Título Original: ©
Versión Original: ©
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original
de textos:
https://ww3.lectulandia.com/book/psicopatologia-de-la-pubertad-y-de-la-adolescencia/
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una
licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido,
con la única condición de citar la fuente.
La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio
de difusión cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos
publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del
conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones
originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está
prohibida su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo con
fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir
este texto.
Portada E.O. de:
https://assets.lectulandia.com/b/ab/Julien%20Rouart/Psicopatologia%20de%20la%20pubertad%20y%20de%20la%20adolescencia%20(1)/big.jpg
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación:
PSICOPATOLOGÍA DE LA PUBERTAD Y DE LA ADOLESCENCIA
Julien Rouart
Psicopatología
De La Pubertad Y De La Adolescencia
Julien Rouart
El autor estudia
las anomalías psíquicas que pueden manifestarse en el período de la
adolescencia: trastornos en el comportamiento del adolescente, neurosis,
psicosis, esquizofrenia, anomalías que la pubertad puede agravar o hacer más
evidentes. Analiza también los factores que pueden influir en esos trastornos:
desarrollo corporal, psicosexual, factores familiares. Por último, analiza la
terapéutica: psicoanálisis, psicoterapia de grupo, etc. La obra se desarrolla
en el plano de la medicina, refiriéndose a casos anormales. Pero cuando la
materia exigiría un enfoque no sólo científico, sino moral, no lo da.
Presenta como cosa
natural las diversas formas de la actividad sexual como debidas a causas
psicopáticas; y la no actividad, a represiones.
Julien Rouart
Psicopatología De
La Pubertad Y De La Adolescencia
ePub r1.0
Titivillus
28-09-2025
Julien Rouart, 1964
Traducción:
Fernando Velasco
Editor digital:
Titivillus
Digitalización y
OCR para Epublibre
Primera edición en
Epublibre, 28-09-2025
ePub base r2.1
INTRODUCCIÓN
Considerar la
psicopatología desde el punto de vista de un período de la vida, no es una
actitud nueva y parece, a primera vista, un retorno a las tradiciones clásicas
que nos han legado los términos de demencia precoz, heboidofrenia, psicosis
involucional y demencia senil. Andando el tiempo esta alusión a la edad no fue
considerada más que un residuo desnudo en una nomenclatura que debía designar
las «enfermedades», es decir, variedades de déficits mentales e histológicos.
El perfeccionamiento de los métodos histológicos y los hechos clínicos de
«perversiones adquiridas», a consecuencia de la encefalitis epidérmica,
aportaron serios argumentos a favor de este criterio. Desde el punto de vista
psiquiátrico los tests destinados a poner de manifiesto una alteración, cuya
evaluación cuantitativa permitía asimilar a un déficit, proporcionaron un buen
argumento a la idea de que el síntoma era la expresión directa de la pérdida de
una cierta cantidad de sistema nervioso y que las otras circunstancias eran
puramente contingentes. La nomenclatura de Kraepelin suministraba la tabla de
las enfermedades precisas a las que debían corresponder lesiones determinadas.
La psiquiatría infantil fue, en sus principios, muy oportuna, especialmente con
respecto a los retrasados, para los más afectados de los cuales el aspecto
físico justificaba la vinculación a una estricta etiología orgánica. Se ocupó
luego de la delincuencia, prácticamente de la de los adolescentes. La
dificultad tas y más tarde de los servicios sociales, adquiriese importancia, a
pesar de la reserva en la que se mantenían algunos médicos, incluso
psiquiatras, temiendo acaso una revisión de sus doctrinas.
Su objeto y los aspectos clínicos bajo los cuales se presenta, así como la convergencia de los tres puntos de vista que acabamos de enumerar, organicismo médico, psicogenitismo freudiano y problemática social, jurídica y reeducativa, dieron a la psiquiatría infantil y juvenil una extensión e influencia en la vida corriente como no la había conocido la psiquiatría del adulto, al menos hasta una fecha reciente. La convergencia de estos tres puntos de vista tuvo efectos pragmáticos considerables, concretamente en lo que se refiere a las terapéuticas no médicas, sin excluir, no obstante, a estas últimas. En efecto, esta rama de la medicina nos impone a cada instante el deber de superar las dificultades en las cuales nos coloca la vieja manera de considerar como antinomias la organogénesis y la psicogénesis. Es tan importante apreciar la importancia que tiene en la integración personal tal manifestación fisiológica o patológica como la alteración material que constituye y las trabas que plantea a una educación o una reeducación. Conviene que apreciemos el obstáculo que constituye para un desarrollo fisiológico en curso, una aprehensión ansiosa de sus manifestaciones, un conflicto afectivo, etc. No podemos perder de vista la incidencia que puede tener, tanto sobre el plano de la imagen de sí mismo como sobre el de las relaciones del individuo con los demás y consigo mismo. Debemos este examen de las cosas, sean cuales fueren los puntos de vista que los inspiren, al psicoanálisis y a los trabajos de Wallon[1].
En semejante punto
de convergencia de los diferentes modos de abordarlo, se sitúa exactamente el
programa de saber si existe la posibilidad de una psicopatología de la
adolescencia. Según la psiquiatría de no hace mucho tiempo, presenta pocas
particularidades y se trataría más de frecuencia que de especificidad de las
manifestaciones observadas. Desde el punto de vista social aparece como un
período de trastornos ante el cual la familia y los educadores se sienten
preocupados y un poco perplejos. Los problemas que plantea la madurez genital,
la orientación profesional, etc., son muy característicos de este período.
Recientemente los etnólogos, relacionando los curiosos hábitos que señalan este
período de la vida en ciertos pueblos, han despertado la atención, juntamente
con los psicoanalistas, sobre las dificultades y vicisitudes del hecho de
convertirse en adulto.
Las mismas vías de
acceso hacia la comprensión de la existencia del adolescente nos parecen las
más indicadas para estudiar su patología. Aparte de esta actitud comprensiva,
ninguna otra justificaría una psicopatología de la adolescencia.
Página 5
CAPÍTULO PRIMERO
Página 6
PERSPECTIVAS
CLÍNICAS
I. Resumen general
sobre los fundamentos de una clínica psiquiátrica de la pubertad y de la
adolescencia
La imprecisión y el
polimorfismo clínicos, sin que pueda hablarse con propiedad de aislar entidades
mórbidas particulares, justifican que se plantee la cuestión de saber si se
puede describir una psicopatología referida particularmente a la pubertad y a la
adolescencia.
A este respecto la
literatura inglesa, alemana y sobre todo americana, es muy abundante. La
francesa, en cambio, está muy lejos de ser psiquiátrica, al menos en su sentido
estricto, y muchos trabajos publicados se efectuaron sobre todo desde el punto
de vista de la reeducación, readaptación y modificación del medio o de las
personas que rodean al sujeto, pero se apoyan en datos psiquiátricos o
psicoanalíticos sin que el rigor de la observación clínica o de las ideas
teóricas sea siempre tan grande como podrían desear los especialistas o los
prácticos de la psiquiatría y del psicoanálisis. No es menos cierto que estos
trabajos traducen la extrema importancia del movimiento de opinión suscitado
por estas cuestiones y que estimulan favorablemente los esfuerzos terapéuticos.
En Francia,
Roubinovitch y Paul-Boncour se han interesado por los trastornos del carácter y
la criminología infantil y juvenil. Heuyer consagró su tesis a los Niños
anormales y delincuentes juveniles. Pronto se puso en evidencia lo que
constituye el objeto de la mayor parte de los trabajos y preocupaciones de
especialistas y organismos públicos que dedican su atención a la adolescencia:
los trastornos del comportamiento y la delincuencia. Por su parte, Gilbert
Robin[2] consagró varias publicaciones a los trastornos del carácter y a
ciertos aspectos de la psicología juvenil.
Página 7
Como ejemplo del
estado de la opinión paidopsiquiátrica en Francia, antes de la guerra, el
trabajo más característico nos parece la tesis de doctorado de S.
Leconte-Lorsignol, escrito bajo la dirección del profesor Heuyer. En él se
demuestra claramente que la pubertad es una «verdadera revolución», «una
crisis», «un segundo nacimiento», según la expresión de Rousseau. Las
conclusiones de esta tesis son que «la transformación que realiza la pubertad
es social» y que «la pubertad, lejos de ser una revolución somatopsíquica, no
es más que el fin de un largo período y el principio de un estado[3]».
Leemos también que
«la pubertad puede agravar o hacer más evidentes ciertos trastornos del
carácter. No puede crearlos ni tampoco mejorarlos». Sin embargo, más adelante,
la autora admite en este época una fase en la cual la orientación de la vida
sexual dependerá de las influencias exteriores, aun cuando sea necesaria una
predisposición. Se trata de perversiones sexuales en los perversos del carácter
que la autora opone a aquellos que presentan perversiones «más polarizadas»:
sadismo, masoquismo y «homosexualidad llamada congénita», que la pubertad no
hace más que poner en mayor evidencia. Esta aseveración entraña ciertas
consecuencias doctrinales. Poco distinta del contexto según el cual la pubertad
no crea ni mejora los trastornos, asigna un valor solamente secundario a la
«transformación social» en la génesis de los trastornos. Por este motivo
fortalece el valor de los factores constitucionales, lo que parece ser el caso
de esta obra, aunque se refiera con frecuencia a los trabajos psicoanalíticos.
Admítense dos clases de factores patógenos: los constitucionales y los
adquiridos en las fases precoces del desarrollo sexual infantil. Lo que se
afirma, sobre todo, es el carácter terminal del desarrollo en este período y,
en consecuencia, añadimos nosotros, el fin de una cierta plasticidad inherente
a la infancia, incluso en lo que concierne a los factores culturales. No sólo
la autora no admite la mejora espontánea en este período o a continuación, sino
que se muestra muy escéptica con respecto a las posibilidades de reeducación o
terapéutica después de esta fase. Este criterio nos parece demostrado por el
resultado de la encuesta sobre «el pronóstico de los trastornos del niño»,
realizada en ocasión del Congreso mundial de Psiquiatría de 1950.
Lubtchansky[4] dice en su informe que «los trastornos del carácter presentados
por el niño no parecen tener una significación tan grave como en el adulto». Si
se nos objeta que se trata más de niños que de adolescentes, podemos responder
que esto
Página 8
supone una mejora
espontánea o terapéutica de un gran número de estos casos en la pubertad, en el
curso de la adolescencia o más tarde. La severidad del pronóstico anterior
creemos corresponde a la tendencia de considerar a los trastornos como
entidades mórbidas constituidas en el huevo (tesis constitucionalista) o,
incluso si son adquiridos, enfermedades desde entonces independientes de las
circunstancias exteriores. Es curioso notar que estas doctrinas han coexistido
con actitudes que suponen posiciones inversas: el gran desarrollo de una
actividad sociorreeducativa, la imposibilidad de encontrar un vocablo
nosográficamente más definido que el de «trastornos del carácter». La
observación de Lubtchansky hace pensar que, en efecto, la tendencia a considerar
muy graves los trastornos del carácter del niño debíase a que se asimilaban a
los del adulto, que están «fijados» en actitudes difícilmente reductibles quizá
más por la fuerza de las situaciones e interacciones así creadas, que por una
fijeza inherente a la «naturaleza» del trastorno o a la constitución del sujeto
mismo.
Si la adolescencia
ha preocupado mucho a los psicólogos, a los educadores y a los mismos
adolescentes más o menos bajo la forma de «egotismo», es porque plantea
problemas no sólo de devenir, sino que atañen a formas actuales de existencia
variables y difíciles de precisar. Un verdadero especialista de la
adolescencia, Bernfeld[5], citado por Spiegel[6], hace la observación
siguiente: «La adolescencia es menos comprendida desde el punto de vista del
desarrollo psicológico y sexual que la infancia. Una de las razones de la
insuficiencia de literatura científica sobre este período de la vida se debe a
la multiplicidad de los fenómenos observados a esa edad. La adolescencia se
manifiesta en diversos dominios: fisiológico, psicológico y sociológico. Al
confrontarlos con la enorme variedad de diferencias individuales, sociales,
culturales, históricas y físicas que existen en el grupo, se experimenta la
tentación de plantear la validez de una clasificación de todas estas
manifestaciones bajo el capítulo de la adolescencia[7]». Insistiendo sobre las
variaciones que se observan en la adolescencia, en lo que respecta al grado de
desarrollo, la extensión de los intereses, etc., Spiegel observa que «incluso
la psicosis es atípica en el adolescente y de diagnóstico difícil, porque no ha
“aprendido” todavía a limitar su enfermedad a síndromes psiquiátricos bien
reconocidos».
Puede parecer
paradójico buscar caracteres generales a los trastornos de la adolescencia en
medio de tal diversidad, pero su existencia o su
Página 9
ausencia justifican
la adopción, o el rechazo, de todo ensayo de una psicopatología propia de este
período. Por otra parte, esta misma diversidad constituye por sí sola uno de
sus caracteres generales. Sin embargo, ciertas eventualidades clínicas tienen una
frecuencia particular. Insistiremos en ellas a título de ejemplo y para poner
en evidencia caracteres generales de la manera en que las cosas se presentan,
más que para hacer un inventario completo de síntomas o de entidades clínicas,
lo que sería artificial, inexacto e incluso imposible. No siendo nuestro
propósito presentar la clínica como en un tratado, tenemos la libertad de no
recurrir a una clasificación que solamente evitaría la confusión en una obra
exhaustiva. De la experiencia clínica relativa al adolescente se deduce que es
imposible establecer categorías valederas y rigurosas incluso desde un punto de
vista semiológico. La práctica y la terapéutica nos demuestran que no es
necesario.
La semiología no
nos muestra ningún síntoma que sea específico de una especie mórbida, lo que no
impide que ciertos síntomas nos orienten con frecuencia por su agrupación o
contexto con respecto a ciertas eventualidades evolutivas. Atraen en efecto
nuestra atención en su referencia a las circunstancias de la vida del sujeto y
en la significación que adquieren en su existencia. En esto seguimos el camino
abierto por el psicoanálisis y los estudios fenomenológicos. Naturalmente, no
excluimos el examen de las correlaciones que obtienen los métodos sociológicos
y biológicos, puesto que los acontecimientos o los estados correspondientes a
estos dominios pertenecen también a la existencia del sujeto. No desestimamos
su importancia en la génesis del síntoma aunque no admitamos que éste sea
siempre la expresión directa de una perturbación biológica determinada.
La nosografía, a la
que no concedemos aquí un estudio crítico «en general», no es más difícil de
establecer en este período de la vida que en cualquier otro. Varias veces ha
retocado .Bernfeld su clasificación, y acabamos de ver que considera esta
dificultad como específica de la adolescencia. Por nuestra parte vinculamos
gustosamente la causa de tal dificultad a las características existenciales de
la adolescencia. Una entidad nosográfica bien definida se presenta bajo una
forma estructurada, una «Gestalt». Los trastornos mentales que presentan más
que otros este carácter y pueden con mayor facilidad figurar en una
clasificación son los del adulto. Del mismo modo son más netamente distintos
los caracteres de
Página 10
la vida corriente y
normal, más alienantes. La psicosis paranoica está bien establecida en la edad
madura. La sintomatología de la esquizofrenia más leve tiende, sin embargo, a
organizarse mejor cuando aparece en esa edad bajo la forma paranoidea y a presentar
una riqueza delirante que no tiene la forma hebefrénica.
Si se comparan las
publicaciones francesas y americanas se sorprende uno ante los esfuerzos de las
primeras por conseguir una clasificación, incluso cuando se discuten su
fundamento o su posibilidad. Sólo después se entra en la cuestión de las
condiciones etiológicas y de la patogenia refiriéndose generalmente —aunque sea
para discutirlas— a las concepciones constitucionales de Dupré, por ejemplo.
Después de haber rendido homenaje a los autores de esta época por haber dejado
descripciones clínicas indiscutibles, son estudiadas las circunstancias de la
historia individual, los conflictos, los factores sociales, ecológicos, etc., y
destacada la preponderancia de la acción de cualquiera de ellos. Al parecer,
cuesta desprenderse —a pesar de que se haga— de la concepción del trastorno o
de la enfermedad como un ser en el ser, concebido con él, embrionado en el
estado de la constitución o de predisposiciones y, como tal, con una causa
específica, no siendo los acontecimientos ulteriores más que condiciones que explican
las variaciones o el desencadenamiento, pero no la enfermedad. Con los autores
americanos se entra de rondón en un camino muy inmediatamente psicosocial o
estadístico, sobre todo cuando se trata de correlaciones biológicas, sin la
preocupación de clasificar los fenómenos observados. Naturalmente subsisten
ciertas distinciones, pero son examinadas bajo la forma de grandes clases
evolutivas que poseen un pronóstico y sanciones terapéuticas diferentes, tales
como psicosis, neurosis y desórdenes del comportamiento. Recurrir al término de
«clase evolutiva» como hacemos aquí y como parece desprenderse de los trabajos
recientes, significa para nosotros que los trastornos de que se trata no son
dados, en su esencia, como una enfermedad, pero tampoco son enfermizos en sí.
Lo son en la medida en que se organizan en enfermedad para el sujeto, si tienen
por resultado que éste sea tratado como enfermo y si acaban por figurar en una
de las categorías nosográficas usuales. Dicho de otro modo: estas enfermedades
«se hacen», pero no están precisamente «hechas» en la adolescencia, lo mismo
que el adolescente no es un «hombre hecho».
Página 11
Creemos que el
polimorfismo clínico justifica este punto de vista. Si la hiperernotividad
acompaña ciertos trastornos del comportamiento, una fuga, un delito, si una
indiferencia afectiva es grosso modo sintomática de esquizofrenia, pero a veces
sintomática en ciertos sujetos a quienes se les ha impuesto la etiqueta de
perversos, no podemos tener en cuenta solamente tales características para
establecer clases de nomenclaturas. Casi todos los comportamientos que
figurarían en la lista pueden observarse al principio o en el curso de una
afección mental progresiva, y pueden también constituir una reacción episódica,
una fase histórica de un desarrollo ulteriormente destinado a estabilizarse o
incluso a no ser más que una manifestación intermitente de un carácter poco
«original». Podemos encontrarnos en presencia de una esquizofrenia en embrión
cuya primera manifestación es, a veces, un acto simbólico extraño, en otros
casos una pérdida insidiosa y progresiva del interés por el mundo exterior,
difícil de diferenciar de las ensoñaciones diurnas del adolescente. El
carácter, que se afirma precozmente en una forma rápidamente madura y
equilibrada o en una forma «perversa», puede estar sólidamente constituido en
conjunto, aunque más o menos pobre en vida afectiva y plasticidad.
Contrariamente, puede prolongar una adolescencia difusa durante muchos años sin
que nada francamente patológico, ni adaptado, permita prever en un simple
examen clínico si las exigencias de la vida adulta traerán consigo la eclosión
de una neurosis o de una madurez enriquecida con largas reflexiones previas.
Notemos a este propósito que Bernfeld ha descrito un tipo de adolescente
prolongado que frecuentemente se encuentra entre los artistas.
Tanto si es objeto
de la curiosidad de los adultos o de las investigaciones introspectivas de los
adolescentes, la adolescencia aparece siempre más o menos como una fase
prolongada de indeterminación o como una crisis. Entre las virtualidades
amenazantes, las psicosis ocuparían un lugar privilegiado en razón de las
semejanzas señaladas muchas veces entre las sorprendentes actitudes juveniles
de interiorización, o, al contrario, de exteriorización, y la instalación a
partir de esta época de tales conductas intensificadas o discretamente
repetidas, como son los trastornos permanentes del carácter, o las
manifestaciones iniciales de psicosis. Los comportamientos, sean o no
patológicos, son juveniles, pero la semejanza entre las dos clases proviene sin
duda de la indeterminación y de la ausencia de organización estructurada que
revisten
Página 12
una y otra más que
de una fragilidad independiente de este hecho. La edad adulta parece señalada,
al contrario, por un distanciamiento mayor entre lo normal y lo patológico, por
cuanto son más precisos los límites de una integración profesional y social bien
constituida y de las conductas más «alienadas» que resultan de la ausencia de
semejante integración.
Estas reservas
están hechas en relación con la posibilidad de establecer categorías
nosográficas, pero reconocemos que los trastornos observados en la adolescencia
pueden ser examinados desde puntos de vista diferentes. En todo caso, la
génesis del trastorno, la significación que ha adquirido en la historia del
sujeto y la que toma en su existencia actual y el pronóstico que resulta de
ella tiene más importancia que el carácter formal de los síntomas con que se
manifiesta. Pero sería ir demasiado lejos en ese sentido no reconocer en
ciertos síntomas o en determinadas conductas una significación tan general que
nos permite exponer algunos ejemplos típicos, aun cuando no alcancen su pleno
sentido más que en circunstancias individuales.
Podemos clasificar
estos ejemplos típicos en un cierto número de características que, sin
constituir absolutamente categorías nosográíicas, tienen en cuenta el aspecto
sintomático, su estructura, la clase evolutiva a la cual pertenecen y, en la
medida de lo posible, su patogenia.
De este modo
tendremos las tres categorías siguientes: — Los trastornos del comportamiento y
la delincuencia; —La neurosis;
—El problema de la
esquizofrenia y de las psicosis.
No podemos dejar de
tener en cuenta que un cierto número de conductas puede estar relacionado con
una u otra de estas categorías y que incluso esta división en categorías, a
pesar de su amplitud, no puede considerarse inflexible. Los trastornos del
comportamiento y la delincuencia no excluyen ni la neurosis, ni los comienzos
de una psicosis. Por otra parte, Lebovici[8], a propósito de la curabilidad
espontánea de la neurosis infantil en ciertos casos, trae a colación las ideas
de Anna Freud señalando que la pubertad es susceptible de modificar
radicalmente la pasividad neurótica de ciertos niños. Lebovici escribe a este
respecto: «Señalemos que los trastornos del carácter se oponen aquí a la
neurosis, puesto que se sabe que la adolescencia es una edad propicia a la
aparición de comportamientos antisociales».
Mostrando la
evolución divergente de los sujetos de carácter antisocial descritos por ella y
de los neuróticos, Kate Friedlander[9] comprueba, sin
Página 13
embargo, que en
ciertos delincuentes no faltan los rasgos neuróticos. Existe en su
clasificación toda una gradación que va desde el carácter
antisocial a la
asociación de este carácter más o menos pronunciado con los rasgos neuróticos.
En estos últimos casos la delincuencia adquiere el valor de «síntoma» neurótico
(caso n9 3: un síntoma de cleptomanía).
Por último,
relacionó cierto número de comportamientos delictivos a la existencia de una
personalidad psicótica. Dicho de otro modo: todo síntoma que atrae la atención
con respecto a un adolescente, plantea un problema de estructura de la
personalidad y de pronóstico, es decir, de su relación con el carácter, la
neurosis o la psicosis.
En términos
psicoanalíticos estas diferentes categorías corresponden esencialmente a
diferencias en las relaciones recíprocas que afectan las tres instancias del
Yo, del Super Yo y del Ello, descritas en la «Tópica» freudiana de la
personalidad.
II. Los trastornos del comportamiento y la
delincuencia
A) Manifestaciones clínicas
Las más frecuentes
en los muchachos son el robo, la fuga, y las faltas de asistencia a clase, y,
más acentuadas, actos tales como el desvalijamiento con fractura, más raramente
el asesinato, y, por último, el atentado contra las buenas costumbres.
En las muchachas,
se da con frecuencia el vagabundeo con prostitución, así como también el robo.
Tal como hemos
dicho, apenas existe una clasificación propuesta que sea satisfactoria.
a) Aichorn ha descrito una categoría de
delincuentes a los que llama jóvenes agresivos. Éstos presentan un carácter
antisocial cuyos rasgos principales son una oposición a todo intento de
enderezamiento, un odio manifiesto a los detentadores de la autoridad,
desprecio total de los bienes ajenos, falta de consideración con respecto a los
demás seres humanos. Tienen una actitud provocadora y se inclinan a la
crueldad.
b) Entre las muchachas, Friedlander describe
con el nombre de callejera a un tipo de muchacha que tiene una tendencia precoz
y repetida a la prostitución con una inestabilidad muy grande, dificultad para
Página 14
sujetarse a una
ocupación regular y necesidad de quebrantar los reglamentos impuestos.
c) Dada su frecuencia, debe mencionarse
especialmente el robo. Las primeras manifestaciones suelen ser precoces,
limitadas primero al medio familiar. Generalmente se acompaña de una tendencia
al disimulo y a la mentira que se acentúa a tenor de la insistencia a hacer
confesar al pequeño ladrón por parte de quienes conviven con él.
La fuga y el robo
pueden estar asociados y con frecuencia este último forma parte de los
preparativos de la fuga, para la que el muchacho se procura medios de ejecución
a menudo minuciosamente preparados y premeditados. Contrastan con la ausencia
de previsión que suele caracterizar el comportamiento del que se fuga, una vez
realizada la huida.
d) El tipo de impostor, así denominado por
Aichorn y emparentado por K. Friedlander con los tipos corrientes llamados
embusteros patológicos y estafadores, ha sido relacionado por Henderson con una
personalidad psicopática[10]. Healy[11] ha descrito un cierto número de casos
en los cuales se encuentra la pretensión de pertenecer a un medio social
elevado que los sujetos se esfuerzan en mantener cometiendo robos y estafas.
e) Autores franceses se han interesado
particularmente por la fuga y el vagabundeo, particularmente el profesor Heuyer
en sus diversas
publicaciones sobre
la delincuencia juvenil[12], algunas de las cuales han sido escritas en
colaboración con sus discípulos. La importancia de esta cuestión ha sido
siempre subrayada en su enseñanza y actividad.
Néron ha consagrado
su tesis a este tema e incluso un volumen de esta colección[13].
Un Centro de
Observación para Vagabundos juveniles ha sido creado en Francia en estos
últimos años y confiado al doctor Bergeron. Este autor ha extraído de varias
publicaciones, con o sin sus colaboradores, el material necesario. Sus trabajos
se relacionan con la fuga y el vagabundeo juveniles, pero insisten sobre todo
en la intervención de los factores etiológicos, biológicos y sociales[14].
Todos estos trabajos, lo mismo que la tesis de Bensoussan[15], se basan en el
material de estudio proporcionado por la misma entidad y destacan gran número
de caracteres clínicos precisando su frecuencia. Sobre todo, como puede verse
expresado en esta última obra, la fuga se muestra específica de la edad púber.
Su patogenia es siempre compleja y diferentes factores etiológicos se
encuentran
Página 15
implicados en ella,
desde trastornos endocrinos, retrasos frecuentes del desarrollo somático,
estados psicomotor y afectivo todavía infantiles a una «enorme frecuencia» de
los trastornos del medio familiar. Traduce un período de crisis.
«Frecuentemente, concluye Bensoussan, la fuga es un modo de reacción todavía
infantil de la adolescencia ante una situación nueva y el desequilibrio
pubescente parece dar cuenta del carácter exagerado de estas reacciones.»
La fuga sería hasta
tal punto específica de la adolescencia que Debesse[16] considera que junto a
fugas netamente patológicas en el adolescente, hay otras que no son el signo
seguro de una enfermedad mental, y que «ciertas costumbres sociales son en cierto
modo substitutos de la fuga y permiten su realización sin que haya ruptura
completa con la familia». La vida de internado y el servicio militar cumplido
anticipadamente figurarían entre ellas (citado por Bensoussan). Nosotros vamos
más lejos en el sentido de la fuga, tal como la han estudiado más profundamente
Hélène Deutsch y D. Lagache. Sin embargo, podemos señalar que este sentido
podría no ser diferente en el caso de la fuga y de un substitutivo del género
de los citados por Debesse, sino que se trata de un sentido inconsciente. El
hecho de abandonar a la familia traduce, en los dos casos, una ambigüedad que
el examen clínico difícilmente descubre y que posiblemente no se esclarezca más
que a luz de la investigación psicoanalítica. Fenichel escribe: «Para obtener
un reposo posible, la situación tras la cual corren los pacientes debe estar
muy cerca de la meta original inconsciente para ser aceptada como substituto, y
estar suficientemente alejada de él para no crear la angustia. En su casa, el
marino piensa que este lugar está en el mar; a bordo, piensa que está en su
casa[17]». La diferencia entre la fuga patológica del adolescente y la
profesión de marino consiste en que la primera es un acto impulsivo y la
segunda una integración social que puede ser excelente. Debesse, después de
haber examinado la variedad de motivos que provocan la fuga, advierte que
«suele presentarse como signo de un conflicto grave» y «que interesa toda la
vida mental de la juventud». «Está pletórica de todas las aspiraciones que
excitan a las almas jóvenes cuando adquieren consciencia de su propio valor.
Por este motivo toca los elementos más íntimos de las crisis de originalidad.»
En todo caso, vemos el deseo de comprender la significación de la fuga,
tendencia que existe respecto a otras manifestaciones juveniles a lo largo del
libro, pero en la que el autor se ve
Página 16
cohibido por una
concepción del «síntoma» como «signo» de una enfermedad mental que hace difícil
examinarla como si poseyera el mismo sentido en el desarrollo juvenil habitual
y en los casos considerados patológicos. Tal contradicción resulta de una psicopatología
que hace de estos estados patológicos entidades rígidas y considera a los
sujetos «enfermos» tan extraños a los «normales» como una especie animal lo es
a otra (Debesse, ob. cit., págs. 33 y s.).
f) Ha sido concedida una atención especial a
las perversiones sexuales y atentados a las buenas costumbres.
