guerra de Sila ni siquiera daba para encargar una sola galera de combate y apenas cubriría el coste de los transportes para llevar a sus soldados a Grecia, destino elegido por él, en preferencia a Macedonia occidental. No obstante, no quiso hacer ningún plan preconcebido hasta ver cuál era la situación en Grecia y Asia Menor. Había optado por iniciar la expedición así porque en Grecia estaban los templos más ricos.

Por fin, a últimos de septiembre, Sila pudo salir de Roma para recoger sus legiones en Capua. Se había entrevistado con su apto y fiel tribuno
 
militar, Lucio Licinio Lúculo, y le había preguntado si se presentaría a las elecciones de cuestor si él requería sus servicios. Encantado, Lúculo dijo que sí y Sila le envió a Capua como delegado hasta poder desplazarse él. Había estado todo el mes de septiembre enfrascado en organizar la subasta de terrenos del Estado y preparar las colonias para las seis legiones y parecía cosa de nunca acabar, pero lo logró gracias a una voluntad de hierro y a su terca imposición a sus colegas senatoriales, que estaban fascinados, pues nunca habían pensado que Sila pudiese ser un dirigente tan completo.

—Le hacían sombra Mario y Escauro —dijo Antonio Orator.

—No, es que no tenía fama —dijo Lucio César.

—¿Y quién tenía la culpa de ello? —espetó Catulo César.

—Principalmente Cayo Mario, imagino —añadió su hermano.

—Desde luego sabe lo que quiere —comentó Antonio Orator.

—Ya lo creo que sí —añadió Escévola con un estremecimiento—. ¡No me gustaría chocar con su otra personalidad!

Que era precisamente lo que pensaba el pequeño César, escondido en su observatorio, mientras espiaba y escuchaba el diálogo que sostenían su madre y Lucio Cornelio Sila.

—Salgo mañana, Aurelia, y no he querido irme sin verte. —Ni yo quiero que te marches sin verme —contestó ella. —¿No está Cayo Julio?

—Está con Lucio Cinna en tierras de los marsos. —Recogiendo los restos —dijo Sila, asintiendo con la cabeza. —Tienes muy buen aspecto, Lucio Cornelio, pese a todos los

problemas. Veo que te sienta bien este matrimonio.

—Eso o que me estoy volviendo más hogareño.

—¡Tonterías! Tú nunca serás hogareño.

—¿Cómo sobrelleva Cayo Mario su derrota?

Aurelia frunció los labios.

—Siempre refunfuñando en casa —contestó—. Y a ti no te tiene en un altar, precisamente.

—Era de suponer. Pero debe admitir que actué con mucha consideración y que no busqué el mando a base de adulación e intrigas.
 
—No tenías necesidad —contestó Aurelia—, y por eso está tan disgustado. No está acostumbrado a que Roma tenga otro caudillo guerrero. Hasta que tú ganaste la corona de hierba, él había sido el único. Ah, sus enemigos del Senado tenían mucho poder y le entorpecieron en todo momento, pero él sabia que era único y que al final tenían que recurrir a él. Ahora es viejo y está enfermo, y estás tú, y teme que le robes el apoyo de los caballeros.

—¡Está acabado, Aurelia! Aunque con honor y gran fama; pero él ya no tiene nada que hacer. No sé cómo no lo comprende…

—Yo creo que si fuese más joven y tuviera mejor sus facultades mentales, lo vería. Lo malo es que los infartos le han afectado mentalmente… o al menos es lo que cree Julia.

—Ella tiene que saberlo mejor que nadie —añadió Sila, levantándose para irse—. ¿Cómo están los tuyos?

—Muy bien.

—¿Y el chico?

—Irrefrenable, insaciable, indomable. Procuro que ponga los pies en el suelo, pero es muy difícil —contestó Aurelia.

¡Tengo los pies en tierra, mamá!, pensó el pequeño César, escabulléndose de su escondrijo en cuanto Aurelia y Sila salieron de la habitación. ¿Por qué será que siempre me tomas por una pluma, un milano que flota en el viento?


Pensando que Sila cruzaría sin pérdida de tiempo el Adriático antes de que llegaran los vientos adversos de invierno, Publio Sulpicio lanzó el primer golpe contra el orden establecido a mediados de octubre. Los únicos preparativos eran los que había hecho mentalmente, pues a una persona que detestaba a los demagogos le habría sido difícil recurrir a la demagogia. Sin embargo, había adoptado la precaución de entrevistarse con Cayo Mario para pedirle apoyo. ¡Cayo Mario no era muy devoto del Senado! Efectivamente, Sulpicio no quedó decepcionado de su visita, pues, tras escuchar su propuesta, Mario asintió con la cabeza.
 
—Ten la seguridad de que yo te prestaré todo el apoyo que pueda, Publio Sulpicio —dijo el gran hombre sin más comentarios—. Sin embargo —añadió, cual si fuese una condición—, te pediré un favor: que promulgues una ley para darme el mando de la guerra contra Mitrídates.

No era mucho, pensó Sulpicio sonriente.

—De acuerdo, Cayo Mario, tendrás el mando —dijo.

Sulpicio convocó la Asamblea plebeya y puso a contio dos proyectos de ley distintos. Una, estipulando la expulsión del Senado de todos los que hubieran prestado dinero por un monto superior a ocho mil sestercios; la otra, decretando el regreso de todos los desterrados por la comisión variana en la época en que Vario en persona había procesado a los que abiertamente se habían mostrado partidarios de la emancipación de los itálicos.

Sulpicio, que tenía pico de oro y voz de plata, dio en su discurso con el tono idóneo.

—¿Quién se creen que son para sentarse en el Senado y adoptar las decisiones que debían ser competencia de esta asamblea, cuando apenas hay uno que sea pobre y esté cargado de deudas? —exclamó—. ¡Para todos los que de entre vosotros tenéis deudas, no hay paliativos… no podéis escudaros en el elitismo senatorial ni podéis aliviar vuestra carga arreglándoos con prestamistas que se avengan a no apretar mucho! ¡Mientras que en la Curia Hostilia las deudas son cosas baladíes que se olvidan hasta que vengan mejores tiempos! ¡Lo sé porque soy senador y oigo lo que se dicen unos a otros, y veo los favores que hacen a los prestamistas! ¡Incluso conozco a senadores que prestan dinero! ¡Pues bien, eso va a acabar! ¡Nadie merece llamarse miembro de tan augusto y exclusivo organismo si no es igual que los demás romanos!

El Senado se reunió estupefacto al ver que era Sulpicio quien actuaba como un demagogo. ¡Sulpicio! ¡El más conservador de todos! ¡Él era quien había vetado el regreso de los desterrados por la comisión variana antes de principios de año! ¡Y ahora era él quien los hacía volver! ¿Qué había sucedido?

Dos días después, Sulpicio reunía a la Asamblea plebeya y promulgaba una tercera ley. Todos los nuevos ciudadanos itálicos y muchos miles de
 
ciudadanos romanos libertos tenían que distribuirse uniformemente entre las treinta y cinco tribus y quedaban anuladas las dos nuevas tribus de Pisón Frugi.

—¡Treinta y cinco es el número adecuado de tribus y no puede haber más! —gritó Sulpicio—. ¡Ni es correcto que algunas tribus cuenten sólo con tres o cuatro mil ciudadanos y tengan el mismo poder de voto en la asamblea que otras, como la Esquilina y la Suburana, que cuentan con más de cien mil ciudadanos! ¡Todo en el gobierno de Roma está pensado para conservar el omnipotente Senado y la primera clase! ¿Hay senadores o caballeros que pertenezcan a la Esquilina o a la Suburana? ¡Claro que no! ¡Son de la Fabia, la Cornelia o la Romilia! ¡Pues que compartan la Fabia, la Cornelia y la Romilia con hombres de Prifernum, de Buca, de Vibinium, y que compartan la Fabia, la Cornelia y la Romilia con libertos de la Esquilina y la Suburana!

Sus palabras fueron acogidas con fuertes vítores y recibieron la aprobación de todas las capas sociales menos de la más alta y la más baja; la más alta porque perdería poder y la más baja porque su situación no cambiaba en absoluto.

—¡No lo entiendo! —dijo atónito Antonio Orator a Tito Pomponio en medio de la hondonada de la zona de votaciones, rodeados de vociferantes partidarios de Sulpicio—. ¡Es noble! ¡Y no puede haber tenido tiempo de congregar tantos partidarios! ¡No es ningún Saturnino! ¡No lo entiendo!

—Ah, yo si —replicó Pomponio con aspereza—. Ha atacado al Senado por las deudas, y lo que espera esta muchedumbre es simple: creen que si aprueban las leyes que Sulpicio les propone, como recompensa legislará la cancelación de las deudas.

—¡Pero eso no puede hacerlo si se dedica a expulsar gente del Senado porque deban ocho mil sestercios! ¡Ocho mil sestercios! ¡Es una insignificancia! ¡Dificilmente habrá un solo hombre en la ciudad que no deba eso como poco!

—¿Tú tienes apuros, Marco Antonio? —inquirió Tito Pomponio. —¡No, claro que no! ¡Pero, por los dioses, en esa situación no están más

que unos cuantos, ni siquiera personas como Quinto Ancario, Publio
 
Cornelio Léntulo, Cayo Baebio, Cayo Atilio Serrano, los mejores hombres que hay! ¿Quién no se ha visto apurado por asuntos de dinero estos dos últimos años? Mira los Porcios Catones, con todas esas tierras en Lucania… y sin recoger ni un sestercio de rentas a causa de la guerra. Y los Lucilios, terratenientes del sur… —Hizo una pausa para respirar—. ¿Por qué legislar la cancelación de deudas si está expulsando a los senadores que deben dinero?

—No tiene la menor intención de cancelar las deudas —dijo Pomponio

—. Lo único que sucede es que la segunda y tercera clases esperan que lo haga.
—¿Les ha prometido algo?

—No le hace falta. Ellos sólo viven de la esperanza, Marco Antonio, porque ven a alguien que detesta al Senado y a la primera clase tanto como Saturnino, y por eso anhelan otro Saturnino. Pero Sulpicio es radicalmente distinto.

—¿En qué? —protestó Antonio Orator.

—No tengo la menor idea qué es lo que se trae entre manos —contestó Tito Pomponio—. Vamos a salir de en medio de esta gente antes de que se vuelva contra nosotros y nos despedace.

En la escalinata del Senado se encontraron con el segundo cónsul, a quien acompañaba su muy excitado hijo, que acababa de regresar del servicio militar en Lucania y aún se hallaba animado por el espíritu militar.

—¡Otra vez tenemos a un Saturnino! —dijo en voz alta Pompeyo Rufo —. ¡Pero esta vez estamos preparados y no vamos a dejarle que se gane a las multitudes como Saturnino! Ahora que casi todos han vuelto de la guerra no es nada difícil reunir gente de confianza y pararle los pies… ¡y es lo que voy a hacer! ¡La próxima contio que efectúe será muy distinta, ya lo veréis!

Tito Pomponio se desentendió del hijo para prestar atención al padre y a otros senadores.
—Sulpicio no es ningún Saturnino, ni por lo más remoto —insistió ante ellos—. Los tiempos han cambiado y lo que motiva a Sulpicio es distinto. Entonces era la escasez de alimentos; ahora se trata del exceso de deudas.
 
Pero Sulpicio no quiere proclamarse rey de Roma; sólo que ellos —añadió señalando con el dedo a la segunda y tercera clases, reunidas en el Foro— gobiernen Roma; y eso es muy distinto.

—He mandado avisar a Lucio Cornelio —dijo el segundo cónsul a Tito Pomponio, Antonio Orator y Catulo César, que se habían acercado al oír lo que decía.

—¿No te crees capaz de controlar la situación, Quinto Pompeyo? — inquirió Pomponio, proclive a plantear preguntas delicadas.

—No, no lo creo —contestó con toda franqueza Pompeyo Rufo.

—¿Y Cayo Mario? —inquirió Antonio Orator—. El domina a cualquier muchedumbre romana.

—Esta vez no —terció Catulo César despectivo—. Esta vez apoya al tribuno de la plebe rebelde. Sí, Marco Antonio, es Cayo Mario quien ha inducido a esto a Publio Sulpicio.

—No puedo creerlo —dijo Antonio Orator.

—¡Te digo que Cayo Mario le respalda!

—Si eso es cierto —dijo Tito Pomponio—, creo que Sulpicio tendrá en cartera una cuarta ley.

—¿Una cuarta ley? —inquirió, cejijunto, Catulo César.

—Ya veréis cómo legisla la suspensión del mando en la guerra contra Mitrídates a Lucio Sila y se lo concede a Cayo Mario.

—¡No osará hacerlo! —exclamó Pompeyo Rufo.

—¿Por qué no? —replicó Tito Pomponio, mirando de hito en hito al segundo cónsul—. Me alegro que hayas avisado al primer cónsul. ¿Cuándo llegará?

—Mañana o pasado.

Sila llegó antes del amanecer del día siguiente, pues se puso en camino hacia Roma nada más recibir la carta de Pompeyo Rufo. ¿Habría algún cónsul que recibiera tantas malas noticias?, pensaba Sila. Primero la matanza de la provincia de Asia y ahora otro Saturnino. Mi país está en la ruina, acabo de aplastar una revolución, y contra mi nombre en los fasti recaerá el rencor por haber vendido propiedades del Estado. Claro que nada de ello importa si puedo resolverlo. Y puedo hacerlo.
 
—¿Hay un contio hoy? —preguntó a Pompeyo Rufo, a cuya casa se había dirigido inmediatamente.
—Si; Tito Pomponio dice que Sulpicio va a promulgar una ley para despojarte del mando de la guerra contra Mitrídates y dárselo a Cayo Mario.

—Yo soy el cónsul —replicó Sila sin inmutarse ni dejar escapar un destello en sus ojos— y se me concedió legalmente. Si Cayo Mario estuviese bien, podría tenerlo sin ningún inconveniente; pero está enfermo y no se le puede conceder. Supongo que esto significa que Cayo Mario apoya a Sulpicio —añadió con un bufido.

—Eso piensan todos. Mario no ha aparecido por ninguno de los contiones, pero si que he visto a algunos de sus testaferros actuando entre las clases bajas. Ese horrible individuo que dirige una pandilla de matones del Subura —dijo Pompeyo Rufo.

—¿Lucio Decumio?

—Si, ése.

—¡Bien, bien! —dijo Sila—. ¡Una nueva faceta de Cayo Mario, Quinto Pompeyo! No creía yo que recurriese a tipos como Lucio Decumio. De todos modos, me inclino a creer que como en la Cámara se le ha echado en cara su edad y su mala salud, por fin ha entendido que está acabado. Pero no se resigna y quiere dirigir la guerra contra Mitrídates. Lo cual significa que si necesita convertirse en un Saturnino, no encuentra reparos.

—Vamos a tener complicaciones, Lucio Cornelio.

—¡Ya lo sé!

—No, es que mi hijo y otros muchos hijos de senadores y caballeros van a juntar una fuerza para expulsar a Sulpicio del Foro —añadió Pompeyo Rufo.

—Pues mejor será que estemos en el Foro cuando Sulpicio convoque la Asamblea plebeya.

—¿Armados?

—Claro que no. Debemos intentar pararle los pies legalmente.

Cuando Sulpicio llegó al Foro, poco después del amanecer, era evidente que había oído algo de la fuerza dirigida por el hijo del cónsul, pues lo hizo rodeado de una fuerte escolta de jóvenes de la segunda y tercera clases,
 
todos armados de garrotes y pequeños escudos de madera. Para proteger su escolta lo había hecho con una masa de individuos que parecían de la quinta clase y del censo por cabezas, ex gladiadores y afiliados de las cofradías del cruce. Tan poderosa era su guardia que la modesta fuerza de Quinto Pompeyo Rufo hijo resultaba inoperante.

—¡El pueblo es soberano! —gritó Sulpicio ante la zona de votaciones llena a medias por su guardia de seguridad—. ¡Es decir, se afirma que el pueblo es soberano! ¡Es una frase hecha que difunden los miembros del Senado y los caballeros dirigentes siempre que necesitan vuestros votos, pero que no significa nada! ¡Palabras vacías, una burla! ¿Qué participación tenéis realmente en los asuntos de gobierno? ¡Estáis a merced de los hombres que os congregan, los tribunos de la plebe! Y, salvo raras excepciones, ¿quiénes son tribunos de la plebe? ¡Los del Senado y del Ordo equester! ¿Y qué sucede a los tribunos de la plebe que se declaran auténticos servidores del pueblo soberano? ¡Yo os diré lo que les sucede! ¡Los encierran en la Curia Hostilia y los reducen a pulpa arrojándoles las tejas del techo!

—Bien —dijo Sila encogiéndose de hombros—, eso es una declaración de guerra, ¿no? Va a consagrar a Saturnino como un héroe.

—¡Escuchad! —exclamó con fuerte voz Merula, flamen dialis.

—¡Ya es hora —decía Sulpicio— de que el Senado y el Ordo equester vean de una vez por todas quién es soberano en Roma! ¡Por eso estoy aquí ante vosotros como Valedor, protector y servidor! Acabáis de salir de tres horribles años, años durante los cuales se os ha requerido para arrimar el hombro contribuyendo con la mayor parte de los impuestos y privaciones. Habéis dado a Roma la mayor parte del dinero para financiar una guerra civil, pero ¿os pidió alguien del Senado vuestra opinión sobre esa guerra contra vuestros hermanos, los aliados itálicos?

—¡Cierto que se la pedimos! —comentó Escévola, pontífice máximo, con una sonrisa—. ¡Y eran más fervientes partidarios de la guerra que el Senado!

—Eso no van a recordarlo ahora —añadió Sila.
 
—¡No, no os la pidieron! —gritó Sulpicio—. ¡Fueron ellos quienes negaron a vuestros hermanos italianos la ciudadanía, no vosotros! Vosotros sois una simple sombra. ¡Ellos tienen la prerrogativa de gobernar Roma! ¡No pueden consentir que se añadan miles de nombres nuevos a sus elitistas tribus rurales… porque eso habría dado excesivo poder a sus inferiores! ¡Por eso, incluso después de otorgar la emancipación a los itálicos, hicieron que los nuevos ciudadanos se incorporasen a muy pocas tribus para que no afectase a los resultados electorales! ¡Pero todo eso habrá acabado, pueblo soberano, en cuanto ratifiquéis mi ley para distribuir a los nuevos ciudadanos y a los libertos de Roma en las treinta y cinco tribus!

Estallaron vítores tan estentóreos, que Sulpicio tuvo que callar y aguardar, sonriente y feliz. Era un hombre bien parecido de treinta y tantos años, con aspecto patricio, pese a su condición plebeya, de buena estructura ósea y tez clara.

—También se os ha engañado en otras cosas gracias al Senado y al Ordo equester —prosiguió diciendo cuando cesaron las aclamaciones—. Ya es hora de que la prerrogativa, ¡y no es más que una prerrogativa, porque no existe una ley!, de conceder el mando militar y la dirección de una guerra se le arrebate al Senado y a los amos ocultos del Senado del Ordo equester. ¡Ya es hora de que vosotros, ¡la columna vertebral de Roma, la esencia de la romanidad!, asumáis las tareas que por ley os corresponden! Y entre esas tareas está el derecho a decidir si Roma debe o no ir a la guerra, y si ha de ir, quién ha de llevar el mando.

—Ya va llegando —dijo Catulo César.

Sulpicio se volvió, señalando con el dedo a Sila, que estaba frente a la multitud en lo alto de la escalinata del Senado, mirándole.

—¡Ahí tenéis al primer cónsul! ¡Elegido primer cónsul por sus iguales, no por vosotros! ¿Cuánto tiempo hace que no se convoca a la tercera clase para que emita el voto en las elecciones consulares?

Dándose cuenta, al parecer, que corría peligro de apartarse del tema, Sulpicio hizo una pausa y volvió a él.

—Al primer cónsul se le concedió el mando de una guerra tan vital para el futuro de Roma, que si esa guerra no la dirige el mejor hombre de Roma,
 
quizá Roma deje de existir. ¿Quién ha otorgado el mando de la guerra contra el rey Mitrídates del Ponto al primer cónsul? ¡Pues el Senado y sus amos ocultos del Ordo equester! ¡Imponiendo su voluntad, como siempre! ¡Poniendo en peligro a Roma por el hecho de ver a un patricio noble con las galas de general! Porque ¿quién es este Lucio Cornelio Sila? ¿Qué guerras ha ganado? ¿Le conocéis vosotros, pueblo soberano? ¡Lucio Cornelio Sila está donde está gracias a que se abrió camino a la sombra de Cayo Mario! ¡Todo lo que ha conseguido lo ha hecho a la sombra de Cayo Mario! ¡Dice que ha ganado la guerra contra los itálicos! ¡Cuando todos sabemos que fue Cayo Mario quien les dio los primeros y más fuertes golpes… De no haber sido por Cayo Mario, Sila no habría logrado la victoria!

—¡Cómo se atreve! —musitó Craso el Censor—. ¡Fuiste tú y sólo tú, Lucio Cornelio, ganador de la corona de hierba, quien hizo hincar la rodilla en tierra a los itálicos!

Hizo una profunda inspiración para gritárselo a Sulpicio, pero no dijo nada al notar que Sila le agarraba del brazo.

—¡Déjalo, Publio Licinio! Si empezamos a dar gritos se revolverán contra nosotros y nos harán pedazos. Quiero resolver este asunto de un modo legal y sin violencias —dijo Sila.

—¿Puede este Lucio Cornelio Sila dirigirse a vosotros, pueblo soberano? ¡Claro que no, él es un patricio! —seguía diciendo Sulpicio, llevando el agua a su molino—. ¡Demasiada alcurnia para rebajarse a hablar con vosotros! ¡Para conceder a este ilustre patricio el mando de la guerra contra Mitrídates, el Senado y el Ordo equester pasaron por encima de un hombre más cualificado y valioso! ¡Han prescindido nada menos que de Cayo Mario! ¡Diciendo que estaba enfermo, que era viejo! ¡Pero yo os pregunto, pueblo soberano, ¿a quién habéis visto cada día de estos dos años paseando por la ciudad para recuperarse esforzadamente? ¿Haciendo ejercicio y con mejor aspecto cada día? ¡A Cayo Mario! ¡Que será viejo, pero ya no está enfermo! ¡Cayo Mario! ¡Que será viejo, pero es el primer hombre de Roma!

Volvían a estallar las aclamaciones, pero no por Sulpicio. La multitud se abrió para dejar paso a Cayo Mario, que descendía a la hondonada a buen
 
paso y solo. Ya no necesitaba apoyarse en el muchacho.

—¡Pueblo soberano de Roma, yo os pido que aprobéis una cuarta ley de mi programa legislativo! —gritó Sulpicio, sonriendo a Cayo Mario—. ¡Propongo que se despoje del mando de la guerra contra el rey Mitrídates del Ponto a ese altanero patricio que es Lucio Cornelio Sila y se le dé a vuestro Cayo Mario!

Sila no quiso escuchar más. Pidió a Escévola, pontífice máximo, y a Merula, flamen dialis, que le acompañasen y se dirigió a su casa. Cómodamente sentado en su despacho, Sila los miró a los dos.

—Bien, ¿qué hacemos? —dijo.

—¿Por qué nos lo preguntas a Lucio Merula y a mí? —replicó Escévola.

—Porque sois los máximos representantes religiosos de Roma — respondió Sila— y conocéis la ley. Encontradme un medio para prolongar la campaña de Sulpicio en el Foro hasta que la multitud se canse de ello y… de él.

—Algo suave —dijo Merula, pensativo.

—Suave como piel de cachorro —añadió Sila, cogiendo una copa de vino con agua—. Si hubiera que plantearle batalla en el Foro, ganaría él. No es como Saturnino; es mucho más listo. Optando por la violencia, no tenemos nada que hacer. He contado un poco por encima la escolta que ha reunido y no faltarán muchos para los cuatro mil hombres. Y están armados. Dejan ver garrotes, pero imagino que llevarán espada. No podemos hacerles frente con una fuerza civil para darles una lección en un espacio tan reducido como el Foro. — Sila se detuvo e hizo una mueca como si hubiese degustado algo amargo, y sus ojos fríos y claros miraron al infinito—. ¡Si no tuviera más remedio, pontífice máximo, flamen dialis, pondría al Pelión encima del monte Osa para evitar que nos arrebatasen nuestros justos privilegios! ¡Incluido mi propio cargo! Pero primero veamos si podemos vencer a Sulpicio con su propia arma: el pueblo.

—Entonces —dijo Escévola— lo único que hay que hacer es declarar feriae todos los días de asamblea a partir de hoy hasta cuando quieras.

—¡Ah, es una buena idea! —dijo Merula con el rostro iluminado.
 
—¿Es legal? —inquirió Sila, ceñudo.

—Desde luego. Los cónsules, el pontífice máximo y los colegios de pontífices tienen potestad para decretar días de descanso y ocio durante los cuales no pueden convocarse asambleas.

—Pues esta misma tarde colocad en los rostra y en la Regia el anuncio de feriae, y que los heraldos proclamen días de descanso y ocio de aquí a los idus de diciembre —dijo Sila con siniestra sonrisa—. A él le vence el cargo de tribuno de la plebe tres días antes. En cuanto deje el cargo le mandaré procesar por traición e incitación a la violencia.

—Tendrás que juzgarle sin levantar revuelo —dijo Escévola con un estremecimiento.

—¡Ah, por Júpiter, Quinto Mucio! ¿Cómo va a poder hacerse sin levantar revuelo? —inquirió Sila—. Le detendré y le juzgaré, y se acabó. Si no puede encandilar a la multitud con bonitas palabras, estará desamparado. Le drogaré.

Dos pares de ojos sorprendidos se clavaron en el rostro de Sila; cuando decía cosas como ésas, de drogar a una persona, era cuando más raro resultaba y menos le entendían.


Sila convocó al Senado a la mañana siguiente y anunció que los cónsules y los pontífices habían decretado un periodo de feriae durante el cual no podían convocarse asambleas en el Foro, recibiendo una salva de moderadas exclamaciones de aprobación, dado que no estaba presente Cayo Mario para oponerse.

Catulo César salió de la Cámara en compañía de Sila.

—¿Cómo ha osado Cayo Mario poner en peligro el Estado, simplemente por hacerse con un mando para el que no es apto? —inquirió Catulo César.

—Porque está viejo, tiene miedo, y su cabeza ya no es lo que era; y quiere ser cónsul de Roma siete veces —respondió Sila en tono cansino.

Escévola, pontífice máximo, que había salido antes que Sila y Catulo César, regresó corriendo.
 
—¡Sulpicio —gritó— no hace caso de la proclamación de días feriados; dice que es un ardid del Senado y que seguirá convocando la asamblea!

—Me imaginaba que haría eso —dijo Sila sin inmutarse. —Entonces, ¿de qué nos ha servido? —inquirió Escévola indignado. —Nos permite declarar inválidas las leyes que promulgue o proponga

durante el período de feriae —contestó Sila—. Así de simple.

—Si promulga la ley de expulsión del Senado de los que tengan deudas —dijo Catulo César—, no podremos declarar inválidas sus leyes, porque no habrá senadores suficientes para obtener quorum; lo que significa que el Senado habrá dejado de existir como fuerza política.

—Pues sugiero que nos reunamos con Tito Pomponio, Cayo Opio y otros banqueros y acordemos la cancelación de las deudas senatoriales… oficiosamente, desde luego.

—¡No podemos! —gimoteó Escévola—. ¡Los acreedores senatoriales reclaman su dinero, y no hay dinero! ¡Ningún senador ha pedido dinero prestado a personas respetables como Pomponio y Opio, porque sería de dominio público y los censores se enterarían!

—Pues entonces acuso a Cayo Mario de traición y confisco el dinero de sus fincas —dijo Sila con gesto temible.

—¡Oh, Lucio Cornelio, no puedes hacerlo! —gimotéo Escévola—. ¡El pueblo soberano nos haría trizas!

—¡Pues abriré mi arca de guerra y pagaré las deudas del Senado con eso! —dijo Sila entre dientes.

—¡No puedes, Lucio Cornelio!

—Estoy empezando a cansarme de oír que no puedo —dijo Sila—. ¿Qué queréis, que me deje vencer por Sulpicio y una panda de idiotas que se creen que va a cancelar sus deudas? ¡No pienso dejarme! ¡El Pelión sobre el Osa, Quinto Mucio! ¡Haré lo que haga falta!

—Un fondo —dijo Catulo César—. Los que no tengan deudas pueden constituir un fondo para salvar a los que corran peligro de expulsión.

—Para hacer eso debemos mirar las cosas con perspectiva —dijo Escévola cariacontecido—. Tardaríamos un mes por lo menos. Yo no tengo deudas, Quinto Lutacio, ni tú, imagino; ni Lucio Cornelio. Pero ¿de dónde
 
sacamos el dinero? Yo no lo tengo. ¿Vosotros lo tenéis? ¿Podéis reunir más de mil sestercios sin vender propiedades?

—Yo si, pero sólo esa cantidad —dijo Catulo César.

—Yo no puedo —dijo Sila.

—Creo que debemos constituir un fondo —dijo Escévola—, pero habrá que vender propiedades. Lo que significa que no nos dará tiempo. Habrá que expulsar a los senadores que tengan deudas. Pero en cuanto las liquiden, los censores pueden restituirles en el cargo.

—No pensarás que Sulpicio va a consentirlo, ¿verdad? inquirió Sila—.

Porque seguirá legislando.

—¡Oh, espero tener la ocasión de echar mano a Sulpicio en una noche oscura! —dijo Catulo César con gesto de odio—. ¿Cómo se atreve a hacer esto en estas circunstancias en que ni siquiera podemos financiar una guerra que tenemos que ganar?

—Porque Publio Sulpicio es listo y obstinado —dijo Sila—. Y sospecho que Cayo Mario le ha inducido a ello.

—Lo pagarán —dijo Catulo César.

—Ten cuidado, Quinto Lutacio, no te lo hagan pagar ellos a ti —dijo Sila—. De todos modos, nos temen. Y con razón.


Tenían que transcurrir diecisiete días desde el primer contio en que se discutía una ley y la reunión asamblearia en que se votaba la aprobación de la ley; Publio Sulpicio Rufo continuó celebrando asambleas mientras pasaban los días y el momento de su ratificación se iba aproximando de manera inexorable.
La víspera de la asamblea en que las dos leyes de Sulpicio iban a ser sometidas a votación, Quinto Pompeyo Rufo hijo y sus amigos, hijos de senadores y caballeros de la primera clase, decidieron parar los pies a Sulpicio con el único método posible: la fuerza. Sin que lo supieran sus padres ni los magistrados curules, Pompeyo Rufo hijo y unos cuantos reunieron más de mil jóvenes de edades comprendidas entre diecisiete y treinta años; iban todos armados con coraza y habían estado hasta hacía
 
poco participando en la guerra contra los itálicos. Mientras Sulpicio dirigía la asamblea para aplicar los últimos retoques a sus dos primeras leyes, un millar de jóvenes de la primera clase bien armados entraron en el Foro y atacaron sin contemplaciones a los que asistían a la reunión de Sulpicio.

Aquella acción cogió totalmente desprevenido a Sila; en cuestión de segundos, él, con su colega Quinto Pompeyo Rufo y otros senadores, que observaban a Sulpicio desde lo alto de la escalinata del Senado, vieron cómo en el bajo Foro se organizaba una batalla campal. Allí estaba el joven Quinto Pompeyo haciendo estragos con una espada; Sila oyó al padre gritar angustiado a su lado y le sujetó con tal fuerza por el brazo que le impidió moverse.

—Déjalo, Quinto Pompeyo. No hay nada que hacer —dijo Sila tajante

—. Ni siquiera podrías llegar hasta él.

Desgraciadamente, la muchedumbre era tan nutrida que rebasaba con

creces la hondonada de votaciones. Pompeyo Rufo hijo, que no era ningún general, había desplegado a su tropa por grupos en vez de formando cuña; de haberlo hecho así habría podido abrirse paso, pero, dada su maniobra, los que formaron un bloque fueron la guardia de Sulpicio.

Luchando valientemente, el joven Pompeyo Rufo consiguió aproximarse al borde de la hondonada, a un lado de los rostra; queriendo llegar hasta Sulpicio, una vez encaramado en la tribuna no se percató de un fornido cincuentón que sin duda había bregado en los combates de gladiadores toda su vida. El joven cayó de la tribuna y fue a parar en medio de la guardia de Sulpicio, que le apaleó hasta la muerte.

Sila oyó el grito del padre, y sintió de pronto que varios senadores le arrastraban de allí, pues la guardia, ya vencidos los grupos de jóvenes nobles, se dirigía hacia la escalinata del Senado. Se zafó como una anguila del tropel de los aterrados senadores, dejándose caer de la plataforma del Senado en medio de aquel tumulto y abandonando la toga praetexta; con un rápido movimiento se apoderó de la chlamys de un liberto griego que se hallaba en medio de la refriega, se la echó sobre la llamativa cabeza y se fingió liberto griego como única solución para escabullirse. Y al amparo de la columnata de la basílica Porcia, donde los enloquecidos mercaderes
 
trataban de desmontar sus tenderetes, se abrió camino hasta el clivus Argentarius. Ya la multitud disminuía y no había lucha; siguió cuesta arriba y cruzó la puerta Fontinalis. Sabía perfectamente a dónde iba. A ver al inductor de todo aquello. A ver a Cayo Mario, que quería el mando de una guerra y ser elegido cónsul por séptima vez.

Tiró la chlamys y, cubierto tan sólo con la túnica, llamó a la puerta de Cayo Mario.

—Quiero ver a Cayo Mario —dijo al portero con el mismo tono que si hubiera llegado revestido con los atavíos del cargo.

El portero le franqueó la entrada, sin atreverse a negarla a quien tan bien conocía.

Pero fue Julia quien salió, no Cayo Mario.

—¡Oh, Lucio Cornelio, qué cosa tan terrible! Trae vino —añadió, volviéndose hacia un criado.

—Quiero ver a Cayo Mario —dijo Sila entre dientes. —No es posible, Lucio Cornelio; está durmiendo. —¡Pues despiértale, Julia, porque si no lo haré yo! Ella se volvió de nuevo hacia un criado.

—Haz el favor de decir a Strofantes que despierte a Cayo Mario y que le diga que ha venido Lucio Cornelio para hablar de algo urgente.

—¿Es que se ha vuelto loco de remate? —exclamó Sila, cogiendo la jarra de agua. Tenía mucha sed para beber vino.

—¡No sé a qué te refieres! —replicó Julia, a la defensiva.

—¡Vamos, vamos, Julia! ¡Eres la esposa del gran hombre, y nadie mejor que tú para conocerle! —dijo Sila, sarcástico—. ¡Ha organizado una serie de acontecimientos que piensa que le servirán para obtener el mando en la guerra contra Mitrídates, ha fomentado el movimiento subversivo de un hombre que está decidido a pisotear el mos maiorum y ha destrozado el Foro, causando la muerte del hijo del cónsul Pompeyo, además de varios centenares de muertos!

—No he podido impedírselo —contestó Julia, cerrando los ojos.

—Ha perdido la cabeza —añadió Sila.

—¡No, Lucio Cornelio, está en su sano juicio!
 
—Entonces no es el hombre que yo creía.

—¡No piensa más que en luchar contra Mitrídates!

—¿Y tú lo apruebas?

Julia volvió a cerrar los ojos.

—Yo opino que debería quedarse en Roma y dejarte a tí la guerra.

Ya se le oía llegar y ambos callaron.

—¿Qué sucede? —inquirió Mario, nada más entrar en el cuarto—. ¿Qué te trae por aquí, Lucio Cornelio?

—Una batalla en el Foro —contestó Sila.

—Ha sido una imprudencia —comentó Mario.

—El imprudente es Sulpicio. Ha acorralado al Senado, obligándole al recurso último de luchar por su supervivencia… con la espada. Ha muerto Quinto Pompeyo hijo.

—¡Es una verdadera lástima! —dijo Mario mostrando su horrorosa sonrisa—. Ya me imaginaba que su bando no vencería.

—Exacto, no ha vencido; lo que significa que al final de una larga y amarga guerra… y en puertas de otra igual, Roma habrá perdido más de un centenar de sus mejores jóvenes —dijo Sila tajante.

—¿Otra guerra larga y amarga? ¡Tonterías, Lucio Cornelio! Derrotaré a Mitrídates en una sola estación —replicó Mario, complacido.

—Cayo Mario —dijo Sila, tratando una vez más de hacérselo ver—, ¿por que no te entra en la cabeza que Roma no tiene dinero? ¡Roma está arruinada! ¡Roma no puede permitirse armar veinte legiones! ¡La guerra contra los itálicos ha dejado a Roma endeudada! ¡El tesoro está vacío! ¡Y ni siquiera el gran Cayo Mario puede ganar la guerra contra una potencia como el Ponto en una sola estación si sólo dispone de cinco legiones!

—Yo puedo pagar varias legiones —dijo Mario.

—¿Como Pompeyo Estrabón? Si las pagas tú, Cayo Mario, son tuyas, no de Roma.

—¡Tonterías! Eso únicamente significa que pongo mis recursos a disposición de Roma.

—¡Ni hablar! Quiere decir que pones los recursos de Roma a tu disposición —replicó Sila—. ¡Porque tú mandarías tus legiones!
 
—Vete a casa y cálmate, Lucio Cornelio. Estás enojado por haber perdido el mando.

—Yo no he perdido el mando —replicó Sila—. Conoces tu deber — añadió mirando a Julia—, Julia de los Julios Césares. ¡Cumple con él! Por Roma, no por Cayo Mario.

Ella le acompañó hasta la puerta, impasible.

—Te ruego que no digas nada más, Lucio Cornelio. No puedo violentar a mi esposo.

—¡Por Roma, Julia, por Roma!

—Soy la esposa de Cayo Mario —dijo ella, abriendo la puerta— y me debo primeramente a él.

¡Bueno, Lucio Cornelio, ésta la has perdido!, se dijo Sila mientras descendía hacia el Campo de Marte. Está más loco que un adivino de Pisidia en trance profético, nadie lo admitirá ni le pararán los pies. A menos que lo haga yo.

Dando un rodeo, Sila se dirigió no a su casa, sino a la del segundo cónsul. Ahora su hija era viuda, con un niño recién nacido y una niña de un año.

—He pedido a mi hijo menor que adopte el nombre de Quinto —dijo el segundo cónsul, con lágrimas en las mejillas—. Aunque tenemos el pequeñín de mi querido hijo Quinto para perpetuar el linaje.

A Cornelia Sila no se la veía por ninguna parte.

—¿Cómo se encuentra mi hija? —inquirió Sila.

—¡Muy afligida, Lucio Cornelio! Pero tiene a sus hijos como consuelo. —Bien, por tristes que sean las circunstancias, Quinto Pompeyo, no he venido a dar el pésame —dijo Sila enérgico—. Hay que convocar una reunión. No hace falta que me digas que en semejantes circunstancias uno no quiere saber nada del mundo; lo sé porque yo también he perdido un hijo. Pero el mundo sigue su curso y tengo que pedirte que acudas a mi casa

mañana al amanecer.

Exhausto, Lucio Cornelio Sila cruzó a grandes zancadas lo alto del Palatino hasta su elegante mansión nueva, donde le aguardaba angustiada su esposa, que rompió a llorar de alegría al verle ileso.
 
—Pierde cuidado por mi, Dalmática —dijo él—. Aún no ha llegado mi hora. No se ha completado mi destino.

—¡Nuestro mundo se derrumba! —exclamó ella.

—No, mientras yo viva —replicó Sila.

Durmió profundamente y sin soñar, descansando como una persona mucho más joven, y se despertó al amanecer sin una idea concreta de lo que hacer. Pero aquel estado de indecisión mental no le preocupó lo más mínimo. Actuaré mejor conforme la Fortuna me lo dicte sobre la marcha, pensó, y se dispuso a emprender con ganas la jornada.

—Según mis cálculos —dijo Catulo César, pesimista—, en cuanto esta mañana quede aprobada la ley de Sulpicio sobre deudas senatoriales, el número de senadores se reducirá a cuarenta. Y no podrá haber consenso.

—Aún tenemos censores, ¿no es cierto? —inquirió Sila.

—Sí —contestó Escévola, pontífice máximo—. Ni Lucio Julio ni Publio Licinio tienen deudas.

—Pues hemos de suponer que a Publio Sulpicio aún no se le ha ocurrido pensar que los censores forman parte del Senado —dijo Sila—. Porque cuando se dé cuenta, lo más seguro es que promulgue otra ley. Entretanto podemos intentar cancelar la deuda de nuestros colegas.

—Estoy de acuerdo, Lucio Cornelio —dijo Metelo Pío, que había venido desde Aesernia nada más enterarse de lo que estaba haciendo Sulpicio en Roma y había hablado con Catulo César y Escévola camino de casa de Sila—. ¡Si esos locos se hubiesen limitado a pedir dinero prestado a los de su clase —exclamó con gesto de irritación— habrían podido tener una suspensión provisional de sus deudas! Pero ahora estamos cogidos en nuestra propia trampa. El senador que necesite un préstamo debe ser muy discreto si no puede obtenerlo de un colega, y por eso recurre al peor de los usureros.

—Yo sigo sin comprender por qué Sulpicio se ha vuelto contra nosotros —dijo Antonio Orator, inquieto.

—Tace! —exclamaron todos al unísono.

—Marco Antonio, quizá nunca lo sepamos —dijo Sila con más paciencia de la habitual en él—. Pero en este momento es irrelevante el
 
porqué. Es más importante saber lo que se propone.

—Bien, ¿cómo lo haremos para condonar la deuda de los senadores? — inquirió el Meneitos.

—Con un fondo, como hemos acordado. Tendrá que haber una comisión encargada. Tú puedes presidirla, Quinto Lutacio. No hay ningún senador con deudas que tenga valor de ocultarte a ti su verdadera situación —dijo Sila.

El flamen dialis Merula dejó escapar una risita y se tapó la boca con la mano.

—Excusad mi ligereza —dijo, con los labios aún temblorosos—. Se me acaba de ocurrir que si fuésemos lógicos evitaríamos sacar a Lucio Marcio Filipo de su apurada situación. Porque no sólo sus deudas ascienden al total de las de todos los demás, sino que así no volvería al Senado. Al fin y al cabo no es más que un solo miembro y su ausencia sólo repercutiría en más paz y tranquilidad.

—Me parece una idea fantástica —dijo Sila con voz pausada.

—El inconveniente que tienes, Lucio Cornelio, es que eres políticamente negligente —dijo Catulo César, escandalizado—. Nada tiene que ver lo que pensemos de Lucio Marcio, la cuestión está en que es miembro de una antigua e ilustre familia, y hay que defender su pertenencia al Senado. El hijo es una historia muy distinta.

—Sí, claro, tienes razón —dijo Merula.

—Bien, queda decidido —dijo Sila con desmayada sonrisa—. En cuanto a lo demás, sólo podemos aguardar acontecimientos. Salvo que yo creo que hay que poner fin al período de feriae. Según los preceptos religiosos, las leyes de Sulpicio ya han quedado invalidadas y me da la impresión de que nos conviene que Cayo Mario y Sulpicio crean que han vencido y que somos impotentes.

—Es que somos impotentes —dijo Antonio Orator.

—No lo creo —dijo Sila volviéndose hacia el segundo cónsul, que callaba cabizbajo—. Quinto Pompeyo, tienes motivos más que sobrados para abandonar Roma. Sugiero que te vayas con la familia al mar. Y hazlo sin tapujos.
 
—¿Y nosotros? —inquirió medroso Merula.

—No corréis peligro. Si Sulpicio hubiese querido eliminar al Senado matando a sus miembros, pudo hacerlo ayer. Afortunadamente para nosotros, ha optado por métodos más constitucionales. ¿Está exento de deuda nuestro pretor urbano? Aunque supongo que da igual, porque a un magistrado curul no se le puede suspender en el cargo aunque haya sido expulsado del Senado —dijo Sila.

—Marco Junio no tiene deudas —contestó Merula.

—Estupendo, así no hay duda. El tendrá que gobernar Roma en ausencia de los cónsules.

—¿Los dos cónsules? ¡No me digas que piensas abandonar Roma, Lucio Cornelio! —dijo horrorizado Catulo César.

—Tengo cinco legiones y dos mil jinetes en Capua esperando a su general —contestó Sila—. Y después de mi marcha precipitada estarán corriendo toda clase de rumores. Tengo que acallarlos.

—¡Realmente eres muy dejado en política, Lucio Cornelio! En una situación tan grave como ésta, uno de los cónsules debe quedarse en Roma.

—¿Por qué? —inquirió Sila, enarcando una ceja—. En este momento no son los cónsules quienes gobiernan Roma, Quinto Lutacio. Roma es de Sulpicio. Y lo que pretendo es que él se lo crea.

Y no hubo manera de que Sila diese su brazo a torcer, por lo que la reunión concluyó al poco y él emprendió viaje a Campania.


Se tomó el viaje con tranquilidad, montando en una mula sin escolta de ninguna clase, tocado con el sombrero y con la cabeza gacha. Durante todo el trayecto escuchó los comentarios de la gente; la noticia de los actos de Sulpicio y la eliminación del Senado se había difundido tan rápido como la de la matanza de la provincia de Asia. Como optó por viajar por la Via Latina, todo el itinerario discurrió por territorio leal, y se enteró de que mucha gente pensaba que Sulpicio era un agente itálico, algunos le creían agente de Mitrídates y nadie veía con buenos ojos que no hubiese Senado en Roma. Aunque el nombre mágico de Cayo Mario también se
 
mencionaba, el conservadurismo innato de los campesinos hacía que se viera con escepticismo su capacidad para llevar el mando de la guerra. De incógnito, Sila se recreaba con aquellas conversaciones en las distintas posadas en que se detuvo, vestido como un viajero cualquiera, pues había dejado a sus lictores en Capua.

Por el camino iba pensando al ritmo del trote de su mula; ideas pausadas que no acababan de cristalizar. No acababan de concretarse, no, pero de una cosa estaba convencido: había hecho lo más adecuado regresando con sus legiones. Porque eran sus legiones. O al menos cuatro de ellas; las había mandado casi dos años, y ellas le habían concedido la corona de hierba. La quinta legión era otra de Campania, primero al mando de Lucio César, luego de Tito Didio y después de Metelo Pío. En cierto modo, cuando había llegado el momento de elegir una quinta legión para la guerra contra Mitrídates, se había visto obligado a renunciar a su idea primitiva que era elegir una segunda legión de Mario al mando de Cinna y Cornutus. Pero ahora me alegro de no tener en Capua ninguna legión de Mario, pensó Lucio Cornelio Sila.

—Es el inconveniente de ser senador —dijo el leal ayudante de Sila, Lúculo—. Por costumbre, todo el capital de un senador debe estar invertido en tierras y propiedades, ¿quién va a tener dinero muerto? Por eso es poco menos que imposible disponer de efectivo cuando se necesita de pronto. Y nos hemos acostumbrado a pedirlo prestado.

—¿Tú tienes deudas? —inquirió Sila, que no lo había pensado. Igual que Cayo Aurelio Cota, Lucio Licinio Lúculo había sido aupado al Senado después de que Sila diese una patada en público a los censores. Tenía veintiocho años.

—Debo diez mil sestercios, Lucio Cornelio —contestó Lúculo con voz pausada—. Pero me imagino que mi hermano Varro se encargará de arreglarlo, viendo cómo están las cosas en Roma. El sí tiene dinero; yo me defiendo, pero gracias a mi tío Metelo Numídico y a mi primo Pío pude inscribirme en el censo senatorial.

—¡Bueno, cobra ánimo, Lucio Licinio! Cuando lleguemos a Oriente nos deleitaremos con el oro de Mitrídates.
 
—¿Qué piensas hacer? —inquirió Lúculo—. Si nos ponemos rápidamente en marcha, podriamos zarpar antes de que entren en vigor las leyes de Sulpicio.

—No, creo que debo esperar a ver qué pasa —replicó Sila—. Sería una locura zarpar sin tener el mando claro —añadió con un suspiro—. En realidad, creo que ha llegado el momento de escribir a Pompeyo Estrabón.

Los ojos gris claro de Lúculo se clavaron interrogantes en los de su general, pero no dijo nada. Si había alguien que dominase la situación, ese hombre era Sila.

Seis días más tarde llegaba carta de Flaco, príncipe del Senado, por correo no oficial. Sila rompió el sello y la leyó detenidamente.

—Bueno —dijo a Lúculo, que era quien se la había entregado—, parece ser que sólo quedan unos cuarenta senadores en la Cámara; van a hacer que regresen los desterrados por la comisión variana, aunque los que tengan deudas ya no son miembros del Senado. Y, naturalmente, todos tienen deudas. Los ciudadanos itálicos y libertos se distribuirán en las treinta y cinco tribus. Y por último, ¡y no menos importante!, Lucio Cornelio Sila queda relevado del mando y le sustituye Cayo Mario en virtud de un decreto especial del pueblo soberano.

Sila dejó la hoja y llamó a un asistente.

—Mi coraza y mi espada —dijo—. Manda formar al ejército —añadió, dirigiéndose a Lúculo.

Una hora más tarde, Sila subía a la tribuna del foro del campamento con sus arreos militares, pero con el famoso sombrero en vez del casco. Dales tu imagen conocida, Lucio Cornelio, se dijo; que te vean como su Sila.

—¡Bien, soldados —dijo con voz clara y potente pero sin gritar—, por lo visto, finalmente no vamos a luchar contra Mitrídates! Habéis estado aquí sin hacer nada mientras los que tienen el poder en Roma, ¡y no son los cónsules!, adoptaban una decisión. Y ahora ya la han adoptado. El mando de la guerra contra Mitrídates del Ponto se otorga a Cayo Mario por decisión de la Asamblea plebeya. Ya no hay Senado en Roma y no quedan suficientes senadores para alcanzar el consenso. Por consiguiente, todas las
 
decisiones sobre asuntos bélicos y militares las asume la plebe, bajo la dirección de su tribuno, Publio Sulpicio Rufo.

Hizo una pausa y dejó que los soldados murmurasen entre sí y repitieran lo que había dicho a los que se hallaban demasiado lejos para oírle. Y luego siguió hablando con aquella fingida voz normal (que Metrobio le había enseñado años atrás).

—Naturalmente, la realidad es que yo soy el cónsul legalmente elegido y que el mando me corresponde por derecho, y el Senado de Roma me otorgó un imperium proconsular mientras dure la guerra contra Mitrídates del Ponto. ¡Tengo derecho a ello! He elegido las legiones que van conmigo. Os he elegido a vosotros. Hombres que habéis estado conmigo a las duras y a las maduras, campaña tras campaña. ¿Cómo no iba a elegiros? Os conozco y me conocéis. No os tengo afecto, aunque creo que Cayo Mario sí que se lo tiene a sus soldados. Y espero que no me tengáis afecto, aunque creo que los soldados de Cayo Mario sí le tienen afecto. Pero es que yo nunca he creído que sea necesario tenerse afecto para hacer lo que hay que hacer. ¿Por qué iba yo a teneros afecto? ¡Sois una pandilla de canallas malolientes de todos los tugurios y cloacas de dentro y fuera de Roma! ¡Pero, por los dioses, cómo os respeto! ¡Os he pedido una y otra vez esforzaros al máximo y, por los dioses, nunca me habéis defraudado!

Alguien comenzó a aclamarlo y al poco todo eran vítores. Salvo de un reducido grupo que estaba justo delante de la tribuna: los tribunos de los soldados, magistrados electos que mandaban las legiones del cónsul. Los del año anterior, entre los que se contaban Lúculo y Hortensio, habían servido a gusto con Sila, pero los de aquel año le detestaban y le consideraban un jefe severo y exigente. Sin quitarles ojo, Sila dejó que sus soldados siguieran vitoreándole.

—¡Así que, aquí, todos estábamos dispuestos a ir a combatir a Mitrídates cruzando el mar hasta Grecia y Asia Menor! No a hollar las cosechas de nuestra querida Italia ni a violar mujeres itálicas. ¡Ah, qué campaña habría sido! ¿Sabéis el oro que tiene Mitrídates? ¡Montañas de oro! ¡Más de setenta reductos sólo en Armenia Menor llenos hasta arriba de oro! Un oro que habría sido nuestro. ¡Ah, no quiero decir que Roma no se
 
hubiera llevado su parte… y más! ¡Hay tanto oro que habríamos podido bañarnos en él! ¡Roma… y nosotros! Y no hablemos de las fantásticas mujeres asiáticas. Esclavas para todos. Lo mejor para un soldado.

Se encogió de hombros y abrió los brazos con la palma de la mano hacia arriba.

—Pero no va a ser así, soldados. Nos ha relevado de esa tarea la Asamblea plebeya. Un organismo del que ningún romano se espera que le diga quién tiene que combatir y quién debe ostentar el mando. Pero es legal, me dicen. ¡Pero no puedo por menos de preguntarme si será legal fastidiar al primer cónsul en el año de su cargo! Yo estoy al servicio de Roma; igual que vosotros. Pero más vale que os despidáis de vuestros sueños de oro y mujeres exóticas. Cuando Cayo Mario vaya a Oriente a combatir con Mitrídates del Ponto, lo hará a la cabeza de sus legiones. No va a querer llevar las mías.

Sila descendió de la tribuna, cruzó ante las filas de los veinticuatro tribunos sin dirigirles una mirada y se metió en la tienda, dejando que Lúculo ordenase romper filas.

—Has estado magistral —dijo Lúculo al entrar en la tienda del general

—. No tienes fama de orador y yo diría que no respetas las reglas de la retórica, pero sabes cómo hacer entender las cosas, Lucio Cornelio.
—Gracias, Lucio Licinio —contestó Sila animado, quitándose la coraza y los pteryges—. Yo también lo creo así.
—¿Y ahora qué?

—Esperaré a que me releven oficialmente del mando. —¿Vas a hacerlo de verdad, Lucio Cornelio?
—¿El qué?

—Marchar sobre Roma.

—¡Querido Lucio Licinio! —exclamó Sila, abriendo mucho los ojos—. ¿Cómo se te ocurre hacerme semejante pregunta?
—Eso no es una respuesta —replicó Lúculo. —Será la única que tengas —añadió Sila.
 
El golpe les vino dos días más tarde. Los ex pretores Quinto Calidio y Publio Claudio llegaron a Capua con una carta oficialmente sellada de Publio Sulpicio Rufo, el nuevo amo de Roma.

—No me la deis en privado —dijo Sila—, entregádmela en presencia del ejército.

De nuevo ordenó a Lúculo que formase a las legiones y una vez más subió a la tribuna, esta vez acompañado de los dos ex pretores.

—Soldados, éstos son Quinto Calidio y Publio Claudio, que han venido de Roma —dijo Sila como quien no quiere la cosa—, creo que para entregarme un documento oficial, y a vosotros pongo por testigos.

Calidio, hombre que se tomaba las cosas muy a pecho, hizo un gesto grandilocuente para hacer ver que Sila reconocía el sello lacrado antes de romperlo. Luego inició la lectura.

—Del concilium plebis del pueblo de Roma a Lucio Cornelio Sila. Por orden de este organismo quedas relevado del mando de la guerra contra el rey Mitrídates del Ponto. Desmovilizarás el ejército para volver a…

No pudo seguir. Una piedra magistralmente apuntada fue a darle en la sien, y lo hizo caer. Casi inmediatamente otra, también muy bien dirigida, alcanzaba a Claudio, que se tambaleó, mientras Sila permanecía indiferente a tres pasos y seguían lloviendo piedras hasta que Claudio también cayó.

Dejaron de llover piedras. Sila se arrodilló junto a los caídos para examinarlos y se puso en pie.

—Han muerto —dijo con un profundo suspiro—. ¡Bien, soldados, esto es la gota que rebasa el vaso! Mucho me temo que para la Asamblea plebeya seamos ahora personae non gratae. Hemos matado a los enviados oficiales de la plebe. Lo cual —continuó diciendo en tono normal— nos deja dos opciones: quedarnos aquí y aguardar el juicio por traición, o ir a Roma y demostrar a la plebe lo que los soldados leales al pueblo de Roma piensan de una ley y unas ordenanzas que juzgan tan intolerables como anticonstitucionales. Yo, en cualquier caso, me marcho a Roma llevándome estos dos cadáveres. Se los entregaré personalmente a la plebe en el Foro, ante ese firme guardián de los derechos del pueblo, Publio Sulpicio Rufo. ¡Todo esto es obra suya! ¡No de Roma!
 
Hizo una pausa para respirar.

—Para ir al Foro no necesito que me acompañen. ¡Pero si hay alguien a quien le apetezca darse un paseo hasta Roma conmigo, aceptaré muy complacido su compañía! Así, cuando cruce el límite sagrado de la ciudad tendré la seguridad de que tengo compañeros en el Campo de Marte que esperan mi regreso. De lo contrario correría la misma suerte que el hijo de mi colega consular Quinto Pompeyo Rufo.

Le seguirían, naturalmente.

—Pero los tribunos de los soldados no te seguirán —dijo Lúculo a Sila en la tienda de mando—. No han tenido suficiente sentido común para hablar contigo en persona y han delegado en mí. Dicen que no pueden aprobar la marcha del ejército sobre Roma, que Roma es una ciudad sin protección militar porque los únicos ejércitos que hay en Italia son romanos, y que, con excepción de un ejército preparado para celebrar un triunfo, ninguna fuerza romana se acantona cerca de Roma. Por consiguiente, dicen, marchas con un ejército sobre tu país, y tu país no tiene fuerzas para defenderse. Condenan tu iniciativa y tratarán de convencer a los soldados para que cambien de idea y no te secunden.

—Deséales suerte —respondió Sila, preparándose a levantar el campamento—. Pueden quedarse aquí llorando porque un ejército marcha sobre Roma indefensa. De todos modos, creo que los encerraré. Para garantizar su seguridad —los fríos ojos claros se posaron en Lúculo—. ¿Y tú, Lucio Licinio, estás conmigo?

—Lo estoy, Lucio Cornelio. Hasta la muerte. El pueblo ha usurpado los derechos y deberes del Senado y ya no existe la Roma de nuestros antepasados. Por lo tanto, yo no veo que sea delito marchar sobre una Roma que no me gustaría que heredasen los hijos que aún no me han nacido.

—¡Ah, muy bien dicho! —exclamó Sila, ciñéndose la espada y calándose el sombrero—. Pues comencemos a hacer historia.

—¡Tienes razón! —exclamó Lúculo, deteniéndose. Es hacer historia, porque ningún ejército ha marchado jamás sobre Roma.

—A ningún ejército romano lo habían provocado de esta manera —
 
comentó Sila.



Cinco legiones de soldados romanos emprendieron la marcha por la Via Latina hacia Roma, con Sila y su legado a caballo a la cabeza, y en retaguardia, una calesa tirada por mulas con los cadáveres de Calidio y Claudio. Habían enviado un correo al galope a Quinto Pompeyo Rufo en Cumae, y cuando Sila alcanzó Teanum Sidicinum, allí estaba Pompeyo Rufo esperándole.

—¡Ah, esto no me gusta! —dijo el segundo cónsul, cariacontecido—. ¡No puede gustarme! ¡Marchas sobre Roma que es una ciudad indefensa!

—Marchamos sobre Roma —dijo Sila, midiendo las palabras—. Pierde cuidado, Quinto Pompeyo, que no será necesario invadir ninguna ciudad indefensa. Me limito a traer el ejército para que me acompañe en el viaje. Nunca se ha aplicado una disciplina más severa, y a más de doscientos cincuenta centuriones se les ha ordenado que no quiero que se recoja de los campos ni un solo nabo. La tropa lleva comida para un mes y comprende la situación.

—No necesitamos que nos acompañe el ejército. —¿Qué harían dos cónsules sin una escolta adecuada? —Tenemos los lictores.

—Es muy interesante. Los lictores decidieron acompañarnos, mientras que los tribunos de los soldados decidieron no hacerlo —dijo Sila—. Está claro que los cargos electos suscitan en la gente una actitud muy distinta respecto a quien manda en Roma.

—¿Por qué estás tan contento? —inquirió Pompeyo Rufo, desesperado. —Pues no lo sé —contestó Sila, ocultando su exasperación con un fingido gesto de sorpresa. Convenía dorar la píldora a su sentimental y vacilante colega—. Si estoy contento por algún motivo, supongo que es porque ya estoy harto de las tonterías del Foro, de gentes que se creen que conocen mejor que nadie el mos maiorum y quieren destruir lo que nuestros antepasados construyeron con tanto cuidado y tesón. Yo lo único que quiero es una Roma tal como ellos la concibieron, patrocinada y dirigida por el
 
Senado con preminencia sobre los demás organismos. Un lugar en el que los que acceden al cargo de tribunos de la plebe se avengan a un control y no se desboquen. Llega un momento, Quinto Pompeyo, en que uno no puede quedarse parado viendo cómo otros lo cambian todo en detrimento de Roma. Hombres como Saturnino y Sulpicio, pero sobre todo, hombres como Cayo Mario.

—Cayo Mario luchará —dijo Pompeyo Rufo, cabizbajo.

—¿Con qué? No hay ninguna legión próxima a Roma hasta Alba Fucentia. Oh, imagino que Cayo Mario tratará de llamar a las tropas de Cinna, porque le tiene en el bolsillo; estoy seguro. Pero se lo impedirán dos cosas, Quinto Pompeyo. Una, la natural tendencia de los demás en Roma a creer que no voy a llevar el ejército a la ciudad; pensarán que es una patraña inventada y no se lo creerán. Segundo, el hecho de que Cayo Mario es un privatus y no tiene cargo ni imperium. Si llama a las tropas de Cinna, tendrá que hacerlo como quien pide un favor a un amigo, y no como cónsul o procónsul. Y dudo mucho de que Sulpicio avale semejante iniciativa de Mario. Porque será precisamente Sulpicio quien pensará que mi acción es una estratagema.

El segundo cónsul miraba a su colega con gesto afligido. ¡Muy buenas palabras! ¡Mucha lógica! Palabras que le daban a entender sin género de duda que Lucio Cornelio Sila pretendía invadir Roma.


En dos ocasiones durante la marcha —una en Aquinum y otra en Ferentinum— el ejército de Sila se encontró con enviados que les salían al encuentro. La noticia de que Sila marchaba sobre Roma había volado con la rapidez del águila. Y esas dos veces, los enviados conminaron a Sila a deponer el mando en nombre del pueblo y ordenar a su ejército el regreso a Capua. Sila se negó en ambas ocasiones, y la segunda añadió:

—Decid a Cayo Mario, a Publio Sulpicio y a lo que quede del Senado, que me veré con ellos en el Campo de Marte.

Oferta que los enviados no se creyeron, ni Sila pretendía cumplir.
 
Luego, en Tusculum se encontró con el praetor urbanus Marco Junio Bruto, que le aguardaba en medio de la Via Latina, acompafiado de otro pretor como apoyo moral. Sus doce lictores —media docena por cada uno de ellos— formaban un grupo compacto a un lado de la carretera, tratando de ocultar que los fasces que portaban incluían las hachas.
—Lucio Cornelio Sila, me envía el Senado y el pueblo de Roma para impedir que tu ejército dé un paso más —dijo Bruto—. Tus legiones están en pie de guerra, no en camino de celebrar un triunfo, y te prohíbo que continúen.

Sila, sin replicar palabra, permaneció imperturbable en su mula. A los dos pretores los apartaron sin contemplaciones del medio de la vía, uniéndolos a sus amedrentados lictores, y prosiguió la marcha hacia Roma. En el punto en que la Via Latina confluía con la primera de las carreteras diverticulum que circunvalaban la ciudad, Sila hizo alto y dividió sus fuerzas; si alguien se había creído el cuento de que el ejército se acantonaría en el Campo de Marte, tenía ahora que rendirse a la evidencia de que Sila estaba dispuesto a invadir Roma.

—Quinto Pompeyo, toma la cuarta legión y dirígete a la puerta Collina —dijo Sila, pensando si su colega tendría suficiente arrojo para llevar a cabo la empresa—. No es para entrar en la ciudad —añadió con voz suave —, no tienes por qué preocuparte. Tu cometido es impedir que nadie llegue con legiones por la Via Valeria. Acampa a las fuerzas y espera a que yo te avise. Si ves avanzar tropas por la Via Valeria, envíame aviso a la puerta Esquilina, que allí estaré. Luego se volvió hacia Lúculo.

—Lucio Licinio, toma la primera y la tercera legión y a paso ligero, porque tienes un buen recorrido, cruzas el Tíber por el puente Mulviano y atraviesas el campo Vaticanus hasta el Transtiberino. Ocupas todo el distrito y guarneces los puentes, los de la isla del Tiber, el Aemilius y el viejo puente Sublicius de madera.

—¿El Mulviano, no?

—Por la Via Flamini no llegará ninguna legión, Lucio Licinio —replicó Sila con fiero gesto de alegría—. He recibido carta de Pompeyo Estrabón diciéndome que deplora los actos anticonstitucionales de Publio Sulpicio y
 
que le complace que Cayo Mario no asuma el mando de la guerra contra Mitrídates.

Aguardó en el cruce hasta que consideró que Pompeyo Rufo y Lúculo estaban lo bastante lejos y luego hizo dar media vuelta a sus dos legiones — la segunda, más una no numerada por no ser uná legión consular— y las dirigió hacia la puerta Esquilina. En la intersección de la Via Latina con la Via Appia, en el camino de circunvalación, las murallas Servianas de la ciudad quedaban demasiado lejos para saber si había vigías, pero cuando avanzaba hacia la derecha por la vía que discurría entre apretadas filas de tumbas de la necrópolis romana, las murallas estaban ya mucho más cerca, y la tropa pudo ver que las almenas estaban atiborradas de curiosos que habían acudido a ver el espectáculo, entre gritos de incredulidad.

Al llegar a la puerta Esquilina, sin el menor gesto de vacilación, ordenó a la legión no numerada entrar en la ciudad a paso ligero, y, en vez de dispersarse por las calles, subir a las murallas Servianas y ocupar las dobles fortificaciones del Agger, que discurrían desde la puerta Collina hasta la puerta Esquilina, estableciendo contacto así con la fuerza de Pompeyo Rufo. Una vez desplegada la legión en los adarves del Agger, Sila dirigió las dos primeras cohortes de la segunda legión a la gran plaza de mercado dentro de las murallas, junto a la puerta Esquilina, y fuera de ella acantonó el resto de las cohortes. Roma estaba tomada. Lo que sucediera a continuación dependía de Publio Sulpicio y de Cayo Mario.

La colina Esquilina no era un terreno adecuado para maniobrar; las calles que conducían al foro Esquilino eran estrechas, siempre atestadas, y en sus tramos más anchos se hallaban entorpecidas con cabinas, tenderetes, carretillas y carros, y la gran plaza del mercado se hallaba repleta de mercaderes, gente ociosa, lavanderas, esclavos acarreando agua, gente comiendo y bebiendo, carros de bueyes, asnos con albardas, vendedores ambulantes, escuelas baratas y un laberinto de tenderetes. Había muchos callejones y callejas que conducían al foro Esquilino, pero allí morían dos calles importantes: el clivus Suburanus, que ascendía desde el Subura, y el vicus Sabuci, que subía desde la zona de talleres y manufacturas situada al sudeste de la marisma llamada Palus Ceroliae. Pero fue en ese extraño
 
terreno donde se libró la batalla de Roma, aproximadamente una hora después de que Sila entrase en la ciudad.

El foro Esquilino fue desalojado sin contemplaciones; el espacio del mercado lo llenaban ahora filas de soldados firmes y expectantes. Con la armadura completa, Sila dirigió su mula junto al vexillum de su ejército y los estandartes de la segunda legión consular. Al cabo de una hora, un curioso zumbido comenzó a apagar los gritos y ruidos procedentes de las calles que desembocaban en la plaza, aumentando de intensidad hasta que ya se escucharon los gritos de una muchedumbre dispuesta al combate.

Irrumpía en el foro Esquilino por todas las callejas y callejones, con la guardia personal de Sulpicio en vanguardia, seguida de los esclavos y libertos que Cayo Mario y su hijo habían logrado reunir, gracias principalmente a los esfuerzos de Lucio Decumio y los otros encargados de las cofradías de cruces que había en toda la ciudad. Pero se detuvo al ver filas y más filas de legionarios romanos, con sus relucientes estandartes de plata y tambores y trompetas apiñados junto a su general, esperando — complacidos, al parecer— recibir sus órdenes.

—Trompeta, toca a desenvainar y escudo al frente —dijo Sila con voz clara y tranquila.

Al sonido de una sola trompeta respondió el sordo chirriar de mil espadas que salían de la vaina y el golpeteo de los escudos movidos en posición de ataque.

—Tambores, tocad, prietas las filas y listos para repeler el ataque —dijo Sila con voz que llegó claramente a la heterogénea multitud de defensores.

Comenzó el interminable redoble de tambores, inquietante para la muchedumbre que contemplaba a los soldados.

En ese momento, la multitud se abrió, dejando paso a Cayo Mario, con la espada en la mano, el casco puesto y una capa granate de general colgándole de los hombros; a su lado iba Sulpicio, detrás de Mario hijo.

—¡Cargad! —bramó Mario en un alarido desgarrador.

Sus hombres quisieron obedecer, pero no pudieron tomar bastante ímpetu en tan restringido espacio para desfondar la primera línea de Sila,
 
que los rechazó desdeñosamente tan sólo con los escudos, sin recurrir a la espada.

—Trompetas, tocad al ataque —dijo Sila, inclinándose en la silla de la mula y asiendo él mismo el águila de plata de la segunda legión.

Con gran esfuerzo de voluntad, y únicamente por complacer a su general —pues ningún soldado pensaba que hubiese realmente llegado el momento de derramar sangre—, los soldados de Sila esgrimieron la espada y repelieron el ataque.

No había posibilidad de movimientos tácticos ni de maniobras. El foro Esquilino se convirtió en una masa compacta de combatientes, afanados en propinar golpes a diestro y siniestro. Al cabo de unos minutos, la primera cohorte se abría paso por el clivus Suburanus y el vicus Sabuci, seguida de la segunda cohorte, mientras otras cruzaban disciplinadamente la puerta Esquilina, rechazando con su bélico empuje a los ciudadanos partidarios de Mario y Sulpicio. Sila avanzó en su mula a ver si podía hacer algo, ya que era la única persona situada por encima de aquel mar de cabezas agitadas, y vio que desde todas las casas altas en callejas y callejones los vecinos arrojaban sobre sus soldados toda clase de proyectiles: macetas, troncos, ladrillos y banquetas. Y advirtió —él, que antes había vivido en una insula como aquéllas— que algunos lo hacían francamente indignados por la invasión de Roma, pero había muchos que sencillamente no podían sustraerse a la tentación de arrojar objetos desde arriba sobre aquel río revuelto de abajo.

—Traedme antorchas encendidas —dijo al aquilifer, que era quien debía haber portado el águila de plata de la legión.

En seguida llegaron las antorchas, robadas en la misma plaza.

—Tocad las trompetas y tambores a todo volumen —ordenó.

En aquel reducido espacio rodeado de insulas el estruendo era enloquecedor y la acción se detuvo en el preciso momento que Sila deseaba.

—¡Si arrojáis un solo objeto más, prendo fuego a la ciudad! —gritó con todas sus fuerzas, lanzando con fuerza una antorcha que entró por una ventana, seguida de otras. Inmediatamente todos se metieron en sus casas y dejaron de arrojar cosas.
 
Satisfecho, volvió a prestar atención a la lucha, seguro de que ya no se producirían bombardeos. Los vecinos de la insula habían comprendido que la cosa iba en serio; y un combate era una cosa, pero un incendio otra muy distinta que todos temían más que la guerra.

Llamó a una cohorte que no había entrado en combate y la envió por el vicus Sabuci con orden de entrar en el vicus Sobrius y torcer a la derecha, para volver a entrar por el clivus Suburanus para atacar a la muchedumbre por la espalda.

Y ésa fue la acción decisiva, pues el indisciplinado populacho flaqueó, se detuvo y presa del pánico abandonó a Mario —que exclamaba a grito pelado que todos los esclavos que siguieran combatiendo serían manumitidos— y a Sulpicio, que no era ningún cobarde, luchando en retaguardia dentro del foro Esquilino, secundado por Mario hijo. Pero tampoco Mario, Sulpicio y Mario hijo tardaron en ceder y huir por el vicus Sabuci, perseguidos de cerca por las tropas de Sila, que iba en cabeza enarbolando el águila de plata.

En el templo de Tellus, en el Carinae —donde existía una explanada, y, por lo tanto, espacio—, Mario intentó detener a su variopinta tropa y reagruparla para volver al ataque, pero la gente no reaccionó militarmente y muchos se echaron a llorar, tiraron las espadas y los palos y continuaron huyendo hacia el Capitolio. Incluso en la lucha callejera, los soldados dominaban la situación.

Cuando Mario, su hijo y Sulpicio desaparecieron súbitamente, el enfrentamiento cesó del todo. Sila avanzó en mula por el vicus Sandalarius hasta la amplia zona de la marisma debajo del Carinae, en la intersección de la Via Sacra con la Via Triumphalis, donde se detuvo y mandó a trompetas y tambores tocar a formar a la segunda legión. Y allí le trajeron los centuriones unos cuantos soldados sorprendidos saqueando.

—Se os avisó a todos de que no cogieseis ni un nabo de los campos — les dijo—. Un legionario de Roma no saquea Roma.

Acto seguido los mandó ejecutar allí mismo como ejemplo para la tropa formada.
 
—Que vengan Quinto Pompeyo y Lucio Lúculo —dijo, después de ordenar descanso a las tropas.

Ni Pompeyo Rufo ni Lúculo habían tenido que hacer nada, y menos combatir.

—Estupendo —comentó Sila—. Soy el primer cónsul y la responsabilidad ha sido estrictamente mía. Si mis tropas han sido las que han entablado combate, sólo a mí se me puede reprochar.

Qué ecuánime llegaba a ser, pensó Lúculo, mirándole maravillado, pero si se le antojaba, invadía Roma. Era un hombre complicado. No, ésa no era la palabra adecuada. Sila era un hombre de cambios de humor tan opuestos y radicales que no se sabía nunca cómo iba a reaccionar. Ni se sabía lo que estaba decidido a hacer. Sólo él debía de saberlo, reflexionó Lúculo.

—Lucio Licinio, deja siete cohortes de la primera legión al otro lado del río para que no se mueva nadie en el Transtiberino; envía tres cohortes de la primera a vigilar los silos del Aventino y del vicus Tuscus para que no los saqueen. La tercera montará guardia en los puntos de mayor riesgo del río. Sitúa una cohorte en el puerto de Roma, en el campo Lanatarius, las piscinae publicae, la porta Capena, el circo Máximo, el foro Boarium, el foro Holitorium, el Velabrum, el circo Flaminius y el Campo de Marte. Eso es: diez lugares y diez cohortes.

—Quinto Pompeyo —añadió, volviéndose hacía el segundo cónsul—, deja la cuarta fuera de la puerta Collina y que sigan alerta por si aparece alguna legión por la Vía Valeria. Que baje mi otra legión del Agger y distribuyes sus cohortes por las colinas del norte y del este, Quirinal, Viminal, Esquilina; y sitúas dos en el Subura.

—¿Ponemos guardia en el Foro y en el Capitolio?

—Desde luego que no, Lucio Licinio —contestó Sila, meneando enérgicamente la cabeza—. No voy a imitar a Saturnino y a Sulpicio. La segunda, que se quede de servicio al pie de las cuestas del Capitolio y por los alrededores del Foro, pero sin que esté muy a la vista. Quiero que la población se sienta segura cuando convoque una asamblea.

—¿Te quedas aquí? —inquirió Pompeyo Rufo.
 
—Sí, Lucio Licinio; otro encargo. Que unos heraldos recorran la ciudad proclamando que si se arrojan proyectiles desde alguna insula se considerará acto de guerra contra los cónsules legales y la casa será incendiada sin contemplaciones. Y que otros heraldos vayan después proclamando la convocatoria de una asamblea para todo el pueblo a celebrar en el Foro en la hora segunda. — Sila hizo una pausa, pensando si eso era todo—. En cuanto lo tengáis todo en marcha, volved a despachar conmigo.

El centurión primus pilum de la segunda legión, Marco Canuleio, entró y permaneció detrás, donde Sila podía verle y apreciar que estaba contento. Magnífica señal, pensó él; eso significa que mis soldados siguen siendo míos.

—¿Se sabe algo de ellos, Marco Canuleio? —le preguntó.

El centurión movió la cabeza, haciendo que el penacho de crines de caballo rojo oscuro abanicase el casco.

