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Libro N° 14347. Psicopatología De La Pubertad Y De La Adolescencia. Rouart, Julien.


© Libro N° 14347. Psicopatología De La Pubertad Y De La Adolescencia. Rouart, Julien.  Emancipación. Octubre 4 de 2025

 

Título Original: © Psicopatología De La Pubertad Y De La Adolescencia. Julien Rouart

 

Versión Original: © Psicopatología De La Pubertad Y De La Adolescencia. Julien Rouart

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://ww3.lectulandia.com/book/psicopatologia-de-la-pubertad-y-de-la-adolescencia/


 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

PSICOPATOLOGÍA DE LA PUBERTAD Y DE LA ADOLESCENCIA

Julien Rouart


 

 

 

 

 

Psicopatología De La Pubertad Y De La Adolescencia

Julien Rouart

 

 

 

 

 


 

 

El autor estudia las anomalías psíquicas que pueden manifestarse en el período de la adolescencia: trastornos en el comportamiento del adolescente, neurosis, psicosis, esquizofrenia, anomalías que la pubertad puede agravar o hacer más evidentes. Analiza también los factores que pueden influir en esos trastornos: desarrollo corporal, psicosexual, factores familiares. Por último, analiza la terapéutica: psicoanálisis, psicoterapia de grupo, etc. La obra se desarrolla en el plano de la medicina, refiriéndose a casos anormales. Pero cuando la materia exigiría un enfoque no sólo científico, sino moral, no lo da.

 

Presenta como cosa natural las diversas formas de la actividad sexual como debidas a causas psicopáticas; y la no actividad, a represiones.

 

 

 

 

 

Julien Rouart

 

Psicopatología De La Pubertad Y De La Adolescencia

 

ePub r1.0

 

Titivillus 28-09-2025

 

 

 

 

 

 

Julien Rouart, 1964

 

Traducción: Fernando Velasco

 

Editor digital: Titivillus

 

 

 

Digitalización y OCR para Epublibre

 

 

 

Primera edición en Epublibre, 28-09-2025

 

ePub base r2.1

 

 


 

 

 

 

 

 

 

INTRODUCCIÓN

 

 

 

 

 

 

 

 

Considerar la psicopatología desde el punto de vista de un período de la vida, no es una actitud nueva y parece, a primera vista, un retorno a las tradiciones clásicas que nos han legado los términos de demencia precoz, heboidofrenia, psicosis involucional y demencia senil. Andando el tiempo esta alusión a la edad no fue considerada más que un residuo desnudo en una nomenclatura que debía designar las «enfermedades», es decir, variedades de déficits mentales e histológicos. El perfeccionamiento de los métodos histológicos y los hechos clínicos de «perversiones adquiridas», a consecuencia de la encefalitis epidérmica, aportaron serios argumentos a favor de este criterio. Desde el punto de vista psiquiátrico los tests destinados a poner de manifiesto una alteración, cuya evaluación cuantitativa permitía asimilar a un déficit, proporcionaron un buen argumento a la idea de que el síntoma era la expresión directa de la pérdida de una cierta cantidad de sistema nervioso y que las otras circunstancias eran puramente contingentes. La nomenclatura de Kraepelin suministraba la tabla de las enfermedades precisas a las que debían corresponder lesiones determinadas. La psiquiatría infantil fue, en sus principios, muy oportuna, especialmente con respecto a los retrasados, para los más afectados de los cuales el aspecto físico justificaba la vinculación a una estricta etiología orgánica. Se ocupó luego de la delincuencia, prácticamente de la de los adolescentes. La dificultad tas y más tarde de los servicios sociales, adquiriese importancia, a pesar de la reserva en la que se mantenían algunos médicos, incluso psiquiatras, temiendo acaso una revisión de sus doctrinas.

 

Su objeto y los aspectos clínicos bajo los cuales se presenta, así como la convergencia de los tres puntos de vista que acabamos de enumerar, organicismo médico, psicogenitismo freudiano y problemática social, jurídica y reeducativa, dieron a la psiquiatría infantil y juvenil una extensión e influencia en la vida corriente como no la había conocido la psiquiatría del adulto, al menos hasta una fecha reciente. La convergencia de estos tres puntos de vista tuvo efectos pragmáticos considerables, concretamente en lo que se refiere a las terapéuticas no médicas, sin excluir, no obstante, a estas últimas. En efecto, esta rama de la medicina nos impone a cada instante el deber de superar las dificultades en las cuales nos coloca la vieja manera de considerar como antinomias la organogénesis y la psicogénesis. Es tan importante apreciar la importancia que tiene en la integración personal tal manifestación fisiológica o patológica como la alteración material que constituye y las trabas que plantea a una educación o una reeducación. Conviene que apreciemos el obstáculo que constituye para un desarrollo fisiológico en curso, una aprehensión ansiosa de sus manifestaciones, un conflicto afectivo, etc. No podemos perder de vista la incidencia que puede tener, tanto sobre el plano de la imagen de sí mismo como sobre el de las relaciones del individuo con los demás y consigo mismo. Debemos este examen de las cosas, sean cuales fueren los puntos de vista que los inspiren, al psicoanálisis y a los trabajos de Wallon[1].

 

En semejante punto de convergencia de los diferentes modos de abordarlo, se sitúa exactamente el programa de saber si existe la posibilidad de una psicopatología de la adolescencia. Según la psiquiatría de no hace mucho tiempo, presenta pocas particularidades y se trataría más de frecuencia que de especificidad de las manifestaciones observadas. Desde el punto de vista social aparece como un período de trastornos ante el cual la familia y los educadores se sienten preocupados y un poco perplejos. Los problemas que plantea la madurez genital, la orientación profesional, etc., son muy característicos de este período. Recientemente los etnólogos, relacionando los curiosos hábitos que señalan este período de la vida en ciertos pueblos, han despertado la atención, juntamente con los psicoanalistas, sobre las dificultades y vicisitudes del hecho de convertirse en adulto.

 

Las mismas vías de acceso hacia la comprensión de la existencia del adolescente nos parecen las más indicadas para estudiar su patología. Aparte de esta actitud comprensiva, ninguna otra justificaría una psicopatología de la adolescencia.

 

 

 

 

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CAPÍTULO PRIMERO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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PERSPECTIVAS CLÍNICAS

 

 

 

 

 

I. Resumen general sobre los fundamentos de una clínica psiquiátrica de la pubertad y de la adolescencia

 

La imprecisión y el polimorfismo clínicos, sin que pueda hablarse con propiedad de aislar entidades mórbidas particulares, justifican que se plantee la cuestión de saber si se puede describir una psicopatología referida particularmente a la pubertad y a la adolescencia.

 

A este respecto la literatura inglesa, alemana y sobre todo americana, es muy abundante. La francesa, en cambio, está muy lejos de ser psiquiátrica, al menos en su sentido estricto, y muchos trabajos publicados se efectuaron sobre todo desde el punto de vista de la reeducación, readaptación y modificación del medio o de las personas que rodean al sujeto, pero se apoyan en datos psiquiátricos o psicoanalíticos sin que el rigor de la observación clínica o de las ideas teóricas sea siempre tan grande como podrían desear los especialistas o los prácticos de la psiquiatría y del psicoanálisis. No es menos cierto que estos trabajos traducen la extrema importancia del movimiento de opinión suscitado por estas cuestiones y que estimulan favorablemente los esfuerzos terapéuticos.

 

En Francia, Roubinovitch y Paul-Boncour se han interesado por los trastornos del carácter y la criminología infantil y juvenil. Heuyer consagró su tesis a los Niños anormales y delincuentes juveniles. Pronto se puso en evidencia lo que constituye el objeto de la mayor parte de los trabajos y preocupaciones de especialistas y organismos públicos que dedican su atención a la adolescencia: los trastornos del comportamiento y la delincuencia. Por su parte, Gilbert Robin[2] consagró varias publicaciones a los trastornos del carácter y a ciertos aspectos de la psicología juvenil.

 

 

 

 

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Como ejemplo del estado de la opinión paidopsiquiátrica en Francia, antes de la guerra, el trabajo más característico nos parece la tesis de doctorado de S. Leconte-Lorsignol, escrito bajo la dirección del profesor Heuyer. En él se demuestra claramente que la pubertad es una «verdadera revolución», «una crisis», «un segundo nacimiento», según la expresión de Rousseau. Las conclusiones de esta tesis son que «la transformación que realiza la pubertad es social» y que «la pubertad, lejos de ser una revolución somatopsíquica, no es más que el fin de un largo período y el principio de un estado[3]».

 

Leemos también que «la pubertad puede agravar o hacer más evidentes ciertos trastornos del carácter. No puede crearlos ni tampoco mejorarlos». Sin embargo, más adelante, la autora admite en este época una fase en la cual la orientación de la vida sexual dependerá de las influencias exteriores, aun cuando sea necesaria una predisposición. Se trata de perversiones sexuales en los perversos del carácter que la autora opone a aquellos que presentan perversiones «más polarizadas»: sadismo, masoquismo y «homosexualidad llamada congénita», que la pubertad no hace más que poner en mayor evidencia. Esta aseveración entraña ciertas consecuencias doctrinales. Poco distinta del contexto según el cual la pubertad no crea ni mejora los trastornos, asigna un valor solamente secundario a la «transformación social» en la génesis de los trastornos. Por este motivo fortalece el valor de los factores constitucionales, lo que parece ser el caso de esta obra, aunque se refiera con frecuencia a los trabajos psicoanalíticos. Admítense dos clases de factores patógenos: los constitucionales y los adquiridos en las fases precoces del desarrollo sexual infantil. Lo que se afirma, sobre todo, es el carácter terminal del desarrollo en este período y, en consecuencia, añadimos nosotros, el fin de una cierta plasticidad inherente a la infancia, incluso en lo que concierne a los factores culturales. No sólo la autora no admite la mejora espontánea en este período o a continuación, sino que se muestra muy escéptica con respecto a las posibilidades de reeducación o terapéutica después de esta fase. Este criterio nos parece demostrado por el resultado de la encuesta sobre «el pronóstico de los trastornos del niño», realizada en ocasión del Congreso mundial de Psiquiatría de 1950. Lubtchansky[4] dice en su informe que «los trastornos del carácter presentados por el niño no parecen tener una significación tan grave como en el adulto». Si se nos objeta que se trata más de niños que de adolescentes, podemos responder que esto

 

 

 

 

 

 

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supone una mejora espontánea o terapéutica de un gran número de estos casos en la pubertad, en el curso de la adolescencia o más tarde. La severidad del pronóstico anterior creemos corresponde a la tendencia de considerar a los trastornos como entidades mórbidas constituidas en el huevo (tesis constitucionalista) o, incluso si son adquiridos, enfermedades desde entonces independientes de las circunstancias exteriores. Es curioso notar que estas doctrinas han coexistido con actitudes que suponen posiciones inversas: el gran desarrollo de una actividad sociorreeducativa, la imposibilidad de encontrar un vocablo nosográficamente más definido que el de «trastornos del carácter». La observación de Lubtchansky hace pensar que, en efecto, la tendencia a considerar muy graves los trastornos del carácter del niño debíase a que se asimilaban a los del adulto, que están «fijados» en actitudes difícilmente reductibles quizá más por la fuerza de las situaciones e interacciones así creadas, que por una fijeza inherente a la «naturaleza» del trastorno o a la constitución del sujeto mismo.

 

Si la adolescencia ha preocupado mucho a los psicólogos, a los educadores y a los mismos adolescentes más o menos bajo la forma de «egotismo», es porque plantea problemas no sólo de devenir, sino que atañen a formas actuales de existencia variables y difíciles de precisar. Un verdadero especialista de la adolescencia, Bernfeld[5], citado por Spiegel[6], hace la observación siguiente: «La adolescencia es menos comprendida desde el punto de vista del desarrollo psicológico y sexual que la infancia. Una de las razones de la insuficiencia de literatura científica sobre este período de la vida se debe a la multiplicidad de los fenómenos observados a esa edad. La adolescencia se manifiesta en diversos dominios: fisiológico, psicológico y sociológico. Al confrontarlos con la enorme variedad de diferencias individuales, sociales, culturales, históricas y físicas que existen en el grupo, se experimenta la tentación de plantear la validez de una clasificación de todas estas manifestaciones bajo el capítulo de la adolescencia[7]». Insistiendo sobre las variaciones que se observan en la adolescencia, en lo que respecta al grado de desarrollo, la extensión de los intereses, etc., Spiegel observa que «incluso la psicosis es atípica en el adolescente y de diagnóstico difícil, porque no ha “aprendido” todavía a limitar su enfermedad a síndromes psiquiátricos bien reconocidos».

 

Puede parecer paradójico buscar caracteres generales a los trastornos de la adolescencia en medio de tal diversidad, pero su existencia o su

 

 

 

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ausencia justifican la adopción, o el rechazo, de todo ensayo de una psicopatología propia de este período. Por otra parte, esta misma diversidad constituye por sí sola uno de sus caracteres generales. Sin embargo, ciertas eventualidades clínicas tienen una frecuencia particular. Insistiremos en ellas a título de ejemplo y para poner en evidencia caracteres generales de la manera en que las cosas se presentan, más que para hacer un inventario completo de síntomas o de entidades clínicas, lo que sería artificial, inexacto e incluso imposible. No siendo nuestro propósito presentar la clínica como en un tratado, tenemos la libertad de no recurrir a una clasificación que solamente evitaría la confusión en una obra exhaustiva. De la experiencia clínica relativa al adolescente se deduce que es imposible establecer categorías valederas y rigurosas incluso desde un punto de vista semiológico. La práctica y la terapéutica nos demuestran que no es necesario.

 

La semiología no nos muestra ningún síntoma que sea específico de una especie mórbida, lo que no impide que ciertos síntomas nos orienten con frecuencia por su agrupación o contexto con respecto a ciertas eventualidades evolutivas. Atraen en efecto nuestra atención en su referencia a las circunstancias de la vida del sujeto y en la significación que adquieren en su existencia. En esto seguimos el camino abierto por el psicoanálisis y los estudios fenomenológicos. Naturalmente, no excluimos el examen de las correlaciones que obtienen los métodos sociológicos y biológicos, puesto que los acontecimientos o los estados correspondientes a estos dominios pertenecen también a la existencia del sujeto. No desestimamos su importancia en la génesis del síntoma aunque no admitamos que éste sea siempre la expresión directa de una perturbación biológica determinada.

 

La nosografía, a la que no concedemos aquí un estudio crítico «en general», no es más difícil de establecer en este período de la vida que en cualquier otro. Varias veces ha retocado .Bernfeld su clasificación, y acabamos de ver que considera esta dificultad como específica de la adolescencia. Por nuestra parte vinculamos gustosamente la causa de tal dificultad a las características existenciales de la adolescencia. Una entidad nosográfica bien definida se presenta bajo una forma estructurada, una «Gestalt». Los trastornos mentales que presentan más que otros este carácter y pueden con mayor facilidad figurar en una clasificación son los del adulto. Del mismo modo son más netamente distintos los caracteres de

 

 

 

 

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la vida corriente y normal, más alienantes. La psicosis paranoica está bien establecida en la edad madura. La sintomatología de la esquizofrenia más leve tiende, sin embargo, a organizarse mejor cuando aparece en esa edad bajo la forma paranoidea y a presentar una riqueza delirante que no tiene la forma hebefrénica.

 

Si se comparan las publicaciones francesas y americanas se sorprende uno ante los esfuerzos de las primeras por conseguir una clasificación, incluso cuando se discuten su fundamento o su posibilidad. Sólo después se entra en la cuestión de las condiciones etiológicas y de la patogenia refiriéndose generalmente —aunque sea para discutirlas— a las concepciones constitucionales de Dupré, por ejemplo. Después de haber rendido homenaje a los autores de esta época por haber dejado descripciones clínicas indiscutibles, son estudiadas las circunstancias de la historia individual, los conflictos, los factores sociales, ecológicos, etc., y destacada la preponderancia de la acción de cualquiera de ellos. Al parecer, cuesta desprenderse —a pesar de que se haga— de la concepción del trastorno o de la enfermedad como un ser en el ser, concebido con él, embrionado en el estado de la constitución o de predisposiciones y, como tal, con una causa específica, no siendo los acontecimientos ulteriores más que condiciones que explican las variaciones o el desencadenamiento, pero no la enfermedad. Con los autores americanos se entra de rondón en un camino muy inmediatamente psicosocial o estadístico, sobre todo cuando se trata de correlaciones biológicas, sin la preocupación de clasificar los fenómenos observados. Naturalmente subsisten ciertas distinciones, pero son examinadas bajo la forma de grandes clases evolutivas que poseen un pronóstico y sanciones terapéuticas diferentes, tales como psicosis, neurosis y desórdenes del comportamiento. Recurrir al término de «clase evolutiva» como hacemos aquí y como parece desprenderse de los trabajos recientes, significa para nosotros que los trastornos de que se trata no son dados, en su esencia, como una enfermedad, pero tampoco son enfermizos en sí. Lo son en la medida en que se organizan en enfermedad para el sujeto, si tienen por resultado que éste sea tratado como enfermo y si acaban por figurar en una de las categorías nosográficas usuales. Dicho de otro modo: estas enfermedades «se hacen», pero no están precisamente «hechas» en la adolescencia, lo mismo que el adolescente no es un «hombre hecho».

 

 

 

 

 

 

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Creemos que el polimorfismo clínico justifica este punto de vista. Si la hiperernotividad acompaña ciertos trastornos del comportamiento, una fuga, un delito, si una indiferencia afectiva es grosso modo sintomática de esquizofrenia, pero a veces sintomática en ciertos sujetos a quienes se les ha impuesto la etiqueta de perversos, no podemos tener en cuenta solamente tales características para establecer clases de nomenclaturas. Casi todos los comportamientos que figurarían en la lista pueden observarse al principio o en el curso de una afección mental progresiva, y pueden también constituir una reacción episódica, una fase histórica de un desarrollo ulteriormente destinado a estabilizarse o incluso a no ser más que una manifestación intermitente de un carácter poco «original». Podemos encontrarnos en presencia de una esquizofrenia en embrión cuya primera manifestación es, a veces, un acto simbólico extraño, en otros casos una pérdida insidiosa y progresiva del interés por el mundo exterior, difícil de diferenciar de las ensoñaciones diurnas del adolescente. El carácter, que se afirma precozmente en una forma rápidamente madura y equilibrada o en una forma «perversa», puede estar sólidamente constituido en conjunto, aunque más o menos pobre en vida afectiva y plasticidad. Contrariamente, puede prolongar una adolescencia difusa durante muchos años sin que nada francamente patológico, ni adaptado, permita prever en un simple examen clínico si las exigencias de la vida adulta traerán consigo la eclosión de una neurosis o de una madurez enriquecida con largas reflexiones previas. Notemos a este propósito que Bernfeld ha descrito un tipo de adolescente prolongado que frecuentemente se encuentra entre los artistas.

 

Tanto si es objeto de la curiosidad de los adultos o de las investigaciones introspectivas de los adolescentes, la adolescencia aparece siempre más o menos como una fase prolongada de indeterminación o como una crisis. Entre las virtualidades amenazantes, las psicosis ocuparían un lugar privilegiado en razón de las semejanzas señaladas muchas veces entre las sorprendentes actitudes juveniles de interiorización, o, al contrario, de exteriorización, y la instalación a partir de esta época de tales conductas intensificadas o discretamente repetidas, como son los trastornos permanentes del carácter, o las manifestaciones iniciales de psicosis. Los comportamientos, sean o no patológicos, son juveniles, pero la semejanza entre las dos clases proviene sin duda de la indeterminación y de la ausencia de organización estructurada que revisten

 

 

 

 

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una y otra más que de una fragilidad independiente de este hecho. La edad adulta parece señalada, al contrario, por un distanciamiento mayor entre lo normal y lo patológico, por cuanto son más precisos los límites de una integración profesional y social bien constituida y de las conductas más «alienadas» que resultan de la ausencia de semejante integración.

 

Estas reservas están hechas en relación con la posibilidad de establecer categorías nosográficas, pero reconocemos que los trastornos observados en la adolescencia pueden ser examinados desde puntos de vista diferentes. En todo caso, la génesis del trastorno, la significación que ha adquirido en la historia del sujeto y la que toma en su existencia actual y el pronóstico que resulta de ella tiene más importancia que el carácter formal de los síntomas con que se manifiesta. Pero sería ir demasiado lejos en ese sentido no reconocer en ciertos síntomas o en determinadas conductas una significación tan general que nos permite exponer algunos ejemplos típicos, aun cuando no alcancen su pleno sentido más que en circunstancias individuales.

 

Podemos clasificar estos ejemplos típicos en un cierto número de características que, sin constituir absolutamente categorías nosográíicas, tienen en cuenta el aspecto sintomático, su estructura, la clase evolutiva a la cual pertenecen y, en la medida de lo posible, su patogenia.

De este modo tendremos las tres categorías siguientes: — Los trastornos del comportamiento y la delincuencia; —La neurosis;

—El problema de la esquizofrenia y de las psicosis.

 

No podemos dejar de tener en cuenta que un cierto número de conductas puede estar relacionado con una u otra de estas categorías y que incluso esta división en categorías, a pesar de su amplitud, no puede considerarse inflexible. Los trastornos del comportamiento y la delincuencia no excluyen ni la neurosis, ni los comienzos de una psicosis. Por otra parte, Lebovici[8], a propósito de la curabilidad espontánea de la neurosis infantil en ciertos casos, trae a colación las ideas de Anna Freud señalando que la pubertad es susceptible de modificar radicalmente la pasividad neurótica de ciertos niños. Lebovici escribe a este respecto: «Señalemos que los trastornos del carácter se oponen aquí a la neurosis, puesto que se sabe que la adolescencia es una edad propicia a la aparición de comportamientos antisociales».

 

Mostrando la evolución divergente de los sujetos de carácter antisocial descritos por ella y de los neuróticos, Kate Friedlander[9] comprueba, sin

 

 

 

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embargo, que en ciertos delincuentes no faltan los rasgos neuróticos. Existe en su clasificación toda una gradación que va desde el carácter

 

antisocial a la asociación de este carácter más o menos pronunciado con los rasgos neuróticos. En estos últimos casos la delincuencia adquiere el valor de «síntoma» neurótico (caso n9 3: un síntoma de cleptomanía).

 

Por último, relacionó cierto número de comportamientos delictivos a la existencia de una personalidad psicótica. Dicho de otro modo: todo síntoma que atrae la atención con respecto a un adolescente, plantea un problema de estructura de la personalidad y de pronóstico, es decir, de su relación con el carácter, la neurosis o la psicosis.

 

En términos psicoanalíticos estas diferentes categorías corresponden esencialmente a diferencias en las relaciones recíprocas que afectan las tres instancias del Yo, del Super Yo y del Ello, descritas en la «Tópica» freudiana de la personalidad.

 

II.    Los trastornos del comportamiento y la delincuencia

 

A)   Manifestaciones clínicas

 

Las más frecuentes en los muchachos son el robo, la fuga, y las faltas de asistencia a clase, y, más acentuadas, actos tales como el desvalijamiento con fractura, más raramente el asesinato, y, por último, el atentado contra las buenas costumbres.

 

En las muchachas, se da con frecuencia el vagabundeo con prostitución, así como también el robo.

Tal como hemos dicho, apenas existe una clasificación propuesta que sea satisfactoria.

a)    Aichorn ha descrito una categoría de delincuentes a los que llama jóvenes agresivos. Éstos presentan un carácter antisocial cuyos rasgos principales son una oposición a todo intento de enderezamiento, un odio manifiesto a los detentadores de la autoridad, desprecio total de los bienes ajenos, falta de consideración con respecto a los demás seres humanos. Tienen una actitud provocadora y se inclinan a la crueldad.

 

b)    Entre las muchachas, Friedlander describe con el nombre de callejera a un tipo de muchacha que tiene una tendencia precoz y repetida a la prostitución con una inestabilidad muy grande, dificultad para

 

 

 

 

 

 

 

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sujetarse a una ocupación regular y necesidad de quebrantar los reglamentos impuestos.

 

c)     Dada su frecuencia, debe mencionarse especialmente el robo. Las primeras manifestaciones suelen ser precoces, limitadas primero al medio familiar. Generalmente se acompaña de una tendencia al disimulo y a la mentira que se acentúa a tenor de la insistencia a hacer confesar al pequeño ladrón por parte de quienes conviven con él.

 

La fuga y el robo pueden estar asociados y con frecuencia este último forma parte de los preparativos de la fuga, para la que el muchacho se procura medios de ejecución a menudo minuciosamente preparados y premeditados. Contrastan con la ausencia de previsión que suele caracterizar el comportamiento del que se fuga, una vez realizada la huida.

d)    El tipo de impostor, así denominado por Aichorn y emparentado por K. Friedlander con los tipos corrientes llamados embusteros patológicos y estafadores, ha sido relacionado por Henderson con una personalidad psicopática[10]. Healy[11] ha descrito un cierto número de casos en los cuales se encuentra la pretensión de pertenecer a un medio social elevado que los sujetos se esfuerzan en mantener cometiendo robos y estafas.