Todavía aquí
tenemos en cuenta generalidades. Una enumeración sumaria no tiene más que un
interés pintoresco, mientras que cada caso particular exige aclaraciones que
solamente puede hacer comprensibles la conducta incriminada.
Si tenemos en
cuenta la importante reactivación de la sexualidad aportada por la pubertad y
cómo esta reactivación reconoce la sexualidad en la que su desarrollo se ha
detenido antes de la fase de latencia para evolucionar en los casos favorables
hacia su perfección, solamente podemos relacionar la mayor parte de los
trastornos sexuales de la adolescencia con una evolución imperfecta del
desarrollo de la libido.
La mayor parte de
los autores que se han ocupado de esta cuestión consideran muy frecuente y
hasta normal una fase transitoria de homosexualidad. Igual ocurre con la
curiosidad relativa a la conformación de los órganos genitales en el sexo
contrario y con un cierto grado de exhibicionismo. No deja de sorprender el
contraste que existe entre la extrema frecuencia de los juegos sexuales de este
tipo en los alrededores de la pubertad y la intolerancia que se manifiesta en
algunas ocasiones llevando ante el Tribunal de Menores a ciertos sujetos
entregados a ellos, a menudo por circunstancias extrañas a «este delito».
Dejando aparte
estos casos, se observa, no obstante, en algunos sujetos una tendencia
particular a la reincidencia en semejantes prácticas, ejecutadas frecuentemente
en circunstancias particulares. El carácter relativamente público de los
lugares y la torpeza en la elección de los compañeros parecen provocar el
riesgo de la sorpresa, de la indignación y la denuncia por parte de estos
compañeros o de terceras personas, acentuando el carácter de infracción y de
atentado vinculados al acto. En ciertos casos se asocia una agresividad
especial bajo forma igualmente de acto o de fantasía. Está más justificado
considerar patológicos estos casos
Página 17
que los anteriores.
Su determinismo y su carácter reiterativo y compulsivo traducen su estructura
neurótica. Las pulsiones asociadas señalan la regresión a estadios primitivos
de la libido.
La dificultad
estriba en apreciar de qué variedad se trata. La brusca afirmación exterior del
carácter delictuoso puede, en el primer grupo, tender a organizar y fijar una
forma de satisfacción sexual aún no constituida más que por ensayos mal
integrados y que experiencias favorables hubiesen podido hacer evolucionar sin
duda hacia formas más maduras.
En el segundo caso,
la culpabilidad y la búsqueda del castigo indican que está integrada la misma
represión y que la satisfacción no puede obtenerse más que a este precio
(neurosis). Esta eventualidad responde a las descripciones de Alexander[18].
B) Contexto personal o social
Entre una
inculpación claramente favorecida por el azar, en un adolescente todavía
inseguro e «inmaturo», la autopunición neurótica y la perversión organizada,
instalada e integrada, existen numerosos grados y posibilidades. Se da la
posibilidad de que una perversión oculta, pero con la misma tendencia hacia la
satisfacción, se manifieste siempre más o menos con riesgos, puesto que traduce
una detención en la evolución de la sexualidad bajo la influencia de
represiones infantiles y también porque su exteriorización repite un conjunto
hecho de deseo, de su represión y de la rebeldía provocada por ésta. Por esto
es siempre más o menos intensamente antisocial, tanto más cuanto que está
generalmente vinculada a otras manifestaciones de carácter antisocial, descritas
por Kate Friedlander (ob. cit.), entre ellas la agresividad, que traducen la
fijación en el estadio anal.
Tal complejidad nos
obligará, por lo tanto, a buscar en todos los casos dos órdenes de cosas:
a) La estructura del carácter, neurótica o
psicótica del sujeto, de la que depende esencialmente nuestra orientación
terapéutica. Sucederá a veces, dada la actitud muy hermética de ciertos
adolescentes, que no pueda afirmarse tal diagnóstico más que después de un
cierto tiempo de ensayo psicoterápico;
Página 18
b) Las circunstancias, que tienen una
importancia tan considerable en este sentido, y cuyo conocimiento hará situar
al delincuente de modo muy distinto según los casos. En efecto, si la
delincuencia tiene un sentido preciso en la historia del sujeto, sobre todo
cuando se trata de carácter antisocial, de neurosis o de psicosis, las
circunstancias pueden, en ciertos casos, dar un sentido particular a la
delincuencia, sentido que está en relación con estas mismas circunstancias. Por
lo tanto, se trata de ver, en función de estas circunstancias, sobre qué fondo
un determinado caso de delincuencia se destaca como una figura. Cuando el
contraste entre el comportamiento de un adolescente y el medio es
particularmente violento, incluso agresivo, se puede pensar que se trata de una
patología caracterial, neurótica o psicótica. Un comportamiento delictuoso que
constituya una realización bien integrada en la personalidad y se produzca en
un medio habitualmente delincuente, aparecerá como el resultado de una identificación
en cierto modo normal con la imagen de los padres. Así ocurre en muchos casos
de robo, en los cuales los padres han desempeñado el papel de encubridores y
cuya indignación momentánea y utilitaria es tardía. Las mismas observaciones
sirven para muchos delitos sexuales y para la precocidad de las relaciones
sexuales, que se presentan de diverso modo según se trate de un medio en el que
la promiscuidad sea habitual o no. Las circunstancias dan publicidad o ponen en
evidencia las actividades sexuales de los menores, cuyas relaciones incestuosas
suelen ser menos el hecho de una represión sistemática de la familia que
reacciones efectivas intercurrentes o vinculadas a otros motivos. Sucede, en el
examen de una menor que ha acusado a su padre de relaciones incestuosas con
ella, que la confusión de su relato en cuanto al principio de estas relaciones
y su actitud personal contrasta con la indignación que acompaña la acusación
global y cuyo tono afectivo puede ser mantenido por otra causa. Otras veces —y
esto es más raro— la denuncia se produce por parte de quienes rodean al sujeto,
la madre, por ejemplo, después de un periodo de complaciente latencia. A veces
se encuentran casos análogos a los presentados por K. Friedlander y en los
cuales un alejamiento de la menor y del padre durante todo un período de
desarrollo los pone, cuando se encuentran de nuevo, en una situación distinta
de la habitual y atenúa el sentimiento del carácter incestuoso de las
relaciones.
Entre estas
circunstancias hay que distinguir los actos cometidos aisladamente o en grupo.
A pesar de que un mismo sujeto pueda cometer
Página 19
diversos delitos a
solas o participando en la actividad de una banda, sobre todo cuando no se
encuentra en sus principios, se concibe que estas formas de actividad puedan
traducir un grado de evolución afectiva muy distinto, según sea el sujeto
susceptible o no de formar parte de un grupo.
Algunos de estos
grupos o bandas son ocasionales, pero hay el peligro de que se organicen
rápidamente, como puede verse durante el período de desintegración social
relativa que constituyen las vacaciones escolares en los medios obreros
suburbanos, en los que las familias no pueden organizar la ociosidad de los
jóvenes adolescentes entregados a sí mismos. El punto de partida es a menudo
una acción concertada y que implica un elemento de juego y de realizaciones
quiméricas tales que proporcionan la ocasión para el pillaje de una villa
aislada, momentáneamente abandonada, que puede ser impregnada fácilmente de
misterio. La búsqueda del provecho suele intervenir menos en la elección de los
objetos robados que su carácter fascinador o el prestigio que su posesión pueda
conferir. Pero mientras este primer delito dejará a una parte de la banda algo
deslumbrada por su propia participación, para otros cristalizará inmediatamente
el «carácter antisocial» bajo la forma de deterioros, del placer adquirido en
destruir y por la deposición tradicional de excrementos, manifestación sádica
anal enteramente espontánea y que para producirse no tiene necesidad de ninguna
iniciación por parte de los mayores o de viejos habituados.
No nos referimos
aquí al papel que desempeñan en la formación de estas bandas las circunstancias
de desintegración social (postguerra, revoluciones previas a la instauración de
un nuevo régimen, etc.), porque ya han sido estudiadas extensamente. Documentos
literarios o cinematográficos nos lo han mostrado y han sabido destacar la
organización efectuada en el seno de estos grupos. Lo que los observadores
habían comprobado ha podido ser reproducido experimentalmente, in statu
nascendi, antes que realizado y organizado (lo que hubiese sido contrario al
fin propuesto) por los autores que han emprendido las psicoterapias de grupo.
Encontramos los principales fenómenos dinámicos condensados en una breve
exposición de Lebovici, que tiene por título: «La psicología dinámica en
grupo[19]». Los dos principales fenómenos dinámicos específicos del grupo
individualizados por él son «la identificación reductora» y «la inducción».
Considera otros fenómenos específicos relacionados con la organización del
grupo e insiste
Página 20
respecto al
fenómeno de la oposición a los otros grupos (los que constituyen los out-groups
de F. Redi). Conocer este fenómeno es tanto más importante cuanto que es
precisamente el más frecuente en los delincuentes sometidos a observación. Bien
es verdad que todos los educadores están clasificados en los out-groups.
Lebovici ha encontrado en los grupos estudiados los diversos tipos de
personajes que Lagache ha descrito como «Figuras» en el interior del grupo.
Éstos son el cabecilla, el déspota (o caid de los grupos de delincuentes), el
monarca (que vela por el buen funcionamiento del grupo) y el payaso. De acuerdo
con los autores anglosajones es conveniente conceder una gran importancia a la
central-head del grupo, a causa de las identificaciones que provoca y que
pueden ser buenas o malas, según el modelo que proporciona. El conocimiento de
esta dinámica del grupo es de extrema importancia para apreciar la
significación del acto para cada uno de los actores. Puede ser muy distinta de
uno a otro. Tendremos que descubrir a qué «figura» en el interior del grupo
corresponde cada uno de los autores y, al mismo tiempo, qué significación
particular adquiere en la perspectiva de su historia individual.
Al lado de estos
grupos que tienden a organizarse según las mismas reglas, pueden producirse
otros tipos de grupos menores destacados y en relación con ciertas
circunstancias de época, pudiendo en su misma inorganización basarse en una
filosofía contemporánea. Tal es el caso de los «existencialistas» y en
particular el grupo estudiado por Amado[20] que tiene su sede en un café del
Barrio Latino.
La delincuencia
juvenil puede ser la continuación de una delincuencia infantil. Éste sería para
Aichorn[21] el caso más frecuente. Lebovici, Male y Pasche consideran que la
delincuencia que aparece solamente en la adolescencia traduciría la existencia
de una neurosis «en rescoldo» «que estalla en la pubertad», y los mecanismos
pubescentes (estadio social más abierto y modificaciones orgánicas») permiten
«por su aspecto impulsor el paso a la acción[22]».
Volvemos aquí al
problema que consiste en preguntarse por qué los conflictos se exteriorizan en
este paso al acto, o por el contrario, se organizan en neurosis. Su solución
parece encontrarse en el estudio de los diversos tipos de estructura.
C) Tipos de estructura
Página 21
Durante el período
de preponderancia del punto de vista constitucionalista, fundado en el concepto
básico que atribuía cada tipo de carácter en sus rasgos definidos a una
constitución distinta, se consideraba a delincuentes, perversos y
desequilibrados predestinados a merecer estas calificaciones en la sociedad. De
ahí la noción lombrosiana de «criminal nato». Sin formular aquí una crítica ya
hecha, recordaremos que la experiencia psicoanalítica ha permitido encontrar en
estos caracteres los rasgos que señalan a todo individuo en ciertos momentos de
su desarrolio infantil, pero que normalmente abandona por otros o de los cuáles
conserva ciertas apetencias a las que corresponde sublimándolas.
Pero si el
psicoanálisis ha podido poner en evidencia estos hechos, su experiencia es
mayor en las neurosis que en los trastornos del comportamiento, lo que hacía
difícil de comprender, por su medio, lo mismo que en las neurosis, la función
del síntoma. Aichorn (ob. cit.) dice: «Hasta que nos hallemos en posesión de un
esquema establecido gracias al psicoanálisis, utilizable para el diagnóstico de
la delincuencia, debemos contentarnos con distinguir sus formas en dos grupos:
1) Los casos situados en el límite de la neurosis con síntomas antisociales, y
2) Los casos antisociales en los cuales la parte del Ego que da nacimiento al
comportamiento antisocial no muestra huellas de neurosis. En el primero, el
sujeto se encuentra en conflicto consigo mismo en razón de sus relaciones
amorosas; una parte de su propia personalidad prohíbe el libre curso de sus
deseos libidinosos y de sus impulsos. El comportamiento antisocial es el
resultado de este conflicto. En el segundo tipo, el sujeto se encuentra en
conflicto con quienes le rodean, porque el mundo exterior lo ha frustrado en la
satisfacción libidinosa infantil.»
Para K. Friedlander
la delincuencia, aparte de los casos reveladores de trastornos orgánicos que
paralizan el yo y de los que revelan trastornos psicóticos del yo, se produce
sobre todo en sujetos que presentan una estructura antisocial del carácter[23].
Ésta se manifiesta por la necesidad imperiosa de satisfacer inmediatamente, a
costa de lo que sea, sin preocuparse de las consecuencias posibles, todos los
deseos. En términos psicoanalíticos existe la «imposibilidad de pasar del
principio de placer al principio de realidad». Desde el punto de vista de la
tópica freudiana, esta estructura presenta los siguientes rasgos:
Página 22
1. Potencia de las necesidades del instinto que
no han sido modificadas;
2. Debilidad del yo, que no ha cesado de
obedecer al principio del placer; falta de sublimación y de formaciones de
reacción;
3. Defecto de formación de un super yo
independiente.
Un carácter
semejante no hace forzosamente del niño un delincuente, pero favorece la
posibilidad de que llegue a serlo; los factores constitucionales y del medio
intervienen, sobre todo durante los períodos de latencia y de pubertad, en lo
que será su actitud futura.
Kate Friedlander
relaciona esta estructura de carácter con lo que Aichorn ha llamado
«delincuencia latente».
Dentro de este
grupo caracterial esta autora considera la clasificación siguiente:
a) Una primera categoría está constituida por
el carácter antisocial solamente, cuyas primeras manifestaciones se producen
durante el período de latencia con delincuencia habitual en la pubertad y la
adolescencia. En esta clasificación se colocan los «jóvenes agresivos» de
Aichorn y las «jóvenes inconstantes» de Friedlander.
b) En otra categoría, el carácter social está
menos marcado, pero los conflictos neuróticos son el origen de un acto
delictuoso que se manifiesta en lugar de un síntoma neurótico.
Alexander[24], que
ha estudiado especialmente al «criminal neurótico», insiste sobre la identidad
de los mecanismos puestos en juego en la formación del síntoma neurótico y en
la realización del delito. Ésta es la delincuencia autopunitiva (criminales por
sentimiento de culpabilidad) que caracteriza esencialmente esta categoría.
Hasta el momento, las determinaciones que hacen que el síntoma sea delito más
que neurosis, no han sido puestas en evidencia de forma convincente[25].
Con respecto a
estas distinciones, ¿qué ocurre con los sujetos llamados hasta ahora
«perversos»? Como ha demostrado Male, esta categoría, si se quiere precisarla
con un cierto rigor, debe, cuando menos, apoyarse sobre la naturaleza de las
manifestaciones incriminadas (reacciones perversas que pueden ser transitorias:
fácilmente se la llamaría hoy perversión-síntoma) más que sobre una estructura
organizada del carácter. Este
Página 23
agrupamiento de
perversos está hecho de sujetos más lúcidos con personalidades más
revolucionarias que aquellos que tienen una reacción perversa «de carácter
realmente compulsivo». Se tiene la impresión de que están como «terminados» en
el sentido perverso[26].
Para Léon Michaux
hay que distinguir las «perversiones constitucionales» y las «perversiones
adquiridas o condicionales[27]».
Veamos, pues,
grosso modo, tres tipos esenciales de estructura. Uno en el cual la
delincuencia más ocasional parece tener un valor y una significación muy
próximos a los del síntoma en la neurosis, cuyo estudio particular muestra la
existencia de una neurosis. Por otra parte, en las neurosis, en determinadas
circunstancias, es posible un «acting out» y se produce a veces en el
transcurso de una cura psicoanalítica. Parece, pues, que, en cierto número de
casos de «delitos-síntomas», pueden intervenir las circunstancias para
determinar ese paso al acto que favorecen un yo todavía en constitución y una
impulsividad habitual en este período.
El otro grupo más
maduro, en el cual el yo está más constituido, pero más invadido también por
las pulsiones, comprendería a los delincuentes o perversos habituales, más
calculadores y más o menos capaces de obtener provecho, de adaptarse a su
manera, según sus capacidades, el grado de evolución de su yo y el grado más o
menos débil de neurosis concomitante.
Por último, un
tercer grupo cuyo yo desfalleciente está enteramente subordinado al principio
del placer, por su pronunciada inadaptación, constituye una verdadera
alienación, y puede considerarse psicótico.
Eissler, que ha
proseguido sus trabajos en el mismo sentido que Aichorn, se ha esforzado en
establecer una psicoterapia, variante del psicoanálisis, para los
delincuentes[28]. En el capítulo de la terapéutica nos referimos a esta
técnica. Sus investigaciones le han permitido poner de relieve ciertos rasgos
del carácter, de la vida afectiva y de la vida mental de los delincuentes
observados por él: 1º Ha comprobado una modificación patológica de los
sentimientos de omnipotencia, que existen y persisten más o menos en todo ser.
En estos sujetos se ven sucederse de una manera asombrosamente rápida las fases
señaladas por sentimientos de omnipotencia y las fases caracterizadas por
sentimientos de extrema inferioridad. Los tipos de comportamiento que
corresponden a estos sujetos muestran una estrecha subordinación al principio
del placer. La estructura patológica del Ego, a la cual correspondería tal
estado de cosas,
Página 24
resultaría
verosímilmente de un trauma sobrevenido en el momento en que los sentimientos
precoces de omnipotencia constituían para el niño el principal instrumento, al
cual recurrir para señorear la realidad. La experiencia desastrosa puede
deberse a las relaciones del sujeto con los elementos de su ambiente (personas,
animales o cosas) a los cuales atribuye esta omnipotencia y de los que espera
protección, ayuda o amor. El trauma de esta época habría dejado al sujeto fijo
en esta fase de omnipotencia, una omnipotencia de la que se sirve para frustrar
la agresión que espera de un medio extremadamente hostil. La sucesión rápida de
los sentimientos de invulnerabilidad y angustia repite la situación traumática
precoz en la cual el niño intenta frustrar la amenaza de las fuerzas
todopoderosas que teme, recurriendo a su propia omnipotencia, pero no
consiguiendo, a fin de cuentas, más que fracasos. Este sentimiento de
hostilidad del medio da muy a menudo la impresión de que estos sujetos son
«paranoides», lo que contradice su historia y el cuadro clínico, muy distinto
del de los estados esquizofrénicos.
2º Otra
comprobación de Eissler concierne a los sentimientos de lo nuevo y lo familiar.
Solamente lo nuevo tiene un valor emocional; lo familiar provoca el tedio,
contrariamente a lo que se produce en la esquizofrenia. El autor insiste en que
se trata de fenómenos subjetivos. El esquizofrénico, por ejemplo, puede tener
la impresión de que ve a su madre por primera vez, y, en cambio, un delincuente
llega a experimentar como nueva una situación casi idéntica a otra precedente.
El delincuente busca lo desconocido; de no ser así, cae en el aburrimiento. La
gran sensibilidad con respecto al tedio estaría en relación con los problemas
concernientes a la muerte. Los delincuentes graves tendrían a menudo una
«actitud patológica» con respecto a la muerte, sobre lo cual el autor no se
extiende. Insiste sobre la propensión de estos sujetos al tedio y sobre el
papel de la sorpresa en su existencia y en la terapéutica. En efecto, la
búsqueda de lo nuevo y lo sorprendente sería una defensa contra la aprehensión
de algo nuevo y sorprendente pero también inquietante, repetición de un trauma
sobrevivido cuando el sujeto estaba a punto de realizar el descubrimiento de su
yo. Esta imposibilidad de reconocer lo familiar sería verosímilmente la causa
de la dificultad de aprender que experimentan ciertos psicópatas.
32 Finalmente
Eissler ha comprobado tanto en los muchachos como en las muchachas delincuentes
una incapacidad peculiar: la de considerar
Página 25
valedero solamente
lo más concreto de la realidad exterior. Esto se traduce en cada sexo por
comportamientos diferentes: en los sujetos masculinos sólo se consideran
sinceros los sentimientos que se expresan por el hecho de darles dinero; en los
sujetos femeninos por el hecho de desearlas sexualmente. Habría en ello una
significación agresiva que se revela en el curso del tratamiento y que se
debería a la repetición de actitudes orales del niño al apreciar el amor que le
es otorgado según la cantidad de alimento dado por la madre. Esta fuerte
fijación oral acompáñase en el delincuente de una dificultad particular en la
sublimación.
D) Significación general de la delincuencia y de
los trastornos del comportamiento
Hemos dado la razón
por la que no insistiremos en las descripciones clínicas y las clasificaciones.
Desde hace algún tiempo la investigación se inclina más por el significado de
la delincuencia que por las condiciones etiológicas, que pueden poner en evidencia
las estadísticas. Ciertamente, las concomitancias que establece no son útiles
en la práctica profiláctica y terapéutica, pero las relaciones así comprobadas
no tienen ni la constancia que les daría el carácter científico de una relación
causal, ni la comprensión suficiente de lo que provoca la delincuencia en cada
caso, cuando no tiene efecto en otro individuo colocado en condiciones
similares. La comprensión que buscamos no puede, por lo tanto, contentarse con
una concomitancia entre tal comportamiento y determinada circunstancia
frecuentemente encontrada, sino que exige que esta relación entre en una
perspectiva que le dé un valor particular en un caso dado, de manera que pueda
darnos del comportamiento examinado una significación del mismo género que las
que damos a los comportamientos considerados más justificados. Tal orientación
es el resultado de los trabajos psicoanalíticos. Han demostrado que los
trastornos del comportamiento tienen, en gran número de casos (precisamente en
los que está justificado llamar «trastornos»), una significación tal como la
habían revelado en los síntomas neuróticos. Pero, como para éstos, la
significación no puede aclararse plenamente excepto a través de cada historia
particular. El estudio de numerosas observaciones permite, sin embargo,
evidenciar una significación más general de ciertos
Página 26
actos, como el
robo, que se vincula frecuentemente, como numerosos ejemplos lo han demostrado,
a sentimientos de frustración[29].
La fuga, acompañada
de aventuras sexuales precoces en la muchacha, ha sido comentada así por Hélène
Deutsch a propósito de la observación de Evelyne[30]: «El deseo de ser la
primera en tener experiencias implica grandes peligros para Evelyne y para
todas las muchachas de su edad; puede impulsarla a acciones que no expresan un
deseo sexual auténtico, sino el afán de mostrar a los adultos que ellas son
también personas mayores. La tensión interior que incita a estas niñas a
aventuras fatales suele tener su origen más en el deseo de ser adultas que en
una viva necesidad sexual.» Nosotros hemos comprobado también, en numerosos
exámenes clínicos, que la necesidad sexual propiamente dicha no parecía
desempeñar el papel principal en este género de fugas. Por otra parte, el deseo
de ser adulta, tal como está así expresado, no puede por sí solo determinar la
fuga, que evidentemente sería una forma muy arriesgada de realizarlo. Más que
otra cosa debe tenerse en cuenta la tensión interior que la acompaña, como lo
ha demostrado Lagache, para quien la fuga, «huída de sí mismo», tiende a la
«reducción temporal de un conflicto íntimo[31]».
El carácter
impulsivo del acto delictuoso y el desprecio aparente de las consecuencias que
lo acompañan hacen que sea considerado más como tendencia incoercible a la
satisfacción de un instinto mal contenido, que como delito. Este criterio se
pone de manifiesto en las preocupaciones de los criminólogos, si tenemos en
cuenta la respuesta de Lacan a M. Piprot d’Alleaumes, al conjurar éste a los
miembros de un Congreso «a concertar, con objeto de determinar las condiciones
del estado peligroso, todas las ciencias del hombre, pero sin tener en cuenta
las prácticas jurídicas en ejercicio». A esto repuso Lacan: «Os llamáis a
engaño pretendiendo establecer las categorías del crimen natural. Sin embargo,
la etnografía, como la historia, nos testimonian que las categorías del crimen
no son más que relativas con respecto a las costumbres y leyes existentes. Del
mismo modo el psicoanálisis afirma que la determinación mayor del crimen es la
concepción de la responsabilidad que el sujeto recibe de la cultura en que vive[32]».
Parece que existen varios grados, desde el de los «actos que una determinación
orgánica excluye con certeza del círculo de interacción social» (Lacan) hasta
aquél en el cual el deseo neurótico del castigo aparece como la determinación
mayor. ¿Puede considerarse excluido por
Página 27
su autor lo que el
acto es para los otros? Como escribe Merleau-Ponty: «Simplemente, todas
nuestras acciones tienen varios sentidos, en particular el que ofrecen a los
testimonios exteriores, y al actuar los asumimos todos, puesto que los otros
son las coordenadas permanentes de nuestra vida. A partir del momento en que
sentimos su existencia, nos empeñamos en ser, entre otras cosas, lo que ellos
piensan de nosotros, puesto que les reconocemos el poder exorbitante de
vernos[33]». Líneas más adelante leemos: «Incluso en las sociedades más
estrictas, el pecador es siempre admitido porque forma parte del sistema y
porque, como pecador, no pone en peligro los principios».
En el capítulo
siguiente mostraremos cómo los trabajos recientes han permitido llevar más
lejos la comprensión de los trastornos del comportamiento.
III. Neurosis
Nos hemos extendido
sobre los trastornos del comportamiento y la delincuencia puesto que se hallan
a la orden del día y plantean problemas que están muy lejos de haberse
dilucidado. Por poco ostensible que sea, la neurosis es demasiado frecuente
como para no atraer la atención sobre su existencia y los difíciles problemas
terapéuticos que plantea. Socialmente menos molesta, obstaculiza, sin embargo,
la madurez de sujetos frecuentemente bien dotados y susceptibles de una
actividad importante tanto en el dominio de técnicas difíciles como en los
trabajos intelectuales del orden más elevado.
Los estudios de las
neurosis son harto conocidos para que tengamos que considerar sus diferentes
variedades y su descripción. Constituyen el objeto esencial de la mayor parte
de los trabajos psicoanalíticos, por lo que remitimos a ellos al lector sin hacer
su bibliografía, que resultaría considerable: comprendería casi todo lo que han
escrito Freud y sus discípulos. Aquí tendremos tan sólo en cuenta lo que se
refiere más especialmente a la adolescencia y a la pubertad, pese a que, sin
embargo, no haya una neurosis característica de este período. Si nos referimos
a lo que es clásico en la actualidad en materia de neurosis, sabemos que la
neurosis del adulto revela la existencia en el mismo sujeto de una neurosis
infantil o cuando menos de síntomas neuróticos o de angustia, y que la neurosis
observada en la edad madura está en estrecha continuidad con
Página 28
esos fenómenos
manifiestos o latentes de la infancia. Si una neurosis se manifiesta en la
pubertad, es porque el período de latencia ha permitido al niño superar sus
impulsos y fortalecer sus mecanismos de defensa, pero el recrudecimiento
pubescente de las pulsiones pone en evidencia los conflictos anteriores a esta
fase de latencia. En el capítulo siguiente insistiremos más sobre estos
problemas, puesto que en principio lo dedicamos a su estudio clínico. Por lo
tanto nos limitaremos a ciertas comprobaciones.
La neurosis puede
manifestarse tanto en la adolescencia como en la infancia y en la edad adulta,
aunque existen diferencias que dependen del grado de desarrollo del yo y del
super yo. Lebovici, a propósito de la neurosis infantil, subraya su posible
curabilidad espontánea y recuerda la observación de Anna Freud, según la cual
«la pubertad, por los obstáculos sociales que la acompañan, como por el impulso
hormonal que la caracteriza, es susceptible de caracterizar las pasividades
neuróticas de ciertos niños». Pero Anna Freud considera pasajera esta especie
de mejora:
«En cuanto el gran
empuje impulsivo de la pubertad —escribe— haya alcanzado su nivel normal en la
vida del adulto, angustias y conflictos reaparecerán sin duda para entorpecer
de nuevo la masculinidad. Ni que decir tiene que lo mismo ocurre con los casos
de fijaciones orales y anales que, durante la crisis de la pubertad, pierden
pasajeramente su importancia; la fuerza atractiva patógena de esas formaciones
pregenitales se dejará sentir de nuevo más tarde con una intensidad siempre
igual. De más está decir que no se observa en la pubertad ningún afecto
compensador cuando los intereses fálicos han predominado en la infancia y en la
prepubertad sobre los intereses orales y anales. Éste es el caso, por ejemplo,
de los muchachos que tienden al exhibicionismo. El impulso genital de la
pubertad, lejos de atenuar el mal, favorece su desarrollo. No se produce, por
lo tanto, ninguna curación espontánea de la perversión infantil, sino una
agravación de las más inquietantes de todas las manifestaciones mórbidas. Las
tendencias fálicas se intensifican de manera tal que proporcionan al cuadro
clínico una virilidad genital anormalmente exagerada e ingobernable[34]».