—No, Lucio Cornelio. A Publio Sulpicio se le ha visto cruzar el Tíber en una barca, lo que podría significar que se dirige a algún puerto de Etruria, y parece que Cayo Mario y su hijo van hacia Ostia. También ha huido el pretor urbano Marco Junio Bruto.

—¡Necios! —exclamó Lúculo, sorprendido—. Si realmente creyesen que la ley estaba de su parte, habrían debido quedarse en Roma. ¡Deberían saber que tienen muchas más posibilidades planteándote debate en el Foro!

—Tienes razón, Lucio Licinio —dijo Sila, complacido de que su legado hiciese esa interpretación de los acontecimientos—. Si Mario o Sulpicio se hubiesen parado a recapacitar como es debido, habrían advertido la conveniencia de quedarse en Roma. Pero yo siempre tengo suerte, y, afortunadamente, han optado por abandonar la ciudad.

De suerte, nada, se dijo para sus adentros. Tanto Mario como Sulpicio saben que si se hubieran quedado, no habría tenido más remedio que hacerlos asesinar, pues si hay algo que no puedo permitirme es debatir con ninguno de ellos en el Foro, porque ellos son personajes populares y yo no. No obstante, su huida es una espada de doble filo, porque, aunque no deba
 
hallar el modo de matarlos sin que se me reproche nada, tengo que apechar con el odio que va a suscitar mi sentencia de destierro de ambos.
 
 
Durante toda la noche los soldados patrullaron las calles y espacios abiertos de Roma, encendiendo fuegos en los rincones en que podía hacerse leña, dejando oír las fuertes pisadas de las caligae claveteadas, un sonido que ningún insomne romano había jamás escuchado bajo su ventana. Pero todos fingían dormir, y en aquel frío amanecer se levantaron a los gritos de los heraldos anunciando que la paz reinaba en Roma, custodiada por sus cónsules electos, y que a la segunda hora éstos convocaban una reunión en los rostra.

Para sorpresa de Sila, acudió mucha gente, incluso los numerosos partidarios de Mario y Sulpicio de la segunda, tercera y cuarta clases. La primera clase estaba en su totalidad, mientras que no apareció nadie del censo por cabezas, ni tampoco de la quinta clase.

—Diez o quince mil —dijo Sila a Lúculo y a Pompeyo Rufo, mientras descendía la cuesta del clivus Sacer desde el Velia. Llevaba la toga bordada en púrpura, igual que Pompeyo Rufo; Lúculo vestía su toga blanca con la franja ancha de senador en el hombro derecho de la túnica. No había ningún signo de poder armado ni soldados a la vista—. Es fundamental que mis palabras las oigan todos los presentes, así que disponed a los heraldos debidamente para que vayan repitiendo lo que digo a los que estén más lejos.

Precedido de sus lictores, los cónsules se abrieron paso entre la multitud y subieron a los rostra, en donde los aguardaban Flaco, príncipe del Senado, y Escévola, pontífice máximo. Para Sila aquello era una confrontación de gran importancia, pues aún no había visto a ningún miembro de la diezmada Cámara y no tenía ni idea de si personajes como Catulo César, los censores, el flamen dialis o aquellos dos que aguardaban en la tribuna estaban con él ahora que había impuesto la hegemonía del ejército sobre las pacíficas instituciones gubernamentales.

De lo que no había duda era de que no estaban muy contentos. Ambos estaban vinculados en cierto modo a Mario; Escévola porque tenía una hija prometida con el hijo del gran hombre, y Flaco porque había obtenido el consulado y el censorado gracias al apoyo de Mario a la hora de las
 
votaciones. Ahora no era el momento de entablar una larga conversación con ellos, pero tampoco podía quedarse callado.

—¿Estáis conmigo? —inquirió sin más.

—Sí, Lucio Cornelio —contestó Escévola con una especie de suspiro estremecido.

—Pues escuchad lo que voy a decir a la multitud. Así se aclararán vuestras dudas e interrogantes. — Miró hacia la escalinata del Senado, donde estaba Catulo César con los censores, Antonio Orator y el flamen dialis Merula. Catulo César le dirigió un leve guiño—. ¡Oídme bien! — gritó Sila.

A continuación se volvió de cara al bajo Foro, dando la espalda a la sede del Senado, y comenzó su discurso. No le habían acogido con vítores, pero tampoco con silbidos y abucheos; lo cual significaba que el público estaba dispuesto a escucharle y no por el simple hecho de que hubiese puesto soldados en esquinas y bocacalles.

—Pueblo de Roma, nadie es más consciente que yo de la gravedad de lo que he hecho —dijo con voz potente y clara—. Y tampoco penséis que la presencia del ejército en Roma sea responsabilidad de nadie más que mía. Yo soy el primer cónsul, legalmente elegido y con mando legal del ejército. Yo he traído ese ejército a Roma, y nadie más. Mis colegas actuaron bajo mis órdenes, como es su deber, incluido el segundo cónsul, Quinto Pompeyo Rufo… aunque os recuerdo que su hijo fue asesinado en este sacro foro romano por gentes de la canalla de Sulpicio.

Hablaba despacio para que los heraldos pudieran ir repitiendo sus palabras hacia la periferia de la muchedumbre, e hizo una pausa hasta oír desvanecerse a lo lejos sus últimas palabras vociferadas.

—Hace ya demasiado tiempo, pueblo de Roma, que se viene haciendo caso omiso del derecho del Senado y de los cónsules a organizar los asuntos y las leyes de Roma. Y en los últimos años, incluso les ponen zancadillas unos demagogos ahítos de poder que se denominan tribunos de la plebe. Estos demagogos sin escrúpulos se presentan a las elecciones como Valedores de los derechos del pueblo y luego abusan de los crédulos de un modo absolutamente irresponsable. ¡Siempre se escudan en la misma
 
excusa: que actúan en nombre del «pueblo soberano»! Cuando lo cierto es, pueblo de Roma, que actúan exclusivamente en su propio interés. Os encandilan con promesas de magnanimidades o privilegios que están totalmente fuera del alcance del Estado, y más si tenéis en cuenta que esos desaprensivos suelen surgir en momentos en que el Estado no puede hacer alarde de generosidad ni conceder privilegios. ¡Por eso triunfan! ¡Porque juegan con vuestros deseos y vuestros temores! Pero os engañan, puesto que lo que prometen no pueden concederlo. Vamos a ver, ¿dio alguna vez Saturnino el grano gratis? ¡Claro que no! Porque no lo había. De haberlo habido, vuestros cónsules y el Senado lo habrían repartido. Cuando llegó el grano, fue vuestro cónsul, Cayo Mario, quien lo distribuyó, no gratis pero sí a un precio aceptable.

Volvió a detenerse hasta que los heraldos hubieron concluido. —¿Creéis de verdad que Sulpicio habría promulgado una ley

cancelando vuestras deudas? ¡Claro que no! Aunque no hubiésemos acudido mi ejército y yo, no tenía poder para hacerlo. ¡Nadie puede expulsar a toda una clase del lugar que le corresponde como hizo él con el Senado… alegando las deudas contraídas, para luego decir que van a cancelarse las deudas! Si reflexionáis sobre lo que hizo, lo comprenderéis fácilmente. Sulpicio quería destruir el Senado, encontró la manera de hacerlo y os hizo creer que con vosotros procedería del modo contrario a como lo hacía con otros, convenciéndoos de que eran enemigos vuestros. Siempre recurren a un señuelo. En este caso, la cancelación general de las deudas. Pero ha sido una manipulación, pueblo de Roma. ¡Nunca dijo en una asamblea pública que fuese a cancelar todas las deudas! Lo que hizo fue difundirlo en privado por medio de sus agentes. ¿No os dais cuenta de lo poco sincero que era? Porque si se proponía cancelar las deudas, lo habría anunciado desde los rostra. Pero no lo hizo. Os manipuló sin preocuparse para nada de vuestra aflicción. Mientras que yo, como cónsul vuestro, puse en marcha medidas para paliar lo más posible esa carga de las deudas sin que afectase a la estructura monetaria… y lo hice para todos los romanos, desde el de más alcurnia hasta el más bajo. ¡Lo hice incluso para quienes no son romanos! Promulgué una ley general limitando el pago de
 
intereses sobre los intereses del capital, fijándolos en la proporción inicial. Por lo tanto, podéis decir con toda razón que he sido yo quien ha contribuido a mitigar las deudas. ¡No Sulpicio!

Giró en círculo, como si mirase desde diversos puntos a la muchedumbre, y, después de repetirlo varias veces, se puso de nuevo de cara a la gente y se encogió de hombros, alzando las manos en gesto de fútil llamamiento.

—¿Dónde está Sulpicio? —preguntó, como si estuviese sorprendido—. ¿A quién he matado desde que entré en Roma con mi ejército? A un puñado de esclavos, libertos y ex gladiadores. Escoria. No a romanos respetables. ¿Por qué, entonces, no está aquí Publio Sulpicio para hablaros y refutar lo que estoy diciendo? ¡Conmino a Publio Sulpicio a que se persone y refute en un debate decente y honorable lo que yo digo… no dentro de la Curia Hostilia, sino aquí ante todo el «pueblo soberano»! ¡¡¡Publio Sulpicio, tribuno de la plebe, te exijo que vengas a responderme!!! —añadió a gritos, haciendo bocina con las manos.

Sólo obtuvo por respuesta el silencio.

—No está aquí, pueblo de Roma, porque cuando yo, ¡el cónsul legalmente elegido!, entré en la ciudad, acompañado por mis únicos amigos, mis soldados, para que se nos hiciera justicia, Publio Sulpicio huyó. Ahora bien, ¿por qué huyó? ¿Temía por su vida? ¿Por qué había de temer? ¿Es que he intentado matar a algún magistrado electo, o siquiera a algún respetable ciudadano romano? ¿Estoy ante vosotros esgrimiendo una espada ensangrentada? ¡No! He comparecido con la toga bordada en púrpura propia de mi cargo, y mis únicos amigos, mis soldados, no están presentes escuchando lo que os digo. ¡No hace falta que estén! ¡Soy su representante legalmente elegido, igual que soy vuestro representante legalmente elegido. ¡Pero Sulpicio no comparece! ¿Por qué no lo hace? ¿Creéis sinceramente que es porque teme por su vida? Si así es, pueblo de Roma, será porque se da cuenta de que lo que hizo era ilegal y una traición. ¡Por mi parte, prefiero concederle el beneficio de la duda y desear con todo mi corazón que hubiese estado aquí!
 
Otra pausa con respiro para escrutar entre la multitud, simulando buscar a Sulpicio. Sila volvió a hacer bocina con las manos y gritó con todas sus fuerzas:

—¡Publio Sulpicio, tribuno de la plebe, te conmino a que comparezcas para responderme!

Pero no aparecía nadie.

—Se ha marchado, pueblo de Roma. Huyó en compañía del hombre que le engañó igual que os engañó a vosotros: ¡Cayo Mario! —añadió con fuerte voz.

Al oír ese nombre, la multitud comenzó a agitarse y a murmurar, porque era un nombre que a nadie del pueblo de Roma le gustaba que se pronunciase en términos peyorativos.

—Sí, ya sé —añadió Sila despacio, para que sus palabras fuesen repetidas minuciosamente hacia la periferia— que Cayo Mario es un héroe para todos. Salvó a Roma de Yugurta de Numidia y salvó a Roma y al mundo romano de los germanos. Fue a Capadocia, y él solo ordenó al rey Mitrídates retirarse a su país. Eso no lo sabíais, ¿verdad? ¡Pues sí, aquí me tenéis contándoos otra de las grandes hazañas de Cayo Mario! Muchas de sus hazañas no se saben, pero yo sí las sé, porque fui su fiel legado en sus campañas contra Yugurta y los germanos. Yo era su mano derecha. Y el destino de los lugartenientes es pasar inadvertidos sin ser famosos. Y yo no le quito mérito alguno a la fama de Cayo Mario. ¡Se la merece! Pero yo también he sido fiel servidor de Roma. Yo también fui a Oriente y ordené personalmente al rey Mitrídates regresar a su reino. Yo crucé por primera vez con un ejército romano el río Éufrates hacia tierras desconocidas.

Volvió a hacer una pausa, comprobando complacido que la multitud se calmaba, y que había conseguido convencerla de su absoluta sinceridad.

—Yo he sido amigo de Cayo Mario además de su lugarteniente. Durante muchos años fui su cuñado, hasta que murió mi esposa que era hermana de la suya. No me divorcié de ella. No existía animosidad alguna entre nosotros. Su hijo y mi hija son primos carnales. Cuando hace unos días los secuaces de Publio Sulpicio mataron a muchos jóvenes prometedores de buena familia, entre ellos el hijo de mi querido colega Quinto Pompeyo, un
 
joven que era mi yerno, esposo de la sobrina de Cayo Mario, tuve que huir del Foro para salvar la vida. ¿Y a dónde opté por ir, sabiendo que mi vida sería escrupulosamente respetada? Pues a casa de Cayo Mario, que me dio cobijo.

Sí, la multitud ya estaba calmada. Había abordado muy acertadamente el tema de Cayo Mario.

—Cuando Cayo Mario obtuvo su gran victoria contra los marsos, yo era de nuevo su mano derecha. Y cuando mi ejército, éste que he traído a Roma, me concedió la corona de hierba por librarlo de una muerte segura a manos de los samnitas, Cayo Mario se regocijó de que yo, su anónimo ayudante, hubiese alcanzado por fin una justa fama en el campo de batalla. Por la importancia y el número de bajas enemigas, mi victoria fue mayor que la suya, pero ¿le afectó en algo? ¡Claro que no! ¡Se alegró por mí! ¿No eligió para su reaparición en el Senado el día de la proclamación oficial de mi cargo como cónsul? ¿No dio lustre su presencia a la ceremonia?

Ahora estaban totalmente absortos y nadie decía una palabra; Sila prosiguió su peroración.

—Sin embargo, pueblo de Roma, todos nosotros… vosotros, yo, Cayo Mario, tenemos a veces que enfrentarnos a hechos desagradables. Y a Cayo Mario le afecta una desagradable realidad: ya no es joven ni está en condiciones de dirigir una guerra en el extranjero. Tiene mermadas sus facultades mentales. Y la mente, como todos sabéis, es un órgano que no se recupera como el cuerpo. El hombre que durante estos dos últimos años habéis visto caminando, nadando, ejercitando su cuerpo para superar el grave impedimento, no puede curar su mente. Yo atribuyo sus últimos actos a esa enfermedad mental y excuso sus excesos por el afecto que le profeso. Igual que debéis hacer vosotros. Roma se enfrenta a un conflicto mucho peor que el que en estos momentos toca a su fin. Un peligro mucho más grave que el de los germanos se nos viene encima en forma de un rey oriental con ejércitos de cientos de miles de soldados bien pertrechados y entrenados. Un rey con flotas de centenares de galeras acorazadas. Un hombre que ha logrado el apoyo de pueblos extranjeros que Roma había acogido y protegido y que ahora así nos lo agradecen. ¿Cómo puedo yo,
 
pueblo de Roma, permanecer impasible mientras vosotros, en vuestra ignorancia, me priváis del mando de esta guerra, a mí, ¡un hombre en plenas facultades!, para dárselo a él, un hombre que ya no goza de todas las suyas?

Sila, que no era un acendrado orador, comenzaba a sentir cansancio. Pero cuando se detuvo para que los heraldos repitiesen sus palabras, permaneció impasible como si no tuviese sed, como si no le temblasen las rodillas, como si no le preocupase la reacción del público.

—Incluso si yo hubiese estado dispuesto a ceder el mando legalmente otorgado en la guerra contra el rey Mitrídates del Ponto a Cayo Mario, pueblo de Roma, las cinco legiones de mi ejército no lo querían. Estoy ante vosotros no sólo como primer cónsul legalmente elegido, sino como representante de los soldados de Roma legalmente designado. Fueron ellos quienes decidieron marchar sobre Roma, ¡no por conquistar Roma, ni tratar a los romanos como enemigos!, sino para demostrar al pueblo de Roma lo que piensan de una ley indigna aprobada en una asamblea de civiles gracias a una lengua mucho mejor dotada que la mía, y por instigación de un viejo enfermo que, por cierto, es un héroe. Pero antes de que a mis soldados se les diera la oportunidad de hablaros, tuvieron que enfrentarse a grupos de rufianes armados que les impidieron entrar pacíficamente en la ciudad. Grupos de rufianes armados formados por esclavos y libertos de Cayo Mario y Publio Sulpicio. Es evidente que a mis soldados no les negaron la entrada los ciudadanos respetables de Roma… porque los ciudadanos respetables de Roma están aquí escuchando mi alegato y el de mis tropas. Yo y mis soldados sólo pedimos una cosa; que se nos permita hacer lo que legal y lógicamente se nos ha encomendado: luchar contra Mitrídates.

Respiró hondo y prosiguió con una voz potente y timbrada como el sonido de una trompeta.

—Voy a Oriente sabiendo que gozo de excelente salud, que no he sufrido ninguna afección cerebral, que estoy en disposición de dar a Roma lo que merece… la victoria sobre ese extranjero diabólico que quiere coronarse rey de Roma ¡y que ha asesinado a ochenta mil hombres, mujeres y niños, que se aferraban a los altares implorando protección a los dioses!
 
Mi mando es totalmente acorde con la ley. En otras palabras, me lo han concedido los dioses de Roma. Los dioses de Roma depositan su confianza en mí.

Había ganado. Al retirarse del centro para ceder el puesto a un orador de mucho más fuste como era Quinto Mucio Escévola, pontífice máximo, sabía que había ganado. A pesar de su tendencia a doblegarse a los hombres de pico de oro, los ciudadanos de Roma eran sanos e inteligentes, y sabían entender las cosas de sentido común si se les exponían razonablemente y con energía.

—Me gustaría que hubieses encontrado otra manera de imponerte, Lucio Cornelio —dijo Catulo César al concluir la asamblea—, pero tengo que apoyarte.

—¿Qué alternativa tenía? —inquirió Antonio Orator—. ¡Vamos, Quinto Lutacio, dímela!

Fue el hermano, Lucio César, quien contestó.

—Una alternativa habría sido que Lucio Cornelio se hubiese quedado con sus legiones en Campania, negándose a ceder el mando.

—¡Ah, sí, claro! —exclamó con sorna Craso el Censor—. Y luego, después de que Mario y Sulpicio hubiesen reunido el resto de las legiones de Italia, ¿qué crees que hubiera sucedido? Si ninguno de los dos hubiese cedido, habríamos tenido una verdadera guerra civil, no una simple guerra contra los itálicos, Lucio Julio. Al menos, viniendo a Roma, Lucio Cornelio ha optado por la única solución que impide la confrontación armada entre romanos. ¡El hecho de que no haya legiones en Roma era la garantía de éxito!

—Tienes razón, Publio Licinio —dijo Antonio Orator.

Y así quedó la cosa; todos lamentaban la maniobra de Sila, pero no hallaban otra alternativa.


Durante los diez días sucesivos, Sila y los dirigentes senatoriales continuaron hablando en el Foro, ganándose poco a poco a la gente mediante una implacable campaña para desacreditar a Sulpicio y marginar a
 
Cayo Mario por ser un viejo enfermo que habría debido contentarse con descansar en sus laureles.

Tras las ejecuciones sumarísimas por saqueo, los soldados de las legiones de Sila se comportaron de forma irreprochable y se fueron granjeando el afecto de la población que les daba de comer y hasta los mimaba, sobre todo cuando se difundió la noticia de que era el famoso ejército de Nola, el que realmente había ganado la guerra a los itálicos. Sin embargo, Sila tuvo gran cuidado en aprovisionar a sus tropas sin que la carga recayese en el abastecimiento de la ciudad y dejó que los obsequios civiles fuesen de carácter voluntario. Pero había gente entre el populacho que miraba a la tropa con ojos escépticos y no olvidaba que habían marchado sobre Roma por decisión propia; por lo tanto, si a aquellos soldados se les zahería o molestaba podía desencadenarse una matanza por muy buenas palabras que su general pronunciase en el Foro, ya que, en definitiva, no les había ordenado regresar a Campania; los mantenía en Roma y ello les daba a entender que podía utilizarlos si se presentaba la ocasión.

—Yo no confío en el pueblo —dijo Sila a los dirigentes del Senado, un organismo mermado en el que sólo quedaban algunos personajes—. En el momento en que esté en Oriente puede surgir otro Sulpicio. Por ello quiero promulgar una ley que lo impida.

Había entrado en Roma en los idus de noviembre, una arriesgada fecha, por lo tardío, para acometer una nueva legislación. Puesto que la lex Caecilia Didia estipulaba que debían transcurrir tres días de mercado entre el primer contio de presentación de una nueva ley y su promulgación, había grandes probabilidades de que Sila hubiese agotado el plazo de su cargo de cónsul antes de lograr su objetivo. Para complicar las cosas, la otra lex Caecilia Didia prohibía tratar juntos en una misma ley dos asuntos distintos. Por lo que la única vía legal para concluir a tiempo semejante legislación era quizá la más peligrosa de todas: presentar todas las nuevas leyes a la Asamblea de la plebe en un solo contio y tratarlas todas a la vez. Fue César Estrabón quien solucionó el dilema de Sila.
 
—Es fácil —dijo el inteligente estrábico—. Añade otra ley a la lista y la promulgas en primer lugar. Esto es, una ley derogando la aplicación de las disposiciones de la lex Caecilia Didia exclusivamente para este caso de las nuevas leyes.

—Jamás lo aprobarán los comitia —dijo Sila.

—¡Sí lo harán, si ven un buen número de soldados! —dijo animoso César Estrabón.

Tenía razón. Cuando Sila convocó la Asamblea de todo el pueblo —que comprendía patricios y plebeyos— comprobó que estaba muy predispuesta a legislar lo que él quería. La primera ley propuesta fue la que suspendía las disposiciones de la lex Caecilia Didia prima estrictamente en el caso de las nuevas leyes; como era aplicable a ella misma, la primera lex Cornelia del programa legislativo de Sila fue promulgada y aprobada en el mismo día. Estaba próximo el final de noviembre.

Sila promulgó seis leyes seguidas, en un orden de presentación minuciosamente previsto, porque era fundamental que el pueblo no intuyese el propósito final buscado hasta que fuese demasiado tarde para desenmarañar la legislación. Durante aquellos días no escatimó esfuerzos para evitar cualquier conato de enfrentamiento entre el ejército y los ciudadanos, sabiendo como sabía que la gente desconfiaba de él precisamente por la presencia de los soldados.

Sin embargo, como le importaba un bledo el afecto del pueblo y sólo quería que le obedeciese, decidió que no vendría mal lanzar en Roma una campaña de rumores en el sentido de que si no se aprobaban las leyes la ciudad sufriría un baño de sangre desaforado. Cuando estaba en juego su cabeza, Sila no tenía escrúpulos de ninguna clase. Mientras el pueblo hiciese lo que se le ordenaba, era muy libre de odiarle apasionadamente del mismo modo que él había llegado a odiarlos a ellos. Lo que indudablemente no podía consentir era un baño de sangre porque, de producirse, su carrera estaría acabada. Pero conocedor de los mecanismos del temor, Sila no previó ningún baño de sangre. Y así fue.

Su segunda lex Cornelia parecía bastante inocua. Estipulaba que se incrementara con trescientos nuevos miembros el Senado, que había
 
quedado reducido a cuarenta. En su redacción se había eludido deliberadamente el estigma vinculado a «derogar» leyes, ya que los nuevos senadores los designarían los censores según el método habitual y no se les obligaba a restituir en el cargo a los senadores expulsados por deudas. Mientras Catulo César recaudara el fondo destinado a cancelar las deudas de los senadores expulsados, sin alharacas, como había hecho en Capua durante la guerra, no habría impedimento para que los censores repusiesen en su cargo a los senadores. Y así las vacantes creadas en el Senado por la muerte de tantos miembros quedarían cubiertas. Catulo César había recibido el encargo oficioso de presionar a los censores, lo que significaba que el Senado pronto habría recuperado sus plenos poderes, pensaba Sila, convencido. Catulo César era un hombre infatigable.

La tercera lex Cornelia dejó entrever el puño amenazador de Sila. Derogaba la Lex Hortensia, que llevaba en las tablillas doscientos años y, con arreglo a las disposiciones de esta nueva ley, no se podía presentar nada ante las Asambleas tribales sin contar antes con el sello de aprobación del Senado. Con esto no sólo se amordazaba a los tribunos de la plebe, sino también a cónsules y pretores; si el Senado no emitía un senatus consultun, ni la Asamblea plebeya ni la Asamblea de todo el pueblo podían legislar. Y las Asambleas tribales tampoco podían modificar la redacción de un senatus consultum.

La cuarta lex Cornelia la envió el Senado a la Asamblea de todo el pueblo en forma de senatus consultum. Reforzaba la preponderancia de las centurias, eliminando las modificaciones que el organismo había experimentado durante los primeros tiempos de la república. Los comitia centuriata recuperaban la forma que habían tenido durante el reinado del rey Servio Tulio, cuando sus votos se desviaban para que la primera clase obtuviese casi el cincuenta por ciento del poder. Con la nueva ley de Sila, el Senado y los caballeros volvían a ser tan poderosos como lo habían sido durante la monarquía.

La quinta lex Cornelia ya mostraba la espada desenvainada de Sila. Era la última del programa legislativo a promulgar y aprobar en la Asamblea de todo el pueblo, y estipulaba que en el futuro no se podían discutir ni votar
 
leyes en las Asambleas tribales. Toda nueva legislación debía discutirla y aprobarla la nueva Asamblea centuriada reforzada en virtud de la ley de Sila, en la que el Senado y el Ordo equester lo controlaban todo, y más cuando se mostraran fuertemente unidos, como sucedía siempre que se trataba de oponerse a un cambio radical o a conceder privilegios a las clases bajas. A partir de ahora, las tribus quedaban prácticamente desprovistas de poder, tanto en la Asamblea de todo el pueblo como en la Asamblea plebeya. Y la Asamblea de todo el pueblo aprobó esta quinta lex Cornelia a sabiendas de que cavaba su propia tumba, pues la única potestad que le dejaban era la elección de magistrados estipulada por la ley, pero nada más. La Asamblea tribal, para celebrar un juicio, necesitaba primero que se aprobase una ley.

Todas las leyes de Sulpicio seguían inscritas en las tablillas y eran vigentes, pero ¿para qué servían? ¿Qué más daba que los nuevos ciudadanos de Italia y de la Galia itálica y los ciudadanos libertos de las dos tribus urbanas se distribuyesen entre las treinta y cinco tribus, si las Asambleas tribales no podían aprobar leyes ni celebrar juicios?

Había un punto débil, y Sila lo sabía. De no haber tenido prisa por partir a Oriente, lo habría subsanado; pero en aquella tesitura no le daba tiempo a hacerlo. Se refería a los tribunos de la plebe. Él se las había arreglado para arrancarles los dientes: no podían legislar y no podían someter a juicio a nadie; pero no había podido cortarles las garras, ¡y qué garras! Aún les quedaban los poderes concedidos por la plebe en la época en que fueron instituidos, poderes entre los que se contaba el derecho al veto. En la nueva legislación, Sila había tenido buen cuidado de no mencionar a los magistrados, sino estrictamente a los organismos en los que éstos actuaban. Técnicamente no había cometido ninguna traición manifiesta, pero arrebatar el poder del veto a los tribunos de la plebe podía interpretarse como traición por ir contra el mos maiorun, ya que los poderes tribunicios eran tan antiguos como la república. Sagrados.

Así se concluyó el programa legislativo; no en el Foro, donde el pueblo tenía costumbre de presentarlo y la gente asistía al proceso. La sexta y la séptima leges Cornelia se presentaron a la asamblea centuriada en el
 
Campo de Marte, rodeada por las tropas de Sila que allí se hallaban acantonadas.

Con la sexta ley se conseguía lo que Sila habría encontrado difícil de obtener en el Foro: la derogación de toda la legislación de Sulpicio, so pretexto de que había sido aprobada per vim —con violencia— y durante unos días declarados legalmente feriae o festividades religiosas.

La última ley era en realidad un proceso en el que se acusaba a veinte personas de traición, no la nueva modalidad de traición de Saturnino quaestio maiestate, sino el tipo de traición mucho más antiguo de las centurias, perduellio. Así, Cayo Mario, su hijo, Publio Sulpicio Rufo, el pretor urbano Marco Junio Bruto, Publio Cornelio Cetego, los hermanos Granú, Publio Albinovano, Marco Letorio y otros doce, fueron inculpados y la Asamblea centuriada los condenó. Y la perduellio implicaba la pena capital, porque a las centurias no les bastaba con el destierro. Y lo que era peor, la sentencia podía ejecutarse en el momento de apresar al reo y sin necesidad de formalismos.


Sila no encontró oposición en ninguno de sus amigos ni miembros del Senado, con excepción del segundo cónsul. Quinto Pompeyo Rufo se hallaba sumido en una profunda depresión y acabó diciéndole claramente que no podía aceptar la ejecución de hombres como Cayo Mario y Publio Sulpicio.

Como no tenía intención de ejecutar a Mario —aunque Sulpicio sí que tenía que caer—, Sila intentó al principio animar a Pompeyo Rufo para que superase su depresión, pero, al ver que no conseguía nada, optó por mencionar machaconamente la muerte del joven Quinto Pompeyo a manos de los secuaces de Sulpicio. Pero cuanto más hablaba de ello, más obstinado se mostraba Pompeyo Rufo. Para Sila, era vital que nadie viese fisura alguna en el consenso de los que detentaban el poder y que con tanto denuedo se dedicaban a legislar la extinción de las Asambleas tribales. Por ello decidió que Pompeyo Rufo saliera de Roma para que no le viera aquella tropa que tanto ofendía a su frágil sensibilidad.
 
Uno de los cambios más fascinantes que provocaba en Sila aquella experiencia de poder absoluto, era algo que él mismo notaba y mimaba, y consistía en que disfrutaba y lograba mayor alivio a sus tormentos internos promulgando leyes para arruinar a las personas, que recurriendo al asesinato como en sus primeros tiempos. Manipular al Estado para arruinar a Cayo Mario era infinitamente más placentero que administrarle una dosis de veneno de efecto retardado; mejor incluso que apretarle la mano mientras agonizaba. Esta nueva faceta de estadista situaba a Sila en un plano muy distinto y le confinaba en altitudes tan excelsas, que se sentía como un dios en el Olimpo, mirando las alocadas evoluciones de sus marionetas, exento de frenos morales o éticos.

Y así, se dispuso a deshacerse de Quinto Pompeyo Rufo de una manera totalmente nueva y sutil, una manera que le hacía poner en juego sus facultades mentales, ahorrándole mucha angustia. ¿A qué correr el riesgo de verte sorprendido asesinando si puedes disponer de otros que lo hagan?

—Querido Quinto Pompeyo, necesitas una estancia en el campo —dijo a su colega consular con gran afecto y corrección—. Vengo observando que desde la muerte de tu querido hijo estás deprimido y te pones nervioso con suma facilidad. Ya no eres capaz de distanciarte y ver la importancia de la estructura que estamos tejiendo en el telar gubernamental. ¡La menor contrariedad te abate! Pero no creo que necesites un descanso, sino un buen período de tenaz trabajo.

Los ojos cansinos se posaron en el rostro de Sila con profundo y sincero afecto; ¿cómo no estar agradecido por la suerte de compartir su cargo de cónsul con uno de los hombres más destacados de la historia? ¿Quién habría podido imaginarlo en los días en que sellaron su alianza?

—Sé que tienes razón, Lucio Cornelio —dijo—. Seguramente la tienes en todo; pero me cuesta mucho asumir lo que ha sucedido y está sucediendo. Si crees que hay alguna misión que yo pueda llevar a cabo debidamente, la cumpliré encantado.

—Hay algo de suma importancia que puedes hacer… una tarea que sólo el cónsul puede llevar a cabo —añadió Sila enérgico.

—¿Cuál?
 
—Relevar a Pompeyo Estrabón del mando.

Un estremecimiento recorrió el cuerpo del segundo cónsul, que miraba a Sila con recelo.

—¡Yo no creo que Pompeyo Estrabón se avenga a ceder el mando, del mismo modo que te sucedió a ti!

—Al contrario, querido Quinto Pompeyo. El otro día tuve carta de él, diciéndome si podía hacer lo necesario para relevarle del mando. Y me pedía concretamente que fueses tú. Ya sabes lo que sucede con los picentínos… La tropa no mira bien a los generales que no son picentinos — dijo Sila, viendo cómo se iluminaba de alegría el rostro del segundo cónsul

—. Tu principal cometido será desmovilizarlos, ya que la resistencia en el norte toca a su fin y ya no hay necesidad de mantener un ejército, que, desde luego, Roma no puede seguir pagando. No es una sinecura que te ofrezco, Quinto Pompeyo —añadió Sila, adoptando un aire de gravedad—. Yo sé por qué Pompeyo Estrabón quiere de pronto que le sustituyan: para no ganarse la animadversión de sus tropas al licenciarlas. ¡Así pues, que lo haga otro Pompeyo!

—No tengo inconveniente, Lucio Cornelio —dijo Pompeyo Rufo, cuadrándose de hombros—. Te agradezco la encomienda.
Al día siguiente, el Senado promulgaba un senatus consultum por el que Cneo Pompeyo Estrabón quedaba relevado del mando y lo sustituía Quinto Pompeyo Rufo. Tras lo cual, éste abandonaba Roma sin dilación, sabiendo que ninguno de los condenados había sido aprehendido y contento de no mancharse las manos.

—Tú mismo puedes hacer de correo —dijo Sila, entregándole el decreto del Senado—. Y hazme un favor, Quinto Pompeyo. Antes de dar a Pompeyo Estrabón el documento senatorial, entrégale esta carta mía y dile que la lea antes.

Pompeyo Estrabón se hallaba en aquel momento en Umbría con sus legiones, acampado ante Ariminum, y por ello el segundo cónsul viajó por la Vía Flaminia, la gran carretera que iba hacia el norte, cruzando los Apeninos entre Assissium y Cales. Aunque aún no era invierno, en aquellas alturas hacía mucho frío, por lo que Pompeyo Rufo efectuó el viaje
 
cómodamente instalado en un coche de dos ruedas cerrado y con abundante equipaje cargado en un carro tirado por una mula. Como sabía que iba a un destino militar, sólo llevaba como escolta a sus lictores y un grupo de esclavos propios. La Vía Flaminia era una de las que comunicaban directamente con Roma, así que no tuvo necesidad de detenerse en posadas durante el viaje, pues conocía a muchos romanos que tenían mansiones a lo largo de ella y podían alojarle.

En Assissium, su anfitrión, a quien conocía hacía tiempo, se creyó obligado a excusarse por las condiciones de alojamiento.

—¡Los tiempos han cambiado, Quinto Pompeyo! —dijo con un suspiro

—. ¡He tenido que vender muchas cosas! ¡Y por si eso fuera poco, padezco una invasión de ratones!
Así, Quinto Pompeyo Rufo se acostó en una habitación que él recordaba mucho mejor amueblada y menos fría, dado que las contraventanas habían sido arrancadas por un ejército de paso que necesitaba leña. Durante un buen rato, permaneció despierto, escuchando ruidos de roedores y crujidos, pensando en los acontecimientos de Roma y amedrentado por considerar que Lucio Cornelio había ido demasiado lejos. Y algún día le pedirían cuentas; porque eran muchas generaciones de tribunos de la plebe actuando activamente en el Foro para que la plebe aguantara el insulto que el primer cónsul les infligía, derogando sumariamente todas sus leyes. Y serían hombres como él, Quinto Pompeyo Rufo, quienes recibirían los reproches… y las condenas.

Se levantó al amanecer, llenando con su hálito el frío ambiente del cuarto, y buscó su ropa sin dejar de tiritar y con los dientes castañeteándole. Unos calzones para cubrirse desde la cintura a las rodillas, dos túnicas calientes encima y dos tubos de lana sin desengrasar para abrigarse los pies y las piernas hasta las rodillas.

Pero cuando cogió los calcetines y se sentó en el borde de la cama para ponérselos, vio que, durante la noche, los ratones habían devorado del todo la sabrosa punta. Con carne de gallina, los examinó horrorizado a la luz grisácea de la desguarnecida ventana: como supersticioso picentino que era,
 
sabía lo que significaba. Los ratones eran precursores de muerte y los ratones le habían comido los pies. Caería y moriría. Era un presagio.

Su criado le buscó otro par de calcetines y se arrodilló para ponérselos, alarmado por aquel Pompeyo Rufo enmudecido sentado en el borde de la cama. El hombre, que conocía perfectamente el presagio, rezó porque no se cumpliese.

—Domine, no hay por qué preocuparse —dijo.

—Voy a morir —replicó Pompeyo Rufo.

—¡Tonterías! —se apresuró a decir el esclavo, ayudándole a ponerse en pie—. ¡Yo soy griego y sé más que los romanos sobre los dioses de ultratumba! Apolo Smintheus es un dios de vida, luz y curación y tiene por sagrados a los ratones. No, yo creo que es un presagio de que, de vuestra mano, el norte sanará de sus heridas.

—Significa que moriré —replicó Pompeyo Rufo, sin que nadie pudiera sacarle de sus trece.

Tres días después llegaba al campamento de Pompeyo Estrabón, más o menos resignado a su suerte, encontrándose a su primo lejano instalado en una especie de casona rural, en una finca.

—¡Vaya sorpresa! —dijo Pompeyo Estrabón afable, tendiéndole la mano derecha—. ¡Pasa, pasa!

—Traigo dos cartas —dijo Pompeyo Rufo, sentándose en una silla y aceptando el mejor vino que degustaba desde su salida de Roma—. Lucio Cornelio dice que leas primero la suya —añadió, entregándole los dos rollos—. La otra es del Senado.

Se advirtió un cambio en Pompeyo Estrabón ante la simple mención del Senado, pero no dijo nada ni hizo gesto alguno que diera a entender sus sentimientos, y se limitó a romper el sello de la carta de Sila.

Me apena, Cneo Pompeyo, verme obligado por decisión del Senado a enviarte a tu primo Rufo en estas circunstancias. Nadie aprecia mejor que yo los numerosos servicios que has rendido a Roma. Y nadie sabe mejor que yo que puedes rendirle a Roma otro gran servicio de indecible importancia para nuestras carreras.
 
Nuestro mutuo colega, Quinto Pompeyo, es un hombre muy afectado. Desde la muerte de su hijo —mi yerno y padre de mis dos nietos— nuestro pobre amigo ha experimentado un alarmante decaimiento. Como su presencia en Roma es un grave inconveniente, me he visto obligado a enviarle fuera. Sucede que no se aviene a aprobar las medidas que me he visto obligado —obligado, repito— a adoptar en defensa del mos maiorum.

Como sé, Cneo Pompeyo, que tú apruebas plenamente estas medidas, dado que te he mantenido informado y nos hemos comunicado asiduamente, considero muy sinceramente que Quinto Pompeyo necesita urgentemente un prolongado descanso. Y espero que lo tenga ahí en Umbría a tu lado.

Espero que me perdones por haberle contado a Quinto Pompeyo tus fervientes deseos de ser relevado del mando antes de licenciar a tus tropas. Para él ha sido un desahogo saber que le recibirías con los brazos abiertos.

Pompeyo Estrabón dejó en la mesa la carta de Sila y rompió el sello oficial de la del Senado. No dejó que se reflejara en su rostro la reacción ante lo que iba leyendo. Concluida la lectura, puso el documento en la mesa, miró a Pompeyo Rufo y le dirigió una amplia sonrisa.

—¡Bien, Quinto Pompeyo, cuánto me alegro de que hayas venido! — dijo—. Será un placer quedar relevado del servicio.

Pese a lo que le había dicho Sila, Pompeyo Rufo se esperaba una reacción indignada por parte de Pompeyo Estrabón.

—¿De verdad es lo que decía Lucio Cornelio? ¿No te importa? —¿Importarme? ¿Por qué iba a importarme? Estoy encantado —

contestó Pompeyo Estrabón—. Mi bolsa empieza a resentirse.

—¿Tu bolsa?

—Tengo diez legiones en pie de guerra, Quinto Pompeyo, y pago de mi bolsa más de la mitad.

—¿Ah, sí?

—Roma no puede —contestó Pompeyo Estrabón, levantándose del escritorio—. Ya es hora de desmovilizar a los soldados que no son míos, y es una tarea que no me atrae. A mí me gusta combatir, no escribir cosas.
 
Para empezar, no tengo muy buena vista. Aunque tengo a mi servicio a un cadete que es excelente en eso de escribir. ¡Y le encanta! Supongo que es cosa del carácter —añadió Pompeyo Estrabón, pasando el brazo por los hombros de Pompeyo Rufo—. Bien, voy a presentarte a mi legado y a mis tribunos. Todos han servido conmigo mucho tiempo, así que no hagas caso si les notaras incomodados, porque yo no les he dicho nada.

La sorpresa y decepción que Pompeyo Estrabón no había mostrado era evidente en los rostros de Bruto Damasipo y Gelio Poplicola cuando su general les dio la noticia.

—¡No, no, muchachos, es estupendo! —exclamó Pompeyo Estrabón—. Y a mi hijo le vendrá bien servir bajo el mando de quien no es su padre. Todos nos abandonamos un poco cuando el viento sopla en la misma dirección. Así todo el mundo se desperezará.

Aquella tarde, Pompeyo Estrabón hizo formar el ejército para que el nuevo general pasara revista.

—Sólo hay cuatro legiones de soldados míos —le dijo, mientras le acompañaba recorriendo la formación—. Las otras seis están por ahí, fundamentalmente limpiando y ganduleando. Dos en Camerinum, una en Fanum Fortunae, una en Ancona, una en Iguvium, una en Arretium y otra en Cingulum. Tendrás que viajar bastante para desmovilizarlas. No creo que convenga reunirlas a todas para darles los papeles.

—No me importa viajar —dijo Pompeyo Rufo, que ya se sentía mejor.

Quizá su criado tuviera razón y el presagio no era de muerte.

Aquella noche, Pompeyo Estrabón celebró un modesto banquete en su cálido y cómodo caserón. Estaba también su joven y atractivo hijo y otros cadetes, los legados Lucio Junio Bruto Damasipo y Lucio Gelio Poplicola y cuatro tribunos militares de cargo no electo.

—Me alegro de no ser ya cónsul y tener que tratar con esa gente —dijo Pompeyo Estrabón, refiriéndose a los tribunos electos de los soldados—. Me dijeron que se negaron a ir a Roma con Lucio Cornelio. Lo clásico. ¡Serán patanes! Se lo tienen creído.

—¿De verdad que apruebas la marcha sobre Roma? —inquirió Pompeyo Rufo sin acabar de creérselo.
 
—Desde luego. ¿Qué otra cosa podía hacer Lucio Cornelio?

—Aceptar la decisión del pueblo.

—¿Un revés inconstitucional al imperium del cónsul? ¡Vamos, Quinto Pompeyo! No fue Lucio Cornelio quien actuó ilegalmente, sino la Asamblea plebeya y ese cunnus traidor de Sulpicio. Y Cayo Mario. El viejo gruñón codicioso. Ha pasado su época, pero ni siquiera le queda seso para darse cuenta. ¿Por qué a él se le consiente actuar inconstitucionalmente sin que nadie le diga nada, mientras que al pobre Lucio Cornelio, que defiende la constitución, todos le hacen reproches?

—La Asamblea del pueblo nunca ha querido a Lucio Cornelio, pero ahora menos que nunca.

—¿Y eso le preocupa? —inquirió Pompeyo Estrabón.

—No lo creo. Pero sí que me parece que debería preocuparle. —¡Tonterías! ¡Anímate, primo! Tú ya has salido del lío. Cuando den

con Mario, Sulpicio y el resto, a ti no te reprocharán nada por la ejecución —dijo Pompeyo Estrabón—. Bebe más vino.

A la mañana siguiente, el segundo cónsul decidió recorrer el campamento para ver las instalaciones. Se lo había sugerido Pompeyo Estrabón, quien no quiso acompañarle.

—Mejor será que los soldados te vean a ti solo —dijo.

Aturdido aún por el cálido recibimiento, Pompeyo Rufo fue de un lado para otro, y por doquier fue aclamado con gran afabilidad, tanto por parte de los centuriones como de la tropa. Le preguntaban su opinión sobre esto o lo otro y le mostraban toda clase de deferencias. Sin embargo, fue lo bastante inteligente para no desvelar lo que no le parecía bien hasta que se hubiera marchado Pompeyo Estrabón y él hubiera asumido el mando. Entre las deficiencias que encontró estaba la falta de higiene en las instalaciones sanitarias; los pozos negros y las letrinas estaban muy dejadas y demasiado próximas al pozo de donde se sacaba el agua. Era característico de los hombres de tierra adentro, se dijo Pompeyo Rufo; cuando consideraban que un asentamiento estaba contaminado, recogían los bártulos y se iba a otra parte.
 
Cuando el segundo cónsul vio un nutrido grupo de soldados que se dirigían hacia él, no sintió miedo ni túvo ninguna premonición, pues llegaban sonrientes, como con ganas de dialogar. Se animó, pensando que quizá sería la ocasión para hablarles de la higiene del campamento. Por eso, mientras le rodeaban les miró no menos sonriente y no sintió la primera espada que le atravesó la cota de cuero, penetró entre dos costillas y se hundió aún más. Siguieron otras espadas a gran velocidad y no tuvo tiempo ni de gritar, ni de pensar en los ratones y los calcetines. Estaba muerto antes de caer al suelo. Los soldados se esfumaron.

—¡Qué desagradable! —exclamó Pompeyo Estrabón a su hijo, incorporándose—. ¡Está muerto, el pobre! Habrá recibido treinta cuchilladas. Y mortales. Debieron ser espadachines selectos.

—Pero ¿quiénes? —inquirió otro cadete, ya que Pompeyo hijo no decía nada.

—Soldados, desde luego —contestó Pompeyo Estrabón—. Me imagino que la tropa no quería el cambio de general. Algo había oído yo por Damasipo, pero no lo había tomado en serio.

—¿Qué vas a hacer, padre? —inquirió el joven Pompeyo.

—Devolverle a Roma.

—¿Y no es ilegal? A las bajas de guerra se les da entierro donde caen.

—Se ha acabado la guerra y es el cónsul —dijo Pompeyo Estrabón—.

Creo que el Senado debe ver el cadáver. Cneo, hijo, encárgate tú de ello.

Que Damasipo dé escolta al cadáver.

Se hizo con gran repercusión. Pompeyo Estrabón envió un correo para que se convocase una reunión del Senado y luego hizo llegar el cuerpo de Quinto Pompeyo Rufo a las puertas de la Curia Hostilia. No se dieron otras explicaciones más que las expresadas por boca de Damasipo, que fue sencillamente que el ejército de Pompeyo Estrabón se negaba a tener otro comandante que no fuera él. A Cneo Pompeyo Estrabón se le requirió humildemente si, dado que había muerto su designado sucesor, tenía inconveniente en continuar al mando del sector norte.

Sila leyó a solas la carta de Pompeyo Estrabón.
 
Bien, Lucio Cornelio, ¿no es lamentable? Mucho me temo que no va a saberse quién lo hizo. Y no estoy dispuesto a castigar a cuatro buenas legiones por algo que sólo es obra de treinta o cuarenta hombres. Mis centuriones no tienen ninguna pista. Y tampoco mi hijo, que suele estar muy bien relacionado con la tropa y suele enterarse de todo. Verdaderamente es culpa mía por no haberme dado cuenta del afecto que me tienen mis hombres. Al fin y al cabo, Quinto Pompeyo era picentino y no pensé que les importase lo más mínimo que asumiera el mando.

En fin, espero que el Senado vea la conveniencia de prorrogarme el mando en el norte. Si la tropa no ha querido a un picentino, difícil sería que aceptasen a un extranjero, ¿no crees?

Quiero expresarte mis mejores deseos para lo que proyectes, Lucio Cornelio. Eres un adalid de los buenos tiempos, aunque con un interesante estilo nuevo. Hay mucho que aprender de ti. Te ruego sepas que cuentas con mi más sincero apoyo, y no dudes en hacerme saber si en algo más puedo ayudarte.

Sila se echó a reír y quemó la carta; era una de las pocas buenas noticias que recibía. Que había descontento en Roma por las modificaciones que estaba efectuando en la constitución, lo sabía él más que de sobra, pues la Asamblea plebeya se había reunido para elegir a diez nuevos tribunos de la plebe, y todos los elegidos eran adversarios suyos y partidarios de Sulpicio. Entre ellos estaban Cayo Milonio, Cayo Papirio Carbón Arvina, Publio Magio, Marco Virgilio, Marco Mario Gratidiano (el sobrino adoptivo de Mario) y nada menos que Quinto Sertorio. Cuando Sila supo que Quinto Sertorio se presentaba candidato, le envió recomendación de no hacerlo si estimaba su carrera. Advertencia de la que Sertorio había hecho caso omiso, alegando que ya tanto le daba al Estado que fuese elegido tribuno de la plebe.

Por todos estos indicios adversos, Sila se dio cuenta de que debía asegurarse la elección de magistrados curules muy conservadores; tanto los dos cónsules como los seis pretores habrían de ser decididos partidarios de las leges Corneliae. Los cuestores eran fáciles, por tratarse de senadores
 
readmitidos o jóvenes de familias senatoriales en los que se podía confiar en cuanto a respaldo del poder del Senado. Entre ellos estaba Lucio Licinio Lúculo, que estaba al servicio de Sila.

Desde luego, uno de los candidatos consulares tendría que ser el sobrino de Sila, Lucio Nonio, que había sido pretor dos años atrás, y sí era elegido cónsul, no osaría ofender a su tío. Lo único lamentable era que se trataba de un hombre anodino que hasta entonces no había descollado en nada, y por lo tanto no iba a ser muy del agrado de los electores. Pero su elección como candidato sí iba a complacer a la hermana de Sila, a quien éste casi había olvidado, dado el poco afecto familiar que sentía. Cuando acudía a pasar unos días en Roma, como solía hacer a menudo, él nunca iba a verla. ¡Eso tendría que cambiar! Afortunadamente, Dalmática tenía muchas ganas de hacer lo que fuese y era una esposa hospitalaria y paciente; ella podría cuidar de su hermana y del aburrido Lucio Nonio, en la esperanza de que pronto fuese cónsul.

Los otros candidatos consulares contaban con buena aceptación: el que en otros tiempos había sido legado de Pompeyo Estrabón, Cneo Octavio Ruso, era decidido partidario de Sila y de la tradición; probablemente tendría también órdenes de Pompeyo Estrabón. El segundo candidato prometedor era Publio Servilio Vatia, un Servilio plebeyo pero de una buena familia antigua y muy bien visto entre los de la primera clase. Contaba además con un fantástico historial bélico, lo cual siempre era una buena baza electoral.

No obstante, había un candidato que a Sila le preocupaba enormemente, en particular porque en apariencia, para la primera clase, resultaría el candidato consular idóneo, por ser partidario decidido de los privilegios senatoriales y de reforzar las prerrogativas del Ordo equester, aunque no estuvieran legalizadas. Lucio Cornelio Cinna era un patricio de la misma gens que Sila, estaba casado con una Annia, contaba con un excelente historial militar y tenía buena fama como orador y abogado. Pero Sila sabía que estaba vinculado en cierto modo a Cayo Mario, y seguramente Mario le habría sobornado. Al igual que tantos otros senadores, meses atrás era de dominio público que su situación financiera era precaria, y, sin embargo,
 
cuando se dio la expulsión de senadores por deudas, se vio que Cinna tenía bien cubierto el riñón. Sí, estaría comprado, pensó Sila entristecido. ¡Qué listo era Cayo Mario! Desde luego, aquello estaba relacionado con el hijo de Mario y la acusación de haber asesinado al cónsul Catón. En situación normal, Sila dudaba que Cinna se hubiese avenido al soborno, porque no parecía ser esa clase de hombre, motivo por el cual iba a resultar atractivo para los electores de la primera clase. Pero cuando se pasaban apuros y la ruina amenazaba de tal modo que afectaba a los hijos y al futuro, muchos hombres de principios se dejaban comprar. Sobre todo si el hombre de principios considera que ello no significa renunciar a sus principios.

Por si las elecciones curules no hubieran sido suficiente motivo de preocupación, Sila se daba cuenta de que su ejército estaba cansado de ocupar Roma. Los soldados querían ir a Oriente a combatir contra Mitrídates, y, lógicamente, no acababan de entender los motivos por los que su general los tenía en Roma sin hacer nada. Además comenzaba a notar un aumento del rechazo a su permanencia en Roma por parte de los romanos; no es que hubiese disminuido el número de comidas, de camas y de mujeres, sino más bien que los romanos que no habían aprobado su presencia, ahora se enValentonaban y se dedicaban a vaciar por la ventana los orinales sobre la cabeza de la desventurada tropa.

Si Sila hubiese estado dispuesto a sobornar sin reparos, se habría asegurado el triunfo en las elecciones curules, pues existía el ambiente adecuado para el soborno. Pero Sila no estaba dispuesto a compartir con nadie su pequeña reserva de oro. Que Pompeyo Estrabón pagase las legiones de su bolsa, si le placía, y que Cayo Mario dijese que él estaba dispuesto a hacer lo propio; Lucio Cornelio Sila consideraba que era deber de Roma pagar las facturas. Si Pompeyo Rufo no hubiese muerto, Sila habría podido obtener el dinero del acaudalado picentino, pero no lo había pensado antes de enviarle camino de la muerte.

Mis planes son buenos, pero la ejecución es difícil, pensaba. Esta maldita ciudad está demasiado llena de personas con opinión propia, todas decididas a salirse con la suya. ¿Por qué no comprenden lo lógicos y adecuados que son mis planes? ¿Cómo puede un hombre acaparar
 
suficiente poder para que sus planes no se frustren? ¡Los hombres con ideales y principios son la ruina del mundo!

Y así, hacia mediados de diciembre, hizo que su ejército regresase a Capua al mando del fiel Lúculo, que ya era oficialmente su cuestor. Una vez hecho esto, puso sus reparos y esperanzas en manos de la Fortuna y celebró las elecciones.

Aunque estaba convencido de no haber subestimado la fuerza del resentimiento que había alimentado en todos los estratos de la sociedad romana, lo cierto era que no había llegado al fondo de la animadversión. Nadie decía una palabra ni le miraba de través, pero, bajo las apariencias, ningún romano le perdonaba que hubiese entrado con el ejército en la ciudad, ni que ese ejército le hubiese mostrado fidelidad a él antes que a Roma.

Y ese resentimiento callado iba desde las esferas más altas hasta las clases más humildes. Incluso hombres tan estrechamente ligados a él y a la supremacía del Senado como los hermanos César y los hermanos Escipión Nasica, deseaban desesperadamente que Sila hubiese sido capaz de vislumbrar otro medio para solventar el dilema del Senado en lugar de traer al ejército. Y por debajo de la primera clase había dos enconadas úlceras en el sentimiento de la gente: que se hubiese condenado a muerte a un tribuno de la plebe en funciones y que el viejo e impedido Cayo Mario se hubiera visto obligado a abandonar casa, familia y situación al ser condenado a la pena capital.

Parte de este rencor larvado se hizo evidente al asumir el cargo los nuevos magistrados curules. Cneo Octavio Ruso era el primer cónsul, pero el segundo cónsul resultó ser Lucio Cornelio Cinna. Los pretores eran un grupo aparte, con ninguno de los cuales podía contar Sila.

Pero fue la elección de los tribunos de los soldados en la Asamblea de todo el pueblo lo que más inquietó a Sila. Eran todos unos desaprensivos y entre ellos había despiadados como Cayo Flavio Fimbria, Publio Annio y Cayo Marcio Censorino; gente capaz de tratar sin miramientos a los generales, pensó Sila, ¿qué general con esa canalla en sus legiones se atrevería a marchar sobre Roma? Le matarían con menos escrúpulos que el
 
joven Mario al cónsul Catón. ¡Cuánto me alegro de haber concluido mi consulado y no tenerlos en mis legiones, porque todos ellos son un Saturnino en potencia!, pensó.


A pesar de los adversos resultados electorales, Sila no se sentía descontento del todo aquel final de año. Cuando menos, el retraso había permitido que sus agentes en la provincia de Asia, Bitinia y Grecia tuviesen tiempo de hacerse una idea de la situación real. Decididamente, lo más importante era marchar a Grecia y preocuparse después de Asia Menor. No disponía de tropas para intentar un ataque de flanco, y tendría que recurrir a una denodada campaña para expulsar a Mitrídates de Grecia y Macedonia. La invasión póntica de Macedonia no había sido tan fácil como estaba previsto; Cayo Sentio y Quinto Bruto Sura habían demostrado una vez más que la potencia no bastaba cuando el enemigo era romano. Sí, habían logrado grandes hazañas con sus modestos ejércitos, pero lo más probable era que no pudiesen aguantar.

Lo que más le urgía, por consiguiente, era salir con sus tropas de Italia. Sólo derrotando a Mitrídates y saqueando Oriente lograría heredar la fama incomparable de Cayo Mario. Sólo trayendo a Roma el oro de Mitrídates podría sacarla de la crisis. Sólo realizando estas empresas le perdonaría Roma haber marchado sobre ella. Y sólo entonces le perdonaría la plebe por haber convertido su apreciada Asamblea en algo más apto para jugar a los dados y estar mano sobre mano.

En su último día de cónsul, Sila convocó una reunión especial del Senado y habló con particular franqueza, porque confiaba profundamente en sí mismo y en las medidas adoptadas.

—Si no fuera por mí, padres conscriptos, no existiríais. Puedo decirlo y lo digo. Si las leyes de Publio Sulpicio hubiesen permanecido inscritas en las tablillas, la plebe, ¡no ya el pueblo!, gobernaría ahora en Roma sin control alguno. El Senado sería otra reliquia con senadores insuficientes para alcanzar consenso. No se podrían dirigir recomendaciones a la plebe ni al pueblo, ni adoptar decisiones en asuntos que nosotros consideramos de
 
estricta competencia senatorial. Así que, antes de que comencéis a llorar y gimotear respecto a la suerte de la plebe y del pueblo, antes de que comencéis a compadecer desaforadamente a la plebe y al pueblo, os sugiero que recordéis que este augusto organismo no existiría de no ser por mí.

—¡Cierto, cierto! —exclamó Catulo César, muy complacido porque su hijo, uno de los senadores nuevos y relativamente jóvenes, había podido licenciarse y ahora ocupaba una silla en la Cámara.

—Recordad también —continuó Sila—, que si queréis conservar el derecho a orientar y equilibrar el gobierno de Roma, debéis respaldar mis leyes. ¡Antes de soliviantaros, pensad en Roma! Por el bien de Roma, debe haber paz en Italia. Por el bien de Roma, debéis hacer un ingente esfuerzo para encontrar la solución a los apuros financieros y devolver la prosperidad a Roma. No podemos concedemos el lujo de dejar que los tribunos de la plebe se subleven. ¡La situación que yo he establecido debe mantenerse! Sólo así se recobrará Roma. ¡No pueden consentirse las necedades de un Sulpicio!

—Mañana —añadió, mirando directamente a los cónsules electos—, Cneo Octavio y Lucio Cinna, nos relevaréis en el cargo a mí y a mi difunto colega Quinto Pompeyo. Yo me convertiré en varón consular. Cneo Octavio, ¿me das tu palabra solemne de que respetarás mis leyes?

—Lo haré, Lucio Comelio —contestó Octavio sin vacilar—. Tienes mi palabra.

—Lucio Cornelio, de la rama con el sobrenombre Cinna, ¿me das tu palabra de que respetarás mis leyes?

Cinna se le quedó mirando impertérrito.

—Eso depende, Lucio Cornelío, de la rama con el sobrenombre Sila. Respetaré tus leyes si se demuestra que son un buen instrumento de gobierno. En este momento no estoy muy seguro. La maquinaria es muy anacrónica, muy poco satisfactoria, y los derechos de gran parte de la sociedad rornana han sido… anulados; no encuentro otra palabra mejor. Lamento profundamente importunarte, pero tal como están las cosas debo mantener mi promesa.
 
En el rostro de Sila sobrevino un cambio increíble. Como había sucedido con algunas personas últimamente, ahora el Senado tenía la oportunidad de ver aquel ser infernal interno que anidaba en Sila, y, del mismo modo que aquellas personas, los senadores no olvidarían semejante metamorfosis, que aun en años sucesivos recordarían estremecidos.

Antes de que Sila pudiese abrir la boca para contestar, intervino Escévola, pontífice máximo.

—¡No te obstines, Lucio Cirma! —exclamó, recordando que en su primera visión del monstruo que ocultaba Sila, éste había marchado sobre Roma—. ¡Te lo suplico, promételo al cónsul! En éstas se oyó la voz de Antonio Orator:

—Si ésa es la actitud que piensas adoptar, Cinna, te aconsejo que te guardes las espaldas. El cónsul Lucio Catón no lo hizo, y murió.

Se oían murmullos en la Cámara entre los senadores nuevos y los antiguos, y casi todo eran comentarios de irritación y temor por la actitud de Cinna. ¿Por qué esos consulares no podían prescindir de su ambición y ceder en su actitud? ¿Es que no veían cuán desesperadamente necesitaba Roma paz y estabilidad interna?

—¡Orden! —dijo Sila una sola vez y sin alzar mucho la voz, pero como mantenía aquella feroz mirada, se hizo el silencio inmediatamente.

—Primer cónsul, ¿puedo hablar? —inquirió Catulo César, que estaba recordando que la primera vez que había visto aquella transformación en Sila se había producido la retirada de Tridentum.

—Habla, Quinto Lutacio.

—En primer lugar, quiero hacer un comentario sobre Lucio Cinna — dijo Catulo César, impasible—. Creo que debe andarse con cuidado. Deploro su elección para un cargo para el cual no creo que tenga méritos. Lucio Cinna tendrá un magnífico historial militar, pero sus nociones políticas y sus ideas respecto a cómo debe gobernarse Roma son mínimas. Cuando era pretor urbano no se adoptaron ninguna de las medidas necesarias; los dos cónsules estaban en el campo de batalla, y, sin embargo, Lucio Cinna, ¡que virtualmente tenía el gobierno de Roma!, no hizo nada por evitar las terribles estrecheces económicas. Si él hubiese emprendido
 
algo, Roma estaría mejor ahora. Pues bien, ahí tenemos a Lucio Cinna, ahora cónsul electo, negándose a dar a un hombre mucho más inteligente Y capaz una promesa que se le pide con auténtico espíritu de gobernación senatorial.

—No has dicho nada que me haga cambiar de idea, Quinto Lutacio Servilis —replicó ásperamente Cinna, motejando de servil a Catulo César.

—Ya me doy cuenta —contestó Catulo César, más altanero que nunca

—. ¡En realidad, en mi modesta opinión, no hay nada que ninguno de nosotros podamos decir para que cambies de idea! ¡Porque tu mente se ha cerrado con la misma rapidez que tu bolsa en cuanto Cayo Mario te la llenó para lavar la reputación de su hijo homicida!

Cinna se ruborizó; era un defecto que detestaba y que siempre le traicionaba.
—No obstante, padres conscriptos, hay un medio por el que podemos asegurarnos de que Lucio Cinna respeta las medidas tan cuidadosamente adoptadas por nuestro primer cónsul —prosiguió Catulo César—. Sugiero que se requiera un juramento solemne y vinculante a Cneo Octavio y a Lucio Cinna para que respeten nuestro actual sistema de gobierno, tal como está inscrito en las tablillas por Lucio Sila.

—Estoy de acuerdo —dijo Escévola, pontífice máximo. —Y yo —dijo Flaco, príncipe del Senado.
—Y yo —dijo Antonio Orator.

—Y yo —dijo Lucio César el Censor. —Y yo —dijo Craso el Censor.

—Y yo —dijo Quinto Ancario. —Y yo —dijo Publio Servilio Vatia.
—Y yo —dijo Lucio Cornelio Sila, volviéndose hacia Escévola—. Sumo sacerdote, ¿quieres tomar juramento a los cónsules electos?
—Así lo haré.

—Y yo lo prestaré —terció Cinna—, si la Cámara lo vota por clara mayoría.
—Pongámoslo a votación —se apresuró a decir Sila—. Los que estén a favor del juramento, que se sitúen a mi derecha. Los que no lo estén, que se
 
pongan a mi izquierda.

Sólo unos cuantos senadores se colocaron a la izquierda de Sila, pero el primero en hacerlo fue Quinto Sertorio, irradiando disgusto por todos los poros de su musculosa anatomía.

—La Cámara ha votado, mostrando definitivamente su parecer —dijo Sila, ya sin la feroz expresión en el rostro—. Quinto Mucio, tú eres el sumo pontífice. ¿Cómo debe prestarse el juramento?

—Legalmente —se apresuró a decir Escévola—. En primer lugar, todo el Senado debe acudir al templo de Júpiter Optimus Maximus y allí el flamen dialis y yo haremos el sacrificio al Gran Dios de un cordero de dos años, que oficiaremos ayudados por los sacerdotes de los Dos Dientes.

—¡Estupendo! —dijo Sertorio en voz alta—. ¡Seguro que cuando lleguemos a lo alto del Capitolio todos los oficiantes y animales necesarios están dispuestos!

Escévola continuó como si nadie hubiese dicho nada.

—Después del sacrificio, encargaré a Lucio Domicio, hijo del finado sumo pontífice y que nada tiene que ver con esto, que lea los auspicios en el hígado de la víctima. Si los presagios son propicios, conduciré al Senado al templo de Semo Sancus Dius Fidius, dios de la buena fe divina, y a cielo abierto, como es preceptivo para los que prestan juramento, requeriré a los cónsules electos respetar las leges Corneliae.

—Pues hagámoslo cuanto antes, pontífice máximo —dijo Sila, levantándose de la silla curul.

Los presagios fueron propicios, y aún lo fueron más cuando en el trayecto desde el Capitolio al templo de Semo Sancus Dius Fidius, el Senado en pleno vio un águila volando de izquierda a derecha sobre la puerta Sanqualis.

Pero Cinna no tenía intención de quedar atado por un juramento a las leyes de Sila y conocía el modo de que su juramento fuese nulo. Mientras los senadores ascendían la cuesta del Capitolio camino del templo del Gran Dios, él se quedó rezagado con Quinto Sertorio y, sin que nadie le viese hablarle —y menos aún oír lo que decía—, le pidió que le buscase cierta piedra. Luego, cuando los senadores iban de un templo a otro, Sertorio
 
metió la piedra entre los pliegues de la toga de Cinna sin que nadie lo advirtiese. No era difícil situarla en un lugar donde poder agarrarla con los dedos de la mano izquierda, pues era una piedra pequeña, ovalada y lisa.

Desde muy pequeño, como todos los niños romanos, sabía que tenía que salir al aire libre para efectuar aquellos ingeniosos juramentos que tanto gustaban a los chiquillos: juramentos de amistad y enemistad, de temor, de odio, de audacia y de engaño. Pues del juramento tenían que ser testigos los dioses del cielo, pues si no lo eran, el juramento no valía ni obligaba. Como todos sus compañeros de juegos, Cinna había cumplido el ritual con toda seriedad, pero en cierta ocasión conoció a un chico —el hijo del caballero Sexto Perquitieno— que se había criado en aquella horrible casa y había anulado todos los juramentos prestados. Los dos tenían casi la misma edad, aunque el hijo de Sexto Perquitieno no se juntaba con los hijos de los senadores. Había sido un encuentro casual y en él se había efectuado un juramento.

—Lo único que hay que hacer —le había dicho el hijo de Sexto Perquitieno— es juntar los huesos de la madre tierra. Y para ello agarras una piedra en la mano mientras juras. Tienes que ponerte bajo la protección de los dioses de ultratumba, porque la ultratumba está hecha de los huesos de la madre tierra. Piedra, Lucio Cornelio. ¡La piedra es hueso!

Así, cuando Lucio Cornelio Cinna juró respetar las leyes de Sila, lo hizo agarrando con fuerza la piedra en la mano izquierda. Una vez prestado, se agachó ágilmente al suelo —que al ser un templo descubierto se hallaba lleno de hojas, grava, piedras y hierbas— y fingió coger la piedra.

—¡Y si no cumplo el juramento —dijo con voz clara y estentórea—, que me arrojen de la roca Tarpeya lo mismo que yo arrojo esta piedra!

La piedra voló por los aires, chocó contra la pared desconchada y cayó en el seno de la madre tierra. Nadie pareció captar el significado de su acción y Cinna respiró tranquilo. Era evidente que los senadores romanos nada sabían del secreto del hijo de Sexto Perquitieno. Cuando le reprocharan no cumplir el juramento, explicaría por qué no estaba obligado. Todo el Senado le había visto arrojar la piedra: mejor testigo no podía tener.
 
Era un recurso irrepetible, ¡pero qué bien le habría venido a Metelo el Meneítos de haberlo conocido!


Aunque asistió a la ceremonia de toma de posesión de los nuevos cónsules, Sila no se quedó para celebrarlo, dando como excusa que tenía que hacer los preparativos para salir de Capua al día siguiente. No obstante, sí asistió a la primera reuníón oficial del Senado el día de año nuevo en el templo de Júpiter Optimus Maximus, y allí pudo escuchar el breve y amenazador discurso de Cinna.

—Voy a honrar el cargo, no a deshonrarlo —dijo Cinna—. Si alguna reserva tengo, es la de ver al cónsul saliente tomar el mando de un ejército que habría debido mandar Cayo Mario. Aun dejando a un lado la ilegal acusación y condena de Cayo Mario, sigo pensando que el cónsul saliente debería permanecer en Roma para responder de acusaciones.

¿Acusaciones de qué? Nadie lo sabía, aunque la mayoría de los senadores suponían que eran acusaciones de traición y en base al hecho de que Sila había dirigido su ejército contra Roma. Sila lanzó un suspiro y se resignó a lo inevitable. Él, que era un hombre sin escrúpulos, sabía que, de haber prestado juramento, también lo habría incumplido en caso necesario. ¡Ah, Cinna, no había pensado que fuese de semejante fuste! Y ahora veía que sí. ¡Qué fastidio!

Al salir del Capitolio se dirigió a casa de Aurelia en el Subura, reflexionando por el camino la mejor manera de habérselas con Cinna. Cuando llegó a la insula de Aurelia ya tenía la solución, y cruzó con una amplia sonrisa la puerta que le franqueaba Eutico.

Sonrisa que se desvaneció al ver la cara de Aurelia; una cara seria que no irradiaba afecto.

—No me digas que tú también… —dijo, tomando asiento.

—Yo también —contestó Aurelia, sentándose frente a él—. No deberías estar aquí, Lucio Cornelio.

—Bah, no corro ningún peligro —replicó tranquilo—. Cayo Julio estaba cómodamente instalado en un rincón, disfrutando de la fiesta cuando yo
 
salí.

—Ni te preocuparía si entrase en este preciso momento —dijo ella—. Bien, mejor será que haya alguien presente, por mi reputación, ya que a ti te da igual. ¡Por favor, Lucio Decúmio, ven con nosotros! —añadió, alzando la voz.

El hombrecillo salió del despacho con cara de pedernal.

—¡Oh, no! —exclamó Sila asqueado—. ¡De no haber sido por gentes como tú, Lucio Decumio, no habría tenido que traer el ejército a Roma! ¿Cómo has podido creer ese disparate de que Cayo Mario estaba bien? Ese hombre no puede conducir un ejército ni siquiera a Ve¡¡, y menos a la provincia de Asia.

—Cayo Mario está curado —replicó Lucio Decumio, retador pero a la defensiva. Sila no era sólo el amigo de Aurelia que no le gustaba, era también una persona que le daba miedo. Había muchas cosas de Sila que él sabía y Aurelia no; pero cuantas más descubría, menos ganas sentía de contárselas a nadie. Los que somos iguales nos reconocemos, se había dicho mil veces, perjurando que aquel Sila era tan vil como él. Sólo que él tiene más oportunidades de hacer grandes villanías. Y me consta que las hace.

—¡De eso no hay que echarle la culpa a Lucio Decumio, sino a ti! — terció Aurelia, tajante.

—¡Tonterías! —replicó Sila—. ¡Yo no inicié los acontecimientos! Estaba totalmente ocupado en mis asuntos en Capua preparándome para ir a Grecia. La culpa la tienen los necios como Lucio Decumio que se entrometen en asuntos que no entienden, creyéndose bobamente que sus héroes están hechos de un metal superior al resto de los mortales. Tu amigo reclutó una buena panda de matones para Sulpicio para alborotar en el Foro y dejar viuda a mi hija… y reunió bandas más numerosas todavía cuando yo entré en el foro Esquilino con ánimo totalmente pacífico. ¡Yo no inicié los disturbios, pero se me echa la culpa!

—¡Yo creo en el pueblo! —replicó Lucio Decumio, ya francamente enojado y con aire agresivo.

—¿No ves? ¡Ya estás diciendo tonterías tan vacuas como la mente de la cuarta clase! —replicó Sila con sorna—. ¡Yo también creo en el pueblo!
 
¡Más te valdría creer en tus superiores!

—¡Por favor, Lucio Cornelio! —terció Aurelia, con el corazón en un puño y temblándole las piernas—. ¡Si eres un superior de Lucio Decumio, pórtate como tal!

—¡Eso! —exclamó Lucio Decumio, creciéndose porque su querida Aurelia tomaba su defensa, y con ánimo de quedar como un valiente ante ella. Pero Sila no era Mario, y su instinto le avisaba del peligro de aquellas garras ocultas e implacables. Pero se arriesgó; por Aurelia—. ¡Si no os andáis con cuidado, importante varón consular, acabaréis con un puñal en la espalda!

Los claros ojos de Sila se quedaron petrificados y sus labios descubrieron aquellos feroces dientes; se levantó del asiento rodeado de un aura amenazadora casi tangible y avanzó hacia Lucio Decumio.

El suburano retrocedió, no por cobardía, sino más bien por una especie de superstición por entrar en contacto con algo tan misterioso como temible.

—Podría aplastarte igual que un elefante aplasta a un perro —dijo Sila risueño—. Si no lo hago es por respeto a la señora. Ya que ella te aprecia y tú la sirves. ¡Habrás apuñalado a muchos hombres, Lucio Decumio, pero conmigo no te hagas ilusiones! Ni en sueños. Mantente apartado de mí y conténtate con tu terreno. ¡Ahora, lárgate!

—Vete, Lucio Decumio —dijo Aurelia—. ¡Te lo ruego!

—¡Si se pone así, no me voy!

—Prefiero estar sola; vete, por favor.

Lucio Decumio obedeció.

—No había necesidad de ser tan duro con él —dijo Aurelia frunciendo la nariz—. Él no sabe tratarte y, dentro de lo que es, siente lealtad por Cayo Mario, a causa de mi hijo.

Sila permanecía sentado en el borde de la camilla sin saber si quedarse o irse.

—No te enfades conmigo, Aurelia. Si te enfadas, yo también lo haré. De acuerdo, no merece la pena. Pero lo mismo sucede con Cayo Mario, y él ha
 
ayudado al gran hombre a ponerme en una situación desagradable, que yo no busqué y que no merezco.

—Sí —replicó ella con un profundo suspiro—, comprendo lo que sientes. Y estás en tu derecho —añadió, asintiendo rítmicamente con la cabeza—. Lo sé, lo sé. Sé que has hecho todo lo posible por arreglar las cosas legal y pacíficamente. Pero no le eches la culpa a Cayo Mario. El responsable fue Publio Sulpicio.

—Eso es muy rebuscado —respondió Sila, ya más calmado—. Eres hija de un cónsul y esposa de un pretor, Aurelia. Y sabes mejor que nadie que Sulpicio no habría podido iniciar su programa legislativo si no le hubiese apoyado alguien de muchísima mayor influencia que la que él tenía: Cayo Mario.

—¿Tenía? —se apresuró a inquirir Aurelia, con los ojos muy abiertos.

—Sulpicio ha muerto. Le apresaron hace dos días.

—¿Y Cayo Mario…? —preguntó ella, llevándose las manos a la boca. —¡Ah, Cayo Mario, Cayo Mario, siempre Cayo Mario! ¿Matar al héroe

del pueblo? ¡No soy tan imbécil! Espero haberle dado un buen susto que le mantenga alejado de Italia hasta que yo emprenda viaje. Y no sólo por mi propio bien, Aurelia. Por el bien de Roma. ¡No se le puede confiar la guerra contra Mitrídates! —añadió, gesticulando en la camilla como un abogado que trata de convencer a un jurado hostil—. Aurelia, te habrás dado cuenta que desde que volvió a reintegrarse a la vida pública, hace exactamente un año, no ha hecho más que tratarse con gente a la que en otros tiempos no habría dicho ni ave. Todos nos Valemos de lamentables peones, y todos nos vemos obligados a aguantar a gente que merecería que se le escupiera a la cara. Pero desde su segundo infarto, Cayo Mario ha recurrido a trucos y artimañas que en los buenos tiempos le habrían repugnado. Yo sé cómo soy y lo que soy capaz de hacer. Y no te miento si te digo que soy mucho más falso y falto de escrúpulos que Cayo Mario. Y no sólo por la vida que he llevado, sino por la clase de hombre que soy. ¡Pero él nunca había sido así! ¿Mario utilizando a gente como Lucio Decumio para deshacerse de un cadete que acusaba a su querido hijo de asesinato? ¿Mario utilizando a
 
gente como Lucio Decumio para reunir matones y escoria? ¡Piénsalo, Aurelia, piénsalo! Ese segundo infarto le ha afectado el cerebro.