 

e)     Autores franceses se han interesado particularmente por la fuga y el vagabundeo, particularmente el profesor Heuyer en sus diversas

 

publicaciones sobre la delincuencia juvenil[12], algunas de las cuales han sido escritas en colaboración con sus discípulos. La importancia de esta cuestión ha sido siempre subrayada en su enseñanza y actividad.

 

Néron ha consagrado su tesis a este tema e incluso un volumen de esta colección[13].

 

Un Centro de Observación para Vagabundos juveniles ha sido creado en Francia en estos últimos años y confiado al doctor Bergeron. Este autor ha extraído de varias publicaciones, con o sin sus colaboradores, el material necesario. Sus trabajos se relacionan con la fuga y el vagabundeo juveniles, pero insisten sobre todo en la intervención de los factores etiológicos, biológicos y sociales[14]. Todos estos trabajos, lo mismo que la tesis de Bensoussan[15], se basan en el material de estudio proporcionado por la misma entidad y destacan gran número de caracteres clínicos precisando su frecuencia. Sobre todo, como puede verse expresado en esta última obra, la fuga se muestra específica de la edad púber. Su patogenia es siempre compleja y diferentes factores etiológicos se encuentran

 

 

 

 

 

 

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implicados en ella, desde trastornos endocrinos, retrasos frecuentes del desarrollo somático, estados psicomotor y afectivo todavía infantiles a una «enorme frecuencia» de los trastornos del medio familiar. Traduce un período de crisis. «Frecuentemente, concluye Bensoussan, la fuga es un modo de reacción todavía infantil de la adolescencia ante una situación nueva y el desequilibrio pubescente parece dar cuenta del carácter exagerado de estas reacciones.»

 

La fuga sería hasta tal punto específica de la adolescencia que Debesse[16] considera que junto a fugas netamente patológicas en el adolescente, hay otras que no son el signo seguro de una enfermedad mental, y que «ciertas costumbres sociales son en cierto modo substitutos de la fuga y permiten su realización sin que haya ruptura completa con la familia». La vida de internado y el servicio militar cumplido anticipadamente figurarían entre ellas (citado por Bensoussan). Nosotros vamos más lejos en el sentido de la fuga, tal como la han estudiado más profundamente Hélène Deutsch y D. Lagache. Sin embargo, podemos señalar que este sentido podría no ser diferente en el caso de la fuga y de un substitutivo del género de los citados por Debesse, sino que se trata de un sentido inconsciente. El hecho de abandonar a la familia traduce, en los dos casos, una ambigüedad que el examen clínico difícilmente descubre y que posiblemente no se esclarezca más que a luz de la investigación psicoanalítica. Fenichel escribe: «Para obtener un reposo posible, la situación tras la cual corren los pacientes debe estar muy cerca de la meta original inconsciente para ser aceptada como substituto, y estar suficientemente alejada de él para no crear la angustia. En su casa, el marino piensa que este lugar está en el mar; a bordo, piensa que está en su casa[17]». La diferencia entre la fuga patológica del adolescente y la profesión de marino consiste en que la primera es un acto impulsivo y la segunda una integración social que puede ser excelente. Debesse, después de haber examinado la variedad de motivos que provocan la fuga, advierte que «suele presentarse como signo de un conflicto grave» y «que interesa toda la vida mental de la juventud». «Está pletórica de todas las aspiraciones que excitan a las almas jóvenes cuando adquieren consciencia de su propio valor. Por este motivo toca los elementos más íntimos de las crisis de originalidad.» En todo caso, vemos el deseo de comprender la significación de la fuga, tendencia que existe respecto a otras manifestaciones juveniles a lo largo del libro, pero en la que el autor se ve

 

 

 

 

 

 

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cohibido por una concepción del «síntoma» como «signo» de una enfermedad mental que hace difícil examinarla como si poseyera el mismo sentido en el desarrollo juvenil habitual y en los casos considerados patológicos. Tal contradicción resulta de una psicopatología que hace de estos estados patológicos entidades rígidas y considera a los sujetos «enfermos» tan extraños a los «normales» como una especie animal lo es a otra (Debesse, ob. cit., págs. 33 y s.).

 

f)     Ha sido concedida una atención especial a las perversiones sexuales y atentados a las buenas costumbres.

Todavía aquí tenemos en cuenta generalidades. Una enumeración sumaria no tiene más que un interés pintoresco, mientras que cada caso particular exige aclaraciones que solamente puede hacer comprensibles la conducta incriminada.

Si tenemos en cuenta la importante reactivación de la sexualidad aportada por la pubertad y cómo esta reactivación reconoce la sexualidad en la que su desarrollo se ha detenido antes de la fase de latencia para evolucionar en los casos favorables hacia su perfección, solamente podemos relacionar la mayor parte de los trastornos sexuales de la adolescencia con una evolución imperfecta del desarrollo de la libido.

La mayor parte de los autores que se han ocupado de esta cuestión consideran muy frecuente y hasta normal una fase transitoria de homosexualidad. Igual ocurre con la curiosidad relativa a la conformación de los órganos genitales en el sexo contrario y con un cierto grado de exhibicionismo. No deja de sorprender el contraste que existe entre la extrema frecuencia de los juegos sexuales de este tipo en los alrededores de la pubertad y la intolerancia que se manifiesta en algunas ocasiones llevando ante el Tribunal de Menores a ciertos sujetos entregados a ellos, a menudo por circunstancias extrañas a «este delito».

Dejando aparte estos casos, se observa, no obstante, en algunos sujetos una tendencia particular a la reincidencia en semejantes prácticas, ejecutadas frecuentemente en circunstancias particulares. El carácter relativamente público de los lugares y la torpeza en la elección de los compañeros parecen provocar el riesgo de la sorpresa, de la indignación y la denuncia por parte de estos compañeros o de terceras personas, acentuando el carácter de infracción y de atentado vinculados al acto. En ciertos casos se asocia una agresividad especial bajo forma igualmente de acto o de fantasía. Está más justificado considerar patológicos estos casos

 

 

 

 

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que los anteriores. Su determinismo y su carácter reiterativo y compulsivo traducen su estructura neurótica. Las pulsiones asociadas señalan la regresión a estadios primitivos de la libido.

 

La dificultad estriba en apreciar de qué variedad se trata. La brusca afirmación exterior del carácter delictuoso puede, en el primer grupo, tender a organizar y fijar una forma de satisfacción sexual aún no constituida más que por ensayos mal integrados y que experiencias favorables hubiesen podido hacer evolucionar sin duda hacia formas más maduras.

En el segundo caso, la culpabilidad y la búsqueda del castigo indican que está integrada la misma represión y que la satisfacción no puede obtenerse más que a este precio (neurosis). Esta eventualidad responde a las descripciones de Alexander[18].

 

B)    Contexto personal o social

 

Entre una inculpación claramente favorecida por el azar, en un adolescente todavía inseguro e «inmaturo», la autopunición neurótica y la perversión organizada, instalada e integrada, existen numerosos grados y posibilidades. Se da la posibilidad de que una perversión oculta, pero con la misma tendencia hacia la satisfacción, se manifieste siempre más o menos con riesgos, puesto que traduce una detención en la evolución de la sexualidad bajo la influencia de represiones infantiles y también porque su exteriorización repite un conjunto hecho de deseo, de su represión y de la rebeldía provocada por ésta. Por esto es siempre más o menos intensamente antisocial, tanto más cuanto que está generalmente vinculada a otras manifestaciones de carácter antisocial, descritas por Kate Friedlander (ob. cit.), entre ellas la agresividad, que traducen la fijación en el estadio anal.

 

Tal complejidad nos obligará, por lo tanto, a buscar en todos los casos dos órdenes de cosas:

a)    La estructura del carácter, neurótica o psicótica del sujeto, de la que depende esencialmente nuestra orientación terapéutica. Sucederá a veces, dada la actitud muy hermética de ciertos adolescentes, que no pueda afirmarse tal diagnóstico más que después de un cierto tiempo de ensayo psicoterápico;

 

 

 

 

 

 

 

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b)    Las circunstancias, que tienen una importancia tan considerable en este sentido, y cuyo conocimiento hará situar al delincuente de modo muy distinto según los casos. En efecto, si la delincuencia tiene un sentido preciso en la historia del sujeto, sobre todo cuando se trata de carácter antisocial, de neurosis o de psicosis, las circunstancias pueden, en ciertos casos, dar un sentido particular a la delincuencia, sentido que está en relación con estas mismas circunstancias. Por lo tanto, se trata de ver, en función de estas circunstancias, sobre qué fondo un determinado caso de delincuencia se destaca como una figura. Cuando el contraste entre el comportamiento de un adolescente y el medio es particularmente violento, incluso agresivo, se puede pensar que se trata de una patología caracterial, neurótica o psicótica. Un comportamiento delictuoso que constituya una realización bien integrada en la personalidad y se produzca en un medio habitualmente delincuente, aparecerá como el resultado de una identificación en cierto modo normal con la imagen de los padres. Así ocurre en muchos casos de robo, en los cuales los padres han desempeñado el papel de encubridores y cuya indignación momentánea y utilitaria es tardía. Las mismas observaciones sirven para muchos delitos sexuales y para la precocidad de las relaciones sexuales, que se presentan de diverso modo según se trate de un medio en el que la promiscuidad sea habitual o no. Las circunstancias dan publicidad o ponen en evidencia las actividades sexuales de los menores, cuyas relaciones incestuosas suelen ser menos el hecho de una represión sistemática de la familia que reacciones efectivas intercurrentes o vinculadas a otros motivos. Sucede, en el examen de una menor que ha acusado a su padre de relaciones incestuosas con ella, que la confusión de su relato en cuanto al principio de estas relaciones y su actitud personal contrasta con la indignación que acompaña la acusación global y cuyo tono afectivo puede ser mantenido por otra causa. Otras veces —y esto es más raro— la denuncia se produce por parte de quienes rodean al sujeto, la madre, por ejemplo, después de un periodo de complaciente latencia. A veces se encuentran casos análogos a los presentados por K. Friedlander y en los cuales un alejamiento de la menor y del padre durante todo un período de desarrollo los pone, cuando se encuentran de nuevo, en una situación distinta de la habitual y atenúa el sentimiento del carácter incestuoso de las relaciones.

 

Entre estas circunstancias hay que distinguir los actos cometidos aisladamente o en grupo. A pesar de que un mismo sujeto pueda cometer

 

 

 

 

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diversos delitos a solas o participando en la actividad de una banda, sobre todo cuando no se encuentra en sus principios, se concibe que estas formas de actividad puedan traducir un grado de evolución afectiva muy distinto, según sea el sujeto susceptible o no de formar parte de un grupo.

 

Algunos de estos grupos o bandas son ocasionales, pero hay el peligro de que se organicen rápidamente, como puede verse durante el período de desintegración social relativa que constituyen las vacaciones escolares en los medios obreros suburbanos, en los que las familias no pueden organizar la ociosidad de los jóvenes adolescentes entregados a sí mismos. El punto de partida es a menudo una acción concertada y que implica un elemento de juego y de realizaciones quiméricas tales que proporcionan la ocasión para el pillaje de una villa aislada, momentáneamente abandonada, que puede ser impregnada fácilmente de misterio. La búsqueda del provecho suele intervenir menos en la elección de los objetos robados que su carácter fascinador o el prestigio que su posesión pueda conferir. Pero mientras este primer delito dejará a una parte de la banda algo deslumbrada por su propia participación, para otros cristalizará inmediatamente el «carácter antisocial» bajo la forma de deterioros, del placer adquirido en destruir y por la deposición tradicional de excrementos, manifestación sádica anal enteramente espontánea y que para producirse no tiene necesidad de ninguna iniciación por parte de los mayores o de viejos habituados.

 

No nos referimos aquí al papel que desempeñan en la formación de estas bandas las circunstancias de desintegración social (postguerra, revoluciones previas a la instauración de un nuevo régimen, etc.), porque ya han sido estudiadas extensamente. Documentos literarios o cinematográficos nos lo han mostrado y han sabido destacar la organización efectuada en el seno de estos grupos. Lo que los observadores habían comprobado ha podido ser reproducido experimentalmente, in statu nascendi, antes que realizado y organizado (lo que hubiese sido contrario al fin propuesto) por los autores que han emprendido las psicoterapias de grupo. Encontramos los principales fenómenos dinámicos condensados en una breve exposición de Lebovici, que tiene por título: «La psicología dinámica en grupo[19]». Los dos principales fenómenos dinámicos específicos del grupo individualizados por él son «la identificación reductora» y «la inducción». Considera otros fenómenos específicos relacionados con la organización del grupo e insiste

 

 

 

 

 

 

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respecto al fenómeno de la oposición a los otros grupos (los que constituyen los out-groups de F. Redi). Conocer este fenómeno es tanto más importante cuanto que es precisamente el más frecuente en los delincuentes sometidos a observación. Bien es verdad que todos los educadores están clasificados en los out-groups. Lebovici ha encontrado en los grupos estudiados los diversos tipos de personajes que Lagache ha descrito como «Figuras» en el interior del grupo. Éstos son el cabecilla, el déspota (o caid de los grupos de delincuentes), el monarca (que vela por el buen funcionamiento del grupo) y el payaso. De acuerdo con los autores anglosajones es conveniente conceder una gran importancia a la central-head del grupo, a causa de las identificaciones que provoca y que pueden ser buenas o malas, según el modelo que proporciona. El conocimiento de esta dinámica del grupo es de extrema importancia para apreciar la significación del acto para cada uno de los actores. Puede ser muy distinta de uno a otro. Tendremos que descubrir a qué «figura» en el interior del grupo corresponde cada uno de los autores y, al mismo tiempo, qué significación particular adquiere en la perspectiva de su historia individual.

 

Al lado de estos grupos que tienden a organizarse según las mismas reglas, pueden producirse otros tipos de grupos menores destacados y en relación con ciertas circunstancias de época, pudiendo en su misma inorganización basarse en una filosofía contemporánea. Tal es el caso de los «existencialistas» y en particular el grupo estudiado por Amado[20] que tiene su sede en un café del Barrio Latino.

 

La delincuencia juvenil puede ser la continuación de una delincuencia infantil. Éste sería para Aichorn[21] el caso más frecuente. Lebovici, Male y Pasche consideran que la delincuencia que aparece solamente en la adolescencia traduciría la existencia de una neurosis «en rescoldo» «que estalla en la pubertad», y los mecanismos pubescentes (estadio social más abierto y modificaciones orgánicas») permiten «por su aspecto impulsor el paso a la acción[22]».

 

Volvemos aquí al problema que consiste en preguntarse por qué los conflictos se exteriorizan en este paso al acto, o por el contrario, se organizan en neurosis. Su solución parece encontrarse en el estudio de los diversos tipos de estructura.

 

C)    Tipos de estructura

 

 

 

 

 

 

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Durante el período de preponderancia del punto de vista constitucionalista, fundado en el concepto básico que atribuía cada tipo de carácter en sus rasgos definidos a una constitución distinta, se consideraba a delincuentes, perversos y desequilibrados predestinados a merecer estas calificaciones en la sociedad. De ahí la noción lombrosiana de «criminal nato». Sin formular aquí una crítica ya hecha, recordaremos que la experiencia psicoanalítica ha permitido encontrar en estos caracteres los rasgos que señalan a todo individuo en ciertos momentos de su desarrolio infantil, pero que normalmente abandona por otros o de los cuáles conserva ciertas apetencias a las que corresponde sublimándolas.

 

Pero si el psicoanálisis ha podido poner en evidencia estos hechos, su experiencia es mayor en las neurosis que en los trastornos del comportamiento, lo que hacía difícil de comprender, por su medio, lo mismo que en las neurosis, la función del síntoma. Aichorn (ob. cit.) dice: «Hasta que nos hallemos en posesión de un esquema establecido gracias al psicoanálisis, utilizable para el diagnóstico de la delincuencia, debemos contentarnos con distinguir sus formas en dos grupos: 1) Los casos situados en el límite de la neurosis con síntomas antisociales, y 2) Los casos antisociales en los cuales la parte del Ego que da nacimiento al comportamiento antisocial no muestra huellas de neurosis. En el primero, el sujeto se encuentra en conflicto consigo mismo en razón de sus relaciones amorosas; una parte de su propia personalidad prohíbe el libre curso de sus deseos libidinosos y de sus impulsos. El comportamiento antisocial es el resultado de este conflicto. En el segundo tipo, el sujeto se encuentra en conflicto con quienes le rodean, porque el mundo exterior lo ha frustrado en la satisfacción libidinosa infantil.»

 

Para K. Friedlander la delincuencia, aparte de los casos reveladores de trastornos orgánicos que paralizan el yo y de los que revelan trastornos psicóticos del yo, se produce sobre todo en sujetos que presentan una estructura antisocial del carácter[23]. Ésta se manifiesta por la necesidad imperiosa de satisfacer inmediatamente, a costa de lo que sea, sin preocuparse de las consecuencias posibles, todos los deseos. En términos psicoanalíticos existe la «imposibilidad de pasar del principio de placer al principio de realidad». Desde el punto de vista de la tópica freudiana, esta estructura presenta los siguientes rasgos:

 

 

 

 

 

 

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1.    Potencia de las necesidades del instinto que no han sido modificadas;

2.    Debilidad del yo, que no ha cesado de obedecer al principio del placer; falta de sublimación y de formaciones de reacción;

 

3.    Defecto de formación de un super yo independiente.

 

Un carácter semejante no hace forzosamente del niño un delincuente, pero favorece la posibilidad de que llegue a serlo; los factores constitucionales y del medio intervienen, sobre todo durante los períodos de latencia y de pubertad, en lo que será su actitud futura.

 

Kate Friedlander relaciona esta estructura de carácter con lo que Aichorn ha llamado «delincuencia latente».

Dentro de este grupo caracterial esta autora considera la clasificación siguiente:

a)    Una primera categoría está constituida por el carácter antisocial solamente, cuyas primeras manifestaciones se producen durante el período de latencia con delincuencia habitual en la pubertad y la adolescencia. En esta clasificación se colocan los «jóvenes agresivos» de Aichorn y las «jóvenes inconstantes» de Friedlander.

 

b)    En otra categoría, el carácter social está menos marcado, pero los conflictos neuróticos son el origen de un acto delictuoso que se manifiesta en lugar de un síntoma neurótico.

 

 

 

Alexander[24], que ha estudiado especialmente al «criminal neurótico», insiste sobre la identidad de los mecanismos puestos en juego en la formación del síntoma neurótico y en la realización del delito. Ésta es la delincuencia autopunitiva (criminales por sentimiento de culpabilidad) que caracteriza esencialmente esta categoría. Hasta el momento, las determinaciones que hacen que el síntoma sea delito más que neurosis, no han sido puestas en evidencia de forma convincente[25].

 

Con respecto a estas distinciones, ¿qué ocurre con los sujetos llamados hasta ahora «perversos»? Como ha demostrado Male, esta categoría, si se quiere precisarla con un cierto rigor, debe, cuando menos, apoyarse sobre la naturaleza de las manifestaciones incriminadas (reacciones perversas que pueden ser transitorias: fácilmente se la llamaría hoy perversión-síntoma) más que sobre una estructura organizada del carácter. Este

 

 

 

 

 

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agrupamiento de perversos está hecho de sujetos más lúcidos con personalidades más revolucionarias que aquellos que tienen una reacción perversa «de carácter realmente compulsivo». Se tiene la impresión de que están como «terminados» en el sentido perverso[26].

 

Para Léon Michaux hay que distinguir las «perversiones constitucionales» y las «perversiones adquiridas o condicionales[27]».

 

Veamos, pues, grosso modo, tres tipos esenciales de estructura. Uno en el cual la delincuencia más ocasional parece tener un valor y una significación muy próximos a los del síntoma en la neurosis, cuyo estudio particular muestra la existencia de una neurosis. Por otra parte, en las neurosis, en determinadas circunstancias, es posible un «acting out» y se produce a veces en el transcurso de una cura psicoanalítica. Parece, pues, que, en cierto número de casos de «delitos-síntomas», pueden intervenir las circunstancias para determinar ese paso al acto que favorecen un yo todavía en constitución y una impulsividad habitual en este período.

 

El otro grupo más maduro, en el cual el yo está más constituido, pero más invadido también por las pulsiones, comprendería a los delincuentes o perversos habituales, más calculadores y más o menos capaces de obtener provecho, de adaptarse a su manera, según sus capacidades, el grado de evolución de su yo y el grado más o menos débil de neurosis concomitante.

Por último, un tercer grupo cuyo yo desfalleciente está enteramente subordinado al principio del placer, por su pronunciada inadaptación, constituye una verdadera alienación, y puede considerarse psicótico.

 

Eissler, que ha proseguido sus trabajos en el mismo sentido que Aichorn, se ha esforzado en establecer una psicoterapia, variante del psicoanálisis, para los delincuentes[28]. En el capítulo de la terapéutica nos referimos a esta técnica. Sus investigaciones le han permitido poner de relieve ciertos rasgos del carácter, de la vida afectiva y de la vida mental de los delincuentes observados por él: 1º Ha comprobado una modificación patológica de los sentimientos de omnipotencia, que existen y persisten más o menos en todo ser. En estos sujetos se ven sucederse de una manera asombrosamente rápida las fases señaladas por sentimientos de omnipotencia y las fases caracterizadas por sentimientos de extrema inferioridad. Los tipos de comportamiento que corresponden a estos sujetos muestran una estrecha subordinación al principio del placer. La estructura patológica del Ego, a la cual correspondería tal estado de cosas,

 

 

 

 

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resultaría verosímilmente de un trauma sobrevenido en el momento en que los sentimientos precoces de omnipotencia constituían para el niño el principal instrumento, al cual recurrir para señorear la realidad. La experiencia desastrosa puede deberse a las relaciones del sujeto con los elementos de su ambiente (personas, animales o cosas) a los cuales atribuye esta omnipotencia y de los que espera protección, ayuda o amor. El trauma de esta época habría dejado al sujeto fijo en esta fase de omnipotencia, una omnipotencia de la que se sirve para frustrar la agresión que espera de un medio extremadamente hostil. La sucesión rápida de los sentimientos de invulnerabilidad y angustia repite la situación traumática precoz en la cual el niño intenta frustrar la amenaza de las fuerzas todopoderosas que teme, recurriendo a su propia omnipotencia, pero no consiguiendo, a fin de cuentas, más que fracasos. Este sentimiento de hostilidad del medio da muy a menudo la impresión de que estos sujetos son «paranoides», lo que contradice su historia y el cuadro clínico, muy distinto del de los estados esquizofrénicos.

 

2º Otra comprobación de Eissler concierne a los sentimientos de lo nuevo y lo familiar. Solamente lo nuevo tiene un valor emocional; lo familiar provoca el tedio, contrariamente a lo que se produce en la esquizofrenia. El autor insiste en que se trata de fenómenos subjetivos. El esquizofrénico, por ejemplo, puede tener la impresión de que ve a su madre por primera vez, y, en cambio, un delincuente llega a experimentar como nueva una situación casi idéntica a otra precedente. El delincuente busca lo desconocido; de no ser así, cae en el aburrimiento. La gran sensibilidad con respecto al tedio estaría en relación con los problemas concernientes a la muerte. Los delincuentes graves tendrían a menudo una «actitud patológica» con respecto a la muerte, sobre lo cual el autor no se extiende. Insiste sobre la propensión de estos sujetos al tedio y sobre el papel de la sorpresa en su existencia y en la terapéutica. En efecto, la búsqueda de lo nuevo y lo sorprendente sería una defensa contra la aprehensión de algo nuevo y sorprendente pero también inquietante, repetición de un trauma sobrevivido cuando el sujeto estaba a punto de realizar el descubrimiento de su yo. Esta imposibilidad de reconocer lo familiar sería verosímilmente la causa de la dificultad de aprender que experimentan ciertos psicópatas.

 

32 Finalmente Eissler ha comprobado tanto en los muchachos como en las muchachas delincuentes una incapacidad peculiar: la de considerar

 

 

 

 

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valedero solamente lo más concreto de la realidad exterior. Esto se traduce en cada sexo por comportamientos diferentes: en los sujetos masculinos sólo se consideran sinceros los sentimientos que se expresan por el hecho de darles dinero; en los sujetos femeninos por el hecho de desearlas sexualmente. Habría en ello una significación agresiva que se revela en el curso del tratamiento y que se debería a la repetición de actitudes orales del niño al apreciar el amor que le es otorgado según la cantidad de alimento dado por la madre. Esta fuerte fijación oral acompáñase en el delincuente de una dificultad particular en la sublimación.