Páginas atrás hemos visto cómo Lebovici recuerda que «la adolescencia es una
edad propicia a la aparición de comportamientos antisociales» y muestra «que,
una vez más, los trastornos del carácter se oponen a la neurosis[35]». Las
breves lincas de Anna Freud, que acabamos de citar, nos hacen comprender por
qué.
Página 29
Sin embargo, como
hemos dicho, es posible observar los casos de neurosis, aunque en algunos la
lucha contra la angustia adquiere, en este período de la vida, otras formas
descritas por Anna Freud[36]. Nos referimos al ascetismo y al intelectualismo,
de los cuales resumimos los caracteres en el capítulo siguiente, que son
específicos de la adolescencia, sin que constituyan especies mórbidas. Por otra
parte, el autor, discutiendo sobre la normalidad o anormalidad de estos
procesos, que relacionan la pubertad con los estados iniciales de crisis
psicóticas, hace depender el criterio de normalidad o anormalidad menos de la
existencia de tales procesos que de las relaciones objétales. Si abordamos aquí
esos dos procedimientos de defensa es porque el autor de su descripción
demuestra que aparecen, en cierto modo, en lugar de los procesos neuróticos
propios del niño y del adulto. Mientras que, en las neurosis, prescindir de una
pulsión por rechazamiento está vinculado siempre a la naturaleza o cualidad de
ésta, en el adolescente, si la «recusación tiene también su punto de partida en
las regiones particularmente prohibidas de la vida impulsiva, el proceso
prolifera enseguida, con mayor o menor discriminación, en toda la vida.» Por
otra parle, este apartamiento de las pulsiones no se acompaña, como en las
neurosis, de una satisfacción substitutiva (conversión histérica, satisfacción
regresiva de la obsesión, provecho secundario del fóbico, compromiso
constituido por el síntoma neurótico).
Junto a estos casos
claramente caracterizados por neurosis obsesiva, manifestaciones histéricas y
fobias, se presentan ciertos trastornos de carácter neurótico.
A este grupo
pertenecen las dificultades escolares. Pueden aparecer después de una buena
adaptación escolar en el período de latencia, en el cual, según English y
Pearson[37], esta buena adaptación substituye las fobias. Para estos autores,
ese doblegamiento escolar desemboca en la satisfacción de dos tendencias de
motivos inconscientes para el sujeto: expresar su despecho ante las reprimendas
de la madre (y algunas veces del padre); atraer la atención punitiva de su
madre sobre ellos mismos. Existe la transposición de estos deseos con respecto
al maestro. El conflicto sería el mismo que en el caso de las fobias. La
renunciación a la fobia, hacia el comienzo de la adolescencia, conduce al Ego a
buscar otros medios de defensa contra la angustia resultante del conflicto
amor-odio con respecto al padre del mismo sexo. El Ego se siente demasiado
débil
Página 30
para resolver este
problema y da un salto atrás. Resulta de ello una regresión y «una lenta e
insidiosa deformación del carácter (que no se habría producido si el mecanismo
fóbico hubiese persistido)».
Obsérvase a menudo
ineptitud, en ciertos escolares, para las matemáticas. M. F. Hotyat ha
publicado un estudio sobre «Las debilidades del pensamiento matemático en los
adolescentes[38]». Este autor, analizando unas pruebas de matemáticas
elementales, muestra cuáles son las operaciones afectadas. Comprueba que los
defectos más frecuentemente observados son: el regreso a estadios inferiores al
razonamiento formal; la evocación por asociación más que por el pensamiento
dirigido; el recurso a los esquemas familiares o a los automatismos más que al
análisis de las situaciones; el establecimiento de un arabesco de propiedades
yuxtapuestas, más que de una estructura continua de tesis a hipótesis. Los
alumnos flojos en matemáticas, aparte los retrasados accidentales, suelen tener
dificultades para la abstracción, a veces a causa de su género de vida, del
medio. Los sentimientos de inferioridad y la falta de trabajo ligada
corrientemente a las circunstancias familiares, han sido señalados por el
autor.
Desde, hace mucho
tiempo los psicoanalistas han llamado la atención sobre las sendo debilidades
(Berta Bornstein)[39], la inhibición intelectual neuropática (Federn)[40],
(Mélanie Klein)[41] (K. Landauer)[42], (M. Mahler-Schoenberger)[43],
(Oberndorf)[44], (M. Schmideberg)[45]. La mayor parte de estas referencias
bibliográficas tomadas de Fenichel se sitúan en los alrededores de 1930.
Encontramos en este mismo autor[46] un resumen de los conocimientos
psicoanalíticos a este respecto: el interés normal para saber y para pensar
puede paralizarse por la represión de la curiosidad sexual, las represiones
orales, manuales y anales pueden desempeñar un papel en la cerrazón intelectual
en razón de las «relaciones genéticas existentes entre el impulso de saber y el
placer oral o, más tarde, el placer de coger con las manos y, todavía más
tarde, la fiscalización anal». Finalmente las funciones intelectuales pueden
haber sido sexualizadas en un sentido más estricto y su inhibición tiene
entonces un significado de castración. Por último, las relaciones de la
neurosis obsesiva con la función de pensar nos muestra el carácter anal de la
sexualidad de ésta.
Página 31
Entre las
inhibiciones de instintos parciales, una es particularmente frecuente en la
adolescencia de las muchachas, componiendo el cuadro clínico de la anorexia
mental. Su aparición en esta época de la vida indica una detención del curso de
la evolución sexual hacia la genitalidad, como lo demuestran muy pronto, bajo
la influencia de la hiponutrición, la desaparición de los signos de madurez
sexual (amenorreas, desaparición de casi todos los caracteres sexuales
secundarios). Los trabajos psicoanalíticos han demostrado la función de las
teorías orales del embarazo, etc., sobre la génesis de estos trastornos, así
como la inserción del síntoma en las relaciones con el medio. Si, en una época
todavía reciente, se tenía tendencia a relacionar este trastorno, en todos los
casos, con la caquexia hipofisaria de Simmonds, su psicogénesis ha sido ahora
casi generalmente aceptada, a pesar de que a veces sea difícil apreciar
exactamente el papel que desempeña una precocidad o un retraso endocrino e
inversamente las consecuencias de una hiponutrición, en un principio
psicogenético, y de trastornos afectivos sobre el propio funcionamiento
endocrino. Personalmente hemos podido comprobar la desaparición de la regla
durante varios meses en un gran número de menores en los primeros tiempos de su
instalación en el «Refugio» de Versalles, tras haber sido detenidas por
vagabundeo, prostitución, robo o a instancia de los padres, como correctivo, lo
que demuestra la incontestable repercusión endocrina de circunstancias de orden
afectivo; los factores orgánicos de hiponutrición no intervienen en estos
últimos casos.
Esta inhibición
parcial, generalmente compatible con una gran actividad exterior, que incluso
llega a ser exagerada para racionalizar la inhibición atribuyendo a falta de
tiempo el hecho de faltar a las comidas, puede relacionarse con estructuras
neuróticas diversas (histeria o ascetismo obsesivo); puede ser un síntoma de
psicosis melancólica o de principios de esquizofrenia. Tampoco, aunque tiendan
a presentarse como una verdadera entidad clínica particular de esta edad, deben
desconocerse esas otras eventualidades. Incluso como manifestación puramente
neurótica, puede tener significaciones diferentes según los casos. De todos
modos, su aparición en la época de la madurez sexual cuadra bien con el papel
atribuido por los psicoanalistas al fortalecimiento de las defensas provocado
por el nuevo impulso instintivo de orden biológico. Por este motivo podemos
pensar también que, sin recurrir a ese «quimismo de los instintos», la
comprobación auténtica de las transformaciones corporales
Página 32
puede, con respecto
a los órganos sexuales y sus funciones, entrañar temores tanto como una
modificación de orden energético secretorio. Sin embargo, parece haber
dificultades en el orden de la identificación, no pudiendo aceptarse el motivo
en un cuerpo sexuado adulto.
Entre las
referencias bibliográficas que hemos encontrado relativas a consideraciones
psicoanalíticas sobre la anorexia hemos destacado algunas[47].
No podemos
extendernos sobre las múltiples manifestaciones de orden neurótico que pueden
observarse. Son variables, frecuentemente menos estructuradas que las formas
neuróticas en las cuales se organizan a veces un poco más tarde; o incluso son
las primeras manifestaciones aparentes de una neurosis en realidad más
constituida de lo que se piensa, en la que se ha disimulado y disimula aún la
mayor parte de los síntomas. Se trata, a esa edad, de especiales modos de
defensa, como lo ha demostrado Anna Freud, más que de psiconeurosis. Citando, a
propósito de los trastornos del comportamiento, algunas líneas del informe de
Lebovici, Male y Pasche, para demostrar que la delincuencia, al aparecer
solamente en la pubertad, traduciría la existencia anterior de una neurosis
«solapada», advertiríamos al mismo tiempo la relación entre los dos órdenes de
manifestaciones, trastornos del comportamiento y neurosis. Puede relacionarse
con esta exteriorización adolescente la que los psicoanalistas han señalado a
veces en el curso del tratamiento psicoanalítico de las neurosis bajo el nombre
de «acting out». Fenichel señala que ciertos pacientes están más inclinados que
otros a ese «acting out». Se trataría más bien de los «Caracteres neuróticos»
de Alexander[48]. Según Fenichel, tienen en general «la misma estructura oral
que las neurosis impulsivas[49]». Parece, por lo tanto, que la coincidencia de
una oralidad marcada y de la época de la pubertad desempeñan un papel
importante en un tránsito al acto que, en ciertos casos, aparecería más como
síntoma de neurosis que como manifestación habitual de un tipo de carácter.
IV. Psicosis,
esquizofrenia
A propósito de las
neurosis hemos dicho que si en el adolescente pudieran aparecer durante este
período formas típicas de estas categorías mórbidas, observaríanse, por otra
parte, muy frecuentemente, formaciones sintomáticas relacionadas
incontestablemente con la neurosis, pero no
Página 33
estructurándose en
ellas tan claramente como las formas típicas, como fobias, histeria o
psiconeurosis obsesiva. Incluso hemos visto que ciertos comportamientos de
alcance patológico muy grave pueden ser la expresión momentánea de una
neurosis, siendo este género de reacciones muy características del adolescente.
Este carácter general de la psicopatología juvenil, el de ser muy impreciso en
su nosografía, se encuentra igualmente en el dominio de los fenómenos
psicóticos. También podemos decir que lo difuso es uno de sus caracteres
importantes puesto que suele calificar el pensamiento esquizofrénico, tan
difícil de distinguir, en los comienzos del trastorno, de una tendencia
temporal a la ensoñación, tan frecuente en esa edad. Pero antes de abordar este
problema examinaremos otros trastornos de tipo más claro, de manifestaciones
paroxísticas.
La psicosis maníaco
depresiva aparece con frecuencia por primera vez en los alrededores de la
pubertad; personalmente la hemos observado en varios sujetos, sobre todo en un
caso en el cual pensamos particularmente al escribir estas líneas, porque nos
parece demostrativo. Las primeras manifestaciones maníacas se acompañan de un
cierto grado de onirismo, bosquejos de ideas delirantes de influencia
enteramente temporal y que se sabe que no son cosas raras en la manía, síntomas
todos que provocan una cierta inquietud relativa al pronóstico, por parte
incluso de colegas con una experiencia superior a la que nosotros tenemos
actualmente. La enfermedad es, en la actualidad, enteramente adulta y los
numerosos accesos aparecidos desde entonces tienen un sesgo clínico muy típico.
Por otra parte, se ve a veces instalarse una esquizofrenia después de varios
accesos intermitentes de carácter maníaco[50]. Esta noción, junto con la
imprecisión de la semiología juvenil, obliga a reservar el pronóstico y emitir
algunas reservas en el diagnóstico de la psicosis maníaco depresiva en el
adolescente.
Una forma mórbida
nos parece muy característica del adolescente: es la bocanada delirante, cuyo
polimorfismo es bien conocido. Este estado se opone claramente a las psicosis
constituidas del adulto justamente por ese polimorfismo y por su falta de
estructura. Podemos añadir que también por su evolución, porque puede tratarse
de un acceso único en la vida del sujeto, de un equivalente maníaco depresivo o
del principio de una esquizofrenia. Lo que nos parece característico del
adolescente es evidentemente el hecho de una cierta frecuencia, y, además de
ésta, la posibilidad de una brusca invasión de los contenidos oníricos, sin que
el
Página 34
yo les oponga las
defensas neuróticas o integre este contenido en una organización delirante.
Naturalmente sería falso considerar esto como absoluto y sería contrario a
nuestro propósito, porque significaría hacer de la adolescencia un período
claramente caracterizado por una estructura psíquica determinada, cuando
pretendemos justamente lo contrario; precisamente insistiremos y nos apoyamos
sobre los caracteres negativos de su patología con relación a los del adulto,
para calificar aún de «incierto» ese período de la vida. Por esto decimos que
existen adolescentes ya muy adultos y adultos, incluso en la edad madura,
todavía muy adolescentes. Lo que nos parecería quizá más decisivo es el grado
de integración social alcanzado cuando el trastorno (break-down) comienza. De
este grado depende la organización del yo y su manera de responder al
trastorno.
Pero el verdadero
problema clínico y el más grave es el de la esquizofrenia, llamada «enfermedad
de la adolescencia» por el profesor Heuyer[51], aun cuando pueda manifestarse
ya en la infancia. Aun cuando a veces aparece con una subitaneidad relativa y signos
clínicos característicos, este género de principio es decididamente más raro
que los que se caracterizan por una sintomatología incierta. Ésta, durante un
tiempo, puede no diferir de la eflorescencia de una neurosis o de una rareza de
comportamiento que se puede relacionar cómodamente con la «crisis de
originalidad» descrita por Debesse en su obra ya citada. Si se trata de
«delirio de ensoñación» (Heuyer y A. Borel)[52] que, según uno de los autores
que la ha descrito, el profesor Heuyer, no es más que «una hipertrofia de la
exaltación imaginativa del adolescente normal[53]» o de «racionalismo
mórbido[54]», en el que se ve la forma patológica de «ciertos mecanismos
psicológicos de la pubertad», nos encontramos en presencia de fenómenos
considerados característicos del adolescente normal, o de actitudes neuróticas
típicas en la adolescencia y cuya semejanza con las fases iniciales de las
psicosis ha señalado Anna Freud en su ya citada obra. La dificultad será menor
si nos encontramos en presencia de un delirio alucinatorio mucho más
característico, pero que precisamente «se encuentra en otras enfermedades
mentales del adulto» (Heuyer, obra citada), lo que nos hace insistir una vez
más en que el carácter «adolescente», «no adulto», de los fenómenos es la imprecisión
nosográfica e incluso la de los límites entre lo patológico y lo normal.
Página 35
A pesar de todo,
algunos síntomas, precozmente característicos de la esquizofrenia, nos ponen en
guardia muy pronto. Tales son determinados delirios en el límite de la
ensoñación, cuyos personajes son abordados mucho menos realmente que los
objetos de un delirio paranoico del adulto. En estos delirios, a pesar del
carácter muy imaginario del objeto, de orden erotomaníaco por ejemplo, se
observa una obstinación muy marcada en las actitudes de espera, la convicción
sin la necesidad de apoyarla por medio de interpretaciones y de comunicarla
como lo hace el erotomaníaco adulto, un apragmatismo progresivo, un pensamiento
progresivamente más difuso, estancamientos y encadenamientos inesperados, todo
lo cual nos demuestra que no se trata de un amor de adolescente romántico. En
otras ocasiones, actitudes intempestivas o violentas en contraste con el
aspecto habitual tranquilo y tímido se distinguen claramente de las
excentridades heboides mixtificadoras y lúcidas. Del mismo modo será difícil,
frente a un «odio familiar» cargado de tensión afectiva, saber si nos hallamos
en presencia de una forma más grave en sus comienzos y que pueda dar lugar a un
acto impulsivo fríamente ejecutado y seguido de una ausencia total de tonalidad
emocional. Este mismo odio (esquizofrenia, muy gravemente caracterial,
neurótica o pasajera, relacionada con la oposición que señala, según Debesse,
la crisis de originalidad juvenil) pertenecerá a una u otra de estas categorías
según la manera como reaccione el yo del sujeto. Precisamente el hecho de la
adolescencia hace que este yo tenga que enfrentarse con las dificultades que se
le ofrecen para constituirse o modificar los cambios pubescentes y sociales que
las acompañan.
Precisamente los
psicoanalistas se basan en la distinta forma de reaccionar del yo para
distinguir las neurosis de las psicosis. Si el yo está vinculado a la
percepción del cuerpo propio, como sostiene Freud[55], y si la imagen del
cuerpo propio constituye su nudo, como Schilder[56] y otros autores han
afirmado, las impresiones de modificación corporal, los trastornos cenestésicos
tan frecuentes en el principio y curso de la esquizofrenia, traducen claramente
ese trastorno del yo. Al mismo tiempo que un desinterés por las relaciones de
objeto, las preocupaciones hipocondríacas indican que la libido retirada del
objeto bloqueado, coloca en su lugar, por regresión narcisista, órganos o
partes del cuerpo. Por lo tanto, esta regresión aparece ligada a un estado
narcisista. La caída de la función de la realidad, que es una tarea fundamental
del yo, y los síntomas de desintegración del yo indican que esta regresión se
hace en un estadio
Página 36
en que el yo no ha
sido aún constituido o que no se hallaba más que en estado naciente. El bloqueo
del cuerpo por partes correspondería a una regresión a los estadios en los
cuales no ha sido realizado todavía por el sujeto en su totalidad (estadio del
cuerpo fragmentado, sobre el cual ha insistido especialmente Lacan). El
fantasma de la destrucción del mundo estaría para Freud[57] vinculado a la
percepción íntima de la pérdida de relaciones de objeto. Pero aparte de los
síntomas provocados por la pérdida de contacto con la realidad y la regresión,
se observan aquellos que se deben a los esfuerzos para reconquistar la realidad
perdida: éstos son los síntomas de restitución, entre los cuales figuran los
fantasmas de reconstrucción del mundo, ciertos delirios, etc[58]..
El interés de
algunos psicoanalistas por la esquizofrenia, tratando de comprenderla como se
ha podido hacer con las neurosis, les ha llevado, entre otras cosas, a
investigar por qué la esquizofrenia es tan impenetrable. La pérdida de las
relaciones de objeto y la importancia de la regresión parecen ya contener
elementos muy importantes de respuesta. Pero precisamente la intensidad de
estos fenómenos, la noción del papel que representan las perturbaciones
orgánicas en las psicosis, hace que se experimenten ciertas reservas, no sobre
la afirmación del papel de los mecanismos psicológicos observados, sino sobre
la importancia preponderante o no que hay que atribuirles. Tal es al menos la
actitud de Fenichel (obra citada). Los trabajos psicoanalíticos sobre la
esquizofrenia son muy numerosos entre los autores alemanes o americanos[59].
Aunque el psicoanálisis no ha dejado jamás de interesarse por esta cuestión,
parece como si existiera un incremento reciente de esta actividad. Se debe a la
convergencia de tres factores: se ha superado la oposición clásica
organogénesis-psicogénesis, sobre todo después de que la orientación dada por
la medicina psicosomática, aun cuando no haya resuelto esta cuestión, permite
un nuevo examen de estos problemas; el mayor cuidado de obtener resultados por
psicoterapia y la extensión de este género de tratamiento por el cual tantos se
han interesado, incluso fuera de los medios psicoanalíticos; y, por último, el
haberse puesto en evidencia los trastornos en las primeras edades de la vida
dentro de la relación madre-hijo, según los trabajos de Spitz[60]. Autores
americanos, Beres y Obers[61], han estudiado en los adolescentes, cuya amnesia
revelaba trastornos infantiles de este genero, los efectos de frustraciones
precoces
Página 37
extremadamente
acusadas sobre su estructura mental. En treinta y ocho casos comprobaron cuatro
psicosis, veintiún casos de trastornos del carácter (siete de no madurez, doce
de carácter neurótico y dos de esquizoidia), cuatro de retraso mental, dos
psiconeurosis y siete de adaptaciones escolares satisfactorias. Los casos de
psicosis (esquizofrenia) experimentaron el fenómeno de hospitalismo más tarde
que los otros. Su informe tenía por objeto verificar las graves consecuencias
para el porvenir que los trabajos de Spitz ponían de manifiesto, a causa de la
sintomatología de carácter esquizofrénico presentada por los niños de corta
edad que él había observado, y ver si los trastornos así producidos eran
irreversibles e independientes de las circunstancias exteriores. Sus
conclusiones fueron que existe una posibilidad de desarrollo ulterior del yo,
que hay variaciones individuales que aparecen con o sin psicoterapia y, por
último, que la intervención de otros factores, incluso tardíos, puede provocar
modificaciones del yo.
V. Trastornos en
relación con un proceso orgánico aparente o reconocido
La mayor parte no
presentan ningún factor que especifique su relación con la adolescencia. Sin
embargo, deben mencionarse las perversiones posíencefaliticas, aun cuando
apenas sean de actualidad. Desde el punto de vista psicopatológico general nos
ofrecen la interesante noción de la diferencia de las consecuencias clínicas
del proceso según aparezcan en un adulto o bien en un sujeto en desarrollo.
La epilepsia, cuyas
manifestaciones más importantes varían poco según la edad, puede manifestarse
toscamente o bajo la forma de equivalentes, a veces en la adolescencia. Una
manifestación paroxística única bajo la forma de estados ansiosos con
sentimientos de extrañeza y luego de obnubilación momentánea, incomprensibles
crisis de lágrimas, incluso ausencias, etc., pueden atraer la atención y
obligar a que se practique un electroencefalograma, que, en este período y con
un mínimo de hechos clínicos, puede desenmascarar la comicialidad.
Anotemos su forma
caracterial, la epileptoidia, descrita por la Dra. Minkowska, que puede
desempeñar un papel etiológico decisivo en ciertos tránsitos al acto por la
impulsividad que determina.
Página 38
Por último,
mencionaremos la parálisis general juvenil, muy rara en nuestros días,
esencialmente caracterizada por una debilidad demencial progresiva.
Los estados agudos
infecciosos pueden tener una sintomatología confuso-oníricá. En algunos casos
esta sintomatología es el dato esencial del cuadro clínico y puede revestir el
aspecto de delirio agudo con la gravedad que esto implica.
Página 39
CAPÍTULO II
Página 40
CONOCIMIENTOS QUE
CONTRIBUYEN A LA COMPRENSIÓN GENÉTICA DE LOS TRASTORNOS
I. La existencia
del adolescente y las circunstancias patógenas
La madurez sexual
modifica la realidad del ser (Dasein). El cuerpo se transforma y también la
situación del joven ser en el mundo que le rodea. Pero esta modificación se
efectúa de manera más lenta y menos radical. El tiempo que emplea en llevarla a
cabo, el grado de esta realización y su claridad, son función de la evolución
afectiva del sujeto y de la estructura familiar y social del medio en que vive.
A menudo está señalada por actitudes y comportamientos que sorprenden a quienes
le rodean cuando el sujeto pasa por vicisitudes más o menos pronunciadas. El
hecho de que estos fenómenos estén en relación con este período ha hecho que
fuese calificado de crisis. La oposición a quienes rodean al sujeto, a las
reglas establecidas, al comportamiento y a las ideas anteriores del propio
sujeto, que caracteriza ese momento, ha sido descrita por Debesse en La crisis
de originalidad juvenil[62]. La importancia de «la atención al cuerpo» y de la
«atención al medio» se destaca claramente. El autor señala justamente la importancia
de la duración de este período y describe en un análisis muy extenso las
actitudes que acabamos de recordar y su sentido durante el tiempo que emplea el
sujeto en adaptarse a su nueva existencia. «En el fondo de la crisis de
originalidad existe una discordancia temporal, vivamente sentida, entre el ser
y su función, gracias a la cual se producen sorprendentes floraciones del
sentimiento de la unicidad.» Subraya la importancia de estas vicisitudes para
la formación de la personalidad, mostrando la utilidad que tiene para el sujeto
su actitud esencialmente reivindicadora y rebelde con respecto a quienes lo
rodean. El párrafo
Página 41
siguiente muestra
muy claramente el proceso dialéctico de su adaptación: «El inconformismo
juvenil es, en realidad, una primera etapa hacia la adaptación, porque supone
el discernimiento de lo que será la adaptación inmediata, la que se le niega.
El niño está bien adaptado si se quiere, pero no sabe en qué consiste su
adaptación. Oponerse, distinguirse, es tener consciencia de las analogías y las
diferencias, es comenzar a situarse con relación al mundo. En este sentido es
posible decir que la rebeldía de los adolescentes es una preparación a una
adaptación inteligente». Esta crisis de originalidad proporciona al niño la
posibilidad de adquirir consciencia
de su
individualidad. «Así —continúa diciendo el mismo autor— la crisis de
originalidad permite sucesivamente al adolescente reconocerse como
individualidad irreductible y situarse en un conjunto que no es otro que él
mismo, antes que aceptarse como persona.» Hemos citado estos párrafos porque
creemos que Debesse ha descrito con gran acierto lo que ocurre en el momento de
la adolescencia y que la fase de oposición que precede a la integración del
sujeto es particularmente característica de la adolescencia. Especialmente el
relato de la oposición entre Federico Guillermo I, el Rey Sargento, y su hijo,
el futuro Federico II, que más tarde se parecerá mucho a su padre, es un
excelente ejemplo, por otra parte muy conocido, «del carácter pasajero
(subrayado por el autor) de esta oposición». Pero la comprensión del sentido de
esta rebeldía juvenil requiere otros conocimientos. Veremos, gracias al
psicoanálisis, las relaciones que tienen las dificultades de identificación con
el adulto del mismo sexo con la evolución del complejo de Edipo y las
reactivaciones complexuales provocadas por la pubertad. Por otra parte, los
trabajos de Debesse se apoyan en gran parte en informaciones tomadas de alumnos
de escuelas normales y los resultados, en cuanto a la frecuencia de la crisis
de originalidad, hubiesen podido ser diferentes si se hubiera dirigido a
adolescentes en posesión ya de un oficio manual y con frecuencia más
rápidamente madurados e identificados con los adultos. Reconoce que los sujetos
presentan una crisis de originalidad clara que constituye «un tipo de
adolescente» y que no se trata de la generalidad. Los de este tipo se
encuentran entre los alumnos bien dotados, que a menudo son «brillantes, pero
desiguales» y «conocen raramente el equilibrio que caracteriza al buen alumno»;
tienen actitudes muy especiales, son más aplicados en literatura que en
ciencias exactas, rasgos todos que dejan suponer que
Página 42
existe en ellos un
cierto grado de inhibición y que se trata de dificultades cuya naturaleza puede
aclararnos el psicoanálisis.
A pesar de la
ligera reserva que acabamos de hacer, no dudamos de que la importancia de estas
dificultades juveniles y su frecuencia se acentúan particularmente en nuestra
sociedad, cuando menos. Debesse no parece conceder gran importancia al tipo de
sociedad como generador de la crisis que, en nuestra opinión, parece en su
tesis tal vez demasiado esencial con relación a la adolescencia. Los trabajos
de los etnólogos que han estudiado los «ritos de la transición», la iniciación
de los adolescentes en diversas sociedades, son de tal naturaleza que nos hacen
creer que los fenómenos que observamos son relativos, al menos en una cierta
medida, al modo de constitución de la familia y del grupo social en el que se
producen.
Por último, la
madurez de los órganos genitales no se alcanza en la misma edad en todos los
individuos; también los caracteres sexuales secundarios aparecen más tarde o
más temprano y se afirman en mayor o menor grado. Estas consideraciones, unidas
a los efectos de la ética del medio, al equilibrio afectivo familiar, aconsejan
investigar la influencia que conjuntamente pueden ejercer. El estudio aislado
de cada una de estas circunstancias es forzosamente artificial. La incidencia
particular de una entre ellas puede destacarse sólo en casos individuales. Sin
embargo, se han realizado trabajos desde el punto de vista de cada una. Por
esto examinaremos sucesivamente:
1) El desarrollo corporal.
2) El desarrollo psicosexual y la aportación de
las concepciones psicoanalíticas relativas a la adolescencia.
3) El adolescente y la sociedad.
4) El adolescente y su familia.
El último párrafo
debe cerrar el capítulo por contener consideraciones susceptibles de esclarecer
la patogenia de los trastornos; los demás proporcionan los elementos de
comprensión preliminares.
II. El desarrollo
corporal y su integración en el adolescente
La integración de
las modificaciones corporales puede ser muy difícil. Irene Josselyn[63] señala
la impresión de extrañeza del cuerpo que se
Página 43
produce a veces.
Cita el ejemplo de un adolescente que se volvió torpe de pronto, y que traducía
sus impresiones diciendo: «Mis pies están muy lejos de mi cabeza en este
momento». A veces se trata de un sentimiento de despersonalización muy
pronunciado, pero transitorio. La torpeza motriz que puede observarse entonces
está en contradicción con los resultados de los tests motores. Se trata aquí de
fenómenos transitorios «críticos» que conviene distinguir de los más duraderos
y profundos que traducen una neurosis o incluso el principio de un
esquizofrenia y suponen una patogenia más compleja.