—No deberías haber marchado sobre Roma —replicó ella.

—¿Y qué opción me quedaba? ¿Quieres decírmelo? ¡Si hubiera habido otra solución la habría aplicado! ¿O es que pretendes que debía quedarme sentado en Capua hasta que Roma se hubiese encontrado con una nueva guerra civil de Mario contra Sila?

—¡No habrían llegado tan lejos las cosas! —replicó Aurelia, empalideciendo.

—¡Sí, había otra alternativa! ¡Someterme humildemente a ese anciano maniático y demente tribuno de la plebe! ¡Consentir que Cayo Mario me hiciera lo que le hizo a Metelo Numídico, utilizando a la plebe para arrebatarme el mando legal! ¡Pero cuando él se lo hizo a Metelo Numídico, éste ya no era cónsul! ¡Yo era cónsul, Aurelia! Y nadie le quita el mando a un cónsul en el desempeño de sus funciones. ¡Nadie!

—Sí, te comprendo —dijo ella, recobrando el color y con los ojos llenos de lágrimas—. Pero nunca te perdonarán, Lucio Cornelio, que hayas entrado con el ejército en Roma.

—¡Oh, por todos los dioses, no llores! —gruñó él—. ¡Nunca te he visto llorar! ¡Ni siquiera en el entierro de mi hijo! ¡Si fuiste incapaz de llorar por él, no puedes llorar por Roma!

Ella agachó la cabeza y las lágrimas no rodaron por sus mejillas sino que le cayeron en el regazo y la luz hizo brillar sus pestañas húmedas.

—Cuando mi pena es muy profunda no puedo llorar —añadió, limpiándose la nariz con el dorso de la mano.

—No lo creo —replicó él, con un nudo en la garganta.

—No lloro por Roma —dijo ella, levantando la cabeza, y ahora sí las lágrimas rodaron por sus mejillas—. Lloro por ti —añadió con voz ronca, sonándose otra vez.

El se levantó, le dio el pañuelo y permaneció detrás de su silla, apretándole un hombro. Mejor no verle la cara.

—Te querré siempre por eso que has dicho —dijo él, poniéndole la otra mano en los ojos para empaparla en lágrimas, que luego lamió—. Es la
 
Fortuna —añadió—. He tenido el peor consulado posible; del mismo modo que he tenido la peor vida posible. Pero no soy de los que se rinden ni de los que se amilanan ante las dificultades. Hay mucho que ganar, pero la raza no acabará hasta que yo muera. — Le dio otro apretón en el hombro—. He absorbido tus lágrimas. En cierta ocasión arrojé un monóculo de esmeralda a una cloaca porque para mí no tenía valor; pero nunca perderé tus lágrimas.

La soltó y salió de la casa. Caminaba ufano y animoso. Todas las lágrimas que otras mujeres habían vertido por él eran lágrimas egoístas derramadas por su corazón de enamoradas. No por el suyo. Y Aurelia, que nunca lloraba, lo había hecho por él.

Quizá otro se hubiese ablandado y reconsiderado las cosas, pero no Sila. Al llegar a su casa tras el largo paseo, la exaltación interna se había desvanecido; cenó muy complacido con Dalmática, la tomó de la mano, le hizo el amor y durmió sus habituales diez horas sin soñar, o sin recordar lo que había soñado. Se despertó una hora antes del amanecer y se levantó sin despertarla, comió en su despacho un poco de pan recién hecho con queso y, mientras lo hacía, estuvo mirando distraídamente una caja del tamaño de uno de los templetes de sus antepasados. Estaba en una esquina de la mesa y contenía la cabeza de Publio Sulpicio Rufo.

El resto de los condenados había huido, y sólo Sila y unos cuantos íntimos sabían que no se habían adoptado todas las medidas pertinentes para aprehenderlos. Pero Sulpicio tenía que caer, y arrestarle a él sí que era imprescindible.

Lo de la barca cruzando el Tíber había sido una añagaza, porque aguas abajo Sulpicio había vuelto a cruzarlo, pero, en lugar de ir a Ostia, se había dirigido al pequeño puerto de Laurentum, unas millas más abajo. Allí había intentado tomar un barco y, traicionado por un criado, habían dado con él. Los secuaces de Sila lo mataron sin contemplaciones, y conociéndole de sobra para reclamar dinero sin darle pruebas, decapitaron a Sulpicio, metieron la cabeza en una caja impermeable y se la habían enviado a Sila a su casa. Y allí les pagó. Ahora tenía la cabeza de su adversario, separada del cuerpo dos días antes.
 
El segundo día de enero, antes de salir de Roma, Sila convocó a Cinna al Foro. Allí, en el muro de los rostra, en una larga lanza, estaba clavada la cabeza de Sulpicio. Sila se apresuró a coger a Cinna del brazo.

—Míralo bien —dijo—. Y no olvides lo que ves; recuerda la expresión de su rostro. Dicen que cuando decapitan a una persona, los ojos conservan la vista. Si nunca lo habías creído, ahora te lo creerás. Ahí tienes a uno que vio su cabeza rodar por el polvo. Recuérdalo bien, Lucio Cinna. No pienso morir en Oriente. Lo cual quiere decir que regresaré a Roma. Si entorpeces mis medidas para la salvación de Roma, verás tu cabeza rodar por el polvo.

Su respuesta fue una mirada de desdén e indignación, pero bien podía Cinna haberse ahorrado el esfuerzo, porque nada más decirle aquellas frases Sila arreó a la mula y se alejó trotando del Foro sin volver la vista atrás, y con el rostro oculto por el amplio sombrero. En modo alguno con la imagen del general victorioso; más bien una especie de Némesis para Cinna.

Finalmente se volvió a mirar la cabeza de ojos muy abiertos y mandíbula desencajada. Apenas amanecía; si la quitaban ahora nadie la vería.

—No —dijo Cinna con fuerte voz—, dejadla. Que toda Roma vea hasta dónde está dispuesto a llegar el que invadió la ciudad.


En Capua, Sila se encerró con Lúculo para dar un repaso a toda la logística del traslado de la tropa a Brundisium. Su primitiva intención había sido zarpar de Tarentum, pero resultaba inviable por falta de barcos de transporte. Tenían que hacerlo desde Brundisium.

—Zarparás tú primero, con toda la caballería y dos de las cinco legiones —dijo Sila—. Yo iré detrás con las otras tres. Pero no me esperes en la otra orilla del Jónico; en cuanto desembarques en Elatria o Buchetium, ponte en marcha hacia Dodona. Saquea todos los templos de Epiro y Acarnania; no reunirás una gran fortuna, pero imagino que no estará mal. Lástima que los escordiscos hayan saqueado hace poco Dodona. De todos modos, no olvides que los sacerdotes griegos y del Epiro son astutos, Lucio Licinio. Y
 
es muy posible que en Dodona se las arreglasen para esconder gran parte del tesoro a los bárbaros.

—A mí no me esconderán nada —dijo Lúculo sonriente.

—¡Estupendo! Marcha por tierra hacia Delfos y haz lo que sea preciso.

Hasta que me una a ti, eres dueño del frente.

—¿Y tú, Lucio Cornelio? —inquirió Lúculo.

—Tendré que aguardar en Brundisium a que vuelvan los barcos, pero antes tendré que esperar aquí en Capua hasta tener la seguridad de que todo sigue bien en Roma. No confío en Cinna ni en Sertorio.

Como los tres mil caballos y las mil mulas no eran un rebaño muy del agrado de los habitantes de las afueras de Capua, Lúculo marchó hacia Brundisium a mediados de enero, pese a que ya faltaba poco para el invierno y tanto Lúculo como Sila dudaban de que pudieran zarpar antes de marzo o abril. Pese a la imperiosa necesidad de abandonar Capua, Sila seguía sin decidirse. Los informes de Roma no eran muy halagüeños. Primero supo que el tribuno de la plebe Marco Virgilio había pronunciado un discurso extraordinario en los rostra ante la multitud que llenaba el Foro, evitando infringir las leyes de Sila diciendo que no era una asamblea. Virgilio había propuesto que Sila —que ya no era cónsul— fuese despojado de su imperium y llevado a Roma, por la fuerza si era preciso, para responder de los cargos de traición, del asesinato de Sulpicio y de la ilegal proscripción de Cayo Mario y otros dieciocho que habían huido.

No sucedió nada después del discurso, pero Sila se enteró de que Cinna estaba presionando activamente a muchos de los senadores sin derecho a la palabra, solicitando su apoyo, cuando Virgilio y otro tribuno de la plebe, Publio Magio, presentaron una moción al Senado recomendando a la asamblea centuriada que despojasen a Sila del imperium y le hicieran responder de las acusaciones de traición y homicidio. La Cámara se resistió con firmeza a semejante maniobra, pero Sila sabía que aquello no presagiaba nada bueno. Todos sabían que seguía en Capua con tres legiones
 
y era evidente que, pensando que no osaría marchar una segunda vez sobre Roma, se creían capaces de desafiarle impunemente.


A finales de enero recibió carta de su hija Cornelia Sila.


Padre, mi situación es desesperada. Habiendo muerto mi esposo y mi suegro, el nuevo paterfamilias, mi cuñado, que ahora se llama Quinto, se porta conmigo de forma abominable. Tiene una esposa que me hace la vida imposible. Cuando vivían mi esposo y mi suegro, no me causaban contrariedad, pero ahora el nuevo Quinto y su horrenda esposa viven conmigo y con mi suegra. Por derecho, la casa es de mi hijo, pero ellos parecen haberlo olvidado. Mi suegra, supongo que como es natural, se ha puesto de parte de su hijo y a todos les ha dado por echarte la culpa de la situación de Roma y de sus propios problemas. Y hasta dicen que enviaste deliberadamente a mi suegro a la muerte en Umbría. Como consecuencia de esto, mis hijos y yo estamos sin criados, nos dan de comer lo mismo que a la servidumbre y nos lo escatiman todo. Cuando me quejo, me dicen que jurídicamente dependo de ti. ¡Como si no hubiese dado a mi difunto esposo un hijo que es el heredero de la mayor parte de la fortuna de su abuelo! Esto es también causa de resentimiento. Dalmática me ha suplicado que me vaya a vivir con ella, pero considero que no debo hacerlo sin tu consentimiento.

Padre, lo que te pediría en lugar de que me permitas vivir en tu casa (si tus problemas te dan tiempo para pensar en mí) es que me busques otro esposo. Aún me quedan siete meses de luto; y si me lo permites los pasaría en tu casa en compañía de tu esposa. Pero no quiero abusar de Dalmática más tiempo y quiero tener mi propia casa.

Yo no soy como Aurelia y no quiero ganarme la vida. Tampoco me gusta la clase de vida que lleva Elia, aguantando el despotismo de Marcia. Por favor, padre, si me encuentras un marido te lo agradeceré enormemente. Es preferible casarse con el peor de los hombres que ir a vivir a la casa de otra mujer. Te lo digo tal como lo siento.
 
Por otra parte, estoy bastante bien, aunque me he acatarrado por el frío que hace en mi cuarto. Y los niños también. Me doy cuenta de que en esta casa no lamentarían gran cosa que a mi hijo le sucediese algo.

Considerada desapasionadamente, la súplica de Cornelia Sila era la menor de las contrariedades, pero fue la gota de agua que rompió el difícil equilibrio mental de Sila. Hasta recibir la carta no había sabido qué solución adoptar. Ahora lo sabía. La solución nada tenía que ver con Cornelia Sila. Pero también se le ocurrió algo para solventar sus desgracias. ¿Cómo osaba un patán arribista picentino poner en peligro la salud y el bienestar de su hija! ¡Y de su nieto!

Lo que hizo fue enviar dos cartas, una a Metelo Pío el Meneítos, ordenándole venir desde Aesernia a Capua, trayéndose a Mamerco, y la otra a Pompeyo Estrabón. La carta para el Meneítos constaba de dos escuetas frases. La de Pompeyo Estrabón, de muchas más.

Sin duda, Cayo Pompeyo, estarás al tanto de lo que sucede en Roma; el imprudente proceder de Lucio Cinna, por no hablar de su rebaño amaestrado de tribunos de la plebe. Yo creo, mi amigo y colega del norte, que nos conocemos lo suficiente, al menos por la fama —y lamento que nuestra carrera haya impedido una amistad más estrecha—, para saber que nuestros propósitos e intenciones son iguales. Yo encuentro en ti un conservadurísmo y un respeto por la tradición comparable a los míos y sé que no sientes afecto por Cayo Mario. Y me atrevería a decir que tampoco por Cinna.

Si de verdad crees que Roma estaría mejor servida enviando a Cayo Mario y sus legiones a luchar contra Mitrídates, más vale que rompas la presente ahora mismo. Pero si prefieres que sea yo y mis legiones quienes hagamos la guerra a Mitrídates, sigue leyendo.

Tal como están ahora mismo las cosas en Roma, me veo impotente para iniciar la empresa que habría debido poner en marcha el año pasado antes de que expirase mi consulado. En lugar de embarcarme para Oriente, me veo obligado a quedarme en Capua con tres de mis legiones para tener la
 
garantía de que no me despojan del imperium, me detienen y me juzgan por el horrendo crimen de reforzar el mos maiorum. Cinna, Sertorio, Virgilio, Magio y todos esos hablan de traición y asesinato, claro.

Aparte de mis legiones de Capua y las dos que hay ante Aesernia y la otra en Nola, las tuyas son las únicas que quedan en Italia. Puedo confiar en que Quinto Cecilio en Aesernia y Apio Claudio en Nola respalden mis actos durante el consulado, pero te escribo para preguntarte si puedo confiar también en ti y en tus legiones. Porque podría muy bien suceder que en cuanto abandonara Italia nada contuviera a Cinna y sus amigos. En su momento no tendré ningún inconveniente en aceptar las consecuencias. Te aseguro que si regreso victorioso de Oriente, se la haré pagar a mis enemigos.

Lo que me preocupa es mi actual situación. Necesito suficiente margen de tiempo para abandonar Italia, y —como muy bien sabes— eso puede convertirse en cuatro o cinco meses más. Los vientos del Adriático y el Jónico en la actual estación son de lo más caprichoso y abundan las tormentas. Y no puedo poner en peligro tropas que Roma tanto necesita.

Cneo Pompeyo, ¿podrías encargarte de comunicar a Cinna y los suyos que estoy legalmente nominado para emprender esta guerra en Oriente? ¿Y que si intentan entorpecer mi marcha lo pasarán mal? ¿Que, al menos de momento, dejen de fastidiar?

Te ruego que me consideres tu amigo y colega en todos los aspectos si crees que puedes darme una respuesta afirmativa. Espero con ansiedad tu respuesta.

La respuesta de Pompeyo Estrabón le llegó a Sila antes de que sus legados regresaran de Aesernia. Estaba atrozmente escrita de puño y letra del picentino y constaba de una breve y lacónica frase:

No te preocupes, yo lo arreglaré todo.


Así, cuando el Meneítos y Mamerco finalmente se personaron en la casa que había alquilado Sila en Capua, le encontraron de mucho mejor humor y
 
más tranquilo de lo que sus informadores en Roma habrían podido darles a entender.

—No os preocupéis, todo está arreglado —les dijo sonriente.

—¿Cómo puede ser? —inquirió atónito Metelo Pío—. Yo había oído que pensaban acusarte de homicidio y traición…

—Escribí a mi buen amigo Cneo Pompeyo Estrabón haciéndole partícipe de mis cuitas y me ha contestado que él lo arreglará todo.

—Sí, él, desde luego —dijo Mamerco con un esbozo de sonrisa.

—¡Ah, Lucio Cornelio, cuánto me alegro! —exclamó el Meneítos—. ¡No hay derecho que te traten así! ¡Fueron mucho más amables con Saturnino! Tal como están reaccionando se diría que Saturnino era un semidiós y no un demagogo! —Hizo una pausa, sorprendido por su propia destreza verbal—. ¿Verdad que he hablado estupendamente?

—Guárdatelo para el Foro cuando te presentes a cónsul —replicó Sila

—. Conmigo pierdes el tiempo, porque no he pasado de la escuela elemental.
Semejantes comentarios desconcertaban a Mamerco, que a partir de aquel momento decidió coger por su cuenta al Meneítos e indagar con todo detalle la vida de Lucio Cornelio Sila. Ah, siempre circulaban historias en el Foro sobre individuos extraordinarios o de singular talento, pero Mamerco no las escuchaba porque se le antojaban exageraciones y lucubraciones de gente que no tenía nada que hacer.

—Se cargarán tus leyes en cuanto te marches de Italia. ¿Qué vas a hacer cuando regreses? —inquirió Mamerco.
—Ya me enfrentaré a ello cuando suceda, pero no antes.

—¿Y podrás hacerlo, Lucio Cornelio? Para mí, que se creará una situación imposible.
—Siempre hay maneras, Mamerco, y puedes creerme cuando te digo que no voy a dedicar los ratos de ocio de esta campaña al vino y a las mujeres —añadió Sila muy tranquilo, soltando una carcajada—. Mira, soy un mimado de la Fortuna y la diosa me cuida.

Se sentaron para hablar de los últimos focos de resistencia en la guerra en Italia y la terquedad con que resistían los samnitas, que aún dominaban
 
en casi todo el territorio entre Aesernia y Corfinium y tenían en su poder las ciudades de Aesernia y Nola.

—Hace siglos que odian a Roma y son los que con más tesón lo hacen —dijo Sila con un suspiro—. Yo esperaba que cuando llegase el momento de embarcarme para Grecia, Aesernia y Nola hubiesen capitulado, pero tal como está la situación, a lo mejor me están esperando cuando regrese de la guerra.

—No, si podemos impedirlo —dijo el Meneítos.

Entró discretamente un criado y anunció que la cena estaba lista, si Lucio Cornelio lo estaba.

Sí lo estaba. Se levantó y encabezó la marcha al comedor. Mientras comían y los criados iban de un lado para otro sirviéndolos, Sila mantuvo una conversación intrascendente y disfrutaron del lujo, permisible tan sólo a viejos amigos, de ocupar cada uno una sola camilla.

—¿No recibes nunca a mujeres, Lucio Cornelio? —inquirió Mamerco, una vez que se hubieron retirado los criados.

Sila se encogió de hombros, haciendo una mueca.

—¿Cuando estoy de campaña, lejos de la esposa, quieres decir? —Sí.

—Las mujeres dan muchos quebraderos de cabeza, Mamerco. Mi respuesta es no —dijo Sila, riendo—. Si me lo has preguntado por tu deber de custodiar a Dalmática, te he dicho la verdad.

—En realidad no te lo he preguntado más que por simple y vulgar curiosidad —replicó Mamerco con desenfado.

Sila dejó la copa y miró de hito en hito a Mamerco, que ocupaba la camilla opuesta, y lo examinó más detenidamente que nunca. No era ningún Paris ni ningún Adonis, desde luego. Tenía el cabello negro muy corto, prueba de que no era ondulado y su barbero había renunciado a todo; un rostro desigual, con nariz deforme y más bien chata, de ojos oscuros hundidos y la tez morena y brillante como mejor característica. Era un hombre sano aquel Mamerco Emilio Lépido Liviano. Con fortaleza para haber matado a Silo en singular combate, hazaña que le había valido la corona cívica. Sí, era un valiente. No era de una inteligencia que hubiera
 
constituido nunca un peligro para el Estado, pero tampoco era tonto. Según el Meneítos, era un hombre tranquilo en el que se podía confiar en cualquier situación grave, y muy de fiar en situaciones de mando. Escauro le había tenido profundo afecto y le había nombrado albacea testamentario.

Naturalmente, Mamerco se percató de que estaba siendo objeto de un minucioso examen. ¿Por qué se sentía como evaluado por un amante en potencia?

—Mamerco, ¿estás casado, verdad? —inquirió Sila. —Sí, Lucio Cornelio —respondió sorprendido. —¿Tienes hijos?

—Una niña de cuatro años.

—¿Quieres mucho a tu esposa?

—No, es una mujer horrible.

—¿Has pensado alguna vez en divorciarte?

—Cuando estoy en Roma, constantemente. Cuando estoy fuera, procuro no pensar en ella lo más mínimo.

—¿Cómo se llama? ¿De qué familia es?

—Claudia. Es hermana de Apio Claudio Pulcher, el que está sitiando Nola.

—¡Ah, no ha sido una buena elección, Mamerco! Es una familia muy rara.

—¿Rara? Yo más bien diría que es estrambótica.

Metelo Pío ya no estaba reclinado; se había sentado erguido, con los ojos muy abiertos y clavados en Sila.

—Mi hija se ha quedado viuda y aún no ha cumplido veinte años. Tiene dos hijos; una niña y un niño. ¿La conoces?

—No —contestó Mamerco, displicente—, creo que no.

—Yo soy su padre y no valgo como juez, pero dicen que es preciosa — añadió Sila, cogiendo la copa de vino.

—¡Ah, ya lo creo, Lucio Cornelio! ¡Es un encanto! —terció el Meneítos con fatua sonrisa.

—Ahí tienes; una opinión ajena a la familia —dijo Sila, mirando su copa y echando hábilmente los posos en una bandeja vacía—. ¡Cincos! —
 
exclamó complacido—. Los cincos me traen suerte —añadió mirando fijamente a Mamerco—. Busco un buen marido para mi pobre hija, a quien la familia del difunto esposo hace la vida imposible. Tiene una dote de cuarenta talentos, muy superior a las de muchas, ha demostrado ser fértil, tiene un hijo, es joven todavía, es patricia por partida doble, su madre era una Julia, y es de buen carácter. Aunque no quiero decir que sea de esas que se echa al suelo a lamerte las botas, pero se lleva bien con casi todos. Su difunto esposo, el joven Quinto Pompeyo Rufo, estaba loco por ella. ¿Qué me dices? ¿Te interesa?

—Depende —contestó Mamerco con cautela—. ¿De qué color tiene los ojos?

—No lo sé —contestó el padre.

—De un azul precioso —dijo el Meneítos.

—¿Y el pelo?

—Rojo… marrón… castaño… No sé —contestó Sila.

—Es del mismo color del cielo cuando acaba de ponerse el sol —dijo el Meneítos.

—¿Es alta?

—No lo sé —contestó Sila.

—Te llegará a la punta de la nariz —dijo el Meneítos.

—¿Cómo tiene la tez?

—No sé —contestó Sila.

—Crema claro como una flor, con seis pequitas doradas en la nariz — dijo el Meneítos.

Sila y Mamerco se volvieron de pronto, mirando al ocupante de la camilla central, que súbitamente había enrojecido.

—Se diría que quieres casarte con ella, Quinto Cecilio —comentó el padre.

—¡No, no! —exclamó el Meneítos—. ¡Pero se la puede mirar, Lucio Cornelio! Es una mujer adorable.

—Entonces me la quedo yo —dijo Mamerco, sonriendo a su buen amigo el Meneítos—. Admiro tu gusto en mujeres, Quinto Cecilio. Y te doy las gracias, Lucio Cornelio. Considérala prometida en matrimonio.
 
—Le faltan siete meses para acabar el plazo de luto; así que no hay prisa —añadió Sila—. Hasta entonces, vivirá con Dalmática. Ve a verla, Mamerco. Yo le escribiré.


Cuatro días más tarde, Sila se ponía en marcha hacia Brundisium con las tres eufóricas legiones. Al llegar, se encontraron con Lúculo que seguía acampado en las afueras de la ciudad, sin ningún problema para que pastasen los caballos y las mulas, ya que la mayor parte de la tierra era itálica y apenas había comenzado el invierno. El tiempo era húmedo y tempestuoso y nada propicio para emprender tan largo viaje; la tropa se aburría y dedicaba la mayor parte del tiempo a juegos de azar. Pero al llegar Sila se animaron. Era a Lúculo a quien no podían tragar; él no entendía a los legionarios ni tenía interés en entender a personas tan inferiores a él en la escala social.

En el mes de marzo del calendario, Lúculo zarpó rumbo a Corcyra con sus dos legiones y dos mil caballos, acaparando todos los barcos disponibles. Con lo cual, a Sila no le quedaba más remedio que aguardar el regreso de las naves para embarcar él. Pero a principios de mayo —cuando ya le quedaba bien poco de los doscientos talentos de oro— cruzó finalmente el Adriático con tres legiones y un millar de acémilas.

Acostumbrado a navegar, se pasaba el rato acodado a la borda de popa, columbrando aquella raya borrosa en el horizonte que era Italia, hasta que desapareció. Y se sintió libre. A sus cincuenta y tres años, por fin iba a emprender una guerra contra un enemigo extranjero que le daría fama, gloria, despojos, batallas, sangre.

¡Se acabó Cayo Mario!, pensó entusiasmado. Esta guerra no puedes quitármela. ¡Esta guerra es mía!
 















X
 
 
Fueron el joven Mario y Lucio Decumio quienes sacaron a Cayo Mario

del templo de Tellus y le escondieron en la cella del templo de Júpiter Stator en el Velia; y ellos dos también quienes buscaron a Publio Sulpicio, a Marco Letorio y a los otros nobles que habían esgrimido la espada para defender Roma de Lucio Cornelio Sila. Y fueron ellos dos quienes, poco después, condujeron a Sulpicio y a otros nueve al templo de Júpiter Stator.

—No hemos podido hacer otra cosa, padre —dijo el joven Mario, sentándose a su lado en el suelo—. Me han dicho que han visto a Marco Letorio, Publio Cetego y Publio Albinovano escapar no hace mucho por la puerta Capena. Pero no he podido hallar rastro de los hermanos Granio. Espero que eso signifique que ya habían podido salir de la ciudad.

—Qué ironía —comentó Mario amargamente, sin dirigirse a nadie en particular—, tener que ocultarse en un templo dedicado al dios patrón de los soldados en retirada. Los míos no aguantaron en el combate, por mucho que les prometí.

—No eran soldados romanos —dijo el joven Mario.

—¡Lo sé!

—Nunca creí que Sila se atrevería a tanto —dijo Sulpicio, jadeante como si hubiese estado corriendo durante horas.

—Yo sí… después de haberle visto en la Via Latina en Tusculum —dijo el pretor urbano Marco Junio Bruto.

—Bien, Sila es ahora dueño de Roma —añadió el joven Mario—. Padre, ¿qué vamos a hacer?

Fue Sulpicio quien contestó, harto de que todos se dirigieran a Cayo Mario, que habría sido cónsul seis veces y ayudado, sin duda, a un tribuno de la plebe decidido a doblegar al Senado, pero que en aquel momento no era más que un privatus.

—Nos vamos a casa y como si no hubiera pasado nada —dijo con firmeza.

Mario se volvió, mirándole estupefacto, cansado como nunca en su vida y notando horrorizado que tenía embotados brazo, mano y mandíbula izquierda.
 
—Puedes irte si quieres —dijo, pasándose la lengua por la boca para sentir aquel curioso hormigueo—. Pero yo conozco a Sila y sé lo que hará. Apresurarse a matarme.

—Creo que tienes razón —dijo Bruto, con los labios más amoratados que de costumbre y jadeante—. Si nos quedamos aquí, nos matará. Lo leí en sus ojos en Tusculum.

—¡No puede hacerlo! —exclamó convencido Sulpicio, que, al ser más joven, iba recuperando la cabeza a la par que el aliento—. Nadie mejor que él sabe que sería nefas. A partir de ahora se contendrá y mirará de hacerlo todo legal.

—¡Tonterías! —exclamó Mario con sorna—. ¿Qué crees que va a hacer, regresar mañana mismo con sus tropas a Campania? ¡Ni mucho menos! Ocupará Roma y hará lo que se le antoje.

—No se atreverá —replicó Sulpicio, dándose cuenta de que, como tantos otros miembros del Senado, no conocía bien a Sila.

—¿Que no? —insistió Mario, haciendo un esfuerzo para reír—. ¿Que Lucio Cornelio Sila no se atreverá? ¡Vamos, Publio Sulpicio! Sila se atreve con todo. Lo ha hecho siempre. Y lo que es más, se atreve en cuanto lo piensa. ¡No, claro que no nos juzgará por traición ante un tribunal amañado! No es tan tonto; pero nos encerrará en algún sitio oculto, nos matará y dirá que hemos muerto en combate.

—Eso mismo creo yo, Cayo Mario —dijo Lucio Decumio—. Ése sería capaz de matar a su madre —añadió con un estremecimiento, alzando la mano derecha con el puño cerrado y el índice y el meñique estirados, conjurando el maleficio—. Ése no es un hombre como los demás.

Los nueve personajes secundarios permanecían sentados en el suelo del templo, escuchando la discusión de los famosos; ellos no eran hombres importantes en el Senado ni en el Ordo equester, aunque sí miembros de distintos organismos. Había sido una causa digna luchar para impedir la entrada de un ejército en Roma, pero ahora que habían fracasado miserablemente, todos ellos habían llegado a la conclusión de que habían sido unos ilusos. Al día siguiente volverían a mostrarse erguidos, pues todos creían que valía la pena dar la vida por Roma, pero allí, en el templo de
 
Júpiter Stator, agotados y desilusionados, todos esperaban que Mario se impusiera a Sulpicio.

—Si tú te vas, Cayo Mario, yo no puedo quedarme —dijo Sulpicio. —Es mejor marcharse, créeme. Yo, desde luego, es lo que pienso hacer

—dijo Mario.

—¿Y tú, Lucio Decumio? —inquirió el joven Mario.

—No —contestó Lucio Decumio moviendo la cabeza—, yo no puedo irme. ¡Pero tendré suerte! Da igual. Tengo que cuidar de Aurelia y del pequeño César… que su tata está ahora con Lucio Cinna en Alba Fucentia. Cuidaré de Julia, Cayo Mario.

—Todas las propiedades mías a las que Sila pueda echar mano serán confiscadas —dijo Mario con una sonrisa de presunción—. ¡Suerte que tengo dinero oculto por todas partes!

Marco Junio Bruto se puso en pie.

—Tengo que ir a casa a recoger lo que pueda —dijo, mirando a Mario en lugar de a Sulpicio—. ¿A dónde nos dirigiremos? ¿Vamos cada uno por nuestro lado o todos juntos?

—Tendremos que salir de Italia —dijo Mario, tendiendo la mano derecha a su hijo y la izquierda a Lucio Decumio y levantándose con cierta facilidad—. Creo que debemos salir de Roma por separado y seguir cada uno por nuestro lado hasta hallarnos lejos de la ciudad. Luego será mejor que vayamos juntos. Sugiero que nos demos cita en la isla de Aenaria dentro de un mes, en los idus de diciembre. No me costará localizar a Cneo y Quinto Granio para decirles que acudan allá, y espero que sepan el paradero de Cetego, Albinovano y Letorio. Una vez que nos encontremos en Aenaria, yo me encargo de lo demás. Conseguiré un barco y probablemente iremos a Sicilia. El gobernador, Norbano, es cliente mío.

—¿Por qué en Aenaria? —inquirió Sulpicio, renuente a abandonar Roma.

—Porque, siendo una isla, está fuera de las rutas concurridas y no muy lejos de Puteoli —contestó Mario, moviendo la mano izquierda como en gesto de desagrado—. Tengo un primo segundo que es banquero, Marco Granio, que también es primo de Cneo y Quinto, y acudirán a él. Marco
 
Granio maneja una buena parte de mi fortuna en efectivo y mientras nos diseminamos, para luego reunirnos en Aenaria, Lucio Decumio le llevará una carta a Puteoli, de manera que nos envíe fondos suficientes para que nosotros veinte podamos vivir decentemente mientras estemos fuera — añadió, metiendo la mano incontrolable en el fajín de general—. Lucio Decumío se encargará de localizar a los demás. Seremos veinte, ya veréis. El destierro es costoso, pero no os preocupéis; yo tengo dinero y Sila no va a quedarse eternamente en Roma. Tendrá que ir a luchar contra Mitrídates. ¡Mal rayo le parta! Y cuando esté bien ocupado en la guerra y no pueda regresar a Italia, nosotros volveremos a Roma. Mi cliente Lucio Cinna será cónsul en año nuevo y nos garantizará el regreso.

—¿Cliente tuyo? —inquirió Sulpicio estupefacto.

—Tengo clientes por doquier, Publio Sulpicio; hasta en las mejores familias patricias —contestó complacido Cayo Mario; ya se sentía mejor, o, por mejor decir, ya no sentía aquel hormigueo. Cuando se dirigía hacia la salida del templo, volvió la cabeza—. ¡No os desaniméis! Me vaticinaron que sería cónsul de Roma siete veces, así que esta ausencia es temporal. Cuando sea cónsul por séptima vez, seréis bien recompensados.

—Yo no necesito recompensa, Cayo Mario —dijo Sulpicio, muy arrogante—. Todo esto lo he hecho por Roma.

—Como todos los aquí presentes, Publio Sulpicio. Bueno, mejor será que nos movamos. Al anochecer, Sila habrá puesto guardia en todas las puertas. Lo mejor será salir por la Capena, pero id con cuidado.

Sulpicio y los otros nueve desaparecieron corriendo hacia el clivus Palatinus, pero cuando Mario echó a andar por la Velia en dirección al Foro y a su casa, Lucio Decumio le detuvo.

—Cayo Mario, tú y yo vamos ahora mismo a la puerta Capena —dijo el hombrecillo del Subura—. Que tu hijo Mario, que es joven y rápido, vaya a casa a recoger el dinero que tengas. Si se topa con guardia en la puerta Capena, ya encontrará otra salida, aunque tenga que saltar por las murallas. Que escriba él esa carta a tu primo, y tu esposa puede añadir algo para convencerle.

—¡Ah, Julia! —exclamó Mario apenado.
 
—Volverás a verla, como has dicho. ¿Un vaticinio, no? Siete veces cónsul. Volverás. Se quedará más tranquila si sabe que pones tierra de por medio. Joven Mario, tu tata y yo te esperamos entre las tumbas fuera de la muralla. Nosotros estaremos al tanto de cuando llegues, pero si no podemos, búscanos tú.

Mientras Mario hijo se encaminaba a su casa, su padre y Lucio Decumio tomaron clivus Palatinus arriba. Al llegar a la puerta Mugonia doblaron por la calleja que conducía a los antiguos locales de asamblea por encima de la Via Triumphalis, donde unas escalinatas descendían desde el Palatium. Un rumor lejano les hizo saber que las tropas de Sila bajaban del Esquilino hacia el Palus Ceroliae, pero en el momento en que ambos cruzaban apresuradamente la puerta Capena, no había por los alrededores ni rastro de soldados. Siguieron caminando un buen trecho por la carretera hasta esconderse detrás de una tumba desde la que se veía bien la puerta. Durante las dos horas siguientes, mucha gente cruzó la puerta Capena, porque nadie quería quedarse en una Roma tomada por el ejército.

Y en estas vieron al joven Mario. Iba tirando del asno que había en su casa para acarrear las compras del mercado y la leña del Janiculum. Con él venía una mujer envuelta en un manto negro.

—¡Julia! —exclamó Mario, saliendo de su escondite sin preocuparse. Ella apretó el paso y se echó en sus brazos, cerrando los ojos mientras él

la apretaba contra su pecho.

—¡Oh, Cayo Mario, sabía que me echabas de menos! —exclamó, alzando el rostro para que la besara una vez, y otra, y otra. ¡Cuántos años llevarían casados…! Pero aún seguían besándose con gran placer, aún en aquellas dolorosas y angustiosas circunstancias.

—¡Yo sí que voy a echarte de menos! —exclamó ella, conteniendo las lágrimas.

—No estaré mucho tiempo fuera, Julia.

—¡No puedo creer que Lucio Cornelio haya hecho esto! —Julia, si yo hubiera estado en su lugar, habría hecho lo mismo. —¡Tú nunca habrías entrado con el ejército en Roma!
 
—No estoy tan seguro. Hay que decir en su descargo que la provocación era mayúscula. Si no lo hubiera hecho, estaba acabado. Y los hombres como Lucio Cornelio y como yo no podemos aceptar ese sino. Es así. La suerte suya fue disponer del ejército y los magistrados. Yo no la tuve. Pero si la situación hubiera sido la inversa… creo que yo habría hecho lo mismo. Fue una operación genial, ¿sabes? Y en toda la historia de Roma sólo ha habido dos hombres capaces de hacerlo: Lucio Cornelio y yo — añadió, besándola otra vez y soltándola—. Ahora vuelve a casa, Julia, y espérame. Si Lucio Cornelio nos quita la casa, ve con tu madre a Cumae. Marco Granio tiene dinero mío de sobra; recurre a él si lo necesitas. Y en Roma tienes a Tito Pomponio. ¡Ahora, vete, Julia, vete! —dijo, empujándola.

Ella se alejó, volviendo de vez en cuando la cabeza, pero Mario le había dado la espalda para hablar con Lucio Decumio y no la vio. Julia se alejaba con el corazón rebosante de orgullo. ¡Así debían ser las cosas! Cuando había asuntos importantes que tratar, un hombre no debía perder el tiempo mirando añorante a su esposa. Junto a la puerta la aguardaban Estrofantes y seis fornidos criados para escoltarla hasta la casa. Julia alzó la cabeza en dirección al camino y emprendió la marcha con paso firme.

—Lucio Decumio, tienes que alquilar caballos. Ahora ya no cabalgo con facilidad, pero una calesa llamaría la atención —decía Mario, mirando a su hijo—. ¿Has recogido la bolsa de oro que tenía reservada para caso de urgencia? —inquirió.

—Sí, y una bolsa de denarios de plata. Te he traído la carta para Marco Granio, Lucio Decumio.

—Estupendo. Dale también algo de plata —añadió Mario.



Y así fue como Cayo Mario huyó de Roma, a caballo con su hijo y con un asno.

—¿Y por que no hemos cruzado el río en barca para zarpar desde un puerto de Etruria? —preguntó el hijo.
 
—No, creo que eso es lo que hará Sulpicio. Yo en su lugar iría a Ostia, que está más cerca —contestó Mario, algo más tranquilo porque ya no notaba tanto aquel molesto hormigueo. ¿O sería que ya se estaba acostumbrando?

Aún no era del todo de noche cuando llegaron a las afueras de Ostia y avistaron las murallas.

—No hay guardia en la puerta, padre —dijo el joven Mario, que veía mejor que su padre.

—Pues vamos a entrar, hijo; antes de que den órdenes de apostarla.

Iremos al puerto a ver lo que hay.

Mario optó por entrar en una posada de buen aspecto y dejó que su hijo se ocupase de los caballos y el burro mientras él iba a alquilar una embarcación.

Era evidente de que a Ostia no había llegado la noticia de la toma de Roma, aunque todos comentaban la histórica marcha de Sila. En la posada todos reconocieron a Mario nada más entrar, pero nadie reaccionó, como si fuese un proscrito.

—Tengo prisa por llegar a Sicilia —dijo Mario, pagando una ronda de vino para todos—. ¿Hay por casualidad algún buen navío listo para zarpar?

—Podéis tomar el mío si lo pagáis —contestó uno de cara atezada—.

Publio Murcio a vuestro servicio, Cayo Mario.

—Si podemos zarpar esta misma noche, trato hecho, Publio Murcio. —Podemos levar anclas antes de medianoche —contestó Murcio. —¡Magnífico!

—Necesito que me paguéis por adelantado.

El joven Mario entró poco después de que el padre hubiese cerrado el trato, Mario se puso en pie y dirigió una sonrisa a toda la concurrencia.

—¡Hijo mío! —exclamó, tirando del joven hacia el muelle—. Tú no vienes conmigo —dijo una vez que estuvieron a solas—. Quiero que acudas solo a Aenaria. Yendo conmigo corres mayor peligro. Coge el asno y los dos caballos y ve a Tarracina.

—Padre, ¿por qué no vamos los dos? En Tarracina habrá menos peligro.
 
—Estoy demasiado impedido para cabalgar tanto, hijo. Tomaré aquí el barco y esperemos que los vientos sean propicios —contestó Mario, dándole un beso de mala gana—. Toma el oro y déjame la plata.

—Mitad y mitad, padre, o nada.

—Cayo Mario —dijo Mario con un suspiro—, ¿por qué no me dijiste que habías matado al cónsul Catón? ¿Por qué me lo negaste?

Su hijo le miró pasmado.

—¿Y me lo preguntas en un momento como éste? ¿Tan importante es? —Para mí, sí. Si la Fortuna me abandona, quizá nunca más la recobre.

¿Por qué me mentiste?

—¡Oh, padre! —replicó el joven Mario con sonrisa triste, mirando la imagen de Julia—. ¡Nunca sabe uno lo que te agrada oír! Así de simple. Todos procuramos decirte lo que creemos que te gusta oír. ¡Es el precio que pagas por ser un gran hombre! A mí me pareció más lógico negarlo, por si te encontrabas en uno de esos estados de espíritu en los que predicas que se haga lo debido, lo ético. En cuyo caso no habrías querido que admitiese el hecho, porque no te habría quedado más remedio que procesarme. Si me equivoqué, lo siento. Tú no me procuraste ninguna ayuda; estabas más cerrado que un caracol en tiempo seco.

—Yo creí que te comportabas como un niño mimado.

—¡Oh, padre! —replicó el joven, moviendo la cabeza con los ojos brillantes de lágrimas—. ¡El hijo de un gran hombre no puede ser ningún consentido. ¡Piensa a quién tengo que emular! Tú has recorrido el mundo como un titán y los demás nos movemos esforzadamente a tu sombra, pensando qué es lo que quieres y cómo complacerte. Ninguno de los que te rodea puede compararse a ti en agudeza ni capacidad. Y entre ellos me cuento yo, tu hijo.

—Bien, dame otro beso y vete —dijo Mario, abrazándole esta vez afectuosamente y complacido como no se lo habría imaginado—. Por cierto, tenías toda la razón.

—Razón ¿en qué?

—En matar al cónsul Catón.
 
—¡Ya lo sabía! —exclamó el joven, con gesto de desagrado—. Nos veremos en Aenaria en los idus de diciembre.

—¡Cayo Mario, Cayo Mario! —dijo una voz inquieta.

Mario se volvió hacia la posada.

—Si estáis listo, zarpamos ahora mismo —añadió Publio Murcio con la misma voz impaciente.

Mario lanzó un suspiro. Su instinto le decía que aquel viaje estaba condenado al fracaso; aquel marino era un pobre hombre, no un vigoroso navegante.

Sin embargo, el navío era de buena construcción, aunque no se podía prever cómo se comportaría entre Sicilia y Africa si el mar se ponía difícil; y tenían que ir hasta más allá de Sicilia. El principal inconveniente era el capitán Murcio, que no hacía más que quejarse. Cruzaron los bancos de arena y bajíos de aquel puerto mediocre antes de medianoche y viraron para aprovechar un viento nordeste, adecuado para navegar siguiendo la costa. Entre crujidos y fuertes cabeceos porque Murcio no había previsto más lastre en compensación de la falta de carga, el barco se apartó despacio de la orilla unas dos millas, para contento de la tripulación al ver que no había necesidad de aplicarse a los pocos remos y que bastaba con dejar sueltos los remos grandes que hacían de timón.

Luego, al amanecer, el viento cambió de dirección media circunferencia y del sudoeste sopló galerna.

—¿Nos volvemos? —inquirió malhumorado Murcio a su pasajero—.

Pondremos inmediatamente rumbo a Ostia.

—El oro dice que no, Publio Murcio. Y más oro aún, dice que rumbo a Aenaria.

Por única respuesta, Murcio le dirigió una mirada suspicaz, pero el atractivo del oro era difícil de resistir, y los marineros, tan afligidos como su patrón, cogieron los remos nada más arriar la gran vela cuadrada.


Sexto Lucilio —que era primo carnal de Pompeyo Estrabón— esperaba que le eligieran tribuno de la plebe aquel año entrante. Era tan conservador
 
como exigía la tradición de su familia y estaba deseando vetar a cualquiera de aquellos radicales que también esperaban ser elegidos. Cuando Sila marchó sobre Roma y acampó junto a las marismas de Palus Ceroliae, Sexto Lucilio fue uno de los muchos que pensó en cómo aquello cambiaba sus planes. No es que objetase la acción de Sila desde un punto de vista personal, sino que pensaba que Mario y Sulpicio merecían ser estrangulados en una celda del Tullianum, o, mejor aún, ser arrojados desde la roca Tarpeya. ¡Qué espectáculo ver el corpachón de Cayo Mario cayendo hacia las agudas rocas del abismo! Porque la gente adoraba u odiaba al viejo mentula, y Sexto Lucilio era de los que le odiaban. Si le hubiesen exigido que explicase por qué le odiaba, habría contestado que sin Cayo Mario no habría habido ningún Saturnino ni —delito mayor donde los hubiere— ningún Sulpicio.

Él, desde luego, se las arregló para que le recibiese el ocupado cónsul Sila y le ofreció su entusiasta apoyo, además de sus servicios como tribuno de la plebe al año siguiente. Luego, Sila había convertido la Asamblea plebeya en un organismo huero, y las esperanzas de Sexto Lucilio se habían frustrado de momento. Sin embargo, habían condenado a los fugitivos y eso le hacía sentirse mejor; hasta que descubrió que, con la única excepción de Sulpicio, no se había intentado en serio la detención de ninguno. ¡Y menos aún de Cayo Mario, mayor sinvergüenza que Sulpicio! Cuando Lucilio se quejó a Escévola, pontífice máximo, éste le dirigió una mirada glacial.

—¡Procura no ser tan necio, Sexto Lucilio! —contestó Escévola—. Era necesario que Cayo Mario se fuese de Roma, ¿pero cómo se te puede ocurrir que Lucio Cornelio fuese a mancharse las manos con esa muerte? Si todos hemos deplorado que viniese con el ejército contra Roma, ¿cómo crees que habría reaccionado la gente ante la muerte de Cayo Mario, condenado o no? Se dictó esa sentencia porque Lucio Cornelio no tenía más remedio que acusar a los fugitivos de perduellio ante las centurias, y la acusación de perduellio conlleva automáticamente la pena capital. ¡Lo único que quiere Lucio Cornelio es una Roma sin Cayo Mario! Cayo Mario es una institución, y nadie que tenga sentido común mata a una institución.
 
¡Ahora, vete, Sexto Lucilio, y no te molestes en incordiar al cónsul con semejantes necedades!

Sexto Lucilio se marchó, y no se molestó en tratar de hablar con Sila. Y hasta comprendió lo que le había razonado Escévola de que nadie en la situación de Sila podía hacerse responsable de la ejecución de Cayo Mario. Pero perduraba el hecho de que Cayo Mario había sido convicto de perduellio y seguía en libertad, cuando habría debido ser detenido y ejecutado. ¡Estaba en libertad impunemente! ¡Con tal de que no se le viese por Roma o por una ciudad importante, podía campar por sus respetos, sabiendo perfectamente que nadie ejecuta a una institución!

Bien, Cayo Mario, pensó Sexto Lucilio, no has contado conmigo, pero me voy a dar el placer de figurar en los libros de historia como el que puso fin a tu inicua carrera.

Y así, Sexto Lucilio fue a contratar a cincuenta veteranos de caballería que necesitaran algo de dinero, cosa nada dificil en aquellos momentos en que no abundaba precisamente. Les encargó la búsqueda de Cayo Mario, y que cuando dieran con él le matasen. Perduellio.

Entretanto, la Asamblea plebeya, cumpliendo el protocolo, eligió a los tribunos de la plebe. Sexto Lucilio se presentó candidato y le eligieron, ya que a la plebe le gustaba tener siempre un par de tribunos de lo más conservador. Iban a saltar chispas.

EnValentonado por el cargo, por impotente que fuese, Sexto Lucilio llamó al que dirigía a los veteranos y le dijo cuatro cosas.

—Yo soy uno de los pocos en la ciudad que no tiene apuros —dijo—, y estoy dispuesto a aumentar la recompensa en mil denarios si me traéis la cabeza de Cayo. ¡Sólo la cabeza!

El jefe de los veteranos —que habría decapitado complacido a toda su familia por mil denarios— se le cuadró con presteza.

—Haré cuanto esté en mi mano, Sexto Lucilio —dijo—. Sé que el viejo no está al norte del Tíber, así que comenzaré a buscar por el sur.
 
Dos semanas después de zarpar de Ostia, el navío al mando de Publio Murcio cesaba en su desigual combate contra los elementos y echaba el ancla en el puerto de Circei, a no más de cincuenta millas de Ostia costa abajo. Los marineros estaban agotados y había bajamar.

—Lo lamento, Cayo Mario, pero no había más remedio —dijo Publio Murcio—. No podemos seguir batallando contra este viento del sudoeste.

Cayo asintió con la cabeza, pues de poco servía protestar.

—Si no ha habido más remedio, no ha habido más remedio. Yo me quedo a bordo.

Esa respuesta le pareció de lo más extraño a Publio Murcio, y se rascó la cabeza, pero una vez en tierra lo comprendió: en Circei no se hablaba de otra cosa que de los acontecimientos de Roma y de la condena de Cayo Mario por perduellio; fuera de Roma, apenas se conocía el nombre de Sulpicio, pero Cayo Mario era famoso en todas partes. El capitán regresó en seguida al navío.

Abatido pero decidido, Murcio se enfrentó a su pasajero.

—Lo siento, Cayo Mario, pero yo soy un hombre respetable que tiene que cuidar de su barco y desempeñar un negocio. No he hecho contrabando en mi vida y no pienso hacerlo ahora. Siempre he pagado las tasas del puerto y mis impuestos, porque en Ostia y Puteoli es imprescindible. Y no puedo por menos de pensar que ese viento tan adverso y extraño es un aviso de los dioses. Coge tus cosas, voy a llevarte a tierra. Tendrás que buscar otro barco. No he dicho nada de que te tuviese a bordo, pero más tarde o más temprano los marineros lo contarán. Si sigues huyendo y no intentas alquilar aquí otro barco, no correrás peligro. Ve a Tarracina o a Caieta, quizá allí puedas encontrar uno.

—Te doy las gracias por tu deferencia en no denunciarme, Publio Murcio —dijo Mario muy airoso—. ¿Cuánto te debo por el viaje?

Pero Murcio se negó a cobrar nada más.

—Lo que me has dado en Ostia es bastante —dijo—. ¡Ahora, te ruego que desembarques!

Ayudado por Murcio y dos esclavos que habían quedado a bordo, Mario pasó por encima de la borda y entró en el bote, donde se sentó con aspecto
 
de anciano agotado y derrotado. No llevaba esclavos ni criados y Publio Murcio había observado que, en los quince días de navegación, su cojera había empeorado. Por muy quejica y medroso que fuese el capitán, tuvo la entereza de desembarcarlo donde no le pudiesen aprehender y llevó el bote hasta una playa al sur de Circei, donde aguardaron unas horas hasta que uno de los esclavos regresó con un caballo alquilado y comida.

—De verdad que lo siento —dijo Publio Murcio entristecido, después de que él y los dos esclavos lograsen, no sin esfuerzo, izar al gran hombre en la silla—. Quisiera ayudarte más, Cayo Mario, pero no me atrevo. Te han condenado por alta traición —espetó, al fin, después de un momento de indecisión—. Cuando te detengan, te ejecutarán.

—¿Alta traición? —inquirió Mario, estupefacto—. ¿Perduellio? —Las centurias os juzgaron a ti y a tus amigos y os condenaron. —¡Las centurias! —exclamó Mario, moviendo la cabeza sin salir de su

asombro.

—Más vale que te marches —dijo Murcio—. Buena suerte.

—Más suerte tendrás tú, ahora que te ves libre de la causa de tus desventuras —contestó Mario, dando una patada a la montura en el costillar y dirigiéndola hacia una arboleda.

Ha sido un acierto abandonar Roma, pensaba. ¡Las centurias! Están decididos a verme muerto. Y yo que los últimos doce días me había dicho que había sido una tontería irme de Roma… Sulpicio tenía razón, ahora lo sé. Demasiado tarde para volverse atrás. ¡Sí que tenía razón, pero no se me había ocurrido pensar que fuesen a juzgarnos las centurias! Conocía a Sila y pensaba que nos habría mandado asesinar a escondidas. ¡No pensaba que fuese tan loco como para llegar a juzgarme! ¿Qué sabrá él que yo ignore?

Una vez en descampado, Mario bajó del caballo y comenzó a caminar; con su invalidez era un martirio cabalgar, pero el animal le venía bien para el transporte de su acopio de oro y monedas. ¿Cuánto faltaría para Minturnae? Unas setenta millas, evitando la Via Appia. Un terreno pantanoso plagado de mosquitos, pero sin un alma. Sabiendo que su hijo se dirigía a Tarracina, decidió no ir allí. En Minturnae estaría bien; era una ciudad grande, tranquila, próspera y apenas afectada por la guerra itálica.
 
Tardó cuatro días en llegar; cuatro días durante los cuales comió muy poco después de acabar con sus escasas provisiones: un cuenco de gachas que le dio una vieja que vivía sola y algo de pan y queso que compartió con él un samnita vagabundo, que se ofreció a ir a comprarlo si Mario le daba el dinero. Ni la vieja ni el samnita lamentaron su bondad, porque les dio a cambio un poco de oro.

Con el lado izquierdo inmóvil como un peso muerto que no tenía más remedio que arrastrar a todas partes, siguió cojeando hasta otear las murallas de Minturnae. Pero conforme se iba acercando vio una tropa de cincuenta soldados al trote por la Via Appia. Se escondió entre unos pinos y vio que cruzaban la puerta de la ciudad. Afortunadamente el puerto de Minturnae estaba fuera de las murallas, por lo que no tuvo necesidad de entrar en la ciudad y pudo llegar al muelle sin que le viesen.

Había que dejar el caballo; desató la bólsa del dinero de la silla, dio una fuerte palmada al animal y vio cómo se alejaba. A continuación entró en una posada pequeña pero de muy buen aspecto que había en aquellos alrededores.

—Soy Cayo Mario. Me han condenado a muerte por alta traición. Estoy cansado como nunca en mi vida. Y necesito vino —dijo con potente voz.

Sólo había cinco o seis personas, pero todos se volvieron a mirarle boquiabiertos. Acto seguido se oyó el ruido de diez o doce sillas y de banquetas que se apartan y se vio rodeado de hombres que querían tocarle para tener suerte, sin malas intenciones.

—¡Sentaos, sentaos! —dijo el posadero, radiante de felicidad—. ¿Sois de verdad Cayo Mario?

—¿Es que no lo parezco? Tengo sólo media cara, y más vieja que la de Cronos, pero no me digas que no conoces a Cayo Mario…

—Yo sí conozco a Cayo Mario —dijo uno de los clientes—, y tú eres Cayo Mario. Yo estaba en el Foro cuando hablaste en defensa de Titio Titinio.

—Vino. Necesito vino —dijo Cayo Mario.

Se lo dieron, y volvieron a llenarle la copa que había vaciado de un trago. Luego comió, y mientras lo hacía relató a los clientes la historia de la
 
invasión de Roma y de su huida. De las implicaciones de la condena por perduellio no tuvo necesidad de hablar, porque romano, latino o itálico, todos en la península sabían lo que significaba alta traición. En realidad, los que le escuchaban habrían debido conducirle ante los magistrados de la ciudad para que le ejecutasen, o haberlo hecho ellos mismos. Pero lo que hicieron fue escuchar su historia y luego ayudarle a subir por una desvencijada escalera hasta el ansiado lecho, en el que el fugitivo cayó pesadamente y durmió diez horas seguidas.

Al despertar, vio que le habían lavado la túnica y la capa y limpiado las botas por fuera y por dentro. Sintiéndose mejor que nunca desde que había desembarcado, Mario descendió la escalera y se encontró con la taberna llena.

—Han venido a verte, Cayo Mario —dijo el posadero, acercándosele para ayudarle—. ¡Qué gran honor nos haces!

—Soy un condenado, posadero, y debe de haber por ahí medio centenar de patrullas buscándome. Ayer vi una que entraba en la ciudad.

—Sí, están ahora mismo en el foro con los duumviri, Cayo Mario. Hicieron igual que tú, dormir, y ahora andan por ahí dándose importancia. Media Minturnae sabe que estás aquí, pero no tienes por qué preocuparte, no te vamos a entregar ni se lo vamos a decir a los duumviri, que son gente que cumplen la ley al pie de la letra. No saben hacer más que eso. Si cayeses en sus manos, seguramente decidirían ejecutarte, por poco que les guste la tarea.

—Te doy las gracias —dijo Mario con efusión.

Un hombrecillo regordete, que no estaba el día anterior, se acercó a Mario con la mano extendida.

—Soy Aulo Belaeo, mercader de Minturnae. Tengo algunos barcos.

Decidme lo que necesitáis, Cayo Mario, y a vuestra disposición está.

—Necesito un barco listo para sacarme de Italia y navegar a donde me den asilo —dijo Mario.

—No hay inconveniente —se apresuró a responder Belaeo—. Tengo el navío más adecuado listo en el muelle de la bahía. En cuanto hayáis comido os llevaré allí.
 
—¿Estás seguro, Aulo Belaeo? Me buscan para matarme, y ayudándome tal vez corra peligro tu vida.

—Estoy dispuesto a correr el riesgo —contestó Belaeo, muy tranquilo. Una hora más tarde llevaban a Mario en bote hasta un robusto navío

para el transporte de grano, más hecho a los vientos adversos y al mar abierto que el navío de cabotaje de Publio Murcio.

—Acaban de carenarlo en Puteoli después de descargar trigo africano. Pensaba volver a Africa en cuanto hubiesen vientos favorables —dijo Belaeo, ayudando a su invitado a subir a bordo por una fuerte escala a popa, muy parecida a una auténtica escalera—. Va cargado de vino de Falernio de primera para el mercado africano, lleva buen lastre y no faltan provisiones. Siempre tengo los barcos preparados para aprovechar los vientos y el buen tiempo —añadió, dirigiéndole una sonrisa amabilísima.

—No sé cómo agradecértelo, aparte de pagarlo bien.

—Es un honor, Cayo Mario. No lo anuléis queriendo pagarme, os lo ruego. Pasaré el resto de mi vida contando esta historia… Cómo yo, un mercader de Minturnae, ayudó al gran Mario a burlar a sus perseguidores.

—Y yo te estaré eternamente agradecido, Aulo Belaeo.

Belaeo volvió a embarcar en el bote, le dijo adiós y regresó remando a la cercana playa.

Apenas había desembarcado en el muelle, los cincuenta jinetes que habían estado indagando en la ciudad se acercaron a la orilla. Sin hacer caso de Belaeo —a quien no relacionaron con el barco que en aquel preciso instante levaba anclas— los secuaces de Sexto Lucilio miraron hacia la nave y vieron entre los acodados a la borda el rostro inconfundible de Cayo Mario.

El que mandaba la fuerza se acercó al extremo del muelle y, haciendo bocina con las manos, gritó:

—¡Cayo Mario, quedas arrestado! ¡Capitán, has dado cobijo a un fugitivo de la justicia romana! ¡En nombre del Senado y el pueblo de Roma, te ordeno que vires y me entregues a Cayo Mario!

En el barco siguieron con los preparativos para zarpar, sin preocuparse de las voces; pero Mario, al volverse y ver que la tropa apresaba a Belaeo,
 
tragó saliva con fuerza.

—¡Alto, capitán! —gritó—. Han detenido al dueño del barco. ¡Tengo que volver!

—No es necesario, Cayo Mario —replicó el capitán—. Aulo Belaeo sabe cuidarse. Os ha confiado a mí y me ha encomendado que os llevara, y tengo que hacerlo.

—Harás lo que yo diga, capitán. ¡Regresa!

—Si lo hiciese, Cayo Mario, nunca más volvería a mandar un barco y Aulo Belaeo utilizaría mis tripas para las jarcias.

—Vira y dame un bote, capitán. ¡Insisto! Si no me quieres llevar al muelle, desembárcame en alguna playa en la que pueda huir —añadió Mario, mirándole enfurecido—. ¡Hazlo, capitán, te lo ordeno!

En contra de su voluntad, el capitán obedeció. Había algo en la actitud de Mario que le hizo ver que era un general acostumbrado a que le obedecieran.

—Os desembarcaré en las marismas —contestó el descontento capitán

—. Conozco bien la zona y hay un sendero que conduce a Nunturnae, donde os aconsejo que os escondáis hasta que se hayan ido los soldados. Luego volveré a embarcaros.

Otra vez a saltar la borda y subir a un bote; pero esta vez el fugitivo abandonó el navío por el lado contrario a tierra para que no le viesen los soldados, que seguían pidiendo a gritos su entrega.

Por desgracia para Mario, el que mandaba al grupo tenía muy buena vista, y cuando el bote apareció a lo lejos, bogando hacia la costa, reconoció la cabeza de Mario entre los seis afanosos remeros.

—¡Rápido, a los caballos! —ordenó a voces—. Dejad al imbécil del barco; no es importante. Vamos a seguir por tierra ese bote.
Tarea fácil, pues un sendero muy trillado marcaba el contorno de la bahía a través de las marismas saladas que tapaban la desembocadura del río Liris, y la tropa pronto se puso a la altura del bote, perdiéndolo de vista al quedar oculto por los juncos y cañas de la desembocadura.

—¡Sigamos, ya daremos con ese maldito!
 
Los secuaces de Sexto Lucilio le hallaron, efectivamente, dos horas después, justo a tiempo. Mario había dejado la ropa y estaba hundiéndose en un hoyo de pegajoso légamo negro. No fue fácil sacarle, pero no faltaban manos y, finalmente, el lodo traicionero entregó a su víctima. Uno de los hombres se quitó la capa y fue a cubrir a Mario, pero el jefe le detuvo.

—Deja que ese inválido vaya desnudo. ¡Que vean en Minturnae qué ha quedado del gran Mario! Toda la ciudad sabía que estaba aquí. Ahora pagarán por haberle dado cobijo.

Y así el viejo inválido echó a caminar desnudo en medio de la soldadesca, tropezando, vacilando y cayendo durante todo el camino hasta Minturnae, sin que aquella tropa se preocupase por lo que tardaban en llegar. Cuando estaban cerca de la ciudad y empezaban a verse casas por el camino, el jefe se puso a dar voces para que la gente saliese a ver al cautivo Cayo Mario, que no tardaría en ser decapitado en el foro de Minturnae.

—¡Salid, venid todos! —iba gritando.

A media tarde, la tropa entraba en el foro, seguida por casi toda la ciudad, estupefacta y atónita para protestar por el trato que daban a Cayo Mario y sabiendo que estaba condenado por alta traición. Pero un rencor soterrado comenzaba a trabajar las mentes. ¡Cómo podía Cayo Mario haber cometido alta traición!

Los dos principales magistrados de la ciudad aguardaban al pie de la escalinata del consejo municipal, rodeados de una guardia de bedeles, convocados urgentemente para demostrar a aquellos arrogantes soldados romanos que Minturnae no era feudo suyo, y que, si era necesario, Minturnae lucharía.

—Hemos capturado a Cayo Mario cuando estaba a punto de zarpar en un navío de Minturnae —dijo amenazador el jefe de la tropa—. Sabíais que estaba aquí y le habéis ayudado.

—Minturnae no puede hacerse responsable de la conducta de unos cuantos ciudadanos —dijo muy serio el primer magistrado—. De todos modos, ya tienes al preso. Llévatelo y ya está.

—¡Bah, no lo quiero todo entero! —replicó el jefe, sonriente—. únicamente la cabeza; el resto podéis quedároslo. Ahí hay un buen banco de
 
piedra para hacer la faena en un abrir y cerrar de ojos.

La multitud contuvo un grito de indignación, mientras los dos magistrados adoptaban un gesto severo y los bedeles se rebullían inquietos.

—¿Con qué autoridad pretendéis ejecutar en el foro de Minturnae a un hombre que ha sido seis veces cónsul de Roma, a un héroe? —inquirió el duumviri de más edad, mirando al jefe y a la tropa de arriba abajo, decidido a hacerles sentirse un poco como se había sentido él cuando le habían abordado tan avasalladoramente poco después del amanecer—. No parecéis de la caballería romana. ¿Cómo sé que sois quien decís?

—Nos han contratado concretamente para esto —contestó el jefe, cada vez más inquieto al ver las caras de la gente y a los bedeles dispuestos a desenvainar la espada.

—¿Contratados por quién? ¿Por el Senado y el pueblo de Roma? — inquirió el duumvir al modo de un abogado.

—Eso es.

—No te creo. Demuéstralo.

—¡Este hombre ha sido condenado por perduellio! Y tú sabes lo que eso significa, duunvir. La pena capital en cualquier localidad romana o latina. No estoy autorizado a llevármelo entero y con vida a Roma. Me han encargado que lleve su cabeza.

—En ese caso —replicó muy tranquilo el magistrado—, tendrás que enfrentarte a Minturnae para conseguirla. Aquí no somos bárbaros, y a un ciudadano romano de la categoría de Cayo Mario no se le decapita como a un esclavo o a un peregrinus.

—¡En realidad no es ciudadano romano! —replicó furioso el jefe de la tropa—. Pero si queréis que las cosas se hagan como es debido, decapitadlo vosotros. ¡Yo me vuelvo a Roma para traeros esas pruebas, duumvir! Volveré dentro de tres días, y más vale que haya muerto Cayo Mario, porque si no esta ciudad tendrá que responder ante el Senado y el pueblo de Roma. Pasados esos tres días me llevaré la cabeza del cadáver, según las órdenes que me han dado.

Durante este diálogo, Mario había permanecido tambaleante en medio de los soldados, con tan deplorable aspecto que arrancaba lágrimas en
 
algunos. Uno de los soldados, enfurecido por la contrariedad, sacó la espada decidido a acabar con él, pero la multitud se interpuso inmediatamente y se lo arrebató decidida a luchar y secundada por los bedeles armados.

—¡Minturnae pagará esto! —vociferó el jefe.

—Minturnae ejecutará al preso con arreglo a su dignitas y auctoritas — dijo el más viejo de los magistrados—. ¡Ahora, marchaos!

—¡Un momento! —tronó una voz ronca, al tiempo que Mario salía de entre un grupo de ciudadanos—. ¡Engañaréis a estos buenos campesinos, pero a mí no! —añadió—. Roma no tiene caballería para perseguir a condenados, ni la contrata el Senado ni el pueblo; sólo particulares. ¿Quién os contrató?

Tan evocador de las épocas gloriosas era el poder de la voz de Mario, que el jefe de la tropa se fue de la lengua sin darse cuenta.

—Sexto Lucilio —contestó.

—¡Gracias! —dijo Mario—. No lo olvidaré.

—¡Me meo en ti, viejo! —replicó airado el jefe de la tropa, haciendo volver grupas al caballo con un gesto violento—. ¡Me has dado tu palabra, magistrado! ¡Cuando vuelva, espero que Cayo Mario esté muerto y con la cabeza lista para cortar.

Nada más desaparecer la tropa a caballo, el duumvir hizo un gesto a los bedeles.

—Confinad a Cayo Mario —dijo.

Los hombres del magistrado cogieron a Mario de entre la multitud y le escoltaron con toda deferencia hasta una celda que había en el podio del templo de Júpiter Optimus Maximus, en la que generalmente sólo encerraban de noche a algún borracho violento o, provisionalmente, a algún loco.

En cuanto Mario desapareció del foro, la multitud se congregó en grupos para hablar acaloradamente sin apartarse de las tabernas que había por los alrededores. Y fue en ese momento cuando Aulo Belaeo, que había
 
sido testigo de la escena, comenzó a ir de un grupo a otro hablando acaloradamente.


Minturnae contaba con varios esclavos públicos, pero entre ellos había uno muy hábil, comprado a un mercader ambulante dos años atrás; y no se habían arrepentido del alto precio de cinco mil denarios del coste. El esclavo, adquirido con dieciocho años, había cumplido ya veinte y era un germano gigantesco de origen címbrico que se llamaba Burgundus y sobresalía una cabeza entre los más altos de Minturnae. Y si su potencia muscular y su fuerza eran apabullantes, no menos asombrosa era su falta de inteligencia y sensibilidad; cosa nada rara en una persona cautiva desde los seis años, después de la batalla de Vercellae, y que desde entonces había llevado la vida de un esclavo bárbaro. Para él no existían los privilegios y emolumentos del griego culto que se vende a sí mismo decidido a propiciar sus posibilidades de progreso; Burgundus vivía en la miseria en una casucha de madera de las afueras de la ciudad, y se creía visitado por el carro mágico de la diosa Nerthus cuando alguna mujer iba a su choza para comprobar qué clase de amante era un gigante bárbaro. No se le había ocurrido huir ni lamentaba su situación; al contrario, los dos años que llevaba en Minturnae habían sido dos años felices en los que se sentía importante y revalorizado. Le habían dado a entender que, con el tiempo, sus stips irían en aumento y se le permitiría casarse y tener hijos. Y si seguía trabajando bien, sus hijos serían libres.

Los otros esclavos públicos se encargaban de limpiar las hierbas y barrer, pintar, adecentar los edificios públicos y otras tareas de conservación, pero a Burgundus le encomendaban los trabajos más duros o que requerían una fuerza sobrehumana. Burgundus había limpiado las cloacas de Minturnae atascadas por las inundaciones, era Burgundus quien quitaba la carroña llena de moscas de un caballo o de un asno de algún lugar molesto, Burgundus quien derribaba los árboles que podían constituir peligro, Burgundus quien perseguía a algún perro salvaje, Burgundus quien cavaba zanjas con una sola mano. Como todos los seres enormes, el
 
germano era un hombre amable y dócil, consciente de su fuerza y sin necesidad de hacer ostentación de ella, y consciente también de que si daba en broma un golpe a alguien podía matarle sin querer. Por ello había adquirido una gran habilidad en manejar a los marineros borrachos y otros personajes violentos que le hacían frente y como consecuencia de lo cual le habían quedado algunas cicatrices. Pero en la ciudad tenía fama de amable.

Como les habían cargado con la poco envidiable tarea de ejecutar a Cayo Mario, y decididos a llevarla a cabo del modo más romano posible (conscientes, además, de que sus conciudadanos no iban a aceptarlo tranquilamente) los magistrados mandaron llamar a Burgundus.

El germano, que no estaba al corriente de lo acontecido aquel día, se hallaba amontonando enormes pedruscos bajo las murallas que daban a la Via Appia para unas obras que iban a realizarse. Avisado por otro esclavo, se encaminó hacia el foro con sus engañosas zancadas lentas, que obligaban a los otros esclavos casi a correr para mantener su paso.

El magistrado más viejo le aguardaba en una calle cercana al foro, una calle que daba a la parte de atrás del consejo municipal y del templo de Júpiter Optimus Maximus; si había que llevar a cabo la ejecución sin que hubiera disturbios, tenía que hacerse de inmediato y sin que se enterase el gentío que llenaba el foro.

—¡Ah, Burgundus, nos vienes de maravilla! —dijo el duumvir, cuyo colega, hombre de menor entereza, había desaparecido—. En la cella del capitolio tenemos un preso —añadió, diciendo lo demás por encima del hombro, como quitándole importancia—. Estrangúlale, es un traidor condenado a muerte.

El germano permanecía inmóvil; luego alzó las manazas y se las miró absorto. A él nunca le habían ordenado matar a nadie. Para él, matar a un hombre con aquellas manos sería tan fácil como para cualquier otra persona retorcer el cuello a un pollo. Sí, claro, no tenía más remedio que hacer lo que le decían, pero de pronto notó que desaparecía aquel sentimiento de bienestar de que gozaba en Minturnae. Tenía que convertirse en verdugo de la ciudad, además de tener que realizar siempre todo lo desagradable. Lleno de horror, sus ojos azules, habitualmente de plácido mirar, estaban clavados
 
en la parte de atrás del Capitolio, en el templo de Júpiter Optimus Maximus, donde le decían que estaba el preso. Un preso de mucha importancia, por lo visto. ¿Sería uno de los jefes itálicos de la guerra contra Roma?

Burgundus lanzó un fuerte suspiro y se dirigió al templo con sus pesadas zancadas. Para entrar, no sólo tuvo que agachar la cabeza, sino casi doblarse por la cintura. Se vio dentro de un estrecho cuarto de piedra con varias puertas a ambos lados y al fondo una reja que tapaba una ranura por la que pasaba la luz. Aquel lúgubre recinto encerraba los registros y archivos de la ciudad, las leyes y estatutos, el tesoro y, detrás de la primera puerta a la izquierda, a los contados hombres o mujeres que los duumviri mandaban detener hasta que se les pasaba lo que les hubiera hecho alborotar y los ponían en libertad.

La puerta, en roble de tres dedos de grosor, era aún más pequeña que la de entrada; Burgundus descorrió el cerrojo, se agachó y entró en la celda. Igual que el recinto de fuera, recibía la luz a través de una abertura enrejada, ésta a gran altura en la pared trasera del templo, de forma que los ruidos procedentes del interior fuesen más dificiles de oír desde el foro. Apenas daba luz a la celda, y menos teniendo en cuenta que Burgundus aún no se había acostumbrado a aquella penumbra.

Frunciendo esforzadamente los ojos, el gigantesco germano distinguió un bulto gris y negro vagamente humano, que se puso en pie y se le quedó mirando.

—¿Qué quieres? —decía el preso con fuerte voz, llena de autofidad. —Me han mandado estrangularte —contestó Burgundus con toda

simpleza.

—¡Tú eres germano! —replicó el preso—. ¿De qué tribu? ¡Vamos, contesta, gigantón bobo!

Lo último lo había dicho aún con mayor énfasis; ahora Burgundus comenzaba a ver más claramente y lo que le hacía dudar de cómo contestar eran aquel par de ojos feroces.

—Soy de los cimbros, domine.

El grandullón desnudo de los ojos temibles pareció crecerse.
 
—¡Cómo! ¿Un esclavo… y del pueblo que, por cierto, yo derroté, pretende matar a Cayo Mario?

Burgundus se acobardó y vaciló, tapándose la cabeza con las manos y retrocediendo.

—¡Fuera! —bramó Cayo Mario—. ¡No pienso enfrentarme a la muerte en una mazmorra a manos de un germano!

Y Burgundus huyó, dejando abierta la puerta de la celda e igualmente la del recinto, y entró corriendo en el foro.

—¡No, no! —gritaba—. ¡No puedo matar a Cayo Mario! ¡No puedo matar a Cayo Mario! ¡No puedo matar a Cayo Mario!

Aulo Belaeo se acercó a él con grandes zancadas desde el otro lado de la plaza y le tomó las manos, que él se retorcía nervioso.

—Está bien, Burgundus, no tendrás que hacerlo. Ahora deja de llorar.

Eso es; buen chico. Ya está.

—¡No puedo matar a Cayo Mario! —repitió Burgundus, limpiándose la nariz en el brazo, porque Belaeo no le soltaba las manos—. ¡Y no puedo consentir que nadie mate a Cayo Mario!

—Nadie va a matar a Cayo Mario —dijo Belaeo con firmeza—. Todo ha sido un malentendido. Ahora, cálmate y haz algo útil. Ve a casa de Marco Furio y trae el vino y el manto que te dará, se lo llevas a Cayo Mario, le conduces a mi casa y nos esperáis allí.

El gigante se tranquilizó como un niño, dirigió una beatífica sonrisa a Aulo Belaeo y se dispuso a hacer lo que le decían.

Belaeo se volvió hacia la multitud que de nuevo se congregaba allí y clavó los ojos en los duumviri que se dirigían a vivo paso hacia el consejo municipal con aire agresivo.

—Bien, ciudadanos de Minturnae, ¿vais a consentir que recaiga sobre nuestra querida ciudad la detestable tarea de matar a Cayo Mario?

—¡Aulo Belaeo, tenemos que hacerlo! —replicó sin aliento el magistrado más viejo—. ¡Es reo de alta traición!

—¡Igual me da que sea reo de todos los delitos constitucionales! — replicó Aulo Belaeo—. ¡Minturnae no puede ejecutar a Cayo Mario!
 
La multitud clamaba efusivamente en apoyo de Aulo Belaeo y los magistrados convocaron una reunión pública para discutir el asunto. Y llegaron a la conclusión irrevocable de que había que liberar a Cayo Mario. Minturnae no podía hacerse responsable de la muerte de un hombre que había sido seis veces cónsul de Roma y la había salvado de la invasión germana.