 

D)   Significación general de la delincuencia y de los trastornos del comportamiento

 

Hemos dado la razón por la que no insistiremos en las descripciones clínicas y las clasificaciones. Desde hace algún tiempo la investigación se inclina más por el significado de la delincuencia que por las condiciones etiológicas, que pueden poner en evidencia las estadísticas. Ciertamente, las concomitancias que establece no son útiles en la práctica profiláctica y terapéutica, pero las relaciones así comprobadas no tienen ni la constancia que les daría el carácter científico de una relación causal, ni la comprensión suficiente de lo que provoca la delincuencia en cada caso, cuando no tiene efecto en otro individuo colocado en condiciones similares. La comprensión que buscamos no puede, por lo tanto, contentarse con una concomitancia entre tal comportamiento y determinada circunstancia frecuentemente encontrada, sino que exige que esta relación entre en una perspectiva que le dé un valor particular en un caso dado, de manera que pueda darnos del comportamiento examinado una significación del mismo género que las que damos a los comportamientos considerados más justificados. Tal orientación es el resultado de los trabajos psicoanalíticos. Han demostrado que los trastornos del comportamiento tienen, en gran número de casos (precisamente en los que está justificado llamar «trastornos»), una significación tal como la habían revelado en los síntomas neuróticos. Pero, como para éstos, la significación no puede aclararse plenamente excepto a través de cada historia particular. El estudio de numerosas observaciones permite, sin embargo, evidenciar una significación más general de ciertos

 

 

 

 

 

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actos, como el robo, que se vincula frecuentemente, como numerosos ejemplos lo han demostrado, a sentimientos de frustración[29].

 

La fuga, acompañada de aventuras sexuales precoces en la muchacha, ha sido comentada así por Hélène Deutsch a propósito de la observación de Evelyne[30]: «El deseo de ser la primera en tener experiencias implica grandes peligros para Evelyne y para todas las muchachas de su edad; puede impulsarla a acciones que no expresan un deseo sexual auténtico, sino el afán de mostrar a los adultos que ellas son también personas mayores. La tensión interior que incita a estas niñas a aventuras fatales suele tener su origen más en el deseo de ser adultas que en una viva necesidad sexual.» Nosotros hemos comprobado también, en numerosos exámenes clínicos, que la necesidad sexual propiamente dicha no parecía desempeñar el papel principal en este género de fugas. Por otra parte, el deseo de ser adulta, tal como está así expresado, no puede por sí solo determinar la fuga, que evidentemente sería una forma muy arriesgada de realizarlo. Más que otra cosa debe tenerse en cuenta la tensión interior que la acompaña, como lo ha demostrado Lagache, para quien la fuga, «huída de sí mismo», tiende a la «reducción temporal de un conflicto íntimo[31]».

 

El carácter impulsivo del acto delictuoso y el desprecio aparente de las consecuencias que lo acompañan hacen que sea considerado más como tendencia incoercible a la satisfacción de un instinto mal contenido, que como delito. Este criterio se pone de manifiesto en las preocupaciones de los criminólogos, si tenemos en cuenta la respuesta de Lacan a M. Piprot d’Alleaumes, al conjurar éste a los miembros de un Congreso «a concertar, con objeto de determinar las condiciones del estado peligroso, todas las ciencias del hombre, pero sin tener en cuenta las prácticas jurídicas en ejercicio». A esto repuso Lacan: «Os llamáis a engaño pretendiendo establecer las categorías del crimen natural. Sin embargo, la etnografía, como la historia, nos testimonian que las categorías del crimen no son más que relativas con respecto a las costumbres y leyes existentes. Del mismo modo el psicoanálisis afirma que la determinación mayor del crimen es la concepción de la responsabilidad que el sujeto recibe de la cultura en que vive[32]». Parece que existen varios grados, desde el de los «actos que una determinación orgánica excluye con certeza del círculo de interacción social» (Lacan) hasta aquél en el cual el deseo neurótico del castigo aparece como la determinación mayor. ¿Puede considerarse excluido por

 

 

 

 

 

 

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su autor lo que el acto es para los otros? Como escribe Merleau-Ponty: «Simplemente, todas nuestras acciones tienen varios sentidos, en particular el que ofrecen a los testimonios exteriores, y al actuar los asumimos todos, puesto que los otros son las coordenadas permanentes de nuestra vida. A partir del momento en que sentimos su existencia, nos empeñamos en ser, entre otras cosas, lo que ellos piensan de nosotros, puesto que les reconocemos el poder exorbitante de vernos[33]». Líneas más adelante leemos: «Incluso en las sociedades más estrictas, el pecador es siempre admitido porque forma parte del sistema y porque, como pecador, no pone en peligro los principios».

 

En el capítulo siguiente mostraremos cómo los trabajos recientes han permitido llevar más lejos la comprensión de los trastornos del comportamiento.

 

III. Neurosis

 

Nos hemos extendido sobre los trastornos del comportamiento y la delincuencia puesto que se hallan a la orden del día y plantean problemas que están muy lejos de haberse dilucidado. Por poco ostensible que sea, la neurosis es demasiado frecuente como para no atraer la atención sobre su existencia y los difíciles problemas terapéuticos que plantea. Socialmente menos molesta, obstaculiza, sin embargo, la madurez de sujetos frecuentemente bien dotados y susceptibles de una actividad importante tanto en el dominio de técnicas difíciles como en los trabajos intelectuales del orden más elevado.

 

Los estudios de las neurosis son harto conocidos para que tengamos que considerar sus diferentes variedades y su descripción. Constituyen el objeto esencial de la mayor parte de los trabajos psicoanalíticos, por lo que remitimos a ellos al lector sin hacer su bibliografía, que resultaría considerable: comprendería casi todo lo que han escrito Freud y sus discípulos. Aquí tendremos tan sólo en cuenta lo que se refiere más especialmente a la adolescencia y a la pubertad, pese a que, sin embargo, no haya una neurosis característica de este período. Si nos referimos a lo que es clásico en la actualidad en materia de neurosis, sabemos que la neurosis del adulto revela la existencia en el mismo sujeto de una neurosis infantil o cuando menos de síntomas neuróticos o de angustia, y que la neurosis observada en la edad madura está en estrecha continuidad con

 

 

 

 

 

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esos fenómenos manifiestos o latentes de la infancia. Si una neurosis se manifiesta en la pubertad, es porque el período de latencia ha permitido al niño superar sus impulsos y fortalecer sus mecanismos de defensa, pero el recrudecimiento pubescente de las pulsiones pone en evidencia los conflictos anteriores a esta fase de latencia. En el capítulo siguiente insistiremos más sobre estos problemas, puesto que en principio lo dedicamos a su estudio clínico. Por lo tanto nos limitaremos a ciertas comprobaciones.

 

La neurosis puede manifestarse tanto en la adolescencia como en la infancia y en la edad adulta, aunque existen diferencias que dependen del grado de desarrollo del yo y del super yo. Lebovici, a propósito de la neurosis infantil, subraya su posible curabilidad espontánea y recuerda la observación de Anna Freud, según la cual «la pubertad, por los obstáculos sociales que la acompañan, como por el impulso hormonal que la caracteriza, es susceptible de caracterizar las pasividades neuróticas de ciertos niños». Pero Anna Freud considera pasajera esta especie de mejora:

 

«En cuanto el gran empuje impulsivo de la pubertad —escribe— haya alcanzado su nivel normal en la vida del adulto, angustias y conflictos reaparecerán sin duda para entorpecer de nuevo la masculinidad. Ni que decir tiene que lo mismo ocurre con los casos de fijaciones orales y anales que, durante la crisis de la pubertad, pierden pasajeramente su importancia; la fuerza atractiva patógena de esas formaciones pregenitales se dejará sentir de nuevo más tarde con una intensidad siempre igual. De más está decir que no se observa en la pubertad ningún afecto compensador cuando los intereses fálicos han predominado en la infancia y en la prepubertad sobre los intereses orales y anales. Éste es el caso, por ejemplo, de los muchachos que tienden al exhibicionismo. El impulso genital de la pubertad, lejos de atenuar el mal, favorece su desarrollo. No se produce, por lo tanto, ninguna curación espontánea de la perversión infantil, sino una agravación de las más inquietantes de todas las manifestaciones mórbidas. Las tendencias fálicas se intensifican de manera tal que proporcionan al cuadro clínico una virilidad genital anormalmente exagerada e ingobernable[34]». Páginas atrás hemos visto cómo Lebovici recuerda que «la adolescencia es una edad propicia a la aparición de comportamientos antisociales» y muestra «que, una vez más, los trastornos del carácter se oponen a la neurosis[35]». Las breves lincas de Anna Freud, que acabamos de citar, nos hacen comprender por qué.

 

 

 

 

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Sin embargo, como hemos dicho, es posible observar los casos de neurosis, aunque en algunos la lucha contra la angustia adquiere, en este período de la vida, otras formas descritas por Anna Freud[36]. Nos referimos al ascetismo y al intelectualismo, de los cuales resumimos los caracteres en el capítulo siguiente, que son específicos de la adolescencia, sin que constituyan especies mórbidas. Por otra parte, el autor, discutiendo sobre la normalidad o anormalidad de estos procesos, que relacionan la pubertad con los estados iniciales de crisis psicóticas, hace depender el criterio de normalidad o anormalidad menos de la existencia de tales procesos que de las relaciones objétales. Si abordamos aquí esos dos procedimientos de defensa es porque el autor de su descripción demuestra que aparecen, en cierto modo, en lugar de los procesos neuróticos propios del niño y del adulto. Mientras que, en las neurosis, prescindir de una pulsión por rechazamiento está vinculado siempre a la naturaleza o cualidad de ésta, en el adolescente, si la «recusación tiene también su punto de partida en las regiones particularmente prohibidas de la vida impulsiva, el proceso prolifera enseguida, con mayor o menor discriminación, en toda la vida.» Por otra parle, este apartamiento de las pulsiones no se acompaña, como en las neurosis, de una satisfacción substitutiva (conversión histérica, satisfacción regresiva de la obsesión, provecho secundario del fóbico, compromiso constituido por el síntoma neurótico).

 

Junto a estos casos claramente caracterizados por neurosis obsesiva, manifestaciones histéricas y fobias, se presentan ciertos trastornos de carácter neurótico.

A este grupo pertenecen las dificultades escolares. Pueden aparecer después de una buena adaptación escolar en el período de latencia, en el cual, según English y Pearson[37], esta buena adaptación substituye las fobias. Para estos autores, ese doblegamiento escolar desemboca en la satisfacción de dos tendencias de motivos inconscientes para el sujeto: expresar su despecho ante las reprimendas de la madre (y algunas veces del padre); atraer la atención punitiva de su madre sobre ellos mismos. Existe la transposición de estos deseos con respecto al maestro. El conflicto sería el mismo que en el caso de las fobias. La renunciación a la fobia, hacia el comienzo de la adolescencia, conduce al Ego a buscar otros medios de defensa contra la angustia resultante del conflicto amor-odio con respecto al padre del mismo sexo. El Ego se siente demasiado débil

 

 

 

 

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para resolver este problema y da un salto atrás. Resulta de ello una regresión y «una lenta e insidiosa deformación del carácter (que no se habría producido si el mecanismo fóbico hubiese persistido)».

 

Obsérvase a menudo ineptitud, en ciertos escolares, para las matemáticas. M. F. Hotyat ha publicado un estudio sobre «Las debilidades del pensamiento matemático en los adolescentes[38]». Este autor, analizando unas pruebas de matemáticas elementales, muestra cuáles son las operaciones afectadas. Comprueba que los defectos más frecuentemente observados son: el regreso a estadios inferiores al razonamiento formal; la evocación por asociación más que por el pensamiento dirigido; el recurso a los esquemas familiares o a los automatismos más que al análisis de las situaciones; el establecimiento de un arabesco de propiedades yuxtapuestas, más que de una estructura continua de tesis a hipótesis. Los alumnos flojos en matemáticas, aparte los retrasados accidentales, suelen tener dificultades para la abstracción, a veces a causa de su género de vida, del medio. Los sentimientos de inferioridad y la falta de trabajo ligada corrientemente a las circunstancias familiares, han sido señalados por el autor.

 

Desde, hace mucho tiempo los psicoanalistas han llamado la atención sobre las sendo debilidades (Berta Bornstein)[39], la inhibición intelectual neuropática (Federn)[40], (Mélanie Klein)[41] (K. Landauer)[42], (M. Mahler-Schoenberger)[43], (Oberndorf)[44], (M. Schmideberg)[45]. La mayor parte de estas referencias bibliográficas tomadas de Fenichel se sitúan en los alrededores de 1930. Encontramos en este mismo autor[46] un resumen de los conocimientos psicoanalíticos a este respecto: el interés normal para saber y para pensar puede paralizarse por la represión de la curiosidad sexual, las represiones orales, manuales y anales pueden desempeñar un papel en la cerrazón intelectual en razón de las «relaciones genéticas existentes entre el impulso de saber y el placer oral o, más tarde, el placer de coger con las manos y, todavía más tarde, la fiscalización anal». Finalmente las funciones intelectuales pueden haber sido sexualizadas en un sentido más estricto y su inhibición tiene entonces un significado de castración. Por último, las relaciones de la neurosis obsesiva con la función de pensar nos muestra el carácter anal de la sexualidad de ésta.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Entre las inhibiciones de instintos parciales, una es particularmente frecuente en la adolescencia de las muchachas, componiendo el cuadro clínico de la anorexia mental. Su aparición en esta época de la vida indica una detención del curso de la evolución sexual hacia la genitalidad, como lo demuestran muy pronto, bajo la influencia de la hiponutrición, la desaparición de los signos de madurez sexual (amenorreas, desaparición de casi todos los caracteres sexuales secundarios). Los trabajos psicoanalíticos han demostrado la función de las teorías orales del embarazo, etc., sobre la génesis de estos trastornos, así como la inserción del síntoma en las relaciones con el medio. Si, en una época todavía reciente, se tenía tendencia a relacionar este trastorno, en todos los casos, con la caquexia hipofisaria de Simmonds, su psicogénesis ha sido ahora casi generalmente aceptada, a pesar de que a veces sea difícil apreciar exactamente el papel que desempeña una precocidad o un retraso endocrino e inversamente las consecuencias de una hiponutrición, en un principio psicogenético, y de trastornos afectivos sobre el propio funcionamiento endocrino. Personalmente hemos podido comprobar la desaparición de la regla durante varios meses en un gran número de menores en los primeros tiempos de su instalación en el «Refugio» de Versalles, tras haber sido detenidas por vagabundeo, prostitución, robo o a instancia de los padres, como correctivo, lo que demuestra la incontestable repercusión endocrina de circunstancias de orden afectivo; los factores orgánicos de hiponutrición no intervienen en estos últimos casos.

 

Esta inhibición parcial, generalmente compatible con una gran actividad exterior, que incluso llega a ser exagerada para racionalizar la inhibición atribuyendo a falta de tiempo el hecho de faltar a las comidas, puede relacionarse con estructuras neuróticas diversas (histeria o ascetismo obsesivo); puede ser un síntoma de psicosis melancólica o de principios de esquizofrenia. Tampoco, aunque tiendan a presentarse como una verdadera entidad clínica particular de esta edad, deben desconocerse esas otras eventualidades. Incluso como manifestación puramente neurótica, puede tener significaciones diferentes según los casos. De todos modos, su aparición en la época de la madurez sexual cuadra bien con el papel atribuido por los psicoanalistas al fortalecimiento de las defensas provocado por el nuevo impulso instintivo de orden biológico. Por este motivo podemos pensar también que, sin recurrir a ese «quimismo de los instintos», la comprobación auténtica de las transformaciones corporales

 

 

 

 

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puede, con respecto a los órganos sexuales y sus funciones, entrañar temores tanto como una modificación de orden energético secretorio. Sin embargo, parece haber dificultades en el orden de la identificación, no pudiendo aceptarse el motivo en un cuerpo sexuado adulto.

 

Entre las referencias bibliográficas que hemos encontrado relativas a consideraciones psicoanalíticas sobre la anorexia hemos destacado algunas[47].

 

No podemos extendernos sobre las múltiples manifestaciones de orden neurótico que pueden observarse. Son variables, frecuentemente menos estructuradas que las formas neuróticas en las cuales se organizan a veces un poco más tarde; o incluso son las primeras manifestaciones aparentes de una neurosis en realidad más constituida de lo que se piensa, en la que se ha disimulado y disimula aún la mayor parte de los síntomas. Se trata, a esa edad, de especiales modos de defensa, como lo ha demostrado Anna Freud, más que de psiconeurosis. Citando, a propósito de los trastornos del comportamiento, algunas líneas del informe de Lebovici, Male y Pasche, para demostrar que la delincuencia, al aparecer solamente en la pubertad, traduciría la existencia anterior de una neurosis «solapada», advertiríamos al mismo tiempo la relación entre los dos órdenes de manifestaciones, trastornos del comportamiento y neurosis. Puede relacionarse con esta exteriorización adolescente la que los psicoanalistas han señalado a veces en el curso del tratamiento psicoanalítico de las neurosis bajo el nombre de «acting out». Fenichel señala que ciertos pacientes están más inclinados que otros a ese «acting out». Se trataría más bien de los «Caracteres neuróticos» de Alexander[48]. Según Fenichel, tienen en general «la misma estructura oral que las neurosis impulsivas[49]». Parece, por lo tanto, que la coincidencia de una oralidad marcada y de la época de la pubertad desempeñan un papel importante en un tránsito al acto que, en ciertos casos, aparecería más como síntoma de neurosis que como manifestación habitual de un tipo de carácter.

 

IV. Psicosis, esquizofrenia

 

A propósito de las neurosis hemos dicho que si en el adolescente pudieran aparecer durante este período formas típicas de estas categorías mórbidas, observaríanse, por otra parte, muy frecuentemente, formaciones sintomáticas relacionadas incontestablemente con la neurosis, pero no

 

 

 

 

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estructurándose en ellas tan claramente como las formas típicas, como fobias, histeria o psiconeurosis obsesiva. Incluso hemos visto que ciertos comportamientos de alcance patológico muy grave pueden ser la expresión momentánea de una neurosis, siendo este género de reacciones muy características del adolescente. Este carácter general de la psicopatología juvenil, el de ser muy impreciso en su nosografía, se encuentra igualmente en el dominio de los fenómenos psicóticos. También podemos decir que lo difuso es uno de sus caracteres importantes puesto que suele calificar el pensamiento esquizofrénico, tan difícil de distinguir, en los comienzos del trastorno, de una tendencia temporal a la ensoñación, tan frecuente en esa edad. Pero antes de abordar este problema examinaremos otros trastornos de tipo más claro, de manifestaciones paroxísticas.

 

La psicosis maníaco depresiva aparece con frecuencia por primera vez en los alrededores de la pubertad; personalmente la hemos observado en varios sujetos, sobre todo en un caso en el cual pensamos particularmente al escribir estas líneas, porque nos parece demostrativo. Las primeras manifestaciones maníacas se acompañan de un cierto grado de onirismo, bosquejos de ideas delirantes de influencia enteramente temporal y que se sabe que no son cosas raras en la manía, síntomas todos que provocan una cierta inquietud relativa al pronóstico, por parte incluso de colegas con una experiencia superior a la que nosotros tenemos actualmente. La enfermedad es, en la actualidad, enteramente adulta y los numerosos accesos aparecidos desde entonces tienen un sesgo clínico muy típico. Por otra parte, se ve a veces instalarse una esquizofrenia después de varios accesos intermitentes de carácter maníaco[50]. Esta noción, junto con la imprecisión de la semiología juvenil, obliga a reservar el pronóstico y emitir algunas reservas en el diagnóstico de la psicosis maníaco depresiva en el adolescente.

 

Una forma mórbida nos parece muy característica del adolescente: es la bocanada delirante, cuyo polimorfismo es bien conocido. Este estado se opone claramente a las psicosis constituidas del adulto justamente por ese polimorfismo y por su falta de estructura. Podemos añadir que también por su evolución, porque puede tratarse de un acceso único en la vida del sujeto, de un equivalente maníaco depresivo o del principio de una esquizofrenia. Lo que nos parece característico del adolescente es evidentemente el hecho de una cierta frecuencia, y, además de ésta, la posibilidad de una brusca invasión de los contenidos oníricos, sin que el

 

 

 

 

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yo les oponga las defensas neuróticas o integre este contenido en una organización delirante. Naturalmente sería falso considerar esto como absoluto y sería contrario a nuestro propósito, porque significaría hacer de la adolescencia un período claramente caracterizado por una estructura psíquica determinada, cuando pretendemos justamente lo contrario; precisamente insistiremos y nos apoyamos sobre los caracteres negativos de su patología con relación a los del adulto, para calificar aún de «incierto» ese período de la vida. Por esto decimos que existen adolescentes ya muy adultos y adultos, incluso en la edad madura, todavía muy adolescentes. Lo que nos parecería quizá más decisivo es el grado de integración social alcanzado cuando el trastorno (break-down) comienza. De este grado depende la organización del yo y su manera de responder al trastorno.

 

Pero el verdadero problema clínico y el más grave es el de la esquizofrenia, llamada «enfermedad de la adolescencia» por el profesor Heuyer[51], aun cuando pueda manifestarse ya en la infancia. Aun cuando a veces aparece con una subitaneidad relativa y signos clínicos característicos, este género de principio es decididamente más raro que los que se caracterizan por una sintomatología incierta. Ésta, durante un tiempo, puede no diferir de la eflorescencia de una neurosis o de una rareza de comportamiento que se puede relacionar cómodamente con la «crisis de originalidad» descrita por Debesse en su obra ya citada. Si se trata de «delirio de ensoñación» (Heuyer y A. Borel)[52] que, según uno de los autores que la ha descrito, el profesor Heuyer, no es más que «una hipertrofia de la exaltación imaginativa del adolescente normal[53]» o de «racionalismo mórbido[54]», en el que se ve la forma patológica de «ciertos mecanismos psicológicos de la pubertad», nos encontramos en presencia de fenómenos considerados característicos del adolescente normal, o de actitudes neuróticas típicas en la adolescencia y cuya semejanza con las fases iniciales de las psicosis ha señalado Anna Freud en su ya citada obra. La dificultad será menor si nos encontramos en presencia de un delirio alucinatorio mucho más característico, pero que precisamente «se encuentra en otras enfermedades mentales del adulto» (Heuyer, obra citada), lo que nos hace insistir una vez más en que el carácter «adolescente», «no adulto», de los fenómenos es la imprecisión nosográfica e incluso la de los límites entre lo patológico y lo normal.

 

 

 

 

 

 

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A pesar de todo, algunos síntomas, precozmente característicos de la esquizofrenia, nos ponen en guardia muy pronto. Tales son determinados delirios en el límite de la ensoñación, cuyos personajes son abordados mucho menos realmente que los objetos de un delirio paranoico del adulto. En estos delirios, a pesar del carácter muy imaginario del objeto, de orden erotomaníaco por ejemplo, se observa una obstinación muy marcada en las actitudes de espera, la convicción sin la necesidad de apoyarla por medio de interpretaciones y de comunicarla como lo hace el erotomaníaco adulto, un apragmatismo progresivo, un pensamiento progresivamente más difuso, estancamientos y encadenamientos inesperados, todo lo cual nos demuestra que no se trata de un amor de adolescente romántico. En otras ocasiones, actitudes intempestivas o violentas en contraste con el aspecto habitual tranquilo y tímido se distinguen claramente de las excentridades heboides mixtificadoras y lúcidas. Del mismo modo será difícil, frente a un «odio familiar» cargado de tensión afectiva, saber si nos hallamos en presencia de una forma más grave en sus comienzos y que pueda dar lugar a un acto impulsivo fríamente ejecutado y seguido de una ausencia total de tonalidad emocional. Este mismo odio (esquizofrenia, muy gravemente caracterial, neurótica o pasajera, relacionada con la oposición que señala, según Debesse, la crisis de originalidad juvenil) pertenecerá a una u otra de estas categorías según la manera como reaccione el yo del sujeto. Precisamente el hecho de la adolescencia hace que este yo tenga que enfrentarse con las dificultades que se le ofrecen para constituirse o modificar los cambios pubescentes y sociales que las acompañan.

 

Precisamente los psicoanalistas se basan en la distinta forma de reaccionar del yo para distinguir las neurosis de las psicosis. Si el yo está vinculado a la percepción del cuerpo propio, como sostiene Freud[55], y si la imagen del cuerpo propio constituye su nudo, como Schilder[56] y otros autores han afirmado, las impresiones de modificación corporal, los trastornos cenestésicos tan frecuentes en el principio y curso de la esquizofrenia, traducen claramente ese trastorno del yo. Al mismo tiempo que un desinterés por las relaciones de objeto, las preocupaciones hipocondríacas indican que la libido retirada del objeto bloqueado, coloca en su lugar, por regresión narcisista, órganos o partes del cuerpo. Por lo tanto, esta regresión aparece ligada a un estado narcisista. La caída de la función de la realidad, que es una tarea fundamental del yo, y los síntomas de desintegración del yo indican que esta regresión se hace en un estadio

 

 

 

 

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en que el yo no ha sido aún constituido o que no se hallaba más que en estado naciente. El bloqueo del cuerpo por partes correspondería a una regresión a los estadios en los cuales no ha sido realizado todavía por el sujeto en su totalidad (estadio del cuerpo fragmentado, sobre el cual ha insistido especialmente Lacan). El fantasma de la destrucción del mundo estaría para Freud[57] vinculado a la percepción íntima de la pérdida de relaciones de objeto. Pero aparte de los síntomas provocados por la pérdida de contacto con la realidad y la regresión, se observan aquellos que se deben a los esfuerzos para reconquistar la realidad perdida: éstos son los síntomas de restitución, entre los cuales figuran los fantasmas de reconstrucción del mundo, ciertos delirios, etc[58]..