Harold Jones[64] ha
estudiado, con otros dos autores, en la Universidad de California, las
relaciones posibles entre la precocidad de la madurez sexual y la adaptación.
La pubertad precoz en las niñas, al menos en un medio urbano, las coloca en
posición desventajosa. A igualdad de inteligencia, de condiciones sociales y
económicas, de salud, etcétera, el grupo de las precoces, comparado con el de
las tardías, está por debajo del término medio en prestigio, sociabilidad y
tendencia al mando. En opinión de sus camaradas de clase, examinadas por los
tests de reputación, las primeras son más sumisas, distantes y carentes de
seguridad. Su desarrollo físico puede ser para ellas una molestia por no ser
precisamente el de las muchachas de su edad, cuyos juegos comienzan entonces a
desdeñar. No hay reciprocidad en el interés que empiezan a sentir por los
muchachos ante quienes la falta de ajuste (out of step) está todavía más
señalada que ante sus compañeras. Por otra parte, son consideradas demasiado
jóvenes para participar en los juegos de camaradas de más edad.
Las niñas de
madurez tardía las aventajan porque poseen las características más apreciadas
en la sociedad contemporánea: la talla, el atractivo, la expresión, la
vivacidad, la sociabilidad, el prestigio…, pero naturalmente, escribe el autor,
existen numerosos casos individuales que no corresponden a estas
generalizaciones. Las muchachas de pubertad tardía continúan durante mayor
tiempo su crecimiento, lo que hace que tengan piernas largas y tiende a
acercarlas al tipo norteamericano de belleza, que reina actualmente en revistas
y carteles publicitarios y no deja de ser, según el autor, un poco
hipofemenino. H. Jones piensa que esta madurez más tardía facilita una
adaptación progresiva, tanto por parte de la hija como por los padres, a los
intereses y comportamientos que han de ser los del adolescente.
Página 44
Según él, en los
niños se produce el caso inverso. Los precoces entran en la adolescencia en el
momento en que las niñas aprecian su encuentro y adquieren la fuerza y las
aptitudes atléticas que les prestigian ante sus camaradas del mismo sexo. La
mayoría no detiene su crecimiento como ocurre con las muchachas. El individuo
tardío está fuera de sitio, se aparta de las competiciones y se hace sumiso y
se desdibuja. Otros reaccionan a la inversa, pero con exceso. Cuando el sujeto
tardío alcanza el punto culminante del crecimiento, tardará mucho tiempo, a
pesar de su talla, ya normal, en curar de las heridas que desde el punto de
vista psicológico le haya producido su retraso.
Hélène Deutsch[65]
consagra un capítulo de su Psicología de las mujeres a la aparición de la
menstruación. «Tenemos el derecho de suponer —dice— que durante este período de
experiencia, sobre todo si parece importante, puede fácilmente conmover la
totalidad de la persona y conducir las reacciones que emanan de las diversas
partes del psiquismo. El yo narcisista de la muchacha puede acoger la
menstruación como un paso feliz en el camino de la madurez. Pero profundas
fuerzas regresivas influyen, perturban y a menudo paralizan esta actitud
progresiva. En el momento de las primeras reglas adquieren más o menos posesión
de la escena psíquica y encuentran una ayuda poderosa en los elementos
inconscientes que se liberan del rechazamiento. En este conflicto el sentido
biológico de la menstruación está en el lado progresivo, y las reacciones
emotivas en el regresivo». La autora muestra cómo la muchacha, que disfruta
durante un período «del tributo de admiración que le conceden quienes la
rodean», se aparta enseguida, con frecuencia, de este género de satisfacciones
y se consagra a «cosas más serias». El proceso inverso puede producirse
igualmente. La muchacha, al interesarse particularmente por su cuerpo y sobre
todo por los caracteres sexuales secundarios, puede aceptarlos o negarlos. «En
el curso de esta fase narcisista de la pubertad, cuando la muchacha confiesa un
creciente amor por su cuerpo, podemos señalar en ella un deseo de bienestar. La
vulnerabilidad narcisista, cuando concierne enteramente al cuerpo, se expresa
en la aversión a todo lo que puede amenazar su integridad. Esta actitud, que
data de la primera infancia, llega a ser parte integrante del inconsciente y
persiste durante muchos años. A lo largo de su vida, los sujetos de uno y otro
sexo reaccionan a las heridas corporales de una manera que traiciona su
“complejo de castración infantil”[66]».
Página 45
En los Estados
Unidos se han efectuado trabajos estadísticos sobre la menstruación y la
madurez psíquica. Phyllis Blanchard[67] cita los de Stone y Barke (1937) que
examinaron por medio de los tests de Pressey a ciento sesenta y cinco muchachas
menstruantes y ciento setenta y cinco todavía no menstruantes procedentes de un
medio social y familiar más o menos homogéneo. Las respuestas correspondientes
a una mayor madurez eran, para la misma edad, más frecuentes en las muchachas
ya menstruantes. Ocurría lo mismo con respecto a los otros tests. Más tarde los
mismos autores extendieron la amplitud de sus trabajos (564 y 387 casos). Comprobaron
en las muchachas menstruantes un interés más vivo por la coquetería y un
desinterés relativo por los ejercicios violentos.
Los estudios de
Sollenberger en los niños se han realizado dosificando la hormona masculina en
la orina. Se ha demostrado una concomitancia entre la madurez sexual hormonal y
el interés por la coquetería, las actividades heterosexuales y los deportes de competición.
Blanchard cita
también los trabajos de Garrison (1940), de Partridge (1939) y de Willoughby
(1937) que dan resultados que corresponden con los que la mayor parte de los
autores habían obtenido de sus experiencias clínicas.
III. El desarrollo psicosexual del adolescente y
las concepciones psicoanalíticas
A pesar de la
importancia que el psicoanálisis da a la sexualidad, pocos trabajos han sido
consagrados bajo su inspiración a la pubertad y a la adolescencia. La pubertad,
caracterizada por la madurez de los órganos genitales, requiere con toda
evidencia que el sujeto se integre a ese nuevo estado, pero esta integración,
al depender esencialmente del grado de desarrollo de la sexualidad infantil,
triunfa o fracasa según la forma en que han sido franqueadas las etapas de este
desarrollo. En los Tres ensayos sobre la teoría de la sexualidad, Freud
consagra un capítulo a las «Transformaciones de la pubertad». Está
caracterizada por dos fenómenos importantes: 1) La subordinación de todas las
excitaciones sexuales, cualquiera que sea su origen, a la primacía de las zonas
genitales; 2) el proceso por el cual se hace la elección del objeto. Estos dos
fenómenos están previamente formados desde la infancia. En los comienzos de la
pubertad «aparecen transformaciones que conducen la vida sexual infantil
Página 46
a su forma
definitiva y normal… Se da ahora una nueva finalidad sexual en cuya realización
cooperan todas las tendencias, mientras que las zonas erógenas se subordinan a
la primacía de la zona genital». Las perversiones sexuales que se manifiestan
en esta época son una detención con respecto al placer preliminar, lo que será
evitado «cuando la primacía de la zona genital haya sido formada previamente
durante la infancia».
Anna Freud[68],
señalando también el hecho de que los psicoanalistas se han ocupado poco de la
pubertad, demuestra que para ellos la pubertad «es la primera repetición del
período sexual infantil». Siendo ello relativamente inmutable, las
modificaciones que se observan en los períodos ulteriores de la vida son
imputables al yo, el cual es capaz de modificarse. Por lo tanto, solamente
cuando los autores psicoanalistas se orientaron al estudio del yo se
interesaron más por la adolescencia. En este período el yo recurre a mecanismos
diferentes. A causa de las nuevas actitudes del yo, no puede decirse que la
adolescencia sea una simple repetición del período edipiano. Esta subestimación
de las posibilidades de transformación de la personalidad durante la adolescencia
ha sido igualmente subrayada por Hartmann, Kris y Loewenstein[69].
Los rasgos, tan
numerosos por otra parte y tan variados, que han sido descritos como aquellos
que caracterizan la adolescencia, se deben esencialmente a las relaciones
particulares que unen durante esta época a las diversas instancias de la
personalidad[70].
Intentaremos dar
una idea de estas relaciones un poco esquemáticamente. El estudio de sus
transformaciones por los continuadores de Freud viene a completar las nociones
que él mismo había aportado sobre la subordinación de las excitaciones sexuales
a la primacía de la zona genital y sobre el proceso por el cual se hace la
elección del objeto.
1) EL YO. Sus
defensas contra las pulsiones. —La obra de Anna Freud, a la cual hemos aludido
líneas atrás, está dedicada al yo y a los mecanismos de defensa. Estúdiase la
pubertad bajo el ángulo de las relaciones del yo y del ello. Subrayando que en
lo que concierne al estudio del ello el psicoanálisis ha atribuido siempre una
parte importante a los períodos de la vida en los que se producen los impulsos
de la libido, Anna Freud demuestra que «fantasmas y procesos del instinto que,
en otros momentos, pasarían inadvertidos o permanecerían inconscientes, emergen
entonces en
Página 47
el consciente
gracias a su bloqueo, acrecentado al superar, allí donde esto se hace
necesario, los obstáculos que le opone el rechazo». Por estas razones el yo se
encuentra obligado a reforzar sus defensas, y los mecanismos habituales pueden
exagerarse entonces y provocar una deformación del carácter. Dos medidas de
defensa pueden ser particularmente sorprendentes: el ascetismo y la
intelectualización de los adolescentes.
El ascetismo
implica una aversión por todo lo que es de origen instintivo. Supera los
síntomas neuróticos en cuanto el rechazo de las neurosis continúa vinculado a
la naturaleza o la cualidad de las pulsiones. En el adolescente, aunque este
proceso tenga el mismo punto de partida, prolifera sobre toda la vida. El temor
al instinto puede ser llevado, por una invasión progresiva, «hasta sobre las
necesidades físicas más ordinarias» (negativa a protegerse contra el frío,
alimento mínimo, sueño reducido, evitación de la risa y la sonrisa, retención
hasta la incoercibilidad de la orina y de la defecación, etc.). Además, el
adolescente no se permite en esta caso ni las satisfacciones substitutivas
halladas en la neurosis, ni los compromisos que constituyen los síntomas. Así
puede suceder que el ascetismo, por una mudanza sutil, pase a un desbordamiento
pulsional con excesos de carácter incluso asocial. Para el autor, esto, a pesar
de los sinsabores que ocasione a quienes rodean al sujeto, es una curación
espontánea pasajera. Si tales curaciones no se producen, el ascetismo puede
acentuarse hasta realizar un estado catatónico, e incluso alguna «afección
psicótica». La diferencia con el rechazo de las neurosis radicaría en el hecho
de que «el adolescente siente más angustia ante la cantidad de instinto que
ante la cualidad de cada una de las pulsiones». Éste sería un proceso más
primitivo, menos complejo que el rechazo propiamente dicho, caso particular o
fase preliminar de aquél. Anna Freud plantea incluso la hipótesis de una
acentuación, bajo la influencia cuantitativa del impulso del instinto, de la
hostilidad primaria del yo, especie de hostilidad «innata, indiferenciada,
primaria y primitiva entre el yo y los instintos».
La otra
modificación del yo, que es característica del adolescente, es la
intelecínalización. Contrariamente a la relación inversamente proporcional en
la que se encuentran, en general, los arrebatos de instintos y de sentimientos
con la actividad intelectual, en ciertos adolescentes se observa un
recrudecimiento de actividad intelectual. El gusto por lo concreto de la fase
de latencia está substituido por un interés acentuado
Página 48
por la abstracción
y por cuestiones de alcance universal. Sorprende su extensión, la independencia
de espíritu, su simpatía humana, su comprensión, su sabiduría… Pero estas
actitudes intelectuales no coinciden con su comportamiento: su grosería con
respecto a la gente que los rodean contrasta con la ostentación de su vasta
comprensión simpática por el prójimo, la infidelidad y la dureza en sus amoríos
con la concepción elevada y desinteresada del amor que profesan, etc. Hay en
estas actividades intelectuales una especie de fantasmas ambiciosos que no
están destinados a ser trasladados a la realidad. En efecto, esta
intelectualización es otra forma, parecida al ascetismo, para defenderse contra
las pulsiones. En lugar de soslayarlas, el adolescente las afronta, pero de
manera abstracta e intelectual. La percepción de las nuevas exigencias de su
ello puede aparecer en una concepción del mundo que trastorna al mundo
exterior. Los ideales de amistad y de fidelidad eterna reflejan las inquietudes
del yo, cuyas relaciones de objeto son efímeras. Al colocar sus pulsiones sobre
el plano intelectual («traducción, en lenguaje intelectual, de los procesos
pulsionales», para Anna Freud), el adolescente intenta señorearlos y «llevarlos
a un nivel diferente». De esto se desprenden ideas con las cuales se puede
trabajar conscientemente. «La intelectualización constituye uno de los poderes
adquiridos más generales, más antiguos y necesarios del yo humano. No la
consideramos como una actividad del yo, sino más bien como uno de sus más
indispensables elementos.» Por lo tanto, no sería más que la exageración, por
la continuidad de la impulsividad de la libido, de la actitud general del yo.
La oposición a los procesos pulsionales de los procesos intelectuales no sería
más que una forma de vigilancia frente a una realidad amenazadora, que estimula
a la inteligencia como no es raro que lo haga un peligro exterior.
2) Evolución del
super yo. —En la clasificación de los fenómenos observados en la adolescencia
por Bernfeld[71], este autor subraya el carácter cambiante de las relaciones
del yo y del super yo. Distínguense diferentes grupos según la actitud de los
adolescentes hacia la sexualidad. Esta actitud varía desde la sumisión a las
exigencias del medio interiorizado (super yo) a una rebeldía contra él. No
siendo la adolescencia un estado sino un proceso, el adolescente puede pasar de
una variedad a otra. Spiegel, que resume este trabajo, plantea esta
complacencia y esta rebeldía como criterios exhaustivos valederos para la
descripción de la evolución que se opera en las relaciones entre el yo y el
super yo.
Página 49
Hartmann, Kris y
Loewenstein[72], en su artículo sobre la formación de la estructura psíquica,
consagran un capítulo a la formación del super yo. Aunque esté constituido ya,
el desarrollo de la personalidad no está terminado, según estos autores.
Comprueban que las posibilidades de transformación durante el período de
latencia y de la adolescencia, han sido descuidadas durante algún tiempo en la
literatura psicoanalítica. El crecimiento y el desarrollo continúan, pero las
modificaciones que aportan afectan una estructura ya constituida. Ante los
nuevos conflictos, el super yo se hace más rígido y se afirma en un
«absolutismo moral». Frecuentemente se observan síntomas obsesivos en Ja fase
de latencia. Durante el período de latencia, el super yo se adapta progresivamente,
en parte porque afronta menos peligros. Pero en la pubertad aparecen otros
nuevos, que «reactivan las situaciones que han conducido a la formación del
super yo». El adolescente tiende a elegir nuevos ideales que constituyen una
parte del equipo moral (Yo ideal). Los modelos de identificación del periodo de
latencia convenían en ese momento a la cultura del niño, pero durante la
adolescencia las identificaciones buscan nuevos modelos al mismo tiempo que se
hacen más imperiosas. Tienen una mayor necesidad de soporte exterior. Si nuevos
valores sociales no substituyen plenamente a los viejos y si nuevos ideales de
conducta no se agregan a la antigua estructura del super yo, el comportamiento
del adulto estará sometido «a lo que haga el prójimo».
Anna Freud
demuestra que en la pubertad, al estar el super yo bloqueado por una libido de
la que emanan relaciones con los padres, tiende a ser considerado, por este
hecho, como objeto incestuoso, y el yo pretende desprenderse de él. De ello
resulta la angustia frente a las pulsiones y la tendencia del sujeto a
convertirse en asocial.
Veremos un poco más
adelante que ciertos autores han destacado las «lagunas del super yo» en los
comportamientos asociales (A. Johnson y S. A. Szurek).
3) Relaciones de objeto. —Bajo el efecto de un
desencadenamiento súbito de la libido se produce una regresión del yo. En
efecto, la fuerza de las pulsiones hace volver al sujeto al primitivo estado de
la angustia. En estas relaciones de objeto, el conflicto entre las tendencias
antagónicas se hace más manifiesto en el adolescente. Si se intensifica el
rechazamiento de las pulsiones, como ya hemos visto, se dirige sobre todo a los
fantasmas incestuosos del período de la pubertad, lo que impulsa al sujeto a aislarse
y
Página 50
a apartarse de las
relaciones tiernas de su infancia y a vivir en su familia como entre extraños.
Hemos visto que el yo tiende a desprenderse, a costa de peligros que lo
precipitan en el estadio de la primitiva primacía del instinto, de un super yo
cargado de incestuosidad hacia los padres, sin la ayuda que le presta el super
yo en su lucha contra las pulsiones. Esta ruptura de las antiguas relaciones de
objeto y el ascetismo tienden a apartar a la líbido del mundo exterior. Una
regresión libidinal del amor de objeto al narcisismo amenaza entonces al
adolescente. En esta situación realiza desesperados esfuerzos para aferrarse a
los objetos exteriores. ¿Qué medios emplea para ello?
a) Por la repetición casi compulsiva de sus
esfuerzos bajo la forma de vinculaciones intensas, aunque pasajeras. Tienen
efecto nuevas vinculaciones bajo la forma de amistades apasionadas o de gran
amor por las personas de la misma edad o de mayor edad (en este último caso
claramente substitutos de objetos parentales). Estos sentimientos son
exclusivos, pero de corta duración y se repiten. Anna Freud, en su obra ya
citada, dice que «la forma de las relaciones amorosas pasadas… se reproduce en
general en las relaciones nuevas con una fidelidad rigurosa, y, por así
decirlo, compulsiva».
b) Estas relaciones son más de identificación
que posesivas. Cada vez hay adopción de ideas, del género de vida e incluso de
pormenores del vestido con respecto al objeto amado. La exageración patológica
de este comportamiento ha sido descrita por Hélène Deutsch bajo el nombre de
«Als Ob Typus[73]». El sujeto, en cada nueva relación de objeto, actúa «como
si» en su imitación viviese su propia vida. Hay que señalar que estas
relaciones no son en modo alguno relaciones objetales de adultos, sino
identificaciones del tipo más primitivo, como en la primera fase del desarrollo
de un niño. Por medio de esta serie de identificaciones el sujeto intenta
aferrarse a objetos exteriores, incluso cuando no puede llegar a ellos por otro
camino que el del narcisismo, como lo demuestra la poca vinculación real que
resulta de estos lazos pasajeros, seguidos frecuentemente de aversión
(identificación a los celos presuntos del nuevo objeto con respecto a los
antiguos objetos amados).
Para Anna Freud son
tentativas de curación que recuerdan los estadios iniciales de los impulsos
psicóticos.
4) Actividad sexual
en la adolescencia. —La subordinación de todas las excitaciones a la primacía
genital, la posibilidad de elección de objeto
Página 51
no incestuoso, si
la evolución infantil ha sido favorable, encuentran en la pubertad, con la
madurez de los órganos genitales, las condiciones en cierto modo intrínsecas
necesarias para la realización de una vida sexual adulta. Pero ésta se halla
todavía sujeta a prohibiciones familiares y sociales, por lo menos en la
mayoría de las civilizaciones. Insistiremos más adelante sobre el papel de
estos factores e «impedimentos sociales». Como sea que la vida sexual de los
adolescentes no está reglamentada de manera rigurosa según reglas dictadas por
el grupo social entero y se halla sometida en cambio a las variaciones que
existen de una familia a otra, existe la posibilidad de que los factores de
ambiente que intervienen no sean esencialmente diferentes de los que estuvieron
en juego en la infancia. Si son particularmente prohibitorios para la pubertad
(sobre todo los que actúan inconscientemente), los móviles afectivos que
intervienen están en relación con los conflictos inconscientes de los padres,
que habían ya desempeñado el mismo papel en los anteriores estadios de
evolución de sus hijos.
La prolongación de
la no madurez sexual es variable también según las clases sociales y el grado
de cultura, como lo demuestran los diversos trabajos, según el informe Kinsey.
La adaptación a un trabajo profesional precoz se da la mano generalmente con una
madurez sexual igualmente más precoz y más completa, sin que esto sea, no
obstante, una regla absoluta.
Pero cualesquiera
que sean la precocidad o el retraso de las primeras relaciones sexuales de
objeto, la pubertad está señalada generalmente por una aparición o un
recrudecimiento de la masturbación. Este hecho se produce menos regularmente en
la niña que en el niño (Lampl-de-Groot; Hélène Deutsch).
El prejuicio según
el cual la masturbación sería o no nociva, parece haberse disipado actualmente.
Los propios neuróticos son los que acusan a la masturbación de ser el origen de
sus males. Freud señala que en cierto sentido tienen razón: existe una relación
entre sus males y la masturbación, pero ésta es patógena por lo que se refiere
a los conflictos vinculados a ella, mientras que resulta inofensiva para los
sujetos cuya evolución se desarrolla sin neurosis.
Los puntos sobre
los cuales estuvieron de acuerdo los psicoanalistas después de la discusión que
en 1912 se produjo a este respecto, son los siguientes:
Página 52
A. La importancia y
la significación de los fantasmas que acompañan o substituyen la masturbación.
B. La importancia
de los sentimientos de culpabilidad en relación con el onanismo.
La experiencia
psicoanalítica y la observación directa permiten considerar que casi todos los
niños se masturban durante los primeros años de su vida, que la mayor parte de
ellos se masturban durante la pubertad y que la masturbación aparece también
algunas veces durante el período de latencia (más a menudo en el muchacho que
en la muchacha). Por lo tanto, los fantasmas de que se acompaña en la pubertad
son imágenes sexuales reales que implican una pareja y se prolongan en ensueños
en estado de vigilia parecidos a cuentos o novelas (Lampl-de-Groot)[74].
Su función de
descarga de la tensión del instinto, que existe en la infancia, interviene
igualmente a título vicariante en los adolescentes y adultos cuando no son
posibles por razones exteriores las relaciones con una pareja sexual. Su
persistencia, cuando las relaciones adultas son posibles, indica que existe
siempre un obstáculo al desarrollo y que la sexualidad ha quedado más o menos
lijada en un estadio infantil. Balint[75] ha descrito un tipo de carácter
masturbador.
Ferenczi insiste
especialmente en que la masturbación se caracteriza sobre todo por la ausencia,
contrariamente al coito, de placer preliminar y por la considerable importancia
del fantasma.
La incriminación de
nocividad que se hace a la masturbación se halla ligada en realidad a los
fantasmas y a la represión que, teniendo aparentemente en cuenta el propio acto
de la masturbación, se dirige sobre todo a aquéllos. La prepubertad está
caracterizada por una curiosidad sexual y fantasmas edipianos. Cuando reaparece
o se intensifica en la pubertad la actividad masturbatoria, aparece la
angustia. Está ligada a los fantasmas edipianos, lo que explica que sea tan
fuerte la lucha contra la masturbación. El resultado de esta lucha es variable.
En ciertos casos hay una disociación entre la actividad masturbatoria y los
fantasmas, solución neurótica que prepondera en las formas obsesivas. Los
fantasmas pueden ser reprimidos fuertemente y continuar la actividad
masturbatoria o, a la inversa, el renunciamiento a la actividad masturbatoria
coincide con la aparición de los fantasmas. Esta disociación suele precederse
de una fase
Página 53
en la cual los
fantasmas masturbatorios conciernen a objetos vagos o anónimos.
Frecuentemente los
fantasmas son completamente reprimidos, pero se manifiestan en síntomas de
conversión histérica, sobre todo en las mujeres.
Lampl-de-Groot, de
quien hemos tomado gran parte de la substancia de este capítulo, muestra varias
eventualidades patológicas, en cuya sintomatología interviene la represión del
onanismo.
a) En ciertos casos la masturbación continúa
hasta la edad adulta, pero los fantasmas tienen un carácter preedipiano. La
represión de la masturbación en el muchacho está relacionada con la angustia de
castración más que con las prohibiciones de quienes le rodean. Si esta angustia
es muy pronunciada, el niño, que en la fase de latencia ha renunciado
completamente a la masturbación, pasa a depender de los adultos. Esta
dependencia se acentúa cada vez que se manifiesta el deseo de masturbación.
Este proceso se repite en la adolescencia.
b) La supresión completa debida a prohibiciones
exteriores desarrolla la oposición contra todos los adultos.
c) El éxito de la lucha personal contra la
masturbación fortalece la estimación propia, pero puede conducir a ideas de
grandeza.
d) En caso de fracaso, los sentimientos de
inferioridad obstaculizan el desarrollo de las demás posibilidades y dotes del
sujeto, y la masturbación compulsiva paraliza sus otras actividades.
e) Con frecuencia se triunfa parcialmente con
manifestaciones periódicas de masturbación. El sujeto vacila entre la
megalomanía y la inferioridad.
Las formas en que
todos estos tipos están más o menos mezclados, son las más frecuentes. Si las
tendencias inhibidoras están muy marcadas, a las neurosis se suman las
deformaciones del yo. En algunos casos, la irrupción de impulsos instintivos
(sobre todo agresivos) conducen a los «acting out», que pueden ser delictivos.
La muchacha cuya
constitución es normalmente femenina soporta sin demasiada dificultad, durante
el período de latencia y la pubertad, una evolución hacia la pasividad y la
aceptación de la ausencia de pene. Las tendencias activas pueden entonces
sublimarse y orientarse hacia las conquistas intelectuales. En las muchachas
pueden observarse tendencias a la masturbación, con fantasmas (naturalmente
deformados) relativos a la
Página 54
vida sexual de los
padres y en los cuales ella representa simultáneamente los dos papeles: activo
y pasivo. Por último, en la masturbación clitoriana o en la de la entrada de la
vagina puede observarse la substitución de otras partes del cuerpo: nariz, boca,
cabellos, etc. Los fantasmas de las muchachas de tendencias activas son de
carácter sadomasoquista (Freud: Se pega a un niño).
Hélène Deutsch ha
valorado las relaciones de la masturbación y de la aparición de las primeras
reglas (pág. 145). Las reacciones serán diferentes según la muchacha se
masturbe en la época en que comienza su menstruación o haya abandonado la
masturbación bajo la presión de la culpabilidad o se halle en plena lucha por
liberarse de ella. La menstruación puede obligar a la muchacha a abandonar la
masturbación o, por el contrario, incitarla a practicarla. En este último caso,
la angustia y los sentimientos de culpabilidad asocian las reglas a las ideas
de crueldad, de sufrimiento y castigo, y desencadenan las antiguas reacciones
infantiles referentes al problema sexual y las diferencias anatómicas. Los
comportamientos de este género pueden persistir durante años, incluso cuando la
vida sexual es satisfactoria: las masturbaciones se suspenden en el momento de
las reglas o poco antes, o, al contrario, se practican solamente durante las
reglas.
IV. El adolescente
y la sociedad
Integración social
del adolescente
En su reciente
libro El adolescente y su mundo, que ya hemos citado, Irene Josselyn demuestra
que, a pesar de sus tremendas exigencias con respecto al adolescente, la
sociedad apenas le proporciona en nuestras civilizaciones un modelo
preconcebido y claramente definido para ayudarle a afrontarlas. Subraya el
contraste entre este hecho y las costumbres en uso en las culturas primitivas,
que establecen una clara línea de demarcación entre la infancia y la edad
adulta. El tránsito de una a otra está sancionado por los ritos. Los tabús y
hábitos de la sociedad proporcionan al individuo un cuadro en el cual se
desarrolla su personalidad. No son objeto de controversia. El joven adulto no
está integrado en ella más que a condición de su sometimiento. De ello resulta
para él una seguridad concerniente no sólo a sus relaciones con el mundo
social, sus iguales y sus inferiores, sino también con su convicción de ser
Página 55
un adulto. Su
integración lo doblega a las exigencias de este estado y al mismo tiempo le
asegura sus privilegios.
«En nuestra cultura
—escribe Irene Josselyn— el medio en que se encuentra un adolescente es
completamente diferente, sobre todo en un país que valora la democracia y los
derechos del hombre. Democráticamente se piensa, al menos en teoría, que cada
uno tiene el derecho inalienable de desarrollarse como individuo mientras no
constituya un peligro para el prójimo. Tal concepción de un desarrollo
individual es incompatible con una conformidad a un modelo (pattern). Además,
se cree que el individuo, al evolucionar hacia la edad adulta, enriquece al
mismo tiempo la edad adulta y la cultura más que si hubiese sido modelado por
el mundo de los adultos. La falta de un equivalente a las ceremonias de
iniciación acrecienta la confusión y la ansiedad en el adolescente. No puede
predecirse un comportamiento cuyas determinaciones aparezcan en él
confusamente. No está sometido por una sumisión rigurosa a ritos y leyes bien
establecidos. Se le impulsa a crecer para alcanzar un estado mal delimitado.
Pero no se le dice cómo debe crecer[76]».