—Así pues —decía Aulo Belaeo, animoso, poco después a Mario—, me alegra poderos decir que volveréis a embarcar en mi navío con los mejores deseos de toda Minturnae, incluidos nuestros bobos Y estrictos magistrados. Y esta vez el barco zarpará sin que nadie os obligue a desembarcar, os lo prometo.

Después de bañarse y comer, Mario se sentía mucho mejor.

—Me han hecho objeto de muchas amabilidades desde que dejé Roma, Aulo Belaeo, pero en ningún sitio como en Minturnae. Nunca me olvidaré de esta ciudad —dijo, volviéndose para dirigir al gigantesco Burgundus la mejor sonrisa de que era capaz su pobre rostro hemipléjico—. Ni tampoco olvidaré que me salvó la vida un germano. Gracias.

Belaeo se puso en pie.

—Me gustaría tener el honor de albergaros en mi casa, Cayo Mario, pero no estaré tranquilo hasta ver vuestro barco salir de la bahía. Permitidme que os escolte ahora mismo hasta el muelle. Ya dormiréis a bordo.

Al salir a la estrecha calle en que estaba la casa de Belaeo, casi toda Minturnae aguardaba para acompañarle al puerto. Sonaron vítores por Cayo Mario, quien los acogió con regia dignidad. Luego se encaminaron todos al muelle, alegres e importantes como no se habían sentido durante años. En el muelle, Mario abrazó a Aulo Belaeo delante de todos.

—Tenéis el dinero a bordo —dijo Belaeo con lágrimas en los ojos—. Os he dispuesto ropa y un vino mucho mejor que el que bebe normalmente el capitán. Además, os entrego al esclavo Burgundus, puesto que no tenéis servidumbre. En la ciudad se teme por su vida, si vuelven esos soldados y algún necio cuenta lo sucedido. No merece morir y lo he comprado para vuestro servicio.
 
—Acepto a Burgundus complacido, Aulo Belaeo, pero no te preocupes de esa soldadesca. Sé quién los contrató: un hombre sin autoridad ni influencia que trata de darse importancia. Al principio pensé que era Lucio Sila, en cuyo caso el asunto habría sido más grave. Pero si el cónsul ha enviado patrullas en mi búsqueda, aún no han llegado a Minturnae. Esa pandilla estaba a sueldo de un simple privatus que pretendía hacer méritos. ¡No sabe Sexto Lucilio lo que le espera! —añadió Mario entre dientes.

—Mi barco es vuestro hasta que podáis volver —dijo Belaeo sonriente

—. El capitán lo sabe. Afortunadamente la carga es vino de Falernio y mejorará aunque la travesía sea larga. Que tengáis buen viaje.
—Mis mejores deseos, Aulo Belaeo. Nunca te olvidaré —contestó Cayo Mario.
Y así concluyó la agitada jornada. Hombres y mujeres de Minturnae se apiñaban en el muelle, agitando las manos hasta que el navío desapareció en el horizonte, hasta que se volvieron en tropel a sus casas como si hubiesen ganado una importante batalla. Aulo Belaeo regresó también a su casa, sonriendo bajo el crepúsculo. Se le había ocurrido una idea estupenda. Localizaría al mejor muralista de toda la península y le encargaría pintar el episodio de la jornada de Cayo Mario en Minturnae en una serie de escenas que adornasen el nuevo templo de Marica en la preciosa arboleda. Al fin y al cabo era la diosa marina que dio a luz a Latinus, cuya hija Lavinia esposó a Eneas, concibiendo a iulus; por ello tenía especial significado para Cayo Mario, casado con una Julia. Además, Marica era la patrona de la ciudad. No había realizado mayor proeza Minturnae que negarse a dar muerte a Cayo Mario, y en años sucesivos toda Italia lo sabría gracias a los frescos del templo de Marica.


A partir de aquel momento, Cayo Mario no volvió a correr peligro, por largos y agotadores que fueran sus viajes. En Aenaria se reunieron diecinueve de los fugitivos, esperando en vano la llegada de Publio Sulpicio. Al cabo de una semana, pensaron apesadumbrados que nunca llegaría y decidieron zarpar sin él. Desde Aenaria desafiaron las olas del
 
mar Toscano y no avistaron tierra hasta el cabo noroeste de Sicilia, en donde arribaron al puerto pesquero de Erycina.

Allí había decidido Mario quedarse para no alejarse de Italia más de lo necesario. Aunque su estado físico era notable, teniendo en cuenta todas las vicisitudes por las que había pasado, él mismo se daba cuenta de que su cabeza no andaba del todo bien. Se le olvidaban cosas y a veces lo que le hablaban le sonaba al bárbaro lenguaje de escitas y sármatas; notaba olores repugnantes y extraños, y a veces nublaba su visión una especie de telaraña. Otras, notaba un extraño sofoco y no sabía dónde estaba, perdía temple e imaginaba desaires y ofensas inexistentes.

—Lo que llevemos dentro y que nos hace pensar, estará en el pecho como dicen algunos, o en la cabeza como afirma Hipócrates, pero yo me inclino a creer que lo tenemos en la cabeza, porque yo pienso con los ojos, los oídos y la nariz, luego ¿por qué iba a estar tan alejado del centro del pensamiento como lo están el corazón y el hígado? —decía un día a su hijo, mientras aguardaban en Erycina noticias del gobernador—. Vamos a ver si me explico… —añadió con voz vacilante, frunciendo furiosamente el entrecejo—. Hay algo en mi mente que va menguando poco a poco, hijo. Aún me sé de memoria libros enteros, y si me esfuerzo, soy capaz de reflexionar correctamente… puedo dirigir una reunión y hacer todo lo que hacía antes. Pero no siempre. Y es un proceso complejo que no entiendo bien. A veces ni siquiera me doy cuenta de los cambios… Excúsame por estas vaguedades y lagunas. Pero tengo que conservar mi capacidad mental porque pronto seré cónsul por séptima vez. Me lo vaticinó Marta y no se equivocó. No se equivocó… Te lo he contado, ¿verdad?

—Sí, padre, me lo has contado muchas veces. —¿Te dije que me vaticinó también otra cosa?

Los grises ojos del joven se clavaron en el rostro curtido y atormentado del padre, y esbozó una sonrisa, preguntándose si no sería otra divagación mental de su progenitor o hablaría en serio.

—No, padre.

—Pues sí, me lo vaticinó. Dijo que iba a ser el hombre más grande de la historia de Roma. Pero ¿sabes quién dijo que sería el romano más grande de
 
todos?

—No, padre. Me gustaría saberlo —replicó el joven Mario, sin el menor rayo de esperanza, sabiendo perfectamente que no iba a ser él, hijo del gran hombre y plenamente consciente de sus carencias.

—Dijo que sería el pequeño César.

—¡Edepol!

Mario se retorció entre risitas, con escalofriante chochez.

—¡Pero no te preocupes, hijo! ¡No se cumplirá! ¡No consentiré que

haya nadie más grande que yo! Por eso voy a hundir la estrella del joven

César en lo más profundo del océano.

El joven Mario se puso en pie.

—Estás cansado, padre. Me he dado cuenta de que tu estado de ánimo y esos trastornos que dices empeoran cuando estás cansado. Tienes que dormir.


El gobernador de Sicilia era un tal Cayo Norbano, cliente de Mario, y estaba en Messana haciendo frente a una pretendida invasión de la isla por parte de Marco Lamponio y una tropa rebelde de lucanos y bruttianos. El emisario de Mario, enviado lo más de prisa posible a Messana por la Via Valeria, regresó al cabo de trece días con la respuesta del gobernador.

Aunque me doy perfecta cuenta de las obligaciones que me ligan a ti como cliente, Cayo Mario, soy también gobernador propraetore de una provincia romana y estoy obligado por mi honor a servir a Roma por encima del deber hacia mi patrón. Tu carta llegó después de haberse recibido una comunicación oficial del Senado notificándome que no preste ni a ti ni a los otros fugitivos ninguna clase de ayuda. Y, además, se me dan órdenes de perseguirte y matarte. Eso no puedo hacerlo, desde luego; pero debo conminarte a que tu barco abandone aguas sicilianas.

Personalmente te deseo lo mejor, y espero que encuentres asilo en algún sitio; aunque dudo mucho de que lo halles en territorio romano. Te diré que Publio Sulpicio fue apresado en Laurentum y su cabeza adorna los rostra
 
en Roma. Ruin hazaña. Pero entenderás mejor mi postura si te digo que quien colocó la cabeza de Sulpicio en los rostra fue Lucio Cornelio Sila en persona. No, no ordenó ponerla. Lo hizo él mismo.

—¡Pobre Sulpicio! —exclamó Mario, reprimiendo las lágrimas—.

¡Bien,  seguiremos  viajando!  —añadió,  encogiéndose  de  hombros—.

Veremos cómo nos reciben en la provincia de Africa.
Pero tampoco allí los autorizaron a entrar; el gobernador Publio Sextilio también había recibido órdenes y no pudo hacer otra cosa por los fugitivos que aconsejarles que se fuesen antes de que, en cumplimiento de su deber, se viera obligado a apresarlos y ejecutarlos.

Continuaron hasta Rusicade, el puerto de Cirta, capital de Numidia, donde ahora reinaba Hiempsal, hijo de Gauda y mejor persona que él. Cuando el rey recibió la carta de Mario se hallaba en la corte de Cirta, cerca de Rusicade. Ensartado en los cuernos del mayor dilema que se le presentaba en su reinado, el rey anduvo cierto tiempo indeciso. Cayo Mario era quien había puesto a su padre en el trono, pero podía muy bien ser causa de que le depusieran a él. Porque Lucio Cornelio Sila tenía también influencias en Numidia.

Al cabo de varios días de pensárselo, se trasladó con parte de la corte a Icosium, al oeste y bien lejos de testigos romanos, invitando a Cayo Mario y sus amigos a poner rumbo a dicho puerto; les permitió desembarcar y puso a su disposición unas cómodas villas. Además, les recibía con frecuencia en su mansión, lo bastante grande para ser considerada palacio, aunque sin comparación con el de Cirta. Dado que esta residencia era menos espaciosa, el rey había dejado en Cirta a algunas de sus esposas y concubinas, y en Icosium sólo le acompañaban la reina, Sofonisba, y dos esposas de segunda categoría, Salambó y Anno. Personaje cultivado según la mejor tradición helenística, Hiempsal no ostentaba el lujo oriental y permitía que sus invitados se tratasen sin trabas con los miembros de su familia, hijos, hijas y esposas. Lo cual, desgraciadamente, acarreó complicaciones.
 
El joven Mario tenía ya veintiún años y comenzaba a afirmarse como adulto. Simpático y muy guapo, era, además, muy dado a la actividad física —porque intelectualmente no era muy dotado— y se entregaba con fruición a la caza, deporte que no complacía al rey númida, pero sí a su esposa Salambó. En las llanuras africanas había abundante caza, elefantes, leones, avestruces, gacelas, antílopes, osos, panteras y ñus, y el joven Mario se pasaba el día aprendiendo a cazar animales para él desconocidos. Y con la princesa Salambó como maestra y guía.

Quizá pensando en el carácter público de semejantes expediciones y en el número de personas que en ellas participaban, el rey Hiempsal lo consideró garantía suficiente para la virtud de su joven esposa; o quizá agradeciese incluso que le librasen —durante algunos días, a veces— de la presencia de aquella dinámica criatura. El se pasaba el tiempo a solas con Mario (que había mejorado mucho mentalmente desde su llegada a Icosium), charlando de los buenos tiempos y escuchando el relato de las campañas en Numidia y Africa en la época de Yugurta, de los que tomaba cumplida nota para los archivos de familia, ansiando que algún día sus hijos o sus nietos pudiesen aspirar a casarse con una noble romana. Porque Hiempsal no se hacía ilusiones; podía ser rey, gobernar un país grande y rico, pero ante la nobleza romana él y los suyos no eran nadie.

Naturalmente, el secreto trascendió. Uno de los validos del rey le hizo saber que los días que Salambó pasaba con el joven Mario eran, sí, inocentes, pero que las noches eran otra cosa. La revelación sumió al rey en el pánico; por una parte no podía ignorar la infidelidad de su esposa, pero por otra no podía hacer lo que normalmente habría hecho: ejecutar al seductor. Y así, optó por salvar en lo posible su dignidad diciéndole a Cayo Mario que era un asunto muy delicado para que los fugitivos continuaran en su reino y le rogó que zarpase en cuanto el barco estuviese bien aprovisionado.

—¡Necio! —dijo Mario mientras se dirigían al puerto—. ¿No tenías mujeres corrientes de sobra para tener que robarle las esposas a Hiempsal?

El joven Mario dejó escapar una sonrisa, sin lograr mostrarse arrepentido.
 
—Lo siento, padre, es que era una delicia. Además, no la seduje yo, sino ella a mí.

—Pues podrías haberle dado calabazas.

—Habría podido —replicó el impenitente joven—, pero no lo hice porque era una delicia.

—Bien dices «era», hijo, porque esa necia ha perdido la cabeza por tu culpa.

Sabiendo perfectamente que Mario estaba enfadado sólo porque tenían que marcharse, y que de no ser por eso le habría complacido su aventura con una reina extranjera, el joven Mario siguió sonriendo. La suerte de Salambó no preocupaba a ninguno de los dos, ya que ella sabía a lo que se arriesgaba si la descubrían.

—Que lástima —comentó el joven—. Era verdaderamente…

—¡No me lo repitas! —le interrumpió tajante el padre—. ¡Si fueses más pequeño y pudiera sostenerme en una pierna, te iba a dar tal puntapié en el culo que te saltarían los dientes! ¡Con lo bien que estábamos…!

—Pégamelo, si quieres —dijo el joven Mario, agachándose, apartando las piernas y presentándole el trasero en broma. Sabía que no corría ningún riesgo. Su delito era de los que un padre perdona fácilmente, y Mario en toda su vida le había puesto la mano encima; menos aún iba a darle una patada.

Entonces, Mario hizo una seña al fiel Burgundus, quien le sujetó por la cintura, mientras él alzaba la pierna derecha y plantaba su recia bota exactamente en el intersticio de las nalgas de su hijo. Que el joven Mario no se desmayase fue más que nada cuestión de orgullo, porque el daño fue descomunal. Estuvo durante días penando y repitiéndose insistentemente que su padre no lo había hecho por maldad deliberada y que él no había sabido calibrar la indignación paterna respecto al incidente con Salambó.

Desde Icosium fueron navegando a lo largo de la costa este africana sin tocar tierra hasta el nuevo destino de Cayo Mario: la isla de Cercina, de la Pequeña Sirte africana. Allí estaban a salvo, porque la población la constituían varios miles de ex combatientes de las legiones de Mario, beneficiarios de parcelas de tierra. Algo aburridos de cultivar trigo en
 
parcelas de cien iugera, los encanecidos veteranos acogieron con los brazos abiertos a su antiguo general, agasajaron a Mario y a su hijo y juraron que Sila no tendría ejércitos suficientes para poner fin a la libertad de Cayo Mario.

Más preocupado por su padre desde aquel puntapié, el joven Mario no le perdía de vista, y, profundamente afligido, fue percatándose de los numerosos detalles que probaban su trastorno mental, maravillándose de que le perdonasen cosas por ser quien era o del modo como, de pronto, con un enorme esfuerzo de voluntad, parecía normal. Los que no le veían a menudo ni en la intimidad, no daban tanta importancia a un simple fallo de memoria, una mirada de desconcierto o su tendencia a divagar en lo que estaba contando si sobre la marcha perdía interés. ¿Podría hacerse cargo de un séptimo consulado? El joven Mario lo ponía en duda.


La alianza entre los nuevos cónsules Cneo Octavio Ruso y Lucio Cornelio Cinna era cuando menos incómoda, y en su peor aspecto se traducía en una serie de disputas en público en el Senado y en el Foro, que tenían a toda Roma en ascuas por ver quién se impondría. Los rápidos intentos de impugnar lo hecho por Sila habían cesado de inmediato cuando Pompeyo Estrabón envió una breve carta privada a Cinna diciéndole que si quería seguir siendo cónsul —y sus domesticados tribunos de la plebe apreciaban la vida— dejase en paz a Lucio Cornelio Sila para que pudiera marchar a Oriente. Consciente de que Octavio era el valido de Pompeyo Estrabón y de que las legiones que había en Italia en pie de guerra estaban en manos de dos de los más acérrimos partidarios de Sila, Cinna echó un rapapolvo a sus tribunos de la plebe Virgilio y Magio, que no querían soltar su presa. Pero Cinna, en último extremo, les dijo que si no lo hacían cambiaría de bando, aliándose con Octavio, y los expulsaría del Foro y de Roma.

Durante sus primeros ocho meses en el cargo hubo contrariedades de sobra en Roma y en Italia para que Octavio y Cinna no tuvieran un momento de reposo. Aparte de que el Tesoro seguía vacío y circulaba poco
 
dinero, Sicilia y Africa sufrían un segundo año de sequía y los gobernadores, Norbano y Sextilio, se habían incorporado a su destino siendo aún pretores para ver lo que podían hacer para aumentar los envíos de trigo a la capital, con autorización para comprar, si era preciso, grano mediante pagarés, reforzados por la presencia de sus soldados. Bajo ningún concepto, ni presionados por ninguna unión de cultivadores, iban los cónsules ni el Senado a consentir que se repitiesen los hechos que habían desembocado en aquella breve hora de gloria de que había gozado Saturnino porque el censo por cabezas pasaba hambre. Al censo por cabezas había que alimentarle. Al descubrir algunos de los graves problemas que Sila había tenido durante su consulado, Cinna aprovechó todos los métodos recaudatorios posibles y envió cartas a los dos gobernadores de Hispania ordenándoles exprimir al máximo las dos provincias. El gobernador de las Galias, Publio Servilio Vatia, recibió orden de arramblar con todo lo que pudiese, haciendo equilibrios en la cuerda floja que suponía aquella situación de hacer frente a los bárbaros de la Galia Transalpina, dejando al mismo tiempo a los acreedores de la Galia itálica con dos palmos de narices. Cuando recibió las indignadas respuestas, Cinna las quemó nada más leer el párrafo inicial, deseando dos cosas imposibles: que Octavio se ocupase más de los asuntos peliagudos de gobierno y que Roma dispusiese aún de los ingresos de la provincia de Asia.

Roma sufría, además, la presión de los itálicos recién emancipados, que estaban amargamente resentidos por su condición tribal, pese a que según las leges Corneliae era como si no existiesen sus votos en el seno de las tribus. Las leyes de Publio Sulpicio les habían abierto el apetito, y con su derogación había crecido el resentimiento. Después de más de dos años de guerra, quedaban todavía hombres de relieve entre los aliados itálicos que inundaban el Senado con cartas de queja por ellos mismos y por cuenta de sus hermanos itálicos menos privilegiados. Cinna los habría atendido de buena gana con una ley que distribuyera a todos los nuevos ciudadanos por igual entre las treinta y cinco tribus, pero ni el Senado ni la facción dirigida por el primer cónsul Octavio querían saber nada. Y la constitución de Sila se lo entorpecía enormemente.
 
Sin embargo, vio en Sextilis un primer rayo de esperanza; llegó noticia de que Sila estaba muy ocupado en Grecia y que seguramente no podría regresar de repente a Roma para reforzar su constitución, y Cinna pensó que había llegado el momento de zanjar sus diferencias con Pompeyo Estrabón, que seguía ocioso en Umbría y Picenum con cuatro legiones. Sin decir a nadie adónde iba, ni siquiera a su esposa, emprendió viaje para ver qué decía Pompeyo Estrabón ahora que Sila estaba entretenido con la guerra contra Mitrídates.

—Estoy dispuesto a hacer contigo el mismo trato que hice con el otro Lucio Cornelio —dijo el estrábico señor de Picenum, que le había recibido con cierta frialdad, pero tampoco se había mostrado renuente a escucharle

—. Tú me dejas tranquilo con mis asuntos en este rincón del gran mundo romano y yo no te molesto en la gran urbe.
—¡Así que eso era…! —exclamó Cinna. —Eso era.
—Tengo que rectificar numerosas alteraciones que el otro Lucio Cornelio hizo en nuestro sistema de gobierno —dijo Cinna con voz desapasionada—. Y quiero distribuir a los nuevos ciudadanos uniformemente entre las treinta y cinco tribus; y me atrae la idea de repartir a los libertos romanos entre las tribus —añadió, reprimiendo la indignación de tener que pedir permiso a aquel carnicero picentino para hacer lo que había que hacer—. ¿Qué te parece todo esto, Cneo Pompeyo?

—Haz lo que quieras —contestó Pompeyo, indiferente—, con tal de que me dejes en paz.
—Te doy mi palabra de que te dejaré en paz.

—¿Vale tanto tu palabra como tu juramento, Lucio Cinna?

—Aquel juramento no valió —replicó Cinna con gran dignidad, enrojeciendo—. Agarré una piedra en mi mano para invalidarlo.
Pompeyo Estrabón echó hacia atrás la cabeza y demostró lo que era relinchar riendo.
—Ah, ¿un auténtico leguleyo del Foro, no? —inquirió cuando pudo. —¡Ese juramento no me obliga! —insistió Cinna, todavía ruborizado.
 
—Pues entonces eres aún más loco que el otro Lucio Cornelio. Y cuando regrese vas a durar menos que un copo de nieve en el fuego.

—Si crees eso, ¿por qué me dejas hacer lo que quiero hacer?

—Porque el otro Lucio Cornelio y yo nos entendemos; por eso — contestó Pompeyo Estrabón—. A mí no me va a echar la culpa de lo que ocurra. Te la echará a ti.

—Quizá el otro Lucio Cornelio no regrese.

El comentario provocó otro relincho de hilaridad.

—¡No cuentes con eso, Lucio Cinna! El otro Lucio Cornelio anda siempre de la mano de la Fortuna y lleva una vida mágica.

Cinna regresó a Roma sin detenerse en el feudo de Pompeyo Estrabón ni un minuto más de lo necesario. Prefería dormir en una casa cuyo dueño fuese menos temible, y por ello tuvo que escuchar de boca de su anfitrión en Assissium la historia de los ratones que se habían comido los calcetines de Quinto Pompeyo Rufo, presagiando su muerte. Pensándolo bien, se dijo Cinna una vez en Roma, no me gusta esa gente del norte. Son muy primitivos y muy apegados a los antiguos dioses.
 
 
A principios de septiembre se celebraban en Roma los grandes juegos anuales, los ludi romani. En los tres últimos años habían sido económicamente muy modestos a causa de la guerra y de la falta de las grandes sumas de dinero que los ediles generalmente consideraban conveniente extraer de su propia bolsa. Se habían esperado grandes cosas del edil del año anterior, Metelo Celer, pero todo había quedado en agua de borrajas. Sin embargo, la pareja del año en curso era fabulosamente rica y en Sextilis se vio que, efectivamente, cumplirían su palabra y habría juegos importantes. Así, se difundió por toda la península el rumor de que los juegos iban a ser algo nunca visto. Y, en consecuencia, todos los que podían permitirse el viaje a Roma decidieron de pronto que el mejor remedio para las secuelas y el malestar de la guerra era tomarse unas vacaciones y ver los ludi romani. Miles de itálicos recién emancipados y resentidos por el modo deplorable en que se les había tratado comenzaron a llegar a la ciudad hacia final de Sextilis. Había aficionados al teatro, a las carreras de carros, a la caza de fieras, al espectáculo… Todos los que podían acudieron. La ocasión era particularmente interesante para los amantes del teatro, pues se había logrado que el viejo Accio dejase su Umbría natal para presentar su última obra.

Y Cinna decidió actuar de una vez. Su aliado, el tribuno de la plebe Marco Virgilio, convocó una reunión «oficiosa» de la Asamblea plebeya y anunció a la multitud (en la que había muchos forasteros itálicos) que iba a presionar al Senado para lograr una distribución ecuánime de los nuevos ciudadanos. Era una reunión prevista estrictamente para llamar la atención de los que se interesaban por aquel asunto, ya que Marco Virgilio no podía legislar con un organismo que lo tenía prohibido.

Luego, Virgilio presentó la propuesta al Senado y se le dijo taxativamente que los padres conscriptos no pensaban debatir el asunto, del mismo modo que no lo habían hecho en enero. Virgilio se encogió de hombros y se sentó en el banco tribunicio junto a Sertorio y los demás. Había hecho lo que Cinna le había pedido: sondear al Senado. Que Cinna hiciera todo lo demás.
 
—Muy bien —dijo Cinna a sus aliados—, vamos a ello. Prometemos a todos que si nuestras leyes para restablecer la constitución en su antigua versión y tratar el asunto de la nueva ciudadanía se aprueban en la asamblea centuriada, promulgaremos una ley de cancelación general de deudas. Las promesas de Sulpicio fueron sospechosas porque legisló a favor de los acreedores del Senado, pero nosotros no tenemos esa contrariedad y nadie desconfiará.

La actividad que siguió no fue clandestina, aunque no se divulgó para que no llegase a oídos de los que se oponían a la anulación de deudas. Tan desesperada era la situación de la mayoría —incluso de la primera clase— que Cinna recibió inopinadamente el apoyo de la opinión pública, ya que por cada senador o caballero que no debía dinero o era prestamista, había seis o siete que estaban endeudados, algunos hasta el cuello.

—Tendremos problemas —dijo el primer cónsul Cneo Octavio Ruso a sus colegas Antonio Orator y a los hermanos César—. Con ese cebo de la cancelación general de deudas para los codiciosos y los indigentes, Cinna conseguirá lo que quiere, incluso entre la primera clase y las centurias.

—Desde luego hay que admitir que es muy listo no intentando convocar a la plebe y a todo el pueblo para promulgarlo en las asambleas —dijo Lucio César, inquieto—. Si aprueba las leyes con las centurias, será legal según la actual constitución de Lucio Cornelio. Y tal como está el fiscus y la situación aún peor del dinero privado, las centurias votarán en bloque lo que desea Lucio Cinna.

—Y el censo por cabezas se amotinará —terció Antonio Orator.

Pero Octavio, que era con gran diferencia el que más sabía de economía, meneó la cabeza.

—¡No, el capite censi no, Marco Antonio! —dijo atropelladamente, porque era hombre de poca paciencia—. La clase más baja nunca está endeudada… porque no tiene dinero. Los que lo piden prestado son los de las clases medias y altas, que se ven obligados a ello fundamentalmente para seguir ascendiendo y muchas veces para mantener su categoría. Ningún prestamista atiende a nadie que no tenga un respaldo económico.
 
Por eso, cuanto más alta es la clase, mayor es el número de los que deben dinero.

—Entonces, ¿tú opinas que las centurias aprobarán esta ley inaceptable? —inquirió Catulo César.

—¿Tú no, Quinto Lutacio?

—Sí, mucho me temo que sí.

—¿Y qué podemos hacer? —inquirió Lucio César.

—Ah, yo sé qué hacer —dijo Octavio, indignado—. Pero lo haré sin decírselo a nadie; ni siquiera a vosotros.

—¿Qué creéis que piensa hacer? —inquirió Antonio Orator una vez que Octavio se hubo alejado hacia el Argiletum.

—No tengo la menor idea —contestó Catulo César, moviendo la cabeza y poniendo ceño—. ¡Ah, ojalá tuviese la capacidad y la habilidad de Lucio Sila! Pero él es un hombre de Pompeyo Estrabón y no la tiene.

—Tengo un mal presentimiento —dijo su hermano Lucio César, estremeciéndose—. Seguro que lo que se propone hacer no es lo adecuado.

—Creo que voy a estar diez días fuera de Roma —dijo enérgico Antonio Orator.

Y, al final, todos decidieron que era lo más prudente.



Seguro de sí mismo, Cinna determinó la fecha del contio de la asamblea centuriada: el sexto día antes de los idus de septiembre, es decir, dos días después del inicio de los ludi romani. Aquel mismo día al amanecer se evidenció sin ningún género de dudas que había incontables deudores y cuánto ansiaban ser liberados de la carga, cuando en el Campo de Marte se congregaron unas veinte mil personas para asistir al contio de Cinna. Todos deseaban poder votar aquel día, cosa que Cinna les había explicado tenazmente que era imposible, porque habría sido necesario en primer lugar que su ley derogase la lex Caecilia Didia prima (como había hecho Sila). No, insistió Cinna inquebrantable, había que respetar el habitual plazo de espera de tres nundinae. Pero prometió promulgar más leyes en otros contiones antes de que llegase la fecha de votación de la primera ley. Esto
 
calmó los ánimos y todos quedaron convencidos de que la cancelación general de deudas sería una realidad mucho antes de que Cinna dejara el cargo.

Había dos leyes que Cinna quería tratar aquel primer día: la distribución de los nuevos ciudadanos entre las tribus y el perdón de los diecinueve proscritos. A todos, desde Cayo Mario hasta el caballero más humilde, se les devolvían las propiedades; Sila no había hecho nada por confiscarlas en los últimos días de su consulado, y los nuevos tribunos de la plebe —que aún podían interponer el veto ante el Senado— habían hecho ver que no vetarían a quien quisiera tomar la iniciativa de confiscación.

Así, cuando los veinte mil miembros de las clases se congregaron en el césped del Campo de Marte, lo hicieron deseosos de oír la única ley que podían aprobar: el regreso de los proscritos. Nadie acudía con la intención de distribuir a los nuevos ciudadanos entre las tribus, porque con ello se diluiría su actual poder en las asambleas tribales, y todos sabían que esa ley era la premisa para devolver el poder a las asambleas tribales. Cinna y sus tribunos de la plebe se presentaron ante la multitud, abriéndose camino entre los grupos, respondiendo a preguntas y calmando a quienes aún se mostraban reticentes respecto a los itálicos. Indudablemente, lo que más apaciguaba los ánimos era la promesa de una cancelación general de deudas.

Tan ensimismada estaba la vasta asamblea hablando, bostezando, aguardando con apatía a que hablase Cinna —que ya había subido a la tribuna con sus acólitos—, que nadie advirtió un aluvión de recién llegados. Eran togados, tranquilos, y parecían miembros de la tercera y cuarta clases.

Cneo Octavio Ruso no había servido en vano de legado con Pompeyo Estrabón. Su remedio para los males que aquejaban al Estado estaba soberbiamente organizado y bien previsto. El millar de antiguos combatientes del ejército que había contratado (con dinero de Pompeyo Estrabón y de Antonio Orator) rodeaban ya a los congregados y se habían despojado de la toga, descubriendo la coraza y las armas, sin que la multitud se hubiese percatado, y en un momento dado, en medio de fuertes silbidos y abucheos, se lanzaron sobre los reunidos por todos lados
 
arreándoles con la espada. Pronto hubo cientos y miles de bajas, pero muchos más perecieron aplastados por los electores, presa del pánico. Azuzados unos contra otros por la oleada de atacantes, transcurrió un tiempo antes de que la multitud reaccionara y echara a correr para librarse de las espadas.

Cinna y los seis tribunos de la plebe no se vieron acorralados como el público y pudieron huir de la tribuna, salvando así sus vidas; pero dos tercios de los que estaban abajo no tuvieron tanta suerte y cuando Octavio llegó a ver su obra, varios miles de las clases altas y de la asamblea centuriada yacían cadáveres en el Campo de Marte. Octavio estaba furioso, porque lo que él quería es que hubiesen matado antes a Cinna y a los tribunos de la plebe, pero hasta los que se vendían para asesinar a víctimas inocentes tenían sus reglas, y consideraban demasiado peligroso asesinar a magistrados en el desempeño de sus funciones.


Quinto Lutacio Catulo César y su hermano Lucio Julio César estaban juntos en Lanuvium y allí se enteraron de la matanza que toda Roma comenzaba a denominar pocas horas después el Día de Octavio, y ambos regresaron inmediatamente a la ciudad para enfrentarse a él.

—¿Cómo has podido hacer eso? —inquirió Lucio César, llorando.

—¡Es horripilante! ¡Qué asco! —añadió Catulo César.

—¡No me vengáis con memeces y mojigaterías! Sabíais lo que iba a hacer y dijisteis que era preciso —replicó con desdén Cneo Octavio—. Así que, aunque no intervenisteis, disteis vuestro tácito consentimiento. ¡No me vengáis ahora con lloriqueos! Os he dado lo que queríais: unas centurias sumisas. Ya veréis como en adelante los supervivientes no votan las leyes de Cinna por mucho incentivo con que las presente.

Conmovido en su más íntimo ser, Catulo César miró furibundo a Octavio.

—¡Jamás he sancionado la violencia como instrumento político, Cneo Octavio! ¡Ni admito haber dado ninguna clase de consentimiento tácito ni de otro cariz! Si de lo que dijésemos mi hermano o yo has creído entender
 
que estábamos de acuerdo, te equivocas. La violencia es mala, ¡pero esto…!

¡Esto es una matanza! ¡Un anatema sin paliativos!

—Mi hermano tiene razón —añadió Lucio César, enjugándose las lágrimas—. Hemos quedado infamados, Cneo Octavio. Ahora los conservadores somos iguales que Saturnino o Sulpicio.

Viendo que nada de lo que dijeran podía convencer a aquel pupilo de Pompeyo Estrabón de haber actuado mal, Catulo César se sobrepuso con la mayor dignidad posible.

—Primer cónsul, me han dicho que el Campo de Marte ha sido un horror durante dos días… Familias tratando de identificar a los cadáveres para cumplir los últimos ritos, mientras tus secuaces los amontonaban antes de que pudieran verlos y los arrojaban a un pozo de cal en medio de las huertas de puerros y lechugas de la Via Recta. ¡Puaf! Nos has convertido en gente peor que bárbaros, a nosotros que somos romanos. De verdad que no me siento con ánimos para seguir viviendo.

—¡Pues te sugiero que vayas a abrirte las venas, Quinto Lutacio! — replicó Octavio con sorna—. ¡Ésta no es la Roma de tus augustos antepasados, sino la de los hermanos Gracos, Cayo Mario, Saturnino, Sulpicio, Lucio Sila y Lucio Cinna! Vivimos en tal caos, que ya nada funciona… Si funcionase, no serían necesarias matanzas como la del Día de Octavio.

Atónitos, los hermanos César vieron que Cneo Octavio Ruso se vanagloriaba de aquello.

—¡Quién te dio el dinero para alquilar a los asesinos, Cneo Octavio? ¿Ha sido Marco Antonio? —inquirió Lucio César.

—Contribuyó en buena parte, sí. El no tiene tantos escrúpulos. —¡Cómo había de tenerlos! ¡Con decir que es un Antonio está todo

dicho! —espetó Catulo César, dándose una palmada en los muslos y poniéndose en pie—. Bien, ya está hecho y nunca lo podremos echar en olvido. Pero yo no quiero saber nada de esto, Cneo Octavio. Me siento como Pandora después de abrir la caja.

—¿Qué ha sido de Lucio Cinna y los tribunos de la plebe? —inquirió Lucio César.
 
—Huyeron —contestó Octavio, lacónico—. Naturalmente, serán proscritos. Espero que sin dilación.

Catulo César se detuvo en la puerta del despacho de Octavio y se volvió muy resuelto.

—No puedes privar a un cónsul en funciones de su imperium consular, Cneo Octavio. El origen de todo esto es, precisamente, la intentona por parte de la oposición de despojar a Sila de su derecho consular a mandar los ejércitos de Roma. ¡Cosa que no se puede hacer! Pero nadie intentó quitarle el cargo de cónsul. Porque no se puede hacer. No hay nada en la legislación o constitución de Roma, ni ningún precedente, que confiera autoridad a ningún magistrado, organismo gubernamental o comitia, para procesar o desposeer del cargo a un magistrado curul antes de que finalice su mandato. Puedes expulsar a un tribuno de la plebe si sigues el proceso adecuado, puedes expulsar a un cuestor si delinque en sus deberes; sí, se les puede expulsar del Senado y borrarles del censo. Pero no puedes expulsar a un cónsul ni a ningún magistrado curul en el desempeño de sus funciones, Cneo Octavio.

—Yo he hallado el secreto para triunfar, Quinto Lutacio. Y es que puedo hacer lo que quiero —replicó Octavio con desdén—. Mañana hay reunión del Senado —añadió antes de que los dos hermanos cruzaran la puerta—. Os aconsejo que estéis presentes.


Roma no era Jerusalén ni Antioquía y no tenía paciencia ni veleidades con profetas y adivinos. Los augures oficiaban los ritos de los presagios conforme al auténtico espíritu romano, conscientes de que no poseían el poder de prever el curso futuro de los acontecimientos, y se ceñían estrictamente a los libros y las tablas.

Sin embargo, había una especie de profeta genuinamente romano, un patricio de la gens Cornelia llamado Publio Cornelio Culéolo. Nadie sabía exactamente cómo había adquirido tan malhadado sobrenombre, pues Culéolo era un anciano que siempre había tenido aspecto de tal. Vivía de un modo precario con una pequeña renta procedente de su familia escipiónica
 
y solía vérsele en el Foro, sentado en los dos escalones de acceso al templete redondo de Venus Cloacina, más antiguo que la basílica Emilia, a la que había quedado unido. Culéolo, que no era ninguna Casandra ni un fanático religioso, se limitaba en sus predicciones a los acontecimientos políticos y gubernamentales de importancia, nunca predecía el fin del mundo ni el advenimiento de ningún dios nuevo más poderoso que los demás. Pero había vaticinado la guerra contra Yugurta, la llegada de los germanos, de Saturnino, la guerra itálica y la guerra en Oriente contra Mitrídates, que, según él, duraría toda una generación. Dados sus aciertos, gozaba de una fama con la que casi compensaba lo ridículo del mote, puesto que «culéolo» significaba escroto pequeño.

Al amanecer del día del regreso de los hermanos César a Roma, se reunió el Senado por primera vez desde la matanza del Día de Octavio, una sesión Pavo rosa como ninguna que se recordase. Hasta entonces, las peores indignidades perpetradas en nombre de Roma habían sido obra de algún individuo de la multitud del Foro, pero la matanza del Día de Octavio contaba con grandes posibilidades de pasar a la historia como un oprobio instigado por el Senado.

Sentado en lo alto de los escalones del templete de Venus Cloacina, Publio Cornelio Culéolo parecía de tal modo formar parte del decorado, que ninguno de los padres conscriptos que pasaban apresuradamente por delante de él parecían verle, aunque él sí los veía, frotándose las manos regocijado. Si hacía lo que Cneo Octavio Ruso le había encomendado —pagándole regiamente— y lo hacía bien, no volvería a tener que sentarse en aquellos duros escalones y podría retirarse de una vez de su oficio de vidente.

Los senadores fueron congregándose en grupos en el pórtico de la Curia Hostilia, hablando del Día de Octavio y comentando en voz alta la dificultad de entablar un debate al respecto. De pronto, un fuerte chillido hizo que todos volvieran la cabeza y mil ojos se clavaron en Culéolo, que se había puesto de puntillas, con el torso arqueado, los brazos abiertos y los dedos crispados, echando espuma por sus labios contraídos. Como el adivino no vaticinaba en trance, todos pensaron que se trataba de un ataque. Algunos senadores y casi todos los que se hallaban en el Foro siguieron
 
mirándole fascinados, mientras unos cuantos acudieron en su ayuda, tratando de tenderle en el suelo, pero él se defendía con uñas y dientes, abriendo cada vez más la boca para proferir un segundo grito. Pero esta vez decía una palabra.

—¡Cinna! ¡Cinna! ¡Cinna! ¡Cinna! ¡Cinna! —aullaba. Inmediatamente, numeroso público se congregó en torno al adivino.

—¡Si no se envía al destierro a Cinna y a sus seis tribunos de la plebe, Roma perecerá! —gritaba, retorciéndose y tambaleándose una y otra vez sin descanso hasta desplomarse en tierra sin sentido.

Los perplejos senadores advirtieron que el cónsul Octavio llevaba un rato llamándolos a la reunión y se apresuraron a entrar en la Curia Hostilia.

Nunca se supo si el primer cónsul acudía dispuesto a explicar a la Cámara los repugnantes acontecimientos del Campo de Marte, ya que Cneo Octavio Ruso optó, por el contrario, por centrar su interés (y el de la Cámara) en el extraordinario trance de Culéolo y en lo que había gritado ante toda Roma.

—A menos que el segundo cónsul y seis de los tribunos de la plebe sean desterrados, Roma perecerá —dijo Octavio, pensativo—. Pontífice máximo, flamen dialis, ¿qué decís de ese fantástico presagio de Culéolo?

—Creo que debo declinar todo comentario, Cneo Octavio —contestó Escévola, pontífice máximo, moviendo la cabeza.

Ya con la boca abierta para insistir, Octavio detectó algo en la mirada de Escévola que le hizo cambiar de idea; era un hombre cuyo innato conservadurismo le hacía aprobar muchas cosas, pero también era una persona que no se dejaba fácilmente intimidar ni engañar. En más de una ocasión había tajantemente condenado en la Cámara el veredicto sobre Cayo Mario, Publio Sulpicio y los demás, pidiendo el perdón y su regreso. No, era mejor no enfrentarse al pontífice máximo. Octavio sabía que el flamen dialis era un testigo más crédulo, y, además, había preparado a aquel inocente un mal presagio.

—¿Flamen dialis? —dijo Octavio con solemnidad.

Con aire profundamente perturbado, Lucio Cornelio Merula se puso en

pie.
 
—Lucio Valerio Flaco, príncipe del Senado, Cneo Octavio, magistrados curules, varones consulares, padres conscriptos… Antes de entrar en comentarios sobre las palabras del vidente Culéolo, debo informaros de un suceso que tuvo lugar ayer en el templo del Gran Dios. Estaba yo cerrando la cella conforme al ritual, cuando vi un charquito de sangre en el suelo detrás del pedestal de la estatua del Gran Dios. ¡Al lado había una cabeza de pájaro… ¡de merula, un mirlo! ¡Mi propio sobrenombre! Y yo, que con arreglo a nuestras más antiguas y respetadas leyes tengo prohibido ser testigo de la muerte, me hallaba precisamente contemplando… ¡qué sé yo! ¿Mi propia muerte? ¿La muerte del Gran Dios? No sabía cómo interpretar el presagio y consulté al pontífice máximo. Él tampoco lo supo. Por lo tanto, convocamos al decemviri sacris faciundis para instarlos a que consultasen los libros de la Sibila, pero de nada nos ha servido.

Envuelto, como estaba, en la doble capa circular de su cargo, no era de extrañar, quizá, que Merula sudara a ojos vista, cosa que habitualmente no le sucedía. Su rostro orondo y liso, bajo el casco puntiagudo de marfil con que se tocaba, brillaba de sudor. Tragó saliva y prosiguió.

—Pero me he precipitado explicándolo. Cuando vi la cabeza del mirlo, busqué el resto del cuerpo y descubrí que el pájaro había anidado en un hueco bajo el manto dorado de la estatua del Gran Dios; y allí había seis pajarillos muertos. La única explicación plausible que hallo es que hubiese entrado un gato y que se comiera a la madre, dejando la cabeza, y que el animal no pudo subir a donde estaban las crías y éstas murieron de hambre.

El flamen dialis se estremeció.

—Estoy contaminado —siguió diciendo—. Después de esta sesión de la Cámara he de proseguir las ceremonias para recuperar la sacralidad de mi persona y del templo de Júpiter Optimus Maximus. El que esté aquí es una consecuencia de mis reflexiones a propósito del presagio… no ya la muerte de la merula, sino del fenómeno en sí. Sin embargo, hasta que no oí a Publio Cornelio Culéolo decir lo que dijo en ese extraordinario frenesí profético, no entendí el auténtico significado.

La Cámara permanecía muda y todas las miradas fijas en el sacerdote de Júpiter, conocido como persona honrada y casi ingenua, digna de crédito.
 
—Pues bien —prosiguió el flamen dialis—, Cinna no significa mirlo, pero sí cenizas, y a eso fue a lo que reduje la cabeza muerta del pájaro y las seis crías… a cenizas. Lo quemé todo, según el rito de purificación. Aunque soy un pobre intérprete, para mí el presagio representa la personificación de Cornelio Cinna y los seis tribunos de la plebe. Han profanado al Gran Dios de Roma, que por su culpa corre grave peligro. La sangre significa que habrá más disturbios y convulsiones sociales por culpa del cónsul Lucio Cinna y de esos seis tribunos de la plebe. No me cabe la menor duda.

Comenzaron a oírse murmullos, pensando que Merula había concluido, pero se apagaron cuando reanudó el discurso.

—Quiero decir algo más, padres conscriptos. Mientras aguardaba en el templo la llegada del pontífice máximo, miré para consolarme al rostro de la estatua del Gran Dios y… ¡tenía el entrecejo fruncido! —dijo el flamen dialis tembloroso y demudado—. Y tuve que salir afuera, sin valor para seguir aguardando adentro.

Todos se estremecieron y los murmullos se reanudaron.

Cneo Octavio Ruso se puso en pie, mirando a los hermanos César y a Escévola, pontífice máximo, con aire muy parecido al del gato después de haberse comido al mirlo en el templo.

—Yo creo, miembros de la Cámara, que debemos ir al Foro y decir a todos desde los rostra lo que ha sucedido. Y solicitar opiniones. Después reanudaremos la sesión.

Así, el fenómeno del mirlo en el templo y el vaticinio de Culéolo fueron difundidos desde la tribuna de los rostra y los que lo escucharon se estremecieron de espanto, sobre todo después de que Merula diera su interpretación y Octavio anunciase que procuraría la dimisión de Cinna y los seis tribunos de la plebe. Ninguno de los presentes planteó objeciones.

Poco después, en la Cámara, Cneo Octavio Ruso volvió a repetir que Cinna y los tribunos de la plebe tenían que ser destituidos. En ese momento, el pontífice máximo Escévola se puso en pie para tomar la palabra.

—Príncipe del Senado, Cneo Octavio, padres conscriptos, como bien sabéis todos, yo soy uno de los más acendrados partidarios de la constitución romana y de las leyes que la integran. En mi opinión no hay un
 
recurso legal para hacer que un cónsul dimita de su cargo antes de que expire el plazo de su mandato. Sin embargo, puede que desde el punto de vista religioso pueda lograrse el mismo propósito. No podemos dudar de que Júpiter Optimus Maximus ha mostrado su preocupación de dos modos distintos, por medio de su propio flamen y por medio de un anciano que todos sabemos es un consumado adivino. En consideración a esos dos acontecimientos casi simultáneos, sugiero que el cónsul Lucio Cornelio Cinna sea declarado nefas. Eso no le priva de su cargo de cónsul, pero al proscribirle religiosamente le impedirá llevar a cabo su tarea como cónsul. Y lo mismo es aplicable a los tribunos de la plebe.

Octavio estaba ceñudo, pero no quiso interrumpir, pues intuía que Escévola se traía algo entre manos; pero era algo que no iba a dar por resultado una condena a muerte de Cinna, que era lo que él pretendía. ¡Él quería ponerle fuera de juego!

—Ha sido el flamen dialis el testigo de los acontecimientos en el templo de Júpiter Optimus Maximus; él es además, el sacerdote particular del Gran Dios, un cargo tan antiguo que se remonta a los tiempos anteriores a la monarquía. El no puede dirigir guerras, ver la muerte, ni tocar los materiales con que se hacen las armas y la guerra. Por consiguiente, sugiero que nombremos al flamen dialis Lucio Cornelio Merula cónsul sufecto, no para sustituir a Lucio Cinna en el cargo, sino más bien para cuidar del cargo. De ese modo, el primer cónsul Cneo Octavio no gobernará sin un colega. Salvo durante la guerra contra los itálicos, cuando las circunstancias impedían el normal desenvolvimiento de los preceptos consulares, nadie puede ser cónsul sin un colega.

Decidido a aceptarlo irremediablemente, Octavio asintió con la cabeza. —Estoy de acuerdo, Quinto Mucio; que el flamen dialis ocupe la silla

curul de Lucio Cinna como custodio. Ahora quiero que la Cámara vote dos asuntos relacionados. Los que estén a favor de que se recomiende a la asamblea centuriada que, en primer lugar, declare nefas al cónsul Cinna y a los seis tribunos de la plebe para que sean desterrados de Roma y de territorio romano, y segundo, que el flamen dialis sea nombrado cónsul en
 
custodia del cargo, que se sitúen a mi derecha. Los que se opongan, que se sitúen a mi izquierda. Adelante, por favor.

La Cámara aprobó la doble moción sin ningún voto en contra, y la asamblea centuriada, reducida casi a los senadores, se reunió en el Aventíno, fuera del pomerium pero dentro de las murallas, porque nadie osó hacerlo en el terreno empapado de sangre de los saepta, Las propuestas fueron aprobadas como leyes.

El primer cónsul Octavio manifestó su satisfacción y la gobernación de Roma continuó sin Cinna. Pero Cneo Octavio no hizo nada por reforzar su posición ni por proteger Roma de los oficialmente sacrílegos proscritos. No reunió legiones, ni escribió a su maestro Pompeyo Estrabón. La verdad es que Octavio dio por sentado que Cinna y los seis tribunos de la plebe huirían lo más rápido posible para reunirse con Cayo Mario y los otros dieciocho proscritos en la isla africana de Cercina.


Pero Cinna no tenía intención de irse de Italia. Ni tampoco los seis tribunos de la plebe. Después de huir de la matanza en el Campo de Marte, recogieron dinero y unas cuantas pertenencias y se encontraron en el mojón de la Via Appia, en las afueras de Bovillae, para decidir lo que iban a hacer.

—Yo me voy a Nola con Quinto Sertorio y Marco Gratidiano —dijo Cinna, enérgico—. En Nola hay una legión en pie de guerra, aguantando a un comandante que la tropa detesta, Apio Claudio Pulcher. Voy a quitarle esa legión y seguiré el ejemplo de mi homónimo Sila: la traeré a Roma. Pero no sin antes haber reunido a más partidarios. Virgilio, Milonio, Arvina, Magio, quiero que recorráis territorio itálico y consigáis cuanta ayuda podáis. A todos les diréis lo mismo: que el Senado de Roma ha expulsado a su cónsul legalmente elegido porque intentaba distribuir ecuánimemente a los nuevos ciudadanos entre todas las tribus y porque Cneo Octavio ha asesinado a miles de ciudadanos romanos decentes y respetuosos de la ley, legalmente congregados en asamblea. Es una suerte que hayamos tenido tan cruenta guerra en la península —añadió con una sonrisa irónica—, pues Cornutus y yo hemos acaparado miles de armas y corazas de los marsos y
 
sus aliados. Están en Alba Fucentia. Milonio, ve a por ellas y repártelas. Después de hacerme con la legión de Apio Claudio, saquearé los arsenales de Capua.

Así, cuatro tribunos de la plebe se personaron en lugares como Praeneste, Tibur, Reate, Corfinium, Venafrum, Interamnia y Sora, solicitando ser escuchados, cosa que consiguieron con plena satisfacción. Los itálicos, hartos de guerra, incluso les entregaron cuanto dinero tenían para la nueva campaña. Poco a poco fueron aumentando las fuerzas, cerrándose la red en torno a Roma.

Cinna, por su parte, no encontró dificultades para hacerse con la legión de Apio Claudio Pulcher, que estaba acampada en las afueras de Nola. Su comandante, un hombre amargado y reservado, que seguía afligido por la muerte de su esposa y la suerte de los seis huérfanos, cedió el mando sin tratar de recuperar sus soldados, montó a caballo y fue a unirse a Metelo Pío en Aesernia.

Nada más llegar a Nola, Cinna se percató de que había sido una suerte llevarse a Quinto Sertorio. Sertorio era un militar nato y gozaba de una excelente reputación entre la tropa desde hacía casi veinte años; había ganado la corona de hierba en Hispania y una docena de coronas menos importantes en campañas contra los númidas y los germanos, era primo de Cayo Mario y su legión la había reclutado él mismo en la Galia itálica tres años atrás. Sus hombres le conocían y le tenían gran afecto. Lo contrario que a Apio Claudio.

Cinna, Sertorio y Marco Mario Gratidiano se pusieron al frente de la legión camino de Roma. Nada más hacerlo, Nola abrió sus puertas y una horda de samnitas fuertemente armados siguió sus pasos por la Via Popilia, no para atacarlos, sino para unírseles. Cuando llegaron al cruce de esta vía con la Via Appia, en Capua, todos los soldados rasos, gladiadores y centuriones instructores se incorporaron a sus águilas. Ahora el ejército de Cinna lo formaban veinte mil hombres, y entre Capua y la pequeña ciudad de Labicum, en la Via Latina, los cuatro tribunos de la plebe que se habían dispersado se les unieron, incorporando otros diez mil hombres.
 
Era ya octubre y quedaban pocas millas para avistar Roma. Los agentes de Cinna le comunicaron que el pánico reinaba en la ciudad, que Octavio había escrito a Pompeyo Estrabón suplicándole que viniese en ayuda de la patria y que, ¡oh maravilla!, nada menos que Cayo Mario había desembarcado en la costa de Etruria, en el municipio de Telamon, cercano a sus vastas propiedades. Esta última noticia causó gran alborozo en Cinna, sobre todo cuando sus agentes añadieron que fuerzas de Etruria y Umbría acudían en tropel a sumarse a Mario, que avanzaba por la Vía Aurelia Vetus hacia Roma.

—¡Esa es la mejor noticia! —dijo Cinna a Quinto Sertorio—. Ahora que Cayo Mario ha vuelto a Italia, este asunto quedará resuelto en cuestión de días. Como tú le conoces mejor que nosotros, ve a su encuentro e infórmale de lo que estamos haciendo. Entérate de cuáles son sus planes. Si va a tomar Ostia o marchará directamente sobre Roma. Y no olvides decirle que, si puedo, procuraré acampar, ¡y presentar batalla!, en la orilla del río en que está el monte Vaticano. No me atrae nada la idea de acercarme al pomerium con las tropas, y mucho menos emular a Lucio Sila. ¡Encuéntrale, Quinto Sertorio, y dile cuánto me alegro de que haya vuelto a Italia! Dile también que le enviaré cuantas corazas pueda antes de que alcance Ostia —añadió Cinna, pensándolo de pronto.

Sertorio dio con Mario cerca del municipio de Fregenae, unas millas al norte de Ostia; si su galopada a campo través hasta Fregenae había sido rápida, la galopada de regreso hasta Cinna, en Labicum, fue una auténtica plusmarca. Irrumpió en la casita en que Cinna había instalado provisionalmente su cuartel general y comenzó a hablar antes de que el atónito Cinna pudiese abrir la boca.

—¡Lucio Cinna, te suplico que redactes una orden para que Cayo Mario desmovilice a sus tropas o te las transfiera! —dijo Sertorio con gesto grave

—. Ordénale que se comporte como el privatus que es, ordénale que licencie a sus tropas, ordénale que vuelva a sus propiedades y aguarde en su condición de privatus hasta que decidamos lo que hay que hacer!

—¿Pero qué demonios te pasa? —inquirió Cinna sin dar crédito a lo que oía—. ¿Cómo dices semejante cosa, precisamente tú? ¡Cayo Mario es
 
fundamental para nuestra causa! Si está de nuestro lado, no podemos perder. —¡Lucio Cinna, es Mario quien no puede perder! —exclamó Sertorio
—. Te lo digo sinceramente, si permites que Cayo Mario participe en esta pugna, te arrepentirás. Porque no será un Cinna victorioso quien presida el gobierno de Roma, sino Cayo Mario. Le he visto y he hablado con él. Está viejo, amargado, y no tiene bien la cabeza. ¡Te suplico que le ordenes que se retire a sus propiedades como un privatus!

—¿Qué quieres decir con que no está bien de la cabeza? —Eso. Que está loco.
—Mira, Quinto Sertorio, no es eso lo que me han dicho los agentes que le han visto. Según ellos, está tan capaz como siempre y marcha hacia Ostia con un plan perfectamente calculado, ¿cómo dices que ha perdido la cabeza? ¿Habla de modo ininteligible? ¿Vocifera y desvaría? Mis agentes no tienen tanta confianza como tú para acercársele, pero sin duda habrían advertido signos de lo que dices —replicó Cinna, escéptico.

—No habla de forma ininteligible, ni vocifera ni desvaría. Ni se le ha olvidado cómo se manda y se hace maniobrar a un ejército, pero conozco a Cayo Mario desde que yo tenía diecisiete años y te digo con toda franqueza que no es el Cayo Mario que yo conocía. Está viejo y amargado, sediento de venganza y obsesionado con el destino que le vaticinaron. ¡No puedes confiar en él, Lucio Cinna! Acabará arrebatándote Roma y dirigiéndola conforme a sus intereses, — Sertorio respiró hondo, dispuesto a no ceder—. El joven Mario te envía el mismo mensaje, ¡que no des a su padre ninguna autoridad, Lucio Cinna! Está loco.

—Yo creo que exageráis los dos —contestó Cinna. —Yo no. Y Mario hijo tampoco.
Cinna meneó la cabeza y se arrimó una hoja de papel.

—¡Mira, Quinto Sertorio, necesito a Cayo Mario! Si está viejo y mentalmente trastornado, como dices, ¿cómo va a ser un peligro para mí o para Roma? Voy a concederle imperium proconsular, ya lo ratificará el Senado después, y así me cubrirá el flanco oeste.

—¡Te arrepentirás!

—Tonterías —dijo Cinna, comenzando el redactado.
 
Sertorio permaneció un instante mirando aquella cabeza inclinada, reprimió su rabia y salió de la casa.


Después de recibir garantías por parte de Mario de que él se encargaría de Ostia y remontaría el Tíber hasta el campo Vaticano, Cinna formó con sus fuerzas tres divisiones de diez mil hombres y abandonó Labicum.

La primera división, a la que ordenó ocupar la llanura del Vaticano, iba al mando de Cneo Papirio Carbón, primo del tribuno de la plebe Carbón Arvina y vencedor en Lucania; la segunda división, con orden de ocupar el Campo de Marte (era la única sección del ejército de Cinna situada en la parte de la ciudad que daba al río) la mandaba Quinto Sertorio, y la tercera, al mando del propio Cinna, se situó en el flanco norte del Janículo. Mario tenía que llegar por el flanco sur.

Pero hubo un imponderable. La zona media y las alturas del Janículo siempre habían sido un sector de la guarnición de Roma, y Cneo Octavio había conservado suficiente sentido común para reunir el mayor número de voluntarios dentro de la ciudad, enviándolos a reforzar la fortaleza del Janículo. Así, entre el ejército de Cinna (que cruzó el río por el puente Mulvianum) y la fuerza con que llegase Mario por la parte de Ostia se interponía aquel inexpugnable reducto, guarnecido con miles de defensores y magníficamente fortificado gracias al programa de reparaciones llevado a cabo en la época en que los germanos amenazaban con invadir Italia.

Por si la presencia de aquella fuerte guarnición en la orilla opuesta del Tiber no hubiese sido suficiente, Pompeyo Estrabón llegó con sus cuatro legiones picentinas y tomó posiciones ante la puerta Collina. Salvo la legión de Nola (que mandaba Sertorio), el ejército de Pompeyo Estrabón era el único bien entrenado de todos los presentes, y por consiguiente el más poderoso. Sólo la colina Pinciana, con sus jardines y huertos, se interponía entre Pompeyo Estrabón y Sertorio.

Durante dieciséis días, Cinna aguardó tras las empalizadas atrincheradas de los tres campamentos separados a que Pompeyo Estrabón atacase; había imaginado que éste tomaría la iniciativa antes de que llegase Cayo Mario.
 
Quinto Sertorio, que recibiría el primer empuje, se había atrincherado en profundidad en el Campo de Marte. Pero nadie se movía ni sucedía nada.

Entretanto, Mario no había encontrado resistencia. A instigación de su cuestor, Ostia abrió las puertas nada más avistar el ejército de Mario, loca de alegría y dispuesta a acoger a su héroe con los brazos abiertos. Pero el héroe se comportó con brutal indiferencia y permitió que su ejército — compuesto principalmente de esclavos y antiguos esclavos, uno de los factores que más había preocupado a Sertorio cuando fue a visitar a su antiguo comandante— saquease la ciudad, causando grave quebranto. Cual si estuviera ciego y sordo, Mario no puso coto a las locuras y atrocidades de su abigarrada tropa, y dedicó su atención y energías a colocar una barrera tapando la desembocadura del Tiber, para impedir que las gabarras de trigo subieran aguas arriba para abastecer Roma. Ni siquiera cuando ya estaba listo para iniciar la marcha hacia la ciudad por la Via Campana hizo nada por paliar el desastre de Ostia.

Había sido un año de sequía en la Italia central, y en el invierno anterior las nevadas en los Apeninos habían sido escasas; el Tiber iba con poco caudal y muchos de los riachuelos que desembocaban en él se habían secado mucho antes del final del verano. Los últimos días de octubre de aquel año formaban realmente el límite entre el verano y el otoño, por lo que aún hacía mucho calor cuando aquellos ejércitos se acantonaron en un arco de tres cuartos de circunferencia en torno a Roma. Ya estaban recogidas las cosechas en Africa y Sicilia, pero los navíos cargados de grano apenas comenzaban a llegar a Ostia, por lo que los silos de la ciudad se hallaban casi vacíos.

Las enfermedades comenzaron a brotar poco después de que Pompeyo Estrabón llegase a la puerta Collina, difundiéndose rápidamente entre los legionarios y la población de Roma. Y aparecieron las diversas modalidades de las temibles fiebres tifoideas porque las aguas que bebían los soldados de Pompeyo Estrabón estaban contaminadas por la misma desidia sanitaria de intendencia que Quinto Pompeyo Rufo había advertido en el campamento de Ariminum; cuando la contaminación afectó a los manantiales de la ciudad, en el Viminal y el Quirinal, algunos ciudadanos de aquella zona
 
fueron a hablar con Pompeyo Estrabón y le suplicaron que dispusiera debidamente los pozos negros. Pero Pompeyo Estrabón, como era muy suyo, los despidió con cajas destempladas, preguntándoles qué iban a hacer con los excrementos. Para mayor complicación, desde el puente Mulvianum, bastante más arriba del Trigarium, hasta la desembocadura en el mar, el Tiber era una cloaca y no servía más que para contagiar enfermedades, ya que era el desagüe de los tres campamentos de Cinna, aparte de la propia Roma.
 
 
Cneo Octavio y su colega custodio del cargo consular, el flamen dialis Merula, vieron cómo transcurría octubre sin que las posiciones de los ejércitos cambiasen, y se desesperaron. Siempre que lograban una audiencia con Pompeyo Estrabón, éste invocaba algún motivo para no atacar, y Octavio y Merula tuvieron necesariamente que llegar a la conclusión de que el motivo real era que prefería superar en número al adversario en el campo de batalla, cuando en realidad el que le superaba en número a él era Cinna.

Cuando se supo en Roma que Mario se había apoderado de Ostia y que no habría barcazas que trajeran el grano de la última cosecha, los ciudadanos cayeron en una especie de tristeza en lugar de ceder al pánico. Los cónsules vieron el futuro muy negro y se preguntaron cuánto podrían resistir si Pompeyo Estrabón seguía negándose a atacar al enemigo.

Finalmente, Octavio y Merula decidieron reclutar tropas entre los itálicos e hicieron que el Senado recomendase a las centurias que a los itálicos que apoyasen al «auténtico» gobierno de Roma se les concediese la ciudadanía en todas las tribus. Una vez aprobada la ley, se enviaron heraldos por toda Italia para proclamarla e instar al alistamiento.

Pocos se presentaron, fundamentalmente porque los tribunos de la plebe de Cinna se habían anticipado al «auténtico» gobierno de Roma más de dos meses atrás.

Luego, Pompeyo Estrabón insinuó que si Metelo Pío traía sus dos legiones de Aesernia, juntos derrotarían a Cinna y Mario. Así pues, Octavio y Merula enviaron una delegación a entrevistarse con el Meneítos en el sitio de Aesernia, suplicándole que concluyese un tratado de paz con la coalición samnita y acudiese a Roma lo antes posible.

Indeciso entre su deber de reducir Aesernia y la crítica situación que vivía Roma, el Meneítos montó a caballo para parlamentar de paz con el paralizado Cayo Papio Mutilo, quien, naturalmente, estaba al corriente de lo que sucedía en la capital del imperio.

—Estoy dispuesto a concluir un tratado de paz contigo, Quinto Cecilio —dijo Mutilo desde su litera—, con las siguientes condiciones: devolver a los samnitas lo que les habéis arrebatado, es decir, los desertores y prisioneros sanos y salvos; que renunciéis a reclamar lo que los samnitas os
 
han saqueado y conceder plena ciudadanía romana a todos los hombres libres en la nación del Samnio.

—¡Sí, claro, Cayo Papio! —exclamó sarcástico Metelo Pío, retrocediendo indignado—. ¿Y por qué no nos pedís que pasemos bajo el yugo, igual que hicieron los samnitas tras la batalla de las Horcas Caudinas hace doscientos años? ¡Tus condiciones son totalmente inaceptables! ¡Adiós!

Con la cabeza alta y el torso muy derecho, volvió grupas hacia el campamento e informó fríamente a la delegación de Octavio y Merula que no habría tratado de paz, y que por consiguiente no podría acudir en ayuda de Roma.

El samnita Mutilo regresó en su litera a Aesernia mucho más contento que el Meneítos: se le acababa de ocurrir una brillante idea. Pasada la medianoche, un correo cruzó las líneas romanas con una carta para Cayo Mario, en la que Mutilo le decía si le interesaba concluir un tratado de paz con Samnio. Aunque sabía perfectamente que Cinna era el cónsul rebelde y Mario tan sólo un privatus sublevado, no se le habría ocurrido enviársela a Cinna, porque en cualquier empresa en que Mario anduviese metido, él era el que mandaba, el que tenía ascendiente.

Con Mario, que ya estaba cerca de Roma, iba el tribuno de los soldados Cayo Flavio Fimbria; había estado de servicio en la legión de Nola, y, al igual que sus colegas Publio Annio y Cayo Marcio Censorino, había optado por seguir a Cinna. Pero en el momento en que Fimbria supo del desembarco de Mario en Etruria, fue rápidamente a su encuentro, para complacencia del gran hombre.

—Es inútil que actúes de tribuno de los soldados con esta tropa —dijo Mario—. No son soldados romanos; casi todos son esclavos. Así que te doy el mando de la caballería númida que me he traído de Africa.

Al recibir la carta de Mutilo, Mario mandó llamar a Fimbria.

—Ve a entrevistarte con Mutilo en el paso de Melfa, donde dice que estará —dijo Mario, enfurruñado—. Sin duda quiere restregarnos por las narices las veces que fuimos derrotados en ese mismo lugar. Pero, en fin, de momento no haremos caso de su insolencia. Habla con él, Cayo Flavio, y
 
acepta todo lo que te pida, aunque sea el mando de toda Italia o un viaje al país de los hiperbóreos. Ya haremos picadillo más adelante a Mutilo y a los sanmitas.

Mientras esto sucedía, una segunda comisión de Roma llegaba a Aesernia para entrevistarse con Metelo Pío. La formaban hombres de mayor fuste: Catulo César y su hijo Catulo, y Publio Craso el Censor con su hijo Lucio.

—¡Te lo suplico, Quinto Cecilio —dijo Catulo César al Meneítos y a su legado Mamerco—, deja la mínima fuerza necesaria en el asedio y ven a Roma! Porque si no será inútil que continúes el sitio de Aesernia, pues habrá perecido Roma y todo lo que representa.

Y Metelo Pío accedió. Dejó a Marco Plautio Silvano con cinco miserables cohortes de soldados súbitamente aterrados, y apenas las otras quince cohortes habían desaparecido en dirección a Roma, cuando los samnitas hicieron una salida, dieron un escarmiento a las esqueléticas fuerzas romanas y recuperaron todo el territorio del Samnio en poder de Roma. Los samnitas que no habían marchado con Cinna sobre Roma, ahora dominaban toda la Campania sudoeste hasta casi Capua; la pequeña ciudad de Abella fue saqueada y quemada y después un segundo ejército samnita fue a unirse a los sublevados. Pero estos últimos itálicos no dieron a Cinna ningún quebradero de cabeza, porque fueron a ofrecerse directamente a Mario.

Con Metelo Pío iban Mamerco y Apio Claudio Pulcher, y las quince cohortes que trajeron de Aesernia fueron situadas en las fortificaciones del Janículo y el mando de la guarnición se dio a Apio Claudio. Desgraciadamente, Octavio se empeñó en retener el título de comandante jefe de la guarnición, cosa que Apio Claudio se tomó como una descomunal ofensa. ¿Por qué tenía él que hacer toda la faena y no llevarse gloria alguna? Resentido, comenzó a considerar el cambiar de bando.

El Senado había enviado también mensaje a Publio Servilio Vatia en la Galia itálica, donde había en pie de guerra dos legiones entrenadas; una estaba en Placentia con el legado Cayo Celio y la otra en Aquileia con Vatia, en el extremo este. Las dos fuerzas tenían exclusivamente el
 
cometido de intimidar a los galos itálicos, pues Vatia temía el odio acumulado contra Roma por no haber pagado sus deudas, en particular en las ciudades de manufacturas metálicas próximas a Aquileia. Al recibir la carta del Senado, Vatia comunicó a Celio que desplazara su legión de Placentia hacia el este, y él se puso en camino con la suya hacia Roma en cuanto aquél le indicó que podía hacerlo con toda confianza.

Desgraciadamente para el «auténtico» gobierno de Roma, cuando Vatia llegó a Ariminum se encontró con el proscrito tribuno de la plebe Marco Mario Gratidiano, que había sido enviado al norte de la Via Flaminia con todas las cohortes que pudo confiarle Cinna, por si el gobernador de la Galia itálica intentaba enviar refuerzos. Después de que sus bisoños reclutas dieran una pobre muestra de valor, Vatia retrocedió hasta su provincia y desechó la idea de acudir en auxilio de Roma. Al escuchar una versión tergiversada de lo que había sucedido en Ariminum, Cayo Celio, que era un hombre muy depresivo, pensó que estaba todo perdido para el «auténtico» gobierno de Roma y se suicidó.

Octavio, Merula y el resto del «auténtico» gobierno de Roma vieron cómo su posición se deterioraba por momentos. Cayo Mario llegó haciendo cabriolas por la Via Campana y situó a sus tropas al sur de la guarnición del Janículo; visto lo cual, el resentido Apio Claudio colaboró secretamente con él y le permitió cruzar las defensas y estacadas externas de la fortaleza, que no cayó gracias a que Pompeyo Estrabón distrajo la atención de Cinna, que apoyaba a Mario, lanzándose contra la colina Pinciana y entablando combate con Sertorio. Simultáneamente, Octavio y el censor Publio Craso conducían una fuerza de refresco formada por voluntarios a través del puente de madera y aliviaron la situación de la ciudadela en el momento en que estaba a punto de caer. Entorpecido por la falta de disciplina de sus soldados esclavos, Mario se vio obligado a retroceder, mientras caía el tribuno de la plebe Cayo Millonio, que intentaba ayudarle. Publio Craso y su hijo quedaron permanentemente en la ciudadela del Janículo para vigilar a Apio Claudio, que había vuelto a cambiar de idea y pensaba que el «auténtico» gobierno saldría victorioso. Y Pompeyo Estrabón, informado de que la fortaleza no corría peligro, ordenó cesar el combate con las legiones
 
de Sertorio y regresó a su campamento ante la puerta Collina, próxima a la colina Pinciana.


A decir verdad, las cosas distaban mucho de irle bien a Pompeyo Estrabón. Su hijo, que siempre le acompañaba, nada más reintegrarse al campamento hizo que el padre se metiera en cama. Le había afectado la fiebre durante el combate y, a pesar de que Pompeyo Estrabón siguió en persona al frente del mando, para su hijo y sus legados era evidente que no estaba en condiciones de proseguir su relativo éxito en el Campo de Marte. Demasiado joven para haberse granjeado la confianza de la tropa picentina, Pompeyo hijo optó por no intentar asumir el mando, y menos en medio de cruentos combates.

Durante tres días el señor de Picenum norte y la Umbría adyacente tuvo que quedarse en su casa, presa de los peores estragos de las fiebres tifoideas, mientras el joven Pompeyo y su amigo Marco Tulio Cicerón le cuidaban con toda devoción y las tropas aguardaban un desenlace. En las primeras horas del cuarto día, Pompeyo Estrabón, tan fuerte y vigoroso, moría de deshidratación y emaciación.

Apoyado en Cicerón, su doliente hijo descendió por el vicus Sub Aggere, por debajo de la doble muralla del Agger, camino del templo de Venus Libitina para disponer el entierro de su progenitor. De haberse celebrado en Picenum, en alguna de las enormes fincas del difunto, habría sido un desfile tan majestuoso como el de un general triunfante, pero el hijo era tan listo como capaz y sabía que las exequias debían ser lo más sencillas posible dadas las circunstancias; estaba bastante harta la tropa, y los vecinos del Quirinal, Viminal y Esquilino superior odiaban profundamente al general, a quien consideraban culpable de las enfermedades que hacían estragos.

—¿Qué vas a hacer? —inquirió Cicerón al avistar los cipreses que rodeaban las casetas del gremio de enterradores.

—Me marcho a Picenum —contestó Pompeyo entre profundos sollozos, sin poder contener el llanto—. ¡Mi padre no tenía que haber venido… yo le
 
aconsejé que no viniera! ¡Que perezca Roma, dije! Pero él no me hizo caso. Alegó que tenía que defender mi patrimonio, asegurarse de que Roma seguía siendo Roma para cuando llegara mi día de ser cónsul.

—Ven conmigo a la ciudad y quédate un tiempo en mi casa —dijo Cicerón, también lloroso—, pese a lo que había detestado y temido a Pompeyo Estrabón, no era indiferente a la aflicción del hijo—. ¡Cneo Pompeyo, he visto a Accio! Ha venido a Roma para presentar su nueva obra en los ludi romani y cuando estalló el enfrentamiento entre Lucio Cinna y Cneo Octavio dijo que era demasiado viejo para regresar a Umbría en las actuales circunstancias. Supongo que le debe gustar el ambiente actual, dramático y tan verídico. Anda, ven y quédate un tiempo en mi casa. Tú eres pariente del gran Lucilio… y disfrutarás con Accio. Y así dejarás de pensar en este horrendo caos.

—No —contestó Pompeyo, lloroso—. Me marcho a casa.

—¿Con el ejército?

—Era de mi padre. Que se lo quede Roma.

Los dos jóvenes pasaron varias horas paseando entristecidos y no regresaron a la villa en las cercanías de la puerta Collina, en la que Pompeyo Estrabón había instalado su residencia, hasta pasado el mediodía. Nadie —y menos el afligido Pompeyo hijo— había pensado en montar una guardia en la mansión; el general había muerto y no había nada de valor dentro. Había pocos criados debido a las bajas por enfermedad, pero antes de salir el hijo con su amigo, ya habían colocado el cadáver en la cama, con dos mujeres componiendo el velatorio.

Pero Pompeyo y Cicerón se encontraron a su vuelta la villa tranquila y en silencio, como si estuviera deshabitada. Y cuando entraron en la habitación en que yacía Pompeyo Estrabón de cuerpo presente se encontraron con que había desaparecido.

—¡Vive! —exclamó gozoso el hijo, con el rostro radiante.

—Cneo Pompeyo, tu padre ha muerto —dijo Cicerón, a quien el recuerdo del padre no movía su emoción, y conservaba su sentido común—. ¡Vamos, cálmate! Sabes que cuando salimos estaba muerto. Le lavamos y le vestimos. ¡Estaba muerto!
 
El rostro de Pompeyo hijo se ensombreció, pero no rompió a llorar, sino que adoptó una expresión implacable.

—¿Y dónde está, entonces?

—Creo que se han ido todos los criados, hasta los que estaban enfermos —dijo Cicerón—. Antes que nada vamos a mirar por la casa.

El registro no dio ningún resultado ni clave alguna respecto a dónde habría podido ir a parar el cadáver de Pompeyo Estrabón. El hijo cada vez más obcecado y el intelectual cada vez más estupefacto salieron de la villa sin que nada rompiera aquel silencio, y estuvieron un rato en la Via Nomentana, mirando en ambas direcciones.

—¿Vamos al campamento o a la ciudad? —inquirió Cicerón.

Pocos pasos los separaban de uno y otra. Pompeyo reflexionó cejijunto y por fin se decidió.

—Vamos a la tienda de mando. A lo mejor los soldados le han llevado allí para mostrarle de cuerpo presente —dijo.

Ya se habían dado la vuelta para dirigirse al campamento, cuando oyeron unos gritos.

—¡Cneo Pompeyo! ¡Cneo Pompeyo!

Volvieron la cabeza hacia la puerta Collina y vieron a Bruto Damasipo, despeinado y gesticulante, corriendo hacia ellos.