 

El interés de algunos psicoanalistas por la esquizofrenia, tratando de comprenderla como se ha podido hacer con las neurosis, les ha llevado, entre otras cosas, a investigar por qué la esquizofrenia es tan impenetrable. La pérdida de las relaciones de objeto y la importancia de la regresión parecen ya contener elementos muy importantes de respuesta. Pero precisamente la intensidad de estos fenómenos, la noción del papel que representan las perturbaciones orgánicas en las psicosis, hace que se experimenten ciertas reservas, no sobre la afirmación del papel de los mecanismos psicológicos observados, sino sobre la importancia preponderante o no que hay que atribuirles. Tal es al menos la actitud de Fenichel (obra citada). Los trabajos psicoanalíticos sobre la esquizofrenia son muy numerosos entre los autores alemanes o americanos[59]. Aunque el psicoanálisis no ha dejado jamás de interesarse por esta cuestión, parece como si existiera un incremento reciente de esta actividad. Se debe a la convergencia de tres factores: se ha superado la oposición clásica organogénesis-psicogénesis, sobre todo después de que la orientación dada por la medicina psicosomática, aun cuando no haya resuelto esta cuestión, permite un nuevo examen de estos problemas; el mayor cuidado de obtener resultados por psicoterapia y la extensión de este género de tratamiento por el cual tantos se han interesado, incluso fuera de los medios psicoanalíticos; y, por último, el haberse puesto en evidencia los trastornos en las primeras edades de la vida dentro de la relación madre-hijo, según los trabajos de Spitz[60]. Autores americanos, Beres y Obers[61], han estudiado en los adolescentes, cuya amnesia revelaba trastornos infantiles de este genero, los efectos de frustraciones precoces

 

 

 

 

 

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extremadamente acusadas sobre su estructura mental. En treinta y ocho casos comprobaron cuatro psicosis, veintiún casos de trastornos del carácter (siete de no madurez, doce de carácter neurótico y dos de esquizoidia), cuatro de retraso mental, dos psiconeurosis y siete de adaptaciones escolares satisfactorias. Los casos de psicosis (esquizofrenia) experimentaron el fenómeno de hospitalismo más tarde que los otros. Su informe tenía por objeto verificar las graves consecuencias para el porvenir que los trabajos de Spitz ponían de manifiesto, a causa de la sintomatología de carácter esquizofrénico presentada por los niños de corta edad que él había observado, y ver si los trastornos así producidos eran irreversibles e independientes de las circunstancias exteriores. Sus conclusiones fueron que existe una posibilidad de desarrollo ulterior del yo, que hay variaciones individuales que aparecen con o sin psicoterapia y, por último, que la intervención de otros factores, incluso tardíos, puede provocar modificaciones del yo.

 

V. Trastornos en relación con un proceso orgánico aparente o reconocido

 

La mayor parte no presentan ningún factor que especifique su relación con la adolescencia. Sin embargo, deben mencionarse las perversiones posíencefaliticas, aun cuando apenas sean de actualidad. Desde el punto de vista psicopatológico general nos ofrecen la interesante noción de la diferencia de las consecuencias clínicas del proceso según aparezcan en un adulto o bien en un sujeto en desarrollo.

 

La epilepsia, cuyas manifestaciones más importantes varían poco según la edad, puede manifestarse toscamente o bajo la forma de equivalentes, a veces en la adolescencia. Una manifestación paroxística única bajo la forma de estados ansiosos con sentimientos de extrañeza y luego de obnubilación momentánea, incomprensibles crisis de lágrimas, incluso ausencias, etc., pueden atraer la atención y obligar a que se practique un electroencefalograma, que, en este período y con un mínimo de hechos clínicos, puede desenmascarar la comicialidad.

 

Anotemos su forma caracterial, la epileptoidia, descrita por la Dra. Minkowska, que puede desempeñar un papel etiológico decisivo en ciertos tránsitos al acto por la impulsividad que determina.

 

 

 

 

 

 

 

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Por último, mencionaremos la parálisis general juvenil, muy rara en nuestros días, esencialmente caracterizada por una debilidad demencial progresiva.

 

Los estados agudos infecciosos pueden tener una sintomatología confuso-oníricá. En algunos casos esta sintomatología es el dato esencial del cuadro clínico y puede revestir el aspecto de delirio agudo con la gravedad que esto implica.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO II

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CONOCIMIENTOS QUE CONTRIBUYEN A LA COMPRENSIÓN GENÉTICA DE LOS TRASTORNOS

 

 

 

 

 

I. La existencia del adolescente y las circunstancias patógenas

 

La madurez sexual modifica la realidad del ser (Dasein). El cuerpo se transforma y también la situación del joven ser en el mundo que le rodea. Pero esta modificación se efectúa de manera más lenta y menos radical. El tiempo que emplea en llevarla a cabo, el grado de esta realización y su claridad, son función de la evolución afectiva del sujeto y de la estructura familiar y social del medio en que vive. A menudo está señalada por actitudes y comportamientos que sorprenden a quienes le rodean cuando el sujeto pasa por vicisitudes más o menos pronunciadas. El hecho de que estos fenómenos estén en relación con este período ha hecho que fuese calificado de crisis. La oposición a quienes rodean al sujeto, a las reglas establecidas, al comportamiento y a las ideas anteriores del propio sujeto, que caracteriza ese momento, ha sido descrita por Debesse en La crisis de originalidad juvenil[62]. La importancia de «la atención al cuerpo» y de la «atención al medio» se destaca claramente. El autor señala justamente la importancia de la duración de este período y describe en un análisis muy extenso las actitudes que acabamos de recordar y su sentido durante el tiempo que emplea el sujeto en adaptarse a su nueva existencia. «En el fondo de la crisis de originalidad existe una discordancia temporal, vivamente sentida, entre el ser y su función, gracias a la cual se producen sorprendentes floraciones del sentimiento de la unicidad.» Subraya la importancia de estas vicisitudes para la formación de la personalidad, mostrando la utilidad que tiene para el sujeto su actitud esencialmente reivindicadora y rebelde con respecto a quienes lo rodean. El párrafo

 

 

 

 

 

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siguiente muestra muy claramente el proceso dialéctico de su adaptación: «El inconformismo juvenil es, en realidad, una primera etapa hacia la adaptación, porque supone el discernimiento de lo que será la adaptación inmediata, la que se le niega. El niño está bien adaptado si se quiere, pero no sabe en qué consiste su adaptación. Oponerse, distinguirse, es tener consciencia de las analogías y las diferencias, es comenzar a situarse con relación al mundo. En este sentido es posible decir que la rebeldía de los adolescentes es una preparación a una adaptación inteligente». Esta crisis de originalidad proporciona al niño la posibilidad de adquirir consciencia

 

de su individualidad. «Así —continúa diciendo el mismo autor— la crisis de originalidad permite sucesivamente al adolescente reconocerse como individualidad irreductible y situarse en un conjunto que no es otro que él mismo, antes que aceptarse como persona.» Hemos citado estos párrafos porque creemos que Debesse ha descrito con gran acierto lo que ocurre en el momento de la adolescencia y que la fase de oposición que precede a la integración del sujeto es particularmente característica de la adolescencia. Especialmente el relato de la oposición entre Federico Guillermo I, el Rey Sargento, y su hijo, el futuro Federico II, que más tarde se parecerá mucho a su padre, es un excelente ejemplo, por otra parte muy conocido, «del carácter pasajero (subrayado por el autor) de esta oposición». Pero la comprensión del sentido de esta rebeldía juvenil requiere otros conocimientos. Veremos, gracias al psicoanálisis, las relaciones que tienen las dificultades de identificación con el adulto del mismo sexo con la evolución del complejo de Edipo y las reactivaciones complexuales provocadas por la pubertad. Por otra parte, los trabajos de Debesse se apoyan en gran parte en informaciones tomadas de alumnos de escuelas normales y los resultados, en cuanto a la frecuencia de la crisis de originalidad, hubiesen podido ser diferentes si se hubiera dirigido a adolescentes en posesión ya de un oficio manual y con frecuencia más rápidamente madurados e identificados con los adultos. Reconoce que los sujetos presentan una crisis de originalidad clara que constituye «un tipo de adolescente» y que no se trata de la generalidad. Los de este tipo se encuentran entre los alumnos bien dotados, que a menudo son «brillantes, pero desiguales» y «conocen raramente el equilibrio que caracteriza al buen alumno»; tienen actitudes muy especiales, son más aplicados en literatura que en ciencias exactas, rasgos todos que dejan suponer que

 

 

 

 

 

 

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existe en ellos un cierto grado de inhibición y que se trata de dificultades cuya naturaleza puede aclararnos el psicoanálisis.

 

A pesar de la ligera reserva que acabamos de hacer, no dudamos de que la importancia de estas dificultades juveniles y su frecuencia se acentúan particularmente en nuestra sociedad, cuando menos. Debesse no parece conceder gran importancia al tipo de sociedad como generador de la crisis que, en nuestra opinión, parece en su tesis tal vez demasiado esencial con relación a la adolescencia. Los trabajos de los etnólogos que han estudiado los «ritos de la transición», la iniciación de los adolescentes en diversas sociedades, son de tal naturaleza que nos hacen creer que los fenómenos que observamos son relativos, al menos en una cierta medida, al modo de constitución de la familia y del grupo social en el que se producen.

 

Por último, la madurez de los órganos genitales no se alcanza en la misma edad en todos los individuos; también los caracteres sexuales secundarios aparecen más tarde o más temprano y se afirman en mayor o menor grado. Estas consideraciones, unidas a los efectos de la ética del medio, al equilibrio afectivo familiar, aconsejan investigar la influencia que conjuntamente pueden ejercer. El estudio aislado de cada una de estas circunstancias es forzosamente artificial. La incidencia particular de una entre ellas puede destacarse sólo en casos individuales. Sin embargo, se han realizado trabajos desde el punto de vista de cada una. Por esto examinaremos sucesivamente:

 

1)    El desarrollo corporal.

 

2)    El desarrollo psicosexual y la aportación de las concepciones psicoanalíticas relativas a la adolescencia.

3)    El adolescente y la sociedad.

4)    El adolescente y su familia.

 

El último párrafo debe cerrar el capítulo por contener consideraciones susceptibles de esclarecer la patogenia de los trastornos; los demás proporcionan los elementos de comprensión preliminares.

 

II. El desarrollo corporal y su integración en el adolescente

 

La integración de las modificaciones corporales puede ser muy difícil. Irene Josselyn[63] señala la impresión de extrañeza del cuerpo que se

 

 

 

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produce a veces. Cita el ejemplo de un adolescente que se volvió torpe de pronto, y que traducía sus impresiones diciendo: «Mis pies están muy lejos de mi cabeza en este momento». A veces se trata de un sentimiento de despersonalización muy pronunciado, pero transitorio. La torpeza motriz que puede observarse entonces está en contradicción con los resultados de los tests motores. Se trata aquí de fenómenos transitorios «críticos» que conviene distinguir de los más duraderos y profundos que traducen una neurosis o incluso el principio de un esquizofrenia y suponen una patogenia más compleja.

 

Harold Jones[64] ha estudiado, con otros dos autores, en la Universidad de California, las relaciones posibles entre la precocidad de la madurez sexual y la adaptación. La pubertad precoz en las niñas, al menos en un medio urbano, las coloca en posición desventajosa. A igualdad de inteligencia, de condiciones sociales y económicas, de salud, etcétera, el grupo de las precoces, comparado con el de las tardías, está por debajo del término medio en prestigio, sociabilidad y tendencia al mando. En opinión de sus camaradas de clase, examinadas por los tests de reputación, las primeras son más sumisas, distantes y carentes de seguridad. Su desarrollo físico puede ser para ellas una molestia por no ser precisamente el de las muchachas de su edad, cuyos juegos comienzan entonces a desdeñar. No hay reciprocidad en el interés que empiezan a sentir por los muchachos ante quienes la falta de ajuste (out of step) está todavía más señalada que ante sus compañeras. Por otra parte, son consideradas demasiado jóvenes para participar en los juegos de camaradas de más edad.

 

Las niñas de madurez tardía las aventajan porque poseen las características más apreciadas en la sociedad contemporánea: la talla, el atractivo, la expresión, la vivacidad, la sociabilidad, el prestigio…, pero naturalmente, escribe el autor, existen numerosos casos individuales que no corresponden a estas generalizaciones. Las muchachas de pubertad tardía continúan durante mayor tiempo su crecimiento, lo que hace que tengan piernas largas y tiende a acercarlas al tipo norteamericano de belleza, que reina actualmente en revistas y carteles publicitarios y no deja de ser, según el autor, un poco hipofemenino. H. Jones piensa que esta madurez más tardía facilita una adaptación progresiva, tanto por parte de la hija como por los padres, a los intereses y comportamientos que han de ser los del adolescente.

 

 

 

 

 

 

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Según él, en los niños se produce el caso inverso. Los precoces entran en la adolescencia en el momento en que las niñas aprecian su encuentro y adquieren la fuerza y las aptitudes atléticas que les prestigian ante sus camaradas del mismo sexo. La mayoría no detiene su crecimiento como ocurre con las muchachas. El individuo tardío está fuera de sitio, se aparta de las competiciones y se hace sumiso y se desdibuja. Otros reaccionan a la inversa, pero con exceso. Cuando el sujeto tardío alcanza el punto culminante del crecimiento, tardará mucho tiempo, a pesar de su talla, ya normal, en curar de las heridas que desde el punto de vista psicológico le haya producido su retraso.

 

Hélène Deutsch[65] consagra un capítulo de su Psicología de las mujeres a la aparición de la menstruación. «Tenemos el derecho de suponer —dice— que durante este período de experiencia, sobre todo si parece importante, puede fácilmente conmover la totalidad de la persona y conducir las reacciones que emanan de las diversas partes del psiquismo. El yo narcisista de la muchacha puede acoger la menstruación como un paso feliz en el camino de la madurez. Pero profundas fuerzas regresivas influyen, perturban y a menudo paralizan esta actitud progresiva. En el momento de las primeras reglas adquieren más o menos posesión de la escena psíquica y encuentran una ayuda poderosa en los elementos inconscientes que se liberan del rechazamiento. En este conflicto el sentido biológico de la menstruación está en el lado progresivo, y las reacciones emotivas en el regresivo». La autora muestra cómo la muchacha, que disfruta durante un período «del tributo de admiración que le conceden quienes la rodean», se aparta enseguida, con frecuencia, de este género de satisfacciones y se consagra a «cosas más serias». El proceso inverso puede producirse igualmente. La muchacha, al interesarse particularmente por su cuerpo y sobre todo por los caracteres sexuales secundarios, puede aceptarlos o negarlos. «En el curso de esta fase narcisista de la pubertad, cuando la muchacha confiesa un creciente amor por su cuerpo, podemos señalar en ella un deseo de bienestar. La vulnerabilidad narcisista, cuando concierne enteramente al cuerpo, se expresa en la aversión a todo lo que puede amenazar su integridad. Esta actitud, que data de la primera infancia, llega a ser parte integrante del inconsciente y persiste durante muchos años. A lo largo de su vida, los sujetos de uno y otro sexo reaccionan a las heridas corporales de una manera que traiciona su “complejo de castración infantil”[66]».

 

 

 

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En los Estados Unidos se han efectuado trabajos estadísticos sobre la menstruación y la madurez psíquica. Phyllis Blanchard[67] cita los de Stone y Barke (1937) que examinaron por medio de los tests de Pressey a ciento sesenta y cinco muchachas menstruantes y ciento setenta y cinco todavía no menstruantes procedentes de un medio social y familiar más o menos homogéneo. Las respuestas correspondientes a una mayor madurez eran, para la misma edad, más frecuentes en las muchachas ya menstruantes. Ocurría lo mismo con respecto a los otros tests. Más tarde los mismos autores extendieron la amplitud de sus trabajos (564 y 387 casos). Comprobaron en las muchachas menstruantes un interés más vivo por la coquetería y un desinterés relativo por los ejercicios violentos.

 

Los estudios de Sollenberger en los niños se han realizado dosificando la hormona masculina en la orina. Se ha demostrado una concomitancia entre la madurez sexual hormonal y el interés por la coquetería, las actividades heterosexuales y los deportes de competición.

Blanchard cita también los trabajos de Garrison (1940), de Partridge (1939) y de Willoughby (1937) que dan resultados que corresponden con los que la mayor parte de los autores habían obtenido de sus experiencias clínicas.

 

III.   El desarrollo psicosexual del adolescente y las concepciones psicoanalíticas

 

A pesar de la importancia que el psicoanálisis da a la sexualidad, pocos trabajos han sido consagrados bajo su inspiración a la pubertad y a la adolescencia. La pubertad, caracterizada por la madurez de los órganos genitales, requiere con toda evidencia que el sujeto se integre a ese nuevo estado, pero esta integración, al depender esencialmente del grado de desarrollo de la sexualidad infantil, triunfa o fracasa según la forma en que han sido franqueadas las etapas de este desarrollo. En los Tres ensayos sobre la teoría de la sexualidad, Freud consagra un capítulo a las «Transformaciones de la pubertad». Está caracterizada por dos fenómenos importantes: 1) La subordinación de todas las excitaciones sexuales, cualquiera que sea su origen, a la primacía de las zonas genitales; 2) el proceso por el cual se hace la elección del objeto. Estos dos fenómenos están previamente formados desde la infancia. En los comienzos de la pubertad «aparecen transformaciones que conducen la vida sexual infantil

 

 

 

 

 

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a su forma definitiva y normal… Se da ahora una nueva finalidad sexual en cuya realización cooperan todas las tendencias, mientras que las zonas erógenas se subordinan a la primacía de la zona genital». Las perversiones sexuales que se manifiestan en esta época son una detención con respecto al placer preliminar, lo que será evitado «cuando la primacía de la zona genital haya sido formada previamente durante la infancia».

 

Anna Freud[68], señalando también el hecho de que los psicoanalistas se han ocupado poco de la pubertad, demuestra que para ellos la pubertad «es la primera repetición del período sexual infantil». Siendo ello relativamente inmutable, las modificaciones que se observan en los períodos ulteriores de la vida son imputables al yo, el cual es capaz de modificarse. Por lo tanto, solamente cuando los autores psicoanalistas se orientaron al estudio del yo se interesaron más por la adolescencia. En este período el yo recurre a mecanismos diferentes. A causa de las nuevas actitudes del yo, no puede decirse que la adolescencia sea una simple repetición del período edipiano. Esta subestimación de las posibilidades de transformación de la personalidad durante la adolescencia ha sido igualmente subrayada por Hartmann, Kris y Loewenstein[69].

 

Los rasgos, tan numerosos por otra parte y tan variados, que han sido descritos como aquellos que caracterizan la adolescencia, se deben esencialmente a las relaciones particulares que unen durante esta época a las diversas instancias de la personalidad[70].

 

Intentaremos dar una idea de estas relaciones un poco esquemáticamente. El estudio de sus transformaciones por los continuadores de Freud viene a completar las nociones que él mismo había aportado sobre la subordinación de las excitaciones sexuales a la primacía de la zona genital y sobre el proceso por el cual se hace la elección del objeto.

 

1) EL YO. Sus defensas contra las pulsiones. —La obra de Anna Freud, a la cual hemos aludido líneas atrás, está dedicada al yo y a los mecanismos de defensa. Estúdiase la pubertad bajo el ángulo de las relaciones del yo y del ello. Subrayando que en lo que concierne al estudio del ello el psicoanálisis ha atribuido siempre una parte importante a los períodos de la vida en los que se producen los impulsos de la libido, Anna Freud demuestra que «fantasmas y procesos del instinto que, en otros momentos, pasarían inadvertidos o permanecerían inconscientes, emergen entonces en

 

 

 

 

 

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el consciente gracias a su bloqueo, acrecentado al superar, allí donde esto se hace necesario, los obstáculos que le opone el rechazo». Por estas razones el yo se encuentra obligado a reforzar sus defensas, y los mecanismos habituales pueden exagerarse entonces y provocar una deformación del carácter. Dos medidas de defensa pueden ser particularmente sorprendentes: el ascetismo y la intelectualización de los adolescentes.

 

El ascetismo implica una aversión por todo lo que es de origen instintivo. Supera los síntomas neuróticos en cuanto el rechazo de las neurosis continúa vinculado a la naturaleza o la cualidad de las pulsiones. En el adolescente, aunque este proceso tenga el mismo punto de partida, prolifera sobre toda la vida. El temor al instinto puede ser llevado, por una invasión progresiva, «hasta sobre las necesidades físicas más ordinarias» (negativa a protegerse contra el frío, alimento mínimo, sueño reducido, evitación de la risa y la sonrisa, retención hasta la incoercibilidad de la orina y de la defecación, etc.). Además, el adolescente no se permite en esta caso ni las satisfacciones substitutivas halladas en la neurosis, ni los compromisos que constituyen los síntomas. Así puede suceder que el ascetismo, por una mudanza sutil, pase a un desbordamiento pulsional con excesos de carácter incluso asocial. Para el autor, esto, a pesar de los sinsabores que ocasione a quienes rodean al sujeto, es una curación espontánea pasajera. Si tales curaciones no se producen, el ascetismo puede acentuarse hasta realizar un estado catatónico, e incluso alguna «afección psicótica». La diferencia con el rechazo de las neurosis radicaría en el hecho de que «el adolescente siente más angustia ante la cantidad de instinto que ante la cualidad de cada una de las pulsiones». Éste sería un proceso más primitivo, menos complejo que el rechazo propiamente dicho, caso particular o fase preliminar de aquél. Anna Freud plantea incluso la hipótesis de una acentuación, bajo la influencia cuantitativa del impulso del instinto, de la hostilidad primaria del yo, especie de hostilidad «innata, indiferenciada, primaria y primitiva entre el yo y los instintos».

 

La otra modificación del yo, que es característica del adolescente, es la intelecínalización. Contrariamente a la relación inversamente proporcional en la que se encuentran, en general, los arrebatos de instintos y de sentimientos con la actividad intelectual, en ciertos adolescentes se observa un recrudecimiento de actividad intelectual. El gusto por lo concreto de la fase de latencia está substituido por un interés acentuado

 

 

 

 

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por la abstracción y por cuestiones de alcance universal. Sorprende su extensión, la independencia de espíritu, su simpatía humana, su comprensión, su sabiduría… Pero estas actitudes intelectuales no coinciden con su comportamiento: su grosería con respecto a la gente que los rodean contrasta con la ostentación de su vasta comprensión simpática por el prójimo, la infidelidad y la dureza en sus amoríos con la concepción elevada y desinteresada del amor que profesan, etc. Hay en estas actividades intelectuales una especie de fantasmas ambiciosos que no están destinados a ser trasladados a la realidad. En efecto, esta intelectualización es otra forma, parecida al ascetismo, para defenderse contra las pulsiones. En lugar de soslayarlas, el adolescente las afronta, pero de manera abstracta e intelectual. La percepción de las nuevas exigencias de su ello puede aparecer en una concepción del mundo que trastorna al mundo exterior. Los ideales de amistad y de fidelidad eterna reflejan las inquietudes del yo, cuyas relaciones de objeto son efímeras. Al colocar sus pulsiones sobre el plano intelectual («traducción, en lenguaje intelectual, de los procesos pulsionales», para Anna Freud), el adolescente intenta señorearlos y «llevarlos a un nivel diferente». De esto se desprenden ideas con las cuales se puede trabajar conscientemente. «La intelectualización constituye uno de los poderes adquiridos más generales, más antiguos y necesarios del yo humano. No la consideramos como una actividad del yo, sino más bien como uno de sus más indispensables elementos.» Por lo tanto, no sería más que la exageración, por la continuidad de la impulsividad de la libido, de la actitud general del yo. La oposición a los procesos pulsionales de los procesos intelectuales no sería más que una forma de vigilancia frente a una realidad amenazadora, que estimula a la inteligencia como no es raro que lo haga un peligro exterior.

 

2) Evolución del super yo. —En la clasificación de los fenómenos observados en la adolescencia por Bernfeld[71], este autor subraya el carácter cambiante de las relaciones del yo y del super yo. Distínguense diferentes grupos según la actitud de los adolescentes hacia la sexualidad. Esta actitud varía desde la sumisión a las exigencias del medio interiorizado (super yo) a una rebeldía contra él. No siendo la adolescencia un estado sino un proceso, el adolescente puede pasar de una variedad a otra. Spiegel, que resume este trabajo, plantea esta complacencia y esta rebeldía como criterios exhaustivos valederos para la descripción de la evolución que se opera en las relaciones entre el yo y el super yo.