A continuación
subraya la autora que si bien, en principio, se valora el derecho del individuo
a elegir su propia línea de desarrollo, prácticamente se castiga a los que no
reconocen la diferencia que existe entre la licencia y la libertad. El concepto
de «comportamiento aceptable» le parece demasiado confuso. El adolescente que
no está seguro de sus propias finalidades, siente vivamente el contacto con la
sociedad lleno de confusión. Busca para propia confusión una respuesta que
proceda del exterior y sufre a causa de que ningún grupo le da reglas de vida
que no impliquen contradicción.
Harold Jones[77]
señala que las condiciones de la vida civilizada alargan la adolescencia por
sus dos extremos. Al mejorar, por una parte, las condiciones del desarrollo
orgánico, apresuran la aparición de la pubertad, mientras que, por otra parte,
alargan la adolescencia social retardando la época del matrimonio y prolongando
el período de los aplazamientos y las esperanzas sexuales. La adolescencia
social es actualmente dos o tres veces más larga que la de los americanos de
algunas generaciones atrás. De ahí que los problemas de higiene mental hayan
alcanzado una importancia mucho mayor.
Página 56
Margaret Mead[78],
después de estudiar las poblaciones de las regiones de los Mares del Sur,
concluye así: «Las sociedades primitivas demuestran que la manera con que cada
cultura asume los grados de frustración o de satisfacción contenidos en las
formas culturales, es más importante para la felicidad humana que lo que elige
para desarrollar como tendencias biológicas y lo que suprime entre ellas o deja
sin desarrollo». Y como ejemplo nos da la actitud de la mujer victoriana que,
no esperando obtener placer de la experiencia sexual, no obtenía, en efecto,
ninguno, pero resultaba menos frustrado que el de sus descendientes, a quienes
se ha enseñado que obtendrán placer y no encuentran satisfacción en la vida
sexual. «En las cinco alturas (exploradas) hemos visto sociedades homogéneas
que realzan una serie de valores humanos en detrimento de los demás. Las
sociedades homogéneas no conocen los conflictos y las confusiones de una
sociedad heterogénea».
V. El adolescente y
la familia
eviviscencia de los
conflictos infantiles parentales al llegar a la
pubertad
Numerosos escritos
señalan los cambios de actitudes que se producen en los adolescentes con
respecto a su familia, pero son generalmente simples descripciones. Más
raramente se intenta aprehender de más cerca lo que se produce. Los estudios
psicoanalíticos han insistido sobre todo en los modos de defensa del yo
característicos de esta época de la vida, y sobre el papel del impulso
libidinal que aparece en este momento, pero han dado poca transcendencia al
papel del medio, pues estiman en cierto modo que «el juego ya está hecho» y que
el adolescente vive como se lo permite su grado de desarrollo interior. Su
evolución hacia el estado genital se completa durante este período, pero sólo a
condición de que la superación de los estadios anteriores le haya llevado,
antes de la fase de latencia, a esta posibilidad. Sabemos que esta evolución se
produce en función de los padres. Podemos suponer que ello favorecerá u
obstaculizará, en el momento de la adolescencia, el acceso a la edad adulta en
la medida misma en que lo haya hecho —y por los mismos motivos— en el momento
del acceso a los estadios precedentes, y verosímilmente con una intensidad
variable según los estadios que hubiesen sido objeto de dificultades,
particulares o no, en los mismos padres. En efecto, a pesar del
Página 57
conocimiento que
los padres tienen de las transformaciones que se producen e incluso de una
buena voluntad consciente por su parte, pueden existir en ellos determinados
obstáculos que se opongan a una evolución favorable de los hijos. El sentido
común se inclina a relacionar con la herencia o con una «mala naturaleza», o a
una actitud defectuosa de los padres —lo que subrayaría, por ejemplo, una
encuesta social— los trastornos observados en el curso de la adolescencia. Se
insiste entonces tanto sobre la severidad excesiva como sobre la falta de
autoridad, sobre el ejemplo de una moralidad como sobre una moralidad poco
comprensible con respecto a las necesidades de la juventud. La psiquiatría de
los niños y adolescentes se esfuerza por comprender la situación familiar. De
este modo se orienta a conocer más a los padres, y muchas curas se consiguen,
como se sabe, tratando al mismo tiempo a padres y a hijos, y a veces a los
padres solamente. Los psicoanalistas que han tratado de la neurosis familiar
han demostrado, sobre todo, que la de los niños estaba, en la mayoría de los
casos, determinada por la de los padres[79].
Si la neurosis de
los padres está en la base de algunos casos particulares, la cuestión que se
plantea es buscar la incidencia más general de la pubertad sobre la relación
padres-hijos y, en consecuencia, sobre la neurosis eventual de los padres que
condiciona el género de su respuesta a este acontecimiento. En efecto, les
perturba tanto más cuanto que ellos mismos presentan rasgos neuróticos.
Irene Josselyn[80]
subraya la frecuencia de las actitudes contradictorias de los padres con
respecto a los adolescentes. Así ocurre con la actitud que adoptan, por
ejemplo, si su hijo parece evitar la frecuentación de mujeres o muchachas, y la
preocupación que manifiestan, en cambio, si consideran sus salidas demasiado
frecuentes. Censuran a un muchacho que carezca de responsabilidades, pero
obstaculizan toda empresa que pretenda realizar, amparándose en su juventud. En
realidad, no desean que adopte ninguna responsabilidad más que en límites bien
determinados, prefiriéndole obediente. «Esperan de él que se desarrolle y
adquiera todas las virtudes a las cuales dan valor y que no tenga ninguno de
los defectos que. sin embargo, ellos se toleran. Pocos padres están
suficientemente en paz consigo mismos para aprobar, entre las actividades del
adolescente, aquéllas que ellos mismos le piden que realice». El autor subraya
el hecho de que la madurez del niño provoca temor, al menos en ciertos padres.
Asustados a veces por la confusión con que se efectúa el desarrollo del
Página 58
adolescente, temen
no ver realizarse para él una vida más feliz que la suya, cosa que les hace
anhelar la impresión de prolongación de sí mismos que les da el niño. Incluso
reviven en él su propia adolescencia, y esta reviviscencia de un peligro grave
al que han escapado como por milagro, les hace temer que su hijo no tenga la
misma suerte. Su propio papel los aplasta. Ocurre que, a pesar del deseo
consciente de ver crecer a su hijo, los padres se oponen a su madurez,
revelando un contraste muy frecuente entre las motivaciones inconscientes de su
comportamiento y su actitud consciente.
Viola Bernard[81]
demuestra que ciertos padres no comprenden que la necesidad de denigrar o de
desafiar corresponde, en el adolescente, a un conflicto que señala el curso de
su desarrollo. Experimentan esta necesidad como un desasimiento que les es
hostil, lo que provoca por su parte reacciones afectivas de represalia. El
autor insiste sobre la vulnerabilidad de los padres en esta época de la vida de
sus hijos. «Los padres de hoy son los adolescentes de ayer», señala. La forma
en que han vivido su adolescencia afecta a aquélla en la que efectúan una
inversión de papeles. La perturbación que sufren se debe a que tienen que vivir
como padres un período en el cual experimentaron con respecto a sus propios
padres sentimientos de culpabilidad, envidia y hostilidad y a que en esa época
de su vida vivieron un conflicto particularmente intenso. Según V. Bernard,
nunca se insistirá bastante en que el proceso de la pubertad en un niño puede
ser para sus padres ocasión de reactivar su propia adolescencia. «Una debilidad
latente y de formas neuróticas de adaptación del adulto, puede manifestarse por
el hecho de que el padre reviva una experiencia crucial de su vida pasada en su
doble calidad de padre e hijo». El autor indica qué reacciones del padre o de
la madre dirigidas contra su propio «Edipo» o su propia agresividad se
interponen con el tipo edipiano (oedipal pattern) del joven sujeto, pudiendo
influir de manera desfavorable en su resolución. Encuentra un ejemplo en las
relaciones que existen entre las madres adolescentes y sus familias. En muchos
casos, el embarazo ilegítimo sería una exteriorización simbólica, un «acting
out» inconsciente del conflicto edipiano de la muchacha. El padre de la joven
responde a la madurez de su hija por una represión insuficiente de su
contrarreacción edipiana. La actitud aparente del padre suele caracterizarse
por la exteriorización del lado defensivo de su
Página 59
conflicto, como lo
demuestra su tendencia excesiva y violenta a prohibir las relaciones normales
entre muchachos y muchachas adolescentes.
A veces el joven
proporciona a sus padres la ocasión de una «reviviscencia vicarizante» de su
propia juventud, lo que facilita una actitud inconstante y vacilante, muy
nefasta para el desarrollo del adolescente. Así, una madre puede vacilar entre
impulsar a su hija a satisfacer necesidades que a ella le estuvieron prohibidas
en su misma edad e imponerle una disciplina exageradamente severa. Reactiva así
sus propios conflictos a costa de su hija. Ésta, a su vez, ve aumentar su
hostilidad hacia su madre y afirmarse la noción que ya se había formado en su
infancia de la ineptitud de su madre para llenar sus funciones. Impulsando a su
hija a comprar vestidos extravagantes hasta el punto de que el padre la censure
o la castigue por sus gastos excesivos y su falta de sentido de la realidad en
lo que concierne al dinero, tal madre se identifica con su hija en la
satisfacción de deseos reprimidos en su propia adolescencia, mientras que, por
celos hacia esta misma hija, la impulsa a que se desacredite a los ojos del padre.
Un padre puede experimentar sentimientos de rivalidad al temer que el éxito de
su hijo subraye su propia incapacidad. En otros casos, una fuerte fijación
afectiva a su hija hace que se esfuerce en no darla en matrimonio, etc.
La disociación
familiar por separación, al no dejar subsistir más que un único padre, entraña
a menudo una tendencia inconsciente a ver en el adolescente, hijo o hija, un
substituto de la pareja conyugal ausente. Semejante actitud, al reforzar las
defensas del adolescente contra las tentaciones intensas que provoca,
obstaculiza peligrosamente su desarrollo.
Por último, los
padres pueden reprimir excesivamente las manifestaciones de hostilidad del
niño, que interpretan en función de la agresividad que ellos mismos
experimentaron contra sus propios padres, en su propia adolescencia. «Así,
cuando un muchacho manifiesta una necesidad normal de independencia, puede
despertar en su padre el odio que éste había experimentado contra su propio
padre y hacerlo recaer sobre el muchacho en forma de una tendencia irracional
de atacarle y aterrorizarle». (Viola Bernard, obra citada).
Alexander y
Healy[82] y Aichorn[83] han insistido sobre la alternancia de frustraciones y
satisfacciones de las pulsiones precoces. Kate Friedlander[84], en el capítulo
dedicado al «análisis de los factores del
Página 60
medio», cita los
trabajos de Burt[85], insistiendo sobre los factores de superpoblación,
promiscuidad y sobre todo «mala disciplina». Esta última consiste sobre todo en
«una mezcla de debilidad y severidad en el seno del mismo hogar, a veces en la
persona del mismo padre antojadizo». Kate Friedlander considera que «el factor
responsable de la elaboración de un carácter inadaptado en lugar de una
neurosis», es la inestabilidad del trato que reciben los primitivos impulsos
instintivos de los niños.
La patogenia de
ciertos comportamientos antisociales (antisocial «acting out») en función de la
familia, ha sido estudiada recientemente desde el punto de vista psicoanalítico
por dos autores americanos: Adelaida Johnson y S. A. Szurek[86]. Estos autores
consideran que esos comportamientos no se deben a una debilidad general del
super yo, sino más que nada a un defecto del super yo en las zonas
circunscritas del comportamiento, a lo que llaman «lagunas del super yo». Esta
concepción patogénica no se aplica a la delincuencia determinada
sociológicamente por el medio en el cual se desarrolla el individuo. Concierne
a los sujetos en quienes el comportamiento contrasta con el medio. Los autores
pasan revista a las diferentes teorías de la delincuencia. Reich ha forjado la
expresión «carácter impulsivo». Por lo que respecta a la teoría de Alexander,
que explica el «acting out» de este género por una autopunición destinada a
aliviar la culpabilidad, Johnson y Szurek dudan de que el «acting out» sea una
solución específicamente aportada a la culpabilidad. Para otros autores este
paso a la acción deberíase a una menor capacidad constitucional para soportar
las frustraciones (Schmideberg). P. Greenacre ha subrayado, en el caso de
personalidades psicopáticas, los rasgos de carácter existentes en ciertos
padres, si bien se interesa más por la falta de desarrollo del super yo del
niño que por la del super yo de los padres, por no haber profundizado
suficientemente en su estudio directo. Aichorn, Healy y Broumer insisten en ver
en ciertos niños antisociales groseras deformaciones éticas de sus padres. La
mayor parte de estos autores atribuyen los fallos del super yo a la falta de
amor y de calor por parte de los padres. Reconocen, sin embargo, que la
frialdad de los padres puede también favorecer el desarrollo de un super yo muy
punitivo.
El estudio de
Johnson y Szurek, realizado en el «Instituto de Investigaciones juveniles» de
la Universidad de Illinois, ha permitido comprobar que la delincuencia tiene
sus raíces en la neurosis de los
Página 61
padres. Estos
autores consideran que los padres encuentran una satisfacción vicariante de sus
pulsiones prohibidas y mal integradas en el «acting out» de sus hijos. El medio
de satisfacerlas es la tolerancia o la falta de firmeza con respecto al niño en
ciertas esferas del comportamiento. Las lagunas del super yo del niño
corresponden a defectos similares del super yo de los padres. Szurek ha
comprobado que el padre que desempeña el papel más importante (la madre en
general, aunque el padre esté siempre más o menos implicado), anima
inconscientemente el comportamiento amoral o antisocial del niño. Las
necesidades neuróticas del padre, que éste es incapaz de satisfacer en su vida
adulta, o que le han sido vedadas en su infancia y no integradas, son inconscientes
e inaceptables para este mismo padre. Pero, sin saberlo, utiliza al niño para
actuar (acting out) en su lugar, lo que hace de éste una «especie de chivo
emisario». En efecto, realizándose el «acting out» paternal a través de él, una
racionalización de la delincuencia permite su fácil atribución a la herencia.
La tolerancia inconsciente de los padres con respecto al comportamiento del
hijo respondería a una doble finalidad:
a) la satisfacción vicariante de las tendencias
reprimidas;
b) la expresión de tendencias hostiles con
respecto al niño que aparecen en los castigos que se le infligen. Estas
tendencias hostiles estarían dirigidas no solamente contra el niño, sino
también contra el yo de los padres (sufrimiento resultante del «acting out» del
niño). El «acting out» sería una especie de caricatura de las tendencias
inconscientes de los padres. Con ejemplos de vagabundeo y robo, los autores
muestran que las reflexiones que se les hacen a propósito de un acto cometido
por el niño, admitido con cierta tolerancia, despiertan en ellos súbitos
sentimientos de culpabilidad, que para el niño constituyen una verdadera
traición. En algunos casos, el análisis de los padres ha demostrado que existía
una tolerancia particular con respecto a ciertos delitos, incluso en su
ejecución discreta.
Recientemente, en
una comunicación no publicada todavía, la doctora F. Dolto-Marette insistió, en
la Sociedad de Psicoanálisis, sobre el papel de la no liquidación del complejo
de Edipo de los padres en la génesis de las neurosis y trastornos psíquicos de
los niños.
CONCLUSIONES
GENERALES
Página 62
Una ojeada de
conjunto sobre la adolescencia, ya se trate de describirla como una «edad de la
vida» particularmente inestable y crítica, o de estudiar su psicopatología, nos
ofrece un aspecto impreciso y difícil de abarcar en límites que no se pierdan
en confines demasiado vagos. En efecto, en muchos aspectos la adolescencia toca
todavía la infancia, a la cual la vinculan profundas raíces, mientras que por
otros ya se ha realizado el estado adulto. La crisis está señalada por las
oscilaciones de una personalidad en formación y búsqueda del personaje que no
quiere ser en tanto que forma definitiva, fija, rígida y por ello apartada de
una multitud de virtualidades y que, sin embargo, quiere ser o prever, para dar
a su vida una dirección, un lugar reconocido y una función entre las otras y
afirmarse de este modo. Esquemáticamente, pueden preverse varias salidas a su
evolución. Una, rápida, hacia la madurez y la integración social con un mínimo
de dificultades, representa perfectamente un estado normal medio. Otra es el
fracaso de esta madurez que hace retroceder al sujeto hacia una forma de ser
muy primitiva, con el peligro de la esquizofrenia. Entre ambas existe una
dilatada ambigüedad. Puede resolverse de dos maneras: una larga, difícil y
laboriosa adolescencia habrá enriquecido al sujeto con sus propias búsquedas,
cuyos frutos podrá utilizar en una originalidad que lo afirmará e integrará
como personalidad destacada, no sin ciertos sufrimientos a veces o algunas
reliquias neuróticas o del carácter; o bien la solución de los conflictos se
hará de manera imperfecta, neurótica o caracterial, pero compatible con una
inserción suficiente en la vida social, siendo el sufrimiento especialmente
subjetivo, o las dificultades más exteriores y difíciles de soportar para los
demás, según la solución neurótica o caracterial que se dé a los conflictos no
resueltos por completo.
Hemos visto que en
las sociedades extremadamente rígidas y homogéneas, la integración del
adolescente se hace según un «todo o nada» cuyos ritos de iniciación garantizan
su rigor. En las sociedades más liberales se exige más al individuo en cuanto a
«hacerse» a un medio de modelos de identificación variados, tanto más
polimorfos cuanto el nivel de cultura y el género de vida multiplican los
contactos y confieren a estos modelos un valor relativo, en el bien entendido
de que las vicisitudes del desarrollo personal en el medio familiar desempeñan
un papel decisivo en la forma de abordar y resolver sus problemas de
identificación.
Página 63
La adolescencia se
presenta como una fase de «deber ser», de necesidad y deseo de entrar en un
nuevo modo de existencia coincidente con una dificultad particular de
realizarlo. Las circunstancias exteriores proporcionan al adolescente múltiples
virtualidades como futuros modos de existencia. Si el hecho de no encontrarse
todavía en uno de éstos lo tiene en un estado de indeterminación, la razón de
ello se encuentra en la personalidad misma del sujeto, en las defensas
infantiles contra los instintos que se refuerzan y obstaculizan su evolución,
condicionando su elección. Su orientación profesional y sexual tiene el peligro
de determinarse por sus formaciones complexuales; puede ser más adulta y más
libremente elegida según el grado de su evolución afectiva. Pero la
indeterminación en sus elecciones está en el límite de estas dos eventualidades
entre las cuales oscila, sobre todo si se prolonga. El mismo período de la
adolescencia puede proporcionar circunstancias que faciliten u obstaculicen la
madurez y precipiten al sujeto en un sentido o en otro. Si bien tal fase de
indeterminación y de virtualidad de inclusión en una forma de existencia
caracteriza la adolescencia, se concibe la dificultad en que nos encontramos de
definir en este período ciertas formas de existencia como absolutamente
normales o absolutamente patológicas. Puede creerse incluso que la distinción
entre las dos está desprovista de sentido. En
efecto, la
adolescencia —salvo circunstancias muy raras y particulares— está tan poco
integrada que debe contarse siempre con tal confusión, y tenemos que recurrir a
las posibilidades teóricas para hacer comprensible nuestro punto de vista. Éste
no es otro que el de relacionar a las mismas causas de intederminación la
psicología del adolescente y su psicopatología, lo mismo que la imprecisión de
sus límites, y considerar, en el plano de la psicopatología general, las
entidades clínicas estructuradas y organizadas en la medida en que lo están las
estructuras «normales» opuestas, dependientes de las estructuras sociales de
que forman parte.
Página 64
CAPÍTULO III
Página 65
TERAPÉUTICA
Es difícil
presentar una visión de conjunto de los principios generales relativos a las
terapéuticas que pueden oponerse a los trastornos tan dispares que forman la
psicopatología de la adolescencia. No exponemos un punto de vista pesimista,
sino que comprobamos un hecho que hace referencia a la naturaleza de los
trastornos en cuestión y a la multiplicidad de las incidencias terapéuticas:
médicas, en el sentido estricto, psicológicas, educativas, sociales, etc. Esta
misma multiplicidad resulta de la etiología muy heteróclita y de la patogenia,
por este hecho, muy compleja.
Si existe una
resistencia en nosotros a admitir esta multiplicidad, débese quizá en parle a
la idea que nos hacemos de las «enfermedades». En medicina general se
consideran éstas como resultantes del encuentro de un individuo, y más
raramente de un grupo de individuos, con un agente nocivo procedente del
exterior, perteneciente al mundo de los objetos fisicoquímicos (traumatismos,
intoxicaciones, etc.) o al mundo vegetal o animal (microbios). La salud
consiste en no ser alcanzados por uno de estos agentes. En este sentido, puede
existir un estado de buena salud absoluta, suponiendo que tal circunstancia sea
realizable. Al menos es concebible. Tal concepción no puede aplicarse a la
psicopatología, y la esperanza de hacerlo existió quizá al concebirse las enfermedades
mentales como entidades mórbidas bien determinadas en sus causas, sus
perturbaciones orgánicas y sus síntomas. La psicopatología infantil y juvenil,
más que la del adulto, está contrapuesta a tal punto de vista. Es infinitamente
más difícil hacerse una idea de lo que sería la salud mental ideal que de la
salud corporal. Incluso es difícil concebir una adaptación
Página 66
absoluta. Parecería
un conformismo estrecho y estéril, poco compatible con lo que sabemos de la
evolución de las sociedades.
Por otra parte, la
psicopatología trata desde trastornos provocados por circunstancias materiales
del mismo orden que encuentra la medicina general, hasta los que lo son por
otras absolutamente alejadas, reveladoras de la complejidad de las relaciones
interhumanas. De ello resulta que ciertos comportamientos considerados
patológicos en ciertas sociedades, grupos y momentos, no lo sean en otras
circunstancias.
Se comprenderá sin
esfuerzo que, en el terreno que nos ocupa, la rúbrica «tratamiento» engloba
muchas cosas que no tienen nada que ver con la «toma de un medicamento», ni con
lo que se ha convenido en llamar tratamiento en patología general. Por otra parte,
es imposible distinguir entre tratamiento y reeducación, o asistencia, o
colocación en internado, incluso orientación profesional, etc. Las palabras
compuestas con «terapia» demuestran claramente por su número y las diferentes
especies de actividad que designan, la extensión y la variedad de lo que puede
implicar una acción terapéutica. Esta complejidad de la terapéutica alcanza su
más alto grado en la adolescencia. Es cosa todavía de educación, de padres, y
también cuestión de psicoterapia, de psicoanálisis, pero con reservas por lo
que respecta a los métodos que hay que emplear, la oportunidad de su empleo o
de suspender o modificar la técnica.
Examinaremos
primero las terapéuticas individuales, lo que atañe a la psicoterapia
individual, después las que se emplean en grupo, las combinaciones entre ellas,
lo que constituye una práctica habitual y su combinación con otras
intervenciones (conversaciones con las familias, ensayos de modificación de la
situación exterior, etc.), más o menos frecuentes según las indicaciones
particulares.
I. Psicoterapia
individual
La psicoterapia
individual no podría tenerse en cuenta en nuestros días sin una referencia
constante al psicoanálisis, aun cuando el método empleado sea completamente
diferente, como el de una psicoterapia de apoyo, por ejemplo. En efecto, si han
prescrito los motivos que anteriormente parecieron justificar su empleo, las
razones de recurrir a un método de este género se extraen en nuestros días de
las contraindicaciones o la inoportunidad del análisis y, más rigurosamente,
del hecho de que los
Página 67
conocimientos
aportados por el psicoanálisis permiten comprender en qué consiste determinada
psicoterapia, a qué mecanismos recurre y en qué ámbito y hasta qué punto puede
actuar.
Psicoanálisis
Spiegel, en la
revisión general de la que hemos extraído muchas referencias[87], cita a
Gitelson[88], señalando que los analistas se muestran muy prudentes en lo que
concierne al análisis de los adolescentes porque, para la aplicación de la
técnica clásica, es necesario un Ego al cual se pueda prestar una razonable
confianza. En realidad algunos lo rechazan como poco juicioso, sin considerar
que hay en él una evidencia substancial, como si esc punto de vista fuese
evidente en sí. Supone el autor que sería más fructífero tratar de adaptar el
análisis a la situación particular del adolescente, como para los niños y los
delincuentes, a propósito de los cuales se ha discutido la oportunidad de una
fase preliminar, cosa que no ha sido hecha con respecto a los adolescentes. Se
ha subrayado, sin embargo, una particularidad que entra en juego en la fase
inicial del análisis. Es la necesidad de establecer un contacto rápido con el
adolescente. «La actitud de desafío y de rebeldía que adopta el adolescente
tiene el peligro de conducir a una terminación precoz del análisis, si no se
gana rápidamente acceso a los afectos manifestados en la transferencia.» A este
respecto el autor se refiere a las opiniones de Melanie Klein[89], que obtiene
este rápido acceso interpretando en profundidad el material de transferencia
inconsciente. Tal vez estaría indicado en algunos adolescentes proceder como
Aichorn con los adolescentes antisociales. Un poco más adelante insistiremos
sobre este punto al examinar el caso de los adolescentes antisociales.
Otra dificultad del
análisis de los adolescentes procede de su repugnancia a revelar los fantasmas
en relación con la transferencia y de su tendencia a abandonar prematuramente
al analista. Esta tendencia sería la contrapartida de las relaciones de objeto
en trance de experimentar un desarrollo nuevo. Se ha señalado también que la
misma revelación de los fantasmas que se refieren a los nuevos objetos de amor,
en el curso del análisis, tiende a retardar la separación sana de los objetos
incestuosos, porque la toma de consciencia de carácter incestuoso de las
representaciones concernientes al nuevo objeto, actúa como una «tentación
Página 68
de volver» al
antiguo objeto. Por esto la poderosa ola que impulsa a los adolescentes hacia
nuevos objetos constituiría una dificultad particular en la aplicación del
análisis en este período[90].
Irene Josselyn da
cuenta de dos escollos; en algunos casos hay que tratar con adolescentes que
verbalizan muy fácilmente sus dificultades. El autor ve en ello el peligro de
considerar demasiado el vínculo del sujeto a su madre en razón de las pocas
defensas y de la debilidad del yo. La desaparición de la culpabilidad le haría
evitar las reacciones de defensa sanas y abandonar la lucha por la madurez
sexual. En este caso, el tratamiento solamente conseguiría reforzar el deseo
del sujeto de continuar emocionalmente vinculado a su madre. Pero con
frecuencia el obstáculo es otro: el adolescente es completamente incapaz de
verbalizar sus dificultades.
Por otra parte,
ocurre también que el adolescente no busca la realización de una finalidad
terapéutica. «Desea que le hagan confortable el mundo exterior. Desea que sus
padres, no él, sean diferentes[91]».
Hay que practicar
un tratamiento de técnica modificada tanto con relación a la del adulto como
con respecto a la del niño. En efecto, en las observaciones que el autor
presenta para ilustrar su manera de proceder, destacan las intervenciones
destinadas a «fortalecer la confianza en sí misma» de una joven paciente de
dieciséis años y a ayudarla a dirigir «las corrientes libidinosas de su padre
hacia un grupo de sujetos de su edad». A propósito de otra observación
concerniente a un muchacho, que sufría constantes trastornos intestinales, el
autor califica de pánico el miedo que él tenía a su propia agresividad. Una
interpretación precoz de las actitudes del sujeto permite disolver este pánico
y hacer desaparecer la rigidez de las actitudes. La opinión de Irene Josselyn
se resume en un capítulo titulado: «Los fines del tratamiento» y del cual
reproducimos a continuación un pasaje.
«Los fines del
tratamiento. —Para tratar a los adolescentes es necesario conocer la dinámica
del comportamiento. En opinión del autor, el conocimiento que se adquiere de él
no ha de utilizarse en hacer adquirir consciencia al adolescente de lo que
ocurre en profundidad (deep insight), sino más que nada para comprender cuáles
son las fuerzas a las cuales está expuesto el adolescente y que se han mostrado
demasiado intensas para que su yo pueda adaptarse a ellas. En el tratamiento de
numerosos adolescentes, solamente se tratará de darles el preciso conocimiento
Página 69
consciente para
aliviar la tensión del yo y, en la medida de lo posible, disminuir las
presiones exteriores que intensifican el problema de la adolescencia. Lo que
tendrá en cuenta el tratamiento será, sobre todo, proteger al yo debilitado de
manera que facilite su convalecencia. Cuando el yo está fortalecido, se produce
la estructuración de la personalidad. Idealmente sería de desear que esta
estructuración estuviera indemne de componentes neuróticos: por el momento éste
no suele ser el caso. Una vez aparece la estructuración, el individuo está
dispuesto para una terapéutica psicoanalítica más profunda. La estructuración
de la personalidad aparece como un resultado del crecimiento de la capacidad
del yo en encontrar una solución a los numerosos y apremiantes problemas de la
adolescencia.