—¡Tu padre! —dijo jadeante, acercándose a Pompeyo.

—¿Qué sucede con mi padre? —inquirió el joven, glacial y muy tranquilo.

—¡Los romanos han robado el cadáver y dicen que lo van a arrastrar por toda la ciudad! —contestó Bruto Damasipo—. ¡Me lo dijo una de las mujeres que hacían el velatorio y salí corriendo como un loco, a ver si los alcanzaba! Menos mal que te he visto, si no, seguramente me habrían arrastrado a mí también —añadió, mirando a Pompeyo con el mismo respeto con que habría mirado al padre—. ¿Qué quieres que haga?

—Tráeme ahora mismo dos cohortes —contestó Pompeyo secamente— para entrar en Roma a buscarle.

Cicerón no preguntó por qué habría sucedido aquello, ni Pompeyo dijo palabra mientras aguardaban. Lo que habían hecho con Pompeyo Estrabón
 
no tenía nombre y no había duda del porqué, pues era el único recurso que les quedaba a los habitantes del sector nordeste de la ciudad para expresar su indignación y descontento hacia quien consideraban culpable de sus aflicciones. Las partes más densamente habitadas de Roma se surtían de agua mediante acueductos, pero las zonas altas del Esquilino, Viminal y Quirinal, menos pobladas, se abastecían de manantiales propios.

Pompeyo entró con las dos cohortes por la puerta Collina y se encontró con la amplia zona del mercado totalmente desierta. No se veía un alma por las calles de los alrededores, ni siquiera en los callejones que conducían al bajo Esquilino. Miraron una por una en todas las callejas y Damasipo fue con una cohorte en dirección al Agger, mientras los dos jóvenes amigos iban en dirección opuesta. Tres horas después la cohorte de Pompeyo daba con el cadáver espatarrado de su general ante el templo de Salus, en la parte baja de Alta Semita.

Vaya, pensó Cicerón, el sitio en que le han dejado tirado lo dice todo: el templo de la Salud.

—Esto no lo olvidaré —dijo Pompeyo, contemplando abatido el cadáver desnudo y destrozado de su padre—. ¡Cuando sea cónsul y trace el programa de construcciones, no renovaré ni una sola piedra del Quirinal!


Cuando Cinna se enteró de la muerte de Pompeyo Estrabón, lanzó un suspiro de alivio. Y cuando supo que el cadáver había sido arrastrado por las calles, lanzó un discreto silbido. ¡Así que no andaban tan bien las cosas en Roma! Por lo visto, la población no congeniaba mucho con los defensores. Y se dispuso muy contento a esperar que la rendición se produjese en cuestión de horas.

Pero no fue así. Al parecer, Octavio había decidido que únicamente se rendiría si la población se sublevaba.

Quinto Sertorio acudió aquella misma noche a despachar, con el ojo cubierto por un vendaje ensangrentado.

—¿Qué te ha sucedido? —inquirió Cinna, consternado.

—He perdido un ojo —contestó lacónico Sertorio.
 
—¡Por los dioses!

—Suerte que ha sido el izquierdo —añadió Sertorio, estoico—, así puedo ver por el lado de la espada y no me afectará mucho en combate.

—Siéntate —dijo Cinna, sirviendo vino, mientras miraba atentamente a su legado, pensando en que pocas cosas había en la vida capaces de arredrar a Quinto Sertorio. Luego, una vez que se hubo sentado, él también tomó asiento con un suspiro—. ¿Sabes, Quinto Sertorio, que tenías razón? — añadió, marcando las palabras.

—¿En lo de Cayo Mario?

—Sí —contestó Cinna, dando vueltas a la copa entre sus manos—. Ya no tengo el mando supremo. ¡Sí, los oficiales me respetan!, pero la tropa, los soldados, samnitas y otros voluntarios, es a Cayo Mario a quien hacen caso.

—Tenía que suceder. En otra época no habría importado un ardite, porque no ha habido un hombre con mejor cabeza y sentido de la estrategia que Cayo Mario. Pero ya no es el mismo —dijo Sertorio, dejando escapar una lágrima sanguinolenta por debajo del vendaje y enjugándosela—. Con la edad que tiene, es lo peor que ha podido pasarle, más que la invalidez y el destierro. Yo le conozco de sobra y sé que no hace más que simular interés por el mando, cuando lo único que le interesa es vengarse de los que le desterraron. Está rodeado de la peor clase de legados que he visto desde hace años. ¡Fímbria! Un auténtico buitre. Y su propia legión, que él denomina guardia personal y se niega a considerarla oficialmente parte de este ejército, la forman una serie de esclavos y antiguos esclavos tan malvados y rapaces que nada tienen que envidiar a las hordas de la guerra servil siciliana. Pero no ha perdido su agudeza mental, Lucio Cinna, aunque sí el equilibrio moral. ¡El sabe que es dueño de tus ejércitos! Y mucho me temo que piense utilizarlos en su propio interés y no en el de Roma. Estoy aquí contigo y con tus tropas por una sola razón, Lucio Cinna; porque no puedo aprobar el despido de un cónsul en funciones. Pero tampoco puedo aprobar lo que sospecho que prepara Mario; así que es muy posible que tengamos que separarnos.

Cinna comenzaba a indignarse, mientras miraba a Sertorio horrorizado.
 
—¿Quieres decir que proyecta un baño de sangre?

—Eso creo. Y no creo que nadie pueda detenerle.

—¡No puede hacer eso! Es absolutamente imprescindible que yo entre en Roma como cónsul legal, restablezca la paz, impida más derramamiento de sangre y trate de poner de nuevo en pie a la desgraciada Roma.

—Te deseo mucha suerte —dijo Sertorio secamente, levantándose—. Estaré en el Campo de Marte, Lucio Cinna, y procuraré quedarme allí. Mis hombres me secundarán en todo lo necesario y yo apoyo el restablecimiento del cónsul legalmente elegido, pero no ninguna facción encabezada por Cayo Mario.

—Sí, sobre todo, no te muevas del Campo de Marte. Pero te suplico que participes en las negociaciones que se tercien.

—No te preocupes, ese chasco no me lo perdería por nada —dijo Sertorio, dejándole, al tiempo que se limpiaba la mejilla izquierda. Sin embargo, al día siguiente, Mario levantó el campamento y dirigió sus legiones hacia las llanuras latinas. La muerte de Pompeyo Estrabón le había hecho recapacitar sobre el hecho de que tanta gente reunida en torno a la gran ciudad era causa de terribles enfermedades y pensó que era mejor que sus tropas gozaran del aire fresco y las aguas puras del campo, a la par que saqueaban el grano y las vituallas necesarias en los diversos graneros y granjas de la llanura; y se apoderó de Aricia, Bovillae, Lanuvium, Antium, Ficana y Laurentum, pese a que no ofrecieron resistencia.

Al enterarse de la marcha de Mario, Quinto Sertorio se preguntó si el verdadero motivo de la retirada no sería una maniobra preventiva para ponerse a salvo de Cinna. Porque Mario podía estar loco, pero no era tonto.

Estaban ya a fines de noviembre, y todos en los dos bandos —aunque más exacto habría sido decir en los tres bandos— sabían que el «auténtico» gobierno de Cneo Octavio Ruso estaba en las últimas. El ejército del difunto Pompeyo Estrabón se había negado de plano a aceptar el mando de Metelo Pío, dirigiéndose al puente Mulvianum a ofrecérselo a Cayo Mario; no a Lucio Cinna.

Ahora, sobre más de dieciocho mil personas pesaba la amenaza de la enfermedad, muchas de ellas en las filas de las legiones de Pompeyo
 
Estrabón, y los graneros de Roma estaban vacíos. Viendo que se aproximaba el fin, Mario se dirigió con su guardia personal de cinco mil esclavos y antiguos esclavos al flanco sur del Janículo. Curiosamente, no traía el resto de su ejército; ni los samnitas, ni los itálicos, ni el resto de las tropas de Pompeyo Estrabón. ¿Para estar más seguro?, se preguntó Quinto Sertorio. Sí, parecía, efectivamente, que Mario dejaba el grueso de sus fuerzas en reserva.


El tercer día de diciembre, una delegación para parlamentar cruzaba el Tíber por los dos puentes que unían la isla del mismo nombre con tierra. La formaban Metelo Pío el Meneítos (que era quien la dirigía), el censor Publio Craso y los hermanos César. Al final del segundo puente los aguardaba Lucio Cinna. Y Cayo Mario.

—Saludos, Lucio Cinna —dijo Metelo Pío, ofendido al ver a Mario, sobre todo al ver que tenía por lugarteniente al canalla de Fimbria y los acompañaba un gigantesco germano luciendo una ostentosa armadura dorada.

—¿Te diriges a mí en mi condición de cónsul o de simple ciudadano, Quinto Cecilio? —replicó friamente Cinna.

Al decir esto Cinna, Mario se dirigió a él furioso, diciéndole entre gruñidos:

—¡Cobarde! ¡Imbécil sin voluntad!

—Como cónsul, Lucio Cinna —respondió Metelo Pío, tragando saliva. Tras lo cual, Catulo César se volvió furioso contra el Meneitos y

farfulló:

—¡Traidor!

—¡Ese hombre no es cónsul! ¡Es un sacrílego! —gritó el censor Craso. —¡No necesita ser cónsul, es el vencedor! —vociferó Mario. Tapándose los oídos con las manos para no oír los acalorados vituperios

que se intercambiaban los presentes, con excepción de él y de Cinna, Metelo Pío giró sobre sus talones y, andando a grandes zancadas sobre los puentes, regresó a Roma.
 
Cuando contó lo sucedido a Octavio, él también le reconvino ásperamente.

—¿Cómo has osado admitir que era cónsul? ¡No lo es! Cinna es nefas! —exclamó furioso.

—Es cónsul, Cneo Octavio, y seguirá siéndolo hasta final de mes — replicó friamente el Meneitos.

—¡Vaya negociador que me has resultado! ¿Es que no te das cuenta de que lo peor que podemos hacer es reconocer que Lucio Cinna es cónsul? — exclamó Octavio, amenazándole con el dedo como el maestro al alumno.

—¡Pues ve tú, que sabes hacerlo mejor! —replicó Metelo Pío fuera de sus casillas—. ¡Y a mí no me amenaces con el dedo! ¡Soy Cecilio Metelo, y ni el mismo Rómulo me amenaza con el dedo! Te parezca bien o no, Lucio Cinna es cónsul, ¡y si vuelvo y me pregunta otra vez lo mismo, contestaré igual!

El flamen dialis y cónsul sufecto Merula, que se hallaba muy descontento e incómodo desde el primer día en que había ocupado la silla curul, se adelantó a encararse con su colega Octavio y el indignado Metelo Pío, con toda la dignidad de que era capaz.

—Cneo Octavio, tengo que dimitir de mi cargo de cónsul suffectus — dijo pausadamente—. No está bien que el sacerdote de Júpiter sea magistrado curul. Aunque pertenezca al Senado, no debe tener imperium.

Mudos, todos los presentes vieron cómo Merula abandonaba el bajo Foro —donde tenía lugar la escena— y tomaba Via Sacra arriba en dirección al domus publicus en que residía.

Catulo César miró a Metelo Pío.

—Quinto Cecilio, ¿tomas el mando militar de todas las tropas? — inquirió—. Si hacemos oficial el nombramiento, quizá las tropas y la ciudad recobren su vigor.

Pero Metelo Pío meneó enérgicamente la cabeza.

—No, Quinto Lutacio, no lo asumo. Nuestros hombres y nuestra ciudad ya no tienen ánimo para nada, agobiados por el hambre y las enfermedades. Y, aunque lo digo con pena, tampoco saben quién tiene la razón. Espero que ninguno de nosotros queramos otra batalla en las calles de Roma… Basta
 
con un Lucio Sila. ¡Tenemos que llegar a un acuerdo! Pero con Lucio Cinna, no con Cayo Mario.

Octavio miró de hito en hito a los de la delegación, se encogió de hombros y lanzó un suspiro.

—Bien, de acuerdo, Quinto Cecilio. Vuelve y trata con Lucio Cinna.

Y allá volvió el Meneitos, acompañado esta vez por Catulo César y su hijo Catulo. Era ya el quinto día de diciembre.

Esta vez los recibieron con mayor solemnidad. Cinna había dispuesto un tribunal que presidía en su silla curul, para que los parlamentarios tuvieran que estar sentados abajo y obligados a alzar la vista. Bajo el dosel, de pie, le acompañaba Cayo Mario.

—Antes que nada, Quinto Cecilio —dijo Cinna con potente voz—, te doy la bienvenida. Y luego quiero que sepas que Mario está aquí únicamente como observador. Sabe que es un privatus y que no puede participar en las negociaciones.

—Te doy las gracias, Lucio Cinna —contestó el Meneítos con el mismo formalismo—, y quiero decirte que únicamente estoy autorizado a tratar contigo, no con Cayo Mario. ¿Cuáles son tus condiciones?

—Entrar en Roma como cónsul.

—Acordado. El flamen dialis ya ha dimitido.

—No se tolerará ninguna represalia.

—Así se hará —asintió Metelo Pío.

—A los nuevos ciudadanos de Italia y la Galia itálica se les concederá acceso a las treinta y cinco tribus.

—Aceptado.

—A los esclavos que hayan abandonado a sus amos romanos para alistarse en mis ejércitos se les concederá la libertad y plena ciudadanía — añadió Cinna.

—¡Imposible! —exclamó el Meneítos, turbado—. ¡Imposible!

—Es una condición, Quinto Cecilio —insistió Cinna—, y debéis aceptarla con el resto.

—¡Jamás consentiré en manumitir y conceder la ciudadanía a esclavos que abandonaron a sus amos legales!
 
—¿Puedo hablar contigo a solas, Quinto Cecilio? —terció Catulo César, aproximándose a él.

Catulo César y su hijo tardaron un buen rato en convencer al Meneítos de que había que aceptar semejante condición, y al final Metelo Pío cedió únicamente porque vio que Cinna también se mostraba irreductible, aunque no sabía muy bien si lo hacía por iniciativa propia o era por influencia de Mario. En las tropas de Cinna había pocos esclavos, mientras que, según sus informes, en las filas de Mario eran mayoría.

—De acuerdo, acepto esa estupidez de los esclavos —dijo el Meneitos con poca convicción—. Pero hay un punto en el que tengo que imponer condiciones.

—¿Ah, si? —dijo Cinna.

—No ha de haber un baño de sangre —añadió el Meneitos muy resuelto

—. Nada de proscriciones, destierros, juicios por traición, ni ejecuciones. En este enfrentamiento todos hemos actuado conforme a nuestros principios y convicciones, y nadie debe ser castigado por defender sus principios y convicciones, por muy repulsivos que puedan parecer. Esto va tanto para tus seguidores, Lucio Cinna, como para los partidarios de Cneo Octavio.

—De acuerdo contigo de todo corazón, Quinto Cecilio —contestó Cinna, asintiendo con la cabeza—. No debe haber venganzas.
—¿Lo juras? —inquirió el Meneitos, malicioso.

—No puedo, Quinto Cecilio —respondió ruborizado Cinna, moviendo la cabeza—. Lo más que puedo garantizarte es que haré personalmente todo lo posible porque no haya julcios por traición, baño de sangre ni confiscación de propiedades.

Metelo Pío desvió levemente la cabeza para mirar de frente al silencioso Cayo Mario.
—¿Quieres decir, Lucio Cinna, que tú, ¡el cónsul!, eres incapaz de controlar a los de tu bando?
—Puedo controlarlos —respondió Cinna con firmeza, después de dudar un instante.
—Entonces, ¿lo juras?
 
—No, no lo juro —insistió Cinna con gran dignidad y enrojeciendo de turbación; se levantó de la silla para dar a entender que la entrevista había concluido, para después acompañar a Metelo Pío hasta el puente de la isla del Tíber. Hubo un momento en que se vieron solos—. Quinto Cecilio — añadió inquieto—, puedo controlar a mis partidarios, pero, de todos modos, preferiría que Cneo Octavio no estuviese en el Foro, que no le viera nadie… Por si acaso. Es una remota posibilidad. ¡Puedo controlar a mis partidarios! Pero es preferible que Cneo Octavio no se deje ver. ¡Díselo!

—Lo haré —contestó el Meneitos.

Mario se puso a su altura con una carrerilla renqueante, deseoso de interrumpir aquel diálogo en privado. Había en él algo nuevo de siniestro cariz simiesco y se le notaba menos aquel aire temible de poder que siempre había irradiado, incluso en la época en que el padre del Meneitos había sido comandante suyo en Numidia y Metelo Pío un simple cadete.

—¿Cuándo pensáis tú y Cayo Mario entrar en la ciudad? —inquirió Catulo César a Cinna cuando ya los dos grupos estaban a punto de despedirse.

Antes de que Cinna pudiese contestar, Cayo Mario rompió su silencio con un bufido de desprecio.

—Lucio Cinna puede entrar en la ciudad, como cónsul legal que es, cuando quiera. Pero yo permaneceré aquí con el ejército hasta que las acusaciones contra mi y mis amigos hayan sido legalmente anuladas.

Cinna apenas esperó a que Metelo Pío y su séquito comenzaran a cruzar el puente de la isla del Tíber para preguntar secamente a Mario:

—¿Qué es eso de que te quedas con el ejército hasta que tus cargos hayan sido anulados?

El viejo se le quedó mirando con aire más inhumano que humano; un monstruo como Mormolice o Lamia, que sonreía con ojos relucientes, velados en parte por la maraña de sus cejas, más espesas que antaño porque había adoptado la costumbre de arrancárselas.

—¡Mi querido Lucio Cinna, es a Cayo Mario a quien sigue el ejército, no a ti! De no ser por mí, la tropa se habría pasado al otro bando y habría vencido Octavio. ¡Piénsalo! Si entro en la ciudad figurando aun en las
 
tablillas como proscrito bajo sentencia de muerte, ¿qué os impediría a ti y a Octavio limar vuestras diferencias ejecutando la sentencia? ¡Menuda ruina sería para mí! Ahí estaría yo, un simple privatus, aguardando humildemente a que los cónsules y el Senado, ¡un organismo al que ya no pertenezco!, me absolviesen de delitos inexistentes. Vamos a ver: ¿tú crees que es una bonita situación para Cayo Mario? —añadió, dándole una paternalista palmada en el hombro—. ¡No, Lucio Cinna, disfruta tú solito de ese momento de gloria y entra en Roma! Yo me quedo donde estoy. Con mi ejército, que no el tuyo.

—¿Quieres decir que utilizarías el ejército… mi ejército, contra mi, el cónsul legal? —inquirió Cinna rebulléndose nervioso.

—Anímate, que no llegaré a tanto —contestó Mario riendo—. Digamos más bien que el ejército tiene sumo interés en ver que Cayo Mario recibe lo que merece.

—¿Y qué es exactamente lo que Cayo Mario merece?

—En las calendas de enero seré el nuevo primer cónsul. Y tú, naturalmente, mi colega.

—¡Yo no puedo ser cónsul otra vez! —musitó Cinna aterrado. —¡Bobadas! ¡Claro que puedes! ¡Y ahora, vete! —replicó Mario, en el

mismo tono que habría empleado con un niño inoportuno.

Cinna fue a ver a Sertorio y a Carbón, que habían asistido a las negociaciones, y les contó lo que acababa de decirle Mario.

—Ahora no digas que no te lo advertí —dijo Sertorio muy serio. —¿Qué podemos hacer? —gimió Cinna, desesperado—. ¡Tiene razón;

el ejército está con él!

—Mis dos legiones, no —replicó Sertorio.

—Insuficientes para oponérsele —dijo Carbón.

—¿Qué podemos hacer? —volvió a gemir Cinna.

—De momento, nada. Deja que el viejo se salga con la suya y sea cónsul por séptima vez —dijo Carbón, apretando los dientes—. Ya nos encargaremos de él cuando tengamos Roma.

Sertorio no hizo ningún comentario más; estaba muy ensimismado pensando en qué actitud adoptar. Todos ellos eran en cierto modo más
 
ruines, más perversos, más viles, más egoístas y más codiciosos. Se les había contagiado de Cayo Mario y se lo contagiaban entre sí. En cuanto a mí, se dijo, no sé si voy a participar en esta sórdida e incalificable conspiración por el poder. Roma es soberana, pero por culpa de Lucio Cornelio Sila hay quienes creen que pueden ser soberanos por encima de Roma.


Cuando Metelo Pío comunicó sucintamente el consejo de Cinna para que Octavio no se hiciera ver, todos comprendieron lo que se avecinaba. Fue una de las pocas reuniones a las que asistió Escévola, pontífice máximo, y todos notaron que se retiraba a un segundo plano, tratando de no tomar parte en los acontecimientos. Probablemente, pensó Metelo Pío, porque vislumbraba la victoria de Cayo Mario y su hija seguía estando prometida a Mario hijo.

—Bueno —dijo Catulo César con un suspiro—, sugiero que todos los jóvenes abandonen Roma antes de que entre Lucio Cinna. Necesitaremos a todos los jóvenes boni en el futuro… esos horrendos personajes de Cinna y Mario no durarán eternamente, y algún día regresará Lucio Sila. — Hizo una pausa—. Yo creo que es preferible que los viejos nos quedemos en Roma corriendo el riesgo. Yo, desde luego, no tengo ningunas ganas de vivir la epopeya de Cayo Mario, aunque me garantizasen que no tendría que pasar por el incidente de las marismas de Liris.

—¿Tú qué dices? —inquirió el Meneítos, mirando a Mamerco.

—Yo creo —contestó éste reflexivo— que tú debes marcharte, Quinto Cecilio; de verdad. Yo, de momento, me quedo. No soy un personaje tan importante.

—Muy bien, me voy —dijo Metelo Pío decidido.

—Y yo —terció el primer cónsul Octavio con fuerte voz.

Todos se volvieron sorprendidos hacia él.

—Me sentaré en la presidencia de un tribunal en la guarnición del Janículo —añadió Octavio— a esperar acontecimientos. Así, si deciden derramar mi sangre, no profanarán las piedras de Roma.
 
Nadie osó oponérsele. Era la consecuencia inevitable del Día de Octavio.

Al día siguiente al amanecer, Lucio Cornelio Cinna, con la toga praetexta y precedido de los doce lictores, entraba en Roma a pie, cruzando los puentes que unían ambas orillas del Tíber con la isla del centro.

Pero Cayo Marcio Censorino, al enterarse de dónde había ido Cneo Octavio Ruso, por una confidencia de un amigo que tenía en la ciudad, reunió una tropa de caballería númida y se encaminó a la fortaleza del Janículo. Nadie había autorizado aquella iniciativa y lo cierto es que nadie estaba al corriente, y menos aún Cinna. Que Censorino asumiese la responsabilidad de lo que pensaba hacer, era culpa de Cinna; porque sus oficiales más intransigentes habían llegado a la conclusión de que al entrar en la ciudad se sometería a hombres como Catulo César y Escévola, pontífice máximo, y así toda la campaña para recuperar su autoridad en Roma no habría sido más que una insípida maniobra. Pero Octavio, al menos, no escaparía, se juró Censorino.

Hallando franca la entrada a la fortaleza (Octavio había despedido a la guardia), Censorino cruzó la empalizada exterior con sus quinientos jinetes.

Y allí encontró sentado, en el tribunal de la ciudadela, a Cneo Octavio Ruso, negando tercamente con la cabeza a las súplicas de su lictor principal para que huyese. Al oir el ruido de cascos, Octavio se volvió y adoptó una actitud digna en su silla curul, mientras sus lictores empalidecían.

Cayo Marcio Censorino, prescindiendo de los palafreneros, desmontó espada en mano, subió a zancadas los peldaños del tribunal, se fue despacio hasta Octavio, le agarró del pelo con la mano izquierda y de un fuerte tirón derribó a sus pies al primer cónsul, que no opuso resistencia. Mientras los lictores, aterrados, se miraban impotentes, Censorino alzó la espada con ambas manos y la descargó con todas sus fuerzas sobre el cuello de Octavio.

Dos soldados recogieron la sangrante cabeza, de expresión curiosamente tranquila, y la clavaron en una lanza, que enarboló el propio Censorino, mientras ordenaba al escuadrón regresar a la llanura del Vaticano, pues había una orden concreta que no pensaba desobedecer: el
 
edicto de Cinna prohibía a toda clase de tropa cruzar el pomerium. Entregó la espada, el casco y la coraza a su ayudante, montó en el caballo con cota de cuero y se dirigió al Foro, esgrimiendo la lanza. Sin decir palabra, la alzó todo lo que pudo para mostrar al sorprendido Cinna la cabeza de Octavio.

La primera reacción del cónsul fue de terror, pero se sobrepuso y extendió los brazos con las palmas por delante, rechazando el horripilante obsequio. Luego pensó en Mario, que aguardaba al otro lado del río, y en todas las miradas fijas en él y en su conocido lugarteniente Censorino. Lanzó un profundo sollozo, cerró los ojos, afligido, y se dispuso a hacer frente a las consecuencias de su marcha sobre Roma.

—Expónla en los rostra —dijo a Censorino—. ¡Éste es el único acto de violencia que apruebo! —gritó a continuación volviéndose hacia la multitud silenciosa—. Prometí que Cneo Octavio Ruso no viviría para verme recuperar mi cargo de cónsul. ¡Fue él, junto con Lucio Sila, quien dio comienzo a esta costumbre! Ellos pusieron la cabeza de mi amigo Publio Sulpicio donde está ésa ahora. ¡Es de rigor que Octavio prosiga la costumbre, igual que Lucio Sila cuando regrese! ¡Mirad bien a Cneo Octavio, pueblo de Roma! Mirad bien la cabeza de quien acarreó todo este dolor, hambre y sufrimiento matando en el Campo de Marte a más de seis mil ciudadanos que estaban legalmente reunidos en asamblea. ¡Roma ha quedado vengada! ¡No habrá más sangre! ¡Y la sangre de Cneo Octavio no ha sido derramada dentro del pomerium!

No era del todo exacto, pero quedaba bien.



En el plazo de una semana, las leyes de Lucio Cornelio Sila habían dejado de existir. Sombra de lo que había sido, la asamblea centuriada siguió el ejemplo de Sila y legisló una promulgación de las leyes más rápida de lo que permitía la lex Caecilia Didia prima. Una vez recuperados sus poderes tradicionales, la Asamblea plebeya se reunió para elegir nuevos tribunos de la plebe, pues el mandato de los antiguos hacía tiempo que había expirado. A ello siguió una avalancha legislativa: los ciudadanos itálicos y de la Galia itálica, aunque no los libertos de Roma, fueron
 
distribuidos entre las treinta y cinco tribus sin ninguna excepción ni cláusula limitativa; Cinna había decidido no arriesgarse: quedaron distribuidos entre las treinta y cinco tribus sin reservas ni estipulaciones especiales; Cayo Mario y los demás proscritos recuperaron sus cargos y propiedades; a Cayo Mario se le concedió un imperium proconsular; se abolieron las dos nuevas tribus de Pisón Frugi; todos los desterrados en virtud de la primera comisión variana fueron rehabilitados y, lo que era aún más importante, a Cayo Mario se le concedió el mando de la guerra en Oriente contra Mitrídates del Ponto y sus aliados.

Las elecciones de los ediles plebeyos se celebraron en la Asamblea plebeya, tras lo cual se convocó la asamblea de todo el pueblo para elegir ediles curules, cuestores y tribunos de los soldados. Aunque ya pasaban tres o cuatro años de los treinta, Cayo Flavio Fimbria, Publio Annio y Cayo Marcio Censorino fueron elegidos cuestores e ingresaron acto seguido en el Senado, sin que ningún censor considerase prudente protestar.

En olor de extrema santidad, Cinna ordenó a las centurias que se reunieran para elegir magistrados curules; convocó la asamblea en el Aventino, fuera del pomerium, ya que Sertorio seguía acampado con dos legiones en el Campo de Marte. Fue una triste asamblea de apenas seiscientos miembros de las clases, la mayoría senadores y caballeros ancianos, que sumisamente votaron a los dos únicos candidatos: Lucio Cornelio Cinna y Cayo Mario, in absentia. Se habían guardado las formas y la elección fue legal. Cayo Mario volvía a ser cónsul de Roma por séptima vez y por cuarta vez in absentía. Se había cumplido la profecía.

No obstante, Cinna tuvo su pequeño desquite. A él le eligieron primer cónsul, por delante de Mario. Luego, se celebraron las elecciones a pretores. Sólo había seis nombres para ocupar los seis cargos, pero volvieron a guardarse las formas y el voto fue legal. Roma contaba con el debido elenco de magistrados aunque hubiese habido escasez de candidatos. Ahora Cinna podía dedicarse a rectificar los daños de los últimos meses, daños que Roma difícilmente podía soportar después de la prolongada guerra contra los itálicos y la pérdida de Oriente.
 
Como un animal acorralado, la ciudad permaneció tranquila y alerta durante el resto de diciembre, mientras los ejércitos que la rodeaban cambiaban de terreno y se reestructuraban. Las fuerzas samnitas regresaron a Aesernia y Nola, y esta ciudad volvió a cerrar sus puertas, pues Cayo Mario había alegremente dado permiso a Apio Claudio Pulcher para que regresase con su vieja legión a asediarla de nuevo. Aunque Sertorio tenía su legión, convenció a sus hombres para que volvieran con un comandante al que despreciaban, y la vio emprender camino hacia Campania sin lamentarlo. Muchos de los veteranos que se habían alistado para servir con su antiguo general, regresaban también a sus casas, incluidas las dos cohortes que habían zarpado de Cercina con Mario al saber que Cinna pasaba a la acción.

Reducido a una legión, Sertorio permaneció en el Campo de Marte como un gato que se hace el dormido, manteniéndose apartado de Cayo Mario, que había decidido conservar su guardia personal de cinco mil esclavos y antiguos esclavos. ¿Qué te traes entre manos, viejo canalla?, se preguntaba Sertorio. Has espantado deliberadamente a todos los buenos elementos y te has quedado con los que son capaces de secundarte en cualquier atrocidad.


Cayo Mario entró finalmente en Roma el día de año nuevo como cónsul legalmente elegido, montado en un caballo blanco, con la toga bordada de púrpura y una corona de roble. A su lado cabalgaba el gigantesco esclavo cimbro Burgundus con una magnífica coraza dorada y una espada, montado en un caballo bastema tan grande, que sus cascos eran como cubos. Tras él caminaban cinco mil esclavos y antiguos esclavos, todos con cota de cuero y espada; no eran auténticos soldados, pero tampoco paisanos.

¡Cónsul siete veces! Se había cumplido la profecía. Era el único pensamiento que bullía en la cabeza de Mario mientras cabalgaba entre dos murallas de gentío que le aclamaba llorando. ¿Qué más daba que fuese primer o segundo cónsul, si la gente le recibía tan entusiasmada y ciega? ¿No les daba igual que entrara montado a caballo en lugar de a pie? ¿No les
 
daba igual que llegara del otro lado del Tíber en vez de hacerlo desde su propia casa? ¿No les daba igual que no hubiese pasado la noche observando los presagios en el templo de Júpiter Optimus Maximus? ¡Les importaba un bledo! Era Cayo Mario, y lo que para otros inferiores era obligación, no rezaba para Cayo Mario.

Avanzando inexorablemente hacia su destino, llegó al bajo Foro y allí se encontró con Lucio Cornelio Cinna que le aguardaba, encabezando un séquito de senadores y muy pocos caballeros de edad. Burgundus le bajó del blanquísimo caballo sin dificultad, arregló los pliegues de su toga y cuando su amo se situó delante de Cinna, él siguió a su lado.

—¡Vamos, Lucio Cinna, acabemos pronto! —dijo Mario en voz alta, iniciando la marcha—. ¡Yo ya lo he hecho seis veces y tú una, no lo convirtamos en un desfile triunfal!

—¡Un momento! —exclamó el pretor Quinto Ancario, saliendo de las filas de los togados con adorno púrpura que iban detrás de Cinna y plantándose decidido ante Cayo Mario—. Cónsules, no guardáis el orden debido. Cayo Mario, tú eres segundo cónsul y tienes que ir detrás de Lucio Cinna, no delante. Y te pido que hagas salir a esa bestia bárbara de este solemne cortejo camino del templo del Gran Dios y que ordenes a tu guardia personal que salga de la ciudad o que prescinda de la espada.

Por un instante pareció que Mario fuese a golpear a Ancario o a ordenar a su gigante germano que lo apartase, pero el anciano se encogió de hombros y se colocó detrás de Cinna, aunque siempre con el gigante a su lado y sin que diese orden a su guardia de retirarse.

—Respecto a lo primero, Quinto Ancario, la ley te ampara —replicó Mario, furioso—, pero en lo segundo y lo tercero no voy a ceder. Estos últimos años mi vida ha corrido grave peligro y estoy impedido. Por lo tanto, mi esclavo permanecerá a mi lado. Y mi guardia se quedará en el Foro para escoltarme una vez finalice la ceremonia.

Quinto Ancario iba a negarse, pero finalmente asintió con la cabeza y regresó a su lugar. Pretor el mismo año en que Sila había sido cónsul, él era uno de los adversarios más irreductibles de Mario y se mostraba ufano de ello. Ni atado habría consentido que Mario desfilase delante de Cinna, y
 
menos cuando advirtió que éste estaba dispuesto a encajar tan descomunal ofensa. Que hubiese regresado a su sitio se debió a la suplicante mirada que le dirigió Cinna; pero estaba indignado. ¿Por qué tenía él que asumir el partido de los débiles? ¡Ah, concluye esa guerra y vuelve pronto, Lucio Sila!, clamó Ancario para sus adentros.

Los apenas cien caballeros que encabezaban el cortejo habían echado a andar en el primer momento en que Mario había instado a Cinna a hacerlo y estaban ya a la altura del templo de Saturno sin darse cuenta de que los dos cónsules y el Senado seguían parados, al parecer discutiendo. Así, el inicio de la procesión hasta el templo del Gran Dios en el Capitolio fue tan desorganizado como malhadado. Nadie, ni siquiera Cinna, había tenido el valor de decir que Mario no había pasado la noche en vela tal como estaban obligados a hacer los cónsules recién elegidos; y Cinna tampoco había comentado a nadie la forma negrísima de un ser palmeado y con garras que había visto volar en el cielo durante su vigilia.

Nunca se había efectuado una ceremonia inaugural de año nuevo tan rápida: ni siquiera aquella famosa en la que Mario había decidido acudir ataviado de general triunfante. Al cabo de menos de cuatro horas diurnas todo había concluido: sacrificios, la reunión del Senado en el templo del Gran Dios y la fiesta que seguía. Ni nunca los asistentes habían tenido tantas ganas de marcharse inmediatamente. A medida que el cortejo descendía del Capitolio, todos vieron la cabeza de Cneo Octavio Ruso pudriéndose en la lanza sobre la tribuna de los rostra, comida por los pájaros y vuelta de cara al templo de Júpiter Optimus Maximus con las cuencas de los ojos vacías. Temible presagio. ¡Temible!

Al salir del paseo, entre el templo de Saturno y la cuesta del Capitolio, Cayo Mario divisó a Quinto Ancario delante de él y se apresuró a darle alcance. Al agarrarle del brazo, el ex pretor se volvió sorprendido, sorpresa que se tornó repugnancia al ver quién era.

—Burgundus, tu espada —dijo Mario, muy tranquilo.

Antes de que hubiera terminado la frase tenía la espada en la mano derecha; la esgrimió en rápido gesto de arriba a abajo y Quinto Ancario cayo muerto con la cara abierta desde la frente a la barbilla.
 
Nadie hizo el menor gesto de protesta, y una vez repuestos de la impresión, senadores y caballeros se dispersaron a toda prisa, pero la legión de esclavos y antiguos esclavos de Mario, que permanecía en el bajo Foro, fue en su persecución al primer gesto del anciano.

—¡Hacedles lo que queráis a esos cunni, muchachos! —bramó Mario, sonriendo como un bendito—. ¡Unicamente procurad distinguir entre mis amigos y mis enemigos!

Horrorizado, Cinna contemplaba cómo su mundo se venía abajo, impotente para intervenir. Sus soldados estaban camino de sus casas o acampados en la llanura del Vaticano. Los «bardiotas» de la guardia personal de Mario, como él llamaba a los esclavos partidarios suyos porque muchos de ellos procedían de aquella tribu dálmata de ilíricos, eran dueños de Roma. Y conscientes de ello, trataron a la ciudad más cruelmente que un beodo enloquecido a la mujer que detesta. Degollaron a gente sin motivo, entraron en las casas a robar, violaron a las mujeres y asesinaron a los niños. Actos, casi todos, absurdos y gratuitos, pero hubo casos de gente a quien Mario ansiaba ver muerta, o había fingido desearlo, en que los bardiotas no se anduvieron con distingos.

El resto de la jornada y hasta bien entrada la noche toda Roma fue gritos y aullidos, y muchos murieron o desearon morir. En algunos lugares, grandes llamas se elevaron al cielo y los gritos se convirtieron en estridentes chillidos de locura.

Publio Annio, que detestaba a Antonio Orator más que a nadie, fue con una tropa de caballería a Asculum, en donde los Antonios tenían una finca, y se complació en darle caza y matarle, para llevar la cabeza a Roma con gran júbilo y colocarla en los rostra.

Fimbria optó por ir con su escuadrón de caballería al Palatino, buscando en primer lugar al censor Publio Licinio Craso y a su hijo Lucio. Fue al hijo a quien descubrió cuando huía por una estrecha calle camino de su casa; espoleó al caballo, le dio alcance e, inclinándose, le clavó la espada en la espalda. El padre, qué asistía impotente a la escena, para no correr la misma suerte sacó un puñal de los pliegues de la toga y se suicidó. Afortunadamente, Fimbria no sabía qué puerta de aquella estrecha calle sin
 
ventanas era la de los Licinios Crasos, y el tercer hijo, Marco, que aún no tenía edad para ser senador, se salvó.

Dejando que sus hombres decapitasen a Publio y Lucio Craso, Fimbria, al mando de una patrulla, fue en busca de los hermanos César. A dos de ellos —Lucio Julio y su hermano menor César Estrabón— los encontró en una de sus casas. Las cabezas, desde luego, las reservó para los rostra, pero el cuerpo de César Estrabón lo arrastró hasta la tumba de Quinto Vario y allí volvió a «matarlo» como ofrenda al hombre que César Estrabón había perseguido y a quien tan lenta y dolorosamente había quitado la vida. Después fue a buscar al hermano mayor, Catulo César, pero se tropezó con un mensajero de Mario antes de dar con su presa, y se le comunicó que a Catulo César no lo tocara para que pudiera ser juzgado.

Las primeras luces de la mañana siguiente bañaron una tribuna de los rostra erizada de lanzas con cabezas: Ancario, Antonio Orator, Publio y Lucio Craso, Lucio César, César Estrabón, el anciano Escévola Augur, Cayo Atilio Serrano, Publio Cornelio Léntulo, Cayo Nemetorio, Cayo Baebio y Octavio. Las calles estaban llenas de cadáveres y un montón de cabezas anodinas llenaba el rincón que formaba el templete de Venus Cloacina con la basílica Emilia. Roma apestaba a sangre coagulada.

Insensible a todo, menos a llevar a cabo su venganza, Mario caminó hasta la hondonada de asambleas para oír a su nuevo electo tribuno de la plebe, Publio Popilio Laenas, convocar la Asamblea plebeya. Naturalmente, no acudió nadie, pero el acto prosiguió cuando los bardiotas se distribuyeron entre las tribus rurales en virtud de su recién estrenada ciudadanía. Quinto Lutacio Catulo César y Lucio Cornelio Merula, flamen díalís, fueron acusados de traición.

—Yo no aguardaré al veredicto —dijo Catulo César, con los ojos enrojecidos de llorar por la suerte de sus hermanos y muchos de sus amigos.

Se lo decía a Mamerco, a quien había llamado urgentemente a su casa. —¡Recoge a la esposa e hija de Lucio Cornelio Sila y huye en seguida,

Mamerco, te lo suplico! El próximo a quien condenen será Lucio Sila y todos los que estén remotamente vinculados a él morirán, y aún peor en el caso de Dalmática y de tu mujer, Cornelia Sila.
 
—Había pensado quedarme —dijo Mamerco con aire agotado—. Roma necesitará hombres que hayan permanecido al margen de este horror, Quinto Lutacio.

—Si, los necesitará, pero no los hallará entre los que se queden, Mamerco. Yo no pienso vivir un momento más de lo debido, así que prométeme que recogerás a Dalmática, a Cornelia Sila y a los niños y los llevarás a Grecia contigo. Después podré hacer lo que deba hacer.

Mamerco le dio su promesa, apesadumbrado, y aquel día hizo cuanto pudo por salvar los bienes muebles y monetarios de Sila, Escauro, Druso, los Servilios Cepionis, Dalmática, Cornelia Sila y los propios. Al anochecer, con las mujeres y los niños, cruzaba la puerta Sanqualis, la menos frecuentada de Roma, y tomaba por la Via Salaria, por parecerle un camino más seguro que en dirección sur a Brundisium.

En cuanto a Catulo César, envió unas breves notas al flamen dialis Merula y al pontífice máximo Escévola. Luego mandó a los esclavos encender todos los braseros de la casa y colocarlos en los aposentos principales de invitados, cuyas paredes recién enyesadas despedían un fuerte olor a cal. Después de tapar todas las ranuras y aberturas con trapos, se sentó en una silla cómoda y abrió un rollo que contenía los últimos libros de la Ilíada, su obra literaria predilecta. Cuando los hombres de Mario echaron abajo la puerta, le encontraron erguido en su asiento, en actitud natural, con el rollo desplegado sobre el regazo. La habitación estaba llena de nocivas emanaciones, y el cadáver de Catulo César estaba ya frío.

Lucio Cornelio Merula no llegó a leer la nota de Catulo César, porque le hallaron muerto. Después de colocar respetuosamente su apex y su laena bien dobladas a los pies de la estatua del Gran Dios en el templo, Merula se fue a casa, se sumergió en una bañera de agua caliente y se abrió las venas con un cuchillo de hueso.

El pontífice máximo Escévola sí que leyó su nota.
 


Ya sé, Quinto Mucio, que has optado por unir tu suerte a Lucio Cinna y Cayo Mario. Y puedo incluso comprenderlo. Tu hija está prometida al hijo de Mario y es una fortuna demasiado importante para rechazarla. Pero
 
cometes un error. Cayo Mario ha perdido el seso, y los que le siguen son poco menos que bárbaros. Y no me refiero a sus esclavos. Me refiero a hombres como Fimbria, Annio y Censorino. Cinna es bastante buena persona en muchos aspectos, pero seguramente no será capaz de poner coto a los actos de Cayo Mario. Ni tú tampoco.
Cuando recibas esta nota ya habré muerto. Me parece infinitamente preferible morir a pasar el resto de mi vida desterrado o siendo una víctima más de Cayo Mario. ¡Pobres hermanos míos! Me complace elegir yo mismo la hora, el lugar y el modo de morir. Si esperase hasta mañana, ya no podría hacerlo.

He acabado mis memorias, y te digo sinceramente que me apena no poder conocer los comentarios que suscitarán cuando se publiquen. No obstante, ellas sí vivirán. Para salvarlas —¡son un auténtico cumplido para Cayo Mario!— las he consignado a Lucio Sila en Grecia, enviando una copia a Publio Rutilio en Esmirna para saldar la deuda por ser tan venenoso conmigo en sus escritos.

Cuídate, Quinto Mucio. Sería de lo más interesante ver cómo concilias tus principios con la necesidad. Yo soy incapaz.

Felizmente, mis hijos están bien casados.


Con lágrimas en los ojos, Escévola hizo una bola con la hoja y la arrojó a un brasero, pues hacía frío y él a su edad ya lo notaba. ¡Curiosa muerte la de su viejo tío el Augur! Indolora. Podían hablar hasta desgañitarse de si todo lo que había sucedido en Roma desde el día de año nuevo había sido o no un error. Calentándose las manos y tragándose las lágrimas, Escévola contempló las brasas del trípode de bronce, sin saber que las últimas vivencias de Catulo César habían sido muy parecidas.

Las cabezas de Catulo César y el flamen dialis Merula quedaron incorporadas a la colección de los rostra antes del amanecer del tercer día del consulado de Cayo Mario; él en persona dedicó largos ratos a contemplar la cabeza de Catulo César —aún hermosa y altanera— antes de autorizar a Popilio Laenas la convocatoria de otra Asamblea plebeya.
 
Esta reunión dedicó todo su rencor a Sila, que fue condenado en voto como enemigo público, con todas sus propiedades confiscadas, pero no para mayor grandeza de Roma, pues Mario dejó que sus bardiotas saqueasen la espléndida casa nueva de Sila con vistas al circo Máximo, incendiándola después. Las propiedades de Antonio Orator sufrieron igual suerte. Sin embargo, ninguno de los dos dejó indicios de dónde guardaba su dinero y no se pudo localizar nada en las bancas romanas, al menos a su nombre. De este modo, la legión de esclavos se benefició enormemente con los bienes de Sila y de Antonio Orator, pero Roma no obtuvo nada. Tan furioso estaba Popilio Laenas, que envió un grupo de esclavos públicos a rebuscar entre los restos calcinados de la casa de Sila, una vez enfriados, por si encontraban el pretendido tesoro. Los armaritos con las imágenes de Sila y sus antepasados y la valiosa mesa de cedro no estaban en la casa cuando el saqueo. Mamerco había sido muy eficiente, del mismo modo que Crisógono; y entre ambos, con un contingente de esclavos, a quienes dieron estrictas instrucciones de que actuaran abiertamente sin parecer furtivos, lograron desvalijar media docena de las mejores casas de Roma en menos de un día y ocultarlo casi todo en lugares insospechados.


Mario no apareció por su casa ni vio para nada a Julia durante el primer día de su séptimo consulado, y su hijo había salido de Roma antes del día de año nuevo, con el encargo de licenciar a las tropas que su padre pensaba no iba a necesitar. Al principio, Mario temió que Julia tratase de verle y se escudó en sus bardiotas, dando severas órdenes para que escoltasen a su esposa hasta casa si aparecía por el Foro. Pero al transcurrir tres días sin tener noticia de ella, se tranquilizó en cierto modo, aunque siguió dando muestra de su estado mental por las continuas cartas que escribía a su hijo conminándole a que permaneciese donde estaba y no regresase a Roma.

—Está bastante loco, pero también conserva buen juicio y sabe que no podría mirar a Julia a la cara después de este baño de sangre —dijo Cinna a su amigo Cayo Julio César nada más regresar de Ariminum, a donde había
 
ido a ayudar a Mario Gratidiano a contener a Servilio Vatia para que no saliera de la Galia itálica.

—¿Y dónde vive? —inquirió el sombrío cuñado de Mario, conservando una voz firme con gran esfuerzo.

—En una tienda; figúrate. Allí está, ¿la ves? Plantada junto al estanque de Curtio, que es donde se baña. Por lo visto, no duerme. Cuando no está de parranda con el más horrible de sus esclavos y ese monstruo de Fimbria, se dedica a caminar sin descanso, fisgando aquí y allá como una de esas viejas que lo hurgan todo con el bastón. ¡No respeta nada! —añadió Cinna estremeciéndose—. No puedo controlarle y no tengo ni idea de lo que bulle en su cabeza… ni qué se le va a ocurrir. Y dudo mucho que él mismo lo sepa.

Los rumores de las locuras que estaban sucediendo en Roma comenzaron a llegarle a César durante su viaje al llegar a Veii, pero eran relatos tan extraños y confusos, que no les dio crédito, aunque modificó su itinerario y en lugar de pasar por el Campo de Marte y hacer una visita a Sertorio, casado con una prima suya, tomó por un diverticulum nada más cruzar el puente Mulvianum para entrar por la puerta Collina. Por la información de que disponía sobre los últimos acontecimientos, sabía que el ejército de Pompeyo Estrabón ya no acampaba allí y que el general había muerto. En Veii se había enterado de que Mario y Cinna eran cónsules, por eso había prestado poca atención a los rumores de los increíbles actos de violencia que se estaban produciendo en Roma; pero al llegar a la puerta Collina se la encontró ocupada por una centuria.

—¿Cayo Julio César? —inquirió el centurión, que conocía de sobra a los legados de Cayo Mario.

—Si —contestó César con cierta angustia.

—Tengo aviso del cónsul Lucio Cinna para que vayas inmediatamente a su despacho en el templo de Cástor.

—Lo haré con mucho gusto, centurión —dijo César, mostrando el ceño —, pero quisiera ir primero a casa.

—Ése es el aviso que tengo, Lucio Julio —replicó el centurión, en un tono a la vez cortés y autoritario.
 
Conteniendo su angustia, César siguió cabalgando por el vicus Longus en dirección al Foro.

El humo que enturbiaba el azul puro de un cielo diáfano, al llegar al puente Mulvianum era ya un palio, y en el aire flotaban pavesas. Con creciente horror, comenzó a ver cadáveres de hombres, mujeres y niños esparcidos por todas partes, y al llegar a las Fauces Suburae llevaba el corazón en un puño y todo su ser le impulsaba a volver atrás y dirigirse al galope a su casa a ver si su familia estaba bien, pero el instinto le decía que sería mejor para su familia que fuese a donde le habían dicho. Era evidente que había habido una batalla en las calles de Roma, y a lo lejos, en la zona de las apretadas casas de alquiler del Esquilino, oía gritos, chillidos y alaridos. No se veía un alma en el Argiletum; torció por el vicus Sandalarius y entró por el centro del Foro, para eludir parte de las edificaciones y llegar al templo de Cástor y Pólux sin tener que pasar por el bajo Foro.

Encontró a Cinna al pie de la escalinata del templo, y éste le contó lo sucedido.

—¿Qué quieres de mí, Lucio Cinna? —inquirió, después de observar la gran tienda plantada junto al estanque de Curtio.

—No quiero nada de ti, Cayo Julio —respondió Cinna.

—¡Pues déjame ir a casa! ¡Hay incendios por todas partes y quiero ver si mi familia se encuentra bien!

—Yo no te he ordenado venir, Cayo Julio; ha sido Cayo Mario. Yo simplemente dije a la guardia de la puerta que te enviasen primero aquí porque supuse que no sabías lo que había sucedido.

—¿Y qué quiere Cayo Mario? —inquirió César, temblando.

—Vamos a preguntárselo —dijo Cinna, echando a andar.

Cadáveres sin cabeza: repugnante. Al mirar hacia los rostra vio los macabros adornos.

—¡Ah, son amigos míos! —exclamó César con lágrimas en los ojos—. ¡Primos míos, colegas!

—Tranquilízate, Lucio Julio —dijo Cinna en tono neutro—. Si en algo estimas tu vida, no llores ni te desmayes. Puede que seas su cuñado, pero
 
desde el día de año nuevo, creo que sería capaz de mandar ejecutar a su esposa o a su propio hijo.

Y allí estaba, entre la tienda y la tribuna de los rostra hablando con su gigantesco germano Burgundus. Y con el hijo de César, de trece años.

—¡Cayo Julio, me alegro de verte! —tronó Mario, dándole palmadas en los brazos y un beso de ostentoso afecto; Cinna advirtió que el pequeño César hacía una mueca.

—Cayo Mario —dijo César con voz desmayada.

—Tú siempre tan eficiente, Cayo Julio; tu carta decía que llegarías hoy, y aquí estás. En Roma. ¡Hurra, hurra! —dijo Mario, haciendo un gesto con la cabeza a Burgundus, que se alejó en seguida.

Pero César únicamente miraba a su hijo, que estaba en medio de aquellos despojos sanguinolentos como si nada, la tez normal, el gesto sereno y los ojos bajos.

—¿Sabe tu madre que estás aquí? —dijo de pronto César, buscando con la vista a Lucio Decumio, a quien descubrió al acecho detrás de la tienda.

—Sí, padre, lo sabe —contestó el muchacho con voz profunda.

—Tu hijo ha crecido mucho, ¿verdad? —inquirió Mario.

—Sí —contestó César tratando de conservar la calma—. Sí que ha crecido.

—Ya le van saliendo las pelotas, ¿no crees?

César enrojeció, pero su hijo no mostró turbación alguna y se limitó a mirar a Mario, como deplorando su crudeza. El padre vio que no se amedrentaba y se sintió orgulloso, a pesar de su propio miedo.

—Bien, ahora tengo un par de cosas que hablar con vosotros dos —dijo Mario, amable, a César y a Cinna—. Jovencito, quédate con Burgundus y Lucio Decumio mientras yo hablo con tu tata. — Aguardó a que el pequeño César se hubiese alejado lo bastante y se volvió hacia Cinna y César con gesto de regocijo—. Me imagino que estaréis en ascuas, preguntándoos qué quiero de vosotros.

—Efectivamente —contestó César.

—Pues bien —dijo, con ese preámbulo latiguillo que últimamente repetía sin cesar—, seguramente conozco al pequeño César mejor que tú,
 
Cayo Julio. Qué duda cabe de que en estos últimos años le he tratado más que tú. Es un muchacho extraordinario —prosiguió con voz vacilante, como si reflexionase, y con un fulgor maligno en los ojos—. ¡Sí, ya lo creo, un muchacho verdaderamente extraordinario! Brillante, ¿sabes? Más inteligente que nadie que yo conozca. Figúrate que escribe poemas y obras de teatro. Y se le dan igual de bien las matemáticas. Un dechado, un dechado… Tiene una voluntad de hierro, y bastante mal genio cuando le provocan. Y no le atemorizan los disgustos, ni darlos tampoco.

La mirada maligna aumentó y la comisura derecha de los labios se frunció ligeramente.

—Pues bien, he pensado, ahora que soy cónsul por séptima vez y se ha cumplido el vaticinio de la anciana, que tengo mucho cariño a este muchacho. Le tengo tal afecto que deseo que tenga una vida más asegurada y mejor de la que he tenido yo. El chico es un intelectual increíble, y yo me he dicho ¿por qué no garantizarle la posición que le convendría para estudiar? ¿A qué someter al pequeño a las penalidades de… oh, la guerra… el Foro…, la política?

Cinna y César escuchaban impávidos, sintiéndose como al borde del cráter de un volcán, sin adivinar a dónde quería Mario ir a parar.

—Pues bien —prosiguió éste—, ha muerto nuestro flamen dialis, y Roma no puede carecer del sacerdote especial del Gran Dios, ¿no creéis? Pues aquí tenemos ese niño ideal, Cayo Julio César hijo. Un patricio cuyos padres no han muerto. El candidato perfecto para el cargo de flamen dialis. El único inconveniente es que no está casado, claro. No obstante, Lucio Cinna, tú tienes una hija que no está comprometida, que es patricia y cuyos padres también viven. Si la casases con César hijo, se cumplirían todos los requisitos. ¡Que pareja ideal de flamen y flaminica dialis harían! Y no hay que preocuparse por el dinero para que tu hijo ascienda en el cursus honorum, Cayo Julio, ni hay por qué preocuparse por el dinero para la dote de tu hija, Lucio Cinna. Lo provee el Estado y su alojamiento lo paga el Estado; por consiguiente, su futuro es augusto y seguro. — Se detuvo, sonriendo beatíficamente a los dos padres estupefactos y extendiendo la mano derecha—. ¿Qué me decís?
 
—¡Pero si mi hija no tiene más que siete años! —exclamó Cinna sin salir de su asombro.

—No es ningún impedimento —replicó Mario—. Ya se hará mayor. Seguirán los dos viviendo en sus casas hasta que tengan edad para instalarse en su domus publicus. Naturalmente, el matrimonio no podrá consumarse hasta que la pequeña Cornelia Cinna Minor tenga la edad. Pero no hay ningún impedimento legal para la boda, desde luego —añadió con una risita

—. Bien, ¿qué decís?

—Bueno,  a  mí,  desde  luego,  me  parece  bien  —contestó  Cinna,

francamente aliviado porque lo que quería Mario no fuese más que aquello

—. Confieso que me sería bastante difícil dar la dote a una segunda hija después de lo que costó dotar a la mayor.
—¿Tú qué dices, Cayo Julio?

César miró de reojo a Cinna y entendió perfectamente lo que le decía: acepta por el bien de los dos.
—A mí también me parece bien, Cayo Mario.

—¡Magnífico! —exclamó Mario, esbozando una especie de danza de alegría y volviéndose hacia donde estaba el pequeño César, chascando los dedos; otro hábito reciente en él—. ¡Ven aquí, muchacho!

¡Qué muchacho más interesante!, pensó Cinna, que le recordaba de cuando el hijo de Mario había sido acusado de asesinar al cónsul Catón. ¡Qué guapo! Pero ¿por qué será que no me gustan sus ojos? Me inquietan, me recuerdan… ¡Ah, los de Sila!

—Dime, Cayo Mario —dijo el pequeño César, fijando brevemente la mirada en el rostro del gran hombre, sabiendo perfectamente que había sido el tema de la conversación que no le habían dejado escuchar.

—Acabamos de planificar tu futuro —dijo Mario con melosa complacencia—. Te casaras inmediatamente con la hija menor de Lucio Cinna y serás el nuevo flamen dialís.

El pequeño César no decía nada ni movía un solo músculo de la cara; sin embargo, conforme Mario hablaba, se produjo en él un profundo cambio que nadie habría podido definir.

—Bien, muchacho, ¿qué dices? —inquirió Mario.
 
La pregunta no obtuvo respuesta; el niño había apartado los ojos de Mario y ahora los fijaba en sus pies.

—¿Qué dices? —repitió Mario, comenzando a impacientarse.

Los ojos claros, apenas expresivos, del pequeño se alzaron para clavarse en los de su padre.

—Padre, yo creía que estaba prometido en matrimonio a la hija del rico Cayo Cosutio.

César se ruborizó y apretó los labios.

—Sí, se habló del matrimonio con Cosutia, pero no llegamos a ningún compromiso, y yo prefiero este matrimonio, por el futuro que se te abre.

—Vamos a ver —dijo el pequeño César en tono meditativo—, siendo flamen dialis no puedo ver cadáveres, no puedo tocar nada de hierro, desde tijeras o navajas hasta espadas y lanzas, y no puedo llevar nada con nudos. No puedo tocar cabras, caballos, perros ni hiedra. No puedo comer carne cruda, trigo, pan con levadura ni habichuelas. No puedo tocar cuero de ningún animal sacrificado para obtenerlo. Y tengo interesantes e importantes deberes. Por ejemplo, anunciar la cosecha en la Vinalia; conduzco la oveja en la procesión del souvetaur¡ha; limpio el templo del Gran Dios Júpiter y dispongo la purificación del recinto si alguien muere dentro de él. ¡Sí, cosas muy interesantes e importantes!

Los tres le escuchaban, sin saber por el tono del pequeño si era sarcasmo o ingenuidad.

—¿Qué dices, pues? —inquirió Cayo Mario por tercera vez.

Los ojos azules se alzaron hacia su rostro, y eran tan parecidos a los de Sila, que Mario, por un instante, se imaginó que era él, e instintivamente fue a echar mano a la espada.

—¡Digo… muchas gracias, Cayo Mario! Ha sido muy solícito y considerado por tu parte preocuparte por disponer tan estupendamente mi futuro —dijo el niño con voz neutra, pero sin el menor deje ofensivo—. Tío, comprendo perfectamente por qué te has tomado tanto empeño en cuidar de mi humilde destino. ¡Al flamen dialis no se le oculta nada! Pero también te digo, tío, que nada puede cambiar el destino de un hombre ni impedir que sea lo que esté destinado a ser.
 
—¡Ah, pero no podrás eludir las obligaciones del sacerdote de Júpiter! —exclamó Mario, de nuevo encolerizado, pues le habría gustado ver al muchacho acobardarse, suplicar y llorar.

—¡Sólo faltaría! —replicó el pequeño, sorprendido—. No es eso lo que he querido decir, tío. Te agradezco muy sinceramente esta nueva y hercúlea tarea que me encomiendas. Ahora me voy a casa —añadió, mirando a su padre—. ¿Me acompañas o tienes aún algo que hacer aquí?

—No, voy contigo —contestó César, sorprendido y enarcando una ceja mirando a Mario—. ¿No es cierto, cónsul?

—Por supuesto —contestó Mario, acompañando a padre e hijo, que ya echaban a andar por el bajo Foro.

—Lucio Cinna, ya nos veremos más tarde —dijo César, alzando una mano a guisa de saludo—. Gracias por todo. El caballo es de la legión de Gratidiano y yo no tengo establo.

—No te preocupes, Cayo Julio, ya lo recogerá uno de mis hombres — contestó Cinna, encaminándose al templo de Cástor y Pólux con mucho mejor ánimo del que gozaba cuando había acudido a hablar con Mario.

—Yo creo —dijo Mario, una vez concluidas las despedidas— que celebraremos el enlace de los niños mañana mismo; puede hacerse al amanecer en casa de Lucio Cinna. Luego se reunirán en el templo del Gran Dios el pontífice máximo, el colegio de pontífices, el colegio de augures y los colegios de sacerdotes menores y se celebrará la ceremonia de toma de posesión de los nuevos flamen y flaminica dialis. La consagración tendrá que hacerse cuando vistas la toga viril, jovencito, pero con la toma de posesión se cumplen ya los requisitos legales.

—Te doy de nuevo las gracias, tío —dijo el pequeño.

Pasaban en aquel momento ante los rostra, y Mario se detuvo para extender el brazo hacia las docenas de macabros trofeos que rodeaban la tribuna de oradores.

—¡Mirad eso! —exclamó regocijado—. ¿No es un espectáculo? —Sí, ya lo creo —replicó César.

El hijo siguió caminando a buen paso, sin fijarse —pensó el padre— de que caminaban otros con él. César,miró hacia atrás y vio que los seguía
 
Lucio Decumio a una discreta distancia. El pequeño no habría debido acudir sólo a tan horrible lugar y, pese a lo mucho que le desagradaba Lucio Decumio, le alegró verle cerca al cuidado de su hijo.

—¿Cuánto tiempo hace que es cónsul? —inquirió de pronto el pequeño

—. ¿Cuatro días? ¡Pues parece una eternidad! Yo nunca había visto llorar a mi madre. Hay cadáveres por todas partes, la mitad del Esquilino ha ardido… los rostra están bordeados de cabezas, hay sangre por doquier, los bardiotas, como él los llama, no hacían más que pellizcar los pechos a las mujeres y hartarse de vino. ¡Qué glorioso séptimo consulado! ¡Homero debe andar por la sima que rodea los Campos Elíseos ansiando un buen trago de sangre para cantar la gloria de las hazañas del séptimo consulado de Cayo Mario!

¿Cómo contestar a semejante diatriba? Como nunca estaba en casa y no entendía a fondo a su hijo, César no sabía qué decir.
Cuando llegaron a casa, el niño irrumpió precipitadamente, adelantándose al padre, y, en medio del vestíbulo, vociferó:
—¡Madre!

César oyó el ruido que hacía una pluma de caña al caer, y Aurelia salió precipitadamente de su despacho con cara de espanto. Apenas quedaban restos de su belleza: estaba delgada, con bolsas negras bajo los ojos, la cara fofa y los labios desfigurados.

Clavaba los ojos en el pequeño César, pero en cuanto vio que estaba indemne, se hundió y le temblaron las piernas al ver por quién venía acompañado.

—¡Cayo Julio! —exclamó.

Él la sujetó antes de que cayera, abrazándola.

—¡Ah, cuánto me alegro de que hayas vuelto! —dijo entre los amplios pliegues de la toga de viaje de su esposo—. ¡Es una pesadilla!
—¡Acabaréis de una vez…! —espetó el pequeño. Sus padres se volvieron a mirarle.
—Tengo que decirte algo, madre —añadió él, sin preocuparle otra cosa que su gran turbación.
 
—¿Qué? —inquirió ella distraída, recuperándose de la fuerte impresión de ver a su hijo ileso y a su marido en casa.

—¿Sabes lo que me ha hecho?

—¿Quién, tu padre?

El pequeño hizo un gesto de solemne desprecio.

—¡No, él no! Él únicamente lo ha aprobado, como yo esperaba. ¡No, me refiero a mi querido, amable y previsor tío, Cayo Mario!

—¿Qué te ha hecho Cayo Mario? —inquirió ella con calma, temblando por dentro.

—¡Me ha nombrado flamen dialis! Tengo que casarme con la hija de siete años de Lucio Cinna mañana al amanecer, y luego tomar inmediatamente posesión del cargo —dijo el pequeño entre dientes.

Aurelia se quedó estupefacta y no sabía qué decir. Su reacción inmediata fue de profundo alivio, después del temor que se había apoderado de ella cuando Cayo Mario había ordenado que fuese el pequeño al bajo Foro. Desde que había salido de casa, había estado sumando la misma columna en el libro de registro, pensando en los horrores que ella sólo conocía de oídas y que ahora su hijo iba a ver: las cabezas de los rostra, los cadáveres. El viejo loco.

El pequeño se cansó de esperar un comentario y volvió a hablar.

—No podré ir a la guerra para hacerle sombra en eso; no podré presentarme a cónsul para rivalizar con él; no tendré la oportunidad de que me llamen cuarto fundador de Roma y tendré que pasar el resto de mis días musitando plegarias en un lenguaje que ya nadie entiende, limpiando el templo, estando a disposición de cualquier Lucio Tiddlypuss que necesite purificar su casa… ¡y llevando vestiduras absurdas! —Alzó sus manos de palma cuadrada y largos dedos, hermosamente masculinas, en un gesto de impotencia—. ¡Ese viejo me ha arrebatado lo que por cuna me pertenecía, para figurar él con mayor relieve en los libros de historia!

Ni César ni Aurelia conocían muy bien los mecanismos mentales de su hijo, ni habían tenido el privilegio de saber sus ilusiones para el porvenir, y escuchando aquella apasionada protesta trataban de imaginar un medio para hacerle comprender que lo que había sucedido no tenía vuelta atrás y era
 
inevitable. Había que hacerle ver que lo mejor que podía hacer en aquellas circunstancias era aceptar su destino airosamente.

—¡No seas absurdo! —dijo su padre, optando por la dureza.

Y su madre hizo lo propio, porque era como ella le educaba, enseñándole el deber, la obediencia, la humildad y la discreción; todas las virtudes romanas de que él carecía.

—¡No seas absurdo! —añadió ella—. ¿Tú crees de verdad que podrías rivalizar con Cayo Mario? ¡No hay quien pueda hacerlo!

—¿Rivalizar con Cayo Mario? —repitió el pequeño—. ¡Haré palidecer su brillo como el sol hace con la luna!

—Si así es como consideras ese gran privilegio, Cayo, hijo —replicó ella—, ha hecho muy bien Cayo Mario en darte ese cargo. Es la base que necesitas para afirmar tu posición en Roma.

—¡Yo no quiero una posición asegurada! —clamó el pequeño—. ¡Quiero ganármela! ¡Quiero que mi posición sea el resultado de mis esfuerzos! ¿Qué satisfacción puede aportar un cargo más viejo que la propia Roma, una posición concedida por alguien que únicamente piensa en defender su fama?

—Eres desagradecido —comentó el padre, con gesto severo.

—¡Oh, padre! ¿Cómo puedes ser tan obtuso? ¡Yo no he cometido ninguna falta, sino Cayo Mario! ¡Yo soy quien siempre he sido! ¡No soy desagradecido! Al darme esta carga, que tendré que encontrar el medio para deshacerme de ella, Cayo Mario no ha hecho nada para granjearse mi gratitud! Sus motivaciones son tan impuras como egoístas.

—¿Quieres dejar de darte esa exagerada importancia? —exclamó Aurelia con desesperación—. ¡Hijo, te he venido diciendo desde que eras tan pequeño que tenía que llevarte en brazos que tus ideas son ampulosas y tus ambiciones desaforadas!

—¿Y eso qué importa? —replicó el pequeño, con mayor desesperación aún—. ¡Madre, el único que puede juzgar eso soy yo! ¡Y es una consideración que únicamente se hace al final de la vida… no antes de comenzarla! ¡Y ahora ya no puedo comenzarla!
 
—Cayo, hijo —terció el padre, tratando de darle otro enfoque al asunto —, no nos queda otro remedio. Tú has estado en el Foro y has visto lo que ha sucedido. ¡Si Lucio Cinna, que es el primer cónsul, considera prudente hacer lo que dice Cayo Mario, yo no puedo oponerme! No sólo tengo que pensar en ti, sino también en tu madre y las niñas. Cayo Mario no es ni sombra de lo que fue y está trastornado, pero tiene el poder.

—Si, eso ya lo veo —contestó el pequeño, calmándose algo—. En ese aspecto no tengo ningún deseo de superarle… ni de emularle. Yo jamás haré que corra la sangre por las calles de Roma.

Tan insensible como práctica, Aurelia consideró zanjada la discusión. —Así está mejor, hijo —dijo, asintiendo con la cabeza—. Te guste o no,

vas a ser flamen dialis.

El pequeño miró sucesivamente al hermoso y ajado rostro de su madre y al no menos cansado de su padre con los labios muy prietos y ojos poco afectuosos y no se sintió protegido y menos aún comprendido. De lo que no se daba cuenta era de que él era poco comprensivo con el razonamiento de sus padres.

—¿Puedo marcharme? —inquirió.

—Pero procura no tropezarte con ningún bardiota y no te vayas más allá del local de Lucio Decumio —dijo Aurelia.

—Sólo voy a ver a Cayo Matio.

Se dirigió a la puerta que daba al jardín del pozo de luces de la ínsula:

ya era más alto que su madre, esbelto y muy ancho de hombros.

—Pobre —dijo César, que entendía un poco su postura.

—Ahora ya tiene el futuro asegurado —dijo Aurelia, tensa—. Temo por él, Cayo Julio. No sabe contenerse.


Cayo Matio era el hijo del caballero Cayo Matio, y tenía casi la misma edad que el joven César; habían nacido en la misma casa con el patio de por medio, y se habían criado juntos. Su futuro siempre había sido distinto, lo mismo que sus ilusiones infantiles, pero se conocían como si fueran
 
hermanos y se llevaban mutuamente mucho mejor de lo que suele ser común entre hermanos.

Cayo Matio era más bajo que César hijo, de tez más blanca, rostro atractivo, con boca de gesto amable, y era igual que su padre en todos los aspectos: le atraía el comercio y las leyes mercantiles y estaba encantado de dedicarse a ello de mayor; le encantaba también el jardín y era un manitas para la jardinería.

Se hallaba cavando feliz en «su» rincón del jardín, cuando vio salir a su amigo por la puerta del piso e inmediatamente supo que sucedía algo. Dejó la azada y se incorporó, sacudiéndose la tierra de la túnica porque su madre no quería que entrase en casa sucio, y luego se limpió las manos en la parte delantera.

—¿Qué te pasa? —preguntó muy tranquilo.

—¡Dame la enhorabuena, Pustula! —dijo el joven César con voz cantarina—. ¡Soy el nuevo flamen dialis!

—¡Madre mía! —exclamó Matio, a quien su amigo daba el mote de «Grano» desde pequeño porque siempre había sido mucho más bajo, y se agachó para seguir cavando—. Es una pena, Pavo —añadió en tono de gran simpatía. Llamaba Pavo real a César hijo desde muy pequeños, un día en que sus madres los habían llevado con sus hermanas de excursión a la colina Pinciana, donde había Pavo s reales paseándose y abriendo la cola como complemento a la espuma de los almendros en flor y la alfombra de narcisos. Y desde entonces se había quedado con el apodo.

El joven César se sentó en cuclillas junto a Cayo Matio, tratando de contener las lágrimas, porque ahora la tristeza sucedía a la indignación.

—¡Yo que pensaba ganar la corona de hierba con menos años que Quinto Sertorio! ¡y que pensaba ser el más grande general de la historia… más que Alejandro Magno! Y más veces cónsul que Cayo Mario. ¡Con una dignitas sin par!

—Siendo flamen dialis, tienes una gran dignitas.

—No para mí. La gente respeta el cargo, no al que lo posee.

Matio lanzó un suspiro y volvió a dejar la azada.

—Vamos a ver a Lucio Decumio —dijo.
 
Como era la idea más oportuna, el joven César se incorporó y dijo contento:

—Sí, vamos.

Salieron al Subura Minor por el piso de Matio y subieron por el lateral en cuesta del edificio hasta el cruce con el vicus Patricius. Allí, en el vértice de la ínsula de Aurelia, estaba el local de la cofradía de Lucio Decumio que éste había regentado durante veinte años.

Se encontraba allí, naturalmente. Desde el día de año nuevo no se había movido más que para cuidar de Aurelia y sus hijos.

—¡Vaya, vaya, el Pavo y el Grano! —exclamó jubiloso desde la mesa del fondo en la que estaba sentado—. ¿Un vaso de agua con un chorrito de vino?

Pero ni el joven César ni Matio tenían ganas de vino; movieron la cabeza y se sentaron callados en el banco, enfrente de Lucio Decumio, que les sirvió dos copas de agua.

—Estás muy serio. Ya me figuré que algo pasaba con Cayo Mario. ¿Qué ha sido? —inquirió el suburano, mirando con sus afectuosos ojillos al joven César.

—Cayo Mario me ha nombrado flamen dialis.

Por fin el muchacho veía la reacción que tanto había esperado, pues Lucio Decumio se quedó petrificado, y luego estalló indignado.

—¡Ese vejestorio rencoroso!

—¿Verdad que si?

—Claro, Pavo, te has tirado todos esos meses cuidándole y te conoce de sobra. Eso está claro, porque no es tonto, aunque esté como una regadera.

—¿Qué voy a hacer, Lucio Decumio?

Durante un buen rato, el encargado de la cofradía del cruce no dijo nada y se mordió el labio, pensativo. Luego, su aguda mirada se posó en el rostro del joven y sonrió.

—¡Ahora no lo sabes, Pavo, pero ya se te ocurrirá! —dijo con alegría

—. ¿A qué viene esa murria? Nadie sabe urdir las cosas mejor que tú cuando conviene. Tú, que tan bien vislumbrabas tu futuro sin ningún temor, ¿vas a acoquinarte ahora? Estás sorprendido, muchacho, sencillamente,
 
pero yo te conozco mejor que Cayo Mario y sé que encontrarás una solución. Al fin y al cabo, joven César, esto es Roma, no Alejandría. Y en Roma siempre hay alguna trampa legal.

Cayo Matio Pustula escuchaba sin decir palabra. Su padre se dedicaba a los contratos y las escrituras de propiedad y sabía mejor que nadie lo cierto que era. Pero… Si, eso era cierto en el caso de contratos y leyes, pero el sacerdocio de Júpiter quedaba al margen de toda artimaña legal porque tenía más antigüedad que las Doce Tablas, y no cabía duda de que Pavo César lo sabía perfectamente.

Y Lucio Decumio. Pero el suburano, que era más sensible que los padres del muchacho, se daba cuenta de que era esencial darle alguna esperanza, porque de lo contrario era como condenarle a lanzarse sobre la espada que ahora tenía prohibido tocar. Y Cayo Mario debía saber perfectamente que el joven César no era la persona adecuada para ocupar aquel cargo sacerdotal, porque quizá era un muchacho enormemente supersticioso, pero la religión le aburría. Verse enclaustrado de aquella manera, impedido por leyes y preceptos, le mataría. Sería capaz de matarse por escapar a tal destino.

—Mañana, antes de la toma de posesión, tengo que casarme —dijo el muchacho haciendo una mueca.

—¿Con Cosutia?

—No, con ella no. No tiene alcurnia suficiente para ser flaminica dialis, Lucio Decumio. Me iba a casar con ella sólo por el dinero. Para ser flamen dialis tengo que casarme con una patricia. Así que me van a dar a la hija de Lucio Cinna. Tiene siete años.

—Bueno, eso tampoco importa, ¿no crees? Mejor que tenga siete que no dieciocho, pavíto.

—Quizá —replicó el muchacho, frunciendo los labios y asintiendo con la cabeza—. Tienes razón, Lucio Decumio; ya encontraré una solución.

Pero los acontecimientos del día siguiente frustraron sus esperanzas, y el joven César comprendió lo bien que Cayo Mario le había atrapado. Todos habían temido el paseo desde el Subura al Palatino, pero habían dedicado dieciocho horas seguidas a hacer una limpieza general, como comunicó
 
Lucio Decumio al angustiado muchacho cuando comentaron qué rodeo debían dar para evitar el centro de la ciudad, más por tranquilidad de su madre y sus dos hermanas, ya que él ya había visto lo peor.

—Me han dicho los bardiotas que vuestro hijo no es el único que se casa esta mañana —dijo el suburano—. Cayo Mario hizo que anoche regresara su hijo para casarle. Y el que su hijo viera el espantoso estado de las calles si que preocupaba; así que ahora ya podemos pasar por el Foro, porque han quitado las cabezas, han limpiado la sangre y han enterrado los cadáveres. ¡Cómo si el pobre muchacho no supiera lo que ha hecho su padre!