 

 

 

 

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Hartmann, Kris y Loewenstein[72], en su artículo sobre la formación de la estructura psíquica, consagran un capítulo a la formación del super yo. Aunque esté constituido ya, el desarrollo de la personalidad no está terminado, según estos autores. Comprueban que las posibilidades de transformación durante el período de latencia y de la adolescencia, han sido descuidadas durante algún tiempo en la literatura psicoanalítica. El crecimiento y el desarrollo continúan, pero las modificaciones que aportan afectan una estructura ya constituida. Ante los nuevos conflictos, el super yo se hace más rígido y se afirma en un «absolutismo moral». Frecuentemente se observan síntomas obsesivos en Ja fase de latencia. Durante el período de latencia, el super yo se adapta progresivamente, en parte porque afronta menos peligros. Pero en la pubertad aparecen otros nuevos, que «reactivan las situaciones que han conducido a la formación del super yo». El adolescente tiende a elegir nuevos ideales que constituyen una parte del equipo moral (Yo ideal). Los modelos de identificación del periodo de latencia convenían en ese momento a la cultura del niño, pero durante la adolescencia las identificaciones buscan nuevos modelos al mismo tiempo que se hacen más imperiosas. Tienen una mayor necesidad de soporte exterior. Si nuevos valores sociales no substituyen plenamente a los viejos y si nuevos ideales de conducta no se agregan a la antigua estructura del super yo, el comportamiento del adulto estará sometido «a lo que haga el prójimo».

 

Anna Freud demuestra que en la pubertad, al estar el super yo bloqueado por una libido de la que emanan relaciones con los padres, tiende a ser considerado, por este hecho, como objeto incestuoso, y el yo pretende desprenderse de él. De ello resulta la angustia frente a las pulsiones y la tendencia del sujeto a convertirse en asocial.

 

Veremos un poco más adelante que ciertos autores han destacado las «lagunas del super yo» en los comportamientos asociales (A. Johnson y S. A. Szurek).

3)    Relaciones de objeto. —Bajo el efecto de un desencadenamiento súbito de la libido se produce una regresión del yo. En efecto, la fuerza de las pulsiones hace volver al sujeto al primitivo estado de la angustia. En estas relaciones de objeto, el conflicto entre las tendencias antagónicas se hace más manifiesto en el adolescente. Si se intensifica el rechazamiento de las pulsiones, como ya hemos visto, se dirige sobre todo a los fantasmas incestuosos del período de la pubertad, lo que impulsa al sujeto a aislarse y

 

 

 

 

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a apartarse de las relaciones tiernas de su infancia y a vivir en su familia como entre extraños. Hemos visto que el yo tiende a desprenderse, a costa de peligros que lo precipitan en el estadio de la primitiva primacía del instinto, de un super yo cargado de incestuosidad hacia los padres, sin la ayuda que le presta el super yo en su lucha contra las pulsiones. Esta ruptura de las antiguas relaciones de objeto y el ascetismo tienden a apartar a la líbido del mundo exterior. Una regresión libidinal del amor de objeto al narcisismo amenaza entonces al adolescente. En esta situación realiza desesperados esfuerzos para aferrarse a los objetos exteriores. ¿Qué medios emplea para ello?

 

a)    Por la repetición casi compulsiva de sus esfuerzos bajo la forma de vinculaciones intensas, aunque pasajeras. Tienen efecto nuevas vinculaciones bajo la forma de amistades apasionadas o de gran amor por las personas de la misma edad o de mayor edad (en este último caso claramente substitutos de objetos parentales). Estos sentimientos son exclusivos, pero de corta duración y se repiten. Anna Freud, en su obra ya citada, dice que «la forma de las relaciones amorosas pasadas… se reproduce en general en las relaciones nuevas con una fidelidad rigurosa, y, por así decirlo, compulsiva».

 

b)    Estas relaciones son más de identificación que posesivas. Cada vez hay adopción de ideas, del género de vida e incluso de pormenores del vestido con respecto al objeto amado. La exageración patológica de este comportamiento ha sido descrita por Hélène Deutsch bajo el nombre de «Als Ob Typus[73]». El sujeto, en cada nueva relación de objeto, actúa «como si» en su imitación viviese su propia vida. Hay que señalar que estas relaciones no son en modo alguno relaciones objetales de adultos, sino identificaciones del tipo más primitivo, como en la primera fase del desarrollo de un niño. Por medio de esta serie de identificaciones el sujeto intenta aferrarse a objetos exteriores, incluso cuando no puede llegar a ellos por otro camino que el del narcisismo, como lo demuestra la poca vinculación real que resulta de estos lazos pasajeros, seguidos frecuentemente de aversión (identificación a los celos presuntos del nuevo objeto con respecto a los antiguos objetos amados).

 

Para Anna Freud son tentativas de curación que recuerdan los estadios iniciales de los impulsos psicóticos.

4) Actividad sexual en la adolescencia. —La subordinación de todas las excitaciones a la primacía genital, la posibilidad de elección de objeto

 

 

 

 

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no incestuoso, si la evolución infantil ha sido favorable, encuentran en la pubertad, con la madurez de los órganos genitales, las condiciones en cierto modo intrínsecas necesarias para la realización de una vida sexual adulta. Pero ésta se halla todavía sujeta a prohibiciones familiares y sociales, por lo menos en la mayoría de las civilizaciones. Insistiremos más adelante sobre el papel de estos factores e «impedimentos sociales». Como sea que la vida sexual de los adolescentes no está reglamentada de manera rigurosa según reglas dictadas por el grupo social entero y se halla sometida en cambio a las variaciones que existen de una familia a otra, existe la posibilidad de que los factores de ambiente que intervienen no sean esencialmente diferentes de los que estuvieron en juego en la infancia. Si son particularmente prohibitorios para la pubertad (sobre todo los que actúan inconscientemente), los móviles afectivos que intervienen están en relación con los conflictos inconscientes de los padres, que habían ya desempeñado el mismo papel en los anteriores estadios de evolución de sus hijos.

 

La prolongación de la no madurez sexual es variable también según las clases sociales y el grado de cultura, como lo demuestran los diversos trabajos, según el informe Kinsey. La adaptación a un trabajo profesional precoz se da la mano generalmente con una madurez sexual igualmente más precoz y más completa, sin que esto sea, no obstante, una regla absoluta.

Pero cualesquiera que sean la precocidad o el retraso de las primeras relaciones sexuales de objeto, la pubertad está señalada generalmente por una aparición o un recrudecimiento de la masturbación. Este hecho se produce menos regularmente en la niña que en el niño (Lampl-de-Groot; Hélène Deutsch).

El prejuicio según el cual la masturbación sería o no nociva, parece haberse disipado actualmente. Los propios neuróticos son los que acusan a la masturbación de ser el origen de sus males. Freud señala que en cierto sentido tienen razón: existe una relación entre sus males y la masturbación, pero ésta es patógena por lo que se refiere a los conflictos vinculados a ella, mientras que resulta inofensiva para los sujetos cuya evolución se desarrolla sin neurosis.

Los puntos sobre los cuales estuvieron de acuerdo los psicoanalistas después de la discusión que en 1912 se produjo a este respecto, son los siguientes:

 

 

 

 

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A. La importancia y la significación de los fantasmas que acompañan o substituyen la masturbación.

 

B. La importancia de los sentimientos de culpabilidad en relación con el onanismo.

 

La experiencia psicoanalítica y la observación directa permiten considerar que casi todos los niños se masturban durante los primeros años de su vida, que la mayor parte de ellos se masturban durante la pubertad y que la masturbación aparece también algunas veces durante el período de latencia (más a menudo en el muchacho que en la muchacha). Por lo tanto, los fantasmas de que se acompaña en la pubertad son imágenes sexuales reales que implican una pareja y se prolongan en ensueños en estado de vigilia parecidos a cuentos o novelas (Lampl-de-Groot)[74].

 

Su función de descarga de la tensión del instinto, que existe en la infancia, interviene igualmente a título vicariante en los adolescentes y adultos cuando no son posibles por razones exteriores las relaciones con una pareja sexual. Su persistencia, cuando las relaciones adultas son posibles, indica que existe siempre un obstáculo al desarrollo y que la sexualidad ha quedado más o menos lijada en un estadio infantil. Balint[75] ha descrito un tipo de carácter masturbador.

 

Ferenczi insiste especialmente en que la masturbación se caracteriza sobre todo por la ausencia, contrariamente al coito, de placer preliminar y por la considerable importancia del fantasma.

La incriminación de nocividad que se hace a la masturbación se halla ligada en realidad a los fantasmas y a la represión que, teniendo aparentemente en cuenta el propio acto de la masturbación, se dirige sobre todo a aquéllos. La prepubertad está caracterizada por una curiosidad sexual y fantasmas edipianos. Cuando reaparece o se intensifica en la pubertad la actividad masturbatoria, aparece la angustia. Está ligada a los fantasmas edipianos, lo que explica que sea tan fuerte la lucha contra la masturbación. El resultado de esta lucha es variable. En ciertos casos hay una disociación entre la actividad masturbatoria y los fantasmas, solución neurótica que prepondera en las formas obsesivas. Los fantasmas pueden ser reprimidos fuertemente y continuar la actividad masturbatoria o, a la inversa, el renunciamiento a la actividad masturbatoria coincide con la aparición de los fantasmas. Esta disociación suele precederse de una fase

 

 

 

 

 

 

 

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en la cual los fantasmas masturbatorios conciernen a objetos vagos o anónimos.

 

Frecuentemente los fantasmas son completamente reprimidos, pero se manifiestan en síntomas de conversión histérica, sobre todo en las mujeres.

Lampl-de-Groot, de quien hemos tomado gran parte de la substancia de este capítulo, muestra varias eventualidades patológicas, en cuya sintomatología interviene la represión del onanismo.

 

a)    En ciertos casos la masturbación continúa hasta la edad adulta, pero los fantasmas tienen un carácter preedipiano. La represión de la masturbación en el muchacho está relacionada con la angustia de castración más que con las prohibiciones de quienes le rodean. Si esta angustia es muy pronunciada, el niño, que en la fase de latencia ha renunciado completamente a la masturbación, pasa a depender de los adultos. Esta dependencia se acentúa cada vez que se manifiesta el deseo de masturbación. Este proceso se repite en la adolescencia.

b)    La supresión completa debida a prohibiciones exteriores desarrolla la oposición contra todos los adultos.

c)     El éxito de la lucha personal contra la masturbación fortalece la estimación propia, pero puede conducir a ideas de grandeza.

d)    En caso de fracaso, los sentimientos de inferioridad obstaculizan el desarrollo de las demás posibilidades y dotes del sujeto, y la masturbación compulsiva paraliza sus otras actividades.

e)     Con frecuencia se triunfa parcialmente con manifestaciones periódicas de masturbación. El sujeto vacila entre la megalomanía y la inferioridad.

Las formas en que todos estos tipos están más o menos mezclados, son las más frecuentes. Si las tendencias inhibidoras están muy marcadas, a las neurosis se suman las deformaciones del yo. En algunos casos, la irrupción de impulsos instintivos (sobre todo agresivos) conducen a los «acting out», que pueden ser delictivos.

La muchacha cuya constitución es normalmente femenina soporta sin demasiada dificultad, durante el período de latencia y la pubertad, una evolución hacia la pasividad y la aceptación de la ausencia de pene. Las tendencias activas pueden entonces sublimarse y orientarse hacia las conquistas intelectuales. En las muchachas pueden observarse tendencias a la masturbación, con fantasmas (naturalmente deformados) relativos a la

 

 

 

 

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vida sexual de los padres y en los cuales ella representa simultáneamente los dos papeles: activo y pasivo. Por último, en la masturbación clitoriana o en la de la entrada de la vagina puede observarse la substitución de otras partes del cuerpo: nariz, boca, cabellos, etc. Los fantasmas de las muchachas de tendencias activas son de carácter sadomasoquista (Freud: Se pega a un niño).

Hélène Deutsch ha valorado las relaciones de la masturbación y de la aparición de las primeras reglas (pág. 145). Las reacciones serán diferentes según la muchacha se masturbe en la época en que comienza su menstruación o haya abandonado la masturbación bajo la presión de la culpabilidad o se halle en plena lucha por liberarse de ella. La menstruación puede obligar a la muchacha a abandonar la masturbación o, por el contrario, incitarla a practicarla. En este último caso, la angustia y los sentimientos de culpabilidad asocian las reglas a las ideas de crueldad, de sufrimiento y castigo, y desencadenan las antiguas reacciones infantiles referentes al problema sexual y las diferencias anatómicas. Los comportamientos de este género pueden persistir durante años, incluso cuando la vida sexual es satisfactoria: las masturbaciones se suspenden en el momento de las reglas o poco antes, o, al contrario, se practican solamente durante las reglas.

 

IV. El adolescente y la sociedad

 

Integración social del adolescente

 

En su reciente libro El adolescente y su mundo, que ya hemos citado, Irene Josselyn demuestra que, a pesar de sus tremendas exigencias con respecto al adolescente, la sociedad apenas le proporciona en nuestras civilizaciones un modelo preconcebido y claramente definido para ayudarle a afrontarlas. Subraya el contraste entre este hecho y las costumbres en uso en las culturas primitivas, que establecen una clara línea de demarcación entre la infancia y la edad adulta. El tránsito de una a otra está sancionado por los ritos. Los tabús y hábitos de la sociedad proporcionan al individuo un cuadro en el cual se desarrolla su personalidad. No son objeto de controversia. El joven adulto no está integrado en ella más que a condición de su sometimiento. De ello resulta para él una seguridad concerniente no sólo a sus relaciones con el mundo social, sus iguales y sus inferiores, sino también con su convicción de ser

 

 

 

 

 

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un adulto. Su integración lo doblega a las exigencias de este estado y al mismo tiempo le asegura sus privilegios.

 

«En nuestra cultura —escribe Irene Josselyn— el medio en que se encuentra un adolescente es completamente diferente, sobre todo en un país que valora la democracia y los derechos del hombre. Democráticamente se piensa, al menos en teoría, que cada uno tiene el derecho inalienable de desarrollarse como individuo mientras no constituya un peligro para el prójimo. Tal concepción de un desarrollo individual es incompatible con una conformidad a un modelo (pattern). Además, se cree que el individuo, al evolucionar hacia la edad adulta, enriquece al mismo tiempo la edad adulta y la cultura más que si hubiese sido modelado por el mundo de los adultos. La falta de un equivalente a las ceremonias de iniciación acrecienta la confusión y la ansiedad en el adolescente. No puede predecirse un comportamiento cuyas determinaciones aparezcan en él confusamente. No está sometido por una sumisión rigurosa a ritos y leyes bien establecidos. Se le impulsa a crecer para alcanzar un estado mal delimitado. Pero no se le dice cómo debe crecer[76]».

A continuación subraya la autora que si bien, en principio, se valora el derecho del individuo a elegir su propia línea de desarrollo, prácticamente se castiga a los que no reconocen la diferencia que existe entre la licencia y la libertad. El concepto de «comportamiento aceptable» le parece demasiado confuso. El adolescente que no está seguro de sus propias finalidades, siente vivamente el contacto con la sociedad lleno de confusión. Busca para propia confusión una respuesta que proceda del exterior y sufre a causa de que ningún grupo le da reglas de vida que no impliquen contradicción.

 

Harold Jones[77] señala que las condiciones de la vida civilizada alargan la adolescencia por sus dos extremos. Al mejorar, por una parte, las condiciones del desarrollo orgánico, apresuran la aparición de la pubertad, mientras que, por otra parte, alargan la adolescencia social retardando la época del matrimonio y prolongando el período de los aplazamientos y las esperanzas sexuales. La adolescencia social es actualmente dos o tres veces más larga que la de los americanos de algunas generaciones atrás. De ahí que los problemas de higiene mental hayan alcanzado una importancia mucho mayor.

 

 

 

 

 

 

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Margaret Mead[78], después de estudiar las poblaciones de las regiones de los Mares del Sur, concluye así: «Las sociedades primitivas demuestran que la manera con que cada cultura asume los grados de frustración o de satisfacción contenidos en las formas culturales, es más importante para la felicidad humana que lo que elige para desarrollar como tendencias biológicas y lo que suprime entre ellas o deja sin desarrollo». Y como ejemplo nos da la actitud de la mujer victoriana que, no esperando obtener placer de la experiencia sexual, no obtenía, en efecto, ninguno, pero resultaba menos frustrado que el de sus descendientes, a quienes se ha enseñado que obtendrán placer y no encuentran satisfacción en la vida sexual. «En las cinco alturas (exploradas) hemos visto sociedades homogéneas que realzan una serie de valores humanos en detrimento de los demás. Las sociedades homogéneas no conocen los conflictos y las confusiones de una sociedad heterogénea».

 

V. El adolescente y la familia

 

eviviscencia de los conflictos infantiles parentales al llegar a la

 

pubertad

 

Numerosos escritos señalan los cambios de actitudes que se producen en los adolescentes con respecto a su familia, pero son generalmente simples descripciones. Más raramente se intenta aprehender de más cerca lo que se produce. Los estudios psicoanalíticos han insistido sobre todo en los modos de defensa del yo característicos de esta época de la vida, y sobre el papel del impulso libidinal que aparece en este momento, pero han dado poca transcendencia al papel del medio, pues estiman en cierto modo que «el juego ya está hecho» y que el adolescente vive como se lo permite su grado de desarrollo interior. Su evolución hacia el estado genital se completa durante este período, pero sólo a condición de que la superación de los estadios anteriores le haya llevado, antes de la fase de latencia, a esta posibilidad. Sabemos que esta evolución se produce en función de los padres. Podemos suponer que ello favorecerá u obstaculizará, en el momento de la adolescencia, el acceso a la edad adulta en la medida misma en que lo haya hecho —y por los mismos motivos— en el momento del acceso a los estadios precedentes, y verosímilmente con una intensidad variable según los estadios que hubiesen sido objeto de dificultades, particulares o no, en los mismos padres. En efecto, a pesar del

 

 

 

 

 

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conocimiento que los padres tienen de las transformaciones que se producen e incluso de una buena voluntad consciente por su parte, pueden existir en ellos determinados obstáculos que se opongan a una evolución favorable de los hijos. El sentido común se inclina a relacionar con la herencia o con una «mala naturaleza», o a una actitud defectuosa de los padres —lo que subrayaría, por ejemplo, una encuesta social— los trastornos observados en el curso de la adolescencia. Se insiste entonces tanto sobre la severidad excesiva como sobre la falta de autoridad, sobre el ejemplo de una moralidad como sobre una moralidad poco comprensible con respecto a las necesidades de la juventud. La psiquiatría de los niños y adolescentes se esfuerza por comprender la situación familiar. De este modo se orienta a conocer más a los padres, y muchas curas se consiguen, como se sabe, tratando al mismo tiempo a padres y a hijos, y a veces a los padres solamente. Los psicoanalistas que han tratado de la neurosis familiar han demostrado, sobre todo, que la de los niños estaba, en la mayoría de los casos, determinada por la de los padres[79].

 

Si la neurosis de los padres está en la base de algunos casos particulares, la cuestión que se plantea es buscar la incidencia más general de la pubertad sobre la relación padres-hijos y, en consecuencia, sobre la neurosis eventual de los padres que condiciona el género de su respuesta a este acontecimiento. En efecto, les perturba tanto más cuanto que ellos mismos presentan rasgos neuróticos.

 

Irene Josselyn[80] subraya la frecuencia de las actitudes contradictorias de los padres con respecto a los adolescentes. Así ocurre con la actitud que adoptan, por ejemplo, si su hijo parece evitar la frecuentación de mujeres o muchachas, y la preocupación que manifiestan, en cambio, si consideran sus salidas demasiado frecuentes. Censuran a un muchacho que carezca de responsabilidades, pero obstaculizan toda empresa que pretenda realizar, amparándose en su juventud. En realidad, no desean que adopte ninguna responsabilidad más que en límites bien determinados, prefiriéndole obediente. «Esperan de él que se desarrolle y adquiera todas las virtudes a las cuales dan valor y que no tenga ninguno de los defectos que. sin embargo, ellos se toleran. Pocos padres están suficientemente en paz consigo mismos para aprobar, entre las actividades del adolescente, aquéllas que ellos mismos le piden que realice». El autor subraya el hecho de que la madurez del niño provoca temor, al menos en ciertos padres. Asustados a veces por la confusión con que se efectúa el desarrollo del

 

 

 

 

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adolescente, temen no ver realizarse para él una vida más feliz que la suya, cosa que les hace anhelar la impresión de prolongación de sí mismos que les da el niño. Incluso reviven en él su propia adolescencia, y esta reviviscencia de un peligro grave al que han escapado como por milagro, les hace temer que su hijo no tenga la misma suerte. Su propio papel los aplasta. Ocurre que, a pesar del deseo consciente de ver crecer a su hijo, los padres se oponen a su madurez, revelando un contraste muy frecuente entre las motivaciones inconscientes de su comportamiento y su actitud consciente.

 

Viola Bernard[81] demuestra que ciertos padres no comprenden que la necesidad de denigrar o de desafiar corresponde, en el adolescente, a un conflicto que señala el curso de su desarrollo. Experimentan esta necesidad como un desasimiento que les es hostil, lo que provoca por su parte reacciones afectivas de represalia. El autor insiste sobre la vulnerabilidad de los padres en esta época de la vida de sus hijos. «Los padres de hoy son los adolescentes de ayer», señala. La forma en que han vivido su adolescencia afecta a aquélla en la que efectúan una inversión de papeles. La perturbación que sufren se debe a que tienen que vivir como padres un período en el cual experimentaron con respecto a sus propios padres sentimientos de culpabilidad, envidia y hostilidad y a que en esa época de su vida vivieron un conflicto particularmente intenso. Según V. Bernard, nunca se insistirá bastante en que el proceso de la pubertad en un niño puede ser para sus padres ocasión de reactivar su propia adolescencia. «Una debilidad latente y de formas neuróticas de adaptación del adulto, puede manifestarse por el hecho de que el padre reviva una experiencia crucial de su vida pasada en su doble calidad de padre e hijo». El autor indica qué reacciones del padre o de la madre dirigidas contra su propio «Edipo» o su propia agresividad se interponen con el tipo edipiano (oedipal pattern) del joven sujeto, pudiendo influir de manera desfavorable en su resolución. Encuentra un ejemplo en las relaciones que existen entre las madres adolescentes y sus familias. En muchos casos, el embarazo ilegítimo sería una exteriorización simbólica, un «acting out» inconsciente del conflicto edipiano de la muchacha. El padre de la joven responde a la madurez de su hija por una represión insuficiente de su contrarreacción edipiana. La actitud aparente del padre suele caracterizarse por la exteriorización del lado defensivo de su

 

 

 

 

 

 

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conflicto, como lo demuestra su tendencia excesiva y violenta a prohibir las relaciones normales entre muchachos y muchachas adolescentes.

 

A veces el joven proporciona a sus padres la ocasión de una «reviviscencia vicarizante» de su propia juventud, lo que facilita una actitud inconstante y vacilante, muy nefasta para el desarrollo del adolescente. Así, una madre puede vacilar entre impulsar a su hija a satisfacer necesidades que a ella le estuvieron prohibidas en su misma edad e imponerle una disciplina exageradamente severa. Reactiva así sus propios conflictos a costa de su hija. Ésta, a su vez, ve aumentar su hostilidad hacia su madre y afirmarse la noción que ya se había formado en su infancia de la ineptitud de su madre para llenar sus funciones. Impulsando a su hija a comprar vestidos extravagantes hasta el punto de que el padre la censure o la castigue por sus gastos excesivos y su falta de sentido de la realidad en lo que concierne al dinero, tal madre se identifica con su hija en la satisfacción de deseos reprimidos en su propia adolescencia, mientras que, por celos hacia esta misma hija, la impulsa a que se desacredite a los ojos del padre. Un padre puede experimentar sentimientos de rivalidad al temer que el éxito de su hijo subraye su propia incapacidad. En otros casos, una fuerte fijación afectiva a su hija hace que se esfuerce en no darla en matrimonio, etc.

 

La disociación familiar por separación, al no dejar subsistir más que un único padre, entraña a menudo una tendencia inconsciente a ver en el adolescente, hijo o hija, un substituto de la pareja conyugal ausente. Semejante actitud, al reforzar las defensas del adolescente contra las tentaciones intensas que provoca, obstaculiza peligrosamente su desarrollo.

Por último, los padres pueden reprimir excesivamente las manifestaciones de hostilidad del niño, que interpretan en función de la agresividad que ellos mismos experimentaron contra sus propios padres, en su propia adolescencia. «Así, cuando un muchacho manifiesta una necesidad normal de independencia, puede despertar en su padre el odio que éste había experimentado contra su propio padre y hacerlo recaer sobre el muchacho en forma de una tendencia irracional de atacarle y aterrorizarle». (Viola Bernard, obra citada).

Alexander y Healy[82] y Aichorn[83] han insistido sobre la alternancia de frustraciones y satisfacciones de las pulsiones precoces. Kate Friedlander[84], en el capítulo dedicado al «análisis de los factores del

 

 

 

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medio», cita los trabajos de Burt[85], insistiendo sobre los factores de superpoblación, promiscuidad y sobre todo «mala disciplina». Esta última consiste sobre todo en «una mezcla de debilidad y severidad en el seno del mismo hogar, a veces en la persona del mismo padre antojadizo». Kate Friedlander considera que «el factor responsable de la elaboración de un carácter inadaptado en lugar de una neurosis», es la inestabilidad del trato que reciben los primitivos impulsos instintivos de los niños.