»Cuando el yo del
adolescente se ha fortalecido y sus defensas se hallan ya organizadas, aunque
todavía incompletamente establecidas, el sujeto puede beneficiarse de la
terapéutica psicoanalítica. Sin embargo, en semejante tratamiento el terapeuta
debe mostrarse muy sensible al grado de tolerancia del yo con respecto de la
toma de consciencia (insight). Tal terapéutica, a esa edad mucho más que con
adultos, está indicada solamente a condición de que el tratamiento mantenga, en
la estructura de la personalidad, la «capacidad de adaptación del yo», mientras
el sujeto avanza en el conocimiento de sus motivaciones inconscientes. En este
tratamiento así considerado, el terapeuta desempeña un papel tan importante
como persona que como soporte imaginario de la transferencia (tranference
figure).» El psicoanálisis —y aun bajo una forma modificada
— está indicado,
según el autor, solamente al final de la adolescencia. Este período terminal,
como se ha subrayado varias veces, no puede definirse según la edad
cronológica; no puede ser determinado más que por un estudio atento de los
problemas subyacentes y de las defensas que el sujeto utiliza para hacer frente
a sus problemas.
»La elección de un
tratamiento individual para el adolescente está determinado tanto por la
valoración de la fuerza actual del yo como por sus últimas posibilidades. En el
adolescente normal, el período de menor fuerza del yo corresponde al momento en
que el choque psicológico del efecto producido por la secreción de los órganos
reproductores se experimenta por primera vez. El yo está temporalmente
debilitado en razón de las múltiples exigencias de que es objeto. Da
progresivamente señales de curación. La convalecencia es evidente cuando
comienzan a
Página 70
entrar en juego
manifestaciones de defensa eficazmente utilizadas. Hasta que esas defensas no
cristalizan, el tratamiento debe desarrollar las virtualidades del yo y ayudar
al desarrollo de defensas tan sanas como sea posible contra la expresión
primitiva de las pulsiones naturales. Cuando el yo muestra una fuerza
acrecentada, hasta el punto de hacer frente a los problemas exteriores e
interiores, el paciente puede, si lo soporta de manera adecuada en el curso del
tratamiento, hallar recursos en la toma de consciencia. El resultado de este
periodo de consciencia será, y así se desea, el abandono de las defensas
inútiles y la utilización constructiva de las defensas necesarias para la
edificación de la personalidad total».
Psicoanálisis y
delincuencia
Los primeros
ensayos de realización práctica en este ámbito se deben a Aichorn, a quien hay
que rendir homenaje como a un verdadero descubridor. Su experiencia con jóvenes
delincuentes, las condiciones en las cuales tenía que ocuparse de ellos, le
demostraron que no se encontraba con ellos en las circunstancias exigidas por
la cura psicoanalítica, tal como existen en los casos de neurosis. Estructura
neurótica y técnica psicoanalítica freudiana están, en cierto modo, hechas la
una para la otra. La estructura de la personalidad delincuente y la situación
que resulta de ésta —y que nos hace observar al sujeto en un internado o en
cualquier establecimiento en el que no ha ingresado por gusto— nos coloca en la
categoría de las instancias punitivas y hostiles. Somos, como ha descrito
Aichorn, «un enemigo contra quien se debe estar en guardia. y no una fuente de
ayuda[92]». Es una situación muy distinta de la analítica. Aichorn tiene el
mérito de haber querido comprenderla desde un punto de vista psicoanalítico, lo
que le ha llevado a considerarla, como lo indica lo dicho líneas atrás, bajo el
ángulo de la transferencia. Ha insistido sobre la necesidad de hacer entrar al
niño, desde el primer contacto, en una buena relación con su «mentor». Desde un
principio éste debe hacerse cargo de la situación para saber qué actitud
adoptar. Debe haber podido lanzar ya «una ojeada tras la máscara». Aichorn
muestra el riesgo de ser rechazado por el sujeto por demasiado severo o, al
contrario, si se es demasiado cordial, por débil. Por esto es muy difícil
establecer reglas generales. Es sorprendente leer, y más difícil aún resumir,
cómo Aichorn se las ha compuesto, no obstante, para establecer esta
transferencia favorable,
Página 71
llegando incluso
hasta sugerir la posibilidad de una evasión, a cambio (no sin alguna duda y
aprehensión) de que las relaciones entre el sujeto y el terapeuta adquieran un
giro favorable.
Eissler[93], que ha
trabajado junto con Aichorn y emprendido después trabajos personales a este
respecto, ha profundizado, en un estudio reciente, en esos diferentes puntos
precisando algunos de ellos y añadiendo los que su experiencia personal le ha
permitido adquirir sobre el conocimiento de la personalidad juvenil delincuente
y sobre su terapéutica.
Para Eissler, la
técnica freudiana constituye el modelo al que siempre debe referirse, no como
una regla que haya que aplicar, sino como algo que cada uno debe tener siempre
presente (“in the back of one’s mind”), aunque sólo sea para comprender las
razones que obligan a apartarse de ella. Las desviaciones necesarias debidas a
la estructura particular del yo deben reducirse al mínimo. Constituyen lo que
Eissler llama «el parámetro» de la técnica freudiana. En lo que concierne a la
«transferencia», la acepción dada a este término no es aquí exactamente la de
Freud. La definición pragmática comprende todo lo que el sujeto debe adquirir
sobre el plano emocional antes de que tome realmente la parte que le
corresponde en la iniciación del tratamiento analítico. Puede así hablarse de
«creación de una transferencia». La principal diferencia entre el tratamiento
de las neurosis y el de la delincuencia se halla en la fase preparatoria o
inicial que precede a la terapéutica analítica propiamente dicha. Aunque las dos
fases se confunden más o menos, corresponden a dos finalidades terapéuticas
distintas y a dos tipos de relación diferentes entre el analista y el paciente.
Las condiciones previas necesarias para que un analista lleve a cabo el
tratamiento de las neurosis, no bastarían para el tratamiento de los
delincuentes. En efecto, las exigencias requeridas en lo que concierne a la
personalidad del terapeuta están relacionadas ciertamente con los conflictos
más profundos y la estructura de las relaciones entre el yo, el ello y el super
yo que la caracteriza. De acuerdo con Aichorn sobre la importancia de
establecer desde el principio del tratamiento una transferencia con el
analista, Eissler pone de manifiesto las dificultades que el narcisismo de
tales sujetos opone a su aparición espontánea y la necesidad en que se
encuentra de provocar una transferencia positiva por medios activos. A pesar de
la impropiedad del término empleado de esta manera y de las diferencias con
respecto a lo que se entiende por transferencia en el análisis de las neurosis,
desempeña
Página 72
dinámicamente el
mismo papel. Por otra parte, estas diferencias se borran a medida que progresa
el tratamiento. Éste se acerca cada vez más a un verdadero análisis. Pero la
terapéutica no continuará tan satisfactoriamente como al principio. Por lo
tanto, es preferible que la segunda fase la emprenda otro analista.
En el capítulo
primero hemos resumido los caracteres evidenciados por Eissler en la
personalidad de los delincuentes. Cada uno tiene resonancias terapéuticas. A
propósito del sentimiento de omnipotencia, Eissler subraya que «el delincuente
no establece una relación emocional sobre la cual se pueda trabajar hasta que
considera todopoderoso analista. Más tarde se convencerá de que el analista
está decidido a usar de su omnipotencia de una manera beneficiosa para el
paciente y que jamás se sentirá tentado a utilizar sus fuerzas casi
sobrenaturales para disgustar al paciente, a pesar de todas sus provocaciones».
El autor muestra cómo consiguió zafarse de una situación aparentemente
insoluble creada por un paciente a fin de poner a prueba su omnipotencia. Gracias
a su éxito pudo continuarse favorablemente el tratamiento. La necesidad de lo
nuevo, y de hacer de la presencia del analista como una experiencia enteramente
nueva, imprevista y sorprendente, para que el tratamiento adquiera una buena
marcha, puede impulsar al terapeuta a hacer intervenir la sorpresa en la
conducción del tratamiento. Con un ejemplo, Eissler nos muestra el resultado
que obtuvo adoptando la contrapartida de las actitudes de otro terapeuta.
Conocemos también un tercer punto sobre el cual insiste Eissler: la incapacidad
de los delincuentes para considerar valedera otra cosa distinta a lo que hay de
más concreto en la realidad exterior, Jo que se traduce, en los sujetos
masculinos, en una tendencia a no tomar por sinceros más que los sentimientos
manifestados a través del hecho de darles dinero y, en los femeninos, por el
hecho de desearlos sexualmente. Las consecuencias terapéuticas son las
siguientes: se puede dar dinero a ciertos muchachos, evitando, sin embargo, que
esto se convierta en una costumbre y esforzándose en combinar este don con un
efecto de sorpresa. Naturalmente, conviene ser el dueño de la situación. En las
muchachas, el hecho de acceder a sus deseos de seducción es incompatible con el
tratamiento, pero conviene, sin destruir en la paciente la idea de que el
terapeuta pueda desearla, mostrarle el resultado de sus experiencias anteriores
e interpretar el carácter de repetición y transferencia de su deseo. La
oportunidad de proceder de modo distinto con el muchacho, al
Página 73
que se concede
eventualmente lo que pide, mientras no se hace, en cambio, con respecto a las
muchachas, se debe a que el muchacho generalmente no había experimentado más
que negativas en sus demandas, mientras que los intentos de seducción de la
muchacha le habrán permitido demasiados éxitos. La situación analítica debe
organizarse de manera que no coincida jamás con la que existe en la realidad
exterior. Por esto la satisfacción en uno y la negativa en el otro caso tienen
un efecto favorable.
A pesar de las
diferencias que estas técnicas presentan con relación al tratamiento
psicoanalítico, tal como se practica en las neurosis, es importante subrayar la
referencia perpetua al análisis por parte de los autores que los emplean. Esta
referencia no es la sumisión absoluta a una especie de dogma, sino que, al
contrario, es de orden práctico. No tiene para el terapeuta otra finalidad que
la de conocer su técnica, sabiendo lo que hace y por qué lo hace. Su propio
análisis didáctico y el aprendizaje de la técnica analítica tienden
esencialmente a este fin. Estas técnicas deben considerarse del mismo modo como
transiciones entre el psicoanálisis y las psicoterapias que cada terapeuta cree
deber o poder emplear. Actualmente no creemos exista ninguna psicoterapia que
pueda considerarse desligada del psicoanálisis. Por otra parte, no se encuentra
doctrina coherente susceptible de facilitar los principios de una psicoterapia;
la sugestión, las psicoterapias de apoyo, etc., buscan la justificación de su
empleo actual en los conocimientos proporcionados por el psicoanálisis, para,
por ejemplo, provocar un fortalecimiento del yo, etc., de acuerdo con la
preocupación actual de los psicoanalistas.
Psicoterapias
diversas
Por las razones que
acabamos de exponer, no consideramos oportuno extendernos sobre este tema.
Aparte de las psicoterapias que toman del psicoanálisis la finalidad de
comprender y de hacer asumir por el sujeto la significación de sus
comportamientos y otros trastornos, la psicoterapia no puede intentar otra cosa
que ser educativa.
Psicoanálisis y
esquizofrenia
A pesar de la
opinión generalmente admitida desde Freud, de que los estados psicóticos no
pueden ser tratados por medio del análisis a causa de que falta la posibilidad
de transferencia, muchos son los autores que se han
Página 74
interesado por esta
cuestión. Existen considerables dificultades para realizar estos ensayos
terapéuticos. Sin embargo, han sido publicados resultados muy interesantes y
alentadores.
En el capítulo del
libro de Fenichel, Teoría psicoanalítica de las neurosis, dedicado a este tema,
el autor subraya y resume los principales puntos sobre los cuales han insistido
los psicoanalistas que han tratado casos de esquizofrenia. Después de haber
demostrado que, en ciertos tratamientos, la cooperación del yo del enfermo es
casi inexistente, declara que no puede decirse que el psicótico no transfiera
en el análisis sus conflictos infantiles. La transferencia se efectúa, y a
menudo de manera violenta, pero no hay que olvidar que el enfermo está
inclinado a romper las relaciones con el objeto. De ello resulta a veces una
intermitencia en las fases de transferencia y éstas pueden ser utilizadas en el
análisis.
Algunos autores
insisten menos sobre las modificaciones técnicas que sobre el papel de la
intuición del analista; otros, en cambio, se sienten más interesados por las
modificaciones de la técnica[94].
Algunos están de
acuerdo en considerar que el tratamiento implica dos fases: una fase en cierto
modo preanalítica destinada a establecer y conservar el contacto y a obtener
una «actitud en la transferencia, comparable a la de la neurosis»; la otra fase
es la del análisis propiamente dicho. En la primera hay que observar la
conducta del enfermo incluso fuera de las secciones y de las medidas extra
analíticas, eventualmente el análisis en el hospital[95]. La segunda fase está
dedicada al análisis y no difiere apenas de la de la neurosis, salvo «en tener
en cuenta la tendencia del enfermo a reaccionar perdiendo contacto con la
realidad», según dice Fenichel en la obra ya citada.
Entre las
modificaciones de los métodos empleados, recordemos la de Sechehaye, de las
«realizaciones simbólicas[96]». La lectura de sus obras abre nuevas
perspectivas a las posibilidades terapéuticas de estos casos y sobre su
comprensión.
Otro método, el del
«psicoanálisis directo», ha sido preconizado por Rosen, de Nueva York. La
exposición extremadamente viva, aunque condensada, que ha dado Palmer en la
Revue française de Psychanalyse, muestra el procedimiento utilizado por el
autor, que también considera el tratamiento en dos partes distintas. «La
primera, o psicoanálisis directo, trata de la psicosis y la sitúa en un nivel
mental que corresponde a la edad preverbal de la vida y al período que viene
inmediatamente después. La
Página 75
segunda es un
psicoanálisis más ortodoxo…». El autor muestra lo que debe ser la
contratransferencia y facilita los resultados obtenidos en treinta y siete
enfermos. Pero este tratamiento es difícil y forzosamente costoso dado el
tiempo considerable que el terapeuta debe consagrar a su enfermo, sobre todo
durante los primeros tiempos del tratamiento[97].
Recientemente, en
Francia, Schweich y sus colaboradores se han dedicado a este tema sobre el cual
han presentado una exposición[98]. Sus investigaciones están actualmente en
curso y la realización práctica de semejantes tratamientos, independientemente
de la ordenación de la técnica, presenta grandes dificultades, sobre todo en lo
que respecta a la posibilidad de dedicarle el tiempo y el personal necesarios.
II. Psicoterapia de
grupo
Este tipo de
psicoterapia tiende a desarrollarse cada vez más porque se encuentra en ella la
posibilidad de superar o evitar algunas dificultades que aparecen al aplicar
una psicoterapia individual. Algunas de sus ventajas son de orden económico:
economía de tiempo, personal, etc.; otras de orden técnico, particularmente en
los adolescentes que manifiestan muy a menudo oposición y ansioso mutismo a las
investigaciones, lo que puede hacer casi imposible la aproximación analítica.
En estos casos, los juegos psicodramáticos pueden prestar grandes servicios. S.
Lebovici, R. Diatkine y E. Kestenberg insisten sobre su oportunidad en los
términos siguientes: «Es bien cierto que en muchos sujetos, y cualquiera que
sea su edad, el juego dramático es un medio expresivo de elección para ciertas
pulsiones. Citaremos especialmente a los enfermos afectados de neurosis
obsesiva, que representan escenas en las cuales las pulsiones que reprimen más
severamente se encuentran expresadas de manera clara e irrefutable incluso para
ellos mismos; si los enfermos niegan al principio que su juego tenga el menor
significado con relación a su personalidad, la ineluctable repetición de
escenas, contra las cuales protesta el enfermo, acaba por tener para él un
valor realmente convincente. Del mismo modo, los grandes inhibidos (pensamos
sobre todo en los adolescentes) durante el juego llegan a expresar afectos a
menudo violentos, mientras que en un tratamiento analítico les sería imposible
hacer la menor alusión a estas pulsiones. Una muchacha, a los seis meses de
tratamiento analítico clásico, en el curso del cual se había encerrado en un
obstinado silencio, intervino
Página 76
como personaje
auxiliar en un psicodrama analítico. Rápidamente pudo expresar por medio del
juego una agresividad muy intensa con respecto al personaje auxiliar, objeto
menos peligroso que su psicoanalista. Otra muchacha, después de un fragmento de
análisis tan infructuoso como en el caso anterior, expresó, en psicoanálisis
dramático, su homosexualidad y su reivindicación fálica de una manera muy
directa por la elección de sus papeles[99].»
Los autores
demuestran, con la ayuda de estos ejemplos, «que la acción dramática se sitúa
en un plano intermedio entre el afecto vivido y su expresión verbal». Al
principio de sus ensayos, al conceder una gran importancia a lo que llaman «la
catarsis dramática en sí», asistían a descargas de agresividad realizada. Pero
se dieron cuenta de que estos fenómenos eran muy comparables a los del «acting
out» en el psicoanálisis y que el juego debía quedar como ficción. Al ser
comparable su elaboración con la del sueño, la finalidad del tratamiento es
«obtener la explicación verbal de esta elaboración, única manera posible de
superar las conductas».
En ese mismo
artículo, sobre cuya importancia histórica y metodológica a la vez no
insistiríamos nunca demasiado, encontramos expuestos los diferentes métodos que
conviene distinguir en ésta nuestra práctica psicoterápica. Son los siguientes:
1º Los métodos verbales (psicoanálisis de grupo y psicoterapia de interview,
esta última empleada sobre todo para la psicoterapia de los padres); 2º Los
métodos dramáticos (psicoanálisis dramático de grupo y psicodrama analítico).
Su exposición, ya muy condensada en ese artículo, no puede ser resumiría de una
forma útil. Los autores señalan en sus conclusiones que casi todos estos
métodos suponen qué el enfermo ha tenido un puesto en la sociedad y que se
encuentra más o menos bien incluido en grupos sociales reales. Así se
encuentran, a grandes rasgos, las indicaciones y contraindicaciones que la
práctica y la extensión de estos métodos precisarán poco a poco.
Los trabajos de
Moreno y de Slavson en los Estados Unidos (psicodrama) y de Ezriel, en
Inglaterra, en la Tavistock Clinic (psicoanálisis de grupo), siguen el mismo
camino. Actualmente se efectúan terapéuticas de este género no solamente en los
servicios especializados, sino también en establecimientos de reeducación. De
este modo es posible encontrar un camino de acceso a la psicoterapia de los
adolescentes, tan difícilmente realizable a menudo por otros métodos.
Página 77
Estas terapéuticas
llevan al estudio ríe las relaciones creadas en el interior del grupo, que
están esencialmente «vinculadas a las relaciones fantasmáticas de los sujetos
y, en consecuencia, a su organización neurótica». Conviene, por lo tanto,
distinguirlas de los métodos de reeducación social.
Pero estos métodos
de reeducación social hasta el momento empíricos, podrán sin duda encontrar en
las psicoterapias de grupo, sobre todo en aquellas que, por ser
psicoanalíticas, pueden dar a conocer en qué consisten y cuyos expertos deben
saber lo que hacen, los fundamentos de sus doctrinas y las bases de su
práctica. En efecto, los autores que han practicado en Francia y en Inglaterra
estas psicoterapias, se han esforzado en expresar los principios de una
dinámica de grupo (en Francia, sobre todo, Lacan, Lagache y Lebovici). De este
modo, en una sesión preliminar de especialización de la Federación nacional de
Servicios Sociales, dedicados a la protección de la infancia y la adolescencia
en peligro, Lebovici dedicó un informe a «La psicología dinámica en grupo», en
el que expuso los principales fenómenos dinámicos específicos del grupo. El
autor previo la aplicación de las nociones así deducidas a la psicología, la
reeducación y la psicoterapia analítica del delincuente[100].
III. Contactos de
los terapeutas con los padres
En el capítulo
precedente hemos insistido sobre el papel de la neurosis o del desequilibrio
caracterial de los padres en la génesis de los trastornos observados en niños y
adolescentes. Las primeras observaciones a este respecto no son recientes ni
mucho menos. En Francia, en 1936, fueron dedicados a este tema una serie de
informes presentados al Congreso de Psicoanalistas de Lengua Francesa. Si desde
entonces ciertas incidencias de la neurosis de los padres y ciertas relaciones
genéticas han sido precisadas, las conclusiones prácticas conservan toda su
validez, aunque la cuestión se presente de una manera particular en los
adolescentes. El adolescente, como el niño, generalmente es llevado a la
consulta. La colusión entre sus padres y el terapeuta forma parte de lo que él
espera, lo que condiciona su actitud a priori hacia este último. Por otra
parte, es prácticamente imposible, al menos en una primera sesión, no tener
contacto con los padres o su substituto. Por esta razón se insiste cada vez más
en confiar las conversaciones con los padres a otro terapeuta. Esta
Página 78
terapéutica del
medio no tiene aquí el mismo interés que en el niño, que está generalmente
llamado a permanecer en él y que expresa a su respecto reivindicaciones en
relación con su situación infantil actual. Aparentemente el adolescente repudia
este medio, defendiéndose de esta forma o de otra cualquiera contra la
dependencia en la cual se encuentra. El contacto con el terapeuta puede
facilitarse recalcando al sujeto que se trata de sus propios problemas vitales
y que, dejando en segundo término los desacuerdos familiares, sólo pretende
examinar con él sus relaciones con sus camaradas, su medio de trabajo, sus
proyectos sobre el porvenir, su actividad profesional, su aprendizaje y sus
estudios. Esta apelación directa a los problemas de la vida social, más que de
la familiar de los sujetos, es más fácil evidentemente en los medios en los
cuales la necesidad de una actividad profesional es más perentoria, mientras
que, en medios más acomodados, la prolongación de los estudios, por los cuales
sienten los sujetos una profunda aversión, será considerada como la
persistencia de una exigencia arbitraria de los padres. A pesar de todo, es
evidente que este sistema facilita los principios, lo que ya es muy de
apreciar. Tarde o temprano se manifestarán las fijaciones afectivas familiares,
sea en los fenómenos de transferencia que hay que analizar oportunamente antes
de que determinen una ruptura, sea de una manera más compleja e indirecta,
forzando el sujeto, por su comportamiento, la intervención de la familia y provocando
interacciones entre ella y el terapeuta, lo que constituye un tipo de
resistencia bien conocido, pero que tiene el peligro de ser tanto más
entorpecedor cuanto mayor es la dependencia material y real del sujeto frente a
su familia. Las actitudes que el terapeuta ha de tomar pueden inspirarse en las
que ya hemos visto preconizadas por Eissler[101] con respecto a los
delincuentes. La oportunidad de una u otra actitud frente al sujeto o a su
familia es siempre una cuestión particular así como la forma en que se efectúan
las relaciones entre el sujeto y el terapeuta o el grupo terapéutico o
reeducativo. La comprensión del conjunto de la situación particular nos parece
que puede orientar mejor a un terapeuta avisado, mucho más que unas normas de
proceder generales y unívocas.
IV. REEDUCACIÓN
Página 79
Los esfuerzos
reeducativos son anteriores a la noción de una actitud terapéutica médica.
Apoyábanse y se apoyan todavía implícitamente en el sentido común tratando de
substituir una mala educación anterior por otra nueva o bien más conforme con
la ética de la sociedad en la que evoluciona el sujeto, o bien más adecuada a
lo que se creen ser las «necesidades» o las cualidades naturales de las que se
han apartado. Se ven oscilar las doctrinas entre la afirmación de que la
autoridad y la disciplina son los únicos instrumentos a emplear y la creencia
en una buena naturaleza instintiva inspirada en principios a lo Rousseau. Se
invoca en apoyo de este punto de vista la aportación psicoanalítica, sin duda
despreciando lo que hay que entender como «instintos» e «impulsos» en la teoría
analítica[102].
La aportación de
los conocimientos psicoanalíticos es de otro orden: actualmente puede
introducir en los problemas de reeducación cierta luz sobre los mecanismos en
juego y la consciencia de los métodos empleados. Más recientemente aún, los
conocimientos aportados a la psicología dinámica de grupo por las psicoterapias
de grupo, pueden ayudar a comprender de qué se trata cuando se pretende hacer
una reeducación social. En efecto, las circunstancias en las cuales se operan
las reeducaciones son prácticamente siempre situaciones de grupo. Éstas, antes
de las indicaciones psicoterápicas de que acabamos de hablar, habían sido
puestas en evidencia con su carácter particular en los delincuentes, sobre todo
en las penitenciarías y establecimientos especializados. Lebovici, en el
artículo citado líneas atrás, recuerda el fenómeno de oposición a los demás
grupos, los «out-groups» de F. Redl «que comprenden los individuos socializados
y en los cuales, por definición, los delincuentes clasifican a todos los
reeducadores». Tales fenómenos no pueden ser desconocidos por los educadores
sin el peligro de practicar una reeducación ilusoria. Entre los mecanismos más
importantes que entran en juego, las identificaciones desempeñan un papel
esencial (importancia de la «central head» de grupo de los anglosajones,
susceptible de favorecer ya sean buenas o malas identificaciones). Éstos son
los fenómenos a los que se asiste y de los que se puede tener un conocimiento
concreto mucho más rico en consecuencias prácticas que las discusiones sobre
los datos muy hipotéticos concernientes a herencia, disposiciones naturales,
perversiones instintivas, etc., disposiciones naturales cuyos estudios
Página 80
etnográficos, al
mostrarnos la diversidad de culturas, resaltan la dificultad de aprehenderlas
aunque de manera poco directa.
Por otra parte,
incluso suponiendo bien conocida la dinámica de grupo, la reeducación no puede
dirigirse de manera unívoca en todos los casos. Es indispensable un
conocimiento individual después de un serio examen clínico. Por otra parte, los
psicoterapeutas de grupo, cuya acción terapéutica está infinitamente más
adelantada de lo que puede estarlo en un establecimiento de reeducación, llevan
sus esfuerzos terapéuticos sobre sujetos que «han conservado un lugar en la
sociedad» y están incluidos en grupos sociales reales (véase el artículo citado
de Lebovici, Diatkine y Kestenberg en Evol. Psych). Las reeducaciones han de
contar con el grado de evolución y las posibilidades del bloqueo afectivo del
sujeto. Sin excluir la posibilidad de una reeducación social, ésta debe estar,
en gran número de casos, precedida, acompañada o seguida por otras terapéuticas
complementarias, eficaces en la medida en que hacen a la primera posible y
necesaria a la vez. De una manera muy esquemática podemos considerar que en las
neurosis y ciertos trastornos del carácter la psicoterapia individual debe
preceder a la reeducación o se combinará con ella. En el caso de una
esquizofrenia inicial, es absolutamente necesario que la psicoterapia
individual, cuya eficacia nos ha sido demostrada en recientes ensayos, o
incluso una terapéutica de choque insulínico, proceda a la reeducación. Algunos
autores piensan que el estado provocado por el choque constituirá una regresión
a un nivel de existencia muy primitivo, a partir del cual se hará una
reeducación. Varios psicoanalistas han estudiado desde un punto de vista
psicoanalítico los fenómenos producidos por la terapéutica de choque[103].
Si insistimos sobre
la posible oportunidad de combinar eventualmente varias terapéuticas, sobre
todo a propósito de la reeducación, es porque nos parece completamente
contrario a nuestros puntos de vista formar una nomenclatura de diferentes
estados patológicos y colocar ante cada uno de ellos una terapéutica exclusiva,
psicoterapia para unos, para otros reeducación o shocks, etc. A nuestro
entender, el mismo cuadro clínico puede exigir terapéuticas distintas,
aparentemente opuestas, en razón de circunstancias exteriores incompatibles con
algunas de aquellas que, en cambio, permitan la aplicación de otras. Esto no
quiere decir que no importa la terapéutica mientras haya una, sino que subraya
el hecho de que la incidencia de ciertas circunstancias exteriores, o incluso
propias del
Página 81
sujeto, dan a la
terapéutica una significación particular. Si los psicoanalistas se preocupan a
menudo de saber lo que ha obligado a determinado paciente a hacerse analizar,
es porque saben que, en ciertos casos, el tratamiento es para él una especie de
refugio, de temporización o de coartada y que hay en ello circunstancias poco
favorables a una curación sólida o cuando menos rápida.
No nos extenderemos
sobre los medios actuales de reeducación, porque tenemos la impresión de que se
encuentran en plena evolución y tratan de precisar sus métodos. Muchos
educadores han recurrido a las reglas del escultismo, que ha alcanzado un
desarrollo tan importante en las últimas décadas. La cuestión del internado es
siempre discutida y las colocaciones son consideradas actualmente
desfavorables, pero imposibles de evitar en ciertos casos. Sin embargo, no
parece que la cuestión haya de plantearse de la misma manera en el caso del
adolescente que en el del niño; los inconvenientes que cause en éste la
ausencia del medio familiar pueden ser mucho menores en el caso del
adolescente. A pesar de todo, cuando es posible, la colocación familiar parece
la mejor solución de todas. La colocación en internado es, con frecuencia,
mucho más difícil de evitar en un gran número de delincuentes, aun cuando un
conocimiento más profundo de cada uno de los casos disminuiría verosímilmente,
de una manera muy importante, su número. Pensamos aquí en el uso amplio y muy
variable de estos medios, y, en consecuencia, en la eficacia que puede tener la
libertad vigilada y el carácter reeducativo que puede asumir la acción del
delegado. Esto justifica tener en cuenta el papel que corresponde al servicio
social.
Este papel tiene
una gran importancia en los Estados Unidos, puesto que se manifiesta incluso en
el interior de los centros de tratamientos, los «Resident treatment centers».