César miró enfurecido al hombrecillo.

—¿Es que te hablas con esa gente horrorosa? —inquirió.

—¡Claro que si! —contestó Lucio Decumio con desdén—. En mi cofradía tenía…, bueno, tengo, supongo, seis de ellos.

—Ya —comentó César secamente—. Bien, vámonos.

La ceremonia de la boda en casa de Lucio Cornelio Cinna fue según el protocolo de confarreatio, una unión de por vida. La pequeña novia, que aparte de la edad era diminuta, no era tampoco nada precoz. Absurdamente maquillada de rojo y azafrán, y adornada con colgajos de lana y talismanes, vivió toda la ceremonia con la animación y el entusiasmo de una muñequita. Cuando la quitaron el velo del rostro, el joven César vio que tenía hoyuelos y un par de enormes ojos tiernos y oscuros. Sintiendo lástima por ella, le sonrió del modo encantador que él sabía y ella le contestó con un mohín que puso de relieve los hoyuelos y una mirada de adoración.

Unidos a una edad en que la mayoría de padres romanos nobles tan sólo había jugado a hablar de posibles candidatos casaderos, los recién casados fueron acompañados por sus familias hasta el Capitolio y entraron en el templo de Júpiter Optimus Maximus, cuya estatua sonreía fatuamente desde lo alto.

Había otros recién casados presentes. La hermana mayor de Cinna, es decir, Cornelia Cinna, se había casado precipitadamente la víspera con Cneo Domicio Ahenobarbo. La precipitación no estaba motivada por la
 
razón habitual, sino porque Cneo Domicio Ahenobarbo había juzgado prudente salvar la cabeza casándose con la hija del colega de Mario, a quien, de todos modos, estaba prometido. El joven Mario, que había llegado la víspera por la noche, se había casado al amanecer con la hija del pontífice máximo Escévola, la llamada Mucia Tertia para distinguirla de sus dos primas mayores. No se veía aire de felicidad en ninguna de las parejas, pero sobre todo esta ausencia se evidenciaba en el joven Mario y Mucia Tertia, que ni siquiera se conocían y no habían tenido ocasión de consumar su unión, ya que al joven Mario le habían ordenado reintegrarse al servicio nada más concluir la ceremonia.

El joven sabía, desde luego, las atrocidades de su padre y esperaba haber visto a qué extremos había llegado una vez en Roma.

Mario le recibió en su campamento del Foro un breve instante. —Preséntate en casa de Quinto Mucio Escévola al amanecer para

casarte —le dijo—. Lamento no poder asistir, pero estoy muy ocupado. Acudirás con tu esposa a la ceremonia de toma de posesión del nuevo flamen dialis y luego vais a la fiesta que dan en casa del nuevo flamen dialis, pero en cuanto acabe te reincorporas a tu unidad en Etruria.

—¿Por qué no me das la oportunidad de consumar mi matrimonio? — inquirió Mario hijo sin levantar mucho la voz.

—Lo siento, hijo, tendrás que esperar a que todo esté más en orden — contestó Mario—. ¡Vuelve a cumplir con tu deber!

Algo en el rostro del anciano le hacía dudar respecto a lo que su hijo iba a preguntar, pero éste respiró hondo y le dijo.

—Padre, ¿puedo ir a ver a mi madre y dormir allí?

Los ojos de Cayo Mario revelaron aflicción, dolor y angustia, y un temblor agitó sus labios.

—Sí —contestó, volviéndose de espaldas.

El encuentro con su madre fue el momento más terrible en la vida del joven. ¡Aquellos ojos! ¡Cómo había envejecido! ¡Qué triste y abatida! Estaba totalmente encerrada en sí misma y se negaba a hablar de los últimos acontecimientos.

—Quiero saberlo, madre. ¿Qué es lo que ha hecho?
 
—Lo que no hace un hombre en su sano juicio, hijo.

—Desde que estuvimos en Africa sé que está loco, pero no me daba cuenta de que era tan grave. ¡Oh, madre!, ¿cómo podemos reparar el daño?

—Es imposible —contestó ella llevándose la mano a la cabeza y frunciendo el entrecejo—. Hijo, no hablemos de eso —añadió humedeciéndose los labios—. ¿Qué aspecto tiene?

—Entonces, ¿es cierto?

—¿El qué?

—Que no le has visto.

—No, no le he visto, hijo. Ni volveré a verle.

Por el modo en que lo había dicho, Mario hijo no sabía si lo decía por ella, si era un presentimiento o si pensaba que eso es lo que pretendía su padre.

—No tiene buen aspecto, madre. No es el mismo. Ha dicho que no vendrá a mi boda. ¿Tú vendrás?

—Sí, hijo mío; iré.

Después de la boda —¡qué buen aspecto tenía Mucia Tertia!— Julia fue con los invitados a las ceremonias en el templo de Júpiter Optimus Maximus, aprovechando que no iba Mario. La ciudad estaba limpia y ordenada, por lo que el joven Mario no podía imaginar hasta qué extremo habían llegado las barbaridades paternas; y, como era el hijo del gran hombre, no se lo podía preguntar a nadie.

El ritual religioso fue larguísimo y aburrido. Sobre su túnica sin ceñir, el joven César fue revestido con las prendas de su cargo: la incómoda y agobiante capa circular de dos capas de gruesa lana con rayas anchas rojo y púrpura, el ajustado casco puntiagudo de marfil con el solideo de lana y los zapatos especiales sin nudos ni hebilla. ¿Cómo iba a aguantar aquella vestimenta todos los días de su vida? Acostumbrado a sentir la cintura ceñida con un cinturón de cuero que Lucio Decumio le había regalado, con un puñal en su funda, el joven César se notaba algo raro en el torso, y el casco de marfil —hecho para una persona de cabeza más pequeña— no llegaba a taparle las orejas, sino que le quedaba absurdamente elevado sobre el cabello rubio claro. El pontífice máximo Escévola le dijo que no se
 
preocupara, que Cayo Mario iba a obsequiarle con un nuevo apex y ya iría al día siguiente el artesano a casa de su madre para tomarle la medida del cráneo.

Cuando el muchacho vio a su tía Julia, el corazón le dio un vuelco, y mientras los sacerdotes entonaban sus monótonas salmodias, estuvo mirándola fijamente por si ella volvía los ojos hacia él. Julia notaba aquellos ojos clavados en ella, pero no le miró. Había envejecido de repente, exageradamente para sus cuarenta años y su belleza se había enclaustrado tras un muro infranqueable de pesar. Pero al final de las ceremonias, cuando todos se apiñaban para felicitar al nuevo flamen dialis y a la muñequita flamíníca, el joven César pudo ver los ojos de su tía. Y hubiera preferido no verlos. Ella le besó en los labios, como siempre hacía, e inclinó la cabeza en su hombro, derramando unas lágrimas.

—Lo siento, César —musitó—. No podía hacerte nada más alevoso. No hace otra cosa más que herir a todos, incluso a los que no debería. ¡Pero ten en cuenta que no es el mismo!

Finalmente, al ponerse el sol, los asistentes pudieron ir saliendo. El nuevo flamen dialis, con el justísimo apex y la agobiante laena y con los zapatos flojos, porque no tenían cordones ni hebilla para ajustarlos, se dirigió a casa con sus parientes, sus hermanas —en insólita actitud solemne —, su tía Julia y el joven Mario con su esposa. Cinnilla, la nueva flamíníca dialís, ya vestida sin prendas con nudos o hebillas, fue a casa con sus padres, su hermano, su hermana Cornelia Cinna y Cneo Ahenobarbo.

—Cinnilla vivirá con su familia hasta que cumpla dieciocho años —dijo Aurelia en tono alegre a Julia, por hablar de algo mientras tomaban asiento en el comedor para celebrar la cena—. ¡Once años por delante! A esa edad resulta muy largo, pero a la mía, no es nada.

—Es cierto —añadió Julia sin ánimo, colocándose entre Mucia Tertia y Aurelia.

—¡Cuántas bodas! —dijo César alegre, consciente de la cara de aflicción de su hermana; estaba reclinado en el lectus medíus, lugar habitual del anfitrión, y había cedido el sitio de honor a su lado al nuevo flamen dialis, a quien nunca habían permitido comer reclinado y que ahora
 
encontraba aquello tan extraño e incómodo como todo lo que le había sucedido en aquella agitada jornada.

—¿Por qué no ha venido Cayo Mario? —inquirió Aurelia, indiscreta. —Está muy ocupado —contestó ruborizada Julia, encogiéndose de

hombros.

Aurelia pensó que habría debido morderse la lengua y no hizo ningún otro comentario; miró angustiada hacia su marido, como pidiendo ayuda, pero no la obtuvo. Al contrario, el joven César empeoró las cosas.

—¡Tonterías! Cayo Mario no ha venido porque no se ha atrevido —dijo el nuevo flamen dialis, sentándose, de pronto erguido en la camilla y quitándose la laena, que cayó con muy poca solemnidad al suelo, junto a los zapatos especiales—. Así estoy mejor. ¡Qué fastidio! ¡Detesto esta prenda!

Aprovechando aquello como escapatoria a su apuro, Aurelia frunció el entrecejo, mirando a su hijo.

—No seas impío —dijo.

—¿Por decir la verdad? —inquirió el joven César, apoyándose en el codo izquierdo con aire desafiante.

En aquel momento trajeron el primer plato a base de pan blanco crujiente, aceitunas, huevos, apio y ensalada de lechuga.

El nuevo flamen dialis, que tenía un voraz apetito dado que el ritual le había impedido tomar alimento, alargó la mano para coger pan.

—¡No! —exclamó Aurelia, palideciendo.

—¿Por qué no? —replicó sorprendido el muchacho, mirándola de hito en hito.

—No puedes tocar pan blanco que tenga levadura —contestó la madre

—. Aquí tienes tu pan.

Le trajeron una fuente con unas delgadas rebanadas de una sustancia

grisácea, nada apetecible.

—¿Qué es —inquirió el nuevo flamen dialis, mirándolo con gesto de repugnancia—, mola salsa?

—La mola salsa se hace de espelta, que es un trigo —contestó Aurelia, que sabía perfectamente que su hijo no lo ignoraba—. Eso es cebada.
 
—Pan de cebada sin levadura —dijo el joven César con voz apagada—. ¡Hasta los campesinos egipcios comen mejor! Creo que comeré pan normal, porque esto me da asco.

—César, hijo, hoy has asumido el cargo —dijo el padre—, los presagios han sido favorables. Ya eres flamen dialis. Y este día más que nunca deben cumplirse escrupulosamente todos los preceptos. Eres el vínculo directo de Roma con el Gran Dios y todo lo que hagas afecta a esa relación. Tienes hambre, lo sé; y ese pan es bastante malo, sí, pero a partir de hoy debes supeditar tus propias conveniencias al interés de Roma. Come el pan que te corresponde.

Los ojos del muchacho fueron recorriendo los rostros de todos los comensales, y luego lanzó un suspiro, decidido a decir lo que había que decir; lo que ningún adulto se atrevía a decir, atemorizados por la tradición.

—No hay motivo para regocijarse. ¿Cómo vamos a estar contentos? ¿Cómo voy a estar contento? —inquirió, alargando la mano para coger el pan blanco crujiente y cortar un trozo, que mojó en aceite de oliva y se llevó a la boca—. Nadie se molestó en preguntarme seriamente si quería este cargo afeminado —añadió, masticando con placer—. ¡Ah, sí, Cayo Mario me lo preguntó tres veces, lo sé! Pero ¿qué otro remedio me quedaba, queréis decírmelo? Ninguno. Cayo Mario está loco; todos lo sabemos, aunque no lo decimos abiertamente en una cena. Esto me lo ha hecho deliberadamente y no por motivos piadosos, ni relacionados con el bien de Roma, el bien religioso o de otro cariz —prosiguió, deglutiendo el bocado

—. Aún no soy mayor de edad, pero cuando lo sea no pienso vestir estas horribles prendas. Me pondré el cinturón y la toga praetexta y zapatos normales cómodos. Y comeré lo que quiera. Iré al Campo de Marte a hacer la instrucción militar, con la espada, el escudo, el pílum y mi caballo. Cuando sea mayor y mi novia sea mi esposa, ya veremos. Hasta ese momento no pienso actuar como flamen díalís en el seno de mi familia o cuando vaya en contradicción con los deberes normales de un muchacho noble romano.

Un pesado silencio siguió a esta declaración de independencia. Los adultos de la familia no sabían qué responder y por primera vez sentían esa
 
especie de impotencia que el inválido Mario había sentido al chocar con aquella voluntad de hierro. ¿Qué podía hacerse?, se preguntaba el padre, descartando la idea de encerrar al muchacho en su cubículo de dormir, convencido de que no serviría de nada. Aurelia, que era mucho más decidida, había pensado en lo mismo, pero sabía aún mejor que su esposo que sería inútil. La esposa y el hijo de quien había desencadenado semejante desdicha se daban perfecta cuenta de la realidad para enfadarse y sabían su impotencia para cambiar nada. Mucia Tertia, atemorizada por la estatura y buen aspecto del esposo que le había caído en suerte y ajena a un círculo familiar en el que se hablaba con tanta franqueza, se miraba las rodillas. Y las hermanas del joven César, mayores que él y acostumbradas a sus salidas desde pequeñas, se miraban compungidas.

Julia rompió el silencio, diciendo muy tranquila:

—Pienso que tienes razón, César. Con más de trece años, lo mejor que puedes hacer es comer buenos alimentos y hacer mucho ejercicio. Al fin y al cabo, Roma necesitará tu salud y tu saber algún día, aunque seas el flamen dialis. Mira ese pobre viejo Merula: seguro que él jamás había pensado que llegaría a ser cónsul. Y cuando tuvo que asumir el cargo, lo hizo sin que nadie viera en ello menoscabo a su cargo de sacerdote de Júpiter, ni tampoco impiedad.

A Julia, que era la mujer de más edad, le consintieron dar aquella opinión aunque no fuera más que por la sencilla razón de que presentaba a los padres una solución para evitar un definitivo distanciamiento con su difícil hijo.

El joven César comió pan con levadura, huevos, aceitunas y pollo hasta saciar su voraz apetito; luego se dio unas palmaditas en la panza llena. Comía bastante, aunque no le preocupaba la comida, y sabía de sobra que podía haber prescindido del crujiente pan blanco y contentarse con el otro. Pero era mejor que la familia supiese desde el principio lo que opinaba de su nueva posición y cómo pensaba desempeñarla. Si había molestado y creado mala conciencia en tía Julia y su primo Mario con sus palabras, tanto peor. El sacerdote de Júpiter sería vital para el bienestar de Roma, pero él
 
no había elegido ese cargo, y en el fondo de su corazón sabía que el Gran Dios le tenía destinado a cosas muy distintas de la limpieza del templo.

Aparte de la discusión por los preceptos gastronómicos y la declaración de independencia, la cena fue incómoda. Mucho quedó por decir, porque no podía decirse, por el bien de todos. Quizá la candidez del joven César fue lo único que la salvó, pues él desvió la atención de los comensales de las atrocidades cometidas por Cayo Mario, de la locura del gran hombre.

—Cuánto me alegro que haya acabado este día —dijo Aurelia a César camino del dormitorio.

—No quiero volver a vivir otro igual —respondió César, muy afectado. Antes de desvestirse, Aurelia se sentó en el borde de la cama y miró a su marido. Parecía cansado, pero eso siempre era así. ¿Qué edad tenía? Casi cuarenta y cinco. Ya le quedaban pocas posibilidades para el consulado, y él no era un Mario ni un Sila. Sin dejar de mirarle, Aurelia comprendió de pronto que nunca sería cónsul. Gran parte de culpa, pensó, es mía; de haber tenido una esposa menos ocupada e independiente, habría pasado más tiempo en casa estos últimos diez años y habría obtenido más fama en el Foro. El no es un luchador nato. ¿Y cómo va a acudir a un loco a solicitarle fondos para montar una campaña en serio para que le elijan cónsul? No lo hará. No por miedo, sino por orgullo. Además, ahora es dinero manchado de sangre y un hombre honrado no recurriría a él. Y mi esposo es el más

honrado de los hombres.

—Cayo Julio —dijo—, ¿qué podemos hacer con nuestro hijo y su cargo? ¡El chico lo detesta!

—Es natural. De todos modos —añadió con un suspiro—, ahora ya no podré ser cónsul; lo cual significa que a él le costaría muchísimo serlo. Con la guerra que hemos tenido, el dinero ha perdido valor y es como si me hubiese quedado sin los mil iugera de tierra que compré en Lucania porque era muy barata. Además, está demasiado alejada de una ciudad para resultar segura, pienso yo. Después de que Cayo Norbano hizo regresar de Sicilia a los de Lucania el año pasado, los insurgentes se han ocultado en varios lugares, entre ellos mis tierras, y Roma no tiene tiempo, hombres ni dinero para expulsarlos, yo creo que de por vida de nuestro hijo. Así que lo que nos
 
queda es mi primitiva dote: las seiscientas iugera cerca de Bovillae que me regaló Mario. Es suficiente para ocupar un puesto de pedarius en el Senado, pero no para el cursus honorum. Puede decirse que Cayo Mario ha vuelto a hacerse con esas tierras, porque sus tropas las asolaron en los meses pasados, cuando erraban por el Latium.
—Lo sé —dijo Aurelia, entristecida—. Así que nuestro pobre hijo tendrá que conformarse con su cargo sacerdotal, ¿no?

—Eso me temo.

—¡Está tan convencido de que Cayo Mario lo ha hecho aposta…! —Creo que sí —dijo César—. Yo estaba en el Foro cuando lo hizo y se

le notaba descaradamente complacido.

—Ese es el agradecimiento que demuestra hacia nuestro hijo por todo el tiempo que le ha dedicado después del segundo infarto.

—Cayo Mario ya no siente gratitud por nadie. Lo que más me aterró fue el miedo de Lucio Cinna; me dijo que nadie está seguro, ni siquiera Julia y su hijo. Y después de ver a Cayo Mario, le creo.

César se había desvestido y Aurelia vio alarmada que había adelgazado mucho; se le notaban las costillas y los huesos de la cadera, y sus muslos no se tocaban.

—Cayo Julio, ¿te encuentras bien? —le preguntó de sopetón.

—¡Creo que sí! —contestó él, sorprendido—. Quizá un poco cansado, pero no estoy enfermo. Será seguramente por esa estancia en Ariminum. Después de estar tres años con Pompeyo Estrabón yendo de arriba abajo, no queda casi nada en Umbría y Picenum para alimentar a las legiones, y Marco Gratidiano y yo teníamos raciones escasas. Si uno no puede alimentar bien a la tropa, tampoco puede regalarse comiendo. Casi todo el tiempo me lo he pasado yendo de un lado a otro en busca de provisiones.

—Pues te alimentaré con lo mejor que haya —dijo ella, iluminándosele el rostro con una de sus mejores sonrisas—. ¡Oh, me gustaría pensar que las cosas van a ir mejor! Pero tengo el horrible presentimiento de que van a empeorar —añadió, poniéndose en pie y comenzando a despojarse de la túnica.
 
—Opino como tú, meum mel —dijo él, sentándose en su lado de la cama y balanceando las piernas—. De todos modos, mientras vivamos, esto nadie nos lo puede quitar —añadió con un suspiro de fruición, cruzando las manos en la nuca, sobre la almohada.

Ella se tumbó a su lado y hundió la cara en su hombro; él la rodeó con el brazo izquierdo.

—Una cosa muy bonita —dijo ella con voz ronca—. Te quiero, Cayo Julio.


Cuando amanecía el sexto día del séptimo consulado de Mario, él y su tribuno de la plebe Publio Popilio Laenas convocaron otra Asamblea plebeya. En el «aprisco» sólo estaban los bardiotas de Mario; llevaban dos días con órdenes de cesar en sus desmanes y habían limpiado la ciudad, desapareciendo de la circulación. Pero Mario hijo había regresado a Etruria y la tribuna de los rostra volvía a exhibir las macabras cabezas. Sólo había tres personas en la tribuna: Mario, Popilio Laenas y un preso encadenado.

—¡Este hombre —gritó Mario— quiso darme muerte! Cuando yo, viejo e inválido, huía de Italia, la ciudad de Minturnae me dio albergue, hasta que una tropa de asesinos a sueldo obligó a los magistrados de la ciudad a ordenar mi ejecución. ¿Veis a mi buen amigo Burgundus? ¡A él le designaron para que me estrangulase en la mazmorra del capitolio de Minturnae! ¡Allí yacía yo, solo y cubierto de barro! ¡Y desnudo! ¡Yo, Cayo Mario! ¡El hombre más grande de la historia de Roma! ¡Más grande que Alejandro de Macedonia! —dijo de corrido; miró perplejo, pensó y sonrió

—. Burgundus no quiso estrangularme. Siguiendo el ejemplo de un esclavo germano, toda la ciudad de Minturnae se opuso a que me matasen. Pero antes de que los asesinos a sueldo, ¡una pandilla de miserables, que ni siquiera eran capaces de hacerlo ellos mismos!, se fueran de Minturnae, pregunté al que los mandaba quién los había contratado. «Sexto Lucio», me dijo.

Mario volvió a sonreír, se abrió de piernas y esbozó una especie de danza.
 
—Cuando me eligieron cónsul por séptima vez, ¿qué otro ha sido cónsul de Roma siete veces?, me complací en dejar que Sexto Lucilio creyese que nadie sabia quién había alquilado a aquellos sicarios, y durante cinco días ha cometido la estupidez de quedarse en Roma pensando que no corría peligro. Pero esta mañana, antes de que amaneciera y se hubiese levantado, envié a mis lictores a que lo prendiesen. ¡Se le acusa de traición por haber intentado matar a Cayo Mario!

Nunca había habido un juicio más breve ni un veredicto más implacable; sin deliberación del jurado, sin testigos, sin ajustarse al procedimiento jurídico, los bardiotas de la asamblea dieron el veredicto de culpable para Sexto Lucilio. Y a continuación le condenaron a ser arrojado desde la roca Tarpeya.

—Burgundus, a ti te encomiendo la tarea de arrojarle —dijo Mario a su gigantesco criado.

—Lo haré con mucho gusto, Cayo Mario —dijo el germano con su vozarrón.

Todos se desplazaron hacia un lugar desde el cual pudieron ver mejor la ejecución; pero Mario permaneció en los rostra con Popilio Laenas, ya que desde lo alto de la tribuna había una buena vista del Velabrum. Sexto Lucilio, que nada había alegado en su defensa, y cuya única expresión había sido de desprecio, fue a la muerte valientemente. Cuando Burgundus, que a lo lejos aparecía como una gran figura dorada, le condujo hasta el borde del abismo, no esperó a que le cogiera y le arrojase; fue él quien dio el salto, y a punto estuvo de arrastrar al gigante con él, porque Burgundus no había soltado las cadenas.

Aquella osadía, que había puesto en peligro la vida del germano, indignó furiosamente a Mario. Con el rostro congestionado, farfullaba sofocado toda clase de improperios ante el consternado Popilio Laenas.

La escasa luz que aún iluminaba su mente quedó anegada por una hemorragia. Cayo Mario se derrumbó sobre los rostra, desnucándose, mientras los lictores se arremolinaban en torno a él y Popilio Laenas pedía a gritos una camilla o una litera. El cadáver de Cayo Mario yacía en tierra, rodeado de las cabezas de sus antiguos rivales y enemigos; unos cráneos
 
que enseñaban los dientes en macabra sonrisa, pues los pájaros habían dado cuenta de los labios.

Cinna, Carbón, Marco Gratidiano, Magio y Virgilio llegaron corriendo desde la escalinata del Senado, apartando a los lictores.

—Aún respira —dijó Gratidiano, su sobrino adoptivo.

—Lastimoso —dijo Carbón con un soplo de voz.

—Llevadle a casa —ordenó Cinna.

Los bardiotas de la guardia personal ya se habían enterado y comenzaban a congregarse al pie de la tribuna, llorosos y algunos lanzando estrafalarios plañidos.

Cinna se volvió hacia el jefe de sus lictores.

—Que vaya alguien al Campo de Marte para que Quinto Sertorio comparezca inmediatamente —dijo—. Cuéntale lo que ha sucedido.

Mientras los lictores de Mario le transportaban en unas parihuelas, seguidos colina arriba por bardiotas que no cesaban de plañir, Cinna, Carbón, Mario Gratidiano, Magio, Virgilio y Popilio Laenas descendieron de la tribuna para aguardar la llegada de Quinto Sertorio y se sentaron en la grada superior de la hondonada de votaciones, tratando de sobreponerse.

—¡No acabo de creerme que siga con vida! —dijo Cinna perplejo. —Creo que sería capaz de levantarse y echar a andar si alguien le

metiera entre las costillas los tres palmos de una buena espada romana — añadió Virgilio torciendo el gesto.

—¿Qué piensas hacer, Lucio Cinna? —inquirió el sobrino adoptivo de Mario, que estaba de acuerdo con la actitud de los demás pero no podía hacerlo ver, y por eso había optado por cambiar de tema.

—No lo sé exactamente —contestó Cinna, ceñudo—. Por eso aguardo a que venga Quinto Sertorio, a ver qué me aconseja.

Al cabo de una hora llegaba Sertorio.

—Es lo mejor que ha podido suceder —dijo nada más llegar, pensando sobre todo en Mario Gratidiano—. No te sientas desleal, Marco Mario; tú eres sobrino adoptivo y tienes menos sangre de los Marios que yo. Pero aunque mi madre sea pariente de él, puedo decir sin temor ni mala
 
conciencia que el destierro le hizo enloquecer. Ya no es el Cayo Mario de antes.

—¿Qué hacemos, Quinto Sertorio? —inquirió Cinna.

—¡Cómo que qué hacemos, Lucio Cinna! —replicó Sertorio, atónito—.

¡Tú eres el cónsul! Eres tú quien debe decidirlo, no yo.

—¡No tengo ninguna duda respecto al deber de un cónsul, Quinto Sertorio! —espetó Cinna, enrojecido, con un brusco ademán—. Te he convocado para decidir el mejor modo de deshacernos de los bardiotas.

—Ah, ya —contestó Sertorio pausadamente. Aún llevaba el vendaje en el ojo izquierdo, pero ya no le supuraba y parecía bien adaptado a la mutilación.

—Hasta que los bardiotas no estén desmovilizados, Roma sigue siendo de Mario —dijo Cinna—. Lo que sucede es que dudo mucho que se dejen desmovilizar. Le han cogido gusto a sembrar el terror en la ciudad y no creo que vayan a parar porque Mario esté incapacitado.

—Se les puede parar —dijo Sertorio con aviesa sonrisa—. Los mato. —¡No, no! —exclamó horrorizado Cinna—. ¿Otra batalla en las calles

de Roma después de estos seis días…?

—¡Ya sé qué hacer! —insistió Sertorio, impaciente por los inoportunos comentarios—. Lucio Cinna, mañana al amanecer convocas a sus jefes aquí en los rostra; les dices que, en sus últimos momentos, Mario pensó en ellos y entregó dinero para pagarles. Eso quiere decir que deben verte hoy acudir a casa de Mario y estar allí un buen rato para que parezca que has estado hablando con él.

—¿Y por qué tengo que ir a su casa? —inquirió Cinna, poco animado por la idea.

—Porque los bardiotas se pasarán todo el día y la noche en la calle donde está la casa de Mario, esperando noticias.

—Si, claro, lo harán —dijo Cinna—. Perdona, Quinto Sertorio, ya no sé ni pensar. ¿Y entonces, qué?

—Les dices a los jefes que has dispuesto que sus tropas reciban la paga en la Villa Publica del Campo de Marte en la segunda hora diurna —
 
contestó Sertorio, mostrando los dientes—. Yo estaré al acecho con mis hombres, y será el fin del reinado de terror de Cayo Mario.


Cuando Cayo Mario llegó en la camilla a su casa, Julia le contempló con profunda aflicción e infinita compasión. Venía con los ojos cerrados y su respiración era un estertor.

—Es el fin —dijo a los lictores—. Marchaos a casa, honrados servidores del pueblo. Yo me ocuparé de él.

Ella misma le bañó, le afeitó la barba de seis días, le vistió con una túnica blanca limpia, ayudada por Estrofantes, y mandó tenderle en su cama. Sin verter una sola lágrima.

—Avisa a mi hijo y a la familia —dijo después al mayordomo—. Aún no ha muerto, pero morirá.

Se sentó en una silla junto al lecho del gran hombre, dio nuevas instrucciones a Estrofantes, con el siniestro ruido de fondo del estertor, para que preparase las habitaciones de huéspedes, no faltase comida, en la casa estuviese todo en orden y para que hiciese venir al mejor enterrador del gremio.

—¡Yo no sé quién puede ser! —añadió, un tanto sorprendida—. En todos los años que llevo casada con Cayo Mario, el único muerto de esta casa ha sido nuestro segundo hijito, y como el abuelo César aún vivía, fue él quien se ocupó de todo.

—A lo mejor se recupera, domina —dijo el lloroso mayordomo, que se había hecho mayor durante aquellos años al servicio de Mario.

—No, Estrofantes, no se recuperará —dijo Julia, negando con la cabeza. Su hermano Cayo Julio César, su esposa Aurelia, los hijos de éstos, el joven César y sus hijas Lia y Ju-ju, llegaron a mediodía; Mario hijo, como tenía un largo viaje, no llegó hasta el anochecer. Claudia, la viuda del otro hermano de Julia, no quiso estar presente, pero envió a su hijo —otro joven Sexto César— en representación de la rama familiar. Marco, el hermano de Mario,  hacía  años  que  había  muerto,  pero  acudió  su  hijo  adoptivo Gratidiano. También acudieron Quinto Mucio Escévola, pontífice máximo,
 
y su segunda esposa Licinia; su hija, Mucia Tertia, ya estaba, por supuesto, en casa de Mario.

Hubo muchas visitas, aunque muchísimas menos de las que habría habido un mes antes. Catulo César, Lucio César, Antonio Orator, César Estrabón, Craso el Censor. Ya no hablaban ni veían. Lucio Cinna acudió varias veces; la primera a pedir excusas de parte de Quinto Sertorio.

—En este momento no puede dejar su legión.

Julia le miró suspicaz, pero se limitó a comentar:

—Dile al querido Quinto Sertorio que lo comprendo perfectamente y… que estoy de acuerdo.

¡Esta mujer se percata de todo!, pensó Cinna, estremeciéndose.

Se marchó lo antes que pudo, dado que tuvo que quedarse un buen rato para fingir que había hablado con Mario.

El velatorio fue constante, y todos los miembros de la familia se turnaron junto al lecho del agonizante, de cuyo lado no se apartó Julia un solo instante. Cuando llegó su turno, el joven César se negó a entrar en la habitación.

—No puedo ser testigo de muertes —dijo, con cara de bobo.

—Cayo Mario aún no ha muerto… —dijo Aurelia, mirando a Escévola y a su esposa.

—Puede morir mientras yo esté con él. Y no debe suceder —dijo el muchacho con firmeza—. Cuando haya muerto y se hayan llevado el cadáver, procederé a un ritual de purificación de la estancia.

El destello sardónico de su mirada fue tan leve, que sólo su madre lo notó. Lo advirtió, y sintió que se quedaba privada de la palabra, porque era la muestra del odio perfecto: ni excesivo, ni distanciado, y bastante premeditado.

Cuando Julia por fin aceptó descansar, después de que su hijo la arrastrase prácticamente del lecho del moribundo, fue el joven César quien la acompañó y la hizo sentarse en su gabinete. Aurelia, que estaba a punto de levantarse, vio otra cosa en la mirada de su hijo y desistió inmediatamente. Ya no le dominaba: aquel jovencito era libre.
 
—Tienes que comer algo —dijo el muchacho a su querida tía, haciendo que se tumbara en la camilla—. Ahora viene Estrofantes.

—¡De verdad, no tengo hambre! —contestó ella con un susurro, con el rostro tan blanco como el cobertor de lino blanqueado que el mayordomo había extendido sobre la camilla; ella dormía en el lecho que compartía con Cayo Mario, y no tenía otro.

—Con hambre o sin hambre, vas a tomar un poco de sopa caliente — replicó el joven César en un tono al que ni el propio Mario habría opuesto resistencia—. Es preciso, tía Julia. Esto puede durar días; no va a ceder tan fácilmente a la muerte.

Llegó la sopa con unos trozos de pan recién hecho. El sobrino le hizo tomar la sopa con los tostones, sentado en el borde de la camilla, tranquilo, afectuoso e implacable. Y no la dejó hasta que hubo acabado el cuenco; quitó, entonces, la mayor parte de los almohadones, la tapó y le apartó con ternura los cabellos de la frente.

—Qué bueno eres conmigo, Cayo Julio —dijo con ojos velados por el sueño.

—Sólo lo soy con los que quiero —dijo él—. Sólo con los que quiero. Tú y mi madre. Nadie más —añadió tras una pausa, inclinándose para besarla en los labios.

Mientras dormía aquel sueño de varias horas, estuvo sentado a su lado, velándola; sentía pesados los párpados, pero no dejó que el sueño le venciese. Estaba absorbiendo con toda la intensidad de su ser aquella escena para guardarla en su memoria. Nunca más volvería a ser de él de aquel modo, allí, dormida.

Su despertar rompió el encanto, por supuesto. Ella iba a ceder al pánico, pero se calmó cuando su sobrino le aseguró que el estado de Cayo Mario no había sufrido ningún cambio.

—Ve a tomar un baño —dijo el irreductible enfermero—; cuando vuelvas te tendré preparado pan con miel. Cayo Mario no se da cuenta de si estás o no a su lado.

El sueño y el baño hicieron que recuperase el apetito, y comió el pan con miel, y el joven César permaneció encogido y serio en su silla, hasta
 
que ella se levantó.

—Te acompaño —dijo—, pero no puedo entrar.

—No, claro que no. Ahora eres flamen dialis. ¡Cuánto lamento que no te guste serlo!

—No te preocupes por mi, tía Julia. Ya lo arreglaré.

—Te agradezco todo lo que has hecho, Cayo Julio —dijo ella, tomándole la cara entre las manos y besándole—. Eres una delicia.

—Lo hago únicamente por ti, tía Julia. Por ti daría mi vida —añadió sonriente—. Quizá no esté muy lejos de la verdad decir que ya la he dado.


Cayo Mario murió una hora antes del amanecer, cuando más tenue es el latido de la vida y ladran los perros y cantan los gallos. Era el séptimo día de coma y el decimotercero de su séptimo consulado.

—Un número de mala suerte —dijo el pontífice máximo Escévola, estremeciéndose y retorciendo las manos.

De mala suerte para él, pero de suerte para Roma, fue lo que pensaron casi todos los presentes.

—Hay que hacerle un funeral oficial —dijo Cinna nada más llegar, esta vez acompañado por su esposa Annia y su hija pequeña Cinnilla, esposa del flamen dialis.

Pero Julia, con los ojos secos y muy serena, movió la cabeza resueltamente.

—No, Lucio Cinna, no habrá funeral oficial —dijo—. Cayo Mario tenía fortuna suficiente para pagar los gastos del entierro. Roma no está en condiciones de imponer su criterio en cuestión de finanzas. Y yo no quiero nada ostentoso. Un acto íntimo para la familia. Lo que significa que no quiero que trascienda la noticia de su muerte hasta que haya concluido el entierro. ¿Hay algún modo de deshacerse de esos horribles esclavos que había enrolado? —añadió con una mueca, estremeciéndose.

—Eso ya se arregló hace seis días —contestó Cinna, enrojeciendo. Era un hombre incapaz de disimular sus sentimientos—. Quinto Sertorio les pagó en el Campo de Marte y les hizo abandonar Roma.
 
—¡Ah, sí, claro! Se me había olvidado —dijo la viuda—. ¡Muy amable por parte de Quinto Sertorio de solucionar nuestras contrariedades! — Ninguno de los presentes sabía que hablaba con ironía, y ella miró a su hermano César—. ¿Has recogido el testamento de Cayo Mario de las Vestales, Cayo Julio?

—Aquí lo tengo.

—Pues leámoslo. Quinto Mucio, ¿quieres hacerlo tú? —añadió, dirigiéndose a Escévola.

Era un breve testamento y resultó ser de fecha muy reciente. Mario lo había redactado mientras estaba acampado con sus tropas al sur del Janículo. La mayor parte de sus bienes eran para su hijo, dejando lo más posible legalmente a Julia. Legaba un décimo de su fortuna a su sobrino adoptivo, lo que significaba que Marco Mario Gratidiano era un hombre rico. Al joven César le dejaba el esclavo germano Burgundus, en agradecimiento a todo el tiempo que le había dedicado en la niñez, ayudándole a recuperarse físicamente de la parálisis del lado izquierdo.

¿Por qué has hecho eso, Cayo Mario?, se dijo el muchacho para sus adentros. ¡No es por lo que dices! ¿No será para truncar mi carrera pública si consigo zafarme de este cargo sacerdotal? ¿Será para que él me mate si emprendo la carrera pública que tú no quieres? Bien, viejo, dentro de dos días serás ceniza, pero yo no voy a hacer lo que un hombre prudente haría, que es matar a ese bruto cimbro. El te quería, igual que te quise yo, y es una triste recompensa para el cariño ser condenado a muerte, ya sea del cuerpo o del espíritu. Así que me quedaré con Burgundus y haré que me cobre afecto.

El flamen dialis se volvió hacia Lucio Decumio.

—Aquí ya nada tengo que hacer —dijo—. ¿Te vienes a casa conmigo? —¿Ya te vas? ¡Qué bien! —dijo Cinna—. Haz el favor de llevarte a

Cinnilla a casa, que la pobre ya está aburrida.

El flamen dialis miró a su flaminica de siete años.

—Vamos, Cinnilla —dijo, dirigiéndole aquella sonrisa que él sabía obraba maravillas en las mujeres—. ¿Hace buenos pasteles tu cocinero?
 
Escoltados por Lucio Decumio, los dos jóvenes salieron al clivus Argentarius y descendieron hacia el Foro. Ya había salido el sol, pero todavía sus rayos no estaban lo bastante altos para iluminar el fondo del húmedo barranco, la razón de ser de Roma.

—¡Mira! ¡Han vuelto a quitar las cabezas! Lucio Decumio, no sé yo — musitó el flamen dialis al rozar su pie la primera piedra del borde de la hondonada de las votaciones— si la presencia de la muerte, donde se ha producido, se limpia con una escoba corriente o con una escoba especial. Dio un saltito y cogió de la mano a su esposa—. Tendré que mirar en los libros de ritos. ¡Sería horroroso desviarse un ápice del rito con mi benefactor Cayo Mario! Aunque no haga otra cosa, tengo que limpiar por completo los vestigios de Cayo Mario.

Lucio Decumio se sintió profeta, no porque tuviera facultades, sino movido por el afecto.

—Tú serás mucho más grande que Cayo Mario —dijo.

—Ya lo sé —comentó el joven César—. Lo sé, Lucio Decumio, lo sé.
 















NOTA DE LAAUTORA


El primer hombre de Roma, que fue el libro inicial de esta serie de novelas, presentaba el telón de fondo de un mundo muy remoto. Luego, la longitud total del proyecto me ha obligado a reducir los detalles a lo necesario para presentar personajes y asuntos que de alguna manera ya están establecidos, pues son historia.
Se ha evitado en lo posible los anacronismos, pero a veces una palabra o frase anacrónica es el único camino para hacerse comprender. No hay muchos. Quisiera aclarar a mis lectores que cada uno de ellos ha sido cuidadosamente considerado antes de recurrir a el. Al fin y al cabo estoy escribiendo en inglés para un público que se halla a dos mil años de la gente y de los hechos que componen estos libros; incluso los mayores eruditos actuales en este período han recurrido ocasionalmente a los anacronismos.

El glosario que sigue ha sido reescrito. Se han eliminado algunos artículos e introducido otros nuevos. Ahora hay entradas como Arausio, batalla de; Saturnino; el Oro de Tolosa; hechos o personas que ya estaban presentes en El primer hombre de Roma y que ahora se convierten en partes de la historia por lo que se refiere a La corona de hierba.

Se repiten algunos retratos, porque estos personajes aún son importantes. Se han añadido otros. Los rasgos de Mario, Sila, el rey Mitrídates y el joven Pompeyo son auténticos, los demás se han tomado de bustos anónimos (es decir, no identificados) de la época republicana. Como
 
no se conocen retratos republicanos famosos en su juventud, la descripción del joven Pompeyo es la primera que he «rejuvenecido». Se trata del famoso busto de Pompeyo a los cincuenta años aligerado del peso de la edad y quitándole las arrugas. Lo he hecho así porque Plutarco nos asegura que en su juventud Pompeyo era lo bastante atractivo y hermoso como para recordar a sus contemporáneos a Alejandro el Grande, ¡hombre muy difícil de ver a media edad!

El estilo de los mapas ha cambiado un poco. Uno aprende con la experiencia y actualmente tengo la oportunidad de enmendar errores de estilo anteriores, un lujo de que dispongo porque voy escribiendo sucesivamente.

Una aclaración sobre la bibliografía. A aquellos que me han escrito (a la atención del editor) pidiendo una copia, ¡no desesperéis! Está en camino, si no ha llegado ya. El problema es que he escrito dos novelas - cada una de más de 400.000 palabras y con varias redacciones- en doce meses. No me ha sobrado tiempo, y la elaboración de una bibliografía es una tarea abrumadora. Afortunadamente ya la he terminado.

Debo dar las gracias a unas cuantas personas cuyo nombre menciono, pero hay otras muchas que no puedo nombrar por ser demasiado numerosas. A mi asesor especialista en época clásica, Dr. Alanna Nobbs de la Universidad Macquarie de Sydney. A Miss Sheelah Hidden. A mi agente, Frederick T. Mason. A mis colaboradores, Carolyn Reidy y Adrian Zackheim. A mi marido, Ric Robinson. A Kaye Pendíenton, Ria Howell, Joe Nobbs, y a todo el equipo.

El título provisional del próximo libro será El sol naciente.
 















GLOSARIO


abogado. Término empleado por los eruditos modernos para referirse al que intervenía ante los tribunales romanos.
Absolvo. Término latino que utilizaba el jurado para declarar inocente al acusado. Se utilizaba en los tribunales exclusivamente, no en las asambleas. aedile. Había cuatro magistrados romanos con el cargo de ediles; dos de ellos eran los ediles plebeyos y dos los ediles curules. Sus obligaciones se circunscribían a la ciudad de Roma. Los ediles plebeyos se instituyeron en 493 a. JC., elegidos por la Asamblea plebeya, para ayudar en sus tareas a los tribunos de la plebe, pero más en concreto para proteger los derechos de la plebe respecto a su sede, el templo de Ceres en el foro Boario. Pronto heredaron la responsabilidad de conservar todos los edificios de la urbe, la custodia del archivo de los plebiscitos aprobados en la Asamblea plebeya y todos los decretos senatoriales relativos a la aprobación de plebiscitos. En 367 a. JC. se crearon dos ediles curules, elegidos por la Asamblea del pueblo entre las tribus, para que los patricios compartieran la custodia de los edificios públicos y los archivos, pero no tardaron mucho los cuatro ediles en ser indistintamente plebeyos o patricios. A partir del siglo III a. JC., los cuatro tenían a su cargo el mantenimiento de las calles de Roma, el abastecimiento de agua, los desagües y alcantarillados, el tráfico, los edificios, monumentos y dependencias públicos, los mercados, los pesos y medidas (cuyos modelos originales se guardaban en el templo de Cástor y Pólux), los juegos y el abastecimiento público de grano. Tenían poder para
 
multar tanto a los ciudadanos como a los que no lo fueran por la infracción de cualquier precepto relacionado con lo anterior, y guardaban en sus arcas esos fondos para contribuir a los juegos. La edilidad —plebeya o curul— no formaba parte del cursus honorum, pero debido a los juegos constituía un medio útil para que un pretor adquiriese popularidad.

Aesernia. Pequeña ciudad al noroeste del Samnio a la que se le concedieron derechos latinos en 263 a. JC. para fomentar la lealtad de sus habitantes a Roma en vez de al Samnio, enemigo tradicional de los romanos.

África. En tiempos de la república, el vocablo Africa se aplicaba principalmente a la parte de la costa norte en torno a Cartago, la actual Tunícía.

África, provincia de. La parte de Africa que pertenecía en rigor a Roma. Básicamente correspondía a la región en que estaban situadas Cartago y Utica y estaba rodeada por la vasta Numidia.

ager publicus. Tierra de propiedad pública romana, adquirida en su mayoría por derecho de conquista o por expropiación a sus propietarios en castigo por deslealtad, sobre todo en el caso del ager publicus situado en la península italiana. La arrendaba el Estado por medio de los censores, en una modalidad que favorecía los latifundios. Había ager publicus romano en todas las provincias y en la Galia itálica además de en la península. La extensión más famosa de los distintos ager publicus en Italia era el ager Campanus, antigua propiedad de la ciudad de Capua y confiscada por Roma tras diversas sublevaciones de esta ciudad.

Agger. El tramo doble de muralla enormemente fortificado que protegía a Roma por su lado más vulnerable, el Campus Esquilinus, y que formaba parte de la muralla serviana.

aliados. Ya desde los primeros tiempos de la república romana, sus magistrados otorgaban el título de «Amigo y Aliado del Pueblo de Roma» a pueblos yio naciones que la habían prestado ayuda en momentos de apuro (generalmente bélicos). Los primeros aliados eran de la península itálica, pero con el tiempo todos los pueblos itálicos que no poseyeran plena ciudadanía romana o derechos latinos fueron considerados aliados. Roma
 
garantizaba protección militar y otros privilegios a cambio de tropas armadas pagadas por los aliados. El título fue concediéndose a los pueblos y naciones extranjeros; así, los eduos de la Galia Cabelluda y el reino de Bitinia eran considerados oficialmente aliados. A los pueblos itálicos se les denominaba fundamentalmente «aliados», mientras que a las naciones extranjeras se les daba el título completo de «Amigo y Aliado del Pueblo de Roma».

Amor. Es lo mismo que Roma al revés y los romanos de la época de la república solían creer que «Amor» era el nombre críptico y vital de su ciudad.

amphora, amphorae. Vasija de cerámica de forma alargada con cuello estrecho y dos asas, terminada en punta, lo que impedía que quedase en el suelo en posición vertical. Se utilizaba para el transporte (marítimo generalmente) de trigo, vino o aceite; gracias a la punta se estibaba cómodamente en el serrín que llenaba la bodega de la nave o el interior del carro, y así hacía el viaje bien protegida en posición vertical y, además, se la podía arrastrar fácilmente por el suelo durante las operaciones de carga y descarga. La capacidad de un ánfora venía a ser de unos veinticinco litros.

Anatolia. Aproximadamente la Turquía asiática actual. Se extendía desde la ribera sur del mar Euxino (mar Negro) hasta la costa norte del Mediterráneo, y desde el Oeste del mar Egeo hacia el este, confinando con las actuales Armenia rusa, Irán, Irak y Siria. Las cordilleras del Taurus y el Anti-Taurus daban una accidentada orografía a su interior y a gran parte de la costa, pero ya entonces era una tierra fértil y cultivable con clima interior continental.

Aníbal. Príncipe cartaginés, caudillo de su pueblo en la segunda de las tres guerras (púnicas) emprendidas contra Roma. Nació en 247 a. JC., era hijo de Amílcar y ya siendo niño se instruyó en el arte de la guerra en España, donde su padre era gobernador y él pasó su juventud. En 218 a. JC., Aníbal invadió Italia en una operación relámpago que desorientó a los romanos, cruzando inopinadamente los Alpes (con elefantes) por el monte Genevre, campando libremente por la Galia itálica y la península y derrotando a los ejércitos romanos en Tessino, Trebia, Trasimeno y Cannas.
 
Pero Quinto Fabio Maximo Verrucosis Cunctator ingenió una estrategia que sirvió para agotar a los cartagineses, siguiéndole incansable los pasos sin jamás presentar batalla ni entrar en combate; de ahí la expresión «táctica fabiana». Como Fabio Máximo siempre se hallaba pisándole los talones, Aníbal no osó atacar Roma y, después, comenzaron a abandonarle los aliados itálicos. Una vez forzado su reducto en Campania, Fabio Máximo fue haciéndole retroceder hasta el sur de la península, y el cartaginés perdió la batalla (verbal) de Tarento casi al mismo tiempo que su hermano Asdrúbal era derrotado en el río Metaurus en Umbría. Acorralado en Bruttium —la punta de la bota de la península— Aníbal se vio obligado a evacuar por mar su incólume ejército a Cartago en 203 a. JC. Fue vencido en Zama por Escipión el Africano e intentó coaligarse contra Roma con Antioco el Grande de Siria, pero se vio forzado a huir de Cartago y refugiarse en aquel país. Al someter Roma a Antioco, Aníbal tuvo que huir y se cree que vagó por Armenia, en donde ayudó al rey Artaxias a planificar y construir la capital de Artaxata. Una corte oriental no podía complacer al cartaginés, que cruzó la Anatolia y fue a parar en la corte del rey Prusias de Bitinia. En 188 a. JC., Roma exigió su entrega, y Aníbal optó por el suicidio. Fue un empedernido —y admirado— enemigo de los romanos.

Antioco. Nombre genérico de muchos reyes sirios y de otros pequeños reinos de esa región de Oriente Medio.

Apulia. Zona sudeste de Italia, que se extendía desde el Samnio al norte hasta la antigua Calabría en el sur. Una tierra fértil cuando llovía, pero la escasez de lluvia era endémica y sus habitantes, los apuleos, eran considerados miseros y retrasados. Las ciudades principales eran Lucena, Venusia, Barium y Canusium.

aquilifer. Probablemente fue una creación de Cayo Mario, cuando concedió a las legiones las águilas de plata. El aquilifer era el mejor soldado, que portaba el águila de plata de su legión y debía impedir que cayera en manos del enemigo. A guisa de distinción iba revestido con una piel de lobo o de león y las condecoraciones que hubiera ganado por su valor.
 
Arausio, batalla de. El 6 de octubre de 105 a. JC., tres pueblos germánicos —cimbros, teutones y tigurinos/marcomanos/queruscos— que llevaban quince años en constante migración, se enfrentaron a Roma en una batalla cerca de la ciudad de Arausio en el valle del Rhodanus (el Ródano). Debido a una absoluta falta de coordinación entre los dos comandantes romanos, Cneo Malio Máximo y Quinto Servilio Cepio, las fuerzas romanas quedaron separadas y desastrosamente dispuestas, experimentando la mayor derrota en la historia de la República y pereciendo en el enfrentamiento ochenta mil soldados romanos.

Arpinum. Ciudad del Lacio cerca de la frontera de Samnio y probablemente habitada en origen por los volscos. Junto con Formiae Fundi, fue la última población con derechos latinos en recibir plena ciudadanía romana, en 188 a. JC., aunque aún no gozaba de plena categoría municipal en la última época de la república. La fama de Arpinum se debe a haber sido la ciudad natal de dos hombres célebres, Cayo Mario y Marco Tulio Cicerón.

artillería. Antes de inventarse la pólvora había máquinas bélicas, generalmente a base de muelles, capaces de lanzar proyectiles: rocas, piedras, dardos, botes, metralla. Entre las diversas modalidades de artillería romana se contaban la balluta, la catapultus y el onager.

Arx. El promontorio más al norte de los dos que coronaban el monte Capitolino y que estaban separados por el declive del Asylum. En el Arx estaba el templo de Juno Moneta.

as. La moneda romana de menor valor; diez de ellas equivalían a un denario. Era de bronce.

Asia Menor. Aproximadamente comprendía las actuales Turquía, Siria, Irán, Irak y Armenia. Los antiguos sabían tan poco de Arabia, que su inclusión en Asia Menor fue efímera. El mar Negro y el Cáucaso constituían la frontera norte de Asia Menor.

Asia, provincia de. La provincia que el rey Atalo III de Pérgamo dejó en herencia a Roma, comprendía la costa y el interior de la actual Turquía, desde la Troade y la Misia al norte hasta la península de Cnido en el sur; incluía a la Caria pero no la Licia. Su capital en la época de la república era
 
Pérgamo, aunque Esmirna, Éfeso y Halicarnaso rivalizaban en importancia con la sede del gobernador. Las islas costeras de Lesbos, Lemnos, Samos, Khíos, etc., formaban parte de ella. Sus habitantes, refinados y muy dados al comercio, eran descendientes de las sucesivas oleadas de colonos griegos, eolios, dorios y jonios. No estaba centralizada según el concepto moderno, pero la administraba Roma a través de una serie de comunidades autónomas que se autogobernaban y pagaban un tributo.

Asamblea (Comitia). Las reuniones del pueblo romano, convocadas para tratar asuntos gubernativos, legislativos o electorales. En la época de Cayo Mario y de Sila había tres tipos de asamblea: la centuriada, la del pueblo y la de la plebe.

La asamblea centuriada (comitia centuriata) ordenaba al pueblo — patricio y plebeyo— en clases, determinadas con arreglo a sus recursos económicos. Como ésta en origen era una agrupación militar, cada clase se configuraba en forma de centurias (que en tiempos de Mario y Sila estaban constituidas por mucho más de cien individuos por centuria, ya que se había decidido mantener el mismo número de ellas en cada clase). La asamblea centuriada se reunía para elegir cónsules, pretores y censores (éstos, cada cinco años). También lo hacía en casos de juicios encausados por alta traición, y podía aprobar leyes. Debido a su volumen, la asamblea centuriada tenía que celebrar sus reuniones fuera del pomerium en el Campo de Marte en un lugar llamado la saepta; en tiempos normales no se convocaba para aprobar leyes ni decidir en juicios.

La asamblea del pueblo (comitia populi tributa) permitía la participación de todos los patricios y era de cariz tribal. Se convocaba a las treinta y cinco tribus en que estaban encuadrados los ciudadanos romanos. A lo largo de la obra me he referido a esta asamblea como la de todo el pueblo para evitar confusiones. La convocaba un cónsul o un pretor, y era la que elegía a los cuestores, a los ediles curules y a los tribunos de los soldados. Podía formular leyes y celebrar juicios. Su lugar habitual de reunión era la hondonada del bajo Foro.

La asamblea plebeya (comitia plebis tributa o concilium plebis) no permitía la asistencia de patricios y reunía a las treinta y cinco tribus. El
 
único magistrado con poder para convocarla era el tribuno de la plebe. Tenía poder para promulgar leyes (en puridad, plebiscitos) y celebrar juicios. Sus miembros elegían a los ediles plebeyos y a los tribunos de la plebe. El lugar habitual de reunión era la hondonada del bajo Foro.

En ninguna asamblea romana se admitía el voto individual; en la asamblea centuriada el voto personal se incorporaba al de su centuria dentro de su clase y el voto mayoritario de la centuria quedaba considerado como un solo voto; en las dos asambleas por tribus, el voto quedaba incorporado al voto de la tribu y el voto mayoritario de ésta era el que contaba.

atrium. El recibidor de un domus romano o casa privada; constaba de una abertura rectangular en el techo (el compluvium) bajo la cual había un estanque (el impluvíum) En principio, el propósito del estanque era recoger agua para uso doméstico, pero ya en tiempos de la república solía ser puramente ornamental.

Atalo III. Ultimo rey de Pérgamo y monarca de la mayor parte de la costa del Egeo hasta la Anatolia occidental y Frigia. Murió en el 133 a. JC. bastante joven y sin herederos, salvo los habituales primos. En su testamento dejó la herencia del reino a Roma, en detrimento de sus primos que en seguida iniciaron la guerra. Fue Manio Aquilio quien sofocó la sublevación en 129 y 128 a. JC. y organizó el reino heredado que pasó a formar la provincia romana de Asia, pero Aquilio vendió la mayor parte de Frigia al rey Mitrídates del Ponto por una cantidad de oro que se embolsó él mismo. La noticia llegó a Roma y arruinó para siempre la reputación de los Aquilios.

augur. Sacerdote cuyo cometido era la adivinación más que el pronóstico. Formaba con sus colegas el Colegio de augures, un organismo oficial que, en la época en que transcurre nuestra historia, lo formaban seis patricios y seis plebeyos. Hasta el 104 a. JC., cuando Cneo Domicio Ahenobarbo aprobó la lex Domitia sacerdotiis, los augures los proponían los propios miembros del colegio, pero a partir de ella los elegía la asamblea de diecisiete tribus sacadas a suertes. El augur no predecía el futuro, ni dictaba los augurios a su antojo, sino que examinaba unos determinados objetos o signos para saber si lo que se iba a realizar contaba
 
con la aprobación de los dioses, ya fuese una asamblea, una guerra, la propuesta de una ley o cualquier otro asunto estatal, incluidas las elecciones. Existía un auténtico manual de interpretación al que se ceñían los augures. El augur vestía la toga trabea (véase ese artículo) y portaba un báculo llamado htuus.

auxiliares. Legión incorporada al ejército romano sin que sus tropas tuviesen la categoría de ciudadanos de Roma; los que formaban este tipo de legión recibían el nombre de auxiliares, término que también se aplicaba al cuerpo de caballería. En la época de Mario y de Sila, la mayor parte de la infantería auxiliar era de origen itálico, mientras que la caballería auxiliar era de la Galia, Numidia o Tracia, países en los que los soldados montaban a caballo, habilidad en la que no destacaban romanos ni itálicos.

Bahía del cráter. Nombre que los romanos daban a lo que actualmente denominamos bahía de Nápoles. Aunque las fuentes antiguas señalan que la primera erupción de que se tiene noticia del Vesubio fue en el año 79 de la era cristiana, este nombre sugiere que en la prehistoria debió producirse una erupción mucho más importante que formó la bahía.

bárbaro. Etimológicamente procede de un vocablo griego de claro carácter onomatopéyico, dado que cuando los griegos oyeron hablar por primera vez a esos pueblos, su lenguaje les sonaba a «bar-bar» y por ello la palabra «bárbaro» se empleó para describir razas y naciones conceptuadas incivilizadas y carentes de una cultura digna. Galos, germanos, escitas, sármatas y dacios eran considerados bárbaros.

basílica. Edificio importante para uso público, tal como tribunales o dependencias comerciales, tiendas o despachos. La basílica tenía dos pisos, estaba iluminada por una lucerna cenital y daba cabida a diversas tiendas a lo largo de una especie de soportales en ambos lados; durante la república se erigía a costa de algún noble romano de buen talante cívico, generalmente de rango consular, aunque a veces censorial. Así, la primera de las basílicas fue construida por Catón el censor y estaba en el Clivus Argentarius, junto al Senado; se llamaba basílica Porcia, albergaba casas de banca y la sede del Colegio de los tribunos de la plebe. En la época en que se desarrollan los acontecimientos de esta obra, existían igualmente las
 
basílicas Sempronia, Emilia, Opimia, todas en las inmediaciones del bajo Foro.

Belona. Diosa romana de la guerra. Su templo estaba fuera del pomerium o límite sacro de la ciudad en el Campo de Marte; consagrado en 296 a. JC. por el gran Apio Claudio Caecus, estaba a cargo de unos sacerdotes llamados los fetiales. Ante el templo de Belona había una gran explanada conocida como el Territorio Enemigo.

Bitinia. Reino contiguo al Propontis (actual mar de Mármara) en la parte asiática, que se extendía por el este hasta Paflagonia y Galacia, al sur de Frigia y hasta Misai por el sudoeste. Era una tierra fértil y rica en la que reinaba una dinastía de origen tracio; los dos primeros reyes se llamaban Prusias y los demás Nicomedes. El enemigo tradicional de Bitinia era el Ponto. Desde la época de Prusias II, Roma le otorgó el título de Amigo y Aliado del Pueblo Romano.

boni. Literalmente «los hombres buenos». Aparecen mencionados por primera vez en una comedia de Plauto titulada Los cautivos, y el término se utilizó con implicaciones políticas en tiempos de Cayo Graco, quien recurrió a él para referirse a sus partidarios, pero también sus enemigos Opimio y Druso hicieron igual. Luego, pasó gradualmente al lenguaje popular para significar a los políticos ultraconservadores. En la presente obra, los «boni» constituyen el gobierno «real» de Roma y son la facción encabezada por el cónsul Cneo Octavio Ruso.

Breno. Rey de los galos (o celtas) que en el siglo III a. JC. al frente de una confederación de tribus celtas invadió Macedonia y Tesalia (279 a. JC.), venció la resistencia griega en las Termópilas y saqueó Delfos, batalla en la que resultó gravemente herido. Luego entró en el Epiro y saqueó el rico templo de Zeus con sus dependencias en Dodona y a continuación saqueó el santuario más rico del mundo de entonces, el de Zeus en Olimpia del Peloponeso. Se retiró ante la enconada resistencia de la guerrilla griega a Macedonia, donde murió de la mencionada herida. Sin el aglutinante de su caudillo, los celtas anduvieron errabundos; parte de ellos (tolistobogii, trocmi y un contingente de volcos tectosagos) cruzaron el Helesponto y pasaron a Asia Menor, asentándose en las tierras denominadas desde
 
entonces la Galacia. Los volcos tectosagos que no pasaron a Asia Menor regresaron a su lugar de origen en torno a Tolosa en el sudoeste de la Galia, llevando todo el botín de la campaña de Breno y actuando de depositarios hasta el regreso del resto de las tribus. Se cree que fundieron el oro y la plata (transformando la plata en gigantescas ruedas de molino) y lo escondieron en diversos lagos sagrados dentro del recinto del templo de Herakles en Tolosa. El oro ascendía a quince mil talentos. Veáse Oro de Tolosa.

Burdigala. La actual Burdeos. El gran oppidum galo de los aquitanos situado en la orilla sur del río Garunna (Garona) junto a la desembocadura. En el 107 a. JC. fue escenario de una batalla en la que una fuerza combinada de germanos y aquitanos aniquiló al ejército de Lucio Casio Longino, cónsul aquel año con Cayo Mario. En la batalla murieron Lucio Calpurnio Piso Cesonino y el propio Casio, salvándose tan sólo Cayo Popilio Lenas y un puñado de hombres.

caballeros. Los equites, pertenecientes al ordo equester. Su origen se debe a cuando los reyes de Roma alistaron a los ciudadanos más distinguidos en un cuerpo de caballería pagado por el Tesoro público. En aquel entonces, en Italia, los buenos caballos eran muy escasos y costosos. Ya en la época de la joven república había mil ochocientos jinetes, repartidos en dieciocho centurias. Con el auge de la república aumentó el número de caballeros, pero ya todos ellos adquirían por su cuenta el caballo y lo mantenían; los caballeros se convirtieron en un ente social que poco tenía que ver con los asuntos militares, aunque el Estado siguió facilitando caballos públicos a los mil ochocientos veteranos. La designación de caballeros pasó a la potestad de los censores, según criterios económicos, y, mientras que las centurias formadas por esos mil ochocientos siguieron contando con cien jinetes, las nuevas centurias de caballeros (en torno a setenta y una) crecieron hasta superar notablemente los cien individuos. Por eso todos los que se inscribían en el censo como caballeros quedaban incluidos en la primera clase.

Hasta el 123 a. JC. todos los senadores eran también caballeros; fue Cayo Sempronio Graco (véase Gracos) quien aquel año redujo el Senado a
 
un organismo autónomo de trescientos miembros y dio a los caballeros el título de ordo equester. Los hijos de senadores y otros miembros no senatoriales de familias ilustres siguieron siendo conceptuados caballeros. Como requisitos para ingresar en el censo de caballeros (que se efectuaba ante un tribunal especial en el Foro romano), había que tener propiedades o rentas superiores a 400.000 sestercios. No existían incompatibilidades en cuanto a la naturaleza de las actividades para obtener las rentas, como en el caso de los senadores.

Desde la época de Cayo Mario hasta el final de la república, los caballeros dominaron unas veces y otras perdieron el control de los tribunales que juzgaban a los senadores por traición menor o extorsión en provincias, y con bastante frecuencia andaban a la greña con el Senado. Nada podía impedir que un caballero que reuniera los requisitos económicos para ser senador ingresase en el Senado si se producía una vacante y los censores lo aceptaban; el hecho de que, en general, no aspirasen a entrar en él, se debía simplemente a la predilección de los caballeros por el comercio y los negocios, cosa que a los senadores les estaba vedada. El ordo equester prefería las emociones del foro del comercio a las del foro político.

caballo de octubre. En los idus de octubre (aproximadamente cuando finalizaban las campañas) se escogían los mejores caballos de guerra y se uncían por parejas a carros para celebrar una carrera en el Campo de Marte, no en el circo. El caballo de la derecha del carro ganador se sacrificaba a Marte en un altar erigido al dios junto a la pista de la carrera; se le mataba con un venablo y se le cortaba la cabeza, que se cubría con pastelillos, mientras que la cola y los testículos se llevaban a toda prisa a la Regia del Foro, cuyo altar se regaba con la sangre. Una vez concluía la ceremonia de la cabeza adornada con pastelillos, se arrojaba a la muchedumbre, formada por dos grupos de ciudadanos: vecinos del Subura y vecinos de la Via Sacra, que pugnaban por quedársela. Si ganaban los de la Via Sacra, se clavaba la cabeza en el muro exterior de la Regia, y si vencían los del Subura se exponía en la Turris Mamilia (el edificio más llamativo del Subura). No se conoce el origen de esta costumbre; los eruditos actuales se
 
inclinan por pensar que era algo relacionado con el término de la campaña en tiempos muy anteriores a la época de Mario y Sila y de los que los propios romanos no debían tener una noción muy precisa. Tampoco sabemos si los caballos que participaban en la carrera eran públicos o no, pero es de suponer que si.

caballo público. Caballo propiedad del Estado, es decir el Senado y el pueblo de Roma. Ya desde tiempos de los reyes, el Estado daba a 1.800 caballeros romanos de mayor alcurnia un caballo. Posiblemente cuando se inició esta política, en Italia los caballos eran escasos y muy costosos, pues de no haber sido así, el gobierno romano, bien conocido por su negligencia, no se habría molestado en desembolsar un dinero tan precioso y se habría limitado a ordenar a los caballeros que aportasen sus propias cabalgaduras, como sucedió durante el periodo republicano cuando los caballeros rebasaron ampliamente ese contingente primitivo de 1.800 jinetes.

En tiempos de Mario y Sila, poseer un caballo público era signo de distinción social; los animales se heredaban de generación en generación, y tener caballo público era equivalente a demostrar la rancia alcurnia. Sabemos, no obstante, que no era así por el hecho de que Pompeyo poseía un caballo público, y cabe pensar que cuando se extinguía una familia su caballo público se entregaba a alguien de antepasados más recientes pero de gran influencia. Catón el censor, considerado un hombre nuevo rural, se enorgullecía diciendo que a su abuelo (que debió vivir en el siglo iv a. JC.) el Tesoro le había concedido cinco caballos públicos sucesivos al perderlos en combate.

Cuando Cayo Sempronio Graco (véase Gracos) arrebató al Senado la potestad del tribunal de extorsiones para dárselo a los caballeros, no consta que se promulgase una ley obligando a los senadores que no fuesen caballeros a devolver el caballo público, al contrario, los de familia senatorial que poseían caballo público lo retuvieron en su poder, la prueba de ello está en Pompeyo el Grande y es de suponer que su padre también lo tuvo.

Aunque no era una costumbre siempre observada, algunos censores (incluido Catón) exigían que los 1.800 detentores de caballos públicos
 
pasasen revista con los animales para verificar que se mantenían en forma y tenían la cabalgadura bien cuidada. El desfile de caballos públicos se celebraría en los idus de Julio; los censores tomaban asiento en un tribunal en lo alto de la escalinata del templo de Cástor y Pólux del Foro y efectuaban un escrutinio de los jinetes que desfilaban solemnemente en una especie de paso de marcha. Si consideraban que alguien no se mantenía como era debido, le privaban del caballo público.

cabriolé. Vehículo de dos ruedas tirado por dos o cuatro animales, generalmente mulas. Era muy ligero y elástico, dentro de las limitaciones de los vehículos de la antigüedad —no existían muelles ni amortiguadores—, y era el medio de transporte idóneo para un romano con prisa por ser veloz y fácil de conducir, aunque era descubierto. Su nombre latino era cisium, su homólogo cerrado también de dos ruedas, pero más pesado y lento, se llamaba carpentum.

Calabria. Nombre que se presta a confusión para los que conocen la Italia actual. Hoy, Calabria es la punta de la bota, pero en la época antigua era el tacón. Sus principales ciudades eran Brundisium y Tarentum. La región no se vio muy implicada en la guerra mársica, pese a que los calabreses simpatizaban con la causa itálica.

Campania. La rica y fértil cuenca, con suelo de origen volcánico, entre los Apeninos del Samnio y el mar Toscano (Tirreno); se extendía desde Tarracina al norte hasta un punto justo al sur de la actual bahía de Nápoles. Regada por los ríos Liris, Volturnius / Calor, Clanius y Sarnus, en ella crecía todo mejor, más grande y en mayor cantidad que en cualquier otra región de Italia. Colonizada durante el siglo VII a. JC. por los griegos, cayó bajo el dominio etrusco y luego se confederó con los samnitas para acabar siendo vasalla de Roma. Los elementos griegos y samnitas de la población fueron motivo de rencor y siempre mostró proclividad a la insurrección, por lo que gran parte de ella se la apropió Roma como ager publicus. Las ciudades de Capua, Teanum Sidicinum, Venafrum, Acerrae, Nola e Interamna eran centros importantes tierra adentro, mientras que los puertos de Puteoli, Neapolis, Herculaneum, Surrentum, Stabiae y Salernum eran los mejores de la costa occidental italiana. La cruzaban las vías Campana, Apia y Latina.
 
Campo Esquilino. Explanada fuera de las murallas servianas ante el doble tramo del Agger y entre las puertas Querquetulana y Colima, en la que se hallaba la necrópolis de Roma.

Campo de Marte. Situado al norte de la muralla serviana, el Campo de Marte estaba limitado por el Capitolio al sur y la colina Pinciana al este; el resto lo cerraba la gran curva del Tíber. En el Campo de Marte acampaban los ejércitos en espera de que los generales celebrasen el triunfo, se efectuaban ejercicios militares y de instrucción para los jóvenes, estaban los establos de los caballos que corrían en las competiciones de carros, se celebraban las asambleas de comitia centuríata y había mercados de plantas y parques públicos. La poza del Trigarium en la que los romanos acudían a nadar al Tíber, estaba situada en el centro de la curva, al norte de los manantiales de agua mineral llamados el Tarentum. La Via Lata (Via Flaminia) cruzaba el Campo de Marte en dirección al puente Mulviano y perpendicular a ella discurría la Via Recta.

Campo Vaticano. Situado en la orilla contraria (norte) al Campo de Marte, el Campo Vaticano era una zona de mercados de plantas y carecía de importancia en tiempos de Mario y Sila.

campus, campi. Llanura, campo abierto o explanada.

Cannas. Ciudad de la Apulia sobre el río Aufidius, en la que, en el 216 a. JC., Aníbal con su ejército cartaginés (y aliados samnitas) se enfrentó a un ejército romano al mando de Lucio Emilio Paulo y Cayo Terencio Varro, al que aniquiló. Hasta Arausio, en el 105 a. JC., constituyó el mayor desastre militar de Roma. En la batalla perecieron entre treinta mil y sesenta mil hombres, y a los supervivientes se les hizo pasar bajo el yugo (véase ese artículo).

Capena, puerta. Una de las dos más estratégicas de la muralla serviana (la otra era la puerta Collina), situada al sur del circo Máximo; por delante de ella discurría la carretera que unía la Via Appia y la Via Latina, a medio kilómetro aproximadamente.

capite censi. Literalmente «censo por cabezas». Los capite censi eran los ciudadanos romanos cuya pobreza les impedía pertenecer a una de las cinco clases económicas, por lo que no podían votar en las asambleas
 
centuriadas. Como la mayoría eran de origen urbano y domiciliados en Roma, pertenecían casi todos a las tribus urbanas, que eran cuatro de las treinta y cinco que había; esto significa que tenían poca influencia en las asambleas de las tribus, del pueblo o de la plebe (véase también proletarii).

Capadocia. Reino situado en la Anatolia central (región que actualmente sigue llamándose Capadocia); por hallarse a bastante altitud, es una tierra formada por erupciones de numerosos volcanes, de los que el más importante era el monte Argaeus. Su única ciudad, Eusebeia Mazaca, estaba en las faldas del imponente cono. Muy irrigada y de suelo fértil, Capadocia tenía su propia dinastía real, generalmente con el nombre de Ariarates. Los habitantes eran semejantes a los del Ponto. El templo-estado de Ma en Comana, que disponía de 6.000 esclavos, era un feudo del hermano del monarca reinante, que ejercía funciones de sumo sacerdote.

Capua. La ciudad interior más importante de Campania. Una serie de promesas de lealtad no cumplidas provocó represalias por parte de Roma que despojó a Capua de sus vastas y ricas tierras públicas, que pasaron a constituir el núcleo del ager publicus de Campania y entre ellas se contaban, por ejemplo, los magníficos viñedos que producían el vino de Falerno. En tiempos de Mario y Sila, la economía de Capua dependía fundamentalmente de los numerosos campos de entrenamiento militar, las escuelas de gladiadores y los campos de concentración de prisioneros de guerra en venta como esclavos que rodeaban la ciudad.

Carinae. Uno de los barrios más elegantes de Roma. La Carinae (que incluía el Fagutal) eran los altos norte del monte Opiano en su lado oeste y se extendía entre la Velia y el Clivus Pullius, con vistas al sudoeste, a las marismas de Palus Ceroliae y al Aventino.

Cartago. Capital y centro principal del imperio comercial fundado por los fenicios en el Norte de Africa (la actual Tunicia), situada en una de las mejores playas mediterráneas; las condiciones portuarias naturales estaban complementadas por masivas construcciones. Cuando Escipión Emiliano puso fin a la hegemonía cartaginesa en la tercera guerra púnica, Cartago dejó de existir.
 
casco ático. Casco ornamental que llevaban los oficiales romanos, generalmente de rango superior al de centurión. Es el tipo de casco que suelen exhibir las estrellas de Hollywood en las películas de romanos, aunque dudo mucho de que el casco ático estuviera rematado por plumas de avestruz. Si que existían plumas de avestruz, pero cuando menos su uso habría sido considerado decadente.

celtas. Es más bien la denominación moderna aplicada a una raza de bárbaros que llegó del norte de Europa central en los primeros siglos del primer milenio a. JC. A partir del 500 a. JC., los celtas trataron de invadir las tierras del Mediterráneo europeo; en España y la Galia lo consiguieron, mientras que en Italia, Macedonia y Grecia no lo lograron. Sin embargo, en el norte de Italia, Macedonia, Tesalia, Illyricum y Moesia se asentaron en grandes poblamientos en los que progresivamente se mezclaron con sus habitantes más antiguos. Los celtas eran racialmente distintos a los germanos, aunque afines a ellos, y se consideraban un pueblo discreto de tradiciones religiosas más complejas que aquéllos. Sus idiomas tenían cierta similitud con el latín. Un romano rara vez empleaba la palabra «celta»; decía «galo».