 

La patogenia de ciertos comportamientos antisociales (antisocial «acting out») en función de la familia, ha sido estudiada recientemente desde el punto de vista psicoanalítico por dos autores americanos: Adelaida Johnson y S. A. Szurek[86]. Estos autores consideran que esos comportamientos no se deben a una debilidad general del super yo, sino más que nada a un defecto del super yo en las zonas circunscritas del comportamiento, a lo que llaman «lagunas del super yo». Esta concepción patogénica no se aplica a la delincuencia determinada sociológicamente por el medio en el cual se desarrolla el individuo. Concierne a los sujetos en quienes el comportamiento contrasta con el medio. Los autores pasan revista a las diferentes teorías de la delincuencia. Reich ha forjado la expresión «carácter impulsivo». Por lo que respecta a la teoría de Alexander, que explica el «acting out» de este género por una autopunición destinada a aliviar la culpabilidad, Johnson y Szurek dudan de que el «acting out» sea una solución específicamente aportada a la culpabilidad. Para otros autores este paso a la acción deberíase a una menor capacidad constitucional para soportar las frustraciones (Schmideberg). P. Greenacre ha subrayado, en el caso de personalidades psicopáticas, los rasgos de carácter existentes en ciertos padres, si bien se interesa más por la falta de desarrollo del super yo del niño que por la del super yo de los padres, por no haber profundizado suficientemente en su estudio directo. Aichorn, Healy y Broumer insisten en ver en ciertos niños antisociales groseras deformaciones éticas de sus padres. La mayor parte de estos autores atribuyen los fallos del super yo a la falta de amor y de calor por parte de los padres. Reconocen, sin embargo, que la frialdad de los padres puede también favorecer el desarrollo de un super yo muy punitivo.

 

El estudio de Johnson y Szurek, realizado en el «Instituto de Investigaciones juveniles» de la Universidad de Illinois, ha permitido comprobar que la delincuencia tiene sus raíces en la neurosis de los

 

 

 

 

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padres. Estos autores consideran que los padres encuentran una satisfacción vicariante de sus pulsiones prohibidas y mal integradas en el «acting out» de sus hijos. El medio de satisfacerlas es la tolerancia o la falta de firmeza con respecto al niño en ciertas esferas del comportamiento. Las lagunas del super yo del niño corresponden a defectos similares del super yo de los padres. Szurek ha comprobado que el padre que desempeña el papel más importante (la madre en general, aunque el padre esté siempre más o menos implicado), anima inconscientemente el comportamiento amoral o antisocial del niño. Las necesidades neuróticas del padre, que éste es incapaz de satisfacer en su vida adulta, o que le han sido vedadas en su infancia y no integradas, son inconscientes e inaceptables para este mismo padre. Pero, sin saberlo, utiliza al niño para actuar (acting out) en su lugar, lo que hace de éste una «especie de chivo emisario». En efecto, realizándose el «acting out» paternal a través de él, una racionalización de la delincuencia permite su fácil atribución a la herencia. La tolerancia inconsciente de los padres con respecto al comportamiento del hijo respondería a una doble finalidad:

 

a)    la satisfacción vicariante de las tendencias reprimidas;

 

b)    la expresión de tendencias hostiles con respecto al niño que aparecen en los castigos que se le infligen. Estas tendencias hostiles estarían dirigidas no solamente contra el niño, sino también contra el yo de los padres (sufrimiento resultante del «acting out» del niño). El «acting out» sería una especie de caricatura de las tendencias inconscientes de los padres. Con ejemplos de vagabundeo y robo, los autores muestran que las reflexiones que se les hacen a propósito de un acto cometido por el niño, admitido con cierta tolerancia, despiertan en ellos súbitos sentimientos de culpabilidad, que para el niño constituyen una verdadera traición. En algunos casos, el análisis de los padres ha demostrado que existía una tolerancia particular con respecto a ciertos delitos, incluso en su ejecución discreta.

Recientemente, en una comunicación no publicada todavía, la doctora F. Dolto-Marette insistió, en la Sociedad de Psicoanálisis, sobre el papel de la no liquidación del complejo de Edipo de los padres en la génesis de las neurosis y trastornos psíquicos de los niños.

 

CONCLUSIONES GENERALES

 

 

 

 

 

 

 

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Una ojeada de conjunto sobre la adolescencia, ya se trate de describirla como una «edad de la vida» particularmente inestable y crítica, o de estudiar su psicopatología, nos ofrece un aspecto impreciso y difícil de abarcar en límites que no se pierdan en confines demasiado vagos. En efecto, en muchos aspectos la adolescencia toca todavía la infancia, a la cual la vinculan profundas raíces, mientras que por otros ya se ha realizado el estado adulto. La crisis está señalada por las oscilaciones de una personalidad en formación y búsqueda del personaje que no quiere ser en tanto que forma definitiva, fija, rígida y por ello apartada de una multitud de virtualidades y que, sin embargo, quiere ser o prever, para dar a su vida una dirección, un lugar reconocido y una función entre las otras y afirmarse de este modo. Esquemáticamente, pueden preverse varias salidas a su evolución. Una, rápida, hacia la madurez y la integración social con un mínimo de dificultades, representa perfectamente un estado normal medio. Otra es el fracaso de esta madurez que hace retroceder al sujeto hacia una forma de ser muy primitiva, con el peligro de la esquizofrenia. Entre ambas existe una dilatada ambigüedad. Puede resolverse de dos maneras: una larga, difícil y laboriosa adolescencia habrá enriquecido al sujeto con sus propias búsquedas, cuyos frutos podrá utilizar en una originalidad que lo afirmará e integrará como personalidad destacada, no sin ciertos sufrimientos a veces o algunas reliquias neuróticas o del carácter; o bien la solución de los conflictos se hará de manera imperfecta, neurótica o caracterial, pero compatible con una inserción suficiente en la vida social, siendo el sufrimiento especialmente subjetivo, o las dificultades más exteriores y difíciles de soportar para los demás, según la solución neurótica o caracterial que se dé a los conflictos no resueltos por completo.

 

Hemos visto que en las sociedades extremadamente rígidas y homogéneas, la integración del adolescente se hace según un «todo o nada» cuyos ritos de iniciación garantizan su rigor. En las sociedades más liberales se exige más al individuo en cuanto a «hacerse» a un medio de modelos de identificación variados, tanto más polimorfos cuanto el nivel de cultura y el género de vida multiplican los contactos y confieren a estos modelos un valor relativo, en el bien entendido de que las vicisitudes del desarrollo personal en el medio familiar desempeñan un papel decisivo en la forma de abordar y resolver sus problemas de identificación.

 

 

 

 

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La adolescencia se presenta como una fase de «deber ser», de necesidad y deseo de entrar en un nuevo modo de existencia coincidente con una dificultad particular de realizarlo. Las circunstancias exteriores proporcionan al adolescente múltiples virtualidades como futuros modos de existencia. Si el hecho de no encontrarse todavía en uno de éstos lo tiene en un estado de indeterminación, la razón de ello se encuentra en la personalidad misma del sujeto, en las defensas infantiles contra los instintos que se refuerzan y obstaculizan su evolución, condicionando su elección. Su orientación profesional y sexual tiene el peligro de determinarse por sus formaciones complexuales; puede ser más adulta y más libremente elegida según el grado de su evolución afectiva. Pero la indeterminación en sus elecciones está en el límite de estas dos eventualidades entre las cuales oscila, sobre todo si se prolonga. El mismo período de la adolescencia puede proporcionar circunstancias que faciliten u obstaculicen la madurez y precipiten al sujeto en un sentido o en otro. Si bien tal fase de indeterminación y de virtualidad de inclusión en una forma de existencia caracteriza la adolescencia, se concibe la dificultad en que nos encontramos de definir en este período ciertas formas de existencia como absolutamente normales o absolutamente patológicas. Puede creerse incluso que la distinción entre las dos está desprovista de sentido. En

 

efecto, la adolescencia —salvo circunstancias muy raras y particulares— está tan poco integrada que debe contarse siempre con tal confusión, y tenemos que recurrir a las posibilidades teóricas para hacer comprensible nuestro punto de vista. Éste no es otro que el de relacionar a las mismas causas de intederminación la psicología del adolescente y su psicopatología, lo mismo que la imprecisión de sus límites, y considerar, en el plano de la psicopatología general, las entidades clínicas estructuradas y organizadas en la medida en que lo están las estructuras «normales» opuestas, dependientes de las estructuras sociales de que forman parte.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO III

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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TERAPÉUTICA

 

 

 

 

 

 

 

 

Es difícil presentar una visión de conjunto de los principios generales relativos a las terapéuticas que pueden oponerse a los trastornos tan dispares que forman la psicopatología de la adolescencia. No exponemos un punto de vista pesimista, sino que comprobamos un hecho que hace referencia a la naturaleza de los trastornos en cuestión y a la multiplicidad de las incidencias terapéuticas: médicas, en el sentido estricto, psicológicas, educativas, sociales, etc. Esta misma multiplicidad resulta de la etiología muy heteróclita y de la patogenia, por este hecho, muy compleja.

 

Si existe una resistencia en nosotros a admitir esta multiplicidad, débese quizá en parle a la idea que nos hacemos de las «enfermedades». En medicina general se consideran éstas como resultantes del encuentro de un individuo, y más raramente de un grupo de individuos, con un agente nocivo procedente del exterior, perteneciente al mundo de los objetos fisicoquímicos (traumatismos, intoxicaciones, etc.) o al mundo vegetal o animal (microbios). La salud consiste en no ser alcanzados por uno de estos agentes. En este sentido, puede existir un estado de buena salud absoluta, suponiendo que tal circunstancia sea realizable. Al menos es concebible. Tal concepción no puede aplicarse a la psicopatología, y la esperanza de hacerlo existió quizá al concebirse las enfermedades mentales como entidades mórbidas bien determinadas en sus causas, sus perturbaciones orgánicas y sus síntomas. La psicopatología infantil y juvenil, más que la del adulto, está contrapuesta a tal punto de vista. Es infinitamente más difícil hacerse una idea de lo que sería la salud mental ideal que de la salud corporal. Incluso es difícil concebir una adaptación

 

 

 

 

 

 

 

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absoluta. Parecería un conformismo estrecho y estéril, poco compatible con lo que sabemos de la evolución de las sociedades.

 

Por otra parte, la psicopatología trata desde trastornos provocados por circunstancias materiales del mismo orden que encuentra la medicina general, hasta los que lo son por otras absolutamente alejadas, reveladoras de la complejidad de las relaciones interhumanas. De ello resulta que ciertos comportamientos considerados patológicos en ciertas sociedades, grupos y momentos, no lo sean en otras circunstancias.

Se comprenderá sin esfuerzo que, en el terreno que nos ocupa, la rúbrica «tratamiento» engloba muchas cosas que no tienen nada que ver con la «toma de un medicamento», ni con lo que se ha convenido en llamar tratamiento en patología general. Por otra parte, es imposible distinguir entre tratamiento y reeducación, o asistencia, o colocación en internado, incluso orientación profesional, etc. Las palabras compuestas con «terapia» demuestran claramente por su número y las diferentes especies de actividad que designan, la extensión y la variedad de lo que puede implicar una acción terapéutica. Esta complejidad de la terapéutica alcanza su más alto grado en la adolescencia. Es cosa todavía de educación, de padres, y también cuestión de psicoterapia, de psicoanálisis, pero con reservas por lo que respecta a los métodos que hay que emplear, la oportunidad de su empleo o de suspender o modificar la técnica.

 

Examinaremos primero las terapéuticas individuales, lo que atañe a la psicoterapia individual, después las que se emplean en grupo, las combinaciones entre ellas, lo que constituye una práctica habitual y su combinación con otras intervenciones (conversaciones con las familias, ensayos de modificación de la situación exterior, etc.), más o menos frecuentes según las indicaciones particulares.

 

I. Psicoterapia individual

 

La psicoterapia individual no podría tenerse en cuenta en nuestros días sin una referencia constante al psicoanálisis, aun cuando el método empleado sea completamente diferente, como el de una psicoterapia de apoyo, por ejemplo. En efecto, si han prescrito los motivos que anteriormente parecieron justificar su empleo, las razones de recurrir a un método de este género se extraen en nuestros días de las contraindicaciones o la inoportunidad del análisis y, más rigurosamente, del hecho de que los

 

 

 

 

 

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conocimientos aportados por el psicoanálisis permiten comprender en qué consiste determinada psicoterapia, a qué mecanismos recurre y en qué ámbito y hasta qué punto puede actuar.

 

Psicoanálisis

 

Spiegel, en la revisión general de la que hemos extraído muchas referencias[87], cita a Gitelson[88], señalando que los analistas se muestran muy prudentes en lo que concierne al análisis de los adolescentes porque, para la aplicación de la técnica clásica, es necesario un Ego al cual se pueda prestar una razonable confianza. En realidad algunos lo rechazan como poco juicioso, sin considerar que hay en él una evidencia substancial, como si esc punto de vista fuese evidente en sí. Supone el autor que sería más fructífero tratar de adaptar el análisis a la situación particular del adolescente, como para los niños y los delincuentes, a propósito de los cuales se ha discutido la oportunidad de una fase preliminar, cosa que no ha sido hecha con respecto a los adolescentes. Se ha subrayado, sin embargo, una particularidad que entra en juego en la fase inicial del análisis. Es la necesidad de establecer un contacto rápido con el adolescente. «La actitud de desafío y de rebeldía que adopta el adolescente tiene el peligro de conducir a una terminación precoz del análisis, si no se gana rápidamente acceso a los afectos manifestados en la transferencia.» A este respecto el autor se refiere a las opiniones de Melanie Klein[89], que obtiene este rápido acceso interpretando en profundidad el material de transferencia inconsciente. Tal vez estaría indicado en algunos adolescentes proceder como Aichorn con los adolescentes antisociales. Un poco más adelante insistiremos sobre este punto al examinar el caso de los adolescentes antisociales.

 

Otra dificultad del análisis de los adolescentes procede de su repugnancia a revelar los fantasmas en relación con la transferencia y de su tendencia a abandonar prematuramente al analista. Esta tendencia sería la contrapartida de las relaciones de objeto en trance de experimentar un desarrollo nuevo. Se ha señalado también que la misma revelación de los fantasmas que se refieren a los nuevos objetos de amor, en el curso del análisis, tiende a retardar la separación sana de los objetos incestuosos, porque la toma de consciencia de carácter incestuoso de las representaciones concernientes al nuevo objeto, actúa como una «tentación

 

 

 

 

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de volver» al antiguo objeto. Por esto la poderosa ola que impulsa a los adolescentes hacia nuevos objetos constituiría una dificultad particular en la aplicación del análisis en este período[90].

 

Irene Josselyn da cuenta de dos escollos; en algunos casos hay que tratar con adolescentes que verbalizan muy fácilmente sus dificultades. El autor ve en ello el peligro de considerar demasiado el vínculo del sujeto a su madre en razón de las pocas defensas y de la debilidad del yo. La desaparición de la culpabilidad le haría evitar las reacciones de defensa sanas y abandonar la lucha por la madurez sexual. En este caso, el tratamiento solamente conseguiría reforzar el deseo del sujeto de continuar emocionalmente vinculado a su madre. Pero con frecuencia el obstáculo es otro: el adolescente es completamente incapaz de verbalizar sus dificultades.

 

Por otra parte, ocurre también que el adolescente no busca la realización de una finalidad terapéutica. «Desea que le hagan confortable el mundo exterior. Desea que sus padres, no él, sean diferentes[91]».

 

Hay que practicar un tratamiento de técnica modificada tanto con relación a la del adulto como con respecto a la del niño. En efecto, en las observaciones que el autor presenta para ilustrar su manera de proceder, destacan las intervenciones destinadas a «fortalecer la confianza en sí misma» de una joven paciente de dieciséis años y a ayudarla a dirigir «las corrientes libidinosas de su padre hacia un grupo de sujetos de su edad». A propósito de otra observación concerniente a un muchacho, que sufría constantes trastornos intestinales, el autor califica de pánico el miedo que él tenía a su propia agresividad. Una interpretación precoz de las actitudes del sujeto permite disolver este pánico y hacer desaparecer la rigidez de las actitudes. La opinión de Irene Josselyn se resume en un capítulo titulado: «Los fines del tratamiento» y del cual reproducimos a continuación un pasaje.

 

«Los fines del tratamiento. —Para tratar a los adolescentes es necesario conocer la dinámica del comportamiento. En opinión del autor, el conocimiento que se adquiere de él no ha de utilizarse en hacer adquirir consciencia al adolescente de lo que ocurre en profundidad (deep insight), sino más que nada para comprender cuáles son las fuerzas a las cuales está expuesto el adolescente y que se han mostrado demasiado intensas para que su yo pueda adaptarse a ellas. En el tratamiento de numerosos adolescentes, solamente se tratará de darles el preciso conocimiento

 

 

 

 

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consciente para aliviar la tensión del yo y, en la medida de lo posible, disminuir las presiones exteriores que intensifican el problema de la adolescencia. Lo que tendrá en cuenta el tratamiento será, sobre todo, proteger al yo debilitado de manera que facilite su convalecencia. Cuando el yo está fortalecido, se produce la estructuración de la personalidad. Idealmente sería de desear que esta estructuración estuviera indemne de componentes neuróticos: por el momento éste no suele ser el caso. Una vez aparece la estructuración, el individuo está dispuesto para una terapéutica psicoanalítica más profunda. La estructuración de la personalidad aparece como un resultado del crecimiento de la capacidad del yo en encontrar una solución a los numerosos y apremiantes problemas de la adolescencia.

 

»Cuando el yo del adolescente se ha fortalecido y sus defensas se hallan ya organizadas, aunque todavía incompletamente establecidas, el sujeto puede beneficiarse de la terapéutica psicoanalítica. Sin embargo, en semejante tratamiento el terapeuta debe mostrarse muy sensible al grado de tolerancia del yo con respecto de la toma de consciencia (insight). Tal terapéutica, a esa edad mucho más que con adultos, está indicada solamente a condición de que el tratamiento mantenga, en la estructura de la personalidad, la «capacidad de adaptación del yo», mientras el sujeto avanza en el conocimiento de sus motivaciones inconscientes. En este tratamiento así considerado, el terapeuta desempeña un papel tan importante como persona que como soporte imaginario de la transferencia (tranference figure).» El psicoanálisis —y aun bajo una forma modificada

 

— está indicado, según el autor, solamente al final de la adolescencia. Este período terminal, como se ha subrayado varias veces, no puede definirse según la edad cronológica; no puede ser determinado más que por un estudio atento de los problemas subyacentes y de las defensas que el sujeto utiliza para hacer frente a sus problemas.

 

»La elección de un tratamiento individual para el adolescente está determinado tanto por la valoración de la fuerza actual del yo como por sus últimas posibilidades. En el adolescente normal, el período de menor fuerza del yo corresponde al momento en que el choque psicológico del efecto producido por la secreción de los órganos reproductores se experimenta por primera vez. El yo está temporalmente debilitado en razón de las múltiples exigencias de que es objeto. Da progresivamente señales de curación. La convalecencia es evidente cuando comienzan a

 

 

 

 

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entrar en juego manifestaciones de defensa eficazmente utilizadas. Hasta que esas defensas no cristalizan, el tratamiento debe desarrollar las virtualidades del yo y ayudar al desarrollo de defensas tan sanas como sea posible contra la expresión primitiva de las pulsiones naturales. Cuando el yo muestra una fuerza acrecentada, hasta el punto de hacer frente a los problemas exteriores e interiores, el paciente puede, si lo soporta de manera adecuada en el curso del tratamiento, hallar recursos en la toma de consciencia. El resultado de este periodo de consciencia será, y así se desea, el abandono de las defensas inútiles y la utilización constructiva de las defensas necesarias para la edificación de la personalidad total».

 

Psicoanálisis y delincuencia

 

Los primeros ensayos de realización práctica en este ámbito se deben a Aichorn, a quien hay que rendir homenaje como a un verdadero descubridor. Su experiencia con jóvenes delincuentes, las condiciones en las cuales tenía que ocuparse de ellos, le demostraron que no se encontraba con ellos en las circunstancias exigidas por la cura psicoanalítica, tal como existen en los casos de neurosis. Estructura neurótica y técnica psicoanalítica freudiana están, en cierto modo, hechas la una para la otra. La estructura de la personalidad delincuente y la situación que resulta de ésta —y que nos hace observar al sujeto en un internado o en cualquier establecimiento en el que no ha ingresado por gusto— nos coloca en la categoría de las instancias punitivas y hostiles. Somos, como ha descrito Aichorn, «un enemigo contra quien se debe estar en guardia. y no una fuente de ayuda[92]». Es una situación muy distinta de la analítica. Aichorn tiene el mérito de haber querido comprenderla desde un punto de vista psicoanalítico, lo que le ha llevado a considerarla, como lo indica lo dicho líneas atrás, bajo el ángulo de la transferencia. Ha insistido sobre la necesidad de hacer entrar al niño, desde el primer contacto, en una buena relación con su «mentor». Desde un principio éste debe hacerse cargo de la situación para saber qué actitud adoptar. Debe haber podido lanzar ya «una ojeada tras la máscara». Aichorn muestra el riesgo de ser rechazado por el sujeto por demasiado severo o, al contrario, si se es demasiado cordial, por débil. Por esto es muy difícil establecer reglas generales. Es sorprendente leer, y más difícil aún resumir, cómo Aichorn se las ha compuesto, no obstante, para establecer esta transferencia favorable,

 

 

 

 

 

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llegando incluso hasta sugerir la posibilidad de una evasión, a cambio (no sin alguna duda y aprehensión) de que las relaciones entre el sujeto y el terapeuta adquieran un giro favorable.

 

Eissler[93], que ha trabajado junto con Aichorn y emprendido después trabajos personales a este respecto, ha profundizado, en un estudio reciente, en esos diferentes puntos precisando algunos de ellos y añadiendo los que su experiencia personal le ha permitido adquirir sobre el conocimiento de la personalidad juvenil delincuente y sobre su terapéutica.

 

Para Eissler, la técnica freudiana constituye el modelo al que siempre debe referirse, no como una regla que haya que aplicar, sino como algo que cada uno debe tener siempre presente (“in the back of one’s mind”), aunque sólo sea para comprender las razones que obligan a apartarse de ella. Las desviaciones necesarias debidas a la estructura particular del yo deben reducirse al mínimo. Constituyen lo que Eissler llama «el parámetro» de la técnica freudiana. En lo que concierne a la «transferencia», la acepción dada a este término no es aquí exactamente la de Freud. La definición pragmática comprende todo lo que el sujeto debe adquirir sobre el plano emocional antes de que tome realmente la parte que le corresponde en la iniciación del tratamiento analítico. Puede así hablarse de «creación de una transferencia». La principal diferencia entre el tratamiento de las neurosis y el de la delincuencia se halla en la fase preparatoria o inicial que precede a la terapéutica analítica propiamente dicha. Aunque las dos fases se confunden más o menos, corresponden a dos finalidades terapéuticas distintas y a dos tipos de relación diferentes entre el analista y el paciente. Las condiciones previas necesarias para que un analista lleve a cabo el tratamiento de las neurosis, no bastarían para el tratamiento de los delincuentes. En efecto, las exigencias requeridas en lo que concierne a la personalidad del terapeuta están relacionadas ciertamente con los conflictos más profundos y la estructura de las relaciones entre el yo, el ello y el super yo que la caracteriza. De acuerdo con Aichorn sobre la importancia de establecer desde el principio del tratamiento una transferencia con el analista, Eissler pone de manifiesto las dificultades que el narcisismo de tales sujetos opone a su aparición espontánea y la necesidad en que se encuentra de provocar una transferencia positiva por medios activos. A pesar de la impropiedad del término empleado de esta manera y de las diferencias con respecto a lo que se entiende por transferencia en el análisis de las neurosis, desempeña

 

 

 

 

 

 

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dinámicamente el mismo papel. Por otra parte, estas diferencias se borran a medida que progresa el tratamiento. Éste se acerca cada vez más a un verdadero análisis. Pero la terapéutica no continuará tan satisfactoriamente como al principio. Por lo tanto, es preferible que la segunda fase la emprenda otro analista.