En estos centros, «se trate de organismos del Estado o privados, se tiene más en
cuenta la calidad de] personal psiquiátrico, psicológico y social que la de los
educadores, en el sentido francés de la palabra[104]». El doctor J.-L. Faure
hace el siguiente comentario: «Hay que ver sin duda en esta posición el reflejo
de un futuro francamente terapéutico para los internados en cuestión, en los
que un “social worker”, bien formado en psicología dinámica individual y
social, que trabaja bajo la supervisión de un psiquiatra, es el mejor agente de
una acción psicoterapéutica en grupo».
Página 82
Frecuentemente, las
reeducaciones en los Estados Unidos, incluso en lo que concierne a los
delincuentes, se hacen a base de tratamiento externo, y el sujeto es observado
en una «clinic», algunas de las cuales incluso se hallan al servicio de un
tribunal, para el que, por otra parte, desempeñan más bien el papel de
observación que de curación, confiándose ésta a una «child guidance». Una de
las particularidades más notables es la existencia de la «probation»,
supervisión del menor y de su familia por un «probation officer». Se diferencia
de la libertad vigilada común en que es más intervencionista, al parecer, y
depende mucho más de la terapéutica.
Contrariamente,
algunos casos más graves requieren la hospitalización. El estudio sobre la
organización del tratamiento en un hospital psiquiátrico ha sido efectuado en
Inglaterra por Warren[105], que da cuenta de la organización del trabajo
terapéutico, incluso de los recreos, ocupaciones del sujeto, relaciones del
terapeuta con los padres y el papel que corresponde a cada terapeuta (dos
psiquiatras; el que está en contacto con los padres no es el mismo que trata al
sujeto, una asistenta social psiquiátrica se encarga de la circuición, etc.).
En conjunto, lo que
creemos debe retenerse de las lecturas que hemos podido hacer, es la
importancia dada a la psicoterapia, a la cual está subordinada lo que
entendemos por reeducación. El conjunto de la terapéutica, por importante que
sea el papel de sus colaboradores, está siempre cuando menos supervisado por un
psiquiatra. Éste es un punto sobre el cual no nos cansaremos de insistir y cuya
importancia nunca subrayaríamos demasiado, tal como han hecho otros autores,
entre ellos el profesor Heuyer.
Entre estos medios
de reeducación, la escuela puede desempeñar un papel importante, como lo ha
demostrado Caroline Zachry[106]. Los principios generales que destaca son los
siguientes: «Evitar la uniformidad en el empleo de las técnicas; para esto es
necesario:
1. º Comprender la formación emocional
particular en este nivel de desarrollo;
2. º Manejar hábilmente a los padres del
adolescente, que presentan casi siempre un problema especial;
3. º
Servirse de la escuela como de un instrumento terapéutico…»
Página 83
La autora insiste
en que el conflicto del adolescente reside en su «betweenness» (estar entre).
Su terapéutica es de inspiración psicoanalítica en cuanto al papel atribuido a
la transferencia, al «insight» con una parte muy activa confiada al terapeuta que
interviene en la organización de la vida del sujeto, intervención que ofrece
extrema dificultad.
V. Papel del
servicio social
Si escribimos este
titular en el capítulo terapéutico es porque, en efecto, la acción del servicio
social, en varios países, no se limita a la relación y coordinación de los
diferentes organismos, bien entre ellos o en sus relaciones con las familias.
Por otra parte, también se habla en Francia de «asistencia educativa[107]». El
papel de una asistencia social al cuidado de la libertad vigilada es, a veces
en un sentido muy amplio, no sólo educativa sino terapéutica.
En los Estados
Unidos se concede un cometido terapéutico a las asistentas sociales
especializadas en el «casework», que Faure[108] define de este modo: «Trabajo
individual de ayuda psicoeducativa cerca de la familia», y sobre el cual se
centra su formación universitaria, sobre todo psicológica y sociológica.
VI. Papel del juez
de niños y adolescentes
El Tribunal de
Menores, al dejar de ser represivo para sujetos de trece a dieciocho años, para
tomar medidas de readaptación social, puede considerarse que colabora con la
terapéutica. Lo mismo ocurre cuando, al rechazar una solicitud paterna de
correctivo que no le parece justificada, evita una medida cuyos móviles pueden
haber sido hostiles con respecto al menor.
La ley «da
competencia a los tribunales para instituir medidas de asistencia y vigilancia
educativa cerca de las familias que se revelan deficientes en sus tareas
educativas. Sin embargo, el texto de la ley no permite pronunciar de oficio
medidas de colocación en caso de que Jos padres no las suscriban
voluntariamente, a pesar de que se consideren indispensables» (Jean
Chazal)[109]. El mismo autor escribe en dicho artículo unas líneas cuya cita
consideramos oportuna, porque sitúan con claridad el punto en que se hallan
actualmente las ideas sobre la
Página 84
responsabilidad con
respecto a quienes tienen la tendencia a creer que el hecho de colocarse en
otra perspectiva significa la exclusión definitiva (véase líneas atrás lo que
decimos a propósito de la delincuencia). He aquí el texto: «Afirmar el
predominio de la responsabilidad de la causa no es negar la responsabilidad
personal, tanto más cuanto que no es negar la libertad en el acto. Es
simplemente pensar que el juez de menores, en presencia de un niño, debe
empeñarse en conocerlo para juzgarlo bien y que sus investigaciones sobre la
misma personalidad del delincuente, las de los técnicos a quienes ha recurrido
con frecuencia, importan mucho más que la dosificación siempre incierta de su
responsabilidad íntima y que las actitudes siempre discutibles en un dominio
más metafísico que positivo. Corresponderá a los que asuman la carga de la
reeducación del joven delincuente asegurar progresivamente su readaptación
social orientándolo hacia su condición de hombre libre y responsable».
En estas líneas se
alude a la necesidad del recurso de los técnicos y más lejos, en el mismo
artículo, se enumeran esos técnicos: paidopsiquiatras, asistentes sociales,
educadores, dores especializados y psicólogos que puedan aclarar las decisiones
de los magistrados. Cuando nosotros misinos hemos insistido al principio de
este capítulo sobre la diversidad de medidas terapéuticas, se daba por
implícitamente entendido que esta multiplicidad se debía a la de las causas o
circunstancias, pero que es necesaria una unidad de prescripción, que incumbe a
un paidopsiquiatra, y que las otras personas, aun cuando tengan que ver con la
terapéutica, aunque sea educativa, de trabajo o cualquier otra, sólo participan
en este trabajo bajo la dirección o supervisión del paidopsiquiatra, a quien
corresponde asegurar la unidad. También sorprende ver a estos técnicos
colocados en el mismo plano, aun cuando al psiquiatra se le conceda cierta
preeminencia. Puesto que se trata de la comprensión total del ser, ni los
asistentes sociales, ni un psicólogo por sí solos pueden considerarlo de otro
modo que como un ser sin cuerpo. Por otra parte, un médico, aun cuando haga un
examen somático completo, no proporcionará informes útiles si no comprende en
qué medida el estado del cuerpo, incluso indemne de toda afección mórbida,
interviene en la existencia del sujeto: hemos visto que un hecho en sí nada
patológico, como una pubertad muy precoz, puede generar dificultades, no sólo
con relación a sus compañeros de la misma edad, sino con respecto a los
conflictos infantiles del propio sujeto. Sería, pues, deseable que fuera
Página 85
siempre el
paidopsiquiatra quien recurriese, de considerarlo necesario, a otros
especialistas y comunicase al juez sus resultados de acuerdo con su apreciación
personal. Un psiquiatra no podrá dejar de sentir cierta aprensión al ver
comunicar al magistrado el resultado de un test de Rorschach o de Zondi, hecho
por quien no es médico.
VII. Terapéuticas
diversas
Nos referiremos a
ellas brevemente, porque, en su mayor parte, no tienen nada de particular en su
aplicación al adolescente. Se ha señalado el empleo de psicoterapias bajo
subnarcosis, aun cuando tienden a emplearse cada vez menos y presentan algunos
inconvenientes por su carácter onirizante[110].
Las terapéuticas de
shock (electro-shock, cura de Sakel) tienen sus indicaciones en los mismos
casos que en el adulto: estados maníacos o melancólicos, esquizofrenia. Fiemos
visto que cada día hay mayor tendencia a intentar el tratamiento de estos
últimos casos por medio de la psicoterapia, pero aparte de las dificultades
materiales y las inherentes al método, ocurre a menudo que no es posible
utilizarla o bien desempeña un papel complementario con relación al tratamiento
por insulina.
Entre las
terapéuticas médicas generales debemos considerar todas aquellas que se aplican
al tratamiento de una afección general causal. Por último —y no es ésta la
menos importante de las medicaciones que hay que considerar en ciertos casos—
una terapéutica hormonal o endocrina estaría muy indicada en los retrasos de la
pubertad y en los trastornos de la menstruación. En estos últimos casos los
trastornos pueden ser de origen psicosomático y ser muchas y combinadas las
indicaciones terapéuticas.
Son muy raras las
posibilidades de aplicación de la psicocirugía[111]. Ha sido empleada con éxito
en los débiles perversos agitados, en quienes la intensidad de los trastornos,
la gravedad del pronóstico mental y el grado bajo e imperfecto de desarrollo intelectual,
no parecían dejar lugar al menor temor de que una posible deterioración causada
por la intervención agravase el pronóstico.
Página 86
BIBLIOGRAFÍA
Abd Allah (Ensaf),
Étude sur la puberté normale et la puberté pathologique (tesis doctoral),
París, 1910, Le François, ed.
Abraham (Karl), The
Influence of oral erotism on character formatiun, Selected Papers Hogarth
Press.
— Manifestation of
the Female Castration Complex, Sel. Pap.
Abramson, L’enfant
et l’adolescent instables (Études cliniques et psichologiques), Presses
Universitaires de France, París, 1940. Adolescence (L’), número especial de la
revista Éducateurs, marzo-abril 1951.
Adolescence (L’) de
l’apres-guerre et ses problemes, E. S. F., 1948. Aichorn (August), Juventud
descarriada, Ediciones Médico-Psicológicas, Madrid.
Alexander (Franz),
«The Neurotic Character», Internar J. of Psychoanalysis, XI. 1930.
— y Healy
(William), «Roots of Crime», Psychoanalytic Studies, A. Knopf, Nueva York -
Londres, 1935.
— y
Staub, El delincuente
y sus jueces
desde el punto
de vista
psicoanalítico, ed.
Biblioteca Nueva, Madrid.
Alizon (J.), Les
feunes déséquilibrés caractérielles à l’hôpital psychiatrique fermé (tesis
doctoral), París, 1951 (no publicado).
Amado (G.),
«Éthique et psychologie d’un groupe d’adolescents inadaptés», Évolution
psychiatrique, fasc. I, 1951.
Arlow (Jacob), «A
psychoanalytic Study of a religious Initiation Rite: Bar Mitzvah», The
psychoanalytic Study of the Child. vol. VI.
Página 87
Arnou (C.), «Role
et formation des assistantes sociales psychiatriques aux États-Unis»,
Sauvegarde de l’enfance, nº 34-35, 1949.
Bachet (M),
«Délinquance juvénile et énurésie», Arch. Int. Neurol., 1949.
Balint (M), «Der
Onanieabgewöhnungskampf in der Pubertat», Zeitsch. f.
psichoan.
PÄdagogik, IX, 1934.
Barolet (A.), Les
irrégularités infantiles et juveniles d’origine familiale, Lyon, Bose Frères.
Beley (André - P. •
L.), L’enfant déliquant (tesis doctoral), París, 1933.
— Niños inestables.
Col. «Paideia», Barcelona.
Bensoussan (P.),
Contribution à l’étude de la fugue et du vagabondage juveniles (tesis
doctoral), París, 1950, Edit. «Écho Colonial», Ainay-le-Château.
Berenga (R.), The
influence of the Group on the judgments of Children, King’s Crown Press, Nueva
York, 1950.
Beres (David) and
Obers (Samuel), «The effects of extreme Deprivation in Infancy on psychic
Structure in Adolescence». «A Study in Ego development», The psychoan. Stud. of
the Child., vol. V. 1950.
Bergeron (M.), «Les
fugues et le vagabondage chez l’enfant», Ann. mcd.
psych., nº 5, mayor
1950.
— «Le problème
bio-psycho-social des fugues et du vagabondage juveniles», Le médecin franjáis,
nº 4, abril 1951.
— Psicología de la
Primera Infancia, Col. «Paideia», Barcelona.
—, Bensoussan (P.),
et Roger (B.), «Sur quelques aspects médico-psychologiques et sociaux de la
fuge juvénile», Ann. medie., psych., nº 2, febrero 1951.
—, Grasset (A.), y
Roger (B.), «Deux ans de fonctionnement d’un centre de vagabonds juveniles,
Ann. med. psych., nº 5, mayo 1951.
Berlín (L N.),
Boatman (M. JJ, Sheimo (S. L.), y Szurek (S. A.), «Adolescent alternation of
Anorexia and Obesity», Amer. journ. of orthopsych., vol. XXI, n9 2, abril 1951.
Bernard (Viola M.),
«Adolescence. Its Implications for Family and Community», in The family in a
Democratic Society, Columbia University Press, Nueva York, 1949.
Bernfeld .
(Siegfried), «Zur Idiosynkrasie
gegen Speisen», Internat.
Zeitschr. für
Psychoanalyse, V, 1949.
Página 88
— «Ueber eine
typische Form der männlichen Pubertät», Z. f. psychoan. Pädagogik, IX, 1935.
— «Types of
Adolescence», Psychoanal. Quarterly, VII, 1938.
Bettelheim, «Rites
d’initiation à la puberté, Communication au Congres annuel de l’"American
Psychoanalytic Association», 1952.
Blanchard
(Phyllis), Adolescent experience in relation to personality Behavior, en Mc. V.
Hunt, Personality and the Behavior Disorders, Vol. II, Ronald Press Cº, Nueva
York, 1944.
Bonaparte (Marie),
«Psychologie de la puberté», Soc. de Sexologie, 14, III, 1935.
— «Note sur
l’excision», Rev. franç. de psychan., nº 2, abril-junio 1948. Borel (Adríen,),
«Boudeurs et rêveurs morbides», Journ. de psychol.,
1925.
— y Robín
(Gilbert), «Les rêveurs éveillés», N. R. F… 1923,
Bornstein (Berta),
«Zur Psychogenese der
Pseudodebilität», Internat.
Zeitschr., f.
Psychoan., XVI, 1930.
Bovet (L.),
Psychiatric aspects of juvenile delinquency, «A study prepared on behalf of the
World Health Organization as a contribution of the United Nations programme for
the prevention of crirne and treatment of offenders», Edit. World Health
Organiz., Ginebra, 1951.
Bovet (P.),
«Enfants vagabonds et conflits menlaux», «Les enfants vagabonds», Journ. de
psychol., 1924.
Brill (A. A.),
«Psychological Factors in Dementia Praecox; An Analysis», Journ. of Abnorm.
Psych., III, 1908.
Bromberc (Walter) y
Rodcers (Terry, C.), «Authority in the Treatment of Delinquents», Amer. Journ.
of Orthopsych., vol. XVI, oct. 1946.
Buhler (Charlotte),
Quellen und Studien zur Jugendkunde, cuaderno VI:
Das Seelenleben der
Jugendlichen, Jena, 1927.
— El niño y su
familia. Técnica de exploración familiar, Ed. Paidós, Biblioteca de
Psicometría, Buenos Aires.
— El problema de la
infancia y de la maestra, Espasa-Calpe, Madrid.
— Psicología de la
forma, Ediciones Morata, Madrid.
Bullard (Dexter
M.), «The Organization of Psychoanalytic Procedure in the Hospital», Jo. of
Nerv. and Ment. Disease, XCI, 1940.
Burt, The young
Delinquent, Londres, 1944.
Página 89
Chazal (Jean), «Les
bandes asociales d’enfants», Rééducation, diciembre, 1949.
— «La justice
devant la personne de l’Adolescent», número especial de Éducateurs, dedicado a
la adolescencia, marzo-abril 1951.
— La infancia
delincuente, Ed. Paidós, Biblioteca del hombre contemporáneo, Buenos Aires.
Clark (L. Pierce),
«Practical Remarks upon the Use of modified Psychoanalysis in the Borderline
Neuroses and Psychoses», Psychoanal. Review, VI, 1919.
Codet (Odette), «A
propos de trois cas d’anorexie mentale», Revue franç.
de Psychan., 1948,
n 1º.
Courchet (J. L.), «Étude analytique d’un cas
d’anorexie mentale», Évol.
psych., 1947, f.
II.
Cornil (L.),
Ollivier (H.)t «Considérations sur la narco-analyse psychosomatique en
psychiatrie infaniile juvénile», Ann. med. psych., I, 1948.
Dawson (W. S.),
«The Psychoses of Adolescence», Brit. Med. Journ., 12 octubre 1935.
Deresse (Mauríce),
La crise d’originalité Juvénile, P. U. F, 19-18.
— «L’adolescence et
les problemes psychogenétiques», Rev. philosophique, 1951.
— Psicología del
niño (desde el nacimiento hasta la adolescencia), Ed. Nova, Buenos Aires.
Deutsch (Hélène),
La psychologie des femmes, I. Enfance et adolescence, «Bibl. Psychan. et
Psychol. clin.», P. U. F., 1949.
Dolto-marette
(Fran^oise), Communication inédite à la Société de Psychanalyse de Paris.
Edelston,
«Differentiel Diagnosis of some emotional Disorders of Adolescence (with
special Reference to early Schizophrenia)», The journ. of Mental Science, 1949,
vol. 95.
Eissler (Kurt),
Searlights in delinquency, Internat. Univ. Press, Nueva York, 1949.
— «Some psychiatric
Aspects of Anorexia Nervosa», Psychoan. Review, XXX, 1943.
— «Limitation to
the psychotherapy of Schizophrenia», Psychiatry, VI, 1943.
Página 90
Gallavardin
P. U. F.
— «Ego -
Psychological Implications on the Psychoanalytic tratement of Delinquents», The
psychoan. St. of the Child, V, 1950.
— Enfance
irrégulière, psicología clínica por: Bourrat (L.), Dechaume (J),
(R.), Girard
(P. F.), Kohler (C.), Pellet (R.), Thevenin (L.), Verel (L.),
EnHlish (Spurgeon)
y Pearson (Gerald), «Emotional Problems of Living», Avoiding the Neurotic
Pattern, Norton and Co., Nueva York, 1945.
— Neurosis
frecuentes en los niños y en los adultos, Ed. «El Ateneo», Buenos Aires.
Fau (R.), Grupos de
niños y de adolescentes, Col. «Paideia», Barcelona. Faure (J. L.),
«Réalisations américaines pour la santé mentale infantile. Les idées et les
faits», Sauvegarde, 5-6, 1952.
Federn (Paul),
«Psychoanalytische Auffassung der intellectuelen Hemmung», Zeitschr. f.
Psychoan. Paedagogik, IV, 1930.
— «The Analysis of
Psychotics», Intern. J. of Psychoan., XV, 1939.
— «Psychoanalysis
of Psychoses», I-III, Psychiatr. Quart., XVII, 1943. Fenichel (Otto), La
théorie psychanalytique des nevroses (el original,
publicado en lengua
inglesa).
Flournoy (H.),
«Psychanalyse et suggestion choz les enfants et les adolescents», en Hygiène
mentale des enfants et adolescents, Delachaux & Niestlé.
Freud (Anna), El yo
y los mecanismos de defensa, Ed. Paidós, Biblioteca de Psicología Profunda,
Buenos Aires.
Freud, (Sigmund),
Obras Completas, Ed. Biblioteca Nueva, Madrid.
Friedlander (Kate), «Formation of the antisocial
Character», Psychoan.
Study of the Child.
I, 1945, N. Y.
— Psicoanálisis de
la delincuencia juvenil, Ed. Paidós, Biblioteca de Psicología Social y
Sociología, Buenos Aires.
Fromm (E), El arte
de amar, Ed. Paidós, Biblioteca del Hombre Contemporáneo, Buenos Aires.
— Ética y
psicoanálisis. Fondo de Cultura Económica, México.
— El miedo a la
libertad, Ed. Paidós, Biblioteca del Hombre Contemporáneo, Buenos Aires.
— Psicoanálisis de
la sociedad contemporánea, Fondo de Cultura Económica, México.
Página 91
From-Reichman
(Frieda), La psicoterapia y el psicoanálisis, Edic. Horme, Buenos Aires.
— Principios de
psicoterapia intensiva, Edic. Hormé, Buenos Aires.
— «Transference
Problems in Schizophrenia», Psychoan. Quart., VIII, 1939.
Gallagher (R.),
«Understanding your Son’s Adolescence», Boston Little, Brown Co., informe
publicado en Mental Hygiene, XXXVII, n9 1, enero, 1953.
Gardner, The mental
Health of normal adolescents.
Gitelson (M.),
«Character Syntesis: the psychutherapeutic Problem in Adolescence», Amer. jo.
Orthopsych., XVIII, 1948.
— «Direct
Psychotherapy in Adolescence», Am. J. Orthops., XII, 1942. Gleckley (H.), The
mask of Sanity. An attempt to clarify some issues about
the so-called
psychopathic personality, ed. C. V. Mosby Co., St Louis, 1950.
Glover (Edward),
«The Psychotherapy of the Psychoses», British journ. of medical Psychology, X,
1930.
Goldfarb (W.),
«Effects of Psychological Deprivation in Infancy and subsequent Stimulation»,
Amer. J. os Psych., 1945.
— «The effects of
early institutional care on Adolescent Personality», Rorschach data, p. 6.
Goldstein (Kurt),
«The Significance of Psychological Research in Schizophrenia», J. of Ner. and
ment. Desease, XCVII, 1943.
— La naturaleza
humana a la luz de la psicopatología, Ed. Paidós, Biblioteca Psicologías del
Siglo XX, Buenos Aires.
Gottschaldt (K.),
«Probleme der Jugendverwahrlosung». Ein Bericht über psychologische
Untersuchungen in der Nachkriegszeit, Leipzig, 1950.
Goust, L’adolescent
dans le monde contemporain, I vol., 1945.
Greenacre
(Phyllis), «The Prepuberty Trauma in Girls», Psa. Quart., XIX,
n9 3, 1950, en The
Yearbook of Psychoan., VII, Int., Univ. Pr., 1951, N. Y.
Hacker (F. J.) y
Geleerd (El. R.), «Freedom and Authority in Adolescence», Am. Jo. of
Orthopsych., vol. 15, octubre, 1945.
Hamilton (Gordon),
Psichotherapy in child Guidance, Col. Univ. Pr., N. Y. 1947.
Página 92
Hartmann (H.), Kius
(E.) y Loewenstein (R.), «Comments on the Formation of Psychic Structure», The
psychoan. Study of the child, II, 1946.
Healy (W.) y Healy
(M. T.), «Pathological Lying, Accusation and Swindling». Criminal Se.
monographs, nº 1, 1915.
Heller (Th.), Deber
Psychologie und Psychopathologic des Jugendlichen, Viena, 1927.
Henderson,
«Psychopatic constitution and criminal Behavior», Mental Abnormality and Crime,
Londres, 1944.
Heuyer (Georgcs),
Enfants anormaux et délinquants juveniles (tesis doctoral), París, 1914.
— «Enquête sur la
délinquance juvenile», L’enfance coupable, 1942.
— Introducción a la
psiquiatría infantil, Ed. Luis Miracle, S. A., Col. «Paideia», Barcelona.
— y Borel (Adrien),
«Le delire de rêverie», Soc. Psych., 15 junio 1922.
— y Feld,
«Applications neuro-chirurgicales en psychiatrie infantile»,
Anaïs Portugueses
de Psiquiatria, agosto 1950.
— y Lebovici (S.),
La narco-analyse chez l’enfant, Groupement franjáis de Neuro-psych. infantile,
julio 1946.
— y
Lebovici (S.), Les
psychothérapies couples parents-enfants,
comunicación al
grupo francés de N. P. I., julio 1947.
— y Leconte -
Lorsignol, Evolution de l’intelligence et du caractère à la
puberté, Société de
Pédiatrie, julio 1937.
Hinsie (L.), The
treatment of Schizophrenia, Baillère Tindal, Londres, 1930.
Hoffer (Wil.),
«Diaries of Adolescent Schizophrenics» (Hebephrenics), The psychoanal. St. of
the Child. II.
Hotyat (F.), «Les
faiblesses de la pensée mathématique chez les adolescents», Enfance, nº 4,
1952.
Isaacs (Susan), The
psychological Aspects of Child Development, Evans brothers, Londres, 1935.
Johnson (Adelaïde,
M.) y Szurek (S. A.), «The Génesis of antisocial Acting-out in Children and
Adults», Psychoan. Quart., XXI, 1952, n9 3. Jones (Ernest), «Some Problems of
Adolescence», Pap. on Psychoan., Wood Co., N. Y., 1913.
Página 93
Jones (Harold, E.),
«Adolescence in Our Society», en The Family in a Democratic Society, Columbia
Univ. Pr., N. Y., 1949.
— «Development in
Adolescence», «A case Study», en Child Behavior and Development, Mc Graw-Hill
Book Co., N. Y. y Londres, 1943.
Josselyn (Irene), «Psychosocial Development in Children», cap. IX,.
Adolescence Family
Service Association of America.
— «The Adolescent
and his World, I vol.», Family Serv. Ass. of Amer., 1952.
Jouby (Ed.) y
Shentoub (V.), L’évolution de la mentalité de l’enfant pendant la guerre,
Delachaux-Niestlé, 1949.
Kamm (Bernard),
«Schizophrenia and Compulsion Neurosis», Bull. of the Menninger Cinic, II,
1938.
Kappman (Ben),
«Stupor and Allied States», Psychoan, Rev., IX, 1922. Katan - Ángel (A.), «Die
Rolle der Verschiebung. bei der Strassenangst», Zeitschr. f. Psychoan., XXIII,
1937.
Katan (M.),
«Structural Aspects of a case of Schizophrenia», Psychoan. St.
of the Child, V.
Klein (Melante). «A
Contribution to the theory of intellectual Inhibition», Internat. Jo. of
Psychoan., XII, 1931.
— El psicoanálisis
de niños. Ed. «El Ateneo», Buenos Aires.
— Relato de un
análisis infantil, Ed. Paidós, Biblioteca de Psiquiatría, Psicopatología y
Psicosomática, Buenos Aires.
Knight (Robert,
P.), «Psychotherapy of an Adolescent Catatonic Schizophrenia with Mutism».
Psychiatry, vol. 9, nº 4, nov. 1946.
— Teoría
psicoanalítica, Edic. Hormé, Buenos Aires.
— Psiquiatría
psicoanalítica. Psicoterapia y psicología médica. Edic. Hormé, Buenos Aires .
Kostias (R.),
«L’adolescent et sa famille», Enfance, I, 1949.
Kuhlen (Raymond,
G.), The Psychology of Adolescent Development, Nueva York, Harper and Brothers,
1952. (informe publicado en Mental Hygiene, XXXVII, nº 1, enero 1953).
Kunz (L.), «Das
Schuldbewusstsein des männlichen Jugendlichen», Caritas-Verlag, Lucerna, 1949.
Lacan (J.), y Cenac
(M.), «Introduction théorique aux fonctions de la psychanalyse en
criminologie». Informe dirigido a la XIII Conferencia
Página 94
de Psicoanalistas
de lengua francesa, Rev. Franç. de Psychan., nº 1, 1951.
Lafont (A. M.),
Contribution à l’étude des enfants inadaptés en milieu social, Thèse, París,
1952.
Laforgue (R.), «La
névrose familiale». Informe dirigido al IX Congreso de
Psicoanalistas de
lengua francesa, Nyon,
abril 1936, Rev.
fr. de
Psychan.. IX, nº 3,
1936.
Lagache (D.),
«Fugue et fuite de soi-méme». Évol. Psvchiatr., IV, 1947.
— «Contribution à
l’étude de la conduite criminelle», Rev. fr. de psychan., nº 4, 1948.
— «La
psycho-criminogénèse», XIII Conferencia de Psicoanalistas de lengua francesa,
Rev. fr. de psychan., nº 1, 1951.
— El psicoanálisis,
Ed. Paidós, Biblioteca del hombre contemporáneo, Lampl de
Groot (J.), «On Masturbation and
its Influence on General
Development», The
psychoan. St. of the Child, V, 1950,
Landauer (Karl),
«Zur psychosexuellen Genese der Dummheit», Zeitschr. f.
Sexuahvissenschaften,
1929.
— «Zur Theorie der
Dummheit», Zeit. f. Psychoan. Paed., IV, 1930. —«Die Ichorganisation in der
Pubertät», Z. f. psa. Paed., IX, 1935.
Lander, «The Pubertal Struggle against the Instincts», Amer. Jo.
Orthopsych., XII,
1942.
Lanval (Marc), Les
mutilations sexuelles dans les religions anciennes et modernes, Lib. Corti,
París, 1936 (publicado en Rev. fr. de psychan., t. XI, nº 1, 1939).
Lebovici S.), «A
propos du diagnostic de la névrose infantiles», Rev. fr. de psychan., nº 4,
1950.
— «La psychologie
dynamique en groupe», en Aspects actuels de l’enfance en danger, Col.
«Informations sociales», 1950.