Celtíberos. Nombre dado a un contingente de raza celta que cruzó los Pirineos y se estableció principalmente en las regiones central, occidental y noroeste de la península ibérica. En la época de Cayo Mario y Sila, estaban tan integrados que solía considerárseles indígenas.

censo por cabezas o por personas. Es el término empleado en la obra para denominar a los ciudadanos romanos de más baja categoría, por ser demasiado pobres para reunir los requisitos del censo para una de las cinco clases económicas. Lo que hacían los censores era un «recuento de cabezas». He optado en muchos casos por denominarlos así, en vez del «proletariado» o «las masas», dada nuestra actitud posmarxista con tales términos, que en el contexto antiguo de los hechos se prestaría a confusión (véanse también capite censi y proletariO.

censo. Cada cinco años, los censores ponían al día los rollos del listado de los ciudadanos romanos. En ellos figuraban los nombres de todos con los detalles de la tribu a que pertenecía, su clase económica, propiedades,
 
rentas y familia. Ni las mujeres ni los niños figuraban inscritos como ciudadanos romanos, aunque existen casos documentados en las fuentes antiguas en los que se concede a una mujer la ciudadanía romana por derecho propio. El censo de la ciudad de Roma se efectuaba en el Campo de Marte en un estrado especial levantado al efecto; los que vivían fuera de Roma, tenían que acudir ante las autoridades del municipio más próximo, y los residentes en el extranjero, presentarse al gobernador. No obstante, hay pruebas de que los censores del 97 a. JC., Lucio Valerio Flaco y Marco Antonio Orator, modificaron el procedimiento de inscripción de los itálicos que vivían fuera de Roma.

censor. El más alto magistrado romano, aunque no tenía imperium y, por lo tanto, no llevaba escolta de lictores. Nadie que no hubiese sido previamente cónsul podía aspirar al cargo de censor, y sólo los consulares con una enorme auctoritas y dignitas solían atreverse a ser candidatos. Ser elegido censor era la culminación de la carrera política de un particular, porque el cargo le confería la categoría de uno de los primeros hombres de Roma. El censor (se elegían dos a la vez) ocupaba su cargo durante cinco años (el lustrum) aunque sólo se entregaba de lleno a sus funciones el primer año y medio; él y su colega efectuaban el escrutinio de los que accedían al Senado, se encargaban del ordo equester (los caballeros) y de los depositarios de los caballos públicos (los mil ochocientos caballeros más antiguos) y efectuaban un censo general de ciudadanos romanos, no sólo en Roma, sino en toda Italia y las provincias romanas. El censor entendía también en cuanto a los requisitos económicos de las categorías censales, las contratas estatales y diversas obras y edificios públicos.

centuriada, asamblea. Véase Asamblea.

centurión (centurio, centuriones). El oficial corriente en las legiones de ciudadanos romanos y auxiliares. Es un error equipararlo al suboficial contemporáneo; los centuriones eran auténticos profesionales de categoría muy distinta a la de la oficialidad actual. Un general romano derrotado apenas se preocupaba si perdía tribunos militares, pero se mesaba los cabellos si perdía centuriones. El grado de centurión tenía varios niveles; el centurio más bisoño mandaba un grupo de ochenta soldados y veinte no
 
combatientes, llamado centuria. En el ejército de la época republicana, reorganizado por Cayo Mario, cada cohorte tenía seis centuriones, y el más antiguo, el pilus prior, mandaba la centuria más antigua de la cohorte y toda la cohorte. Los diez hombres que mandaban las diez cohortes que constituían una legión tenían también grados de antigüedad, siendo el centurión más veterano, el primus pilus, el único responsable ante el comandante de la legión (uno de los tribunos elegidos de los soldados, o uno de los lugartenientes del general). En tiempos de la república podía llegar a serlo un soldado raso.

cidro. La madera más apreciada en carpintería fina en el mundo romano, muy difundida durante el último siglo de la república. Se obtenía de las enormes raíces del Callitris quadrivavis vent., un árbol parecido al ciprés que crecía en las altiplanicies africanas desde el septentrional oasis de Ammonium y la Cirenaica hasta el Atlas mauritano; hay que señalar que el árbol no guarda relación con el naranjo ni el limonero. Según los ejemplares, se obtenía diverso veteado de la madera, todos con su nombre respectivo, tigre con una granulación larga y ondulada, pantera en forma espiral, Pavo real con ojos como los de la cola del animal, perejil con dibujo arrugado, etc. En tiempos de la república se cortaba macizo y no en chapa (la escasez fue lo que impuso los chapeados durante el imperio), siempre sobre pedestal o patas de marfil, y generalmente con incrustaciones en oro. De ello surgió un oficio artesanal mixto, los citrarii y eborarii, al que pertenecían ebanistas y tallistas de marfil. Casi toda la madera de cidro estaba destinada a hacer tapas de mesa, en las que realmente resaltaba la belleza del veteado, pero también se torneaba para hacer cuencos. No se han conservado mesas, pero existen algunos cuencos en los que puede comprobarse que este tipo de madera era de una gran belleza.

Cilicia. Era una región de la Anatolia sur situada enfrente de la península Cleides de Chipre y que se extendía hacia el oeste hasta el extremo de la isla, uniéndose a la Panfilia. Su frontera oriental la constituía la cordillera del Amanus que la separaba de Siria. La Cilicia occidental era accidentada, árida y muy montañosa, mientras que la Cilicia oriental (llamada Cilicia Pedia) era una vasta llanura fértil regada por el Pyramus, el
 
Sarus y el Cidno, y su capital Tarso sobre el Cidno. Los eruditos modernos difieren en cuanto al origen de Cilicia como provincia romana, pero en mi opinión existen suficientes pruebas indicativas de que fue Marco Antonio Orator quien la anexionó durante su campaña contra los piratas en el 101 a. JC. Desde luego, Sila fue nombrado gobernador de la Cilicia en la década de los noventa, bastante antes de la guerra mársica.

cimbros. Una vasta confederación de tribus germánicas establecida en la parte norte del Quersoneso Címbrico (la actual península de Jutlandia), hasta que aproximadamente en el 120 a. JC. una catástrofe natural les obligó a abandonar su patria. Junto con sus vecinos del sur, los teutones, iniciaron una épica migración para encontrar otra patria; la migración duró veinte años y los llevó por un itinerario de miles de kilómetros hasta que tropezaron con Roma y Cayo Mario, siendo virtualmente aniquilados en Vercellae en el 101 a. JC.

ciudadanía. En el contexto de esta obra es la ciudadanía romana. Su posesión permitía al interesado votar en la tribu de su clase (si cumplía los requisitos económicos para pertenecer a una clase) en todas las elecciones de la ciudad de Roma. No podía ser azotado, tenía derecho a un proceso ante un tribunal romano y derecho de apelación. Según las épocas, los padres tenían que ser ciudadanos romanos o bien solamente el padre (de ahí el cognomen Hybrída); después de la lex Municia del 91 a. JC., un varón romano que contrajese matrimonio con una mujer no romana tenía que adquirir un conubium para su esposa si quería que el hijo fuese ciudadano romano. El ciudadano estaba sujeto a servicio militar al cumplir los diecisiete años y obligado a servir en diez campañas o seis años. Con anterioridad a la época de Mario y antes de la reforma del ejército, sólo si tenía suficientes medios para comprarse las armas y mantenerse durante la campaña si servía en las legiones. Después, las legiones estuvieron formadas por hombres con medios y por pobres del capite censi.

ciudadela. Una fortaleza en lo alto de un escarpe, o la parte de una plaza alta fortificada y rodeada de murallas, como era el caso del reducto del Janículo en Roma.
 
clases. Las cinco divisiones económicas relativas a propiedades o rentas fijas de los ciudadanos romanos. Los miembros de la primera clase eran los más ricos y los de la quinta, los más pobres. Los capite censi no pertenecían a ninguna clase y no podían votar en la asamblea centuriada.

cliente. En latín, cliens. El término denota a un hombre libre o a un liberto (aunque no tenía que ser ciudadano romano) que se comprometía con otro que se llamaba patrón (patronus). El cliente se obligaba por la más solemne vinculación moral a servir los intereses y obedecer a los deseos del patrón a cambio de diversos favores (generalmente sumas de dinero, cargos o ayuda legal). El esclavo liberto se convertía automáticamente en cliente de su antiguo amo, excepto en el caso de que se le eximiera de la obligación. Una especie de estructura de honor regía la conducta del cliente en relación con su patrón, y era notable el respeto que le merecía. Ser cliente no significaba necesariamente que uno no pudiera ser patrón, aunque era más difícil ser el patrón supremo, porque sus propios clientes lo eran a su vez de su patrón. Durante la república no existían leyes propiamente dichas que regulasen la relación cliente-patrón, pues no eran necesarias, y nadie podía esperar prosperar en la vida si transgredía esa función social. No obstante, sí que había leyes para regular la relación entre un cliente extranjero y el patrón, y respecto a los reinos extranjeros que tenían a Roma como patrón, existía la obligación legal de pagar rescate por los ciudadanos romanos secuestrados en su territorio, un hecho que aprovechaban los piratas como fuente adicional de ingresos. Así, no sólo los individuos se convertían en clientes, sino también ciudades y paises.

clivus. Calle en cuesta. En Roma, que es ciudad de colinas, había muchas.

cognomen, cognomina. Apellido o sobrenombre de los varones que deseaban distinguirse de los que tenían el nombre y el gentilicio igual al suyo. En algunas familias se hicieron necesarios más de un cognomen; por ejemplo, Quintus Caecilius Metellus Pius Scipio Nasica. Quintus era el nombre (praenomen, o de pila, como decimos nosotros), Caecilius era el gentilicio (nomen) y Metellus Pius Scipio Nasica eran cognomina. El cognomen solía denotar cierto rasgo físico o de carácter —grandes orejas,
 
pies planos o joroba— o era la reminiscencia de alguna hazaña, como en el caso de los Cecilios Metelos que llevaban el sobrenombre de Dalmático, Baleárico o Numídico. Muchos cognomina eran notablemente sarcásticos e ingeniosos.

cohorte. Tras las reformas introducidas por Cayo Mario en el ejército, la cohorte era la unidad táctica de la legión romana formada por seis centurias; en circunstancias normales, una legión constaba de diez cohortes. Tratándose de movimientos de tropas, era costumbre referirse a la potencia de un ejército romano definiéndolo en función de sus cohortes en vez de sus legiones; así, veinticinco cohortes en lugar de dos legiones y media o cinco cohortes en lugar de media legión.

colegio. Entidad formada por la asociación de determinado número de personas con algo en común. Había, así, colegios sacerdotales (de pontífices), colegios políticos, como el de los tribunos de la plebe, colegios religiosos, como el de los lictores, y colegios de oficios (el gremio de sepultureros). Determinados grupos de todos los estratos sociales (incluidos los esclavos) se agrupaban en colegios que cuidaban de las encrucijadas y celebraban sus fiestas anuales, las Compitalia.

comitia. Véase Asamblea.

Comitia. La amplia hondonada circular en que se celebraban las reuniones de los comitia, situada en el bajo Foro junto a la escalinata del Senado y a la basílica Emilia, formada por una serie de gradas. Algo apretados, podría dar cabida a unas tres mil personas. En un lateral de la misma estaba el rostra o tribuna de oradores.

condemno. Una de las palabras que utilizaba el jurado al deliberar sobre el veredicto de culpabilidad. La otra era damno (véase ese artículo).

confarreatio. La modalidad más antigua y estricta del matrimonio romano. En tiempos de Mario y Sila, sólo los patricios recurrían a ella, aunque no todos, pues no era obligatoria. En la confarreatio, la novia pasaba de la potestad paterna a la del marido y no adquiría independencia alguna; por eso la confarreatio no era popular como las otras formas de matrimonio que concedían a la mujer mayor control sobre sus negocios y la dote. La dificultad para divorciarse era la otra razón de su impopularidad; el
 
divorcio (diffarreatio) era un asunto muy laborioso desde el punto de vista religioso y legal, al que nadie quería recurrir, salvo en caso de no existir otra solución.

consular. Título atribuido al que había sido cónsul. Gozaba de especial estima por parte de los miembros del Senado, se le concedía la palabra antes que a los magistrados más jóvenes y en cualquier momento se le podía nombrar gobernador de una provincia si el Senado requería sus servicios. Igualmente se le podían encomendar otros asuntos, como el abastecimiento de grano.

consultum, consulta. Es el término correcto de los decretos senatoriales. Estos decretos no tenían fuerza de ley; para que se convirtiese en ley, un consultum debía ser presentado a una de las asambleas, tribal o centuriada, para que lo aprobase mediante votación, si es que los que la formaban lo juzgaban conveniente. No obstante, muchos consulta senatoriales no se sometían a la asamblea ni se votaban como leyes, lo que no era impedimento para que los romanos los considerasen leyes; era el caso de las decisiones senatoriales en los nombramientos de gobernadores de provincias, la declaración o la continuación de una guerra, el nombramiento de comandante en jefe de un ejército y los asuntos extranjeros.

contio, contiones. Las reuniones preliminares de todas las asambleas para discutir la promulgación de una ley o cualquier asunto de su incumbencia. Los tres tipos de asamblea tenían la obligación de discutir cualquier medida en contio, el cual, aunque no se celebrase votación, lo convocaba el magistrado con potestad respecto a la asamblea en cuestión.

contubernalis. Término latino aplicado a un cadete, a un subalterno de la condición más inferior de la jerarquía militar, excluidos los centuriones; un centurión no era nunca un cadete, sino un soldado experimentado.

coraza. Dos planchas, generalmente de bronce o hierro y a veces de cuero curtido; una protegía el tórax y el abdomen y la otra la espalda desde los hombros hasta las vértebras lumbares. Se sujetaban con correas en los hombros y de axilas para abajo; algunas estaban primorosamente adaptadas a los relieves del torso y otras se adaptaban a una talla determinada. Los oficiales de alto rango, en particular los generales, solían llevar corazas de
 
relieve perfectamente cincelado, en hierro plateado o bronce a veces dorado; generales y lugartenientes portaban, además, un estrecho fajín rojo sobre ella, equidistante de los pectorales y la cintura, con vueltas y nudos rituales.

corona. Término generalmente reservado a las condecoraciones militares por los más distinguidos actos de valor. En la obra se mencionan las siguientes:

corona civica. Confeccionada con hojas de roble, y concedida al que hubiese salvado la vida a sus compañeros sin perder el terreno de la hazaña durante el resto de la batalla; no se otorgaba si el soldado en cuestión no juraba ante su general que se habían dado tales circunstancias.

corona graminea u obsidionalis. Era la corona de hierba, confeccionada con gramíneas del campo de batalla (o a veces con trigo si el combate se libraba en un campo sembrado). Se concedía in situ y era la más preciada de todas las condecoraciones militares, pues únicamente la ceñía el que hubiese salvado a toda una legión o un ejército.

Cumae. La primera colonia griega de Italia, fundada a principios del siglo VIII a JC. Estaba en el cabo Misenum del mar Tirreno al norte de la bahía de Nápoles y era un sitio de veraneo muy de moda en tiempo de la república.

cunnus. Obscenidad muy ofensiva como epíteto, al significar el órgano genital femenino.

Cuppedenis, mercado. Una zona situada detrás del alto Foro, en su lado este, entre el Clivus Orbius y el linde del Fagutal/Carinae. En él se vendían artículos de lujo y exóticos, tales como especias, incienso, bálsamos y ungüentos; era también mercado de flores, y en él los romanos podían comprar ramos y guirnaldas pectorales o diademas para el pelo. Hasta que fue vendido el solar para subvenir a la campaña de Sila contra Mitrídates, fue tierra del Estado.

Curia Hostilia. Sede del Senado. Se atribuía su construcción al rey

Tulio Hostilio el tercero de existencia misteriosa desde la fundación de

Roma, y de ahí su nombre («casa de reunión de Hostilio»).
 
cursus honorum. «Curso de honor». El aspirante al cargo de cónsul debía cubrir ciertas etapas; primero ingresaba en el Senado (mediante elección como cuestor o por cooptación de los censores (aunque en tiempos de Cayo Mario y Sila lo designaban los censores o era elegido tribuno de la plebe); tenía que servir como cuestor, ya fuese antes de acceder al Senado o después de ello; un mínimo de nueve años después de su ingreso en el Senado, debía ser elegido pretor y, finalmente, dos años después de haber sido pretor, podía aspirar al consulado. Las cuatro etapas —senador, cuestor, pretor y cónsul— constituían el cursus honorum. Ninguna de las otras magistraturas, incluido el cargo de censor, formaban parte del mismo.

damno. La otra palabra que se empleaba para dar el veredicto de culpabilidad en los juicios celebrados en alguna de las modalidades de asamblea; en los tribunales se empleaba el vocablo condemno. En mi primer libro, la explicación era insuficiente porque no había deslindado bien la lexicografía, pero al releer Roman Voting Assemblies de L. R. Taylor, durante la redacción de La corona de hierba, se me hizo patente la matización.

Delfos. El gran santuario del dios Apolo en las faldas del monte Parnaso, de la Grecia central. Desde tiempos muy antiguos fue un importante centro de culto, aunque no de Apolo hasta aproximadamente el siglo VI a. JC. En él se hallaba el omphalos (piedra en forma de ombligo, con toda probabilidad un meteorito), y el propio Delfos era considerado el centro del mundo. Un oráculo de terrible fama residía en él y sus profecías las transmitía una vieja en estado de frenético éxtasis; se la llamaba la Pitia o Pitonisa. Su fabuloso acopio de riquezas, debido a las donaciones constantes de devotos agradecidos, fue saqueado varias veces en la antigüedad (véase el artículo Breno), aunque siempre se recuperó y siguió recibiendo dones.

demagogo. En origen es un concepto griego que denota un político que atrae peculiarmente a las multitudes. Los demagogos romanos preferían la palestra del Foro a la del Senado, pero no formaba parte de su política «liberar a las masas», ni tampoco, en general, los que los escuchaban eran en rigor los más humildes de la sociedad. Era un término empleado por los
 
grupos ultra-conservadores del Senado para referirse a los tribunos de la plebe más radicales.

denarius, denarii. Salvo un par de emisiones de monedas de oro, el denario era la denominación general de las monedas que acuñaba Roma en el período republicano. Era de plata pura, contenía unos 3,5 gramos de dicho metal y era de tamaño pequeño, semejante al de la moneda norteamericana de diez centavos actual. Un talento constaba de 6250 denarios.

derechos latinos (Ius Latii). Un estadio intermedio de ciudadanía, a caballo entre el nadir de la categoría del aliado itálico, al que ésta no se le concedía, y el cenit de ciudadano romano. Era un recurso inventado por Roma para apaciguar a los ofendidos no ciudadanos sin llegar a concederles la plena ciudadanía. Los que gozaban de derechos latinos compartían muchos privilegios de los ciudadanos romanos: se les repartía equitativamente el botín, los contratos con ciudadanos de pleno derecho tenían amparo legal, se les permitía casarse con ciudadanos romanos y tenían derecho de apelación contra la pena capital. Sin embargo, no tenían derecho al suffragium o voto en las elecciones romanas, ni a formar parte de un jurado romano. Tras la revuelta en el 125 a. JC. de Fregellae (ciudad con derechos latinos cansada de esperar la plena ciudadanía), un tribuno de la plebe del que no se sabe el nombre, hizo aprobar en el 123 a. JC. una ley que autorizaba a los magistrados de las ciudades con derechos latinos a adquirir plena ciudadanía a perpetuidad para ellos y sus descendientes directos; otra añagaza típicamente romana, ya que apaciguaba el descontento de personajes importantes de una comunidad, pero nada se otorgaba a la población en general.

diadema. La diadema era una cinta ancha blanca de unos veinticinco milímetros con los extremos bordados y que a veces acababa en una orla. Se llevaba en la cabeza, sobre la frente o sobre la línea del pelo y se ataba en el occipucio, cayendo los extremos sobre los hombros. Era en origen signo de realeza persa, pero se convirtió en símbolo de la monarquía helenística después de que Alejandro Magno la arrancara de la tiara de los
 
reyes persas. La ostentaba el soberano reinante, pero no era exclusiva del sexo masculino.

dignitas. Un genuino concepto romano que no traduce el significado exacto de «dignidad». Era la categoría personal del individuo dentro de la sociedad, implicaba su valía moral y ética y su derecho al respeto y a un adecuado tratamiento. La auctoritas era de índole pública, y la dignitas algo personal, un acervo de ascendiente y categoría dimanante de las virtudes y logros del individuo. De todos los valores que un noble romano poseía, la dígnítas era el más sensible, y para defenderla debía estar dispuesto a ir a la guerra o al destierro, a suicidarse, a ejecutar a su esposa o a su hijo. He preferido dejarlo sin traducir en el texto.

diverticulum, diverticula. En el sentido que se le atribuye en la obra es una carretera de conexión en las rutas radiales que partían de las puertas de Roma, una «circunvalación».

Dodona. Templo y recinto sagrado del dios griego Zeus, en las montañas del Epiro a unos quince kilómetros al sur del lago Pamboris. Sede de un famoso oráculo situado en un roble sagrado que era también palomar. Como todos los centros de culto con oráculo, Dodona recibía numerosos dones y disponía de grandes riquezas. En la antigüedad sufrió varios saqueos: de los etolios en el 219 a. JC., del romano Emilio Paulo en el 167 a. JC. y de los escordiscos en el 90 a. JC. En todas estas ocasiones, el templo se recuperó rápidamente y siguió acumulando tesoros.

dominus. Señor. domina es «señora» y dominilla «señorita».

ecastor. Exclamación de sorpresa o asombro considerada educada y permisible a las mujeres. Su raíz sugiere que era una invocación a Cástor.

edepol. Exclamación de sorpresa o asombro que se utilizaba en presencia de las mujeres y se consideraba educada. Su raíz sugiere que se trataba de una invocación a Pólux.

Eliseo. Los romanos de la época republicana no creían en la supervivencia carnal del individuo después de la muerte, aunque sí en otro mundo y en «espectros», que eran una especie de espíritu sin voluntad del difunto. No obstante, tanto entre los griegos como entre los romanos existía la creencia de que los dioses concedían a ciertos hombres que habían
 
llevado una vida gloriosa (más que meritoria) el privilegio de que su ser se conservara en un lugar llamado el Elíseo o Campos Elíseos. Pese a ello, estas «sombras» privilegiadas eran simples fantasmas y sólo podían volver a experimentar emociones y apetitos humanos si bebían sangre. Un ser humano que quisiera departir con un habitante de los Campos Elíseos, debía excavar un hoyo en su linde, sacrificar un animal y llenarlo de sangre. Después de beberla, el espíritu podía hablar.

emporium. Palabra con dos significados, pues podía denotar un puerto cuya vida comercial dependía del comercio marítimo (la isla de Delos era un emporio), o se refería a un gran edificio en el muelle del puerto, que albergaba las dependencias para la exportación e importación.

Eneas. Príncipe de Dardania, en la Troade, hijo del rey Anquises y de la diosa Venus (Afrodita), que huyó de Troya (Ilium), al caer ésta en manos de Agamenón, con su anciano padre a cuestas y el Paladión bajo el brazo. Tras numerosas aventuras, llegó al Lacio y fundó la raza de la que descendían los verdaderos romanos. Virgilio dice que su hijo Iulus era en realidad Ascanio, habido de su esposa troyana Creusa, a quien se trajo de Troya con él; por otra parte, Livio cuenta que Iulus era hijo de la esposa latina, Lavinia. No sabemos lo que creían los romanos de la familia de los Julios en tiempos de César. Yo doy más crédito a Livio, que parece ser una fuente mucho más fiable que Virgilio.

epulones. Días festivos religiosos del año republicano, o fiestas que se celebraban dentro de esos días. Competía su organización al colegio de los epulones, una institución sacerdotal de entidad secundaria. Si la fiesta únicamente la celebraba el Senado o un grupo reducido, el aprovisionamiento no era difícil, pero había fiestas que las celebraba toda Roma. En principio, sólo existían tres epulones, pero en tiempos de Mario y Sila se celebraban ocho o diez.

ergastula. En singular es ergastulum. Eran los barracones para delincuentes o esclavos, que se convirtieron en algo infamante al aumentar los ganaderos de los latifundios a partir de la época de los hermanos Gracos; estos arrendatarios utilizaban grupos encadenados de esclavos para el trabajo y los encerraban en los ergastula.
 
escitas. Pueblo probablemente de origen germánico, con idioma indoeuropeo; habitaba las estepas asiáticas situadas al este del río Tanais, que se extendían hasta el Cáucaso. Su organización social incluía la monarquía y eran reputados orfebres.

escordiscos. Confederación de tribus celtas con ilirios y tracios; habitaban la Mesia, entre el valle del Danubio y las altiplanicies que bordean Macedonia. Poderosos y guerreros, asolaban constantemente la Macedonia romana y daban continuamente que hacer a los gobernadores.

espelta o escanda. Una variedad de trigo que daba una harina muy fina y blanca, no apta para hacer pan pero excelente para pastelería. Era el llamado tríticum spelta.

etnarca. Término griego que solía aplicarse a la máxima autoridad de una ciudad.

Etruria. Nombre latino de lo que había sido el reino de los etruscos. Comprendía las vastas llanuras costeras del noroeste de la península italiana desde el Tíber a la orilla sur del Arno, al norte. Durante la época republicana, sus principales ciudades eran Veii, Cosa y Clusium. La cruzaban las vías Aurelia, Clodia y Cassia.

Euxino, mar. El actual mar Negro. Los griegos lo exploraron ampliamente y establecieron numerosas colonias en sus orillas en los siglos VII y VI a. JC. Dados los caudalosos ríos que desaguan en él, siempre fue menos salado que otros mares y la corriente que discurría por el Bósforo tracio y el Helesponto fluía siempre del Euxino al Egeo, lo que era un factor favorable al salir de él y desfavorable al navegar hacia él.

extorsión. Véase repetundae.

facción. Es el término que suelen aplicar los eruditos actuales a los grupos políticos de la época republicana de Roma. No se les puede denominar partidos políticos pues eran enormemente flexibles y su composición cambiaba constantemente. Más que unirse por una ideología común, las facciones romanas se constituían en torno a alguien de sobresaliente auctoritas y dignitas. He evitado radicalmente los términos «optimates» y «popularis» porque no he querido dar la impresión de que existieran partidos políticos.
 
fasces. Eran unos haces de varitas de abedul, ritualmente sujetas por correillas de cuero rojo en zig-zag. Eran en origen el emblema de los reyes etruscos y se usaron en la vida pública romana desde tiempos de la república hasta el imperio. Los llevaban los llamados lictores, que precedían a los magistrados curules (así como al procónsul y al propretor) como símbolo de su imperium. Dentro del pomerium, los haces sólo constaban de las varillas para indicar que el magistrado curul únicamente tenía poder para castigar; fuera de él, en los haces se introducían unas hachas, para indicar que el magistrado curul tenía poder también para ejecutar. El número de fasces indicaba el grado de imperium: un dictador disponía de veinticuatro, un cónsul o procónsul de doce, un pretor o propretor de seis y un edil de dos.

fasti. Término latino para señalar los días «útiles», pero en tiempos de Mario y Sila significaba varias otras cosas: el calendario, listas relativas a fiestas festivales y listas de los cónsules (esto último probablemente porque los romanos de la época republicana conocían los años tanto por los cónsules en el cargo como por la numeración correlativa). En el glosario de El primer hombre de Roma se da una explicación más detallada del calendario romano.

flamen, flamines. Sacerdote perteneciente a una clase particular. Había quince flamines, tres mayores y doce menores. Los tres mayores eran el flamen dialis (sacerdote de Júpiter Optimus Maximus), el flamen martialis (sacerdote de Marte) y el flamen quirinalis (sacerdote de Quirino). Excepto el flamen dialis, ninguno de ellos debía tener obligaciones muy onerosas; al menos en el caso de los tres mayores el Estado se encargaba de darles vivienda y manutención. Seguramente eran los sacerdotes más antiguos de Roma.

Fortuna. La diosa romana de la fortuna y una de las deidades más adoradas del panteón romano. Había varios templos de Fortuna dedicados a esta diosa en sus diversas encarnaciones, pero la modalidad de fortuna que más interesaba a políticos y generales era la Fortuna Huiusque Diei —«La fortuna del día presente»—. Incluso hombres de valía y preclara
 
inteligencia como Cayo Mario, Lucio Cornelio Sila y el dictador Cayo Julio César creían implícitamente en las maquinaciones de la Fortuna.

Fregellae. Una comunidad con derechos latinos y tradicional lealtad a Roma, que en el 125 a. JC. se sublevó y sufrió por mano del pretor Lucio Opimio una despiadada destrucción de la que nunca se recuperó. Estaba situada en la Via Latina a orillas del río Liris, en la frontera del Samnio.

Frigia. Una de las zonas más salvajes y menos pobladas de Asia Menor, sinónimo para los antiguos de ninfas, dríadas, sátiros y otros míticos seres campestres, así como de campesinos tan indefensos que solían caer fácilmente en la esclavitud. Frigia se hallaba tierra adentro después de Bitinia, al sur de Paflagonia y al oeste de Galacia. País montañoso y con abundantes bosques, formaba parte del imperio atálida de Pérgamo; después de las guerras que siguieron al legado del reino de Pérgamo a Roma, el procónsul Manio Aquilio vendió prácticamente toda la Frigia a Mitrídates V del Ponto y se embolsó el oro.

Galia Comata. Galia cabelluda. Sustraída a la provincia romana de la Galia Transalpina, la Galia Comata comprendía los actuales territorios de Francia y Bélgica y la porción de Holanda situada al sur del Rin. El Rin constituía la frontera entre la Galia y Germania. Los habitantes de todas las regiones alejadas del Rin eran celtas de culto druídico; en las proximidades del Rin, las tribus estaban mezcladas debido a las invasiones de los germanos. Se la denominaba Galia Cabelluda porque sus habitantes no se cortaban el pelo.

Galia itálica. La Galia Cisalpina, es decir, la Galia a este lado de los Alpes. La he denominado Galia itálica para simplificar. Comprendía las tierras al norte de los ríos Arnus y Rubico, en el lado italiano del formidable arco de los Alpes, que separaban a Italia y la Galia itálica del resto de Europa. La bisectriz de este a oeste era el caudaloso río Padus (el Po actual), y había una notable diferencia entre las tierras de ambas orillas. Al sur del río, habitantes y ciudades estaban muy romanizados y muchas tenían derechos latinos. Al norte del Po, gentes y ciudades eran más celtas que romanas y como mucho el latín era una segunda lengua. La lex Pompeia promulgada por Pompeyo Estrabón en el 89 a. JC. concedió plena
 
ciudadanía romana a los habitantes de comunidades con derechos latinos situadas al sur del Po, y derechos latinos a las ciudades de Aquileia, Patavium y Mediolanum, situadas al norte del mismo. Políticamente, la Galia itálica vivía en una especie de limbo en tiempos de Mario y Sila, pues ni tenía categoría de provincia ni formaba parte de Italia. Durante la guerra mársica (social) se incorporaron por primera vez los varones de la Galia itálica a los ejércitos de Roma; como auxiliares antes de la lex Pompeia y como legionarios romanos a partir de ella.

Galia Transalpina. La provincia romana al otro lado de los Alpes, conquistada en su mayor parte por Cneo Domicio Ahenobarbo con anterioridad al 120 a. JC. para asegurar a Roma una ruta para el tránsito de sus ejércitos entre Italia y España. La provincia estaba formada por una franja costera desde Liguria a los Pirineos, con dos avanzadas internas hacia Tolosa en Aquitania y, por el valle del Rhodanus (Ródano), hacia la factoría de Lugdunum (Lyon).

gens, gentes. Familia o clan romano con el mismo apellido; Julius, Domitius, Cornelius, Aemilius, Servilius, Livius, Porcius, Junius y Licinius, por ejemplo, son gentilicios. Todos los miembros de la misma gens descendían de un antepasado común (con excepción de los esclavos manumisos, que adoptaban el nombre de sus amos). Era palabra del género femenino, por lo que en latín se decía la gens Julia, la gens Cornelia, la gens Servilia.

gladiador. Un soldado de la categoría más baja, un guerrero profesional que representaba sus artes en público. Era una tradición etrusca que siempre floreció en toda Italia, incluida Roma. Durante la época republicana el gladiador era un personaje honorable y heroico, estimado y bien recibido en todas partes. Sus orígenes pueden ser diversos: tal vez fuese un desertor de las legiones, un criminal convicto, un esclavo o un liberto que ingresaba voluntariamente en el oficio. En la época republicana servía probablemente entre cuatro y seis años y, por término medio, luchaba unas cinco veces al año; era raro que muriesen y aún tardaría en llegar la época del veredicto imperial de «alzar o bajar el pulgar». Al retirarse, solía contratarse como
 
guardaespaldas o forzudo. Ser dueño de una escuela de gladiadores estaba considerado una buena inversión.

Gracos. Más conocidos como hermanos Graco. Cornelia, hija de Escipión el Africano y Emilia Paula, se casó a la edad de dieciocho años con Tiberio Sempronio Graco, de cuarenta y cinco. Corría el año 172 a. JC. y Escipión el Africano había muerto doce años antes. Tiberio Sempronio Graco había sido cónsul en el 177 a. JC., fue censor en el 169 a. JC. y cónsul por segunda vez en el 163 a. JC. Al morir en el 154 a. JC., era padre de doce hijos, pero eran enfermizos y sólo tres de ellos logró criar Cornelia y que se hicieran adultos; Sempronia era la mayor y se casó, en cuanto tuvo edad, con su primo Escipión Emiliano. Los otros dos más pequeños eran varones. Tiberio Graco nació en el 163 a. JC. y su hermano Cayo en el mismo año de la muerte de su padre, 154 a. JC. Por consiguiente, los dos niños fueron educados por la madre, que realizó una labor excepcional.

Los dos hermanos Graco hicieron el servicio militar al mando del primo hermano de su madre, Escipión Emiliano; Tiberio, en la tercera guerra púnica y Cayo, en Numancia: ambos fueron de singular valentía. Tiberio fue enviado a la Hispania Citerior en el 137 a. JC. de cuestor, y por su cuenta negoció un tratado que permitió salir al vencido Hostilio Mancino de Numancia, salvando a su ejército de ser aniquilado; sin embargo, Escipión Emiliano consideró un lamentable error su intervención y logró convencer al Senado para que no ratificase el tratado. Tiberio nunca se lo perdonaría a su primo-cuñado.

En el 133 a. JC., Tiberio fue elegido tribuno de la plebe y se dispuso a corregir los errores que el Senado cometía en los arriendos del ager publicus. En contra de una encarnizada oposición, aprobó una ley agraria que limitaba la extensión de tierra pública que una persona podía arrendar o poseer a 500 iugera (con 250 iugera más por hijo) y creó una comisión para repartir el exceso de tierras, consecuencia de esa limitación, entre los pobres de Roma. Su propósito era no sólo librar a la ciudad de sus ciudadanos más inútiles, sino asegurarse de que las futuras generaciones pudieran dar a Roma hijos con medios para servir en el ejército. Cuando el Senado quiso entorpecer la aprobación de la ley, Tiberio Graco la presentó directamente a
 
la Asamblea plebeya y se metió en un avispero, porque fue una decisión sin precedentes. Uno de sus colegas tribunos de la plebe (y pariente), Marco Octavio, vetó la ley en la Asamblea de la plebe y fue ilegalmente desposeído de su cargo, otra considerable ofensa al mos maiorum (la práctica establecida). No era tanto la legalidad de estas estratagemas lo que importaba a los adversarios de Tiberio Graco, sino que fuesen en contra de la tradición, aunque no existiesen reglas escritas.

Al morir aquel mismo año Atalo III, rey de Pérgamo, dejando en herencia su reino a Roma, Tiberio Graco hizo caso omiso del derecho del Senado a decidir qué se hacía con el legado y legisló que las tierras se empleasen como asentamiento complementario de los romanos pobres. La oposición en el Senado y en el Foro aumentaba cada día.

Luego, en el 133 a. JC., sin que se hubiera llevado a cabo con éxito el programa, Tiberio Graco transgredió otra costumbre establecida, aquella que limitaba a una sola vez el desempeño del cargo de tribuno de la plebe, y se presentó a una segunda elección. En esta ocasión, enfrentado a las fuerzas senatoriales ultraconservadoras, encabezadas por su primo Escipión Nasica, Tiberio Graco murió apaleado en el Capitolio con algunos de sus seguidores. Su primo Escipión Emiliano —que no había regresado aún de Numancia cuando ocurrieron los hechos— aprobó públicamente el homicidio, alegando que Tiberio Graco había querido proclamarse rey de Roma.

Los disturbios estallaron diez años después, cuando el hermano de Tiberio Graco, Cayo, fue elegido tribuno de la plebe en el 123 a. JC. Cayo Sempronio Graco era igual que su hermano, pero había sabido aprender la lección y evitar sus errores y actuar con más sagacidad. Sus reformas fueron mucho más amplias e incluyeron no sólo las leyes agrarias, sino leyes frumentarias para el abastecimiento de trigo a precio módico a las clases bajas, la regulación del servicio militar, la fundación de colonias romanas en el extranjero, el inicio de obras públicas en toda Italia, la separación del tribunal que entendía de extorsiones a la potestad del Senado entregándoselo a los caballeros, la recaudación de impuestos en la provincia de Asia mediante contratas públicas controladas por los censores y la
 
concesión de plena ciudadanía romana a los que poseían derechos latinos y derechos latinos a todos los aliados itálicos. Por supuesto que este programa no se había completado ni mucho menos al concluir el año de su mandato como tribuno de la plebe, y Cayo Graco hizo lo imposible consiguiendo que le reeligiesen tribuno. Además de suscitar furibunda indignación y tenaz enemistad, continuó batallando para completar su programa de reformas, que a finales del 122 a. JC. seguía incompleto. Se presentó a una tercera reelección como tribuno, pero esta vez él y su amigo Marco Flavio fueron derrotados.

A comienzos del 121 a. JC., sus leyes y sus reformas sufrieron el ataque unísono del cónsul Lucio Opimio y el ex tribuno de la plebe Marco Livio Druso. Desesperado al ver que toda su labor iba a ser destruida, Cayo Graco recurrió a la violencia y el Senado respondió aprobando por primera vez un «decreto inapelable» para contener los desórdenes, con el resultado de que Fulvio Flaco y dos de sus hijos murieron asesinados y Cayo Graco, en fuga, se suicidó en el bosque de Furrina en las laderas del Janículo. Nunca más volvería a ser igual la política de Roma: quedaba resquebrajada la fortaleza inmemorial del mos maiorum.

La vida de los dos hermanos Graco conoció similar tragedia. Tiberio Graco fue contra la costumbre de su familia (que era casarse con Cornelias de los Escipiones) y contrajo matrimonio con Claudia, hija de Apio Claudio Pulcher, cónsul en el 143 a. JC. e inveterado enemigo de los Escipiones Emilianos. Tuvieron tres hijos, ninguno de los cuales vivió para alcanzar la carrera pública. Cayo Graco se casó con Licinia, hija de su cliente Publio Licinio Craso Muciano, con la que tuvo una hija, Sempronia, que casó con Fulvio Flaco Bambalio, del que tuvo una hija, Fulvia, que a su vez fue esposa de Publio Clodio Pulcher, Cayo Escribonio y Marco Antonio.

grammaticus. No era un maestro de gramática, sino del arte básico de la retórica (véase este artículo).

Grecia. A principios del siglo I a. JC. Grecia había quedado privada de las regiones de Macedonia y el Epiro y estaba formada por Tesalia, Dolopia, Malis, Eubea, Ocris, Fócida, Lócrida, Etolia, Acarnania, Beocia, Atica, Corinto y los diversos estados del Peloponeso. Lo griego había entrado en
 
una decadencia casi absoluta y muchas regiones estaban despobladas, con ciudades sombra de lo que fueron y arcas vacías. Sólo urbes como Atenas mantenían en cierto modo su esplendor. Siglos de guerras, con invasores extranjeros con ínfulas de conquistadores, y, sobre todo, conflictos entre los propios estados griegos, habían empobrecido el país reduciendo a la mitad su población, que (si tenía la fortuna de tener un oficio o buena formación) se vendía voluntariamente como esclava.

«heno en el cuerno». Los bueyes de la antigüedad tenían unos cuernos enormes, y no todos, pese a estar castrados, eran mansos. Los animales que corneaban se marcaban —para señalarlo— con heno en el cuerno con el que atacaban, o en los dos si corneaban con ambos. Así, los peatones, cuando veían por las calles de Roma un carro tirado por un buey con heno atado al cuerno, se apartaban. El dicho «heno en el cuerno» se aplicaba a un hombre de falsa apariencia pacífica que podía revolverse y golpear con verdadera saña.

helenístico. Término empleado para referirse a la cultura que Alejandro Magno tan espectacularmente difundió por el mundo antiguo.

Herakles. Hércules en latín. Un mortal (si bien era hijo de Zeus) de fabulosa fuerza, indomable y perseverante en la adversidad, que le inmortalizó para la posteridad. Después de su muerte en una camisa emponzoñada, Zeus le concedió la inmortalidad. No obstante, fueron sus cualidades humanas las que le convirtieron en objeto de culto. Vagó de un extremo a otro del Mediterráneo; su culto era exclusivamente masculino y se le consideraba prototipo de las virtudes viriles tradicionales. Se le representaba en estatua ataviada con las galas del general triunfante. En Roma era también dios del comercio, en particular entre los que se dedicaban a la venta de aceite de oliva. Algunos se consideraban descendientes de él, como era el caso de Mitrídates y los Antonios romanos.

hierro. El término «edad de hierro» llama bastante a confusión, ya que el hierro en sí no es un metal muy utilizable. Sólo sustituyó al bronce cuando los antiguos herreros descubrieron el sistema para endurecerlo; a partir de entonces fue el metal preferido para hacer herramientas, armas y otros objetos que requerían la combinación de dureza, durabilidad y
 
posibilidad de dotarlos de un filo o una punta. Aristóteles y Teofastro, que vivieron en la Grecia del siglo iv a. JC., hablan de «acero» y no de «hierro». No obstante, todo el proceso de transformación del hierro en un metal utilizable evolucionó totalmente al margen de las reglas químicas y metalúrgicas inherentes al mismo. La principal mena que se empleaba para la extracción del hierro era la hematites; la pirita se usaba poco debido a la enorme toxicidad de sus residuos sulfúricos. Estrabón y Plinio el Viejo describen el método de cocción (oxidación) de la mena en horno de tierra, pero la cocción en horno alto (reducción) era más eficaz, se podían fundir mayores cantidades de mena y era más idóneo. El combustible utilizado para la fundición era el carbón vegetal (igual que en el caso del bronce y otras aleaciones) y casi todos los talleres de fundición utilizaban los dos tipos de hornos y producían «barras» con escoria. Estas barras se recalentaban por encima de la temperatura de fusión y se les difundía carbono a partir del carbón martilleándolas (forja), con lo que se eliminaba gran parte de esa escoria contaminante, aunque los acerados antiguos siempre contenían algo de escoria. Los herreros romanos eran muy diestros en las técnicas de templado y cementación (con esta última se difundía más cantidad de carbono al hierro). Todos estos procedimientos modificaban las características básicas del acero carbonado de distinta manera, obteniéndose hierros adecuados a los diversos propósitos: navajas, hojas de espadas, cuchillos, sierras, gubias, escoplos, clavos, escarpias, etc. Tan apreciados eran los buenos hierros para filos, que el filo cortante iba soldado (los romanos conocían dos métodos de soldadura: por presión y por fusión) a una base más barata (como era el caso de las rejas de arado y las hachas). Sin embargo, el filo de la espada romana era totalmente de acero y muy cortante; se obtenía templándolo a unos 280 grados centígrados. Se conocían y se empleaban universalmente las tenazas, yunques, martillos, fuelles, crisoles, ladrillos refractarios y las demás herramientas del oficio de herrero. Muchas de las antiguas teorías eran erróneas, pues se creía, por ejemplo, que la naturaleza del líquido que se utilizaba para templar afectaba al proceso, y nadie sabía que el hecho de que el hierro que se extraía en
 
Noricum produjese tan magnífico acero se debía al reducido contenido en manganeso sin ganga de fósforo, arsénico o azufre.

hiperbóreos. Literalmente los que habitaban más allá del ámbito de Bóreas, el viento Norte. Eran seres míticos y se decía que únicamente adoraban al dios Apolo y vivían una existencia idílica. Los antiguos creían que la tierra de los hiperbóreos se hallaba en algún lugar remoto del norte.

Hispania Citerior. Esta provincia romana comprendía las llanuras costeras mediterráneas y las laderas montañosas que las limitaban, desde los Pirineos hasta el sur del puerto de Cartagonova (Cartagena). La frontera sur que la separaba de la otra provincia (la Hispania Ulterior) era un tanto imprecisa, pero parece ser que discurría entre la cordillera llamada Orospeda y la de cumbres más altas situada detrás de Abdera, denominada Solorius. En tiempos de Mario y Sila, el núcleo habitado principal era Cartagonova, dado que las montañas de Orospeda que rodean al puerto eran muy ricas en minas de plata de las que se habían apropiado los romanos a la caída de Cartago. Sólo una parte de esta provincia revestía interés para los romanos: el valle del rio Iberus (Ebro) y sus afluentes, que era una región muy fértil. El gobernador tenía dos sedes: Cartagonova en el sur y Tarraco (Tarragona) en el norte. La Hispania Citerior nunca fue económicamente tan importante para Roma como la provincia Ulterior. No obstante, al ser la única ruta de penetración hacia la Hispania Ulterior, requería estar sometida.

Hispania Ulterior. La más alejada de Roma de las dos provincias españolas. En tiempos de Mario y Sila sus límites eran algo imprecisos, pero en términos generales la Ulterior abarcaba toda la cuenca del rio Betis y el Anas, las montañas ricas en minerales en que nacían esos ríos, el litoral atlántico desde las Columnas de Hércules hasta Olissipo en la desembocadura del Tagus y el litoral mediterráneo desde las Columnas hasta el puerto de Abdera (Adra). La ciudad más importante era Gades (Cádiz), pero la sede del gobernador era Corduba. Estrabón la consideraba la tierra más fértil del mundo.

hombres buenos. Véase boni.
 
horcas caudinas. En el 321 a. JC. un ejército romano quedó atrapado en un desfiladero llamado las Horcas Caudinas, próxima a la ciudad samnita de Caudio (Beneventum). Al rendirse al samnita Gavio Pontio, éste les hizo pasar bajo el yugo.

Ilium. Nombre dado por los romanos a la ciudad de Troya.

imago, imagines. Máscaras artísticamente pintadas y con peluca de un antepasado consular (o quizá pretor) en las familias romanas. Se hacían con cera de abejas y las conservaban los descendientes en una urna a guisa de templo en miniatura y eran objetos muy respetados. Cuando moría alguien de la familia, se contrataban los servicios de un actor que portaba la imago con la peluca y encarnaba al difunto en el cortejo mortuorio. Si un hombre accedía al cargo de cónsul, se le hacía la máscara para añadirla a la colección familiar; a veces a alguien que no había sido cónsul, por alguna acción de gran relevancia, se le consideraba digno de tener una máscara.

imperator. Literalmente, «comandante en jefe» o «el general» de un ejército romano. No obstante, el término se fue aplicando paulatinamente a un general que hubiese obtenido una gran victoria; para solicitar permiso al Senado para celebrar un triunfo, el general tenía que demostrar que después de la batalla sus tropas le habían aclamado con el título de imperator. Naturalmente, de ahí procede la palabra emperador.

imperium. El imperium era el grado de autoridad que se concedía a un magistrado curul o a un promagistrado. Tener imperium quería decir que esa persona poseía la autoridad del cargo y no se le podía contradecir (siempre que actuase dentro de los límites de su imperium y con arreglo a las leyes que regían su conducta). Se confería por una lex curiata y sólo duraba un año; las prórrogas tenía que ratificarlas el Senado y/o el pueblo en el caso de los promagistrados que no hubieran cumplido en el plazo de un año lo que se les había encomendado. Los lictores con fasces significaban que el que les seguía poseía imperium.

insula, insulae. Literalmente «isla», dado que estaba rodeada de calles. Eran casas de viviendas de varios pisos. Las de Roma eran muy altas y llegaban a tener treinta metros; algunas eran tan grandes que disponían de varios patios de luz. Igual que ahora, en aquella época Roma era una ciudad
 
en la que el alquiler de apartamentos era un lucrativo negocio. Esto es de por si una buena clave a la manida pregunta de cuál era la población de Roma en la antigüedad. Conocemos la extensión de la ciudad en el perímetro de las murallas servianas: más de un kilómetro de ancho por más de dos kilómetros de largo. Lo que significa que su población en tiempos de Mario y Sila debía ser como mínimo un millón de habitantes, aunque probablemente era superior. De no haber sido así, las ínsulae habrían estado a medio alquilar y los parques habrían abundado. Pero Roma era un hormiguero y sus insulae estaban atestadas. Lo más verosímil es que su población fuese dos millones (esclavos incluidos).

interrex, interreges. Significa «entre los reyes» y data de los tiempos de la monarquía cuando el Senado patricio, al morir el rey, nombraba a uno de sus miembros regente provisional hasta la entronización del nuevo soberano. Con el advenimiento de la república perduró la costumbre en casos en que, debido a fallecimiento u otra fuerza mayor, quedaba vacante el cargo de cónsul y aún no se habían celebrado elecciones. Los miembros del Senado se dividían en decurias encabezadas por un senador patricio. Mientras Roma estaba sin cónsules, se elegía un interrex entre los senadores patricios que encabezaban las decurias; sólo ostentaba el cargo cinco días y a continuación le sustituía otro senador al frente de una decuria, y así sucesivamente hasta que se celebraban las elecciones y los dos cónsules accedían al cargo. Mientras ocupaba el cargo, el senador nombrado interrex tenía pleno imperium consular, los doce lictores y desempeñaba todas las funciones propias del cónsul. Nadie podía ser interrex no siendo el patricio cabeza visible de una decuria. El primero de una sucesión de interreges no podía celebrar elecciones consulares.

Italia. En el contexto de la obra Italia es todo el antiguo territorio peninsular al sur del Arno y el Rubicón y, en segundo lugar, los pueblos itálicos que se alzaron contra Roma en el 91 a. JC. y entablaron la guerra mársica (después denominada social).

itálicos, aliados. Los pueblos, tribus o naciones (de estas tres maneras se los denomina) que habitaban la península itálica sin gozar de plena ciudadanía romana o derechos latinos. A cambio de protección militar y en
 
interés de una pacífica convivencia, se les exigía aportar soldados armados a los ejércitos y pagar su manutención. Los aliados itálicos soportaban también la carga de impuestos generales en tiempos de Mario y Sila y en muchas ocasiones habían sido obligados a entregar parte de sus tierras para incrementar el ager publicus romano. Muchos de ellos se habían sublevado contra Roma (como era el caso de los samnitas) o se habían alineado con Aníbal y otros caudillos contra ella (como sucedió con zonas de Campania). En cierto modo, siempre había existido una tendencia por parte de los aliados itálicos para sacudirse el yugo romano o exigir la plena ciudadanía, pero no fue hasta el último siglo de la república cuando Roma adoptó la decisión antes de que el rencor pasara a mayores. Tras la concesión del derecho a voto de Formiae Fundi y Arpinum en 188 a. JC. no se volvió a conceder la ciudadanía o derechos latinos a ninguna comunidad itálica. La gota de agua que rebasó el vaso del descontento aliado fue la lex Licinia Mucia del 95 a. JC., que desembocó en sublevación y guerra a fines del 91 a. JC. Las regiones itálicas que permanecieron fieles a Roma fueron Etruria, Umbría, Picenum norte, Campania norte y el país de los sabinos.

Los pueblos que se alzaron contra Roma fueron los marsos (de ahí el nombre de guerra mársica), los samnitas, los frentanos, los marrucinos, los picentinos al sur del río Flosis, los pelignos, los vestinos y los hirpinos que formaron una coalición a la que pronto se sumaron los lucanos, los apulios y los venusinos.

Las dos regiones del extremo sur, Bruttium y Calabria, simpatizaban con la causa itálica, pero casi no intervinieron en las hostilidades. Quinto Popedio Silo de los marsos y Cayo Papio Mutilo de los samnitas fueron los principales dirigentes del gobierno itálico aliado.

Itálica. Capital de la nueva nación de Italia soñada por los insurgentes de la guerra mársica (social). Lo fue en realidad la ciudad de Corfinium, a la que sólo se dio el nombre de Itálica durante las hostilidades.

iugerum, iugera. Medida romana de superficie equivalente a 0,252 hectáreas.

Janículo. La colina del Janículo formaba las alturas detrás de la orilla noroeste del Tíber, enfrente de Roma. En tiempos de la república se alzaba
 
en ella una fortaleza, que aún existía en vida de Mario y Sila, lista para acoger una guarnición. En el reducto había un asta en la que ondeaba una bandera roja que en caso de ser arriada indicaba la inminencia de un ataque contra la ciudad.

juegos. Ludi en latín. Institución romana para esparcimiento que se remonta como mínimo a los primeros tiempos de la república y muy posiblemente a antes. Al principio, los juegos o ludi se celebraban únicamente en coincidencia con el triunfo de un general, pero en el 366 a. JC., los ludi romani, como se denominó a los primeros, se convirtieron en acontecimiento anual en honor de Júpiter Optimus Maximus, cuya festividad era el 13 de septiembre. No tardarían en ampliarse los días de celebración, y en tiempos de Mario y Sila se sucedían a lo largo de diez jornadas. Aunque había combates rudimentarios de boxeo y lucha, nunca incluyeron las competiciones atléticas ni tuvieron el carácter de los juegos físicos de los griegos. Al principio consistían fundamentalmente en carreras de carros, para paulatinamente ir incorporando lucha con animales y representaciones celebradas en teatros levantados al efecto. El primer día de los juegos tenía lugar una procesión religiosa por el circo, después se celebraban una o dos carreras de carros y luego los combates de boxeo y lucha. Los días siguientes había representaciones teatrales a base de comedias, ya que las tragedias no gozaban del favor del público; en tiempos de Mario y Sila lo más popular eran las representaciones de mimo. Luego, conforme se aproximaba su fin, las carreras de carros era lo que primaba, alternando con cacerías de animales salvajes. Los combates de gladiadores no formaban parte de los juegos durante la república, pues sólo tenían lugar con ocasión de los juegos funerarios y solían celebrarse en el Foro más que en los circos. Estos los pagaba un particular y no el Estado como era el caso de los juegos circenses. Sin embargo, los que tenían ambiciones electoralistas y querían labrarse fama entre los ciudadanos, cuando eran ediles se gastaban grandes sumas para que los juegos fuesen más vistosos que los que permitía la asignación oficial. Casi todos los juegos se celebraban en el circo Máximo y los menos importantes en el circo Flaminius. Los ciudadanos romanos libres y sus esposas podían asistir (no
 
se cobraba entrada) y las mujeres se sentaban aparte en los teatros pero no en los circos; no se permitía la entrada a esclavos ni libertos, probablemente porque la capacidad de unas 150000 personas del circo Máximo no daba más que para la admisión de hombres libres.

Juno Moneta. Juno de las Alarmas o quizá de las Advertencias. Fueron sus gansos sagrados los que graznaron tan fuerte que despertaron a Marco Manlio a tiempo para rechazar a los galos que intentaban escalar los acantilados del Capitolio en el 390 a.JC. La casa de la moneda estaba dentro del perímetro de su templo en el Arx capitolino.

Júpiter Optimus Maximus. Deidad suprema del panteón romano; tenía un gran templo en el Capitolio y su propio sacerdote llamado el flamen díalís.

Júpiter Stator. Literalmente, Júpiter Protector; un título relacionado con los asuntos bélicos, en el sentido del que detiene las retiradas y concede valor a los soldados para resistir y combatir sin ceder terreno. Existían dos templos a Júpiter Stator, uno muy antiguo en la esquina de la Via Sacra con el Velia, cerca del Clivus Palatinus (en el que se refugió Cayo Mario al ser vencido por Sila en el 88 a. JC.) y el otro en el Campo de Marte, junto al Porticus Metelli, que fue el primer templo de Roma construido enteramente en mármol.

Khíos. (Quíos). Isla del Egeo próxima a la costa de Asia Menor (la provincia romana de Asia) y cerca de Esmirna; en aquella época era famosa por sus vinos sin igual. Tras un fortuito abordaje del navío real por una galera de esta isla, el rey Mitrídates cobró un odio inaudito contra ella y sus naturales.

lar, lares. Eran los más romanos de todos los dioses y no tenían forma, sexo, número ni mitología. Eran numína (véase numen) y había muy diversas modalidades de lares, que desempeñaban el papel de espíritus o fuerzas protectoras de un lugar (como eran encrucijadas y lindes), un grupo social (como en el caso del lar familiaris o de la familia), una profesión (como los lares permarini en la de marino) o toda una nación (como los lares públicos de Roma llamados lares praestitis). A fines del período republicano se los representaba en forma de grupo estatuario formado por
 
dos jóvenes con un perro, pero es dudoso que los romanos creyesen que sólo existieran dos o que adoptasen exclusivamente tal forma, y seguramente la creciente complicación de la vida hizo conveniente tal representación.

latifundium, latifundia. Grandes extensiones de tierra pública arrendadas y explotadas por un solo individuo para la ganadería. Solían trabajarlas esclavos que progresivamente fueron tratados como cordadas de presos a los que por la noche se encerraba en las ergastula.

Latium. La región de Italia en que se hallaba Roma; nombre derivado de sus indígenas, los latini. Limitaba al norte con el Tíber, al sur con un punto que se internaba desde el puerto de Circei hasta el interior y al este con las tierras de los sabinos y los marsos. Se convirtió en región totalmente romanizada con el sometimiento de volscos y ecuos en el 300 a. JC.

Lautumiae. La antigua cantera de toba al pie de los acantilados norte del Arx capitolino. Los primeros edificios del Foro en tiempos de Mario y Sila estaban construidos con la piedra en ella extraída; luego, se edificó una prisión en el hueco excavado, pero como el encarcelamiento prolongado no primaba entre los romanos, no era una cárcel muy segura, sino una serie de celdas empleadas fundamentalmente para confinar a magistrados o políticos recalcitrantes. Los romanos preferían el destierro a la cárcel, pues resultaba más barato.

legado (legatus). Los miembros de más alta categoría del estado mayor de un general eran los legados. Para ostentar tal cargo había que tener categoría senatorial y con frecuencia consular (parece ser que los viejos senadores a veces buscaban una incorporación pasajera a la vida militar y prestaban voluntariamente sus servicios a un general que estuviera al frente de una campaña interesante). Los legados eran responsables directos ante el general y estaban por encima de los tribunos militares.

legión. La unidad militar romana más reducida capaz de hacer la guerra (aunque en raras ocasiones se le encomendaba). Era completa en cuanto a hombres, pertrechos y servicios; en tiempos de Mario y Sila, un ejército romano que interviniese en cualquier campaña importante, rara vez constaba de menos de cuatro legiones, aunque tampoco era frecuente que
 
dispusiera de más de seis. Las legiones aisladas que no se utilizaban para refuerzo cumplían servicios de guarnición en lugares en que se produjeran sublevaciones o incursiones de poca monta. Una legión constaba de unos cinco mil hombres divididos en diez cohortes de seis centurias; poseía, además, unos mil hombres que no eran combatientes, y generalmente disponía de una modesta fuerza suplementaria de caballería. Cada legión llevaba su propia artihería y máquinas de guerra; si la legión era de un cónsul, la mandaban seis tribunos electos de los soldados; si era de un general sin cargo de cónsul, la mandaba un legado o el propio general. Los oficiales de una legión eran los centuriones en número de unos sesenta. Aunque las tropas de una legión acampaban juntas, no se mezclaban ni convivían, sino que se repartían en unidades de ocho hombres.

legionario. Soldado raso (miles gregarius) de las legiones romanas.

lex, leges. Ley, en latín, se aplicaba también a los plebiscita (plebiscitos) aprobados por la Asamblea plebeya. Una lex no se consideraba vigente hasta que quedaba inscrita en bronce o en piedra y depositada en las cámaras del sótano del templo de Saturno; sin embargo, por lógica, la estancia de la ley en el templo de Saturno sería muy breve porque en sus cámaras no habría cabido la asombrosa colección de tablillas de toda la legislación, aun en tiempos de Mario y Sila, ya que los mismos sótanos alojaban el Tesoro. Sin duda, las tablillas serían trasladadas de vez en cuando a otros depósitos.

leges Caecilia Didia. He denominado prima a la primera promulgada porque en la obra se menciona mucho más que la segunda lex Caecília Didia. La primera estipulaba que debían transcurrir tres nundinae o días de mercado entre el primer contio para promulgar una ley en cualquiera de las asambleas y la votación en la misma con la que adquiría rango de ley vigente. Existe cierta disparidad de criterios en si el período de espera era diecisiete o veinticuatro días; yo he optado por el plazo más corto por parecerme más romano. La segunda lex Caecilia Didia prohibía integrar en una sola ley dos asuntos distintos.

lex Calpurnia de civitate sociorum. Ley aprobada por Pisón Frugi en el

89 a. JC., estipulando que todos los nuevos ciudadanos en virtud de la lex
 
Julia se repartiesen en dos nuevas tribus, lo que suscitó grandes protestas; la ley fue modificada y los nuevos ciudadanos quedaron repartidos entre las dos tribus recién creadas y las ocho existentes.

leges Corneliae. Las leyes de Sila aprobadas en el 88 a. JC. durante su consulado. Formaban tres grupos, legislados en fechas distintas. Al principio del consulado hizo aprobar dos leyes para regular las maltrechas finanzas de Roma; la primera estipulaba que todos los deudores pagarían interés simple en el porcentaje acordado en los préstamos por ambas partes. La segunda disponía el depósito del spontio, es decir, la suma en litigio en casos de deuda, en manos del pretor, dándole potestad para dirimir.

Tras la matanza llevada a cabo por Mitrídates en la provincia de Asia y antes de las leyes de Sulpicio, se aprobó la ley agraria de Sila, que concedía las tierras confiscadas a las ciudades sublevadas de Pompeya, Faesulae, Hadria, Telesia, Bovianum y Grumentum a sus ex combatientes al retirarse. El tercer grupo de leyes se aprobaron después de la marcha de Sila sobre Roma.

La primera ampliaba el plazo de espera de la lex Caecilia Didia prima; la segunda aumentaba en trescientos miembros el Senado, designándolos los censores según el procedimiento habitual. La tercera derogaba la Lex Hortensia del 287 a. JC. y estipulaba que no se podía presentar ningún proyecto de ley a las asambleas tribales sin un consultum previo del Senado. La cuarta volvía a configurar la Asamblea centuriada en la forma que tenía bajo el rey Servio Tulio, concediendo así a la primera clase casi el 50 por ciento del poder decisorio electoral. La quinta prohibía la discusión y la aprobación de leyes en las asambleas tribales; a partir de entonces, todas las leyes se discutirían y aprobarían únicamente en la Asamblea centuriada. La sexta derogaba todas las leges Sulpiciae por haber sido aprobadas con violencia durante días declarados legalmente festividad religiosa. La séptima declaraba convictos de alta traición a veinte personajes de Roma, condenándolos por medio de la Asamblea centuriada. Los acusados fueron Cayo Mario y su hijo, Sulpicio, Bruto el pretor urbano, Cetego, los hermanos Granii, Albinovanus, Letorio y once más.
 
lex Domitia de sacerdotis. Ley aprobada en 104 a. JC. por Cneo Domicio Ahenobarbo durante su tribunado de la plebe. Establecía la elección de los miembros del colegio de pontífices y del de augures por una asamblea especial tribal en la que participaban diecisiete tribus sacadas a suertes.
lex Julia de civitate Latinis et sociis danda. Aprobada por Lucio Julio César al final de su consulado en el 90 a. JC., concediendo la ciudadanía romana a todos los itálicos que no hubiesen empuñado las armas contra Roma en la guerra social. Se supone que emancipaba del todo a las comunidades itálicas con derechos latinos.

lex Licinia Mucia. Aprobada por los cónsules en el 95 a. JC. en reacción al descontento por la cantidad de falsos ciudadanos romanos que aparecieron en el censo del 96 a. JC. Estipulaba la creación de tribunales extraordinarios (quaestiones) para verificar las credenciales de todos los nuevos inscritos en el censo, prescribiendo graves sanciones para los que hubieran falsificado su ciudadanía.

lex Plautia iudiciaria. Aprobada por la Asamblea plebeya en el 89 a. JC., modificaba el ámbito propio de la llamada comisión variana, autorizándola a procesar a quienes se hubieran opuesto a la emancipación de los itálicos. Además, privó a los caballeros del control del tribunal y lo puso en manos de los ciudadanos de cualquier clase de las treinta y cinco tribus.

lex Plautia Papiria. Aprobada por la Asamblea plebeya en el 89 a. JC. para ampliar la plena ciudadanía a todos los itálicos cuyo nombre figurase en los rollos de registro municipal (si era un insurrecto, se le obligaba a deponer las armas), a condición de que el interesado plantease el caso ante el pretor urbano en Roma en un plazo de sesenta días a contar desde la promulgación.

lex Pompeia. Aprobada en el 89 a. JC. por el cónsul Pompeyo Estrabón; concedía plena ciudadanía a todas las comunidades de la Galia itálica con derechos latinos, situadas al sur del Padus, y derechos latinos a las tribus celtas de las ciudades de Aquileia, Patavium y Mediolanum, al norte del Padus.
 
leges Sulpiciae. Fueron cuatro, aprobadas después de haberse concedido al cónsul Sila el mando de la guerra contra Mitrídates, aproximadamente en septiembre del 88 a. JC. La primera permitía el regreso de los desterrados por la comisión variana; la segunda estipulaba la distribución equitativa de todos los nuevos ciudadanos romanos entre las treinta y cinco tribus e igualmente de los libertos de la ciudad de Roma; la tercera ordenaba la expulsión del Senado de los senadores que debieran más de dos mil denarios; y por la cuarta se arrebataba a Sila el mando de la guerra contra Mitrídates y se le concedía a Mario. Tras la marcha de Sila sobre Roma, estas leyes fueron anuladas.

lex Varia de maiestate. Aprobada en la Asamblea plebeya por Quinto Vario Severo Hybrida Sucronensis en el 90 a. JC., por la que se creaba un tribunal especial (llamado a partir de entonces comisión variana) para procesar a los acusados de promover la ciudadanía romana para los itálicos. lex voconia de mulierum heredatibus. Aprobada en el 169 a. JC., era una ley que lesionaba severamente los derechos de la mujer para heredar. Bajo ninguna circunstancia se la podía nombrar heredera principal, aunque fuera hija única, pues sus parientes más próximos por línea paterna tenían prioridad. Cicerón cita un caso en el que se arguyó que la lex voconia no era aplicable porque las propiedades del difunto no se habían inventariado, pero el pretor (Cayo Verres) no lo aceptó y la mujer no pudo heredar. Es de suponer que la ley perdió vigencia —pues se sabe de varias ricas herederas

— o se promulgaría otra derogándola, o en casos de muerte sin testar en que preValecería la antigua ley y los hijos heredaban independientemente del sexo o de que hubiese parientes por línea paterna. Hasta que Sila, siendo dictador, estableció quaestiones permanentes, no parece que existiera un tribunal específico para litigios testamentarios, lo que sin duda significa que era el pretor urbano quien tenía la última palabra.

libero. El veredicto de inocencia pronunciado en los juicios celebrados en las asambleas.
liberto. Esclavo manumitido, aunque de hecho libre (y si su antiguo amo era ciudadano romano, también lo era él), el liberto seguía obligado por el patronazgo de su dueño y, en tiempos de Mario y Sila, pocas
 
posibilidades tenía de votar, pues pertenecía a una de las dos tribus urbanas, la suburana y la esquilina. Había casos en que libertos de notables cualidades, o de pocos escrúpulos, llegaban a ser inmensamente ricos y poderosos y podían comprar su pertenencia a una tribu rural para votar.

libre. Hombre nacido libre y que nunca era vendido como esclavo (salvo como nexus o esclavo por deudas, cosa rara entre los ciudadanos romanos de la época de Mario y Sila, aunque sí sucedía entre los aliados itálicos).

lictor. Uno de los tradicionales funcionarios al servicio del Senado del pueblo romano. Había un colegio de lictores, del que no se sabe con certeza el número de componentes, pero debían ser suficientes para proveer la tradicional escolta en fila a todos los que poseían imperium, dentro y fuera de Roma, y llevar a cabo otras tareas. Es muy posible que fuesen dos o tres centenares. Los lictores tenían que ser ciudadanos romanos de pleno derecho, aunque es casi seguro que eran de clase baja, pues su sueldo era escaso y dependían de la magnanimidad del escoltado. Dentro del colegio, los lictores se dividían en dos grupos de diez (decurias) al mando de un prefecto, y había varios presidentes del mismo por encima de los prefectos. Dentro de Roma, vestían una simple toga blanca, y fuera de ella, una túnica carmesí con un ancho cinturón negro adornado con latón. En los funerales, llevaban toga negra. Por pura conveniencia, he ubicado el Colegio de los lictores detrás del templo de los lares praestites, a la derecha del Foro, pero no hay pruebas de que estuviera allí.

lubina. Se pescaba en el Tíber entre el puente de Madera y el puente Aemilius, donde rondaba a la caza de los desperdicios desaguados por las cloacas. Al parecer se desarrollaba mucho y era difícil de capturar; estaba considerada uno de los manjares más apreciados de la época.

Lucania. El oeste de la península itálica al sur de Campania y al norte de Bruttium, es decir, el empeine de la bota. Era una tierra salvaje y montañosa con magníficos bosques de abetos y pinos; a sus habitantes — los lucanos— les unían fuertes lazos con samnitas, hirpinos y venusinos y nutrían gran rencor hacia los romanos por las incursiones en sus tierras.

Lucio Tiddlypuss. Véase Tiddlypuss, Lucio.
 
ludi romani. Véase juegos.

lusitanos. Los habitantes del sudoeste y el oeste de la península ibérica, más allá de la provincia romana de la Hispania Ulterior, que opusieron tenaz resistencia a la penetración de Roma y con cierta regularidad invadían la provincia para hostigar a sus tropas.

lustrum. Término latino que significaba los cinco años del cargo de los censores y la ceremonia en que éstos concluían el censo de los romanos corrientes en el Campo de Marte.

magistrados. Representantes electos del Senado y el pueblo de Roma. A mediados de la época republicana todos los que desempeñaban magistraturas eran miembros del Senado (los cuestores electos solían ser nombrados senadores por los cuestores entrantes), lo que confería al Senado una clara ventaja respecto al pueblo, hasta que éste (por medio del tribunado de la plebe) se arrogó las tareas legislativas.

Los magistrados eran como los ministros del gobierno. Por orden de menor a mayor, el primero era el tribuno de los soldados, que no tenía edad para ser senador conforme a la lex villia annalis, pero era magistrado. Luego estaban el cuestor, el tribuno de la plebe, el edil plebeyo, el edil curul, el pretor, el cónsul y el censor. Sólo el edil curul, el pretor y el cónsul tenían imperium y sólo el cuestorado, el pretorado y el consulado constituían el cursus honorum. Los tribunos de los soldados, los cuestores y los ediles curules los elegía la Asamblea del pueblo; tribunos de la plebe y ediles plebeyos, la Asamblea plebeya; y pretores, cónsules y censores, la Asamblea centuriada. En circunstancias imperiosas, el Senado tenía potestad para crear la magistratura excepcional del dictador, quien desempeñaba el cargo durante seis meses, sin que tuviera que responder ante nadie de sus actos dictatoriales una vez expirado el plazo de actuación. El dictador nombraba un maestre ecuestre como comandante de la guerra y lugarteniente. Si un cónsul moría o quedaba incapacitado, el Senado tenía facultades para designar un cónsul sufecto sin celebrar elecciones. Salvo los censores, todos los magistrados desempeñaban el cargo durante un solo año.

maiestas. Traición. Después de que Lucio Apuleyo Saturnino inscribiese la maiestas minuta («traición menor») en las tablillas de la ley como delito,
 
el tradicional cargo de alta traición (perduellio) cayó prácticamente en desuso. Saturnino instituyó en el 103 a. JC., durante su primer tribunado de la plebe, un tribunal especial o quaestio para los procesos por matestas mmuta, compuesto exclusivamente de caballeros, pese a que casi todos los procesados fueron senadores.
 
 
manumisión, manumisio. La manumisión era el acto de conceder la libertad a un esclavo. Literalmente quiere decir «soltar la mano». Cuando el amo del esclavo era ciudadano romano, la manumisión confería automáticamente a aquél la ciudadanía romana y el manumiso adoptaba el nombre del amo como suyo propio, añadiendo su nombre primitivo de esclavo a guisa de cognomen. Un esclavo se manumitía de diversas maneras: comprando su libertad con sus ahorros, como gesto especial del amo en ocasiones señaladas, cual podía ser la celebración de una mayoría de edad, tras determinados años de servicio o por testamento. Aunque, ya manumiso, el esclavo era igual a su amo, en realidad quedaba obligado a ser cliente suyo, de no existir dispensa explícita; pocas oportunidades tenía de ejercer su derecho al voto, pues, según la ley, se convertía en miembro de un par de las cuatro tribus urbanas —la esquilina o la suburana— y, por consiguiente, su voto carecía de valor en las elecciones por tribus; su escaso poder económico, en la mayoría de los casos, le impedía el acceso a una de las cinco clases y tampoco podía votar en las asambleas centuriadas. No obstante, la mayoría de los esclavos ansiaban la ciudadanía romana, más por sus descendientes que por ellos mismos. Una vez que el esclavo era manumitido, se le llamaba liberto y el resto de su vida tenía que llevar un bonete ligeramente cónico que se llamaba el píleo o «casquete de libertad».

marsos. Uno de los pueblos itálicos más importantes. Los marsos habitaban en torno al lago Fucine, que consideraban propio. Se extendieron hasta las montañas de los Apeninos y dominaban los pasos hacia el oeste. Su historia da a entender que siempre fueron fieles a Roma hasta las hostilidades de la guerra mársica. Eran gentes acomodadas, marciales y prolíficas, que no tardaron en adoptar el latín como lengua. Su principal ciudad era Marruvium, y Alba Fucens, ciudad mayor y más importante, era una colonia con derechos latinos que Roma estableció en su territorio. Los marsos adoraban serpientes y eran famosos encantadores de las mismas.

Marta. La adivinadora siria que predijo que Cayo Mario sería cónsul de Roma siete veces antes de ser elegido por primera vez. Hizo que Mario le prometiese llevarla a Roma, y allí vivió de huésped en su casa hasta que murió, escandalizando constantemente a los romanos por sus paseos en una
 
litera de púrpura. Mi licencia ha consistido en añadir como segunda parte del vaticinio que un sobrino de Julia, esposa de Mario, sería un romano aún más famoso; lo necesitaba para hacer los acontecimientos de esta segunda obra más lógicos y razonables.

Mediterráneo. Es el nombre que he adoptado para el mar que en tiempos de Mario y Sila se llamaba Mare Internum y que después adquiriría la denominación de Mare Nostrum.

mentula, mentulae. La palabra obscena con que en latín se designaba el pene.

mentulam caco. «Me cago en tu pene.»

merda. Palabra obscena que se refería más a los excrementos de animales que a los humanos.

Metrobio. Plutarco asevera la existencia de este joven amante de Sila. militar. El vir militaris era el que seguía la carrera de las armas y

continuaba sirviendo como oficial en el ejército después del período de campañas obligatorio. Estos ciudadanos entraban en la liza política sirviéndose ante los electores del prestigio de su historial bélico, aunque muchos de ellos no intervenían nunca en política; un vir militaris que aspirase a mandar un ejército tenía que alcanzar la dignidad de pretor. Cayo Mario, Quinto Sertorio, Tito Didio, Cayo Pomptinus y Publio Ventidio fueron militares, mientras que Cayo Julio César, el dictador, el mejor de todos ellos, no fue un militar.

modius, modii. Medida de cereales romana, equivalente a unos seis kilogramos.

Momo. Una especie de «coco» romano para asustar a los niños; al parecer corresponde a una figura histórica, o a un mito que contaba que la reina de una raza de gigantes caníbales perdió a sus hijos y desde entonces acecha a los hijos de los humanos.

monóculo. Era una especie de lupa con mango; en el mundo de la antigüedad tenía prácticamente las mismas connotaciones que el adminículo óptico más perfeccionado de principios del siglo xix y se consideraba una afectación. De todos modos, era de suma utilidad a los presbiopes de aquellos tiempos en que no se habían inventado las gafas. No constaba de
 
una lente específicamente tallada para aumentar los textos, pero había algunas piedras con cualidades de aumento, consideradas muy valiosas. Se sabe que el emperador Nerón tenía un monóculo de esmeraldas procedentes de Asia Menor, y es lógico suponer que los reyes del Ponto podían procurárselas y que alguna de ellas sirviera para confeccionar un monóculo.

mos maiorum. El orden establecido, la tradición. Quizá la mejor definición del mos maiorum es decir que era la constitución de Roma no escrita. De mos, costumbre establecida, y maiores, antepasados, era el modo de hacer las cosas «como es debido».

nefas. Palabra latina con el significado de monstruosidad, sacrilegio. noble (nobilis). Vocablo empleado para designar a un individuo y a sus

descendientes una vez obtenido el consulado; era una aristocracia artificial inventada por los plebeyos para disminuir aún más la distinción respecto a los patricios, ya que durante la segunda época de la república accedían al consulado más plebeyos que patricios. En tiempos de Mario y Sila, la nobleza tenía suma importancia. Algunas autoridades modernas incluyen dentro del término nobilii a aquellos que alcanzaron la categoría de pretor sin llegar a ser cónsules. Sin embargo, opino que esto habría reducido excesivamente su elitismo y he reservado el término de noble exclusivamente para los individuos de familias con antepasados consulares.

nomen, nomina. El nombre de la familia, o gentilicio, de la gens. Cornelius, Julius, Domitius, Livius, Marius, Marcius, Sulpicius, etc., eran nombres gentilicios. No he utilizado mucho la palabra gens en la obra y he optado por decir la «familia de los Julios».

numen, numina. Literalmente «divinidad» (aunque también significa «asentir con la cabeza»). Numen es el término que utilizan los eruditos contemporáneos, más que los propios romanos, para describir la peculiar naturaleza de los primitivos dioses romanos, si es que dioses podía llamárselos. Mejor convendría la denominación de fuerzas espirituales. Estas antiguas divinidades eran las fuerzas que lo regían todo, desde la lluvia y el viento hasta la función de una puerta, la ubicación exacta de los mojones o lo que nosotros llamamos la suerte. No tenían rostro, sexo ni mitología. En inglés existe el adjetivo numínous. Conforme transcurrieron
 
los años de la república, haciéndose sinónimo de cultura apropiarse de conceptos griegos, se fue atribuyendo a muchas de estas deidades primitivas nombre, sexo y, a veces, rostro, aunque sería subestimar gravemente a Roma decir que su religión fue una burda adulteración de la griega. A diferencia de ésta, la religión romana estaba tan vinculada a las esferas gubernamentales, que ambas eran mutuamente imprescindibles; era un hecho que se remontaba a tiempos anteriores a los reyes de Roma, cuando todas las deidades eran numina, y que persistió hasta que la cristianización del emperador y su corte minó la religión estatal romana. En tiempos de Mario y Sila, antes de que la religión estatal comenzase a perder importancia, hasta los romanos más inteligentes e iconoclastas cumplían escrupulosamente las obligaciones religiosas, incluidos hombres como Cayo Mario y Cayo Julio César el dictador. Probablemente era ese concepto de las deidades incorpóreas el que determinaba las numerosas supersticiones en los romanos más inteligentes y librepensadores.