 

En el capítulo primero hemos resumido los caracteres evidenciados por Eissler en la personalidad de los delincuentes. Cada uno tiene resonancias terapéuticas. A propósito del sentimiento de omnipotencia, Eissler subraya que «el delincuente no establece una relación emocional sobre la cual se pueda trabajar hasta que considera todopoderoso analista. Más tarde se convencerá de que el analista está decidido a usar de su omnipotencia de una manera beneficiosa para el paciente y que jamás se sentirá tentado a utilizar sus fuerzas casi sobrenaturales para disgustar al paciente, a pesar de todas sus provocaciones». El autor muestra cómo consiguió zafarse de una situación aparentemente insoluble creada por un paciente a fin de poner a prueba su omnipotencia. Gracias a su éxito pudo continuarse favorablemente el tratamiento. La necesidad de lo nuevo, y de hacer de la presencia del analista como una experiencia enteramente nueva, imprevista y sorprendente, para que el tratamiento adquiera una buena marcha, puede impulsar al terapeuta a hacer intervenir la sorpresa en la conducción del tratamiento. Con un ejemplo, Eissler nos muestra el resultado que obtuvo adoptando la contrapartida de las actitudes de otro terapeuta. Conocemos también un tercer punto sobre el cual insiste Eissler: la incapacidad de los delincuentes para considerar valedera otra cosa distinta a lo que hay de más concreto en la realidad exterior, Jo que se traduce, en los sujetos masculinos, en una tendencia a no tomar por sinceros más que los sentimientos manifestados a través del hecho de darles dinero y, en los femeninos, por el hecho de desearlos sexualmente. Las consecuencias terapéuticas son las siguientes: se puede dar dinero a ciertos muchachos, evitando, sin embargo, que esto se convierta en una costumbre y esforzándose en combinar este don con un efecto de sorpresa. Naturalmente, conviene ser el dueño de la situación. En las muchachas, el hecho de acceder a sus deseos de seducción es incompatible con el tratamiento, pero conviene, sin destruir en la paciente la idea de que el terapeuta pueda desearla, mostrarle el resultado de sus experiencias anteriores e interpretar el carácter de repetición y transferencia de su deseo. La oportunidad de proceder de modo distinto con el muchacho, al

 

 

 

 

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que se concede eventualmente lo que pide, mientras no se hace, en cambio, con respecto a las muchachas, se debe a que el muchacho generalmente no había experimentado más que negativas en sus demandas, mientras que los intentos de seducción de la muchacha le habrán permitido demasiados éxitos. La situación analítica debe organizarse de manera que no coincida jamás con la que existe en la realidad exterior. Por esto la satisfacción en uno y la negativa en el otro caso tienen un efecto favorable.

 

A pesar de las diferencias que estas técnicas presentan con relación al tratamiento psicoanalítico, tal como se practica en las neurosis, es importante subrayar la referencia perpetua al análisis por parte de los autores que los emplean. Esta referencia no es la sumisión absoluta a una especie de dogma, sino que, al contrario, es de orden práctico. No tiene para el terapeuta otra finalidad que la de conocer su técnica, sabiendo lo que hace y por qué lo hace. Su propio análisis didáctico y el aprendizaje de la técnica analítica tienden esencialmente a este fin. Estas técnicas deben considerarse del mismo modo como transiciones entre el psicoanálisis y las psicoterapias que cada terapeuta cree deber o poder emplear. Actualmente no creemos exista ninguna psicoterapia que pueda considerarse desligada del psicoanálisis. Por otra parte, no se encuentra doctrina coherente susceptible de facilitar los principios de una psicoterapia; la sugestión, las psicoterapias de apoyo, etc., buscan la justificación de su empleo actual en los conocimientos proporcionados por el psicoanálisis, para, por ejemplo, provocar un fortalecimiento del yo, etc., de acuerdo con la preocupación actual de los psicoanalistas.

 

Psicoterapias diversas

 

Por las razones que acabamos de exponer, no consideramos oportuno extendernos sobre este tema. Aparte de las psicoterapias que toman del psicoanálisis la finalidad de comprender y de hacer asumir por el sujeto la significación de sus comportamientos y otros trastornos, la psicoterapia no puede intentar otra cosa que ser educativa.

 

Psicoanálisis y esquizofrenia

 

A pesar de la opinión generalmente admitida desde Freud, de que los estados psicóticos no pueden ser tratados por medio del análisis a causa de que falta la posibilidad de transferencia, muchos son los autores que se han

 

 

 

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interesado por esta cuestión. Existen considerables dificultades para realizar estos ensayos terapéuticos. Sin embargo, han sido publicados resultados muy interesantes y alentadores.

 

En el capítulo del libro de Fenichel, Teoría psicoanalítica de las neurosis, dedicado a este tema, el autor subraya y resume los principales puntos sobre los cuales han insistido los psicoanalistas que han tratado casos de esquizofrenia. Después de haber demostrado que, en ciertos tratamientos, la cooperación del yo del enfermo es casi inexistente, declara que no puede decirse que el psicótico no transfiera en el análisis sus conflictos infantiles. La transferencia se efectúa, y a menudo de manera violenta, pero no hay que olvidar que el enfermo está inclinado a romper las relaciones con el objeto. De ello resulta a veces una intermitencia en las fases de transferencia y éstas pueden ser utilizadas en el análisis.

Algunos autores insisten menos sobre las modificaciones técnicas que sobre el papel de la intuición del analista; otros, en cambio, se sienten más interesados por las modificaciones de la técnica[94].

Algunos están de acuerdo en considerar que el tratamiento implica dos fases: una fase en cierto modo preanalítica destinada a establecer y conservar el contacto y a obtener una «actitud en la transferencia, comparable a la de la neurosis»; la otra fase es la del análisis propiamente dicho. En la primera hay que observar la conducta del enfermo incluso fuera de las secciones y de las medidas extra analíticas, eventualmente el análisis en el hospital[95]. La segunda fase está dedicada al análisis y no difiere apenas de la de la neurosis, salvo «en tener en cuenta la tendencia del enfermo a reaccionar perdiendo contacto con la realidad», según dice Fenichel en la obra ya citada.

 

Entre las modificaciones de los métodos empleados, recordemos la de Sechehaye, de las «realizaciones simbólicas[96]». La lectura de sus obras abre nuevas perspectivas a las posibilidades terapéuticas de estos casos y sobre su comprensión.

 

Otro método, el del «psicoanálisis directo», ha sido preconizado por Rosen, de Nueva York. La exposición extremadamente viva, aunque condensada, que ha dado Palmer en la Revue française de Psychanalyse, muestra el procedimiento utilizado por el autor, que también considera el tratamiento en dos partes distintas. «La primera, o psicoanálisis directo, trata de la psicosis y la sitúa en un nivel mental que corresponde a la edad preverbal de la vida y al período que viene inmediatamente después. La

 

 

 

 

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segunda es un psicoanálisis más ortodoxo…». El autor muestra lo que debe ser la contratransferencia y facilita los resultados obtenidos en treinta y siete enfermos. Pero este tratamiento es difícil y forzosamente costoso dado el tiempo considerable que el terapeuta debe consagrar a su enfermo, sobre todo durante los primeros tiempos del tratamiento[97].

 

Recientemente, en Francia, Schweich y sus colaboradores se han dedicado a este tema sobre el cual han presentado una exposición[98]. Sus investigaciones están actualmente en curso y la realización práctica de semejantes tratamientos, independientemente de la ordenación de la técnica, presenta grandes dificultades, sobre todo en lo que respecta a la posibilidad de dedicarle el tiempo y el personal necesarios.

 

II. Psicoterapia de grupo

 

Este tipo de psicoterapia tiende a desarrollarse cada vez más porque se encuentra en ella la posibilidad de superar o evitar algunas dificultades que aparecen al aplicar una psicoterapia individual. Algunas de sus ventajas son de orden económico: economía de tiempo, personal, etc.; otras de orden técnico, particularmente en los adolescentes que manifiestan muy a menudo oposición y ansioso mutismo a las investigaciones, lo que puede hacer casi imposible la aproximación analítica. En estos casos, los juegos psicodramáticos pueden prestar grandes servicios. S. Lebovici, R. Diatkine y E. Kestenberg insisten sobre su oportunidad en los términos siguientes: «Es bien cierto que en muchos sujetos, y cualquiera que sea su edad, el juego dramático es un medio expresivo de elección para ciertas pulsiones. Citaremos especialmente a los enfermos afectados de neurosis obsesiva, que representan escenas en las cuales las pulsiones que reprimen más severamente se encuentran expresadas de manera clara e irrefutable incluso para ellos mismos; si los enfermos niegan al principio que su juego tenga el menor significado con relación a su personalidad, la ineluctable repetición de escenas, contra las cuales protesta el enfermo, acaba por tener para él un valor realmente convincente. Del mismo modo, los grandes inhibidos (pensamos sobre todo en los adolescentes) durante el juego llegan a expresar afectos a menudo violentos, mientras que en un tratamiento analítico les sería imposible hacer la menor alusión a estas pulsiones. Una muchacha, a los seis meses de tratamiento analítico clásico, en el curso del cual se había encerrado en un obstinado silencio, intervino

 

 

 

 

 

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como personaje auxiliar en un psicodrama analítico. Rápidamente pudo expresar por medio del juego una agresividad muy intensa con respecto al personaje auxiliar, objeto menos peligroso que su psicoanalista. Otra muchacha, después de un fragmento de análisis tan infructuoso como en el caso anterior, expresó, en psicoanálisis dramático, su homosexualidad y su reivindicación fálica de una manera muy directa por la elección de sus papeles[99].»

 

Los autores demuestran, con la ayuda de estos ejemplos, «que la acción dramática se sitúa en un plano intermedio entre el afecto vivido y su expresión verbal». Al principio de sus ensayos, al conceder una gran importancia a lo que llaman «la catarsis dramática en sí», asistían a descargas de agresividad realizada. Pero se dieron cuenta de que estos fenómenos eran muy comparables a los del «acting out» en el psicoanálisis y que el juego debía quedar como ficción. Al ser comparable su elaboración con la del sueño, la finalidad del tratamiento es «obtener la explicación verbal de esta elaboración, única manera posible de superar las conductas».

 

En ese mismo artículo, sobre cuya importancia histórica y metodológica a la vez no insistiríamos nunca demasiado, encontramos expuestos los diferentes métodos que conviene distinguir en ésta nuestra práctica psicoterápica. Son los siguientes: 1º Los métodos verbales (psicoanálisis de grupo y psicoterapia de interview, esta última empleada sobre todo para la psicoterapia de los padres); 2º Los métodos dramáticos (psicoanálisis dramático de grupo y psicodrama analítico). Su exposición, ya muy condensada en ese artículo, no puede ser resumiría de una forma útil. Los autores señalan en sus conclusiones que casi todos estos métodos suponen qué el enfermo ha tenido un puesto en la sociedad y que se encuentra más o menos bien incluido en grupos sociales reales. Así se encuentran, a grandes rasgos, las indicaciones y contraindicaciones que la práctica y la extensión de estos métodos precisarán poco a poco.

 

Los trabajos de Moreno y de Slavson en los Estados Unidos (psicodrama) y de Ezriel, en Inglaterra, en la Tavistock Clinic (psicoanálisis de grupo), siguen el mismo camino. Actualmente se efectúan terapéuticas de este género no solamente en los servicios especializados, sino también en establecimientos de reeducación. De este modo es posible encontrar un camino de acceso a la psicoterapia de los adolescentes, tan difícilmente realizable a menudo por otros métodos.

 

 

 

 

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Estas terapéuticas llevan al estudio ríe las relaciones creadas en el interior del grupo, que están esencialmente «vinculadas a las relaciones fantasmáticas de los sujetos y, en consecuencia, a su organización neurótica». Conviene, por lo tanto, distinguirlas de los métodos de reeducación social.

 

Pero estos métodos de reeducación social hasta el momento empíricos, podrán sin duda encontrar en las psicoterapias de grupo, sobre todo en aquellas que, por ser psicoanalíticas, pueden dar a conocer en qué consisten y cuyos expertos deben saber lo que hacen, los fundamentos de sus doctrinas y las bases de su práctica. En efecto, los autores que han practicado en Francia y en Inglaterra estas psicoterapias, se han esforzado en expresar los principios de una dinámica de grupo (en Francia, sobre todo, Lacan, Lagache y Lebovici). De este modo, en una sesión preliminar de especialización de la Federación nacional de Servicios Sociales, dedicados a la protección de la infancia y la adolescencia en peligro, Lebovici dedicó un informe a «La psicología dinámica en grupo», en el que expuso los principales fenómenos dinámicos específicos del grupo. El autor previo la aplicación de las nociones así deducidas a la psicología, la reeducación y la psicoterapia analítica del delincuente[100].

 

III. Contactos de los terapeutas con los padres

 

En el capítulo precedente hemos insistido sobre el papel de la neurosis o del desequilibrio caracterial de los padres en la génesis de los trastornos observados en niños y adolescentes. Las primeras observaciones a este respecto no son recientes ni mucho menos. En Francia, en 1936, fueron dedicados a este tema una serie de informes presentados al Congreso de Psicoanalistas de Lengua Francesa. Si desde entonces ciertas incidencias de la neurosis de los padres y ciertas relaciones genéticas han sido precisadas, las conclusiones prácticas conservan toda su validez, aunque la cuestión se presente de una manera particular en los adolescentes. El adolescente, como el niño, generalmente es llevado a la consulta. La colusión entre sus padres y el terapeuta forma parte de lo que él espera, lo que condiciona su actitud a priori hacia este último. Por otra parte, es prácticamente imposible, al menos en una primera sesión, no tener contacto con los padres o su substituto. Por esta razón se insiste cada vez más en confiar las conversaciones con los padres a otro terapeuta. Esta

 

 

 

 

 

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terapéutica del medio no tiene aquí el mismo interés que en el niño, que está generalmente llamado a permanecer en él y que expresa a su respecto reivindicaciones en relación con su situación infantil actual. Aparentemente el adolescente repudia este medio, defendiéndose de esta forma o de otra cualquiera contra la dependencia en la cual se encuentra. El contacto con el terapeuta puede facilitarse recalcando al sujeto que se trata de sus propios problemas vitales y que, dejando en segundo término los desacuerdos familiares, sólo pretende examinar con él sus relaciones con sus camaradas, su medio de trabajo, sus proyectos sobre el porvenir, su actividad profesional, su aprendizaje y sus estudios. Esta apelación directa a los problemas de la vida social, más que de la familiar de los sujetos, es más fácil evidentemente en los medios en los cuales la necesidad de una actividad profesional es más perentoria, mientras que, en medios más acomodados, la prolongación de los estudios, por los cuales sienten los sujetos una profunda aversión, será considerada como la persistencia de una exigencia arbitraria de los padres. A pesar de todo, es evidente que este sistema facilita los principios, lo que ya es muy de apreciar. Tarde o temprano se manifestarán las fijaciones afectivas familiares, sea en los fenómenos de transferencia que hay que analizar oportunamente antes de que determinen una ruptura, sea de una manera más compleja e indirecta, forzando el sujeto, por su comportamiento, la intervención de la familia y provocando interacciones entre ella y el terapeuta, lo que constituye un tipo de resistencia bien conocido, pero que tiene el peligro de ser tanto más entorpecedor cuanto mayor es la dependencia material y real del sujeto frente a su familia. Las actitudes que el terapeuta ha de tomar pueden inspirarse en las que ya hemos visto preconizadas por Eissler[101] con respecto a los delincuentes. La oportunidad de una u otra actitud frente al sujeto o a su familia es siempre una cuestión particular así como la forma en que se efectúan las relaciones entre el sujeto y el terapeuta o el grupo terapéutico o reeducativo. La comprensión del conjunto de la situación particular nos parece que puede orientar mejor a un terapeuta avisado, mucho más que unas normas de proceder generales y unívocas.

 

IV. REEDUCACIÓN

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Los esfuerzos reeducativos son anteriores a la noción de una actitud terapéutica médica. Apoyábanse y se apoyan todavía implícitamente en el sentido común tratando de substituir una mala educación anterior por otra nueva o bien más conforme con la ética de la sociedad en la que evoluciona el sujeto, o bien más adecuada a lo que se creen ser las «necesidades» o las cualidades naturales de las que se han apartado. Se ven oscilar las doctrinas entre la afirmación de que la autoridad y la disciplina son los únicos instrumentos a emplear y la creencia en una buena naturaleza instintiva inspirada en principios a lo Rousseau. Se invoca en apoyo de este punto de vista la aportación psicoanalítica, sin duda despreciando lo que hay que entender como «instintos» e «impulsos» en la teoría analítica[102].

 

La aportación de los conocimientos psicoanalíticos es de otro orden: actualmente puede introducir en los problemas de reeducación cierta luz sobre los mecanismos en juego y la consciencia de los métodos empleados. Más recientemente aún, los conocimientos aportados a la psicología dinámica de grupo por las psicoterapias de grupo, pueden ayudar a comprender de qué se trata cuando se pretende hacer una reeducación social. En efecto, las circunstancias en las cuales se operan las reeducaciones son prácticamente siempre situaciones de grupo. Éstas, antes de las indicaciones psicoterápicas de que acabamos de hablar, habían sido puestas en evidencia con su carácter particular en los delincuentes, sobre todo en las penitenciarías y establecimientos especializados. Lebovici, en el artículo citado líneas atrás, recuerda el fenómeno de oposición a los demás grupos, los «out-groups» de F. Redl «que comprenden los individuos socializados y en los cuales, por definición, los delincuentes clasifican a todos los reeducadores». Tales fenómenos no pueden ser desconocidos por los educadores sin el peligro de practicar una reeducación ilusoria. Entre los mecanismos más importantes que entran en juego, las identificaciones desempeñan un papel esencial (importancia de la «central head» de grupo de los anglosajones, susceptible de favorecer ya sean buenas o malas identificaciones). Éstos son los fenómenos a los que se asiste y de los que se puede tener un conocimiento concreto mucho más rico en consecuencias prácticas que las discusiones sobre los datos muy hipotéticos concernientes a herencia, disposiciones naturales, perversiones instintivas, etc., disposiciones naturales cuyos estudios

 

 

 

 

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etnográficos, al mostrarnos la diversidad de culturas, resaltan la dificultad de aprehenderlas aunque de manera poco directa.

 

Por otra parte, incluso suponiendo bien conocida la dinámica de grupo, la reeducación no puede dirigirse de manera unívoca en todos los casos. Es indispensable un conocimiento individual después de un serio examen clínico. Por otra parte, los psicoterapeutas de grupo, cuya acción terapéutica está infinitamente más adelantada de lo que puede estarlo en un establecimiento de reeducación, llevan sus esfuerzos terapéuticos sobre sujetos que «han conservado un lugar en la sociedad» y están incluidos en grupos sociales reales (véase el artículo citado de Lebovici, Diatkine y Kestenberg en Evol. Psych). Las reeducaciones han de contar con el grado de evolución y las posibilidades del bloqueo afectivo del sujeto. Sin excluir la posibilidad de una reeducación social, ésta debe estar, en gran número de casos, precedida, acompañada o seguida por otras terapéuticas complementarias, eficaces en la medida en que hacen a la primera posible y necesaria a la vez. De una manera muy esquemática podemos considerar que en las neurosis y ciertos trastornos del carácter la psicoterapia individual debe preceder a la reeducación o se combinará con ella. En el caso de una esquizofrenia inicial, es absolutamente necesario que la psicoterapia individual, cuya eficacia nos ha sido demostrada en recientes ensayos, o incluso una terapéutica de choque insulínico, proceda a la reeducación. Algunos autores piensan que el estado provocado por el choque constituirá una regresión a un nivel de existencia muy primitivo, a partir del cual se hará una reeducación. Varios psicoanalistas han estudiado desde un punto de vista psicoanalítico los fenómenos producidos por la terapéutica de choque[103].

 

Si insistimos sobre la posible oportunidad de combinar eventualmente varias terapéuticas, sobre todo a propósito de la reeducación, es porque nos parece completamente contrario a nuestros puntos de vista formar una nomenclatura de diferentes estados patológicos y colocar ante cada uno de ellos una terapéutica exclusiva, psicoterapia para unos, para otros reeducación o shocks, etc. A nuestro entender, el mismo cuadro clínico puede exigir terapéuticas distintas, aparentemente opuestas, en razón de circunstancias exteriores incompatibles con algunas de aquellas que, en cambio, permitan la aplicación de otras. Esto no quiere decir que no importa la terapéutica mientras haya una, sino que subraya el hecho de que la incidencia de ciertas circunstancias exteriores, o incluso propias del

 

 

 

 

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sujeto, dan a la terapéutica una significación particular. Si los psicoanalistas se preocupan a menudo de saber lo que ha obligado a determinado paciente a hacerse analizar, es porque saben que, en ciertos casos, el tratamiento es para él una especie de refugio, de temporización o de coartada y que hay en ello circunstancias poco favorables a una curación sólida o cuando menos rápida.

 

No nos extenderemos sobre los medios actuales de reeducación, porque tenemos la impresión de que se encuentran en plena evolución y tratan de precisar sus métodos. Muchos educadores han recurrido a las reglas del escultismo, que ha alcanzado un desarrollo tan importante en las últimas décadas. La cuestión del internado es siempre discutida y las colocaciones son consideradas actualmente desfavorables, pero imposibles de evitar en ciertos casos. Sin embargo, no parece que la cuestión haya de plantearse de la misma manera en el caso del adolescente que en el del niño; los inconvenientes que cause en éste la ausencia del medio familiar pueden ser mucho menores en el caso del adolescente. A pesar de todo, cuando es posible, la colocación familiar parece la mejor solución de todas. La colocación en internado es, con frecuencia, mucho más difícil de evitar en un gran número de delincuentes, aun cuando un conocimiento más profundo de cada uno de los casos disminuiría verosímilmente, de una manera muy importante, su número. Pensamos aquí en el uso amplio y muy variable de estos medios, y, en consecuencia, en la eficacia que puede tener la libertad vigilada y el carácter reeducativo que puede asumir la acción del delegado. Esto justifica tener en cuenta el papel que corresponde al servicio social.

 

Este papel tiene una gran importancia en los Estados Unidos, puesto que se manifiesta incluso en el interior de los centros de tratamientos, los «Resident treatment centers». En estos centros, «se trate de organismos del Estado o privados, se tiene más en cuenta la calidad de] personal psiquiátrico, psicológico y social que la de los educadores, en el sentido francés de la palabra[104]». El doctor J.-L. Faure hace el siguiente comentario: «Hay que ver sin duda en esta posición el reflejo de un futuro francamente terapéutico para los internados en cuestión, en los que un “social worker”, bien formado en psicología dinámica individual y social, que trabaja bajo la supervisión de un psiquiatra, es el mejor agente de una acción psicoterapéutica en grupo».

 

 

 

 

 

 

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Frecuentemente, las reeducaciones en los Estados Unidos, incluso en lo que concierne a los delincuentes, se hacen a base de tratamiento externo, y el sujeto es observado en una «clinic», algunas de las cuales incluso se hallan al servicio de un tribunal, para el que, por otra parte, desempeñan más bien el papel de observación que de curación, confiándose ésta a una «child guidance». Una de las particularidades más notables es la existencia de la «probation», supervisión del menor y de su familia por un «probation officer». Se diferencia de la libertad vigilada común en que es más intervencionista, al parecer, y depende mucho más de la terapéutica.

 

Contrariamente, algunos casos más graves requieren la hospitalización. El estudio sobre la organización del tratamiento en un hospital psiquiátrico ha sido efectuado en Inglaterra por Warren[105], que da cuenta de la organización del trabajo terapéutico, incluso de los recreos, ocupaciones del sujeto, relaciones del terapeuta con los padres y el papel que corresponde a cada terapeuta (dos psiquiatras; el que está en contacto con los padres no es el mismo que trata al sujeto, una asistenta social psiquiátrica se encarga de la circuición, etc.).

 

En conjunto, lo que creemos debe retenerse de las lecturas que hemos podido hacer, es la importancia dada a la psicoterapia, a la cual está subordinada lo que entendemos por reeducación. El conjunto de la terapéutica, por importante que sea el papel de sus colaboradores, está siempre cuando menos supervisado por un psiquiatra. Éste es un punto sobre el cual no nos cansaremos de insistir y cuya importancia nunca subrayaríamos demasiado, tal como han hecho otros autores, entre ellos el profesor Heuyer.

Entre estos medios de reeducación, la escuela puede desempeñar un papel importante, como lo ha demostrado Caroline Zachry[106]. Los principios generales que destaca son los siguientes: «Evitar la uniformidad en el empleo de las técnicas; para esto es necesario:

 

1.    º Comprender la formación emocional particular en este nivel de desarrollo;

 

2.    º Manejar hábilmente a los padres del adolescente, que presentan casi siempre un problema especial;

3.    º  Servirse de la escuela como de un instrumento terapéutico…»

 

 

 

 

 

 

 

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La autora insiste en que el conflicto del adolescente reside en su «betweenness» (estar entre). Su terapéutica es de inspiración psicoanalítica en cuanto al papel atribuido a la transferencia, al «insight» con una parte muy activa confiada al terapeuta que interviene en la organización de la vida del sujeto, intervención que ofrece extrema dificultad.

 

V. Papel del servicio social

 

Si escribimos este titular en el capítulo terapéutico es porque, en efecto, la acción del servicio social, en varios países, no se limita a la relación y coordinación de los diferentes organismos, bien entre ellos o en sus relaciones con las familias. Por otra parte, también se habla en Francia de «asistencia educativa[107]». El papel de una asistencia social al cuidado de la libertad vigilada es, a veces en un sentido muy amplio, no sólo educativa sino terapéutica.