— Tics nerviosos en
el niño. Col. «Paideia», Barcelona.
—, Diatkine (R.), y
Kestenberg (E.), «Applications de la psychanalyse à la psychothérapie de groupe
et à la psychothérapie dramatique en France», Évol. psych., 1952, III.
—, Male (P.) y
Pasche (F.), «Psychanalyse et criminologie». Informe clínico en la XIII
Conferencia de Psicoanalistas de lengua francesa, Rev. fr. de Psychan., n9 1,
1951.
Página 95
Leconte - Lorsignol
(S.), Évolution des troubles de l’intelligence et du caractère à la puberté
(tesis doctoral), París, 1941.
Lefort
(G. E. B. J.), Étude médico sociale, psychologique et electroencéphalographique
d’un groupe de cent enfants caractériels (tesis doctoral), París, 1952.
Leuba (J.), «La
famille névrotique et les névroses familiales». Informe presentado al IX
Congreso de Psicoanalistas de lengua francesa, Nyon, abril 1936, Rev. fr.
psychan., t. IX, nº 3, 1936.
Lorand (Sandor),
«Anorexia Nervosa, report of a case», Psychosom. Med., V, 1943.
Lubtchansky, «Les
facteurs étiologiques des troubles du caractére chez l’enfant», (Resultados de
la encuesta del Grupo de Estudios de psicopatología infantil), I Congreso
mundial de psiquiatría, París, 1950, número especial de Sauvegarde de
l’Enfance, 1951.
Mace, Hoff, Chelnek
y Garfield, «Diagnostic Problems in early Schizophrenia», The Jo. of Nerv. and
Ment. Dis., 1949, vol. 110.
Mahler-Schoenberger
(Margaret), «Pseudo-Imbecility: A Magic Cap of Invincibility», Psychoan.
Quarterly, XI, 1942.
Male (Pierre), «Les
groupes de pervers infantiles», Évol. psychiat., III, 1938.
— «Notions
actuelles sur les troubles psyebiatriques de l’adolescence et sur la
délinquance juvénile», Semaine des Hópit. de Paris, 26 de junio de 1950.
Markey (Oscar), «A
study of aggressive Sex Misbehavior in Adolescents brought to juvenile Court»,
Amer. Jo. of Orthops., XX, nº 4, 1950.
Mathis (M.),
«Problèmes d’adolescence chez l’enfant assisté», Sauregarde de l’enfanee, 5-6,
1952.
Mead (Margaret),
«From the South Seas», Studies of Adolescence and Sex in Primitive Societies,
William Morrow and Co., Nueva York, 1939.
— «Changing Food
Habits», Bull. of the Menninger Clin., VII, 1943.
— Educación y
cultura, Ed. Paidós, Biblioteca de Psicología y Sociología, Buenos Aires.
Meng (H.),
y (A.). Praxis
der Kinder und
Jugendpsychologie, Ed.
H. Hüber, Berna,
1951.
Merenciano (I.),
Psicopatología de la Adolescencia, I vol., Valencia, 1947.
Merleau-Ponty (M.),
Sens et non-sens, Col. «Pensées», Nagel, 1948, París.
Página 96
Michaux (Léon),
Psiquiatría infantil, Ed. Luis Miracle, S. A., Barcelona.
— El niño perverso,
Col. «Paideia», Barcelona.
Minkowski (E.), «A
propos de la Schizophrénie infantile», Ann. Med. Ps., II, 1949.
— La Esquizofrenia,
Ed. Paidós, Biblioteca de Psiquiatría, Psicopatodolgía y Psicosomática, Buenos
Aires.
Moers (M.), «Das
weibliche Seelenleben». Seine Entwicklung in Kindheit und Jugend, Ed. Dümmler,
F., Bonn, 1950.
Nerón (G.), El niño
vagabundo, Col. «Paideia», Barcelona.
Nunberc (Hermann),
«Der Verlauf des Libidokonfliktes in einem Falle von Schizophrenie», Ineternat.
Zeitsch. f. Psychoan., VII, 1921.
Oberndorf (C. P.),
«The feeling of Stupidity», Intern. Jo. of Psychoan., XX, 1939.
Obers (Samuel, J.),
Goldman (Julia) y Sussman (Sarah), «Fellowsbip House: A small-group Residence
for adolescent Boys», Mental Hyg., vol. XXXVII, nº 1, enero, 1953.
Pichón (E.), Le
développement psychologique de Penfant et de Padolescent, Masson, París, 1936.
Reik (T.), The
Puberty Rites of Savages, Ritual, Farrar, Strauss, Nueva York, 1946.
Riesman (David),
«Deux adolescents», Psychiatry, nº 2, vol. 14, 1951.
Robin (Gilbert),
«L’adolescence dramatique», Nouvelles littéraires, 27 de marzo de 1926.
— «Les troubles
nerveux épisodiques chez l’adolescent», Gaz. Medic, de France, n9 29, 1932.
— Précis de
neuro-psychiatrie infantile, Doin.
Rogues de Fursac y
Minkowski, «Le rationalisme morbide», Enceph.. abril, 1923.
Roheim (G.), «La
psychologie de la zone de culture de l’Australie céntralo», Rev. franç de
Psychan., t. V, nº 2, 1932.
— «Transition
Rites», Psychoan. Quarterly, XI, 1942.
Rouart (J.),
Psychose maniaque-dépressive et folies discordantes (tesis doctoral), 1935,
París, Doin.
— «A propos de la
psychopathologie de l’adolescence», Évol. psych., diciembre, 1947.
Página 97
— Psicopatología de
la pubertad y de la adolescencia. Col, «Paideia», Barcelona.
Rosen (John, N.),
«Traitement de la psychose schizophrénique par la psychanalyse directe», en
Rev. franq. de Psychanal., IV, 1950. Schmideberg (Melitta), «Intellectual
Inhibitions and Disturbances in Eating», Internat Jo. of Psychana., XIX, 1938.
Schweich, M.;
Margat, P.: Forzyc, C., «Vers une Psychothérapie des Schizophrènes», Évol.
Psychiatr., 1953, fase. I.
Sechehaye (M. A.),
La réalisation symbolique, Hans Haber, Berna, 1947.
— Journal d’une
schizophrène, «Bib. Psychan. et Psychol. clinique», P. U. F., 1950.
Sheldon (W. H.),
Las variedades del temperamento. Psicología de las diferencias
constitucionales, Ediciones Hormé, Biblioteca de psicología de la personalidad,
Buenos Aires.
Simmel (Ernst),
«Psychoanalytic treatment in a Clinic», Int. Jo of Psychoan., X, 1929.
Slawson (John),
«Use of authoritative Approach in Social CaseWork in the field of Delinquency»,
Amer. Jo. of Orthope., vol. 8, octubre, 1938. Spiegel (Leo, A.), «A Review of
Contributions to a psychoanalytic Theory of Adolescence. Individual Aspects».
The Psychoanalytic Study of the Child, VI, 1950.
Spitz (R.),
«Hospitalism.» The psychoan. Stud. of the Child, I, 1945, Int. Un. Press.,
Nueva York, Sauvegarde, nº 36. Revue franç. de Psychanal., 1949, nº 3.
— «Anaclitic
depression» The psychoan. Stud. of the Child. II, 1946.
— No y sí. Sobre la
génesis de la comunicación humana, Ediciones Hormé, Buenos Aires.
Spranger (Ed.),
Cultura y educación, Espasa-Calpe, Madrid.
— Psicología de la
edad juvenil, Ed. Revista de Occidente, Madrid.
Stern (E.),
Jugendpsychologie. Eine Einführung in die Psychologie der Entwicklung von der
Geburt bis zum Abschluss der Pubertät, Stuttgart, 1950.
— Anormalidades
mentales y educabilidad difícil de niños y jóvenes, Ed. Labor, Barcelona.
Subes (J.),
«Hypothèse sur l’enfance», Enfance, nº 1, enero-febrero, 1952.
Symonds (P. M.),
Adolescent fantasy, Col. Un. Pr., N. Y., 1949.
Szymaneska y
Korytowska, «Pronostic des troubles caractériels de l’enfance et de la
jeunesse», Enfance, 1951.
Tramer (M.),
Leitfaden der jugendrechtlichen Psychiatrie, Bruno Schwabe, Basilea, 1947.
— Manual de
psiquiatría infantil, de la pubertad y de la adolescencia, Distribuidora
Científico-Médica, Barcelona
Waller (J.),
Kaufmann (M. Ralph), Deutsch (F.), «Anorexia Nervosa», Psychosomat. med., II,
1940.
Wallon (Henri), Les
origines du caractère chez l’enfant, Boivin, 1934. Warren (W.), «Abnormal
Behavior and Mental Breakdown in Adolescence». The Jo. of Ment. Science, 1949,
vol. 95.
— «The In-patient
care of adolescent Delinquent Boy in a psychiatric hospital». (Simposium sobre
la delincuencia infantil, I Congreso mundial de psiquiatría), París, septiembre
1950, Sauvegarde de l’Enfance, número fuera de serie, 1951.
Wittels (F.), The
Ego of the Adolescent, en Eissler: Searchlights on Delinqucncy, Inlernat. Univ.
Press, Nueva York, 1949.
Wright (Dorothy,
G.) y Leitch (E., Mary), «Use of boarding Homes in conjunction with a prívate
residential School», Amer. Journ. of orthopsych., vol. 16, enero 1946.
Zachry (Caroline,
B.), «A new Tool in psychotherapy with Adolescente», en Modern trends in Child
Psychiatry, Nueva York, 1945.
— «Contributions of
Psychoanalysis in the Education of the Adolescent», Psychoan. Quart., VIII,
1939.
— y Lighty
(Margaret), Emotion and Conduct in Adolescence, for the
Commission on
secondary School Curriculum, Appleton-Century Crofts, inc., Nueva York.
Notas
[1] H. Wallon, Les
origines du caractère chez l’enfant (Boivin, 1934). <<
[2] Gilbert
Robin, L’ adolescence dramatique,
«Nouvelles littéraires», 27
marzo, 1926. Les
troubles nerveux épisodiques chez l’adolescent, «Gaz. Méd. de Francc», nº 29,
1932. Précis de Neuropsychiatrie infantile, Doin, París. <<
[3] Suzanne Leconte-Lorsignol, Évolution des
troubles de l’intelligence et du caractère è la puberté, tesis, París, 1938, G.
Doin, edit. <<
[4] Les facteurs étiologiques des troubles du
caractere chez l’enfant, «Sauvegarde», número especial, 1951, pág. 81. <<
[5] Bernfeld, Über die einfache männlichc
Pubertät, «Zeitsch. f. psa. Pädagogik», IX, 1935. <<
[6] Spiegel, Psychoanalytic theory of
adolescence, «The psychoan. study of the child», vol, VI. <<
[7] S. Bernfeld, Übcr eine íypische Form der
männlichen Pubertät, «Imago», IX, 1923, citado por Spiegel, loc, cit. <<
[8] C. Lebovici, A propos da diagnostic de la
névrose infantile, «Revue française de Psychanalysc», nº 4, nov.-dic., 1950.
<<
[9] K. Friedlander,, Psicoanálisis de la
delincuencia juvenil, Paidós, Buenos Aires. <<
[10] Henderson, Psychopatic Constitution and
Criminal Behaviour, en «Mental abnormality and Crime», Londres, 1944 (citado
por Kate
Friedlander).
<<
[11] W. Healy, y M. T. Healy, Pathological Lying,
Accusation and Swindling, «Criminal Science monographs», nº 1, 195 (citado por
Kate Friedlander). <<
[12] G. Heuyer, Enfants anormaux et délinquants
juveniles, tesis, París, 1914, Enquête sur la delinquance juvénile, «L’enfance
coupable», 1942. <<
[13] G. Néron, El niño vagabundo, Ed. Luis Miracle,
S. A. (Colección «Paidcia»), Barcelona. <<
[14] M.
Bergeron, Les fugues
et le vagabondage
chez l’enfant, «Ann,
médico-psych.», nº
5, mayo, 1950. Le problème bio-psychosocial des fugues et du vagabondage
juvéniles. «Le médecin françáis», nº 4, abril, 1951. M. Bergeron, A. Grasset y
B. Roger, Deux ans de fonctionnement d’un centre de vagabonds juveniles, «Ann.
médico-psych.», nº 5, mayo de 1950. M. Bergeron. P. Bensoussan y B. Roger, Sur
quelques aspects médico-psychologiques et sociaux de la fugue juvénile, «Ann.
méd.-psych.», nº 2, febrero de 1951. <<
[15] P. Bensoussan, Contribution à l’étude de la
fugue et du vagabondage juvéniles, tesis, París, 1950. <<
[16] M. Debesse, La
crise d’originalité juvénile, P. U. F., París, 1948. <<
[17] Otto Fenichel, La théorie psychoanalytique des
névroses, «Biblioth. de Psychanalyse et de Psychologie clinique», P. U. F,
París, 1953. <<
[18] Alexander y Staub, El delincuente y sus jueces
desde el punto de vista psicoanalítico, Ed. Biblioteca Nueva, Madrid. F.
Alexander y W. Healy, Roots
of Crime,
«Psychoanalytic Studies», A. Knopf, Nueva York, Londres, 1935. <<
[19] S. Lebovici, La psychologic dynamique en
groupe, en Especies actuéis
du problème de
l’enfance en danger, Col. «Informations sociales», 1950. <<
[20] G. Amado, Éthique et psychologic dun groupe
d’adolescents inadaptés, «Évolution psychiatrique», fase. I, 1951. <<
[21] August Aichorn, Juventud descarriada, Ediciones
Médico-Psicológicas, Madrid. <<
[22] S. Lebovici, P. Male y F. Pasche, Psychanalyse
et criminologie, rapport
clinique, XIII
Congreso de Psicoanalistas de Lengua francesa, París. 1950, «Revuc francaisc de
Psychanalyse», nº 1, 1951. <<
[23] Kate Friedlander, Formation of the antisocial
character, en «A Psychoanalytical study of the child», Nueva York, 1945.
<<
[24] Alexander y Staub, El delincuente y sus jueces
desde el punto de vista psicoanalítico, Ed. Biblioteca Nueva, Madrid. <<
[25] Congreso de Psiquiatría de lengua francesa,
intervenciones de Marie Bonaparte, Shentoub. <<
[26] P. Male, Les groupes de pervers infantiles,
«L’évolution psychiatrique», año 1938, fase. III. <<
[27] L. Michaux, Une forme élective de l’agresivi té
infantile: les perversions
conditionnelles, I
Congrés internat. de Psych. infantile, Londres, 1948. El niño perverso, en esta
colección. <<
[28] K. R. Eissler, Ego-psychological implications
of the psychoanalytic treatment of delinquents, «The psychoanalytic study of
the child», V, Imago Publish;ng Co., Londres. <<
[29] Véanse: Kate
Friedlander, Aichorn, Ledovici, Male y Pasche, obras citadas <<
[30] H. Deijtsch. La psychologie des femmes, T.
«Enfance et adolescence», P. U. F., trad. franc. de Hubert Benoit, 1949.
<<
[31] D. Laoache, Fugue et fuite de soi-même,
«Évolut. psychiatr.», IV, 1947.
<<
[32] J. Lacan. Réponse à la discussion des rapports,
XIII Conf. des Psychan. de Langue française, «Revue franç de Psychan.», nº 1.
1951. <<
[33] M.
Merleau-Ponty, Sens et non-sens, págs. 73, 74 y 78, Nagel, 1948. <<
[34] A. Freud, El Yo y los mecanismos de defensa,
Ed. Paidós, Buenos Aires.
<<
[35] Lebovici, ob.
cit. <<
[37] Spurgeon English y Gerald Pearson, Emotional Problems of
living, W. W.
Norton and Co.
Inc.» Nueva York, 1945. <<
[38] F. Hotyat, Les faiblesses de la pensée
mathématique chez les adolescents, «Enfance», nº 4, 1952. <<
[39] B. Bornstein, Zur Psychogenese der
Pseudodebilität, «Inter. Zeitsch. f. Psychoan.», XVI, 1930. <<
[40] P. Federn, Psychoanalylische Auffassung der
intellektuellen Hemmung, «Zeitschr. f. Psychoanal. Paedag.», IV, 1930. <<
[41] M. Klein, A Contribution to the Theory of
Iníellectual Inhibition, «Int. Jo. of Psychoanal.», XII, 1931. <<
[42] K. Landauer, Zur psychosexuellen Genese der
Dummheit, «Zeitsch, f.
Sexualw.», 1929.
Zur Theorie der Dummheit, «Z. f. Psychoan. Paedag.», 1930, IV.
[43] M. Mahler-Schoenberoer, Pseudo-imbecility: A
magic cap of invicibility, «Psych. Quart.», XI, 1942. <<
[44] C. P. Obfrndorf, The feeling of Stupidity,
«Inter Jo. of Psychoan», XX, 1939. <<
[45] M. Schmideberg, Intelectual Inhibition and
Disturbances ín Eating, «I. Jo. Ps.», XIX, 1938. <<
[46] O. Fenichel,
ob, cit. <<
[47] K. Eissler, Some psychiatric aspects of
anorexia nervosa, «Psychoanal. review», XXX, 1943. K. Adraham, The influence of
oral erotism on
character
Formation, Sel. Pap. ID… Manifestation of the female castrar ion Complex, Sel.
Papers. S. Bfrnfeld, Zur Idiosynkrasie gegen Speisen, «Internat. Zeitschr. f.
Psychoa.», V, 1919. S. Lorand, Anorexia nervosa: Report of a case,
«Psychosomat. Méd.», V, 1943. M. Mead, Changing food habits, «Buletin of
Menninger Clinic», VII, 1943. J. V. Waller, M. R. Kaufmann y F. Dlutsch,
Anorexia nervosa, «Psychosom. med.», II, 1940. Y en Francia: O. Codet, A propos
de trois cas d’anorexie mental, «Revue française de psychanalyse», I, 1948.
J. L. Courchet, Étude analytique d’un cas d'anorexie mentale, «Évol.
psychiatrique», 1947, fase. II. <<
[48] F. Alexander, The neurotic Character, «Intern.
journ. of psychoan », XI, 1930. <<
[49] Fenichel, obra
citada. <<
[50] J. Rouart, Psychose maniaque-depressive et
folies discordantes, tesis, París, 1935. <<
[51] G. Heuyer, Introducción a la psiquiatría
infantil, (Colección «Paidea»), Barcelona. <<
[52] G. Heuyer y A. Borel, Le delire de rêverie,
«Soc. Psych.», 15 de junio, 1922. <<
[53] G. Heuyer, oh.
cit. <<
[54] Rogues de
Fursac y Minkowski, Le rationalisme morbide, «Encéphalc», abril,
1923. <<
[55] S. Freud, El «yo» y el «ello», en «Obras
Completas», vol. T, Ed. Biblioteca Nueva, Madrid. <<
[56] Paul
Schilder, Imagen y apariencia del
cuerpo humano, Ed. Paidós
(Biblioteca de
Psiquiatría, Psicopatología y Psicosomática), Buenos Aires. <<
[57] S.
Freud, Remarques psychoanalytiques sur la description
autobiographique
d’un cas de paranoia, «Rev. franç. de Psychan.», V, n9 1 y Cinq psychoanalyses,
París, Denoël. <<
[58] S. Freud, The Loss of Reality in Neurosis and
Psychosis. Coll. pap., II.
<<
[59] H. Nunberg, Der Verlauf des Libidokonfliktes in
einem Falle von Schizophrenie, «Internat. Zeitschr. f. Psychoanalyse», VII,
1921. Edelston,
Differential
Diagnosis of some emorional disorders of Adolescence (con especial referencia a
cada esquizofrenia), «The Journ. of Mental sc.», 95, 1949. W. Hoffer, Diarios
of Adolescent Schizophrenics (Hebephrenia), «The
psychoanal. Stud.
of the Child», II, 1946. M. Katan, Structural aspects of a case of
Schizophrenia, «The psychoa. t. of the Child», II, 1946. W. S. Dawson, The
psychoses of adolescence, «British Medical Journal», 12 de octubre de 1935. Se
darán otras referencias a propósito de la terapéutica.
[60] Spitz, Hospitalisme, «Revue française de
Psychanalyse», nº 3, 1949,
Hospitalism, «The
Psychoanalytic Study of the Child», I, 1945; «Sauvegarde», nº 36. <<
[61] D. Beres y S. Obfrs, The effects of extreme de
privation in Infancy on
psychic structure
in Adolescence. A Study in Ego development, «The psychoanalytic Study of the
Child», vol. V, 1950. <<
[62] Maurice
Debesse, La crise d’originalité juvénile, P. U. F., 1948. <<
[63] Irène Josselyn, The Adolescent and his world, I
vol., Family Service association of A mer ca, Nueva York, 1952. <<
[64] Harold Jones, Adolescence in our Society, en
The family in a Democratic Society, Columbia University Press, Nueva York,
1949. <<
[65] Hélène Deutsch, Psychologie des femmes, vol. I:
Enfance et adolescence.
<<
[66] Hélène
Deutsch, ob. cit., págs. 144, 145. <<
[67] Phylus Blanchard, Adolescent experience in
relation to personality behavior, en Mc V. Hunt, Personality and the behavior
disorders, vol. II, The Ronald Press Company, Nueva York, 1944. <<
[68] Anna Freud, El yo y los mecanismos de defensa,
Ed. Paidós, Buenos Aires. <<
[69] Hartmann, Kris y Loewenstein, Comments on the
Formudan of Psychic Structure, «The psychoanalytic study of the child», II,
1946. <<
[70] Nos ha facilitado una útil documentación para
la redacción de este capítulo la importante revisión general de Leo A. Spiegel,
A Review of
contributions to a
psychoanalytic theory of Adolescence. Individual aspects, «The psychoanalytic
study of the Child», vol. VI, 1950. <<
[71] Bernfeld,
Types of adolescence, Psa. Quaterly, VII, 1938. <<
[72] Articulo citado. <<
[73] Hélène Deutsch, Übcr einen Typus der
Pseudoaffektivität («ais ob»), «Int. Zeitschr. f. Psa.», vol. XX, 1934, págs,
323 y siguientes. <<
[74] J.
Lampl-de-Groot, On musturbation
and its influence
on genera/
development, «The
psychoanalytíc study of the child», volumen V, 1950. <<
[75] M. Balint, Der Onanicabgewöhnungskampf in der
Pubertät «Ztsch. f. psa. Pädagogik», IX, 1934, citado por Leo SpieGEL, loc.
cit. <<
[76] Irène
Jossflyn, obra citada. <<
[77] Harold E.
Jones, obra ciada. <<
[78] Margaret Mead, From the South Seas, «Studies of
Adolescence and Sex in Primitive Societies», William Morrow and Co., Nueva
York, 1939. <<
[79] R. Laforgue, La névrose familiale; J. Leuba, La
famille névrotique et les
névroses
familiales, Informe al IX Congreso de Psicoan. de lengua francesa, 1936, «Rev.
franç. de Psychan.». 1936, nº 3. <<
[80] Obra citada. <<
[81] Viola
M. Bfrnard, Adolescence.
Its Implications for
Family and
Community en The
Family in a Democratic Society, Anniversary papers of the Community Service
Society of New York, 1 vol., 1949. Columbia University Press, Nueva York.
<<
[82] F. Alexander y
W. Healy, Roots of Crime, Nueva York, 1935. <<
[83] Aichorn, obra
citada. <<
[84] K. Friedlander, Psicoanálisis de la
delincuencia juvenil, Edit. Paidós, Buenos Aires. <<
[85] Burt, The
young Delinquent, Londres, 1944. <<
[86] A. M. Johnson y S. A. Szurek, The Genesis of
Antisocial Acting out in
Children and
Adults, «The psychoanal. Quarterly», vol. XXI, 1935, nº 3. <<
[87] Leo A. Spiegel, loe. cit. <<
[88] M. Gitelson, Character Synthesis: The
Psychotherapeutic Problem in Adolescence, «Am. J. Orthops», 18, 1948. <<
[89] M. Klein, El
psicoanálisis de niños, Ed. El Ateneo, Buenos Aires. <<
[90] A este respecto, Spiegel se refiere al artículo
siguiente: A. Katanangel, Die
Rolle der
Verschiebung bei der Strassenangst, «h:t. Zisch. f. Psa», XXIII, 1937. <<
[91] Irene Josselyn, The Adolescent and his world,
1952. I, vol., Family Service Association of America, Nueva York. <<
[92] Aichorn, Juventud descarriada. Ediciones
Médico-Psicológicas, Madrid.
<<
[93] K. R. Eissler, Ego-Psychological Implications
on the Psychoanalytic
Treatment of
Delinquents, «The Psychoanalytic Study of the Child», vol. V, 1950. <<
[94] L. P. Clark, Practica/ Remarks upon the Use of
Modified Psychoanalysis
in the Borderline
Neurosas and Psychoses, «Psychoanal. Review», VI, 1919. Federn, The ana/ysis of
Psychotics, «Int. Jo. of Psychoanal.», VX,
1939.
Psychoanalysis of Psychoses, «Psychiatr. Quart.», XVII, 1943. E. Glover. The
Psychotherapy of the Psychoses, «Brt. Journ. of Med, Psychol.», X, 1930.
<<
[95] D. M. Bullard, The Organizaron of
Psychoanalytic Procedure in the
Hospital, «J. of
Nerv. and Ment. Dis.» XCI. 1940. E. Simmel, Psvchoanalytic treatment in a
Clinic, «Int. Jo of Psychoan.», X, 1929. <<
[96] M. A. Sechehaye, La réalisation symbolique,
Hans Huber, Berna, 1947, y
Journal d’une
Schizophrène, Bibl. de Psychan. et de Psychol. cli., P. U. F., París. <<
[97] John N.
Rosen, Traitement de la psychose
schizophrénique par la
psychanalyse
directe, «Psychiatric Quaterly», vol. 21, enero, 1947. Información
bibliográfica traducida y condensada por M. Pahmer, «Revue française de
Psychanalyse», 4, 1950. <<
[98] M. Schweich; P. Margat; C. Forzyc, Vers una
psychothérapie des Schizophrènes, «Evolut. psychiatr», 1953, fasc. I. <<
[99] S. Lebovici, R. Diatkine, E. Kestenberg,
Application de la psychanaiyse à la
psychothérapie de
groupe et à la psychothrérapie dramatique en France, «Evolution psychiatrique»,
1952, fase. III. <<
[100] Colee. Informations sociales, abril,
1950. <<
[101] Eissler, obra
citada. <<
[102] Los autores americanos se han esforzado
en dar una base científica a las actitudes autoritarias o liberales, en materia
de educación o de reeducación y de discutir su oportunidad, tal como lo
testimonian las siguientes referencias bibliográficas:
John Slawson, Use
of authoritatíve approach in Social Case-Work in the field of Delinquency,
«Amer jour, of orthops.», volumen 8, octubre, 1938.
Walter Bromberg y
C. Terry Rodgers, Authoríty in the treatment of Delinquents, «Amer. jour. of
orthops.», vol. 16, octubre, 1946.
Frederik J. Hacker
y Elisabeth R. Geleerd, Freedom and Authority in Adolescence, «Amer. Jo. of
orthops.», vol. 15, ortubre, 1945.Dorothy G. Wright y Mary E. Leitch, Use of
boarding Homes in conjunction with a prívate residential School, «Am. Jo. ot
ortrops.», volumen 16, enero, 1946. <<
[103] Sobre este punto se encontrará una
importante bibliografía en la obra de Otto Fenichel. La théorie
psychoanalytique des névroses, tomo segundo,
pág. 682,
«Bibliotheque de Psychanalyse et de Psychologie Clinique», Presses
Universítaires de France, 1953. <<
[104] J.-L. Faure, Réalisations américaines
pour la santé mentóle infantile, Les idees et les faits, «Sauvegarde», 5-6,
1952. <<
[105] W. Warren, The in-patient care of
Adolescent Delinquent Boys in a
psychiatric
hospital, Symposium sur la délinquance infantile, I Conpreso mundial de
Psiquiatría, París, septiembre, 1950, «Sauvegarde de l’enfance », número fuera
de serie, 1951. <<
[106] Caroline B Zachry, A new Tool in
Psychotherapy with Adolescents, en «Modern Trends in Child Psychiatry», Nueva
York, 1945. <<
[107] Véase a este respecto: Aspects aducís
du prablème de. l’enfance en danger, «Informations sociales», abril, 1950.
<<
[108] J.-L. Faure, ob cit… y C. Arnou, Role
et formation des assistantes
sociales
psychiutriques aux Etats-Unis. «Sauvegardc», números 34-35, 1949. <<
[109] Jean Chazal, La justice devant la
personne de l’adolescent, «Educateurs», número especial, «L’adolescence»,
marzo-abril, 1951. <<
[110] G. Heuyer y S. Lebovici, La
narco-analyse chez l’enfant, «Groupement franç. de Neuro-psych. infantile»,
julio, 1946. L. Cornil, H. Ollivier,
Considérations sur
la narco-analyse psychosomatique en psychiatrie infantile juvénile, «Aun Méd.
Psych.», I, 1948. <<
[111] Heuyer y Feld, Applications
neuro-chirurgicales en psychiatrie infantile, «Anaïs Portugueses de
Psiquiatría», agosto, 1950. <<
FIN

No hay comentarios:
Publicar un comentario