Numidia. Antiguo reino de la zona central del norte de Africa, que siempre limitó al oeste, sur y este con Cartago y luego con la provincia romana de Africa. Sus primitivos habitantes eran bereberes de vida seminómada. Tras la derrota de Cartago, Roma y los Escipiones propiciaron la consolidación de una dinastía, el primer monarca de la cual fue el rey Massinisa. La capital de Numidia era Cirta.

Odiseo. El Ulises griego, rey de Itaca en los tiempos legendarios. Es uno de los principales personajes de la ilíada y el protagonista de la Odisea. Hombre de natural habilidad, inteligencia y astucia (los griegos no consideraban necesariamente la falsedad como un defecto), era por ende un gran guerrero de fortaleza singular capaz de manejar un arco que nadie podía tensar. Era pelirrojo, zurdo, de ojos verdes y piernas tan cortas, que parecía «más alto sentado que de pie». Después de combatir diez años seguidos en Illium (Troya), regresó al hogar al término de la guerra, llevando como trofeo a la anciana reina Hekabe (Hécuba), viuda del rey Príamo de Troya, a la que pronto abandonó harto de su llanto y quejas. A continuación vivió una década de farragosas y fantásticas aventuras por todos los confines del Mediterráneo, al final de la cual llegó a su hogar en
 
Itaca, al cabo de veinte años. Allí le esperaban fielmente su esposa Penélope, su hijo Telémaco y su perro Argus. Lo primero que hizo fue tensar el arco y disparar una flecha a través del ojo de una serie de hachas, tras lo cual dirigió su mortal arma contra los pretendientes de su esposa, matándolos a todos ayudado por su hijo. Luego, vivió feliz con Penélope el resto de sus días.

ordo equester. Véase caballeros.

oro de Tolosa. Parece ser que unos años después del 278 a. JC. parte de la tribu de los volcos tectosagos regresó desde Macedonia a sus tierras en torno a Tolosa de Aquitania (la Toulouse actual) con el botín de los numerosos templos saqueados (véase Breno). Fundieron el oro y la plata, ocultándolo sumergido en estanques de los recintos sagrados de los templos de Tolosa; la plata, que había sido fundida en forma de gigantescas ruedas de molino, con las que molían el trigo, la sacaban de vez en cuando. En el 106 a. JC., el cónsul Quinto Servilio Cepión recibió el encargo durante su mandato de hacer la guerra contra los germanos migrantes que se habían asentado en torno a Tolosa, pero al llegar allí vio que habían emprendido la marcha, por haberse querellado con sus huéspedes, los volcos tectosagos. En lugar de tener que dar batalla, el cónsul Cepión encontró en aquellos estanques de Tolosa una fabulosa cantidad de oro y plata. La plata ascendía a 10000 talentos (250 toneladas), incluidas las piedras de moler; y el oro, a 15.000 talentos (370 toneladas). Hizo transportar la plata al puerto de Narbo y enviarla por mar a Roma, tras lo cual los carros regresaron a Tolosa y fueron cargados con el oro. El convoy lo escoltaba una cohorte de legionarios romanos de unos 520 hombres, pero cerca de la fortaleza de Carcasso fue atacado por unos bandidos que aniquilaron a los soldados y desaparecieron con los carros, sin que nunca más se supiera del oro.

En aquel momento nadie sospechó del cónsul Cepio, pero después de la animadversión que suscitó con su conducta un año después en la batalla de Arausio, comenzó a rumorearse que era él quien había planeado el ataque al convoy, depositando a su nombre el oro en Esmirna. Aunque no se le procesó por el robo del convoy, se le juzgó como culpable de haber hecho perecer a su ejército y fue condenado al destierro, exilio que, precisamente,
 
fue a cumplir a Esmirna, en donde murió en el 100 a. JC. La historia del oro de Tolosa figura en fuentes antiguas, aunque no aseveran categóricamente que Cepio fuese quien lo robó. Pero, por lógica, hay que inclinarse a creerlo, y no cabe duda de que los Servilios Cepiones que sucedieron al cónsul Cepio hasta la época de Bruto (su último descendiente) fueron fabulosamente ricos. Tampoco hay duda de que casi toda Roma consideraba al cónsul culpable de la desaparición de una cantidad de oro mayor que la del Tesoro público.

Oxintas. Hijo del rey Yugurta de Numidia; desfiló con su hermano Iampsas en el triunfo de Cayo Mario en 104 a. JC. tras el cual fue ajusticiado el padre. Oxintas fue confinado en la ciudad de Venusia en donde permaneció hasta el 89 a. JC., sin que se sepa qué fue de él tras la guerra mársica.

padres conscriptos. Según lo establecido por los reyes de Roma, el Senado constaba de cien patricios llamados patres, es decir, padres. Una vez fundada la república, y cuando los plebeyos pudieron acceder al Senado, el número de senadores aumentó a trescientos y se encomendé a los censores la tarea de nombrar a estos nuevos senadores; el término «conscripto» se impuso, dado que los censores «alistaban» a los nuevos miembros. En tiempos de Mario y Sila, los dos términos se hallaban asociados y en la cámara los senadores recibían el apelativo de padres conscriptos.

Partia. Véase partos, reino de los.

partos, reino de los. Regnum parthorum se denominaba en latín la vasta región del oriente de Asia en la que reinaba un monarca. No se le daba el nombre de Partia, que era una modesta nación al noreste del mar Caspio, próxima a Bactria, y sólo importante por ser la tierra natal de las siete grandes familias Pahlavi y los reyes partos arsácidas. En tiempos de Mario y Sila estos reyes dominaban en las tierras situadas entre el Éufrates en Mesopotamia y el Indus del Pakistán. El rey de los partos no residía realmente en Partia y tenía su corte en Seleucia del Tigris en invierno y en Ecbatana en verano. Los sátrapas del linaje Pahlavi gobernaban las diversas regiones en que se dividía el reino de los partos, pero tan sólo como representantes del monarca. Aunque el gobierno era impreciso y no existía
 
un verdadero sentimiento nacional, el rey de los partos mantenía unido el reino mediante una excelente organización militar. Era un ejército formado estrictamente por fuerzas de caballería de dos tipos distintos: arqueros con coraza ligera que hacían el «disparo parto» lanzando las flechas de espaldas, como si fueran a emprender la huida, y jinetes con catafracta o armadura de escamas de acero de pies a cabeza que también protegía al caballo. Gracias a los contactos con los seléucidas sirios, el ambiente oriental de la corte parta cedió un poco en favor del helenismo.

paterfamilias. El cabeza de familia con derecho a hacer su voluntad con los miembros de la misma, firmemente protegido por las leyes del Estado romano.

patricios. La primitiva aristocracia romana. Los patricios eran ciudadanos distinguidos antes de que Roma tuviera reyes, y conservaron para siempre ese título y un prestigio vedado a cualquier ciudadano plebeyo (por muchos cónsules que hubiese tenido en la familia, ennobleciéndola). No obstante, conforme fue evolucionando la república y aumentando el poder plebeyo en consonancia con su riqueza, los patricios fueron perdiendo inexorablemente privilegios y títulos hasta que en tiempos de Mario y Sila eran personas bastante empobrecidas en comparación con las familias de la nobleza plebeya. No todos los clanes patricios tenían la misma antigüedad: los Julios y los Fabios poseían una categoría patricia siglos antes que los Claudios. Los patricios se casaban con arreglo al procedimiento llamado confarreatio, que les vinculaba prácticamente de por vida, y la mujer patricia jamás gozaba de la relativa emancipación de su homóloga plebeya. Ciertos cargos sacerdotales sólo podían obtenerlos los patricios —rex sacrorum y flamen dialis—, así como ciertos cargos senatoriales, como eran el de interrex y el de príncipe del Senado. En tiempos de Mario y Sila las siguientes familias patricias seguían dando senadores (cuando no cónsules): los Emilios, Claudios, Cornelios, Fabios (aunque sólo a través de adopciones), Julios, Manlios, Pinarios, Postumios, Sergios, Servilios, Sulpicios y Valerios.

patronazgo. La sociedad de tiempos de la república romana estaba organizada con arreglo a un sistema de patronazgo y clientela (véase
 
cliente). Aunque tal vez los pequeños comerciantes y los trabajadores de las capas más bajas no estaban integrados en el sistema, éste preValecía a todos los niveles sociales y no todos los patrones eran de clase alta. El patrón se comprometía a dar protección y conceder favores a los que se declaraban clientes suyos. Los esclavos libertos pasaban a ser clientes de su antiguo amo; ninguna mujer podía asumir el patronazgo y muchos patrones eran a su vez clientes de otros más poderosos, con lo cual sus clientes lo eran en realidad del que estaba por encima de ellos. Aunque este sistema no estaba sancionado por la ley, implicaba un arraigado principio de honor y eran contados los clientes que defraudaban o engañaban al patrón. Podían transcurrir años sin que éste obtuviera ayuda o apoyo del cliente, pero llegaba un día en que le pedía un favor: voto, presión política o una gestión particular. Era costumbre que el patrón «despachase» con los clientes al amanecer de los días hábiles, mañanas que los clientes dedicaban a solicitar favores o a simplemente presentarle sus respetos u ofrecerle sus servicios. Era la ocasión para que, si el patrón era rico y generoso, obsequiara a sus clientes con regalos o dinero. Si un individuo se convertía en cliente de alguien a quien anteriormente había detestado y considerado enemigo, le servía con absoluta fidelidad, llegando incluso a dar la vida por él (César el dictador y Curión el joven)

pedagogo (pedagogus). Maestro de niños. Era el que les inculcaba la instrucción elemental, enseñándolos a leer, a escribir y la aritmética; su condición solía ser la de esclavo o liberto y vivía con la familia del amo, siendo muy frecuentemente de nacionalidad griega, aunque se le exigía enseñar griego y latín.

pedarius, pedarii. Véase Senado.

Penates. Los dioses Penates, protectores de la despensa, formaban parte de las primitivas deidades llamadas numina y se adoraban en todas las casas romanas junto con Vesta (espíritu del fuego del hogar) y los lar familiaris. Los Penates, igual que los lares, se representaban con figuras de jóvenes (habitualmente en estatuillas de bronce). El Estado romano tenía sus propios penates publici, guardianes del bienestar y solvencia estatales.
 
Penélope. Esposa de Odiseo, rey de Itaca (véase Odiseo). La obtuvo al ganar una carrera a pie que el padre, Icario, convocó entre los pretendientes. Cuando se vaticinó que si Odiseo acudía a la guerra contra Troya (Illium), permanecería veinte años lejos del hogar, Penélope y su hijo Telémaco se dispusieron a esperarle. La sucesión al trono de Itaca debía ser matrilineal, ya que, al dar por muerto a Odiseo, el palacio fue invadido por numerosos pretendientes que en él se aposentaron definitivamente. Penélope se negó a casarse hasta haber concluido un sudario para su suegro Laertes; y por la noche deshacía lo que había tejido por el día. Según Homero, la treta dio resultado y permitió que Odiseo regresara a Itaca y matara a los pretendientes.

perduellio. Alta traición. Hasta que en los últimos tiempos de la república se adoptó la forma más mitigada de traición denominada maiestas (véase Saturnino), el perduellio era la única modalidad de traición especificada en la ley romana. Por su antigüedad figura en las doce tablas, y conllevaba un farragoso proceso público ante la Asamblea centuriada hasta que, finalmente, se votaba en secreto la condena entre las centurias. No obstante, era prácticamente imposible convencer a las centurias para que condenasen a alguien por perduellio, salvo que el acusado confesara en público que había conspirado para hacer la guerra contra Roma, y los que se oponían a la política del Estado no eran tontos. Al convicto se le aplicaba automáticamente la pena capital.

peristilo. Jardín o patio interior rodeado de columnas.

permutatio. Término bancario que designaba el acto de transferir sumas de dinero, sin que cambiara de manos, entre instituciones de dentro y de fuera de Roma, a veces cubriendo grandes distancias.

Picenum. Era la zona central de la península italiana que se extendía aproximadamente por lo que constituye el músculo de la pantorrilla. Limitaba al oeste con los Apeninos, al norte con Umbría y al sur con el Samnio. Como contaba con una buena porción costera en el Adriático, tenía los activos puertos de Ancona y Firmum Picenum; la principal ciudad del interior era Asculum Picentum. Los primitivos pobladores eran de origen italiota e ilírico, pero durante la invasión del primer rey Breno, numerosas
 
tribus celtas se asentaron en Picenum y se mezclaron con los indígenas. Existía la tradición de que los sabinos de la vertiente opuesta de los Apeninos habían migrado, asentándose en Picenum. La región estaba dividida aproximadamente en dos partes: Picenum norte, muy vinculado a la contigua Umbría y dominado por la antigua familia de los Pompeyos, y Picenum sur, separado del norte por el río Flosis, más vinculado espiritualmente al Samnio. Sus habitantes se llamaban picentinos o picentes.

pilum, pila. El venablo de la infantería romana, en particular el modificado por Cayo Mario. Tenía una punta muy pequeña e incisiva de hierro con un asta también de hierro de unos tres pies (un metro), unidas a un palo de madera conformado para asirlo cómodamente. Mario lo modificó haciéndolo más débil en la unión entre el segmento de hierro y de madera para que, al arrojarlo y clavarse en el escudo, en un cuerpo o en el suelo, se partiese y no pudiera aprovecharlo el enemigo. De todos modos, los armeros de las legiones los reparaban rápidamente al final de las batallas para volver a usarlos.

Pisidia. La región situada al sur de Frigia, aún más salvaje y atrasada que ésta. Era muy montañosa y con numerosos lagos y su clima era reputado por lo saludable. Existía poca industria y ciudades populosas y estaba cubierta de magníficos pinares. Sus habitantes procedían de una antigua tribu indígena aliada de los tracios y hablaban un curioso idioma. Los pocos pisidios que entraron en contacto con el mundo romano se hacían notar por sus raras creencias religiosas.

Plauto. Su verdadero nombre era Tito Macio Plauto. Nació en Umbría y vivió en el siglo III a. JC. y murió después del 184 a. JC. En su larga carrera llegó a escribir 130 comedias en latín, con argumentos generalmente adaptados de autores griegos, trasladándolos al ambiente del mundo romano. Sus diálogos son notablemente libres y muy divertidos, pero Plauto no guarda fidelidad a la trama y con frecuencia sucumbe a incorporar escenas que nada tienen que ver con lo que antecede y viene después, simplemente por añadir gracia al argumento. Aunque no se ha conservado la música que acompañaba sus comedias, se sabe que éstas estaban bien
 
sazonadas de canciones, algunas acompañadas a la lira (el llamado canticum) o a la flauta. La importancia de la música en la comedia latina relacionada con la comedia griega, quizá fuese herencia de los etruscos y seguramente sería más libre y melódica para el oído moderno que la música griega.

plebeyo, plebe. Designaba a todos los ciudadanos romanos que no fueran patricios, es decir, que pertenecían a la plebe. En los primeros tiempos de la república, ningún plebeyo podía ser sacerdote, magistrado curul ni senador. La situación se mantuvo muy poco tiempo, pues las instituciones patricias fueron cayendo una tras otra ante la presión de la plebe, hasta que en tiempos de Mario y Sila sólo quedaban en manos de los patricios unas pocas parcelas de poder sin importancia política.

plebiscito (plebiscitum). En puridad, una ley promulgada por la Asamblea plebeya no se llamaba lex, sino plebiscitum. Desde los primeros tiempos de la república, los plebiscitos se consideraban de obligado cumplimiento legal, pero la Lex Hortensia del 287 a. JC. legalizó esa costumbre, y a partir de entonces no hubo virtualmente diferencias legales entre un plebiscitum y una lex. En tiempos de Mario y Sila casi todos los funcionarios del cuerpo legislativo que inscribían leyes en las tablillas y las guardaban para la posteridad, dejaron de especificar si registraban una lex o un plebiscitum, lo que da a entender que las consideraban leyes.

pomerium. Límite sacro de la ciudad de Roma, marcado por unos mojones llamados cippi, cuya creación se atribuye al rey Servio Tulio; permaneció intacto hasta los últimos años de Sila el dictador. El pomerium no seguía exactamente el perímetro de las murallas servianas y uno de los motivos principales es que es dudoso que dichas murallas las construyera Servio Tulio, quien sin duda habría hecho que éstas siguieran el itinerario del pomerium. Toda la antigua ciudad palatina de Rómulo quedaba dentro del pomerium pero no el Aventino ni el Capitolio. La tradición decía que el pomerium sólo podía ampliarlo aquel que aumentase considerablemente los territorios que poseía Roma, pues en términos religiosos, Roma sólo existía dentro del pomerium y todo lo que quedaba fuera de él eran posesiones.

pons. Puente.
 
pontifex. Palabra latina que significa sacerdote y que ha perdurado incorporándose a casi todos los idiomas europeos. Muchos filólogos consideran que en los primeros tiempos de Roma, el pontifex era un constructor de puentes, por considerárselos estructuras mágicas. Sea lo que fuere, en tiempos de la república, el pontifex era un sacerdote especial, colegiado, que servía de asesor a los magistrados romanos en cuestiones religiosas, ya que la religión romana la administraba el Estado. Al principio todo pontifex había de ser patricio, pero en el 300 a. JC. la lex Ogulnta dispuso que todos los miembros del colegio fuesen plebeyos.

pontífice máximo. Máximo representante de la religión estatal y el sacerdote más antiguo. Parece ser que fue invención de la recién constituida república y es una característica maniobra romana para superar un obstáculo sin herir susceptibilidades, pues el rex sacrorum (título ostentado por el rey de Roma) había sido el sumo sacerdote. En lugar de soliviantar al populacho aboliendo el rex sacrorum, los nuevos gobernantes, por medio del Senado, crearon un nuevo pontifex, cuyo papel y categoría eran superiores a los del antiguo cargo. Se le llamó pontífice máximo y se le elegía en vez de designársele para reforzar su posición gubernamental. Al principio, seguramente se le exigía ser patricio, pero ya a mediados de la república es muy probable que fuese plebeyo. Tenía encomendada la supervisión de los diversos colegios sacerdotales —pontífices, augures, flamines, feciales— de otros sacerdotes menores y de las vírgenes Vestales. Su sede oficial con categoría de templo era la modesta y reducida Regia del Foro romano.

Ponto. El vasto estado al sudeste del mar Euxino. Lindaba al oeste con Paflagonia y Sinope y al este con la Cólquida en Apsarus. En el interior, formaba frontera con la Armenia Magna al este y Armenia Parva al sudoeste, teniendo al sur Capadocia y al oeste Galacia. Era una bella tierra salvaje e indómita, montañosa y con un litoral fértil en el que abundaban las ciudades-colonia griegas al estilo de Sinope, Amisus y Trapezus. Idea de su clima nos lo da el hecho de que del Ponto proceden el cerezo y el rododendro. Como su interior estaba surcado por tres altas cordilleras que discurrían paralelas a la costa, en la antigüedad no llegó a constituir un
 
estado unitario; sus reyes cobraban tributo en vez de impuestos y consentían autonomía de gobierno a los diversos distritos con arreglo a su propia tradición. Sus reyes, los mitridátidas, poseían grandes tesoros con piedras preciosas y oro de aluvión; en el Ponto abundaban también la plata, el estaño y el hierro.

praefectus fabrum. «El que supervisa el obraje». Uno de los personajes de mayor importancia en el ejército romano, aunque no formase parte de él; era un civil nombrado por el general, cuyo cometido como praefectus fabrum consistía en el equipamiento e intendencia del ejército en todos sus aspectos, desde los animales y el forraje hasta la tropa y el rancho. Como subarrendaba la contrata de pertrechos y abastecimientos a particulares, era muy poderoso y se hallaba, de no ser un hombre íntegro, en una posición ideal para enriquecerse.

praenomen, praenomina. El nombre de los romanos, equivalente al nuestro de pila. Había pocos nombres, y en tiempos de Mario y Sila se usarían un máximo de veinte, la mitad de los cuales no eran muy comunes. Cada gens o familia tenía preferencia por ciertos praenomina, lo que a su vez reducía el número. Los eruditos actuales suelen ser capaces de saber por el praenomen si el interesado era o no miembro de la gens; los Julios, por ejemplo, tenían preferencia por Sexto, Cayo y Lucio, por lo que alguien llamado Marco Julio difícilmente sería un auténtico Julio de la gens patricia; los Licinios tenían preferencia por Publio, Marco y Lucio; los Pompeyos, por Cneo, Quinto y Sexto; los Cornelios, por Publio, Lucio y Cneo; los Servilios de la gens patricia, por Quinto y Cneo. Apio era privativo de los Claudios. Uno de los rompecabezas para los eruditos actuales lo constituye aquel Lucio Claudio que fue rex sacrorum en los últimos tiempos de la república, porque Lucio no es un praenomen de los Claudios, pero, dada la seguridad de que era patricio, sí que debió ser un Claudio; yo he sugerido que posiblemente existiera una rama de la gens Claudia con el praenomen Lucio, que tradicionalmente ocupara el cargo de rex sacrorum.

praetor. El pretorado era el penúltimo peldaño en la jerarquía romana del cursus honorum (excluido el cargo de censor, que era un caso aparte).
 
En los inicios de la república, los dos magistrados de mayor categoría se llamaban pretores, pero a finales del siglo IV a. JC. comenzó a emplearse la palabra «cónsul» para referirse a tales magistrados. Un pretor fue el único representante de esta alta magistratura durante muchas décadas a partir de entonces, el praetor urbanus, pues su potestad se circunscribía a la ciudad de Roma (dejando así libres a los cónsules para actuar en la guerra). En el 242 a. JC. se creó el cargo de segundo pretor, el praetor peregrinus. A ello siguió la adquisición de posesiones en el extranjero que requerían gobernación, y en el 227 a. JC. se crearon otros dos cargos de praetor para gobernar Sicilia y Cerdeña. En el 197 a. JC. aumentaron de cuatro a seis para hacer frente al gobierno de las dos Hispanias. Ya después de eso no se crearon más puestos de pretor, y en tiempos de Mario y Sila su número seguía siendo seis, aunque en ciertos años el Senado consideraba conveniente aumentarlo a ocho. Existe cierta polémica actualmente al respecto: hay quienes sostienen que fue Sila el dictador el que aumentó el número a ocho y otros que consideran que ya eran ocho en la época de los Gracos.

praetor peregrinus. Lo he traducido como «pretor de extranjeros» porque sólo intervenía en cuestiones legales y procesos en los que una de las partes no era un ciudadano romano. En tiempos de Mario y Sila, su cometido se limitaba a la administración de la justicia; iba por toda Italia y a veces fuera de ella. Se encargaba también de los casos que afectaban a los que no eran ciudadanos romanos y vivían en Roma.

praetor urbanus. Lo he traducido por «pretor urbano». En tiempos de Mario y Sila, sus funciones eran casi exclusivamente mediar en los litigios y estaba encargado de supervisar la justicia en los tribunales de la ciudad de Roma. Su imperium no excedía la quinta piedra miliar a partir de la urbe y no podía estar fuera de Roma más de diez días seguidos. Si se ausentaban los dos cónsules al mismo tiempo, era él el magistrado supremo con potestad para convocar el Senado, adoptar decisiones a propósito de la ejecución de la política gubernamental y organizar la defensa de la ciudad en caso de ataque. Él decidía si dos querellantes debían recurrir a los
 
tribunales, pero en la mayoría de los casos dirimía él mismo el litigio sin necesidad de proceso judicial.

primus pilus. Más tarde se le denominó primipilus. Era el centurión al mando de la primera cohorte de una legión romana y, por lo tanto, el centurión jefe de la legión. Alcanzaba ese cargo por ascenso jerárquico y estaba considerado el militar más capaz de la legión. En tiempos de Mario y Sila, parece que las centurias de la primera cohorte contaban con igual número de hombres que las otras centurias.

príncipe del Senado. Lo que hoy se denomina presidente de la cámara. Los censores elegían, conforme al mos maiorum, a un senador patricio de intachable conducta moral —y elevada dignitas y auctoritas— para dicho cargo. Parece ser que no era un título vitalicio y se revisaba cada cinco años cuando se elegían los dos nuevos censores, quienes podían destituirle y remplazarlo por otro si no había estado a la altura que requería el cargo. Marco Emilio Escauro fue nombrado príncipe del Senado siendo bastante joven, parece ser que cuando ocupaba el cargo de cónsul en el 115 a. JC. y mucho antes de ser censor en el 109 a. JC. Como no era corriente que un individuo fuese príncipe del Senado antes de haber sido censor, es signo de que fue un gran honor en el caso de un hombre excepcional, o bien (como han sugerido ciertos eruditos contemporáneos) porque fuese ya en el 115 a. JC. el decano de los senadores patricios. Sea lo que fuere, Escauro retuvo el título hasta su muerte en el 89 a. JC. Su sucesor, Lucio Valerio Flaco, fue cónsul en el 100 a. JC. y censor en el 97 a. JC.

privatus. Un ciudadano sin cargos oficiales; lo que nosotros llamamos un particular. En la obra se emplea en el sentido de un miembro del Senado sin funciones de magistrado.

procónsul. El que tenía imperium de cónsul pero sin ostentar el cargo. Esta potestad solía concederse al que hubiese concluido su año de cónsul al asignársele la gobernación de una provincia o el mando de un ejército en nombre del Senado del pueblo romano. El cargo de procónsul solía durar un año, pero muchas veces se prorrogaba más si el interesado no había finalizado una campaña contra el enemigo o no había un sustituto disponible. Si no había un consular para gobernar una provincia conflictiva
 
que requería el envío de un procónsul, se le encomendaba a uno de los pretores elegidos ese año con potestad de procónsul. El imperium del procónsul se limitaba al territorio de la provincia que se le encomendaba y expiraba en cuanto cruzaba el pomerium de la ciudad de Roma.

proletarii. Otro de los apelativos del más bajo estrato de los ciudadanos romanos, los capite censi, del censo por cabezas o por personas. La palabra proletarius se deriva de proles, que significa progenie, retoños, hijos, y se aplicaba a esas clases humildes porque era lo único que podían dar a Roma. propraetor. El que desempeñaba las funciones de pretor. Era una potestad que se concedía a un pretor cuyo plazo había concluido, para darle autoridad para gobernar una provincia o, en caso necesario, dirigir la guerra. Igual que el imperium de procónsul, el de propretor se perdía en cuanto cruzaba el límite sacro de Roma. Era un cargo inferior al de procónsul y generalmente se concedía cuando la provincia en cuestión se hallaba en paz. La costumbre dictaba que el propretor emprendiese una guerra encomendada por el Senado y no por iniciativa propia. No obstante, hubo propretores, como Cayo Mario, que emprendieron guerras en su

propia provincia.

prorrogar. Ampliar el plazo del cargo o magistratura más allá de lo normal. Se aplicaba a casos de gobernación o de mando militar y no al magistrado en concreto, y afectaba a los procónsules y propretores. Metelo Numídico, siendo cónsul, fue enviado a África para combatir contra Yugurta, pero como no había concluido la campaña al expirar su cargo, le fue prorrogado el mando de dicha guerra dos años sucesivos.

provincia. Ambito de potestad de un magistrado o promagistrado con imperium y, por lo tanto, aplicada tanto a cónsules y pretores con cargo en Roma como a los que servían en campaña. Por extensión, la palabra vino a significar el lugar en que se ejercía dicha potestad, es decir, el territorio o posesión de Roma y finalmente a ese territorio para indicar que era propiedad de Roma. En tiempos de Mario y Sila, todas las provincias romanas se hallaban fuera de Italia y de la Galia itálica.

publicani. En singular es publicanus. Eran los recaudadores, encuadrados en grandes empresas privadas con sede en Roma, que
 
recaudaban los impuestos en todos los territorios del imperio romano. El Estado asignaba cada cinco años, por medio de los censores, la contrata a dichas empresas públicas, y los empleados de las mismas que realmente se encargaban de cobrarlos en las provincias se denominaban igualmente publicani.

pueblo (de Roma). El término englobaba a todos los ciudadanos romanos que no fuesen miembros del Senado; se aplicaba tanto a patricios como a plebeyos, al censo por cabezas como a la primera clase.

puente de Madera. Nombre con que se conocía el Pons Sublicius, construido totalmente de madera y el más antiguo de Roma.

púnico. Es el adjetivo con que se designaba a lo propio de Cartago y sus habitantes, y en especial el empleado para referirse a las tres guerras que enfrentaron a Roma con Cartago. Se deriva de Phoenicia, el antiguo nombre de Cartago.

questor. El primer peldaño en el cursus honorum senatorial. En tiempos de Mario y Sila, ser elegido cuestor no significaba que el individuo se convirtiese automáticamente en miembro del Senado; sin embargo, era normal que los censores diesen acceso al Senado a los cuestores. Muchos de los que se presentaban a las elecciones de cuestores formaban ya parte del Senado. No obstante, no se sabe el número exacto de cuestores que se elegían al año, pero debían ser doce o dieciséis. La edad en la que un individuo aspiraba a ser cuestor eran los treinta años, edad igualmente estipulada para entrar en el Senado. El principal cometido de un cuestor era de índole fiscal, al servicio del Tesoro de Roma o encargándose de funciones secundarias en el erario, recaudar derechos de aduana e impuestos portuarios (debió de haber como mínimo tres cuestores de esta clase en aquella época: uno en Ostia, otro en Puteoli y otro para los otros puertos), recaudar las rentas del ager publicus en la península o en el extranjero o fiscalizar las finanzas de una provincia. El cónsul que al año siguiente iba a gobernar una provincia podía nombrar su propio cuestor; esto era considerado una alta distinción y un medio seguro para acceder al Senado. Normalmente, el cuestorado duraba un año, pero si se le requería nominalmente, estaba obligado a permanecer en la provincia hasta que se
 
agotase el mandato del gobernador. Los cuestores asumían el cargo el quinto día de diciembre.

Quersoneso. Palabra de origen griego que significa península, aunque la empleaban de modo más flexible que los geógrafos modernos. Había el Quersoneso Taúrico, el Quersoneso Címbrico, el Quersoneso de Tracia, el Quersoneso de Cnido, etc.

Quirites. Ciudadanos romanos sin cargos públicos. Lo que no se sabe es si la palabra Quirites implicaba, además, que los ciudadanos en cuestión no habían servido en las filas de los ejércitos de Roma, pues ciertos comentarios del dictador César inducen a creerlo, dado que se dirigió a la tropa amotinada llamándola así y los soldados se sintieron tan avergonzados que inmediatamente pidieron que les perdonase. Sin embargo, las cosas habían cambiado mucho en tiempos de Julio César, y he optado por interpretar que en tiempos de Mario y Sila Quirites tenía un sentido honorífico.

repetundae. Extorsión. Hasta la época de Cayo Graco no solía procesarse a los gobernadores de provincias que habían aprovechado su poder para enriquecerse; sí que se habían formado un par de tribunales extraordinarios para procesar a individuos concretos, pero nada más. Estos primeros tribunales especiales los constituían únicamente senadores y fueron una filfa porque los senadores no condenaban a sus colegas. Luego, en el 122 a. JC. Manio Acilio Glabrio, compañero inseparable de Cayo Graco, aprobó la lar Acílía que instituía un tribunal permanente formado por caballeros que entendía en los casos de repetundae, designando a un contingente de 450 caballeros como reserva para elegir a los miembros del jurado. En el 106 a. JC. Quinto Servilio Cepión, cónsul aquel año, devolvió todos los tribunales a los senadores, incluido el de extorsiones. En el 101 a. JC. fue Cayo Servilio Glaucia quien a su vez los volvió a poner en manos de los caballeros, dotándolos de notables innovaciones que irían adoptando todos los demás tribunales. Los procesos conocidos implican todos a gobernadores de provincias, pero al parecer después de la lex Aculia del 122 a. JC., se dio potestad al tribunal de extorsiones para juzgar cualquier caso relacionado con el enriquecimiento ilegal; a los ciudadanos que facilitaran
 
información se les recompensaba, y a los no ciudadanos que lograban llevar a alguien ante el tribunal se les concedía la ciudadanía.

republica. En origen se trataba de dos palabras, res publica, o «cosa pública», que afecta a todo el pueblo, es decir al gobierno. Actualmente utilizamos la palabra «república» en el sentido de un gobierno elegido que no reconoce ningún monarca o entidad superior, pero es dudoso que los romanos al fundar su república le dieran esa interpretación, pese al hecho de que ese sistema de gobierno remplazó a la monarquía.

retórica. Arte de la oratoria, que tanto griegos como romanos convirtieron en algo casi científico. Un buen orador hablaba con arreglo a preceptos y convencionalismos muy minuciosos que trascendían las simples palabras; los movimientos del cuerpo y la gesticulación formaban parte intrínseca del arte. En los primeros tiempos de la república, y hasta mediados de ella, se despreciaba a los maestros griegos de retórica y a veces se les expulsaba de Roma; Catón el censor era enemigo declarado de los retóricos griegos. Pero la grecofilia del círculo de los Escipiones y otros nobles romanos cultos de la época venció esa oposición, y en tiempos de los hermanos Graco casi todos los jóvenes de la nobleza romana tenían un profesor de retórica griego, y fueron los retóricos latinos los que perdieron favor. Había distintos estilos de retórica: Lucio Licinio Craso Orator era partidario del estilo asiánico, más florido y espectacular que el ático. No olvidemos que la audiencia que se congregaba a escuchar un discurso, ya fuese político o jurídico, ante los tribunales, estaba formada por entendidos en retórica, que observaban y escuchaban con gran sentido crítico, pues conocían las reglas y recursos y eran muy exigentes.

rey-cliente. Un monarca extranjero podía ofrecer sus servicios como cliente a Roma, que al actuar de patrón concedía al reino en cuestión el título de Amigo y Aliado del Pueblo de Roma. Había veces en que algún rey se comprometía como cliente con un particular romano.

Rómulo y Remo. Los hijos gemelos de Rea Silvia, hija del rey de Alba Longa y el dios Marte. Su tío Amulio, que había usurpado el trono, puso a los niños en una cesta de juncos y la echó al Tíber; la cesta se detuvo bajo una higuera al pie del Palatino y fue hallada por una loba que los amamantó
 
en su cueva. Los rescataron el pastor Faustulo y su esposa Aca Larentia, con quienes vivieron hasta que fueron mayores. Después de destronar a Amulio y reinstaurar al abuelo en el trono, los gemelos fundaron un asentamiento en el Palatino; una vez construidas las vallas, Remo las saltó y fue ejecutado por Rómulo, so pretexto de sacrilegio. A continuación, Rómulo salió a buscar súbditos para su ciudad, para lo cual estableció un refugio para hombres en el declive entre los dos promontorios capitolinos en el que acogía a criminales fugitivos. La población femenina la obtuvo engañando a los sabinos del Quirinal para que acudiesen a una fiesta con sus mujeres, a las que sus hombres raptaron para hacerlas esposas suyas. Rómulo reinó mucho tiempo; un día que salió de caza por los pantanos de la Cabra en el Campo de Marte le sorprendió una fuerte tormenta y, al no regresar a casa, se interpretó que se lo habían llevado los dioses haciéndole inmortal.

rostra. Forma plural de rostrum, que era el espolón de bronce que reforzaba la proa de las naves de guerra y que, a modo de ariete, embestía a las naves enemigas por debajo de la línea de flotación para hundirlas. Cuando el cónsul Cayo Menio, en el 388 a. JC., se enfrentó a la flota de los volscos en el puerto de Antium, obtuvo tan brillante victoria, que quebró definitivamente el poder de ese pueblo, y en conmemoración del triunfo mandó arrancar los espolones de las naves capturadas y ponerlos en el muro que había en la tribuna de oradores del Foro, en la hondonada de comicios y asambleas. Desde entonces la tribuna fue conocida con el nombre rostra: los espolones.

Rubico, río. También denominado Rubicón; constituía frontera entre la Galia itálica y la Italia peninsular al este de los Apeninos (la del oeste la formaba el Arno). Actualmente no se sabe con certeza cuál río era el antiguo Rubico; los eruditos se inclinan por un arroyo de breve curso llamado Rubicone, pero yo me permito disentir. ¿No sería el Rubicón el río que nace cerca de donde surge el Arno? Las fronteras de la antigüedad eran casi siempre fenómenos naturales visibles, ¿a qué, si no, determinar como frontera de la Galia itálica la gran curva del Arnus? Opino que el Rubico no era un riachuelo costero, sino un río de largo curso que nacía en los Apeninos y le confería un buen caudal. Me inclino por creer que se trataba
 
del actual Ronco, que desemboca en el Adriático entre Rávena y Rímini (Ariminum) y nace cerca del Arno. ¿Cómo un pueblo tan racional como el romano iba a elegir por frontera un riachuelo costero, habiendo en las proximidades un río mucho más importante? En el transcurso de los siglos, en las proximidades de Rávena, se ha efectuado tal labor de drenaje y canalización, que no existe fundada certeza.

saepta. «El aprisco». En tiempos de la república, era una zona abierta en el Campo de Marte próxima a la Via Lata y a la Villa Publica; no constaba con edificaciones pero era el lugar de reunión de la Asamblea centuriada o comitia centuriata. Como las asambleas centuriadas generalmente se convocaban para votar, la saepta se dividía para los comicios mediante unas vallas de modo que las cinco clases votasen por centurias.

sagum. La capa de invierno de la tropa. Estaba hecha con lana no desengrasada para hacerla lo más impermeable posible; era circular, con una abertura en el centro para meter la cabeza, y llegaba hasta los pies para que abrigase bien. Las mejores se hacían en Liguria, que producía una lana muy adecuada.

saltatrix tonsa. Literalmente «bailarina con barba»; es decir, un homosexual disfrazado de mujer que vendía sus favores eróticos.

Samnium. Era el territorio situado entre el Lacio, Campania, Apulia y Picenum. La mayor parte de él era accidentado y montañoso, y no muy fértil; las ciudades no eran muy prósperas y entre ellas se contaban Bovianum, Caieta y Aeclanum. Aesernia y Beneventum, las dos más importantes, eran colonias con derechos latinos implantadas por Roma. La población de lo que era el Samnio la constituían varios pueblos —pelignos, marrucini, vestinos y frentanos— que ocupaban diversas zonas dentro del territorio propiamente dicho de los samnitas. Durante toda su historia, los samnitas fueron encarnizados enemigos de Roma y varias veces durante la primera y segunda época republicana infligieron aplastantes derrotas a los ejércitos romanos, pero no tenían contingentes ni recursos económicos para sacudirse definitivamente el yugo romano. Hacia el 180 a. JC., los samnitas estaban muy agotados para rechazar a los cuarenta mil colonos ligures que Roma trasladó desde el norte para aliviar la situación al noroeste. Esta
 
maniobra le pareció a Roma un acierto en su momento, pero estos nuevos pobladores se integraron totalmente en el pueblo samnita y se convirtieron también en enemigos de Roma, con lo que la resistencia samnita rebrotó.

sátrapa. Era el título dado por los reyes persas a los gobernadores provinciales o territoriales. Alejandro Magno conservó el término en su administración, del mismo modo que los últimos reyes partos arsácidas. El territorio gobernado por un sátrapa era la satrapía.

Saturnino. Lucio Apuleyo Saturnino nació hacia el 135 a. JC. en el seno de una respetable familia muy vinculada a Picenum (su hermana estaba casada con el picentino Tito Labieno, colega en su ultimo tribunado de la plebe). Elegido cuestor en el 104 a. JC., se le nombró interventor del abastecimiento de grano por el puerto de Ostia, con el solo propósito de apartarle del cargo y del Senado, cuando Marco Emilio Escauro, príncipe del Senado, le reprochó un inopinado aumento del precio del trigo. Saturnino no se resignó a la contrariedad y decidió presentarse a las elecciones de tribuno de la plebe en el 103 a. JC., siendo elegido. Durante su primer tribunado, Saturnino se alió con Cayo Mario y aprobó leyes favorables a éste, en particular la que concedía asentamientos en Africa a los ex combatientes de la guerra que Mario había sostenido contra el númida Yugurta; aprobó igualmente una ley que instituía un tribunal especial para juzgar a los acusados del delito denominado maiestas minuta o traición menor.

En el 102 y 101 a. JC. Saturnino no tuvo cargos oficiales, pero llegó a concitar las iras del censor Metelo Numidico, quien trató de expulsarle del Senado; consecuencia de ello fue un motín en el que el Numídico resultó gravemente apaleado. Saturnino se presentó por segunda vez al tribunado de la plebe en el 100 a. JC. y fue elegido, cuando aún perduraba su alianza con Mario. Una segunda ley agraria, para asentar los ex combatientes de las guerras de Mario contra los germanos en tierras de la Galia Transalpina, provocó la repulsa del Senado, pero Saturnino llevó la legislación a la práctica, obligando a los miembros del Senado a jurar que respetarían la ley; juraron todos menos Metelo Numídico, que prefirió pagar una considerable multa y partir al exilio. A partir de entonces, Saturnino fue
 
convirtiéndose para Mario en un estorbo del que tuvo que deshacerse para no perder más prestigio.

Entonces, Saturnino comenzó a ganarse a los estratos humildes del capite censi, prometiéndoles trigo, en una época de escasez en la que los desposeídos sufrían hambre. En las elecciones a tribunos de la plebe en el 99 a. JC., Saturnino volvió a ser candidato y, como esta vez no obtuvo el cargo, su inseparable amigo Cayo Servilio Glaucia organizó el homicidio de uno de los candidatos elegidos y Saturnino ocupó el tribunado en sustitución del asesinado. En un ambiente prerrevolucionario, las multitudes del Foro pusieron en una delicada situación al gobierno de Roma, lo que propició una alianza entre Mario y Escauro de la que se siguió un decreto inapelable del Senado cuya última consecuencia fue la detención de Saturnino y sus partidarios, después de que Mario cortase el suministro de agua al Capitolio, en donde la facción había buscado refugio. Los detenidos fueron confinados en el Senado, donde fueron lapidados con las tejas de la techumbre. Acto seguido, quedaron anuladas todas las leyes de Saturnino.

Senado. Senatus en latín. Los romanos creían que el fundador del Senado había sido Rómulo con cien miembros patricios a los que dio el título de patres, pero lo más verosímil es que fuese una institución de la última fase de la monarquía romana. Cuando se instituyó la república, se conservó el Senado a guisa de consejo asesor de ancianos patricios, por entonces ya trescientos, y pocos años después formado también por plebeyos, aunque éstos aún tardarían en poder ocupar magistraturas más altas.

Debido a su antigüedad, la definición legal de sus poderes, derechos y obligaciones era imprecisa, aunque se basaba fundamentalmente en el mos maiorum. El cargo senatorial era vitalicio, lo que propició que se creara en seguida una oligarquía; a lo largo de la historia, sus miembros lucharon denodadamente por conservar lo que ellos consideraban elitismo natural. Durante la república eran los censores los que otorgaban el título (y podían quitarlo). Había treinta decurias de diez senadores, con un patricio como portavoz, lo que determinaba que siempre hubiese un mínimo de treinta patricios en el Senado. En tiempos de Mario y Sila se había adoptado la
 
costumbre de exigir como requisito para el ingreso propiedades equivalentes a una renta anual de un millón de sestercios, aunque nunca llegó a ser una ley formal durante el período republicano.

Sólo los senadores podían vestir la latus clavus o laticlavia con una ancha franja púrpura; llevaban también zapatos cerrados de cuero marrón y un anillo (en su origen, de hierro y después de oro). Las reuniones del Senado debían celebrarse en lugares debidamente consagrados, ya que no siempre tenían lugar en su sede, la Curia Hostilia. Las ceremonias y la sesión del día de Año Nuevo, por ejemplo, se celebraban en el templo de Júpiter Optimus Maximus, mientras que las sesiones para tratar de la guerra, se llevaban a cabo en el templo de Belona, fuera del pomerium. Estas sesiones sólo se celebraban desde el amanecer hasta el ocaso, y se suspendían en los días reservados a las reuniones de los comitio siempre que éstas se celebrasen.

Existía una estricta jerarquía entre los que tenían voz en las sesiones, siendo el príncipe del Senado el decano en tiempos de Mario y Sila; los patricios tenían siempre prioridad respecto a los plebeyos de igual condición, y no todos los senadores tenían voz en la cámara; los senatores pedarii, que se sentaban detrás de los que tomaban la palabra, sólo podían votar. No había limitaciones en cuanto a tiempo o contenido de la oratio (discurso) y de ahí la popularidad de la maniobra actualmente denominada obstruccionismo. Si el asunto no era importante o la respuesta totalmente unánime, el voto podía ser verbal o a mano alzada, pero se recurría al voto formal cuando existían discrepancias entre los senadores, que se levantaban para situarse a un lado u otro del estrado curul, según diesen el «sí» o el «no», y así efectuar el recuento. El Senado era un organismo asesor más que legislativo y promulgaba sus consulta o decretos a petición de las distintas asambleas. Si el asunto era grave, se requería quorum para llegar a la votación, aunque no se sabe qué proporción determinaba tal quorum. ¿Quizá un cuarto? Desde luego, la mayoría de las sesiones no contaba con una nutrida asistencia, al no existir un reglamento que especificase la obligación de asistir a todas las sesiones.
 
Por tradición, el Senado tenía potestad suprema en ciertas cosas, pese a su carencia de poder legislativo; así era el caso en cuestiones fiscales porque controlaba el Tesoro; en asuntos exteriores y en cuestiones bélicas; en administración de las provincias y en el nombramiento de sus gobernadores. Después de la época de Cayo Graco, el Senado podía, en casos de excepción, suspender todos los organismos estatales, aprobando un Senatus consultum de republica defendenda o decreto inapelable proclamando su soberanía y la implantación de la ley marcial. Este decreto de excepción era un recurso senatorial para impedir el nombramiento de un dictador.

servianas, murallas. Eran los muros Servii Tullii o Tulli. Los romanos creían que las murallas que rodeaban a la ciudad republicana habían sido levantadas en tiempos del rey Servio Tulio, pero la evidencia invita a pensar que fueron construidas después del saqueo de Roma por los galos de Breno en el 390 a. JC. (véase Juno Moneta). Hasta la época de César el dictador, las murallas se conservaron perfectamente.

sestercios (sestertius). La moneda romana más corriente, y unidad contable, de ahí su proliferación en los textos de la época republicana. Su nombre deriva de semu tertius o dos ases y medio. En latín se representaba con la abreviatura HS y era una pequeña moneda de plata equivalente a un cuarto de denario.

Sibila, libros de la. La Sibila era un oráculo que dictaba sus profecías en trance, como casi todas las pitonisas. Esta, de gran fama, vivía en Cumas, ciudad de la costa de Campania. El Estado romano poseía una serie de profecías escritas llamadas los libros de la Sibila, adquiridos, al parecer, por el rey Tarquinio Prisco y redactadas en griego en hojas de palmera (posteriormente se pasaron a papel). Según la leyenda, cada vez que el rey se negaba a comprarlas, ardía un libro y aumentaba el precio; hasta que se resignó a adquirir el resto. En tiempos de Cayo Mario y Sila, estos libros eran tan respetados que los guardaba un colegio formado por diez sacerdotes menores, los decemviri sacris laciundis, y en momentos de crisis se consultaban para comprobar si había alguna profecía aplicable a la situación.
 
silla curul. En latín, sella curulis. Era el asiento de marfil al que tenían exclusivo derecho los altos magistrados; un edil curul tenía derecho a ella, pero no un edil plebeyo. Era una silla primorosamente labrada con patas curvadas que se cruzaban en X y brazos muy bajos, pero sin respaldo.

sinus. Curva o plegamiento pronunciado. Se empleaba el término de muy distintos modos, pero en esta obra adquiere dos significados: el accidente geográfico que llamamos golfo —el sinus Arabicus, por ejemplo

— y los pliegues de la toga, ya que salía por debajo del brazo derecho y se echaba sobre el hombro izquierdo haciendo una especie de bolsa.
Sosio. Nombre vinculado al negocio librero de Roma. Dos hermanos llamados Sosio publicaron durante el principado de Augusto. He tomado este nombre, extrapolándolo a otra época más pretérita, pues el comercio en Roma era eminentemente familiar y el negocio de los libros florecía ya en tiempos de Mario y Sila.

sponsio. En casos de litigio civil que no requería proceso ante un tribunal, es decir, los casos en los que entendía el pretor urbano, éste sólo los daba curso si se depositaba previamente una suma llamada sponsio. La suma solía ser la equiValencia a los daños y perjuicios o la cantidad en litigio en casos de deuda. También en las quiebras bancarias o en los impagados se denominaba a esa suma sponsio. Según este procedimiento, si el demandante o el demandado no depositaban la suma, el pretor urbano se desentendía de la querella. En tiempos de crisis monetaria era un problema, y de ahí que Sila incluyera en su ley relativa a las deudas una cláusula dispensando del depósito del sponsio ante el pretor urbano.

stibium. Polvo negro a base de antimonio, soluble en agua, que se usaba para pintarse cejas y pestañas y perfilar los ojos.
stips, stipis. Un salario. En esta obra el stips era el sueldo que el amo pagaba al esclavo. Se llamaba también peculium.
Subura. El barrio más pobre y populoso de Roma. Estaba situado al este del Foro Romano, en el declive entre el espolón Opiano del monte Aquilino y el Vinimal. Su larga calle principal tenía tres nombres distintos: abajo, cerca de su confluencia con el Argiletum, eran las Fauces Suburas; el tramo siguiente, el Subura Maior; y el tramo final, que serpenteaba por la ladera
 
del Esquilino, era el Clivus Suburanus. El Subura Minor y el Vicus Patricii arrancaban del Subura Maior en dirección al Viminal. El Subura era un barrio formado totalmente por ínsulae con un hito importante, la Turris Mamilia; un barrio en el que se hablaban todos los idiomas y de vecinos muy liberales. En el Subura vivía gran número de judíos, y en tiempos de Mario y Sila se hallaba en él la única sinagoga de la ciudad. Según Suetonio, Julio César vivió en el Subura.

sufecto, cónsul (consul suffectus). Cuando un cónsul electo moría en posesión de su cargo, o quedaba incapacitado para el desempeño de sus funciones, el Senado nombraba un sustituto, llamado suffectus. El suffectus no era elegido; a veces el Senado nombraba un suffectus aunque el año consular estuviese casi concluido y otras no nombraba ningún sustituto. Estas contradicciones reflejan el estado de ánimo de la cámara en momentos concretos. Parece ser que el Senado requería la presencia del cónsul no fallecido para nombrar un sufecto, ejemplo de ello es la impotencia de la cámara cuando en el 90 a. JC. murió el cónsul Catón y su colega, Lucio Julio César, se negó a acudir a Roma para el nombramiento del sufecto. El nombre del cónsul sufecto se inscribía en los fasces consulares y el interesado conservaba la categoría de consular una vez cumplido el mandato.

suntuaria, ley (lex sumptuaria). Eran leyes promulgadas para gravar los artículos de lujo (es decir, costosos), así como los alimentos de similar categoría que los romanos adquiriesen o tuviesen en sus casas, independientemente de lo acaudalados que fuesen. Es de suponer que se trataba de artículos de importación. Durante el período republicano se aprobaron muchas leyes suntuarias relativas a la mujer, limitándoles la ostentación de alhajas o circular en litera o vehículos dentro del perímetro de las murallas servianas; pero muchos magistrados comprobaron que esta clase de legislación lesiva para las mujeres las convertía en seres rencorosos y en un sector social temible.

suovetaurilia. Sacrificio especial consistente en un cerdo (su), una oveja (ove) y un buey o toro (taurus), ofrecido en ocasiones críticas a ciertos dioses: Júpiter Optimus Maximus, Marte y otros cuya identidad se
 
desconoce. La ceremonia de la suovetaurilia exigía que las víctimas fuesen conducidas solemnemente en procesión hacia el sacrificio. Aparte de las ocasiones excepcionales, se ofrecía en dos fechas concretas: a finales de mayo, cuando purificaban la tierra los doce sacerdotes menores llamados los «hermanos campestres» (fratres arvales), y cada cinco años, cuando los censores instalaban su garita en el Campo de Marte para efectuar el censo de todos los ciudadanos romanos.

tablinum. Término latino para designar el cuarto exclusivo del Paterfamilias siempre que no fuera tan pobre como para carecer de este «despacho», como se le denomina en la obra.

talento. Unidad de peso equivalente a la carga que podía llevar una persona. El oro en barras y las sumas importantes de dinero se expresaban en talentos, pero no era un término exclusivamente reservado al dinero y los metales preciosos. Su equiValencia moderna sería unos 25 kilogramos.

Tarpeya, roca. Sigue siendo polémica su precisa ubicación, pero se sabe que era muy visible desde el Foro, y es de suponer que fuese un extraplomo de los acantilados del Capitolino. Como la caída no excedía de ochenta pies, la roca debió estar situada sobre un precipicio de aguzados riscos. Era el lugar tradicional de ejecución de los romanos traidores y asesinos, a los que se arrojaba desde ella o se les obligaba a saltar. Yo la he situado frente al templo de Ops.

tata. El diminutivo cariñoso en latín de «padre», equivalente a «papá». Tellus. Diosa romana de la tierra; su culto fue en decadencia al

incorporarse el de la Magna Mater importado de Pessinus. Tenía un gran templo en el Carinae, imponente en sus orígenes, pero en tiempos de Mario y Sila estaba en ruinas.

Tiddlypus, Lucio. Necesitaba un nombre grotesco para designar a la clase de individuo que en todo tiempo y época ha sido el prototipo del ciudadano anónimo. Dado que la obra original está escrita para lectores angloparlantes, resultaba problemático elegir un nombre latino representativo y acuñé el de «Lucio Tiddlypus» por su curiosa terminación en «us» y por evocar una montaña, nombrada en latín con una curiosa distorsión del nombre de una villa que había en su falda, propiedad de un
 
infame liberto de Augusto, Publio Vedius Pollio, pese a que el nombre latino de la montaña era Pausilypus, claro indicio de que al liberto en cuestión se le odiaba por ese pus, que significaba lo mismo que en la actualidad.

toga. Prenda que sólo un ciudadano de Roma podía vestir. Estaba hecha de lana ligera y tenía una forma muy particular (por eso los romanos togados de las películas de Hollywood nunca quedan bien, pues la documentación cinematográfica norteamericana sobre la Roma antigua es muy deficiente). Lillian Wilson obtuvo un tamaño y una forma que reproduce exactamente lo que era la toga. La toga para un varón de 1,75 m, con cintura de 89,5 cm, tenía unos 4,6 m de ancho y 2,25 m de largo; la medida del largo se pliega sobre el eje de la altura del individuo y la medida mucho mayor de la anchura, sobre el cuerpo. No obstante, no tenía forma rectangular exacta, sino que presentaba el siguiente aspecto:

Si no se corta como indica la ilustración, la toga no adquiere la caída que se aprecia en las estatuas de la antigüedad. La toga republicana de tiempos de Mario y Sila era muy larga (la prenda varió notablemente de tamaño desde la época de los reyes y el año 500, un período de mil años). Una observación final, producto de mis propias investigaciones, es que el romano republicano togado no llevaba calzoncillos ni taparrabos. La toga dejaba inútil la mano izquierda para realizar cualquier manipulación a nivel del bajo vientre, ya que, de hacerlo, se habrían deshecho todos los pliegues que ésta sujetaba y habría sido necesario volver a hacerlos completamente. Pero cuando la toga está perfectamente plegada, se puede levantar con asombrosa facilidad con la mano derecha cogiéndola por la orla, para proceder a orinar de pie, a condición —claro— de que no se usen calzoncillos o taparrabos. Menciono este interesante detalle sólo por el hecho de que en los actuales libros de texto se sigue afirmando que los varones romanos gastaban cierta prenda de ropa interior. Pues yo digo que si vestía toga no llevaba nada.

toga alba (o pura). Toga blanca lisa, que, probablemente, era más bien de color crema.
 
toga candida. Toga especial blanqueada que vestían los candidatos a un cargo público al acudir al registro (la palabra «candidato» procede de esa toga candida). El candidato vestía también la candida cuando recorría Roma solicitando votos el día de las elecciones. Su blancura se obtenía dejándola orear al sol varios días y luego impregnándola de un fino polvillo de cal.

togado. El que vestía la toga.

toga picta. Toga totalmente púrpura del general triunfante, lujosamente bordada (seguramente en oro) con imágenes de personajes y eventos. Los reyes de Roma vestían la toga picta, igual que la estatua de Júpiter Optimus Maximus en el templo del Capitolio.

toga praetexta. Toga bordada de púrpura de los magistrados curules; la vestían también los que lo habían sido y los niños de ambos sexos.

toga pulla. Era la toga de luto y estaba hecha con lana lo más negra posible. Los senadores de luto vestían también la túnica de los caballeros con el angustus clavus o franja estrecha en el hombro.

toga trabea. La toga abigarrada de «colorines» de Cicerón. Era la toga a rayas del augur y seguramente del pontífice. Al igual que la toga praetexta, tenía una orla púrpura y rayas alternas rojas y púrpura a lo largo.

tribu, tribus. En los primeros tiempos de la república, tribus para un romano no era un grupo étnico del pueblo, sino una asociación política al servicio del Estado. Había treinta y cinco tribus; treinta y una eran rurales y cuatro urbanas. Las verdaderas dieciséis tribus primitivas ostentaban el nombre de las diversas gens patricias, indicando que los ciudadanos que pertenecían a ellas eran miembros de familias patricias o habían vivido en origen en tierras propiedad de dichas familias. En la primera y segunda etapa de la república, cuando comenzaron a aumentar los terrenos propiedad de Roma en la península italiana, se añadieron tribus para incluir los nuevos ciudadanos en el cuerpo político. Las colonias romanas con ciudadanía plena constituyeron también el núcleo de nuevas tribus. La fundación de las cuatro tribus urbanas se atribuía al rey Servio Tulio, aunque es probable que la fecha sea posterior, a principios de la república. La última fecha en que se creó una tribu es el 241 a. JC. Todos los que
 
pertenecían a una tribu tenían el derecho a votar en la asamblea tribal, aunque no era un voto de por sí importante; primero se contaban los votos de cada tribu, y luego la tribu entera emitía un voto nominal, lo que significaba que en ninguna asamblea tribal podía el ingente número de ciudadanos adscritos a las cuatro tribus urbanas afectar a los resultados globales, pues había treinta y una tribus rurales y cada una de ellas tenía derecho a presentar un voto tribal nominal, aunque sólo votasen dos únicos individuos de la tribu. A los que pertenecían a tribus rurales no les estaba prohibido vivir en Roma; la mayoría de senadores y caballeros, por ejemplo, pertenecían a tribus rurales.

tribuno (tribunus). Funcionario que representaba los intereses de un determinado miembro del cuerpo político romano. La palabra se aplicaba en origen a los que representaban a las tribus (tribus tribunus), pero conforme la república fue progresando, vino a designar el funcionario que representaba diversas instituciones no directamente relacionadas con las tribus.

tribuno militar (tribunus militarum). Los oficiales de grado medio en la cadena de mando del ejército romano se denominaban tribunos de los soldados o tribunos militares. El de rango superior era el tribuno electo de los soldados. Si el general no era también cónsul, y, por consiguiente, no disponía de las legiones del cónsul, el tribuno militar era el que las mandaba. Los tribunos militares no electos servían también de comandantes de los escuadrones de caballería.

tribuno de la plebe. El cargo se creó poco después de la institución de la república, cuando la orden plebeya estaba a la greña con los patricios. Elegidos por el ente tribal de los plebeyos, reunido en concilium plebis, o asamblea plebeya, los tribunos de la plebe juraban defender las vidas y propiedades de los pertenecientes a la orden plebeya. En el 450 a. JC. había diez tribunos de la plebe; en tiempos de Mario y Sila, esos diez tribunos eran una espina para el Senado y no sólo para los patricios, pese a que al ser elegidos pasaban a integrarse automáticamente como senadores. Como no eran elegidos por todo el pueblo (es decir, los patricios y los plebeyos), no tenían poder real con arreglo a la constitución romana, fundamentalmente
 
no escrita; su poder residía en el juramento que prestaba la orden plebeya de defender la naturaleza sacrosanta —inviolable— de sus representantes electos. Quizá fuese debido a la organización tribal de la Asamblea plebeya el que estos representantes se llamasen tribunos. El poder de un tribuno de la plebe radicaba en su derecho a ejercer el veto contra una decisión gubernamental; podía vetar las mociones o leyes presentadas por uno de sus colegas tribunados o por todos ellos, a otros magistrados, cónsules y censores incluidos (ejemplo de ello es el caso del censor Marco Emilio Escauro, que, al tratar de oponerse, en el 109 a. JC., a las maniobras para expulsarle del cargo, provocó automáticamente el veto del tribuno de la plebe Mamilio); el tribuno de la plebe podía vetar decretos del Senado e incluso cuestiones bélicas y de asuntos exteriores. Sólo un dictador (o quizá un interrex) estaba por encima del veto tribunicio. Dentro de la propia Asamblea plebeya, el tribuno de la plebe era omnipotente: podía convocar la asamblea, una reunión (contio) para discutir un asunto, promulgar plebiscitos y hasta imponer la condena de muerte si bloqueaban su derecho ejecutivo.

Durante los primeros años de la república y su fase media, los tribunos de la plebe no eran miembros del Senado, pero después con la lex Atinia del 149 a. JC. obtuvieron el derecho a ingresar en él sin previa aprobación de los censores. A partir de entonces, los que habían sido expulsados del Senado por los censores solían presentarse a las elecciones de tribunos de la plebe para poder reingresar. El tribunado de la plebe no tenía imperium y el poder que le confería el cargo perdía vigencia pasada la primera piedra miliar. Según la tradición, los tribunos de la plebe asumían sus funciones el décimo día de diciembre y sólo podían desempeñarlo un año, pero no era una costumbre que obligase legalmente. Así lo demostró Cayo Sempronio Graco resultando elegido por segunda vez en el 122 a. J C. El auténtico poder del cargo lo configuraba la sacrosanctitas (inviolabilidad) y la intercessio o derecho al veto del representante. Por ello, la contribución tribunicia a la gobernación solía ser más obstruccionista que de apoyo.

tribuno de los soldados. Eran veinticuatro jóvenes, entre veinticinco y veintinueve años de edad, que elegía cada año la Asamblea del pueblo para
 
servir en las legiones del cónsul como tribunos militares. Como los elegía la comitia populi tributa, o todo el pueblo, estos tribunos militares eran auténticos magistrados y quedaban incorporados a las cuatro legiones del cónsul como comandantes, en número de seis por legión. Cuando los cónsules tenían más de cuatro legiones en campaña (como fue el caso en Arausio), los tribunos de los soldados se repartían por las legiones que hubiese.

tribuno del Tesoro (tribuni aerarii). No está nada claro qué función real tenían los tribuni aerarii. En principio, parece que fueron un cuerpo de funcionarios pagadores del ejército, pero en la fase media de la república, esa tarea la efectuaban ya los cuestores. No obstante, en tiempos de Mario y Sila, los tribuni aerarii eran lo suficientemente numerosos (y ricos) para figurar en la segunda clase en las asambleas centuriadas, por lo que deberían gozar de una categoría económica censal no inferior a la de caballero. No obstante, a mí me parece más verosímil que fuesen funcionarios de alto rango asignados al Tesoro. Aunque el Senado y el pueblo de Roma eran muy reacios a la burocracia y se resistían con tesón a ampliar el número de empleados públicos, una vez que comenzaron a crecer las posesiones territoriales de Roma, hubo cuando menos una rama del Senado que cada vez exigió más burócratas. Esta rama era el Tesoro (aerarium) y en los últimos tiempos de la república debió de haber un número bastante considerable de funcionarios de alto rango en los diversos departamentos del erario (número que aumentó espectacularmente después en tiempos de Mario y Sila). Se recaudaba dinero de muy diversas maneras, en Italia y en el extranjero, y se necesitaba dinero para todo, desde la adquisición del grano público hasta el programa de obras públicas de los censores, la soldada de los ejércitos, y minucias como la compra de cerdos que el pretor urbano repartía en Roma con motivo de las compitalia. Mientras que un magistrado electo podía dar órdenes al respecto, es evidente que él personalmente no intervenía en su aplicación; por ello, tenía que haber empleados del fisco, personas con categoría superior a la de simple administrativo o escriba, e indudablemente procederían de familias respetables y tendrían un buen sueldo. La existencia de un funcionariado de
 
alto rango se deduce por el hecho de que cuando Catón el uticense fue nombrado cuestor del Tesoro en el 64 a. JC. protestó bastante, con toda seguridad porque los cuestores llevaban muchos años sin ocuparse de los asuntos del Tesoro, y en el 64 a. JC. su administración era de envergadura.

triclinium. El comedor romano. En un comedor formal (de preferencia cuadrado) había tres camillas colocadas formando una U.

Mirando desde la puerta hacia el hueco que configura la U, la camilla de la izquierda se llamaba el lectus summus, la situada en la base de la U era el lectus medius y la que formaba el lado derecho, el lectus imus. Estas camillas eran muy anchas, quizá de 1,25 metros o más, y el doble de largas como mínimo. En un extremo tenían un brazo elevado formando cabecera. Delante de cada una de ellas se disponía a lo largo una mesa estrecha más baja que la camilla y los comensales se tumbaban, reclinados sobre el codo izquierdo, apoyados en almohadones; comían descalzos y podían ordenar que les lavasen los pies. El anfitrión se tumbaba en la parte izquierda del lectus medius, siendo la parte derecha de dicha camilla el extremo con cabecera reservado al invitado de honor, que se denominaba locus consularis. En tiempos de Mario y Sila era poco frecuente que las mujeres se tumbasen comiendo con los hombres, de no ser mujeres de dudosa virtud y tratarse de una francachela celebrada por hombres. Las mujeres de la familia se sentaban dentro del espacio de la U, en sillas; entraban con el primer plato y abandonaban el comedor nada más retirarse el último plato. Normalmente sólo bebían agua.

triunfo. El día más excelso de un general romano victorioso. En tiempos de Cayo Mario y Sila, el general tenía que haber sido aclamado imperator por sus tropas en el campo de batalla y solicitar después el triunfo al Senado, que era el único que podía aprobarlo y que, a veces —no muchas —, lo aplazaba sin justificación. El triunfo era un espectacular desfile que discurría con arreglo a un itinerario prescrito desde la Villa Pública del Campo de Marte, pasando por una puerta especial de las murallas servianas llamada porta Triumphalis, por el Velabrum, el Forum Boarium y el Circo Máximo, para después dirigirse por la Via Sacra del Foro romano y concluir en el monte Capitolino, al pie de la escalinata del templo de Júpiter
 
Optimus Maximus. El general triunfante y sus lictores entraban en él y ofrecían al dios sus laureles de victoria, y luego se celebraba la fiesta triunfal.

triumphator. El general que celebraba el triunfo.

túnica. Era la prenda básica de casi todos los pueblos antiguos mediterráneos, incluidos griegos y romanos. En tiempos de Mario y Sila constaba de un cuerpo rectangular, sin sisa; el cuello seguramente estaba cortado en curva para mayor comodidad en lugar de continuar en línea recta desde los hombros; las mangas serían prolongaciones rectangulares de tela desde los hombros, o irían pegadas. No es, desde luego, nada improbable que supieran pegar mangas, pues en los textos de la época se mencionan las mangas largas y éstas requieren ir cosidas. Las estatuas no testimonian si las túnicas de los personajes importantes que representan eran simples prolongaciones de tejido a partir de los hombros para dejar paso a los brazos, y las mangas de las túnicas de las estatuas de militares parecen mangas cortas normales. La túnica se llevaba con cinturón de cuero o con un cíngulo y era siempre más larga por delante que por detrás, parte por la que medía unos 75 mm menos. Los del censo de caballeros lucían una franja estrecha en la túnica y los senadores, una franja más ancha. Yo creo que estas franjas iban colocadas en el hombro derecho y no en el centro del pecho. En una pintura mural de Pompeya se ve a un hombre con toga praetexta y franja ancha en el hombro derecho de la túnica.

Tusculum. Ciudad sobre la Via Latina, a unos 25 kilómetros de Roma. Fue la primera ciudad latina a la que se otorgó plena ciudadanía romana en el 381 a. JC. y siempre permaneció fiel a Roma. Catón el censor era de Tusculum, en donde su familia fue propietaria de la caballería pública del ejército romano.

Vaticanus. Era una llanura, el Campus Vaticanus, y tambiém el monte Vaticano. Estaban situados en la orilla norte del Tíber, frente al Campo de Marte. En tiempos de Mario y Sila, la llanura servía de mercado de plantas y la colina del mismo nombre no tenía una utilidad, que se sepa.

Venus Libitina. Diosa de la fuerza vital; Venus tenía muchas advocaciones, y la Libitina estaba relacionada con la extinción de la fuerza
 
vital. Era una deidad de gran importancia en Roma y su templo se hallaba fuera de las murallas servianas, aproximadamente en el centro de la vasta necrópolis de la ciudad en el Campus Esquilinus. No se sabe su ubicación exacta, pero como tenía que situarla en algún punto, le asigné la intersección de dos diverticula (rutas de circunvalación) importantes con la Via Labicana. El recinto del templo era espacioso según los parámetros de los templos romanos; contaba con una arboleda, seguramente de cipreses (por su simbolismo funerario) y dentro de él actuaba el gremio de sepultureros y empresas funerarias, probablemente asentados en casetas o tenderetes. En el templo se guardaba el registro obituario de Roma; era un templo rico, en virtud de las tasas que cobraba por registrar las defunciones. Si no había un cónsul que los necesitase, los fasces de los lictores quedaban depositados en el templo, así como las hachas que en ellos se insertaban cuando el magistrado salía de la ciudad.

Vesta. Diosa romana de gran antigüedad y de naturaleza numinica o incorpórea, sin mitología ni imagen (véase numen) representativa. Era el fuego del hogar y por ello cobraba particular importancia en la casa y la familia, en donde se la rendía culto junto con los Penates y los lares familiares. También su culto oficial público tenía importancia, y lo dirigía el Pontifex Maximus en persona. Tenía un modesto templo en el Foro Romano, muy antiguo y de forma circular; se hallaba junto a la Regia, la fuente de Yuturna y la residencia del pontífice máximo. En su interior ardía un fuego constante que nunca se dejaba apagar.

vestales, vírgenes. Vesta tenía su sacerdocio particular, el colegio de seis mujeres llamadas las vestales. Ingresaban a los seis u ocho años de edad, hacían votos de castidad y servían a la diosa durante treinta años, tras los cuales quedaban eximidas de sus votos y se integraban en la sociedad, pudiendo casarse, aunque pocas lo hacían por considerarlo nefasto. Su castidad procuraba suerte a Roma, es decir, al Estado. Cuando se creía que una vestal había roto el voto de castidad, no se la juzgaba y castigaba en seguida, sino que se le seguía proceso ante un tribunal especial, y también se juzgaba a sus supuestos amantes ante otro tribunal. Si se la declaraba culpable, quedaba encerrada en una cámara subterránea tapiada, donde
 
perecía. En tiempos de la república, las vírgenes vestales vivían en el mismo domus publicus que el pontífice máximo, aunque aparte.

vexillum. Bandera o estandarte.

vía. Calle o carretera.

villa. Vivienda campestre, totalmente aislada, que en origen tenía una razón de ser agrícola, era una granja. Se construía en torno a un peristilo o patio con columnas, contaba con establos o dependencias agrícolas en la parte delantera y el espacio habitable propiamente dicho estaba detrás. Los romanos ricos del período republicano comenzaron a construir villas para veranear sin ningún propósito agrícola, modificando notablemente su carácter arquitectónico (y sus dimensiones). Muchas villas veraniegas estaban junto al mar.

vir militaris. Véase militar.

voto. El sistema de votación romano era timocrático, es decir, que en su poder influía mucho la fortuna personal y no era del tipo «un hombre, un voto». Cuando alguien votaba en las asambleas centuriadas o tribales, su voto únicamente tenía valor dentro del veredicto de la centuria o tribu en que lo ejercía. Los resultados de las elecciones estaban determinados por el número de votos de centurias que apoyaran a un candidato. El voto jurídico era distinto; en un jurado el individuo si que ejercía influencia directa en el resultado de la votación, dado que el jurado estaba formado por un número impar de miembros y la decisión era mayoritaria y no unánime. No obstante, era también de índole timocrática, ya que un hombre de pocos recursos poca oportunidad tenía de formar parte del jurado.

yugo. Era la pieza de madera con que se uncía a la pareja de bueyes por el pescuezo. Aplicado al ser humano, vino a significar el dominio y la sojuzgación. En Roma había un yugo bajo el cual pasaban los jóvenes de ambos sexos, situado en un punto del Carinae, y que se llamaba el Tigillum, quizá como símbolo de sumisión a la vida seria de los adultos. Sin embargo, fue en el ámbito militar en el que el yugo llegó a adquirir su más profundo significado simbólico, pues los primitivos ejércitos romanos (o quizá los etruscos) obligaban al enemigo vencido a pasar bajo el yugo; se clavaban dos lanzas en el suelo y entre ellas se tendía una tercera de modo que no
 
permitiese el paso de un hombre sin agacharse. Lamentablemente, los ejércitos enemigos adoptaron igual criterio y, en consecuencia, de vez en cuando un ejército romano se veía obligado a pasar bajo el yugo. Esto era una humillación intolerable, a tal extremo que el Senado romano prefería que sus ejércitos combatieran hasta que cayera el último hombre antes que manchar el honor y la dignitas de Roma rindiéndose y pasando bajo el yugo.

Yugurta. Rey de Numidia desde el 118 a. JC. hasta su captura por Sila en el 105 a. JC. Era hijo bastardo y accedió al trono asesinando a los que tenían más derecho que él, monopolizando siniestramente el poder a pesar de la fuerte oposición de algunos miembros del Senado romano encabezados por Marco Emilio Escauro, príncipe del Senado. En 109 a. JC. (tras un lamentable acto de agresión por parte del joven Aulo Postumio Albino), Yugurta entró en guerra con Roma en la provincia de Africa; el Senado envió a Quinto Cecilio Metelo para someterle, siendo sus legados Cayo Mario y Publio Rutilio Rufo (que años antes habían servido como cadetes con Yugurta en España). Metelo, que adquirió el cognomen de Numidico por esta campaña africana, y Mario no se llevaban bien, por lo que Mario se presentó a las elecciones consulares en 108 a. JC. y desempeñó el cargo en 107 a. JC., haciendo que la asamblea plebeya le concediese el mando de la guerra que dirigía Metelo Numídico, quien nunca se lo perdonó. Mario obtuvo buenos resultados bélicos en Numidia, pero Yugurta eludía constantemente la captura hasta que Sila, por entonces cuestor de Mario, convenció al rey Boco de Mauritania para que traicionara a Yugurta, a quien apresó y condujo a Roma; allí encabezaría el contingente de cautivos del desfile triunfal de Mario el día de Año Nuevo del 104 a. JC. y a continuación fue arrojado a una mazmorra del Tullianum en donde pereció de hambre.
 
 
[ 1 ] La traducción española del libro impreso dice cielo y fango, pero la conjunción latina es disyuntiva, no copulativa. Nota del escaneador.






FIN

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