 

En los Estados Unidos se concede un cometido terapéutico a las asistentas sociales especializadas en el «casework», que Faure[108] define de este modo: «Trabajo individual de ayuda psicoeducativa cerca de la familia», y sobre el cual se centra su formación universitaria, sobre todo psicológica y sociológica.

 

VI. Papel del juez de niños y adolescentes

 

El Tribunal de Menores, al dejar de ser represivo para sujetos de trece a dieciocho años, para tomar medidas de readaptación social, puede considerarse que colabora con la terapéutica. Lo mismo ocurre cuando, al rechazar una solicitud paterna de correctivo que no le parece justificada, evita una medida cuyos móviles pueden haber sido hostiles con respecto al menor.

 

La ley «da competencia a los tribunales para instituir medidas de asistencia y vigilancia educativa cerca de las familias que se revelan deficientes en sus tareas educativas. Sin embargo, el texto de la ley no permite pronunciar de oficio medidas de colocación en caso de que Jos padres no las suscriban voluntariamente, a pesar de que se consideren indispensables» (Jean Chazal)[109]. El mismo autor escribe en dicho artículo unas líneas cuya cita consideramos oportuna, porque sitúan con claridad el punto en que se hallan actualmente las ideas sobre la

 

 

 

 

 

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responsabilidad con respecto a quienes tienen la tendencia a creer que el hecho de colocarse en otra perspectiva significa la exclusión definitiva (véase líneas atrás lo que decimos a propósito de la delincuencia). He aquí el texto: «Afirmar el predominio de la responsabilidad de la causa no es negar la responsabilidad personal, tanto más cuanto que no es negar la libertad en el acto. Es simplemente pensar que el juez de menores, en presencia de un niño, debe empeñarse en conocerlo para juzgarlo bien y que sus investigaciones sobre la misma personalidad del delincuente, las de los técnicos a quienes ha recurrido con frecuencia, importan mucho más que la dosificación siempre incierta de su responsabilidad íntima y que las actitudes siempre discutibles en un dominio más metafísico que positivo. Corresponderá a los que asuman la carga de la reeducación del joven delincuente asegurar progresivamente su readaptación social orientándolo hacia su condición de hombre libre y responsable».

 

En estas líneas se alude a la necesidad del recurso de los técnicos y más lejos, en el mismo artículo, se enumeran esos técnicos: paidopsiquiatras, asistentes sociales, educadores, dores especializados y psicólogos que puedan aclarar las decisiones de los magistrados. Cuando nosotros misinos hemos insistido al principio de este capítulo sobre la diversidad de medidas terapéuticas, se daba por implícitamente entendido que esta multiplicidad se debía a la de las causas o circunstancias, pero que es necesaria una unidad de prescripción, que incumbe a un paidopsiquiatra, y que las otras personas, aun cuando tengan que ver con la terapéutica, aunque sea educativa, de trabajo o cualquier otra, sólo participan en este trabajo bajo la dirección o supervisión del paidopsiquiatra, a quien corresponde asegurar la unidad. También sorprende ver a estos técnicos colocados en el mismo plano, aun cuando al psiquiatra se le conceda cierta preeminencia. Puesto que se trata de la comprensión total del ser, ni los asistentes sociales, ni un psicólogo por sí solos pueden considerarlo de otro modo que como un ser sin cuerpo. Por otra parte, un médico, aun cuando haga un examen somático completo, no proporcionará informes útiles si no comprende en qué medida el estado del cuerpo, incluso indemne de toda afección mórbida, interviene en la existencia del sujeto: hemos visto que un hecho en sí nada patológico, como una pubertad muy precoz, puede generar dificultades, no sólo con relación a sus compañeros de la misma edad, sino con respecto a los conflictos infantiles del propio sujeto. Sería, pues, deseable que fuera

 

 

 

 

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siempre el paidopsiquiatra quien recurriese, de considerarlo necesario, a otros especialistas y comunicase al juez sus resultados de acuerdo con su apreciación personal. Un psiquiatra no podrá dejar de sentir cierta aprensión al ver comunicar al magistrado el resultado de un test de Rorschach o de Zondi, hecho por quien no es médico.

 

VII. Terapéuticas diversas

 

Nos referiremos a ellas brevemente, porque, en su mayor parte, no tienen nada de particular en su aplicación al adolescente. Se ha señalado el empleo de psicoterapias bajo subnarcosis, aun cuando tienden a emplearse cada vez menos y presentan algunos inconvenientes por su carácter onirizante[110].

 

Las terapéuticas de shock (electro-shock, cura de Sakel) tienen sus indicaciones en los mismos casos que en el adulto: estados maníacos o melancólicos, esquizofrenia. Fiemos visto que cada día hay mayor tendencia a intentar el tratamiento de estos últimos casos por medio de la psicoterapia, pero aparte de las dificultades materiales y las inherentes al método, ocurre a menudo que no es posible utilizarla o bien desempeña un papel complementario con relación al tratamiento por insulina.

 

Entre las terapéuticas médicas generales debemos considerar todas aquellas que se aplican al tratamiento de una afección general causal. Por último —y no es ésta la menos importante de las medicaciones que hay que considerar en ciertos casos— una terapéutica hormonal o endocrina estaría muy indicada en los retrasos de la pubertad y en los trastornos de la menstruación. En estos últimos casos los trastornos pueden ser de origen psicosomático y ser muchas y combinadas las indicaciones terapéuticas.

 

Son muy raras las posibilidades de aplicación de la psicocirugía[111]. Ha sido empleada con éxito en los débiles perversos agitados, en quienes la intensidad de los trastornos, la gravedad del pronóstico mental y el grado bajo e imperfecto de desarrollo intelectual, no parecían dejar lugar al menor temor de que una posible deterioración causada por la intervención agravase el pronóstico.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Notas

 

 

[1] H. Wallon, Les origines du caractère chez l’enfant (Boivin, 1934). <<

 

 

[2]   Gilbert  Robin,  L’ adolescence dramatique, «Nouvelles littéraires», 27

 

marzo, 1926. Les troubles nerveux épisodiques chez l’adolescent, «Gaz. Méd. de Francc», nº 29, 1932. Précis de Neuropsychiatrie infantile, Doin, París. <<

[3]   Suzanne Leconte-Lorsignol, Évolution des troubles de l’intelligence et du caractère è la puberté, tesis, París, 1938, G. Doin, edit. <<

[4]   Les facteurs étiologiques des troubles du caractere chez l’enfant, «Sauvegarde», número especial, 1951, pág. 81. <<

 

 

 

[5]   Bernfeld, Über die einfache männlichc Pubertät, «Zeitsch. f. psa. Pädagogik», IX, 1935. <<

 

[6]   Spiegel, Psychoanalytic theory of adolescence, «The psychoan. study of the child», vol, VI. <<

 

 

[7]   S. Bernfeld, Übcr eine íypische Form der männlichen Pubertät, «Imago», IX, 1923, citado por Spiegel, loc, cit. <<

 

 

[8]   C. Lebovici, A propos da diagnostic de la névrose infantile, «Revue française de Psychanalysc», nº 4, nov.-dic., 1950. <<

 

[9]   K. Friedlander,, Psicoanálisis de la delincuencia juvenil, Paidós, Buenos Aires. <<

 

 

 

[10] Henderson, Psychopatic Constitution and Criminal Behaviour, en «Mental abnormality and Crime», Londres, 1944 (citado por Kate

 

Friedlander). <<

 

 

 

 

[11] W. Healy, y M. T. Healy, Pathological Lying, Accusation and Swindling, «Criminal Science monographs», nº 1, 195 (citado por Kate Friedlander). <<

[12] G. Heuyer, Enfants anormaux et délinquants juveniles, tesis, París, 1914, Enquête sur la delinquance juvénile, «L’enfance coupable», 1942. <<

 

 

[13] G. Néron, El niño vagabundo, Ed. Luis Miracle, S. A. (Colección «Paidcia»), Barcelona. <<

 

[14] M.  Bergeron,  Les  fugues  et  le  vagabondage  chez  l’enfant,  «Ann,

 

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[15] P. Bensoussan, Contribution à l’étude de la fugue et du vagabondage juvéniles, tesis, París, 1950. <<

 

 

[16] M. Debesse, La crise d’originalité juvénile, P. U. F., París, 1948. <<

 

[17] Otto Fenichel, La théorie psychoanalytique des névroses, «Biblioth. de Psychanalyse et de Psychologie clinique», P. U. F, París, 1953. <<

 

 

 

[18] Alexander y Staub, El delincuente y sus jueces desde el punto de vista psicoanalítico, Ed. Biblioteca Nueva, Madrid. F. Alexander y W. Healy, Roots

 

of Crime, «Psychoanalytic Studies», A. Knopf, Nueva York, Londres, 1935. <<

 

[19] S. Lebovici, La psychologic dynamique en groupe, en Especies actuéis

 

du problème de l’enfance en danger, Col. «Informations sociales», 1950. <<

 

[20] G. Amado, Éthique et psychologic dun groupe d’adolescents inadaptés, «Évolution psychiatrique», fase. I, 1951. <<

 

[21] August Aichorn, Juventud descarriada, Ediciones Médico-Psicológicas, Madrid. <<

[22] S. Lebovici, P. Male y F. Pasche, Psychanalyse et criminologie, rapport

 

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[23] Kate Friedlander, Formation of the antisocial character, en «A Psychoanalytical study of the child», Nueva York, 1945. <<

 

[24] Alexander y Staub, El delincuente y sus jueces desde el punto de vista psicoanalítico, Ed. Biblioteca Nueva, Madrid. <<

 

[25] Congreso de Psiquiatría de lengua francesa, intervenciones de Marie Bonaparte, Shentoub. <<

 

[26] P. Male, Les groupes de pervers infantiles, «L’évolution psychiatrique», año 1938, fase. III. <<

 

 

[27] L. Michaux, Une forme élective de l’agresivi té infantile: les perversions

 

conditionnelles, I Congrés internat. de Psych. infantile, Londres, 1948. El niño perverso, en esta colección. <<

 

[28] K. R. Eissler, Ego-psychological implications of the psychoanalytic treatment of delinquents, «The psychoanalytic study of the child», V, Imago Publish;ng Co., Londres. <<

 

[29] Véanse: Kate Friedlander, Aichorn, Ledovici, Male y Pasche, obras citadas <<

 

[30] H. Deijtsch. La psychologie des femmes, T. «Enfance et adolescence», P. U. F., trad. franc. de Hubert Benoit, 1949. <<

 

 

[31] D. Laoache, Fugue et fuite de soi-même, «Évolut. psychiatr.», IV, 1947.

 

<< 

[32] J. Lacan. Réponse à la discussion des rapports, XIII Conf. des Psychan. de Langue française, «Revue franç de Psychan.», nº 1. 1951. <<

[33] M. Merleau-Ponty, Sens et non-sens, págs. 73, 74 y 78, Nagel, 1948. <<

 

[34] A. Freud, El Yo y los mecanismos de defensa, Ed. Paidós, Buenos Aires.

 

<< 

 

[35] Lebovici, ob. cit. <<

 

 

 

[37]  Spurgeon English  y Gerald Pearson, Emotional Problems of living, W. W.

 

Norton and Co. Inc.» Nueva York, 1945. <<

[38] F. Hotyat, Les faiblesses de la pensée mathématique chez les adolescents, «Enfance», nº 4, 1952. <<

 

[39] B. Bornstein, Zur Psychogenese der Pseudodebilität, «Inter. Zeitsch. f. Psychoan.», XVI, 1930. <<

 

[40] P. Federn, Psychoanalylische Auffassung der intellektuellen Hemmung, «Zeitschr. f. Psychoanal. Paedag.», IV, 1930. <<

[41] M. Klein, A Contribution to the Theory of Iníellectual Inhibition, «Int. Jo. of Psychoanal.», XII, 1931. <<

 

[42] K. Landauer, Zur psychosexuellen Genese der Dummheit, «Zeitsch, f.

 

Sexualw.», 1929. Zur Theorie der Dummheit, «Z. f. Psychoan. Paedag.», 1930, IV.

 

 

 

 

 

[43] M. Mahler-Schoenberoer, Pseudo-imbecility: A magic cap of invicibility, «Psych. Quart.», XI, 1942. <<

 

 

[44] C. P. Obfrndorf, The feeling of Stupidity, «Inter Jo. of Psychoan», XX, 1939. <<

 

 

[45] M. Schmideberg, Intelectual Inhibition and Disturbances ín Eating, «I. Jo. Ps.», XIX, 1938. <<

 

[46] O. Fenichel, ob, cit. <<

 

 

[47] K. Eissler, Some psychiatric aspects of anorexia nervosa, «Psychoanal. review», XXX, 1943. K. Adraham, The influence of oral erotism on

 

character Formation, Sel. Pap. ID… Manifestation of the female castrar ion Complex, Sel. Papers. S. Bfrnfeld, Zur Idiosynkrasie gegen Speisen, «Internat. Zeitschr. f. Psychoa.», V, 1919. S. Lorand, Anorexia nervosa: Report of a case, «Psychosomat. Méd.», V, 1943. M. Mead, Changing food habits, «Buletin of Menninger Clinic», VII, 1943. J. V. Waller, M. R. Kaufmann y F. Dlutsch, Anorexia nervosa, «Psychosom. med.», II, 1940. Y en Francia: O. Codet, A propos de trois cas d’anorexie mental, «Revue française de psychanalyse», I, 1948. J. L. Courchet, Étude analytique d’un cas d'anorexie mentale, «Évol. psychiatrique», 1947, fase. II. <<

 

 

[48] F. Alexander, The neurotic Character, «Intern. journ. of psychoan », XI, 1930. <<

 

 

[49] Fenichel, obra citada. <<

 

 

[50] J. Rouart, Psychose maniaque-depressive et folies discordantes, tesis, París, 1935. <<

[51] G. Heuyer, Introducción a la psiquiatría infantil, (Colección «Paidea»), Barcelona. <<

 

 

[52] G. Heuyer y A. Borel, Le delire de rêverie, «Soc. Psych.», 15 de junio, 1922. <<

 

 

[53] G. Heuyer, oh. cit. <<

[54] Rogues de Fursac y Minkowski, Le rationalisme morbide, «Encéphalc», abril,

 

1923. <<

 

[55] S. Freud, El «yo» y el «ello», en «Obras Completas», vol. T, Ed. Biblioteca Nueva, Madrid. <<

 

 

[56] Paul  Schilder,  Imagen y apariencia del cuerpo humano, Ed. Paidós

 

(Biblioteca de Psiquiatría, Psicopatología y Psicosomática), Buenos Aires. <<

 

[57] S.  Freud,   Remarques  psychoanalytiques  sur  la  description

 

autobiographique d’un cas de paranoia, «Rev. franç. de Psychan.», V, n9 1 y Cinq psychoanalyses, París, Denoël. <<

 

 

[58] S. Freud, The Loss of Reality in Neurosis and Psychosis. Coll. pap., II.

 

<< 

 

 

[59] H. Nunberg, Der Verlauf des Libidokonfliktes in einem Falle von Schizophrenie, «Internat. Zeitschr. f. Psychoanalyse», VII, 1921. Edelston,

 

Differential Diagnosis of some emorional disorders of Adolescence (con especial referencia a cada esquizofrenia), «The Journ. of Mental sc.», 95, 1949. W. Hoffer, Diarios of Adolescent Schizophrenics (Hebephrenia), «The

 

psychoanal. Stud. of the Child», II, 1946. M. Katan, Structural aspects of a case of Schizophrenia, «The psychoa. t. of the Child», II, 1946. W. S. Dawson, The psychoses of adolescence, «British Medical Journal», 12 de octubre de 1935. Se darán otras referencias a propósito de la terapéutica.

[60] Spitz, Hospitalisme, «Revue française de Psychanalyse», nº 3, 1949,

 

Hospitalism, «The Psychoanalytic Study of the Child», I, 1945; «Sauvegarde», nº 36. <<

 

[61] D. Beres y S. Obfrs, The effects of extreme de privation in Infancy on

 

psychic structure in Adolescence. A Study in Ego development, «The psychoanalytic Study of the Child», vol. V, 1950. <<

[62] Maurice Debesse, La crise d’originalité juvénile, P. U. F., 1948. <<

 

 

 

[63] Irène Josselyn, The Adolescent and his world, I vol., Family Service association of A mer ca, Nueva York, 1952. <<

 

 

[64] Harold Jones, Adolescence in our Society, en The family in a Democratic Society, Columbia University Press, Nueva York, 1949. <<

 

[65] Hélène Deutsch, Psychologie des femmes, vol. I: Enfance et adolescence.

 

<< 

 

[66] Hélène Deutsch, ob. cit., págs. 144, 145. <<

[67] Phylus Blanchard, Adolescent experience in relation to personality behavior, en Mc V. Hunt, Personality and the behavior disorders, vol. II, The Ronald Press Company, Nueva York, 1944. <<

 

 

 

 

[68] Anna Freud, El yo y los mecanismos de defensa, Ed. Paidós, Buenos Aires. <<

 

[69] Hartmann, Kris y Loewenstein, Comments on the Formudan of Psychic Structure, «The psychoanalytic study of the child», II, 1946. <<

 

[70] Nos ha facilitado una útil documentación para la redacción de este capítulo la importante revisión general de Leo A. Spiegel, A Review of

 

contributions to a psychoanalytic theory of Adolescence. Individual aspects, «The psychoanalytic study of the Child», vol. VI, 1950. <<

[71] Bernfeld, Types of adolescence, Psa. Quaterly, VII, 1938. <<

[72] Articulo citado. <<

[73] Hélène Deutsch, Übcr einen Typus der Pseudoaffektivität («ais ob»), «Int. Zeitschr. f. Psa.», vol. XX, 1934, págs, 323 y siguientes. <<

[74] J.  Lampl-de-Groot,  On  musturbation  and  its  influence  on  genera/

 

development, «The psychoanalytíc study of the child», volumen V, 1950. <<

 

 

[75] M. Balint, Der Onanicabgewöhnungskampf in der Pubertät «Ztsch. f. psa. Pädagogik», IX, 1934, citado por Leo SpieGEL, loc. cit. <<

 

[76] Irène Jossflyn, obra citada. <<

[77] Harold E. Jones, obra ciada. <<

 

[78] Margaret Mead, From the South Seas, «Studies of Adolescence and Sex in Primitive Societies», William Morrow and Co., Nueva York, 1939. <<

 

 

[79] R. Laforgue, La névrose familiale; J. Leuba, La famille névrotique et les

 

névroses familiales, Informe al IX Congreso de Psicoan. de lengua francesa, 1936, «Rev. franç. de Psychan.». 1936, nº 3. <<

 

[80] Obra citada. <<

 

[81] Viola  M.  Bfrnard,  Adolescence.  Its  Implications  for  Family  and

 

Community en The Family in a Democratic Society, Anniversary papers of the Community Service Society of New York, 1 vol., 1949. Columbia University Press, Nueva York. <<

 

 

[82] F. Alexander y W. Healy, Roots of Crime, Nueva York, 1935. <<

 

[83] Aichorn, obra citada. <<

 

[84] K. Friedlander, Psicoanálisis de la delincuencia juvenil, Edit. Paidós, Buenos Aires. <<

 

[85] Burt, The young Delinquent, Londres, 1944. <<

 

 

[86] A. M. Johnson y S. A. Szurek, The Genesis of Antisocial Acting out in

 

Children and Adults, «The psychoanal. Quarterly», vol. XXI, 1935, nº 3. <<

 

 

[87] Leo A. Spiegel, loe. cit. <<

 

[88] M. Gitelson, Character Synthesis: The Psychotherapeutic Problem in Adolescence, «Am. J. Orthops», 18, 1948. <<

 

[89] M. Klein, El psicoanálisis de niños, Ed. El Ateneo, Buenos Aires. <<

 

 

[90] A este respecto, Spiegel se refiere al artículo siguiente: A. Katanangel, Die

 

Rolle der Verschiebung bei der Strassenangst, «h:t. Zisch. f. Psa», XXIII, 1937. <<

[91] Irene Josselyn, The Adolescent and his world, 1952. I, vol., Family Service Association of America, Nueva York. <<

 

 

[92] Aichorn, Juventud descarriada. Ediciones Médico-Psicológicas, Madrid.

 

<< 

 

[93] K. R. Eissler, Ego-Psychological Implications on the Psychoanalytic

 

Treatment of Delinquents, «The Psychoanalytic Study of the Child», vol. V, 1950. <<

 

[94] L. P. Clark, Practica/ Remarks upon the Use of Modified Psychoanalysis

 

in the Borderline Neurosas and Psychoses, «Psychoanal. Review», VI, 1919. Federn, The ana/ysis of Psychotics, «Int. Jo. of Psychoanal.», VX,

1939. Psychoanalysis of Psychoses, «Psychiatr. Quart.», XVII, 1943. E. Glover. The Psychotherapy of the Psychoses, «Brt. Journ. of Med, Psychol.», X, 1930. <<

 

[95] D. M. Bullard, The Organizaron of Psychoanalytic Procedure in the

 

Hospital, «J. of Nerv. and Ment. Dis.» XCI. 1940. E. Simmel, Psvchoanalytic treatment in a Clinic, «Int. Jo of Psychoan.», X, 1929. <<

 

[96] M. A. Sechehaye, La réalisation symbolique, Hans Huber, Berna, 1947, y

 

Journal d’une Schizophrène, Bibl. de Psychan. et de Psychol. cli., P. U. F., París. <<

 

[97] John  N. Rosen,  Traitement de la psychose schizophrénique par la

 

psychanalyse directe, «Psychiatric Quaterly», vol. 21, enero, 1947. Información bibliográfica traducida y condensada por M. Pahmer, «Revue française de Psychanalyse», 4, 1950. <<

 

[98] M. Schweich; P. Margat; C. Forzyc, Vers una psychothérapie des Schizophrènes, «Evolut. psychiatr», 1953, fasc. I. <<

 

[99] S. Lebovici, R. Diatkine, E. Kestenberg, Application de la psychanaiyse à la

 

psychothérapie de groupe et à la psychothrérapie dramatique en France, «Evolution psychiatrique», 1952, fase. III. <<

 

[100]         Colee. Informations sociales, abril, 1950. <<

 

[101] Eissler, obra citada. <<

 

[102]         Los autores americanos se han esforzado en dar una base científica a las actitudes autoritarias o liberales, en materia de educación o de reeducación y de discutir su oportunidad, tal como lo testimonian las siguientes referencias bibliográficas:

 

John Slawson, Use of authoritatíve approach in Social Case-Work in the field of Delinquency, «Amer jour, of orthops.», volumen 8, octubre, 1938.

 

Walter Bromberg y C. Terry Rodgers, Authoríty in the treatment of Delinquents, «Amer. jour. of orthops.», vol. 16, octubre, 1946.

 

Frederik J. Hacker y Elisabeth R. Geleerd, Freedom and Authority in Adolescence, «Amer. Jo. of orthops.», vol. 15, ortubre, 1945.Dorothy G. Wright y Mary E. Leitch, Use of boarding Homes in conjunction with a prívate residential School, «Am. Jo. ot ortrops.», volumen 16, enero, 1946. <<

 

 

[103]         Sobre este punto se encontrará una importante bibliografía en la obra de Otto Fenichel. La théorie psychoanalytique des névroses, tomo segundo,

 

pág. 682, «Bibliotheque de Psychanalyse et de Psychologie Clinique», Presses Universítaires de France, 1953. <<

 

[104]         J.-L. Faure, Réalisations américaines pour la santé mentóle infantile, Les idees et les faits, «Sauvegarde», 5-6, 1952. <<

 

[105]         W. Warren, The in-patient care of Adolescent Delinquent Boys in a

 

psychiatric hospital, Symposium sur la délinquance infantile, I Conpreso mundial de Psiquiatría, París, septiembre, 1950, «Sauvegarde de l’enfance », número fuera de serie, 1951. <<

 

[106]         Caroline B Zachry, A new Tool in Psychotherapy with Adolescents, en «Modern Trends in Child Psychiatry», Nueva York, 1945. <<

 

 

[107]         Véase a este respecto: Aspects aducís du prablème de. l’enfance en danger, «Informations sociales», abril, 1950. <<

 

 

[108]         J.-L. Faure, ob cit… y C. Arnou, Role et formation des assistantes

 

sociales psychiutriques aux Etats-Unis. «Sauvegardc», números 34-35, 1949. <<

 

[109]         Jean Chazal, La justice devant la personne de l’adolescent, «Educateurs», número especial, «L’adolescence», marzo-abril, 1951. <<

 

[110]         G. Heuyer y S. Lebovici, La narco-analyse chez l’enfant, «Groupement franç. de Neuro-psych. infantile», julio, 1946. L. Cornil, H. Ollivier,

 

Considérations sur la narco-analyse psychosomatique en psychiatrie infantile juvénile, «Aun Méd. Psych.», I, 1948. <<

 

[111]         Heuyer y Feld, Applications neuro-chirurgicales en psychiatrie infantile, «Anaïs Portugueses de Psiquiatría», agosto, 1950. <<



FIN

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